El Copo de Nieve

Ángela Grassi


Novela



Ve, soplo divino de mi alma, pósate sobre los blancos lirios del valle y liba su perfume, deslízate sobre los plateados arroyuelos y róbales sus perlas, recorre los bosques seculares, y arráncales sus notas misteriosas. Soplo divino del espíritu increado, imita al Ser de su ser que mora en las alturas, y esparce por todas partes el bálsamo del consuelo. Ve en forma de brisa a acariciar las frentes abatidas, ve convertido en aroma a saturar las almas laceradas, ve trasformado en rocío a humedecer los párpados que el dolor ha secado, como seca el simún los floridos árboles.

Ve, franquea los montes y los llanos, recorre los prados y los bosques, deja atrás los palacios opulentos, los dorados techos que cobijan la risa y la alegría, y no te detengas más que delante de la cándida virgen, pálida como las rosas blancas, que suspira por su bien perdido. No te detengas más que delante de la madre que vela junto a su hijo enfermo, o del caduco anciano que sólo ve desolación en torno suyo.

Detente a su lado, y cuéntales esta breve historia: historia breve de lágrimas, que te ha enseñado a ti cómo debías llevar la Cruz bendita, símbolo de redención, hasta el Calvario, para remontarte desde su alta cumbre, vestido de sol y coronado de estrellas al inmortal seguro.

Corre, soplo divino de mi alma, ve en nombre del espíritu increado a revelar a los que sufren el modo de convertir en rosas las espinas, las lágrimas en benéfico rocío.

Estás abrasado de amor, estás henchido de fe; ve a llevar tu fe y tu amor a los desventurados, como lleva el viento a las estériles comarcas el germen de las flores.

¡Ve, ve rápido y silencioso, recorre los continentes, cruza los anchos mares, que cuando estés fatigado plegarás las blancas alas en el seno del Eterno!

I. Lo que pueden decir a una joven los ecos de una flauta

La mujer suspende en torno del hombre las flores de la vida, como las yedras de los bosques adornan el tronco de la encina con perfumadas guirnaldas.

—CHATEAUBRIAND.
 

¡Qué suaves y melancólicas suelen ser las tardes de otoño! ¡Cómo concuerdan con el espíritu humano, siempre inclinado a la meditación y a la tristeza!

En vano el alma quiere embriagarse con los placeres turbulentos, en vano quiere entregarse a los sueños de gloria, de amor y de ambición, a pesar suyo, siente que su vida es como las frágiles hojas arremolinadas por el viento de otoño, que su felicidad es como el azul del cielo, sin cesar empañado por pardas nubecillas precursoras de los nubarrones del invierno. Sabe que la naturaleza va a despojarse en breve de sus galas, y no sabe si volverá a verla cuando se engalane con otras nuevas.

El temor de perder un objeto adorado redobla su atractivo. El hombre escucha con indefinible complacencia los últimos trinos de las aves, prontas a partir de nuestros climas, los últimos murmullos del arroyo que debe convertirse en torrente, el rumor que producen al caer las últimas hojas de los árboles que irán a alfombrar la seca arena.

Escucha estos vagos acordes y suspira; suspira y levanta al cielo los ojos; siente que su tristeza se convierte en regocijo, como el fatigado caminante que ve a lo lejos la torre de su aldea, el techo de la cabaña en donde le aguarda su familia.

Era una tarde de otoño, aquella en que ocurrió el suceso que voy a referiros, tarde de otoño más bella, más armoniosa que ninguna. Los últimos rayos del sol doraban los altos campanarios de la nobilísima ciudad de Orduña, situada en los confines de Castilla la Vieja, y que al par que se enseñorea sobre una vastísima alfombra de campos en flor y praderas cubiertas de musgo, se contempla orgullosa en las aguas del Nervión, que va a morir en el mar, junto a Bilbao.

Fuentecillas de cristal y arroyos bullidores brotan y serpean por todas partes, semejando a sartas de perlas y diamantes entre la verde yerba; avecillas sonoras se albergan en los frondosos bosquecillos y las brisas perfumadas revolotean en todas direcciones, meciendo las corolas de las flores, balanceando las copas de los árboles, rizando las apacibles ondas del río y produciendo un concierto de susurros que se confunde con los trinos de los pájaros y los blandos murmullos de las aguas.

El que sueñe con los encantos del paraíso o la tranquila calma del Leteo, debe refugiarse en el escondido valle de Orduña, en donde la naturaleza desplega todas sus galas, y en donde no penetra el embravecido torrente de las pasiones mundanas.

Circúndale, menos por la parte del Norte, en donde hay abierto un boquete para que pase el río, cerros y montes, los más encumbrados y ásperos de toda España. Entre ellos descuella la renombrada Peña de Orduña, tan fragosa, que los moros jamás se atrevieron a franquearla, considerándola como el inexpugnable baluarte de la llanura de Ávila y Vizcaya.

En efecto, si se examina por su parte superior, no hay planta humana que se atreva a bajarla, y si por la inferior, sólo los buitres que descienden desde las concavidades a las hayas que guarnecen su falda, pueden, remontando el vuelo, buscar abrigo en su elevada cumbre, que se ve a muchas leguas de distancia.

Hoy, sin embargo, el ferrocarril circunvala sus altaneras crestas, dominando el hombre con su genio aquellas agrestes cimas que se creían infranqueables.

Hoy el silbido de la fugaz locomotora trae a los sencillos habitantes del valle los ecos turbulentos de la metrópoli de España, y turba su reposo con las visiones fantásticas de sus alegres orgías, de sus espléndidos festejos.

La ciudad, de aspecto grave y señorial, tiene una espaciosa plaza rodeada de buenas casas, con soportales cubiertos, en los que hay tiendas bien surtidas, y en medio una fuente de excelente arquitectura de ocho caños de agua exquisita. Todas las calles van a parar a la plaza.

El recinto está cerrado de murallas antiguas con reductos, baluartes, torreones y seis puertas de entrada, lo que demuestra que ha sido plaza fuerte en épocas anteriores.

Con decir que las laderas de los montes están cubiertas de bosques y viñedos, y la llanura de árboles frutales, se comprenderá cuántos ecos armoniosos y balsámicos perfumes esparcirían en torno los airecillos de otoño en la deliciosa tarde de que hablo.

Y a los blandos acordes, a las suaves melodías de la naturaleza, se juntaban los ecos de la flauta pastoril, el cencerro de los rebaños, los cantos de los vendimiadores y el chirrido de los carros que volvían a la ciudad cargados con los frutos de las vides.

Las campanas de las iglesias y ermitas tocaban el Angelus, las aves entonaban su himno de la noche, los hombres se inclinaban y rezaban.

Extramuros de la ciudad, a orillas del río, o más bien situada sobre una islita, alrededor de la cual, se destrenzaban las aguas, porque el Nervión, aunque casi seco en verano, se engruesa bastante con las aguas otoñales, se veía una blanca casa entapizada de rosas de guirnalda, yedra y madreselva. Nada más pintoresco que aquella casa cubierta de verdura, descollando sobre las cristalinas ondas como una flor acuática.

Formaban círculo a su alrededor muchos órdenes de macetas, colocadas en anfiteatro, y detrás de las macetas un enrejado en cañas servía de balcón para asomarse a contemplar el bellísimo paisaje.

Un caminito estrecho, orillado de rosas, conducía desde el umbral de la casa a la margen izquierda del río, en donde se alzaba un bosque de hayas.

Parecía aquella poética vivienda el albergue de un hada misteriosa, y en efecto, se asemejaba a un hada la jovencilla, que apoyada en el rústico balcón, estaba en aquel instante contemplando el magnífico cuadro que se ofrecía a sus ojos.

—¡Oh madrecita mía, exclamó de repente, si no estuvieras clavada en ese lecho de dolor y pudieras ver los bellos cambiantes del cielo! ¡Qué espléndidos tornasoles! ¡Qué ricos cortinajes de púrpura y de oro! ¡Mal hayan las nubes que en estas tardes precedentes, me impedían contemplar al rey de los planetas!

—Debes acostumbrarte, niña, dijo una voz lánguida y melancólica en la parte interior de la casa. En la naturaleza nunca brilla por mucho tiempo el sol sin que velen su faz augusta los pérfidos celajes; en la vida, nunca resplandece por mucho tiempo la felicidad, sin que venga a enlutarla alguna pena. Mira, por el contrario, las hojas secas, las flores marchitas, y piensa que toda gloria es fugaz en este mundo.

—¡Soy joven!, dijo la niña encogiéndose de hombros. ¡Es tan bella la vida! ¡Cuanto más busco el límite de su horizonte más dilatado le veo! En mi corazón resuenan millares de voces mágicas que me prometen mil delicias!

—¡Eres joven Clotilde! interrumpió la voz doliente, y sientan bien a la juventud la alegría y la esperanza, como a la primavera su guirnalda de risueñas flores. Embriágate de ilusiones, abre el pecho a la alegría; pero precávete al mismo tiempo contra el dolor, que no respeta ni a jóvenes ni a ancianos. Piensa en las aguas de ese río, tan pronto brillantes como un espejo, tan pronto turbias y encrespadas.

Calló la triste voz, y volvió a renacer el silencio.

Entre tanto las sombras habían bajado de los cerros a las llanuras, persiguiendo a los rayos de pálida luz, que huían aquí y allá, trémulos y azorados; las nubes purpúreas se habían vuelto primero moradas, luego blancas, y la naturaleza había enmudecido durmiéndose los pájaros en las ramas, los ecos en las peñas.

De pronto resonó a lo lejos una melodía deliciosa. No se sabía si eran acordes escapados de una flauta o coros de ángeles que resonaban en las alturas. Aquellos sonidos expresaban todos los trasportes de la pasión, todos los castos deliquios de una ternura inefable.

Los ruiseñores despertaron y se asomaron al borde de sus nidos para ver quien era aquel rival que los aventajaba en armoniosos trinos. Y con ellos despertaron los ecos soñolientos, las ondas que reposaban sobre el musgoso cauce, y las brisas escondidas en el cáliz de las flores. Y todos los seres de la creación, embriagados de entusiasmo, esparcieron aquí y allá y repitieron hasta lo infinito las notas de aquella música celeste.

Clotilde puso ambas manos sobre el corazón, que parecía querer salirse del pecho, y su espíritu se remontó hasta el sagrario de Aquél de quien dimana lo poético y lo bello.

Descendió entre tanto de una colina el inspirado músico, que era un joven pastor de gallardo aspecto y dulce fisonomía, descendió lentamente, precedido de sus cabras blancas, negras y manchadas, que se precipitaron en el llano dando saltos y balidos. Según eran las modulaciones de la flauta, tristes o alegres, suplicantes o imperiosas, así obraban las inocentes cabritillas, como si fuesen seres dotados de inteligencia, ya agrupándose en torno del pastor, ya esparciéndose a lo lejos, subiendo, bajando, triscando en todas direcciones.

Bien se conocía que no era el arte sino la naturaleza la que prestaba al músico sus inspiradas notas, porque sus tocatas carecían a veces de ritmo, eran caprichosas y desordenadas, como los rústicos conciertos que elevan las florestas.

Deslizóse el pastor a lo largo del río, tornó a la derecha, y bien pronto sus notas se perdieron entre los vagos rumores de la noche, disipándose asimismo la espesa nube de polvo que había levantado su rebaño.

Terminada la serenata, la naturaleza volvió a adormecerse plácidamente, mientras Clotilde con los codos apoyados en la balaustrada y la barba en la palma de las manos, dejaba vagar su espíritu por los espacios, y acariciaba mágicas visiones de formas indefinibles.

Pasó el tiempo, cerró del todo la noche y llamó con débil voz la enferma.

Entonces Clotilde se estremeció como si volviese en sí de un letargo, entró presurosa en la casa, encendió la luz, y tomando su labor, fue a sentarse junto a la cama en donde yacía su madre.

Esta era joven aún; pero ajada por los sufrimientos y las enfermedades. Tenía el cabello gris y los ojos negros, pero el rostro tan pálido y enflaquecido que parecía trasparente.

—¡Oh, qué bien revela la música la existencia de Dios! exclamó Clotilde con trasporte, ¡oh, qué alma tan sensible debe tener el pastor Anselmo para expresar de este modo las inefables delicias de los cielos!

Interrumpióse, volvióse para mirar a su madre, y vio que corrían dos lágrimas por sus mejillas.

—¡Estás enojada conmigo, madrecita mía!, añadió la joven entre asombrada y pesarosa. ¿Por qué lloras?

—Lloro por ti, dijo la enferma, cogiéndole ambas manos, lloro por ti, que vas a quedar abandonada y sola en este mundo, porque ya lo ves, cada día se disminuyen mis fuerzas, cada día avanzo un paso más hacia la negra sepultura. No tienes más patrimonio que esos lindos bordados, que son la admiración de todas las señoras de Orduña; pero ¿conservarás siempre estos hábitos de economía y de trabajo? ¿Resistirás siempre a las sugestiones del lujo y los placeres?

—Por Dios, madrecita mía, respondió la encantadora niña, ciñendo con ambos brazos el cuello de su madre, no te atormentes con el porvenir, poblándolo de lúgubres fantasmas. La suerte tiene varitas maravillosas, y cuando menos se piensa trueca en flores los abrojos, las lágrimas en sonrisas.

—Y también trueca en negro crespón el manto de la esperanza, ¡pobre niña! ¡Cuadros disolventes de sombra y luz: he aquí la vida!

Clotilde cerró los labios de su madre con un beso, y se puso a trabajar con ardor, como si quisiese poner término a aquella conversación penosa.

Era bella como un serafín: parecía una flor que acaba de entreabrir su corola a los rayos del sol de primavera. Tenía los ojos azules, el cabello rubio y ensortijado, las facciones armónicas y suaves. El junco no era más flexible que su talle: sus manos y pies tan diminutos como los de una niña de ocho años. Vestía un traje modesto pero lo llevaba con suma gracia y exquisita elegancia. Toda su persona ostentaba aquel sello aristocrático que solo puede darnos la nobleza de la cuna.

—No sé si estoy más triste que otras veces, no sé si me siento peor esta noche, dijo la enferma rompiendo otra vez el silencio; pero no puedo resistir al deseo de hablarte de cosas serias.

Motejabas hace poco mis temores futuros; pero ¿qué dirías si mis temores se refiriesen a lo presente?

Dejó Clotilde la labor y fijó en su madre una mirada de cándida sorpresa.

—¡Ah!, repuso ésta suspirando, mucho siento rasgar el velo de tu inocencia, pero es preciso:

Somos pobres: el fruto de tu trabajo apenas basta para subvenir a nuestras necesidades y a los gastos de la enfermedad que mina mi existencia, y sin embargo, esta casa llena de comodidades, revela un bienestar que no se halla en relación con la escasez de nuestros recursos.

—¡Oh!, exclamó Clotilde con entusiasmo, es que los dueños de esta casa son unos ángeles y nos colman de beneficios.

—Pero los dueños de esta casa son un anciano ciego y un joven de veinticinco años, hijo suyo.

—¡Y qué bueno, qué noble, qué generoso es Guillermo! No es a nosotras solas a quienes socorre y ampara, previendo hasta nuestros menores deseos con una delicadeza exquisita, es a todos los desgraciados de Orduña, de quienes es el consuelo y la providencia.

—¿Le amas?, preguntó la madre con voz trémula y que encerraba la explicación de todos sus temores.

Clotilde se puso encendida.

—No, dijo después de algunos momentos de vacilación, no le amo, le admiro. ¿Qué es amor? ¡No lo sé!... Yo no amo más que a los pajarillos que vienen a trinar en mi ventana, a las flores que me tributan su perfume y a las nubecillas de mil colores que vagan por el cielo.

—Pues bien, exclamó la enferma con febril agitación, Guillermo es demasiado rico para ti. Como industrial, posee una hermosa fábrica de paños, como hacendado, tantos campos y viñedos como días tiene el año.

—Pero Guillermo no tiene orgullo, interrumpió Clotilde, él es el primer trabajador en su fábrica, el primer labrador en sus campos.

—No olvides que un heredero rico debe casarse con una rica heredera. Guarda tu corazón: esto es cuanto quería decirte.

Clotilde se había puesto tan trémula que la hebra se rompió entre sus manos.

—Madre, murmuró en voz baja. Hace poco he dicho que no amaba a Guillermo... Cuando no es su mano la que me ofrece el agua bendita en la Iglesia, siento un vago deseo de llorar... Siento una vaga tristeza, cuando al ponerse el sol no le veo bordear el río para dirigirse a su casa... ¿Será esto amor?... ¡Hoy no ha pasado!... ¡Y sin embargo los sonidos de la flauta me decían que le vería!

—¡Ah hija de mi vida!, exclamó la enferma, incorporándose con viveza y estrechando a Clotilde entre sus brazos.

En aquel instante llamaron a la puerta.

—¡Si será él!, dijo Clotilde poniéndose encendida como una amapola... La flauta no puede mentir...

— ¡Abre, abre, dijo su madre, y que Dios tenga compasión de nosotras!

Dirigióse Clotilde con paso vacilante a la puerta, la abrió, y permaneció inmóvil en su dintel, en la actitud casta y ruborosa de la virgen, para quien se va a llenar la primera página del blanco libro de su destino.

Guillermo, pues en efecto era él, entró también con actitud tímida y conmovida, se dirigió al lecho y después de saludar a la enferma, se sentó a instancias de ésta en la silla que antes ocupaba Clotilde.

Si era rico Guillermo no necesitaba de sus caudales para agradar. Era alto, de figura noble y esbelta, tenía los ojos y el cabello negros, y una barba negra y rizada daba cierta gravedad a su fisonomía.

Venía vestido de negro y traía en la mano un ramito de flores.

—Vengo a tratar de cosas graves, señora, dijo con un tono en el que se traslucía una viva emoción, y reclamo toda su indulgencia de usted, todo el bondadoso afecto con que me mira, para que disculpe mi atrevido empeño.

Calló algunos momentos, y luego repuso:

—Trato de tomar estado con el beneplácito de mi padre, y con su beneplácito he elegido a la que debe ser compañera de mi vida.

La enferma se incorporó en el lecho llena de ansiedad, Clotilde se llevó ambas manos al corazón para contener sus latidos, Guillermo prosiguió con una voz que cada vez se hacía más trémula:

—Es Clotilde a la que deseo dar el dulce título de esposa. Quisiera que fuese únicamente su corazón el que pronunciase mi sentencia; pero no he podido resolverme a hablarle de mi amor sino delante de su madre.

—¡Clotilde es pobre!, murmuró la enferma.

—Clotilde es rica en virtudes, exclamó Guillermo con pasión, y ésta es la mejor de las dotes.

—El mundo tiene sus exigencias y es preciso respetarlas.

—Al mundo se le debe dar todo lo que es justo, pero nada más que lo justo. Clotilde es una joven honrada; yo la amo; mi padre aprueba mi elección, y si usted también la aprueba, si Clotilde consiente, nada tiene porque motejarme el mundo.

—Sabe usted mi historia, interrumpió vivamente la enferma, quiero no obstante recordársela en este solemne instante.

Mi padre descendía de una gran familia: su hermano mayor ostentaba una corona de conde. Mi padre era militar; extravíos de la juventud le habían arrebatado su legítima, y sólo contaba con su espada.

Era de carácter alegre y despreocupado. Había perdido a su esposa siendo yo muy niña, y cifrando en mí toda su ternura, me dio una educación esmerada, pero quizá demasiado libre. Llegó la edad de los amores, y entregué mi corazón a un artista. Era un pintor, rico tan sólo de futuras esperanzas.

Mi padre consintió en mi casamiento, y fui la mujer más feliz de la tierra, hasta que la dura realidad arrancó la venda de mis ojos. Nos sobraba amor y nos faltaba dinero. Sufrí todos los tormentos de la escasez, y sentí la amargura de ver que participaban de ellos mis hijos. Mis hijos, una vez sin pan, otras sin abrigo, nos abandonaban para volar al cielo, buscando un refugio entre los ángeles.

Mi padre, viejo y achacoso ya, se había retirado del servicio: al principio vivimos con su paga, y con la esperanza de que los cuadros de mi esposo hallarían en breve compradores dignos de su mérito.

Murió mi padre, y quedamos sin recursos; la miseria y los pesares apagaron la imaginación del artista, y sus obras posteriores no correspondieron a la idea que de su genio se habían formado los maestros. Mi noble familia, que había desaprobado mi desigual enlace, me volvió la espalda, y no hallé entre ellos ni apoyo ni benevolencia. Perdí a mi marido después de haber perdido a mi padre, y de todos mis hijos sólo me quedó Clotilde.

Fueme preciso vivir para ella, y subvenir a su subsistencia con el fruto exiguo de mi trabajo. No reportándome apenas nada el de aguja, resolví utilizar mis conocimientos en la música y en los idiomas, y entré de aya en casa de una gran señora, esposa de uno de los banqueros más ricos de Madrid. Había ascendido a ocupar su brillante posición desde el humilde estado de modista, y la fortuna la había envanecido.

Se había vuelto áspera y soberbia, creyendo que esto era de buen tono. En la institutriz de sus hijas no veía a la que debía cultivar su talento y educar sus almas, sino a la esclava que debía suscribir a todos sus caprichos.

Me rebajaba hasta el punto de obligarme a que comiese a la mesa con sus lacayos. Cuando me llevaba al teatro me hacía estar de pie en el último rincón del palco.

Pero me pagaba bien, y con mi salario podía sostener a mi Clotilde en el colegio del Sagrado Corazón, que se halla establecido en Chamartín, pueblecillo cercano de Madrid. Todo para ella: tal era mi divisa; mientras pudiese darle una educación brillante, comía con placer el pan amargo de la dependencia ajena, regado con mis lágrimas, y sobrellevaba con no desmentida fortaleza insultos y humillaciones.

Mis tiernas discípulas, educadas en la escuela orgullosa de su madre, me trataban con desdén, recibían con desdén mis lecciones, y más de una vez me echaron en cara el dinero que ganaba con el sudor de mi frente y los profundos tormentos de mi alma.

Es inútil decir que los criados me eran hostiles, los criados, groseros y envidiosos por instinto, declaran guerra a muerte a esas infelices personas de la clase media, superiores a ellos por su nacimiento y educación, y colocadas por la suerte en más precario estado. Mi carácter tímido, irresoluto, débil, acrecentaba su insolencia, y se puede decir que era el blanco de la tiranía de arriba y la de abajo; el objeto miserable del general encono.

A estas tiranías yo oponía una complacencia sin límites, pensaba que sirviendo a todos, que procurando anticiparme a los deseos de todos conquistaría, si no cariño y gratitud, al menos alguna consideración, pero no fue así. Cuanto más malgastaba mis fuerzas, centuplicándome, más bajaba en el nivel de la estimación de amos y criados, y considerando de derecho lo que había sido condescendencia, cuando mis cabellos empezaron a platearse, cuando mi vista empezó a oscurecerse, cuando mis manos trémulas por el dolor y la fatiga, empezaron a manejar con menos ligereza la aguja, me trataron corno trata el cazador al perro viejo y enfermo, que ya no puede correr tras de la presa.

Aquí sucedió la catástrofe dolorosa. Doña Eulalia, que así se llamaba la esposa del banquero, instada por unos amigos suyos, vino a pasar algunos días en Orduña con sus dos hijas. Se daba un baile en una de las casas más aristocráticas de la ciudad: las niñas y la madre, aunque traían riquísimos trajes de la corte, quisieron variar los adornos conforme a su capricho, encargándome a mí, como siempre, de tan enojosa tarea. Yo estaba mala, el tiempo era escaso, llegó la hora del baile y no estuvieron concluidos. Los concluí a las once de la noche, y lo peor fue que no los encontraron de su gusto.

Madre e hijas se entregaron a los arrebatos de una ciega cólera, y quizás, por la vez primera, me indigné al ver su injusticia y contesté con altiva dignidad a sus ultrajes.

Una actitud tan nueva en mí, las sorprendió, las irritó. De los denuestos pasaron a los más sangrientos improperios; yo, ciega ya también, y desatenta, se los devolví más sangrientos todavía.

Entonces doña Eulalia se abalanzó hacia mí en actitud amenazadora, luego se contuvo, y llamando a sus lacayos les ordenó que me echasen a la calle.

Los lacayos cumplieron con sumo gusto aquella cruel orden, y, sin saber cómo, me hallé en medio del arroyo.

Eran cerca de las doce de la noche: las calles estaban mudas y solitarias.

Sin poder darme cuenta de cuanto acababa de ocurrir, permanecí más de un cuarto de hora inmóvil delante de aquella puerta que acababa de cerrarse tras de mí. No conocía a nadie en Orduña, no tenía dinero para ir a llamar a ninguna posada. ¡Qué iba hacer! ¡No lo sabía!

Di algunos pasos a la ventura, y me hallé en una plazoleta rodeada de árboles. Entre los árboles había algunos asientos de piedra. Me senté en el más próximo resuelta a pasar allí la noche. Un torbellino de confusas ideas cruzaba por mi mente, pero dominaba entre todas la idea de mi hija a quien tendría que sacar del colegio para que viniese a compartir mi miseria. Miseria, sí, porque mi sueldo iba casi íntegro a la superiora del colegio, y no tenía ningún ahorro. No podía pensar en otra colocación: el estado de mi salud no me lo permitía. ¿Qué iba a ser de mí hija? ¿Qué iba a ser de mí? Fatal dilema que me era imposible resolver. Quizás entonces sentía haber dado a mi Clotilde una educación superior a mi estado, quizás temía que ella no aceptase con bastante resignación la pobreza a que se vería reducida.

Dios no quiso que fuera así: cuando más tarde Clotilde volvió a mis brazos, la hallé fuerte, animosa, sublime de abnegación y ternura.

Pero no anticipemos los sucesos.

Luchando con todas aquellas ideas, no sabiendo si al día siguiente debería ir a pedir perdón a doña Eulalia, o implorar de puerta en puerta la caridad pública, trascurrió la noche y vino el alba.

Como he dicho, estaba enferma; tal vez la alteración de mis nervios fue la que me impulsó a sobreponerme a mi humildad acostumbrada. El frío de la noche, el hambre, pues por concluir los vestidos no había comido, me produjeron un desmayo. Recliné la cabeza en el respaldo del banco, y perdí la conciencia de mí misma.

No sé cuánto tiempo permanecí de aquel modo, sólo sé que recobré el uso de mis sentidos, en una cómoda estancia, rodeada de personas amables y bondadosas.

Usted me había visto durante mi desmayo, usted sin conocerme, me había trasportado a su casa, que estaba cerca de aquel sitio, y era la dulce Juana, era su padre de usted, eran sus criados, los que me rodeaban con tan cariñoso celo. ¿Para qué decir más? Ustedes no limitaron su caridad a aquel primer beneficio.

Enterados de los dolorosos azares de mi vida, me instalaron en esta casita de su propiedad, y me facilitaron los medios para traer a mi lado a mi Clotilde.

He recordado todo esto, Guillermo, porque sé que en una población pequeña como Orduña, mi calidad de aya, o más bien de doncella, porque tal era en realidad no dejarán de presentarla a sus ojos como un borrón para su nueva esposa: lo he recordado también, para que Clotilde sepa cuánto debemos a su familia de usted y no acepte el presente de su corazón, sin estar bien cierta de que podrá pagarle con una ternura sin límites, con una profunda gratitud.

Durante este relato, Clotilde había derramado algunas lágrimas; pero su rostro no se había enrojecido de vergüenza. La condición precaria, pero honrada de su madre, no ofendía su orgullo, antes al contrario, le parecía que aquella dolorosa prueba soportada con resignación y dignidad enaltecía su nobleza.

—No sé si amo a Guillermo, exclamó ruborizándose, nunca me he detenido a dar un nombre al poderoso afecto que me inspira: ¡sólo sé que le estimo y admiro, que me siento capaz de labrar su dicha!

El joven se apoderó vivamente de la mano de Clotilde al oír estas palabras, la condujo hasta el borde de la cama y la obligó a arrodillarse junto a él.

—¡Qué Dios os bendiga, hijos míos, como yo os bendigo en este instante!, exclamó la enferma juntando sus manos trémulas sobre sus cabezas inclinadas, y derramando sobre ellas lágrimas de gozo.

* * *

Quince días después celebróse con inusitada pompa el enlace de Guillermo con Clotilde. Era tan bella la desposada, tan dulce, tan modesta, que los envidiosos enmudecieron, y sólo resonaron por todas partes plácemes fervientes.

Un año después, un ángel rubio y sonrosado vino a llenar de júbilo el tálamo conyugal, y la enferma bajó plácidamente al sepulcro, segura de haber dejado asegurada la felicidad de su hija.

Pero ¡ah!, ¿no había dicho ella misma que el cielo no es siempre azul, que no son siempre mansas las olas, ni blandos ni perfumados los céfiros de la tarde? ¡Cuadros disolventes de sombra y luz: he aquí la vida!

II. De cómo la imaginación sabe prestar distintas formas a todos los objetos

Dejar a una mujer en libertad de leer los libros que su carácter la induce a elegir, es introducir una chispa de fuego en la Santa Bárbara de un navío.

—BALZAC.
 

Un libro bueno y una mujer buena, corrigen muchos defectos: un libro malo y una mujer mala, echan a perder muchos corazones.

—MME. GIRANDIN.
 

Tenía la primavera su cetro de flores, dando perfumes al céfiro, trinos a las aves, perlas al arroyo y a los campos una alfombra de verde musgo, bordada de miosotis, violetas y campanillas. Sonreía la tierra, sonreía el cielo, y todo era en torno vida, alegría y movimiento.

En una elegante biblioteca, cuya estantería era de ébano con remates de plata, y cuyos muebles competían en riqueza y buen gusto con la estantería, veíase recostada muellemente en un diván a una mujer joven y hermosa, que volvía con creciente interés las páginas de un libro.

Aquella mujer era Clotilde, mucho más bella que cuando la vimos por primera vez: semejábase entonces a la sonrosada aurora; parecíase ahora al sol que derrama entorno rayos deslumbradores. Había crecido, se había desarrollado. Parecía una estatua griega, majestuosa y soberbia.

Parecía más bella en aquel instante, por cuanto las enredaderas, lanzándose de la copa de un árbol a la del otro, formaban un espeso enrejado delante del balcón de la biblioteca que daba al jardín, dejando penetrar tan sólo una claridad muy tenue en el aposento.

Muchas veces debían de haber revestido nuevas galas los bosques y los prados, desde que Clotilde había pronunciado aquel dichoso sí bendecido por su madre, porque en el jardín jugueteaban dos niños, Carlos y María, de cuatro años el primero, de cinco la segunda, que armonizaban perfectamente con aquella estación florida.

Y sin embargo, Clotilde no atendía a sus argentinas voces, no se asomaba a ver sus juegos. Estaba absorta en su lectura, y lágrimas ardientes corrían por sus mejillas, y profundos suspiros se escapaban de su pecho.

—¡Oh!, exclamó de improviso dejando el libro abierto sobre su. falda, ¡esta mujer faltó a sus deberes, y sin embargo permaneció pura! ¡Qué extraña doctrina! Pero, ¡cuán interesante se muestra en efecto!, ¡cuán digna es de que el mundo la aplauda más que la perdone, y que al fin logre una existencia feliz y tranquila, después de tantos y tan crueles sufrimientos! ¿Será verdad que la tibieza del marido autoriza a la mujer para buscar el calor de otro corazón apasionado? ¡Tal vez sí! ¡Cuantos libros leo, presentan a mis ojos a la mujer extraviada, merced a una fatalidad ineludible, ciñendo la corona brillante de los mártires!

Calló un instante y luego repuso:

—Mis muebles y mis trajes, traídos de París, son superiores a todos los de Orduña; mi mesa es espléndida, y me rodean muchos más criados de los que necesito. Guillermo es bueno, honrado, laborioso. Tiene noble figura y exquisita educación. Pero me falta algo: algo que ignoro, pero cuyo nombre encuentro en estos libros, y quizás en el fondo de mi alma.

¿Por qué me habrá regalado Guillermo esta rica biblioteca?

Antes tomaba la vida como es en sí: ahora aspiro a hallar otras emociones, otras luchas, otras glorias. Mi madre decía que no hay que buscar en el mundo la felicidad absoluta; que en el mundo siempre nos rodean sinsabores, cualquiera que sea nuestro estado, cualquiera que sea nuestra fortuna...

¿Qué es lo que dicen, pues, todos estos libros?, ¿qué es lo que nos hablan de goces completos e inefables?

«La resignación es la felicidad», proseguía mi madre.

¡Ah, qué le valió a ella ser resignada y buena!...

Dicen bien estos autores, Dios no existe, o si existe no se cuida de nosotros, débiles átomos impulsados a merced del viento... ¡La sociedad es cínica, descreída, infame: eleva altares al mal, y huella desdeñosamente con su planta el bien!... Entonces, ¿qué significa el sacrificio, la abnegación de sí mismo?...

¿Entonces, a quién me inmolo?, ¿a quién rindo en holocausto la parte más bella y noble de mi alma?

¡La virtud es un mito, es un fantasma evocado por espíritus fanáticos para esclavizar a los seres pusilánimes!

Levantóse, dio algunos pasos por el aposento con una agitación febril, anhelando aire para respirar, se asomó al balcón.

Era un balcón saliente, que terminaba por ambos lados con escalerillas de hierro, por las cuales se descendía al jardín. Tanto las escalerillas corno el balcón estaban cubiertos de enredaderas, rosas de guirnalda y madreselva, de modo que desde abajo sólo se veía un bosquecillo de verdura.

Clotilde apoyó la ardorosa frente en el ramaje, y se entregó a sus meditaciones.

Los dos niños estaban junto a la fuente que había en medio del jardín. Carlos llenaba la regadera de agua cristalina, y María la esparramaba sobre un cuadro de violetas en flor, que esparcían en torno un aroma delicioso. Cerca de ellos, sentada sobre un rústico banco de madera, entapizado de musgo, veíase a Juana, la hermana adoptiva de Guillermo, que mientras trabajaba en su labor de crochet, seguía con atenta y cariñosa mirada los juegos de los niños.

Era una joven de veinticinco años, muy pálida, un poco corcobada, que cojeaba un poco, pero que en cambio tenía el rostro dulce y expresivo de los ángeles.

Aquella joven era otro ejemplo de la inagotable caridad de Guillermo. Su historia era muy sencilla; pero muy triste: se encerraba en dos palabras, y sin embargo contenía un mar de lágrimas.

Hacía algunos años, en medio de los espesos pinares que cercan a Orduña, se levantaban dos chozas miserables. Estaban formadas por estacas unidas con cal, y su techo era de helechos. Las dos chozas se hallaban separadas por una pequeña ermita, en donde se veneraba a la bendita Virgen. Al pie de la ermita brotaba una fuente de agua cristalina, llamada La Fuente del milagro. Ahora bien, se llamaba así, porque era fama que en los antiguos tiempos, un moro cubierto de lepra se había bañado en sus aguas, y habiéndosele aparecido la Virgen, le había devuelto la salud, por lo cual el moro convertido a la fe de Jesucristo, había levantado aquella ermita con sus propias manos.

Al pie de la Iglesia descollaba un lienzo ennegrecido, sobre el cual un pincel grotesco había trazado el milagro; pero bien se veía que el tosco pintor estaba lleno de fe y de unción al dibujar las figuras, porque había algo de divino en el cuadro que conmovía dulcemente el alma.

Con tal motivo, eran muchas las personas de Orduña y de todos los pueblos circunvecinos que acudían a la ermita en peregrinación, para alcanzar de la Virgen la curación de sus dolencias. Bebían de las aguas del manantial, y era tanta la virtud de éstas, o tan grande la fe de los que las bebían, que no pocas veces se efectuaba el milagro. Así es que la pequeña ermita estaba literalmente cubierta de devotas y piadosas ofrendas, que conmovían vivamente a los viajeros procedentes de las ciudades populosas y les causaban no poca envidia porque ¡ah!, ¡felices los que creen esperan, los que en medio de sus desventuras alzan los ojos al cielo y confían en el socorro del cielo! El castigo del escéptico consiste en no poder creer, en no poder esperar, cuando se revuelve en su lecho de dolores o gime bajo el peso de un infortunio superior a sus humanas fuerzas.

Pero en Orduña, en donde las costumbres eran sencillas y patriarcales, les era tan natural a sus habitantes creer como vivir, y así al altar de la pequeña ermita nunca le faltaron flores lozanas y preces fervorosas.

En aquellas dos pobres chozas habitaban dos familias, y con ser tan pobres, nadie podía jactarse de ser tan ricos como ellas en venturas; que no reside la felicidad las más veces en los palacios, sino que se refugia bajo los humildes e ignorados cobertizos, siendo como es una virgen púdica y modesta.

Una de aquellas familias era la del santero, guardador de la ermita, con una esposa joven y bella, y un niño de pocos años. El santero se ocupaba además en vender rosarios, santitos de madera y estampas, tallados los primeros por su mano, e iluminadas las segundas, también por su mano, con menos tosquedad de la que podía esperarse. En la obra choza, daban de comer a los que acudían a visitar el santuario, y aún les ofrecían hospitalidad franca y benévola por algunas horas, que otra cosa no podía ser, atendida la estrechez de su vivienda.

No contaban con aquellos solos recursos.

Anejo a una de las chozas había un pequeño huerto, y aneja a la otra una verde praderita: en aquél crecían frescas hortalizas; en ésta pacían tres hermosas cabras pintadas de blanco y negro, siendo los productos de ambas cosas usados en común por las dos familias. También la segunda familia se componía de un matrimonio joven con una prenda de su amor, sólo que en vez de ser niño era niña, de algunos años más que el primero.

Los dos maridos cultivaban el huerto y regaban la pradera para que fuesen más abundantes las hortalizas, y el pasto más frondoso. Las dos mujeres trabajaban juntas, hilando la una, y haciendo calcetas la otra con el hilo que hilaba la primera. Los dos niños jugaban juntos sobre la hierba esmaltada de flores, juntos iban en persecución de las pintadas mariposas, o se entretenían en coger las más bellas chinitas del arroyo. Ningún lazo de parentesco unía a las dos familias, pero su amistad databa de muy lejos. Habían sido amigos sus antepasados, lo habían sido sus padres y lo eran ellos. Era aquél un santo cariño hereditario que casi siempre los lazos del corazón suelen ser más indisolubles que los de la sangre. Mateo y Berta, Nicolás y Gertrudis, si no habían nacido todos en aquel sitio, habían nacido en los alrededores, y se habían acostumbrado a mirar como amiga a la argentina campana de la ermita. No habían visto otros campos ni otras ciudades que la austera ciudad de Orduña, emporio para ellos de todas las grandezas. Sus deseos no pasaban del círculo de sus montañas, sus ojos no buscaban otro espacio más allá de su cielo azul, sus corazones no ambicionaban otro amor que el puro y santo amor que los unía. Eran cual un grupo de árboles que se sostienen mutuamente, entrelazadas sus ramas, y embelesados con el gorgeo de los pajarillos que se anidan en su copa.

¿Qué monarca no hubiera envidiado su plácida ventura? ¡Ah!, ¡que la felicidad verdadera sólo puede experimentarla un alma satisfecha! El alma da sabor a los manjares y brillantes matices a todos los objetos.

¿Pero acaso puede ser la felicidad duradera en este mundo? ¿No está la cuna enlazada al sepulcro, el áspid oculto entre las flores, la tempestad escondida entre las nubes de oro?

Hemos venido aquí a combatir y no a gozar; hemos venido aquí a ayudar a Jesucristo llevando su pesada cruz hasta el calvario.

¡Es tan frágil lo que llamamos felicidad, que basta la caída de una hoja para destruirla!

La cabra más hermosa de las dos familias fue arrebatada un día, mientras estaba paciendo, por un lobo carnicero. Berta fue la primera que acudió al oír los balidos lastimeros de la triste cabritilla, fue la primera que vio a la sañuda fiera, arrebatándola ensangrentada y moribunda entre sus fauces, y fue tal el susto, que cayó gravemente enferma. Durante su enfermedad no pudo hilar, ni Gertrudis, atenta a cuidarla, trabajar sus calcetas. Llegó el invierno, y faltándoles el producto de su trabajo, no pudieron labrar convenientemente el huerto; hubo que matar una cabra tras otra, para proporcionar alimento adecuado a la pobre enferma. Y he aquí que ya no tuvieron ni leche ni dinero, y que el huerto produjo la mitad menos de lo que solía producir otros años. Y lo peor del caso fue que Berta al fin murió, dejando llenas de luto y de tristeza a las dos humildes chozas. Y quien más se sintió penetrado de mortal tristeza fue Mateo, que se halló repentinamente solo con su viudez, y como si le faltase una de las alas de su alma. Y en vano pedía a la Virgen fuerza para resistir a aquel dolor agudo; su naturaleza humana era flaca, y sucumbió a la pena moral que le aquejaba. Él era, como hemos dicho, el que labraba los bonitos rosarios de conchitas, el que tallaba los santos de madera y daba color a las estampas. Aunque su voluntad de trabajar era grande, pues tenía que cuidar de su niñito, sus manos se pusieron trémulas, su vista turbia, y los visitantes de la ermita ya no quisieron comprar los informes objetos que salían de su taller. Esto agravó su pena.

Sus momentos de solaz los pasaba rezando junto al altar de la Virgen, confundiendo en sus preces a su esposa y a su hijo.

Un día, sus amigos le aguardaron en vano a la hora de la cena, fueron en su busca, y le encontraron tendido al pie del altar, con los ojos fijos y las manos cruzadas sobre el pecho. ¡Había muerto!

Después de tributarle los honores fúnebres, Gertrudis y Nicolás cogieron al huerfanito entre sus brazos y le dijeron:

—Mira, Miguel, tus padres se han ido al cielo; pero nosotros seremos tus padres en la tierra. Reza por ellos, y ámanos a nosotros.

Juana, la hija de Nicolás y Gertrudis, que permanecía en un rincón, enjugándose las lágrimas con la punta del delantal, se acercó de puntillas, cogió a Miguel por detrás, y ciñéndole amorosamente con sus brazos, le dijo entre sollozos.

—¡Yo soy tu hermana mayor, Miguel, y te amaré mientras viva!

Juana tenía cinco años más que Miguel, y comprendía mejor que éste lo que significaba aquella caja negra, aquella fosa cavada al pie de un grupo de cipreses que daban sombra al cementerio, aquellas fúnebres plegarias.

Y aunque faltaban allí dos seres amorosos, la vida, cual agua de un manantial, después de haberse detenido un momento al caer en ella una piedra, vuelve a su apacible curso, siguió deslizándose serena y tranquila, que así como los árboles despojados por el vendaval se cubren de nuevas hojas, así el alma que pierde sus alegrías busca otras quizás vestidas de tristeza, pero que en el fondo son alegrías.

Sin embargo, ya no había objetos que poner en venta, fue preciso comprarlos en la ciudad, y esto disminuyó de una manera notable los productos. La desgracia es una cadena no interrumpida, cuyo último eslabón se enlaza con el primero.

Sobrevino un invierno muy riguroso; los víveres se encarecieron. Los caminos se cubrieron de hielo, y pocos fueron los atrevidos que dirigieron sus pasos a la ermita, casi oculta entre la nieve. Nicolás y Gertrudis habían empleado su pequeño capital en hacer acopios de estampas y rosarios y no tuvieron con qué comprar el pan de cada día. Había noches que se acostaban sin comer, y otras en que sólo habían comido algunas patatas cocidas. Como sus estómagos estaban exhaustos, y el frío era intenso, se consolaban con ir a coger hojarasca al monte y ver brillar en el hogar una llama esplendorosa.

Una noche se durmieron junto al hogar lleno de hojarasca, y Gertrudis se despertó a media noche al oír los desesperados ladridos de Turco, que pugnaba por echar abajo la puerta de la choza.

Se nos había olvidado decir que, desde la catástrofe de la cabra, Nicolás se había provisto de un enorme mastín negro que dormía fuera de la vivienda, en una choza de ramaje.

Despertó Gertrudis, y se sintió ahogada por un denso humo, y vio que las llamas, culebreando a lo largo de las paredes, subían ya a lamer el techo.

Su primer cuidado fue coger en sus brazos a los niños, que dormían abrazados, y sacarlos a la pradera; pero la bocanada de aire que entró al abrir la puerta encrespó las llamas, que se esparcieron por todas partes como un torbellino.

Gertrudis quiso salvar a su marido como había salvado a sus hijos; pero en vano le sacudió con fuerza para despertarle. Nicolás ni respondía ni se agitaba. Estaba asfixiado por el humo.

Cuando la infeliz se convenció de esta horrible verdad y quiso salir ya no pudo.

Las llamas formaban delante de ella una infranqueable barrera de fuego.

—¡Virgen bendita!, gritó, ¡cuida de mis hijos!

Este fue el último grito.

Los niños lo oyeron desde fuera y se abalanzaron a la puerta, desconociendo o acaso desafiando el peligro; pero Turco los rechazó con desesperada furia, y no contento con esto, los agarró por los vestidos con los dientes y los arrastró del incendio.

Las pobres criaturas cayeron de rodillas sobre la hierba y, levantando sus manecitas al cielo, prorrumpieron en ayes lastimeros.

Y arrodillados y llorando los hallaron los pastores que acudieron de todas partes, atraídos por el resplandor siniestro de las llamas.

Las llamas dejaron la choza reducida a un montón de escombros, y aun se atrevieron a ennegrecer las góticas ventanas de la ermita, y hasta subir a las campanas; pero allí se detuvieron asustadas por su eco que es un eco de los cielos.

Los pastores habían subido al campanario y tocaban a rebato.

Bien pronto se reunió en torno de la ermita un numeroso gentío, que logró salvar de las llamas la segunda choza y apagar el fuego.

Cuando brilló el alba, iluminó un cuadro lúgubre y siniestro. Montones de escombros, y sobre aquellos escombros dos cadáveres casi carbonizados, y junto a los cadáveres los dos niños arrodillados y llorando, mientras Turco aullaba tristemente, lamiéndoles los rostros y las manos.

En vano habían querido apartarlos de allí las compasivas vecinas; los dos niños no quisieron abandonar aquellos desfigurados despojos, que les representaban a sus padres.

El que primero había acudido al llamamiento del dolor, el que más había trabajado para conjurar la catástrofe, había sido el piadoso cura de aquellos caseríos, don Eustaquio, o padre Eustaquio, como le apellidaban comúnmente sus amantes feligreses.

A pesar de su avanzada edad, se le había visto en todas partes, ya bordeando la cornisa de la ermita, ya cargado con enormes cubos de agua.

Y terminada su benéfica tarea, apagado ya el incendio, en vez de entregarse al descanso, había mandado traer una caja de Orduña para dar sepultura a los cadáveres, y se había revestido precipitadamente con los hábitos sacerdotales.

¡Ay, qué fue de Juana y Miguel, cuando vieron deponer los adorados restos en la caja, cuando resistiéndose a las órdenes y a los ruegos, siguieron el fúnebre cortejo hasta el cementerio, y vieron remover la tierra delante del grupo de cipreses que sombreaban la humilde fosa de Mateo y Berta; cuando la caja descendió al hoyo con siniestro ruido, y cayeron sobre ella algunas paletadas de tierra, semejantes a la losa del olvido!

Tuvieron que sacarlos de allí convulsos, casi accidentados.

—¡Qué va a ser de estas pobres criaturas!, dijo una de las mujeres que formaban círculo a su alrededor.

—¡Yo los prohijo!, exclamó don Eustaquio con efusión.

Los campesinos le miraron sorprendidos. Bien sabían que no tenía más que una tarima para reclinar sus miembros, y que a menudo faltaba el pan en su humilde mesa.

¡Don Eustaquio todo lo daba a los pobres!

—No, padre Eustaquio, no, dijo un labrador acomodado, usted no puede echar sobre sí más cargas. Yo me llevaré a la niña...

—Y yo al niño, atajó otro.

— ¡Todos queremos ser sus padres!, exclamaron en coro los demás, vertiendo lágrimas de caritativa ternura; ¡cada uno de ellos pasará un mes en cada casa!

—No, dijo don Eustaquio, vosotros tenéis hijos.

—Si somos pobres, Dios nos amparará, que mira siempre por los huérfanos.

Trabóse una generosa lucha entre el cura y sus feligreses, a la que puso término Juana, adelantándose en medio de todos.

Estaba encarnada como una cereza, y en sus mejillas brillaban las lágrimas detenidas como otras tantas gotas de escarcha.

—Gracias, dijo con voz trémula y juntando sus manos sobre el pecho; nunca, nunca jamás olvidaremos lo que ustedes quieren hacer por nosotros. Pero no podemos aceptar sus beneficios. Yo he jurado a los que acaban de descender a la huesa que sería la hermana mayor de Miguel, su segunda madre. Tengo diez años, sé lavar, coser y hacer calceta.

Por fortuna nos habíamos trasladado a la casa de Miguel, que era más pequeña, con objeto de alquilar la nuestra, que es la que queda en pie.

Viviremos los dos juntos en ella, y Dios nos ayudará. ¿No ha dicho el señor cura que Dios es el padre de los huérfanos?

Había tanta energía en su acento, tanta firmeza en su actitud, que los circunstantes no se atrevieron a añadir a su dolor el dolor de una separación en tan lúgubres momentos.

Desembarazaron la tierra de escombros, y cada uno llevó a la choza respetada por las llamas la ofrenda compatible con sus intereses. Los unos un par de gallinas, los otros algunas docenas de huevos o un costal de patatas, y aun hubo quien proveyese la despensa con la mitad de un cerdo.

Juana no había vuelto a llorar: iba y venía como una verdadera mujercita, arreglándolo todo, colocándolo todo en el lugar más a propósito, y sonriendo a cuantos la llevaban sus caritativos presentes.

Si no hubiese sido por la lívida palidez de sus mejillas y por el círculo negro que rodeaba sus ojos, nadie hubiera creído en el dolor que la despedazaba el alma.

Don Eustaquio, que iba a verla por mañana y tarde, la estrechaba entre sus brazos con paternal cariño, al ver su laboriosidad y su juicio, y le decía:

—¡Haz bien, Juana, que el que bien hace para sí hace!

Ya que no podía ayudarla de otro modo, el buen cura, que tenía a su cargo el servicio de la ermita, hacía una cuestación todos los domingos en favor de los huérfanos, y debemos decirlo con dulce complacencia, nunca la hacía en vano.

Juana desde el primer día fabricó un corralito de tablas para colocar las gallinas, en vez de matarlas y comerlas, y con el producto de sus huevos compró un gallo; luego, con el producto de los pollos, compró una cabrita, y por último se puso por sí misma a cultivar el huerto sin abandonar por esto sus calcetas.

Pronto con el producto de sus pequeñas industrias pudo subvenir a sus necesidades, que eran bien pocas.

Entonces dijo a don Eustaquio:

—Sería un gran pecado en mí, aceptar hoy las limosnas que nos dan, supuesto que podemos vivir de nuestros propios recursos. Repártalas usted entre los más necesitados; pero en cambio quisiera pedir otra cosa. Quisiera que usted que es tan bueno me ensañase a leer y a escribir para enseñar yo a mi vez a Miguel, que es hombre, y necesita recibir otra instrucción.

Quedóse suspenso el anciano al oír este razonamiento, y exclamó con entusiasmo:

—Juana, tú eres la mujer fuerte de que nos habla la Escritura. Tú reedificarás tu casa, y sembrarás el bien en torno tuyo.

El pacto quedó hecho.

Empezaron desde aquel mismo día las lecciones, y tanto se aplicó Juana que pronto estuvo en estado de transmitir sus conocimientos a su hermano.

A Miguel le gustaba mucho más jugar que estudiar y, más que jugar, le gustaba tallar santitos de madera, y pintarrear estampas corno hacía su padre.

Por mucha paciencia que emplease Juana no podía sacar todos los resultados apetecidos de su indolente discípulo, y así, apenas supo leer y escribir, determinó enviarle a la escuela pública de Orduña.

Para esto era preciso vestirle con decencia y comprarle libros; Juana dejó a un lado sus calcetas y aprendió a hacer encajes, que iba a vender todos los sábados a la ciudad.

Con aquellos nuevos recursos pudo llevar adelante su generoso empeño, aunque no sin imponerse a sí misma las mayores privaciones.

Había muchas, muchas noches, que el sol se entraba por las ventanas de su cuarto iluminando su lecho todavía intacto.

Pero Juana era una de aquellas almas que viven de la vida ajena, y gozan con la dicha de cuantos les rodean.

No escaseó tampoco Dios, para probar su virtud, como había probado la de sus padres dándoles en recompensa la palma del martirio, amargas y duras pruebas.

Miguel era de una constitución endeble, y padeció casi todas las enfermedades peculiares de la infancia. ¡Oh, entonces sí que Juana desplegaba un ardor verdaderamente maternal, velando a su cabecera noche y día! ¡Oh, entonces sí que se privaba hasta del necesario alimento, para proporcionarle las medicinas salvadoras!

—Dichosa la familia en la cual entre esa niña, decían los ancianos, edificados con la ejemplar virtud de su conducta.

—Dios quiera que no siembre beneficios y recoja desengaños, decían las mujeres, más previsoras que los hombres, más conocedoras del corazón humano.

No obstante, Miguel por entonces no merecía la severidad de estos juicios.

Era un poco voluntarioso, un poco egoísta, como todos los niños mimados, pero no carecía de ternura y nobles sentimientos.

Un día que jugando con otros niños, cayó a un barranco, Juana, desafiando los peligros, bajó por la pendiente a recogerle, pero al subir con su amada carga, resbaló y se rompió una pierna, sin que Miguel recibiese daño alguno.

Tres meses estuvo en cama la pobre niña, y al fin se quedó coja, mostrándole en esta ocasión su hermano toda su gratitud y el ardiente cariño que le profesaba.

También procuraba mostrarle su gratitud asistiendo con regularidad a la escuela, y reportando premios cada año.

Dedicábase además a tallar santos de madera y pintar imágenes, que era su pasión favorita, haciéndolo con tal primor, que se restableció la venta de estos objetos produciéndoles regulares beneficios.

Entonces, ya pudo Juana aumentar el número de sus cabras y gallinas, comprar un cerdo, y una buchecilla, montada en la cual iba los sábados a Orduña a vender sus encajes y las hortalizas del huerto.

Corría mientras tanto el tiempo, ya cubriendo de verde alfombra la campiña, ya envolviéndola en sus sábanas de hielo. Juana llegó a contar veinte primaveras y Miguel quince; pero a despecho de los años, había una notable diferencia en el aspecto de ambos.

Juana, abrumada muy pronto por un ímprobo trabajo, agobiada por las angustias y las cavilaciones, lejos de crecer y desarrollarse, se había encorvado un poco y estaba tan pálida y tan delgada que parecía una niña; mientras Miguel era ya un robusto jovencillo y le apuntaba el bozo. Era alto y bien formado, de rostro expresivo y negra y rizada cabellera.

Las muchachas de los alrededores empezaban a ponerse coloradas en su presencia, y a arreglarse sus tocas cuando sabían que iba a pasar por delante de sus casas. También mostraban más celo por llevar las flores de sus macetas a la Virgen, y más afán por comprar rosarios y estampitas.

Juana se halló de repente con una porción de amigas; pero era tan cándida su inocencia, que nunca sospechó el objeto de aquellas visitas y aquellos agasajos; tampoco lo sospechaba Miguel; pero se encontraba muy a gusto departiendo con las chicas, dándoles fruta de los árboles, o regalándolas las flores más hermosas de su huerto.

No podía haber nada que complaciese más a Juana que el ver divertido y alegre a su hijito, como ella le llamaba; pero sin saber por qué, aquellos juegos y aquella alegría hacían brotar de sus ojos lágrimas amargas, que ella procuraba rechazar al fondo de su corazón y reemplazarlas con una plácida sonrisa. A veces, sin saber por qué, hablaba con sequedad a Miguel y acogía con desvío a sus amigas.

—¡Cuán mala soy!, pensaba entonces llena de vergüenza y de remordimientos. Tengo el peor de los defectos, la envidia! ¡Oh, yo rogaré con toda mi alma a la piadosa Virgen que me dé fuerzas para combatirla!

Y mientras ella rezaba con fervor ante el altar de la Virgen, los juegos y la algazara crecían en torno de la choza, y los ojos de Miguel brillaban de gozo, y los suyos se inclinaban al suelo empañados por el llanto.

Estaban todos tan acostumbrados a verla sufrir, que no se apercibieron de aquel nuevo sufrimiento; estaban tan acostumbrados a verla pálida y delgada, que no se apercibieron del círculo negro de sus ojos ni de la violácea lividez de sus labios.

Sólo se apercibía el pobre Turco, que no la abandonaba un solo instante, fijando sin cesar en ella sus inquietas y compasivas miradas.

Solo no; pronto hubo otro ser amante y compasivo que se apercibió de la tristeza de Juana.

Era éste el pastor Anselmo, el maravilloso tocador de flauta, que desde niño le había demostrado un singular afecto. Este afecto había crecido con la edad, transformándose en otro afecto más vehemente, más apasionado.

A medida que las muchachas de los contornos frecuentaban la choza de Juana, él la frecuentaba también, buscando especiosos pretextos a sus visitas.

Sin saber cómo sucedía aquello, Juana siempre le hallaba a su paso cuando salía, y en particular los sábados, al dirigirse a Orduña, montada en su buchecilla, estaba segura de verle sentado sobre una peña, y dando al aire los armoniosos sonidos de su flauta.

Juana, que experimentaba sumo gusto en verle, no se preguntaba jamás la causa de aquellos encuentros.

Cuando reunidos todos en el huerto, Miguel cogía las flores más bellas para regalárselas a las muchachas, Anselmo cogía a su vez una flor que estuviese en armonía por su modestia con la modestia de Juana, y se la ofrecía con mano temblorosa.

Cuando los domingos bailaban bajo las frondosas hayas que daban sombra a la ermita, y Juana permanecía olvidada en un rincón, siempre se presentaba él a ofrecerle el apoyo de su brazo. Si Juana estaba llorosa, sus ojos se llenaban de lágrimas, y respondía con suspiros a los suspiros que se escapaban del pecho de la joven, o procuraba disipar su tristeza con los acordes melancólicos de su flauta.

Jamás una palabra de amor había salido, no obstante, de sus labios: el verdadero amor es tímido y carece de frases lisonjeras. Sólo hablaba con los ojos, pero Juana traducía el lenguaje de sus ojos por el de una amistad profunda, a la que correspondía con toda el alma.

En cuanto a don Eustaquio, tan cándido como un adolescente, tan propenso a no juzgar nunca mal de las cosas, no había pensado jamás en el peligro que podía existir en la vida común que hacían Juana y Miguel, y fue preciso que se lo revelaran las habladurías de las comadres.

