Romancero Selecto del Cid

Anónimo


Poesía, Romance



Prólogo

I

La historia literaria nos señala, como objeto de incomparable nombradía, á los héroes que ocupan el primer lugar en las grandes y poco numerosas epopeyas, hijas legítimas del genio de un pueblo. Al retratar el poeta venusino, y por cierto con colores nada halagüeños, el carácter de Aquiles, no encuentra epiteto que mejor le cuadre que el de celebrado (honoratum). Igual calificativo pudiera aplicarse á los dos héroes predilectos de las tradiciones heróicas de Francia y España. «El Cid, dice el docto Puymaigre, es tan popular allende los Pirineos, como aquende lo fué Roldán.» Y, en verdad, si el nombre del paladín francés traspasó inmediatamente los linderos de su tierra natal, y se extendió por dilatadísimas comarcas, los españoles han recordado el del héroe de Vivar con sin igual perseverancia, y ni un solo día ha dejado de ser proverbial y propuesto como dechado de guerreros y patricios.

Rodrigo ó Rúy Díaz el de Vivar, llamado también el Castellano y el Campeador y más comunmente el Cid (nombre de origen arábigo que significa Señor), hijo de Diego Laynez, descendiente del juez de Castilla Laín Calvo, nació en Burgos ó en la próxima aldea de Vivar á mediados del siglo XI. Hubo de figurar ya en los últimos tiempos del primer Fernando. Le armó caballero y le nombró su alférez Sancho II, á quien, después de la batalla de Golpejares, aconsejó el Cid que atacase al victorioso y ya descuidado ejército de su hermano Alfonso VI de León. Consta que venció en singular batalla á un sarraceno y á un pamplonés. Acaso ya por entonces casó con doña Jimena, hija del conde de Oviedo.

Muerto Sancho por Bellido Dolfos en el cerco de Zamora, doce caballeros, entre los cuales se contaba Rodrigo, exigieron del nuevo rey de Castilla Alfonso VI que jurase no haber tenido parte en la muerte de su hermano. Asistió el Cid algún tiempo en la corte, pero por el recuerdo de la jura ó por otro motivo de desazón ó por hablillas de los envidiosos, fué desterrado al finalizar el año 1081 ó poco más tarde.

Fuése Rodrigo á Barcelona y luégo á Zaragoza, donde entró á reinar Al-Mutamin. Sirvió á éste victoriosamente contra su hermano el rey de Denia, favorecido por los soberanos de Aragón y Barcelona. Siguió el Cid unido al hijo y sucesor de Al-Mutamin, con cuyo auxilio rechazó á los Almoravides, llamados por Al-Kaadir, rey de Valencia, sitiando después esta ciudad. Tres veces se allegó á Alfonso, pero no tardaban en separarse, saliendo la tercera nuevamente desterrado.

Muerto Al-Kaadir y entronizado el traidor Ben-D’yajaf, después de varios incidentes y de haber rechazado la invasión del Almoravide Abou-Becr, se apoderó el Cid de Valencia (1094). Mostróse al principio clemente, pero luégo condenó al fuego á Ben-D’yajaf y otros musulmanes. Alcanzó nuevas victorias, mas derrotado por los almoravides su pariente y amigo Álvar Fáñez y parte de su propio ejército, murió de pesadumbre (1099). Su viuda tuvo que dejar á Valencia después de haberse mantenido en ella dos años. Salieron los cristianos en procesión con el cadáver de Rodrigo, el cual, como también después el de Jimena, fué sepultado en San Pedro de Cardeña. Le sobrevivieron sus dos hijas, Cristina, casada con Ramiro infante de Navarra, y María que lo fué con Berenguer Ramón III de Barcelona.

La historia no nos presenta al Cid como héroe sin mancha: no siempre se mostró vasallo reverente, y su energía se convirtió á veces en crueldad, su prudencia en astucia; pero atesoró grandes cualidades que le valieron la admiración de amigos y enemigos musulmanes, uno de los cuales le proclamó prodigio del Señor. Sus victorias, de que se aprovechó toda la cristiandad, su vida aventurera y hazañosa y sus prendas personales y domésticas le convirtieron, á no tardar, en héroe de épicas tradiciones.

Pocos años después de su muerte, si no ya en vida, según opina Baist, fué el Cid celebrado en un poema latino, y consta que á mediados del siglo XII era ya cantado con el nombre de Mio Cid.

Dos son los poemas ó cantares de gesta relativos á este célebre personaje histórico que se han conservado. El que versa sobre hechos más antiguos, publicado en nuestro siglo por Mr. Francisque Michel, ha sido llamado la Crónica Rimada ó el Poema de las mocedades del Cid y pudiera llamarse simplemente El Rodrigo, pues tal es el nombre que da constantemente al héroe. Este poema cuenta la historia fabulosa de la juventud de Rodrigo, la cual comprende la muerte dada á un supuesto conde de Gormaz, injuriador de su padre, su casamiento con Jimena, hija del mismo conde, sus primeras victorias ganadas á caudillos árabes y la imaginaria expedición á Francia, á donde, según se supone, acompañó al rey D. Fernando, para oponerse al tributo que á Castilla exigían los monarcas extranjeros.

El otro cantar, llamado comunmente el Poema del Cid, fué publicado en el pasado siglo por el Pbro. Don Tomás Sánchez, y pudiera distinguirse de El Rodrigo, apellidándole El mio Cid, pues así denomina al de Vivar. Menos apartado que aquél de la realidad histórica, es, á nuestro ver más antiguo, y nos presenta un héroe, nada muelle ni apocado, pero grave y comedido, sin los impetuosos arranques atribuídos á sus mocedades. Refiere las hazañas del Cid después de su último destierro, la toma de Valencia, el casamiento, sin duda alguna fabuloso, de sus hijas con los infantes de Carrión, la cobardía de éstos y el mal tratamiento que dan á sus esposas, las cortes convocadas por Alfonso, la sentencia pronunciada contra los infantes y los nuevos casamientos de las hijas del Cid con el infante de Aragón (así dice) y el de Navarra.

Fueron narrados también en cantares perdidos, el testamento y la muerte de don Fernando, el cerco de Zamora, la muerte de don Sancho y la jura de Alfonso.

La Estoria de Espanna ó Crónica general compuesta ó más bien dirigida por Alfonso X, que contiene un gran depósito de relatos históricos y poéticos de la vida del Cid, ha conservado otras tradiciones, que sin duda no fueron cantadas, tales como la de haber el Cid libertado á don Sancho en Santarem, y amonestado y corregido al cobarde Martín Peláez en el cerco de Valencia y las del converso Gil Díaz y demás que dan cima á la biografía del héroe.

Leves rastros de alguna otra tradición se perciben en la Crónica particular del Cid, que por el intermedio de la de Castilla redactada en tiempo de Alfonso XI, proviene, según observó un ilustre crítico, de la obra histórica del Rey Sabio.

II

En la época de la formación de los romances, llegó el Cid á ser el héroe predilecto de estas composiciones populares que tanto valimiento alcanzaron. Fué además el único de cuyos romances se publicó una colección especial, empresa llevada á cabo por Escobar en su Romancero é Historia del muy valeroso caballero el Cid, Rúy Díaz de Vivar, impreso por primera vez en 1612 en Alcalá. Esta colección comprende 102 romances, algunos de los cuales tomó Escobar del Cancionero publicado en Amberes, primero sin fecha y por segunda vez en 1550, otros de los compuestos ó publicados por Sepúlveda y Timoneda, y, finalmente, y en mayor número, del Romancero general, añadiendo algunos que, como los últimos, pertenecen al género de romances nuevos ó artísticos. La colección de Escobar ha sido impresa en España á lo menos diez y ocho veces, y no pudo eclipsarla, antes bien quedó poco menos que desconocida la publicada en 1626 en Barcelona por Francisco Metje con el título de Tesoro escondido de todos los más famosos romances así antiguos como modernos del Cid... con romances de los siete infantes de Lara.

Los romances del Cid (y en esto no fueron únicos) inspiraron composiciones dramáticas, siendo sin duda las primeras las dos tan famosas de Guillén de Castro. Á éste siguió Pedro Corneille en varias escenas de su celebérrima tragedia del Cid, si bien al defender el carácter que había atribuído á Jimena, adujo la autoridad, no del dramático español, sino la de dos romances. La obra de Corneille fué el principal origen de la fama del Cid fuera de España. En la llamada Bibliothèque universelle des Romans (2.º volumen del mes de Julio de 1783) se publicó una versión bastante libre (por Couchut?) de varios romances del héroe de Vivar. Esta traducción fué puesta también libremente en lengua alemana por el famoso Herder cuyo libro se divulgó en gran manera entre sus compatricios. Han dado éstos, sin embargo, más fieles traducciones y publicado de nuevo los originales J. (Julius) con un prólogo castellano y una biografía del héroe por Müller, Keller que aumentó á Escobar y Carolina Michaelis que ha reunido 205 romances.

Todos los comprendidos en la colección selecta que damos á luz se leen en el incomparable Romancero general de Durán á excepción del Yo me estando en Valencia y del Junto al muro de Zamora que descubrieron Wolf y Hofmann en el segundo tomo de la Silva de romances de Zaragoza, publicándolo en su Primavera y Flor de romances, y del Banderas antiguas tristes que proviene del Tesoro de Metje y ha publicado Köhler en su Herder’s Cid con variantes del Jardín de amadores. Nuestra elección no ha seguido exclusivamente un criterio estético. Hemos procurado en especial dar al lector una narración seguida, evitando, con alguna excepción casi necesaria, la repetición de un mismo hecho. Entre dos romances de igual asunto, no siempre hemos preferido el más antiguo, como hubiéramos hecho en una colección de índole científica, sino el más satisfactorio en su género. Al que nos tildase de haber omitido alguno de los viejos y admitido un gran número de los artísticos, contestaríamos además que varios de los últimos han adquirido gran celebridad y se echarían de menos en un Romancero del Cid, y que algo se ha de atender, en una publicación como la presente, al gusto del mayor número de lectores.

Pertenecen á la clase de los llamados primitivos y que con más ó menos rigor son acreedores á este título los: 6, Cavalga Diego Laínez; 7, Día era de los Reyes; 17, Por el val de las Estacas; 19, Á concilio dentro en Roma; 25, Doliente se siente el rey; 26, Morir vos queredes, Padre; 27, Rey don Sancho, rey don Sancho; 31, Apenas era el rey muerto; 32, Afuera, afuera, Rodrigo; 33, Riberas del Duero arriba; 34, Junto al muro de Zamora; 35, Guarte, guarte, rey don Sancho; 36, De Zamora sale D’Olfos; 39, Ya cabalga Diego Ordóñez; 43, Tristes van los zamoranos; 45, Por aquel postigo viejo; 46, En Santa Águeda de Burgos; 76, Helo, helo por do viene; 83, Por Guadalquivir arriba; 84, Tres cortes armara el rey; 85, Yo me estando en Valencia. En estos romances, por lo común bellísimos, hállanse el corte popular y la expresión ingenua que no pudo después imitar el arte, y no tan sólo en los asuntos, pero aun en los pormenores guardan preciosas reliquias de los antiguos cantares, transformados á menudo por la fantasía popular y algunas veces por la inventiva del poeta no menos que por el influjo de las crónicas. En el 46 se nota la mención de trajes relativamente modernos.

Los romances, 8, Reyes moros en Castilla; 9, De Rodrigo de Vivar; 14, Sobre Calahorra esta villa; 15, Muy grandes huestes de moros; 28, Llegado es el rey don Sancho; 29, Entrado ha el Cid en Zamora; 30, El Cid fué para su tierra; 56, Ese buen Cid Campeador; 57, Adofir de Mudafar; 68, Aquese famoso Cid, Con gran razón etc.; 74, En batalla temerosa; 94, Estando en Valencia el Cid; 96, Aquese famoso Cid De Vivar etc.; 101, Vencido queda el rey Búcar; 102, En Sant Pedro de Cardeña son de la colección de Sepúlveda; el 13, Celebradas ya las bodas, está fundado en otro del mismo origen. Estos romances, que han debido incluirse para completar la narración, no son sino transcripción versificada de la crónica: mas aunque ayunos de inspiración poética, agradan por lo que conservan de las antiguas narraciones. El 60, Apretada está Valencia, aunque anterior á los de Sepúlveda y más arcáico en la forma, pertenece también á la clase de los tomados directa y literalmente de la historia escrita.

Los demás romances de esta colección son de los que se llamaron nuevos y que la crítica ha denominado artísticos.

No diremos de ellos lo que dijo Marcial de sus epígramas, pero no cabe duda en que los hay medianos y algunos maleados en sumo grado por los vicios á que propende este género, es decir, la afectación de antigüedad en el lenguaje y el abuso de una fecundidad razonadora y palabrera. No obstante, en general puede afirmarse que son bien hechos y de agradable lectura y se ve que los poetas no sólo atendían al lucimiento de su ingenio, sino que miraban con cierto respeto y seriedad el asunto. Algunos particularmente son verdaderas joyas del arte; tales como el 2, Cuidando Diego Laínez, donde con tanta viveza y maestría se expone la prueba que hace de sus hijos el sucesor de Laín Calvo; el 5, Llorando Diego Laínez de tan dramático efecto; los 10, Á Jimena y á Rodrigo y 11, Á su palacio de Burgos, recomendables por su gracia y por la viveza (ya que no por la exactitud arqueológica) de sus descripciones; el 12, Domingo por la mañana que parece hecho para competir con el 11; el 20, En los solares de Burgos y 21, Pidiendo á las diez del día, notables, según observación de Federico Schlegel, por su delicada ironía; el 22, Salió á misa de parida, modelo acaso del 12 y que emula si no vence á los 10 y 11; los 23, Acababa el rey Fernando, y 24, Atento escucha las voces, tan preciosos en su género que no hemos podido desecharlos, á pesar de ofrecer el mismo argumento que dos bellísimos primitivos; el 41, El hijo de Arias Gonzalo, modelo de sentimientos caballerescos y de elegante sencillez; el 49, Fablando estaba en el claustro que forma un cuadro completo en que parece adivinarse la decoración románica; el 67, Victorioso vuelve el Cid que tan bizarra apostura y tan discretas razones atribuye al héroe; el 70, Acabado de yantar que con bien escogidos toques cómicos pinta la cobardía de los infantes; el tan sentido 78, Al cielo piden justicia; el 82, Recibiendo el alborada que participa de la gala de los moriscos, etc.—Dígase lo que quiera, pero algo han de tener estas composiciones, cuando muchos de sus versos quedan perennemente grabados en la memoria de quien los leyó y saboreó en edad temprana.

De las diversas épocas á que pertenecen los romances (aunque menos apartadas entre sí de lo que muchos han opinado) se deriva para las obras componentes del Romancero del Cid una divergencia de estilos en gran manera opuestos á la idea de los que lo propusieron como prueba y ejemplo de epopeyas formadas por una serie de breves cantares. Esta misma divergencia desagradará sin duda á quien busque, con ánimo severo, una construcción regular y homogénea; mas puede contribuir al deleite del que prefiera una perspectiva curiosa y variada.

Motivo más formal de aprecio se halla en el valor relativamente moral é histórico del mismo Romancero. Se extrañará la primera calificación, que damos únicamente como relativa, si se atiende al primer hecho ruidoso que se atribuye al Cid (fundado en preocupaciones que la recta razón desaprueba) y á los ímpetus de su bravío carácter, con respecto al monarca y aun al sumo Pontífice: todo lo cual proviene de las fabulosas narraciones transmitidas por el poema de El Rodrigo; mas fuera de esto y si se atiende al efecto general, se ve retratado el Cid como varón de nobilísimo carácter, defensor de la fe, de la patria y de la familia, amador del derecho, bueno para los suyos y rendido en el fondo á un monarca que no siempre le trataba con justicia. Por otra parte, levísimas supresiones han bastado para que resultase una expresión constantemente limpia y decorosa.

Por lo que hace á la parte histórica ¿quién negará que se han entrometido muchas ficciones en la vida poética de nuestro héroe? Es fabulosa la reyerta de Diego y su hijo con un Gormaz (ó Lozano ó mejor lozano) que nunca ha existido, y toda la expedición de Fernando y de Rodrigo á lejanas tierras; eslo también, aunque con más visos de verosimilitud, el casamiento de los infantes de Carrión, y distan mucho de ser auténticas la mayor parte de anécdotas que de los posteriores años se refieren. Mas casi todos los personajes, un gran número de hazañas, el hecho importantísimo de la toma de Valencia, la resistencia á los almoravides, las desavenencias y reconciliaciones con Alfonso y un cierto ambiente general que en los romances se respira, son verdaderamente históricos.

Por tales dotes, menos comunes de lo que se creyera en narraciones de esta clase, por el sinnúmero de bellezas poéticas que sólo muy someramente hemos indicado, por el interés é incomparable variedad de las situaciones queda justificada la predilección de propios y extraños por el Romancero del Cid, que el célebre estético Hegel (en demasía célebre como filósofo) puso por encima de los demás ciclos poéticos populares y equiparó á un collar de perlas.


Manuel Milá y Fontanals.

Parte I. Mocedades del Cid

Época de Fernando I

I

Non me culpedes si he fecho
mi justicia y mi deber,
magüer que siendo pequeño
me nombraste por jüez.
Entre todos me escogistes
por de más madura sién,
porque ficiese derecho
de lo fecho mal y bien.
Non fagáis desaguisado
si al robador enforqué,
que en homes este delito
no causa ninguna prez.
Como de veras me pago,
de las burlas non curé,
que el que pugna por la honra
enemigo d’ella fué.
Atended que la justicia,
en burlas y en veras, fué
vara tan firme y derecha
que non se pudo torcer.
Verdad, entre burla y juego,
como es fija de la fe,
es peña que al agua y viento
para siempre está de un sér.
Miémbraseme que mi abuelo,
en buen siglo su alma esté,
muchas veces me decía
aquesto que agora oiréis:
«El home en sus mancebías
siempre debiera aprender
á facer siempre derecho
cuando en más burlas esté.»
Así fice esta vegada;
yo cuido que fice bien,
que sigo un abuelo honrado
que nadie se quejó dél.—
Esto decía Rodrigo
afinojado ante el Rey,
delante los que juzgaba
antes de los años diez.

II

Cuidando Diego Laínez
en la mengua de su casa,
fidalga, rica y antigua
antes que Íñigo Abarca;
y viendo que le fallescen
fuerzas para la venganza,
porque por sus luengos días
por sí no puede tomalla,
no puede dormir de noche,
nin gustar de las viandas,
ni alzar del suelo los ojos,
ni osar salir de su casa,
nin fablar con sus amigos,
antes les niega la fabla,
temiendo que les ofenda
el aliento de su infamia.
Estando, pues, combatiendo
con estas honrosas bascas,
para usar d’esta experiencia,
que no le salió contraria,
mandó llamar á sus hijos,
y sin decilles palabra,
les fué apretando uno á uno
las fidalgas tiernas palmas;
no para mirar en ellas
las quirománticas rayas,
que este fechicero abuso
no era nacido en España.
Mas prestando el honor fuerzas,
á pesar del tiempo y canas,
á la fría sangre y venas,
nervios y arterias heladas,
les apretó de manera
que dijeron:—Señor, basta
¿Qué intentas ó qué pretendes?
Suéltanos ya, que nos matas.—
Mas cuando llegó á Rodrigo,
casi muerta la esperanza
del fruto que pretendía,
que á do no piensan se halla,
encarnizados los ojos,
cual furiosa tigre hircana,
con mucha furia y denuedo
le dice aquestas palabras:
—Soltedes, padre, en mal hora,
soltedes en hora mala,
que á no ser padre, no hiciera
satisfacción de palabras;
antes con la mano mesma
vos sacara las entrañas,
faciendo lugar el dedo
en vez de puñal ó daga.—
Llorando de gozo el viejo
dijo:—Fijo de mi alma,
tu enojo me desenoja,
y tu indignación me agrada.
Esos bríos, mi Rodrigo,
muéstralos en la demanda
de mi honor, que está perdido,
si en ti no se cobra y gana.—
Contóle su agravio, y dióle
su bendición y la espada
con que dió al Conde la muerte
y principio á sus fazañas.

III

Pensativo estaba el Cid
viéndose de pocos años,
para vengar á su padre
matando al conde Lozano.
Miraba el bando temido
del poderoso contrario,
que tenía en las montañas
mil amigos asturianos;
miraba cómo en las Cortes
del rey de León Fernando
era su voto el primero,
y en guerras mejor su brazo.
Todo le parece poco
respecto de aquel agravio,
el primero que se ha fecho
á la sangre de Laín Calvo.
Al cielo pide justicia,
á la tierra pide campo,
al viejo padre licencia,
y á la honra esfuerzo y brazo.
Non cuida de su niñez;
que en naciendo, es costumbrado
á morir por casos de honra
el valiente fijodalgo.
Descolgó una espada vieja
de Mudarra el castellano,
que estaba vieja y mohosa
por la muerte de su amo;
y pensando que ella sola
bastaba para el descargo,
antes que se la ciñese,
así le dice turbado:
—Faz cuenta, valiente espada,
que es de Mudarra mi brazo,
y que con su brazo riñes,
porque suyo es el agravio.
Bien sé que te correrás
de verte así en la mi mano;
mas no te podrás correr
de volver atrás un paso.
Tan fuerte como tu acero
me verás en campo armado;
tan bueno como el primero
segundo dueño has cobrado;
y cuando alguno te venza,
del torpe fecho enojado,
fasta la cruz en mi pecho,
te esconderé muy airado.
Vamos al campo, que es hora
de dar al conde Lozano
el castigo que merece
tan infame lengua y mano.—
Determinado va el Cid,
y va tan determinado,
que en espacio de una hora
quedó del Conde vengado.

IV

Non es de sesudos homes,
ni de infanzones de pro,
facer denuesto á un fidalgo
que es tenudo más que vos;
non los fuertes barraganes
del vuestro ardid tan feroz
prueban en homes ancianos
el su juvenil furor;
no son buenas fechorías
que los homes de León
fieran en el rostro á un viejo,
y no el pecho á un infanzón.
Cuidarais que era mi padre
de Laín Calvo sucesor,
y que no sufren los tuertos
los que han de buenos blasón.
Mas ¿cómo vos atrevisteis
á un home, que sólo Dios,
siendo yo su fijo, puede
facer aquesto, otro non?
La su noble faz ñublasteis
con nube de deshonor,
mas yo desfaré la niebla,
que es mi fuerza la del sol;
que la sangre dispercude
mancha que finca en la honor,
y ha de ser, si bien me lembro,
con sangre del malhechor.
La vuesa, Conde tirano,
lo será, pues su fervor
os movió á desaguisado
privándovos de razón.
Mano en mi padre pusisteis
delante el Rey con furor;
cuidá que lo denostasteis,
y que soy su fijo yo.
Mal fecho fecisteis, Conde,
yo vos reto de traidor;
y catad si vos atiendo
si me causaréis pavor.
Diego Laínez me fizo
bien cendrado en su crisol;
probaré en vos mi fiereza
y en vuesa falsa intención.
Nos vos valdrá el ardimiento
de mañero lidiador,
pues para vos combatir
traigo mi espada y trotón.—
Aquesto al conde Lozano
dijo el buen Cid Campeador,
que después por sus fazañas
este nombre mereció.
Dióle la muerte y vengóse,
la cabeza le cortó,
y con ella ante su padre
contento se afinojó.

V

Llorando Diego Laínez
yace sentado á la mesa,
vertiendo lágrimas tristes
y tratando de su afrenta;
y trasportándose el viejo,
la mente siempre inquiëta
de temores muy honrados,
va levantando quimeras,
cuando Rodrigo venía
con la cortada cabeza
del Conde, vertiendo sangre,
y asida por la melena.
Tiró á su padre del brazo,
y del sueño lo recuerda,
y con el gozo que trae
le dice de esta manera:
—Veis aquí la yerba mala
para que vos comáis buena;
abrid, mi padre, los ojos
y alzad la faz, que ya es cierta
vuesa honra, y ya con vida
os resucita de muerta.
De su mancha está lavada
á pesar de su soberbia;
que hay manos que no son manos,
y esta lengua ya no es lengua.
Yo os he vengado, señor,
que está la venganza cierta
cuando la razón ayuda
á aquel que se arma con ella.—
Piensa que lo sueña el viejo,
mas no es así, que no sueña,
sino que el llorar prolijo
mil caracteres le muestra;
mas al fin alzó los ojos,
que fidalgas sombras ciegan,
y conoció á su enemigo
aunque en la mortal librea.
—Rodrigo, fijo del alma,
encubre aquesa cabeza,
no sea otra Medusa
que me trueque en dura piedra,
y sea tal mi desventura
que antes que te lo agradezca
se me abra el corazón
con alegría tan cierta.
¡Oh conde Lozano infame!
El cielo de ti me venga,
y mi razón, contra ti,
ha dado á Rodrigo fuerzas.
Siéntate á yantar, mi fijo,
do estoy, á mi cabecera,
que quien tal cabeza trae
será en mi casa cabeza.

VI

Cabalga Diego Laínez
al buen Rey besar la mano;
consigo se los llevaba
los trescientos hijosdalgo.
Entre ellos iba Rodrigo,
el soberbio castellano;
todos caminan á mula,
sólo Rodrigo á caballo;
todos visten oro y seda,
Rodrigo va bien armado;
todos espadas ceñidas,
Rodrigo estoque dorado;
todos con sendas varicas,
Rodrigo lanza en la mano;
todos guantes olorosos,
Rodrigo guante mallado;
todos sombreros muy ricos,
Rodrigo casco afinado,
y encima del casco lleva
un bonete colorado.
Andando por su camino,
unos con otros hablando,
allegados son á Burgos;
con el Rey se han encontrado.
Los que vienen con el Rey
entre sí van razonando;
unos lo dicen de quedo,
otros lo van publicando:
—Aquí viene entre esa gente
quien mató al conde Lozano.—
Como lo oyera Rodrigo,
en hito los ha mirado;
con alta y soberbia voz
d’esta manera ha hablado:
—Si hay alguno entre vosotros
su pariente ó adeudado
á quien pese de su muerte,
salga luégo á demandallo;
yo se lo defenderé,
quiera á pié, quiera á caballo.
Todos responden á una:
—Demándelo su pecado.—
Todos se apearon juntos
para al Rey besar la mano;
Rodrigo sólo quedó
encima de su caballo.
Entonces habló su padre,
bien oiréis lo que ha hablado.
—Apeaos, hijo mío,
besaréis al Rey la mano,
porqu’él es vuestro señor,
vos, hijo, sois su vasallo.—
Desque Rodrigo esto oyó
sintióse muy agraviado;
las palabras que responde
son de hombre muy enojado.
—Si otro me lo dijera,
ya me lo hubiera pagado;
mas por mandarlo vos, padre,
yo lo haré de buen grado.—
Ya se apeaba Rodrigo
para al Rey besar la mano;
al hincar de la rodilla
el estoque se ha arrancado.
Espantóse d’esto el Rey
y dijo como turbado:
—Quítate, Rodrigo, allá,
quítateme allá, diablo;
que tienes el gesto de hombre
y los hechos de león bravo.—
Como Rodrigo esto oyó
apriesa pide el caballo;
con una voz alterada
contra el Rey así ha hablado:
—Por besar mano de rey
no me tengo por honrado;
porque la besó mi padre
me tengo por afrentado.—
En diciendo estas palabras
salido se ha del palacio;
consigo se los tornaba
los trescientos hijosdalgo.
Si bien vinieron vestidos,
volvieron mejor armados;
y si vinieron en mulas,
todos vuelven en caballos.

