El Prisionero de Zenda

Anthony Hope


Novela



I. Los Raséndil, y dos palabras acerca de los Elsberg

—¡Pero cuándo llegará el día que hagas algo de provecho, Rodolfo!—exclamó la mujer de mi hermano.

—Mi querida Rosa—repliqué, soltando la cucharilla de que me servía para despachar un huevo,—¿de dónde sacas tú que yo deba hacer cosa alguna, sea o no de provecho? Mi situación es desahogada; poseo una renta casi suficiente para mis gastos (porque sabido es que nadie considera la renta propia como del todo suficiente); gozo de una posición social envidiable: hermano de lord Burlesdón y cuñado de la encantadora Condesa, su esposa. ¿No te parece bastante?

—Veintinueve años tienes, y no has hecho más que...

—¿Pasar el tiempo? Es verdad. Pero en mi familia no necesitamos hacer otra cosa.

Esta salida mía no dejó de producir en Rosa cierto disgustillo, porque todo el mundo sabe (y de aquí que no haya inconveniente en repetirlo) que por muy bonita y distinguida que ella sea, su familia no es con mucho de tan alta alcurnia como la de Raséndil. Amén de sus atractivos personales, poseía Rosa una gran fortuna, y mi hermano Roberto tuvo la discreción de no fijarse mucho en sus pergaminos. A éstos se refirió la siguiente observación de Rosa, que dijo:

—Las familias de alto linaje son, por regla general, peores que las otras.

Al oir esto, no pude menos de llevarme la mano a la cabeza y acariciar mis rojos cabellos; sabía perfectamente lo que ella quería decir.

—¡Cuánto me alegro de que Roberto sea moreno!—agregó.

En aquel momento, Roberto, que se levanta a las siete y trabaja antes de almorzar, entró en el comedor, y, dirigiendo una mirada a su esposa, acarició suavemente su mejilla, algo más encendida que de costumbre.

—¿Qué ocurre, querida mía?—le preguntó.

—Le disgusta que yo no haga nada y que tenga el pelo rojo—dije como ofendido.

—¡Oh! En cuanto a lo del pelo no es culpa suya—admitió Rosa.

—Por regla general, aparece una vez en cada generación—dijo mi hermano.—Y lo mismo pasa con la nariz. Rodolfo ha heredado ambas cosas.

—Que por cierto me gustan mucho—dije levantándome y haciendo una reverencia ante el retrato de la condesa Amelia.

Mi cuñada lanzó una exclamación de impaciencia.

—Quisiera que quitases de ahí ese retrato, Roberto—dijo.

—¡Pero, querida!—exclamó mi hermano.

—¡Santo Cielo!—añadí yo.

—Entonces, siquiera podríamos olvidarlo—continuó Rosa.

—A duras penas, mientras ande Rodolfo por aquí—observó mi hermano.

—¿Y por qué olvidarlo?—pregunté yo.

—¡Rodolfo!—exclamó mi cuñada ruborizándose y más bonita que nunca.

Me eché a reír y volví a mi almuerzo. Por lo pronto me había librado de seguir discutiendo la cuestión de lo que yo debería hacer o emprender. Y para cerrar la polémica y también, lo confieso, para exasperar un poco más a mi severa cuñadita, añadí:

—¡La verdad es que me alegro de ser todo un Elsberg!

Cuando leo una obra cualquiera paso siempre por alto las explicaciones; pero desde el momento en que me pongo a escribir, yo mismo comprendo que una explicación es aquí inevitable. De lo contrario, nadie entenderá por qué mi nariz y mi cabello tienen el don de irritar a mi cuñada y por qué digo de mí que soy un Elsberg. Desde luego, por muy alto que piquen los Raséndil, el mero hecho de pertenecer a esa familia no justifica la pretensión de consanguinidad con el linaje aun más noble de los Elsberg, que son de estirpe regia. ¿Qué parentesco puede existir entre Ruritania y Burlesdón, entre los moradores del palacio de Estrelsau o el castillo de Zenda y los de nuestra casa paterna en Londres?

Pues bien (y conste que voy a sacar a relucir el mismísimo escándalo que mi querida condesa de Burlesdón quisiera ver olvidado para siempre); es el caso que allá por los años de 1733, ocupando el trono inglés Jorge II, hallándose la nación en paz por el momento, y no habiendo empezado aún las contiendas entre el Rey y el príncipe de Gales, vino a visitar la corte de Inglaterra un regio personaje, conocido más tarde en la historia con el nombre de Rodolfo III de Ruritania. Era este Príncipe un mancebo alto y hermoso, a quien caracterizaban (y no me toca a mí decir si en favor o en perjuicio suyo) una nariz extremadamente larga, aguzada y recta, y una cabellera de color rojo obscuro; en una palabra, la nariz y el cabello que han distinguido a los Elsberg desde tiempo inmemorial. Permaneció algunos meses en Inglaterra, donde fue objeto del recibimiento más cortés; pero su salida del país dio algo que hablar. Tuvo un duelo (y muy galante conducta fue la suya al prescindir para el caso de su alto rango), siendo su adversario un noble muy conocido en la buena sociedad de aquel tiempo, no sólo por sus propios méritos, sino también como esposo de una dama hermosísima. Resultado de aquel duelo fue una grave herida que recibió el príncipe Rodolfo, y apenas curado de ella lo sacó ocultamente del país el embajador de Ruritania, a quien dio no poco que hacer aquella aventura de su Príncipe. El noble salió ileso, pero en la mañana misma del duelo, que fue por demás húmeda y fría, contrajo una dolencia que acabó con él a los seis meses de la partida de Rodolfo. Dos meses después dio a luz su esposa un niño que heredó el título y la fortuna de Burlesdón. Fue esta dama la condesa Amelia, cuyo retrato quería retirar mi cuñada del lugar que ocupaba en la casa de mi hermano; y su esposo fue Jaime, cuarto conde de Burlesdón y vigésimo-segundo barón Raséndil, inscrito bajo ambos títulos en la «Guía Oficial de los Pares de Inglaterra,» y caballero de la Orden de la Jarretiera. Cuanto a Rodolfo, regresó a Ruritania, se casó y subió al trono, que sus sucesores han ocupado hasta el momento en que escribo, con excepción de un breve intervalo. Y diré, para terminar, que si el lector visita la galería de retratos de Burlesdón, verá entre los cincuenta pertenecientes a los últimos cien años, cinco o seis, el del quinto Conde inclusive, que se distinguen por la nariz larga, recta y aguzada y el abundante cabello de color rojo obscuro. Estos cinco o seis tienen también ojos azules, siendo así que entre los Raséndil predominan los ojos negros.

Esta es la explicación, y me alegro de haber salido de ella; las manchas de honrada familia son asunto delicado, pero lo cierto es que la transmisión por herencia, de que tanto se habla, es la chismosa mayor y más temible que existe; para ella no hay discreción ni secreto que valga, y a lo mejor inscribe las notas más escandalosas en la «Guía de los Pares.»

Observará el lector que mi cuñada, dando muestras de escasísima lógica, se empeñaba en considerar mi rojiza cabellera casi como una ofensa y en hacerme responsable de ella, apresurándose a suponer en mí, sin otro fundamento que esos rasgos externos, cualidades que por ningún concepto poseo, y mostrando como prueba de tan injusta deducción, lo que ella daba en llamar la vida inútil y sin objeto determinado que he llevado hasta la fecha. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que esa vida me ha proporcionado no escaso placer y abundantes enseñanzas. He estudiado en una universidad alemana y hablo el alemán con tanta facilidad y perfección como el inglés; lo mismo digo del francés, mascullo el italiano y sé jurar en español. No tiro mal la espada, manejo la pistola perfectamente y soy jinete consumado. Tengo completo dominio sobre mí mismo, no obstante el color engañador de mis cabellos; y si el lector insiste en que a pesar de todo lo dicho me hubiera valido más dedicarme a algún trabajo útil, sólo añadiré que mis padres me habían dejado en herencia diez mil pesos de renta y un carácter aventurero.

—La diferencia entre tu hermano y tú—prosiguió mi cuñada, que también gusta de sermonear un poco de cuando en cuando,—está en que él reconoce los deberes de su posición y tú no ves más que las ventajas de la tuya. Ahí tienes a Sir Jacobo Borrodale ofreciéndote precisamente la oportunidad que necesitas y que más te conviene.

—¡Gracias mil!—murmuré.

Tiene prometida una embajada para dentro de seis meses, y Roberto está seguro de que te ofrecerá el puesto de agregado. Acéptalo, Rodolfo, aunque sólo sea por complacerme.

Puesta la cuestión en este terreno y con mi cuñadita frunciendo las cejas y dirigiéndome una de sus más irresistibles miradas, no le quedaba a un tunante como yo más remedio que ceder, compungido y pesaroso. Además, pensé que el puesto ofrecido no dejaría de proporcionarme grata oportunidad de divertirme y pasarlo divinamente, y por lo tanto repliqué:

—Mi querida hermana, si dentro de seis meses no se presenta algún obstáculo imprevisto y Sir Jacobo no se opone, que me cuelguen si no me agrego a su embajada.

—¡Qué bueno eres, Rodolfo! ¡Cuánto me alegro!

—¿Y adónde va destinado el futuro embajador?

—Todavía no lo sabe, pero sí está seguro de que será un puesto de primer orden.

—Hermana mía—dije,—por complacerte iré aunque sea a una legación de tres al cuarto. No me gusta hacer las cosas a medias.

Es decir, que mi promesa estaba hecha; pero seis meses son seis meses, una eternidad, y como había que pasarlos de alguna manera, me eché a pensar en seguida diversos planes que me permitieran esperar agradablemente el principio de mis tareas diplomáticas; esto suponiendo que los agregados de embajada se ocupen en algo, cosa que no he podido averiguar, porque, como se verá más adelante, nunca llegué a ser attaché de Sir Jacobo ni de nadie. Y lo primero que se me ocurrió, casi repentinamente, fue hacer un viajecillo a Ruritania. Parecerá extraño que yo no hubiera visitado nunca aquel país; pero mi padre (a pesar de cierta mal disimulada simpatía por los Elsberg, que le llevó a darme a mí, su hijo segundo, el famoso nombre de Rodolfo, favorito entre los de aquella regia familia), se había mostrado siempre opuesto a dicho viaje; y muerto él, mi hermano y Rosa habían aceptado la tradición de nuestra familia, que tácitamente cerraba a los Raséndil las puertas de Ruritania. Pero desde el momento en que pensé visitar aquel país, se despertó vivamente mi curiosidad y el deseo de verlo. Después de todo, las narices largas y el pelo rojo no eran patrimonio exclusivo de los Elsberg, y la vieja historia que he reseñado, a duras penas podía considerarse como razón suficiente para impedirme visitar un importante reino que había desempeñado papel nada menospreciable en la historia de Europa y que podía volver a hacerlo bajo la dirección de un monarca joven y animoso, como se decía que lo era el nuevo Rey. Mi resolución acabó de afirmarse al leer en los periódicos que Rodolfo V iba a ser coronado solemnemente en Estrelsau tres semanas después y que la ceremonia prometía ser magnífica. Decidí presenciarla y comencé mis preparativos de viaje sin perder momento. Pero como nunca había acostumbrado enterar a mis parientes del itinerario de mis excursiones, y además en aquel caso esperaba resuelta oposición por su parte, me limité a decir que salía para el Tirol, objeto favorito de mis viajes, y me gané la aprobación de Rosa diciéndole que iba a estudiar los problemas sociales y políticos del interesante pueblo tirolés.

—Mi viaje puede dar también un resultado que no sospechas—añadí con gran misterio.

—¿Qué quieres decir?—preguntó Rosa.

—Nada, sino que existe cierto vacío que pudiera llenarse con una obra concienzuda sobre...

—¿Piensas escribir un libro?—exclamó mi cuñada palmoteando.—¡Magnífico proyecto! ¿Verdad, Roberto?

—En nuestros días es la mejor manera de comenzar una carrera política—asintió mi hermano, que había compuesto ya, no uno, sino varios libros. «Teorías antiguas y hechos modernos,» «El resultado final» y algunas otras obras originales de Burlesdón gozan muy justo renombre.

—Tiene mucha razón Roberto—declaré.

—Prométeme que lo harás—dijo Rosa muy entusiasmada con mi plan.

—Nada de promesas, pero si reúno suficientes materiales lo haré.

—No se puede pedir más—dijo Roberto.

—¡Qué materiales ni qué calabazas!—exclamó Rosa, haciendo un gracioso mohín.

Pero no cedí, y tuvo que contentarse con aquella promesa condicional. Por mi parte, hubiera apostado cualquier cosa a que mi excursión veraniega no daría por resultado ni una sola página. Y la mejor prueba de que me equivocaba de medio a medio, es que estoy escribiendo el prometido libro, aunque confieso que ni me puede servir a mí para lanzarme a la política, ni tiene nada que ver con el Tirol.

Y bien puedo añadir que tampoco merecería la aprobación de la Condesa mi cuñada, suponiendo que yo lo sometiese a su severa censura; cosa que me guardaré muy bien de hacer.

II. Que trata del color de los cabellos

Mi tío Guillermo solía decir, y lo sentaba como máxima invariable, que nadie debe pasar por París sin detenerse allí veinticuatro horas. Y yo, con el respeto debido a la madura experiencia de mi tío, me instalé en el Hotel Continental de aquella ciudad, resuelto a pasar allí un día y una noche, camino del... Tirol. Fui a ver a Jorge Federly en la embajada, comimos juntos en Durand y después nos fuimos a la Opera; tras una ligera cena nos presentamos en casa de Beltrán, poeta de alguna reputación y corresponsal de La Crítica, de Londres. Ocupaba un piso muy cómodo, y hallamos allí algunos amigos suyos, personas muy simpáticas todas, con quienes pasamos el rato agradablemente, fumando y conversando. Sin embargo, noté que el dueño de la casa estaba preocupado y silencioso, y cuando se hubieron despedido todos los demás y quedádonos solos con él Federly y yo, empecé a bromear a Beltrán, hasta que exclamó, dejándose caer en el sofá:

—¡Pues nada, que tienes tú razón y estoy enamorado, perdidamente enamorado!

—Así escribirás mejores versos—le dije por vía de consuelo.

Se limitó a fumar furiosamente sin decir palabra, en tanto que Federly, de espaldas a la chimenea, lo contemplaba con cruel sonrisa.

—Es lo de siempre, y lo mejor que puedes hacer es cantar de plano, Beltranillo—dijo Federly.—La novia se te va de París mañana.

—Ya lo sé—repuso Beltrán furioso.

—Pero lo mismo da que se vaya o que se quede. ¡La dama pica muy alto para ti, poeta!

—¿Y a mí qué?

—Vuestra conversación me interesaría muchísimo más—observé,—si supiera de quién estáis hablando.

—Antonieta Maubán—dijo Federly.

—De Maubán—gruñó Beltrán.

—¡Hola!—exclamé.—¡Conque esas tenemos, mocito!

—¿Me haces el favor de dejarme en paz?

—¿Y adónde va?—pregunté, porque la dama gozaba de cierta celebridad y su nombre no me era desconocido.

Jorge hizo sonar las monedas que tenía en el bolsillo, miró a Beltrán dirigiéndole su más despiadada sonrisa y replicó:

—Nadie lo sabe. Y a propósito, Beltrán; la otra noche vi en su casa a todo un personaje, el duque de Estrelsau. ¿Le conoces?

—Sí, ¿y qué?

—Muy cumplido caballero, a fe mía.

Era evidente que las alusiones de Jorge al Duque tenían por objeto aumentar las penas del pobre Beltrán, de donde inferí que el Duque había distinguido a la señora de Maubán con sus atenciones. Era ella viuda, hermosa, rica, y la voz pública decíala ambiciosa. Nada tenía de extraño que procurase, como lo había insinuado Jorge, conquistar a un personaje que ocupaba en su país lugar inmediato al del Rey; porque el Duque era hijo del finado rey de Ruritania y de su segunda y morganática esposa y, por consiguiente, hermano paterno del nuevo Rey. Había sido el favorito de su padre, quien fue objeto de muy desfavorables comentarios al crearlo Duque y dar por nombre a su ducado el de la capital del Reino. Su madre había sido de buena familia pero no de alta nobleza.

—¿Sigue en París el Duque?—pregunté.

—¡Oh, no! Se ha ido porque tiene que asistir a la coronación; ceremonia que de seguro no le hará mucha gracia. ¡Pero no desesperes, Beltrán! Con la bella Antonieta no se ha de casar, por lo menos mientras no fracase otro plan. Sin embargo, quizás ella...—Hizo una pausa y dijo, riéndose:—No es fácil resistir las atenciones de un príncipe real, ¿no es así, Rodolfo?

—¿Te callarás?—le dije, y levantándome, dejé a Beltrán en las garras de Jorge y me fui al hotel.

Al siguiente día Jorge Federly me acompañó a la estación, donde tomé un billete para Dresde.

—¿Vas a contemplar las pinturas?—preguntó Jorge guiñándome el ojo.

Jorge es un murmurador incorregible, y si hubiese sabido que yo iba a Ruritania, la noticia hubiera llegado a Londres en tres días. Iba, pues, a darle una respuesta evasiva cuando le vi dirigirse apresuradamente al otro extremo del andén y saludar a una joven bonita y muy elegantemente vestida, que acababa de dejar la sala de espera. Podría tener unos treinta o treinta y dos años y era alta, morena y algo gruesa. Mientras hablaba con Jorge noté que me miraba, con gran disgusto mío, porque no me consideraba muy presentable con el largo gabán ruso que me envolvía para preservarme del frío en aquella destemplada mañana de abril, sin contar la bufanda que llevaba al cuello y el sombrero de fieltro calado hasta las orejas.

—Tienes una encantadora compañera de viaje—me dijo Federly al reunírseme.—Esa es la diosa adorada de Beltrán, la bella Antonieta, que va, como tú, a Dresde... a ver pinturas también, probablemente. Sin embargo, me extraña que precisamente ahora no desee tener el honor de conocerte.

—No he podido serle presentado—dije un tanto mohino.

—Pero yo me ofrecí a presentarte y me contestó que otra vez sería. No importa, chico; quizás haya un descarrilamiento o un choque durante el viaje y tengas oportunidad de dejar plantado al duque de Estrelsau.

Pero ni la señora de Maubán ni yo tuvimos el menor desastre, y bien puedo afirmarlo de ella con tanta seguridad como de mí, porque tras una noche de descanso en Dresde, al continuar mi jornada, la vi subir a un coche del mismo tren que yo había tomado. Comprendiendo que deseaba hallarse sola, evité cuidadosamente acercármele; pero vi que llevaba el mismo punto de destino que yo y no dejé de observarla atentamente sin que ella lo notase.

Tan luego llegamos a la frontera de Ruritania (y por cierto que el viejo administrador de la aduana se quedó mirándome con tal fijeza que me hizo recordar más que nunca mi parentesco con los Elsberg), compré unos periódicos y me hallé con noticias que modificaron mi itinerario. Por motivos no muy claramente explicados, se había anticipado repentinamente la fecha de la coronación, fijándola para dos días después. En todo el país se hablaba de la solemne ceremonia y era evidente que Estrelsau, la capital, estaba atestada de forasteros. Las habitaciones disponibles alquiladas todas, los hoteles llenos, iba a serme muy difícil obtener hospedaje, y dado que lo consiguiera tendría que pagarlo a precio exorbitante. Resolví, pues, detenerme en Zenda, pequeña población a quince leguas de la capital y a cinco de la frontera. El tren en que yo iba, llegaba a Zenda aquella noche; podría pasar el día siguiente, martes, recorriendo las cercanías, que tenían fama de muy pintorescas, dando una ojeada al famoso castillo e ir por tren a Estrelsau el miércoles, para volver aquella misma noche a dormir a Zenda.

Dicho y hecho. Me quedé en Zenda y desde el andén vi a la señora de Maubán, que evidentemente iba sin detenerse hasta Estrelsau, donde por lo visto contaba o esperaba conseguir el alojamiento que yo no había tenido la previsión de procurarme de antemano. Me sonreí al pensar en la sorpresa de Jorge Federly si hubiera llegado a saber que ella y yo habíamos viajado tanto tiempo en buena compañía.

Me recibieron muy bien en el hotel, que no pasaba de ser una posada, presidida por una corpulenta matrona y sus dos hijas; gente bonachona y tranquila, que parecía cuidarse muy poco de lo que sucedía en la capital. El preferido de la buena señora era el Duque, porque el testamento del difunto Rey lo había hecho dueño y señor de las posesiones reales en Zenda y del castillo, que se elevaba majestuosamente sobre escarpada colina al extremo del valle, a media legua escasa del hotel. Mi huéspeda no vacilaba en decir que sentía no ver al Duque en el trono, en lugar de su hermano.

—¡Por lo menos al duque Miguel lo conocemos!—exclamaba.—Ha vivido siempre entre nosotros y no hay ruritano que no sepa de él. Pero el Rey es casi un extraño; ha residido tanto tiempo fuera del país, que apenas si de cada diez hay uno que lo haya visto.

—Y ahora—apoyó una de las muchachas,—dicen que se ha afeitado la barba y que no hay quien lo conozca.

—¡Que se ha quitado la barba!—exclamó la madre.—¿Quién te lo ha dicho?

—Juan, el guardabosque del Duque, que ha visto al Rey.

—¡Ah, sí! El Rey, señor mío, está de cacería en una posesión que tiene el Duque, ahí en el bosque; de Zenda irá a Estrelsau para la coronación el miércoles por la mañana.

Me interesó la noticia y resolví dirigir al día siguiente mis pasos hacia la casa del guarda, con la esperanza de ver al Rey.

—¡Ojalá se quedase cazando toda la vida!—me decía mi huéspeda.—Cuentan que la caza, el vino y otra cosa que me callo, es lo único que le gusta o le importa. Pues que coronen al Duque; eso es lo que yo quisiera, y no me importa que me oigan.

—¡Cállese usted, madre!—dijeron ambas mozas.

—¡Oh, son muchos los que piensan como yo!—insistió la vieja.

Reclinado en cómodo sillón, de brazos, me reía al oirlas.

—Lo que es yo—declaró la menor de las hijas, una rubia regordeta y sonriente,—aborrezco a Miguel el Negro. ¡A mí déme usted un Elsberg rojo, madre! Del Rey dicen que es tan rojo como... como...

Me miró maliciosamente y lanzó una carcajada, sin hacer caso de la cara hosca que ponía su hermana.

—Pues mira que muchos han maldecido antes de ahora a esos Elsberg pelirrojos—refunfuñó la buena mujer; y yo me acordé en seguida de Jaime, cuarto conde de Burlesdón.

—¡Pero nunca los ha maldecido una mujer!—exclamó la moza.

—También, y más de una, cuando ya era tarde—fue la severa respuesta, que dejó a la doncella callada y confusa.

—¿Cómo es que el Rey se halla aquí, en tierras del Duque?—pregunté para romper el embarazoso silencio.

—El Duque lo invitó, mi buen señor, a que descansase aquí hasta el miércoles, mientras él preparaba la recepción del Rey en Estrelsau.

—¿Es decir que son buenos amigos?

—Los mejores del mundo.

Pero la linda rubia no era de las que se callan por largo tiempo, y exclamó:

—¡Sí, se quieren tanto como pueden quererse dos hombres que ambicionan el mismo trono y la misma mujer!

Su madre le dirigió una mirada furibunda, pero aquellas palabras habían picado mi curiosidad; y antes de que la vieja pudiera reñirla, le pregunté:

—¿Cómo es eso? ¿La misma mujer?

—Todo el mundo sabe que Miguel el Negro—bueno, madre, el duque Miguel,—daría su alma por casarse con su prima, la princesa Favia, que está destinada al Rey.

—¡Pobre Duque!—repuse.—Declaro que empiezo a compadecerlo. Pero el segundón tiene que contentarse con lo que el mayor le deje, y aun dar gracias a Dios de que algo le toque.—Y pensando en lo que a mí mismo me sucedía, me encogí de hombros y me eché a reír. También recordé entonces a Antonieta de Maubán y su viaje a Estrelsau.

—Lo que es Miguel el Negro...—continuó la muchacha arrostrando la indignación de su madre; pero en aquel momento se oyeron unos pesados pasos y una voz brusca preguntó, con acento amenazador:

—¿Quién habla del duque Miguel con tan poco respeto y en sus propias tierras?

La muchacha dio un ligero grito, entre atemorizada y risueña.

—¿No me acusarás a tu amo, Juan?—preguntó.

—Ahí tienes lo que nos traes con tu charla—dijo la madre.

El hombre que había hablado entró en la habitación.

—Tenemos un huésped, Juan—dijo la posadera al recién llegado, que inmediatamente se quitó la gorra. Pero al verme retrocedió un paso, como ante una aparición.

—¿Qué tienes, Juan?—preguntó la mayor de las jóvenes.—Este señor es un viajero, que viene a ver la coronación.

El guardabosque se había repuesto de su sorpresa, pero seguía mirándome fijamente, con expresión de intensa curiosidad no exenta de amenaza.

—Buenas noches—le dije.

—Buenas noches, señor—murmuró, observándome sin cesar, hasta que la rubia exclamó con gran risa:

—¡Sí, míralo bien, Juan; es tu color favorito! Lo ha sorprendido el color de su cabello, señor viajero; color que no es el que más vemos aquí en Zenda.

—Dispense el señor—balbuceó el mozo, todavía sorprendido.—No creí encontrar aquí más que a los de casa.

—Denle ustedes un vaso de vino para que lo beba a mi salud. Buenas noches a todos, y gracias, señoras mías, por su bondad y su grata conversación.

Me levante, e inclinándome ligeramente me dirigí hacia la puerta. La alegre muchacha corrió a alumbrar el camino y el joven retrocedió un paso, fijos los ojos en mí. Al llegar a su lado me dijo:

—Con perdón, señor: ¿conoce usted al Rey?

—Jamás lo he visto, pero espero conocerlo el miércoles.

Nada más dijo, pero presentí que sus ojos siguieron clavados en mí hasta que se cerró la puerta. Mi picaresca conductora iba delante y al subir la escalera me dijo:

—No hay remedio; el pelo de usted es de un color que no le gusta a Juan.

—¿Prefiere quizás el tuyo, eh?

—¡Oh! quiero decir en un hombre—replicó coquetonamente.

—Vamos a ver—dije asiendo el candelero que tenía ella en la mano;—¿qué importa que un hombre tenga el pelo de tal o cual color?

—Lo que sé es que a mí me gusta el de usted; es el rojo de los Elsberg.

—Te repito que lo del color es una bicoca, una fruslería. Como ésta; toma.—Y le di algunas monedas.

—¡Cielo santo!—exclamó.—Lo que es esta noche voy a cerrar la puerta de la cocina, por si acaso.

De entonces acá he aprendido que el color del pelo es en ocasiones detalle de la más alta importancia para un hombre.

III. Francachela nocturna con un pariente lejano

La conducta del guardabosque del Duque al siguiente día, fue tan atenta y se mostró tan servicial, que hubiera bastado para reconciliarme con él, suponiendo que yo hubiese podido guardarle el menor rencor porque a él le gustase o no el color de mi cabello. Habiendo sabido que me dirigía a la capital, se presentó cuando estaba yo almorzando para decirme que una hermana suya, casada con un acomodado mercader de Estrelsau, lo había invitado a ocupar un cuarto en su casa durante las fiestas de la coronación. Que había aceptado de mil amores, pero ahora se hallaba con que sus deberes no le permitían ausentarse. Por lo tanto me rogaba que aceptase la invitación en su lugar, asegurándome que la casa, aunque modesta, era cómoda y limpia, y que su hermana se avendría al cambio con placer; acabando por recordarme las molestias que me aguardaban en los coches atestados del tren, en mis idas y venidas entre Zenda y Estrelsau. Acepté su oferta sin la menor vacilación y él fue a telegrafiar a su hermana mientras yo preparaba mis efectos para tomar el próximo tren. Pero me quedaba todavía el deseo de ir al bosque y llegarme hasta la casilla del guarda; y cuando mi linda camarera me dijo que podía tomar el tren en otra estación, andando cosa de dos leguas a través del bosque, resolví enviar mi equipaje directamente a las señas que había dejado Juan, dar mi paseo y continuar después el viaje a Estrelsau. Juan había partido ya y nada supo de este cambio en mis planes; pero como el único efecto había de ser un retraso de algunas horas en mi llegada a la casa de su hermana, no había para qué enterarlo de ello, y desde luego mi futura huéspeda no se había de preocupar por mi tardanza.

Tomé una ligera colación poco antes de mediodía, y habiéndome despedido de la buena mujer y sus hijas, prometiendo volver a verlas a mi regreso, comencé el ascenso de la colina que lleva al castillo y desde éste al bosque de Zenda. Media hora de pausado andar me llevó a las puertas del castillo. Fortaleza en otro tiempo, los macizos muros se hallaban todavía en buen estado y aparecían muy imponentes. Tras ellos se veía otra sección de la antigua fortaleza, y después de ésta, separada por un ancho y profundo foso que rodeaba también los antiguos edificios, hallábase una hermosa quinta moderna, mandada construir por el difunto Rey y que al presente era la residencia de campo del duque de Estrelsau. Ambas porciones, antigua y moderna, se comunicaban por medio de un puente levadizo, único medio de acceso a la parte antigua de la construcción; en cambio en frente de la quinta se extendía una hermosa y ancha avenida. Era aquella una posesión ideal. Cuando «Miguel el Negro» deseaba compañía, habitaba la quinta; si quería estar solo le bastaba cruzar el puente, alzarlo tras sí, y hubieran sido necesarios un regimiento y una batería de sitio para sacarlo de allí. Proseguí mi camino, alegrándome de ver que el pobre duque Miguel, ya que no pudiese conseguir trono ni princesa, tenía por lo menos una residencia no inferior a la de ningún otro príncipe de Europa.

No tardé en llegar al bosque, cuyos frondosos árboles me proporcionaron fresca sombra por más de una hora. Las ramas se entrelazaban sobre mi cabeza y los rayos del sol podían apenas deslizarse entre las hojas, poniendo aquí y allá brillantes toques sobre el húmedo césped. Encantado con aquel lugar, me senté al pie de un árbol, apoyé la espalda contra su tronco y extendiendo las piernas me entregué a la contemplación de la solemne belleza del bosque, a la vez que aspiraba el delicioso aroma de un buen cigarro. Consumido éste y al parecer satisfecha mi contemplación estética, me quedé profundamente dormido, sin cuidarme para nada del tren que debía de llevarme a Estrelsau ni de la rapidez con que iban deslizándose las horas de aquella tarde. Pensar en trenes en aquel lugar hubiera sido un sacrilegio. Lejos de eso, me puse a soñar que era el feliz esposo de la princesa Flavia, con la cual habitaba en el castillo de Zenda y me paseaba por las sombreadas alamedas del bosque, todo lo cual constituía un sueño muy placentero por cierto. No ocultaré que me hallaba en el acto de estampar un ardiente beso en los lindos labios de la Princesa, cuando oí una voz estridente, que al principio me pareció parte de mi sueño, y que decía:

—¡Pero, hombre, si parece cosa, del diablo! No hay más que afeitarlo y ya tenemos al Rey hecho y derecho.

Aquella ocurrencia me pareció bastante rara, aun para soñada; ¡el sacrificio de mi bien cuidada barba y aguzada perilla transformarme en un monarca! Hallábame a punto de besar otra vez a mi princesa, cuando me convencí, muy a mi pesar, de que estaba despierto.

Abrí los ojos y vi a dos hombres que me contemplaban con gran curiosidad. Ambos vestían trajes de caza y llevaban sus escopetas. Bajo y robusto uno de ellos, con una cabeza redonda como bala de cañón, áspero bigote gris y pequeños ojos azules. El otro era joven, esbelto, de mediana estatura, moreno y de distinguido porte. Desde luego me pareció el primero un veterano y el otro un joven noble, pero también soldado. Más tarde tuve ocasión de ver confirmado mi juicio.

El de más edad se adelantó, haciendo seña al otro de que le siguiera; y éste lo hizo así, descubriéndose cortésmente, a tiempo que yo me ponía en pie.

—¡Hasta la misma estatura!—oí murmurar al veterano, mientras parecía medir atentamente con la vista los seis pies y dos pulgadas de estatura que Dios me ha dado. Después, haciendo el saludo militar, dijo:

—¿Me sería permitido preguntarle a usted su nombre?

—Mi opinión, señores míos—contesté sonriéndome,—es que habiendo tomado ustedes la iniciativa en este encuentro, les toca también comenzar por decirme sus nombres.

El joven se adelantó con faz risueña.

—El coronel Sarto—dijo presentando a su compañero.—Y yo soy Federico de Tarlein; ambos al servicio del rey de Ruritania.

Me incliné y dije descubriéndome:

—Mi nombre es Rodolfo Raséndil y soy un viajero inglés. También he sido por dos años oficial del ejército de Su Majestad la Reina.

—Pues en tal caso somos hermanos de armas—repuso Tarlein tendiéndome la mano, que estreché gustoso.

—¡Raséndil, Raséndil!—murmuró el coronel Sarto. De repente pareció despertarse un claro recuerdo en su memoria y exclamó:

—¡Por vida de! ¿Sois Burlesdón?

—Mi hermano es el actual Conde de este título.

—¡Claro está! Con esa cabeza no podía ser otra cosa—dijo echándose a reír.—¿No conoce usted la historia, Tarlein?

El joven me miró, algo cortado, con una delicadeza que mi cuñada hubiera admirado grandemente. Y deseoso yo de tranquilizarlo, dije chanceándome:

—¡Ah! Por lo visto la historia es tan bien conocida aquí como entre nosotros.

—¡Conocida!—exclamó Sarto.—Y como siga usted algún tiempo en el país no habrá en toda Ruritania quien la dude.

Empecé a sentirme algo inquieto. Si hubiera sabido hasta qué punto podía leerse mi genealogía en mi aspecto, lo hubiera pensado mucho antes de visitar a Ruritania. Pero a lo hecho pecho.

En aquel momento se oyó una voz imperiosa entre los árboles:

—¡Federico! ¿Dónde te has metido, hombre?

Tarlein se sobresaltó y dijo apresuradamente:

—¡El Rey!

El viejo Sarto se limitó a reírse con sorna.

No tardó en aparecer un joven, a cuya vista lancé una exclamación de asombro; y él, al verme, retrocedió un paso, no menos atónito que yo. A no ser por mi barba, por cierta expresión de dignidad debida a su alto rango y también por media pulgada menos de estatura que él podía tener, el rey de Ruritania hubiera podido pasar por Rodolfo Raséndil y yo por el rey Rodolfo.

Permanecimos un momento inmóviles, contemplándonos. Después me descubrí y saludé respetuosamente. El Rey recobró entonces el uso de la palabra y preguntó con extrañeza:

—Coronel, Federico ¿quién es este caballero?

Iba yo a contestar, cuando el coronel Sarto se interpuso y empezó a hablar al rey en voz baja, con su tono gruñón. La estatura del Rey aventajaba mucho a la de Sarto, y mientras escuchaba a éste, sus ojos se fijaban de cuando en cuando en los míos. Por mi parte lo contemplé larga y detenidamente. Nuestra semejanza era en verdad extraordinaria, si bien noté asimismo los puntos de diferencia. La cara del Rey era ligeramente más llena que la mía, el óvalo de su contorno un tanto más pronunciado, muy poco, y me pareció o me imaginé que a las líneas de su boca les faltaba algo de la firmeza (obstinación quizás) que denunciaban mis comprimidos labios. Pero con todo esto y a pesar de esas diferencias menores, nuestro parecido subsistía, innegable, evidente, portentoso.

El coronel dejó de hablar, pero el rostro del Rey siguió contraído; por último, moviéronse sus labios, se encorvó su nariz (exactamente como le sucede a la mía cuando me río), parpadeó y acabó por echarse a reír de tan buena gana y tan fuertemente, que sus carcajadas resonaron en el bosque, proclamando la jovial disposición de su ánimo.

—¡Bienvenido, primo mío!—exclamó acercándose y dándome una palmada en el hombro, sin cesar de reírse.—Muy disculpable es mi sorpresa, porque no todos los días ve un hombre su propia imagen contemplándole frente a frente. ¿Verdad, señores?

—Espero no haber incurrido en el desagrado de Vuestra Majestad...—comencé a decir.

—¡No, a fe mía! Y la verdad es que nadie con más razón puede aspirar al favor del Rey. ¿Adónde se dirige usted?

—A Estrelsau, para presenciar la coronación.

El Rey miró a sus servidores; continuaba sonriéndose, pero su expresión revelaba ligera inquietud. Sin embargo, el lado cómico de la situación volvió a imponérsele.

—¡Tarlein!—exclamó,—daría mil escudos por contemplar mañana la cara de mi hermano Miguel cuando vea que somos dos. ¡Un par de Reyes, nada menos!—Y sus alegres carcajadas resonaron de nuevo.

—Hablando seriamente—dijo Tarlein,—dudo que sea muy acertada la visita del señor Raséndil a Estrelsau en estos momentos.

El Rey encendió un cigarrillo.

—¿Y bien, Sarto?—preguntó.

—No debe de ir—gruñó el veterano.

—Veamos, coronel; es decir que el señor Raséndil me haría un servicio si...

—Eso, eso; Vuestra Majestad puede darle la forma más cortés y diplomática que juzgue conveniente—dijo Sarto sacando del bolsillo una enorme pipa.

—¡Basta, señor!—exclamé dirigiéndome al Rey.—Hoy mismo saldré de Ruritania.

—¡Eso no!—exclamó el Rey.—Cenará usted conmigo esta noche, suceda después lo que quiera, ¡Voto a! como dice Sarto; no se encuentra uno de manos a boca con un pariente todos los días.

—Nuestra cena de esta noche será sobria—dijo Tarlein.

—No tal—repuso el Rey,—teniendo por convidado a nuestro primo. No por eso olvido que debemos partir mañana temprano, Tarlein.

—Tampoco lo olvido yo—dijo el coronel fumando gravemente,—pero siempre habrá tiempo de pensar en ello mañana.

—¡Ah, viejo Sarto!—exclamó el Rey.—¡Bien dicho! Cada cosa a su tiempo. Andando, señor Raséndil. Y a propósito, ¿qué nombre le han puesto a usted?

—El mismo de Vuestra Majestad—contesté inclinándome.

—¡Bravo! Eso prueba que no se avergüenzan de nosotros—repuso riéndose.—¡Vamos, primo Rodolfo. No tengo palacio ni casa propia por aquí, pero mi amado hermano Miguel me presta una de las suyas y en ella procuraremos tratarlo a usted lo mejor posible.—Y tomando mi brazo, indico a los otros que nos siguiesen y nos pusimos en camino.