Entonces observó detenidamente a sus protegidos, y tomó una resolución definitiva.

Una tarde entró en la choza, a tiempo de que Juana y Miguel estaban cenando, sentados a una mesita de pino, mientras Turco saltaba entre ambos, pidiendo ya al uno, ya al otro, con graciosas contorsiones, su parte en las viandas.

Al ver entrar al buen párroco, los dos jóvenes se precipitaron a su encuentro, le besaron la mano, y le condujeron hasta un sillón de cuero, que Juana había comprado expresamente para él en una pública almoneda, porque no hay para qué decir que la joven había amueblado poco a poco su casita de modo que nada tenía que envidiar a los labradores más acomodados.

Con más rubor que una niña de quince años, después de los saludos de costumbre, hizo recaer don Eustaquio la conversación sobre el asunto que le traía preocupado.

—Y bien, dijo por fin tartamudeando y exhalando un profundo suspiro, producido por la violencia que se hacía a sí mismo, ¿cuáles son vuestros planes para el porvenir?

Juana y Miguel le miraron absortos, sin comprender lo que quería decirles.

—¡Eh! ¡eh!, repuso el pobre sacerdote sudando a mares, ya sois unos jóvenes y no sois hermanos. Me parece que si hubiesen vivido vuestros padres, al llegar a esta edad os habrían casado.

—¡Casarnos!, exclamó Miguel soltando una estrepitosa carcajada. ¡Esto está bueno!, ¿casarme yo con mi querida madrecita?

Juana nada dijo. La palabra casamiento cayó sobre su corazón como un rayo, revelándole la causa de sus sentimientos, el origen misterioso de sus lágrimas.

Bajó la cabeza, enrojecida de vergüenza, y sus manos trémulas se agarraron con fuerza a la mesa que tenía delante. Se le había turbado la vista y temía caer al suelo.

—Dichoso tú que vas a tener madre, esposa y hermana a la vez, exclamó el sacerdote, porque yo no dudo de que le darás tu nombre y la harás feliz.

Miguel se puso a rayar la mesa con el cuchillo que tenía en la mano, y guardó silencio.

Entonces el anciano se tornó tan pálido y tan trémulo como lo estaba Juana, y repuso con tono angustioso:

—Es que si no pensáis en casaros, será preciso que os separéis.

Juana, que había permanecido inmóvil, exhaló un gemido al oír aquella palabra terrible, y se llevó ambas manos al corazón. Luego apoyó la cabeza en el respaldo de la silla, y quedó como dormida.

Parecíase a un blanco lirio tronchado por la tormenta.

—¿Qué ha hecho usted?, exclamó Miguel abalanzándose hacia ella.

Las manos de Juana estaban heladas, su respiración era tan leve, que apenas la levantaba el seno.

—¡Se ha desmayado!, dijo el sacerdote lleno de zozobra; trae un poco de vinagre.

Obedeció Miguel, y mientras ambos le frotaban las sienes, Turco lamía las manos de la joven y prorrumpía en lamentos quejumbrosos.

Juana volvió en sí, y volvió en sí sonriendo.

—No se asusten ustedes, dijo con su inefable dulzura acostumbrada, esto me da muy a menudo.

¡De qué tratábamos antes!... ¡Ah! es verdad, de que será forzoso separarnos. ¿Qué dices tú, Miguel?

Miguel sintió que la mano de Juana, que tenía entre las suyas, había pasado del hielo al ardor de la calentura. La miró fijamente y repuso:

—¿Cómo nos hemos de separar si formamos un alma sola? Demos tiempo al tiempo, y yo haré cuanto el señor cura me indique que debo hacer.

Juana exhaló un grito supremo de júbilo, y llevando a sus labios la mano de Miguel, depositó en ella un casto beso.

¡Cree el corazón lo que desea! ¡Todos somos niños cuando tratan de engañarnos nuestros propios sentimientos!

También don Eustaquio se dejó engañar por aquellas dulces palabras, y contento por el buen éxito de su piadoso cometido, habló algunos instantes sobre los deberes del matrimonio, y luego trató de retirarse.

—Yo le acompañaré a usted, dijo vivamente Miguel, su casa está lejos y los campos solitarios.

Cogió con apresuramiento su capa, y se dirigió a la puerta.

Parecía no querer quedarse a solas con Juana.

Esta no lo advirtió. Deseaba a su vez quedarse sola, y saborear a solas su ventura.

Los vio alejarse casi con placer, y permaneció algunos instantes inmóvil, aturdida por aquel inesperado cambio de su suerte. Después, se fue acercando paso a paso al espejo, sin darse cuenta a sí misma de lo que hacía.

Se había enderezado repentinamente: sus mejillas estaban purpúreas, y sus ojos despedían un fulgor intenso. Juana soltó un grito de sorpresa al ver su imagen reflejada en el espejo.

—¡No soy tan fea!, exclamó con inocente orgullo.

Nunca he tratado de embellecerme. ¡Oh, ahora lo haré!

Corrió al cofre, y sacó su traje de los días de fiesta.

—¡Nunca me he mirado al espejo cuando me lo ponía!, prosiguió sonriendo.

Y se puso su saya azul, su corpiño negro, su camiseta blanca, su sarta de corales.

Se miró otra vez al espejo, y se encontró mucho más bella de lo que había creído.

¡Era que la felicidad la embellecía!

Entonces cruzaron por su mente una infinidad de recuerdos. Recordó los suspiros y las miradas de Anselmo, y a la luz de su amor, comprendió que eran hijos del amor y no de la amistad, como había pensado hasta entonces. Recordó sus tiernas palabras, sus discretos obsequios, y la timidez que le sobrecogía cuando se hallaba a solas con ella.

Luego cruzó por su imaginación el rostro de un gallardo caballero, que los sábados pasaba y repasaba por delante de su puesto, cuando iba a vender encajes, hortalizas y huevos frescos al mercado de Orduña. Aquel caballero le compraba todos los encajes que llevaba, lo que le había hecho decir a sus compañeros, si pensaría poner tienda.

Recordó que las vecinas, que tenían hijos casaderos, le decían muy a menudo:

—Dichosa la casa en donde tú entres: ¡ojalá que tú fueses la nuera que Dios me tiene destinada!

Pero al recordar todo esto, no pensaba ni en Anselmo ni en el elegante caballero, ni en los hijos de las vecinas: pensaba en Miguel, que no tendría que avergonzarse cuando la llevase del brazo y la llamase esposa.

Luego, sin saber por qué, pasó por delante de sus ojos como una mágica visión, Anacleta, la hija de la tía Angustias, que acababa de casarse con el guardabosque Victorio, y que a veces llevaba pendiente de su seno un ángel rubio, semejante al tierno botón unido al tallo de una rosa.

Luego fijó los ojos en una gran estampa pegada a la pared por encima de la cómoda.

La había pintado Miguel, y había pasado muchos días pintándola.

Representaba la gloriosa Asunción de María, y le pareció que los querubines que rodeaban la imagen de la Virgen tomaban formas y se salían del cuadro, oyendo sus voces argentinas que repetían muy quedo la palabra madre. Y sin saber por qué, como si estas visiones tuviesen nada que ver con el estado de su alma, el rubor cubrió su frente y sus ojos se inclinaron modestamente al suelo.

Y al paso que el rubor cubría su frente, y un poder invencible le hacía fijar los ojos en el suelo, sentía su corazón henchirse de una embriaguez tal que le impedía el respirar libremente, siéndola forzoso abandonar la estancia y salir al huerto.

Salió al huerto y se sentó debajo de una acacia en flor, que esparcía en torno sus suavísimos perfumes. Y allí volvieron a perseguirle aquellas imágenes graciosas. Vio a Anacleta en todos los huecos que dejaban entre sí las ramas de los árboles, vio el grupo de querubines en todas las estrellas que esmaltaban el firmamento. Cerró los ojos, y aun con los ojos cerrados estuvo viendo aquellas mágicas visiones. Y su corazón siguió palpitando dulcemente, y de sus ojos siguieron desbordándose, sin ella siquiera advertirlo, lágrimas de gozo.

De repente llegó a su oído el lejano murmullo de dos voces. Estremeciósele el corazón, porque en una de aquellas voces creyó reconocer la de Miguel.

Entonces, obedeciendo a un impulso instintivo se levantó y se dirigió al sitio de donde partían las voces.

¡Ay, por qué se dirigió a aquel sitio!, ¿qué horrible fatalidad nos guía a querer descorrer imprudentemente el misterioso velo del destino?

Llegó al vallado, apoyóse en los setos y escuchó.

El que hablaba era Miguel, y su interlocutor el anciano sacerdote.

Estaban detenidos en medio del camino, a bastante distancia, y sólo el silencio de la noche podía hacer que llegase hasta allí el eco de sus voces, y se oyeran distintamente sus palabras.

—Le juro a usted que nunca jamás se había ofrecido a mi imaginación la idea de que Juana pudiera ser mi esposa, decía Miguel. Estaba acostumbrado a ver en ella a mi madre o a mi hermana mayor, y nunca he pensado que pudieran unirnos otros lazos. Así, pues, no es extraño que su inesperada proposición de usted me haya sobrecogido, me haya aterrado. ¿Cree usted, por otra parte, que Juana me ame?, que pudiera resignarse a su vez a tomarme por marido? ¡Ilusión!, ¡mentira! ¡Se ha afectado con la idea de nuestra separación, como se afectó cuando éramos niños y quisieron separarnos!

—Y sin embargo, éste es un dilema que hay que resolver de un modo u otro, dijo don Eustaquio, sois mozos y la gente murmura de ver que vivís juntos.

Miguel dio algunos pasos fuera de sí, apretándose la frente con ambas manos, como sí quisiera hacer brotar de su imaginación una idea que lo conciliase todo.

—¿Amas a otra?, le preguntó don Eustaquio con voz trémula.

Miguel se detuvo, reflexionó algunos instantes, y luego dijo:

—¡No! ¡Mi corazón está libre! No hay ninguna de las jóvenes que me rodean, que corresponda al bello ideal que me he forjado en mis sueños...

¡Porque yo sueño mucho, padre mío!... Sueño con vivir en otro centro, en otra esfera; ¡sueño con la gloria!... Esta vida tranquila, uniforme, me abruma: quisiera brillar... sentir... luchar...

—Hijo mío, exclamó don Eustaquio, ¡imprudentes de los que hallándose en la plácida orilla se arrojan al golfo turbulento de los mares! Insensatos de los que teniendo entre sus manos la felicidad, la arrojan a los cuatro vientos para ir en pos de soñadas y mentidas ilusiones. Yo he nacido aquí, aquí he vivido y aquí bajaré al sepulcro. ¿Acaso se sirve menos a Dios y a la sociedad en los apartados campos que en las ciudades populosas?

—¡Soy tan joven!, interrumpió Miguel. Hace mucho, mucho tiempo, que me persiguen estos sueños, y conozco que si no se realizan, seré desventurado. ¡Oh!, ¡si tuviera dinero para ir a Madrid... Esto lo conciliaría todo... Me ha dicho un escultor de Orduña que si fuese a Madrid haría carrera, y que mil reales me bastarían para el viaje y vivir allí los primeros meses.

¡Mil reales es tan poco!... y sin embargo, ¿Cuándo los tendré?, ¡jamás!...

Y sin embargo siento que abrasa mi mente la llamada del genio, ¡siento que he nacido artista y que podría llegar a inscribir mi nombre en el templo de la fama!

¡Ah, que sabe el marinero cuando se aleja de la playa, a la luz del sol y con viento favorable, si algunas horas después la tempestad arrojará a ella su cadáver, envuelto en sus jarcias destrozadas!, dijo tristemente el cura.

—¡Ser artista!, prosiguió Miguel sin escucharle, ¡ver a mis pies la multitud batiendo palmas, y remontarme con mi paleta al cielo para arrebatarte sus arcanos!... ¡Tener la frente ceñida de laurel, y pasar como un semidiós por enmedio de las turbas... Y luego, cuando hubiese levantado una cúpula como la de San Pedro en Roma, o trazado una Virgen maravillosa corno las de Rafael, volver a mi oscura aldea y ofrecer a Juana, a mi querida madrecita, los eternos lauros conquistados con mi paciente esfuerzo.

—¡Cuidado!, interrumpió vivamente don Eustaquio, ¡no cubras con el manto del cariño y la gratitud lo que es tan sólo egoísmo!... Deseas ir a Madrid para satisfacer tu capricho y nada más. ¿Volverías? ¡Dios lo sabe! Lo más natural es que en aquel revuelto torbellino, quedase prisionero tu corazón, y acaso en los lazos que menos le convinieran. Pero en fin, no hablemos de eso. Aunque vendiese mi tarima y mi breviario, no podría proporcionarte los mil reales que te faltan. Demos tiempo al tiempo, como tú dices, y Dios me inspirará el medio de salir de este conflicto.

Ambos echaron a andar, don Eustaquio con paso lento y grave, y Miguel con paso desigual, que demostraba el febril estado de su alma.

Aunque se perdió a lo lejos el ruido de sus pasos, Juana siguió inmóvil apoyada en el vallado.

Le parecía haber muerto, y que estaba envuelta en las fúnebres gasas del sepulcro.

Permaneció inmóvil y silenciosa mucho tiempo.

Después sintió una extraña sensación de frío: tenía frío en el alma, tenía frío en el cuerpo. Maquinalmente, por instinto, se apartó del vallado, atravesó el huerto, penetró en la cabaña.

Allí encendió la luz; quitó la mesa, arregló las camas como tenía de costumbre. Iba y venía lenta y pesadamente como un sonámbulo que obra por instinto en medio de su sueño.

Yendo y viniendo, se halló sin saber cómo delante del espejo. Vio en él reflejada su imagen, dio un grito y cayó de espaldas.

Se había visto pálida, demudada, horrible, y como un cruel sarcasmo vestida con su traje de los días de fiesta.

El dolor que le produjo la caída la sacó de su anonadamiento. Parecióle que despertaba de un sueño espantoso, para volver a la realidad más espantosa todavía.

Se quitó el traje desgarrándolo, y dando gritos como si hubiese sido la túnica fatal de Deyanira.

Pero enmudeció de pronto, viendo entrar a Turco dando saltos de alegría.

Turco había ido a acompañar a su amo, y sin duda le venía precediendo.

En efecto, oíanse resonar ya muy cerca unos pasos ligeros.

—¡Si pudiese morir antes que entrase!, pensó la desventurada, poniéndose apresuradamente su vestido de todos los días y ocultando el otro.

¡Ah, que el dolor no mata, cuando ella no murió al ver salvar a Miguel los umbrales de la puerta!

Y no sólo no murió, sino que tuvo valor para recibirle con su dulce sonrisa de siempre, rezar con él las oraciones acostumbradas, y aun esperar a que estuviese acostado, para quitarle la luz y darle las buenas noches.

Pero así que le dio las buenas noches, así que hubo apagado la luz, ya no tuvo fuerzas para moverse, y cayó como una masa inerte sobre el pavimento.

¿Qué nos dicen los historiadores de las batallas célebres ganadas por los héroes?

No hay batalla más sangrienta que la que se traba en el corazón del hombre, destrozado por las pasiones.

Sólo Dios sabe, sólo los ángeles supieron lo que pasó en el corazón de Juana durante aquella lúgubre, aquella interminable noche.

Pero apenas rayó el alba, se puso de pie, tranquila y resignada. Se lavó el rostro con agua fría, y salió al campo.

Se dirigió primero a la ermita y oró con fervor a los pies de la Madre dolorosa; después fue a llamar a la puerta de una alquería inmediata.

—¿Quién es?, dijo una mujer alta y gruesa que estaba amontonando el estiércol con una pala.

—Soy yo, tía Angustias; abra usted, respondió dulcemente la joven.

Salió la tía Angustias, y exclamó soltando la pala y santiguándose:

—Jesús, Dios mío, ¿qué te sucede que vienes tan demudada?

—Pues no me sucede nada, tía Angustias, replicó Juana sonriendo, no vengo más que a proponer a usted un negocio. Muchas veces me ha dicho usted que me envidiaba mi choza tan limpita, en donde vería de buen grado establecerse a su hija Anacleta, casada con Victorio el guardabosque, que por no tener casa viven con usted, y yo vengo a proponerle su compra.

—¡Ave María Purísima!, exclamó la tía Angustias, y vosotros, ¿qué vais a hacer?

—Ya somos mayores para vivir juntos, respondió Juana ruborizándose. Miguel irá a Madrid a aprender a hacer figuritas más bellas que las que hace ahora, y yo me pondré a servir.

—Vaya, que sois jóvenes muy cabales y muy prudentes, saltó la tía Angustias, porque ya se empezaba a murmurar de vosotros entre los vecinos. Y, ¿qué es lo que vendes?

—Todo: la cabaña con sus muebles la huerta y los animales.

—¿Y cuánto pides?

—Necesito mil reales y al contado.

—Al contado sería lo de menos, porque Victorio ya tiene reunida la cantidad que necesita para poner su casa. Aquí somos muchos, y ellos no viven a gusto, que el casado casa quiere. Yo hallaría lo que faltase, porque aunque somos pobres, tenemos quien nos preste, pero mil reales no te puedo dar, ni creo que te los dé nadie como tú no te vendieras encima.

Sintió Juana que le flaqueaban las piernas ante la imposibilidad de llevar a cabo su noble sacrificio, y balbució con voz entrecortada:

—¿Pues cuánto me daría usted?

—Pues mira, por ser tú, setecientos reales.

—Pues bien, búsquelos usted al instante, que yo buscaré los otros trescientos.

—Vengan esos cinco, exclamó la tía Angustias alborozada, segura de haber hecho un buen negocio.

Juana dio algunos pasos para alejarse y tropezó con Turco, que la había venido siguiendo callandito.

—¡Ah, dijo volviendo precipitadamente atrás! ¡Lo vendo todo menos el perro; el perro no!

—Vaya, mujer, ¿quién va a querer a ese feo animal, que ya se está cayendo de viejo?

Juana pasó la mano por el lomo del pobre Turco, que se la lamió corno si hubiera comprendido de lo que se trataba, y prosiguió su camino.

Andaba ligera sobre la hierba mojada por el rocío de la mañana, y nadie al ver la expresión apacible y resignada de su fisonomía, hubiera adivinado la espantosa tortura de su alma.

Iba muy lejos, iba a un cortijo que se enseñoreaba sobre la cúspide de un peñasco, mientras a sus pies se extendía una anchurosa balsa de aguas límpidas y azules.

El cortijo pertenecía a un labrador muy rico, pero muy avaro, y tan avaro como él era su mujer, a pesar de hallarse tullida y postrada en cama hacía ya muchos años, y ver cuán inútiles la eran las riquezas para recobrar la salud perdida.

Como todos los avaros, el tío Blas y la tía Segunda tenían mucho miedo a los ladrones, y así, antes de que pudiese Juana penetrar en el interior del cortijo, le fue preciso esperar a que se quitasen una multitud de cadenas y se descorrieran una infinidad de cerrojos.

—Tío Blas, dijo Juana con aire resuelto, sé que se ha ido Rufina, y que necesita usted reemplazarla con una mujer fiel que cuide de la enferma y del gobierno de la casa. Yo quiero ponerme a servir, y me ofrezco a reemplazarla.

Era proverbial en aquellos alrededores la honradez, la economía y la laboriosidad de Juana, así es que el tío Blas abrió tamaños ojos, sorprendiéndole la fortuna que tan de mañana se entraba por su casa.

—Sólo pongo una condición, repuso Juana, y es que ha de adelantar de una vez, y hoy mismo, todo el salario que me corresponda por los años que usted mismo fije, pero la cantidad no puede ser menos de trescientos reales.

—¡Entonces toda tu vida!, exclamó el tío Blas con viveza.

—¡Sea toda mi vida, no me importa!, respondió tranquilamente Juana.

Si al tío Blas le gustaba adquirir tan buena servidora, no le gustaba soltar quince hermosos pesos fuertes uno sobre otro.

Batalló pues largo rato entre su avaricia y su conveniencia, y por último dijo suspirando.

—Pues bien, mujer, me avengo; pero, ¿y si tú me faltas mañana?

—Yo no tengo más que una palabra, respondió la joven con firmeza.

—Sí, ya sé que eres formal, pero mejor será que hagamos una escriturita, porque las palabras vuelan y los papeles quedan. Si estás bien decidida, voy por el señor cura y la hacemos.

—Vaya usted, que aquí le aguardo, atajó vivamente Juana.

Y luego repuso con igual viveza:

—¡Ah!, pongo otra condición, y es que estará conmigo el perro.

—Este perrucho tan feo: ¿para qué lo quieres, si tengo yo perros tan grandes y tan hermosos?

—No importa, es mi amigo, quizás mi único amigo, dijo Juana, cuyos ojos se llenaron por primera vez de lágrimas.

—Pero tú considera que tengo que mantenerle.

—No; se mantendrá con mi parte de comida.

—Bien, mujer, vaya por el perro. Quédate ahí, mientras voy en busca del señor cura. Ya ves, me inspiras entera confianza, supuesto que no cierro ni una puerta de la casa.

Alejóse el tío Blas con más ligereza de lo que parecían permitir sus años, y Juana se sentó sobre unas piedras, con el rostro caído sobre el pecho y las manos cruzadas sobre las rodillas.

Turco, como si comprendiese su desolación, permaneció inmóvil y silencioso a su lado, fijas en ella sus amorosas Pupilas. ¡Parecía no querer turbar su dolor!

Pero Juana exhaló un gemido, y dos lágrimas nublaron los ojos del fiel perro.

Violas la infeliz, sintióse conmovida hasta el fondo de su alma, y exclamó, circundando con sus brazos la cabeza del noble animal:

—¡Pobre Turco, pobre Turco mío!, tú me quieres, sin saber si soy bonita o fea, ¡tú me quieres y me querrás mientras existas!

Todas las lágrimas aglomeradas en el fondo de su corazón se desbordaron de repente, y cayeron como un verdadero diluvio sobre su falda.

Aquel desahogo la salvó de la muerte o de una enfermedad peligrosa.

Lloró y sollozó hasta que apercibió de lejos al tío Blas que venía precediendo a don Eustaquio.

Entonces juntó las manos sobre el pecho y murmuró con tono fervoroso:

—¡Oh! Virgen mía, tú que asististe resignada a la agonía de tu único hijo, con el pecho traspasado por siete agudísimos puñales, ¡dame fuerza para sobrellevar con resignación esta amarga prueba de mi vida!

—¿Qué es esto, Juana, qué es esto?, exclamó el cura desde lejos. ¿Qué extraña determinación es la tuya?

Venía el buen anciano todo conturbado y pesaroso, con la noticia que el tío Blas acababa de darle.

—Vamos, vamos, añadió así que estuvo cerca de la pobre niña, cogiéndola ambas manos y estrechándolas entre las suyas. Piénsalo mejor, ¡un compromiso para toda la vida!

—Pero don Eustaquio, exclamó el tío Blas amostazado, ¿no parece sino que se va a tirar al pozo? Nosotros no tenemos hijos, y si ella se porta bien, como creo, la tendremos en lugar de hija.

—Juana, piénsalo bien; no obedezcas a la impresión del momento. Si algo te han dicho, si algo has oído, deja transcurrir algún tiempo antes de tomar una resolución definitiva. ¡Piensa en ti!

—¡Pensar en mí!, murmuró Juana con una triste sonrisa. Luego prosiguió con firme tono. Padre mío, mi único padre, no se oponga usted a mi deseo. He meditado seriamente el paso que voy a dar, he pensado todas sus consecuencias, y estoy resuelta a darlo. Usted mismo ha dicho que Miguel y yo no podemos vivir juntos, y éste es el único medio decoroso de separarnos. Traiga usted pluma y papel, tío Blas, y yo extenderé la obligación, autorizándola el señor cura con su firma.

Trajo el tío Blas apresuradamente el tintero, que parecía un barreño por lo grande y lo descomunal, lleno de un líquido negruzco que quería ser tinta, un pliego de papel ya del todo amarillo a causa del tiempo que había estado sin ver la luz, y el cañón de una pluma de ganso.

A pesar de lo malo de los enseres y del temblor de su pulso, Juana extendió la obligación en grandes letras, habiéndose negado a extenderla el señor cura, e iba a firmarla, cuando sobrevino un hombre ya entrado en años, que era el mozo de labranza de la casa.

Era el mozo de labranza, habiendo sido antes uno de los labradores más acomodados de aquellos contornos, pero el juego y el vino le habían obligado a vender sus tierras una por una, reduciéndole al más precario estado. Tan amiga del juego y del vino como él, era su mujer, vieja estantigua que se ocupaba en hacer ramilletes para ir a venderlos a Orduña, y que nunca volvía a su casa con el producto de la venta, porque lo dejaba en la taberna. Hallábase a la sazón el matrimonio con el agua al cuello, como suele decirse, y la tía Ojazos, que así la llamaban a la mujer, había puesto la proa a la casa del tío Blas, diciéndose que una casa sin ama, o poco menos, supuesto que el ama estaba postrada en la cama, debía ofrecer pingües ventajas.

No habían tenido poca parte la tía Ojazos y su marido Ruperto en la ida de Rufina, y así que se extendió la voz del paso que iba a dar Juana, acudió el segundo todo sofocado, diciendo al tío Blas con trágico y solemne ademán:

—Téngase, señor; ¿qué es lo que va a hacer?, su casa necesita una mujer de fundamento, y no una mocosilla que no parará mientes en nada.

Aprovechó el cura la ocasión para intervenir otra vez diciendo:

—Tú eres quien debes pensarlo, Juana, mira que es mala consejera la obcecación del momento.

Pero el tío Blas, que sabía mejor que nadie lo que le convenía, puso fin a la polémica plantando su firma en el papel, y obligando al mismo Ruperto a que pusiera debajo una gran cruz, hecho lo cual, fue por el dinero y lo puso, no sin soltar un suspiro, en las manos de Juana.

Aquella misma tarde al caer el sol, hallábanse Miguel y Juana sentados en una margen del camino real, aguardando que pasase una galera que se dirigía a Madrid.

Ambos estaban tristes, con los ojos fijos en el suelo y las manos entrelazadas.

Turco, echado en medio de ellos, fijaba ya en uno ya en otro sus inquietas miradas, como si presintiera la separación horrible.

Inmóvil y silenciosa estaba la naturaleza, pareciendo tomar parte en el dolor de aquellas dos almas destrozadas. Nubes negras entoldaban el ocaso, y las avecillas y los insectos habían suspendido antes de tiempo sus himnos y susurros, y antes de tiempo habían ido a refugiarse los unos en el cáliz de las flores, los otros en sus nidos colgados de los árboles. Hasta los arroyuelos que se deslizaban al través de la florida grama, parecían contener sus alegres murmullos de otras veces.

De repente turbaron el augusto silencio los cencerros de las mulas, y la enorme galera asomó por un recodo del camino.

Miguel y Juana se estremecieron; Turco se incorporó dando un quejido doloroso.

—¡Juana, Juana de mi vida!, exclamó Miguel derramando abundantes lágrimas, ¡madre mía, hermana mía, esposa mía, nunca olvidaré que todo te lo debo, mi dicha pasada, mi dicha presente, mi futura dicha! ¡Te amo! ¿Cómo podría no amarte siendo tú tan buena? ¡En este solemne instante te recuerdo la promesa que te hice hace poco delante del sepulcro de mis padres, de volver en breve coronado de laureles para darte el dulcísimo nombre de esposa!

—Bien sabes que yo no he aceptado esa promesa, exclamó vivamente Juana ruborizándose, eres libre, libre como el aire, y puedes poner tus afectos en quien quieras.

—¡No, no!, dijo Miguel con voz ahogada.

Buscó en torno de sí, y sus manos trémulas se apoderaron de la blanca flor de una acacia que se asomaba ruborosa entre el follaje.

—No tengo nada que darte como testimonio de mi fe, prosiguió entre sollozos, pero toma esta humilde flor, y que ella te recuerde siempre que, aunque me alejo, aquí queda mi alma.

La galera, que se había ido acercando con su paso sosegado y majestuoso, paró en aquel instante junto a ellos.

—¡Ohé, Miguel, ohé!, gritó el conductor desde su asiento, date prisa que la noche ya está encima.

—Juana, un último abrazo, un último beso, exclamó Miguel, sucumbiendo a su emoción, ¡un casto beso, como los que imprimías en mi frente cuando era niño!

Y ciñó con sus brazos el talle de la joven, e imprimió en su frente el beso de esponsales.

A aquel contacto, Juana sintió correr por sus venas un raudal de fuego, y despavorida, fuera de sí, loca de dolor y de embriaguez, se levantó y corrió a apoyarse en el tronco de un árbol cercano.

Todo daba vueltas a su alrededor, como si fuese a desplomarse el universo.

—Muchacho, ¿qué haces?, gritó el conductor, ¿crees que tenemos tiempo para estar aquí parados? ¡Déjate de lloriqueos y sube!

Volvió en sí Juana, al oír estas palabras, hizo un supremo esfuerzo, tomó de la mano a Miguel, y le arrastró suavemente hacia la galera.

—¡Hasta la vuelta!, exclamó Miguel con apasionado acento, abalanzándose al interior del vehículo.

—¡Sé feliz!, murmuró la joven.

Turco puso sus dos manos sobre la rueda.

—¿Tú también?, exclamó Juana con explosión dolorosa.

El perro volvió hacia ella sus ojos empañados por las lágrimas, los fijó en Miguel, y por último retrocedió, dando un lúgubre aullido, y yendo a colocarse con la cola entre piernas al lado de Juana.

Por fortuna el conductor, comprendiendo que era preciso poner término a aquella desgarradora escena, sacudió el látigo, y obligó a las mulas a que emprendieran una carrera más rápida que la acostumbrada.

Juana estuvo viendo alejarse la pesada mole y desaparecer a lo lejos como un punto negro.

Cuando hubo desaparecido del todo soltó un grito de supremo dolor y cayó desplomada al suelo.

Volvió en sí tras largo rato, reanimada por las caricias del pobre Turco, que daba vueltas en torno de ella, aullando tristemente.

Entonces se puso de pie, alzó los ojos al cielo y, ya fuerte y resignada, tomó de nuevo el camino que antes había recorrido con Miguel.

Lo recorrió sola, besando las ramas que él había tocado al pasar, la piedra en que había estado sentado.

Entonces resonaron entre el follaje los sonidos melancólicos de una flauta. Era un himno de dolor lleno de preces, quejas y sollozos.

Concordaba perfectamente con el estado del alma de la pobre Juana, quien no pudo menos de enviar una sonrisa de gratitud al oculto músico, que tan bien comprendía y compartía sus penas.

Hasta los mismos umbrales de su cabaña la acompañaron los ecos mágicos. Al llegar allí expiraron en un prolongado gemido.

Juana se detuvo y se apoyó en el tronco de un árbol que sombreaba la puerta.

Al apoyarse en él, percibió una suave fragancia que hizo palpitar su corazón, renovando todas sus heridas.

Era una acacia cubierta de blancas florecitas iguales a la que llevaba en el seno, y le recordaba la amarga despedida.

Hizo un esfuerzo, y quiso penetrar en la cabaña.

¡Ay, desdichada, ay!

Victorio y Anacleta, ya habían tomado posesión de su tacita de plata, y estaban cenando, sentados a la pequeña mesa, en donde ella y Miguel habían estado sentados tantas veces.

Anacleta tenía pendiente del seno un ángel rubio y sonrosado.

¿No era aquél el cuadro dulce y apacible que había vislumbrado en sus sueños?

El guardabosque la vio, y quiso levantarse para correr a su encuentro.

—Quietos, quietos, dijo con volubilidad Juana, para dar más seguridad a su voz, he hecho ya el lío de mi ropa, y no tengo más que ir a cogerlo. Es tarde y me aguardan en el cortijo.

La cabaña se componía de la cocina y dos alcobitas, contigua la una de la otra.

Juana se precipitó en la que había sido suya, cogió el lío, se deslizó en la de Miguel, y besó su cama, la pila de agua bendita que ella le había comprado, el santo crucifijo que había velado su sueño.

Luego, con la misma precipitación, se deslizó en el huerto, besó la buchecilla que había sido su constante compañera, los árboles frondosos, que tantas veces habían acompañado con sus blandos susurros la adorada voz del compañero de su alma.

Luego salió precipitadamente, llevando el lío de la ropa por delante de la cara, para que Victorio y Anacleta no pudieran ver sus lágrimas, y diciendo adiós, adiós, se alejó corriendo, no parando su insensata carrera hasta que se halló con don Eustaquio, que la aguardaba sentado en un ribazo al lado del camino.

El prudente anciano no había querido turbar con su presencia la postrera despedida, pero triste y angustiado había resuelto esperar a Juana en aquel sitio para darle algún consuelo.

Juana se arrojó en sus brazos y prorrumpió en sollozos.

—¡Está hecho!, exclamó con voz apagada, ¡quizás no le vuelva a ver!

—Miguel es bueno, dijo el cura, y no olvidará ninguna de sus promesas.

—Lo más natural ,respondió Juana lentamente, es que en aquel revuelto torbellino quede preso su corazón, y acaso en los lazos que menos le convengan.

Don Eustaquio recordó que aquéllas eran las mismas palabras que había dirigido a Miguel, y guardó silencio.

—¡Quede usted con Dios!, dijo Juana.

—Acuérdate de que soy tu padre, y rogaré a Dios por tu bien, balbució dulcemente el noble anciano.

—Ruegue usted por él, padre mío, replicó Juana alejándose, yo sé sufrir.

Y en pos de aquella lúgubre noche sobrevino la espléndida aurora, y pasaron los días y las semanas, los meses y los años, y Juana convirtió su letra deforme en una hermosa letra, tanto la ejercitó para escribir a su amante amigo, cuyas cartas llegaban hasta ella con una precisión matemática. Por lo demás, sus amos, lejos de tratarle como a hija, conforme a su promesa, la trataban como a esclava. La hacían trabajar mucho sin permitirle ni un solo momento de descanso y distracción, y si bien le escaseaban la comida, no le escaseaban los regaños, siendo éstos incesantes y a propósito de todo. Segunda reunía a su avaricia un genio cicatero y atrabiliario; Blas era desconfiado y gruñón.

—¡Mira que Juana está cada vez más pálida y más delgada!, le decía el cura, ¡mira que abusas de su angélica bondad, y Dios te lo tomará en cuenta!

—¡Pues ella tiene la culpa, que no come por darle su parte al maldito perro!, refunfuñaba Blas, y esto bien mirado, es una estafa de su parte, porque si se muriese; ¡quién me indemnizaría de la cantidad que he dado!

Juana a veces oía estas razones, y alarmada por ellas su timorata conciencia, hacía cuanto podía para cuidarse y conservar su salud.

Pero a pesar de los esfuerzos de su poderosa voluntad, su alma decaía visiblemente, y parecía acercarse con rápidos pasos al sepulcro.

Un suceso leve en la apariencia, puso el colmo a sus sufrimientos.

No había contribuido poco la envidiosa tía Ojazos al mal tratamiento que recibía Juana de sus amos.

La tía Ojazos, que quería a toda costa entrar en la casa, no perdonaba ocasión de poner de relieve los defectos de la pobre joven, y de comentar y dar un sentido torcido a sus acciones o palabras más inocentes, levantando calumnias, urdiendo intrigas, y atacando hasta a la probidad y a la honradez de su enemiga, que era la misma probidad y la misma honradez en toda la extensión de la palabra.

Habíale dado el capricho a la enferma de beber de las aguas de la fuente milagrosa, o por mejor decir, la tía Ojazos había hecho nacer este capricho, pues con pretexto de llevarle un cantarito de agua todas las tardes, tenía entrada franca en la casa.

Retrasóse una tarde la oficiosa vieja, impacientóse la enferma con su tardanza, y ordenó a Juana que fuese a buscar el agua.

Fue ésta y volvió con la diligencia que empleaba siempre en obedecer los mandatos de sus amos; pero quiso su mala suerte que le saliese al paso Anselmo y la detuviera.

Habíanse pasado cinco años desde la partida de Miguel, y en cinco años no había dejado una sola noche el pastor amante de dar a Juana una serenata.

Hasta ella llegaban aquellos acordes cuando se retiraba a su cuarto, y más de una vez había enviado un suspiro de gratitud al fiel amigo tan constante en sus afectos.

—Juana, dijo el pastor más ruboroso que una jovencilla de doce años, saliéndole repentinamente al encuentro, necesito decirte dos palabras. Mi anciana madre ha muerto, y gimo solo junto al hogar apagado de mi casa. Te amo; bien sabes que te amo, aunque mis labios jamás hayan osado decírtelo. Tú amabas a otro, y respetaba tu amor. Pero han pasado cinco años y Miguel no ha vuelto. ¡Quizás no vuelva jamás!¿Quieres aceptar el apoyo de mi brazo, quieres reclinarte en mi seno aceptándome por esposo?

—Eres demasiado noble y generoso, repuso Juana, para que yo te engañe. He entregado mi corazón a Miguel, y un corazón como el mío no cambia jamás de afectos. Que vuelva o no vuelva, le aguardaré mientras viva. Anselmo, tu madre ha muerto, el hogar de tu casa está apagado, busca una esposa digna de ti que te haga feliz con su amor.

—Mi corazón no cambia jamás de afectos, exclamó Anselmo vivamente; que me ames o no me ames, te aguardaré mientras viva.

Y loco de dolor se entró por medio de las breñas.

Ya era tarde. La tía Ojazos los había visto y, sonriendo con aire de triunfo, había echado a correr hacia el cortijo.

Por más prisa que quiso darse Juana en seguirla no pudo alcanzarla, y cuando llegó halló a sus amos enfurecidos. El tío Blas, en particular, la llenó de insultos, y hasta se permitió pegarle con una estaca, cosa que no había hecho hasta entonces.

Juana, tan trabajada ya por el sufrimiento, no pudo resistir al dolor que le causó esta escena y cayó gravemente enferma.

Sola hubiera estado revolcándose en su lecho, porque Blas no quería dejar entrar a ninguna vecina por no verse obligado a darle siquiera chocolate, como era de costumbre, si no la hubiese acompañado el pobre Turco, que también estaba transparente y medio muerto.

El pobre Turco se hacía un ovillo, y permanecía horas y horas sobre su cama para calentarla, o le lamía el rostro y las manos, para manifestarle su cariño.

Prefería estar con ella a ir al estercolero en busca de algún hueso pelado o mondaduras de patatas, su único alimento desde que su ama estaba enferma.

Y aun así, se había concitado de tal modo el odio de Blas, creyéndole la causa de la enfermedad de Juana, que no había vez que éste le atisbase por alguna parte que no le hiciese hacer un doloroso conocimiento con su estaca.

De cuanto martirio servía todo esto a la enferma, no hay para qué decirlo, y como si la suerte no hubiese querido ahorrarle ni una sola gota del acíbar con que había llenado su copa, un día, cuando estaba ya convaleciente y empezaba a levantarse, echó de menos a su fiel amigo.

Impulsada por un secreto presentimiento corrió a la ventana de su chiribitil que daba al campo, y soltó un grito de dolor e indignación al ver el horrible espectáculo que se ofrecía ante sus ojos.

Turco, con una gruesa piedra al cuello, estaba en medio de la balsa haciendo supremos esfuerzos para romper las aguas y acercarse al borde, mientras Blas presenciaba su agonía, riendo y restregándose con satisfacción las manos.

Al grito de Juana, el pobre animal pareció reanimarse, y se acercó ala orilla; pero al tocar a ella, Blas le empujó de nuevo con la punta de su estaca.

Medio desnuda, con el cabello suelto y arrojando alaridos de dolor, bajó Juana la escalera interior de su cuarto, atravesó los patios, y se abalanzó la lugar de la catástrofe.

Turco aún estaba vivo, aún luchaba con las aguas, aún fijó en ella sus ojos entelados y moribundos.

Blas ya no estaba allí, habíase retirado con la tía Ojazos, que había acudido al ruido, tras de una encina, y ambos permanecían medio agachados, y apretándose los ijares, para contener la risa que les retozaba en el cuerpo.

—¡Socorro, socorro!, gritó Juana con desesperación, tendiendo los brazos hacia el exánime compañero de su vida.

Pasaba por acaso, o tal vez atraído por la Providencia, un gallardo joven montado en un blanco alazán. Oyó éste los gritos de Juana, vio a Turco luchando con la corriente, y obedeciendo a un generoso impulso, descendió del caballo, se arrojó en la balsa, alcanzó al perro, y lo arrastró hacia la orilla.

Pero, ¡ay que el pobre Turco estaba ya muerto! ¡Ay, que sus ojos sin vida, ya no podían fijarse con amorosa ternura en los ojos de su amiga!

Juana se sentó en la hierba, puso el cuerpo del noble animal sobre sus rodillas, y prorrumpió en ayes tan desgarradores, que el joven la preguntó asombrado.

—¿Tanto le querías, niña?¡Mira que ese dolor no está bien tratándose de un perro!

—Era mi único amigo, sollozó Juana, por esto me lo han matado delante de mis ojos.

El joven miró en torno de sí, y vio a Blas y a la tía Ojazos con los carrillos hinchados por el esfuerzo que hacían para contener la risa, y que al fin la soltaron a la par, convirtiéndose en una estrepitosa carcajada.

No le hizo gracia al joven la burla, y así dijo con severidad dirigiéndose al tío Blas.

—¿Por qué ha matado usted al perro?

—¿Y eso qué importa?, replicó el tío Blas sin dejar de reír, un animal viejo, feo y asqueroso.

—¡Muy bien ha hecho!, interrumpió la tía Ojazos.

—Juana es mi criada, añadió el tío Blas, Juana está mala por dar su parte de comida al perro, y justo era que le quitase de en medio.

—Pues yo le aconsejo, dijo vivamente el joven, que desde este mismo instante deje a un amo tan brutal como usted.

— ¡Quiá!, no puede, repuso el tío Blas con sorna, tengo una obligacioncita firmada por ella, y me pertenece mientras viva.

—Lástima de quince duros que anticipó usted por esa mocosa, gimió la tía Ojazos, yo por la mitad le hubiera a usted servido toda mi vida de rodillas.

—Pues ya puede usted empezar, replicó el joven, porque yo le doy al tío Blas los quince duros cabales si deja en libertad a la chica.

Echó al instante sus cuentas el tío Blas, pensó que Juana podía morirse, que en camino estaba para ello, y sobre todo con el disgusto recibido, y consideró que aceptando el pacto hacía un bonito negocio.

—Lo dicho, dicho, don Guillermo, exclamó con la faz encendida, y frotándose las manos.

Se metió en la casa, y volvió a salir con la obligación, reduciéndola a pedazos.

—Tengo confianza en usted, añadió, y sé que su palabra es oro, don Guillermo.

—Pues vaya usted a cobrar cuando quiera, dijo éste.

Puso a Juana, casi desmayada, sobre el caballo, montó él a la grupa, y llevando también consigo el cuerpo yerto de Turco, se dirigió a su casa, que era un gran caserón situado extramuros de Orduña, y cerca de una de sus principales puertas.

—¡Padre!, dijo al entrar en el anchuroso comedor, de donde ardía un buen fuego, ¡aquí le traigo a usted una nueva hija, una pobre muchacha desamparada, que carece de amigos en el mundo!

—¡Que Dios te bendiga, Guillermo!, exclamó el anciano que era ciego, tendiéndole sus manos, ¡tú enriqueces cada día que pasa con una obra de caridad hacia tus hermanos! ¡Que Dios te bendiga y te premie por el presente que me traes!

Atrajo hacia sí a la joven levantándola, al sentir que ella pugnaba por ponerse de rodillas, e imprimió un beso en su frente.

—Mira, le dijo a su vez Guillermo, ven conmigo al jardín, escogerás tú misma el árbol debajo del cual quieras que entierre a tu fiel amigo, verás cómo le entierro con mis propias manos, y luego tú te irás a acostar, que estás muy débil y muy mala todavía.

Tomó un azadón, cogió de la mano a Juana y la condujo al jardín, mientras a una indicación suya, un criado llevó a Turco entre sus brazos.

Juana señaló tímidamente un cuadro de violetas sombreado por una acacia, y su protector cavó allí una fosa, sin cuidarse de las tristes florecillas, que apenas acababan de abrirse a los rayos del sol, iban a quedar otra vez sepultadas en el seno de la tierra.

—¡Querido amigo!, dijo Juana al deponer en la fosa el cuerpo del noble animal, ¡tú has sido fiel y bueno para mi, y Dios te permite en cambio que descanses en paz a mi lado, porque espero no volver a salir jamás de esta bendita casa!

Tal fue la oración fúnebre pronunciada sobre la fosa de Turco.

Guillermo se hubiera reído de la sencillez de Juana, si lágrimas de enternecimiento no hubiesen enturbiado sus ojos.

Cubrió la fosa con la tierra esmaltada de violetas y condujo a Juana al piso superior, entregándola a los cuidados del ama de gobierno.

Y aquí finaliza la historia de la pobre huérfana, que pasó a ser la hija del anciano ciego y la hermana del generoso Guillermo.

No hay qué decir si la que se había mostrado tan sumisa, buena y complaciente con el tío Blas y su mujer, se mostraría sumisa, buena y complaciente con aquellos benéficos seres que la habían sacado de su miserable cautiverio, y la colmaban de mercedes. Elevóles en su corazón un altar, tributándoles un fervoroso culto, y como amaba, fue amada en breve por amos y criados.

Gervasia, que era el ama de gobierno, y que contaba ya muy cerca de ochenta navidades, viendo que la humilde joven no intentaba en manera alguna suplantarla, fue entregándole paulatinamente las riendas de la casa, hallándose bien pronto muy a gusto levantándose muy tarde, acostándose muy temprano, y encontrándose tan bien servida como una reina, como decía llena de gratitud, a cuantos querían oírla.

De este modo Juana llegó a ser el alma de la casa, desempeñando sus nuevas funciones con un celo nunca desmentido.

Un día la llamó el anciano y la dijo:

—Es costumbre inmemorial de mis antepasados, que cuantos se hallan a nuestro servicio puedan vivir con cierta independencia, porque de este modo sus servicios son espontáneos y espontáneo su cariño. Aunque tú no estás a mi servicio, Juana, sino que eres hija mía, no es justo que quedes privada de las ventajas que otros con menos derecho y menos mérito obtienen. Sé además que eres la prometida esposa de un joven honrado, que está trabajando en Madrid para labrarse un porvenir, y justo es que por tu parte te vayas agenciando un pequeño dote.

Aquí tienes la escritura de propiedad de una viña bastante extensa y recién plantada: mientras estés en casa nuestros trabajadores la labrarán, y tú, guardándote el producto intacto, podrás hacerlo valer como mejor te plazca.

Esta es costumbre inmemorial de mi casa, y no tienes que agradecerlo en lo más mínimo.

¡Cuánto enardecería a Juana para proseguir en sus desvelos este delicado proceder, es inútil encarecerlo!

Al entrar Clotilde en la casa, Juana se eclipsó completamente; pero su influjo invisible y benéfico se hizo sentir del mismo modo.

Clotilde fue durante los primeros años de su matrimonio una esposa tierna, una madre cariñosa, y Juana permaneció por su voluntad relegada en el último término, renunciando con verdadera alegría en el corazón a todas sus atribuciones.

Después Clotilde, triste y cabizbaja, sin que nadie adivinase la causa de su trasformación, fue abandonando poco a poco el cuidado de su casa, mostrándose al mismo tiempo tibia con su marido y con sus hijos. Entonces Juana recogió en silencio el cetro abandonado, y volvió a ser el alma invisible de la casa.

A la sazón vigilaba los juegos de los niños sentada en un banco rústico que ella misma había formado al borde del cuadro de violetas y bajo la sombra de la acacia. ¡Las violetas le recordaban a su fiel Turco, la acacia a su amigo ausente! ¡Aquél era su sitio favorito!

Interrumpió las meditaciones de Clotilde y el juego de los niños el eco de la campana que llamaba a almorzar a la familia.

Carlos y María se precipitaron dando saltos en el comedor, seguidos de Juana; Clotilde permaneció inmóvil con la frente apoyada en las enredaderas.

—¡Qué fastidio!, murmuró en voz baja, ¡siempre lo mismo! ¡Hay aquí la misma uniformidad de vida que en el Sagrado Corazón; pero entonces era niña y todo me alegraba, hasta el vuelo de un insecto!

¡Oír todos los días los relatos del abuelo, que no cesa de referir su campaña en la guerra de la Independencia, la gritería de los niños, la conversación insulsa de Guillermo, que entre una y otra galantería me cuenta si ha vendido bien el trigo, si su vino ha salido de buena calidad, si ha comprado una máquina nueva para la fábrica! ¡Y nada, nada que interrumpa la monotonía de mi existencia! ¿Es esto amor? ¿Son éstas las delicias del matrimonio? ¡Ah, que mis libros dicen bien!, el matrimonio es una institución funesta, que sólo sirve para aherrojar perpetuamente entre sí a dos seres nacidos para ser libres, y que sobre todo convierte a la mujer en esclava, en máquina, que no puede jamás alterar el orden en que funciona. Guillermo era otro antes, más tierno, más espiritual; ahora se ha vuelto vulgar, positivista... ¿Se ha transformado él? ¿Me he transformado yo? ¡No sé, pero no soy feliz, no, no soy feliz!...

Y dos lágrimas ardientes ofuscaron sus pupilas.

La campana dio otra vez al aire sus tañidos, Clotilde no la oyó esta vez, absorta en sus tristes pensamientos.

—¡Esta vida tiene detalles tan prosaicos!, prosiguió con amargura. ¡Adoro a mis niños tan bellos, tan graciosos; pero a lo mejor me es preciso descender de las sublimidades del amor maternal para ocuparme de sus calcetas! ¿Y Guillermo? A veces me pone el rostro ceñudo si descuido el más leve detalle de los cuidados domésticos. ¿Debe descender a tanto una mujer como yo?... ¡Ah, que soy como una flor exótica, que crece en una tierra ingrata en donde jamás la visita el sol! ¡Ah, que soy como el pájaro, creado para embelesar con sus trinos la floresta, y gime en una jaula estrecha!

Calló un breve instante, y luego murmuró siguiendo el hilo de sus agitados pensamientos:

—Valentina, ¡oh, dulce y desgraciada Valentina, sacrificada a un marido despótico! ¡Oh, triste Indiana, condenada a cuidar a un paralítico, cuando la vida y el amor la sonreían!

Interrumpióse dando un grito.

Había sentido posarse una mano sobre su hombro.

Volvióse despavorida y vio a Guillermo, que había subido callandito por una de las escalerillas cubiertas de enredaderas.

—¿Qué haces aquí, amor mío?, dijo el joven con acento cariñoso, ¿no has oído la campana? ¡Mi padre se impacienta, los niños preguntan por su madre!...

¿Pero qué tienes, estás pálida y ojerosa? ¿Qué tienes?, ¿estás mala?

Clotilde bajó los ojos ruborosa y confusa.

Así como cuando aparece repentinamente el sol por entre las pardas nubes, la campiña se reviste de mágicas tintas y se alegra y vivifica, así al aparecer Guillermo, todas las quimeras de Clotilde, forjadas por su exaltada imaginación, se desvanecieron, descendiendo la fe y el amor a iluminar su alma.

Era como un castillo de naipes, que un solo soplo de aire bastaba para destruirlo.

—Estaba distraída, balbuceó con esfuerzo, no he oído la campana.

—¡Ah, que desde algún tiempo a esta parte siempre estás distraída y cabizbaja!, exclamó Guillermo. ¿Por qué? ¡No eres tú el único bien de mi alma, la única alegría de mi vida!

—¡No siempre!, murmuró Clotilde, sintiéndose vencida por la dulzura de su acento, por la infinita ternura de su queja, y no queriendo concederle la victoria, ¡no siempre! Dices que he cambiado, ¿no has cambiado tú? ¡Antes sólo pensabas en mí, ahora piensas más que en mí en tus trojes llenos de trigo, en tu bodega llena de vino!...¡Antes tu aspecto era siempre dulce, tu rostro risueño!...

Guillermo se había puesto serio.

Hace tiempo, dijo, que deseaba hablarte de esto, y aunque aguarde algunos instantes mi padre, no quiero dejar escapar la ocasión de hacerlo. Clotilde, la vida no se compone sólo de poesía, tiene su parte inevitable de prosa.

Junto a los deliquios celestiales del alma, hay los deberes rudos que nos impone la materia.

Tenemos ya dos hijos, y es preciso pensar en su porvenir. Hubo un tiempo, Clotilde, un tiempo dichoso, en que tú te asociabas a mis tareas, tomabas interés por la prosperidad de tu casa, y considerabas como una verdadera fiesta el consagrarte a mi cuidado y al cuidado de tus hijos.

Hoy, encerrada en este cuarto, podemos decir que hacemos vida aparte y que ha cesado la mancomunidad de nuestros intereses, como ha cesado la dulce intimidad de nuestras almas. Si tú te ocuparas como antes de lo que a ambos nos interesa, de lo que interesa a nuestros hijos, sabrías, cuando vengo triste o disgustado, la causa justa de mi tristeza o de mi disgusto, y en vez de enojarte procurarías consolarme.

Hay cosas que preocupan naturalmente al hombre, sobre cuyos hombros descansa el porvenir de la familia, y cumple a la mujer hacerle más llevadera la batalla que empeña diariamente con el mundo. Hoy, sin ir más lejos el lobo se ha llevado tres ovejas de las que guarda el pastor Anselmo, y para colmo de desventuras, el vendaval de anoche ha dejado caer toda la aceituna: somos bastante ricos para soportar estas pérdidas; pero a quien es juicioso y piensa en el porvenir, y adora a su mujer y a sus hijos, no pueden serle indiferentes.

Y no se reducen sólo a pequeñas contrariedades los motivos que a veces me traen cabiloso y preocupado. Ese pleito en que me hallo envuelto sin saber cómo, y que amenaza arrebatarme la parte mejor de mi fortuna, me causa infinitos sinsabores, que tú debieras comprender y compartir.

El pleito a que aludía Guillermo, era efectivamente grave y complicado.

Su fortuna, menos la fábrica y algunas tierras, la había heredado de un tío segundo, honrado militar, llamado don Diego de Mendoza, que habiendo muerto en el campo de batalla, se la había legado en sus últimos momentos, escribiendo su disposición testamentaria de su propio puño y letra.

Y no era que don Diego no tuviere herederos más directos, pero éstos que eran hijos de su única hermana, y por consiguiente sobrinos carnales, le habían atormentado mucho durante su vida, y hubiera preferido arrojar su fortuna a los cuatro vientos antes de que pasase a sus manos.

Su hermana había abandonado la casa paterna, para casarse, a despecho de sus padres, con el mancebo de una tienda, que era además grosero, jugador y disipado.

Sus padres le entregaron su dote y su legítima, y no tardaron ambos en sucumbir, uno después de otro, a su amarga pena. No tardó tampoco mucho tiempo en seguirlos a la tumba su mal aconsejada hija, víctima de los malos tratamientos de su marido y de la miseria, pues la cantidad, que por cierto no era pequeña, entregada a aquel miserable, se disipó como una burbuja de espuma entre sus manos.

Muerta ella, aquel hombre fue descendiendo rápidamente por la escala de la ignominia, no parando hasta el crimen. Y lo peor fue que no descendió solo, sino que arrastró consigo a sus dos hijos, un niño y una niña, sumiéndolos en el mismo asqueroso fango en el que él se revolcaba, y en el cual murió, librándole la muerte del presidio a que estaba condenado.

Empeñóse entonces don Diego en rescatar de la infamia a sus sobrinos huérfanos; pero todo fue inútil, pues maleados con la perversa educación que habían recibido, correspondieron con tantas traiciones y vilezas a sus beneficios, que se vio obligado a abandonarlos a su propio destino.

No procedió del mismo modo Guillermo, cuando entró en posesión de la herencia de su tío, pues comprendía que era imposible arrancar del abismo a aquellos dos seres degradados, mujer de mala vida ella, y él tahúr de oficio; pero les señaló a cada uno una crecida pensión, con la cual pudiesen vivir holgadamente, además de una buena suma de dinero que les entregó en el acto.

Y tan generoso y tan espléndido se mostró en aquella ocasión, que no sólo los habitantes de Orduña, sino los mismos sobrinos, vivamente agradecidos, pusieron en las nubes su buen comportamiento.

Y siempre le hubieran bendecido, si no hubiese llegado casualmente a la ciudad y estableciéndose en ella un escribano enredador y avaro, que siempre andaba oliendo en donde había malos negocios, para sacar dinero a cualquier precio.

Embaucó éste a los sobrinos, que ya con la posesión de la renta no se les hacía tan grande, y les persuadió a que entablasen un pleito contra su bienhechor, que tan espontáneamente les había favorecido sin obligación ninguna para ello, ofreciéndose a darle feliz cima, con tal de que le abandonasen a su terminación las tres quintas partes de la herencia.

Dos años hacía ya que el litigio seguía su curso con auspicios no desfavorables para los adversarios de Guillermo, quienes acababan de pedir la revisión de pruebas, alegando ser apócrifo el documento que se suponía escrito por don Diego, a pesar de haberlo ya reconocido antes los peritos.

Aunque no estaba al corriente de todos los detalles, conocía Clotilde la gravedad del pleito y la suma trascendencia que podía tener para el bienestar futuro de sus hijos.

Así, bajó la cabeza confusa y guardó silencio.

Temió Guillermo haberla afligido demasiado al ver su triste actitud y repuso vivamente.

—No te digo todo esto para que te apures, Clotilde mía, que Dios vendrá en nuestra ayuda, sino para que te enmiendes, como yo trabajaré para corregirme de todos mis defectos. La mutua tolerancia y la mutua complacencia son las que constituyen la felicidad del matrimonio. ¡Ah, no olvides que la felicidad es un blanco copo de nieve que si toca al suelo se convierte en lodo!

—Pero para corregirme es preciso que sepa en qué consiste mi delito, respondió Clotilde sonriendo pero con un resto de altivez.

—Ya lo he dicho, en que has dejado de ser lo que eras antes, lo que debe ser una esposa cristiana, partícipe de las penas y alegrías de su marido. Por ejemplo: cuando vuelvo a casa fatigado y triste, en vez de hallarte a ti, como antes, hallo a mi paso a Juana, y se interesa por cuanto nos concierne. Así es que me veo obligado a consultarla a ella en mis negocios, porque con alguien he de tener expansión y confianza... ¿No debieras ser tú mi única confidente, mi única amiga?

Las mejillas de Clotilde se pusieron encendidas; las palabras de su marido acababan de herirla en medio del corazón. Su fantasía, tan enferma ya, tomó pretexto de ellas, para fabricar repentinamente toda una novela de decepciones, lágrimas y penas.

