Capítulo 1
El señor de Allington
Por supuesto, había una Casa Grande en Allington. ¿De qué otro modo podría haber existido una Casa Pequeña? Nuestra historia, como su nombre indica, tendrá sus vínculos más estrechos con quienes vivían en el menos digno de ambos domicilios; pero también guardará relación con el más distinguido, y será conveniente que, en primera instancia, dedique unas palabras a la Casa Grande y a su propietario.
Los señores de Allington lo habían sido desde que se tiene noticia en Inglaterra de tales hacendados, al menos tal y como se conocen hoy. De padre a hijo, de tío a sobrino y, en una ocasión, de primo segundo a primo segundo, el cetro había descendido en la familia de los Dale; y los acres habían permanecido intactos, aumentando en valor y no disminuyendo en número, pese a no estar protegidos por ningún mayorazgo ni por una dosis asombrosa de prudencia o sabiduría. Las tierras de los Dale de Allington habían sido colindantes con la parroquia de Allington durante algunos siglos; y aunque, como he dicho, la estirpe de los señores no había poseído una discreción sobrehumana, y quizá no se había guiado en su paso por la vida por principios muy definidos, había habido en ellos tal adhesión a una ley sagrada que ni un solo acre de la propiedad se había separado jamás de las manos del señor de turno.
Se habían hecho algunos intentos fútiles de ampliar el territorio, como hizo en efecto Kit Dale, el padre de Christopher Dale, quien aparecerá como nuestro señor de Allington cuando se presenten los personajes de nuestro drama. El viejo Kit Dale, que se había casado por dinero, compró granjas periféricas —un trozo de terreno aquí y otro allá— hablando mucho, mientras lo hacía, de influencia política y de la buena y vieja causa tory. Pero estas granjas y retazos de tierra habían desaparecido antes de nuestro tiempo. A ellos no se les profesaba religión alguna. Cuando el viejo Kit se vio apurado por aquel asunto de la capitanía del Decimonoveno de Dragones —regimiento de élite en el que su segundo hijo hizo toda una carrera—, le resultó más fácil vender que ahorrar, viendo que lo que vendía era suyo y no el patrimonio de los Dale. A su muerte, el resto de aquellas adquisiciones se esfumó. Los arreglos familiares requerían completarse, y Christopher Dale necesitaba dinero en efectivo. Las granjas periféricas volaron, como habían volado antes otras compras recientes; pero el viejo patrimonio de los Dale permaneció intocado, como siempre había permanecido.
Había sido una religión entre ellos; y viendo que el culto se había llevado a cabo sin falta, que el fuego vestal nunca se había apagado en el hogar, no debería haber dicho que los Dale caminaron sin elevados principios. A esta religión se habían adherido todos, y cada nuevo heredero siempre había tomado posesión de su dominio sin más cargas que aquellas con las que él mismo ya estuviera lastrado. Y, sin embargo, no había mayorazgo. La idea de un mayorazgo no concordaba con las peculiaridades de la mentalidad de los Dale. Era necesario para la religión de los Dale que cada señor tuviera el poder de dilapidar los acres de Allington... y que se abstuviera de hacerlo.
Recuerdo haber cenado en una casa cuya gloria y fortuna dependían enteramente de la integridad de una copa de cristal. Todos conocemos la historia: si la «Suerte de Edenhall» se rompiera, el destino de la familia quedaría sellado. No obstante, se me invitó a beber de la copa fatal, como a todos los invitados de aquella casa. No habría satisfecho la mente caballeresca del dueño proteger su destino bajo llave o en un cofre acolchado. Y así ocurría con los Dale de Allington. Para ellos, un mayorazgo habría sido una cerradura y un cofre acolchado; pero la vieja hidalguía de su casa les prohibía el uso de tal protección.
He hablado algo despreciativamente de los logros y hazañas de la familia; y, en efecto, sus conocimientos eran escasos y sus obras pequeñas. En Allington, el Dale de Allington siempre había sido conocido como un rey. En Guestwick, el pueblo mercado vecino, era un gran hombre al que se veía con frecuencia los sábados, de pie en la plaza del mercado, sentando cátedra sobre la cebada y los bueyes entre hombres que solían saber más de cebada y bueyes que él. En Hamersham, la ciudad de las sesiones judiciales, gozaba generalmente de reputación, siendo miembro constante del gran jurado del condado y hombre que pagaba sus deudas. Pero incluso en Hamersham la gloria de los Dale había comenzado a palidecer en casi todas las épocas, pues raras veces habían destacado en el condado y no habían ganado gran fama por sus conocimientos de jurisprudencia en la sala del jurado. Más allá de Hamersham, su fama no se había extendido.
Habían sido hombres construidos generalmente con el mismo molde, heredando cada uno de su padre las mismas virtudes y los mismos vicios; hombres que habrían vivido, cada uno, como su padre había vivido antes que él, si las nuevas costumbres del mundo no se hubieran llevado consigo gradualmente, por un magnetismo invisible, al Dale emergente de cada época; no moviéndolo, en verdad, tanto como para ponerlo a la altura del espíritu de su tiempo, pero arrastrándolo hacia una línea algo más avanzada que la que su padre había pisado.
Habían sido hombres obstinados; muy creyentes en sí mismos; justos según sus propias ideas de justicia; duros con sus arrendatarios —aunque ni los propios arrendatarios los consideraban duros, pues las reglas seguidas habían sido siempre las reglas de la propiedad de Allington—; imperiosos con sus esposas e hijos, pero imperiosos dentro de unos límites, de modo que ninguna señora Dale huyó jamás del techo de su señor, ni existieron escándalos sonoros entre padre e hijos; exigentes en sus ideas sobre el dinero, esperando recibir mucho y dar poco, y sin embargo no considerados tacaños, pues pagaban lo que debían y daban dinero para la caridad de la parroquia y del condado. Habían sido siempre firmes defensores de la Iglesia, recibiendo con gratitud en su parroquia a los nuevos vicarios que, de vez en cuando, les eran enviados desde el King’s College de Cambridge, institución a la que pertenecía el beneficio eclesiástico; pero, no obstante, los Dale siempre habían mantenido una suerte de guerra soterrada contra el clérigo, de modo que el trato entre la familia laica y la clerical rara vez había sido placentero en todos los aspectos.
Así habían sido los Dale de Allington desde tiempos inmemoriales, y así habría sido en todos los aspectos el Christopher Dale de nuestro tiempo, de no haber sufrido dos percances en su juventud. Se había enamorado de una dama que rechazó obstinadamente su mano y, por ella, había permanecido soltero; ese fue su primer percance. El segundo le sobrevino en relación con la supuesta riqueza de su padre. Se creyó más rico que otros Dale de Allington al heredar su propiedad y, en consecuencia, acarició la idea de ocupar un escaño en el Parlamento por su condado. Para alcanzar tal honor, se dejó convencer por los hombres de Hamersham y Guestwick para abandonar la vieja política familiar y se declaró liberal. Nunca llegó a las urnas y, de hecho, nunca fue candidato oficial. Pero se presentó como político liberal y fracasó; y aunque todos los que le rodeaban sabían bien que Christopher Dale era de corazón tan conservador como cualquiera de sus antepasados, este percance le volvió agrio y silencioso en materia de política, y lo alejó un tanto de sus colegas terratenientes.
En otros aspectos, nuestro Christopher Dale era, si cabe, superior a la media de la familia. A quienes amaba, los amaba entrañablemente. A quienes odiaba, no los maltrataba más allá de los límites de la justicia. Era tacaño en asuntos de poco dinero y, sin embargo, en ciertos arreglos familiares era, como veremos, capaz de mucha generosidad. Se esforzaba por cumplir con su deber según su entendimiento, y había logrado despojarse de indulgencias personales a las que se había acostumbrado en los días de sus grandes esperanzas. Y en aquel asunto de su amor no correspondido, había sido fiel hasta el final. A su manera dura, seca y poco agradable, había amado a aquella mujer; y cuando finalmente comprendió que ella no aceptaría su amor, fue incapaz de entregar su corazón a otra. Esto sucedió justo en la época de la muerte de su padre, e intentó consolarse con la política, con el destino que ya hemos visto. Un hombre constante, íntegro y en absoluto insincero era nuestro Christopher Dale; de atributos mentales estrechos y parcos, incapaz siquiera de comprender la plenitud de un hombre completo, con una visión muy limitada para ver aquello que estaba por encima de él, pero digno de respeto por cuanto había trazado una senda del deber y se esforzaba por caminar por ella. Y, además, nuestro señor Christopher Dale era un caballero.
Tal era el carácter del señor de Allington, el único habitante habitual de la Casa Grande. En lo personal, era un hombre sencillo, seco, de pelo corto y canoso y cejas espesas y entrecanas. De barba tenía muy poca, luciendo unas patillas grises mínimas que apenas bajaban de la punta de las orejas. Sus ojos eran agudos y expresivos, y su nariz recta y bien formada, al igual que su barbilla. Pero la nobleza de su rostro se veía malograda por una boca insignificante de labios finos; y su frente, alta y estrecha, aunque prohibía tomar al señor Dale por un tonto, prohibía también tomarlo por un hombre de gran talento o de amplia capacidad. De estatura medía unos cinco pies y diez pulgadas; y en el momento de nuestra historia estaba tan cerca de los setenta como de los sesenta años. Pero los años le habían tratado con ligereza y mostraba pocos signos de vejez. Tal era en persona Christopher Dale, escudero, señor de Allington y dueño de unas tres mil libras al año, todas procedentes de las tierras de dicha parroquia.
Y ahora hablaré de la Casa Grande de Allington. Después de todo, no era muy grande; ni estaba rodeada de esa exquisita nobleza de parque y dependencias que adorna las moradas de la mayoría de nuestros antiguos terratenientes. Pero la casa en sí era muy elegante. Había sido construida en tiempos de los primeros Estuardo, en ese estilo arquitectónico al que damos el nombre de Tudor. En su fachada mostraba tres techos puntiagudos, o piñones, como creo que deberían llamarse; y entre cada piñón se alzaba una chimenea alta y delgada, elevándose ambas justo por encima de los tres picos mencionados. Creo que la belleza de la casa dependía mucho de esas dos chimeneas; de ellas y de los ventanales con parteluces que poblaban la fachada. La puerta, con su porche saliente, no estaba en absoluto en el centro de la casa. Al entrar, solo había una ventana a la derecha, mientras que a la izquierda había tres. Y sobre estas había una hilera de cinco ventanas, una de ellas situada sobre el porche. Todos conocemos la hermosa y vieja ventana Tudor, con sus robustos parteluces y travesaños de piedra, cruzando de lado a lado en un punto mucho más cercano a la parte superior que a la inferior. De todas las ventanas jamás inventadas, es la más encantadora. Y aquí, en Allington, creo que su belleza se veía realzada por el hecho de que no eran de forma regular. Algunas eran alargadas, mientras que otras eran altas. La de la derecha de la puerta y la del otro extremo de la casa figuraban entre las primeras. Pero las demás se habían colocado sin atender a la uniformidad —una ventana larga aquí, una alta allá—, con un efecto general que difícilmente podría haberse mejorado. Arriba, en los tres piñones, había otras tres aberturas más pequeñas. Pero estas también tenían parteluces, y toda la fachada de la casa era uniforme en su estilo.
Alrededor de la casa había jardines cuidados, no muy grandes, pero dignos de mención por lo esmerados que estaban; jardines con amplios senderos de grava, con un paseo que corría frente a la casa tan ancho que bien podía llamarse terraza. Pero este, aunque estaba frente a la casa, se hallaba lo bastante retirado como para permitir que un camino para carruajes discurriera por su interior hasta la puerta principal. Los Dale de Allington siempre habían sido jardineros, y su jardín era quizá más famoso en el condado que cualquier otra de sus propiedades. Pero fuera de los jardines no se había pretendido la grandeza de un dominio señorial. Los pastizales alrededor de la casa no eran sino campos bonitos en los que abundaba el arbolado. No había parque de ciervos en Allington; y aunque los bosques de Allington eran bien conocidos, no formaban parte de un conjunto del cual la casa fuera el centro. Se extendían lejos, fuera de la vista, a una milla completa de la parte trasera de la casa; pero no por ello eran menos útiles para la adecuada preservación de los zorros.
Y la casa estaba situada demasiado cerca del camino para pretender grandeza alguna, si es que tales pretensiones hubieran inflamado alguna vez el pecho de alguno de los señores de Allington. Pero imagino que nuestras ideas sobre la grandeza rural han cambiado desde que se construyeron muchas de nuestras antiguas casas de campo. Estar cerca de la aldea, para de algún modo ofrecer consuelo, protección y patrocinio, y quizá también con vistas a la amabilidad de la vecindad para sus propios moradores, parecía ser el objetivo de un caballero al construir su casa en los viejos tiempos. Una soledad en el centro de un amplio parque es hoy el único sitio que se reconoce como elegible. No debe verse ninguna cabaña, a menos que sea la cottage orné del jardinero. El pueblo, si no puede abolirse, debe quitarse de la vista. El sonido de las campanas de la iglesia no es deseable, y el camino por el que viaja el vulgo profano por derecho propio debe estar a distancia. Cuando algún antiguo Dale de Allington construyó su casa, pensaba de otro modo. Allí estaba la iglesia y allí la aldea, y complacido con tal vecindad, se instaló cerca de su Dios y de sus arrendatarios.
Al pasar por el camino desde Guestwick hacia el pueblo, se ve la iglesia cerca, a mano izquierda; pero la casa queda oculta desde la carretera. Al acercarse a la iglesia, llegando a su verja, que no está a más de doscientas yardas de la carretera principal, se ve la fachada completa de la Casa Grande. Quizá la mejor vista sea desde el cementerio. El callejón que sube a la iglesia termina en una verja, que es la entrada a la finca del señor Dale. No hay allí caseta de vigilancia, y la verja suele estar abierta; de hecho, siempre lo está, a menos que la necesidad de que el ganado paste dentro exija que se cierre. Pero hay una verja interior, que conduce desde el prado de la casa a través de los jardines hasta la vivienda, y otra verja interior, unas treinta yardas más allá, que conduce al patio de la granja. Quizá sea un defecto en Allington que el patio de la granja esté muy cerca de la casa. Pero los establos, los corrales de paja, los carros sin lavar y el ganado perezoso de la hacienda están ocultos por una hilera de castaños que, cuando están en su gloria floral a principios de mayo, ninguna otra hilera en Inglaterra puede superar en belleza. Si alguien le hubiera dicho a Dale de Allington —a este Dale o a cualquier otro anterior— que a su propiedad le faltaba arboleda, él habría señalado con una mezcla de orgullo y desdén su cinturón de castaños.
De la iglesia misma diré el menor número posible de palabras. Era una iglesia como creo que hay miles en Inglaterra: baja, incómoda, difícil de mantener en buen estado, demasiado a menudo permeable a la humedad, y sin embargo extrañamente pintoresca, y correcta también, de acuerdo con las grandes reglas de la arquitectura. Fue construida con nave y pasillos, visiblemente en forma de cruz, aunque con los brazos recortados hasta el tronco, con un presbiterio separado, con una gran torre cuadrada y corta, y con una aguja en forma de campana, cubierta de plomo e irregular en sus proporciones. ¿Quién no conoce el pórtico bajo, la ventana gótica perpendicular, los pasillos de techo plano y la noble vieja torre gris de una iglesia como esta?
En cuanto a su interior, estaba polvorienta; bloqueada con feos bancos de respaldo alto; la galería en la que los niños se sentaban al fondo de la iglesia, y en la que dos músicos ancianos soplaban sus fagotes, estaba torcida y parecía que se iba a caer; el púlpito era un feo e inútil edificio, tan alto casi como el techo lo permitía, y el atril debajo apenas permitía al párroco mantener su cabeza libre de los borlones colgantes del cojín sobre él. También había un sacristán debajo, ocupando una tercera posición algo elevada; y en conjunto las cosas allí no estaban del todo como yo las hubiera querido. Pero, sin embargo, el lugar parecía una iglesia, y no puedo decir lo mismo de todos los modernos edificios que se han levantado en mis días para la gloria de Dios. Parecía una iglesia, y no menos porque al caminar por el pasillo entre los bancos el visitante pisaba las placas de bronce que dignificaban los lugares de descanso de los antiguos Dales.
Debajo de la iglesia, y entre esta y el pueblo, estaba la vicaría, en tal posición que el pequeño jardín de la vicaría se extendía desde el cementerio hasta la parte trasera de las cabañas del pueblo. Era una residencia agradable, construida en los últimos treinta años, y acreditaba las ideas de comodidad que tenía el rico cuerpo colegiado del que siempre provenían los vicarios de Allington. Sin duda, en el curso de nuestra estancia en Allington visitaremos la vicaría de vez en cuando, pero no sé si será necesario dar una descripción más detallada de sus comodidades.
Pasando por el camino que conduce a la vicaría, la iglesia y la casa, la carretera principal desciende rápidamente hacia un pequeño arroyo que atraviesa el pueblo. A la derecha, al descender, habrás visto el “Red Lion”, y no habrás visto otra casa destacada en ningún sentido. Al fondo, junto al arroyo, está la oficina de correos, atendida seguramente por la mujer más gruñona de toda la comarca. Aquí la carretera pasa por el agua, habiéndose dispuesto un estrecho puente de madera para los peatones. Pero antes de cruzar el arroyo, verás una calle transversal que corre hacia la izquierda, como corría aquel otro camino que conducía a la casa. Aquí, al subir la colina, están las mejores casas del pueblo. Aquí vive el panadero, y aquella respetable mujer, la señora Frummage, que vende cintas, juguetes, jabón y sombreros de paja, junto con muchas otras cosas demasiado largas de enumerar. Aquí también vive un boticario, a quien la veneración de esta y de las parroquias vecinas ha elevado a la dignidad de doctor. Y aquí también, en la más pequeña pero más bonita cabaña que pueda imaginarse, vive la señora Hearn, viuda de un antiguo vicario, en términos, sin embargo, con su vecino el hacendado que lamento decir no son tan amistosos como deberían ser. Más allá de la modesta residencia de esta dama, Allington Street, como se llama la calle, gira de repente hacia la iglesia, y en el punto de la curva hay una bonita barandilla baja de hierro con una puerta, y con un pasadizo cubierto que conduce a la puerta principal de la casa que allí se encuentra. Solo diré aquí, al final de este capítulo, que es la Small House at Allington. Allington Street, como he dicho, gira bruscamente hacia la iglesia en este punto, y termina en una puerta blanca que conduce al cementerio por una segunda entrada.
Era necesario decir tanto acerca de la Gran Casa de Allington, del hacendado y del pueblo. De la Casa Pequeña hablaré por separado en un capítulo posterior.
Capítulo 2
Las dos perlas de Allington
—Pero el señor Crosbie no es más que un simple oficinista.
Esta sarcástica condena fue pronunciada por la señorita Lilian Dale a su hermana Isabella, y se refería a un caballero que nos ocupará largamente en estas páginas. No digo que el señor Crosbie vaya a ser nuestro héroe, dado que ese papel en el drama estará repartido, por así decirlo, en fragmentos. Lo que de magnitud pueda producirse será diluido y prorrateado en cantidades muy moderadas entre dos o más jóvenes caballeros —probablemente entre tres o cuatro—, a ninguno de los cuales se le concederá el privilegio de una acción muy heroica.
—No sé qué llamas tú un simple oficinista, Lily. El señor Fanfaron no es más que un abogado, y el señor Boyce no es más que un clérigo. —El señor Boyce era el vicario de Allington, y el señor Fanfaron era un letrado que se había dejado caer por Allington durante las últimas sesiones judiciales—. También podrías decir que lord De Guest no es más que un conde.
—Y así es: no es más que un conde. Si alguna vez hubiera hecho otra cosa que criar bueyes gordos, uno no diría eso. Ya sabes a qué me refiero con «un simple oficinista». No tiene mucho mérito que un hombre esté en una oficina pública y, sin embargo, el señor el señor Crosbie se da aires.
—No supondrás que el señor Crosbie es lo mismo que John Eames —dijo Bell, quien, por su tono de voz, no parecía inclinada a menospreciar las cualidades del señor Crosbie.
John Eames era un joven de Guestwick que había sido nombrado para una plaza de oficial en la Agencia de Contribuciones, con ochenta libras al año, hacía dos años.
—Entonces Johnny Eames es un simple oficinista —dijo Lily—; y el señor Crosbie es... Después de todo, Bell, ¿qué es el señor Crosbie, si no es un simple oficinista? Por supuesto, es mayor que John Eames; y, como lleva más tiempo en ello, supongo que ganará más de ochenta libras al año.
—No gozo de la confianza del señor Crosbie. Sé que está en la Oficina del Comité General; y, según creo, prácticamente se encarga de la gestión de toda ella. He oído decir a Bernard que tiene seis o siete jóvenes a su cargo, y que...; pero, por supuesto, no sé qué hace en su despacho.
—Te diré lo que es, Bell; el señor Crosbie es un dandi. —Y Lilian Dale tenía razón; el señor Crosbie era un dandi.
Y aquí quizá sea el mejor momento para explicar quién era Bernard y quién el señor Crosbie. El capitán Bernard Dale era oficial en el cuerpo de Ingenieros, primo carnal de las dos muchachas que hablaban, y sobrino y heredero presuntivo del terrateniente. Su padre, el coronel Dale, y su madre, lady Fanny Dale, vivían aún en Torquay: una pareja agotada, inválida e indolente, prácticamente muerta para el mundo más allá de las mesas de juego de Torquay. Fue él quien se había labrado toda una carrera en el Decimonoveno de Dragones. Lo hizo fugándose con la hija sin blanca de aquel conde empobrecido, lord De Guest. Tras la conclusión de aquel suceso, las circunstancias no le brindaron la oportunidad de hacerse notar; y había ido decayendo gradualmente en la estima del mundo —pues el mundo le estimaba cuando empezó su conquista de lady Fanny— hasta que ahora, en sus años de zapatillas, él y su lady Fanny eran desconocidos excepto entre las sillas de ruedas y las mesas de juego de Torquay. Su hermano mayor era todavía un hombre robusto, que calzaba zapatos de suela gruesa y era constante en la silla de montar; pero el coronel, sin nada más que el título de su esposa para mantener su cuerpo despierto, se había quedado dormido algo prematuramente entre sus pantuflas. De él y de lady Fanny, Bernard Dale era el único hijo. Hijas habían tenido; unas murieron, otras casaron y una vivía con ellos entre las mesas de juego. De sus padres, Bernard no había visto mucho últimamente; no más, al menos, de lo que el deber y la debida atención al quinto mandamiento requerían de él. Él también se estaba labrando una carrera, habiendo obtenido el despacho de oficial en Ingenieros, y siendo conocido por todos sus pares como sobrino de un conde y heredero de una propiedad de tres mil libras al año.
Y cuando digo que Bernard Dale no estaba inclinado a desperdiciar ninguna de estas ventajas, no pretendo en absoluto hablar en su desdoro. La ventaja de ser heredero de una buena propiedad es tan manifiesta —las ventajas que van más allá de lo meramente fiscal— que ningún hombre piensa en desperdiciarlas, ni espera que otro lo haga. El dinero en posesión o en expectativa da un porte a la cabeza, una confianza a la voz y una seguridad al hombre que le ayudarán mucho en su camino por la vida, siempre que su dueño se limite a usarlos y no a abusar de ellos. Y por Bernard Dale diré que no hablaba a menudo de su tío el conde. Era consciente de que su tío era un conde y de que los demás conocían el hecho. Sabía que, de otro modo, no habría sido elegido en el Beaufort, ni en ese club tan aristocrático llamado Sebright’s. Cuando se ponía en duda la sangre noble, nunca aludía especialmente a la suya, pero sabía hablar como alguien de quien todo el mundo sabe en qué bando ha sido colocado por las circunstancias de su nacimiento. Así usaba su ventaja y no abusaba de ella.
Y en su profesión había sido igualmente afortunado. Mediante la laboriosidad, una inteligencia pequeña pero despierta y algo de ayuda del patronazgo, había ascendido hasta casi alcanzar reputación de talento. Su nombre se había hecho conocido entre los experimentadores científicos, no como el de alguien que hubiera inventado un cañón o un antídoto contra un cañón, sino como el de un hombre que entendía de cañones y estaba capacitado para evaluar los inventados por otros; que probaría honestamente este o aquel antídoto; o, si no honestamente —visto que tales hombres de mentalidad estrecha difícilmente pueden ir a la prueba de cualquier asunto sin algún prejuicio en sus mentes—, al menos con tal apariencia de honestidad que el mundo quedara satisfecho. De este modo, el capitán Dale trabajaba mucho en casa, por Londres, y no se le pedía que construyera barracones en Nueva Escocia o hiciera carreteras en el Punyab.
Era un hombre menudo y delgado, más pequeño que su tío, pero de rostro muy parecido a él. Tenía los mismos ojos, nariz y barbilla, y la misma boca; pero su frente era mejor: menos alta y puntiaguda, y mejor formada en las cejas. Y además usaba bigote, lo que ocultaba un poco la finura de su boca. En conjunto, no era mal parecido; y, como he dicho antes, llevaba consigo un aire de seguridad en sí mismo y un equilibrio confiado que, de por sí, otorgan gracia a un joven.
Se alojaba por entonces en casa de su tío, durante el delicioso calor del verano —pues todavía no había pasado del todo el mes de julio—; y su íntimo amigo, Adolphus Crosbie, que fuera o no un «simple oficinista» según mis lectores decidan formarse su opinión, era huésped en la casa con él. Me inclino a decir que Adolphus Crosbie no era un simple oficinista; y no creo que se le hubiera llamado así, ni siquiera Lily Dale, si no le hubiera dado muestras de ser un «personaje». Ahora bien, un hombre, al convertirse en un personaje de tal fuste como para ser conocido por Lily Dale, debe haber dejado de ser un simple oficinista en ese mismo proceso. Además, el capitán Dale no habría sido el Damón de ningún Pitias de quien pudiera decirse justamente que era un simple oficinista. Ni ningún simple oficinista habría logrado entrar en el Beaufort o en el Sebright’s. La evidencia contra la primera afirmación hecha por Lily Dale es muy fuerte; pero, por otro lado, la evidencia sobre su segunda afirmación es igual de sólida. El señor Crosbie era, ciertamente, un hombre de mundo. Es cierto que era oficial en la Oficina del Comité General. Pero, en primer lugar, dicha oficina está situada en Whitehall; mientras que el pobre John Eames se veía obligado a viajar diariamente desde sus habitaciones en Burton Crescent, mucho más allá de Russell Square, hasta su sombrío despacho en Somerset House.
Adolphus Crosbie, siendo muy joven, había sido secretario particular, y después había ascendido en su oficina a una posición de cierta autoridad y a un puesto de oficial mayor, que le reportaba setecientas libras al año y le daba un estatus entre subsecretarios y similares que, incluso desde el punto de vista oficial, era algo. Pero los triunfos de Adolphus Crosbie habían sido otros. No por haber tenido trato con subsecretarios y disponer en Whitehall de un despacho para él solo con sillón, habría tenido derecho a plantarse en la alfombra del Sebright’s y hablar mientras hombres ricos escuchaban —¡hombres ricos, y también hombres que tenían títulos antes de sus nombres!—. Adolphus Crosbie había hecho algo más que redactar actas con discreción sobre los documentos del Comité General. Se había apostado ante las puertas de la ciudad de la moda y las había tomado por asalto; o, quizá para hablar con más propiedad, había forzado las cerraduras y se había colado dentro. En sus andanzas por la vida, era alguien en Londres. Un hombre en el West End que no supiera quién era Adolphus Crosbie no sabía nada. No digo que fuera amigo íntimo de muchos grandes hombres; pero incluso los grandes hombres reconocían el trato con Adolphus Crosbie, y se le veía en los salones o, al menos, en las escaleras de los ministros del Gabinete.
Lilian Dale, querida Lily Dale —pues mi lector debe saber que ella ha de serle muy querida, y que mi historia no será nada para él si no ama a Lily Dale—, Lilian Dale había descubierto que el señor Crosbie era un «fino». Pero me veo obligado a decir que el señor Crosbie no proclamaba habitualmente el hecho de manera ofensiva; ni al convertirse en tal se había vuelto un mal tipo del todo. No era de esperar que un hombre mimado en el Sebright’s se comportara en el salón de Allington como lo haría Johnny Eames, que nunca había sido mimado por nadie más que por su madre. Y este fragmento de héroe nuestro tenía otras ventajas que le respaldaban, más allá de las que la moda le había otorgado. Era un hombre alto, bien parecido, de ojos agradables y boca expresiva; un hombre en el que probablemente repararías en cualquier salón donde le encontraras. Y sabía hablar, y tenía algo en él que justificaba el habla. No era ningún petimetre ni dandi que revoloteaba al sol del mundo, embellecido por un rayo de luz. Crosbie tenía su opinión sobre las cosas —sobre política, religión, sobre las tendencias filantrópicas de la época— y había leído algo aquí y allá al formar su parecer. Quizá le hubiera ido mejor en el mundo si no hubiera sido colocado tan pronto en aquella oficina pública de Whitehall. Había en él madera para haberse ganado un pan mejor en una profesión liberal.
Pero en lo referente a su sustento, el destino de Adolphus Crosbie ya había sido decidido por él, y se había resignado a una suerte que ahora era inexorable. Le había correspondido en suerte un pequeño patrimonio, unas cien libras al año o algo así. Aparte de eso, contaba con su sueldo de la oficina y nada más; y con esos ingresos, así compuestos, había vivido como soltero en Londres, disfrutando de todo lo que la ciudad puede ofrecer a un hombre de posición moderadamente desahogada, y sin aspirar a lujos costosos, tales como una esposa, una casa propia o una cuadra llena de caballos.
Lo que él disfrutaba de las cosas buenas del mundo, de haber sido conocido por John Eames, le habría hecho parecer fabulosamente rico a los ojos de aquel colega de oficina. Su alojamiento en Mount Street era elegante en su mobiliario. Durante los tres meses de la temporada en Londres, se decía dueño de un rocín de paseo muy apuesto. Vestía siempre bien, aunque nunca en exceso. En sus clubes podía alternar de igual a igual con hombres que poseían diez veces su renta. No estaba casado. Había reconocido ante sí mismo que no podía casarse sin dinero, y que no se casaría por dinero. Había descartado, por no estar a su alcance, las comodidades del matrimonio. Pero... No indagaremos, sin embargo, en este momento con más curiosidad en la vida privada y las circunstancias de nuestro nuevo amigo Adolphus Crosbie.
Tras la sentencia pronunciada contra él por Lilian, las dos muchachas permanecieron en silencio un rato. Bell estaba, quizá, un poco enfadada con su hermana. No solía permitirse decir mucho en elogio de ningún caballero; y ahora que había dicho una palabra o dos a favor del señor Crosbie, se sentía reprendida por su hermana por aquel entusiasmo inusual. Lily estaba enfrascada en un dibujo y, en un par de minutos, se había olvidado por completo del señor Crosbie; pero el agravio permanecía en la mente de Bell y la impulsó a retomar el tema.
—No me gustan esas palabras de jerga, Lily. —¿Qué palabras de jerga? —Ya sabes cómo has llamado al amigo de Bernard. —¡Ah! Un «fino». Pues me parece que la jerga sí me gusta. Creo que es estupendo hablar de que las cosas son «estupendas». Si no fuera por no alterar tus nervios, le habría llamado «pasmante». Es tan aburrido, ya sabes, no usar más que palabras de diccionario. —No creo que sea decoroso al hablar de caballeros. —¿No lo es? Bueno, me gustaría ser decorosa... si supiera cómo.
¡Si supiera cómo! No hay forma de aprender eso para una muchacha. Si la naturaleza y su madre no lo han hecho por ella, no hay esperanza en ese sentido. Creo que puedo decir que la naturaleza y su madre habían sido suficientemente eficaces con Lilian Dale a este respecto.
—El señor Crosbie es, en cualquier caso, un caballero, y sabe cómo resultar agradable. Eso es todo lo que quería decir. Mamá dijo mucho más sobre él que yo. —El señor Crosbie es un Apolo; y yo siempre he considerado a Apolo como el mayor... ya sabes qué... que jamás haya existido. No debo decir la palabra, porque Apolo era un caballero.
En ese momento, mientras el nombre del dios estaba aún en sus labios, la alta y abierta ventana del salón se oscureció y entró Bernard, seguido por el señor Crosbie.
—¿Quién habla de Apolo? —preguntó el capitán Dale.
Ambas muchachas se quedaron mudas. ¿Qué sería de ellas si el señor Crosbie hubiera oído cómo se hablaba de él en aquellas últimas palabras de la pobre Lily? ¡Esta era la temeridad de la que Bell siempre acusaba a su hermana, y aquí estaba el resultado! Pero, en verdad, Bernard no había oído más que el nombre, y el señor Crosbie, que venía detrás de él, no había oído nada.
—«Tan dulce y musical como el laúd del brillante Apolo, encordado con su cabello» —dijo el señor Crosbie, sin dar mucha importancia a la cita, pero percibiendo que las dos muchachas se habían turbado y guardado silencio por alguna razón. —Qué música tan mala debía de hacer —dijo Lily—; a menos, claro, que su cabello fuera muy distinto al nuestro. —Era todo rayos de sol —sugirió Bernard. Pero para entonces Apolo ya había cumplido su función, y las damas recibieron a sus invitados con la forma debida. —Mamá está en el jardín —dijo Bell, con ese fingimiento hipócrita tan común en las señoritas cuando los caballeros jóvenes las visitan; como si no supieran que mamá es el último objeto que ellos buscan. —Recogiendo guisantes, con una sutil sombrerera —añadió Lily. —Vayamos sin falta a ayudarla —dijo el señor Crosbie; y acto seguido salieron al jardín.
Los jardines de la Casa Grande de Allington y los de la Casa Pequeña se comunican entre sí. Existe entre ellos un límite adecuado formado por un espeso seto de laureles, un ancho foso y unas picas de hierro que guardan dicho foso; pero sobre el foso hay una pasarela de madera, y en el puente hay una verja que no tiene llave; a efectos de disfrute, los jardines de cada casa están abiertos a la otra. Y los jardines de la Casa Pequeña son muy hermosos. La Casa Pequeña en sí está tan cerca del camino que no hay nada entre las ventanas del comedor y la barandilla de hierro excepto un borde estrecho, más que un arriate, y un pequeño sendero hecho de guijarros redondos, de no más de dos pies de ancho, por el que nadie excepto el jardinero transita jamás. La distancia desde el camino a la casa no es superior a cinco o seis pies, y la entrada desde la verja está protegida por un camino cubierto. Pero el jardín detrás de la casa, al que se abren las ventanas del salón, es para todos los sentidos tan privado como si no existiera el pueblo de Allington, ni el camino hacia la iglesia a cien yardas del césped. La torre de la iglesia, de hecho, puede verse desde el césped, asomando, por así decirlo, entre los tejos que se alzan en la esquina del camposanto contigua al muro de la señora Dale. Pero ninguno de los Dale tiene objeción alguna a la vista de esa torre.
La gloria de la Casa Pequeña de Allington consiste, ciertamente, en su césped, que es tan liso, tan nivelado y tan parecido al terciopelo como nunca se ha logrado que parezca la hierba. Lily Dale, orgullosa de su propio césped, ha declarado a menudo que no sirve de nada intentar jugar al croquet arriba, en la Casa Grande. La hierba, dice ella, crece en matas, y nada de lo que Hopkins, el jardinero, pueda o quiera hacer surte efecto sobre ellas. Pero en la Casa Pequeña no hay matas. Como el propio terrateniente nunca ha sido muy entusiasta del croquet, los bates y bolas se han trasladado permanentemente a la Casa Pequeña, y allí el juego se ha convertido en toda una institución.
Y mientras trato el tema del jardín, también puedo mencionar el invernadero de la señora Dale, sobre el cual Bell sostenía firmemente que la Casa Grande no tenía nada que igualara —«Me refiero a las flores, por supuesto», decía corrigiéndose; pues en la Casa Grande había una estufa de vides muy célebre—. En este asunto, el señor de Allington era menos tolerante que con lo del croquet, y le decía a su sobrina que ella no sabía nada de flores. «Quizá no, tío Christopher», decía ella. «Aun así, me gustan más nuestros geranios»; pues había un rastro de obstinación en la señorita Dale, como de hecho lo había en todos los Dale, hombres y mujeres, jóvenes y viejos.
Convendría explicar que el cuidado de este césped y de este invernadero y, de hecho, de todo el jardín perteneciente a la Casa Pequeña, estaba en manos de Hopkins, el jardinero jefe de la Casa Grande; y era así por la sencilla razón de que la señora Dale no podía permitirse mantener a un jardinero por su cuenta. Un muchacho trabajador, por diez chelines a la semana, que limpiaba los cuchillos y los zapatos y cavaba la tierra, era el único sirviente varón de las tres damas. Pero Hopkins, el jardinero jefe de Allington, que tenía hombres a sus órdenes, estaba tan pendiente del césped y del invernadero del establecimiento más humilde como de las vides, los muros de melocotoneros y las terrazas del más grandioso. A sus ojos, todo era una misma finca. La Casa Pequeña pertenecía a su señor, como de hecho ocurría con los propios muebles de su interior; y estaba cedida, no alquilada, a la señora Dale. Hopkins, tal vez, no amaba a la señora Dale, puesto que no le debía ninguna lealtad como alguien nacida Dale. A las dos señoritas sí las amaba, aunque a veces las reprendía de forma muy perentoria. Con la señora Dale era fríamente cortés, remitiéndose siempre al señor de Allington si se le daba alguna instrucción digna de mención especial relativa al jardín.
Todo esto servirá para explicar las condiciones en las que la señora Dale vivía en la Casa Pequeña, asunto que requería explicación tarde o temprano. Su marido había sido el más joven de tres hermanos y, en muchos aspectos, el más brillante. A temprana edad se marchó a Londres y allí le fue bien como agrimensor. Le fue tan bien que el Gobierno le empleó y, durante unos tres o cuatro años, disfrutó de unos ingresos cuantiosos; pero la muerte le sobrevino de repente cuando aún estaba subiendo la escalera; y, cuando murió, apenas había empezado a materializar las doradas perspectivas que había visto ante sí. Esto había sucedido unos quince años antes de que comenzara nuestra historia, de modo que las dos niñas apenas conservaban recuerdo alguno de su padre.
Durante los primeros cinco años de su viudez, la señora Dale, que nunca había sido santa de la devoción del terrateniente, vivió con sus dos niñas de la manera modesta que sus muy limitados medios permitían. La anciana señora Dale, la madre del señor de Allington, ocupaba entonces la Casa Pequeña. Pero cuando la anciana murió, el señor ofreció el lugar libre de alquiler a su cuñada, dándole a entender que sus hijas obtendrían considerables ventajas sociales al vivir en Allington. Ella aceptó la oferta, y las ventajas sociales ciertamente llegaron. La señora Dale era pobre, sus ingresos totales no superaban las trescientas libras al año y, por lo tanto, su propio estilo de vida era por necesidad muy sencillo; pero veía a sus hijas hacerse populares en el condado, muy queridas por las familias de los alrededores, y disfrutando de casi todas las ventajas que les habrían correspondido de haber sido las hijas del señor de Allington. Bajo tales circunstancias, poco le importaba si era o no amada por su cuñado, o respetada por Hopkins. Sus propias hijas la amaban y la respetaban, y eso era prácticamente todo lo que exigía al mundo para sí misma.
Y el tío Christopher había sido muy bueno con las muchachas, a su manera obstinada y un tanto huraña. Había dos ponis en las caballerizas de la Casa Grande que se les permitía montar y que, salvo en raras ocasiones, nadie más montaba. Creo que bien podría haber regalado los ponis a las jóvenes, pero él era de otro parecer. También contribuía a su vestuario, enviándoles a casa de vez en cuando cosas que consideraba necesarias, aunque no del modo más agradable del mundo. Dinero nunca les daba, ni les hacía promesa alguna. Pero eran unas Dale y él las amaba; y para Christopher Dale, amar una vez era amar para siempre. Bell era su predilecta, compartiendo con su sobrino Bernard el rincón más cálido de su corazón. Sobre ellos dos tenía sus proyectos, pues pretendía que Bell fuera la futura señora de la Casa Grande de Allington; proyecto del cual, no obstante, la señorita Dale estaba por el momento en la más absoluta ignorancia.
Creo que ya podemos volver con nuestros cuatro amigos mientras salían al césped. Se suponía que estaban en la misión de ayudar a la señora Dale a recoger los guisantes; pero el placer se interpuso en el camino del deber y los jóvenes, olvidando las labores de su mayor, se dejaron llevar por la fascinación del croquet. Los aros de hierro y los postes estaban fijados. Los mazos y las bolas yacían por allí; ¡y el grupo estaba tan bien formado! —Aún no he echado una partida de croquet —dijo el señor Crosbie. No puede decirse que hubiera perdido mucho tiempo, dado que acababa de llegar antes de la cena del día anterior. Y, en un instante, ya tenían los mazos en sus manos.
—Jugaremos por bandos, por supuesto —dijo Lily—. Bernard y yo jugaremos juntos. Pero esto no se permitió. Lily era bien conocida como la reina del campo de croquet; y como se suponía que Bernard era más diestro que su amigo, Lily tuvo que tomar al señor Crosbie como pareja. —Apolo no logra pasar los aros —dijo Lily después a su hermana—; ¡pero qué gracia tiene al fracasar! Lily, sin embargo, había sido derrotada, y por tanto se le puede perdonar un poco de despecho contra su pareja. Pero resultó que, antes de que el señor Crosbie partiera definitivamente de Allington, ya sabía pasar los aros; y Lily, aunque seguía siendo la reina del croquet, tuvo que reconocer a un soberano varón en aquel dominio.
—No es así como jugábamos en... —dijo Crosbie en un momento del juego, y de pronto se interrumpió. —¿Dónde fue eso? —preguntó Bernard. —Un lugar donde estuve el verano pasado... en Shropshire. —Entonces es que no saben jugar, señor Crosbie, en ese lugar donde estuvo el verano pasado... en Shropshire —sentenció Lily. —Te refieres a casa de lady Hartletop —dijo Bernard. La marquesa de Hartletop era, en efecto, una persona muy importante y una figura destacada del mundo elegante. —¡Ah! ¡En casa de lady Hartletop! —exclamó Lily—. Entonces supongo que debemos rendirnos. Este pequeño comentario sarcástico no pasó inadvertido para el señor Crosbie, quien lo anotó en las tablas de su memoria como algo totalmente inmerecido. Él había intentado evitar cualquier mención a lady Hartletop y a su campo de croquet, y el nombre de su señoría le había sido arrancado. Pese a todo, Lily Dale le caía bien. Pero pensaba que quien más le gustaba era Bell, aunque hablara poco; pues Bell era la belleza de la familia.
Durante el juego, Bernard recordó que habían venido especialmente para invitar a las tres damas a cenar a la casa aquel día. Todas habían cenado allí el día anterior, y el tío de las muchachas enviaba ahora instrucciones para que volvieran. —Iré a preguntarle a mamá —dijo Bell, que fue la primera en quedar fuera de juego. Y regresó diciendo que ella y su hermana acatarían el mandato de su tío, pero que su madre prefería quedarse en casa. —Están los guisantes por comer, ya sabéis —dijo Lily. —Enviadlos a la Casa Grande —propuso Bernard. —Hopkins no lo permitiría —dijo Lily—. Dice que eso es mezclar las cosas. A Hopkins no le gustan las mezclas.
Y cuando terminó la partida, deambularon fuera del pequeño jardín hacia el más grande, y a través de las arboledas salieron a los campos, donde aún quedaban los restos de la siega del heno. Lily tomó un rastrillo y rastrilló durante dos minutos; y el señor Crosbie, al intentar lanzar el heno al carro, tuvo que pagar media corona a los segadores para «pagar el piso»; y Bell se sentó tranquila bajo un árbol, cuidando de su cutis; tras lo cual el señor Crosbie, encontrando que lo de lanzar heno no era muy de su agrado, se echó también bajo el mismo árbol, muy al estilo de Apolo, según dijo Lily a su madre a última hora de la tarde. Entonces Bernard cubrió a Lily de heno, lo cual fue una gran hazaña de humor para él; y Lily, al devolver el cumplido, casi asfixia al señor Crosbie... por accidente.
—¡Oh, Lily! —exclamó Bell. —De veras que le ruego me disculpe, señor Crosbie. Ha sido culpa de Bernard. Bernard, no volveré a entrar en un campo de heno contigo en la vida.
Y así, todos se volvieron muy íntimos; mientras tanto, Bell permanecía sentada tranquilamente bajo el árbol, escuchando una o dos palabras de vez en cuando, según el señor Crosbie tenía a bien pronunciarlas. Hay una clase de disfrute en sociedad en la que muy pocas palabras son necesarias. Bell era menos vivaz que su hermana Lily; y cuando, una hora después, se vestía para la cena, reconoció que había pasado una tarde agradable, a pesar de que el señor Crosbie no había dicho gran cosa.
Capítulo 3
La viuda Dale de Allington
Como la señora Dale, de la Casa Pequeña, no era una Dale de nacimiento, no hay necesidad de insistir en el hecho de que no deben buscarse en su carácter ninguna de las peculiaridades de los Dale. Estas peculiaridades no eran, tal vez, muy conspicuas en sus hijas, quienes en ese aspecto habían heredado más de su madre que de su padre; pero un observador atento podría reconocer a las muchachas como unas Dale. Eran constantes, quizá obstinadas, ocasionalmente un tanto severas en sus juicios y propensas a pensar que ser una Dale significaba mucho, aunque no propensas a hablar demasiado de ello. Pero poseían también un orgullo más noble que este, que les había llegado como herencia materna.
La señora Dale era ciertamente una mujer orgullosa, aunque no había nada perteneciente a su persona de lo que se enorgulleciera. Por nacimiento, su rango había sido muy inferior al de su marido, puesto que su abuelo no había sido prácticamente nadie. Su fortuna había sido considerable para su posición social, y de sus réditos dependía ahora principalmente; pero no había sido suficiente para otorgarle ese orgullo que da la riqueza. Además, había sido una belleza y, según mi gusto, seguía siendo muy hermosa; pero ciertamente, a estas alturas de su vida, ella, viuda desde hace quince años y con dos hijas mayores, no se enorgullecía de su belleza. Tampoco sentía un orgullo consciente por el hecho de ser una dama. Que era una dama, por dentro y por fuera, desde la coronilla hasta la planta de los pies, de cabeza, corazón y mente, una dama por educación y una dama por naturaleza —y también una dama por nacimiento, a pesar de la deficiencia respecto a su abuelo—, lo afirmo aquí como un hecho: meo periculo. Y el terrateniente, aunque no sentía por ella un afecto especial, lo había reconocido así y la trataba en todo momento como a una igual.
Pero su posición era tal que requería ser o muy orgullosa o muy humilde. Era pobre y, sin embargo, sus hijas se movían en un círculo que pertenece, por regla general, solo a las hijas de hombres ricos. Esto lo hacían en calidad de sobrinas del señor de Allington, que no tenía hijos, y como tales, ella sentía que tenían derecho a aceptar su apoyo y bondad sin pérdida de amor propio para ella ni para ellas. Mal habría cumplido con su deber de madre si hubiera permitido que orgullo alguno se interpusiera entre sus hijas y las ventajas mundanas que su tío pudiera ofrecerles. En nombre de ellas había aceptado el préstamo de la casa en la que vivía y el uso de muchas de las pertenencias de su cuñado; pero por cuenta propia no había aceptado nada. Su matrimonio con Philip Dale no había sido del agrado de su hermano, el terrateniente, y este, mientras Philip vivía, continuó demostrando que sus sentimientos al respecto no podían ser superados. Nunca lo fueron; y ahora, aunque cuñado y cuñada habían sido vecinos cercanos durante años, viviendo casi como una misma familia, nunca habían llegado a ser amigos. No había habido ni una palabra de disputa entre ellos. Se veían constantemente. El terrateniente, inconscientemente, había llegado a sentir un profundo respeto por la viuda de su hermano. La viuda había reconocido en su fuero interno la sinceridad del afecto mostrado por el tío hacia sus hijas. Y, sin embargo, nunca se habían unido como amigos. De sus propios asuntos económicos, la señora Dale nunca había dicho una palabra al señor de Allington. De sus intenciones respecto a las muchachas, el señor nunca había dicho una palabra a la madre. Y de esta manera habían vivido y vivían en Allington.
La vida que llevaba la señora Dale no era del todo fácil; no carecía de muchos esfuerzos dolorosos por su parte. Se podría decir que la teoría de su vida era esta: enterrarse a sí misma para que sus hijas pudieran vivir bien sobre la superficie. Y para llevar a cabo esta teoría, era necesario abstenerse de toda queja o muestra de inquietud ante sus hijas. La vida de ellas no sería buena si comprendieran que su madre, en esa vida subterránea suya, estaba soportando sacrificio alguno en su nombre. Era preciso que ellas pensaran que recoger guisantes con una sombrerera, o las largas lecturas junto a su propia chimenea y las horas solitarias dedicadas a pensar, eran cosas especialmente de su agrado. «A mamá no le gusta salir». «No creo que mamá sea feliz en ningún sitio fuera de su propio salón». No digo que a las muchachas se les enseñara a decir tales palabras, pero se les enseñaba a tener pensamientos que conducían a ellas, y en los primeros tiempos de su salida al mundo solían hablar así de su madre. Pero no tardó en llegarles un momento —primero a una y luego a la otra— en que supieron que no era así, y supieron también todo lo que su madre había sufrido por ellas.
Y, en verdad, la señora Dale podría haber sido tan joven de corazón como ellas. Ella también habría podido jugar al croquet, y haber flirteado con el rastrillo de un segador, y haber disfrutado de su poni, ¡ay!, y haber escuchado naderías de este y aquel Apolo, de haber pensado que las circunstancias eran propicias para ello. Las mujeres a los cuarenta no se convierten en ancianas misántropas, ni en severas moralistas de juicio implacable, indiferentes a los placeres del mundo; no, ni siquiera siendo viudas. Hay quienes piensan que tal debería ser el estado de sus ánimos. Yo confieso que no lo creo. Querría que las mujeres, y también los hombres, fueran jóvenes mientras puedan serlo. No se trata de que una mujer se quite años respecto a lo que diga la Biblia familiar de su padre. Que la que tiene cuarenta diga que tiene cuarenta; pero si puede ser joven de espíritu a esa edad, que lo demuestre.
Creo que la señora Dale se equivocaba. Se habría unido a aquel grupo en el campo de croquet, en lugar de quedarse entre las cañas de los guisantes con su sombrerera, si hubiera seguido mi consejo. Ni una palabra de las que hablaron los cuatro dejó de oírla ella. Aquellas cañas de guisantes solo estaban separadas del césped por un muro bajo y unos pocos arbustos. Escuchaba, no como quien sospecha, sino simplemente como quien ama. Las voces de sus hijas le eran muy queridas, y el tono argentino del habla de Lily era para sus oídos tan dulce como la música de los dioses. Oyó todo aquello sobre lady Hartletop y se estremeció ante el audaz sarcasmo de Lily. Y oyó a Lily decir que mamá se quedaría en casa a comer los guisantes, y se dijo a sí misma con tristeza que esa era ahora su suerte en la vida.
—¡Querida niña, mi cielo... y así debe ser!
Tales eran sus pensamientos. Y luego, cuando su oído hubo seguido sus pasos mientras cruzaban el puentecillo hacia los otros terrenos, regresó a través del césped hacia la casa con su carga en el brazo, y se sentó en el peldaño de la ventana del salón, contemplando las dulces flores estivales y la superficie lisa de la hierba ante ella.
¿No había hecho Dios bien en colocarla donde estaba? ¿No le habían tocado en suerte lugares agradables? ¿No era feliz con sus hijas, sus dulces, amorosas y confiadas niñas? Ya que su señor, la mejor mitad de sí misma, le fue arrebatado en la flor de la vida, y que los manantiales de todos los placeres ligeros se habían detenido para ella, ¿no era acaso bueno que, en su desolación, se hubiera hecho tanto por suavizar su suerte y darle gracia y belleza? Así razonaba consigo misma, y sin embargo reconocía que no era feliz. Había resuelto, como ella misma decía a menudo, abandonar las cosas de niños, y ahora anhelaba aquellas mismas cosas de las que se había apartado. Mientras estaba sentada, aún podía oír la voz de Lily mientras atravesaban la arboleda; oírla cuando solo los oídos de una madre habrían distinguido el sonido. Ahora que aquellos jóvenes estaban en la Casa Grande, era natural que sus hijas estuvieran allí también. El terrateniente no habría invitado a jóvenes a alojarse con él si no hubiera habido damas para adornar su mesa. Pero en cuanto a ella... sabía que nadie la echaría en falta allí. De vez en cuando debía ir, pues de lo contrario su propia existencia, sin acudir, resultaría algo desagradablemente llamativo. Pero no había otra razón para unirse al grupo; ni al hacerlo daría ni recibiría placer alguno. Que sus hijas comieran de la mesa de su hermano y bebieran de su copa. Se las invitaba a hacerlo de corazón. Para ella no existía tal bienvenida en la Casa Grande... ¡ni en ninguna otra casa, ni en ninguna otra mesa!
«Mamá se quedará en casa a comer los guisantes».
Y entonces repitió para sí las palabras que Lily había pronunciado, sentada allí, apoyando el codo en la rodilla y la cabeza en la mano.
—Por favor, señora, dice la cocinera que si puede tener los guisantes para desgranar —y entonces se rompió su ensueño.
Acto seguido, la señora Dale se levantó y entregó su cesta. —¿Sabe la cocinera que las señoritas van a cenar a la Casa Grande? —Sí, señora. —Que no se moleste en hacerme la cena. Tomaré el té temprano. Y así, después de todo, la señora Dale no cumplió con ese deber especial que se le había asignado.
Pero pronto se puso manos a la obra con otra tarea. Cuando una familia de tres personas tiene que vivir con una renta de trescientas libras al año y, no obstante, pretende alternar en sociedad, debe estar muy atenta a los pequeños detalles, aun cuando dicha familia consista solo en damas. De esto era muy consciente la señora Dale, y como le complacía que sus hijas estuvieran impecables, frescas y guapas en su atuendo, dedicaba muchas largas horas a ese cuidado. El terrateniente les enviaba chales en invierno, les había regalado hábitos de montar y les había mandado seda marrón para vestidos desde Londres... en una cantidad tan limitada que la confección de dos trajes con aquel material resultó estar más allá del arte femenino, y las prendas de seda marrón habían sido un problema desde aquel día hasta hoy; pues el terrateniente tenía buena memoria para tales asuntos y ansiaba ver los frutos de su liberalidad. Todo esto era, sin duda, una ayuda, pero si el señor de Allington hubiera entregado a sus sobrinas en metálico la cantidad que así gastaba, el beneficio habría sido mayor. Tal como estaban las cosas, las muchachas siempre iban impecables, frescas y guapas, no siendo ellas mismas ociosas en tal labor; pero su camarera mayor era su madre.
Y ahora subió a la habitación de ellas y sacó sus vestidos de muselina y... ¡pero quizá no debería contar tales cuentos! Ella, sin embargo, no sentía vergüenza en su trabajo mientras pedía una plancha caliente y, con sus propias manos, alisaba las arrugas, daba la caída adecuada a los volantes plisados, prendía una cinta nueva donde hacía falta y comprobaba que todo estuviera como debía. Los hombres apenas piensan cuánto de este tipo se soporta para que sus ojos queden complacidos, aunque solo sea por una hora.
—¡Oh, mamá, qué buena eres! —dijo Bell cuando las dos muchachas entraron, justo a tiempo para arreglarse y volver para la cena. —Mamá siempre es buena —dijo Lily—. Desearía, mamá, poder hacer lo mismo por ti más a menudo —y entonces besó a su madre. Pero el terrateniente era exacto con la hora de la cena, así que se vistieron a toda prisa y se marcharon de nuevo a través del jardín, acompañadas por su madre hasta el puentecillo.
—¿No parecía molesto vuestro tío porque yo no fuera? —preguntó la señora Dale. —No le hemos visto, mamá —dijo Lily—. Hemos estado muy lejos, en los campos, y olvidamos por completo qué hora era. —No creo que el tío Christopher anduviera por la finca, o nos habríamos cruzado con él —añadió Bell. —Pero yo estoy molesta contigo, mamá. ¿Verdad que sí, Bell? Está muy mal que te quedes aquí sola y no vengas. —Supongo que a mamá le gusta más estar en casa que arriba en la Casa Grande —dijo Bell con mucha dulzura; y mientras hablaba, sostenía la mano de su madre. —Bueno; adiós, queridas. Os espero entre las diez y las once. Pero no os deis prisa si hay algo interesante.
Y así se fueron, y la viuda quedó de nuevo sola. El camino desde el puente corría directo hacia la parte trasera de la Casa Grande, de modo que durante un momento pudo verlas mientras caminaban ligeras, casi corriendo. Y luego vio sus vestidos agitarse al girar bruscamente para subir los escalones de la terraza. No quiso salir del rincón entre los laureles que la rodeaban, por miedo a que alguien la viera mientras miraba a sus hijas. Pero cuando el último aleteo de la muselina rosa desapareció de su vista, sintió que era duro no poder seguirlas. Se quedó allí, sin embargo, sin avanzar un paso. No permitiría que Hopkins fuera contando cómo vigilaba a sus hijas mientras iban de su propio hogar al de su cuñado. No estaba al alcance de Hopkins comprender por qué las vigilaba.
—Bueno, muchachas, no llegáis con mucha antelación. Creo que vuestra madre podría haber venido con vosotras —dijo el tío Christopher. Y este era el modo de ser del hombre. De haber conocido sus propios deseos, habría tenido que reconocerse a sí mismo que le complacía más que la señora Dale se quedara fuera. Se sentía más absolutamente amo y más cómodamente en casa a su propia mesa sin la compañía de ella que con ella. Y, sin embargo, frecuentemente hacía un agravio de que ella no viniera, y él mismo se creía ese agravio.
—Creo que mamá estaba cansada —dijo Bell. —¡Hm! No hay tanta distancia de una casa a la otra. Si yo tuviera que encerrarme cada vez que estoy cansado... Pero no importa. Vamos a cenar. Señor Crosbie, ¿quiere acompañar a mi sobrina Lilian? Y entonces, ofreciendo su propio brazo a Bell, se dirigió al comedor.
—Como riña a mamá una vez más, me marcho —susurró Lily a su acompañante; por lo cual se ve que todos habían llegado a ser muy íntimos durante el largo día que habían pasado juntos.
La señora Dale, tras permanecer un momento en el puente, entró a tomar su té. Qué sucedáneo de chuleta de cordero o jamón a la brasa tuvo para el pato asado y los guisantes tiernos que debían haberse servido para la cena familiar, no lo indagaremos particularmente. Podemos imaginar, no obstante, que no se dedicó a su colación vespertina con especial energía de apetito. Se llevó un libro al sentarse —alguna novela, probablemente, pues la señora Dale no hacía ascos a las novelas— y leyó una página o dos mientras tomaba el té. Pero el libro fue pronto dejado a un lado, y la bandeja en la que el plato caliente se había quedado frío fue descuidada, y se recostó en su silla de siempre, pensando en sí misma y en sus hijas, y pensando también cuál habría sido su suerte en la vida si hubiera vivido aquel que la amó sinceramente durante los pocos años que estuvieron juntos.
Es propio de la naturaleza de un Dale ser constante en sus afectos y en sus aversiones. El afecto de su marido por ella había sido inquebrantable; tanto que había reñido con su hermano porque este no se expresaba en términos fraternales respecto a su esposa; pero, no obstante, los dos hermanos se habían amado siempre. Muchos años habían pasado ya desde que ocurrieron aquellas cosas, pero aún persistían los mismos sentimientos. Cuando ella llegó por primera vez a Allington, resolvió ganarse el aprecio del terrateniente, pero ya hacía mucho que sabía que tal conquista era imposible; de hecho, ya ni siquiera lo deseaba. La señora Dale no era una de esas mujeres de corazón blando que a veces dan gracias a Dios por poder amar a cualquiera. En otro tiempo pudo haber sentido afecto por su cuñado: afecto y una amistad fraternal, cercana y cuidadosa; pero ya no podía hacerlo. Él había sido frío con ella y había rechazado con perseverancia sus acercamientos. De eso hacía ya siete años; y durante esos años la señora Dale había sido, por lo menos, tan fría con él como él lo había sido con ella.
Pero todo esto era muy duro de sobrellevar. Que sus hijas amaran a su tío no solo era razonable, sino deseable en todos los sentidos. Él no era frío con ellas. Con ellas era generoso y afectuoso. Si ella simplemente no estuviera de por medio, él las habría llevado a su casa como si fueran suyas, y ante el mundo habrían figurado en todos los aspectos como sus hijas adoptivas. ¿No sería mejor si ella no estuviera de por medio?
Solo en sus estados de ánimo más sombríos se planteaba esta pregunta en su mente, y entonces se recobraba y la respondía con firmeza, con una protesta indignada contra su propia debilidad enfermiza. No estaría bien que ella estuviera lejos de sus hijas, ni aunque su tío hubiera sido el doble de bueno; ni aunque, por su ausencia, ellas se convirtieran en herederas de todo Allington. ¿No era para ellas más importante que nada tener a una madre cerca? Y mientras se hacía esa pregunta morbosa —hecha con maldad, según se decía a sí misma—, ¿acaso no sabía que ellas la amaban más que a todo lo demás en el mundo, y que preferirían sus caricias y su cuidado a la tutela de cualquier tío, por muy grande que fuera su casa? Hasta ahora, la amaban más que a todo lo demás en el mundo. De otro amor, si llegara, no tendría celos. Y si llegara, y fuera dichoso, ¿no podría haber aún un atardecer radiante de vida para ella misma? Si ellas se casaran, y si sus señores aceptaran su amor, su amistad y su respeto, ella podría aún escapar de la frialdad sepulcral de aquella Casa Grande y ser feliz en alguna minúscula casita, desde la cual podría salir de vez en cuando para estar entre quienes realmente le dieran la bienvenida.
Había cierto médico que vivía no muy lejos de Allington, en Guestwick, de quien ella pensó una vez que podría ocupar ese lugar de yerno muy querido. A su serena y hermosa Bell parecía gustarle el hombre; y él, ciertamente, había hecho algo más que parecer que ella le gustaba. Pero ahora, desde hacía unas semanas, esta esperanza, o más bien esta idea, se había desvanecido. La señora Dale nunca había interrogado a su hija sobre el asunto; no era mujer propensa a hacer tales preguntas. Pero durante el último mes o dos, había visto con pesar que Bell miraba casi con frialdad al hombre por el que su madre sentía predilección.
Pensando en todo esto pasó la larga velada, y a las once oyó los pasos que venían a través del jardín. Los jóvenes, por supuesto, habían acompañado a las muchachas a casa; y al salir por la ventana aún abierta de su propio salón, los vio a todos en el centro del césped ante ella.
—Ahí está mamá —dijo Lily—. Mamá, el señor Crosbie quiere jugar al croquet a la luz de la luna. —No creo que haya luz suficiente para eso —dijo la señora Dale. —Hay luz suficiente para él —dijo Lily—, porque él juega con total independencia de los aros, ¿verdad, señor Crosbie? —Yo diría que hay una luz muy bonita para el croquet —dijo el señor Crosbie, mirando la luna brillante—; y además, es tan aburrido irse a la cama. —Sí, es aburrido irse a la cama —asintió Lily—; pero la gente en el campo es aburrida, ya sabe. El billar, que se puede jugar toda la noche con luz de gas, es mucho mejor, ¿no cree? —Sus flechas van terriblemente descaminadas en eso, señorita Dale, pues yo nunca toco un taco; debería hablar de billar con su primo. —¿Es Bernard un gran jugador de billar? —preguntó Bell. —Bueno, juego de vez en cuando; más o menos tan bien como Crosbie al croquet. Vamos, Crosbie, vámonos a casa a fumar un cigarro. —Sí —dijo Lily—; y así nosotros, la gente aburrida, podemos irnos a la cama. Mamá, desearía que tuvieras aquí un pequeño cuarto de fumadores para nosotros. No me gusta que me consideren aburrida.
Y entonces se separaron; las damas entraron en la casa y los dos hombres regresaron a través del césped.
—Lily, amor mío —dijo la señora Dale, cuando estuvieron todas juntas en su dormitorio—, me parece que eres muy dura con el señor Crosbie. —Ha estado así toda la noche —dijo Bell. —Estoy segura de que somos muy buenos amigos —dijo Lily. —¡Oh, muchísimo! —exclamó Bell. —Vamos, Bell, estás celosa; sabes que lo estás. Y entonces, viendo que su hermana estaba en cierto modo molesta, se acercó a ella y la besó. —No la llamaremos celosa, ¿verdad, mamá?
—No creo que se lo merezca —dijo la señora Dale.
—¡Vamos, mamá! No me digas que crees que lo decía en serio —dijo Lily—. Como si me importara un bledo el señor Crosbie.
—Ni a mí tampoco, Lily.
—Claro que no. Pero a mí sí me gusta mucho, mamá. Es un Apolo de lo más encantador. Siempre le llamaré Apolo. ¡Febo Apolo! Y cuando le dibuje, llevará un mazo en la mano en vez de un arco. Palabra que le estoy muy agradecida a Bernard por haberlo traído; y de veras lamento que se marche pasado mañana.
—¡¿Pasado mañana?! —exclamó la señora Dale—. Apenas ha valido la pena venir para dos días.
—No, no ha valido la pena; venir a alborotar nuestras tranquilas costumbres por un periodo tan corto... sin darnos tiempo ni para contar sus rayos de luz.
—Pero dice que quizá vuelva —añadió Bell.
—Nos queda esa esperanza —dijo Lily—. El tío Christopher le pidió que bajara cuando tenga sus vacaciones largas. Estas son solo un permiso corto. Vive mejor que el pobre Johnny Eames. Johnny solo tiene un mes, pero el señor Crosbie tiene dos meses siempre que quiere; y además parece ser su propio dueño casi todo el año.
—Y el tío Christopher le invitó a venir para la temporada de caza, en septiembre —dijo Bell.
—Y aunque no dijo que vendría, creo que esa era su intención —añadió Lily—. Nos queda esa esperanza, mamá.
—Entonces tendrás que dibujar a Apolo con una escopeta en lugar de un mazo.
—Eso es lo malo, mamá. No le veremos mucho, ni a él ni a Bernard. No nos dejarían ir al bosque como batidores, ¿verdad?
—Haríais demasiado ruido para ser de alguna utilidad.
—¿Ah, sí? Pensaba que los batidores tenían que gritar a los pájaros. Me cansaría mucho de gritar a los pájaros, así que creo que me quedaré en casa a cuidar de mi ropa.
—Espero que venga, porque al tío Christopher parece gustarle mucho —dijo Bell.
—Me pregunto si a cierto caballero de Guestwick le gustará que venga —soltó Lily. Y en cuanto pronunció las palabras, miró a su hermana y vio que la había herido.
—Lily, te corre la lengua demasiado —dijo la señora Dale.
—No era mi intención, Bell —dijo Lily—. Te pido perdón.
—No tiene importancia —respondió Bell—. Es solo que Lily dice las cosas sin pensar.
Y así terminó la conversación, y no se dijo nada más entre ellas que no tuviera que ver con su aseo, salvo unas últimas palabras al despedirse. Pero las dos hermanas compartían habitación y, cuando cerraron la puerta tras de sí, Bell aludió a lo ocurrido con cierta energía.
—Lily, me prometiste —dijo— que no volverías a decirme nada sobre el doctor Crofts.
—Sé que lo hice, y estuve muy mal. Te pido perdón, Bell; no lo volveré a hacer... si puedo evitarlo.
—¡¿Cómo que «si puedes evitarlo», Lily?!
—Es que, de veras, no sé por qué no debería hablar de él... pero no para reírme de ti. De todos los hombres que he visto en mi vida, es el que más me gusta. Y si no fuera porque te quiero a ti más que a mí misma, sería capaz de envidiarte su...
—Lily, ¿qué acabas de prometerme?
—Bueno; a partir de mañana. Pero no sé por qué le has cogido esa ojeriza.
—No le he cogido ojeriza ni simpatía.
—No hay término medio con él. Daría la mano izquierda solo por que le sonrieras. O la derecha... y eso es lo que a mí me gustaría ver; hala, ya lo has oído.
—Sabes que estás diciendo tonterías.
—Pues me gustaría verlo. Y a mamá también, estoy segura; aunque nunca le haya oído decir ni palabra sobre él. Para mí, es el hombre más noble que he conocido. ¿Qué es ese «Apolo» Crosbie comparado con él? En fin, como te hace infeliz, no diré ni una palabra más sobre el asunto.
Bell dio las buenas noches a su hermana con un afecto quizá mayor del habitual; era evidente que las palabras de Lily y su tono entusiasta la habían complacido de algún modo, a pesar de ir en contra de lo que ella misma había pedido. Y Lily se dio cuenta de ello.
Capítulo 4
La pensión de la señora Roper
He dicho que John Eames no había sido mimado por nadie más que por su madre, pero no quisiera que se supusiera por ello que John Eames carecía de amigos. Existe una clase de hombres jóvenes a los que nunca se mima, aunque no por ello se les estime menos, o quizá se les ame. No se presentan ante el mundo como Apolos, ni brillan en absoluto, reservando la luz que puedan tener para fines interiores. Tales jóvenes suelen ser torpes, desgarbados y de andar aún por formar; son desmañados de extremidades y tímidos; las palabras no les brotan con facilidad cuando se requieren, salvo entre sus allegados habituales. Las reuniones sociales son para ellos periodos de penitencia, y cualquier aparición en público los desconcuerda. Andan mucho a solas y se ruborizan cuando las mujeres les dirigen la palabra. En verdad, no son todavía hombres, sea cual sea el número de sus años; y, como ya no son niños, el mundo ha dado en llamarles con el poco agraciado nombre de pollos o, más bien, mozalbetes en edad del pavo.
No obstante, las observaciones que he podido hacer sobre este asunto me han llevado a creer que el mozalbete no es, ni mucho menos, la especie menos valiosa de la raza humana. Cuando comparo al mozalbete de veintiuno o veintidós años con algún Apolo consumado de la misma edad, considero al primero como fruta verde y al segundo como fruta madura. Entonces surge la duda sobre ambas frutas. ¿Cuál es mejor: la que madura pronto —favorecida quizá por algún pequeño aparato de estufa, o al menos por el calor de un muro orientado al sur—, o esa otra fruta de crecimiento más lento, sobre la cual la naturaleza trabaja sin ayuda y el sol opera a su debido tiempo... o quizá no opera nunca si se ha permitido que se interponga alguna sombra poco propicia? El mundo, sin duda, está a favor del aparato de estufa o del muro del sur. La fruta llega con certeza y en un periodo asegurado. Carece de manchas o defectos, y posee una calidad nada despreciable. El dueño la tiene cuando la desea y cumple su función. Pero, sin embargo, a mi modo de ver, el sabor más pleno del sol se le concede a esa otra fruta... se le concede al buen tiempo del propio sol, siempre que no se haya interpuesto sombra alguna. Me gusta el regusto del crecimiento natural, y me gusta quizá más porque lo que se ha obtenido, se ha obtenido sin favor alguno.
Pero el mozalbete, aunque se ruborice cuando las mujeres le hablan y se sienta inquieto incluso estando cerca de ellas; aunque no sea dueño de sus miembros en un salón de baile ni sea apenas dueño de su lengua en momento alguno, es el más elocuente de los seres, y especialmente elocuente entre mujeres hermosas. Disfruta de todos los triunfos de un donjuán, sin nada de la insensibilidad de un donjuán, y es capaz de vencer en todos los encuentros gracias a la fuerza de su ingenio y la dulzura de su voz. Pero esta elocuencia solo la escuchan sus propios oídos internos, y estos triunfos son los triunfos de su imaginación.
El verdadero mozalbete pasa mucho tiempo solo, no siendo muy dado al trato social ni siquiera con otros mozalbetes; un rasgo de su carácter que creo que apenas ha sido observado suficientemente por el mundo en general. Probablemente se ha convertido en un mozalbete en vez de en un Apolo porque las circunstancias no le han brindado mucho trato social; y, por lo tanto, vaga en soledad, dando largos paseos en los que sueña con esos éxitos que tan alejados están de sus facultades de logro. Allá en los campos, con su bastón en la mano, es muy elocuente, cortando las cabezas de las malas hierbas estivales mientras practica su oratoria con energía. Y así alimenta una imaginación por la que quienes le conocen le dan escaso crédito, y se prepara inconscientemente para esa maduración tardía, siempre que la sombra poco propicia deje algún día de interponerse.
Tales mozalbetes reciben pocos mimos, a menos que sean de una madre; y tal mozalbete era John Eames cuando fue enviado lejos de Guestwick para comenzar su vida en el gran despacho de una oficina pública en Londres. Podríamos decir que no había nada del joven Apolo en él. Pero, aun así, no carecía de amigos; amigos que le deseaban lo mejor y se preocupaban mucho por su bienestar. Y tenía una hermana menor que le amaba entrañablemente, que no tenía idea de que él fuera un mozalbete, siendo ella misma algo así como una mozuela desgarbada. La señora Eames, su madre, era una viuda que vivía en una casita en Guestwick, y cuyo marido había sido durante toda su vida un amigo íntimo de nuestro terrateniente. Había sido un hombre de muchos infortunios, habiendo empezado en el mundo casi en la opulencia y habiéndolo terminado en la pobreza. Vivió todos sus días en Guestwick, habiendo ocupado en un tiempo una gran extensión de tierra y perdido mucho dinero en granjas experimentales; y ya tarde en su vida se mudó a una casita en las afueras del pueblo, donde murió unos dos años antes del comienzo de esta historia. Con ningún otro hombre había vivido el señor Dale en términos tan íntimos; y cuando el señor Eames murió, el señor Dale actuó como albacea de su testamento y como tutor de sus hijos. Además, había obtenido para John Eames esa plaza al servicio de la Corona que ahora ocupaba.
Y la señora Eames había estado y seguía estando en términos muy amistosos con la señora Dale. El terrateniente nunca había visto con muy buenos ojos a la señora Eames, a quien su marido no conoció hasta que ya pasaba de los cuarenta años. Pero la señora Dale había compensado con su amabilidad hacia la pobre y desamparada mujer cualquier falta de esa cordialidad que podría habérsele mostrado desde la Casa Grande. La señora Eames era una pobre mujer desamparada; desamparada incluso en tiempos de vida de su marido, pero muy afligida ahora en su viudez. En asuntos de importancia, el terrateniente había sido amable con ella; arreglándole sus pequeños asuntos de dinero, aconsejándola sobre su casa e ingresos, y consiguiéndole también aquel puesto para su hijo. Pero la trataba con desaire cuando se encontraba con ella, y la pobre señora Eames le guardaba un gran temor. La señora Dale no le tenía miedo alguno a su cuñado, y a veces daba a la viuda de Guestwick consejos totalmente opuestos a los dados por el terrateniente. De esta manera había crecido una intimidad entre Bell, Lily y el joven Eames, y cualquiera de las muchachas estaba dispuesta a declarar que Johnny Eames era su propio y muy querido amigo. No obstante, hablaban de él ocasionalmente con una pizca de regocijo, como no es inusual en muchachas guapas que tienen a mozalbetes entre sus amigos íntimos y que no están ellas mismas desacostumbradas a la gracia de un Apolo.
Bien puedo anunciar de una vez que John Eames, cuando subió a Londres, estaba absoluta e irremediablemente enamorado de Lily Dale. Había declarado su pasión en el lenguaje más conmovedor cien veces; pero la había declarado solo para sí mismo. Había escrito mucha poesía sobre Lily, pero guardaba sus versos a buen recaudo bajo doble llave. Cuando daba rienda suelta a su imaginación, se lisonjeaba pensando que podría ganar no solo a ella, sino también al mundo entero con sus versos; pero habría muerto antes que mostrarlos a ojo humano. Durante las últimas diez semanas de su vida en Guestwick, mientras se preparaba para su carrera en Londres, merodeaba por Allington, yendo a pie con frecuencia y regresando de nuevo; pero todo en vano. Durante estas visitas se sentaba en el salón de la señora Dale, hablando poco y dirigiéndose usualmente a la madre; pero en cada ocasión, al emprender su largo y caluroso camino de vuelta, se proponía decir algo por lo cual Lily pudiera enterarse de su amor. Cuando se marchó a Londres, ese «algo» no había sido dicho.
No había soñado con pedirle que fuera su esposa. John Eames estaba a punto de empezar en el mundo con ochenta libras al año, y una asignación de veinte más del bolsillo de su madre. Era muy consciente de que con tales ingresos no podía establecerse como hombre casado en Londres, y también sentía que el hombre que tuviera la fortuna de ganar a Lily por esposa debería estar preparado para darle todos los lujos y comodidades que el mundo pudiera ofrecer. Sabía bien que no debía esperar ninguna seguridad del amor de Lily; pero, no obstante, pensaba que era posible darle a ella una seguridad de su propio amor. Probablemente sería en vano. No tenía una esperanza real, a menos que se encontrara en uno de esos estados de ánimo poéticos. Había reconocido ante sí mismo, de forma vaga, que no era más que un mozalbete torpe, silencioso y desgarbado, con un rostro inacabado, por así decirlo, o verde. Todo esto lo sabía, y sabía también que había Apolos en el mundo que estarían más que dispuestos a llevarse a Lily en sus espléndidos carruajes. Pero no por ello dejó de decidir que, habiéndola amado una vez, le correspondía, como hombre de ley, amarla hasta el fin.
Una palabrita le había dicho cuando se despidieron, pero había sido una palabra de amistad más que de amor. Se había escabullido tras ella al césped, dejando a Bell sola en el salón. Quizá Lily había comprendido algo del sentimiento del muchacho y había deseado hablarle con amabilidad al despedirse, o casi con algo más que amabilidad. Existe un amor silencioso que las mujeres reconocen, y que de alguna forma callada agradecen, otorgando una graciosa pero silenciosa gratitud por el respeto que lo acompaña.
—He venido a decirte adiós, Lily —dijo Johnny Eames, siguiendo a la muchacha por uno de los senderos.
—Adiós, John —dijo ella, dándose la vuelta—. Ya sabes cuánto sentimos perderte. Pero es una gran oportunidad para ti irte a Londres.
—Bueno; sí. Supongo que lo es. Aunque preferiría quedarme aquí.
—¡Cómo! ¡Quedarte aquí sin hacer nada! Estoy segura de que no querrías eso.
—Desde luego, me gustaría hacer algo. Quiero decir...
—Quieres decir que es doloroso separarse de los viejos amigos; y te aseguro que todos sentimos lo mismo al despedirnos de ti. Pero tendrás vacaciones de vez en cuando, y entonces nos veremos.
—Sí; por supuesto que os veré entonces. Creo, Lily, que me importará más verte a ti que a nadie.
—Oh, no, John. Estarán tu propia madre y tu hermana.
—Sí; estarán madre y Mary, claro. Pero vendré aquí mismo el primer día... es decir, ¡si es que te importa verme!
—Nos importará mucho verte. Ya lo sabes. Y... querido John, de veras espero que seas feliz.
Hubo un tono en su voz al hablar que casi lo descompuso; o, mejor dicho, que estuvo a punto de ponerle sobre sus pies y obligarle a hablar; pero el efecto final fue menos poderoso. —¿De veras? —dijo él, mientras sostenía la mano de ella durante unos pocos y felices segundos—. Y yo, de veras, espero que seas siempre feliz. Adiós, Lily.
Entonces la dejó, regresando a la casa, y ella continuó su paseo, deambulando entre los árboles de la arboleda y sin dejarse ver durante la media hora siguiente. ¿Cuántas muchachas tienen un pretendiente así? Un pretendiente que no les dice más de lo que Johnny Eames le dijo entonces a Lily Dale, ¡que nunca dice más que eso! Y, sin embargo, cuando en años venideros repasan los nombres de todos los que las han amado, el nombre de aquel joven patoso nunca se olvida.
Aquella despedida había tenido lugar hacía casi dos años, y Lily Dale tenía entonces diecisiete. Desde aquel tiempo, John Eames había vuelto a casa una vez y, durante su mes de vacaciones, había visitado Allington con frecuencia. Pero nunca había avanzado más allá de aquella ocasión que ya he relatado. Le había parecido que Lily estaba más fría con él que en los viejos tiempos, y él se había vuelto, si cabe, más tímido en su trato con ella. Debía volver a Guestwick de nuevo este otoño; pero, para decir la verdad honestamente, a Lily Dale no le importaba ni pensaba mucho en su venida. Las muchachas de diecinueve años no se interesan por pretendientes de veintiuno, a menos que la fruta haya contado con la ventaja de algún aparato de estufa o un muro orientado al sur.
El amor de John Eames seguía siendo tan ardiente como siempre, habiéndose alimentado de poesía y manteniéndose vivo, tal vez, gracias a algunas confidencias íntimas al oído de un compañero de oficina; pero no debe suponerse que durante estos dos años había sido un amante melancólico. Quizá le habría ido mejor si su carácter le hubiera inclinado hacia ese estilo de vida. Sin embargo, no había sido así. Ya había abandonado la flauta, con la que había aprendido a arrancar tres notas tristes antes de dejar Guestwick, y tras el quinto o sexto domingo, había renunciado a sus paseos solitarios por el camino de sirga del canal de Regent’s Park. Pensar en el amor ausente es muy dulce; pero se vuelve monótono tras una milla o dos de camino de sirga, y la mente acaba desviándose hacia el tiro a la tía Sally, los jardines de Cremorne y cuestiones financieras. Dudo que muchacha alguna quedara satisfecha con la mente de su amante si la conociera por completo.
—Oye, Caudle, ¿crees que un tipo como yo podría entrar en un club?
Esta propuesta fue hecha, en uno de esos paseos dominicales, por John Eames al amigo de su alma, un compañero de oficina cuyo nombre legítimo era Cradell y a quien, por tanto, sus amigos llamaban Caudle. —¿Entrar en un club? Fisher, el de nuestra sección, pertenece a uno. —Eso es solo un club de ajedrez. Yo me refiero a un club de verdad. —¿Uno de esos tan elegantes del West End? —dijo Cradell, casi perdido en la admiración ante la ambición de su amigo. —No querría que fuera particularmente elegante. Si uno no es un ricachón, no veo qué gana codeándose con los que sí lo son. Pero es que la casa de la madre Roper es de un aburrido que no se puede aguantar.
La señora Roper era una señora respetable que regentaba una pensión en Burton Crescent, y a quien la señora Eames había sido vivamente recomendada cuando deseaba encontrar un domicilio especialmente seguro para su hijo. Durante su primer año en Londres, John Eames había vivido solo en un alojamiento alquilado; pero aquello resultó en incomodidad, soledad y, ¡ay!, en una cantidad de deudas que cayeron como una losa sobre la pobre viuda. Ahora, para el segundo año, era necesario un modo de vida más seguro. Había sabido que la señora Cradell, viuda de un abogado, que también había logrado colocar a su hijo en la Oficina del Impuesto sobre la Renta, lo había dejado a cargo de la señora Roper; y ella, con muchos encargos a aquella mujer maternal, sometió a su propio hijo a la misma custodia.
—¿Y lo de ir a la iglesia? —había preguntado la señora Eames a la señora Roper. —No creo que pueda vigilar eso, señora —había respondido la señora Roper, concienzudamente—. Los caballeros jóvenes suelen elegir sus propias iglesias. —¿Pero van? —preguntó la madre, muy ansiosa en su corazón por esta nueva vida en la que su hijo iba a quedar abandonado, en tantas cosas, a la guía de su propio criterio. —Los que han sido educados con rectitud suelen hacerlo. —Él ha sido educado con rectitud, señora Roper. De veras. ¿Y no le dará una llave de la puerta? —Bueno, siempre suelen pedirla. —Pero no insistirá, si usted le dice que yo prefiero que no la tenga.
La señora Roper prometió obrar en consecuencia, y Johnny Eames quedó bajo su cargo. Él pidió la llave, y la señora Roper respondió lo que se le había ordenado. Pero volvió a pedirla, tras haber sido maleado por la filosofía de Cradell, y entonces la señora Roper le entregó la llave. Era una mujer que se jactaba de cumplir su palabra, sin comprender que nadie pudiera exigirle justamente más que eso. Le dio la llave a Johnny Eames, como sin duda pretendía hacer; pues la señora Roper conocía el mundo y comprendía que los jóvenes sin llave no se quedarían con ella.
—Me parecía que no te resultaba tan aburrido desde que Amelia volvió a casa —dijo Cradell. —¡Amelia! ¿Qué me importa a mí Amelia? ¡Te lo he contado todo, Cradell, y aun así eres capaz de hablarme de Amelia Roper! —Vamos, Johnny... —Siempre le habían llamado Johnny, y el nombre le había acompañado hasta la oficina. Incluso Amelia Roper le había llamado Johnny en más de una ocasión antes de esto—. El otro día estuviste tan meloso con ella como si no existiera una tal L. D. en el mundo.
John Eames apartó la mirada y sacudió la cabeza. No obstante, las palabras de su amigo le resultaron gratas. El personaje de un donjuán no era desagradable para su imaginación, y le gustaba pensar que podía entretener a Amelia Roper con alguna palabra pasajera, aunque su corazón fuera fiel a Lilian Dale. En honor a la verdad, sin embargo, muchas más de esas palabras pasajeras habían sido pronunciadas por la bella Amelia que por él.
La señora Roper había cumplido su palabra cuando le dijo a la señora Eames que su hogar se componía de ella misma, de un hijo que estaba en el bufete de un procurador, de una prima solterona de cierta edad llamada señorita Spruce, que se alojaba con ella, y del señor Cradell. La divina Amelia no vivía con ella entonces, y la naturaleza de la declaración que estaba haciendo no la obligaba en absoluto a informar a la señora Eames de que la joven probablemente regresaría a casa el invierno siguiente. Un tal señor Lupex y su esposa también se habían unido a la familia recientemente, y se suponía que la casa de la señora Roper estaba ahora completa.
Y debe reconocerse que Johnny Eames, en ciertos momentos de descuido, había confiado a Cradell el secreto de una segunda pasión, más débil, por Amelia. «Es una chica estupenda, ¡malditamente estupenda!», había dicho Johnny Eames, usando un estilo de lenguaje que había aprendido desde que dejó Guestwick y Allington. El señor Cradell también era un admirador del bello sexo y, ¡ay de mí!, la señora Lupex era en ese momento el objeto de su admiración. No es que abrigara la más mínima intención de ofender al señor Lupex —un hombre que era pintor de decorados y conocía el mundo—. El señor Cradell admiraba a la señora Lupex como un experto, no simplemente como un hombre. —¡Por Júpiter, Johnny, qué talle tiene esa mujer! —dijo una mañana, mientras caminaban hacia la oficina. —Sí, se mantiene bien sobre sus piernas. —Ya lo creo. Si entiendo algo de formas —dijo Cradell—, esa mujer es casi perfecta. ¡Qué torso tiene!
Por tal expresión, y por el hecho de que la señora Lupex dependía enormemente del corsé y la crinolina para lucir el talle que lograba exhibir, se puede entender que el señor Cradell no entendía mucho de formas. —A mí me parece que su nariz no es del todo recta —dijo Johnny Eames.
Era un hecho indudable que la nariz de la señora Lupex estaba un poco torcida. Era una nariz larga y fina que, según avanzaba en el aire, tenía una inclinación preponderante hacia el lado izquierdo. —A mí me importa más el talle que la cara —dijo Cradell—. Pero la señora Lupex tiene unos ojos preciosos, muy hermosos. —Y sabe cómo usarlos, además —añadió Johnny. —¿Por qué no iba a hacerlo? Y además tiene un cabello primoroso. —Solo que nunca se lo cepilla por las mañanas. —Pues te diré que me gusta ese tipo de deshabillé —dijo Cradell—. El exceso de esmero siempre se delata. —Pero una mujer debería ser aseada. —¡Qué palabra para aplicársela a una criatura como la señora Lupex! Yo la llamo una mujer espléndida. Y qué bien arreglada iba anoche. Sabes, tengo la idea de que Lupex la trata muy mal. Ayer me dijo un par de palabras que... —y entonces hizo una pausa. Hay confidencias que un hombre no comparte ni con su mejor amigo. —Yo más bien sospecho que es justo al revés —dijo Eames. —¿Cómo que al revés? —Que Lupex tiene de la señora L. bastante más de lo que le gustaría. El sonido de su voz a veces me hace temblar en mis zapatos, te lo aseguro. —Me gustan las mujeres con carácter —dijo Cradell. —Ah, y a mí. Pero se puede tener demasiado de algo bueno. Amelia me contó... pero no lo vayas a repetir. —Claro que no. —Me dijo que Lupex a veces se ve obligado a huir de ella. Se va al teatro y se queda allí dos o tres días seguidos. Entonces ella va a buscarlo, y se arma un escándalo tremendo en la casa. —El hecho es que él bebe —dijo Cradell—. ¡Por Dios, compadezco a una mujer cuyo marido bebe... y a una mujer así, además! —Ten cuidado, viejo amigo, o te verás en un aprieto. —Sé lo que me hago. ¡Vaya por Dios! No voy a perder la cabeza por ver a una mujer hermosa. —¿Ni el corazón tampoco? —¡Oh, el corazón! No hay nada de eso en mí. Considero a una mujer como un cuadro o una estatua. Supongo que me casaré algún día, porque los hombres lo hacen; pero no tengo intención de perderme por una mujer. —Yo me perdería diez veces por... —L. D. —dijo Cradell. —Vaya si lo haría. Y eso que sé que nunca la tendré. Soy un tipo alegre y bromista; pero, ¿sabes, Caudle?, cuando esa chica se case, se habrá acabado todo para mí. De veras. —¿Quieres decir que te cortarás el cuello? —No; no haré eso. No haré nada de ese estilo; y, sin embargo, se habrá acabado todo para mí. —Vas a ir allí en octubre; ¿por qué no le pides que se case contigo? —¡Con noventa libras al año! —Su agradecida patria le había aumentado el sueldo dos veces, a razón de cinco libras cada año—. ¡Con noventa libras al año y veinte que me pasa mi madre! —Podría esperar, supongo. Yo se lo pediría, sin duda alguna. ¡Si uno ama a una chica, no sirve de nada seguir así! —Desde luego no sirve de mucho —dijo Johnny Eames.
Y entonces llegaron a la puerta de la Oficina del Impuesto sobre la Renta y cada uno se fue a su escritorio.
Por este pequeño diálogo puede imaginarse que, aunque la señora Roper cumplía su palabra, no era exactamente la mujer que la señora Eames habría elegido como ángel protector para su hijo. Pero la verdad, a mi entender, es que los ángeles protectores para hijos de viudas, por cuarenta y ocho libras al año pagadas trimestralmente, no se encuentran muy fácilmente en Londres. La señora Roper no era peor que otras de su clase. Habría preferido con mucho inquilinos respetables a los que no lo eran... si hubiera podido encontrarlos cuando los necesitaba. El señor y la señora Lupex apenas entraban en esa categoría; y cuando les cedió su gran dormitorio principal de la fachada por cien libras al año, sabía que estaba obrando mal. Y también estaba preocupada por su propia hija, Amelia, que ya pasaba de los treinta años. Amelia era una joven muy espabilada que había sido, si hay que decir la verdad, jefa de taller en una sombrerería de Manchester. La señora Roper sabía que la señora Eames y la señora Cradell no desearían que sus hijos se relacionaran con su hija. Pero ¿qué podía hacer? No podía negar el refugio de su propia casa a su propia hija y, sin embargo, el corazón le daba un vuelco cuando veía a Amelia coquetear con el joven Eames.
—Desearía, Amelia, que no tuvieras tanto que decirle a ese joven. —¡Vaya, madre! —Pues sí. Si sigues así, harás que se me marchen los dos inquilinos. —¿Si sigo cómo, madre? Si un caballero me habla, supongo que debo responderle. Creo que sé cómo comportarme.
Y entonces dio un respingo con la cabeza. Ante lo cual su madre guardó silencio; pues su madre le tenía miedo.
Capítulo 5
Sobre L. D.
El «Apolo» Crosbie partió de Londres hacia Allington el 31 de agosto con la intención de quedarse allí cuatro semanas, declarando su propósito de recuperar fuerzas mediante una ausencia de dos meses de sus tareas oficiales, y sin un destino fijo para el segundo de esos meses. Le habían llovido las ofertas de hospitalidad por docenas. Las puertas de lady Hartletop, en Shropshire, estaban abiertas para él si deseaba cruzarlas. Había sido invitado por la condesa de Courcy a unirse a su séquito en el castillo de Courcy. Su íntimo amigo Montgomerie Dobbs tenía una finca en Escocia, y además había una partida en yate que reclamaba su presencia. Pero el señor Crosbie aún no se había decantado por ninguna de estas ofertas, no teniendo ante sí, al salir de Londres, más compromiso firme que el que le llevaba a Allington. El primero de octubre nos encontraremos también en Allington en compañía de Johnny Eames; y el «Apolo» Crosbie seguirá allí... para nada consuelo de nuestro amigo de la Oficina del Impuesto sobre la Renta.
A Johnny Eames no se le puede llamar desafortunado en lo que respecta a sus vacaciones anuales, dado que se le permitió dejar Londres en octubre, un mes durante el cual pocos se atreven a admitir que permanecen en la ciudad. Por mi parte, siempre considero mayo como el mejor mes para las vacaciones; pero a ningún londinense le gusta estar ausente en mayo. El joven Eames, aunque vivía en Burton Crescent y aún no tenía conexiones con el West End, ya había aprendido la lección a este respecto. —Esos tipos del despacho grande quieren que me coja mayo —le había dicho a su amigo Cradell—. Deben de creer que soy un tonto de remate. —Es el colmo —dijo Cradell—. No se le debería pedir a un hombre que se tome el permiso en mayo. Yo nunca lo hice y, lo que es más, nunca lo haré. Antes me quejo a la Junta.
Eames había escapado de tal mal sin necesidad de acudir a la Junta, y había logrado obtener para sus vacaciones el mes de octubre, que, de todos los meses, es quizá el más apreciado para tal fin. —Mañana por la noche bajaré en el tren correo —le dijo a Amelia Roper la víspera de su partida. En ese momento estaba a solas con Amelia en el saloncito trasero de la señora Roper. En la habitación delantera, Cradell hablaba con la señora Lupex; pero como la señorita Spruce estaba con ellos, es de suponer que el señor Lupex no habría tenido motivo alguno de celos.
—Sí —dijo Amelia—; ya sé cuánta prisa tienes por llegar a ese lugar fascinante. No podía esperar que perdieras ni una sola hora antes de salir pitando de Burton Crescent.
Amelia Roper era una joven alta y bien formada, de cabello y ojos oscuros; no era hermosa, pues su nariz era gruesa y la parte inferior de su rostro pesada, pero no carecía de ciertos atractivos femeninos. Sus ojos eran brillantes, pero también maliciosos. Podía hablar con bastante fluidez, pero también sabía reñir. A veces sabía adoptar el plumaje de una paloma, pero en otras ocasiones era capaz de erizar sus plumas como un milano enfurecido. Estoy plenamente dispuesto a reconocer que John Eames debería haberse mantenido alejado de Amelia Roper; ¡pero es que los jóvenes hacen tan a menudo lo que no deben!
—Después de doce meses aquí en Londres, uno se alegra de marcharse con sus amigos —dijo Johnny. —¡Tus propios amigos, señor Eames! ¿Qué clase de amigos? ¿Crees que no lo sé? —Bueno, no. No creo que lo sepas. —¡L. D.! —soltó Amelia, demostrando que se había hablado de Lily entre personas que nunca deberían haber oído su nombre. Pero quizá, después de todo, solo se conocían esas dos iniciales en Burton Crescent. Por el tono empleado al nombrarlas, quedaba suficientemente manifiesto que Amelia se consideraba agraviada por su mera existencia.
—L. S. D. (Libras, chelines y peniques) —dijo Johnny, intentando pasar por un joven ingenioso y calavera—. Ese es mi amor: el vil metal; y es una amante de lo más esquiva. —Tonterías, señor. No me hable de ese modo. Como si no supiera yo dónde tiene usted el corazón. ¿Qué derecho tenía a hablarme a mí si tenía a una L. D. allá en el campo?
Debe declararse aquí, en favor del pobre John Eames, que él nunca le había «hablado» a Amelia... no al menos con el sentido que sus palabras daban a entender. Pero el caso es que le había escrito una nota fatal de la que hablaremos más adelante, y aquello quizá fuera igual de malo... o peor. —¡Ja, ja, ja! —rio Johnny. Pero la risa era fingida, y no fingida con naturalidad. —Sí, señor; para usted es motivo de risa, ya lo veo. Es muy fácil para un hombre reírse en tales circunstancias; es decir, si no tiene corazón... si tiene una piedra en el pecho en lugar de carne y hueso. Sé que algunos hombres son de piedra y no les turban los sentimientos. —¿Qué quieres que diga? Pretendes saberlo todo y no sería educado por mi parte llevarte la contraria. —¿Qué es lo que quiero? Sabes muy bien lo que quiero; o mejor dicho, no quiero nada. ¿Qué me importa a mí? No me importa nada esa L. D. Puedes bajar a Allington y hacer lo que te plazca por lo que a mí respecta. Solo que detesto esos modos. —¿Qué modos, Amelia? —¡Qué modos! Mira, Johnny: no voy a hacer el ridículo por ningún hombre. Cuando volví a casa hace tres meses... y ojalá no lo hubiera hecho nunca... —aquí hizo una pausa, esperando una palabra de ternura; pero como la palabra no llegó, continuó—, cuando volví, no creía que hubiera un hombre en todo Londres capaz de hacerme sentir nada por él... de veras que no. Y ahora te marchas sin apenas decirme una palabra. Y entonces sacó el pañuelo.
—¿Qué voy a decir, si no dejas de reñirme en todo momento? —¡Reñirte! ¡Y a mí qué me cuenta! No, Johnny, no te estoy riñendo ni pretendo hacerlo. Si lo nuestro se ha acabado, dilo y me marcharé de la casa antes de que regreses. No he tenido secretos contigo. Puedo volver a mi negocio en Manchester, aunque esté por debajo de mi alcurnia y no sea a lo que estoy acostumbrada. Si L. D. significa más para ti que yo, no me interpondré en tu camino. Solo tienes que decirlo.
L. D. significaba para él más que Amelia Roper; diez veces más. L. D. lo habría sido todo para él, y Amelia Roper era menos que nada. Lo sentía así en aquel instante y luchó denodadamente por reunir el valor necesario para liberarse. —Dilo —dijo ella, poniéndose en pie ante él—, y todo habrá terminado entre nosotros. Tengo tu promesa, pero me daría vergüenza aprovecharme de ella. Si Amelia no posee tu corazón, despreciaría aceptar tu mano. Pero necesito una respuesta.
Parecía que se le ofrecía una vía de escape fácil; pero la dama probablemente sabía que tal vía, ofrecida por ella, no resultaba fácil para alguien como John Eames. —Amelia —dijo él, sin levantarse del asiento. —¿Dígame, señor? —Sabes que te quiero. —¿Y qué hay de L. D.? —Si prefieres creer todas las tonterías que Cradell te mete en la cabeza, yo no puedo evitarlo. Si quieres ponerte celosa por dos letras, no es culpa mía. —¿Y me quieres? —insistió ella. —Claro que te quiero.
Y entonces, al oír estas palabras, Amelia se arrojó a sus brazos. Como las puertas correderas que separaban ambas habitaciones no estaban cerradas, y como la señorita Spruce estaba sentada en su sillón justo enfrente de ellos, era probable que viera lo que ocurría. Pero la señorita Spruce era una anciana taciturna, que no se excitaba fácilmente con ninguna muestra de sorpresa o admiración; y como llevaba viviendo con la señora Roper los últimos doce años, probablemente estaba muy familiarizada con las costumbres de su hija.
—¿Me serás fiel? —dijo Amelia durante aquel abrazo—. ¿Fiel para siempre? —Oh, sí; eso ni se pregunta —dijo Johnny Eames. Entonces ella lo soltó y los dos entraron en la sala delantera.
—Le aseguro, señor Eames —dijo la señora Lupex—, que me alegro de que haya venido. Aquí el señor Cradell no hace más que decir cosas de lo más raras. —¿Cosas raras? —dijo Cradell—. Vamos, señorita Spruce, apelo a usted: ¿he dicho yo alguna cosa rara? —Si lo hizo, señor, no me di cuenta —respondió la señorita Spruce. —Pues yo sí —dijo la señora Lupex—. Un hombre soltero como el señor Cradell no tiene por qué saber si una señora casada lleva cofia o su propio pelo, ¿verdad, señor Eames? —Creo que yo nunca me fijo —dijo Johnny, sin intención de ser sarcástico con la señora Lupex. —Seguro que no, señor —dijo la dama—. Todos sabemos dónde tiene usted clavada la atención. Si tú llevaras cofia, querida, alguien notaría la diferencia muy pronto, ¿verdad, señorita Spruce? —Seguro que sí —asintió la señorita Spruce. —Si yo pudiera estar tan guapa con cofia como usted, señora Lupex, me pondría una mañana mismo —dijo Amelia, que no deseaba reñir con la señora casada en ese preciso momento. No obstante, había ocasiones en las que la señora Lupex y la señorita Roper no eran, ni mucho menos, tan amables la una con la otra.
—¿Y a Lupex le gustan las cofias? —preguntó Cradell.
—Si yo llevara un casco con plumas en la cabeza, estoy convencida de que él no notaría la diferencia; ni tampoco si no tuviera cabeza alguna. Eso es lo que pasa por casarse. Si acepta mi consejo, señorita Roper, se quedará como está; aunque a alguien se le rompa el corazón por ello. ¿Verdad que sí, señorita Spruce?
—Oh, en cuanto a mí, ya sabe que soy una anciana —dijo la señorita Spruce, lo cual era una verdad absoluta.
—No veo qué gana una mujer casándose —continuó la señora Lupex—. En cambio, un hombre lo gana todo. No sabe ni cómo vivir si no tiene a una mujer que le ayude.
—¿Pero es que el amor no cuenta para nada? —preguntó Cradell.
—¡Oh, el amor! Yo no creo en el amor. Supongo que una vez creí amar, pero ¿en qué quedó todo al final? Mire al señor Eames; todos sabemos que está enamorado.
—Es algo que me sale natural, señora Lupex. Nací así —dijo Johnny.
—Y está la señorita Roper... uno nunca debería hablar con ligereza de una dama, pero quizá ella también esté enamorada.
—Hable por usted, señora Lupex —replicó Amelia.
—No hay nada malo en decir eso, ¿verdad? Estoy segura de que, si no lo estás, es que eres muy dura de corazón; porque, si alguna vez existió un amante fiel, creo que tú tienes uno propio. ¡Vaya! ¿No es ese el paso de Lupex en la escalera? ¿Qué le traerá a casa a estas horas? Si ha estado bebiendo, llegará de un humor de perros.
Entonces el señor Lupex entró en la sala y se acabó la alegría de la reunión.
Cabe decir que ni la señora Cradell ni la señora Eames habrían puesto a sus hijos en Burton Crescent de haber conocido los peligros en los que caerían los jóvenes. Debe reconocerse que ambos fueron imprudentes, pero cada uno veía claramente la imprudencia del otro. No hacía ni una semana que Cradell había advertido seriamente a su amigo contra las artimañas de la señorita Roper. —Por Júpiter, Johnny, vas a acabar enredado con esa chica. —Uno siempre tiene que pasar por ese tipo de cosas —dijo Johnny. —Sí; pero los que pasan por demasiado de eso no vuelven a salir. ¿Dónde te verías si ella consiguiera de ti una promesa de matrimonio por escrito?
El pobre Johnny no respondió de inmediato porque, a decir verdad, Amelia Roper ya tenía tal documento en su poder. —¿Dónde me vería? —dijo él—. Entre las demandas por incumplimiento de promesa, supongo. —O eso, o entre las víctimas del matrimonio. Mi opinión sobre ti es que, si hicieras una promesa así, la cumplirías. —Quizá lo haría —dijo Johnny—; pero no lo sé. Es dudoso lo que un hombre debe hacer en un caso así. —¿Pero no ha habido nada de ese estilo todavía? —¡Oh, qué va, en absoluto!
—Si yo fuera tú, Johnny, me mantendría alejado de ella. Ese tipo de cosas son muy divertidas, claro; ¡pero son condenadamente peligrosas! ¿Dónde estarías ahora con una chica así por esposa?
Tal había sido la advertencia de Cradell a su amigo. Y ahora, justo cuando partía hacia Allington, Eames le devolvía el cumplido. Habían ido juntos a la estación de Paddington, de la compañía Great Western, y Johnny le ofreció su consejo mientras paseaban por el andén. —Oye, Caudle, viejo amigo, vas a tener problemas con esa señora Lupex si no tienes cuidado. —Pero si tendré cuidado. No hay nada tan seguro como un poco de tonteo con una mujer casada. Por supuesto, no significa nada, ya sabes, entre ella y yo. —No supongo que signifique nada. Pero ella siempre está hablando de que Lupex es celoso; y si al tipo le da por ponerse bruto, no te va a hacer ninguna gracia.
Cradell, sin embargo, parecía pensar que no había peligro. Su asuntillo con la señora Lupex era totalmente platónico y seguro. En cuanto a hacer algún daño real, sus principios —según aseguró a su amigo— eran demasiado elevados. La señora Lupex era una mujer de talento a la que nadie parecía comprender y, por lo tanto, él encontraba cierto placer en estudiar su carácter. Era meramente un estudio psicológico, nada más. Entonces los amigos se separaron, y el tren correo nocturno se llevó a Eames hacia Guestwick.
No hace falta que describa con detalle cómo su madre se quedó levantada para recibirle a las cuatro de la mañana, ni cómo su corazón materno se regocijaba al ver la mejora en su porte y la apariencia varonil que le conferían sus patillas. Muchos de los atributos del mozalbete habían desaparecido, e incluso Lily Dale podría reconocer ahora que ya no era un niño. Todo lo cual podría considerarse bueno, si tan solo al abandonar las cosas de niños hubiera adoptado cosas mejores que aquellas.
El mismo día de su llegada se dirigió a Allington. No fue a pie en esta ocasión, como solía hacer en los viejos y felices tiempos. Tenía la idea de que no estaría bien entrar en el salón de la señora Dale con el polvo del camino en las botas y el calor del día en la frente. Así que pidió prestado un caballo y fue cabalgando, luciendo con cierto orgullo un par de espuelas que había comprado en Piccadilly y sus guantes de cabritilla, que estrenaba para la ocasión. ¡Ay, ay! Me temo que esos dos años en Londres no han mejorado a John Eames; y, sin embargo, debo reconocer que John Eames es uno de los héroes de mi historia.
Al entrar en el salón de la señora Dale encontró a esta y a su hija mayor. Lily no estaba allí en ese momento y, mientras estrechaba la mano de las otras dos, por supuesto preguntó por ella. —Está en el jardín —dijo Bell—. Vendrá enseguida. —Ha cruzado a la Casa Grande con el señor Crosbie —dijo la señora Dale—; pero no se va a quedar. ¡Se alegrará tanto de verte, John! Todas te esperábamos hoy.
—¿Ah, sí? —dijo Johnny, cuyo corazón se sintió como si lo sumergieran en agua helada al oír el nombre del señor Crosbie. Había estado pensando en Lilian Dale desde que su amigo le dejó en el andén de la estación; y, como aseguro a todas las damas que lean mi relato, la pureza de su amor por Lily no había perdido ni una pluma por aquel turbio idilio entre él y la señorita Roper. Temo que no se me crea en esto, pero así era. Su corazón era y siempre había sido fiel a Lilian, aunque se hubiera dejado arrastrar a declaraciones de afecto por una criatura como Amelia Roper. Había estado pensando en su encuentro con Lily toda la noche y durante toda la mañana, y ahora oía que ella estaba paseando a solas por los jardines con un caballero desconocido. Había oído que ese señor Crosbie era muy distinguido y elegante, pero no sabía nada más de él. ¿Por qué se le permitía al señor Crosbie pasear con Lily Dale? ¿Y por qué la señora Dale mencionaba la circunstancia como si fuera lo más natural del mundo? El misterio se resolvió muy pronto.
—Estoy segura de que a Lily no le importará que le cuente a un amigo tan querido como tú lo que ha pasado —dijo la señora Dale—. Se ha prometido con el señor Crosbie.
El agua en la que se había hundido el corazón de Johnny le cubrió ahora la cabeza y le dejó sin habla. ¡Lily Dale se había prometido con el señor Crosbie! Sabía que debería haber hablado al oír la noticia. Sabía que los momentos de silencio, según pasaban, revelaban su secreto a las dos mujeres que tenía delante; ese secreto que ahora le convendría ocultar a todo el mundo. Pero, aun así, no podía hablar. —Todas estamos muy contentas con el enlace —dijo la señora Dale, deseando ahorrarle el mal trago. —Nadie podría ser más encantador que el señor Crosbie —dijo Bell—. Hemos hablado a menudo de ti, y se sentirá muy feliz de conocerte.
—No sabrá gran cosa de mí —dijo Johnny; e incluso al pronunciar estas pocas y sensatas palabras —palabras que profirió porque era necesario decir algo—, el tono de su voz se alteró. Habría dado el mundo por ser dueño de sí mismo en ese momento, pero sentía que estaba totalmente derrotado.
—Ahí viene Lily cruzando el césped —dijo la señora Dale. —Entonces será mejor que me vaya —dijo Eames—. No digan nada de esto; se lo ruego, no digan nada.
Y entonces, sin esperar otra palabra, escapó del salón.
Capítulo 6
Días de ensueño
Soy plenamente consciente de que aún no he ofrecido descripción alguna de Bell y Lilian Dale, y del mismo modo sé que cuanto más se posponga el hacerlo, mayor será la dificultad. Desearía que se pudiera dar por sentado, sin necesidad de descripción, que eran dos muchachas rubias y bonitas, de las cuales Bell era la más alta y la más bella, mientras que Lily era casi tan apuesta como su hermana y, quizá, más atractiva.
Eran muchachas de cabello claro, muy parecidas entre sí, de quienes tengo ante el ojo de mi mente un retrato nítido que temo no ser capaz de dibujar de manera que resulte igual de claro para los demás. Eran algo más bajas de la estatura habitual, siendo menudas y esbeltas en todas sus proporciones. Lily era la más baja de las dos, pero la diferencia era tan insignificante que apenas se recordaba a menos que estuvieran juntas. Y cuando dije que Bell era la más bonita, quizá habría sido más justo declarar simplemente que sus facciones eran más regulares que las de su hermana. Ambas eran de piel muy clara, de modo que el suave tinte de color que aliviaba la blancura de su tez se adivinaba más de lo que se veía con claridad. Estaba ahí, dando fe de su buena salud, del mismo modo que su ausencia habría delatado una enfermedad presente o venidera; y, sin embargo, nadie habría podido hablar del color de sus mejillas. El cabello de las dos muchachas era tan similar en tono y textura que nadie, ni siquiera su madre, podría decir que hubiera diferencia alguna. No era un rubio platino y, sin embargo, era muy claro. Tampoco se acercaba al castaño cobrizo; pero lo recorría un matiz dorado que le confería un brillo propio muy singular. No obstante, en Bell era más abundante que en Lily, por lo que esta siempre hablaba de sus propios mechones escasos y contaba lo hermosos que eran los de su hermana. Con todo, la cabeza de Lily era tan encantadora como la de la otra; pues su forma era perfecta, y las sencillas trenzas con las que ambas se peinaban no requerían de una gran exuberancia. Sus ojos eran de un azul brillante; pero los de Bell eran alargados, suaves y tiernos, a menudo sin atreverse apenas a levantarse hacia el rostro de uno; mientras que los de Lily eran más redondos, pero más vivos, y rara vez le faltaba el valor para fijarlos donde le placiera. El rostro de Lily era quizá menos ovalado —menos perfectamente ovalado— que el de su hermana. La forma de la frente era, creo, la misma, pero en Bell la barbilla era algo más fina y delicada. Sin embargo, la de Bell era lisa, mientras que en la de su hermana había un hoyuelo que compensaba con creces cualquier otra falta en su belleza. Los dientes de Bell eran más parejos que los de su hermana, pero también es cierto que los enseñaba con más frecuencia. Sus labios eran más finos y, no puedo sino pensar, menos expresivos. Su nariz era decididamente más regular en su belleza, pues la de Lily era algo más ancha de lo que debería haber sido. Se entenderá, por tanto, que en la familia se considerara a Bell como la verdadera belleza.
Pero había, quizá, más en la impresión general que causaban estas muchachas, y en todo el tono de su apariencia, que en la absoluta hermosura de sus rasgos o la gracia de sus figuras. Había en ellas una dignidad de porte carente de toda rigidez o orgullo, y una modestia virginal que no se daba importancia. En ellas era siempre aparente ese sentido de seguridad que las mujeres suelen recibir de una dependencia inconsciente en su propia mezcla de pureza y debilidad. Estas dos muchachas nunca tenían miedo a los hombres; nunca daban la impresión de tenerlo. Y puedo decir que tenían pocos motivos para esa clase de temor al que aludo. Podría ser el destino de cualquiera de ellas ser maltratada por un hombre, pero era casi imposible que ninguna de ellas fuera jamás insultada por uno. Lily, como quizá ya se haya visto, podía ser muy juguetona, pero en sus juegos nunca se comportaba de tal modo que alguien pudiera olvidar el respeto que se le debía.
Y ahora Lily Dale estaba prometida para casarse, y sus días de juegos habían terminado. Suena triste esta sentencia contra ella, pero temo que debe considerarse cierta. Y cuando pienso que es verdad —cuando veo que la alegría y los retozos de gatito propios de la juventud deben terminar, y generalmente terminan, cuando una muchacha ha entregado su promesa—, se convierte para mí en un motivo de pesar que el mundo femenino tenga tanta prisa por alcanzar el matrimonio. No tengo, sin embargo, remedio que ofrecer para tal mal; y, de hecho, soy consciente de que el mal, si es que lo hay, no queda bien expresado en las palabras que he usado. La prisa no es por el matrimonio, sino por el amor. Entonces, una vez alcanzado el amor, el matrimonio se apodera de él y el mal queda consumado.
Y Lily Dale estaba prometida con Adolphus Crosbie; con el «Apolo» Crosbie, como ella todavía le llamaba, confiándole su pequeña broma al oído. Y para ella él era un Apolo, como un hombre amado debe serlo para la muchacha que le ama. Era guapo, elegante, inteligente, seguro de sí mismo y siempre jovial cuando ella le pedía que lo fuera. Pero también tenía sus momentos más serios, y podía hablarle de asuntos profundos. Le leía y le explicaba cosas que hasta entonces habían resultado demasiado difíciles para su joven inteligencia. Su voz, además, era agradable y estaba bien educada. Podía ser patética si se requería patetismo, o resonar con una risa tan alegre como la de ella. ¿No era un hombre así digno de ser un Apolo para tal muchacha, una vez que la muchacha hubo reconocido ante sí misma que le amaba?
Ella se lo había reconocido a sí misma, y se lo había reconocido a él; como el lector verá, quizá, sin mucha demora. Pero el cortejo se había llevado a cabo de tal modo que no había hecho falta demora alguna. Todo el mundo les había sonreído. Cuando el señor Crosbie llegó por primera vez entre ellos a Allington, como invitado de Bernard, durante aquellos pocos días de su primera visita, pareció que Bell era el principal objeto de su atención. Y Bell, en su modo tranquilo, había aceptado su admiración, sin decir nada al respecto y pensando muy poco en ello. Lily no tenía el corazón ocupado por entonces, y nunca lo había tenido. Ni la primera sombra del ala del Amor se había proyectado aún sobre las puras tablas de su pecho. Con Bell no era así; no con absoluta exactitud. La historia de Bell también debe ser contada, pero no en esta página. Pero antes de que Crosbie llegara entre ellos, era algo fijado en su mente que aquel amor que había sentido debía ser superado y aniquilado. Podemos decir que había sido superado y aniquilado, y que no habría pecado en modo alguno si hubiera escuchado los votos de este nuevo Apolo. Resulta casi triste pensar que un hombre así podría haber tenido el amor de cualquiera de estas muchachas, pero temo que debo reconocer que así era. Apolo, en la plenitud de su poder, pronto cambió de parecer; y antes del final de su primera visita, había trasladado el distante homenaje que rendía de la hermana mayor a la menor. Después regresó, como invitado del terrateniente, para una estancia más larga entre ellos, y al final del primer mes ya había sido aceptado como el futuro esposo de Lily.
Era hermoso ver cómo Bell cambió su actitud hacia Crosbie y hacia su hermana en cuanto percibió por dónde iba el asunto. No tardó mucho en notarlo, tras haber captado los primeros indicios aquella noche en que ambas cenaron en la Casa Grande, dejando a su madre sola para comer, o ignorar, los guisantes. Durante unas seis o siete semanas Crosbie estuvo ausente, y durante ese tiempo Bell había sido mucho más abierta al hablar de él que su hermana. Ella estuvo presente cuando Crosbie se despidió de ellas, y había escuchado su entusiasmo cuando declaró a Lily que pronto estaría de vuelta en Allington. Lily se lo había tomado con mucha calma, como si aquello no fuera con ella; pero Bell había vislumbrado parte de la verdad y, creyendo que Crosbie era un hombre formal y honesto, había hablado bien de él, fomentando cualquier pequeña aptitud para el amor que pudiera haberse formado ya en el pecho de Lily.
—Pero si es todo un Apolo, ya sabes —había dicho Lily. —Es un caballero; eso salta a la vista. —Oh, sí; un hombre no puede ser un Apolo a menos que sea un caballero. —Y es muy inteligente. —Supongo que lo es.
No se volvió a decir nada sobre el hecho de ser un simple administrativo. De hecho, Lily había cambiado de opinión sobre ese tema. Johnny Eames era un simple administrativo; mientras que Crosbie, si es que se le podía llamar administrativo, lo era de alguna clase muy especial. ¡Puede haber una gran diferencia entre un administrativo y otro! Un Secretario del Consejo y un sacristán de parroquia son personas muy diferentes. Lily se había metido tal idea en la cabeza al intentar, en su fuero interno, rescatar al señor Crosbie de los estamentos inferiores del servicio del Gobierno.
—Desearía que no viniera —le había dicho la señora Dale a su hija mayor. —Creo que te equivocas, mamá. —Pero si ella llegara a encariñarse con él, y luego... —Lily nunca se encariñará de verdad con ningún hombre a no ser que le haya dado motivos suficientes. Y si él la admira, ¿por qué no habrían de estar juntos? —Pero es tan joven, Bell.
—Tiene diecinueve años; y si se prometieran, quizá podrían esperar un año o así. Pero no sirve de nada hablar de ese modo, mamá. Si le dijeras a Lily que no le diera esperanzas, ella ni siquiera le dirigiría la palabra. —No se me ocurriría interferir. —No, mamá; y por lo tanto, las cosas deben seguir su curso. Por mi parte, el señor Crosbie me gusta mucho. —Y a mí también, querida. —Y también al tío. No querría que Lily aceptara un pretendiente por elección de mi tío. —Espero que no sea así. —Pero debe considerarse algo bueno si da la casualidad de que elige a uno que es de su agrado.
De esta manera habían discutido el asunto la madre y su hija mayor. Luego llegó el señor Crosbie; y antes del final del primer mes, su declarada admiración por Lily demostró el acierto de la previsión de su hermana. Y durante aquel corto cortejo, todo les fue bien a los amantes. El terrateniente se declaró satisfecho con el enlace desde el primer momento, informando a la señora Dale, con su estilo frío, de que el señor Crosbie era un caballero con unos ingresos suficientes para el matrimonio.
—En Londres serían más bien escasos —había dicho la señora Dale. —Tiene más de lo que tenía mi hermano cuando se casó —replicó el terrateniente. —¡Si al menos la hace tan feliz como me hizo a mí tu hermano... mientras duró! —dijo la señora Dale, volviendo la cara para ocultar una lágrima que asomaba.
Y no se volvió a decir nada más sobre el tema entre el terrateniente y su cuñada. El señor Dale no pronunció ni una palabra sobre ayudas económicas; ni siquiera sugirió que echaría una mano a los jóvenes al empezar, como un tío en su posición seguramente habría hecho. Es de suponer que la propia señora Dale no dijo nada al respecto. Y, de hecho, cabe suponer también que el terrateniente, fueran cuales fuesen sus intenciones, no se las divulgaría a la señora Dale. Aquello resultaba incómodo, pero era una situación bien comprendida entre ambos.
Bernard Dale seguía en Allington, y había permanecido allí durante el periodo de ausencia de Crosbie. Cualquier cosa que la señora Dale quisiera decir sobre el asunto, probablemente se la diría a él; pero Bernard podía ser tan reservado como su tío. Cuando Crosbie regresó, él y Bernard habían convivido mucho, como era de esperar; y, lógicamente, hubo discusiones íntimas entre ellos sobre las dos muchachas cuando Crosbie dio a entender que su afecto por Lily se estaba volviendo serio.
—Supongo que sabes que mi tío desea que me case con la mayor —había dicho Bernard. —Me lo he imaginado. —Y supongo que el enlace se llevará a cabo. Es una chica guapa y vale un imperio. —Sí, lo vale. —No pretendo estar locamente enamorado de ella. No es mi estilo, ya sabes. Pero, uno de estos días, le pediré que se case conmigo y supongo que todo irá bien. El patrón me ha prometido claramente una asignación de ochocientas libras al año a cargo de la propiedad, y acogernos durante tres meses cada año si lo deseamos. Le dije sencillamente que no podía hacerlo por menos, y estuvo de acuerdo conmigo. —Él y tú os lleváis muy bien. —¡Oh, sí! Nunca ha habido pamplinas entre nosotros sobre el amor, el deber y todo eso. Creo que nos entendemos, y eso lo es todo. Él conoce la comodidad de llevarse bien con el heredero, y yo conozco la de llevarse bien con el dueño.
Debe admitirse, creo yo, que Bernard Dale poseía una gran dosis de sólido sentido común.
—¿Y qué hará por la hermana menor? —preguntó Crosbie; y, al plantear esta importante cuestión, un observador atento habría percibido un ligero temblor en su voz. —¡Ah! Eso es más de lo que puedo decirte. Si yo fuera tú, se lo preguntaría a él. El patrón es un hombre directo y le gustan los negocios claros. —Supongo que tú no podrías preguntárselo... —No; no creo que pudiera. Mi convicción es que no la dejará marchar, ni mucho menos, con las manos vacías. —Bueno, es de suponer que no. —Pero recuerda esto, Crosbie: no puedo decirte nada de lo que debas fiarte. Lily también vale un imperio; y, como pareces estar prendado de ella, yo le preguntaría al patrón, con todas las letras, qué es lo que pretende hacer. Por supuesto, va en contra de mis intereses, pues cada chelín que le dé a Lily saldrá a la larga de mi bolsillo. Pero no soy hombre que se preocupe por eso, como ya sabes.
Cuál fuera el conocimiento de Crosbie sobre este asunto no lo indagaremos aquí; pero podemos decir que le habría importado muy poco de qué bolsillo salía el dinero, siempre que fuera a parar al suyo. Cuando se sintió seguro de Lily —habiendo recibido, de hecho, el permiso de ella para hablar con su tío y la promesa de que ella misma hablaría con su madre—, le comunicó al terrateniente sus intenciones. Lo hizo de forma abierta y varonil, como quien siente que al pedir mucho también ofrece dar mucho.
—No tengo nada que objetar —dijo el terrateniente. —¿Y tengo su permiso para considerarme prometido con ella? —Si tienes el de ella y el de su madre. Por supuesto, eres consciente de que no tengo autoridad sobre ella. —No se casaría sin su beneplácito. —Es muy amable por su parte tener tan en cuenta a su tío —dijo el terrateniente; y sus palabras sonaron muy frías en los oídos de Crosbie.
Después de aquello, Crosbie no dijo nada sobre dinero, teniendo que confesarse a sí mismo que le daba miedo hacerlo. «¿Y de qué serviría?», se decía, queriendo excusar lo que sentía como una debilidad en su propia conducta. «Si él se negara a darle un solo chelín, yo ya no podría echarme atrás». Y entonces cruzaron por su mente algunas ideas sobre la injusticia a la que se ven sometidos los hombres en esto del matrimonio. Un hombre tiene que declararse antes de que sea decoroso indagar sobre el dinero de una dama; y luego, una vez declarado, cualquier indagación resulta inútil. Tal consideración enfrió un tanto el ardor de su felicidad.
Lily Dale era muy bonita, muy agradable, muy refrescante en su inocencia, su pureza y su despierta inteligencia. Ninguna diversión podía ser más deliciosamente amena que la de cortejar a Lily Dale. Su forma de adular a su amante sin ninguna intención de adularle por su parte, había elevado a Crosbie al séptimo cielo. En toda su experiencia no había conocido nada igual. «Puedes estar seguro de esto», le había dicho ella, «te amaré con todo mi corazón y con todas mis fuerzas». Era muy hermoso... pero entonces, ¿de qué iban a vivir? ¿Sería posible que él, Adolphus Crosbie, se estableciera en el lado norte de New Road, como hombre casado, con ochocientas libras al año? Si de veras el terrateniente fuera tan generoso con Lily como había prometido serlo con Bell, entonces las cosas podrían arreglarse.
Pero no había tal sombra en la felicidad de Lily. Sus ideas sobre el dinero eran algo vagas, pero muy honestas. Sabía que no tenía nada propio, pero suponía que era deber del marido proveer lo necesario. Al saber que carecía de bienes, era consciente de que no debía esperar lujos en el pequeño hogar que se preparara para ella. Esperaba, por el bien de él, que su tío prestara alguna ayuda, pero estaba plenamente dispuesta a demostrar que podía ser la buena esposa de un hombre pobre. En los antiguos coloquios sobre tales asuntos entre ella y su hermana, siempre había declarado que unos ingresos decentes debían considerarse indispensables antes de dar paso al amor. Pero ochocientas libras al año se consideraban mucho más que suficientes para cumplir tal estipulación. Bell había tenido nociones muy elevadas sobre la gloria absoluta de la pobreza. Había declarado que los ingresos no debían tenerse en cuenta en absoluto. Si amaba a un hombre, se permitiría prometerse con él aunque no tuviera ingresos. Tales habían sido sus teorías; y en lo que respecta al dinero, Lily estaba muy satisfecha con la forma en que había llevado a la práctica la suya.
En estos días de ensueño no había nada que frenara su felicidad. Su madre y su hermana coincidían en decirle que había obrado bien, que era feliz en su elección y que su amor estaba justificado. Aquel primer día, cuando se lo contó todo a su madre, se sintió exquisitamente dichosa por la forma en que fue recibida su noticia.
—¡Oh, mamá! Tengo que contarte algo —dijo, subiendo al dormitorio de su madre tras un largo paseo con el señor Crosbie por los campos de Allington. —¿Es sobre el señor Crosbie? —Sí, mamá.
Y el resto se dijo a través de cálidos abrazos y lágrimas de felicidad, más que con palabras. Mientras estaba sentada en la habitación de su madre, ocultando el rostro en su hombro, llegó Bell y se arrodilló a sus pies. —Querida Lily —dijo—, me alegro tanto... Y entonces Lily recordó cómo, por así decirlo, le había robado el pretendiente a su hermana, y rodeó el cuello de Bell con sus brazos y la besó.
—Supe que iba a ser así desde el primer momento —dijo Bell—. ¿A que sí, mamá? —Pues yo te aseguro que no —dijo Lily—. Nunca pensé que tal cosa fuera posible. —Pero nosotras sí; mamá y yo. —¿De veras? —dijo Lily. —Bell me dijo que así sería —añadió la señora Dale—. Pero al principio apenas podía hacerme a la idea de que él fuera lo bastante bueno para mi tesoro. —¡Oh, mamá! No debes decir eso. Tienes que pensar que es lo bastante bueno para cualquier cosa. —Pensaré que es muy bueno. —¿Quién podría ser mejor? ¡Y además, cuando piensas en todo lo que va a sacrificar por mi causa! ¿Y qué puedo hacer yo por él a cambio? ¿Qué tengo yo para darle?
Ni la señora Dale ni Bell podían ver el asunto bajo esa luz, pensando que Lily daba tanto como recibía. Pero ambas declararon que Crosbie era perfecto, sabiendo que solo con tales seguridades podían contribuir ahora a la felicidad de Lily; y entre las dos, Lily alcanzó la plenitud de su dicha, recibiendo toda clase de ánimos en su amor y viendo alimentada su pasión por la simpatía y aprobación de su madre y su hermana.
Y entonces se produjo aquella visita de Johnny Eames. Mientras el pobre muchacho salía de la habitación sin darles tiempo a despedirse, la señora Dale y Bell se miraron con tristeza; pero no pudieron tramar nada, pues Lily entró corriendo desde el césped y ya estaba ante la ventana.
—En cuanto llegamos al final de la arboleda, el tío Christopher y Bernard estaban junto a nosotros; así que le dije a Adolphus que podía seguir él solo. —¿Y quién crees que ha estado aquí? —dijo Bell.
Pero la señora Dale no dijo nada. De haber tenido tiempo para usar su propio juicio, no se habría dicho nada en aquel momento sobre la visita de Johnny.
—¿Ha venido alguien desde que me fui? Quien fuera no se ha quedado mucho tiempo. —El pobre Johnny Eames —dijo Bell.
Entonces el color subió al rostro de Lily, y recordó en un instante que el viejo amigo de su infancia la había amado, que él también había albergado esperanzas respecto a su amor, y que ahora acababa de oír una noticia que pondría fin a tales ilusiones. Lo comprendió todo en un momento, pero comprendió también que era necesario ocultar que lo sabía.