VII

Día era de los Reyes,
día era señalado
cuando dueñas y doncellas
al Rey piden aguinaldo,
si no es Jimena Gómez,
hija del conde Lozano,
que puesta delante el Rey
d’ esta manera ha hablado
—Con mancilla vivo, Rey,
con ella vive mi madre;
cada día que amanece
veo quien mató á mi padre
caballero en un caballo
y en su mano un gavilane;
otras veces un halcón
que trae para cazare,
y por me hacer más enojo
cébalo en mi palomare;
con sangre de mis palomas
ensangrentó mi briale.
Enviéselo á decir;
envióme á amenazare.
Rey que no hace justicia
no debía de reinare,
ni cabalgar en caballo,
ni espuela de oro calzare,
ni comer pan en manteles,
ni con la Reina holgare,
ni oir misa en sagrado
porque no merece mase.—
El Rey de que aquesto oyera
comenzara de hablare:
—¡Oh válame Dios del cielo!
quiérame Dios consejare:
si yo prendo ó mato al Cid,
mis Cortes se volverane;
y si no hago justicia
mi alma lo pagarae.
—Tén tú las tus Cortes, Rey,
no te las revuelva nadie,
y al que á mi padre mató
dámelo tú por iguale,
que quien tanto mal me hizo
sé que algún bien me haráe.—
Entonces dijera el Rey,
bien oiréis lo que dirae:
—Siempre lo oí decir
y agora veo que es verdade,
que el seso de las mujeres
que non era naturale:
hasta aquí pidió justicia
ya quiere con él casare;
yo lo haré de muy buen grado,
de muy buena voluntade.
Mandarle quiero una carta,
mandarle quiero llamare.—
Las palabras no son dichas,
la carta camino vae,
mensajero que la lleva
dado la había á su padre.
—Malas mañas habéis, Conde,
no os las puedo yo quitare,
que cartas que el Rey os manda
no me las queráis mostrare.—
—No era nada, mi hijo,
sino que vades alláe,
quedaos vos aquí, mío hijo,
yo iré en vuestro lugare.—
—Nunca Dios tal cosa quiera
ni Santa María lo mande,
sino que adonde vos fuéredes
que allá vaya yo delante.

VIII

Reyes moros en Castilla
entran con gran alarido;
de moros son cinco reyes,
lo demás mucho gentío.
Pagaron por junto á Burgos,
á Montes-d’Oca han corrido,
y corriendo á Belforado,
también á Santo Domingo,
á Nájera y á Logroño,
todo lo habían destruído.
Llevan presa de ganados,
muchos cristianos cautivos,
hombres muchos y mujeres
y también niñas y niños.
Ya se vuelven á sus tierras
bien andantes y muy ricos,
porque el Rey ni otro ninguno
á quitárselo han salido.
Rodrigo, cuando lo supo
en Vivar, el su castillo,
mozo es de pocos días,
los veinte años no ha cumplido.
Cabalga sobre Babieca
y con él los sus amigos;
apellidara á la tierra:
mucha gente le ha venido.
Gran salto diera en los moros;
en Montes-d’Oca, el castillo,
venciera todos los moros
y prendió los reyes cinco.
Quitárales la gran presa
y gentes que iban cautivos;
repartiera las ganancias
con los que le habían seguido;
los reyes trajera presos
á Vivar, el su castillo;
entrególos á su madre,
ella los ha recibido,
soltólos de la prisión,
vasallaje han conocido,
y á Rodrigo de Vivar
todos lo han bendecido.
Loaban su valentía;
sus parias le han prometido;
fuéronse para sus tierras
cumpliendo lo que habían dicho.

IX

De Rodrigo de Vivar
muy grande fama corría
cinco reyes ha vencido,
moros de la morería.
Soltólos de la prisión
do metidos los tenía;
quedaron por sus vasallos,
sus parias le prometían.
En Burgos estaba el rey
que Fernando se decía.
Aquesa Jimena Gómez
ante el buen Rey parecía;
humilládose había ant’él
y su razón proponía:
—Fija soy yo de don Gómez,
que en Gormaz condado había;
don Rodrigo de Vivar
le mató con valentía.
La menor soy yo de tres
hijas que el Conde tenía,
y vengo á os pedir merced
que me hagáis en este día,
y es que aquese don Rodrigo
por marido yo os pedía.
Ternéme por bien casada,
honrada me contaría,
que soy cierta que su hacienda
ha de ir en mejoría,
y él mayor en el estado
que en la vuestra tierra había.
Haréisme así gran merced,
hacer á vos bien vernía,
porqu’es servicio de Dios
y yo le perdonaría
la muerte que dió á mi padre,
si él aquesto concedía.—
El Rey hobo por muy bien
lo que Jimena pedía:
escrebiérale sus cartas,
que viniese, le decía,
á Plasencia, donde estaba,
qu’es cosa que le cumplía.
Rodrigo, que vió las cartas
que el rey Fernando le envía,
cabalgó sobre Babieca,
muchos en su compañía:
todos eran hijosdalgo
los que Rodrigo traía;
armas nuevas traían todos,
de una color se vestían;
amigos son y parientes,
todos á él le seguían.
Trescientos eran aquellos
que con Rodrigo venían.
El Rey salió á recibirlo,
que muy mucho lo quería.
Díjole el Rey:—Don Rodrigo,
agradézcoos la venida,
que aquesa Jimena Gómez
por marido á vos pedía,
y la muerte del su padre
perdonada os la tenía.
Yo vos ruego que lo hagáis,
d’ello gran placer habría;
hacervos he gran merced,
muchas tierras os daría.
—Pláceme, Rey mi señor,
don Rodrigo respondía,
en esto y en todo aquello
que tu voluntad sería.—
El rey se lo agradeció;
desposados los había
el Obispo de Palencia,
y el Rey dádole había
á Rodrigo de Vivar
mucho más que antes tenía,
y amóle en su corazón,
que todo lo merecía.
Despidiérase del Rey,
para Vivar se volvía;
consigo lleva su esposa,
su madre la recebía.
Rodrigo se la encomienda
como á su persona misma;
prometió como quien era
que á ella no llegaría
hasta que las cinco huestes
de los moros no vencía.

X

Á Jimena y á Rodrigo
prendió el Rey palabra y mano
de juntarlos para en uno
en presencia de Laín Calvo.
Las enemistades viejas
con amor las olvidaron,
que donde preside amor
se olvidan muchos agravios.
El Rey dió al Cid á Valduerna,
á Saldaña y Belforado
y á San Pedro de Cardeña,
que en su hacienda vincularon.
Entróse á vestir de boda
Rodrigo con sus hermanos;
quitóse gala y arnés
resplandeciente y grabado.
Púsose un medio botarga
con unos vivos morados,
calzas, valona tudesca
de aquellos siglos dorados:
eran de grana de polvo
y de vaca los zapatos,
con dos hebillas por cintas
que le apretaban los lados;
camisón redondo y justo
sin filetes ni recamos,
que entonces el almidón
era pan para muchachos;
con jubón de raso negro,
ancho de manga, estofado,
que en tres ó cuatro batallas
su padre lo había sudado.
Una acuchillada cuera
se puso encima del raso,
en remembranza y memoria
de las muchas que había dado;
una gorra de Contray
con una pluma de gallo;
llevaba puesto un tudesco
en felpa todo forrado;
la tizona rabitiesa,
del mundo terror y espanto,
en tiros nuevos traía,
que costaron cuatro cuartos.
Más galán que Gerineldos
baja el Cid famoso al patio,
donde Rey, Obispo y Grandes
en pié estaban aguardando.
Tras esto bajó Jimena,
tocada en toca de papos,
y no con estas quimeras
que agora llaman hurracos.
De paño de Londres fino
era el vestido bordado;
unas garnachas muy justas
con un chapín colorado;
un collar de ocho patenas
con un San Miguel colgado,
que apreciaron una villa,
solamente de las manos.
Llegaron juntos los novios,
y al dar la mano y abrazo,
el Cid, mirando la novia,
le dijo todo turbado:
—Maté á tu padre, Jimena,
pero no á desaguisado;
matéle de hombre á hombre
para vengar cierto agravio.
Maté hombre, y hombre doy;
aquí estoy á tu mandado,
y en lugar del muerto padre
cobraste marido honrado.—
Á todos pareció bien,
su discreción alabaron,
y así se hicieron las bodas
de Rodrigo el castellano.

XI

Á su palacio de Burgos,
como buen padrino honrado,
llevaba el Rey á yantar
á sus nobles afijados.
Salen juntos de la iglesia
el Cid, el Obispo y Laín Calvo,
con el gentío del pueblo
que les iba acompañando.
Por la calle adonde van
á costa del Rey gastaron
en un arco muy polido
más de treinta y cuatro cuartos.
En las ventanas alfombras,
en el suelo juncia y ramos,
y de trecho á trecho había
mil trovas al desposado.
Salió Pelayo hecho toro
con un paño colorado,
y otros que le van siguiendo,
y una danza de lacayos.
También Antolín salió
á la jineta en un asno,
y Peláez con vejigas
fuyendo de los mochachos.
Diez y seis maravedís
mandó el Rey dar á un lacayo,
porque espantaba á las fembras
con un vestido de diablo.
Más atrás viene Jimena,
trabándola el Rey la mano,
con la Reina, su madrina,
y con la gente de manto.
Por las rejas y ventanas
arrojaban trigo tanto,
que el Rey llevaba en la gorra,
como era ancha un gran puñado;
y á la humildosa Jimena
se le metían mil granos
por la marquesota al cuello,
y el rey se los va sacando.
Envidioso dijo Suero,
que lo oyera el Rey, en alto:
—Aunque es de estimar ser Rey,
estimara más ser mano.—
Mandóle por el requiebro
el Rey un rico penacho,
y á Jimena le rogó
que en casa le dé un abrazo.
Fablándola iba el Rey,
mas siempre la fabla en vano,
que non dirá discreción
como la que faz callando.
Llegó á la puerta el gentío,
y partiéndose á dos lados,
quedóse el Rey á comer
y los que eran convidados.

XII

Domingo por la mañana
cuando el claro sol salió
más alegre que otras veces
por gozar de la ocasión,
don Rodrigo de Vivar
el que la palabra dió
de casarse con Jimena,
ese día la cumplió.
Y para ir á la iglesia
á tomar la bendición,
por mostrar lo que valía
¡oh qué galán que salió!
Que de raso columbino
llevaba un rico jubón,
calza colorada y justa,
porque su gusto ajustó,
bohemio de paño negro,
de raso la guarnición,
la manga larga y angosta
con capilla de buitrón;
jaqueta lleva de raja
y en ella mucho brahón,
y las faldetas tan cortas
que se parece el jubón;
lleva un cinto tachonado,
de plata los cabos son,
pendiente lleva del cinto
un doblado mocador.
Zapatos lleva de seda
de un amarillo color,
abiertos y acuchillados
porque era acuchillador.
Un collar de piedras y oro
que al muerto suegro sirvió;
la gorra lleva con plumas,
y un labrado camisón,
y la tizonada espada
á quien él mucho estimó;
de terciopelo morado
los tiros y vaina son.
Todos los grandes le aguardan,
cuántos en la corte son;
sale el Cid y hácenle campo
porque era Cid Campeador.
El Rey le lleva á su lado,
que en hacerlo adivinó
que de otros muy mucho reyes
Rodrigo le hará señor.
Todos le llevan en medio
en orden y procesión,
y para ir á la iglesia
todos se mueven á un són.

XIII

Celebradas ya las bodas
á do la corte yacía
de Rodrigo con Jimena,
á quien tanto el Rey quería,
el Cid pide al Rey licencia
para ir en romería
al Apóstol Santiago,
porque así lo prometía.
El Rey túvolo por bien,
muchos dones le daría;
rogóle volviese presto,
que es cosa que le cumplía.
Despidióse de Jimena,
á su madre la daría,
diciendo que la regale,
que en ello merced le haría.
Llevaba veinte fidalgos
que van en su compañía;
dando va muchas limosnas
por Dios y Santa María;
y allá en medio del camino
un gafo le aparecía
metido en un tremedal,
que salir dél no podía.
Grandes voces está dando;
por amor de Dios pedía
que le sacasen de allí,
pues d’ello se serviría.
Cuando lo oyera Rodrigo
del caballo descendía;
ayudólo á levantar
y consigo lo subía,
lleváralo á su posada,
consigo cenado había;
ficiéranles una cama,
en la cual ambos dormían.
Hacia allá la media noche,
ya que Rodrigo dormía,
un soplo por las espaldas
el Gafo dado le había
tan recio, que por los pechos
á don Rodrigo salía.
Despertó muy espantado;
al Gafo buscado había;
no le hallaba en la cama;
á voces lumbre pedía.
Traídole habían lumbre
y el Gafo no parecía.
Tornádose había á la cama,
gran cuidado en sí tenía
de lo que le aconteciera;
mas un hombre á él venía
vestido de blancos paños;
desta manera decía:
—¿Duermes ó velas, Rodrigo?
—No duermo, le respondía;
pero, dime tú, ¿quién eres,
que tanto resplandecías?
—San Lázaro soy, Rodrigo,
que yo á fablarte venía.
Yo soy el Gafo á que tú
por Dios tanto bien facías.
Rodrigo, Dios bien te quiere,
y otorgado te tenía
que lo que tú comenzares
en lides ó en otra vía,
lo cumplirás á tu honra
y crecerás cada día.
De todos serás temido,
de cristianos y morisma,
y que los tus enemigos
empecer no te podrían.
Morirás tú muerte honrada,
tu persona no vencida;
tú serás el vencedor,
Dios su bendición te envía.—
En diciendo estas palabras,
luégo desaparecía.
Levantóse don Rodrigo,
y de hinojos se ponía:
dió gracias á Dios del cielo,
también á Santa María,
y ansí estuvo en oración
hasta que fuera de día.
Partióse para Santiago,
su romería cumplía;
de allí se fué á Calahorra,
adonde el buen Rey yacía.
Recibiéralo muy bien,
holgóse de su venida;
lidió con Martín González,
en el campo le vencía.

XIV

Sobre Calahorra, esa villa,
contienda se ha levantado,
entre el buen rey de León,
llamado el primer Fernando,
y Ramiro de Aragón,
cuyo reino es el nombrado,
que ambos los reyes dicen
que es villa de su reinado.
Por quitar muertes y guerras,
los reyes han acordado
que lidien dos caballeros,
cada uno de su bando;
y el que de aquestos venciese,
que su rey la haya á su mando.
Fernando nombró á Rodrigo
de Vivar, el muy nombrado;
Ramiro á Martín González,
muy valiente y esforzado.
Armados ambos que son,
en el campo son entrados;
en haciendo la señal,
muy recio se han encontrado;
quebraron ambos las lanzas,
quedaron muy lastimados,
mal feridos de los fierros,
de los encuentros pasados.
Martín le dijo á Rodrigo,
de esta suerte le había hablado:
—Mucho, Rodrigo, vos pese
de haber sido tan osado
de entrar conmigo en batalla
de do saldréis mal pagado;
que aquesa vuesa cabeza
aquí quedará en el campo:
non volveréis á Castilla,
ni á Vivar, el vuestro Estado,
ni Jimena vuestra esposa
jamás vos verá á su lado,
aunque dicen que la amáis,
y que d’ella sois amado.
De las palabras que ha dicho,
mucho á Rodrigo ha pesado,
y con saña muy crecida
ansí le había hablado:
—Sois, Martín, buen caballero,
notad lo por vos hablado:
aquesas vuestras palabras
no son de hombre esforzado,
que aquesta lid comenzada,
por manos se habrá librado,
non por razones livianas,
de que sois tan abastado.
En la mano de Dios es
lo que habéis vos razonado,
y él dará la honra á quien
viere qu’es bien empleado.—
Dijo, y con crecido enojo
para él se fué denodado;
muchas heridas le dió,
en tierra lo ha derribado.
Don Rodrigo se apeó,
la cabeza le ha cortado,
y la sangre de su espada
luégo la había limpiado.
Las rodillas por el suelo,
las manos puestas en alto,
muchas gracias daba á Dios,
que tal victoria le ha dado;
y díjoles á los jueces,
esto les ha preguntado:
—¿Queda aquí más por hacer
para que sea del reinado
de mi señor, Calahorra,
sobre que se ha batallado?—
Respondieron todos juntos:
—No, caballero esforzado,
que en la batalla pasada
el derecho le es quitado
á Ramiro, aquese rey,
que decía ser de su Estado.—
Fernando abrazó á Rodrigo,
tiénenlo por estimado:
del Rey era muy querido,
de todo el mundo loado.

XV

Muy grandes huestes de moros
á Extremadura corrían:
captivan muchos cristianos;
acorro ninguno habían.
Á Rodrigo de Vivar
los acorra le pedían;
don Rodrigo, como bueno,
sus gentes luégo apellida.
Amigos son y parientes
todos los que le venían:
en busca va de los moros,
la su seña va tendida.
Él iba por capitán,
sobre sí buena loriga;
cabalga sobre Babieca;
placer es de ver cuál iba.
Animando va los suyos:
—Nadie muestre cobardía;
pues que todos sois hidalgos
de los buenos de Castilla,
muramos como valientes;
aquí es bien perder la vida.—
Entre Atienza y Sant Esteban
que de Gormaz se decía,
alcanzado habían los moros;
lid campal habían ferida.
Don Rodrigo los venció;
libra la gente captiva:
quitábales los ganados,
siete leguas les seguía.
Tantos mató de los moros,
que contarse no podían:
gran haber ganara d’ellos,
captivos en demasía;
doscientos son los caballos
que á don Rodrigo cabían;
cien mil marcos el despojo;
él todo lo repartía
entre toda la su gente
comunmente, sin cobdicia.
Á Vivar se había tornado
con gran honra que adquiría;
de todos es muy loado,
y del Rey á maravilla.

XVI

Cercada tiene á Coímbra
aquese buen rey Fernando;
siete años duró el cerco,
que jamás lo hubo quitado,
porque el lugar es muy fuerte,
de muros bien torreado.
No hay vianda en el real,
que todo lo habían gastado.
Ya quieren alzar el cerco,
al Rey monjes han llegado
de aquese gran monasterio
que nombrado era Lormano,
que con trabajo crecido
habían mucho trigo alzado,
mucho mijo y aun legumbres,
y al Rey todo se lo han dado,
rogándole no alce el cerco,
que darían vianda abasto.
El Rey se lo agradeció,
tomó lo que le fué dado,
partiólo por sus campañas,
viandas les han abondado;
quebrantaron muchos muros,
los moros se han amistado.
Dádose habían al Rey
la villa y todo su algo;
sólo fincan con las vidas,
que el Rey se las ha otorgado.
En tanto que dura el cerco
un romero había llegado,
que viene de allá de Grecia
al apóstol Santiago.
Astiano había por nombre,
obispo es intitulado:
faciendo estaba oración
ante el Apóstol muy santo.
Astianos oyó decir
que el apóstol Santiago
entraba en las grandes lides
armado y en un caballo
á pelear con los moros
en favor de los cristianos.
El Obispo que lo oyó
muy mucho le había pesado:
—Non le digáis, caballero,
pescador era llamado.—
Y con esta gran porfía
dormido se había quedado.
Santiago se le aparece
con llaves en la su mano,
y con muy alegre rostro
dijo:—Tú faces escarnio
por llamarme caballero,
y en ello tanto has cuidado.
Vengo yo ahora á mostrarte
porque no dudes en vano.
Caballero soy de Cristo,
ayudador de cristianos
contra el poder de los moros,
y d’ellos soy abogado.—
Estando en estas razones
traído le fué un caballo;
blanco era y muy hermoso.
Santiago le ha cabalgado
guarnido de todas armas,
limpias, blancas, relumbrando;
y á guisa de caballero
á ayudar va al rey Fernando,
que yace sobre Coímbra
había ya siete años.
—Y con estas llaves mismas,
dijo, que llevo en mis manos,
abriría yo el lugar;
mañana el día llegado
daréselo yo al Rey,
que lo ha tenido cercado.—
Y en aquesta propia hora
al Rey lo había entregado.
Nombróse Santa María
la mezquita que han hallado,
consagrándola en su nombre;
y en ella se había armado
caballero don Rodrigo
de Vivar, el afamado.
El Rey le ciñó la espada;
paz en la boca le ha dado,
no le diera pescozada
como á otros había dado,
y por hacerle más honra
la Reina le dió el caballo,
y doña Urraca la infanta
las espuelas le ha calzado.
Novecientos caballeros
don Rodrigo había armado;
mucha honra le hace el Rey,
y mucho fuera loado,
porque fuera muy valiente
en ganar lo que es contado,
y en otros muchos lugares
que á su Rey ha conquistado.

XVII

Por el val de las Estacas
el buen Cid pasado había;
á la mano izquierda deja
la villa de Constantina.
En su caballo Babieca
muy gruesa lanza traía;
va buscando al moro Abdalla,
que enojado le tenía.
Travesando un antepecho,
y por una cuesta arriba,
dábale el sol en las armas
¡oh qué bien que parecía!
Vido ir al moro Abdalla
por un llano que allí había,
armado de fuertes armas,
muy ricas tropas traía
dábale voces el Cid,
d’esta manera decía:
—Espérame, moro Abdalla,
no demuestres cobardía.—
Á las voces que el Cid daba
el moro le respondía:
—Muchos tiempos há, buen Cid,
que esperaba yo este día,
porque no hay hombre nacido
de quien yo me escondería;
porque desde mi niñez
siempre huí cobardía.—
—Alabarte, moro Abdalla,
poco te aprovecharía;
mas si tú eres lo que dices
en esfuerzo y valentía,
sé que á tiempo eres venido
que menester te sería.—
Estas palabras diciendo
contra el moro arremetía;
encontróle con la lanza,
en el suelo le derriba;
cortárale la cabeza,
sin le hacer descortesía.

XVIII

En Zamora está Rodrigo,
en corte del rey Fernando,
padre del rey sin ventura
á quien llamaron don Sancho,
cuando llegan mensajeros
de los Reyes tributarios
á Rodrigo de Vivar,
al cual dicen humillados:
—Buen Cid, á ti nos envían
cinco reyes tus vasallos
á te pagar el tributo
que quedaron obligados;
y por señal de amistad
te envían más cien caballos,
veinte blancos como armiños
y veinte rucios rodados;
treinta te envían morcillos
y otros tantos alazanos,
con todos sus guarnimientos
de diferentes brocados,
y á más á doña Jimena
muchas joyas y tocados,
y á vuestras dos fijas bellas
dos jacintos muy preciados;
dos cofres de muchas sedas
para vestir tus fidalgos.—
El Cid les dijera:—Amigos,
el mensaje habéis errado,
porque yo no soy señor
adonde está el rey Fernando:
todo es suyo, nada es mío,
yo soy su menor vasallo.—
El Rey agradeció mucho
la humildad del Cid honrado,
y dijo á los mensajeros:
—Decidles á vuestros amos
que aunque no es rey su señor,
con un rey está sentado,
y que cuanto yo poseo
el Cid me lo ha conquistado;
y que yo estoy muy contento
en tener tan buen vasallo.
El Cid despidió á los moros
con dones que les ha dado,
siendo dende allí adelante
el Cid, Ruíz Díaz llamado,
apellido, entre los moros,
de hombre de valor y estado.

XIX

Á concilio dentro en Roma
el Padre Santo ha llamado.
Por obedecer al Papa
este noble rey Fernando
para Roma fué derecho,
con el Cid acompañado.
Por sus jornadas contadas
en Roma se han apeado:
el Rey con gran cortesía
al Papa besó la mano,
y el Cid y sus caballeros,
cada cual de grado en grado.
En la iglesia de San Pedro
don Rodrigo había entrado,
do vido las siete sillas
de siete reyes cristianos,
y vió la del Rey de Francia
junto á la del Padre santo,
y á la del Rey su señor
un estado más abajo.
Fuése á la del Rey de Francia,
con el pié la ha derribado;
la silla era de marfil,
hecho la ha cuatro pedazos,
y tomó la de su Rey
y subióla en lo más alto.
Habló allí un honrado duque,
que dicen el Saboyano:
—Maldito seas, Rodrigo,
del Papa descomulgado,
porque deshonraste un Rey,
el mejor y más preciado.
Oyendo el Cid sus razones
d’esta manera ha fablado:
—Dejemos los reyes, Duque;
y si os sentís agraviado
hayámoslo entre los dos;
de mí á vos sea demandado.—
Allegóse cabe el Duque,
un gran rempujón le ha dado;
el Duque sin responder
se quedó muy mesurado.
El Papa cuando lo supo
al Cid ha descomulgado;
sabiéndolo el de Vivar
ante el Papa se ha postrado.
—Absolvedme, dijo, Papa;
sino, seráos mal contado.—

XX

En los solares de Burgos,
á su Rodrigo aguardando,
tan en cinta está Jimena
que muy cedo aguarda el parto,
cuando además dolorida
una mañana en di-santo
bañada en lágrimas tiernas
tomó la pluma en la mano,
y después de haberle escrito
mil quejas á su velado,
bastantes á domeñar
unas entrañas de mármol,
de nuevo tomó la pluma
y de nuevo tornó al llanto,
y d’esta guisa le escribe
al noble rey don Fernando:

«Á vos, mi señor el Rey,
»el bueno, el aventurado,
»el magno, el conqueridor,
»el agradecido, el sabio,
»la vuesa sierva Jimena,
»fija del conde Lozano,
ȇ quien vos marido disteis,
»bien así como burlando,
»desde Burgos os saluda,
»donde vive lacerando.
»Las vuesas andanzas buenas
»llévevoslas Dios al cabo.
»Perdonadme, mi señor,
»si no os fablo muy en salvo;
»que si mal talante os tengo
»non puedo disimulallo.
»¿Qué ley de Dios vos enseña
»que podáis por tiempo tanto,
»cuando afincáis en las lides,
»descasar á los casados?
»¿Qué buena razón consiente
»que á un garzón bien domeñado,
»falagüeño y homildoso
»le mostréis á ser león bravo?
»¿Y que de noche y de día
»le traigáis atraillado
»sin soltalle para mí
»sino una vez en el año?
»Y esa que me le soltáis,
»fasta los piés del caballo
»tan teñido en sangre viene
»que pone pavor mirallo;
»y cuando mis brazos toca
»luégo se duerme en mis brazos.
»En sueños gime y forceja,
»que cuida que está lidiando.
»Apenas el alba rompe
»cuando lo están acuciando
»los esculcas y adalides
»para que se vuelva al campo.
»Llorando vos lo pedí,
»y en mi soledad cuidando
»de cobrar padre y marido,
»ni uno tengo ni otro alcanzo;
»que como otro bien no tengo
»y me lo habedes quitado,
»en guisa le lloro vivo,
»cual si estuviera finado.
»Si lo facéis por honralle,
»mi Rodrigo es tan honrado
»que no tiene barba, y tiene
»cinco reyes por vasallos.
»Yo finco, señor, en cinta,
»que en nueve meses he entrado,
»y me podrán empecer
»las lágrimas que derramo.
»Non permitáis se malogren
»prendas del mejor vasallo
»que tiene cruces bermejas,
»ni á rey ha besado mano.
»Respondedme en puridad
»con letras de vuesa mano,
»aunque al vueso mandadero
»le pague yo su aguinaldo.
»Dad este escrito á las llamas,
»non se faga de palacio,
»que á malos barruntadores
»non me será bien contado.»