—¡Creía que siquiera me amaba!, pensó llena de turbación y de espanto, ¡pero no me ama! ¡Ensalza a Juana para deprimirme a mí! ¡Él mismo lo confiesa, me pospone a Juana!

Muy lejos estaba Guillermo de imaginar la tormenta que acababa de suscitar en el corazón de su esposa, y así, dejando su tono solemne, para adoptar su dulce tono de costumbre, añadió estrechándola en sus brazos.

—Y ahora, Clotilde mía, demos al olvido este pequeño altercado, que es el primero que empaña el cielo de nuestro matrimonio, y que confío que será el último. Quisiera que renaciesen aquellos bellos días en que formábamos un alma sola, en que teníamos un solo pensamiento, y que unidos por un mismo interés, caminábamos por la senda de la vida, apoyados en el brazo el uno del otro, ya pisando rosas, ya pisando espinas, pero sostenidos siempre por la inmensidad de nuestro mutuo cariño. No es un reproche lo que te dirijo, es un deseo el que formulo. ¡De todos modos te adoro! ¿Quieres que selle nuestra reconciliación con un beso?

Apoyó sus labios en la casta frente de su esposa, imprimiendo en ella un beso, y Clotilde lo recibió trémula, conmovida, como había recibido el primer beso que había sellado sus felices esponsales, porque ¡ah! en vano se lo negaba a sí misma, Clotilde amaba a su marido con una pasión sincera, profunda, inextinguible.

Cogidos del brazo bajaron la escalera, atravesaron el jardín, e hicieron su entrada triunfal en el comedor, en donde fueron recibidos con un hurra de alegría.

Clotilde se colocó, corno siempre, entre Guillermo y el anciano, pero no era ella ya la encargada de hacer plato a éste último ni de partirle los manjares.

Durante algún tiempo lo había hecho; pero luego se había cansado, dejando este cuidado a Juana, que se sentía feliz pudiendo ser útil en algo. Juana era la que daba el brazo al anciano valetudinario para pasar de un aposento a otro, la que le arreglaba el almohadón en el cual se reclinaba, y le ponía a los pies un taburete.

Si a Guillermo no le prodigaba las mismas atenciones, en cambio, como la dirección interior estaba a su cargo, procuraba presentar en la mesa los manjares que eran más de su agrado, y le escanciaba el vino mejor que había en la bodega. Además, daba el trigo necesario para la sementera, y se encargaba de pagar los jornales, cuando Guillermo se hallaba ocupado en la fábrica. Esto hacía que la vida de ambos estuviese más íntimamente unida por la paridad de las ocupaciones, y establecía entre ellos una confianza que no podía existir entre Guillermo y su mujer, siempre encerrada en su biblioteca y entregada a sus lecturas.

Lo mismo sucedía con respecto a los criados y a los niños, de quienes cuidaba con maternal esmero.

Como el que tiene la vista enferma y ve los objetos dobles, o distintos de lo que son en sí, o envueltos en densas nieblas, Clotilde, que tenía enferma la imaginación, todo lo veía por un prisma torcido y engañoso.

Había dado rienda suelta a la loca de la casa como llama a la imaginación un autor célebre, y la loca hacía de las suyas, sacando las cosas de su quicio y trastornándolas por completo.

Como don Quijote que en todas partes veía trasgos y fantasmas, caballeros andantes, castillos encantados y menesterosas doncellas, Clotilde, llena de imaginación de las frívolas novelas que se fabrican en el día, partos infelices de autores sin genio y sin conciencia, soñaba con parecerse a todas sus heroínas, buscando en cuantos la rodeaban personajes iguales a los que rodeaban a aquéllas, y asimilando las escenas de su vida apacible a las violentas escenas de sus libros, sólo, ¡ay! que el noble hidalgo extraviado por la literatura extravagante, pero honrada, de su época, pretendía imitar a los héroes sin prez y sin tacha de los antiguos tiempos, y ella quería imitar a las mujercillas despreciables, que sólo la perversión de todo sentido moral puede convertir en heroínas.

Desvanecida poco a poco la dulce impresión que le habían hecho las amantes palabras de Guillermo, sólo había quedado en su corazón la espina que le había clavado, comparando su conducta con la de Juana.

Sentía herido al mismo tiempo su amor propio y su corazón.

—En efecto, decíase a sí misma con profunda amargura, observando atentamente a Juana, ella parece el ama de la casa y yo la extraña.

¿Por qué?

Bien fácil le hubiera sido adivinar este porqué, si hubiese querido recordar de buena fe las quejas de Guillermo, si haciéndose justicia a sí misma, hubiese recordado que había renunciado gradualmente y por su propia voluntad a los más bellos atributos de la mujer, de la esposa y de la madre.

Pero, Clotilde, apartándose como siempre de todo lo que fuese natural y sencillo, se afanó en buscar otra causa oculta y misteriosa del predominio de Juana.

—¿Cuál fue el origen de la desventura de Amanda, pensó, y de otras cien interesantes mujeres, sino el culpable amor que su esposo profesaba a otras mujeres indignas? ¡Oh, si Guillermo hubiese dejado de amarme! ¡Oh, si Juana me hubiese arrebatado su amor!...

Esta suposición de su fantasía, le causó un dolor tan intenso y real, que sus mejillas se pusieron pálidas, y sus manos dejaron escapar el cuchillo con que estaba partiendo los manjares.

—¿Qué tienes hoy?, exclamó Guillermo alarmado, ¿qué tienes, Clotilde mía?

Difícil le hubiera sido contestar a esta pregunta, y así bendijo a la Providencia al ver que entraba un criado y le entregaba una carta.

Para dispensarse de responder, se puso a leerla atentamente; pero lo que al principio hizo para disimular su turbación, se convirtió en verdadero interés y verdadera sorpresa.

—¡Jesús mil veces!, dijo al terminar la lectura y tendiendo la carta a su marido, es de mi tía la Marquesa de los Gazules, y dice que viene a pasar una temporada a nuestra casa.

Guillermo hizo un mohín de disgusto.

—¿No es la que abandonó a tu madre en la desgracia?, preguntó en voz baja.

—Sí; ¿pero qué vamos a hacer? Escribe su carta desde la última parada, y dice que llegará tan pronto como el propio. ¡Quieres cerrarla las puertas de tu casa!

Guillermo se rindió a la exactitud de esta observación, y se encogió de hombros en señal de asentimiento.

A pesar de sus anteriores cavilaciones, Clotilde se dirigió a Juana, como lo hacían todos los de la casa cuando necesitaban alguna cosa.

—Es preciso que prepares las habitaciones azules, dijo; pero pronto.

Aún no había acabado de pronunciar estas palabras, cuando resonó un ruido lejano de un coche, y en breve se oyeron en el vestíbulo las voces de los criados que acudían a ver quién llegaba tan de improviso a la casa.

Clotilde y Guillermo corrieron a la puerta.

Habíase parado ya delante de ella un coche de camino, un coche antediluviano por lo alto y por lo grande; pero en cuya portezuela se veía grabada una corona de marqués y las armas señoriales.

Llegaba nada menos que de Madrid, y estaba cubierto de polvo.

Adelantóse Guillermo a abrir la portezuela, y vio que en su interior venían tres mujeres y un hombre.

Guillermo vestía su traje de casa, y la Marquesa, que era una vieja verde, teñida y retocada, con un sombrero lleno de lazos y flores en la cabeza, no quiso tocar la mano que le tendía para ayudarla a bajar, preguntando con voz chillona y desagradable:

—¿Y mis sobrinos?

—Yo soy el esposo de Clotilde, dijo Guillermo sonriendo.

—¡Usted!, exclamó la vieja juntando las manos sobre el pecho con ademán de asombro.

Hubo sin embargo de resignarse, y apoyarse en su mano rústica para bajar del coche. Bien lo necesitaba, porque además de la pesadez de los años llevaba en brazos a un feo tití, vestido con un traje tan abigarrado como el suyo.

En pos de ella bajaron las otras dos mujeres, que eran sus doncellas, llevando cada una en brazos a un perrito de distintas castas y colores, y por último bajó el hombre, que no había podido hacerlo antes porque llevaba a su vez una enorme caja en donde se encerraban los preciosos objetos de tocador que necesitaba la Marquesa para teñir las canas y disimular las arrugas de su rostro.

Este era un joven de bello aspecto y maneras distinguidas, cuyo elegante traje de camino realzaba la gallardía de su figura.

La Marquesa, apenas hubo puesto los pies en el suelo, hizo una caricia a los dos perros, llamándolos por sus nombres, que eran los de Abelardo y Eloísa, y después buscó en torno de sí a su sobrina.

—Heme aquí, tía, exclamó Clotilde haciéndole una graciosa reverencia.

— ¡Ah tú sí!, dijo la vieja cogiéndola por debajo de la barba y examinando su rostro, ¡tú eres otra cosa! Tu cutis es blanco y transparente y tus manos suaves como la pluma. ¡Tú sí que eres de mí raza! Dame, dame tu brazo para entrar adentro.

No le agradó mucho el cumplido a Guillermo, pero como al fin la vieja atrabiliaria había alabado a su mujer se dio por satisfecho y la siguió sonriendo.

Si le había desagradado a la Marquesa su sobrino, más le desagradó la vista del comedor en donde la introdujeron.

Debemos advertir que, aunque Guillermo al casarse había alhajado su casa con muebles riquísimos traídos efectivamente de París, como decía Clotilde, no había cambiado el mueblaje de los aposentos de su padre y del anchuroso comedor, en donde éste solía permanecer casi siempre porque, como todos los ancianos, estaba apegado a sus costumbres y sufría con las innovaciones de cualquier género que fuesen.

El comedor, pues, amén del tradicional hogar, conservaba los muebles con que le habían adornado sus tatarabuelos, dos poltronas de cuero, escaños de madera, y larga mesa de pino.

A la sazón la mesa estaba cubierta de blancos manteles y ostentaba una vajilla decente; pero no campeaban en ella ninguno de los atributos del lujo y de la moda.

Tanto como el comedor, desagradó a la Marquesa aquel viejo de barba blanca y aspecto patriarcal que hizo cuanto pudo para levantarse de su asiento apoyándose en el brazo de su poltrona, y a quien dejó de pie sin concederle ni el más ligero saludo.

Como a todos los viejos verdes que pululan en las ciudades populosas, y que aturdidos con su ruido se olvidan de su fecha y de su facha, le incomodaba la vista de la ancianidad venerable, que hace gala de sus canas.

Pero pronto distrajo la atención de la Marquesa, y la de todos los circunstantes, un ahogado grito que resonó en el último extremo del aposento.

Quien lo había exhalado era Juana, que estaba trémula, y parecía próxima a perder el uso de sus sentidos.

A su grito había respondido otro exhalado por el joven forastero.

—¡Eh!, oh!, dijo la Marquesa sonriendo, ¡tableau! ¡he aquí señores una verdadera escena de comedia!

Se sentó sin ceremonias en una silla, depuso en su falda a Tití; y dijo con tono sentencioso:

—Aquí verán ustedes como soy yo la providencia de todos los amantes separados por la infausta suerte. Venga usted acá, Miguel. Aquí les presento a ustedes a Miguel, artista distinguido de la corte, que ha hecho mi busto en madera, en yeso, en mármol, y en bronce, de una manera delicada y perfecta, tanto, que mis amigas se turban de envidia al verle, y no quieren confesar que sea mi busto. Un día me contó su historia, me dijo que la amada de su corazón residía en esta casa, y yo formé el proyecto de venir a sorprender a ustedes y traerle en mi compañía para reunirle con ella. Miguel no sabía adónde iba y así ¡qué sorpresa!, ¡qué felicidad inesperada! Acerquése usted Juana.

Adelantóse la joven temblando, cogióla la Marquesa por debajo de la barba, la examinó corno había hecho con su sobrina y luego hizo un gesto de disgusto.

—Cutis del rostro curtido, manos ásperas, ¡qué desencanto! Miguel, ¡éste no puede ser el bello ideal de un artista de genio como usted!

Los ojos de Juana se llenaron de lágrimas; Miguel se sintió humillado en su amor propio.

No obstante, hizo un poderoso esfuerzo sobre sí mismo, y dijo cogiendo amorosamente ambas manos de la joven:

—Juana es buena. ¡Si su figura carece de distinción, su alma es hermosa; es la única mujer en quien reconozco verdaderas y sólidas virtudes, porque desgraciadamente el alma de la mujer se arrastra sin cesar por el inmundo fango de la tierra!

Esta extraña sentencia, dejó helados todos los corazones.

—Pero en fin, ¿no se nos ofrece ningún refrigerio?, dijo la Marquesa interrumpiendo el general silencio.

—¡No estábamos preparados!, tartamudeó Clotilde.

Juana, dominando su emoción, corrió a la cocina, y en breve la mesa se vio cubierta de blanquísimos manteles, y sobre ellos depusieron los criados vaca asada, pollos en salsa, arroz con leche, queso y fruta. En cuanto a los bocadillos y entremeses Juana no los conocía ni aún de nombre. La Marquesa guiñó un ojo a Miguel, y le dijo entre dientes:

—¿Qué le parece a usted del almuerzo. ¡No se presenta mejor en casa de Lhardy!

El anciano, menos sufrido que Guillermo, no pudo soportar aquel sarcasmo y, apoyándose en el brazo de Juana, se metió en su cuarto, jurando no volver a salir mientras estuviese allí tan ridícula huésped.

Concluido el almuerzo, e instalada la viajera en las habitaciones azules, con sus bichos y sus doncellas, y no sin que hubiese hallado ocasión de despreciarlo todo y murmurar de todo, Juana y Miguel se encontraron por fin solos en el comedor, solos no, en presencia de los niños, que jugaban en un rincón, y a quienes su tía no se había dignado conceder ni siquiera una mirada.

—Juana querida, le dijo el joven, sentándose a su lado y cogiéndola amorosamente de las manos, no te vistes bien. En Madrid se lleva el cabello colgando sobre la espalda, y el vestido describiendo una cola majestuosa. Es preciso que presumas más, que aprendas a adornarte. Todo el mundo pisa las flores del campo; todo el mundo admira a las flores que crecen en un jardín.

Juana sonrió tristemente. Aquellos consejos eran, sin duda, hijos de interés y de afecto; pero éstas no hubieran sido las primeras palabras que hubiesen pronunciado sus labios, después de una ausencia tan larga y dolorosa.

—El mundo tiene sus leyes, prosiguió Miguel, y es preciso someterse a ellas. Yo gozo de bastante fama en Madrid, y ya ves, un artista necesita que su mujer se presente con decoro.

—Haré cuanto desees, tartamudeó Juana completamente desconcertada.

—No te he olvidado ni un solo instante en medio de mis turbulentas aventuras, prosiguió el joven, retorciéndose con una mano el bigote y jugueteando con la otra con los dijes de su reloj. ¡Qué mujeres, Juana! ¡Todas mujeres perdidas! Yo he contado a cientos las conquistas. ¡Tú no sabes! Me he introducido en los círculos aristocráticos, y alterno con lo más selecto de la grandeza, de la banca, y del talento. Ya verás cuando nos casemos cómo te gusta Madrid, cómo te gusta la vida llena de emociones del artista. Un artista es lo más alto y lo más bajo; carece de pan y habla de igual a igual con los reyes y los más encopetados personajes. No lo digo por mí, a quien sobra el dinero. Yo escribo en un periódico, y gano muy buen sueldo, además de los convites que esto me proporciona. Soy el

iño mimado de la corte, y en particular de las mujeres. Pero no olvido a mi Juanita, con quien me casaré algún día, supuesto que no podemos vivir juntos de otro modo.

Juana le escuchaba y le contemplaba con profundo estupor. Era verdaderamente admirable aquel joven, que en medio de su esplendor no la había olvidado; conocía que debía estarle agradecida por aquella prueba de puro e inalterable afecto, y sin embargo sentía que sus apasionados sentimientos se helaban dentro de su corazón, y en vano buscaba palabras tiernas para corresponder a su ternura.

La trasformación, tanto moral como física, de Miguel era completa, y le parecía que no era aquél el amado compañero de su infancia.

Más bien que júbilo, sentía un vehemente deseo de llorar.

En aquel instante Clotilde cruzó el jardín, y fue a sentarse en el banco rústico sombreado por la acacia.

—¡Cáspita!, dijo Miguel levantándose, acercándose a la ventana y contemplando con su lente a Clotilde con un descaro inaudito, ¡sabes que es una soberbia mujer tu bienhechora! ¡Qué ojos, qué pie, qué mano, qué hermoso cabello rubio y ensortijado! ¿Sabes que sería un lindo entretenimiento para quince días de campo?

—Miguel, exclamó Juana levantándose y con aire severo, ¡Clotilde es casada!

—Y eso ¿qué importa?, dijo Miguel riendo; ¡tanto mejor!, ¡más incentivo y menos compromiso! ¡Lástima de mujer, casada con un gañán!

Hablaba con tal ligereza y con tal aplomo el joven, que bien se conocía que aquél era su modo de decir, y que él no pensaba en que sus palabras envolviesen un delito.

Con la misma ligereza y con la misma inconsciencia de su mala acción, apartóse de Juana y se dirigió al jardín, en donde haciendo apresuradamente un lindo ramillete fue a ofrecérselo a la hermosa.

Clotilde se sobrecogió, se puso encendida, no sabiendo si debía tomarlo o rehusarlo; pero Miguel, acostumbrado al sans façon de las ciudades populosas, ni siquiera se apercibió de que estaba cortada y, sentándose familiarmente a su lado, la entretuvo largo tiempo, describiéndole la vida de Madrid y sus brillantes fiestas.

III. Cuadros de sombra

El honor de la mujer está mal custodiado, si la inocencia y la religión no forman sus guardias avanzadas.

—LEVIS.
 

La virtud es de la naturaleza del oro,no admite mezcla.

—BIGNICOURT.
 

¿Quién era la Marquesa de los Gazules?

Su historia también se podía contar en dos palabras. Se reducía toda ella a galantes aventuras en las cuales jamás había tomado ni la más mínima parte el corazón, batallas dadas en los estrados con una destreza admirable e insulsas murmuraciones.

Su ocupación más seria había sido la de combinar sus trajes de modo que realzasen su hermosura. Había sido casada dos veces, sin que una prenda de amor hubiese venido a estrechar el bendito lazo. Había sido casada dos veces a la usanza del día, teniendo marido y mujer habitación aparte, criados aparte, amigos y placeres aparte.

Se había casado las dos veces por fórmula, sin examinar apenas al marido que le deparaba la suerte, bastándole con saber que era noble, rico y distinguido; la tercera quiso hacerlo no por amor, pues no era capaz de sentirlo, sino por capricho, y se fijó en un sobrino suyo a quien había nombrado heredero de su título y sus bienes, solicitando para él carta de sucesión; pero cuando pretendía esto, frisaba en los setenta, y el sobrino, que apenas había cumplido los veinticinco, tuvo el buen gusto de resistir a los halagos del interés y elegir compañera de su agrado.

Tocó el cielo con las manos la caprichosa vieja mal acostumbrada a los desaires, juró vengarse, y habiéndole recordado Miguel, que a la sazón hacía su busto, aquella sobrina olvidada en cuya casa se albergaba su querida Juana, determinó hacer un viaje a Orduña para conocerla y llevar a cabo su venganza nombrándola su heredera.

Nada más podernos decir respecto a la Excelentísima Marquesa de los Gazules. Era demasiado frívola para hacer el bien y para practicar el mal. Incapaz de afectos y de pensamientos serios, si esparcía algunos rumores calumniosos, si daba algunos consejos torcidos, ni preveía las consecuencias, ni se fijaba en ellas después de haberlas provocado.

El mundo hacía muchos elogios de la Marquesa, porque había sido bella, noble, rica y no demasiado altiva.

La había elogiado sobre todo porque su flaco era reunir a los amantes desgraciados, proporcionándoles medio de verse y entenderse burlando la tiranía de sus padres. Ninguna ocupación le era más grata que la de casamentera, aunque no presidía en su afán de casar ni el tino ni la reflexión. Obedecía a su gusto y a su capricho, como si se hubiese tratado de ir a un baile o al teatro. Pero esto, sin ella misma preverlo le reportaba la ventaja de tener siempre llenos sus salones y estar circuida de parejitas jóvenes que la recordaban sus felices tiempos. En esto no imitaba a aquellas viejas necias que, porque ya no les sonríe el sol de primavera, quisieran destrozar el sol y aniquilar el universo.

Otro de sus flacos eran los bichos, a los que quería con el fanatismo estúpido de los que tienen la cabeza hueca y el corazón vacío de nobles y levantados sentimientos. No los quería como Juana quería a su fiel Turco, sino de un modo ridículo y exagerado, dándoles en bizcochos y golosinas lo que negaba a un mendigo, hermano suyo, exhausto por el hambre. Su casa era una verdadera arca de Noé, llena de toda clase de animales. Pululaban allí perros y gatos de todas castas, aves de todos los climas.

Para llegar a ella, para obtener sus favores, era preciso conquistar antes a su feo tití, que se llamaba Aníbal, o a su Abelardo y Eloísa.

Pero bien examinado, con esta manía tampoco hacía daño a nadie, porque dinero de sobra tenía para mantener a tan dilatada familia y consagrar un criado a cada uno de sus individuos, de modo que si el mundo se reía, no se consideraba con derecho para fulminar sobre ella un severo anatema. En una palabra, para completar el retrato de la noble Marquesa diremos que había obrado exactamente como la cigarra de la fábula, que pasó todo el verano cantando sin guardar nada para el invierno; ella había pasado toda su vida ocupada en cosas frívolas, sin hacer el más mínimo acopio para la otra vida.

Nos habíamos olvidado de otro de sus flacos, y no el menor de todos, éste era la claridad, y tan clara quería ser en sus palabras y acciones que se parecía al sol, que pone de manifiesto hasta el lunar más pequeño. Gozaba extraordinariamente en llamar fea en su cara a la fea, y ridícula a la ridícula; era tanta su intransigencia que no perdonaba ni la más leve falta, complaciéndose en hacerla notar a todo el mundo. Y como era noble y tenía dinero, todo el mundo se reía de sus gracias, que eran verdaderas desvergüenzas, y la aplaudía con entusiasmo.

No pocas voluntades se había enajenado con estas claridades; pero a ella se le importaba un ardite, no teniendo en nada los sentimientos del alma.

Lo mismo sucedía con respecto a su famosa herencia, prometida sucesivamente a veinte herederos distintos, atrayéndolos con esta esperanza y convirtiéndolos en esclavos de sus caprichos, para despedirlos después como lacayos, cuando se cansaba de ellos.

Habíase con este manjeo concitado su odio; pero tampoco le importaba.

En último resultado, siempre hallaba criados que la sirviesen, y la sirviesen bien, seducidos igualmente con la promesa de mandas y legados fabulosos. Poco la costaba prometer, supuesto que no pensaba en cumplir sus promesas, al menor descuido los echaba a la calle sin consideración de ninguna clase.

Tanto entre los criados como entre sus herederos había hallado algunos de recto corazón, que le habían consagrado su afecto; pero ella los juzgaba a todos por su propio prisma, los medía a todos por su propio nivel, y en su consecuencia les daba a todos un idéntico pago.

Tenía dinero: no creía en Dios, ni en la enfermedad, ni en la muerte; obraba según su capricho, y con tal de no hallar limitación a sus caprichos, todo lo demás la era indiferente.

Un mes hacía ya que estaba en Orduña y, durante aquel mes, la casa tranquila y silenciosa de Guillermo se había convertido en un verdadero pandemónium, atestada siempre de visitas encopetadas, con gran descontento del anciano ciego que no salía de su cuarto, y también de Guillermo, aunque éste, que adoraba a su mujer y gozaba con verla feliz, lo llevaba todo con paciencia. A las comidas de etiqueta, sucedían los bailes de etiqueta, y nunca las severas paredes de aquella casa habían repetido tantos ecos armoniosos ni más alegres carcajadas.

La dirección de todo aquello corría a cargo de Juana que, aunque educada tan lejos de la sociedad, tenía un gusto exquisito para preparar una mesa suntuosa y un tacto admirable para prevenir los gustos de cada uno. Bastábale una ligera indicación, para adornar con esplendidez los salones y convertir el jardín en un jardín encantado, lleno de caprichosos arcos de musgo y farolillos de colores.

Pero como una verdadera hada benéfica y misteriosa, siempre permanecía en el último término del cuadro y hacía de modo que nadie reparase en ella.

Tenía tal arte de multiplicarse que, llenando todos aquellos nuevos deberes, no descuidaba un punto los antiguos. Cuidaba del anciano y de los niños como antes, y procuraba que a Guillermo nunca le faltara nada de lo que fuese de su agrado.

Por las noches sobre todo, mientras se divertían en los salones, ella se retiraba al aposento del anciano, y allí le divertía leyéndole algún libro piadoso o relatándole los sucesos del día.

A Miguel le veía muy rara vez y siempre de pasada.

¿Era malo Miguel?, ¿era olvidadizo?

Nada de esto. Había ido a Madrid y no había pensado ni un solo instante en romper los sagrados lazos que le unían a Juana, considerándola como a su mujer, y sin que se le ocurriese que otra pudiese reemplazarla en su corazón y en su casa.¿Pero cuándo realizaría su unión? En esto sí que no había pensado nunca. Tal vez dentro de un año, tal vez dentro de diez, en cuanto se pudiera, sin que hiciera ningún esfuerzo para poder cuanto antes.

Dios lo había dotado efectivamente con la llama esplendorosa del genio. Pero el bien y el mal, el porvenir de la vida, dependen casi siempre de circunstancias leves y al parecer sin trascendencia.

La amistad de un lacayo había decidido de su suerte y del porvenir de su alma.

Miguel, recién llegado a Madrid, lleno de fe y de entusiasmo por su noble arte, pasaba el día en el Museo estudiando las obras de escultura de los grandes maestros, y las noches en su buhardilla forjando estatuitas de barro, con las que se ganaba su sustento. Su alma entonces era buena, su imaginación era virgen, y se remontaba fácilmente a las regiones etéreas donde mora el arte. Iba a misa los domingos, rezaba por sus padres y por Juana, a quien pensaba algún día ofrecer una modesta casita en donde pudiesen vivir corazón con corazón y teniendo un solo pensamiento. Si veía llorar a alguno, se conmovía y procuraba consolarle; si un mendigo le pedía una limosna, partía con él el pedazo de pan que iba a llevar a sus labios. Tenía muy presentes las máximas evangélicas de don Eustaquio, y procuraba ajustar su conducta a aquellas santas máximas.

Si tenía privaciones, tenía también inefables compensaciones en sus sueños de gloria.

—¡Siento abrasada mi mente por una llama inextinguible, decía, y sólo me falta darle aplicación por medio del estudio! ¿Por qué no he de llegar a ser un Alonso Cano? ¿Acaso Alonso Cano no era hombre?, y redoblaba su afán por estudiar e imitar a los buenos modelos.

Pero quiso su desventura, aunque él no se resolvió a darle este nombre, que cayese enferma una vecina que habitaba en la buhardilla inmediata. Era una pobre anciana que vivía sola, pues su único hijo servía en clase de lacayo en casa de la Marquesa de los Gazules.

Miguel, bueno y compasivo, abandonó sus estudios y sus estatuitas, para velar día y noche a la cabecera de la pobre enferma. Súpolo el hijo de ésta, y no acertando cómo demostrarle su gratitud, una vez que su ama le ordenó que fuese en busca de un escultor, para que hiciese su busto, él le dijo que conocía a un joven que era un portento en esta clase de trabajos, y se apresuró a presentárselo.

Para comparecer dignamente delante de la encopetada señora, Miguel no tenía traje a propósito; pero el lacayo, que no era lerdo, y que sabía que en Madrid todo depende del traje, se dio buena maña en buscarle uno, alquilándolo de su propio peculio a un ropavejero.

Hízose el busto, y se hizo tan a gusto como ya sabemos de la Marquesa, que ésta, prendada del artista, tomó interés en darlo a conocer a sus amigos. Como conservando el parecido, había favorecido extraordinariamente a la vetusta dama, no hubo dama vetusta que no le encargase su busto, tanto, que el escultor tuvo que dar de mano a sus estatuitas, y abrir un registro para fijar turno a sus nobles clientes. Esto acrecentó su fama, y como en Madrid todo se hace objeto de moda, Miguel y sus bustos pasaron a estar de moda, ganando en aquel entonces sumas fabulosas. Y como a su mérito artístico reunía una figura bella y atractiva, no le faltaron galantes aventuras. Esto acabó de trastornar su imaginación, y poco a poco se fue volviendo muy distinto de lo que era.

Trocó su humilde buhardilla por una habitación elegante, se hizo vestir por el sastre más afamado, y aun compró un hermoso caballo tordo, para hacerlo caracolear a la portezuela de los dorados coches cuando paseaba por la Fuente Castellana. Entonces no hubo salón que no frecuentase, ni dama aristocrática que dejase de prodigarle sus sonrisas.

Miguel se desvaneció completamente, olvidó el cincel que le había abierto las puertas del templo de la fortuna y, ocupado en incesantes devaneos, no se acordó ya de Alonso Cano.

De baile en baile, de fiesta en fiesta, sólo le quedaba tiempo para escribir sus reseñas en la cuarta plana de los periódicos, reseñas en las que no escaseaban los elogios exagerados y las adulaciones ridículas. Y llegó a ser tan maestro en este nuevo género, que los periódicos más acreditados se disputaron su pluma, y obtuvo en uno de ellos una plaza de gacetillero, con muy buen sueldo y poquísimo trabajo. Y entonces tuvo entrada en los teatros, y lo que es más, entre bastidores, y como sus elogios tenían cierta autoridad, los artistas por alcanzarlos le abrumaban con dádivas y adulaciones. Y el pobre joven, enteramente deslumbrado por su nueva posición, decía restregándose las manos:

—¡Esto es Jauja!

Al paso que sus amigos decían con envidia:

—¡Qué suerte la de Miguel!

Pero las personas sensatas murmuraban por lo bajo:

—¡Qué lástima!¡Hubiera podido llegar a ser un grande artista, honra de su patria!

Sea como quiera, Miguel era feliz, en cuanto se puede serlo entre el torbellino de las pompas mundanas.

Tenía intrigas de todo género, en las que no brillaba por su caballerosidad, el decoro y la honradez, y esto en vez de arrebatarle prestigio se lo aumentaba, que así son los frívolos e injustos juicios del mundo.

Poco a poco se fueron extinguiendo en el alma de Miguel sus puras creencias de otros tiempos, su bondad natural, su delicadeza de sentimientos. Vivía, o más bien no vivía, en una casa de huéspedes, pues sólo iba a ella cuando no pasaba la noche en una orgía, que solía suceder con harta frecuencia. Comía aquí, almorzaba allá, y a veces ni comía ni almorzaba.

Gustaba de lo imprevisto y de las aventuras misteriosas. Frecuentaba los salones de la aristocracia y los lupanares; pero habitaba más en los segundos, y sólo permanecía algunos instantes en los primeros, de modo que, juzgando ligeramente por aquel trato fino y galante que usa la buena sociedad, apropiaba a las elegantes señoras que veía en los salones, el tipo de las mujeres perdidas que formaban las delicias de su vida íntima.

No se detenía en examinar a aquellas mujeres, que quizás eran modelos de virtud y caridad cristiana, sino que viéndolas amables, las clasificaba entre las heroínas de bodegón con las cuales se codeaba a cada paso.

Así se forman las más de las veces nuestras vidas sobre el mundo, juzgándolo sin conocerlo, o juzgándolo por el prisma de nuestras propias ideas y nuestras propias costumbres.

Linterna de Diógenes, que sólo alumbra lo que revestimos con nuestras propias formas.

Aleccionado por sus aturdidos compañeros, se hubiera avergonzado de creer en Dios, en la virtud, en la otra vida; se hubiera avergonzado de no rendir un público y entusiasta culto al becerro de oro, hablando con desenfado de los goces materiales y positivos. Había aprendido perfectamente la innoble jerga que se usa en nuestros días, en que barajando todos los sentimientos y todas las ideas, ya no se sabe cuál es el nombre verdadero que corresponde a cada una. Había aprendido a decir, que puestos en una balanza los sentimientos y los intereses, siempre se inclinaría el fiel hacia éstos últimos, porque los hombres del siglo XIX no eran ya tan estúpidos que prefiriesen un sentimiento noble a un átomo de interés positivo.

En sus discursos, viniesen bien o no, siempre mezclaba estos párrafos tomados de un publicista célebre.

«El mundo es un sueño, la vida una exhalación. Si hay, que no lo creo, y sólo lo creen los espíritus apocados y timoratos, quien dirija la máquina, él pasará el cuidado de las ruedas. Yo soy un átomo, y los átomos van a discreción del viento. La responsabilidad es del ambiente».

O bien aquellos versos, también célebres, originales de uno de nuestros más notables filósofos:

«Deshecho mi cadáver, sus vapores

Que rueden por las zonas superiores

Del anchuroso cielo,

En tanto que recoja el blando suelo,

De mis materias sólidas las sales,

Y el plácido regar de aguas pluviales

Se nutran cien semillas,

Y suban por sedientas raicillas

En savia transformados mis despojos,

A coronar de malvas y de hinojos

De mi postrer morada las orillas».

—¿Cómo?, ¿Cómo?, había exclamado un día don Eustaquio, que había ido a verle, ¿qué es lo que dices, muchacho, qué despropósitos son éstos? Blasfema cuanto quieras de los vivos, pero deja en paz a los muertos. Cuando desde que el mundo es mundo, no hay rincón de tierra, ni por civilizado ni por salvaje, en donde no se veneren las cenizas de los queridos difuntos, es que los hombres obedecen a un sentimiento innato y no convencional. ¿No te complace a ti pensar en aquel rinconcito de tierra, en donde duermen tus padres el sueño eterno, y decir: aquí reposan sus huesos venerandos?

Juana nada dijo; pero engañó a Miguel al día siguiente, obligándole a ir, sin que él supiera el objeto, al cementerio, y allí tuvo el consuelo de verle conmoverse, a pesar suyo, quitarse el sombrero, doblar una rodilla, y tartamudear una oración. ¡Ah! sí, ¡que las más de las veces blasonamos de lo que no sentimos, y nos sucede como al que desde la playa habla con desprecio de la mar, y cuando se encuentra en medio del Océano, reconoce transido de pavor el poder del monstruo cubierto de blanca espuma!

Una noche en que se daba un gran baile en casa de Guillermo, hallábase Clotilde recostada sobre el tocador, delante del cual su tía acababa de dar la última mano a su revocación, pintando de carmín sus labios con la destreza de un artista consumado.

Clotilde estaba absorta, contemplando aquella maravillosa transformación: acababa de ver a su tía calva, sin dientes, con el rostro apergaminado, y la veía ahora casi bella y representando a lo sumo cincuenta años.

Afortunadamente ella no necesitaba ni toalla de Venus ni colorete. Su cutis era de nácar y rosa, sus cabellos eran de oro, sus ojos hermosos y rasgados remedaban el azul brillante de los cielos.

Llevaba un vestido blanco recogido a trechos con grandes ramos de rosas y una corona de rosas en la cabeza.

Parecía la diosa de la juventud y la hermosura; estaba encantadora.

Hasta la expresión de suave melancolía que se notaba en su rostro aumentaba su atractivo.

¿Qué había sido del alma de Clotilde durante aquel mes pasado entre incesantes fiestas?

Su enfermedad se había desarrollado rápidamente, amenazándola con una próxima muerte.

Su tía y Miguel, con su lenguaje ligero y descreído, habían venido a confirmar todas las perversas doctrinas de sus libros.

En efecto, si la literatura de una época lleva su veneno al corazón de la sociedad, luego pasa a ser su eco, retratando los tipos, costumbres y creencias que ve pulular en torno suyo.

Solidarias entre sí, y estrechamente enlazadas, si la sociedad principia a modelarse sobre la literatura, ésta a su vez acaba por modelarse sobre la sociedad, recibiendo simultáneamente la una de la otra inspiraciones y vida, hasta que gastadas las ideas, llegando al abuso las costumbres, una y otra despiertan de su error, efectuándose la reacción, porque el mundo moral es una rueda que gira perpetuamente sobre sí misma; es como las aguas de un río, que después de haber inundado los campos, obedeciendo a una ley ineludible, vuelven a su nivel primitivo.

Oyendo sin cesar a Miguel y a su tía burlarse de Dios y de la virtud, que es su imagen sobre la tierra, con aquel tono frívolo y petulante, que no sólo no admite discusión sino que zahiere sin piedad a los que creen, tachándolos de imbéciles, Clotilde había ido poco a poco perdiendo la fe y el conocimiento del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto.

Cada siglo tiene su hipocresía; su máscara para ocultar sus vicios; su bandera para justificarlos. La máscara y la bandera de este siglo son la falsa ilustración y el falso progreso indefinido. El progreso indefinido, que levantó la torre orgullosa de Babel, para producir la confusión y la ruina. Dios ha confiado al hombre, su hijo predilecto, una centella de sus propios resplandores; pero el hombre soberbio que quiere convertirse en Dios, cae precipitado al caos donde residen las tinieblas.

A favor de esa máscara, agrupados debajo de esa bandera, los hombres de este siglo han rasgado las tablas de la ley, tan antiguas como el mundo, quedando destruidos los lazos que, uniéndolos entre sí, los unían al mismo tiempo con el Ser Supremo. Se ha perdido completamente la idea del deber; los padres no respetan la cándida inocencia de sus hijos, los hijos vilipendian las blancas canas de sus padres: y en su consecuencia, los ciudadanos no respetan la ley, ni erigen altares a la probidad, y en su consecuencia, las madres de familia escarnecen a su esposo y derriban el altar de la virtud que antes campeaba en su hogar doméstico, y lo que no respetan las obras, no lo respetan las palabras; los hombres pasan el día en el café o en la plaza pública entreteniéndose con conversaciones obscenas; las mujeres, cargadas de frívolos adornos, recorren las calles o las casas de sus amigas entreteniéndose con murmuraciones ociosas. No hay orden ni concierto; cada jerarquía de la sociedad traspasa el límite marcado por el Legislador Divino y se halla fuera de su verdadero centro.

Todos quieren brillar, todos quieren mandar, todos quieren ser felices, Verdadero torrente desbordado que se esparrama por la campiña y sumerge los campos en flor, arranca de raíz los árboles, y arrastra entre su limo cenagoso los puentes y las casas y los ensangrentados cadáveres, sin que nada baste a poner dique a su saña destructora.

Y las mismas aguas, en castigo, lejos de ser puras y cristalinas como antes, lejos de retratar corno antes la bóveda del cielo, se enturbian y ennegrecen mezcladas con las arenas de su fondo.

Y la literatura, que debiera ser el faro refulgente que guiase a la humanidad por las serenas vías de lo bello y de lo bueno, se empequeñece y se arrastra, y los escritores, que debieran ser los sacerdotes del bien se convierten en juglares, atentos sólo a divertir a la multitud con sus grotescas farsas.

Por esto no brilla ningún genio ni en las letras ni en las artes. ¿Se podría modelar una Venus de Praxíteles con el cieno de la tierra? ¿Se podría cantar la Odisea, con el oído atento al resonar del oro?

¿Pero será siempre así? ¡Dios es Dios, y el hombre es su hijo predilecto!

La Marquesa no hablaba a su sobrina más que de los derechos de la mujer, de su justa participación en la vida pública, en los públicos negocios. Decía que la casta matrona de los antiguos tiempos, que sólo salía a la calle cubierta con los triples velos del recato, el decoro y la modestia; era una figura ridícula, incompatible con la ilustración del siglo. Que el matrimonio era un contrato civil como otro cualquiera, y que en su consecuencia la mujer no debía ni respeto ni obediencia a su marido, que había

dejado de ser con los modernos usos el jefe de la familia. Que iguales en sus derechos, si él iba al café, ella debía ir al teatro, porque bastaba y sobraba para el gobierno de la casa una doncella, no pudiendo descender a tan mezquinos cuidados una mujer joven y hermosa. Que si una mujer joven y hermosa tenía hijos, no era preciso que estuviese como una esclava meciendo su cunita, y privándose de todos los goces de la vida.

—Porque gozar es vivir, decía. ¿Quién te agradecería la renunciación a ti misma? Dios, si existe, se está en su cielo, sin cuidarse para nada de las míseras criaturas, tu marido se acostumbraría a no ver en ti más que al ama de gobierno de su casa, tus hijos, ingratos como todos los hijos, mañana te olvidarán por el hombre o la mujer que les sonría, y la sociedad se encogerá de hombros al contemplar tu retraimiento, murmurando: ¡pobrecilla!

Gozar es vivir; y ¿sabes cómo se goza únicamente?, ¡con los triunfos del amor propio satisfecho! ¡Cuando una mujer se presenta en un baile, ataviada con magníficos trajes que realzan su hermosura y oye elevarse por doquier un murmullo de entusiasmo, su corazón se estremece de júbilo infinito! Cuando ve que los caballeros se precipitan, se codean, se empujan, para obtener el favor de una contradanza, y sufren sus rivales todos los tormentos de la envidia, su amor propio satisfecho le brinda con delicias que no conocerá jamás la que vegeta oscurecida entre cuatro paredes silenciosas.

Conviene esto además al bienestar del matrimonio: el marido, satisfecho el primer capricho, ya no se apercibe de las perfecciones de su mujer, si cien y cien adoradores, excitando sus celos, no le sacan de su aletargamiento.

Una mujer que brilla da importancia a su marido, y mañana podrá intrigar para procurar una buena colocación a sus hijos. ¿Qué hace Guillermo aquí sin ambiciones, vegetando entre estas breñas? Si tú fueras una mujer de talento, le empujarías para que pusiera en juego su influencia, y saliese diputado.

Con esto irías a Madrid y desempeñarías el brillante papel que te corresponde.

Pronto se escala el poder, afiliándose a un partido político. Tu marido, de diputado, podría subir a ministro. Lo que no bastase a alcanzar su talento, lo alcanzarían tus manejos.

A bien que Guillermo es un tirano, y tú una pobrecilla, como dice el mundo, y aquí o en la corte siempre vivirías oscurecida, que predicar conciertas gentes es sermón perdido.

No entraba de lleno Clotilde en las torcidas doctrinas de su tía, pero sus pérfidos consejos bastaban para aumentar sus cavilaciones y desviarla de Guillermo, a quien acabó por considerar como un déspota egoísta que no hacía el aprecio que debía a una mujer como ella.

—Yo soy muy lince, la dijo la Marquesa una tarde en que iban juntas a hacer una visita, y tengo tal costumbre de adivinar los secretos de las casas ajenas que ya he adivinado el de tu casa. Ya sé por qué tu marido no está nunca a tu lado, ni te hace caso.

—¿Por qué?, preguntó Clotilde temblando.

La Marquesa se paró y la miró fijamente.

—¿Por qué?, dijo, ¿pues no lo has adivinado tú? ¿Serás tan cándida que no lo hayas adivinado?

—¡Yo; no!, balbuceó Clotilde poniéndose encendida.

—Porque mientras tú te consumes en un rincón, y dejas que se marchite tu hermosura él, cansado de tu amor, ha puesto los ojos en la primera mujer que ha hallado a su paso, aunque ésta sea una mujer fea y en todos conceptos despreciable.

—¡Juana!, murmuró Clotilde con voz alterada y el corazón destrozado.

—Juana, sí, no me cabe duda alguna. Siempre veo el uno detrás del otro, siempre cuchichean en voz baja. ¿No has advertido que a ella la consulta para todo, que con ella cuenta para todo? Y ella, la gazmoña, ¿no has advertido con qué diligencia le sirve, le mima, y hasta procura adivinar sus pensamientos?

Clotilde quedó aterrada y prorrumpió en sollozos.

—¡Llora, llora!, exclamó la Marquesa con sarcasmo, ¡qué bien sirven las lagrimitas para marchitar la hermosura! ¡Necia, llora y ponte fea, éste es el mejor medio para desilusionar a tu marido!

—¿Pues qué haré?, exclamó Clotilde desolada.

—Toma, muy sencillo, si te da cuidado que ame a otra, porque si fuese yo, poco me importaría. Yo diría, ¡ancha Castilla!, y me aprovecharía de mi libertad para divertirme. Pero en fin, si a ti te da cuidado, como veo, lo que debes hacer es ponerte muy guapa, reír, gozar, mostrarte indiferente, y aun darle celos con otro, que éste es el medio mejor y más seguro. ¡Hay tantos que se considerarían dichosos con una mirada tuya, cuando tu imbécil marido te desprecia! Y sin ir más lejos, Miguel, que es un buen mozo, muy fino y muy ilustrado. ¡Ya, ya! ¡Si vieras en Madrid cómo se lo disputan las damas! Y sería una obra de caridad romper su compromiso con Juana, pues al fin él se cree ligado a ella por la gratitud, y sólo por gratitud se casará algún día con ella, porque por otra parte, yo sé muy bien que no la quiere, y ¿cómo la ha de querer nadie, no siendo el rústico de tu marido?

Así estaban las cosas en la noche en que se daba el suntuoso baile.

—Sabes, dijo de repente la Marquesa a su sobrina, que he discurrido un medio para que alcances la victoria que anhelas. Dicen comúnmente, y es verdad, que la privación es causa del apetito. Vente conmigo a Madrid cuando me vaya, que será muy pronto.

Y como entre los caprichos de la Marquesa y su ejecución no solía mediar ni un solo instante, repuso, dirigiéndose a su doncella, y sin dar siquiera tiempo a Clotilde para contestar:

—Leonor, vaya usted a decir al amo de la casa que deseo hablarle ahora mismo.

Siempre que hablaba de Guillermo nunca le llamaba mi sobrino, sino el amo de la casa.

No debía estar lejos Guillermo, por cuanto apenas hubo salido la doncella se presentó en el dintel de la puerta; pero con tan mala suerte, que al descorrer el portier derribó una frasquera de cristal que estaba sobre una mesa inmediata.

La Marquesa le echó una mirada furibunda. Reprimiéndose, no obstante, le mandó que se sentase; pero Guillermo, aturdido, añadió a una torpeza otra mayor, sentándose sobre un colchoncillo de color oscuro que había sobre una silla y dentro del cual Aníbal dormía, entregado a un sopor profundo.

Chilló el tití, levantóse Guillermo asustado y aún más se asustó al ver al feo animal lanzarse de la silla y correr de un lado a otro dando saltitos con una pierna encogida.

Al chillido de Aníbal había contestado con otro chillido estridente la Marquesa quien, después de haber pronunciado en voz perceptible la palabra patán, se entregó a los arrebatos de una desesperación sin límites.

Cogió en sus brazos al tití, le meció y acarició como si fuese un niño, mandó traer sales, vinagre, árnica, y sólo después de haber curado y vendado la herida que no existía, y de haber ella tomado éter para el susto, pareció tranquilizarse.

La dicha humana pende de un cabello; el vuelo de un insecto rompe a veces y repentinamente lazos que se creían inquebrantables.

Aquella farsa ridícula incomodó a Guillermo, que permanecía serio y altivo en un rincón. Acaso no había sido más que la gota de agua que hace desbordar la copa, pues durante el mes trascurrido había tenido que apurar muchas humillaciones y muchos sufrimientos.

—Le he mandado a usted llamar, dijo por fin la Marquesa con tono seco e imperativo, para participarle mi resolución. Quiero que mí sobrina me acompañe a Madrid. Creo tener derecho a exigirlo, supuesto que la he nombrado heredera de mi fortuna y de mi título.

Una nube de sangre subió a oscurecer los ojos de Guillermo. Aquella orden, dada con tono tan absoluto, y basada sobre el mezquino interés, sublevó cuanto había de noble y generoso en su alma.

—Clotilde se ha casado conmigo cuando usted la tenía abandonada, dijo con voz trémula de cólera, y ahora es bastante rica para no necesitar de su herencia. Si desea ver Madrid, Clotilde irá conmigo cuando mejor le parezca, y la visitará a usted y la acompañará sin miras de interés alguno.

La vieja le miró fijamente, y prorrumpió diciendo:

—¿Es así cómo se agradecen mis beneficios?

—¡Esos beneficios yo no los he solicitado!, replicó el joven con altivez.

—Porque tiene cuatro terrones y una fábrica mal montada, cree poder codearse con los que ostentan una corona, refunfuñó la Marquesa haciendo trizas su pañuelo de nipis.

Aunque había pronunciado estas palabras en voz baja, Guillermo las oyó.

Miró en torno de sí, vio a las doncellas ocupadas en arreglar el traje color de naranja que se iba a poner su señora, comprendió que en breve la afrenta sería repetida y comentada por todos los maldicientes de Orduña, y ya incapaz de contenerse, exclamó fuera de sí:

—No olvide usted que yo soy el amo de esta casa, que usted ha venido a ella por su beneplácito, y que por su beneplácito, y no a instancias mías, permanece en ella.

—¿Es decir que me echa usted?, gritó la Marquesa levantándose y con los ojos chispeantes de cólera.

—Tía, por Dios, dijo Clotilde interviniendo con ademán suplicante.

—¡Ya ves, ya ves cómo trata a tus parientes el que debía considerarse muy honrado con los lazos fortuitos que le unen a ellos!, vociferó la vieja, golpeando el suelo con los pies y entregada a un verdadero paroxismo de ira.

Guillermo a su vez experimentó un vértigo, al oír aquel nuevo insulto.

Sin embargo se contuvo.

—Basta, señora, dijo, está usted en mi casa, y no contestaré con improperios a sus improperios.

Pero no olvide usted que si yo la respeto, tengo derecho a ser respetado, y a que se consulte mi voluntad antes de tomar una resolución cualquiera.

Volvió la espalda, y salió con paso grave y mesurado del aposento.

No estaba la Marquesa acostumbrada a sufrir la más leve contradicción; no estaba acostumbrada, sobre todo, a ver que al pronunciar la mágica palabra de herencia, sus presuntos herederos dejasen de arrastrarse de rodillas delante de ella. Sólo aquel sobrino, del cual deseaba tan ardientemente vengarse, le había ofrecido resistencia, y aún éste tenía la excusa de que amaba a otra mujer.

Ciega, desatentada y furiosa, prorrumpió en mil denuestos, y formó los más extravagantes propósitos de venganza.

—¿Ves?, decía a su sobrina apesarada y llorosa, ¿qué has adelantado con sufrir?, ¿qué has adelantado con tolerar? ¡Formulas el primer deseo, y lo rechaza brutalmente encastillándose en su potestad conyugal! ¡No le basta sacrificarte a un ser indigno, quiere que presencies sus viles devaneos, y quizás que mueras de pena al presenciarlos! Pues si tú fueras una mujer de espíritu, una mujer superior, ahora sería la ocasión de dernostrarle que de igual a igual no va nada, y que sí él tiene voluntad y libre albedrío tú también lo tienes.

Clotilde defendió cuanto pudo a su marido, declaró que no se sublevaría jamás contra sus mandatos; pero ¡ay! que su corazón estaba brotando sangre, y su alma conturbada por mil opuestos sentimientos.

Hacía suya la ofensa que Guillermo había inferido a su tía, parecíale que debía haberla respetado por lo que tenia de común con ella.

—¡Al fin ha nacido en noble cuna!, se decía a sí misma ¡y por postergados que estén, algo valen los pergaminos! ¡Rebajando a mi tía me rebaja a mí!

Y luego proseguía:

—¡Es cierto, jamás le he pedido nada!, ¿por qué negarme con tono tan absoluto el primer deseo que formulo? ¡Ah, es que no me ama, es que ama a otra! Y no obstante yo soy joven... soy bella...

Cruzó vagamente por su imaginación el recuerdo de Amanda, a quien la deslealtad y cruel indiferencia de su marido habían dado derecho para buscar el calor de otro corazón amante...

Batallando con todas estas ideas, herido en lo más vivo su amor propio, entró en el salón ya lleno de convidados.

Componíase la elegante sociedad congregada en aquel sitio de algunos nobles de la provincia, tiesos y encopetados, que parecían moverse por resorte, y que hubieran creído rebajarse si hubiesen contestado más que sí y no a cuanto se les preguntaba. Fieles a sus principios de inamovilidad absoluta, ostentaban galas antediluvianas, porque también hubieran creído rebajarse adoptando las modas que llevaban las personas de la clase media. Éstas, por su parte, estaban cortadas al hallarse por primera vez confundidas con la aristocracia, que siempre campeaba sola en Orduña, porque nunca se había dado el caso de que una dama ilustre, habitante de Madrid, en donde se nivelan y confunden todas las clases, hubiese venido a trastornar el orden y a reunirlas en un mismo punto.

Capitaneaban los dos bandos, por una parte doña Segismunda mujer alta, corpulenta, que parecía más alta porque llevaba siempre la cabeza erguida como las torres de los palacios, que pretenden dominar a las míseras cabañas que los cercan. Su paso era lento, su andar mesurado; miraba siempre de frente como si se desdeñase de volver la cabeza a derecha e izquierda para ver a los que pasaban, y abría los ojos de un modo desmesurado, como si no hubiera nada en el mundo que pudiese hacerle inclinar la vista al suelo.

En sus tiempos, porque no contaba menos de medio siglo, había sido hermosa pero no coqueta. El arte de agradar y atraer era incompatible con su orgullo, que pretendía hallar tan sólo esclavos que la acatasen de rodillas.

De su hermosura no había quedado nada, pero su orgullo había permanecido incólume, corno los árboles gigantescos que se levantan altivos sobre un campo desolado.

Vestía siempre de negro, pero en cambio se presentaba cubierta de joyas pesadas y macizas, tan venerables como ella. En sus conversaciones no hablaba más que de su elevada alcurnia y de sus invictos abuelos, que habían peleado contra los moros, o habían ido a la conquista de la Tierra Santa. Pretendía descender del rey Egica, y describía con admirable prolijidad las fiestas de la corte de los reyes Godos.

No se había casado porque, según decía, no había halla-do otro noble tan noble como ella. Despreciaba los títulos porque eran debidos, según decía también, al favoritismo, mientras que los sencillos escudos de armas, como el que ella ostentaba en el portalón de su casa, habían sido ganados en buena ley con la punta de la espada. A pesar de su severa majestad, algo se había murmurado de ella a tuertas o a derechas, que en una ciudad pequeña corno Orduña, todo se observa, se cuenta y se zahiere.

Por esta misma razón había declarado guerra a muerte a las reputaciones intachables, y no había nada que la irritase tanto como el oír alabar delante de ella a una mujer virtuosa. También había declarado guerra a muerte a las personas que pasaban por ricas, porque sus abuelos, con haber atesorado tanta nobleza, se habían olvidado de llenar sus arcas, y la ilustre matrona se veía obligada a vivir más que con estrechez, con miseria, en su casa solariega, desmantelada y sombría, pero con puertas claveteadas de hierro, y airosas torrecillas, que se subían a predicar a las nubes, para pregonar desde allí las excelencias de sus dueños.

Y así, no tenía más que una doncella y un escudero, tan viejos como ella; pero que, sin embargo, desempeñaban todas las funciones, él desde paje a copero, y ella desde menina a dueña Quintañona.

Capitaneaban el bando opuesto, es decir, el de la clase media, las tres hijas del escribano, de quien ya dejamos hecha mención, poco honorífica por cierto, en el anterior capítulo, y que con ser el más moderno de la ciudad, por su genio intrigante y solapado había conseguido alzarse con toda la clientela.

Eran sus tres hijas tan pequeñas y diminutas como niñas de ocho años, aunque la menor pasaba de los cuarenta, y tan parecidas entre sí como una gota de agua a otra gota.

Dejaremos para más adelante la descripción física y moral de estas amables señoritas, incansables por más de un concepto, y sólo consignaremos que su padre era hijo de un pobre molinero de La Mancha y que, según propalaban malas lenguas, había llevado a cuestas durante su juventud sendos costales de trigo, razón por la cual, tanto él como su respetable padre, miraban de reojo a la nobleza, por aquello de desdeñar lo que no nos es posible poseer.

Inútil es decir que mediaba un abismo profundo entre ambos bandos; pero como nada hay tan sabroso como la murmuración, y como la murmuración es la vida de las ciudades pequeñas, había momentos solemnes en que el abismo desaparecía colmado por la saña y la malicia, y que los dos bandos pactaban algunos instantes de armisticio. Esto sucedía cuando se trataba de mancillar la honra de alguno, o de combinar alguna intriga que diese por resultado la pérdida de alguna mujer o la desventura de alguna familia.

Entonces las diminutas hijas del escribano se acercaban a la corpulenta doña Segismunda, y encogiéndose ésta, y estirándose aquéllas, lograban pronto asimilarse y confundirse, que tanto puede el afán de censurar y morder en almas viejas y bajas.

La posición de Clotilde en medio de aquella sociedad heterogénea era sumamente espinosa: si sonreía a los nobles, los otros decían que por ser sobrina de su tía se daba aires de gran señora; si hablaba con los de la clase media, los otros clamaban porque arrastraba por el fango sus blasones.

Hasta entonces todo se había reducido a hablillas sin consecuencia; aquella noche los unos y los otros tuvieron ocasión para asestarle sus más venenosos tiros.

Clotilde acababa de cantar una melodía de Schubert, tierna y melancólica como todas las suyas. Clotilde tenía la voz de un ángel, y daba nuevas y sublimes inflexiones a su voz la profunda tristeza que abrumaba su alma; cada nota era un suspiro de su corazón ulcerado, y cuando concluyó de cantar se retiró del piano con las mejillas cubiertas de lágrimas, mientras los circunstantes conmovidos, electrizados, respondían a su canción con una salva de aplausos.

Al ocupar de nuevo su asiento, Clotilde se vio rodeada de hombres y mujeres que la felicitaban por su triunfo, y la necesidad de sonreír y buscar frases de gratitud aumentaba su tormento.

Hubiera deseado estar sola para dejar correr sus lágrimas y confiar al viento sus suspiros.

Entonces oyó una voz conmovida, que murmuraba una súplica junto a ella.

Levantó los ojos y vio a Miguel, pálido y con los ojos iluminados por un extraño fuego.

Miguel era artista, y aquel canto apasionado había conmovido repentinamente todas las fibras de su alma.

—¿Quiere usted otorgarme el honor de bailar conmigo?, replicó el joven con voz alterada por la emoción.

La música alternaba con el baile, y el piano ya preludiaba un vals.

—¡Oh!, no, dijo Clotilde, ¡me ahogo aquí!

—¿Quiere usted que salgamos a dar una vuelta por la galería?, preguntó Miguel.