Anduvimos por el bosque cosa de media hora y el Rey fumó cigarrillos y charló incesantemente. Mostró vivo interés por mi familia, se rió en grande cuando hablé de los retratos con cabellera de Elsberg, existentes en nuestra galería de antepasados y redobló su risa al oir que mi expedición a Ruritania era secreta.

—¿Es decir que tiene usted que visitar a su depravado primo a escondidas?—dijo.

Al salir del bosque nos hallamos ante un rústico pabellón de caza. Era una construcción de un solo piso, toda de madera. Salió a recibirnos un hombrecillo con modesta librea, y la única otra persona que allí habitaba era una vieja, la madre de Juan, el guardabosque del Duque, según averigüé después.

—¿Está lista la cena, José?—preguntó el Rey.

El hombrecillo contestó que todo estaba pronto y no tardamos en sentarnos a una mesa abundantemente servida. El Rey comía con apetito, Tarlein moderadamente y Sarto con voracidad. Yo me mostré buen comedor, como lo he sido siempre, y el Rey lo notó, sin ocultar su aprobación.

—Nosotros, los Elsberg, nos portamos siempre bien en la mesa, observó.—Pero ¿qué es esto? ¿Estamos comiendo en seco? ¡Vino, José! Eso de engullir sin beber se queda para los animales. ¡Pronto, pronto!

José puso apresuradamente sobre la mesa numerosas botellas.

—¡Acuérdese Vuestra Majestad de la ceremonia de mañana!—dijo Tarlein.

—¡Eso es, mañana!—repitió el viejo Sarto.

El Rey vació una copa a la salud de «su primo Rodolfo,» como tenía la bondad de llamarme, y yo apuré otra en honor «del color de los Elsberg,» brindis que le hizo reír mucho. No diré si era buena la carne que comíamos, pero sí que los vinos eran exquisitos y que les hicimos justicia. Tarlein se aventuró una vez a detener la mano del Rey.

—¿Cómo se entiende?—exclamó éste—Acuérdate, Federico, de que debes partir mañana antes que yo, y por lo tanto tienes que dejar de beber dos horas antes.

Tarlein vio que yo no comprendía.

—El coronel y yo—me explicó,—saldremos de aquí a las seis de la mañana para ir a caballo a Zenda, regresaremos con la guardia de honor a las ocho, y entonces cabalgaremos todos juntos hasta la estación.

—¡El diablo cargue con la tal guardia de honor!—gruñó Sarto.

—No, ha sido una atención muy delicada de mi hermano el pedir esa distinción para su regimiento—dijo el Rey.—¡Ea, primo! Tú no tienes que levantarte temprano. ¡Venga otra botella!

Y despaché otra botella, o, mejor dicho, parte de ella, porque lo menos los dos tercios de su contenido se los apropió el monarca. Tarlein renunció a predicar moderación y pronto nos pusimos todos tan alegres de cascos como sueltos de lengua. El Rey empezó a hablar de lo que se proponía hacer; Sarto, de lo que había hecho; Tarlein se destapó por unas aventuras amorosas, y a mí me dio por encomiar los altos méritos de la dinastía de los Elsberg. Hablábamos todos a la vez y seguíamos al pie de la letra la máxima favorita de Sarto: mañana será otro día.

—Por fin, el Rey puso su copa sobre la mesa y se reclinó en la silla.

—Ya he bebido bastante—dijo.

—No seré yo quien contradiga al Rey—asentí.

La verdad es que había bebido demasiado. Y entonces se presentó José y puso delante del Rey un venerable frasco, que, por su apariencia, debía de haber reposado largos años en obscuro sótano.

—Su Alteza el duque de Estrelsau me ordenó presentar este frasco al Rey cuando hubiese gustado ya otros vinos menos añejos, y suplicarle que lo bebiera en prenda del cariño que le profesa su hermano.

—¡Bravo, Miguel!—exclamó el Rey.—¡Destápalo pronto, José! ¿Pues qué se ha creído mi caro hermano? ¿Que me iba a asustar una botella más?

Destapado el frasco, José llenó el vaso del Rey. Apenas hubo probado el vino nos dirigió una mirada solemne, muy en consonancia con el estado en que se hallaba, y dijo:

—¡Caballeros, amigos míos, primo Rodolfo (¡cuidado que es escandalosa la historia esa, Rodolfo!), la mitad de Ruritania os pertenece desde este momento. ¡Pero no me pidáis una sola gota de este frasco divino, que vacío a la salud de... de ese taimado, del bribón de mi hermano, Miguel el Negro!

Y llevándose el frasco a los labios bebió hasta la última gota, lo lanzó después lejos de sí y apoyando los brazos en la mesa dejó caer sobre ellos la cabeza.

Bebimos una vez más a la salud del Rey y es todo lo que recuerdo de aquella noche. Que no es poco recordar.

IV. El rey acude a la cita

Al despertarme no hubiera podido decir si había dormido un minuto o un año. Me despertó repentinamente una sensación de frío; el agua chorreaba de mi cabeza, cara y traje, y frente a mí divisé al viejo Sarto, con su burlona sonrisa y con un cubo vacío en la mano. Sentado a la mesa, Federico de Tarlein, pálido y desencajado como un muerto.

Me puse en pie de un salto, y exclamé encolerizado:

—¡Esto pasa de broma, señor mío!

—¡Bah! No tenemos tiempo de disputar. No había modo de despertarlo, y son las cinco.

—Repito, coronel...—iba a continuar más irritado que nunca, aunque medio helado el cuerpo, cuando me interrumpió Tarlein apartándose de la mesa y diciéndome:

—Mire usted, Raséndil.

El Rey yacía tendido cuan largo era en el suelo. Tenía el rostro tan rojo como el cabello y respiraba pesadamente. Sarto, el irrespetuoso veterano, le dio un fuerte puntapié, pero no se movió. Entonces noté que la cara y cabeza del Rey estaban tan mojadas como las mías.

—Ya hace media hora que procuramos despertarlo—dijo Tarlein.

—Bebió tres veces más que cualquiera de nosotros—gruñó Sarto.

Me arrodillé y le tomé el pulso, cuya lentitud y debilidad eran alarmantes.

—¿Narcótico?... ¿la última botella?—pregunté con voz apenas perceptible.

—Vaya usted a saber—dijo Sarto.

—Hay que llamar a un médico.

—No encontraríamos uno en tres leguas a la redonda; y además ni cien médicos son capaces de hacerlo ir a Estrelsau. Sé muy bien en qué estado se halla. Todavía seguirá seis o siete horas por lo menos sin mover pie ni mano.

—¿Y la coronación?—exclamé horrorizado.

Tarlein se encogió de hombros, como tenía por costumbre.

—Tendremos que avisar que está enfermo—dijo.

—Me parece lo único que podemos hacer—asentí.

El viejo Sarto, en quien la francachela de la víspera no dejara el más leve rastro, había encendido su pipa y fumaba furiosamente.

—Si no lo coronan hoy—dijo,—apuesto un reino a que no lo coronan nunca.

—¿Pero, por qué?

—Toda la nación, puede decirse, está esperándolo allá en la capital con la mitad del ejército, y digo, con Miguel el Negro a la cabeza. ¿Mandaremos a decirles que el Rey está borracho?

—¡Que está enfermo!

—¿Enfermo?—repitió Sarto con sarcasmo.—Demasiado saben la enfermedad que le aqueja. No sería la primera vez.

—Digan lo que quieran—repuso Tarlein con desaliento.—Yo mismo llevaré la noticia y la daré lo mejor que sepa y pueda.

—¿Creen ustedes que el Rey está bajo la influencia de un narcótico?—preguntó Sarto.

—Yo sí lo creo—repliqué.

—¿Y quién es el culpable?

—Ese infame, Miguel el Negro—rugió Tarlein.

—Así es—continuó el veterano;—para que no pudiera concurrir a la coronación. Raséndil no conoce todavía a nuestro sin par Miguel. Pero usted, Tarlein, ¿cree usted que el Duque no tiene ya elegido candidato al trono, el candidato de la mitad de los habitantes de Estrelsau? Tan cierto como hay Dios, Rodolfo pierde la corona si no se presenta hoy en la capital. Cuidado que yo conozco a Miguel el Negro.

—¿No podríamos llevarlo nosotros mismos a la ciudad?—pregunté.

—Bonita figura haría—dijo Sarto con profundo desprecio.

Tarlein ocultó el rostro entre las manos. La respiración del Rey se hizo más ruidosa y Sarto lo empujó con el pie.

—¡Maldito borracho!—murmuró.—¡Pero es un Elsberg, es el hijo de su padre, y el diablo me lleve si permito que Miguel el Negro usurpe su puesto!

Permanecimos en silencio algunos instantes; después Sarto, frunciendo las pobladas cejas y retirando su pipa de la boca, dijo dirigiéndose a mí:

—A medida que el hombre envejece cree en el hado. El hado lo ha traído a usted aquí y el hado lo lleva también a Estrelsau.

—¡Cielo santo!—murmuré, retrocediendo tembloroso.

Tarlein me miró con viva ansiedad.

—¡Imposible!—dije sordamente.—Lo descubrirían.

—Es una posibilidad contra una certeza—dijo Sarto.—Si se afeita usted apuesto a que nadie duda que sea el Rey. ¿Tiene usted miedo?

—¡Señor mío!

—¡Vamos, joven, calma! Ya sabemos que si lo descubren le cuesta a usted la vida, y también a mí y a Federico. Pero si se niega usted, le juro que Miguel el Negro se sentará en el trono antes de que acabe el día y el Rey yacerá en una prisión o en su tumba.

—El Rey no lo perdonaría nunca—balbuceé.

—¿Pero somos mujerzuelas o qué? ¿Quién se cuida de que el Rey perdone o no?

Medité profundamente, y en la habitación no se oía otro rumor que el tic-tac del reloj, cuyo péndulo osciló cincuenta, sesenta, setenta veces; por fin mi rostro debió reflejar mis pensamientos, porque de repente el viejo Sarto asió mi mano y exclamó conmovido:

—¿Irá usted?

—Sí, iré—dije mirando el postrado cuerpo del Rey.

—Esta noche—continuó Sarto apresuradamente y en voz baja,—debemos pasarla en palacio, de acuerdo con el programa trazado de antemano. Pues bien, apenas nos dejen solos, se queda Federico de guardia en la cámara del Rey, montamos a caballo usted y yo y nos venimos aquí a escape. El Rey estará esperándonos, informado de todo por José, e inmediatamente se pondrá conmigo camino de Estrelsau, mientras que usted saldrá disparado para la frontera, como si lo persiguiera una legión de demonios.

Comprendí el plan en un instante e hice un ademán de aprobación.

—Siempre es una probabilidad—dijo Tarlein,—que por primera vez mostraba alguna confianza en el proyecto.

—Si antes no descubren la substitución—indiqué.

—¡Y si la descubren, yo me encargo de mandar a Miguel el Negro a los profundos infiernos antes de que me toque el turno, como hay Dios!—exclamó Sarto.—Siéntese usted en esa silla, joven.

Obedecí y él se precipitó fuera de la habitación, gritando: «¡José, José!» Volvió a los dos minutos y José con él, trayendo este último un jarro de agua caliente, jabón y navajas de afeitar. El pobre mozo tembló al oir las explicaciones que el coronel creyó necesario darle antes de decirle que me afeitase.

De repente Tarlein se dio una palmada en la frente exclamando:

—¡Pero la guardia, la guardia de honor, que vendrá aquí, verá y se enterará de todo!

—¡Bah! No la esperaremos. Iremos a caballo a la estación de Hofbau, donde tomaremos el tren, y cuando llegue la guardia ya habrá volado el pájaro.

—¿Y el Rey?

—En el sótano, adonde lo voy a transportar ahora mismo.

—¿Y si lo descubren?

—No lo descubrirán. José se encargará de despistarlos.

—Pero...

—¡Basta ya!—rugió Sarto, dando una patada en el suelo.—¡Por vida de! ¿No sé yo lo que arriesgamos? Si lo descubren no se verá en peor predicamento que si no lo coronan hoy en Estrelsau.

Hablando así abrió la puerta de par en par e inclinándose asió y levantó en sus brazos el cuerpo del Rey, dando prueba de un vigor que yo estaba lejos de suponerle. En aquel instante apareció en la puerta la madre de Juan el guardabosque. Permaneció allí algunos momentos y sin manifestar la menor sorpresa nos volvió la espalda y se alejó por el corredor.

—¿Habrá oído?—preguntó Tarlein.

—¡Yo le cerraré la boca!—dijo Sarto con siniestro acento;—y salió llevándose el cuerpo inerte del Rey.

Por mi parte, me dejé caer, medio alelado, en amplio sillón, y José procedió a rasurarme sin pérdida de momento; no tardó en desaparecer mi pobre barba, quedando mi cara tan monda como la del Rey. Al mirarme Tarlein, no pudo menos de exclamar, asombrado:

—¡Por Dios vivo! ¡Ahora sí que realizaremos nuestro plan.

Eran las seis y no teníamos tiempo que perder. Sarto me llevó apresuradamente al cuarto del Rey, donde me puse el uniforme de coronel de la Guardia Real, no olvidando preguntar a Sarto, mientras me calzaba las botas, qué había sido de la vieja.

—Me juró que nada había oído—contestó el coronel;—pero para mayor seguridad la até de manos y pies, la amordacé de firme y la tengo bajo llave en la carbonera, pared por medio del sótano donde duerme el Rey. José cuidará de ambos más tarde.

No pude reprimir la risa y el mismo Sarto me imitó.

—Me figuro—continuó,—que cuando José anuncie a la escolta la partida del Rey, la atribuirán a que nos temíamos una mala pasada. Desde luego juraría que Miguel el Negro no espera ver hoy al Rey en Estrelsau.

Me puse el casco y Sarto me entregó la regia espada, mirándome prolongada y cuidadosamente.

—¡Gracias a Dios que el Rey se afeitó la barba!—exclamó.

—¿Por qué lo hizo?—pregunté.

—Porque la princesa Flavia así lo quiso. Y ahora, a caballo.

—¿Está todo seguro aquí?

—Nada está seguro hoy, pero cuanto podemos hacer está hecho.

En aquel momento se nos unió Tarlein, que vestía uniforme de capitán del mismo regimiento que yo, y a Sarto le bastaron cinco minutos para ponerse también su respectivo uniforme. José anunció que los caballos estaban listos; montamos y partimos al trote rápido. Había empezado la peligrosa aventura. ¿Cuál sería su término?

El aire fresco de la mañana despejó mi cabeza y pude darme perfecta cuenta de cuanto me iba diciendo Sarto, que mostraba sorprendente serenidad. Tarlein apenas habló y cabalgaba como si estuviera dormido; pero Sarto, sin dedicar una sola palabra más al Rey, empezó a instruirme desde luego en mil cosas que necesitaba saber, a enseñarme minuciosamente todo lo relativo a mi vida pasada, a mi familia, mis gustos, ocupaciones, defectos, amigos y servidores. Me detalló la etiqueta de la Corte de Ruritania, prometiendo hallarse constantemente a mi lado para indicarme los personajes a quienes yo debía conocer y la mayor o menor ceremonia con que convenía recibirlos y tratarlos.

—Y a propósito—me dijo,—¿supongo que es usted católico?

—No por cierto—contesté.

—¡Santo Dios, un hereje!—gimió el veterano; y en seguida me enumeró una porción de prácticas y ceremonias del culto católico que me importaba conocer.

—Afortunadamente—continuó,—no se esperará que esté usted muy al tanto, porque el Rey se ha mostrado ya bastante descuidado e indiferente en materia de religión. Pero hay que aparecer lo más afable del mundo con el cardenal, a quien esperamos atraer a nuestro partido ahora que tiene una cuestión pendiente con Miguel el Negro sobre asuntos de procedencia.

Llegamos a la estación, y Tarlein, que había recobrado en parte su presencia de ánimo, dijo brevemente al sorprendido jefe de estación, que el Rey había tenido a bien modificar sus planes. Llegó el tren, tomamos asiento en un coche de primera, y Sarto, cómodamente arrellanado, reanudó su lección. Consulté mi reloj, mejor dicho el reloj del Rey, y vi que eran las ocho en punto.

—¿Habrán ido a buscarnos?—¡pregunté.

—¡Con tal que no descubran al Rey!—dijo Tarlein inquieto, mientras que el impasible Sarto se encogía de hombros.

A las nueve y media vi por la ventanilla las torres y los edificios más elevados de una gran ciudad.

—Vuestra capital, señor—dijo Sarto con cómica reverencia, e inclinándose me tomó el pulso.—Algo agitado—continuó con su eterno tono gruñón.

—¡Como que no soy de piedra!—exclamé.

—Pero servirá usted para el caso—dijo satisfecho.—En cambio este Federico de mis pecados parece sufrir un ataque de tercianas. ¡Saca el frasco, muchacho, y toma un trago!

Tarlein lo hizo como se lo decían.

—Llegamos con una hora de anticipación—observó Sarto.—En cuanto echemos pie a tierra enviaremos aviso de la llegada de Vuestra Majestad, porque lo que es ahora no habrá nadie esperándonos. Y entretanto...

—Entretanto—dije yo,—el Rey acabará por darse a Satanás si tiene que seguir mucho tiempo todavía sin almorzar.

El viejo Sarto se rió socarronamente y me tendió la mano.

—¡Es usted un verdadero Elsberg!—dijo. Después nos miró detenidamente y exclamó:—¡Dios haga que nos veamos vivos esta noche!

—¡Amén!—fue el comentario de Federico de Tarlein.

El tren se detuvo. Mis dos compañeros bajaron al andén, descubriéndose y dejando abierta la portezuela del coche. Por un momento fui presa de una profunda emoción. Después afirmé el casco sobre mi cabeza, dirigí al Cielo (lo confieso sin avergonzarme) una breve y ferviente súplica, y bajé al andén de la estación de Estrelsau.

Momentos después todo era movimiento y confusión; hombres que se acercaban apresuradamente, sombrero en mano, y partían con no menor celeridad; otros que me conducían al restaurant de la estación, jinetes que salían a escape con dirección a los cuarteles, a la catedral, a la residencia del duque Miguel. Tomaba yo el último sorbo de mi taza de café cuando se oyeron los alegres tañidos de las campanas en toda la ciudad, y poco después llegaron a mis oídos los acordes de una banda de música y las primeras aclamaciones de la multitud.

¡El rey Rodolfo V se hallaba en su leal ciudad de Estrelsau!

—¡Viva el Rey!—gritaba el pueblo fuera de la estación.—¡Dios proteja a nuestro Soberano!

En los labios del viejo Sarto apareció irónica sonrisa.

—¡Dios los proteja a los dos!—le oí murmurar.—¡Animo, joven!—y su mano estrechó disimuladamente la mía.

V. Aventuras de un suplente

Volví al andén seguido de cerca por Federico de Tarlein y el coronel Sarto, y lo primero que hice fue cerciorarme de que tenía el revólver a mano y de que mi espada salía fácilmente de la vaina. Me esperaba un alegre grupo de jefes militares y grandes dignatarios y al frente de ellos un anciano alto, de porte marcial y cubierto el pecho de cruces y medallas. Ostentaba la banda roja y amarilla de la Rosa de Ruritania que, dicho sea de paso, decoraba también mi indigno pecho.

—El general Estrakenz—murmuró Sarto, haciéndome saber así que me hallaba en presencia del más famoso veterano del ejército de Ruritania.

Detrás del General se hallaba un hombrecillo que vestía amplio ropaje rojo y negro.

—El Canciller del Reino—murmuró Sarto.

El General me saludó con algunas leales palabras y en seguida me presentó las excusas del duque de Estrelsau. Al parecer, éste era víctima de una indisposición súbita que le impedía venir a la estación, pero me rogaba que le permitiese esperarme en la catedral. Manifesté mi sentimiento, acepté bondadosamente las excusas del General y recibí los plácemes de muchos y muy distinguidos personajes. Ninguno manifestó la menor sospecha y sentí que iba recobrando la serenidad y que mi corazón latía menos apresuradamente. Pero Tarlein seguía pálido y noté que le temblaba la mano al dársela al General.

El cortejo formó frente a la estación, donde monté a caballo, teniéndome el estribo el anciano General. Los dignatarios civiles tomaron asiento en sus carruajes y comencé a recorrer las calles de Estrelsau, con Estrakenz a mi derecha y Sarto (que como mi primer ayudante tenía derecho a ello) a mi izquierda. La ciudad consta de una parte antigua y otra moderna. Anchas avenidas y barrios enteros de magníficos edificios rodean la primitiva ciudad, con sus calles estrechas, tortuosas y pintorescas. En los barrios modernos residen las clases acomodadas, y en el centro están situadas las tiendas y vive una población pobre, turbulenta y en parte criminal, que se oculta en sus obscuras callejuelas.

Aquellas divisiones sociales y locales correspondían, según los informes suministrados por Sarto, a otra distinción mucho más importante para mí. La Ciudad Nueva estaba toda por el Rey; para la Ciudad Vieja, Miguel de Estrelsau era una esperanza, un héroe y un ídolo.

Brillante era el golpe de vista al pasar la cabalgata por la Avenida Central y también en la gran plaza donde se alzaba el palacio regio. Allí me encontraba rodeado de mis más adictos partidarios. Todas las casas ostentaban rojas colgaduras y banderas; en la calles habían construido gradas para los espectadores y pasé saludando a derecha e izquierda, entre entusiastas aclamaciones, saludado a mi vez por millares de blancos pañuelos. Los balcones estaban llenos de damas vistosamente ataviadas, que aplaudían, saludaban y me dirigían sus más seductoras miradas. Caía sobre mí una lluvia de rosas; tomé un precioso capullo que se había enredado en las crines de mi caballo y lo coloqué en el ojal de mi levita de uniforme. El General se sonrió con ironía. Yo le había dirigido frecuentes miradas, pero su impasible semblante no me revelaba si era o no de los míos.

—Para los Elsberg, la rosa roja, General—le dije alegremente; a lo cual contestó con un ademán afirmativo.

He dicho «alegremente» y parecerá extraño. Pero la verdad es que me hallaba por completo bajo el dominio de la intensa excitación creada por aquellas circunstancias excepcionales. En aquel momento no distaba mucho de creerme realmente el Rey, y alzando la frente dirigí una mirada de triunfo a los balcones atestados de hermosas. De repente me sobresalté; acababa de ver, fijos los ojos en mí, el hermoso rostro de mi compañera de viaje, Antonieta de Maubán; noté que también ella parecía sorprendida, que se movían sus labios y que se inclinaba hacia mí como para verme mejor. Me repuse de mi sorpresa inmediatamente y sostuve su mirada con toda calma. Pero también me acordé del revólver, pronto a empuñarlo. ¿Qué hubiera sucedido si la hermosa dama hubiese gritado en aquel momento: «¡Ese no es el Rey!»?

Pero, en fin, pasamos sin tropiezo hasta llegar a un punto donde el General, volviéndose en la silla, hizo una señal con la mano e inmediatamente nos rodearon los coraceros, de suerte que ninguna persona del pueblo hubiera podido llegarse hasta mí. Era que salíamos ya de la Ciudad Nueva para entrar en los barrios del duque Miguel, y aquella precaución del General me indicó con más claridad aún de lo que hubieran podido hacerlo las palabras, cuál era el estado de la opinión en aquella parte de la ciudad. Pero ya que el hado me había convertido en Rey, lo menos que podía yo hacer era representar dignamente, mi papel.

—¿Por qué este cambio, General?—pregunté.

Estrakenz se mordió el cano bigote.

—Es más prudente, señor—murmuró.

Inmediatamente detuve mi caballo.

—Sigan andando los que me preceden—mandé,—hasta llegar a cincuenta varas de mí; y usted, General, y el coronel Sarto, esperarán aquí con el resto de la escolta hasta que yo también me haya adelantado otras cincuenta varas. Quiero ir absolutamente solo, para demostrar a mi pueblo que tengo confianza en él.

Sarto extendió una mano hacia mí, y el General pareció vacilar.

—¿No han sido comprendidas mis órdenes?—pregunté; y el General, mordiéndose otra vez el bigote, dio las órdenes necesarias.—Vi que Sarto se sonreía ligeramente, pero también me hizo con la cabeza una señal negativa. Cierto es que si me hubieran asesinado aquel día en las calles de Estrelsau, el bueno de Sarto se hubiera visto en apurado trance.

No estará de más decir aquí que yo llevaba puesto un uniforme blanco y cruzada al pecho la ancha banda de la rosa; el casco era de plata con adornos de oro, y las altas botas de montar completaban mi atavío. Hubiera sido hacer una injusticia al Rey el no confesar, modestia aparte, que con aquellos arreos hacía yo muy buena figura a caballo. Tal fue también la opinión del pueblo, pues al adelantarme aislado por las callejas sombrías y apenas decoradas de la Ciudad Vieja, se oyó primero un murmullo, después una aclamación, y una viejecilla asomada al balcón de una casucha, repitió en alta voz el dicho tradicional y popularísimo:

—«¡Es rojo, luego es bueno!»

Al oirla me sonreí y quitándome el casco mostré al pueblo mi roja cabeza, acto que fue acogido con grandes aclamaciones.

Cabalgando solo, el paseo era mucho más interesante para mí, porque podía oir los comentarios del pueblo.

—Parece más pálido que de costumbre—dijo uno.

—Y tú parecerías un espectro si llevaras la vida que él hace—fue la irrespetuosa respuesta de otro.

—Es más alto de lo que yo creía—comentó un tercero.

—Sus retratos no le hacen mucho favor—dijo una bonita muchacha, cuidando de que yo la oyese. Pura lisonja, sin duda.

Pero, a pesar de aquellas muestras aisladas de aprobación e interés, la mayoría de la población miguelista me recibió en silencio y con ceñudos semblantes, y en gran número de casas se veía el retrato de mi muy amado hermano, irónica manera de dar la bienvenida al Rey. Me alegré de que éste no estuviera allí para presenciar el nada grato espectáculo. Era Rodolfo de carácter poco sufrido y probablemente no lo hubiera tomado con la imperturbable calma que yo demostré.

Llegamos por fin a la catedral, cuya gran mole de piedra obscura, embellecida con numerosas estatuas y las puertas más primorosas entre las de todos los templos de Europa, se alzaba ante mí por primera vez, haciéndose comprender toda la audacia de mi conducta. Al desmontar vi confusamente cuanto me rodeaba; el General, Sarto y la multitud de sacerdotes y religiosos que a la puerta esperaban. Y con igual vaguedad se me aparecían todos los objetos al recorrer la gran nave central, mientras el órgano dejaba oir sus notas majestuosas. No distinguí la brillante concurrencia que llenaba el templo, y apenas vi al venerable cardenal cuando dejó su solio para recibirme. Tan sólo dos rostros se me aparecieron con toda precisión y claridad: el de una joven, pálido y encantador, realzado por una corona del hermoso cabello rojo de los Elsberg (porque en una mujer es hermosísimo); y el semblante de un hombre cuyas encendidas mejillas, negro cabello y obscuros ojos de penetrante mirada, me anunciaron que me hallaba por fin en presencia de mi hermano, Miguel el Negro. Y al verme, sus mejillas palidecieron de repente y el casco se le escapó de las manos y cayó ruidosamente al suelo. Era indudable que hasta aquel momento no había creído en la presencia del Rey en Estrelsau.

No recuerdo cosa alguna de lo que sucedió después. Me arrodillé ante el altar y el cardenal ungió mi frente; después extendí la mano y tomé de las suyas la corona de Ruritania, que puse sobre mi cabeza, prestando a la vez el juramento regio. Volvió a oirse el órgano, el General ordenó a los heraldos que me proclamasen y Rodolfo V quedó coronado Rey; imponente ceremonia reproducida en un cuadro magnífico que hoy adorna mi comedor. El retrato del Rey es acabadísimo.

La dama de pálido rostro y encantadora cabellera se aproximó entonces, sostenida la cola del vestido por dos pajecillos, y el heraldo anunció:

—¡Su Alteza Real la princesa Flavia!

Hízome profunda reverencia y tomando mí mano la beso. Vacilé un momento. Después la atraje hacia mí y deposité dos besos en sus mejillas, que coloreó el rubor. Tras ella, Su Eminencia el cardenal llevó también mi mano a sus labios y me presentó una carta autógrafa de Su Santidad, ¡la primera y la última que he recibido de tan elevado personaje!

Vino después el duque de Estrelsau. Juraría que le temblaban las piernas y miraba a derecha e izquierda como si hubiera querido huir de allí; tenía el rostro amoratado, y al tomar mi mano con las agitadísimas suyas para besarla, noté que sus labios estaban secos y ardientes. Dirigí una rápida mirada a Sarto, que se sonreía socarronamente, y resuelto a cumplir mi deber hasta el fin, en la posición que me había deparado la suerte, abracé a mi muy amado Miguel y le di un beso fraternal. No dudo que uno y otro nos alegramos de ver terminada aquella comedia.

Pero ni en el rostro de la Princesa, ni en el de ninguna otra persona allí presente, noté el menor indicio de duda o extrañeza. Si el Rey hubiera estado a mi lado, habrían podido distinguirnos sin gran dificultad. Pero no podían imaginarse que yo fuese otro que el Rey, tanta era nuestra semejanza; y allí permanecí por espacio de una hora, tan a mis anchas y al fin tan fatigado por la ceremonia como si hubiese sido Rey toda la vida. Continuó el besamanos y me saludaron también todos los miembros del cuerpo diplomático extranjero, entre ellos lord Tofán, el Embajador inglés, en cuyos salones de la Plaza Grosvenor de Londres, había bailado yo una docena de veces. A Dios gracias, el buen señor era medio cegato y no se dio por entendido.

Vino después el regreso por las calles de la capital hasta palacio, y no dejé de oir algunos vivas al duque Miguel, quien, según me dijo después Tarlein, iba royéndose las uñas y como absorto en negros pensamientos, tan anonadado que hasta sus mismos admiradores convinieron en que debió haber mostrado menos desaliento. Hice el camino de regreso en una carretela descubierta, teniendo a mi lado a la princesa Flavia, lo cual hizo exclamar a un palurdo:

—¿Cuándo es la boda?

La pregunta le valió una puñada por parte de otro espectador, que gritó: «¡Viva el duque Miguel!» y la Princesa volvió a ruborizarse, más hermosa que nunca.

Grande era el aprieto en que me hallaba junto a ella, porque había olvidado preguntar a Sarto el estado exacto de mis relaciones con Flavia; y a decir verdad, si yo hubiera sido el Rey, habría deseado que aquellas relaciones estuviesen lo más avanzadas posible, porque ni soy de piedra ni podía olvidar el par de besos dados a mi bella prima. En la duda, preferí guardar silencio, hasta que algo más tranquila la Princesa, me dijo:

—¿Sabes Rodolfo, que te encuentro hoy algo cambiado?

No era extraño, pero la pregunta era algo inquietante.

—Me pareces—continuó—más grave y serio, hasta pensativo, y casi estoy por decir también que más delgado. ¿Será posible que tú, con tu carácter, hayas empezado a tomar la vida en serio?

Por donde se verá que la princesa Flavia tenía del Rey un concepto muy parecido al que mi cuñada Rosa tenía formado de mí. Hice un esfuerzo para sostener aquella difícil conversación.

—¿Te sería grato ese cambio?—le pregunté dulcemente.

—¡Oh, demasiado conoces mi opinión sobre ese punto!—contestó apartando la vista.

—Procuraré hacer siempre lo que sea de tu agrado—continué; y al notar su sonrisa y el leve rubor, no pude menos de decirme, que por lo pronto, representaba bien el panel de Rey y aun le estaba haciendo a éste un famoso servicio. Proseguí, pues, con toda sinceridad.

—Te aseguro, mi querida prima, que nada en mi vida me ha afectado tan profundamente como la recepción de que he sido objeto hoy.

Volvió a aparecer su animada sonrisa, que se disipó un instante después, al murmurar:

—¿Reparaste en Miguel?

—Sí, no parecía muy satisfecho que digamos.

—¡Tén cuidado! No le vigilas bastante, estoy segura de ello. Ya sabes que...

—Sí, ya sé que ambiciona precisamente lo que yo poseo.

—Eso es. ¡Silencio!

Entonces (y el hecho no tiene justificación posible, porque obligué y comprometí al Rey mucho más de lo que tenía derecho a hacer) me sentí dominado por la hermosa y continué:

—Y también algo más que no poseo aún, pero que espero conquistar algún día.

De haber sido yo el Rey, la respuesta que recibí me hubiera parecido suficientemente animadora:

—¿No crees, primo, haber contraído hoy bastantes responsabilidades para un solo día?

El estampido de los cañones y el toque penetrante de las cornetas nos anunciaron que habíamos llegado al palacio. Nos esperaban guardias y lacayos formados en largas hileras; y dando la mano a la Princesa subí con ella la gran escalera del regio edificio, morada de mis antepasados, de la cual tomé posesión como Rey coronado. Me senté después a mi propia mesa, teniendo a mi derecha a la Princesa, al otro lado de ésta a Miguel el Negro y a mi izquierda al venerable cardenal. Detrás de mi sillón se hallaba el coronel Sarto, y al otro extremo de la mesa vi a Federico de Tarlein, quien, por cierto, apuró su primera copa de champaña algo antes de lo que en rigor se lo permitía la etiqueta.

No pude menos de preguntarme qué estaría haciendo en aquel momento el rey de Ruritania.

VI. El secreto de un sótano

Nos hallábamos en el gabinete del Rey, Federico de Tarlein, Sarto y yo. Me dejé caer rendido en un sillón de brazos. Sarto encendió su pipa y aunque no formuló la menor felicitación por el maravilloso éxito de nuestra descabellada tentativa, su aspecto revelaba claramente la satisfacción, de que estaba poseído. Cuanto a Tarlein, nuestro triunfo y algunas copas de buen vino habían hecho de él otro hombre.

—¡Qué recuerdo para usted el de este día!—exclamó.—Confieso que yo también quisiera ser Rey por doce horas. Pero cuidado, Raséndil, con tomar su papel muy por lo serio. No me admira que Miguel el Negro pareciese hoy más negro y tétrico que nunca, visto que usted y la Princesa parecían tener tantas cosas que decirse.

—¡Qué hermosa es!—exclamé.

—Prescindamos de ella—dijo Sarto.—¿Está usted pronto a partir?

—Sí—contesté con un suspiro.

Eran las cinco y a las doce volvería a convertirme en Rodolfo Raséndil, transformación a la cual me referí chanceándome.

—Y afortunado será usted—comentó Sarto,—si a las doce no es el finado Roberto Raséndil. ¡Vive el cielo! No sentiré mi cabeza segura sobre los hombros mientras se halle usted en la ciudad. ¿Sabe usted, amigo Raséndil, que el duque Miguel ha recibido hoy noticias de Zenda? Se retiró a una habitación para leerlas a solas y al salir parecía aturdido.

—Estoy pronto—dije, sintiéndome menos dispuesto que nunca a prolongar mi permanencia en Estrelsau.

—Tengo que extender un permiso para que podamos salir de la ciudad—continuó Sarto, sentándose.—Miguel es Gobernador de la plaza, como ustedes saben y hay que esperar que no nos faltarán obstáculos. El documento tiene que firmarlo usted.

—Querido coronel, no he nacido para falsificador.

Sarto sacó un papel del bolsillo.

—Aquí está la firma del Rey—dijo.—Y aquí tengo un pliego de papel de calco. Si en diez minutos no consigue usted escribir «Rodolfo» de una manera presentable, lo escribiré yo.

—Pues escríbalo usted desde luego—dije,—que mi habilidad no llega a tanto.

El coronel puso manos a la obra y no tardó en presentarnos una falsificación muy pasable.

—Y ahora, Federico—prosiguió,—el Rey se retira porque está muy fatigado, no sin ordenar que no se permita la entrada en su cámara a nadie hasta mañana a las nueve. A nadie ¿comprende usted?

—Comprendo perfectamente.

—Puede que se presente Miguel pidiendo audiencia inmediata. Contestará usted que sólo los Príncipes de la sangre tienen derecho a ello.

—Bueno se pondrá el Duque—replicó Tarlein echándose a, reír.

—¿Queda bien entendido?—repitió Sarto.—Si la puerta de la cámara real se abre durante nuestra ausencia, ha de ser después de muerto usted...

—No hay para qué recordármelo, coronel—repuso Tarlein con altivez.

—Ahora, envuélvase usted en esta amplia capa—continuó Sarto dirigiéndose a mí,—y póngase esta gorra de cuartel. Es usted mi ordenanza, que me acompaña esta noche al pabellón de caza que usted sabe.

—Hay un obstáculo—dije,—y es que no existe caballo capaz de recorrer más de quince leguas conmigo a cuestas.

—Por eso montará usted dos, uno aquí y otro en Zenda. ¿Estamos listos?

—Por mi parte lo estoy—contesté.

Tarlein me tendió la mano.

—Por si acaso—dijo;—y nos estrechamos la mano cordialmente.

—¡Nada de niñerías!—gruñó el coronel.—¡En marcha!

Pero en lugar de dirigirse a la puerta se acercó a la pared del fondo.

—En tiempo del viejo Rey—dijo,—hacíamos uso frecuente de este camino.

Le seguí y anduvimos cosa de doscientas varas por un estrecho corredor, hasta llegar a maciza puerta de roble, que Sarto abrió. Salimos y nos hallamos en una solitaria calle a la que daban los jardines de la parte de atrás del palacio. Allí nos esperaba un hombre con dos caballos; uno alazán, magnífico, de gran alzada y el otro bayo, no menos fuerte y brioso. Sarto me indicó que montase el primero y sin decir palabra nos pusimos en marcha. Animada y bulliciosa estaba la ciudad, pero tomamos las calles menos concurridas, cubierta yo la mitad del rostro con la capa y bien calada la gorra para ocultar en lo posible mis delatores cabellos. Hallamos pocos transeuntes en nuestro tortuoso camino, y cuando llegamos a las murallas se oía todavía el tañido de las campanas que daban la bienvenida al Rey. Eran las seis y media y no había obscurecido aún.

—Mano al revólver—me dijo Sarto al acercarnos a una puerta.—Si el guarda se da por entendido hay que cerrarle la boca para siempre.

Empuñé mi arma. Sarto llamó y vimos acercarse a una chiquilla de trece o catorce años. La suerte nos favorecía.

—Mi padre ha ido a ver al Rey, señor oficial—dijo.

—Pues para eso mejor hubiera hecho en quedarse aquí—me dijo Sarto con sorna y a media voz.

—Pero me encargó que no abriese la puerta.

—¿Sí, eh?—dijo Sarto desmontando.—Pues dame la llave.—La mozuela tenía la llave en la mano. Sarto le dio una moneda de oro.

—He aquí una orden del Rey. Enséñasela a tu padre. ¡Abre esa puerta, muchacha!