XXI

Pidiendo á las diez del día
papel á su secretario,
á la carta de Jimena
responde el Rey por su mano.
Después de facer la cruz,
con cuatro puntos y un rasgo,
aquestas palabras finca
á guisa de cortesano:
«Á vos, Jimena la noble,
»la del marido envidiado,
»la homildosa, la discreta,
»la que cedo espera el parto,
»el Rey, que nunca vos tuvo
»talante desmesurado,
»vos envía sus saludes
»en fe de quereros tanto.
»Decisme que soy mal rey
»y que descaso casados,
»y que por los mis provechos
»non curo de vuesos daños;
»que estáis de mí querellosa
»decís en vuesos despachos,
»que non vos suelto el marido
»sino una vez en el año,
»y que cuando vos lo suelto,
»en lugar de falagaros
»en vuesos brazos se duerme,
»como viene tan cansado.
»Si supiérades, señora,
»que vos quitaba el velado
»por mis enamoramientos,
»fuera con razón quejaros;
»mas si sólo vos lo quito
»para lidiar en el campo
»con los moros convecinos,
»non vos fago mucho agravio.
»Á non vos tener en cinta,
»señora, el vueso velado,
»creyera de su dormir
»lo que me habedes contado;
»pero si os tiene, señora,
»con el brial levantado...
»no se ha dormido en el lecho
»si espera en vos mayorazgo.
»Y si en el parto primero
»un marido os ha faltado,
»no importa, que sobra un rey
»que os hará cien mil regalos.
»Non le escribedes que venga,
»porque aunque esté á vueso lado
»en oyendo el atambor
»será forzoso dejaros.
»Si non hubiera yo puesto
»las mis huestes á su cargo,
»ni vos fuérais más que dueña,
»ni él fuera más que un fidalgo.
»Decís que vueso Rodrigo
»tiene reyes por vasallos;
»¡Ojalá como son cinco
»fueran cinco veces cuatro!
»Porque teniéndolos él
»sujetos á su mandado,
»mis castillos y los vuesos
»no hubieran tantos contrarios.
»Decís que entregue á las llamas
»la carta que me habéis dado;
»á contener herejías
»fuera digna de tal pago;
»mas si contiene razones
»dignas de los siete sabios,
»mejor es para mi archivo
»que non para el fuego ingrato;
»y porque guardéis la mía
»y non la fagáis pedazos,
»por ella á lo que pariérdes
»prometo buen aguinaldo.
»Si fijo, prometo dalle
»una espada y un caballo,
»y dos mil maravedís
»para ayuda de su gasto.
»Si fija, para su dote
»prometo poner en cambio
»desde el día que naciere
»de plata cuarenta marcos.
»Con esto ceso, señora,
»y no de estar suplicando
ȇ la Virgen, vos alumbre
»en los peligros del parto.»

XXII

Salió á misa de parida
á San Isidro en León
la noble Jimena Gómez,
mujer del Cid Campeador.
Para salir, de contray
sus escuderos vistió;
que el vestido del criado
dice quién es el señor.
Un jubón de grana fina
la bella dama sacó,
con fajas de terciopelo
picadas de dos en dos;
de lo mismo una basquiña
con la mesma guarnición,
donas que le diera el Rey
el día que se casó,
y con los cabos de plata
un muy rico ceñidor,
que á la Condesa su madre
el Conde en donas le dió.
Lleva una cofia de papos
de riquísimo valor,
que le dió la infanta Urraca
el día que se veló;
dos patenas lleva al cuello,
puestas con mucho primor,
con San Lázaro y San Pedro,
santos de su devoción,
y los cabellos que al oro
disminuyen su color,
á las espaldas echados,
de todos hecho un cordón.
Lleva un manto de Contray,
porque las dueñas de honor,
mientras más cubren su rostro,
más descubren su opinión.
Tan hermosa iba Jimena,
que suspenso quedó el sol
en medio de su carrera
por podella ver mejor,
y á la entrada de la iglesia
al rey Fernando encontró,
que para metella dentro
de la mano la tomó.
Dijo el Rey:—Noble Jimena,
pues el buen Cid Campeador,
vueso dichoso marido
y mi vasallo mejor,
que por estar en las lides
hoy de la iglesia faltó,
á falta del brazo suyo
yo vuestro bracero soy,
y á aquesa fermosa infanta,
que el cielo divino os dió,
mando mil maravedís
y mi plumaje el mejor.—
Non le agradece Jimena
al Rey tanto su favor;
que le ocupa la vergüenza,
y á sus palabras la voz.
Las manos quiso Jimena
besarle y él las huyó:
acompañóla en la iglesia,
y á su casa la volvió.

XXIII

Acababa el rey Fernando
de distribuir sus tierras
cercano para la muerte
que le amenaza de cerca,
cuando por la triste sala,
de negro luto cubierta,
la olvidada infanta Urraca
vertiendo lágrimas entra;
y viendo á su padre el Rey
con debida reverencia,
de hinojos ante la cama
la mano le pide y besa;
y después de haber mostrado
con tierno llanto sus quejas,
mostrando la voz humilde
así la Infanta se queja:
—Entre divinas y humanas
¿qué ley, padre, vos enseña
para mejorar los homes
desheredar á las fembras?
Á Alfonso, Sancho y García,
que están en vuestra presencia,
dejáis todos los haberes
y de mí non se vos lembra;
non debo ser vuestra fija,
que os forzara si lo fuera
á tener de mí lembranza
la vuesa naturaleza.
Si legítima non soy
magüer que bastarda fuera,
de alimentar los mestizos
habedes naturaleza.
Y si ansí non es, decid:
¿qué culpa me deshereda?
¿qué desacato vos fice
que tal castigo merezca?
Si tal tuerto me facéis,
las naciones extranjeras
y los vuesos homes buenos
¿qué dirán cuando lo sepan?
Que non es derecho, non,
ni tal es razón que sea
pudiendo ganalla en lides
dar á los homes facienda.
Si tierras no me dejáis
iréme por las agenas,
y por cubrir vueso tuerto
negaré ser fija vuesa.
En traje de peregrina
pobre iré, mas faced cuenta
que las romeras á veces
suelen fincar en rameras.
Sangre noble me acompaña,
mas cuido que mi nobleza
como extraña olvidaré
pues que por tal me desechas.—
Tales palabras habló
y esperando la respuesta
dió principio al tierno llanto
poniendo fin á sus quejas.

XXIV

Atento escucha las quejas
de su fija doña Urraca
el noble rey Don Fernando
desafuciado en la cama.
De su libertad se pena,
va á responder y no habla
que enmudece hasta á los reyes
una mujer libertada;
mas por poder juntamente
responder y remediada,
arrancó palabras, antes
que se le arrancara el alma.
—Si cual lloras por facienda,
por la mi muerte lloraras
non dudo, querida fija,
que mi vivir se alargara.
¿Qué lloras, sandia mujer,
por las tenencias humanas
pues ves que de todas ellas
sólo llevo hoy la mortaja?
Á este restante de vida,
que me queda, rindo gracias,
pues que sólo en él consiste
el dejar tú de ser mala.
Cuando parta, iré derecho
á la celestial morada,
pues me ha sido purgatorio
el fuego de tus palabras.
Á tus hermanos envidias,
mas non atiendes, cuitada,
que con la renta les dejo
obligación de guardalla.
Ellos con mucho están pobres,
y tú estás rica sin nada,
porque las nobles mujeres
entre paredes se pasan.
Que eres mi fija confieso,
pero saliste liviana:
en liviandades pensé
al tiempo que te engendrara.
Parióte madre honorosa
mas entregáronte á un ama
que con tus palabras muestras
era la leche villana.
Dices que á tierras ajenas
te irás; pero no me espanta
que la que se va de lengua
á ser infame se vaya.
Mas por si puedo atajar
tu denuedo y tus palabras,
tras de las mandas que he fecho
quiero facer otra manda.
No quiero dejarte pobre
porque lo dicho non fagas,
que aunque eres noble mujer
eres muy determinada.
Por tuya dejo Zamora
muy guarnecida y torreada,
que para tus desvaríos
convienen fuertes murallas.
Homes buenos hay en ella
para servirte y guardalla;
de sus consejos te fía
y de mis tesoros gasta.
Si guardé tal posesión
bien hube de ti membranza;
ténla tú de que semejes
á tu sangre y á tu casta:
á quien te quite Zamora
la mi maldición le caiga.—
Todos responden amen,
sino Don Sancho, que calla.

XXV

Doliente se siente el Rey,
este buen rey don Fernando;
los piés tiene hacia el oriente
y la candela en la mano.
Á su cabecera tiene
arzobispos y perlados,
á su man derecha tiene
á sus hijos todos cuatro.
Los tres eran de la Reina
y el uno era bastardo:
ese que bastardo era
quedaba mejor librado.
Arzobispo es de Toledo,
maestre de Santiago,
abad era en Zaragoza,
de las Españas primado.
—Hijo, si yo no muriera
vos fuérades Padre Santo,
mas con la renta que os queda
vos bien podéis alcanzarlo.—
Ellos estando en aquesto
entrara Urraca Fernando,
y vuelta hacia su padre
d’esta manera ha fablado.

XXVI

Morir vos queredes, padre,
sant Miguel vos haya el alma;
mandástedes vuestras tierras
á quien bien se os antojara.
Diste á don Sancho á Castilla,
Castilla la bien nombrada;
á don Alonso á León
y á don García á Vizcaya.
Á mí, porque soy mujer,
dejáisme desheredada.
Irme he yo por estas tierras
como una mujer errada,
de lo que ganar pudiere
haré bien por vuestra alma.—
Allí preguntara el Rey:
—¿Quién es esa que así habla?
Respondiera el Arzobispo:
—Vuestra hija doña Urraca.
—Calledes, hija, calledes,
no digades tal palabra,
que mujer que tal decía
meresce de ser quemada.
Allá en Castilla la Vieja
un rincón se me olvidaba,
Zamora había por nombre,
Zamora la bien cercada;
de una parte la cerca el Duero,
de otra, Peña tajada,
del otro la Morería;
¡Una cosa es muy preciada!
¡Quien os lo tomare, hija,
la mi maldición le caiga!
Todos dicen amen, amen,
sino don Sancho, que calla.

Parte II. Cerco de Zamora

Época de Sancho II

XXVII

Rey don Sancho, rey don Sancho,
cuando en Castilla reinó,
¡las barbas que le salían
y cuán poco las logró!
Á pesar de los franceses
los puertos de Aspa pasó;
siete días con sus noches
en campo los aguardó.
Y viendo que no venían
á Castilla se volvió.
Matara al Conde de Niebla
y el condado le quitó,
y á su hermano don Alonso
en las cárceles echó.
Después que le tuvo preso
un pregón hacer mandó
que el que rogase por él
que le diesen por traidor.
No hay dama ni caballero
que por él rogase, no,
si no fuera una su hermana
que al buen Rey se lo pidió.
—Rey don Sancho, rey don Sancho,
hermano mío y señor,
cuando yo era pequeña
sé que un dón me prometió;
agora que soy crecida,
señor, otorgadmeló.
—Pedidlo vos, mi hermana,
mas con una condición;
que no me pidáis á Burgos,
á Burgos ni á León,
ni á Valladolid la rica,
ni á Valencia de Aragón;
cualquier otra cosa, hermana,
no se os ha de negar, no.
—Señor, yo no pido á Burgos,
á Burgos ni á León,
ni á Valladolid la rica,
ni á Valencia de Aragón;
lo que pido es á mi hermano,
que le tenéis en prisión.
—Pláceme, le dijo, hermana,
mañana os le daré yo.
—Vivo le habéis de dar, vivo,
vivo, que no muerto, no.
—Mal háyades vos, hermana,
y quien tal os consejó;
que mañana de mañana
muerto te lo diera yo.—

XXVIII

Llegado es el rey don Sancho
sobre Zamora, esa villa;
muchas gentes trae consigo,
que haberla mucho quería.
Caballero en un caballo,
y el Cid en su compañía,
andábala al rededor,
y el Rey así al Cid decía:
—Armada está sobre peña
tajada toda esta villa,
los muros tiene muy fuertes,
torres há en gran demasía,
Duero la cercaba al pié,
fuerte es á maravilla,
no bastan á la tomar
cuántos en el mundo había;
si me la diese mi hermana,
más que á España la querría.
Cid, á vos crió mi padre,
mucho bien fecho os había;
fízoos mayor de su casa
y caballero en Coímbra
cuando la ganara á moros.
Cuando en Cabezón moría,
á mí y á los mis hermanos
encomendado os había;
jurámosle allí en sus manos
facervos merced cumplida.
Fíceos mayor de mi casa,
gran tierra dado os tenía,
que vale más que un condado,
el mayor que hay en Castilla.
Yo vos ruego, don Rodrigo,
como amigo de valía,
que vayades á Zamora
con la mi mensajería,
y á doña Urraca mi hermana
decid que me dé esa villa
por gran haber ó gran cambio,
como á ella mejor sería.
Á Medina de Rioseco
yo por ella la daría,
con todo el Infantazgo,
y también le prometía
á Villalpando y su tierra,
ó Valladolid la rica,
ó á Tiedra, que es buen castillo;
y juramento la haría
con doce de mis vasallos
de cumplir lo que decía;
y si no lo quiere hacer,
por fuerza la tomaría.—
El Cid le besó la mano,
del buen rey se despedía,
llegado había á Zamora
con quince en su compañía.

XXIX

Entrado ha el Cid en Zamora,
en Zamora, aquesa villa,
llegado ha ante doña Urraca,
que muy bien lo recibía;
dicho le había el mensaje
que para ella traía.
Doña Urraca que lo oyó
muchas lágrimas vertía,
diciendo:—¡Triste cuitada!
don Sancho ¿qué me quería?
No cumpliera el juramento
que á mi padre fecho había;
que aun apenas fuera muerto,
á mi hermano don García
le tomó toda su tierra
y en prisiones lo ponía,
y cual si fuese ladrón
agora en ellas yacía.
También á Alfonso mi hermano
su reino se lo tenía;
huyóse para Toledo,
con los moros está hoy día.
Á Toro tomó á mi hermana,
á mi hermana doña Elvira;
tomarme quiere á Zamora,
¡gran pesar yo recibía!
Muy bien sabe el rey don Sancho
que soy mujer femenina,
y no lidiaré con él;
mas á furto ó paladina
yo haré que le dén la muerte,
que muy bien lo merecía.—
Levantóse Arias Gonzalo
y respondido la había:
—Non lloredes vos, señora;
yo por merced os pedía
que á la hora de la cuita
consejo mejor sería
que non acuitarvos tanto,
que gran daño á vos vendría.
Hablad con vuesos vasallos,
decid lo que el Rey pedía,
y si ellos lo han por bien
dadle al Rey luégo la villa.
Y si non les pareciere
facer lo que el Rey pedía,
muramos todos en ella,
como manda la hidalguía.
La Infanta tuvo por bien
facer lo que le decía;
sus vasallos la juraron
que antes todos morirían
cercados dentro en Zamora
que no dar al Rey la villa.
Con esta respuesta el Cid
al buen Rey vuelto se había;
el Rey, cuando aquesto oyó,
al buen Cid le respondía:
—Vos aconsejasteis, Cid,
no darme lo que quería,
porque vos criásteis dentro
de Zamora aquesa villa.
Y á no ser por la crianza
que en vos mi padre facía,
luégo os mandara enforcar;
mas de hoy en noveno día
os mando vais de mis tierras
y del reino de Castilla.

XXX

El Cid fué para su tierra;
con sus vasallos partía
para Toledo, do estaba
Alfonso cuando fuía.
Los condes y ricos homes
al rey don Sancho decían,
no perdiese tal vasallo
y de tanta valentía
como es Rúy Díaz el Cid,
qu’es muy grande su valía.
El Rey vido qu’es muy bien
facer lo que le decían;
y fablando á Diego Ordóñez,
mandóle que al Cid le diga
que se venga luégo á él,
que como bueno lo haría,
y que le haría el mayor
de los que en su casa había.
Ordoño fué tras del Cid,
su mensaje le decía.
El Cid se había aconsejado
con los suyos que tenía
si haría lo que el Rey manda:
su parecer les pedía.
Que se vuelva al Rey, dijeron,
pues su disculpa le envía;
el Cid con ellos se vuelve.
El Rey cuando lo sabía
dos leguas salió á él,
quinientos van en su guía.
El Cid, cuando vido al Rey,
de Babieca descendía;
besóle luégo las manos,
para el real se volvía
y todos los castellanos
gran placer con él habían.

XXXI

Apenas era el Rey muerto
Zamora ya está cercada;
de un cabo la cerca el Rey,
del otro el Cid la cercaba.
Del cabo que el Rey la cerca
Zamora no se da nada.
Del cabo que el Cid la aqueja
Zamora ya se tomaba.
Doña Urraca en tanto aprieto
asomóse á una ventana,
y allí de una torre mocha
estas palabras fablaba.

XXXII

Afuera, afuera, Rodrigo,
el soberbio castellano,
acordársete debría
de aquel buen tiempo pasado
cuando fuíste caballero
en el altar de Santiago.
Cuando el rey fué tu padrino,
tú, Rodrigo, el afijado;
mi padre te dió las armas,
mi madre te dió el caballo,
yo te calcé las espuelas
porque fueras más honrado;
pensé de casar contigo,
no lo quiso mi pecado.
Casástete con Jimena,
fija del conde Lozano:
con ella hubiste dinero,
conmigo hubieras Estado,
porque si la renta es buena,
muy mejor es el Estado.
Bien casástete, Rodrigo,
muy mejor fueras casado;
dejaste fija de rey
por tomar la de un vasallo.—
En oir esto Rodrigo
quedó dello algo turbado;
con la turbación que tiene
esta respuesta le ha dado:
—Si os parece, mi señora,
bien podemos desviallo.
Respondióle doña Urraca
con rostro muy sosegado:
—No lo mande Dios del cielo,
que por mí se haga tal caso:
mi ánima penaría
si yo fuese en discrepallo.—
Volvióse presto Rodrigo
y dijo muy angustiado:
—Afuera, afuera, los míos,
los de á pié y los de á caballo,
pues de aquella torre mocha
una vira me han tirado.
No traía el asta el fierro
el corazón me ha pasado,
ya ningún remedio siento
sino vivir más penado.

XXXIII

Riberas del Duero arriba
cabalgan dos zamoranos;
las divisas llevan verdes,
los caballos alazanos,
ricas espadas ceñidas,
sus cuerpos muy bien armados,
adargas ante sus pechos,
gruesas lanzas en sus manos,
espuelas llevan jinetas
y los frenos plateados.
Como son tan bien dispuestos,
parecen muy bien armados,
y por un repecho arriba
salen más recios que galgos,
y súbenlos á mirar
del real del rey don Sancho.
Desque á otra parte fueron
dieron vuelta á los caballos
y al cabo de una gran pieza
soberbios ansí han fablado:
—¿Tendredes dos para dos
caballeros castellanos
que puedan armas facer
con otros dos zamoranos
para daros á entender
no face el Rey como hidalgo
en quitar á doña Urraca
lo que su padre le ha dado?
Non queremos ser tenidos,
ni queremos ser honrados,
ni rey de nos faga cuenta,
ni conde nos ponga al lado,
si á los primeros encuentros
no los hemos derribado,
y siquiera salgan tres,
y siquiera salgan cuatro,
y siquiera salgan cinco,
salga siquiera el diablo,
con tal que no salga el Cid
ni ese noble rey don Sancho,
que lo habemos por señor,
y el Cid nos ha por hermanos:
de los otros caballeros
salgan los más esforzados.
Oídolo habían dos condes,
los cuales eran cuñados.
—Atended, los caballeros,
mientras estamos armados.—
Piden apriesa las armas,
suben en buenos caballos,
caminan para las tiendas
donde yace el rey don Sancho;
piden que los dé licencia
que ellos puedan hacer campo
contra aquellos caballeros
que con soberbia han hablado.
Allí fablara el buen Cid,
que es de los buenos dechado:
—Los dos contrarios guerreros
non los tengo yo por malos,
porque en muchas lides de armas
su valor habían mostrado,
que en el cerco de Zamora
tuvieran con siete campo:
el mozo mató á los dos,
el viejo mató á los cuatro;
por uno que se les fuera
las barbas se van pelando.—
Enojados van los condes
de lo que el Cid ha fablado;
el Rey cuando ir los viera
que vuelvan está mandando;
otorgó cuánto pedían,
más por fuerza que de grado.
Mientras los condes se arman
el padre al fijo está hablando:
—Volved, fijo, hacia Zamora,
á Zamora y sus andamios,
mirad dueñas y doncellas
cómo nos están mirando.
Fijo, no miran á mí,
porque ya soy viejo y cano;
mas miran á vos, mi fijo,
que sois mozo y esforzado.
Si vos facéis como bueno,
seréis d’ellas muy honrado;
si lo facéis de cobarde,
abatido y ultrajado.
Afirmaos en los estribos,
terciad la lanza en las manos,
esa adarga ante los pechos,
y apercibid el caballo,
que al que primero acomete
tienen por más esforzado.—
Apenas esto hubo dicho,
ya los condes han llegado;
el uno viene de negro,
y el otro de colorado;
vanse unos para otros,
fuertes encuentros se han dado;
mas el que al mozo le cupo
derribólo del caballo,
y el viejo al otro de encuentro
pasóle de claro en claro.
El Conde, de que esto viera,
huyendo sale del campo,
y los dos van á Zamora
con vitoria muy honrados.

XXXIV

Junto al muro de Zamora
vide un caballero erguido,
armado de todas piezas,
sobre un caballo morcillo,
á grandes voces diciendo:
—Vélese bien el castillo,
que al que hallaré velando
ayudaré con mi grito,
y al que hallaré durmiendo
echarle he de arriba vivo;
pues por la honra de Zamora
yo soy llamado y venido.
Si hubiera algún caballero
venga á hacer armas conmigo
con tal que no sea el Cid
ni Bermudo su sobrino.—
Las palabras que decía
el buen Cid las ha oído:
—¿Quién es aquel caballero
que hace el tal desafío?
—Ortuño me llamo, Cid,
Ortuño es mi apellido.
—Acordársete debría,
de la pasada del río,
cuando yo vencí á los moros
y Babieca iba conmigo;
en aquestos tiempos tales
no eras tan atrevido.—
Ortuño de que esto oyera
de esta suerte ha respondido:
—Entonces era novel,
ahora soy más crecido
y usando, buen Cid, las armas
me he hecho tan atrevido.
Mas no desafío á ti
ni á Bermudo tu sobrino,
porque os tengo por señores
y me tenéis por amigo;
mas si hay otro caballero
salga hacer armas conmigo,
que aquí en el campo le espero
con mis armas y rocino.

XXXV

Guarte, guarte, rey don Sancho,
no digas que no te aviso
que de dentro de Zamora
un alevoso ha salido;
llámase Bellido Dolfos
hijo de Dolfos Bellido,
cuatro traiciones ha fecho
y con esta serán cinco.
Si gran traidor fué el padre,
mayor traidor es el fijo;
gritos dan en el real
que á don Sancho han mal herido;
muerto le ha Bellido Dolfos,
gran traición ha cometido;
desque le tuviera muerto
metióse por un postigo,
por las calles de Zamora
va dando voces y gritos:
—Tiempo era, doña Urraca,
de cumplir lo prometido.

XXXVI

De Zamora sale Dolfos
corriendo y apresurado;
huyendo va de los hijos
del buen viejo Arias Gonzalo,
y en la tienda del buen Rey
en ella se había amparado:
—Manténgate Dios, el Rey.
—Bellido, seas bien llegado.
—Señor, tu vasallo soy,
tu vasallo y de tu bando,
y yo por aconsejarle
á aquel viejo Arias Gonzalo
que te entregase á Zamora,
pues se te había quitado,
hame querido matar
y dél me soy escapado.
Así me vengo, señor,
por ser en el tu mandado,
con deseo de servirte
como cualquier fijodalgo.
Yo te entregaré á Zamora,
aunque pese á Arias Gonzalo,
que por un falso postigo
en ella serás entrado.—
El buen Arias, el leal,
al Rey había avisado
desde el muro del adarve
estas palabras hablando:
—Á ti lo digo, buen Rey,
y á todos los castellanos,
que allá ha salido Bellido,
Bellido un traidor malvado,
que si traición te ficiere
á nos non será imputado.—
Oídolo había Bellido,
que al Rey tiene por la mano:
—Non lo creades, señor,
lo que contra mí ha fablado,
que don Arias lo publica
porque el lugar no sea entrado,
porque él sabe que yo sé
por dónde será tomado.—
Allí le fablara el Rey
de Bellido confiado:
—Yo lo creo bien, Bellido,
el Dolfos, mi buen criado;
por tanto, vámonos luégo
á ver el postigo falso.
—Vámonos luégo, señor,
id solo, no acompañado.—
Apartados del real,
el buen Rey se había apartado
con voluntad de facer
lo que á nadie es excusado:
el venablo que llevaba
á Bellido se lo ha dado,
el cual desque así lo vido
de espaldas y descuidado,
levantóse en los estribos,
con fuerza se lo ha tirado;
diérale por las espaldas
y á los pechos ha pasado.
Allí cayó luégo el Rey
muy mortalmente llagado;
vióle caer don Rodrigo
que de Vivar es llamado,
y como le vió ferido,
cabalgara en su caballo.
Con la priesa que tenía
espuelas no se ha calzado.
Huyendo iba el traidor
tras él iba el castellano,
si apriesa había salido,
á mayor se había entrado;
Rodrigo ya le alcanzaba,
mas viendo á Dolfos en salvo,
mil maldiciones se echaba
el nieto de Laín Calvo:
—Maldito sea el caballero
que como yo ha cabalgado,
que si yo espuelas trujera,
no se me fuera el malvado.—
Todos van á ver al Rey
que mortal estaba echado.
Todos le dicen lisonjas,
nadie verdad ha fablado,
sino fué el conde de Cabra,
un buen caballero anciano:
—Sois mi rey y mi señor,
y yo soy vueso vasallo;
cumple que miréis por vos,
que es verdad lo que vos fablo,
[Pg 131]que del ánima curedes,
del cuerpo non fagáis caso;
á Dios vos encomendad
pues fué este día aciago.
—Buena ventura hayáis, conde,
que así me heis aconsejado.—
En diciendo estas palabras
el alma á Dios había dado.
De esta suerte murió el Rey
por haberse confiado.