Clotilde se levantó, apoyó su brazo en el del joven y ambos salieron a una galería circular que daba al jardín, defendida de la atmósfera exterior por un cierre de cristales. Hasta la misma barandilla llegaba el ramaje de los árboles y las rosas de guirnalda, que parecían subir a ofrecer a los habitantes de la casa sus encendidos botones.

La noche estaba hermosa, la luna esparcía en torno sus rayos de luciente plata, y la brisa juguetona llenaba el espacio de perfumes y armonías.

Clotilde abrió los cristales y se puso a contemplar el paisaje lleno de contrastes y misterios, pues mientras aquí y allá estaba envuelto en impalpables sombras, los rayos de la luna iluminaban con su brillante luz, ya una colina, ya una choza o un grupo de árboles que escondían en las nubes su frondosa copa.

A la vista de aquel paisaje poético, Clotilde experimentó una sensación dulce y triste a la vez, y su alma se sumergió en un suavísimo delirio.

Hay horas peligrosas en la mujer, tierna y apasionada por naturaleza, contra las cuales debe estar siempre en guardia, apercibida siempre para no sucumbir a su funesto influjo.

Las lágrimas que había contenido a duras penas en el salón, se desbordaron de sus ojos, y fueron a caer sobre sus manos, cruzadas y apoyadas en la barandilla.

El alma del artista es semejante al alma de la mujer: su sensibilidad, sobreexcitada siempre, hace que sea más susceptible de entregarse a inefables y sublimes emociones.

Miguel, que durante aquel mes había galanteado a Clotilde por pasatiempo, se sintió verdaderamente conmovido, verdaderamente electrizado, al ver sus lágrimas.

—Clotilde, ¿qué tiene usted?, exclamó con apasionada ternura; por Dios, Clotilde, ¿por qué llora usted?

Clotilde inclinó la hermosa frente y, en vez de contestar, dejó que sus lágrimas corriesen en abundancia.

Miguel tomó su mano y la estrechó entre las suyas.

—¿No soy su amigo?, murmuró con infinita dulzura; ¿no tengo derecho a que usted me confíe sus pesares?

—¡Ah, que soy muy desgraciada!, exclamó Clotilde, dejando, por fin, escapar el secreto de su alma.

Era la primera vez que esta confesión salía de sus labios, y salió con todo el ímpetu de un dolor largo tiempo comprimido.

—¿Usted desgraciada?, exclamó Miguel con no fingido asombro. ¡Usted a quien el mundo aplaude, usted que tiene esposo y tiene hijos!...

—Sí; murmuró Clotilde con expresión dolorosa; ¡tengo esposo, tengo hijos y sin embargo sufro!...

Levantó los ojos sobre Miguel al decir esto, y enmudeció.

El rostro de Miguel expresaba todo el transporte de la pasión, toda la embriaguez de una inesperada victoria.

Aquellas imprudentes palabras le habían hecho creer que sus galanterías habían hallado un eco en el alma de la joven, y trémulo, delirante, exclamó, juntando las manos sobre el pecho:

—¡Ah Clotilde! ¡Con toda mi sangre pagaría el derecho de enjugar esas lágrimas que brillan en sus mejillas!

Miguel era sincero en aquel instante.

Clotilde, de alma pura, cándida, inocente, que ignoraba las artes de la coquetería, que no había querido, en manera alguna, provocar una declaración, quedó suspensa, ruborosa, asustada de sí misma y de aquel amor apasionado que se ofrecía de repente a sus miradas.

Bajó los ojos, calló, apoyándose en la baranda, pálida y convulsa.

Entonces, Miguel, cobrando ánimo con su confusión, con su silencio, le dijo cosas sublimes que brotaban de su corazón a sus labios, y que, como todo lo que brota del corazón, tenían una magia irresistible.

Clotilde experimentó el choque eléctrico de aquellas ardorosas sensaciones; sintió correr por sus venas parte del fuego que corría por las venas de Miguel, el amor desordenado y poético de sus libros se ofreció a su enferma imaginación avasallándola; creyó estar en su derecho, compartiendo aquel amor ideal que ofrecía un bálsamo dulcísimo a sus penas.

Más de una hora permaneció allí escuchando las palabras elocuentes del joven, que resonaban en su corazón como una música deliciosa.

Durante aquel coloquio, los ángeles no tuvieron por qué cubrir su faz con sus blancas alas; pero al volver a entrar en el salón, cuando ya las luces se apagaban y los ecos de la música se extinguían, las hijas del escribano y doña Segismunda pudieron ver que en el ojal del frac de Miguel se ostentaba una purpúrea rosa arrancada del ramo de Clotilde.

IV. Lo que puede pesar un capullo de rosa en la balanza de la vida

La mujer es el Atlante sobre cuyos flacos hombros descansa el edificio de la familia; un solo paso en falso, y el edificio se derriba y se convierte en ruinas.

—STHAL.
 

La casa que habitaba el escribano de Orduña era un antiguo caserón situado en una calle angosta en donde sólo de escapada se presentaba el sol, como si no quisiera alumbrar con sus purísimos rayos a los aviesos seres que se escondían en ella.

Llamábanle la casa maldita, porque allá en los antiguos tiempos habían pasado cosas extraordinarias. Contábase que el señor que la habitaba había partido a la guerra de Flandes, dejando a una esposa joven y a un niño en la cuna. Cuando volvió, después de muchos años de cautiverio, apoyado en el bordón de peregrino, su mujer había muerto, y su hijo, que había entrado a disfrutar de todos los bienes, temiendo que su padre pusiera coto a sus devaneos, le encerró en un lóbrego subterráneo, y allí le dejó morir de hambre y desesperación, si es que no se había adelantado a la parca con mano parricida. Ningún correctivo dio la justicia humana a semejante crimen, por ser personaje importante el desnaturalizado hijo, pero Dios, que consiente y no para siempre, una noche en que daba un festín a sus amigos hizo que descendiera un rayo de las nubes, que hendió los techos de la casa, apagó las luces, y derribó la mesa, en derredor de la cual los comensales, beodos, desafiaban con brindis impíos la cólera celeste.

Acudieron los criados con antorchas a los gritos de su amo; pero éste quedó sumido en las mismas impalpables tinieblas, porque el rayo le había robado la luz de las pupilas. Huyeron los convidados y los criados, despavoridos ante tan ejemplar castigo, y el parricida quedó solo y entregado a sus remordimientos. Solo y entregado a sus remordimientos vivió muchos años, ensordeciendo los ecos de la calle con sus tristísimos lamentos.

Cuando él murió, la casa quedó cerrada, porque nadie quería ir a habitar en ella, asegurando los vecinos que durante las noches tempestuosas resonaban en su recinto quejas y alaridos.

En memoria del suceso hicieron un nicho en el arco que unía el antiguo caserón con otro caserón de enfrente, como que en tiempos remotos ambos habían formado un mismo edificio, y colocaron en el nicho la efigie de Jesús Nazareno, con un farolillo que lucía noche y día, costeando la luz entre todos los vecinos.

Deshabitado había quedado el caserón hasta principios de este siglo en que, dando de mano a rancias preocupaciones, su dueño fue a habitarle él mismo, y luego buscó trazas para alquilarlo a cuantos forasteros iban a establecerse en Orduña, porque a pesar de su ejemplo ningún vecino de la antigua ciudad se hubiera decidido a imitarle.

Uno de aquellos forasteros había sido el escribano don Lupercio Mangarrota que, natural de La Mancha, había comprado en Orduña una antigua escribanía, y ciertamente que ninguno mejor que él podía ocupar la casa de los duendes, como se la llamaba comúnmente.

El escribano parecía un verdadero duende cuando por la noche se le veía pasar a lo largo de las ventanas con su gorro negro, terminado en punta, y su velón de hoja de lata en la mano.

Era un hombrecillo seco, con las piernas torcidas, nariz de gavilán y ojos de mochuelo.

Tan bajo como era de estatura, tan largas eran sus manos descarnadas y con uñas descomunales, semejantes a las garras de un ave de rapiña.

Aquélla parecía una familia de enanos. Como hemos dicho, sus tres hijas, tan diminutas como él, eran su verdadera efigie, y la naturaleza no las había hecho gracia ni de su nariz corva, ni de sus ojos inflamados, ni de sus manos largas.

Andaban como sapos, y tenían una voz tan bronca, amén de lo desagradable, que parecía salir de una bodega.

Tan ruin como el cuerpo era el espíritu.

Medían a los demás por su propia malévola bajeza, y así como la bolsa de los clientes no se escapaba de las manos de don Lupercio sin quedar hecha jirones, así no se escapaba la honra de nadie sin quedar hecha jirones de las lenguas despiadadas de sus hijas. No necesitaban tener un interés cualquiera para deprimir y calumniar, no quitaban los pretendientes a las otras mujeres por quererlos para sí, porque sabían que esto era imposible, pero como otras gozan con el espectáculo de lo bello y de lo bueno, ellas gozaban ante el cuadro de las lágrimas ajenas y las ajenas desventuras. Obedecían a un ciego instinto, al cual se entregaban con placer como la fiera de los bosques o el ave de rapiña.

Guardando armonía con la vetustez de las paredes, en aquella casa todo era antiguo: los muebles, los trajes y las caras.

Ciñéndonos a la casa diremos que por delante tenía un inmenso patio en el cual crecía con abundancia la hierba en medio de los pedruscos puntiagudos y desiguales; por atrás un jardín bastante grande pero que, como en lugar maldito, no prosperaban más que los abrojos y las zarzas. En el interior, los salones eran vastos, los techos altísirnos; pero tanto éstos como las paredes estaban llenos de grietas, así como el pavimento de hoyos, por haberse desgastado los ladrillos. Aquella casa era la imagen perfecta de la desolación y la tristeza.

Atentas las tres mujercillas a otros gravísimos cuidados, no se ocupaban en reparar estas injurias del tiempo, y lo mismo sucedía con respecto a los muebles. Si a una mesa le faltaba un pie, a una silla le faltaba el respaldo, o lo que es peor, las aneas del asiento. Hasta un grande espejo que tenían en la sala, había perdido por completo su transparencia, gracias a las moscas que habían establecido sobre él sus tiendas de campaña.

No es necesario añadir, dados estos antecedentes, si todos los muebles estarían en amable desorden, pudiéndose escribir sobre cada uno de ellos infolios de romances o dísticos latinos, merced a las espesas capas de polvo que los cubrían.

Igual desorden ostentaban los trajes de los habitantes de la casa, llenos por todas partes de manchas insolentes y atrevidos jirones.

Los graves cuidados que absorbían por completo la atención de las tres hermanas se reducían a fisgar y a darse cuenta hasta del aleteo de una mosca en casa ajena.

Aunque ellas y las flores parecían cosas incompatibles, de lo cual daba fe el jardín convertido en páramo, tenían las dos ventanas que daban a la calle cubiertas de enredaderas, dispuestas con tal arte que podían asomarse sin ser vistas y ver a su sabor cuanto pasaba en ella.

Horas y horas permanecían en su puesto de observación, con la paciencia inalterable del gato que acecha a su presa, y la misma paciencia empleaban para enterarse de lo que ocurría en ambas casas vecinas, aplicando el oído, para la una, al mismo cañón de la chimenea, y habiendo practicado un agujerito imperceptible en la pared medianera de la otra, cubierto por sobra de precaución con sendas telas de araña.

Pero no les bastaba saber lo que pasaba en la calle y en las dos casas vecinas, necesitaban saber lo que pasaba en la ciudad, y a este objeto tenían establecida una especie de policía secreta, mucho más activa que la que pudiera tener el gobierno, atendido a que eran mujeres las empleadas en ella, y por lo tanto chismosas.

Era el capitán o jefe de esta policía la tía Ojazos, la vieja estantigua que tanto había mortificado a Juana, y que con su oficio de ramilletera lo mismo tenía entrada en los palacios de los nobles que en las buhardillas en donde habitaban sus compañeras de mercado. Así no había secreto por alto ni por bajo que no llegase a su noticia con más celeridad que el rayo. Tenía un arte tal, que sabía hacer hablar hasta a los mudos, valiéndose de los más ingeniosos circunloquios para llegar al punto deseado.

Todas las mañanas llegaba con el rostro risueño a traer un saco de noticias, como ella decía, a las hijas del escribano, recibiendo en premio de su espionaje, ya un taleguillo de garbanzos, ya un pedazo de tocino o una rizada y pomposa berza, sisando ellas a su avaro padre para hacer estos obsequios, o privándose de lo necesario para regalarse con los sabrosos chismes de que iba siempre provista la comadre.

Puestas de atalaya estaban las tres hermanas a los ocho días de haberse dado el baile en casa de Guillermo, y ya empezaban a impacientarse, porque la tarde estaba fría y lluviosa, y ni un perro, cuanto más un hombre, asomaba por la calleja solitaria.

Aunque faltaba mucho para anochecer, ya habían encendido los vecinos el farolillo que alumbraba a Jesús Nazareno, y habían hecho bien, porque el aire gemía como un condenado por las revueltas y esquinazos de la calle, imitando a la sombra del mal hijo, que debía estar purgando su culpa en los infiernos.

De repente, la mayor de las tres hermanas, llamada Policarpa, dio con el codo a la segunda, y la segunda hizo lo mismo con la tercera. La segunda y la tercera se llamaban respectivamente, Verónica y Telesfora.

—¡Guillermo!, dijo Policarpa en voz baja.

—¡Guillermo!, repitieron sucesivamente las otras dos, que siempre eran el eco de su hermana mayor, repitiendo invariablemente las tres la misma frase, fuera lo que fuese de lo que se tratara.

Un resplandor maligno iluminó los ojos de las malévolas gorgonas.

—¡Viene aquí!, exclamó la mayor con alborozo.

—¡Viene aquí!, repitieron los ecos.

Las tres se metieron dentro apresuradamente, y corrieron a instalarse alrededor de una mesita que había en una pieza anterior al despacho de su padre.

Apenas se sentaron, sacaron sus calcetas de unas bolsas inconmensurables que llevaban pendientes de la cintura, y se pusieron a hacer labor.

Las calcetas eran las encubridoras de su holgazanería; pero a la sazón, tan atentas estaban a escuchar los traspiés que daba Guillermo al atravesar el patio, lleno de hoyos y pedruscos, que dejaron caer todos los puntos, y enredaron el hilo en tal disposición que necesitarían luego un día para deshacer el enredo.

Entró por fin Guillermo, algo pálido, algo ojeroso, pero con ademán tranquilo.

—Buenas tardes, Guillermo, dijo la mayor.

—Buenas tardes, Guillermo, repitieron los ecos, acercándole una silla, la menos rota y empolvada que pudieron encontrar.

—Padre está ocupado en un trabajo urgente, y me ha dicho que no le interrumpa, objetó Policarpa, mirando de soslayo a sus hermanas. Siéntese usted un poco.

Verónica y Telesfora comprendieron lo que quería significar la torcida mirada de su hermana.

Como solían repetir punto por punto sus palabras, la conversación con ellas se hacía sumamente larga y fastidiosa; pero omitían esta costumbre inveterada en las ocasiones especiales, porque el afán de hacer daño les daba una insólita lucidez, y hasta tenía el poder de encadenar sus lenguas.

—¿Viene usted a hablar de su pleito?, preguntó la mayor. ¡Qué pleito tan fastidioso e interminable! ¡Y qué ingrata es la gente de este mundo! ¡Esos pícaros sobrinos, a quienes ha colmado usted de tantas mercedes, moverle, a los cien años, y sin por qué toda esta barahúnda! El caso es que, como ellos pleitean por pobres, no tienen prisa, mientras a usted le están causando perjuicios indecibles. Ayer padre hablaba de eso, y se lamentaba de su tenacidad, causada, según él, por los envidiosos de Orduña, que los aguijonean y alientan. Ahora, según creo, han pedido una revisión de pruebas.

¿Qué le parece a usted su pretensión?

Demasiado sabía Guillermo, porque era casi público en Orduña, que aquel trastorno lo debía a las artimañas de don Lupercio; irritóle la hipócrita falsía de Policarpa, para quien su padre no tenía secretos, y aún se suponía que recibía de ella sus más malignas inspiraciones, y así contestó con sequedad:

—Que hagan lo que quieran, si sigo el pleito es porque estoy seguro de mi derecho.

—Sí, sí, interrumpió Policarpa. Por eso deja usted obrar a la justicia, y apenas si se ocupa usted de defenderse. Por esto me extraña verle a usted aquí, cuando tan pocas veces viene a honrar nuestra casa. Pero ya caigo, ya sé a lo que viene usted, añadió sonriendo con su enfática sonrisa, viene usted a hacer la escritura de la tierra que trata de venderle el viejo Ruperto. La tierrecita es buena, y buena la ocasión de comprarla, porque Ruperto está, según dicen, con el agua al cuello, y la dará por lo que quieran, con tal de que se la paguen al contado.

Un relámpago de cólera iluminó las pupilas de Guillermo.

—¡Yo no acostumbro a especular con la miseria ajena!, dijo con voz breve.

—Ya se ve, ya se ve, replicó vivamente Policarpa. ¿Quién ignora en Orduña que es usted bueno y compasivo y generoso; quizás demasiado generoso, sobre todo con ciertas gentes.

Ruperto, por ejemplo, no merece nada, porque él es un vicioso, y tiene una mujer cuya lengua corta como un hacha.

Las dos hermanas no pudieron resistir al impulso de añadir:

—¡Como un hacha!

—De todos y de todas se atreve a hablar, repuso Policarpa, y ya que se presenta la ocasión, me atrevo a darle a usted un consejo, y es que le cierre la entrada de su casa.

—¡Lo que se hace en mi casa, puede hacerse a la luz del sol, respondió Guillermo con altivez...

—Ya se ve, ya se ve, interrumpió Policarpa; pero estas mujeres malas desfiguran las palabras y los hechos, y convierten la cosa más inocente en crimen espantoso. ¿Pues no se ha atrevido a hablar mal de Clotilde, que es una santa?

—¡Una santa!, repitieron Verónica y Telesfora, levantando los ojos al cielo y juntando las manos sobre el pecho.

—¿Y qué es lo que puede decir de Clotilde?, exclamó Guillermo con ímpetu.

—¿Qué ha de poder decir?, repuso Policarpa, ¡lo que ella inventa! Por ejemplo, la noche del baile, como la habían ustedes llamado para que hiciera ramilletes, que en esto tiene mucha habilidad, sí señor, mucha habilidad, observó que Clotilde salió a la galería con Miguel, y permaneció allí más de una hora. Observó que Miguel le hablaba en voz baja, y haciendo muchos y apasionados extremos, y que ella, por fin, le contestó arrancando una rosa de su ramillete y poniéndola en sus manos. Lo de la rosa todas lo vimos, porque cuando volvieron a entrar en el salón, ya muy tarde, Miguel la ostentaba muy ufano en el ojal de su frac. Pero eso, ¿qué tiene de particular? Pues la malvada vieja no se contenta con esto sino que, forjando un castillo de naipes sobre lo que ha visto y observado, pretende que desde aquella noche, Clotilde va todas las mañanas a la ermita, en donde la aguarda Miguel, y que juntos hablan y aun suspiran largo rato.

Y, aunque fuera cierto, ya ve usted, ¿qué tendría esto de particular, siendo Miguel un huésped de la casa, y a mayor abundamiento el prometido de Juana? Éstas son cosas muy inocentes y naturales.

—¡Muy inocentes y naturales!, repitieron los ecos.

—Y aún si se contentase con decirlo aquí, prosiguió Policarpa, que somos temerosas de Dios y que nuestra boca es un sepulcro, pero nada de eso, pues a estas horas ya lo sabe todo Orduña.

Un esfuerzo sobrenatural había tenido que hacer Guillermo para que su fisonomía no revelase el desorden de su alma durante este largo relato, y aún mayor tuvo que hacerlo para decir con voz segura:

—La reputación de Clotilde está muy por encima de los chismes de vecindad, y ha adquirido el derecho de despreciarlos.

Luego añadió bruscamente, levantándose:

—Supuesto que don Lupercio está ocupado, volveré otro rato.

—Vaya usted enhorabuena, dijo Policarpa sin procurar detenerle, segura de que la saeta había ido derecha al corazón y se había clavado en él.

—¡Vaya usted enhorabuena!, repitieron los ecos levantándose y haciéndole grotescas reverencias.

Y cuando las tres hubieron oído perderse a lo lejos el ruido de sus pasos, empezaron a dar saltitos como las mandrágoras, y a restregarse las manos con diabólica alegría.

Iba Guillermo con paso precipitado, sin cuidarse de que el viento le arrebatase casi de los hombros la capa y diese serias embestidas a su sombrero, que por dos o tres veces cayó al suelo. No sabía lo que le pasaba. Zumbábanle los oídos, y eran tan fuertes los latidos de su corazón, que tenía que detenerse a cada paso para tomar aliento. Sus ideas eran confusas, turbada su vista, hasta el punto de tropezar con todos los guardacantones y, cuando salió de Orduña, con todos los árboles que iba hallando al paso.

Si le hubiesen preguntado a dónde iba no hubiera podido decirlo, y sin embargo andaba, o más bien corría, hacia un punto fijo. Le guiaba el instinto: su voluntad y su pensamiento estaban paralizados.

Empezaron a caer gruesas gotas de lluvia, y no se apercibió de que llovía; empezó a tender la noche su negro velo, y no notó que era de noche. Ahullaban los perros de presa al verle pasar por cerca de los cortijos; chillaban las aves de rapiña, refugiadas en el hueco de las peñas, creyendo que iba a turbar su reposo. ¡El infeliz nada oía!

Por detrás de la ermita, y a corta distancia de ella, se alzaba un humilde cobertizo. Su techo era de cañas, y tenía por delante un cercado. Allí se detuvo Guillermo, con la frente inundada de sudor. Vaciló un breve instante, y luego gritó con voz ronca y destemplada.

—¡Ruperto! ¡Ruperto!

Abrióse al momento la puerta, y se asomó el viejecillo que traía un candil en la mano, y que exclamó lleno de asombro.

—¡Usted por aquí don Guillermo!

Hizo entrar a su visitador, dirigiéndole mil humildes frases de gratitud, y después de haber colgado de un clavo el candil, le quitó la capa y el sombrero, que estaban calados de agua, y le ofreció un tosco banquillo de madera para que se sentase.

Poco les había aprovechado a Ruperto y a su mujer la guerra encarnizada que habían hecho a Juana: ambos eran demasiado amigos de visitar la taberna para que pudiesen vivir en buena armonía con el avaro Blas y la atrabiliaria Segunda.

Aún no se habían pasado diez meses desde su instalación en la casa, cuando ya se vieron echados de ella y, lo que es peor, Ruperto perdió su colocación como mozo de labranza.

Así suele suceder siempre al que mal obra, que es la víctima primera de sus propias traiciones.

Perdida su colocación, y no siéndole fácil a Ruperto encontrar otra, por ser ya viejo, y por su creciente afición a los licores, fue yendo de mal a peor, hasta el extremo de tener que refugiarse en aquel cobertizo, destinado antes a los animales, cuando era suya la casa que había contigua, y que había pasado hacía muchísimo tiempo a otro dueño.

La barraca, que no tenía más de cincuenta pies, estaba dividida en dos mitades, habitada la una por tres gallinas y un cerdo; habitada la otra por Ruperto y su mujer, cuyo lecho se reducía a un montón de paja. Dos o tres platos negros y desportillados y otras tantas cazuelas y pucheros, junto con una mesita de pino y hasta media docena de tarugos de madera, formaban todo el ajuar de aquella inmunda vivienda, ennegrecida por el humo del hogar y por el polvo que cubría el techo y las paredes.

Formaba singular contraste con el mueblaje del cobertizo y con sus habitantes una enorme canasta de mimbres que se veía en un rincón, llena de ramilletes de flores hechos con un primor exquisito, y más singular era el contraste para quien sabía que aquellos hermosos ramilletes salían de las manos trémulas y descarnadas de la tía Ojazos, viejo esperpento calvo, sin dientes, apergaminado y andrajoso.

—Ya ve usted a lo que nos vemos reducidos, don Guillermo, dijo Ruperto con voz lastimosa, a habitar la covacha que teníamos en otro tiempo para los animales. ¡Somos muy desgraciados! ¿Viene usted a decirme que le parece excesivo el precio que pido por la tierra? ¡Me lo daba el corazón! ¡Eh!, ¡eh!, ¡somos tan desgraciados!

Sus lamentos e interjecciones parecíanse tanto a gruñidos, que el cerdo despertó y le respondió con gruñidos más quejumbrosos todavía.

—El pobre parece que sabe la suerte que le aguarda, dijo Ruperto haciendo como que se enjugaba una lágrima. Le compramos chiquito y le hemos criado, quitándonos el alimento de la boca. Parece un perro, según es de

manso y fiel; pero ya lo tenemos vendido, lo mismo que las gallinas. ¡Somos muy desgraciados, don Guillermo, muy desgraciados! ¡Eh!, ¡eh!

Renovóse el triste dúo entre Ruperto y el cerdo, y hubiera continuado mucho tiempo, porque Guillermo no pensaba en interrumpirle, si la tía Ojazos no hubiese intervenido, preguntándole bruscamente:

—¿Pero es verdad lo que dice Ruperto? ¿Viene usted a decir que no quiere la tierrecita?

—No, dijo Guillermo, volviendo en sí de su abstracción; al contrario, vengo a decir que me he enterado de la triste situación en que se hallan y que les daré el doble de lo que me piden para que salgan de apuros.

Sin poderlo evitar, Guillermo se halló con que la repugnante vieja se amparaba de su mano e imprimía en ella sus labios fríos y húmedos, causándole una impresión semejante a la que nos ocasiona el contacto de un reptil.

—Dios le bendiga a usted, señor, decía al mismo tiempo la tía Ojazos, Dios le bendiga a usted.

Guillermo procuró sonreírse, retiró la mano, se levantó, se dirigió a la canasta y cogió un ramillete.

—¡Qué flores tan hermosas!, dijo, respirando su aroma.

—Si no fuera por estos pobres ramos, suspiró la tía Ojazos, la mitad de los días no comeríamos.

¡Pero hay tan pocas personas de gusto en Orduña!

Guillermo seguía examinando las flores.

Era evidente que quería entablar una conversación espinosa y no sabía cómo hacerlo.

La tía Ojazos adivinó lo que pasaba en su alma.

Nunca hemos tenido ocasión de decir por qué la vieja ramilletera llevaba tan extraño apodo; pues se lo habían dado porque sus ojos, por pequeños, eran casi invisibles, y tan hundidos que desaparecían debajo de las cejas. Pero cuando la malignidad los animaba parecían agrandarse y entonces resplandecían con un fuego siniestro, como si fuesen dos tizones del infierno.

Esto es lo que le sucedió en aquel momento, clavando en Guillermo sus miradas con una persistencia escrutadora-Éste se resolvió por fin a decir, afectando indiferencia:

—A propósito, ¿le ha hecho a usted un encargo mi esposa?

—¡No!, dijo la vieja, sin dejar de mirarle fijamente.

—¡Qué distraída!, repuso Guillermo. ¡Ya me figuraba yo algo de eso! Como viene todos los días a hacer una novena a la ermita, le encargué que le dijese a usted que me buscara una planta de clemátides, a cualquier precio que fuese, porque es un obsequio que quiero hacer...

—Pues sí, interrumpió la tía Ojazos, mirándole de hito en hito y acentuando cada una de sus palabras, viene todos los días, y todos los días ha estado sentada en ese banquillo que usted ocupaba antes.

—El caso es que también se lo había dicho a Miguel, que por mi ruego la acompaña no siéndome a mí posible dejar mis ocupaciones.

—Vele hay, replicó la tía Ojazos, Miguel se sentaba en ese otro banquillo de al lado, pero como era después de haber paseado mucho por los alrededores se conoce que el cansancio les quitaba la memoria.

Estaba tan electrizada la diabólica vieja con la novedad de aquella escena, cuya siniestra importancia conocía perfectamente, que crispados sus nervios hacían que se erizasen sus blancos cabellos, formando corno una diadema de movibles culebras plateadas alrededor de su frente.

En aquella lucha, Guillermo era el que llevaba la peor parte; pero comprendiendo que si se dejaba vencer su honor quedaba perdido, aunque desconcertado y confuso, se esforzó a decir:

—¡La pobre Clotilde es tan sensible! La superiora del convento en donde se ha educado, y que le ha servido casi de madre, está muy mala, y esto la trae muy pesarosa.

Bien se veía que andaba buscando las palabras, y que lo que decía era una mentira.

—¡Ya!, dijo la tía Ojazos con irónica sonrisa, ¡será sin duda por esto la novena! Ya me parecía a mí que le sucedía algo malo, porque el otro día, después de haber ido a dar un paseo con Miguel, volvió muy pálida y con los ojos hinchados de llorar.

Bailaban sus crespos cabellos al decir esto, como si estuvieran atacados del mal de San Vito, y sus ojos despedían rayos de fuego.

Al ver destrozado y vencido a su enemigo, pues harto bien revelaban el estado de su alma el temblor de su cuerpo y la lívida palidez de su semblante, quiso rematarle con un solo mortal golpe y así repuso:

—Por cierto que aquel mismo día la vi grabar con un lindo cortaplumas no sé qué en la corteza de la grande encina que está en medio de los cuatro caminos, y a Miguel también, que le quitó el cortaplumas para grabar otras palabras. Sería alguna oración para que Dios devolviese la salud a su maestra.

—¡Quiá, mujer!, saltó Ruperto que aunque no sabía escribir sabía leer, y se mostraba siempre que podía muy orgulloso de su ciencia, si lo que dicen esos garabatos es: recuerdo eterno.

Harto lo sabía la tía Ojazos, que si no conocía las letras tenía muy expedita la lengua para preguntar lo que ignoraba, pero revistiéndose de un aire de fingida candidez añadió al instante:

—Pues bien, viene a ser lo mismo.

Guillermo no pudo resistir más, sintió que un velo oscurecía su vista y que le iban faltando las fuerzas.

Sin embargo, aún tuvo aliento para decir:

—En fin, búsqueme usted la planta de clemátides, y usted Ruperto, vaya por el dinero cuando quiera, aunque no esté hecha la escritura.

Y salió con ímpetu, cerrando tras sí la puerta.

—Don Guillermo, don Guillermo, ¿a dónde va usted de ese modo?, gritó el viejecillo presentándose en el umbral del cobertizo con la capa y el sombrero.

Guillermo se detuvo, se puso ambas cosas, y se alejó sin escuchar a Ruperto que decía:

—¡No se vaya usted que arrecia la lluvia y se va usted a poner perdido!

—¡Déjale!, murmuró la tía Ojazos a la espalda de su marido, ¿no ves qué mosca lleva?

Si pudiesen ver los hombres lo que pasa en los dominios de Luzbel, la maligna vieja hubiera visto la batahola que movían los espíritus del mal para celebrar su victoria.

Guillermo entretanto corría corno si tuviese alas en los pies, como si huyese delante de un enemigo terrible.

¡Quería huir de su propio dolor que le iba persiguiendo!

Pero no continuó por mucho tiempo su insensata carrera. De repente cayó al suelo, quedando tan inmóvil como si se hubiese muerto. Y así permaneció durante muchas horas, sin que el cierzo ni la lluvia le volviesen el sentimiento de sí mismo. Rayaba el alba cuando recobró el conocimiento, si recobrar el conocimiento era quedar sumido en un estupor profundo.

Se levantó, y se sentó debajo de un árbol con la cabeza caída sobre el pecho y el rostro escondido entre las manos.

¿En qué pensaba? Difícilmente hubiera podido transmitir a otro sus pensamientos. El que se ofrecía con más claridad a su imaginación era la calma y el reposo que deben disfrutarse en el sepulcro.

Apareció el alba tornasolada y bella, y fue arrojando del cielo uno por uno a los negros nubarrones; y tras el alba apareció el sol, coronado de brillantes rayos e inundando de alegría el universo.

Y las campanas de Orduña dieron al aire sus melancólicos tañidos, convidando a los corazones cristianos a la oración, y los pájaros salieron de sus nidos, los insectos abandonaron las corolas de las flores, y cantando y susurrando alabaron al Árbitro Supremo. Y las flores se balancearon en sus tallos, como invitando al dorado rayo de sol para que fuese a beber las perlas del rocío, y los arroyuelos precipitaron su curso por la pradera como para ir a saludarle, y la brisa fue batiendo sus alas aquí y allá, y esparciendo por todas partes perfumes y armonías. Y se abrieron una a una las chozas y los cortijos, y aparecieron los labradores, los unos guiando a sus borricos, cargados de hortalizas y frutas, para dirigirse al mercado, los otros en pos de los tardos bueyes, que iban a abrir surcos en la madre tierra para que brotase de su seno la dorada espiga. Y los hombres, al par que los insectos y las aves, las flores y los arroyos, elevaban llenos de júbilo al Criador su himno de la mañana.

Y Guillermo sintió más destrozado su corazón, y halló que eran muy lúgubres los pensamientos que cruzaban por su mente, porque la luz del sol y los encantos de la naturaleza parecen un horrible sarcasmo al rey de la creación, sumido en un piélago inmenso de amargura.

Sin embargo, permaneció aún inmóvil mucho tiempo, tan indiferente al sol que secaba su traje somo a la lluvia que lo había inundado.

Sólo cuando dos o tres labradores que pasaron junto a él le saludaron, su imaginación principió a salir del caos tenebroso en que estaba envuelta.

Pero entonces, sintió un dolor tan agudo en el corazón, que echó de menos el estupor pasado.

Se levantó y se dirigió lentamente hacia la encina a la cual había aludido la tía Ojazos.

No podía confundirse con ninguna otra porque, además de su extremada corpulencia, se alzaba sola en medio del crucero de cuatro caminos.

Guillermo se detuvo delante de ella y examinó su corteza, pero no vio nada.

Parecía haberse extendido un negro velo por delante de sus pupilas. Poco a poco el negro velo se tornó rojizo y, al través de su reflejo, leyó, clara y distintamente, las palabras recuerdo eterno, trazadas por una mano conocida y adorada, y más abajo la misma frase, grabada por otra traidora mano.

Sin embargo, no se movió.

Cualquiera hubiera dicho que aquella palabra era un logogrifo, y que hacía esfuerzos inauditos por descifrar su misterioso sentido.

—Buenos días, don Guillermo, dijo una muchacha que pasaba cargada con una cesta de albérchigos.

El infeliz se pasó las manos por los ojos y siguió maquinalmente a la muchacha, fija la atención en su saya a cuadros escoceses verdes y negros, y en sus piernas desnudas.

El mundo había desaparecido de sus ojos, y sólo veía aquella saya que se movía a impulsos del viento, como si en sus pliegues estuviese escondida la solución del misterioso logogrifo.

Tomó maquinalmente el camino de su casa.

Hombres y mujeres iban y venían, y le pareció que aquellos hombres y aquellas mujeres le miraban con aire sarcástico, entreabriendo sus labios una burlona sonrisa.

¿Por qué?

Aunque la muchacha no iba ya delante de él, pues había entrado en la ciudad, le pareció ver aún su saya a cuadros verdes y negros flotar delante de sus ojos.

Sin saber cómo, se halló delante de su casa; pero obedeciendo a un secreto instinto, no entró por la puerta principal, sino por la puerta falsa que daba al jardín.

Halló la puerta cerrada y escaló la tapia.

Luego empezó a andar por las calles del jardín, fijo siempre su pensamiento en la saya verde y negra.

De repente se paró y dio un grito.

Juana estaba sentada en un banco rústico, con la cabeza envuelta en su delantal para ocultar sus lágrimas; pero por más que ocultase sus lágrimas se oían clara y distintamente sus sollozos.

Al oír el grito de Guillermo, se descubrió la cabeza y corrió hacia él, asustada y temblorosa. Pero retrocedió aterrada al ver su palidez y la extraña fijeza de sus ojos.

—¿Qué tiene usted Guillermo, qué tiene usted?, preguntó con espanto.

Cogióle ambas manos, le condujo al banco y le obligó a sentarse en él.

—¿Qué tiene usted Guillermo, hermano mío, qué tiene usted?, repitió con la voz dulce de los ángeles, y olvidada de su propio dolor para ocuparse del ajeno.

Aquella voz dulcísima fue derecha al corazón de Guillermo, y conmovió sus embotadas fibras.

Entonces las lágrimas acudieron poco a poco a sus ojos, como un balsámico rocío, y los sollozos levantaron su pecho.

Juana no le dirigió más preguntas, lloró con él, estrechando entre las suyas sus manos heladas y temblorosas.

¡Ay, que los dos se comprendían sin hablarse! ¡Ay, que los dos lloraban su amor perdido, sus esperanzas defraudadas, tronchada para siempre la ventura de su vida!

¡Desdichados!

Más de una hora permanecieron de este modo, y era tan profundo su dolor, tan desolado su llanto, que hasta los serafines debieron compadecerse al contemplarlo.

De pronto apareció entre los árboles una figura esbelta y vaporosa. Asemejábase a una celeste aparición, llena de resplandores y hermosura.

Era Clotilde. Iba envuelta en un chal de gasa blanca, y llevaba en la cabeza un sombrerito de paja adornado de flores.

Turbóse al ver a Juana y a su marido con las manos entrelazadas y confundiendo sus lágrimas; pero al instante tomó su partido y, cruzando por delante de ellos, se dirigió a la puerta falsa.

Pero más rápido que el pensamiento, corrió Guillermo a la puerta, extendió el brazo sobre ella, y gritó con voz imperiosa:

—¡No: vuelva usted a su cuarto!

Clotilde quedó estupefacta: ¡era ella quien debía reconvenir y la reconvenían!, ¡era ella quien debía castigar y era castigada!

Llena de despecho y turbación arrojó sobre su marido una mirada de desprecio, y fue a encerrarse en su aposento.

Cuando llegó la hora del almuerzo no quiso bajar; pero pocos momentos después recibió un recado de su tía para que pasase a su aposento, y, al llegar allí, quedó muda de asombro al ver el extraño cuadro que se ofreció a sus ojos.

La Marquesa estaba entregada a un verdadero acceso de demencia; tiraba los muebles, hacía trizas sus vestidos, pateaba y lloraba como un niño a quien arrancan de repente algún juguete. Huían aquí y allá las doncellas despavoridas, acurrucábanse los perros debajo de las mesas y las sillas, y hasta el pobre tití estaba tan lleno de terror, que se había pegado a la pared, de modo que más parecía una moldura que un animal viviente.

Más de un cuarto de hora duró el alboroto, después del cual sobrevinieron las congojas y los espasmos, hasta que, como todo termina en este mundo, terminó aquella diabólica escena, y entre improperios y gritos de cólera supo Clotilde, al fin, de qué se trataba.

Se trataba nada menos de que Guillermo había entrado bonitamente en el cuarto de la Marquesa y le había significado que, deseoso de vivir en paz y no ver ya por más tiempo turbadas sus patriarcales costumbres, la agradecería en extremo que se marchase cuanto antes en compañía de Miguel.

—¡Ahora mismo!, gritaba la Marquesa, amoratada de ira, al referírselo a su sobrina; ¡no estaré ni un minuto más en esta maldita casa! Debía haberla abandonado hace ocho días, cuando tuvo la avilantez de insultarme tu grosero marido. ¡Ya se ve, la cabra siempre tira al monte! ¿Qué se puede esperar de un miserable plebeyo como él?

Parecióle, en efecto a Clotilde que su marido había hecho sobrado alarde de su autoridad, traspasando todos los límites del deber y la buena educación. Prorrumpió en sollozos, demostró a su tía su vivo pesar por aquel suceso, y la rogó que no dudase jamás de su cariño.

Dio un salto la Marquesa al oír esta palabra, como si le hubiese picado una víbora; dejó el frasco de sales que estaba aspirando y, volviéndose a mirarla, le dijo con enojo:

—¡No sé si me incomoda más tu gazmoñería, o la insolencia del tosco lugareño a quien llamas marido! ¡Ah!, ¡ah!, prosiguió con punzante ironía, ¿qué es cariño, hijita?, ¿qué ave fénix es esta de la que todo el mundo habla y a la cual nadie conoce? ¡Cariño!, ¡sentimientos!

¡Déjate de hipocresías, niña, que sientan mal a tu cándido rostro! En el mundo no hay más que interés, no hay más que toma y dame.

Todo se hace con un fin, que representa nuestro propio beneficio. Si es que, en último resultado, esperas calzarte con mi herencia, o esperas, visto el mal trato que te da tu marido, tener un apoyo en mí, no vistas ese interés, que yo, por otra parte, califico de legítimo, con las pomposas frases del cariño y el sentimiento. Estamos en un siglo de ilustración, y por lo tanto eminentemente realista; llama, pues, a las cosas por su verdadero nombre, y no procures sacarlas de su quicio decorándolas con ridículos apodos.

—Pero tía, le juro a usted... tartamudeó Clotilde confusa.

—Jura cuanto quieras, hija, interrumpió con ímpetu la vieja descreída; pero si por joven no aciertas a darte cuenta de tus propias sensaciones sabe, de una vez para siempre, que los sentimientos no existen, que no existen los afectos, y que aun lo que nos parece más sublime amor, el decantado amor de la madre hacia sus hijos, no es en realidad más que un egoísta interés del ser humano, que tiende a propagarse y a sobrevivirse. Y así, no me vengas con grandes frases, con mentidas propuestas, y di que si te conviene irás a verme, como a mí me ha convenido venir a veranear a Orduña, y por no tener otras casas en donde hospedarme cómodamente he elegido tu casa.

Mil veces había oído Clotilde de los labios de su tía, y aun de Miguel, que creía darse lustre imitando la despreocupación de su protectora, aquel cínico lenguaje; pero nunca le había hecho más efecto que en aquel instante en que iba a separarse quizás para siempre.

Inclinó la frente sobre el pecho y guardó silencio.

Aún no había trascurrido media hora cuando apareció delante de la casa el carruaje monstruo, adornado con el escudo de armas y la corona de marqués, y después de haber recibido en su inmenso seno a la vieja, a Miguel, a las dos doncellas con los perros, el tití y la caja de los afeites, partió con grande estrépito por el camino de la metrópoli de España.

¿Qué se habían dicho Juana y Miguel al separarse?

Juana había entregado furtivamente al joven una cajita, en la cual se encerraba una flor de acacia ya seca, y había corrido a encerrarse en su aposento.

V. El cuento de las dos almitas

La mujer es la obra maestra de la naturaleza.

—LESSING.
 

La mujer es el ser más perfecto entre todas las criaturas, es una creación transitoria entre el hombre y el ángel.

—BALZAC.
 

Dios quiso también ser escritor: su prosa es el hombre; su poesía la mujer.

—NAPOLEÓN.
 

¡Oh dulce paz, oh bella y sagrada Virgen, que envuelta en cándidos velos eres la guardadora fiel

del hogar en cuyo derredor se aúna la familia, plegue a Dios que nunca jamás te apartes de mi hogar ni del de los seres a quienes idolatro, porque una vez apartada de él es muy difícil que vuelvas, y porque sin ti son inútiles las riquezas, mentidas las glorias de la tierra!

¡Oh, vosotras, las tiernas perpetradoras de las costumbres suaves, de las virtudes sencillas, vosotras cuyos atributos son las gracias, en cuya mano se encierra el bálsamo del consuelo, y cuantos beneficios morales pueden endulzar la existencia del triste desterrado del Edén eterno, rodead a la paz de un fervoroso culto, como rodeaban los antiguos de un culto fervoroso a sus dioses lares; no perdonéis sacrificio alguno con tal de que permanezca con vosotras, dulcificando vuestras penas, embelleciendo vuestras alegrías!

¡No olvidéis que la dulce y benéfica Virgen es como la sensitiva que se agosta al más leve contacto!

¡No toquéis jamás a su blanca vestidura, porque como el oro y los diamantes que cubren las alas de las mariposas, con el más leve contacto se convierte en polvo!

¡Oh, no: renunciad a los pasajeros triunfos del amor propio, a vuestros más legítimos derechos, si no están en absoluta contradicción con vuestra dignidad; renunciad a todo antes que renunciar a la dulce paz, guardadora fiel del hogar doméstico, y dispensadora perpetua de los castos goces, de las delicias puras e inefables que sólo se encuentran en su seno!

La paz se había ausentado dando alaridos de dolor del hogar de Guillermo, ya mudo, triste y solitario.

Guillermo y Clotilde habían dejado de entenderse y, como dos enemigos que se hallan siempre en acecho, bastaba una palabra indiscreta, una mirada distraída para ahondar el funesto abismo que separaba sus dos corazones, nacidos sin embargo para confundirse en uno solo.

No había mediado entre ellos explicación ninguna; tampoco la habían buscado. Guillermo amaba y respetaba demasiado a su mujer para resolverse a dirigirle un reproche; Clotilde se creía demasiado agraviada para humillarse a formular una queja.

Y así estaban hacía más de un mes, tristes, sombríos, recelosos, esquivando la ocasión de hablarse o de estar juntos, llenando con su conducta de malestar y de angustia a todos los demás habitantes de la casa.

El abuelo gemía cuando veía estrellarse todos sus esfuerzos por conducirlos a una reconciliación, los niños se preguntaban el uno al otro, y preguntaban a Juana con infantil sorpresa:

—¿Qué tiene papá que llora cuando nos mira?, ¿qué tiene mamá, que huye de nosotros y ya no nos acaricia como antes?

Juana sellaba sus labios con un beso y respondía:

—Papá y mamá tienen disgustos por el pleito que sostienen, y les hace temer por vuestro porvenir. Redoblad para con ellos vuestras atenciones y cariño, que así se disipará su justísima tristeza.

La última mirada que Miguel había dirigido a Clotilde era una ardiente protesta de amor. Miguel no amaba a Clotilde en la verdadera acepción de la palabra; pero aquella aventura, que casi no había buscado, halagaba vivamente su amor propio y satisfacía su imaginación de artista, apasionada de lo misterioso y lo imprevisto.

—¡Cómo César, llegué, vi y vencí!, pensaba lleno de fatuidad. ¿Qué dirán mis amigos cuando les cuente esta aventura? Está visto que la virtud de los campos corre pareja con la de las ciudades. ¡Miserable humanidad, qué poco vales! Lo que siento es no haberme apoderado de algún trofeo que atestigüe a los ojos de mis compañeros la asombrosa rapidez de mi conquista... Una carta.... un retrato... El retrato yo lo puedo hacer, que están sus facciones muy grabadas en mi imaginación y creo que sabría trazarlas con mano tan rápida y segura como ha sido rápido mi triunfo.

Si el imbécil del marido no nos hubiese arrojado de ese modo, a la calle... Pero sin lucha no hay victoria: esto prueba que soy temible y mi aventura ha hecho ruido.

Tales eran los pensamientos de Miguel cuando se dirigía al Leviatán de los carruajes; pero cambiáronse repentinamente, tornándose en sombríos, al hallar en sus manos la cajita que Juana acababa de deslizar en ellas...

Su primer movimiento fue de cólera.

—¡Qué ridícula es!, murmuró en voz baja. ¡Qué rancias preocupaciones las suyas! De todo se asusta, y del átomo más leve forma una montaña.

¿Qué tiene de particular que Clotilde, que es hermosa, se aburra en ese antiguo y solitario caserón, y que yo, que soy joven y amante del placer, haya gastado una broma?

Bien debía saber Juana que ella y yo somos dos dedos de una misma mano, como dice un autor célebre, y que no puede extinguirse jamás el santo y mutuo cariño que nos une. Cariño de hermano a hermana, de madre a hijo, cariño apacible, sereno, que no se parece a los sentimientos tempestuosos del amor mundano. ¿Pero me quiere ella ni aun así? Empiezo a dudarlo. En un mes que he vivido a su lado, siempre hemos girado, y por su culpa, en órbita distinta; yo en el salón, ella en la cocina. ¡Qué compañera tan prosaica para un artista!... Y sin embargo, así la quiero yo para esposa mía... Me parece que ella ya no piensa en eso... ¡La he encontrado tan apática, tan fría, tan indiferente!... ¿Si será cierto lo que dicen las malas lenguas?, ¿si será cierto que Guillermo?... ¡Oh, si fuese cierto, le mataría!

Encendiósele el rostro de rubor e indignación contra sí mismo.

—¡Soy un miserable!, pensó haciendo trizas sus guantes. Juana es la mujer más pura y noble de la tierra.

Miguel, como todos los libertinos, como todos los maldicientes, que por una extraña aberración excluyen a sus madres y a sus hermanas del fallo injurioso que arrojan al rostro de todas las mujeres, excluía siempre a Juana del concepto despreciativo que le merecía la más bella mitad del género humano, y al que se hubiese atrevido a ofenderla con la más leve insinuación le hubiera arrancado la existencia.

Le parecía fácil y natural, si hubiese querido, vencer la virtud de Clotilde, de costumbres puras, de intachable fama, y le parecía absurdo pensar siquiera en que pudiese flaquear la virtud de Juana, adornada de iguales circunstancias. Le parecía que en nada faltaba él al decoro y al deber solicitando a una mujer casada, y le hubiera parecido un infame, digno del desprecio público y del mayor castigo, al que hubiese intentado seducir a Juana, libre de todo lazo y solidaria únicamente de sí misma, que así juzga la ciega pasión del hombre de lo malo y de lo bueno, de lo justo y de lo injusto.

Pero cuando el carruaje monstruo emprendió su marcha majestuosa se desvaneció repentinamente la cólera de Miguel, y sus ideas se borraron, reemplazándolas los sentimientos. Se le desgarraba el corazón, al separarse de aquel modo de su compañera de la infancia.

Triste, inquieto, preocupado estuvo todo el camino, y aprovechó la primera parada para escribir a Juana una larga carta, llena de quejas y recriminaciones.

Apenas llegó a Madrid corrió desolado a su casa, creyendo encontrar en ella la contestación, pero sólo halló cartas indiferentes de sus amigos de café, o de las mujercillas compañeras de sus orgías.

En medio de su despecho las arrojó todas al fuego. En diez días escribió veinte cartas, y las dos últimas por conducto de don Eustaquio, sin obtener contestación alguna.

—¡Esa mujer no tiene corazón!, exclamaba lleno de cólera a cada esperanza defraudada, ¡no sólo ignora lo que es pasión, sino que es incapaz de comprender el sentimiento! Su alma es fría como el mármol de la tumba, y por esto sólo resuena en ella la voz glacial del deber.

La providencia es quien me salva de unirme a un verdadero cadáver.

En uno de estos accesos de rabia, tomó la pluma y escribió a Clotilde una carta apasionada. Era un acto de venganza, pues nunca hubiera pensado en escribir a una mujer que habitaba bajo el mismo techo que Juana, y con la cual, si se había permitido un ligero pasatiempo, nunca, por aquella razón, había deseado que se formalizase.

Quince días después de haber partido la Marquesa, entró una tarde la tía Ojazos en el jardín, en donde se hallaba Clotilde con Juana y los niños, y dijo, mirando a la primera con aire significativo, que iba a llevarle el ramillete que le había encargado.

Clotilde se sonrojó, porque no le había hecho semejante encargo, pero aunque hubiese querido deshacer la equivocación no hubiera podido, porque la vieja, al poner precipitadamente el ramillete entre sus manos, se las apretó diciendo:

—Fíjese usted en la hermosa anémona que he puesto en el centro; no la hay igual en todo el mundo.

Clotilde ruborosa, acongojada, adivinando lo que podía ser y no atreviéndose a dar crédito a sus propios pensamientos, no supo si debía tomar o rechazar el ramo. Tomarlo era hacerse cómplice de la tía Ojazos, rechazarlo era dar un escándalo. Miró a Juana, miró a sus hijos, pareciéndole que todos debían leer en su rostro lo que ella adivinaba.

Por fin cogió el ramo, dirigió algunas frases de gratitud a la vieja y, lanzándose a la escalerilla de hierro, subió a su cuarto, cerró el balcón y la puerta, y se dejó caer casi sin sentido sobre un butaca.

El ramo que apretaba entre sus manos parecía abrasarla con un fuego intenso; sus perfumes le producían un desvanecimiento extraño.

Largo tiempo luchó consigo misma, entre el deber y la curiosidad, que más curiosidad que amor era lo que experimentaba.

Y por último sucumbió a la tentación, como Eva en el paraíso.

Desató el lazo de cinta verde que sujetaba el ramo, y las flores cayeron esparcidas sobre su falda. Entonces, arrollado al tallo de la anémona, vio efectivamente aparecer, como había pensado, un billetito.

Su primer movimiento fue apoderarse de él; pero casi al mismo instante sintió algo en el corazón que le advertía un peligro, mientras su rostro se cubría de púrpura.

—No debo leerlo, pensó, debo devolvérselo a esa mujer, para que lo remita de nuevo a su destino.

Estuvo largo tiempo entregada a una angustiosa lucha.

Y, por último, sucumbió otra vez a la tentación.

Después de haber principiado a leer la carta, la devoró hasta el fin.

Aquella carta era un verdadero capítulo de novela: amor ideal y delirante, pintado con palabras de fuego, amenazas de suicidio, si aquel amor volcánico se veía mal premiado, quejas, protestas, lágrimas, nada faltaba en la carta, que como dictada por el cálculo y no por la pasión, era una verdadera obra maestra, en la cual no había ni un tilde ni una coma que no estuviese en su sitio.

Pero Clotilde era cándida, inexperta...

Aquel lenguaje espiritual, nunca le había visto usar sino en sus libros. La primera declaración de amor que le había hecho Guillermo había sido pedirla sencilla y prosaicamente en matrimonio. Después le había expresado su amor de un modo espontáneo y natural, sin frases declamatorias ni pomposo estilo.

Lo primero que experimentó Clotilde al finalizar su lectura fue un movimiento de orgullo.

—Por fin soy amada como merezco, se dijo, como lo fue Valentina, como lo fue Indiana, como hubiera querido serlo la sublime Lelia. He aquí la poesía que me faltaba.

No contestaré a esta carta, pero la guardaré eternamente sobre mi corazón, y cuando sufra mucho, cuando me vea, como lo estoy, escarnecida y vilipendiada, recordaré que hay en el mundo un ser ¡que me adora de rodillas!

Cumplió su propósito durante tres días; al cuarto, una palabra dura, o que ella creyó dura, de su marido, puso en sus manos la pluma, y escribió una carta en la que, queriendo rivalizar con Miguel en elocuencia, le sobrepujó, porque puso en ella todo el fuego de su alma.

Demasiado inocente para calcular el peligro, demasiado noble para prever una traición, dejó correr la pluma a merced de su fantasía y estampó en ella palabras que el mundo, siempre malévolo, podía traducir de mil distintos e injuriosos modos.

Al principio pensó que aquella carta no debía mandarla a su destino, pero la tía Ojazos fue a ver si tenía respuesta la de Miguel, y cediendo a sus ruegos la puso furtivamente entre sus manos.

En el transcurso de otro mes recibió tres cartas más por el mismo conducto, y escribió tres cartas.

Luego empezó a decaer su entusiasmo, la novedad se hizo vieja, y fue perdiendo gradualmente su atractivo.

Halló que el piélago de poesía en que vagaba su alma no le ofrecía los goces inefables que había imaginado. Tenía como una espina en el corazón; no se sentía tranquila en ninguna parte. Parecía que una fuerza superior la obligaba a inclinar la frente, que antes llevaba tan erguida.

Experimentaba un extraño rnalestar en presencia de las personas respetables que iban a visitarla, se ruborizaba a pesar suyo delante de su marido y de sus hijos.

El aleteo de un pájaro la hacía estremecer, la hacía estremecer la voz de cualquiera que resonase repentinamente en sus oídos.

—¿Por qué?, se preguntaba a sí misma; ¿no estoy en mi derecho? ¿No es justo que la esposa desdeñada se refugie en el corazón del hombre que la adora? ¿No es justo que sacuda el tiránico yugo que la oprime y, recobrando su libertad moral, se convierta en un ser libre de pensar y de sentir, borrando el sello de esclavitud que la bárbara sociedad grabó sobre su humillada frente?

A pesar de estos razonamientos, la espina clavada en su corazón parecía introducir cada vez más en él su venenosa punta.

Sintiendo un bochorno inexplicable delante de su familia, procuró evitar en cuanto le fuese dable su presencia.

No salía de su cuarto más que a las horas de comer, o para dar solitarios paseos por el campo. Guardaba en su poder la llave de la puerta falsa, y salía y entraba sin ser vista de nadie.

Pero corno el corazón humano es tan extravagante, y ansía precisamente aquello de que está privado, diole a Clotilde entonces por anhelar la vista de sus hijos, y aún, aún, sin confesárselo a sí misma, la de su marido.

Aquellas cartas de fuego que guardaba sobre su corazón eran como una barrera infranqueable, como un abismo profundo interpuesto entre ella y Guillermo, porque Clotilde era de espíritu demasiado recto, de corazón demasiado noble, para desempeñar el villano papel de la mujer culpable que se entrega a sus devaneos, conservando, sin embargo, por medio de pérfidos amaños, su puesto de honor en el hogar doméstico.

Considerándose Clotilde, en la lealtad de su carácter, como moralmente divorciada de su familia, desde que había contestado a la primera carta, dióle por evocar los tranquilos recuerdos del pasado, los días plácidos y sin nubes en que se había deslizado blandamente su existencia.

Y con tanta viveza empezó a ofrecerse a su imaginación el recuerdo del bien perdido, que por combatirlo volvió a pasar revista a todos los volúmenes que componían su biblioteca, y que antes habían formado sus delicias. Figuraban entre ellos, en primer término, las obras de Jorge Sand.

Jorge Sand, que había olvidado sus deberes, que necesitaba sincerarse de su propia conducta ante el mundo, fue la que dio el primer paso en la torcida senda y, como sucede siempre que el árbol del mal produce efectos de muerte, por disculpar su infracción a las leyes de la moral y de la virtud, comprometió la felicidad futura de millares de mujeres.

¡Ah, si los espíritus incautos supieran que todas las ideas desorganizadoras brotan de la pluma del escritor que se halla, por su culpa casi siempre, fuera de la ley y en pugna con la sociedad, no prestarían tanta fe a sus descabelladas utopías!

¡Ah, que casi nunca el escritor se halla moralmente a la altura de su sagrado ministerio, convirtiendo lo que debería ser un elevado sacerdocio en vil comercio, y ciego por las pasiones, dominado por los intereses, pinta lo que le conviene, y no lo que siente y le dicta su conciencia!

¡Cuándo, cuándo seremos tan amantes del bien y la virtud que antes de tomar un libro en nuestras manos preguntemos por las cualidades morales de su autor, rechazando todos aquéllos que no procedan de un hombre digno y honrado! Entonces no miraríamos con tanto respeto la letra impresa, que en último resultado no representa más que el criterio de un hombre sujeto a error o extraviado por la pasión y la mano complaciente del cajista!