Eché pie a tierra, abrimos entre los dos la pesada puerta y haciendo salir a nuestros caballos volvimos a cerrarla.

—Lo siento por el guarda, si el Duque averigua que estaba ausente de su puesto. Y ahora, joven, al trote. No conviene acelerar mucho el paso mientras sigamos cerca de la ciudad.

Ya algo más apartados de las murallas y cerrada la noche, disminuyó el peligro y pusimos los caballos al galope. El magnífico animal que yo montaba iba tan ligero como si no llevase la menor carga. La noche era hermosa y no tardó en aparecer la luna. Hablamos poco y eso reducido casi exclusivamente a los progresos que hacíamos en nuestra jornada.

—Quisiera saber el contenido de los despachos que recibió el Duque—dije una vez.

—También yo—se limitó a contestarme Sarto

Nos detuvimos para vaciar un vaso de vino y dar pienso a los caballos, con lo que perdimos media hora. No me arriesgué a entrar en el figón y me quedé con los caballos en la cuadra. Continuamos la marcha y llevábamos recorrida más de la mitad del camino, unas nueve leguas, cuando Sarto se detuvo repentinamente.

—¿Oye usted?—me dijo.

Escuché atentamente. A lo lejos, detrás de nosotros, resonaban pisadas de caballos. Eran entonces las nueve y media y en el silencio de la noche la fuerte brisa que se había levantado traía muy distintamente hasta nosotros aquel rumor lejano. Miré a Sarto.

—¡Adelante!—exclamó,—y poniendo espuelas al caballo se lanzó al galope.

Cuando volvimos a detenernos nada oímos, pero a poco se repitió el rumor. El coronel desmontó y aplicó el oído a tierra.

—Son dos—dijo,—y están a un cuarto de legua. Por fortuna el camino es tortuoso y la dirección del viento nos favorece.

Galopamos de nuevo, logrando mantener la misma distancia entre nosotros y los que sin duda nos perseguían. Habíamos llegado al bosque de Zenda y a la media hora nos hallamos en una bifurcación del camino. Sarto detuvo su caballo.

—El sendero de la derecha es el nuestro—dijo.—El de la izquierda conduce al castillo y ambos son de unas tres leguas. Desmonte usted.

—¡Pero nos alcanzarán!—exclamé.

—¡Pie a tierra!—repitió bruscamente; y obedecí.

El bosque era espesísimo desde la orilla misma del camino. Ocultamos nuestros caballos entre los árboles, les vendamos los ojos y permanecimos inmóviles junto a ellos.

—¿Quiere usted saber quiénes son?—murmuré

—Sí, y adónde van.

Entonces noté que su diestra empuñaba un revólver. Oíase cada vez más próximo el trote de los caballos. La luna brillaba en toda su plenitud y el camino se destacaba como ancha franja blanca. Nuestras cabalgaduras no habían dejado el menor rastro sobre la tierra endurecida.

—¡Ahí están!—murmuró Sarto.

—¡Es el Duque!

—Me lo figuraba—contestó.

Era el Duque, en efecto; y con él un robusto gañán a quien yo conocía y que más tarde aprendió a conocerme a mí más de lo que hubiera querido; era Máximo Holf, hermano de Juan el guardabosque y criado de Su Alteza. Se hallaban frente a nosotros; el Duque detuvo su caballo y vi que el dedo de Sarto acariciaba el gatillo de su arma. Tengo para mí que hubiera dado diez años de su vida por pegarle un balazo a Miguel el Negro, a quien hubiera podido despachar en aquel momento con tanta facilidad como yo una gallina a diez pasos de mi revólver. Posé la mano sobre su brazo, y movió la cabeza negativamente, para tranquilizarme: el deber ante todo era su máxima.

—¿Qué camino tomaremos?—preguntó el Duque.

—El del castillo, Alteza—aconsejó su compañero.

—Allí sabremos la verdad.

El Duque vaciló un momento.

—Me parecía haber oído pasos de caballo—dijo.

—No creo que nadie nos preceda, Alteza.

—¿Por qué no ir al pabellón de caza?

—Temo una celada. Si «todo va bien,» es inútil ir al pabellón. En caso contrario el aviso no es más que una celada.

De repente el caballo del Duque relinchó. Un momento nos bastó para cubrir las cabezas de los caballos con nuestras capas y después apuntamos al Duque y su compañero con nuestros revólvers. De habernos descubierto los hubiéramos matado allí mismo, o hécholos prisioneros.

—¡A Zenda, pues!—exclamó por fin Miguel y clavando las espuelas a su caballo lo lanzó al galope.

Sarto siguió apuntándole, con expresión tan dolorida en el rostro que me costó trabajo no soltar la carcajada. Permanecimos allí diez minutos más.

—Ya lo ha oído usted—dijo Sarto.—Le han mandado a decir que «todo va bien.»

—¿Y qué quieren decir con eso?—pregunté.

—¡Dios sabe!—contestó Sarto frunciendo el ceño.

—Pero es innegable que el mensaje le ha hecho venir de Estrelsau en la mayor incertidumbre.

Montamos otra vez y tomamos el camino del pabellón con toda la rapidez que permitía el cansancio de nuestros caballos. No pronunciamos palabra durante aquel último tramo de nuestra jornada y nos asaltaban mil temores. «Todo va bien.» ¿Qué significaba esa frase? ¿Le habría ocurrido algo al Rey?

Llegamos por fin a la puerta del pabellón, en el que todo parecía tranquilo y silencioso. Nadie acudió a recibirnos y desmontamos precipitadamente. De repente, Sarto oprimió mi brazo.

—¡Mire usted!—exclamó señalando al suelo.

Vi a mis pies cinco o seis pañuelos de seda hechos trizas y me volví hacia él.

—Son los pañuelos con que até a la vieja—me dijo.

—Asegure usted los caballos y sígame.

La puerta cedió sin resistencia y entramos en la habitación donde habíamos cenado la noche anterior, en la que se veían aún los restos de la cena y numerosas botellas vacías.

—¡Adelante!—exclamó Sarto, que por primera vez parecía próximo a perder su maravillosa serenidad.

Nos precipitamos por el corredor en dirección a la entrada del sótano. La puerta de la carbonera estaba abierta de par en par.

—Han descubierto a la vieja—dije.

—Eso ya lo sabía yo desde que vi los pañuelos—repuso el coronel.

Llegamos frente a la puerta del sótano, que estaba cerrada, y al parecer en el mismo estado en que la habíamos dejado aquella mañana.

—Entremos, todo va bien—dije.

Me contestó una violenta imprecación de Sarto, cuyo rostro palideció a la vez que señalaba al suelo con el dedo. Por debajo de la puerta se extendía una gran mancha roja que cubría parte del pasillo del sótano. Sarto se apoyó en la pared opuesta a la puerta. Traté de abrir ésta, pero estaba cerrada.

—¿Dónde está José?—preguntó Sarto.

—¿Dónde está el Rey?—fue mi respuesta.

El veterano sacó un frasco y lo llevó a los labios. Por mi parte volví corriendo al comedor y tomé del hogar una sólida barra de hierro destinada a atizar el fuego. Lleno de terror, desatinado, descargué con ella fuertes golpes sobre la puerta y por último disparé mi revólver contra la cerradura, que saltó en pedazos y se abrió la puerta.

—¡Venga una luz!—dije,—pero Sarto siguió apoyado en la pared, inmóvil.

Estaba, naturalmente, más conmovido que yo porque amaba profundamente a su señor. No temía por sí mismo, nadie hubiera creído de él semejante cosa; pero le aterrorizaba el pensar en lo que podía revelarnos aquel sótano. Fui al comedor, tomé de la mesa un candelero de plata y encendí una vela: la esperma hirviente que cayó sobre mi mano, reveló cómo temblaba ésta, y cuán disculpable era la agitación de Sarto.

Llegué a la puerta del sótano, la mancha roja, de color más obscuro en los bordes, se extendía al interior. Penetré unas dos varas en el sótano y elevé la vela. Vi las pipas de vino formando hilera, algunas arañas que corrían por la pared, un par de botellas vacías en el suelo y más allá, en un rincón, el cuerpo de un hombre tendido de espaldas, con los brazos abiertos y una sangrienta herida en el cuello. Me dirigí a él, me arrodillé a su lado y encomendé a Dios el alma de aquel fiel servidor. Porque era el cuerpo del pobre José, muerto en defensa del Rey.

Sentí que una mano se posaba sobre mi hombro y volviéndome vi los ojos brillantes y espantados de Sarto.

—¡El Rey, Dios mío, Rey!—articuló sordamente.

Dirigí la luz de la vela a todos los rincones del sótano.

—El Rey no está aquí—dije.

VII. Su majestad duerme en Estrelsau

Rodeé la cintura de Sarto con mi brazo y sosteniéndole le hice salir del sótano, cuya destrozada puerta cerré lo mejor que pude. Permanecimos en el comedor, sentados y silenciosos unos diez minutos. Después el viejo Sarto se frotó los ojos, dio un profundo suspiro y pareció recobrar su calma habitual. Al oir la una en el reloj de repisa, golpeó fuertemente el suelo con el pie y exclamó:

—¡Se han apoderado del Rey!

—Sí—contesté.—«¡Todo va bien!» como decía el despacho recibido por el Duque. ¡Qué rato pasaría al oir esta mañana las salvas que saludaban al Rey! ¿Cuándo recibió el mensaje?

—Debió de ser por la mañana. Se lo enviaron probablemente antes de que llegase a Zenda la noticia de la presencia de usted en Estrelsau; porque supongo que el mensaje lo mandaron de Zenda.

—¡Y lo ha llevado encima todo el santo día!—exclamé.—Bien puedo decir que no soy el único que ha pasado un día de prueba. ¿Pero qué pensaría él de todo esto, Sarto?

—¿Qué nos importa? Pregunte usted más bien qué es lo que piensa ahora.

—Tenemos que volver a la capital—dije poniéndome de pie apresuradamente.—Importa reunir en seguida cuantas fuerzas hay allí y ponernos en persecución de Miguel antes de mediodía.

Sarto sacó su pipa, la llenó y la encendió cuidadosamente en la vela que goteaba sobre la mesa.

—¡Quizá estén asesinando al Rey mientras seguimos aquí cruzados de brazos!—exclamé.

Sarto continuó fumando en silencio.

—¡Maldita vieja!—gruñó por fin.—Lograría atraer su atención de alguna manera. Me figuro lo ocurrido. Vinieron a apoderarse del Rey y como digo, de una manera ú otra dieron con él. Si no hubiera usted ido a Estrelsau, usted, Federico y yo estaríamos a estas horas en el reino de los Cielos.

—¿Y el Rey?

—¿Quién sabe dónde está el Rey en este momento?

—¡Partamos!—exclamé; pero Sarto siguió inmóvil. Y de repente se echó a reír.

—¡Por vida de!—exclamó;—no le hemos dado mal sofocón a Miguel el Negro.

—¡Vamos, vamos!—repetí.

—¡Y no es malo tampoco el que le espera!—añadió con aviesa sonrisa que acentuó las arrugas de su atezado rostro.—Corriente, joven, volveremos a Estrelsau. El Rey estará otra vez mañana en su capital.

—¿El Rey?

—¡El Rey coronado hoy!

—¿Está usted loco?—exclamé.

—Si volviéramos y confesásemos la jugada que les hemos hecho ¿cuánto daría usted por nuestras vidas?

—Ni más ni menos que lo que valen.

—¿Y por el trono del Rey? ¿Se imagina usted que a los nobles y al pueblo les hará pizca de gracia verse burlados como los ha burlado usted? ¿Cree usted que seguirán amando y respetando a un Rey que, demasiado borracho para ser coronado, les envió a su criado para que lo representase en aquel acto?

—¡El Rey fue víctima de un narcótico y yo no soy su criado!

—Me limito a dar la versión que hará de lo ocurrido Miguel el Negro.

Dejó su asiento, se me acercó y posando la mano sobre mi hombro, dijo:

—Raséndil, si se porta usted como un hombre, todavía puede usted salvar al Rey. ¡A Estrelsau otra vez, a conservarle su trono!

—Pero el Duque lo sabe todo, los villanos que le sirven han averiguado...

—Pero no pueden decir palabra!—gritó Sarto con expresión de triunfo.—Los tenemos en nuestro poder. ¿Cómo han de denunciarle a usted sin denunciarse a sí mismos? ¿Osarán decir al país: «Ese hombre es un impostor, porque al verdadero Rey lo tenemos nosotros prisionero y hemos asesinado a su servidor?» ¿Pueden hacer tal cosa?

La situación se me apareció de repente con toda claridad. Me conociese o no el Duque, tenía que callarse. ¿Qué podía hacer mientras no presentase al verdadero Rey? Y si éste apareciese, ¿qué sería del Duque? Por un momento me sentí convencido, pero no tardé en comprender todas las dificultades del proyecto.

—Me descubrirán—dije.

—Quizás, pero entretanto cada hora que ganemos vale mucho. Ante todo, es indispensable que tengamos un Rey en Estrelsau, o, de lo contrario, Miguel será dueño de la ciudad en veinticuatro horas. Y entonces ¿qué valdría la vida del Rey? ¿dónde estaría su trono? ¡Joven, tiene usted que aceptar!

—¿Y si matan al Rey?

—Lo matarán si es que no lo mata usted.

—¿Y si lo han asesinado ya?

—En tal caso ¡voto a sanes! tan buen Elsberg es usted como Miguel el Negro y reinará usted en Ruritania. Pero no creo que le hayan dado muerte; como tampoco lo harán mientras siga usted en el trono. Matar al verdadero Rey, en tales condiciones, sería en beneficio exclusivo de usted.

Era un plan descabellado, una empresa más loca y difícil aún que la jugarreta anterior tan felizmente terminada por mi parte; pero al escuchar a Sarto pude ver y apreciar las ventajas que teníamos a nuestro favor. Además, era yo joven, activo y se me ofrecía un papel tal y en tales circunstancias como jamás le había tocado en suerte a ningún hombre.

—Me descubrirán—repetí.

—Quizás—volvió a decir Sarto.—¡Vamos a Estrelsau! Mire usted que si seguimos aquí nos van a coger como en una ratonera.

—¡Sarto!—exclamé.—¡voy a intentarlo!

—¡Bien, joven, bien! Ahora sólo falta que nos hayan dejado los caballos que tenía aquí de repuesto. Voy a ver.

—Pero tenemos que dar sepultura a ese infeliz—dije.

—No hay tiempo para eso.

—Pues he de hacerlo.

—¡El demonio me lleve!—gruñó.—Lo hago a usted Rey, y... Bueno, pues lo enterraremos. Vaya usted a traerlo mientras yo procuro los caballos. No será muy profunda la fosa, pero dudo que al muerto le importe gran cosa. ¡Pobre José! Era todo un hombre.

Salió y yo bajé al sótano. Tomé el cuerpo en mis brazos y lo llevé por el corredor hasta cerca de la puerta del pabellón, donde lo deposité en el suelo, recordando, que necesitábamos azadones para cavar la fosa. En aquel momento regresó Sarto.

—Los caballos están ahí—dijo—Uno de ellos es hermano del que le trajo a usted aquí. Cuanto al oficio de sepulturero, puede usted ahorrarse ese trabajo.

—No me iré hasta dejar a José bajo tierra.

—¡A que sí!

—No, coronel; ni que me diera usted a todo Ruritania.

—¡Terco!—exclamó.—Venga usted aquí.

Me llevó a la puerta. La luna iluminaba el camino y vi a cosa de quinientas varas un grupo de hombres que se acercaban por el camino de Zenda. Eran siete ú ocho, cuatro de ellos a caballo, y vi que llevaban al hombro palas y azadones.

—Esos le ahorrarán a usted el trabajo—dijo Sarto.—Vámonos.

Tenía razón.—Los que llegaban eran sin duda servidores de Miguel, enviados para hacer desaparecer las huellas de su crimen. Ya no vacilé, pero se apoderó de mí un deseo irresistible de castigarlos, y señalando al cadáver del pobre José, dije a Sarto:

—Venguémoslo, coronel!

—¿Desea usted proporcionarle compañía, eh? Pero no deja de ser arriesgado.

—No me voy sin darles una lección—insistí.

Sarto vaciló.

—Pues bien—dijo,—no es lo más acertado, pero se ha conducido usted bien y hay que complacerle. Después de todo, si caemos nos habremos ahorrado una porción de disgustos y cavilaciones. Yo le diré a usted cómo sorprenderlos.

Cerró cuidadosamente la puerta—que teníamos apenas entreabierta,—y pasando por el interior de la casa llegamos a la puertecilla de atrás, junto a la cual estaban los caballos. En torno del pabellón había un camino destinado a los coches.

—¿Tiene usted a mano el revólver? preguntó Sarto.

—No, quiero caer sobre ellos espada en mano—repliqué.

—¡Diantre! Veo que, se le ha despertado a usted el apetito esta noche. Corriente.

Montamos, desenvainamos las espadas y esperamos unos momentos en silencio. Por fin oímos los pasos de los recién llegados en el camino de coches, al otro lado del pabellón, donde se detuvieron y uno de ellos exclamó:

—¡Id a buscar al muerto y traedlo aquí!

—¡Ahora!—murmuró Sarto.

Clavamos espuelas y dando vuelta a la casa nos precipitamos sobre aquellos bribones. Sarto me dijo después que había matado a uno y lo creí, pero por lo pronto lo perdí de vista. Lo que sé es que de un tajo le abrí la cabeza a uno de los jinetes, que cayó al suelo. Entonces me hallé frente a frente de un mocetón y vi también que a mi derecha quedaba otro enemigo. Era peligroso seguir allí y hundí otra vez las espuelas en los ijares de mi caballo, a la vez que clavaba mi espada en el pecho del rufián que tenía delante. La bala de su revólver me rozó una oreja; tiré de la espada, pero no pudiendo arrancársela del cuerpo la solté y salí a escape en seguimiento de Sarto, a quien divisé en aquel momento a unas veinte varas de distancia. Agité la mano en señal de despedida, pero la bajé inmediatamente dando un grito, porque una bala me había alcanzado en un dedo. Sarto se volvió hacia mí y sonó otro disparo, pero como sólo tenían revólvers pronto nos pusimos fuera de tiro. Entonces Sarto se echó a reír.

—Uno yo y dos usted—dijo.—No lo hemos hecho mal y el pobre José tendrá compañía.

—Sí, partida completa—repuse; estaba furioso y me alegraba de haber despachado a dos de aquellos truhanes.

—Y con eso les ha caído también algún trabajo a los restantes—prosiguió el coronel.—¿Cree usted que lo han reconocido?

—Al recibir la estocada el segundo, le oí exclamar: «¡el Rey!»

—¡Bravo! No vamos a darle poco que hacer a Miguel el Negro.

Nos detuvimos un instante para vendar mi dedo, que sangraba abundantemente y me dolía no poco, pues la bala había interesado algo el hueso. Después galopamos de nuevo en silencio, disipada ya la excitación de la lucha. Despuntó el día, frío y despejado, y un labrador nos proporcionó algún alimento y pienso para los caballos. Pretexté un dolor de muelas y me cubrí la cara casi por completo. Tras larga carrera llegamos por fin a Estrelsau, entre ocho y nueve de la mañana. Todas las puertas de la ciudad estaban abiertas como de ordinario, excepto cuando las cerraban el capricho o las intrigas del Duque. Entramos en la capital siguiendo el mismo camino que habíamos recorrido la noche anterior, pero rendidos de cansancio, tanto jinetes como caballos. Las calles estaban aún más desiertas que la víspera, como si los moradores buscasen en el sueño el necesario descanso tras las fiestas y prolongados regocijos de la noche precedente, y apenas hallamos alma viviente a nuestro paso. Junto a la puertecilla de palacio nos esperaba el fiel servidor de Sarto.

—¿No ha habido novedad, señor?—preguntó.

—Todo va bien—dijo Sarto,—a tiempo que su criado tomaba mi mano para besarla.

—¡El Rey está herido!—exclamó.

—No es nada—dije desmontando.—Me lastimé el dedo cerrando una puerta.

—Y sobre todo silencio—dijo Sarto;—aunque a ti, mi buen Freiler, es casi inútil recomendártelo.

El interpelado se encogió de hombros.

—A todos los jóvenes les gusta hacer una salida de noche, de cuando en cuando—dijo.—¿Por qué no ha de gustarle también al Rey?

La risa de Sarto pareció confirmar aquella interpretación de mi breve ausencia.

—Mi sistema—dijo cuando hubimos entrado—es no confiar en nadie más allá de donde sea absolutamente necesario confiar.

Al abrir la puerta de mi antecámara vimos a Federico de Tarlein, vestido y reclinado en el sofá. Parecía haber dormido, pero nuestra entrada lo despertó. Incorporándose vivamente me dirigió una mirada y con un grito de alegría se arrodilló a mis pies.

—¡Gracias a Dios, señor, que os veo sano y salvo!—exclamó, procurando asir mi mano.

Confieso que me sentí conmovido. El rey Rodolfo—cualesquiera que fuesen sus faltas,—sabía hacerse amar de sus subditos. Por breves instantes no me atreví a hablar ni disipar la ilusión del pobre joven. Pero el viejo Sarto no era de los que se conmovían y dando palmadas exclamó:

—¡Bravo, joven! ¡Cuando digo yo que todo marchará a pedir de boca!

Tarlein nos miró atónito y yo le tendí la mano.

—¡Estáis herido, señor!—exclamó.

—No es más que un rasguño—dije,—pero...—y me detuve.

Tarlein se puso en pie con expresión de profundo asombro en el rostro. Tomó mi mano, me miró atentamente y de repente retrocedió un paso.

—¡Pero, el Rey! ¿Dónde está el Rey?—gritó.

—¡Silencio, imprudente!—dijo Sarto.—No tan alto. Este es el Rey.

Oímos llamar a la puerta. Sarto asió mi mano

—¡Pronto, a su cámara! ¡Fuera esa gorra y esas botas! Métase usted en cama y cubra bien todo el traje con las sábanas.

Hícelo así en un abrir y cerrar de ojos y momentos después aparecía Sarto, saludando, para anunciarme a un caballerete muy ceremonioso, que se acercó a mi lecho y tras grandes reverencias dijo que se hallaba al servicio de la princesa Flavia, y que Su Alteza lo enviaba a preguntar cómo seguía Su Majestad después de la fatiga de la víspera.

—Dé usted las gracias a mi prima—dije,—y asegúrele que jamás me he sentido mejor.

—El Rey ha pasado toda la noche en un sueño—agregó el viejo Sarto, a quien, según empezaba yo a descubrir, le gustaba endilgar una mentira de vez en cuando, nada más que por el gusto de mentir.

El mensajero se deshizo otra vez en reverencias y salió de la cámara. Había terminado la comedia y el rostro pálido de Tarlein nos llamó a la realidad; por más que en definitiva la farsa proyectada iba a convertirse para nosotros en única realidad.

—¿Ha muerto el Rey?—preguntó.

—¡Dios no lo quiera!—contesté.—¡Pero se halla en poder de Miguel el Negro!

VIII. Prima rubia y hermano moreno

La vida de un Rey tiene sin duda sus exigencias, pero la de un Rey apócrifo las tiene decididamente mucho mayores. Desde el siguiente día comenzó Sarto a instruirme en mis regios deberes, a explicarme lo que tenía que saber y hacer, y la primera lección duró tres horas. Almorcé apresuradamente, con Sarto siempre frente a mí, diciéndome que el Rey bebía vino blanco en el almuerzo y que detestaba los platos picantes. Después se presentó el Canciller, con quien me pasé otras tres horas y a quien le expliqué que habiéndome lastimado un dedo (y aquí me vino de perlas el balazo recibido) no podía escribir ni siquiera firmar; tras discutir mucho el punto y rebuscar precedentes, quedó acordado que me bastaría trazar una cruz al pie de los documentos y que el Canciller atestiguaría la validez de aquella nueva firma regia con gran copia de fórmulas y juramentos. Recibí más tarde al embajador de Francia, que me presentó sus credenciales; ceremonia en la que nada me perjudicó la ignorancia del oficio, porque tampoco el Rey había recibido embajadores hasta entonces. En los días siguientes se repitió el acto hasta quedar recibido todo el cuerpo diplomático, formalidad que hay que cumplir cada vez que sube al trono un nuevo soberano. Por fin logré verme solo. Llamé a mi nuevo sirviente (habíamos elegido para reemplazar al pobre José, a un joven que nunca había visto al Rey) le ordené que me trajese un refresco y volviéndome hacia Sarto le manifesté la esperanza de que por fin me dejasen descansar algo.

—Pero ¡cómo se entiende!—exclamó Federico de Tarlein, que también se hallaba presente.—¿No vamos a desollar a Miguel el Negro?

—Poco a poco, caballerito—dijo Sarto frunciendo el ceño.—Sería una satisfacción, sin duda, pero podría costarnos cara. ¿Creen ustedes posible que si cae Miguel deje vivo al Rey?

—Además—añadí,—¿qué motivo de queja puede alegarse contra mi amado hermano mientras el Rey siga aparentemente en Estrelsau y en su trono?

—¿Es decir que nada haremos?

—Por lo pronto se trata de no hacer una tontería—gruñó Sarto.

—La situación—dije,—me recuerda la escena dominante de una de nuestras modernas comedias inglesas, en la que dos personajes se amenazan mutuamente con sus revólveres. Porque la verdad es que no puedo denunciar a Miguel sin denunciarme a mí mismo...

—Y al Rey—interrumpió Sarto.

—Y lo propio le sucede a Miguel, que no puede decir palabra contra mí sin acusarse gravemente.

—Situación llena de interés—comentó el viejo Sarto.

—Si me descubren—proseguí,—lo confesaré todo y me veré cara a cara con el Duque; pero por ahora no hago más que esperar su próxima jugada.

—Que será matar al Rey—dijo Tarlein.

—Se guardará bien de hacerlo—repuso Sarto.

—Tres de los seis están en Estrelsau—continuó Tarlein.

—¿Tres no más? ¿Está usted seguro?—preguntó el veterano coronel con vivo interés.

—Segurísimo. La mitad de la cuadrilla.

—¡Pues entonces el Rey vive, porque los otros tres están vigilándolo en su prisión!—exclamó Sarto.

—¡Verdad es!—dijo Tarlein.—Si el Rey hubiera muerto los seis estarían aquí con Miguel el Negro. ¿Sabe usted que el Duque ha regresado, coronel?

—Sí, lo sé. ¡El diablo le lleve!

—A ver, señores míos—dije.—¿Quiénes son esos seis de que tanto hablan?

—No tardará usted en trabar conocimiento con ellos—contestó Sarto.—Son seis caballeros a quienes Miguel tiene a su servicio, y que le pertenecen en cuerpo y alma. Tres son ruritanos, uno francés, uno belga y el otro compatriota de usted.

—Y todos ellos dispuestos a cortarle el pescuezo a cualquiera, si el Duque se lo manda.

—Quizás me corten el mío—se me ocurrió decir.

—Es muy posible—asintió Sarto.—¿Quiénes son los que están aquí, Tarlein?

—De Gautet, Bersonín y Dechard.

—¡Los extranjeros! Es más claro que la luz del día. El Duque los ha traído consigo, dejando a los tres ruritanos con el Rey; y es porque quiere comprometer a estos últimos todo lo posible.

—¿Vio usted a alguno de ellos entre los jayanes a quienes zurramos en el pabellón de caza, coronel?—pregunté.

—No, por desgracia; de lo contrario ya no serían seis, sino cuatro.

Por lo pronto había adquirido yo una cualidad regia, la de no revelar todo mi pensamiento o mi plan, ni aun a mis más íntimos amigos. Había tomado una resolución irrevocable. Estaba resuelto a conquistar el mayor grado de popularidad posible, y al propio tiempo no mostrar hostilidad alguna al Duque; esperando calmar así la oposición de sus partidarios y conseguir, llegado el caso de un rompimiento definitivo, que Miguel apareciese ante el pueblo, no como un hermano perseguido, sino como un ser ingrato y descastado.

No es esto decir que yo desease o temiese un conflicto con él. En interés del Rey convenía seguir guardando el secreto, y mientras éste no se descubriese tenía yo las mejores cartas en mi juego. Toda dilación había de redundar forzosamente en perjuicio del Duque.

Pedí un caballo, y en compañía de Federico de Tarlein recorrí la gran avenida del parque real, devolviendo todos los saludos con la mayor cortesía. Pasé después por algunas calles, me detuve para comprar flores a una linda muchacha, a quien pagué con una moneda de oro; y habiendo atraído suficientemente la atención pública, hasta el punto de notar que me seguían más de quinientas personas, tomé el camino del palacio que habitaba la princesa Flavia, a quien envié a preguntar si se dignaba recibirme. Aquel paso creó vivo interés en el pueblo y fue saludado con aclamaciones. La Princesa era popularísima y el Canciller mismo no había vacilado en decirme que cuanto más asiduamente hiciese yo la corte a mi noble prima y cuanto antes se verificase la boda, tanto mayor sería la satisfacción de mis subditos, y, por consiguiente, la popularidad del nuevo soberano. Claro está que el Canciller no tenía idea de los obstáculos que me impedían seguir su leal y excelente consejo. Díjeme, sin embargo, que la visita era a todas luces conveniente; y Tarlein la aprobó con gran entusiasmo, que no dejó de sorprenderme algo, hasta que descubrí que él también tenía sus motivos para querer visitar el palacio de Su Alteza, cuya dama de honor, la condesa Elga, era la dama de sus pensamientos.

La etiqueta favoreció los deseos de Tarlein; pues mientras yo fui recibido en el salón de la Princesa, él permaneció en la antecámara con la linda Condesa; y no dudo que logró contemplarla y hablarle a su saber, a pesar de las otras muchas personas que allí esperaban. Pero lo más importante para mí en aquel momento era el delicado paso que iba a dar en la dificilísima partida empeñada. Tenía que atraer a la Princesa, y al propio tiempo serle indiferente o poco menos; tenía que mostrarle afecto y no sentirlo. Consistía mi papel en hacer el amor por cuenta de otro, y a una joven que, princesa o no, era desde luego la más hermosa que había visto en mi vida. Me recibió con encantadora confusión, que hizo aún más difíciles los primeros momentos de nuestra entrevista. Del éxito de mis esfuerzos para realizar el programa antes trazado, se juzgará más adelante.

—Vuestra Majestad está conquistando preciados lauros—me dijo, dándome por primera vez aquel alto tratamiento.—Como uno de los príncipes de Shakespeare, Vuestra Majestad se ha transformado por completo al convertirse en Rey.

—Dos cosas te ruego, prima mía—le contesté.—Que, Rey o no, me digas siempre lo que tu corazón te dicte, y que continúes llamándome por mi nombre.

—Me miró un instante y dijo:

—Tus palabras me alegran y me enorgullecen, Rodolfo. Como te dije, todo en ti parece cambiado, hasta tu rostro.

Agradecí el cumplido, pero no me agradaba aquel tema de conversación, por lo que dije:

—Mi hermano está de vuelta, según me han anunciado.

—Sí, está aquí—repuso frunciendo ligeramente el ceño.

—Parece que no puede seguir ausente de Estrelsau por mucho tiempo—observé sonriéndome.—Más vale así, y me alegro de verlo aquí. Cuanto más cerca mejor.

La Princesa me dirigió una rápida mirada y preguntó:

—¿Qué quieres decir, primo? ¿Que así podrás?...

—Ver mejor lo que hace, eso es. Y tú, ¿por qué te alegras de ello?

—No he dicho tal cosa.

—Pero no falta quien lo diga por ti.

—Nunca faltan personas insolentes—observó con encantadora altivez.

—¿Y quizás sea yo una de ellas?

—Vuestra Majestad no puede serlo nunca—dijo haciéndome cómica reverencia.—A no ser que quieras decir...

-¿Qué?

—Que me importa ni poco ni mucho que el Duque se halle aquí o en otra parte—añadió picarescamente.

A la verdad, hubiera querido ser el Rey en aquel momento.

—¿No te importa que tu primo Miguel?...

—¿Mi primo Miguel? Yo le llamo siempre el duque de Estrelsau.

—Y Miguel cuando le hablas.

—Sí, por orden del Rey tu padre.

—Eso es. ¿Y ahora por orden mía?

—Si así me lo mandas.

—Desde luego. Conviene que todos nos mostremos muy amables con nuestro querido Miguel.

—¿Y supongo que también me ordenas recibir a sus amigos?

—¿Los seis?

—¿Tú también los llamas así?

—Por seguir la moda. Pero no te mando recibir más que a las personas a quienes tú quieras hacer esa honra.

—¿Excepto a ti?

—Por lo que a mí se refiere, no tengo órdenes que darte. Me limito a suplicar.

En aquel momento se oyeron vítores en la calle. La Princesa corrió hacia uno de los balcones.

—¡Es él!—exclamó.—¡El duque de Estrelsau!

Me sonreí, pero nada dije, y ella volvió a su asiento. Permanecimos breves instantes en silencio. Cesó el clamor callejero, pero oímos rumor de voces y pasos en la antecámara. Empecé a hablar sobre diversos temas, y al cabo de algunos minutos me pregunté qué se habría hecho del Duque. Sin embargo, me pareció que no me tocaba intervenir en el asunto, cuando de repente, y con gran sorpresa mía, cruzó Flavia las manos y exclamó con agitada voz:

—¿Te parece bien irritarlo así?

—¿Irritarlo? ¿A quién? ¿Cómo?

—Haciéndolo esperar tanto.

—Pero, prima mía, si yo no quiero hacerlo esperar ni...

—¿Es decir, que puede entrar?

—Sin duda, si tú se lo permites.

Flavia me miró con curiosidad.

—¡Qué cosas tienes!—dijo.—Demasiado sabes que mientras estés conmigo no pueden anunciarme a nadie.

¡Valiosa prerrogativa regia!

—No hay nada como la etiqueta—dije.—Pero había olvidado esa regla por completo. Y dime: si yo estuviese a solas con otra persona, ¿podrían anunciarte a ti?

—Lo sabes tan bien como yo—contestó admirada.—Podrían anunciarme, porque soy princesa de la sangre.

—Jamás pude acordarme de todas esas distinciones—dije, en tanto interiormente maldecía a Tarlein por no haberme instruido mejor.—Pero sabré reparar mi falta.

—Me dirigí presuroso a la puerta, y abriéndola de par en par entré en la antecámara. Miguel se hallaba sentado ante una mesa, irritado el semblante y torva la mirada. Todas las otras personas presentes estaban en pie, excepto el tunante de Tarlein, que arrellanado en un sillón galanteaba a la condesa Elga. Al entrar yo se levantó de un salto, mostrando tanto respeto hacia mí como indiferencia hacia el Duque. No era extraño que éste no le tuviese buena voluntad.

Tendí la mano a Miguel, que la estrechó, y le di un abrazo. Después lo conduje yo mismo a la habitación inmediata.

—Hermano—le dije,—de haber sabido yo que Vuestra Alteza se hallaba aquí, no hubiera vacilado un momento en solicitar de la Princesa permiso para conducir a Vuestra Alteza a su lado.

Me dio las gracias, pero con mucha frialdad. Sin negar al Duque algunas buenas cualidades, no tenía la de saber ocultar sus impresiones. Aun el más indiferente hubiera comprendido que me odiaba, sobre todo viéndome a solas con la princesa Flavia; sin embargo, estoy convencido de que procuró disimular su odio y aun hacerme creer que me tomaba por el verdadero Rey. Comprendía yo que esto último era imposible, y me figuraba la ira de que estaría poseído al tributarme homenaje y al oirme hablar de «Miguel» y «Flavia.»

—Noto que Vuestra Majestad tiene herida o lastimada una mano—observó con fingido interés.

—Sí, me puse a jugar con un perro faldero—dije, resuelto a burlarme de él,—y ya sabe Vuestra Alteza cuán falsos y traidores son.

Se sonrió sarcásticamente y me miró con fijeza breves momentos.

—¡Pero esas mordeduras son peligrosas!—exclamó alarmada la Princesa.

—Nada temas, prima mía—dije.—Otra cosa sería si yo hubiese permitido al gozquecillo morderme más profundamente.

—¿Pero, le han dado muerte?

—Todavía no. Esperamos a ver si su mordedura es nociva.

—¿Y si lo fuese?—preguntó Miguel con su siniestra sonrisa.

—Lo despacharíamos en un santiamén, hermano.

—¿Pero no volverás a jugar con él?—preguntó Flavia.

—Puede que sí.

—¿Y si vuelve a morderte?

—Procurará hacerlo, no lo dudo—contesté sonriéndome.

Después, temeroso de que Miguel dijese algo que me obligase a mostrarme ofendido, empecé a felicitarlo por el marcial aspecto de su guardia y por la lealtad que me había demostrado el día de la coronación. Pasé después a hacer un caluroso elogio del pabellón de caza que había puesto a mi disposición. Pero sin duda le iba faltando la paciencia, porque levantóse de repente y se despidió en breves frases. Sin embargo, llegado a la puerta, se detuvo para decir:

—Tres caballeros a quienes estimo, desean vivamente ser presentados a Vuestra Majestad. Esperan en la antecámara.

Inmediatamente me llegué al Duque y tomé su brazo, a pesar del gesto avinagrado que puso, y entramos en la antecámara como buenos hermanos. Hizo Miguel un ademán y se adelantaron tres hombres.

—Estos caballeros—dijo el Duque con la más graciosa y perfecta cortesía,—son los más leales y adictos servidores de Vuestra Majestad, a la vez que fieles amigos míos.

—Títulos ambos, repuse, que los hacen igualmente acreedores a toda mi estimación.

Uno tras otro se adelantaron y besaron mi mano. De Gautet, un sujeto alto, delgado, de erizados cabellos y retorcido bigote. El belga Bersonín, personaje grueso, de mediana estatura y calvo, aunque no contaba mucho más de treinta años. Y por último el inglés Dechard, de cara estrecha y larga, cabello cortado al rape y bronceado color. Tenía muy arrogante presencia, ancho de hombros, delgada la cintura. «Buena espada, pero un bribón de marca,» me dije al verlo. Le hablé en inglés, con ligero acento extranjero y vi asomar a sus labios una sonrisa, que reprimió en seguida.

—Es decir que el caballero Dechard está en el secreto—pensé.

Una vez libre de mi querido hermano y sus amigos, me volví para despedirme de mi prima. Estaba esperándome en la puerta que separa ambas habitaciones, y al tomar yo su mano me dijo muy quedo:

—Sé prudente, Rodolfo. Tén cuidado...

—¿De qué?

—Bien lo sabes; no puedo decirlo ahora. Pero piensa en lo que vale y significa tu vida para...

—¿Para quién?

—Para Ruritania.