XXXVII

Muerto yace el rey don Sancho,
Bellido muerto le había;
pasado está de un venablo
y gran lástima ponía.
Llorando estaba sobre él
toda la flor de Castilla;
don Rodrigo de Vivar
es el que más lo sentía;
con lágrimas de sus ojos
d’esta manera decía:
—¡Rey don Sancho, señor mío,
muy aciago fué aquel día
que tú cercaste á Zamora
contra la voluntad mía!
Quien te lo aconsejó, Rey,
á Dios ni al mundo temía,
pues te fizo quebrantar
la ley de caballería.—
Y viendo el hecho en tal punto,
á grandes voces decía:
—Que se nombre un caballero,
antes que se pase el día,
para retar á Zamora
por tan grande alevosía.—
Todos dicen que es muy bien;
mas nadie al campo salía.
Témense de Arias Gonzalo
y cuatro hijos que tenía,
mancebos de gran valor,
de gran esfuerzo y estima.
Mirando estaban al Cid,
por ver si lo aceptaría,
y el de Vivar, que lo entiende,
d’esta manera decía:
—Caballeros fijosdalgo,
ya sabéis que non podía
armarme contra Zamora,
que jurado lo tenía;
mas yo daré un caballero
que combata por Castilla,
tal, que estando él en el campo
no sintáis la falta mía.—
Levantóse Diego Ordóñez,
que á los piés del Rey yacía;
la flor es de los de Lara
y lo mejor de Castilla,
con voz enojosa y ronca
d’esta manera decía:
—Pues el Cid había jurado
lo que jurar no debía,
no es menester que señale
quien la batalla prosiga:
caballeros hay en ella
de tanto esfuerzo y valía
como el Cid, aunque es muy bueno,
y yo por tal lo tenía;
mas si queréis, caballeros,
yo lidiaré la conquista,
aventurando mi cuerpo,
poniendo á riesgo mi vida,
pues que la del buen vasallo
es por su Rey ofrecida.

XXXVIII

Después que Bellido Dolfos,
ese traidor afamado,
derribó con cruda muerte
al valiente rey don Sancho,
juntáronse en una tienda
los mayores de su campo;
y juntóse todo el real
como estaba alborotado.
Don Diego Ordóñez de Lara
grandes voces está dando,
y con coraje encendido
muy presto se había armado.
Para retar á Zamora,
junto al muro se ha llegado,
y lanzando fuego vivo
d’esta suerte ha razonado:
—Fementidos y traidores
sois todos los zamoranos,
porque dentro d’esa villa
acogistes al malvado
de Bellido, ese traidor,
el que mató al rey don Sancho,
mi buen señor y buen rey,
de quien soy muy lastimado:
que los que acogen traidores
traidores sean llamados;
y por tales yo vos reto,
y á vuesos antepasados,
y á los que traidores son
los pongo en el mismo grado,
y á los panes y á las aguas
de que sois alimentados,
y esto os faré conocer,
ansí como estoy armado,
y lidiaré con aquellos
que no quieren confesallo,
ó con cinco uno á uno,
como en España es usado
que lidie el que á concejo
como yo había retado.—
Arias Gonzalo, ese viejo,
ansí le había fablado,
después que hubo entendido
lo que Ordoño ha razonado:
—Non debiera yo nacer
si es como tú has contado;
mas yo acepto el desafío
que por ti es demandado,
y te daré á conocer
no ser lo que has publicado.—
Y á todos los de Zamora
d’esta manera ha fablado:
—Varones de grande estima,
los pequeños y de estado,
si hay alguno entre vosotros
que en aquesto se haya hallado,
dígalo muy prontamente;
de decillo no haya empacho.
Más quiero irme d’esta tierra
en África desterrado,
que no en campo ser vencido
por alevoso y malvado.—
Todos dicen á una voz,
sin alguno estar callado:
—Mal fuego nos mate, Conde,
si en tal muerte hemos estado;
no hay en Zamora ninguno,
que tal hubiese mandado.
El traidor Bellido Dolfos
por sí solo lo ha acordado:
muy bien podéis ir seguro;
id con Dios, Arias Gonzalo.

XXXIX

Ya cabalga Diego Ordóñez,
del real se había salido
de dobles piezas armado
en un caballo morcillo:
va á reptar los zamoranos
por la muerte de su primo,
que mató Bellido Dolfos
hijo de Dolfos Bellido.
—Yo os repto, los zamoranos,
por traidores fementidos,
repto á todos los müertos,
y con ellos á los vivos;
repto hombres y mujeres,
los por nascer y nascidos;
repto á todos los grandes
á los grandes y á los chicos,
á las carnes y pescados
y á las aguas de los ríos.—
Allí habló Arias Gonzalo,
bien oiréis lo que hubo dicho:
—¿Qué culpa tienen los viejos?
¿Qué culpa tienen los niños?
¿Qué merescen las mujeres
y los que no son nascidos?
¿Por qué reptas á los muertos,
los ganados y los ríos?
Bien sabéis vos, Diego Ordóñez,
muy bien lo tenéis sabido,
que aquel que repta concejo
debe de lidiar con cinco
Ordóñez le respondió:
—Traidores heis todos sido.

XL

Después que retó á Zamora
don Diego Ordóñez de Lara,
vengador noble y valiente
del rey Sancho, que Dios haya,
su consejo tiene junto
en palacio doña Urraca,
por su hermano dolorida,
por su reto lastimada;
y como la vil envidia
cuanto no merece tacha,
de la virtud enemiga,
peligro de la privanza,
murmuraba maldiciente
de Arias Gonzalo que falta,
sospechando falsamente
que es por mengua su tardanza.
Á aquellos que lo calumnian,
empuñando la su espada,
denodado les responde
Nuño Cabeza de Vaca:
—Aquel civil que presuma
temor, bajeza ó fe mala
de Arias Gonzalo, mi tío,
miente, miente por la barba;
y el que negare el respeto
á sus venerables canas,
á mí que las reverencio
me ponga la tal demanda.—
Estando en esto, el buen viejo
entró grave por la sala,
arrastrando grande luto,
haciendo sus hijos plaza.
La mano á la Infanta pide,
mesura fizo á la Infanta,
saludó á los homes buenos,
y de esta suerte les fabla:
—Noble Infanta, leal concejo,
don Diego Ordóñez de Lara,
que para buen caballero
este apellido le basta,
en vez del Cid don Rodrigo,
que con vos juró alianza,
por la pro de su rey muerto
con infame reto os carga.
Á vuestro cabildo vengo
con estos cuatro en compaña,
ciudadanos, fijos míos,
de Laín Calvo sangre honrada.
Tardóme un poco en venir,
que pláticas no me agradan
cuando los negocios piden
obras, valor y venganza.—
Á una el viejo y sus fijos
los largos capuces rasgan
quedando en armas lucidas;
lloró de nuevo la Infanta,
los viejos graves se admiran,
la Infanta su sér alaba,
porque todos daban voces,
y nadie quien lidie daba.
Arias Gonzalo prosigue
diciendo:—Recibe, Urraca,
mis canas para consejo,
mis fijos para batalla;
dales tu mano, señora,
que su juventud lozana
será invencible, si fuere
de tu mano real tocada.
Honrar á la gente buena,
y esotra común pagarla,
le cumple al rey que desea
domeñar fuerzas contrarias,
y con sangre de don Diego
que se quite aquella mancha:
que á ti y á tu pueblo reta
con tan insufrible infamia;
y si esta sangre, que es buena,
y se ha de vender muy cara,
faltare, su muerte honrosa
viva mantendrá su fama.
Yo seré el quinto y primero
que volveré por la causa,
aunque mi vejez parezca
mocedad noble afrentada.
Al campo me voy, señora,
no me déis por esto gracias,
que el buen vasallo al buen rey
debe hacienda, vida y fama.

XLI

El hijo de Arias Gonzalo,
el mancebito Pedro Arias,
para responder á un reto
velando estaba unas armas.
Era su padre el padrino,
la madrina doña Urraca,
y el Obispo de Zamora
es el que la misa canta.
El altar tiene compuesto,
y el sacristán perfumaba
á San Jorge y San Román,
y á Santiago el de España.
Estaban sobre la mesa
las nuevas y frescas armas;
dando espejos á los ojos,
y esfuerzo á quien las miraba.
Salió el Obispo vestido,
dijo la misa cantada,
y el arnés pieza por pieza
bendice, y arma á Pedro Arias;
enlázale el rico yelmo,
que como el sol relumbraba,
relevado de mil flores,
cubierto de plumas blancas.
Al armarle caballero
sacó el padrino la espada;
dándole con ella un golpe
le dice aquestas palabras:
—Caballero eres, mi hijo,
hidalgo y de noble casta,
criado en buenos respetos
desde los pechos del ama;
hágate Dios tal que seas
como yo deseo que salgas,
en los trabajos sufrido,
esforzado en las batallas,
espanto de tus contrarios,
venturoso con la espada,
de tus amigos y gentes
muro, esfuerzo y esperanza;
no te agrades de traidores
ni les mires á la cara;
de quien de ti se fiare
no le engañes, que te engañas;
perdona al vencido triste
que no puede tomar lanza,
no dés lugar que tu brazo
rompa las medrosas armas;
mas en tanto que durare
en tu contrario la saña,
no dudes el golpe fiero,
ni perdones la estocada.
Á Zamora te encomiendo
contra don Diego de Lara,
que nada siente de honra
quien no defiende su casa.—
En el libro de la misa
le toma jura y palabra.—
Pedrarias dice:—Sí otorgo
por aquestas letras santas.—
El padrino le dió paz,
y el fuerte escudo le embraza,
y doña Urraca le ciñe
al lado izquierdo la espada.

XLII

Aún no es bien amanescido,
qu’el cielo estaba estrellado,
cuando se armaba en Zamora
el buen viejo Arias Gonzalo:
ármanle sus cuatro hijos,
qu’ellos ya estaban armados.
Mientras las armas le ponen
les dice el viejo esforzado:
—De cinco que sois, mis hijos,
escogí sólo los cuatro,
por ser yo el quinto y postrero,
que me hallaré en el campo.
Bien conozco, hijos míos,
que este afán me era excusado,
pues do vosotros estáis
ya yo soy privilegiado;
mas el repto de don Diego
á ninguno había excusado,
ni viejo, chico ni mozo,
ni por nacer ni finado.
Hierbas, aguas, plantas, peces,
todo lo tienen reptado,
y pues él nada reserva,
no quiero ser reservado.
Mirad, hijos, que lleváis
delante al que os ha engendrado;
mirad que dice el refrán
en Castilla muy usado:
«Por su ley y por su rey
»y su tierra, está obligado
ȇ morir cualquiera bueno.
»y mejor si es hijodalgo.»
Mirad, hijos, que lo sois
de sangre d’este mi lado,
y que el honor ó la afrenta
eso queda en vuestra mano.

XLIII

Tristes van los zamoranos
metidos en gran quebranto;
reptados son de traidores,
de alevosos son llamados;
más quieren ser todos muertos
que no traidores nombrados.
Día era de San Millán,
ese día señalado;
todos duermen en Zamora,
mas no duerme Arias Gonzalo.
Acerca de las dos horas
del lecho se ha levantado;
castigando está sus hijos
á todos cuatro está armando;
las palabras que les dice
son de mancilla y quebranto:
—Ayúdeos Dios, hijos míos,
guárdeos Dios, hijos amados,
pues sabéis cuán falsamente
habemos sido reptados.
Tomad esfuerzo, mis hijos,
si nunca le habéis tomado;
acordaos que descendéis
de la sangre de Laín Calvo,
cuya noble fama y gloria
hasta hoy no se ha olvidado,
pues que sabéis que don Diego
es caballero preciado,
pero mantiene mentira
y Dios d’ello no es pagado;
el que de verdad se ayuda
de Dios siempre es ayudado.
Uno falta para cinco,
porque no sois más de cuatro,
yo seré el quinto, y primero
que quiero salir al campo.
Morir quiero y no ver muerte
de hijos que tanto amo.
Mis hijos, Dios os bendiga
como os bendice mi mano.—
Sus armas pide el buen viejo,
sus hijos le están armando,
las grevas le están poniendo;
doña Urraca había entrado,
los brazos le echara encima,
muy fuertemente llorando.
—¿Dónde vais, mi padre viejo,
ó para qué estáis armado?
Dejad las armas pesadas,
que ya sois viejo cansado,
y sabéis que si morís,
perdido es todo mi Estado.
Acordaos que prometistes
á mi padre don Fernando
de nunca desampararme
ni dejar de vuestra mano.
—Pláceme, señora mía,
respondió Arias Gonzalo.—
Cabalgara Pedro Arias
su hijo, que era el mediano,
que aunque era mozo de días,
era en obras esforzado.
Dijo:—Cabalgad, mi hijo,
que os esperan en el campo:
vais en tal hora y tal punto
que nos saquéis de cuidado.—
Sin poner pié en el estribo
Arias Pedro ha cabalgado;
por aquel postigo viejo
galopando ha llegado
adonde estaban los jueces
que le estaban esperando.
Partido les han el sol,
dejado les han el campo.

XLIV

Ya se salen por la puerta,
por la que salía al campo,
Arias Gonzalo, y sus hijos
todos juntos á su lado.
Él quiere ser el primero,
porque en la muerte no ha estado
de don Sancho; mas la Infanta
la batalla le ha quitado,
llorando de los sus ojos
y el caballo destrenzado.
—¡Ay! ruégovos por Dios, dice,
el buen Conde Arias Gonzalo,
que dejéis esta batalla,
porque sois viejo y cansado:
dejáisme desamparada
y todo mi haber cercado.
Ya sabéis cómo mi padre
á vos dejó encomendado
que no me desamparéis,
ende más en tal estado.—
En oyendo aquesto el Conde
mostróse muy enojado:
—Dejédesme ir, mi señora,
que yo estoy desafiado
y tengo de hacer batalla
porque fuí traidor llamado.—
Con la Infanta, caballeros
juntos al Conde han rogado
que les deje la batalla,
que la tomarán de grado.
Desque el Conde vido aquesto
recibió pesar doblado;
llamara á sus cuatro hijos
y al uno d’ellos ha dado
las sus armas y su escudo,
el su estoque y su caballo.
Al primero le bendice
porque era dél muy amado;
Pedrarias había por nombre,
Pedrarias el castellano.
Por la puerta de Zamora
se sale fuera y armado;
topárase con don Diego,
su enemigo y su contrario.
—Sálveos Dios, don Diego Ordóñez,
y él os haga prosperado,
en las armas muy dichoso,
de traiciones libertado.
Ya sabéis que soy venido
para lo que está aplazado,
á libertar á Zamora
de lo que le han levantado.—
Don Diego le respondiera
con soberbia que ha tomado:
—Todos juntos sois traidores,
por tales seréis quedados.—
Vuelven los dos las espaldas
por tomar lugar del campo,
hiriéronse juntamente
en los pechos muy de grado;
saltan astas de las lanzas
con el golpe que se han dado;
no se hacen mal alguno,
porque van muy bien armados.
Don Diego dió á la cabeza
á Pedrarias desdichado;
cortárale todo el yelmo
con un pedazo del casco;
desque se vido herido
Pedrarias y lastimado,
abrazárase á las clines
y al pescuezo del caballo;
sacó esfuerzo de flaqueza,
aunque estaba mal llagado;
quiso ferir á don Diego,
mas acertó en el caballo,
que la sangre que corría
la vista le había quitado.
Cayó muerto prestamente
Pedrarias el castellano.
Don Diego que vido aquesto
toma la vara en la mano,
dijo á voces:—¡Ah Zamora!
¿Dónde estás, Arias Gonzalo?
Envía el hijo segundo,
que el primero ya es finado.—
Envió el hijo segundo,
que Diego Arias es llamado.
Tornara á salir don Diego
con armas y otro caballo,
y diérale fin á aquéste
como al primero le ha dado.
El Conde, viendo á sus hijos
que los dos le han ya faltado,
quiso enviar al tercero,
aunque con temor doblado.
Llorando de los sus ojos
dijo:—Vé, mi hijo amado,
haz como buen caballero
lo que tú eres obligado:
pues sustentas la verdad,
de Dios serás ayudado;
venga las muertes sin culpa
que han pasado tus hermanos.—
Hernán D’Arias, el tercero,
al palenque había llegado;
mucho mal quiere á don Diego,
mucho mal y mucho daño.
Alzó la mano con saña,
un gran golpe le había dado;
mal herido le ha en el hombro,
en el hombro y en el brazo.
Don Diego con el su estoque
le hiriera muy de su grado,
hiriéralo en la cabeza,
en el casco le ha tocado.
Recudó el hijo tercero
con un gran golpe al caballo,
que hizo ir á don Diego
huyendo por todo el campo.
Así quedó esta batalla
sin quedar averiguado
cuáles son los vencedores,
los de Zamora ó del campo.
Quisiera volver don Diego
á la batalla de grado;
mas no quisieron los fieles,
licencia no le han dado.

XLV

Por aquel postigo viejo,
que nunca fuera cerrado,
ví venir pendón bermejo
con trescientos de á caballo.
En medio de los trescientos
viene un monumento armado,
y dentro del monumento
viene un ataúd de palo,
y dentro del ataúd,
venía un cuerpo finado,
qu’era el de Fernando d’Arias,
el hijo de Arias Gonzalo.
Llorábanle cien doncellas,
todas ciento hijosdalgo,
todas eran sus parientas
en tercero y cuarto grado:
las unas le dicen primo,
otras le llaman hermano,
las otras decían tío,
otras le llaman cuñado,
sobre todas lo lloraba
aquesa Urraca Hernando.
¡Y cuán bien que las consuela
ese viejo Arias Gonzalo!
—¿Por qué lloráis, mis doncellas?
¿Por qué hacéis tan grande llanto?
No lloréis así, señoras,
que no es para llorallo;
que si un hijo me han muerto
aquí me quedaban cuatro;
no murió por las tabernas,
ni á las tablas jugando;
mas murió sobre Zamora
vuestra honra bien guardando;
murió como caballero,
con sus armas peleando.

Parte III. Destierro del Cid

Época de Alfonso VI

XLVI

En Santa Águeda de Burgos,
do juran los hijosdalgo,
le tomaban jura á Alfonso,
por la muerte de su hermano.
Tomábasela el buen Cid,
ese buen Cid castellano,
sobre un cerrojo de fierro
y una ballesta de palo,
y con unos Evangelios
y un crucifijo en la mano.
Las palabras son tan fuertes
que al buen rey ponen espanto:
—Villanos mátente, Alfonso,
villanos que no fidalgos,
de las Asturias de Oviedo,
que no sean castellanos;
mátente con aguijadas
no con lanzas ni con dardos,
con cuchillos cachicuernos,
no con puñales dorados;
abarcas traigan calzadas,
que no zapatos con lazo;
capas traigan aguaderas,
no de contray ni frisado;
con camisones de estopa,
no de holanda, ni labrados;
cabalguen en sendas burras,
que no en mulas ni en caballos;
frenos traigan de cordel,
que no cueros fogueados;
mátente por las aradas,
que no en villas ni en poblado;
sáquente el corazón vivo,
por el siniestro costado,
si no dices la verdad,
de lo que eres preguntado,
sobre si fuíste ó no
en la muerte de tu hermano.—
Las juras eran tan fuertes
que el rey no las ha otorgado.
Allí habló un caballero,
que del rey es más privado:
—Haced la jura, buen rey,
no tengáis d’eso cuidado,
que nunca fué rey traidor,
ni papa descomulgado.—
Jurado había el buen rey
que en tal nunca fué hallado;
pero también dijo presto,
malamente y enojado:
—¡Muy mal me conjuras, Cid!
¡Cid, muy mal me has conjurado!
Porque hoy le tomas la jura
á quien has de besar mano.
Vete de mis tierras, Cid,
mal caballero probado,
y no vengas más á ellas
dente este día en un año.
—Pláceme, dijo el buen Cid,
pláceme, dijo, de grado,
por ser la primera cosa
que mandas en tu reinado;
por un año me destierras,
yo me destierro por cuatro.
Ya se partía el buen Cid
á su destierro de grado
con trescientos caballeros;
todos eran hijosdalgo,
todos son hombres mancebos,
ninguno allí no había cano,
todos llevan lanza en puño,
con el fierro acicalado
y llevan sendas adargas
con borlas de colorado,
y no le faltó al buen Cid
adonde asentar su campo.

XLVII

En las almenas de Toro,
allí estaba una doncella,
vestida de negros paños,
reluciente como estrella;
pasara el rey don Alonso,
namorado se había d’ella.
Dice:—Si es hija de rey
que se casaría con ella,
y si es hija de duque
serviría por manceba.—
Allí hablara el buen Cid,
estas palabras dijera:
—Vuestra hermana es, señor,
vuestra hermana es aquella.
—Si mi hermana es, dijo el rey,
fuego malo encienda en ella:
llámenme mis ballesteros,
tírenle sendas saetas,
y á aquel que la errare
que le corten la cabeza.—
Allí hablara el Cid,
d’esta suerte respondiera:
—Mas aquel que la tirare
pase por la misma pena.
—Ios de mis tiendas, Cid,
no quiero que estéis en ellas.
—Pláceme, respondió el Cid,
que son viejas y no nuevas;
irme he yo para las mías,
que son de brocado y seda,
que no las gané holgando
ni bebiendo en la taberna;
ganélas en las batallas
con mi lanza y mi bandera.

XLVIII

Ese buen Cid Campeador
ya se parte de Castilla;
por mando del rey Alfonso
lleva su mensajería
á Almucanis, ese moro
rey de Córdoba y Sevilla,
para que le dé las parias
pasadas que le debía.
En Sevilla estaba el Cid
faciendo á lo que venía.
Mudafar, rey de Granada,
á Almucanis mal quería;
caballeros castellanos
Mudafar consigo había;
son de los más estimados
que había dentro en Castilla;
don García Ordoño el uno,
que conde todos decían;
Fernán Sánchez era el otro,
yerno del rey don García;
y Lope Sánchez, su hermano,
estaba en su compañía;
y otro caballero honrado,
Diego Pérez se decía.
Ellos con grandes poderes
con el Mudafar venían
contra Almucanis el rey,
que pechero es de Castilla.
El Cid, cuando aquesto supo,
mucho pesado le había;
enviárale sus cartas
y en ellas así decía:
«Que non vengan con su gente
»contra el reino de Sevilla,
»que es pechero al rey Alfonso,
»con quien amistad tenía:
»y si lo quieren facer,
»que su Rey ayudaría
ȇ Almucanis su vasallo,
»que otra cosa no pedía.»
Recibido han las cartas,
mas en nada las tenían;
entran en tierras del rey,
del rey moro de Sevilla,
Quemando van y estragando
fasta Cabra, aquesa villa.
El Cid, cuando aquesto supo,
contra ellos se partía;
moros llevaba consigo,
cristianos los que podía.
Las huestes se habían juntado,
el Cid mataba y hería:
muy reñida es la batalla,
durado ha casi un día,
fasta que venciera el Cid
y en huída los ponía.
Á caballeros cristianos
el buen Cid muchos prendía;
de moros non había cuenta
los que cautivado había.
Tres días tuviera presos
los cristianos que vencía;
volvióse con gran despojo
á Sevilla, do partía;
Almucanis dió las parias
y á Castilla se volvía.
Mucho plugo al rey Alfonso
de lo que el Cid fecho había,
y de aquel día adelante
al Cid Campeador decían.

XLIX

Fablando estaba en el claustro
de San Pedro de Cardeña
el buen rey Alfonso al Cid
después de misa, una fiesta.
Trataban de las conquistas
de las mal perdidas tierras
por pecados de Rodrigo,
que amor disculpa y condena.
Propuso el buen rey al Cid
el ir á ganar á Cuenca;
y Rodrigo, mesurado,
le dice desta manera:
—Nuevo sois, el rey Alfonso,
nuevo rey sois en la tierra;
antes que á guerra vayades
sosegad las vuesas tierras.
Muchos daños han venido
por los reyes que se ausentan,
que apenas han calentado
la corona en la cabeza,
y vos no estáis muy seguro
de la calunia propuesta
en la muerte de don Sancho
sobre Zamora la vieja;
que aún hay sangre de Bellido,
magüer que en fidalgas venas,
y el que fizo aquel venablo
si le pagan fará treinta.—
Bermudo en lugar del rey
dice al Cid:—Si vos aquejan
el cansancio de las lides
ó el deseo de Jimena,
idvos á Vivar, Rodrigo,
y dejadle al rey la empresa;
que homes tiene tan fidalgos
que non volverán sin ella.
—¿Quién vos mete, dijo el Cid,
en el consejo de guerra,
fraile honrado, á vos agora,
la vuesa cogulla puesta?
Subid vos á la tribuna
y rogad á Dios que venzan,
que non venciera Josué
si Moisés non lo ficiera.
Llevad vos la capa al coro,
yo el pendón á las fronteras,
y el rey sosiegue su casa
antes que busque la ajena;
que non me farán cobarde
el mi amor ni la mi queja,
que más traigo siempre al lado
á Tizona que á Jimena.
—Home soy, dijo Bermudo,
que antes que entrara en la regla,
si non vencí reyes moros
engendré quien los venciera;
y agora, en vez de cogulla,
cuando la ocasión se ofrezca
me calaré la celada
y porné al caballo espuelas.
—¡Para fugir, dijo el Cid,
podrá ser, padre, que sea;
que más de aceite que sangre
manchado el hábito muestra!
—Calledes, le dijo el rey,
en mal hora, que no en buena,
acordársevos debía
de la jura y la ballesta;
cosas tenedes, el Cid,
que farán fablar las piedras,
pues por cualquier niñería
facéis campaña la iglesia.—
Pasaba el Conde de Oñate
que llevaba la su dueña,
y el rey, por facer mesura,
acompañóla á la puerta.