Seguían a las obras de Jorge Sand las de la condesa Hahan, que en su Faustina y en su Sibilia, y en tantas otras novelas, por desgracia de un mérito incontrastable, representó a la mujer emancipándose por un acto de justicia del yugo del matrimonio, y luego todas las de los novelistas franceses que durante más de treinta años han inundado el mundo con los enfermizos partos de su ingenio, haciendo una cruzada terrible contra la más santa y bella de las instituciones.

Brotaron de estos funestos libros, escritos la mayor parte con talento, infinidad de rosas, pero rosas selváticas, sin color y sin perfume, desnudas de hojas y cuajadas de espinas, con cuyas espinas se forjó la fantástica cruz del matrimonio.

No llegaron las miasmas ponzoñosas a Inglaterra, en donde se conserva intacto el respeto a la familia a causa del carácter grave y reflexivo de sus moradores; pero en Francia, en Italia, en España, en donde las imaginaciones son vivas, las pasiones turbulentas, causaron estragos incalculables, cuyas funestas consecuencias tocamos hoy con espanto, viendo por todas partes al esposo y a la esposa, posponiendo los goces a los deberes, reducidos a letra muerta, sacrificando a los frívolos goces del momento sus más caros intereses y el porvenir de sus hijos, viendo casi glorificados por todas partes la separación y el divorcio.

¿Y cómo no había de suceder así, si durante muchos años fueron el tema invariable de tantos y tantos libros devorados con delicia por la juventud de ambos sexos, los matrimonios contratados sin una simpatía recíproca, por cálculo, por ambición, por la arbitraria tiranía de padres codiciosos, por capricho, por ligereza o por inexperiencia, matrimonios que son otros tantos sepulcros del amor y la moral, y que deben necesariamente producir las más funestas consecuencias?

¿Cómo no había de suceder así, si en la cátedra, en la tribuna, en la prensa, se ha proclamado la libertad civil de la mujer, levantando para proclamarla el sagrado velo del hogar doméstico, discutiendo los recíprocos derechos del esposo y de la esposa; poniendo en tela de juicio si ésta debe o no debe someterse a lo que las leyes divinas y humanas le ordenan que cumpla; poniendo en tela de juicio su respeto al marido, jefe natural de la familia; su necesidad de velar junto a la cuna de sus hijos y formar su corazón para el bien, grata y dulce e importante tarea que basta por sí sola para llenar toda una vida; discutiendo, en fin, la santidad del juramento; reduciendo el indisoluble lazo bendecido por el cielo a simple contrato civil, transitorio y baladí, como todo lo que dimana de los hombres?

Y para sostener estas polémicas ardientes, estas sofísticas controversias, se ha apelado a todos los medios, sacando de quicio a los hechos más sencillos, trastornando las ideas más naturales, mancillando las virtudes más castas y más bellas.

¡Míseros innovadores, que por separarse del vulgo, amontonan utopías sobre utopías, imitando a aquel fanático que incendió el templo de Diana, monumento grandioso de las artes, para que su nombre oscuro pasase a los futuros siglos!

Y el hombre puso a la mujer sobre un altísimo pedestal, sin advertir que era de fango, y la mujer, orgullosa, desvanecida, delirante, se apresuró a escalarlo, renunciando a su misión divina, que es como si la rosa renunciase a su perfume y la estrella a sus bellos resplandores.

¡Y el ángel se ha convertido en criatura sin sexo, impotente y miserable, y la mujer, libre por el cristianismo, ha vuelto a tomar las cadenas de la esclavitud, porque en el terreno físico y material jamás podrá competir con su fuerte compañero!

Basta: hora es ya de que una cruzada sensata imponga silencio a esta cruzada loca y vocinglera, hora es ya de que los escritores honrados pongan un dique a este desbordamiento inmoral que amenaza destruir para siempre los vínculos de las modernas sociedades.

¡Basta, basta!

¡Por esos inocentillos de rubias cabezas, sonrosadas mejillas y ojos de azul de cielo, esperanza de las edades futuras, unámonos todos los que tenemos amor y fe en el alma, para salvar a la familia!

¡Dichosos aquellos que acudan a romper lanzas en el nuevo y gloriosísimo palenque; dichosos aquellos obreros que aunque oscuros y acaso vilipendiados, puedan dormir el sueño eterno, seguros de haber puesto una pequeña piedra al edificio moral, levantado sobre los escombros de la inmoralidad, hoy prepotente y orgullosa!

Fortalecida Clotilde con aquellas nuevas lecturas, se tranquilizó respecto a la justicia de su causa y al derecho que la asistía para obrar del modo que obraba, pero sin saber por qué, aquella espina clavada en su corazón se iba introduciendo más y más en él, no bastando todos sus esfuerzos para arrancarla de allí. Era un sentimiento, por decirlo así, instintivo, en el que no tomaba parte la razón.

Le sucedía como a Eva, que apenas hubo perdido la flor de su inocencia y antes de comprender el mal, ya se sintió ruborosa de sí misma.

Y agravó su malestar la nueva actitud en que Guillermo se fue colocando paulatinamente: en vez de rehuir como en los primeros días una reconciliación, parecía provocarla.

Dios es infinitamente misericordioso porque su amor es infinito.

Guillermo, que adoraba a su mujer, sintió abrirse su pecho a la misericordia.

Creía haber arrojado para siempre a la serpiente del paraíso, creía haber extirpado el mal de raíz, y a la borrasca dolorosa sucedieron la calma y la esperanza. La inmensidad de su amor buscó excusas a Clotilde.

—¡Es tan joven, pensaba, veinte años aún no bien cumplidos! Miguel es bello, elocuente, de modales distinguidos, ciñe a sus sienes una corona de laurel; yo soy tosco, sencillo, oscuro, ¿qué tiene de extraño que la comparación me haya sido desventajosa?, ¿que por un instante haya flaqueado su fe?

Además, muchas veces, preocupado con mis negocios, con mis disgustos, no soy con ella todo lo galante, todo lo expansivo que debiera ser: Clotilde es una flor delicada que necesita para vivir los aires tibios y embalsamados de un invernadero. No hay duda que su imaginación es más viva que la mía, su alma más espiritual que mi alma.

Preciso es que procure acercarme a ella, preciso es que procure conquistar de nuevo su amor, entibiado quizás

Y el noble joven procuraba, en efecto, por cuantos medios le sugería su ternura, salvar el abismo que sin saber cómo se había interpuesto entre él y el adorado ídolo de su alma.

Clotilde creía que debía resistir a sus halagos y resistía; pero a costa de luchas y tormentos indecibles.

Una tarde salió a dar un paseo por el campo. Iba sola como de costumbre, y vagando a la ventura se encontró en la cúspide de unos riscos escarpados hasta los cuales no había llegado nunca. Tuvo miedo al encontrarse tan lejos y tan sola, y lo peor era que había ido hasta allí atravesando eriales y no sabía el camino que había traído.

Pero brotaba al pie de una empinada roca un manantial de aguas límpidas y puras que, convirtiéndose luego en arroyuelo, bajaba bordeado por frescas espadañas a perderse en la llanura. Clotilde tomó por guía el arroyuelo, segura de que le conduciría hasta muy cerca de su casa.

El arroyuelo unas veces se paraba, detenido por un montón de gruesas piedras, otras saltaba alegremente por encima de las peladas guijas. Cuando se paraba no era por mucho tiempo porque, aunque quejándose y lamentándose, se destrenzaba en mil hebras de plata, y dejando en medio el obstáculo, corría a reunir más abajo sus cristalinas aguas.

Entonces sus murmullos, que antes eran quejas, se trocaban en cantos de plácido triunfo.

El arroyuelo parecía decir a Clotilde:

—Ésta es la vida: una cadena de esfuerzos y victorias; un tejido de penas y alegrías. El peregrino del cielo, para volver al cielo, tiene que atravesar una comarca sembrada de bellos oasis y páramos desiertos. ¡Dichoso él si no flaquea, dichoso él si salvando los obstáculos llega a la meta deseada, dejando cubierta de beneficios la senda que atraviesa, como yo cubro la vía por donde paso de modestas florecillas!

Esto parecía decir a Clotilde el arroyuelo, y Clotilde, de imaginación poética, de alma sensible, parecía comprender su lenguaje misterioso.

—¡Cómo luchas y combates, murmuraba al compás de los murmullos de su humilde compañero; pero tú nunca desmayas, tú sigues impávido tu camino, y llegas a tu fin con una precisión matemática! Por donde has pasado una vez pasas siempre, a pesar de que te destrozan los obstáculos. ¿Será menos firme la voluntad del hombre que tu voluntad, pobre manantial de aguas deleznables?

—Mira, parecía responderle el arroyuelo, mira allá abajo aquellas mustias florecillas que esperan ansiosas la vida de mis linfas transparentes. El amor que anima a todo el universo, el amor que anima hasta a las duras piedras, es el que me mueve a mí a seguir mi curso, para ir a llevarlas el bálsamo del consuelo.

Cuando llego allí me sumerjo en el seno de la tierra para aparecer de nuevo más puro y trasparente, y llevar la vida a otras comarcas. Si el hombre soberbio se sometiese a la dulce ley universal, llenando su corazón de amor, salvaría como yo los obstáculos del camino, y llegaría triunfante y feliz al término donde cesan las amarguras de la vida.

Y así discurriendo Clotilde y el arroyuco, bajaron ambos sin sentir de las empinadas crestas y llegaron a la llanura, deteniéndose a la par en una verde praderita cercada de arbustos que entrelazaban su follaje.

Eran ya los últimos días de octubre, y mientras por todas partes sólo se veían secas laderas y árboles desnudos de sus hojas, allí en donde el arroyo formaba una pequeña balsa, antes de filtrarse por entre la arena, el suelo estaba cubierto de musgo y de flores otoñales.

Clotilde se sentó al borde de la balsa, al pie de unas altas espadañas, y fijos sus ojos en las temblorosas aguas, parecía decirles:

—Adiós, líquidas perlas, que a pesar de haberos deslizado sobre el limo de la tierra, no habéis perdido vuestra pureza inmaculada; adiós, ondas mansas y serenas, que sin otra ambición más que la de dar la vida, habéis llegado al término del viaje, dejando sembradas en vuestro camino mil humildes florecillas. ¡Adiós, descansad en paz; quedan aquí para bendeciros los insectos que se alimentan de las hierbas, los pájaros que se albergan en la enramada, las brisas que mecen el cáliz de las flores, esparciendo por todas partes sus perfumes!

Así decía Clotilde viendo a las hebras de plata sumergirse aquí y allá por entre la verde grama.

De repente dio un grito de dolor y espanto. Por dos caminos distintos que convergían cerca de aquel punto, formando un solo camino, vio adelantarse a Guillermo y a Juana. ¿Era que se habían visto de lejos y corrían a reunirse? ¿Era que se habían dado una premeditada cita?

Clotilde se escondió entre la enramada, deseando no ser vista.

Muy difícil hubiera sido que la apercibieran, porque ya el velo de la noche iba cubriendo a la tierra y confundiendo todos los objetos.

—Me alegro encontrarte, dijo Guillermo a Juana desde lejos. Cabalmente te iba buscando. El señor de Linares me compra todo el trigo a un precio muy alto, porque espera hacer un buen negocio enviándolo a Francia, en donde la cosecha este año ha sido escasa. ¿Quieres venderle también el tuyo? Tienes el del año pasado y el de éste, y puedes triplicar las ganancias.

—Usted haga lo que quiera, Guillermo, dijo Juana poniéndose encendida. ¿Quién mejor que usted, cuya generosidad me ha dotado con ese campo tan fértil, puede mirar por mis intereses?

—Pues yo lo vendo, supuesto que te parece bien.

Y a propósito, ¿sabes que tu capital asciende ya a más de cincuenta mil reales? Como nunca tocas a los productos, que ganan en mi poder el tres por ciento, pronto se va lejos.

—¿Y cómo he de tocar a los productos, dijo Juana con expresión de ardiente gratitud, si ustedes son tan buenos que no me dejan carecer de nada? Clotilde me regala siempre más vestidos que los que necesito; ¿en qué quiere usted que emplee el dinero?

—Pero di, Juana, interrumpió Guillermo, teniendo ya un capitalito, ¿por qué no piensas en establecerte? El matrimonio es el verdadero estado de la mujer. Sí, sí, repuso, viendo que Juana se ponía pálida y trémula, ya sé que tienes un amor en el corazón, ya sé que almas como la tuya no aman más que una sola vez en la vida.

¿Crees tú que si yo perdiese a mi adorada Clotilde, podría amar jamás a otra mujer? ¡Oh, no, bien seguro estoy de que no! Mi corazón, que es todo suyo, quedaría muerto para siempre.

Ya ves que comprendo tu sentimiento, ya ves que te hago justicia. Pero tú eres buena y juiciosa, y te bastará apreciar y querer a tu marido para hacerle feliz, y ser feliz en cuanto se puede serlo en este mundo. Necesitas un compañero, un apoyo; la juventud es breve; la vejez aparece luego triste y solitaria: ¡ay del que no tiene un brazo que le sostenga, un corazón sobre el cual pueda reclinar la frente!

—Ya ves; no puedes pensar en Miguel; Miguel se ha distraído; se ha desvanecido con el oropel de la corte.

—¡Jamás seré esposa de Miguel!, exclamó con viveza Juana. Miguel no me ha amado nunca y no me amará jamás. Pero yo le he erigido un altar en mi corazón, y no puedo poner en él a otro hombre.

—Anselmo lo sabe, dijo Guillermo, y sólo desea ser tu protector, tu amigo, el compañero de tu vida. Anselmo te ama hace muchos años. Ahora mismo acabo de encontrarle y me ha repetido por la centésima vez lo que acabo de decirte, con un acento que partía el alma. ¿Qué quieres que le responda cuando le vea?

—Que amo a Miguel, y que no puedo acercarme al altar para pronunciar un falso juramento.

—Piénsalo bien.

—Ya lo he pensado. ¡Ah!, mientras ustedes no me echen de su casa me consideraré feliz pudiendo servir de algo a usted, a su buena esposa y a sus queridos hijos.

Hablando así, ambos se alejaron.

¿Qué había experimentado Clotilde durante aquel diálogo que desvanecía todas sus sospechas, que daba un mentís a todas sus falsas suposiciones?

Con las mejillas encendidas de vergüenza y el corazón destrozado por los remordimientos, permaneció largo tiempo inmóvil y silenciosa.

—¿Qué he hecho?, pensaba, ¡mi calenturienta imaginación ha dado cuerpo y vida a fantasmas impalpables, he calumniado a dos seres puros que me aman, y a Juana, ¡ay de mí, a Juana le he robado el corazón en el cual había depositado la esperanza de su vida!...

Al día siguiente se celebraba una gran función, en la ermita de nuestra Señora del Milagro, costeada por un rico hacendado de Orduña, que ya en los bordes del sepulcro, había recobrado milagrosamente la salud.

Por la mañana había misa mayor y sermón, por la tarde plática y rosario.

Clotilde fue a la función de la tarde, acompañada de Felisa, su doncella.

Ya hemos dicho varias veces que la instrucción de don Eustaquio no era muy vasta: casi se reducía al Evangelio; pero predicaba el Evangelio con tan sencilla fe, y sus palabras brotaban tan a raudales de su alma sencilla y bondadosa, que no había quien le aventajase en la magia de conmover los corazones.

Como su ejemplo correspondía a sus palabras, como se sabía que él y la verdad eran una misma cosa, como en su santa vida no había nada que reprocharle, como no fuese el dar con tanta profusión a los pobres, que él quedaba reducido a no tener lecho en que reclinarse ni dinero para reemplazar su vieja sotana con una sotana nueva; cuanto como tenía gran autoridad sobre sus feligreses que le idolatraban.

Por una extraña coincidencia, que quizás no lo sería, la plática de la tarde pareció ir dirigida a Clotilde.

El venerable sacerdote frecuentaba su casa, y tal vez habría adivinado la cruel enfermedad que aquejaba el alma de la triste joven.

Habló de los deberes de la esposa cristiana; habló de la inmaculada pureza que debía presidir, no tan sólo a sus actos, sino también a sus pensamientos; dijo que todo el edificio moral descansaba sobre los flacos hombros de la esposa y de la madre, y que Dios, al confiarla tan sagrado ministerio, la había dotado de fuerzas poderosas para llevarlo a cabo, fuerzas basadas sobre el amor, la abnegación, el deber y la virtud, cualidades tan inherentes a ella, que formaban su misma esencia. Dijo que Dios la había dotado sobre todo del misterioso pudor, preservativo mágico contra los deseos terrenales, y que constituía por sí solo su defensa en las borrascas de la vida. Dijo que el honor no es una cosa baladí, como se acostumbra a creer en el día, que del honor de la madre especialmente, pende el honor de los hijos, que son su continuidad moral sobre la tierra, y que siendo un depósito precioso que la confía el hombre a los pies del ara y que Dios recibe en depósito, no está en sus manos el poder empañarlo al enajenar una joya que no fuese suya.

En una palabra, dijo cosas tan nuevas y conmovedoras, que Clotilde se sintió completamente subyugada y vencida.

El sitio y la hora también influyeron sobre su ardiente imaginación.

Era ya de noche: las puertas de la ermita estaban abiertas, porque no cabiendo todos los fieles en su recinto, éstos se extendían hasta la mitad de la subida. De este modo un rayo de luna llegaba hasta el mismo púlpito, formando una aureola de plata alrededor de la cabeza del venerable anciano.

Las mujeres, que si no eran madres, pensaban con la ayuda de Dios llegar a serlo algún día, sollozaban en voz baja, o pendían con fervor a la bendita Virgen que les prestase su auxilio para cumplir dignamente sus deberes; los hombres, viendo realzar la importancia de su débil compañera, a quien quizás miraban con sobrado menosprecio, se sentían enternecidos y avergonzados, y cuando dijo el sacerdote que Jesucristo al morir había puesto a los hombres bajo el amparo de su madre, como para manifestar cuál debía ser el ministerio de las madres sobre la tierra, todos prometieron en lo más íntimo de su corazón respetarlas y adorarlas, corno el mártir del Calvario había respetado y adorado a la Virgen sacrosanta.

La emoción es una chispa eléctrica, que se comunica con la celeridad del rayo a todos los corazones.

Cuando el buen sacerdote, cuando el buen padre descendió del púlpito con las mejillas cubiertas de lágrimas, porque había predicado lo que sentía, todos se precipitaron a su encuentro para besar su mano y ofrecerle la enmienda de sus culpas.

Después, fueron desfilando silenciosamente los unos en pos de los otros, con el corazón lleno de fe y la mente henchida de santos propósitos, y la iglesia quedó desierta.

—Vaya usted a casa de la tía Ojazos, dijo Clotilde a su doncella, y dígala usted que haga dos ramos que quiero llevarme a casa. Aguárdeme usted allí. Voy a rezar un poco, y luego iré a buscarla.

Alejóse Felisa, y Clotilde se sentó en un banco de piedra que había a la puerta de la ermita.

Don Eustaquio que se había estado quitando los ornamentos sacerdotales, mientras el monaguillo apagaba las luces, salió el último de la ermita y cerró la puerta con llave.

Mientras estaba cerrando, sintió que le tiraban suavemente de los pliegues de la sotana. Volvióse sorprendido, y vio a Clotilde.

—Padre, dijo la hermosa con voz trémula. ¿Será cierto que la esposa, que consagra sus pensamientos y los latidos de su corazón a un hombre que no es su marido, pierde la inmaculada pureza de su alma, aunque no haya sido culpable, aunque jamás haya pensado en ser culpable?

—Sí, hija mía; respondió vivamente el anciano. ¿Cómo puede la mujer entregar a otro hombre el amor que debe a su marido y permanecer pura? ¿Qué extraña doctrina sería esa? Cuando el alma inmortal y responsable está manchada, ¿qué importa que deje de mancharse el cuerpo, finito e irresponsable? Dios cuenta los propósitos mucho más que las acciones.

Y además ¿no es el primer deber de la esposa labrar la felicidad del esposo? ¿Y cómo puede labrarla, si tiene el corazón y el pensamiento extrañados del hogar doméstico? Y además, ¿cómo puede impedir que ese extrañamiento no traspire, y sólo por las apariencias deshonre a su familia? Y además, quien acaricia un culpable pensamiento, está muy cerca de cometer la culpa: lo que el pensamiento acaricia, pronto lo acaricia la voluntad.

Hablaba el buen anciano con tanto ímpetu, que Clotilde le interrumpió acongojada.

—¡Pero, padre, me parecen esas doctrinas demasiado severas! El siglo progresa, y ya no se ven las cosas a la misma luz que se veían.

—La verdad y la virtud, exclamó don Eustaquio, no admiten disfraz alguno. Tales corno salieron de las manos de Dios, caminan por la tierra, y caminarán hasta la consumación de los siglos.

—Pero la mujer ha dejado de ser la esclava del hombre, replicó Clotilde; la mujer ha sacudido el yugo brutal con que quiso dominarla en aquellos tiempos de funesto oscurantismo, en que se consideraba como un delito que supiese leer, y en que hasta se la negaba que tuviese un alma.

—¡Oh, no serían los fieles observadores de la ley de Jesucristo los que negasen esto, exclamó don Eustaquio con fuego. ¡Jesucristo confió el cetro del mundo moral a la mujer, en la persona de su Santa Madre, y la elevó por cima de todas las criaturas del universo!

—¡Cetro ilusorio, murmuró Clotilde, con el cual se pretende acallar sus justas quejas, como se acalla el llanto del niño con un fútil juguete! Lo que necesita es revindicar sus derechos, usurpados por su soberbio compañero, tener opción, como él, a la gloria, a los honores, a los altos cargos que puede desempeñar del mismo modo. La mujer es igual al hombre: iguales deben ser sus derechos. ¿Por qué el hombre ha de mostrar la orgullosa frente ceñida de laureles, y relegar a la mujer al estrecho y oscuro círculo del hogar doméstico?

—¡Oh, cuánto, oh, cuánto se equivoca usted, Clotilde! prorrumpió don Eustaquio arrebatadamente. ¡La mujer no es igual al hombre, es muy superior a él; usted, pretendiendo ensalzarla, la rebaja!

¡No, no! La mujer no es igual al hombre. Dios, después de haber formado al hombre de barro, no tomó otro montón de barro para formar un ser idéntico al primero. Por medio de una sublime alegoría, la Escritura nos dice que formó a la mujer de una costilla de su marido, y presentándosela luego, dijo: ésta es la carne de tu carne, el alma de tu alma.

¡No, no, la mujer no es igual al hombre, es su más bello complemento! Son dos mitades, que adaptándose perfectamente entre sí, forman un armonioso todo; sólo que cada una de estas mitades está dotada de los atributos que le faltan a la otra: el hombre posee la fuerza, la inteligencia, la energía; la mujer, la sensibilidad exquisita, la imaginación ardiente, la gracia seductora. Aunque distintos los lotes, no se sabe cuál es mejor, cuál es más importante. Para mí, el de la mujer, que la convierte en ángel de paz, de amor y de dulzura.

¿Qué ha hablado usted de humillación, de esclavitud? ¿No es ella la reina del mundo, ante la cual dobla el hombre la rodilla? ¿No es ella la diosa, ante cuyo altar el hombre ofrece el puro incienso, la olorosa mirra? Se presenta ella y se abren todas las puertas; habla, y se recogen sus palabras, cual las de otra profética Sibila; llora, y sus lágrimas ablandan todos los corazones, torciendo la voluntad que se consideraba a sí misma inquebrantable. En el fondo de todos los bienes y los males, se halla la mujer, que, con su varita mágica, hace brotar flores de los páramos, o convierte los vergeles en áridos desiertos. ¿No es a ella a quien el hombre acata como virgen, adora como esposa, venera como madre? ¿No es a ella a quien vuelve los ojos en sus dolores, como el náufrago vuelve los ojos al cielo? ¿A qué desear lote más bello, destino más fecundo? ¡Oh, que santo, oh, que sublime, ob, qué glorioso ministerio el suyo!

En el seno de la familia, el hombre encuentra la fuerza para luchar contra las borrascas de la vida, las suaves inspiraciones del bien, las gratas esperanzas de mejores días: en el seno de la familia, se educa el niño que luego será hombre, y acaso decidirá de los destinos de la patria; en el seno de la familia, reposa el anciano caduco y fatigado por su larga peregrinación sobre la tierra.

En el bendito dintel del hogar doméstico, se estrellan los huracanes que engendra la vida pública; se detienen las pasiones tumultuosas y bastardas; allí encuentra el hombre los puros goces en los días felices; la resignación y el consuelo en los días de amargura.

¿Y quién es la reina absoluta del hogar doméstico? ¿Quién es el alma de la familia?

Qué, ¿no satisface la ambición de la mujer, el desempeñar el papel de Providencia? Qué, ¿no satisface a su alma la facultad de dar al mundo y al cielo seres dignos de sí misma?

Poco he leído, viviendo como he vivido siempre en estas breñas, pero sé que Kant, un célebre escritor, ha dicho: «Detrás de la primera educación que brota en el seno de la familia, se oculta el misterio del perfeccionamiento y la felicidad del género humano».

Y otro no menos célebre, Aimé Martin, murmura al oído de la mujer que va a ser madre:

—«Está atenta: he aquí el momento de engrandecer tu alma, porque va a trasmitirse toda entera al ser que mora en tus entrañas. No permitas que ningún otro pensamiento más que el tuyo penetre en aquel santuario. Se trata del vicio o de la virtud, de la paz o los remordimientos de toda una existencia. Estás grabando sobre bronce. La suerte de tu hijo dependerá de la fuerza y el entusiasmo que emplees en grabar en él la salvadora máxima primera».

¡Ah, Clotilde, qué dulces, qué suaves armonías existen entre el hijo y la madre! La naturaleza lo suspende a sus labios, lo estrecha a su seno, le despierta a sus caricias; quiere que se lo deba todo a ella, de modo que después de haber recibido de ella la vida y el pensamiento, aguarde su inspiración para creer, amar y ser dichoso!

—Pero padre, interrumpió Clotilde con ansiedad, el cuadro que usted ha trazado es bello, pero no exacto. Al lado de esas glorias que usted pinta, se ocultan en el hogar doméstico profundos dolores, amargas decepciones, sufrimientos indecibles.

—¿Pues qué?, exclamó el sacerdote, ¿la vida es otra cosa que una incesante batalla, que un prolongado martirio; martirio por medio del cual, conquistamos las palmas eternales? ¿Pues qué, el pintor, el poeta, el sabio, antes de mostrar al mundo sus sublimes obras, no han apurado profundos dolores, decepciones amargas, sufrimientos indecibles? ¿Pues qué, los conquistadores no alcanzan el precio de su reposo y de su sangre, los lauros de la victoria? ¿Y quiere la mujer llevar a cabo la obra más bella de todas, alcanzar los lauros más gloriosos de todos, sin lucha, sin esfuerzo?

—Pero si ella creyera que el marido la desestima, si hubiese llegado a suponer que abría su pecho a otros amores... murmuró Clotilde en voz baja.

—El buen pastor va por montes y por llanos en busca de sus descarriadas ovejitas, repuso don Eustaquio, y no descansa, no sosiega hasta que las encuentra, y estrechándolas, lleno de sublime gozo contra su corazón, vuelve con ellas al salvador aprisco. No hay hombre, por pervertido que esté, que no se rinda a las castas solicitudes de la esposa que marcha tranquila y serena por la senda del deber.

¡Ah, que el deber es árido! ¡Ah, que la vida íntima carece de poesía para ciertas almas que se elevaron sobre el común de los mortales!, tartamudeó Clotilde ya vencida, y refugiándose en su última trinchera.

Don Eustaquio la miró fijamente.

—¿Poesía?, dijo. ¿Qué es poesía? La poesía reside en un alma bella, en una imaginación pura. Un alma bella derrama su poesía sobre cuantos objetos la rodean, siendo estos otros tantos espejos que reproducen su imagen; si el alma carece de poesía, en vano la buscará por todas partes.

Halla el labrador poesía en el chirrido de las ruedas de su arado que proporciona el pan a su familia, la halla el manufacturero en el estrépito de las máquinas que le proporcionan un bienestar tranquilo, la halla la mujer en el escondido hogar en donde chisporrotea el amigo fuego encendido por ella, y hasta en los remiendos que echa a los vestidos de sus hijos. No busque usted la poesía, Clotilde, fuera del deber, fuera de la exquisita sensibilidad del alma, fuera del amor y la abnegación, que todo lo embellecen.

La poesía que usted invoca no es la casta virgen que Dios nos ha mandado a la tierra, para prestar belleza y encanto hasta a las informes orugas, es una divinidad mentida, que se aleja y se disipa cuando queremos tocarla con las manos, porque es la hija fantástica del orgullo y del delirio...

Interrumpió a don Eustaquio la presencia de Felisa, que acudía inquieta por la tardanza de su señora.

Despidióse Clotilde del buen anciano, y se dirigió llena de confusión a su casa.

Cuando llegó a ella no subió a su cuarto, como tenía costumbre, sino que entró en el comedor, en donde se hallaba reunida la familia.

Guillermo estaba de pie, junto a la ventana que daba al jardín. ¡Tal vez aguardaba el regreso de Clotilde! El ciego, recostado en su poltrona, tenía sobre sus rodillas a Carlos, que le divertía con su graciosa charla; Juana, sentada junto al hogar, en donde ardía un buen fuego, hacía recitar a María su plegaria de la noche.

Clotilde se detuvo en el dintel de la puerta, al contemplar aquel sereno cuadro, y por primera vez sintió que había allí algo poético e inefable.

Pero no se atrevió a entrar.

Había estado tanto tiempo alejada de la vida íntima, que su presencia allí era como la presencia de una extraña.

Juana la vio, y comprendió el motivo de su vacilación.

Se levantó rápidamente, y dijo algunas palabras al oído a María.

Entonces la inocente niña corrió a la puerta, y cogiendo a su madre de los pliegues de la falda, le dijo con su dulce vocecita:

—Ven a hacerme recitar la oración, verás que bien la sé.

La llevó hacia donde estaba Juana, pero Juana había desaparecido, yendo a ocultarse, como siempre, en el último rincón del aposento.

Clotilde se dejó caer sobre el asiento que había ocupado la joven, después de haber dado con voz conmovida las buenas noches, puso a la niña sobre sus rodillas, y la invitó a que dijese su oración, que María repitió punto por punto, y con una gracia indecible.

Después se deslizó de su falda, y corrió a buscar a Juana para recibir los plácemes merecidos.

Juana murmuró otra vez algunas frases al oído.

La niña, sonriendo con aire de inteligencia, fue entonces a buscar a su padre, le llevó con dulce violencia a sentarse en el mismo banco que ocupaba Clotilde, rogó al anciano que acercase su sillón, y cuando hubo formado un grupo, se puso en medio y dijo con sumo donaire:

—Ahora voy a contar un cuento. ¿Cuál quieres que cuente, mamita Juana?, añadió empinándose sobre las puntas de los pies y buscando con los ojos a su amiga.

—El de las dos almas, dijo Juana desde su rincón.

—¡Ah!, pues bien, repuso la graciosa niña. Eran dos pobres almitas, que se dirigían al paraíso, ambas cargadas con su cruz, que les fatigaba mucho.

El camino era largo, largo, interminable...

A ambos lados del camino había serpientes de inflamados ojos y enroscada cola. ¿Digo bien, mamita Juana? El camino era muy estrecho, muy estrecho, y a ambos lados había también espantosos precipicios que daba miedo el verlos.

Pues bien, aquellas dos almas se habían aborrecido en el mundo, y marchaban la una detrás de la otra por temor de codearse. Llevaban las cruces de mala gana y arrastrando, de modo que además de enredarse con las zarzas, si daban un paso hacia adelante, resbalaban ciento hacia atrás.

Y la noche se hacía cada vez más oscura, y los relámpagos eran cada vez más vivos, y los truenos más espantosos, y más lejos parecía verse la puerta de los cielos...

Entonces pasó por delante de ellas un viejecillo, cargado con una cruz muy grande, que iba dando saltitos, y a cada salto dejaba atrás una legua de camino.

¡Y ahora no me acuerdo!, dijo María interrumpiéndose y poniéndose un dedo en la frente!

Aquello no era verdad, y así prosiguió riéndose de su propio engaño.

—Llegó el viejecillo dando saltos junto a las dos pobres almas que se arrastraban penosamente, y las preguntó:

—¿Qué es eso que lleváis sobre vuestras cruces, que andáis tan agobiadas, siendo mucho menos pesadas que la mía?

—Un ramito de albahaca, contestaron las dos almas a la vez, un ramito de albahaca, que simboliza el rencor que nos hemos guardado en la tierra, no habiendo querido tolerarnos ni perdonarnos nuestras mutuas faltas.

Y la traviesa niña miró de soslayo a su hermanito Carlos.

Después prosiguió con la gravedad de un pequeño misionero.

—El viejo sacudió tristemente la cabeza, y dijo:

—Pues mirad, si no arrojáis lejos de vosotros esos pérfidos ramitos, que con parecer tan ligeros son tan pesados, si no entrelazais vuestras manos, y no apoyáis una en otra vuestras cruces, no llegaréis jamás al término del viaje.

Además, las cruces, hijas mías, no se llevan de ese modo: en vez de llevarlas arrastrando, ponedlas valerosamente sobre vuestros hombros, y veréis cuánto se disminuye su peso.

Obedecieron al instante las dos almas, arrojaron las ramitas de albahaca al precipicio, entrelazaron las manos, poniendo antes valerosamente las cruces sobre sus hombros, y apoyándolas una en otra, marcharon con paso tan ligero como el del viejo, y en breve llegaron a la puerta del paraíso, que parecía estar tan lejos.

Batieron palmas los ángeles y los santos al verlas llegar, y las condujeron a la presencia de Dios, que estaba sentado sobre un trono de estrellas y de soles, y luego a unos jardines, llenos de flores y frutos y pájaros muy hermosos para que descansaran allí eternamente de sus penas.

Y colorín colorado, el cuento se ha acabado. ¿He dicho bien, mamita Juana?

—¡Muy bien, muy bien!, respondió Juana conmovida. Guillermo y Clotilde no contestaron. ¿Qué había pasado entre ellos durante el relato de la hechicera niña?

Sus manos se habían buscado y se habían entrelazado a favor de la oscuridad, mientras el anciano había levantado las suyas al cielo, invocando a la dulce concordia, para que volviese a habitar entre sus hijos.

Y la concordia había descendido efectivamente del cielo, risueña y apacible, para tomar de nuevo asiento junto a aquel hogar, huérfano de alegría, y las almas de Clotilde y Guillermo, se sintieron sumergidas en un piélago de inefables y desconocidas emociones.

¡La reconciliación estaba hecha!

La velada fue deliciosa y Clotilde se sorprendió al oír la hora marcada para retirarse.

Entonces subió a su aposento, y fue a sentarse junto a la chimenea, en donde ardían los enormes troncos de encina.

Largo tiempo permaneció allí inmóvil, fijos los ojos en las brasas inflamadas.

Después se levantó, se dirigió a su biblioteca, cerró con llave, y arrojó la llave entre las brasas.

Después fue a buscar las tres cartas de Miguel que guardaba atadas con una cinta verde, y las arrojó también al fuego. Levantaron las llamas un torbellino rojizo con el alimento entregado a su voracidad, y los troncos, crujiendo y despidiendo chipas de oro, parecieron celebrar con vistosos juegos de artificio, la victoria que Clotilde acababa de alcanzar sobre sí misma.

Después, Clotilde se hincó de rodillas, inclinada, como las vestales, hacia el sacro fuego, y juró guardar siempre intachable la pureza de su alma.

Y después aún, se reclinó en el blando lecho, y los ángeles de paz y de consuelo la acariciaron blandamente con sus alas.

¡Dios la había perdonado!

¿Pero la había perdonado el mundo?

¿Era tiempo aún de detener el rayo que ella misma había concitado sobre su serena frente?

VI. La intriga

La mujer que tiene que guardar un secreto, por insignificante que éste sea, se convierte en esclava miserable de cuantos la rodean.

—FAY.
 

Nada hay tan grato como recobrar el bien que se creía perdido para siempre.

Clotilde, en los días que se siguieron al de su feliz regeneración, se entregó de lleno a los puros goces de la familia y a los encantos del amor que la demostraba con apasionado entusiasmo su marido.

Una tarde se hallaba sentada haciendo labor junto al balcón de su cuarto. Por la escalerilla cubierta de follaje iba a visitarla todas las tardes Guillermo, cuando volvía del campo o de la fábrica, prefiriendo aquel camino poético al del corredor que daba vuelta a la casa. Era la hora de que volviese.

Como la cándida virgen que espera con el corazón palpitante al dulce elegido de su alma, esperaba Clotilde, llena de ansiosa emoción, al padre de sus hijos, de quien a pesar suyo la habían separado por tanto tiempo los delirios de su fantasía.

La labor descansaba sobre su falda, y sus ojos estaban fijos en el jardín, estremeciéndose cada vez que el viento agitaba las ramas o los pájaros aleteaban sobre el follaje.

El invierno se adelantaba con pasos agigantados: el cielo, en vez de su puro azul, ostentaba un color ceniciento y sombrío, los árboles habían perdido sus hojas, el césped su verdor, su blando rumor la brisa. Si quedaban algunas aves que no hubiesen emigrado a más benigno clima, en vez de trinos armoniosos, daban al aire notas melancólicas, que parecían gemidos lastimeros. No obstante, Clotilde hallaba indefinibles encantos en el paisaje que se ofrecía a sus ojos.

Le parecía que el cielo y la tierra estaban vestidos de fiesta, porque estaba vestido de fiesta su corazón.

De repente oyó sonar detrás de sí un ruido de pasos acompasados, volvióse, y con indecible asombro, vio dibujarse en la penumbra del aposento, la extraña y escuálida figura de don Lupercio.

Levantóse rápidamente y le dijo:

—Guillermo no ha vuelto aún.

—¡Eh! ¡eh!, dijo el hombrecillo adelantándose, porque sé que no ha vuelto, he subido a ver a usted.

Clotilde le respondió con una exclamación que no se sabía si era de disgusto o bienvenida, y le ofreció una silla.

Don Lupercio se sentó, extendió sus pies sobre la alfombra, aunque estaban cubiertos de barro, sacó una enorme caja de rapé, se puso a saborear un polvo, y por último, dijo mirando en torno suyo:

—¡Eh! ¡eh!, ¡linda habitación! ¡Verdadero nido de palomas!

—¿Me hará usted el favor de decirme a qué debo el placer de su visita?, interrumpió Clotilde.

Don Lupercio guardó la caja, se quitó los anteojos, los limpió, se los volvió a poner de nuevo, y la miró fijamente al través de los cristales.

Clotilde sintió frío en el corazón durante aquel examen.

Don Lupercio, dijo por fin, con voz lenta y llena de siniestras inflexiones:

—Vengo a devolver a usted una carta que la casualidad ha puesto entre mis manos.

—¡Una carta!, exclamó Clotilde poniéndose pálida.

—Es la cosa más sencilla del mundo, prosiguió el escribano. Usted sabe que el tío Ruperto ha vendido una tierra a su marido de usted. Pues bien, como él está enfermo, su mujer ha ido a llevarme los títulos de propiedad para extender la escritura, y nada más natural en quien no sabe leer, entre aquellos papelotes he hallado la carta en cuestión, juntamente con una receta para extirpar los callos, y otra para curar los lamparones, que así se anida la poesía entre las cosas más inmundas.

Echó mano al bolsillo mugriento e inconmensurable, al hablar de este modo, y tardó lo menos tres minutos en sacar lo que buscaba, como si quisiera avivar la ansiedad de Clotilde prolongando su martirio.

Clotilde tendió la mano con impaciencia febril, y cuando apareció, por fin, la carta, que era una de las tres que había escrito a Miguel, hizo un movimiento para apoderarse de ella.

—¡Eh! ¡eh!, dijo Don Lupercio con sorna y retirando la mano, es una epístola interesante y que contiene revelaciones muy curiosas.

—¡La ha leído usted!, exclamó Clotilde indignada.

—¡Pues ya se ve!, repuso el escribano riendo, con su risita irónica y malévola. ¡De la cruz a la fecha! ¡Es una atracción tan singular la que tiene para mí la letra escrita, que no puedo resistir a ella!

Dio vuelta al papel entre sus largas manos, y repuso.

—He aquí una carta, imprudente cuando menos, que compromete el honor de una mujer, y puede causar la ruina de una familia.

¡Es un precioso autógrafo, del cual he dudado mucho en desprenderme!...

—¡Por Dios!, exclamó Clotilde en el colmo de la angustia, y arrojando furtivas miradas hacia el jardín.

El astuto viejo prosiguió con creciente flema y como si no hubiese oído esta exclamación.

—Sí; esta carta por sí sola basta para deshonrar a una mujer; y mucho más cuando sirve de confirmación a las calumnias que se propalan en Orduña.

—¿Y qué calumnias son esas?, exclamó Clotilde con verdadero espanto.

—¡Eh! ¡eh!, replicó el escribano, no tendré yo la poca delicadeza de repetirlas. Me bastará decir a usted que en Orduña se está tan al corriente de los negocios reservados de usted, como usted misma.

—¡Don Lupercio!, sollozó la infeliz con los ojos llenos de lágrimas y cruzando las manos con desesperación, ¡no soy culpable! ¡Le juro a usted por la sagrada memoria de mi madre, que no soy culpable! Puedo haber cometido una ligereza, pero jamás, jamás se ha ofrecido a mi imaginación la idea de inferir una grave ofensa a mi marido.

El escribano se encogió de hombros.

—Nosotros los de la curia, dijo, no solemos atenernos más que a la letra escrita, y también el mundo procede de ese modo.

—No intentaré convencerle a usted, dijo Clotilde con altivez, ni me creo obligada a darle cuenta de mi conducta. Déme usted la carta, supuesto que me pertenece.

—¿Y qué diría su marido de usted si cayese entre sus manos?, dijo don Lupercio mirándola de hito en hito. Aquellas palabras y el tono con que fueron pronunciadas, equivalían a una amenaza.

Clotilde empezó a comprender. Un sudor frío cubrió su frente y murmuró con voz trémula:

—En fin, ¿qué pretende usted de mí?

—¡Eh, eh!, replicó el maligno viejo frotándose las manos con aire satisfecho. Veo que ya entra usted en el terreno práctico de los negocios. Toma y dame, esta es la gran cuestión, éste es el verdadero eje sobre el cual gira la humanidad.

Yo quiero otra cosa. Canjear este papel por otro, y aun ese otro prestado.

—¿Cuál?, preguntó Clotilde estremeciéndose.

—Entre los papeles de su marido de usted, debe hallarse uno que me interesa en extremo.

Un papel que contiene menos letras que esta carta. Se trata de la última voluntad del tío de don Guillermo, escrita sobre el campo de batalla de su propio puño y letra. No quiero más que verlo, y juro devolvérselo a usted con el mayor sigilo a las dos horas de haberlo recibido.

Dio un salto Clotilde al oír esto, y exclamó fuera de sí:

—¡Usted está loco! ¡En ese documento estriba todo el derecho que mi marido tiene a la herencia! ¡Lo que usted me pide es la fortuna de mi marido y de mis hijos!

—No lo niego, contestó don Lupercio con sorna; pero le devuelvo a usted su honor y el honor de su marido y de sus hijos. ¿Qué es lo que estima usted en más?

Puestas ambas cosas en una balanza, creo que Guillermo, que en tanto tiene su fama, se inclinará por la segunda.

—Pero en último resultado, ¿qué significa esta carta?, exclamó Clotilde fuera de sí.

—Esta carta significa que ha entregado usted su albedrío a un hombre que no es su marido; en esta carta recuerda usted con frases apasionadas y elocuentísimas los dulces momentos pasados con él en casa de la tía Ojazos, o vagando por los solitarios bosquecillos que cercan a la ermita.

—¡Soy inocente! gritó la infeliz sollozando, ¡una vez sola nos encontramos allí!

—¿Quiere usted hacer que su marido y el mundo la crean bajo su palabra, cuando tienen aquí la prueba escrita de lo contrario?

Clotilde cayó desplomada sobre su silla, sucumbiendo al peso de aquella realidad espantosa que la abrumaba con su lógica inflexible.

¡Ay, perder la felicidad cuando acababa apenas de recobrarla! ¡Perder para siempre la estimación de su marido, la paz de su hogar doméstico, y quizás el amor y el respeto de sus hijos!

¿Qué haría Guillermo cuando supiese la verdad, que ahora se ofrecía a sus ojos con colores tan horribles? ¡Quizás la arrojaría de su lado, cerrándola para siempre las puertas de su casa, privándola de la vista de sus hijos!

Si Guillermo era generoso, era también severo hasta lo sumo en cuestiones de honor y delicadeza.

Bien veía don Lupercio la lucha trabada en el alma de la infeliz, y así guardó silencio algunos instantes, dejándola abarcar con su imaginación todas las funestas consecuencias de su ligereza, y luego dijo con su tono frío y resuelto:

—En fin, nada hay perdido, señora. El negocio que usted no quiere aceptar, se lo propondré a don Guillermo.

Y se levantó sonriendo y mostrando sus dientes largos, amarillos y afilados como los de un chacal.

—¡Por piedad!, gritó Clotilde, asiéndole por el mugriento faldón de levita. Usted tiene hijas, ¡por piedad! ¡Quizás ellas se vean mañana en el amargo trance en que me veo!

—¡Eh, eh!, dijo don Lupercio; ¡mis hijas no cometerían jamás semejantes imprudencias! ¡Son hijas de escribano, y saben lo que vale una letra escrita!

En aquel instante resonaron los gozosos ladridos de los perros, que festejaban la vuelta de su amo.

—¡Hele allí!, dijo el escribano señalando a Guillermo, que atravesaba con paso ligero el jardín, dirigiéndose a la escalerilla cubierta.

—¡Piedad!, exclamó otra vez Clotilde con las manos juntas y las mejillas cubiertas de lágrimas.

—Si usted consiente, dijo rápidamente don Lupercio, mañana irá mi hija mayor a la misa de ocho de la iglesia más cercana, y recogerá el papel; volverá por la tarde a las vísperas, y se lo devolverá a usted. Mi hija es muy callada, y nadie traslucirá el negocio. ¡Diga usted sí o no!

—¡No, no!, dijo Clotilde con desesperación.

—Don Guillermo ya ha puesto el pie en el primer peldaño de la escalerilla: dentro de un segundo estará aquí: ¿sí, o no?

—¡No, no!, murmuró otra vez Clotilde, casi moribunda.

Guillermo apareció en el balcón.

Venía tranquilo y alegre y muy ajeno a la horrible batalla que se estaba sosteniendo en aquel sitio.

Clotilde creyó morir de terror al divisarle, y mucho más cuando vio al implacable viejo dirigirse hacia él, con la carta entreabierta entre las manos.

Entonces, tomando una resolución desesperada, corrió rápidamente a interponerse entre ambos, y dijo a Guillermo, procurando dar seguridad a su voz temblorosa y apagada:

—Aquí tienes a don Lupercio: venía a hablarte de negocios, pero ya estamos convenidos...

Y miró al escribano de un modo significativo.

La carta que éste agitaba entre sus largas manos pasó a sepultarse en su descomunal bolsillo.

¡Había vencido!

Lleno de gozo por su triunfo, dijo con tono de buen humor.

—Sí; había venido a hacer a usted algunas observaciones acerca de la tierra que han comprado al tío Ruperto. Está cargada con más de un censo, y no vale la suma que han dado ustedes por ella, pero dice su señora esposa, que es una obra de caridad que quieren hacer, y nada tengo que oponer a esto.

Habló luego de cosas indiferentes, y se retiró haciendo cortesía.

¿Quién podrá decir lo que sufrió Clotilde durante la velada larga e interminable que siguió a esta escena? ¿Cómo pudo sostener, ella, que no estaba avezada al crimen, las miradas de su familia, sin caer de rodillas y confesar sus culpas?

¡Cuántas veces estuvo tentada a hacerlo, si no la hubiese contenido el temor de sembrar en torno suyo el luto y la desesperación que cubrían su alma!

¡Ante aquella catástrofe imprevista comprendió cuál era el abismo insondable a que la había arrastrado la que ella creía leve falta! Comprendió cuán sofísticas eran las declamaciones de aquellos pérfidos libros, que la habían precipitado en el abismo.

Si las heroínas de novela forjadas por la imaginación calenturienta de autores sin conciencia, hallan gracia en la pública opinión, después de haber cometido una falta, y arrancan lágrimas de compasivo interés, las heroínas del mundo no hallan en derredor de sí más que ruina, deshonra y menosprecio. Evocó Clotilde el recuerdo de cien y cien mujeres descritas en páginas admirables, llenas de poesía y encanto. Cada una de aquellas mujeres se habían hallado envueltas, como ella, en una intriga; pero en medio de sus sufrimientos, habían experimentado goces inefables, compensaciones sublimes.

—¿En dónde están esos goces?, pensaba la infeliz conteniendo a duras penas sus lágrimas amargas.

A la tarde lúgubre y sombría había sucedido una noche oscura y tempestuosa. El vendaval azotaba las paredes e imitaba con sus lamentos los lamentos próximos a escaparse del angustiado pecho de Clotilde.

Sentada delante de la chimenea, en donde algunas noches antes se había sentido tan dichosa al renunciar para siempre a sus quimeras, luchaba aún consigo misma, sin saber si debía ir a refugiarse en los brazos de su marido y confesárselo todo, o cometer el crimen que se la exigía.

¡Ay! ¿Por qué no adoptó el partido de la lealtad y del deber? ¿Por qué no pensó que no hay, que no puede haber, un amigo más fiel para una mujer casada que su marido, unido a ella por los estrechísimos e indisolubles lazos del cariño, del interés y del honor?

Apretaba convulsivamente entre sus manos la llave del pupitre que guardaba los papeles importantes de la familia. Le había sido muy fácil cogerla, por cuanto Guillermo tenía una absoluta confianza en la compañera de su vida.

Pero para ir al despacho era preciso pasar por el dormitorio de Guillermo, y en la pieza contigua al despacho dormía Juana con los niños.

¿Qué sería de ella si su marido o Juana despertasen y la sorprendiesen?

Hasta el amanecer estuvo sosteniendo una angustiosa batalla contra sus encontradas ideas, contra sus encontrados sentimientos.

El viento azotaba los muros de la casa, y mugía sordamente al través de las rendijas.

Los mugidos del viento parecían ser a la vez un aviso y una amenaza.

Clotilde, al fin, se decidió. Se proveyó de un cerillero y una caja de fósforos, se quitó los zapatos y atravesó a oscuras y de puntillas el aposento de su marido, que dormía con un sueño apacible.

Cuando llegó al despacho cerró la puerta, encendió la luz, abrió el pupitre y se puso a examinar con agitación febril los legajos pertenecientes a la testamentaría.

Gruesas gotas de sudor corrían por su frente; los latidos tumultuosos de su corazón la ahogaban.

Cuanto más crecía su impaciencia, menos hallaba lo que buscaba.

Empezó a oír ese vago rumor que precede a la aparición del alba; cubrió la luz con ambas manos; miró al balcón y vio que por las rendijas penetraba una tenue claridad.

Guillermo se levantaba muy temprano.

Aunque desistiese de su criminal propósito, ¿cómo haría para reunir otra vez los papeles esparramados y colocarlos en su sitio, del modo que estaban, para que no se conociese que se habían tocado?

Más de un cuarto de hora duró su angustiosa tarea.

Pero al reunir los papeles, halló de improviso lo que buscaba.

Exhaló un comprimido suspiro de alegría, se lo metió apresuradamente en el pecho, volvió a hacer el legajo, cerró el pupitre, apagó la luz y atravesó con las mismas precauciones que antes, el aposento de su marido.

—¿Quién es?, preguntó éste despertándose a medias.

Clotilde no respondió, entró en su cuarto, y fue a dejarse caer sobre una butaca.

Estaba como muerta.

Pálida, con el cabello erizado y los ojos fijos, parecía el espectro de sí misma.

Permaneció mucho tiempo inmóvil y silenciosa.

Oyó como entre sueños levantarse a Guillermo y a todas las gentes de la casa, y sólo volvió en sí al oír el tañido de las campanas que convocaban los fieles a la iglesia.

Entonces dio un grito y se cubrió el rostro con las manos.

—¡Y es en la casa de Dios en donde debe cometerse el crimen!, exclamó desolada.

A las ocho se envolvió en su manto, salió de su casa, entró en Orduña y se dirigió a la iglesia más cercana.

La mañana estaba fría y nebulosa, y pocos fieles habían acudido al llamamiento de las campanas.

Veíanse aquí y allá algunas mujeres arrodilladas en las capillas laterales o junto a los pilares. Algunos hombres estaban de pie y descubiertos a la entrada de la iglesia, o iban y venían como sombras de un lado al otro.

Clotilde se arrodilló junto a un confesionario, aguardando el momento fatal. Zumbábanla los oídos, oscurecíase su vista, teniendo casi perdida la conciencia de sí misma.

Aunque no veía ni oía nada de cuanto pasaba a su alrededor, había muchos ojos fijos en ella.

Pocas veces iba al templo tan temprano, y mucho menos sola.

Ya se sabe que la más pequeña alteración en los hábitos de una persona, da origen a millares de conjeturas en una ciudad reducida.

Aumentó las generales cavilaciones, el ver que la hija mayor del escribano atravesaba la iglesia para ir a arrodillarse junto a doña Segismunda. Ya se sabía que cuando estas dos esclarecidas rivales en malignidad se juntaban, era porque había un grave escándalo en Orduña.

Hallábanse ambas en una capillita dedicada a Jesús sacrificado. Una sola lámpara, suspendida sobre el altar, encima del cual descollaba una hermosa efigie del Redentor, alumbraba débilmente la capilla.

Doña Segismunda fingía leer en su libro de oraciones; pero había visto de soslayo acercarse a Policarpa, y esperaba, llena de impaciencia, que le dirigiera la palabra.

A pesar de su impaciencia, era tal el sentimiento que tenía de su propia dignidad, que por nada de este mundo hubiera consentido en hablar la primera.

Policarpa lo sabía, y por lo tanto, no permitiéndole las circunstancias divertirse con su expectativa, le tiró del vestido, diciéndola en voz baja:

—¡Tengo una carta de Clotilde, escrita de su propio puño y letra!

Volvióse doña Segismunda con la celeridad del rayo, y exclamó, fijando en ella sus ojos centelleantes.

—¡A ver, a ver!

Acercáronse ambas al altar, de modo que las diese de lleno la luz de la lámpara, sin ver que las estaba mirando Aquél que, lleno de amor y caridad, perdonó hasta a sus verdugos.

Colocó doña Segismunda la carta sobre su libro de oraciones, y devoró su contenido, murmurando entre párrafo y párrafo, con saña reconcentrada.

—¡Pícara, infame, mojigata, que usurpa el aprecio del mundo y la consideración del mejor de los maridos!

Volvióse, al terminar su lectura, y vio que tenía un auditorio numeroso. Todas las mujeres esparcidas por la iglesia habían ido arrastrando sus ruedos hasta allí, y habían formado círculo en torno de las protagonistas de esta escena.

Holgóse doña Segismunda al ver que había tantas lenguas viperinas que propalasen, comentasen y abultasen el escándalo, y así, después de haberse hecho rogar algunos momentos, emprendió otra vez la lectura de la carta a media voz, pero con tal lentitud y claridad, que sus oyentas pudieron saborear hasta las comas.

¡Y aquí de las exclamaciones y de los asombros de aquellas mujeres, que acaso tendrían mucho por qué acusarse a sí mismas! Santiguábanse, y gemían y se daban golpes de pecho, implorando la misericordia divina para la extraviada, mientras la estaban tan villanamente deshonrando. ¡Infelices! ¡Como si hubiesen podido engañar con sus hipócritas frases al Salvador divino, que mostraba su costado abierto para refugio de pecadores! ¡Ah, que así entienden la dulce religión, así profanan la santidad del templo ciertos espíritus groseros y malvados, verdaderos fariseos que especulan sin miramiento con las cosas santas!

¡Ofrecían un conjunto siniestro todas aquellas cabezas que se juntaban para murmurar al oído palabras de anatema, todas aquellas manos que se levantaban al cielo, para pedir venganza al infinito en bondad, al infinito en misericordia!

—¡Es preciso enviar esta carta bajo un sobre al Eco de Orduña, para que la estampe en sus columnas!, dijo doña Segismunda.

—¡Si las mujeres de bien no se unen para arrancar la máscara a las de mal vivir, el mundo está perdido!, murmuró una vieja de no muy limpia reputación, pasando apresuradamente entre sus dedos las cuentas de un rosario.

—¡Lástima de marido!, refunfuñó una solterona sin esperanza de mejorar de suerte. ¡Si una tuviese un marido así, todo le parecería poco para hacerle agradable la vida!

—¡Pues mandarle esa carta a él!, replicó una mal casada, despidiendo llamas por los ojos. ¡Que sepa quién es la serpiente que calienta sobre su pecho!

—No, dijo Policarpa alarmada por aquellas insinuaciones, pues si la complacía la humillación de Clotilde, más la complacía aún la suma enorme que debía reportar a su padre el crimen que meditaba. Esta carta debo devolvérsela en este mismo instante. ¡Como que ha venido a la iglesia para recogerla!

—¡Eso es!, exclamó impetuosamente doña Segismunda, recoge su carta, la hace pedazos, y sigue engañando a su placer al mundo. ¡Miradla allí recostada en el confesionario, con los ojos clavados en el suelo, y como si nada hubiese hecho!

¡Los hombres que pasan la saludan en vez de escupirla, y acaso dirán que es un ángel!

—¡No, esto no se puede quedar así!, murmuró la solterona con tono rencoroso.

—¡Lo que es yo por mí no devuelvo la carta!, replicó doña Segismunda, estrujando el papel entre sus manos. ¡Quien la hace que la pague!

Temió seriamente Policarpa por su fortuna, y así se apresuró a decir:

—Pues qué: ¿no hay otro medio más que ese para desenmascararla? ¿No podemos provocar un escándalo, patente a los ojos de todos, sin que se sepa la mano que lo ha producido? Yo sé la carta de memoria, yo tengo acá mi plan!

—¡A ver, a ver!, dijeron todas en coro.

Pero en aquel instante resonó la campanilla, anunciando que daba principio el sagrado sacrificio del Cordero Inmaculado.

No fue parte aquel divino llamamiento para acallar la envidia que las roía el alma, y así, acercándose todas a Policarpa, con el oído atento, con el corazón palpitante, mientras sus labios se movían como si formulasen una plegaria, que si la formulaban era una blasfemia, escucharon sin perder el más mínimo detalle, el diabólico plan que Policarpa se proponía llevar a cabo. Y cuando Policarpa hubo concluido, exhalaron un suspiro de satisfacción y levantaron los ojos al cielo, como si acabasen de salvar al mundo.