¿Hacía yo bien o mal en representar aquel papel? No lo sé; ambos caminos eran peligrosos y no me atreví a decirle la verdad.

—¿Sólo para Ruritania?—le pregunté dulcemente.

Súbito rubor coloreó sus primorosas facciones.

—Y también para tus amigos—dijo.

—¿Amigos?

—Y para tu prima—murmuró por fin;—tu amante prima.

No pude hablar. Besé su mano y salí indignado contra mí mismo.

Hallé afuera al galante Tarlein, muy entretenido con la condesa Elga, sin cuidarse de los lacayos que le observaban.

—¡Qué diantre!—dijo.—No todo ha de ser conspirar y el amor reclama también sus derechos.

—Lo mismo digo—contesté; y Tarlein me siguió respetuosamente.

IX. Una nueva catapulta

No dudo que la enumeración de los diarios sucesos de mi vida en aquellos días, revestiría gran interés para los que nada saben de lo que ocurre dentro de regios palacios; como no dudo tampoco que la revelación de alguno de los secretos que allí descubrí, tendría gran valor para los estadistas de Europa. Pero lejos de mí una y otra cosa. Por un lado el temor a la monotonía del relato y por otro el riesgo de parecer indiscreto, me aconsejan concretarme al drama que iba desarrollándose calladamente bajo la tranquila apariencia de la política ruritana. Sí diré que mi impostura no fue descubierta. Cometí algunos errores, pasé mis malos ratos, necesité de todo el tacto y toda la afabilidad que me fue posible desplegar para desvanecer los malos efectos de ciertos olvidos y descuidos inexplicables, que a veces me llevaban hasta no recordar ni reconocer a personas que de antiguo me eran, o debían de serme, perfectamente conocidas. Pero salí en bien de todo, y lo atribuyo, como ya lo indiqué antes, a la audacia misma de mi temeraria empresa. Tengo para mí, que en iguales condiciones de parecido físico, me fue más fácil suplantar al Rey que pretender hacerme pasar por otra persona cualquiera.

Un día entró Sarto en la habitación donde me hallaba y arrojándome una carta, dijo:

—Ahí va eso para usted. Letra de mujer si no me engaño. Pero ante todo tengo que darle una noticia.

—¿Qué es ello?

—El Rey está en el castillo de Zenda.

—¿Cómo lo sabe usted?

—Porque allí está la otra mitad de la cuadrilla de Miguel, de los Seis. Lo tengo bien averiguado: Laugrán, Crastein, el mozo Ruperto Henzar, tres bribones, a fe mía, como no hay otros en toda Ruritania.

—¿Y bien?

—Pues nada, sino que Tarlein quiere que marche usted en seguida contra el castillo, con infantería, caballería y artillería.

—¿Para qué? ¿Para desaguar el foso de la fortaleza hasta dejarlo en seco?

—Probablemente—refunfuñó Sarto.—Y con eso no hallaríamos ni aun el cadáver del Rey.

—¿Pero está usted seguro de que tienen al Rey en el castillo?

—Lo creo muy probable. No sólo están allí los tres belitres citados, sino que el puente levadizo permanece alzado día y noche y a nadie se permite entrar sin permiso especial del joven Henzar o del mismo Miguel. Acabaremos por tener que atar a Tarlein de pies y manos.

—Yo seré quien vaya a Zenda—dije.

—¿Está usted loco?

—Repito que iré, algún día.

—Puede ser, y lo más probable es que se quede usted allí.

—¡Oh, eso está por ver!—repuse con arrogancia.

—Vamos, parece que hoy está Vuestra Majestad de mal humor. ¿Cómo van los amores?

—¡Silencio!—exclamé.

Me contempló por un momento y encendió su pipa. Tenía razón al decir que estaba yo de un humor insufrible, y continué furioso:

—Me siguen por todas partes media docena de espías.

—Ya lo sé; yo se lo tengo mandado—contestó muy tranquilo.

—¿Y a qué viene eso?

—Pues a que Miguel no vería con malos ojos la desaparición de usted. Una vez quitado usted de en medio podría él realizar la jugada que antes le echamos a perder, o por lo menos lo intentaría.

—Yo me basto para defenderme.

—De Gautet, Bersonín y Dechard están en Estrelsau; cualquiera de ellos, joven, lo degollaría a usted con tanto primor y gusto como... como lo haría yo con Miguel el Negro, por ejemplo, pero mucho más traidoramente. ¿Qué dice esa carta?

La abrí y leí en alta voz:

«Si el Rey desea saber nuevas de gran interés para él, le bastará seguir las indicaciones contenidas en esta carta. Al fin de la Avenida Nueva hay una casa en el centro de extenso jardín. La casa tiene un pórtico con la estatua de una ninfa en el centro. El jardín está rodeado de una tapia y en ésta, por la parte de atrás de la casa, hay una puertecilla. Si el Rey entra por ella solo a la media noche de hoy, verá un cenador a veinte varas de la puerta. Suba los seis escalones que a él conducen, entre, y hallará en el cenador a una persona que le impondrá de lo que más vivamente atañe hoy a su vida y a su trono. Estas líneas están trazadas por un amigo fiel. Tiene que acudir solo. Si menosprecia este aviso pondrá en peligro su vida. No enseñe el Rey esta carta a nadie; va en ello la suerte de una mujer que le ama: Miguel el Negro no perdona.»

—No—comentó Sarto;—pero también sabe dictar una carta muy zalamera.

Tuve la misma idea y ya iba a rasgar el anónimo cuando noté unas líneas escritas al dorso:

«Si el Rey duda, consulte al coronel Sarto...»

—¿Eh?—hizo el veterano asombrado.—¿Me toma por tan sandio como a usted?

Indicándole que guardase silencio continué la lectura:

—«Pregúntele qué mujer está más dispuesta que ninguna otra a impedir el matrimonio del Duque con su prima y por consiguiente a impedir también que alcance la corona. Pregúntele si el nombre de esa mujer empieza con A.»

Me puse en pie de un salto y el coronel colocó su pipa sobre la mesa.

—¡Antonieta de Maubán como hay Dios!—exclamé.

—¿Y cómo lo sabe usted?—preguntó Sarto.

Le dije cuanto sabía de aquella dama, y Sarto hizo un ademán de aprobación.

—Lo cierto es—dijo pensativo,—que ha tenido un disgusto serio con el Duque.

—Si quisiera podría sernos útil—observé.

—Pero sigo creyendo que esa carta la ha escrito Miguel.

—Pienso lo mismo, pero quiero saberlo con certeza. Acudiré a la cita, Sarto.

—No; yo iré.

—Hasta la puertecilla del muro, pero no más adelante.

—Iré al cenador.

—¡Que me ahorquen si lo permito!—exclamé levantándome y apoyando la espalda en la repisa de la chimenea.—Sarto—añadí,—tengo confianza en esa mujer e iré.

—Pues yo no tengo fe en ninguna mujer, y no irá usted.

—O acudo a la cita o me vuelvo a Inglaterra—le dije.

Sarto empezaba a aprender hasta dónde podía dictarme a mí y dónde y cuándo tenía que ceder y someterse.

—Estamos tomando las cosas con sobrada calma—continué.—Cada día que dejamos pasar sin rescatar al Rey es un nuevo peligro. La prolongación de esta farsa mía constituye, también, un peligro más. Sarto, ha llegado el momento de jugar el todo por el todo.

—Así sea—suspiró.

A las once y media de aquella noche montamos Sarto y yo nuestros caballos. A Tarlein le volvimos a dejar de guardia, sin revelarle nuestros propósitos. La noche era obscurísima. Yo no llevaba espada, pero sí el revólver, un largo puñal y una linterna sorda. Llegamos a la puertecilla, desmontamos, y Sarto me tendió la mano.

—Esperaré aquí—dijo.—Si oigo un disparo, me...

—Permanezca usted aquí, como la única esperanza de salvación que le queda al Rey. Si yo caigo, importa que no perezca también usted.

—Es verdad, joven. ¡Buena suerte!

Empujé la puerta, que cedió, y me hallé en un jardín abundante en plantas y arbustos. El sendero desviaba algo hacia la derecha y por él tomé, cautelosamente. Tenía oculta la luz de la linterna y mi diestra empuñaba el revólver. No percibía el menor sonido. Pronto distinguí los vagos contornos del cenador, cuyos peldaños subí. La puerta de madera y muy endeble, se abrió en seguida y una mujer que allí esperaba se apoderó vivamente de mi mano.

—Cierre usted la puerta—murmuró.

Obedecí y dirigí hacia ella la luz de la linterna. Llevaba vestido de corte, con ricas joyas, y su hermosura aparecía deslumbradora bajo la viva luz que la inundaba. El cenador no tenía más mueblaje que un par de sillas y una mesita de hierro como las que se ven en algunos cafés.

—No hable usted—me dijo.—No tenemos tiempo para ello. Limítese usted a escucharme, señor Raséndil. Escribí la carta por orden del Duque.

—Lo sospechaba—dije.

—Dentro de veinte minutos estarán aquí tres hombres que se proponen asesinarlo a usted.

—Tres... ¿Los tres aquellos?

—Sí, tiene usted que partir antes de que lleguen. De lo contrario perecerá usted esta noche...

—O perecerán ellos.

—¡Escúcheme usted! Una vez asesinado llevarán su cuerpo a uno de los barrios bajos de la ciudad, donde lo descubrirán. Miguel hará prender en seguida a todos los amigos de usted, Sarto y Tarlein los primeros; proclamará el estado de sitio en la capital y enviará un mensajero a Zenda. Los otros tres asesinarán al Rey en el castillo y el Duque se proclamará a sí mismo o a la Princesa; a sí mismo si llegado el momento se considera suficientemente fuerte para hacerlo. De todos modos, se casará con ella y será Rey de hecho y pronto también de nombre. ¿Comprende usted?

—No es malo el plan. Pero usted, señora, ¿cómo es que?...

—Diga usted, si quiere, que estoy celosa. Pero, ¡Dios eterno! ¿puedo, acaso, verlo casado con ella? Y ahora, retírese usted. Pero recuerde, y esto es lo que principalmente quería decirle, que nunca, ni de día ni de noche, estará usted seguro aquí. Tres personas, tres guardianes le siguen a usted constantemente ¿no es así? Pues a ellos los siguen y espían otros tres. Esas hechuras de Miguel no se hallan nunca a más de quinientos pasos de usted. Si llega un momento en que lo hallen solo está usted perdido. La puerta del jardín está ya cerrada y guardada por ellos. A este lado del cenador, junto a la tapia, hallará una escalera, puesta allí para salvarlo...

—¿Y usted?

—Yo representaré mi papel. Si el Duque descubre lo que estoy haciendo, no volverá usted a verme nunca. De lo contrario, quizás yo... Pero no importa. Parta usted.

—¿Y qué le dirá usted?

—Que usted no acudió a la cita. Que sospechó el lazo.

Tomé su mano y deposité en ella un beso.

—Señora—dije,—ha hecho usted un magno servicio al Rey esta noche. ¿En qué parte del castillo lo tienen?

—Al otro lado del puente levadizo—dijo bajando la voz,—hay una maciza puerta, y tras ella queda... ¿Oye usted? ¿Qué ruido es ese?

Se oían pasos fuera del cenador.

—¡Están ahí! ¡Han anticipado su venida! ¡Dios mío, Dios mío!—exclamó, pálida como un cadáver.

—No podían llegar más a tiempo—dije.

—Oculte usted la luz de la linterna. La puerta tiene una rendija, ahí. ¿Los ve usted?

Apliqué el ojo a la puerta y divisé vagamente tres hombres al pie de la escalinata. Monté el revólver y Antonieta posó su mano sobre la mía.

—Podrá usted matar uno de ellos—murmuró.—¿Y después?

—¡Señor Raséndil!—oímos decir, en inglés y con perfecto acento.

No contesté.

—Deseamos hablarle. ¿Promete usted no hacer fuego hasta habernos oído?

—¿Tengo el gusto de hablar con el señor Dechard?—pregunté.

—No importa el nombre.

—Pues entonces prescindan ustedes del mío.

—Corriente. Tengo que hacerle a usted una proposición.

Yo seguía mirando por la hendidura y vi que mis enemigos habían subido dos escalones y que tres revólvers apuntaban a la puerta.

—¿Nos deja usted entrar? Damos nuestra palabra de honor de observar la tregua convenida.

—No confíe usted en ellos—murmuró Antonieta.

—Podemos hablar perfectamente sin abrir la puerta—dije.

—Pero también puede usted abrirla cuando le parezca y disparar—repuso Dechard,—y aunque lo mataríamos, siempre moriría también uno de nosotros. ¿Da usted su palabra de no hacer fuego mientras hablemos?

—Desconfíe usted—repitió Antonieta.

Me ocurrió una idea, que juzgué practicable.

—Prometo no disparar antes que ustedes—dije.—Pero no los dejaré entrar. Quédense donde están y hablen.

—Aceptado—dijo Dechard.

Los tres acabaron de subir la escalinata y se detuvieron al otro lado de la puerta. No pude oir lo que se decían, pero vi que Dechard hablaba al oído del más alto de sus compañeros. De Gautet, según creo.

—Secreto tenemos—pensé.

Y añadí en voz alta:

—Veamos, señores, cuáles son esas proposiciones.

—Un salvo-conducto hasta la frontera y doscientos cincuenta mil pesos.

—No, no—murmuró Antonieta casi imperceptiblemente.—Todo es una traición.

—Generosa oferta—dije sin perderles de vista un momento.

Los tres se hallaban juntos y pegados a la puerta. Conocía bien a aquellos bandidos y no necesitaba las advertencias de Antonieta. Lo que proyectaban era precipitarse sobre mí repentinamente durante mi conversación con ellos.

—Déjenme ustedes meditar su promesa unos instantes—añadí, pareciéndome oir burlona risa al otro lado de la puerta.

—Póngase usted ahí, contra la pared, fuera del alcance de los revólvers—murmuré dirigiéndome a Antonieta.

—¿Qué va usted a hacer?—preguntó alarmada.

—Ya lo verá usted.

Así la mesita de hierro por las patas y la levanté poniéndola ante mí a manera de escudo que me protegía por completo cabeza y pecho. Aunque pesada, no lo era mucho para un hombre de mis fuerzas. Antes había colgado del cinto la linterna y puesto el revólver en un bolsillo, bien al alcance de la mano. De repente vi que la puerta se abría algunas líneas, como movida por el viento, o impulsada quizás por una mano para probar si cedía. Retrocedí, apartándome de la puerta cuanto pude y guareciéndome tras la mesa de hierro en la posición que dejo descrita.

—Acepto su oferta, señores—grité,—confiando en su palabra de caballeros. Si se toman el trabajo de abrir la puerta...

—¡Ábrala usted!—exclamó Dechard.

—¡Se abre hacia fuera!

—¡Qué diantres, Bersonín—gritó impaciente Dechard.—¿Tienes miedo a un hombre solo?

Me sonreí al oirle y en el mismo instante se abrió la puerta violentamente. La luz de una linterna me mostró a los tres rufianes agrupados en el umbral y apuntando con sus revólvers. Lancé un grito y me precipité sobre ellos a la carrera. Sonó una triple detonación y tres proyectiles se estrellaron contra mi improvisado escudo. La mesa cogió de lleno al grupo y hombres y mesa rodamos juntos escalera abajo, entre gritos y juramentos. Antonieta de Maubán lanzó un agudo chillido, al que yo, levantándome de un salto, contesté con una carcajada.

De Gautet y Bersonín yacían en tierra como aturdidos. A Dechard le cayó la mesa encima, pero al incorporarme yo, la echó a un lado y volvió a hacerme fuego. Levanté mi revólver y disparé casi sin apuntar. Oí una blasfemia y apreté a correr como un gamo, sin dejar de reírme. Alguien corría también detrás de mí, y tendiendo el brazo en su dirección solté otro balazo al azar. Los pasos cesaron.

—¡Con tal que halle la escalera!—pensé, porque la tapia era alta y estaba erizada de púas.

Sí, allí estaba y subí por ella en un abrir y cerrar de ojos. Me incliné sobre el muro y vi los caballos. Cerca de ellos oí un tiro. Era Sarto, que habiendo oído los disparos en el jardín se desesperaba por abrir la puertecilla y al fin la emprendía a tiros con la cerradura. Había olvidado por completo que le estaba prohibido tomar parte en la lucha. Al ver aquello volví a reírme, salté al suelo y poniéndole la mano en el hombro le dije:

—A casa y a la cama, viejo mío. Tengo que contarle a usted la historia más graciosa que ha oído en su vida.

Se volvió, absorto, y exclamó, estrechando mi mano:

—¡Salvado! ¡Salvado!

Pero en seguida refunfuñó como acostumbraba.

—¿De qué demonios se ríe usted?

—De cuatro convidados, al figurármelos en torno de cierta mesa...

Y volví a soltar la carcajada, pensando en la ridícula derrota del formidable y malparado trío.

Y como habrá observado el lector, cumplí mi palabra y no disparé hasta que mis enemigos rompieron el fuego.

X. Amores por cuenta ajena

Era costumbre establecida que el jefe de la policía me enviase todas las tardes un informe sobre la situación en la capital y el estado de la opinión pública; documento que también contenía datos relativos a las personas que la policía tenía orden de vigilar. Desde mi llegada a Estrelsau, Sarto me leía el referido informe, comentando muchas noticias de interés que solía contener. El día siguiente a mi aventura en el cenador, trajeron el parte de policía en ocasión de hallarme jugando una partida de tresillo con Federico de Tarlein.

—Muy interesante viene el informe de esta tarde—dijo Sarto sentándose.

—¿Habla de cierta aventura nocturna?...

El coronel no pudo reprimir una sonrisa y dijo:

—Leo en primer lugar: «Su Alteza el duque de Estrelsau ha salido de la capital (repentinamente, al parecer) acompañado de algunos de sus servidores. Se cree que su destino es el castillo de Zenda, en dirección del cual salió, no por el tren, sino a caballo. Los señores de Gautet, Bersonín y Dechard le siguieron una hora más tarde, llevando el último un brazo en cabestrillo. Se ignora la causa de la herida, pero se sospecha que ha tenido un duelo, en el que figura como causa una mujer.»

—Informes auténticos—observé, alegrándome al saber que el bribón tenía buena memoria mía.

—«La señora de Maubán—siguió leyendo Sarto,—a quien se vigila por orden superior, tomó el tren de mediodía. Pidió billete para Dresde...»

—Antigua costumbre suya—comenté.

—«Pero el tren de Dresde pasa por Zenda.» ¡Si será listo el autor del parte éste! Y por último, oiga usted lo que dice aquí: «El estado de la opinión en la ciudad no es satisfactorio. Se critica mucho al Rey» (ya sabe usted que al jefe de policía le hemos mandado ser muy franco), «porque no activa los preparativos de su matrimonio. Por informes adquiridos entre las personas más allegadas a la princesa Flavia, se sabe que está muy ofendida por la indiferencia de Su Majestad. El pueblo habla ya de boda posible de Su Alteza con el duque de Estrelsau, proyecto que aumenta mucho la popularidad del Duque. He hecho anunciar que el Rey dará esta noche un baile en honor de la Princesa, y la noticia ha producido desde luego el mejor efecto.»

—Y a mí me coge de nuevo—observé.

—¡Oh, los preparativos están todos hechos!—exclamó Tarlein riéndose.—Yo me he encargado de eso.

Sarto se volvió hacia mí para decirme con imperioso acento:

—¡Y sepa usted que esta noche tiene que hacerle la corte a la Princesa!

—A lo cual estoy más que dispuesto, como pueda verme con ella a solas—contesté.—De seguro no cree usted que la tarea pueda parecerme ingrata ni difícil, ¿eh, Sarto?

Tarlein tuvo a bien ponerse a silbar, y luego dijo:

—Tarea es esa que hallará usted más fácil de lo que piensa. Mire usted, Raséndil, me duele decírselo, pero no lo puedo remediar. La condesa Elga me ha confesado que la Princesa está prendada del Rey, y que desde el día de la coronación su afecto por él ha ido en aumento. También es cierto que está muy ofendida por la aparente indiferencia del Rey.

—¡Buena la hemos hecho!—exclamé angustiado.

—¿Y eso qué?—dijo Sarto.—Supongo que más de una vez le habrá usted dicho requiebros a una muchacha bonita. Pues eso es todo lo que ella quiere.

Tarlein, que estaba enamorado, comprendió mejor la penosa situación en que yo me veía, y sin decir palabra puso la mano sobre mi hombro.

—Sin embargo—prosiguió impasible el viejo Sarto,—creo que esta noche debe usted declarársele.

—¡Santo cielo¡—exclamé.

—O poco menos. Y por mi parte mandaré a los periódicos una nota semioficial.

—¡No haré semejante cosa!—dije.—¡Ni usted tampoco! Desde ahora me niego rotundamente a engañar de tal modo a la Princesa.

Sarto clavó en mí sus ojillos penetrantes. Después apareció en sus labios sardónica sonrisa.

—Corriente, joven; como usted quiera. Vaya, limítese usted a tranquilizarla un poco, como pueda. Y ahora hablemos de Miguel.

—¡A quien Dios confunda!—dije.—Ya hablaremos de él otro día. Tarlein, vamos a dar una vuelta por los jardines.

Sarto cedió inmediatamente. Bajo sus bruscas maneras se ocultaba prodigioso tacto y también, como lo fui reconociendo más y más cada día, un profundo conocimiento del corazón humano. ¿Por qué se mostró tan poco exigente conmigo respecto de la Princesa? Porque sabía que la belleza de ésta y mi natural impulso me habían de llevar mucho más allá que todos sus argumentos, y que cuanto menos pensase yo en aquella trama, tanto más probable sería que la llevase adelante. No podía ocultársele la desventura que acarrearía a la Princesa, pero esta consideración nada significaba para él. ¿Puedo decir, con toda sinceridad, que hacía mal? Suponiendo que el Rey volviese al trono, le devolveríamos la Princesa. Pero ¿y si no lográsemos libertarlo? Punto era éste del cual jamás habíamos hablado. Pero yo tenía la idea de que, en tal caso, Sarto se proponía instalarme en el trono de Ruritania y sostenerme en él toda la vida. Al mismo Satanás hubiera él puesto en el trono antes que a Miguel el Negro.

El baile fue suntuoso. Lo inauguré yo con la princesa Flavia y con ella bailé también después, seguidos ambos por las miradas y los comentarios de la brillante concurrencia. Llegó la hora de la cena y en medio de ella me puse en pie, enloquecido por las miradas de mi prima, y quitándome el collar de la Rosa de Oro se lo puse al cuello. Aquel acto fue acogido con unánimes aplausos, y vi que Sarto se sonreía satisfecho, pero no Tarlein, cuya sombría expresión revelaba su disgusto. Pasamos el resto de la cena en silencio; ni Flavia ni yo podíamos hablar. Por fin, a una señal de Tarlein, me levanté, ofrecí mi brazo a la Princesa y recorriendo el salón de uno a otro extremo, la conduje a una habitación contigua, más pequeña, donde nos sirvieron el café. Las damas y caballeros de nuestro séquito se retiraron y quedamos solos.

Los balcones de aquella pieza daban a los jardines del palacio. La noche era hermosísima. Flavia tomó asiento y yo permanecí en pie ante ella. Luchaba conmigo mismo y creo que hubiera triunfado si en aquel momento no me hubiese dirigido ella una mirada breve, repentina, que equivalía a una interrogación; mirada a la que siguió fugaz rubor.

¡Ah, si la hubieseis visto en aquel instante! Me olvidé del Rey prisionero en Zenda y del que reinaba en Estrelsau. Ella era una Princesa, yo un impostor. Pero ¿acaso pensé en ello un solo momento? Lo que hice fue doblar la rodilla ante la bella y tomar su mano entre las mías. Nada dije. ¿Para qué? Me bastaban los suaves rumores de aquella hermosa noche y el perfume de las flores que nos rodeaban, únicos testigos del beso que deposité en sus labios.

Flavia me rechazó dulcemente, exclamando:

—¡Ah! Pero ¿es verdad?...

—¿Si es verdad mi amor?—dije en voz baja, con apasionado acento.—¡Te amo más que a mi vida, más que a la verdad misma, más que a mi honor!

No pareció dar a mis palabras otro valor que el de una de tantas exageraciones del lenguaje de los enamorados.

—¡Oh, si no fueses Rey! ¡Entonces podría demostrarte cuánto te amo! ¿Por qué te quiero tanto ahora, Rodolfo?

—¿Ahora?

—Sí, últimamente. Antes... antes no era así.

El orgullo del triunfo embargó mi ánimo. ¡Era yo, Rodolfo Raséndil, quien la había conquistado!

—¿No me amabas antes?—pregunté rodeándole el talle con mi brazo.

Me miró sonriente y dijo:

—¿Será tu corona? Este nuevo sentimiento se me despertó en mí el día de la coronación.

—¿No antes?—le pregunté ansioso.

Dejóme oir su argentina risa y contestó:

—Hablas como si desearas oirme repetir que no te amaba cuando no eras Rey.

—Pero ¿es eso cierto?

—Sí—murmuró casi imperceptiblemente.—Pero tén cuidado, Rodolfo, sé prudente. Mira que ahora estará furioso.

—¿Quién? ¿Miguel? ¡Oh, si no fuera más que eso!

—¿Qué quieres decir, Rodolfo?

Aquella era la última oportunidad que podía ofrecérseme. Logré dominarme, no sin gran esfuerzo, y retirando mi brazo me aparté dos o tres pasos de ella.

—Si yo no fuera Rey—comencé,—si fuese un simple caballero...

Antes de que pudiera añadir una palabra puso ella su mano sobre la mía, diciendo:

—Aunque fueras un miserable presidiario nunca dejarías de ser mi Rey.

—¡Dios me perdone!—dije para mí. Y estrechando su mano volví a preguntarle:—¿pero si no fuese Rey?

—Basta—murmuró.—No merezco que dudes de mí de esa manera. ¡Ah, Rodolfo! ¿Acaso una mujer que va a casarse sin sentir amor podría mirarte como te miro yo?

Después inclinó el rostro, procurando ocultarlo. Más de un minuto permanecimos unidos, abrazados; pero aun entonces, a pesar de su hermosura y de las circunstancias en que nos hallábamos, apelé a mi honor y a mi conciencia.

—Flavia—dije con voz tan alterada que no parecía la mía,—has de saber que no soy...

Elevábanse sus ojos hacia mí cuando oímos, pesados pasos en el enarenado sendero del jardín y un hombre se detuvo ante el abierto balcón. Flavia lanzó un ligero grito y se apartó de mí rápidamente. La frase que mis labios habían comenzado quedó interrumpida. Sarto, pues era él, se inclinó profundamente, grave y sombrío.

—Perdonad, señor—dijo,—pero Su Eminencia el cardenal espera hace un cuarto de hora, deseoso de ofrecer sus respetos a Vuestra Majestad antes de partir.

—No es mi voluntad hacer esperar a Su Eminencia—repuse.

Pero Flavia, que no se avergonzaba de su amor, radiantes los ojos y ruborizado el rostro, tendió su mano a Sarto. Nada dijo, pero a nadie que haya visto a una mujer en la exaltación producida por el amor, podía ocultársele lo que aquel ademán significaba. Con triste sonrisa se inclinó el veterano y besó la mano que ella le tendía, diciendo con cariñosa y conmovida voz:

—Alegre o triste, feliz o desgraciada, ¡Dios proteja siempre a Vuestra Alteza!

Hizo una pausa y añadió, mirándome y cuadrándose como un soldado:

—Pero ante todo y sobre todo está el Rey. ¡Dios lo proteja!

Y Flavia, besando mi mano, murmuró:

—¡Así sea! ¡Oh, Dios mío, te ruego que así sea!

Volvimos a la sala de baile. Obligado a recibir los saludos de despedida, me vi separado de ella. Cuantos me habían saludado se dirigían en seguida a la Princesa. Sarto iba de grupo en grupo, dejando tras sí miradas de inteligencia, sonrisas y cuchicheos. No dudé que, en cumplimiento de su irrevocable resolución, iba dando a todos la noticia que acababa de adivinar más bien que oir. Preservar la corona para el verdadero Rey y derrotar a Miguel el Negro; ese era todo su afán. Flavia, yo y aun el mismo Rey, no éramos más que otras tantas cartas puestas en juego y nos estaba prohibido tener pasiones. No se limitó a propagar la nueva dentro de los muros del palacio, y así fue que al descender yo la escalera principal dando la mano a Flavia y conducirla a su carruaje, nos esperaba en la calle densa multitud, que prorrumpió en aclamaciones entusiastas. ¿Qué podía hacer yo? De haber hablado entonces se hubieran negado a creer que no era el Rey; a lo sumo hubieran creído que el Rey se había vuelto loco. Los manejos de Sarto y mi propia pasión me habían impulsado; la retirada no era ya posible y la pasión seguía llevándome hacia delante. Aquella noche aparecí ante todo Estrelsau como el verdadero Rey y el prometido de la princesa Flavia.

Por fin, a las tres de la mañana, cuando empezaba a romper el alba, me vi en mis habitaciones sin más compañía que la de Sarto. Contemplaba distraídamente el fuego; mi compañero fumaba su pipa y Tarlein se había retirado a descansar, negándose a dirigirme la palabra. Cerca de mí, sobre la mesa, se veía una rosa de las que Flavia había llevado al pecho aquella noche. Ella misma me la había entregado, después de besarla.

Sarto hizo ademán de tomarla, pero detuve su mano con rápido ademán, diciéndole:

—Es mía, no de usted... ni del Rey.

—Esta noche hemos ganado una victoria a favor del Rey—dijo.

—¿Y quién puede impedirme ganar otra a favor mío?—pregunté iracundo, volviéndome hacia él.

—Sé muy bien lo que está usted pensando—contestó.—Pero su honor se lo prohibe.

—¿Y es usted quien viene a hablarme de honor?

—Vamos, la cosa no es para tanto. Una broma inocente que en nada puede perjudicar a la muchacha...

—No prosiga usted, coronel, a no ser que me tenga usted por un villano desalmado. Si no quiere que su Rey se pudra en su prisión de Zenda mientras Miguel y yo nos disputamos aquí lo que vale más que la corona... ¿Me comprende usted bien?

—Sí, adelante.

—Tenemos que libertar al Rey, o intentarlo cuando menos, y pronto. Si esta comedia, por usted preparada, continúa una semana más, va usted a hallarse con otro problema entre manos, y de los más difíciles. ¿Cree usted poder resolverlo?

—Sí lo creo. Pero si llegara usted a hacer lo que amenaza, tendría que habérselas conmigo y que matarme.

—Con usted y con veinte más. ¿Qué significaría eso para mí? Sin contar con que en un instante puedo levantar a todo Estrelsau contra usted y ahogarlo con sus propias mentiras.

—No lo niego.

—Como podría casarme con la Princesa y mandar y Miguel y su hermano a...

—También es cierto—asintió el viejo soldado.

—¡Pues entonces, en nombre del Cielo—grité extendiendo hacia él los puños,—corramos a Zenda, aplastemos a Miguel y traigamos al Rey a su capital y a su trono!

Sarto se puso en pie y me miró fijamente.

—¿Y la Princesa?—preguntó.

Incliné la cabeza y tomando la rosa la oprimí hasta destrozarla entre mis manos y mis labios. Sentí la diestra de Sarto sobre mi hombro y oí que decía, con turbada voz:

—¡Por Dios vivo! Es usted más Elsberg que todos ellos. Pero yo he comido el pan del Rey y mi deber es servirle. ¡Iremos a Zenda!

Le miré y tomé su mano. Ambos teníamos lágrimas en los ojos.

XI. Caza mayor

Asaltábame una tentación terrible. Quería que Miguel, obligado a ello por mí, diese muerte al Rey. Me creía en situación de afrontar la ira y el poder del Duque y de retener a la fuerza la corona, no por ambición, sino porque el Rey de Ruritania era el esposo destinado a la princesa Flavia. ¡Sarto, Tarlein! ¿Qué me importaban? ¿Qué significan los obstáculos, ni cómo examinarlos y medirlos a sangre fría cuando la pasión ciega domina al hombre por completo?

Hermosa mañana aquella en que me dirigí a pie al palacio de la Princesa, llevando en la mano un ramo de preciosas flores. La razón de estado excusaba mi amor; y si bien las atenciones que prodigaba a mi supuesta prima eran nuevos incentivos a la pasión que me impulsaba, me unían también más estrechamente al pueblo de la gran ciudad, que adoraba a la Princesa. Encontré a la condesa Elga cogiendo flores en el jardín y le rogué que ofreciese las mías a su señora. La amada de Tarlein parecía radiante de felicidad, olvidada por el momento del odio que el duque de Estrelsau profesaba al predilecto de su corazón, único obstáculo que hasta entonces había empañado la dicha de ambos amantes.

—Y ese obstáculo—me dijo con picaresca sonrisa,—lo ha suprimido Vuestra Majestad. Llevaré gustosa estas flores a la Princesa. ¿Quiere Vuestra Majestad que le diga lo primero que Su Alteza hará con ellas?

Nos hallábamos en una amplia terraza inmediata al palacio.

—¡Señora!—llamó alegremente la Condesa, y a su vez apareció Flavia en uno de los abiertos balcones del primer piso.

Me descubrí y saludé profundamente. La Princesa tenía puesta una blanca bata y llevaba suelta la hermosa cabellera. Contestó a mi saludo enviándome un beso y dijo:

—Sube con el Rey, Elga. Le ofreceré siquiera una taza de café.

La Condesa me miró de soslayo sonriéndose y me precedió hasta la habitación donde esperaba Flavia. Una vez solos nos saludamos de nuevo como verdaderos amantes y en seguida me presentó dos cartas. Era una de Miguel el Negro, invitándola cortésmente a pasar el día en el castillo de Zenda, como tenía por costumbre hacerlo una vez cada verano, cuando el parque y los jardines del castillo ostentaban toda su belleza. Arrojé al suelo la carta con desprecio, lo que hizo reír a Flavia, que me presentó la segunda misiva.

—Ignoro quién me la envía—dijo.—Léela.

Un momento me bastó para saber quién había trazado aquellas líneas. Era la misma letra de la esquela que me había dado cita en el cenador de Antonieta de Maubán, y decía:

«No tengo motivos para querer a Vuestra Alteza, pero Dios la libre de caer en poder del Duque. No acepte Vuestra Alteza invitación alguna suya. No vaya sola a ninguna parte; una fuerte guardia armada bastará apenas para protegerla. Enseñe esta carta al que reina hoy en Estrelsau.»

—¿Por qué no dice «al Rey?»—preguntó Flavia inclinándose hacia mí hasta que sus cabellos rozaron mi mejilla.—¿Será broma?

—Si tienes en algo tu vida, y aun más que tu vida, amor mío, haz al pie de la letra lo que esa carta te dice. Hoy mismo enviaré fuerza suficiente para proteger este palacio, del cual no saldrás sino custodiada por numerosa guardia.

—¿Es esa una orden que me da el Rey?—preguntó altiva.

—Lo es, Flavia. Orden que obedecerás... si me amas.

—¡Ah!—exclamó, con expresión tal que le di otro beso.

—¿Sabes quién ha escrito eso?—preguntó.

—Creo saberlo. El aviso proviene de persona que es buena amiga mía, y más diré, lo envía una mujer desgraciada. Precisa contestar que estás indispuesta, Flavia, y no puedes ir a Zenda. Presenta tus excusas en la forma más fría y ceremoniosa que sepas.

—¿Es decir que te consideras suficientemente fuerte para desafiar la cólera de Miguel?—me dijo con orgullosa sonrisa.

—Nada hay que yo no esté dispuesto a hacer por tu propia seguridad—fue mi contestación.

Poco después me separé de ella, no sin esfuerzo, y tomé el camino de la casa del general Estrakenz, sin consultar a Sarto. Había tratado algo al anciano General, creía conocerlo y lo estimaba. No así Sarto, pero yo había aprendido ya que éste sólo estaba satisfecho cuando él mismo lo hacía todo, y que a menudo lo impulsaba, más que el deber, un sentimiento de rivalidad. La situación era tan crítica que Sarto y Tarlein no me bastaban para dominarla, pues ambos tenían que acompañarme a Zenda y necesitaba una persona segura que velase por lo que yo amaba más en el mundo y me permitiese dedicarme con ánimo tranquilo a la empresa de libertar al Rey.

El General me recibió con afectuosa lealtad. Le hice confidencias parciales, le encomendé la guardia de la Princesa y mirándole fija y significativamente le ordené que no permitiese a ningún emisario del Duque acercarse a Flavia, como no fuese en su presencia y en la de una docena de nuestros amigos, por lo menos.

—Quizás no se engañe Vuestra Majestad—dijo, moviendo tristemente la encanecida cabeza.—A hombres que valían más que el Duque les he visto hacer peores cosas por amor.

Yo más que nadie podía apreciar el valor de aquellas palabras, y dije:

—Pero hay en todo esto algo más que amor, General. El amor puede satisfacer su corazón. Pero ¿no necesita y procura algo más para saciar la ambición que le devora?

—Ojalá le juzgue mal Vuestra Majestad.

—General, voy a ausentarme de Estrelsau por algunos días. Todas las noches le enviaré a usted un mensajero. Si durante tres días consecutivos no recibe usted noticias mías, publicará un decreto que dejaré en su poder, privando al Duque del Gobierno de Estrelsau y nombrándolo a usted en su lugar. En seguida declarará usted la capital en estado de sitio, y mandará a decir al Duque que exige ser recibido en audiencia por el Rey... ¿Me comprende usted bien?

—Perfectamente, señor.

—Si en el plazo de veinticuatro horas no consigue usted ver al Rey—continué posando mi mano sobre su rodilla,—eso significará que el Rey habrá muerto y que usted deberá proclamar al heredero de la corona. ¿Sabe usted quién es?

—La princesa Flavia.

—Júreme usted por Dios y por su honor que la defenderá y apoyará hasta morir por ella, que matará, si es necesario, al traidor, y que la pondrá en el trono que hoy ocupo.

—¡Lo juro, por Dios y por mi honor! Y ruego a Dios que proteja a Vuestra Majestad, porque creo que la misión que se propone está llena de peligros.

—Lo único que espero es que esa misión no cueste otras vidas más valiosas que la mía—dije levantándome y ofreciéndole mi mano.—General—continué,—quizás llegue un día en que oiga usted revelaciones inesperadas concernientes al hombre que en este momento le dirige la palabra. Cualesquiera que sean ¿qué opina usted de la conducta de ese hombre desde el día en que fue proclamado Rey en Estrelsau?

El anciano, estrechando mi mano, me habló de hombre a hombre.

—He conocido a muchos Elsberg—dijo.—Y ¡suceda lo que quiera, usted se ha portado como buen Rey y como un valiente; y también como el más galante caballero de todos ellos.