L

Si atendéis que de los brazos
vos alce, atended primero
si no es bien que con los míos
cuide subirvos al cielo.
¡Bien estáis afinojado,
que es pavor veros enhiesto,
que asiento es, asaz debido,
el suelo, de los soberbios!
¡Descubierto estáis mejor,
después que se han descubierto
de vuesas altanerías
los mal guisados excesos!
¿En qué os habéis empachado,
que dende el pasado invierno
non vos han visto en las Cortes,
puesto que Cortes se han fecho?
¿Por qué, siendo cortesano,
traéis la barba y cabello
descompuesto, y desviada,
como los padres del yermo?
¡Pues aunque vos lo pregunto,
asaz que bien os entiendo!
¡Bien conozco vuesas mañas
y el semblante falagüeño!
Querréis decir que cuidando
en mis tierras y pertrechos,
non cuidades de aliñarvos
la barba y cabello luengo.
Al de Alcalá contrallasteis
mis treguas, paz y concierto,
bien como si el querer mío
tuviérades por muy vueso.
Á los fronterizos moros
diz que tenéis por tan vuesos
que os adoran como á Dios;
¡grandes algos habréis d’ellos!
Cuando en mi jura os hallasteis
después del triste suceso
del rey don Sancho, mi hermano,
por Bellido traidor muerto,
todos besaron mi mano
y por rey me obedecieron;
sólo vos me contrallasteis
tomándome juramento.
En santa Gadea lo fice
sobre los cuatro evangelios,
y en el ballestón dorado,
teniendo el cuadrillo al pecho.
Matárades á Bellido
si ficiérais como bueno,
que no ha faltado quien dijo
que tuvisteis asaz tiempo:
fasta el muro lo seguisteis,
y al entrar la puerta dentro
¡bien cerca estaba quien dijo
que non osasteis de miedo!
Y nunca fueron los míos
tan astutos y mañeros
que cuidasen que don Sancho
muriese por mis consejos.
Murió, porque á Dios le plugo
en su juicio secreto,
quizá porque de mi padre
quebrantó sus mandamientos.
Por estos desaguisados,
desavenencias y tuertos,
con título de enemigo
de mis reinos vos destierro.
Yo tendré vuesos condados
fasta saber por entero,
con acuerdo de los míos,
si confiscárvolos puedo.
¡Non repliquedes palabra,
que vos juro por San Pedro
y por San Millán bendito
que vos enforcaré luégo!—
Estas palabras le dijo
el rey don Alfonso el Sexto,
inducido de traidores,
al Cid, honor de sus reinos.

LI

Téngovos de replicar
y de contrallarvos tengo,
que no han pavor los valientes
ni los non culpados miedo.
Si finca muerta la honra
á manos de los denuestos;
menos mal será enforcarme
que el mal que me habedes fecho.
Yo seré en tierra homildoso
á guisa de vueso siervo,
que teniendo los mis brazos
cuido alzarme sin los vuesos.
Cúbranse y non vos acaten
los ociosos falagüeños,
que magüer yo non lo soy
me puedo cubrir primero.
Dos vegadas hubo Cortes
desde antaño por invierno,
diz que por la pró común
ó por los vuesos provechos.
Vos en León las ficisteis,
pero yo en los campos yermos,
faciendo las mías, desfice
del contrario los pertrechos.
Lo fecho en Alcalá vedes,
non lo que fice primero;
y es mal juzgador quien juzga
sin notar todo el proceso.
Folgá que el moro de allende
respete mis fechos buenos,
que si non me los respeta
non vos guardará respeto.
¡Asaz me semejáis blando
porque de tiempo tan luengo
de apretarvos en la jura
vos duele el escocimiento!
Mentirá el que me achacare
del traidor Dolfos el tuerto,
pues sabedes lo que fué
y lo que fice en el reto;
además que sin espuelas
cabalgué entonces por yerro.
¡Vencen pesadas falsías
al noble y sencillo pecho!
Y pues gasté mis haberes
en prez del servicio vueso,
y de lo que hube ganado
vos fice señor y dueño,
non me lo confiscaredes
vos ni vuesos consejeros,
que mal podredes tollerme
la facienda que non tengo.
De hoy más seré facendoso,
pues hoy de vos me destierro,
y de hoy para mí me gano,
pues hoy para vos me pierdo.—
Estas palabras decía
el noble Cid respondiendo
á las querellas injustas
del rey don Alfonso el Sexto.

LII

Escuchó el rey don Alfonso
las palabras halagüeñas
del Cid en su despedida
cuando se partió á la guerra,
y dijo á sus infanzones:
—Hoy deja nuestras banderas
el home más animoso
que sangre de moros riega:
y aunque parezca osadía
el fablar con tantas veras,
non fueron atrevimientos,
supuesto que lo asemejan.
Los amoríos del alma
en el pecho do se encierran
lealtad y amor, con su rey
tienen para hablar licencia.
Alongado va al destierro,
y veo que en su presencia
es sólo un home el que parte
y mil voluntades lleva;
y cuido que un buen guerrero,
cuando de su rey se ausenta,
reprochado de su corte,
se ha de tener á la ajena;
que de un edificio grande,
si se le rompe una piedra,
por sólo su desencaje
se suele venir á tierra.
No hay folgarse entre los reyes,
que nunca los reyes fuelgan,
cuidando el pro de sus reinos
y haciendo en los lueñes guerra.
Si fidalgos con la espada
por su rey en lides entran,
el rey con espada y alma
anda, padece y pelea.
¡Gran lidiador es el Cid!
¡fuerte y noble en gran manera!
Pero si no es homildoso
de Dios y del rey, ¿qué espera?
Conviene que el Cid se alongue,
y dirán en lueñes tierras
que Alfonso face justicia
y en castigo á nadie excepta.

LIII

Don Rodrigo de Vivar
está con doña Jimena
de su destierro tratando,
que sin culpa le destierran.
El rey Alfonso lo manda,
sus envidiosos se huelgan,
llórale toda Castilla,
porque huérfana la deja.
Gran parte de sus haberes
ha gastado el Cid en guerra;
no halla para el camino
dinero sobre su hacienda.
Á dos judíos convida,
y sentados á la mesa
con amigables caricias
mil florines les pidiera.
Díceles que por seguro
dos cofres de plata tengan,
y que si dentro de un año
no les paga, que la vendan,
y cobren la logrería
como concertado queda.
Dióles dos cofres cerrados,
entrambos llenos de arena,
y confiados del Cid
dos mil florines le prestan.
—¡Oh necesidad infame,
á cuántos honrados fuerzas
á que por salir de ti
hagan mil cosas mal hechas!
¡Rey Alfonso, señor mío,
á traidores das orejas,
y á los fidalgos leales
palacios y orejas cierras!
Mañana saldré de Burgos
á ganar en las fronteras
algún pequeño castillo
adonde mis gentes quepan;
mas según son de orgullosos
los que llevo en mi defensa,
las cuatro partes del mundo
tendrán por morada estrecha.
Estarán mis estandartes
tremolando en las almenas;
caballeros agraviados
hallarán guarida en ellas;
y por conservar el nombre
de tus reinos, que es mi tierra,
los lugares que ganare
serán Castilla la Nueva.

LIV

Ese buen Cid Campeador,
que Dios en salud mantenga,
faciendo está una vigilia
en San Pedro de Cardeña;
que el caballero cristiano
con las armas de la Iglesia
debe de guarnir su pecho
si quiere ganar las guerras.
Doña Elvira y doña Sol,
las dos sus fijas tan bellas,
acompañan á su madre
ofreciendo rica ofrenda.
Cantada que fué la misa,
el abad y monjes llegan
á bendecir el pendón,
aquel de la Cruz bermeja.
Soltó el manto de los hombros,
y en cuerpo, con armas nuevas,
del pendón prendió los cabos
y d’esta suerte dijera:
—Pendón bendecido y santo,
un castellano te lleva,
por su rey mal desterrado,
bien plañido por su tierra.
Á mentiras de traidores
inclinando sus orejas,
dió su prez y mis fazañas:
¡desdichado dél y d’ellas!
¡Cuando los reyes se pagan
de falsías halagüeñas,
mal parados van los suyos,
luengo mal les viene cerca!
Rey Alfonso, rey Alfonso,
esos cantos de sirena
te adormecen por matarte:
¡ay de ti si no recuerdas!
Tú Castilla me vedaste
por haber folgado en ella,
que soy espanto de ingratos,
y conmigo non cupieran.
¡Plegue á Dios que no se caigan,
sin mi brazo, tus almenas!
Tú que sientes, me baldonas;
sin sentir, me lloran ellas.
Con todo, por mi lealtad
te prometo las tenencias
que en las fronteras ganaren
mis lanzas y mis ballestas;
que venganza de vasallo
contra el rey, traición semeja,
y el sufrir los tuertos suyos
es señal de sangre buena.—
Esta jura dijo el Cid,
y luégo á doña Jimena
y á sus dos fijas abraza;
mudas y en llanto las deja.

LV

Ya que acabó la vigilia
aquel noble Cid honrado,
y dejó á doña Jimena
y á sus dos fijas llorando;
á la vista de San Pedro
en un espacioso llano
dijo, con grande denuedo,
á los que le están mirando:
—Quinientos fidalgos sois
los que me heis acompañado,
á quien no diré lo mucho
que os obliga el ser fidalgos;
pero, pues que me destierra
el Rey por injustos casos,
faced cuenta, mis amigos,
que todos vais desterrados,
y que han de guardar mi honra
vueso valor y mi brazo,
que aunque él ha sido injusto,
no lo han de ser sus vasallos,
antes derramar la sangre
por vencer á los contrarios.—
Todos responden:—Buen Cid,
vueso hablar es excusado,
pues basta que nos mandéis
para quedar obligados.—
Por tierras de moros entran,
muchas batallas ganando,
rindiendo muchos castillos,
y reyes atributando.
Tanto pudo el gran valor
de aquel noble Cid honrado,
que en poco tiempo conquista
hasta Valencia llegando
donde alcanzó gran tesoro;
y un gran presente ha enviado
al ingrato rey Alfonso
de cien hermosos caballos,
todos con ricos jaeces
de diferentes bordados,
y cien moros, que los llevan
de las riendas, sus esclavos,
y cien llaves de las villas
y castillos que ha ganado,
y también al rey envía
cuatro reyes sus vasallos:
aqueste presente lleva
Ordoño, su gran privado.

LVI

Ese buen Cid Campeador
de Zaragoza partía,
sus gentes lleva consigo,
y la su seña tendida
para correr á Monzón,
á Huesca también corría;
á Onda con Almenar
estragado los había.
El rey Pedro de Aragón
muy gran pesar recibía
cuando supo que el buen Cid
tan cerca de sí yacía.
Apellidara sus gentes,
muchas son en demasía;
llegado han á Piedra Alta,
sus tiendas fincar facía:
á ojos está del Cid,
mas para él no venía.
El Cid salió de Monzón
con doce en su compañía,
á holgarse por el campo,
armados de buena guisa.
Los de ese rey de Aragón
le tuvieron puesta espía;
caballeros eran ciento
y cincuenta, que á él salían.
El Cid lidiara con todos,
como bueno los vencía:
siete son los caballeros
y caballos que prendía,
los otros huyen del campo,
que aguardarle no querían,
los presos piden merced,
que los suelte le pedían:
el Cid, como es muy honrado,
lo que piden concedía.

LVII

Adofir de Mudafar
á Rueda en guarda tenía
por el buen rey don Alfonso,
que conquerido la había.
Almofalas, ese moro,
con sobrada maestría
metióse dentro el castillo,
con él alzado se había:
Adofir, cuando lo supo,
al rey su mensaje envía,
pidiéndole su socorro
para recobrar la villa.
El rey envió á Ramiro
y á ese conde don García,
con muchas gentes armadas,
que van en su compañía.
El moro, cuando lo supo,
dijo el castillo daría
á ese buen rey don Alfonso,
y que á otro no quería.
Convidóle á comer
por hacelle alevosía
allá dentro del castillo;
el rey temido se había.
El infante don Ramiro
con el Conde en compañía
entraron para comer,
que ir el rey no quería;
mas luégo que entraron dentro
á entrambos quitan la vida,
con otros que van con ellos,
y al rey mucho le dolía.
Túvose por deshonrado,
y al Cid sus cartas envía,
que estaba cerca de allí
desterrado de Castilla.
Rodrigo, que vió el mensaje,
para el rey luégo venía:
caballeros fijosdalgo
acompañado lo habían.
Cuando lo vido el buen rey,
su perdón le concedía.
Contóle lo acontecido,
que le vengue le pedía,
y que con él se viniese
á su reino y señoría.
El Cid le besó las manos
por el perdón que le hacía;
mas no lo quiso aceptar
si el Rey no le prometía
de dar á los fijosdalgo
un plazo de treinta días
para salir de la tierra,
si algún crimen cometían,
y que fasta ser oídos
jamás los desterraría,
nin quebrantaría los fueros
que sus vasallos tenían,
nin menos que los pechase
más de lo que convenía,
y que si lo tal ficiese,
contra él alzarse podían.
Todo lo promete el rey,
que en nada contradecía,
y á Castilla caminando,
Rodrigo el cerco ponía.
Al moro que tal mal fizo
por gran fambre lo prendía,
y á todos los más traidores
al rey luégo los envía.
El rey los ha recibido,
d’ellos fizo gran justicia,
y mucho agradece al Cid
el presente que le hacía.

LVIII

Ceñid los membrudos brazos
al cuello que bien os quiere,
por ser asaz de tal dueño,
que el mundo otro par no tiene.
Non rehuyáis de abrazarme,
que brazos de home tan fuerte
desentollescen mis tierras,
y las de moros tollescen.
Facedlo, que bien podéis,
é cuidá non me manchedes,
que aún finca en las vuesas armas
la sangre mora reciente.
No atendáis tuertos que os fice,
pues tan buen precio merecen,
que non quise en mi servicio
homes á quien sirven reyes.
Si vos desterré, Rodrigo,
fué porque á moros que crecen
desterréis sus fechorías,
y las vuesas alto vuelen.
Non vos eché de mi reino
por falsos que vos mal quieren,
sí porque en tierras ajenas
por vos mi poder se muestre.
De Álvar Fáñez, vueso primo,
recebí vueso presente,
no en feudo vueso, Rodrigo,
sinon como de parientes.
Las banderas que ganasteis
á sarracenos de allende,
por vuesa mandadería
en San Pedro las veredes.
La vuesa Jimena Gómez,
que tanto vos quiso siempre,
porque la desmaridé
mil pleitos contra mí tiene.
Non escuchéis sus querellas
cuando á mí las enderece,
que á las fembras más astutas
cualquier enojo las vence.
Acudid en su presencia,
que cuido que vos atiende
más ganosa de vos ver
que vos venides de verme;
que si malos consejeros
facen oficios que suelen,
en cambio de saludarme
atenderédes mi muerte.
Non la atendáis, home bueno,
ansí os valga San Llorente,
y riñas de por San Juan
sean paz que dure siempre.
Prended al cuello los brazos,
que vuesos brazos bien pueden
prender en paz vueso rey,
pues en guerra cinco prenden.—
El rey don Alfonso el Sexto
le dice esto al Cid valiente,
que de lidiar con los moros
victorioso á su rey vuelve.

LIX

Fablando estaba en celada
el Cid con la su Jimena
poco antes que se fuése
á las lides de Valencia:
—Bien sabéis, dice, señora,
cómo las nuesas querencias
en fe de su voluntad
muy mal admiten ausencia;
pero piérdese el derecho
adonde interviene fuerza,
que el servir al rey lo es
quien noble sangre semeja.
Faced en la mi mudanza
como tan sesuda fembra,
y en vos no se vea ninguna,
pues venís de honrada cepa.
Ocupad las cortas horas
en catar vuesas faciendas;
un punto no estéis ociosa,
pues es lo mismo que muerta.
Guardad vuestros ricos paños
para cuando yo dé vuelta,
que la fembra sin marido
debe andar con gran llaneza.
Mirad por las vuesas fijas,
celadlas; pero no entiendan
que algún vicio presumís,
porque faréis que lo entiendan.
No las apartéis un punto
de junto á vuesa cabeza,
que las fijas sin su madre
muy cerca están de perderla.
Sed grave con los criados,
agradable con las dueñas,
con los extraños sagaz,
y con los propios severa.
Non enseñéis las mis cartas
á la más cercana dueña,
porque no sepa el más sabio
cómo paso yo las vuesas:
mostradlas á vuesas fijas,
si non tuvierdes prudencia
para encubrir vuestro gozo,
que suele ser propio en fembras.
Si vos consejaren bien
faced lo que vos consejan,
y si mal vos consejaren,
faced lo que más convenga.
Veinte y dos maravedís
para cada día os quedan,
tratadvos como quien sois,
non enduréis la despensa.
Si dineros vos faltaren
faced como no se entienda,
enviádmelos á pedir,
non empeñéis vuestras prendas.
Buscad sobre mi palabra,
que bien fallaréis sobre ella
quien á vuestra cuita corra,
pues yo acudo á las ajenas.
Con tanto, señora, adios,
que el ruido de armas resuena.—
Y tras un estrecho abrazo,
ligero subió en Babieca.

LX

Apretada está Valencia,
puédese mal defensar,
porque los almoravides
no la quieren ayudar.
Viendo aquesto un moro viejo
que solía adivinar,
subiérase á un alta torre
para bien la contemplar.
Cuánto más la mira hermosa,
más le crece su pesar.
Sospirando con gran pena,
aquesto fué á razonar:
—¡Oh Valencia! ¡Oh Valencia,
digna de siempre reinar!
Si Dios de ti no se duele,
tu honra se va apocar,
y con ella las holganzas
que nos suelen deleitar:
las cuatro piedras caudales
do fuíste el muro á sentar,
para llorar, si pudiesen,
se querrían ayuntar.
Tus muros tan preminentes,
que fuertes sobre ella están,
de mucho ser combatidos
todos los veo temblar;
las torres que las tus gentes
de lejos suelen mirar,
que su alteza ilustre y clara
los solía consolar,
poco á poco se derriban
sin podellas reparar;
y las tus blancas almenas,
que lucen como el cristal,
su lealtad han perdido
y todo su bel mirar;
tu río tan caudaloso,
tu río Guadalaviar,
con las otras aguas tuyas
de madre salido ha;
tus arroyos cristalinos
turbios ya siempre vendrán,
tus fuentes y manantiales
todos secados se han;
tus verdes huertas viciosas
á ninguno gozo dan,
que la raíz de sus hierbas
bestias roído las han;
tus prados de cien mil flores
olores de sí no dan,
mustios andan y marchitos,
sin color ni olor están;
aquel honrado provecho
de tu playa y de tu mar,
en deshonra y daño torna,
¡mal te puede aprovechar!
Los montes, campos y tierras
que tu solías mandar,
el humo de los sus fuegos
tus ojos cegado han.
Es tan grave tu dolencia
y tanta tu enfermedad,
que los hombres desesperan
de salud poderte dar.
¡Oh Valencia! ¡Oh Valencia!
Dios te quiera remediar,
que muchas veces predije
lo que agora veo llorar.

LXI

Cercada tiene á Valencia
ese buen Cid castellano,
con los moros que están dentro
cada día peleando:
muchos ha muerto y prendido
y á otros ha cautivado.
Al real del buen Rodrigo
un caballero ha llegado:
Martín Peláez ha por nombre,
Martín Peláez, asturiano:
muy crecido es en el cuerpo,
en los miembros arreciado.
Aqueste es de buen donaire,
pero muy acobardado:
halo mostrado en las lides
y batallas do se ha hallado.
Mucho le pesó al buen Cid
cuando lo vido á su lado;
no es para vivir con él
hombre tan afeminado.
Un día entrara el buen Cid,
y con él los sus vasallos,
en batalla, con los moros
pelean como esforzados.
Allá va Martín Peláez
bien armado y á caballo:
antes de dar el torneo
al real había tornado;
fuése para su posada
cubierto y disimulado.
En ella anduvo escondido
hasta que el Cid ha tornado;
dejó muertos muchos moros,
á ellos ganara el campo.
El Cid se sentó á comer,
como tiene acostumbrado,
solo en su cabo á una mesa,
y en el su escaño asentado,
y en otra sus caballeros,
los que tiene por preciados:
con aquestos nadie come
sino los más afamados.
Así lo ordenó el buen Cid
por facerlos esforzados,
y que cada uno procure
facer fechos estimados
para comer á la mesa
de Álvar Fáñez y su hermano.
Bien cuidó Martín Peláez,
que non vió el Cid lo pasado,
y así las manos se lava,
á la mesa se ha sentado
donde está don Álvar Fáñez
con la compaña de honrados.
El Cid se fué para él,
y del brazo le ha trabado,
diciendo:—Non sois vos tal
para en tal mesa sentarvos
con esos parientes míos,
á quien vos podáis llegarvos;
más valen que yo ni vos,
que son buenos y aprobados;
sentadvos á la mi mesa,
comed conmigo á mi plato.—
Con mengua de entendimiento
no creyó que es baldonado,
asentóse con el Cid
á su mesa y á su lado,
y el Cid con grande cordura
esta reprensión le ha dado.

LXII

Por la mano prende el Cid,
no con rigor ni con saña,
al joven Martín Peláez
que fuyó de la batalla,
y por mejor reprendelle
de su cobardía mala,
se sienta á su mesa y dice
con amorosas palabras:
—Yantemos en uno juntos,
que non he sabor ni gana
que yantedes con los grandes
que han ganado con su espada;
yantad en esa escodilla,
que el uno al otro se llama,
yo por no ser bueno os quiero
á mi lado y á mi estancia:
los que allí con Álvar Fáñez
con él se asientan y yantan,
ganaron con sus proezas
la mesa y perpetua fama.
Con la sangre de enemigos
es bien lavar nuestras manchas
que en el honor han caído
rindiendo la vida y almas.
Vergoñosa vida atiende
aquel que valor le falta,
magüer que haya su facienda
de los mejores de España.
Miémbresevos de los fechos
pasados que ha fecho en armas
mi amigo Pedro Bermúdez,
y cuán bien su espada talla.
Aguisémonos de guisa
que ninguno tuerto faga,
ni los moros valencianos
puedan afrentar sus lanzas.
Facer lo que home es tenudo
de toda culpa descarga,
porque allí no hay fallimiento
de lo que la honra encarga.
Esto dicho, el Cid callóse,
y la comida acabada,
mandó tocar las trompetas,
y que se pongan en armas,
y los moros valencianos
con las gentes asturianas
traban una escaramuza
encendiendo nueva saña.
Corrido Martín Peláez
de las pasadas palabras,
hizo cosas aquel día
que al Cid admiran y espantan;
tanto, que aquel vencimiento
á Martín Peláez se daba.
Los moros su nombre temen,
con que ganó lauro y palma.

LXIII

Corrido Martín Peláez
de lo que el Cid ha fablado,
d’ello cobró gran vergüenza,
d’ello está muy ocupado.
Fuése para su posada,
triste estaba y muy cuitado
viendo cómo el Cid ha visto
su cobardía tan claro,
por lo cual no consintió
que coma con los honrados
propónese ser valiente
ó de morir en el campo.
Otro día salió el Cid,
junto á Valencia ha llegado;
salieron luégo los moros
á ferir en los cristianos:
llegan denodadamente
con los esfuerzos sobrados.
Martín Peláez fué el primero
que la lid había entrado,
y firió tan recio en ellos
que á muchos ha derribado.
Allí perdió todo el miedo,
muy gran esfuerzo ha cobrado,
peleó valientemente
mientras la lid ha durado:
unos mata y otros hiere,
hizo en ellos grande estrago.
Los moros dicen á gritos:
—¿De dó ha venido este diablo?
¡Hasta aquí no le hemos visto
tan valiente y esforzado!
Á todos nos hiere y mata,
del campo nos ha lanzado.—
Por las puertas de Valencia
á los moros ha encerrado,
los brazos hasta los codos
en sangre lleva bañados;
ninguno hay tal como él
si no es el Cid afamado.
Los moros fueron vencidos,
Peláez se había tornado,
esperándole está el Cid
fasta que fuera llegado:
con muy crecido placer
Rodrigo lo había abrazado;
díjole:—Martín Peláez,
vos sois bueno y esforzado,
non sois tal que merezcáis
de hoy más conmigo sentaros,
asentaos con Álvar Fáñez,
que era mi primo hermano,
y con estos caballeros,
que son buenos y estimados,
que los vuesos buenos fechos
siempre serán bien mentados;
seréis d’ellos compañero,
sentaros heis á su lado.—
De aquel día en adelante
fizo fechos muy granados
de esforzado caballero,
bueno como el más preciado.
Aquí se cumplió el proverbio
entre todos divulgado,
«que el que á buen árbol se arrima
»de buena sombra es tapado.»

LXIV

Partíos ende los moros,
non pongáis mientes en al,
cuidá de los doloridos
y los muertos soterrad;
decidles á los cuitados
y á las cuitadas contad,
que el saber nueso en la guerra
es humildoso en la paz;
poned la fucia en facer
que me vengan á fablar,
porque les diga mi boca
toda la mi voluntad,
que non quiero sus faciendas
nin se las he de tirar,
nin para mis barraganas
sus fijas he de tomar,
que yo non uso mujeres
sinon la mía natural,
que en San Pedro de Cardeña
yace agora al mi mandar;
y mándovos yo, Álvar Fáñez,
si he poder de vos mandar,
vais por ella y por mis fijas,
mis fijas otro que tal.
Llevad treinta marcos de oro
con que se puedan guiar
para venir á Valencia
á la ver y á la gozar;
llevá otros tantos de plata
para San Pedro y su altar,
y entregadlos á don Sancho,
que ende yace por abad;
y al nobre rey don Alfonso,
mi buen señor natural,
llevá doscientos caballos,
bien guarnidos al mi usar;
y á los honrados judíos
Raquel y Vidas llevá
doscientos marcos de oro,
tantos de plata y non más,
que me endonaron prestados
cuando me partí á lidiar
sobre dos cofres de arena
debajo de mi verdad:
rogarles heis de mi parte
que me quieran perdonar,
que con acuita lo fice
de mi gran necesidad;
que aunque cuidan que es arena
lo que en los cofres está,
quedó soterrado en ella
el oro de mi verdad.
Pagáles la logrería
que soy tenudo á les dar
del tiempo que su dinero
he tenido á mi mandar;
y vos, Martín Antolínez,
le iredes á acompañar,
y las mis buenas venturas
á mi Jimena contad.
Diréis al rey don Alfonso
que me empreste su juglar,
porque á mi Jimena agrada
mucho el tañer y cantar.—
Aquesto dijera el Cid
después que ya entrado ha
en Valencia victorioso,
pues conquerido la ha.