—¡Pobre Johnny! —dijo—. ¿Por qué no me esperó? —Le dijimos que estabas fuera —dijo la señora Dale—. Volverá pronto por aquí, sin duda. —¿Y él ya sabe...? —Sí; pensé que no te importaría que se lo contara. —No, mamá; claro que no. ¿Y ha vuelto a Guestwick?
No hubo respuesta a esta pregunta, ni se dijeron más palabras entonces sobre Johnny Eames. Cada una de aquellas mujeres comprendía exactamente cómo estaba el asunto, y cada una sabía que las otras lo comprendían. Todas querían al joven, pero no con esa clase de afecto admirativo que se le profesaba al señor Crosbie. Johnny Eames no habría podido ser aceptado como pretendiente para su ojito derecho. Tanto la señora Dale como Bell lo sentían así. Y sin embargo, le querían por su amor y por aquel respeto distante y modesto que le había impedido hablar de ello. ¡Pobre Johnny! Pero era joven —apenas salido todavía de la edad del pavo— y se recuperaría fácilmente de este golpe, recordando, y quizá sintiendo para su provecho, algún ligero toque de su pasajero romance. Así es como piensan las mujeres de los hombres que aman jóvenes y aman en vano.
Pero el propio Johnny Eames, mientras cabalgaba de vuelta a Guestwick, olvidándose de sus espuelas y con los guantes embutidos en el bolsillo, pensaba en el asunto de forma muy distinta. Nunca se había prometido a sí mismo éxito alguno en su pasión por Lily y, de hecho, siempre había reconocido que no podía tener esperanza; pero ahora que ella estaba realmente prometida a otro hombre, y prácticamente casada, no estaba menos desconsolado porque sus esperanzas anteriores no hubieran sido altas. Nunca se había atrevido a hablar a Lily de su amor, pero era consciente de que ella lo sabía, y ahora no se atrevía a presentarse ante ella como alguien convicto de haber amado en vano.
Y entonces, mientras regresaba, pensó también en su otro amor, no con muchos de esos pensamientos placenteros que se supone que disfrutan los calaveras y los donjuanes cuando contemplan sus éxitos. «Supongo que me casaré con ella, y ahí se acabará mi vida», se dijo, al recordar una breve nota que una vez le había escrito en un momento de locura. Se había celebrado una pequeña cena en casa de la señora Roper, y la señora Lupex y Amelia habían preparado el ponche. Después de la cena, por algún azar, se había quedado a solas con Amelia en el comedor; y cuando, animado por el «generoso dios» del vino, le declaró su pasión, ella había sacudido la cabeza con melancolía y había huido hacia las habitaciones de arriba, rechazando de plano el abrazo que él le ofrecía. Pero esa misma noche, antes de que su cabeza tocara la almohada, le había llegado una nota, mitad arrepentida, mitad afectuosa, mitad repelente: «Si, en verdad, él le juraba que su amor era honesto y varonil, entonces, en verdad, ella podría incluso... verle a través de la rendija de la puerta con el propósito de decirle que estaba perdonado». Tras lo cual, teniendo a mano un pérfido lápiz, él había escrito las palabras requeridas: «Mi único objetivo en la vida es llamarte mía para siempre».
Amelia tenía sus dudas sobre si tal promesa, para que pudiera ser usada como prueba legal, no debería haber sido escrita en tinta. Era una duda dolorosa; pero, no obstante, cumplió su palabra y le vio a través de la rendija, perdonándole su impetuosidad en el comedor con, quizá, más clemencia de la que un simple perdón requería. «¡Por Júpiter, qué guapa estaba con el pelo todo suelto!», se dijo él al alcanzar por fin la almohada, todavía envalentonado por el licor.
Pero ahora, al pensar en aquella noche mientras hacía el camino de Allington a Guestwick, recordaba aquellos mechones sueltos y flotantes sin especial entusiasmo por sus encantos. Y pensó también en Lily Dale, tal como estaba cuando se despidió de ella aquel día antes de irse a Londres por primera vez. «Me importará más verte a ti que a nadie», le había dicho; y a menudo había pensado en esas palabras desde entonces, preguntándose si ella las habría entendido como algo más que una seguridad de amistad ordinaria. Y recordaba bien el vestido que llevaba entonces. Era un viejo merino marrón que él ya conocía y que, a decir verdad, no tenía nada que lo recomendara especialmente a la atención de un amante. «¡Viejo trapo horrible!», había sido el veredicto de la propia Lily respecto al vestido, incluso antes de aquel día. Pero ella lo había santificado a sus ojos, y él habría sido inmensamente feliz vistiendo un jirón de esa tela cerca del corazón, como un talismán. Qué maravillosa es la naturaleza de esa pasión de la que hablan los hombres cuando se reconocen a sí mismos que están enamorados. De todas las cosas, es, bajo una condición, la más vil, y bajo otra, la más hermosa. ¡Según sea esa condición, un hombre se muestra o como una bestia o como un dios!
Y así dejaremos al pobre Johnny Eames cabalgar de vuelta a Guestwick, sufriendo mucho por haber amado bajamente... y sufriendo mucho, también, por haber amado con nobleza.
Lily, mientras caminaba a saltos por la arboleda, prendida del brazo de su amante y alzando la vista hacia su rostro a cada momento, había divisado a su tío y a Bernard. —Para —dijo ella, dándole un tironcito del brazo—; no seguiré adelante. El tío siempre me está tomando el pelo con alguna de sus agudezas a la antigua usanza. Y ya he tenido bastante de ti por hoy, señor. Asegúrate de venir mañana antes de marcharte a cazar. Y con eso, le dejó.
Bien podemos enterarnos aquí de cuál era la cuestión en disputa entre el tío y el sobrino, mientras caminaban por el ancho sendero de grava detrás de la Casa Grande. —Bernard —había dicho el anciano—, desearía que este asunto entre Bell y tú quedara zanjado. —¿Hay alguna prisa por ello, señor? —Sí, hay prisa; o, mejor dicho, como detesto la prisa en todas las cosas, diría que hay motivos para la diligencia. Ten en cuenta que no deseo presionarte. Si tu prima no te gusta, dilo. —Pero sí me gusta; solo que tengo la sensación de que estas cosas crecen mejor poco a poco. Comparto plenamente su aversión por las prisas. —Pero ya se ha tomado suficiente tiempo. Verás, Bernard, voy a hacer un gran sacrificio de mis ingresos en tu favor. —Le aseguro que estoy muy agradecido. —No tengo hijos y, por lo tanto, siempre te he considerado como mío. Pero no hay razón para que la hija de mi hermano Philip no me sea tan querida como el hijo de mi hermano Orlando. —Desde luego que no, señor; o, mejor dicho, sus dos hijas. —Puedes dejar ese asunto de mi mano, Bernard. La pequeña se va a casar con ese amigo tuyo, y como él tiene unos ingresos suficientes para mantener a una esposa, creo que mi cuñada tiene buenas razones para estar satisfecha con el enlace. No se esperará de ella que ceda parte alguna de su pequeña renta, como habría tenido que hacer si Lily se hubiera casado con un hombre pobre. —Supongo que ella apenas podría ceder gran cosa. —La gente debe guiarse por las circunstancias. No estoy dispuesto a ponerme en el lugar de un padre para ambas. No hay razón para que deba hacerlo, y no fomentaré falsas esperanzas. Si supiera que este asunto entre Bell y tú está arreglado, tendría motivos para sentirme satisfecho con lo que estoy haciendo.
Por todo esto, Bernard empezó a percibir que las expectativas del pobre Crosbie en materia de dinero no recibirían probablemente mucha satisfacción. Pero también percibió —o creyó percibir— una especie de amenaza en esta advertencia de su tío. «Te he prometido ochocientas libras al año con tu esposa», parecía decir la advertencia. «Pero si no las aceptas de inmediato, o no me haces sentir que serán aceptadas, bien podría cambiar de opinión... especialmente ahora que esta otra sobrina está a punto de casarse. Si voy a darte una fortuna tan grande con Bell, no necesito hacer nada por Lily. Pero si no eliges tomar a Bell y la fortuna, entonces...». Y así sucesivamente. Fue así como Bernard interpretó la cautela de su tío mientras caminaban juntos por el ancho sendero de grava.
—No tengo deseos de posponer más el asunto —dijo Bernard—. Le pediré matrimonio a Bell de inmediato, si así lo desea. —Si tu decisión está tomada, no veo por qué deberías retrasarlo.
Y así, tras haber arreglado ese asunto, recibieron a su futuro pariente con sonrisas amables y palabras afectuosas.
Capítulo 7
El comienzo de los problemas
Lily, al despedirse de su prometido en el jardín, le había exigido que la atendiera a la mañana siguiente antes de irse a cazar y, en obediencia a este mandato, él se presentó en el césped de la señora Dale después del desayuno, acompañado por Bernard y dos perros. Los hombres llevaban escopetas en las manos y vestían todos los pertrechos de caza adecuados, pero resultó que no llegaron a los rastrojos al otro lado del camino hasta después del almuerzo. ¿Y no es lícito dudar si el críquet no resulta tan bueno como la caza cuando un hombre está enamorado?
Se dirá que Bernard Dale no estaba enamorado; pero quienes lancen tal acusación contra él, lo harán falsamente. Estaba enamorado de su prima Bell según su modo y manera. No estaba en su naturaleza amar a Bell como Johnny Eames amaba a Lily; pero, por otra parte, tampoco su naturaleza le metería en un lío como el que los encantos de Amelia Roper habían acarreado al pobre administrativo de la Oficina de Impuestos. Johnny era «susceptible», como suele decirse; mientras que el capitán Dale era un hombre que tenía sus sentimientos bajo control. No era de los que hacen el ridículo por una chica o mueren de amor; pero, no obstante, probablemente amaría a su esposa cuando la tuviera, y sería un padre cuidadoso con sus hijos.
Ahora los cuatro tenían mucha intimidad. Se llamaban entre ellos Bernard y Adolphus —o a veces Apolo—, Bell y Lily; y a Crosbie le resultaba bastante placentero. Le había llegado una nueva posición en la vida, y una sumamente agradable; pero, sin embargo, había momentos en los que le asaltaban accesos fríos de naturaleza melancólica. Estaba haciendo precisamente lo que durante todos sus años de madurez se había jurado a sí mismo que no haría. Según su plan de vida, debía haber evitado el matrimonio, permitiéndose considerarlo como un evento posible solo bajo circunstancias de riqueza, rango y belleza viniendo a su encuentro al mismo tiempo. Como no esperaba tal premio glorioso, se había considerado a sí mismo como un hombre que reinaría en el Beaufort y sería influyente en el Sebright’s hasta el final de sus días. Pero ahora...
El hecho era que había caído de su posición establecida, vencido por una voz argentina, un ingenio agudo y un par de ojos moderadamente brillantes. Tenía mucho cariño a Lily, poseyendo en verdad una capacidad de enamorarse mayor que la de su amigo el capitán Dale; pero ¿valía la pena el sacrificio? Esta era la pregunta que se hacía en aquellos momentos melancólicos; mientras estaba en la cama, por ejemplo, despierto por la mañana, cuando se afeitaba, y a veces también cuando el terrateniente se ponía pesado después de la cena. En momentos así, mientras escuchaba al señor Dale, sus autorreproches eran a veces muy amargos. ¿Por qué debía someterse a esto él, Crosbie del Sebright’s, Crosbie de la Oficina del Comité General, Crosbie, que no permitía que nadie le aburriera entre Charing Cross y el final de Bayswater? ¿Por qué debía escuchar las historias interminables de alguien como el terrateniente Dale? Si, en efecto, el terrateniente pretendía ser generoso con su sobrina, entonces todo podría ir bien. Pero hasta ahora el terrateniente no había dado muestras de tal intención, y Crosbie estaba enfadado consigo mismo por no haber tenido el valor de hacer una pregunta sobre el tema.
Y así, el curso del amor no era del todo llano para nuestro Apolo. Todavía le resultaba agradable cuando estaba allí en el campo de críquet, o sentado en el salón de la señora Dale con todos los privilegios de un prometido aceptado. También le era grato saborear el clarete del terrateniente, sabiendo que pronto le traería el café una muchacha encantadora que habría cruzado los dos jardines a propósito para prestarle ese servicio. No hay nada más agradable que todo esto, aunque un hombre, cuando es tratado así, se siente un poco como un ternero ante el altar, listo para el cuchillo, con cintas azules alrededor de los cuernos y el cuello. Crosbie sentía que era ese ternero... y tanto más ternero por no haberse atrevido aún a preguntar nada sobre la fortuna de su mujer. «Se lo sacaré al viejo esta tarde», se dijo a sí mismo mientras se abrochaba sus elegantes polainas de caza aquella mañana.
—Qué guapo está con ellas —le dijo Lily a su hermana después, sin saber nada de los pensamientos que habían turbado la mente de su amante mientras se adornaba las piernas.
—Supongo que volveremos por aquí —dijo Crosbie, mientras se disponían a marcharse a sus asuntos cuando terminó el almuerzo. —Bueno, ¡no exactamente! —dijo Bernard—. Daremos la vuelta por la granja de Darvell, y volveremos por la de Gruddock. ¿Van a cenar las chicas en la Casa Grande hoy?
Las chicas declararon que no iban a cenar en la Casa Grande; que no tenían intención de ir allí en toda la tarde. —Entonces, como no tendréis que vestiros de gala, bien podríais salir a nuestro encuentro en la puerta de Gruddock, en la parte trasera del corral. Estaremos allí exactamente a las cinco y media. —Es decir, que nosotras estaremos allí a las cinco y media y vosotros nos haréis esperar tres cuartos de hora —dijo Lily.
No obstante, se aceptó el plan propuesto, y las dos damas no estaban nada descontentas con él. Así es como se juega el juego entre gente sencilla que vive de verdad en el campo. La puerta del corral del granjero Gruddock no suena muy novelesca como lugar de cita, pero para la gente que va en serio sirve tan bien como cualquier roble en el claro de un bosque. Lily Dale iba muy en serio —y también Adolphus Crosbie—, solo que en él la seriedad empezaba a tomar ese tono pardo que casi todas las cosas serias visten en este valle de lágrimas. Para Lily, todavía era todo de color de rosa. Y Bernard Dale también iba en serio. Durante toda la mañana había permanecido muy cerca de Bell en el césped, y había pensado que su prima no recibía sus pequeños susurros con aversión alguna. ¿Y por qué habría de hacerlo? ¡Qué muchacha tan afortunada, tener así ochocientas libras al año prendidas a su falda!
—Dime, Dale —dijo Crosbie cuando, en el curso de la jornada, llegaron a las tierras de Gruddock y se disponían a terminar con sus nabos antes de llegar a la puerta del corral. Mientras Crosbie hablaba, se detuvieron apoyados en la verja, mirando los nabos mientras los dos perros se sentaban sobre sus cuartos traseros. Crosbie había estado muy callado durante la última milla o dos, preparándose para esta conversación—. Dime, Dale... tu tío no me ha dicho todavía ni una palabra sobre la fortuna de Lily.
—¡Sobre la fortuna de Lily! La cuestión es si Lily tiene alguna fortuna. —Difícilmente podrá esperar que me case con ella sin nada. Tu tío es un hombre de mundo y sabe... —Si mi tío es o no un hombre de mundo, no lo diré; pero tú sí lo eres, Crosbie, lo sea él o no. Lily, como siempre has sabido, no tiene nada propio. —No estoy hablando de lo que tenga Lily. Hablo de su tío. He sido franco con él; y cuando empecé a sentir afecto por tu prima, declaré mis intenciones de inmediato. —Deberías haberle hecho la pregunta a él, si pensabas que había lugar para tal pregunta. —¡Si pensaba que había lugar! Palabra que eres un tipo de lo más fresco. —Mira, Crosbie; puedes decir lo que quieras de mi tío, pero no debes decir ni una palabra contra Lily. —¿Quién va a decir nada contra ella? Poco me comprendes si no sabes que la protección de su nombre contra las malas lenguas es ya más preocupación mía que tuya. Considero a Lily como algo propio. —Solo quería decir que cualquier descontento que sientas por su dinero, o falta de él, debes tratarlo con mi tío, y no con la familia de la Casa Pequeña. —Soy perfectamente consciente de eso. —Y aunque eres libre de decirme lo que quieras sobre mi tío, no puedo decir que vea que él sea culpable de nada. —Debería haberme dicho cuáles son las perspectivas de ella. —¡Pero si es que no tiene perspectivas! No puede ser deber de un tío ir diciendo a todo el mundo que no piensa dar una fortuna a su sobrina. En realidad, ¿por qué habías de suponer que él tenía tal intención? —¿Sabes tú que no la tiene? Porque tú mismo me diste a entender una vez que él le daría dinero a su sobrina.
—Ahora, Crosbie, es necesario que tú y yo nos entendamos en este asunto... —¿Pero es que no lo hacíamos? —Escúchame un momento. Jamás te dije una palabra sobre las intenciones de mi tío en ningún sentido, hasta que estuviste plenamente comprometido con Lily con el conocimiento de todos nosotros. Entonces, cuando mi opinión sobre el tema ya no podía marcar ninguna diferencia posible en tu conducta, te dije que creía que mi tío haría algo por ella. Te lo dije porque así lo creía; y como amigo tuyo, debía decirte lo que pensaba en cualquier asunto que concerniera a tus intereses. —¿Y ahora has cambiado de opinión? —He cambiado de opinión; pero muy probablemente sin fundamentos suficientes. —Eso es un golpe duro para mí. —Puede ser duro soportar una decepción; pero no puedes decir que nadie te haya engañado. —¿Y no crees que él le vaya a dar nada? —Nada que vaya a ser de gran importancia para ti. —¿Y no puedo decir que eso es duro? Me parece condenadamente duro. Por supuesto, tendré que posponer mi matrimonio. —¿Por qué no hablas con mi tío? —Lo haré. A decir verdad, creo que habría quedado mejor que saliera de él; pero eso es cuestión de opiniones. Le diré muy claramente lo que pienso al respecto; y si se enfada, bueno, supongo que tendré que marcharme de su casa; eso será todo. —Mira, Crosbie; no empieces la conversación con el propósito de soliviantarlo. No es un hombre de mal corazón, pero es muy obstinado. —Yo puedo ser tan obstinado como él.
Y entonces, sin más parlamento, se internaron entre los nabos, y cada uno maldijo su suerte al fallar a las aves. Hay ciertos estados de ánimo en los que un hombre no puede ni cabalgar, ni disparar, ni dar un golpe al billar, ni recordar una carta al whist; y a tal estado de ánimo habían llegado tanto Crosbie como Dale tras su conversación sobre la verja.
No llegaron más de quince minutos tarde al lugar de la cita, pero, a pesar de su puntualidad, las chicas ya estaban allí. Por supuesto, las primeras preguntas fueron sobre la caza, y por supuesto los caballeros declararon que las aves escaseaban más que nunca, que los perros estaban desatados y que su suerte era atrozmente mala; disculpas todas a las que se prestó muy poca atención. Lily y Bell no habían ido allí para interesarse por las perdices, y habrían perdonado a los deportistas aunque no hubieran matado ni un solo pájaro. Pero no podían perdonar la falta de ánimo que resultaba evidente.
—Declaro que no sé qué te pasa —le dijo Lily a su prometido. —Hemos recorrido más de quince millas de terreno, y... —Nunca he conocido a nadie tan lánguido como vosotros, los caballeros de Londres. ¡Haber recorrido quince millas! Al tío Christopher eso no le parecería nada. —El tío Christopher está hecho de una pasta más dura que nosotros —dijo Crosbie—. Solían nacer así hace sesenta o setenta años.
Y entonces caminaron por los campos de Gruddock y los cercados de la casa de vuelta a la Casa Grande, donde encontraron al terrateniente de pie frente al porche.
El paseo no había sido tan agradable como todos pretendían que fuera cuando lo planearon. Crosbie había intentado recuperar su buen humor, pero sin éxito; y Lily, al notar que su prometido no estaba como debía, se había vuelto reservada y silenciosa. Bernard y Bell no compartían este malestar, pero es que ellos eran, por norma, mucho más dados al silencio que los otros dos.
—Tío —dijo Lily—, estos hombres no han cazado nada, y no puedes imaginarte lo infelices que están por ello. Todo es culpa de las traviesas perdices. —Hay perdices de sobra si supieran cómo ir a por ellas —dijo el terrateniente. —Los perros están excepcionalmente salvajes —dijo Crosbie. —Conmigo no lo están —replicó el terrateniente—; ni tampoco con Dingles.
Dingles era el guardabosques del terrateniente.
—El hecho es que vosotros, los jóvenes de hoy en día, esperáis tener perros adiestrados que hagan todo el trabajo por vosotros. Os supone demasiado esfuerzo caminar hacia la presa. Se os va a hacer tarde para la cena, chicas, si no os dais prisa. —No vamos a subir esta tarde, señor —dijo Bell. —¿Y por qué no? —Nos quedaremos con mamá. —¿Y por qué no viene vuestra madre con vosotras? Que me azoten si lo entiendo. Uno habría pensado que, dadas las circunstancias actuales, ella estaría encantada de veros a todos juntos lo más posible. —Ya estamos bastante juntos —dijo Lily—. Y en cuanto a mamá, supongo que piensa...
Y entonces se interrumpió, al captar la mirada suplicante de Bell. Iba a dar alguna excusa indignada en nombre de su madre; una excusa calculada para enfurecer a su tío. Era costumbre en ella dirigirle palabras tan afiladas y, en consecuencia, él no la apreciaba tanto como a su hermana, más silenciosa y prudente. En ese momento, él se dio la vuelta rápidamente y entró en la casa; y entonces, con unas breves palabras de despedida, los dos jóvenes le siguieron. Las chicas regresaron por el puentecito solas, sintiendo que la tarde no había salido del todo bien.
—No deberías provocarle, Lily —dijo Bell. —Y él no debería decir esas cosas de mamá. Me parece que a ti no te importa lo que diga. —¡Oh, Lily! —Pues no te importa. Me pone tan furiosa que no puedo morder de la lengua. Cree que porque todo el lugar es suyo puede decir lo que le venga en gana. ¿Por qué tiene que subir mamá allí para complacer sus caprichos? —Puedes estar segura de que mamá hará lo que crea mejor. Tiene más carácter que el tío Christopher y no necesita que nadie la ayude. Pero, Lily, no deberías hablar como si a mí no me importara mamá. Sé que no querías decir eso. —Claro que no.
Entonces las dos chicas se reunieron con su madre en su pequeño dominio; pero nosotros regresaremos con los hombres a la Casa Grande.
Crosbie, cuando subió a vestirse para la cena, cayó en uno de esos accesos de melancolía de los que he hablado. ¿Estaba realmente a punto de destruir todo el bien que se había labrado durante los últimos años de su exitosa vida? O mejor dicho, como terminó planteándose la cuestión con más fuerza: ¿no era el caso de que ya había destruido todo ese éxito? Su matrimonio con Lily, fuera para bien o para mal, era ya algo zanjado y no se consideraba un asunto que admitiera duda alguna. Para hacer justicia al hombre, debo declarar que en todos estos momentos de desdicha seguía esforzándose al máximo por pensar en la propia Lily como en un gran tesoro que había ganado; como un tesoro que debería, y tal vez lo haría, compensarle por su miseria. Pero la miseria estaba allí, bien presente. Tendría que renunciar a sus clubes, a su vida social y a todo lo que había ganado hasta ahora, y contentarse con vivir una vida doméstica, sencilla y monótona, con ochocientas libras al año y una casa pequeña llena de bebés. No era el tipo de Elíseo para el que se había preparado. Lily era muy agradable, muy agradable de veras. Era, como se decía a sí mismo, «con diferencia, la chica más encantadora que había visto nunca». Pasara lo que pasase, la felicidad de ella sería su primera prioridad. Pero en cuanto a la suya propia... empezaba a temer que la compensación difícilmente sería perfecta.
«Es obra mía», se decía, pretendiendo ser noble en su soliloquio, «me he entrenado para otras cosas... muy estúpidamente. Por supuesto que debo sufrir; sufrir condenadamente. Pero ella nunca lo sabrá. ¡Pobre cosita, dulce, inocente y bonita!». Y luego siguió pensando en el terrateniente, con respecto al cual se sentía con derecho a estar indignado por su propia conducta desinteresada y varonil hacia la sobrina. «Pero le haré saber lo que pienso», se dijo. «Está muy bien que Dale diga que me han tratado con justicia. No es justo que un hombre presente a su sobrina bajo falsos pretextos. Por supuesto, yo pensaba que él tenía la intención de proveer para ella».
Y entonces, habiendo decidido de forma muy caballerosa que no abandonaría a Lily por completo después de haber prometido casarse con ella, intentó hallar consuelo en la reflexión de que podría, al menos, permitirse dos años más de soltería en Londres. Las chicas que tienen que casarse sin dote saben siempre que tendrán que esperar. De hecho, Lily ya le había dicho que, por lo que a ella respectaba, no tenía prisa. No necesitaba, por tanto, retirar de inmediato su nombre del Sebright’s. Así trataba de consolarse, aunque resolviendo, no obstante, que mantendría una conversación seria con el terrateniente esa misma noche sobre la fortuna de Lily.
¿Y cuál era el estado de ánimo de Lily en ese mismo momento, mientras ella también realizaba unos ligeros cambios de aseo preparándose para su sencilla cena en la Casa Pequeña?
«No me he portado bien con él», se decía; «nunca lo hago. Olvido todo lo que está sacrificando por mí; y luego, cuando algo le molesta, lo empeoro en vez de consolarle». Y ante eso, se acusó a sí misma de no amarle ni la mitad de lo suficiente; de no dejarle ver cuán profunda y perfectamente le amaba. Tenía una idea propia: así como una muchacha nunca debe mostrar preferencia por un hombre hasta que las circunstancias le hayan dado pleno derecho a tal manifestación, del mismo modo no debe poner trabas a su amor, sino derramarlo en beneficio de él con todas sus fuerzas cuando tales circunstancias han llegado a existir. Pero siempre sentía que no estaba a la altura de su teoría ahora que había llegado el momento de ponerla en práctica. Involuntariamente asumía pequeñas reservas y hacía pequeños alardes de indiferencia a pesar de su propio juicio. Lo había hecho esa tarde, y le había dejado sin darle la mano para que se la estrechara, sin mirarle a la cara con una seguridad de amor, y por eso estaba enfadada consigo misma.
—Sé que voy a enseñarle a odiarme —le dijo en voz alta a Bell. —Eso sería muy triste —dijo Bell—, pero yo no lo veo así. —Si tú estuvieras prometida con un hombre, serías mucho mejor con él. No dirías tanto, pero lo que dijeras sería todo afecto. Yo siempre estoy soltando discursitos horribles por los que me gustaría cortarme la lengua después. —Sean el tipo de discursos que sean, creo que a él le gustan. —¿Tú crees? No estoy tan segura de eso, Bell. Por supuesto, no espero que me riña... todavía no, al menos. Pero por sus ojos sé cuándo está contento y cuándo está disgustado.
Y entonces bajaron a cenar.
Arriba, en la Casa Grande, los tres caballeros se reunieron con aparente buen humor. Bernard Dale era un hombre de temperamento ecuánime, que rara vez permitía que ningún sentimiento, ni siquiera ninguna molestia, interfiriera en sus modales habituales; un hombre que siempre podía sentarse a la mesa con una sonrisa y recibir tanto a su amigo como a su enemigo con un saludo adecuadamente civilizado. No es que fuera un hombre especialmente falso. No había nada de engaño en su placidez de porte. Surgía de una verdadera ecuanimidad; pero era la ecuanimidad de una disposición fría más que de una bien ordenada por la disciplina. El terrateniente era consciente de que había estado irrazonablemente petulante antes de la cena y, habiéndose reprendido a su manera, entró ahora en el comedor con el cortés saludo de un anfitrión.
—Resulta que vuestra pieza no fue tan mala después de todo —dijo—, y espero que vuestro apetito sea al menos tan bueno como vuestra caza.
Crosbie sonrió y se mostró agradable, y pronunció unas cuantas palabras halagadoras. Un hombre que tiene la intención de dar un paso decisivo en una hora o dos generalmente se las arregla para comportarse mientras tanto como si las nimiedades del mundo fueran suficientes para él. Así que alabó la caza del terrateniente, dijo una palabra amable sobre Dingles y bromeó sobre su propia falta de pericia. Todo marchó alegremente... no exactamente como una campana de boda, pero sí lo bastante alegre para una reunión de tres caballeros.
Pero la resolución de Crosbie era firme; y tan pronto, por tanto, como el viejo mayordomo se hubo retirado definitivamente y el vino circulaba con regularidad sobre la mesa, comenzó su tarea, no sin cierta brusquedad aparente. Habiendo considerado plenamente el asunto, había determinado que no esperaría a que Bernard Dale se ausentara. Pensaba que tal vez podría librar mejor su batalla en presencia de Bernard que a sus espaldas.
—Terrateniente —comenzó. Todos le llamaban «squire» cuando estaban en buenos términos, y Crosbie pensó que era mejor empezar como si no hubiera nada malo entre ellos—. Terrateniente, por supuesto estoy pensando mucho en este momento en mi futuro matrimonio. —Eso es bastante natural —dijo el terrateniente. —¡Sí, por Júpiter, señor! Un hombre no hace un cambio así sin encontrarse con que tiene mucho en qué pensar. —Supongo que no —dijo el terrateniente—. Yo nunca estuve en situación de casarme, pero puedo entenderlo fácilmente. —He sido el tipo con más suerte del mundo al encontrar a una chica como su sobrina...
Ante esto, el terrateniente hizo una inclinación de cabeza, con la intención de realizar una pequeña declaración cortés de que la suerte en el asunto estaba del lado de los Dale.
—Lo sé —continuó Crosbie—. Ella es exactamente todo lo que una muchacha debería ser. —Es una buena chica —dijo Bernard.
—Sí, creo que lo es —dijo el terrateniente.
—Pero me parece —dijo Crosbie, sintiendo que era necesario lanzarse de cabeza al agua de una vez—, que habría que decir algo sobre mis medios para mantenerla adecuadamente.
Entonces guardó silencio un momento, esperando que el terrateniente hablara. Pero el terrateniente permaneció perfectamente inmóvil, mirando fijamente a la chimenea vacía y sin decir nada.
—Para mantenerla —continuó Crosbie— con todas las comodidades a las que ella está acostumbrada.
—Ella nunca ha estado acostumbrada a grandes gastos —dijo el terrateniente—. Su madre, como sin duda sabrás, no es una mujer rica.
—Pero viviendo aquí, Lily ha tenido grandes ventajas: un caballo para montar y todo ese tipo de cosas.
—No supongo que ella espere un caballo en el parque —dijo el terrateniente, con un matiz de sarcasmo muy perceptible en la voz.
—Espero que no —dijo Crosbie.
—Creo que ha tenido el uso de uno de los ponis de aquí a veces, pero espero que eso no le haya dado ideas extravagantes. No pensaba que hubiera nada de esa tontería en ninguna de las dos.
—Ni lo hay, que yo sepa.
—Nada de eso —corroboró Bernard.
—Pero el resumen de todo es esto, señor. —Y Crosbie, al hablar, se esforzó por mantener su voz habitual y su frialdad de siempre, pero el color encendido de su rostro delataba que estaba nervioso—. ¿Debo esperar algún aumento de ingresos con mi esposa?
—No he hablado con mi cuñada sobre el tema —dijo el terrateniente—, pero me temo que ella no puede hacer mucho.
—Como es lógico, yo no le quitaría ni un chelín a ella —dijo Crosbie.
—Entonces eso zanja la cuestión —dijo el terrateniente.
Crosbie hizo una pausa, durante la cual se puso muy rojo. Inconscientemente cogió un albaricoque y se lo comió, y entonces habló con franqueza:
—Por supuesto, no me refería a los ingresos de la señora Dale; no alteraría sus planes bajo ningún concepto. Pero deseaba saber, señor, si tiene usted intención de hacer algo por su sobrina.
—¿En el sentido de darle una fortuna? Nada en absoluto. No tengo intención de hacer nada de nada.
—Entonces supongo que nos entendemos... por fin —dijo Crosbie.
—Habría pensado que podríamos habernos entendido desde el principio —dijo el terrateniente—. ¿Acaso te hice alguna promesa o te di algún indicio de que pensaba proveer para mi sobrina? ¿Te he dado alguna vez tal esperanza? No sé qué quieres decir con eso de «por fin», a menos que sea para ofender.
—Me refería a la verdad, señor. Me refería a esto: que viendo la manera en que sus sobrinas vivían con usted, pensé que era probable que las tratara a ambas como si fueran sus hijas. ¡Ahora descubro mi error, eso es todo!
—Te has equivocado, y sin la menor sombra de excusa para tu error.
—Otros se han equivocado conmigo —dijo Crosbie, olvidando en el calor del momento que no tenía derecho a arrastrar la opinión de ninguna otra persona a la cuestión.
—¿Qué otros? —preguntó el terrateniente con ira; y su mente se dirigió inmediatamente hacia su cuñada.
—No quiero causar problemas —dijo Crosbie.
—Si alguien relacionado con mi familia se ha atrevido a decirte que yo pensaba hacer más por mi sobrina Lilian de lo que ya he hecho, tal persona no solo ha sido falsa, sino ingrata. No he dado a nadie autoridad para hacer ninguna promesa en nombre de mi sobrina.
—No se ha hecho tal promesa. Solo fue una sugerencia —dijo Crosbie.
Él no tenía la menor idea de a quién se refería el terrateniente en su enfado; pero percibía que su anfitrión estaba furioso y, habiendo reflexionado ya que no debería haber aludido a las palabras que Bernard Dale había pronunciado en confianza, decidió no nombrar a nadie. Bernard, sentado allí escuchando, sabía exactamente cómo estaba el asunto; pero, según pensaba, no había razón para exponerse a la mala voluntad de su tío, ya que no había cometido pecado alguno.
—No debería haberse hecho tal sugerencia —dijo el terrateniente—. Nadie tenía derecho a hacerla. Nadie ha sido puesto por mí en una posición que le permita hacerte tal sugerencia sin una manifiesta falta de propiedad. No haré más preguntas al respecto; pero es mejor que comprendas de inmediato que no considero que sea mi deber dar a mi sobrina Lilian una fortuna por su matrimonio. Confío en que tu propuesta hacia ella no se hiciera bajo tal engaño.
—No, señor; no fue así —dijo Crosbie.
—Entonces supongo que no se ha hecho un gran daño. Lamento si se te han dado falsas esperanzas; pero estoy seguro de que reconocerás que no te las di yo.
—Creo que me ha malinterpretado, señor. Mis esperanzas nunca fueron muy altas; pero creí correcto cerciorarme de sus intenciones.
—Ahora ya las conoces. Confío, por el bien de la muchacha, en que esto no suponga ninguna diferencia para ella. Me cuesta creer que ella haya tenido la culpa en este asunto.
Crosbie se apresuró de inmediato a exculpar a Lily; y luego, con más torpezas de las que debería haber cometido un hombre tan familiarizado con la vida elegante como el «Apolo» del Beaufort, procedió a explicar que, como Lily no iba a tener nada, sus propios planes económicos obligarían a retrasar un poco el matrimonio.
—En lo que a mí respecta —dijo el terrateniente—, no me gustan los noviazgos largos. Pero soy plenamente consciente de que en este asunto no tengo derecho a interferir, a menos que... —y entonces se interrumpió.
—Supongo que será bueno fijar algún día, ¿eh, Crosbie? —dijo Bernard.
—Discutiré ese asunto con la señora Dale —dijo Crosbie.
—Si ella y tú os entendéis —dijo el terrateniente—, eso será suficiente. ¿Pasamos ahora al salón o salimos al césped?
Aquella noche, al irse a la cama, Crosbie sintió que no había salido victorioso de su encuentro con el terrateniente.
Capítulo 8
No puede ser
A la mañana siguiente, durante el desayuno, cada uno de los tres caballeros de la Casa Grande recibió una nota en papel rosa, firmada nominalmente por la señora Dale, invitándoles a tomar el té en la Casa Pequeña ese mismo día de la semana siguiente. Al pie de la nota que Lily había escrito para el señor Crosbie, se añadía: «Baile en el césped, si logramos que alguien se mantenga en pie. Por supuesto, debes venir, quieras o no. Y Bernard también. Haz lo posible por convencer a mi tío de que venga». Esta nota contribuyó en algo a restablecer el buen humor entre ellos a la mesa. Se la mostraron al terrateniente y, finalmente, este accedió a decir que tal vez asistiría a la pequeña velada de la señora Dale.
Conviene explicar que este festejo prometido no se había planeado pensando especialmente en el placer del señor Crosbie, sino enteramente en favor del pobre Johnny Eames. ¿Qué se podía hacer en ese asunto? La cuestión había sido discutida a fondo entre la señora Dale y Bell, y habían llegado a la conclusión de que lo mejor sería invitar a Johnny a una pequeña reunión amistosa en la que pudiera encontrarse con Lily rodeado de algunos extraños. De este modo, su embarazo podría superarse. No estaría bien, como decía la señora Dale, permitir que se alejara sin que ellas le prestaran atención. «Una vez roto el hielo, no le importará», decía Bell. Y, por tanto, temprano aquel día, se envió un mensajero a Guestwick, que regresó con una nota de la señora Eames diciendo que acudiría la tarde en cuestión con su hijo y su hija. Mantendrían el carruaje de alquiler para regresar a Guestwick esa misma noche. Esto último lo añadió puesto que se les había ofrecido cama a la señora Eames y a Mary.
Antes de la noche de la fiesta, tuvo lugar en Allington otro suceso memorable que debe describirse para que se comprendan los sentimientos de las distintas personas en esa velada. El terrateniente había dado a entender a su sobrino que deseaba ver zanjado el asunto respecto a su sobrina Bell; y como las miras de Bernard coincidían totalmente con las del terrateniente, este decidió cumplir los deseos de su tío. El proyecto no era algo nuevo para él. Amaba a su prima lo suficiente para los fines del matrimonio y consideraba que casarse sería algo bueno para él. No podía casarse sin dinero, pero este enlace le proporcionaría unos ingresos sin la molestia de complicadas capitulaciones ni la interferencia de abogados hostiles a sus intereses. Era posible que pudiera encontrar algo mejor; pero también era posible que le fuera mucho peor y, además de todo eso, le tenía cariño a su prima. Discutió el asunto consigo mismo con gran calma; tomó algunas resoluciones excelentes sobre el tipo de vida que le convendría llevar como hombre casado; decidió en qué calle de Londres tendría su casa y se portó con gran galantería con Bell durante cuatro o cinco días seguidos. Que no la cortejó en el sentido ordinario de la palabra debe darse por sentado, supongo, dado que la propia Bell no se dio cuenta del hecho. Siempre le había caído bien su primo y pensaba que, en esos días, se estaba mostrando particularmente agradable.
La víspera de la fiesta, las chicas estaban en la Casa Grande, habiendo subido nominalmente con la intención de discutir la conveniencia de bailar en el césped. Lily estaba decidida a que así fuera, pero Bell objetaba que haría frío y humedad, y que el salón sería más agradable para el baile.
—Fijaos en que solo tenemos cuatro caballeros jóvenes y uno que no ha crecido —dijo Lily—; y se verán muy ridículos de pie, todos puestos en orden en una habitación, como si tuviéramos una fiesta formal. —Gracias por el cumplido —dijo Crosbie, quitándose el sombrero de paja. —Y así será; y nosotras pareceremos aún más ridículas. Pero fuera, en el césped, no parecerá ridículo en absoluto. Dos o tres parejas podrían levantarse en el césped y sería bastante divertido. —No acabo de verlo —dijo Bernard. —Sí, creo que yo sí lo veo —dijo Crosbie—. La falta de adecuación del césped para el propósito de un baile... —Nadie está pensando en un baile de gala —dijo Lily con fingida petulancia. —Te estoy defendiendo y, sin embargo, no me dejas hablar. La falta de adecuación del césped para los fines de un baile ocultará la insuficiencia de cuatro hombres y un muchacho como suministro de bailarines. Pero, Lily, ¿quién es el caballero que no ha crecido? ¿Es tu viejo amigo Johnny Eames?
La voz de Lily se volvió más seria al responderle. —Oh, no; no me refería al señor Eames. Él vendrá, pero no me refería a él. Dick Boyce, el hijo del señor Boyce, solo tiene dieciséis años. Él es el caballero que no ha crecido. —¿Y quién es el cuarto adulto? —El doctor Crofts, de Guestwick. De veras espero que te guste, Adolphus. Nosotras pensamos que es la perfección personificada. —¡Entonces, por supuesto, le odiaré y estaré muy celoso además!
Y entonces esa pareja se marchó junta, librando su propia batalla sobre ese tema, como suelen hacer a veces los tortolitos. Se marcharon, y Bernard se quedó con Bell, de pie ambos sobre el murete del ha-ha que divide el jardín de la parte trasera de la casa del campo.
—Bell —dijo él—, parecen muy felices, ¿verdad? —Y deberían serlo ahora, ¿no crees? ¡Pobre Lily! Espero que él sea bueno con ella. ¿Sabes, Bernard?, aunque sea amigo tuyo, estoy muy, muy inquieta al respecto. Es una confianza tan inmensa la que se pone en un hombre cuando no lo conocemos del todo. —Sí, lo es; pero se llevarán muy bien. Lily será bastante feliz. —¿Y él? —Supongo que él también será feliz. Se sentirá un poco apretado en cuanto a ingresos al principio, pero todo se arreglará. —Si él no lo es, ella será una desdichada. —Lo harán muy bien. Lily debe estar preparada para hacer que el dinero cunda lo más posible, eso es todo. —Lily no sentirá la falta de dinero. No es eso. Pero si él le hace saber que ella lo ha convertido en un hombre pobre, entonces será infeliz. ¿Es extravagante en sus gastos, Bernard?
Pero Bernard estaba ansioso por discutir otro tema y, por lo tanto, no pronunció las palabras de sabiduría que habrían podido esperarse de él sobre el compromiso de Lily de haber estado en otro estado de ánimo. —No, yo diría que no —dijo él—. Pero, Bell... —No sé si podríamos haber actuado de otro modo a como lo hemos hecho y, sin embargo, temo que hemos sido temerarias. Si él la hace infeliz, Bernard, nunca te lo perdonaré.
Pero al decir esto, puso su mano con cariño sobre el brazo de él, como podría hacer una prima, y habló en un tono que despojaba a su amenaza de toda acritud. —No debes reñir conmigo, Bell, pase lo que pase. No puedo permitirme reñir contigo. —Por supuesto que no lo decía en serio. —Tú y yo no debemos reñir nunca, Bell; al menos, así lo espero. Podría soportar reñir con cualquiera antes que contigo.
Y entonces, mientras hablaba, hubo algo en su voz que dio a la muchacha una ligera e imprecisa advertencia de cuál podría ser su intención. No es que se dijera a sí misma de inmediato que él iba a pedirle la mano allí mismo, en ese instante; pero sintió que él pretendía algo que iba más allá de la ternura de un afecto ordinario entre primos.
—Espero que nunca riñamos —dijo ella. Pero mientras hablaba, su mente se estaba asentando, formando su resolución y llegando a una conclusión sobre el tipo de amor que Bernard tal vez esperaba. Y formó otra conclusión: sobre el tipo de amor que podría ofrecerle a cambio.
—Bell —dijo él—, tú y yo siempre hemos sido grandes amigos. —Sí; siempre. —¿Por qué no habríamos de ser algo más que amigos?
Para hacer justicia al capitán Dale, debo declarar que su voz sonaba perfectamente natural al plantear esta pregunta, y que no mostró signos de nerviosismo, ni en su rostro ni en sus movimientos. Había decidido hacerlo en esa ocasión, y lo hizo sin señales externas de turbación. Lanzó su pregunta y luego esperó la respuesta. En esto fue algo duro con su prima; pues, aunque la pregunta ciertamente había sido formulada en un lenguaje que no daba lugar a equívocos, el asunto no se había expuesto con toda esa efusión que una joven, en tales circunstancias, tiene derecho a esperar.
Se habían sentado en la hierba, junto al ha-ha, y estaban tan cerca que Bernard pudo alargar la mano con la intención de tomar la de su prima entre las suyas. Pero ella se las ingenió para mantener sus manos entrelazadas, de modo que él simplemente la sujetó con suavidad por la muñeca.
—No te entiendo del todo, Bernard —dijo ella tras una pausa de un minuto. —¿Seremos algo más que primos? ¿Seremos marido y mujer?
Ahora, al menos, ella no podía decir que no entendía. Si alguna vez se había hecho una pregunta con claridad, Bernard Dale la había hecho con claridad. «¿Seremos marido y mujer?». Pocos hombres, imagino, se atreven a plantearlo todo de una vez de forma tan abrupta y, sin embargo, no sé si la lengua inglesa ofrece mejores términos para tal interrogante.
—¡Oh, Bernard! Me has sorprendido. —Espero no haberte causado dolor, Bell. Llevo mucho tiempo pensando en esto, pero soy muy consciente de que mi propia actitud, incluso contigo, no ha sido la de un pretendente. No está en mi naturaleza sonreír y decir cosas dulces, como hace Crosbie. Pero no por ello te quiero menos. He buscado una esposa y he pensado que, si pudiera ganarte a ti, sería muy afortunado.
No dijo nada entonces sobre su tío ni sobre las ochocientas libras al año; pero tenía la plena intención de hacerlo tan pronto como se presentara la oportunidad. Opinaba firmemente que ochocientas libras anuales y la buena voluntad de un tío rico eran motivos sólidos para el matrimonio —incluso motivos para el amor—, y no dudaba de que su prima vería el asunto bajo la misma luz.
—Eres muy bueno conmigo... más que bueno. Por supuesto que lo sé. Pero, ¡oh, Bernard!, no me esperaba esto en absoluto. —¡Pero respóndeme, Bell! O si prefieres tiempo para pensar, o para hablar con mi tía, ¿tal vez me respondas mañana? —Creo que debo responderte ahora mismo. —No si va a ser un rechazo, Bell. Piénsalo bien antes de hacerlo. Debería haberte dicho que nuestro tío desea este enlace y que él eliminará cualquier dificultad que pudiera haber respecto al dinero. —No me importa el dinero. —Pero, como decías sobre Lily, uno tiene que ser prudente. Ahora bien, en nuestro matrimonio, todo lo de esa clase estaría bien arreglado. Mi tío me ha prometido que nos asignaría de inmediato... —Detente, Bernard. No debes dejarte llevar a suponer que cualquier oferta hecha por mi tío ayudaría a comprar... En verdad, no hay necesidad de que hablemos de dinero. —Deseaba que conocieras los hechos del caso exactamente como son. Y en cuanto a nuestro tío, no puedo sino pensar que te alegraría tenerlo de tu lado en un asunto así. —Sí, me alegraría tenerlo de mi lado; esto es, si yo fuera a... Pero los deseos de mi tío no podrían influir en mi decisión. El hecho es, Bernard... —Bueno, querida, ¿cuál es el hecho? —Siempre te he considerado más como a un hermano que como a otra cosa. —Pero ese sentimiento puede cambiar. —No; creo que no. Bernard, iré más lejos y hablaré con total franqueza. No puede cambiar. Me conozco lo suficiente para decir eso con certeza. No puede cambiar. —¿Quieres decir que no puedes amarme? —No como tú querrías que lo hiciera. Te quiero muchísimo... muchísimo, de veras. Acudiría a ti en cualquier problema exactamente igual que acudiría a un hermano. —¿Y eso debe ser todo, Bell? —¿No es ese el amor más dulce que se puede sentir? Pero no pienses que soy ingrata o soberbia. Sé muy bien que estás... estás proponiéndote hacer por mí mucho más de lo que merezco. Cualquier chica podría estar orgullosa de una oferta así. Pero, querido Bernard... —Bell, antes de darme una respuesta definitiva, consúltalo con la almohada y háblalo con tu madre. Por supuesto, no estabas preparada, y no puedo esperar que me prometas tanto sin un momento de reflexión. —No estaba preparada y, por lo tanto, no te he respondido como debería haberlo hecho. Pero ya que esto ha ido tan lejos, no puedo dejar que te marches con la incertidumbre. No es necesario que te haga esperar. En este asunto sí conozco mi propia opinión. Querido Bernard, de veras, de veras que no puede ser como has propuesto.
Hablaba en voz baja y con un tono que tenía algo de humildad casi implorante; pero, no obstante, transmitió a su primo la seguridad de que hablaba en serio; y también la seguridad de que esa resolución no cambiaría fácilmente. ¿No era ella una Dale? ¿Y cuándo ha cambiado de opinión un Dale? Durante un rato, él permaneció sentado en silencio junto a ella; y ella también, tras haber declarado su intención, se abstuvo de decir más palabras. Durante unos minutos se quedaron así, mirando hacia el fondo del murete. Ella seguía en su misma posición, con las manos entrelazadas sobre las rodillas; pero él estaba ahora tumbado de lado, apoyando la cabeza sobre el brazo, con el rostro vuelto hacia ella, pero con los ojos fijos en la hierba. Sin embargo, durante ese tiempo, su mente no estuvo inactiva. La respuesta de su prima, aunque le había dolido, no le había golpeado como un impacto que le dejara aturdido o incapaz de pensar al instante. Estaba dolido, más dolido de lo que hubiera imaginado. Lo que antes deseaba moderadamente, ahora lo deseaba más al ver que le era negado. Pero fue capaz de percibir la verdad exacta de su posición y de calcular cuáles serían sus posibilidades si persistía en su cortejo, y cuál su ventaja si lo abandonaba de inmediato.
—No quiero presionarte injustamente, Bell; pero ¿puedo preguntar si hay alguna otra preferencia...? —No hay ninguna otra preferencia —respondió ella. Y de nuevo guardaron silencio un minuto o dos. —Mi tío se sentirá muy apenado por esto —dijo él por fin. —Si eso es todo —dijo Bell—, no creo que ninguno de los dos deba preocuparse. Él no puede tener derecho a disponer de nuestros corazones. —Entiendo el reproche, Bell. —Querido Bernard, no era un reproche. No pretendía que lo fuera. —No necesito hablar de mi propia pena. No puedes sino saber cuán profunda debe ser. ¿Por qué me habría sometido a esta humillación si mi corazón no estuviera implicado? Pero eso lo soportaré, si es que debo soportarlo... —Y entonces hizo una pausa, alzando la vista hacia ella. —Pronto pasará —dijo ella. —Lo aceptaré, en cualquier caso, sin quejas. Pero en cuanto a los sentimientos de mi tío, me corresponde hablar de ellos, y a ti, creo yo, escuchar sin indiferencia. Ha sido amable con ambos y nos quiere a los dos más que a cualquier otro ser vivo. No es sorprendente que desee vernos casados, y no será sorprendente si tu negativa resulta ser un gran golpe para él. —Lo sentiré... lo sentiré mucho. —Yo también lo sentiré. Estoy hablando de él ahora. Ha puesto su corazón en ello; y como tiene pocos deseos, pocas ambiciones, es tanto más constante en los que expresa. Cuando sepa esto, temo que lo encontraremos muy severo. —Entonces será injusto. —No; no será injusto. Siempre es un hombre justo. Pero será infeliz y, me temo, hará infelices a otros. Querida Bell, ¿no podría quedar este asunto sin resolver por un tiempo? No verás que me aproveche de tu bondad. No volveré a importunarte con ello... digamos en quince días, o hasta que Crosbie se haya marchado. —No, no, no —dijo Bell. —¿Por qué ese afán en tus negativas? No puede haber peligro en tal retraso. No te presionaré... y puedes dejar que mi tío piense que, al menos, te has tomado un tiempo de reflexión. —Hay cosas a las que uno está obligado a responder de inmediato. Si dudara de mí misma, dejaría que me convencieras. Pero no dudo, y haría mal en mantenerte en vilo. Querido, queridísimo Bernard, no puede ser; y como no puede ser, tú, como mi hermano que eres, me pedirías que lo dijera claramente. No puede ser.
Mientras hacía esta última declaración, oyeron los pasos de Lily y su prometido cerca de ellos, y ambos sintieron que era mejor que su conversación terminara allí. Ninguno había sabido cómo levantarse y abandonar el lugar y, sin embargo, ambos sentían que ya no se podía decir nada más.
—¿Habéis visto alguna vez algo tan dulce, afectuoso y romántico? —dijo Lily, deteniéndose ante ellos y mirándolos—. Y mientras tanto, nosotros hemos estado tan prácticos y mundanos. ¿Sabes, Bell?, Adolphus parece creer que no podemos tener cerdos en Londres. Me pone tan triste... —Parece una lástima, desde luego —dijo Crosbie—, porque Lily parece saberlo todo sobre cerdos. —Claro que sí. No he vivido en el campo toda mi vida para nada. ¡Oh, Bernard!, me encantaría verte rodar hasta el fondo del foso. Quédate ahí y lo haremos entre los dos.
Ante esto, Bernard se levantó, al igual que Bell, y todos entraron a tomar el té.
Capítulo 9
La pequeña fiesta de la señora Dale
Al día siguiente se celebraba la fiesta. Ni una palabra más se cruzó esa noche entre Bell y su primo; al menos, ninguna palabra de especial relevancia. Y cuando Crosbie sugirió a su amigo a la mañana siguiente que ambos bajaran a ver cómo iban los preparativos en la Casa Pequeña, Bernard se negó.
—Olvidas, mi querido amigo, que yo no estoy enamorado como tú —dijo él. —Pero pensé que lo estabas —replicó Crosbie. —No; en absoluto como tú. Tú eres un prometido aceptado y se te permitirá hacer de todo: batir las cremas o afinar el piano, si sabes cómo. Yo soy solo una especie de amante a medias, que medita un mariage de convenance para complacer a un tío, y los términos de mi acuerdo no me exigen en absoluto someterme a un entrenamiento tan rígido. Tu posición es justo la contraria.
Al decir todo esto, el capitán Dale estaba siendo, sin duda, muy falso; pero si la falsedad puede perdonarse a un hombre en cualquier situación, puede perdonarse en la que él ocupaba entonces. Así pues, Crosbie bajó solo a la Casa Pequeña.
—Dale no ha querido venir —dijo él, dirigiéndose a las tres damas—. Supongo que se está reservando para el baile en el césped. —Espero que esté aquí por la tarde —dijo la señora Dale. Pero Bell no pronunció ni una palabra.
Había decidido que, dadas las circunstancias, lo más justo para su primo era que tanto su oferta como su respuesta se mantuvieran en secreto. Sabía por qué Bernard no había cruzado desde la Casa Grande con su amigo, pero no dijo nada de lo que sabía. Lily la miró, pero sin hablar; y en cuanto a la señora Dale, no dio importancia al hecho. Así pasaron la tarde juntas sin mencionar más a Bernard Dale; y puede decirse, al menos en el caso de Lily y Crosbie, que no se echó de menos su presencia.
La señora Eames, con su hijo y su hija, fueron los primeros en llegar. —Es tan amable de vuestra parte venir temprano —dijo Lily, intentando improvisar algo que sonara agradable y alegre, pero usando en realidad esa fórmula de bienvenida que, a mis oídos, suena siempre como la más descortés. «¡Diez minutos antes de la hora fijada; y, por supuesto, deberías haber entendido que me refería a treinta minutos después!». Esa es mi interpretación de las palabras cuando se me agradece haber llegado temprano. Pero la señora Eames era una mujer bondadosa, paciente y poco exigente, que tomaba todas las palabras corteses como muestra de cortesía. Y, de hecho, Lily no había pretendido otra cosa.
—Sí; hemos venido temprano —dijo la señora Eames—, porque Mary pensó que le gustaría subir a la habitación de las chicas y arreglarse un poco el pelo, ya saben. —Y así lo hará —dijo Lily, que había tomado a Mary de la mano. —Y sabíamos que no estorbaríamos. Johnny puede salir al jardín si queda algo por hacer. —No será desterrado a menos que él quiera —dijo la señora Dale—. Si nosotras, las mujeres, resultamos demasiado para sus fuerzas sin ayuda...
John Eames murmuró algo sobre estar muy bien como estaba y se acomodó en un sillón. Había estrechado la mano de Lily, intentando mientras lo hacía pronunciar con claridad un pequeño discurso que había preparado para la ocasión: «Tengo que felicitarte, Lily, y espero de todo corazón que seas feliz». Las palabras eran bastante sencillas y no estaban mal elegidas, pero el pobre joven nunca llegó a decirlas. La palabra «felicitar» sí llegó a oídos de Lily, y ella lo comprendió todo: tanto la amabilidad del discurso pretendido como la razón por la que no podía ser pronunciado.
—Gracias, John —dijo ella—. Espero verte mucho en Londres. Será tan agradable tener cerca a un viejo amigo de Guestwick. Ella tenía su propia voz y los latidos de su corazón bajo mejor control que él; pero también sentía que la ocasión era difícil para ella. Aquel hombre la había amado con honestidad y sinceridad —todavía la amaba—, rindiéndole el gran homenaje de un amargo pesar por haberla perdido. ¿Qué chica no simpatizaría con tal amor y tal pena, si se muestran solo porque no pueden ocultarse y se declaran en contra de la voluntad de quien los declara?
Entonces entró la anciana señora Hearn, cuya casita no estaba a más de dos minutos a pie de la Casa Pequeña. Siempre llamaba a la señora Dale «querida» y mimaba a las chicas como si fueran niñas. Al enterarse del matrimonio de Lily, había alzado las manos con sorpresa, pues aún guardaba en algún rincón de sus cajones restos de caramelos que había comprado para Lily. —¿Es un hombre de Londres? Vaya, vaya. Ojalá viviera en el campo. ¿Ochocientas libras al año, querida? —le había dicho a la señora Dale—. Eso suena muy bien aquí abajo, porque todos somos muy pobres. ¿Pero supongo que ochocientas libras al año no es mucho allá en Londres?
—El terrateniente vendrá, supongo, ¿no? —dijo la señora Hearn, mientras se sentaba en el sofá junto a la señora Dale. —Sí, estará aquí dentro de un rato; a menos que cambie de opinión, ya sabe. Él no anda con cumplidos conmigo. —¡Él cambiar de opinión! ¿Cuándo has sabido tú que Christopher Dale cambie de opinión? —Es bastante constante, señora Hearn. —Si prometiera darle a un hombre un penique, se lo daría. Pero si prometiera quitarle una libra, se la quitaría, aunque le costara años conseguirla. Dice que va a echarme de mi casita. —¡Tonterías, señora Hearn! —Jolliffe vino y me dijo... —Jolliffe, debo explicar, era el administrador— ...que si no me gustaba como estaba, podía dejarla, y que el terrateniente podría obtener el doble de alquiler por ella. Y lo único que pedí fue que pintara un poco la cocina; ¡la madera está toda tan negra como su sombrero! —Pensé que se había acordado que usted pintaría el interior. —¿Cómo puedo hacerlo, querida, con ciento cuarenta libras para todo? ¡Tengo que vivir, ya sabes! ¡Y él, que tiene obreros a su alrededor cada día del año! ¿Y era ese un mensaje para enviármelo a mí, que he vivido en la parroquia durante cincuenta años? Aquí está. Y la señora Hearn se levantó majestuosamente de su asiento mientras el terrateniente entraba en la habitación.
Con él entraron el señor y la señora Boyce, de la rectoría, con Dick Boyce, el caballero que no ha crecido, y dos niñas Boyce, de catorce y quince años. La señora Dale, con la dosis de amabilidad habitual en tales ocasiones, preguntó con reproche por qué no habían venido Jane, y Charles, y Florence, y Bessy —siendo Boyce un hombre que tenía su carcaj lleno de ellos— y la señora Boyce, dando la respuesta habitual, declaró que ya sentía que habían venido como una avalancha.
—¿Pero dónde están los... los... los jóvenes? —preguntó Lily, fingiendo un asombro burlón. —Cruzarán dentro de dos o tres horas —dijo el terrateniente—. Ambos se vistieron para la cena y, según me pareció, se pusieron muy elegantes; pero para una ocasión tan grandiosa como esta han creído necesario vestirse por segunda vez. ¿Cómo está usted, señora Hearn? Espero que se encuentre muy bien. No le queda reumatismo, ¿eh? Esto lo dijo el terrateniente muy alto al oído de la señora Hearn. La señora Hearn tal vez andaba un poco dura de oído; pero era muy poco, y detestaba que la creyeran sorda. Además, no le gustaba que la creyeran reumática. El terrateniente lo sabía y, por tanto, su modo de dirigirse a ella no fue bondadoso.
—No necesita hacerme dar tal salto, señor Dale. Estoy bastante bien ahora, gracias. Tuve una punzada en la primavera... ¡esa casita está tan mal construida para las corrientes de aire! «Me pregunto cómo puedes vivir en ella», me dijo mi hermana la última vez que vino. Supongo que estaría mejor allá con ella en Hamersham, solo que a uno no le gusta mudarse, sabe, después de vivir cincuenta años en una misma parroquia. —No debe pensar en marcharse de nuestro lado —dijo la señora Boyce, hablando de ninguna manera alto, sino despacio y con claridad, esperando así halagar a la anciana. Pero la anciana lo comprendió todo. «Es una criatura astuta, esa señora Boyce», le dijo la señora Hearn a la señora Dale antes de que terminara la noche. Hay algunos ancianos a los que es muy difícil halagar y con los que, sin embargo, es casi imposible vivir a menos que se les halague.
Por fin, los dos héroes entraron por el césped hacia el ventanal del salón; y Lily, al entrar ellos, les hizo una profunda reverencia, dejándose caer suavemente hacia el suelo con su ligero vestido de muselina, hasta parecer una flor maravillosa que hubiera brotado sobre la alfombra, y poniendo sus dos manos, con el dorso de los dedos apretados entre sí, sobre la hebilla de su cinturón, dijo: —Estamos a la espera de la bondadosa gracia de sus señorías, y sentimos cuánto les debemos por favorecer nuestra pobre morada. Y entonces se levantó de nuevo suavemente, sonriendo, ¡oh, tan dulcemente!, al hombre que amaba, y los ahuecamientos y pliegues de su muselina desaparecieron.
Creo que no hay nada en el mundo tan bonito como las pequeñas tretas conscientes del amor que una chica despliega hacia el hombre que ama, cuando ha decidido con valentía que todo el mundo sepa que se ha entregado a él.
No estoy seguro de que a Crosbie le gustara todo aquello tanto como debería. La audaz seguridad de su amor cuando estaban los dos solos sí le gustaba. ¿A qué hombre no le gustan tales seguridades en tales ocasiones? Pero tal vez se habría sentido más complacido si Lily hubiera mostrado más reserva... hubiera sido más secreta, por así decirlo, en cuanto a sus sentimientos cuando otros estaban a su alrededor. No era que la acusara en sus pensamientos de falta de delicadeza alguna. Leía su carácter demasiado bien; o, si no lo leía del todo bien, al menos lo hacía lo suficientemente cerca como para no lanzarle tal acusación. Era esa sensación de "ternero" lo que le resultaba desagradable. No le gustaba ser presentado, ni siquiera ante el mundo de Allington, como una víctima capturada para el sacrificio y adornada con cintas para el altar. Y además, tras todo ello, latía el sentimiento de que tal vez sería más seguro que el asunto no se manifestara tan abiertamente ante todo el mundo. Por supuesto, todo el mundo sabía que estaba comprometido con Lily Dale; ni tenía él —según se decía a sí mismo, tal vez con demasiada frecuencia— la menor idea de romper ese compromiso. Pero el matrimonio podría, posiblemente, retrasarse. Aún no había discutido ese asunto con Lily, habiendo creado él mismo, de hecho, en el primer momento de su amor satisfecho, una pequeña dificultad al presionar para fijar una fecha temprana. «No te negaré nada», le había dicho ella; «pero no lo hagas demasiado pronto». Veía, por tanto, ante sí cierto embarazo, y se sentía inclinado a desear que Lily se abstuviera de esa actitud que parecía declarar a todo el mundo que estaba a punto de casarse de inmediato. «Debo hablar con ella mañana», se dijo a sí mismo, mientras aceptaba su saludo con una gravedad fingida igual a la de ella.
¡Pobre Lily! Qué poco comprendía aún lo que pasaba por la mente de él. De haber conocido su deseo, habría envuelto su amor cuidadosamente en un pañuelo para que nadie pudiera verlo; nadie excepto él, cuando decidiera descubrir el tesoro ante su vista. Y era precisamente por el bien de él por lo que ella se había mostrado tan abierta. Había visto a chicas que se avergonzaban a medias de su amor; pero ella nunca se avergonzaría del suyo ni de él. Se había entregado a él; y ahora todo el mundo podía saberlo, si es que al mundo le importaba tal conocimiento. ¿Por qué avergonzarse de lo que, a su modo de ver, era un honor tan grande para ella? Había oído hablar de chicas que no hablaban de su amor, argumentando con astucia que «del plato a la boca se cae la sopa». No había necesidad de tal cautela en su caso. ¡Seguro que no habría tal tropiezo! Si ocurriera tal caída —si tal destino, ya fuera por falsedad o por desgracia, cayera sobre ella—, ninguna precaución serviría para salvarla. La copa se habría hecho tan añicos en su caída que no habría forma posible de recomponer sus piezas. No es que se dijera exactamente todo esto a sí misma; pero lo sentía, y seguía adelante con valentía, audaz en su amor y cuidadosa de no ocultárselo a nadie que por casualidad lo viera.
Ya habían pasado por la ceremonia del pastel y las tazas de té, y habían decidido que, en cualquier caso, el primer baile o dos se celebrarían en el césped cuando llegaran los últimos invitados.
—¡Oh, Adolphus, cuánto me alegra que haya venido! —dijo Lily—. Por favor, intenta que te caiga bien.
A veces le había hablado a su prometido del doctor Crofts, el recién llegado, pero nunca había vinculado el nombre de su hermana al del doctor, ni siquiera al hablar con él. No obstante, Crosbie había concebido de algún modo la idea de que este Crofts o bien había estado, o estaba, o estaría enamorado de Bell; y como estaba dispuesto a defender las pretensiones de su amigo Dale en ese terreno, no estaba particularmente ansioso por dar la bienvenida al doctor como a un amigo íntimo de la familia. Aún no sabía nada de la oferta de Dale ni del rechazo de Bell, pero estaba preparado para la guerra, si esta fuera necesaria. En ese momento no sentía mucho aprecio por el terrateniente; pero si su destino le iba a dar una esposa de esta familia, prefería como cuñado al dueño de Allington y sobrino de Lord De Guest que a un médico de pueblo —como él, en su orgullo, se permitía llamar al doctor Crofts—.
—Es muy lamentable —dijo él—, pero nunca me han gustado los «hombres perfectos». —Pero este te tiene que gustar. No es que sea perfecto en absoluto, porque fuma y caza, y hace toda clase de cosas malas.
Y entonces ella se adelantó para dar la bienvenida a su amigo. El doctor Crofts era un hombre delgado y menudo, de unos cinco pies y nueve pulgadas de altura, con ojos oscuros muy brillantes y una frente amplia, con cabello oscuro casi rizado que no caía tan hacia adelante sobre su frente como debería haberlo hecho para ser considerado bello. Tenía una nariz fina y bien perfilada, y una boca que habría sido perfecta de haber tenido los labios un poco más carnosos. La parte inferior de su rostro, vista por separado, tenía algo de severidad, que sin embargo se veía compensada por el brillo de sus ojos. Y aun así, un artista habría declarado que las facciones inferiores de su cara eran, con mucho, las más hermosas.
Lily se acercó a él y le saludó cordialmente, declarando lo feliz que estaba de tenerle allí. —Y debo presentarte al señor Crosbie —dijo ella, como si estuviera decidida a salirse con la suya.
Los dos hombres se estrecharon la mano con frialdad, sin decir palabra, como suelen hacer los jóvenes cuando se les presenta de ese modo. Luego se separaron de inmediato, para decepción de Lily. Crosbie se quedó aparte, con los ojos vueltos hacia el techo y con aire de querer darse importancia; mientras que Crofts se dirigió rápidamente hacia la chimenea, dirigiendo breves y corteses palabras a la señora Dale, a la señora Boyce y a la señora Hearn. Y entonces, por fin, logró acercarse a Bell.
—Me alegra mucho —dijo él— poder felicitarla por el compromiso de su hermana. —Sí —dijo Bell—; sabíamos que te alegraría tener noticias de su felicidad. —En verdad me alegro; y espero sinceramente que sea feliz. A todos ustedes les agrada él, ¿no es así? —Nos agrada mucho. —Y me han dicho que tiene una buena posición. Es un hombre muy afortunado... muy afortunado, de veras. —Desde luego, nosotros pensamos lo mismo —dijo Bell—. No obstante, no porque sea rico. —No; no porque sea rico. Sino porque, siendo digno de tal felicidad, sus circunstancias le permiten casarse y disfrutar de ella. —Sí, exactamente —dijo Bell—. Así es.
Entonces ella se sentó, y al hacerlo puso fin a la conversación. «Así es», había dicho. Pero en cuanto pronunció las palabras, se dijo a sí misma que no era así y que Crofts se equivocaba. «Le queremos», se dijo, «no porque sea lo bastante rico como para casarse sin preocupaciones, sino porque se atreve a casarse a pesar de no ser rico». Y entonces se dijo que estaba enfadada con el doctor.
Después de eso, el doctor Crofts se retiró hacia la puerta y se quedó allí solo, apoyado contra la pared, con los pulgares metidos en las sisa del chaleco. La gente decía que era un hombre tímido. Supongo que lo era, y sin embargo era un hombre que no temía en absoluto hacer nada de lo que tuviera que hacer. Podía hablar ante una multitud sin abochornarse, ya fuera una multitud de hombres o de mujeres. También podía ser muy firme en su propia opinión y vehemente en la consecución de sus propósitos. Pero no sabía quedarse allí a decir naderías cuando, en realidad, no tenía nada que decir. No sabía mantener su posición cuando sentía que no estaba aprovechando el terreno que pisaba. No había aprendido el arte de presumir de su propia importancia en cualquier lugar donde se encontrara. Era este el arte que Crosbie había aprendido, y gracias al cual había prosperado. Así que Crofts se retiró y se apoyó contra la pared cerca de la puerta; y Crosbie se adelantó y brilló como un Apolo entre todos los invitados. «¿Cómo es que lo hace?», se preguntaba John Eames, envidiando la perfecta felicidad del hombre de mundo londinense.
Finalmente, Lily logró que los bailarines salieran al césped y consiguieron completar una cuadrilla. Pero se vio que aquello no funcionaba. La música del único violín que Crosbie había contratado en Guestwick no era suficiente; y además la hierba, aunque perfecta para el cróquet, no era agradable para los pies al bailar.
—Esto es muy agradable —le dijo Bernard a su prima—. No sé qué podría serlo más; pero tal vez... —Sé lo que quieres decir —dijo Lily—. Pero yo me quedaré aquí. Ninguno de vosotros tiene un ápice de romance. Mirad la luna allí, detrás del campanario. No pienso entrar en toda la noche.
Entonces se alejó por uno de los senderos y su prometido fue tras ella. —¿No te gusta la luna? —preguntó ella mientras lo tomaba del brazo, a lo que ya estaba tan acostumbrada que apenas pensaba en ello al hacerlo. —¿Que si me gusta la luna? Bueno, creo que me gusta más el sol. No creo mucho en la luz de la luna. Creo que sirve más para hablar de ella cuando uno quiere ponerse sentimental. —Ah; eso es justo lo que temo. Es lo que le digo a Bell cuando le digo que su romance se marchitará como las rosas. Y entonces tendré que aprender que la prosa es más útil que la poesía, y que la mente es mejor que el corazón, y... y que el dinero es mejor que el amor. Todo eso llegará, lo sé; y sin embargo, me gusta la luz de la luna. —¿Y la poesía... y el amor? —Sí. La poesía mucho, y el amor más. Ser amada por ti es más dulce incluso que cualquiera de mis sueños; es mejor que toda la poesía que he leído. —Queridísima Lily. —Y el brazo de él, sin impedimento alguno, rodeó su cintura. —Es el significado de la luz de la luna y la esencia de la poesía —continuó la apasionada muchacha—. No sabía entonces por qué me gustaban esas cosas, pero ahora lo sé. Era porque anhelaba ser amada. —Y amar. —Oh, sí. Yo no sería nada sin eso. Pero eso, ya sabes, es tu deleite... o debería serlo. Lo otro es el mío. Y sin embargo, es un deleite amarte; saber que puedo amarte. —Quieres decir que esta es la realización de tu romance. —Sí; pero no debe ser el fin de él, Adolphus. Te tiene que gustar el suave crepúsculo y las largas tardes cuando estemos solos; y debes leerme los libros que amo, y no debes enseñarme a pensar que el mundo es duro, seco y cruel... todavía no. Se lo digo a Bell muy a menudo; pero tú no debes decírmelo a mí. —No será seco ni cruel, si yo puedo evitarlo. —Entiendes lo que quiero decir, amor mío. No pensaré que es seco y cruel, aunque nos llegue el dolor, si tú... creo que sabes lo que quiero decir. —Si soy bueno contigo. —No tengo miedo de eso; no tengo el menor miedo de eso. ¿Crees que podría alguna vez desconfiar de ti? Pero no debes avergonzarte de mirar la luz de la luna, ni de leer poesía, ni de... —De decir tonterías, quieres decir.
Pero al decirlo, la apretó más contra su costado, y su tono le resultó agradable. —¿Supongo que estoy diciendo tonterías ahora? —dijo ella, haciendo un mohín—. Te gustaba más cuando hablaba de los cerdos, ¿verdad? —No; me gustas más ahora. —¿Y por qué no te gustaba entonces? ¿Dije algo que te ofendiera? —Me gustas más ahora, porque...
Estaban de pie en el estrecho sendero de la puerta que conducía desde el puente a los jardines de la Casa Grande, y la sombra de los laureles de ancha copa los rodeaba. Pero la luz de la luna seguía penetrando con brillo a través de la pequeña avenida, y ella, al mirarle, podía ver la silueta de su rostro y la amorosa suavidad de sus ojos.
—Porque... —dijo él; y entonces se inclinó sobre ella y la estrechó con fuerza, mientras ella alzaba sus labios hacia los de él, poniéndose de puntillas para alcanzar su rostro. —¡Oh, amor mío! —dijo ella—. ¡Mi amor! ¡Mi amor!
Mientras Crosbie regresaba caminando a la Casa Grande aquella noche, tomó la firme resolución de que ninguna consideración de bienestar mundano le induciría jamás a romper su compromiso con Lily Dale. Fue incluso un poco más allá y decidió que no pospondría el matrimonio más de seis u ocho meses, o a lo sumo diez, si podía arreglar sus asuntos en ese tiempo. Por supuesto, tendría que renunciar a todo: a todas las aspiraciones y ambiciones de su vida; pero entonces, como se dijo a sí mismo con cierta melancolía, estaba dispuesto a hacerlo. Tales eran sus resoluciones y, mientras pensaba en ellas en la cama, llegó a la conclusión de que pocos hombres eran menos egoístas que él.
—¿Pero qué nos dirán por habernos ausentado? —dijo Lily, recobrándose—. Y yo debería estar haciendo bailar a la gente, ya sabes. Vamos, y pórtate bien. Baila un vals con Mary Eames; por favor, hazlo. Si no lo haces, ¡no te hablaré en toda la noche!
Bajo tal amenaza, Crosbie, a su regreso, solicitó el honor de la mano de la joven, elevándola con ello a un séptimo cielo de felicidad. ¿Qué podía ofrecer el mundo mejor que un vals con un compañero como Adolphus Crosbie? Y la pobre Mary Eames sabía valsear bien; aunque no podía hablar mucho mientras bailaba y jadeaba bastante al detenerse. Ponía demasiada energía en el movimiento y estaba demasiado ansiosa por realizar la parte mecánica del trabajo de una manera que resultara satisfactoria para su pareja. «¡Oh! Gracias; es muy agradable. Podré seguir... otra vez de inmediato». Su conversación con Crosbie no pasó mucho de ahí y, sin embargo, ella sintió que nunca lo había hecho mejor que en esta ocasión.
Aunque no había, como mucho, más de cinco parejas de bailarines, y aunque los que no bailaban —como el terrateniente, el señor Boyce y un coadjutor de una parroquia vecina— no tenían, de hecho, nada con qué entretenerse, el evento se mantuvo muy animadamente durante un buen número de horas. Exactamente a las doce hubo una pequeña cena que, sin duda, sirvió para aliviar el tedio de la señora Hearn y en la que la señora Boyce también pareció disfrutar. En cuanto a las "Señoras Boyce" en tales ocasiones, confieso que no siento compasión alguna. Generalmente son felices con la felicidad de sus hijos o, si no lo son, deberían serlo. En cualquier caso, simplemente están cumpliendo con un deber manifiesto, deber que, en su día, se cumplió en su favor. Pero, ¿por qué razón acuden las "Señoras Hearn" a tales reuniones? ¿Por qué se quedaba allí sentada aquella anciana hora tras hora bostezando, anhelando su cama, mirando cada diez minutos su reloj, mientras sus viejos huesos estaban rígidos y doloridos y sus viejos oídos sufrían con el ruido? Difícilmente pudo ser simplemente por la cena. Después de la cena, sin embargo, su doncella la llevó a su casita, y la señora Boyce también se escabulló a casa, y el terrateniente se marchó con cierta ceremonia, sugiriendo a los jóvenes que no hicieran ruido en la casa al regresar. Pero el pobre coadjutor permaneció allí, diciendo una palabra aburrida de vez en cuando a la señora Dale y mirando con ojos tentados los goces que el mundo había preparado para otros distintos a él. Debo decir que creo que la opinión pública y los obispos juntos son demasiado duros con los coadjutores en este aspecto.
En la última parte de la velada, cuando el tiempo y la práctica habían logrado que todos se sintieran a gusto, John Eames se levantó por primera vez para bailar con Lily. Ella había hecho todo lo posible, a falta de pedírselo directamente, para inducirlo a que le hiciera ese favor; pues sentía que, en efecto, sería un favor. Cuán grande había sido el deseo de él por pedírselo y, al mismo tiempo, cuán grande la repugnancia, era algo que Lily tal vez no comprendía del todo. Y, sin embargo, comprendía mucho. Sabía que él no estaba enfadado con ella. Sabía que él sufría por el orgullo herido de un amor inútil, casi tanto como por el amor inútil en sí mismo. Deseaba que él se sintiera cómodo en ese aspecto; pero no le daba del todo crédito por la plena sinceridad y la rectitud íntegra y espontánea de sus sentimientos.
Por fin, él se acercó a ella y, aunque en verdad ella estaba comprometida para ese baile, aceptó de inmediato su oferta. Luego cruzó la habitación con paso ligero. —Adolphus —dijo ella—, no puedo bailar contigo, aunque dije que lo haría. John Eames me lo ha pedido y aún no he bailado con él. Lo entiendes y serás un buen chico, ¿verdad?
Crosbie, al no ser en absoluto celoso, fue un buen chico y se sentó a descansar, oculto tras una puerta.
Durante los primeros minutos, la conversación entre Eames y Lily fue de lo más ordinaria. Ella repitió su deseo de verle en Londres y él dijo que, por supuesto, iría a visitarla. Luego hubo un breve silencio mientras completaban su figura de baile.
—Aún no sé en absoluto cuándo nos casaremos —dijo Lily, tan pronto como estuvieron de nuevo juntos. —No; me lo imagino —dijo Eames. —Pero no este año, supongo. De hecho, diría que, por supuesto, no. —En primavera, tal vez —sugirió Eames. Tenía el deseo inconsciente de que aquello se pospusiera hasta las calendas griegas, y sin embargo no deseaba perjudicar a Lily. —La razón por la que lo menciono es esta: nos alegraría muchísimo que pudieras estar aquí. Todos te queremos tanto, y me gustaría tanto tenerte aquí ese día.
¿Por qué será que las chicas hacen esto tan constantemente; que con tanta frecuencia piden a los hombres que las han amado que estén presentes en sus bodas con otros hombres? No hay triunfo en ello. Se hace por pura bondad y afecto. Pretenden ofrecer algo que suavice, y no que agrave, la pena que han causado. «No puedes casarte conmigo —parece decir la dama—, pero la siguiente bendición más grande que puedo ofrecerte será tuya: me verás casada con otro». Aprecio plenamente la intención, pero, en honor a la verdad, dudo de la idoneidad del agasajo ofrecido.
En la presente ocasión, John Eames parecía ser de esta misma opinión, pues no aceptó la invitación de inmediato. —¿No me concederás ese favor? —dijo ella con suavidad. —Haría cualquier cosa por complacerte —dijo él con brusquedad—; casi cualquier cosa. —¿Pero eso no? —No; eso no. No podría hacerlo.
Entonces él se alejó para seguir la figura del baile, y cuando volvieron a estar juntos, permanecieron en silencio hasta que les llegó de nuevo el turno de bailar. ¿A qué se debió que, después de aquella noche, Lily pensara más en John Eames de lo que jamás había pensado antes; que sintiera por él, quiero decir, un mayor respeto, como por un hombre que tiene voluntad propia?
Y en esa misma cuadrilla, Crofts y Bell habían estado bailando juntos, y ellos también habían estado hablando del matrimonio de Lily. —Un hombre puede someterse a lo que quiera por sí mismo —había dicho él—, pero no tiene derecho a hacer que una mujer sufra la pobreza. —Tal vez no —dijo Bell. —Lo que no es un sufrimiento para un hombre —en lo que ningún hombre debería pensar para sí mismo— se convertirá en un infierno en la tierra para una mujer. —Supongo que sí —dijo Bell, respondiéndole sin una señal de emoción en su rostro o en su voz.
Pero captó cada palabra que él pronunció, y rebatió su verdad interiormente con toda la fuerza de su corazón y de su mente, y con la vehemencia misma de su alma. «¡Como si una mujer no pudiera soportar más que un hombre!», se dijo a sí misma mientras recorría sola la habitación, tras haberse soltado del brazo del doctor.
Capítulo 10
La señora Lupex y Amelia Roper
Simplemente engañaría a un lector confiado si le dijera que la señora Lupex era una mujer amable. Quizás el hecho de que no lo fuera sea la única gran falta que deba imputársele; pero esa falta se había extendido tanto y había brotado en tantos lugares distintos de su vida —como una planta silvestre y vigorosa que se manifiesta por todo un jardín— que casi podría decirse que la hacía odiosa en cada faceta de su existencia, y detestable por igual tanto para quienes la conocían poco como para quienes la conocían mucho. Si un investigador hubiera podido llegar al espíritu interior de la mujer, habría descubierto que ella deseaba obrar bien; que hacía, o al menos se prometía a sí misma que haría, ciertos esfuerzos por alcanzar la decencia y el decoro. Pero le resultaba tan natural atormentar a aquellos a quienes el infortunio ponía cerca de ella —y especialmente a aquel desdichado hombre que, en un mal día, la había tomado en su seno como esposa—, que la decencia huía de ella y el decoro se negaba a habitar en sus aposentos.
La señora Lupex era, como ya la he descrito, una mujer no exenta de cierto atractivo femenino a los ojos de quienes gustan de la negligencia matutina y la elegancia nocturna, y no ponen reparos a una nariz larga y algo ladeada. Era lista a su manera y sabía decir cosas ingeniosas. También sabía adular, aunque su misma adulación siempre tenía algo de desagradable. Y debía de poseer cierta fuerza de voluntad, pues de lo contrario su marido habría escapado de ella mucho antes de los días sobre los que escribo. De otro modo, difícilmente habría logrado hacerse un hueco y mantenerlo en el salón de la señora Roper. Pues aunque las cien libras al año, ya fueran pagadas o prometidas, eran para la señora Roper un asunto de enorme consideración, no habían pasado los tres primeros meses de la estancia de la señora Lupex en Burton Crescent cuando la dueña de la casa ya deseaba fervientemente librarse de sus huéspedes casados.
Quizás la mejor forma de describir un pequeño incidente ocurrido en Burton Crescent durante la ausencia de nuestro amigo Eames, y la manera en que marchaban las cosas por aquel lugar, sea ofreciendo íntegras dos cartas que Johnny recibió por correo en Guestwick la mañana después de la fiesta de la señora Dale. Una era de su amigo Cradell y la otra de la devota Amelia. En este caso, daré primero la del caballero, presumiendo que consultaré mejor los deseos de mi lector dejando la mayor delicadeza para el final.
Oficina del Impuesto sobre la Renta, septiembre de 186‒.
Mi querido Johnny: Hemos tenido un asunto terrible en el Crescent; y de veras que apenas sé cómo contártelo; y sin embargo debo hacerlo, porque necesito tu consejo. Tú sabes el tipo de relación que yo mantenía con la señora Lupex, y quizás recuerdes lo que hablábamos en el andén de la estación. No cabe duda de que he disfrutado de su compañía, como podría disfrutar de la de cualquier otro amigo. Sabía, por supuesto, que era una mujer atractiva; y si su marido decidió tener celos, yo no pude evitarlo. Pero nunca pretendí nada malo; y, si fuera necesario, ¿no podría llamarte como testigo para probarlo? Jamás le dirigí una palabra fuera del salón de la señora Roper; y la señorita Spruce, o la señora Roper, o alguien siempre ha estado presente. Ya sabes que él bebe horriblemente a veces, aunque no creo que llegue a emborracharse del todo.
Pues bien, anoche volvió a casa sobre las nueve después de una de esas juergas. Por lo que dice Jemima [Jemima era la doncella de la señora Roper], creo que llevaba tres días dándole a la botella en el teatro. No le habíamos visto desde el martes. Se fue directo al salón y mandó a Jemima a buscarme, diciendo que quería verme. La señora Lupex estaba en la habitación y oyó a la chica llamarme; saltando de su asiento, declaró que, si iba a haber derramamiento de sangre, ella abandonaría la casa. No había nadie más en la habitación excepto la señorita Spruce, que no dijo ni una palabra, tomó su vela y se fue al piso de arriba. Debes reconocer que la situación pintaba muy mal. ¿Qué iba a hacer yo con un hombre borracho abajo en el salón?
Sin embargo, ella parecía pensar que yo debía bajar. «Si sube aquí», dijo ella, «yo seré la víctima. ¡Poco sabes de lo que es capaz ese hombre cuando su ira ha sido inflamada por el vino!». Ahora bien, creo que eres consciente de que no es probable que yo le tenga mucho miedo a ningún hombre; pero ¿por qué iba a meterme en una pelea de esta manera? Yo no había hecho nada. Y además, si iba a haber una riña, y de ella salía algo —como ella parecía esperar, quiero decir, derramamiento de sangre, o una pelea, o si él me golpeaba en la cabeza con el atizador—, ¿en qué posición quedaría yo en mi oficina? Un hombre en un cargo público, como tú y como yo, no puede andar peleándose como cualquiera. Eso es lo que tanto me pesaba en aquel momento. «Baja a verle», dijo ella, «a menos que desees verme asesinada a tus pies».
Fisher dice que, si lo que cuento es verdad, deben de haberlo planeado todo entre los dos. Yo no creo eso; pues sí creo que ella realmente me tiene afecto. Y además, todo el mundo sabe que ellos nunca están de acuerdo en nada. Pero ciertamente ella me suplicó que bajara. Bueno, bajé; y al llegar al pie de la escalera, donde encontré a Jemima, le oí caminar de un lado a otro del salón. «Tenga cuidado, señor Cradell», dijo la chica; y pude ver por su cara que estaba terriblemente asustada.
En ese momento, casualmente vi mi sombrero en la mesa del vestíbulo y se me ocurrió que debía ponerme en manos de un amigo. Por supuesto, no tenía miedo de ese hombre en el comedor; pero ¿habría estado justificado que me enzarzara en una lucha, tal vez a vida o muerte, en casa de la señora Roper? Estaba obligado a pensar en los intereses de ella. Así que tomé mi sombrero y salí deliberadamente por la puerta principal. «Dile», le dije a Jemima, «que no estoy en casa». Y así me fui directo a casa de Fisher, con la intención de enviarle de vuelta ante Lupex como mi padrino; pero Fisher estaba en su club de ajedrez.
Como pensé que no había tiempo que perder en una ocasión así, fui al club y le hice salir. Ya sabes lo frío que es Fisher. No supongo que nada pueda alterarle jamás. Cuando le conté la historia, dijo que consultaría con la almohada; y tuve que pasear de un lado a otro frente al club mientras él terminaba su partida. Fisher parecía pensar que yo podría volver a Burton Crescent; pero, por supuesto, yo sabía que eso estaba fuera de toda duda. Así que la cosa acabó conmigo yendo a su casa y durmiendo en su sofá, y mandando a por algunas de mis cosas por la mañana. Quería que él se levantara y viera a Lupex antes de ir a la oficina esta mañana. Pero dijo que sería mejor posponerlo, así que irá a verle al teatro inmediatamente después del horario de oficina.
Necesito que me escribas de inmediato diciendo lo que sepas del asunto. Te lo pido a ti porque no quiero involucrar a ninguna de las otras personas de casa de Roper. Es muy incómodo, ya que no puedo dejarla exactamente de inmediato por el dinero del último trimestre; de lo contrario, pondría pies en polvorosa, pues la casa no es lugar ni para ti ni para mí. Puedes creerme, "maese" Johnny. Y también podría contarte algo sobre A. R. (Amelia Roper), solo que no quiero causar problemas. Pero escribe inmediatamente. Y ahora que lo pienso, será mejor que le escribas a Fisher, para que él pueda enseñarle tu carta a Lupex, diciendo simplemente que, según tu leal saber y entender, nunca ha habido nada entre ella y yo más que mera amistad; y que, por supuesto, tú, como amigo mío, debes haberlo sabido todo. Si volveré a casa de Roper esta noche dependerá de lo que diga Fisher tras la entrevista.
¡Adiós, viejo amigo! Espero que te estés divirtiendo y que L. D. (Lily Dale) esté muy bien. Tu sincero amigo,
Joseph Cradell
John Eames leyó esta carta dos veces antes de abrir la de Amelia. Nunca había recibido una carta de la señorita Roper, y sentía muy poco de ese ardor por su lectura que los jóvenes suelen experimentar al recibir la primera misiva de una señorita. El recuerdo de Amelia le resultaba en ese momento desagradable; y habría arrojado la carta al fuego sin abrirla si no hubiera sentido que hacerlo podría ser peligroso. En cuanto a su amigo Cradell, no podía sino sentirse avergonzado de él; avergonzado no por haber huido del señor Lupex, sino por excusar su huida con falsos pretextos.
Y entonces, por fin, abrió la carta de Amelia. «Dearest John» (Queridísimo John), comenzaba; y al leer las palabras, arrugó el papel entre sus dedos. Estaba escrita con una clara caligrafía femenina, de trazos angulosos en lugar de curvas, pero muy legible, y con un aspecto de tener un propósito decidido en cada palabra.
Queridísimo John: Me resulta tan extraño escribirte con este lenguaje. Y sin embargo, eres mi más querido, ¿y no tengo derecho a llamarte así? ¿Y no eres tú mío, y no soy yo tuya?De nuevo estrujó el papel en su mano y, al hacerlo, murmuró palabras que no es necesario que repita íntegramente. Pero, aun así, continuó con la carta.
Sé que nos entendemos perfectamente, y cuando es así, se debe permitir que el corazón hable abiertamente al corazón. Esos son mis sentimientos, y creo que los encontrarás recíprocos en tu propio pecho. ¿No es dulce ser amado? Yo así lo siento. Y, queridísimo John, déjame asegurarte, con total franqueza, que no hay lugar para los celos en este pecho con respecto a ti. Tengo demasiada confianza para ello, te lo aseguro, tanto en tu honor como en mis propios... diría encantos, solo que me llamarías vanidosa. No debes suponer que dije en serio lo de L. D. (Lily Dale). Por supuesto, te alegrará ver a los amigos de tu infancia; y lejos estaría del corazón de tu Amelia envidiarte tan delicioso placer. Tus amigos serán, espero, algún día mis amigos. [Otro crujido de papel]. Y si hay alguien entre ellos, alguna verdadera L. D. que te haya gustado especialmente, la recibiré en mi corazón, especialmente también.Esta seguridad por parte de su Amelia fue demasiado para él, y arrojó la carta lejos, pensando de dónde podría obtener alivio: si del suicidio o de las colonias; pero al poco tiempo la recogió de nuevo y agotó la amarga copa hasta el fondo.
Y si te parecí petulante antes de que te fueras, debes perdonar a tu Amelia. No tenía ante mí más que miseria durante el mes de tu ausencia. No hay nadie aquí afín a mis sentimientos; por supuesto que no. Y no querrías que yo fuera feliz en tu ausencia, ¿verdad? Puedo asegurarte que, sean cuales sean tus deseos, nunca podré volver a ser feliz a menos que estés conmigo. Escríbeme una pequeña línea y dime que me agradeces mi devoción. Y ahora, debo contarte que hemos tenido un asunto triste en la casa; y no creo que tu amigo el señor Cradell se haya portado nada bien. Recuerdas cómo ha estado siempre con la señora Lupex. Madre estaba muy disgustada por ello, aunque no quería decir nada. Por supuesto, cuando el nombre de una dama está de por medio, es delicado. Pero Lupex se ha vuelto terriblemente celoso durante la última semana, y todos sabíamos que algo iba a pasar. Ella es una mujer astuta, pero no creo que pretendiera nada malo; solo llevar a su marido a la desesperación. Él vino ayer en uno de sus arranques y quiso ver a Cradell; pero este se asustó, tomó su sombrero y se largó. Ahora bien, eso no estuvo del todo bien. Si era inocente, ¿por qué no mantuvo su posición y explicó el error? Como dice madre, le da tal reputación a la casa. Lupex juró anoche que iría a la Oficina del Impuesto sobre la Renta esta mañana y sacaría a Cradell delante de todos los comisionados, secretarios y todo el mundo. Si hace eso, saldrá en los periódicos y todo Londres se enterará. A ella le gustaría, lo sé, pues lo único que le importa es que se hable de ella; pero piensa en lo que supondrá para la casa de madre. Ojalá estuvieras aquí; pues tu gran prudencia y valor lo arreglarían todo de inmediato; al menos, eso creo. Contaré los minutos hasta recibir una respuesta a esta, y envidiaré al cartero que tendrá tu carta antes de que me llegue a mí. Escribe de inmediato. Si no tengo noticias para el lunes por la mañana, pensaré que algo sucede. Aunque estés entre tus queridos viejos amigos, seguro que puedes encontrar un momento para escribir a tu propia Amelia. Madre está muy triste por este asunto de los Lupex. Dice que si estuvieras aquí para aconsejarla no le importaría tanto. Es muy duro para ella, pues se esfuerza por hacer que la casa sea respetable y cómoda para todos. Enviaría mis respetos y afecto a tu querida mamá, si tan solo la conociera, como espero hacer algún día, y a tu hermana, y a L. D. también, si quieres contarle en qué situación estamos nosotros dos. Así pues, nada más de tu Siempre afectuosa enamorada, Amelia Roper.El pobre Eames no se sintió lo más mínimo complacido por ninguna parte de esta cariñosa carta; pero el último párrafo fue el peor. ¿Tenía que soportar que esta mujer enviara su afecto a su madre, a su hermana e incluso a Lily Dale? Sintió que había una contaminación en la sola mención del nombre de Lily por alguien como Amelia Roper. Y sin embargo, Amelia Roper era —como ella le había asegurado— la suya propia. Por mucho que le desagradara en aquel momento, creía que él era... de ella. Sentía que ella había obtenido cierta propiedad sobre él y que su destino en la vida lo ataría a ella. Le había dicho muy pocas palabras de amor en cualquier momento; muy pocas, al menos, que tuvieran importancia por sí mismas; pero entre esas pocas había, sin duda, una o dos en las que le había dicho que la amaba. ¡Y le había escrito aquella nota fatal! En conjunto, ¿no sería mejor para él ir al gran embalse detrás de Guestwick, con el que se alimentaba el canal de Hamersham, y poner fin a su miserable existencia?
Ese mismo día escribió una carta a Fisher y también escribió a Cradell. Respecto a esas cartas no sintió dificultad. A Fisher le declaró su creencia de que Cradell era tan inocente como él mismo en lo que respectaba a la señora Lupex. «No creo que sea el tipo de hombre que corteja a una mujer casada», dijo, para cierto disgusto de Cradell cuando la carta llegó a la oficina; pues aquel caballero no era reacio a la reputación de éxito amoroso que el pequeño incidente, según pensaba, podría darle entre sus compañeros. Al estallar la bomba inicial, cuando aquel hombre desesperadamente celoso rabiaba en el salón, incensado por los vapores del vino y del amor, Cradell había sentido que el asunto era desagradablemente penoso. Pero a la mañana del tercer día —pues había pasado dos noches en el sofá de su amigo Fisher— había empezado a sentirse un tanto orgulloso de ello, y no le disgustaba oír el nombre de la señora Lupex en boca de los otros secretarios. Por lo tanto, cuando Fisher le leyó la carta de Guestwick, apenas le complació el tono de su amigo. —Ja, ja, ja —rió—. Eso es justo lo que quería que dijera. Cortejar a una mujer casada, ni más ni menos. No; soy el último hombre en Londres que haría tal cosa. —A fe mía, Caudle, que creo que lo eres —dijo Fisher—; el mismísimo último.
Y entonces el pobre Cradell no fue feliz. Esa tarde fue valientemente a Burton Crescent y cenó allí. No se vio ni al señor ni a la señora Lupex, ni la señora Roper le mencionó sus nombres. En el transcurso de la velada, tuvo el valor de preguntar a la señorita Spruce dónde estaban; pero la anciana dama se limitó a sacudir la cabeza solemnemente y declaró que no sabía nada de tales andanzas; no, ella no.
¿Pero qué iba a hacer John Eames con respecto a esa carta de Amelia Roper? Sentía que cualquier respuesta sería muy peligrosa y, sin embargo, que no podía dejarla sin respuesta de forma segura. Se fue a caminar solo por el común de Guestwick y por los bosques de la mansión de Guestwick, subiendo por la gran avenida de olmos del parque de Lord De Guest, intentando resolver cómo rescatarse de este aprieto. Aquí, por el mismo terreno, había vagado decenas de veces en sus años mozos, cuando no conocía más que la inocencia de su hogar rural, pensando en Lily Dale y jurándose a sí mismo que ella sería su esposa. Aquí había hilvanado sus rimas y alimentado su ambición con altas esperanzas, construyendo magníficos castillos en el aire en los que Lilian reinaba como soberana; y aunque en aquellos días se sabía torpe, pobre y desatendido por todos en el mundo excepto por su madre y su hermana, había sido feliz en sus esperanzas; feliz incluso cuando nunca se había permitido creer realmente que se harían realidad. Pero ahora no había nada en sus esperanzas ni en sus pensamientos que le hiciera feliz. Todo era negro, miserable y ruinoso. ¿Qué importaría, después de todo, incluso si se casara con Amelia Roper, viendo que Lily iba a ser entregada a otro? Pero entonces el recuerdo de Amelia, tal como la había visto aquella noche a través de la rendija de la puerta, volvió a él, y se confesó que la vida con una esposa así sería una muerte en vida.
En un momento dado pensó que se lo contaría todo a su madre y dejaría que ella escribiera una respuesta a Amelia. Si llegaba lo peor, los Roper no podrían destruirlo del todo. Sabía, o creía saber, que podrían entablar una acción legal contra él, encerrarlo por una temporada, hacer que lo despidieran de su oficina y exponerlo en todos los periódicos. Todo eso, sin embargo, podría soportarse, si tan solo alguien más pudiera lanzar el guante por él. Lo único que sentía que no podía hacer era escribir a una chica a la que había profesado amar y decirle que no la amaba. Sabía que él mismo no podía poner tales palabras sobre el papel; ni, como bien sabía, podría encontrar el valor para decirle a la cara que había cambiado de opinión. Sabía que debía convertirse en la víctima de su Amelia, a menos que pudiera encontrar algún caballero amigo que luchara en su favor; y entonces volvió a pensar en su madre.
Pero cuando regresó a casa, estaba tan lejos como siempre de cualquier resolución de contarle en qué situación se encontraba. Podría decirse que su paseo no le había servido de nada y que no se había decidido por nada. Había estado construyendo esos perniciosos castillos en el aire durante más de la mitad del tiempo; no castillos en cuya construcción pudiera ser feliz, como en los viejos tiempos, sino castillos negros, con calabozos crueles en los que apenas lograba entrar un rayo de luz. En todos estos edificios, su imaginación le pintaba a Lily como la esposa del señor Crosbie. Aceptaba eso como un hecho y luego se ponía a trabajar en su miseria, haciéndola a ella tan desdichada como a él mismo a través de la mala conducta y la dureza de su marido. Intentó pensar y resolver lo que haría; pero no hay tarea tan difícil como la de pensar cuando la mente tiene una objeción al asunto que se le presenta. La mente, en tales circunstancias, es como un caballo al que se lleva al agua pero se niega a beber. Así que Johnny regresó a su hogar, todavía dudando de si respondería o no a la carta de Amelia. Y si no la respondía, ¿cómo se comportaría a su regreso a Burton Crescent?
No hace falta decir que la señorita Roper, al escribir su carta, era consciente de todo esto, y que la posición de Johnny había sido cuidadosamente preparada para él por... su afectuosa enamorada.
Capítulo 11
Vida social
El señor y la señora Lupex habían compartido una molleja con gran regocijo conyugal el mismo día en que Cradell regresaba a la hospitalaria mesa de la señora Roper. Habían comido juntos una molleja, junto con otras delicadezas de la temporada, en las inmediaciones del teatro, y habían ahogado cualquier aspereza con cerveza amarga y brandy con agua. Pero de esta reconciliación nada sabía Cradell; y cuando los vio entrar juntos en el salón, pocos minutos después de la pregunta que le había dirigido a la señorita Spruce, se quedó verdaderamente sorprendido.
Lupex no era un hombre de mala naturaleza, ni alguien salvaje por disposición. Era un hombre aficionado a las mollejas y a las pequeñas cenas, y alguien para quien el brandy caliente con agua era demasiado valioso. Si la esposa de su corazón hubiera sido una buena compañera para él, podría haber pasado por el mundo, si no de forma respetable, al menos sin una deshonra pública. Pero ella era una mujer que no dejaba al hombre más consuelo que el que se halla en el brandy. Durante ocho años habían sido marido y mujer; y a veces —me apena decirlo— él se había visto empujado casi a desear que ella cometiera el último pecado de una mujer casada y lo abandonara. En su miseria, cualquier modo de escape le habría parecido bienvenido. Si hubiera tenido energía suficiente, se habría llevado su talento para pintar decorados a Australia, o al cambio de escena más lejano conocido en el escenario del mundo. Pero era un hombre complaciente, apático y entregado a sus gustos; y en cualquier momento, por aguda que fuera su miseria, una pequeña cena, unas pocas palabras dulces y un vaso de brandy con agua lo hacían entrar en razón. El segundo vaso lo convertía en el esposo más cariñoso del mundo; pero el tercero le devolvía el recuerdo de todos sus agravios y le daba valor contra su esposa o contra el mundo entero, incluso en detrimento de los muebles que lo rodeaban, si un atizador extraviado llegaba a su mano.
Sin embargo, Cradell no conocía todas estas peculiaridades de su carácter; y cuando nuestro amigo lo vio entrar en el salón con su esposa del brazo, quedó atónito.
—Señor Cradell, su mano —dijo Lupex, que ya había avanzado hasta el segundo vaso de brandy, pero a quien no se le había permitido pasar de ahí—. Ha habido un malentendido entre nosotros; que sea olvidado. —El señor Cradell, si bien lo conozco —dijo la dama—, es demasiado caballero para guardar rencor cuando un caballero le ha ofrecido su mano. —¡Oh, estoy seguro! —dijo Cradell—. Estoy... de hecho, me encanta ver que no pasa nada después de todo.
Y entonces estrechó la mano de ambos; tras lo cual la señorita Spruce se levantó, hizo una profunda reverencia y también estrechó la mano del marido y de la mujer.
—Usted no es un hombre casado, señor Cradell —dijo Lupex—, y, por tanto, no puede comprender los mecanismos del corazón de un esposo. Ha habido momentos en los que mi aprecio por esta mujer ha sido demasiado para mí. —Vamos, Lupex, no sigas —dijo ella, dándole un golpecito juguetón con una vieja sombrilla que aún sostenía. —Y no dudo en decir que mi aprecio por ella fue demasiado para mí esa noche en la que le mandé llamar al comedor. —Me alegra que todo se haya arreglado —dijo Cradell. —Me alegra mucho, de veras —dijo la señorita Spruce. —Y, por consiguiente, no necesitamos decir ni una palabra más sobre el asunto —concluyó la señora Lupex. —Una palabra —dijo Lupex, agitando la mano—. Señor Cradell, me alegra enormemente que no obedeciera mi llamada aquella noche. De haberlo hecho —lo confieso ahora—, de haberlo hecho, el resultado habría sido sangre. Estaba equivocado. Reconozco mi error; pero el resultado habría sido sangre. —¡Vaya, vaya, vaya! —exclamó la señorita Spruce. —Señorita Spruce —continuó Lupex—, hay momentos en que el corazón se vuelve demasiado fuerte para un hombre. —Ya lo creo —asintió la señorita Spruce. —Bueno, Lupex, ya basta —dijo su mujer. —Sí; ya basta. Pero creo que es justo decirle al señor Cradell que me alegro de que no viniera a verme. Su amigo, señor Cradell, me hizo el honor de visitarme ayer en el teatro, a las cuatro y media; pero yo estaba entonces en los andamios y no pude bajar a verle. Estaré encantado de verlos a ambos cualquier día a las cinco y de enterrar todo resentimiento con una chuleta y una copa en el Pot and Poker, en Bow-street. —Es usted muy amable —dijo Cradell. —Y la señora Lupex se nos unirá. Hay un reservado encantador en el piso de arriba del Pot and Poker; y si la señorita Spruce se dignara a... —¡Oh, soy una mujer vieja, señor! —No, no, no —dijo Lupex—, eso lo niego. Vamos, Cradell, ¿qué me dice? Solo una cenita íntima para cuatro, ya sabe.
Sin duda resultaba agradable ver al señor Lupex en su humor actual; mucho más agradable que en ese otro humor cuyo resultado habría sido sangre. Pero, por simpático que se mostrara ahora, era evidente que no estaba del todo sobrio. Cradell, por tanto, no fijó el día para la cenita, sino que simplemente comentó que estaría encantado de hacerlo en un futuro.
—Y ahora, Lupex, supongo que te irás a la cama —dijo su mujer—. Has tenido un día muy agotador. —¿Y tú, pichoncito? —Iré en un momento. Ahora no hagas el ridículo y vete. Vamos... —y ella se quedó junto a la puerta abierta, esperando a que él pasara. —Más bien creo que me quedaré donde estoy y tomaré algo caliente —dijo él. —Lupex, ¿quieres exasperarme de nuevo? —dijo la dama, y le lanzó una mirada que él comprendió perfectamente.
No estaba de humor para peleas, ni deseaba sangre en ese momento, así que decidió marcharse. Pero mientras se iba, se preparaba para nuevas batallas. «Haré algo desesperado, estoy seguro; sé que lo haré», decía mientras se quitaba las botas.
—¡Oh, señor Cradell! —dijo la señora Lupex en cuanto cerró la puerta tras su marido en retirada—. ¿Cómo podré volver a mirarle a la cara después de los acontecimientos de estos últimos y memorables días?
Y entonces se sentó en el sofá y ocultó su rostro en un pañuelo de batista. —En cuanto a eso —dijo Cradell—, ¿qué importancia tiene entre amigos como nosotros? —¡Pero que se sepa en su oficina... como por supuesto se sabe, por ese caballero que fue a verle al teatro! No creo que pueda sobrevivir a esto. —Comprenda que me vi obligado a enviar a alguien, señora Lupex. —No le estoy reprochando nada, señor Cradell. Sé muy bien que, en mi melancólica posición, no tengo derecho a reprochar nada, y no pretendo entender los sentimientos de los caballeros entre sí. Pero que mi nombre haya sido mencionado junto al suyo de esa manera es... ¡Oh, señor Cradell!, no sé cómo podré volver a mirarle a la cara jamás.
Y volvió a hundir la suya en el pañuelo. —Quien bien actúa, bien parece —dijo la señorita Spruce; y había algo en su tono de voz que parecía transmitir un gran significado oculto. —Exactamente así, señorita Spruce —dijo la señora Lupex—; y ese es mi único consuelo en este momento. El señor Cradell es un caballero que despreciaría aprovecharse... de eso estoy convencida.
Y entonces se las ingenió para mirarlo por encima del borde de la mano que sostenía el pañuelo. —Eso nunca lo haría, estoy seguro —dijo Cradell—. Es decir... —y entonces hizo una pausa.
No quería meterse en un lío por culpa de la señora Lupex. No tenía el menor deseo de encontrarse con su marido en uno de sus ataques de celos. Pero sí le gustaba la idea de que se hablara de él como del admirador de una mujer casada, y sí le gustaba el brillo de los ojos de la dama. Cuando la desafortunada polilla, en su semiceguera, se lanza con sus alas a la llama de la vela y se descubre mutilada y torturada, ni siquiera entonces aprende la lección, sino que regresa una y otra vez hasta que es destruida. Una polilla así era el pobre Cradell. No podía obtener calor de esa llama. No había belleza en aquella luz, ni siquiera el brillo falso de un amor ilícito. Podía sufrir daños: un pernicioso recorte de las alas que le quitara toda capacidad de vuelo futuro; daños y, no improbablemente, la destrucción si perseveraba. Pero podría decirse que ni una sola hora de felicidad le reportaría su intimidad con la señora Lupex. No sentía por ella amor alguno. Le tenía miedo y, en muchos aspectos, le desagradaba. Pero para él, en su debilidad de polilla, en su ignorancia y su ceguera, le parecía algo grandioso que se le permitiera volar cerca de la vela. ¡Oh, amigos míos!, si se detuvieran a pensarlo, ¡cuántos de ustedes han sido polillas y ahora andan por ahí sin gracia, con las alas más o menos quemadas y los cuerpos lamentablemente chamuscados!
Pero antes de que el señor Cradell pudiera decidir si aprovecharía o no la presente oportunidad para otra inmersión en la llama de la vela —procedimiento respecto al cual no podía evitar sentir que la presencia de la señorita Spruce resultaba molesta—, la puerta de la habitación se abrió y Amelia Roper se unió al grupo.
—¡Vaya, vaya! La señora Lupex —dijo ella—. ¡Y el señor Cradell! —Y la señorita Spruce, querida —añadió la señora Lupex, señalando a la anciana dama. —No soy más que una vieja —dijo la señorita Spruce. —Oh, sí; ya veo a la señorita Spruce —replicó Amelia—. No estaba insinuando nada, se lo aseguro. —Faltaría más, querida —dijo la señora Lupex. —Es solo que no sabía que ustedes dos estaban tan... Es decir, la última vez que supe del asunto, me imaginé... Pero si la riña se ha arreglado, nadie se alegra más que yo. —La riña se ha arreglado —confirmó Cradell. —Si el señor Lupex está satisfecho, yo también lo estoy —dijo Amelia. —El señor Lupex está satisfecho —sentenció la señora Lupex—; y déjame decirte, querida, ya que tú misma esperas casarte... —Señora Lupex, yo no espero casarme... no especialmente, en absoluto. —Ah, pensé que sí. Pues déjame decirte que, cuando tengas un marido propio, no te resultará tan fácil mantenerlo todo en orden. Eso es lo peor de estas casas de huéspedes; si pasa cualquier niñería, todo el mundo se entera. ¿Verdad, señorita Spruce? —Vivir en una pensión es mucho más cómodo que llevar una casa —dijo la señorita Spruce, que vivía con bastante miedo a sus parientes, los Roper. —Todo el mundo se entera, ¿eh? —dijo Amelia—. Bueno, si un caballero llega a casa de noche bebido y amenaza con asesinar a otro caballero en la misma casa; y si una dama... —Y aquí Amelia hizo una pausa, pues sabía que el buque de guerra que se disponía a enfrentar tenía una gran potencia de fuego. —¿Y bien, señorita? —dijo la señora Lupex, poniéndose en pie—, ¿qué pasa con la dama?
Podemos decir que la batalla había comenzado y que ambos navíos estaban comprometidos, por las leyes generales del valor y la guerra naval, a mantener la contienda hasta que uno de ellos quedara absolutamente incapacitado, si no estallaba o se hundía. En este momento, a un espectador le resultaría difícil decir cuál de las combatientes tenía mejores probabilidades de éxito permanente. La señora Lupex contaba, sin duda, con un poder más maduro, un hábito de lucha que le otorgaba una habilidad infinita, un valor que la insensibilizaba ante cualquier herida mientras durara el fragor de la batalla y una temeridad que la hacía casi indiferente a si se hundía o salía a flote. Pero Amelia portaba cañones de mayor calibre y era capaz de disparar un metal más pesado que el de su enemiga; además, navegaba en sus propias aguas. Si llegaban al abordaje y al cuerpo a cuerpo, Amelia llevaría sin duda las de ganar; pero la señora Lupex era probablemente demasiado astuta para permitir tal maniobra. Estaba, no obstante, lista para la ocasión y ávida de pelea.
—¿Y qué pasa con la dama? —repitió con un tono de voz que no admitía réplica pacífica. —Una dama, si es una dama —dijo Amelia—, sabrá cómo comportarse. —¿Y vas a enseñarme tú, señorita Roper? Te estoy sumamente agradecida. ¿Son esos modales de Manchester los que prefieres, supongo? —Prefiero los modales honestos, señora Lupex, y los modales decentes, y los modales que no escandalicen a toda una casa llena de gente; y no me importa si vienen de Manchester o de Londres. —¿Modales de sombrerera, imagino? —No me importa si son modales de sombrerera o de teatro, señora Lupex, siempre que no sean modales directamente infames... como los suyos, señora Lupex. Ahí lo tiene. ¿A qué viene seguir de esta manera con ese joven, hasta que lleve a su marido al manicomio a fuerza de bebida y celos? —¡Señorita Roper! ¡Señorita Roper! —intervino Cradell—. De veras que... —No le haga caso, señor Cradell —dijo la señora Lupex—; no es digna de que usted le dirija la palabra. Y en cuanto a ese pobre infeliz de Eames, si le tiene algún aprecio, hágale saber qué clase de calaña es ella. Querida, ¿cómo está el señor Juniper, de la casa Grogram en Salford? Lo sé todo sobre ti, y también lo sabrá John Eames... ¡pobre tonto desafortunado! ¡A mí me vas a hablar de bebida y de celos! —¡Sí, se lo digo a usted! Y ya que ha mencionado el nombre del señor Juniper, el señor Eames, y también el señor Cradell, pueden saberlo todo. No ha habido nada respecto al señor Juniper de lo que yo deba avergonzarme. —Creo que sería difícil hacer que te avergonzaras de algo. —Pero déjeme decirle esto, señora Lupex: no va usted a destruir la respetabilidad de esta casa con sus andanzas. —Maldito el día en que dejé que Lupex me trajera a ella. —Entonces pague su cuenta y lárguese —dijo Amelia, señalando la puerta con la mano—. Me comprometo a decir que no se requerirá preaviso alguno. Solo pague a mi madre lo que le debe y es libre de irse de inmediato. —Me iré justo cuando me plazca, y ni una hora antes. ¿Quién eres tú, gitana, para hablarme de este modo? —Y en cuanto a irse, se irá, aunque tengamos que llamar a la policía para obligarla.
Amelia, que en este punto de la lucha se enfrentaba a su enemiga con los brazos en jarras, parecía llevar la ventaja en la batalla. Pero el amargor de la lengua de la señora Lupex aún no había producido sus mejores resultados. Me inclino a pensar que la dama casada habría silenciado a la soltera si se hubiera permitido que la pelea continuara —siempre presumiendo que no se recurriera a los ganchos de abordaje—. Pero en ese instante entró en la habitación la señora Roper, acompañada de su hijo, y ambas combatientes retrocedieron por un momento.
—Amelia, ¿qué es todo esto? —dijo la señora Roper, intentando fingir una expresión de asombro agonizante. —Pregúntale a la señora Lupex —dijo Amelia. —Y la señora Lupex responderá —dijo dicha dama—. Su hija ha entrado aquí y me ha atacado... con un lenguaje... ¡y delante del señor Cradell! —¿Por qué no paga lo que debe y deja la casa? —replicó Amelia. —Cierra la boca —dijo su hermano—. Lo que deba no es asunto tuyo. —Pero sí es asunto mío cuando una criatura como esa me insulta. —¡Criatura! —exclamó la señora Lupex—. ¡Me gustaría saber quién se parece más a una criatura! Pero te diré una cosa, Amelia Roper...
Aquí, sin embargo, su elocuencia fue interrumpida, pues Amelia había desaparecido por la puerta, empujada fuera de la habitación por su hermano. Acto seguido, la señora Lupex, encontrando un sofá conveniente para el propósito, se entregó a un ataque de histeria. Allí la dejaremos por el momento, esperando que a la pobre señora Roper no se le hiciera muy tarde para irse a dormir.
«¡En menudo lío se va a meter Eames si se casa con esa chica!», fue la reflexión de Cradell mientras se retiraba a su propia habitación. Pero de su propia parte en los sucesos de la noche se sentía más bien orgulloso, considerando que el aprecio de la dama casada por él había sido la causa de la batalla librada. Del mismo modo, París obtuvo mucha gratificación del asedio de diez años de Troya.
Capítulo 12
Lilian Dale se convierte en mariposa
Y ahora regresaremos a Allington. La misma mañana que trajo a John Eames las dos cartas que aparecieron en el penúltimo capítulo, trajo a la Casa Grande, entre otras, la siguiente epístola para Adolphus Crosbie. Venía de una condesa y estaba escrita en papel rosa, de una hermosa textura satinada y perfumado, adornado con una corona y ciertas iniciales singularmente entrelazadas. En conjunto, la carta era muy distinguida y atractiva, y a Adolphus Crosbie no le pesó en absoluto recibirla.
Castillo de Courcy, septiembre de 186‒. Mi querido Sr. Crosbie: Hemos tenido noticias suyas a través de los Gazebee, que han venido a vernos y nos cuentan que está usted veraneando en un encantador pueblecito en el que, entre otros atractivos, hay ninfas de los bosques y ninfas del agua a quienes dedica gran parte de su tiempo. Como esto es algo que encaja perfectamente con sus gustos, no le interrumpiría por nada del mundo; pero si alguna vez logra desasirse de las arboledas y fuentes de Allington, estaremos encantados de recibirle aquí, aunque nos encontrará muy poco románticos después de su reciente Elíseo. Lady Dumbello vendrá a vernos, quien sé que es una de sus favoritas. ¿O es al revés, y es usted el favorito de ella? Se lo pregunté a Lady Hartletop, pero no puede dejar al pobre marqués, que está, como sabe, muy achacoso. El duque no está en Gatherum actualmente, pero, por supuesto, no quiero decir que eso tenga nada que ver con que la querida Lady Hartletop no venga. Creo que tendremos la casa llena y no nos faltarán ninfas tampoco, aunque temo que no serán de las de agua y bosque. Margaretta y Alexandrina quieren particularmente que venga, pues dicen que se le da de maravilla lograr que un grupo grande de gente se lo pase bien. Si puede dedicarnos una semana antes de volver a gestionar los asuntos de la nación, por favor, hágalo. Suya afectuosamente, Rosina De CourcyLa condesa de Courcy era una vieja amiga del Sr. Crosbie; es decir, tan vieja como pueden serlo las amistades en el mundo en el que él se movía. La conocía desde hacía seis o siete años y acostumbraba a ir a todos sus bailes en Londres y a bailar con sus hijas en todas partes, de una manera sumamente amable y afable. Había tenido intimidad, por antiguas relaciones familiares, con el Sr. Mortimer Gazebee, quien, aunque solo era un abogado de la clase más distinguida, se había casado con la hija mayor de la condesa y ahora ocupaba un escaño en el Parlamento por la ciudad de Barchester, cerca de la cual se encontraba el Castillo de Courcy. Y, para decir la verdad honestamente de una vez, el Sr. Crosbie había mantenido una gran amistad con las hijas de Lady De Courcy, las damas Margaretta y Alexandrina; quizás especialmente con esta última, aunque no quisiera que mis lectores supusieran por ello que entre ellos hubiera existido algo más tierno que la amistad.
Crosbie no dijo nada sobre la carta aquella mañana; pero durante el día, o tal vez mientras meditaba el asunto en la cama, decidió que aceptaría la invitación de Lady De Courcy. No era solo que se alegraría de ver a los Gazebee, o de alojarse en la misma casa que esa gran maestra del arte de la vida social, Lady Dumbello, o de renovar su amistad con Margaretta y Alexandrina. Si hubiera sentido que las circunstancias de su compromiso con Lily hacían conveniente que se quedara con ella hasta el final de sus vacaciones, habría rechazado a los De Courcy sin dudarlo. Pero se dijo a sí mismo que sería bueno para él alejarse ahora de Lily; o quizás se dijo que sería bueno para Lily que él se alejara. No debía enseñarle a pensar que iban a vivir solo bajo la luz de sus respectivos ojos durante esos meses, o quizás años, que debían transcurrir antes de que su compromiso pudiera hacerse efectivo. Tampoco debía permitir que ella supusiera que él o ella dependían únicamente del otro para las diversiones y ocupaciones de la vida. De esta manera razonó el asunto con mucha sensatez en su mente y resolvió, sin gran dificultad, que iría al Castillo de Courcy a disfrutar durante una semana del resplandor de la moda que allí se congregaría. ¡Ya le llegaría bastante pronto la tranquila monotonía de su propio hogar!
—Creo que los dejaré el miércoles, señor —le dijo Crosbie al terrateniente durante el desayuno del domingo por la mañana. —¡Dejarnos el miércoles! —exclamó el tío Christopher, que tenía la vieja idea de que las personas comprometidas para casarse debían permanecer juntas tanto tiempo como las circunstancias permitieran—. No hay nada malo, ¿verdad? —¡Oh, nada de eso! Pero todo debe terminar algún día; y como tengo que hacer una o dos visitas cortas antes de regresar a la ciudad, bien podría irme el miércoles. De hecho, lo he pospuesto tanto como he podido. —¿A dónde vas desde aquí? —preguntó Bernard. —Bueno, da la casualidad de que solo al condado vecino, al Castillo de Courcy.
Y no se dijo nada más sobre el asunto en aquella mesa de desayuno.
Se había convertido en costumbre reunirse los domingos por la mañana antes de ir a la iglesia en el césped de la Casa Pequeña, y ese día los tres caballeros bajaron juntos y encontraron a Lily y Bell esperándolos. Generalmente tenían unos minutos libres antes de que la señora Dale los llamara para atravesar la casa hacia la iglesia, y así sucedió en esta ocasión. El terrateniente solía quedarse en medio del jardín, examinando sus terrenos y pasando revista a los arbustos, flores y frutales; pues nunca olvidaba que todo era suyo, y aprovechaba esta oportunidad ya que rara vez bajaba a ver el lugar otros días. La señora Dale, al verlo desde su ventana mientras se anudaba el sombrero, sentía que sabía lo que pasaba por la mente de él y lamentaba que las circunstancias la hubieran obligado a estarle agradecida por tal ayuda. Pero, en realidad, ella no sabía todo lo que él pensaba en esos momentos. «Es mío», se decía él al mirar el agradable lugar. «Pero es bueno que ellas lo disfruten. Es la viuda de mi hermano y es bienvenida; muy bienvenida». Creo que si esas dos personas hubieran sabido más de los corazones y mentes del otro, podrían haberse querido mejor.
Entonces Crosbie le contó a Lily su intención. —¡El miércoles! —dijo ella, palideciendo de emoción al oír la noticia. Él se lo había dicho abruptamente, sin pensar, probablemente, que tal noticia la afectaría tanto. —Bueno, sí. He escrito a Lady De Courcy diciendo que el miércoles. No estaría bien que dejara de lado a todo el mundo, y tal vez... —¡Oh, no! Y, Adolphus, no supongas que lamento que te vayas. Es solo que parece tan repentino, ¿no crees? —Ten en cuenta que he estado aquí más de seis semanas. —Sí; has sido muy bueno. Al pensar en ello, ¡qué seis semanas han sido! Me pregunto si la diferencia te parece tan grande a ti como a mí. He dejado de ser una oruga y he empezado a ser una mariposa. —Pero no debes ser una mariposa cuando estés casada, Lily. —No; no en ese sentido. Me refería a que mi verdadera posición en el mundo —aquella para la que quisiera esperar que fui creada— se abrió ante mí solo cuando te conocí y supe que me amabas. Pero mamá nos llama y debemos ir a la iglesia. ¡Irte el miércoles! ¡Solo quedan tres días más, entonces! —Sí, justo tres días —dijo él, mientras la tomaba del brazo y atravesaban la casa hacia el camino. —¿Y cuándo volveremos a verte? —preguntó ella al llegar al cementerio. —¡Ah!, ¿quién puede decirlo todavía? Tendremos que preguntar al Presidente de los Comités cuándo me dejará marchar de nuevo.
Luego no se dijo nada más y todos siguieron al terrateniente a través del pequeño porche hasta el gran banco familiar en el que se sentaban todos. Allí el terrateniente ocupó su lugar en un rincón especial que había ocupado desde la muerte de su padre, y desde el cual leía las respuestas en voz alta y clara; tan alta y clara que el sacristán de la parroquia no podía igualarlo, aunque con voz emuladora seguía intentándolo. «Al señor le gustaría ser señor, y párroco, y sacristán, y todo; así es», decía el pobre sacristán cuando se quejaba del mal trato que sufría.
Si las oraciones de Lily se vieron interrumpidas por su nueva pena, creo que su falta al respecto sería perdonada. Por supuesto, ella sabía que Crosbie no iba a permanecer en Allington mucho más tiempo. Sabía tan bien como él el día exacto en que terminaba su licencia y la hora en que le correspondía entrar en su despacho de la Oficina del Comité General. Se había hecho a la idea de que se quedaría con ellos hasta el final de sus vacaciones, y ahora se sentía como un escolar a quien le dicen de repente, un día o dos antes de tiempo, que le van a quitar la última semana de vacaciones. El agravio habría sido leve si lo hubiera sabido desde el principio; pero ¿qué escolar podría soportar tal golpe cuando la pérdida suponía dos tercios de su riqueza restante? Lily no culpó a su amante. Ni siquiera pensó que él debiera quedarse. No se permitía suponer que él pudiera proponer nada que fuera desconsiderado. Pero sentía su pérdida y, más de una vez, mientras se arrodillaba en sus oraciones, se secó una lágrima oculta de los ojos.
Crosbie también pensaba en su partida más de lo que debería haberlo hecho durante el sermón del señor Boyce. «Es fácil escucharle», solía decir la señora Hearn del sucesor de su marido. «No cuesta mucho esfuerzo seguir sus argumentos». El Sr. Crosbie tal vez encontró la dificultad mayor que la señora Hearn, y habría dedicado su mente con más perfección al discurso si el argumento hubiera sido más profundo. Es muy duro tener la necesidad de escuchar a un hombre que no dice nada. En esta ocasión, Crosbie ignoró por completo la necesidad y entregó su mente a la consideración de lo que sería conveniente decir a Lily antes de irse. Recordaba bien aquellas pocas palabras que había pronunciado en el primer ardor de su amor, suplicando que se fijara un día cercano para su matrimonio. Y recordaba también con qué dulzura Lily había cedido ante él. «Solo que no sea demasiado pronto», había dicho ella. Ahora debía desdecirse de lo que había dicho entonces. Debía abogar contra sus propios ruegos y explicarle que deseaba posponer el matrimonio en lugar de apresurarlo; una tarea que, supongo, siempre debe ser desagradable para cualquier hombre comprometido. «Más vale que lo haga de una vez», se dijo a sí mismo, mientras inclinaba la cabeza hacia adelante sobre sus manos a modo de dar las gracias por el fin del sermón del señor Boyce.
Como solo le quedaban tres días, ciertamente era mejor que lo hiciera de inmediato. Dado que Lily no tenía fortuna, no podía quejarse con justicia de un compromiso prolongado. Ese era el argumento que usaba en su fuero interno. Pero con la misma frecuencia se decía que ella tendría motivos de queja si se la dejaba un día innecesariamente con dudas sobre este asunto. ¿Por qué había pronunciado imprudentemente aquellas palabras apresuradas en su amor, metiéndose en toda clase de líos, como podría hacer un escolar o alguien como Johnny Eames? ¡Qué asno había sido por no haberse recordado a sí mismo y haberse mantenido sereno, por no haber pensado en aquella ocasión en todo lo que se debía a Adolphus Crosbie! Y entonces le asaltó la idea de si no se habría comportado como un asno por completo en este asunto. Y mientras daba el brazo a Lily a la salida de la iglesia, se encogió de hombros al hacer esa reflexión. «Ya es demasiado tarde», se dijo; y luego se dio la vuelta y le dirigió algún dulce y amoroso discurso. Adolphus Crosbie era un hombre inteligente; y también pretendía ser un hombre íntegro... siempre que las tentaciones de la falsedad no fueran demasiado grandes para él.
—Lily —dijo él—, ¿paseamos por los campos después de almorzar?
¡Pasear por los campos con él! Por supuesto que lo haría. Solo quedaban tres días, ¿y no le entregaría ella cada momento de su tiempo, si él estuviera dispuesto a aceptarlos todos? Almorzaron en la Casa Pequeña, pues la señora Dale había prometido unirse a la cena en la mesa del terrateniente. El tío Christopher no almorzó, excusándose con el argumento de que el almuerzo en sí mismo era algo perjudicial. «Bien que almuerza en su propia casa», le dijo después la señora Dale a Bell. «Y a menudo le he visto tomar una copa de jerez». Mientras pensaba en esto, la señora Dale preparó su propia cena. Si su cuñado no comía a su mesa, ella tampoco comería a la de él.