Y la perdición de Clotilde, de aquella pobre mujer, débil como ellas, quedó decretada, y quedó decretada la desventura y la deshonra de aquellos dos bellos niños que estaban durmiendo con el sueño de la inocencia, sin presentir la horrible tempestad que iba a estallar sobre sus cabezas.

Terminóse el Santo Sacrificio, deslizóse Policarpa del grupo de mujeres, y se dirigió con paso mesurado al confesionario, en donde estaba arrodillada Clotilde, muy ajena al funesto complot que debía hacer trizas su honor y su ventura.

Llegóse Policarpa a ella, hizo su famosa cortesía en tres tiempos, sin doblar el cuerpo ni mover un músculo de la cara, como si fuese un muñeco movido por un resorte, y le dijo con su voz breve y helada:

—Vengo en nombre de mi padre a lo que usted sabe.

Clotilde levantó hacia ella los ojos empañados por las lágrimas, sacó el papel de su seno, y respondió con voz trémula:

—Tome usted, supuesto que es preciso. ¡Su padre no ha querido apiadarse de mí! ¡Quiera Dios no tenerle en cuenta su crueldad!

—Mi padre no tiene la culpa de que usted haya abandonado el camino de la virtud, dijo Policarpa con tono severo.

Y luego repuso:

—Ya sabe usted que debo devolverle este papel a la hora de vísperas. No haré falta.

Tomó el papel, entregó la carta, repitió su quijotesca cortesía, y se retiró con aire grave y mesurado, volviendo a donde la aguardaban las mujeres llenas de curiosidad e impaciencia.

Elevóse del siniestro grupo, así que ella llegó, un sordo murmullo de improperios y amenazas; y prometiendo volver a las vísperas para saborear la segunda parte del drama, salieron las maldicientes como poseídas, para propalar por la ciudad cuanto habían visto y oído.

Y fueron desfilando una a una, pasando todas por delante de Clotilde, y fijando en ella una mirada descarada, llena de odio y menosprecio.

—¡Oh, cómo me miran esas mujeres!, pensó la infeliz; ¡parece que leen en mi frente mi delito!

Levantóse con paso vacilante para sustraerse a aquel martirio, se cubrió con el velo, y saliendo de la iglesia, se dirigió a su casa y corrió a encerrarse en su aposento.

Allí abrió la carta y la leyó temblando como la hoja en el árbol. ¡Tenía miedo hasta del aire y de la luz!

El escribano decía bien. Cada una de aquellas palabras ardientes, tomadas de la ampulosa fraseología de las novelas, encerraban la confirmación de una deshonra imaginaria.

Con las mejillas inflamadas de rubor, hizo trizas aquel funesto padrón de su ignominia; pero entonces recordó con espanto, que en poder de Miguel debían existir otras dos cartas como aquélla.

¿Habrían llegado efectivamente a su destino, o habrían sido interceptadas también para servir de objeto a una especulación infame'?

—¡Ay!, murmuró la desventurada entre sollozos, ¡la mujer que tiene un secreto ya no se pertenece; se convierte en esclava miserable del azar y de las personas malignas que la rodean! ¡Dios mío, no he hecho más que desviar mi pie de la senda del deber, y ya siento el castigo!

Por la tarde acudió a la iglesia, en donde se renovó la misma escena de la mañana, con la única diferencia de que asistieron a ella, protegidas por la penumbra que reinaba en las capillas, todas las comadres de Orduña; pero Clotilde volvió a su casa menos afligida, estrechando sobre su corazón el fatal papel devuelto por Policarpa.

Habíale mirado a la luz de una lámpara y le había parecido el mismo.

—¡Habrán querido tomar alguna nota, pensó; quizás el mal no sea tan grave como yo me imaginaba!

Confiada y bondadosa, no podía creer por mucho tiempo en la maldad ajena.

Aquella noche no aguardó al alba para entrar en el despacho.

Pero no fue tan feliz como la vez primera.

Aunque había adoptado las mismas precauciones que la noche anterior, cuando acababa de meter el papel en su legajo correspondiente, sintió el ruido de una puerta que se abría, y vio delante de sí a Juana medio desnuda y con el cabello suelto.

Ambas soltaron un grito al reconocerse.

Aquel grito despertó a Guillermo.

va? preguntó con voz estridente.

Oyóse el ruido que hacía al precipitarse de la cama.

Clotilde aterrada y sin darse cuenta de lo que hacía, puso un dedo sobre sus labios, miró a Juana con ademán suplicante, y abalanzándose al dormitorio de sus hijos, corrió a acurrucarse entre las dos camitas, en donde los ángeles velaban el sueño de aquellos inocentes hermanos suyos.

Cuando Guillermo a medio vestir se presentó en el despacho, halló a Juana delante del pupitre abierto y los papeles esparramados.

—¿Qué buscabas aquí?, le dijo con asombrado y severo tono.

La pobre Juana no supo qué responder.

No quiso denunciar a Clotilde, inclinó la cabeza sobre el pecho y guardó silencio.

—¿Pero qué buscabas aquí? ¡Responde!, gritó Guillermo con creciente cólera.

Clotilde lo oía desde su escondite, en donde permanecía inmóvil, llena de confusión y espanto, con la cabeza escondida entre las manos.

Su primer impulso fue salir y confesarlo todo; luego cedió a su cobarde y falsa vergüenza.

—¡Hacer patente mi delito a los ojos de Juana que es tan buena!, pensó en medio de su turbación; ¡oh, no, jamás!

El dormitorio de los niños tenía salida a la galería de cristales, que dando vuelta a la casa, comunicaba por una puerta falsa con su alcoba.

Clotilde se levantó, buscó a tientas la puerta, se deslizó de puntillas a lo largo de la galería, y penetró en su estancia.

Pero su valor y sus fuerzas estaban agotadas.

Apenas llegó a su aposento, cayó desmayada al suelo, y sólo volvió en sí cuando el primer rayo de sol vino a calentar sus miembros ateridos.

VIII. Lo que se ve a la luz de los sepulcros

Una tragedia griega, ya sabida

«Volved, dice, los ojos, ¡oh mortales!

Hacia el último día de la vida.

¡Qué rancias vanidades terrenales!

Cuando se va a morir todo es locura.

Y verdades y sueños son iguales.

—CAMPOAMOR.
 

Venid y ved si hay tristeza comparable a la mía

—SAGRADA ESCRITURA.
 

¿Qué se habían hecho las risas y algazara que ensordecían de continuo los ecos de los salones en donde la marquesa de los Gazules recibía a su alegre corte?

Habían enmudecido ahogados por el helado soplo de la muerte.

La muerte había entrado en el suntuoso palacio con el mismo ligero paso que entraba en las cabañas, sin tener en cuenta las magníficas alfombras ni los dorados techos.

La gran niveladora de las clases sociales se había situado junto a la cabecera del lecho en donde gemía la Marquesa, y tendía hacia ella su mano descarnada.

Un fúnebre crespón parecía cubrir todos los objetos, y al través de aquel negro crespón, a la luz opaca que proyectaba una sola lámpara oculta en un ángulo del aposento, la infeliz moribunda veía cosas que nunca jamás había visto: veía la sepultura entreabierta; la sombra impalpable, eterna; los hórridos gusanos que iban a ser sus únicos compañeros, arrastrándose en todas direcciones por encima de su cadáver, metido en una estrecha caja, que aunque fuese dorada por fuera, sería igual por dentro a la que encerrase el cuerpo de un mísero jornalero.

Siempre había creído que su cuerpo formado de materia volvería a ser materia, que el polvo volvería a ser polvo; pero nunca había meditado seriamente sobre esto. Cuando estos lúgubres pensamientos acudían a su mente, se vestía de gasa, se coronaba de flores, y corría a quemar incienso ante las aras del dios Placer, como si creyera que el placer y ella debieran ser inmortales.

¡Y sin embargo, el temido momento había llegado!

El cuerpo creado para fecundar la tierra iba a cumplir su fin y a hacer germinar las flores; sus espíritus vitales iban a confundirse con el aire, con la luz, que vivifican la atmósfera.

Había vivido, había gozado, iba a morir; su destino se había cumplido; su misión se había llevado a cabo.

¿Qué era, pues, lo que se retorcía dentro de su pecho causándola tormentos indecibles? ¿Qué era lo que gemía en el fondo de su corazón, llenándola de pavor y de amargura?

Lo que se agitaba dentro de su pecho, lo que gemía en el fondo de su corazón, era su conciencia.

La conciencia la pedía estrecha cuenta de los días perdidos en fútiles devaneos, de las palabras pérfidas u ociosas que habían pronunciado sus labios, de sus torpes o bajas acciones.

¿Y por qué la arguía la conciencia, si había hecho durante su vida lo que hacen los pájaros y las flores, los brutos y los insectos? ¡Buscar el placer y saturarse de placeres!

¿Qué la pedía aquella implacable censora de sus obras, cuya voz nunca había sido tan imperiosa y severa como en aquel instante?

¿Era que su conciencia tenía a su vez que rendir estrecha cuenta de sus actos a un supremo poder oculto a sus miradas? ¿Era que su alma se diferenciaba de la vitalidad del universo, y estaba destinada a perpetuarse en otras esferas más sublimes?

La Marquesa, a medida que sentía desquiciarse su cárcel mortal, veía surgir paulatinamente de sí misma, con indecible espanto, un nuevo ser ansioso de tender su vuelo a los espacios azulados. ¡Mil veces había sospechado su existencia; mil veces había creído oír su voz, pero habían oscurecido su vista las pompas del mundo, habían ensordecido sus oídos las irónicas risas de los sabios! ¡Y he aquí que en aquel supremo instante le veía aparecer clara y distintamente delante de sus ojos, le veía triste y acongojado, llorando por la hermosa patria, de la cual quizás estaría desterrado para siempre!

En la alcoba de la Marquesa velaban un hombre y una mujer: un sobrino y una sobrina, pertenecientes ambos a distintas familias.

La sobrina tenía mejor derecho a la herencia de la moribunda, porque el grado de parentesco que le unía a ella era más cercano.

Bien se veía al través de sus hipócritas gimoteos, la certeza del triunfo, el orgullo de la preponderancia.

Al primer aviso de la doncella, comprada hacía ya mucho tiempo, se había instalado en la alcoba, como conquistadora, negando la entrada a todo el mundo, médicos, sacerdotes y parientes.

Pero aquel sobrino, más audaz, más cínico que los otros, la había declarado una guerra a muerte, y conquistando el terreno palmo a palmo, desde la antesala hasta la alcoba, se había instalado allí de un modo definitivo y absoluto: sólo que la sobrina estaba a la cabecera de la cama y el sobrino a los pies.

Desde sus mutuas posiciones, ambos se lanzaban uno a otro miradas de desconfianza y odio, y esta desconfianza, este odio se iban haciendo más visibles a medida que la Marquesa se ponía más pálida, a medida que la muerte iba extendiendo sobre su rostro su fúnebre sudario.

En la sala inmediata estaban cincuenta parientes lejanos, hombres, mujeres y niños, pues los padres habían traído a sus hijos para enternecer mejor a la moribunda.

Quien mas, y quien menos, todos habían sido halagados durante la larga vida de la Marquesa con la esperanza de ser sus herederos universales. Ella había empleado este sistema para tener esclavos, y bien se sabía por otra parte que era libre de disponer de su fortuna del modo que quisiese.

En aquellos cincuenta parientes estaban representadas todas las clases de la sociedad, desde la chaqueta y las manos callosas, hasta el rendigote y las manos blancas cubiertas con ricos guantes.

Los doblones de una cuantiosa herencia tienen el privilegio de hacer surgir parientes hasta de las piedras.

Todos aquellos heterogéneos personajes iban y venían de puntillas con una agitación indecible, miraban por la cerradura y cuchicheaban en voz baja, resonando entre los misteriosos cuchicheos la palabra mágica millones.

Lo que al principio de la noche era un millón, por un admirable procedimiento matemático se había convertido en doce o quince millones.

En el comedor estaban agrupados, no sólo los criados de la casa, sino cuantos habían prestado algún servicio a la enferma en el espacio de muchos años.

Estos, más sinceros, hablaban en voz alta de mandas y legados fabulosos, mientras las mujeres contaban por los dedos las varas de tela que les darían para el luto, y calculaban cuál sería el traje de su señora que les tocaría en el reparto.

De paso murmuraban a su sabor de los presuntos herederos, que habían acudido como una bandada de cuervos en el momento de recoger el botín, mientras ellas habían tenido que sufrir las impertinencias y el despotismo de su ama. El uno sostenía que la sobrina con mejor derecho, se negaba a que diesen caldo a la enferma, con objeto de acabar más pronto y salir de penas; el otro aseguraba que el sobrino más audaz, tenía preparada una tramoya para desbancar a su enemiga y hacer testar a la enferma a toda costa.

En el portal, reunidos alrededor de la portera, vieja, sucia y desgreñada, que manejando su escoba como una reina su cetro, sacaba a relucir los defectos de la moribunda, zahiriéndola por su lujo y sus afeites, todos los pobres del barrio ya provistos de sus correspondientes memoriales, le suplicaban que les otorgase la preferencia cuando se tratase de repartir las limosnas de costumbre.

¡No habían recibido ninguna limosna en vida, justo era que acechasen para conseguirlas el momento de su muerte!

En el estrado, aparentaban que velaban los amigos íntimos de salón, los compañeros del placer.

Los habían aunado allí el decoro y las conveniencias sociales; pero en todo pensaban menos en la que estaba batallando con el estertor de la agonía.

Para conjurar el sueño y el fastidio, hablaban en voz baja de los bailes que se preparaban, de las óperas nuevas que estaban en estudio, de la bailarina célebre que asombraba a la corte con sus piruetas, y de tal o cual aventura ruidosa que se prestaba a chistes agudos e ingeniosos comentarios.

Y entretanto pasaban las horas llenas de angustia y de terror para la triste moribunda, que no hallaba en torno de sí ni una mano leal que estrechase su mano, ni una mirada cariñosa que buscase sus miradas.

No había amado, y no podía hallar amor: no había sembrado el bien, y no podía recoger sus divinos frutos. Había sido egoísta, había reconcentrado en sí misma todos sus afanes: era como el árbol estéril que el leñador corta sin compasión para arrojarlo al fuego.

Las miradas que cruzaban entre sí el sobrino y la sobrina, eran cada vez más hoscas, más amenazadoras.

El primero llamó a la segunda y le dijo en voz baja:

—Es preciso que esto concluya, es preciso que venga el escribano. Tiene muchos parientes pobres, y si muere sin testar todo se lo llevará la curia.

—Yo no quiero que se le violente para nada, contestó con sequedad la sobrina. Lo único en que puedo consentir es en que se llame a un sacerdote.

—Comprendo perfectamente tu intención, replicó el sobrino con voz acre y destemplada; tu derecho es mejor que el nuestro, y si muere sin testar, la herencia será para ti, aunque la mermen los curiales. Pero esto no puede ser y no será. Yo me opongo a la realización de tus planes egoístas. Afuera hay muchos infelices a quienes represento, y defenderé sus derechos hasta el último instante.

Afuera se oía efectivamente un confuso rumor, como el de la marea cuando sube y amenaza inundar la playa.

Los parientes se impacientaban. Hallaban que aquella agonía era demasiado larga.

—Tía, dijo el sobrino traspasando por primera vez el límite que le había impuesto su enemiga, y llegando con sólo tres pasos a la cabecera de la cama, como si quisiera tomarla por asalto; tía, está usted muy grave: soy hombre y debo decir la verdad, está usted muy grave, y es preciso que arregle usted sus negocios; es preciso que piense usted en hacer testamento y llamar a un escribano.

—¡Tía, exclamó la sobrina dando rápidamente vuelta a la cama para colocarse al otro lado, no se fíe usted de nadie, no se fíe usted más que de mí! ¡Oh, yo no permitiré que la atormenten a usted por mezquinos intereses! ¡Estoy segura de que Dios la dará a usted todavía muchos días de vida!

Y su voz, al hablar así, estaba ronca, y su rostro amoratado por la cólera.

¿Había oído la Marquesa el diálogo anterior? ¿Adivinaba por la inflexión de aquellas voces el verdadero sentido de sus palabras?

Se incorporó con ímpetu y gritó con desesperación.

—Pero ¿qué hacen aquí estas gentes? ¿Por qué se han apoderado de mi casa? ¿No tengo yo criados que me sirvan? ¿No les había mandado que no dejasen entrar a nadie?

Los dos sobrinos retrocedieron espantados hasta los pies de la cama.

Pero la cólera que había galvanizado por un instante los nervios entumecidos de la enferma, cedió y la infeliz cayó sobre la cama sollozando.

—¡Ay de mí, triste, ay de mí, decía, que estoy a merced de mis mayores enemigos!... ¿Qué haré? ¿A quién pediré socorro?...

Los sobrinos la dejaron llorar y gemir por espacio de media hora.

Luego volvieron paso a paso a reconquistar sus primeras posiciones.

—Pobre tía, dijo entonces el sobrino, está usted muy mala, ¿quiere usted que vayan a buscar al escribano?

—¡Ay tía de mi alma, exclamó la sobrina, supuesto que no hay remedio!, ¿quiere usted que vayan a buscar al confesor?

En aquella media hora la muerte había dado un paso más hacía su víctima.

Estaba postrada, casi vencida.

Sin embargo, aún tuvo aliento para decir:

—No, no, que se vayan todos, que me dejen todos: ¡esto es lo que quiero!...

En aquel momento se abrió la puerta de la estancia, y entró una mujer con un niño entre los brazos.

Era una prima lejana a quien ya había faltado la paciencia.

—¡Prima, dijo con voz lastimera, por Dios, acuérdese usted en sus últimos momentos de esta pobre criaturita!

La Marquesa se enderezó de nuevo sobre el lecho. Estaba mucho más lívida, mucho más desfigurada que antes. Tenía los blancos cabellos esparcidos, los ojos inflamados, los labios cubiertos de roja espuma.

—¡Fuera todos, fuera!, gritó con voz estridente.

Prima y sobrinos bajaron la cabeza y obedecieron, saliendo cabizbajos de la estancia.

¡Aún tenía la moribunda bastante vida para poder excluirlos del testamento!

Apenas salieron de la estancia, se hallaron envueltos en una nube de parientes, que se acercaron ansiosos a ellos y los abrumaron a preguntas.

—Nada, nada, dijo el sobrino, es preciso que Nicolás vaya en busca del escribano. Si no, no acabaremos nunca.

La sobrina se deslizó sigilosamente hacia el comedor, y llamando aparte a la doncella, le dijo en voz baja:

—Manda un recado a don Cornelio, como habíamos convenido.

—Está aguardando en el cuarto bajo, respondió la doncella, desapareciendo como una sombra.

Este diálogo, aunque pronunciado en voz muy baja, había sido oído, o más bien adivinado.

El sobrino, que había sospechado la intención de su enemiga, se había ocultado en la penumbra del corredor para escuchar sin ser visto.

Así que las dos interlocutoras se hubieron separado, abandonando el campo, llamó a la segunda doncella.

—Tu ama ha quedado sola, le dijo, ve a ver si quiere algo. Si consigues que haga testamento, y lo haga a nuestro favor, tendrás tu parte como si fueras uno de los parientes. Date prisa: ya han ido a buscar al escribano, que aguarda por mi orden en el café vecino.

La doncella era lista, hizo una señal de asentimiento, dio un rodeo, y entró por una puerta excusada en la alcoba de su ama.

Esta había vuelto a caer inerte sobre el lecho. La vida solo residía en sus ojos, que se movían hacia todos lados, retratando una desesperación profunda; mientras sus manos crispadas amontonaban las sábanas como sí quisiese esconderse debajo de ellas.

—Señora, mi buena señora, exclamó la doncella, apoderándose de una de sus manos y cubriéndola de besos.

Luego prosiguió con acento de terror:

—¡Jesús, Dios mío! ¡Pues si ya no tiene usted pulsos! ¡Si se está usted acabando por momentos! ¡Tiene usted la muerte pintada en el semblante!

—¡Estás loca, balbuceó la moribunda, tratando de sonreírse, al contrario, me siento mejor, mucho mejor!...

—¡Ay, señora, interrumpió con tono lastimero la doncella, que esa será la mejoría de la muerte! He velado a muchos enfermos, y bien sé lo que me digo. ¿Y se va usted a morir así, como un perro? ¿Quiere usted que recemos juntas? ¡Ya no puede usted hacer otra cosa en este mundo! ¡Yo rezaré por las dos!

Y se puso a rezar las preces de los agonizantes.

Aquellas preces, rezadas en voz alta y con lúgubre tono, producían un efecto solemne y amenazador en medio del silencio profundo que reinaba en el aposento.

La Marquesa se tapó los oídos por no oírlas. Luego su garganta dejó escapar un ronco silbido, y sus manos crispadas se agarraron a las sábanas.

Era la lucha del cuerpo que se esforzaba en asir al alma, próxima a escaparse de su seno.

El reloj dio pausadamente dos campanadas.

—¡Ay, pobre señora mía, repuso la doncella, ya no volverá usted a contar otra hora en este mundo! ¿Qué hace usted que no piensa en su alma? Confiésese usted, haga usted testamento... ¡No hay un minuto que perder!... ¡Dentro de un minuto será tarde!

La moribunda fijó en ella sus ojos ya vidriosos y entelados, con expresión de doloroso reproche.

—¡Tú también!, quería decir aquella mirada. ¡Todos pensando únicamente en repartirse mis despojos!

La doncella lo comprendió.

—Señora, dijo con fingidas lágrimas, obro así por deber de conciencia. Yo no tengo que heredar. Pero me duele pensar que va usted a condenar su alma para siempre... ¡Por Dios, un buen esfuerzo!... ¡Mire usted que ya se va quedando fría!... Sí, sí... esto es hecho... la nariz afilada, los ojos hundidos. ¡Hasta ese afán que tiene usted de amontonar las sábanas, indica que va pronto a rendir su postrer aliento!... ¡Reconcíliese usted con el mundo, reconciliese usted con Dios!... Haga usted testamento; pero pronto, pronto, mientras tiene usted la razón todavía despejada.

La triste moribunda se retorcía sobre su lecho, se esforzaba para levantarse y huir de aquel suplicio, verdadero asesinato moral, peor que el que produce la daga que mata de un solo golpe.

—¡Agua... agua...!, murmuró con voz gutural.

—No señora, dijo la doncella, se la daré a usted cuando consienta en que entre el escribano.

La moribunda cruzó las manos con ademán suplicante.

—¡No, repuso la doncella, no! ¡No merece el cuerpo que va a convertirse en podredumbre que se le dé ningún alivio, mientras no consienta usted en salvar su alma. Tiene usted parientes pobres, piense usted en ellos...

La Marquesa cayó desplomada sobre el lecho, y empezó a levantar su seno el estertor de la agonía.

Entonces hizo una señal con la mano, indicando que consentía en todo lo que la pedían.

La doncella le dio el agua, que bebió con avidez, y luego se precipitó triunfante hacia la puerta, gritando:

—El escribano.

Pero junto al escribano estaba aguardando el sacerdote, y junto a ambos estaban inmóviles y lívidos el sobrino y la sobrina.

—¡Primero el sacerdote!, dijo ésta con tono imperioso.

El sacerdote no se lo dejó repetir dos veces, y pasando por delante del escribano, se precipitó en la estancia.

Un suspiro de alegría se escapó del pecho de la Marquesa al verle.

—¡Ampáreme usted!, dijo con voz entrecortada, ampáreme usted... ¡Ah, yo nunca he creído en la otra vida; ahora creo, al ver que empieza en ésta el horrendo castigo de mis culpas!... ¡Padre, mi corazón ha sido duro como una roca!... ¡Yo nunca he hecho bien a nadie!... ¡No he tenido amor a nadie!... ¡Nadie tiene compasión de mí!... ¡Nadie me ama!... ¿Podrá perdonarme Dios?

—¡Dios nunca rechaza a un corazón contrito!, dijo dulcemente el sacerdote, sentándose a la cabecera de su cama.

En la sala vecina reinaba el mayor silencio. Los parientes se parecían a aquellos personajes encantados de los cuentos: todos permanecían en la misma actitud en que los había sorprendido la desaparición del sacerdote. Su vida había quedado en suspenso, reconcentrándose en sus oídos, y sólo se oían las tumultuosas palpitaciones de sus anhelantes corazones.

En el estrado dormitaban ya los amigos íntimos, los asiduos comensales, y sólo se cambiaban algunas palabras entre lánguidos bostezos.

La conversación se había agotado.

—¡Qué largas van siendo las noches!, decía el uno.

—Ya se va sintiendo el frío, decía el otro.

Entró Miguel, y su presencia galvanizó por un momento a los circundantes.

Miguel venía del baile de la Embajada.

Había abandonado el baile para velar a su protectora: no se podía dar mayor abnegación.

Sentóse entre dos damas y preguntó por la Marquesa.

Repitiéronle todo lo que se había dicho y comentado durante la noche acerca de la enferma y la enfermedad, y cumplido aquel deber social se pasó a otro asunto.

—¿Ha estado bien el baile?, preguntó una de las dos damas a Miguel.

—¡Magnífico!, dijo éste.

—¿Mucha gente conocida?

—Lo mejor de Madrid.

—¿Y la Embajadora?

—¡Divina! Traje de gasa azul con estrellitas de plata; diadema de perlas en la cabeza.

—Nadie como usted para dar razón del atavío de las damas.

—¡No tengo mucho mérito en recordar el de la Embajadora, porque he pasado casi toda la noche junto a ella!, dijo Miguel con fatuidad.

—Pues me han contado una anécdota graciosísima acerca de esa señora, dijo la otra dama que estaba a su lado, y que había permanecido hasta entonces silenciosa. De buen grado la referiría, porque es pública, si no fuese ajena a este lugar y a estas circunstancias.

Todos hicieron círculo alrededor de ella, rogándola que la contase en voz baja.

La dama, que no era ya ni joven ni bonita, pero que era soltera de aquellas que después de haber jugado toda su vida con el amor, cuando llegan a ver su cabello encanecido y su rostro surcado de arrugas, se agarrarían, como se dice vulgarmente, a un clavo ardiendo, había solicitado a Miguel del modo solapado y sagaz que presta a las mujeres el trato del mundo; pero Miguel se había mostrado siempre ciego y sordo a sus manejos.

La dama, que acechaba hacía tiempo la ocasión de vengarse, cogió aquella que se le ofrecía, y así dijo que un joven fatuo, de esos que creen que todo les está permitido y que pueden alcanzarlo todo, se había atrevido a poner los ojos en la Embajadora. Que ésta, que era la virtud misma, quiso dar una lección al estúpido y jactancioso advenedizo, que nacido en la clase más humilde de la sociedad, no hallaba diques a su petulante ambición, y otorgándole una cita para las altas horas de la noche en su propio aposento, le hizo creer que era cierta su fortuna.

—Llegó el instante feliz, prosiguió la narradora, fijando sus ojos chispeantes de maligna satisfacción en el aturdido Miguel, escaló el amante las tapias del jardín, no sin hacerse sendos rasguños, penetró en el recinto misterioso, y se quedó estupefacto viendo a marido y mujer conversando plácidamente al lado de la chimenea.

Marido y mujer soltaron una estrepitosa carcajada al ver al asendereado y burlado Lovelace, y el primero, dirigiéndose a él, le dijo con punzante ironía que podía volverse por donde había venido.

Marchóse en efecto el pobre mozo con las orejas gachas, y aun se asegura que estuvo enfermo ocho días del susto y de la pesadumbre.

He aquí mi historia.

No había nombrado la discreta dama al protagonista de la aventura; pero sus ojos fijos en Miguel, revelaban bien a las claras de quién se trataba.

Empezaron los comentarios, ponderando los unos la discreción de la heroína, burlándose los otros del novel don Juan, criticando los de más allá a las personas de clase abyecta que desvanecidas con los favores, quizás inmerecidos, que les otorga la sociedad, creen poder atreverse a todo.

Los epigramas eran tan directos, las alusiones tan trasparentes, tan sangrientos los dicterios, que Miguel, perdiendo su sangre fría, tomó con calor la defensa del burlado, y acabó de ponerse en evidencia.

Entonces las indirectas se volvieron insultos personales, disfrazados con aquella exquisita cortesía que suelen usar las personas de buen tono; pero que por esto no hieren menos a aquéllos a quienes se dirigen.

—¡Cómo podría confundir a esos necios!, se dijo a sí mismo Miguel con las mejillas cubiertas de rubor y el pecho lleno de ira.

En aquel momento resonó la campanilla que anunciaba la visita que el Salvador del mundo iba a hacer a la que estaba próxima a abandonar la tierra.

Todos enmudecieron, transidos de pavor, y se precipitaron hacia la estancia de la Marquesa.

En la pieza anterior a aquella, se arremolinaban los parientes, diciéndose los unos a los otros en voz baja:

—¡Ya ha hecho testamento!

Y se miraban de hito en hito, creyendo cada cual adivinar en el rostro del otro, si creía ser el heredero.

Allí se detuvieron los amigos íntimos, que no querían entristecerse con el espectáculo de la agonía, mientras los pobres de la vecindad que habían subido en pos de la formidable portera, se mantenían arrodillados junto al umbral de la puerta; pero con el oído listo y la mirada atenta.

Entró y volvió a salir el Santo Viático del aposento de la moribunda, extinguiéndose a lo lejos el rumor de la campanilla de plata, y el confesor, apareciendo en el dintel de la puerta, dijo con voz triste y solemne.

—¡Rogad por ella! ¡Ha muerto! ¡Ha hecho una buena confesión, y Dios la habrá recibido en su seno!

—¡Amén!, respondieron todos.

Hubo un instante de lúgubre silencio.

—¿Se sabe cómo ha hecho el testamento?, dijo al fin el sobrino, sin poder ya dominar su impaciencia y dirigiéndose al escribano.

El escribano meneó tristemente la cabeza.

Entonces la sobrina miró al confesor con aire de triunfo; pero éste dijo con tono severo.

—Lo ha dejado todo a los establecimientos de beneficencia, salvo un legado de poca monta e igual para todos sus herederos.

¡Tal ha sido su voluntad!

Semejante al rumor siniestro que producen los árboles agitados de repente por un viento tempestuoso, fue el rumor que se levantó de todos los ángulos de la estancia y que se convirtió en confuso clamoreo.

—¡Qué infamia!, decían de todas partes, ¡qué robo! ¡Despojar así a sus parientes! Ha muerto como ha vivido; ¡sin entrañas!

—¡Sí, dijo tristemente el sacerdote, ha vivido sin amar y ha muerto sin ser amada!

¡El que siembra vientos recoge tempestades! ¡Pero Dios que la ha castigado en sus últimos momentos, también ha querido castigar la codicia de aquellos que debían albergar más cristianos sentimientos!

¡Mientras tanto, el cadáver de la Marquesa reposaba solo sobre su lecho mortuorio! ¡Solo, desamparado, alumbrado únicamente por la luz de la lámpara que esparcía en torno sus pálidos reflejos!

Pero la puerta se abrió merced a un empuje suave, y el tití apareció en su dintel, mirando a todas partes con aire asustado y receloso.

Habían entrado en un cuarto, en donde le tenían encerrado con Abelardo y Eloísa, para coger unos candeleros de plata, y el pobre animal, más resuelto que sus dos compañeros de cautiverio, había corrido en busca de su ama.

Aníbal se subió sobre la cama, se acurrucó al lado de la muerta, y empezó a gemir como si comprendiese que la había perdido para siempre.

¡Fue el único que lloró por ella!

¡Era el único a quien ella había amado en este mundo!

* * *

Desfilaron los amigos íntimos uno a uno, satisfechos de sí mismos, porque habían dado cima al cumplimiento de su deber social, y satisfechos de que todo hubiese ya felizmente terminado.

Un joven duque, célebre por sus locuras, ofreció a Miguel un asiento en su coche, obligándose a dejarle en su casa, y como acompañaban al duque otros dos jóvenes calaveras, después de haberse burlado de la muerta y sus parientes, no escasearon las chanzonetas sobre la mala ventura de Miguel, tan pérfidamente contada por la dama.

Miguel entró en su casa ciego de ira.

—¡Esa historia va a correr por todo Madrid, y a servir de pasto a los gacetilleros!, exclamó arrojando sobre su escritorio los guantes y el sombrero.

No hay fiera más sañuda que el amor propio, cuando se le ha dado rienda suelta.

Las heridas que recibe el amor propio, para aquellos que se han convertido en sus esclavos, son de tal trascendencia, que pueden causar la muerte.

—¡Esa vieja coqueta, prosiguió Miguel limpiándose el frío sudor que corría por su frente, me ha cubierto de ridículo, y no podré rehabilitarme nunca! ¡Sólo una buena fortuna, sólo un escándalo ruidoso, podrían rehabilitarme!

Repasó en su memoria todos los nombres de mujeres que gozaban de alguna celebridad en la corte.

—¡Para cada una de ellas, murmuró con desaliento, necesitaría poner un sitio en regla, y mi venganza debe ser tan pronta como brillante!

Sus ojos, que vagaban de unos objetos en otros, se fijaron sobre una carta cerrada, único papel que había sobre la mesa.

Ausente todo el día, su criado la había dejado allí, para que la viese a su regreso.

Miguel la cogió y la abrió con ansiedad febril, porque había reconocido en el sobre una letra de mujer.

La carta no contenía más que estas dos palabras: «Ven, te necesito».

Una C al pie de este único renglón, y el sello de Orduña, que traía el sobre de la carta, eran indicios más que suficientes para probar que procedía de Clotilde, por más que la letra, un tanto desigual, se diferenciase algo de las dos que Miguel había recibido en contestación a las suyas.

No se paró el joven en esta circunstancia, absorto por la sorpresa que le causaba tan extraño llamamiento.

—¿Pues qué habrá pasado allí?, pensó, dando vueltas entre sus manos a la carta.

Luego exclamó sonriendo:

—¡He ahí la buena fortuna que yo evocaba! ¡Clotilde es bella como los amores, es casada y virtuosa!

¡El escándalo sería mayor, si consiguiese arrancarla a su pacífico hogar, y mostrarla al mundo uncida al carro de mis victorias!

Detúvose bruscamente: la melancólica y severa figura de Juana, acababa de cruzar por delante de sus ojos.

—¡No, jamás!, murmuró en voz baja.

Arrojó la carta sobre el escritorio, y se dejó caer sobre un diván, entregándose a una meditación profunda.

Pasó parte de lo que restaba de noche fumando y meditando.

Cuando la voluntad desea una cosa, la imaginación se esfuerza en presentárnosla bajo sus aspectos más favorables, empleando para ello los argumentos más sutiles e ingeniosos.

Lo que quería entonces la voluntad de Miguel era confundir a sus rivales, dándoles en ojos con una conquista rápida y brillante.

—¿Puedo dejar de acudir al llamamiento de una dama?, decía unas veces. ¿Quién sabe lo que ha ocurrido en Orduña? ¿Quién sabe el peligro en que se halla Clotilde cuando así implora mi auxilio? Esta conducta no sería noble ni caballeresca.

—De paso veré a Juana, se decía otras veces, y le echaré encara la estupidez de su conducta. Si no ventilo esta cuestión de palabra, nunca lograremos entendernos.

Y otras veces se decía también:

—¿Qué culpa tengo yo de que Clotilde me llame? ¿He dado yo algún paso para obligarla a que haga una locura? ¿Qué joven en mi lugar despreciaría la ocasión que se le viene a las manos? Si Clotilde atropella por todo tanto peor para ella. Será señal de que no vale mucho, cuando por propia inspiración falta a sus deberes.

El resultado de todos estos encontrados pensamientos, fue que al rayar el alba hizo sus preparativos y partió secretamente para Orduña.

VIII. El secreto de Policarpa

El primer paso del vicio es rodear de misterio las acciones inocentes; el que encubre sus acciones es porque en el secreto de su conciencia cree tener motivos para ocultarlas.

—ROUSSEAU.
 

¿Qué había pasado entre Guillermo y Juana la noche en que el primero la sorprendió en su despacho?

Nadie lo supo en la casa; pero Juana pálida y triste, aguardó a Clotilde al pie de la escalera cuando se dirigía al comedor a la mañana siguiente, y la dijo con voz alterada:

—Aguardo mi rehabilitación de los labios de usted. ¡Guillermo sospecha de mí!

Y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Clotilde la cogió ambas manos, se las estrechó vivamente y pasó adelante.

No sabía qué imaginar para salvar a Juana sin perderse a sí misma.

Jamás una mentira había manchado sus labios, jamás había llevado a cabo una acción que no pudiese ser vista por todo el mundo y aprobada por su ángel de la guarda.

Carecía de la facilidad expeditiva que poseen ciertas mujeres avezadas a la falsedad y a las intrigas. No veía más medio que salir del angustioso conflicto, que confesar la verdad; pero no tenía valor para hacer la terrible confesión que debía arrebatarla la estimación de Guillermo y la paz de su vida íntima.

Y entretanto Guillermo estaba preocupado, Juana llorosa, y el abuelo y los niños no cesaban de preguntar a ambos la causa de su oculta pena, de su extraño disgusto.

Clotilde se acostaba todas las noches con el firme propósito de revelar su culpa a la mañana siguiente, y por la mañana carecía de valor para llevarlo a cabo.

Dos o tres veces fue a buscar a su marido a su cuarto, y en vez de la confesión que iba resuelta a hacer, sólo pudo prorrumpir en tales sollozos y tales lágrimas, que alarmando seriamente a Guillermo, éste la colmó de apasionadas caricias, poniendo con sus caricias un candado a los labios de la infeliz, que ya no osaron entreabrirse para arrancarle sus tiernas y bellas ilusiones.

Una tarde hallábase toda la familia reunida, como de costumbre, en el comedor.

Juana cosía silenciosamente al lado de la ventana que daba al jardín, los niños jugaban en un rincón con un amiguito suyo, llamado Teodoro, hijo de un acomodado labrador de la vecindad, Guillermo y su padre hablaban de los trabajos de la fábrica, del vino nuevo, del próximo abono de las tierras.

Clotilde estaba más triste, más agitada que nunca, sin atreverse a mirar a Juana, sin atreverse a hablar, porque le asustaba hasta el sonido de su voz. Un vago presentimiento oprimía su corazón y la parecía que le faltaba aire para respirar libremente.

De pronto entró un criado y anunció la visita de doña Segismunda.

Tan de cerca seguía doña Segismunda al criado, que Clotilde no tuvo tiempo para decir que pasase al salón.

Al ver que asomaba ya por el dintel de la puerta se levantó rápidamente, y le acercó una silla al fuego, excusándose por recibirla en aquel sitio.

Doña Segismunda venía de luto riguroso, pero aunque venía de luto, su rostro expresaba una feroz alegría, y sus ojos saltones brillaban con un fulgor inusitado.

Durante los primeros cumplidos movía mucho sus manos, cubiertas de guantes negros, y agitaba su manto de duelo, como si quisiese llamar la atención hacia su atavío.

Pero viendo que nada alcanzaban sus manejos, entró de lleno en la cuestión que la traía.

—He querido ser la primera, dijo, en dar a ustedes el pésame, en manifestarles la parte que tomo en su desgracia.

—¿El pésame de qué?, murmuró Clotilde alarmada, porque en el más leve accidente creía ver un peligro.

—¿Qué desgracia?, preguntó Guillermo.

—¡Jesús, que imprudencia!, exclamó Doña Segismunda haciendo aspavientos, ¡yo pensaba que ustedes lo sabían!... ¡Quién había de imaginar!...

—¿Pero en fin, de qué se trata?, insistió Guillermo con impaciencia.

—¡No, no, permitan ustedes que me calle!... ¡No me gusta llevar malas noticias a ninguna parte, y si yo hubiera sabido!...

—Pero señora, interrumpió el abuelo, ¿no ve usted que con sus reticencias aumenta nuestro sobresalto, y nos hace creer en una desgracia tal vez mayor de la que sea?... Por Dios, hable usted, se lo suplico...

—Pues bien, pues bien, dijo Doña Segismunda, haciendo como que tartamudeaba, lo diré... ¡Al fin y al cabo, la desgracia no es tan grande como parece a primera vista!...

¡Ya había cumplido sus días! como suele decirse...

—¿Pero a quién se refiere usted?, exclamó Clotilde llena de ansiedad.

—¡Pues a la señora Marquesa, que ha pasado a mejor vida!, prosiguió la dama con tono compungido.

Clotilde soltó un grito, se cubrió el rostro con las manos y prorrumpió en sollozos.

A pesar de sus excentricidades y su descreimiento, Clotilde amaba a aquella anciana, que al fin era su parienta más próxima, y la única de su familia a quien había conocido.

—No se aflija usted así, niña, dijo doña Segismunda tras algunos instantes de silencio. ¡Su tía de usted no merecía esas lágrimas! ¡Ni siquiera se ha acordado de usted en sus últimos momentos! ¿Querrán ustedes creer que ha dejado su inmensa fortuna a los asilos de Beneficencia?

Como la noble matrona medía el corazón de los demás por la ruindad del suyo, miró a Clotilde con aire triunfante, creyendo haberle asestado la primera herida que venía resuelta a inferirle.

Pero el dolor de Clotilde era sincero y siguió sollozando con el mismo desconsuelo que antes.

¡Perfectamente representado!, pensó doña Segismunda.

Irritada hasta lo sumo, por lo que ella creía hipócritas alardes, prosiguió yendo derecha a su asunto.

—Todo esto lo sé de buena tinta, nada menos que por Miguel, que se hospeda, o más bien se oculta, no sé por qué, en casa de la tía Ojazos.

¡Oh, entonces sí que la perversa maldiciente pudo gozarse con el efecto que producían sus palabras!

Al oír el nombre de Miguel, los ojos de Clotilde quedaron secos y sus mejillas se cubrieron de lívida palidez, como si le hubiese faltado la vida de improviso, Juana se puso tan pálida como ella, y dejó caer la labor que tenía entre las manos. En cuanto a Guillermo, se levantó impetuosamente, y empezó a pasear a lo largo de la estancia, con los ojos hoscos, con el ademán extraviado. Acababa de hallar el porqué de la tristeza de Clotilde, de sus inmotivadas lágrimas, de sus extrañas reticencias.

Saboreó doña Segismunda, con singular placer, el triple golpe que acababa de descargar sobre aquellos atribulados corazones, y luego prosiguió como si nada hubiese hecho:

—¿Pero quién había de pensar que Miguel no hubiera visto a don Guillermo, y no le hubiese dado la noticia? Yo le encontré esta mañana por casualidad en los alrededores de la ermita.

Por cierto que a él no le dio gusto el encuentro, y si no se escondió fue porque no pudo.

¡Viene muy triste y muy desmejorado!

¡Para mí, anda cupidito de por medio!...

Miró a Juana al hablar así; pero sus ojos se fijaron con marcada insistencia sobre Clotilde.

Esta se puso encendida; Guillermo precipitó su paseo como si quisiese moderar con el movimiento el ímpetu de su cólera.

Doña Segismunda repuso con su no desmentida impavidez:

—Es verdad que la señora Marquesa era la protectora de Miguel, y justo es que sienta su muerte. Cuenta y no acaba de las escenas que promovieron los parientes al verse desheredados.

Hubo algunos momentos de silencio.

A pesar de su desfachatez, doña Segismunda comprendió que estaba de más allí, y que las conveniencias sociales la mandaban retirarse.

—Los dejo a ustedes, dijo por fin, que la tarde está oscura y amenaza lluvia.

Aunque nadie la instó para que se quedase, permaneció sin embargo sentada y mirando a la puerta como si aguardase algo.

En efecto, al poco tiempo la tía Ojazos apareció en su dintel.

Traía un ramo de flores en una mano, y en la otra una maceta.

—Buenas tardes la compañía, dijo. ¡Ahora sí que he encontrado para don Guillermo una magnífica planta de clemátides! ¡Véala usted, qué hermosa!

Guillermo se detuvo en su paseo. Bien se leía en su rostro contraído, la ira que le cegaba, y su deseo de arrojar a aquella infame mujer de su casa.

El temor del escándalo le contuvo.

—Dé usted la maceta al jardinero, dijo con brusco tono, y pídale usted su importe.

La tía Ojazos, en vez de obedecer, se acercó a Clotilde, que estaba pálida y convulsa.

—¡Yo nunca me olvido de usted!, dijo haciéndola un guiño expresivo y poniendo en su mano el ramillete. ¡Ya sé cuánto le gustan las flores!

Guillermo se había detenido otra vez, y al ver la astuta vieja que la miraba de hito en hito, se esquivó, dirigiéndose a la cocina.

Entretanto, doña Segismunda, que ya se había levantado, se estaba despidiendo del abuelo.

—Es ya muy tarde, le decía, y no quiero que la noche me sorprenda fuera de la ciudad. Dicen que andan muchos ladrones. No sé cómo no tienen ustedes miedo, viviendo en este solitario caserón. La tapia del jardín está muy baja y puede escalarla cualquiera.

Miró, al decir esto, a Guillermo, que contestó con vivacidad sombría:

—¡No hay cuidado: tengo buenas pistolas, y al que fuese bastante atrevido para intentarlo, pagaría su audacia con la vida!

Si doña Segismunda había querido advertirle de algún peligro, la arrogancia de la respuesta debió demostrarle que había sido comprendida.

Clotilde se empeñó en acompañar a la noble matrona hasta la puerta exterior.

Necesitaba un pretexto para salir de allí, porque le era imposible dominar por más tiempo su angustioso sobresalto.

—Adiós, queridita, le dijo doña Segismunda al llegar al dintel de la puerta, animarse y encomendar a Dios a la difunta, que es cuanto se puede hacer por ella.

Luego añadió con maligna sonrisa, mirando el ramillete que Clotilde estrujaba entre sus manos.

—¡Qué flores tan frescas y perfumadas! Dichosa usted que comprende su lenguaje, y tal vez halle algún consuelo al descifrarlo.

Cada palabra de aquella mujer era un dardo emponzoñado que iba a clavarse en el corazón de la víctima elegida por su saña.

Clotilde quedó muda y aterrada.

Imprimió doña Segismunda un beso en su frente, verdadero beso de Judas, y se alejó con paso majestuoso.

Cerca ya de la ciudad, se destacó una sombra de una casucha en ruinas y se dirigió hacia ella.

Era Policarpa.

—¿Ha salido todo bien?, preguntó en voz baja.

—Perfectamente. La mina está muy cargada, la mecha encendida. Ya oiremos decir mañana.

La hija del escribano se puso a dar saltitos, evidente señal en ella de alegría.

—¡A mí se me debe todo!, dijo palmoteando. ¡Si yo no hubiese escrito a Miguel, nada hubiera sucedido!

Dio algunos pasos hacia adelante; se detuvo, y mirando fijamente a doña Segismunda, añadió en voz baja:

—¡Y usted no sabe lo mejor! He guardado el secreto hasta ahora, porque así lo había exigido mi padre; pero dentro de algunos momentos será público, y quiero que usted sea la primera que lo sepa... Los verdaderos herederos del tío Guillermo, porque aquellos son los verdaderos herederos, habían pedido la revisión de pruebas. Guillermo no ha dudado en volver a presentar el famoso documento, en el que el testador expresaba su última voluntad, y que según declaración de los testigos, había sido escrito de su propio puño y letra; pues bien, el documento ha resultado ser a todas luces apócrifo, falso... ¿Me entiende usted? falso ¿Y sabe usted la pena que señala el Código a los que fabrican falsos testimonios?... ¡La de presidio!...

Los ojos de Policarpa brillaban con un fulgor siniestro en la oscuridad, su voz que revelaba el gozo infernal de su torcida alma, tenía un timbre seco y estridente, que helaba la sangre dentro de las venas.

Segismunda se estremeció a pesar suyo, y sus nervios se crisparon.

—¿Será posible?, exclamó.

—¡Es un hecho!, repuso Policarpa, con la misma sombría entonación. Cotejado el documento con las cartas de don Diego, que se hallan en poder de la justicia, se ve claramente que es una imitación bastante grosera de su letra... Pero aún hay más... Los sobrinos han hallado quien falsificó el testamento y compró a los testigos, mediante una fuerte suma que recibió de manos de Guillermo... Este tal, que es un antiguo presidiario, lo ha declarado así; y su declaración es de sumo peso, atendida la notoria falsedad del testamento...

Ya ve usted como Dios se encarga de castigar a las mujeres que faltan a sus deberes, y como la bella y orgullosa Clotilde va a perder juntamente con su honra y el amor de su marido, todas las ventajas de su rico casamiento.

La blasfema invocaba el nombre de Dios, sin temer que la pulverizase a ella, pues por un puñado de oro había ayudado a su padre a fraguar aquella tenebrosa intriga.

Doña Segismunda, con ser de tan aviesa y ruin condición, experimentó un movimiento de repulsivo horror hacia aquella diminuta criatura, que encerraba en su corazón una dosis tan grande de veneno.

—Se me resiste el creer todo eso, murmuró en voz baja, y a la verdad, si por ella me alegro, lo siento por él.

—¡Sentir la desgracia de un hombre que se ha ido a casar con una loca presumida y casquivana! Pues qué, ¿no había muchachas en el pueblo?

Usted misma, doña Segismunda, no era mucho más digna que ella de casarse con Guillermo.

No había dejado de tender algún día a Guillermo sus redes, la augusta solterona, resintiéndose no poco de su absoluta indiferencia, y bien sabía Policarpa que este recuerdo había de avivar su ira. Necesitábale la astuta meguera para completar su obra, pues sólo doña Segismunda, por su posición, podía ser la vocinglera trompeta de la fama que difundiese la horrible calumnia en todos los altos círculos de Orduña.

—Bien, bien, refunfuñó la matrona, que allá se las avengan. ¿En dónde nos aguardan las otras?

—En la iglesia.

—Pues vamos, que ya me hace cosquillas la lengua y estoy rabiando por contar la escena de que he sido protagonista. ¡Mojigata, hipócrita, ya llegó tu hora! Justo es que las mujeres honradas demos una lección a las mujercillas perdidas.

Ofreció el brazo a Policarpa, que se empinó para llegar a ella, y ambas se alejaron celebrando su victoria.

Mientras tanto la infeliz víctima de su negra intriga, había corrido a refugiarse en su cuarto. Recelaba que el ramillete ocultaría alguna carta, y así era en efecto.

Sacóla temblando y la leyó rápidamente a la fugitiva luz del ocaso.

«Heme aquí, decían aquellos caracteres trazados por la mano de Miguel. Me has llamado y acudo presuroso, abandonándolo todo; negocios y placeres. Héme aquí, alma de mi alma, luz de mi pensamiento, estrella que guía mi vacilante paso por los ásperos senderos de la vida.

»Has pronunciado una sola palabra, y ya estoy a tus pies. Son las doce de la mañana; te aguardaré durante todo el día... Si a la noche no has venido, iré a tu casa suceda lo que quiera. Deja abierto el balcón de tu aposento; escalaré la tapia del jardín».

Clotilde leyó muchas veces esta carta, no acertando a comprenderla.

¿Qué llamamiento era aquel a que aludía Miguel? ¿Cómo, si ni aún su última carta había llegado a sus manos, podía emplear aquel extraño lenguaje?

¡Aquí hay algún misterio!, pensó. ¡Ambos somos víctimas de una intriga, la misma intriga que arrebata a mis hijos su fortuna!... ¡No puede ser de otro modo!

Repasó en su memoria todas las frases que había estampado en las dos únicas cartas dirigidas a Miguel, y no halló ninguna que pudiese interpretarse por un llamamiento.

Recordó lo que había dicho doña Segismunda acerca de los ladrones y las tapias bajas del jardín, acerca del misterioso lenguaje de las flores.

—¡Esa mujer lo sabe todo!, exclamó con el rostro inflamado de vergüenza, y por tanto no habrá nadie en Orduña que lo ignore. ¿Quién sabe si ella misma no tendrá participación en la pérfida trama que me envuelve?

En efecto, si Miguel la había escrito a las doce de la mañana, ¿cómo su billete no llegaba a sus manos hasta el anochecer, cuando quizás iba a poner por obra su amenaza?

—Han querido, murmuró la infeliz llena de espanto, han querido, interceptando la carta, que yo no pudiese evitar el conflicto, para que se realizasen sus funestas consecuencias.

¡Doña Segismunda y la tía Ojazos están de acuerdo para perderme!... Y ahora ¿qué haré, Dios mío, qué haré?...

Miró al cielo, que nublado y triste se iba cubriendo con las sombras de la noche.

Recordó el tono amenazador de Guillermo, cuando dijo, que tenía preparadas sus pistolas para dar muerte al que osase franquear los muros de su casa.

—¡Si Miguel viene, exclamó fuera de sí, si se encuentran, si se interpusiera entre mi marido y yo un lago de sangre!...

Por un instante pensó en ir a arrojarse a las plantas de Guillermo y confesárselo todo.

—¿Querrá creerme cuando le diga que soy inocente?, prosiguió aterrada, ¿no tiene ese hombre en su poder mis cartas? ¿No se considera con derecho para escalar el santuario de mi casa? ¿Y no querrá Guillermo arrebatarle esas cartas, arrancarle ese derecho aún al precio de su sangre? ¿Qué horrible cadena es esta que no me es dado romper? Un solo paso en falso, un solo secreto en mi vida, y ya mi vida y mi reposo están merced de todo el mundo, y por todas partes me cerca un espantoso e insondable precipicio...

Pero mientras se lamentaba así, el tiempo volaba, las sombras crecían, y la catástrofe se acercaba amenazadora y terrible.

Clotilde se cogió la cabeza con ambas manos, queriendo reunir sus ideas y fijarlas para buscar un medio de salvación.

—¿Y si yo fuese a ver a Miguel?, pensó vislumbrando en aquel paso un destello de esperanza.

¿Si yo fuese a decirle que no le he llamado, y postrándome a sus pies, le suplicase que me devolviese mis cartas, que partiera, que me restituyera, con su olvido, mi honra y mi reposo? Si, sí: ¡Miguel es bueno! ¡Miguel tendrá compasión de una infeliz mujer que en nada le ha ofendido!... Ánimo, puedo ir y volver en media hora... ¡Dios me dará fuerzas para llegar; me dará elocuencia para convencerle!...

Esparcióse el cabello, se puso una bata oscura de mañana, se sentó junto a la chimenea procurando afectar un aire sosegado, y tiró del cordón de la campanilla.

A los breves instantes apareció Felisa.

—No me encuentro bien, dijo Clotilde, la muerte de mi tía me ha afectado en extremo. Dame un poco de éter, y di que no me aguarden a cenar, pues voy a meterme en la cama. Quisiera que me dejasen descansar...

Tomó el éter, y despidió a la doncella, pues tenía costumbre de desnudarse sola.

Cuando se hubo convencido de que Felisa estaba ya lejos, pasó el cerrojo a la puerta del aposento que daba al corredor, y a la puertecita falsa de la alcoba, se envolvió en un pañolón negro se puso otro también negro en la cabeza, y bajó por la escalerilla cubierta, dejando el balcón entornado.

De resultas de sus antiguas solitarias correrías por el campo, había quedado en su poder la llave de la puerta falsa del jardín.

Podía salir y entrar sin ser vista de nadie.

En el jardín resonaban las risas de sus hijos. Ínterin llegaba la próxima hora de la cena, jugaban con Teodoro al escondite o se columpiaban en las ramas de los árboles.

—¡Hijos míos, hijos de mi vida!, murmuró Clotilde deteniéndose al pie de la escalera. ¡Vosotros reís y yo lloro! ¡Ah, quiera Dios que estas lágrimas rescaten vuestra dicha!

Hizo un supremo esfuerzo sobre sí misma, se deslizó a lo largo de la tapia, llegó a la puerta falsa, abrió, salió y cerró por fuera.

Los niños se detuvieron en sus juegos al oír el ruido de la puerta.

María tuvo miedo y corrió a acurrucarse junto a un árbol.

—¿De qué te asustas, tontuela?, dijo Carlos queriendo aparentar un valor que no tenía. Yo soy más pequeño que tú, y no tengo miedo de nada.

—Es que vosotros no habéis visto... murmuró María con vez trémula. ¡Por junto a la tapia ha pasado una sombra muy despacio... muy despacio!...

— ¡Si será la dama blanca! exclamó Carlos temblando, y perdiendo de repente toda su arrogancia.

—Dejaos de dama blanca o azul, y venid a jugar, dijo Teodoro impaciente.

—No, no, murmuró María cubriéndose el rostro con las manos, he oído muy bien el ruido de la puerta.

—¡Pues si se ha marchado, tanto mejor!, exclamó Teodoro.

Y como la niña no se moviese de su sitio, ni Carlos se atreviese tampoco a dar un solo paso, se dirigió a la puerta falsa, corrió el cerrojo y dijo con aire triunfante:

—¡Que vuelvan a entrar ahora los duendes si pueden! ¡No hay cuidado, no, que les he atrancado bien la puerta!

Cobraron entonces ánimo Carlos y María, y volvieron a sus risas y a sus juegos.

Entre tanto Clotilde recorría con ligera planta el trayecto que separaba su casa de la ermita. La noche era oscura. Una niebla densa y húmeda envolvía la atmósfera enlutando todos los objetos. Los troncos de los árboles agitaban sus ramas desnudas movidas por el cierzo que gemía entre la maleza y se asemejaban a amenazadores fantasmas apostados en medio del camino. Aquí y allá la lechuza y la abubilla dejaban oír sus gritos lúgubres, mezclados con el sordo rumor de los torrentes.

Clotilde corría con el seno palpitante, con el rostro cubierto de sudor. Caía y se levantaba, tropezaba con las peñas y los desnudos troncos de los árboles. No se cuidaba del dolor que le producían los golpes y las caídas. El caso era llegar; llegar cuanto antes y a cualquier precio...

—¡Si entrasen en mi cuarto!, pensaba algunas veces estremeciéndose.

—¡Si entrasen en mi cuarto!, pensaba otras con angustia. ¡Oh, Dios mío, Dios mío, ten compasión de mí! ¡Santa Virgen del Milagro, haz un milagro en favor de esta pobre mujer desamparada!

Vio por fin dibujarse entre la bruma las paredes de la ermita.

Redobló sus esfuerzos, llegó al cobertizo del tío Ruperto y dio un fuerte aldabonazo a la puerta.

Se sentía abrasar y tiritaba de frío, sus dientes castañeteaban y tuvo que apoyarse en el enrejado de cañas para no caer al suelo.

La tía Ojazos vino a abrir alumbrándose con un candil.