—Sea ese mi epitafio—dije,—el día en que otro ocupe el trono de Ruritania.

—¡Lejano esté ese día y no viva yo para verlo!—exclamó Estrakenz, contraídas las facciones.

Ambos nos hallábamos profundamente conmovidos. Me senté para escribir el decreto que debía de entregarle, y dije:

—Apenas puedo escribir; la herida del dedo me impide todavía moverlo.

Era aquella la primera vez que me arriesgaba a escribir, a excepción de mi nombre y a pesar de los esfuerzos que había hecho para imitar la letra del Rey, distaba mucho de la perfección.

—La verdad es, señor—observó el General,—que este carácter de letra se diferencia bastante del que todos conocemos. Circunstancia deplorable en este caso, porque puede despertar sospechas y aun hacer creer que la orden no procede del Rey.

—General—exclamé sonriéndome,—¿de qué sirven los cañones de Estrelsau si con ellos no puede disiparse una mera sospecha?

Tomó el documento en sus manos, sonriéndose a su vez de la ocurrencia mía.

—El coronel Sarto y Federico de Tarlein me acompañarán—continué.

—¿Va Vuestra Majestad a ver al Duque?—preguntó en voz baja.

—Sí; al Duque y a otra persona a quien necesito ver y que se halla en Zenda.

—Quisiera poder ir con Vuestra Majestad—dijo retorciendo el blanco bigote.—Quisiera hacer algo por el Rey y su corona.

—Aquí le dejo a usted algo más precioso que la vida y la corona—le dije;—y lo hago porque en toda Ruritania no hay hombre que más merezca mi confianza.

—Le devolveré a Vuestra Majestad la Princesa sana y salva, y si esto no es posible la haré Reina.

Nos separamos, regresé a palacio y dije a Sarto y Tarlein lo que acababa de hacer. Sarto refunfuñó algo, pero lo esperaba, y en definitiva dio su aprobación a mi plan, animándose a medida que se acercaba la hora de realizarlo. También Tarlein se manifestó dispuesto a todo, aunque por estar enamorado arriesgaba más que Sarto. ¡Cuánto lo envidiaba yo! Para Tarlein el triunfo de mi empresa significaba también el de su amor, su unión con la joven a quien adoraba, en tanto que para mí, era aquel triunfo señal cierta de sufrimientos más crueles que cuantos pudiera proporcionarme el fracaso de mis planes. Así lo comprendió él también, porque tan luego nos vimos algo apartados de Sarto, tomó mi brazo y me dijo:

—Dura prueba es ésta para usted; mas no por ello disminuirá un ápice la confianza que me merecen su rectitud y su hidalguía.

Desvié el rostro para no dejarle ver todo lo que pasaba en mi ánimo; bastaba que presenciase lo que me proponía hacer. Ni aun Tarlein mismo había descubierto toda la verdad, porque no se había atrevido a elevar sus miradas hasta la princesa Flavia y leer en sus ojos, como lo había hecho yo.

Quedó por fin acordado nuestro plan en todos sus detalles, los mismos que se verán más adelante. Se anunció que a la mañana siguiente saldríamos a una cacería, lo dispuse todo para mi ausencia y sólo una cosa me quedaba ya por hacer, la más penosa y difícil. Al anochecer crucé en coche las calles más concurridas y me dirigí a la residencia de Flavia. Fui reconocido y aclamado cordialmente, y a pesar de mis temores y tristezas, me sonreí al notar la frialdad y altivez con que me recibió mi amada. Había oído ya que el Rey se proponía salir de Estrelsau para ir de caza.

—Siento que no podamos divertir a Vuestra Majestad lo suficiente para retenerle en la capital—dijo golpeando ligeramente el suelo con el pie.—Comprendo que yo hubiera podido ofrecer a Vuestra Majestad alguna mayor distracción, pero fui bastante inocente para creer...

—¿Qué?—pregunté inclinándome hacia ella.

—Que aunque sólo fuese por dos o tres días, después de... de lo ocurrido anoche, quizás Vuestra Majestad se sentiría suficientemente complacido para no necesitar otras distracciones. Espero que los jabalíes consigan interesarlo y distraerlo más que yo—agregó.

—Precisamente voy en busca de un jabalí—dije,—y de los más feroces y corpulentos—y luego, sin poderlo remediar, me puse a acariciar sus cabellos, pero ella apartó la cabeza.

—¿Estás irritada conmigo?—pregunté fingiendo sorpresa y deseoso de aumentar un tanto su enojo. Nunca la había visto irritada hasta entonces y la hallaba no menos graciosa bajo aquel nuevo aspecto.

—¿Tengo acaso el derecho de enojarme?—preguntó.—Cierto es que anoche tuviste a bien decir que cada hora pasada lejos de mí era una hora perdida. Pero tratándose de un jabalí enorme ya es cosa muy diferente.

—Tan enorme que quizás sea yo cazado por él.

Flavia nada dijo.

—¿No te conmueve mi propio peligro?

Como continuase muda, acerqué mi rostro al suyo, que procuraba ocultar a mis miradas y vi que tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Lloras porque corro peligro?

—Te portas ahora como solías ser antes, pero no como el Rey... como el Rey que yo había aprendido a amar.

Lancé un gemido y la estreché sobre mi corazón.

—¡Amor mío!—exclamé olvidado de todo para no pensar más que en ella;—¿has podido creer que yo iba a dejarte para ir de caza?

—Pero entonces, Rodolfo... ¿vas acaso?...

—Sí, en busca de esa fiera, de Miguel en su guarida.

Flavia estaba densamente pálida.

—Ya ves, pues, querida mía, que no soy el amante ingrato que suponías. Pero no permaneceré ausente mucho tiempo.

—¿Me escribirás, Rodolfo?

Aunque pareciese debilidad por mi parte, no podía decir cosa, alguna que despertase sus sospechas.

—Te enviaré mi corazón todos los días—respondí.

—¿Y no correrás peligro?

—Ninguno que pueda yo evitar.

—¿Cuándo volverás? ¡Oh, qué largos me parecerán ahora los días!

—¿Que cuándo volveré?—repetí.—No lo sé, no puedo saberlo.

—¿Pronto, Rodolfo, pronto?

—Sólo Dios lo sabe. Pero si no volviese, amada mía...

—¡Oh, cállate, Rodolfo! ¡Cállate!—y posó sus labios sobre los míos.

—Si yo no volviese—murmuré,—tendrías que ocupar mi puesto, porque entonces tú serías la única representante de nuestra casa. Tu deber entonces sería reinar, no llorarme.

Irguióse con toda la majestad de una Reina y exclamó:

—¡Sí, lo haría! ¡Ceñiría la corona y representaría mi papel! Pero ¡ah! mi corazón moriría contigo...

Se detuvo, y aproximándose otra vez a mí murmuró dulcemente:

—¡Vuelve pronto, Rodolfo!

Su voz, su acento, me dominaron.

—¡Juro—exclame,—verte una vez más, pero yo mismo, antes de morir!

—¿Tú mismo? ¿Qué quieres decir?—preguntó fijando en mi sus asombrados ojos.

No me atreví a pedirle perdón; le hubiera parecido un insulto. No podía decirle entonces quién era yo. Flavia lloraba y me limité a enjugar sus lágrimas.

—¿Es acaso posible—pregunté,—que hombre alguno no regrese al lado de la mujer más hermosa del mundo?—dije.—¡Un centenar de Migueles no podrían impedírmelo!

Se estrechó aún más contra mí, algo consolada.

—¿No permitirás que Miguel te mate?

—No, amor mío.

—¿Ni que te separe de mí?

—No, amor mío.

—¿Nadie podrá separarte de mí?

Y una vez más contesté:

—No, amor mío.

Y sin embargo, existía un hombre—no Miguel,—que debía de separarme de ella y por cuya vida iba yo a arriesgar la mía. El recuerdo de aquel hombre, la arrogante figura que yo había contemplado por primera vez en el bosque de Zenda, el cuerpo inerte abandonado en el sótano del pabellón de caza, se me aparecía entonces como una doble sombra, interponiéndose, separándome de Flavia, que yacía pálida y casi desvanecida en mis brazos, pero fijando en mí una mirada llena de amor, como no he visto otra en mi vida; una mirada cuyo recuerdo me persigue aún y me perseguirá eternamente, hasta que la tierra cubra mis huesos y (¿quién sabe?) quizás aun más allá de la tumba.

XII. Un anzuelo bien cebado

A dos leguas de Zenda y por la parte opuesta de aquella donde se alza el castillo, queda un extenso bosque. En su centro y sobre la colina, cuyas laderas cubre el bosque, está construida la hermosa residencia del conde Estanislao de Tarlein, pariente lejano de mi amigo el joven Tarlein. El Conde visitaba aquella propiedad muy raras veces, la había puesto a mi disposición y a ella nos dirigíamos. Elegida en apariencia por la abundante caza de sus cercanías, entre la que no escaseaban los jabalíes, lo había sido principalmente por su inmediación a la magnífica residencia del Duque, situada, como dicho queda, al lado opuesto de la población. Por la mañana salieron de Estrelsau numerosas personas de mi servidumbre, con caballos y equipaje, y nosotros los seguimos a mediodía, yendo buena parte del camino por tren y haciendo después la jornada a caballo hasta la posesión de Tarlein.

Me acompañaban diez bizarros caballeros, además de Sarto y Tarlein, cuidadosamente elegidos todos ellos y ciegamente adictos al Rey. Se les dijo parte de la verdad, revelándoles también la tentativa contra mi vida hecha en el cenador de Antonieta de Maubán, para estimular su celo y acrecentar el odio que profesaban al Duque. Se les dijo además que éste tenía preso en el castillo de Zenda a un fiel servidor del Rey, cuyo rescate era uno de los objetos de la expedición; pero añadiendo que la mira principal del nuevo soberano era tomar ciertas medidas contra su díscolo hermano, respecto de las cuales nada más podía revelárseles por entonces. Jóvenes, leales y valientes, les bastaba que el Rey manifestase sus deseos; lo único que deseaban era mostrarle su buena voluntad, y tanto mejor si para ello tenían que desenvainar la espada.

Así quedó trasladado el teatro de los sucesos desde Estrelsau al palacio de Tarlein y al castillo de Zenda, que se alzaba sombrío y amenazador al otro lado del valle. Por mi parte traté de no pensar por el momento en Flavia y de dedicarme con toda energía al cumplimiento de mi ardua empresa. Era ésta nada menos que sacar vivo al Rey de su prisión. La fuerza era inútil; había que idear alguna estratagema y yo tenía ya un proyecto en embrión; pero me veía muy contrariado por la publicidad dada a mi salida de la capital. Miguel debía de estar ya perfectamente enterado de mi expedición y de su verdadero objeto, pues ni por un momento podía engañarle el pretexto de la cacería. Pero había que aceptar ese riesgo, con todo lo que para nosotros significaba, porque tanto Sarto como yo reconocíamos que la situación era ya insostenible. Una ventaja militaba a mi favor; la de que Miguel el Negro no podía creer que yo abrigase favorables designios respecto del Rey. El veía y apreciaba la oportunidad que se me ofrecía, como la veía yo, como la había visto Sarto. Miguel, por su parte, amaba a la Princesa y no dudo que hubiera matado al Rey, a mi otro rival, sin el menor escrúpulo; pero no sin quitar antes de en medio a Rodolfo Raséndil.

En todo esto iba pensando yo por el camino, y no había permanecido más de una hora en la casa cuando se presentó una imponente embajada enviada por el Duque. No tuvo el cinismo de mandarme a los tres que antes intentaron asesinarme, pero sí diputó la otra mitad del sexteto, Laugrán, Crastein y Ruperto Henzar, los ruritanos. Tres arrogantes mocetones, soberbiamente montados y equipados, el último de los cuales, Henzar, que no contaría más de veintidós o veintitrés años, me dirigió un bien pensado discurso, manifestándome que mi cariñoso hermano se veía privado del placer de ofrecerme sus respetos en persona y aun de poner su residencia a mi disposición, porque así él como varios de sus servidores estaban atacados de escarlatina. Así lo aseguró, con sardónica sonrisa, Henzar, su embajador, apuesto mozo, tan bribón como bien parecido, de quien se decía que andaban enamoradas muchas y muy principales damas.

—Vamos, que mi hermano Miguel con escarlatina debe de estar más parecido a mí que de ordinario, a lo menos por el color—dije.—¿Sufre mucho?

—No tanto que no pueda atender a sus asuntos, señor.

—Espero que no se contarán entre los otros enfermos mis tres buenos amigos De Gautet, Bersonín y Dechard—continué.—Del último he oído decir que está herido.

Laugrán y Crastein hicieron una feísima mueca, pero el joven Henzar se sonrió al decir:

—Dechard espera hallar muy pronto bálsamo eficaz para su herida.

Por mi parte me eché a reír, porque sabía que para mi malparado enemigo no había más que un remedio: venganza.

—¿Se sentarán ustedes a mi mesa, señores?—pregunté.

El joven Ruperto declinó respetuosamente la invitación, alegando que importantes deberes los llamaban al castillo.

—Pues entonces—dije con un ademán de despedida,—¡hasta nuestra próxima entrevista, que espero nos permitirá conocernos mejor!

—¡Y para ello, ojalá que Vuestra Majestad nos proporcione pronta oportunidad!—agregó Ruperto altaneramente; y al pasar junto a Sarto miró a éste con tal expresión de desprecio y burla que el veterano apretó los puños y sus ojos brillaron amenazadores.

Cuanto a mí, me agradaba aquel bribón franco y alegre y lo prefería con mucho a sus dos compañeros de sombrío rostro y siniestra mirada. Más vale ser un bribón con gracia que sin ella.

Aquella primera noche, en vez de saborear la excelente comida que me habían preparado mis cocineros, dejé que los caballeros de mi séquito la despachasen a su gusto, bajo la presidencia de Sarto, mientras yo cabalgaba en compañía de Tarlein hacia la villa de Zenda y más particularmente hacia cierta posada que allí conocía. La excursión ofrecía poco peligro; la noche era clara, el camino hasta Zenda, muy concurrido y lo único que hice fue envolverme en una amplia capa. Un lacayo nos seguía a distancia.

—Tarlein—dije al llegar a la población;—en la posada adonde nos dirigimos hay una muchacha muy linda.

—¿Cómo lo sabe usted?—preguntó.

—Porque he estado en ella.

—¿Desde?...

—No, antes.

—Pero le reconocerán a usted.

—Probablemente. Y por lo mismo, he aquí lo que vamos a hacer. Somos dos caballeros del séquito del Rey, uno de los cuales tiene dolor de muelas. El otro dispondrá que nos sirvan de comer en habitación separada, con una botella de buen vino para alivio del paciente. Y si es usted tan avisado como lo creo, la linda muchacha de que le he hablado, y nadie más, será quien nos sirva a la mesa.

—¿Y si ella se niega a servirnos?

—Querido Tarlein, si se niega a hacerlo por usted, lo hará por mí.

Llegamos a la posada, bien embozado yo; vi a la madre de la muchacha y poco después a ésta, se dio orden de servirnos la comida, me instalé en una pieza reservada para nosotros, y no tardó en reunírseme Tarlein.

—La chica será quien nos sirva—dijo.

—Y de lo contrario—añadí,—hubiera yo dudado mucho del buen gusto de la condesa Elga.

Entró la buena moza, le di tiempo de poner la botella sobre la mesa para evitar que con la sorpresa la hiciera pedazos, y Tarlein llenó un vaso, que me ofreció.

—¿Sufre mucho este caballero?—preguntó la joven.

—Ni más ni menos que la primera vez que te vio—dije desembarazándome.

Dio ella un ligero grito y exclamó:

—¡Con que era el Rey! Así se lo dije a mi madre apenas vi el retrato de Su Majestad. ¡Oh, señor, perdón!

—No recuerdo tener nada que perdonarte—dije.

—Pero, señor, todas aquellas cosas que dijimos...

—¡Oh, te las perdono de todo corazón!

—Voy a decirle a mi madre...

—Ni una palabra—le ordené.—Vé a traer la comida y nada digas a nadie sobre la presencia del Rey en esta casa.

Volvió a los pocos momentos llena de curiosidad.

—¿Y Juan?—le pregunté, empezando a comer.—¿Qué tal está?

—Apenas le vemos ahora, señor.

—¿Por qué?

—Yo le dije que venía por aquí muy a menudo.

—¿Es decir que está enfadado y se oculta?

—Sí, señor.

—¿Pero tú puedes hacerlo volver por aquí?

—Es muy probable...

—¡Oh, sí! Yo sé lo mucho que tú vales y puedes—le dije, haciéndola ruborizarse de placer.

—Pero, señor, no sólo es eso lo que lo aleja de Zenda. En el castillo tienen ahora mucho que hacer.

—Pero si el Duque no está de caza...

—No, señor; pero Juan tiene a su cargo el servicio interior.

—¿Juan convertido en doncella de servicio?

La muchacha se desvivía por chismear un poco.

—Es que no hay allí nadie más que pueda hacerlo—explicó.—Ni una sola mujer. Es decir, como criada, porque no falta quien diga que... Pero es falso, sin duda.

—No importa, sepamos lo que dicen.

—Pues corre el rumor de que en el castillo habita una señora. Lo cierto es que Juan tiene que servir a los caballeros que allí residen ahora.

—¡Pobre Juan! No dejará de hallarse muy ocupado. Sin embargo, estoy seguro de que nunca le faltará media hora para venir a verte. ¿Tú lo quieres?

—No mucho, señor.

—¿Pero quieres servir al Rey?

—Sí, señor.

—Pues entonces, mándale a decir que le esperas junto a la gran piedra que hay en el camino de Zenda al castillo, a la salida del pueblo, mañana a las diez de la noche.

—¿Piensa usted hacerle algún daño, señor?

—Ninguno, si hace lo que yo le ordene. Pero creo haberte dicho lo bastante, linda muchacha. Cuida de obedecerme puntualmente y recuerda que nadie ha de saber que el Rey ha estado aquí.

Hablé con alguna severidad, porque nunca está de más infundir cierto grado de temor a las mujeres que nos quieren; y al propio tiempo, suavicé la severidad de mis palabras, haciéndole un valioso presente. Comimos, volví a embozarme y precedido de Tarlein me dirigí adonde nos esperaban los caballos.

No eran más de las ocho y media de la noche, había mucha gente en las calles para una población tan pequeña y era fácil ver que los buenos vecinos de Zenda comentaban noticias al parecer muy interesantes. Y no era extraño, porque con el Duque por un lado y el Rey por otro, Zenda les parecía indudablemente el centro de toda Ruritania. Recorrimos las calles al paso de nuestros caballos, pero les pusimos al galope tan luego salimos al campo.

—¿Quiere usted atrapar a ese Juan de que habla?—preguntó Tarlein.

—Sí, y convendrá usted conmigo en que he cebado bien el anzuelo. Nuestra bonita Dalila de la posada, atraerá al Sansón del castillo. La precaución del duque Miguel, de no tener mujeres en el castillo no basta, amigo Tarlein. Para lograr completa seguridad, se necesita que no haya faldas en cincuenta leguas a la redonda.

—Conque las haya en Estrelsau me basta—dijo el enamorado Tarlein dando un suspiro.

Subimos por la avenida que conducía a la villa Tarlein y apenas pudo oirse desde ésta el paso de los caballos, salió Sarto apresuradamente a recibirnos.

—¡Gracias a Dios que vuelve usted sano y salvo!—exclamó.—¿No ha asomado ninguno de ellos por el camino?

—¿De quiénes habla usted, coronel?—pregunté, echando pie a tierra.

Nos llevó a un lado, para que no lo oyesen los lacayos.

—Joven—dijo,—basta ya de cabalgar solo o poco menos, por estos alrededores. No puede usted volver a hacerlo, sin que le acompañemos media docena de nosotros. ¿Sabe usted lo que le ha pasado a Berstein?

El caballero de este nombre, uno de los de mi séquito, era un arrogante mozo, casi tan alto como yo, y de caballo muy parecido al mío.

—Pues está arriba en su cuarto y en cama, con una bala en el brazo.

—¡Qué me dice usted!

—Lo que oye. Después de comer se le ocurrió ir a dar un paseo por el bosque, y a lo mejor divisó entre los árboles a tres hombres, uno de los cuales le apuntó con un fusil. Como estaba desarmado, echó a correr en dirección a esta casa, pero sonó un disparo, le atravesaron un brazo y cuando llegó aquí estaba a punto de caer desvanecido.

Hizo Sarto una pausa y continuó:

—Esa bala, joven, le estaba destinada a usted.

—Es muy probable—dije.—Primera sangre a favor de Miguel.

—Quisiera saber cuál de los dos tríos es el autor de esa hazaña—dijo Tarlein.

—Sarto—dije a mi vez,—mi salida de esta noche tenía objeto importante, como lo verá usted más adelante. Pero por lo pronto puedo asegurar una cosa.

—¿Y es?

—Que creería corresponder muy mal a los grandes honores de que me ha colmado Ruritania, si saliese del país dejando con vida a uno siquiera de los Seis. Y con la ayuda de Dios me propongo limpiar de ellos al país.

Sarto, al oirme, tomó y estrechó mi mano.

XIII. Nueva escala de Jacob

A la mañana siguiente di algunas órdenes y me sentí más satisfecho que nunca. Había puesto manos a la obra, al trabajo, y éste, ya que no cura el amor, es por lo menos como un narcótico que nos permite olvidarlo temporalmente. Sarto, que andaba agitado y nervioso, se sorprendió mucho al verme aquella mañana, arrellanado en cómodo sillón de brazos, escuchando la canción amorosa que con muy buena voz entonaba uno de los caballeros de mi séquito. Tal era mi ocupación cuando el más joven de los Seis, Ruperto Henzar, que no temía a Dios ni al diablo, se adelantó de repente a caballo, con tanta calma como si detrás de cada árbol no pudiese tener yo apostado un buen, tirador, y ni más ni menos que si cabalgase en el parque de Estrelsau.

Se acercó a mí, saludándome con cómica reverencia, y solicitó hablarme a solas para comunicarme un mensaje del duque Miguel. Hice que se retirasen todos y Henzar, sentándose a mi lado, comenzó:

—¿El Rey está enamorado a lo que parece?

—No de la vida, señor mío—contesté sonriéndome.

—Más vale así. Pero estamos solos. Usted, Raséndil...

—¿Qué es eso? ¿Cómo se entiende?—le dije en tono seco y arrogante, haciendo ademán de levantarme.

—¿Qué ocurre?—preguntó.

—Pues nada, sino que iba a llamar para que le trajeran a usted su caballo. Si ignora usted cómo dirigirse al Rey, es indispensable que mi hermano elija otro embajador.

—¿Para qué continuar esta farsa?—preguntó con suma indiferencia, sacudiendo con su latiguillo el polvo que cubría sus altas botas.

—Porque la farsa no ha terminado todavía—repliqué;—y mientras dure me reservo el derecho de usar el nombre que mejor me cuadre.

—Corriente. Lo único que me proponía hacer era hablarle con entera franqueza. Porque no le quiero a usted mal, es usted todo un hombre.

—Por tal me tengo, modestia aparte. Soy honrado con los hombres y honro y respeto a las mujeres, señor mío.

Me dirigió una mirada iracunda.

—¿Vive su madre de usted?—proseguí.

—No, ha muerto.

—Tanto mejor para ella—dije, gozándome al oir la maldición que me lanzó entre dientes.—Y ahora, oigamos ese mensaje.

Le había herido en lo vivo, porque todo el mundo sabía que Henzar había instalado a una querida en su propia casa, y destrozado el corazón de su madre, muerta de pesar. Toda su arrogancia desapareció por el momento.

—El Duque le ofrece a usted más de lo que yo le ofrecería—murmuró.—Mi opinión era que le mandase a usted la cuerda con que merece ser ahorcado, pero él se empeñó en darle un salvo-conducto hasta la frontera y quinientos mil pesos.

—Pues entre las dos ofertas prefiero la de usted, señor mío.

—¿Es decir que rehusa usted la del Duque?

—Desde luego.

—Así se lo dije a Su Alteza.

Y el bribón que había recobrado todo su aplomo, me dirigió la más alegre de sus sonrisas.

—La verdad es, acá entre nosotros, que Miguel no sabe ni puede comprender lo que es un caballero.

—¿Y usted?—dije riéndome en sus barbas.

—Yo sí. Corriente: pues le daremos a usted la cuerda.

—Lo malo es que no vivirá usted para verme ahorcado con ella—observé.

—¿Me hace Vuestra Majestad el honor de buscarme querella?

—Para eso sería preciso que tuviera usted siquiera algunos años más.

—Maldito lo que eso importa. Joven o no, me basto y me sobro para el caso—dijo con burlona risa.

—¿Cómo está su prisionero?

—¿El Rey?

—Su prisionero, digo.

—¡Ah, sí! Había olvidado los deseos de Vuestra Majestad. Pues el preso vive todavía.

Dejó su asiento, le imité y sonriéndose dijo:

—¿Y qué tal la bella Princesa? Apuesto a que el próximo Elsberg será rojo, por más que Miguel el Negro le haga las veces de padre...

Di un salto hacia él cerrando los puños. No retrocedió una sola línea y siguió mirándome con expresión y sonrisa insolentes.

—¡Vete, antes de que te haga pedazos!—murmuré.

Me había pagado con creces la alusión a la muerte de su madre.

Lo que hizo después fue buena muestra de su increíble audacia. Mis amigos se hallaban a cincuenta pasos de distancia. Heznar ordenó a un lacayo que le trajese su caballo y despidió al criado dándole una moneda de oro. Yo permanecía inmóvil, sin sospechar cosa alguna. Fingió que iba a montar, pero volviéndose de repente hacia mí, con la mano izquierda en el cinto y tendiéndome la diestra, dijo:

—Aquí está mi mano.

Me limité a inclinarme e hice lo que él había previsto: crucé ambas manos a la espalda. Rápida como el rayo brilló en alto su daga y se clavó en mi hombro: de no haberme apartado bruscamente me hubiera atravesado el corazón. Retrocedí lanzando un grito, saltó él en la silla sin tocar el estribo y salió disparado como una flecha, perseguido por gritos y tiros de revólver, tan inútiles éstos como aquéllos. Me dejé caer en mi sillón, mirando cómo el malvado desaparecía al extremo de la avenida. Después me rodearon mis amigos y perdí el conocimiento.

Supongo que me llevaron al lecho, donde pasé muchas horas de las que nunca conservé el menor recuerdo. Era de noche cuando recobré el conocimiento y vi a Tarlein a mi lado. Me sentía débil y fatigado, pero Tarlein se apresuró a darme la buena noticia de que mi herida curaría pronto y que entretanto todo iba bien, pues Juan el guardabosque había caído en el lazo que le tendimos y se hallaba en nuestro poder.

—Y lo más raro es—continuó Tarlein,—que no parece muy contrariado de verse aquí. Sin duda se dice que le tiene más cuenta no figurar como testigo del crimen que Miguel prepara con el auxilio de sus Seis matachines.

Aquella idea me hizo concebir muy buenas esperanzas en la cooperación de nuestro prisionero. Dispuse que me lo trajeran en seguida, y pronto llegó acompañado de Sarto, que le hizo tomar asiento junto a mi lecho. Estaba atemorizado, pero también nosotros abrigábamos nuestros recelos después de la tentativa de Ruperto Henzar, y Sarto cuidó de tenerlo muy al alcance de su revólver mientras duró la entrevista. Al entrar tenía atadas las manos, pero inmediatamente hice que lo desataran.

No detallaré todas las garantías y recompensas que le ofrecimos y que en su día fueron cumplidas religiosamente, de suerte que hoy vive con holgura, aunque no diré dónde. Era más débil que perverso y muy pronto nos convencimos de que hasta entonces había obrado por temor al Duque y a su hermano Máximo más que por adhesión a la causa de aquél. Pero todos estaban convencidos de su lealtad; y aunque ignoraba los planes secretos de su amo, su conocimiento de la disposición interior del castillo, y de las medidas tomadas en él, lo hacían un auxiliar precioso. He aquí en breve los informes que nos proporcionó:

Debajo del piso del castillo había dos pequeñas celdas labradas en la roca viva, a las cuales se bajaba por medio de una escalera de piedra que comenzaba a un extremo del puente levadizo. Una de dichas celdas carecía de ventanas y había que tener siempre en ella velas encendidas. La segunda tenía una ventana cuadrada que daba al foso. En esta celda velaban siempre de día y de noche, tres de los Seis, con orden de defender la puerta que daba a la otra celda, en caso de ataque, mientras les fuera posible; pero dado que los asaltantes parecieran próximos a triunfar, Henzar y Dechard, uno de los cuales se hallaba siempre allí, tenían orden expresa del Duque de separarse de sus compañeros, entrar en la celda inmediata y matar al Rey. Allí estaba preso éste, bien tratado hasta entonces, pero sin armas y atados los brazos con delgadas cadenas de acero que apenas le permitían moverlos. Es decir que antes de franquear nosotros la segunda puerta habría muerto el Rey. ¿Y su cuerpo? ¿No sería éste la prueba más clara y comprometedora del crimen de Miguel?

—No señor—dijo Juan.—Su Alteza ha pensado en eso, y el asesino del Rey no tiene más que abrir la reja de hierro que encierra la ventana de la celda, reja cuyo marco gira sobre sus goznes. El hueco de la ventana está hoy obstruido por un enorme tubo, capaz de dar paso al cuerpo de un hombre, y cuyo extremo opuesto llega precisamente hasta la superficie del agua que llena el foso. Muerto el Rey, su matador arrastra el cuerpo hasta la ventana, le ata un peso de plomo que allí tienen preparado y desliza el cadáver por el tubo hasta el agua del foso, que mide allí veinte pies de profundidad. Hecho esto, da un grito que sirve de señal a los otros, se arroja a su vez por el tubo, le siguen los demás si pueden, y mientras el cuerpo del Rey va derecho al fondo del foso, los asesinos nadan hacia la orilla opuesta, donde varios hombres tienen orden de esperarlos con cuerdas para sacarlos del agua y caballos para huir, si no queda otro recurso. En este caso Miguel huiría también con ellos. Pero si les quedase alguna esperanza de triunfar, volverían al castillo y cogerían a sus enemigos en las dos piezas subterráneas, como en una trampa. Este es el plan de Su Alteza, pero sólo se propone emplearlo en último extremo, porque su intento es no matar al Rey hasta haberlo matado a usted, o hasta tener la seguridad de que podrá despacharlo poco después de muerto el Rey. Y ahora, señor, le ruego que me proteja, porque si el duque Miguel llega a saber lo que he hecho, no habrá tormento bastante cruel para mí.

Por el relato de Juan, que completamos con nuestras preguntas, supimos también que en caso de ataque al castillo por una fuerza numerosa, como la que yo el Rey podía reunir, sus defensores renunciarían a toda resistencia, limitándose a matar al Rey y arrojar su cadáver al fondo del foso. Pero en lugar de huir los asesinos, uno de ellos debía ocupar el lugar del Rey en el calabozo y pedir a los asaltantes favor y justicia a grandes gritos; llamado entonces Miguel, declararía que el preso había ofendido a la señora Maubán y por eso sufría aquel castigo; y que él, el Duque, se alegraba de tener aquella oportunidad para aclarar lo ocurrido en la fortaleza y contradecir y disipar ciertos rumores que habían circulado acerca de la presencia de un misterioso prisionero en el castillo de Zenda. Burlados entonces los invasores, se retirarían, permitiendo al Duque disponer con toda calma del cuerpo del Rey.

Sarto, Tarlein y yo en mi lecho oíamos con horror aquellos detalles de la maldad del Duque y de la audacia de su plan. Fuese yo al castillo ocultándome o en pleno día, solo o al frente de mis tropas, el Rey estaba condenado a morir antes de que yo pudiera acercármele. Si Miguel me vencía todo acababa allí, pero de ser yo vencedor no tendría medios de castigarlo, ni de mostrar su culpa sin descubrir también la mía. Pero por lo pronto sería yo Rey, ¡Rey! pensamiento que hacía latir mi corazón apresuradamente; y el porvenir se encargaría de decidir en la lucha entre él y yo. Hasta entonces me había inclinado a creer que el Duque gustaba de dejar a sus amigos los peligros de la empresa; pero desde aquel momento comprendí que se reservaba la dirección de la misma y que no le faltaban ni audacia ni astucia.

—¿Conoce el Rey esos detalles?—pregunté.

—Mi hermano y yo—contestó Juan,—colocamos el tubo, dirigidos por el señor de Henzar, pues estaba de guardia aquel día. El Rey preguntó lo que aquello significaba y el señor de Henzar le contestó riéndose que era una nueva «Escala de Jacob,» por la cual, como dice la Biblia, pasan los hombres de la tierra al Cielo; y que si llegase el caso de hacer el viaje, aquel camino sería más propio de un Rey, que pasaría por él con toda comodidad, sin verse expuesto a las miradas de los curiosos. Después soltó otra carcajada y pidió al Rey permiso, para volver a llenar su vaso, porque Su Majestad estaba comiendo. Valiente como es el Rey y como lo son todos los Elsberg, palideció al mirar el siniestro tubo y oir al villano que así se mofaba de él.—¡Ah, señores!—acabó diciendo Juan,—en el castillo de Zenda le cortan la cabeza a un hombre con tanta frescura como juegan una partida de cartas; y precisamente ese Henzar es el más cruel de todos... y el más temible también cuando hay mujeres cerca.

Cesó de hablar el guardabosque y dispuse que Tarlein diese orden de vigilarlo cuidadosamente. Pero antes de que se lo llevaran le dije:

—Si alguien te pregunta si hay un prisionero en Zenda, puedes contestar que sí, pero si te preguntan quién es cállate. Todas mis promesas no podrían salvarte la vida si alguien llegase a saber que el Rey está en el castillo. ¡Yo mismo te mataría como un perro si la verdad se sospechase siquiera en esta casa!

Cuando hubo salido miré a Sarto.

—¡Difícil empresa, amigo!—le dije.

—Tanto—respondió moviendo pensativamente la encanecida cabeza,—que según toda probabilidad dentro de un año seguirá usted siendo Rey de Ruritania. Y dicho esto desahogó su cólera lanzando una sarta de maldiciones contra Miguel el Negro.

—Mi opinión es—dije reclinándome en las almohadas,—que sólo tenemos dos medios de sacar al Rey vivo de Zenda. El uno es lograr que los amigos del Duque le hagan traición...

—Prescinda usted de ese medio—dijo Sarto.—Veamos el otro.

—¡Pues el otro—dije,—es ni más ni menos que un milagro del Cielo!

XIV. Rondando el castillo

Grande hubiera sido la sorpresa del buen pueblo ruritano si hubiera podido oir la conversación que acabo de transcribir, porque según las noticias oficiales yo me había herido con un venablo durante una cacería. Por orden mía el primer boletín oficial hizo constar que la herida era algo grave, lo cual ocasionó viva sensación en Estrelsau y produjo el triple resultado siguiente, que yo estaba lejos de esperar: primero, ofendí gravemente a los médicos de la Corte, prohibiéndoles que vinieran a mi lado a excepción de un joven cirujano amigo de Tarlein, en quien podíamos confiar; segundo, el general Estrakenz mandó a decirme que, a pesar de sus órdenes y las mías, la Princesa se disponía a salir para Tarlein, escoltada por él (noticia que a pesar de lo alarmante que era me llenó de alegría y orgullo); y tercero, que mi buen hermano el Duque, perfectamente enterado de la procedencia de mi herida, creyó que mi estado era grave y aun que se hallaba en peligro mi vida.

Esto último lo supe por Juan, en quien tuve que confiar, mandándole volver a Zenda, donde Ruperto Henzar le hizo dar de latigazos por el crimen de haber pasado toda una noche fuera del castillo, engatusado por alguna mozuela del pueblo. Aquel castigo aumentó el odio de Juan hacia Henzar y el Duque, y me respondió de su auxilio y lealtad más que cuanto hubieran podido hacerlo todas mis ofertas y promesas.

Poco diré de la llegada de Flavia. Es aquél un recuerdo que no puedo renovar sin dolor. Nunca olvidaré su alegría al verme casi restablecido y no moribundo como temía; y sus quejas y reproches por no haber confiado en ella y díchole la verdad, justifican en parte los medios de que me valí para aplacarla. Su presencia fue para mí en aquellas circunstancias lo que la vista del cielo para el condenado réprobo, y tanto más dulce porque yo sabía la suerte casi inevitable que me hubiera impedido volver a verla sin aquella su última visita. Dos días pasé con ella en completa inacción, al cabo de los cuales el duque de Estrelsau tuvo a bien anunciar que me había preparado una partida de caza.

Se acercaba el momento decisivo. Sarto y yo habíamos acordado, tras ansiosas conferencias, arriesgar el golpe; afirmándonos en esta resolución las malas noticias que Juan nos daba sobre la salud del Rey, que palidecía y se debilitaba con aquel prolongado encierro. En mi opinión, Rey o no, la muerte instantánea recibida de un balazo o una estocada, era preferible mil veces a la lenta agonía que esperaba al joven Soberano en su calabozo. Desde este punto de vista, importaba obrar prontamente a favor del Rey; pero no menos interesado estaba yo en ello por cuenta propia. Estrakenz insistía en la necesidad de mi inmediato matrimonio, al cual me impulsaban también mis deseos, hasta el punto de hacerme vacilar en la senda del deber. No me creía capaz de faltar a éste, pero sí podía ocurrírseme huir, abandonar el país, lo cual hubiera significado la ruina de los Elsberg. Es más: como no soy santo (dígalo mi cuñadita), podría llegar un momento de ofuscación que me hiciera cometer una falta irreparable.

Jamás había ocurrido caso semejante en la historia de ningún pueblo. El hermano del Rey y el que personificaba a éste en el trono, empeñados en una guerra a muerte, disputándose la persona del verdadero Rey, sin que el país se diera cuenta de ello, en medio de la más profunda paz y a las puertas de una población tranquila y confiada. Y, sin embargo, tal era en aquellos momentos la situación entre el castillo de Zenda y la morada de los Tarlein. Cuando recuerdo ahora aquella época me pregunto si estuve loco. Sarto me ha dicho después que por entonces yo no admitía intervención alguna ni aceptaba consejos de nadie; que me conduje como Rey absoluto de Ruritania. Por ninguna parte veía solución que pudiera hacerme atractiva la vida, y por lo mismo la arriesgue de la manera más temeraria. Al principio trataron de protegerme, quisieron evitar que me expusiese al peligro; pero, cuando comprendieron que mi resolución era inquebrantable, se dijeron, dándose o no cuenta de la verdad, que el único medio era fiarlo todo a la suerte y dejarme llevar adelante, a mi manera, la lucha mortal emprendida contra Miguel.