Pocos minutos después, Lily ya se había puesto el sombrero en lugar de aquel decoroso gorro de ir a la iglesia que Crosbie solía criticar con privilegio de amante, bien seguro de que podía decir lo que quisiera del gorro siempre que alabara el sombrero. —Solo tres días —dijo ella mientras caminaba con él por el césped a paso rápido.
Pero lo dijo con una voz que no guardaba queja alguna; que parecía decir simplemente esto: ya que el tiempo bueno iba a ser tan breve, debían aprovecharlo al máximo. ¿Y qué cumplido puede hacerse a un hombre que sea tan dulce como ese? ¿Qué lisonja más gratificante? «Todo mi cielo terrenal está contigo; y ahora, para el deleite de estos meses inmediatos, ¡solo me quedan tres días de este cielo! Ven, pues; aprovecharé al máximo la felicidad que se me concede». Crosbie lo sintió tal como ella lo sentía y reconoció la magnitud de la deuda que tenía con ella. «Vendré a verlas un día por Navidad, aunque sea solo por un día», se dijo a sí mismo. Luego reflexionó que, siendo esa su intención, sería bueno iniciar la conversación con una promesa al respecto.
—Sí, Lily; solo quedan tres días. Pero me pregunto si... supongo que estaréis todos en casa por Navidad. —¿En casa por Navidad? Por supuesto que estaremos en casa. ¡No me digas que vendrás a vernos! —Bueno; creo que lo haré, si me aceptáis. —¡Oh! Eso lo cambia todo. Déjame ver. Solo faltan tres meses. ¡Y tenerte aquí el día de Navidad! Preferiría tenerte entonces que cualquier otro día del año. —Será solo por un día, Lily. Vendré para la cena de Nochebuena y tendré que irme al día siguiente. —¡Pero vendrás directo a nuestra casa! —Si puedes reservarme una habitación. —Claro que podemos. Podríamos haberlo hecho ahora, solo que cuando viniste, ya sabes... —Entonces ella le miró a la cara y sonrió. —Cuando vine, era el amigo del terrateniente y de tu primo, más que el tuyo. Pero todo eso ha cambiado ahora. —Sí; ahora eres mi amigo, mío especialmente. Voy a ser ahora y siempre tu propia, especial y queridísima amiga, ¿eh, Adolphus? —Y entonces le exigió la repetición de la promesa que él ya le había hecho tantas veces.
Para entonces ya habían atravesado los terrenos de la Casa Grande y estaban en los campos. —Lily —dijo él, hablando de forma un tanto repentina y haciéndole sentir por su actitud que iba a decir algo importante—; quiero decirte unas palabras sobre... negocios.
Y soltó una pequeña risa al pronunciar la última palabra, dándole a entender claramente que no se sentía del todo cómodo.
—Claro que te escucho. Y, Adolphus, por favor, no temas por mí. Lo que quiero decir es que no pienses que no puedo soportar preocupaciones y problemas. Puedo soportar cualquier cosa mientras me ames. Digo esto porque me temo que pareció que me quejaba de tu partida. No era mi intención. —Nunca pensé que te quejaras, carísima. Nada puede ser mejor de lo que tú eres en todo momento y en todos los sentidos. Un hombre sería muy difícil de complacer si tú no le complacieras. —Si tan solo puedo complacerte a ti... —Me complaces, en todo. Querida Lily, creo que encontré un ángel cuando te encontré a ti. Pero ahora, sobre este asunto. Quizás sea mejor que te lo cuente todo. —Oh, sí, cuéntamelo todo. —Pero no debes malinterpretarme. Y si hablo de dinero, no debes suponer que tenga nada que ver con mi amor por ti. —Ojalá por tu bien yo no fuera tan pobretona. —Lo que quiero decir es esto: que si parezco ansioso por el dinero, no debes suponer que esa ansiedad guarde relación alguna con mi afecto por ti. Te amaría exactamente igual, y esperaría con las mismas ganas la felicidad de casarme contigo, fueras rica o pobre. ¿Entiendes eso?
Ella no le entendió del todo; pero se limitó a apretar su brazo para animarle a continuar. Supuso que él pretendía contarle algo sobre su futuro modo de vida; algo que él imaginaba que no sería agradable de oír para ella, y estaba decidida a demostrarle que lo recibiría con agrado.
—Ya sabes —dijo él— cuán ansioso he estado por que nuestro matrimonio no se retrasara. Para mí, por supuesto, lo es todo ahora poder llamarte mía lo antes posible.
Ante esta pequeña declaración de amor, ella simplemente volvió a apretar su brazo; el tema era uno sobre el cual ella misma no tenía mucho que decir.
—Por supuesto, debo estar muy ansioso, pero veo que no es tan fácil como esperaba. —Ya sabes lo que dije, Adolphus. Dije que pensaba que era mejor esperar. Estoy segura de que mamá piensa lo mismo. Y si podemos verte de vez en cuando... —Eso se da por descontado. Pero, como decía... déjame ver. Sí, toda esa espera me resultará intolerable. Es muy pesado para un hombre, cuando ha tomado una decisión sobre un asunto como el matrimonio, no realizar el cambio de inmediato, especialmente cuando va a tomar para sí a un angelito como tú —y mientras decía estas palabras amorosas, volvió a rodearle la cintura con el brazo—; pero... —y entonces se detuvo.
Quería hacerle entender que este cambio de intención por su parte se debía a la inesperada conducta del tío de ella. Deseaba que ella supiera exactamente cómo estaba el asunto; que se le había inducido a suponer que su tío le daría alguna pequeña fortuna; que se sentía decepcionado y tenía derecho a sentir profundamente esa decepción; y que, como consecuencia de este golpe a sus expectativas, debía posponer el matrimonio. Pero deseaba que ella comprendiera al mismo tiempo que esto no mermaba en lo más mínimo su amor; que no la culpaba a ella en absoluto por la falta de su tío. Estaba ansioso por transmitirle todo esto, pero no sabía cómo decirlo de una manera que no resultara ofensiva para ella personalmente y que no pareciera acusarle a él mismo de motivos sórdidos. Había empezado declarando que se lo contaría todo; pero a veces no es fácil esa tarea de contarle todo a una persona. Hay cosas que se niegan a ser contadas.
—Quieres decir, queridísimo —dijo ella—, que no puedes permitirte casarte de inmediato. —Sí; eso es. Esperaba poder hacerlo, pero...
¿Hubo alguna vez un hombre enamorado capaz de decirle a la dama que amaba que estaba muy decepcionado al descubrir que ella no tenía dinero? Si es así, su valor, diría yo, era mayor que su amor. Crosbie se vio incapaz de hacerlo y se sintió cruelmente tratado por la dificultad. El retraso al que pretendía someterla estaba causado, según sentía, por el terrateniente y no por él mismo. Él estaba dispuesto a cumplir con su parte, si tan solo el terrateniente hubiera estado dispuesto a cumplir con la parte que propiamente le correspondía. El terrateniente no quiso; y, por tanto, él tampoco podía... todavía no. La justicia exigía que todo esto se comprendiera; pero cuando llegó el momento de contarlo, vio que la historia no tomaba la forma adecuada. Debía dejarlo pasar y soportar la injusticia, consolándose lo mejor posible con la reflexión de que él, al menos, se estaba portando bien en el asunto.
—Eso no me hará infeliz, Adolphus. —¿De veras? —dijo él—. Por lo que a mí respecta, confieso que no puedo soportar el retraso con tanta indiferencia. —No, amor mío; no debes malinterpretarme —dijo ella, deteniéndose y mirándole de frente en el sendero por el que caminaban—. Supongo que debería protestar, según las reglas comunes, diciendo que prefiero esperar. Se espera que las señoritas digan eso. Si tú me estuvieras presionando para casarnos de inmediato, lo diría, sin duda. Pero ahora, tal como están las cosas, seré más honesta. Solo tengo un deseo en el mundo, y es ser tu esposa; poder compartirlo todo contigo. Cuanto antes podamos estar juntos, mejor será; al menos para mí. Ea, ¿te satisface eso? —¡Mi propia Lily! —Sí, tu propia Lily. No tendrás motivos para dudar de mí, queridísimo. Pero no espero tener todo exactamente como yo quiero. Repito que no seré infeliz esperando. ¿Cómo puedo serlo mientras esté segura de tu amor? Me he sentido decepcionada hace un momento cuando dijiste que te ibas tan pronto, y me temo que se me notó. Pero esas pequeñas cosas son más insoportables que las grandes. —Sí; eso es muy cierto. —¡Pero quedan tres días más, y pienso disfrutarlos muchísimo! Y luego me escribirás; y vendrás por Navidad. Y el año que viene, cuando tengas tus vacaciones, volverás a vernos, ¿verdad? —Puedes estar muy segura de eso. —Y así pasará el tiempo hasta que te convenga venir a buscarme. No seré infeliz. —Yo, al menos, estaré impaciente. —Ah, los hombres siempre sois impacientes. Supongo que es uno de vuestros privilegios. Y no creo que un hombre tenga nunca la misma satisfacción positiva y completa al saber que es amado que la que siente una chica. Eres mi pájaro, al que he cazado con mi propia escopeta; y la seguridad de mi éxito es suficiente para mi felicidad. —Me has dejado fuera de combate y sabes que no puedo volver a levantarme. —No sé yo lo de "no puedo". Te dejaría levantarte bastante pronto, si lo desearas.
Cómo hizo él su amorosa declaración de que no lo deseaba, ni querría ni podría desearlo jamás, el lector lo comprenderá fácilmente. Y entonces consideró que bien podía dejar todas esas cuestiones de dinero tal como estaban ahora. Su verdadero objetivo había sido convencerla de que sus circunstancias conjuntas no admitían un matrimonio inmediato; y en cuanto a eso, ella le había comprendido perfectamente. Tal vez, durante los próximos tres días, surgiría alguna oportunidad para explicarle todo el asunto a la señora Dale. En cualquier caso, él había declarado su propósito con honestidad, y nadie podría quejarse de él.
Al día siguiente, todos fueron a caballo hasta Guestwick; el "todos" consistía en las dos chicas, con Bernard y Crosbie. Su objetivo era hacer dos visitas: una a su noble y muy encumbrada aliada, Lady Julia De Guest; y la otra a su amiga mucho más humilde y conocida, la señora Eames. Como la mansión de Guestwick estaba de camino a la ciudad, realizaron primero la ceremonia más grandiosa. El actual conde de Guest, hermano de aquella Lady Fanny que se fugó con el mayor Dale, era un noble soltero que se dedicaba principalmente a la cría de ganado. Y como criaba muy buen ganado, obteniendo una satisfacción infinita de dicha ocupación, dedicándole todas sus energías y absteniéndose de cualquier conducta manifiestamente malvada, debe reconocerse que no era un mal miembro de la sociedad. Era un tory de pura cepa, cuyo voto delegado estaba siempre en manos del líder de su partido y que rara vez se acercaba a la metrópoli, a menos que lo llamara alguna feria ganadera. Era un hombre bajo y rechoncho, de mejillas rojas y rostro redondo; a quien solía vérsele hasta la hora de la cena vestido con una chaqueta de caza muy vieja, calzones, polainas y zapatos muy gruesos. Vivía generalmente al aire libre y era casi tan experto en la conservación de la caza como en la cría de bueyes. Conocía cada acre de su propiedad, y cada árbol en ella, tan a fondo como una dama conoce los adornos de su salón. No había hueco en un cercado cuya ubicación exacta no recordara, ni sendero aquí o allá del que no pudiera decir el porqué y el para qué. En sus años mozos había sido un hombre pobre en cuanto a sus ingresos; muy pobre, teniendo en cuenta que era un conde. Pero actualmente no era en absoluto un hombre empobrecido, habiendo aprendido la lección de las miserias de su padre y su abuelo, y habiendo aprendido a vivir de acuerdo con sus medios. Ahora, mientras descendía por el valle de los años, la gente decía que se estaba volviendo rico y que tenía dinero contante para gastar; una posición en la que ningún Lord De Guest se había encontrado en muchas generaciones. Su padre y su abuelo habían sido conocidos como despilfarradores; y ahora la gente decía que este conde era un avaro.
No había mucho de nobleza en su apariencia; pero se equivocaban de medio a medio quienes concebían que por ello el orgullo de su rango no fuera caro para su alma. Su título de par se remontaba a la época del rey Juan, y solo había tres lores en Inglaterra cuyas patentes hubieran sido concedidas antes que la suya. Sabía qué privilegios le correspondían por su sangre y no estaba dispuesto a ceder ni un ápice de ellos. No los exigía a gritos. Mientras iba por el mundo, no enviaba trompeteros a diestra ni a siniestra proclamando que llegaba el conde de Guest. Cuando ponía la mesa para sus amigos, cosa que hacía en raras ocasiones, los agasajaba con sencillez, con una cortesía suave, tediosa y pasada de moda. Podemos decir que, si se le trataba debidamente, el conde nunca pasaba por encima de nadie. Pero podía ser grandiosamente indignado si se le trataba mal y, si se le atacaba, podía defender lo suyo frente al mundo entero. Se sabía conde hasta la médula, trajinando tras sus bueyes con sus polainas embarradas y sus mejillas rojas, tanto como si estuviera reluciendo de condecoraciones en ceremonias reales cortesanas entre sus pares en Westminster; sí, más conde que cualquiera de esos que usan su nobleza para fines de boato. ¡Ay de aquel que confundiera esa vieja chaqueta con una insignia de degradación rural! De vez en cuando, algún desdichado cometía tal error y tenía que cumplir su penitencia de forma muy incómoda.
Con el conde vivía una hermana soltera, Lady Julia. El padre de Bernard Dale se había fugado en su juventud con una de las hermanas, pero ningún pretendiente había tenido la fortuna de inducir a Lady Julia a fugarse con él. Por tanto, ella aún vivía en bendito celibato como señora de la mansión de Guestwick; y como tal, no tenía una opinión humilde de la alta posición que el destino la había llamado a ocupar. Era una anciana tediosa, aburrida y virtuosa, que se daba a sí misma un mérito infinito por haber permanecido todos sus días en el hogar de su juventud, probablemente olvidando, en sus años avanzados, que sus tentaciones de abandonarlo no habían sido fuertes ni numerosas. Generalmente hablaba de su hermana Fanny con cierto desprecio, como si aquella pobre dama se hubiera degradado al casarse con un hermano menor. Estaba tan orgullosa de su posición como lo estaba el conde su hermano, pero su orgullo se mantenía con más ostentación externa y menos nobleza interior. Apenas le bastaba con que el mundo supiera que era una De Guest y, por ello, había adoptado modales pomposos y ciertos aires de condescendencia que no la hacían popular entre sus vecinos.
La relación entre la mansión de Guestwick y Allington no era muy frecuente ni muy cordial. Poco después de la huida de Lady Fanny, ambas familias habían acordado reconocer su parentesco y hacer saber al mundo que mantenían términos amistosos. O bien era necesario seguir ese camino, o el otro: dejar claro que eran enemigos. La amistad resultaba menos problemática y, por tanto, las dos familias se visitaban de vez en cuando y se invitaban a cenar aproximadamente una vez al año. El conde consideraba al terrateniente como un hombre que había abandonado sus principios políticos y que, por ello, había perdido el respeto debido a un magnate de tierras hereditarias; y el terrateniente solía menospreciar al conde tratándolo como a alguien que no entendía nada del mundo exterior. En la mansión de Guestwick, Bernard era, hasta cierto punto, un favorito. Al fin y al cabo era un pariente, pues corría por sus venas la sangre de los De Guest, y no era menos apreciado por ser el heredero de Allington, y porque el linaje de los Dale era incluso más antiguo que el de la noble familia con la que estaba aliado. Cuando Bernard llegara a ser el terrateniente, entonces sí que podría haber relaciones cordiales entre Guestwick y Allington; a menos que, por supuesto, el heredero del conde y el del terrateniente encontraran algún nuevo motivo de enemistad entre ellos.
Encontraron a Lady Julia sentada sola en su salón, y le presentaron al señor Crosbie con toda la formalidad debida. El hecho del compromiso de Lily era, por supuesto, conocido en la mansión, y se entendía perfectamente que traían al futuro esposo para que fuera examinado y aprobado. Lady Julia hizo una reverencia muy elaborada y expresó el deseo de que su joven amiga fuera feliz en la esfera de la vida a la que a Dios había placido llamarla.
—Espero serlo, Lady Julia —dijo Lily con una risita—; al menos tengo la intención de intentarlo. —Todos lo intentamos, querida, pero muchos fallamos al no intentarlo con suficiente energía en nuestro propósito. Solo cumpliendo con nuestro deber podemos esperar ser felices, ya sea en la soltería o en el matrimonio. —La señorita Dale tiene la intención de ser un dragón de perfección en el cumplimiento de los suyos —dijo Crosbie. —¿Un dragón? —exclamó Lady Julia—. No; espero que la señorita Lily Dale nunca se convierta en un dragón.
Y acto seguido se dirigió a su sobrino. Cabe decir de una vez que nunca perdonó al señor Crosbie la ligereza de la expresión que había utilizado. Solo llevaba dos minutos en el salón de la mansión de Guestwick y no le correspondía hablar de dragones.
—Bernard —dijo ella—, ayer tuve noticias de tu madre. Me temo que no parece estar muy fuerte.
Y entonces se entabló una pequeña conversación, de naturaleza no muy interesante, entre la tía y el sobrino sobre la salud general de Lady Fanny.
—No sabía que mi tía estuviera tan indispuesta —dijo Bell. —No está enferma —respondió Bernard—. Nunca está enferma; pero tampoco está nunca bien. —Tu tía —dijo Lady Julia, pareciendo poner un toque de sarcasmo en el tono de su voz al repetir la palabra—, tu tía nunca ha gozado de buena salud desde que dejó esta casa; pero de eso hace mucho tiempo. —Muchísimo tiempo —añadió Crosbie, que no estaba acostumbrado a quedarse sentado en silencio—. Tú, Dale, al menos, difícilmente podrás recordarlo. —Pero yo sí lo recuerdo —dijo Lady Julia, irguiéndose—. Puedo recordar cuando mi hermana Fanny era reconocida como la belleza de la región. Es un don peligroso, el de la belleza. —Muy peligroso —asintió Crosbie.
Lily volvió a reírse, y Lady Julia se enfadó más que nunca. ¡Qué hombre tan odioso era este que sus vecinos iban a acoger en su propio seno! Pero ella ya había oído hablar del señor Crosbie, y el señor Crosbie también había oído hablar de ella.
—Por cierto, Lady Julia —dijo él—, creo que conozco a unos amigos suyos muy queridos. —"Amigos muy queridos" es una expresión muy fuerte. No tengo muchos amigos muy queridos. —Me refiero a los Gazebee. He oído a Mortimer Gazebee y a Lady Amelia hablar de usted.
Ante esto, Lady Julia confesó que sí conocía a los Gazebee. El señor Gazebee, dijo, era un hombre que en su juventud careció de muchas ventajas, pero aun así era una persona muy estimable. Ahora estaba en el Parlamento y tenía entendido que resultaba útil. Ella no había aprobado del todo el matrimonio de Lady Amelia en su momento, y así se lo había dicho a su vieja amiga Lady De Courcy; pero... Y entonces Lady Julia dedicó muchas palabras de elogio al señor Gazebee, que venían a significar esto: que era un tipo excelente, con la plena convicción del honor excesivo que le había hecho la hija del conde al casarse con él, y una conciencia total de que ni siquiera ese matrimonio lo ponía a la altura de los parientes de su esposa, ni siquiera de su esposa misma. Entonces salió a relucir que Lady Julia iba a encontrarse con los Gazebee la semana siguiente en el Castillo de Courcy.
—Me deleita pensar que tendré el placer de verla allí —dijo Crosbie. —¡Vaya! —exclamó Lady Julia. —Iré a Courcy el miércoles. Me temo que será demasiado pronto para poder serle de alguna utilidad a su señoría.
Lady Julia se enderezó y rechazó la escolta que el señor Crosbie parecía haber ofrecido. Le dolía descubrir que el futuro marido de Lily Dale fuera un amigo íntimo de sus amigos, y le dolía especialmente saber que él se dirigía ahora a casa de esos amigos. Era un disgusto para ella, y demostró que lo era. También le disgustó a Crosbie saber que Lady Julia sería compañera de estancia en el Castillo de Courcy; pero él no lo demostró. No expresó más que sonrisas y civiles felicitaciones, fingiendo que le encantaría volver a encontrarse con Lady Julia; pero, en realidad, habría dado mucho por inventar cualquier maniobra que mantuviera a su señoría en su casa.
—Qué vieja tan horrorosa es —dijo Lily mientras regresaban cabalgando por la avenida—. Te pido perdón, Bernard; porque, por supuesto, es tu tía. —Sí, es mi tía; y aunque no le tengo mucho cariño, niego que sea una vieja horrorosa. No ha asesinado a nadie, ni ha robado a nadie, ni le ha quitado el amante a ninguna otra mujer. —Supongo que no —dijo Lily. —Reza sus oraciones con fervor, no me cabe duda —continuó Bernard—, y da dinero a los pobres, y sacrificaría mañana mismo cualquier deseo propio por un deseo de su hermano. Reconozco que es fea y pomposa, y que, siendo mujer, no debería tener esa barba negra tan larga en el labio superior. —No me importa nada su barba —dijo Lily—. ¿Pero por qué me dijo que cumpliera con mi deber? No fui allí para que me predicaran un sermón. —¿Y por qué habló de que la belleza es peligrosa? —añadió Bell—. Por supuesto, todas sabíamos a qué se refería. —Yo no sabía en absoluto a qué se refería —dijo Lily—, y sigo sin saberlo. —A mí me parece una mujer encantadora, y seré especialmente atento con ella en casa de Lady De Courcy —dijo Crosbie.
Y de esta manera, diciendo cosas duras de la pobre solterona que habían dejado atrás, se abrieron paso hacia Guestwick y volvieron a desmontar ante la puerta de la señora Eames.
Capítulo 13
Una visita a Guestwick
Mientras el grupo de Allington recorría a caballo la estrecha calle principal de Guestwick y cruzaba la plaza del mercado hacia la hilera de casas nuevas, pequeñas y respetables, pero sumamente aburridas, en las que vivía la señora Eames, todos los habitantes del pueblo se percataron de que la señorita Lily Dale iba escoltada por su futuro esposo. La opinión de que había sido una muchacha muy afortunada era ciertamente general entre los vecinos, aunque no siempre se expresaba en términos abiertos o generosos. «Es un gran partido para ella», decían algunos, pero sacudían la cabeza al mismo tiempo, insinuando que la vida del señor Crosbie en Londres no era todo lo que debería ser, y sugiriendo que habría estado más segura si se hubiera contentado con entregarse a algún vecino del campo con pretensiones menos peligrosas. Otros declaraban que, después de todo, no era para tanto. Conocían sus ingresos hasta el último penique y creían que a los jóvenes les resultaría muy difícil mantener una casa en Londres a menos que el viejo terrateniente tuviera intención de ayudarlos. Pero, a pesar de todo, Lily era envidiada mientras cabalgaba por el pueblo con su apuesto amante al lado.
Y ella era muy feliz. No negaré que sentía cierta satisfacción triunfante al saberse envidiada. Tal sentimiento era natural en ella, como lo es en todos los hombres y mujeres que son conscientes de haber gestionado bien sus propios asuntos. Como ella misma había dicho, él era su pájaro, el botín de su propia escopeta, el producto de la capacidad que Dios le había dado, de la cual iba a vivir y, si fuera posible, a prosperar durante el resto de sus días. Lily reconocía plenamente la importancia de lo que estaba haciendo y, con la mayor seriedad, había reflexionado mucho sobre el matrimonio. Pero cuanto más pensaba en ello, más convencida estaba de que hacía lo correcto. Y, sin embargo, sabía que existía un riesgo. Aquel que ahora lo era todo para ella podía morir; es más, era posible que resultara ser distinto de lo que ella imaginaba; que pudiera descuidarla, abandonarla o maltratarla. Pero había decidido confiar en todo y, habiendo confiado así, no se reservaría ninguna posibilidad de retirada. Su barco saldría a alta mar, más allá de cualquier avistamiento del puerto seguro del que había zarpado; su ejército libraría su batalla sin más esperanza de seguridad que la que otorga la victoria. Todo el mundo podía saber que le amaba, si todo el mundo decidía interesarse por el asunto. Se sentía orgullosa de su amante, y no se negaba ni a sí misma que se sentía triunfante.
La señora Eames estaba encantada de verlos. ¡Qué bueno era el señor Crosbie al venir a visitar a una pobre mujer desamparada como ella, y qué bueno el capitán Dale; y qué buenas también las queridas niñas, que en este momento tenían tanto para ser felices en su hogar de Allington! Pequeños detalles, considerados por otros como meras cortesías, eran estimados como grandes favores por la señora Eames.
—¿Y la querida señora Dale? Espero que no se fatigara cuando la retuvimos la otra noche hasta tan exageradamente tarde. —Bell y Lily le aseguraron que su madre no estaba peor por lo que había pasado; y entonces la señora Eames se levantó y salió de la habitación, con el propósito declarado de buscar a John y Mary, pero decidida, en realidad, a traer algo de bizcocho y vino dulce que guardaba bajo llave en el saloncito.
—No nos quedemos aquí mucho tiempo —susurró Crosbie. —No, no mucho —dijo Lily—. Pero cuando vienes a ver a mis amigos no debes tener prisa, señor Crosbie. —Él tuvo su turno con Lady Julia —dijo Bell—, y ahora nos toca a nosotras. —En cualquier caso, la señora Eames no nos dirá que cumplamos con nuestro deber ni que nos cuidemos de ser demasiado hermosas —añadió Lily.
Mary y John entraron en la habitación antes de que su madre regresara; luego llegó la señora Eames y, a los pocos minutos, aparecieron el bizcocho y el vino. Ciertamente, el ambiente era algo aburrido, ya que nadie parecía estar cómodo. La grandiosidad del señor Crosbie resultaba excesiva para la señora Eames y su hija, y John estaba casi mudo por la miseria de su situación. Aún no había respondido a la carta de la señorita Roper, ni siquiera había decidido si la respondería o no. Además, la visión de la felicidad de Lily no le llenaba de toda esa alegría amistosa que quizás debería haber sentido como amigo de su infancia. A decir verdad, odiaba a Crosbie, y así se lo había dicho a sí mismo; y así se lo había repetido a su hermana con mucha frecuencia desde el día de la fiesta.
—Te digo una cosa, Molly —le había dicho—, si hubiera alguna forma de hacerlo, me batiría con ese hombre. —¿Cómo? ¿Y hacer desgraciada a Lily? —Nunca será feliz con él. Estoy seguro de que no. No quiero hacerle ningún daño a ella, pero aun así me gustaría pegarme con ese hombre... si supiera cómo arreglármelas.
Y entonces pensó que, si ambos pudieran ser aniquilados en tal encuentro, sería el único final apropiado para el estado actual de las cosas. De ese modo, también, habría un escape de Amelia y, en ese momento, no veía ningún otro.
Cuando entró en la habitación, estrechó la mano de todo el grupo de Allington, pero, como le dijo a su hermana después, se le erizó la piel al tocar a Crosbie. Crosbie, al contemplar a la familia Eames sentada con rigidez e incomodidad en las sillas de su propio salón, decidió que sería conveniente que su esposa viera lo menos posible a John Eames cuando se mudara a Londres; no porque estuviera celoso en absoluto de su pretendiente. Lo sabía todo por Lily —al menos todo lo que Lily sabía— y consideraba el asunto más bien como una broma pesada. «No le veas demasiado a menudo», le había dicho él a ella, «no sea que haga el ridículo». Lily se lo había contado todo; pero aun así, él no comprendía en absoluto que Lily sentía, en verdad, un afecto cálido por el joven al que él despreciaba.
—No, gracias —dijo Crosbie—. Nunca tomo vino a mitad del día. —¿Pero un trocito de bizcocho? —Y la señora Eames, con la mirada, le suplicó que le hiciera tal honor. También se lo suplicó al capitán Dale, pero ambos se mostraron inexorables. No sé si las dos chicas estaban más inclinadas a comer y beber que los dos hombres; pero comprendieron que a la señora Eames se le rompería el corazón si nadie probaba sus delicias. Los pequeños sacrificios de la sociedad los hacen siempre las mujeres, al igual que los grandes sacrificios de la vida. Un hombre que se precie siempre está listo para su deber, y así también una buena mujer siempre está lista para un sacrificio.
—Realmente debemos irnos ya —dijo Bell— por los caballos. —Y bajo esa excusa lograron marcharse.
—¿Vendrás a vernos antes de volver a Londres, John? —preguntó Lily, mientras él salía con la intención de ayudarla a montar, propósito del que, sin embargo, se vio obligado a desistir ante la voluntad de hierro del señor Crosbie. —Sí, iré de nuevo... antes de irme. Adiós. —Adiós, John —dijo Bell. —Adiós, Eames —dijo el capitán Dale.
Crosbie, mientras se acomodaba en la silla, hizo la más mínima señal de reconocimiento, a la cual su rival no se dignó prestar ninguna atención. «Me las arreglaré para pelearme con él de alguna manera», se dijo Eames mientras regresaba por el pasillo de la casa de su madre. Y Crosbie, al encajar los pies en los estribos, sintió que aquel joven le desagradaba cada vez más. Sería monstruoso suponer que pudiera haber algo de celos en ese sentimiento; y sin embargo, le detestaba profundamente y se sentía casi enfadado con Lily por invitarle a ir de nuevo a Allington. «Debo poner fin a todo eso», se dijo mientras cabalgaba en silencio fuera del pueblo.
—No debes despreciar a mis amigos, señor —dijo Lily, sonriendo al hablar, aunque con un toque de seriedad en la voz. Ya habían salido del pueblo y Crosbie apenas había pronunciado palabra desde que dejaron la puerta de la señora Eames. Ahora estaban en la carretera principal, y Bell y Bernard Dale iban un poco por delante de ellos.
—Yo nunca desprecio a nadie —dijo Crosbie, petulante—; es decir, a menos que se lo hayan merecido absolutamente. —¿Y lo he merecido yo? Porque parece que me ha tocado a mí —dijo Lily. —Tonterías, Lily. Nunca te he despreciado a ti, y no creo que vaya a empezar ahora. Pero no deberías acusarme de no ser civilizado con tus amigos. En primer lugar, soy tan atento con ellos como mi naturaleza me permite. Y, en segundo lugar... —¿Y bien? ¿En segundo lugar...? —No estoy del todo seguro de que seas muy sabia al fomentar la... amistad de ese joven en este momento. —Eso significa, supongo, ¿que está muy mal que lo haga? —No, queridísima, no significa eso. Si lo pensara, te lo diría con franqueza. Significa exactamente lo que digo. Supongo que no cabe duda de que se ha llenado la cabeza con una especie de apego romántico por ti; un amor tonto que no creo que él esperara satisfacer jamás, pero cuya idea le presta una especie de gracia a su vida. Cuando encuentre a alguna joven adecuada para ser su esposa, se olvidará de todo eso; pero hasta entonces, irá por ahí imaginándose que es un amante desesperado. Y un joven como John Eames es muy propenso a hablar de sus fantasías.
—No creo ni por un momento que él mencionara mi nombre a nadie. —Pero, Lily, tal vez yo sepa más de los hombres jóvenes que tú. —Sí, por supuesto que sí. —Y puedo asegurarte que, por lo general, están demasiado inclinados a tomarse libertades con los nombres de las chicas que creen que les gustan. No debe sorprenderte que no me guste que ningún hombre se tome libertades con tu nombre.
Tras esto, Lily guardó silencio durante un minuto o dos. Sentía que se estaba cometiendo una injusticia con ella y no estaba dispuesta a tolerarlo, pero no terminaba de ver dónde radicaba exactamente la injusticia. Le debía mucho a Crosbie. En gran medida estaba obligada a ceder ante él, y estaba ansiosa por hacer por él incluso más de lo que dictaba su deber. Pero, aun así, tenía la firme convicción de que no sería bueno ceder ante él en todo. Deseaba pensar como él pensaba en la medida de lo posible, pero no podía decir que estaba de acuerdo cuando sabía que discrepaba. John Eames era un viejo amigo al que no podía abandonar, y en ese momento se sintió obligada a decir esto:
—Pero, Adolphus... —¿Dime, carísima? —¿No querrás que sea desagradable con un amigo tan antiguo como John Eames? Le conozco de toda la vida y todos nosotros hemos tenido siempre un gran aprecio por toda su familia. Su padre era el amigo más íntimo de mi tío.
—Creo, Lily, que debes de entender a qué me refiero. No quiero que te pelees con ninguno de ellos, ni que seas lo que tú llamas desagradable. Pero no es necesario que hagas invitaciones especiales y apremiantes a este joven para que venga a verte antes de volver a Londres, y luego para que vaya a verte en cuanto tú llegues a Londres. Me dices que tiene una especie de idea romántica sobre estar enamorado de ti; sobre estar desesperado porque tú no estás enamorada de él. Todo eso son grandes tonterías, sin duda, pero me parece que, dadas las circunstancias, lo mejor sería que... simplemente le dejaras en paz.
De nuevo, Lily guardó silencio. Estos eran sus tres últimos días, en los que su intención era ser especialmente feliz, pero, por encima de todo, hacerle a él especialmente feliz. Por nada del mundo le diría palabras hirientes, ni alimentaría en su propio corazón un sentimiento de animosidad contra él; y sin embargo, creía que él estaba equivocado, y creyéndolo así, difícilmente podía soportar la ofensa. Tal era su naturaleza, como una Dale. Y recuérdese que muchos de los que pueden entregarse a grandes sacrificios no logran soportar las pequeñas injurias. Lily habría renunciado a cualquier placer por su amante, pero no podía permitirse pasar por equivocada cuando se creía en lo cierto.
—Ya se lo he pedido y tiene que venir —dijo ella. —Pero no le insistas para que vuelva más veces. —Ciertamente no, después de lo que has dicho, Adolphus. Si viene a Allington, me verá en casa de mamá, donde ella siempre le ha dado la bienvenida. Por supuesto, entiendo perfectamente... —¿Qué es lo que entiendes, Lily?
Pero ella se interrumpió, temiendo que, de continuar, pudiera decir algo que resultara ofensivo para él.
—¿Qué es lo que entiendes, Lily? —No me obligues a seguir, Adolphus. En la medida de lo posible, haré todo lo que desees que haga. —Querías decir que, cuando te encuentres viviendo en mi casa, como es natural, no podrías invitar a tus propios amigos a verte. ¿Ha sido eso muy cortés? —Cualquiera que haya sido mi intención, no he dicho eso. Ni en verdad lo pensaba. Te ruego que no sigamos con esto ahora. Estos van a ser nuestros últimos días, ya sabes, y no deberíamos desperdiciarlos hablando de cosas desagradables. Después de todo, el pobre Johnny Eames no es nada para mí; nada, nada. ¿Cómo puede alguien ser algo para mí cuando pienso en ti?
Pero ni siquiera esto devolvió a Crosbie de inmediato su buen humor. Si Lily hubiera cedido ante él confesando que tenía razón, él se habría vuelto al instante tan agradable como el sol de mayo. Pero ella no lo había hecho. Simplemente se había abstenido de discutir porque no quería disgustarse, y había declarado su firme propósito de recibir a Eames en su visita prometida. Crosbie habría querido que ella se reconociera equivocada y se habría deleitado en el privilegio de perdonarla. Pero Lily Dale era de las que no disfrutan mucho con el perdón, ni con la necesidad de ser perdonadas. Así pues, siguieron cabalgando, si no en silencio, sin mucha alegría en su conversación. Era ya tarde el lunes por la tarde, y Crosbie debía partir temprano el miércoles por la mañana. ¡Qué desgracia si estos tres últimos días se vieran empañados por contratiempos tan terribles como estos!
Bernard Dale no le había dicho ni una palabra a su prima sobre su pretensión desde que Crosbie y Lily los interrumpieron mientras estaban tumbados en el talud junto al foso. Había bailado con ella una y otra vez en la fiesta de la señora Dale, y parecía haber vuelto a sus antiguos modos de conversación sin dificultad. Bell, por lo tanto, creía que el asunto había terminado y estaba agradecida con su primo, declarando en su fuero interno que trataría todo el asunto como si nunca hubiera sucedido. A nadie —ni siquiera a su madre— se lo contaría. A tal reserva se obligaba por el bien de él, sintiendo que a él le agradaría más que fuera así. Pero ahora, mientras cabalgaban juntos, muy por delante de la otra pareja, él volvió a retomar el tema.
—Bell —dijo él—, ¿puedo tener alguna esperanza? —¿Alguna esperanza respecto a qué, Bernard? —Apenas sé si un hombre está obligado a aceptar una única respuesta en un asunto así. Pero sí sé que, si el corazón de un hombre está involucrado, no está muy dispuesto a hacerlo. —Cuando esa respuesta se ha dado con honestidad y sinceridad... —Oh, sin duda. No supongo en absoluto que fueras deshonesta o falsa cuando te negaste a dejarme hablarte. —Pero, Bernard, yo no me negué a dejarte hablarme. —Fue algo muy parecido. Pero, en cualquier caso, no dudo de que fuiste sincera. Pero, Bell, ¿por qué ha de ser así? Si estuvieras enamorada de otro, podría entenderlo. —No estoy enamorada de ningún otro. —Exactamente. Y hay tantas razones por las que tú y yo deberíamos unir nuestras fortunas... —No puede ser una cuestión de fortuna, Bernard. —Escúchame, por favor. Déjame hablar, al menos. Supongo que puedo asumir, como mínimo, que no te resulto desagradable. —Oh, no. —Y aunque no estés dispuesta a aceptar la mano de ningún hombre simplemente por una cuestión de dinero, seguramente el hecho de que nuestro matrimonio fuera en todos los sentidos conveniente respecto a la fortuna no debería ponerte en contra. De mi propio amor por ti no hablaré más, pues no dudo de que crees lo que digo; pero ¿no deberías examinar tus propios sentimientos muy de cerca antes de decidir oponerte a los deseos de todos tus allegados? —¿Te refieres a mamá, Bernard? —No a ella especialmente, aunque no puedo sino pensar que le gustaría un matrimonio que mantuviera a toda la familia unida, y que te diera un derecho sobre la propiedad igual al que yo tengo. —Eso no tendría el peso de una pluma para mamá. —¿Se lo has preguntado? —No, no le he mencionado el asunto a nadie. —Entonces no puedes saberlo. Y en cuanto a mi tío, tengo medios para saber que es el gran deseo de su vida. Debo decir que creo que cierta consideración hacia él debería inducirte a reflexionar antes de dar una respuesta definitiva, incluso aunque ninguna consideración hacia mí tuviera peso alguno para ti. —Haría más por ti que por él... mucho más. —Entonces haz esto por mí. Permíteme pensar que aún no he recibido una respuesta a mi propuesta; dame de plazo hasta el día de hoy del mes que viene, hasta Navidad; hasta cualquier fecha que quieras nombrar, de modo que pueda pensar que aún no está decidido, y pueda decirle al tío Christopher que así es. —Bernard, sería inútil. —Al menos le demostraría que estás dispuesta a pensarlo. —Pero es que no estoy dispuesta a pensarlo; no de esa manera. Conozco mi propia mente a fondo, y obraría muy mal si te engañara. —¿Y deseas que le dé esa como tu única respuesta a mi tío? —A decir verdad, Bernard, no me importa mucho lo que le digas a mi tío en este asunto. Él no puede tener derecho alguno a interferir en la disposición de mi mano y, por lo tanto, no necesito tener en cuenta sus deseos sobre el tema. Te explicaré en una palabra cuáles son mis sentimientos al respecto. No aceptaría a ningún hombre en contra de los deseos de mamá; pero ni siquiera por ella podría aceptar a ningún hombre en contra de los míos propios. Pero en lo que concierne a mi tío, no me siento llamada a consultarle de ninguna manera sobre un asunto así. —Y sin embargo, él es el jefe de nuestra familia. —No me importa nada la familia... no en ese sentido. —Y ha sido muy generoso con todos ustedes. —Eso lo niego. No ha sido generoso con mamá. Es muy duro y poco generoso con mamá. Le permite tener esa casa porque está ansioso de que los Dale parezcan respetables ante el mundo; y ella vive en ella porque cree que es mejor para nosotras que lo haga. Si por mí fuera, ella se marcharía mañana mismo... o, al menos, tan pronto como Lily se case. Preferiría mil veces irme a Guestwick y vivir como viven los Eames. —Creo que eres ingrata, Bell. —No; no soy ingrata. Y en cuanto a consultar, Bernard... estaría mucho más dispuesta a consultarte a ti que a él sobre mi matrimonio. Si permitieras que te viera totalmente como a un hermano, no me costaría nada prometer que no me casaría con nadie a quien tú no aprobaras.
Pero tal acuerdo no encajaba en absoluto con los planes de Bernard. Él había pensado, unas cuatro o cinco semanas atrás, que personalmente no estaba muy ansioso por este matrimonio. Se había dicho a sí mismo que su prima le gustaba lo suficiente; que sería bueno para él sentar la cabeza; que su tío era razonable en sus deseos y suficientemente generoso en sus ofertas; y que, por lo tanto, se casaría. Apenas se le había ocurrido como probable que su prima rechazara una oferta tan conveniente, y ciertamente nunca se le pasó por la cabeza que tendría que sufrir por tal rechazo. No había albergado ninguno de esos sentimientos de los que hablan los amantes cuando declaran que se lo juegan todo al azar de un dado. No le había parecido que se estuviera jugando nada mientras contaba con suavidad su relato de amor lánguido, tumbado sobre la hierba junto al foso. No había contemplado la posibilidad de la decepción, de la pena y de una mente profundamente atribulada. Habría sentido poco triunfo de ser aceptado, y no pensó que pudiera sentirse humillado por ningún rechazo. Con este ánimo se había puesto manos a la obra; pero ahora descubría, para su propia sorpresa, que la respuesta de aquella muchacha le había hecho absolutamente infeliz. Habiendo expresado el deseo de poseer aquello, la misma expresión del deseo le hizo ansiar poseerlo. Descubrió, mientras cabalgaba en silencio a su lado, que era capaz de una seriedad de deseo mayor de la que creía poseer. En ese momento se sentía infeliz, decepcionado, ansioso, desconfiado del futuro y más pendiente de un juguete especial de lo que nunca había estado, incluso de niño. Estaba molesto y se sentía herido en el corazón. La miró mientras ella cabalgaba en silencio, tranquila y algo triste sobre su poni, y se dijo a sí mismo que era muy hermosa; que era algo que debía ganarse si aún existía la posibilidad de ganarla. Sintió que realmente la amaba y, sin embargo, estaba casi enfadado consigo mismo por sentirlo así. ¿Por qué se había sometido a esa debilidad paralizante? Su amor nunca le había dado ningún placer. De hecho, nunca hasta entonces lo había reconocido; pero ahora se veía obligado a hacerlo al descubrir que era la fuente de sus problemas y pesares. Creo que cabe dudar de si, incluso entonces, Bernard Dale estaba enamorado de su prima; o si más bien estaba enamorado de su propio deseo. Pero contra sí mismo dictó el veredicto de que estaba enamorado, y estaba enfadado consigo mismo y con el mundo entero.
—Ah, Bell —dijo, acercándose mucho a ella—, ojalá pudieras entender cuánto te amo. —Y, al hablar, su prima reconoció inconscientemente en su tono más afecto, y menos de aquel espíritu de negociación que parecía impregnar todos sus ruegos anteriores, de lo que jamás había encontrado antes. —¿Y acaso no te amo yo? ¿No te he ofrecido ser para ti en todos los aspectos como una hermana? —Eso no es nada. Tal oferta para mí ahora es simplemente burlarse de mí. Bell, te digo una cosa: no voy a renunciar a ti. El hecho es que aún no me conoces... no me conoces como debes conocer a cualquier hombre antes de elegirlo como esposo. Tú y Lily no sois iguales en esto. Tú eres cautelosa, dudas de ti misma y quizás también un poco de los demás. Mi corazón está puesto en esto, y seguiré intentando tener éxito. —¡Ah, Bernard, no digas eso! Créeme cuando te digo que nunca podrá ser. —No; no te creeré. No permitiré que se me haga completamente desgraciado. Te digo francamente que no te creeré. Seguramente puedo tener esperanza si decido tenerla. No, Bell, nunca renunciaré a ti... a menos que, ciertamente, te vea convertida en la esposa de otro hombre.
Mientras decía esto, todos entraron por la puerta del terrateniente y cabalgaron hasta el patio donde tenían por costumbre desmontar de sus caballos.
Capítulo 14
John Eames sale a caminar
John Eames observó al grupo de jinetes mientras se alejaban de la puerta de su madre y, en cuanto el ruido de los cascos de los caballos se desvaneció en la calle, emprendió una caminata solitaria. No se sentía, ni mucho menos, feliz mientras lo hacía. De hecho, estaba abrumado por las preocupaciones y los problemas, y a medida que avanzaba, pensamientos muy sombríos cruzaban su mente. ¿No sería mejor irse a Australia, o a la isla de Vancouver, o a...? No mencionaré los lugares que el pobre muchacho se sugería a sí mismo como posibles destinos de los largos viajes que, con no poca probabilidad, podría verse obligado a emprender. Ese mismo día, justo antes de que llegaran los Dale, había recibido una segunda carta de su adorada Amelia, escrita muy poco después de la primera. ¿Por qué no le había respondido? ¿Estaba enfermo? ¿Le era infiel? No; ella no creería eso y, por tanto, se aferraba a la probabilidad de su enfermedad. Si era así, ella bajaría a toda prisa a verle. Nada en la tierra la mantendría alejada del lecho de su prometido. Si no recibía una respuesta de su amado John a vuelta de correo, se presentaría en Guestwick en el tren expreso. ¡Menuda situación para un joven como John Eames! Y de Amelia Roper podemos decir que era una mujer joven que no abandonaría su juego mientras quedara la menor posibilidad de ganarlo. «Tengo que ir a alguna parte», se dijo John, mientras se ponía su sombrero de ala caída y deambulaba por las calles traseras de Guestwick. ¿Qué diría su madre cuando se enterara de lo de Amelia Roper? ¿Qué diría cuando la viera?
Caminó hacia la Mansión, para poder vagar por los bosques de Guestwick en soledad. Había un sendero con una cerca que salía de la carretera principal, a una media milla más allá de las porterías por donde los Dale habían subido a caballo hacia la casa; y por este sendero se desvió John Eames, alejándose hasta dejar atrás la casa de la Mansión y encontrarse en el centro de los bosques de Guestwick. Conocía bien todo el terreno, pues había vagado por allí desde que se le permitió por primera vez salir a caminar solo. Había pensado en Lily Dale durante horas y horas mientras se perdía entre los robles; pero en aquellos tiempos pasados había pensado en ella con cierto placer. Ahora solo podía pensar en ella como en alguien perdido para siempre; y además, tenía que pensar en aquella a quien había tomado para sí en lugar de Lily.
Los hombres jóvenes, muy jóvenes —hombres tan jóvenes que casi es una cuestión de duda si han alcanzado o no la madurez—, están más inclinados a ser serios y reflexivos cuando están solos que cuando están con otros, aunque esos otros sean sus mayores. Imagino que, a medida que envejecemos, tendemos a olvidar que así nos ocurría a nosotros; y, olvidándolo, no creemos que así sea con nuestros hijos. Hablamos constantemente de la irreflexión de la juventud. No sé si no sería más apropiado hablar de su reflexividad. Sin embargo, no cabe duda de que es cierto que el pensamiento no produce sabiduría de inmediato. Casi podría cuestionarse si la sabiduría que muchos de nosotros poseemos en nuestros años maduros no proviene de la extinción del poder de la tentación, más que como resultado del pensamiento y la resolución. Los hombres, ya formados y en su trabajo, están, en su mayor parte, demasiado ocupados para pensar mucho; pero los muchachos, sobre quienes el trabajo del mundo aún no ha caído con toda su presión, tienen tiempo para pensar.
Y así, John Eames era reflexivo. Quienes mejor le conocían le consideraban un joven alegre, de buen corazón, algo temerario, abierto a la tentación pero también a las buenas impresiones; alguien para quien no se podía predecir un gran éxito, pero de quien sus amigos podían esperar razonablemente que viviera de modo que no les trajera deshonra ni demasiados problemas. Pero, sobre todo, le habrían llamado irreflexivo. Al llamarlo así, le juzgaban mal. Siempre estaba pensando: pensando mucho en el mundo tal como se le aparecía a él, y en sí mismo tal como él se aparecía al mundo; y pensando, también, en cosas más allá del mundo. ¿Cuál iba a ser su destino aquí y en el más allá? ¡Lily Dale se había ido, y Amelia Roper colgaba de su cuello como una piedra de molino! ¿Cuál, bajo tales circunstancias, iba a ser su destino aquí y en el más allá?
Podríamos decir que las dificultades en su camino no eran todavía muy grandes. Respecto a Lily, en efecto, no tenía espacio para la esperanza; pero, por otra parte, su amor por Lily había sido, tal vez, un sentimiento más que una pasión. La mayoría de los jóvenes tienen que pasar por esa decepción y son capaces de soportarla sin mucho perjuicio para sus perspectivas o su felicidad. Y en la vida posterior, el recuerdo de tal amor es una bendición más que una maldición, permitiendo a quien lo posee sentir que en aquellos días juveniles hubo algo dentro de él de lo que no tenía motivo para avergonzarse. No compadezco mucho a John Eames en lo que respecta a Lily Dale. Y luego, en cuanto a Amelia Roper, ¡si hubiera alcanzado solo una décima parte de la experiencia de esa dama en el mundo, o poseído una cuarta parte de su audacia, seguramente tal dificultad no habría supuesto un gran obstáculo en su camino! ¿Qué podría hacerle Amelia si él le dijera claramente que no tenía intención de casarse con ella? En puridad, nunca se lo había prometido. No estaba ligado a ella de ninguna manera, ni siquiera por el honor. ¡Honor, de verdad, con alguien como ella! Pero los hombres son cobardes ante las mujeres hasta que se convierten en tiranos; y son víctimas fáciles hasta que, de repente, reconocen el hecho de que es más agradable ser el victimario que la víctima, y igual de sencillo. Hay hombres, por cierto, que nunca aprenden esta última lección.
Pero, aunque el motivo de temor era tan leve, el pobre John Eames estaba aterrorizado. Pequeñas cosas que, en conexión con una pena tan profunda como la suya, resulta casi ridículo mencionar, se sumaban a sus apuros y hacían que escapar de ellos le pareciera imposible. No podía volver a Londres sin ir a Burton Crescent, porque su ropa estaba allí, y porque le debía a la señora Roper una pequeña suma de dinero que, a su regreso a Londres, no tendría inmediatamente en el bolsillo. Por lo tanto, tenía que enfrentarse a Amelia, y sabía que no tenía el valor de decirle a una chica, cara a cara, que no la amaba, después de haber sido inducido una vez a decir que sí lo hacía. Su concepción más audaz no iba más allá de escribir una carta en la que renunciaría a ella y se alejaría por completo de la zona de la ciudad donde se encontraba Burton Crescent. ¿Pero qué pasaba con su ropa y con esa deuda? ¿Y si Amelia, mientras tanto, bajaba a Guestwick y le reclamaba? ¿Podría declarar en presencia de su madre que ella no tenía derecho a tal reclamo? Las dificultades, en verdad, no eran muy grandes, pero eran demasiado pesadas para aquel pobre joven empleado de la oficina del Impuesto sobre la Renta.
Diréis que debía de ser un tonto y un cobarde. Sin embargo, podía leer y comprender a Shakespeare. Se sabía mucho —con creces demasiado— de la poesía de Byron de memoria. Era un crítico profundo, que a menudo escribía sus críticas en un extenso diario que llevaba. Podía escribir con rapidez y con criterio; y puedo afirmar que los hombres de su oficina ya habían comprobado que no era tonto. Conocía su oficio y sabía desempeñarlo, cosa que muchos hombres no lograban, siendo mucho menos tontos ante el mundo. Y en cuanto a ese asunto de la cobardía, habría considerado la mayor bendición del mundo que le encerraran en una habitación con Crosbie, con permiso para pelear con él hasta que uno de los dos se viera obligado por el fragor de la batalla a renunciar a su pretensión sobre Lily Dale. Eames no era un cobarde. No temía a ningún hombre en la tierra. Pero tenía un miedo terrible a Amelia Roper.
Vagaba por los viejos bosques de la Mansión muy inquieto. El correo de Guestwick salía a las siete, y debía decidir de inmediato si escribiría o no a Amelia ese día. También debía decidir qué le diría. Sentía que, al menos, debía responder a su carta, fuera cual fuese la respuesta. ¿Debería prometer casarse con ella, digamos, dentro de diez o doce años? ¿Debería decirle que era un ser marchito, no apto para el amor, y suplicarle con humildad que le dispensara? ¿O debería escribir a su madre, diciéndole que Burton Crescent ya no le convenía, prometiendo enviarle el saldo al recibir su próximo pago y pidiéndole que enviara su ropa en un fardo a la oficina del Impuesto sobre la Renta? ¿O debería ir a casa con su propia madre y contárselo todo valientemente?
Finalmente resolvió que debía escribir la carta y, mientras la componía en su mente, se sentó bajo un viejo árbol situado en un lugar donde se cruzaban muchos senderos del bosque. La carta, tal como la ideó allí, no era una mala carta, si tan solo hubiera logrado escribirla y enviarla. Eligió cada palabra con precisión, y en su mente enfatizó cada expresión que revelaba su pensamiento con claridad y justificaba su propósito. «Reconocía que se había equivocado al inducir a error a su corresponsal y permitirle imaginar que poseía su corazón. Él no tenía un corazón a disposición de ella. Había sido débil al no escribirle antes, habiéndose visto disuadido de hacerlo por el miedo a causarle dolor; pero ahora sentía que estaba obligado por el honor a decirle la verdad. Habiéndosela dicho, no regresaría a Burton Crescent si a ella le doliera verle allí. Siempre le guardaría un profundo afecto» —¡Oh, Johnny!— «y esperaría ansiosamente que su bienestar en la vida fuera completo». Esa era la carta, tal como la escribió en las tablas de su mente bajo el árbol; pero ponerla sobre el papel era una tarea, como bien sabía, de mayor dificultad. Entonces, mientras se la repetía a sí mismo, se quedó dormido.
—Joven —dijo una voz en sus oídos mientras dormía.
Al principio, la voz le habló como surgida de un sueño sin llegar a despertarlo, pero cuando se repitió, se incorporó y vio a un caballero corpulento de pie frente a él. Por un momento no supo dónde estaba ni cómo había llegado allí; ni pudo recordar, al ver los árboles a su alrededor, cuánto tiempo llevaba en el bosque. Pero reconoció al caballero corpulento perfectamente, aunque no lo había visto en más de dos años.
—Joven —dijo la voz—, si quiere pescar un reumatismo, esa es la mejor manera de lograrlo. Pero si es el joven Eames, ¿verdad? —Sí, milord —dijo Johnny, incorporándose hasta quedar sentado, en lugar de tumbado, mientras alzaba la vista hacia el rosado rostro del conde. —Conocí a su padre; era un hombre muy bueno, solo que no debió dedicarse a la agricultura. La gente cree que puede llevar una granja sin aprender el oficio, pero es un error gravísimo. Yo sé llevarla porque lo he aprendido. ¿No cree que sería mejor que se levantara?
Ante esto, Johnny se puso de pie.
—No es que no sea bienvenido a quedarse ahí tumbado si le gusta. Solo que, en octubre, ya sabe... —Me temo que estoy invadiendo su propiedad, milord —dijo Eames—. Me salí del sendero y... —Es usted bienvenido, muy bienvenido. Si sube a la casa, le daré algo de almorzar.
Johnny declinó esta hospitalaria oferta alegando que era tarde y que se iba a casa a cenar.
—Venga conmigo —dijo el conde—. No hay camino más corto que pasando por la casa. Vaya, vaya, cómo recuerdo a su padre. Era un hombre mucho más listo que yo, muchísimo más; pero no sabía cómo enviar una res al mercado mejor que un niño. Por cierto, le han colocado a usted en una oficina pública, ¿no es así? —Sí, milord. —Y es algo muy bueno, sí señor; algo muy bueno, en efecto. Pero ¿por qué estaba dormido en el bosque? No hace calor, sabe usted. Yo diría que hace más bien frío. —Y el conde se detuvo y lo miró, escudriñándolo, como resuelto a investigar tan profundo misterio. —Estaba dando un paseo y, pensando en algo, me senté. —Licencia de servicio, supongo. —Sí, milord. —¿Se ha metido en líos? Tiene aspecto de estar en líos. Su pobre padre solía estar en líos. —No me he dedicado a la agricultura —dijo Johnny, intentando sonreír. —Ja, ja, ja... muy bien dicho. No, no se dedique a la agricultura. A menos que aprenda, sabe usted, lo mismo daría que se dedicara a fabricar zapatos; exactamente lo mismo. Así que no se ha metido en líos, ¿eh? —No, milord, no particularmente. —¡No particularmente! Sé muy bien que los jóvenes se meten en líos cuando llegan a Londres. Si necesita algún... algún consejo, o algo por el estilo, puede acudir a mí; pues conocí bien a su padre. ¿Le gusta la caza? —Nunca he disparado a nada. —Bueno, quizá sea mejor así. A decir verdad, no me gustan mucho los jóvenes que se aficionan a la caza sin tener a qué disparar. Por cierto, ahora que lo pienso, le enviaré algo de caza a su madre.
(Cabe mencionar, sin embargo, que a menudo llegaban piezas de caza desde la mansión de Guestwick para la señora Eames).
—Y escuche bien: el faisán frío para desayunar es lo mejor que conozco. Los faisanes en la cena son basura, pura basura. Ya hemos llegado a la casa. ¿Quiere entrar a tomar una copa de vino?
Pero John Eames lo rechazó, agradando al conde con su negativa más de lo que lo habría hecho aceptando. No es que el lord fuera poco hospitalario o insincero en su oferta, sino que prefería que alguien como John Eames recibiera la familiaridad ofrecida sin demasiada confianza inmediata. Sentía que Eames estaba un poco intimidado por el rango de su acompañante, y eso le gustó. Le gustó, y era un hombre propenso a recordar sus simpatías.
—Si no quiere entrar, adiós. —Y le tendió la mano a Johnny. —Buenas tardes, milord —dijo Johnny. —Y recuerde esto: el reumatismo en los lomos es algo del demonio. Yo no me quedaría dormido bajo un árbol si fuera usted... no en octubre. Pero siempre es bienvenido a andar por cualquier parte de la finca. —Gracias, milord. —Y si se le ocurre cazar... aunque me atrevo a decir que no lo hará; y si se mete en líos y quiere consejo o algo así, escríbame. Conocí bien a su padre.
Y así se separaron, regresando Eames por el camino de Guestwick. Por alguna razón que no lograba definir, se sentía mejor tras su entrevista con el conde. Había algo en aquel anciano gordo, bonachón y sensato que le había animado, a pesar de su pena. «Los faisanes en la cena son basura, pura basura», se decía a sí mismo una y otra vez mientras avanzaba por el camino; y esas fueron las primeras palabras que le dijo a su madre al entrar en casa.
—Ojalá tuviéramos algo de esa basura —dijo ella. —La tendrás mañana. —Y entonces le describió el encuentro. —El conde tenía, desde luego, toda la razón sobre eso de tumbarse en el suelo. Me extraña que seas tan tonto. Y también tiene razón sobre tu pobre padre. Pero tienes que cambiarte las botas; la cena estará lista casi de inmediato.
Pero Johnny Eames, antes de sentarse a cenar, escribió su carta a Amelia y salió a echarla al correo con sus propias manos, para gran molestia de su madre. Sin embargo, la carta no se dejó escribir con aquel lenguaje enérgico y apropiado que le había venido a la mente mientras deambulaba por el bosque. Fue una carta escueta y, además, algo cobarde.
Querida Amelia [decía la carta]: He recibido tus dos cartas; no respondí a la primera porque sentí que era difícil expresar lo que deseo decir; y ahora será mejor que permitas que el tema quede pendiente hasta que esté de vuelta en la ciudad. Estaré allí dentro de diez días. He estado muy bien y sigo estándolo; pero, por supuesto, agradezco mucho tu interés. Sé que pensarás que esto es muy frío; pero cuando te lo cuente todo, estarás de acuerdo conmigo en que es lo mejor. Si nos casáramos, sé que seríamos infelices, porque no tendríamos de qué vivir. Si alguna vez he dicho algo que te haya engañado, te pido perdón de todo corazón; pero quizá sea mejor dejar el asunto hasta que nos volvamos a encontrar en Londres. Tuyo sinceramente, Tu amigo y, puedo decir, admirador [¡Oh, John Eames!], John Eames
Capítulo 15
El último día
Los últimos días son días desdichados; y lo mismo ocurre con los últimos momentos. No es el hecho de que la partida se aproxime lo que los hace tan miserables, sino la sensación de que se espera algo especial de ellos, algo que siempre fallan en producir. Los periodos espasmódicos de placer, de afecto o incluso de estudio rara vez dejan de decepcionar cuando son premeditados. Cuando los últimos días se acercan, se debería permitir que lleguen y se deslicen sin avisos ni menciones especiales. Y en cuanto a los últimos momentos, no debería haber tales; que terminen siempre antes incluso de que su presencia haya sido reconocida.
Pero Lily Dale aún no había aprendido estas lecciones por la experiencia del mundo, y esperaba que esa copa, la más dulce que jamás hubiera probado, siguiera siendo dulce —cada vez más y más dulce— mientras pudiera acercarla a sus labios. Ya hemos visto cómo los posos habían empezado a mezclarse con las últimas gotas; y ese mismo día —el lunes por la tarde— la amarga tarea aún persistía. Mientras paseaban por los jardines al anochecer, Crosbie encontró otros temas sobre los cuales consideró necesario darle diversas indicaciones, supuestamente para su edificación, pero que a ella le llegaban con todo el sabor de un sermón. A una muchacha, cuando está profundamente enamorada, como ciertamente era el caso de Lily, le gusta recibir sugerencias sobre su vida futura del hombre al que está dedicada; pero creo que preferiría que tales sugerencias fueran breves y que la lección fuera implícita más que declarada; que fueran, en efecto, sugerencias y no conferencias.
Crosbie, que era un hombre de tacto, que entendía el mundo y que llevaba años tratando con mujeres, sin duda comprendía todo esto tan bien como nosotros. Pero había llegado a albergar la noción de que era un hombre perjudicado, de que estaba dando mucho más de lo que iba a recibir y que, por tanto, tenía derecho a tomarse libertades que no estarían justamente al alcance de otro amante. El lector dirá que en todo esto estaba siendo poco generoso. Bien; lo era. No sé si alguna vez he dicho que se pudiera esperar mucha generosidad de su parte. Tenía ciertos principios sobre lo que estaba bien y mal bajo cuya guía cabía esperar que no se extraviara del todo; pero su vida pasada no había sido de una naturaleza que le hiciera desinteresado. Era poco generoso, y Lily lo sentía, aunque no quisiera reconocerlo ni ante sí misma. Ella había sido muy abierta con él, reconociendo la profundidad de su amor; diciéndole que él ahora lo era todo para ella y que la vida sin su amor le resultaría imposible. De cierta manera, él se aprovechaba de estas confesiones tan rotundas, tratándola como si fuera una criatura totalmente bajo su poder; como, de hecho, lo estaba.
Aquella noche no volvió a mencionar a Johnny Eames, pero habló mucho de la dificultad que tiene un hombre para establecerse con una esposa en Londres contando solo con sus propios y moderados ingresos. No le dijo con tantas palabras que si sus amigos pudieran reunir para ella dos o tres mil libras —lo cual era mucho menos de lo que él esperaba cuando hizo su propuesta— esa terrible dificultad desaparecería; pero dijo lo suficiente para que ella entendiera que el mundo le tacharía de muy imprudente por tomar a una muchacha que no tenía nada. Y mientras hablaba de estas cosas, permaneciendo Lily en su mayor parte en silencio, se le ocurrió que podía hablarle con libertad de su vida pasada; con más libertad de la que habría usado si hubiera temido perderla por tales revelaciones. No tenía miedo a perderla. ¡Ay! ¡Acaso no sería posible que albergara alguna esperanza de que así fuera!
Le contó que su vida pasada había sido costosa; que, aunque no tenía deudas, se había gastado hasta el último chelín que poseía y que había contraído hábitos de gasto que le resultaría casi imposible abandonar de la noche a la mañana. Luego habló de "complicaciones", pretendiendo explicar más plenamente su naturaleza, pero sin atreverse a hacerlo al ver que Lily estaba totalmente a oscuras sobre lo que quería decir. No; no era un hombre generoso; era un hombre muy poco generoso. Y sin embargo, durante todo ese tiempo, creía estar guiándose por principios. «Lo mejor será que sea honesto con ella», se decía. Y se repetía, decenas de veces, que al hacer su propuesta había esperado, y tenía derecho a esperar, que ella no careciera de fortuna. Dadas las circunstancias, había hecho lo mejor que pudo por ella: ofreciéndole su corazón con sinceridad y con la disposición de hacerla suya en la fecha más próxima que ella considerara posible. Si hubiera sido más cauteloso, no habría caído en este cruel error; pero ella, al menos, no podía reprocharle su imprudencia. Y aun así, estaba decidido a cumplir su compromiso y dispuesto a casarse con ella, aunque, cuanto más lo pensaba, más sentía que con ello arruinaría sus perspectivas y alejaría de su alcance todas esas cosas buenas que había esperado ganar. Mientras seguía hablándole, se daba a sí mismo un mérito especial por su generosidad y sentía que solo cumplía con su deber al señalarle todas las dificultades que se interponían en su matrimonio.
Al principio, Lily pronunció algunas palabras con la intención de asegurarle que sería la esposa más económica que hombre alguno hubiera tenido jamás, pero pronto cesó en tales promesas. Sus percepciones eran agudas y descubrió que las dificultades que él temía eran las que debía superar antes de su matrimonio, no las que pudieran abrumarle después. «Un hogar barato y cutre sería mi aversión», le dijo él. «Es eso lo que quiero evitar, principalmente por tu bien». Entonces ella le prometió que esperaría pacientemente el tiempo que hiciera falta; «aunque sean siete años», dijo, mirándole a la cara y tratando de encontrar en ella algún signo de aprobación. «Eso es una tontería», replicó él. «La gente ya no es como los patriarcas. Supongo que tendremos que esperar dos años. Y eso es un fastidio del demonio, un fastidio terrible». Había algo en su tono de voz que hirió los sentimientos de ella y la hizo sentirse desgraciada por un momento.
Al despedirse por esa noche en su lado del puentecillo que unía un jardín con el otro, él la rodeó con el brazo para abrazarla y besarla, como solía hacer en ese lugar. Se había convertido en una costumbre despedirse allí, y aquel rincón apartado entre los arbustos era inexpresablemente querido para Lily. Pero en esta ocasión ella hizo un esfuerzo por evitar su caricia. Se apartó de él; muy ligeramente, pero fue suficiente y él lo notó.
—¿Estás enfadada conmigo? —preguntó él. —¡Oh, no, Adolphus! ¿Cómo podría estar enfadada contigo? —Y entonces se volvió hacia él y le ofreció el rostro para que la besara casi antes de que él volviera a pedírselo. «Al menos que no piense que soy desagradable con él... y ya no importará», se dijo a sí misma mientras caminaba lentamente por el césped, en la oscuridad, hacia la ventana del salón de su madre.
—¿Y bien, carísima? —dijo la señora Dale, que estaba allí sola—. ¿Se movieron las barbas con alegría en el Gran Salón esta noche? —Era una broma entre ellas, pues ni Crosbie ni Bernard Dale usaban navaja de afeitar. —No especialmente alegres. Y creo que ha sido culpa mía, porque me duele la cabeza. Mamá, creo que me iré directamente a la cama. —Cielo mío, ¿pasa algo malo? —Nada, mamá. Pero el paseo fue muy largo; y además Adolphus se va, y por supuesto tenemos mucho que decirnos. Mañana será el último día, pues el miércoles por la mañana apenas le veré; y como quiero estar bien, si es posible, me acostaré. —Así que tomó su vela y se retiró.
Cuando Bell subió, Lily seguía despierta, pero le rogó a su hermana que no la molestara. —No me hables, Bell —dijo—. Estoy intentando tranquilizarme y siento que si sigo hablando me pondría infantil. Tengo más cosas en las que pensar de las que sé cómo manejar. —Y se esforzó, no sin éxito, por hablar con tono animado, como si las preocupaciones que pesaban sobre ella no fueran de naturaleza desagradable. Entonces su hermana la besó y la dejó con sus pensamientos.
Y tenía mucho en qué pensar; tanto, que el reloj de la escalera dio muchas horas antes de que lograra dar a sus pensamientos una forma que la satisficiera. Finalmente lo logró, y entonces durmió. Lo logró tras trabajar penosamente en ello con lágrimas que empaparon su almohada, con el corazón ardiendo y casi roto, con muchas dudas y muchas preguntas ansiosas y fervientes en su propio pecho sobre lo que debía hacer y lo que era capaz de soportar hacer. Pero al fin tomó su resolución, y entonces durmió.
Habían acordado que Crosbie bajaría a la Casa Pequeña al día siguiente después del desayuno y se quedaría allí hasta la hora de montar. Pero Lily decidió alterar este plan y, en consecuencia, se puso el sombrero inmediatamente después de desayunar y se apostó en el puente para interceptar a su amante cuando llegara. Él apareció pronto con su amigo Dale, y ella le comunicó de inmediato su propósito.
—Quiero hablar contigo, Adolphus, antes de que entres a ver a mamá; así que ven conmigo al campo. —De acuerdo —dijo él. —Y Bernard puede terminarse su cigarro en el césped. Mamá y Bell se reunirán con él allí. —Perfecto —dijo Bernard. Así se separaron; y Crosbie se fue con Lily al campo donde se habían conocido por primera vez en aquellos días de la siega del heno.
No dijo mucho hasta que estuvieron bien alejados de la casa; se limitó a responder a las palabras que él elegía decir, sin saber muy bien de qué hablaba él. Pero cuando consideró que habían llegado al lugar adecuado, empezó de forma muy abrupta.
—Adolphus —dijo ella—, tengo algo que decirte... algo que debes escuchar con mucha atención. —Entonces él la miró y supo al instante que hablaba en serio. —Este es el último día en que podría decírtelo —continuó ella—; y me alegra mucho no haber dejado pasar el último día sin hacerlo. No habría sabido cómo ponerlo en una carta. —¿De qué se trata, Lily?
—Y no sé si sabré decirlo como es debido; pero espero que no seas duro conmigo. Adolphus, si deseas que todo esto entre nosotros termine, daré mi consentimiento. —¡Lily! —Digo lo que siento. Si lo deseas, consentiré; y habiéndolo dicho yo, proponiéndolo yo misma, puedes estar bien seguro de que nunca te culparé si me tomas la palabra. —¿Te has cansado de mí, Lily? —No. Nunca me cansaré de ti; nunca me cansaré de amarte. No quería decir esto ahora, pero responderé a tu pregunta con valentía. ¡Cansarme de ti! Imagino que una mujer nunca puede cansarse de su amante. Pero preferiría morir en la lucha antes que ser la causa de tu ruina. Sería mejor... en todos los sentidos, mejor. —Yo no he dicho nada de estar arruinado. —Pero escúchame. No moriría si me dejaras; no se me rompería el corazón por completo. Nunca podré amar nada en la tierra como te he amado a ti. Pero tengo un Dios y un Salvador que serán suficientes para mí. Puedo acudir a ellos con resignación, si es lo mejor que me dejes. He acudido a ellos, y...
Pero en ese momento no pudo articular más palabras. Se había quebrado en su esfuerzo, perdiendo la voz por la fuerza de su emoción. Como no quería que él la viera derrotada, se apartó y se alejó por la hierba.
Por supuesto, él la siguió; pero no fue tan rápido como para no darle tiempo a recobrarse.
—Es verdad —dijo ella—. Tengo la fuerza de la que te hablo. Aunque me he entregado a ti como tu esposa, puedo soportar que nos separemos ahora... ahora mismo. Y, amor mío, aunque suene desalmado, preferiría separarme de ti que aferrarme como un lastre que te arrastre bajo el agua y te ahogue en problemas y preocupaciones. Lo preferiría; de verdad que sí. Si te vas, por supuesto que ese tipo de cosas se habrán acabado para mí. Pero el mundo tiene más que eso, mucho más; y yo me haría feliz a mí misma; sí, amor mío, sería feliz. No tienes que temer por eso. —Pero, Lily, ¿por qué me dices todo esto aquí hoy? —Porque es mi deber decirlo. Ahora entiendo toda tu posición, aunque sea solo ahora. No se me pasó por la cabeza hasta ayer. Cuando me pediste matrimonio, pensaste que yo... que yo tenía algo de fortuna. —No pienses en eso ahora, Lily. —Pero lo pensaste. Ahora lo veo todo. Quizá debí decirte que no era así. Ahí ha estado el error, y ambos lo sufrimos. Pero no necesitamos hacer el sufrimiento más profundo de lo necesario. Amor mío, eres libre... desde este momento. Y ni siquiera mi corazón te culpará por aceptar tu libertad. —¿Y tienes miedo a la pobreza? —le preguntó él. —Tengo miedo a la pobreza para ti. Tú y yo hemos vivido de forma distinta. Los lujos, de los que yo no sé nada, han sido tus comodidades diarias. Te digo que puedo soportar perderte, pero no puedo soportar convertirme en la fuente de tu infelicidad. Sí; lo soportaré; y nadie se atreverá en mi presencia a hablar mal de ti. Te he traído aquí para decir la palabra; es más, para aconsejarte que la digas.
Él permaneció en silencio un momento, durante el cual la sujetó de la mano. Ella le miraba a la cara, pero él miraba hacia las nubes, esforzándose por parecer el dueño de la situación. Pero en esos instantes su mente estaba atormentada por la duda. ¿Y si le tomaba la palabra? Algunos dirían cosas amargas contra él, pero tales cosas se habían dicho de muchos otros hombres sin dañarlos. ¿No sería mejor para ambos si aceptaba? Ella se recuperaría y volvería a amar, como otras chicas; y él escaparía de la ruina que había estado contemplando durante la última semana. Porque era la ruina: la ruina absoluta. La amaba; así se lo declaraba a sí mismo. ¿Pero era él un hombre capaz de renunciar al mundo por amor? Había hombres así, ¿pero era él uno de ellos? ¿Podría ser feliz en aquella casa pequeña, cerca de New Road, con cinco hijos y el temor constante a la factura del panadero? De todos los hombres vivos, ¿no era él el último que debería haberse permitido caer en semejante trampa? Todo esto pasó por su mente mientras alzaba el rostro hacia las nubes con una mirada que pretendía ser noble y grandiosa.
—Háblame, Adolphus, y di que así será.
Entonces le flaqueó el corazón y le faltó el valor para librarse de su problema; o, como se dijo a sí mismo después, no tuvo corazón para hacerlo.
—Si te entiendo bien, Lily, ¿nada de esto proviene de una falta de amor por tu parte? —¿Falta de amor por mi parte? No deberías preguntarme eso. —Hasta que no me digas que existe tal falta, no aceptaré ninguna separación. —Entonces tomó su mano y la puso bajo su brazo—. No, Lily; sean cuales sean nuestras preocupaciones y problemas, estamos unidos... indisolublemente. —¿Lo estamos? —dijo ella; y al hablar, su voz y su mano temblaron. —Con demasiada firmeza para un divorcio así. No, Lily, reclamo el derecho de contarte todas mis penas, pero no te dejaré ir. —Pero, Adolphus... —y la mano en su brazo empezaba a aferrarse de nuevo. —Adolphus —dijo él— no tiene nada más que decir sobre ese tema. Ejerce el derecho que cree suyo y elige conservar el premio que ha ganado.
Ella se aferraba ahora a él de verdad. —¡Oh, amor mío! —dijo—. No sé cómo volver a decirlo. ¡Es en ti en quien pienso; en ti, en ti! —Lo sé; pero me has malinterpretado un poco, eso es todo. —¿De verdad? Entonces escúchame otra vez, una vez más, ¡dueño de mi corazón, mi amor, mi esposo, mi señor! Si no puedo ser para ti como Rut de inmediato y nunca dejar de seguirte, mis pensamientos hacia ti serán como los de Rut: "Que Dios me castigue con toda su dureza si algo que no sea la muerte nos separa".
Entonces cayó sobre su pecho y lloró.
Él todavía apenas comprendía la profundidad del carácter de ella. Él mismo no era lo bastante profundo para abarcarlo todo. Pero, aun así, se sintió intimidado por aquel gran amor y elevado a una cierta solemnidad de sentimiento que, por el momento, le hizo alegrarse de su reciente decisión. Durante unas horas, estuvo dispuesto a dejar el mundo atrás y lucir a esta mujer como una mujer así debe ser lucida: como un consuelo en todas las cosas y un fuerte escudo contra las grandes tribulaciones.
—¡Lily! —dijo él—. ¡Mi propia Lily! —Sí, la tuya, para tomarla cuando quieras y dejarla cuando quieras; y tan tuya de una forma como de la otra. —Luego volvió a mirarle e intentó reír mientras lo hacía—. Pensarás que estoy loca, pero soy tan feliz. Ya no me importa que te vayas; de verdad que no. Ea; puedes irte ahora mismo, si quieres. —Y retiró su mano de la de él—. Me siento tan distinta a como me he sentido estos últimos días. Me alegra tanto que me hayas hablado así. Por supuesto que debo cargar con todas esas cosas contigo. Pero ya no puedo ser infeliz por ello. Me pregunto si, si me pusiera a trabajar y fabricara un montón de cosas, ¿ayudaría en algo? —¿Un juego de camisas para mí, por ejemplo? —Podría hacer eso, al menos. —Puede que lleguemos a eso algún día. —Ruego a Dios que así sea. —Entonces volvió a ponerse seria y las lágrimas asomaron de nuevo a sus ojos—. Ruego a Dios que así sea. Serte de utilidad... trabajar para ti... hacer algo por ti que tenga un propósito sobrio y serio de utilidad; eso es lo que quiero por encima de todo. Quiero estar contigo ya para poder servirte. Ojalá estuviéramos los dos solos para poder hacer todo por ti. A veces pienso que la esposa de un hombre muy pobre es la más feliz, porque lo hace todo ella. —Lo harás todo muy pronto —dijo él.
Y así pasearon placenteramente durante las horas de la mañana, y cuando volvieron a aparecer a la mesa de la señora Dale, esta y Bell se asombraron de la alegría de Lily. Todos sus antiguos modales parecían haber vuelto, y le decía sus pequeñas impertinencias al señor Crosbie como solía hacer cuando él empezaba a quedar fascinado por su dulzura.
—Ya verás qué elegante te pones cuando llegues a casa de esa condesa; te olvidarás por completo de Allington. —Por supuesto que sí —dijo él. —Y el papel en el que escribas estará lleno de coronas... eso si es que escribes. Quizá le escribas a Bernard algún día, solo para demostrar que te alojas en un castillo. —Ciertamente no mereces que te escriba a ti —dijo la señora Dale. —No lo espero ni por un momento... no hasta que vuelva a Londres y vea que no tiene otra cosa que hacer en su oficina. Pero me gustaría tanto ver cómo os lleváis Lady Julia y tú. Estaba claro que te veía como a un ogro, ¿verdad, Bell? —Mucha gente son ogros para Lady Julia —dijo Bell. —Creo que Lady Julia es una mujer muy buena —dijo la señora Dale— y no permitiré que se hable mal de ella. —Sobre todo delante del pobre Bernard, que es su sobrino favorito —dijo Lily—. Me atrevo a decir que Adolphus también se convertirá en un favorito cuando lleve una semana con ella en el Castillo de Courcy. Intenta quitarle el puesto a Bernard.
Por todo aquello, la señora Dale comprendió que alguna preocupación que pesaba sobre el corazón de Lily se había aliviado, si no desaparecido por completo. No había hecho preguntas a su hija, pero había percibido estos últimos días que Lily estaba angustiada, y sabía que tal angustia nacía de su compromiso. No había preguntado, pero por supuesto le habían dicho cuáles eran los ingresos del señor Crosbie, y se le había dado a entender que no debían considerarse sobradamente suficientes para todas las necesidades del matrimonio. No era difícil adivinar la fuente de la preocupación de Lily, ni lo era ahora percibir que se había dicho algo entre ellos que había aliviado esa carga.
Después de aquello todos montaron a caballo, y la tarde pasó agradablemente. Era el último día, en efecto, pero Lily había decidido que no estaría triste. Le había dicho que podía irse y que no estaría descontenta por su marcha. Sabía que el mañana sería un vacío inmenso para ella, pero luchó por estar a la altura de su promesa, y lo logró. Todos cenaron en la Casa Grande, incluso la señora Dale en esta ocasión. Cuando entraron del jardín por la noche, Crosbie habló más con la señora Dale que con la propia Lily, mientras esta se sentaba un poco apartada, escuchando con toda atención, diciendo alguna palabra en voz baja de vez en cuando, e inmensamente feliz de sentir que su madre y su amante se entendían.
Y debe entenderse que Crosbie, en este momento, estaba plenamente decidido a conquistar las dificultades en las que tanto había pensado y a fijar el día más cercano posible para su matrimonio. La solemnidad de aquel encuentro en el campo todavía le envolvía, y daba a sus sentimientos actuales una hombría y una verdad de propósito de las que solían carecer. ¡Si tan solo duraran esos sentimientos! Pero ahora hablaba con la señora Dale sobre su hija y sobre sus perspectivas futuras en un tono que no habría podido usar si su mente, por el momento, no le hubiera sido fiel. Nunca le había hablado con tanta franqueza a la madre de Lily, y en ningún momento la señora Dale había sentido por él tanto afecto maternal. Se disculpó por la necesidad de cierto retraso, argumentando que no soportaría ver a su joven esposa sin la comodidad de un hogar propio, y que ahora, como siempre, temía incurrir en deudas. A la señora Dale no le gustaban los compromisos largos —como a ninguna madre—, pero no podía responder con dureza a tales argumentos.
—Lily es tan joven —dijo ella— que bien puede esperar un año o así. —Siete años —dijo Lily, levantándose de un salto y susurrando al oído de su madre—. Apenas tendré veintiséis entonces, que no es para nada demasiado mayor.
Y así la noche pasó muy agradablemente.
—¡Dios te bendiga, Adolphus! —le dijo la señora Dale al despedirse en su propia puerta. Era la primera vez que le llamaba por su nombre de pila—. Espero que entiendas cuánto estamos confiando en ti. —Lo entiendo, lo entiendo —dijo él, mientras le estrechaba la mano. Luego, mientras volvía caminando solo, se juró a sí mismo, obligándose con todo su corazón, que sería fiel a aquellas mujeres, tanto a la hija como a la madre; pues la solemnidad de la mañana aún permanecía en él.
Debía partir a la mañana siguiente antes de las ocho, habiéndose comprometido Bernard a llevarle a la estación de Guestwick. El desayuno estaba en la mesa poco después de las siete; y justo cuando los dos hombres bajaron, Lily entró en la habitación, con su sombrero y su chal. —Dije que vendría a serviros el té —dijo ella; y se sentó frente a la tetera.
Fue una comida silenciosa, pues la gente no sabe qué decir en esos últimos minutos. Y Bernard también estaba allí, demostrando cuán cierto es el refrán que dice que dos son compañía y tres multitud. Creo que Lily se equivocó al subir esa última mañana; pero no quiso oír hablar de dejarle marchar sin verle, aun cuando su amante le había rogado que no se tomara tantas molestias. ¡Molestias! ¿No se habría quedado despierta toda la noche solo por ver aunque fuera la punta de su sombrero por última vez?
Entonces Bernard, murmurando algo sobre el caballo, se marchó. —Solo tengo un minuto para hablarte —dijo ella, levantándose—, y he estado toda la noche pensando en lo que tenía que decirte. Es tan fácil pensar y tan difícil hablar. —Cielo mío, lo entiendo todo. —Pero debes entender esto: que nunca desconfiaré de ti. Nunca volveré a pedirte que me dejes, ni diré que podría ser feliz sin ti. No podría vivir sin ti; es decir, sin saber que eres mío. Pero nunca seré impaciente, nunca. ¡Por favor, por favor, créeme! Nada me hará desconfiar de ti. —Querida Lily, me esforzaré por no darte motivo. —Sé que no lo harás; pero quería decirte eso especialmente. ¿Y escribirás... muy pronto? —En cuanto llegue. —Y tan a menudo como puedas. Pero no te molestaré; solo que tus cartas me harán tan feliz. Estaré tan orgullosa cuando me lleguen. Me dará miedo escribirte demasiado, por temor a cansarte. —Nunca harás eso. —¿No? Pero tienes que escribir tú primero, ya sabes. ¡Si pudieras entender cómo viviré pendiente de tus cartas! Y ahora, adiós. Ahí están las ruedas. ¡Dios te bendiga, amor mío, amor mío! —Y se entregó a sus brazos, como se había entregado a su corazón.
Permaneció en la puerta mientras los dos hombres subían al coche y, cuando este cruzó la verja, corrió hacia la terraza, desde donde pudo verlo unos metros más por el camino. Luego corrió de la terraza a la verja y, cruzándola a toda prisa, se dirigió al cementerio, desde cuyo rincón más alejado pudo ver las cabezas de los dos hombres hasta que dieron la vuelta en la carretera principal, más allá de la casa parroquial. Allí se quedó hasta que el mismo sonido de las ruedas dejó de llegar a sus oídos, forzando la vista en la dirección que habían tomado. Luego se dio la vuelta lentamente y salió por la puerta del cementerio, que daba a la carretera justo frente a la puerta principal de la Casa Pequeña.
—Me gustaría romperle la cabeza —se dijo Hopkins, el jardinero, al ver alejarse el coche y ver a Lily correr tras él para ver lo último de quien iba dentro—. Y no me costaría nada hacerlo; de verdad que no —añadió Hopkins en su soliloquio. En general se pensaba en el lugar que la señorita Lily era la favorita de Hopkins; aunque él lo demostraba principalmente regañándola con más frecuencia que a su hermana.
Lily evidentemente tenía intención de volver a casa por la puerta principal; pero cambió de propósito antes de llegar a la casa y regresó lentamente por el cementerio, y por la puerta de la Casa Grande, y por el jardín trasero, hasta cruzar el puentecillo. Pero en el puente descansó un rato, apoyada en la barandilla como se había apoyado tantas veces con él, pensando en todo lo que había pasado desde aquel día de julio en que le conoció por primera vez. En ningún lugar le había hablado él tantas veces de su amor como en este, y en ninguna parte le había jurado ella con tanto fervor que sería su fiel y amorosa esposa.
—Y con la ayuda de Dios, así será —se dijo a sí misma mientras caminaba con firmeza hacia la casa—. Se ha ido, mamá —dijo al entrar en el comedor—. Y ahora volveremos a nuestras costumbres de los días de diario; para mí, estas últimas seis semanas han sido todas domingo.
Capítulo 16
El señor Crosbie encuentra a un anciano clérigo en su camino al Castillo de Courcy
Durante la primera milla o dos de su viaje, Crosbie y Bernard Dale permanecieron, en su mayor parte, en silencio en el coche. No habían visto a Lily cuando corrió hacia la esquina del cementerio para seguirles con su mirada amorosa. Pero el espíritu de la devoción de ella aún pesaba sobre ambos, y sentían que no sería oportuno lanzarse de inmediato a cualquier tema ordinario de conversación. Además, es de suponer que Crosbie sentía profundamente el separarse de una muchacha como Lily Dale, con quien había convivido íntimamente las últimas seis semanas y a quien amaba con todo su corazón; con todo el corazón que él poseía para tales fines.
En aquellas dudas sobre su matrimonio que le habían atormentado, nunca se había expresado a sí mismo desaprobación alguna hacia Lily. No se había esforzado en pensar que ella fuera distinta a como él deseaba que fuese para darse así una excusa para abandonarla. No había recurrido, al menos por el momento, a esa práctica tan común entre los hombres que desean liberarse de los vínculos con los que han permitido ser atados. Lily había sido demasiado dulce a sus ojos, a su tacto y a todos sus sentidos para eso. Había disfrutado demasiado intensamente del placer de estar con ella y de oírla decirle que le amaba como para estar personalmente cansado de ella. La vida de club no le había corrompido tanto como para no encontrar un placer exquisito en todos sus agradables modales campestres y en su humor suave, bondadoso y femenino. No estaba, de ningún modo, cansado de Lily. Mejor que cualquiera de sus placeres londinenses era este placer de cortejar a Lily Dale en los verdes campos. Eran las consecuencias lo que le aterraba. Vendrían los bebés con todos sus bártulos; y las tardes aburridas ante una chimenea apagada, o el dolor lánguido de una mujer decepcionada. Se vería obligado a ser cuidadoso con su ropa, pues encargar un abrigo nuevo supondría un gasto serio. No podría frecuentar más a las condesas y sus hijas, porque sería impensable que su esposa visitara sus casas. Todas las victorias que había ganado alguna vez debían ser abandonadas. Pensaba en esto incluso mientras el coche doblaba la esquina cerca de la casa parroquial, y mientras los ojos de Lily aún gozaban de alguna vista de su espalda alejándose; pero también pensaba, en ese instante, que podría haber otra victoria reservada para él: que podría ser posible aprender a querer ese hogar, incluso con bebés de por medio y una mujer frente a él dedicada a sus cuidados. Estaba luchando lo mejor que sabía, pues la solemnidad que Lily le había infundido aún no se había desvanecido de su espíritu.
—Espero que, en general, te sientas satisfecho con tu visita —le dijo Bernard, al fin. —¿Satisfecho? Por supuesto que sí. —Eso es fácil de decir, y la cortesía hacia mí quizá lo exige. Pero sé que, hasta cierto punto, te has sentido decepcionado. —Bueno, sí. Me he sentido decepcionado respecto al dinero. De nada sirve negarlo. —No lo mencionaría ahora si no fuera porque quiero saber que me eximes de culpa. —Nunca te he culpado a ti, ni a nadie; a menos que haya sido a mí mismo. —¿Quieres decir que te arrepientes de lo que has hecho? —No, no quiero decir eso. Estoy demasiado dedicado a esa querida muchacha a la que acabamos de dejar como para sentir arrepentimiento alguno por haberme comprometido con ella. Pero sí creo que si me hubiera manejado mejor con tu tío, las cosas podrían haber sido diferentes. —Lo dudo. De hecho, sé que no es así, y puedo asegurarte que no necesitas amargarte por ese motivo. Yo había pensado, como bien sabes, que él habría hecho algo por Lily; algo, aunque no tanto como siempre tuvo intención de hacer por Bell. Pero puedes estar seguro de esto: él ya había decidido lo que iba a hacer. Nada de lo que tú o yo hubiéramos dicho le habría hecho cambiar. —Bueno, no hablemos más de ello —dijo Crosbie.
Siguieron de nuevo en silencio y llegaron a Guestwick con tiempo de sobra para el tren.
—Avísame en cuanto llegues a la ciudad —dijo Crosbie. —Oh, por supuesto. Te escribiré antes de eso.
Y así se separaron. Mientras Dale se daba la vuelta y se marchaba, Crosbie sintió que le caía peor que antes; y Bernard, también, mientras conducía de vuelta, llegó a la conclusión de que Crosbie no sería tan buen tipo como cuñado como lo había sido como amigo ocasional. «Nos dará problemas de alguna forma; lamento haberle traído». Esa era la convicción interna de Dale sobre el asunto.
El camino de Crosbie desde Guestwick le llevaba, por ferrocarril, a Barchester, la ciudad catedralicia del condado vecino, desde donde se proponía hacerse llevar hasta Courcy. En realidad, no había motivo para su partida tan temprana, pues era consciente de que las llegadas a las casas de campo deben tener lugar a una hora no muy lejana a la cena. Se había decidido a ponerse en camino tan pronto por la sensación de que sería bueno dejar atrás esas últimas horas. Así, se encontró en Barchester a las once de la mañana, sin nada que hacer; y, al no tener nada más que hacer, fue a la iglesia. Había servicio completo en la catedral y, mientras el sacristán le conducía a uno de los sitiales vacíos, un anciano menudo y delgado comenzaba a entonar las letanías. «No pretendía caer en todo esto», se dijo Crosbie, mientras se acomodaba apoyando los brazos en el cojín. Pero el encanto peculiar de la voz de aquel anciano pronto le atrajo; una voz que, aunque temblorosa, era todavía fuerte; y dejó de lamentar el santo cuyo honor y gloria habían ocasionado la duración del servicio especial de ese día.
—¿Y quién es el anciano caballero que entonaba las letanías? —preguntó después al sacristán, mientras se dejaba guiar por los monumentos de la catedral. —Es nuestro chantre, señor; el señor Harding. Habrá oído hablar del señor Harding. —Pero Crosbie, con una disculpa completa, confesó su ignorancia. —Bueno, señor; es bastante conocido, aunque es así de tímido. Es suegro de nuestro deán, señor; y suegro del arcediano Grantly también. —¿Sus hijas se han dedicado todas a la profesión, entonces? —Pues sí; pero la señorita Eleanor —porque la recuerdo antes de casarse, cuando vivían en el hospital—... —¿En el hospital? —En el hospital de Hiram, señor. Él era el hospitalero, sabe usted. Debería ir a ver el hospital, señor, si nunca ha estado allí. Bueno, la señorita Eleanor —que era la más joven— se casó con el señor Bold primero. Pero ahora es la señora del deán. —Ah, ¿es la señora del deán? —Sí, en efecto. ¿Y qué le parece, señor? El señor Harding podría haber sido deán él mismo si hubiera querido. Se lo ofrecieron. —¿Y lo rechazó? —Vaya que sí, señor. —Nolo decanari. Nunca había oído nada igual. ¿A qué se debió tanta modestia? —A eso mismo, señor; a que es modesto. Pasa de los setenta ya, por mucho; pero es tan modesto como una muchachita. Mucho más modesto que algunas de ellas. ¡Si le viera con su nieta! —¿Y quién es su nieta? —Pues Lady Dumbello, que será la marquesa de Hartletop. —Conozco a Lady Dumbello —dijo Crosbie, sin pretender presumir ante el sacristán de su noble amistad. —Ah, ¿la conoce, señor? —dijo el hombre, tocándose inconscientemente el sombrero ante esta señal de grandeza en el extraño, aunque en verdad no sentía aprecio por su señoría—. Quizá vaya usted a la reunión en el Castillo de Courcy. —Bueno, creo que sí. —Encontrará allí a su señoría antes que usted. Almorzó ayer con su tía en el deanato al pasar por aquí; le pareció demasiada molestia ir hasta casa de su padre, en Plumstead. Su padre es el arcediano, sabe usted. Dicen... ¡pero su señoría es amiga suya! —Nada de amiga; solo un conocido muy superficial. Está tan por encima de mi nivel como del de su padre. —Bueno, ella está por encima de todos. Dicen que apenas si le dirigiría la palabra al anciano caballero. —¿A quién? ¿A su padre? —No, al señor Harding; el que entonaba las letanías hace un momento. Ahí está, señor, saliendo del deanato.
Estaban de pie junto a la puerta que daba a uno de los transeptos, y el señor Harding pasó junto a ellos mientras hablaban. Era un anciano pequeño, marchito y de paso vacilante, con los hombros encorvados, vestido con calzones cortos y largas polainas negras que colgaban algo flojas de sus pobres y viejas piernas, frotándose las manos una con otra mientras caminaba. Y sin embargo caminaba rápido; no tambaleándose, sino con un paso incierto y dubitativo. El sacristán, al pasar el señor Harding, se llevó la mano a la cabeza, y Crosbie también se quitó el sombrero. Ante esto, el señor Harding se quitó el suyo, hizo una reverencia y se dio la vuelta como si fuera a hablar. Crosbie sintió que nunca había visto un rostro donde los rasgos de la bondad humana estuvieran escritos con más claridad. Pero el anciano no habló. Giró el cuerpo a medias y luego se alejó con su paso vacilante, como avergonzado de su intención, y siguió su camino.
—Es de la clase de gente con la que hacen a los ángeles —dijo el sacristán—. Pero no pueden hacer muchos si los quieren a todos tan buenos como él. Muy agradecido, señor. —Y se guardó la media corona que Crosbie le dio.
«Así que ese es el abuelo de Lady Dumbello», se dijo Crosbie mientras caminaba lentamente por el recinto catedralicio hacia el hospital, por el camino que el sacristán le había indicado. No sentía gran afecto por Lady Dumbello, que se había atrevido a desairarle, incluso a él. «Pueden hacer un ángel del anciano caballero», continuó diciendo; «pero nunca lo lograrán con la nieta».
Siguió paseando lentamente sobre un pequeño puente y, en la puerta del hospital, se encontró de nuevo con el señor Harding.
—Iba a aventurarme a entrar —dijo él— para ver el lugar. ¿Pero quizá sea una intrusión? —No, no; de ningún modo —dijo el señor Harding—. Por favor, entre. No puedo decir que esté precisamente en mi casa aquí. No vivo aquí, ahora no. Pero conozco bien las costumbres del lugar y puedo darle la bienvenida. Esa es la casa del hospitalero. Quizá no entremos tan temprano, ya que la señora tiene una familia muy numerosa. Una excelente dama y querida amiga mía, como lo es su marido. —¿Y él es el hospitalero, dice usted? —Sí, hospitalero del hospital. Ya ve la casa, señor. Muy bonita, ¿verdad? Muy bonita. En mi opinión, es la casa más bonita que he visto nunca. —Yo no iría tan lejos —dijo Crosbie. —Pero lo haría si hubiera vivido allí doce años, como yo. Viví en esa casa doce años y no creo que haya un rincón tan dulce en la superficie de la tierra. ¿Vio alguna vez un césped como ese? —Muy agradable, en efecto —dijo Crosbie, que empezó a comparar con el césped de la señora Dale en la Casa Pequeña y a decidir que el césped de Allington era mejor que el del hospital. —Yo mismo hice poner ese césped. Había arriates allí cuando llegué, con malvas reales y ese tipo de cosas. El césped fue una mejora. —No cabe duda de ello, diría yo. —El césped fue una mejora, ciertamente. Y yo planté esos arbustos también. No hay un laurel de Portugal como ese en todo el condado. —¿Fue usted hospitalero aquí, señor? —Y Crosbie, al hacer la pregunta, recordó que en sus días de juventud había oído hablar de alguna disputa en los periódicos sobre el hospital de Hiram en Barchester. —Sí, señor. Fui hospitalero aquí durante doce años. ¡Vaya, vaya! Si hubieran puesto aquí a cualquier caballero que no estuviera en términos amistosos conmigo, me habría hecho muy infeliz, mucho. Pero, tal como es, entro y salgo cuando quiero; casi tanto como hacía antes de que... pero no me echaron. Hubo razones que hicieron que lo mejor fuera que yo renunciara. —¿Y vive ahora en el deanato, señor Harding? —Sí, vivo en el deanato ahora. Pero no soy el deán, sabe usted. Mi yerno, el doctor Arabin, es el deán. Tengo otra hija casada en la vecindad, y puedo decir con verdad que me ha tocado vivir en lugares agradables.
Luego llevó a Crosbie entre los ancianos, entrando en las habitaciones de todos ellos. Era un asilo para hombres ancianos de la ciudad, y antes de que Crosbie le dejara, el señor Harding le había explicado todas las circunstancias del hospital y la forma en que lo había abandonado.
—No me gustó irme, sabe usted; pensé que se me rompería el corazón. Pero no podía quedarme cuando decían tales cosas; no podía quedarme. Y lo que es más, habría estado mal quedarme. Ahora lo veo todo. Pero cuando salí bajo aquel arco, señor Crosbie, apoyado en el brazo de mi hija, pensé que mi corazón se rompería. —Y las lágrimas corrían incluso ahora por las mejillas del anciano mientras hablaba.
Era una historia larga y no hace falta repetirla aquí. Y no había razón para contársela al señor Crosbie, aparte de que el señor Harding era un anciano afectuoso y comunicativo al que le encantaba dar rienda suelta a su mente en reminiscencias del pasado. Pero Crosbie observó que, al contar su historia, el señor Harding no pronunció ni una palabra hiriente contra nadie. Y, sin embargo, había sido herido, herido muy profundamente.
—Todo fue para mejor —dijo al fin—; especialmente porque no se me ha negado la felicidad de sentirme como en casa en el viejo lugar. Le llevaría al interior de la casa, que es muy cómoda, mucho; solo que no siempre es conveniente temprano en el día, cuando hay una familia grande. —Al oír esto, Crosbie volvió a pensar en su propio hogar futuro y sus limitados ingresos.
Le había dicho al anciano clérigo quién era y que iba de camino a Courcy. —Donde, según entiendo, conoceré a una nieta suya. —Sí, sí; es mi nieta. Ella y yo estamos ahora en caminos diferentes de la vida, así que no la veo mucho. Me dicen que cumple bien con su deber en esa esfera de la vida a la que ha complacido a Dios llamarla.
«Eso depende», pensó Crosbie, «de lo que se suponga que sean los deberes de una vizcondesa». Pero se despidió de su nuevo amigo sin decir nada más sobre Lady Dumbello y, hacia las seis de la tarde, se hizo llevar bajo el pórtico del Castillo de Courcy.
Capítulo 17
El Castillo de Courcy
El Castillo de Courcy estaba a rebosar. En primer lugar, se había producido allí una gran reunión de toda la familia Courcy. El conde estaba presente, y la condesa, por supuesto, también. En esta época del año, Lady De Courcy siempre estaba en casa; pero la presencia del propio conde no había sido hasta entonces, ni mucho menos, tan segura. Había sido un hombre muy dado a las visitas y recepciones reales, a las cacerías en las Tierras Altas, a las —sin duda necesarias— prolongaciones de la temporada londinense, a estancias en ciertos balnearios alemanes (convenientes, probablemente, para estudiar los usos y ceremonias de las cortes germánicas) y a diversas otras ausencias del hogar, ocasionadas por la persecución de sus fines particulares en la vida; pues el conde De Courcy había sido un gran cortesano. Pero, últimamente, la gota, el lumbago y quizá también cierta disminución en su capacidad para resultar agradable en general, le habían reconciliado con los deberes domésticos, y el conde pasaba gran parte de su tiempo en casa. En tiempos pasados, se había oído a la condesa quejarse de las frecuentes ausencias de su señor. Pero es difícil contentar a algunas mujeres y, ahora, su presencia no siempre la satisfacía.
Y todos los hijos e hijas estaban allí, excepto Lord Porlock, el primogénito, que nunca se veía con su padre. El conde y Lord Porlock estaban enemistados y, de hecho, se odiaban como solo tales padres y tales hijos pueden odiarse. El Honorable George De Courcy estaba allí con su esposa, habiendo cumplido recientemente con un deber manifiesto al casarse con una joven con dinero. Muy joven no era —habiendo superado ya los treinta años—; pero, por otra parte, tampoco el Honorable George era muy joven, y en este aspecto los dos no estaban mal emparejados. El dinero de la dama no había sido mucho —quizá unas treinta mil libras o así—. Pero, en cambio, el dinero del Honorable George era absolutamente nulo. Ahora tenía unos ingresos con los que vivir y, por tanto, su padre y su madre le habían perdonado todos sus pecados y lo habían acogido de nuevo en su seno. El matrimonio era un asunto de gran importancia, pues el vástago mayor de la casa aún no había tomado esposa, y la familia De Courcy podría tener que confiar en esta unión para obtener un heredero. La dama en cuestión no era hermosa, ni lista, ni de modales imponentes, ni de alta cuna. Pero tampoco era fea, ni insufriblemente estúpida. Sus modales eran, en cualquier caso, inocentes; y en cuanto a su cuna —puesto que, desde el principio, se suponía que no tenía ninguna—, no se sintió decepción alguna. Su padre había sido comerciante de carbón. Siempre la llamaban "la señora George", y el esfuerzo que hacían todos en la familia y sus alrededores era tratarla como si fuera la figura de una mujer, un simulacro de ser humano, grande y bien vestido, a quien los De Courcy, por ciertos motivos, debían llevar en su séquito. Sobre el Honorable George podemos añadir que, habiendo sido un derrochador toda su vida, ahora se había vuelto estrictamente parsimonioso. Al alcanzar la discreta edad de cuarenta años, por fin había aprendido que la mendicidad era objetable; y, por tanto, dedicaba cada energía de su mente a ahorrar peniques y chelines dondequiera que estos pudieran ahorrarse. Cuando le dio por ahí, tanto su padre como su madre se deleitaron al observarlo; pero, aunque apenas había pasado un año, empezaban a aparecer algunos resultados nefastos. A pesar de poseer una renta, no daba paso alguno para comprarse una casa. Se aferraba a la mansión paterna, ya fuera en la ciudad o en el campo; bebía los vinos paternos, montaba los caballos paternos e incluso se las había ingeniado para obtener los vestidos de su mujer de la modista materna. No obstante, en la consecución de este último pequeño éxito, se había manifestado cierto disenso familiar.
El Honorable John, el tercer hijo, también estaba en Courcy. Aún no había tomado esposa y, como hasta ahora no se había mostrado notablemente útil en ningún ámbito especial de la vida, su familia empezaba a considerarlo una carga. Al no tener ingresos propios que ahorrar, no había copiado la virtud de la parsimonia de su hermano; y, para decir la verdad sin rodeos, se había vuelto tan molesto para su padre que en más de una ocasión había sido amenazado con la expulsión del techo familiar. Pero no es fácil expulsar a un hijo. Los polluelos humanos no pueden ser echados del nido como los pájaros jóvenes. Un Honorable John abandonado a la absoluta pobreza se haría notar en el mundo, si no de otra forma, por su aspecto famélico mientras se muere de hambre. Un calavera redomado de las clases altas tiene ventajas eminentes de su lado en la batalla que libra contra la respetabilidad. No se le puede enviar a Australia contra su voluntad. No se le puede mandar al hospicio sin que todo el mundo se entere. No se le puede impedir la entrada en las tiendas; ni, sin un escándalo terrible, se le puede mantener alejado de las propiedades paternas. El conde había amenazado, gruñido y enseñado los dientes; era un hombre colérico y un hombre que sabía parecer muy enfadado, con ojos que casi se volvían rojos y una frente que se arrugaba en surcos perpendiculares, a veces terribles de ver. Pero era un hombre inconsistente, y el Honorable John había aprendido a tomarle la medida a su padre con una balanza muy precisa.
He mencionado primero a los hijos porque es de suponer que eran los mayores, dado que sus nombres figuraban antes que los de sus hermanas en todos los libros de la nobleza. Pero había cuatro hijas: Lady Amelia, Lady Rosina, Lady Margaretta y Lady Alexandrina. Ellas, podríamos decir, eran las flores de la familia, habiendo vivido de tal modo que no habían creado ninguna de esas rencillas familiares tan frecuentes entre su padre y sus hermanos. Eran mujeres discretas, de alta alcurnia, que pensaban quizá un poco demasiado en su posición en el mundo y algo dadas a dar un valor equivocado a las ventajas que poseían y a las que no. Lady Amelia ya estaba casada, habiendo hecho una boda sólida, si no brillante, con el señor Mortimer Gazebee, un próspero abogado perteneciente a una firma que durante muchos años había actuado como gestora de las propiedades de los De Courcy. Mortimer Gazebee era ahora parlamentario por Barchester, en parte gracias a la influencia de su suegro. Que esto fuera así causaba un gran disgusto al Honorable George, quien pensaba que el escaño debería haberle pertenecido a él. Pero como el señor Gazebee había pagado los cuantiosos gastos de la elección de su propio bolsillo, y dado que George De Courcy ciertamente no habría podido pagarlos, la justicia de su reclamación es cuestionable. Lady Amelia Gazebee era ahora la feliz madre de muchos bebés, a los que solía llevar consigo en sus visitas al Castillo de Courcy, y se había convertido en una excelente compañera para su marido. A él quizá le hubiera gustado más que ella no le recordara tan frecuentemente su elevada posición como hija de un conde, ni mencionara tanto a otros su baja posición como esposa de un procurador. Pero, en conjunto, se llevaban muy bien, y el señor Gazebee había obtenido de su matrimonio todo lo que esperaba cuando lo contrajo.
Lady Rosina era muy religiosa; y no sé si destacaba en alguna otra cosa, a menos que fuera en que se parecía algo a su padre en su temperamento. Era a Lady Rosina a quien temían los criados, especialmente en lo referente a ese llamado "día de descanso" que, bajo su dominio, se había convertido para muchos de ellos en un día de tormento sin tregua. No siempre había sido así con Lady Rosina; pero sus ojos habían sido abiertos por la esposa de un alto dignatario eclesiástico de la vecindad y había experimentado una "regeneración". Cuán grande puede ser la miseria infligida por una mujer soltera, enérgica y sana en tal estado —una mujer sin marido, hijos o deberes que la distraigan de su labor—, ruego a mis lectores que nunca lleguen a saberlo.
Lady Margaretta era la favorita de su madre, y se parecía a ella en todo, excepto en que su madre había sido una belleza. El mundo la llamaba orgullosa, desdeñosa e incluso insolente; pero el mundo no sabía que en todo lo que hacía actuaba conforme a un principio que exigía mucha abnegación. Había considerado su deber ser una De Courcy e hija de conde en todo momento; y, en consecuencia, había sacrificado a su idea del deber toda popularidad, adulación y cualquier admiración que se le hubiera otorgado como mujer joven, alta, bien vestida, elegante y para nada estúpida. Estar en todo momento un escalón por encima de quienes estaban manifiestamente por debajo de ella en rango: ese era el esfuerzo que siempre estaba haciendo. Pero había sido una buena hija, ayudando a su madre lo mejor que podía en todos los problemas familiares, y nunca quejándose de la vida fría, incolora y poco agraciada que le había tocado en suerte.
Alexandrina era la belleza de la familia y, en realidad, la más joven. Pero ni siquiera ella era muy joven, y empezaba a inquietar a sus amigos por si ella también dejaba pasar la preciada temporada de la cosecha sin hacer el debido uso de su sol de verano. Quizá había confiado demasiado en su belleza, que había sido una belleza según el canon más que una belleza según el gusto, y probablemente esperaba una cosecha demasiado generosa. Que su frente, nariz, mejillas y barbilla estaban bien formadas, nadie podía negarlo. Su cabello era suave y abundante. Sus dientes eran buenos y sus ojos eran largos y ovalados. Pero el defecto de su rostro era este: que cuando te alejabas de ella, no podías recordarlo. Tras un primer encuentro, podías volver a verla y no reconocerla. Después de muchas citas, serías incapaz de llevarte contigo un retrato de sus facciones. Pero tal como había sido a los veinte, así era ahora a los treinta. Los años no habían robado a su rostro su regularidad, ni alterado la tersura de su frente demasiado lisa. El rumor decía que en más de una, o quizá más de dos ocasiones, Lady Alexandrina ya se había sentido inducida a comprometer su palabra a cambio de un amor ofrecido; pero todos sabemos que el Rumor, cuando trata tales temas, exagera la verdad y anota mucho por malicia. La dama estuvo prometida una vez, durando el compromiso dos años, y este se rompió debido a ciertas dificultades económicas entre los caballeros de las familias. Desde entonces se había vuelto algo quejumbrosa y se suponía que estaba inquieta por el asunto de su "cosecha". Su espejo y su doncella le aseguraban que su sol brillaba todavía con la misma intensidad de siempre; pero su espíritu se estaba cansando de esperar, y temía llegar a ser un terror para todos, como su hermana Rosina, o un objeto de interés para nadie, como Margaretta. Fue de ella, especialmente, de quien partió el mensaje enviado a nuestro amigo Crosbie; pues, durante la última primavera en Londres, ella y Crosbie se habían conocido bien. Sí, mis gentiles lectores; es verdad lo que vuestro corazón os sugiere. En tales circunstancias, el señor Crosbie no debería haber ido al Castillo de Courcy.
Tal era el círculo familiar de los De Courcy. Entre sus actuales invitados no necesito enumerar a muchos. La primera y principal en todos los aspectos era Lady Dumbello, de cuya ascendencia y posición se dijeron unas palabras en el capítulo anterior. Era una dama todavía muy joven, llevando poco más de dos años casada. Pero en esos dos años sus triunfos habían sido muchos; tantos, que en el gran mundo su posición ya igualaba a la de su célebre suegra, la marquesa de Hartletop, quien durante veinte años no había reconocido a soberana más grande que ella misma en los reinos de la moda. Pero Lady Dumbello era tan grande como ella en cada centímetro de su ser; y decían los hombres, y también las mujeres, que la nuera pronto sería la más grande de las dos.
—Que me cuelguen si entiendo cómo lo hace —había dicho una vez cierto noble a Crosbie, de pie a la puerta de Sebright’s, durante los últimos días de la pasada temporada—. Nunca le dice nada a nadie. No dice diez palabras en toda la noche. —No creo que tenga ni una idea en la cabeza —dijo Crosbie.
—Déjame decirte que debe de ser una mujer muy lista —continuó el noble par—. Ninguna tonta podría hacer lo que ella hace. Recuerda que no es más que la hija de un clérigo; y en cuanto a la belleza... —Yo, desde luego, no la admiro por eso —dijo Crosbie. —No pretendo fugarme con ella, si es eso lo que insinúas —replicó el par—; pero es guapa, no hay duda. Me pregunto si a Dumbello le gusta esto.
A Dumbello sí le gustaba. Satisfacía su ambición el ser llevado de aquí para allá como el primer lacayo del séquito de su esposa. Se creía un gran hombre porque el mundo se peleaba por la presencia de su mujer; y se consideraba distinguido incluso entre los primogénitos de los marqueses por la grandeza reflejada de la hija del clérigo con la que se había casado. Había sido traído al Castillo de Courcy y se sentía orgulloso de su situación, porque Lady Dumbello había puesto considerables dificultades antes de concederle esta semana a la condesa de Courcy.
Y Lady Julia De Guest ya estaba allí, la hermana del otro viejo conde que vivía en el condado vecino. Había llegado solo el día anterior, pero se había dado prisa en difundir la noticia del compromiso de Crosbie. —Prometido con una de las Dale, ¿no? —dijo la condesa con una sonrisita primorosa, que demostraba claramente que el asunto no tenía interés alguno para ella—. ¿Tiene dinero? —Ni un chelín, me atrevería a decir —dijo Lady Julia. —¿Es mona, supongo? —sugirió la condesa. —Bueno, sí; es mona... y una buena chica. No sé si su madre y su tío fueron muy sabios alentando al señor Crosbie. No tengo noticia de que él tenga nada especial que lo recomiende... en lo que a dinero se refiere, quiero decir. —Seguro que queda en nada —sentenció la condesa, a quien le gustaba oír hablar de chicas que se comprometían para luego perder a sus prometidos. No sabía que le gustaba, pero así era; y ya disfrutaba anticipando el descalabro de la pobre Lily. Pero no por ello estaba menos enfadada con Crosbie, sintiendo que se estaba abriendo paso en su casa bajo falsas pretensiones.
Y Alexandrina también estaba enfadada cuando Lady Julia repitió las mismas nuevas en su presencia. —La verdad es que no creo que nos importe mucho, Lady Julia —dijo ella, con un leve movimiento de cabeza—. Ya es la tercera vez que nos cuentan la buena suerte de la señorita Dale. —Los Dale son parientes suyos, ¿verdad? —preguntó Margaretta. —En absoluto —dijo Lady Julia, erizándose—. La dama con la que el señor Crosbie se propone casar no tiene ningún vínculo con nosotros. Su primo, el heredero de la propiedad de Allington, es sobrino mío por parte de su madre. Y entonces se abandonó el tema.
A su llegada, Crosbie fue conducido a su habitación, se le indicó la hora de la cena y se le dejó a su aire. Ya había estado antes en el castillo y conocía las costumbres de la casa. Así que se sentó a su mesa y comenzó una carta para Lily. Pero no había avanzado mucho, pues ni siquiera había decidido la forma en que la empezaría, sino que estaba sentado ociosamente con la pluma en la mano, pensando en Lily y pensando también en cómo casas como aquella en la que se encontraba pronto se cerrarían para él, cuando llamaron a su puerta y, antes de que pudiera responder, el Honorable John entró en la habitación.
—¿Qué hay, viejo amigo? —dijo el Honorable John—. ¿Cómo estás? Crosbie había tenido intimidad con John De Courcy, pero nunca sintió por él amistad ni aprecio. A Crosbie no le gustaban hombres como John De Courcy; pero, no obstante, se llamaban "viejo amigo", se daban codazos en las costillas y tenían mucha confianza.
—Me he enterado de que estabas aquí —continuó el Honorable John—; así que he pensado en subir a verte. Te vas a casar, ¿no? —Que yo sepa, no —dijo Crosbie. —Vamos, lo sabemos de sobra. Las mujeres llevan hablando de ello tres días. Ayer me sabía el nombre perfectamente, pero ahora se me ha olvidado. No tiene ni una perra gorda, ¿verdad? —Y el Honorable John se sentó sobre la mesa. —Parece que sabes mucho más del asunto que yo. —Ha sido esa vieja de Guestwick quien nos lo ha contado. Verás cómo las mujeres se te echan encima enseguida. Si no hay nada de cierto, me parece una puñetera vergüenza. ¿Por qué tienen que despedazar siempre a un tipo de esa manera? ¡A mí me iban a casar el otro día! —¿De verdad? —Con Harriet Twistleton. ¿Conoces a Harriet Twistleton? Una chica fuera de lo común, ya sabes. Pero no me iban a cazar así. Le tengo mucho cariño a Harriet... a mi manera, ya sabes; pero a un perro viejo como yo no se le engaña con chucherías. —Le doy el pésame a la señorita Twistleton por lo que ha perdido. —No sé yo si el pésame. Pero, palabra de honor, eso de casarse es algo muy pesado. ¿Has visto a la mujer de George? Crosbie declaró que aún no había tenido ese placer. —Está aquí, ya sabes. Yo no la habría aceptado ni aunque tuviera diez veces treinta mil libras. ¡Por Júpiter, no! Pero a él le gusta bastante. ¿Te lo puedes creer? No le importa nada en el mundo salvo el dinero. No has visto tipo igual. Pero te digo una cosa: se va a quedar con un palmo de narices, porque Porlock se va a casar. Me lo ha dicho Colepepper, que casi vive con Porlock. En cuanto Porlock se enteró de que ella estaba encinta, decidió de inmediato quitarle el puesto. —Una gran muestra de amor fraternal —comentó Crosbie. —Sabía que lo haría —dijo John—; y se lo dije a George antes de que se dejara enganchar. Pero él siguió adelante. Si se hubiera quedado como estaba cuatro o cinco años más, no habría habido peligro; porque Porlock, ya sabes, lleva una vida de mil demonios. No me extrañaría que ahora se reformara y se pusiera a cantar salmos o algo por el estilo. —Nunca se sabe en qué puede acabar un hombre en este mundo. —¡Por George, no! Pero te digo una cosa: conmigo no van a notar ningún cambio. Si me caso, no será con la intención de renunciar a la vida. Oye, viejo amigo, ¿tienes un cigarro por aquí? —¿Qué, para fumar aquí arriba, quieres decir? —Sí, ¿por qué no? Estamos lejísimos de las mujeres. —No mientras yo ocupe esta habitación. Además, es hora de vestirse para la cena. —¿Ah, sí? ¡Pues es verdad, por George! Pero pienso fumarme uno antes, te lo aseguro. Conque es todo mentira eso de tu compromiso, ¿eh? —Hasta donde yo sé, lo es —dijo Crosbie. Y entonces su amigo le dejó.
¿Qué debía hacer de inmediato, ese mismo día, respecto a su compromiso? Había estado seguro de que el rumor llegaría a Courcy por medio de Lady Julia De Guest, pero no había tomado ninguna resolución sobre qué hacer en consecuencia. No se le había ocurrido que se le acusaría inmediatamente de la "ofensa" y se le pediría que se declarara culpable o inocente. Nunca había meditado ni por un momento declararse inocente, pero era consciente de que sentía aversión a declararse prometido con Lilian Dale. Le parecía que, al hacerlo, se cortaría de golpe todo placer en casas como el Castillo de Courcy; y, según razonaba para sus adentros, ¿por qué no disfrutar del pequeño remanente de su vida de soltero? En cuanto a negarle su compromiso a John De Courcy... eso no era nada. Cualquiera entendería que estaba justificado ocultar un hecho personal a alguien como él. La negativa repetida por boca de John no significaría nada, ni siquiera para las propias hermanas de John. Pero ahora era necesario que Crosbie decidiera qué diría cuando las damas de la casa le interrogaran. Si se lo negaba a ellas, la negativa sería muy seria. Y, de hecho, ¿era posible mantener tal negativa con Lady Julia sentada frente a él?
¡Mantener tal negativa! ¿Y era un hecho que deseara hacerlo, que pensara en tal falsedad e incluso meditara en perpetrar tal cobardía? Aquella misma mañana había estrechado a esa joven contra su corazón. Le había jurado a ella, y se había jurado a sí mismo, que no tendría motivos para desconfiar de él. Había reconocido solemnemente ante sí mismo que, para bien o para mal, estaba ligado a ella; ¿y podía ser que ya estuviera calculando la viabilidad de repudiarla? Al hacerlo, ¿no se estaba diciendo a sí mismo que era un villano? Pero, en realidad, no hacía tal cálculo. Su objetivo era desterrar el tema, si fuera posible; pensar en alguna respuesta que sembrara la duda. No se le ocurría decirle a la condesa con audacia que no había verdad alguna en el rumor y que la señorita Dale no era nada para él. ¿Pero no podría eludir el tema con habilidad, incluso en presencia de Lady Julia? Los hombres comprometidos solían hacerlo, ¿por qué él no? Generalmente se pensaba que la delicadeza hacia los sentimientos de la dama debía impedir a un hombre hablar abiertamente de su propio compromiso. Entonces recordó la soltura con la que su situación había sido discutida en toda la vecindad de Allington, y sintió por primera vez que la familia Dale había sido casi indecorosa en su falta de reserva. «Supongo que lo hicieron para atarme más fuerte», se dijo, mientras se ajustaba los extremos de la corbata. «Qué tonto fui al venir aquí, o a cualquier parte, después de haberme comprometido como lo he hecho». Y entonces bajó al salón.
Fue casi un alivio descubrir que no se le acusaba de su pecado de inmediato. Él mismo estaba tan imbuido del tema que esperaba ser atacado en el momento de entrar. Sin embargo, fue saludado sin alusión alguna al asunto. La condesa, con su propia parsimonia, le estrechó la mano como si le hubiera visto el día anterior. El conde, sentado en su sillón, preguntó en voz alta a alguien quién era el extraño y luego, tendiéndole dos dedos, murmuró algo parecido a una bienvenida. Pero Crosbie estaba muy acostumbrado a ese tipo de cosas. «¿Cómo está, Milord?», dijo, volviendo la cara hacia otra persona mientras hablaba; y no hizo más caso al dueño de la casa. «¡Que no le conoce, vaya!». Pese a estar lisiado por su vínculo matrimonial, Crosbie sentía que, al menos por ahora, era el igual del conde en importancia social. Después de eso, se encontró en la parte posterior del salón, lejos de los mayores, de pie con Lady Alexandrina, con la señorita Gresham, una prima de los De Courcy, y otros miembros de la parte más joven de la comunidad reunida.
—¿Así que tienen aquí a Lady Dumbello? —dijo Crosbie. —¡Oh, sí; esa criatura adorable! —dijo Lady Margaretta—. Ha sido muy bueno por su parte venir, ¿sabes? —Rechazó tajantemente a la duquesa de St. Bungay —añadió Alexandrina—. Espero que te des cuenta de lo buenos que hemos sido contigo al invitarte para que la conozcas. Hay gente que ha pedido venir, literalmente. —Estoy agradecido; pero, en verdad, mi gratitud tiene más que ver con el Castillo de Courcy y sus habitantes habituales que con Lady Dumbello. ¿Está él aquí? —¡Oh, sí! Está por la habitación en algún sitio. Ahí está, de pie junto a Lady Clandidlem. Siempre se queda así antes de cenar. Por la noche se sienta de una forma muy parecida.
Crosbie le había visto al entrar en la habitación, y había visto a cada individuo que había en ella. Sabía muy bien que no debía omitir el deber de esa mirada escrutadora; pero quedaba bien en su papel no haber reparado en Lord Dumbello.
—¿Y su señoría no ha bajado? —preguntó él. —Suele ser la última —dijo Lady Margaretta. —Y eso que siempre tiene a tres doncellas para vestirla —dijo Alexandrina. —Pero cuando termina, ¡qué éxito! —dijo Crosbie. —¡Ya lo creo! —afirmó Margaretta con energía. En ese momento se abrió la puerta y Lady Dumbello entró en el salón.
Inmediatamente se produjo un revuelo entre todos. Incluso el viejo lord gotoso se incorporó a duras penas de su sillón e intentó, con una mueca, parecer dulce y agradable. La condesa se adelantó, mostrándose muy dulce y agradable, dedicándole pequeños cumplidos a los que la vizcondesa respondió simplemente con una sonrisa graciosa. Lady Clandidlem, aunque estaba muy gorda y pesada, dejó al vizconde y se levantó para unirse al grupo. El barón Potsneuf, un diplomático alemán de gran celebridad, cruzó las manos sobre el pecho e hizo una profunda reverencia. El Honorable George, que había permanecido en silencio el último cuarto de hora, le sugirió a su señoría que debía de haber encontrado el aire algo frío; y las damas Margaretta y Alexandrina revolotearon con pequeños cumplidos para su querida Lady Dumbello, esperando esto y suplicando aquello, como si la "Mujer de Blanco" que tenían delante hubiera sido la amiga más íntima de su infancia.
Era una mujer de blanco, vestida con seda blanca y encaje blanco por encima, y sin más joyas sobre su persona que diamantes. Estaba bellísimamente vestida, haciendo honor sin duda a esos tres artistas que, entre todos, habían logrado dejarla impecable. Y su rostro también era hermoso, con una belleza fría e inexpresiva. Cruzó el salón muy despacio, sonriendo aquí y allá, pero siempre con sonrisas muy tenues, y ocupó el lugar que su anfitriona le indicó. Dijo una palabra a la condesa y dos al conde. Más allá de eso, no abrió los labios. Todo el homenaje que se le rendía lo recibía como si fuera claramente su derecho. No estaba en lo más mínimo cohibida, ni se mostraba mínimamente avergonzada de su propio silencio. No parecía una tonta, ni siquiera se la tomaba por tal; pero no aportaba nada a la sociedad más que su belleza fría y dura, su porte y su vestido. Podemos decir que aportaba bastante, pues la sociedad se reconocía profundamente deudora de ella.
La única persona en la habitación que no se movió ante la entrada de Lady Dumbello fue su marido. Pero permaneció inmóvil no por falta de entusiasmo. Una chispa de placer brilló realmente en sus ojos al ver la entrada triunfal de su esposa. Sentía que había hecho un matrimonio a su altura como gran noble, y que el mundo reconocía que había cumplido con su deber. Y, sin embargo, Lady Dumbello había sido simplemente la hija de un clérigo de campo, de un religioso que no había alcanzado más rango que el de arcediano. «Qué maravillosamente bien la ha educado esa mujer», dijo la condesa aquella noche en su tocador a Margaretta. La mujer aludida era la señora Grantly, la esposa del clérigo y madre de Lady Dumbello.
El viejo conde estaba de un humor de perros porque el destino y el protocolo le obligaron a llevar a Lady Clandidlem al comedor. Casi llegó a insultarla cuando ella, con amabilidad, intentó ayudarle en su paso vacilante en lugar de apoyarse en él.
—¡Uf! —dijo él—. Es un mal arreglo este que hace que dos viejos como usted y como yo tengan que ir juntos para ayudarse el uno al otro. —Hable por usted —respondió su señoría con una carcajada—. Yo, al menos, puedo moverme sin ayuda de nadie —lo cual, a decir verdad, era bastante cierto. —¡Dichosa usted! —gruñó el conde mientras se dejaba caer en su asiento.
Tras aquello, intentó consolar su dolor flirteando con Lady Dumbello, que estaba a su izquierda. Las sonrisas del conde y los dientes del conde, cuando susurraba picantes naderías a las jóvenes beldades, eran fenómenos ante los que los hombres no podían sino maravillarse. Fueran cuales fueren esas naderías en esta ocasión, Lady Dumbello las recibió todas con placidez, sonriendo graciosamente pero sin pronunciar apenas más que monosílabos.
A Crosbie le tocó en suerte Lady Alexandrina, y se sintió complacido por ello. Podría ser necesario para él, como hombre casado, renunciar a amistades como los De Courcy, pero le gustaría, si fuera posible, mantener una amistad con Lady Alexandrina. ¡Qué amiga sería Lady Alexandrina para Lily, si tal amistad fuera factible! Qué ventaja conferiría tal alianza a esa querida muchacha; pues, después de todo, aunque los atractivos de la joven eran muy grandes, no podía dejar de admitir para sus adentros que le faltaba algo... una forma de comportarse y de hablar que algunos llaman "estilo". Lily ciertamente podría aprender mucho de Lady Alexandrina; y fue esta convicción, sin duda, la que le hizo mostrarse tan diligente en complacer a la dama en esta ocasión.
Y ella, según parecía, estaba bien dispuesta a dejarse complacer. No le dijo ni una palabra sobre Lily durante la cena; y sin embargo habló de los Dale y de Allington, demostrando que sabía en qué lugares había estado él, y luego aludió a sus últimas fiestas en Londres; aquellas ocasiones en las que, como Crosbie recordaba ahora, el trato entre ambos había sido casi tierno. Para él era manifiesto que, en cualquier caso, ella no deseaba reñir. También era evidente que ella mostraba cierta vacilación al hablarle de su compromiso. No dudaba ni por un momento de que ella estaba al tanto. Y así fueron las cosas entre ellos hasta que las damas abandonaron la estancia.