Parecía esperarla, porque no demostró la menor sorpresa al verla, antes bien, la introdujo en un cuarto contiguo a la cocina.

Sin duda, merced a la infame traición hecha a Clotilde, la suerte de la tía Ojazos había mejorado considerablemente.

Había añadido a cada lado del cobertizo dos cuartos, perfectamente alhajados. El uno era su dormitorio; el otro aquel en que introdujo a Clotilde; era una salita con una ventana baja que daba al campo. Componían su ajuar una mesa de caoba, seis sillas, un espejo y algunos cuadros. En medio de la habitación había un brasero de hierro, lleno de fuego chispeante, sobre la mesa un ramo de flores puesto en un vaso de cristal.

¡La esperaban!

¿Cómo? ¡Lo que ella había llevado a cabo tras rudas y dolorosas batallas, le parecía a aquellas gentes fácil, natural, sencillo! ¡Comprendió cuánto había descendido en la estimación general, sintió su dignidad rebajada hasta el último extremo!

La tía Ojazos, después de haberla introducido en la estancia, salió cerrando tras sí la puerta.

Clotilde, con el alma y el cuerpo destrozados a la vez, se dejó caer sobre un taburete sin poder articular ni una sola silaba.

Miguel corrió hacia ella.

Tenía preparado su discurso, y lo relató corno un cómico consumado. Su voz, su ademán, su fisonomía, todo expresaba perfectamente el desorden de una pasión violenta.

El sueño de Clotilde se había realizado; había logrado inspirar un amor delirante: así debía creerlo, y sin embargo su alma rebosaba de terror y de amargura.

—Miguel, dijo entre lágrimas, he sido muy culpable; pero no tanto como usted cree... Yo no lo he llamado a usted... yo no he escrito ese billete que muestra como un trofeo delante de mis ojos... ¿Quién ha trazado esos pérfidos caracteres que tan bien imitan mi letra? ¡Lo ignoro! Sin duda un enemigo oculto que quiere mi perdición a toda costa. ¡Ah, Miguel, tarde reconozco lo horrendo del precipicio a cuyo borde me he asomado con planta irreflexiva!

¡Tengo marido, tengo hijos!... Próxima a perderlos tal vez, comprendo todo el valor de estos queridos objetos... Por Dios, Miguel, sálveme usted... ¡Váyase usted ahora mismo, vuelva usted a Madrid y olvide para siempre haberme conocido!... ¡Usted es bueno, noble y generoso! ¡Usted no querrá perder a una infeliz mujer que le pide su honra y la honra de sus hijos!...

—¿Cómo?, exclamó Miguel interrumpiéndola con apasionado trasporte, ¿crees tú que es posible encender un volcán en el corazón de un hombre, y arrojar sobre él luego el hielo de la indiferencia y del desprecio? ¿Crees tú que es posible engañarle, alucinarle, hacerle confiar en una ventura sin límites, y decirle después con insultante sangre fría: basta ya de juego, se ha terminado la comedia? ¡No, oh, no! ¡Me perteneces! ¡Tus cartas, tus adoradas cartas me lo dicen!

Sacó las dos cartas del bolsillo e imprimió en ellas un ardiente beso.

—Consuelo de mis noches, añadió con apasionada ternura, tesoros de mi vida. ¡Ah, cuán lejos, cuán lejos estaba yo de creer cuando os estrechaba sobre mi corazón corno un talismán bendito, que los labios de aquella cuyo corazón había dejado escapar tan dulces frases, llegaría algún día a despedirme como se despide a un lacayo miserable!

Luego, por medio de una brusca transación, pasó otra vez de las súplicas a las amenazas.

—Pero no, dijo con tono sombrío, no será así.

¿Crees que basta querer para romper con el pasado, para romper los fuertes vínculos que nos unen a otro ser, mucho más cuando son los vínculos de un amor culpable?

¡Ay, infeliz de mí! Lo abandono todo fiado en tus promesas, llego a tus brazos delirante de amor, y tú me señalas la puerta diciéndome con desdén supremo: ¡vete!

—¡Miguel, por Dios, Miguel!, exclamó Clotilde llena de desesperación, nada de lo que usted dice es cierto... No lo he tomado a usted como un juguete que se arroja después de haberme entretenido con él... Ha habido verdadera alucinación por mi parte... La soledad y el retiro de mi vida, exaltando mi fantasía, me hicieron creer por un instante que le amaba... Lo confieso: esas cartas eran sinceras, no hijas de mi corazón, pero sí de mi imaginación exaltada.

Hoy he recobrado la razón... La razón me ha despertado de mi culpable sueño... ¡Si he venido aquí, llena de esperanza, ha sido contando con su generosidad de usted, con la nobleza de su alma!

¡He creído que usted no resistiría a las súplicas de una pobre mujer anegada en llanto, que le pide de rodillas su salvación y la salvación de sus hijos!...

Estaba hermosa Clotilde, que uniendo la acción a la palabra, se había postrado de rodillas, y levantaba hacia él sus manos suplicantes. Si a Miguel le había conducido a Orduña el deseo de alcanzar un triunfo que satisficiese su amor propio, en aquel instante sintió el fuego de la pasión recorrer sus venas.

—¡Es verdad! ¡Estaba loco!, exclamó con tono conmovido, mis palabras han sido sobrado duras; perdóneme usted... Pero ¿es acaso posible renunciar a su amor de usted, mi hermosa, mi adorada Clotilde? ¡Ah, no! Pida usted al náufrago que renuncie a asirse a la tabla salvadora; al que cruza los abrasados páramos, que renuncie a la gota de agua que puede volverle a la vida; pero no me pida usted a mí que deje de amarla, que la olvide, que me aleje para siempre de su lado... Han sido demasiado largas, demasiado tristes las horas pasadas lejos de usted, siempre gimiendo, suspirando siempre por abrasarme en la lumbre de sus bellos ojos.

Sacó del seno un retrato, una preciosa miniatura trazada por su mano.

—He aquí la adorada imagen, consuelo de mis penas, repuso con tono melancólico, presentándolo a la joven. ¡Estaba esculpida en mi corazón y en mi mente y la he trasladado al papel sin que se me olvidase ni el más ligero detalle!

Era verdad: a un maravilloso parecido reunía la expresión cándida y dulce de Clotilde.

La joven se sintió profundamente conmovida. Aquel testimonio de un amor verdadero, de un incesante recuerdo, despertó en su alma un sentimiento de dulce gratitud. Fuerte ante las amenazas y las recriminaciones, se sintió turbada ante aquel lenguaje respetuoso, melancólico y apasionado.

Miguel comprendió la ventaja que había alcanzado, y prosiguió con trasporte:

—¡He aquí su imagen de usted!... ¡Su bella e idolatrada imagen! ¡Ella ha recibido mis tiernas confidencias!... ¡Mis amantes besos!... ¡Mis ardientes lágrimas!... Ella me sonreía en medio de mi tristeza, en medio de mis triunfos... A ella debo mis momentos de felicidad, mis momentos de sublime inspiración... ¡Ah! Clotilde, Clotilde idolatrada, usted que es buena como los ángeles del cielo, ¿podrá negarme el galardón debido a tanto amor, a tantos sufrimientos? ¡Ya no exijo: ruego!... ¡Soy su esclavo: si usted lo quiere, partiré al instante; pero por Dios, que no sea sin oír de sus labios una palabra de ternura!...

¡Ay del que juega con el rayo! ¡Ay del que se solaza con veneno! ¡Ay, que no se pueden excitar las pasiones para decirlas luego, como Dios a los irritados mares, no pasaréis de aquí!

Un velo oscureció las pupilas de Clotilde; el fuego que abrasaba las venas de Miguel empezó a circular también por sus venas.

Trémula y conmovida invocó el auxilio de su madre, invocó el auxilio de su ángel de la guarda.

—¡Demos al olvido estos sueños, estos delirios, Miguel!... balbuceó con esfuerzo, tengo marido, tengo hijos... ¡Nuestro amor sería un crimen!...

— ¡El amor todo lo santifica!, exclamó Miguel con trasporte.

Dejó sobre la mesa las cartas y el retrato, se adelantó hacia la joven, ciñó con su brazo su talle, y murmuró en su oído con delirante tono:

—¡Te amo! ¡Oh, cuánto te amo!

Inclinó la cabeza hacia ella, fijó en ella sus miradas, como si quisiera abrasarla con la llama eléctrica que despedían sus ojos...

Clotilde experimentó un vértigo, y si apartó de sí a Miguel fue ya solamente por instinto.

Pero había invocado el auxilio de su madre y de su ángel de la guarda, y ambos acudieron en su auxilio.

Llamaron a la puerta, y una voz conocida gritó desde afuera:

—¡Miguel, abre por Dios, Miguel!

Era la voz de Juana.

Clotilde, pálida y anonadada, se dejó caer sobre el taburete; Miguel permaneció inmóvil sin saber qué hacer.

Pero Juana empujó la puerta con ímpetu, y la puerta se abrió de par en par.

Juana no sospechaba que se hallase allí Clotilde. Al ver a Clotilde dio un grito, retrocedió algunos pasos y se cubrió el rostro con las manos.

Clotilde halló fuerzas en su misma desesperación para correr hacia ella y decirla entre sollozos:

—¡Juana, Juana mía, soy culpable; pero aún puedo sostener tu mirada! ¡Bendita seas que has venido!

—¡Dios quiera que aún sea tiempo de impedir una catástrofe!, dijo Juana anhelante. He visto salir a Guillermo con los ojos hoscos y el cabello erizado... Le he visto tomar sus pistolas y dirigirse a este sitio... Las pérfidas palabras de doña Segismunda, sin duda, han despertado sus celos... Me he adelantado a él por un atajo... Huya usted, Clotilde, huya usted al instante, o estamos perdidos...

—¡Dios mío, Dios mío!, exclamó la infeliz abalanzándose hacia la puerta.

—No, por ahí no, dijo Juana, ¡oigo pasos... es él!...

Clotilde corrió a la ventana y se precipitó por ella, mientras Miguel, a una indicación de Juana, se abalanzó a la mesa y recogió las cartas y el retrato.

Era tiempo, porque ya resonaban en la otra estancia los pasos de Guillermo, y Juana sólo tuvo el necesario para cerrar la ventana.

IX. La catástrofe

No hay alma más firme y valerosa que la de la mujer que se respeta a sí misma.

—DIDEROT.
 

No hay nada como la virtud que pueda transformar al hombre en semidiós y que mejor revele su celeste origen.

—J. ZANDA.
 

Como un huracán salido de improviso de sus oscuros antros, apareció Guillermo en el dintel de la puerta. Sus ojos arrojaban fuego, y sus labios lívidos podían contener a duras penas la imprecación próxima a escaparse de su pecho.

Se detuvo, giró en torno una rápida mirada, y quedó suspenso al descubrir a Juana.

Juana, aunque trémula y agitada, tuvo bastante presencia de espíritu para salir a su encuentro y decirle:

—Aquí está Miguel, que no se ha atrevido a ir a casa, para comunicar a usted la noticia de la muerte de su tía. Me estaba encargando a mí que desempeñase en su nombre tan triste ministerio... El pobre está muy afectado con la pérdida de su bienhechora, que para él había sido casi una madre... Pero ¡cuánto me alegro de que haya usted venido, Guillermo!, añadió cambiando de tono. Usted es mi Providencia: aún no formulo un deseo, cuando ya se presenta usted para realizarlo.

Guillermo y Miguel se miraron asombrados; ninguno de los dos comprendía adonde la joven quería ir a parar.

Pero Juana repuso dulcemente, dirigiéndose al primero:

—Figúrese usted que Miguel, desesperado con la pérdida que acaba de sufrir, ha resuelto abandonar la corte e ir a estudiar a Italia. Sin recursos de ningún género, piensa emprender tan largo viaje, apoyado únicamente en su bordón de peregrino.

Poco se me alcanza a mí de las cosas de la vida; pero sé que en un país extranjero nadie es amigo de nadie, y sólo se encuentran auxilios en la caridad pública o el público hospital.

Fortuna ha sido que no haya llevado a cabo su insensato propósito sin venir antes a despedirse de mí.

Yo quiero que acepte la pequeña cantidad que usted, Guillermo, guarda en su poder, de los productos de la tierrecita, y hace una hora que estoy batallando con él para que no desdeñe mi pequeña ofrenda. Su exagerada delicadeza se lo impide, y si usted, mi generoso protector, no acude en mi auxilio, llegará la hora de partir el tren, que según creo es a las ocho y media, y quedará defraudada mi esperanza.

¿De dónde había sacado fuerzas la pobre Juana para pronunciar este largo discurso, y pronunciarlo con voz entera y actitud serena?

¡Ah, que en la mujer el ardiente deseo de hacer el bien, suele producir portentos indecibles!

Guillermo la había escuchado al principio con impaciente cólera, después se fue calmando por grados, y por último, al anuncio inesperado de aquel viaje, sintió descender a su pecho la esperanza.

¿Por qué no ha de ser así?, pensaba. ¿Por qué no ha de ser natural e inocente la venida de Miguel? ¿No es justo que venga a despedirse de Juana? ¿No es natural que no haya querido ir a mi casa, de donde le he arrojado tal vez injustamente? ¡Ah!, que la maledicencia suele convertir en fantasmas pavorosas las más leves sombras.

Juana leyó en su expresiva fisonomía estas distintas sensaciones, y prosiguió animándose.

—¿No es verdad, Guillermo, que lo que es de la hermana es del hermano? Hemos nacido casi en una misma cuna, hemos bebido la leche de un mismo seno: he sido una madre para él; ¿no es deber de un hijo aceptar sin falsa delicadeza los dones de su madre?

—¿Pero por qué has de consentir en que se vaya a Italia?, dijo Guillermo con un resto de duda, y fijando en ella una escrutadora mirada.

Si pensáis casaros, como siempre he oído decir, ¿por qué no añadís otras tierras a la que ya posees, con la cantidad que guardo en mi poder, y no fundáis tranquilamente una familia ahora que sois jóvenes?

Juana se puso encendida, pero casi al instante repuso dominando su emoción:

—Porque Miguel ha nacido artista y debe ser artista. Así lo comprendí el día en que no teniendo qué vender, me vendí a mi misma, para que fuese a la corte y cumpliese la ley de su destino. Miguel ha nacido artista: la mano que sabe modelar la efigie de la bendita Virgen no debe guiar el tosco arado. ¿Quiere usted ver una prueba de lo que digo? Hago traición a Clotilde con esto, pero le anticipo usted un placer. Dame el retrato de mi querida bienhechora, Miguel.

Miguel había permanecido hasta entonces cabizbajo, y jugando con los dijes de su reloj, para aparentar un aplomo que estaba muy lejos de su espíritu.

Creía que todo aquello era una suposición para desorientar a Guillermo; pero cuando oyó a la joven pedirle el retrato, fijó en ella los ojos con indecible espanto y perdió por completo su afectada serenidad.

Juana sonrió.

—No quiere enseñárselo a usted, dijo a Guillermo, porque Clotilde le ha exigido el mayor sigilo. Figúrese usted que se ha hecho en una o dos sesiones, antes de que Miguel volviese a Madrid, y que Clotilde, que es tan perezosa, se levantaba sin embargo con el alba, para venir aquí y que nadie pudiera descubrir su secreto.

—¿Pero por qué ese misterio?, preguntó Guillermo.

—¿No es pasado mañana el 4 de noviembre, día de San Carlos?, prosiguió vivamente Juana. ¿Pues qué regalo mejor podía hacer Carlitos a su padre en semejante día que el retrato de su madre?

—¡Era para mí!, murmuró Guillermo con inefable júbilo.

Juana continuó, como si no hubiese advertido su alborozo:

—Miguel se llevó el boceto a Madrid para concluirlo, y ha hecho de él una obra maestra.

Mientras hablaba de este modo, seguía tendiendo la mano a Miguel, quien trémulo y confuso acabó por poner en ella el retrato.

Guillermo lanzó un grito de sorpresa al verlo; era una verdadera obra maestra, como había dicho Juana.

Clotilde aparecía en él como un ser ideal, asemejábase a una de esas vírgenes de Murillo, ante las cuales sin querer doblamos la rodilla.

¡Y he aquí que estaba descubierto el misterio! ¡He aquí la causa inocente de las hablillas del vulgo! ¡En lo que el vulgo y él creían adivinar un agravio no había más que una delicada prueba de cariño! ¡Sí, sí, Clotilde era digna de él y le amaba, como cuando se había recostado sonriendo y feliz, en el dichoso tálamo!

¡Oh, hallarse sepultado en los profundos antros del averno, y ver de repente la luz, el sol, el paraíso!...

¡Guillermo creyó que iba a volverse loco de alegría!

Se puso una mano sobre el corazón, que parecía querer salírsele del pecho, se pasó la otra por los ojos, que estaban inundados de lágrimas. ¡Lágrimas de remordimiento por haber calumniado a Clotilde, lágrimas de gratitud hacia su feliz destino!

Se acercó a Miguel con un arranque de entusiasmo.

—Sí, sí, dijo estrechándole con fuerza la mano. Debe usted ir a Italia; allí está su sitio: allí está el templo de la fama en donde debe usted tomar asiento por medio del trabajo y del estudio. Pero Juana dice bien: el genio necesita auxilio; sus fuerzas se malgastarían en la oscuridad y la pobreza antes de alcanzar el lauro merecido.

Voy a casa y vuelvo al instante, que ahora que el ferrocarril ha reemplazado en nuestras montañas a las diligencias, los viajeros no pueden descuidarse ni un minuto. Traeré la cantidad que guardo en depósito perteneciente a Juana. Parta usted tranquilo, gástela usted en buena hora, Juana está en mi casa y de nada necesita.

El expresivo rostro de Guillermo, inflamado por el júbilo, parecía doblemente hermoso.

Entregó el retrato a Juana, recomendándole el secreto, pues quería recibirle de manos de su hijo, y se alejó rápidamente.

Se dirigió a su casa. Aún no había andado cien pasos, cuando disparó al aire sus pistolas riéndose a carcajadas al oír el aleteo de los pájaros que huían despavoridos.

Corría en vez de andar: corría agitando los brazos, para que el aire refrescase sus pulmones oprimidos por el exceso de la dicha.

¡Parecíale hermoso el cielo, aunque estaba empañado por negros nubarrones, bellos los árboles, aunque desnudos de ramaje, y armonioso el graznido de las ranas ocultas en los charcos!

¡Desdichado! ¿Sabemos acaso en dónde termina el dolor, en dónde empieza la alegría?

¡Ay de él, si hubiese presenciado la escena que se representaba en el cobertizo!

Así que Juana se hubo convencido de que Guillermo estaba lejos, corrió a la ventana, y la abrió de par en par.

No se divisaba ni la más leve sombra en la campiña. Clotilde sin duda había vuelto a su casa y todo estaba salvado.

Juana juntó las manos sobre el pecho y alzó los ojos al cielo en acción de gracias.

Pero con el peligro desapareció la fuerte tensión de su espíritu, desapareció la fuerza sobrenatural que la había sostenido hasta entonces. Volvió a entrar en la estancia, se dejó caer sobre el taburete, que antes había ocupado Clotilde, y por un instante creyó que iba a perder el uso de sus sentidos.

Miguel, como todos los que se sienten culpables de una mala acción, quiso disfrazar su vergüenza con las apariencias de la cólera, y así, exclamó dirigiéndose a ella con brusco ademán:

—¿Qué comedia es ésta? Para salvar a Clotilde no necesitabas ir tan lejos. ¿Por qué has supuesto ese viaje? ¿Por qué me has obligado a enseñarle el retrato?

Juana levantó lentamente la cabeza, y respondió con aquel tono de autoridad que sabía emplear desde su infancia en los momentos supremos:

—No he supuesto ningún viaje. Dentro de algunos instantes partirás en dirección a Francia para pasar a Italia, porque el honor y el deber te ordenan que lo hagas. Le he enseñado el retrato, porque el retrato de una mujer honrada no puede estar más que en manos de su marido, y el día designado Carlos se lo entregará a su padre.

—¡Estás loca!, exclamó Miguel exasperado. Tienes unas ideas extravagantes: piensas como no piensa nadie...

Sentía que Juana le dominaba, y su orgullo le impulsaba a sacudir el yugo de aquel extraño dominio. Carecía de razón, y quería tenerla a toda costa. Además, no desagradaba a su amor propio hacer alarde de una victoria delante de Juana, que no había contestado a ninguna de sus cartas, tratándole con injusto menosprecio.

—He venido, porque he sido llamado, dijo con fatuidad. Si las circunstancias no lo hubiesen impedido, interrumpiendo nuestra entrevista, Clotilde me hubiera seguido a Madrid.

Juana se levantó rápidamente, irguiéndose con actitud severa y majestuosa.

—¿Qué es lo que osan pronunciar tus labios, insensato?, exclamó fuera de sí. ¡Tú, aquél a quien miro como a un hijo, perdiendo a una mujer! ¡Deshonrando a una familia!

Miguel bajó los ojos ante la límpida mirada de Juana, que revelaba tanta severidad y energía, y tartamudeó confuso:

—La pasión todo lo excusa...

—¡La pasión no puede excusar jamás un comportamiento villano!, exclamó Juana con calurosa firmeza. El hombre ha nacido libre y puede dominar sus pasiones: sin esto, ¿qué significarían los remordimientos? ¿Qué significaría el rubor que cubre el rostro del culpable, y el estigma de oprobio que graba sobre su frente el mundo?

—Los juicios del mundo son muy distintos de lo que tú crees, dijo Miguel; el mundo tiene disculpa para todos los extravíos, si los abonan la juventud y el amor...

—El mundo, Miguel, no lo constituyen algunos centenares de necios, que hacen gala de innoble cinismo o de una moral estúpida y acomodaticia, el mundo lo constituyen los hombres verdaderamente honrados, que forman, me complazco en creerlo, la inmensa mayoría...

—Déjate de razonamientos, Juana, exclamó el joven con impaciencia, y busquemos el modo de dejar sin efecto ese viaje que te ha dado el capricho de suponer.

—No, dijo Juana, debes partir, y partirás...

Ante aquel tono absoluto de autoridad y de amenaza, se rebeló otra vez el orgullo de Miguel.

Midióla de alto a abajo con la vista, y luego tomando una resolución repentina, gritó ciego de ira, dirigiéndose a la puerta:

—Pues arréglate como quieras; yo me voy...

Pero Juana, rápida como el pensamiento, corrió a colocarse delante de él para impedirle el paso, y con el brazo extendido y la frente erguida, exclamó impetuosamente:

—¡Atrás! ¡Atrás, tú que has salido puro y honrado de Orduña y has vuelto abyecto y miserable!... ¡Atrás digo, atrás!

¡Bien sé que mi sacrificio ha sido estéril, bien sé que has renunciado a la honra inmaculada, a las puras creencias de tus padres, que pasas en la crápula las horas que debías dedicar al estudio, que has arrastrado por el lodo la centella del genio con que Dios te había dotado... Sigue tu camino, ve... Siembra a tu paso el luto y la desventura!... ¡Cúbrete de infamia y vilipendio!... Pero no vengas a buscar a la cándida paloma en su escondido asilo, no vengas a arrancar la casta esposa, la tierna madre, al amor de su esposo y de sus hijos...

¡Ah, ah!, añadió con una voz llena de lágrimas; hace poco hablabas de que no se pueden dominar las pasiones, que la juventud abona los extravíos: pues qué, ¿no he dominado yo, siendo joven, mi pasión, pasión ardiente, ciega, delirante? Pues qué, ¿crees que no he necesitado una abnegación sin límites para acallar mi amor, cuanto te impulsé a que partieras a Madrid? Pues qué, ¿crees que no he necesitado hacer un esfuerzo heroico para imponer silencio a mis celos, cuando te vi consagrar a otra un corazón que debía ser mío, que yo había conquistado, luchando día por día con las armas del amor y el sacrificio?

Juana no necesitaba ponderar la inmensidad de su pasión, la inmensidad de sus celos, la inmensidad de su dolor.

El fuego de su alma la había trasfigurado por completo: estaba bella, con esa hermosura espiritual y sublime que sólo pueden prestar a la fisonomía los puros y elevados sentimientos.

Miguel nunca la había visto así: nunca había sospechado que aquella figura, llena de calma y dignidad, pudiese iluminarse con los destellos de un amor sin límites.

—¡Juana!, murmuró trémulo de sorpresa y de emoción ¿Será posible? ¿Me amarías tú de otro modo que ama una madre a su hijo, una hermana a su hermano?

—¡Silencio, gritó Juana poniendo un dedo sobre sus labios, yo he muerto para ti! ¡Ésta es la confesión postrera de una muerta!...

Hizo una breve pausa, y luego como un volcán que deja escapar repentinamente de su seno torrentes de lava y fuego, exclamó con acento delirante, dando salida por primera vez al secreto guardado por tantos años en el fondo de su alma.

—¡Te he amado, Miguel, te he amado!...

¡Ah, no envía la naturaleza himno más puro y tierno a su creador, que el que yo te enviaba por mañana y tarde!... ¿Por mañana y tarde? ¡No! No había minuto en el día en que tu imagen no estuviese delante de mis ojos, tu nombre adorado en mis labios... Te he consagrado todas las palpitaciones de mi corazón, todos los delirios de mi mente... ¡Te he amado en los pájaros, en las flores, en las nubecillas del cielo!... ¡Para mí la creación no tenía más que una voz y era la tuya... no tenía más que un resplandor y era el que despedían tus ojos! ¡Hubiera querido ser tu esclava para adorarte siempre de rodillas, hubiera querido ser tu ángel de la guarda, para guiarte siempre por los eriales de la vida!... Por ti envidiaba tan sólo su espléndida belleza a las mujeres: envidiaba al ruiseñor su canto que te llenaba de embeleso, al sol que te iluminaba con sus rayos, a la brisa que acariciaba tu frente...

Hubiera querido ser el único foco que atrajese tus miradas, hubiera querido ser el único norte al cual se dirigieran tus pasos...

¡Ah, ah! ¡Hablabas hace poco de que no se pueden dominar las pasiones, de que no se pueden refrenar los impulsos del alma!

¡Ah, ah! ¡Cuándo sufrirás tú, cuándo sufrirá nadie lo que yo he sufrido!

Sentóse en el taburete, cubrióse el rostro con las manos, y prorrumpió en sollozos.

Miguel permaneció inmóvil, absorto en sí mismo, en los nuevos y extraños sentimientos que germinaban dentro de su alma.

Así como cuando descorriéndose la cortina de nubarrones que entolda el firmamento, vemos con asombro aparecer el sol sobre el cielo azul, e iluminar con nuevas y doradas tintas el antes sombrío paisaje, así las revelaciones de Juana descorrieron de repente el oscuro velo que cubría el alma de Miguel.

Comprendió por qué no había amado nunca más que con el amor fugaz de los sentidos, comprendió por qué en el fondo de sus sensuales y frívolos amores, no había hallado más que hastío y desencanto. Comprendió por qué al arrancarse de los brazos de sus amadas de un día, sus labios pronunciaban sin saberlo el nombre de Juana, por qué murmuraba este bendito nombre, en medio de todas sus penas y alegrías. Comprendió, por último, cuál era y en dónde estaba la verdadera dicha de este mundo.

—¡Juana!, murmuró con trasporte, juntando las manos en ademán suplicante, lo que no ha sucedido puede suceder...

Pero Juana se levantó como una leona herida.

—¿Crees, exclamó con altivez, que te hubiera hablado de mi amor, si no mediase entre ambos un abismo?... ¡Basta: yo no soy la esposa que te conviene: yo jamás seré tu esposa!... Has conocido a las mujeres del gran mundo y hablas su lenguaje...

Necesitas la vida turbulenta de las grandes ciudades, en donde germinan ideas distintas de las nuestras... ¡Basta!... Sólo exijo de ti una cosa, y es que conserves ileso el honor que has heredado de tus padres.

—¿Pero crees que se halla menoscabado mi honor porque haya corrido en pos de una aventura?

—¡Extrañas teorías, Miguel, extrañas teorías son las tuyas! Llegas a una casa apacible en donde un hombre honrado te ofrece la hospitalidad, y como un salteador de caminos, peor que un salteador de caminos, porque éste arriesga su cabeza, intentas robarle su joya de más precio. Procuras inflamar el corazón de una mujer cándida y virtuosa, y en cambio de su amor destrozas su porvenir y la cubres de oprobio y de amargura. Hay dos ángeles que duermen en la cuna abrazados y sonriendo, los privas para siempre de la dulce sonrisa de su madre, que es la luz, que es la vida y la alegría...

¡Extraña teoría del honor es esta!

Pero ¿y tú, Miguel, y tú?

¿Qué buscas, qué esperas, qué deseas?

¡O esa mujer permanece en su casa, y entonces te preparas un porvenir de disimulo, de bajezas, de zozobras, de constantes celos, o lo abandona todo por seguirte, y tienes perpetuamente a tu lado a una mujer a quien no puedes presentar en público sin avergonzarte y sin avergonzarla, hijos a quienes no podrás enseñar a bendecir el nombre de su madre! ¡Guirnalda de rosas que se entrelaza por juego en un momento de embriaguez, y que se convierte más tarde en la pesada cadena que une entre sí a los presidiarios!

Parte, Miguel, parte, aún es tiempo; ve a Italia, lejos del teatro de tus desórdenes, lejos de los amigos que te han conducido al abismo... ¡Ve, y conquístate un puesto honrado en el mundo, un hogar tranquilo, en donde puedas descansar en tus viejos días, reclinada la sien en el pecho de tu esposa, apoyado en los brazos de tus hijos!...

Y si mis palabras no bastan a persuadirte, mira, ven...

Asióle de la mano, lo condujo a la ventana que había quedado abierta, y le mostró a lo lejos un grupo de árboles que balanceaban su alta copa a merced del viento.

—¡Aquellos cipreses son los que sombrean la tumba de tu madre, prosiguió Juana con tono solemne, de tu madre, que se agitará dolorosamente debajo de su sudario, al ver la ignominia de que va a cubrirse su hijo!... ¡Tu madre ha bajado pura e inocente a la tumba! ¡Cuando pronuncias su nombre con orgullo, levantas los ojos al firmamento, y la buscas a través de sus azulados velos!...

¿Qué dirías si un ladrón de honras si un asesino de la virtud, después de haberte robado sus besos y caricias, te obligase a ocultar su nombre, te impidiese buscarla entre los ángeles?...

Pero no; las almas de las madres piden sin cesar a Dios por las prendas de su amor que han dejado en el mundo abandonadas... ¡Ella le está pidiendo en este instante que conmueva tu corazón, que dé elocuencia a mis palabras!...

La voz de Juana al hablar así expiró en un sollozo: otro sollozo se escapó del pecho de Miguel.

Hubo un momento de silencio.

Después Miguel se acercó lentamente a la luz, y aplicó las dos cartas de Clotilde a la llama.

Llenóse la estancia de un vivo resplandor.

Juana al verlo cayó de rodillas, y exclamó con delirante transporte:

—¡Dios mío! ¡Madre mía! ¡Sed benditos!

Miguel la levantó en sus brazos.

—¡Juana, Juana mía, murmuró en voz baja, si vuelvo honrado, si vuelvo con la frente coronada de laureles!, ¿querrás realizar el sueño hermoso que has ofrecido a mis ojos?

Juana no respondió: escondió la cabeza en el seno de su compañero de la infancia y lo inundó de lágrimas.

Cuando Guillermo empujó la puerta, los sorprendió abrazados y llorando todavía.

Sobre la mesa se veía un montón de cenizas; la locomotora silbaba a lo lejos y dejaba oír su respiración de gigante lenta y fatigosa.

Juana asió de las manos a Guillermo y a Miguel y los condujo a la estación.

Al cabo de pocos minutos la locomotora partió rápida como el rayo, y los ecos indiscretos del valle fueron repitiendo de uno en otro la palabra quizá que Juana había murmurado al oído de Miguel en el postrer abrazo.

Pero ¡ay! que la humana dicha es tan deleznable como un copo de nieve que se disipa al tocar el suelo...

Cuando Guillermo y Juana, embriagados de inefable gozo llegaron a dar vista a su casa, vieron pasar rápidamente las luces de un aposento a otro y oyeron un confuso clamoreo.

Redoblaron el paso, se precipitaron en el vestíbulo, penetraron en el comedor.

El anciano ciego estaba solo, y apoyándose en un grueso palo, andaba de un lado a otro con indecible agitación.

Hablaba en voz alta y gesticulaba como un loco.

—¿Qué sucede?, exclamó Guillermo asustado.

—¡Ah, ah!, gritó el viejo parándose y con voz de trueno, ¿eres tú?... ¡Ven!...

Acercóse Guillermo, y entonces su padre asiéndole por el cuello, prosiguió con voz ronca y entrecortada:

—¿Es cierto que has manchado tu honor limpio como el sol? ¿Es cierto que has presentado un testamento apócrifo, falsificando la letra de tu tío? ¿Es cierto que has querido despojar por este medio infame a los legítimos herederos? ¿Es cierto, es cierto?...

—¿Qué dice usted?, exclamó Guillermo aterrado.

En aquel momento las luces que andaban errantes, convergieron todas en un solo punto del jardín; el que daba frente a la ventana.

Luego, los criados que las llevaban, se precipitaron despavoridos y en tropel en el comedor.

Felisa iba delante de todos, y estaba bañada en lágrimas.

—¡Ay, que no saben ustedes lo que pasa!, exclamó entre sollozos. Al anochecer bajé por acaso al jardín, y vi el balcón entornado... Subí a cerrarlo creyéndolo descuido...

¡Mi ama no estaba allí! ¡La hemos buscado por toda la casa y por el campo! ¡No se encuentra, no aparece!...

Guillermo no oyó más, dio un grito y cayó desplomado sobre el pavimento.

X. Cuadros de luz

Solamente, a expensas de la felicidad, puede una mujer intentar sustraerse a las trabas severas que fueron impuestas a su sexo.

—M.ME DE PERTIGNY.
 

¿Qué había sido de Clotilde?

La infeliz había huido a través de los campos, en el mismo desorden en que había llegado al cobertizo. Sus pies chorreaban sangre: dejaba los trofeos de su traje y sus cabellos en todas las ramas de los árboles.

No pensaba, no sentía: el espanto y el dolor habían embotado su imaginación y su alma.

Tres veces se halló detenida delante de la corpulenta encina que se alzaba solitaria en medio de los cuatro senderos. La encina en cuya corteza había grabado un pensamiento culpable, elevaba sus desnudos brazos al cielo, como si fuese el símbolo de Dios que quisiese interceptarla el paso.

Cuanto más pretendía alejarse, más se acercaba a aquel fatídico árbol: parecía recorrer un círculo mágico que siempre la conducía al mismo punto.

Por fin venció al sortilegio; por fin pudo evitar su encuentro y seguir adelante.

Llegó a su casa, metió la llave en la cerradura de la puerta falsa, abrió, empujó, pero la hoja de la puerta no giró sobre sus goznes.

—¿Qué es esto?, murmuró estremecida.

Reunió todas sus fuerzas, sacudió la puerta con verdadero frenesí; pero la puerta, inmóvil e implacable, no cedió ni un ápice siquiera.

Tres veces renovó su ciega acometida, y tres veces retrocedió, yendo a caer de espaldas sobre la yerba.

Aquella puerta, como el árbol fatal, parecían ser los instrumentos del castigo que impone el cielo a los culpables.

Clotilde oprimió su frente entre las manos para concentrar sus ideas.

—¡Esto es que han corrido el cerrojo por dentro!, exclamó al fin con indecible espanto.

¿Por qué lo han corrido? ¿Es que Guillermo se ha apercibido de mi fuga? ¿Es que quiere que quede manifiesto mi extravío?

¡Sí, sí, esto es! No han sido sólo las sospechas las que han guiado sus pasos al cobertizo... ¡Tenía la certidumbre de mi falta, y ha querido evidenciarla a los ojos de todo el mundo!...

Y ahora, ¿qué haré, Dios mío, qué haré?

Si llamo, los criados no me oirán, y aunque me oigan, ¿cómo puedo justificar mi salida a semejante hora, cuando he pretextado que estaba enferma?

Se apercibió de que sus cabellos estaban esparcidos, de que su traje estaba hecho jirones y mojado por la húmeda niebla que envolvía la atmósfera.

—¡El escándalo!, murmuró con voz sorda.

Representáronse a su acalorada imaginación las palabras de doña Segismunda, del escribano; vio que estaba perdida en el concepto del mundo, perdida y deshonrada en el concepto de su familia.

—Insensata, insensata, ¿qué he hecho yo?, exclamó fuera de sí. ¡Voy a ser la fábula de Orduña! ¿Podrá soportar Guillermo su deshonra, sin matarse y sin matarme?

Sonrióse a la idea de la muerte que todo lo termina. Halló algo grande y sublime en el suicidio. Acordóse de la fraseología de sus libros, cuando decían que el polvo vuelve al polvo, la nada vuelve a la nada.

—Cuando la vida no es amable, ¿por qué soportarla?, dijo con tono lúgubre. ¿Quién me impide que rompa sus cadenas? ¿Qué importa que antes o después vaya a fecundar la tierra?

Echó a andar con paso lento y desigual; se dirigió hacia el río...

Sólo la halagaba la imagen de aquellas ondas plácidas y serenas, en cuyo fondo hallaría el reposo eterno.

—Me maldecirán viva, pensó; me llorarán muerta.

A pesar suyo, la idea de la inmortalidad germinaba en su alma.

Anduvo mucho tiempo errante, con la cabeza inclinada sobre el pecho, con los brazos caídos a lo largo de su cuerpo.

A lo lejos se oía el rumor de las aguas del río. Aquel rumor la atraía, como nos atrae el abismo abierto a nuestros pies.

Aunque la noche estaba oscura, veíase la plateada y movible sábana que formaban las ondas tendidas en el centro de los cañaverales que bordeaban sus orillas.

Llegó a la margen del río, tendió los brazos hacia adelante...

¿Qué pasó entonces por ella?

¡No fue cobardía, no fue terror!...

¡Sintió que su alma inmortal se resistía a cometer el crimen que la condenaba a muerte eterna! Sintió que había en su ser algo que la sobreviviría, y que este algo debería ser juzgado por una potestad superior repartidora de premios y castigos.

—¡El polvo vuelve al polvo, la nada vuelve a la nada!, murmuró para infundirse a sí misma aliento.

Pero aquel algo misterioso y desconocido se sublevó contra su blasfemia.

¡Oh, no fue el ciego instinto de conservación, como propalan los escépticos, lo que la detuvo al borde de las trasparentes y sonoras ondas!

Fue que cruzó rápidamente por delante de sus ojos la imagen de su madre anegada en llanto, los dulces rostros de sus hijos anegados también en llanto. Conoció que su ser no era un ser aislado, como lo son tal vez la flor, el bruto, el ave: conoció que su ser era solidario de los que fueron y los que debían venir...

Alzó los ojos al cielo, y creyó ver entre las nubes el soplo inflamado del espíritu divino.

¡Si hubiese Dios!, pensó. ¡Si todo no terminase aquí! ¿No me habrán engañado en esto mis libros, como me han engañado respecto al amor culpable y borrascoso? ¡Ah, el amor turbulento, en vez de rosas, ha tenido para mi frente espinas! Su poesía ha sido la poesía amarga de las lágrimas...

Recordó la pequeña ermita y la efigie de la Virgen compasiva, refugio de las almas pecadoras... Recordó el sermón de don Eustaquio en aquella tarde poética en que cambió su ser, en que se cambiaron sus ideas...

El buen cura elevaba a virtudes el arrepentimiento y la expiación...

—¿Qué es lo que me dice esta voz suave y misteriosa que resuena en el fondo de mi pecho?, prosiguió la triste. Es la voz de mi ángel de la guarda, de mi madre, de mis hijos, que repiten las palabras del buen cura; es la voz del Crucificado, que me ofrece el perdón conquistado por las lágrimas...

Cayó de rodillas, oró... Oró con todo el fervor de un alma contrita y desolada...

La naturaleza gemía en torno suyo, y aquellos gemidos le parecieron otras tantas preces elevadas en su favor al Ser Supremo... ¡Y le pareció que la campiña se iluminaba con suaves reflejos, y que de entre aquellos vagos resplandores surgía el ángel de la expiación y del consuelo, para ofrecerle un apoyo en su camino!

Desvióse de la margen del río, se sentó al pie de un árbol y lloró en silencio mucho tiempo.

—No debo volver al santuario que he profanado, se dijo a sí misma, sin haber dirimido antes mi culpa; no puedo imprimir mis labios en la frente de mis hijos, sin haberlos antes purificado por medio del dolor del alma que vuelve al alma su inocencia...

Recordó a la bondadosa superiora del convento en donde había pasado su infancia, y que había sido para ella casi una madre...

¿Pero cómo llegar a Madrid?

Registróse los bolsillos, y halló que no tenía dinero.

—Iré en peregrinación, repuso; he delinquido y debo expiar mi falta... Desde el convento escribiré a Guillermo y le haré una completa confesión.

Se puso de pie y anduvo un largo trecho en dirección opuesta a la de Orduña.

Pero se detuvo de repente dando un grito.

Absorta en la idea de su propio peligro, no había pensado en el peligro ajeno.

—¿Qué habrá pasado entre Guillermo y Miguel?, exclamó estremeciéndose.

Volvió atrás precipitadamente.

Dio una vuelta alrededor del cobertizo.

Todo reposaba en él, todo reposaba en torno suyo.

El silencio y la calma reinaban de un modo absoluto en aquellas vastas y sombrías soledades.

Clotilde interrogó en vano a los ecos callados de la noche: sólo le respondió el silencio con el medroso encanto de su misterio, con el vago indefinible rumor que producen sus alas cuando recorre la inmensidad, y recoge los ecos indecisos del bosque, el agua y los peñascos.

Apartóse de allí Clotilde otra vez con el paso rápido y el corazón henchido de esperanza.

—¡Juana estaba entre ellos!, exclamó, y Juana es un ángel.

Anduvo largo trecho entre la sombra, subiendo y bajando las colinas, dejando atrás los bosquecillos de árboles desnudos de sus galas y los yermos campos.

Los árboles gigantescos y las gigantescas rocas formaban mil formas pavorosas, que cambiaban a cada instante asemejándose a fantasmas: fantasmas a los que daban voz los plañidos lastimeros del viento y los lastimeros murmullos de las olas.

Pero Clotilde seguía adelante, sin vacilación, sin descanso.

Iba derecha a su fin: sólo la animaba el deseo de redimir su culpa por medio del sacrificio.

Blanqueó por fin al Oriente la pálida claridad del alba. Pero el alba no pudo revestir el sonrosado manto de la aurora, envuelta en negros nubarrones.

Y llegó el día tan pálido y triste como el alba. Y la naturaleza, en vez de regocijados cantos, sólo exhaló melancólicos y lúgubres quejidos.

Pero el hombre animó con su presencia aquellos yermos.

Abandonaron los pastores los apriscos con sus perros y sus rebaños; salieron los labradores de sus chozas, siguiendo el paso de sus bueyes que conducían el arado.

Orduña estaba muy lejos: sus torres se divisaban apenas entre la opaca neblina, y Clotilde, cobrando ánimo, perdiendo ya el temor de ser reconocida, dio entrada en su pecho al vivísimo deseo de penetrar lo que había ocurrido en el cobertizo.

—¡Oh, si los ángeles de mi vida careciesen ya de padre!, pensaba horrorizada; ¡oh, si mi ardiente deseo de expiar mi culpa careciese ya de objeto!

Inundaba su rostro un sudor frío, y cesaba de latir su corazón al entregarse a estos temores.

No estaba en la carretera de Orduña, pero era un camino real el que atravesaba, aunque no supiere a dónde conducía.

Hasta entonces había evitado el encuentro de los campesinos, entonces quiso interpelar al primero que pasase, atropellando por todo.

Divisó entre los árboles a un buhonero que venía cantando, a pesar de ir casi doblado por el peso de su mercancía, que traía a la espalda.

Parecióle que tenía el rostro afable, la mirada bondadosa.

Tomó una resolución suprema, se sentó sobre unas piedras, y esperó.

—Buenos días, dijo alegremente el buhonero al pasar por delante de ella.

—Buenos días, contestó Clotilde con voz trémula.

Y luego repuso haciendo un esfuerzo:

—Oiga usted, buen hombre. ¿Qué ha ocurrido anoche en los alrededores de la Virgen del Milagro? Me han contado no se qué...

El buhonero apoyó su pesado fardo en el tronco de un árbol, sacó el tabaco que llevaba esparcido en el bolsillo, y se puso a hacer un cigarro, diciendo al mismo tiempo:

—¡Pues yo no he oído nada! Precisamente he estado echando un trago en la taberna con la tía Ojazos!... ¡Y ya sabe usted que ella se muere por charlar!... Si algo hubiera ocurrido, me lo hubiera dicho, así como se ha estado lamentando de que un huésped que tenía, y con quien pensaba ganarse buenos cuartos, se había marchado de repente, tomando el camino de Francia. ¿Sabe usted? Miguelillo el hijo del antiguo santero del Milagro. ¡Qué chico ése! ¡Quién lo vido y quién lo ve! ¡Yo le conocí chiquitín, porque hace muchos años que vengo a vender mis mercancías al mercado de Orduña!

¡Pero los tiempos de hogaño no son como los de antaño!

Aunque ayer fue día de mercado, ¡mire usted cuánto me traigo de regreso!... Pues volviendo a Miguelillo, dicen que se ha vuelto un hombre de provecho... ¡Vaya!, ¡que hace unas estatuas que no hay más que ver!... ¡Como que se va a Francia a trabajar para el Emperador!...

Pues volviendo a lo que ha ocurrido, no debe haber ocurrido nada, porque, como voy diciendo, la tía Ojazos me lo hubiera dicho.

Acabó de echar su cigarro y, después de haberse despedido de la joven, se alejó otra vez cantando.

Clotilde se hincó de rodillas, elevó las manos al cielo, y dio gracias a Dios desde lo más profundo de su alma.

Miguel había oído la voz del deber y la razón, había partido, ¡estaba salvada!

Fortalecida con esta idea, prosiguió rápidamente su camino.

El día avanzaba; pero en vez de que el sol disipase los negros nubarrones, éstos se fueron condensando más y más, hasta que empezaron a dejar caer leves copos de nieve que pronto cubrieron la campiña con una blanca sábana.

Al cabo de algunas horas, Clotilde sintió que sus pies helados y destrozados se negaban a dar un solo paso, y que el aguijón del hambre torturaba sus entrañas.

No sabía a dónde condujese el camino que seguía: no se divisaba a lo lejos ningún pueblo.

Tendió en derredor sus miradas con una desolación indecible, y entonces quiso su buena suerte que sus ojos tropezasen con una apartada cabaña, que se alzaba sobre un otero, circuida de verdes pinos. Aquel sitio parecía un oasis en medio de los campos solitarios y cubiertos de nieve.

Encaminó a la choza su vacilante paso y, después de muchas dudas, se resolvió a franquear sus umbrales.

El interior de aquel asilo que le deparaba la Providencia ofrecía un aspecto muy pobre. Constaba de una única habitación, dividida en dos por una cortina verde. No obstante, en el hogar ardía un buen fuego. Suspendida sobre las llamas estaba una caldera de cobre que hervía a borbotones, y con la cabeza apoyada en los morrillos dormían en plácido consorcio un mastín y un enorme gatazo blanco, armonizando el run run del gato y los ronquidos del perro con el sonoro borbotar de la caldera.

Dos niños jugaban en un rincón; otro, el más pequeño, iba y venía agarrado a la falda de una mujer ocupada en sus domésticos quehaceres.

El cuadro, si era pobre, era apacible.

Clotilde se sintió animada, y dijo venciendo su timidez y su vergüenza.

—¡Una limosna por Dios!

La mujer, que estaba vuelta de espaldas, se volvió bruscamente, y fijó en ella sus miradas atónitas y compasivas.

—Soy una pobre huérfana, repuso Clotilde, voy a Madrid en busca de una colocación, y se me han acabado los recursos.

—Entre usted, hija mía, exclamó la buena mujer corriendo a su encuentro y cogiéndole ambas manos. ¡Jesús, mi Dios! ¡Pobrecilla! ¡Si está usted caladita de agua! ¡Si está usted heladita de frío!

¡Entre usted, entre usted! ¡No llore usted, no se aflija! ¡Acá somos temerosos de Dios, y conocemos la pobreza!... ¡Dios dice que el que da a los pobres le da a Él!... ¡Pero se va usted a quedar baldada si no se quita presto la ropa! Tome usted estos zapatones de mi marido, esta saya mía, este pañolón de lana... ¡Bien, así!... ¡Esto es otra cosa!... Ahora pondremos todo esto junto al fuego, y mientras usted toma un bocado, se secará la ropa.

Y la buena mujer, que había unido la acción a la palabra, obligando a Clotilde a desnudarse y a vestirse con las prendas que de tan buena voluntad le ofrecía, le hizo sentar junto a la lumbre, sacó con un cucharón de palo las berzas y las patatas cocidas con un poco de tocino, y las puso en una escudilla negra.

La pobre mujer ni siquiera se disculpó por lo tosco del menaje y lo grosero de los manjares; a ella le sabían tan bien como si fueran perdices servidas en vajilla de porcelana.

Cuando Clotilde, después de haber apagado el hambre y calentado sus miembros entumecidos, empezó a sentir un dulce bienestar, pensó que, si como decían sus libros, si como decía su tía, no existiesen más que los intereses materiales, ella a aquellas horas estaría expirando de hambre y de frío sobre la nieve.

La mujer era un poco locuaz; pero como hablaba con el corazón, podía perdonársele su charla.

—¿Con que huérfana, eh? ¡Pobrecilla!, seguía diciendo mientras iba y venía de un lado al otro de la cabaña. ¡Ay, si mis pobrecitos niños quedasen huérfanos!... ¡Pero no, que la Virgen bendita es la madre de los huérfanos, y Dios el padre de los desamparados!... No alborotes, Juanillo, no llores Mariquita, añadió interrumpiéndose, y dirigiéndose a los dos niños que jugaban y se disputaban unas chinitas cogidas en el arroyo.

Sacó de su delantal un puñado de piedrecillas de colores, y dándoselas al más pequeñuelo, le dijo:

—Toma, corazón mío, y vete a jugar con tu hermanos, que madre tiene que hacer.

Se sentó junto a un canasto de ropa hecha jirones y tan llena de piezas, que no se conocía la tela primitiva, y se puso a echar un nuevo remiendo con una paciencia admirable.

El mover la aguja con suma presteza, no le impedía mover la lengua, y no fueron pocas las preguntas que dirigió a Clotilde, poniéndole en un grave aprieto.

Pero si Clotilde no sabía mentir, la mujer era demasiado crédula y bondadosa para sospechar de cualquiera que fuese, teniendo formada una buena opinión de todo el mundo.

—¡Pues si yo le contase a usted mi historia!, dijo por fin, disponiéndose a referir lo que habría ya relatado un millón de veces. Yo también quedé huérfana y desamparada a la edad de cinco años. Desamparada no, que nunca me faltó Dios ni la caridad de las buenas almas. Yo era la hija de todo el pueblo: entre todos me vestían, entre todos me daban de comer y me enseñaban a ser una mujercita de provecho. Me miraban con igual amor los grandes y los pequeños, los ricos y los pobres.

¡Allá va la huérfana!, exclamaban al verme pasar, y las mujeres corrían a mi encuentro, y me abrazaban, y me besaban, y me festejaban más que a sus propias hijas. Pues, señor, cuando ya fui crecidita, iba a coser aquí y a lavar allá, o a ayudar a hacer el pan; ¡a mí nunca me faltó en qué ocuparme! ¡Primero la huerfanita, decían, que no tiene amparo de nadie! Pero llegué a ser moza, y ¿en quién dirá usted que fui a fijarme?

¡Pues!, en un muchacho que volvía de presidio. Le habían echado allá por haber herido en una disputa a un compañero suyo, que por fortuna no había muerto: era borracho, jugador, holgazán... Tampoco hubiera podido trabajar, porque en cualquier parte que se presentase a pedir ocupación, decían: ¡quita allá, que es un licenciado de presidio!

Diome en dar pena su triste estado, y formé la resolución de casarme con él.

La buena mujer hace el buen marido, respondía a cuantos querían quitarme de la cabeza aquel proyecto. ¡Yo estoy segura de que con paciencia le volveré como un calcetín, y le obligaré a ser muy otro de lo que es!¿Qué va a ser de él si todo el mundo se encoge de hombros y le deja seguir en su mal camino?

¡Me casé! Al principio ¡qué de palizas tuve que recibir! ¡Cuánto tuve que llorar! Gastaba lo que yo ganaba con tanto afán, en el juego y la taberna, y luego, conociendo que había hecho mal, en vez de pedirme perdón, me maltrataba. Pero yo iba derecha a mi fin poquito a poco, unas veces con lágrimas, otras veces con risas, unas veces con consejos, otras veces con amenazas de separarme de él, le fui volviendo, volviendo, y tanto le he vuelto, y tan bueno es, y tan juicioso, que le han nombrado guardabosque, y todo el mundo le aprecia y le respeta.

Clotilde escuchaba este relato con las mejillas encendidas de vergüenza.

¡Ah, ella tenía un marido honrado, noble, generoso, que la había rodeado de lujo, que la había adorado de rodillas, y se había creído desgraciada!

—¡Tenerlo todo y perderlo todo por mi culpa!, pensó con desconsuelo. ¡Oh, qué criatura tan abyecta y miserable he sido!

—Ahora vivimos como dos ángeles, prosiguió la mujer, mi Juan no piensa más que en su Agustina y en sus hijitos. La bendición de Dios ha descendido sobre nuestra choza.

Clotilde miró en torno de sí: parecióle imposible que aquella buena mujer pudiese vivir contenta en medio de tantas privaciones.

Agustina adivinó su idea.

—¿Le extraña a usted que me conceptúe feliz?, dijo sonriendo.¿Qué tiene el palacio de la reina que yo no tenga cuando me sonríen mi marido y mis hijitos? Ven acá tú, serafín, añadió llamando al más pequeño y levantándose en sus brazos, ¿qué más gloria que tú, puede haber en este mundo?

Las penas son según se toman, y además todos sabemos que tenemos que llevar nuestra cruz sobre los hombros.

Resonaron cerca unos pasos lentos y pesados.

—¡Id, id, que padre viene!, exclamó Agustina con alborozo, dirigiéndose a los niños.

Levantáronse éstos atropellados, sin cuidarse de sus codiciadas chinitas, corrieron a la puerta, y se abrazaron a las rodillas de su padre, que era un hombre ya entrado en años, pero ágil y robusto, y armaron tal chillariza de alegría, que parecía aquello una jaula de locos. El uno le tornó la escopeta, el otro le arrimó un tarugo de madera para que se sentase, y el más pequeñuelo, subiéndose sobre sus rodillas, le llenó de besos y caricias.

Tampoco se descuidaron el perro y el gato en manifestar su alborozo. El perro corrió al encuentro de su amo, dando saltos y ladridos y lamiéndole las manos; el gato se esperezó, agitó la cola como si fuese una serpiente que se enroscaba sobre sí misma, y fue a restregarse contra sus piernas; pero sin quitar ojo a la caldera, de la cual iban a salir cosas tan ricas.

Puso entretanto la mesa Agustina, con una sola fuente de barro en medio, ni más platos que unas rebanadas de pan negro colocadas con simetría delante de cada uno de los comensales, pues estaban destinadas a hacer a la vez el oficio de tenedores y cucharas. Tampoco había más que una sola vasija, destinada a contener el vino.

—Esta joven es una huérfana que va a servir a Madrid, dijo Agustina. La pobre no tiene dinero y la he convidado a comer con nosotros.

—Poco hay, dijo Juan: pero partiremos nuestra pobreza.

Hicieron sentar a Clotilde en un escabel, se colocaron todos alrededor de la mesa y comieron con singular apetito, incluso la misma Clotilde, que aunque ya había tomado algo, cedió a las cariñosas instancias que le hacían, sintiéndose reanimada por la paz y la alegría que veía reinar en torno suyo.

Concluido el potaje, trajo la mujer algunas cebollas para postre.

—A ver, Agustina, dijo Juan guiñando un ojo. ¡A ver si sacas unas gotitas del vinillo que guardas para Nochebuena! Con un traguito que beba esta señora se pondrá mucho mejor.

—¡Ah, pícaro borracho!, exclamó la mujer, ¡lo que quieres es probarlo tú! ¡Pero el día en que un huésped entra en una casa es un día de fiesta!

Dirigióse a la alacena y sacó un barrilito.

—No crea usted, dijo a Clotilde, aunque la alacena está abierta, mi Juan jamás lo toca.

—Mujer, replicó Juan alegremente, sé que te daría disgusto y que se lo daría también a Dios, que no quiere que nos entreguemos a los vicios.

Para beber aquel divino néctar, Agustina sacó un vaso de cristal tallado, reservado para las grandes solemnidades.

El vaso pasó de mano en mano y, en efecto, era tan bueno el vino, que todos se sintieron restaurados.

Entonces Clotilde manifestó sus deseos de partir, deseosa de llegar a Madrid cuanto antes.

—¡Criatura!, exclamó Agustina, ¡sola, y sin dinero, y joven!, ¿qué va usted a hacer por esos caminos?, ¿qué va usted a hacer cuando llegue la noche?

—¡No dice usted que Dios no desampara a nadie!, exclamó Clotilde sonriendo.

—Ya se ve que es así, replicó Agustina, y por lo tanto, aunque puedo poco, verá usted que puedo mucho en este caso. A Juan lo mismo le da ir por un lado que por otro del bosque.

Él la acompañará a usted hasta el pueblo inmediato, que está distante de aquí a una buena legua, y la dejará en casa de una prima mía, que es una verdadera santita. ¿Está bien arreglado de este modo?

Fue a buscar la saya y los zapatos de Clotilde, ya secos, retiróse la joven detrás de la cortina para ponérselos, y cuando ya iba a salir, entró Agustina y deslizó en su mano furtivamente una monedita de plata, diciéndole:

—¡Tome usted y que Dios la bendiga!

—¡Que Dios la bendiga a usted!, exclamó Clotilde con los ojos inundados de lágrimas.

—¡Yo tengo un buen pagador que me da ciento por uno!, dijo la mujer, procurando ocultar el alborozo que le había causado su propia buena acción.

Pero aún más alborozo, aunque mezclado de vergüenza, sintió, cuando Clotilde, abrazándola, puso en su cuello una crucecita de oro pendiente de un cordón.

—¡Es de mi madre, dijo entre sollozos, guárdela usted para sus hijos!