A la noche siguiente dejé muy tarde la mesa en que acababa de comer en compañía de Flavia y la conduje hasta la puerta de sus habitaciones. Allí besé su mano y me despedí de ella deseándole tranquilo reposo. Inmediatamente cambié de traje y salí. Sarto y Tarlein me esperaban con tres hombres y los caballos. Sarto llevaba consigo una larga cuerda, y ambos iban bien armados. Cuanto a mí, sólo tenía una pequeña maza y un agudo puñal. Dimos un largo rodeo para no cruzar el pueblo, y al cabo de una hora subíamos la cuesta que conducía al castillo de Zenda. Era la noche obscura y tormentosa; el viento soplaba con furia, agitando los árboles, y llovía a cántaros. Llegados a un bosquecillo no muy distante de la fortaleza, dispuse que nuestros tres acompañantes se quedasen allí con los caballos. Sarto tenía un silbato con el cual podía llamarlos en mi auxilio; pero hasta aquel momento nadie nos había visto ni aparecía señal de peligro. Yo tenía la esperanza de que Miguel siguiera desprevenido, creyéndome postrado todavía en el lecho. Llegamos sin tropiezo a la cumbre y a la orilla del cenagoso foso. Sarto, sin perder momento, ató la cuerda al tronco de un árbol inmediato al foso. Yo me quité las botas, tomé un trago de licor, estreché las manos de mis dos amigos sin hacer caso de la mirada suplicante de Tarlein, y después de asegurarme de que el puñal salía fácilmente de la vaina, así la maza con los dientes y me aproximé al foso. Iba a inspeccionar la «Escala de Jacob.»

Con ayuda de la cuerda me deslicé suavemente en el agua, nada fría, porque el día había sido muy caluroso. Crucé a nado el foso y seguí nadando junto a los altos muros de la fortaleza, sin ver a más de tres varas de distancia y con muy buenas esperanzas de no ser descubierto. En la parte nueva del castillo se veían algunas luces, y oí también risas y cantos, pareciéndome distinguir entre las voces la de Ruperto Henzar, a quien me figuré excitado por el vino. Descansé un momento, y orientándome pensé que si la descripción hecha por Juan era exacta, debía hallarme en aquel momento al pie de la ventana que buscaba. Volví a nadar lentamente, y a tres pasos vi una sombra; era el enorme cilindro que saliendo de la ventana llegaba a flor de agua. Su diámetro era, aproximadamente, doble que el cuerpo de un hombre. Iba a acercarme más, cuando divisé al otro lado del tubo la proa de un bote. Mi corazón latió con violencia y permanecí inmóvil. Escuchando atentamente, oí en el bote un rumor como el de una persona que cambiase de posición. ¿Quién era aquel hombre encargado de guardar la invención diabólica de Miguel? ¿Estaba despierto o dormido? Llevé maquinalmente la mano al puño de mi daga, y al propio tiempo noté con alegría que hacía pie. Los cimientos del castillo proyectaban hacia el foso formando un reborde de unas quince pulgadas, sobre el cual posé ambos pies con agua hasta el pecho. Después me incliné y miré por debajo del tubo.

En el bote vi a un hombre y a su lado brillaba el cañón de un fusil. ¡Era el centinela! Permanecía inmóvil, y a poco pude oir su respiración, fuerte y acompasada. ¡Dormía! Arrodillándome sobre el reborde, adelanté el cuerpo por debajo del tubo hasta poner mi rostro a media vara del suyo. Era Máximo Holf, un hombrachón, hermano de Juan. Deslicé la mano hasta el cinto y saqué el puñal. El recuerdo de aquel momento es el que más me remuerde en mi vida, y no quiero ni pensar si fue aquél un acto varonil o una traición. Lo único que me dije fue: «Es esta una guerra a muerte, y de mí depende la vida del Rey.» Llegué junto al bote, respirando apenas, fijé los ojos en el punto donde quería descargar el golpe y alcé el brazo armado. El centinela hizo un movimiento y abrió los ojos; los abrió desmesuradamente, mirándome con expresión de terror intenso, y empuñó el fusil. Descargué el golpe. Y desde la orilla opuesta oí el coro de una canción de amor.

Dejando a mi víctima en el bote, me volví hacia la «Escala de Jacob.» Tenía poco tiempo disponible. Además, de un momento a otro podían venir a relevar al centinela. Inclinándome sobre el tubo, lo examiné desde el punto en que proyectaba del agua hasta su extremidad superior, que parecía hundirse en el macizo muro. No presentaba la menor solución de continuidad; pero mi corazón latió precipitadamente al notar que por su parte superior, donde entraba en el hueco del muro, se deslizaba un tenue rayo de luz. ¡Aquella luz procedía de la celda del Rey! Apoyé el hombro contra el tubo, y el intersticio por donde salía la luz se ensanchó perceptiblemente, algunas líneas. Desistí en seguida; aquella prueba me bastaba para convencerme de que el tubo no estaba sólidamente adherido al muro por su parte superior.

Entonces oí una voz brusca, que decía:

—Y ahora, si Vuestra Majestad no desea mi compañía por más largo tiempo, le dejaré descansar. Pero antes tengo que asegurarle las muñecas con este precioso par de brazaletes...—¡Era Dechard, cuyo acento inglés reconocí al instante!

—¿Desea Vuestra Majestad darme alguna orden antes de separarnos?

Entonces la voz del Rey, cavernosa y débil, muy distinta de aquella otra tan alegre que había oído en el bosque de Zenda, contestó:

—Ruegue usted a mi hermano que me mate, que abrevie esta muerte lenta.

—El Duque no desea la muerte de Vuestra Majestad—replicó burlonamente Dechard;—a lo menos... por ahora. Si llega el momento, allí está el camino que lleva derecho a la gloria.

—Está bien—dijo el Rey.—Y ahora, si sus instrucciones se lo permiten, déjeme usted solo.

—¡Buenas noches y gratos sueños!—exclamó el rufián.

La luz desapareció y oí el ruido de los cerrojos y después los sollozos del Rey. Se creía solo. ¿Quién podía oirle y mofarse de su llanto?

No me atreví a hablarle. Podía escapársele una exclamación de sorpresa que nos vendiera. Nada me quedaba por hacer aquella noche sino ponerme en salvo y ocultar el cadáver del centinela, cuyo hallazgo en aquellas circunstancias hubiera puesto en guardia a mis enemigos. Desaté el bote y subí a él. El viento soplaba con violencia y nadie podía oir el ruido de los remos. Me dirigí rápidamente al punto donde me esperaba Sarto, y en el momento de tocar la orilla oí un penetrante silbido detrás de mí, al lado opuesto del foso.

—¡Eh, Máximo!—gritó una voz.

Llamé a Sarto por lo bajo, cayó la cuerda en el bote y con ella até el cadáver. Después salté a la orilla.

—Silbe usted también—ordené a Sarto,—para llamar a nuestra gente y entretanto icemos el cuerpo que ahí traigo. No hablemos ahora.

Llegaron nuestros hombres y apenas tuvimos el cadáver de Máximo en tierra, vimos a tres jinetes que saliendo del otro lado del castillo, se dirigían hacia nosotros, aunque no podían vernos todavía, porque estábamos a pie.

—¡Obscura está la maldita noche!—exclamó una voz penetrante.

Era Ruperto Henzar, que un momento después se halló frente a mis compañeros. Inmediatamente sonaron varios tiros y me adelanté seguido de Sarto y Tarlein.

—¡Mata, mata!—aullaba Ruperto, y un gemido me anunció que el bribón daba el ejemplo a su gente.

—¡Estoy perdido, Ruperto!—exclamó al caer uno de los que le seguían.—Son tres contra uno. ¡Sálvate!

Me precipité hacia Ruperto, empuñando la maza, y le vi inclinarse sobre su caballo.

—¿Te han despachado también a ti, Crastein?—gritó.—No obtuvo respuesta. Di un salto y así las riendas del caballo.

—¡Por fin!—exclamé.

Creía tenerlo seguro. Mis amigos le rodeaban y no parecía quedarle otro recurso que rendirse o morir.

—¡Por fin!—repetí.

—¡Calla! ¡es el cómico!—exclamó,—y de un poderoso tajo cortó mi maza en dos. Preferí la huida a la muerte y (me avergüenzo de confesarlo) eché a correr. Aquel Ruperto Henzar era un verdadero demonio. Le vi lanzarse a escape y arrojarse al agua con su caballo, entre una granizada de balas. La profunda obscuridad que reinaba le salvó la vida. Ganó la orilla opuesta del foso y desapareció.

—¡El diablo le lleve!—exclamó Sarto.

—Lástima que sea tan gran bribón. ¿Quiénes han caído?

—Laugrán y Crastein.

Allí estaban sus ensangrentados cadáveres, que arrojamos al foso junto con el de Máximo, pues ya era inútil ocultarlo. Montamos a caballo y bajamos la cuesta, llevándonos el cuerpo de uno de nuestros amigos cuya muerte lamenté profundamente.

También me inquietaba más que nunca la suerte del Rey y me dolía verme burlado una vez más por Ruperto Henzar, que además de escaparse me había llamado cómico.

XV. Tentación

Ruritania no es Inglaterra, pues de lo contrario, la lucha empeñada entre el duque Miguel y yo, con todos los notables incidentes que la caracterizaban, no hubiera podido proseguir sin llamar vivamente la atención pública. Los duelos entre personas de las clases más elevadas, era cosa frecuente y ocasionaban feudos y reyertas en los que participaban también los amigos y servidores de los principales contendientes. Sin embargo, después del encuentro que dejo reseñado, circularon rumores tales, que me impusieron la mayor prudencia. Era imposible ocultar a los parientes de las víctimas la muerte de sus deudos. Di, pues, un severo edicto contra el duelo, redactado en los términos más enérgicos por el gran Canciller, en el cual se decía que habiendo tomado aquella práctica proporciones inusitadas, quedaba prohibida bajo rigurosas penas, a excepción de ciertos casos contados y gravísimos. Envié un mensaje de pésame al Duque y recibí de él cortés y amistosa respuesta; porque es de notar que ni él ni yo podíamos jugar a cartas vistas y que a pesar de nuestros odios nos importaba fingir una concordia que hasta entonces había engañado al público.

Lo peor era que el disimulo me imponía nuevas dilaciones, y entretanto podía morir el Rey o podían transportarlo a otra prisión desconocida para mí. Durante aquella tregua tuve el consuelo de ver que Flavia aprobaba cordialmente mi edicto contra el duelo, si bien me rogó que lo prohibiese en absoluto.

—Lo haré después de nuestra boda—le dije sonriéndome.

Uno de los más curiosos resultados de la tregua y del derecho que la dictó, fue la conversión de la villa de Zenda, en una especie de zona neutral en la que ambos bandos podían encontrarse sin peligro durante el día; de noche no hubiera yo fiado gran cosa en su protección. Por entonces tuve también un encuentro que aunque chistoso, no dejó de preocuparme bastante. Cabalgando un día entre Flavia y Sarto, vimos acercarse un coche descubierto tirado por dos caballos, en el cual iba un pomposo personaje que echó pie a tierra y me saludó profundamente. Entonces reconocí al jefe de policía de la capital.

—Puedo asegurar a Vuestra Majestad—me dijo,—que estoy haciendo cumplir al pie de la letra las órdenes dictadas contra el duelo.

Y temiéndome yo que su presencia en Zenda tuviese por objeto seguir dando allí pruebas de igual celo que en Estrelsau, resolví impedírselo cuanto antes.

—¿Es ese el motivo de su venida a Zenda, señor prefecto?—le pregunté.

—¡Oh, no, señor! Me trae el deseo de complacer al Embajador inglés...

—¿De qué se trata—dije aparentando indiferencia.

—Parece que un joven compatriota del señor Embajador, miembro de distinguida familia, ha desaparecido. Ni amigos ni parientes han tenido la menor noticia suya desde hace dos meses, y hay motivos para creer que ha estado en Zenda. Flavia dedicaba escasa atención a las palabras del prefecto. Por mi parte no me atrevía a mirar a Sarto.

—¿Qué motivos son esos?

—Un amigo suyo que reside en París, el señor Federly, ha dado informes que hacen creer en su presencia aquí, y los empleados del ferrocarril recuerdan haber visto el nombre del viajero en su equipaje.

—¿Y ese nombre?

—Raséndil, señor.

En la manera de decirlo comprendí que el tal nombre nada significaba para él. Dirigió luego una rápida mirada a Flavia y prosiguió, bajando la voz:

—Se cree que ha venido en seguimiento de una mujer. ¿Ha oído hablar Vuestra Majestad de cierta señora de Maubán?

—Sí—dije mirando involuntariamente hacia el castillo.—Esa dama llegó a Ruritania al mismo tiempo que el Raséndil de quien habla usted.

El prefecto me miró fijamente, como interrogándome.

—Sarto—dije,—tengo que hablar un momento a solas con el prefecto. Escolte usted a la Princesa. Veamos, señor prefecto; ¿qué quiere usted decir?—pregunté.

Se me acercó y me incliné hacia él.

—¿Y si el joven ese hubiera estado enamorado de la dama?—murmuró.—Nada se ha sabido de él en los dos meses—y a su vez el prefecto dirigió una mirada al castillo.

—Sí, la señora de Maubán está allí—dije con toda calma.—Pero no creo que Raséndil... ¿es ese el nombre?

—El Duque no tolera rivales—murmuró.

—Tiene usted razón—repuse con absoluta sinceridad.—Pero la suposición esa implica un grave cargo.

Iba el prefecto a excusarse, pero sin darle tiempo le dije casi al oído:

—El asunto es serio. Vuelva usted a Estrelsau...

—Pero, señor, tengo y sigo aquí una pista que...

—Vuelva usted a Estrelsau—repetí.—Diga al embajador que ha descubierto una pista, pero que necesita una o dos semanas para seguirla con éxito. Y entretanto yo mismo me encargaré de investigar el asunto.

—El embajador se muestra muy apremiante, señor.

—Cálmelo usted. Es evidente que si las sospechas de usted son fundadas, hay que proceder con la mayor prudencia. Nada de escándalo. Regrese usted esta misma noche.

Prometió hacerlo así y me reuní con mi comitiva, algo más tranquilo. Importaba evitar toda investigación de mi paradero por una o dos semanas, y el prefecto había andado muy cerca de descubrir la verdad. Algún día podrían ser útiles sus sospechas, pero por lo pronto sólo significaban un grave peligro para el Rey. Maldije a Federly de todo corazón por no haber sabido refrenar la lengua.

—¿Y bien?—preguntó Flavia.—¿Ha terminado la conferencia?

—De la manera más satisfactoria—contesté.—Volvamos atrás; estamos casi en tierras del Duque.

Habíamos llegado al extremo del pueblo, y al pie mismo de la colina donde empezaba el pendiente camino del castillo. Admirando estábamos la solidez de sus altas murallas, cuando vimos salir de ella numerosas personas que lentamente empezaron el descenso de la cuesta.

—Retirémonos—dijo Sarto.

—No, preferiría permanecer aquí—fue la opinión de Flavia.

Puse mi caballo junto al suyo y esperamos la aproximación del cortejo. Venían en primer término dos sirvientes a caballo, con negras libreas galoneadas de plata. Seguíanlos un coche fúnebre tirado por cuatro caballos, y en él un féretro cubierto con negros crespones. Detrás iba un jinete enlutado y sombrero en mano. Sarto se descubrió a su vez y Flavia dijo, posando su mano sobre mi brazo:

—Es uno de los caballeros muertos en la última reyerta, ¿verdad?

—Vé a preguntar de quién es el cadáver que escoltan—dije a uno de mis lacayos.

Acercóse a los sirvientes que iban delante del féretro, quienes lo dirigieron al enlutado caballero.

—Es Ruperto Henzar—murmuró Sarto.

Era él, en efecto, y no tardó en adelantarse al trote, ordenando al cortejo que se detuviera en el camino. Me saludó con profundo respeto, pero la triste expresión de su semblante desapareció en una sonrisa al ver que Sarto llevaba la mano al pecho. También me sonreí yo, adivinando tan bien como Ruperto lo que el veterano ocultaba en el bolsillo del pecho.

—Vuestra Majestad pregunta de quién son los restos que escoltamos. Son los de mi querido amigo Alberto de Laugrán.

—Nadie deplora más que yo su desgraciada muerte—dije,—y lo prueba el edicto que evitará la repetición de esos encuentros.

—¡Pobre señor de Laugrán!—exclamó Flavia con dulzura.

Ruperto le lanzó una mirada que me exasperó, porque con ella supo expresar aquel libertino toda la admiración que le inspiraba la Princesa.

—Vuestra Majestad es siempre bondadoso—continuó.—Por mi parte, a la vez que siento la muerte de mi amigo, no olvido que esa es la ley común y que muy pronto les tocará a otros el turno.

—Reflexión que a todos nos importa tener presente—dije.

—Aun a los Reyes—insistió el truhán con cómica unción, haciendo soltar al viejo Sarto media docena de reniegos entre dientes.

—Muy cierto es eso—repuse.—¿Qué noticias me da usted de mi hermano?

—Ha mejorado mucho, señor.

—De lo cual me alegro.

—Y espera ir a Estrelsau tan luego esté completamente restablecido.

—¿Es decir que sólo se halla convaleciente?

—Le quedan dos o tres molestias pasajeras de las que espera librarse muy pronto.

—Sírvase usted expresarle—dijo Flavia,—mi vivo deseo de que esas molestias desaparezcan en breve.

—El deseo de Vuestra Alteza es también el muy humilde mío—replicó Roberto Henzar, mirándola con insistencia y expresión tales, que el rubor coloreó el rostro de la joven.

Me incliné y Ruperto, saludando profundamente, ordenó a sus servidores que continuasen su camino. Súbito impulso me obligó a seguirle, y al oir él las pisadas de mi caballo se volvió en la silla rápidamente, como temeroso de que ni la presencia de la Princesa pudiera contenerme.

—La otra noche peleó usted como un valiente—le dije en voz baja.—Decídase usted, joven; entregúeme a su prisionero y le respondo de que no ha de pesarle.

Me miró con burlona sonrisa, pero de repente se me acercó y dijo:

—Estoy desarmado y el amigo Sarto podría despacharme de un balazo con la mayor facilidad.

—Nada tema—le dije.

—Demasiado lo sé, por desgracia—replicó.—Oiga usted. Tiempo atrás le hice una oferta en nombre del Duque...

—¡No quiero mensajes de parte de Miguel el Negro!—exclamé.

—Pues entonces oiga usted el plan que le propongo por mi cuenta. Ordene un ataque decisivo contra el castillo, encomendando la dirección del asalto a Tarlein y al viejo coronel...

—¡Adelante!

—Pero diciéndome de antemano la hora exacta del ataque.

—Eso es. ¡Me infunde usted tanta confianza!

—¡Bah! Sarto y Tarlein caerán en la refriega, como caerá también el Duque.

—¡Hola!

—Sí, Miguel el Negro, como un miserable que es. Cuanto al Rey, tomará el camino del infierno por la «Escala de Jacob.» ¡Ah! ¿También sabe usted eso? Y quedarán sólo dos hombres cara a cara: Ruperto Henzar y usted, rey de Ruritania.

Se detuvo un momento, y con voz que la emoción agitaba, continuó:

—¿No es una jugada soberbia? Pues, ¿y la apuesta? Para usted el trono y la beldad que desde allí nos mira; para mí una recompensa suficiente y... la gratitud del Rey.

—Es usted el mismo demonio, señor de Henzar—le dije.

—Bueno, usted piénselo y tenga en cuenta también que no deja de costarme duro esfuerzo eso de ceder así tan fácilmente la muchacha aquella—y su insolente mirada volvió a fijarse en Flavia.

—¡Póngase usted fuera de mi alcance!—exclamé; sin embargo, un momento después la audacia misma de aquel malvado me hizo reír.

—¿Es decir, que usted haría traición al Duque?—pregunté.

Por toda respuesta aplicó a Miguel un epíteto que no merecía, pues era el Duque hijo de una unión legal, aunque morganática, y añadió en tono confidencial:

—Me estorba. ¿Comprende usted? Es un bruto celoso. Anoche mismo me interrumpió tan inoportunamente que estuve a punto de clavarle un puñal.

Aquellos detalles me interesaban vivamente.

—¿Una mujer?—pregunté.

—Sí, y preciosa. Usted la ha visto.

—¡Ah! La del cenador, la noche aquella en que tres amigos de usted se estrellaron contra una mesita de hierro...

—¿Qué otra cosa puede esperarse de gaznápiros como Dechard y De Gautet? ¡Ojalá hubiera estado yo allí!

—¿Y el Duque se mezcla en el asunto?

—No es eso precisamente. Quien quiere mezclarse soy yo.

—¿Y ella prefiere al Duque?

—¡Sí, la tonta! Pues bien, ya conoce usted mi plan, y piénselo—dijo; e inclinándose, espoleó su caballo y partió en seguimiento del fúnebre cortejo.

Volví adonde me esperaban Flavia y Sarto, pensando en el extraño carácter de aquel desalmado, cuyo igual no he vuelto a ver en mi vida.

—¡Qué arrogante tipo!—fue el comentario de Flavia, que, mujer al fin, no se había ofendido con las expresivas ojeadas de Ruperto Henzar.—¡Y cómo parece sentir la muerte de su amigo!—prosiguió.

—Más le valdría pensar en la suya propia que no anda lejos—dijo Sarto bruscamente.—Por mi parte me sentía descontento e irritado al pensar que en realidad yo no tenía más derecho al amor de la Princesa que el insolente Henzar. Seguí silencioso a su lado hasta que, cerca ya de Tarlein y habiendo anochecido, dejó Sarto que nos adelantásemos un tanto, quedándose él atrás para impedir todo súbito ataque de nuestros enemigos. Entonces Flavia me dijo con su voz dulcísima:

—Sonríete, Rodolfo, si no quieres verme llorar. ¿Estás enojado?

—¡Oh, no! La culpa la tiene ese malvado Henzar.

Lo cual no impidió que ambos llegásemos sonrientes a las puertas de Tarlein, donde me entregaron una carta llevada para mí, según dijeron los sirvientes, por un joven desconocido. Abrí el sobre y leí:

«Juan se encarga de llevar estas líneas a su destino. Soy la que le envió a usted otro aviso en ocasión anterior. ¡Hoy le pido en nombre de Dios, que me libre de esta guarida de asesinos!—A. de M.»

Entregué la esquela a Sarto, en quien no hizo mella la súplica lastimera de la dama, limitándose a decir:

—Suya es la culpa. ¿Quién la llevó al castillo?

Sin embargo, no considerándome yo enteramente irresponsable de lo ocurrido, resolví compadecerme de Antonieta de Maubán.

XVI. Un plan desesperado

Desde el día en que recorrí a caballo las calles de Zenda y hablé en público con Ruperto Henzar, me fue forzoso prescindir de todo pretexto de enfermedad. El efecto de mi presencia se notó desde luego en la guarnición de Zenda, cuyos oficiales y soldados desaparecieron de la población y sus cercanías para encerrarse en el castillo, donde reinaba la más perfecta vigilancia, como pudieron observarlo mis amigos en sus exploraciones. No veía medio practicable de socorrer al Rey y a la señora de Maubán. El Duque me retaba sin disimulo. Se había mostrado fuera del castillo, no tomándose siquiera la molestia de explicar o excusar su ausencia. El tiempo apremiaba. Por una parte me preocupaban los rumores e investigaciones de que he dado cuenta, con motivo de la desaparición de Raséndil; y por otra, sabía que mi ausencia de la capital ocasionaba vivo descontento. Mayor hubiera sido éste sin la presencia de Flavia a mi lado y sólo por esta razón le permitía yo seguir en Zenda, rodeada de peligros y aumentando con sus encantos la pasión que me dominaba. Como si esto no bastase, mis celosos consejeros, el Canciller y el general Estrakenz se presentaron en Zenda, instándome a que designase día para la solemnización de mis esponsales, ceremonia que en Ruritania es casi tan obligatoria y sagrada como el matrimonio mismo. Tuve que hacer lo que me pedían, con Flavia sentada a mi lado oyéndolo todo, y les anuncié que el acto se celebraría quince días después, en la catedral de Estrelsau. La noticia fue recibida con extraordinarias manifestaciones de aprobación y alegría en todo el Reino, y supongo que sólo dos hombres la deploraron: el Duque y yo. Cuanto al Rey, lo único que me atreví a esperar fue que no llegase a sus oídos.

Juan volvió a salir ocultamente del castillo tres días después, a riesgo de su vida pero impulsado por la codicia. Nos dijo que cuando el Duque supo la noticia de la próxima ceremonia se puso furioso; que su exasperación aumentó al declarar Ruperto que yo era muy capaz de casarme con la Princesa y que así lo haría indudablemente; y que Ruperto acabó felicitando a la señora de Maubán, allí presente, porque pronto se vería libre de Flavia, su rival. El Duque echó mano a la espada, sin que al joven noble pareciese importarle un bledo la cólera de su señor, a quien felicitó también por haber proporcionado a Ruritania un Rey como no lo había tenido en muchos años. «Y lo que es la Princesa, terminó diciendo Henzar (según el relato de Juan), tampoco puede quejarse porque el diablo le manda novio más galán que el que le había deparado el Cielo.» El Duque le mandó retirarse de su presencia, pero Henzar no obedeció hasta haber obtenido de la dama el permiso de besar su mano, como lo hizo rendidamente ante las miradas furiosas de Miguel.

Noticia de más importancia para mí fue la que también nos dio Juan sobre la grave enfermedad del Rey. Juan le había visto, demacrado y débil; su estado llegó a ser tan alarmante que el Duque llamó al castillo a un médico de Estrelsau, el cual examinó al Rey, salió del calabozo pálido y temblando y rogó a Miguel que le permitiese volver a la capital y no mezclarse más en el asunto; pero Miguel se lo prohibió, anunciándole que quedaba preso con el Rey y que respondía de la vida de éste hasta el día en que el Duque quisiera quitársela. A instancias del médico permitió que la señora de Maubán visitase al Rey, a quien prestó solícitos cuidados. La vida del monarca se hallaba, pues, en peligro inminente, a la vez que yo seguía sano y vigoroso; contraste que exasperó a los moradores del castillo ocasionando continuos disgustos y reyertas. Sólo Ruperto Henzar continuaba tan contento como siempre, y según decía Juan, riéndose a carcajadas porque el Duque ponía siempre de guardia a Dechard cuando la señora de Maubán se hallaba en la celda del Rey; precaución no del todo inútil por parte de mi prudente hermano.

Tal fue el relato de Juan, que le valió buena recompensa; y aunque me pidió que le permitiese quedarse en Tarlein, conseguí que regresase al castillo, donde lo necesitaba mucho más, encargándole anunciase a la señora de Maubán que estaba procurando auxiliarla y que ella dijese al Rey en mi nombre algunas frases de esperanza y de consuelo.

—¿Cómo vigilan ahora al Rey?—pregunté, recordando que dos de los Seis habían muerto y que igual suerte había cabido a Máximo Holf.

—Dechard y Bersonín están de guardia por la noche y Ruperto Henzar y De Gautet, de día—contestó Juan.

—¿No más que dos a la vez?

—Pero el resto de la guardia está en el primer piso, precisamente sobre la prisión del Rey, y allí puede oirse todo grito o señal dados desde abajo.

—¿Sobre la prisión del Rey? No sabía yo eso. ¿Existe alguna comunicación directa entre el calabozo y la sala de guardia?

—No, señor. Hay que bajar algunos escalones, cruzar el puente levadizo y desde allí bajar al encierro del Rey.

—¿Está cerrada la puerta que lleva al puente?

—Sólo los cuatro caballeros tienen la llave.

—¿Y también la de la reja de entrada a la prisión?—pregunté acercándome a Juan.

—Creo que esa únicamente la tienen Dechard y Henzar.

—¿Dónde habita el Duque?

—En la parte nueva del castillo, en el primer piso. Sus habitaciones quedan a la derecha del puente levadizo.

—¿Y la señora de Maubán?

—A la izquierda. Pero cuando se retira cierran la puerta por fuera.

—¿Para impedir que huya?

—Sin duda, señor.

—¿Y quizás también por otra razón?

—Es posible.

—¿Supongo que el Duque se reserva esa llave?

—Sí, señor. Y también la del puente, después de alzarlo, y nadie puede cruzar el foso por él sin que lo sepa y lo permita el Duque.

—¿Y tú, dónde duermes?

—En el cuarto que hay a la entrada del castillo nuevo, con otros cinco criados.

—¿Armados?

—Con picas, porque el Duque no quiere confiarles armas de fuego.

Aquellos informes me decidieron por fin y formé resueltamente un nuevo plan de ataque. Había fracasado cuando lo emprendí por la «Escala de Jacob,» y me dije que fracasaría también intentándolo contra el cuerpo de guardia. Resolví, pues, dirigirlo contra el lado opuesto del castillo.

—Te he prometido diez mil pesos—dije a Juan.—Te daré veinticinco mil si mañana por la noche haces lo que yo te diga. Pero ante todo ¿saben esos criados quién es el prisionero?

—No, señor; creen que es un caballero enemigo del Duque.

—¿Y no dudarán que yo soy el Rey?

—¿Cómo han de dudarlo, señor?

—Pues escucha, Juan: mañana, a las dos en punto de la madrugada, abre de par en par la puerta principal del castillo nuevo, la que da al frente ¿entiendes bien?

—¿Estará usted allí, señor?

—Nada de preguntas. Haz lo que te digo. Da cualquier excusa para salir de tu cuarto. Nada más exijo de ti.

—Y una vez abierta la puerta ¿puedo escaparme por ella?

—Sí, a todo correr. Toma esta esquela, que entregarás a la señora de Maubán. La he escrito en francés a propósito para que no puedas enterarte de ella. Y dile que si tiene en algo la vida de todos nosotros, no deje de hacer lo que en ella le indico.

Juan temblaba al oirme, pero no me quedaba elección posible y tuve que fiar en él. No me atreví a esperar más porque temí que el Rey muriese en su prisión.

Despedí a Juan y sólo entonces di cuenta de mi plan a Tarlein y Sarto. Este último manifestó su desaprobación desde luego.

—¿Por qué no espera usted?—me preguntó.

—Porque puede morir el Rey. Y si no muere puede llegar el día de los esponsales.

Sarto se mordió el blanco bigote, y Tarlein, poniéndome la mano sobre el hombro, exclamó:

—Dice usted bien. ¡Probemos!

—Con usted cuento, Tarlein—le dije.

—Corriente—contestó.—Pero lo que es usted, Raséndil, se queda aquí cuidando a la Princesa.

Los ojos de Sarto brillaron.

—¡Eso es, eso es!—exclamó.—Así burlaríamos los designios de Miguel cualquiera que fuese el resultado de nuestra empresa. Al paso que si usted tomase parte activa en ella y lo matasen, como matarían también al Rey ¿qué sería de todos nosotros?

—Servirían ustedes a la reina Flavia—repliqué,—y ojalá pudiese yo hacer otro tanto.

Siguió una pausa y después dijo el viejo Sarto, con expresión tan cómica, que Tarlein y yo nos echamos a reír:

—¿Por qué no se casaría el finado rey Rodolfo III con la bisabuela aquella de usted, Raséndil?

—Al grano, al grano—le dije.—Se trata del Rey actual.

—Es verdad—asintió Tarlein.

—Además—continué,—si he consentido ser impostor en beneficio del Rey, jamás lo seré en provecho propio. Y si el Rey no se halla vivo y en su trono antes del día fijado para la celebración de los esponsales, confesaré y proclamaré la verdad, sean cualesquiera las consecuencia.

—Irá usted con nosotros al ataque del castillo—dijo Sarto.

He aquí mi plan. Una numerosa fuerza mandada por Sarto se dirigiría sigilosamente a la puerta principal del castillo nuevo. Si se viese descubierta, la consigna sería matar a cuantos hallasen a su paso, empleando exclusivamente el arma blanca. Si no se presentase obstáculo imprevisto, Sarto y su gente se hallarían a la puerta al abrirla Juan. Suponiendo que su sola presencia y el nombre del Rey no bastasen para someter a los servidores del castillo, habría que apoderarse de ellos a la fuerza. Al mismo tiempo (y de esto dependía principalmente el buen éxito de mi plan) Antonieta de Maubán prorrumpiría en agudos gritos, pidiendo auxilio al Duque y alternando con el nombre de éste el de Ruperto Henzar. Mi esperanza estribaba en que el Duque saliese furioso de sus habitaciones, situadas al lado opuesto de las de Antonieta y cayese vivo en manos de Sarto. Continuarían los gritos, mi gente bajaría el puente levadizo y extraño sería que Ruperto, al oir su nombre a voces en tales circunstancias, no bajase de su cuarto y procurase cruzar el puente. Cuanto a De Gautet, su presencia dependía del azar.

Tan luego Ruperto pusiese el pie en el puente empezaría mi papel. Contaba yo tomar otro baño en el foso, llevando conmigo una pequeña escala que me serviría en primer lugar para esperar con relativa comodidad, poniendo la escala contra el muro y apoyando en ella manos y pies mientras estuviese en el agua. Llegada la hora, subiría por la escala al puente y de mí dependería que ni Henzar ni De Gautet lo cruzasen con vida. Muertos éstos quedarían tan sólo dos de los Seis, con los cuales esperaba acabar también a favor de la confusión y de una violenta acometida. Si ambos obedeciesen las órdenes recibidas del Duque, la vida del Rey dependería de la rapidez con que pudiésemos forzar la puerta exterior; y me felicito al pensar que Dechard y no Ruperto era el encargado de la guardia nocturna del Rey. Aunque Dechard tenía serenidad y valor, carecía del ímpetu y la osadía increíble de Henzar. También contaba yo con que, siendo Dechard el único entre ellos verdaderamente adicto al Duque, dejase solo a Bersonín guardando al Rey y se precipitase hacia el puente para tomar parte en la lucha al lado opuesto.

Tal era mi plan, verdaderamente desesperado. Para engañar al enemigo dispuse que aquella noche iluminasen vivamente todas las habitaciones de mi residencia, como si diera en ella una gran fiesta, congregando al efecto a muchos de nuestros amigos y mandando que la música tocase toda la noche. Estrakenz era uno de los que debían de hallarse allí, con encargo de hacer todo lo posible para que la Princesa no notase mi partida. Le ordené que si a la mañana siguiente no estuviésemos de regreso, se pusiese en marcha hacia el castillo con todas sus fuerzas y exigiese públicamente la entrega del Rey. Si Miguel el Negro no estuviese allí, el General llevaría a la Princesa a Estrelsau, para proclamar la traición de Miguel y la muerte probable del Rey, congregando en torno de Flavia a los mejores elementos del Reino. A decir verdad, esto era precisamente lo que yo esperaba que sucedería.

En mi opinión, ni al Rey, ni a Miguel ni a mí nos quedaba más que un día de vida. Me resignaba a morir, sobre todo si conmigo moría también Miguel el Negro y si por mi propia mano libraba a Ruritania de Ruperto Henzar, ya que no pudiese salvar la vida del Rey.

Nuestra conferencia terminó bastante tarde y pasé a las habitaciones de la Princesa. Se mostró algo pensativa, pero al despedirnos me abrazó cariñosamente, a la vez que deslizó una sortija en mi dedo. Usaba yo el anillo del Rey, pero tenía puesto también uno más pequeño, de oro liso, con la leyenda de las armas de mi familia: Nil Quæ Feci. Me lo quité y poniéndolo en el dedo de Flavia, le indiqué con un ademán que me permitiese retirarme. Comprendió, y apartándose un tanto me miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Lleva puesto ese anillo aunque uses otro cuando seas Reina—le dije.

—Use o no otros, llevaré éste mientras viva y aun después de muerta—dijo besándolo.

XVII. A media noche

Llegó la noche hermosa y clara, aunque yo la hubiera preferido tan obscura y tormentosa como la que protegió mi primera expedición, pero la fortuna no quiso mostrárseme favorable. No obstante, contaba deslizarme lo más cerca posible al muro, para no ser visto desde las ventanas del castillo nuevo que daban a la parte del foso por donde me proponía escalar el puente. Por Juan supe que habían fijado sólidamente al muro la «Escala de Jacob,» de tal suerte, que sólo empleando substancias explosivas o atacándola a golpes de pico hubiera sido posible moverla de su sitio y el estrépito producido por tales medios hubiera advertido en seguida a los del castillo. Pero esa nueva precaución había de serme favorable, porque confiados en ella no vigilarían tanto el foso. Aun suponiendo que Juan me hiciese traición, ignoraba aquella parte de mi plan y sin duda esperaba verme atacar la puerta principal a la cabeza de mi gente. Allí—como le dije a Sarto,—estaba el verdadero peligro.

—Y allí—agregué,—se hallará usted. ¿Todavía no está usted satisfecho?

No, no lo estaba. Lo que él quería era acompañarme, a lo cual me negué terminantemente. Un hombre solo podía acercarse sin ser visto; con dos el riesgo hubiera sido mucho mayor, y cuando me dijo que mi vida era demasiado preciosa para arriesgarla solo, le mandé guardar silencio, asegurándole que si el Rey no escapase con vida aquella noche tampoco viviría yo.

La columna mandada por Sarto salió de Tarlein a media noche y tomó por la derecha un camino poco frecuentado que no pasaba por el pueblo de Zenda. Si no ocurría tropiezo alguno, la columna debía de hallarse frente al castillo a las dos menos cuarto, y tenía orden de dejar los caballos a buena distancia de la fortaleza, en un punto convenido de antemano, acercarse después cautelosamente a la entrada y esperar que Juan abriese la puerta. Si a las dos permaneciese cerrada, Sarto mandaría a Tarlein a reunirse conmigo al otro lado del castillo, y suponiendo que yo viviese todavía, decidiríamos entonces si convenía o no intentar un asalto decisivo. Si Tarlein no me hallase, él y Sarto deberían de regresar con su gente a Tarlein a toda prisa, llamar al General y con éste y todas las fuerzas disponibles atacar abiertamente el castillo. Mi ausencia significaría que yo había muerto y sabía que en tal caso el Rey no me sobreviviría cinco minutos.