—Conque tú también te vas a casar —dijo el Honorable George, a cuyo lado se encontró sentado Crosbie cuando las mujeres se hubieron ido. Crosbie estaba ocupado con una nuez y no consideró necesario dar respuesta alguna. —Es lo mejor que puede hacer un tipo —continuó George—; es decir, si ha tenido cuidado de mirar por sus intereses... si no le han pillado desprevenido, ya me entiendes. No conviene que un hombre ande colgado de nada hasta que se ve convertido en un viejo. —Tú, desde luego, te has montado bien el nido. —Sí; he rascado algo en la pelea y pienso conservarlo. ¿Dónde estará John cuando el "gobernador" estire la pata? Porlock no le daría ni un trozo de pan y queso ni un vaso de cerveza para salvarle la vida; es decir, no si lo necesitara. —Me han dicho que tu hermano mayor se va a casar. —Eso te lo habrá dicho John. Lo va dando a entender por todas partes para fastidiarme. No me creo ni una palabra. Porlock nunca ha sido hombre de casarse; y lo que es más, por todo lo que me llega, no creo que viva mucho tiempo.
De esta forma, Crosbie escapó de su propio aprieto; y cuando se levantó de la mesa, aún no se había visto obligado a confesar nada que le desacreditara.
Pero la velada aún no había terminado. Al regresar al salón, intentó evitar cualquier conversación con la condesa, creyendo que el ataque vendría más probablemente de ella que de su hija. Por tanto, entabló conversación primero con una y luego con otra de las chicas, hasta que al final se encontró de nuevo a solas con Alexandrina.
—Señor Crosbie —dijo ella en voz baja, mientras estaban juntos junto a una de las mesas apartadas, de espaldas al resto de la compañía—, quiero que me cuente algo sobre la señorita Lilian Dale. —¡Sobre la señorita Lilian Dale! —dijo él, repitiendo sus palabras. —¿Es muy guapa? —Sí; ciertamente es guapa. —¿Y muy agradable, y atractiva, y lista... y todo eso que resulta encantador? ¿Es perfecta? —Es muy atractiva —dijo él—; pero no creo que sea perfecta. —¿Y cuáles son sus defectos? —Esa pregunta apenas es justa, ¿no cree? Suponga que alguien me preguntara cuáles son los defectos de usted, ¿cree que respondería a la pregunta? —Estoy convencida de que lo haría, y que además haría una lista muy larga. Pero en cuanto a la señorita Dale, usted debería creer que es perfecta. Si un caballero estuviera prometido conmigo, esperaría que jurara ante todo el mundo que yo era la mismísima perfección. —¿Pero suponiendo que el caballero no estuviera prometido con usted? —Eso sería distinto. —Yo no estoy prometido con usted —dijo Crosbie—. Tal felicidad y tal honor están, temo, muy lejos de mi alcance. Pero, no obstante, estoy dispuesto a dar fe de su perfección en cualquier parte. —¿Y qué diría la señorita Dale? —Permítame asegurarle que las opiniones que yo decida expresar sobre mis amigos serán mis propias opiniones, y no dependerán de las de nadie más. —¿Y cree entonces que no está esclavizado todavía? ¿Cuántos meses más de tal libertad va a disfrutar?
Crosbie permaneció en silencio un minuto antes de responder, y luego habló con voz seria. —Lady Alexandrina —dijo—, quisiera pedirle un gran favor. —¿Cuál es ese favor, señor Crosbie? —Hablo muy en serio. ¿Sería usted tan buena, tan amable, tan amiga mía, como para no volver a relacionar mi nombre con el de la señorita Dale mientras yo esté aquí? —¿Ha habido alguna pelea? —No; no ha habido ninguna pelea. No puedo explicarle ahora por qué le hago esta petición; pero se lo explicaré antes de irme. —¡Explicármelo a mí! —La he considerado a usted algo más que una conocida... como una amiga. En días ya pasados hubo momentos en los que casi fui lo bastante temerario como para esperar haber podido decir incluso más que eso. Confieso que no tenía base para tales esperanzas, ¿pero creo que todavía puedo ver en usted a una amiga? —Oh, sí, ciertamente —dijo Alexandrina en voz muy baja y con una cierta ternura en el tono—. Siempre le he considerado un amigo. —Y por eso me atrevo a hacerle la petición. El tema no es uno del que pueda hablar abiertamente, sin pesar, en este momento. Pero a usted, al menos, le prometo que se lo explicaré todo antes de marcharme de Courcy.
Crosbie logró, al menos, desconcertar a Lady Alexandrina. —No me creo ni pizca que esté prometido —le dijo ella a Lady Amelia Gazebee esa noche. —Tonterías, querida. Lady Julia no hablaría de ello con esa seguridad si no lo supiera. Naturalmente, él no desea que se ande comentando. —Si alguna vez ha estado prometido con ella, ya ha roto el compromiso —sentenció Lady Alexandrina. —Seguro que lo hará, querida, si tú le das ánimos —dijo la hermana casada, con gran bondad fraternal.
Capítulo 18
La primera carta de amor de Lily Dale
Crosbie se sentía bastante orgulloso de sí mismo cuando se fue a la cama. Había logrado eludir la acusación lanzada contra él sin decir nada por lo que su conciencia debiera condenarle. Así, al menos, se lo decía entonces a sí mismo. La impresión dejada por sus palabras sería que había habido algún amago de compromiso entre él y Lilian Dale, pero que, en este momento, no había nada absolutamente cerrado. Sin embargo, por la mañana, su conciencia no estaba tan tranquila. ¿Qué pensaría y diría Lily si lo supiera todo? ¿Se atrevería a contarle a ella, o a cualquier otro, el verdadero estado de su ánimo?
Mientras yacía en la cama, sabiendo que le quedaba una hora antes de tener que enfrentarse a los peligros de la tina de baño, sintió que odiaba el Castillo de Courcy y a sus moradores. ¿Quién había entre todos ellos que fuera comparable a la señora Dale y sus hijas? Detestaba tanto a George como a John. Aborrecía al conde. En cuanto a la condesa, le resultaba perfectamente indiferente, considerándola una mujer a la que convenía conocer, pero solo como la dueña del Castillo de Courcy y de una casa en Londres. Respecto a las hijas, las había ridiculizado a todas de vez en cuando; incluso a Alexandrina, a quien ahora profesaba amar. Quizá, de algún modo, sentía un afecto débil por ella; pero era un afecto que nunca le había llegado al corazón. Podía medir el valor de todo aquello en su justa medida: el Castillo de Courcy con sus privilegios, Lady Dumbello, Lady Clandidlem y todo lo demás. Sabía que había sido más feliz en aquel jardín de Allington, y que se sentía más satisfecho de sí mismo de lo que nunca lo estuvo bajo el espléndido techo de Lady Hartletop en Shropshire. Lady Dumbello se conformaba con esas cosas, incluso en lo más recóndito de su alma; pero él no era una Lady Dumbello masculina. Sabía que existía algo mejor, y que ese algo estaba a su alcance.
No obstante, el aire de Courcy era demasiado para él. Al debatir el asunto consigo mismo, se veía como alguien infectado de una lepra de la que no cabía recuperación y que debía, por tanto, adaptar toda su vida a las circunstancias de esa lepra. De nada le servía decirse que la Casa Pequeña de Allington era mejor que el Castillo de Courcy. Satán sabía que el cielo era mejor que el infierno, pero se encontraba a sí mismo más apto para este último lugar. Crosbie ridiculizaba a Lady Dumbello, incluso allí entre sus amigos, con todas las palabras mordaces que su ingenio podía hallar; pero, aun así, el privilegio de alojarse en la misma casa que ella le resultaba valioso. Era el tipo de vida en el que había caído, y confesaba para sus adentros que el esfuerzo para zafarse de él sería excesivo. Todo aquello que le había inquietado mientras estaba en Allington le abrumaba casi con espanto bajo los tapices del Castillo de Courcy.
¿No sería mejor huir de allí de inmediato? Casi se había reconocido a sí mismo que se arrepentía de su compromiso con Lilian Dale, pero seguía resuelto a cumplirlo. Estaba obligado por honor a casarse con "esa muchachita", y miró con severidad el dosel sobre su cabeza mientras se aseguraba a sí mismo que era un hombre de honor. Sí; se sacrificaría. Puesto que se le había inducido a dar su palabra, no se retractaría. ¡Era demasiado hombre para eso!
¿Pero no se habría equivocado al rechazar el fruto de la sabiduría de Lily cuando ella le dijo en el campo que sería mejor separarse? No se dijo a sí mismo que había rechazado el ofrecimiento simplemente porque no tuvo el valor de aceptarlo en aquel preciso instante. No. «Había sido demasiado bueno con la pobre chica como para tomarle la palabra». Así razonaba sobre el asunto en su propio pecho. ¡Había sido demasiado fiel a ella, y ahora el resultado sería que ambos serían infelices de por vida! No podía vivir contento con una familia y unos ingresos escasos. Era muy consciente de ello. Nadie podía ser más severo con él en ese punto de lo que lo era él mismo. Pero ya era demasiado tarde para poner remedio a los nefastos efectos de una educación temprana.
De este modo debatía el asunto mientras yacía en la cama, contradiciendo un argumento con otro una y otra vez; pero en todos ellos enseñándose a pensar que este compromiso suyo era una desgracia. ¡Pobre Lily! Sus últimas palabras hacia él habían sido una seguridad de que nunca desconfiaría de él. Y ella también, mientras yacía desvelada en su cama en esta primera mañana de su ausencia, pensaba mucho en sus votos mutuos. ¡Qué fiel les sería! ¡Cómo sería su esposa con todo su corazón y su espíritu! No se trataba solo de que le amaría; sino que, en su amor, le serviría hasta el extremo; le serviría en lo que respecta a este mundo y, si fuera posible, en lo que respecta al próximo.
—Bell —dijo—, desearía que tú también fueras a casarte. —Gracias, querida —respondió Bell—. Quizá algún día lo haga. —Ah, pero no bromeo. Me parece algo tan serio... Y no puedo esperar que me hables de ello ahora como lo harías si estuvieras en la misma situación. ¿Crees que le haré feliz? —Sí, lo creo, ciertamente. —¿Más feliz de lo que sería con cualquier otra persona que pudiera conocer? No me atrevo a pensar eso. Creo que podría renunciar a él mañana mismo si viera a alguien que le fuera más adecuada. —¡Qué habría dicho Lily si hubiera conocido todos los encantos de Lady Alexandrina De Courcy!
La condesa se mostró muy amable con él, sin decir nada de su compromiso, pero hablando bastante sobre su estancia en Allington. Crosbie era un hombre agradable para las damas en una casa grande. Aunque era aficionado a la caza, no lo era tanto como para estar siempre fuera con los guardas. Aunque era político, no sacrificaba sus mañanas a la lectura de libros oficiales ni a la preparación de tácticas de partido. Aunque era hombre de lecturas, no se entregaba al estudio. Aunque era jinete, no se le encontraba a menudo en las caballerizas. Sabía dar conversación cuando se requería y sabía quitarse de en medio cuando su presencia entre las mujeres no era necesaria. Entre el desayuno y el almuerzo del día siguiente a su llegada, habló largo rato con la condesa y se mostró muy simpático. Ella continuó ridiculizándole suavemente por su prolongada estancia entre una tribu de gente tan primitiva y rural como los Dale, y él soportó el pequeño sarcasmo con el mejor de los humores.
—¡Seis semanas en Allington sin moverte! Vaya, señor Crosbie, debes de haber sentido que echabas raíces allí. —Así fue; como un árbol centenario. De hecho, estaba tan enraizado que apenas pude marcharme. —¿Estuvo la casa llena de gente todo el tiempo? —No había nadie salvo Bernard Dale, el sobrino de Lady Julia. —Un auténtico caso de Damón y Pitias. Imagínate yendo a las sombras de Allington para disfrutar de los placeres ininterrumpidos de la amistad durante seis semanas. —La amistad y las perdices. —¿No había nada más, entonces? —A decir verdad, sí. Había una viuda con dos hijas muy agradables, que vivían, no exactamente en la misma casa, pero sí en los mismos terrenos. —Ah, ya veo. Eso cambia mucho las cosas, ¿no es cierto? No eres hombre de soportar muchas privaciones por unas perdices, ni muchas, imagino, por la amistad. Pero cuando hablas de chicas guapas... —Cambia las cosas, ¿no? —Muchísimo. Creo que he oído hablar de esa señora Dale antes. ¿Conque sus hijas son agradables? —Muy agradables, en efecto. —Juegan al croquet, supongo, y toman postres de nata en el jardín. Pero, de verdad, ¿no llegaste a cansarte mucho? —¡Oh, no, por Dios! Fui feliz todo el santo día. —¿Andando por ahí con un cayado de pastor, imagino? —No exactamente un cayado de verdad; pero haciendo todo ese tipo de cosas. Aprendí muchísimo sobre cerdos. —¿Bajo la guía de la señorita Dale? —Sí; bajo la guía de la señorita Dale. —Estoy segura de que te estamos muy agradecidos por arrancarte de tales encantos y venir con gente tan poco romántica como nosotros. Pero me figuro que los hombres siempre hacen ese tipo de cosas una o dos veces en la vida... y luego hablan de sus recuerdos. Supongo que en tu caso no pasará de ser un recuerdo.
Esta era una pregunta directa, pero que aun así permitía una respuesta evasiva. —Me ha dejado, en cualquier caso, uno —dijo él— ¡que me durará toda la vida!
La condesa estaba plenamente satisfecha. Nunca había dudado ni por un momento de que la afirmación de Lady Julia fuera totalmente cierta. Que Crosbie se hubiera comprometido con una jovencita en el campo, después de haber dado muestras de estar enamorado de su hija en Londres, no era nada sorprendente. Tampoco, a sus ojos, tal práctica constituía un gran pecado. Los hombres lo hacían a diario, y las jóvenes estaban preparadas para ello. Para ella, un hombre no debía considerarse a salvo de un "ataque" solo por estar comprometido. Allá la joven que se hubiera arrogado su propiedad: que se encargara ella de vigilarlo. Al echar la vista atrás a las carreras pasadas de su propia prole, tenía que contabilizar más de una decepción similar para sus hijas. Otras, además de Alexandrina, habían sido tratadas así. Lady De Courcy había albergado grandes esperanzas respecto a sus chicas, luego esperanzas moderadas y, tras ellas, amargas decepciones. Solo una se había casado, y lo había hecho con un procurador. No era de esperar que tuviera sentimientos de gran nobleza respecto a los derechos de Lily en este asunto.
Un hombre como Crosbie no era, ciertamente, un gran partido para la hija de un conde. Un matrimonio así, de hecho, podría decirse que no sería más que un pobre triunfo. Cuando la condesa, durante la última temporada en la ciudad, observó cómo iban las cosas con Alexandrina, advirtió a su hija, reprendiéndola por su imprudencia. Pero la hija llevaba catorce años en esa tarea y estaba agotada. Sus hermanas llevaban más tiempo y casi se habían rendido a la desesperación. Alexandrina no le dijo a su madre que su corazón ya no estaba bajo su control y que se había entregado a Crosbie para siempre; pero puso mala cara, diciendo que sabía muy bien lo que hacía, regañando a su madre a su vez y haciendo que Lady De Courcy percibiera que la lucha se estaba volviendo muy pesada. Además, había otras consideraciones. El señor Crosbie no poseía gran cosa, ciertamente, pero era un hombre del que se podía sacar partido mediante la influencia familiar y su propia posición. No era un hombre pesado y sin remedio al que ninguna levadura pudiera elevar. Era alguien de cuya posición en la sociedad la condesa y sus hijas no tendrían que avergonzarse. Lady De Courcy no había dado su consentimiento expreso al arreglo, pero se había llegado al entendimiento entre ella y su hija de que el plan debía considerarse admisible.
Entonces llegaron las noticias de la muchachita de Allington. No sintió ira contra Crosbie. Estar enfadada por un asunto así sería fútil, estúpido y casi indecoroso. Era una parte del juego que le resultaba tan natural como el juego de campo a un jugador de críquet. Uno no puede ganar siempre en ningún juego. Tanto si Crosbie llegaba a ser finalmente su yerno como si no, le resultaba natural, como parte de su deber en la vida, intentar derribar los "postigos" de esa joven de Allington. Si la señorita Dale conocía bien el juego y sabía proteger su propio puesto, que lo hiciera.
No tenía dudas sobre el compromiso de Crosbie con Lilian Dale, pero tampoco las tenía sobre el hecho de que él se avergonzaba de dicho compromiso. Si realmente le hubiera importado la señorita Dale, no la habría dejado para venir al Castillo de Courcy. Si hubiera estado realmente resuelto a casarse con ella, no habría eludido todas las preguntas sobre su compromiso con respuestas ficticias. Se había entretenido con Lily Dale, y era de esperar que la joven no se lo hubiera tomado muy en serio. Esa era la visión más caritativa con la que Lady De Courcy estaba dispuesta a juzgar la cuestión.
Crosbie tenía la obligación de escribir a Lily Dale antes de la cena. Había prometido hacerlo inmediatamente después de su llegada, y era consciente de que se le consideraría ya con un día de retraso respecto a su promesa. Lily le había dicho que viviría de sus cartas, y era absolutamente necesario que le proporcionara su primera ración. Así que se retiró a su habitación con tiempo suficiente antes de cenar y sacó pluma, tinta y papel.
Sacó pluma, tinta y papel, y entonces descubrió que sus dificultades no hacían más que empezar. Ruego que se entienda que Crosbie no era un villano redomado. No podía sentarse y escribir una carta como si saliera de su corazón sabiendo, mientras la escribía, que las palabras eran falsas. Era un hombre poco generoso, mundano e inconstante, muy propenso a pensar bien de sí mismo y a atribuirse virtudes que no poseía; pero no podía ser falso con crueldad premeditada hacia una mujer a la que había jurado amar. No podía escribir una carta afectuosa y cálida a Lily sin obligarse, al menos por el momento, a sentir hacia ella de una manera afectuosa y cálida. Por tanto, se puso manos a la obra mientras la pluma aún permanecía seca en su mano, para remodelar sus pensamientos, que se habían vuelto contra Lily y Allington por la astucia de Lady De Courcy. Lleva tiempo lograr algo así. Un hombre tiene que luchar consigo mismo de una forma muy incómoda, realizando esfuerzos que a menudo no tienen éxito. A veces es más fácil levantar cien kilos que elevar unos pocos pensamientos en la mente que, en otros momentos, vendrían galopando sin necesidad de silbarlos.
Apenas había escrito la fecha de su carta cuando llamaron suavemente a su puerta y esta se abrió.
—Oye, Crosbie —dijo el Honorable John—, ¿no dijiste ayer algo de un cigarro antes de cenar? —Ni una palabra —dijo Crosbie, en un tono bastante irritado. —Entonces debí de ser yo —dijo John—. Pero tráete la pitillera y baja al cuarto de los arneses si no quieres fumar aquí. He montado allí un rinconcito muy acogedor; podemos entrar y ver a los mozos preparando a los caballos. Crosbie mandó mentalmente al Honorable John al cuerno. —Tengo cartas que escribir —dijo—. Además, nunca fumo antes de cenar. —Eso es una tontería. He fumado cientos de cigarros contigo antes de cenar. ¿Vas a volverte un cascarrabias tú también, como George y los demás? ¡No sé a dónde va a parar el mundo! Supongo que la verdad es que esa muchachita de Allington no te deja fumar. —La muchachita de Allington... —empezó Crosbie; y luego reflexionó que no sería bueno decir nada a su actual compañero sobre esa muchachita—. Te diré lo que pasa —dijo—. Realmente tengo que escribir unas cartas que deben salir por este correo. Ahí tienes mi pitillera sobre el tocador. —Espero que pase mucho tiempo antes de que yo llegue a semejante estado —dijo John, cogiendo los cigarros. —Devuélveme la pitillera —dijo Crosbie. —Un regalo de la muchachita, supongo —dijo John—. ¡Está bien, viejo amigo! La tendrás de vuelta.
«Vaya un cuñado que tendría uno», se dijo Crosbie mientras la puerta se cerraba tras el vástago de los De Courcy. Y entonces, de nuevo, tomó la pluma. La carta debía ser escrita, así que se volcó sobre la mesa, resuelto a que las palabras fluyeran y el papel se llenara.
Capítulo 19
El escudero visita la Casa Pequeña
La señora Dale se reconocía a sí misma que no tenía muchos motivos para esperar que la casa de Crosbie le deparara gran felicidad personal en su vida futura. No le desagradaba el señor Crosbie, ni desconfiaba de él en gran medida; pero lo había tratado lo suficiente como para estar segura de que el futuro hogar de Lily en Londres no podría ser un hogar para ella. Él era mundano o, al menos, un hombre de mundo. Estaría ansioso por sacar el máximo provecho de sus ingresos, y su vida sería una larga lucha, tal vez no por el dinero, sino por las cosas que solo el dinero puede dar. Hay hombres para quienes ochocientas libras al año son una gran riqueza, y casas a las que tal suma aporta todas las comodidades que la vida requiere. Pero Crosbie no era un hombre así, ni su casa sería una casa de ese tipo. La señora Dale esperaba que Lily fuera feliz con él y se sintiera satisfecha con su modo de vida, y se esforzaba por creer que así sería; pero, en lo que a ella respectaba, se veía obligada a confesar que, con tal matrimonio, su hija quedaría muy apartada de su lado. Aquella grata morada con la que tanto había soñado para ser recibida en los años venideros debería estar entre campos y árboles, no en alguna estrecha calle londinense. Lily debía convertirse ahora en una dama de ciudad; pero aún le quedaría Bell, y todavía cabía esperar que Bell encontrara para sí un hogar en el campo.
Desde el día en que Lily confió a su madre su compromiso, la señora Dale se había sorprendido hablando con mucha más franqueza y frecuencia con Bell que con su hija menor. Mientras Crosbie estuvo en Allington, esto era bastante natural. Él y Lily estaban, por supuesto, juntos, mientras Bell permanecía con su madre. Pero la misma situación continuó incluso después de que Crosbie se marchara. No era que hubiera frialdad o falta de afecto entre madre e hija, sino que el corazón de Lily estaba lleno de su amante, y que la señora Dale, aunque había dado su cordial consentimiento al matrimonio, sentía que tenía pocos puntos de simpatía con su futuro yerno. Nunca había dicho, ni siquiera para sus adentros, que le desagradara; es más, a veces se había declarado a sí misma que le tenía aprecio. Pero, en verdad, no era un hombre según su propio corazón. No era alguien que pudiera llegar a ser para ella como su propio hijo y su propia sangre.
Ella y Bell pasaban horas juntas hablando de las perspectivas de Lily. —Me resulta tan extraño —decía la señora Dale— que, de todas las muchachas, un hombre como el señor Crosbie se haya fijado precisamente en ella, o que a ella le haya gustado él. No puedo imaginarme a Lily viviendo en Londres. —Si él es bueno y cariñoso con ella, será feliz dondequiera que esté —decía Bell. —Eso espero; desde luego que lo espero. Pero parece como si fuera a quedar tan separada de nosotras... No es la distancia, sino el modo de vida lo que crea la separación. Espero que a ti nunca te lleven tan lejos de mí. —No creo que me deje llevar a Londres —decía Bell, riendo—. Pero nunca se sabe. Si lo hago, tendrás que seguirnos, mamá. —No deseo otro señor Crosbie para ti, querida. —Pero tal vez yo sí desee uno para mí. No hace falta que tiembles todavía, de todos modos. No pasan Apolos por este camino todos los días. —¡Pobre Lily! ¿Recuerdas cuándo le llamó Apolo por primera vez? Yo sí, perfectamente. Recuerdo cuando vino aquí al día siguiente de que Bernard le trajera, y cómo estabas tú jugando en el jardín delantero mientras yo estaba en el otro. Poco imaginaba entonces en qué acabaría todo. —Pero, mamá, ¿no te arrepientes? —No si es para que ella sea feliz. Si puede ser feliz con él, por supuesto que no me arrepentiré; ni aunque se la llevara al fin del mundo, lejos de nosotras. ¿Qué otra cosa puedo buscar sino que tanto ella como tú seáis felices? —Los hombres en Londres son felices con sus mujeres, igual que los hombres en el campo. —Oh, sí; de todas las mujeres, yo debería ser la primera en reconocerlo. —Y en cuanto al propio Adolphus, no sé por qué habríamos de desconfiar de él. —No, hija mía; no hay razón. Si desconfiara de él, no habría dado un asentimiento tan pronto al matrimonio. Pero, no obstante... —La verdad es que no te gusta, mamá. —No tan cordialmente como espero que me guste cualquier hombre que tú elijas por esposo.
Y Lily, aunque no decía nada al respecto a la señora Dale, sentía que su madre estaba en cierto grado distanciada de ella. El nombre de Crosbie se mencionaba con frecuencia entre ellas, pero en el tono de voz de la señora Dale, y en su modo de hablar de él, faltaba ese entusiasmo y sinceridad que la verdadera simpatía habría producido. Lily no analizaba sus propios sentimientos, ni indagaba de cerca en los de su madre, pero percibía que no todo era como ella hubiera deseado. —Sé que mamá no le ama —le dijo a Bell la noche del día en que recibió la primera carta de Crosbie. —No como tú, Lily; pero sí le tiene afecto. —¡No como yo! Eso es una tontería, Bell; claro que no le ama como yo. Pero la verdad es que no le ama en absoluto. ¿Crees que no me doy cuenta? —Me temo que ves demasiado. —Nunca dice una palabra contra él; pero si realmente le gustara, alguna vez diría algo en su favor. No creo que mencionara su nombre a menos que tú o yo habláramos de él antes. Si no le daba su aprobación, ¿por qué no lo dijo antes? —Eso no es justo para con mamá —dijo Bell con cierta seriedad—. Ella no lo desaprueba, y nunca lo hizo. Conoces a mamá lo suficiente para estar segura de que no se interpondría con nosotras en un asunto así sin un motivo muy poderoso. Respecto al señor Crosbie, dio su consentimiento sin un momento de vacilación. —Sí, es cierto. —¿Cómo puedes decir, entonces, que no lo aprueba? —No pretendía culpar a mamá. Tal vez todo salga bien. —Todo saldrá bien. —Pero Bell, aunque hacía esta promesa tan satisfactoria, era tan consciente como las otras dos de que la familia quedaría dividida cuando Crosbie se casara con Lily y se la llevara a Londres.
A la mañana siguiente, la señora Dale y Bell estaban sentadas juntas. Lily estaba arriba en su habitación, escribiendo a su amante, o leyendo su carta, o pensando en él, o trabajando para él. De algún modo estaba ocupada en su favor, y con tal objeto se hallaba a solas. Estaban a mediados de octubre y el fuego estaba encendido en el salón de la señora Dale. La ventana que daba al jardín estaba cerrada, las pesadas cortinas habían sido devueltas a su sitio y se había aceptado como un hecho inoportuno que lo último del verano había terminado. Esto era siempre una pesadumbre para la señora Dale; pero es una de esas pesadumbres que apenas admiten expresión abierta.
—Bell —dijo ella, levantando la vista de repente—, ahí está tu tío en la ventana. Déjale entrar. —Pues ahora, desde que se habían puesto las cortinas, la ventana estaba echada con el cerrojo además de cerrada. Así que Bell se levantó y abrió paso para que el escudero entrara. No era frecuente que bajara de esta manera y, cuando lo hacía, solía ser por algún propósito ya expresado de antemano.
—¡Cómo! ¿Fuegos ya? —dijo él—. Yo nunca enciendo fuegos en la otra casa por la mañana hasta el primero de noviembre. Me gusta ver una chispa en la rejilla después de la cena. —A mí me gusta el fuego cuando tengo frío —replicó la señora Dale. Pero este era un asunto en el que el escudero y su cuñada ya habían discrepado antes y, como el señor Dale traía algún asunto entre manos, no quiso desperdiciar sus energías defendiendo sus propios puntos de vista sobre la cuestión de las chimeneas.
—Bell, querida —dijo él—, quiero hablar con tu madre un minuto o dos sobre un asunto de negocios. No te importaría dejarnos un momento, ¿verdad? —Ante esto, Bell recogió su labor y subió al piso de arriba con su hermana—. El tío Christopher está abajo con mamá —dijo—, hablando de negocios. Supongo que será algo relacionado con tu boda. —Pero Bell se equivocaba. La visita del escudero no tenía relación alguna con el matrimonio de Lily.
La señora Dale no se movió ni dijo palabra cuando Bell se fue, aunque era evidente que el escudero hacía una pausa para que ella le hiciera alguna pregunta. —Mary —dijo él, por fin—, te diré lo que he venido a decirte. —Ante esto, ella dejó la costura que tenía en las manos sobre el costurero y se dispuso a escucharle. —Deseo hablarte de Bell. —¿De Bell? —dijo la señora Dale, como muy sorprendida de que él tuviera algo que decirle respecto a su hija mayor. —Sí, de Bell. Lily se va a casar, y sería bueno que Bell se casara también. —No veo por qué —dijo la señora Dale—. No tengo ninguna prisa por deshacerme de ella.
—No, me atrevo a decir que no. Pero, por supuesto, usted solo mira por el bienestar de ella, y puedo decir con verdad que yo hago lo mismo. No habría necesidad de apresurarse para casarla en circunstancias ordinarias, pero puede haber circunstancias que hagan tal cosa deseable, y creo que las hay.
Era evidente por el tono y el modo del escudero que hablaba muy en serio; pero también era evidente que encontraba cierta dificultad en abrir el "presupuesto" que se había preparado. Su voz vacilaba un poco y parecía casi nervioso. La señora Dale, con un pequeño toque de malicia, se abstuvo por completo de ayudarle. Era celosa de cualquier interferencia de él sobre sus hijas y, aunque por supuesto estaba obligada a escucharle, lo hacía con prejuicio y casi con la resolución de oponerse a cualquier cosa que él pudiera decir. Cuando terminó su pequeño discurso sobre las circunstancias, el escudero hizo otra pausa; pero la señora Dale seguía sentada en silencio, con los ojos fijos en el rostro de él.
—Amo mucho a sus hijas —dijo él—, aunque creo que usted apenas me reconoce el mérito de hacerlo. —Estoy segura de que sí —dijo la señora Dale—, y ambas son muy conscientes de ello. —Y estoy muy ansioso de que queden cómodamente establecidas en la vida. No tengo hijos propios, y los de mis dos hermanos lo son todo para mí.
La señora Dale siempre había dado por sentado que Bernard sería el heredero del escudero, y nunca sintió que sus hijas tuvieran derecho alguno en ese sentido. Era algo bien entendido en la familia que el varón Dale de mayor rango debía tener toda la propiedad y todo el dinero de los Dale. Ella incluso reconocía plenamente la propiedad de tal arreglo. Pero le parecía que el escudero era casi culpable de hipocresía al nombrar a su sobrino y a sus dos sobrinas juntos, como si fueran los herederos conjuntos de su amor. Bernard era su hijo adoptivo, y nadie le había regateado al tío el derecho de hacer tal adopción. Bernard lo era todo para él y, como su heredero, estaba obligado a obedecerle en muchas cosas. Pero sus hijas no eran para él más de lo que cualquier sobrina pudiera ser para cualquier tío. Él no tenía nada que ver con su destino matrimonial; y el espíritu de la madre ya estaba en pie de guerra, preparado para batallar por su propia independencia y la de sus hijos.
—Si Bernard se casara bien —dijo ella—, no dudo que sería un consuelo para usted —queriendo dar a entender con ello que el escudero no tenía derecho a preocuparse por ningún otro matrimonio. —Exactamente —dijo el escudero—. Sería un gran consuelo para mí. Y si él y Bell pudieran ponerse de acuerdo, creo que también sería un gran consuelo para usted. —¡Bernard y Bell! —exclamó la señora Dale. Nunca se le había pasado por la cabeza la idea de tal unión, y ahora, en su sorpresa, se quedó callada. Siempre le había gustado Bernard Dale, sintiendo por él más afecto familiar que por cualquier otro de los Dale fuera de su propio hogar. Él había tenido mucha intimidad en su casa, comportándose casi como un hermano para sus hijas. Pero nunca había pensado en él como marido para ninguna de ellas. —Entonces Bell no le ha hablado de ello —dijo el escudero. —Ni una palabra. —¿Y usted nunca lo había pensado? —Ciertamente no. —Yo lo he pensado mucho. Durante algunos años siempre he estado pensando en ello. He puesto mi corazón en ello, y seré muy infeliz si no se puede llevar a cabo. Ambos me son muy queridos; más queridos que nadie. Si pudiera verlos como marido y mujer, no me importaría mucho cuán pronto les dejara el viejo lugar.
Había un toque de sentimiento más puro en esto que el que el escudero hubiera mostrado jamás ante su cuñada, y más sinceridad de la que ella le atribuía. Y no pudo sino reconocer para sus adentros que su propia hija estaba incluida en este inesperado calor de afecto, y que estaba obligada, al menos, a sentir cierta gratitud por tal amabilidad.
—Es bueno por su parte pensar en ella —dijo la madre—; muy bueno. —Pienso mucho en ella —dijo el escudero—. Pero eso no importa mucho ahora. El hecho es que ella ha declinado la oferta de Bernard. —¿Bernard se le ha declarado? —Eso me dice él; y ella le ha rechazado. Quizá sea natural que lo haga, al no haber aprendido nunca a mirarlo como un amante. No la culpo en absoluto. No estoy enfadado con ella. —¿Enfadado con ella? No. Difícilmente podría estar enfadado con ella por no estar enamorada de su primo. —Digo que no estoy enfadado con ella. Pero creo que podría comprometerse a considerar la cuestión. A usted le gustaría un matrimonio así, ¿no es cierto?
La señora Dale no respondió al principio, sino que empezó a dar vueltas al asunto en su mente y a mirarlo desde varios puntos de vista. Había mucho en tal arreglo que a primera vista se lo recomendaba poderosamente. Todas las circunstancias locales estaban a su favor. En lo que a ella respectaba, prometía todo lo que siempre había deseado. Le daría la perspectiva de ver mucho a Lily; pues si Bell se establecía en la vieja casa familiar, Crosbie naturalmente pasaría mucho tiempo con su amigo. También le gustaba Bernard; y por un momento o dos imaginó, mientras lo sopesaba todo, que incluso ahora, si tal matrimonio se celebrara, podría surgir algo parecido a un verdadero aprecio entre ella y el viejo escudero. ¡Qué feliz sería su vejez en esa Casa Pequeña, si Bell con sus hijos viviera tan cerca de ella!
—¿Y bien? —dijo el escudero, que la miraba intensamente a la cara. —Estaba pensando —dijo la señora Dale—. ¿Dice usted que ya le ha rechazado? —Me temo que sí; pero claro, ya sabe... —Naturalmente, debe dejarse al juicio de ella. —Si quiere decir que no se la puede obligar a casarse con su primo, por supuesto todos sabemos que no se puede. —Quiero decir algo más que eso. —¿Qué quiere decir entonces? —Que el asunto debe dejarse totalmente a su propia decisión; que no debe usarse ninguna persuasión ni por su parte ni por la mía. Si él puede persuadirla, desde luego... —Sí, exactamente. Él debe persuadirla. Estoy totalmente de acuerdo con usted en que debe tener libertad para defender su propia causa. Pero mire aquí, Mary; ella siempre ha sido una hija muy buena para usted... —Ciertamente lo ha sido. —Y una palabra de usted llegaría muy lejos con ella... como es debido. Si sabe que a usted le gustaría que se casara con su primo, eso la hará pensar que es su deber... —¡Ah! Pero eso es precisamente lo que no puedo intentar hacerla pensar. —¿Me dejará hablar, Mary? Me interrumpe y me regaña antes de que las palabras hayan salido siquiera de mi boca. Por supuesto que sé que en estos tiempos a una joven no se la puede obligar a casarse con nadie; no es que, por lo que veo, les fuera peor que ahora cuando no tenían tanto mando sobre su propia voluntad. —Nunca me atribuiría el derecho de pedirle a una hija que se casara con ningún hombre. —Pero puede explicarle que es su deber dar a tal propuesta mucha reflexión antes de rechazarla absolutamente. Una chica o está enamorada o no lo está. Si lo está, está dispuesta a lanzarse a los brazos del hombre; y ese fue el caso de Lily. —Ella nunca pensó en el hombre hasta que él se le declaró formalmente. —Bueno, no importa eso ahora. Pero si una chica no está enamorada, cree que está obligada a jurar y declarar que nunca lo estará. —No creo que Bell haya declarado nunca nada parecido. —Sí, lo hizo. Le dijo a Bernard que no le amaba y que no podría amarle... y, de hecho, que no pensaría más en el asunto. Ahora, Mary, a eso es a lo que yo llamo ser testaruda y tajante. No quiero forzarla, y no quiero que usted la fuerce. Pero aquí hay un arreglo que para ella sería muy bueno; debe admitirlo. Todos sabemos que tiene una relación excelente con Bernard. No es como si hubieran estado peleándose y odiándose toda la vida. Ella le dijo que le tenía mucho cariño, y dijo tonterías sobre ser su hermana y todo eso. —No veo que fueran tonterías en absoluto. —Sí, eran tonterías... en una ocasión así. Si un hombre le pide a una chica que se case con él, no quiere que ella le hable de ser su hermana. Creo que son tonterías. Si ella se lo planteara adecuadamente, pronto aprendería a amarle. —Esa lección, si es que se aprende, debe aprenderse sin ningún tutor. —¿No hará nada para ayudarme entonces? —Haré, al menos, nada para estropeárselo. Y, a decir verdad, debo reflexionar plenamente sobre el asunto antes de decidir qué es mejor decirle a Bell al respecto. Al no haberme hablado ella... —Creo que debería habérselo dicho. —No, señor Dale. Si le hubiera aceptado, por supuesto que me lo habría dicho. Si hubiera pensado en hacerlo, probablemente me habría consultado. Pero si decidió que debía rechazarle... —No debería haberlo decidido. —Pero si lo hizo, me parece natural que no se lo diga a nadie. Probablemente pensaría que a Bernard le gustaría que no se supiera. —¡Bah, saberse! Por supuesto que se sabrá. Como necesita tiempo para considerarlo, no diré nada más por ahora. Si fuera mi hija, no tendría reparos en decirle lo que creo que es mejor para su bienestar. —Yo no tengo ninguno; aunque pueda tenerlos para decidir qué es lo mejor para su bienestar. Pero, señor Dale, puede estar seguro de esto: le hablaré muy seriamente de la amabilidad y el amor que usted le tiene. Y desearía que creyera que valoro mucho su aprecio por ella.
Como respuesta a esto, él simplemente sacudió la cabeza y murmuró algo entre dientes. —¿Se alegraría de verlos casados, en lo que a usted respecta? —preguntó él. —Ciertamente lo haría —dijo la señora Dale—. Siempre me ha gustado Bernard, y creo que mi hija estaría segura con él. Pero claro, es una cuestión en la que mis propios gustos o disgustos no deberían tener ninguna influencia.
Y así se separaron, regresando el escudero por la ventana del salón. No estaba más que a medias satisfecho con su entrevista; pero era un hombre para quien la media satisfacción casi bastaba. Rara vez albergaba la expectativa de que la gente se mostrara amable con él. La señora Dale, desde que llegara a la Casa Pequeña, nunca había sido una fuente de satisfacción para él, pero no por ello se arrepentía de haberla traído allí. Era un hombre constante; insistente en llevar a cabo sus propios planes, pero no optimista al hacerlo, y de ninguna manera propenso a esperar que todas las cosas le salieran bien. Había decidido que su sobrino y su sobrina debían casarse, y si finalmente fracasaba en esto, tal fracaso probablemente amargaría su vida futura; pero no estaba en la naturaleza del hombre enfadarse mientras tanto, o echar pestes y regañar porque encontraba oposición. Le había dicho a la señora Dale que amaba mucho a Bell. Así era, aunque rara vez le hablaba con muestras de especial afecto, y nunca era tierno con ella. Pero, por otro lado, no por ello la amaba menos ahora porque ella se opusiera a sus deseos. Era un hombre constante, poco demostrativo, dado más a dar vueltas a las cosas que a pensar con lógica; más duro en sus palabras que en sus pensamientos, con más corazón de lo que otros creían o de lo que él mismo sabía; pero, sobre todo, era un hombre que, habiendo deseado una vez una cosa, la desearía siempre.
La señora Dale, cuando se quedó sola, empezó a dar vueltas a la cuestión en su mente de una manera mucho más completa de lo que la presencia del escudero le había permitido hasta entonces. ¿No sería tal matrimonio para todos ellos el arreglo doméstico más feliz que las circunstancias podían ofrecer? Su hija no tendría fortuna, pero aquí se le prepararían todas las comodidades que la fortuna puede dar. Sería recibida en la casa de su tío, no como una novia sin un céntimo y sin dote con la que Bernard pudiera haberse casado y traído a casa, sino como la esposa que, por encima de todas las demás, los amigos de Bernard consideraban deseable para él. Y además, en lo que respectaba a la propia señora Dale, no habría nada en tal matrimonio que no le resultara encantador. Daría realidad a todos sus sueños de felicidad futura.
Pero, como se decía a sí misma una y otra vez, todo eso no debía contar para nada. Tenía que ser Bell, y solo ella, quien respondiera a la pregunta de Bernard. En su mente había algo sagrado en esa idea del amor. Consideraría a su hija casi como una perdida si se casara con cualquier hombre sin amarle absolutamente; amándole como Lily amaba a su amante, con todo su corazón y todas sus fuerzas.
Con una convicción tan fuerte como esta, sintió que no podía decirle mucho a Bell que pudiera servir de algo.
Capítulo 20
El doctor Crofts
Si había algo en el mundo de lo que Isabella Dale estaba completamente segura, era de esto: de que no estaba enamorada del doctor Crofts. En cuanto a estar enamorada de su primo Bernard, nunca había tenido ocasión de hacerse pregunta alguna sobre ese particular. Él le caía muy bien, pero nunca había pensado en casarse con él; y ahora, cuando él le presentó su propuesta, no podía hacerse a la idea. Pero respecto al doctor Crofts, sí lo había pensado y había tomado una decisión... de la manera descrita anteriormente.
Podría decirse que no habría estado justificada al discutir el asunto ni siquiera en la intimidad de su propio pecho, a menos que hubiera sido autorizada para ello por el propio doctor Crofts. Considérese entonces que el doctor Crofts le había otorgado tal autoridad. Esto puede hacerse de más de una forma; y la señorita Dale no se habría encontrado haciéndose preguntas sobre él si no hubiera mediado una ocasión propicia para ello.
La profesión de médico en una pequeña ciudad de provincias no suele ser de las que otorgan a su dueño unos grandes ingresos en los inicios de su vida. Quizá en ninguna carrera tenga un hombre que trabajar más duro por lo que gana, o trabajar más sin ganar nada en absoluto. A veces me ha parecido como si los médicos jóvenes y los médicos viejos se hubieran puesto de acuerdo para repartirse los diferentes resultados de su profesión: los jóvenes haciendo todo el trabajo y los viejos quedándose con todo el dinero. Si esto es así, podría explicar esa apariencia de gravedad prematura que muestran tantos profesionales de la medicina. Bajo tal arreglo, a un hombre se le puede perdonar el deseo de abandonar las cosas de niños muy temprano en la vida.
El doctor Crofts llevaba practicando en Guestwick casi siete años, habiéndose establecido en la ciudad cuando tenía veintitrés años, y contando en este periodo con unos treinta. Durante esos siete años, su habilidad y diligencia habían sido tan plenamente reconocidas que había logrado obtener la atención médica de todos los pobres de la "unión", trabajo por el cual se le pagaba a razón de cien libras al año. También era cirujano asistente en un pequeño hospital que se mantenía en la ciudad y ocupaba otros dos o tres cargos públicos similares, todos los cuales daban fe de su respetabilidad y competencia general. Además, le salvaban por completo de cualquier peligro de ociosidad; pero, desafortunadamente, no le permitían considerarse un profesional de éxito. Mientras tanto, el viejo doctor Gruffen, de quien poca gente hablaba bien, había amasado una fortuna en Guestwick, y aún hoy extraía de las dolencias de la ciudad unos ingresos considerables que apenas empezaban a disminuir. Esto resultaba duro para el doctor Crofts... a menos que existiera ese arreglo tan bien entendido que mencioné antes.
Era conocido de la familia Dale desde mucho antes de establecerse en Guestwick, y había mantenido mucha intimidad con ellos desde entonces hasta el día de hoy. De todos los hombres, jóvenes o viejos, que la señora Dale contaba entre sus amigos íntimos, él era en quien más confiaba y a quien más admiraba. Y era un hombre digno de confianza para quienes le conocían bien. No era brillante y siempre ingenioso como Crosbie, ni tenía todo el sentido práctico y mundano de Bernard Dale. En cuanto a capacidad mental, dudo que fuera superior a John Eames; a ese John Eames en el que podría convertirse cuando el periodo de su adolescencia torpe hubiera pasado por completo. Pero Crofts, comparado con los otros tres tal como eran en el presente, era un hombre más digno de confianza que cualquiera de ellos. Y poseía, además, un toque ocasional de humor, sin el cual la señora Dale difícilmente le habría profesado ese afecto tan sincero que le tenía. Pero era un humor tranquilo, propenso a mostrarse cuando solo tenía a un amigo con él, más que en la sociedad general. Crosbie, por el contrario, resultaba mucho más brillante entre una docena de personas que con un solo acompañante. Bernard Dale nunca era brillante; y en cuanto a Johnny Eames... pero en materia de brillantez, Johnny Eames aún no había mostrado al mundo cuál podría ser su carácter.
Hacía ya dos años que Crofts había sido llamado para dar consejo médico a su amiga, la señora Dale. Ella había estado enferma durante un largo periodo —unos dos o tres meses— y las visitas del doctor Crofts a Allington habían sido frecuentes. En aquel tiempo intimó mucho con las hijas de la señora Dale, y especialmente con la mayor. Quizá los médicos jóvenes y solteros deberían ser excluidos de las casas donde hay jovencitas. Sé, en cualquier caso, que muchas matronas juiciosas sostienen esa opinión con firmeza, pensando, sin duda, que los médicos deberían casarse antes de aventurarse a empezar a trabajar para ganarse la vida. La señora Dale, tal vez, consideraba a sus propias hijas todavía como meras niñas, pues Bell, la mayor, apenas tenía entonces dieciocho años; o tal vez sostenía opiniones imprudentes y heterodoxas sobre este tema; o puede que, egoístamente, prefiriera al doctor Crofts, con todo el peligro para sus hijas, que al doctor Gruffen, con todo el peligro para ella misma. Pero el resultado fue que el joven médico se informó a sí mismo un día, mientras cabalgaba de vuelta a Guestwick, de que gran parte de su felicidad en este mundo dependería de que pudiera casarse con la hija mayor de la señora Dale. En aquel tiempo, sus ingresos totales ascendían a poco más de doscientas libras al año, y había resuelto en su fuero interno que la opinión pública general de Guestwick consideraba al doctor Gruffen como un médico mucho mejor, y que incluso el ayudante de pelo pajizo de Gruffen tendría más posibilidades de éxito en la ciudad que él mismo, si llegara el día en que el doctor fuera considerado demasiado viejo para la práctica personal. Crofts no tenía fortuna propia, y era consciente de que la señorita Dale tampoco tenía ninguna. Entonces, bajo esas circunstancias, ¿qué podía hacer?
No es necesario que indaguemos con gran extensión en esos pasajes amorosos de la vida del doctor que tuvieron lugar tres años antes del comienzo de este relato. No hizo ninguna declaración a Bell; pero Bell, joven como era, comprendió bien que él lo habría hecho de buena gana si no le hubiera fallado el valor o, mejor dicho, si su prudencia no se lo hubiera impedido. Con la señora Dale sí habló, no confesando abiertamente su amor ni siquiera a ella, sino insinuándolo, y hablándole luego de sus esperanzas insatisfechas y de sus decepciones profesionales. —No es que me queje de ser pobre como soy —dijo él—; o al menos, no tan pobre como para que mi pobreza sea una fuente de malestar para mí; pero difícilmente podría casarme con unos ingresos como los que tengo actualmente. —Pero aumentarán, ¿no es así? —dijo la señora Dale. —Puede que algún día, cuando me esté convirtiendo en un anciano —dijo él—. ¿Pero de qué me servirá entonces?
La señora Dale no podía decirle que, por lo que a su voz en el asunto respectaba, era bienvenido a cortejar a su hija y casarse con ella, por pobre que fuera, y por doblemente pobres que fueran ambos con tal miseria. Él ni siquiera había mencionado el nombre de Bell, y de haberlo hecho ella solo habría podido pedirle que esperara y tuviera esperanza. Después de aquello, no volvió a decirle nada más sobre el tema. A Bell no le dirigió ninguna palabra de amor manifiesto; pero un día de otoño, cuando la señora Dale ya estaba convaleciente y la repetición de sus visitas profesionales se había vuelto innecesaria, logró que ella caminara con él por los senderos semicultos de la arboleda, y entonces le contó cosas que nunca debería haberle contado si realmente deseaba vincular el corazón de ella al suyo. Repitió aquella historia de sus ingresos y le explicó que su pobreza solo le resultaba penosa por cuanto le impedía pensar en el matrimonio.
—Supongo que así debe ser —dijo Bell. —Pensaría que está mal pedirle a cualquier dama que comparta unos ingresos como los míos —dijo él. Ante lo cual Bell le sugirió que algunas damas tenían ingresos propios, y que de esa manera él podría superar la dificultad. —Me daría miedo de mí mismo si me casara con una chica con dinero —dijo él—; además, eso está totalmente fuera de toda cuestión ahora. Por supuesto, Bell no le preguntó por qué estaba fuera de toda cuestión, y durante un rato siguieron caminando en silencio. —Es algo duro de hacer —dijo él entonces, sin mirarla a ella, sino mirando la grava sobre la que estaba de pie—. Es algo duro de hacer, pero me propongo no pensar más en ello. Creo que un hombre puede ser tan feliz soltero como casado... casi. —Quizá más —dijo Bell.
Entonces el doctor la dejó, y Bell, como he dicho antes, decidió con gran firmeza que no estaba enamorada de él. Ciertamente puedo decir que no había nada en el mundo de lo que estuviera tan segura como de esto.
Y ahora, en estos días, el doctor Crofts no venía a Allington muy a menudo. Si alguien en la Casa Pequeña hubiera estado enfermo, habría estado allí, por supuesto. El propio escudero empleaba al boticario del pueblo o, si se necesitaba ayuda de más nivel, mandaba llamar al doctor Gruffen. Con ocasión de la fiesta de la señora Dale, Crofts estuvo allí, habiendo sido invitado especialmente; pero las invitaciones especiales de la señora Dale a sus amigos eran muy pocas, y el doctor era consciente de que él mismo debía buscar la ocasión de ir allí si deseaba ver a los moradores de la casa. Pero rara vez buscaba tal ocasión, sintiendo quizá que estaba más en su elemento en el asilo y el hospital.
Justo en este momento, sin embargo, dio un paso muy grande e inesperado hacia el éxito en su profesión. Se llevó una gran sorpresa una mañana al ser convocado a la Mansión para atender a Lord De Guest. La familia de la Mansión había empleado al doctor Gruffen durante los últimos treinta años y Crofts, cuando recibió el mensaje del conde, apenas podía dar crédito a las palabras. —El conde no está muy mal —dijo el criado—, pero le gustaría verle si es posible un poco antes de la cena. —¿Está seguro de que quiere verme a mí? —dijo Crofts. —Oh, sí; estoy bastante seguro de eso, señor. —¿No será al doctor Gruffen? —No, señor; no era al doctor Gruffen. Creo que su señoría ya ha tenido bastante del doctor Gruffen. El doctor se puso a bromear con su señoría el otro día. —¿A bromear con su señoría? ¿Sobre sus manos y pies y ese tipo de cosas? —sugirió el médico. —¡Manos y pies! —dijo el hombre—. ¡Válgame Dios, señor! Se burló de él como si no fuera nadie. Yo no lo oí, pero la señora Connor dice que a mi señor se le subieron los humos por las nubes.
Y así, el doctor Crofts montó en su caballo y cabalgó hacia Guestwick Manor. El conde estaba solo, pues Lady Julia se había ido ya al Castillo de Courcy. —¿Cómo está, cómo está? —dijo el conde—. No estoy muy enfermo, pero quiero que me dé algún consejo. Es una nadería, pero he pensado que sería bueno ver a alguien. —Ante lo cual el doctor Crofts, por supuesto, declaró que estaba encantado de atender a su señoría. —Sé todo sobre usted, ¿sabe? —dijo el conde—. Su abuela Stoddard era una muy vieja amiga de mi tía. ¿No se acuerda de Lady Jemima?
—No —dijo Crofts—. Nunca tuve ese honor. —Una anciana excelente, y conocía muy bien a su abuela Stoddard. Verá, Gruffen nos ha estado atendiendo desde hace no sé cuántos años; pero, bajo mi palabra... —y entonces el conde se interrumpió. —No hay mal que por bien no venga —dijo Crofts con una ligera risa. —Quizá me traiga algún bien a mí, porque Gruffen nunca me hizo ninguno. El hecho es este: estoy muy bien, ¿sabe?; fuerte como un roble. —Se le ve bastante bien. —Nadie podría estar mejor... no a mi edad. Tengo sesenta años, sabe. —No parece que esté achacoso. —Siempre estoy al aire libre, y eso, según creo, es lo mejor para un hombre. —No hay nada como el ejercicio abundante, ciertamente. —Y siempre estoy haciendo ejercicio —dijo el conde—. No hay un hombre en este lugar que trabaje tanto como yo. Y déjeme decirle, señor, que cuando uno se compromete a llevar seiscientos o setecientos acres de tierra por su cuenta, tiene que vigilarlos, a menos que pretenda perder dinero. —Siempre he oído que su señoría es un buen granjero. —Bueno, sí; dondequiera que crezca la hierba en mis tierras, no crece bajo mis pies. No me encontrará a menudo en la cama a las seis de la mañana, se lo aseguro.
Tras esto, el doctor Crofts se aventuró a preguntar a su señoría qué deficiencia física especial invocaba su ayuda en el momento presente. —Ah, a eso iba —dijo el conde—. Me dicen que es una costumbre muy peligrosa dormirse después de la cena. —No es algo muy poco común, en cualquier caso —dijo el doctor. —Supongo que no; pero Lady Julia siempre me está dando la lata con eso. Y, a decir verdad, creo que duermo casi demasiado profundamente cuando me instalo en mi sillón del salón. A veces mi hermana realmente no puede despertarme; o eso dice ella, al menos. —¿Y qué tal su apetito en la cena? —Oh, en eso estoy perfectamente. Nunca almuerzo nada al mediodía, ya sabe, y disfruto de la cena a fondo. Luego me bebo tres o cuatro copas de oporto... —¿Y siente sueño después? —Exactamente —dijo el conde.
No es necesario, tal vez, que indaguemos la naturaleza exacta de los consejos del médico; pero, en cualquier caso, fueron dados de tal forma que el conde dijo que le gustaría volver a verle. —Y mire, doctor Crofts, estoy solo en este momento. ¿Qué le parece si viene a cenar conmigo mañana? Entonces, si me quedo dormido, podrá decirme si Lady Julia no exagera. Solo entre nosotros, no me creo del todo lo que dice de mis... mis ronquidos, ya sabe.
Ya fuera porque el conde refrenó su apetito en la cena bajo la mirada del médico, o porque la chuleta de cordero del mediodía que se le había ordenado surtió el efecto deseado, o porque la conversación del doctor era más animada que la de Lady Julia, no lo diremos; pero el conde, en la noche en cuestión, triunfó. Mientras estaba sentado en su sillón después de cenar, apenas dio una cabezada o dos; y cuando se hubo tomado el gran tazón de té que solía tragar en un estado de semisomnolencia, estaba de lo más animado.
—Ah, sí —dijo, levantándose de un salto y frotándose los ojos—; creo que me siento más ligero. Disfruto de una siestecita después de cenar; de verdad que sí; me gusta; ¡pero es que, cuando llega la hora de irse a la cama, uno lo hace de una forma tan furtiva, como si estuviera castigado! Y mi hermana piensa que es un crimen... literalmente un pecado, dormirse en una silla. ¡Nadie la ha pillado nunca dando una cabezada! Por cierto, doctor Crofts, ¿conoció a ese señor Crosbie que Bernard Dale trajo a Allington? Lady Julia y él se alojan ahora en la misma casa. —Le vi una vez en casa de la señora Dale. —Se va a casar con una de las chicas, ¿no?
Ante esto, el doctor Crofts explicó que el señor Crosbie estaba prometido con Lilian Dale. —Ah, sí; una chica encantadora, según me dicen. Sabe que todos esos Dale son parientes nuestros. Mi hermana Fanny se casó con su tío Orlando. A mi cuñado no le gusta viajar, así que no le veo mucho; pero, por supuesto, me interesa la familia. —Son muy viejos amigos míos —dijo Crofts. —Sí, imagino que sí. Son dos chicas, ¿verdad? —Sí, dos. —Y la señorita Lily es la menor. No hay nada sobre que la mayor se vaya a casar, ¿verdad? —No he oído nada al respecto. —Es una chica muy guapa también. Recuerdo haberla visto en casa de su tío el año pasado. No me extrañaría que se casara con su primo Bernard. Él se quedará con la propiedad, sabe; y es mi sobrino. —No estoy muy seguro de que sea bueno que los primos se casen —dijo Crofts. —Lo hacen muy a menudo, ya sabe; y conviene a ciertos arreglos familiares. Supongo que Dale tendrá que proveer para ellas, y eso le quitaría a una de encima sin ningún problema.
El doctor Crofts no veía el asunto exactamente bajo esa luz, pero no tenía ganas de discutirlo muy de cerca con el conde. —La menor —dijo él— ya ha provisto por sí misma. —¿Cómo? ¿Consiguiendo un marido? Pero supongo que Dale tendrá que darle algo. Todavía no están casados, sabe, y por lo que oigo, ese tipo puede resultar un pájaro escurridizo. No se casará con ella a menos que el viejo Dale le dé algo. Ya verá si lo hace. Me han dicho que tiene otra cuerda para su arco en el Castillo de Courcy.
Poco después, Crofts tomó su caballo y cabalgó hacia casa, habiendo prometido al conde que cenaría con él de nuevo antes de mucho tiempo. —Será una gran conveniencia para mí si viene por entonces —dijo el conde—, y como es usted soltero, quizá no le importe. Vendrá el jueves a las siete, ¿de acuerdo? Cuídese. Está oscuro como la boca del lobo. John, ve y abre las primeras puertas al doctor Crofts. —Y entonces el conde se retiró a dormir.
Crofts, mientras cabalgaba hacia casa, no podía dejar de pensar en las dos chicas de Allington. «No se casará con ella a menos que el viejo Dale le dé algo». ¿A eso había llegado el mundo, a que hubiera que sobornar a un hombre para que cumpliera su compromiso con una dama? ¿No quedaba nada de romance entre la humanidad, ningún sentimiento de caballerosidad? «Tiene otra cuerda para su arco en el Castillo de Courcy», había dicho el conde; y su señoría no parecía en absoluto escandalizado al decirlo. En ese tono hablaban los hombres de las mujeres hoy en día, y sin embargo él mismo sentía tal respeto por la chica que amaba, y tal temor de perjudicar su posición social, que no se había atrevido a decirle que la amaba.
Capítulo 21
John Eames corre dos aventuras y demuestra gran valor en ambas
Lily pensaba que la carta de su amante era todo lo que debía ser. No tenía muy claro cómo funcionaba el correo entre Courcy y Allington y, por lo tanto, no se había sentido muy decepcionada cuando la carta no llegó el primer día. Sin embargo, a lo largo de la mañana, se había acercado a la oficina de correos para asegurarse de que no se hubiera quedado allí olvidada.
—Pero vamos a ver, señorita, si ya se han repartido todas; ya lo sabe usted —dijo la señora Crump, la cartera. —Pensé que quizá se habría quedado alguna rezagada. —El cartero John ha subido a la casa hoy mismo con un periódico para su madre. Yo no puedo inventarme las cartas si la gente no las escribe. —Pero a veces se quedan atrás, señora Crump. Él no subiría por una sola carta si no tuviera nada más para nadie de la calle. —Vaya que si subiría. No le dejaría yo quedarse con una carta aquí ni por todo el oro del mundo, ni tampoco con un periódico. No sirve de nada que venga por aquí a por cartas, señorita Lily. Si él no le escribe, yo no puedo obligarle.
Y así, la pobre Lily regresó a casa desconsolada. Pero la carta llegó a la mañana siguiente y todo se arregló. A su juicio, no le faltaba nada, ni en extensión ni en afecto. Cuando él le contaba cómo había planeado su temprana partida para evitarse el dolor de separarse de ella en el último instante, ella sonreía y apretaba el papel contra sí, regocijándose para sus adentros de haberle ganado la partida en aquella maniobra. Y luego besó las palabras que le decían que él se había alegrado de tenerla a su lado hasta el último momento. Cuando él declaraba que había sido más feliz en Allington que en Courcy, ella le creía a pies juntillas y se alegraba de que así fuera. Y cuando él se acusaba de ser mundano, ella le excusaba, convenciéndose de que era casi tan perfecto en ese aspecto como en los demás. Por supuesto, un hombre que vive en Londres y tiene que ganarse el pan en el mundo debe ser más mundano que una chica de campo; pero el hecho de ser capaz de amar a una chica así, de elegirla por esposa... ¿no era eso prueba suficiente de que el mundo no le había esclavizado? «Mi corazón está en los jardines de Allington», decía él; y al leer las palabras, ella besó el papel de nuevo.
A sus ojos, para sus oídos y para su corazón, era una carta preciosa. Creo que no hay dicha mayor que la que una verdadera carta de amor da a una muchacha que sabe que, al recibirla, no comete ninguna falta; que puede abrirla delante de su padre y de su madre sin más que el leve rubor que le produce la conciencia de su situación. ¡Y de todas las cartas de amor, la primera debe de ser la más dulce! ¡Qué valor tiene cada palabra! ¡Cómo se escruta cada expresión para sacarle el máximo provecho! ¡Qué importancia cobran esas frases cortas que, demasiado pronto, se convierten en meras muletillas usadas por rutina! Crosbie había terminado su carta pidiendo a Dios que la bendijera. «Y a ti también», dijo Lily, apretando la carta contra su pecho.
—¿Dice algo especial? —preguntó la señora Dale. —Sí, mamá; todo es muy especial. —Pero nada que sea de interés público, supongo. —Os manda recuerdos a ti y a Bell. —Le estamos muy agradecidas. —Ya podéis estarlo. Y dice que fue a la iglesia al pasar por Barchester, y que el clérigo era el abuelo de esa Lady Dumbello. Cuando llegó al Castillo de Courcy, Lady Dumbello estaba allí. —¡Qué coincidencia tan singular! —dijo la señora Dale. —No te diré ni una palabra más de su carta —dijo Lily. La dobló y se la guardó en el bolsillo. Pero en cuanto se vio sola en su cuarto, la sacó de nuevo y la leyó unas seis veces.
Esa fue su ocupación de la mañana; eso y la confección de una labor muy intrincada destinada al adorno de la persona del señor Crosbie. Tenía las manos llenas de trabajo; o, mejor dicho, pretendía tenerlas. Se llevaría a su nuevo hogar, cuando se casara, toda clase de ajuar doméstico fruto de su propia industria y economía. Había declarado que quería hacer algo por su futuro marido y empezaría ese "algo" de inmediato. En este asunto no traicionó sus promesas ni permitió que sus buenas intenciones se evaporaran sin cumplirse. Pronto se rodeó de tareas más duras que esas zapatillas bordadas con las que se entretuvo justo después de la partida de él. Y la señora Dale y Bell —aunque a su modo gentil se reían de ella— trabajaban a su lado, dedicándose con rigor a sus largas tareas para que la casa de Crosbie no estuviera vacía cuando su querida Lily fuera a ocupar su lugar allí como esposa.
Pero era absolutamente necesario contestar a la carta. A sus ojos, habría sido un pecado capital dejar pasar el correo de ese día sin que llevara una carta suya al Castillo de Courcy; un pecado por el que no sentía la menor tentación de dejarse seducir. Era un placer exquisito sentarse a su mesita, con su pulcro escritorio y sus pequeños útiles de escribir, y sentir que tenía una carta que redactar en la que, de verdad, tenía mucho que decir. Hasta entonces, su correspondencia había sido poco interesante y casi insustancial. Apenas se había separado de su madre y de su hermana; y aunque tenía otros amigos, rara vez se había visto con mucho que contarles por correo. ¿Qué podía comunicarle a Mary Eames en Guestwick que resultara emocionante mientras lo escribía? Cuando escribía a John Eames para decirle que «el querido John» que su madre esperaba tener el placer de verle a la hora del té, la tarea de escribir era de poca monta para ella, aunque la nota, una vez escrita, se convirtiera en uno de los tesoros más preciados para quien la recibía.
Pero ahora el asunto era muy distinto. Cuando vio las palabras «Dearest Adolphus» en el papel, se sobresaltó ante su significado. «Y hace cuatro meses ni siquiera había oído hablar de él», se dijo casi con temor reverencial. ¡Y ahora él era más para ella, y estaba más cerca de ella, que su propia hermana o su madre! Recordó cómo se había reído de él a sus espaldas, llamándole «currinche» el primer día que vino a la Casa Pequeña, y cómo también se había esforzado, a su inocente manera, por lucir lo mejor posible cuando le pedían que saliera a pasear con el forastero de Londres. Ya no era un forastero, sino su más querido amigo.
Había soltado la pluma para pensar en todo esto —y no por primera vez— y luego la retomó con un sobresalto, temiendo que el cartero llegara al pueblo antes de que terminara su carta. «Dearest Adolphus: no necesito decirte lo encantada que me he sentido cuando me han traído tu carta esta mañana». Pero no repetiré aquí toda su carta. No tenía ningún incidente que relatar, ninguno siquiera tan interesante como el encuentro del señor Crosbie con el señor Harding en Barchester. No se había cruzado con ninguna Lady Dumbello, ni tenía una contrapartida de Lady Alexandrina a la que pudiera dedicar un elogio como amiga. No mencionó el nombre de John Eames, sabiendo que John no era santo de la devoción del señor Crosbie; ni tenía nada que decir de él que no se hubiera dicho ya. Él, en efecto, había prometido pasarse por Allington; pero la visita aún no se había producido cuando Lily escribió su primera carta a Crosbie. Era una carta de amor dulce, buena y sincera, llena de promesas de afecto inalterable y confianza ilimitada, permitiéndose alguna broma tranquila sobre los aristócratas del Castillo de Courcy y terminando con la promesa de que sería feliz y se sentiría satisfecha si recibía sus cartas constantemente y vivía con la esperanza de verle por Navidad.
—Llego a tiempo, señora Crump, ¿verdad? —dijo al entrar en la oficina de correos. —Claro que sí... tiene otra media hora. El cartero no se ha movido todavía de la taberna. Échela en el buzón, ¿quiere? —¿Pero no se quedará ahí olvidada? —¿Que se quedará ahí? ¿Se ha visto cosa igual? Si tiene miedo de echarla, llévesela; no hay más que hablar, señorita Lily.
Y la señora Crump volvió a sus quehaceres en el barreño de lavar. La señora Crump tenía mal genio, pero quizá tuviera alguna excusa. Cada carta que llegaba a su oficina le suponía una interrupción distinta y por todo ello, según contaba a menudo a sus amigas con profundo disgusto, recibía como salario no más de «dos peniques y un cuarto al día». «No me llega ni para las suelas de los zapatos, de verdad que no». Como a la señora Crump nunca se la veía fuera de su casa, a menos que fuera a la iglesia una vez al mes, esa afirmación sobre el calzado difícilmente podía ser cierta.
Lily ya había recibido otra carta y la había contestado antes de que Eames hiciera su prometida visita a Allington. Él, como se recordará, también había mantenido correspondencia. Había respondido a la carta de la señorita Roper y desde entonces vivía con el temor a dos cosas: un temor menor a una respuesta terrible de Amelia, y un temor mayor a una visita aún más terrible de su "enamorada". Si ella se presentara de verdad en su casa de Guestwick y se declarara ante su madre y su hermana como su prometida, ¿qué escapatoria le quedaría? Pero ella aún no lo había hecho, ni siquiera había respondido a su cruel misiva.
—¡Qué idiota soy por tenerle miedo! —se decía a sí mismo mientras caminaba bajo los olmos de la mansión de Guestwick, que daban sombra al camino de Allington. La primera vez que fue a Allington tras su regreso a casa, se había montado a caballo y había salido reluciente con sus espuelas, confiando un poco en la gloria de sus ropajes y sus guantes. Pero entonces no sabía nada del compromiso de Lily. Ahora se conformaba con ir a pie; y al recoger su sombrero de ala ancha y su bastón en el pasillo de la casa de su madre, se había mostrado muy indiferente a su aspecto. Caminaba rápido por la carretera, aprovechando durante las tres primeras millas la sombra de los olmos y manteniendo los pies sobre la ancha franja de hierba que bordea las cercas del conde. «¡Qué idiota soy por tenerle miedo!». Y mientras balanceaba su gran bastón, golpeando un árbol aquí y allá y apartando las piedras del camino, empezó a cuestionarse en serio y a avergonzarse de su posición en el mundo. «Nada en la tierra me obligará a casarme con ella —dijo—, aunque me pongan una docena de pleitos. Ella sabe tan bien como yo que nunca he tenido intención de casarme con ella. Es un engaño de principio a fin. Si viene por aquí, se lo diré delante de mi madre». Pero al representarse la visión de su llegada repentina, reconoció para sus adentros que aún le tenía mucho pánico. Le había dicho que la amaba. Lo había dejado por escrito. Si se lo echaban en cara, tendría que confesar su pecado.
Luego, poco a poco, su mente se apartó de Amelia Roper para volverse hacia Lily Dale, aunque esto no le ofrecía una perspectiva mucho más placentera que la otra. Había dicho que pasaría por Allington antes de volver a la ciudad y ahora estaba cumpliendo su promesa. Pero no sabía por qué iba allí. Sentía que se quedaría sentado, mudo y abochornado, en el salón de la señora Dale, confesando con su comportamiento ese secreto que ahora le convenía ocultar a todo el mundo. No podía hablar con soltura ante Lily, ni podía hablarle del único tema que ocuparía sus pensamientos en su presencia. Si por casualidad la encontraba sola... Pero quizá eso fuera peor para él que cualquier otra circunstancia.
Cuando le hicieron pasar al salón, no había nadie. —Estaban aquí las tres hace un momento —dijo la sirvienta—. Si baja usted al jardín, señor John, seguro que encuentra a alguna. Así que John Eames, con un poco de vacilación, bajó al jardín.
Primero dio toda la vuelta a los senderos sin encontrarse con nadie. Luego cruzó el césped, volviendo otra vez al extremo más alejado; y allí, saliendo del pequeño camino que venía de la Casa Grande, se encontró con Lily a solas. —¡Oh, John! —dijo ella—. ¿Cómo estás? Me temo que no has encontrado a nadie en casa. Mamá y Bell están con Hopkins, allá en la huerta grande. —He venido —dijo Eames— porque lo prometí. Dije que vendría antes de volver a Londres. —Y se alegrarán mucho de verte, y yo también. ¿Vamos a buscarlas a la otra parte? Pero a lo mejor has venido andando y estás cansado. —He venido andando —dijo Eames—; aunque no estoy muy cansado. Pero, en realidad, no deseaba ir en busca de la señora Dale, aunque se sentía completamente perdido sobre qué decirle a Lily mientras se quedara con ella. Se había imaginado que le gustaría tener alguna oportunidad de hablar con ella a solas antes de irse; de dar un uso especial a la última entrevista que tendría con ella antes de que se convirtiera en una mujer casada. Pero ahora que la oportunidad estaba ahí, apenas se atrevía a aprovecharla.
—Te quedarás a cenar con nosotras —dijo Lily. —No, no lo haré, porque le dije expresamente a mi madre que volvería. —Desde luego ha sido muy amable por tu parte caminar tanto para vernos. Si de verdad no estás cansado, creo que iremos con mamá, pues le daría mucha pena no verte.
Dijo esto recordando en ese momento las instrucciones que Crosbie le había dado sobre John Eames. Pero John había decidido que diría aquellas palabras que había venido a decir y que, ya que Lily estaba allí con él, aprovecharía la oportunidad que la fortuna le había brindado.
—No creo que entre en el jardín del escudero —dijo él. —El tío Christopher no está allí. Anda por la granja en algún sitio. —Si no te importa, Lily, creo que me quedaré aquí. Supongo que volverán pronto. Por supuesto que me gustaría verlas antes de irme a Londres. Pero, Lily, he venido ahora sobre todo por verte a ti. Fuiste tú quien me pidió que lo prometiera.
¿Tenía razón Crosbie con aquellos comentarios suyos? ¿Había sido ella imprudente en su pequeño empeño por mostrarse cordialmente amable con su viejo amigo?
—¿Entramos en el salón? —dijo ella, sintiendo que allí estaría en cierto modo más segura que fuera, entre los arbustos y senderos del jardín.
Y creo que no le faltaba razón. Un hombre es capaz de hablar de amor fuera, entre las lilas y las rosas, pero se quedaría mudo ante la recatada propiedad de las cuatro paredes de un salón. John Eames sentía algo parecido, pues decidió quedarse en el jardín si podía apañárselas para lograrlo.
—No quiero entrar a menos que tú lo desees —dijo él—. De hecho, prefiero quedarme aquí. Así que, Lily, ¿te vas a casar?
Y así, de sopetón, se lanzó al meollo de su discurso.
—Sí —dijo ella—, creo que sí. —Aún no te he dicho que te doy la enhorabuena. —Sabía muy bien que lo hacías de corazón. Siempre he estado segura de que me deseabas lo mejor. —Desde luego que sí. Y si dar la enhorabuena a alguien es esperar que siempre sea feliz, entonces te la doy. Pero, Lily... —y entonces se detuvo, abrumado por la belleza, la pureza y la gracia femenina que le habían obligado a amarla. —Creo que entiendo todo lo que querrías decir. No necesito palabras convencionales para saber que debo contarte entre mis mejores amigos. —No, Lily; no entiendes todo lo que querrías decir. Nunca has sabido con cuánta frecuencia y cuánto he pensado en ti; lo mucho que te he amado. —John, no debes hablar de eso ahora. —No puedo irme sin decírtelo. Cuando vine aquí y la señora Dale me dijo que te ibas a casar con ese hombre... —No debes hablar del señor Crosbie de esa manera —dijo ella, encarándose con él casi con fiereza. —No pretendía decir nada irrespetuoso sobre él delante de ti. Me odiaría a mí mismo si lo hiciera. ¿Por supuesto que le quieres más que a nadie? —Le quiero más que a todo el resto del mundo. —Y del mismo modo te quiero yo a ti más que a todo el resto del mundo.
Y mientras hablaba, se levantó de su asiento y se plantó ante ella.
—Sé lo pobre que soy y que no soy digno de ti; y si no fuera porque estás prometida con él, no creo que te lo diría ahora. Por supuesto que no podrías aceptar a alguien como yo. Pero te he amado desde que tienes memoria; y ahora que vas a ser su esposa, no puedo sino decirte que es así. Te irás a vivir a Londres; pero en cuanto a que yo te vea allí, será imposible. No podría entrar en la casa de ese hombre.
—¡Oh, John! —No, nunca; no si te conviertes en su mujer. Te he amado tanto como él. Cuando la señora Dale me lo contó, creí que me desplomaría. Me fui sin verte porque era incapaz de hablarte. Hice el idiota, y he sido un idiota todo este tiempo. Soy un insensato ahora al contarte esto, pero no puedo evitarlo. —Lo olvidarás todo cuando conozcas a alguna chica a la que puedas amar de verdad. —¿Y acaso no te he amado a ti de verdad? Bueno, no importa. He dicho lo que vine a decir y ahora me iré. Si alguna vez coincide que estamos juntos en el campo, quizá vuelva a verte; pero nunca en Londres. Adiós, Lily.
Y le tendió la mano.
—¿Y no te quedarás a ver a mamá? —dijo ella. —No. Dale recuerdos míos, y también a Bell. Ellas lo entienden todo. Sabrán por qué me he ido. Si alguna vez necesitas que alguien haga algo por ti, recuerda que yo lo haré, sea lo que sea.
Y mientras se alejaba de ella cruzando el césped, la "acción especial" a su favor en la que pensaba —lo único que más ansiaba hacer por ella— era un acto de castigo físico contra Crosbie. ¡Si tan solo Crosbie la tratara mal —la tratara mal con alguna barbaridad prenupcial— y si tan solo pudieran llamarle a él para vengar sus agravios! Y mientras regresaba por el camino hacia Guestwick, construyó en su interior un castillo en el aire por el que Lily Dale no le habría dado las gracias en absoluto.
Lily, cuando se quedó sola, rompió a llorar. Ciertamente había dicho muy poco para alentar a su desolado pretendiente, y se había comportado durante la entrevista de tal modo que ni siquiera Crosbie habría podido estar descontento; pero ahora que Eames se había ido, su corazón se volvió muy tierno hacia él. Sintió que ella también le amaba; no en absoluto como amaba a Crosbie, pero sí con un amor tierno, dulce y verdadero. Si Crosbie hubiera podido conocer todos sus pensamientos en aquel momento, dudo que le hubieran gustado. Rompió a llorar y luego se apresuró a esconderse en algún rincón donde no pudiera ser vista por su madre y Bell a su regreso.
Eames siguió su camino, caminando muy despacio, balanceando su bastón y dando patadas al polvo, con el corazón lleno de la escena que acababa de vivir. Estaba enfadado consigo mismo, pensando que había interpretado mal su papel, acusándose de haber sido brusco con ella y egoísta en la expresión de su amor; y estaba enfadado con ella porque le había declarado que amaba a Crosbie más que a todo el resto del mundo. Sabía que, por supuesto, debía ser así; que, en cualquier caso, era de esperar. Sin embargo, pensaba él, ella podría haberse abstenido de decírselo a él. «Ahora prefiere despreciarme», se dijo; «pero puede llegar el día en que lamente no haberle despreciado a él». Que Crosbie era perverso, malo y egoísta, lo creía a pies juntillas. Estaba seguro de que aquel hombre la trataría mal y la haría desdichada. Albergaba una ligera duda de si llegaría a casarse con ella, y de esa duda intentaba extraer una pizca de consuelo. Si Crosbie la abandonaba, y si a él se le concedía el privilegio de matarle a golpes con sus puños por ese abandono, entonces el mundo no sería del todo un vacío para él. En todo esto era, sin duda, muy cruel con Lily; pero ¿no había sido Lily muy cruel con él?
Seguía pensando en estas cosas cuando llegó a las primeras dehesas de Guestwick. El límite de la propiedad del conde estaba muy claramente marcado, pues con él comenzaban también los sombríos olmos a lo largo de la carretera y el ancho margen de césped, de agradecer tanto para los que iban a pie como para los que iban a caballo. Eames se había metido en la hierba pero, absorto en sus pensamientos, no se percató del cambio en su camino hasta que le sobresaltó una voz en el campo de al lado y el fuerte mugido de un toro. Sabía que allí estaba el ganado selecto de Lord De Guest, y había un toro en especial al que su señoría tenía en gran estima y consideraba su gran favorito. La gente del lugar decía que el animal era agresivo, pero a menudo se había oído a Lord De Guest jactarse de que nunca era agresivo con él. «Los chicos le molestan, y los hombres son casi peores que los chicos», decía el conde; «pero nunca hará daño a nadie que no se lo haya hecho a él». Guiado por la fe en su propia teoría, el conde se había convencido de mirar a su toro como si fuera un cordero grande con cuernos.
Al detenerse en el camino, Eames creyó reconocer la voz del conde, y era la voz de alguien en apuros. Entonces el rugido del toro sonó muy claro en su oído, y casi cerca; al oírlo, corrió hacia la puerta y, sin pensar mucho en lo que hacía, la saltó de un brinco y avanzó unos pasos en el campo.
—¡Eh! —gritó el conde—. ¡Ahí hay un hombre! ¡Venga!
Y luego sus continuos gritos apenas formaban palabras inteligibles; pero Eames entendió claramente que estaba pidiendo auxilio bajo una gran presión y apremio de las circunstancias. El toro estaba haciendo amagos de embestida contra su dueño, como decidido en cada carrera a darle una cornada a su señoría; y en cada amago el conde retrocedía rápidamente unos pasos, pero retrocedía siempre de cara a su enemigo y, a medida que el animal se le acercaba, le lanzaba pinchazos a la cara con la larga azadilla que llevaba en la mano. Pero al asegurar así su retirada, no había podido mantenerse en línea recta hacia la puerta, y parecía haber un gran peligro de que el toro lograra acorralarle contra el seto.
—¡Venga! —gritó el conde, que estaba luchando su batalla con hombría, pero no tenía especial interés en llevarse él solo todos los laureles de la victoria—. ¡Venga, le digo!
Entonces se detuvo en su camino, gritó a la cara del toro, blandió su azadilla y agitó los brazos, pensando que así intimidaría mejor a la bestia con el despliegue de aquellos gestos bélicos.
Johnny Eames corrió valientemente al auxilio del aristócrata, como habría corrido al de cualquier campesino de la comarca. Quizá me equivocaría al atribuirle en este periodo de su vida el don de un gran valor. Temía muchas cosas que ningún hombre debería temer; pero no temía el percance personal ni el daño a su propia piel y huesos. Cuando Cradell escapó de la casa en Burton Crescent, abriéndose paso por el pasillo hacia la calle, lo hizo porque temía que Lupex le pegara o le diera una patada, o le maltratara de algún otro modo. John Eames también habría deseado escapar en circunstancias similares; pero lo habría deseado porque no soportaba que la gente de la casa le viera en dificultades, y porque su imaginación le habría pintado los horrores de un policía arrastrándole con un ojo morado y la chaqueta rota. Aquí no había nadie para verle, ni policía que pudiera ofenderse. Por lo tanto, corrió al auxilio del conde, blandiendo su bastón y rugiendo para emular al toro.
Cuando el animal vio con qué falta de equidad se le trataba, y que el número de sus enemigos se duplicaba mientras ninguna ayuda se presentaba de su lado, se quedó quieto un momento, disgustado por la injusticia de la humanidad. Se detuvo y, alzando la cabeza hacia el cielo, bramó su queja.
—¡No se acerque mucho! —dijo el conde, que estaba casi sin aliento—. Manténgase un poco aparte. ¡Uf! ¡Uf! ¡Hopa! ¡Hopa!
Y agitaba los brazos con valentía, pinchando con su azadilla, y de vez en cuando limpiándose el sudor de las cejas con el dorso de la mano.
Mientras el toro se quedaba indeciso, meditando si en tales circunstancias la huida no sería preferible a la pasión satisfecha, Eames se lanzó contra él, intentando golpearle en la cabeza. El conde, viendo esto, avanzó también un paso y puso su azadilla casi en el ojo del animal. Pero la bestia no pudo soportar tales humillaciones. Lanzó una carga, agachando la cabeza primero hacia John Eames y luego, con esa debilidad vacilante que es tan vergonzosa en un toro como en un general, cambió de propósito y enfiló sus cuernos contra su otro enemigo. La consecuencia fue que sus pasos le llevaron justo entre los dos, y que el conde y Eames se encontraron por un momento detrás de su cola.
—¡Ahora, a la puerta! —dijo el conde. —¡Poco a poco; poco a poco; no corra! —dijo Johnny, asumiendo en el fragor del momento un tono de consejo que le habría sido muy ajeno en otras circunstancias.
El conde no se ofendió lo más mínimo. —De acuerdo —dijo él, retrocediendo hacia la puerta.
Luego, cuando el toro volvió a encararse con él, dio un salto, esforzándose penosamente con brazos y piernas, y manteniendo siempre su azadilla bien avanzada contra el enemigo. Eames, manteniendo su posición un poco aparte de su amigo, se agachó y golpeó el suelo con su bastón, como desafiando a la criatura. El toro se sintió desafiado, se quedó quieto y rugió, y luego lanzó otro ataque vacilante.
—Aguante hasta que lleguemos a la puerta —dijo Eames. —¡Uf! ¡Uf! ¡Hopa! ¡Hopa! —gritaba el conde.
Y así, gradualmente, fueron ganando terreno.
—Ahora, salte —dijo Eames, cuando ambos llegaron a la esquina del campo donde estaba la puerta. —¿Y qué hará usted? —dijo el conde. —Me tiraré al seto de la derecha.
Y Johnny, mientras hablaba, agitó su bastón para monopolizar por un momento la atención de la bruta. El conde dio un brinco hacia la puerta y se encaramó al travesaño superior. El toro, viendo que su presa se le escapaba, lanzó una última embestida contra el conde y golpeó la madera furiosamente con la cabeza, tirando a su señoría al otro lado. Lord De Guest ya estaba al otro lado, pero no se había bajado del raíl; y así, aunque se cayó, cayó a salvo sobre la hierba más allá de la puerta. Cayó a salvo, pero totalmente agotado. Eames, como se había propuesto, dio un salto casi lateral hacia un seto espeso que dividía el campo de uno de los bosquecillos de Guestwick. Había una zanja bastante ancha y, al otro lado, un seto de espinos que, sin embargo, había sido debilitado y dañado por intrusos en esa esquina, cerca de la puerta. Eames era joven y ágil, y saltaba bien. Saltó tan bien que cayó de pleno en medio de los espinos y luego se abrió paso a rastras hasta el otro lado, no sin mucho daño para sus ropas y algún destrozo también en sus manos y cara.
La bestia, recuperándose del choque contra los maderos, miró con nostalgia a su último enemigo en retirada, que aún forcejeaba entre los arbustos. Miró la zanja y el seto roto, pero no comprendió lo débiles que eran los impedimentos en su camino. Había golpeado su cabeza contra la madera maciza, que era lo bastante fuerte para oponérsele, pero se sintió amedrentado por unas zarzas que podría haber pisoteado sin esfuerzo. Cuántos de nosotros somos como el toro, dándonos la vuelta conquistados por una oposición que no debería ser nada para nosotros, y rompiéndonos los pies, y lo que es peor, el corazón, contra rocas de diamante. El toro finalmente decidió que no se atrevía a enfrentarse al seto; así que lanzó un último bramido y luego, dándose la vuelta, regresó plácidamente con la manada.
Johnny llegó a la carretera por un portillo que salía del bosquecillo, y pronto estuvo junto al conde, mientras la sangre le corría por las mejillas por los arañazos. Una de las perneras de su pantalón se había enganchado en una estaca y estaba desgarrada desde la cadera hacia abajo, y su sombrero se había quedado en el campo, como único trofeo para el toro.
—Espero que no esté herido, milord —dijo él. —Oh, vaya, no; pero me he quedado terriblemente sin aliento. ¡Pero si está usted sangrando por todas partes! No le ha pillado, ¿verdad? —Solo son las espinas del seto —dijo Johnny, pasándose la mano por la cara—. Pero he perdido el sombrero. —Hay montones de sombreros más —dijo el conde. —Creo que voy a intentar recuperarlo —dijo Johnny, para quien los medios de conseguir sombreros no eran tan abundantes como para el conde—. Ahora parece tranquilo.
Y se dirigió hacia la puerta. Pero Lord De Guest se puso en pie de un salto y agarró al joven por el cuello de la chaqueta.
—¡A por su sombrero! —dijo él—. Tiene que estar loco para pensar en eso. Si tiene miedo de pillar un resfriado, se pondrá el mío. —No tengo el menor miedo de pillar un resfriado —dijo Johnny—. ¿Se pone así a menudo, milord? —Y señaló con la cabeza hacia el toro. —La criatura más mansa del mundo; normalmente es como un cordero... igualito que un cordero. Quizá vio mi pañuelo rojo de bolsillo.
Y Lord De Guest mostró a su amigo que llevaba tal prenda encima.
—¿Pero dónde estaría yo si usted no hubiera aparecido? —Habría llegado a la puerta, milord. —Sí; con los pies por delante y llevado por cuatro hombres. Tengo mucha sed. No llevará usted una petaca, ¿verdad? —No, milord, no la llevo. —Entonces iremos a casa lo más rápido posible y nos tomaremos allí una copa de vino.
Y en esta ocasión, su señoría tenía la intención de que su oferta fuera aceptada.
Capítulo 22
Lord De Guest en casa
El conde y John Eames, tras su escapatoria del toro, caminaron juntos hacia la Mansión. —Puedes escribirle una nota a tu madre y mandaré a uno de los chicos a llevarla —dijo el conde. Esa fue la respuesta de su señoría cuando Eames declinó cenar en la Mansión alegando que le esperarían en casa.
—Pero estoy en unas condiciones impresentables, milord —suplicó Johnny—. Me he destrozado los pantalones en el seto. —No habrá nadie más que nosotros dos y el doctor Crofts. El doctor te perdonará cuando oiga la historia; y en cuanto a mí, me daría igual que no tuvieras ni un trapo sobre los hombros. Tendrás compañía de vuelta a Guestwick, así que vamos.
Eames no encontró más excusas que poner y, por tanto, hizo lo que se le ordenaba. No se sentía, ni de lejos, tan a gusto con el conde ahora como durante los minutos del combate. Habría preferido irse a casa, pues le daba cierta vergüenza que los criados le vieran en aquel estado, andrajoso y sin sombrero; además, su mente volvía de vez en cuando a la escena que había tenido lugar en el jardín de Allington. Pero se vio obligado a obedecer al conde y siguió caminando con él a través del bosque.
El conde no hablaba mucho; estaba cansado y algo pensativo. En lo poco que decía, parecía especialmente dolido por la ingratitud del toro hacia su persona. —Nunca le chinché ni le molesté lo más mínimo. —Supongo que son bestias peligrosas, ¿no? —dijo Eames. —Qué va, ni hablar, si se los trata como es debido. Debió de ser mi pañuelo, imagino. Recuerdo que me soné los mocos.
Apenas pronunció una palabra de agradecimiento hacia su ayudante. «¿Dónde estaría yo si no hubieras aparecido?», había exclamado inmediatamente después de salvarse; pero, dicho aquello, no consideró necesario decirle mucho más a Eames. Con todo, se mostró muy agradable y, para cuando llegaron a la casa, su acompañante casi se alegraba de haberse visto forzado a cenar en la Mansión. —Y ahora, a beber algo —dijo el conde—. No sé tú, pero yo no he tenido tanta sed en mi vida.
Dos sirvientes aparecieron de inmediato y mostraron cierta sorpresa ante la apariencia de Johnny. —¿Se ha hecho daño el caballero, milord? —preguntó el mayordomo, mirando la sangre en la cara de nuestro amigo. —Lo que peor parado ha salido son sus pantalones, creo —dijo el conde—. Y si se pusiera unos míos, le quedarían cortos y enormes, ¿a que sí? Siento que estés tan incómodo, pero no le des importancia por una vez. —No me importa nada —dijo Johnny. —Y a mí menos —dijo el conde—. El señor Eames va a cenar aquí, Vickers. —Sí, milord. —Y su sombrero está allá abajo, en mitad de la parcela de los diecinueve acres. Que vayan tres o cuatro hombres a por él. —¡¿Tres o cuatro hombres, milord?! —Sí, tres o cuatro. Algo no va bien con ese toro. Y buscad a un chico con un poni para que lleve una nota a Guestwick, a casa de la señora Eames. Ay, Dios, ya me siento mejor —añadió, dejando el vaso de agua que estaba bebiendo—. Escribe tu nota aquí y luego iremos a ver a mis faisanes preferidos antes de cenar.
Vickers y el lacayo comprendieron que había ocurrido algo de gran trascendencia, pues el conde solía ser muy tiquismiquis con su mesa. Esperaba que todo invitado que se sentara a ella vistiera según dictaba la moda; y él mismo, aunque su atuendo de mañana no fuera nada brillante, nunca cenaba —ni siquiera estando solo— sin ponerse un traje negro, corbata blanca y cambiar el viejo reloj de plata de caza que llevaba durante el día colgado al cuello por una cinta vieja, por un relojito de oro con cadena y sellos que, por la noche, siempre tintineaba sobre su chaleco. Una vez invitaron al doctor Gruffen a cenar a la Mansión. «Solo una chuleta entre solteros», dijo el conde, «porque no hay nadie más en casa». El doctor Gruffen se presentó con pantalones de color... y nunca más volvieron a invitarle a Guestwick Manor. Vickers sabía todo esto perfectamente; y ahora su señoría traía al joven Eames a cenar con la ropa hecha jirones de una forma que Vickers declaró en el comedor del servicio que no era «ni medio decente». Por lo tanto, todos supieron que algo muy gordo debía de haber pasado. —Es algún lío con el toro, seguro —decía Vickers—, ¡pero bendito sea Dios, el toro no ha podido dejarle la ropa así de un tirón!
Eames escribió su nota, en la que decía a su madre que había tenido una aventura con Lord De Guest y que su señoría se había empeñado en llevarle a cenar. «He dejado los pantalones para el arrastre —añadió en una posdata— y he perdido el sombrero. Por lo demás, todo bien». No sabía que el conde también envió una breve nota a la señora Eames.
Estimada señora: Su hijo, por mediación de la Providencia, probablemente me ha salvado la vida. Dejaré que sea él quien le cuente la historia. Ha tenido la gentileza de acompañarme a casa y regresará a Guestwick después de cenar con el doctor Crofts, que también cena aquí. La felicito por tener un hijo con tanta sangre fría, valor y buen corazón. Su más atento y seguro servidor, De Guest. Guestwick Manor, jueves, octubre de 186-.Después fueron a ver los faisanes. —Escucha lo que te digo —dijo el conde—. Te aconsejo que te aficiones a la caza. Es el pasatiempo de un caballero cuando uno tiene la suerte de disponer de piezas. —Pero siempre estoy en Londres. —No, no lo estás. Ahora mismo no estás en Londres. Siempre tienes tus vacaciones. Si te animas a probarlo, yo me encargaré de que no te falte caza mientras estés aquí. Es mejor que quedarse dormido bajo los árboles. ¡Ja, ja, ja! Me pregunto qué te llevó a tumbarte allí. ¿No habrías estado peleando con un toro ese día? —No, milord. Todavía no había visto al toro. —Bueno; piénsate lo que te he dicho. Cuando digo una cosa, la digo en serio. No te faltará caza si tienes ganas de probar.
Luego miraron los faisanes y anduvieron trasteando por la finca hasta que el conde dijo que era hora de vestirse para la cena. —Eso es una faena para ti, ¿verdad? —dijo él—. Pero, al menos, puedes lavarte las manos y quitarte la sangre. Estaré en el salón pequeño cinco minutos antes de las siete, y supongo que te encontraré allí.
A las siete menos cinco, Lord De Guest entró en el salón pequeño y encontró a Johnny sentado con un libro delante. El conde estaba un poco inquieto y mostraba en sus modales que no se sentía del todo a gusto, como les pasa a algunos hombres cuando tienen entre manos una tarea que no les resulta habitual. Llevaba algo en la mano y arrastraba un poco los pies mientras cruzaba la estancia. Iba vestido de negro, como siempre, pero su cadena de oro no colgaba sobre su chaleco como de costumbre.
—Eames —dijo—, quiero que aceptes un pequeño regalo de mi parte... como recuerdo de nuestro asunto con el toro. Te hará pensar en ello a veces, cuando yo quizá ya no esté. —Oh, milord... —Es mi propio reloj, el que he llevado durante algún tiempo; pero tengo otro... dos o tres, creo, en algún lugar del piso de arriba. No me rechaces. No soporto que me digan que no. Tiene también un par de sellos pequeños que yo mismo he usado. He quitado el que tiene mi escudo de armas, porque ese no te sirve de nada y a mí sí. No necesita llave, se le da cuerda por el mando, así —y el conde procedió a explicar el funcionamiento del aparato. —Milord, le da demasiada importancia a lo que ha pasado hoy —balbuceó Eames. —No, qué va; le doy muy poca. Sé lo que me digo. Guárdate el reloj en el bolsillo antes de que llegue el doctor. Ahí está; oigo su caballo. ¿Por qué no habrá venido en coche? Así podría haberte llevado de vuelta. —Puedo ir andando perfectamente. —Yo me encargo de eso. El criado montará el caballo de Crofts y traerá el faetón pequeño. ¿Cómo está, doctor? Conoce a Eames, supongo. No hace falta que le mire así. No tiene la pierna rota; solo son los pantalones.
Y entonces el conde contó la historia del toro. —Johnny se va a convertir en todo un héroe en la ciudad —dijo Crofts. —Sí; me temo que él se llevará la mayor parte del mérito; y eso que yo estuve en el ajo el doble de tiempo que él. Os digo una cosa, jóvenes: cuando llegué a esa puerta, no creí que me quedara aliento para saltarla. Está muy bien eso de tirarse a un seto cuando uno tiene veintidós años; pero cuando uno llega a los sesenta, prefiere tomarse estas cosas con más calma. ¿La cena está lista? Yo también. Se me olvidó por completo esa chuleta de la que me habló hoy, doctor. ¿Pero supongo que un hombre puede darse un festín después de pelear con un toro?
La velada transcurrió sin grandes emociones y, lamento decir que el conde se quedó profundamente dormido en el salón en cuanto se hubo tragado su taza de café. Durante la cena se había mostrado muy cortés con sus dos invitados, pero con Eames había usado una familiaridad bonachona y casi afectuosa. Le había tomado el pelo por haberle encontrado dormido bajo el árbol, diciéndole a Crofts que tenía un aspecto muy desolado. —Así que no me cabe la menor duda de que está enamorado —sentenció el conde. Y le había pedido a Johnny el nombre de la afortunada, echando mano de los restos de sus olvidadas citas clásicas para adornar la broma. —Si he de beber más de este fuerte Falerno —dijo, poniendo la mano sobre la decantadora de oporto—, debo saber el nombre de la dama. Sea quien sea, estoy seguro de que no tienes por qué avergonzarte de ella. ¡¿Cómo?! ¡¿Te niegas a decírnoslo?! Entonces no bebo más.
Y así el conde había salido del comedor; pero no sin antes percibir por las mejillas de su invitado que la broma había dado demasiado en el clavo para resultar agradable. Sin embargo, al irse, apoyó la mano en el hombro de Eames, y los criados presentes vieron que el joven iba a ser un favorito. —Le hará su heredero —dijo Vickers—. No me extrañaría ni un pelo que le hiciera su heredero. Pero el lacayo puso objeciones, intentando demostrar al señor Vickers que, de acuerdo con las leyes del país, el primo segundo de su señoría, a quien el conde no había visto nunca pero a quien se suponía que odiaba, debía ser su heredero. —Un conde nunca puede elegir a su heredero como usted o como yo —sentenció el lacayo, sentando cátedra. —¿De verdad que no puede? Pues es una faena para él, ¿no? —dijo la guapa criada. —¡Bah! —dijo Vickers—, no tienes ni idea. Milord podría hacer al joven Eames su heredero mañana mismo; es decir, heredero de sus propiedades. No podría hacerle conde, porque eso tiene que ir a sus descendientes directos. En cuanto a dejarle la casa y la finca, no sé yo cómo estaría el tema; y estoy seguro de que Richard tampoco lo sabe. —¿Pero y si no tiene descendientes directos? —preguntó la criada, a la que le gustaba bastante dejar mal al señor Vickers. —Tiene que tenerlos —dijo el mayordomo—. Todo el mundo los tiene. Si uno no los conoce, ya se encarga la ley de encontrarlos. Y con eso, el señor Vickers se marchó, evitando más disputas.
Mientras tanto, el conde dormía arriba y los dos jóvenes de Guestwick no encontraban forma de entretenerse a su gusto. Cada uno cogió un libro; pero hay momentos en los que uno es totalmente incapaz de leer, y en los que un libro no es más que una tapadera para la ociosidad o el aburrimiento. Finalmente, el doctor Crofts sugirió en un susurro que quizá ya iba siendo hora de pensar en irse a casa.
—¿Eh? Sí. ¿Qué? —dijo el conde—. No estoy dormido. A lo que el doctor respondió que creía que se marcharía ya, si su señoría le permitía encargar que le trajeran el caballo. Pero el conde ya estaba otra vez sumido en un profundo sueño y no hizo el menor caso a la propuesta.
—Quizá podamos escabullirnos sin despertarle —sugirió Eames en un susurro.
—¿Eh? ¿Cómo? —dijo el conde. Así que ambos retomaron sus libros y se sometieron a su martirio durante un periodo adicional de quince minutos. Al cumplirse ese tiempo, el lacayo trajo el té.
—¿Eh? ¿Qué? ¡Té! —dijo el conde—. Sí, tomaremos un poco de té. He oído cada palabra de lo que habéis estado diciendo.
Era esa afirmación por parte del conde lo que siempre enfurecía a Lady Julia. «No puedes haber oído lo que he estado diciendo, Theodore, porque no he dicho nada», replicaba ella. «Pero lo habría oído si lo hubieras hecho», respondía el conde con aspereza. En la presente ocasión, ni Crofts ni Eames le llevaron la contraria, y él tomó su té y se lo tragó estando todavía tres cuartas partes dormido.
—Si me lo permite, milord, creo que encargaré que me traigan el caballo —dijo el doctor.
—Sí; el caballo... sí... —dijo el conde, cabeceando.
—Pero, ¿qué vas a hacer tú, Eames, si yo voy montado? —preguntó el doctor.
—Iré andando —susurró Eames, con un hilo de voz.
—¿Qué... qué... qué? —dijo el conde, poniéndose en pie de un salto—. ¡Ah, sí! Os marcháis, ¿verdad? Supongo que es lo mejor, en lugar de estar aquí sentados viéndome dormir. Pero, doctor... no habré roncado, ¿verdad?
—Solo de vez en cuando.
—Pero no fuerte, ¿no? Vamos, Eames, ¿he roncado fuerte?
—Bueno, milord, lo cierto es que ha roncado bastante fuerte un par de veces.
—¿De verdad? —dijo el conde con un tono de gran decepción—. Y sin embargo, ¿saben?, he oído cada palabra de lo que han dicho.
Ya habían encargado el faetón pequeño, y los dos jóvenes emprendieron el regreso a Guestwick juntos, con un criado de la casa cabalgando detrás de ellos en el caballo del doctor.
—Escucha, Eames —dijo el conde mientras se despedían en los escalones de la entrada—. Dices que vuelves a la ciudad pasado mañana, ¿así que no volveré a verte?
—No, milord —dijo Johnny.
—Escúchame bien. Estaré allí para la Feria del Ganado antes de Navidad. Tienes que cenar conmigo en mi hotel el veintidós de diciembre; en Pawkins, en Jermyn Street, a las siete en punto. No se te ocurra olvidarlo. Apúntalo en tu libreta en cuanto llegues a casa. Adiós, doctor; adiós. Veo que tendré que ceñirme a esa chuleta al mediodía.
Y entonces partieron.
—Le hará su heredero, sin duda —se dijo Vickers para sus adentros mientras regresaba lentamente a sus aposentos.
—Volvías de Allington, supongo —dijo Crofts—, cuando te cruzaste con Lord De Guest y el toro.
—Sí; me acerqué para despedirme de ellos.
—¿Estaban todos bien?
—Solo vi a una. Las otras dos habían salido.
—¿A la señora Dale?
—No; a Lily.
—Sentada sola, pensando en su flamante novio londinense, ¿no? Supongo que debemos considerarla una chica con mucha suerte. No me cabe duda de que ella se siente así.
—Pues no lo sé, la verdad —dijo Johnny.
—Creo que es un buen muchacho —dijo el doctor—; aunque no puedo decir que me gustaran del todo sus modales.
—A mí tampoco —dijo Johnny.
—Pero claro, con toda probabilidad a él no le gustaron los míos ni un ápice más, ni quizá los tuyos. Y si es así, estamos en paz.
—No veo que estemos en paz para nada. Es un pretencioso —dijo Eames—; y no creo que yo lo sea. —Había tomado un vaso o dos del «fuerte Falerno» del conde y se sentía inclinado a una confianza más generosa, y quizá también a un lenguaje más contundente del que habría usado en otras circunstancias.
—No; no creo que sea un pretencioso —dijo Crofts—. Si lo fuera, la señora Dale se habría dado cuenta.
—Ya lo verás —dijo Johnny, arreando con energía al caballo del conde mientras hablaba—. Ya lo verás. Un hombre que se da aires es un pretencioso; y él se da aires. Y no creo que sea un tipo trigo limpio. Fue un mal día para todos cuando apareció por Allington.
—No puedo decir que yo lo vea así.
—Pues yo sí. Pero ojo, no le he dicho ni una palabra de esto a nadie. Ni pienso hacerlo. ¿De qué serviría? ¿Supongo que ahora tendrá que casarse con él?
—Desde luego que sí.
—Y ser desgraciada toda su vida. ¡Uhhhhhh! —y soltó un profundo gemido—. Te diré una cosa, Crofts. Se va a llevar a la chica más dulce que ha habido nunca en esta comarca, y no se la merece.
—No creo que pueda compararse con su hermana —dijo Crofts lentamente.
—¿Qué? ¿Lily no? —dijo Eames, como si la proposición del doctor fuera algo que no se sostuviera ni un minuto.
—Siempre he pensado que Bell es la más admirada de las dos —dijo Crofts.
—Te diré una cosa —dijo Eames—. Jamás he puesto mis ojos en ningún ser humano que me pareciera tan hermoso como Lily Dale. ¡Y ahora ese animal se va a casar con ella! Te digo una cosa, Crofts: me las arreglaré para buscarle camorra antes o después.
Ante esto el doctor, viendo la naturaleza del mal que aquejaba a su compañero, no dijo nada más, ni sobre Lily ni sobre Bell.
Poco después, Eames estaba ante su propia puerta y era recibido por su madre y su hermana con todo el entusiasmo debido a un héroe. «¡Le ha salvado la vida al conde!», había exclamado la señora Eames a su hija al leer la nota de Lord De Guest. «¡Madre mía!», y se dejó caer en el sofá casi desmayada.
—¡Que le ha salvado la vida a Lord De Guest! —dijo Mary.
—Sí... por mediación de la Providencia —dijo la señora Eames, como si este último dato añadiera valor a la buena acción de su hijo.
—¿Pero cómo lo hizo?
—Con sangre fría y buen corazón... eso dice su señoría. Pero me pregunto cómo lo hizo de verdad.
—Sea como sea, se ha destrozado la ropa y ha perdido el sombrero —dijo Mary.
—Eso no me importa lo más mínimo —dijo la señora Eames—. Me pregunto si el conde tendrá influencias en la oficina de Hacienda. ¡Qué maravilla sería si pudiera conseguirle un ascenso a Johnny! Serían setenta libras al año de golpe. Hizo muy bien en quedarse a cenar cuando su señoría se lo pidió. Y así que el doctor Crofts está allí. No habrá sido nada médico, supongo.
—No, yo diría que no, por lo que dice de los pantalones.
Y así, las dos damas se vieron obligadas a esperar el regreso de John.
—¿Cómo lo hiciste, John? —dijo su madre, abrazándole en cuanto se abrió la puerta.
—¿Cómo le salvaste la vida al conde? —dijo Mary, que estaba detrás de su madre.
—¿De verdad le habrían matado si no llega a ser por ti? —preguntó la señora Eames.
—¿Y estaba muy herido? —preguntó Mary.
—¡Qué pesadas! —dijo Johnny, sobre quien los resultados de la jornada, sumados al oporto del conde, todavía surtían efecto.
En condiciones normales, la señora Eames se habría sentido herida por recibir tal respuesta de su hijo; pero en aquel momento le veía en una posición tan alta ante la opinión pública que no se ofendió. —¡Oh, Johnny, cuéntanoslo! Por supuesto que estamos ansiosas por saberlo todo.
—No hay nada que contar, salvo que un toro arremetió contra el conde cuando yo pasaba por allí; así que entré en el campo y le ayudé, y luego él se empeñó en que me quedara a cenar.
—Pero su señoría dice que le salvaste la vida —dijo Mary.
—Por mediación de la Providencia —añadió su madre.
—En cualquier caso, me ha dado un reloj de oro con su cadena —dijo Johnny, sacando el regalo del bolsillo—. Me hacía mucha falta un reloj. Aun así, no me gustaba aceptarlo.
—Habría estado muy mal rechazarlo —dijo su madre—. Y me alegro mucho de que hayas tenido tanta suerte. Y escucha, Johnny: cuando un amigo así se cruza en tu camino, no le des la espalda.
Entonces, por fin, se ablandó ante la amabilidad de ambas y les contó la historia completa. Me temo que, al relatar los esfuerzos del conde con su azadilla, no habló de su protector con toda la deferencia que habría sido apropiada.
Capítulo 23
El señor Plantagenet Palliser
Pasó una semana para el señor Crosbie en el Castillo de Courcy sin que el hecho de su compromiso matrimonial le supusiera mayores inconvenientes. Tanto George como John de Courcy, cada uno a su manera, le habían echado en cara su "delito" e intentado fastidiarle sacando el tema a relucir; pero a él no le importaba mucho ni el ingenio ni la malicia de los hermanos De Courcy. La condesa apenas había aludido a Lily Dale tras aquellas breves palabras del primer día, y parecía perfectamente dispuesta a considerar lo ocurrido en Allington como un pasatiempo natural para un hombre joven en esa posición. El chico se había dejado seducir en una aburrida casa de campo y, lógicamente, se había entregado a las distracciones que el lugar ofrecía: había cazado perdices y cortejado a la jovencita, tomando esos pequeños recreos como compensación por el tedio de aguantar al escudero. Quizá había ido demasiado lejos con la muchacha; pero nadie sabía mejor que la condesa lo difícil que es para un joven ir "lo bastante lejos" sin pasarse de la raya. No era asunto suyo ejercer de censora de la conducta ajena. La culpa, sin duda, recaía tanto en la señorita Dale como en él. Lamentaba mucho que una joven pudiera llevarse un chasco; pero si las chicas son imprudentes y se empeñan en pescar a hombres que están fuera de su alcance, deben estar preparadas para la decepción.
En esos términos hablaba Lady De Courcy del asunto con sus hijas, y estas estaban totalmente de acuerdo en que era impensable que el señor Crosbie se casara con Lily Dale. Por parte de Alexandrina, él no encontró durante la semana ninguna de las burlas que esperaba. Él le había prometido explicarle, antes de irse del castillo, las circunstancias de su relación con Lily, y ella finalmente se mostró decidida a exigir el cumplimiento de esa promesa; pero, hasta entonces, no dijo nada que manifestara ofensa o un enfriamiento de su amistad. Y lamento decir que, en el trato que habían mantenido, esa amistad no era ni de lejos menos tierna de lo que había sido en Londres.
—¿Y cuándo me vas a contar lo que me prometiste? —le preguntó ella una tarde, hablando en voz baja, mientras estaban juntos junto a la ventana del salón de billar, en esa media hora muerta que siempre precede a los preparativos para la cena.
Ella acababa de montar a caballo y seguía con el traje de amazona; él volvía de cazar. Ella sabía que estaba especialmente favorecida con el sombrero de copa y el equipo de equitación, y solía merodear por la casa, moviéndose con destreza mientras se sujetaba la falda, durante ese rato del día. Atardecía, pero no estaba oscuro, y no había luz artificial en el salón. Habían hecho el amago de golpear algunas bolas, pero no era más que una pantomima. «Ni siquiera Diana —había dicho ella— podría jugar al billar con falda de amazona». Entonces ella soltó el taco y se quedaron hablando en el hueco de un gran ventanal.
—¿Y qué fue lo que prometí? —dijo Crosbie. —Lo sabes de sobra. No es que sea un tema de especial interés para mí; pero ya que te empeñaste en prometérmelo, lógicamente me has picado la curiosidad. —Si no tiene un interés especial —dijo Crosbie—, no te importará liberarme de mi promesa. —Típico de ti —dijo ella—. Qué falsos sois siempre los hombres. Decidiste comprar mi silencio sobre un tema desagradable fingiendo que me ofrecerías tu confianza en el futuro; y ahora me dices que no piensas confiar en mí. —Es que empiezas diciendo que el asunto no te interesa lo más mínimo. —¡Vuelves a ser un falso! Sabes muy bien lo que quería decir. ¿Recuerdas lo que me dijiste el día que llegaste? ¿Acaso no estoy obligada, después de aquello, a decirte que tu matrimonio con esta o aquella jovencita no es algo que me importe especialmente? Aun así, como amiga tuya... —Bueno, ¡como amiga! —Me gustaría saber... Pero no voy a suplicarte que me lo cuentes; solo te digo una cosa: para mí no hay nadie más despreciable que un hombre que juega a dos bandas. —¿Y yo estoy jugando a dos bandas? —Sí, lo estás haciendo.
Al decir esto, Lady Alexandrina se ruborizó bajo el ala de su sombrero; y a pesar de la escasa luz del atardecer, Crosbie, al mirarla a la cara, notó cómo le subían los colores.
—Sí, lo estás. Un caballero juega a dos bandas cuando entra en una casa como esta con el rumor público de que está prometido y luego se comporta como si tal cosa no existiera. Por supuesto, a mí no me afecta en particular, pero eso es jugar sucio. Ahora, caballero, puede cumplir la promesa que me hizo al llegar... o puede dejarlo estar.
Hay que reconocer que la dama estaba librando su batalla con mucho valor y también con cierta destreza. En tres o cuatro días Crosbie se habría marchado; si quería ganar esa victoria, tenía que ser ya. Y si no había victoria, lo justo era que Crosbie fuera castigado por su doblez y que ella se vengara en la medida de sus posibilidades. No es que planeara una venganza terrible ni estuviera preparada para un gran ataque de ira. Crosbie le gustaba tanto como le había gustado cualquier otro hombre. Creía que ella también le gustaba a él. No tenía concepto de lo que era una pasión arrebatadora, pero consideraba que la vida de casada era más placentera que la soltería. No dudaba de que él le hubiera prometido matrimonio a Lily Dale, pero también se lo había prometido a ella anteriormente, o casi. Era un juego limpio y pensaba ganarlo si podía. Si fallaba, mostraría su enfado, pero de forma sutil y débil: arrugando la nariz ante la mención de Lily frente a Crosbie y criticándole a él a sus espaldas. Su ira no llegaría mucho más allá.
—Ahora, caballero, puede cumplir la promesa que me hizo al llegar... o puede dejarlo estar. —Habló así y luego apartó la cara, mirando hacia la oscuridad exterior.
—¡Alexandrina! —dijo él. —¿Sí, señor? Pero no tiene derecho a hablarme en ese tono. ¡Sabe perfectamente que no tiene derecho a llamarme por mi nombre de esa manera! —¿Quieres decir que me exiges el tratamiento de Lady? —Todas las damas exigen su tratamiento a los caballeros, a menos que exista una intimidad mayor de la que usted tiene derecho a reclamar. Supongo que no llamó a la señorita Dale por su nombre de pila hasta que obtuvo permiso, ¿verdad? —Antes me dejabas llamarte así. —¡Jamás! Una o dos veces que lo has hecho no te lo prohibí como debería haber hecho. Muy bien, señor, ya que no tiene nada que decirme, le dejo. Debo confesar que no pensaba que fuera usted tan cobarde.
Y se dispuso a marcharse, recogiéndose las faldas y cogiendo la fusta que había dejado en el alféizar.
—Espera un momento, Alexandrina —dijo él—. No soy feliz, y no deberías decir cosas que solo sirven para hacerme más desdichado. —¿Y por qué no eres feliz? —Porque... te lo diré ahora mismo, si puedo creer que te lo cuento solo a ti y no a toda la casa. —Por supuesto que no se lo diré a nadie. ¿Crees que no sé guardar un secreto? —Es porque le he prometido matrimonio a una mujer, pero amo a otra. Ya te lo he dicho todo; y si se te ocurre decir otra vez que juego a dos bandas, me iré del castillo antes de que vuelvas a verme. —¡Señor Crosbie! —Ahora ya lo sabes todo, y puedes imaginarte si soy muy feliz o no. Creo que has dicho que era hora de vestirse; ¿nos vamos?
Y sin decir palabra, los dos se retiraron a sus respectivas habitaciones.
Crosbie, en cuanto se vio solo en su cuarto, se sentó en su sillón y se puso a intentar decidir su conducta futura. No hay que pensar que su declaración de amor fuera solo una salida desesperada del momento. La atmósfera del Castillo de Courcy había estado haciendo mella en él durante la última semana. Cada palabra que había oído y cada palabra que había pronunciado habían tendido a destruir lo que quedaba de bueno y sincero en su interior, fomentando su egoísmo y su falsedad. Se había dicho a sí mismo una docena de veces que nunca podría ser feliz con Lily Dale y que nunca la haría feliz a ella. Y luego utilizó la vieja sofistería para convencerse de que lo que quería hacer era lo correcto. ¿No sería mejor para Lily que la abandonara antes de casarse con ella en contra de lo que le dictaba el corazón? Si realmente no la amaba, ¿no sería un crimen mayor casarse con ella que dejarla plantada? Se confesó que había estado muy mal al dejar que el mundo exterior le dominara tanto que el amor de una chica pura como Lily no bastara para su felicidad. Pero el hecho estaba ahí y se sentía incapaz de luchar contra él. Si por un sacrificio absoluto pudiera asegurar el bienestar de Lily, no lo dudaría ni un segundo. ¿Pero sería bueno sacrificarla a ella junto con él?
Le dio tantas vueltas al asunto que casi se convenció de que su deber era romper el compromiso con Lily; y también se convenció de que un matrimonio con una hija de la casa De Courcy satisfaría su ambición y le ayudaría en su ascenso social. Estaba seguro de que Lady Alexandrina le aceptaría, si lograba que le perdonara el "pecado" de haberse comprometido con la señorita Dale. No sospechaba lo dispuesta que estaría ella a perdonarle, pues aún no sabía con qué facilidad una mujer así perdona un pecado de ese tipo si el triunfo final es para ella.
Había otra razón que pesaba mucho en el ánimo de Crosbie, empujándole hacia sus deseos actuales, aunque debería haberle dado un impulso opuesto. Había dudado sobre casarse con Lily de inmediato por la escasez de sus ingresos. Pero ahora tenía perspectivas de un aumento considerable. Uno de los comisarios de su oficina había sido ascendido y todo el mundo daba por hecho que el secretario del Comité General sería el nuevo comisario. De eso no había duda. Pero entonces surgía la pregunta de quién ocuparía el puesto de secretario. Crosbie había recibido varias cartas sobre el tema y parecía que sus posibilidades de obtener el ascenso eran muy altas. Eso subiría su sueldo oficial de setecientas libras al año a mil doscientas, situándole en una posición social superior. Su amigo, el actual secretario, le había escrito asegurándole que no se hablaba de ningún otro competidor serio. Si esa buena suerte le aguardaba, ¿no allanaría cualquier dificultad para casarse con Lily Dale? Pero, ¡ay!, él no lo veía así. ¿No podría la condesa ayudarle a conseguir ese puesto? Y si su destino le deparaba las cosas buenas de este mundo —secretarías, comisarías y presidencias—, ¿no sería mejor luchar por ese camino ascendente con la ayuda de unos buenos contactos?
Se quedó pensando en todo aquello en su cuarto. Había escrito dos veces a Lily desde su llegada al castillo. La primera carta ya la conocemos. La segunda seguía el mismo tono, aunque Lily, al leerla, se había sentido inconscientemente algo menos satisfecha. No faltaban las expresiones de amor, pero eran vagas y carecían de entusiasmo. Olían a insinceridad, aunque no hubiera nada en las palabras que las delatara. Pocos mentirosos saben mentir con la rotundidad y la seguridad de la verdad; y Crosbie, con lo malo que era, aún no lo era tanto como para alcanzar esa perfección. No le había dicho nada a Lily sobre sus esperanzas de ascenso, pero había vuelto a hablar de su propio "mundanismo", reconociendo que sentía una satisfacción vacía ante las pompas y vanidades del Castillo de Courcy. De hecho, estaba preparando el terreno para lo que ya casi había decidido hacer. Ahora que le había dicho a Lady Alexandrina que la amaba, tenía que confesarse que la suerte estaba echada.
Al pensar en todo esto, no le faltaba cierta sensación de alivio, como quien escapa de algo. Poco después de declararse en Allington, empezó a sentir que al hacerlo se había degollado a sí mismo. Había intentado convencerse de que podía vivir cómodamente con el cuello cortado, y mientras Lily estaba con él se lo creía; pero en cuanto volvía a estar solo, volvía a acusarse de suicidio. Ese era su estado mental ya en Allington, y sus ideas se habían reforzado durante su estancia con los De Courcy. Pero el sacrificio no se había consumado y ahora empezaba a pensar que podía salvarse. No hace falta decir que esto no era todo triunfo para él. Incluso si no hubiera dificultades materiales para abandonar a Lily —ni tío, ni primo, ni madre a cuya ira enfrentarse; ni la visión de un rostro pálido, más elocuente en su silencio que cualquier tormenta de palabras indignadas—, él no carecía totalmente de corazón. ¿Cómo iba a contarle todo esto a la chica que tanto le había amado? Una chica cuyo amor, como él mismo sentía, marcaría toda su vida futura para bien o para mal. «No soy digno de ella y se lo diré», se dijo. ¿Cuántos canallas han intentado calmar su conciencia con esa falsa humildad? Pero reconoció en ese momento, mientras se levantaba para vestirse, que el dado había rodado y que ya era libre de decirle lo que quisiera a Lady Alexandrina. «Otros han pasado por el mismo fuego antes —se dijo mientras bajaba las escaleras— y han salido ilesos». Y recordó los nombres de varios hombres de gran reputación que, según se decía, habían cometido en su juventud algún pequeño error como el que le había ocurrido a él.
Al pasar por el vestíbulo, alcanzó a Lady Julia De Guest y llegó a tiempo de abrirle la puerta del salón. Entonces recordó que ella había entrado en el salón de billar por un lado y salido por el otro mientras él estaba con Alexandrina junto a la ventana. En aquel momento no le había dado importancia a Lady Julia y ahora, mientras esperaba a que ella pasara, le hizo un comentario trivial.
Pero Lady Julia era, en ciertos aspectos, una mujer severa y no exenta de valor. Durante la última semana había observado lo que estaba ocurriendo y su indignación había ido en aumento. Aunque había renegado de cualquier parentesco familiar con Lily Dale, sentía ahora por ella simpatía y casi afecto. Casi todos los días le había repetido con rigidez a la condesa algún incidente del noviazgo y compromiso de Crosbie con la señorita Dale, hablando del tema con conocimiento absoluto, como algo zanjado en todos sus puntos. Lo había hecho a solas con la condesa, en presencia de la condesa y de Alexandrina, y también ante todas las invitadas del castillo. Pero sus palabras eran recibidas simplemente con una sonrisa incrédula. «¡Vaya, Lady Julia!», había replicado la condesa finalmente, «voy a empezar a pensar que es usted quien está enamorada del señor Crosbie; se empeña constantemente en este asunto suyo. Cualquiera diría que a las jóvenes de su parte del mundo les resulta muy difícil encontrar marido, viendo que el éxito de una sola se pregona con tanto bombo». Por el momento, Lady Julia guardó silencio; pero no era fácil callarla del todo cuando se trataba de un tema que le tocaba de cerca el corazón.
Casi todo el mundo de Courcy estaba congregado en el salón cuando ella entró con Crosbie pisándole los talones. Al verse cerca del grupo, se dio la vuelta y se dirigió a él con una voz más audible de lo que suele requerir una conversación de salón. —Señor Crosbie —dijo ella—, ¿ha tenido noticias últimamente de nuestra querida amiga Lily Dale? Y le miró fijamente a la cara, con una intención probablemente más significativa de lo que ella misma pretendía. Al instante se hizo un silencio general en la sala y todos los ojos se volvieron hacia ella y hacia él.
Crosbie hizo un esfuerzo inmediato por aguantar el ataque con gallardía, pero sintió que no podía controlar del todo su color ni evitar que una súbita gota de sudor asomara en su frente. —Tuve carta de Allington ayer —dijo él—. Supongo que habrán oído lo del encuentro de su hermano con el toro. —¡¿El toro?! —dijo Lady Julia. Y para todos resultó evidente que su ataque había sido frustrado y su flanco desbordado. —¡Madre mía, Lady Julia, qué rara es usted! —dijo la condesa. —¿Pero qué pasa con el toro? —preguntó el honorable George. —Parece que el conde fue derribado en mitad de uno de sus propios campos. —¡Ay, Dios! —exclamó Alexandrina. Y otras tantas exclamaciones brotaron del resto de las damas. —Pero no resultó herido —dijo Crosbie—. Un joven llamado Eames parece haber caído del cielo y se llevó al conde a cuestas. —¡Ja, ja, ja, ja! —gruñó el otro conde, al oír el percance de su colega de rango.
Lady Julia, que había recibido sus propias cartas de Guestwick ese día, sabía que no le había pasado nada grave a su hermano; pero sintió que esta vez la habían vencido. —Espero que no haya sido realmente un accidente —dijo el señor Gazebee con voz de gran solicitud. —Mi hermano estaba perfectamente anoche, gracias —dijo ella. Y entonces los grupitos volvieron a formarse y Lady Julia se quedó sola en la esquina de un sofá.
—¿Ha sido todo un invento suyo, señor? —le preguntó Alexandrina a Crosbie. —No del todo. He recibido una carta esta mañana de mi amigo Bernard Dale, el sobrino de esa vieja arpía; y Lord De Guest ha tenido problemas con uno de sus animales. Ojalá le hubiera dicho que el viejo estúpido se había roto el pescuezo. —¡Cállese, señor Crosbie! —¿Qué derecho tiene ella a meterse conmigo? —Pero yo pienso hacerle la misma pregunta que ella le ha hecho, y no me va a despachar con una milonga como esa. Pero justo cuando iba a formular la pregunta, anunciaron la cena.
—¿Y es verdad que a De Guest le ha corneado un toro? —preguntó el conde en cuanto las damas se hubieron marchado. No había dicho ni palabra durante la cena, salvo lo que hubiera murmurado al oído de Lady Dumbello. Rara vez la conversación tenía encanto para él en su propia casa; pero había un matiz de jocosidad en la idea de Lord De Guest siendo corneado que llegaba a hacerle gracia. —Solo derribado, creo —dijo Crosbie. —¡Ja, ja, ja! —gruñó el conde; luego llenó su copa y dejó que otro pasara la botella. ¡Pobre hombre! No le quedaba mucho en el mundo que le divirtiera.
—No veo de qué hay que reírse —dijo Plantagenet Palliser, que estaba sentado a la derecha del conde, frente a Lord Dumbello. —¿Ah, no? —dijo el conde—. ¡Ja, ja, ja! —Que me aspen si lo veo. Por lo que sé, De Guest es un gran granjero. Y no le veo la gracia a que cornea a un granjero solo porque además sea noble. ¿Usted se la ve? Y se volvió hacia el señor Gazebee, que estaba sentado al otro lado. El conde era un conde y, además, el suegro del señor Gazebee. El señor Plantagenet Palliser era el heredero de un ducado. Por lo tanto, el señor Gazebee se limitó a sonreír con timidez y no respondió a la pregunta. El señor Palliser no dijo nada más al respecto, ni tampoco el conde; y así la broma se extinguió.
El señor Plantagenet Palliser era el heredero del duque de Omnium; heredero del título de aquel noble y de su enorme riqueza y, por tanto, un hombre de peso en el mundo. Ocupaba un escaño en la Cámara de los Comunes, por supuesto. Tenía unos veinticinco años y seguía soltero. No cazaba, ni pescaba, ni tenía un yate, y se le había oído decir que jamás en su vida había puesto un pie en un hipódromo. Vestía con mucha sobriedad, sin cambiar nunca el color ni la forma de sus prendas; y en sociedad era reservado, serio y a menudo silencioso. Era alto, delgado y no era feo; pero poco más se puede decir de su físico, salvo que nadie podría confundirle con otra cosa que no fuera un caballero. Con su tío, el duque, mantenía buenas relaciones; es decir, nunca se habían peleado. El sobrino recibía una asignación muy generosa, pero los dos parientes no compartían gustos y no se veían a menudo. Una vez al año, el señor Palliser visitaba al duque en su gran residencia de campo durante dos o tres días, y solía cenar con él un par de veces durante la temporada en Londres. El señor Palliser representaba a un distrito que estaba totalmente bajo el mando del duque; pero había aceptado el escaño con la condición explícita de que podía tomar la posición política que mejor le pareciera. Bajo estos acuerdos bien entendidos, el duque y su heredero ofrecían al mundo un ejemplo de familia feliz. «¡Qué diferencia con el conde y Lord Porlock!», solía decir la gente de Barsetshire Occidental. Pues las fincas, tanto del duque como del conde, estaban situadas en la división oeste de aquel condado.
El señor Palliser era conocido en el mundo principalmente como un político al alza. Podríamos decir que tenía a su disposición todos los placeres que el mundo podía ofrecerle. Tenía riqueza, posición, poder y la certeza de alcanzar el rango más alto entre la nobleza más brillante del mundo. Era cortejado por todos los que podían acercarse lo suficiente. No es exagerado decir que habría podido elegir novia entre lo más hermoso y selecto de las mujeres inglesas. Si hubiera comprado caballos de carreras y gastado miles en las apuestas, habría complacido a su tío. Podría haber sido maestro de jaurías o haber masacrado hecatombes de aves. Pero no se dedicaba a ninguna de esas cosas. Había elegido ser político y en esa tarea trabajaba con un celo y una perseverancia que le habrían hecho rico en cualquier profesión o comercio. Era asiduo en las salas de comités hasta mediados de agosto. Rara vez faltaba a un debate de importancia y nunca a una votación relevante. Aunque hablaba poco, siempre estaba dispuesto a hacerlo si su propósito lo requería. Nadie le atribuía un gran genio; pocos creían que pudiera llegar a ser un orador o un gran estadista. Pero el mundo decía que era un hombre con futuro, y los viejos veteranos del Gabinete le miraban como a alguien que, en un futuro lejano, podría unirse a ellos como un hermano menor. Hasta entonces había rechazado los cargos inferiores que se le habían ofrecido, esperando su momento con cuidado; y aún no estaba atado de pies y manos a ningún partido, aunque era conocida su tendencia liberal. Era un gran lector; no cogía un libro aquí y otro allá según el azar, sino que devoraba series enormes de libros, profundizando en la historia del mundo, llenándose de datos, aunque quizá no estuviera destinado a adquirir el poder de usarlos más que como precedentes. También se esforzaba diligentemente por ser lingüista, con bastante éxito en cuanto a la comprensión de varios idiomas. Era un hombre de mente estrecha, trabajador y respetable, dispuesto a dedicar toda su juventud al trabajo para que, en la vejez, se le permitiera sentarse entre los Consejeros del Estado.