LXV

Desterrado estaba el Cid
de la corte y de su aldea
de Castilla por su rey,
cansado de vencer guerras,
y en las venturosas armas
apenas las manchas secas
de la sangre de los moros
que ha vencido en sus fronteras;
y aun estaban los pendones
tremolando en las almenas
de las soberbias murallas
humilladas de Valencia,
cuando para el rey Alfonso
un rico presente ordena
de cautivos y caballos,
de despojos y riquezas.
Todo lo despacha á Burgos,
y á Álvar Fáñez que lo lleva,
para que lo diga al rey,
le dice d’esta manera:

«Díle, amigo, al rey Alfonso,
»que reciba su grandeza
»de un fidalgo desterrado
»la voluntad y la ofrenda,
»y que en este dón pequeño
»solamente tome en cuenta
»que es comprado de los moros
ȇ precio de sangre buena;
»que con mi espada en dos años
»le he ganado yo más tierras
»que le dejó el rey Fernando,
»su padre, que en gloria sea;
»que en feudo d’ello lo tome
»y que no juzgue á soberbia
»que con parias de otros reyes
»pague yo á mi rey mis deudas;
»que pues él como señor
»me pudo quitar mi hacienda,
»bien puedo yo como pobre
»pagar con hacienda ajena;
»y que juzgue que en su dicha
»son delante mis enseñas
»millaradas de enemigos
»como ante el sol las tinieblas;
»y espero en Dios que mi brazo
»ha de hacello rico, mientras
»la mano aprieta á Tizona
»y el talón fiere á Babieca;
»y en tanto mis envidiosos
»descansen, mientras les sea
»firme muralla mi pecho
»de su vida y de sus tierras,
»y entreténganse en palacio,
»y guárdense no me vendan,
»que del tropel de los moros
»soltaré una vez la presa
»y llegarán su avenida
ȇ ver entre sus almenas;
»y defiendan bien sus honras
»como manchan las ajenas;
»y si les diere en los ojos
»lo que les dió en las orejas,
»verán que el Cid no es tan malo
»como son sus obras buenas,
»y si sirven á su rey
»en la paz como en la guerra
»mentirosos lisonjeros
»con la espada ó con la lengua;
»y verá el buen rey Alfonso
»si son de Burgos las fuerzas,
»los caminos de ladrillo
»ó los ánimos de piedra:
»que le suplico permita
»se pongan esas banderas
ȇ los ojos del glorioso
»mi Príncipe de la Iglesia,
»en señal que con su ayuda
»apenas enhiestas quedan
»en toda España otras tantas,
»y ya me parto por ellas;
»y le suplico me envíe
»mis fijas y mi Jimena,
»d’esta alma sola afligida
»regaladas dulces prendas;
»que si nó mi soledad,
»la suya al menos le duela,
»porque de mi gloria goce
»ganada en tan larga ausencia.»
Mirad, Álvaro, no erréis:
que en cada razón de aquestas
lleváis delante del rey
mi descargo y mi limpieza.
Decidlo con libertad,
que bien sé que habrá en la rueda
quien mis pensamientos mida
y vuesas palabras mesmas.
Procurad que aunque les pese
á los que mi bien les pesa,
no lleven más que la envidia
de mí, de vos ni de ellas;
y si en mi Valencia amada
no me hallareis á la vuelta,
peleando me hallarédes
con los moros de Consuegra.

LXVI

Llegó Álvar Fáñez á Burgos
á llevar al rey la empresa
de cautivos y caballos,
de despojos y riquezas.
Entró á besarle la mano
después de darle licencia,
y puesto ante él de rodillas
este recaudo comienza:
—Poderoso rey Alfonso,
reciba vuesa grandeza
de un fidalgo desterrado
la voluntad y la ofrenda.
Don Rodrigo de Vivar,
fuerte muro en tu defensa,
por envidia desterrado
de su casa y de su tierra,
pide que con libertad
hable puesto en su defensa
y así quiero, por no errar,
decir sus palabras mesmas.
Dice: «que este dón pequeño
»toméis solamente en cuenta,
»que es ganado de los moros
ȇ precio de sangre buena;
»que con su espada en dos años
»te ha ganado el Cid más tierras
»que te dejó el rey Fernando,
»tu padre, que en gloria sea;
»que en feudo d’esto lo tomes
»y no juzgues á soberbia
»que con parias de otros reyes
»él pague á su rey sus deudas;
»y pues tú como señor
»le quitaste su facienda,
»que bien puede como pobre
»pagar con facienda ajena.
»Que fíes en Dios y en él,
»que te ha de hacer rico, mientras
»la mano aprieta á Tizona
»y el talón hiere á Babieca.
»Y que gustes que en San Pedro
»se pongan estas banderas
ȇ los ojos del glorioso
»Gran Príncipe de la Iglesia,
»en señal que con su ayuda
»apenas enhiestas quedan
»en toda España otras tantas,
»y ya se parte por ellas.
»Que te suplica le envíes
»sus fijas y su Jimena,
»del alma triste afligida
»regaladas dulces prendas.
»Y si nó su soledad,
»la suya al menos te duela,
»para que su gloria goce
»ganada en tan larga ausencia.»
No quisiera haber errado,
que en cada palabra d’estas
te traigo, rey, de Rodrigo
su descargo y su limpieza.—
Apenas dió la embajada
cuando la envidia revienta
de envidiosos lisonjeros
y corredores de orejas.
Movióse un conde agraviado
y díjole al rey: Tu alteza
no dé crédito á estas cosas,
que son engaños que ceban.
Querrá ahora el Cid Rodrigo
con esto que te presenta,
venirse á Burgos mañana
á confirmar tus ofensas.—
Caló Álvar Fáñez la gorra,
y empuñando en la derecha,
tartamudo de coraje,
le dió al conde esta respuesta:
—Nadie se mude ni hable,
y el que se moviere atienda
que le fabla el Cid presente,
pues yo lo soy en su ausencia;
y cuando en mi pobre esfuerzo
cupiere alguna flaqueza,
la gran firmeza del Cid
me ayuda desde Valencia.
No le venda ningún falso
ni sus lisonjas le vendan,
que d’él y de mí, en su nombre,
no aseguro la cabeza.
Y tú, rey, que las lisonjas
acomodas y aprovechas,
haz de lisonjas murallas
y verás cómo pelean.
Perdona que con enojo
pierdo el respeto á tu Alteza,
y dame, si me has de dar,
del Cid las queridas prendas:
á doña Jimena digo,
y á sus dos hijas con ella,
pues te ofrezco su rescate
como si estuvieran presas.—
Levantóse el rey Alfonso
y á Álvar Fáñez pide y ruega
que se sosiegue, y los dos
vayan á ver á Jimena.

LXVII

Victorioso vuelve el Cid
á San Pedro de Cardeña
de las guerras que ha tenido
con los moros de Valencia.
Las trompetas van sonando
por dar aviso que llega,
y entre todos se señala
el relincho de Babieca.
El abad y monjes salen
á recibirlo á la puerta,
dando alabanzas á Dios
y al Cid mil enhorabuenas.
Apeóse del caballo,
y antes de entrar en la iglesia
tomó el pendón en sus manos
y dice de esta manera:
—Salí de ti, templo santo,
desterrado de mi tierra;
mas ya vuelvo á visitarte
acogido en las ajenas.
Desterróme el rey Alfonso
porque allá en Santa Gadea
le tomé el su juramento
con más rigor que él quisiera.
Las leyes eran del pueblo,
que no excedí un punto d’ellas,
pues como leal vasallo
saqué á mi rey de sospecha.
¡Oh envidiosos castellanos,
cuán mal pagáis la defensa
que tuvisteis en mi espada
ensanchando vuestra cerca!
Veis aquí os traigo ganado
otro reino y mil fronteras,
que os quiero dar tierras mías
aunque me echáis de las vuestras;
pudiera dárselo á extraños,
mas para cosas tan feas
soy Rodrigo de Vivar,
castellano á las derechas.

LXVIII

Aquese famoso Cid
con gran razón es loado;
ganada tiene á Valencia,
de moros la ha conquistado;
en ella está su mujer,
fija del conde Lozano.
Doña Sol y doña Elvira
poco há que habían llegado
de San Pedro de Cardeña,
do el Cid las había dejado.
Estando el Cid á placer
nuevas le habían llegado
que el gran Miramamolín,
rey de Túnez coronado,
venía á se la quitar
con gran gente de á caballo;
cincuenta mil eran éstos,
los de á pié no tienen cabo.
El Cid, como era valiente,
y en armas tan aprobado,
basteció bien los castillos,
y en todo puso recaudo;
esforzó sus caballeros
como lo había acostumbrado.
Subiera á doña Jimena,
y á sus fijas en su cabo,
en una torre más alta
que en el alcázar se ha hallado.
Miraron contra la mar,
los moros están mirando,
viendo cómo armaban tiendas
á gran priesa y gran cuidado.
Al rededor de Valencia
grandes alaridos dando,
tañendo sus atambores
los aires van penetrando.
Doña Jimena y sus fijas
gran pavor habían cobrado,
porque jamás habían visto
tantas gentes en un campo.
Esforzábalas el Cid,
de aquesta suerte fablando:
—No temáis, doña Jimena,
y fijas que tanto amo;
mientras que yo fuere vivo
de nada tengáis cuidado,
que los moros que aquí vedes
vencidos habrán quedado,
y con el su gran haber,
fijas, os habré casado,
que cuantos más son los moros,
más ganancia habrán dejado;
y las bocinas que traen
y ante vos se habían tocado,
servirán para la Iglesia
d’este pueblo valenciano.—
Viendo entonces que los moros
por las huertas se han entrado
derramados y esparcidos,
sin orden y á mal recaudo,
á don Álvar Salvadores
le dijo:—Sed luégo armado,
tomaréis doscientos homes
de á caballo aderezados,
y haced una espolonada
contra los perros paganos,
porque Jimena y sus fijas
vean que sois esforzado.—
Salvadores lo cumpliera
como el Cid lo había mandado.
Dió de tropel en los moros,
de las huertas los ha echado:
firiendo iban en ellos,
firiendo van y matando
hasta dentro de las tiendas
que los moros han armado.
De allí se tornaron todos,
doscientos moros matando
preso queda Salvadores,
que por ser aventajado
se metió tanto en los moros,
que lo habían cautivado:
sacóle el Cid otro día,
los moros desbaratando.

Parte IV. Deslealtad y castigo de los Infantes de Carrión

LXIX

Considerando los Condes
lo que el de Vivar vale,
y que su fama se aumenta
por las fazañas que face,
al rey don Alfonso piden
que con sus fijas les case,
porque ser yernos del Cid
es bien que puede estimarse.
El Rey, por facelles bien,
luégo le envió un mensaje
que se viniese á Requena
para que con él lo trate.
Rodrigo, vista la nueva,
dió d’ello á Jimena parte;
que en tal caso las mujeres
suelen ser muy importantes.
Sabido, no gustó d’ello,
y dijo al Cid:—Non me place
de emparentar con los Condes,
magüer sean de linaje;
mas fágase ende, Rodrigo,
lo que á vos más os agrade,
que no hay mengua de consejo
do está el Rey y vos estades.—
Rodrigo partió á Requena,
y también el Rey se parte
juntamente con los Condes
porque el Cid los vea y fable.
Después de dicha una misa,
delante el Rey y los grandes,
por don Jerónimo, obispo,
con muchas solemnidades,
el Rey al Cid apartó
de todos los circunstantes,
y estas palabras propuso
con gravedoso semblante:
—Bien sabedes, don Rodrigo,
que os tengo amor asaz grande,
y por vuestras cosas cuido
con solicitud bastante;
por ende habéis de saber
que fice aqueste viaje
por fablaros de un negocio,
que importa con vos se fable.
Los condes de Carrión
me han rogado que vos trate
en que les déis vuesas fijas,
y que con ellas los case,
que estarán agradecidos
si esta merced se les face,
porque es gran razón se estimen
fijas que son de tal padre.
Codician vuesa amistad,
atienden al trato afable,
aman mucho vuesas cosas,
y estiman á vuesa sangre.—
Agradeció el Cid entonces
al Rey la merced tan grande,
y díjole se sirviese
de todo lo que á él tocase,
que d’él, de fijas, de haberes,
ficiese lo que mandase;
que él no casaba á sus fijas,
mas las da que se las case.
Dióle el Rey gracias por ello
y mandó les entregasen
ocho mil marcos de plata
para el día en que se casen;
y al tío de las doncellas,
que era el buen don Álvar Fáñez,
mandó el Rey que las tuviese
fasta que se desposasen.
Luégo el Rey llamó á los Condes,
y mandó que le besasen
las manos al Cid Rúy Díaz,
y le fagan homenaje.
Ficiéronlo así los Condes
delante el Rey y los grandes,
y convidó el Cid á todos
porque en sus bodas se hallen.
Partióse el Rey á Castilla,
y el de Vivar con él parte,
y á dos leguas mandó el Rey
que no pasen adelante.
Fuése Rodrigo á Valencia,
donde quiso se juntasen
los Condes y caballeros,
porque las bodas se acaben.
Cuando el Cid los vido juntos,
díjole á don Álvar Fáñez
que lo que el Rey le mandó
luégo al punto efectuase;
que trajese á sus sobrinas,
y que á los condes ó infantes
que llaman de Carrión
al punto las entregase.
Diéronselas, y los Condes
con amorosas señales
dieron muestras del contento
que d’este suceso nace,
porque es tan fuerte el amor,
y son sus efectos tales,
que lo publican los ojos,
aunque la lengua lo calle.
Fizo el Obispo su oficio,
dió bendiciones y paces,
hubo fiestas ocho días
de cañas, toros y bailes;
dió grandes dones el Cid
á los Condes y magnates,
que aquel qu’es grande en sus fechos
suele ser en todo grande.

LXX

Acabado de yantar,
la faz en somo la mano,
durmiendo está el señor Cid
en el su precioso escaño:
guardándole están el sueño
sus yernos Diego y Fernando,
y el tartajoso Bermudo,
en lides determinado.
Fablando están juglerías,
cada cual para hablar paso,
y por soportar la risa
puesta la mano en los labios,
cuando unas voces oyeron
que atronaban el palacio,
diciendo:—¡Guarda el león!
¡Mal muera quien lo ha soltado!—
No se turbó don Bermudo,
empero los dos hermanos
con la cuita del pavor
de la risa se olvidaron,
y esforzándose las voces
en puridad se hablaron,
y aconsejáronse aprisa
que no fuyesen despacio.
El menor, Fernán González,
dió principio al fecho malo,
en zaga el Cid se escondió
bajo su escaño agachado.
Diego, el mayor de los dos,
se escondió á trecho más largo
en un lugar tan lijoso,
que no puede ser contado.
Entró gritando el gentío,
y el león entró bramando,
á quien Bermudo atendió
con el estoque en la mano.
Aquí dió una voz el Cid,
á quien como por milagro
se humilló la bestia fiera,
humildosa y coleando.
Agradecióselo el Cid,
y al cuello le echó los brazos,
y llevólo á la leonera
faciéndole mil falagos.
Aturdido está el gentío
viendo lo tal, no acatando
que ambos eran leones,
mas el Cid era más bravo.
Vuelto, pues, á la su sala,
alegre y no demudado,
preguntó por sus dos yernos,
su maldad adivinando.
Bermudo le respondió:
—Del uno os daré recaudo,
que aquí se agachó por ver
si el león es fembra ó macho.—
Allí entró Martín Peláez,
aquel tímido asturiano,
diciendo á voces:—Señor,
albricias, ya lo han sacado.—
El Cid replicó:—¿Á quién?
Él respondió:—Al otro hermano,
que se sumió de pavor
do no se sumiera el diablo.
Miradle, señor, dó viene,
empero faceos á un lado,
que habéis, para estar par dél,
menester un incensario.—
Desenjaularon al uno,
metieron otro del brazo,
manchados de cosas malas
de boda los ricos paños.
Movido de saña el Cid
á uno y á otro mirando,
reventando por fablar,
y por callar reventando,
al cabo soltó la voz
el soberbio castellano,
y los denuestos les dijo
que vos contaré despacio.

LXXI

Non quisiera, yernos míos,
haber visto tal guisado,
cual el d’este mal suceso,
magüer cuido algún gran daño.
¿Son éstas ropas de bodas?
¡Haya mal grado el diablo!
¿Qué pavor ha sido el vuestro,
que habéis fecho tal recaudo?
Teniendo las vuesas armas,
¿por qué fugisteis entrambos?
¿Non estábades conmigo
para siquiera mirallo?
Pedisteis al Rey mis fijas
cuidando de valer algo,
non fice mi voluntad,
mas fice en el su mandado.
¿Vosotros sodes los novios
para mi vejez guardados?
¡Buena vejez me daredes
siendo tan afeminados!
No quiero pasar de aquí,
que si miro lo pasado
reviento de pesadumbre
considerando este caso.—
Estas palabras el Cid
les dijo muy enojado
por haber así fuído
del león los dos hermanos:
agraviáronse los Condes,
y con él quedan odiados.

LXXII

Si de mortales feridas
fincare muerto en la guerra,
llevadme, Jimena mía,
á San Pedro de Cardeña:
y así buena andanza hayades
que me fagades la huesa
junto al altar de Santiago,
amparo de lides nuesas.
Non me curedes plañir,
porque la mi gente buena
viendo que falta mi brazo
non fuya y deje mi tierra.
Non vos conozcan los moros
en vuestro pecho flaqueza,
sino que aquí griten armas,
y allí me fagan obsequias:
y la tizona que adorna
esta mi mano derecha,
non pierda de su derecho,
ni venga á manos de fembra.
Y si permitiere Dios
que el mi caballo Babieca
fincare sin su señor,
y llamare á vuesa puerta,
abridle y acariñadle
y dadle ración entera,
que quien sirve á buen señor,
buen galardón dél espera.
Ponedme de vuesa mano
el peto, espaldar y grevas,
brazal, celada y manoplas,
escudo, lanza y espuelas;
y puesto que rompe el día
y me dan los moros priesa,
dadme vuesa bendición
y fincad enhorabuena.—
Con esto salió Rodrigo
de los muros de Valencia
á dar la batalla á Búcar.
¡Plegue á Dios que con bien vuelva!

LXXIII

La venida del rey Búcar
á la ciudad de Valencia
está consultando el Cid
con muchos homes de cuenta.
Estando en aquesta fabla
han entrado por la puerta
sus yernos, disimulando
la traición que asaz le ordenan.
Asiento les diera el Cid
á la su mano derecha,
él temblando de atrevido,
y ellos tiemblan de flaqueza,
que los ánimos cobardes
carecen de fortaleza.
En estas fablas estando,
toda la gente trae nuevas
con cajas, pífanos, trompas,
de cómo los moros llegan.
Subióse el Cid con los suyos
á una torre tan soberbia
como son sus pensamientos,
que igualan á las estrellas.
Puesto de pechos el Cid
en las soberbias almenas,
miraba el rey que ha llegado
con el ejército y tiendas,
de que sus cobardes yernos
ya se temen y recelan.
El Cid ha sido avisado
que un recaudo del rey llega;
bajóse por recebillo,
sin bajar su fortaleza.
Á las razones del moro
atiende el Cid con prudencia,
y turbado de su aspecto
le dice d’esta manera:
—El rey Búcar, mi señor,
ha venido de su tierra
á deshacer el gran tuerto
con que tú le tienes ésta.
Envíatela á pedir,
y en viendo que no la dejas,
te apercibe á la batalla,
y procura defendella.—
Oídas estas razones,
no faciendo d’ellas cuenta,
alegre responde el Cid,
mostrando mucha clemencia:
—Díle al rey que se aperciba,
que yo pondré mi defensa;
Valencia me cuesta mucho
y no pienso salir d’ella,
porque he pasado en ganalla
muy grandes cuitas y penas.
Gracias infinitas doy
á la infinita grandeza
que me otorgó la vitoria
en tan peligrosa guerra;
á solo Dios lo agradezco,
y á la sangre y gente buena
de mis parientes y amigos,
que también mucho les cuesta.—
El moro se despidió,
cobarde en ver su presencia,
y temeroso de oirle,
al rey le lleva la nueva.
El Cid se queda ordenando
cosas sobre esta facienda,
y conoció de sus yernos
la cobardía que encierran.
Mandóles que se quedasen
porque no prueben sus fuerzas.
Ellos temerosos d’esto,
corridos de tal afrenta,
le dicen que han de ir con él
á tan peligrosa empresa.
Juntas las gentes del Cid
sus haces trazan y ordenan;
todos salen al real,
y el Cid con tanta braveza,
que los moros temerosos
sus haces juntan apriesa.
Al són de pífano y cajas
la batalla se comienza,
animándolos Rodrigo
que lleva la delantera;
con su gente puesta en orden
la batalla les presenta.
Embístense ambas las partes,
y en la batalla sangrienta
diez y ocho reyes prende,
y á todos ellos prendiera;
mas poniendo á los piés alas,
desembarazan la tierra,
y aunque costó mucha sangre
durando tan grande pieza,
la victoria llevó el Cid,
y con ella entró en Valencia.
Recibiólo la ciudad
con aplauso y buena estrena,
deséanle mil saludes
para su amparo y defensa,
y él contento y muy alegre
se va á ver á su Jimena.

LXXIV

En batalla temerosa
andaba el Cid castellano
con Búcar, ese rey moro,
que contra el Cid ha llegado
á le ganar á Valencia
que el buen Cid ha conquistado.
Los condes de Carrión
en ella se habían hallado,
y contra un infante de ellos
Fernán González llamado,
un moro viene corriendo
con fuerte lanza en su mano;
fuerte muestra el moro ser
según viene denodado.
El conde, que vido al moro
huyendo va por el campo.
No lo había visto ninguno
para que sea publicado,
sino fuera don Ordoño:
escudero es muy honrado
que del buen Cid es sobrino
de Pedro Bermudo hermano.
Ordoño fué contra el moro,
con su lanza lo ha encontrado,
y firiéndolo en los pechos
pasólo de lado á lado.
El pendón que va en la lanza
todo sale ensangrentado;
el moro cayera muerto,
don Ordoño se ha apeado
y el caballo que traía
con las armas le ha tomado.
Llamó á su cuñado el conde,
esto le estaba hablando:
—Cuñado Fernán González,
tomad vos este caballo,
decid que al moro matasteis
que en él venía cabalgando;
que en días que yo viviere
non diré yo lo contrario,
non faciendo vos por qué
siempre se estará encelado.—
Estando en estas razones
el buen Cid había llegado,
á un moro venía siguiendo
y muerto le ha derribado.
Don Ordoño dijo al Cid:
—Señor, este yerno honrado
que por bien os ayudar
un moro mató en el campo
de un golpe que le dió,
suyo fizo este caballo.—
Mucho le plugo al buen Cid
de lo que le había contado,
cuidando decir verdad
mucho á su yerno ha loado.
Juntos van por la batalla,
firiendo van y matando,
y en moros que los aguardan
haciendo van grande estrago.

LXXV

Tirad, fidalgos, tirad
á vuestro trotón el freno,
que en fuir de aquese modo
mostráis el pavor del pecho.
De un home solo fuís,
mirad que no es de homes buenos
fuir en tal lid de un moro
donde hay tantos que lo vieron.
Si non queredes morir,
como buen fidalgo, á fierro,
non viváis entre fidalgos
que fincan contino muertos.
Tornadvos luégo á Valencia,
que si non facéis más qu’eso,
también saldrán á lidiar
las damas que quedan dentro.
¡Mal andanza vos dé Dios!
Pues con aspecto tan feo
así en público fuís,
¿qué vos dirán en secreto?
¡Mal la doctrina tomastes
de mi tío, vuestro suegro,
pues non mancháis la Tizona,
deshonrando el honor viejo!
Decides que sois fidalgos,
¡pues yo vos juro á San Pedro
que tales desaguisados
non facen fidalgos buenos!
Las armas traéis doradas,
non las regaléis, mancebos,
porque son fierros dorados
que publican vuestros yerros.
Tomad aquese caballo
del moro que yace muerto,
y decid que le vencistes,
que de callar os prometo.
Galanes sois entre damas,
sed valientes entre perros,
porque non digan de vos
á los que os han parentesco.
Y adios, que quiero partirme,
porque el Cid mi tío es viejo,
y le quiero ir á ayudar,
pues no le ayudan sus yernos.—
Esto dijo el buen Bermúdez
porque el infante don Diego
en la Vega de Valencia
fuyó de un moro gran trecho.

LXXVI

Helo, helo por dó viene
el moro por la calzada,
caballero á la jineta
encima una yegua baya;
borceguíes marroquíes
y espuela de oro calzada,
una adarga ante los pechos,
y en su mano una azagaya.
Mira y dice á esa Valencia:
—¡De mal fuego seas quemada!
Primero fuíste de moros
que de cristianos ganada.
Si la lanza no me miente,
á moros serás tornada,
y á aquel perro de aquel Cid
prenderélo por la barba:
su mujer doña Jimena
será de mí captivada,
y su hija Urraca Hernández
será la mi enamorada:
después de yo harto d’ella
la entregaré á mis compañas.—
El buen Cid no está tan lejos
que todo no lo escuchara.
—Venid vos acá, mi fija,
mi fija doña Urraca;
dejad las ropas continas,
y vestid ropas de Pascua,
á aquel moro hi-de-perro
detiénemelo en palabras,
mientras yo ensillo á Babieca
y me ciño la mi espada.—
La doncella muy fermosa
se paró á una ventana;
el moro desque la vido
d’esta suerte le fablara:
—¡Alá te guarde, señora,
mi señora doña Urraca!
—¡Así faga á vos, señor,
buena sea vuestra llegada!
Siete años há, rey, siete,
que soy vuestra enamorada.
—Otros tantos há, señora,
que os tengo dentro en mi alma.—
Ellos estando en aquesto,
el buen Cid ya se asomaba.
—Adios, adios, mi señora,
la mi linda enamorada,
que del caballo Babieca
yo bien oigo la patada.—
Do la yegua pone el pié
Babieca pone la pata;
el Cid fablara al caballo,
bien oiréis lo que fablaba:
—¡Reventar debía la madre
que á su hijo no esperaba!—
Siete vueltas la rodea
al derredor de una jara;
la yegua, que era ligera,
muy adelante pasaba
fasta llegar cabe un río
adonde una barca estaba.
El moro desque la vido
con ella bien se folgaba;
grandes gritos da al barquero
que le allegase la barca:
el barquero es diligente,
túvosela aparejada;
embarcóse presto en ella,
que no se detuvo nada.
Estando el moro embarcado,
el buen Cid se llegó al agua,
y por ver al moro en salvo
de tristeza reventaba;
mas con la furia que tiene
una lanza le arrojaba,
y dijo:—¡Coged, mi yerno,
arrecogedme esa lanza,
que quizá tiempo verná
que os será bien demandada!