Dejando por el momento a Sarto y su gente, referiré lo que hice por mi parte aquella memorable noche. Salí del palacio de Tarlein montando el mismo vigoroso caballo en que regresé del pabellón de caza a Estrelsau el día de la coronación. Iba armado con revólver y espada y envuelto en amplia capa, bajo la cual llevaba ceñido y abrigado traje de lana, gruesas medias y ligero calzado de lona, como lo requería mi plan. Había tomado la precaución de frotarme bien todo el cuerpo con aceite y de llevar conmigo un frasco de licor, para contrarrestar en lo posible los efectos de mi prolongada inmersión. También me enrollé a la cintura una cuerda delgada y sólida y no olvidé la escala. Salí después de Sarto y tomé el camino más corto de la izquierda, que a las doce y media me llevó al lindero del bosque. Até mi caballo en el centro de espeso grupo de árboles, dejando mi revólver en la pistolera porque me hubiera sido inútil, y escala en mano me dirigí a la orilla del foso, donde até sólidamente la cuerda a un árbol cercano y asiéndola me deslicé en el agua. El reloj de la torre dio la una cuando empecé a nadar lo más cerca posible al muro del castillo y empujando ante mí la escala. Llegado al cilindro por donde pensaban arrojar el cadáver del Rey, sentí bajo mis pies el reborde que allí formaban los cimientos; y haciendo pie me incliné bajo el enorme tubo, traté en vano de moverlo y esperé. Recuerdo que en aquellos momentos pareció disiparse toda mi ansiedad por el Rey y aun mi amor a Flavia, para no pensar más que en una cosa: el deseo vivísimo de fumar. Deseo que, como se comprenderá, me fue imposible satisfacer.

Apoyado de espaldas en el muro de la prisión del Rey, divisaba en lo alto a unas diez varas a mi derecha la armazón elegante y ligera del puente levadizo. Dos varas más acá y casi al mismo nivel del puente vi una ventana que, según los informes de Juan, pertenecía a la habitación del Duque. La ventana correspondiente al otro lado, era sin duda la de Antonieta. Temía vivamente que ésta olvidase mis instrucciones y el ataque nocturno de que debía de fingirse víctima a las dos en punto. Me reía al pensar en el papel que había destinado a Ruperto Henzar, pero tenía con éste una cuenta pendiente y todavía me dolía la puñalada que me había dado en el hombro a traición y con sin igual audacia, en presencia de todos mis amigos, en la terraza del palacio de Tarlein.

De repente se iluminó la habitación del Duque, cuyas mal cerradas persianas me permitieron ver en parte el interior de la misma, poniéndome de puntillas sobre la sumergida roca. Luego se abrieron las persianas por completo y distinguí el gracioso contorno de Antonieta de Maubán, destacándose con toda precisión en la viva luz del cuarto. Anhelaba decirle muy quedo: «¡Acuérdese usted!» pero no me atreví, y fue fortuna, porque muy pronto apareció a su lado un hombre, que trató de enlazar con su brazo el talle de la dama. Apartóse ésta rápidamente y oí la risa burlona de su compañero. Era Ruperto, que inclinándose hacia ella murmuró algunas palabras. Antonieta extendió la mano hacia el foso y dijo, con voz resuelta:

—¡Antes me arrojaría por esta ventana!

Ruperto se asomó y volviéndose después hacia ella, dijo:

—¡Vamos, Antonieta, usted se chancea! ¿Es posible? ¡Por Dios, qué dice usted!

No obtuvo respuesta, o por lo menos nada oí; Ruperto golpeó varias veces el repecho de la ventana y continuó:

—¡El diablo cargue con el Duque! ¿No le basta la Princesa? Y usted misma ¿qué atractivos halla en él?

—Si yo le repitiera lo que usted dice...

—Repítaselo usted en buena hora—dijo Ruperto con la mayor indiferencia;—y viendola desprevenida, se le acercó de un salto y la besó, echándose después a reír y exclamando:

—¡Ahora tiene usted algo más que contarle!

De haber tenido mi revólver, la tentación hubiera sido quizás demasiado fuerte, pero desarmado como estaba, agregué aquel nuevo desmán a la cuenta que tenía pendiente con Ruperto.

—Y eso que al Duque—continuó,—maldito lo que se le importa. Está loco por la Princesa y no habla más que de cortarle el pescuezo al coquillo.

Bueno era saberlo.

—Y si yo le hago ese servicio ¿sabe usted lo que me ofrece?

La pobre mujer elevó ambas manos sobre su cabeza, no sé si suplicante o desesperada.

—Pero no me gusta esperar—dijo Ruperto; y comprendí que iba a poner de nuevo sus manos sobre Antonieta, cuando oí el ruido que hacía una puerta al abrirse dentro de la habitación, y una voz que decía ásperamente:

—¿Qué hace usted aquí, señor mío?

Ruperto volvió la espalda a la ventana, saludó y dijo con su voz fuerte y alegre de siempre:

—Pues estoy tratando de excusar la ausencia de Vuestra Alteza. ¿Podía dejar sola a esta señora?

El Duque se adelantó, asió a Ruperto por el brazo y señalando la ventana, exclamó:

—¡En el foso hay lugar para otros además del Rey!

—¿Me amenaza Vuestra Alteza?—preguntó el joven.

—Una amenaza es más de lo que muchos obtienen de mí—replicó Miguel.

—Lo cual no impide que Raséndil, a pesar de tantas amenazas, siga vivo.

—¿Soy yo acaso responsable de las torpezas de los que me sirven?

—En cambio Vuestra Alteza no corre el riesgo de cometer torpezas—replicó Ruperto con sorna.

No podía decírsele más claro a Miguel que evitaba el peligro. Gran dominio debía de tener sobre sí mismo, porque le oí contestar con calma:

—¡Basta ya! No disputemos, Ruperto. ¿Están en sus puestos Dechard y Bersonín?

—Sí, señor.

—No le necesito a usted por ahora.

—No estoy fatigado...

—Sírvase usted dejarnos—ordenó impaciete Miguel.—Dentro de diez minutos quedará retirado el puente levadizo y supongo que no querrá usted regresar a nado a su cuarto.

Desapareció la silueta de Henzar y oí la puerta que se cerraba tras él. Antonieta y Miguel quedaron solos y noté con pesar que el último cerraba la ventana. Todavía los vi hablar unos momentos, Antonieta movió la cabeza negativamente y el Duque se apartó de ella con ademán impaciente. Perdí de vista a la dama, volví a oir la puerta que le daba paso y el Duque cerró las persianas.

—¡De Gautet! ¡Eh, De Gautet!—llamó una voz desde el puente.—¡Despacha, hombre, si no quieres tomar un baño antes de meterte en cama!

Era la voz de Ruperto y momentos después él y De Gautet dándose el brazo cruzaban el puente. Llegados al centro de éste, Ruperto detuvo a su compañero, se inclinó, mirando hacía el foso, y yo me oculté prontamente tras la «Escala de Jacob.»

Entonces Henzar se divirtió a su modo. Tomó de manos de su amigo una botella que éste llevaba, la aplicó a sus labios y arrojándola furioso al agua exclamó:

—¡Apenas una gota!

A juzgar por el sonido y por los círculos trazados en el agua, la botella cayó muy cerca del tubo que me ocultaba a menos de una vara. Y Ruperto, sacando el revólver, la convirtió en blanco de sus disparos. Los dos primeros no le acertaron, pero dieron en el tubo, y el tercero rompió la botella en mil pedazos. Supuse que con aquello se daría por satisfecho, pero siguió disparando contra el tubo hasta vaciar su arma, el último de cuyos proyectiles me rozó los cabellos.

—¡Ah del puente!—gritó una voz con gran regocijo mío.

—¡Un momento!—exclamaron Ruperto y De Gautet, echando a correr.

Retirado el puente, todo quedó tranquilo. El reloj dio la una y cuarto, y yo me desperecé, bostezando.

Habían transcurrido diez minutos, cuando oí un ligero ruido a mi derecha. Miré por encima del tubo y vi una sombra, la vaga silueta de un hombre, en la puerta que daba al puente. Reconocí la gallarda apostura de Ruperto. Tenía una espada en la mano y permaneció inmóvil algunos momentos. Me pregunté alarmado qué nueva maldad meditaba aquel bribón. Le oí reírse con sorna, como solía, y le vi volver de cara al muro, dar un paso hacia mí, y luego, con gran sorpresa por mi parte, empezó a bajar por al muro mismo. Comprendí que en éste había peldaños, ya cortados en la piedra, ya clavados de trecho en trecho entre los sillares. Ruperto, llegó por fin al último y poniendo su espada entre los dientes se deslizó en el agua sin hacer el menor ruido. Tratándose sólo de exponer mi vida, le hubiera salido al encuentro sin vacilación alguna; con verdadero placer hubiera saldado allí nuestras cuentas, cara a cara y espada en mano, sin testigos, en la soledad de aquella hermosa noche. Pero ¿qué sería entonces del Rey? Me dominé y seguí espiando sus movimientos con creciente interés.

Nadó pausadamente hasta llegar al lado opuesto; el muro tenía también allí peldaños, por los cuales subió hasta verse en la otra parte que también daba al puente, la cual abrió con una llave que le vi sacar del bolsillo. Después desapareció sin que la entornada o cerrada puerta hiciera el más pequeño ruido.

Abandonando mi escala, pues era evidente que ya no la necesitaba, nade hacia el puente, escalé la mitad del muro y allí me detuve, espada en mano, escuchando atentamente. La ventana del Duque estaba cerrada, y la habitación, al parecer en profunda obscuridad. En la de Antonieta había luz. Nada interrumpió el silencio de la noche, hasta que dio la una y media en el gran reloj de la torre.

Evidentemente no era yo el único que conspiraba aquella noche en el castillo.

XVIII. Golpe de mano

La situación en que me hallaba no era por cierto muy favorable para entrar en hondas meditaciones. Sin embargo, no dejé de reconocer y decirme que el nuevo proyecto de Henzar, por infame que fuese, significaba una ventaja para mí; la de situarlo al lado opuesto del foso, separado por lo tanto del Rey. No sería culpa mía si lograba regresar a la otra orilla. Los restantes con quienes tenía que habérmelas eran tres: dos de guardia y De Gautet dormido. ¡Ah, si hubiera tenido las llaves en mi poder! Con ellas lo hubiera arriesgado todo y atacado a Dechard y Bersonín antes de que sus secuaces pudieran acudir en su auxilio. Pero, por lo pronto, me veía forzado a esperar que la llegada de mi gente llamase la atención de los que tenían las llaves, o de algunos de ellos, induciéndoles a cruzar el puente y ponerse a mi alcance. Esperé cinco minutos más que me parecieron media hora, y entonces empezó el próximo acto en aquel drama de tan inesperadas cuanto rápidas escenas.

Todo estaba tranquilo en la opuesta orilla. La habitación del Duque seguía cerrada y obscura, pero en la ventana de Antonieta se veía el reflejo de la luz que brillaba en su cuarto. Entonces oí el leve rumor, apenas perceptible. Provenía del otro lado de la puerta que daba paso al puente, y no tardé en oir también el ruido de una llave cuidadosamente introducida en la cerradura. ¿Qué puerta era aquélla? Imaginábame a Henzar con la espada en una mano, la llave en la otra y en los labios su cínica sonrisa, pero no conocía con certeza sus designios.

Pronto salí de dudas. A los pocos momentos, mucho antes de que mis amigos llegasen a la puerta del castillo y antes también de que Juan pensase en abrirla, se oyó un gran estrépito en la habitación iluminada, como si la lámpara hubiese sido arrojada violentamente al suelo y desapareció la luz que salía por la ventana. Al mismo tiempo partió de la habitación un grito penetrante: «¡Socorro, Miguel! ¡Socorro!;» y a estas voces siguieron otros gritos desesperados que revelaban indecible terror.

Presa de mortal angustia, permanecía yo en el más alto peldaño, asido al quicio de la puerta con una mano y sosteniendo en la otra la espada. De repente noté que el arco de entrada era más ancho que el puente y formaba un obscuro ángulo, en el que me oculté apresuradamente. Desde allí dominaba aquella vía de comunicación entre el antiguo castillo y la construcción moderna.

Entonces resonó otro grito agudo. Se oyó después el golpe dado contra la pared por una puerta abierta violentamente, y la voz de Miguel que gritaba: «¡Abre, Antonieta! En nombre del Cielo, ¿qué sucede?»

La respuesta fue precisamente la que yo había escrito en mi carta:

—«¡Socorro, Miguel! ¡Es Henzar!»

El Duque lanzó una blasfemia y golpeó violentamente la puerta. En aquel instante oí abrirse una ventana sobre mí cabeza, la voz de un hombre preguntando: «¿Qué es eso? ¿qué ocurre?» y después pasos precipitados. Oprimí firmemente el puño de mi espada. Si De Gautet llegaba a salir su muerte era segura.

Oí después el choque de dos aceros, las pisadas, de los combatientes y el grito de uno de ellos al caer herido. Se abrieron de golpe las persianas, lo que me permitió ver a Ruperto Henzar que, de espaldas a la ventana y tendiéndose a fondo, exclamó:

—¡Para ti, Juan! ¡Y ahora te toca el turno, Miguel! ¡Acércate!

Es decir, que Juan estaba allí, que había acudido probablemente en auxilio del Duque. Y en tal caso, ¿cómo había de abrir a tiempo la puerta del castillo? Porque me temía que Ruperto acababa de matarlo.

—¡Socorro!—gritó débilmente el Duque.

Oí pasos en la escalera inmediata a la puerta donde me ocultaba y también rumor de voces a mi derecha, hacia abajo, en dirección a la celda del Rey. Pero antes de que ocurriese cosa alguna de la parte de acá del foso, vi por la ventana de Antonieta que cinco o seis hombres rodeaban a Ruperto. Este les hacía frente con sin igual destreza y brío, y por un momento los obligó a retroceder. Aquella pausa le bastó para saltar sobre el antepecho de la ventana, blandiendo su espada, sonriente, ebrio de sangre. Después, dando una carcajada, se lanzó de cabeza al agua.

Nada más supe de Ruperto por entonces, porque al arrojarse él al foso asomó por la puerta inmediata a mí el aguzado rostro de De Gautet. Sin vacilar un momento levanté la espada, le descargué un golpe con toda la fuerza que Dios me ha dado y cayo muerto: ni una palabra, ni un gemido. Me arrodillé junto al cadáver y le registré ansiosamente los bolsillos, murmurando: «¡Las llaves, las llaves!» No encontrándolas, furioso, golpeé (¡Dios me perdone!) el rostro de aquel muerto.

Por fin descubrí las llaves. Eran tres, e introduciendo la mayor en la cerradura de la puerta que conducía a la prisión del Rey, vi que giraba sin dificultad. ¡La puerta estaba abierta! Entré, y cerrándola tras mí con el menor ruido posible, retiré la llave y la guardé en el bolsillo.

Me hallé en lo alto de una escalera de piedra, alumbrada débilmente por una lámpara de aceite. Descolgué ésta y permaneciendo inmóvil, escuché.

—¿Qué demonios será?—preguntó una voz al otro lado de la puerta que quedaba al pie de la escalera.

—¿Te parece que lo matemos?—dijo otra voz.

—Espera un poco; mira que si damos el golpe antes de tiempo tendremos un disgusto serio,—fue la respuesta de Dechard, que oí con indecible placer.

Siguió un breve silencio y después oí que descorrían cautelosamente el cerrojo. Apagué en seguida la lámpara que tenía en la mano y volví a colgarla del gancho fijo en la pared.

—Está obscuro. Se ha apagado la lámpara. ¿Tienes fósforos?—dijo Bersonín.

Pero había llegado el momento. Antes de que pudieran hacer luz bajé cuan aprisa pude los escalones y me lancé contra la puerta, cuyo cerrojo había descorrido Bersonín y que cedió al golpe. Allí estaba el belga empuñando la espada y con él Dechard, sentado en un sofá. Bersonín, sorprendido al verme, retrocedió; Dechard saltó sobre su espada. Ataqué furiosamente al primero, acosándole hasta la pared. Aunque valiente, no era esgrimidor de primera fuerza y pronto cayó a mis pies. Me volví hacia donde estaba Dechard, pero éste había desaparecido; fiel a la consigna recibida del Duque, en lugar de atacarme había corrido a la puerta de la otra celda y cerrádola tras sí. ¿Qué sería del Rey en aquel momento?

No dudo que Dechard le hubiera dado muerte y a mí también, sin la intervención de un adicto servidor que dio la vida por su soberano. Forcé la puerta y vi al Rey en un rincón, impotente, debilitado por la enfermedad, moviendo de un lado a otro sus manos encadenadas, riéndose, medio loco. Dechard y el médico estaban en el centro del calabozo; el último se había abrazado al asesino con todas sus fuerzas, impidiéndole por el momento mover los brazos. Pero Dechard no tardó en desasirse y en atravesar con su espada al indefenso médico.

Después se volvió hacia mí, gritándome:

—¡Por fin!

Cruzamos los aceros. Por fortuna mía, ni él ni Bersonín tenían a mano los revólvers al sorprenderlos yo. Los encontré más tarde, cargados, en la otra habitación, sobre la repisa de la chimenea. Empezamos, pues, el combate con armas iguales. La lucha fue silenciosa, encarnizada, mortal. De sus peripecias conservo escaso recuerdo, pero sé que Dechard manejaba la espada tan bien como yo; mejor aún, porque conocía más tretas y golpes secretos, que le permitieron acosarme y hacerme retroceder hasta la reja que guardaba la entrada de la «Escala de Jacob.» Apareció en sus labios una sonrisa y su espada me atravesó el brazo izquierdo.

No me envanezco de aquel combate. Creo que mi enemigo hubiera acabado conmigo y asesinado después al Rey, porque era el duelista más hábil que he conocido; pero cuando me veía en mayor aprieto, se incorporó el Rey de un salto, cadavérico y fuera de sí, gritando:

—¡Es mi primo Rodolfo! ¡Mi primo Rodolfo! ¡Yo te ayudaré, primo! Y asiendo su silla, que a duras penas pudo levantar del suelo, se acercó a nosotros. Era aquel un auxilio inesperado.

—¡Adelante!—le grité.—¡Un golpe con la silla!

Dechard me dirigió una estocada furiosa, que apenas pude parar.

—¡Adelante!—volví a gritar al Rey.—¡Pronto, pronto!

El Rey lanzó una carcajada y se adelantó de nuevo, empujando la silla.

Dechard, blasfemando, saltó hacia atrás, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que iba a hacer, dirigió su arma contra el Rey, que cayó lanzando un doloroso gemido. El ágil espadachín me hizo frente otra vez, pero al volverse resbaló en el charco de sangre inmediato al cadáver del médico, y cayó al suelo. Me lancé sobre él con la rapidez del rayo, y asiéndole por la garganta lo atravesé de parte a parte. El miserable cayó sobre el cuerpo de su víctima, lanzándome una maldición.

¿Había muerto el Rey? Mi primer pensamiento fue para él y corrí a su lado. Parecía cadáver; tenía una enorme herida en la frente y permanecía inmóvil, tendido en el suelo. Me arrodillé y apliqué el oído a su pecho; pero antes de que pudiera cerciorarme de su muerte oí el chirrido de las cadenas del puente al bajarlo, y un momento después descansaba en su lugar contra el muro, del lado del foso en que yo estaba. Iba, pues, a verme cogido en una trampa, y el Rey conmigo, si todavía estaba vivo. Tenía que abandonarlo a su suerte. Torné la espada y volví a la primera habitación. ¿Quién había echado el puente? ¿Habrían sido mis amigos? En tal caso todo iría bien. Mi mirada se dirigió a los revólvers y tomando uno de ellos me dirigí a la puerta de la escalera y escuché. Necesitaba también unos momentos de descanso. Rasgué la manga de mi camisa y con ella me vendé el brazo lo mejor posible. Escuché otra, vez; hubiera dado cuanto poseía por oir la voz de Sarto, porque me sentía débil, casi exánime y el bribón de Ruperto seguía suelto por el castillo. Pero comprendiendo que me sería más fácil defender la estrecha puerta situada en la parte superior de la escalera que la muy ancha que daba entrada a las celdas, subí los escalones casi arrastrándome y me detuve detrás de la puerta.

Lo primero que oí fue la risa burlona y altanera de Ruperto, risa extraña en aquellas circunstancias y en aquel lugar. Desde luego indicaba que no habían llegado mis amigos, pues de lo contrario hubieran despachado a Ruperto a tiros. ¡Y el reloj dio las dos y media! ¡Dios mío! ¿Sería posible que viendo la puerta cerrada y no hallándome a orillas del foso, hubiesen regresado a Tarlein con la noticia de la muerte del Rey y la mía? Muertes que por cierto parecían muy próximas, que ocurrirían probablemente antes de que Sarto y los suyos llegasen a Tarlein. ¿No lo anunciaba así la risa triunfante de Ruperto?

Permanecí algunos instantes anonadado, apoyándome contra la puerta. Luego me incorporé vivamente, porque Ruperto gritaba con despreciativo acento:

—¡Ea, venid! ¡Aquí está el puente! ¡A no ser que Miguel el Negro os lo prohiba, perros, para convertirse él mismo en campeón de su dama! ¡Vén a batirte por ella, Miguel!

Si la lucha había de ser entre tres bien podía yo tomar parte en ella, por malparado que estuviese. Di vuelta a la llave, entreabrí la puerta y miré.

XIX. Cara a cara en el bosque

Nada pude ver por el momento, porque la viva luz de las antorchas y linternas que brillaban al otro lado del puente me deslumbró. Pero no tardé en distinguir los detalles de aquella escena singular. El puente estaba echado. En su más lejano extremo, un grupo de servidores del Duque, dos o tres de los cuales llevaban las luces de que he hablado y los otros tres o cuatro estaban armados con largas picas dirigidas hacia adelante, en actitud defensiva. Formaban apretado grupo y la palidez de sus rostros denotaba la agitación de que estaban poseídos. La verdad es que contemplaban con espanto a un hombre, plantado en medio del puente, espada en mano. Era Ruperto Henzar, en mangas de camisa, ensangrentada ésta sobre el pecho; pero su aspecto resuelto y erguido cuerpo, me indicaron desde luego que estaba ileso o cuando más levísimamente herido. Allí se hallaba, cortando el paso del puente, retando a sus contrarios y al Duque mismo; al paso que aquéllos, sin armas de fuego, temblaban ante el denodado joven, sin osar atacarlo. Hablábanse en voz baja y tras ellos, apoyado contra el dintel de la puerta, vi a mi amigo Juan, que con un pañuelo procuraba restañar la sangre que manaba de una herida recibida en la mejilla.

Una casualidad providencial me hacía dueño de la situación. Aquellos cobardes no se atreverían conmigo más que con Ruperto; y en cuanto a éste, me bastaba alzar el brazo y de un disparo mandarlo al otro mundo a dar cuenta de sus crímenes. Ignoraba hasta mi presencia allí. Sin embargo, nada de eso hice. ¿Por qué? Nunca lo he sabido. Había ya dado muerte a un hombre, de noche y traidoramente, y a otro más bien por suerte que por maña. Pero a pesar de ser Ruperto tan gran villano, me repugnaba la idea de unirme a la turba que lo amenazaba para matarlo. Quizás fuese esta la causa. Por otra parte, me fascinaba la curiosidad, el vivo deseo de presenciar el fin de aquella escena.

—¡Miguel! ¡Perro! ¡Vén si te atreves!—gritaba Ruperto, avanzando un paso hacia el grupo de sus temblorosos enemigos.—¡Miguel! ¡bastardo!

La respuesta se la dio el agudo grito de una mujer.

—¡Muerto, Dios mío! ¡Ha muerto!

—¡Muerto!—vociferó Ruperto.—¡Ah, el golpe fue más certero de lo que yo creía!—y lanzó una carcajada triunfante.—¡Abajo esas armas, vosotros! ¡Ahora soy vuestro amo! ¡Abajo, digo!

Creo que le hubieran obedecido, a no haberse elevado en aquel preciso momento súbito y lejano rumor, como de gritos y golpes dados al lado opuesto del castillo. El corazón me saltó en el pecho. Era sin duda mi gente, que por fortuna desobedecía mis órdenes y venía en mi busca. Las voces continuaban, pero la atención de todos los presentes se fijó por entonces en una aparición inesperada. El grupo de soldados del Duque se abrió para dar paso a una mujer que se adelantaba vacilante. Era Antonieta de Maubán, vistiendo blanca y holgada bata, suelto a la espalda el negro cabello, pálido el rostro y cuyos ojos brillaban amenazadores a la luz de las antorchas. Su trémula mano empuñaba un revólver y adelantándose por el puente apuntó a Ruperto y disparó. La baja vino a estrellarse en el muro, a alguna distancia de mi cabeza.

—¡Ah, señora!—exclamó Ruperto riéndose.—¡Si sus ojos no fueran más mortíferos que su revólver, no me vería yo en este lance, ni Miguel, a estas horas, en el infierno!

Antonieta, sin dedicar la menor atención a aquellas palabras, hizo un poderoso esfuerzo y logró permanecer inmóvil, rígida. Después levantó el arma lentamente y apuntó con calma.

Esperar allí hubiera sido una locura por parte de Ruperto. Tenía que lanzarse sobre ella, corriendo el riesgo de recibir un balazo, o retroceder hacia mí. Por mi parte le apunté también.

Pero no hizo una cosa ni otra. Antes de que ella hubiera asegurado la puntería, saludó graciosamente y gritó: «¡No puedo matar a la que he besado!» y sin que Antonieta o yo pudiéramos impedírselo, apoyó la mano sobre la barandilla del puente y saltó ligeramente al foso.

En aquel mismo instante oí pasos precipitados y la voz de Sarto que decía: «¡Dios eterno, es el Duque! ¡Muerto!» Comprendí entonces que el Rey no me necesitaba ya, y arrojando al suelo mi revólver corrí hacia el puente. Oí gritos de sorpresa: «¡El Rey, el Rey!» pero imitando a Ruperto Henzar salté al foso, espada en mano, resuelto a terminar de una vez mi contienda con él. A quince varas de distancia, sobre el agua, veía su rizada cabeza.

Nadaba rápidamente, y sin esfuerzo, al paso que yo, cansado y resentido de mi herida, no podría alcanzarle. Nadé algún tiempo en silencio, pero al verle doblar el ángulo del castillo, le grité:

—¡Alto, Ruperto!

Dirigió una mirada atrás, pero siguió nadando. Habíase acercado a la alta orilla y comprendí que buscaba lugar favorable para tomar tierra. No lo había, pero me acordé de mi cuerda, que probablemente colgaría donde yo la había dejado horas antes. Mientras él exploraba el terreno me le acerqué bastante, pero de pronto le oí lanzar una exclamación de alegría y comprendí que había descubierto la cuerda.

Empezó a subir por ella y tan cerca estaba yo que le oí murmurar: «¿Cómo demonios ha venido esto aquí?» Llegué a la cuerda y él me vio, suspendido como estaba, pero no pude alcanzarle.

—¿Quién va?—preguntó sobresaltado.

Creo que a primera vista me tomó por el Rey y no lo extrañé porque mi palidez contribuía al engaño; pero muy pronto exclamó:

—¡Calla, si es el comiquillo! ¿Qué hace usted por aquí?

Diciendo esto llegó a la orilla. Yo tenía asida la cuerda, pero me detuve. Ruperto se hallaba en terreno firme, con la espada en la mano y nada más fácil que hendirme de un tajo la cabeza o atravesarme de una estocada si me arriesgaba a subir. Solté la cuerda.

—No importa—dije;—lo esencial es que aquí estoy y aquí me quedo.

Me miró sonriéndose.

—El diablo son las mujeres...—empezó a decir, cuándo se oyó la gran campana del castillo que tocaba a rebato, y fuertes gritos que parecían salir del foso.

Ruperto volvió a sonreírse y me hizo un saludo de despedida con la mano.

—Mucho hubiera deseado habérmelas con usted—dijo,—pero la cosa se pone fea; y desapareció de mi vista.

En un instante, sin pensar en el peligro, subí por la cuerda. Le vi a treinta varas de distancia, corriendo como un gamo en dirección al bosque. Era la primera vez que Ruperto se mostraba más prudente que animoso. Corrí tras él, gritándole que se detuviese, pero no me hizo caso. Ileso y ágil ganaba terreno a cada paso; pero yo, olvidado de todo, excepto del deseo de vengarme, seguí sus huellas y muy pronto desaparecimos ambos en el bosque de Zenda.

Eran las tres de la mañana y empezaba a despuntar el día. Me hallaba en una avenida larga y recta, cubierta de césped y a cien varas de distancia corría Ruperto, flotante al viento el rizado cabello. Me sentía rendido y respiraba fatigosamente; le ví volver el rostro y saludarme otra vez con la mano. Se burlaba de mí, porque veía que me era imposible alcanzarle. Tuve que detenerme para respirar y un momento después Henzar torció rápidamente a la derecha y desapareció.

Creí que todo había terminado y me dejé caer abatido sobre la hierba. Pero eché a correr de nuevo en seguida, porque oí salir del bosque el grito de una mujer. Haciendo un esfuerzo supremo llegué al lugar donde Ruperto había cambiado de rumbo, e imitándole, volví a verle, en compañía de una muchacha, a la que obligaba a bajar del caballo que montaba. Ella era sin duda la que había lanzado aquel grito. Parecía una campesina y llevaba una cesta pendiente del brazo. Probablemente se dirigía al mercado de Zenda. El caballo era fuerte y de buena estampa. El truhán de Ruperto la posó en tierra sin hacer caso de sus gritos, pero sin violencia; al contrario, la besó riéndose y le dio dinero. Después montó de un salto, a mujeriegas, y me esperó. Yo me detuve y le esperé a mi vez.

Dirigió su caballo hacia mí, pero lo detuvo a corta distancia y alzando la mano preguntó:

—¿Qué ha hecho usted en el castillo?

—He matado a sus tres amigos—respondí.

—¡Cómo! ¿Bajó usted a la prisión?

—Sí.

—¿Y el Rey?

—Fue herido por Dechard, a quien di muerte, y espero que el Rey viva.

—¡Necio!—exclamó Ruperto jovialmente.

—Otra cosa hice.

—¿Y fue?

—Perdonarle a usted la vida. Me hallaba detrás de usted en el puente, revólver en mano.

—¡Digo! ¡Pues estuve entre dos fuegos!

—¡Apéese usted—le grité,—y luche como un hombre!

—¿En presencia de una dama?—dijo señalando a la muchacha.—¡Qué cosas tiene Vuestra Majestad!

Entonces, furioso, sin saber lo que hacía, corrí hacia él. Pareció vacilar un instante, pero después refrenó el caballo y me esperó. Continué mi carrera, enloquecido, así las riendas y le dirigí una estocada, que paró, devolviéndome el golpe. Retrocedí un paso y renové el ataque, pero aquella vez le abrí la mejilla y salté atrás antes de que él pudiera alcanzarme. Parecía desconcertado por la violencia de mi ataque, pues de lo contrario creo que hubiera acabado conmigo. Caí sobre una rodilla, jadeante, esperando verme atropellado por su caballo. Así hubiera sucedido indudablemente, pero en aquel instante resonó un grito a nuestras espaldas y volviéndome vi a un jinete que acababa de dejar la avenida y galopaba por el sendero, revólver en mano. Era Federico Tarlein, mi fiel amigo. Ruperto lo reconoció también, y comprendió que había perdido la partida. Tomó la debida posición en la silla, pero todavía se detuvo un momento, para decirme con su eterna sonrisa:

—¡Hasta la vista, Rodolfo Raséndil!

Después, sangrándole la mejilla, pero apuesto y gallardo siempre, moviéndose en la silla con la facilidad y maestría de costumbre, me saludó; se inclinó también hacia la joven campesina, que se había acercado fascinada; y con un ademán se despidió a su vez de Tarlein, que habiéndose puesto a tiro levantó el revólver y disparó. La bala estuvo a punto de acabar con Ruperto, porque le hizo pedazos el puño de la espada que en la diestra tenía. Soltó el arma, sacudiendo los dedos, golpeó los costados del caballo con los talones y lanzando una blasfemia, partió al galope.

Le miré alejarse de la larga avenida, con tanta soltura como si se tratase de un paseo a caballo, como si no fuera desangrándose por sus heridas.

Todavía se volvió una vez más para saludarnos con la mano, y se ocultó a nuestra vista, indomable y airoso como siempre, tan valiente como perverso. Y yo arrojé al suelo mi espada y supliqué a Tarlein que lo persiguiese. Pero lejos de eso detuvo su caballo, desmontó y corriendo hacia mí me abrazó estrechamente. A tiempo llegaba, porque la herida que recibí en la lucha con Dechard había vuelto a abrirse y la sangre corría abundante, formando roja mancha en el suelo.

—¡Pues entonces déme usted su caballo!—grité, apartándolo de mí.—Di algunos pasos hacia el caballo, tambaleándome, y caí de bruces. Tarlein se arrodilló a mi lado.

—¡Federico!—dije.

—Sí, amigo mío, amigo querido—me contestó con la dulzura de una mujer.

—¿Vive el Rey?

Sacó su pañuelo, limpió con él mis labios y me besó en la frente.

—¡Si, vive, gracias al más valiente caballero que he conocido!—contestó en voz baja.

La pobre campesina seguía allí, llorosa y sorprendida, porque me había visto en Zenda y creía que el Rey yacía pálido y ensangrentado a sus pies.

Al oir aquellas palabras de Tarlein quise gritar:

«¡Viva el Rey!» pero no pude, y recliné la cabeza en los brazos de mi amigo, lanzando un gemido; mas temeroso de que él interpretase mal mi silencio, volví a abrir los ojos y procuré articular aquellas palabras: «¡Viva!...» ¡Imposible! Mortalmente cansado, transido de frío, me cobijé en brazos de Tarlein, cerré los ojos y quedé desvanecido.

XX. El prisionero y el rey

Para que se comprenda bien lo ocurrido en el castillo de Zenda, tengo que completar el relato de lo que yo en persona vi e hice aquella noche con una breve reseña de lo que más tarde supe por Tarlein y la señora de Maubán. Esta me explicó por qué el grito que yo le había mandado dar como señal se había convertido de estratagema en siniestra realidad y oídose mucho antes de la hora convenida; grito que por un momento apareció ser la ruina de todas nuestras esperanzas, pero que vino a favorecerlas en definitiva. La desgraciada mujer, impulsada, según creo, por verdadero afecto al duque de Estrelsau, no menos que por la brillante perspectiva ofrecida a su ambición, había seguido al Duque, a petición de éste, de París a Ruritania. Era Miguel hombre de violentas pasiones, pero de voluntad más poderosa todavía. Con frío egoísmo lo tomó todo sin dar cosa alguna en cambio, y Antonieta no tardó en descubrir que tenía una rival en la princesa Flavia; desesperada, no reparó en medios para conservar el amor del Duque. Al propio tiempo se vio mezclada en las audaces maquinaciones de éste. Resuelta a no abandonarlo, unida a él por los lazos de su impura pasión y por sus propias esperanzas, no quiso, sin embargo, servirle de pretexto para llevarme a la muerte. De aquí las cartas que me había escrito revelándome el peligro. No pretenderé averiguar si las líneas dirigidas a Flavia las habían dictado el afecto o el odio, la compasión o los celos: pero nos fueron también de gran servicio. Cuando el Duque fue a Zenda ella le acompañó; y allí pudo comprender por primera vez la crueldad de Miguel en toda su extensión y se apiadó su alma del desgraciado Rey. Desde aquel instante estuvo de nuestra parte. Pero por lo que ella misma me dijo comprendo que, mujer al fin, seguía queriendo al Duque y esperaba obtener del Rey la vida de aquél, cuando no su perdón, en recompensa de sus propios servicios a nuestra causa. No deseaba el triunfo de Miguel, abominaba su crimen y mucho más el premio que con él se proponía alcanzar el Duque, la mano de su prima, la princesa Flavia.

Otros elementos que figuraron en el drama de Zenda fueron el libertinaje y la audacia de Ruperto. Quizás se sintió atraído por la belleza de Antonieta; quizás le bastara saber que ésta pertenecía a otro hombre y le odiaba a él. Por muchos días habían menudeado los conflictos y las discusiones entre Miguel y Ruperto, acrecentándose su odio, y la reyerta que yo presencié entre ellos en la habitación del Duque no fue más que una de tantas. Cuando revelé a la señora de Maubán las ofertas que me había hecho Ruperto, no se mostró admirada; ella misma había aconsejado a Miguel que desconfiase de Ruperto, aun en los momentos en que me escribía rogándome que la rescatase del poder de ambos. Aquella noche resolvió Ruperto realizar sus inicuos designios y proporcionándose una llave de la habitación de Antonieta, la había sorprendido en ella. Sus gritos atrajeron al Duque, lucharon ambos en la obscuridad, dio Ruperto un golpe mortal a su señor y al precipitarse los criados en la habitación, escapó él por la ventana, como dejo referido. Ignorando la muerte del Duque, había regresado al puente para renovar el combate. No sé lo que se propondría hacer con los otros tres secuaces de Miguel y cómplices suyos, pero creo que no había formado plan alguno, porque la muerte del Duque fue impremeditada por su parte. Sola Antonieta con el herido, procuró restañar la sangre, pero inútilmente; y habiendo expirado el Duque poco después, oyó ella las voces de reto de Ruperto y acudió a castigarlo y vengarse. A mí no me vio hasta que me lancé al foso, en persecución de nuestro común enemigo.

En aquel instante entraron mis amigos en escena. Habían llegado al castillo nuevo a la hora convenida, y esperaron cerca de la puerta, que no se abrió porque Juan se vio arrastrado con los otros en auxilio del Duque; es más, deseoso de disipar toda sospecha, se había distinguido muy especialmente atacando a Ruperto en persona, lo que le había valido una estocada de éste. Sarto esperó hasta cerca de las dos y media, y después, en cumplimiento de mis órdenes, había enviado a Tarlein a buscarme por las cercanías del foso. No hallándome, habían conferenciado ambos, proponiendo Sarto seguir al pie de la letra mis instrucciones y regresar a escape a Tarlein; pero el buen Federico se negó rotundamente a abandonarme, cualesquiera que fuesen las órdenes recibidas. Discutieron algunos minutos, cedió Sarto, envió un destacamento mandado por Berstein al palacio de Tarlein en busca del general Estrakenz, y el resto de la fuerza atacó furiosamente la gran puerta del castillo. Resistióles ésta unos quince minutos y cayó por fin, en el momento mismo en que Antonieta disparaba su revólver contra Ruperto. Sarto y ocho de sus soldados se precipitaron en el castillo; la primera habitación a que llegaron fue la de Miguel, que yacía tendido en el suelo, atravesado de una estocada. Entonces lanzó Sarto el grito que yo había oído: «¡El Duque ha muerto!» y atacó a los servidores de Miguel, que aterrorizados se rindieron a discreción. Antonieta se arrojó sollozando a los pies de Sarto, a quien sólo pudo decir que me había visto lanzarme al agua desde el otro extremo del puente.

—¿Y el prisionero?—le preguntó el coronel.

Pero ella se limitó a mover negativamente la cabeza, y Sarto, Federico y sus acompañantes cruzaron en silencio el puente, hasta tropezar con el cadáver de De Gautet.