Hasta entonces su nombre no se había ligado al de ninguna mujer a la que se supusiera que admiraba; pero últimamente se había observado que a menudo se le veía en la misma habitación que Lady Dumbello. No pasaba de ahí; pero teniendo en cuenta lo poco demostrativas que eran ambas personas —lo poco dispuestas que estaban a mostrar sentimientos—, incluso esto se consideraba digno de mención. Él, ciertamente, le hablaba de vez en cuando casi con aire de interés; y Lady Dumbello, cuando veía que él estaba en la sala, levantaba la cabeza con un leve asomo de vida y miraba alrededor como si hubiera algo allí en lo que valiera la pena posar la mirada. Ante tales insinuaciones, nadie sacaba más provecho de ellas que Lady De Courcy. Muchos, al oír que el señor Palliser iba a estar en el castillo, se sorprendieron de su éxito. Otros, al saber que Lady Dumbello había aceptado ser su invitada, también se asombraron. Pero cuando se confirmó que ambos estarían allí juntos, sus amigos reconocieron que era una mujer muy hábil. Tener al señor Palliser o a Lady Dumbello ya habría sido un tanto a su favor; pero conseguir a ambos, haciendo saber a cada uno que el otro estaría allí, fue un triunfo. En lo que respecta a Lady Dumbello, sin embargo, el trato no se cumplió del todo; pues, al fin y al cabo, el señor Palliser solo fue al Castillo de Courcy dos noches y un día, y durante todo ese día estuvo encerrado con varios y voluminosos libros azules de informes. A Lady De Courcy no le importaba en qué empleara él el tiempo. Los libros azules y Lady Dumbello le daban igual. El señor Palliser había estado en el Castillo de Courcy, y ni enemigo ni amigo podían negar el hecho.
Esta era su segunda noche; y como había prometido reunirse con sus electores en Silverbridge a la una de la tarde del día siguiente para explicarles su conducta y la situación política del mundo en general, y como no pensaba volver de Silverbridge a Courcy, Lady Dumbello, si quería avanzar algo, debía aprovechar el breve rayo de sol que le brindaba la hora presente. Sin embargo, nadie podría decir que mostrara una disposición activa por monopolizar la atención del señor Palliser. Cuando él entró en el salón, ella estaba sentada sola en una butaca grande y baja, sin brazos, para permitir la expansión total de su vestido, pero redondeada en el respaldo para darle el apoyo necesario. Apenas había pronunciado tres palabras desde que salió del comedor, pero el tiempo no se le había hecho pesado. Lady Julia había vuelto a atacar a la condesa por el tema de Lily Dale y el señor Crosbie, y Alexandrina, casi furiosa, se había marchado al otro extremo de la sala, sin ocultar su interés particular en el asunto.
—Cómo desearía que se casaran de una vez y acabáramos con esto —dijo la condesa—, para no tener que oír ni una palabra más sobre ellos.
Todo lo cual Lady Dumbello oyó y comprendió; y en todo ello mostró cierto interés. Recordaba esas cosas, aprendiendo así quién era quién y regulando su conducta según lo aprendido. No estaba ociosa en absoluto, realizando una cantidad considerable de trabajo duro a su manera. Allí se había quedado callada, salvo cuando asentía con alguna palabra breve a los halagos de quienes la rodeaban. Entonces se abrió la puerta y, cuando entró el señor Palliser, levantó la cabeza y pudo vislumbrarse en sus facciones el más leve destello de satisfacción. Pero no hizo intento de hablarle; y cuando él, de pie junto a la mesa, cogió un libro y se quedó así durante un cuarto de hora, ella no mostró ni sintió impaciencia alguna. Después entró Lord Dumbello y se quedó junto a la mesa sin libro. Incluso entonces Lady Dumbello no sintió impaciencia.
Plantagenet Palliser hojeó su librito y probablemente aprendió algo. Cuando lo dejó, tomó una taza de té y comentó a Lady De Courcy que creía que solo había doce millas hasta Silverbridge. —Ojalá fueran ciento doce —dijo la condesa. —En ese caso me vería obligado a partir esta misma noche —dijo el señor Palliser. —Entonces ojalá fueran mil doce —dijo Lady De Courcy. —En ese caso no habría venido en absoluto —dijo el señor Palliser. No pretendía ser descortés; solo había expuesto un hecho. —Los jóvenes se están volviendo unos perfectos osos —le dijo la condesa a su hija Margaretta.
Llevaba en la sala casi una hora cuando finalmente se encontró de pie junto a Lady Dumbello: cerca de ella y sin ningún otro vecino muy próximo. —Apenas esperaba encontrarla aquí —dijo él. —Ni yo a usted —respondió ella. —Aunque, en realidad, ambos estamos cerca de nuestras casas. —Yo no estoy cerca de la mía. —Me refería a Plumstead; la finca de su padre. —Sí; esa fue mi casa una vez. —Ojalá pudiera enseñarle la finca de mi tío. El castillo es muy hermoso y tiene algunos cuadros buenos. —Eso he oído. —¿Se queda aquí mucho tiempo? —Oh, no. Me voy a Cheshire pasado mañana. Lord Dumbello siempre está allí cuando empieza la temporada de caza. —Ah, sí; claro. Qué tipo tan afortunado es; ¡nunca tiene trabajo que hacer! Sus electores no le molestan nunca, supongo. —No creo que lo hagan mucho.
Después de eso, el señor Palliser se alejó de nuevo y Lady Dumbello pasó el resto de la velada en silencio. Es de esperar que ambos se sintieran recompensados por esos diez minutos de trato empático por la incomodidad de haber venido al Castillo de Courcy.
Pero lo que a nosotros nos parece tan inocente fue visto bajo una luz diferente por los severos moralistas de aquella casa. —¡Vaya! —dijo el honorable George a su primo, el señor Gresham—, me pregunto qué le parecerá esto a Dumbello. —A mí me parece que Dumbello se lo toma con mucha calma. —Hay hombres que se toman cualquier cosa con calma —dijo George, quien, desde su propio matrimonio, había aprendido a tener un horror sagrado por esas cosas tan pecaminosas.
—Está empezando a soltarse un poco —le dijo Lady Clandidlem a Lady De Courcy, cuando las dos ancianas se encontraron a solas ante el fuego en un cuartito del fondo—. Ya sabe, las aguas mansas son las más profundas. —No me extrañaría nada que se fugara con él —dijo Lady De Courcy. —Él nunca será tan tonto —dijo Lady Clandidlem. —Creo que los hombres son capaces de ser lo bastante tontos para cualquier cosa —dijo Lady De Courcy—. Pero, claro, si lo hiciera, después no quedaría en nada. Conozco a uno que no lo lamentaría. Si alguna vez un hombre se ha cansado de una mujer, Lord Dumbello está cansado de ella.
Pero en esto, como en casi todo lo demás, la malvada anciana hablaba por hablar. Lord Dumbello seguía orgulloso de su mujer y la quería tanto como puede un hombre querer a una mujer cuando ese cariño depende puramente del orgullo.
No había habido mucho peligro en la conversación entre el señor Palliser y Lady Dumbello, pero no puedo decir lo mismo de la que mantenían en ese mismo momento Crosbie y Lady Alexandrina. Ella, como he dicho, se había marchado casi con indignación manifiesta cuando Lady Julia retomó su ataque sobre la pobre Lily, y no volvió al círculo general en toda la velada. Había dos grandes salones en el Castillo de Courcy, unidos por una habitación estrecha que podría haberse llamado pasillo si no hubiera estado iluminada por dos ventanales que llegaban hasta el suelo, alfombrada como los salones y caldeada con su propia chimenea. Allí se refugió ella, y pronto la siguió su hermana casada, Amelia.
—Esa mujer casi me vuelve loca —dijo Alexandrina, mientras ambas estaban de pie con las puntas de los zapatos apoyadas en el guardafuego. —Pero, querida, tú eres la última persona que debería dejarse volver loca por un tema así. —Eso está muy bien, Amelia. —La cuestión es esta, hermana: ¿qué piensa hacer el señor Crosbie? —¿Y yo qué voy a saber? —Si no lo sabes, lo más seguro es suponer que se va a casar con esa chica; y en ese caso... —Bueno, ¿qué pasa en ese caso? ¿Vas a convertirte en otra Lady Julia? ¿Qué me importa a mí la chica? —No supongo que te importe mucho la chica; y si te importa tan poco el señor Crosbie, ahí se acaba la historia; solo que en ese caso, Alexandrina... —¿Qué, en ese caso? —Sabes que no quiero darte sermones. ¿No puedes decirme de una vez si realmente te gusta? Tú y yo siempre hemos sido buenas amigas. —Y la hermana casada pasó el brazo afectuosamente por la cintura de la que deseaba estarlo. —Me gusta bastante. —¿Y se te ha declarado? —En cierto modo, lo ha hecho. ¡Calla, aquí viene! —Y Crosbie, entrando desde el salón grande, se unió a las hermanas junto a la chimenea.
—Nos ha ahuyentado el cotorreo de Lady Julia —dijo la mayor. —Nunca he conocido a una mujer igual —dijo Crosbie. —No puede haber muchas como ella —añadió Alexandrina.
Después de eso, todos permanecieron en silencio un minuto o dos. Lady Amelia Gazebee estaba sopesando si sería conveniente marcharse y dejar a los dos solos. Si la intención era que el señor Crosbie se casara con su hermana, ciertamente sería bueno darle la oportunidad de expresar tal deseo por iniciativa propia. Pero si Alexandrina simplemente estaba haciendo el tonto, entonces mejor sería quedarse. «Supongo que ella preferirá que me vaya», se dijo la hermana mayor; y entonces, obedeciendo a esa regla de cortesía que debería guiar nuestros actos, regresó con el resto de los invitados.
—¿Quieres que pasemos al otro salón? —dijo Crosbie. —Creo que estamos muy bien aquí —replicó Alexandrina. —Pero deseo hablarte... de algo particular. —¿Y no puedes hablar aquí? —No. Estarán pasando de un lado a otro.
Lady Alexandrina no dijo nada más, pero le precedió hacia el otro salón grande. Aquel también estaba iluminado y en él se encontraban cuatro o cinco personas. Lady Rosina leía una obra sobre el Milenio, con una lámpara para ella sola en un rincón. Su hermano John dormía en un sillón, y un joven y una dama jugaban al ajedrez. Había, no obstante, espacio de sobra para que Crosbie y Alexandrina se situaran aparte.
—Y bien, señor Crosbie, ¿qué tiene que decirme? Pero antes, pienso repetir la pregunta de Lady Julia, tal como le dije que haría. ¿Cuándo tuvo noticias por última vez de la señorita Dale? —Es cruel por tu parte hacerme esa pregunta después de lo que ya te he dicho. Sabes que le he dado a la señorita Dale una promesa de matrimonio. —Muy bien, señor. No veo por qué me trae aquí para decirme algo que es de dominio público. Con una heralda como Lady Julia era totalmente innecesario. —Si solo vas a responderme en ese tono, pondré fin a esto ahora mismo. Cuando te hablé de mi compromiso, te dije también que otra mujer poseía mi corazón. ¿Me equivoco al suponer que sabías a quién aludía? —En absoluto, señor Crosbie. No soy adivina, ni le he examinado con tanta lupa como su amiga Lady Julia. —Es a ti a quien amo. Estoy seguro de que apenas hace falta que lo diga ya. —Apenas, en efecto... considerando que está prometido con la señorita Dale. —Respecto a eso tengo que admitir, lógicamente, que me he comportado como un necio; peor que un necio, si quieres decirlo así. No puedes condenarme con más severidad de la que me condeno yo mismo. Pero he decidido una cosa: no me casaré donde no hay amor.
¡Oh, si Lily hubiera podido oírle hablar así!
—Me sería imposible hablar en términos demasiado elogiosos de la señorita Dale; pero estoy convencido de que no podría hacerla feliz como marido. —¿Por qué no pensó en eso antes de pedírselo? —dijo Alexandrina. Pero había muy poca condena en su tono. —Debí haberlo hecho; pero difícilmente puedes culparme tú con severidad. Si tú, cuando estuvimos juntos por última vez en Londres... si hubieras sido menos... —¿Menos qué? —Menos esquiva —dijo Crosbie—, quizá todo esto se habría evitado.
Lady Alexandrina no recordaba haber sido esquiva; pero, sea como fuere, lo dejó pasar. —Oh, sí; por supuesto, la culpa fue mía. —Fui a Allington con el corazón inquieto y ahora me he metido en este lío. Te lo cuento todo tal como ha sucedido. Es imposible que me case con la señorita Dale. Sería una maldad por mi parte hacerlo, viendo que mi corazón pertenece por completo a otra persona. Te he dicho quién es esa otra persona; y ahora, ¿puedo esperar una respuesta? —¿Una respuesta a qué? —Alexandrina, ¿quieres ser mi esposa?
Si su objetivo era llevarle a una declaración directa y a una propuesta de matrimonio, ciertamente lo había logrado. Y tenía tal confianza en su propia capacidad de gestión y en la de su madre, que no temía que, al aceptarle, corriera el riesgo de ser tratada como él estaba tratando a Lily Dale. Conocía su propia posición y la de él demasiado bien para eso. Si le aceptaba, se convertiría en su esposa a su debido tiempo, dijeran lo que dijeran la señorita Dale y todos sus amigos. En ese aspecto no tenía miedo. Pero, aun así, no le aceptó de inmediato. Aunque deseaba el premio, su naturaleza de mujer le impedía tomarlo en el mismo instante en que se lo ofrecían.
—¿Cuánto tiempo hace, señor Crosbie —dijo ella—, desde que le hizo la misma pregunta a la señorita Dale? —Te lo he contado todo, Alexandrina, tal como prometí. Si tu intención es castigarme por haber sido sincero... —Y podría hacerle otra pregunta: ¿cuánto tiempo pasará antes de que le haga la misma pregunta a alguna otra chica?
Él se dio la vuelta como para alejarse de ella indignado; pero cuando hubo recorrido la mitad del camino hacia la puerta, regresó. —¡Por Dios! —dijo, y habló de forma algo brusca—, quiero una respuesta. Tú, al menos, no tienes nada que reprocharme. Todo lo que he hecho mal, lo he hecho por ti o por causa tuya. Has oído mi propuesta. ¿Piensas aceptarla? —Declaro que me asusta. Si me exigiera la bolsa o la vida, no podría ser más imperioso. —Ciertamente, no más firme en mi determinación. —¿Y si declinara el honor? —Pensaría que eres la más voluble de tu sexo. —¿Y si lo aceptara? —Juraría que eres la mejor, la más querida y la más dulce de las mujeres. —Prefiero tener su buena opinión a la mala, ciertamente —dijo Lady Alexandrina.
Y entonces ambos dieron por sentado que el asunto estaba resuelto. Siempre que en el futuro tuviera que hablar de Lily, la llamaría «esa pobre señorita Dale»; pero nunca volvió a dirigirle ni una palabra de reproche a su futuro señor sobre aquella pequeña aventura. —Se lo diré a mamá esta noche —le dijo ella al darle las buenas noches en algún rincón apartado al que se habían retirado.
Los ojos de Lady Julia volvieron a posarse en ellos cuando salieron de aquel rincón, pero a Alexandrina ya no le importaba Lady Julia.
—George, no acabo de entender lo de ese señor Palliser. ¿No va a ser duque? ¿No debería ser "lord" ya? —Esta pregunta se la hizo la señora George De Courcy a su marido cuando se encontraron en la intimidad del tálamo nupcial. —Sí; será Duque de Omnium cuando el viejo estire la pata. Creo que es uno de los tipos más sosos que he conocido. Pero cuidará de maravilla de las propiedades, eso sí. —Pero, George, explícamelo. Es muy feo no entenderlo, y me da miedo abrir la boca por si meto la pata. —Pues mantén la boca cerrada, querida. Ya aprenderás esas cosas con el tiempo, y nadie se fija si no dices nada. —Ya, pero George... no me gusta estar sentada en silencio toda la noche. Preferiría estar aquí arriba con una novela si no puedo hablar de nada. —Mira a Lady Dumbello. No necesita estar hablando siempre. —Lady Dumbello es muy diferente a mí. Pero dime, ¿quién es el señor Palliser? —Es el sobrino del duque. Si fuera hijo del duque, sería Marqués de Silverbridge. —¿Y será un simple "señor" hasta que su tío muera? —Sí, un simple "míster". —Qué lástima para él. Pero, George... si tengo un bebé, y si fuera niño, y si... —¡Oh, tonterías! Ya habrá tiempo de hablar de eso cuando nazca. Me voy a dormir.
Capítulo 24
Una suegra y un suegro
A la mañana siguiente, el señor Plantagenet Palliser partió en su misión política antes del desayuno; o bien eso, o bien se le proporcionó algún consuelo privado en forma de bollos y café en solitario. El desayuno público en el Castillo de Courcy se celebraba a las once, y a esa hora el señor Palliser ya estaba reunido a puerta cerrada con el alcalde de Silverbridge.
—Debo marcharme en el tren de las 3:45 —dijo el señor Palliser—. ¿Quién habla después de mí? —Bueno, yo diré unas palabras; y Growdy... él esperará que le escuchen. Growdy siempre se ha mantenido muy firme al lado de su gracia, señor Palliser. —Asegúrese de que estemos en la sala a la una en punto. Y tenga preparado en el patio un coche de punto para que pueda salir pitando hacia la estación. No me iré ni un momento antes de lo necesario. Yo mismo hablaré justo una hora y media. No, gracias, nunca tomo vino por la mañana.
Y cabe decir que el señor Palliser, efectivamente, se marchó en el tren de las 3:45, dejando al señor Growdy todavía hablando en la tribuna. A los electores hay que tratarlos con respeto; pero el tiempo escasea tanto hoy en día que ese respeto ha de medirse por cuartos de hora con parsimoniosa cautela.
Mientras tanto, en el Castillo de Courcy se disfrutaba de más ocio. Ni la condesa ni Lady Alexandrina bajaron a desayunar, pero su ausencia no provocó ningún comentario especial. El desayuno en el castillo era una comida matinal en la que la gente se dejaba ver, o no, según le pluguiera. Lady Julia estaba allí con aspecto muy sombrío, y Crosbie se sentó junto a su futura cuñada Margaretta, quien ya se comportaba con él con gran afecto. Mientras él terminaba su té, ella le susurró al oído: «Señor Crosbie, si pudiera dedicar media hora, a mamá le gustaría mucho verle en sus habitaciones». Crosbie declaró que estaría encantado de acudir y, a decir verdad, sintió cierta gratitud al ser acogido como yerno en la casa. Y, sin embargo, también sintió que le estaban atrapando, y que al ascender a los dominios privados de la condesa estaría poniendo el sello a su propio cautiverio.
No obstante, acudió con rostro sonriente y paso ligero, con Lady Margaretta abriéndole camino. —Mamá —dijo ella—; te traigo al señor Crosbie. No sabía que estabas aquí, Alexandrina, o le habría advertido.
La condesa y su hija menor habían estado desayunando juntas en el cuarto de estar de la mayor, y ahora se encontraban sentadas en un desaliño muy elegante y cuidado. Las tazas en las que habían bebido eran de una porcelana exquisita; la tetera y la lechera, de plata labrada e igualmente delicadas. Los restos de comida consistían en trocitos de pan francés que ni siquiera se habían permitido desmigarse de forma desordenada, e infinitesimales porciones de mantequilla. Si la comida matinal de las dos damas había sido tan insustancial como indicaba la apariencia de los restos, cabía suponer que pensaban almorzar temprano. La condesa vestía una elaborada bata de mañana de seda estampada, pero la sencilla Alexandrina llevaba un peinador de muselina blanca lisa, sujeto con cintas rosas. Su cabello, que solía llevar en largos rulos, colgaba ahora suelto sobre sus hombros, lo que ciertamente añadía algo a su arsenal de encantos femeninos. La condesa se levantó al entrar Crosbie y le saludó con la mano abierta; pero Alexandrina permaneció en su asiento y se limitó a dedicarle un pequeño cabeceo de bienvenida. —Debo bajar de nuevo —dijo Margaretta—, o dejaré a Amelia con todos los cuidados de la casa sobre sus hombros.
—Alexandrina me lo ha contado todo —dijo la condesa con su sonrisa más dulce—; y le he dado mi aprobación. Realmente creo que encajaréis muy bien el uno con el otro. —Le estoy muy agradecido —dijo Crosbie—. De lo que estoy seguro, en cualquier caso, es de que ella me encajará a mí perfectamente. —Sí; creo que sí. Es una chica buena y sensata. —¡Quita, mamá! Por favor, no sigas con ese tono de santurrona. —Lo eres, querida. Si no lo fueras, no te convendría hacer lo que vas a hacer. Si fueras una casquivana y una alocada, entregada al rango y la riqueza y esas cosas, no te convendría casarte con un plebeyo sin fortuna. Estoy segura de que el señor Crosbie me disculpará por decir tanto. —Por supuesto, sé que no tenía derecho a aspirar a tanto —dijo Crosbie. —Bueno; no hablemos más de ello —dijo la condesa. —Por favor, no lo hagáis —dijo Alexandrina—. Suena a sermón. —Siéntese, señor Crosbie —dijo la condesa—, y tengamos una pequeña charla. Ella se sentará a su lado, si usted quiere. ¡Tonterías, Alexandrina... si él lo pide! —No, mamá; pienso quedarme donde estoy. —Muy bien, querida; entonces quédate donde estás. Es una chica testaruda, señor Crosbie; ya lo verá cuando sepa que me ha contado todo lo que usted le dijo anoche.
Al oír esto, él cambió un poco de color, pero no dijo nada. —Me ha contado —continuó la condesa— lo de esa joven de Allington. Palabra, me temo que ha sido usted muy travieso. —He sido un necio, Lady De Courcy. —Desde luego; no pretendía sugerir nada peor. Sí, ha sido un necio; divirtiéndose de forma irreflexiva, ya sabe, y quizá un poco picado porque cierta dama no se dejaba ganar tan fácilmente como su alteza real deseaba. Bueno, ahora todo eso debe arreglarse, ya sabe, lo antes posible. No quiero hacer preguntas indiscretas; pero si la joven realmente se ha quedado con la idea de que usted pretendía algo, ¿no cree que debería sacarla de su error de inmediato? —Por supuesto que lo hará, mamá. —Por supuesto que lo harás; y será un gran consuelo para Alexandrina saber que el asunto está zanjado. Ya oye lo que Lady Julia va diciendo casi a cada hora. Ahora bien, por supuesto a Alexandrina no le importa lo que una solterona como Lady Julia pueda decir; pero será mejor para todas las partes que se ponga fin al rumor. Si el conde llegara a oírlo, podría, ya sabe... —Y la condesa sacudió la cabeza, pensando que así indicaba mejor lo que el conde podría hacer si se le metiera en la cabeza hacer algo.
Crosbie no pudo obligarse a mantener un trato muy confidencial con la condesa sobre Lily; pero murmuró la seguridad de que, como era lógico, comunicaría la verdad a la señorita Dale con la menor demora posible. No pudo decir exactamente cuándo escribiría, ni si lo haría a ella o a su madre; pero el asunto se haría inmediatamente después de su regreso a la ciudad. —Si eso facilita las cosas, yo misma escribiré a la señora Dale —dijo la condesa. Pero a este plan el señor Crosbie se opuso con total firmeza.
Y luego se dijeron unas palabras sobre el conde. —Se lo diré esta tarde —dijo la condesa—; y así podrá verle mañana por la mañana. No supongo que diga gran cosa, ya sabe; y quizá piense —no le importará que lo diga, estoy segura— que Alexandrina podría haber aspirado a más. Pero no creo que ponga ninguna objeción seria. Habrá algo sobre las capitulaciones y ese tipo de cosas, por supuesto.
Entonces la condesa se marchó y Alexandrina se quedó con su amante durante media hora. Cuando terminó la media hora, él sintió que habría dado todo lo que poseía en el mundo por recuperar las últimas veinticuatro horas de su existencia. Pero no tenía esperanza. Plantar a Lily Dale estaba, sin duda, en su mano; pero sabía que no podía plantar a Lady Alexandrina De Courcy.
A la mañana siguiente, a las doce, tuvo su entrevista con el padre, y fue una entrevista muy desagradable. Le condujeron al cuarto del conde y encontró al gran aristócrata de pie sobre la alfombra, de espaldas al fuego y con las manos en los bolsillos del pantalón. —¿Conque pretende casarse con mi hija? —dijo—. No estoy muy bien, como ve; rara vez lo estoy.
Estas últimas palabras fueron la respuesta al saludo de Crosbie. Crosbie le había tendido la mano al conde, y se había salido con la suya hasta el punto de que el conde se vio obligado a sacar una de las suyas del bolsillo y dársela a su futuro yerno. —Si su señoría no tiene inconveniente. Tengo, en cualquier caso, el permiso de ella para pedir el suyo. —Creo que no tiene fortuna, ¿verdad? Ella no tiene nada; ¿supongo que lo sabe? —Tengo unas pocas miles de libras, y creo que ella tiene otro tanto. —Lo justo para comprar pan y que no os moráis de hambre los dos. A mí me da igual. Puede casarse con ella si quiere; pero, escuche, no quiero tonterías. He tenido a una vieja conmigo esta mañana —una de esas que están aquí en la casa— contándome una historia sobre otra chica a la que ha dejado usted en ridículo. No me importa cuánto haya hecho de eso, siempre que no lo haga aquí. Pero... si me gasta una broma de ese tipo a mí, verá que ha cometido un error.
Crosbie apenas respondió nada a esto y salió de la habitación lo más rápido que pudo. —Será mejor que hable con Gazebee sobre esa miseria de dinero que tiene —dijo el conde. Luego borró el asunto de su mente y, sin duda, imaginó que había cumplido plenamente con su deber de padre.
Al día siguiente, Crosbie debía marcharse. En la última tarde, poco antes de la cena, fue interceptado por Lady Julia, que había pasado el día preparando trampas para cazarle. —Señor Crosbie —dijo ella—, permítame una palabra. ¿Es esto cierto? —Lady Julia —dijo él—, realmente no sé por qué debe usted inquirir en mis asuntos privados. —Sí, señor, sí que lo sabe; lo sabe muy bien. Esa pobre joven que no tiene padre ni hermano es mi vecina, y sus amigos son mis amigos. Es amiga mía y, siendo yo una mujer vieja, tengo derecho a hablar por ella. Si esto es cierto, señor Crosbie, se está portando usted como un canalla. —Lady Julia, realmente debo declinar discutir este asunto con usted. —Le diré a todo el mundo que es usted un canalla; lo haré, de verdad... un canalla y un pobre tonto débil y necio. Ella era demasiado buena para usted; eso es lo que era.
Crosbie, mientras Lady Julia le dirigía estas últimas palabras, subió las escaleras a toda prisa para alejarse de ella, pero su señoría, desde el rellano, habló en voz alta para que su enemigo en retirada no se perdiera ni una palabra. —Definitivamente tenemos que librarnos de esa mujer —dijo la condesa a Margaretta, tras haberlo oído todo—. Está alborotando la casa y poniéndose en evidencia cada día. —Ha ido a ver a papá esta mañana, mamá. —No ha sacado mucho con ese movimiento —dijo la condesa.
A la mañana siguiente, Crosbie regresó a la ciudad, pero justo antes de dejar el castillo recibió una tercera carta de Lily Dale. «Me ha decepcionado un poco no tener noticias esta mañana —decía Lily—, pues pensaba que el cartero me traería una carta. Pero sé que serás un chico más bueno cuando vuelvas a Londres y no te reñiré. ¡Reñirte! No; nunca te reñiré, ni aunque no sepa de ti en un mes».
Él habría dado todo lo que tenía en el mundo, triplicado, si hubiera podido borrar aquella visita al Castillo de Courcy de los hechos pasados de su existencia.
Capítulo 25
Adolphus Crosbie pasa una velada en su club
Crosbie, mientras le llevaban del castillo a la estación más cercana en un dogcart alquilado en el hotel, no podía evitar pensar en aquella otra mañana, de la que no hacía aún ni quince días, en la que había dejado Allington; y al recordarlo, supo que era un canalla. Esa mañana, Alexandrina no había salido de la casa para vigilar su partida y captar la última mirada de su figura alejándose. Como no se había marchado muy temprano, ella se había sentado con él a la mesa del desayuno; pero otros también estaban allí, y cuando él se levantó para irse, ella no hizo más que sonreír suavemente y darle la mano. Ya se había acordado que pasaría la Navidad en Courcy, del mismo modo que antes se había acordado que la pasaría en Allington.
Lady Amelia era, de toda la familia, la más afectuosa con él, y quizás de todos ellos era la única cuyo afecto valía algo. No era una mujer dotada de una gran elevación mental ni de sentimientos muy nobles. Había empezado la vida confiándolo todo a la nobleza de su sangre y declarando con cierta arrogancia ante sus amigos que el rango de su padre y el linaje de su madre le imponían el deber de mantenerse fiel a su propia clase. No obstante, a los treinta y tres años se había casado con el apoderado de su padre, en circunstancias que no le hacían mucho honor. Pero había cumplido con su deber en su nueva esfera con cierta constancia y un propósito firme; y ahora que su hermana iba a casarse, como ella, con un hombre muy inferior en posición social, estaba dispuesta a cumplir con su deber como hermana y cuñada.
—Estaremos en la ciudad en noviembre y, por supuesto, vendrás a vernos enseguida. Albert Villa, ya sabes, en Hamilton Terrace, St. John’s Wood. Cenamos a las siete, y los domingos a las dos; siempre encontrarás un sitio. No dejes de venir y siéntete como en casa. Espero de corazón que Mortimer y tú os llevéis bien.
—Seguro que sí —dijo Crosbie. Pero él había albergado esperanzas más altas al emparentar con esta noble familia que la de intimar con Mortimer Gazebee. Cuáles eran esas esperanzas apenas podía definirlas ahora que se encontraba tan cerca de verlas cumplidas. Lady De Courcy, ciertamente, le había prometido escribir a su primo carnal, que era subsecretario de Estado para la India, en relación con aquella secretaría en la Oficina del Comité General; pero Crosbie, al sopesar el beneficio que esto podría reportarle, se inclinaba a pensar que sus posibilidades de obtener el ascenso serían igual de buenas con o sin la influencia del subsecretario. Ahora que pertenecía, por así decirlo, a esta noble familia, apenas distinguía cuáles eran las ventajas que había esperado de esta alianza. Se había dicho a sí mismo que sería mucho tener a una condesa por suegra; pero ahora, incluso antes de recoger la cosecha que tanto ansiaba, empezaba a decirse que aquello no valía la pena.
Sentado en el tren con un periódico en la mano, continuaba reconociéndose que era un canalla. Lady Julia le había dicho la verdad en las escaleras de Courcy, y él se lo confesaba a sí mismo una y otra vez. Pero lo que más le enfurecía era esto: que había sido un canalla sin ganar nada con su villanía; que había sido un canalla y que iba a perder muchísimo por serlo. Comparaba a Lily con Alexandrina y se reconocía, una y otra vez, que Lily sería la mejor esposa que un hombre pudiera estrechar contra su pecho. En cuanto a Alexandrina, conocía la superficialidad de su carácter. Se mantendría a su lado, sin duda; y de una manera indirecta, descontenta e infeliz, probablemente cumpliría con sus deberes de esposa y madre. Sería casi otra Lady Amelia Gazebee. ¿Pero era ese un premio lo bastante rico como para sentirse satisfecho con su propia proeza y habilidad al ganarlo? ¿Y era ese un premio lo bastante rico como para justificarse ante sí mismo por su terrible villanía? A Lily Dale la había amado; y ahora se aseguraba a sí mismo que podría haber seguido amándola toda su vida. Pero, ¿qué podía amar un hombre en Alexandrina De Courcy?
Mientras decidía, durante sus primeros cuatro o cinco días en el castillo, que mandaría a paseo a Lily Dale, se las había ingeniado para acallar su conciencia con alusiones internas a diversos héroes de romance. Había pensado en Lotario, Don Juan y Lovelace; y se había dicho que el mundo siempre había estado lleno de tales héroes. Y el mundo, además, los había tratado bien; no castigándolos como canallas, sino acariciándolos más bien y llamándolos "galanes consentidos". ¿Por qué no iba a ser él un galán consentido como cualquier otro? Las damas siempre habían sido aficionadas al carácter de Don Juan, y Don Juan solía ser popular también entre los hombres. Y luego se citaba a sí mismo una docena de Lotarios modernos: hombres que mantenían la cabeza bien alta, aunque se sabía que habían engañado a esta dama y llevado a aquella otra a las puertas de la muerte, o quizá incluso a la muerte misma. La guerra y el amor se parecían, y el mundo estaba dispuesto a perdonar cualquier artimaña a los combatientes de ambos bandos.
Pero ahora que había cometido el acto, se veía obligado a mirarlo desde un punto de vista totalmente distinto. De repente, el personaje de Lotario se le presentó bajo una luz diferente, una bajo la cual no le agradaba reconocerse. Empezaba a sentir que le sería casi imposible escribir esa carta a Lily, esa carta que era absolutamente necesario escribir. Se encontraba en una situación en la que su mente casi se inclinaba hacia pensamientos de autodestrucción como único medio de escape. Hace quince días era un hombre feliz, con todo lo que un hombre puede desear por delante; y ahora... ¡ahora que era el yerno aceptado de un conde y esperaba confiado un alto ascenso, era el miserable más degradado y desdichado del mundo!
Se cambió de ropa en su alojamiento de Mount Street y bajó a cenar a su club. Esa noche, al menos, no podía hacer nada. Su carta a Allington debía ser escrita de inmediato, sin duda; pero como no podía enviarla antes del correo de la noche siguiente, no estaba obligado a ponerse con ella esa velada. Mientras caminaba por Piccadilly hacia St. James’s Square, se le ocurrió que quizá sería bueno escribir unas breves líneas a Lily, sin decirle nada de la verdad; una nota escrita como si su compromiso con ella siguiera intacto, pero escrita con cuidado, sin mencionar dicho compromiso, para ganar algo de tiempo. Luego pensó en telegrafiar a Bernard y contárselo todo. Bernard, por supuesto, estaría dispuesto a vengar a su prima de alguna manera, pero por tal venganza Crosbie sentía que le importaría poco. Lady Julia le había dicho que Lily no tenía padre ni hermano, acusándole así de la más baja cobardía. «Ojalá tuviera una docena de hermanos», se dijo. Pero apenas sabía por qué expresaba tal deseo.
Regresó a Londres el último día de octubre y encontró las calles del West End casi desiertas. Pensó, por tanto, que estaría solo en su club, pero al entrar en el comedor vio a uno de sus amigos más viejos e íntimos de pie ante el fuego. Fowler Pratt era el hombre que le había introducido en Sebright’s y quien le había dado casi su primer empujón en su exitosa carrera. Desde entonces, él y su amigo Fowler Pratt habían vivido en estrecha comunión, aunque Pratt siempre había mantenido cierta ascendencia en su amistad. Era unos años mayor que Crosbie y, en verdad, un hombre de mejores dotes. Pero era menos ambicioso, deseaba menos brillar en el mundo y era mucho menos popular entre los hombres en general. Poseía una modesta fortuna privada con la que vivía de forma tranquila y sencilla; estaba soltero y era poco probable que se casara, siendo un hombre inofensivo, inútil y prudente. Durante los primeros años de Crosbie en Londres, había pasado mucho tiempo con su amigo Pratt y se había acostumbrado a depender mucho de sus consejos; pero últimamente, desde que él mismo se había vuelto alguien notable, encontraba más placer en la sociedad de hombres como Dale, que no eran sus superiores ni en edad ni en sabiduría. Pero no había habido ningún enfriamiento entre él y Pratt, y ahora se saludaron con perfecta cordialidad.
—Pensaba que estabas en Barsetshire —dijo Pratt. —Y yo que tú estabas en Suiza. —He estado en Suiza —dijo Pratt. —Y yo en Barsetshire —dijo Crosbie. Y pidieron la cena juntos.
—¿Conque te vas a casar? —dijo Pratt cuando el camarero se hubo llevado el queso. —¿Quién te ha dicho eso? —Bueno, ¿pero es cierto? No importa quién me lo haya dicho, si me han dicho la verdad. —¿Y si no fuera verdad? —Llevo oyéndolo el último mes —dijo Pratt—, y se ha hablado de ello como algo seguro; y es verdad, ¿no? —Creo que lo es —dijo Crosbie, lentamente.
—Pero, ¿qué demonios te pasa para hablar de ello de esa manera? ¿Debo felicitarte o no? La dama, según me han dicho, es prima de Dale.
Crosbie había girado su silla de la mesa hacia el fuego y no respondió nada a esto. Se quedó con su copa de jerez en la mano, mirando las brasas y pensando si no sería bueno contarle toda la historia a Pratt. Nadie podría darle mejor consejo; y nadie, por lo que conocía a su amigo, se escandalizaría menos al oír semejante relato. Pratt no tenía romanticismo respecto a las mujeres y nunca había presumido de sentimientos muy elevados.
—Sube al cuarto de fumadores y te lo contaré todo —dijo Crosbie. Se fueron juntos y, como el cuarto de fumadores estaba vacío, Crosbie pudo contar su historia.
Le resultó muy difícil de contar; mucho más de lo que había imaginado de antemano. «Me he metido en un lío terrible», empezó diciendo. Luego contó cómo se había enamorado de repente de Lily, qué temerario e imprudente había sido, lo encantadora que era ella —«infinitamente demasiado buena para un hombre como yo», dijo—; cómo ella le había aceptado y cómo luego él se había arrepentido. «Debería haberte dicho antes —añadió entonces— que ya estaba medio comprometido con Lady Alexandrina De Courcy». El lector, sin embargo, comprenderá que este "medio compromiso" era una invención.
—¿Y ahora quieres decir que estás totalmente comprometido con ella? —Exactamente. —¿Y que hay que decirle a la señorita Dale que, pensándolo mejor, has cambiado de opinión? —Sé que me he portado muy mal —dijo Crosbie. —Desde luego que sí —asintió su amigo. —Es uno de esos líos en los que un hombre se ve envuelto casi antes de saber dónde está. —Bueno, yo no puedo verlo exactamente así. Un hombre puede tontear con una chica, y puedo entender que la decepcione y no se ofrezca a casarse con ella; aunque incluso ese tipo de cosas no son muy de mi gusto. Pero, ¡por Dios!, hacerle una propuesta de matrimonio a una chica así en septiembre, vivir un mes con su familia como su prometido, y luego marcharse tan fresco a otra casa en octubre y declararse a otra de mayor rango... —Sabes perfectamente que eso no ha tenido nada que ver. —Lo parece, y mucho. ¿Y cómo piensas comunicarle estas noticias a la señorita Dale? —No lo sé —dijo Crosbie, que empezaba a sentirse muy herido. —¿Y has decidido firmemente que te quedarás con la hija del conde?
La idea de plantar a Alexandrina en lugar de a Lily no se le había pasado todavía por la cabeza a Crosbie y, ahora que lo pensaba, no veía que fuera factible. —Sí —dijo—, me casaré con Lady Alexandrina; esto es, si no mando todo al cuerno y me corto el cuello de paso. —Si yo estuviera en tu pellejo, creo que mandaría todo al cuerno. No podría soportarlo. ¿Qué piensas decirle al tío de la señorita Dale? —Me importa un bledo el tío de la señorita Dale —dijo Crosbie—. Si entrara por esa puerta en este mismo instante, le contaría toda la historia sin...
Mientras hablaba, uno de los empleados del club abrió la puerta del cuarto de fumadores y, al ver a Crosbie sentado en un sillón cerca del fuego, se acercó a él con la tarjeta de un caballero. Crosbie tomó la tarjeta y leyó el nombre: «Sr. Dale, Allington».
—El caballero está en la sala de espera —dijo el empleado.
Crosbie se quedó mudo por un momento. ¡Acababa de declarar que no sentiría ningún reparo personal en enfrentarse al señor Dale, y ahora aquel caballero estaba dentro de los muros del club, esperando para verle! —¿Quién es? —preguntó Pratt. Crosbie le tendió la tarjeta. Pratt soltó un silbido largo. —¿Le ha dicho al caballero que yo estaba aquí? —preguntó Crosbie. —Le he dicho que creía que estaba usted arriba, señor. —Está bien —dijo Pratt—. El caballero no tendrá inconveniente en esperar un minuto. —El empleado salió de la habitación—. Ahora, Crosbie, tienes que decidirte. Para una de estas mujeres y todos sus amigos, siempre serás un canalla, y ellos, por supuesto, buscarán la forma de castigarte con el castigo que tengan a mano. Ahora debes elegir quién será la víctima.
En el fondo, el hombre era un cobarde. La idea de que aún podía, en este preciso instante, encontrarse con el viejo terrateniente en términos cordiales —o al menos no desafiantes— abogaba con más fuerza a favor de Lily que cualquier otro argumento desde que Crosbie decidió abandonarla por primera vez. No temía el maltrato físico; no le asustaba que le patearan o le pegaran; pero no se atrevía a enfrentarse a la justa cólera de aquel hombre indignado.
—Si yo fuera tú —dijo Pratt—, no bajaría a ver a ese hombre ahora mismo por nada del mundo. —¿Pero qué puedo hacer? —Escabullirte del club. Aunque si haces eso, me parece que tendrás que pasarte el resto de tu vida escabulléndote. —Pratt, debo decir que esperaba algo más parecido a la amistad por tu parte. —¿Qué puedo hacer por ti? Hay situaciones en las que es imposible ayudar a un hombre. Te digo claramente que te has portado muy mal. No veo cómo puedo ayudarte. —¿Le verías tú? —Desde luego que no, si esperas que me ponga de tu parte. —Ponte de la parte que quieras, pero dile la verdad. —¿Y cuál es la verdad? —Que ya estaba medio comprometido con la otra antes; y que luego, al pensarlo bien, supe que no era digno de casarme con la señorita Dale. Sé que me he portado mal, Pratt; pero miles de hombres han hecho lo mismo antes. —Solo puedo decir que no he tenido la desgracia de contar a ninguno de esos miles entre mis amigos. —¿Quieres decirme, entonces, que vas a darme la espalda? —preguntó Crosbie. —No he dicho nada parecido. Desde luego, no voy a encargarme de defenderte, porque no veo que tu conducta admita defensa alguna. Veré a ese caballero si lo deseas, y le diré cualquier cosa que quieras que le diga.
En ese momento regresó el empleado con una nota para Crosbie. El señor Dale había pedido papel y sobre, y le enviaba el siguiente mensaje: «¿Piensa bajar a verme? Sé que está en el edificio». —Por el amor de Dios, ve tú —dijo Crosbie—. Él sabe bien que me engañaron con lo de su sobrina, que pensé que él le daría alguna dote. Lo sabe todo, y que cuando supe por él mismo que ella no tendría nada... —Palabra, Crosbie, desearía que pudieras encontrar a otro mensajero. —¡Ah, no lo entiendes! —dijo Crosbie en su agonía—. Crees que me estoy inventando ahora este pretexto de la dote. No es así. Él lo entenderá. Ya hablamos de todo esto antes y él supo lo terriblemente decepcionado que me sentí. ¿Te espero aquí o vas a mi alojamiento? O iré al Beaufort y te esperaré allí.
Finalmente se acordó que él se marcharía del club y esperaría en el otro a que Pratt le informara de la entrevista. —Baja tú primero —dijo Crosbie. —Sí, será mejor —dijo Pratt—. De lo contrario, podrían verte. El señor Dale no te quitaría el ojo de encima y habría un escándalo en el club.
Había una sonrisa de sarcasmo en el rostro de Pratt mientras hablaba que enfureció a Crosbie incluso en su miseria, y le hizo desear decirle a su amigo que no le molestaría con esa misión, que él mismo gestionaría sus asuntos; pero estaba debilitado y humillado mentalmente por la conciencia de su propia bajeza, y ya había perdido el poder de autoafirmarse y de mantener su ascendencia. Empezaba a reconocer el hecho de que había hecho algo por lo que debía aguantar que le patearan, moral si no materialmente; y que ya no le era posible mantener la cabeza alta sin sentir vergüenza.
Pratt tomó la nota del señor Dale en su mano y bajó a la sala de visitas. Allí encontró al terrateniente de pie, de modo que podía ver a través de la puerta abierta hacia el pie de la escalera por la que Crosbie debía bajar antes de poder salir del club. Como medida de precaución, el embajador cerró la puerta; luego hizo una inclinación al señor Dale y le pidió que tomara asiento. —Quería ver al señor Crosbie —dijo el terrateniente. —Tengo en mi mano su nota para ese caballero —dijo Pratt—. Él ha pensado que era mejor que tuviera usted esta entrevista conmigo; y dadas las circunstancias, quizá sea lo mejor. —¿Es tan cobarde que no se atreve a verme? —Hay acciones, señor Dale, que hacen cobarde a cualquier hombre. Mi amigo Crosbie es, supongo, bastante valiente en el sentido ordinario de la palabra, pero le ha ofendido a usted. —¿Entonces es todo verdad? —Sí, señor Dale; me temo que es todo verdad. —¡Y a ese hombre lo llama usted su amigo! Señor... no sé cuál es su nombre. —Pratt; Fowler Pratt. Conozco a Crosbie desde hace catorce años, desde que era un muchacho; y no es mi costumbre, señor Dale, abandonar a un viejo amigo bajo ninguna circunstancia. —Ni aunque cometiera un asesinato. —No; ni aunque cometiera un asesinato. —Si lo que he oído es cierto, este hombre es peor que un asesino. —Por supuesto, señor Dale, no puedo saber lo que ha oído usted. Creo que el señor Crosbie se ha portado muy mal con su sobrina, la señorita Dale; creo que estaba comprometido para casarse con ella o que, al menos, se había hecho tal propuesta. —¡Propuesta! Pero, señor, era algo tan completamente asumido que todo el mundo en el condado lo sabía. Estaba tan positivamente fijado que no era un secreto. Bajo mi palabra, señor Pratt, todavía no puedo entenderlo. Si recuerdo bien, no hace ni quince días que dejó mi casa en Allington; ni quince días. Y esa pobre chica estaba con él la mañana de su partida como su prometida. ¡Ni quince días! ¡Y ahora he recibido una carta de un viejo amigo de la familia diciéndome que se va a casar con una de las hijas de Lord De Courcy! Fui al instante a Courcy y descubrí que había partido hacia Londres. Ahora le he seguido hasta aquí; y usted me dice que es todo verdad. —Me temo que sí, señor Dale; es demasiado cierto. —No lo entiendo; de verdad que no. No puedo llegar a creer que el hombre que estaba sentado el otro día a mi mesa sea un canalla tan grande. ¿Es que lo planeaba todo el tiempo que estuvo allí? —No, ciertamente no. Lady Alexandrina De Courcy era, según creo, una vieja amiga suya con la que, tal vez, había tenido algún desacuerdo amoroso. Al ir él a Courcy se reconciliaron, y este es el resultado. —¿Y eso debe bastar para mi pobre niña? —Usted comprenderá, por supuesto, que no estoy defendiendo al señor Crosbie. Todo el asunto es muy triste, muy triste de verdad. Solo puedo decir, en su excusa, que no es el primero que se porta mal con una dama. —¿Y ese es su mensaje para mí? ¿Y eso es lo que tengo que decirle a mi sobrina?: «Has sido engañada por un canalla. ¿Pero qué importa? ¡No eres la primera!». Señor Pratt, le doy mi palabra de caballero de que no lo entiendo. He vivido bastante apartado del mundo y, por lo tanto, quizá estoy más asombrado de lo que debería. —Señor Dale, lo siento por usted... —¡Sentirlo por mí! ¿Qué va a ser de mi niña? ¿Y supone usted que dejaré que ese otro matrimonio siga adelante; que no les diré a los De Courcy, y al mundo entero, qué clase de hombre es este; que no iré a por él para castigarle? ¿Cree él que voy a aguantar esto? —No sé lo que piensa él; solo debo rogarle que no me mezcle a mí en el asunto como si fuera partícipe de su falta. —¿Le dirá de mi parte que deseo verle? —No creo que eso sirviera de nada. —No importa, señor; usted me ha traído su mensaje, ¿tendría la bondad ahora de llevarle el mío? —¿Se refiere a ahora mismo... esta tarde... ya? —Sí, ahora mismo; esta tarde; ya; este minuto. —Ah, ha dejado el club; ya no está aquí; se fue cuando yo vine a verle a usted. —Entonces es un cobarde además de un canalla.
Ante tal afirmación, el señor Fowler Pratt se limitó a encogerse de hombros. —Es un cobarde además de un canalla. ¿Tendría la amabilidad de decirle a su amigo de mi parte que es un cobarde, un canalla y un mentiroso, señor? —Si es así, la señorita Dale sale bien librada de su compromiso. —¿Ese es su consuelo? Eso puede estar muy bien hoy en día; pero cuando yo era joven, antes me habría arrancado la lengua que hablar de esa manera sobre un tema así. De verdad se lo digo. Buenas noches, señor Pratt. Haga entender a su amigo, se lo ruego, que aún no ha visto lo último de los Dale; aunque, como usted insinúa, las damas de esa familia habrán aprendido, sin duda, que él no es digno de alternar con ellas.
Entonces, tomando su sombrero, el terrateniente salió del club. «Yo no lo habría hecho», se dijo Pratt para sus adentros, «ni por toda la belleza, ni por toda la riqueza, ni por todo el rango que jamás haya poseído una mujer».
Capítulo 26
Lord De Courcy en el seno de su familia
Lady Julia De Guest no había escrito muchas cartas al señor Dale de Allington a lo largo de su vida, ni le había tenido nunca un aprecio especial. Pero cuando estuvo segura de cómo iban las cosas en Courcy —o mejor dicho, de cómo habían ido ya—, tomó la pluma y se puso manos a la obra para cumplir con lo que ella consideraba su deber para con su vecino.
Mi querido señor Dale: Creo que no es ningún secreto para nadie que su sobrina Lilian está prometida con el señor Crosbie, de Londres. Considero mi deber advertirle de que, si esto es cierto, el señor Crosbie se está comportando aquí de una manera muy impropia. No soy persona que se meta en los asuntos ajenos y, en circunstancias normales, la conducta del señor Crosbie no me importaría nada —o, mejor dicho, menos que nada—; pero hago con usted lo que desearía que otros hicieran conmigo. Creo que es demasiado cierto que el señor Crosbie se ha declarado a Lady Alexandrina De Courcy y ha sido aceptado por ella. Estoy segura de que creerá que no diría esto sin fundamento y, si hay algo de verdad en ello, será mejor, por el bien de la pobre joven, que se ponga usted en camino para averiguar la verdad. Suyo atentamente, Julia De Guest Castillo de Courcy, jueves.El terrateniente nunca había sentido simpatía por la familia De Guest, y quizá Lady Julia era la que menos le gustaba de todos. Solía llamarla «vieja entrometida», recordando su amargura y orgullo en aquellos días ya lejanos en los que el gallardo comandante se había fugado con Lady Fanny. Cuando recibió la carta, no creyó ni una palabra al leerla por primera vez.
—Vieja arpía cascarrabias —le dijo en voz alta a su sobrino—. Mira lo que me ha escrito esa tía tuya.
Bernard leyó la carta dos veces y, al hacerlo, su rostro se volvió duro y colérico. —¿No me digas que te lo crees? —dijo el señor Dale. —No creo que sea prudente ignorarlo. —¡Cómo! ¿Crees posible que tu amigo esté haciendo lo que ella dice? —Desde luego es posible. Se enfadó mucho cuando supo que Lily no tenía fortuna. —¡Cielo santo, Bernard! ¿Y puedes hablar de ello con esa frialdad? —No digo que sea verdad, pero creo que deberíamos investigarlo. Iré al Castillo de Courcy y descubriré la verdad.
El terrateniente decidió finalmente que iría él mismo. Viajó al Castillo de Courcy y descubrió que Crosbie se había marchado dos horas antes de su llegada. Preguntó por Lady Julia y supo por ella que, efectivamente, Crosbie se había ido de la casa como prometido de Lady Alexandrina.
—La condesa, estoy segura, no lo negará si desea verla —dijo Lady Julia.
Pero el señor Dale no estaba dispuesto a hacerlo. No quería proclamar la desdichada situación de su sobrina más de lo necesario, por lo que emprendió la persecución de Crosbie. Ya sabemos el éxito que tuvo aquella noche.
Tanto Lady Alexandrina como su madre se enteraron de la llegada del señor Dale al castillo, pero no cruzaron palabra sobre el asunto. Lady Amelia Gazebee también se enteró y se atrevió a discutir el tema con su hermana.
—No sabes exactamente hasta dónde llegó la cosa con la otra, ¿verdad? —No... bueno, sí... no exactamente —dijo Alexandrina. —Supongo que él le diría algo de matrimonio a la chica. —Sí, me temo que lo hizo. —¡Vaya por Dios! Es muy desafortunado. ¿Qué clase de gente son esos Dale? Supongo que te habrá hablado de ellos. —No, no lo hizo; no mucho. ¡Seguro que ella es una mosquita muerta muy astuta! Es una verdadera lástima que los hombres se comporten así. —Sí, lo es —dijo Lady Amelia—. Y supongo que, en este caso, la culpa ha sido más de él que de ella. Es justo que te diga eso. —¿Y qué puedo hacer yo? —No digo que puedas hacer nada, pero conviene que lo sepas. —Pero es que ni yo lo sé, ni tú tampoco; y no veo qué utilidad tiene hablar de ello ahora. Yo le conocía mucho antes que ella, y si ella ha dejado que él se burle de su cara, no es culpa mía. —Nadie dice que lo sea, querida. —Pues parece que me estés dando un sermón. ¿Qué puedo hacer yo por esa chica? El hecho es que él no la quiere nada, y nunca la quiso. —Entonces no debería haberle dicho que sí. —Eso está muy bien, Amelia, pero la gente no siempre hace exactamente lo que debe. Supongo que el señor Crosbie no es el primer hombre que se declara a dos damas. Sé que estuvo mal, pero yo no puedo evitarlo. En cuanto a que ese señor Dale venga aquí con el cuento de los agravios de su sobrina, me parece absurdo... totalmente absurdo. Hace que parezca que había un plan para cazar al señor Crosbie, y mi opinión es que, efectivamente, existía tal plan. —Solo espero que no haya ninguna pelea. —Los hombres ya no se baten en duelo, Amelia. —¿Pero te acuerdas de lo que Frank Gresham le hizo al señor Moffat cuando se portó tan mal con la pobre Augusta? —Al señor Crosbie no le asustan esas cosas. Y siempre pensé que Frank estuvo muy mal... fatal, de hecho. ¿De qué sirve que dos hombres se apaleen en plena calle? —Bueno, solo espero que no haya disputas. Pero confieso que no me gusta la pinta que tiene esto. Fíjate que el tío debía de saberlo todo y haber dado su consentimiento al matrimonio, si no, no habría venido hasta aquí. —No veo en qué puede afectarme a mí, Amelia. —No, querida, no veo que pueda. Estaremos en la ciudad pronto y veré al señor Crosbie tanto como sea posible. Espero que la boda se celebre pronto. —Él habla de febrero. —No lo pospongas, Alley, hagas lo que hagas. Ya sabes que en estas cosas siempre surge algún imprevisto. —No tengo el menor miedo a eso —dijo Alexandrina, irguiendo la cabeza. —Seguro que no; y puedes estar tranquila de que le vigilaremos. Mortimer le traerá a cenar con nosotros tan a menudo como pueda y, como se le han acabado las vacaciones, no podrá escapar de Londres. Estará aquí por Navidad, ¿verdad? —Por supuesto. —Asegúrate de que cumpla su palabra. Y en cuanto a esos Dale, yo tendría mucho cuidado, si fuera tú, de no decir nada desagradable de ellos a nadie. Quedaría muy mal en tu posición.
Y con este último consejo, Lady Amelia Gazebee dejó zanjado el asunto.
Aquel día, Lady Julia regresó a su casa. Sus despedidas de toda la familia en el Castillo de Courcy fueron muy frías, pero no volvió a mencionar ni una palabra sobre el señor Crosbie o su enamorada de Allington. Alexandrina no se dejó ver en absoluto y, de hecho, no había hablado con su enemiga desde aquella noche en que se vio obligada a retirarse del salón.
—Adiós —dijo la condesa—. Ha sido un placer que viniera y lo hemos pasado muy bien. —Muchísimas gracias. Buenos días —dijo Lady Julia con una reverencia majestuosa. —Haga el favor de saludar a su hermano de mi parte. Ojalá hubiéramos podido verle; espero que no le haya pasado nada con... con el toro.
Y así Lady Julia emprendió su camino. —Qué tonta he sido por tener a esa mujer en casa —dijo la condesa antes de que se cerrara la puerta tras su invitada. —¡Vaya si lo has sido! —gritó Lady Julia desde el pasillo.
Siguió un largo silencio, luego una risita contenida y, finalmente, una carcajada sonora. —¡Oh, mamá!, ¿qué vamos a hacer? —dijo Lady Amelia. —¡Hacer! —exclamó Margaretta—. ¿Por qué tendríamos que hacer nada? Por una vez en su vida ha oído la verdad.
—Querida Lady Dumbello, ¿qué pensará de nosotros? —dijo la condesa, volviéndose hacia otra invitada que también estaba a punto de marcharse—. ¿Se ha visto alguna vez a una mujer semejante? —A mí me parece muy agradable —dijo Lady Dumbello sonriendo. —No puedo estar de acuerdo contigo en eso —dijo Lady Clandidlem—. Pero sí creo que intenta actuar de la mejor manera. Es muy caritativa y todo eso. —Pues yo no lo sé —dijo Rosina—. Le pedí un donativo para la misión encargada de suprimir a los papistas en el oeste de Irlanda y me lo negó rotundamente.
—Bueno, querida, si ya estás lista... —dijo Lord Dumbello entrando en la habitación. Hubo otra despedida, pero en esta ocasión la condesa esperó a que las puertas estuvieran cerradas y no se oyeran ya los pasos al alejarse.
—¿Te has fijado —le dijo a Lady Clandidlem— en que no ha levantado cabeza desde que se marchó el señor Palliser? —Vaya si me he fijado —dijo Lady Clandidlem—. En cuanto al pobre Dumbello, es el ser más ciego que he visto en mi vida. —Oiremos noticias antes del próximo mayo —dijo Lady De Courcy, sacudiendo la cabeza—; pero, a pesar de todo, nunca llegará a ser Duquesa de Omnium.
—Me pregunto qué dirá tu madre de mí cuando me vaya mañana —le dijo Lady Clandidlem a Margaretta mientras cruzaban juntas el vestíbulo. —No dirá que se va usted a fugar con ningún caballero —respondió Margaretta.
—Al menos no con el conde —dijo Lady Clandidlem—. ¡Ja, ja, ja! En fin, todos somos muy bondadosos, ¿verdad? Lo mejor es que no significa nada.
Así, poco a poco, todos los invitados se marcharon, y la familia De Courcy quedó entregada a la dicha de su propio círculo doméstico. Cabe suponer que este no carecía de encanto, dado que existían tantos sentimientos en común entre la madre y sus hijos. Había inconvenientes, sin duda, derivados principalmente de las dolencias físicas del conde. «Cuando tu padre me habla —le dijo la señora George a su marido—, me entran tales temblores que no puedo ni abrir la boca para responderle».
—Deberías plantarle cara —dijo George—. Sabes que no puede hacerte nada. Tu dinero es tuyo; y si alguna vez llego a ser el heredero, no será por obra suya. —Pero es que me ruge y me rechista. —No debería importarte, mientras no muerda. A mí también me lo hacía; y cuando tenía que pedirle dinero, no me hacía ninguna gracia; pero ahora me importa un bledo. Un día me tiró el libro de la nobleza a la cabeza, pero no pasó ni a un metro de mí. —Si me tira algo a mí, George, caigo fulminada en el acto.
Pero la condesa lo pasaba peor con el conde que cualquiera de sus hijos. Era necesario que lo viera a diario, y también era necesario decirle muchas cosas que a él no le gustaba oír, y hacerle muchas peticiones que le hacían rechinar los dientes. El conde era uno de esos hombres que no concebían la vida si no era a todo lujo y, sin embargo, cada nuevo gasto le hacía sentirse miserable. A estas alturas ya debería saber que los carniceros, panaderos, proveedores de grano y mercaderes de carbón no entregan sus mercancías por nada; y, sin embargo, siempre parecía esperar que, precisamente en ese momento, lo hicieran. Era un hombre con apuros económicos, sin duda, y no había tenido suerte en sus apuestas en Newmarket o Homburg; pero, aun así, disponía de medios para vivir sin tormentos diarios; y hay que suponer que sus sufrimientos autoimpuestos respecto al dinero nacían más de su carácter que de sus necesidades. Su esposa nunca sabía si estaba realmente arruinado o si simplemente fingía estarlo. Se había acostumbrado tanto a su situación en este aspecto que no permitía que las cuestiones fiscales empañaran su felicidad. La comida y la ropa nunca le habían faltado —incluyendo vestidos de terciopelo, nuevas joyas y un cocinero francés—, y daba por hecho que seguirían llegando.
Sin embargo, aquella conferencia diaria con su marido era casi superior a sus fuerzas. Luchaba por evitarla; y, en lo que respecta a los recursos económicos, habría dejado que se arreglaran solos si él se lo hubiera permitido. Pero él insistía en verla a diario en su cuarto de estar; y ella le había confesado a su hija favorita, Margaretta, que aquellas medias horas acabarían pronto con su vida. «A veces siento —decía— que me voy a volver loca antes de lograr salir de allí». Y se reprochaba a sí misma, probablemente sin razón, haber provocado gran parte de aquello. En tiempos pasados, el conde pasaba constantemente tiempo fuera de casa, y la condesa se quejaba. Como tantas otras mujeres, no había sabido valorar su suerte. Se había quejado, instando a su señor a dedicar más tiempo a su propio hogar. Es probable que las amonestaciones de su señoría fueran menos eficaces que su estado de salud para producir esa constancia doméstica que ahora practicaba; pero lo cierto era que ella recordaba con amargo pesar los felices días en que se sentía abandonada, celosa y quejumbrosa. «¿No desearías que pudiéramos lograr que Sir Omicron le recetara los balnearios alemanes?», le había dicho a Margaretta. Sir Omicron era el gran médico de Londres y, sin duda, podía hacer mucho en ese sentido.
Pero tal orden providencial aún no se había dado; y, por lo que la familia podía prever, el paterfamilias tenía la intención de pasar el invierno con ellos en Courcy. Los invitados, como he dicho, se habían marchado todos, y nadie más que la familia quedaba en la casa cuando su señoría acudió a ver a su señor una mañana a las doce, pocos días después de la visita del señor Dale al castillo. Él siempre desayunaba solo, y tras el desayuno encontraba en una novela francesa y un puro el consuelo que esos placeres inocentes aún podían ofrecerle. Cuando la novela dejaba de interesarle y estaba saturado de humo, mandaba llamar a su esposa. Después de eso, su ayuda de cámara le vestía. «A ella le toca peor que a mí —declaraba el hombre en el comedor del servicio—, y le afecta mucho más. Yo puedo presentar mi renuncia, pero ella no».
—¿Mejor? No, no estoy mejor —dijo el marido en respuesta a las preguntas de su esposa—. Nunca estaré mejor mientras mantengas a ese cocinero en la cocina. —Pero, ¿de dónde vamos a sacar a otro si le echamos? —No es asunto mío buscar cocineros. No sé de dónde vas a sacar uno. Lo que creo es que no tardaréis en quedaros sin cocinero de ninguna clase. Por lo visto, habéis metido a dos hombres extra en la casa sin decirme nada. —Debemos tener sirvientes, ya sabes, cuando hay invitados. No quedaría bien tener aquí a Lady Dumbello sin nadie que la atendiera. —¿Quién invitó a Lady Dumbello? Yo no fui. —Estoy segura, querido, de que te gustó tenerla aquí. —¡Al diablo con Lady Dumbello! —Y hubo una pausa. La condesa no puso reparo alguno a tal proposición y se alegró de que la cuestión de los criados quedara de lado gracias a su señoría.
—Mira esta carta de Porlock —dijo el conde; y le pasó a la infeliz madre una carta de su hijo mayor. De todos sus hijos, era al que más quería; pero nunca se le permitía verlo bajo su propio techo. «A veces pienso que es el canalla más grande con el que he tenido ocasión de tratar», dijo el conde.
Ella tomó la carta y la leyó. La misiva no era, ciertamente, de las que un padre recibe con agrado de su hijo; pero el carácter desagradable de su contenido era culpa más del progenitor que del vástago. El autor indicaba que cierta suma que se le adeudaba no había sido pagada con la puntualidad necesaria y que, a menos que la recibiera, daría instrucciones a su abogado para emprender acciones legales autorizadas. Lord De Courcy había obtenido ciertos capitales sobre la propiedad familiar que no habría podido conseguir sin la cooperación de su heredero, y se había obligado, a cambio de esa cooperación, a pagar una renta fija a su hijo mayor. Él consideraba esto como una asignación de su parte; pero Lord Porlock lo consideraba suyo por derecho legal. El hijo no había redactado la carta con frases afectuosas. «Lord Porlock desea informar a Lord De Courcy...». Así empezaba.
—Supongo que debe recibir su dinero; si no, ¿cómo va a vivir? —dijo la condesa, temblando. —¡Vivir! —gritó el conde—. ¡Y te parece bien que escriba una carta así a su padre! —Todo es muy lamentable —respondió ella. —No sé de dónde va a salir el dinero. En cuanto a él, si se estuviera muriendo de hambre, bien merecido se lo tendría. Es una vergüenza para el nombre y la familia. Por lo que me llega, no vivirá mucho. —¡Oh, De Courcy, no hables así! —¿Y cómo quieres que hable? Si digo que es mi mayor consuelo, que vive como corresponde a un noble y que es un hombre sano para su edad, con una buena esposa y un montón de hijos legítimos, ¿eso hará que te lo creas? Las mujeres sois tontas. Nada de lo que yo diga le hará peor de lo que ya es. —Pero puede reformarse. —¡Reformarse! Tiene más de cuarenta años y la última vez que le vi parecía que tenía casi sesenta. Toma; puedes contestar tú a su carta; yo no lo haré. —¿Y lo del dinero? —¿Por qué no le escribe a Gazebee por su asqueroso dinero? ¿Por qué me molesta a mí? Yo no tengo su dinero. Que le pregunte a Gazebee. No pienso molestarme por eso. —Hubo otra pausa, durante la cual la condesa dobló la carta y se la guardó en el bolsillo.
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse aquí George con esa mujer? —preguntó él. —Estoy segura de que ella es muy inofensiva —alegó la condesa. —Siempre que la veo me parece que me estoy sentando a cenar con mi propia criada. Nunca he visto a una mujer igual. ¡Cómo puede él aguantarlo! Pero supongo que a él todo le da igual. —Le ha hecho sentar cabeza. —¡Sentar cabeza! —Y como dará a luz dentro de poco, quizá sea mejor que se quede aquí. Si Porlock no se casa, ya sabes... —¿Conque piensa quedarse a vivir aquí para siempre? Pues te digo una cosa: no lo permitiré. Él tiene más medios para mantener un techo sobre su cabeza y la de su mujer que yo para hacerlo por ellos, y así puedes decírselo. No lo permitiré. ¿Me oyes? —Hubo otra breve pausa—. ¿Me oyes? —le gritó. —Sí; por supuesto que te oigo. Solo pensaba que no querrías que los echara justo cuando está a punto de dar a luz. —Ya sé lo que eso significa. Entonces no se irían nunca. No lo permitiré; y si no se lo dices tú, se lo diré yo.
Ante esto, Lady De Courcy prometió que se lo diría, pensando quizá que el modo de decirlo del conde no sería muy beneficioso en el trance que se avecinaba para la señora George.
—¿Sabías —dijo él, saltando a un nuevo tema— que ha estado aquí un hombre llamado Dale, preguntando por alguien de esta casa? —La condesa admitió que lo sabía. —Entonces, ¿por qué me lo ocultaste? —Y se produjo ese rechinar de dientes que tanto desagradaba a la señora George. —No tenía importancia. Vino a ver a Lady Julia De Guest. —Sí, pero vino por ese tal Crosbie. —Supongo que sí. —¿Por qué has dejado que esa chica sea tan tonta? Ya verás como él le juega alguna mala pasada. —Oh, claro que no. —¿Y por qué querría ella casarse con un hombre así? —Es todo un caballero, ya sabes, y está muy bien considerado en el mundo. No será nada malo para ella, pobrecilla. Es muy difícil para una chica casarse hoy en día sin dinero. —Y por eso tienen que aceptar a cualquiera. Por lo que veo, este asunto es peor que el de Amelia. —A Amelia le ha ido muy bien, querido. —Oh, si a eso llamas que a tus hijas les vaya bien, yo no. Yo lo llamo que les va rematadamente mal; casi tan mal como les puede ir. Pero es asunto tuyo. Nunca me he metido con ellas y no pienso empezar ahora. —Realmente creo que será feliz, y está profundamente encariñada con el joven. —¡Profundamente encariñada con el joven! —El tono y el modo en que el conde repitió estas palabras habrían justificado la opinión de que su señoría podría haber triunfado en el teatro si se hubiera dedicado a ello—. Me pone enfermo oír a la gente hablar así. Quiere casarse y es una tonta por su empeño; yo no puedo evitarlo; pero recuerda que no quiero tonterías aquí con la otra chica. Si él me da problemas de ese tipo, por... ¡lo mato! ¿Cuándo es la boda? —Hablan de febrero. —No quiero ridiculeces ni gastos. Si decide casarse con un oficial de oficina, se casará como se casan los oficiales. —Será el secretario para entonces, De Courcy. —¿Qué diferencia hay? ¡Secretario! ¿Qué clase de hombres crees que son los secretarios? ¡Un muerto de hambre que salió de vete a saber dónde! No quiero ridiculeces; ¿me oyes?
A lo que la condesa respondió que sí, que oía, y poco después logró escapar. El ayuda de cámara tomó entonces su turno; y repitió, tras su hora de servicio, que el «Viejo Nick» en sus ataques de furia se parecía más que nunca al Príncipe de las Tinieblas.
Capítulo 27
Palabra de honor, no lo entiendo
Entretanto, Lady Alexandrina se esforzaba por asimilar todas las ventajas y desventajas de su posición. No era mujer de grandes afectos, ni de un carácter profundo, ni de elevados propósitos; pero no era tonta, ni carecía de principios. Se había preguntado muchas veces si su vida actual era tan feliz como para pensar que su continuación permanente bastaría para colmar sus deseos, y siempre se había respondido que cambiaría de buen grado a otra vida si fuera posible. También se había cuestionado acerca de su rango, del cual estaba lo suficientemente orgullosa, y se había dicho que no podría degradarse en el mundo sin un profundo pesar. Pero, finalmente, se había convencido de que tenía más que ganar convirtiéndose en la esposa de un hombre como Crosbie que permaneciendo como la hija soltera en casa de su padre. Había mucho en la posición de su hermana Amelia que no envidiaba, pero había menos aún que envidiar en la de su hermana Rosina. La casa de los Gazebee en St. John’s Wood Road no era tan magnífica como el Castillo de Courcy, pero al menos era menos aburrida, menos amargada por los tormentos y, además, era de su hermana.
—Muchas se casan con plebeyos —le había dicho a Margaretta. —Oh, sí, por supuesto. Eso marca una diferencia, ya sabes, cuando el hombre tiene fortuna.
Desde luego que marcaba una diferencia. Crosbie no tenía fortuna, ni siquiera era tan rico como el señor Gazebee; no podía mantener carruaje y no tendría casa de campo. Pero, por otro lado, era un hombre elegante, con más mundo que el señor Gazebee, probablemente ascendería en su profesión y, en cualquier caso, era perfectamente presentable. Ella habría preferido a un caballero con cinco mil libras al año; pero, dado que ningún caballero con cinco mil libras al año se cruzaba en su camino, ¿no sería más feliz con el señor Crosbie que sin marido alguno? No estaba muy enamorada del señor Crosbie, pero pensaba que podría vivir con él cómodamente y que, en conjunto, casarse sería algo bueno.
Y tomó ciertas resoluciones sobre la manera en que cumpliría con su deber de esposa. Su hermana Amelia era soberana en su propia casa, gobernando, eso sí, con un dominio moderado y llevadero, y gobernando muy a favor de los intereses de su marido. Alexandrina temía que a ella no se le permitiera gobernar, pero al menos podía intentarlo. Haría todo lo que estuviera en su mano para que él estuviera cómodo, y tendría especial cuidado de no irritarle insistiendo en su rango superior. Sería muy humilde a ese respecto; y, si llegaban niños, se esmeraría tanto con ellos como si su propio padre hubiera sido un simple clérigo o abogado. También pensó mucho en la pobre Lilian Dale, haciéndose varias preguntas con la idea de mantener principios elevados sobre su deber al respecto. ¿Hacía mal al arrebatarle el señor Crosbie a Lilian Dale? Al responderse, pudo asegurarse con tranquilidad que no hacía nada malo. El señor Crosbie no se casaría con Lilian Dale bajo ninguna circunstancia. Él se lo había dicho más de una vez, y de forma solemne. Por tanto, ella no estaba haciendo ningún daño a Lilian Dale. Si albergaba el sentimiento íntimo de que la falta de Crosbie al plantar a Lilian era menor de lo que habría sido si ella misma no fuera la hija de un conde —que su propio rango atenuaba en cierto grado la falsedad de su amante—, no lo expresó con palabras ni siquiera para sí misma.
No recibió mucha simpatía de su propia familia. —Me temo que no piensa mucho en sus deberes religiosos. Me han dicho que los jóvenes de ese tipo rara vez lo hacen —dijo Rosina. —No digo que te equivoques —dijo Margaretta—. En absoluto. De hecho, ahora me parece menos grave que cuando Amelia hizo lo mismo. Yo no lo haría, eso es todo. Su padre le dijo que suponía que ella sabía lo que hacía. Su madre, que se esforzaba por consolarla y, en cierto modo, por felicitarla, insistía sin embargo constantemente en el hecho de que se casaba con un hombre sin rango y sin fortuna. Sus felicitaciones eran casi una disculpa, y sus ánimos tenían tintes de pésame. «Por supuesto no serás rica, querida; pero realmente creo que te irá muy bien. El señor Crosbie puede ser recibido en cualquier parte, y nunca tendrás que avergonzarte de él». Con esto, la condesa daba a entender que su hija mayor casada se veía obligada ocasionalmente a avergonzarse de su marido. «Ojalá pudiera mantener un carruaje para ti, pero quizá eso llegue algún día». En general, Alexandrina no se arrepentía, y le dijo firmemente a su padre que sabía muy bien lo que hacía.
Durante todo este tiempo, Lily Dale vivía aún en una felicidad perfecta. El retraso de un día o dos en recibir la carta esperada de su amante no la había inquietado. Ella le había prometido que no desconfiaría de él, y estaba firmemente decidida a cumplir sus promesas. De hecho, la idea de romperla ni siquiera se le pasó por la cabeza. Se sentía decepcionada cuando venía el cartero y no traía carta para ella —decepcionada como el labrador cuando la lluvia ansiada no llega para refrescar la tierra reseca—; pero no estaba nada enfadada. «Él lo explicará», se decía. Y le aseguraba a Bell que los hombres nunca comprendían el hambre y la sed de cartas que sienten las mujeres cuando están lejos de aquellos a quienes aman.
Entonces se enteraron en la Casa Pequeña de que el terrateniente se había marchado de Allington. Durante los últimos días, Bernard no había estado mucho con ellas, y ahora recibían la noticia no por su primo, sino por Hopkins. —Realmente no puedo decirle, señorita Bell, a dónde se ha ido el señor. No es probable que el señor me diga a dónde va; a menos que fuera por semillas o algo por el estilo. —Se ha ido muy de repente —dijo Bell. —Bueno, señorita, nada tengo que decir a eso. ¿Y por qué no iba a irse de repente si le place? Solo sé que tomó su coche y se fue a la estación. Aunque me enterraran viva, no podría decirles más. —Me gustaría intentarlo —dijo Lily mientras se alejaban—. Es un viejo tan cascarrabias. Me pregunto si Bernard se habrá ido con mi tío. —Y no pensaron más en ello.
Al día siguiente bajó Bernard a la Casa Pequeña, pero no dijo nada para justificar la ausencia del terrateniente. —Está en Londres, lo sé —dijo Bernard. —Espero que visite al señor Crosbie —dijo Lily. Pero sobre este asunto Bernard no dijo ni una palabra. Sí le preguntó a Lily si había tenido noticias de Adolphus, a lo que ella respondió, con la voz más indiferente que pudo fingir, que no había recibido carta esa mañana.
—Me enfadaré con él si no es un buen corresponsal —dijo la señora Dale cuando ella y Lily se quedaron solas. —No, mamá, no debes enfadarte con él. No te dejaré. Por favor, recuerda que es mi amante y no el tuyo. —Pero puedo verte cuando esperas al cartero. —No esperaré más al cartero si eso hace que tengas malos pensamientos sobre él. Sí, son malos pensamientos. No permitiré que pienses que no hace todo lo que es correcto.
A la mañana siguiente el cartero trajo una carta, o más bien una nota, y Lily vio de inmediato que era de Crosbie. Se las había ingeniado para interceptarla cerca de la puerta trasera, donde llamaba el cartero, para que su madre no vigilara sus esperas ni viera su decepción si no llegaba nada. «Gracias, Jane», dijo con mucha calma cuando la muchacha, solícita y amable, corrió hacia ella con la pequeña misiva; y se retiró a algún lugar solitario, intentando ocultar su impaciencia. La nota parecía tan pequeña que la asombró; pero cuando la abrió, el contenido la asombró aún más. No tenía ni principio ni fin. No había apelativo cariñoso ni firma. Contenía apenas dos líneas: «Te escribiré largo y tendido mañana. Este es mi primer día en Londres y he estado tan atareado que no puedo escribir». Eso era todo, garabateado en media hoja de papel de notas. ¿Por qué, al menos, no la había llamado su queridísima Lily? ¿Por qué no le había asegurado que era siempre suyo? Expresiones así, que significan tanto, pueden transmitirse con un rasguño de la pluma. «¡Ah! —dijo ella—, ¡si supiera cuánta hambre y sed tengo de su amor!».
Solo le quedaba un momento antes de tener que reunirse con su madre y su hermana, y usó ese momento para recordar su promesa. «Sé que todo está bien —se dijo—. Él no piensa en estas cosas como yo. Tuvo que escribir en el último momento, justo al salir de la oficina». Y entonces, con rostro tranquilo y sonriente, entró en el comedor del desayuno.
—¿Qué dice, Lily? —preguntó Bell. —¿Qué darías por saberlo? —dijo Lily. —No daría ni dos peniques por todo ello —replicó Bell. —Cuando consigas que alguien te escriba cartas, me pregunto si se las enseñarás a todo el mundo. —Pero si hay alguna noticia especial de Londres, supongo que podríamos oírla —dijo la señora Dale. —Pero supón que no hay ninguna noticia especial de Londres, mamá. El pobre hombre solo lleva un día en la ciudad, ya sabes; y nunca hay noticias en esta época del año. —¿Había visto al tío Christopher? —Creo que no; pero no lo dice. Él nos dará todas las noticias cuando venga. A él le importan mucho más las noticias de Londres que a Adolphus. —Y no se habló más de la carta.
Sin embargo, Lily había leído sus dos cartas anteriores una y otra vez a la mesa del desayuno; y aunque no las había leído en voz alta, había repetido muchas palabras de ellas y las había comentado tanto que su madre, que la había oído, casi podría haberlas vuelto a escribir. Ahora, ni siquiera mostraba el papel; y su ausencia, durante la cual había leído la carta, apenas había excedido un minuto o dos. Todo esto lo observó la señora Dale, y supo que su hija había vuelto a quedar decepcionada.
De hecho, ese día Lily estuvo muy seria, pero no parecía infeliz. Poco después del desayuno, Bell fue a la rectoría, y la señora Dale y su hija menor se sentaron juntas a sus labores. —Mamá —dijo ella—, espero que tú y yo no nos separemos cuando me vaya a vivir a Londres. —Nunca nos separaremos de corazón, amor mío. —Ah, pero eso no bastará para la felicidad, aunque quizá baste para evitar la infelicidad absoluta. Necesitaré verte, tocarte y mimarte como hago ahora. —Y se arrodilló sobre el cojín a los pies de su madre. —Tendrás a alguien más a quien acariciar y mimar... quizá a muchos otros. —¿Quieres decir que vas a deshacerte de mí, mamá? —¡Dios me libre, mi vida! No son las madres las que se deshacen de sus hijos. ¿Qué me quedará cuando Bell y tú os hayáis ido de mi lado?
—Pero nunca nos habremos ido. A eso me refiero. Siempre seremos lo mismo para ti, aunque estemos casadas. Debo mantener mi derecho a estar aquí tanto como lo tengo ahora; y, a cambio, tú tendrás tu derecho a estar allí. Su casa debe ser un hogar para ti, no un lugar frío que visites de vez en cuando, con tus mejores galas. Ya sabes a qué me refiero cuando digo que no debemos estar divididas. —Pero Lily... —¿Qué pasa, mamá? —No dudo de que seremos felices juntas... tú y yo. —Pero ibas a decir algo más. —Solo esto: que tu casa será la suya, y estará llena sin mí. El matrimonio de una hija es siempre una partida dolorosa. —¿Lo es, mamá? —No es que quisiera que fuera de otra manera. No pienses que desearía retenerte en casa conmigo. Por supuesto que las dos os casaréis y me dejaréis. Espero que aquel a quien vas a entregarte conserve la vida para amarte y protegerte. —Entonces el corazón de la viuda se desbordó y apartó a su hija de su lado para poder ocultar su rostro. —Mamá, mamá, ojalá no tuviera que irme de tu lado. —No, Lily; no digas eso. No me sentiría satisfecha con la vida si no viera a mis dos hijas casadas. Creo que es el único destino que puede dar a una mujer una satisfacción y un contento perfectos. Deseo que ambas os caséis. Sería el ser más egoísta del mundo si deseara lo contrario. —Bell se instalará cerca de ti, y entonces la verás más y la querrás más de lo que me quieres a mí. —No la querré más. —Ojalá ella se casara con algún hombre de Londres, y entonces vendrías con nosotros y estarías cerca. ¿Sabes, mamá? A veces pienso que no te gusta este sitio. —Tu tío ha sido muy amable al dárnoslo. —Lo sé; y hemos sido muy felices aquí. Pero si Bell te dejara... —Entonces yo también me iría. Tu tío ha sido muy amable, pero a veces siento que su amabilidad es una carga que no sería lo bastante fuerte para llevar yo sola sobre mis hombros. ¿Y qué me retendría aquí entonces?
La señora Dale, al decir esto, sintió que el «aquí» del que hablaba se extendía más allá de los límites del hogar que mantenía gracias a la caridad de su cuñado. ¿No podría todo el mundo, en lo que a ella concernía, estar contenido en ese «aquí»? ¿Cómo iba a vivir si le arrebataban a sus dos hijas? Ya se había dado cuenta de que la casa de Crosbie nunca podría ser un hogar para ella, ni siquiera un hogar temporal. Sus visitas allí tendrían que ser de esa naturaleza formal y engalanada a la que Lily había aludido. Era imposible explicarle esto a Lily. No quería profetizar que el héroe del corazón de su hija sería poco hospitalario con la madre de su esposa; pero así había interpretado ella el carácter de Crosbie. ¡Ay!, tal como iban a suceder las cosas, su hospitalidad o falta de ella sería un asunto de poca importancia para ellas.
Por la tarde, las dos hermanas volvieron a estar juntas, y Lily estaba aún más seria de lo habitual. Por su actitud casi podría haberse deducido que su boda estaba a punto de celebrarse de inmediato y que se estaba preparando para dejar su hogar. —Bell —dijo—, ¿por qué será que el doctor Crofts ya nunca viene a vernos? —No hace ni un mes que estuvo aquí, en nuestra fiesta. —¡Un mes! Pero hubo un tiempo en que buscaba cualquier pretexto para estar aquí cada dos días. —Sí, cuando mamá estaba enferma. —Sí, y después de que mamá se pusiera bien, también. Pero supongo que no debo romper la promesa que me hiciste hacerte. Todavía no se puede hablar de él, ¿verdad? —No dije que no se pudiera hablar de él. Ya sabes a qué me refería, Lily; y lo que quería decir entonces, lo mantengo ahora. —¿Y cuánto tiempo pasará antes de que quieras decir otra cosa? De verdad espero que llegue ese día, de verdad. —Nunca llegará, Lily. Una vez imaginé que el doctor Crofts me importaba, pero solo fue una fantasía. Lo sé porque...
Iba a explicar que su certeza sobre ese punto se debía a que, desde aquel día, había sentido que podría haber llegado a amar a otro hombre. Pero ese otro hombre había sido el señor Crosbie, así que se calló. —Ojalá viniera y te lo preguntara él mismo. —Nunca lo hará. Nunca haría una pregunta así sin ánimos, y yo no se los daré. Ni pensará jamás en casarse hasta que pueda hacerlo sin... sin lo que él considera una imprudencia económica. Tiene valor suficiente para ser pobre él mismo sin ser infeliz, pero no tiene valor para soportar la pobreza con una esposa. Conozco bien sus sentimientos. —Bueno, ya veremos —dijo Lily—. No me extrañaría que ahora te casaras tú primero, Bell. Por mi parte, estoy totalmente dispuesta a esperar tres años.
A última hora de esa tarde, el terrateniente regresó a Allington; Bernard había ido a recibirle a la estación. Había telegrafiado a su sobrino diciendo que volvería en un tren tardío, y no se había sabido nada más de él desde que se fue. Ese día Bernard no había visto a ninguna de las damas de la Casa Pequeña. Con Bell, en este momento, le resultaba imposible mantener un trato natural. No podía encontrarse con ella a solas sin volver al único tema de interés especial entre ellos, y sobre eso no quería hablar sin reflexionar mucho. No se conocía a sí mismo cuando había emprendido su cortejo tan a la ligera, pensando que era algo sin importancia el hecho de ser aceptado o no. Ahora ya no le resultaba algo trivial. No sé si era el amor lo que le hacía estar tan ansioso; no un amor bueno, honesto y rotundo. Pero se había encaprichado con el objetivo y, con la terquedad de un Dale, estaba decidido a que fuera suyo. No tenía la más remota idea de renunciar a su prima, pero al fin se había convencido de que no la ganaría sin cierto esfuerzo y, tal vez, cierto retraso.
Tampoco estaba de humor para hablar con la señora Dale ni con Lily. Temía que las noticias de Lady Julia fueran ciertas —o que al menos hubiera en ellas algo de verdad—; y mientras tuviera esa duda, no podía bajar a la Casa Pequeña. Así que anduvo merodeando solo por el lugar, con un puro en la boca, temiendo que algo malo estuviera a punto de suceder, y cuando llegó el aviso para ir a buscar a su tío, casi se estremeció al sentarse en el coche. ¿Qué le correspondería hacer en esta emergencia si Crosbie era verdaderamente culpable de la villanía de la que Lady Julia le acusaba? Treinta años atrás habría retado al hombre a un duelo y le habría disparado hasta que uno de los dos cayera. Hoy en día apenas era posible hacer eso; y sin embargo, ¿qué diría el mundo de él si permitía que una ofensa semejante pasara sin venganza?
Su tío, al salir de la estación con su maleta en la mano, se mostraba severo, sombrío y silencioso. Salió y ocupó su lugar en el coche casi sin hablar. Había extraños alrededor, por lo que su sobrino no pudo preguntar nada al principio, pero en cuanto el coche dobló la esquina del patio de la estación, le pidió noticias. —¿Qué has averiguado? —preguntó. Pero incluso entonces el terrateniente no respondió de inmediato. Sacudió la cabeza y apartó la vista, como si no quisiera ser interrogado. —¿Le ha visto usted, señor? —preguntó Bernard. —No, no se ha atrevido a verme. —¿Entonces es verdad? —¿Verdad? Sí, todo es verdad. ¿Por qué trajiste a ese canalla aquí? Ha sido culpa tuya. —No, señor; debo contradecirle en eso. No sabía que fuera un canalla. —Pero era tu deber haberlo sabido antes de traerlo aquí entre ellas. ¡Pobre niña! ¿Cómo se lo vamos a decir? —¿Entonces ella no lo sabe? —Me temo que no. ¿Las has visto? —Las vi ayer, y entonces no lo sabía; puede que se haya enterado hoy. —No lo creo. Creo que ha sido demasiado cobarde para escribirle. ¡Un cobarde, en efecto! ¿Cómo puede ningún hombre encontrar el valor para escribir una carta así?
Poco a poco, el terrateniente contó su historia. Ya sabemos cómo había ido a ver a Lady Julia, cómo se había dirigido a Londres, cómo había rastreado a Crosbie hasta su club y cómo allí se había enterado de toda la verdad por el amigo de este, Fowler Pratt. «El cobarde se me escapó mientras yo hablaba con el hombre que envió abajo», dijo el terrateniente. «Fue un plan concertado, y creo que hizo bien. Le habría partido la cabeza en el vestíbulo del club». A la mañana siguiente, Pratt había ido a verle a su posada con las disculpas de Crosbie. «¡Sus disculpas!», exclamó el terrateniente. «Las llevo en el bolsillo. Pobre reptil; ¡miserable gusano! No lo entiendo. Palabra de honor, Bernard, no lo entiendo. Creo que los hombres han cambiado desde que yo los trataba. A mí me habría resultado imposible escribir una carta así». Continuó contando cómo Pratt le había entregado la carta y le había comunicado que Crosbie declinaba una entrevista. «El caballero tuvo la bondad de asegurarme que nada bueno saldría de tal encuentro. "Querrá usted decir —le respondí— que no se puede tocar la pez sin mancharse". Admitió que el hombre era pura pez. De hecho, no pudo decir ni una palabra a favor de su amigo». —Conozco a Pratt. Es un caballero. Estoy seguro de que no le excusaría. —¡Excusarle! ¿Cómo podría nadie excusarle? No existen palabras para ello. —Y se quedó en silencio durante casi un kilómetro—. Palabra de honor, Bernard, apenas puedo creerlo todavía. Es algo tan nuevo para mí... Me hace sentir que el mundo ha cambiado y que ya no merece la pena vivir en él. —¿Y está comprometido con esa otra chica? —Oh, sí; con el pleno consentimiento de la familia. Está todo arreglado, y los documentos de la dote, sin duda, estarán ya en manos de los abogados. Debió de irse de aquí decidido a plantarla. De hecho, no creo que nunca tuviera intención de casarse con ella. Solo estaba pasando el rato aquí en el campo. —Él lo pretendía hasta el momento de marcharse. —No lo creo. Si me hubiera encontrado capaz y dispuesto a darle una fortuna, quizá se habría casado con ella. Pero no creo que lo pretendiera ni por un momento después de que le dije que ella no tendría nada. Bueno, ya hemos llegado. Puedo decir sinceramente que nunca antes regresé a mi propia casa con el corazón tan dolorido.
Cenaron en silencio; el terrateniente mostraba una pesadumbre más abierta de lo que cabría esperar de su carácter. «¿Qué les voy a decir por la mañana?», repetía una y otra vez. «¿Cómo voy a hacerlo? Y si se lo digo a la madre, ¿cómo se lo dirá ella a su hija?». —¿Cree que él no ha dado ningún indicio de su propósito? —Que yo sepa, ninguno. Ese hombre, Pratt, sabía que no lo había hecho hasta ayer por la tarde. Le pregunté cuáles eran las intenciones de su sinvergüenza amigo y dijo que no lo sabía... que Crosbie probablemente me habría escrito a mí. Luego me trajo esta carta. Ahí la tienes —y el terrateniente arrojó la carta sobre la mesa—; léela y devuélvemela. Probablemente piense que el problema ya se ha terminado en lo que a él respecta.
Era una carta infame —no porque el lenguaje fuera grosero, o el modo de expresarse insensible, o los hechos estuvieran falseados—, sino porque lo que contaba era en sí mismo infame. Hay actos que no admiten barniz; pecados por los que el perpetrador no puede hablar sino como un reptil; circunstancias que transforman a un hombre y le confieren la vileza de una alimaña. Crosbie había luchado denodadamente para escribirla, yéndose a casa para hacerlo tras su última entrevista de esa noche con Pratt. Pero se había quedado sentado sombríamente en su sillón, incapaz de tomar la pluma. Pratt debía ir a verle a su oficina a la mañana siguiente, y se acostó decidido a escribirla en su despacho. Al día siguiente, Pratt ya estaba allí antes de que hubiera escrito una sola palabra. —No puedo tolerar esto —dijo Pratt—. Si quieres que la lleve yo, debes escribirla ahora mismo.
Entonces, con un gemido interno, Crosbie se sentó a su mesa y las palabras finalmente brotaron. ¡Y qué palabras! «Sé que no tengo excusa ante usted... ni ante ella. Pero, dadas mis circunstancias actuales, lo mejor es la verdad. Siento que no haría feliz a la señorita Dale y, por lo tanto, como hombre de honor, creo que cumplo mejor con mi deber renunciando al honor que ella y usted me habían propuesto». Había más, pero todos sabemos de qué palabras se componen tales cartas y cómo escriben los hombres cuando se ven obligados a hacerlo como reptiles.
—¡«Como hombre de honor»! —repitió el terrateniente—. Palabra de honor, Bernard, como caballero que soy, no lo entiendo. No puedo creer que sea posible que el hombre que escribió esa carta estuviera sentado el otro día como invitado a mi mesa. —¿Qué vamos a hacerle? —preguntó Bernard al cabo de un rato. —Trátalo como a una rata. Lánzale tu bastón si se te cruza en el camino; pero guárdate, sobre todo, de que no entre en tu casa. Aunque para nosotros ya es tarde. —Tiene que haber algo más que eso, tío. —No sé qué más. Hay actos por los que un hombre se condena doblemente, porque se ha protegido de un castigo manifiesto gracias a la naturaleza de su propia villanía. Tenemos que pensar en el nombre de Lily y hacer lo que mejor convenga a su consuelo. ¡Pobre niña! ¡Pobre niña!
Luego guardaron silencio hasta que el terrateniente se levantó y tomó su vela de noche. —Bernard —dijo—, avisa mañana temprano a mi cuñada de que quiero verla aquí, si es tan amable de venir después del desayuno. Que no se diga nada más en la Casa Pequeña. Puede que él haya escrito hoy.
El terrateniente se fue a la cama, y Bernard se quedó sentado ante el fuego del comedor, meditando sobre todo ello. ¿Cómo esperaría el mundo que se comportara con Crosbie? ¿Y qué debería hacer cuando se lo encontrara en el club?
Capítulo 28
El Consejo
Crosbie, como ya sabemos, se dirigió a su oficina en Whitehall a la mañana siguiente de su huida de Sebright, establecimiento donde dejó al terrateniente de Allington en conferencia con Fowler Pratt. Volvió a ver a Fowler Pratt esa misma noche, y el curso de la historia ya habrá mostrado lo que ocurrió en aquella entrevista.
Fue temprano a su oficina, sabiendo que tenía por delante la tarea de escribir dos cartas, ninguna de las cuales brotaría con fluidez de su pluma. Una sería su misiva para el terrateniente, que debía ser entregada por su amigo; la otra, aquella fatal epístola a la pobre Lily que, a medida que pasaba el día, se veía totalmente incapaz de redactar. La carta al terrateniente llegó a escribirla, bajo ciertas amenazas; y, como hemos visto, se consideró que con la bajeza de su contenido se había degradado a sí mismo hasta el rango de las alimañas.
Pero al llegar a su oficina se encontró con que le aguardaban otras preocupaciones; preocupaciones que habría aceptado con sumo deleite si su estado de ánimo le permitiera deleitarse con algo. Al entrar en el vestíbulo de la oficina, a las diez, se dio cuenta de que los ordenanzas allí reunidos le recibían con una deferencia casi superior a la habitual. Siempre había sido un gran hombre en la Oficina del Comité General; pero hay matices de grandeza y matices de deferencia que, aunque escapan a cualquier definición, se manifiestan con claridad al oído y al ojo experimentados. Caminó hasta su propio despacho y allí encontró, sobre la mesa, dos cartas oficiales dirigidas a él. La primera que tomó, aunque oficial, era pequeña y estaba marcada como "privada", con la letra de su viejo amigo Butterwell, el secretario saliente.
«Te veré por la mañana, casi tan pronto como recibas esto —decía la nota semioficial—; pero debo ser el primero en felicitarte por la adquisición de mis viejos zapatos. Te resultarán muy cómodos de llevar, aunque a mí me apretaron los callos un poco al principio. Me atrevería a decir que necesitan suelas nuevas, y quizás estén un poco gastados de tacón; pero encontrarás algún excelente remendón que los arregle, y tú les darás una elegancia al andar de la que han carecido lamentablemente desde que llegaron a mi poder. Te deseo mucha alegría con ellos», etc., etc. Abrió entonces la carta oficial más grande, pero esta ya apenas tenía interés para él. Podría haber hecho una copia del contenido sin verla. El Consejo de Comisionados había tenido el gran placer de promoverlo al cargo de secretario, vacante por el ascenso del señor Butterwell a un puesto en el propio Consejo; la carta estaba firmada por el mismísimo señor Butterwell.
¡Qué delicioso le habría resultado este recibimiento a su regreso si su corazón estuviera libre de otras cargas! Y al pensar en ello, recordó todos los encantos de Lily. Se dijo a sí mismo cuánto superaba ella al noble vástago de la estirpe de los De Courcy, con quien ahora estaba destinado a emparejarse; cómo la novia que había rechazado aventajaba a la que había elegido en gracia, belleza, fe, frescura y todas las virtudes femeninas. ¡Si tan solo pudiera borrar la última quincena de los hechos de su existencia! Pero quincenas como esas no se borran; ni siquiera con muchos años de frotar dolorosa y tediosamente.
Y en ese momento le pareció que todos aquellos impedimentos que le habían asustado cuando pensaba en casarse con Lily Dale se habían esfumado. Lo que habría sido terrible con setecientas u ochocientas libras al año, habría resultado encantador con mil doscientas o mil trescientas. ¿Por qué el destino había sido tan cruel con él? ¿Por qué este ascenso no le había llegado tan solo dos semanas antes? ¿Por qué no se había declarado antes de su visita a aquel terrible castillo? Incluso llegó a decirse que, de haber conocido el hecho positivamente antes de que Pratt viera al señor Dale, habría enviado un mensaje diferente al terrateniente y habría desafiado la ira de toda la raza de los De Courcy. Pero en eso se mentía a sí mismo, y sabía que lo hacía. Un conde, en su imaginación, estaba rodeado de una divinidad tan fuerte que su traición hacia Alexandrina no podía sino asomarse tímidamente a lo que deseaba. Le había parecido poca cosa, cuando el proyecto se le ofreció por primera vez, plantar a la sobrina de un pequeño terrateniente rural; pero no estaba en su naturaleza plantar a la hija de una condesa.
Aquella casa llena de bebés en St. John’s Wood se le antojaba ahora con un aspecto muy distinto al que tenía mientras estaba sentado en su habitación del Castillo de Courcy la noche de su llegada. Entonces, un establecimiento así le sabía a cementerio. Era como si fuera a enterrarse vivo. Ahora que estaba fuera de su alcance, pensaba en ello como en un paraíso terrenal. Y luego consideró qué clase de paraíso le ofrecería Lady Alexandrina. Resultaba asombroso lo fea que era Lady Alexandrina, lo vieja, lo carente de gracia, lo desprovista de cualquier encanto agradable, vista a través de los anteojos que él llevaba en ese momento.
Durante su primera hora en la oficina no hizo nada. Uno o dos de los empleados más jóvenes entraron a felicitarle con mucha efusividad. Era popular en la oficina, y ellos ganaban un escalafón con su ascenso. Luego se encontró con uno o dos de los empleados más antiguos, y fue felicitado con mucha menos efusividad. —Supongo que todo está en orden —dijo un caballero mayor bastante brusco—. Mi tiempo ya pasó, lo sé. Me casé demasiado pronto para poder permitirme un buen abrigo cuando era joven, y nunca tuve trato con lores ni familias de lores. El aguijonazo de esto fue más agudo porque Crosbie empezaba a sentir cuán absolutamente inútil le había resultado toda aquella alta influencia y noble conexión que había forjado. Realmente había sido ascendido porque sabía más sobre su trabajo que cualquier otro, y el influyente pariente de Lady De Courcy en el Consejo de la India ni siquiera había tenido tiempo aún de escribir una nota sobre el asunto.
A las once, el señor Butterwell entró en el despacho de Crosbie, y el nuevo secretario se vio obligado a revestirse de sonrisas. El señor Butterwell era un hombre agradable y apuesto de unos cincuenta años, que nunca había asombrado al mundo ni había intentado hacerlo. Era quizás un poco más servil con los grandes hombres y un poco más condescendiente con los subordinados de lo que habría sido de ser perfecto. Pero había algo franco e inglés incluso en su modo de inclinarse ante los poderosos, y con los que no lo eran resultaba más bien demasiado amable que severo o arrogante. Sabía que no era muy inteligente, pero sabía también cómo utilizar a los que sí lo eran. Rara vez cometía errores y era muy escrupuloso para no herir sensibilidades. Aunque no tenía enemigos, tenía algún que otro amigo; por lo tanto, podemos decir del señor Butterwell que había recorrido su camino en la vida con discreción. A los treinta y cinco años se había casado con una dama con algo de fortuna, y ahora llevaba una vida agradable, fácil y risueña en una villa en Putney. Cuando el señor Butterwell oía hablar, como oía a menudo, de la dificultad que tiene un caballero inglés para ganarse el pan en su propio país, solía recordar su propia carrera con cierta complacencia. Sabía que no le había dado mucho al mundo; sin embargo, había recibido mucho, y nadie se lo reprochaba. «Tacto —solía decirse el señor Butterwell mientras paseaba por los senderos de su villa en Putney—. Tacto. Tacto. Tacto».
—Crosbie —dijo al entrar alegremente en la habitación—, te felicito de todo corazón. De verdad. Has alcanzado el puesto muy joven y te lo mereces totalmente; mucho más de lo que yo me lo merecía cuando fui nombrado para el mismo cargo. —Oh, no —dijo Crosbie, sombrío. —Pero yo digo que sí. Tenemos una suerte del demonio de tener a un hombre así, y así se lo dije a los comisionados. —Le estoy muy agradecido, estoy seguro. —Lo he sabido todo el tiempo, incluso antes de que te fueras. Sir Raffle Buffle me había dicho que se iba a la Oficina del Impuesto sobre la Renta. La presidencia allí son dos mil, ya sabes; y a mí me habían prometido el primer asiento en el Consejo. —Ah... ojalá lo hubiera sabido —dijo Crosbie. —Estás mucho mejor como estás —dijo Butterwell—. ¡No hay placer como una sorpresa! Además, uno sabe una cosa de ese tipo y, sin embargo, no la sabe. No me importa decir ahora que lo sabía —jurar que lo sabía—, pero no se lo habría dicho a ningún ser viviente antes de ayer. Hay tantos imprevistos entre la copa y el labio... ¡Imagina que Sir Raffle no se hubiera ido al Impuesto sobre la Renta! —Exactamente —dijo Crosbie. —Pero ahora todo está bien. De hecho, ayer ya me senté en el Consejo, aunque firmé la carta después. No estoy seguro de si no pierdo más de lo que gano. —¡Cómo! ¿Con trescientas libras más al año y menos trabajo? —Ah, pero mira el interés del asunto. El secretario lo ve todo y lo sabe todo. Pero me estoy haciendo viejo y, como tú dices, el trabajo más ligero me vendrá bien. Por cierto, ¿vendrás mañana a Putney? La señora Butterwell estará encantada de ver al nuevo secretario. No hay nadie en la ciudad ahora, así que no tienes excusa para negarte.
Pero el señor Crosbie sí encontró excusa para negarse. Le habría sido imposible sentarse y sonreír a la mesa de la señora Butterwell en su estado de ánimo actual. De una manera misteriosa y a medias explicada, le hizo saber al señor Butterwell que asuntos privados de importancia hacían absolutamente necesario que permaneciera esa noche en la ciudad. «Y, de hecho —dijo—, no soy dueño de mi tiempo en este momento».
—Ah, por cierto... claro que no. Había olvidado por completo felicitarte por ese tema. ¿Así que vas a casarte? Bueno; me alegro mucho, y espero que tengas tanta suerte como yo. —Gracias —dijo Crosbie, de nuevo bastante sombrío. —Una joven de cerca de Guestwick, ¿no es así?; ¿o de por allí? —N... no —tartamudeó Crosbie—. La dama es de Barsetshire. —Vaya, si me pareció oír el nombre. ¿No es una tal Bell, o Tait, o Ball, o algún nombre parecido? —No —dijo Crosbie, armándose de toda la audacia que pudo reunir—. Su nombre es De Courcy. —¿Una de las hijas del conde? —Sí —dijo Crosbie. —Oh, te ruego me disculpes. Me habían informado mal. Vas a aliarte con una familia muy noble, y me alegra de corazón saber de tu éxito en la vida.
Entonces Butterwell le estrechó la mano con mucha cordialidad, cosa que no había hecho de forma tan especial cuando creía que iba a casarse con una Bell, una Tait o una Ball. Aun así, el señor Butterwell empezó a pensar que algo olía mal. Había oído de una fuente fidedigna que Crosbie se había comprometido con la sobrina de un terrateniente con el que se había estado quedando cerca de Guestwick, una chica sin blanca; y el señor Butterwell, en su sabiduría, había pensado que su amigo Crosbie era un poco tonto por ello. ¡Pero ahora iba a casarse con una de las De Courcy! El señor Butterwell estaba un poco desconcertado.
—Bueno; nos reuniremos a las dos, ya sabes, y por supuesto vendrás. Si estás libre antes de eso, te entregaré los papeles que tengo. No he sido un Lord Eldon en mi despacho, así que no te romperán la espalda.
Inmediatamente después, Fowler Pratt fue anunciado en el despacho de Crosbie, y este escribió la carta al terrateniente bajo la mirada de Pratt.
No pudo alegrarse ni en lo más mínimo por su ascenso. En cuanto Pratt le dejó a solas, intentó aliviar su corazón; se esforzó por dejar atrás a Lily y sus agravios para centrar sus pensamientos en sus crecientes éxitos en la vida, pero fue incapaz de hacerlo. Una tribulación autoimpuesta no se deja desterrar así como así. Si un hombre pierde mil libras por culpa de un amigo, o por un revés de la fortuna, puede, si es un hombre, reprimir su pena y pisotearla; puede exorcizar el espíritu de su queja y ordenar al maligno que abandone su morada. Pero tal exorcismo no sirve cuando la pesadumbre nace de la propia locura y del pecado del hombre; y menos aún si nace de su propio egoísmo. Esos son los casos que empujan a los hombres a la bebida, los que les arrastran a evitar todo pensamiento, los que engendran a los jugadores y a los pródigos temerarios; los que conducen al suicidio. ¿Cómo podía evitar escribir aquella carta a Lily? Podría pegarse un tiro y acabar con todo de una vez. A tales reflexiones llegaba mientras permanecía sentado, intentando cosechar alguna satisfacción de su ascenso.
Pero Crosbie no era hombre dado al suicidio. Haciéndole justicia, debo afirmar que era demasiado bueno para eso. Sabía muy bien que el disparo de una pistola no sería aquí el "ser-todo y el fin-todo", y había en él demasiada hombría para una huida tan cobarde. Tenía que cargar con el fardo. Pero ¿cómo iba a soportarlo? Allí se quedó sentado hasta las dos, desatendiendo al señor Butterwell y los papeles de la oficina, sin moverse de su asiento hasta que un ordenanza le citó ante el Consejo. El Consejo, cuando entró en la sala, no era tal como el público podría imaginarlo. Había una mesa redonda con algunas plumas esparcidas y un cómodo sillón de cuero a un lado, el más alejado de la puerta. Sir Raffle Buffle se despedía de sus ya antiguos colegas y estaba de pie, de espaldas a la chimenea, hablando en voz muy alta. Sir Raffle era un gran fanfarrón, y el Consejo estaba extraordinariamente contento de librarse de él; pero como esta iba a ser su última aparición en la Oficina del Comité, se sometieron a su voz con mansedumbre. El señor Butterwell estaba junto a él, ensayando una risa leve ante los chistes de Sir Raffle. Un hombre bajito, de apenas metro y medio, con ojos pequeños pero de mirada honesta y el pelo muy corto, permanecía detrás del sillón frotándose las manos, deseando que Sir Raffle se marchara para poder sentarse. Se trataba del señor Optimist, el nuevo presidente, por cuyo nombramiento el Daily Jupiter tanto había clamado, declarando que el actual ministro se mostraba superior a todos los ministros precedentes al otorgar ascensos basándose únicamente en el mérito. El Daily Jupiter, hacía quince días, había publicado un elocuente artículo defendiendo las aspiraciones del señor Optimist, y se sentía naturalmente complacido al ver que se había seguido su consejo. ¿Acaso no tiene un ministro obediente derecho al elogio de los poderes a los que obedece?
El señor Optimist era, en verdad, un caballerito industrioso, muy bien relacionado, que había servido al público toda su vida y que era, al menos, honesto en sus tratos. Tampoco era un matón como su predecesor. Podría, no obstante, cuestionarse si tenía el fuste necesario para el mando que se le acababa de confiar. Solo había otro miembro en el Consejo, el Mayor Fiasco: un hombre descontento, con el corazón roto y silencioso, que había sido enviado a la Oficina del Comité General unos años antes porque no lo querían en ninguna otra parte. Era un hombre que había pretendido hacer grandes cosas al entrar en la vida pública, y había poseído talento y energía para cosas moderadamente grandes. También había gozado, hasta cierto punto, del favor de los altos cargos; pero, de algún modo, las cosas no le habían ido bien y, en su carrera, se había salido de la pista. Estaba aún en la flor de la vida y, sin embargo, todo el mundo sabía que el Mayor Fiasco no tenía ya nada más que esperar del público ni del Gobierno. De hecho, no faltaba quien decía que el Mayor Fiasco recibía ya unos ingresos generosos por los que no trabajaba; que se limitaba a ocupar un sillón cuatro horas al día, cuatro o cinco días a la semana, estampando su firma en ciertos formularios y documentos, leyendo o fingiendo leer ciertos papeles, pero, en realidad, sin hacer nada útil. El Mayor Fiasco, por su parte, se consideraba un individuo profundamente agraviado y pasaba la vida rumiando sus penas. Ya no creía en nada ni en nadie. Había empezado su vida pública esforzándose por ser honesto, y ahora consideraba deshonestos a todos los que le rodeaban. No encontraba satisfacción en ningún hombre, salvo la que sentía cuando algún acontecimiento le demostraba que tal o cual colega suyo había resultado ser un interesado, un falso o un fraudulento. «No me venga con cuentos, Butterwell —solía decir, pues con el señor Butterwell mantenía cierta intimidad semioficial, y solía agarrar a dicho caballero por el ojal de la chaqueta, manteniéndolo cerca—; no me venga con cuentos. Yo sé cómo son los hombres. He visto mundo. He mirado las cosas con los ojos abiertos. Ya sabía yo lo que se traía entre manos». Y entonces contaba alguna jugarreta astuta de algún funcionario bien conocido por ambos, no denunciándola exactamente, sino dando por sentado que el hombre en cuestión era un bribón. Butterwell se encogía de hombros, reía suavemente y decía que, palabra de honor, no creía que el mundo fuera tan malo como Fiasco lo pintaba.
Y no lo creía, porque Butterwell creía en muchas cosas. Creía en su villa de Putney en esta tierra, y creía también que podría alcanzar una suerte de villa de Putney en el otro mundo sin tener que pasar por un martirio previo. Primero su villa de Putney, con todas las comodidades que conllevaba, y después su deber para con el público. Así regulaba su conducta el señor Butterwell; y como se desvivía por que la villa fuera un hogar tan cómodo para su mujer como para él mismo, y especialmente acogedora para sus amigos, no creo que debamos pelearnos con su credo.
El señor Optimist creía en todo, pero especialmente creía en el Primer Ministro, en el Daily Jupiter, en la Oficina del Comité General y en sí mismo. Durante mucho tiempo había pensado que casi todo estaba en orden; pero ahora que él mismo era el presidente de la Oficina del Comité General, estaba completamente seguro de que todo tenía que estar en orden. En Sir Raffle Buffle, desde luego, nunca había creído; y ahora era, quizá, la mayor alegría de su vida el saber que nunca más se vería obligado a escuchar el tono de la odiada voz de aquel terrible caballero.
Viendo quiénes componían el nuevo Consejo, cabía suponer que Crosbie esperase disfrutar de una posición nada despreciable en su oficina. De hecho, había algunos entre los empleados que no dudaban en decir que el nuevo secretario haría prácticamente lo que quisiera. En cuanto al «Viejo Opt», decían que no habría dificultad con él: bastaba con decirle que tal o cual decisión era suya para que se lo creyera a pies juntillas. Butterwell no era aficionado al trabajo y llevaba muchos años acostumbrado a apoyarse en Crosbie. En cuanto a Fiasco, sería cínico de palabra, pero totalmente indiferente en los hechos. Si toda la oficina se fuera al garete, Fiasco, a su manera sombría, disfrutaría con la confusión.
—Le deseo mucha alegría, Crosbie —dijo Sir Raffle, plantado sobre la alfombra, esperando que el nuevo secretario se acercara a estrecharle la mano. Pero Sir Raffle se marchaba, y el nuevo secretario no le concedió ese gusto. —Gracias, Sir Raffle —dijo Crosbie, sin acercarse a la alfombra. —Señor Crosbie, le felicito muy sinceramente —dijo el señor Optimist—. Su ascenso ha sido fruto enteramente de su propio mérito. Ha sido seleccionado para el alto cargo que ahora se le pide que ocupe únicamente porque se ha considerado que es el hombre más apto para desempeñar las onerosas tareas que conlleva. Hum... h-m... ja. En lo que respecta a mi participación en la recomendación que nos vimos obligados a presentar al Tesoro, debo decir que nunca he sentido menos dudas en mi vida, y creo que puedo declarar lo mismo respecto a los demás miembros del Consejo. —Y el señor Optimist miró a su alrededor buscando palabras de aprobación. Se había adelantado desde su puesto detrás del sillón para dar la bienvenida a Crosbie y le había estrechado la mano cordialmente. Fiasco también se había levantado de su asiento y le había asegurado a Crosbie en un susurro que se había montado muy bien el riñón. Luego volvió a sentarse. —Desde luego que sí, por lo que a mí respecta —dijo Butterwell. —Le dije al Canciller del Tesoro —añadió Sir Raffle, hablando muy alto y con mucha autoridad— que a menos que tuviera a algún hombre de primera clase que enviar de otra parte, yo podía proponer a un candidato idóneo. «Sir Raffle —me dijo—, tengo intención de que el puesto se quede en la oficina y, por tanto, me alegrará conocer su opinión». «En ese caso, señor Canciller —dije yo—, el señor Crosbie debe ser el hombre». «El señor Crosbie será el hombre», dijo el Canciller. Y el señor Crosbie es el hombre. —Tu amigo Sark habló con Lord Brock sobre el asunto —dijo Fiasco. El conde de Sark era un joven noble de mucha influencia en aquel momento, y Lord Brock era el Primer Ministro—. Deberías dar las gracias a Lord Sark. —Tuvo tanto que ver como si hubiera hablado mi lacayo —replicó Sir Raffle. —Estoy muy agradecido al Consejo por su buena opinión —dijo Crosbie con gravedad—. También se lo agradezco a Lord Sark... y también a su lacayo, Sir Raffle, si, como parece decir, se ha interesado a mi favor. —No he dicho nada parecido —bufó Sir Raffle—. He creído conveniente hacerle entender que fue mi opinión, dada, por supuesto, oficialmente, la que prevaleció ante el Canciller del Tesoro. Bueno, caballeros, como se me requiere en la City, les daré los buenos días. ¿Está listo mi carruaje, Boggs? —A lo cual el ordenanza abrió la puerta y el gran Sir Raffle Buffle abandonó definitivamente el escenario de sus antiguos trabajos.
—En cuanto a los deberes de su nuevo cargo... —y el señor Optimist continuó su discurso, no prestando más atención a la marcha de su enemigo que la indicada por un brillo más intenso en sus ojos y un tono de voz más satisfactorio—, se encontrará usted muy familiarizado con ellos. —Vaya si lo estará —asintió Butterwell. —Y estoy completamente seguro de que los desempeñará con igual crédito para usted, satisfacción para el departamento y ventaja para el público. Siempre nos complacerá contar con su opinión sobre cualquier asunto de importancia que se nos presente; y en cuanto a la disciplina interna de la oficina, sentimos que podemos dejarla con total seguridad en sus manos. En cualquier cuestión de relevancia nos consultará, por supuesto, y confío plenamente en que seguiremos adelante juntos con gran comodidad y confianza mutua.
Entonces el señor Optimist miró a sus colegas comisionados, se sentó en su sillón y, tomando unos papeles que tenía delante, comenzó los asuntos rutinarios del día.
Eran casi las cinco cuando, en esta ocasión especial, el secretario regresó de la sala del Consejo a su propio despacho. Ni por un momento se le había quitado el peso de los hombros mientras Sir Raffle alardeaba o el señor Optimist pronunciaba su discurso. Había estado pensando, no en ellos, sino en Lily Dale; y aunque no habían descubierto sus pensamientos, habían percibido que no parecía el mismo de siempre. —Nunca en mi vida he visto a un hombre tan poco eufórico por una buena noticia —dijo el señor Optimist. —Ah, tiene algo en la cabeza —respondió Butterwell—. Creo que va a casarse. —Si ese es el caso, no es de extrañar que no esté eufórico —sentenció el Mayor Fiasco, que era soltero.
Ya de nuevo en su cuarto, Crosbie echó mano de inmediato a una hoja de papel de notas, como si al apresurarse pudiera conseguir que aquella carta para Allington quedara escrita. Pero aunque tenía el papel delante y la pluma en la mano, la carta no se escribía, no quería escribirse. ¿Con qué palabras debía empezarla? ¿A quién debía dirigirla? ¿Cómo iba a declararse el canalla en que se había convertido? La correspondencia de la oficina se retiraba cada noche poco después de las seis, y a las seis en punto no había escrito ni una palabra. «La haré en casa esta noche», se dijo; y entonces, arrancando un trozo de papel, garabateó esas pocas líneas que Lily recibió y que se había negado a comunicar a su madre o a su hermana. Crosbie, al escribirlas, pensó que de algún modo prepararían a la pobre muchacha para el golpe que se avecinaba; que, al menos, le harían saber que algo no iba bien; pero al suponer tal cosa, no había contado con la constancia de la naturaleza de ella, ni había pensado en la promesa que Lily le había hecho de que nada la haría dudar de él. Escribió la nota y luego, tomando su sombrero, se marchó a través de la penumbra de la tarde de noviembre por Charing Cross y St. Martin’s Lane, hacia Seven Dials y Bloomsbury, adentrándose en zonas de la ciudad por las que no tenía nada que hacer y que nunca frecuentaba. Apenas sabía a dónde iba ni por qué. ¿Cómo escapar del peso de la carga que ahora le aplastaba? Le parecía que cambiaría agradecido su posición por la del último empleado de su oficina, con tal de que ese empleado no tuviera en su conciencia una traición semejante a la que él era culpable.
A las siete y media se encontró en Sebright’s, y allí cenó. Un hombre cena, aunque se le esté rompiendo el corazón. Luego tomó un coche y se hizo llevar a su casa en Mount Street. Durante su caminata se había jurado a sí mismo que no se acostaría esa noche hasta que la carta estuviera escrita y echada al correo. Eran las doce antes de que las primeras palabras quedaran marcadas en el papel y, sin embargo, cumplió su juramento. Entre las dos y las tres, bajo la fría luz de la luna, salió a rastras y depositó su carta en la oficina de correos más cercana.
Capítulo 29
John Eames regresa a Burton Crescent
John Eames y Crosbie regresaron a la ciudad el mismo día. Se recordará cómo Eames había auxiliado a Lord De Guest con el asunto del toro, y cuán grande había sido la gratitud del conde en aquella ocasión. El recuerdo de esto, y los encendidos ánimos que recibió de su madre y de su hermana por haberse ganado a un amigo tal gracias a su gallardía, le brindaron cierta satisfacción en sus últimas horas en casa. Sin embargo, sus dos desgracias eran demasiado graves para permitirle algo parecido a la verdadera felicidad. Dejaba atrás a Lily, comprometida con un hombre al que odiaba, y regresaba a Burton Crescent, donde tendría que enfrentarse a Amelia Roper; a Amelia ya fuera en su furia o en su amor. La perspectiva de Amelia enfurecida le resultaba terrible; pero su mayor temor era Amelia enamorada. En su carta, él había declinado el matrimonio; pero ¿y si ella echaba por tierra todas sus objeciones y se lo llevaba a rastras a la iglesia a pesar de sí mismo?
Cuando llegó a Londres y subió a un coche con su maleta, apenas reunió valor para indicarle al hombre que le llevara a Burton Crescent. «Bien podría ir a un hotel por esta noche —se dijo—, y así me entero por Cradell en la oficina de cómo van las cosas». No obstante, dio la dirección de Burton Crescent y, una vez dada, le dio vergüenza cambiarla. Pero, mientras el coche avanzaba hacia la conocida puerta, sentía el ánimo tan por los suelos que casi podría decirse que lo había perdido del todo. Cuando el cochero le preguntó si debía llamar, no pudo responder; y cuando la criada le saludó en la puerta, casi echó a correr.
—¿Quién hay en casa? —preguntó él en voz muy baja. —Está la señora —dijo la muchacha—, y la señorita Spruce y la señora Lupex. Él se ha marchado a alguna parte, otra vez con sus berrinches; y está el señor... —¿Está aquí la señorita Roper? —dijo él, todavía susurrando. —¡Oh, sí! La señorita Mealyer está aquí —dijo la chica, hablando con una voz cruelmente alta—. Estaba en el comedor hace un momento, poniendo la mesa. ¡Señorita Mealyer! —Y la muchacha, al gritar el nombre, abrió la puerta del comedor. Johnny Eames sintió que las rodillas le flaqueaban.
Pero la señorita Mealyer no estaba en el comedor. Había divisado el coche de su jurado adorador y había considerado conveniente retirarse de sus deberes domésticos para fortificarse entre sus cepillos y cintas. De haber podido saber cuán débil y cobarde era el enemigo contra el que debía entrar en acción, probablemente habría librado su batalla de forma distinta y habría logrado una rápida victoria a costa de uno o dos disparos enérgicos. Pero no lo sabía. Pensaba que era probable que lograra dominarlo y manejarlo, pero no se le ocurría que las piernas de él fueran tan débiles que ella casi podría derribarlo de un soplo. Nadie salvo las mujeres más ruines y desalmadas conocen el alcance de su poder sobre los hombres; del mismo modo que nadie salvo los hombres más ruines y desalmados conocen el alcance de su poder sobre las mujeres. Amelia Roper no era un buen ejemplar del sexo femenino, pero las había peores que ella.
—No está ahí, señor Eames; pero la verá en el cuarto de estar —dijo la chica—. Y ella se alegrará de verle de vuelta, señor Eames.
Pero él pasó escrupulosamente de largo ante la puerta del cuarto de estar de arriba, sin mirar siquiera hacia dentro, y se las ingenió para llegar a su propia habitación sin haberse encontrado con nadie. «Aquí tiene su agua caliente, señor Eames», le dijo la chica al subir al cabo de media hora; «y la cena estará en la mesa en diez minutos. El señor Cradell ya ha llegado, y también el hijo de la señora».
Aún tenía la posibilidad de salir y cenar en cualquier casa de comidas del Strand. Podía marcharse dejando dicho que tenía un compromiso y así posponer la hora fatídica. Casi se había decidido a hacerlo, y ciertamente lo habría hecho de no haberse abierto la puerta del cuarto de estar justo cuando él estaba en el rellano. La puerta se abrió y se encontró frente a toda la concurrencia. Primero salió Cradell y, apoyada en su brazo —lamento tener que decirlo—, iba la señora Lupex: ¡Aegyptia conjux!. Luego vino la señorita Spruce con el joven Roper; Amelia y su madre cerraban la marcha juntas. Ya no era posible huir; y el pobre Eames, antes de saber qué estaba haciendo, fue arrastrado al comedor con el resto de la compañía. Todos se alegraron de verle y le dieron una cálida bienvenida, pero él estaba tan fuera de sí que no pudo discernir si la voz de Amelia se unía a las de los demás. Ya estaba sentado a la mesa, con un plato de sopa delante, antes de percatarse de que se hallaba entre la señora Roper y la señora Lupex. Esta última se había separado del señor Cradell al entrar en la estancia. «Dadas las circunstancias, quizá sea mejor que estemos separados —había dicho—. Una dama nunca toma precauciones de más, ¿verdad, señora Roper? No hay peligro entre usted y yo, ¿verdad, señor Eames? Especialmente con la señorita Amelia enfrente». Estas últimas palabras, sin embargo, iban destinadas a ser un susurro en su oído.
Pero Johnny no le respondió; se limitó por el momento a secarse el sudor de la frente. Allí estaba Amelia, frente a él, mirándole; la mismísima Amelia a la que había escrito declinando el honor de casarse con ella. No podía juzgar por su aspecto cuál sería su disposición hacia él. Su rostro se mostraba simplemente severo e impasible, y parecía inclinada a cenar en silencio. Una leve sonrisa de mofa cruzó su cara al oír el susurro de la señora Lupex, y se pudo notar que su nariz, al mismo tiempo, se elevaba ligeramente; pero no dijo una palabra.
—Espero que haya disfrutado usted, señor Eames, entre las bellezas primaverales del campo —dijo la señora Lupex. —Mucho, gracias —respondió él. —No hay nada como el campo en esta estación otoñal del año. En cuanto a mí, nunca he estado acostumbrada a quedarme en Londres tras la marcha del beau monde. Solíamos ir a Broadstairs, que es un lugar encantador con una sociedad de lo más elegante, pero ahora... —y sacudió la cabeza, con lo cual todos comprendieron que se refería a los pecados del señor Lupex. —Yo, por mi parte, nunca desearía dormir fuera de Londres —dijo la señora Roper—. Cuando una mujer tiene un techo sobre su cabeza, no creo que su mente esté nunca tranquila fuera de él.
No pretendía lanzar ninguna indirecta a la señora Lupex por no tener casa propia, pero aquella dama se erizó de inmediato. —Eso es justo lo que dicen los caracoles, señora Roper. Y en cuanto a tener casa propia, es algo muy bueno, sin duda, a veces; pero eso depende de las circunstancias. A mí me ha convenido últimamente vivir de alquiler, pero quién sabe si no caeré más bajo todavía y tendré que... —pero aquí se interrumpió y, mirando al señor Cradell, asintió con la cabeza. —Y tendrá que alquilar habitaciones —dijo la señora Roper—. Espero que tenga usted más suerte con sus huéspedes de la que yo he tenido con algunos de los míos. Jemima, pase las patatas a la señorita Spruce. Señorita Spruce, ¿me permite que le sirva un poco más de salsa? Hay de sobra, de verdad. —La señora Roper probablemente estaba pensando en la señora Todgers. —Espero que sí —dijo la señora Lupex—. Pero, como decía, Broadstairs es una delicia. ¿Estuvo usted alguna vez en Broadstairs, señor Cradell? —Nunca, señora Lupex. Por lo general voy al extranjero durante mis vacaciones. Se ve más mundo, ya sabe. Estuve en Dieppe el pasado junio y me pareció encantador, aunque algo solitario. Iré a Ostende este año; solo que diciembre es muy tarde para Ostende. Fue una puñeta que me tocara diciembre, ¿verdad, Johnny? —Sí, lo fue —dijo Eames—. Yo me lo monté mejor. —¿Y qué ha estado haciendo usted, señor Eames? —preguntó la señora Lupex con una de sus sonrisas más dulces—. Sea lo que sea, estoy segura de que no habrá sido infiel a la causa de la belleza. —Y miró hacia Amelia con una sonrisa de complicidad. Pero Amelia estaba atenta a su plato y siguió con su cena sin volver los ojos ni hacia la señora Lupex ni hacia John Eames. —No he hecho nada en particular —dijo Eames—. Solo he estado con mi madre. —Aquí hemos estado muy sociales, ¿verdad, señorita Amelia? —continuó la señora Lupex—. Solo que de vez en cuando una nube cruza el cielo y las luces del banquete se oscurecen. —Entonces se llevó el pañuelo a los ojos, sollozando profundamente, y todos supieron que aludía de nuevo a las faltas de su marido.