LXXVII

De concierto están los condes
hermanos Diego y Fernando;
afrentar quieren al Cid
y han muy gran traición armado.
Quieren volverse á sus tierras,
sus mujeres demandando,
y luégo les dice el Cid
cuando las hubo entregado:
—Mirad, yernos, que tratedes
como á dueñas hijasdalgo
mis hijas, pues que á vosotros
por mujeres las he dado.—
Ellos ambos le prometen
de obedecer su mandado.
Ya cabalgaban los Condes
y el buen Cid ya está á caballo
con todos sus caballeros
que le van acompañando:
por las huertas y jardines
van riendo y festejando;
por espacio de una legua
el Cid los ha acompañado:
cuando d’ellas se despide
lágrimas le van saltando.
Como hombre que ya sospecha
la gran traición que han armado,
manda que vaya tras ellos
Álvar Fáñez, su criado.
Vuélvese el Cid y su gente,
y los Condes van de largo.
Andando con muy gran priesa
en un monte habían entrado
muy espeso y muy oscuro,
de altos árboles poblado.
Mandan ir toda su gente
adelante muy gran rato;
quédanse con sus mujeres
tan solos Diego y Fernando.
De sus caballos se apean
y las riendas han quitado.
Sus mujeres que lo ven
muy gran llanto han levantado
apéanlas de las mulas
cada cual para su lado;
como las parió su madre
ambas las han desnudado,
y luégo á sendas encinas
las han fuertemente atado.
Cada uno azota la suya
con riendas de su caballo;
la sangre que d’ellas corre
el campo tiene bañado;
mas no contentos con esto,
allí se las han dejado.
Su primo que las hallara,
como hombre muy enojado
á buscar los Condes iba;
y como no los ha hallado,
volvióse presto para ellas,
muy pensativo y turbado:
en casa de un labrador
allí se las ha dejado.
Vase para el Cid su tío,
todo se lo ha contado;
con muy gran caballería
por ellas ha enviado.
De aquesta tan grande afrenta
el Cid al rey se ha quejado;
el rey como aquesto vido
tres Cortes había armado.

LXXVIII

Al cielo piden justicia
de los Condes de Carrión
ambas las fijas del Cid,
doña Elvira y doña Sol.
Á sendos robles atadas
dan gritos que es compasión,
y no las responde nadie
sino el eco de su voz.
El menosprecio y la afrenta
sienten, que las llagas non;
que es dolor á par de muerte
en la mujer un baldón.
Tal fuerza tiene consigo
la verdad y la razón,
que hallan en los montes gentes,
y en las fieras compasión.
Á los lamentos que hacen
por allí pasó un pastor,
por donde no puso pié
cosa humana si ahora non.
Danle voces que se acerque,
y él no osa de pavor,
que son hijos de ignorancia
el empacho y el temor.
—Por Dios te rogamos, home,
que hayas de nos compasión,
así tus ganados vayan
siempre de bien en mejor;
nunca les falten las aguas
en el estío y el calor,
las hierbas no se les sequen
con la helada y con el sol;
tus tiernos fijuelos veas
criados en bendición,
y peines tus blancas canas
sin dolencia ni lesión,
que desates nuestras manos,
pues que las tuyas no son
como las que nos ataron,
de malicia y de traición.—
Estando en estas palabras
el buen Ordoño llegó
en hábito de romero
de orden del Cid su señor:
prestamente las desata
disimulando el dolor.
Ellas que lo conocieron
juntas lo abrazan las dos;
llorando las dice:—Primas,
secretos del cielo son
cuya voz y cuya causa
está reservada á Dios.
No tuvo la culpa el Cid,
que el Rey se lo aconsejó;
mas buen padre tenéis, dueñas,
que vuelva por vueso honor.

LXXIX

Elvira, soltá el puñal,
doña Sol, tiradvos fuera,
non me tengades el brazo,
dejadme, doña Jimena:
non me tolláis el rencor,
que me empacha la vergüenza,
que todas mis fechorías
manchen mis suertes siniestras.
¡Á mis fijas, falsos Condes,
y á mis acatadas dueñas,
canes, facéis tales tuertos,
tenudas en lueñas tierras!
¡Á mí, que vos dí humildoso
mis fijas, cuando os las diera
de mil pulidas garnachas
guarnidas y ricas prendas!
Endonevos mis espadas,
lo mejor de mi facienda,
y en dos mil maravedís
me empeñara yo en Valencia;
cadenas de oro de Arabia
con buenos ingenios fechas,
que en la su mandadería
me enviara el Rey de Persia;
caballos os dí ruanos,
y para en plaza seis yeguas,
sendas capas de contray
con los aforros de felpa;
¡y en pago de mis fiducias,
y en pago de mis recuestas,
me las enviades, Condes,
azotadas sin vergüenza,
sus albos cuerpos desnudos,
ligadas sus manos bellas,
sus crenchas desmelenadas,
sus tristes carnes abiertas!
¡Voto hago al Pescador
que gobierna nuestra Iglesia,
y mal grado haya con él
cuando le fable en Cardeña,
si en Fromesta y Carrión,
Torquemada y Valenzuela,
villas de vuesos condados,
queda piedra sobre piedra!
Antolínez testimonio,
Peláez vino con ellas;
yo vos pondré la caluña
tal que atemorice en vella;
que con ella y mi razón,
ellos y sus parentelas
han de fincar á mis manos,
á mis agravios desfechas.
Camperos tiene el buen rey
que vos apañen y prendan;
fágame justicia en todo
y tendré mi espada queda.—
Esto fabló y dijo el Cid,
y cabalgando en Babieca
partió de Valencia á Burgos
á dar al rey su querella.

LXXX

Lloraba doña Jimena
á sus solas con el Cid
la afrenta de sus dos fijas,
y así comenzó á decir:
—¿Cómo es posible, señor,
siendo temido en la lid,
que os afrentasen dos homes
no siendo bastantes mil?
Y si aquesto no vos duele,
ved que á mi padre perdí
por ser vos tan vengativo
en las cosas que sentís.
Considerad vuesas fijas,
aquesas que yo parí,
que non son fijas prestadas,
sinon de vos y de mí.
Es bien que aquesto miredes
y que esa gente ruín
non se atreva á facer tal
sabiendo que sois el Cid,
pues no fallarán salida
para poderse eximir.
¡Si es bien que aqueso sintades
farto os he dicho, sentid!—

LXXXI

Después que una fiesta fizo
al santo y divino Pedro,
aquel que africanos moros
pagaron tributo y pecho,
hizo una junta en su casa
de parientes y homes buenos,
y como juntos los vido,
el buen Cid les dijo aquesto:
—Bien sabéis, amigos míos,
la fazaña de mis yernos;
¡bien me pagaron las obras
que en Valencia hice por ellos!
Con riendas me las pagaron,
no teniendo rienda en ellos
de ponellas en mis fijas
azotadas en desiertos;
y agora el rey de León
dice por su mandadero,
que dentro de treinta días
tengo de estar en Toledo.
Así vos suplico y pido,
aunque no es menester ruegos
para amigos tan leales
teniendo fidalgos pechos,
non se fable allá en las Cortes,
nin perdamos el respeto
al rey, que non es razón
juzgando bien y derecho.
Non se descomida nadie
non fablando en nuestros fechos;
que yo pondré la demanda
de lo que les dí primero,
la facienda, plata y oro,
las espadas, amen d’eso,
y pediré el desacato
que á mis fijas les ficieron.

LXXXII

Recibiendo el alborada
que viene á alegrar la tierra,
tocaban á recoger
seis clarines por Valencia.
Don Rodrigo de Vivar,
el buen Cid, su gente apresta
para partir á Toledo,
que á Cortes el rey le espera.
Ya la plaza del palacio
está de gente cubierta,
de escuderos y fidalgos
esperando que el Cid venga.
Él sale ya de la sala,
ya está en medio la escalera,
y sálenle á acompañar
sus dos fijas y Jimena.
Abrázalas cortésmente,
y ruégales que se vuelvan,
que en ver presentes sus fijas
tiene presente su afrenta.
Descendió fasta el zaguán
donde estaba su Babieca,
que de ver triste á su amo
casi siente su tristeza.
Salió en cuerpo hasta la plaza
armado con armas negras,
sembradas de cruces de oro,
desde la gola á las grevas.
Vió su gente tan lucida,
y en la ventana á Jimena,
y por facer lozanía
puso al caballo las piernas.
Llevó los ojos de todos,
y al cabo de la carrera
quitó á Jimena la gorra
y tocaron las trompetas;
todos siguieron tras él,
¡cuán lucida gente lleva!
pues alegre el sol de vellos
en las armas reverbera.
Caminan por sus jornadas,
y á la vista de Requena
detuvo la rienda el Cid,
que no quiso entrar en ella.
Acordóse en aquel punto
que allí fué la vez primera
que le llamó el sexto Alfonso
estando él quieto en ella.
Con grave y severa voz,
levantando la visera
y afirmando en los estribos,
la dice d’esta manera:
—Teatro de mi deshonra,
do se hizo la tragedia
en que mis aleves yernos
fueron los autores de ella;
principio de mi desdicha,
do sin ser jueves de Cena
comieron con faz doblada
ambos Judas á mi mesa;
al rey vo á pedir justicia,
ruego á Dios que no la tuerza,
que á postre de mi venganza
no estaréis en mi frontera.—
Y llevado de furor
puso al caballo las piernas,
contra la flaca muralla,
que de verle airado tiembla.

LXXXIII

Por Guadalquivir arriba
cabalgan caminadores,
que, según dicen las gentes,
ellos eran buenos hombres:
ricas aljubas vestidas,
y encima sus albornoces;
capas traen aguaderas,
á guisa de labradores.
Daban cebada de día
y caminaban de noche,
no por miedo de los moros,
mas por los grandes calores.
Por sus jornadas contadas
llegados son á las Cortes;
sálelos á recibir
el rey con sus altos hombres.
—Viejo que venís, el Cid,
viejo venís y florido.—
—No de holgar con las mujeres,
mas de andar en tu servicio;
de pelear con el rey Búcar,
rey qu’es de gran señorío,
de ganalle las sus tierras,
sus villas y sus castillos;
también le gané yo al rey
el su escaño tornido.—

LXXXIV

Tres Cortes armara el rey,
todas tres á una sazón,
las unas armara en Burgos,
las otras armó en León,
las otras armó en Toledo,
donde los hidalgos son,
para cumplir de justicia
al chico con el mayor.
Treinta días da de plazo,
treinta días, que más non,
y el que á la postre viniese
que lo diesen por traidor.
Veinte y nueve son pasados,
los condes llegados son;
treinta días son pasados,
y el buen Cid no viene, non.
Allí hablaran los condes:
—Señor, dadlo por traidor.—
Respondiérales el rey:
—Eso non faría, non,
que el buen Cid es caballero
de batallas vencedor,
pues en todas las mis Cortes
no lo había otro mejor.—
Ellos en aquesto estando
el buen Cid allí asomó
con trescientos caballeros:
todos fijosdalgo son,
todos vestidos de un paño,
de un paño y de una color,
si no fuera el buen Cid,
que traía un albornoz;
el albornoz era blanco,
parecía emperador,
capacete en la cabeza,
que relumbra como el sol.
—Dios vos mantenga, buen rey,
y á vosotros sálveos Dios,
que non fablo yo á los condes,
que mis enemigos son.—
Allí dijeron los condes,
fablaron esta razón:
—Nos somos fijos de reyes,
sobrinos de emperador;
¿merescimos ser casados
con fijas de un labrador?—
Allí hablara el Cid,
bien oiréis lo que fabló:
—Convidáraos yo á comer,
buen rey, tomástelo vos,
y al alzar de los manteles
dijistes esta razón:
Que casase yo mis fijas
con los condes de Carrión.
Diéraos en respuesta
con respeto y con amor:
Preguntarélo á su madre,
su madre que las parió,
preguntarlo he yo á su ayo,
al ayo que las crió.
Dijérame á mí el ayo:
Buen Cid, non lo fagáis, non,
que los condes son muy pobres,
y tienen gran presunción;
mas por non contradeciros,
buen rey, ficéralo yo.
Treinta días duraron las bodas,
que non quisieron más, non.
Cien cabezas yo matara
de mi ganado mayor;
de gallinas y capones,
buen rey, non lo cuento, non.

LXXXV

Yo me estando en Valencia,
en Valencia la mayor,
buen rey, ví yo vuestra seña
y vuestro honrado pendón.
Saliera yo á recibirle
como vasallo á señor.
Enviásteme una carta
con un vuestro embajador
que diese yo las mis hijas
á los condes de Carrión.
No quería Jimena Gómez
la madre que las parió;
por cumplir vuestro mandato
otorgáraselas yo.
Treinta días duran las bodas
treinta días que más non;
y un día estando comiendo
soltárase un león.
Los condes eran cobardes,
luégo piensan la traición:
pidiéranme las mis hijas
para volver á Carrión,
como eran sus mujeres
entregáraselas yo.
¡Ay en medio del camino
cuán mal paradas que son!
Hallólas un caballero
(¡déle Dios el galardón!)
á la una dió su manto
y á la otra su ropón.
Hallólas tan mal paradas
que de ellas hubo compasión.
Allí respondieron los condes
una muy mala razón:
—Mentides, el Cid, mentides,
que non éramos traidores.
Levantóse Pero Bermúdez
el que las damas crió,
y al conde que esto hablara
dióle un grande bofetón.
Allí hablara el rey
y dijera esta razón:
—Afuera, Pero Bermúdez,
no me revolváis quistión.
—Otórganos campo, rey,
otórganoslo, señor,
que con muy gran dolor vive
la madre que las parió.—
Ya les otorgaba el campo
ya les partía el sol.
Por el Cid va Nuño Gustos,
hombre de muy gran valor,
con él va Pero Bermúdez
para ser su guardador.
Los condes como lo vieron
no consienten campo, non.
Allí hablara el buen rey
bien oiréis lo que habló:
—Si no otorgáis el campo
yo haré justicia hoy.
Allí hablara un criado
de los condes de Carrión:
—Ellos otorgan el campo
mañana en saliendo el sol.
Allí hablara el buen Cid
bien oiréis lo que habló:
—Si quieren uno á uno
ó si quieren dos á dos.
Allá va Nuño Gustos
y el ayo que las crió.
Dijo el rey:—Pláceme ¡oh Cid!
y así lo otorgo yo.
Otro día de mañana
muy bien les parten el sol,
los condes vienen de negro
y los del Cid de color.
Ya los meten en el campo,
de vellos es gran dolor;
luégo abajaban las lanzas
¡cuán bien combatidos son!
Á los primeros encuentros
los condes vencidos son
y Gustos y Pero Bermuez
quedaron por vencedores.

LXXXVI

Digádesme, aleves Condes,
¿qué fallasteis en mis fijas,
y cuándo tener cuidasteis
dueñas de tan alta guisa?
¿Por aventura con ellas,
los fidalgos de Castilla,
qué baldones vos han dado?
¿En qué vueso honor vos quitan?
Por madre han á mi Jimena,
la mi doña Sol y Elvira;
de tal madre, ¿qué enseñanza?
¿nin qué fembras de tal vida?
En dote vos dí con ellas
los haberes que tenía,
y las mis ricas espadas,
que menos falla mi cinta;
mas fambrientas las tenedes,
non yantan como solían,
que siempre fechos cobardes
dan escasas las feridas.
Yo vos las demando, Condes,
ante el rey que ende nos mira,
porque á Colada y Tizona
no es bien que aleves las ciñan.
Non son heredadas, non,
sino en batallas tenidas
de entre lanzas, y con sangre
mis armas todas teñidas.
En los robledos de Tormes
me la dejades vertida;
mas la de dueñas atales
ved que varones no estiman.
Non por ende me afrentades
por ser mis fijas queridas,
que aunque son mi sangre, estaba
en vuesas mujeres mismas.
Con todo, vos reto, Condes,
por facer la sangre limpia;
porque el golpe del agravio
no hay miembro que no lastima.
Tenudo soy á facello
por vuesa honra y la mía;
que la mancha del honor
sólo con sangre se quita.—
Estas palabras el Cid
á sus dos yernos decía,
levantado del escaño,
la mano á la barba asida.

LXXXVII

Después que el Cid Campeador
pidió derecho del tuerto
porque fueron emplazados
los Condes para Toledo,
el rey don Alfonso el Bravo,
aquel que con gran denuedo
al foradar de la mano
tuvo siempre el brazo quedo,
mandó que dentro en tres meses
pareciesen en Toledo,
é fincasen por traidores
ellos y el conde don Suero.
Mandó que se fagan Cortes,
y se junten á ellas cedo
sus grandes y ricos homes,
que quiere tomar su acuerdo,
que si los Condes son nobles,
Alfonso es rey de derecho;
magüer que el Cid en honor
es honrado caballero.
Antes de cumplir el plazo
todos á Cortes vinieron,
y el Cid trujo en su compaña
novecientos caballeros.
Salió el rey á recibirlo
á dos leguas de Toledo;
unos de envidiosos callan,
otros dicen que es exceso.
Los palacios de Galiana
mandó el rey estén compuestos,
las paredes de brocado
y el suelo de terciopelo.
Junto á la silla del rey
su escaño del Cid pusieron,
de que mofaban los Condes
profanando y zahiriendo.
Sentados en corte todos,
fabló el rey á sus porteros:
—Mándovos que callen todos,
infanzones y homes buenos;
vos, el Cid, decid su culpa,
y ellos defiendan su pleito;
librarse vos ha justicia
con que quedéis satisfecho.
Seis alcaldes vos señalo
de mi casa y mi consejo,
y que todos ellos juntos
juren por los Evangelios
que cuidarán de ambas partes
asaz de entender el pleito,
y entendido, juzgarán
sin pasión, amor ni miedo.—
Levantóse luégo el Cid
y sin más alongamientos
pide le dén sus espadas
Tizona y Colada luégo.
El rey miraba los Condes
qué responden atendiendo,
pero ninguna razón
en su defensa dijeron.
Los jueces mandan las dén
sin ningún detenimiento;
magüer hubieron pavor
entregarlas no quisieron.
El rey dijo:—Descorteses,
volvédselas á su dueño,
que supo mejor ganallas
de los moros de Marruecos.—
Ya cobradas las espadas,
dos mil marcos de dinero
les pide, y todas las joyas,
que les dió en los casamientos.
Unánimes los jüeces,
de común consentimiento
les condenan á que paguen
de contado todo el precio.
Comenzó de nuevo el Cid,
los ojos como de fuego,
y el rostro como una gualda,
á demandalles el tuerto.

LXXXVIII

El temido de los moros,
aquella gloria de España,
el que nunca fué vencido,
el rayo de las batallas,
ese buen Cid Campeador,
defensor de nuestra patria,
espejo de capitanes,
y de traidores venganza,
en las Cortes de Toledo,
do le fueron entregadas
ante el Sexto rey Alfonso
por los Condes las espadas,
así fablaba con ellas
sin hartarse de mirallas:
—¿Dó estáis, mis queridas prendas?
¿Á dó estáis, mis prendas caras?
No caras porque os compré
por dinero, oro ni plata;
mas caras porque os gané
con el sudor de mi cara,
al rey moro de Marruecos,
siendo Valencia cercada;
á vos gané, mi Tizona,
que vos traía en su guarda;
y al conde de Barcelona
á vos os gané, Colada,
cuando les tomé á los moros
los castillos de Brianda.
Yo nunca os fice cobardes,
antes por la fe cristiana
en la sarracena gente
os traje siempre cebadas.
Á los Condes mis dos yernos,
por ser joyas tan preciadas,
vos dí, y ellos ¡mal pecado!
os tienen de orín manchadas.
Non érades para ellos,
que vos traían afrentadas,
por de dentro muy fambrientas,
por de fuera pavonadas.
Libres estáis de las manos
que os traían cautivadas,
el Cid os mira en las suyas,
donde seréis más honradas.—
Dijo y á Pedro Bermúdez,
y á don Álvar Fáñez llama,
y manda que se las guarden
mientras las Cortes duraban.

LXXXIX

Á vosotros, fementidos
Condes de villano pecho,
como traidores al Rey
á entrambos juntos vos reto.
Mis fijas os dí, traidores,
pero non, que en ello miento,
al Rey las dí que las diese
á quien él fuese contento.
Á él se fizo esta injuria,
á él se fizo este avieso,
y él las recibió por fijas,
yo á vosotros por mis yernos.
Por ser fecha á mi señor
esta injuria, por él vuelvo,
que el que há vasallos honrados
ellos le enmiendan sus tuertos.
Con mujeres tenéis manos;
¡por Dios, bravos caballeros,
si al veros con el rey Búcar
no fuérais de piés tan prestos!
¡Pero bien dice el refrán
que hay tan valientes guerreros
por los piés, como por manos,
y vosotros sois de aquestos!
¡Oh cuánto diérais agora
por fallar otros dispuestos,
tales como los fallasteis
cuando los leones sueltos!
Faced cuenta son leones
los que en este pecho siento,
que es un león cada agravio
fecho en un honrado pecho.
Agradecédselo al Rey,
que le veo y le respeto;
¡pero pagarlo heis, villanos,
si no es que os subáis al cielo!
Mas non subiréis, cobardes,
que es Dios grande justiciero,
y no consiente traidores
sin castigo de sus yerros;
cuanto más que la Colada
y la Tizona yo entiendo
vos serán tal purgatorio,
que vais d’esta culpa absueltos.

XC

En las Cortes de Toledo
que el buen rey Alfonso hacía
para dar derecho al Cid,
que querellado se había
de los condes de Carrión,
sus yernos que ser solían,
porque á sus buenas mujeres
deshonrado las habían,
vuelto le han sus dos espadas,
el su haber también volvían.
El Cid por grandes traidores
á ambos retado había;
los infantes no responden
á lo que el buen Cid decía.
El rey dijo á los infantes
qué era lo que respondían.
Diego González, el uno,
al rey así le decía:
—Ya, señor, sabéis que somos
de los buenos de Castilla;
dejamos nuesas mujeres
porque no nos merecían;
casar con fijas del Cid
gran deshonra nos traía.—
Los del Cid no respondieron,
que el Cid mandado tenía
que si él no lo mandase
ninguno fablar debía.
Ordoño, sobrino suyo,
era el que respondía:
—Calla tú, Diego González,
que eres de gran cobardía;
muy valiente eres de lengua,
mas esfuerzo no tenías,
y en esa tu falsa boca
ninguna verdad había.
Lémbrate cuando en Valencia
en la lid que el Cid facía
echaste á fuir de un moro,
y el moro bien te seguía,
y yo le salí al encuentro
muerto en tierra lo ponía,
díte su caballo y armas
y al Cid entender facía
que tú mataste aquel moro
que aquel caballo traía.
Yo lo hice por te honrar,
por casar con la mi prima;
alabástete tú d’esto,
yo lo otorgaba á tu guisa,
nunca salió de mi boca
fasta hoy que lo decía,
y si agora lo publico
es por tu gran villanía;
y sepan cuando en Valencia,
cuando el león que ende había
[Pg 299]se soltó de donde estaba,
tú, porque á esconderte ibas,
rompiste el manto y el sayo
que cobijado tenías,
por entrar bajo un escaño
que en el aposento había.
No digo cómo tu hermano,
que es aquel que me veía,
cayó con notable miedo
en parte do no debía.
Así, señor rey Alfonso,
á tu Alteza yo decía
que este día fuera bien
demostrar su valentía,
no en los robledos de Tormes,
do ferido habían mis primas,
mujeres de tal linaje,
que muy más que ellos valían,
que si yo ende estuviera
cometerlo no osarían.
Ficieron como cobardes,
yo se lo combatiría;
no ficieron como buenos,
como manda la hidalguía.
Muy feble es facer tal cosa
ningún home de valía,
y poner mano en mujeres
non es de caballería.