Escucharon ávidamente, pero ningún rumor llegó hasta ellos desde las celdas, lo que les hizo temer que el Rey había sido asesinado por sus guardianes y su cuerpo arrojado al foso, escapando aquéllos a su vez por la «Escala de Jacob.» Sin embargo, el hecho de haber sido visto ya cerca de allí les infundía alguna esperanza (así me lo dijo el buen Tarlein); por lo que volviendo a la habitación de Miguel, en la que estaba orando Antonieta, hallaron un manojo de llaves y entre ellas la de la puerta de la prisión que yo había cerrado tras mí al salir. Abrieron; la escalera estaba a obscuras y al principio no quisieron encender una antorcha, temiendo servir de blanco a sus enemigos. Pero no tardó en exclamar Federico: «¡La puerta está abierta! ¡Y hay luz en la celda!» Bajaron resueltamente y en la primera celda sólo hallaron el cadáver de Bersonín, lo que les impulsó a dar gracias a Dios, exclamando Sarto: «¡No hay duda! ¡Raséndil ha pasado por aquí!»

Precipitándose después en la inmediata estancia, vieron el cuerpo exánime de Dechard sobre el del médico y a pocos pasos el del Rey, tendido de espaldas, junto a su derribada silla. «¡Muerto!» exclamó Tarlein; y Sarto los hizo salir a todos, excepto Tarlein, y arrodillándose junto al Rey no tardó en descubrir que vivía y que con solícitos cuidados su salvación era segura. Le cubrieron el rostro, lo transportaron a la habitación de Miguel, en cuyo lecho lo pusieron y Antonieta suspendió sus preces para bañar la ensangrentada frente del Rey y vendar sus heridas, en tanto llegaba un médico. Y Sarto, convencido más que nunca de mi reciente presencia allí y habiendo oído el relato de Antonieta, envió a Tarlein en mi busca, por foso y bosque. Federico halló primero mi caballo, tembló por mi suerte y me descubrió al fin, guiado por el grito con que yo había retado a Ruperto. Su gozo fue tan intenso como si de su propio hermano se tratara, y en su cariño y ansiedad por mí, desdeñó cosa tan importante como la muerte de Ruperto Henzar. Sin embargo, yo hubiera sentido no haberlo castigado por mi propia mano.

Una vez realizado tan felizmente el rescate del Rey, le tocaba a Sarto ocultar a todos el cautiverio de éste. Antonieta de Maubán y Juan el guardabosque (bastante malparado este último por el momento para andar en chismes) habían jurado guardar secreto; y Tarlein se había adelantado en busca, no del Rey, sino del ignorado amigo del monarca que se había aparecido por un momento en el puente, ante los sorprendidos servidores del Duque. Se había verificado la sustitución, y el Rey, herido gravemente, según a todos se dijo, por los carceleros que tenían cautivo a uno de sus fieles amigos, había vencido por fin y se hallaba en la habitación de Miguel el Negro. Allí lo habían conducido, cubierto el rostro, desde su prisión subterránea y allí se había dado orden de llevarme sigilosamente tan luego me encontrasen. También se despachó un mensajero al palacio de Tarlein, con encargo de anunciar al general Estrakenz y a la Princesa, que el Rey se hallaba en salvo y deseaba conferenciar con el General sin pérdida de momento. Cuanto a Flavia, debía permanecer en Tarlein hasta que el Rey le enviase nuevas instrucciones. Así había preparado Sarto las cosas mientras se reponía un tanto el Rey, después de haber escapado casi por milagro de las asechanzas de su inicuo hermano.

El ingenioso plan del astuto coronel prosperó sin tropiezo, hasta encontrar un obstáculo que a menudo trastorna los proyectos mejor combinados: la voluntad o el capricho de una mujer. En este caso, cualesquiera que fuesen las órdenes del Rey, las instrucciones de Sarto y los consejos del General, Flavia se negó a permanecer en Tarlein mientras su amado se hallaba herido en Zenda, y el carruaje de la Princesa siguió de cerca al General y su escolta cuando éste se puso en camino del castillo. Así pasaron por el pueblo, donde se decía ya que habiéndose dirigido el Rey al castillo la noche anterior, para reconvenir amistosamente a su hermano por el trato dado a uno de los amigos del Rey prisionero en la fortaleza, se había visto atacado a traición; que tras una lucha desesperada habían perecido el Duque y varios caballeros suyos, y que el Rey, aunque herido, había logrado apoderarse del castillo. Todos estos rumores causaron, como se comprenderá, profunda sensación; empezó a funcionar el telégrafo, pero cuando las noticias llegaron a la capital, ya se había recibido allí la orden de poner tropas sobre las armas, e impedir toda manifestación hostil en los barrios donde predominaban los partidarios del Duque.

Subía el carruaje de la princesa Flavia el pendiente camino del castillo, con el General cabalgando al estribo y rogándole todavía que volviese a Tarlein, a tiempo que Federico y el supuesto prisionero de Zenda llegaban al lindero del bosque. Al recobrar el sentido me puse en marcha, apoyado en el brazo de Federico, y próximos ya a salir del bosque vi a la Princesa. Una mirada de mi amigo me hizo comprender repentinamente que no debía verme ni hablar otra vez con Flavia y caí de rodillas tras unos arbustos. Pero habíamos olvidado a la joven campesina, que nos había seguido y no estaba dispuesta a perder aquella ocasión de congraciarse con la Princesa y de ganar unas monedas de oro; así fue que apenas nos ocultamos, salió corriendo al camino y saludando, exclamó:

—¡Señora, el Rey está allí, detrás de aquellas matas! ¿Quiere Vuestra Alteza que la guíe hasta él?

—¿Qué tontería es esa, muchacha?—dijo el General.—El Rey está en el castillo, herido.

—A que no. Herido sí, pero está allí, con el conde Federico, y no en el castillo—insistió la moza.

—¿Está en dos lugares a la vez, o es que hay dos Reyes?—preguntó Flavia sorprendida.—¿Cómo sabes que está allí?

—Lo vi persiguiendo a un caballero, señora, y pelearon hasta que llegó el conde Federico; el otro me quitó el caballo de mi padre y se escapó, pero el Rey está allí con el Conde. ¡Cómo, señora! ¿Hay acaso otro hombre como el Rey en Ruritania?

—No, hija mía—contestó Flavia dulcemente, (me lo dijeron después); y se sonrió y dio dinero a la muchacha.—Voy yo misma a ver a ese caballero—dijo haciendo ademán de bajar del coche.

Pero en aquel momento llegó Sarto al galope, procedente del castillo, y al ver a la Princesa resolvió sacar el mejor partido posible de las circunstancias y comenzó por decirle que el Rey estaba perfectamente atendido y fuera de peligro.

—¿En el castillo?—preguntó Flavia.

—¿Pues dónde había de estar, señora?—repuso el coronel inclinándose.

—Es que esta muchacha dice que ha visto al Rey allí, con el conde Federico.

Sarto miró a la moza sonríendose y con expresión de incredulidad.

—Estas chicas en cuanto ven un apuesto caballero, se creen que es el Rey—dijo.

—Pues entonces, el que yo digo y el Rey se parecen como si fueran hermanos—replicó la campesina, algo vacilante pero insistiendo todavía en su tema.

Sarto miró en torno. En el rostro del General se adivinaba muda interrogación. Los ojos de Flavia no eran menos elocuentes. La sospecha cunde con facilidad portentosa.

—Voy a ver quién es ese hombre—dijo Sarto.

—No, iré yo misma—exclamó la Princesa.

—Pues en tal caso, venga Vuestra Alteza sola—murmuró Sarto.

Y ella, obedeciendo a aquella extraña indicación y notando también la súplica que se veía en el rostro del veterano, rogó al General y su séquito que esperasen allí; dijo Sarto a la muchacha que se apartase a distancia, y él y Flavia se dirigieron a pie hacia donde estábamos. Cuando los vi acercarse, me senté, agobiado, en el suelo y oculté la cara entre las manos. No podía mirarla. Federico se arrodilló a mi lado, puesta la mano en mi hombro.

—Hable Vuestra Alteza en voz baja—dijo Sarto al llegar con la Princesa a nuestro lado; y después oí un grito ahogado, que parecía expresar alegría y temor a la vez, y su voz que decía:

—¡Es él! ¿Estás herido, sufres?

Corrió a mi lado y con suave esfuerzo apartó mis manos, pero yo seguí con los ojos fijos en tierra.

—¡Es el Rey!—exclamó.—¿Quiere usted decirme, coronel Sarto, qué significa la broma de que hace poco pretendía usted hacerme objeto?

Nadie contestó; los tres seguimos silenciosos ante ella. Prescindiendo de testigos, me abrazó y me dio un beso. Entonces dijo Sarto, con voz ronca y baja:

—No es el Rey. No lo acaricie Vuestra Alteza; no es el Rey.

—Pero, ¿acaso no conozco yo a mi amado? ¡Rodolfo, amor mío!

-No es el Rey—repitió Sarto; y el acongojado Tarlein no pudo reprimir un sollozo.

Entonces, al oir aquel sollozo, comprendió Flavia que había en todo aquello algo más que una chanza o una equivocación.

—¡Sí, es el Rey!—exclamó.—Es su cara; su anillo, el mío. ¡Oh, sí, es mi amor!

—Vuestro amor, señora, sí—dijo Sarto.—Pero el Rey está allí, en el castillo. Este caballero...

—¡Mírame, Rodolfo! ¡Mírame!—gritó, oprimiendo mi rostro entre sus manos.—¿Por qué permites que me atormenten así? ¡Dime, qué significa esto!

Entonces hablé, fijos mis ojos en los suyos.

—¡Dios me perdone, señora!—dije.—No soy el Rey.

Sentí en mis mejillas el temblor convulsivo de sus manos. Miró fijamente mi cara, escudriñándola, como no ha sido mirada jamás la cara de un hombre. Y yo, mudo otra vez, vi nacer y agrandarse en sus ojos el asombro, la duda, el terror. Disminuyó gradualmente la presión de sus manos; miró a Sarto, a Federico y volvió a clavar los ojos en mí; después, repentinamente, vaciló, cayó hacia adelante en mis brazos, y yo, con un grito de dolor, la estreché sobre mi pecho y besé sus labios. Sarto me tocó el brazo. Le miré, deposité suavemente el cuerpo de Flavia sobre la hierba, y de pie a su lado, contemplándola, maldije al Cielo por haberme salvado de la espada de Ruperto para hacerme sufrir aquel dolor tan intenso, tan atroz.

XXI. ¡Hay algo más que amor!

Había cerrado la noche y me hallaba en la celda que acababa de ser prisión del Rey en el castillo de Zenda. Había desaparecido el tubo apodado «Escala de Jacob» por Ruperto Henzar, y en la obscuridad brillaban las luces de una habitación situada al otro lado del foso. Reinaba profundo silencio, en contraste con el fragor de la reciente lucha. Yo había pasado el día en el bosque, con Federico, después de separarme de la Princesa, a quien dejamos en compañía de Sarto. Protegido por la obscuridad, me habían conducido al castillo e instalado en la celda. Nada me importaba el recuerdo de que un poco antes habían muerto allí tres hombres, dos de ellos por mi mano. Me había arrojado sobre un colchón inmediato a la ventana y contemplaba las negras aguas del foso. Juan, pálido todavía a consecuencia de su herida, me había servido la cena. Me dijo que el Rey iba reponiéndose, que había visto a la Princesa y conferenciado largamente con Sarto y Tarlein. El General había regresado a Estrelsau, Miguel el Negro yacía en su ataúd y junto a él velaba Antonieta de Maubán. Desde mi retiro había oído el fúnebre canto y las preces de los religiosos.

Fuera circulaban extraños rumores. Decían unos que el prisionero de Zenda había muerto; otros que había desaparecido pero estaba vivo; aseguraban algunos que era un buen amigo del Rey a quien había prestado valioso servicio en Inglaterra, en cierta aventura; y no faltaba quien sabía que, habiendo descubierto las tramas del Duque, se había éste apoderado de él y arrojádolo en una mazmorra. Pero los más avisados prescindían de suposiciones y comentarios, limitándose a decir que sólo se sabría la verdad cuando el coronel Sarto tuviese a bien revelarla.

Así charló Juan hasta que lo despedí, y me quedé solo, pensando no en lo porvenir, sino, como sucede a menudo después de las grandes crisis, en los sucesos de aquellas últimas semanas, pasándoles mental revista con verdadero asombro. Allá en lo alto se oía, interrumpiendo el silencio de la noche, el ruido producido por las banderas del castillo flotando al viento o golpeando sus astas. En una de éstas, ondeaba el estandarte del Duque y sobre él la real insignia, el pabellón de Ruritania. Y nos acostumbramos tan pronto a todo, que me costó algún esfuerzo convencerme de que ya no ondeaba, como hasta entonces, en honor mío.

No tardó en presentarse Federico de Tarlein. Me dijo brevemente que el Rey deseaba verme, y juntos cruzamos el puente levadizo y entramos en la que había sido cámara del duque Miguel.

El Rey yacía en el lecho, tendido por el médico que nosotros habíamos llevado a Tarlein y que se apresuró a decirme en voz baja que abreviase mi visita. El Rey me tendió la mano y estrechó la mía. Federico y el médico se apartaron, dirigiéndose a una de las entreabiertas ventanas.

Retiré el anillo del Rey que tenía en mi dedo y lo puse en el suyo.

—He procurado llevarlo con honra, señor—le dije.

—No puedo hablar mucho—repuso con voz débil.—He tenido una viva discusión con Sarto y el General, quienes me lo han dicho todo. Yo quería llevarlo a usted a Estrelsau, tenerlo allí a mi lado y decir a todos lo que ha hecho; quería que usted fuese mi mejor y más querido amigo, primo Rodolfo. Pero me dicen que no debo hacerlo y que se ha de guardar el secreto... si tal cosa es posible.

—Tienen razón, señor. Permítame partir Vuestra Majestad. Mi misión aquí ha terminado.

—Sí, y la ha cumplido usted como ningún otro hombre hubiera podido hacerlo. Cuando vuelvan a verme habré dejado crecer mi barba, sin contar que estaré desfigurado por mi enfermedad. Nadie se sorprenderá de que el Rey parezca tan cambiado. Pero fuera de eso, procuraré que no noten en mí ningún otro cambio. Usted me ha enseñado a ser Rey.

—Señor—dije,—no merezco ni puedo aceptar los elogios de Vuestra Majestad. Sólo a la bondad del Cielo debo el no ser hoy un traidor mayor aún que el mismo Duque.

Me miró con alguna extrañeza, pero no es de enfermos graves descifrar enigmas y renunció a interrogarme. Su mirada se fijó en la sortija de Flavia que yo llevaba puesta. Creí que iba a hablarme de ello, pero después de tocar distraídamente el anillo algunos instantes, dejó caer la cabeza sobre la almohada.

—No sé cuándo volveré a verle—dijo con voz apenas perceptible.

—Tan luego vuelva a necesitarme Vuestra Majestad—contesté.

Cerró los ojos. Tarlein y el médico se acercaron. Besé la mano del Rey y salí con Tarlein. No he vuelto a ver al joven soberano.

Ya fuera de la habitación, noté que Federico, en lugar de dirigirse a la derecha y al puente levadizo, torció a la izquierda y sin decir palabra me hizo subir una escalera y nos hallamos en un amplio corredor del castillo.

—¿Adónde vamos?—pregunté.

—Ella ha enviado a llamarle—respondió Tarlein sin mirarme.—Cuando haya terminado esta entrevista, vuelva usted al puente. Allí lo esperaré.

—¿Qué desea?—dije respirando agitadamente.

Me indicó con un ademán que no podía contestar a mi pregunta.

—¿Lo sabe todo?

—Sí, todo.

Abrió una puerta, me hizo entrar impulsándome suavemente y cerró tras mí. Me hallé en una sala pequeña y lujosamente amueblada. Al principio creí hallarme solo, porque las dos velas encendidas sobre una mesa tenían pantallas y despedían escasa luz. Pero casi en seguida vi a una mujer, en pie, cerca de la ventana. Me dirigí a ella, doblé una rodilla y tomándole una mano la llevé a mis labios. No habló ni se movió. Me levanté y, a pesar de la indecisa luz, noté la palidez de sus mejillas, vi la aureola que le formaban sus hermosos cabellos y sin darme cuenta de ello pronuncié dulcemente su nombre:

—¡Flavia!

Se estremeció ligeramente y miró en torno.

Después se lanzó hacia mí y asiéndome el brazo dijo:

—¡No estés en pie! ¡No, siéntate! Estás herido. ¡Aquí, siéntate aquí!

Me hizo sentar en el sofá y apoyó la mano en mi frente.

—¡Cómo te arde la frente!—dijo cayendo de rodillas a mi lado.

Reclinó la cabeza sobre mi pecho y la oí murmurar:

—¡Pobre amor mío! ¡Cómo te arde la frente!

Por mi parte había ido allí con el propósito de humillarme, de implorar su perdón; pero lejos de eso, lo único que dije fue:

—¡Te amo, Flavia, con todas mis fuerzas, con toda mi alma!

Porque el amor nos permite leer en el corazón del ser amado, porque lo que la turbaba y la hacía sentirse avergonzada, no era su amor por mí, sino el temor de que así como yo había sido fingido Rey, hubiera representado también el papel de amante y recibido sus besos burlándome interiormente de ella.

—¡Con todas mis fuerzas, con toda mi alma!—repetí, y su rostro oprimió más fuertemente mi pecho.—¡Siempre, desde el primer instante en que te vi, allá en la catedral! Para mí no ha existido desde entonces más que una mujer en el mundo y jamás existirá otra. ¡Pero Dios me perdone el engaño de que te he hecho víctima!

—¡Te obligaron a ello!—dijo prontamente; y luego, alzando la frente y fijos sus ojos en los míos, añadió:

—Quizás hubiera sucedido lo mismo aun revelándome la verdad. ¡Porque mi amor eras siempre tú, no el Rey!

Y levantándose, me dio un beso.

—Me proponía confesártelo todo—dije.—Iba a hacerlo la noche del baile, en Estrelsau, pero Sarto me interrumpió. Después... no pude, no me atreví a correr el riesgo de perderte antes... ¡antes de que llegase el momento en que por fuerza había de perderte! Adorada mía, ¿sabes que por ti pensé dejar al Rey abandonado a su suerte?

—¡Lo sé, lo sé! Y ahora...¿qué vamos a hacer ahora, Rodolfo?

La atraje hacia mí, y abrazándola la dije:

—Voy a partir esta noche!

—¡Ah, no, no!—exclamó.—¡No esta noche!

—Tengo que irme, antes de que me vean otros. ¿Y cómo quieres que me quede, alma mía, a no ser?...

—¡Si pudiera partir contigo!—murmuró.

—¡En nombre del Cielo!—exclamé bruscamente.—¡No digas eso!

—¿Por qué no? Te amo. ¡Eres tan caballero tan noble como el Rey!

Entonces falté a todos mis principios, hice traición a cuanto debía respetar. La tomé en mis brazos y le supliqué con palabras que no puedo reproducir aquí, que me siguiera, que desafiase al mundo entero a arrancarla de mis brazos. Y por algún tiempo me escuchó, sorprendida y dominada. Pero cuando me miró empecé a avergonzarme de mi conducta, me faltó la voz, balbuceé algunas palabras y por fin guardé silencio.

Flavia se apartó de mí, buscando apoyo en la pared, y yo quedé humillado y tembloroso, sabiendo lo que había hecho, despreciándome a mí mismo, pero también resuelto a no desdecirme. Así permanecimos largo tiempo.

—¡Estoy loco!—dije tristemente.

—Aun loco te adoro, amor mío—contestó.

Tenía inclinado el rostro, pero vi el brillo de las lágrimas que surcaban sus mejillas. Tuve que buscar apoyo en el respaldo del sofá.

—¡Hay algo más que amor!—dijo en voz baja, con dulcísimo acento.—Si el amor lo fuese todo, yo podría seguirte hasta el fin del mundo, aunque tuviese que vestir harapos, porque mi corazón te pertenece. Pero ¿no existe algo más que el amor?

No contesté. Ahora me avergüenzo de no haber asentido, de no haber facilitado sus esfuerzos con mis palabras.

Se me acercó y me puso la mano sobre el hombro, mano que torné y oprimí entre las mías.

—Bien sé—continuó,—que se habla y se escribe como si el amor lo fuese todo. Quizás lo sea para algunos. Pero si lo fuera también para ti, Rodolfo, hubieras dejado morir al Rey en su prisión.

Llevé su mano a mis labios.

—¿Y la honra de la mujer, Rodolfo? ¿Ella me manda ser fiel a mi patria y a mi cuna? ¡No sé por qué Dios me ha hecho amarte; pero también sé que me ordena quedarme!

Seguí guardando silencio y ella continuó tras una pausa:

—Llevaré siempre tu anillo en mi dedo; tu corazón estará eternamente junto al mío, tu beso en mis labios. Pero debes partir y yo debo quedarme. Y quizás deba yo también hacer algo más, algo cuya sola idea es ahora para mí peor que la muerte...

Comprendí lo que quería decir y temblé. Pero no quise mostrarme menos animoso que ella. Me levanté y tomé su mano.

—Haz lo que quieras o lo que debas—dije.—Creo que a seres como tú, Dios mismo les indica el camino que han de seguir. Mi carga es más ligera que la tuya, porque yo también llevaré siempre tu anillo, y tu corazón estará eternamente junto al mío; pero jamás habrá en mis labios otro beso que el tuyo. ¡Dios te dé fuerza y consuelo, alma mía!

Llegó a nuestros oídos un canto solemne. Eran las preces que elevaban los sacerdotes en la capilla por las almas de los muertos. Aquel canto fúnebre resonaba como un adiós tristísimo a nuestra pasada dicha, como una súplica en nombre de nuestro eterno amor. Con sus manos entre las mías, escuchamos las dulces y melancólicas notas.

—¡Mi Reina y mi Cielo!—dije.

—¡Mi amante y leal caballero!—respondió Flavia.—Quizá no volvamos a vernos. ¡Un beso y parte!

Le di un beso, pero se abrazó a mí, murmurando mi nombre una y cien veces. Por fin me separé de ella.

Dirigí mis rápidos pasos al puente, donde me esperaban Sarto y Federico. A indicación suya, cambié de traje, y ocultando el rostro como lo había hecho antes varias veces, montamos a caballo a la puerta del castillo y cabalgamos todo el resto de la noche. Al amanecer nos hallamos en una pequeña estación inmediata a la frontera. Faltaba algún tiempo para la llegada del tren y nos dirigimos por una pradera al cercano arroyuelo. Me prometieron enviarme noticias y me colmaron de atenciones y elogios; aun el viejo Sarto estaba afectado y Tarlein profundamente conmovido. Escuché como en sueños cuanto decían, pero aquella dulce voz «¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ¡Rodolfo!» resonaba todavía en mis oídos, como un grito de amor y desesperación. Comprendieron por fin que mi pensamiento estaba lejos de allí y nos paseamos en silencio, hasta que Federico tocó mi brazo y vi a gran distancia el azulado humo de la locomotora. Entonces les tendí las manos.

—Hoy nos conducimos como niños—dije;—pero en días recientes nos hemos portado como hombres ¿verdad, Sarto, Federico, amigos míos?

—Hemos vencido a los traidores e instalado al Rey sólidamente en su trono—repuso Sarto.

De repente Tarlein, antes de que yo pudiese adivinar su propósito, se descubrió, se inclinó como solía hacerlo y me besó la mano, que retiré vivamente.

—¡No siempre—dijo,—hace Reyes el Cielo a quienes deberían llevar la corona!

El rostro de Sarto se contrajo al estrechar mi mano.

—El diablo se mezcla en muchas cosas y las echa a perder—dijo.

Las personas que estaban en la estación, miraban con insistencia al desconocido de alta estatura y encubiertas facciones, pero no hicimos el menor caso de su curiosidad. Volvimos a estrecharnos las manos en silencio, y aquella vez ambos—cosa extraña por parte de Sarto,—se descubrieron y permanecieron descubiertos hasta que desapareció a su vista el tren que me conducía. Todos creyeron que algún alto personaje, deseoso de guardar el incógnito, había tomado el tren en aquella insignificante estación; cuando en realidad no era otro que Rodolfo Raséndil, caballero inglés, segundón de buena casa; pero, en fin, hombre de no gran fortuna, posición ni rango. Profundo hubiera sido el desencanto de muchos al saberlo, pero no tanto como su curiosidad y su sorpresa de haberlo sabido todo. Porque, cualesquiera que fuese mi condición presente, había sido Rey por tres meses; prueba a la que se han visto sometidos muy pocos hombres. Y sin duda, hubiera yo dedicado mayor atención a este tema, si no la hubiese embargado casi por completo aquella voz que parecía salir de las torres de Zenda, visibles todavía en lontananza; aquel grito de amor de una mujer, que llegaba a mis oídos, que penetraba hasta mi corazón y que decía: «¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ¡Rodolfo!»

¡Todavía me parecía oirlo!

XXII. Presente, pasado ¿y futuro?

Los detalles de mi regreso al hogar, son poco interesantes. Fui directamente al Tirol, donde pasé quince días en la mayor quietud y buena parte de ellos en cama, con fuerte fiebre; fui también víctima de una reacción nerviosa, que me dejó débil como un niño. Tan luego me hospedé, escribí a mi hermano, anunciándole mi próximo regreso; lo cual bastaba para poner término a las investigaciones que se hacían para averiguar mi paradero, y que probablemente traerían ocupado todavía al jefe de policía de Estrelsau. Dejé crecer de nuevo bigote y perilla, y ambos eran ya de respetable dimensión cuando bajé del tren en París y me presenté en casa de mi amigo Jorge Federly. Mi entrevista con él fue notable, principalmente por el número de falsedades tan involuntarias como inevitables que le dije; y me burlé cruelmente de él cuando me confesó que me había sospechado de haber ido a Estrelsau en seguimiento de Antonieta de Maubán. Supe que ésta se hallaba de regreso en París, pero vivía muy retiradamente; cosa que los murmuradores explicaban con la mayor facilidad. ¿Acaso no eran conocidas de todos la traición y la muerte del duque Miguel? Sin embargo, Jorge aconsejó a nuestro común amigo Beltrán que no perdiese toda esperanza, porque, como él decía con la mayor frescura, «un poeta vivo vale más que un Duque muerto.» Después preguntó, dirigiéndose a mí:

—¿Qué le ha pasado a tu bigote?

—La verdad es—dije con mucho misterio,—que las circunstancias obligan a veces a un hombre a modificar su aspecto todo lo posible y... Pero va creciendo que es un gusto.

—¡Hola!—exclamó Jorge.—Luego no andaba yo tan descaminado, y si no ha sido la hermosa Antonieta, se tratará de otra sirena.

—Siempre hay por medio alguna sirena, Jorge—dije sentenciosamente.

Pero Jorge no se contentó hasta que me hubo arrancado (con gran elogio de su propia destreza) los pormenores de una aventura amorosa con sus puntas y ribetes de escándalo, que me había detenido todo aquel tiempo en las tranquilas regiones del Tirol. En cambio de mis revelaciones, me favoreció Jorge con lo que él llamaba «detalles ocultos» (conocidos sólo de los diplomáticos), sobre la verdadera marcha de los sucesos en Ruritania, las tramas y conspiraciones de aquel país. En su opinión, podía decirse a favor de Miguel el Negro mucho más de lo que el público sospechaba y también me indicó sus bien fundadas sospechas de que el misterioso prisionero de Zenda, a quien los periódicos habían dedicado no pocos sueltos, no era un hombre (y aquí tuve que hacer un esfuerzo para no reírme), sino una mujer disfrazada de hombre; y que la verdadera causa de las discordias entre el Rey y su hermano, era el favor de aquella dama, que ambos se disputaban.

—Quizás fuese la mismísima señora de Maubán—sugerí.

—¡No!—exclamó Jorge resueltamente.—La señora de Maubán estaba celosa de ella y para vengarse del Duque lo denunció al Rey. Y en confirmación de lo que digo, añadiré que la princesa Flavia se muestra ahora muy indiferente para con el Rey, después de haber estado con él lo más afectuosa y amante.

Llegados aquí, cambié de conversación y me libré de los informes «inspirados» de Jorge. Si los diplomáticos no han obtenido datos más exactos que los de mi amigo, bien puedo decir que, por lo menos en esta ocasión, no ganaron su sueldo.

Durante mi permanencia en París escribí a la señora de Maubán, pero no me atreví a visitarla. Y en contestación recibí una carta muy sentida, en la que me decía que la generosidad del Rey y su gratitud hacia mí la obligaban a guardar el más profundo secreto. También manifestaba el propósito de retirarse por completo de la sociedad e ir a residir en el campo. No sé si realizó este propósito, pero es muy probable, porque no he vuelto a verla ni oído hablar de ella. Es innegable que amaba al duque de Estrelsau; y su conducta al morir éste, demostró que ni aun conociendo el verdadero carácter de aquel hombre había cesado su estimación por él.

Me quedaba por librar una última batalla, en la que tenía la seguridad de salir completamente derrotado. ¿No regresaba del Tirol sin haber hecho el menor estudio de sus habitantes, instituciones, topografía, fauna ni flora? Había malgastado mi tiempo de la manera usual, frívolamente, como diría mi cuñada; y contra veredicto basado en tales pruebas, no me quedaba defensa posible. Puede imaginarse el lector la cara con que me presentaría en nuestra casa de Londres, pero, en suma, no tuve tan mal recibimiento como esperaba. No había hecho lo que Rosa deseaba, es verdad, pero sí lo que ella había profetizado; no había tomado notas, hecho observaciones ni recogido materiales de ninguna clase. En cambio mi hermano había tenido la debilidad de creer y asegurar todo lo contrario.

Al regresar yo con las manos vacías, fue tal el afán de Rosa para demostrar a mi hermano su error, que se olvidó de reñirme, dedicando casi todas sus quejas al silencio que yo había guardado en mi ausencia, no dándoles la menor noticia de mi paradero.

—Hemos malgastado un tiempo precioso buscándote—dijo.

—Ya lo sé—respondí.—La mitad de nuestros embajadores han perdido el sueño por culpa mía. Jorge Federly me lo ha dicho. Pero ¿a qué viene tanta ansiedad? Como si yo no me bastara...

—¡Oh, no es eso!—exclamó desdeñosamente.—Lo único que yo quería era darte noticias de sir Jacobo Borrodale. Ya sabes que ha conseguido una embajada, de la que tomará posesión dentro de un mes, y nos ha escrito diciendo que espera llevarte consigo.

—¿Adónde va?

—Lo han nombrado para suceder a lord Tofán en Estrelsau. No podías desear mejor destino fuera de París.

—¡Estrelsau! ¡Tate!—dije mirando a mi hermano de reojo.

—¡Oh! ¡Eso no importa!—continuó Rosa impaciente.—Conque ¿vas o no?

—No, creo que no.

—¡Eres capaz de desesperar a un santo!

—No creo deber ir a Estrelsau, querida Rosa. ¿Te parece que sería... conveniente?

—¡Bah! ¿Quién se acuerda ya de esas vetustas historias?

Por toda respuesta saqué del bolsillo un retrato del rey de Ruritania. Había sido hecho un mes antes de subir al trono y llevaba toda la barba. Lo puse en manos de Rosa y le pregunté:

—Por si no has visto el retrato de Rodolfo V, ahí lo tienes. ¿Crees todavía que nadie se acordará de aquella vieja historia si me presento en la Corte de Ruritania?

Mi cuñada miró el retrato y después a mí.

—¡Cielo santo!—exclamó arrojando la fotografía sobre la mesa.

—¿Y tú qué dices, Roberto?—pregunté.

Mi hermano se dirigió a un velador, y empezó a rebuscar en un montón de periódicos, hasta dar con un número de La Ilustración. Abriéndolo, nos señaló un grabado de doble página que representaba la coronación de Rodolfo V en Estrelsau. Puso la fotografía junto al grabado y yo me senté frente a ellos; al lado opuesto de la mesa, contemplándolos. Recordé a Sarto, al general Estrakenz, al cardenal con su ropaje púrpura; vi luego el rostro de Miguel el Negro y por último la esbelta figura de la Princesa. Permanecí largo tiempo absorto en mis recuerdos, hasta que mi hermano me puso la mano sobre el hombro, mirándome fijamente.

—La semejanza, como ves, es grande—le dije.—Creo que no debo de ir a Ruritania.

Rosa, aunque medio convencida, rehusó rendirse.

—No es más que una excusa—dijo.—Lo que hay es que no quieres tornarte el menor trabajo. ¡Cuando pienso que podrías llegar a ser Embajador!

—Pero es que no quiero ser Embajador.

—No te apures, que no llegarás a tanto.

¡Yo que había sido Rey!

Mi linda Rosa nos dejó, muy enojada; y mi hermano, encendiendo un cigarrillo, volvió a mirarme con la mayor curiosidad y fijeza.

—La persona representada en ese grabado...—comenzó a decir.

—¿Y qué?—le interrumpí.—Lo que prueba es que el rey de Ruritania y tu modesto hermano se parecen como dos gotas de agua.

Roberto movió la cabeza negativamente.

—Sí; lo supongo—dijo.—Pero lo que es yo, distingo perfectamente la diferencia entre tu cara y la que esa fotografía representa.

—¿Pero no entre mi cara y la del grabado?

—La fotografía y el grabado se parecen, pero...

—¿Pero qué?

—El grabado se parece más a ti.

Mi hermano es todo un hombre, y a pesar de ser casado y de adorar a su mujer, nunca vacilaría yo en confiarle un secreto mío. Pero aquel secreto no me pertenecía y no podía revelárselo.

—Pues yo—dije resueltamente,—creo que la cara del retrato se me parece más que la otra. Pero de todos modos, Roberto, no iré a Estrelsau.

—No, Rodolfo, no vayas a Estrelsau—dijo mi hermano.

Y no sé si sospecha algo, o si ha llegado a descubrir una parte de la verdad. En tal caso se lo tiene muy callado y ni él ni yo aludimos jamás al asunto. Sir Jacobo Borrodale tuvo que procurarse otro agregado.

Desde que ocurrieron los sucesos aquí referidos, he vivido tranquilo y muy retiradamente en una casita de campo. Para mí no tienen ya interés los móviles que de ordinario atraen a hombres de mi posición y de mi edad. No me agradan el brillo y los placeres de la sociedad, ni las emociones de la política. La condesa de Burlesdón dice que no tengo remedio y mis vecinos me creen indolente, soñador y arisco. Pero soy joven, y a veces me imagino—los supersticiosos lo llamarán quizás un presentimiento,—que mi papel en esta vida no ha terminado aún; que, algún día, de una ú otra manera, volveré a participar en asuntos y sucesos de alta importancia, y tendré que oponer mi astucia a la de mis enemigos y la fuerza de mi brazo a los golpes del contrario. Tales son a menudo mis pensamientos cuando con mi escopeta o mi caña de pescar vago solitario por el bosque o las orillas del río. No sé si llegarán a convertirse en realidad, y menos aún si en tal caso tendrán por teatro el que yo me imagino; sólo sé que anhelo vivamente verme otra vez en las concurridas calles de Estrelsau, o a los pies de los sombríos muros del castillo de Zenda.

Y ya, perdido en mis meditaciones, suelo prescindir de lo futuro y recordar aquel pasado extraño e inolvidable. Presentando ante mi vista, en larga serie de cuadros, la primera y alegre francachela con el Rey, mi furioso ataque con la mesita de hierro en el cenador, la noche en el foso, la persecución por el bosque; amigos y enemigos, los que aprendieron a respetarme y quererme y los que procuraron arrancarme la vida. Y entre estos últimos, descuella el único que de ellos vive, no sé dónde, aunque estoy seguro de que donde se halle, continuará siendo el malvado de siempre, el seductor de mujeres, el tormento y enemigo jurado de otros hombres. ¿Dónde, dónde está Ruperto Henzar, aquel adolescente que estuvo tan próximo a vencerme? Siempre que recuerdo o pronuncio su nombre, la sangre circula más rápida por mis venas y cierro maquinalmente los puños; entonces también me parece oir con más claridad aquella voz del hado, que a manera de presentimiento me anuncia futuros encuentros con Ruperto. Por eso sigo ejercitándome en el manejo de las armas y no quiero pensar siquiera en que algún día he de perder el vigor de la juventud.

Una vez al año interrumpo la monotonía de mi sosegada vida. Entonces voy a Dresde, donde me espera mi amigo y compañero querido, Federico de Tarlein. El año pasado lo acompañaban su bonita mujer, Elga, y un precioso y robusto niño. Esas visitas duran una semana, que Federico y yo pasamos siempre juntos y durante las cuales me refiere todo lo que ocurre en Estrelsau; por las noches, mientras paseamos fumando, hablamos de Sarto, del Rey y con frecuencia de Ruperto Henzar; y ya tarde, a lo último, hablamos también de Flavia. Porque Federico lleva consigo a Dresde todos los años una cajita; en ella una rosa y, rodeando el tallo, una esquela diminuta que sólo contiene estas palabras: «Rodolfo—Flavia—siempre.» Yo le envío con Federico idéntico mensaje. Estos y los anillos que ella y yo llevamos, constituyen todo lo que hoy me une a la reina de Ruritania. Porque—más noble y grande, como yo mismo le dije, por ese acto,—ha llevado el cumplimiento de su deber para con su país y su regia estirpe hasta el punto de contraer matrimonio con el Rey, conquistando para éste el amor de sus subditos, asegurando la paz y concordia del país a costa de su propio sacrificio.

Hay momentos en que no me atrevo a pensar en ello, pero en cambio hay otros en los que me pongo a la altura de su abnegación; y entonces doy gracias a Dios por haberme concedido amar a la mujer más noble que existe, a la vez que la más hermosa, y por haber impedido que mi amor llegase a ser un día obstáculo insuperable para el cumplimiento de la altísima misión de Flavia.

¿Volveré a contemplar sus adoradas facciones, aquel pálido rostro y la hermosa cabellera rubia? No lo sé; sobre esto nada, me dice el hado, nada los presentimientos. No lo sé. En este mundo, probablemente—casi con seguridad,—no volveré a verla. ¿Y en otras regiones, en otra vida, de la que hoy no podemos formar concepto ni idea, llegaremos a vernos algún día, juntos, sin nada, que pueda separarnos ni contrariar nuestro amor? Tampoco lo sabemos, ni yo ni nadie. Pero si así no fuese, si nunca he de poder dirigirle la palabra, ni contemplar su dulce rostro, ni oir sus frases de amor, entonces, a este lado de la tumba, viviré como debe vivir el hombre a quien ella ama; y después, lo único que anhelo y pido para el más allá, es el sueño de los sueños.


Publicado el 24 de septiembre de 2017 por Edu Robsy.
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