En cuanto terminó la cena, las damas se retiraron con el joven señor Roper, y Eames y Cradell se quedaron para tomar su vino ante el fuego del comedor, o su vaso de ginebra con agua, según el caso. —Bueno, Caudle, viejo amigo —dijo uno. —Bueno, Johnny, muchacho —dijo el otro. —¿Qué noticias hay por la oficina? —preguntó Eames. —Muggeridge la está armando parda. —Muggeridge era el segundo oficial en el departamento de Cradell—. Vamos a hacerle el vacío y a no hablarle más que para cosas oficiales. Pero, a decir verdad, he tenido tanto trabajo aquí en casa que no he pensado mucho en la oficina. ¿Qué voy a hacer con esa mujer? —¿Qué vas a hacer? ¿A qué te refieres? —Sí; ¿qué voy a hacer con ella? ¿Cómo me las voy a arreglar? Lupex se ha largado otra vez con uno de sus ataques de celos. —Pero no es culpa tuya, supongo. —Bueno; no sabría decirte. Me gusta, y eso es todo; me gusta la tira. —Pero, mi querido Caudle, sabes que es la mujer de ese hombre. —Oh, sí, lo sé perfectamente. No voy a defenderme. Está mal, lo sé... es agradable, pero está mal. Pero ¿qué puede hacer uno? Supongo que, por estricta moralidad, debería dejar la pensión. Pero, ¡por Júpiter!, no veo por qué tiene uno que verse echado de esa manera. Y además, no podría saldar mi cuenta con la vieja madre Roper. Pero dime, viejo amigo, ¿quién te ha dado esa cadena de oro? —Bueno; fue un viejo amigo de la familia en Guestwick; o mejor dicho, debería decir un hombre que decía haber conocido a mi padre.
—¡Y te la dio porque conocía a tu padre! ¿Viene con reloj? —Sí, hay un reloj. Pero no fue exactamente por eso. Hubo un lío con un toro. A decir verdad, fue Lord De Guest; el tipo más raro que hayas conocido en tu vida, Caudle, pero un fuera de serie. Tengo que ir a cenar con él por Navidad. —Y entonces le contó la vieja historia del toro. —Ojalá encontrara yo a un lord en un campo con un toro —dijo Cradell. Sin embargo, se nos debe permitir dudar de que el señor Cradell se hubiera ganado un reloj incluso si se hubiera cumplido su deseo. —Ya ves —continuó Cradell, volviendo al tema del que más disfrutaba hablar—, yo no soy responsable de la mala conducta de ese hombre. —¿Acaso alguien dice que lo seas? —No, nadie lo dice. Pero la gente parece pensarlo. Cuando él está delante, apenas le dirijo la palabra. Ella es ligera de cascos y atolondrada, como son las mujeres, y me toma del brazo y esas cosas, ya sabes. A él le pone furioso, pero, por mi honor, no creo que ella lo haga con mala intención. —Supongo que no —dijo Eames. —Bueno, puede que sí o puede que no. Espero de todo corazón que no. —¿Y dónde está él ahora? —Que esto quede entre nosotros, ¿sabes?; pero ella ha ido a buscarlo esta tarde. A menos que él le dé dinero, ella no puede quedarse aquí ni, para el caso, podrá marcharse. Si te confío algo, ¿no se lo dirás a nadie? —Claro que no. —No querría por nada del mundo que nadie lo supiera. Le he prestado siete libras con diez. Por eso ando tan corto con la madre Roper. —Entonces creo que eres un tonto por tus desvelos. —Ah, eso es tan propio de ti. Siempre dije que no tienes ni un gramo de verdadero romanticismo. Si a mí me importara una mujer, le daría hasta el abrigo que llevo puesto. —Yo haría más que eso —dijo Johnny—. Le daría el corazón de mi cuerpo. Me dejaría trocear vivo por una chica a la que amara; pero no sería por la mujer de otro hombre. —Eso es cuestión de gustos. Pero ella ha estado hoy con Lupex, en esa casa a la que él va en Drury Lane. Han tenido una escena terrible. Él iba a suicidarse en mitad de la calle, y ella declara que todo es por celos. Imagínate lo que paso yo... viviendo siempre, por así decirlo, sobre un barril de pólvora. Él puede aparecer por aquí en cualquier momento, ya sabes. Pero, palabra, por nada del mundo puedo abandonarla. Si le diera la espalda, no tendría ni un amigo en el mundo. ¿Y cómo está L. D.? Te diré una cosa: vas a tener problemas con la divina Amelia. —¿Ah, sí? —Vaya que sí, por Júpiter. Pero, ¿cómo está L. D. después de todo este tiempo? —L. D. está comprometida para casarse con un hombre llamado Adolphus Crosbie —dijo el pobre Johnny, despacio—. Si no te importa, no hablaremos más de ella. —¡Vaya, vaya! ¡Por eso estás tan alicaído! ¡L. D. se casa con Crosbie! Pero si ese es el hombre que va a ser el nuevo secretario en la Oficina del Comité General. El viejo Huffle Scuffle, que era su presidente, se ha venido con nosotros, ya sabes. Ha habido un movimiento general en el C. G., y a ese tal Crosbie le ha tocado la secretaría. Es un tipo con suerte, ¿no? —No sé nada de su suerte. Es uno de esos tipos que me caen mal nada más verlos. Tengo el presentimiento de que viviré para darle una patada algún día. —Conque esas tenemos, ¿eh? Pues supongo que ahora Amelia se saldrá con la suya. —Te diré una cosa, Caudle. Antes subiría por la trampilla y me tiraría desde el tejado al patio de luces que casarme con Amelia Roper. —¿Habéis hablado ella y tú desde que has vuelto? —Ni una palabra. —Pues te lo digo claramente: tienes problemas por delante. Amelia y Maria —la señora Lupex, quiero decir— son ahora uña y carne, y han estado hablando de ti. Maria —o sea, la señora Lupex— me lo cuenta todo. Tendrás que andar con pies de plomo, viejo amigo.
Eames no estaba de humor para seguir discutiendo el asunto, así que terminó su ponche en silencio. Cradell, sin embargo, que sentía que en sus asuntos había algo de lo que estar orgulloso, no tardó en retomar el relato de su extraordinaria situación. —Por Júpiter, no sé si un hombre se ha visto alguna vez en tal tesitura —dijo—. Ella espera que yo la proteja y, sin embargo, ¿qué puedo hacer? Finalmente, Cradell se levantó y declaró que debía reunirse con las damas. —Está tan nerviosa que, a menos que alguien le dé apoyo, se pone enferma. Eames declaró su intención de ir al salón de fumar, o al teatro, o a dar un paseo por las calles. Las sonrisas de la belleza ya no tenían encanto para él en Burton Crescent. —Esperarán que tomes una taza de té la primera noche —dijo Cradell; pero Eames respondió que ya podían esperar sentadas. —No estoy de humor para eso —dijo—. Te digo una cosa, Cradell: voy a dejar este sitio y me buscaré unas habitaciones en otra parte. No volveré a pisar una casa de huéspedes en mi vida.
Mientras decía esto, estaba de pie junto a la puerta del comedor; pero no se le permitió escapar de forma tan sencilla. Jemima, cuando salía al pasillo, estaba allí con una nota doblada en tres picos en la mano. —De parte de la señorita Mealyer —dijo—. La señorita Mealyer está en el saloncito de atrás, ella sola. El pobre Johnny tomó la nota y la leyó bajo el farol de la puerta principal.
"¿No vas a hablarme el día de tu regreso? No puede ser que te vayas de casa sin verme ni un momento. Estoy en el saloncito de atrás".Cuando hubo leído estas palabras, se detuvo en el pasillo con el sombrero puesto. Jemima, que no comprendía por qué un joven dudaría en ver a su amada a solas en el saloncito, le susurró de nuevo, con su forma sonora de hacerlo: —La señorita Mealyer está allí, señor; ¡y todos los demás están arriba! Viéndose así obligado, Eames dejó el sombrero y caminó con paso lento hacia el saloncito de atrás.
¿Cómo sería el encuentro con el enemigo? ¿Se enfrentaría a una Amelia colérica o a una Amelia amorosa? Ella se había mostrado severa y desafiante cuando él se atrevió a lanzarle una mirada furtiva al otro lado de la mesa, y ahora esperaba que ella se volviera contra él con ruidosas amenazas y protestas por sus agravios. Pero no fue así. Cuando entró en la habitación, ella estaba de espaldas a él, apoyada en la repisa de la chimenea, y en un primer momento no intentó hablar. Él caminó hasta el centro de la estancia y se quedó allí, esperando a que ella empezara. —¡Cierra la puerta! —dijo ella, mirando por encima del hombro—. ¡Supongo que no querrás que la chica oiga todo lo que tienes que decirme! Él cerró la puerta; pero Amelia seguía de espaldas, apoyada en la chimenea. No parecía que él tuviera mucho que decir, pues permaneció en perfecto silencio. —¡Y bien! —dijo Amelia tras una larga pausa, y volvió a mirar por encima del hombro—. ¡Y bien, señor Eames! —Jemima me dio tu nota y por eso he venido —dijo él. —¡Y es así como nos encontramos! —exclamó ella, volviéndose súbitamente hacia él y echándose su larga cabellera negra hacia atrás. Ciertamente, poseía cierta belleza. Sus ojos eran grandes y brillantes, y sus hombros estaban bien torneados. Podría haber servido de modelo para una Judit, pero dudo que cualquier hombre, mirándola bien a la cara, pudiera pensar que serviría para esposa—. ¡Oh, John! ¿Tiene que ser así, después de un amor como el nuestro? —Y juntando las manos, se plantó ante él. —No sé a qué te refieres —dijo Eames. —Si estás comprometido para casarte con L. D., dímelo de una vez. Sé un hombre y habla claro, señor. —No —dijo Eames—; no estoy comprometido con la dama a la que aludes. —¿Bajo tu palabra de honor? —No consiento que se hable de ella. No voy a casarme con ella y con eso basta. —¿Crees que deseo hablar de ella? ¿Qué puede importarme L. D. mientras ella no sea nada para ti? ¡Oh, Johnny! ¿Por qué me escribiste aquella carta tan despiadada? —Entonces se apoyó en su hombro... o intentó hacerlo.
No puedo decir que Eames la apartara de un empujón, pues le faltaba valor para ello; pero movió el hombro de tal modo que el apoyo le resultó incómodo a ella, que se vio obligada a erguirse de nuevo. —¿Por qué escribiste esa carta tan cruel? —repitió ella. —Porque pensé que era lo mejor, Amelia. ¿Qué puede hacer un hombre con noventa libras al año, ya sabes? —Pero tu madre te pasa veinte. —¿Y qué puede hacer un hombre con ciento diez? —Que aumentan cinco libras cada año —dijo la bien informada Amelia—. Por supuesto, viviríamos aquí, con mamá, y tú seguirías pagándole como haces ahora. Si tu corazón fuera sincero, Johnny, no pensarías tanto en el dinero. Si me amaras... como dijiste que hacías... —Entonces asomó un pequeño sollozo y las palabras se detuvieron. Las palabras se detuvieron, pero ella estaba otra vez sobre su hombro. ¿Qué podía hacer él? En realidad, su único deseo era escapar y, sin embargo, su brazo, de forma totalmente opuesta a sus deseos, encontró el camino alrededor de la cintura de ella. ¡En un combate así, una mujer tiene tantos puntos a su favor! —Oh, Johnny —dijo ella de nuevo, en cuanto sintió la presión de su brazo—. ¡Cielo santo, qué reloj tan bonito tienes! —y sacó la alhaja del bolsillo de él—. ¿Lo has comprado tú? —No; me lo han regalado. —John Eames, ¿te lo ha regalado L. D.? —¡No, no, no! —gritó él, dando un pisotón mientras hablaba. —¡Oh, te pido perdón! —dijo Amelia, amilanada por el momento ante su energía—. Quizá fuera tu madre. —No; fue un hombre. No importa el reloj ahora. —No me importaría nada, Johnny, si me dijeras que vuelves a amarme. Quizá no debería preguntártelo, y no es decoroso en una dama; pero ¿cómo puedo evitarlo, cuando sabes que tienes mi corazón? Sube a tomar el té con nosotros ahora, ¿quieres?
¿Qué podía hacer él? Dijo que subiría a tomar el té; y mientras la conducía a la puerta, inclinó la cara y la besó. ¡Ay, Johnny Eames! Pero es que, en un combate así, una mujer tiene tantos puntos a su favor.
Capítulo 30
¿Es de él?
Ya he declarado que Crosbie escribió y echó al correo la fatídica carta para Allington, y ahora debemos seguir su rastro hasta allí. A la mañana siguiente del regreso del terrateniente a su casa, la señora Crump, la jefa de correos de Allington, recibió un paquete dirigido a ella. Al abrirlo, encontró un sobre dirigido a la señora Dale, con la petición por escrito de que ella misma lo entregara en mano a dicha dama de inmediato. Era la carta de Crosbie.
—Es del caballero de la señorita Lily —dijo la señora Crump, observando la caligrafía—. Algo pasa, o no le escribiría así a su mamá.
Pero la señora Crump no perdió el tiempo; se puso el sombrero y subió a paso firme con la carta hacia la Casa Pequeña. «Debo ver a la señora en persona», dijo la señora Crump. Acto seguido, la señora Dale fue llamada al vestíbulo y allí recibió el paquete. Lily estaba en el comedor de diario y había visto llegar a la jefa de correos; también había visto que traía una carta en la mano. Por un momento pensó que era para ella, e imaginó que la anciana la había traído en persona por simple amabilidad. Pero Lily, al oír mencionar a su madre, se retiró al instante y cerró la puerta del comedor. Su corazón presagió que algo iba mal, pero apenas intentó pensar qué podría ser. Al fin y al cabo, el cartero habitual podría traer la carta que ella misma esperaba. Bell aún no había bajado, y Lily permaneció sola ante las tazas de té, sintiendo que había algo que temer. Su madre no entró de inmediato en la habitación, sino que, tras una pausa de uno o dos minutos, volvió a subir las escaleras. Así permaneció Lily, ora apoyada en la mesa, ora junto a la ventana, o sentada en uno de los dos sillones, durante unos diez minutos, hasta que Bell entró en la habitación.
—¿Aún no ha bajado mamá? —preguntó Bell. —Bell —dijo Lily—, algo ha pasado. Mamá ha recibido una carta. —¡Pasado! ¿Qué ha pasado? ¿Hay alguien enfermo? ¿De quién es la carta? —Y Bell se disponía a salir en busca de su madre. —Espera, Bell —dijo Lily—. No vayas todavía. Creo que es de... Adolphus. —¡Oh, Lily! ¿Qué quieres decir? —No lo sé, querida. Esperaremos un poco más. No pongas esa cara, Bell. —Y Lily se esforzó por parecer tranquila, y lo logró casi por completo. —Me has asustado tanto —dijo Bell. —Yo misma estoy asustada. Ayer solo me envió una línea, y ahora nada. ¡Si le hubiera ocurrido alguna desgracia! La señora Crump ha traído la carta a mamá en mano, y eso es tan raro, ya sabes. —¿Estás segura de que es de él? —No; no he hablado con ella. Voy a subir ahora mismo. No vengas, Bell. ¡Oh, Bell, no pongas esa cara de pena! —Besó a su hermana y, con pasos muy suaves, se dirigió a la habitación de su madre—. Mamá, ¿puedo entrar? —¡Oh, hija mía! —Sé que es de él, mamá. Dímelo todo de una vez.
La señora Dale había leído la carta. Con ojos rápidos y certeros, se había hecho dueña de todo su contenido y ya era consciente de la naturaleza y el alcance del pesar que les había caído encima. Era un pesar que no admitía esperanza alguna. El hombre que había escrito esa carta no podría volver jamás; ni, en caso de volver, podría ser bien recibido entre ellas. El golpe había caído y había que soportarlo. Dentro de la carta para ella misma había una nota muy pequeña dirigida a Lily. «Entréguele la adjunta —había escrito Crosbie—, si no considera que está mal hacerlo. La he dejado abierta para que pueda leerla». La señora Dale, sin embargo, aún no la había leído y la ocultaba ahora bajo su pañuelo.
No repetiré íntegramente la carta de Crosbie a la señora Dale. Ocupaba los cuatro lados de un pliego y era el tipo de carta que haría que cualquier hombre que la escribiera se sintiera un canalla. Ya vimos que tuvo dificultades para redactarla, pero el milagro era que un hombre hubiera encontrado la forma de escribirla. «Sé que me maldecirá —decía él—; y merezco ser maldecido. Sé que seré castigado por esto, y debo soportar mi castigo. Mi peor castigo será este: que nunca más volveré a levantar la cabeza». Y más adelante decía: «Mi única excusa es mi convicción de que nunca la haría feliz. Ella ha sido criada como un ángel, con pensamientos puros, con esperanzas santas, con fe en todo lo que es bueno, elevado y noble. Yo he estado rodeado toda mi vida de cosas bajas, mezquinas e innobles. ¿Cómo podría vivir yo con ella, o ella conmigo? Ahora sé que es así; pero mi falta ha sido no saberlo cuando estaba allí con ella. Prefiero contárselo todo —continuaba hacia el final de la carta— y, por tanto, le informo de que me he comprometido para casarme con otra mujer. ¡Ah! Puedo prever cuán amargos serán sus sentimientos al leer esto; pero no lo serán tanto como los míos al escribirlo. Sí; ya estoy comprometido con alguien que me conviene y a quien yo puedo convenir. No esperará que hable mal de quien ha de ser mi compañera íntima. Pero ella es alguien con quien puedo unirme sin la convicción interna de que destruiré toda su felicidad al hacerlo. Lilian —concluía— contará siempre con mis oraciones; y confío en que pronto olvide, en el amor de un hombre honesto, que alguna vez conoció a alguien tan deshonesto como... Adolphus Crosbie».
¿Qué semblante tendría mientras escribía tales palabras sobre sí mismo bajo la luz fantasmal de su pequeña y solitaria lámpara? Si hubiera escrito la carta en su oficina, a la luz del día, con gente entrando y saliendo, difícilmente habría podido hablar de sí mismo con tanta crudeza. Habría pensado que las palabras escritas permanecen y pueden ser leídas más adelante por otros ojos distintos a los previstos. Pero, sentado a solas en las horas muertas de la noche, casi arrepintiéndose de su pecado con verdadero arrepentimiento, se dijo que no le importaba quién pudiera leerlas. Al menos serían sinceras. Ahora habían sido leídas por su destinataria, y la hija estaba ante la madre para escuchar su sentencia.
—Dímelo todo de una vez —había dicho Lily; pero ¿con qué palabras iba su madre a decírselo? —Lily —dijo ella, levantándose y dejando las dos cartas sobre el sofá; la dirigida a su hija quedó oculta bajo el pañuelo, pero la que ella había leído la dejó abierta y a la vista. Tomó las dos manos de la muchacha entre las suyas mientras la miraba a la cara—. ¡Lily, hija mía! —Entonces estalló en sollozos y fue incapaz de relatar su historia. —¿Es de él, mamá? ¿Puedo leerla? Él no puede estar... —Es del señor Crosbie. —¿Está enfermo, mamá? Dímelo de una vez. Si está enfermo, iré a su lado. —No, cariño, no está enfermo. Todavía no... no la leas aún. ¡Oh, Lily! Trae malas noticias; muy malas noticias. —Mamá, si no está en peligro, puedo leerla. ¿Es malo para él o solo es malo para mí?
En ese momento la criada llamó a la puerta y, sin esperar respuesta, la abrió a medias. —Si me permite, señora, el señor Bernard está abajo y quiere hablar con usted. —¡El señor Bernard! Dile a la señorita Bell que le atienda. —La señorita Bell está con él, señora, pero dice que necesita hablar especialmente con usted.
La señora Dale sintió que no podía dejar a Lily sola. No podía llevarse la carta, ni podía dejar a su hija con la carta abierta. —No puedo verle —dijo la señora Dale—. Pregúntale qué ocurre. Dile que no puedo bajar en este momento. —La criada se marchó y Bernard le dio el recado a Bell. —Bernard —había dicho ella—, ¿sabes algo? ¿Pasa algo malo con el señor Crosbie? —Entonces, en pocas palabras, él se lo contó todo y, comprendiendo por qué su tía no bajaba, regresó a la Casa Grande. Bell, casi estupefacta por la noticia, se sentó a la mesa inconscientemente, apoyada sobre los codos. —Esto la matará —se dijo—. ¡Mi Lily, mi querida Lily! ¡Sin duda la matará!
Pero la madre seguía con la hija, y la historia aún no había sido contada. —Mamá —dijo Lily—, sea lo que sea, por supuesto tengo que saberlo. Empiezo a adivinar la verdad. Te dolerá decirlo. ¿Leo yo la carta?
La señora Dale se asombró de su calma. No podía ser que hubiera adivinado la verdad, o no estaría así ante ella, con los ojos secos y el valor entero. —La leerás, pero antes debo decírtelo yo. ¡Oh, hija mía, mi tesoro! —Lily estaba ahora apoyada contra la cama y su madre permanecía a su lado, acariciándola. —Entonces dímelo —dijo—. Pero ya sé qué es. Lo ha pensado mejor mientras estaba lejos de mí, y ha comprendido que no debe ser como habíamos supuesto. Antes de que se marchara, yo me ofrecí a liberarle de su compromiso, y ahora sabe que es mejor aceptar mi oferta. ¿Es eso, mamá? —La señora Dale no respondió con palabras, pero Lily comprendió por sus gestos que así era.
—Podría habérmelo escrito a mí misma —dijo Lily con orgullo—. Mamá, bajaremos a desayunar. ¿Entonces no me ha enviado nada? —Hay una nota. Me pide que la lea, pero no la he abierto. Está aquí. —Dámela —dijo Lily, casi con severidad—. Dame sus últimas palabras para mí. —Y tomó la nota de manos de su madre.
"Lily: Tu madre te lo habrá contado todo. Antes de que leas estas pocas palabras sabrás que has confiado en alguien que no era digno de ninguna confianza. Sé que me odiarás. Ni siquiera puedo pedirte que me perdones. Permíteme rezar para que aún puedas ser feliz. —A. C."Leyó estas pocas palabras, aún apoyada contra la cama. Luego se levantó y, caminando hacia una silla, se sentó de espaldas a su madre. La señora Dale, moviéndose en silencio tras ella, se colocó detrás de la silla, sin atreverse a hablarle. Así permaneció Lily unos cinco minutos, con la mirada fija en la ventana abierta y con la nota de Crosbie en la mano.
—No le odiaré, y le perdono —dijo al fin, luchando por dominar su voz y apenas dejando traslucir que no lo lograba del todo—. No puedo volver a escribirle, pero tú le escribirás y se lo dirás de mi parte. Ahora, bajaremos a desayunar. —Y dicho esto, se levantó de la silla.
La señora Dale casi temía hablarle; su compostura era tan absoluta y su ademán tan severo y decidido... Apenas sabía cómo ofrecerle piedad y consuelo, viendo que la piedad parecía tan poco necesaria y que ni siquiera se le pedía consuelo. Y no alcanzaba a comprender todo lo que Lily había dicho. ¿Qué quería decir con aquello de ofrecerse a liberarle? ¿Es que había habido alguna disputa entre ellos antes de que él se fuera? Crosbie no mencionaba nada parecido en su carta. Pero la señora Dale no se atrevió a hacer preguntas. —Me asustas, Lily —dijo—. Tu misma calma me asusta. —¡Querida mamá! —Y la pobre muchacha llegó a sonreír mientras abrazaba a su madre—. No tienes por qué asustarte de mi calma. Conozco bien la verdad. He sido muy desgraciada; mucho. Las esperanzas más brillantes de mi vida se han ido... ¡y nunca volveré a ver a aquel a quien amo más que a nada en el mundo! —Entonces, al fin, se derrumbó y lloró en brazos de su madre.
No hubo ni una palabra de ira entonces contra aquel que había hecho todo esto. La señora Dale sentía que no se atrevía a hablar con ira contra él, y no era probable que salieran palabras de ira de la pobre Lily. Ella, de hecho, aún no conocía toda la magnitud de su ofensa, pues no había leído la carta de él. —Dámela, mamá —dijo al fin—. Hay que hacerlo tarde o temprano. —Ahora no, Lily. Te he dicho todo... todo lo que necesitas saber por el momento. —Sí, ahora, mamá. —Y de nuevo aquella dulce voz argentina se volvió severa—. La leeré ahora, y se acabó. —La señora Dale le entregó la carta y ella la leyó en silencio. Su madre, aunque situada un poco detrás, la observaba atentamente mientras lo hacía. Lily estaba ahora tumbada sobre la cama, con la carta en la almohada, apoyada sobre un brazo. Sus lágrimas corrían y, de vez en cuando, se detenía para secarse los ojos. Sus sollozos también eran muy audibles, pero siguió leyendo con firmeza hasta que llegó a la línea en la que Crosbie decía que ya se había comprometido con otra mujer. Entonces su madre vio que se detenía de golpe y que un ligero estremecimiento convulsionaba todos sus miembros.
—Ha sido muy rápido —dijo, casi en un susurro; y terminó de leer la carta—. Dile, mamá —añadió—, que le perdono y que no le odiaré. Se lo dirás de mi parte, ¿verdad? —Y se incorporó en la cama.
La señora Dale no le dio tal seguridad. En su estado de ánimo actual, sus sentimientos hacia Crosbie eran de una naturaleza que ella misma apenas podía comprender o analizar. Sentía que, de tenerlo delante, casi podría abalanzarse sobre él como una tigresa. Nunca había odiado antes como odiaba ahora a este hombre. Para ella era un asesino, y peor que un asesino. Se había colado como un lobo en su pequeño redil, había destrozado a su corderilla y la había dejado lisiada y mutilada para siempre. ¿Cómo podía una madre perdonar una ofensa semejante, o consentir ser el medio para expresar un perdón?
—Debes hacerlo, mamá; o, si tú no lo haces, lo haré yo. Recuerda que le amo. Tú sabes lo que es haber amado a un solo hombre. Él me ha hecho muy desgraciada; apenas sé aún cuánto. Pero le he amado, y le amo. Creo, en mi corazón, que él todavía me ama. Donde ha existido esto, no debe haber odio ni falta de perdón. —Pediré a Dios que me haga capaz de perdonarle —dijo la señora Dale. —Pero debes escribirle esas palabras. ¡De verdad debes hacerlo, mamá! «Ella me pide que le diga que le ha perdonado y que no le odiará». ¡Prométemelo! —No puedo prometer nada ahora, Lily. Lo pensaré e intentaré cumplir con mi deber.
Lily estaba ahora sentada y sujetaba la falda del vestido de su madre. —Mamá —dijo, mirando el rostro de su madre—, debes ser muy buena conmigo ahora; y yo debo ser muy buena contigo. Estaremos siempre juntas a partir de ahora. Debo ser tu amiga y consejera, y serlo todo para ti, más que nunca. Ahora tengo que enamorarme de ti —y volvió a sonreír, y las lágrimas estaban casi secas en sus mejillas.
Al fin bajaron al comedor, de donde Bell no se había movido. La señora Dale entró primero y Lily la siguió, ocultándose por un momento tras su madre. Luego se adelantó con valentía y, tomando a Bell en sus brazos, la estrechó contra su pecho. —Bell —dijo—, se ha ido. —¡Lily! ¡Lily! ¡Lily! —exclamó Bell, llorando. —¡Se ha ido! Lo hablaremos con calma en unos días, y sabremos cómo hacerlo sin perdernos en la miseria. Hoy no diremos ni una palabra más sobre el asunto. Tengo mucha sed, Bell; dame mi té, por favor —y se sentó a la mesa del desayuno.
Le dieron el té a Lily y ella se lo bebió. Más allá de eso, no puedo decir que ninguna de ellas participara de la comida con mucho apetito. Se quedaron allí sentadas, como se habrían sentado si no hubiera caído un rayo terrible entre ellas, y no se volvió a mencionar a Crosbie ni su conducta. Inmediatamente después del desayuno pasaron a la otra habitación y Lily, como era su costumbre, se puso enseguida a dibujar. Su madre la miraba con ojos anhelantes, deseando pedirle que se diera un respiro, pero no se atrevía a interferir. Durante un cuarto de hora, Lily permaneció ante su tablero, con el pincel o el lápiz en la mano, y luego se levantó y lo guardó. —No sirve de nada fingir —dijo—. Solo estoy estropeando las cosas; pero mañana estaré mejor. Me iré a tumbarme un rato a solas, mamá. —Y así se marchó.
Poco después, la señora Dale tomó su sombrero y subió a la Casa Grande, habiendo recibido el recado de su cuñado a través de Bell. —Sé lo que tiene que decirme —dijo—; pero será mejor que vaya. Será necesario que hablemos de ello. —Así que cruzó el césped y entró en el vestíbulo de la Casa Grande—. ¿Está mi hermano en la biblioteca? —preguntó a una de las criadas; y luego, llamando a la puerta, entró sin que la anunciaran.
El terrateniente se levantó de su sillón y salió a su encuentro. —Mary —dijo él—, creo que ya lo sabes todo. —Sí —respondió ella—. Puedes leer esto —y le entregó la carta de Crosbie—. ¿Cómo podía uno saber que un hombre podía ser tan malvado? —¿Y ella se ha enterado? —preguntó el Squire—. ¿Es capaz de soportarlo? —¡Maravillosamente! Me ha asombrado su fortaleza. Me asusta, porque sé que tendrá que venir una recaída. No se ha hundido ni un momento. Por mi parte, siento que es su fuerza la que me permite sobrellevar mi parte de dolor. —Y entonces le describió al terrateniente todo lo que había ocurrido esa mañana. —¡Pobre niña! —dijo el Squire—. ¡Pobre niña! ¿Qué podemos hacer por ella? ¿Le vendría bien irse fuera una temporada? Es una chica dulce, buena y encantadora, y merecía algo mejor que esto. A todos nos llegan penas y decepciones, pero son doblemente pesadas cuando llegan tan temprano.
La señora Dale se sintió casi sorprendida por la simpatía que él mostraba. —¿Y cuál va a ser el castigo de él? —preguntó ella. —El desprecio que hombres y mujeres sentirán por él; al menos aquellos cuya estima o desprecio importan a alguien. No conozco otro castigo. No querrás que el nombre de Lily se lleve ante un tribunal de justicia, ¿verdad? —Ciertamente no. —Y no permitiré que Bernard le rete a un duelo. En realidad, no serviría de nada; hoy en día no se espera que un hombre se bata en duelo. —No puedes pensar que yo desearía tal cosa. —¿Qué castigo queda, entonces? No conozco ninguno. Hay males que un hombre puede cometer sin que nadie pueda castigarlo. No sé qué hacer. Fui a Londres tras él, pero se las ingenió para escabullirse de mi camino. ¿Qué se puede hacer con una rata sino mantenerse lejos de ella?
La señora Dale sentía en su corazón que estaría bien que molieran a palos a Crosbie hasta que le dolieran todos los huesos. No sé si tal pensamiento es propio de una mujer, pero era el suyo. No deseaba que le obligaran a batirse en duelo. En eso habría mucho de maldad y, a su juicio, nada de justicia. Pero sentía que si Bernard le daba una paliza al cobarde por su cobardía, querría a su sobrino más que nunca. Bernard también había considerado probable que se esperara de él que azotara al hombre que había plantado a su prima y, en cuanto al riesgo físico real, no habría puesto ninguna objeción insuperable a emprender la tarea. Pero tal faena le resultaba desagradable por muchos motivos. Odiaba la idea de un escándalo en su club. Deseaba fervientemente que el nombre de su prima no se hiciera público. Quería evitar cualquier cosa que pudiera ser imprudente. Se había cometido una infamia y él estaba dispuesto a odiar a Crosbie como Crosbie merecía ser odiado; pero, en lo personal, le hacía infeliz pensar que el mundo probablemente esperaría que castigara al hombre que hasta hace poco era su amigo. Además, no sabía dónde atraparlo, ni cómo darle la tunda una vez atrapado. Sentía mucha lástima por su prima y creía firmemente que no se debía dejar que Crosbie escapara impune. Pero ¿qué podía hacer?
—¿Le gustaría ir a algún sitio? —volvió a preguntar el terrateniente, ansioso por ofrecer consuelo mediante algún acto de generosidad. En ese momento, le habría asignado a su sobrina cien libras anuales de por vida si con ello pudiera hacerle algún bien. —Estará mejor en casa —dijo la señora Dale—. Pobre criatura. Durante un tiempo querrá evitar salir. —Supongo que sí. —Hubo una pausa—. Te diré una cosa, Mary; no lo entiendo. Por mi honor que no lo entiendo. Me resulta tan asombroso como si hubiera pillado al hombre robándome los peniques del bolsillo. No creo que ningún hombre con posición de caballero hubiera hecho tal cosa cuando yo era joven. No creo que ningún hombre se hubiera atrevido a hacerlo. Pero ahora parece que un hombre puede actuar así y que no le pase nada. Tenía un amigo en Londres que vino a verme y me habló del asunto como si fuera una transacción ordinaria y cotidiana. Sí; puedes entrar, Bernard. La pobre niña ya lo sabe todo.
Bernard ofreció a su tía el consuelo y la simpatía que tenía para dar, e hizo una especie de disculpa a medias por haber introducido a este lobo en su rebaño. —Siempre tuvimos una gran opinión de él en el club —dijo Bernard. —No sé mucho de vuestros clubes de Londres hoy en día —dijo su tío—, ni deseo saberlo si la sociedad de ese hombre puede tolerarse después de lo que ha hecho. —No creo que ni media docena de hombres lleguen a saber nada de esto —dijo Bernard. —¡Humph! —exclamó el Squire. No podía decir que deseara que la vileza de Crosbie se comentara ampliamente, dado que el nombre de Lily estaba tan estrechamente ligado a ella. Pero, aun así, no soportaba la idea de que Crosbie no fuera castigado por el reproche del mundo en general. Le parecía que, a partir de ahora, cualquier hombre que hablara con Crosbie debería considerarse deshonrado por el mero hecho de hacerlo.
—Dale todo mi cariño —dijo mientras la señora Dale se levantaba para marcharse—; todo mi cariño. Si su viejo tío puede hacer algo por ella, no tiene más que decírmelo. Conoció a ese hombre en mi casa, y siento que le debo mucho. Dile que venga a verme. Será mejor para ella que quedarse en casa languideciendo. Y Mary —esto se lo dijo susurrándole al oído—, piensa en lo que te dije sobre Bell.
La señora Dale, mientras caminaba de regreso a su casa, reconoció para sus adentros que el trato de su cuñado hacia ella era diferente a todo lo que había conocido de él hasta entonces.
Durante todo aquel día no se mencionó el nombre de Crosbie en la Casa Pequeña. Ninguna de las chicas salió y Bell pasó la mayor parte de la tarde sentada en el sofá con el brazo alrededor de la cintura de su hermana. Cada una tenía un libro, pero aunque hablaban poco, leían aún menos. ¿Quién puede describir los pensamientos que pasaban por la mente de Lily al recordar las horas que había pasado con Crosbie, sus ardientes promesas de amor, sus caricias aceptadas, su alegría desbordante y reconocida en su afecto? Todo aquello había sido sagrado para ella entonces; y ahora, las cosas que entonces eran sagradas se habían vuelto casi vergonzosas por culpa de él. Y, sin embargo, al pensar en esto, se decía a sí misma una y otra vez que le perdonaría; es más, que ya le había perdonado. «Y él también lo sabrá», dijo, hablando casi en voz alta. —Lily, querida Lily —dijo Bell—, intenta apartar tus pensamientos de eso por un rato, si puedes. —No se van —respondió Lily. Y eso fue todo lo que se dijeron sobre el tema.
¡Todo el mundo lo sabría! Dudo que esa no sea una de las gotas más amargas de la copa que una chica en tales circunstancias se ve obligada a apurar. Lily percibió temprano que la doncella sabía perfectamente que la habían plantado. El trato de la muchacha pretendía transmitir simpatía, pero lo que transmitía era lástima; y Lily, por un momento, se sintió indignada. Pero recordó que tenía que ser así, sonrió a la chica y le habló con amabilidad. ¿Qué importaba? Todo el mundo lo sabría en un día o dos.
Al día siguiente subió, por consejo de su madre, a ver a su tío. —Hija mía —dijo él—, lo siento por ti. Mi corazón sangra por ti. —Tío —dijo ella—, no le des importancia. Solo haz esto por mí: no hables de ello... quiero decir, conmigo. —No, no; no lo haré. Que haya podido haber en mi casa un canalla tan grande... —¡Tío! ¡Tío! ¡No consentiré eso! No escucharé ni una palabra contra él de ningún ser humano... ¡ni una palabra! ¡Recuérdalo! —Y sus ojos centellearon mientras hablaba.
Él no le respondió, pero tomó su mano y la apretó, y entonces ella se marchó. «¡Los Dale siempre fueron constantes!», se dijo a sí mismo mientras caminaba de arriba abajo por la terraza frente a su casa. «¡Siempre constantes!».
Capítulo 31
La cervatilla herida
Pasaron casi dos meses y llegó la Navidad a Allington. Es de suponer que en ninguna de las dos casas había intención de que el regocijo fuera muy estruendoso. Una herida como la recibida por Lily Dale no era de las que sanan pronto, y toda la familia sentía sobre sí un peso que hacía impracticable cualquier alegría. En cuanto a la propia Lily, puede decirse que sobrellevó su desgracia con todo el valor de una mujer. Durante la primera semana se mantuvo firme como un árbol que resiste al viento, y que pronto se hará añicos por no querer doblarse. Durante esa semana, su madre y su hermana se asustaron ante su calma y su entereza. Cumplía con sus tareas diarias, salía a pasear por el pueblo y apareció en su sitio en la iglesia el primer domingo. Se sentaba ante su libro por las noches, reprimiendo las lágrimas, y reñía a su madre y a su hermana cuando descubría que la observaban con honda ansiedad.
—Mamá, deja que todo sea como si nunca hubiera existido —decía ella. —¡Ah, hija! ¡Si eso fuera posible! —Dios no quiera que sea posible por dentro —respondía Lily—, pero es posible por fuera. Siento que estás más tierna conmigo que de costumbre, y eso me descompone. Si me regañaras por estar ociosa, pronto me encontraría mejor.
Pero su madre no podía hablarle como quizá lo habría hecho de no haber caído tal pena sobre su predilecta. No podía evitar esas miradas ansiosas y tiernas que hacían saber a Lily que se la consideraba como una cervatilla herida de muerte.
Al final de la primera semana, Lily flaqueó. —No me voy a levantar, Bell —dijo una mañana, casi con petulancia—. Estoy enferma; mejor me quedo aquí sin molestar. No arméis un escándalo por esto. Soy estúpida y tonta, y eso es lo que me pone enferma.
Ante esto, la señora Dale y Bell se asustaron y se miraron con rostros inexpresivos, recordando historias de pobres muchachas con el corazón roto que habían muerto porque sus amores habían sido desgraciados; como pequeñas velas de cera cuya luz se apaga si un soplo de viento sopla sobre ellas con demasiada fuerza. Pero, en verdad, Lily no era una vela tan endeble. Ni era el tallo que debe quebrarse por no doblarse. Se doblegó ante el vendaval durante aquella semana de enfermedad, y luego se levantó con su figura aún recta y grácil, y con su luz brillante sin extinguir.
Después de aquello, hablaba con más franqueza con su madre sobre su pérdida; con franqueza y con una verdadera apreciación de la desgracia que le había acontecido, pero con una seguridad en su fortaleza que parecía burlarse de la idea de un corazón roto. —Sé que puedo soportarlo —decía—, y que puedo hacerlo sin una infelicidad duradera. Por supuesto, siempre le amaré, y debo sentirme casi como te sentiste tú cuando perdiste a mi padre.
Ante esto, la señora Dale no podía decir nada. No podía expresar sus pensamientos sobre Crosbie y explicarle a Lily que él no era digno de su amor. El amor no sigue al mérito, ni se entrega a la excelencia; tampoco lo destruyen los malos tratos, ni lo matan los golpes y la mutilación. Cuando Lily declaraba que seguía amando al hombre que tan mal la había tratado, la señora Dale guardaba silencio. Cada una comprendía perfectamente a la otra, pero en ese asunto ni siquiera ellas podían intercambiar sus pensamientos con libertad.
—Debes prometerme que nunca te cansarás de mí, mamá —decía Lily. —Las madres no suelen cansarse de sus hijos, por mucho que los hijos se cansen de sus madres. —No estoy tan segura de eso cuando las hijas resultan ser solteronas. Y pienso tener voluntad propia, mamá; y salirme con la mía, si es posible. Cuando Bell se case, consideraré esto una sociedad, y ya no haré lo que se me mande. —Mujer precavida vale por dos. —Exactamente; y no quiero pillarte por sorpresa. Durante un año o dos más, hasta que Bell se haya ido, pienso ser obediente; pero sería muy estúpido que una chica fuera obediente toda su vida.
La señora Dale comprendía todo esto perfectamente. Equivalía a una afirmación por parte de Lily de que había amado una vez y nunca podría volver a amar; que había jugado su partida esperando, como esperan otras chicas, ganar el premio de un marido, pero que, habiendo perdido, nunca podría volver a jugar. Era esa convicción interna de Lily la que la impulsaba a decir tales palabras a su madre. Pero la señora Dale no se permitía en absoluto compartir esa convicción. Se decía a sí misma que el tiempo curaría la herida de Lily y que su hija aún podría ser coronada por la dicha de un matrimonio feliz. En su corazón no consentía ese plan según el cual el destino de Lily en la vida debía considerarse ya fijado. Nunca le había gustado realmente Crosbie como pretendiente, y ella misma habría preferido a John Eames, con todas las faltas de su juventud atolondrada sobre su cabeza. Aún podría ocurrir que el amor de John Eames fuera correspondido.
Pero, mientras tanto, Lily, como he dicho, se había fortalecido en su valor y reemprendió la tarea de vivir sin esa lánguida complacencia de creer que, por haber sido más infeliz que los demás, debía permitirse ser más ociosa. Mañana y noche rezaba por él, y a diario, casi hora tras hora, se aseguraba a sí misma de que seguía siendo su deber amarle. Era duro, este deber de amar sin posibilidad alguna de expresar tal amor. Pero, aun así, cumpliría con su deber.
—Dímelo en cuanto lo sepas, mamá —dijo una mañana—, cuando te enteres de que se ha fijado el día de su boda. Por favor, no me tengas a oscuras. —Será en febrero —dijo la señora Dale. —Pero dime qué día. Para mí no debe ser como los días ordinarios. Pero no pongas cara triste, mamá; no voy a hacer el ridículo. No me escaparé para aparecer en la iglesia como un fantasma. —Y entonces, tras soltar su pequeña broma, le sobrevino un sollozo y ocultó el rostro en el pecho de su madre. Al momento volvió a levantarlo—. Créeme, mamá, que no soy infeliz —dijo.
Al terminar esa segunda semana, la señora Dale escribió finalmente una carta a Crosbie:
Supongo —decía— que es de justicia que acuse recibo de su carta. No sé si tengo algo más que decirle. No me correspondería como mujer decir lo que pienso de su conducta, pero creo que su conciencia le dirá lo mismo. Si no es así, debe de estar usted, en verdad, muy endurecido. He prometido a mi hija que le enviaría un mensaje de su parte. Ella me pide que le diga que le ha perdonado y que no le odia. Que Dios le perdone también a usted, y que pueda recuperar Su amor. Mary Dale. Ruego que no se dé respuesta alguna a esta carta, ni a mí misma ni a ningún miembro de mi familia.El terrateniente no escribió respuesta alguna a la carta que había recibido, ni tomó medida alguna para el castigo inmediato de Crosbie. De hecho, había declarado que no podían tomarse tales medidas, explicándole a su sobrino que a un hombre así solo se le puede tratar como se trata a una rata.
—No volveré a verle —dijo una vez más—; si lo hiciera, no dudaría en golpearle en la cabeza con mi bastón; pero me parecería indigno de mi parte ir tras él con tal propósito.
Y, sin embargo, era una pena terrible para el anciano que el canalla que tanto le había dañado a él y a los suyos se fuera de rositas. No había perdonado a Crosbie. Ninguna idea de perdón había cruzado jamás su mente. Se habría odiado a sí mismo de haber pensado que era posible inducirle a perdonar semejante agravio. «Hay en ello tal grado de vileza, de bajeza mezquina, que no alcanzo a comprender», repetía una y otra vez a su sobrino. Y luego, mientras paseaba a solas por la terraza, cavilaba si Bernard tomaría alguna medida para vengar el agravio de su prima. «Tiene razón», se decía a sí mismo; «Bernard tiene toda la razón. Pero cuando yo era joven no lo habría soportado. En aquellos tiempos un caballero podía retar a un tipo que le hubiera tratado como él nos ha tratado a nosotros. Uno se quedaba satisfecho sintiendo que había hecho algo. Supongo que el mundo es diferente hoy en día». El mundo es diferente; pero el terrateniente no reconocía en su corazón, ni mucho menos, que hubiera habido mejora alguna.
Bernard también estaba muy inquieto. No habría tenido inconveniente en batirse en duelo con Crosbie si los duelos fueran posibles en estos tiempos. Pero creía que ya no lo eran; al menos, no sin caer en el ridículo. Y si no podía pelear con el hombre, ¿de qué otra forma iba a castigarle? ¿No era un hecho que para tal falta el mundo no ofrecía castigo alguno? ¿No estaba en poder de un hombre como Crosbie divertirse durante una semana o dos a costa de la felicidad de una chica para toda la vida, y luego escapar absolutamente sin ningún efecto perjudicial para él? «A mí me cerrarán el paso en mi club para que no me encuentre con él —se decía Bernard—, pero a él no se lo cerrarán». Además, sentía que el asunto sería más bien un triunfo para Crosbie que otra cosa. Al haberse asegurado el placer de su cortejo con una chica como Lily Dale, sin sufrir la penalización que suele seguir a tal diversión, muchos considerarían que merecía gran admiración. Había pecado contra todos los Dale y, sin embargo, el sufrimiento derivado de su pecado recaería exclusivamente sobre los Dale. Tal era el razonamiento de Bernard mientras meditaba sobre todo el asunto, con bastante tristeza; deseando vengarse, pero sin saber dónde buscar venganza.
Por mi parte, creo que estaba totalmente equivocado respecto a cómo suponía que los amigos de Crosbie verían su falsedad. Los hombres seguirán hablando de estas cosas con ligereza, profesando que todo vale en el amor como en la guerra, y hablando casi con envidia de la buena suerte de un engañador experimentado. Pero nunca me he topado con un hombre que pensara de esta forma respecto a un caso individual. El propio juicio de Crosbie sobre las consecuencias para sí mismo de lo que había hecho era más acertado que el formado por Bernard Dale. Había considerado el acto como venial mientras estaba por hacer —mientras aún estaba en su mano dejarlo sin hacer—; pero desde el momento de su consumación, se le había impuesto a su propia vista bajo su verdadera luz. Sabía que había sido un canalla, y sabía que otros hombres pensarían lo mismo de él. Su amigo Fowler Pratt, que tenía fama de mirar a las mujeres simplemente como juguetes, así le había considerado. En lugar de jactarse de lo que había hecho, tenía tanto miedo de aludir a cualquier asunto relacionado con su matrimonio como un hombre tiene miedo de hablar de los objetos que ha robado. Ya había sentido que los hombres en su club le miraban de reojo; y, aunque no era un cobarde en lo que respectaba a su propio pellejo, tenía un miedo indefinido a encontrarse algún día con Bernard Dale armado a propósito con un bastón. El terrateniente y su sobrino se equivocaban al suponer que Crosbie no había sido castigado.
Y al llegar el invierno, sintió que la noble familia De Courcy le vigilaba de cerca. Ya había aprendido a odiar cordialmente a algunos de los miembros de esa noble familia. El Honorable John subió a la ciudad en noviembre y le persiguió vilmente; insistió en que le diera cenas en Sebright's, en fumar durante toda la tarde en las habitaciones de su futuro cuñado y en pedir prestadas las pertenencias de este; hasta que, al fin, Crosbie decidió que lo más sabio sería pelearse con el Honorable John, y se peleó con él debidamente, echándole de sus habitaciones y diciéndole claramente que no quería tener nada más que ver con él.
—Tendrás que hacerlo, como hice yo —le había dicho Mortimer Gazebee—; a mí no me gustaba por la familia, pero Lady Amelia me dijo que tenía que ser así.
Ante lo cual, Crosbie siguió el consejo de Mortimer Gazebee.
Pero la hospitalidad de los Gazebee le resultaba quizá más angustiosa incluso que las impertinencias del Honorable John. Parecía como si su futura cuñada estuviera decidida a no dejarle ni un momento de respiro. Mandaban a Mortimer a recogerle los domingos por la tarde, y se veía obligado a ir a la villa de St. John’s Wood, incluso en contra de su más enérgica voluntad. No alcanzaba a analizar del todo las circunstancias de su propia posición, pero se sentía como un gallo al que le han cortado las espuelas, o como un perro al que le han arrancado los dientes. Se descubrió a sí mismo volviéndose humilde y manso. Tenía que reconocerse que le temía a Lady Amelia, y casi incluso a Mortimer Gazebee. Era consciente de que le vigilaban y de que conocían todas sus entradas y salidas. Le llamaban Adolphus y le tenían domesticado. Ese fatídico día de febrero que se aproximaba le era machacado constantemente en los oídos. Lady Amelia iba con él a mirar muebles y hablaba durante horas sobre ropa de cama y sábanas. «Será mejor que compres los utensilios de cocina en casa de Tomkins. Son todos buenos y te hará un diez por ciento de descuento si le pagas al contado... ¡lo cual harás, por supuesto, ya sabes!». ¿Era por esto por lo que había sacrificado a Lily Dale? ¿Por esto por lo que se había aliado con la noble casa de los De Courcy?
Mortimer le había estado acosando con el asunto de las capitulaciones desde el primer momento de su regreso a Londres, y ya le tenía atado de pies y manos. Su vida estaba asegurada y la póliza estaba en manos de Mortimer. Su propio dinerillo ya había sido entregado para ser vinculado al dinerillo de Lady Alexandrina. Le parecía que, en todos los arreglos realizados, la intención era que él muriera pronto y que Lady Alexandrina quedara provista de una renta decorosa, suficiente para vivir en St. John’s Wood. Las cosas se iban a liquidar de tal modo que ni siquiera podría gastar los intereses de su propio dinero, ni los de ella. Todo iría, bajo la mano protectora de Mortimer Gazebee, al pago de seguros. Si tan solo muriera al día siguiente de su boda, quedaría realmente una suma de dinero muy maja para Alexandrina, casi digna de ser aceptada por la hija de un conde. Seis meses atrás, se habría considerado capaz de manejar a Mortimer Gazebee a su antojo en cualquier tema que surgiera entre ellos. Cuando por casualidad se encontraban, Gazebee se mostraba muy humilde ante él, tratándole casi como a un ser superior. Él miraba a Gazebee desde una gran altura. Pero ahora parecía como si estuviera impotente en manos de ese hombre.
Pero quizá la condesa se había convertido en su mayor aversión. Le escribía perpetuamente notas en las que le encomendaba multitud de encargos, mandándole de aquí para allá como si fuera su sirviente. Y le acosaba con consejos que eran aún peores que sus encargos, hablándole del estilo de vida en el que Alexandrina esperaría vivir, y advirtiéndole muy a menudo que alguien como él no podía esperar ser admitido en el seno de tan noble familia sin pagar muy caro tan inestimable privilegio. Sus cartas se le habían vuelto odiosas, y las echaba a un lado, dejándolas todo el día sin abrir. Ya había decidido que se pelearía también con la condesa muy poco después de su boda; de hecho, que se separaría de toda la familia si fuera posible. ¡Y eso que se había comprometido principalmente con el fin de cosechar las ventajas que le reportaría estar aliado con los De Courcy! El terrateniente y su sobrino se sentían desdichados pensando que este hombre escapaba sin castigo, pero bien podrían haberse ahorrado esa desdicha.
Se había dado por sentado desde el principio que pasaría la Navidad en el Castillo de Courcy. De este compromiso le resultaba del todo imposible liberarse; pero resolvió que su visita fuera lo más corta posible. El día de Navidad caía, por desgracia, en lunes, y en el mundo de los De Courcy se sabía que el sábado era casi un dies non en la Oficina del Comité General. En cuanto a esos tres días, no había escapatoria para él; pero hizo entender a Alexandrina que los tres Comisionados eran hombres de hierro respecto a cualquier ampliación de ese plazo. «Tendré que ausentarme de nuevo en febrero, por supuesto —dijo, haciendo casi audible su lamento en las palabras que empleaba—, y por lo tanto es del todo imposible que me quede ahora más allá del lunes». De haber habido alicientes para él en el Castillo de Courcy, creo que habría podido arreglarse con el señor Optimist para quedarse una semana o diez días. «Estaremos solos —le escribió la condesa—, y espero que tengas la oportunidad de conocer mejor nuestras costumbres de lo que realmente has podido hacer hasta ahora». Esto le resultó amargo como la hiel. Pero en este mundo toda mercancía valiosa tiene su precio; y cuando hombres como Crosbie aspiran a obtener para sí una alianza con nobles familias, deben pagar el precio de mercado por el artículo que compran.
—Subiréis todos a cenar con nosotros el lunes —dijo el terrateniente a la señora Dale, hacia mediados de la semana anterior. —Bueno, creo que mejor no —dijo la señora Dale—; estaremos mejor, quizá, como estamos.
En ese momento, el terrateniente y su cuñada estaban en términos mucho más amistosos de lo que era habitual entre ellos, y él tomó su respuesta a bien, comprendiendo su sentimiento. Por lo tanto, insistió en su petición y tuvo éxito. —Creo que te equivocas —dijo—; no supongo que vayamos a tener una Navidad muy alegre. Tú y las chicas difícilmente tendréis eso, tanto si os coméis el pudin aquí como en la Casa Grande. Pero será mejor para todos que hagamos el intento. Es lo que se debe hacer. Así es como yo lo veo. —Se lo preguntaré a Lily —dijo la señora Dale. —Hazlo, hazlo. Dale mi cariño y dile de mi parte que, a pesar de todo lo que ha pasado, el día de Navidad debe seguir siendo para ella un día de regocijo. Cenaremos sobre las tres, para que los criados tengan la tarde libre. —Claro que iremos —dijo Lily—; ¿por qué no? Siempre lo hacemos. Y jugaremos a la gallinita ciega con todos los Boyce, como el año pasado, si el tío quiere invitarlos. —Pero no se invitó a los Boyce para aquella ocasión.
Sin embargo Lily, aunque ponía tan buena cara, tenía mucho que sufrir, y en verdad sufría mucho. Si a usted, lector mío, le ha ocurrido alguna vez resbalar en un charco un día de lluvia, ¿no le pareció que la simpatía de los transeúntes era con mucho la parte más severa de su desgracia? ¿No se dijo a sí mismo que todo podría ir bien si la gente simplemente siguiera caminando y no le mirara? Y sin embargo, no puede culpar a quienes se detuvieron a compadecerle; o, quizá, intentaron sacudirle el barro y ayudarle a recuperar su sombrero embadurnado. Usted mismo, si ve caer a un hombre, no puede pasar de largo como si nada extraordinario le hubiera ocurrido. Así pasaba con Lily. La gente de Allington no podía mirarla con ojos normales. La miraban con ternura, sabiendo que era una cervatilla herida, y así agravaban el escozor de su herida. La vieja señora Hearn le dio el pésame, diciéndole que muy probablemente estaría mejor como estaba ahora. Lily no quiso fingir en absoluto. «Señora Hearn —dijo—, el tema me resulta doloroso». La señora Hearn no dijo nada más al respecto, pero en cada encuentro entre ambas, su mirada decía todo lo que callaba su boca.
—¡Señorita Lily! —dijo Hopkins un día—. ¡Señorita Lily! —y mientras la miraba a la cara, una lágrima casi se formaba en su viejo ojo—. Supe lo que era él desde el principio. ¡Vaya por Dios, vaya por Dios! ¡Si hubiera podido hacer que lo mataran! —Hopkins, ¿cómo se atreve? —dijo Lily—. Si vuelve a hablarme de esa manera, se lo diré a mi tío. —Se apartó de él; pero inmediatamente se volvió de nuevo y le tendió su pequeña mano—. Le pido perdón —dijo—. Sé lo amable que es usted, y le quiero por ello. —Y entonces se marchó. —Iré tras él de todos modos y le romperé ese pescuezo sucio que tiene —se dijo Hopkins para sus adentros mientras bajaba por el sendero.
Poco antes del día de Navidad, fue con su hermana a la vicaría. Bell, en el transcurso de la visita, salió de la habitación con una de las chicas Boyce para ver los últimos crisantemos del año. Entonces la señora Boyce aprovechó la ocasión para soltar su pequeño discurso. «Mi querida Lily —dijo—, me creerás fría si no te digo ni una palabra». —No, no lo haré —dijo Lily, casi con brusquedad, rehuyendo el dedo que amenazaba con tocar su llaga—. Hay cosas de las que nunca debería hablarse. —Bueno, bueno; quizá sea así —dijo la señora Boyce. Pero durante un par de minutos fue incapaz de retomar ningún otro tema, y se quedó sentada mirando a Lily con una ternura penosa. No necesito decir cuáles fueron los sufrimientos de Lily bajo tal mirada; pero los soportó, reconociendo para sí en su miseria que la culpa no era de la señora Boyce. ¿Cómo podía la señora Boyce haberla mirado de otra forma que no fuera con ternura?
Se acordó, pues, que Lily cenaría en la Casa Grande el día de Navidad, para mostrar así al mundo de Allington que no debía ser considerada como una persona excluida de la sociedad por la profundidad de su desgracia. En que hacía lo correcto no cabe, creo yo, ninguna duda; pero mientras cruzaba el puentecito con su madre y su hermana, al regresar de la iglesia, habría dado cualquier cosa por poder dar media vuelta e irse a la cama en lugar de a la cena de su tío.
Capítulo 32
En Pawkins, Jermyn Street
La exposición de ganado gordo de Londres tuvo lugar este año el veinte de diciembre, y tengo entendido que cierto buey exhibido por Lord De Guest fue declarado por los carniceros de la metrópoli como la realización de todas las excelencias posibles en cuanto a cría, alimentación y condición. Sin duda, los carniceros del próximo medio siglo habrán aprendido mucho más, y la bestia de Guestwick, si pudiera ser embalsamada y producida entonces, no despertaría más que burlas ante la ignorancia agrícola de la época actual; pero Lord De Guest aceptó los elogios que se le ofrecieron y se sintió en el séptimo cielo. Nunca era tan feliz como cuando estaba rodeado de carniceros, ganaderos y tratantes capaces de apreciar la obra de su vida y que le consideraban un noble modélico.
—Mira a ese bicho —le dijo a Eames, señalando al buey premiado. Eames se había reunido con su patrón en la feria tras sus horas de oficina, contemplando la carne viva a la luz del gas—. ¿A que es igualito a su padre? Es hijo de Lambkin, ya sabes. —Lambkin —dijo Johnny, que aún no había podido aprender mucho sobre la cabaña de Guestwick. —Sí, Lambkin. El toro con el que tuvimos aquel lío. Ha sacado exactamente el lomo y los cuartos delanteros de su padre. ¿No lo ves? —Supongo que sí —dijo Johnny, que miró con mucha atención, pero no vio nada. —Es muy curioso —exclamó el conde—, pero ¿sabes que ese toro ha estado tan tranquilo desde aquel día... tan tranquilo como... como cualquier cosa? Creo que debió de ser mi pañuelo de bolsillo. —Seguro que fue eso —dijo Johnny—; o quizá las moscas. —¡Moscas! —dijo el conde, enfadado—. ¿Crees que no está acostumbrado a las moscas? Vámonos. Encargué la cena a las siete y ya pasan de las seis. Mi cuñado, el coronel Dale, está en la ciudad y cena con nosotros.
Así que tomó a Johnny del brazo y se lo llevó a través de la exposición, llamando su atención por el camino sobre varias bestias que eran inferiores a las suyas. Caminaron luego por Portman Square y Grosvenor Square, y cruzaron Piccadilly hacia Jermyn Street. John Eames reconoció para sus adentros que era extraño ir por la calle con un conde apoyado en su brazo. En su casa, en su vida diaria, sus compañeros habituales eran Cradell y Amelia Roper, la señora Lupex y la señora Roper. La diferencia era enorme y, sin embargo, le resultaba tan fácil hablar con el conde como con la señora Lupex.
—Conoces a los Dale de Allington, por supuesto —dijo el conde. —Oh, sí, los conozco. —Pero quizá nunca hayas tratado al coronel. —Creo que nunca. —Es un tipo raro; muy buena persona a su manera, pero nunca hace nada. Él y mi hermana viven en Torquay y, por lo que alcanzo a ver, ninguno de los dos tiene ocupación alguna de ningún tipo. Ha venido a la ciudad ahora porque ambos teníamos que reunirnos con los abogados de la familia y firmar unos papeles, pero se toma el viaje como una gran penalidad. En cuanto a mí, soy un año mayor que él, pero no me importaría ir y volver de Guestwick todos los días. —Es el ocuparse del toro lo que lo consigue —dijo Eames. —¡Por Júpiter! Tienes razón, maese Johnny. Mi hermana y Crofts pueden decirme lo que quieran, pero cuando un hombre está al aire libre ocho o nueve horas al día, no importa mucho dónde se eche a dormir después. Esto es Pawkins: una casa excelente, aunque no tan buena como cuando vivía el viejo Pawkins. Acompañen al señor Eames a una habitación para que se lave las manos.
El coronel Dale se parecía mucho a su hermano de cara, pero era más alto, incluso más delgado y aparentemente más viejo. Cuando Eames entró en la sala, el coronel estaba allí solo y tuvo que tomarse la molestia de presentarse a sí mismo. No se levantó del sillón, sino que asintió suavemente hacia el joven. —¿El señor Eames, supongo? Conocí a su padre en Guestwick hace muchísimos años. —Luego volvió a mirar hacia el fuego y suspiró. —Se ha puesto muy frío esta tarde —dijo Johnny, intentando entablar conversación. —En Londres siempre hace frío —dijo el coronel. —Si tuviera que estar aquí en agosto, no diría lo mismo. —Dios me libre —dijo el coronel, y volvió a suspirar con los ojos fijos en el fuego.
Eames había oído hablar de la manera tan gallarda en que Orlando Dale se había empeñado en fugarse con la hermana de Lord De Guest, venciendo obstáculos terribles; y al mirar ahora al intrépido amante, pensó que debía de haber habido un gran cambio desde aquellos días. Después de eso no se dijo nada más hasta que bajó el conde.
La casa de Pawkins era totalmente chapada a la antigua en todo, y el propio Pawkins de aquel entonces se colocó al codo del conde cuando empezó la cena y retiró él mismo la tapa de la sopera. Lord De Guest no requería mucha atención personal, pero se habría sentido molesto si no se hubiera hecho así. Tal como estaban las cosas, tuvo una palabra amable para Pawkins sobre el ganado cebado, demostrando así que no confundía a Pawkins con uno de los camareros. Pawkins tomó entonces nota del vino que deseaba su señoría y se retiró.
—Mantiene bastante bien la vieja casa —dijo el conde a su cuñado—. No es como hace treinta años, pero es que todo lo de ese estilo ha ido de mal en peor. —Supongo que sí —dijo el coronel. —Recuerdo cuando el viejo Pawkins tenía un oporto tan bueno como el que tengo yo en casa... o casi. Ya no se consigue, ya sabes. —Yo nunca bebo oporto —dijo el coronel—. Rara vez tomo nada después de cenar, salvo un poco de negus —una mezcla caliente de vino, agua y azúcar—. Su cuñado no dijo nada, pero hizo una mueca de lo más elocuente mientras volvía la cara hacia su plato de sopa. Eames lo vio y apenas pudo contener la risa. Cuando, a las nueve y media, el coronel se retiró de la habitación, el conde, en cuanto se cerró la puerta, levantó las manos y pronunció una sola palabra: «¡Negus!». Entonces Eames se armó de valor y soltó la carcajada.
La cena fue muy aburrida y, antes de que el coronel se fuera a la cama, Johnny lamentó haberse dejado convencer para cenar en Pawkins. Podía ser algo muy elegante que te invitaran a cenar con un conde, y John Eames quizá había recibido en su oficina un pequeño aumento de dignidad por el hecho, del cual era agradablemente consciente; pero, sentado a la mesa, en la que había cuatro o cinco manzanas y un plato de frutos secos, mirando al conde mientras este se esforzaba por mantener los ojos abiertos, y al coronel, a quien parecía importarle absolutamente nada si sus compañeros estaban dormidos o despiertos, se confesó a sí mismo que el precio que pagaba era casi demasiado caro. La mesa de té de la señora Roper no le resultaba agradable, pero incluso aquello habría sido preferible a la negrura lúgubre de la caoba de Pawkins, en compañía de dos viejos cansados con los que parecía no tener ningún tema de conversación mutuo. Una o dos veces intentó mediar palabra con el coronel, pues el coronel estaba con los ojos abiertos mirando al fuego. Pero recibió por respuesta monosílabos, y le resultó evidente que el coronel no deseaba hablar. Permanecer sentado, con las manos cruzadas sobre el regazo, era trabajo suficiente para el coronel Dale durante sus horas de sobremesa.
Pero el conde sabía lo que estaba pasando. Durante aquel terrible conflicto entre él y el sueño, en el que el dios morfeo le venció por completo durante unos veinte minutos, su conciencia le acusaba constantemente de tratar mal a sus invitados. Estaba muy enfadado consigo mismo e intentó despabilarse y hablar. Pero su cuñado no le ayudó en sus esfuerzos; e incluso Eames no estuvo muy brillante a la hora de prestarle asistencia. Luego, durante veinte minutos, durmió profundamente y, al cabo de ellos, se despertó con uno de sus propios ronquidos. —¡Por Júpiter! —dijo, levantándose de un salto y plantándose sobre la alfombra—. Tomaremos un café. —Y después de eso ya no volvió a dormirse. —Dale —dijo—, ¿no vas a tomar más vino? —Nada más —dijo el coronel, todavía mirando al fuego y sacudiendo la cabeza muy despacio. —Vamos, Johnny, llena tu copa. —Ya había tomado la costumbre de llamar a su joven amigo Johnny, al haber descubierto que la señora Eames solía hablar de su hijo con ese nombre. —He estado llenando mi copa todo el tiempo —dijo Eames, tomando de nuevo la decantadora en su mano mientras hablaba. —Me alegra que hayas encontrado algo con qué entretenerte, porque me ha parecido que Dale y tú no habéis tenido mucho que deciros. He estado escuchando todo el tiempo. —Has estado dormido —dijo el coronel. —Entonces ha habido alguna excusa para que me callara —dijo el conde—. A propósito, Dale, ¿qué piensas de ese tal Crosbie?
Los oídos de Eames se pusieron alerta al instante y el espíritu del aburrimiento se desvaneció. —¿Qué pienso de él? —dijo el coronel. —Deberían romperle todos los huesos del cuerpo —sentenció el conde. —Así es —dijo Eames, levantándose de la silla en su entusiasmo y hablando en un tono algo más alto de lo que quizá era decoroso en presencia de sus mayores—. Así es, milord. Es el canalla más abominable que he conocido en mi vida. Ojalá fuera yo el hermano de Lily Dale. —Luego volvió a sentarse, recordando que hablaba en presencia del tío de Lily y del padre de Bernard Dale, de quien se suponía que ocupaba el lugar del hermano de Lily.
El coronel giró la cabeza y miró al joven con sorpresa. —Le pido perdón, señor —dijo Eames—, pero he conocido a la señora Dale y a sus sobrinas toda mi vida. —Ah, ¿sí? —dijo el coronel—. No obstante, quizá sea mejor no tomarse demasiadas libertades con el nombre de una señorita. No es que le culpe en absoluto, señor Eames. —Desde luego que no —dijo el conde—. Le honro por sus sentimientos. Johnny, muchacho, si alguna vez tengo la desgracia de encontrarme con ese hombre, le diré lo que pienso, y creo que tú harás lo mismo.
Al oír esto, John Eames le guiñó un ojo al conde e hizo un gesto con la cabeza hacia el coronel, que estaba de espaldas a él. Y el conde le devolvió el guiño a Eames.
—De Guest —dijo el coronel—, creo que me iré arriba; siempre tomo un poco de arrurruz en mi habitación. —Llamaré para que traigan una vela —dijo el anfitrión.
El coronel se marchó y, en cuanto se cerró la puerta tras él, el conde levantó las dos manos y pronunció aquella única palabra: «¡Negus!». Ante lo cual Johnny estalló en carcajadas y, acercándose al fuego, se sentó en el sillón que el coronel había dejado vacío.
—No dudo que sea muy sano —dijo el conde—, pero no me gustaría beber negus a mí, ni tener arrurruz arriba en mi dormitorio. —No supongo que tenga nada de malo. —Oh, por Dios, no; me pregunto qué dirá Pawkins de él. Pero supongo que en un hotel los tienen de todo tipo. —Al camarero no parece haberle importado mucho cuando lo ha traído. —No, no. Si hubiera pedido sena y sales, el camarero no habría mostrado ninguna sorpresa. A propósito, le has dado un buen repaso con lo de esa pobre chica.
—¿Lo hice, milord? No era mi intención. —Verás, él es el padre de Bernard Dale, y la cuestión es si no debería ser Bernard quien castigara al tipo por lo que ha hecho. Alguien debería hacerlo. No está bien que escape. Alguien debería hacerle saber al señor Crosbie en qué clase de canalla se ha convertido. —Yo lo haría mañana mismo, solo que me temo... —No, no, no —dijo el conde—; tú no eres en absoluto la persona adecuada. ¿Qué tienes tú que ver con esto? Simplemente los conoces como amigos de la familia, pero eso no basta. —No, supongo que no —dijo Eames, con tristeza. —Quizá sea mejor así —dijo el conde—. No sé si se sacaría nada bueno de romperle la crisma. Y si hemos de ser cristianos, supongo que debemos actuar como tales. —¿Y qué clase de cristiano ha sido él? —En eso tienes razón; y si yo fuera Bernard, sería muy propenso a olvidar mis lecciones bíblicas sobre la mansedumbre. —¿Sabe, milord? Creo que lo más cristiano del mundo sería darle una tunda; de verdad lo creo. Hay cosas por las que un hombre debería ser molido a palos. —¿Para que no vuelva a hacerlas? —Exactamente. Se podría decir que no es cristiano colgar a un hombre. —Yo siempre colgaría a un asesino. Lo que no estaba bien era colgar a los hombres por robar ovejas. —Mucho mejor colgar a un tipo como Crosbie —dijo Eames. —Bueno, yo también lo creo. Si algún muchacho quisiera ahora ganarse el favor de la joven, ¡qué oportunidad tendría!
Johnny permaneció en silencio un momento o dos antes de responder. —No estoy tan seguro de eso —dijo lúgubremente, como si le pesara pensar que no había posibilidad de ganarse el favor de Lily dando una paliza a su antiguo amante. —No pretendo saber mucho de chicas —dijo Lord De Guest—; pero yo pensaría que así sería. Me imagino que nada le gustaría tanto como enterarse de que él ha recibido su merecido, y que todo el mundo sepa que lo ha recibido. —El conde había declarado que no sabía mucho de chicas y, al decirlo, sin duda tenía razón. —Si yo pensara eso —dijo Eames—, mañana mismo daría con él. —¿Por qué? ¿Qué diferencia hay para ti? —Hubo otra pausa, durante la cual Johnny puso una cara de lo más cohibida—. ¿No me querrás decir que estás enamorado de la señorita Lily Dale? —No sé mucho sobre estar enamorado de ella —dijo Johnny, poniéndose muy rojo al hablar. Y entonces decidió, de una manera impulsiva, contarle toda la verdad a su amigo. El oporto de Pawkins quizá tuvo algo que ver con la resolución—. Pero iría por el fuego y por el agua por ella, milord. La conocí años antes de que él la hubiera visto, y la he amado mucho mejor de lo que él amará jamás a nadie. Cuando supe que le había aceptado, estuve a punto de cortarme el cuello... o de cortárselo a él. —¡Vaya por Dios! —exclamó el conde. —Es muy ridículo, lo sé —dijo Johnny—, y por supuesto ella nunca me habría aceptado. —No veo por qué. —No tengo ni un chelín en el mundo. —A las chicas eso no les importa mucho. —¡Y además, un administrativo en la Oficina del Impuesto sobre la Renta! Es algo tan insignificante... —El otro tipo solo era un administrativo en otra oficina.
El conde, viviendo allá en Guestwick, no comprendía que la Oficina del Impuesto sobre la Renta en la City y la Oficina del Comité General en Whitehall estaban tan alejadas como el rico y Lázaro, separadas por un abismo infranqueable. —Oh, sí —dijo Johnny—; pero su oficina es otra clase de cosa, y además él mismo era un dandi. —Por Júpiter, pues yo no lo veo —dijo el conde. —No me extraña ni un poco que aceptara a un tipo así. Le odié desde el primer momento en que le vi; pero eso no es razón para que ella le odiara. Tenía esa clase de modales, ya sabe. Era un dandi, y a las chicas les gusta eso. Nunca me sentí enfadado con ella, pero a él me lo habría comido. —Mientras hablaba, ponía una expresión como si estuviera dispuesto a intentarlo si Crosbie hubiera estado presente. —¿Alguna vez le pediste que se casara contigo? —preguntó el conde. —No; ¿cómo iba a pedírselo, si no tenía ni pan que darle? —Y nunca le dijiste... que estabas enamorado de ella, quiero decir, y todo ese tipo de cosas. —Ahora lo sabe —dijo Johnny—. Fui a despedirme de ella el otro día... cuando pensé que se iba a casar. No pude evitar decírselo entonces. —Pero me parece, querido amigo, que deberías estarle muy agradecido a Crosbie; es decir, si tienes intención de... —Sé lo que quiere decir, milord. No le estoy nada agradecido. Creo que todo esto va a acabar con ella. En cuanto a mí, si pensara que alguna vez me aceptaría...
Entonces volvió a quedarse callado, y el conde pudo ver que tenía lágrimas en los ojos. —Creo que empiezo a entenderlo —dijo el conde—, y voy a darte un consejo. Vente y pasa la Navidad conmigo en Guestwick. —¡Oh, milord! —Déjate de milord y haz lo que te digo. Lady Julia te envió un recado, aunque se me había olvidado por completo hasta ahora. Quiere darte las gracias en persona por lo que hiciste en el campo. —Eso son tonterías, milord. —Muy bien; puedes decírselo tú mismo. Y puedes creerme esto también: mi hermana odia a Crosbie tanto como tú. Creo que ella misma le "daría una tunda", como tú dices, si supiera cómo. Vente a Guestwick por Navidad, y luego vete a Allington y diles a todos claramente tus intenciones. —No podría decirle ni una palabra a ella ahora mismo. —Díselo al terrateniente, entonces. Ve a él y dile lo que pretendes, con la cabeza bien alta como un hombre. No me hables de dandis. El hombre que tiene intenciones honestas es el mejor dandi que conozco. Es el único que reconozco. Ve al viejo Dale y dile que vienes de mi parte... de la mansión Guestwick. Dile que si él pone un palito bajo la olla para que hierva, yo pondré uno más grande. Él entenderá lo que eso significa. —Oh, no, milord. —Pero yo digo que sí —y el conde, que ahora estaba de pie ante el fuego, se metió las manos hasta el fondo de los bolsillos del pantalón—. Le tengo mucho cariño a esa chica y haría mucho por ella. Pregúntale a Lady Julia si no se lo dije antes de saber que tú le habías echado el ojo. Y también te tengo aprecio a ti, maese Johnny. ¡Válgame Dios!, conocí a tu padre tanto como a cualquier hombre; y, a decir verdad, creo que ayudé a arruinarle. Me tenía arrendadas tierras, ya sabes, y no cabe duda de que se arruinó solo. Al final sabía de ganado tanto como... como... como ese camarero. Si hubiera seguido hasta hoy, no sería ni un ápice más sabio.
Johnny permanecía callado, con los ojos llenos de lágrimas. ¿Qué podía decirle a su amigo? —Vente conmigo —continuó el conde—, y ya verás como lo arreglamos todo. Supongo que tienes razón en lo de no hablar con la chica por el momento. Pero cuéntaselo todo al tío, y luego a la madre. Y, sobre todas las cosas, nunca pienses que no eres lo bastante bueno. Un hombre nunca debe pensar eso. Creo que en la vida la gente te tomará según tu propia valoración. Si estás hecho de basura, como ese tipo de Crosbie, al final se descubrirá, no hay duda. Pero yo no creo que tú estés hecho de basura. —Espero que no. —Y yo también. ¿Puedes venirte conmigo, supongo, pasado mañana? —Me temo que no. Ya he gastado todos mis días de permiso. —¿Quieres que le escriba al viejo Buffle y se lo pida como un favor? —No —dijo Johnny—; eso no me gustaría. Pero mañana veré qué puedo hacer y ya le avisaré. En cualquier caso, puedo bajar en el tren correo el sábado. —Eso no será cómodo. Intenta venir conmigo si puedes. Ahora, buenas noches, mi querido amigo, y recuerda esto: cuando digo una cosa, la cumplo. Creo que puedo jactarme de que nunca en mi vida me he echado atrás de mi palabra.
Mientras hablaba, el conde tendió la mano izquierda a su invitado y, mirando con cierta grandeza por encima de la cabeza del joven, se golpeó el pecho tres veces con la mano derecha. Al realizar aquella pequeña escena, John Eames sintió que Lord De Guest era un conde de la cabeza a los pies. —No sé qué decirle, milord. —No digas nada... ni una palabra más a mí. Pero dite a ti mismo que el corazón cobarde nunca ganó a una dama hermosa. Buenas noches, mi querido muchacho, buenas noches. Mañana ceno fuera, pero puedes pasarte a avisarme sobre las seis.
Eames salió entonces de la habitación sin decir una palabra más y caminó bajo el aire frío de Jermyn Street. La luna estaba clara y brillante, y el pavimento bajo su luz resplandeciente parecía tan limpio como la mano de una dama. Todo el mundo había cambiado para él desde que entrara en el Hotel Pawkins. ¿Era posible, entonces, que Lily Dale llegara a ser su esposa a pesar de todo? ¿Podía ser verdad que él, ahora mismo, estuviera en posición de ir valientemente ante el terrateniente de Allington y decirle cuáles eran sus planes respecto a Lily? ¿Y hasta qué punto estaría justificado al tomarle la palabra al conde? Se necesitaría una cantidad increíble de riqueza antes de poder casarse con Lily Dale. ¡Doscientas o trescientas libras al año como mínimo! ¡El conde no podía pretender que él entendiera que se iba a reunir tal suma con ese objetivo! No obstante, mientras caminaba hacia su casa en Burton Crescent, resolvió que iría a Guestwick y que obedecería el mandato del conde. En cuanto a la propia Lily, sentía que no se le podría decir nada hasta que pasara mucho, mucho tiempo.
—¡Oh, John, qué tarde vienes! —dijo Amelia, saliendo sigilosamente de la salita trasera mientras él entraba con su llave. —Sí, es verdad; muy tarde —dijo John, tomando su vela y pasando de largo por la escalera sin decir ni una palabra más.
Capítulo 33
«Llegará el momento»
—¿Te has enterado de que el joven Eames se aloja en Guestwick Manor? Como estas fueron las primeras palabras que el terrateniente dirigió a la señora Dale mientras caminaban juntos hacia la Casa Grande, después de la iglesia, el día de Navidad, quedó bastante claro que la noticia de la visita de Johnny, al llegar a sus oídos, le había causado cierta impresión.
—¡En Guestwick Manor! —exclamó la señora Dale—. ¡Vaya por Dios! ¿Oyes eso, Bell? ¡Vaya ascenso para el maese Johnny! —¿No recuerdas, mamá —dijo Bell—, que ayudó a su señoría en aquel lío con el toro?
Lily, que recordaba con exactitud cada pasaje de su última entrevista con John Eames, no dijo nada, pero sintió, en cierto modo, un escozor ante la idea de que él estuviera tan cerca de ella en un momento así. De alguna forma inconsciente, le había agradecido que fuera a verla y le dijera todo lo que le dijo. Le valoraba más después de aquella escena que antes. Pero ahora, se sentiría herida y ofendida si él llegara a presentarse ante ella en las actuales circunstancias.
—No habría pensado que Lord De Guest fuera hombre que mostrara tanta gratitud por un favor tan pequeño —dijo el terrateniente—. En cualquier caso, voy a cenar allí mañana. —¿Para conocer al joven Eames? —preguntó la señora Dale. —Sí; especialmente para conocer al joven Eames. Al menos, me han pedido muy específicamente que vaya, y me han dicho que él estará allí. —¿Y va a ir Bernard? —Desde luego que no —dijo Bernard—. Vendré a cenar con vosotras.
Una idea a medio formar cruzó la mente de Lily, llevándola a imaginar por un momento que ella podría tener algo que ver en ese plan. Pero el pensamiento se desvaneció tan rápido como llegó, dejando tras de sí únicamente aquel escozor. Hay ciertas dolencias que hacen que duela todo el cuerpo. Al paciente, por poco que se le toque en cualquier punto —incluso si solo se le amaga con tocarle—, gritará de agonía como si tuviera el cuerpo lleno de cardenales. Lo mismo ocurre con las dolencias del alma. Penas como la de la pobre Lily dejan el corazón dolorido en cada fibra y obligan al sufriente a vivir en constante temor de nuevas heridas. Lily cargaba con su cruz con valor y entereza; pero no por ello pesaba menos sobre ella a cada paso, por mucha fuerza que tuviera para caminar como si no la llevara. Nada sucedía en su presencia, ni le ocurría nada, que no se conectara de algún modo con su desdicha. Su tío iba a conocer a John Eames en casa de Lord De Guest. Por supuesto, los hombres allí hablarían de ella, y cualquier comentario de ese tipo era un agravio para su persona.
La tarde de aquel día no transcurrió con mucha alegría. Mientras los criados estuvieron en la habitación, la cena se desarrolló como cualquier otra. En tales ocasiones siempre debe practicarse cierta dosis de hipocresía en los círculos domésticos más estrechos. En las cenas con invitados variados, la gente puede decir ante Richard y William las mismas palabras que usarían si Richard y William no estuvieran allí, pues en tales grupos no se comparten los pensamientos íntimos del hogar. Pero cuando los amigos íntimos están juntos, se practica una cautelosa reticencia hasta que se cierra la puerta. En una reunión como esta, esa reticencia consciente resultó útil y creó un efecto saludable. Pero cuando la puerta se cerró y los criados se marcharon, ¿cómo iban a estar alegres? ¿Qué regocijo podría hacer reír a nadie en aquel día de Navidad?
—Mi padre ha estado en la ciudad —dijo Bernard—. Estuvo con Lord De Guest en Pawkins. —¿Por qué no fuiste a verle? —preguntó la señora Dale. —Bueno, no lo sé. No parecía desearlo. Bajaré a Torquay en febrero. Tengo que estar en Londres, ya sabéis, dentro de quince días, de forma definitiva.
Todos volvieron a quedar en silencio unos minutos. Si Bernard hubiera podido confesar la verdad, habría reconocido que no había ido a Londres porque aún no sabía cómo tratar a Crosbie cuando se encontrara con él. Sus pensamientos sobre este asunto proyectaron una especie de sombra sobre la mente de la pobre Lily, haciéndole sentir que su herida se abría de nuevo.
—Quiero que abandone su profesión por completo —dijo el terrateniente, hablando con lentitud y firmeza—. Creo que sería mejor para ambos que lo hiciera. —¿Sería sensato a su edad —dijo la señora Dale—, y cuando le está yendo tan bien? —Creo que sería sensato. Si fuera mi hijo, se consideraría mejor que viviera aquí en la propiedad, entre la gente que ha de ser su arrendataria, que no que permanezca en Londres o que quizá le envíen a la India. Ya tiene una profesión como heredero de este lugar, y eso, creo yo, debería ser suficiente. —Tendría una vida muy ociosa aquí abajo —dijo Bernard. —Eso sería culpa tuya. Pero si hicieras lo que yo deseo, tu vida no sería ociosa.
Al decir esto, aludía al matrimonio propuesto para Bernard, pero sobre aquello no podía decirse nada más en presencia de Bell. Bell lo comprendió todo y permaneció callada, con semblante recatado; quizá incluso con cierta dureza en el rostro.
—Pero el hecho es —dijo la señora Dale, hablando en voz baja y habiendo meditado bien lo que iba a decir— que Bernard no es exactamente lo mismo que un hijo tuyo. —¿Por qué no? —preguntó el terrateniente—. Incluso me he ofrecido a legarle la propiedad si deja el servicio. —No le debes tanto como le deberías a un hijo; y, por lo tanto, él no te debe tanto como le debería a su padre. —Si quieres decir que no puedo obligarle, ya lo sé de sobra. En cuanto al dinero, me he ofrecido a hacer por él tanto como cualquier padre se sentiría obligado a hacer por un hijo único. —Espero que no me creas desagradecido —dijo Bernard. —No, no lo creo; pero te creo despreocupado. No tengo nada más que decir al respecto, no obstante; no sobre eso. Si llegaras a casarte... —Y entonces se detuvo, sintiendo que no podía seguir en presencia de Bell. —Si llegara a casarse —dijo la señora Dale—, bien podría ser que a su mujer le gustara tener una casa propia. —¿Acaso no tendría esta casa? —dijo el terrateniente, irritado—. ¿No es lo bastante grande? Yo solo necesito una habitación para mí, y renunciaría a ella si fuera necesario. —Eso es una tontería —dijo la señora Dale. —No es ninguna tontería —replicó el terrateniente. —Serás el terrateniente de Allington durante los próximos veinte años —dijo la señora Dale—. Y mientras seas el terrateniente, serás el amo de esta casa; al menos, eso espero. No apruebo que los monarcas abdiquen en favor de los jóvenes. —No creo que al tío Christopher le sentara nada bien parecerse a Carlos Quinto —dijo Lily. —Siempre te guardaría una celda, mi querida niña, si lo hiciera —dijo el terrateniente, mirándola con esa dolorosa y especial ternura.
Lily, que estaba sentada junto a la señora Dale, alargó la mano en secreto y tomó la de su madre, indicando así que no tenía intención de ocupar la celda ofrecida por su tío, ni de buscarle a él como compañero de su reclusión monástica. Después de eso, no se habló más de las perspectivas de Bernard.
—La señora Hearn está cenando en la vicaría, supongo —dijo el terrateniente. —Sí; fue para allá después de la iglesia —dijo Bell—. La vi irse con la señora Boyce. —Me dijo que nunca volvería a cenar con ellos después de anochecer en invierno —comentó la señora Dale—. La última vez que estuvo allí, el chico dejó que el viento apagara el farol mientras ella volvía a casa y se perdió. Lo cierto es que estaba enfadada porque el señor Boyce no la acompañó. —Siempre está enfadada —dijo el terrateniente—. Apenas me dirige la palabra. Cuando pagó su renta el otro día a Jolliffe, dijo que esperaba que me hiciera mucho provecho; como si pensara que soy un bruto por cobrarla. —Y lo piensa —añadió Bernard. —Es muy vieja, ya sabéis —dijo Bell. —Yo le daría la casa gratis, si fuera tú, tío —dijo Lily. —No, querida; si fueras yo, no lo harías. Estaría muy mal hecho. ¿Por qué iba a tener la señora Hearn su casa gratis, más que su comida o su ropa? Sería mucho más razonable que yo le diera tal cantidad de dinero en mano cada año; pero estaría mal que yo lo hiciera, puesto que no es objeto de caridad; y estaría mal que ella lo aceptara. —Y no lo aceptaría —dijo la señora Dale. —No creo que lo hiciera. Pero si lo hiciera, estoy seguro de que se quejaría porque no fuera el doble. Y si el señor Boyce la hubiera acompañado a casa, se habría quejado porque caminaba demasiado rápido. —Es muy vieja —repitió Bell. —Pero, no obstante, debería tener más juicio que para hablar mal de mí a mis criados. Debería tenerse más respeto a sí misma. —Y el terrateniente demostró por su tono de voz que le daba mucha importancia al asunto.
Aquella noche de Navidad fue muy larga y muy aburrida, haciendo sentir a Bernard que sería muy tonto si abandonaba su profesión para atarse a una vida en Allington. Las mujeres están más acostumbradas que los hombres a las horas largas, tediosas y desocupadas; y, por lo tanto, la señora Dale y sus hijas sobrellevaron el aburrimiento con valentía. Mientras él bostezaba, se estiraba y entraba y salía de la habitación, ellas permanecían sentadas con recato, escuchando cómo el terrateniente dictaba sentencia sobre asuntos de poca monta, y llevándole la contraria de vez en cuando cuando el ánimo de alguna de ellas la impulsaba especialmente a hacerlo. —Por supuesto, tú sabes mucho más que yo —decía él a veces. —En absoluto —respondía la señora Dale—. No pretendo saber nada del asunto. Pero...
Y así se fue consumiendo la velada; y cuando el terrateniente se quedó solo a las nueve y media, no sintió que el día le hubiera ido mal. Ese era su estilo de vida, y no esperaba de él más de lo que recibía. No aspiraba a encontrar las cosas muy placenteras y, si no era feliz, estaba, al menos, satisfecho.
—¡Fíjate, Johnny Eames en Guestwick Manor! —dijo Bell mientras volvían a casa. —No veo por qué no iba a estar allí —dijo Lily—. Preferiría que fuera él antes que yo, porque Lady Julia es muy gruñona. —¡Pero invitar a tu tío Christopher especialmente para conocerle! —dijo la señora Dale—. Debe haber alguna razón para ello.
Entonces Lily sintió que el escozor volvía a ella y no habló más del tema. Todos sabemos que había una razón especial, y que el presentimiento de Lily no era falso en sus misteriosos presagios. Eames, la noche después de su cena en Pawkins, había visto al conde y le había explicado que no podía dejar la ciudad hasta el sábado por la noche, pero que podía quedarse hasta el martes. Debía estar en su oficina a las doce del miércoles, y podría lograrlo tomando un tren temprano desde Guestwick.
—Muy bien, Johnny —dijo el conde, hablando con su joven amigo con la vela de su dormitorio en la mano, mientras subía a vestirse—. Te diré lo que he pensado. Invitaré a Dale a venir a cenar el martes; y si viene, yo mismo le explicaré todo el asunto. Es un hombre de negocios y lo entenderá. Si no viene, entonces tendrás que ir tú a Allington a buscarle, si puedes, el martes por la mañana; o iré yo mismo a verle, que será mejor. Ahora no me entretengas, que llego tardísimo.
Eames no intentó retenerle, sino que se marchó sintiendo que todo se estaba organizando para él de una manera maravillosa. Y cuando llegó a Allington, se enteró de que el terrateniente había aceptado la invitación del conde. Entonces se dijo a sí mismo que ya no había posibilidad de retractarse. Por supuesto, no deseaba retractarse. El gran anhelo de su vida era llamar a Lily Dale suya. Pero tenía miedo del terrateniente: miedo de que este le despreciara y le ninguneara, y de que el conde percibiera que había cometido un error al ver cómo su protegido era menospreciado. Se acordó que el conde llevaría al terrateniente a su despacho unos minutos antes de la cena, y Johnny sintió que apenas sería capaz de mantenerse firme en el salón cuando los dos ancianos hicieran su aparición juntos.
Se llevó muy bien con Lady Julia, que no se dio aires de grandeza y se mostró muy amable. Su hermano le había contado toda la historia, y ella se sentía tan ansiosa como él por proporcionar a Lily otro marido en lugar de ese horrible hombre, Crosbie. «Ha sido muy afortunada al escapar —le dijo a su hermano—; muy afortunada». El conde estuvo de acuerdo con esto, diciendo que, en su opinión, su favorito Johnny resultaría un pretendiente mucho más agradable de los dos. Pero Lady Julia albergaba sus dudas sobre la aquiescencia de Lily.
—Pero, Theodore, él no debe hablar con la propia señorita Lilian Dale sobre esto por un tiempo. —No —dijo el conde—; no hasta dentro de un mes o así. —Tendrá mejores oportunidades si puede guardar silencio durante seis meses —dijo Lady Julia. —¡Válgame Dios! Alguien se la habrá llevado antes de eso —exclamó el conde.
Como respuesta, Lady Julia se limitó a sacudir la cabeza.
Johnny fue a ver a su madre el día de Navidad después de la iglesia, y fue recibido por ella y por su hermana con grandes honores. Ella le dio muchas instrucciones sobre su comportamiento en la mesa del conde, descendiendo incluso a pequeños detalles sobre sus botas y su lencería. Pero Johnny ya había empezado a sentir en la mansión que, después de todo, la gente no es tan diferente en su modo de vida como se supone. Los modales de Lady Julia no eran ciertamente los de la señora Roper; pero servía el té de forma muy parecida a como se servía en Burton Crescent, y Eames descubrió que podía comerse su huevo —al menos la segunda mañana— sin que le temblara la mano, a pesar de la corona grabada en la huevera de plata. Se sintió un tanto fuera de lugar en el banco de la mansión el domingo, imaginando que toda la congregación le miraba; pero lo superó el día de Navidad, y se sentó muy cómodo en su rincón mullido durante el sermón, casi quedándose dormido. Y cuando caminó con el conde después de la iglesia hasta la verja por la que el noble par había trepado en su agonía, e inspeccionó el seto por el que se había arrojado, se sintió totalmente a gusto con sus bromitas, burlándose de su augusto compañero sobre el modo en que dio el salto mortal. Pero recuérdese siempre que hay dos modos en que un joven puede ser informal con un superior de más edad: el modo agradable y el modo ofensivo. Si Johnny hubiera tenido por naturaleza el hábito de intentar este último, el conde se habría puesto a la defensiva de inmediato y el juego habría terminado. Pero no estaba en la naturaleza de Johnny actuar así, y por eso el conde le apreciaba.
Por fin llegó la hora de la cena del martes, o al menos la hora en que se le había pedido al terrateniente que se presentara en la mansión. Eames, por acuerdo con su patrón, no bajó para mostrarse hasta después de la entrevista. Lady Julia, que había estado presente en sus discusiones, había accedido a recibir al terrateniente; y entonces un criado le pediría que pasara al despacho privado del conde. Era curioso ver el modo en que los tres conspiraban, planeando y tramando con un entusiasmo que resultaba bellamente cándido y fresco.
—Puede ser tan testarudo como un viejo mulo cuando quiere —dijo el conde, refiriéndose al terrateniente—; y debemos tener cuidado de no llevarle la contraria. —No sabré qué decirle cuando baje —dijo Johnny. —Limítate a darle la mano y no digas nada —dijo Lady Julia. —Le daré un oporto que debería ablandarle el corazón —dijo el conde—, y luego veremos cómo está por la noche.
Eames oyó las ruedas del pequeño carruaje abierto del terrateniente y tembló. El terrateniente, ajeno a toda intriga, se encontró pronto con Lady Julia, y a los dos minutos de su entrada fue conducido al despacho privado del conde. «Ciertamente —dijo—, ciertamente»; y siguió al sirviente. El conde, al entrar el otro, estaba de pie en medio de la habitación, y su rostro redondo y sonrosado era la viva imagen del buen humor.
—Me alegra mucho que hayas venido, Dale —dijo—. Tengo algo que quiero decirte.
El señor Dale, que ni de corazón ni de modales era un hombre tan ligero como el conde, tomó la mano que le ofrecía su anfitrión e inclinó ligeramente la cabeza, indicando que estaba dispuesto a escuchar cualquier cosa.
—Creo que te dije —continuó el conde— que el joven John Eames está aquí; pero se vuelve mañana, ya que no pueden prescindir de él en su oficina. Es un tipo excelente; por lo que alcanzo a juzgar, un joven excepcionalmente bueno. Yo mismo le he tomado mucho afecto.
Como respuesta, el señor Dale no dijo mucho. Se sentó y, en términos generales, expresó su buena voluntad hacia toda la familia Eames.
—Como sabes, Dale, se me da muy mal hablar, y por eso no me andaré por las ramas con lo que tengo que decirte ahora. Por supuesto, todos hemos oído hablar de ese canalla de Crosbie y del modo en que ha tratado a tu sobrina Lilian. —Es un canalla, un canalla redomado. Pero cuanto menos digamos de eso, mejor. No es bueno mencionar el nombre de una muchacha en un asunto así. —Pero, mi querido Dale, debo mencionarlo en este momento. ¡Pobre niña, haría cualquier cosa por consolarla! Y espero que pueda hacerse algo para consolarla. ¿Sabes que ese joven estaba enamorado de ella mucho antes de que Crosbie la viera jamás? —¿Quién? ¿John Eames? —Sí, John Eames. Y deseo de todo corazón por su bien que se hubiera ganado su aprecio antes de que ella conociera a ese granuja que tuviste alojado en tu casa. —Uno no puede evitar estas cosas, De Guest —dijo el terrateniente. —¡No, no, no! Hay hombres así por el mundo, y es imposible conocerlos de un vistazo. Era amigo de mi sobrino, y no voy a decir que mi sobrino tuviera la culpa. Pero ojalá... solo digo que ojalá ella hubiera conocido primero cuáles son los sentimientos de este joven hacia ella. —Pero puede que ella no pensara de él lo mismo que tú. —Es un joven excepcionalmente guapo; bien plantado, ancho de pecho, con una mirada buena y honesta, y el valor propio de un joven. Nunca le han enseñado a darse aires como un mono de feria; pero creo que es mucho mejor por eso. —Pero ya es demasiado tarde, De Guest. —No, no; ahí está el detalle. ¡No debe ser demasiado tarde! Esa niña no va a perder toda su vida porque un villano la haya traicionado. Por supuesto que sufrirá. Justo ahora no convendría, supongo, hablarle de un nuevo pretendiente. Pero, Dale, el tiempo llegará; el tiempo llegará; el tiempo siempre llega. —Nunca nos llegó a ti ni a mí —dijo el terrateniente, con la más leve sonrisa en sus mejillas curtidas. La historia de sus vidas había sido la misma hasta entonces; ambos habían amado, ambos habían sufrido un desengaño, y ambos habían permanecido solteros toda la vida. —Sí, llegó —dijo el conde, con un toque de sentimiento e incluso de romanticismo en sus palabras—. Hemos recuperado el brillo a nuestra manera, y nuestras vidas no han sido desoladas. Pero por ella... tú y su madre esperaréis verla casada algún día. —No he pensado en ello. —Pero quiero que pienses en ello. Quiero interesarte en favor de este muchacho; y al hacerlo, pretendo ser muy franco contigo. Supongo que le darás algo a ella, ¿no? —No lo sé, no estoy seguro —dijo el terrateniente, casi ofendido por una pregunta de tal naturaleza. —Bueno, pues tanto si lo haces como si no, yo le daré algo a él —dijo el conde—. No me habría atrevido a entrometerme en el asunto si no hubiera tenido la intención de colocarme en una posición tal respecto a él que me justificara para hacer la pregunta. —Y el par, mientras hablaba, se irguió cuan largo era—. Si se puede concertar tal unión, no será un mal matrimonio para tu sobrina desde el punto de vista pecuniario. Tendré el placer de darle a él; pero tendré más placer si ella puede compartir lo que yo le dé. —Ella debería estarle muy agradecida, señor —dijo el terrateniente. —Creo que lo estaría si conociera al joven Eames. Espero que llegue el día en que así sea. Espero que tú y yo podamos verlos felices juntos, y que tú también me agradezcas haber ayudado a que lo sean. ¿Pasamos con Lady Julia ahora?
El conde sintió que no había tenido un éxito rotundo; que su oferta había sido aceptada con cierta frialdad, y no tenía muchas esperanzas de que pudiera hacerse más bien aquel día, ni siquiera con la ayuda de su mejor oporto.
—Un momento —dijo el terrateniente—. Hay asuntos sobre los que nunca soy capaz de hablar con rapidez, y este parece ser ciertamente uno de ellos. Si me lo permite, pensaré sobre lo que ha dicho y volveré a verle. —Ciertamente, ciertamente. —Pero por la parte que le toca en el asunto, por su gran generosidad y su buen corazón, le ruego que acepte mi más cálido agradecimiento. —Entonces el terrateniente hizo una profunda reverencia y precedió al conde al salir de la habitación.
Lord De Guest seguía sintiendo que no lo había logrado. Probablemente podríamos decir, viendo el carácter y las peculiaridades del terrateniente, que ningún éxito marcado era probable en la primera exposición de tal tema. Había dicho de sí mismo que nunca era capaz de hablar rápido en asuntos de importancia; pero habría descrito con más exactitud su propio carácter si hubiera declarado que no podía pensar en ellos con rapidez. Tal como estaban las cosas, el conde estaba decepcionado; pero si hubiera podido leer la mente del terrateniente, su decepción habría sido menor. El señor Dale sabía muy bien que se le estaba tratando bien, y que el esfuerzo realizado se hacía con la intención de beneficiar a los suyos; pero no estaba en su naturaleza ser demostrativo ni rápido en las expresiones de gratitud. Así que entró en el salón con un rostro frío y plácido, llevando a Eames, y también a Lady Julia, a suponer que no se había conseguido nada.
—¿Cómo está usted, señor? —dijo Johnny, acercándose a él de una manera un tanto atropellada; siguiendo una lección premeditada, pero haciéndolo sin ninguna presencia de ánimo. —¿Cómo estás, Eames? —dijo el terrateniente, hablando con voz muy fría. Y no se dijo nada más hasta que se anunció la cena.
—Dale, sé que bebes oporto —dijo el conde cuando Lady Julia los dejó solos—. Si dices que no te gusta este, diré que no sabes nada de vinos. —¡Ah! Este es del 20 —dijo el terrateniente, probándolo. —Ya lo creo que lo es —dijo el conde—. Tuve la suerte de conseguirlo pronto, y no se ha movido en treinta años. Me gusta dárselo a un hombre que lo reconoce, como tú, al primer vistazo. Ahora, ahí tienes a mi amigo Johnny; con él es desperdiciar el vino. —No, señor, no lo es. Creo que es excepcionalmente rico. —¡Excepcionalmente rico! También lo es el champán, o la cerveza de jengibre, o los caramelos... para quienes les gusten. ¿Pretendes decirme que puedes catar un vino con media naranja en almíbar en la boca? —Ya le llegará el gusto —dijo el terrateniente. —El oporto del 20 no le llegará cuando sea tan viejo como nosotros —dijo el conde, olvidando que para entonces el oporto del 60 será tan maravilloso para los ancianos de la época como lo era su propia cosecha favorita para él.
El buen vino suavizó en cierto modo al terrateniente; pero, como era de esperar, no se dijo nada más sobre el nuevo plan matrimonial. El conde observó, sin embargo, que el señor Dale se mostraba educado, e incluso amable, con su joven amigo, haciéndole alguna pregunta aquí y allá sobre su vida en Londres y comentando algo sobre el trabajo en la Oficina del Impuesto sobre la Renta.
—Es un trabajo duro —dijo Eames—. Si te retrasas, montan un gran escándalo, te mandan llamar y te miran como si hubieras robado el banco; pero no les importa nada retenerte hasta las cinco. —¿Pero cuánto tiempo tenéis para almorzar y leer los periódicos? —preguntó el conde. —Ni diez minutos. Compartimos un periódico entre veinte durante media mañana. Eso son exactamente nueve minutos para cada uno; y en cuanto al almuerzo, solo tomamos un bizcocho mojado en tinta. —¡Mojado en tinta! —exclamó el terrateniente. —A eso se reduce, pues tienes que estar escribiendo mientras lo masticas. —Oigo hablar mucho de vosotros —dijo el conde—; Sir Raffle Buffle es un viejo compinche mío. —No creo que haya oído mi nombre todavía —dijo Johnny—. ¿Pero de verdad le conoce bien, Lord De Guest? —No le he visto en estos treinta años; pero sí le conocía. —Nosotros le llamamos el viejo "Huffle Scuffle" (Atronado Alborotado). —¡Huffle Scuffle! ¡Ja, ja, ja! Siempre fue un Huffle Scuffle; un tipo ruidoso, pretencioso y cabeza hueca. Pero no debería decir eso ante usted, joven. Vamos, pasemos al salón.
—¿Y qué ha dicho? —preguntó Lady Julia en cuanto el terrateniente se hubo marchado. No hubo intento de ocultamiento, y la pregunta se hizo en presencia de Johnny. —Bueno, no ha dicho mucho. Y viniendo de él, eso debe tomarse como una buena señal. Tiene que pensarlo y volver a verme. Tú mantén la cabeza alta, Johnny, y recuerda que no te faltará un amigo a tu lado. El corazón cobarde nunca ganó a una dama hermosa.
A las siete de la mañana siguiente, Eames emprendió el viaje de regreso, y estaba en su escritorio a las doce en punto, tal como acordó con su capataz de la Oficina del Impuesto sobre la Renta.
Capítulo 34
El combate
He dicho que John Eames llegó a su oficina puntualmente a las doce; pero antes de su llegada allí había ocurrido un incidente muy importante en los anales que ahora se relatan; tan importante que resulta esencial describirlo con cierta minuciosidad de detalle.
Lord De Guest, en las diversas conversaciones que había mantenido con Eames sobre Lily Dale y su situación actual, siempre se había referido a Crosbie con la más vehemente aborrecimiento. «Es un maldito canalla», decía el conde, y de sus ojos redondos saltaban chispas mientras hablaba. Ahora bien, el conde no era en absoluto dado a soltar juramentos ni blasfemias, en el sentido que ordinariamente se aplica a estas palabras. Cuando hacía uso de una frase como la citada, debía presumirse que, en cierto modo, quería decir lo que decía; y así era, pues pretendía significar que Crosbie, por su conducta, se había hecho acreedor de toda la condena que merecía un comportamiento ruin de la peor descripción.
—Deberían romperle el cuello —decía Johnny. —No sé yo si tanto —respondía el conde—. Los tiempos actuales se han vuelto tan refinados que el castigo corporal parece haber pasado de moda. No me importaría tanto si otro castigo hubiera ocupado su lugar. Pero me parece que un canalla como Crosbie puede escapar ahora totalmente ileso. —Todavía no ha escapado —decía Johnny. —No vayas a meter tú la mano en el fuego y hagas el ridículo —le advertía el conde.
Si a alguien le correspondía vengar de forma violenta el mal causado por Crosbie, el vengador debería haber sido Bernard Dale, el sobrino del conde. Así lo sentía el noble, pero dadas las circunstancias, se inclinaba a pensar que no debía haber tal venganza violenta. «Las cosas eran distintas cuando yo era joven», se decía a sí mismo. Pero Eames dedujo por el tono del conde que sus palabras no estaban estrictamente de acuerdo con sus pensamientos, y se juró una y otra vez que Crosbie aún no se había ido de rositas.
Subió al tren en Guestwick, sacando un billete de primera clase porque el mozo de librea del conde le acompañaba. De haber ido solo, habría viajado en un vagón más barato. Muy débil por su parte, ¿verdad? Un poco mezquino, incluso. Amigo mío, ¿puede usted asegurar que no habría hecho lo mismo a su edad? ¿Está usted seguro de que no haría lo mismo ahora que dobla la suya? Sea como fuere, Johnny Eames cometió esa necedad y, para colmo, le dio al mozo de librea media corona de propina.
—Le veremos de nuevo por aquí pronto, señor John —dijo el mozo, que parecía haber comprendido que el señor Eames debía sentirse como en casa en la mansión.
Se quedó profundamente dormido en el vagón y no despertó hasta que el tren se detuvo en el empalme de Barchester.
—Esperamos al tren de subida de Barchester, señor —dijo el revisor—. Siempre vienen con retraso.
Johnny volvió a dormirse y fue despertado a los pocos minutos por alguien que entraba en el vagón con mucha prisa. El tren del ramal había llegado justo cuando los guardianes de la línea allí presentes habían decidido que los pasajeros de la línea principal no debían esperar más. Por tanto, el trasbordo de hombres, mujeres y equipajes se hizo a toda prisa, y quienes ocupaban ahora sus nuevos asientos apenas tuvieron tiempo de mirar a su alrededor. Un caballero anciano, con los mofletes muy colorados, entró primero en el compartimento de Johnny, que hasta ese momento compartía con una anciana. El anciano venía insultando a todo el mundo por las prisas, y no terminaba de entrar en el compartimento, sino que se quedó atravesado en el umbral, de pie en el estribo.
—Ahora, señor, cuando tenga usted a bien —dijo una voz detrás del anciano, que instantáneamente hizo que Eames diera un salto en su asiento. —No tengo nada a bien —replicó el anciano—, y no pienso romperme las piernas si puedo evitarlo. —Tómese su tiempo, señor —dijo el revisor. —Eso pienso hacer —dijo el anciano, sentándose en el rincón más cercano a la puerta abierta, frente a la anciana.
Entonces Eames vio claramente que quien había hablado primero era Crosbie, y que este estaba subiendo al vagón.
Crosbie, de un primer vistazo, no vio más que al caballero y a la señora, e inmediatamente se dirigió al asiento de la esquina que estaba libre. Estaba ocupado con su paraguas y su neceser, y un poco atolondrado por los empujones y las prisas. El tren ya estaba en movimiento antes de que se diera cuenta de que John Eames estaba frente a él. Eames, instintivamente, había encogido las piernas para no tocarle. Sintió que se le ponía la cara muy roja y, a decir verdad, el sudor le brotó en la frente. Era una gran ocasión: grande por el problema inminente y grande por la oportunidad de actuar. ¿Cómo debía comportarse en el primer momento en que su enemigo le reconociera, y qué debía hacer después?
Apenas hace falta explicar que Crosbie también había pasado las Navidades con cierto conde de su conocimiento, y que él también regresaba a su oficina. En un aspecto había sido mucho más afortunado que el pobre Eames, pues había sido bendecido con las sonrisas de su amada. Alexandrina y la condesa revoloteaban suavemente a su alrededor, tratándole como a una propiedad doméstica ya domesticada, perteneciente ahora a la noble casa de De Courcy; y de esta forma había sido iniciado en las intimidades profundas de tan ilustre familia. Los dos criados extra, contratados para atender a Lady Dumbello, habían desaparecido. El champán había dejado de fluir como un manantial perenne. Lady Rosina había salido de su soledad y le sermoneaba constantemente. Lady Margaretta le había dado algunas lecciones de economía. El Honorable John, a pesar de una riña reciente, le había pedido prestadas cinco libras. El Honorable George se había comprometido a ir a quedarse con su hermana el próximo mayo. El conde había hecho uso del privilegio de suegro y le había llamado tonto. Lady Alexandrina le había dicho más de una vez, con voz algo agria, que había que hacer esto y aquello; y la condesa le daba órdenes como si fuera su deber natural obedecer cada palabra que salía de su boca. Tales habían sido sus delicias navideñas; y ahora, al regresar de disfrutarlas, ¡se encontraba cara a cara en el vagón de tren con Johnny Eames!
Sus miradas se cruzaron y Crosbie hizo una leve inclinación de cabeza. A esto, Eames no respondió en absoluto, sino que miró fijamente al rostro del otro. Crosbie comprendió de inmediato que no iban a saludarse y se sintió muy satisfecho de que así fuera. Entre sus muchos problemas, la enemistad de John Eames no contaba mucho. No mostró señales de estar desconcertado, aunque nuestro amigo sí lo estaba. Abrió su maletín y, sacando un libro, se sumergió pronto en la lectura, prosiguiendo sus estudios como si el hombre de enfrente le fuera totalmente desconocido. No diré que su mente no se apartara del libro, pues en verdad había muchas cosas en las que le resultaba imposible no pensar; pero no volvía a John Eames. De hecho, cuando el tren llegó a Paddington, casi lo había olvidado por completo; y al bajar del vagón, con su maletín en la mano, estaba libre de la más remota preocupación por él.
Pero no ocurría lo mismo con Eames. Cada momento del viaje había estado para él atestado de pensamientos sobre lo que haría ahora que el azar había puesto a su enemigo a su alcance. Se sentía miserable por la intensidad de sus cavilaciones; y sin embargo, cuando el tren se detuvo, aún no se había decidido. Su rostro había estado cubierto de sudor desde que se topó con Crosbie, y sus miembros apenas obedecían a su voluntad. Se le presentaba una gran oportunidad y sentía tan poca confianza en sí mismo que casi sabía que no la aprovecharía bien. Dos y tres veces estuvo a punto de abalanzarse al cuello de Crosbie en el vagón, pero le frenaba la idea de que el mundo y la policía se pondrían en su contra si hacía tal cosa en presencia de aquella anciana.
Pero cuando Crosbie le dio la espalda y salió, se hizo absolutamente necesario que hiciera algo. No iba a dejar que aquel hombre escapara después de todo lo que había dicho sobre la conveniencia de darle una paliza. Cualquier otra deshonra sería preferible a esa. Temiendo, por tanto, que su enemigo fuera demasiado rápido, salió apresuradamente tras él y apenas dio tiempo a que Crosbie se diera la vuelta para mirar hacia los vagones antes de abalanzarse sobre él. —¡Canalla redomado! —gritó—. ¡Maldito canalla! —Y le agarró por el cuello, lanzándose sobre él y casi devorándolo con la furia de su mirada.
La multitud en el andén no era muy densa, pero había gente suficiente para formar un público respetable para esta pequeña función. Crosbie, en su consternación, retrocedió un paso o dos, y su retirada se vio muy acelerada por el peso del ataque de Eames. Intentó liberar su cuello del agarre de su enemigo, pero fracasó por completo. Por el momento, sin embargo, logró escapar de cualquier golpe certero, debiendo su seguridad en ese aspecto más a la torpeza de Eames que a sus propios esfuerzos. Pudo balbucear algo sobre la policía y, como es natural, hubo un clamor inmediato pidiendo la presencia de tales funcionarios. En unos tres minutos, tres policías, ayudados por seis mozos, capturaron a nuestro pobre amigo Johnny; pero no lo hicieron lo suficientemente rápido para los intereses de Crosbie. Los transeúntes, tomados por sorpresa, habían permitido que los combatientes cayeran sobre el puesto de libros del señor Smith, y allí Eames dejó a su enemigo postrado entre los periódicos, cayendo él mismo sobre el depósito de novelas baratas por el exceso de furia de su propia energía; pero al caer, se las ingenió para asestar un puñetazo en el ojo derecho de Crosbie: un golpe certero; y Crosbie, a todos los efectos, había recibido su paliza.
—¡Mal-dito canalla, granuja, sinvergüenza! —gritó Johnny con los restos de voz que le quedaban mientras la policía se lo llevaba a rastras—. Si supieran... lo que ha... hecho. Pero, mientras tanto, los policías le sujetaban con firmeza.
Como era de esperar, la primera oleada de simpatía pública fue para Crosbie. Él había sido agredido, y la agresión procedía de Eames. En el pecho británico anida un amor tan firme por el orden constituido que estos hechos bastaron para que veinte caballeros acudieran en ayuda de los tres policías y los seis mozos; de modo que para Eames, aunque lo hubiera deseado, no había posibilidad alguna de escape. Pero no lo deseaba. Solo una pena le consumía en aquel momento: sentía que había atacado a Crosbie, pero que lo había hecho en vano. Había tenido su oportunidad y la había desperdiciado. Era totalmente inconsciente de aquel golpe afortunado e ignoraba por completo el gran hecho de que el ojo de su enemigo ya estaba hinchado y cerrado, y que en una hora estaría tan negro como su sombrero.
—¡Es un mal-dito granuja! —exclamó Eames mientras los policías y los mozos le zarandeaban—. No saben lo que ha hecho. —No, no lo sabemos —dijo el agente de mayor rango—; pero sí sabemos lo que ha hecho usted. Oiga, Bushers, ¿dónde está ese caballero? Será mejor que venga con nosotros.
Crosbie había sido levantado de entre los periódicos por otro policía y dos o tres mozos más, y también le atendía el revisor del tren, que le conocía y sabía que venía del Castillo de Courcy. Tres o cuatro curiosos le rodeaban también, junto con un médico benevolente que le proponía la aplicación inmediata de sanguijuelas. Si hubiera podido hacer lo que quería, se habría marchado discretamente, dejando que Eames hiciera lo mismo. Le había sobrevenido un gran mal, pero en nada mitigaría ese mal recurriendo a la ley contra el hombre que le había atacado. Su empeño debía ser que se hablara del asunto lo menos posible. ¿De qué serviría que encerraran a Eames, le multaran y le reprendiera un magistrado? Eso no disminuiría en nada su calamidad. Si hubiera podido parar el ataque y vencer a su enemigo; si hubiera sido él quien propinara el ojo morado en vez de recibirlo, entonces sí habría podido reírse del asunto en su club, y su crimen original habría quedado algo maquillado por su éxito en las armas. Pero no tuvo tal suerte. Se vio obligado, sin embargo, a decidir en el acto qué iba a hacer.
—Lo tenemos bajo custodia, señor —dijo Bushers, tocándose el sombrero. Por el revisor se había sabido que Crosbie era alguien importante, un invitado frecuente en el Castillo de Courcy, y de renombre y posición en las altas esferas del mundo metropolitano. —Los magistrados estarán ahora en las dependencias de Paddington, señor... o lo estarán para cuando lleguemos allí.
Para entonces, alguna alta autoridad ferroviaria había aparecido en escena y se había informado de los hechos de la riña; un funcionario severo que parecía llevar el peso de muchas locomotoras sobre el ceño; uno ante cuya sola vista los fumadores soltaban sus puros y los mozos cerraban el puño ante las monedas de seis peniques; un gran hombre de mentón erguido, paso rápido y sombrero bien cepillado, imponente con su ala elaboradamente curvada hacia arriba. Era el superintendente del andén, dominante incluso sobre los policías.
—Pase a mi despacho, señor Crosbie —dijo—. Stubbs, traiga a ese hombre con usted. Y entonces, antes de que Crosbie pudiera decidirse por cualquier otra línea de conducta, se encontró en el despacho del superintendente, acompañado por el revisor y por los dos policías que conducían a Johnny Eames entre ambos.
—¿Qué es todo esto? —dijo el superintendente, sin quitarse el sombrero, pues era consciente de cuánto de su dignidad personal se debía al porte de dicha prenda; y mientras hablaba, fruncía el ceño hacia el culpable con su máxima severidad—. Señor Crosbie, lamento mucho que haya estado usted expuesto a tal brutalidad en nuestro andén. —Usted no sabe lo que él ha hecho —dijo Johnny—. Es el canalla más maldito que existe. Ha roto... —Pero entonces se detuvo. Iba a decirle al superintendente que aquel maldito canalla le había roto el corazón a una hermosa joven; pero recapacitó y decidió no aludir de forma tan específica a Lily Dale en aquel lugar.
—¿Sabe quién es él, señor Crosbie? —preguntó el superintendente. —Oh, sí —respondió Crosbie, cuyo ojo ya se estaba tornando azul—. Es un administrativo de la Oficina del Impuesto sobre la Renta, y su nombre es Eames. Creo que será mejor que me dejen este asunto a mí.
Pero el superintendente anotó inmediatamente las palabras «Oficina del Impuesto sobre la Renta — Eames» en su libreta. — No podemos permitir que ocurra una riña así en nuestro andén y no tomar nota. Lo pondré en conocimiento de los directores. Es un asunto de lo más vergonzoso, señor Eames... de lo más vergonzoso.
Pero Johnny, para entonces, ya se había percatado de que el ojo de Crosbie estaba en un estado que demostraba satisfactoriamente que su trabajo de la mañana no había sido en vano, y su ánimo empezó a subir en consecuencia. No le importaban un bledo el superintendente ni los policías, siempre que la historia pudiera contarse a su favor más adelante. Su objetivo había sido darle una paliza a Crosbie, y ahora, al mirar el rostro de su enemigo, reconoció que la Providencia había sido buena con él.
—Esa es su opinión —dijo Johnny. —Sí, señor, lo es —repuso el superintendente—; y sabré cómo presentar el asunto ante sus superiores, joven. —Usted no sabe todo lo que hay detrás —dijo Eames—; y supongo que nunca lo sabrá. Había decidido lo que haría la primera vez que viera a ese canalla; y ya lo he hecho. Le habría ido mucho peor en el vagón de tren, pero había una señora delante. —Señor Crosbie, realmente creo que lo mejor sería llevarle ante los magistrados.
Sin embargo, Crosbie se opuso. Aseguró al superintendente que él mismo sabría cómo lidiar con el asunto (que era exactamente lo que no sabía). ¿Podría el superintendente pedir a uno de los empleados del ferrocarril que le buscara un coche y localizara su equipaje? Estaba ansioso por llegar a casa sin verse sometido a más insolencias por parte del señor Eames.
—Aún no ha acabado con la insolencia del señor Eames, se lo aseguro. Todo Londres se enterará de esto y sabrá por qué. Si le queda algo de vergüenza, se avergonzará de mostrar la cara.
¡Hombre desafortunado! ¿Quién puede decir que el castigo —un castigo adecuado— no le había alcanzado? Por el momento, tenía que escabullirse a casa con un ojo morado y sabiendo en su interior que había sido azotado por un administrativo de la Oficina del Impuesto sobre la Renta; y para el futuro... ¡estaba comprometido para casarse con Lady Alexandrina De Courcy!
Consiguió marcharse a hurtadillas en un coche, sin verse obligado a volver al andén; su equipaje le fue entregado por dos solícitos mozos. Pero en todo esto había muy poco bálsamo para su orgullo herido. Mientras ordenaba al cochero que se dirigiera a Mount Street, sintió que se había arruinado a sí mismo con aquel paso en la vida que había dado en el Castillo de Courcy. Mirara adonde mirara, no encontraba consuelo. «¡Maldito sea el tipo!», dijo casi en voz alta en el coche; pero aunque con su voz exterior aludía a Eames, la maldición en sus pensamientos íntimos iba dirigida contra sí mismo.
A Johnny se le permitió volver al andén para buscar su propia maleta. Sin embargo, un joven mozo se le acercó y confraternizó con él. —Se la ha dado usted pero bien en ese último momento, señor. Pero, ¡válgame Dios!, debería haberle soltado el viaje desde el principio. ¿De qué sirve andar agarrando al cuello?
Eran entonces las once y cuarto pero, no obstante, Eames se presentó en su oficina precisamente a las doce.
Capítulo 35
Vae Victis
Crosbie tenía dos compromisos para ese día: uno era su obligación natural de acudir a su trabajo en la oficina, y el otro un compromiso que últimamente se estaba volviendo igual de natural, cenar en St. John’s Wood con Lady Amelia Gazebee. Al mirarse al espejo, le resultó evidente que no podría cumplir ninguno de los dos.
—¡Válgame Dios, señor Crosbie! —exclamó la dueña de la casa al verle. —Sí, lo sé —dijo él—. He tenido un accidente y me han puesto un ojo morado. ¿Qué es bueno para esto? —¡Oh! ¡Un accidente! —dijo la mujer, que sabía perfectamente que aquella marca la había hecho el puño de otro hombre—. Dicen que un trozo de carne cruda es lo mejor. Pero hay que tenerlo puesto constantemente toda la mañana.
Cualquier cosa era mejor que las sanguijuelas, que dejan rastros muy duraderos, de modo que Crosbie pasó la mayor parte de la mañana con el trozo de carne cruda apretado contra el ojo. Pero le fue necesario escribir dos notas mientras lo sostenía: una para el señor Butterwell en su oficina y otra para su futura cuñada. Sintió que no sería prudente intentar ocultar por completo la naturaleza de su catástrofe, ya que algunas circunstancias se sabrían con toda seguridad. Si decía que se había caído sobre el cubo del carbón o contra el guardafuego de la chimenea, cortándose la cara, la gente se enteraría de que había mentido y, además, comprendería que tenía algún motivo para hacerlo. Por lo tanto, redactó sus notas con una fraseología que no le comprometía a ningún detalle. A Butterwell le dijo que había tenido un accidente —o más bien una trifulca— y que había salido de ella con daños considerables en su fachada. Tenía intención de estar en la oficina al día siguiente, pudiera o no presentarse allí con decoro. Pero, por pura decencia, pensó que era mejor darse ese medio día de margen. A Lady Amelia también le dijo que había tenido un accidente y que estaba un poco herido. «No es nada grave en absoluto y solo afecta a mi apariencia, por lo que es mejor que me quede en casa un día. Sin duda estaré con ustedes el domingo. Que Gazebee no se moleste en venir a verme, pues no estaré en casa después de hoy». Gazebee se tomaba la molestia de ir a Mount Street tan a menudo, y South Audley Street —donde estaba su oficina— quedaba tan desagradablemente cerca, que Crosbie añadió esto para protegerse en lo posible. Dio órdenes estrictas de no recibir a nadie, temiendo que Gazebee le buscara después de las horas de oficina para "asegurarse" y llevárselo en persona a St. John’s Wood.
Ni el filete, ni la purga, ni las compresas de agua fría que mantuvo toda la noche fueron eficaces para disipar aquel horrible color negro azulado a las diez de la mañana siguiente.
—Desde luego ha bajado la hinchazón, señor Crosbie; desde luego que sí —dijo la patrona, tocando la parte afectada con el dedo—. Pero lo negro no se les quita en un minuto; de verdad que no. ¿No podría quedarse en casa un día más? —¿Pero bastará con un día, señora Phillips? La señora Phillips no se atrevía a asegurar que así fuera. —Suelen salirles unas rayitas rojas sobre lo negro antes de desaparecer —dijo la señora Phillips, que parecía haber sido esposa de un púgil, de lo bien que conocía los ojos morados. —Y eso no será hasta mañana —dijo Crosbie, fingiendo alegría en medio de su agonía. —Hasta el tercer día no; y luego se van borrando poco a poco. Nunca vi que las sanguijuelas sirvieran de nada.
Se quedó en casa el segundo día, y entonces resolvió que iría a su oficina, con ojo morado y todo. En el periódico de esa mañana vio una crónica de toda la transacción, relatando cómo el señor C—, de la oficina de Comités Generales, que pronto iba a conducir al altar nupcial a la hermosa hija del conde De C—, había sido objeto de un brutal ataque personal en el andén de la estación de tren de Great Western, y cómo se encontraba confinado en su habitación debido a las heridas recibidas. El párrafo añadía que el delincuente, según se creía, se había atrevido a poner sus ojos en la misma dama, y que su audacia había sido tratada con desprecio por cada miembro de la noble familia en cuestión. «Era, no obstante, satisfactorio saber —decía el diario— que el señor C— se había vengado ampliamente y que había azotado al joven en cuestión de tal modo que este no había podido moverse de la cama desde el suceso».
Al leer esto, Crosbie sintió que era mejor mostrarse de inmediato y contar tanta verdad como el mundo probablemente acabaría descubriendo de todos modos. Así que, en esa tercera mañana, se puso el sombrero y los guantes y se hizo llevar a su oficina, aunque el periodo de las «rayitas rojas» de su desgracia apenas había comenzado. El trayecto por el pasillo de la oficina, cruzando el vestíbulo de los ordenanzas hasta llegar a su despacho, fue muy desagradable. Por supuesto, todo el mundo le miró, y por supuesto fracasó en su intento de parecer que no le importaba.
—Boggs —le dijo a uno de los hombres al pasar—, mire si el señor Butterwell está en su despacho. Y entonces, como esperaba, el señor Butterwell fue a verle al cabo de unos minutos.
—A fe mía que eso es serio —dijo el señor Butterwell, observando el rostro maltrecho del secretario—. Yo no habría salido de casa de ser usted. —Por supuesto que es desagradable —dijo Crosbie—; pero es mejor aguantar. Los compañeros cuentan mentiras horribles si a uno no se le ve el pelo en un par de días. Creo que es mejor poner buena cara al mal tiempo. —Pues eso es precisamente lo que no puede hacer ahora, ¿eh, Crosbie? —Y el señor Butterwell soltó una risita—. Pero, ¿cómo diablos ocurrió? El periódico dice que casi matas al tipo que lo hizo. —El periódico miente, como mienten siempre. No le toqué en absoluto. —¿Ah, no? Me habría gustado darle un viaje después de recibir semejante caricia en la cara. —Llegó la policía y todo eso. A uno no se le permite arreglar las cosas a golpes en una trifulca así, como se haría en el páramo de Salisbury. No es que quiera decir que yo pudiera darle una tunda al tipo. ¿Cómo va uno a saber si puede o no? —¿Cómo, en efecto, a menos que recibas la tunda... o la des? Pero, ¿quién era él, y qué es eso de que fue despreciado por la noble familia? —Basura y mentiras, por supuesto. Nunca ha visto a nadie de los De Courcy. —Supongo que la verdad es que se trata del asunto de la otra... ¿eh, Crosbie? Ya sabía yo que te meterías en algún lío antes de terminar. —No sé de qué se trataba, ni por qué se comportó como una bestia. ¿Has oído hablar de esa gente de Allington? —Oh, sí; he oído hablar de ellos. —Dios sabe que no pretendía decir nada contra ellos. Ellos no sabían nada de esto. —¿Pero el joven los conocía? Ah, ya veo de qué va la cosa. Quiere ocupar tu lugar. No se puede decir que haya empezado con mal pie. Pero, ¿qué piensas hacer? —Nada. —¿Nada? ¿No quedará eso un poco raro? Yo creo que debería llevarle ante los magistrados. —Verás, Butterwell, estoy obligado a proteger el nombre de esa chica. Sé que me he portado mal. —Bueno, sí; me temo que sí.
El señor Butterwell dijo esto con bastante decisión en la voz, como si no tuviera intención de andarse con rodeos ni de ocultar su opinión. Crosbie había tomado la costumbre de condenarse a sí mismo en este asunto de su matrimonio, pero estaba ansioso de que otros, al oír tal condena de sus labios, dijeran algo para paliar su falta. Sería tan fácil para un amigo comentar que tales pecadillos no eran del todo infrecuentes, y que a veces pasaba en la vida que la gente no sabía lo que quería. Había esperado tal benevolencia de Fowler Pratt, pero en vano. Butterwell era un hombre bondadoso y fácil, deseoso de quedar bien con todos los que le rodeaban, y nunca presumía de una moral o sentimientos elevados; y sin embargo, Butterwell no quiso decirle ni una palabra de consuelo. No conseguía que nadie pasara por alto su pecado como si no lo fuera —como si solo fuera un error desafortunado—; nadie excepto los De Courcy, que, por así decirlo, se habían apoderado de él y se lo habían tragado vivo.