XCI

Acabada la batalla
por el de Vivar pedida,
contra los aleves condes
que le afrentaron sus fijas,
el noble rey don Alfonso
que el suceso honroso estima
que haya sido por el Cid,
como el que tenía justicia,
con los tres fuertes guerreros,
que por él lidiado habían
y alcanzado la victoria,
así escribe al Cid Rúy Díaz:
«Á vos, el Cid castellano,
»el de la espada temida,
»pestilencia de los moros
»y defensa de Castilla;
»á vos, á quien guarde el cielo
»en próspera y larga vida
»para que estemos seguros
»de la enemiga morisma;
ȇ vos el rey don Alfonso
»salud por esta os envía,
»como vueso más amigo
»aunque enemigos resistan.
»El suceso del combate
»que se ha hecho en esa villa
»de Carrión, por el orden
»que se dió en las Cortes mías,
»os lo escribo por mi mano,
»y va con mi sello y firma,
»porque sea testimonio
»verdadero y sin malicia,
»y que en la edad venidera
»cómo fué, se entienda y diga,
»sin que amistad ó respetos
»hagan que acorten ó añidan.
»Luégo que fueron las Cortes
»en Toledo concluídas,
ȇ esta villa nos partimos
»por los dos condes pedida.
»Su demanda dió sospecha
»por ser en su tierra misma,
»que tierra que cría aleves
»no sin recelo se pisa.
»Yo aseguré este recelo
»porque á los tres que venían
»por vos, á lidiar con ellos,
»guardé con la guarda mía.
»Siempre los tuve delante,
»conociendo bien que había
»de la parte de los condes
»más traición que valentía.
»Llegó el plazo y día asignado
»en que habían de ser vistas
»la justicia y la razón
»lidiar con la alevosía.
»Hízose un fuerte palenque
»cerrado, y puestos encima
»asientos y seis jüeces,
»y enfrente mi real silla.
»Á todo estuve presente,
»porque en mi ausencia no digan
»que el rostro escondí al efecto
»en que el honor vueso iba,
»porque no fablen aquellos
»que vueso daño codician,
»que os falta el rey don Alfonso
»como no os faltó en la vida,
»aunque por malditos medios
»traidores nos revolvían
»vuesa lealtad condenando
»con envidiosas mentiras.
»Advertido d’este engaño,
ȇ maldades conocidas
»les cerré el oído á aquellos
»que os condenaban en vida.
»He querido que entendáis
»que su maldad entendida
»hago el honor vueso mío,
»cual lo mostré en la conquista;
»que yo propio y á mi lado
»metí los tres que venían
ȇ defender vuestra causa
»que yo llamo propia mía.
»Puestos por mí en el palenque
»los dos condes á la mira,
»y Suer González su tío,
»llegaron, cual convenía,
»de fuertes armas cubiertos
»con muy grande compañía
»de parientes y de amigos
»y el pueblo que los seguía.
»Cuando yo ví tanta gente
»que en torno á todos seguía,
»temí el seguro no fuese
»el robo de las Sabinas.
»Mandé sentar á los jueces
»y yo tomando mi silla,
»sosegado el alboroto,
»fué de mí esta razón dicha:
»Condes, las fijas del Cid
»por vos sin causa ofendidas
»con la traza más soez,
»que se ha visto ni hay escrita,
»demandaron la venganza
»de su afrentosa ignominia
»al Cid su padre, que al punto
»salió á ella por sus fijas.
»Pidió campo á todos tres,
»para que en él fuese vista
»como quedaba su ofensa
»con la sangre vuesa, limpia.
»Respondisteis que con él
»la batalla, que os pedía,
»no queríades hacer
»porque yo lo ayudaría;
»que enviare á quien quisiese
»que sobre la causa misma
»por vos ficiese batalla
»según fueros de Castilla.
»Estos tres nobles guerreros
»el Cid por su parte envía,
»que ya en el campo os aguardan,
»os retan y desafían.
»Haced vuestra obligación
»que es lo que os fuerza y obliga,
»que es tiempo que las razones
ȇ las armas se remitan.
»Quisiéronme dar respuesta;
»y de mí no siendo oída,
ȇ dar principio al combate
»fueron, aunque lo temían.
»Partióles el campo luégo
»un rey de armas, con insignias
»del terrible ministerio
»que administrándoles iba.
»De tres en tres en sus puestos
»se pusieron, recogidas
»las riendas á los caballos,
»las lanzas apercibidas.
»Contra el conde don Fernando
»que á la victoria se aplica,
»Martín Antolínez fué
»fuego echando por la vista.
»Á don Diego el otro hermano,
»que encendió la horrible cisma,
»le cupo Pero Bermúdez
»para la batalla esquiva;
»Nuño Bustos de Linzuela,
»ardiendo en honrosa ira,
»se opuso con Suer González
»autor de la alevosía.
»Cuando ví tres contra tres
»en dos hileras distintas,
»la lid de los Curiacios
»se me figura que vía.
»Á este punto el ronco són
»de la trompa les avisa
»que dén principio á la lid
»para el fin que pretendían.
»Arremetieron á una
»todos, la señal oída,
»cada cual con el contrario
»que enfrente de sí tenía.
»Don Fernando y Antolínez
»que igualmente se herían,
»quebraron juntos las lanzas;
»firmes quedan en las sillas;
»mas desnudando á Colada,
»después de muchas feridas,
»que Antolínez le dió al Conde
»con destreza y valentía,
»le dió un golpe en lo más alto
»del yelmo, que las hebillas
»faltaron y la cabeza
»fué en dos partes dividida.
»Derribóle del caballo,
»y el suyo dejando, encima
»del cuello se puso en pié,
»y el acero al pecho afirma.
»Á este punto un gran ruido
»se alzó y una vulgar grita,
»pidiendo no le matase
»cumpliendo con que se rendía.
»Fué poderoso el clamor
»de aplacar la ardiente ira
»del vencedor animoso,
»para dejallo con vida;
»mas puesto sobre él de piés,
»á Pedro Bermúdez mira
»que traía al conde don Diego
»sin valor con que resista.
»Dióle un golpe con Tizona,
»después de tener rompidas
»las lanzas, y fué tan fuerte
»que hombre y caballo derriba.
»Pidióle misericordia,
»pidiendo en merced la vida,
»confesando su maldad,
»diciendo que se rendía.
»No dió oído á sus plegarias,
»mas la fiera espada hinca
»por el alevoso pecho,
»con que dió fin á su vida.
»El valiente Nuño Bustos
»y Suer González querían
»cada uno de por sí
»la victoria de aquel día.
»Duró mucho este combate,
»mas la justicia divina
»dió victoria á Nuño Bustos
»como á quien tenía justicia;
»atravesó á su contrario
»de parte á parte, y fué grima
»verle venir del caballo
»cayendo la boca arriba.
»Con esto acabó el combate,
»y los vencedores gritan
»si había que hacer más,
»ó más traidores que rindan.
»Respondiéronles que no,
»que la victoria tenían
»ganada como valientes
»sin haber quien se lo impida.
»Dos cajas y un pregonero
»puestos á este punto encima
»del palenque, resonaron
»y la victoria os aplican.
»El rey de armas con mi guarda
»á los vencedores guían
»adonde los aguardaba
»yo y toda mi compañía.
»Luégo dieron los jueces
»sentencia definitiva,
»que por traidores infames
»de honor los inhabilitan.
»Esta sentencia fué al punto
»confirmada, y queda escrita
»para que pueda dar fe,
»sin la mía, con seis firmas:
»buen Cid, esto es lo que pasa,
»sin que falte, ni se añida,
»sin que odio ni amistad
»fagan que otra cosa escriba.
»Ved si no quedáis contento,
»y queréis que se prosiga
»contra todo su linaje
»sin dejar persona viva.
»Encomendadme á Jimena
»y abrazadme á vuesas fijas
»y decidles que de nuevo
»su causa tomo por mía.»

XCII

Erguíos, no estéis postrado,
que no es justo ni razón
que esté ante mí de finojos
quien reyes afinojó.
Cubrid las canas honradas
de grande prez y valor,
y del más leal vasallo
que tuvo rey ni señor.
Quedaos á yantar conmigo,
que me faréis gran favor,
y me tendrán las viandas
d’este yantar mejor pro.
Y desque hayamos yantado,
vos quiero facer favor
de contaros de la enmienda
del tuerto de Carrión.
Mas quiero facerlo luégo:
sabed que le plugo á Dios
de guardarles sendos reyes
á Elvira y á doña Sol:
seré en las bodas padrino,
pues casamentero soy
porque para fijas vuesas
los tales padrinos son.
Álvar Fáñez de Minaya
vueso presente nos dió,
yo y nusco le recibimos
con gran talento y amor,
y por primeras mercedes
bien dignas de quien vos sois
mando que no haya cadera
en vuesa comparación,
si no fuere, cual yo, rey,
ó dignidad superior.—
Esto dijo el rey Alfonso
á ese buen Cid Campeador.

Parte V. Últimos años y muerte del Cid

XCIII

Llegó la fama del Cid
á los confines de Persia,
cuando andaba por el mundo
dando razón de quién era;
y como lo oyó el Soldán,
y supo bien la certeza
de los hechos del buen Cid,
un presente le apareja.
Cargó copia de camellos
de grana, púrpura y sedas,
oro, plata, incienso y mirra,
con otras muchas riquezas,
y con un pariente suyo,
de los de su casa y mesa,
le envía al Cid el presente
diciendo d’esta manera:
—Dirás á Rúy Díaz el Cid,
que el Soldán se le encomienda,
que de sus nuevas oir
le tengo grande querencia,
y por vida de Mahoma,
y de mi real cabeza,
que le diera mi corona
sólo por verle en mi tierra:
y que aquese dón pequeño
reciba de mi grandeza,
en señal que soy su amigo,
y lo seré hasta que muera.—
El moro tomó el camino,
y en poco llegó á Valencia,
pidiendo licencia al Cid
para hablarle en su presencia.
El Cid salió á recibirlo
antes de saltar en tierra,
y cuando lo viera el moro,
de verle delante tiembla.
Empezó á darle el recaudo,
y como á darlo no acierta
de turbado, el Cid le toma
la mano y así dijera:
—Bien venido seas, el moro,
bien venido á mi Valencia:
si tu Rey fuera cristiano,
fuera yo á verle á su tierra.—
Con estas y otras razones
á la ciudad ambos llegan,
adonde los ciudadanos
ficieron muy grande fiesta.
El Cid le mostró su casa,
á sus fijas, y á Jimena,
de que el moro está espantado
viendo tan grande riqueza.
Estúvose algunos días
el moro holgándose en ella,
hasta que se quiso ir,
y pidió para ir licencia.
En retorno del presente
que del Soldán recibiera,
otras cosas le envía el Cid,
las cuales allá no hubiera.
Despedido que fué el moro,
Rodrigo con su Jimena
se quedó y con sus dos fijas
dando á Dios gracias inmensas.

XCIV

Estando en Valencia el Cid
de trabajos muy cansado,
cansado de tantas guerras
como por él han pasado,
nuevas al Cid son venidas
que le ponen en cuidado,
que el rey Búcar, fuerte moro,
sobre Valencia ha llegado.
Treinta reyes trae consigo;
valientes son, esforzados,
muchas gentes trae consigo
de á pié son, y de á caballo.
Echado estaba el buen Cid,
en la su cama acostado;
pensando estaba cuidoso
en hecho tan afamado,
suplicando á Dios del cielo
que siempre esté de su bando,
y de peligro tan grande
con honra lo saque salvo.
Cuando el Cid no se cató
un hombre vido á su lado,
el rostro resplandeciente,
cano, crespo y muy honrado,
tan blanco como la nieve,
con color muy sublimado:
díjole:—¿Duermes, Rodrigo?
Recuerda y está velando.—
Díjole el Cid:—¿Quién sois vos
que lo habedes preguntado?
—Sant Pedro llaman á mí,
príncipe del apostolado;
vengo á decirte, Rodrigo,
otro que no estás cuidando,
y es que dejes este mundo,
Dios al otro te ha llamado,
y á la vida que no há fin
do están los santos holgando.
Morirás en treinta días,
desde hoy que esto te hablo.
Dios te quiere mucho, Cid,
y esta merced te ha otorgado;
y es que después de tú muerto
venzas á Búcar en campo:
tus gentes habrán batalla
con todos los de su bando.
Esto será con la ayuda
de mi hermano Santiago,
y él verná á la batalla;
ya se lo tiene mandado.
Tú, Rodrigo Campeador,
haz enmienda á tu pecado,
porque muerto que tú seas
á la gloria seas llevado,
que Dios por amor de mí
todo aquesto ha ordenado,
porque honraste mi casa,
do Cardeña era nombrado,—
Cuando lo oyó el buen Cid,
gran placer había tomado:
saltó luégo de su cama,
de rodillas humillado,
para le besar los piés
al buen Apóstol honrado.
Dijo Sant Pedro á Rodrigo:
—Aqueso ya es excusado,
que á mí no podrás llegar,
no te trabajes en vano;
mas ten por cosa muy cierta
aquesto que te he contado.—
Esto dicho, el buen Apóstol
á los cielos se ha tornado;
Rodrigo quedó contento,
alegre con lo pasado,
dando á Dios crecidas gracias
por lo que le había otorgado.

XCV

En Valencia estaba el Cid
doliente del mal postrero,
que agravios en pechos nobles
pueden mucho más que el tiempo.
Á su cabecera tiene
religiosos y hombres buenos,
y en torno de su persona
sus amigos y sus deudos,
cuyos semblantes mirando
de dolor y cuita llenos,
con tan sesudas razones
así conhorta su duelo.
—Bien sé, mis buenos amigos,
que en tan duro apartamiento
no hay causa para alegraros,
y hay mucha para doleros;
pero mostrad mi enseñanza
contra los adversos tiempos,
que vencer á la fortuna
es más que vencer mil reinos.
Mortal me parió mi madre,
y pues pude morir luégo,
lo que el cielo dió de gracia,
non lo pidáis de derecho.
No muero en tierras ajenas,
en mis propias tierras muero,
cuanto más que siendo tierra
es propia heredad del muerto.
No siento el verme morir,
que si esta vida es destierro,
los que á la muerte guiamos
á nuestra patria volvemos.
Tan sólo llevo en el alma
que en poder de un rey vos dejo
en quien vos podrá empecer
ser míos, ó ser ya vuesos.
Que trate bien mis soldados
pues le defienden sus reinos,
y crea á piernas quebradas
más que á sabios consejeros.
Que traiga siempre en balanza
el castigo con el premio,
que la lealtad de vasallos
virtud pone, y pone miedo.
Que estime un noble leal
más que muchos falagüeños,
que de muchos homes malos
non puede facer un bueno;
y á quien menester hubiere,
nunca le faga denuestos,
ni pague servicios propios
por pareceres ajenos.
Y non fablo de agraviado,
antes le quedo debiendo,
que las sinrazones suyas
fueron mis merecimientos.—
En esto entrara Jimena,
cuyo desamparo viendo,
ellos se enjugan los ojos,
y el Cid dejó el parlamento.

XCVI

Aquese famoso Cid
de Vivar triste yacía;
San Pedro le apareció,
que se apareje decía
para ir al otro mundo,
cerca la muerte tenía;
treinta días, que no más
le dijo que viviría.
Levantóse gran mañana;
junto á su caballería
llorando de los sus ojos
d’esta manera decía:
—Parientes míos leales,
y amigos que ende había,
bien se vos acordará
cómo ese rey de Castilla,
don Alfonso mi señor,
á mí destierro ponía,
y por la vuestra mesura
tuvístesme compañía.
Dios nos hizo gran merced,
y él siendo la nuestra guía,
vencimos muchas faciendas;
cristianos, moros vencían.
Quisieron ellos quitarme
la merced que Dios me hacía;
pero non pudo ninguno
seguir tan mala porfía;
loado el nombre de Cristo
á Valencia conquería.
Á hombre del mundo yo
señorío no debía,
sino al buen rey don Alfonso,
al cual mucho yo quería.
Que supiera que mi cuerpo
tan poco durar había,
en verdad vos digo yo;
que ya el fin es de mi vida.
Treinta días, que no más,
mi cuerpo el alma ternía;
siete noches han pasado
que visiones me seguían;
Diego Laínez mi padre,
y mi hijo aparecían;
dicen: «Mucho habéis durado
en aquesa triste vida;
vayámonos á las gentes
que perdurable vivían.»
Yo no creo estas visiones;
mas mi muerte es cedo aína.
Ya sabéis cómo el rey Búcar
contra nos cierto vernía;
treinta y seis reyes de moros
trae en su compañía;
pues tan gran poder como este
defenderse non podría
sin que vos gane á Valencia;
mas yo vos consejaría
como lo venzáis en campo
antes de ser mi partida,
y como Jimena Gómez,
vosotros con valentía
á Castilla vos volváis
sin que nadie vos lo impida.

XCVII

La que á nadie no perdona,
á reyes ni á ricos homes,
á mí, fincado en Valencia,
llegó á mi puerta y llamóme;
y fallándome dispuesto
á su voluntad conforme,
fago así mi testamento,
y mi voluntad al postre:
«Yo, Rodrigo de Vivar,
»llamado por otro nombre
»el bravo Cid Campeador
»de las morismas naciones,
»el alma encomiendo á Dios
»que en su reino la coloque;
»y el cuerpo, fecho de tierra,
»mando que á su centro torne;
»y después que sea finado,
»con los untos de los botes
»que me endonó el rey de Persia
»le unten, compongan y adoben;
»y puesto sobre Babieca
»tras mi seña y mis pendones,
»lo enseñedes al rey Búcar
»y á todos sus valedores.
»Y mando que á mi Babieca
»lo sotierren y lo adofen,
»non coman canes caballo
»que carnes de canes rompe;
»y para facerme obsequias
»se junten mis infanzones,
»los de mi pan y mi mesa,
»los buenos conqueridores;
»y á la santa cofradía
»del rico Lázaro pobre,
»mando el prado de Vivar,
»ende, aquende, y sus quiñones.
»Item, mando que no alquilen
»plañideras que me lloren,
»bastan las de mi Jimena
»sin que otras lágrimas compre.
»Y en San Pedro de Cardeña
»junto al santo Pescadore
»me fabriquen un fosal
»con su túmulo de bronce.
»Item, mando que al judío,
»que engañé estando tan pobre,
»lo que pesare él de arena
»le dén de plata otro cofre.
»Y á Gil Díaz tornadizo,
»que de moro á Dios volvióse,
»le mando mis femolarias,
»mis corazas y quijotes.
»El noble rey don Alfonso
»y el buen obispo don Lope,
»y mi sobrino Álvar Fáñez
»sean mis cabezadores:
»y lo demás de mi haber
»se reparta entre los pobres,
»que son entre el hombre y Dios
»padrinos y valedores.»

XCVIII

Banderas antiguas tristes
de victoria un tiempo amadas,
tremolando están al viento,
y lloran aunque no hablan.
Sonaban las roncas voces
de las destempladas cajas,
y los pífanos soberbios
calles y plazas arrancan.
Estábase el Cid Campeador
humilde y manso en la cama,
y sujeto á la inclemencia
de la vengativa Parca.
Hizo traer las reliquias
de las victorias pasadas
y mandó que le trujesen
sus compañeras espadas.
Y desque fueron traídas
levantábase en la cama;
tomándolas en sus manos
les dijo aquestas palabras:
[Pg 333]—Colada y Tizona mía
no colada, mas calada
por mil contrarios arneses,
y por mil contrarias armas
¿cómo os hallaréis sin mí?
¿á quién os dejaré en guarda
que no manche vuestro honor
pues que tan fácil se mancha?
Y luégo en diciendo aquesto
mandó que á Babieca traigan
que quiere verle primero
que comience su jornada.
Entró el caballo más manso
que una corderilla mansa;
abriendo los anchos ojos
como si sintiera, calla.
—Ya me parto, caro amigo,
quien os gobierna, ya falta;
quisiera pagaros bien;
pero recibid por paga
que con los fechos que he fecho
será, inmortal vuestra fama.
Y no diciendo más que eso
la muerte tira una jara.

XCIX

Las obsequias funerales
celebra doña Jimena
de Rodrigo de Vivar
en San Pedro de Cardeña,
juntamente con sus fijas,
á quien el cielo hizo reinas,
satisfaciendo el agravio
no debido á su inocencia.
Pone el cuerpo en una tumba,
más que su esperanza negra,
y así llorando le dice,
como si vivo estuviera:
—¡Oh amparo de los cristianos!
¡rayo del cielo en la tierra!
¡azote de la morisma!
¡de la fe de Dios defensa!
¿No sois aquel que jamás
os vieron la espalda vuelta
los disfrazados amigos
que causaron vuestra ausencia?
¿No sois el que, desterrado
por palabras lisonjeras,
allanó para su rey
mil castillos y fronteras?
¿No sois vos quien sujetó
á la ciudad de Valencia,
y el que venció en seis batallas
sin alma mil almas fieras?
¡Ay, amarga soledad,
cómo al sufrimiento enseñas
á sufrir contra justicia
tan penosa y triste ausencia!—
No pudo pasar de aquí
la madre de la nobleza,
que sobre el cuerpo cayó
desmayada, ó casi muerta.

C

Mientras se apresta Jimena
con algunos de los suyos
para partir de Valencia
con el silencio nocturno,
y los nobles castellanos,
más valerosos que muchos,
con fingidas alegrías
velan los soberbios muros;
Álvar Fáñez de Minaya,
don Ordoño y don Bermudo,
para la batalla aprestan
del Cid el cuerpo difunto.
No le visten la loriga
que él en las lides trujo,
por cumplir lo que mandó
en su postrimero punto.
De pergamino pintado
le ponen yelmo y escudo,
y en medio de dos tablones
el embalsamado bulto,
y de un cendal claro y verde
vestido un tabardo justo,
al pecho su roja insignia,
honor y asombro del mundo.
Unas calzas de colores,
guarnecidas de dibujo,
en lienzo crudo pintadas
y ellas son de lienzo crudo.
El derecho brazo alzado,
al menos cuánto se pudo,
en la mano su Tizona
el limpio fierro desnudo.
D’esta guisa le aprestaron,
y cuando aprestado estuvo
pavor les dió de miralle,
¡tal se muestra de sañudo!
Trujeron pues á Babieca
y en mirándole se puso
tan triste, como si fuera
más razonable que bruto.
Atáronle á los arzones
fuertemente por los muslos
y los piés á los estribos
porque fuesen más seguros.
Y á la lumbre del lucero,
que por verle se detuvo,
con su capitán sin alma,
salieron al campo juntos,
donde vencieron á Búcar
sólo porque á Dios le plugo,
y acabando la batalla,
el sol acabó su curso.

CI

Vencido queda el rey Búcar
con todos sus allegados
de la campaña del Cid
en el campo valenciano.
Para Castilla caminan,
el buen Cid era finado,
caballero va en Babieca
con los suyos á su lado.
No llevaba armas ningunas,
sino sobre sí unos paños:
los que no saben su muerte,
por vivo lo habían juzgado.
Cada vez que hacen jornada
quitábanlo del caballo,
quedaba yerto y derecho
en la silla cabalgado.
La buena Jimena Gómez
su mensaje había enviado
á los parientes del Cid
para que vengan á honrallo,
y también á sus dos yernos,
que eran reyes coronados.
En tanto que ellos venían
Álvar Fáñez ha fablado
que pongan el cuerpo muerto
en ataúd y tapado,
y con púrpura le cubran
con clavos de oro clavado.
No quiso doña Jimena,
y así los ha razonado:
—El Cid tiene el rostro hermoso,
los ojos muy aseados,
mientras está d’esta suerte
no hay para que sea mudado;
que mis yernos folgarán
y mis fijas en su cabo,
de verlo cómo ahora está,
que non su cuerpo enterrado.—
Todos hubieron por bien
lo que Jimena ha ordenado;
don Sancho, y también García,
están al Cid aguardando,
y media legua de Olmedo
todos se habían juntado.
Ese buen rey de Aragón
caballeros tiene armados,
al revés traen los escudos
de los arzones colgados;
las capas traían negras,
¡muy grande duelo mostrando!
Las capillas traen tendidas,
según uso castellano.
Doña Sol y las sus dueñas
estameña han cobijado:
gran duelo querían hacer,
mas su madre lo ha vedado,
porque así lo mandó el Cid
y así ha de ser obrado.
El rey y la su mujer
para el Cid habían llegado;
ambos las manos le besan,
de lo ver se han espantado,
que no semejaba muerto,
sino vivo y muy honrado.
Muchos vienen á lo ver
de Castilla, ese reinado;
también vino don García,
rey d’ese reino navarro:
consigo trae su mujer,
fija del buen Cid loado;
las manos besan al Cid,
muchas lágrimas llorando;
todos van para San Pedro,
porque allí le han enterrado.
Aquese buen rey Alfonso,
que ha sabido lo pasado,
de Toledo se partiera
y á San Pedro había llegado.
Saliéronle á recibir
los al Cid emparentados;
mucha honra fizo el rey
al cuerpo del Cid honrado;
mandó que no se enterrase,
sino que el cuerpo arreado
se ponga junto al altar,
y á Tizona en la su mano;
así estuvo mucho tiempo,
que fueron más de diez años.

CII

En Sant Pedro de Cardeña
está el Cid embalsamado,
el vencedor no vencido
de moros ni de cristianos.
Por mando del rey Alfonso
en su escaño está asentado,
su noble y fuerte persona
de vestidos arreado;
descubierto tiene el rostro,
de gran gravedad dotado,
su blanca barba crecida
como de hombre estimado;
la buena espada Tizona
puesta la tiene á su lado:
no parece que está muerto,
sino vivo y muy honrado.
Siete años estuvo así,
como está ya razonado;
por su alma, que es en gloria,
hacen fiesta cada año.
Á ver su cuerpo tan bueno
mucha gente se ha llegado,
fuera de donde está el Cid
la fiesta se hizo un año;
su cuerpo quedaba solo,
ninguno le ha acompañado.
Estando d’esta manera
un judío había llegado;
cuidando estaba entre sí
d’esta suerte razonando:
—Este es el cuerpo del Cid
por todos tan alabado,
y dicen que en la su vida
nadie á su barba ha llegado.
Quiero yo asirle d’ella
y tomarla en la mi mano;
que pues aquí yace muerto,
por él no será excusado;
yo quiero ver qué fará,
si me pondrá algún espanto.—
Tendió la mano el judío
para hacer lo que ha pensado,
y antes que á la barba llegue,
el buen Cid había empuñado
á la su espada Tizona,
y un palmo la había sacado.
El judío que esto vido
muy gran pavor ha cobrado
tendido cayó de espaldas,
amortecido de espanto.
Halláronlo allí caído
los que en la iglesia han entrado;
agua le echan por el rostro,
para facerlo acordado,
y vuelto que fuera en sí
todos le han preguntado
qué cosa fuera la causa
de verlo tan mal parado.
Él luégo les declaró
la causa de lo pasado.
Todos dan gracias á Dios
por el milagro contado,
en se acordar que su siervo
no quiso fuese ensuciado
por mano de aquel judío
que tan mal lo había pensado.
Cristiano se volvió luégo,
Diego Gil era llamado:
fincó en servicio de Dios
en San Pedro el ya nombrado,
y en él acabó sus días
como cualquier buen cristiano.

CIII

De Castilla van marchando
á Navarra con su gente
don Sancho, á quien dieron nombre,
por sus hechos, de valiente.
Delante lleva el despojo,
que ganó su brazo fuerte
en las tierras de Castilla;
sin que nadie le impidiese
triunfante, rico y contento
por sus jornadas se vuelve,
dejando á los castellanos
despojados de sus bienes.
Por San Pedro de Cardeña
mandó que el curso enderecen
la escolta y la cabalgada
para que por allí fuesen.
Como llegase la fama
al abad que en guarda tiene
el santo cuerpo del Cid,
aguardó que el rey se acerque.
Aderezóse entre tanto,
como en procesión solemne,
y con la insignia del Cid
sale para cuando llegue.
Al són de las roncas cajas,
marchando de siete en siete,
al rey que llevan en medio
miran ufanos y alegres,
tremolando las banderas
junto al rey, que alegremente
en ellas ponía los ojos
como en su mayor deleite.
Yendo el valiente don Sancho
marchando con sus jinetes,
llegó donde el santo abad
le aguardaba alegremente.
Puso en tierra las rodillas
diciendo:—Rey, no desprecies
mi razón, ni á la voz mía
tu justo oído le cierres.
Bien sabes, valiente rey,
y cuántos estáis presentes,
que esa presa es de cristianos
y no es justo que la lleves.
Las guerras que traen contigo
son causa para ponerte
siempre la espada en la mano,
por su daño, y con sus muertes.
Muy bien pudiera excusarse
la sangre que d’ellos viertes,
con que volvieras la espalda
á los moros que nos vencen.
Mira, buen rey, esta insignia
que es del Cid de quien desciendes,
y póngotela delante
para que esa presa dejes.—
Conociendo el rey la insignia
del caballo se desciende,
y en el suelo de rodillas
la saluda d’esta suerte:
—¡Oh estandarte poderoso
de aquel varón excelente
que fué muro de Castilla
y cuchillo de la muerte;
de quien tembló la morisma;
quien deshizo sus poderes;
quien venció muerto al rey Búcar
y tuvo vasallos reyes;
á quien hablaban los santos
y le acompañaban siempre,
y le alcanzaron de Dios
que vencido no se viese!
Á vos y ante vos consagro,
como á quien tan bien se deben,
estos despojos de guerra
y en vuestro templo se cuelguen.—
Y en diciendo estas razones,
mandó que los presos suelten,
y toda la presa junta
al bendito abad se entregue
por amor y reverencia
del Cid, á quien se la ofrece,
reconociéndole muerto,
que nunca su nombre muere.


Fin.


Publicado el 12 de marzo de 2022 por Edu Robsy.
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