Agustina besó la crucecita con respeto, y salió de detrás de la cortina enjugándose los ojos con el dorso de la mano.

Despidióse Clotilde de ella y de los niños, y siguió a Juan, que le fue haciendo el mismo relato que le había hecho su mujer, acerca de las circunstancias de su casamiento.

—¡No sabe usted cuán bueno es ser bueno!, concluyó diciendo. Aseguran que el camino del mal es ancho y lleno de rosas, y el del bien estrecho y lleno de espinas; pero yo por mí puedo decir que es todo lo contrario.

Cuando pasaba el día en la taberna, siempre estaba de malhumor y dispuesto a armar una camorra con el lucero del alba. No tenía ni casa, ni cama, ni ropa con que cubrirme. Si me aturdía un rato, que aquello no era divertirme, luego venían las penas y las desazones.

Nunca tenía un sueño tranquilo; nunca tenía un rato de sosiego. Conocía que todos me despreciaban, y yo despreciaba a todo el mundo.

Ahora tengo casa: cuando vuelvo a ella hallo a mi mujer y a mis hijos que brincan de alegría. Como un potaje bien caliente y sazonado, duermo en una cama dura, pero con un sueño tranquilo, y nunca me falta camisa para mudarme, aunque sea remendada.

¡Le digo a usted que es muy bueno ser bueno!

¡Es verdad que no se sabe lo qué es una mujercita que nos está siempre al oído! Dicen que lo que quiere la mujer Dios lo quiere, y debe de ser así, cuando ha puesto en ella una brujería tal que es imposible resistirla.

Qué brujería debe de ser, cuando alcanza lo que quiere, unas veces con lagrimitas y otras veces con sus ruegos.

El hombre que parece tragarse el mundo, se vuelve dócil como un niño con una buena mujercita como mi Agustina. Cuando volvía de la taberna, y la encontraba rezando con una cara tan triste, se me partía el corazón, y poco a poco me fui quedando en casa para no darle disgusto.

Embebido Juan en su discurso, y Clotilde en sus amargas reflexiones, llegaron ambos sin sentir al pueblo a donde iban, que se extendía sobre pelados riscos, pareciendo cada casa un castillo con sus fosos y contrafosos.

En el cerro más alto descollaba la iglesia, de macizas paredes y atrevida fábrica, que parecía querer remontarse hacia la iglesia celeste de la cual era símbolo en la tierra.

—La prima de mi mujer, dijo Juan dando un nuevo curso a sus ideas, es una verdadera santa.

Figúrese usted que vive con una anciana de ochenta años, ciega, baldada y cubierta de asquerosas llagas, que de resultas de sus años y de sus males, está siempre gruñendo y blasfemando.

Pero, dicen, y con razón, que quien bien hace para si hace.

Esa pobre vieja, que no tiene ahora sobre qué caerse muerta, era antes una labradora acomodada, que protegió siempre a los padres de mi prima Antonia, socorriéndolos en todas sus desgracias, y dándoles trabajo cuando andaba más escaso.

La madre de Antonia al morir, le dijo a su hija que mirase por su protectora, y que no olvidase nunca lo mucho que le debían.

Antonia, que era muy lista y muy entendida, se puso a maestra de niñas, y pronto tuvo muchos pretendientes, y entre ellos uno con el cual iba a casarse. Apoyo éste de sus viejos padres, no podía separarse de su lado, y era preciso que Antonia fuese a habitar con ellos; pero he aquí que llovieron desgracias sobre la antigua protectora de su familia. Se quemó su cortijo, murieron sus cabras, perdió uno tras otro a sus hijos y a sus nietos, quedó sola, enferma y desamparada. Antonia renunció a su boda, y se la trajo a su casa, cuidándola como si fuese su hija, y sufriendo sus impertinencias con la paciencia de un ángel. ¡Figúrese usted cuál será su vida entre una vieja enferma y las chiquillas de la escuela, que sólo piensan en jugar y hacer diabluras!

Llegaban en esto a la casa de Antonia, que era la mejorcita del pueblo. Entraron en una sala ancha, en donde quince o veinte niñas estaban arrodilladas y cantando la Salve, con la cual solían despedirse. Sus voces argentinas parecían efectivamente voces de ángeles tributando sus homenajes a María.

Clotilde y Juan permanecieron al lado de la puerta. Juan con el gorro quitado, y uniendo su canto desentonado y estridente al dulce cántico de las niñas.

Cuando éstas concluyeron su plegaria, vio Clotilde que se dirigían una a una a la alcoba, en donde besaban la mano a alguien que estaba en la cama, viniendo después a besarla a una mujer de mediana edad, sentada en una silla más alta que las otras.

Salió la última niña, y entonces se adelantó Juan, siempre con su gorra en la mano.

—Buenas tardes, Antonia, dijo, vengo a hacerte un regalo, porque sé que tal consideras el que te proporcionen un medio de hacer bien.

¡Velay, una joven huérfana que va a Madrid sin un cuarto! No sabe a dónde pasar la noche y es preciso que le des hospedaje.

—Partiremos con mucho gusto cama y cena, dijo Antonia, levantándose y abrazando a Clotilde con singular cariño. ¿Y tu mujer y tus hijos?, añadió dirigiéndose a Juan.

—Todos buenos, gracias a Dios, respondió éste, y por cierto que me voy corriendo, que mi casa está lejos, y aquellos angelitos me estarán esperando para cenar...

Despidióse con esto de ambas, y se marchó a buen paso, canturreando un estribillo popular.

Iba Antonia a dirigir algunas preguntas a Clotilde, cuando la enferma, que era la que estaba en el lecho, empezó a dar grandes voces diciendo:

—¡Pícara!, ¡infame!, ¿cómo me tienes abandonada? ¡Me trata como si fuese un perro!¡Hace una hora que se han ido las niñas, y no viene a curarme esta maldita pierna, que me está abrasando! ¿Con quién cuchicheas? ¿Qué haces?

—¡Aquí estoy!,dijo apresuradamente Antonia. Deje usted que encienda la luz, y la curaré al instante.

—¡Tus instantes son años! ¡No he visto a nadie tan pesado y desmañado como tú! ¡Cuando yo era joven daba cien vueltas a la casa en un minuto! ¡Ya se ve cómo lo haces de mala gana! Como yo soy vieja y no sirvo más que para el muladar, dirás tú, cuanto antes se la lleve el diablo será mucho mejor...

No respondió nada Antonia, que acababa de encender la luz, aunque Clotilde vio que tenía las mejillas encendidas y los ojos arrasados de lágrimas, y fue a curarle la llaga de la pierna, que era muy grande y despedía un hedor insoportable.

Prosiguió la vieja en su letanía durante la penosa cura, acordándose más bien de los diablos que de los santos, y llenando a Antonia de improperios, hasta el extremo de amenazarla con los puños cerrados, impulsada por sus agudos sufrimientos y su diabólico humor.

Acudió Clotilde indignada, pero Antonia, apartándola suavemente, puso un dedo en sus labios para imponerle silencio.

Una hora tardó en curar a la desapacible enferma, darle el caldo y arreglarle la cama para que pudiese estar con la mayor comodidad posible.

Clotilde durante aquel tiempo, sentada en un rincón, se entregaba a profundas reflexiones.

—He aquí una mujer, se decía a sí misma, que gasta su juventud en cuidar a esa anciana, que en pago de su cariño la insulta y la maltrata. No es su madre, no le une a ella ningún lazo más que el de una gratitud hereditaria. Podría contentarse con socorrerla, y el mundo alabaría su buen comportamiento. ¿Quién la impulsa a llevar a cabo tamaño sacrificio? ¿Quién le da fuerza para soportar esta lucha cotidiana? ¿Qué interés le mueve?¿Qué espera en premio de tantos sufricimientos? ¡Nada!

¡Ah que la caridad, la abnegación y la virtud, no son plantas exóticas en este mundo, como piensan algunos: las hace florecer en nuestro corazón el que, formándonos a semejanza suya, nos ha transmitido sus divinos atributos! ¡Ah, que tenía razón mi madre, y el hombre, como la naturaleza, es un compuesto de luz y sombra: si débil sucumbe a veces a sus pasiones y se arrastra por el cieno, otras, levantado por su espíritu inmortal, se lanza hacia el espacio, cerniéndose triunfante sobre las estrellas! ¡La perfección completa, así como la calma completa, están más allá de la tumba!... Pero injuria a la humanidad quien niega sus virtudes: esas virtudes heroicas y maravillosas que la elevan sobre todo lo creado, y la hacen brillar como un reflejo de Dios sobre la tierra. Juan, que dirigió sus primeros pasos hacia el presidio, es hoy un hombre honrado; yo que he visto deslizarse los apacibles días de mi infancia en el seno de la inocencia y la pureza, he faltado sin saber cómo a mis deberes más sagrados. Pero la misericordia de Dios es infinita. El arrepentimiento y la expiación borran las culpas a que nos arrastra nuestra propia debilidad, y nos otorga otra vez el dulce título de primogénitos del cielo. ¡Oh, Dios mío, mi arrepentimiento es sincero, mi expiación será completa!

Llamóla a la sazón Antonia para que compartiese su frugal cena, ofrecida con toda la efusión de un alma delicada y compasiva, y luego ambas se acostaron en la misma cama; pero ninguna de las dos durmió; Antonia para atender cien veces a las exigencias de la enferma que en toda la noche paró sus ayes y sus quejas, Clotilde agitada con sus propios sentimientos.

Lució el alba, y la diligente maestra de niñas se levantó, aunque no había dormido, para dar cima a sus quehaceres domésticos y abrir la escuela.

—Si quiere usted ir a Ávila, dijo a Clotilde, yo le daré una carta de recomendación para la señora condesa de Arnedillo, que es la madre de todos los desgraciados, y que le proporcionará los medios de llegar a Madrid, si tal es su deseo. Es una señora muy rica. Casi todos los campos que circundan el lugar son suyos, como suyo es el palacio gótico que habrá usted visto a la entrada del pueblo empinado sobre un risco. Pero con ser tan rica nada es suyo, porque todo es de los pobres. Ella ha fundado escuelas y hospitales aquí y en Ávila, y en todas partes; así es que a todas partes le siguen las bendiciones de los desventurados. ¡Verá usted cómo la recibe sentada en su gran sillón de cuero, rodeada de sus hijos y sus nietos! ¡Verá usted con qué afabilidad le habla y se interesa por sus males! Cuando viene aquí, no se desdeña de entrar en la más miserable choza y poner sobre sus rodillas a los hijos andrajosos de los pobres.

Antonia, que conocía el valor del tiempo, escribió apresuradamente la carta de recomendación, y entregándosela a Clotilde repuso sonriendo:

—Yo conozco también a quien la llevará a usted a Ávila de balde.

¡Por ahí cabalmente pasa Jaime!

El que Jaime pasase por allí, no era mera casualidad, pues pasaba todas las mañanas cuando no estaba de viaje.

Llamóle Antonia, y Jaime se acercó con el rostro radiante de alegría.

Era un mocetón alto y robusto, aunque ya entrado en años.

—¿Cómo está la enferma?, fue su primera pregunta.

—No está peor, respondió Antonia, añadiendo luego con vivísimo interés: ¿Y tus padres?

—Pues siguen achacosillos, pero sin novedad particular.

—¡Dios sea loado, Dios les conceda larga vida!, exclamó la joven.

—¡Sí!, repuso Jaime conmovido. ¡Cuando nos casemos también nos desearán larga vida nuestros hijos!

Interrumpió Antonia ruborosa para hablarle de su pretensión, y en un instante quedó arreglado el asunto.

—Venga usted, señora, dijo Jaime a Clotilde, cabalmente tengo ya las mulas enganchadas.

Irá usted en mi galera, como una reina, solita con mi madre, que va a la ciudad a ver a mi hermana Mercedes, que acaba de dar a luz un hijo, el cuarto de los que Dios le ha concedido.

Convenidos ya, dispuso Antonia en un instante la merienda para el camino, y obligando a Clotilde con dulce violencia a aceptarla, juntamente con algún dinero, fruto de sus ahorros, la acompañó hasta la galera.

Ocupaba ya su asiento, entre sacos de harina, barriles de vino y cestos de frutas, la madre de Jaime, que era una viejecita de ochenta años, pero alegre y pizpireta.

Despidiéronse unos de otros con muestras de sincero cariño, y la galera emprendió su marcha lenta y majestuosa; pero hubo de parar a la salida del pueblo, por cuanto Antonia la alcanzó de nuevo, gimiendo y sollozando en tales términos, que todas las vecinas de las últimas casas salieron a la calle, formando círculo en torno suyo.

—¡Ay, suspiró Antonia, ay, que ustedes no saben la desgracia que ocurre! Acabo de ver a Melitón que viene de Ávila, y me ha dicho que la señora Condesa está sin esperanza de vida.

Un grito unánime de sorpresa y de dolor, resonó por todas partes al oír esta noticia. Luego todos los circunstantes quedaron mudos, trémulos, anonadados.

—¡Ay, Virgen santa, salva a nuestra madre!, exclamó una mujer con desolado acento.

Esta exclamación despertó de nuevo al dolor embargado por el pasmo, y todos prorrumpieron en gemidos y lamentos.

—¡Es mucho más joven que yo!, exclamó una viejecilla decrépita, ¿quién me había de decir a mí que ella me enseñaría el camino?

—Cuántos parece que se van a morir y luego recobran la salud, dijo una joven con la esperanza ilimitada que es patrimonio de los pocos años.

—¡Sí, sí, saltó Antonia, quién sabe! ¡Dios puede hacer un milagro en favor de nuestra madre!

Luego, encarándose con Clotilde, repuso:

—Le había a usted encargado una visita para ella, pero lo que antes era un favor que le hacía, ahora es un favor que le pido. Vaya usted así que llegue a Ávila, y llévela usted esta reliquia. Es una astilla de la cruz bendita, y mis abuelos la trajeron de Jerusalén. Dicen que el mismo Jesús baja a consolar y a acompañar a los agonizantes que llevan al cuello esta reliquia... ¡La han llevado mis padres! ¡Es el único tesoro que poseo!... ¡Oh, llévesela usted, llévesela usted a mi amada bienhechora!

Tomó Clotilde la reliquia, prometió a Antonia cuanto quiso, y Jaime, con el rostro demudado, arreó a las mulas, ansioso ya de salir del pueblo, y facilitar el cumplimiento de los deseos de su amada.

La galera marchaba a buen paso y antes del mediodía se detuvo en la cúspide de una montaña. Allí había un ventorro, en donde solían tomar pienso las mulas y Jaime refrescar con algunos tragos de vino.

Con el movimiento y el aire puro y embalsamado de los campos, Clotilde sintió que se había despertado su apetito, y sacando la merienda debida a la solicitud de Antonia, convidó a Jaime y a su madre a que participasen de ella.

No iba tampoco desprevenida la anciana, y así, juntando ambas meriendas, comieron y bebieron, y dando locuacidad a sus lenguas el espumoso licor, Jaime y su madre hablaron de mil cosas, y refirieron todas las particularidades de su inocente vida.

—Usted no sabe lo que es este hijo, dijo la anciana a Clotilde, en un momento en que Jaime bajó a cuidar de las mulas, ¡qué respeto, qué obediencia, qué cariño el suyo, a pesar de que es ya un hombre de cerca treinta y tres años! Para nosotros son todos sus ahorros, nos cuida si estamos enfermos, nos consuela si estamos tristes; ¡se puede decir que vive de nuestra vida!

¡Es verdad que yo hice lo mismo con mis padres! ¡Dios me ha recompensado, porque no hay en el mundo mujer más dichosa que yo!

¡Figúrese usted que mi hijo mayor, después de servir al Rey, se estableció en León, y Dios bendijo su matrimonio con cuatro hermosos chiquitines, mi hija mayor está casada en Arévalo, con un sastre, y tiene otros seis; mi hija segunda, Mercedes, a quien voy a ver, está casada en Ávila con un tendero, y tiene cuatro con el que acaba de dar a luz!... ¡Todos vienen a verme el día de mi santo, y me alegra el corazón hallarme sentada a la mesa entre mis hijos y mis nietos!... ¡Catorce nietecillos que rezarán por mí cuando me muera!

Y los ojos de la anciana al hablar así, resplandecieron de júbilo y de orgullo, y a Clotilde le pareció que sus blancos cabellos formaban una aureola luminosa en torno de su frente.

—Más tendría, repuso, si Jaime se hubiese casado con Antonia; pero ella no quiere hasta que Dios disponga de la enferma.

Dice, y tiene razón, que con las obligaciones de casada la descuidaría; pero anda, que a quien cumple su deber, nunca le desampara Dios, que es un buen fiador, y porque tarde la dicha no es menos segura, cuando se la gana en buena ley. Lo que hacemos con los demás, hacen los demás con nosotros, y aquello que sembramos aquello recogemos: si es trigo trigo, si son cardos cardos. Usted, pobrecita, no tiene padres, pero aunque no estén a su lado están a su lado, que las almas de los padres nunca desamparan a sus hijos. Obre usted como si ellos estuviesen presentes; no deje usted nunca el caminito derecho que el que va por el caminito derecho, no está expuesto a perderse, y a encontrarse en donde no quisiera haberse metido, sino que llega tarde o temprano al fin que se ha propuesto. Créame usted, hija mía, yendo por el caminito derecho, podrán no hallarse riquezas ni diversiones, pero se duerme sin zozobra y se está siempre contento.

Entretenidos con éstas y otras pláticas llegaron a Ávila, ya de noche, y después de dejar a la anciana en casa de su hija, Jaime se encaminó con Clotilde a la de la Condesa, ansioso de que la joven cumpliese el encargo de Antonia, entregando a la enferma el amuleto milagroso.

Atravesaron varias calles silenciosas, porque los vecinos se habían ya recogido, o porque todos se habían trasladado a una de las más principales, que hallaron atestada de gente de todas clases y condiciones. Pero gentes que más bien parecían fantasmas, pues se hablaban al oído, y en voz tan baja que sus conversaciones formaban un murmullo sordo, como el de la marea cuando sube cautelosa a inundar la playa.

Y a pesar de ser tan inmenso el gentío, ni siquiera se oía el ruido de sus pasos, porque sobre estar enarenado el pavimento, todos iban de un lado al otro de puntillas, como si pasasen sobre ascuas.

Jaime se acercó a un grupo de mujeres, que cuchicheaban en voz baja, para inquirir noticias de la enferma, pues ya presumía cuál era el motivo que tenía congregados allí a casi todos los habitantes de Ávila.

—Está muy mal, respondió a sus preguntas una mujer, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano. Ahora mismo acaban de pasar los médicos, y dicen que no tiene remedio, como Dios no haga alguno de sus milagros.

—Aquí están las velas, dijo otra mujer sobreviniendo anhelante. El cerero no me ha querido tomar los cuartos. ¡Es el pan de vuestros hijos lo que me dais, me ha dicho, guardadlo para ellos, que a la Virgen de la Salud no le ha de faltar cera, para que haga un milagro en favor de la madre de los pobres!... Tampoco han querido nada en la parroquia para cantar la Salve...

Vamos, vamos, ya están allí todos los niños del hospicio, y los ancianitos del asilo, y las niñas de la escuela... y los convalecientes del hospital... ¡Todos sus hijos!

Iban ya a alejarse en tropel las mujeres, cuando pasó un criado de la Condesa. Iba muy presuroso y conturbado.

—¿Cómo está?, preguntaron todos rodeándole.

Pero el criado, que era un anciano, prorrumpió en sollozos y pasó adelante.

A sus sollozos respondieron mil sollozos comprimidos, y por un instante reinó en la calle el silencio más profundo.

—¡Dejadnos pasar, dijo Jaime, empujando a unos y a otros, esta joven lleva a la señora Condesa una reliquia que tal vez la salve!

A estas palabras mágicas, todos se apresuraron a franquearle el paso, y no sólo no hallaron obstáculos en el camino, sino que tampoco los hallaron hasta la misma cámara de la moribunda, pues los criados, al ver que traían una reliquia se apresuraron a abrirles todas las puertas.

Una de las doncellas condujo a Clotilde, pues Jaime se había quedado en la antesala, a los pies del lecho, en donde se hallaban arrodillados los hijos y los nietos de la Condesa sumidos en un dolor profundo.

Al oír la hija mayor que traía una reliquia, se la arrebató vivamente de las manos, y la puso sobre el pecho de la moribunda, agitado ya con el estertor de la agonía.

—¡Madre, madre, le dijo ahogando sus sollozos, es una astilla de la Cruz del Redentor, ¡quiera él devolverle a usted la salud y conservarle a nuestro afecto!

Una inefable sonrisa entreabrió los labios de la moribunda, y su mano trémula estrechó contra su corazón la venerada reliquia.

¡Oh, santas y dulces creencias del cristiano!, ¡dichoso quien os alberga en su pecho, que sois manantial inagotable de esperanza y de consuelo!

Triste y conmovedor era el cuadro que se ofrecía a los ojos de Clotilde.

La estancia en que se hallaba, por su aspecto grave, armonizaba perfectamente con la lúgubre y dolorosa escena. Las paredes estaban cubiertas de tapices color de pensamiento, salpicados de estrellas de plata y de grandes cuadros, que representaban asuntos religiosos. Enfrente del lecho, adornado con colgaduras de damasco encarnado, veíase un altar, y sobre él un santo Crucifijo alumbrado por dos cirios.

A la cabecera del lecho un sacerdote que leía en voz baja las preces de los agonizantes; a los pies, arrodillados, hombres, mujeres y niños, todos hijos y nietos de la moribunda; en el umbral de la puerta, también arrodillados, los antiguos servidores de cabeza blanca y rostros arrugados.

El dolor de unos y de otros era grave, silencioso, solemne: el verdadero dolor del alma, templado por la santa resignación cristiana, y la conformidad con los decretos del cielo.

Hasta la agonía de la moribunda era apacible y serena, porque no la agravaba la desesperación, ni la conturbaban los fantasmas del pasado. Sabía que había nacido para morir, sabía que debía comparecer ante el tribunal de Dios, cuando Dios la llamase a sí; se había prevenido para el tránsito, había hecho acopio de virtudes: iba a presentarse a Dios con las manos llenas de los espléndidos frutos que habían brotado de sus buenas obras: ¿por qué había de temer la muerte?

Si no hubiese sido por el estertor que levantaba su pecho, y que resonaba con un eco lúgubre en el aposento, cualquiera hubiera podido creer que estaba dormida.

De repente, cual si la bendita reliquia le hubiese prestado nuevas fuerzas, la moribunda abrió los ojos y tendió los brazos hacia adelante.

—¡Me voy!..., dijo con voz dulce... ¡Dios me llama!... ¡Adiós, hijos queridos, adiós mis fieles y honrados servidores.... recibid mi bendición!... ¡Sí, me voy!... ¡Adiós, adiós!... ¡o más bien... hasta luego!...

Levantó los ojos al cielo, sonrió, se recostó en la almohada y exhaló un plácido suspiro...

¡Había muerto! ¡Había ido a recoger en el seno de Dios las palmas que había hecho florecer en este mundo!

—¡Roguemos por ella!, dijo el sacerdote poniéndose de pie y con ademán solemne.

Comprendieron cuantos asistían a la lúgubre escena lo que significaban aquellas palabras, y dejaron escapar de su pecho un grito supremo de dolor, que tuvo eco en los últimos confines de la calle, pero luego acompañaron con santa conformidad las preces del sacerdote, que la dulce religión nos fortifica y nos ampara hasta en los trances más amargos de la vida.

Al amanecer, Clotilde partió para Madrid en compañía de un anciano criado que iba a participar la infausta nueva a la hija menor de la Condesa, casada en la metrópoli de España, y al día siguiente llamaba con mano trémula a las puertas del Colegio del Sagrado Corazón, establecido en Chamartín, en donde había pasado su dichosa infancia.

XI. La expiación

Amor, pudor, misterio: he ahí a la mujer. Guardaos de descorrer el velo que la cubre, porque cegaréis las fuentes de su felicidad y de la vuestra.

—MLLE. SCUDERY.
 

He aquí cómo terminaba la larga carta que Clotilde escribía a Guillermo, sentada al mismo pupitre, sobre el cual había escrito las cartas inocentes que dirigía a su madre.

«Es mi confesión completa la que acabo de trazar, tan sincera y completa como si estuviese delante del sacerdote en la hora postrera de la muerte. No he ocultado nada, no he disimulado nada: ni mi ingratitud para contigo, ni el crimen que cometí para recobrar la carta acusadora, ni la cobardía con que dejé que sospecharas de la noble Juana, ni la debilidad que me impulsó a acudir a una cita vergonzosa para impedir una catástrofe.

»Ya lo ves, no he sido culpable, Guillermo, como quizás crea el mundo, como quizás hayas creído tú, bien de mi vida, único y verdadero tesoro de mi alma.

»¡No soy culpable, ay de mí! No he manchado mi honor; pero ¿no mancha el honor de una mujer la más leve apariencia?¿Puede llamarse honrada la que con su conducta ha dado pábulo a las murmuraciones del vulgo? ¿Conserva su pureza la que empaña la virginidad del pensamiento?

»Creo que no.

»Pero D. Eustaquio dice que la expiación y las lágrimas son como el fuego que todo lo purifican.

»Yo he querido imponerme a mí misma una expiación casi superior a mis fuerzas. ¡Oh, que expiación tan dolorosa, Guillermo, no verte y no ver las rubias cabezas de mis hijos!

»Sufro tanto, que a veces me atrevo a esperar tu perdón, a veces me atrevo a esperar el perdón de Dios, de quien eres imagen en la tierra.

»Don Eustaquio dice que el buen pastor recorre los montes y los llanos en busca de sus descarriadas ovejuelas, que las coge entre sus brazos, y estrechándolas, amorosamente sobre su corazón, las vuelve al salvador aprisco. ¡Dios ha hecho esto conmigo! ¡Bendito sea su nombre!... ¿Lo harás tú alguna vez, Guillermo mío? ¿Me abrirás tú alguna vez los amorosos brazos, para que descanse al fin sobre tu seno?...

»Una sola cosa te pido de rodillas: haz una hoguera con los libros que llenan mi biblioteca, y esparce al viento sus cenizas. No permitas que los ojos de nuestra dulce María se fijen ni en una sola vez en sus páginas manchadas por el descreimiento y la impureza; no permitas que el veneno que se exhala de ellas, perturbe su razón y llene de inquietud su alma. ¡No los respetes aunque lleven al frente un nombre ilustre! Destrúyelos sin piedad, antes que comprometan su ventura. La mujer está formada de amor y de fe; arrebatarla su fe y su amor, es arrojarla sin lanza y sin escudo al palenque de la vida.

»¡Oh, Guillermo mío, amado mío! Tú no sabes el fruto de perdición que encierran esos funestos libros. Son como el árbol que crece en las zonas abrasadas, y que da la muerte al incauto que se sienta bajo su sombra, para embriagarse con sus armonías y sus perfumes.

»En ellos se afirma que la mujer es la esclava abyecta del hombre, la mártir escarnecida de la sociedad, que se ríe de su martirio, y que es preciso que se alce contra el hombre y la sociedad, que es preciso que reconquiste sus derechos vulnerados, que sacuda el oprobioso intolerable yugo.

»En ellas se pintan con brillantísimos colores las delicias inefables de un amor culpable, en ellos se convierte a la esposa culpable en un ser poético e ideal, que se eleva por cima del común de los mortales, y que colocada sobre un elevadísimo altar, se transforma en ídolo del mundo.

»Pero no se contentan con arrancarla su virtud: para hacer más completo su triunfo, le arrancan también la fe. Dios, dicen, es un mito: las dulces creencias de nuestros padres, pueriles supersticiones propias del vulgo inconsciente; el hombre, al que creíamos hijo primogénito del cielo, un ser como todos los demás, que nace, goza y muere, confundiéndose su espíritu con la masa de espíritus que flota en la atmósfera y dividida en átomos vuelve a animar otros cuerpos, quizás el de un reptil, quizás el de una flor; el goce indefinido es el móvil y el fin impuesto por la naturaleza a todos los seres que pueblan el universo, desde la piedra que busca a otra piedra, hasta el hombre que corre en pos de su bella compañera... ¡Cadena misteriosa que arranca de la materia para terminar en la materia!

»Pero aún van más allá en sus aseveraciones impías e insensatas. Afirman que el hombre, miserable esclavo del destino, no es libre para separar el mal del bien, la luz de las tinieblas.

»Que del mayor o menor desarrollo de sus órganos cerebrales, resultan sus vicios y virtudes, como resultan los sonidos más o menos armónicos de un clave, según la mayor o menor tensión que supo dar el artífice a sus cuerdas. De este modo, después de haber arrancado de nuestras almas la fe de Dios, nos arrancan la fe de nosotras mismas.

»¡Pero aún hay más, Guillermo mío, aún hay más! Los personajes que campean en esos libros, son personajes repugnantes, que practican el mal por el placer de practicarlo, como si fuese esta una condición de su naturaleza, una ley ineludible del destino. Sus protagonistas son héroes de presidio, agentes de policía, mujeres perdidas. Cubiertos de púrpura o de andrajos, siempre con los mismos tipos cínicos y vergonzosos, como si la sociedad de alto a abajo no fuese más que una inmunda sentina de vicios innobles y rastreros. Y de este modo nos arrebatan la fe en los demás, después de arrebatarnos la de Dios y la de nosotros mismos.

»Y si hablan de virtud, como una vasija sucia no puede contener agua pura, la virtud sale de sus labios despojada de sus divinos atributos: es una virtud convencional, especie de ramera disfrazada de matrona, que en sus palabras y maneras pone sin cesar de manifiesto el lupanar, palenque primitivo de sus glorias.

»¡Oh, que estos innobles y degradados libros no fuesen quemados en la plaza pública por la mano misma del verdugo!

»¡El verdugo pone el dogal al cuello del asesino que ha matado a un hombre, y deja libres a esos autores nefandos que asesinan a millares de familias! ¡La sociedad se asusta de una gota de sangre derramada, y no se asusta de un océano de lágrimas que puede sepultarla en sus abismos!

»¡Oh, no permitas que nuestra dulce María se contamine con estas pérfidas lecturas!

»¡Que no sufra ella lo que yo he sufrido, que no luche jamás como yo he luchado: entre la voz de mi corazón lleno de amor y fe, y las supersticiones de mi espíritu conturbado por mil fantasmas engañosas!

»¡Ah! ¿Por qué cuando sentía vacilar mi fe, cuando sentía vacilar mi amor, cuando luchaba contra las máximas santas impresas en mi corazón con caracteres indelebles, no corrí a refugiarme entre tus brazos, no fui a buscar amparo sobre tu pecho honrado, no pedí a tus labios el salvador consejo que me hubiera devuelto el reposo y la ventura? ¡He ahí mi culpa, Guillermo, he ahí mi mayor culpa! Haber olvidado que el marido es el amigo, el apoyo, el protector natural de la mujer casada; que la mujer casada no debe ocultar jamás sus pensamientos al que es carne de su carne y alma de su alma...

»¡Oh, Dios mío, ¿qué vértigo turbó mi razón hasta el punto de olvidar el santo juramento pronunciado al pie del ara, y las enseñanzas piadosas de mi madre?

»Heme aquí, Guillermo, en el apacible retiro en donde ha pasado mi infancia.

»La Superiora me ha recibido como una madre recibe a su hija, con los brazos abiertos; mis antiguas compañeras como a una hermana querida.

»Durante mi viaje, Dios no me ha abandonado; Dios me ha hecho ver que la bondad y la virtud no son flores exóticas en el mundo: me ha hecho ver que la dulce religión es la madre cariñosa que nos guía y nos sostiene y nos consuela en este valle de lágrimas por el cual peregrinamos.

»He recobrado mi pureza de ideas, mi pureza de sentimientos al contacto de las nobles almas: he vuelto a ser la Clotilde de otros tiempos...

»¡Ah! ya sé que esto no basta, que lo que está hecho está hecho.

»¡Cuando se desborda un torrente deja impresa en los prados la huella de sus aguas! ¿Quién devolverá sus hojas marchitas a las flores? ¿Quién devolverá sus matices a la mariposa prendida por las alas?

»Yo inclino mi frente agobiada bajo el peso de mi propia culpa, tomo resignadamente mi cruz y procuro redimir mi delito con las lágrimas... ¡Y he llorado tanto, Guillermo, tanto, tanto!...

»Pero si la dicha me está ya vedada, quisiera a lo menos tu perdón... ¡Oh, si tú pudieras perdonarme!

»¡Esta sola idea me hace estremecer de júbilo!... ¡Creo que moriría de júbilo, si una palabra de perdón llegase a mis oídos!...

»¡Adiós, Guillermo mío, amado mío!... ¡Di a tu buen padre que no olvide en sus rezos a su desgraciada hija!... ¡Estrecha en mi nombre la mano de la noble Juana, que me salvó por dos veces!... ¡Besa en la frente a mis hijos: mi hermoso Carlos, mi encantadora María!... ¿Se acuerdan ellos de mí?... ¿Echan de menos a su madre?... ¡Adiós, adiós, no puedo más!... Las lágrimas comprimidas en el fondo de mi corazón se agolpan a mis ojos, y me impiden ver... Mi mano que creía firme, tiembla y no acierta a formar los caracteres.

»¿Te acuerdas de cuando te vi por primera vez en mi linda casita, que descollaba como una flor acuática sobre las aguas del río?...

»Oh, cuán bello me pareciste aquella noche en que fuiste a entregarme tu honor, tu fortuna, la dicha de tu alma...

»¿Qué hice después del sagrado depósito confiado a mi lealtad? ¡Pluguiera a Dios que hubiese seguido a mi madre a la negra sepultura!...

»¡Adiós, Guillermo mío, hijos queridos, adiós!... ¡Esta carta va cubierta de lágrimas y besos!... ¡Ah, que he perdido el derecho de estamparlos en vuestras nobles frentes!...».

Así terminaba Clotilde su carta, y he aquí la que recibió a los breves días, en contestación a la suya.

«Dices que el buen pastor va por montes y por llanos en busca de sus descarriadas ovejuelas: yo imitaré al buen pastor y te acogeré sobre mi pecho.

»Dices que cuando un río se desborda, deja impresa en la arena la huella de sus aguas: es cierto; pero los rayos del sol disipan las impurezas del limo, y hacen brotar de su humedad el musgo perfumado, que cubre con su manto de esmeraldas la campiña. El sol de la misericordia celeste, hace brotar del arrepentimiento mil virtudes bellas y adorables.

»El que todo lo puede, vuelve a la flor la lozanía de sus hojas, y su polvillo de oro a las alas de la mariposa.

»El buen Jesús descendió a la tierra para promulgar la ley dulcísima de paz y de perdón; el buen Jesús extendió sus brazos en el leño santo para invitar a todas las criaturas a que vayan a buscar un refugio sobre su amante pecho... ¡Los ángeles recogen las lágrimas del arrepentido en copas de diamantes, y se las devuelven transformadas en el dulce néctar del consuelo!... Ven, tu aposento te aguarda, adornado siempre de nuevas flores; tu cubierto de oro, que te regalé el día de nuestros esponsales, te aguarda sobre la mesa... El día en que vuelvas, nuestra casa vestirá de fiesta, y te prenderemos en nuestros amantes brazos para que no vuelvas jamás a escaparte de ellos...

»Los niños rezan por ti mañana y tarde, y la dulce Juana les enseña a bendecir tu nombre... Mi padre echa de menos el apoyo de tu brazo... Yo no te envío mi perdón... Hace tiempo que le tienes... ¡Te envío mi bendición desde lo más profundo de mi alma!...»

Clotilde cayó desmayada al leer esta carta, pero fue de júbilo.

Volvió en sí en los brazos de la Superiora.

—¡Ob, madre mía! exclamó con efusión, ¡cuán dichosa soy! ¡Cuán bueno es mi Guillermo, cuán bueno es Dios que perdona a los culpables!

Pero la Superiora estaba conmovida y triste.

—Voy a partir ahora mismo, añadió Clotilde, aunque sea a pie y mendigando como he venido...

La Superiora quiso hablar, y no se atrevió a formular el pensamiento que la atormentaba.

¡Ah!, ella también había recibido una carta de Guillermo, en la que decía que estaba preso y sujeto a una causa criminal, y que retuviese a su lado a Clotilde por los medios que la sugiriese su prudencia.

Clotilde iba y venía por el aposento, arreglándose el traje, alisándose el cabello.

¡Parecía la tierna desposada que corre al encuentro de su hermoso prometido!

Reía y lloraba a la vez; se hincaba de rodillas y batía palmas.

La Superiora no sabía qué hacer; no tenía valor para turbar aquel júbilo tan puro y tan legítimo.

Por fin hizo un supremo esfuerzo, y murmuró con acento conmovido:

—Clotilde, tu esposo te llama y te perdona; pero ¿no deberías tú llevar a cabo el sacrificio generoso que te habías impuesto a ti misma? ¿No deberías mostrarte digna de él, y conquistar tu puesto en el hogar doméstico por medio de algunos días de lágrimas y privaciones? ¿No quedarías de este modo purificada a sus ojos, purificada a los ojos de Dios, purificada a tus mismos ojos?

Clotilde quedó inmóvil: una lívida palidez cubrió su semblante; cruzó las manos sobre el pecho y prorumpió en sollozos.

—¡La vida es una batalla, hija mía!, exclamó dulcemente la Superiora estrechándola en sus brazos. ¡Dichoso del que tiene bastante fortaleza para conquistar las palmas eternales!...

XII. Un rayo de sol tras la tormenta

El esposo y la esposa, entre los cristianos, viven, mueren y renacen juntamente: crían a la par a los frutos queridos de su unión, a la par se reducen al primitivo polvo, y unidos, vuelven a hallarse, por fin, más allá de los límites del sepulcro.

—CHATEAUBRIAND.
 

Las hojas de los árboles se iban tornando amarillentas; se iban tornando en quejas los suspiros de las auras. Eran los últimos días de otoño: las tardes estaban todavía serenas, los campos verdes, las linfas de los arroyos transparentes. ¡Otoño de la naturaleza, otoño de la vida! ¡Para quien ha llenado los trojes de rubio trigo y las bodegas de vino perfumado, para quien ha hecho acopio de santas y buenas obras, tienes un dulce y misterioso encanto que sobrepuja a las alegrías de la primavera, a la embriaguez bulliciosa del estío!

Era la hora del crepúsculo: estaba próximo el momento de que humeasen las chimeneas, de que resonasen las campanas, de que chisporrotease la llama del hogar iluminando la alegre frugal cena.

Las aves viajeras, dispuestas a partir para lejanos climas, llenaban todavía con sus trinos la floresta; pero ya a sus trinos melodiosos mezclábase el melancólico golpeteo de las hojas, que, desprendiéndose de los árboles, caían al suelo. Todavía los grillos, escondidos entre la yerba, dejaban oír su canto; pero las ramas graznaban en los infinitos charcos que, como espejos, esmaltaban la campiña.

Sin embargo, oíanse a los lejos los cencerros de los rebaños, el chirrido de las ruedas de los carros y los aullidos de los perros.

Resonaban en todas partes esos mil vagos rumores que suben de la tierra para perderse en los cielos, como otros tantos himnos de gratitud que eleva por mañana y tarde la naturaleza a su Creador Supremo.

Una mujer apareció entre el hueco que formaban dos colinas: dos colinas que se hallaban como dos hermanas gemelas, la una junto a la otra, arrojándose la una a la otra, como por vía de juego, guirnaldas de verdura.

Aquella mujer era Clotilde.

Seguíala a larga distancia otra mujer anciana, que anhelosa y jadeante, en vano pretendía alcanzarla en la rapidez de su carrera.

Era una anciana maestra del Sagrado Corazón, a la que había comisionado la Superiora para que acompañase a su hija predilecta.

Clotilde sabía que la puerta falsa del jardín permanecía abierta hasta el anochecer, y quería llegar antes de esta hora y penetrar en su casa sin ser vista.

Pero a medida que andaba y se acercaba a su casa, le iban abandonando las fuerzas.

¿Habría sido bastante largo el sacrificio que se había impuesto a sí misma? ¿Habría sido bastante completa la expiación de su momentáneo extravío?

La Superiora le había dicho que sí, la Superiora le había invitado a partir, pero su corazón temblaba en el momento supremo, y el temor y la desconfianza combatían alma.

Hubiera querido que el viento la prestase sus alas, y sin embargo retardaba el paso.

¡Y qué recuerdos!

Vio la encina en cuya corteza había escrito una palabra que se apresuró a borrar, ensangrentándose las manos, vio el lugar en donde ella estuvo próxima a buscar una tumba, vio los abrojos entre cuyas ramas había dejado los jirones de su vestido.

Había pasado cerca de un año, y entre aquellas dos épocas de su vida parecía mediar un abismo.

La emoción la ahogaba, y tuvo que sentarse sobre una piedra. Con esto dio lugar a que llegase la anciana, ya exhausta de fatiga, y tomase asiento junto a ella.

Entonces resonaron a lo lejos los melodiosos sonidos de una flauta.

¿No eran aquellos sonidos los que había escuchado con embriaguez, aquella noche feliz en que Guillermo fue a pedir su mano?

¡Si, eran aquellos mismo dulces sonidos que parecían otras tantas notas escapadas de los cielos!

Como entonces también, Anselmo apareció en lo alto de la colina, precedido de sus cabras blancas y negras que se esparcieron triscando por el llano.

El pastor vio a Clotilde, e interrumpió su melancólica tocata.

Acercóse a ella, y exclamó con alegría:

—¿Es usted, señora?

—¡Sí, yo soy, yo soy! dijo Clotilde poniendo su blanca mano sobre la ruda mano del pastor.

—¡Gracias a Dios que la veo ya restablecida de su larga enfermedad, dijo éste, aunque está usted todavía muy pálida, muy delgada! Bien dicen, que cuando viene un mal nunca viene solo, y en su casa de usted se han reunido todos a la vez. ¡Si viera usted cuánto rogábamos a Dios para que le devolviese la salud! No quedó nadie en estos alrededores que no fuese por mañana y tarde a preguntar a Juana por usted.

—Mire usted que se le van a perder las cabras, exclamó vivamente la anciana, deseando interrumpir aquel diálogo peligroso.

Pero Anselmo había pronunciado el nombre de Juana, y ya no le era posible callar.

—Mis cabras conocen el camino, dijo sonriendo. Y luego repuso: ¡cuánto la ama a usted Juana, señora!

Partió precipitadamente, me decía entre lágrimas, para ir a cuidar a la Superiora del colegio que la había servido de madre, y cuya vida estaba en grave riesgo, y es tan sensible, que obrando en ella a la vez el susto y el pesar, cayó gravemente enferma. ¡Juana! ¡Qué buena es Juana! ¿Hay alguna mujer que se asemeje a ella? ¡Ah, señora, si usted supiese todo lo que ha hecho mientras su enfermedad la ha tenido a usted lejos de aquí, mientras don Guillermo ha estado en la cárcel!...

—¡Vámonos!, exclamó la anciana levantándose con impaciencia.

Pero ya era tarde.

—¡En la cárcel, preguntó Clotilde con doloroso asombro, en la cárcel!...

Cubrióse el rostro con las manos y prorrumpió en sollozos.

Algo le había hablado la Superiora de pleitos y disgustos, algo le habían dicho en sus cartas Guillermo y Juana; pero estaba muy lejos de sospechar la catástrofe espantosa.

—No se aflija usted, señora, dijo Anselmo. ¡Dios envía estas pruebas a las buenas almas para acrisolar sus virtudes! Es verdad que la prueba ha sido dolorosa, pero ya está todo terminado. Si don Guillermo ha perdido el pleito, y con él sus inmensas propiedades, nada ha perdido en la consideración general, y todos creen firmemente que ha sido víctima de una infame intriga. Los mismos jueces qué le han condenado no se han atrevido a imponerle más pena que un año de prisión. Todo Orduña se hubiera sublevado ante un fallo más severo. Y así, ¡si viera usted que muestras de aprecio y de cariño ha recibido en la cárcel! ¡Todas las personas más distinguidas de Orduña se disputaban el placer de acompañarle y consolarle, y cuando volvió a su casa, su vuelta fue un verdadero triunfo! Pobres y ricos le acompañaban, como si quisiesen protestar en masa del fallo de los tribunales... ¡Tenía además el consuelo, en medio de su desventura, de que aquí estaba Juana, el ángel bueno de su casa, velando por su anciano padre, velando por sus hijos!... ¡Ella hizo frente a todo, ella sostuvo el valor de todos!... ¡Es singular cómo piensa hasta en las cosas más pequeñas! Mire usted allá la cabrita manchada, a la que usted quería tanto, y que iba a tomar el pan de sus manos... Pues cuando se sentenció el pleito a favor de los otros herederos, y éstos se arrojaron como buitres sobre la herencia para repartirse los campos, viñedos, olivares y rebaños. Juana compró esa cabrita para usted de su propio dinero, satisfaciéndoles la cantidad que quisieron pedir por ella.

¡Ah!, si Juana quisiese venir a habitar mi pobre choza, ¿qué rey sería más feliz que yo?

Clotilde no interrumpió ni una sola vez este razonamiento: ¡parecía estar muerta!

Las cabras, que no entendían de pláticas, y estaban ansiosas por llegar cuanto antes al redil, triscaban ya a lo lejos, y Anselmo, mal su grado, tuvo que despedirse y seguirlas a toda prisa.

—¡Guillermo en la cárcel!, murmuró Clotilde escondiéndose su rostro en el seno de su anciana compañera, ¡su honor menoscabado, el pleito perdido, y todo por mí! ¡Una sola ligereza, y qué horribles consecuencias! ¡Ah! ¡No soy digna de perdón!

Quiso consolarla la anciana, pero en aquel momento empezaron a tocar las campanas de la ermita, y respondieron a su melancólico tañido todas las campanas de Orduña.

Las campanas parecían decir con su dulce clamoreo:

Paz a los hombres en la tierra, gloria a Dios en las alturas.

Clotilde se postró de rodillas, y exclamó con apasionado transporte:

—¡Oh, Dios de amor y de perdón, que aceptas las lágrimas de un corazón contrito, dame fuerzas para expiar mi culpa por medio del sacrificio y la ternura!

Se levantó más serena, y se dirigió rápidamente a su casa.

Empujó suavemente la puerta falsa, que por fortuna no estaba todavía cerrada, y entró.

La anciana se sentó discretamente en el primer banco que halló al paso, no queriendo turbar con su presencia las expansiones del primer momento; Clotilde siguió adelante.

Casi estuvo por besar los árboles del jardín, como si fuesen antiguos amigos, vueltos a hallar de nuevo. Las flores de otoño campeaban sobre las hojas de un verde mate, un mirlo cantaba, saltando de rama en rama.

Clotilde tuvo que detenerse con las manos puestas sobre el corazón que palpitaba con violencia.

Permaneció inmóvil y palpitante algunos momentos, apoyada en el tronco de un tilo.

Entretanto habían ido cesando por grados los rumores del valle, habían ido subiendo por grados las sombras de los llanos a invadir los montes: empañaron el cielo azul las tenues humaredas que se elevaban de las chimeneas, y resonaron aquí y allí los lúgubres chillidos de las aves de la noche.

De pronto brilló una luz en el anchuroso comedor, y Clotilde comprimió un grito de alegría, como si aquella luz fuese el bendito faro que le indicase la playa salvadora.

Acercóse despacio a la ventana, y oculta entre las enredaderas y rosas de guirnaldas, miró al interior del aposento.

Estaba puesta la mesa, cubierta de blanquísimos manteles, y sentados a la mesa vio a Guillermo entre su padre y Juana, y junto a Juana, Carlos y María.

Pero entre Guillermo y su padre había un sitio vacío, y en aquel sitio, al lado del plato, brillaba su cubierto de oro, y arrimada a la mesa veíase la silla que ella solía ocupar en otro tiempo.

¡La esperaban! ¡La esperaban siempre, supuesto que ella había cuidado mucho de que ignorasen el día de su regreso!

¡Oh, cómo no murió de júbilo y de gratitud en aquel instante!

Pero ¡ah! que Guillermo estaba pálido y triste. Prematuras hebras de plata surcaban su cabello; prematuras arrugas su frente, antes tan tersa y tan serena. Su padre había envejecido extraordinariamente, y en sus mejillas se veía la huella de muchas lágrimas.

¡Ay, que era su mano la que había marchitado aquellas existencias, la que había destrozado aquellos corazones, que se habían abierto a ella, como abre la flor su cáliz al rayo de sol que debe vivificarla y la abrasa con su fuego!

Apoyó la frente en los cristales, hizo cuanto pudo para contener sus sollozos.

La cena fue breve y triste.

Sólo Juana conservaba su serena actitud, su indefinible dulzura. Era de ver cómo repartía los manjares a cada uno, cómo prevenía los deseos de cada uno, animando a éste con una sonrisa, conteniendo a aquel con una mirada de dulce autoridad: parecía el eje alrededor del cual giraban todas las voluntades.

—¡Ésta es la poesía de la vida!, murmuró Clotilde con tono tristísimo!, ¡ay! ¿por qué he querido buscarla en otra parte? He ahí el trono de la mujer, he ahí su cetro. Ángel suspendido entre la tierra y el cielo para atraer las bendiciones de Dios sobre la familia, su reino, como el de Jesucristo, no es de este mundo.

Terminóse la cena y los comensales se dispusieron a entonar el tributo de gracias al celeste Padre.

¡Oh, cuán bello, cuán dulce fue entonces el cuadro que se ofreció a los ojos de Clotilde!

El ciego, sentado en su poltrona, semejante a los antiguos patriarcas, con su barba blanca y su espaciosa frente circundada de una diadema de plata, Guillermo de pie a su lado, con la cabeza descubierta; Juana de rodillas entre los dos niños, también arrodillados, que alzaban con fervor sus manecitas al cielo; en el fondo de la estancia los criados agrupados con actitud reverente.

—¿Se acordará de mí?, pensó Clotilde llena de vivísima ansiedad.

El ciego dio gracias a Dios en voz alta por el pan de cada día, oró por los vivos y los muertos; oró por cada uno de sus hijos, por cada uno de sus servidores, por cada uno de sus enemigos.

A Guillermo y Clotilde los envolvió en una misma plegaria, en una misma bendición.

—Rogad a Dios para que vuelva pronto vuestra madre, terminó diciendo a los niños.

—¡Oh, Dios misericordioso, tráenos pronto a nuestra querida madrecita!, exclamaron Carlos y María, cruzando las manos sobre el pecho y con sus dulces voces de ángeles.

Turbóse la vista a Clotilde, sintió que el gozo no le cabía ya en el corazón, soltó un grito de inmenso júbilo y cayó de espaldas.

Cuando volvió en sí, se halló sentada en su asiento acostumbrado, y rodeada de todas las prendas queridas de su alma.

Guillermo la estrechaba contra su corazón, los niños cubrían de delirantes besos sus mejillas, y el abuelo alzaba las manos al cielo en actitud de gracias, mientras Juana y los criados agrupados en el fondo lloraban de contento.

¡Hasta las llamas del amigo hogar chisporroteaban alegremente, como si quisiesen también celebrar el regreso de Clotilde!

Epílogo

Las mujeres son el alfa y el omega, el principio y el fin de todas las acciones de los hombres.

—SAINT OMER.
 

Habían pasado algunos años, y no era ya el otoño el que alfombraba la tierra con los frutos de los árboles; era la alegre primavera la que recorría el espacio sembrando por todas partes ramilletes de flores.

Evocados por ella, volaban aquí y allá los ligeros cefirillos, esparciendo perfumes y armonías; se posaban aquí y allá los puros rayos del sol, haciendo brotar la vida por doquiera. Germinaban las plantas, nacían los insectos, trinaban las aves y repetían los ecos las armonías del prado y la floresta.

Aunque era ya la primavera, brillaba todavía en el hogar el amigo fuego.

Y junto al hogar estaba Clotilde, María, que era ya una linda jovencita, enseñando a hacer labor a otra niña más pequeña, otro capullo desprendido del mismo hermoso tallo.

Más allá, Carlos daba la lección a su padre, trazando sobre la pizarra signos matemáticos. En frente de Clotilde estaba el abuelo, ya octogenario, y junto a él la dulce Juana ocupada en su calceta.

Al lado de la lumbre, sentado en el suelo, y jugando con soldados de plomo, veíase a otro niño de tres años, blanco y sonrosado, como una manzana recién cogida.

Ya no se reconcentraban en Juana todas las miradas, ya no era ella el eje sobre el cual giraba la familia.

Juana se había apresurado a descender del trono y a entregar el cetro a Clotilde, volviendo a la modesta oscuridad que constituía su elemento.

Clotilde era una hermosa matrona en cuya frente residía la calma augusta del que ejerce un sublime ministerio, en cuyos labios residía la benévola y grata sonrisa del que ama y se siente amado.

Clotilde era tan feliz como se puede serlo en este mundo.

Ya el sol descendía al ocaso, ya empezaban a dibujarse por todas partes las leves sombras que determinaban el crepúsculo.

Pero en vez de la salutación angélica, las campanas de Orduña tocaron a muerto.

—¿Por quién doblan?, preguntó el anciano.

—¡Por don Lupercio!, dijo Guillermo. Desde que se quemó su casa, devorando las llamas cuanto poseía, el infeliz no ha tenido ni un solo día bueno. Postrado por una cruel enfermedad e imposibilitado de ejercer su profesión, ha vivido de las limosnas que sus hijas iban recogiendo por la ciudad. ¡No sé que va a ser de esas tres mujeres, de las cuales la mayor, Policarpa, ha quedado ciega! He sabido la muerte del escribano al salir de casa de doña Segismunda. ¡Ah, si viera usted cómo está doña Segismunda, clavada en el lecho, y sin que nadie quiera asistirla a causa de la asquerosa lepra que la cubre!...

—El que hace bien a sus amigos, exclamó el anciano, cumple un deber sagrado, el que hace bien a sus enemigos complace doblemente a Dios. Añade algo a las hijas del escribano, y Dios triplicará nuestra recolección, y multiplicará nuestras vides, como lo ha hecho hasta ahora.

Entre tanto recemos por el alma del difunto.

Y juntos entonaron una fervorosa plegaria, y los ecos se fueron extinguiendo, y la noche sobrevino poética y serena.

De repente se abrió la puerta del comedor, dando paso a un hombre: era Miguel.

Clotilde y Guillermo se sonrieron con aire de inteligencia al verle. Parecían saber que estaba allí, y que le estuvieran aguardando; pero Juana soltó un grito de sorpresa, y se puso toda trémula.

Miguel también había cambiado mucho: su belleza era más varonil; su aspecto tenía la gravedad que comunican al hombre los años y el estudio.

Venía vestido de viaje, y traía en la mano una caja blanca con letras doradas en el centro.

Dirigióse hacia Juana con paso trémulo y ademán conmovido.

—¡Heme aquí!, le dijo. ¡Heme aquí! En la noche de nuestra postrera despedida, tus labios murmuraron quizás, y esta dulce palabra ha resonado siempre en mis oídos para alentarme y fortalecerme en la espinosa senda que emprendía. Quizás, me decía a mí mismo, quizás, y seguía adelante con incansable afán, con constancia nunca desmentida. He estudiado mucho: he trabajado mucho; no quería volver a ti hasta haber conquistado un nombre ilustre, hasta que pudiese ofrecer a tus plantas una corona de laurel. ¡Dios ha bendecido mi trabajo!

Mi estatua de la Resignación Cristiana, cuyo rostro expresaba tu dulzura inefable y encantadora, ha sido premiada en la Exposición de París con una medalla de oro: mis compatriotas, en albricias, me han regalado una corona de laurel...

Abrió la caja y sacó la corona imperecedera, precioso galardón de su perseverancia y su talento.

—¡Heme aquí, Juana, heme aquí!, repitió con voz alterada y apenas inteligible. ¡Oh, tú, a quien todo lo debo, honradez, gloria, fortuna! ¿Podré deberte también la dicha de mi alma? ¿Podré llamarte la madre de mis hijos?

—¡Sí!, murmuró dulcemente Juana; ¡sí!...

Y escondió la ruborosa frente entre sus manos...

Al cabo de algunos días, Miguel y Juana, ya esposos, ya felices, se dirigían con las manos enlazadas y seguidos de sus bienhechores y amigos, todos los habitantes del llano, a la estación del ferrocarril; pues debían partir para la metrópoli de España.

La recién casada, vestida de fiesta, llevaba pintadas en el semblante la alegría y la tristeza; sonreía y lloraba al mismo tiempo, como sucede en abril, que brillan los rayos del sol al través de las gotas de la lluvia.

¡Seguía a su esposo, y abandonaba a sus amigos! ¡Abandonaba el suelo que le había visto nacer, el sepulcro bendito de sus padres! ¡Ah, que la vida es esta! ¡Cuadros de sombra y luz: goces amargados por las penas, penas endulzadas por plácidas alegrías!

Anselmo le esperaba al paso, sentado en la punta de una roca, y dando al aire los dulces sonidos de su flauta.

—¡Adiós!, dijo a Juana desde lejos. ¡Sé que eres feliz y soy feliz! ¡Adiós, Miguel; bendice a la Providencia que te ha otorgado tal tesoro; ámala por los dos; hazla dichosa!

Sus ojos se llenaron de lágrimas, y con un movimiento convulsivo rompió su flauta, que cayó en pedazos a los pies de Juana.

—¡Anselmo!, exclamó ésta sollozando. ¡Perdóname el daño que sin querer te he hecho! ¡Siempre rogaré a Dios por ti! ¡Le pediré que te permita conducir a los pies del altar a una esposa digna de tus virtudes!...

—¡No, dijo Anselmo moviendo tristemente la cabeza, el amor ha muerto para mí, como han cesado para el valle de los ecos de mi flauta!

Y no pudiendo contener ya el ímpetu de su dolor, se levantó con presteza y huyó al través de los peñascos.

¡Cumplió su palabra! ¡Nunca jamás las alegres cabritillas triscaron al compás de las tocatas deliciosas con que antes solía embelesarlas!

Y pasaron los días y las semanas, pasaron unos tras otros los meses y los años, ya turbulentos, ya serenos, y sorprendieron a Clotilde, ofreciéndole una diadema de cabellos blancos, y Clotilde la aceptó sonriendo, apoyada en sus hijos y en sus nietos, y diciendo con su dulce voz impregnada de ternura:

—¡No teme a la vejez la que saborea los goces inefables del deber cumplido, la que sabe en que consiste la poesía de la vida! ¡Dichosa la que refrena su imaginación y sigue las estrechas vías del deber y la prudencia, porque la felicidad es un copo de nieve que si toca al suelo se convierte en lodo!


Publicado el 8 de abril de 2019 por Edu Robsy.
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