—Ya no tiene remedio —dijo Crosbie—. Pero en cuanto a ese tipo que me atacó de forma tan brutal el otro día, sabe que está a salvo tras las faldas de ella. No puedo hacer nada que no haga necesario mencionar su nombre. —Ah, sí; ya entiendo —dijo Butterwell—. Es muy lamentable; mucho. No sé si puedo hacer algo por ti. ¿Vendrás hoy ante la Junta? —Sí, por supuesto que iré —dijo Crosbie, que se estaba volviendo muy irritable.
Su oído agudo le decía que todo el respeto y la cordialidad de Butterwell habían desaparecido, al menos por el momento. Butterwell, aunque ostentaba un rango oficial superior, siempre había acostumbrado a tratarle como si él, el subordinado, fuera la persona a la que había que cortejar. Había poseído, y sabía que poseía, tanto en su oficina como en el mundo exterior, una especie de rango mucho más alto que el que por su posición podía reclamar legítimamente. Ahora estaba siendo depuesto. No podía haber mejor piedra de toque en un asunto así que Butterwell. Él iría por donde fuera el mundo, pero percibiría casi intuitivamente hacia dónde pretendía ir el mundo. «Tacto, tacto, tacto», como solía decirse a sí mismo mientras caminaba por los senderos de su villa en Putney. Crosbie era ahora secretario, mientras que unos meses antes era un simple administrativo; pero, no obstante, el instinto del señor Butterwell le decía que Crosbie había caído. Por lo tanto, declinó ofrecer cualquier simpatía al hombre en su desgracia y, al salir del despacho del secretario, sintió que probablemente pasaría algún tiempo antes de volver a visitarlo.
Crosbie resolvió en su amargura que, de ahora en adelante, mantendría el tipo con descaro. Iría a la Junta con tanta indiferencia hacia su ojo morado como fuera capaz de fingir, y si alguien le decía algo, tendría preparada su respuesta. Iría a su club, y que aquel que pretendiera hacerle algún desaire se guardara de su ira. No podía arremeter contra John Eames, pero podía arremeter contra otros si era necesario. No se había ganado una posición ante el mundo, manteniéndola ya durante algunos años, para dejarse aplastar de golpe por haber cometido un error. Si el mundo, su mundo, decidía declararle la guerra, él estaría listo para la lucha. En cuanto a Butterwell —el incompetente Butterwell, el insípido Butterwell—, por Butterwell, que en cada pequeña dificultad oficial durante años había acudido a él, le haría saber lo que significaba ser así de desleal con quien se había dignado a ser su amigo. Les demostraría a todos en la Junta que los despreciaba y que podía ser su amo. Entonces, mientras tomaba otras resoluciones sobre su conducta futura, tomó una o dos respecto a los De Courcy. Les haría saber que no iba a ser su humilde servidor. Expresaría su opinión con considerable claridad; y si por ello decidían romper esta «alianza», podrían hacerlo; no se le rompería el corazón. Y mientras se recostaba en su sillón, pensando en todo esto, una idea se abrió paso en su cerebro: un castillo en el aire, más que la imagen de algo que pudiera realizarse; y en ese castillo en el aire se veía a sí mismo arrodillado de nuevo a los pies de Lily, pidiéndole perdón y suplicándole que le acogiera una vez más en su corazón.
—El señor Crosbie está hoy aquí —dijo el señor Butterwell al señor Optimist. —Ah, vaya —dijo el señor Optimist con mucha gravedad; pues se había enterado de todo lo de la riña en la estación. —Le han dejado la cara hecha un cromo. —Lamento mucho oír eso. Es tan... tan... tan... Si fuera uno de los administrativos más jóvenes, ya sabe, le diríamos que es algo indigno para el departamento. —Si un hombre recibe un golpe en el ojo, no puede evitarlo, ya sabe. No se lo dio él mismo, supongo —dijo el mayor Fiasco. —Soy consciente de que no se lo dio él mismo —continuó el señor Optimist—; pero realmente creo que, en su posición, debería haberse mantenido al margen de cualquier encuentro de ese tipo. —Lo habría hecho si hubiera podido, con toda su alma —dijo el mayor—. No supongo que le gustara que le dieran una tunda más de lo que me gustaría a mí. —A mí nadie me pone un ojo morado —dijo el señor Optimist. —Nadie lo ha hecho hasta ahora —apostilló el mayor. —Espero que nunca lo hagan —dijo el señor Butterwell.
Entonces, llegada la hora de su reunión, el señor Crosbie entró en la sala de la Junta. —Lamentamos mucho habernos enterado de este infortunio —dijo el señor Optimist con mucha gravedad. —Ni la mitad de lo que lo lamento yo —dijo Crosbie con una carcajada—. Es un fastidio poco común tener un ojo morado y andar por ahí con aspecto de púgil. —Y de un púgil que no ganó su combate, además —añadió Fiasco.
—No creo que haya mucha diferencia en cuanto a eso —dijo Crosbie—. Pero todo el asunto es un fastidio y, si les parece bien, no diremos nada más al respecto.
El señor Optimist casi llegó a considerar que era su deber decir algo más. ¿No era él el Comisionado Jefe, y no era el señor Crosbie el secretario de la Junta? ¿Debía él, considerando sus respectivos rangos, pasar por alto sin una palabra de advertencia una impropiedad tan manifiesta como esta? ¿No habría dicho algo Sir Raffle Buffle si el señor Butterwell, cuando era secretario, se hubiera presentado en la oficina con un ojo morado? Deseaba ejercer todos los derechos de un presidente; pero, no obstante, al mirar al secretario se sintió cohibido y fue incapaz de encontrar las palabras adecuadas.
—Humm, ja, bien; pasaremos a los asuntos oficiales ahora, si les parece —dijo, como reservándose el derecho de volver al ojo morado del secretario cuando los asuntos habituales de la Junta hubieran concluido. Pero cuando estos concluyeron, el secretario abandonó la sala sin que se hiciera ninguna otra referencia a su ojo.
Crosbie, al regresar a sus aposentos, encontró a Mortimer Gazebee esperándole.
—Mi querido amigo —dijo Gazebee—, este es un asunto muy desagradable. —Excepcionalmente desagradable —dijo Crosbie—; tanto, que no pienso hablar de ello con nadie. —Lady Amelia está muy afligida. —Siempre la llamaba Lady Amelia, incluso cuando hablaba de ella con sus propios hermanos y hermanas. Era demasiado educado para tomarse la libertad de llamar a la hija de un conde por su nombre de pila, aun cuando esa hija de conde fuera su propia esposa—. Teme que hayas salido bastante malparado. —Nada de malparado; pero desfigurado, como puedes ver. —¿Y le diste una buena tunda al tipo que lo hizo? —No, no se la di —dijo Crosbie, muy irritado—. No le pegué en absoluto. No te creerás todo lo que lees en los periódicos, ¿verdad? —No, no me lo creo todo. Por supuesto que no me creí eso de que él hubiera aspirado a una alianza con Lady Alexandrina. Eso era falso, desde luego. —El señor Gazebee mostró por su tono de voz que una imprudencia tan inaudita era del todo increíble. —No deberías creer nada; excepto esto: que tengo un ojo morado. —Ciertamente lo tienes. Lady Amelia piensa que estarías más cómodo si vinieras con nosotros esta tarde. No puedes salir, por supuesto; pero Lady Amelia dijo, con mucha bondad, que con ella no tienes por qué preocuparte de las apariencias. —Gracias, pero no; iré el domingo. —Por supuesto, Lady Alexandrina estará muy ansiosa por tener noticias de su hermana; y Lady Amelia me rogó muy encarecidamente que insistiera en que vinieras. —Gracias, pero no; hoy no. —¿Por qué no? —Oh, sencillamente porque estaré mejor en casa. —¿Cómo vas a estar mejor en casa? Puedes tener cualquier cosa que necesites. A Lady Amelia no le importará, ya sabes.
¡Otro filete de buey sobre el ojo mientras estaba sentado en el salón, un vendaje de agua fría o cualquier otro pequeño remedio médico de ese tipo! ¡Esas eran las cosas que Lady Amelia, en su bondad doméstica, se dignaría a no tener en cuenta!
—No la molestaré esta tarde —dijo Crosbie. —Bueno, a fe mía que creo que te equivocas. Llegarán toda clase de historias al Castillo de Courcy y a oídos de la condesa; y no sabes qué daño puede resultar de ello. Lady Amelia cree que sería mejor escribir y explicarlo; pero no puede hacerlo hasta que sepa algo por tu parte. —Mira, Gazebee. No me importa lo más mínimo qué historia llegue al Castillo de Courcy. —¿Pero y si el conde oyera algo y se ofendiera? —Que se recupere de su ofensa como mejor le plazca. —Mi querido amigo; eso es hablar sin sentido, ya lo sabes. —¿Qué demonios supones que puede hacerme el conde? ¿Crees que voy a vivir con miedo a Lord De Courcy toda mi vida porque voy a casarme con su hija? Escribiré yo mismo a Alexandrina hoy, y puedes decírselo a su hermana. Iré a cenar el domingo, a menos que mi cara lo haga del todo imposible. —¿Y no vendrás a tiempo para la iglesia? —¿Pretenderías que fuera a la iglesia con esta cara?
Entonces el señor Mortimer Gazebee se marchó, y al llegar a casa le dijo a su mujer que Crosbie se estaba tomando las cosas con mucha altanería. —El hecho es, querida, que está avergonzado de sí mismo y por eso intenta poner cara de valiente. —Fue muy tonto por su parte ponerse en el camino de ese joven... muy tonto; y así se lo diré el domingo. Si decide darse aires conmigo, le haré entender que está muy equivocado. Debería recordar ahora que el modo en que se conduce es un asunto de importancia para toda nuestra familia. —Por supuesto que debería —asintió el señor Gazebee.
Cuando llegó el domingo, había aparecido el periodo de las «rayitas rojas», pero ni mucho menos había pasado todavía. Los hombres de la oficina casi se habían acostumbrado; pero Crosbie, a pesar de su determinación de bajar al club, aún no se había mostrado en ningún otro lugar. Por supuesto, no fue a la iglesia, pero a las cinco hizo su aparición en la casa de St. John’s Wood. Siempre cenaban a las cinco los domingos, con la idea de que así guardaban mejor el día del Señor que si cenaran a las siete. Si guardar el día del Señor consiste en acostarse temprano, o si tal práctica ayuda en algo, tenían razón. Para la cocinera, esa cena algo temprana quizá resultaba conveniente, pues le daba una excusa para no ir a la iglesia por la tarde, igual que la comida de los sirvientes y los niños se la daba por la mañana. Tales pequeños intentos de bondad —recorrer la mitad del camino, o quizá, como en este caso, una cuarta parte del camino en el desagradable sendero hacia la virtud— son muy comunes entre la gente respetable, como Lady Amelia. Si hubiera cenado a la una y hubiera comido carne fría, quizá uno sentiría que era merecedora de algún elogio.
—Vaya, vaya, vaya; esto es muy triste, ¿verdad, Adolphus? —dijo ella al verle por primera vez. —Bueno, es triste, Amelia —respondió él. Siempre la llamaba Amelia porque ella le llamaba Adolphus; pero al propio Gazebee nunca le agradaba del todo oírlo. Lady Amelia era mayor que Crosbie y tenía derecho a llamarle como quisiera; pero él debería haber recordado la gran diferencia de rango—. Es triste, Amelia —repitió—. ¿Pero me complacerás en una cosa? —¿En qué cosa, Adolphus? —En no decir ni una palabra más sobre el tema. El ojo morado es algo malo, sin duda, y me ha molestado mucho; pero la simpatía de mis amigos me ha molestado muchísimo más. Ya recibí toda la conmiseración familiar de parte de Gazebee el viernes, y si se repite de nuevo, me echaré a morir. —¿Se va a morir, tío Dolphus, porque tiene un ojo malito? —preguntó De Courcy Gazebee, la mayor esperanza de la familia, mirándole a la cara. —No, mi héroe —dijo Crosbie, tomando al niño en brazos—, no porque tenga un ojo morado. No hay mucho daño en eso, y tú tendrás muchos antes de dejar la escuela. Sino porque la gente no deja de hablar de ello. —Pero a la tía Dina no le gustará usted si tiene un ojo feo y malo. —Pero, Adolphus —dijo Lady Amelia, disponiéndose para una discusión—, eso está muy bien, ya sabes... y estoy segura de que lamento mucho causarte cualquier molestia... pero realmente uno no sabe cómo pasar por alto algo así sin mencionarlo. He recibido una carta de mamá. —Espero que Lady De Courcy esté muy bien. —Muy bien, gracias. Pero, como es natural, está muy ansiosa por este asunto. Ha leído lo que se ha dicho en los periódicos, y puede que sea necesario que Mortimer intervenga, como abogado de la familia. —Totalmente fuera de lugar —dijo Adolphus. —No creo que aconsejara tal paso —añadió Gazebee. —Tal vez no; muy probablemente no. Pero no puede sorprenderte, Mortimer, que mi madre, en tales circunstancias, desee saber cuáles son los hechos del caso. —En absoluto —dijo Gazebee. —Entonces, de una vez por todas, os diré los hechos. Al bajar del tren, un hombre al que había visto una vez antes en mi vida me atacó y, antes de que llegara la policía, recibí un golpe en la cara. Ahora ya lo sabéis todo.
En ese momento se anunció la cena. —¿Le ofreces tu brazo a Lady Amelia? —dijo el marido. —Es un suceso muy triste —dijo Lady Amelia con un ligero movimiento de cabeza—, y me temo que le costará a mi hermana un gran disgusto. —¿Estás de acuerdo con De Courcy, Amelia, en que a la tía Dina no le gustaré con un feo ojo morado? —Realmente no creo que sea asunto de broma —sentenció Lady Amelia. Y no se dijo nada más al respecto durante la cena.
No se dijo nada más, pero resultaba bastante evidente por el semblante de Lady Amelia que no estaba muy satisfecha con la conducta de su futuro cuñado. Se mostró muy hospitalaria, instándole a comer; pero incluso al hacerlo, hacía repetidas y pequeñas referencias a su actual y desafortunado estado. Le dijo que no creía que el pudín de ciruelas frito le sentara mal, pero que le recomendaría no beber oporto después de cenar. —A propósito, Mortimer, mejor saca algo de clarete —comentó—. Adolphus no debería tomar nada que sea irritante. —Gracias —dijo Crosbie—. Tomaré un poco de brandy con agua, si Gazebee me lo da. —¡Brandy con agua! —exclamó Lady Amelia. A decir verdad, Crosbie no era dado a beber brandy con agua; pero estaba dispuesto a pedir ginebra a palo seco si Lady Amelia le presionaba mucho más con su solicitud.
En estas cenas dominicales, la dueña de la casa nunca se retiraba al salón, y el té siempre se servía allí mismo, en la mesa donde habían cenado. Era otro pequeño paso hacia la santificación del primer día de la semana. Cuando Lady Rosina estaba presente, se le complacía con la vista de seis o siete libros serios y edificantes que se colocaban sobre la caoba en cuanto se quitaban las botellas. En su primera visita prolongada, había obtenido el privilegio de leer un sermón; pero como en tales ocasiones tanto Lady Amelia como el señor Gazebee se quedaban dormidos —y como el lacayo también había mostrado una vez tendencia a ello—, el sermón se había abandonado. Pero el dueño de la casa, en esas veladas, cuando su cuñada estaba presente, estaba condenado a sentarse ocioso, o bien a buscar consuelo en uno de los libros edificantes. Pero Lady Rosina estaba entonces en el campo y, por lo tanto, la mesa quedó sin adornos.
—¿Y qué le voy a decir a mi madre? —preguntó Lady Amelia cuando estuvieron solos. —Dale mis más afectuosos saludos —respondió Crosbie. Estaba muy claro, tanto para el marido como para la mujer, que él se estaba preparando para una rebelión contra la autoridad.
Durante unos diez minutos no se dijo nada. Crosbie se entretenía jugando con el niño, al que llamaba Dicksey, a modo de apodo para De Courcy. —Mamá, me llama Dicksey. ¿Soy Dicksey? Yo le llamaré a usted viejo "Cross" (Cascarrabias), y entonces a la tía Dina no le gustará usted. —Desearía que no pusieras apodos al niño, Adolphus. Parece como si quisieras arrojar un oprobio sobre el nombre que lleva. —Apenas creo que él se sienta dispuesto a hacer tal cosa —dijo el señor Gazebee. —Apenas, en efecto —corroboró Crosbie. —Ese nombre nunca ha sido deshonrado en los anales de nuestro país convirtiéndolo en un apodo —dijo la orgullosa hija de la casa. Probablemente ignoraba que, entre muchos de sus socios, a su padre le llamaban Lord "De Curse’ye" (De Maldígale), por la energía ocasional de su lenguaje—. Y cualquier intento así resulta doloroso para mis oídos. Siento orgullo por mi familia, te lo aseguro, Adolphus, y también mi marido. —Muchísimo —asintió el señor Gazebee. —Yo también por la mía —dijo Crosbie—. Eso es natural en todos nosotros. Uno de mis antepasados vino con Guillermo el Conquistador. Creo que era uno de los ayudantes de cocina en la tienda del rey. —¡Un cocinero! —exclamó el joven De Courcy. —Sí, muchacho, un cocinero. Así es como la mayoría de nuestras viejas familias se hicieron nobles. Eran cocineros o mayordomos de los reyes... o a veces algo peor. —¿Pero tu familia no es noble? —No... te contaré cómo fue. El rey quería que este cocinero envenenara a media docena de sus oficiales que querían salirse con la suya; pero el cocinero dijo: «No, señor mío, el Rey; soy cocinero, no verdugo». Así que lo mandaron al fregadero y, mientras a todos los demás sirvientes los llamaban barones y lores, a él solo le llamaban "Cookey" (Cocinillas). Con el tiempo, cambiaron el nombre a Crosbie, poco a poco.
El señor Gazebee quedó sobrecogido y el rostro de Lady Amelia se ensombreció. ¿No era evidente que esta serpiente, acogida en su seno más íntimo para que allí se calentara, se estaba convirtiendo en una víbora y se preparaba para morderles? Hubo muy poca conversación más esa noche y, poco después de la historia del cocinero, Crosbie se levantó y se marchó a su casa.
Capítulo 36
«Ved, llega el héroe conquistador»
John Eames llegó a su oficina exactamente a las doce, pero al hacerlo apenas sabía si caminaba sobre los talones o sobre la cabeza. Toda la mañana había sido para él de una intensa excitación y, últimamente, hasta cierto punto, de triunfo. Pero no sabía en absoluto cuáles podrían ser las consecuencias. ¿Le llevarían ante un magistrado y le encerrarían? ¿Habría un escándalo en la oficina? ¿Le retaría Crosbie y, de ser así, tendría la obligación de batirse en duelo con pistolas? ¿Qué diría Lord De Guest, quien le había advertido específicamente que no se tomara por su mano la justicia de vengar los agravios de Lily? ¿Qué diría toda la familia Dale de su conducta? Y, sobre todo, ¿qué diría y pensaría Lily? No obstante, el sentimiento de triunfo predominaba; y ahora, con la perspectiva del tiempo, empezaba a recordar con placer la sensación de su puño al hundirse en el ojo de Crosbie.
Durante su primer día en la oficina no oyó nada sobre el asunto, ni dijo una palabra a nadie. En su departamento se sabía que se había ido a pasar las vacaciones de Navidad con Lord De Guest, y se le trataba con una consideración algo mayor por ese motivo. Y además, debo explicar, para hacer justicia a Johnny Eames, que poco a poco se estaba ganando una buena posición entre los funcionarios del Impuesto sobre la Renta. Conocía su trabajo y lo hacía con una confianza viril en sus propias capacidades, y también con cierta indiferencia masculina ante los ceños fruncidos ocasionales de los mandamases del departamento. Era, además, popular; siendo algo radical en su proceder oficial y defendiendo sus derechos, incluso ante el descontento de los poderosos. En verdad, estaba saliendo de su adolescencia torpe y entrando en su juventud temprana, teniendo probablemente que pasar por muchas necedades y algún sentimiento falso en ese periodo de su existencia, pero aún con la promesa de una verdadera hombría más allá para aquellos capaces de leer las señales de su carácter.
Aquel primer día le hicieron muchas preguntas sobre las glorias de su Navidad, pero él tenía muy poco que decir al respecto. De hecho, nada podría haber sido más vulgar que su visita navideña, de no haber sido por el gran objetivo que le había llevado a esa parte del país y por la circunstancia con la que habían terminado sus vacaciones. Sobre ninguno de estos temas estaba dispuesto a hablar abiertamente; pero mientras caminaba hacia Burton Crescent con Cradell, le contó lo ocurrido con Crosbie.
—¿Y te lanzaste a por él en la estación? —preguntó Cradell, con una duda admirativa. —Sí, lo hice. Si no lo hacía allí, ¿dónde iba a hacerlo? Había dicho que lo haría y, por lo tanto, cuando le vi, lo hice. —Entonces contó todo lo relativo al ojo morado, la policía y el superintendente—. ¿Y qué vendrá ahora? —preguntó nuestro héroe. —Bueno, él lo pondrá en manos de un amigo, por supuesto; como hice yo con Fisher en aquel asunto con Lupex. Y, a fe mía, Johnny, que tendré que hacer algo parecido de nuevo. Su conducta anoche fue indignante; ¿te lo creerías...? —Oh, es un tonto. —Es un tonto con el que no te gustaría encontrarte cuando tiene uno de sus ataques de locura, te lo aseguro. Anoche tuve que quedarme sentado en mi dormitorio toda la noche. La madre Roper me dijo que si permanecía en el salón se vería obligada a llamar a un policía. ¿Qué podía hacer yo? Hice que me encendiera el fuego en el cuarto, por supuesto. —Y luego te fuiste a la cama. —Esperé muchísimo tiempo porque pensé que Maria querría verme. Al final me envió una nota. Maria es tan imprudente, ya sabes. Si él hubiera encontrado algo escrito por ella, habría sido terrible, sabes... absolutamente terrible. ¿Y quién sabe si Jemima no se irá de la lengua? —¿Y qué decía la nota? —¡Vamos! Eso es un secreto, señor Johnny. He tenido buen cuidado de traérmela a la oficina esta mañana por si las moscas.
Pero Eames no estaba tan atento a la importancia de las aventuras de su amigo como lo habría estado de no haber cargado con las suyas propias.
—No me importaría tanto —dijo él— que ese tipo, Crosbie, acudiera a un amigo, como que acudiera a un magistrado de policía. —Lo pondrá en manos de un amigo, por supuesto —dijo Cradell, con el aire de un hombre que, por experiencia, está al tanto de tales asuntos—. Y supongo que, naturalmente, acudirás a mí. Es un fastidio de mil demonios para un hombre en un cargo público y todo eso, claro. Pero yo no soy de los que abandonan a un amigo. Estaré a tu lado, Johnny, muchacho. —Oh, gracias —dijo Eames—, pero no creo que necesite eso. —Debes tener preparado a un amigo, ya sabes. —Escribiría a un hombre que conozco en el campo y le pediría consejo —dijo Eames—; un amigo de más edad, ¿entiendes? —¡Por Júpiter, viejo amigo, ten cuidado con lo que haces! No dejes que digan de ti que eres un cobarde. Bajo mi palabra de honor, preferiría que dijeran cualquier cosa de mí antes que eso. De verdad... cualquier cosa. —No temo eso —dijo Eames, con un toque de desprecio en la voz—. Hoy en día no se piensa mucho en la cobardía... no en lo que respecta a batirse en duelo.
Después de aquello, Cradell se las ingenió para desviar la conversación hacia la señora Lupex y su propia y peculiar situación, y como a Eames no le interesaba pedir más consejo a su compañero sobre sus propios asuntos, escuchó casi en silencio hasta que llegaron a Burton Crescent.
—Espero que encontrara bien al noble conde —le dijo la señora Roper en cuanto se sentaron a cenar. —Encontré al noble conde bastante bien, gracias —respondió Johnny.
Todos los inquilinos de la señora Roper habían llegado a comprender claramente que la posición de Eames había cambiado por completo desde que había sido honrado con la amistad de Lord De Guest. La señora Lupex, al lado de quien siempre se sentaba a cenar con el fin de protegerla, por así decirlo, de la peligrosa vecindad de Cradell, le trataba con una marcada cortesía. La señorita Spruce siempre le llamaba «señor». La señora Roper le servía el primero de entre los caballeros, y se esmeraba con su ración de grasa y salsa, y Amelia se sentía menos capaz que antes de insistir en la posesión de su corazón y sus afectos. No debe suponerse que Amelia tuviera intención de abandonar la lucha y permitir que el enemigo se marchara con sus tropas; pero se sentía obligada a tratarle con una deferencia que apenas era compatible con la perfecta igualdad que debe acompañar a toda unión de corazones.
—Es un privilegio tal tener trato con la nobleza —dijo la señora Lupex—. Cuando yo era joven, solía tener mucha intimidad... —Ya no eres una jovencita, así que mejor no hables de ello —dijo Lupex. El señor Lupex había pasado por aquella tienducha de Drury Lane después de terminar su trabajo pintando decorados. —Querido, no hace falta que te portes como un bruto conmigo delante de todos los invitados de la señora Roper. Si, arrastrada por sentimientos que no describiré ahora, abandoné mis círculos adecuados al casarme contigo, no hace falta que delante de todo el mundo me enseñes cuánto tengo que lamentar. —Y la señora Lupex, dejando el cuchillo y el tenedor, se llevó el pañuelo a los ojos. —Esto es muy agradable para un hombre durante las comidas, ¿verdad? —dijo Lupex, apelando a la señorita Spruce—. Tengo ración doble de este tipo de cosas, y no se imagina cuánto me gusta. —Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre —sentenció la señorita Spruce—. Por lo que a mí respecta, solo soy una mujer vieja.
Este pequeño arrebato ensombreció la mesa, y no se dijo nada más en aquella ocasión sobre las glorias de la carrera de Eames. Pero, en el transcurso de la velada, Amelia se enteró del encuentro que había tenido lugar en la estación de tren y percibió de inmediato que podía aprovechar la ocasión para sus propios fines.
—John —susurró a su víctima, encontrando la oportunidad de abordarle cuando estaba casi solo—, ¿qué es eso que he oído? Exijo saberlo. ¿Vas a batirte en duelo? —Tonterías —dijo Johnny. —No son tonterías. No sabes cómo me sentiré si pienso que va a ocurrir algo así. ¡Pero eres tan duro de corazón! —No soy nada duro de corazón, y no voy a batirme en duelo. —¿Pero es verdad que pegaste al señor Crosbie en la estación? —Es verdad. Le pegué. —¡Oh, John! No es que quiera decir que hicieras mal, y de hecho te honro por ese sentimiento. No puede haber nada tan terrible como que un joven engañe a una joven y la abandone después de haber ganado su corazón... particularmente cuando ella tiene su promesa en palabras claras o, tal vez, incluso por escrito. —John pensó en aquella nota horrible, tonta y miserable que había escrito—. Y una pobre chica, si no puede hacerse justicia por una ruptura de promesa matrimonial, no sabe qué hacer. ¿Verdad, John? —Una chica que se hiciera justicia de esa manera no valdría la pena. —No estoy segura. Cuando una pobre chica está en esa situación, tiene que ser ayudada por sus amigos. Supongo, entonces, que la señorita Lily Dale no presentará una demanda por ruptura de promesa contra él.
La mención del nombre de Lily en tal lugar fue un sacrilegio para los oídos del pobre Eames. —No sabría decir —respondió— cuál es la intención de la dama de quien hablas. Pero por lo que conozco a sus amigos, no creo que se vea degradada por tal procedimiento. —Eso puede estar muy bien para la señorita Lily Dale... —dijo Amelia, y luego vaciló. No sería conveniente, pensó, amenazarle abiertamente todavía; no mientras hubiera alguna posibilidad de ganárselo sin amenazas—. Por supuesto, lo sé todo —continuó—. Ella era tu L. D., ya sabes. No es que yo tuviera celos de ella. Para ti no era más que una de tus amigas de la infancia. ¿Verdad, Johnny?
Él dio un pisotón en el suelo y se levantó del asiento de un salto. —Odio todas esas bobadas sobre las amigas de la infancia, y lo sabes. Harás que jure que no volveré a entrar en esta habitación nunca más. —¡Johnny! —Y lo haré. Todo este asunto me pone enfermo. Y en cuanto a esa señora Lupex... —Si esto es lo que aprendes, John, yendo a casa de un lord, creo que harías mejor en quedarte en casa con tus propios amigos. —Claro que sí; mucho mejor quedarme en casa con mis propios amigos. Aquí está la señora Lupex, y desde luego no la soporto. —Y se marchó, y caminó alrededor del Crescent, y bajó por New Road, y llegó casi hasta Regent’s Park, pensando en Lily Dale y en su propia cobardía con Amelia Roper.
A la mañana siguiente recibió un mensaje, alrededor de la una, por boca del ordenanza de la sala de la Junta, informándole de que se requería su presencia allí. —Sir Raffle Buffle ha solicitado su presencia, señor Eames. —¿Mi presencia, Tupper? ¿Para qué? —dijo Johnny, volviéndose hacia el ordenanza casi con consternación. —Ciertamente no sabría decirle, señor Eames; pero Sir Raffle Buffle ha solicitado su presencia en la sala de la Junta.
Un mensaje así en la vida oficial siempre infunde pavor en el corazón de un joven. Y sin embargo, los jóvenes suelen salir de tales entrevistas sin haber recibido daños graves, y generalmente hablan de los ancianos caballeros con los que se han encontrado con una buena dosis de sarcasmo desenfadado o «guasita», como se dice en la jerga de hoy en día. Es esa misma «majestad que rodea al rey» la que causa el efecto. El pavo real en su propio corral es el amo de la situación, y su recuerdo infunde miedo. Un obispo con sus galas, un juez en el estrado, un presidente en la gran sala al final de una larga mesa, o un policía con su linterna en su ronda; todos pueden hacerse terribles por medio de esos atributos de majestad que les han sido concedidos. ¡Pero qué insignificante es el policía en su propio hogar, y qué pocos pensaban mucho en Sir Raffle Buffle mientras dormía después de cenar con sus viejas zapatillas! ¡Qué bien recuerdo el terror que me causaba el aire de dignidad ofendida con el que cierto anciano distinguido, ya fallecido hace mucho, se frotaba las manos lentamente, una sobre la otra, y miraba al techo, sacudiendo levemente la cabeza, como perdido en la contemplación de mis iniquidades! Se me revolvía el estómago y sentía como si me hubieran roto los tobillos. Aquel giro de los ojos hacia arriba me acobardaba de tal modo que me quedaba sin habla para cualquier defensa. Creo que aquel anciano difícilmente pudo conocer el alcance de su propio poder.
En una ocasión, un muchacho descuidado que tenía a su cargo un fardo de cartas dirigidas al Rey —peticiones y cosas por el estilo que, en el curso normal de los negocios, no llegarían más allá de las manos de algún ayudante del ayudante de un lord de cámara— envió la saca que las contenía al lugar equivocado; a Windsor, tal vez, si la Corte estaba en Londres; o a St. James, si estaba en Windsor. Fue convocado; y el gran hombre de la ocasión se limitó a levantar las manos hacia el cielo mientras se levantaba de su silla y a exclamar dos veces: «¡Extravió la valija del Monarca! ¡Extravió la valija del Monarca!». Aquel joven nunca supo cómo escapó de la sala de la Junta; pero durante un tiempo quedó privado de toda capacidad de esfuerzo y no pudo reanudar su trabajo hasta que tuvo seis meses de licencia y fue restablecido a base de ron y leche de burra. En aquel caso, el uso peculiar de la palabra «Monarca» tuvo un poder que el magnate oficial nunca había imaginado. La historia es tradicional; pero creo que la circunstancia ocurrió no hace mucho, en los días de Jorge III.
John Eames podía reírse del actual presidente de la Oficina del Impuesto sobre la Renta con gran libertad, y llamarle «el viejo Barullo» y cosas parecidas; pero ahora que le mandaban llamar, él también, a pesar de sus propensiones radicales, sentía cierta debilidad en los tobillos. Supo, desde que oyó el mensaje por primera vez, que le querían por aquel asunto en la estación de tren. Tal vez hubiera una norma que decía que cualquier administrativo debía ser despedido si usaba los puños en cualquier lugar público. Había muchas normas que conllevaban el castigo del despido por muchas ofensas, y empezó a pensar que sí recordaba algo de tal regulación. No obstante, se levantó, miró una vez a su alrededor a sus amigos y luego siguió a Tupper a la sala de la Junta.
—Han mandado llamar a Johnny para ver al viejo Barullo —dijo un administrativo. —Eso es por su bronca con Crosbie —dijo otro—. La Junta no puede hacerle nada por eso. —¿Ah, no? —dijo el primero—. ¿No tuvo que dimitir el joven Outonites por aquella pelea en el Cider Cellars, aunque su primo, Sir Constant Outonites, hizo todo lo que pudo por él? —Pero es que él estaba hasta el cuello de deudas por letras de favor. —Te digo que no querría estar en el pellejo de Eames ni por todo el oro del mundo. Crosbie es secretario en la Oficina de Comités, donde Barullo era presidente antes de venir aquí; y, por supuesto, son uña y carne. No me extrañaría que le obligaran a ir allí y pedir perdón. —Johnny no hará eso —dijo el otro.
Mientras tanto, John Eames se encontraba ante la augusta presencia. Sir Raffle Buffle estaba entronizado en su gran sillón de roble a la cabecera de una larga mesa en una habitación muy amplia; y junto a él, en la esquina de la mesa, estaba sentado uno de los secretarios adjuntos de la oficina. Otro miembro de la Junta también trabajaba en la larga mesa, pero se dedicaba a leer y firmar documentos a cierta distancia de Sir Raffle, sin prestar la menor atención a la escena. El secretario adjunto, que observaba, pudo notar que a Sir Raffle le molestaba esa falta de atención por parte de su colega, pero Eames no se percató de nada de esto.
—¿El señor Eames? —dijo Sir Raffle, hablando con una voz peculiarmente áspera y mirando al culpable a través de unas gafas de montura de oro que se había encajado para la ocasión en su gran nariz—. ¿No es ese el señor Eames? —Sí —dijo el secretario adjunto—, este es Eames. —¡Ah! —y hubo una pausa—. Acérquese un poco más, señor Eames, ¿quiere? —y Johnny se acercó, avanzando sin hacer ruido sobre la alfombra turca. —Veamos; está en la segunda clase, ¿no es cierto? ¡Ah! ¿Sabe usted, señor Eames, que he recibido una carta del secretario de los directores de la Compañía de Ferrocarriles del Great Western, detallando circunstancias que, de ser ciertas, redundan mucho en su descrédito? —Ayer me metí en una riña allí, señor. —¡Se metió en una riña! Me parece que se ha metido en una riña muy seria, y debo decir a los directores de la Compañía del Great Western que hay que dejar que la ley siga su curso. —Eso no me importará lo más mínimo, señor —dijo Eames, animándose un poco ante esta perspectiva del caso. —¡Que no le importará, señor! —dijo Sir Raffle; o más bien, le gritó las palabras al infractor que tenía delante. Me inclino a pensar que exageró, perdiendo el efecto que un tono más moderado habría logrado. Quizá le faltaba algo de esa majestad de porte y propiedad dramática de voz que tan eficaces habían sido en la historieta de la valija de cartas del Rey. El caso fue que Johnny dio un ligero brinco, pero tras el salto se sintió mejor de lo que estaba antes. —¡Que no le importa, señor, ser arrastrado ante los tribunales penales de su país y ser castigado como un criminal —o más bien por un delito menor— por un ultraje cometido en un andén público! ¡Que no le importa! ¿Qué quiere decir con eso, señor? —Quiero decir que no creo que el magistrado dijera gran cosa al respecto, señor. Y no creo que el señor Crosbie se presente como acusador. —Pero el señor Crosbie debe presentarse, joven. ¿Acaso supone que un ultraje contra la paz de la metrópoli va a quedar impune porque él no desee proseguir con el asunto? Me temo que es usted muy ignorante, joven. —Tal vez lo sea —dijo Johnny. —Muy ignorante, en efecto; muy ignorante. ¿Y es consciente, señor, de que para los comisionados de esta Junta sería motivo de duda si usted podría ser mantenido en el servicio de este departamento si fuera castigado públicamente por un magistrado de policía por un ultraje tan vergonzoso como ese?
Johnny miró al otro comisionado, pero aquel caballero no levantó la cara de sus papeles.
—El señor Eames es un administrativo muy bueno —susurró el secretario adjunto, pero en una voz que hizo sus palabras audibles para Eames—; uno de los mejores jóvenes que tenemos —añadió, en una voz que ya no fue audible. —Oh... ah; muy bien. Pues bien, le diré una cosa, señor Eames: espero que esto le sirva de lección, de lección muy seria.
El secretario adjunto, recostándose en su silla para quedar un poco por detrás de la cabeza de Sir Raffle, logró captar la mirada del otro comisionado. El otro comisionado, apenas volviendo la vista, sonrió un poco, y entonces el secretario adjunto sonrió también. Eames lo vio, y él también sonrió.
—Si todavía le aguardan otras consecuencias ulteriores por el quebrantamiento de la paz del que ha sido culpable, no estoy preparado para decirlo aún —continuó Sir Raffle—. Puede retirarse ahora.
Y Johnny regresó a su puesto, sin haber aumentado su reverencia por la dignidad del presidente.
A la mañana siguiente, uno de sus colegas le mostró con gran regocijo el pasaje del periódico que informaba al mundo de que Crosbie le había dado una paliza tan desesperada que se veía obligado a guardar cama en ese momento a consecuencia de los azotes recibidos. Entonces se despertó su ira y se paseó de un lado a otro por la gran sala de la Oficina del Impuesto sobre la Renta, sin importarle secretarios adjuntos, jefes de departamento ni ningún otro pez gordo oficial, denunciando las iniquidades de la prensa pública y declarando que, en su opinión, sería mejor vivir en Rusia que en un país que permitiera la propagación de tales falsedades audaces.
—Ni siquiera me tocó, Fisher; no creo que lo intentara siquiera; pero, por mi honor, que ni me tocó. —Pero Johnny, fue audaz por tu parte pretender a la hija de Lord De Courcy —dijo Fisher. —No he visto a ninguna de ellas en mi vida. —Ahora se codea totalmente con la aristocracia —dijo otro—; supongo que ya no mirarás a nadie que baje de vizconde. —¿Acaso puedo evitar lo que ese ladrón de editor pone en su periódico? ¡Azotado! El viejo Barullo me llamó criminal, pero eso no fue ni la mitad de malo que este tipo. —Y Johnny pateó el periódico de un lado a otro de la sala. —Denúnciale por libelo —dijo Fisher. —Sobre todo por decir que querías casarte con la hija de una condesa —añadió otro administrativo. —Nunca he oído un escándalo semejante en mi vida —declaró un tercero—; y encima decir que la chica ni te miraba.
Pero no por ello dejó de sentirse en toda la oficina que Johnny Eames se estaba convirtiendo en un hombre importante entre ellos, y alguien con quien a cada uno le agradaría tener intimidad. E incluso entre los jefes, este asunto de la estación de tren no le hizo ningún daño real. Se sabía que Crosbie merecía una tunda y se sabía que Eames se la había dado. Estaba muy bien que Sir Raffle Buffle hablara de magistrados de policía y delitos menores, pero todo el mundo en la Oficina del Impuesto sobre la Renta sabía perfectamente que Eames había salido de aquel asunto con la cabeza alta y el pie derecho por delante.
—No hagas caso del periódico —le dijo un veterano administrativo muy sensato—. Como él se llevó la paliza y tú no, puedes permitirte el lujo de reírte del periódico. —¿Y no le escribiría al editor? —No, no; ciertamente no. Nadie piensa en defenderse ante un periódico excepto un asno; a menos que sea algún tipo que quiera que su nombre ande de boca en boca. Puedes escribir algo tan cierto como el Evangelio, que ellos sabrán cómo burlarse de ello.
Johnny, por lo tanto, desistió de su idea de enviar una carta indignada al editor, pero sintió que estaba obligado a dar alguna explicación de todo el asunto a Lord De Guest. El suceso había ocurrido cuando regresaba de casa del conde, y como todos sus asuntos se habían convertido en motivo de interés para su bondadoso amigo, pensó que no sería adecuado dejar que el conde se enterara por los periódicos de los hechos o de las falsedades. Y así, antes de salir de la oficina, escribió la siguiente carta:
Oficina del Impuesto sobre la Renta, 29 de diciembre de 186- Señor mío:Pensó mucho en el estilo en que debía dirigirse al noble, no habiéndole escrito nunca hasta entonces. Empezó con "Mi querido señor" en una hoja de papel y luego la apartó, pensando que parecía demasiado atrevido.
Señor mío: Como ha sido usted tan amable conmigo, siento que debo contarle lo que ocurrió la otra mañana en la estación de tren, cuando regresaba de Guestwick. Ese canalla de Crosbie subió al mismo vagón que yo en el empalme de Barchester y se sentó frente a mí durante todo el camino hasta Londres. No le dirigí la palabra, ni él a mí; pero cuando se bajó en la estación de Paddington, pensé que no debía dejarle marchar, así que... no puedo decir que le diera la tunda que deseaba, pero hice un intento y sí le puse un ojo morado. Una multitud de policías nos rodeó y no tuve una oportunidad justa. Sé que pensará que hice mal, y tal vez así fue; ¿pero qué podía hacer yo cuando se sentó frente a mí durante dos horas con aire de creerse el tipo más elegante de todo Londres? Han puesto un párrafo horrible en uno de los periódicos, diciendo que me dieron tales "azotes" que no he podido moverme desde entonces. Es una falsedad atroz, como todo lo demás del relato del periódico. Ni me tocaron. Él no resultó un cliente ni la mitad de difícil que el toro, y pareció tomárselo todo muy tranquilamente. Debo reconocer, sin embargo, que no recibió la paliza que merecía. Su amigo Sir R. B. me mandó llamar esta mañana y me dijo que era un criminal. No pareció importarme mucho, pues bien podría haberme llamado asesino o ladrón; pero me importará muchísimo si he hecho que se enfade conmigo. Pero lo que más temo es el enfado de otra persona... en Allington. Quedo a su entera disposición, señor mío, Suyo, muy agradecido y afectuosamente, John Eames—Sabía que lo haría si alguna vez tenía la oportunidad —dijo el conde cuando hubo leído la carta; y se paseó por la habitación golpeando sus manos y luego metiendo los pulgares en los bolsillos del chaleco—. Sabía que estaba hecho de la pasta adecuada —y el conde se regocijó enormemente por la proeza de su favorito—. Yo mismo lo habría hecho si le hubiera visto. De verdad que sí.
Luego regresó al comedor y se lo contó a Lady Julia. —¿Qué te parece? —dijo—. Johnny Eames se ha cruzado con Crosbie y le ha dado una tunda de campeonato. —¡No! —dijo Lady Julia, dejando el periódico y las gafas, y expresando con el brillo de sus ojos cualquier cosa menos horror cristiano ante la maldad de la acción. —Pues sí. Sabía que lo haría si le veía. —¡Pegarle! ¡Realmente pegarle! —Le mandó a casa con Lady Alexandrina con los dos ojos morados. —¡Los dos ojos morados! ¡Qué muchacho tan travieso! ¿Pero salió él herido? —Ni un rasguño, dice. —¿Y qué le harán? —Nada. Crosbie no será tan tonto de hacer nada. Un hombre se convierte en un proscrito cuando juega a lo que él ha jugado. La mano de cualquiera puede alzarse contra él con impunidad. No puede mostrar la cara, ya sabes. No puede presentarse y responder preguntas sobre lo que ha hecho. Hay ofensas que la ley no puede tocar, pero que ultrajan el sentimiento público con tanta fuerza que cualquiera puede tomarse la justicia de castigarlas. Le han dado una paliza, y eso se le quedará grabado hasta que muera. —Dile a Johnny de mi parte que espero que no se hiciera daño —dijo Lady Julia. La anciana dama no podía felicitarle formalmente por su hazaña de armas, pero hizo lo más parecido a ello.
Pero el conde sí le felicitó, con una seguridad plena y abierta de su aprobación. —Espero —le escribió— haber hecho lo mismo a tu edad, en circunstancias similares, y me alegra mucho que él resultara menos difícil que el toro. Estoy seguro de que no necesitaste a nadie que te ayudara con el señor Crosbie. En cuanto a esa otra persona en Allington, si entiendo algo de estos asuntos, creo que te perdonará. —Sin embargo, cabe preguntarse si el conde entendía algo de tales asuntos en absoluto. Y luego añadió en una posdata: —Cuando vuelvas a escribirme —y que no pase mucho tiempo—, empieza tu carta: "Mi querido Lord De Guest", así es como debe ser.
Capítulo 37
Las quejas de un anciano
—¿Has vuelto a pensar en lo que te decía, Bell? —le preguntó Bernard a su prima una mañana. —¿Pensar en ello, Bernard? ¿Por qué habría de pensar más en el asunto? Tenía la esperanza de que tú mismo lo hubieras olvidado. —No —dijo él—; no tengo el corazón tan ligero. No puedo considerar algo así como si fuera la compra de un caballo, a la que podría renunciar sin pena si descubriera que el animal es demasiado costoso para mi bolsillo. No te dije que te amaba hasta que estuve seguro de mí mismo, y habiéndolo asegurado, no puedo cambiar en absoluto. —Y sin embargo, pretendes que yo cambie. —Sí, por supuesto. Si tu corazón está libre ahora, es natural que deba cambiar antes de llegar a amar a cualquier hombre. Ese cambio es de esperar. Pero una vez que hayas amado, entonces no será fácil hacerte cambiar. —Pero es que no he amado. —Entonces tengo derecho a la esperanza. Me he demorado aquí, Bell, más de lo que debería, porque no era capaz de marcharme sin hablar de esto una vez más. No quería parecerte importuno... —Si tan solo pudieras creer lo que digo. —No es que no te crea. No soy un petimetre ni un tonto para halagarme pensando que debes estar enamorada de mí. Te creo sobradamente. Pero aun así, es posible que tu parecer se altere. —Es imposible. —No sé si mi tío o tu madre han hablado contigo sobre esto. —Tales palabras no tendrían efecto alguno.
De hecho, su madre sí había hablado con ella, pero Bell decía la verdad al afirmar que aquello no surtiría efecto. Si su primo no podía ganar la batalla por su propia destreza, podía estar bien seguro, conociendo el carácter de ella como lo conocía, de que no lograría ganarla mediante la destreza de otros.
—Todos estamos muy afligidos —continuó él— por esta calamidad que ha caído sobre la pobre Lily. —¿Y porque ella haya sido engañada por el hombre al que amaba, debo yo arreglar las cosas casándome con un hombre al que yo...? —y entonces Bell hizo una pausa—. Querido Bernard, no deberías obligarme a decir palabras que te resultarán duras. —Ninguna palabra puede ser más dura que las que ya has pronunciado. Pero, Bell, al menos puedes escucharme.
Entonces le explicó cuán deseable era, para todos los asuntos de la familia Dale, que ella intentara ver con buenos ojos su propuesta. Sería bueno para todos, dijo, especialmente para Lily, por quien en este momento su tío sentía tanta ternura. El tío, según alegaba Bernard, estaba tan ansioso en su fuero interno por este matrimonio que haría cualquier cosa que se le pidiera si se veía complacido. Pero si no lo era en esto, sentiría que tenía motivos para el disgusto.
Bell, puesto que se le había pedido que escuchara, escuchó con mucha paciencia. Pero cuando su primo terminó, su respuesta fue muy breve. —Nada de lo que mi tío pueda decir, pensar o hacer puede cambiar esto en absoluto —sentenció ella. —¿No pensarás nada, entonces, en la felicidad de los demás? —No me casaría con un hombre al que no amara para asegurar ninguna cantidad de felicidad a otros; al menos, sé que no debería hacerlo. Pero no creo que asegurase la felicidad de nadie con este matrimonio. Ciertamente no la tuya.
Tras esto, Bernard reconoció para sus adentros que las dificultades en su camino eran grandes. —Me marcharé hasta el próximo otoño —le dijo a su tío. —Si abandonaras tu profesión y te quedaras aquí, ella no sería tan terca. —No puedo hacer eso, señor. No puedo arriesgar el bienestar de mi vida a una posibilidad así.
Entonces su tío se enfadó con él, así como con su sobrina. En su enfado, decidió que iría de nuevo a ver a su cuñada y, de un modo un tanto irracional, resolvió que le correspondía estar también muy enfadado con ella si esta se negaba a ayudarle con toda su influencia de madre.
«¿Por qué no habrían de casarse las dos?», se decía a sí mismo. La oferta de Lord De Guest respecto al joven Eames había sido muy generosa. Como había declarado entonces, no había sido capaz de expresar su propia opinión de inmediato; pero al reflexionar sobre lo que el conde había dicho, se encontró muy dispuesto a sanar la herida familiar de la manera propuesta, si tal curación era posible. Eso, sin embargo, no podía hacerse todavía. Cuando llegara el momento, y pensaba que llegaría pronto —quizá en primavera, cuando los días fueran hermosos y las tardes de nuevo largas—, estaría dispuesto a colaborar con el conde para establecer ese nuevo hogar. A Crosbie se había negado a darle nada, y pesaba en su conciencia una sombra de remordimiento por haberse negado así. Pero si se lograba que Lily amara a este otro hombre, sería más generoso. Ella tendría su parte como si fuera, de hecho, su propia hija. Pero entonces, si él pretendía hacer tanto por ellas en la Casa Pequeña, ¿no deberían ellas, en correspondencia, hacer algo también por él?
Pensando así, fue de nuevo a ver a su cuñada, decidido a explicar sus puntos de vista, aunque fuera a riesgo de que mediaran palabras duras entre ellos. En lo que a él respectaba, no le importaban mucho las palabras duras que le dirigieran. Casi esperaba que las palabras de la gente fueran duras y dolorosas. No buscaba el consuelo de saludos afectuosos y suaves, y tal vez no los habría apreciado de haberle llegado. Encontró a la señora Dale paseando por el jardín y la llevó a su propio cuarto, sintiendo que allí tendría mejor oportunidad que en la casa de ella. Ella, con una vieja aversión a ser sermoneada en esa habitación, intentó evitar la entrevista, pero fracasó.
—Así que me encontré con John Eames en la mansión —le había dicho él en el jardín. —Ah, sí; ¿y qué tal le fue allí? No me imagino al pobre Johnny pasando las vacaciones con el conde y su hermana. ¿Cómo se portó con ellos, y cómo se portaron ellos con él? —Puedo asegurarte que se sintió como en su propia casa. —¿De verdad? Bueno, espero que le siente bien. Estoy segura de que es un joven muy bueno; aunque algo torpe. —No me pareció nada torpe. Ya verás, Mary, que le irá muy bien; mucho mejor de lo que le fue a su padre. —Espero que así sea, de todo corazón.
Tras esto, la señora Dale intentó escapar; pero el escudero la tomó prisionera y la condujo cautiva al interior de la casa. —Mary —dijo él en cuanto consiguió que se sentara—, ya es hora de que esto se arregle entre mi sobrino y mi sobrina. —Me temo que no habrá nada que arreglar. —¿Qué quieres decir? ¿Que lo desapruebas? —En absoluto... personalmente. Lo aprobaría con entusiasmo. Pero eso no tiene nada que ver con la cuestión. —Sí que tiene. Te pido perdón, pero debe tener, y debería tener mucho que ver con ello. Por supuesto, no digo que nadie deba ser obligado jamás a casarse con nadie. —Espero que no. —Nunca dije que debieran, ni nunca lo pensé. Pero sí creo que los deseos de toda su familia deberían tener un gran peso para una chica que ha sido bien educada. —No sé si Bell ha sido bien educada; pero en un asunto como este, los deseos de nadie pesarían ni un gramo para ella; y, de hecho, yo no podría tomarme la libertad ni siquiera de expresar un deseo. A ti puedo decirte que habría sido muy feliz si ella hubiera podido considerar a su primo como tú deseas. —¿Quieres decir que tienes miedo de decírselo? —Tengo miedo de hacer lo que creo que está mal, si es eso a lo que te refieres. —Yo no creo que esté mal y, por lo tanto, hablaré con ella yo mismo. —Tendrás que hacer lo que te plazca al respecto, señor Dale; yo no puedo impedírtelo. Me parecerá mal que la acoses en un asunto así, y temo además que su respuesta no sea satisfactoria para ti. Si decides decirle tu opinión, hazlo. Por supuesto, pensaré que te equivocas, eso es todo.
La voz de la señora Dale al decir esto fue bastante severa, al igual que su semblante. No podía prohibir al tío que expresara su parecer a su sobrina, pero le desagradaba especialmente la idea de cualquier interferencia con su hija. El escudero se levantó y caminó por la habitación, tratando de calmarse para poder responderle racionalmente, pero sin ira.
—¿Puedo irme ya? —preguntó la señora Dale. —¿Que si puedes irte? Por supuesto que puedes irte si quieres. Si piensas que me estoy entrometiendo al hablarte del bienestar de tus dos hijas, a quienes intento considerar como mías —excepto en que sé que nunca se les ha enseñado a amarme—; si piensas que es una interferencia por mi parte mostrar ansiedad por su bienestar, por supuesto que puedes irte. —No pretendía decir nada que te hiriera, señor Dale. —¡Herirme! ¿Qué importa si me hieren o no? No tengo hijos propios y, naturalmente, mi única ocupación en la vida es proveer para mis sobrinos y sobrinas. ¡Soy un viejo tonto si espero que me amen a cambio, y si me atrevo a expresar un deseo estoy interfiriendo y haciendo mal! Es duro... muy duro. Sé bien que han sido educadas para que yo no les guste y, sin embargo, intento cumplir con mi deber para con ellas. —Señor Dale, esa acusación no es merecida. No han sido educadas para que no les gustes. Creo que ambas te han amado y respetado como su tío; pero tal amor y respeto no te darán derecho a disponer de sus manos. —¿Quién quiere disponer de sus manos? —Hay algunas cosas en las que creo que ningún tío —ningún padre— debería interferir, y de todas ellas, esta es la principal. Si después de esto decides contarle tus deseos, por supuesto que puedes hacerlo. —No servirá de mucho después de que la hayas puesto en mi contra. —Señor Dale, no tienes derecho a decirme tales cosas, y eres muy injusto al hacerlo. Si crees que he puesto a mis hijas en tu contra, será mucho mejor que nos marchemos de Allington por completo. Me he visto en circunstancias que me han dificultado cumplir con mi deber hacia mis hijas; pero he intentado hacerlo, sin tener en cuenta mis propios deseos personales. Estoy segura, sin embargo, de que obraría mal si las mantuviera aquí si tú me dices que les he enseñado a considerarte con malos ojos. De verdad, no puedo consentir que se me diga algo así.
Todo esto lo dijo la señora Dale con aire de decisión y con una voz que expresaba una sensación de agravio recibido, lo que hizo sentir al escudero que ella hablaba muy en serio.
—¿No es cierto —dijo él, defendiéndose— que en todo lo relacionado con las chicas siempre me has mirado con sospecha? —No, no es cierto. —Y entonces ella se corrigió, sintiendo que había algo de verdad en la última afirmación del escudero—. Ciertamente no con sospecha —dijo—. Pero ya que este asunto ha llegado tan lejos, explicaré cuáles han sido mis verdaderos sentimientos. En asuntos mundanos puedes hacer mucho por mis hijas, y lo has hecho. —Y deseo hacer más —dijo el escudero. —Estoy segura de ello. Pero no puedo por esa razón renunciar a mi lugar como su única progenitora viva. Son mis hijas, y no las tuyas. E incluso si yo pudiera obligarme a permitir que tú actuaras como su guardián y protector natural, ellas no consentirían tal arreglo. No puedes llamar a eso sospecha. —Puedo llamarlo celos. —¿Y no debería una madre tener celos del amor de sus hijos?
Durante todo este tiempo, el escudero estuvo caminando de arriba abajo por la habitación con las manos en los bolsillos del pantalón. Y cuando la señora Dale terminó de hablar, continuó su paseo durante un rato en silencio.
—Quizá sea bueno que hayas hablado con franqueza —dijo él. —La manera en que me acusaste lo hizo necesario. — No era mi intención acusarte, y no lo hago ahora; pero creo que has sido, y eres, muy dura conmigo... muy dura en verdad. He intentado que tus hijas, y tú también, participarais conmigo de la prosperidad que ha sido mía. Me he esforzado por aumentar tu comodidad y la felicidad de ellas. Estoy ansioso por asegurar su bienestar futuro. Habrías hecho muy mal si hubieras declinado aceptar esto en nombre de ellas; pero creo que, en correspondencia, no tendrías por qué haberme escatimado el afecto y la obediencia que generalmente siguen a tales buenos oficios. —Señor Dale, no te he escatimado nada de eso. —Estoy herido... estoy herido —continuó él.
Y ella se sorprendió por su expresión de dolor incluso más que por la inhabitual calidez de sus palabras.
—Lo que has dicho ha sido así todo el tiempo, lo sé. Pero aunque lo sentía así, confieso que me duelen tus palabras abiertas. —¿Porque he dicho que mis propias hijas deben ser siempre mías? —Ah, has dicho más que eso. Tú y las chicas habéis estado viviendo aquí, junto a mí, durante... ¿cuántos años hace ya? Y durante todos esos años no ha crecido hacia mí ningún sentimiento de afecto. ¿Crees que no puedo oír, ver y sentir? ¿Supones que soy tonto y no me doy cuenta? En cuanto a ti, nunca entrarías en esta casa si no te sintieras obligada a hacerlo por guardar las apariencias. Supongo que todo es como debe ser. Al no tener hijos propios, debo el deber de un padre a mis sobrinas; pero no tengo derecho a esperar de ellas a cambio ni amor, ni aprecio, ni obediencia. Sé que te tengo aquí contra tu voluntad, Mary. No lo haré por más tiempo.
Y le hizo una señal de que debía marcharse. Mientras ella se levantaba de su asiento, su corazón se ablandó hacia él. En estos últimos días, él había mostrado mucha amabilidad con las chicas, una amabilidad que se asemejaba más a la dulzura del amor de lo que jamás había mostrado antes. El destino de Lily parecía haber ablandado incluso su severidad, y se había esforzado por ser tierno en sus palabras y modales. Y ahora hablaba como si hubiera amado a las chicas, y las hubiera amado en vano. Sin duda había sido un vecino desagradable para su cuñada, haciéndole sentir que nunca era por ella personalmente por quien abría su mano. Sin duda le había movido un deseo inconsciente de socavar y asumir él mismo la autoridad de ella sobre sus propios hijos. Sin duda la había mirado con recelo desde el primer día de su matrimonio con su hermano. Ella había sido muy consciente de todo esto desde que le conoció, y más consciente que nunca desde el fracaso de los esfuerzos que hizo por vivir con él en términos de afecto durante los primeros dos años de su residencia en la Casa Pequeña. Pero, no obstante, a pesar de todo, su corazón sangraba por él ahora. Había ganado su victoria sobre él, habiendo mantenido plenamente su posición con sus hijos; pero ahora que él se quejaba de haber sido vencido en la lucha, su corazón sangraba por él.
—Hermano mío —dijo ella, y al hablar le ofreció sus manos—, puede ser que no hayamos pensado el uno en el otro con tanta bondad como deberíamos haberlo hecho. —Lo he intentado —dijo el anciano—. Lo he intentado... —Y entonces se detuvo, bien impedido por un exceso de emoción o incapaz de encontrar las palabras necesarias para expresar su significado. —Intentémoslo una vez más... los dos. —¡Qué, empezar de nuevo a punto de cumplir los setenta! No, Mary, ya no hay más empezar de nuevo para mí. Todo esto no supondrá ninguna diferencia para las chicas. Mientras yo esté aquí, tendrán la casa. Si se casan, haré por ellas lo que pueda. Creo que Bernard habla muy en serio en su pretensión, y si Bell quiere escucharle, seguirá siendo bienvenida aquí como señora de Allington. Lo que has dicho no cambiará nada; pero en cuanto a empezar de nuevo, es sencillamente imposible.
Después de aquello, la señora Dale caminó sola de vuelta a casa por el jardín. Él le había dicho deliberadamente que la casa en la que vivían sería prestada, no a ella, sino a sus hijas, mientras él viviera. Había rechazado positivamente el ofrecimiento de un afecto más cálido por parte de ella. ¡Le había dado a entender que debían considerarse casi como enemigos; pero que a ella, aun siendo enemiga, se le permitiría seguir disfrutando de su munificencia porque él decidía cumplir con su deber para con sus sobrinas!
«Será mejor para nosotras que nos marchemos», se dijo a sí misma mientras se sentaba en su sillón frente al fuego del salón.
Capítulo 38
Llaman al doctor Crofts
La señora Dale no llevaba mucho tiempo sentada en su salón cuando le llegaron noticias que, por un momento, alejaron su mente de la cuestión de la mudanza.
—Mamá —dijo Bell al entrar en la habitación—, realmente creo que Jane tiene escarlatina.
Jane, la doncella, llevaba dos días indispuesta, pero hasta entonces no se había sospechado nada grave. La señora Dale se levantó al instante.
—¿Quién está con ella? —preguntó.
Por la respuesta de Bell, resultó que tanto ella como Lily habían estado con la muchacha, y que Lily aún seguía en su cuarto. Ante esto, la señora Dale subió corriendo las escaleras y, de repente, se produjo un gran revuelo en la casa. En menos de una hora, el médico del pueblo estaba allí y expresó su opinión de que, ciertamente, el mal de la joven era escarlatina. La señora Dale, no satisfecha con esto, envió a un muchacho a Guestwick en busca del doctor Crofts —pues ella misma mantenía desde hacía años una firme oposición a la reputación médica del boticario local— y dio la orden terminante a sus dos hijas de no volver a visitar a la pobre Jane. Ella ya había pasado la escarlatina y podía hacer lo que quisiera. Además, se contrató a una enfermera.
Todo esto cambió durante unas horas el curso de los pensamientos de la señora Dale, pero al caer la tarde volvió al tema de su conversación matutina y, antes de que las tres damas se acostaran, celebraron juntas un consejo de guerra abierto sobre el asunto. El doctor Crofts no se encontraba en Guestwick, pero enviaron un recado en su nombre avisando de que estaría en Allington a primera hora de la mañana siguiente. La señora Dale casi se había convencido de que la dolencia de su criada favorita no era escarlatina, pero no por ello relajó la orden de que sus hijas se mantuvieran alejadas del lecho de la enferma.
—Marchémonos de inmediato —dijo Bell, que se oponía aún más que su madre a cualquier dominio por parte de su tío.
En la discusión que mantenían, todo el asunto del cortejo de Bernard salió a relucir. Bell se había guardado para sí la propuesta de su primo mientras pudo; pero desde que su tío presionó a la señora Dale sobre el tema, le fue imposible guardar silencio por más tiempo.
—Tú no quieres que me case con él, mamá, ¿verdad? —había dicho ella cuando su madre habló con cierta muestra de amabilidad hacia Bernard.
En respuesta a esto, la señora Dale protestó con vehemencia diciendo que no tenía tal deseo, y Lily, que seguía confiando ciegamente en el doctor Crofts, se mostró casi igual de animada. Para todas ellas, la idea de que su tío interfiriera de algún modo en su visión de la vida, basándose en la ayuda económica que recibían de él, resultaba especialmente desagradable. Pero lo que más les molestaba era que se atreviera a tener siquiera una opinión sobre sus disposiciones matrimoniales. Se declararon unas a otras que su tío no tenía derecho a objetar ningún matrimonio que cualquiera de ellas pudiera contemplar, siempre que su madre lo aprobara. El pobre anciano escudero tenía razón al decir que lo miraban con sospecha. Así era. La culpa había sido ciertamente suya, al haber intentado ganarse a las hijas sin considerar que valiera la pena ganarse a la madre. Las chicas habían sentido inconscientemente el intento y se habían rebelado vigorosamente contra él. No había sido culpa suya que las llevaran a vivir a la casa de su tío, las hicieran montar en sus ponis y comieran, en parte, de su pan. Habían comido y vivido así, y se declaraban agradecidas. El escudero era bueno a su manera, y ellas reconocían su bondad; pero no por ello le transferirían ni un ápice de la lealtad que, como hijas, debían a su madre. Cuando esta les contó su historia, explicándoles las palabras que su tío había pronunciado aquella mañana, lamentaron que él estuviera tan apenado; pero se mantuvieron firmes al asegurar a su madre que ella era la agraviada y no la que agraviaba.
—Marchémonos de inmediato —repitió Bell. —Es mucho más fácil decirlo que hacerlo, hija mía. —Claro que sí, mamá; de lo contrario no estaríamos aquí. Lo que quiero decir es esto: demos ya algún primer paso necesario. Está claro que mi tío piensa que el quedarnos aquí le otorga cierto derecho sobre nosotras. No digo que se equivoque al pensarlo. Tal vez sea natural. Tal vez, al aceptar su amabilidad, debamos someternos a él. Si es así, es una razón concluyente para irnos. —¿No podríamos pagarle una renta por la casa —sugirió Lily—, como hace la señora Hearn? Te gustaría quedarte aquí, mamá, si pudieras hacer eso, ¿verdad? —Pero no podríamos hacerlo, Lily. Tendríamos que elegir una casa más pequeña que esta, y una que no tuviera la carga de los gastos de un jardín. Incluso si pagáramos un alquiler moderado por este lugar, no tendríamos medios para vivir aquí. —¿Ni viviendo a base de té y tostadas? —dijo Lily, riendo. —Me temo que no desearía que vivierais de té y tostadas; y la verdad es que sospecho que yo misma me cansaría de esa dieta. —Nunca, mamá —dijo Lily—. En cuanto a mí, confieso que anhelo unas chuletas de cordero; pero no creo que tú quisieras nunca cosas tan vulgares. —En cualquier caso, sería imposible quedarse aquí —sentenció Bell—. El tío Christopher no aceptaría un alquiler de mamá; e incluso si lo hiciera, no sabríamos cómo seguir con nuestros otros gastos tras semejante cambio. No; debemos renunciar a nuestra querida Casa Pequeña. —Es una casa encantadora —dijo Lily, pensando al hablar más en aquellas últimas escenas en el jardín, cuando Crosbie estuvo con ellas en los meses de otoño, que en las alegrías de su infancia. —A fin de cuentas, no sé si haría bien en mudarme —dijo la señora Dale, dubitativa. —Sí, sí —dijeron ambas jóvenes a la vez—. Por supuesto que harás bien, mamá; no puede haber duda alguna. Si podemos conseguir cualquier casita, o incluso unas habitaciones alquiladas, sería mejor que quedarnos aquí, ahora que sabemos lo que piensa el tío Christopher. —Eso lo hará muy infeliz —dijo la señora Dale.
Pero ni siquiera este argumento conmovió lo más mínimo a las chicas. Lamentaban mucho que su tío fuera infeliz. Intentarían demostrarle, con mayores muestras de afecto, que sus sentimientos hacia él no eran hostiles. Si él les hablaba, intentarían explicarle que su actitud era totalmente afectuosa. Pero no podían permanecer en Allington aumentando su carga de gratitud, viendo que él esperaba un determinado pago que ellas no se sentían capaces de ofrecer.
—Le estaríamos robando si nos quedáramos aquí —declaró Bell—; robándole deliberadamente lo que él cree que es su parte justa del trato.
Así pues, acordaron que se notificaría a su tío su intención de abandonar la Casa Pequeña de Allington.
Y entonces surgió la pregunta sobre su nuevo hogar. La señora Dale era consciente de que su renta era, al menos, mejor que la de la señora Eames y, por lo tanto, tenía base suficiente para suponer que podría permitirse mantener una casa en Guestwick.
—Si nos vamos, eso es lo que debemos hacer —dijo ella. —Y tendremos que salir a pasear con Mary Eames en lugar de con Susan Boyce —dijo Lily—. No habrá tanta diferencia después de todo. —En ese aspecto ganaremos tanto como perdamos —añadió Bell. —Y además, será tan agradable tener las tiendas cerca —dijo Lily, irónicamente. —Solo que nunca tendremos dinero para comprar nada —apuntó Bell. —Pero veremos más mundo —continuó Lily—. El carruaje de Lady Julia entra en el pueblo dos veces por semana, y las señoritas Gruffen se pasean con mucho estilo. En conjunto, ganaremos mucho; si no fuera por el pobre viejo jardín... Mamá, de verdad creo que se me romperá el corazón al separarme de Hopkins; y en cuanto a él, me decepcionaría el género humano si alguna vez volviera a levantar cabeza después de que yo me haya ido.
Pero lo cierto es que había mucha tristeza en su resolución, y a la señora Dale le parecía que estaba gestionando mal los asuntos de sus hijas, permitiendo que la pobreza y el infortunio cayeran sobre ellas por su propia culpa. Sabía muy bien cuánta carga de dolor pesaba sobre el corazón de Lily, oculta bajo esos pequeños intentos de jovialidad. Cuando Lily hablaba de sentirse decepcionada con el género humano, la señora Dale apenas podía reprimir un estremecimiento que delataba sus pensamientos. Y ahora aceptaba sacarlas de su cómodo hogar, del lujo de sus prados y jardines, para llevarlas a algún rincón pequeño y sombrío de una ciudad de provincias... porque ella no había logrado ser feliz con su cuñado. ¿Podía ser correcto renunciar a todas las ventajas que disfrutaban en Allington —ventajas que les venían de una fuente tan legítima— solo porque sus propios sentimientos habían sido heridos? En todas sus futuras carencias, en la falta de elegancia de su nuevo hogar, ¿no se culparía siempre a sí misma por haberlas llevado a eso por su falso orgullo? Y sin embargo, le parecía que ya no tenía alternativa. No podía enseñar ahora a sus hijas a obedecer los deseos de su tío en todo. No podía hacer entender a Bell que sería bueno casarse con Bernard porque el escudero se hubiera empeñado en ello. Había llegado tan lejos que ya no podía dar marcha atrás.
—Supongo que tendremos que mudarnos el día de la Anunciación —dijo Bell, que era partidaria de actuar de inmediato—. Si es así, ¿no deberías hacérselo saber al tío Christopher cuanto antes? —No creo que podamos encontrar una casa para entonces. —Podremos instalarnos en algún sitio —insistió Bell—. Hay muchas habitaciones de alquiler en Guestwick, ya sabes.
Pero el sonido de la palabra «habitaciones de alquiler» resultaba incómodo para los oídos de la señora Dale.
—Si nos vamos a ir, vámonos ya —dijo Lily—. No hace falta que cuidemos mucho el orden de nuestra partida. —Tu tío se llevará una gran impresión —dijo la señora Dale. —No podrá decir que sea culpa tuya —repuso Bell.
Así, acordaron que se daría de inmediato la información necesaria al escudero y que abandonarían para siempre la vieja y querida casa. Sería una gran caída desde el punto de vista social: pasar de la Casa Pequeña de Allington a una morada en alguna callejuela de Guestwick. En Allington eran gente de la aristocracia rural —elevadas al nivel de su propio escudero y de otros escuderos por el hecho de su residencia—; pero en Guestwick serían insignificantes incluso entre la gente del pueblo. Estarían al mismo nivel que los Eames y serían miradas por encima del hombro por los Gruffen. Apenas se atreverían a visitar de nuevo Guestwick Manor, ya que ciertamente no podían esperar que Lady Julia les devolviera la visita en Guestwick. La señora Boyce, sin duda, las trataría con condescendencia, y ya podían anticipar el pésame que les ofrecería la señora Hearn. De hecho, tal movimiento por su parte equivaldría a una confesión de fracaso ante los ojos de todo el mundo que conocían.
No debo permitir que mis lectores supongan que estas consideraciones eran indiferentes para ninguna de las damas de la Casa Pequeña. Para algunas mujeres de mente fuerte y tendencias filosóficas elevadas, tales consideraciones podrían haber sido insignificantes. Pero la señora Dale no era de esa naturaleza, ni tampoco sus hijas. Las cosas buenas del mundo eran buenas a sus ojos, y valoraban el privilegio de una posición social agradable entre sus amigos. De ningún modo eran capaces de un sabio desprecio hacia las ventajas que el azar les había otorgado hasta entonces. No podían marcharse regocijándose en la relativa pobreza de su nueva condición. Pero, por otro lado, tampoco podían comprar aquellos lujos que estaban a punto de abandonar al precio que se les pedía por ellos.
—¿No sería mejor que le escribieras a mi tío? —sugirió una de las chicas.
Pero a esto la señora Dale objetó que no podría redactar una carta sobre tal tema que resultara claramente inteligible y que, por lo tanto, vería al escudero a la mañana siguiente.
—Será espantoso —dijo—, pero pasará pronto. No es lo que él pueda decir en el momento lo que tanto temo, sino los amargos reproches de su rostro cuando me encuentre con él después.
Así, a la mañana siguiente, se dirigió de nuevo, y esta vez sin invitación, al despacho del escudero.
—Señor Dale —comenzó ella, emprendiendo su tarea con cierta confusión en los modales y premura en el habla—, he estado reflexionando sobre lo que hablamos ayer y he llegado a una resolución que sé que debo poner en su conocimiento sin un momento de demora.
El escudero también había pensado en lo que había pasado entre ellos, y había sufrido mucho al hacerlo; pero lo había pensado sin acritud ni ira. Sus pensamientos eran siempre más amables que sus palabras, y su corazón más blando que cualquier muestra de afecto que fuera capaz de manifestar. Deseaba amar a los hijos de su hermano y ser amado por ellos; pero incluso a falta de eso, deseaba hacerles el bien. No se le había ocurrido enfadarse con la señora Dale después de que terminara aquella entrevista. La conversación no había sido agradable para él, pero tampoco esperaba que las cosas fueran agradables. No se le pasaba por la cabeza que pudiera derivarse ningún mal para las damas de la familia Dale de las palabras que se habían dicho entonces. Consideraba la Casa Pequeña como la morada y el hogar de ellas con tanta seguridad como la Gran Casa era la suya propia. Para hacerle justicia, debe declararse que cualquier alusión a que el hecho de habitarla fuera un beneficio otorgado por él estaba muy lejos de sus pensamientos. La señora Hearn, que ocupaba su casita por la mitad de su valor real, se quejaba de él casi a diario como casero; pero a él nunca se le ocurrió que por ello debiera subirle el alquiler, ni que al no hacerlo estuviera actuando con una munificencia especial. Para él siempre había sido un mundo quejumbroso, malhumorado y desagradable; y no esperaba de la señora Hearn, ni de su cuñada, nada mejor de aquello a lo que siempre había estado acostumbrado.
—Me hará muy feliz —dijo él— si esto tiene alguna relación con el matrimonio de Bell con su primo. —Señor Dale, eso está fuera de toda duda. No le disgustaría diciéndoselo si no estuviera segura de ello; ¡pero conozco tan bien a mi hija! —Entonces debemos dejarlo en manos del tiempo, Mary. —Sí, por supuesto; pero ningún tiempo bastará para que Bell cambie de parecer. Dejaremos el tema, no obstante. Y ahora, señor Dale, tengo que decirle otra cosa: hemos decidido dejar la Casa Pequeña. —¿Decidido qué? —dijo el escudero, clavando los ojos en ella. —Hemos decidido dejar la Casa Pequeña. —¡Dejar la Casa Pequeña! —dijo él, repitiendo sus palabras—. ¿Y a qué lugar del mundo pensáis ir? —Pensamos que nos iremos a Guestwick. —¿Y por qué? —Ah, eso es tan difícil de explicar. ¡Si tan solo aceptara el hecho tal como se lo cuento y no preguntara por las razones que me han guiado! —Pero eso es imposible, Mary. En un asunto como este debo preguntar sus razones; y debo decirle también que, en mi opinión, no estará cumpliendo con su deber hacia sus hijas al llevar a cabo tal intención, a menos que sus razones sean muy poderosas de verdad. —Pero es que son muy poderosas —dijo la señora Dale; y luego hizo una pausa. —No puedo entenderlo —dijo el escudero—. No puedo llegar a creer que hable realmente en serio. ¿No están cómodas allí? —Más cómodas de lo que tenemos derecho a estar con nuestros medios. —Pero pensaba que siempre se las arreglaban muy bien con su dinero. Nunca se endeudan. —No; nunca me endeudo. No es eso, exactamente. El hecho es, señor Dale, que no tenemos derecho a vivir allí sin pagar alquiler; pero no podríamos permitirnos vivir allí si lo pagáramos. —¿Quién ha hablado de alquiler? —dijo él, levantándose de un salto de la silla—. Alguien ha estado diciendo falsedades sobre mí a mis espaldas.
Ni un destello de la auténtica verdad le había llegado aún. Ninguna idea había alcanzado su mente de que sus parientes consideraran necesario dejar su casa a consecuencia de alguna palabra que él mismo hubiera pronunciado. Nunca se había considerado especialmente generoso con ellas, y no le habría parecido razonable que abandonaran la casa en la que habían estado viviendo, incluso si su enfado contra ellas hubiera sido fuerte y ardiente.
—Mary —dijo—, debo insistir en llegar al fondo de esto. En cuanto a que dejen la casa, está fuera de toda duda. ¿Dónde pueden estar mejor, o tan bien? En cuanto a irse a Guestwick, ¿qué clase de vida habría allí para las chicas? Dejo todo eso a un lado por imposible; pero debo saber qué la ha inducido a hacer tal propuesta. Dígame honestamente: ¿alguien ha hablado mal de mí a mis espaldas?
La señora Dale estaba preparada para la oposición y para el reproche; pero había una determinación en las palabras del escudero, y un aire de mando en sus modales, que la hicieron reconocer más plenamente de lo que había hecho hasta entonces la dificultad de su posición. Casi empezó a temer que le faltarían fuerzas para llevar a cabo su propósito.
—En verdad, no es así, señor Dale. —¿Entonces qué es? —Sé que si intento decírselo, se disgustará y me llevará la contraria. —Disgustado estaré, probablemente. —Y sin embargo, no puedo evitarlo. En verdad, estoy intentando hacer lo que es correcto para con usted y para con las chicas. —No se preocupe por mí; su deber es pensar en ellas. —Por supuesto que lo es; y al hacerlo, ellas están cordialmente de acuerdo conmigo.
Al usar tal argumento, la señora Dale mostró su debilidad, y el escudero no tardó en aprovecharse de ello.
—Su deber es para con ellas —dijo él—; pero no quiero decir con eso que su deber sea permitirles actuar de cualquier forma que más les plazca por el momento. Puedo entender que ellas se dejen llevar por alguna tontería romántica, pero no puedo entenderlo en usted. —La verdad es esta, señor Dale. Usted piensa que mis hijas le deben esa clase de obediencia que se le debe a un padre, y mientras permanezcan aquí, aceptando de sus manos una parte tan grande de su sustento diario, es quizá natural que usted lo piense. En este desdichado asunto sobre Bell... —Yo nunca he dicho nada parecido —dijo el escudero, interrumpiéndola. —No; no lo ha dicho. Y no deseo que piense que presento queja alguna. Pero siento que es así, y ellas lo sienten. Y, por lo tanto, hemos decidido marcharnos.
La señora Dale, al terminar, fue consciente de que no había expuesto bien su historia, pero reconoció para sus adentros que estaba totalmente fuera de su alcance contarla como debía contarse. Su principal objetivo era hacer comprender a su cuñado que ciertamente dejaría su casa, y hacérselo entender con el menor dolor posible para él. No le importaba lo más mínimo que él la tomara por tonta, siempre que pudiera salirse con la suya para poder decir a sus hijas al regresar que el asunto estaba resuelto. Pero el escudero, por sus palabras y modales, no parecía dispuesto a concederle ese privilegio.
—De todas las propuestas que he oído —dijo él—, es la más irracional. Viene a decir que usted es demasiado orgullosa para vivir sin pagar alquiler en una casa que pertenece al hermano de su marido y, por lo tanto, pretende someterse usted y someter a sus hijas a la gran incomodidad de unos ingresos muy limitados. Si solo se tratara de usted, yo no tendría derecho a decir nada; pero me considero en la obligación de decirle que, en lo que respecta a las chicas, todo el que la conozca pensará que se ha equivocado gravemente. Lo natural es que vivan en esa casa. El lugar nunca se ha alquilado. Que yo sepa, nunca se ha pagado alquiler por la casa desde que se construyó. Siempre se le ha dado a algún miembro de la familia que se consideraba con mejor derecho a ella. He considerado la estancia de ustedes allí tan firme como la mía aquí. Una disputa entre mis sobrinas y yo sería para mí una gran calamidad, aunque quizá a ellas les resultara indiferente. Pero si hubiera tal disputa, no ofrecería motivo alguno para que dejaran esa casa. Le ruego que vuelva a reflexionar sobre el asunto.
El escudero podía asumir un aire de autoridad en ciertas ocasiones, y así lo había hecho ahora. La señora Dale se encontró con que solo podía responderle con una simple repetición de su propia intención; y, de hecho, fracasó en darle cualquier respuesta útil en absoluto.
—Sé que es usted muy bueno con mis hijas —dijo ella. —No diré nada sobre eso —respondió él; no pensando en ese momento en la Casa Pequeña, sino en la plena posesión que había deseado dar a la mayor de todos los privilegios que deberían pertenecer a la señora de Allington; pensando también en los medios con los que esperaba reparar la maltrecha fortuna de la pobre Lily.
Las palabras que se dijeron a continuación no tuvieron gran trascendencia, y la señora Dale se marchó, sintiendo que había fracasado. En cuanto ella se fue, el escudero se levantó y, poniéndose el abrigo, salió con su sombrero y su bastón a la parte delantera de la casa. Salió para que sus pensamientos fueran más libres y para poder entregarse a ese consuelo que un hombre agraviado encuentra al contemplar su agravio. Se declaró a sí mismo que era muy maltratado; tan maltratado, que casi empezó a dudar de sí mismo y de sus propios motivos. ¿Por qué la gente que le rodeaba le detestaba tanto, le evitaba y le frustraba en los esfuerzos que hacía por su bienestar? Ofrecía a su sobrino todos los privilegios de un hijo —mucho más que los privilegios de un hijo—, pidiendo simplemente a cambio que consintiera en vivir permanentemente en la casa que iba a ser suya. Pero su sobrino se negó. «No soporta vivir conmigo», se dijo el anciano con amargura. Estaba dispuesto a tratar a sus sobrinas con más generosidad de la que las hijas de la Casa de Allington solían recibir de sus padres; y ellas rechazaban su amabilidad, huyendo de él y diciéndole abiertamente que no querían deberle nada. Paseó lentamente de arriba abajo por la terraza, pensando en esto con mucha amargura. No encontró en la contemplación de su agravio todo el consuelo que suele dar un agravio, porque se acusaba en sus pensamientos a sí mismo más que a los demás. Se declaró que estaba hecho para ser odiado, y se protestó a sí mismo que sería mejor que muriera y fuera enterrado fuera de la memoria, para que los restantes Dale tuvieran una mejor oportunidad de vivir felices; y entonces, mientras discutía todo esto en su interior, sus pensamientos eran muy tiernos y, aunque estaba agraviado, se sentía de lo más afectuoso con quienes más le habían herido. Pero estaba absolutamente fuera de su alcance reproducir exteriormente, con palabras y signos externos, tales pensamientos y sentimientos.
Estaba ya muy cerca el fin de año, pero el tiempo seguía siendo suave y despejado. El aire era húmedo más que frío, y los prados y campos aún conservaban los tintes verdes de la nueva vegetación. Mientras el escudero caminaba por la terraza, Hopkins se acercó a él y, tocándose el sombrero, comentó que tendrían heladas en un día o dos.
—Supongo que sí —dijo el escudero. —Tenemos que traer al albañil para los conductos de ese pequeño invernadero de uvas, señor, antes de que pueda hacer nada con el fuego allí. —¿Qué invernadero? —preguntó el escudero, de mal humor. —Pues el invernadero del otro jardín, señor. Debería haberse hecho el año pasado por derecho. —Esto lo dijo Hopkins para castigar a su amo por estar malhumorado con él. En aquel asunto de los conductos del invernadero de la señora Dale, él, con mucha consideración, había ahorrado molestias a su amo durante el invierno pasado, y sentía que esto debería recordarse ahora—. No puedo poner fuego en él, no para que sirva de nada, hasta que se haga algo. Eso es seguro. —Entonces no pongas fuego —dijo el escudero.
Ahora bien, se suponía que las uvas en cuestión eran especialmente finas y eran la gloria del jardín de la Casa Pequeña. Siempre se cultivaban por aire forzado, aunque no tan temprano como las de la Gran Casa, y Hopkins quedó sumido en una gran confusión.
—Nunca madurarán, señor; en todo el año. —Entonces que se queden verdes —dijo el escudero, echando a andar.
Hopkins no entendía nada. El escudero, en su proceder natural, era muy reacio a descuidar cualquier asunto de este tipo, pero especialmente reacio a descuidar cualquier cosa que tocara a la Casa Pequeña. Así que Hopkins se quedó en la terraza, levantándose el sombrero y rascándose la cabeza. «Algo va mal entre ellos», se dijo para sus adentros, con tristeza.
Pero cuando el escudero llegó al final de la terraza y giró por el camino que bordeaba el lateral de la casa, se detuvo y llamó a Hopkins.
—Haz lo que sea necesario en el conducto —dijo. —Sí, señor; muy bien, señor. Solo será volver a colocar los ladrillos. No hace falta nada más, solo por este invierno. —Haz que pongan el lugar en perfecto orden ya que te pones —dijo el escudero, y luego se alejó.
Capítulo 39
El doctor Crofts es expulsado
—¿Has oído las noticias de la Casa Pequeña, querido? —le preguntó la señora Boyce a su marido unos dos o tres días después de la visita de la señora Dale al escudero. Era la una en punto, y el pastor de la parroquia acababa de llegar de sus labores ministeriales para comer con su mujer y sus hijos. —¿Qué noticias? —dijo el señor Boyce, pues no había oído ninguna. —La señora Dale y las chicas van a dejar la Casa Pequeña; se van a vivir a Guestwick. —¿Que la señora Dale se va? ¡Tonterías! —dijo el vicario—. ¿Qué diablos la llevaría a Guestwick? Allí donde está no paga ni un chelín de alquiler. —Te aseguro que es verdad, querido. Acabo de estar con la señora Hearn, y lo supo directamente de labios de la propia señora Dale. La señora Hearn dice que nunca se había llevado tal sorpresa en toda su vida. Ha habido alguna disputa, puedes estar seguro de eso.
El señor Boyce se quedó callado, quitándose sus zapatos sucios antes de la comida. Noticias tan importantes, que afectaban a la vida social de su parroquia, no le habían llegado en mucho tiempo, y apenas podía darles crédito con tan poco aviso.
—La señora Hearn dice que la señora Dale habló con mucha firmeza, como decidida a que nada la hiciera cambiar. —¿Y dijo por qué? —Bueno, no exactamente. Pero la señora Hearn dice que se notaba que había habido palabras entre ella y el escudero. No podía ser otra cosa, ya sabes. Probablemente tuviera algo que ver con ese tal Crosbie. —Andarán muy apretadas de dinero —dijo el señor Boyce, metiendo los pies en sus zapatillas. —Eso mismo le dije yo a la señora Hearn. Y esas chicas nunca han estado acostumbradas a nada que se parezca a una economía real. Qué va a ser de ellas, no lo sé —y la señora Boyce, mientras expresaba su simpatía por sus queridas amigas, recibía un consuelo considerable ante la perspectiva de su futura pobreza. Siempre ocurre así, y la señora Boyce no era peor que sus vecinos. —Ya verás cómo lo arreglan antes de que llegue el momento —dijo el señor Boyce, para quien la emoción de tal cambio en los asuntos era casi demasiado buena para ser cierta. —Me temo que no —dijo la señora Boyce—; me temo que no. Ambas son muy decididas. Siempre pensé que eso de montar a caballo y darles a las chicas sombreros y hábitos de amazona era perjudicial. Era tratarlas como si fueran las hijas del escudero, y no lo eran. —Era casi lo mismo. —Pero ahora vemos la diferencia —dijo la juiciosa señora Boyce—. A menudo dije que la querida señora Dale se equivocaba, y resulta que yo tenía razón. Para mí no supondrá ninguna diferencia en cuanto a visitarlas y ese tipo de cosas. —Desde luego que no. —No quita que deba haber una diferencia, y una muy grande. Será una caída terrible para la pobre Lily, con la pérdida de su flamante marido y todo eso.
Después de la comida, cuando el señor Boyce volvió a sus labores, el mismo tema fue discutido entre la señora Boyce y sus hijas, y la madre tuvo mucho cuidado en enseñar a sus hijos que la señora Dale seguiría siendo una persona tan buena como siempre, y tan dama como antes, aunque viviera en una casa muy sombría en Guestwick; lección de la cual las niñas Boyce dedujeron claramente que la señora Dale, con Bell y Lily, estaban a punto de sufrir un descenso social, y que debían ser tratadas en consecuencia.
Por todo esto, se descubrirá que la señora Dale no había cedido a los argumentos del escudero, aunque se había visto incapaz de responder a ellos. Al regresar a casa se había sentido casi vencida, y había hablado con las chicas con el aire y el tono de una mujer que apenas sabía dónde residía su deber. Pero ellas no habían visto los modales del escudero en aquella ocasión, ni oído sus palabras, y no podían entender que debieran abandonar su propósito solo porque a él no le gustara. Así pues, convencieron a su madre para que tomara nuevas resoluciones, y a la mañana siguiente esta escribió una nota a su cuñado, asegurándole que había pensado mucho en todo lo que él le había dicho, pero declarando de nuevo que se consideraba obligada por deber a dejar la Casa Pequeña. A esto él no respondió nada, y ella comunicó su intención a la señora Hearn, pensando que era mejor que no hubiera secretos en el asunto.
—Siento oír que su cuñada nos va a dejar —le dijo el señor Boyce al escudero esa misma tarde. —¿Quién le ha dicho eso? —preguntó el escudero, demostrando por su tono que no le gustaba nada el tema de conversación elegido por el párroco. —Bueno, lo supe por la señora Boyce, y creo que la señora Hearn se lo contó a ella. —Ojalá la señora Hearn se ocupara de sus propios asuntos y no difundiera rumores vanos.
El escudero no dijo nada más, y el señor Boyce sintió que había sido reprendido de forma muy injusta.
El doctor Crofts había ido y confirmado el hecho de que se trataba de escarlatina. A los boticarios de pueblo generalmente se les agravia con las dudas que se arrojan sobre ellos, pues los doctores de ciudad, cuando vienen, siempre confirman lo que los boticarios han dicho.
—No cabe duda de que es escarlatina —declaró el doctor—; pero los síntomas son todos favorables.
Sin embargo, algo mucho peor estaba por llegar. Dos días después, Lily se sintió bastante indispuesta. Intentó guardárselo para sí, temiendo pasar a ser paciente del doctor; pero sus esfuerzos fueron inútiles, y a la mañana siguiente se supo que ella también había contraído la enfermedad. El doctor Crofts declaró que todo estaba a su favor. El tiempo era frío. La presencia de la dolencia en la casa había hecho que todos tuvieran cuidado y, además, se contaba con buen asesoramiento de inmediato. El doctor rogó a la señora Dale que no se inquietara, pero fue muy insistente al pedir que no se permitiera a las dos hermanas estar juntas.
—¿No podría enviar a Bell a Guestwick, a casa de la señora Eames? —sugirió. Pero Bell no quiso que la enviaran allí, y con gran dificultad se la mantuvo fuera del dormitorio de su madre, al cual fue trasladada Lily como enferma. —Si me permite decírselo —le dijo a Bell al segundo día de declararse el mal de Lily—, se equivoca al quedarse aquí en la casa. —Ciertamente no dejaré a mamá cuando tiene tanto sobre sus hombros —dijo Bell. —Pero si usted cayera enferma, tendría aún más sobre sus hombros —alegó el doctor. —No podría hacerlo —respondió Bell—. Si me llevaran a Guestwick, estaría tan inquieta que volvería caminando a Allington en el primer momento en que pudiera escapar de la casa. —Creo que su madre estaría más tranquila sin usted. —Y yo creo que estaría más tranquila conmigo. No me gusta oír que una mujer huye de la enfermedad; pero cuando lo hace una hermana o una hija, resulta intolerable.
Así que Bell se quedó, sin permiso para ver a su hermana, pero realizando diversas gestiones exteriores que eran muy necesarias.
Y de este modo, toda clase de tribulaciones cayeron sobre los habitantes de la Casa Pequeña, cayendo sobre ellos como de golpe. Apenas habían pasado dos meses desde que llegaron aquellas terribles noticias respecto a Crosbie; noticias que, se sintió en aquel momento, serían por sí solas suficientes para aplastarlas; y ahora, a ese infortunio se le habían sumado otros, uno pisándole los talones al anterior. En contra de la amable profecía del doctor, Lily se puso muy enferma y, tras unos días, deliraba. Le hablaba a su madre de Crosbie, refiriéndose a él como solía hacerlo en el otoño pasado. Pero incluso en su delirio recordaba que habían decidido dejar su hogar actual, y le preguntó dos veces al doctor si sus habitaciones en Guestwick estaban listas.
Fue así como Crofts oyó por primera vez de su intención. En estos días de la peor enfermedad de Lily, él acudía a diario a Allington, quedándose allí, en una ocasión, la noche entera. Por todo esto no aceptaba honorarios; ni nunca los había aceptado de la señora Dale.
—Ojalá no viniera tan a menudo —le dijo Bell una tarde, mientras estaba con él ante el fuego del salón, después de que él hubiera salido de la habitación de la paciente—; nos está abrumando con obligaciones.
Aquel día Lily ya había pasado lo peor de la fiebre, y él había podido decirle a la señora Dale que no creía que estuviera ya en peligro.
—No será necesario mucho más tiempo —dijo él—; lo peor ya ha pasado. —Es un lujo oírle decir eso. Supongo que le deberemos la vida a usted; pero no obstante... —Oh, no; la escarlatina no es algo tan terrible ahora como solía serlo. —¿Entonces por qué le ha dedicado su tiempo como lo ha hecho? Me asusta pensar en el perjuicio que le habremos causado. —Mi caballo lo ha sentido más que yo —dijo el doctor, riendo—. Mis pacientes en Guestwick no son tan numerosos. —Entonces, en lugar de marcharse, se sentó—. ¿Y es realmente cierto —dijo— que todos vais a dejar esta casa? —Totalmente cierto. Lo haremos a finales de marzo, si Lily está lo bastante bien para ser trasladada. —Lily estará bien mucho antes de eso, espero; aunque ciertamente no debería salir de sus habitaciones hasta dentro de muchas semanas. —A menos que ella nos detenga, nos iremos sin falta a finales de marzo.
Bell también se había sentado ya, y ambos permanecieron un rato mirando el fuego en silencio.
—¿Y por qué es, Bell? —dijo él al fin—. Aunque no sé si tengo derecho a preguntar. —Tiene derecho a hacernos cualquier pregunta —dijo ella—. Mi tío es muy amable. Es más que amable; es generoso. Pero parece pensar que el hecho de que vivamos aquí le da derecho a interferir con mamá. Eso no nos gusta y, por lo tanto, nos vamos.
El doctor seguía sentado a un lado del fuego, y Bell seguía sentada frente a él; pero la conversación no fluía con mucha libertad entre ellos. —Son malas noticias —dijo él por fin. —En cualquier caso, cuando estemos enfermas no tendrá que venir tan lejos para vernos. —Sí, entiendo. Eso significa que soy un desagradecido por no felicitarme por teneros a todas mucho más cerca; pero no lo hago en absoluto. No soporto pensar en vosotras viviendo en cualquier otro sitio que no sea aquí, en Allington. Los Dale estarán fuera de lugar en una calle de Guestwick. —Eso es duro para los Dale también. —Es duro para ellos. Es una especie de derivación de esa ley tan tiránica de noblesse oblige. No creo que debierais iros de Allington, a menos que las circunstancias sean muy imperativas. —Pero es que son muy imperativas. —¡En ese caso, ciertamente! —y de nuevo cayó en el silencio. —¿Nunca ha visto que mamá no es feliz aquí? —dijo ella, tras otra pausa—. Por mi parte, nunca lo había entendido todo tan bien como ahora; pero ahora lo veo. —Y yo lo he visto; he visto al menos lo que quieres decir. Ha llevado una vida de restricción; pero, ¿acaso no es tal restricción la necesidad de una vida con frecuencia? No creo que tu madre se mudara por eso. —No. Es por nosotras. Pero esta restricción, como usted la llama, nos hace infelices, y ella se guía por lo que ve en nosotras. Mi tío es generoso con ella en cuanto al dinero; pero en otras cosas —en cuestiones de sentimiento— creo que ha sido poco generoso. —Bell —dijo el doctor; y luego hizo una pausa.
Ella le miró, pero no respondió. Él siempre la había llamado por su nombre de pila, y los dos se habían considerado siempre amigos cercanos. En este momento ella había olvidado todo lo demás, y sin embargo sentía un placer infinito al estar allí sentada hablando con él.
—Voy a hacerle una pregunta que quizá no debería hacer, solo que la conozco desde hace tanto tiempo que casi siento que hablo con una hermana. —Puede preguntarme lo que quiera —dijo ella. —Es sobre su primo Bernard. —¡Sobre Bernard! —dijo Bell.
Ya estaba oscureciendo; y como estaban sentados sin más luz que la del fuego, ella sabía que él no podía discernir el color que cubría su rostro al mencionarse el nombre de su primo. Pero aunque la luz del día hubiera inundado toda la estancia, dudo que Crofts hubiera visto ese rubor, pues mantenía los ojos firmemente fijos en el fuego.
—Sí, sobre Bernard. No sé si debería preguntarle. —Seguro que yo no sabría decirlo —dijo Bell, pronunciando palabras de cuya naturaleza no era consciente. —Ha habido un rumor en Guestwick de que él y usted... —Es falso —dijo Bell—; totalmente falso. Si oye que lo repiten, debería contradecirlo. Me pregunto por qué la gente dirá esas cosas. —Habría sido un matrimonio excelente; todos sus amigos habrían tenido que aprobarlo. —¿Qué quiere decir, doctor Crofts? Cómo odio esas palabras, «un matrimonio excelente». En ellas se contiene más mundanidad malvada que en cualquier otra palabra que se oiga pronunciar. Usted quiere que me case con mi primo simplemente porque tendría una gran casa donde vivir y un carruaje. Sé que es usted mi amigo; pero odio esa clase de amistad. —Creo que me malinterpreta, Bell. Quiero decir que habría sido un matrimonio excelente, siempre y cuando ambos se hubieran amado. —No, no le malinterpreto. Por supuesto que sería un matrimonio excelente si nos amáramos. Podría decir lo mismo si amara al carnicero o al panadero. Lo que quiere decir es que eso constituye una razón para amarle. —No creo que quisiera decir eso. —Entonces no quiere decir nada.
Después de eso, hubo de nuevo unos minutos de silencio durante los cuales el doctor Crofts se levantó para marcharse. —Me ha regañado de forma espantosa —dijo con una leve sonrisa—, y creo que me lo he merecido por entrometerme... —No; en absoluto por entrometerse. —Pero en cualquier caso debe perdonarme antes de que me vaya. —No le perdonaré en absoluto, a menos que se arrepienta de sus pecados y cambie totalmente la maldad de su mente. Muy pronto se volverá tan malo como el doctor Gruffen. —¿De veras? —Oh, pero le perdonaré; porque, después de todo, es usted el hombre más generoso del mundo. —Oh, sí; por supuesto que lo soy. Bueno... adiós. —Pero, doctor Crofts, no debería suponer que los demás son mucho más mundanos que usted. A usted no le importa tanto el dinero... —Pero sí me importa mucho. —Si le importara, no vendría aquí por nada día tras día. —Me importa mucho el dinero. A veces casi se me ha roto el corazón por no tener oportunidades de ganarlo. Es el mejor amigo que un hombre puede tener... —¡Oh, doctor Crofts! —...el mejor amigo que un hombre puede tener, si se consigue honestamente. Una mujer apenas puede imaginar la pena que puede caer sobre un hombre por la falta de un amigo así. —Por supuesto que a un hombre le gusta ganarse la vida decentemente con su profesión; y usted puede hacerlo. —Eso depende de las ideas de decencia de cada uno. —¡Ah! Las mías nunca fueron muy altas. Siempre he tenido una especie de aptitud para vivir en una pocilga; una pocilga limpia, ya sabe, con paja de habas fresca y agradable para tumbarse. Creo que fue un error cuando hicieron de mí una dama. De verdad lo creo. —Yo no —dijo el doctor Crofts. —Eso es porque aún no me conoce del todo. No me produce el más mínimo placer ponerme tres vestidos diferentes al día. Lo hago a menudo porque me toca hacerlo, por la forma en que nos han enseñado a vivir. Pero cuando lleguemos a Guestwick pienso cambiar todo eso; y si viene a tomar el té, me verá con el mismo vestido marrón que llevo por la mañana... a menos que, ciertamente, el trabajo de la mañana ensucie el vestido marrón. ¡Oh, doctor Crofts! Se le hará noche cerrada volviendo a casa bajo los olmos de Guestwick. —No me importa la oscuridad —dijo él; y parecía como si apenas tuviera intención de marcharse todavía. —Pero a mí sí —dijo Bell—, y voy a llamar para que traigan velas.
Pero él la detuvo cuando ella extendía la mano hacia el cordón de la campana.
—Espere un momento, Bell. No hace falta que traigan las velas antes de que me vaya, y tampoco debería escatimarme mi estancia, dado que estaré completamente solo en casa. —¡Escatimarle su estancia! —Pero, sea como sea, o bien me la escatimará, o bien me hará sentir muy bienvenido. —Él seguía sujetándola por la muñeca, que había atrapado al impedirle llamar al servicio. —¿Qué quiere decir? —dijo ella—. Sabe que es tan bienvenido para nosotras como las flores de mayo. Siempre fue bienvenido; pero ahora, cuando ha venido a nosotros en nuestro problema... En cualquier caso, nunca podrá decir que yo le expulso. —¿Nunca podré decirlo? —Y seguía sujetándola por la muñeca. Él había permanecido en su silla todo el tiempo, pero ella estaba de pie ante él, entre él y el fuego. Pero ella, aunque él la sujetaba de esa manera, pensaba poco en sus palabras o en su acción. Se conocían con gran intimidad y, aunque Lily seguía riéndose de ella diciendo que el doctor Crofts era su amante, ella hacía tiempo que se había convencido de que tal sentimiento nunca existiría entre ellos. —¿Nunca podré decirlo, Bell? ¿Y si un hombre tan pobre como yo pide la mano que usted no dará a un hombre tan rico como su primo Bernard?
Ella retiró el brazo al instante y retrocedió muy rápido uno o dos pasos por la alfombra. Lo hizo casi con el movimiento que habría usado si él la hubiera insultado; o si un hombre hubiera pronunciado tales palabras que no tuviera, bajo ninguna circunstancia, derecho a decirlas.
—¡Ah, sí! Pensé que sería así —dijo él—. Ya puedo irme, y puedo saber que he sido expulsado. —¿Qué es lo que quiere decir, doctor Crofts? ¿Qué es lo que está diciendo? ¿Por qué dice esas tonterías, intentando ver si puede provocarme? —Sí; son tonterías. No tengo derecho a dirigirme a usted de esa manera, y ciertamente no debería haberlo hecho ahora que estoy en su casa en ejercicio de mi profesión. Le ruego que me perdone. —Ahora él también estaba de pie, pero no se había movido de su lado de la chimenea—. ¿Va a perdonarme antes de que me vaya? —¿Perdonarle por qué? —dijo ella. —Por atreverme a amarla; por haberla amado casi desde que tiene memoria; por amarla más que a todo lo demás. Solo esto debería perdonarme; pero ¿me perdonará por haberlo dicho?
Él no le había hecho ninguna propuesta formal, ni ella esperaba que estuviera a punto de hacerla. Ella misma apenas se había dado cuenta aún del significado de sus palabras, y ciertamente no se había planteado ninguna pregunta en cuanto a la respuesta que debería darles. Hay casos en los que los amantes se presentan con un aspecto tan inequívoco, que la primera palabra de amor abierto que pronuncian cuenta toda su historia, y la cuenta sin posibilidad de sorpresa. Y generalmente es así cuando el amante no ha sido un viejo amigo, cuando incluso su trato es de fecha reciente. Así había sido esencialmente en el caso de Crosbie y Lily Dale. Cuando Crosbie se acercó a Lily e hizo su propuesta, lo hizo con perfecta soltura y total dominio de sí mismo, pues casi sabía que se esperaba. Y Lily, aunque se había atolondrado por un momento, tuvo su respuesta bien preparada. Ya amaba al hombre con todo su corazón, se deleitaba con su presencia, se regocijaba en el brillo de su hombría, celebraba su ingenio y había afinado sus oídos al tono de su voz. Todo estaba hecho, y el mundo lo esperaba. Si él no hubiera hecho su propuesta, Lily habría sido maltratada; ¡aunque, ay, ay, un maltrato futuro, mucho más pesado, le estaba reservado! Pero hay otros casos en los que un amante no puede darse a conocer como tal sin gran dificultad y, cuando lo hace, no puede esperar una respuesta inmediata a su favor. Es duro para los viejos amigos que esta dificultad suela recaer con mayor peso sobre ellos. Crofts había sido tan íntimo con la familia Dale que muchísimas personas habían pensado que era probable que se casara con una de las chicas. La propia señora Dale lo había pensado, y casi lo había deseado. Lily, ciertamente, había hecho ambas cosas. Estos pensamientos y esperanzas se habían desvanecido un poco, pero aun así su existencia previa debería haber jugado a favor del doctor. Pero ahora, cuando de algún modo se había expresado, Bell retrocedió ante él y no quiso creer que hablara en serio. Probablemente le amaba más que a ningún otro hombre en el mundo y, sin embargo, cuando él le habló de amor, no pudo llegar a comprenderle.
—No sé qué quiere decir, doctor Crofts; de verdad que no —dijo ella.
—Mi intención era pedirte que fueras mi esposa; simplemente eso. Pero no pasarás por el mal trago de darme una negativa rotunda. Pensé en ello mientras venía hoy a caballo. Durante mis frecuentes viajes últimamente no he pensado en otra cosa. Pero me dije a mí mismo que no tenía derecho a hacerlo. Ni siquiera tengo una casa en la que fuera digno que tú vivieras. —Doctor Crofts, si yo le amara... si deseara casarme con usted... —y entonces se interrumpió. —¿Pero no es así? —No; creo que no. Supongo que no. No. Pero, en cualquier caso, ninguna consideración sobre el dinero tiene nada que ver con ello. —¿Entonces no soy ese carnicero o ese panadero a quien podrías amar? —No —dijo Bell; y de nuevo se refrenó de seguir hablando, no con la intención de que toda su respuesta residiera en esa sola palabra, sino por no saber cómo articular más razones. —Sabía que sería así —dijo el doctor.
Me temo que aquellos que se dignen a criticar la conducta de este amante y su modo de llevar a cabo su cortejo, pensarán que no era nada apto para tal tarea. Las damas dirán que le faltó valor, y los hombres que le faltó ingenio. Me inclino a creer, sin embargo, que se comportó tan bien como suelen hacerlo los hombres en tales ocasiones, y que se mostró como un buen amante promedio. Está el amante audaz, que abate a su amada como si fuera un ave, y que se anatematizaría a sí mismo y juraría que su escopeta se ha vuelto loca, y miraría a su alrededor como si el mundo se acabara, si fallara el tiro. Y está el amante tímido, que parpadea al disparar, que ha estado seguro desde el momento en que se abrochó los pantalones de que, en cualquier caso, no mataría nada, y que, cuando oye las ruidosas felicitaciones de sus amigos, no puede creer que realmente se haya cobrado esa hermosa criatura alada por su propia destreza. La hermosa criatura alada que el hombre tímido lleva a casa en su regazo, negándose a que sea arrojada a un carro cualquiera para que nunca se pierda entre un montón de piezas comunes, es para él mejor que las hecatombes sacrificadas para aquellos que matan sus aves por cientos.
Pero el doctor Crofts había parpadeado de tal modo que no tenía la menor idea de si había alcanzado a su ave o no. De hecho, al no tener a nadie a mano que le felicitara, estaba convencido de que el ave había salido volando ilesa hacia el campo vecino. «No» fue la única palabra que Bell le había dado en respuesta a su última y sesgada pregunta, y «no» no es una palabra cómoda para los amantes. Pero hubo algo en el «no» de Bell que podría haberle enseñado que el ave no escapaba sin una herida, si aún le hubiera quedado algo de seso.
—Ahora me iré —dijo él. Luego esperó una respuesta, pero no llegó ninguna—. Y comprenderá lo que quise decir cuando hablé de ser expulsado. —Nadie... le expulsa. —Y Bell, al hablar, estuvo a punto de romper en un sollozo. —Es hora, en cualquier caso, de que me vaya, ¿no es así? Y, Bell, no suponga que esta pequeña escena me mantendrá alejado del lecho de su hermana. Estaré aquí mañana, y verá que apenas me reconocerá como la misma persona. —Entonces, en la oscuridad, le tendió la mano. —Adiós —dijo ella, dándole la suya. Él apretó la de ella con mucha fuerza, pero ella, aunque deseaba hacerlo, no pudo animarse a devolverle el apretón. Su mano permaneció pasiva en la de él, sin mostrar signo de ofensa, pero absolutamente pasiva. —Adiós, queridísima amiga —dijo él. —Adiós —respondió ella... y entonces él se fue.
Esperó completamente quieta hasta que oyó cerrarse la puerta principal tras él, y luego subió sigilosamente a su propio dormitorio y se sentó en una mecedora baja frente al fuego. Según una costumbre ya establecida, su madre se quedaría con Lily hasta que el té estuviera listo abajo; pues en estos días de enfermedad, las cenas que se servían se tomaban temprano. Bell, por lo tanto, sabía que aún tenía una media hora para ella, durante la cual podría sentarse a pensar sin interrupciones.
¿Y cuáles deberían haber sido, por naturaleza, sus primeros pensamientos? ¿Que había rechazado despiadadamente a un hombre que, como ahora sabía, la amaba profundamente, y por quien ella siempre había sentido, al menos, la más cálida amistad? No fueron esos sus pensamientos, ni se parecían en nada. Se remontaron instantáneamente a años atrás —años largos, considerando los pocos que ella tenía— y se detuvieron en ciertos días idílicos en los que había soñado que él la amaba, y había imaginado que ella le amaba a él. ¡Cómo se había disciplinado a sí misma desde entonces, enseñándose que sus pensamientos habían sido demasiado audaces! Y ahora todo había vuelto a empezar. El único hombre que le había gustado la amaba. Entonces le vino el recuerdo de cierto día en el que se había sentido casi orgullosa de pensar que Crosbie la admiraba, en el que casi había esperado que así fuera; y al pensar en ello se ruborizó y golpeó el suelo dos veces con el pie. «Querida Lily», se dijo para sus adentros, «¡pobre Lily!». Pero el sentimiento que la indujo entonces a pensar en su hermana no guardaba relación con aquello que primero le había traído a Crosbie a la memoria.
Y este hombre la había amado a pesar de todo —este hombre inestimable, sin igual—, este hombre que era tan fiel hasta la médula como aquel otro hombre había demostrado ser falso; que era tan íntegro como el otro había resultado estar podrido. Una sonrisa cruzó su rostro mientras estaba allí sentada mirando el fuego, pensando en ello. Un hombre la había amado, y su amor valía la pena poseerlo. Apenas recordaba si le había rechazado o aceptado. Apenas se preguntaba qué haría. Sobre todo eso era necesario que reflexionara mucho, pero la necesidad no la apremiaba de inmediato. Por el momento, al menos, podía sentarse y triunfar; y así, triunfante, permaneció allí hasta que la vieja enfermera entró y le dijo que su madre la esperaba abajo.
Capítulo 40
Preparativos para la boda
Finalmente se fijó el catorce de febrero como el día en que el señor Crosbie se convertiría en el más feliz de los hombres. En un principio se había barajado una fecha más tardía, sugiriéndose el veintisiete o el veintiocho como una mejora sobre la primera semana de marzo; pero Lady Amelia se había asustado por el comportamiento de Crosbie aquel domingo por la tarde, y le había hecho entender a la condesa que no debía haber retrasos innecesarios. «Él no se anda con escrúpulos en ese tipo de cosas», había escrito Lady Amelia en una de sus cartas, mostrando quizá menos confianza en la potencia de su propio rango de la que cabría esperar de ella. La condesa, sin embargo, estuvo de acuerdo con ella, y cuando Crosbie recibió de su suegra una epístola de lo más afectuosa, exponiendo todas las razones por las que el catorce resultaba un día mucho más conveniente que el veintiocho, se vio incapaz de inventar una excusa para no ser feliz una quincena antes de lo pactado en el trato. Su primer impulso fue no ceder, impulsado por un sentimiento que le hacía pensar que no se debía exigir más de lo acordado. Pero ¿de qué le servía pelear? ¿De qué le servía, al menos, pelear justo entonces? Creía que podría emanciparse de la tiranía de los De Courcy con más facilidad una vez casado de lo que podía hacerlo ahora. Cuando Lady Alexandrina fuera suya, le haría saber que tenía la intención de ser su amo. Si para ello fuera necesario separarse por completo de los De Courcy, tal división se llevaría a cabo. De momento les cedería el paso, al menos en este asunto. Y así, se fijó el catorce de febrero para el matrimonio.
En la segunda semana de enero, Alexandrina subió a la ciudad para ocuparse de sus cosas; o, en un lenguaje más noble, para proveerse de los correspondientes aparejos nupciales. Como no podía hacer todo ese trabajo sola, ni siquiera bajo la vigilancia y con la ayuda de una hermana, Lady De Courcy también subiría. Pero Alexandrina llegó primero, quedándose con su hermana en St. John’s Wood hasta que llegara la condesa. La condesa nunca se había dignado aún a aceptar la hospitalidad de su yerno, sino que siempre iba a la casa fría y desolada de Portman Square —la mansión que había sido la residencia familiar de los De Courcy en la ciudad durante muchos años y que la condesa habría cambiado gustosa hace tiempo por alguna morada al otro lado de Oxford Street; pero el conde se había mostrado obstinado: sus clubes y ciertos alojamientos que solía ocupar ocasionalmente estaban en el lado correcto de Oxford Street; ¿por qué iba a cambiar su vieja residencia familiar? Así pues, la condesa vendría a Portman Square, sin haber sido siquiera invitada en esta ocasión a St. John’s Wood.
—¿No crees que sería mejor...? —había dicho el señor Gazebee a su esposa, casi temblando al repetir su propia propuesta. —Creo que no, querido —había respondido Lady Amelia—. Mamá no es muy especial; pero hay detallitos, ya sabes... —Oh, sí, por supuesto —dijo el señor Gazebee; y se abandonó la conversación. Habría agasajado con sumo gusto a su augusta suegra durante su visita a la metrópoli y, sin embargo, su presencia en la casa le habría hecho sentirse miserable mientras ella permaneciera allí.
Pero durante una semana, Alexandrina residió bajo el techo del señor Gazebee, tiempo durante el cual Crosbie fue colmado con todas las delicias de un novio expectante. Por supuesto, se le dio a entender que debía cenar en casa de los Gazebee todos los días y pasar allí todas las veladas; y, dadas las circunstancias, no tenía excusa para no hacerlo. De hecho, en aquel momento, las horas se le habrían hecho bastante pesadas de otro modo. A pesar de su audaz resolución respecto a su ojo y su intención de no dejarse privar de los placeres de la sociedad por las marcas del reciente combate, no había frecuentado mucho su club desde aquel suceso; y aunque Londres volvía a estar bastante concurrido, no salía tanto como solía. El brillo de su próxima boda no parecía haber añadido mucho a su popularidad; de hecho, el mundo —su mundo— empezaba a mirarle con frialdad. Por lo tanto, aquella asistencia diaria a St. John’s Wood no se sentía tan tediosa como cabría esperar.
Se había alquilado una residencia para la pareja en una hilera de edificios muy de moda que lindaba con Bayswater Road, llamada Princess Royal Crescent. La casa era completamente nueva, y como la calle estaba sin terminar, tenía un fuerte olor a argamasa y un aspecto general de andamios y cascotes; pero, no obstante, se reconocía como una ubicación de lo más correcta. Desde un extremo de la media luna se alcanzaba a ver una esquina de Hyde Park, y el otro lindaba con una terraza verdaderamente espléndida en la que vivían un embajador —de Sudamérica—, unos cuantos empleados sénior de banca y un grande del reino. Ya sabemos lo vulgar que suena Baker Street y lo absolutamente inmundo que resulta al oído refinado el nombre de Fitzroy Square. Sin embargo, las casas de esos alrededores son sólidas, cálidas y de buen tamaño. La casa de Princess Royal Crescent no era ciertamente sólida, pues en estos tiempos las casas bien construidas no resultan rentables. Difícilmente podía ser cálida porque, a decir verdad, ni siquiera estaba terminada del todo; y en cuanto al tamaño, aunque el salón era una estancia noble que ocupaba una sección de toda la casa con un rincón recortado para la escalera, resultaba muy angosta en sus otras partes, y se parecía a un querubín en el sentido de que carecía de parte trasera. «Pero si uno no tiene fortuna propia, no puede tenerlo todo», como observó la condesa cuando Crosbie puso reparos a la casa porque se le iba a asignar un armario debajo de la escalera de la cocina como cuarto de vestir propio.
Cuando se debatió por primera vez la cuestión de la casa, Lady Amelia se empeñó en que se eligiera St. John’s Wood, pero Crosbie se opuso terminantemente. —Creo que no le gusta St. John’s Wood —le había dicho Lady Amelia con cierta severidad, pensando en intimidarle para que declarara que no sentía ninguna enemistad general hacia el barrio. Pero Crosbie no fue tan débil. —No; no me gusta —dijo él—. Siempre me ha disgustado. Supongo que es un prejuicio. Pero estoy convencido de que si me obligaran a vivir aquí, me cortaría el cuello en los primeros seis meses.
Lady Amelia se irguió entonces, declarando cuánto lamentaba que su casa le resultara tan odiosa. —Oh, Dios mío, no —dijo él—. Me gusta mucho para ustedes, y disfruto viniendo aquí más que nada. Solo hablo del efecto que tendría en mí vivir aquí yo mismo.
Lady Amelia era lo bastante lista para entenderlo todo; pero velaba por el interés de su hermana y, por lo tanto, perseveró en su afectuosa solicitud hacia su cuñado, renunciando al punto de St. John’s Wood. El propio Crosbie había deseado ir a una de las nuevas plazas de Pimlico, cerca del puente de Vauxhall y del río, movido principalmente por la enorme distancia que mediaba entre esa localidad y la región norteña donde vivía Lady Amelia; pero a esto Lady Alexandrina se opuso firmemente. Si hubieran podido conseguir Eaton Square, o una calle que diera a ella —si hubieran podido asomarse siquiera al borde de Belgravia—, la novia habría estado encantada. Y al principio casi se dejó engañar por la idea de que esa era la propuesta que se le hacía. Sus conocimientos geográficos de Pimlico no eran perfectos y casi cae en un error fatal. Pero una amiga intervino amablemente. «¡Por el amor de Dios, querida, no dejes que te lleve a ningún sitio más allá de Eccleston Square!», le había exclamado consternada una fiel amiga casada. Advertida de este modo, Alexandrina se mantuvo firme, y ahora su tienda se iba a plantar en Princess Royal Crescent, desde uno de cuyos extremos se puede ver Hyde Park.
Los muebles se habían encargado principalmente bajo la inspección y la experiencia de Lady Amelia. Crosbie se había conformado con declarar que, en cualquier caso, ella podía conseguir las cosas más baratas de lo que él podría comprarlas, y que él no tenía gusto para tales menesteres. No obstante, sentía que estaba siendo sometido a una tiranía y puesto bajo el yugo de la sumisión. No podía interesarse de corazón en aquel asunto de camas y sillas y, por lo tanto, acabó delegando todo el tema en la facción de los De Courcy. Y para esto había otra razón, no mencionada hasta ahora. El señor Mortimer Gazebee estaba aportando el dinero con el que se compraban todos los muebles. Él, con un celo honesto pero casi ininteligible por la familia De Courcy, había blindado cada chelín de Crosbie que había podido pillar en interés de Lady Alexandrina. Se había puesto a trabajar para ella, arañando aquí y arreglando allá, atando al nuevo marido a la piedra de molino de sus capitulaciones matrimoniales como si el pan futuro de sus propios hijos, los de Gazebee, dependiera de la validez de su labor legal. Y por esto no iba a recibir ni un penique ni a obtener ninguna ventaja, inmediata o ulterior. Todo nacía de su celo; su celo por la corona que lucía Lord De Courcy. A su juicio, un conde y las pertenencias de un conde tenían derecho a tal celo. Era la teoría en la que se había educado y equivalía a un culto que practicaba inconscientemente. Personalmente, le desagradaba Lord De Courcy, quien le trataba mal. Sabía que el conde era un hombre sin corazón, cruel y malo. Pero como conde, tenía derecho a una cantidad de servicio que ningún plebeyo habría podido exigir al señor Gazebee. El señor Gazebee, habiendo inmovilizado así todos los fondos disponibles a favor de la aparentemente esperada viudez de Lady Alexandrina, estaba proporcionando él mismo el dinero para amueblar la nueva casa. «Puede pagarme ciento cincuenta al año al cuatro por ciento hasta que esté liquidado», le había dicho a Crosbie; y Crosbie había asentido con un gruñido. Hasta entonces, aunque había vivido en Londres de forma costosa y como un hombre de mundo, nunca le había debido nada a nadie. Ahora iba a comenzar esa carrera de deudas. Pero cuando un empleado de una oficina pública se casa con la hija de un conde, no puede esperar que todo salga a su gusto.
Lady Amelia había comprado el mobiliario ordinario: las camas, las alfombras de la escalera, los lavabos y los utensilios de cocina. Gazebee había conseguido una ganga con la mesa del comedor y el aparador. Pero la propia Lady Alexandrina subiría a la ciudad para ocuparse de los complementos del salón. En cuanto a las cuestiones de vestuario, la condesa pensaba prestar su ayuda; cuestiones de vestuario cuya factura no podía enviarse a Gazebee para que él la pagara con un cinco por ciento debidamente cargado al novio. El ajuar nupcial debía costearse con los medios de los De Courcy y, por tanto, era necesario que la propia condesa entrara en escena. «No quiero facturas, ¿me oyes?», gruñó el conde, castañeteando y mordiendo las palabras con un diente negro especialmente feo. «No quiero facturas en este asunto». Y, sin embargo, no ofreció dinero en efectivo. Era muy necesario, dadas las circunstancias, que la propia condesa entrara en escena. Se le había transmitido una insinuación ambigua al señor Gazebee, durante una visita de negocios que este había hecho recientemente al castillo de Courcy, de que las facturas de la modista bien podrían pincharse junto a las de los fabricantes de muebles, los vendedores de loza y demás. La condesa, diciéndolo a su manera, había sugerido suavemente que la moda había cambiado últimamente y que tal disposición se consideraba lo correcto entre la gente que vivía realmente en el mundo. Pero Gazebee era un hombre honesto y lúcido, y conocía a la condesa. No creía que tal arreglo pudiera hacerse en esta ocasión. Ante lo cual, la condesa no insistió más en su sugerencia, pero decidió que debía subir ella misma a Londres.
Daba gusto ver a las damas Amelia y Alexandrina, sentadas en un vasto emporio de alfombras en Bond Street, haciendo preguntas a los cuatro hombres que las atendían, juntando las cabezas y susurrando, calculando con precisión los dos peniques extra por yarda y ocasionando todas las molestias que les era posible dar. Daba gusto porque manejaban sus grandes miriñaques con destreza entre los enormes rollos de alfombras, porque se lo estaban pasando en grande y aceptando el homenaje de los hombres como algo que les correspondía por derecho. Pero no era tan agradable mirar a Crosbie, que estaba impaciente por irse a su oficina, a quien no se le daba realmente ningún poder de elección en el asunto y a quien los empleados consideraban un absoluto estorbo. Las damas habían prometido estar en la tienda a las diez y media, para que Crosbie pudiera llegar a su oficina a las once, o poco después. Pero eran casi las once antes de que salieran de la residencia de los Gazebee, y era muy evidente que media hora entre alfombras no sería ni mucho menos suficiente. Parecía como si se desenrollaran ante ellas kilómetros y kilómetros de colores magníficos; y cuando algún dibujo se consideraba mínimamente factible, se desenrollaba de un lado a otro hasta que la habitación quedaba casi cubierta por él. Crosbie compadecía a los hombres que arrastraban aquellos enormes montones de material; pero Lady Amelia permanecía tan compuesta como si su deber fuera inspeccionar cada yarda de género del almacén. «Creo que volveremos a mirar esa de abajo». Entonces los hombres se ponían a trabajar y quitaban una montaña. «No, querida, ese verde de la greca no servirá. Se iría enseguida si se derramara agua caliente». El hombre, sonriendo inefablemente, declaró que aquel verde en particular no se iba a ninguna parte. Pero Lady Amelia no le prestó atención, y la alfombra por la que se había quitado la montaña pasó a formar parte de otra montaña.
—Esa podría servir —dijo Alexandrina, contemplando un magnífico fondo carmesí por el que serpenteaban ríos de color amarillo que arrastraban en sus corrientes una infinidad de flores azules. Y mientras hablaba, ladeaba la cabeza con gracia y miraba la alfombra con duda. Lady Amelia la pinchó con su sombrilla como para probar su durabilidad, y susurró algo sobre que los amarillos dejaban ver la suciedad. Crosbie sacó su reloj y gimió.
—Es una alfombra soberbia, mi lady, y de lo más nuevo que tenemos. Pusimos cuatrocientas cincuenta yardas en el castillo de Cwddglwlch para la duquesa de Gales del Sur, el mes pasado nada menos. Nadie más la ha tenido desde entonces, porque no la hemos tenido en existencias.
Ante lo cual, Lady Amelia volvió a pincharla, y luego se levantó y caminó sobre ella. Lady Alexandrina ladeó la cabeza un poco más.
—¿A cinco con tres? —preguntó Lady Amelia. —Oh, no, mi lady; cinco con siete; y es la alfombra más barata que tenemos en la casa. El color cuesta dos peniques más por yarda; de verdad. —¿Y el descuento? —preguntó Lady Amelia. —Dos y medio, mi lady. —Oh, Dios mío, no —dijo Lady Amelia—. Yo siempre obtengo un cinco por ciento por pago inmediato; inmediato de verdad, ya sabe.
Ante lo cual, el hombre declaró que debía consultar la cuestión con su jefe. El dos y medio era la norma de la casa. Crosbie, que había estado mirando por la ventana, dijo que, por su honor, no podía esperar más.
—¿Y tú qué piensas de ella, Adolphus? —preguntó Alexandrina.
—¿Pensar en qué? —¡En la alfombra... en esta, ya sabes! —Oh, ¿qué pienso de la alfombra? No me convencen del todo esas bandas amarillas; ¿y no es demasiado roja? Habría pensado que algo marrón con un dibujo pequeño habría sido mejor. Pero, palabra, me da bastante igual. —Claro que le da igual —dijo Lady Amelia.
Entonces las dos damas juntaron las cabezas otros cinco minutos y se eligió la alfombra, a falta de resolver esa cuestión del descuento.
—Y ahora, lo de la alfombrilla de chimenea —dijo Lady Amelia.
Pero aquí Crosbie se rebeló e insistió en que debía dejarlas e irse a su oficina.
—No podéis necesitarme para la alfombrilla —dijo. —Bueno, quizá no —concedió Lady Amelia. Pero era evidente que Alexandrina no aprobaba que su acompañante masculino la dejara así.
Lo mismo ocurrió en Oxford Street con respecto a las sillas y los sofás, y Crosbie empezó a desear estar ya instalado, aunque tuviera que vestirse en el armario de debajo de la escalera de la cocina. Estaba aprendiendo a odiar a toda la familia de St. John’s Wood y casi todo lo que les pertenecía. Allí fue introducido en pequeñas economías domésticas de las que hasta entonces no sabía nada, que le resultaban repugnantes y cuya necesidad se le explicaba con especial detalle. Se le decía que para hombres situados como él estaba a punto de situarse, esas economías eran vitalmente esenciales; para hombres que, con medios limitados, debían mantener una apariencia decorosa ante el mundo elegante. Suministros generosos de carne de carnicería y facturas de lavandería ilimitadas podían estar muy bien con mil quinientas al año para quienes salían poco y podían usar el primer coche de alquiler que tuvieran a mano cuando lo hacían. Pero había ciertas cosas que Lady Alexandrina debía hacer y, por lo tanto, la más estricta economía doméstica se volvía necesaria. ¿Habría exigido Lily Dale el uso de un carruaje, preparado para que pareciera privado, a expensas de los filetes de buey y las camisas limpias de su marido? Esa pregunta y otras de esa índole se las planteaba Crosbie en su interior con no poca frecuencia.
Pero, no obstante, intentaba amar a Alexandrina, o más bien persuadirse de que la amaba. Si tan solo pudiera alejarla de la facción de los De Courcy, y especialmente de la rama Gazebee, la curaría de todo eso. Le enseñaría a sentarse triunfante en un coche de punto y a abastecer su mesa con mano generosa. ¡Enseñarle! ¡A una edad que pasaba de los treinta y con el cuidadoso entrenamiento que ya había recibido! ¿Pretendía prohibirle volver a ver a sus parientes, ir a St. John’s Wood o mantener correspondencia con la condesa y Lady Margaretta? ¡Enseñarle, nada menos! ¿Acaso tenía que aprender todavía que no se puede lavar a un negro para que se vuelva blanco? ¿Que no habría podido hacerlo ni siquiera si él mismo hubiera sido apto para el intento, cuando en verdad era lo menos apto que un hombre puede ser? Pero ¿quién podía compadecerle? Lily, a quien podría haber tenido en su regazo, no habría necesitado blanqueamiento alguno.
Llegó entonces el momento de la visita de Lady De Courcy a la ciudad y Alexandrina se trasladó a Portman Square. Hubo en esto cierto consuelo aparente para Crosbie, pues así se ahorraría aquellos diarios y lúgubres trayectos hacia el noroeste. Puedo decir que odiaba positivamente aquella esquina ventosa cerca de la iglesia que tenía que rodear para llegar a la residencia de los Gazebee, y que odiaba la farola que le guiaba hasta la puerta, y la mismísima puerta. Esta puerta estaba como enterrada en un muro y se abría a un estrecho pasillo que atravesaba un supuesto jardín, o patio delantero, que contenía a cada lado dos recipientes de hierro para geranios, pintados para que parecieran loza de Palissy, y una mujer desnuda sobre un pedestal. Ningún lugar de Londres era, a su juicio, tan frío como el trozo de pavimento inmediatamente frente a esa puerta. Y allí le tenían cinco, diez, quince minutos, según declaraba —aunque creo de corazón que el tiempo nunca excedía los tres—, mientras Richard se quitaba los arreos de su trabajo y se ponía los arreos de su grandeza.
¡Si la gente tan solo aceptara que sus puertas se abrieran con la ayuda que resultara más fácil y natural para el trabajo! Me detuve hace poco unos minutos, una tarde de martes, ante un portal gallardo y, al impacientarme, una muchacha bonita vino a abrir. Era una muchacha bonita, aunque sus manos, su cara y su delantal delataban los restos de las rejillas de la chimenea. «¡Vaya, señor!», dijo ella, «el día de visitas es el miércoles; y si viniera entonces, ¡estaría el hombre de librea!». Tomó mi tarjeta con la punta de su delantal y lo hizo tan bien como el hombre de librea; pero ¿qué le habría pasado si su pequeño discurso hubiera sido oído por su señora?
Crosbie odiaba la casa de St. John’s Wood y, por lo tanto, la llegada de la condesa fue un alivio para él. Portman Square era fácil de alcanzar y las hospitalidades de la condesa no se le impondrían con tanta fuerza como las de los Gazebee. Cuando llamó por primera vez, le hicieron pasar al gran comedor familiar que daba a la parte trasera de la casa. Las ventanas delanteras estaban, por supuesto, cerradas, ya que se suponía que la familia no estaba en Londres. Aquí permaneció en la estancia un cuarto de hora y entonces la condesa descendió sobre él con toda su grandeza. Quizá nunca antes la había visto tan grandiosa. Su vestido era inmenso y crujió al atravesar el ancho umbral, como exigiendo un paso aún más amplio. Llevaba un sombrero prodigioso y un manto de terciopelo casi tan expansivo como sus enaguas. Echó la cabeza un poco hacia atrás al saludarle y él percibió al instante que estaba envuelto en los vapores de un afectuoso pero algo despreciativo patrocinio. En los viejos tiempos le había gustado la condesa, porque su trato con él siempre había sido halagador. En su relación con ella, él sentía que daba tanto como recibía y que la condesa era consciente de ello. En todas las circunstancias de su trato, la ascendencia había sido suya y, por tanto, el conocimiento había sido agradable. La condesa había sido una mujer de buen carácter y agradable, cuyo rango y posición habían hecho su casa grata para él; y por ello él había accedido a brillar sobre ella con la luz que tuviera para dar. ¿Por qué se había invertido el asunto ahora que había una causa mucho más fuerte para el afecto entre ellos? Sabía que existía tal cambio y, con amargos reproches internos, se reconoció a sí mismo que esta mujer se estaba imponiendo sobre él. Como amigo de la condesa, había sido un gran hombre a sus ojos; en todas sus palabritas y miradas ella había reconocido su poder; pero ahora, como yerno, se convertiría en un hombre muy pequeño... ¡como lo era Mortimer Gazebee!
—Mi querido Adolphus —dijo ella, tomándole ambas manos—, el día se acerca ya mucho, ¿verdad? —Mucho, en efecto —dijo él. —Sí, está muy cerca. Espero que se sienta un hombre feliz. —Oh, sí, por supuesto. —Debería ser así. Hablando muy en serio, quiero decir que debería ser algo natural. Ella es todo lo que un hombre puede desear en una esposa. No aludo ahora a su rango, aunque por supuesto siente usted la gran ventaja que ella le da en este aspecto.
Crosbie masculló algo sobre su conciencia de haber ganado un premio en la lotería; pero lo masculló de tal modo que no transmitió a los oídos de la dama un sentido adecuado de su gratitud dependiente.
—No conozco a hombre más afortunado de lo que ha sido usted —continuó ella—; y espero que mi querida hija compruebe que usted es plenamente consciente de ello. Creo que se la ve bastante agotada. Le ha permitido hacer más de lo que le convenía en cuanto a compras. —Ha hecho bastante, ciertamente —dijo Crosbie. —¡Está tan poco acostumbrada a nada de ese tipo! Pero, por supuesto, tal como han salido las cosas, era necesario que ella misma se ocupara de estos asuntos. —Más bien creo que le gustaba —dijo Crosbie. —Creo que siempre le gustará cumplir con su deber. Ahora mismo vamos a casa de Madame Millefranc para ver unas sedas; ¿quizá desee venir con nosotras?
Justo en ese momento Alexandrina entró en la habitación y parecía en todos los sentidos una edición más pequeña de su madre. Ambas eran mujeres corpulentas, con figuras grandes y gallardas, y un cierto aire que casi pasaba por belleza. En cuanto a la condesa, su rostro, de cerca, mostraba, como era de ley, profundos signos de la edad; pero se las arreglaba de tal modo que nunca se hacía tal inspección cercana; y su apariencia general para su tiempo de vida era ciertamente buena. Muy poco más que esto podía decirse a favor de su hija.
—Oh, Dios mío, no, mamá —dijo ella, habiendo oído las últimas palabras de su madre—. Es la peor persona del mundo en una tienda. No le gusta nada y nada le disgusta. ¿Verdad, Adolphus? —En absoluto. Me gustan todas las cosas baratas y me disgustan todas las caras. —Entonces ciertamente no vendrá con nosotras a casa de Madame Millefranc —dijo Alexandrina. —A él no le importaría allí, ya sabes, querida —dijo la condesa, pensando quizá en la sugerencia que le había hecho últimamente al señor Gazebee.
En esta ocasión Crosbie logró escapar, prometiendo simplemente volver a Portman Square por la noche después de cenar.
—A propósito, Adolphus —dijo la condesa, mientras él la ayudaba a subir al carruaje de alquiler que esperaba a la puerta—, desearía que fuera a Lambert’s, en Ludgate Hill, por mí. Tienen un brazalete mío desde hace casi tres meses. Hágalo, sea bueno. Recójalo si puede y tráigalo esta noche.
Crosbie, mientras regresaba a su oficina, juró que no cumpliría el encargo de la condesa. No se iría a patear la City tras sus baratijas. Pero a las cinco, cuando dejó la oficina, fue allí. Se disculpó ante sí mismo diciendo que no tenía otra cosa que hacer, y pensó que en este momento las sonrisas de su señora suegra podrían ser más convenientes que sus ceños fruncidos. Así que fue a Lambert’s, en Ludgate Hill, y allí supo que el brazalete había sido enviado al castillo de Courcy hacía ya dos meses cumplidos.
Después cenó en su club, en Sebright’s. Cenó solo, sentado sin estar ni mucho menos en la gloria, con su media pinta de jerez en la mesa ante él. De vez en cuando algún hombre se acercaba a hablarle, unos unas palabras y otros otras, y dos o tres le felicitaron por su boda; pero el club no era para él lo mismo que antes. No se plantaba en el centro de la alfombra, hablando con indiferencia a todos los que le rodeaban, listo con su chiste y alerta con las últimas noticias del día. Qué fácil es ver cuándo un hombre ha caído de su pedestal, por pequeña que fuera la altura y por ligera que fuera la caída. ¿Dónde está el hombre capaz de soportar tal caída sin mostrarlo en la cara, en la voz, en el paso y en cada movimiento de cada miembro? Crosbie sabía que había caído, y demostraba que lo sabía por la forma en que se comía su chuleta de cordero.
A las ocho y media estaba de nuevo en Portman Square y encontró a las dos damas amontonadas sobre un fuego pequeño en un saloncito trasero. Los muebles estaban todos cubiertos con fundas de lino marrón y el lugar tenía esa sensación fría y desolada que siempre producen las habitaciones deshabitadas. Crosbie, mientras caminaba desde el club hasta Portman Square, se había entregado a algunos pensamientos serios. El tipo de vida que había llevado hasta entonces ciertamente se le había escapado. Nunca más podría ser el mimado de un club ni ser consentido como aquel a quien se le dan todas las cosas buenas sin esfuerzo alguno por su parte para ganárselas. Tal había sido su buena suerte durante algunos años, pero tal ya no podía ser su fortuna. ¿Había algo a su alcance que pudiera tomar en lugar de lo que había perdido? Aún podía salir victorioso en su oficina, teniendo más capacidad para tal victoria que otros a su alrededor. Pero tal éxito por sí solo difícilmente le bastaría. Entonces consideró si no podría incluso ser feliz en su propio hogar; si Alexandrina, una vez separada de su madre, no podría convertirse en una esposa a la que pudiera amar. Nada ablanda tanto los sentimientos de un hombre como el fracaso, ni le hace volverse con tanta ansiedad hacia una idea de hogar como los embates de quienes encuentra fuera. Había abandonado a Lily porque su mundo exterior le había parecido demasiado brillante para ser dejado. Intentaría suplir su lugar con Alexandrina, porque su mundo exterior le parecía demasiado duro para ser soportado. ¡Ay, ay! ¡Un hombre no puede arrepentirse tan fácilmente de sus pecados y lavarse para quedar blanco de sus manchas!
Cuando entró en la habitación las dos damas estaban sentadas al fuego, como he dicho, y Crosbie pudo percibir de inmediato que el ánimo de la condesa no era sereno. De hecho, había habido unas palabras entre madre e hija sobre ese asunto del ajuar, y Alexandrina le había dicho claramente a su madre que si se iba a casar, lo haría con las prendas que le correspondían como hija de un conde. Fue en vano que su madre explicara con muchas frases circunloquiales que la adecuación en este aspecto debía acomodarse más al marido plebeyo que al noble progenitor. Alexandrina se había mantenido muy firme y había insistido en sus derechos, dándole a entender a la condesa que si no se cumplían sus pedidos de galas, regresaría soltera a Courcy y se prepararía para la vida en común con Rosina.
—Querida —decía la condesa, lastimosamente—, no tienes idea de por lo que tendré que pasar con tu padre. Y, por supuesto, podrías conseguir todas estas cosas después. —Papá no tiene derecho a tratarme de esta manera. Y si no quería darme dinero él mismo, debería haberme dejado tener algo del mío propio. —Ah, hija mía, eso fue culpa del señor Gazebee. —No me importa de quién fuera la culpa. Ciertamente no fue mía. No voy a permitir que él me diga —ese «él» pretendía significar Adolphus Crosbie— que tuvo que pagar mi ropa de boda. —Claro que eso no, querida. —No; ni tampoco las cosas que necesitaba inmediatamente. Preferiría ir y decirle ahora mismo que la boda debe posponerse.
Alexandrina, por supuesto, se salió con la suya, reflexionando la condesa con una devoción materna igual casi a la del pelícano que el conde no podría hacer más que matarla. Así que se encargaron las cosas como Alexandrina quiso encargarlas, y la condesa pidió que se enviaran las facturas al señor Gazebee. Mucha abnegación había mostrado la madre, pero la madre pensaba que ninguna había mostrado la hija y, por tanto, había estado muy malhumorada con Alexandrina.
Crosbie, tomando una silla, se sentó entre ambas y con tono muy buen humorado explicó el asuntillo del brazalete.
—La memoria de su señoría debe de haberle fallado —dijo él con una sonrisa. —Mi memoria es muy buena —dijo la condesa—; muy buena, en efecto. Si Twitch lo recibió y no me lo dijo, no fue culpa mía. —Twitch era la doncella de su señoría. Crosbie, viendo cómo estaban las cosas, no dijo nada más sobre el brazalete.
Después de un minuto o dos, extendió la mano para tomar la de Alexandrina. Iban a casarse ya en una semana o dos, y tal muestra de amor se le podría haber permitido, incluso en presencia de la madre de la novia. Logró asir sus dedos, pero no encontró en ellos nada de la suavidad de una respuesta.
—No lo hagas —dijo Lady Alexandrina, retirando la mano; y el tono de su voz al pronunciar la palabra no fue dulce para sus oídos. Recordó en aquel momento cierta escena que tuvo lugar una tarde en el puentecito de Allington, y la voz de Lily, y las palabras de Lily, y la pasión de Lily mientras él la acariciaba: «¡Oh, amor mío, amor mío, amor mío!».
—Querida —dijo la condesa—, ya saben lo cansada que estoy. Me pregunto si van a darnos algo de té.
Ante lo cual Crosbie tocó la campana y, al volver a sentarse, alejó su silla un poco más de su amada.
Poco después les trajeron el té la ayudante de la ama de llaves, que no parecía haberse arreglado mucho para la ocasión, y Crosbie pensó que estaba de más. Esto, sin embargo, fue un error por su parte. Como había sido admitido en la familia, tales asuntillos ya no eran motivo de cuidado. Dos o tres meses atrás, la condesa se habría desmayado ante la idea de que una doméstica así apareciera con una bandeja de té ante el señor Crosbie. Ahora, sin embargo, se mostraba totalmente indiferente a tal consideración. Crosbie iba a ser admitido en la familia, convirtiéndose por ello en acreedor de ciertos privilegios... y quedando por ello también sujeto a ciertos inconvenientes domésticos. En el pequeño hogar de la señora Dale no se había ascendido a la grandeza; pero tampoco se había caído nunca en la bajeza de la suciedad. En esto también pensó Crosbie mientras permanecía con el té en la mano.
Pronto, sin embargo, se marchó. Cuando se levantó para irse, Alexandrina también se levantó, y se le permitió presionar su nariz contra el pómulo de ella a modo de saludo.
—Buenas noches, Adolphus —dijo la condesa, tendiéndole la mano—. Pero espera un minuto; sé que hay algo que quiero que hagas por mí. Pásate cuando vayas a tu oficina mañana por la mañana.
Capítulo 41
Problemas domésticos
Cuando el señor Crosbie estaba haciendo su infructuosa indagación sobre el brazalete de Lady De Courcy en Lambert’s, John Eames entraba precisamente por la puerta principal de la casa de la señora Roper, en Burton Crescent.
—Oh, John, ¿dónde está el señor Cradell? —fueron las primeras palabras que le saludaron, pronunciadas por la divina Amelia. Ahora bien, en su práctica habitual de la vida, Amelia no se interesaba mucho por el paradero del señor Cradell.
—¿Dónde está Cradell? —dijo Eames, repitiendo la pregunta—. Palabra que no lo sé. Caminé hacia la oficina con él, pero no lo he visto desde entonces. No nos sentamos en la misma habitación, ya sabes. —¡John! —y entonces se detuvo. —¿Qué pasa ahora? —preguntó John. —¡John! Esa mujer se ha largado y ha dejado a su marido. Tan seguro como que te llamas John Eames, ese insensato se ha ido con ella. —¿Qué? ¿Cradell? No me lo creo. —Ella salió de esta casa a las dos de la tarde y no ha vuelto desde entonces.
Ciertamente, solo habían pasado cuatro horas desde ese momento, y una ausencia del hogar a mitad del día era una prueba muy débil para acusar a una mujer casada del gran pecado de fugarse con un amante. Amelia lo sentía así y, por lo tanto, procedió a explicarse.
—Él está ahí arriba, en el salón, hecho un vivo retrato de la desolación. —¿Quién? ¿Cradell? —Lupex. Me temo que ha bebido un poco; pero está muy infeliz, de verdad. Tenía una cita con su mujer aquí a las cuatro y, al llegar, se encontró con que se había ido. Subió corriendo a su habitación y ahora dice que ella ha forzado una caja que él tenía y se ha llevado todo su dinero. —Pero si él nunca ha tenido dinero. —Le pagó algo a mi madre anteayer. —Esa es precisamente la razón por la que no debería tener nada hoy. —Desde luego se ha llevado cosas que no se habría llevado si solo hubiera salido de compras o algo así, porque yo he subido a la habitación y he echado un vistazo. Tenía tres collares. No valían gran cosa, pero debe de llevarlos todos puestos, o bien se los ha metido en el bolsillo. —Cradell nunca se habría ido con ella de esa manera. Puede que sea un tonto... —Oh, lo es, ya lo sabes. Nunca he visto a un hombre tan tonto por una mujer como lo ha sido él. —Pero él no sería cómplice del robo de un montón de baratijas insignificantes, ni se llevaría el dinero de su marido. De hecho, no creo que tenga nada que ver con el asunto.
Entonces Eames reflexionó sobre las circunstancias del día y recordó que, ciertamente, no había visto a Cradell desde la mañana. Era costumbre de aquel funcionario público dejarse caer por el despacho de Eames a mitad del día para consumir allí pan, queso y cerveza —a pesar de una afirmación que Johnny había hecho una vez sobre migas de galleta bañadas en tinta—. Pero en este día especial no lo había hecho.
—No puedo creer que haya sido tan tonto —dijo Johnny. —Pues lo ha sido —insistió Amelia—. Ya es hora de cenar y ¿dónde está? ¿Le quedaba algo de dinero, Johnny?
Interrogado de tal modo, Eames reveló un secreto que le había confiado su amigo y que ninguna otra circunstancia habría logrado arrancar de su pecho.
—Ella le pidió prestadas doce libras hace unos quince días, justo después del día de cobro del trimestre. Y ya le debía dinero de antes. —¡Oh, qué lila! —exclamó Amelia—. ¡Y no le ha pagado ni un chelín a mi madre en los últimos dos meses! —Fue su dinero, quizá, lo que la señora Roper recibió de Lupex anteayer. Si es así, viene a ser lo mismo en lo que a ella respecta, ya sabes. —¿Y qué vamos a hacer ahora? —dijo Amelia mientras precedía a su amante escaleras arriba—. ¡Oh, John!, ¿qué será de mí si alguna vez me tratas así? ¿Qué haría yo si te fueras con otra dama? —Lupex no se ha ido —dijo Eames, que apenas sabía qué decir cuando el asunto se le planteaba con una referencia personal tan directa. —Pero es lo mismo —dijo Amelia—. Los corazones se dividen. Los corazones que se han unido nunca deberían dividirse, ¿verdad? —Y entonces se colgó de su brazo justo cuando llegaban a la puerta del salón. —Los corazones y las flechitas son tonterías —dijo Johnny—. Mi opinión es que a un hombre le conviene más no casarse nunca. ¿Cómo está, señor Lupex? ¿Ocurre algo?
El señor Lupex estaba sentado en una silla en medio de la habitación, con la cabeza inclinada sobre el respaldo. Su actitud era tan desalentadora que la cabeza se le habría caído y habría rodado por el suelo de haber seguido el curso que su dueño parecía pretender. Sus manos colgaban también a lo largo de las patas traseras de la silla, hasta que sus dedos casi tocaban el suelo; en conjunto, su apariencia era lánguida, decaída y compungida. La señorita Spruce estaba sentada en un rincón con las manos cruzadas en el regazo, y la señora Roper estaba de pie sobre la alfombra con un aire de severa virtud en el semblante; una virtud que, a juzgar por su aspecto, era muy severa. Y su severidad no pretendía ejercerse únicamente contra la señora Lupex. La señora Roper empezaba a estar muy cansada del señor Lupex también, y no se habría sentido infeliz si él también hubiera huido, dejando atrás los bienes suficientes para pagar su cuenta.
El señor Lupex no se movió cuando John Eames se dirigió a él por primera vez, pero se pudo observar un cierto movimiento convulsivo en la parte posterior de su cabeza, indicando que esta nueva llegada al salón había producido un nuevo acceso de agonía. La silla también tembló bajo él, y sus dedos se estiraron más cerca del suelo y se agitaron.
—Señor Lupex, vamos a cenar inmediatamente —dijo la señora Roper—. Señor Eames, ¿dónde está su amigo, el señor Cradell? —Palabra que no lo sé —dijo Eames. —¡Pero yo sí lo sé! —exclamó Lupex, saltando y poniéndose de pie en toda su estatura, mientras derribaba la silla que hasta entonces le servía de apoyo—. ¡El traidor a la dicha doméstica! Lo sé. Y dondequiera que esté, tiene a esa mujer pérfida en sus brazos. ¡Ojalá estuviera aquí!
Y al expresar este último deseo, hizo un movimiento con las manos y los brazos que parecía indicar que, si aquel desafortunado joven estuviera presente, lo despedazaría, lo doblaría, lo empaquetaría bien apretado y luego despacharía sus restos, a través del espacio infinito, hacia el Príncipe de las Tinieblas.
—¡Traidor! —exclamó al terminar el proceso—. ¡Falso traidor! ¡Vil traidor! ¡Y ella también!
Luego, al pensar en este lado más tierno del asunto, se dispuso a recaer de nuevo sobre la silla. Al encontrarla en el suelo, tuvo que levantarla. La levantó y, una vez más, dejó caer la cabeza hacia atrás sobre el respaldo y estiró las uñas casi hasta la alfombra.
—James —dijo la señora Roper a su hijo, que ya estaba en la habitación—, creo que será mejor que te quedes con el señor Lupex mientras cenamos. Venga, señorita Spruce, lamento mucho que tenga que verse molestada por este tipo de cosas. —A mí no me hace daño —dijo la señorita Spruce, disponiéndose a salir de la habitación—. No soy más que una vieja. —¡Molestada! —dijo Lupex, incorporándose de nuevo de su silla, no muy dispuesto, quizá, a quedarse arriba mientras abajo se comía la cena por la que se pretendía que él pagara algún día—. ¡Molestada! Es para mí un profundo pesar que cualquier dama se vea molestada por mis desgracias. En lo que respecta a la señorita Spruce, considero su carácter con profunda veneración. —No se preocupe por mí; no soy más que una vieja —dijo la señorita Spruce. —¡Pero, por el cielo, sí que me preocupo! —exclamó Lupex; y adelantándose, tomó a la señorita Spruce de la mano—. Siempre consideraré que la edad tiene derecho a...
Pero los privilegios especiales que el señor Lupex habría concedido a la edad nunca llegaron a conocerse por los habitantes de la pensión de la señora Roper, pues en ese momento se abrió de nuevo la puerta de la habitación y entró el señor Cradell.
—Aquí estás, amigo, para responder por ti mismo —dijo Eames.
Cradell, que había oído algo al entrar por la puerta principal, pero no sabía que Lupex estaba en el salón, dio un ligero respingo hacia atrás al ver el rostro de aquel caballero.
—Por mi palabra y mi honor... —empezó; pero no pudo llevar su discurso más allá. Lupex, soltando la mano de la anciana dama a la que veneraba, se lanzó sobre él en un instante, y Cradell temblaba bajo su agarre como una hoja de álamo; o más bien no como una hoja de álamo, a menos que una hoja de álamo, al temblar, se vea con los ojos cerrados, la boca abierta y la lengua fuera.
—Vamos, oiga —dijo Eames, adelantándose en ayuda de su amigo—; esto no puede ser, señor Lupex. Ha estado bebiendo. Será mejor que espere a mañana por la mañana y hable con Cradell entonces. —¡Mañana por la mañana, víbora! —gritó Lupex, sin soltar a su presa, pero mirando a Eames por encima del hombro. Quién era la víbora no había quedado claramente indicado—. ¿Cuándo me devolverá a mi esposa? ¿Cuándo me devolverá mi honor? —Por mi-mi-mi...
Por el momento, fue en vano que el pobre señor Cradell intentara asegurar su inocencia y empeñar su honor en su propia pureza respecto a la señora Lupex. Lupex seguía aferrado a la corbata de su enemigo, aunque Eames lo tenía ya por el brazo y dificultaba sus movimientos lo suficiente como para impedirle pasar a un ataque más grave.
—¡Jemima, Jemima, Jemima! —gritó la señora Roper—. ¡Corre a por la policía! ¡Corre a por la policía!
Pero Amelia, que tenía más presencia de ánimo que su madre, detuvo a Jemima cuando esta se dirigía a una de las ventanas delanteras.
—Quédate donde estás —dijo Amelia—. Se calmarán en un minuto o dos.
Y Amelia, sin duda, tenía razón. Llamar a la policía cuando hay una riña en la casa es como avisar a los bomberos cuando arde el hollín en la chimenea de la cocina. En tales casos, una buena gestión permite que el hollín se consuma por sí solo sin ayuda de las mangueras. En la presente ocasión no se llamó a la policía, y me inclino a pensar que su presencia no habría sido ventajosa para ninguna de las partes.
—Por mi honor... no sé nada de ella —fueron las primeras palabras que Cradell pudo articular cuando Lupex, convencido por Eames, relajó al fin su presión.
Lupex se volvió hacia la señorita Spruce con una mueca sardónica.
—Oye sus palabras... este enemigo de la dicha doméstica... ¡Ja, ja! ¡Hombre, dime adónde te has llevado a mi esposa! —Aunque me diera el Banco de Inglaterra, no lo sabría —dijo Cradell.
—Y estoy segura de que no lo sabe —dijo la señora Roper, cuyas sospechas contra Cradell empezaban a remitir. Pero a medida que disminuían sus sospechas, también lo hacía su respeto por él. Lo mismo les ocurría a la señorita Spruce, a Amelia y a Jemima. Todas habían pensado que era un gran necio por fugarse con la señora Lupex, pero ahora empezaban a pensar que era un pobre diablo porque no lo había hecho. De haber cometido esa locura activa, habría sido un necio interesante. Pero ahora, si, como todas sospechaban, no sabía más de la señora Lupex que ellas, no pasaba de ser un necio sin ningún interés especial.
—Por supuesto que no lo sabe —dijo Eames. —Ni más que yo —añadió Amelia. —Su propia cara demuestra su inocencia —sentenció la señora Roper. —Desde luego que sí —asintió la señorita Spruce.
Lupex se volvía de una a otra mientras defendían al hombre de quien sospechaba, y sacudía la cabeza ante cada afirmación.
—Y si él no lo sabe, ¿quién entonces? —preguntó—. ¿Acaso no lo he visto todo durante los últimos tres meses? ¿Es razonable suponer que una criatura como ella, acostumbrada a las comodidades domésticas toda su vida, se haya largado de esta manera, a la hora de cenar, llevándose mis bienes y todas sus joyas, sin que nadie la haya instigado; sin que nadie la haya ayudado! ¡Menudo cuento para venir a contármelo a mí! ¡A otro perro con ese hueso!
Mientras pronunciaba este discurso, el señor Lupex caminaba por la habitación y, al terminar, arrojó su pañuelo con violencia al suelo.
—Sé lo que tengo que hacer, señora Roper —dijo—. Sé qué medidas tomar. Mañana por la mañana pondré el asunto en manos de mi abogado.
Luego recogió su pañuelo y bajó al comedor.
—¿Seguro que no sabes nada del asunto? —le preguntó Eames a su amigo, tras subir corriendo un momento para hablar con él mientras este se lavaba las manos. —¿Qué... de Maria? No sé dónde está, si te refieres a eso. —Claro que me refiero a eso. ¿A qué si no? ¿Y por qué narices la llamas Maria? —Está mal. Admito que está mal. Pero es que el nombre me sale solo, ya sabes. —¡Te sale solo! Te diré lo que hay, amigo: te vas a meter en un lío, y todo por nada. Ese tipo te denunciará ante la policía por robarle sus cosas... —Pero, Johnny... —Lo sé todo. Por supuesto que no las has robado, y por supuesto que no había nada que robar. Pero si sigues llamándola Maria, verás cómo te acaba pillando por algún lado. Los hombres no llaman a las mujeres de otros por su nombre de pila así como así. —Es que hemos sido amigos —dijo Cradell, a quien más bien le gustaba ese enfoque del asunto. —¡Sí, amigos! Te ha soplado el dinero, y ahí empieza y termina la historia. Y ahora, si sigues haciendo gala de tu amistad, te sacará más dinero todavía. Estás haciendo el ridículo. Así de claro. —¿Y qué has hecho tú con esa chica? Hay ridículos peores que el mío, amigo Johnny.
Eames, al no tener respuesta preparada para este contraataque, abandonó la habitación y bajó las escaleras. Cradell le siguió al poco rato, y en unos minutos estaban todos cenando juntos en la hospitalaria mesa de la señora Roper.
Inmediatamente después de la cena, Lupex se marchó, y la conversación arriba se volvió general sobre el tema de la partida de la dama.
—Si yo fuera él, no preguntaría ni una vez por ella; dejaría que se fuera —dijo Amelia. —Sí; y luego tendrías todas sus facturas persiguiéndote por donde fueras —dijo el hermano de Amelia. —Antes preferiría sus facturas que a ella misma —añadió Eames. —Mi opinión es que ha sido una mujer maltratada —opinó Cradell—. Si hubiera tenido un marido al que pudiera respetar y amar, y todo eso, habría sido una mujer encantadora. —Ella es exactamente tan mala como él —cortó la señora Roper. —No puedo estar de acuerdo con usted, señora Roper —continuó el paladín de la dama—. Quizá yo comprenda su situación mejor que nadie aquí, y... —Pues eso es precisamente lo que no debería hacer, señor Cradell —dijo la señora Roper.
Y entonces la dueña de la casa expresó lo que pensaba con mucha dignidad maternal y cierta severidad femenina:
—Eso es precisamente lo que un joven como usted no tiene por qué saber. ¿Qué le va a usted una mujer casada así, o ella a usted; o qué tiene usted que ver con comprender su situación? Cuando tenga su propia esposa, si es que alguna vez la tiene, ya verá que tendrá problemas de sobra sin necesidad de que nadie se entrometa. No es que no crea que es usted inocente como un cordero respecto a la señora Lupex; es decir, en lo que a maldad se refiere. Pero se ha metido en todo este lío por entrometido, y casi acaba usted estrangulado ahí arriba por ese hombre. ¿Y quién se va a extrañar cuando se pasa el día fingiendo estar enamorado de una mujer de esa manera, y ella con edad para ser su madre? ¿Qué diría su mamá si le viera en esas?
—¡Ja, ja, ja! —rio Cradell. —Ríase lo que quiera, pero odio estas tonterías. Si veo a un joven enamorado de una joven, le respeto por ello —y entonces miró a Johnny Eames—. Le respeto... aunque de vez en cuando haga cosas que no deba. Casi todos lo hacen. Pero ver a un joven como usted, señor Cradell, andando tras una mujer casada y mayor, que no sabe comportarse, y solo porque ella se deja... ¡uf! ¡Un palo de escoba con enaguas le serviría igual! Me pone enferma verlo, de verdad se lo digo. No me parece de hombres; y no lo es, ¿verdad, señorita Spruce?
—Por supuesto, yo no sé nada de eso —dijo la dama a quien iba dirigida la pregunta—. Pero un joven caballero debería guardarse para sí mismo hasta que llegue el momento de hablar claro... con perdón sea dicho, señor Cradell. —Yo no veo qué puede querer una mujer casada con nadie que ande tras ella que no sea su propio marido —sentenció Amelia. —Y quizá ni siquiera eso siempre —remató John Eames.
Pasó cerca de una hora cuando sonó el timbre de la puerta principal, y un grito de Jemima les anunció a todos que algún momento crítico había llegado. Amelia, de un salto, abrió la puerta y se oyó el crujir de un vestido de mujer en las escaleras de abajo.
—¡Ay, señora!, ¡vaya susto que nos ha dado! —dijo Jemima—. Todos pensábamos que se había escapado. —Es la señora Lupex —dijo Amelia.
Y en dos minutos más, la "maltratada" dama estaba en la habitación.
—Bueno, queridas —dijo ella alegremente—, espero que nadie haya esperado para cenar. —No; no hemos esperado —respondió la señora Roper con mucha gravedad. —¿Y dónde está mi Orson? ¿No cenó en casa? Señor Cradell, ¿sería tan amable de tomar mi chal? Pero quizá sea mejor que no. La gente es tan criticona, ¿verdad, señorita Spruce? Que lo haga el señor Eames; todo el mundo sabe que con él no hay peligro. ¿Verdad, señorita Amelia? —Ninguno, supongo —dijo Amelia.
Y la señora Lupex comprendió que no debía buscar una aliada en ese bando en la presente ocasión. Eames se levantó para coger el chal y la señora Lupex continuó:
—¿Y no cenó Orson en casa? Quizá le entretuvieron en el teatro. Pero he estado pensando todo el día en la gracia que le haría cuando pensara que su pajarillo había volado. —Sí cenó en casa —dijo la señora Roper—; y no pareció hacerle ninguna gracia. No hubo mucha diversión, se lo aseguro. —¡Ah!, ¿no la hubo? Creo que a ese hombre le gustaría tenerme atada a su ojal. Me encontré con unas cuantas amistades... amigas, señor Cradell, aunque dos de ellas venían con sus maridos; así que formamos un grupo y nos fuimos a Hampton Court. ¿Conque mi caballero se ha vuelto a ir? Eso es lo que gano por andar de picos pardos, ¿verdad, señorita Spruce?
La señora Roper, al irse a la cama esa noche, decidió que, costara lo que costara, no perdería más tiempo en deshacerse de sus huéspedes casados.
Capítulo 42
El lecho de Lily
La constitución de Lily Dale era buena y su recuperación no se vio empañada por recaídas ni debilidades persistentes; no obstante, se vio obligada a guardar cama durante muchos días después de que la fiebre la abandonara. Durante todo este periodo, el doctor Crofts acudió cada día. Fue en vano que la señora Dale le suplicara que no lo hiciera, diciéndole con palabras sencillas que se sentía obligada a no aceptar de él tal continuación de sus trabajos no remunerados ahora que la necesidad absoluta había pasado. Él le respondía solo con pequeñas bromas, o no respondía en absoluto; pero seguía viniendo a diario, casi siempre a la misma hora, justo cuando el día declinaba, de modo que pudiera sentarse un cuarto de hora en el crepúsculo y luego cabalgar de vuelta a Guestwick en la oscuridad. Para entonces, Bell ya había sido admitida en la habitación de su hermana y siempre coincidía con el doctor Crofts junto al lecho de Lily; pero nunca volvieron a estar solos desde el día en que él le ofreció su amor con palabras a medio articular y ella lo rechazó con palabras también a medio articular. Le había visto a solas desde entonces, en las escaleras o de pie en el vestíbulo, pero no se había quedado con él charlando a su vieja usanza, y no se había vuelto a pronunciar palabra alguna sobre su amor, ni a medias ni del todo articulada.
Tampoco Bell había contado lo sucedido a nadie más. Lily probablemente se lo habría dicho a su madre y a su hermana al instante; pero una escena como la que había tenido lugar con Bell no habría sido posible con Lily. Fuera cual fuera el resultado, con ella habría habido ciertamente un relato claro que contar al terminar la entrevista. Habría sabido si amaba o no al hombre, o si podría amarle, y le habría dado una respuesta sincera e inteligible. Bell no lo había hecho, sino que le había dado una respuesta que, de ser cierta, no era inteligible, y de ser inteligible, no era cierta. Y sin embargo, cuando se retiraba a reflexionar sobre lo pasado, se sentía feliz, satisfecha y casi triunfante. Nunca se había preguntado si esperaba algo más del doctor Crofts, ni qué podría ser ese «algo más», ¡y sin embargo era feliz!
Lily se había vuelto ahora impertinente y picante en su cama, adoptando esos airecillos que se le permiten a un convaleciente como compensación por el sufrimiento y la reclusión previos. Fingía mucha ansiedad por el tema de su comida y declaraba que saldría tal o cual día, por muy imperioso que se pusiera el doctor Crofts. «Es un viejo salvaje, después de todo —le dijo a su hermana una tarde, después de que él se hubiera ido—, y tan malo como el resto de ellos».
—No sé quiénes son «el resto de ellos» —dijo Bell—, pero al menos no es muy viejo. —Ya sabes lo que quiero decir. Es tan gruñón como el doctor Gruffen y cree que todo el mundo tiene que hacer lo que él diga. Por supuesto, tú te pones de su parte. —Y por supuesto que debería hacerlo, viendo lo bueno que ha sido. —Y por supuesto que yo también lo haría, ante cualquiera que no fueras tú. Me encanta hablar mal de él contigo. —¡Lily, Lily! —Es verdad. Es tan difícil sacarte una chispa que, cuando uno encuentra por fin dónde está el pedernal, no puede evitar martillearlo. ¿A qué venía eso de que no debo levantarme el domingo? Por supuesto que me levantaré si me apetece. —¿No si mamá te pide que no lo hagas? —Oh, pero ella no lo hará, a menos que él interfiera y se lo dicte. ¡Oh, Bell, qué tirano sería si estuviera casado! —¿Tú crees? —¡Y qué sumisa serías tú si fueras su mujer! Es una lástima enorme que no estéis enamorados el uno del otro; es decir, si es que no lo estáis. —Lily, creía que había una promesa entre nosotras sobre ese tema. —¡Ah! Pero eso era en otros tiempos. Todo ha cambiado desde que se hizo esa promesa... el mundo entero ha cambiado. —Al decir esto, su tono de voz cambió y se volvió casi triste—. Siento que ahora se me debería permitir hablar de lo que me plazca. —Y lo harás, si eso te hace feliz, cielo mío. —Ya ves cómo es, Bell; nunca volveré a tener nada propio de lo que hablar. —Oh, cariño, no digas eso. —Pero es así, Bell; ¿y por qué no decirlo? ¿Crees que no me lo digo a mí misma en las horas en que estoy sola, dándole vueltas... pensando, pensando, pensando? No debes... no debes guardarme rencor por dejarme hablar de ello a veces. —No te guardaré rencor por nada; solo que no puedo creer que deba ser así siempre. —Pregúntate, Bell, cómo sería para ti. Pero a veces imagino que me mides con una vara distinta a la tuya. —Ciertamente lo hago, porque sé cuánto mejor eres tú. —No soy tan buena como para ser capaz de olvidar todo aquello. Sé que nunca lo haré. Me he hecho a la idea con claridad y con absoluta certeza. —¡Lily, Lily, Lily! Por favor, no hables así. —Pero lo hago. Y sin embargo no he estado muy alicaída ni melancólica, ¿verdad, Bell? Creo que merezco un poco de mérito y, sin embargo, declaro que no me concedes ni el más mínimo privilegio en el mundo. —¿Qué privilegio querrías que te diera? —Hablar del doctor Crofts. —Lily, eres una tirana malvada, muy malvada. —Y Bell se inclinó sobre ella, se dejó caer en sus brazos y la besó, ocultando su propio rostro en la penumbra del atardecer. Después de aquello, quedó aceptado entre ambas el entendimiento de que Bell no era del todo indiferente al doctor Crofts.
—Ya has oído lo que ha dicho, cariño —dijo la señora Dale al día siguiente, mientras las tres estaban en la habitación después de que el doctor se marchara. La señora Dale estaba a un lado de la cama y Bell al otro, mientras Lily las reñía a ambas—. Puedes levantarte una hora o dos mañana, pero él cree que es mejor que no salgas de la habitación. —¿De qué serviría eso, mamá? Estoy tan cansada de mirar siempre el mismo papel de la pared. Es un papel tan aburrido. Te hace contar el dibujo una y otra vez. Me pregunto cómo podéis vivir aquí. —Me he acostumbrado, ya ves. —Yo nunca podré acostumbrarme a este tipo de cosas; no hago más que contar, y contar, y contar. Os diré lo que me gustaría; y estoy segura de que sería lo mejor, además. —¿Y qué te gustaría? —preguntó Bell. —Simplemente levantarme mañana a las nueve e ir a la iglesia como si no hubiera pasado nada. Luego, cuando el doctor Crofts viniera por la tarde, le diríais que estaba en la escuela. —Yo no aconsejaría tal cosa —dijo la señora Dale. —Se llevaría un susto delicioso. Y cuando viera que no me moría inmediatamente, como por supuesto debería hacer según las reglas, se sentiría indignado. —Sería muy desagradecido, como poco —dijo Bell. —No lo sería en absoluto. No tiene por qué venir, si no quiere. Y no creo que venga a verme a mí para nada. Está muy bien que me mires así, mamá, pero estoy segura de que es verdad. Y os diré lo que haré: fingiré que vuelvo a estar mal, de lo contrario a ese pobre hombre le robarán su única felicidad. —Supongo que debemos permitirle decir lo que quiera hasta que se cure —dijo la señora Dale riendo. Estaba casi oscuro y la señora Dale no vio que la mano de Bell se había deslizado bajo las mantas para apretar la de su hermana—. Es verdad, mamá —continuó Lily—, y la desafío a que lo niegue. Le perdonaría que me mantuviera en cama si tan solo consiguiera que ella se enamorara de él. —Ha hecho un trato, mamá —dijo Bell—: puede decir lo que quiera hasta que se cure. —Puedo decir lo que quiera siempre; ese fue el trato, y pienso mantenerlo.
Al domingo siguiente Lily se levantó, pero no salió del dormitorio de su madre. Allí estaba, sentada en ese estado medio digno y medio lujoso que corresponde al primer levantamiento de un enfermo, cuando el doctor Crofts pasó a verla. Allí se había comido su minúsculo trozo de cordero asado y había llamado a su madre vieja tacaña porque no le permitió ni un bocado más; y allí se había bebido su media copa de oporto, fingiendo que estaba malísimo y que era dos veces peor que las pócimas del médico; y allí, aunque fuera domingo, había disfrutado plenamente de la última hora de luz leyendo esa exquisita novela nueva que acababa de publicarse entre las discordantes críticas de jóvenes y ancianos del público lector.
—Estoy convencida de que ella hizo bien en aceptarle, Bell —dijo, cerrando el libro mientras la luz se desvanecía y empezando a alabar la historia. —Era lo lógico —dijo Bell—. En las novelas siempre está bien. Por eso no me gustan. Son demasiado dulces. —Por eso me gustan a mí, porque son muy dulces. Un sermón no sirve para decirte lo que eres, sino lo que deberías ser; y una novela no debería decirte lo que vas a conseguir, sino lo que te gustaría conseguir. —Si es así, entonces prefiero volver a la vieja escuela y que la heroína sea una heroína de verdad, caminando desde Edimburgo hasta Londres y cayendo en manos de ladrones; o cuidando a un héroe herido y describiendo la batalla desde la ventana. Nos hemos cansado de eso, o quizá la gente que escribe hoy en día ya no sabe hacerlo. Pero si vamos a tener la vida real, que sea real. —¡No, Bell, no! —dijo Lily—. La vida real a veces es tan dolorosa... —Entonces su hermana, en un instante, se arrodilló a sus pies en el suelo, besando su mano y acariciando sus rodillas, rogando que la herida cicatrizara.
Aquella mañana Lily había logrado inducir a su hermana a que le contara todo lo que el doctor Crofts le había dicho. Bell tenía la intención de contarle también todo lo que ella misma había dicho; pero al llegar a esa parte de la historia, su relato fue muy cojo. «Creo que no dije nada», confesó. «Pero el que calla otorga. Él lo sabrá», había replicado Lily.
—No, no lo sabrá; mi silencio no otorgó ningún consentimiento, estoy segura de eso. Y él tampoco pensó que lo hiciera. —¿Pero no pretendías rechazarle? —Creo que sí. Creo que no sabía lo que pretendía; y era más seguro, por tanto, parecer un «no» que parecer un «sí». Si no lo dije, estoy segura de que lo expresé con la mirada. —¿Pero no le rechazarías ahora? —preguntó Lily. —No lo sé —dijo Bell—. Parece como si necesitara años para decidirme; y él no volverá a pedírmelo.
Bell seguía a los pies de su hermana, acariciándolos y rogando con todo su corazón que aquella herida sanara a su debido tiempo, cuando la señora Dale entró y anunció la visita diaria del doctor. «Entonces me voy», dijo Bell.
—Desde luego que no —dijo Lily—. Viene simplemente a hacer una visita de cortesía y nadie tiene por qué huir. Ahora, doctor Crofts, no hace falta que venga a plantarse sobre mí con su reloj, porque no dejaré que me toque la mano excepto para saludarnos. —Y le tendió la mano—. Y todo lo que sabrá de mi lengua lo aprenderá por el sonido. —No me interesa lo más mínimo su lengua. —Seguro que no, y sin embargo puede que algún día sí le interese. Puedo hablar claro si quiero, ¿verdad, mamá? —Supongo que el doctor Crofts ya lo sabe a estas alturas, querida. —No lo sé. Hay cosas que a los caballeros les cuesta mucho aprender. Pero siéntese, doctor Crofts, y póngase cómodo y sea cortés; porque debe entender que aquí ya no es el amo. Ya estoy levantada y su reinado ha terminado. —Esa es la gratitud del mundo, siempre igual —dijo la señora Dale. —¿Quién es agradecido con un médico? Solo te cura para poder triunfar sobre algún otro colega y declarar, al pasar por la puerta del doctor Gruffen: «¡Vaya!, si la hubiera atendido usted, ya estaría muerta, o llevaría enferma doce meses». ¿Acaso no salta usted de alegría cuando mueren los pacientes del doctor Gruffen? —Por supuesto que sí... en medio de la plaza del mercado, para que todo el mundo me vea —dijo el médico. —Lily, ¿cómo puedes decir cosas tan horribles? —dijo su hermana.
Entonces el doctor se sentó y estuvieron todos muy a gusto junto al fuego, hablando de cosas que no eran médicas, o que solo lo eran a medias. Poco a poco la conversación derivó hacia la señora Eames y John Eames. Hacía dos o tres días, Crofts le había contado a la señora Dale lo sucedido en la estación de tren, de lo cual ella no sabía nada hasta entonces. La señora Dale, al asegurarse de que el joven Eames le había dado una paliza tremenda a Crosbie —así describían el encuentro las noticias que se habían confirmado en Guestwick—, no pudo evitar un aplauso.
—¡Querido muchacho! —dijo, casi involuntariamente—. ¡Querido muchacho! ¡Salió de la honestidad de su corazón! —Y entonces dio instrucciones especiales al doctor (instrucciones que seguramente eran innecesarias) de que no se susurrara ni una palabra del asunto delante de Lily.
—Ayer estuve en la mansión —dijo el doctor—, y el conde no quería hablar de otra cosa que del amigo Johnny. Dice que es el mejor tipo que existe. —Ante lo cual, la señora Dale le tocó con el pie, temiendo que la conversación se desviara hacia la proeza de Johnny. —Me alegro mucho —dijo Lily—. Siempre supe que al final descubrirían quién es John. —Y Lady Julia le tiene el mismo aprecio —añadió el doctor. —¡Vaya por Dios! —exclamó Lily—. ¡Imaginaos que terminan casándose! —Lily, ¿cómo puedes ser tan absurda? —A ver... ¿qué parentesco tendría con nosotros? Ciertamente sería el tío de Bernard y el medio cuñado del tío Christopher. ¿No sería extraño? —Bastante —dijo la señora Dale. —Espero que sea amable con Bernard. ¿Tú no, Bell? ¿Va a dejar la Oficina del Impuesto sobre la Renta, doctor Crofts? —No he oído que eso esté decidido aún. —Y así siguieron hablando de John Eames. —Bromas aparte —dijo Lily—, me alegra mucho que Lord De Guest le haya tomado bajo su protección. No porque crea que un conde sea mejor que nadie, sino porque demuestra que la gente empieza a comprender que tiene algo valioso dentro. Siempre dije que los que se reían de John le verían levantar la cabeza todavía.
Todas estas palabras calaron hondo en la mente de la señora Dale. ¡Si tan solo, en un futuro cercano, su hija predilecta pudiera aprender a amar a este nuevo joven héroe! Pero, ¿no jugaría aquella última hazaña heroica suya totalmente en contra de cualquier posibilidad de tal amor?
—Y ahora será mejor que me vaya —dijo el doctor, levantándose de su silla. En ese momento Bell había salido de la habitación, pero la señora Dale seguía allí. —No tiene por qué tener tanta prisa, especialmente esta tarde —dijo Lily. —¿Por qué especialmente esta tarde? —Porque será la última. Siéntese otra vez, doctor Crofts. Tengo un pequeño discurso que dedicarle. He estado preparándolo toda la mañana y debe darme la oportunidad de pronunciarlo. —Vendré pasado mañana y lo escucharé entonces. —Pero yo decido, señor, que debe escucharlo ahora. ¿Acaso no debo ser obedecida ahora que ocupo mi propio trono por primera vez? Querido, querido doctor Crofts, ¿cómo voy a agradecerle todo lo que ha hecho? —¿Cómo vamos a agradecérselo cualquiera de nosotros? —dijo la señora Dale. —Odio los agradecimientos —dijo el médico—. Una sola mirada amable vale por todos ellos, y he tenido muchas en esta casa. —Tiene usted el amor de nuestros corazones, en cualquier caso —dijo la señora Dale. —¡Que Dios os bendiga a todas! —dijo él, disponiéndose a partir. —Pero aún no he pronunciado mi discurso —dijo Lily—. Y a decir verdad, mamá, tienes que marcharte o nunca seré capaz de hacerlo. Es muy impropio, lo sé, eso de echarte, pero solo me llevará tres minutos.
Entonces la señora Dale, con alguna broma ligera, salió de la habitación; pero al hacerlo, su mente no estaba del todo tranquila. ¿Debía haberse ido, dejando a la discreción de Lily las palabras que considerara oportuno decir al doctor Crofts? Hasta entonces nunca había dudado de sus hijas, ni siquiera de su discreción; y por eso le resultó natural irse cuando se lo pidieron. Pero mientras bajaba las escaleras, tenía sus dudas de si estaba actuando bien o no.
—Doctor Crofts —dijo Lily en cuanto estuvieron solos—, siéntese ahí, cerca de mí. Quiero hacerle una pregunta. ¿Qué fue lo que le dijo a Bell cuando estuvo a solas con ella la otra tarde en el salón?
El doctor se quedó un momento sin responder, y Lily, que le observaba de cerca, pudo ver por la luz del fuego que se había sobresaltado, que casi se había estremecido ante la pregunta.
—¿Qué le dije? —repitió sus palabras en voz muy baja—. Le pregunté si podía amarme y ser mi esposa. —¿Y qué respuesta le dio ella? —¿Qué respuesta me dio? Simplemente me rechazó. —No, no, no; no le crea, doctor Crofts. No fue así... creo que no fue así. Fíjese bien, no puedo decir nada en su nombre. Ella no me ha confesado lo que piensa. Pero si de verdad la ama, estaría loca si le rechazara. —La amo, Lily; eso al menos es cierto. —Entonces vuelva a intentarlo. Hablo por mí misma ahora. No puedo permitirme perder a un hermano como el que usted sería. Le quiero tanto que no puedo prescindir de usted. Y ella... creo que aprenderá a amarle como usted desea ser amado. Conoce su carácter, lo silenciosa que es y lo poco que le gusta hablar de sí misma. No me ha confesado nada excepto esto: que usted le habló y la pilló por sorpresa. ¿Vamos a tener otra oportunidad? Sé lo mal que hago al hacer tal pregunta. Pero, después de todo, ¿no es la verdad lo mejor? —¡Otra oportunidad! —Sé lo que quiere decir, y creo que ella es digna de ser su esposa. Lo creo de verdad; y si es así, debe ser muy digna. No me delatará, ¿verdad, doctor? —No, no te delataré. —¿Y lo intentará de nuevo? —Sí; lo intentaré de nuevo. —¡Que Dios le bendiga, hermano mío! Espero... espero que llegue a ser mi hermano. —Entonces, mientras él le tendía la mano una vez más, ella levantó la cabeza hacia él y él, inclinándose, la besó en la frente—. Dile a mamá que venga —fueron las últimas palabras que pronunció mientras él salía por la puerta.
—Así que ya has pronunciado tu discurso —dijo la señora Dale. —Sí, mamá. —Espero que haya sido un discurso discreto. —Espero que sí, mamá. Pero me ha dejado tan cansada que creo que me iré a la cama. ¿Sabes? No creo que hoy hubiera sido de mucha ayuda en la escuela.
Entonces la señora Dale, en su ansiedad por reparar cualquier daño que pudiera haberle causado a su hija el exceso de esfuerzo, omitió cualquier mención posterior al discurso de despedida.
El doctor Crofts, mientras cabalgaba hacia casa, disfrutó poco del triunfo de un amante afortunado. «Puede que ella tenga razón —se decía a sí mismo—; y, en cualquier caso, volveré a pedírselo». No obstante, aquel «no» que Bell había pronunciado, y que había repetido, seguía sonando en sus oídos áspero y concluyente. Hay hombres para quienes un repique de negativas resonando en sus oídos nunca suena a un verdadero rechazo, y otros para quienes la palabra una vez pronunciada, por muy suavemente que se susurre, llega como si fuera un veredicto inmutable de un tribunal supremo.
Capítulo 43
¡Qué escándalo!
¿Recordará algún lector los amores —no, amores no; esa palabra está tan mal empleada que sería incapaz de despertar el recuerdo de nadie; digamos mejor los flirteos— de Lady Dumbello y el señor Plantagenet Palliser? Aquellos devaneos, tal como se habían desarrollado en el castillo de Courcy, quedaron expuestos con todas sus enormidades ante el ojo del público, y hay que confesar que, si el ojo del público se escandalizó, es que era un ojo que se escandalizaba con mucha facilidad.
Pero el ojo del público se escandalizó, y la gente que era tiquismiquis con la moral dijo cosas muy extrañas. La propia Lady De Courcy dijo cosas muy raras, sacudiendo la cabeza y soltando palabras misteriosas; mientras que Lady Clandidlem habló con mucha más franqueza, declarando su opinión de que Lady Dumbello se habría fugado antes de mayo. Ambas coincidían en que no sería del todo malo para Lord Dumbello perder a su esposa, pero sacudían la cabeza con tristeza cuando hablaban del pobre Plantagenet Palliser. En cuanto al destino de la dama —aquella a quien ambas casi habían adorado durante los días en el castillo de Courcy—, no parecían preocuparse mucho por eso.
Y debe admitirse que el señor Palliser había sido un poco imprudente —imprudente, claro está, si sabía algo de los rumores que circulaban—, dado que poco después de su visita a Courcy se había marchado a la residencia de Lady Hartletop en Shropshire, donde los Dumbello pensaban pasar el invierno, y al marcharse había expresado su intención de regresar en febrero. Los Hartletop le habían insistido mucho; una insistencia que vino con especial fuerza de parte de Lord Dumbello. Por lo tanto, es razonable suponer que los Hartletop, al menos, no habían oído el rumor.
El señor Plantagenet Palliser pasó las Navidades con su tío, el Duque de Omnium, en el castillo de Gatherum. Es decir, llegó al castillo a tiempo para la cena de Nochebuena y se marchó la mañana siguiente al día de Navidad. Esto iba de acuerdo con la práctica habitual de su vida, y los arrendatarios, dependientes y seguidores del interés de los Omnium siempre se deleitaban al ver esta manifestación de un sano sentimiento familiar y doméstico inglés entre el duque y su sobrino. Pero el intercambio entre ellos en tales ocasiones solía ser insignificante. El duque sonreía mientras tendía su mano derecha a su sobrino y decía:
—¿Y bien, Plantagenet? Muy ocupado, supongo.
El duque era el único ser vivo que le llamaba Plantagenet a la cara, aunque había decenas de hombres que hablaban de «Planty Pal» a sus espaldas. El duque había sido el único ser vivo en llamarlo así. Esperemos que siguiera siendo así y que no hubiera surgido ninguna excepción femenina, peligrosa por naturaleza e impropia por sus circunstancias.
—¿Y bien, Plantagenet? —dijo el duque en esta ocasión—. Muy ocupado, supongo. —Sí, en efecto, duque —dijo el señor Palliser—. Cuando un hombre se pone el arnés, no se libra de él fácilmente.
El duque recordó que su sobrino había hecho casi el mismo comentario en su última visita navideña.
—A propósito —dijo el duque—, quiero decirte un par de palabras antes de que te vayas.
Tal propuesta por parte del duque era una gran desviación de su práctica habitual, pero el sobrino, por supuesto, se comprometió a obedecer los deseos de su tío.
—Le veré antes de la cena de mañana —dijo Plantagenet. —Ah, hazlo —dijo el duque—. No te robaré ni cinco minutos.
Y a las seis de la tarde del día siguiente, ambos estaban encerrados en el despacho privado del duque.
—No supongo que haya mucho de cierto en ello —empezó el duque—, pero la gente habla de ti y de Lady Dumbello. —A fe mía que la gente es muy amable. —Y el señor Palliser pensó en el hecho —porque ciertamente era un hecho— de que la gente, durante muchísimos años, había hablado de su tío y de la suegra de Lady Dumbello. —Sí; bastante amable, ¿verdad? Acabas de venir de Hartlebury, creo. —Hartlebury era la sede del marqués de Hartletop en Shropshire. —Sí, así es. Y volveré allí en febrero. —Ah, lo lamento. No es que pretenda, por supuesto, interferir en tus planes. Reconocerás que no lo he hecho a menudo, en ningún asunto. —No; no lo ha hecho —dijo el sobrino, consolándose con la seguridad interna de que tal interferencia por parte de su tío habría sido imposible. —Pero en esta ocasión me convendría, y realmente creo que a ti también te convendría, que estuvieras en Hartlebury lo menos posible. Has dicho que irías, y por supuesto irás. Pero si yo fuera tú, no me quedaría más de un día o dos.
El señor Plantagenet Palliser recibía todo lo que tenía en el mundo de su tío. Ocupaba su escaño en el Parlamento gracias al interés de su tío, y recibía una asignación de no sé cuántos miles al año que su tío podría cortar mañana mismo con una sola palabra. Era el heredero de su tío, y el ducado, con ciertas propiedades vinculadas, debía recaer finalmente en él, a menos que su tío se casara y tuviera un hijo. Pero la mayor parte de las propiedades del duque no estaban vinculadas; el duque probablemente viviría otros veinte años o más; y era muy posible que, si se ofendía, se casara y fuera padre. Podría decirse que ningún hombre podía depender más de otro de lo que Plantagenet Palliser dependía de su tío; y podría decirse también que ningún padre o tío molestaba menos a su heredero con interferencias. Sin embargo, el sobrino se sintió inmediatamente agraviado por esta alusión a su vida privada y decidió al instante que no se sometería a tal vigilancia.
—No sé cuánto tiempo me quedaré —dijo—, pero no puedo decir que mi visita vaya a verse influida en un sentido u otro por un rumor semejante. —No; probablemente no. Pero quizá pueda verse influida por mi petición. —Y el duque, al hablar, pareció un poco feroz. —No me pedirá que haga caso de un chisme que no tiene fundamento. —No pregunto por su fundamento. Ni deseo en lo más mínimo interferir en tu estilo de vida. —Con esta última observación, el duque pretendía que su sobrino entendiera que tenía total libertad para llevarse a la esposa de cualquier otro caballero, pero que no tenía libertad para dar pie ni siquiera a la conjetura de que quería llevarse a la esposa de Lord Dumbello—. El hecho es este, Plantagenet: durante muchos años he tenido intimidad con esa familia. No tengo muchas amistades y probablemente nunca las aumente. Los amigos que tengo, deseo conservarlos, y comprenderás fácilmente que cualquier informe como el que he mencionado podría hacer que resultara desagradable para mí ir a Hartlebury, o para la gente de Hartlebury venir aquí.
El duque ciertamente no pudo haber hablado más claro, y el señor Palliser lo entendió perfectamente. No se podía esperar que dos alianzas de ese tipo entre las dos familias funcionaran agradablemente a la vez, e incluso el rumor de una segunda alianza podría interferir con la armonía de la primera.
—Eso es todo —dijo el duque. —Es una calumnia de lo más absurda —dijo el señor Palliser. —No lo dudo. Esas calumnias siempre son absurdas; pero ¿qué podemos hacer? No podemos atar las lenguas de la gente. —Y el duque puso cara de dar el tema por zanjado y de querer que le dejaran solo. —Pero podemos ignorarlas —dijo el sobrino, imprudentemente. —Tú podrás. Yo nunca he sido capaz de hacerlo. Y sin embargo, creo que no me he ganado la reputación de estar sometido a las habladurías de los hombres. Crees que te pido mucho; pero deberías recordar que hasta ahora he dado mucho y no he pedido nada. Espero que me complazcas en este asunto.
Entonces el señor Plantagenet Palliser abandonó la habitación sabiendo que había sido amenazado. Lo que el duque había dicho equivalía a esto: «Si sigues revoloteando alrededor de Lady Dumbello, te corto las siete mil libras al año que te doy. Me opondré a tu próxima elección en Silverbridge, y haré testamento para dejarle a otro Matching y The Horns» —un precioso lugar en Surrey que ya le habían ofrecido para cuando se casara—, «toda la finca de Littlebury en Yorkshire y la enorme propiedad de Escocia. De mis bienes personales y dinero invertido, no tocarás ni un chelín. Y, si encuentro a alguien que me convenga, puede que te deje como el simple señor Plantagenet Palliser, con un primito como cabeza de familia».
El señor Palliser entendió el alcance total de esta amenaza y, al pensar en ella, reconoció para sus adentros que nunca había sentido por Lady Dumbello nada parecido al amor. Ninguna conversación entre ellos había sido más cálida que la que el lector ya conoce. Lady Dumbello no había sido nada para él. Pero ahora... ahora que el asunto se le planteaba de esta manera, ¿no le correspondería, como caballero, enamorarse de una mujer tan hermosa cuyo nombre ya estaba ligado al suyo? Todos conocemos la historia del cura que, con su pregunta en el confesionario, enseñó al mozo de cuadra a engrasar los dientes de los caballos. «Nunca lo he hecho hasta ahora —dijo el mozo—, pero lo intentaré». En este caso, el duque había hecho el papel de cura, y el señor Palliser, antes de que acabara la noche, casi se había convertido en un alumno tan aplicado como el mozo. En cuanto a la amenaza, mal le sentaría a él, como un Palliser y un Plantagenet, tenerla en cuenta. El duque no se casaría. De todos los hombres del mundo, era el menos propenso a fastidiarse la cara cortándose su propia nariz; y, por lo demás, el señor Palliser se arriesgaría. Por lo tanto, se fue a Hartlebury a principios de febrero, plenamente decidido a ser muy meticuloso en sus atenciones hacia Lady Dumbello.
Entre una casa llena de gente en Hartlebury, encontró a Lord Porlock, un hombre menudo, de aspecto enfermizo y agotado, que tenía algo en la mirada de la dureza de su padre, pero nada en la boca de la ferocidad de aquel.
—¿Así que su hermana se va a casar? —preguntó el señor Palliser. —Sí. Uno no tiene derecho a sorprenderse de nada de lo que hagan, cuando recuerda la vida que su padre les da. —Iba a felicitarle. —No lo haga. —Le conocí en Courcy y me cayó bastante bien.
El señor Palliser apenas había hablado con el señor Crosbie en Courcy, pero en el curso habitual de su vida social rara vez hacía algo más que apenas hablar con nadie.
—¿Ah, sí? —dijo Lord Porlock—. Por el bien de la pobre chica espero que no sea un rufián. Cómo cualquier hombre puede proponerle a mi padre casarse con una hija de su casa es más de lo que puedo entender. ¿Qué tal estaba mi madre? —No vi nada malo en ella. —Espero que él la asesine algún día. —Entonces aquella conversación terminó.
El propio señor Palliser percibió —al mirarla no pudo sino percibirlo— que cierta energía social parecía animar a Lady Dumbello cuando él se acercaba. Ella solía sonreír cuando se le hablaba, pero su sonrisa habitual carecía de sentido, era casi plúmbea y nunca resultaba halagadora para la persona a quien iba dirigida. Muchísimas mujeres sonríen al responder y la mayoría halaga con su sonrisa. Es algo tan común que nadie repara en ello. El halago agrada, pero no significa nada. La impresión que se recibe inconscientemente solo transmite el sentimiento de que la mujer se ha hecho agradable, como era su deber; agradable, al menos en esa sonrisa, en un grado infinitesimal. Pero con ello ha hecho su pequeña contribución a la sociedad. Hará esa misma contribución cien veces en la misma noche. Nadie sabe que ha halagado a nadie; ella misma no lo sabe; y el mundo la llama una mujer agradable. Pero Lady Dumbello no ponía halago alguno en sus sonrisas habituales. Eran frías, sin sentido, sin una mirada especial y rara vez dirigidas al individuo. Se daban a la sala en general; y la sala en general, reconociendo sus grandes pretensiones, las aceptaba como suficientes. Pero cuando el señor Palliser se acercaba a ella, se giraba ligeramente, solo un poquito, en su asiento, y permitía que sus ojos descansaran un momento en su rostro. Entonces, cuando él comentaba que hacía bastante frío, ella le sonreía a él de verdad mientras reconocía la verdad de su observación. Todo esto aprendió el señor Palliser a observarlo, tras haber sido instruido por su insensato tío en aquella lección de engrasar los dientes de los caballos.
Sin embargo, durante la primera semana de su estancia en Hartlebury, no le dijo una palabra más tierna que su observación sobre el tiempo. Es cierto que estaba muy ocupado. Se había comprometido a hablar sobre el discurso de la Corona y, como el Parlamento estaba a punto de abrirse y su discurso se basaba en estadísticas, estaba rodeado de cifras y papeles. Su correspondencia era urgente y el día rara vez era lo bastante largo para sus propósitos. Sentía que la intimidad a la que aspiraba se veía obstaculizada por la laboriosa rutina de su vida; pero, no obstante, haría algo antes de dejar Hartlebury para mostrar la naturaleza especial de su aprecio. Le diría algo que le revelara el secreto de... ¿diremos su corazón? Tal era su resolución, día tras día. Y sin embargo pasaban los días y no se decía nada. Imaginaba que Lord Dumbello era algo menos amistoso en su trato de lo que había sido, que se interponía en su camino y ponía mala cara; pero, como se decía a sí mismo, le importaban muy poco las caras de Lord Dumbello.
—¿Cuándo va a la ciudad? —le preguntó una tarde. —Probablemente en abril. Ciertamente no dejaremos Hartlebury antes de esa fecha. —Ah, sí. Se quedan por la caza. —Sí; Lord Dumbello siempre se queda aquí durante marzo. Puede que escape a la ciudad un día o dos. —¡Qué envidia! Yo debo estar en Londres el jueves, ya sabe. —¿Cuando se reúna el Parlamento, supongo? —Exactamente. Es un aburrimiento, pero hay que hacerlo. —Cuando un hombre hace de ello su profesión, supongo que debe hacerlo. —Oh, por supuesto; es imperativo.
Entonces el señor Palliser miró alrededor de la sala y creyó ver el ojo de Lord Dumbello clavado en él. Era realmente un trabajo duro. Si hay que decir la verdad, no sabía cómo empezar. ¿Qué debía decirle? ¿Cómo iniciar una conversación que terminara siendo tierna? Ella era muy hermosa, ciertamente, y para él sabía parecer interesante; pero, por su vida, no sabía cómo empezar a decirle nada especial. Un idilio con una mujer como Lady Dumbello —platónico, inocente, pero no obstante muy íntimo— sin duda daría una gracia a su vida, que en las circunstancias actuales era más bien seca. Le habían dicho —se lo había dicho el rumor público que le llegó a través de su tío— que la dama estaba dispuesta. Ella ciertamente parecía mostrar que él le gustaba; pero ¿cómo empezar? El arte de sobresaltar a la Cámara de los Comunes y asustar al público británico con la voluminosa exactitud de sus estadísticas ya lo había aprendido; pero ¿qué se le dice a una mujer guapa?
—¿Estará segura de estar en Londres en abril?
Aquello ocurrió en otra ocasión.
—Oh, sí; eso creo. —En Carlton Gardens, supongo. —Sí; Lord Dumbello tiene ahora el contrato de alquiler de la casa. —¿Ah, sí? Es una casa excelente. Espero que se me permita visitarla alguna vez. —Ciertamente; aunque sé que estará usted muy ocupado. —No los sábados ni los domingos. —Yo siempre recibo los domingos —dijo Lady Dumbello.
El señor Palliser sintió que no había nada especialmente gentil en aquello. Un permiso para visitarla cuando todos sus demás conocidos estarían allí no era mucho; pero aun así, tal vez era lo máximo que podía esperar obtener en aquella ocasión. Levantó la vista y vio que los ojos de Lord Dumbello estaban de nuevo fijos en él, y que el ceño de su señoría estaba sombrío. Empezó a dudar de si una casa de campo, donde toda la gente convivía tan estrechamente, era el mejor lugar del mundo para tales maniobras. Lady Dumbello era muy hermosa y a él le gustaba mirarla, pero no encontraba ningún tema con el que interesarla en aquel salón de Hartlebury. Más tarde, esa misma noche, se sorprendió a sí mismo hablándole sobre los aranceles del azúcar, y entonces comprendió que era mejor desistir. Solo le quedaba un día más, y lo necesitaba imperativamente para su discurso. El asunto iría mucho mejor en Londres, y lo pospondría hasta entonces. En las concurridas salas de Londres, una conversación privada sería mucho más fácil, y Lord Dumbello no se quedaría allí plantado mirándole. Lady Dumbello se había tomado sus comentarios sobre el azúcar con mucha amabilidad, e incluso le había pedido una definición de un arancel ad valorem. Fue lo más parecido a una conversación real que jamás habían tenido; pero el tema había sido desafortunado y, en sus manos, no podía derivar hacia nada tierno; así que resolvió posponer su galantería hasta que la primavera londinense la facilitara, y al hacerlo sintió que se liberaba por el momento de un gran peso.
—Adiós, Lady Dumbello —dijo la noche siguiente—. Parto mañana temprano. —Adiós, señor Palliser.
Mientras hablaba, ella sonrió con una dulzura exquisita, pero ciertamente aún no había aprendido a llamarle Plantagenet. Él se marchó a Londres y se puso inmediatamente a trabajar. El preciso y voluminoso discurso se desarrolló con considerable éxito para él; un éxito de ese tipo tranquilo y duradero que se concede a hombres así. El discurso fue respetable, aburrido y correcto. Los hombres lo escucharon, o se sentaron con los sombreros sobre los ojos, dormidos o fingiendo estarlo; y el Daily Jupiter publicó a la mañana siguiente un artículo de fondo sobre el tema que, sin embargo, dejaba al lector al final con la duda total de si el señor Palliser debía ser considerado un gran erudito financiero o no. El señor Palliser podría convertirse en una luz brillante para el mundo del dinero y una gloria para los intereses bancarios; podría ser un futuro Ministro de Hacienda. Pero, por otro lado, también podría resultar que, en estos asuntos, fuera un mero fuego fatuo, un guía ciego; un hombre al que dejar de lado por ser muy respetable, pero sin profundidad. ¿Quién, entonces, en el momento presente, podría arriesgar juiciosamente su crédito declarando si el señor Palliser entendía su tema o no lo entendía? No nos contentamos con buscar en nuestros periódicos toda la información que la tierra y el intelecto humano pueden ofrecer, sino que les exigimos lo que exigiríamos si nos llegara una hoja diaria desde el mundo de los espíritus. El resultado, por supuesto, es este: que los periódicos fingen que vienen diariamente del mundo de los espíritus; pero los oráculos son muy dudosos, como los de antaño.
Plantagenet Palliser, aunque estaba satisfecho con aquel artículo, sintió, mientras estaba sentado en sus aposentos del Albany, que algo más le faltaba para su felicidad. Ese tipo de vida estaba muy bien. La ambición era algo grandioso, y le correspondía a él, como un Palliser y futuro par del reino, hacer de la política su profesión. Pero ¿no podría dedicar una hora o dos a Amaryllis a la sombra? ¿No era dura esta vida suya? Desde que le habían dicho que Lady Dumbello le sonreía, ciertamente había pensado más en sus sonrisas de lo que era bueno para sus estadísticas. Parecía como si una nueva vena en su cuerpo se hubiera puesto en uso, y que la sangre corriera por donde nunca antes había corrido. Si hubiera visto a Lady Dumbello antes de que Dumbello la viera, ¿no podría haberse casado con ella? ¡Ah! En ese caso, si ella hubiera sido simplemente la señorita Grantly, o Lady Griselda Grantly, según el caso, pensó que habría sido capaz de hablarle con más facilidad. Tal como estaban las cosas, ciertamente había encontrado la tarea difícil allá en el campo, aunque había oído hablar de hombres de su clase haciendo lo mismo toda su vida. Por mi parte, creo que los supuestos pecadores son mucho más numerosos que los pecadores reales.
Mientras estaba allí sentado, un tal señor Fothergill entró a verle. El señor Fothergill era un caballero que gestionaba la mayoría de los asuntos ordinarios de su tío; un tipo listo que sabía de qué lado se untaba la mantequilla en el pan. El señor Fothergill estaba lógicamente ansioso por quedar bien con el heredero; pero quedar bien con el dueño era el negocio de su vida, y no permitía que nada interfiriera con ese negocio. En esta ocasión, el señor Fothergill fue muy cortés, felicitando a su futuro y posible patrón por su potente discurso y vaticinando para él un poder político con mucha más certeza que los periódicos que habían, o no, venido del mundo de los espíritus. El señor Fothergill había venido a decir una palabra o dos sobre algún asunto de negocios. Como todo el dinero del señor Palliser pasaba por las manos del señor Fothergill, y como sus intereses electorales eran gestionados por el señor Fothergill, este le visitaba no pocas veces para decir alguna palabra necesaria. Cuando esto quedaba hecho, decía otra palabra o dos, que podían ser necesarias o no, según el caso.
—Señor Palliser —dijo—, me pregunto por qué no piensa usted en casarse. Espero que me disculpe.
El señor Palliser no estaba nada seguro de que fuera a disculparle, y se enderezó repentinamente en su silla de una manera que pretendía mostrar un primer síntoma de dignidad ultrajada. Pero, por singular que parezca, él mismo había estado pensando en el matrimonio en ese preciso momento. ¿Cómo le habrían ido las cosas si hubiera conocido a la hermosa Griselda antes de que se concertara la alianza con los Dumbello? ¿Se habría casado con ella? ¿Se habría sentido cómodo si se hubiera casado con ella? Por supuesto, no podía casarse ahora, dado que estaba enamorado de Lady Dumbello y que la dama en cuestión, por desgracia, tenía su propio marido; pero aunque había estado pensando en casarse, no le gustaba que el tema le fuera arrojado de forma tan tosca ante sus ojos y, por así decirlo, en su propio regazo por el agente de su tío. El señor Fothergill, sin duda, vio el primer síntoma de dignidad ultrajada, pues era un hombre astuto y perspicaz. Pero quizá, en verdad, no le importó mucho. Quizá había recibido instrucciones que estaba obligado a observar por encima de cualquier otro asunto.
—Espero que me excuse, señor Palliser, de verdad; pero lo digo porque me temo que se produzca una... una... una disminución del buen entendimiento, quizá sea mejor llamarlo así, entre usted y su tío. Cualquier cosa de ese tipo sería una lástima monstruosa. —No soy consciente de tal probabilidad.
El señor Palliser dijo esto con considerable dignidad; pero una vez pronunciadas las palabras, se preguntó si no habría dicho una mentira.
—No; tal vez no. Confío en que no haya tal probabilidad. Pero el duque es un hombre muy decidido cuando algo se le mete en la cabeza; y además, tiene tanto en su mano... —No me tiene a mí en su mano, señor Fothergill. —No, no, no. Un hombre no tiene a otro en su mano en este país... no de esa manera; pero ya sabe, señor Palliser, que no convendría ofenderle, ¿verdad? —Preferiría no ofenderle, como es natural. De hecho, no deseo ofender a nadie. —Exactamente; y menos que a nadie al duque, que tiene toda la propiedad en sus manos. Podemos decir toda, pues puede casarse mañana mismo si le place. Y además goza de muy buena salud. No conozco a un hombre más robusto de su edad en ninguna parte. —Me alegra mucho oírlo. —Seguro que sí, señor Palliser. Pero ¿si llegara a ofenderse, sabe usted? —Tendría que aguantarme. —Sí, exactamente; eso es lo que haría usted. Pero valdría la pena evitarlo, viendo todo lo que tiene en su poder. —¿Le ha enviado el duque a verme ahora, señor Fothergill? —No, no, no... nada de eso. Pero soltó unas palabras el otro día que me hicieron imaginar que no estaba del todo... del todo... del todo tranquilo con respecto a usted. Hace mucho que sé que se alegraría muchísimo de ver nacer a un heredero de la propiedad. La otra mañana —no sé si había algo de cierto en ello— me pareció que iba a hacer algún cambio en los actuales acuerdos. No lo hizo, y pudo ser mi imaginación. ¡Pero piense, señor Palliser, lo que podría hacer una sola palabra suya! Si él dice una palabra, nunca se retracta de ella.
Entonces, habiendo dicho esto, el señor Fothergill se marchó.
El señor Palliser entendió muy bien el significado de todo aquello. No era la primera ocasión en que el señor Fothergill le daba consejos; consejos que el propio señor Fothergill no tenía derecho a darle. Él siempre recibía tales consejos con un aire de dignidad medio ofendida, pretendiendo así explicar al señor Fothergill que se estaba entrometiendo. Pero sabía bien de dónde venía el consejo; y aunque, en todos esos casos, se había propuesto no seguir tal recomendación, generalmente acababa sucediendo que la conducta del señor Palliser se ajustaba con más o menos precisión al consejo del señor Fothergill. ¡Una palabra del duque ciertamente podía hacer mucho! El señor Palliser resolvió que, en aquel asunto de Lady Dumbello, seguiría sus propios deseos. ¡Pero, no obstante, era indudablemente cierto que una palabra del duque podía hacer mucho!
Nosotros, que estamos en el secreto, sabemos cuánto había progresado ya el señor Palliser en su inicua pasión antes de dejar Hartlebury. Otros, que tal vez no estaban tan bien informados, le atribuían un éxito mucho más avanzado. Lady Clandidlem, en su carta a Lady De Courcy, escrita inmediatamente después de la partida del señor Palliser, declaraba que, habiendo oído hablar de la intención de aquel caballero de partir de madrugada, esperaba con toda confianza enterarse a la hora del desayuno de que Lady Dumbello había volado con él. Por el tono del lenguaje de su señoría, parecía como si se hubiera visto privada de un placer anticipado por la prolongada estancia de Lady Dumbello en los salones de los antepasados de su marido. «Estoy, sin embargo, totalmente convencida —decía Lady Clandidlem— de que esto no puede durar más allá de la primavera. Nunca he visto a un hombre tan encaprichado como el señor Palliser. No se separó de ella ni un momento durante todo el tiempo que estuvo aquí. Nadie más que Lady Hartletop lo habría permitido. Pero, ya sabes, no hay nada tan agradable como las buenas y viejas amistades familiares».
Capítulo 44
El día de San Valentín en Allington
Lily había arrancado una promesa a su madre antes de su enfermedad y, durante el periodo de su convalecencia, se refería a ella a menudo, recordándole que esa promesa se había hecho y debía cumplirse. A Lily se le debía comunicar el día en que Crosbie iba a casarse. Había llegado a conocimiento de todas que la boda tendría lugar en febrero. Pero esto no era suficiente para Lily. Tenía que saber el día exacto.
Y a medida que el momento se acercaba —mientras Lily recobraba las fuerzas y se sometía menos a la autoridad médica—, el matrimonio de Crosbie y Alexandrina se mencionaba con mucha más frecuencia en la Pequeña Casa. No era un tema que la señora Dale o Bell hubieran elegido para conversar, pero Lily siempre terminaba sacándolo a colación. Empezaba haciéndolo casi en un tono de broma, aludiendo a sí misma como una damisela abandonada de una obra de teatro, y luego pasaba a hablar de los intereses de él como algo que todavía le importaba de sobremanera. Pero, en el curso de tales charlas, se venía abajo con demasiada frecuencia, demostrando con alguna palabra triste o un tono melancólico cuán grande era la carga que pesaba sobre su corazón. La señora Dale y Bell habrían evitado gustosas el tema, pero Lily no lo permitía. Para ellas resultaba muy difícil hablar de ello en su presencia. No se les permitía decir ni una palabra de reproche contra Crosbie, sobre quien pensaban que ninguna condena sería lo bastante severa; y se veían obligadas a escuchar las excusas que Lily fabricaba para justificar su conducta, sin atreverse nunca a señalar cuán vanas eran tales excusas.
En efecto, en aquellos días Lily reinaba como una reina en la Pequeña Casa. El maltrato y la enfermedad, cayendo juntos sobre ella, le habían otorgado tal poder que ninguna de las otras mujeres era capaz de resistirse. No se decía nada al respecto, pero todos lo entendían, incluidas Jane y la cocinera: Lily era, por el momento, soberana absoluta. Era una reina querida, gentil, cariñosa y valiente, y nadie tenía deseos de rebelarse; solo que aquellos elogios a Crosbie resultaban amarguísimos a los oídos de sus súbditos. El día se fijó pronto y la noticia llegó a Allington. El catorce de febrero, Crosbie se convertiría en un hombre feliz. Los Dale no lo supieron hasta el día doce, y de buena gana habrían evitado saberlo incluso entonces, de haber sido posible. Pero no lo fue, y esa tarde se lo dijeron a Lily.
Durante esos días, Bell solía ver a su tío a diario. Sus visitas se hacían con el pretexto de llevarle información sobre la salud de Lily; pero quizá en el fondo latía el sentimiento de que, como la familia pensaba dejar la Pequeña Casa a finales de marzo, sería bueno que el escudero supiera que no había enemistad en sus corazones contra él. No se había vuelto a decir nada sobre la mudanza; nada, al menos, de ellas hacia él. Pero el asunto seguía adelante y él lo sabía. El doctor Crofts ya estaba negociando en su nombre el alquiler de una pequeña casa amueblada en Guestwick. El escudero estaba muy triste por ello, muy triste de verdad. Cuando Hopkins le habló del tema, ordenó bruscamente a aquel fiel jardinero que se callara, dando a entender que tales cosas no debían ser motivo de cháchara entre los dependientes de Allington hasta que se anunciaran oficialmente. Con Bell, durante aquellas visitas, nunca aludía al asunto. Ella era la principal pecadora, pues se había negado a casarse con su primo y había declinado incluso escuchar consejos racionales al respecto. Pero el escudero sentía que no podía discutir el tema con ella, puesto que la señora Dale le había informado específicamente de que no se permitiría su interferencia; y además, quizá era consciente de que, si lo discutía con Bell, no ganaría mucho con ello. Su conversación, por lo tanto, solía recaer sobre Crosbie, y el tono en que se le mencionaba en la Casa Grande era muy distinto al que se adoptaba en presencia de Lily.
—Será un hombre desgraciado —dijo el escudero cuando le comunicó a Bell el día que se había fijado. —No deseo que sea desgraciado —dijo Bell—. Pero me cuesta creer que pueda actuar como lo ha hecho sin recibir un castigo. —Será un hombre desgraciado. No obtiene fortuna con ella, y ella esperará todo lo que la fortuna puede dar. Creo, además, que ella es mayor que él. No puedo entenderlo. A fe mía que no entiendo cómo un hombre puede ser tan canalla y tan necio a la vez. Dale recuerdos a Lily de mi parte. Iré a verla mañana o al día siguiente. Se ha librado bien de él, de eso estoy seguro; aunque supongo que no convendría decírselo.
La mañana del catorce llegó a la Pequeña Casa como llegan las mañanas de esos días especiales que han sido largamente meditados y que serán largamente recordados. Trajo consigo una helada dura y amarga —una helada negra y punzante—, de esas que revientan las cañerías y endurecen la tierra como el granito. Lily, reina como era, aún no había tenido permiso para volver a su propio aposento, sino que ocupaba la cama grande en la habitación de su madre, mientras esta dormía en una más pequeña.
—Mamá —dijo—, ¡qué frío van a pasar! —Su madre le había anunciado la helada negra, y esas fueron las primeras palabras que pronunció. —Temo que sus corazones también estarán fríos —dijo la señora Dale. No debió decir aquello. Estaba quebrantando la regla aceptada de la casa al decir cualquier palabra que pudiera interpretarse como hostil hacia Crosbie o su novia. Pero su sentimiento era demasiado fuerte y no pudo contenerse. —¿Por qué habrían de estar fríos sus corazones? ¡Oh, mamá, eso es algo terrible de decir! ¿Por qué habrían de estar fríos? —Espero que no sea así. —Claro que lo esperas; por supuesto que todos lo esperamos. Él no tenía el corazón frío, en cualquier caso. Un hombre no tiene el corazón frío solo porque no se conoce a sí mismo. Mamá, quiero que desees su felicidad.
La señora Dale guardó silencio un minuto o dos antes de responder a esto, pero finalmente lo hizo. —Creo que lo hago —dijo—. Creo que deseo que sean felices. —Yo estoy segurísima de que lo deseo —dijo Lily.
En aquel tiempo Lily desayunaba arriba, pero bajaba al salón a lo largo de la mañana. —Debes tener mucho cuidado al abrigarte para bajar las escaleras —dijo Bell, que estaba junto a la bandeja en la que había traído las tostadas y el té—. Hace un frío que tú llamarías espantoso. —Yo lo llamaría estupendo —dijo Lily—, si pudiera levantarme y salir. ¿Te acuerdas de cuando me regañabas por usar jerga el primer día que él vino? —¿Lo hice, cielo? —¿No te acuerdas de cuando le llamé «un tipo elegante»? ¡Ay, Dios! Y lo era. Ese fue el error, y toda la culpa fue mía, pues lo vi desde el primer momento.
Bell apartó la cara por un instante y golpeó el suelo con el pie. Su ira era más difícil de contener que la de su madre; y ahora, no pudiendo reprimirla pero deseando ocultarla, le dio salida de esa manera.
—Te entiendo, Bell. Sé lo que significa tu pie cuando se mueve así; y no debes hacerlo. Ven aquí, Bell, y deja que te enseñe algo de cristianismo. Soy una gran maestra, ¿verdad? Y no lo decía del todo en broma. —Ojalá pudiera aprenderlo de alguien —dijo Bell—. Hay circunstancias en las que eso que llamamos cristianismo me parece casi imposible. —Cuando tu pie se mueve así, es un pie muy poco cristiano, y deberías mantenerlo quieto. Significa ira contra él, porque descubrió antes de que fuera demasiado tarde que no sería feliz... es decir, que él y yo no seríamos felices juntos si nos casábamos. —No analices mi pie tan de cerca, Lily. —Pero tu pie debe soportar el análisis, y tus ojos, y tu voz. Fue muy tonto al enamorarse de mí. Y yo también fui muy tonta al dejar que me amara, así de repente, sin pensarlo apenas. Estaba tan orgullosa de tenerle que me entregué a él de golpe, sin darle la oportunidad de reflexionar. En una semana o dos ya estaba hecho. ¿Quién podría esperar que un compromiso así fuera duradero? —¿Y por qué no? Eso son tonterías, Lily. Pero no hablemos de ello. —Ah, pero quiero hablar de ello. Fue como he dicho, y si es así, no deberías odiarle por hacer lo único que honestamente podía hacer al darse cuenta de su error. —¿Cómo? ¡Prometerse de nuevo en una semana! —Había una amistad muy antigua, Bell; debes recordarlo. Pero yo hablaba de su conducta hacia mí, y no de su conducta hacia... —Entonces recordó que esa otra dama podía poseer en ese mismo instante el nombre que ella una vez se sintió tan orgullosa de pensar que llevaría—. Bell —dijo, interrumpiendo su discurso de repente—, ¿a qué hora se casa la gente en Londres? —Oh, a cualquier hora... antes de las doce. Ellos querrán ser elegantes y se casarán tarde. —¿No crees que ya sea la señora de Crosbie, entonces? —Lady Alexandrina Crosbie —dijo Bell con un estremecimiento. —Sí, claro; se me olvidaba. Me gustaría tanto verla. Siento tanto interés por ella. Me pregunto de qué color tendrá el pelo. Supongo que será una especie de Juno, muy alta y hermosa. Estoy segura de que no tiene la nariz chata como yo. ¿Sabes lo que me gustaría de verdad, aunque por supuesto no es posible? Ser la madrina de su primer hijo. —¡Oh, Lily! —De verdad. ¿No me oyes decir que sé que no es posible? No voy a ir a Londres a pedírselo. Ella tendrá a todo tipo de grandes personajes como padrinos y madrinas. Me pregunto cómo será realmente esa gente tan importante. —No creo que haya ninguna diferencia. Mira a Lady Julia. —Oh, ella no es una gran personalidad. No se trata solo de tener un título. ¿No recuerdas que él nos decía que el señor Palliser es casi el más grande de todos los grandes? Supongo que la gente aprende a quererlos. Él siempre decía que había estado tanto tiempo entre gente de esa clase que le resultaría muy difícil separarse de ellos. Yo nunca habría servido para ese tipo de vida, ¿verdad? —No hay nada que desprecie tanto como lo que tú llamas «ese tipo de vida». —¿Ah, sí? Yo no. Después de todo, piensa en cuánto trabajan. Él solía contármelo. Tienen todo el gobierno en sus manos y reciben muy poco dinero por hacerlo. —Peor para el país. —Al país parece irle bastante bien. Pero tú eres una radical, Bell. Mi teoría es que no serías una dama si pudieras evitarlo. —Preferiría ser una mujer honesta. —Y lo eres... mi querida, queridísima y honesta Bell, y la dama más hermosa que conozco. Si yo fuera un hombre, Bell, tú eres justo la chica a la que adoraría. —Pero no eres un hombre, así que de nada sirve. —Pero no debes dejar que tu pie se extravíe de esa manera; de verdad que no. Alguien dijo que lo que es, es lo que debe ser, y declaro que lo creo. —Yo a veces me inclino a pensar que lo que es, es lo que está mal. —Eso es porque eres una radical. Creo que me levantaré ahora, Bell; solo que hace un frío tan espantoso que me da miedo. —Hay un fuego precioso —dijo Bell. —Sí, ya lo veo. Pero el fuego no me rodeará entera como lo hace la cama. Ojalá pudiera saber el momento exacto en que están ante el altar. Solo son las diez y media todavía. —No me sorprendería nada que ya hubiera terminado. —¡Terminado! ¡Qué palabra esa! Algo así termina, y luego ni todo el mundo junto puede volver atrás. ¿Y si él fuera infeliz después de todo? —Tendrá que arriesgarse —dijo Bell, pensando para sus adentros que ese riesgo iba a salirle muy caro. —Claro que tendrá que arriesgarse. Bueno, me levantaré ahora. —Y entonces dio su primer paso hacia el mundo frío que había más allá de su cama—. Todos debemos arriesgarnos. He decidido que será a las once y media.
Cuando llegaron las once y media, estaba sentada en un gran sillón frente al fuego del salón, con una mesita a su lado sobre la cual descansaba una novela. No había abierto el libro en toda la mañana y llevaba un rato sentada en perfecto silencio, con los ojos cerrados y el reloj en la mano.
—Mamá —dijo al fin—, ya ha terminado, estoy segura. —¿Qué ha terminado, querida? —Él ha hecho a esa dama su esposa. Espero que Dios los bendiga y ruego para que sean felices. —Al pronunciar estas palabras, hubo una solemnidad inusual en su tono que sobresaltó a la señora Dale y a Bell. —Yo también lo espero —dijo la señora Dale—. Y ahora, Lily, ¿no sería bueno que apartaras tu mente del tema e intentaras pensar en otras cosas? —Pero no puedo, mamá. Es muy fácil decir eso; pero la gente no puede elegir sus propios pensamientos. —Normalmente pueden dirigirlos como quieran, si hacen el esfuerzo. —Pero yo no puedo hacer el esfuerzo. De hecho, no sé por qué debería hacerlo. Me parece natural pensar en él, y no supongo que sea nada malo. Cuando has tenido un interés tan profundo en una persona, no puedes abandonarla de repente.
Hubo de nuevo silencio y, al cabo de un rato, Lily cogió su novela. Hizo aquel esfuerzo del que su madre había hablado, pero lo hizo totalmente en vano.
—Declaro, Bell —dijo—, que es la mayor basura que he intentado leer nunca. —Esto resultó especialmente desagradecido, porque Bell le había recomendado el libro—. ¡Todos los libros se han vuelto tan estúpidos! Creo que volveré a leer El progreso del peregrino. —¿Qué te parece Robinson Crusoe? —preguntó Bell. —¿O Pablo y Virginia? —dijo Lily—. Pero creo que me quedo con El progreso del peregrino. Nunca logro entenderlo, pero creo que eso lo hace más agradable. —Odio los libros que no puedo entender —dijo Bell—. Me gusta que un libro sea claro como el agua corriente, para que se vea todo el significado de golpe. —La rapidez para captar el significado dependerá un poco del lector, ¿no crees? —dijo la señora Dale. —El lector no debe ser tonto, por supuesto —dijo Bell. —Pero es que hay tantos lectores tontos... —dijo Lily—. Y aun así sacan algo de su lectura. La señora Crump siempre está absorta con el Apocalipsis y casi se lo sabe de memoria. No creo que pudiera interpretar ni una sola imagen, pero tiene una idea borrosa y mística de la verdad. Por eso le gusta: porque es demasiado hermoso para ser comprendido; y por eso me gusta a mí El progreso del peregrino.
Tras esto, Bell se ofreció a ir a buscar el libro en cuestión. —No, ahora no —dijo Lily—. Seguiré con este, ya que dices que es tan grandioso. Los personajes siempre están con sus arrebatos y se comportan como si estuvieran locos. Mamá, ¿sabes a dónde van de luna de miel? —No, querida. —Él solía hablarme de ir a los Lagos. —Y hubo otra pausa, durante la cual Bell observó que el rostro de su madre se nublaba de ansiedad—. Pero no pensaré más en ello —continuó Lily—; fijaré mi mente en algo. —Se levantó de su silla—. No creo que hubiera sido tan difícil si no hubiera estado enferma. —Claro que no, mi vida. —Y voy a ponerme bien ahora mismo, inmediatamente. Veamos: me dijeron que leyera la Historia de la Revolución Francesa de Carlyle, y creo que empezaré ahora. —Fue Crosbie quien le había dicho que leyera el libro, como bien sabían tanto Bell como la señora Dale—. Pero tendré que posponerlo hasta que pueda traerlo de la otra casa. —Jane irá a buscarlo, si de verdad lo quieres —dijo la señora Dale. —Bell lo traerá cuando suba por la tarde; ¿lo harás, Bell? Y trataré de avanzar con este bodrio mientras tanto.
De nuevo se quedó sentada con los ojos fijos en las páginas del libro. —Te diré una cosa, mamá... puedes consolarte con esto: cuando pase el día de hoy, no volveré a armar un lío por ningún otro día. —Nadie piensa que estés armando un lío, Lily. —Sí, pero lo estoy haciendo. ¿No es curioso, Bell, que sea precisamente el día de San Valentín? Me pregunto si se habrá fijado así a propósito, por la fecha. ¡Ay!, solía pensar tan a menudo en la carta que recibiría de él este día, cuando me diría que yo era su Valentina. Bueno... ahora ya tiene otra... Valen... tina.
Dijo esto último con voz clara, y entonces se quebró, estallando en sollozos convulsivos y llorando en los brazos de su madre como si se le fuera a romper el corazón. Y sin embargo, su corazón no estaba roto, y seguía firme en aquella resolución que había tomado: que su dolor no la vencería. Como ella misma había dicho, la cosa no habría sido tan difícil de no haber estado debilitada por la enfermedad.
—Lily, mi cielo; mi pobre y maltratada pequeña. —No, mamá, no quiero ser eso. —Luchó penosamente por sobreponerse al ataque de histeria que la había vencido—. No quiero que se me considere maltratada; no especialmente maltratada. Pero soy tu tesoro, tu propio tesoro. Solo desearía que me dieras golpes y porrazos cuando soy tan tonta, en vez de compadecerme. Es un gran error ser blando con la gente cuando se comporta como idiota. Toma, Bell; ahí tienes tu estúpido libro, no quiero saber nada más de él. Creo que ha sido eso lo que me ha hecho llorar. —Y empujó el libro lejos de ella.
Después de esta escena, no volvió a pronunciar ni una palabra sobre Crosbie y su novia en todo el día, sino que dirigió la conversación hacia la perspectiva de su nueva casa en Guestwick.
—Será un gran alivio estar más cerca del doctor Crofts, ¿verdad, Bell? —No lo sé —dijo Bell. —Porque si estamos enfermas, no tendrá que recorrer una distancia tan terrible para venir. —Eso será un alivio para él, supongo —dijo Bell, muy recatadamente.
Por la tarde habían conseguido el primer volumen de la Revolución Francesa, y Lily se aferró a su lectura con encomiable perseverancia hasta que, a las ocho, su madre insistió en que se fuera a la cama, reina y todo.
—No me creo ni por un momento, ¿sabes?, que el rey fuera un hombre tan malo —dijo ella. —Yo sí —dijo Bell. —Ah, eso es porque eres una radical. Nunca creeré que los reyes sean mucho peores que el resto de la gente. En cuanto a Carlos I, fue de lo mejorcito de la historia.
Este era un viejo tema de disputa; pero a Lily, en esta ocasión, se le permitió salirse con la suya, por su condición de convaleciente.
Capítulo 45
El día de San Valentín en Londres
El catorce de febrero en Londres fue tan negro, frío e invernal como en Allington y, tal vez, algo más melancólico en su gélida atmósfera. No obstante, Lady Alexandrina De Courcy lucía tan radiante como las galas nupciales podían permitirle cuando bajó de su carruaje y entró en la iglesia de St. James a las once de esa mañana.
Finalmente se había acordado que la boda tuviera lugar en Londres. Ciertamente, había muchas razones que habrían hecho más conveniente un matrimonio desde el castillo de Courcy. La familia De Courcy estaba allí reunida, en su residencia ancestral, y por lo tanto todos habrían podido asistir a la ceremonia sin costes ni molestias. El castillo, además, estaba caldeado por el calor de la vida, y la placidez del hogar habría prestado cierta gracia a la partida de una de las hijas de la casa. Los criados y sirvientes estaban allí, y algo de la rica solera de una alianza noble podría haberse sentido, al menos por parte de Crosbie, en una boda celebrada de tal forma. Y debía reconocerse, incluso por parte de Lady De Courcy, que la casa de Portman Square era muy fría —que una boda celebrada allí resultaría gélida—, que no cabía esperanza de conferirle honor ni gloria, ni de hacerla resonar con un éclat distinguido en las columnas del Morning Post. Pero claro, si se hubieran casado en el campo, el conde habría estado presente; mientras que no había probabilidad alguna de que viajara a Londres con el propósito de asistir a tal ocasión.
El conde estaba de un humor terrible en aquellos días, y Alexandrina, a medida que se volvía más confidente en sus comunicaciones con su futuro esposo, hablaba de él como de un ogro al que no se podía evitar de ninguna manera en los asuntos de la vida, pero a quien uno podía esquivar de vez en cuando mediante algún sutil ardid y una cuidadosa disposición de circunstancias favorables. Crosbie se había tomado la libertad de insinuar más de una vez que el ogro no le preocupaba especialmente, dado que en el futuro podría mantenerse totalmente al margen de los dominios del malicioso monstruo.
—No vendrá a vernos a nuestro nuevo hogar —le había dicho a su amada, con un pequeño arranque de afecto. Pero Lady Alexandrina se había opuesto a esta visión de las cosas. El ogro en cuestión no solo era su progenitor, sino también un noble par del reino, y ella no podía aceptar ningún arreglo por el cual su futura conexión con el conde, y con la nobleza en general, pudiera verse en peligro. Su padre era, sin duda, un ogro, y en su condición de tal podía resultar terrible para los que estaban cerca de él; pero ¿no sería mejor para ellos estar cerca de un conde que fuera un ogro que no estar cerca de ningún conde en absoluto? Por lo tanto, le había dado a entender a Crosbie que al ogro habría que soportarlo.
Pero, no obstante, fue una gran suerte verse libres de él en tan feliz ocasión. Habría dicho cosas espantosas; cosas tan atroces que cabría preguntarse si el novio habría podido soportarlas. Desde que se enteró del accidente de Crosbie en la estación de tren, había hablado constantemente con alegría diabólica de la paliza que le habían propinado a su yerno. Lady De Courcy, al ponerse de parte de Crosbie y sostener que el enlace era adecuado para su hija, se había atrevido a declarar ante su marido que Crosbie era un hombre elegante y de mundo, y el conde preguntaba ahora, con una mueca repugnante, si la elegancia del novio había mejorado tras su pequeña aventura en Paddington. Crosbie, a quien no le repetían todo esto, habría preferido una boda en el campo. Pero la condesa y Lady Alexandrina sabían más.
El conde había prohibido estrictamente cualquier desembolso, y la condesa, por necesidad, había interpretado esto como la prohibición de todo gasto innecesario. «Casar a una hija sin ningún coste inmediato es algo que nadie podría entender», como comentó la condesa a su hija mayor.
—Realmente gastaría lo menos posible —había respondido Lady Amelia—. Ya ves, mamá, hay circunstancias de las que uno no desea que se hable en este momento. Está la historia de esa chica... y luego ese fracaso en la estación. Realmente creo que debería ser lo más discreto posible.
El buen juicio de Lady Amelia no admitía discusión, como reconoció su madre. Pero claro, si la boda se organizaba de una manera notoriamente discreta, la propia notoriedad de esa discreción sería tan peligrosa como un intento de gloria ruidosa.
—Pero no costará tanto —dijo Amelia. Y así se decidió que la boda fuera muy sencilla.
Crosbie había aceptado esto de muy buena gana, aunque no le había hecho gracia la manera en que la condesa le había explicado sus puntos de vista.
—No necesito decirle, Adolphus —había dicho ella—, cuán plenamente satisfecha estoy con este matrimonio. Mi querida niña siente que puede ser feliz como su esposa, ¿y qué más puedo desear? Les declaré a ella y a Amelia que no era ambiciosa por su bien, y les he permitido a ambas que elijan según su gusto. —Espero que hayan quedado satisfechas con su elección —dijo Crosbie. —Confío en que sí; pero, no obstante... no sé si me hago entender. —Perfectamente, Lady De Courcy. Si Alexandrina fuera a casarse con el primogénito de un marqués, la procesión a la iglesia sería más larga de lo que será necesario cuando se case conmigo. —Lo dice usted de una forma muy extraña, Adolphus. —Todo va bien mientras nos entendamos. Le aseguro que no deseo procesión alguna. Me sentiría bastante satisfecho yendo con Alexandrina, del brazo, como una pareja de ancianos, y dejando que el sacristán la entregue.
Podríamos decir que se habría sentido mucho más satisfecho si se le hubiera permitido bajar la calle sin ningún estorbo en el brazo. Pero ya no había posibilidad de tal liberación.
Tanto Lady Amelia como el señor Gazebee habían descubierto hacía tiempo la amargura de su corazón y el hecho de su arrepentimiento, y Gazebee se había atrevido a sugerir a su esposa que su noble cuñada se estaba preparando una vida de miseria.
—Se volverá tranquilo y feliz cuando se acostumbre —había replicado Lady Amelia, pensando, tal vez, en su propia experiencia. —No lo sé, querida; no es un hombre tranquilo. Hay algo en su mirada que me dice que podría ser muy duro con una mujer. —Ya ha llegado demasiado lejos para cualquier cambio —habió respondido Lady Amelia. —Bueno; quizá sí. —Y conozco tan bien a mi hermana... ella no querría ni oír hablar de ello. Realmente creo que les irá muy bien cuando se acostumbren el uno al otro.
El señor Gazebee, que también tenía su propia experiencia, apenas se atrevía a esperar tanto. Su hogar le resultaba satisfactorio porque era un hombre calculador y, habiendo hecho su cálculo correctamente, estaba dispuesto a aceptar el resultado neto. Lo había hecho toda su vida con éxito. En su casa, su esposa era soberana, como él bien sabía. Pero ningún esfuerzo por parte de su esposa, si ella hubiera deseado hacerlo, podría haberle obligado a gastar más de dos tercios de sus ingresos. Ella también era consciente de esto y había ajustado sus velas en consecuencia, amoldándose a él en ese aspecto. Pero ¿qué probabilidad había de tal sabiduría, tales ajustes y tal adaptabilidad entre el señor Crosbie y Lady Alexandrina?
—En cualquier caso, ya es demasiado tarde —dijo Lady Amelia, dando así por concluida la conversación.
Sin embargo, cuando llegó el último momento, hubo un pequeño intento de lucimiento. ¿Quién no conoce la forma en que la pequeña cena de una pareja recién casada se extiende desde la pura sencillez de un lenguado frito y una pierna de cordero hasta el intento de sopa clara, el desafortunadamente frío plato de croquetas que se pasa después del lenguado, y la gelatina roja brillante y la crema rosa preciosa que se encargan, en la última agonía de la ambición, a la pastelería más cercana?
—No podemos dar una cena, querido, solo con la cocinera y Sarah.
Así ha empezado, y el marido ha declarado que no tiene tal idea. «Si Phipps y Dowdney pueden venir aquí y comer un trozo de cordero, son muy bienvenidos; si no, que no vengan. Y ya que estás, podrías invitar a la hermana de Phipps; solo para que tengas a alguien que te acompañe al salón».
—Preferiría mucho más ir sola, porque así puedo leer —o dormir, podríamos decir.
Pero su marido le ha explicado que parecería no tener amigos en ese estado de soledad y, por lo tanto, han invitado a la hermana de Phipps. Entonces la cena ha progresado hasta llegar a esas costosas gelatinas que se han encargado en una última agonía. En la mente de ambos ha existido la convicción de que la sencilla pierna de cordero habría sido más agradable para todos. Si esas croquetas no hubieran sido pasadas por un camarero alquilado; si Sarah le hubiera servido a la señorita Phipps un sencillo cordero con patatas calientes, la señorita Phipps no habría sonreído con esa rigidez sin sentido cuando el joven Dowdney le habló. Habrían estado mucho más a gusto. «Toma un poco más de cordero, Phipps; ¿qué parte prefieres?». ¡Qué bien suena! Pero todos sabemos que es imposible. Mi joven amigo pretendía esto, pero su cena se le escapó hacia croquetas frías y formas de colores de la pastelería. Y así fue con la boda de Crosbie.
La novia debía salir de la iglesia en un carruaje debidamente equipado, y los postillones debían llevar distintivos de boda. Así creció la cosa; no hasta alcanzar proporciones nobles, ni proporciones de verdadera gloria que justificaran el intento y dieran por buena la gala. Un rissol bien cocinado, servido con agrado, es una buena comida. Una boda de gala, cuando todo está en consonancia, es un excelente espectáculo. ¡Dios nos libre de no tener bodas de gala! Pero el pequeño intento espasmódico, hecho en contra de la propiedad manifiesta, hecho con la convicción interna del fracaso... eso seguramente debería evitarse en las bodas, en las cenas y en todos los asuntos de la vida.
Hubo damas de honor y hubo un banquete. Tanto Margaretta como Rosina fueron a Londres para la ocasión, al igual que una prima carnal suya, una tal señorita Gresham, una dama cuyo padre vivía en el mismo condado. El señor Gresham se había casado con una hermana de Lord De Courcy y sus servicios también fueron requeridos. Se le trajo para entregar a la novia porque el conde —como declaraba el párrafo del periódico— estaba confinado en el castillo de Courcy por su viejo enemigo hereditario, la gota. También se consiguió una cuarta dama de honor, y así hubo un séquito, aunque no tan numeroso como el que hoy se considera deseable. Solo había tres o cuatro carruajes en la iglesia, pero incluso tres o cuatro eran algo. El clima era tan espantocamente frío que las sedas de colores claros de las damas transmitían una sensación de incomodidad. Las chicas deben ser muy jóvenes para verse bien con vestidos claros en una mañana de helada, y las damas de honor en la boda de Lady Alexandrina no eran muy jóvenes. La nariz de Lady Rosina estaba decididamente roja. Lady Margaretta tenía un aspecto muy invernal y, al parecer, estaba muy malhumorada. La señorita Gresham era sosa, apocada e insípida; y la honorable señorita O'Flaherty, que ocupaba el cuarto lugar, estaba resentida al descubrir que la habían invitado a participar en una actuación tan mediocre.
Pero la boda se llevó a cabo y Crosbie soportó sus infortunios como un hombre. Tanto Montgomerie Dobbs como Fowler Pratt estuvieron a su lado, dándole, esperemos, alguna seguridad de que no estaba absolutamente abandonado por todo el mundo; de que no se había entregado, atado de pies y manos, a los De Courcy para que hicieran con él lo que les pluguiera en todos los asuntos. Era ese sentimiento el que le resultaba tan penoso... y ese otro sentimiento, afín a aquel, de que si finalmente lograba rebelarse contra los De Courcy, se encontraría solo.
—Sí; iré —había dicho Fowler Pratt a Montgomerie Dobbs—. Siempre me mantengo al lado de un amigo si puedo. Crosbie se ha portado como un canalla, y también como un tonto; y él sabe que yo pienso así. Pero no veo por qué debería abandonarle por esa razón. Iré, puesto que me lo ha pedido.
—Yo también iré —dijo Montgomerie Dobbs, quien consideraba que lo más seguro era hacer lo mismo que Fowler Pratt, y quien se decía a sí mismo que, al fin y al cabo, Crosbie se casaba con la hija de un conde.
Tras la boda vino el banquete, presidido por la condesa con gran magnificencia aristocrática. Ella no había ido a la iglesia, pensando, sin duda, que le sería más fácil mantener su buen humor en el festín si no se exponía a la posibilidad de un ataque de lumbago en el templo. Al pie de la mesa se sentó el señor Gresham, su cuñado, que se había encargado de proponer el brindis de rigor y pronunciar el discurso necesario. El Honorable John estaba allí, diciendo toda clase de maledicencias sobre su hermana y su nuevo cuñado porque se le había excluido de su puesto legítimo al final de la mesa; pero Alexandrina había declarado que no pensaba confiarle tal asunto a su hermano. El Honorable George no acudió porque la condesa no había invitado a su esposa.
—Maria puede ser lenta y todo lo que quieran —había dicho George—, pero es mi esposa. Y ella tiene lo que ellos no tienen. Quien me quiera a mí, que quiera a mi perro, ya saben.
Así que se quedó en Courcy; muy adecuadamente, en mi opinión.
Alexandrina había deseado marcharse antes del banquete, y a Crosbie no le habría importado lo más mínimo que se le hubiera facilitado una huida temprana; pero la condesa le dijo a su hija que, si no esperaba al banquete, no habría banquete alguno y, de hecho, no habría boda, sino un simple casamiento. De haber sido una fiesta grandiosa, la partida de los novios podría haber estado bien; pero la condesa sentía que, en una ocasión como esta, nada más que la presencia física de la víctima del sacrificio podía dar algo de realidad a la festividad. Así pues, Crosbie y Lady Alexandrina Crosbie escucharon el discurso del señor Gresham, en el que profetizó para la joven pareja una felicidad y prosperidad mayores de las que suelen ser compatibles con la condición humana. Su joven amigo Crosbie, a quien se sentía encantado de conocer, era bien conocido como uno de los pilares emergentes del Estado. Ya fuera su carrera futura parlamentaria o dedicada al Servicio Civil permanente del país, sería igualmente grande, noble y próspera. En cuanto a su querida sobrina, que ahora ocupaba la posición más bella y gloriosa para una mujer joven, no podría haber elegido mejor. Había preferido el genio a la riqueza —así lo dijo el señor Gresham— y encontraría su justa recompensa. En cuanto a que encontrara su justa recompensa, fueran cuales fueran sus preferencias, en eso el señor Gresham tenía sin duda toda la razón. Sobre ese punto yo mismo no tengo la menor duda. Después, Crosbie dio las gracias con un discurso mucho mejor de lo que suelen serlo nueve de cada diez en tales ocasiones, y el asunto terminó. No se permitió que nadie más hablara y, antes de media hora, él y su novia estaban en la diligencia de posta, camino de la estación de tren hacia Folkestone, lugar elegido para su luna de miel. En un principio se pensó que el viaje a Folkestone fuera solo la primera etapa hacia París, pero París y todo viaje al extranjero se habían ido descartando poco a poco.
—No me importa nada Francia, hemos estado allí muchas veces —dijo Alexandrina.
Ella había deseado que la llevaran a Nápoles, pero Crosbie le había dado a entender, al primer susurro de la palabra, que Nápoles estaba fuera de toda cuestión. Ahora debía mirar por el dinero en todo. Desde el mismísimo comienzo de su andadura, debía ahorrar cada penique que pudiera ahorrarse. A esta visión de la vida no se opuso el interés de los De Courcy. Lady Amelia le había explicado a su hermana que debían pasar la luna de miel de forma que no costara más que si empezaran a llevar la casa de inmediato. Había ciertas cosas que debían hacerse y que, sin duda, eran costosas por naturaleza. La novia debía llevar consigo una doncella bien vestida. Las habitaciones del hotel de Folkestone debían ser amplias y estar en el primer piso. Debía alquilarse un carruaje para su uso mientras permaneciera allí; pero debía ahorrarse cada penique cuyo gasto no fuera evidente para el mundo exterior. ¡Oh, líbranos de la pobreza de aquellos que, con pocos medios, fingen ostentar riqueza! ¡No hay blanqueamiento igual al de los sepulcros blanqueados como lo están estos!
Mediante el pago de un pequeño soborno, Crosbie se aseguró para él y su esposa un compartimento de tren para ellos solos. Y mientras se sentaba frente a Alexandrina, tras haberla arropado debidamente con todos sus atavíos de colores brillantes, recordó que, en realidad, nunca antes había estado a solas con ella. Había bailado con ella con frecuencia, y se había quedado a solas con ella unos minutos entre pieza y pieza. Había flirteado con ella en salones abarrotados y una vez encontró un momento en el castillo de Courcy para decirle que estaba dispuesto a casarse con ella a pesar de su compromiso con Lilian Dale. Pero nunca había paseado con ella durante horas como había paseado con Lily. Nunca le había hablado de gobierno, ni de política, ni de libros, ni ella le había hablado de poesía, de religión o de los pequeños deberes y consuelos de la vida. Conocía a Lady Alexandrina desde hacía seis o siete años, pero nunca la había conocido —quizá nunca la conocería— como había llegado a conocer a Lily Dale en el espacio de dos meses.
Y ahora que era su esposa, ¿qué iba a decirle? Los dos habían comenzado una sociedad que iba a hacer de ellos, por el resto de sus vidas, un solo cuerpo y una sola carne. Iban a serlo todo el uno para el otro. Pero ¿cómo iba a empezar esta sociedad del «todo para el uno»? ¿Acaso el sacerdote, con su bendición, lo había hecho con tal suficiencia que no fuera necesario ningún otro esfuerzo por parte de Crosbie? Allí estaba ella, frente a él, su esposa real y verdadera —hueso de sus huesos—; ¿y qué iba a decirle? Mientras se acomodaba en su asiento, cubriéndose las rodillas con parte de una fina manta de piel ribeteada de escarlata con la que había tapado los otros abrigos de ella, pensó para sus adentros cuánto más fácil habría sido hablar con Lily. Y Lily habría estado dispuesta con todos sus oídos, toda su mente y todo su ingenio para entrar rápidamente en cualquier pensamiento que se le ocurriera. En ese aspecto, Lily habría sido una esposa de verdad; una esposa que se habría trasladado con rápida actividad mental a la esfera intelectual de su marido. Si él hubiera empezado a hablar de su oficina, Lily habría estado lista para seguirle; pero Alexandrina nunca le había hecho ni una sola pregunta sobre su vida oficial. Si él hubiera preparado un plan para la felicidad del día siguiente, Lily lo habría aceptado con entusiasmo; pero a Alexandrina nunca le importaban tales nimiedades.
—¿Estás cómoda? —dijo él, por fin. —Oh, sí, mucho, gracias. Por cierto, ¿qué hiciste con mi neceser?
Y esa pregunta sí la hizo con cierta energía.
—Está debajo de ti. Puedes usarlo como reposapiés si quieres. —Oh, no; se rayaría. Temía que, si lo llevaba Hannah, se perdiera.
Luego volvió el silencio, y Crosbie volvió a considerar qué decirle a continuación a su esposa.
Todos conocemos el consejo que se nos daba antiguamente sobre qué hacer en tales circunstancias; ¿y quién puede estar más justificado para seguir ese consejo que un marido recién casado? Así que extendió su mano hacia la de ella y la acercó a él.
—Cuidado con mi sombrero —dijo ella, al sentir el movimiento del vagón cuando él la besó.
No creo que volviera a besarla hasta que la depositó a ella y a su sombrero sanos y salvos en Folkestone. ¡Cuántas veces habría besado a Lily, y qué bonito habría quedado su sombrero al llegar al final del viaje, y qué deliciosamente feliz se habría visto ella mientras le regañaba por habérselo aplastado! Pero Alexandrina hablaba muy en serio respecto a su sombrero; demasiado en serio para cualquier apariencia de felicidad.
Así que permaneció sentado sin hablar hasta que el tren llegó al túnel.
—Odio tanto los túneles —dijo Alexandrina.
Él había tenido la intención de volver a extender la mano, bajo la idea equivocada de que el túnel le ofrecía una oportunidad. Todo el viaje era una larga oportunidad, si lo hubiera deseado; pero su esposa odiaba los túneles, así que retiró la mano. Los deditos de Lily habrían estado dispuestos para su caricia. Pensó en ello, y no pudo evitar pensar en ello.
Llevaba el periódico The Times en su maletín. Ella también llevaba una novela. ¿Se ofendería si sacaba el periódico y lo leía? Las millas parecían pasar muy despacio y aún quedaba otra hora hasta Folkestone. Ansiaba su Times, pero resolvió finalmente que no leería a menos que ella leyera primero. Ella también se había acordado de su novela; pero por naturaleza era más paciente que él, y pensaba que en un viaje así cualquier lectura podría ser casi impropia. De modo que se quedó sentada tranquilamente, con los ojos fijos en la redecilla portaequipajes que había sobre la cabeza de su marido.
Al final no pudo aguantar más y se lanzó a una conversación, pretendiendo que fuera de lo más afectuosa y seria.
—Alexandrina —dijo, y su voz estaba bien entonada para el modo tierno y serio, si los oídos de ella hubieran estado atentos a tal entonación—. Alexandrina, este es un paso muy importante el que tú y yo hemos dado hoy. —Sí; lo es, en efecto —dijo ella. —Confío en que logremos hacernos felices el uno al otro. —Sí; espero que sí. —Si ambos pensamos seriamente en ello y recordamos que ese es nuestro principal deber, lo lograremos. —Sí, supongo que sí. Solo espero que la casa no nos resulte muy fría. Es tan nueva, y yo soy tan propensa a los resfriados de cabeza. Amelia dice que nos resultará muy fría; pero claro, ella siempre estuvo en contra de que fuéramos allí. —La casa estará muy bien —dijo Crosbie.
Y Alexandrina pudo percibir que había algo de autoridad en su tono al hablar.
—Solo te digo lo que dijo Amelia —respondió ella.
Si Lily hubiera sido su novia, y él le hubiera hablado de su vida futura y sus deberes mutuos, ¡cómo se habría encendido ella con el tema! Se habría arrodillado a sus pies en el suelo del vagón y, mirándole a la cara, le habría prometido hacer todo lo posible... lo mejor... lo mejor de lo mejor. Y con qué entusiasmo de resolución interna habría decidido cumplir su promesa. Él pensaba en todo esto ahora, pero sabía que no debía pensar en ello. Luego, durante un cuarto de hora, sacó su periódico y ella, al ver que él lo hacía, sacó su novela.
Sacó su periódico, pero no podía fijar su mente en la política del día. ¿No había cometido un error terrible? ¿De qué le serviría en la vida esa cosa de mujer que tenía sentada enfrente? ¿No le había caído encima un gran castigo, y no se merecía él ese castigo? En verdad, le había caído un gran castigo. No era solo que se hubiera casado con una mujer incapaz de comprender los deberes más elevados de la vida matrimonial, sino que él mismo sí habría sido capaz de apreciar el valor de una mujer que los comprendiera. Habría sido feliz con Lily Dale; y, por tanto, podemos suponer que su infelicidad con Lady Alexandrina sería mayor. Hay hombres que, al casarse con alguien como Lady Alexandrina De Courcy, obtienen el artículo que mejor les conviene, como hizo Mortimer Gazebee al casarse con la hermana de ella. La señorita Griselda Grantly, que se había convertido en Lady Dumbello, aunque algo más fría y un poco más lista que Lady Alexandrina, era del mismo tipo. Pero al casarse con ella, Lord Dumbello había obtenido el artículo que mejor le convenía; si es que este mundo malintencionado le permitía conservar el artículo. En esto radicaba lo penoso del fracaso de Crosbie: en que había visto y aprobado el mejor camino, pero había elegido para sí mismo caminar por el peor. Durante aquella semana en el castillo de Courcy —la semana que pasó allí inmediatamente después de su segunda visita a Allington—, había decidido deliberadamente que era más apto para el mal camino que para el bueno. El camino estaba ahora ante él y no tenía más remedio que recorrerlo.
Hacía mucho frío cuando llegaron a Folkestone, y Lady Alexandrina se estremeció al subir al carruaje de aspecto privado que habían enviado a la estación para su uso.
—Encontraremos un buen fuego en el salón del hotel —dijo Crosbie. —Oh, eso espero —dijo Alexandrina—, y en el dormitorio también.
El joven esposo se sintió ofendido, aunque apenas sabía por qué. Se sintió ofendido, y con dificultad se indujo a sí mismo a realizar todas esas pequeñas ceremonias cuya ausencia habría sido advertida por todo el mundo. Cumplió con su labor, no obstante, ocupándose de todos los chales y abrigos de ella, hablando con amabilidad a Hannah y prestando especial atención al neceser.
—¿A qué hora te gustaría cenar? —preguntó, mientras se disponía a dejarla a solas con Hannah en el dormitorio. —Cuando quieras; solo que me gustaría un poco de té con pan y mantequilla ahora mismo.
Crosbie fue al cuarto de estar, pidió el té con pan y mantequilla, pidió también la cena y luego se quedó de pie de espaldas al fuego para poder pensar un poco en su futura carrera.
Era un hombre que hacía mucho tiempo había decidido que su vida fuera un éxito. Parecería que todos los hombres lo decidirían así, si el asunto fuera simplemente cuestión de resolución. Pero la mayoría de los hombres, según creo, no toman tal resolución, y muchísimos deciden que no tendrán éxito. Crosbie, sin embargo, había decidido tener éxito y había hecho mucho por llevar a cabo su propósito. Se había labrado un nombre y adquirido cierta fama. Eso, sin embargo, tal como se reconocía a sí mismo, se le estaba escapando. Miró el asunto de frente y se dijo que debía abandonar su vida social; pero le quedaba la oficina. Aún podía mandar sobre el señor Optimist y convertir a Butterwell en un esclavo sumiso. Esa debía ser su línea en la vida ahora, y a esa línea intentaría ser fiel. En cuanto a su esposa y su hogar, contaría con ellos para el desayuno y, tal vez, para la cena. Tendría un sillón cómodo y, si Alexandrina llegaba a ser madre, intentaría amar a sus hijos; pero por encima de todas las cosas, nunca pensaría en Lily.
Después de eso, se quedó pensando en ella durante media hora.
—Si me permite, señor, mi señora desea saber a qué hora ha pedido la cena. —A las siete, Hannah. —Mi señora dice que está muy cansada y que se tumbará hasta la hora de cenar. —Muy bien, Hannah. Iré a su habitación cuando sea hora de vestirse. ¿Espero que la estén atendiendo bien ahí abajo?
Entonces Crosbie salió a pasear por el muelle en el crepúsculo de la fría tarde de invierno.
Capítulo 46
John Eames en su oficina
El señor Crosbie y su esposa partieron en su viaje de novios a Folkestone a mediados de febrero y regresaron a Londres hacia finales de marzo. Nada de especial relevancia para los intereses de nuestra historia ocurrió durante esas seis semanas, a menos que se considere que las andanzas de la joven pareja junto al mar posean algún interés particular. Respecto a tales andanzas, solo puedo decir que Crosbie se alegró mucho cuando llegaron a su fin. Todo periodo de vacaciones es un trabajo duro, pero unas vacaciones sin nada que hacer son el trabajo más duro de todos. A finales de marzo se mudaron a su nueva casa, y esperemos que Lady Alexandrina no la encontrara muy fría.
Durante este tiempo, se completaba la recuperación de Lily de su enfermedad. No tuvo recaídas, ni ocurrió nada que diera pie a nuevos temores por su salud. No obstante, el doctor Crofts dio su opinión de que sería poco conveniente trasladarla a una nueva casa para el día de la Anunciación. Marzo no es un mes amable para los inválidos; y por ello, con cierto pesar por parte de la señora Dale, mucha impaciencia por la de Bell y una considerable y franca resistencia de la propia Lily, se le pidió al escudero que les permitiera quedarse durante todo el mes de abril. Cómo recibió el escudero esta petición y de qué manera asintió a los razonamientos del médico, se contará en el transcurso de un capítulo o dos.
Entretanto, John Eames había continuado su carrera en Londres sin mucha satisfacción inmediata para sí mismo ni para la dama que se jactaba de ser la reina elegida de su corazón. La señorita Amelia Roper, a decir verdad, se estaba volviendo muy huraña y, en su mal humor, estaba jugando una partida que amenazaba con caldear los ánimos hasta niveles alarmantes en Burton Crescent. Se estaba dedicando a flirtear con el señor Cradell, no solo ante los mismísimos ojos de Johnny Eames, sino también ante los de la señora Lupex. A John Eames, el muy alcornoque, no le hacía ninguna gracia. Estaba ansioso, por encima de todo, por librarse de Amelia y de sus pretensiones; tan ansioso que, en ciertos momentos de melancolía, se amenazaba a sí mismo con diversos finales trágicos para su carrera en Londres. Se alistaría. Se iría a Australia. Se volaría la tapa de los sesos. Tendría «una explicación» con Amelia, le diría que era una arpía y proclamaría su odio. Correría hasta Allington y se arrojaría desesperado a los pies de Lily. Amelia era el coco de su vida. No obstante, cuando ella coqueteaba con Cradell, a él le sentaba mal, y era lo bastante asno como para hablar con Cradell al respecto.
—Por supuesto que no me importa —decía—, solo que me parece que estás haciendo el ridículo. —Pensé que querías librarte de ella. —Ella no es absolutamente nada para mí; solo que, ya sabes, resulta... —¿Resulta qué? —preguntó Cradell. —Pues que, si yo anduviera de arrumacos con esa mujer casada, a ti no te gustaría. Eso es todo. ¿Acaso piensas casarte con ella? —¿Qué? ¿Con Amelia? —Sí, con Amelia. —Ni harto de vino. —Entonces, si yo fuera tú, la dejaría en paz. Solo te está tomando el pelo.
El consejo de Eames pudo ser bueno, y su visión de las andanzas de Amelia correcta; pero en lo que respectaba a su propio papel en el asunto, no andaba muy listo. La señorita Roper, sin duda, deseaba ponerle celoso, y lo lograba a pesar de la aversión que él sentía por ella y de su amor por otra. Él no sentía deseo alguno de decirle cosas dulces a la señorita Roper; ella, con toda su habilidad, no lograba arrancarle una palabra agradablemente tierna ni una vez a la semana. Pero, aun así, que ella recibiera o diera palabras dulces en otros cuartos le inquietaba. Siendo este el caso, ¿no debemos reconocer que John Eames seguía chapoteando en la ignorancia de su inexperta juventud?
Los Lupex, por aquel entonces, aún se mantenían firmes en la Crescent, a pesar de los repetidos avisos para que se marcharan. La señora Roper, aunque hablaba constantemente de dar por perdido todo lo que le debían, seguía anhelando su dinero con un anhelo natural. Y como cada aviso iba acompañado de una demanda de pago, y solía producir algún pequeño subsidio a cuenta, la cosa se prolongaba semana tras semana; y a principios de abril, el señor y la señora Lupex seguían siendo huéspedes en casa de la señora Roper.
Eames no había sabido nada de Allington desde el tiempo de su visita navideña y su posterior correspondencia con Lord De Guest. En las cartas de su madre le decían que solía llegar caza desde la mansión de Guestwick, y así sabía que el conde no le había olvidado. Pero de Lily no había oído ni una palabra, salvo el rumor, ya generalizado, de que los Dale de la Pequeña Casa estaban a punto de mudarse a Guestwick. Cuando se enteró por primera vez, interpretó la noticia como favorable para él, pensando que Lily, alejada de la grandeza de Allington, podría estar más fácilmente a su alcance; pero, últimamente, había abandonado tal esperanza y se decía que su amigo de la mansión habría renunciado a la idea de concertar el matrimonio. Ya habían pasado tres meses desde su visita. Cinco meses habían transcurrido desde que Crosbie renunció a su derecho. ¡Seguramente un canalla como Crosbie podía ser olvidado en cinco meses! Si se hubiera podido dar algún paso a través del escudero, ¡tres meses habrían bastado! Resultaba evidente que no había motivos de esperanza para él en Allington, y ciertamente sería mejor que se marchara a Australia. Iría a Australia, pero primero le daría una tunda a Cradell por haberse atrevido a entrometerse con Amelia Roper. Ese era, a grandes rasgos, el estado de su ánimo durante la primera semana de abril.
Entonces le llegó una carta del conde que efectuó al instante un gran cambio en todos sus sentimientos; una carta que le hizo ver Australia como un sueño y casi le puso de buen humor con Cradell. El conde no había perdido de vista los intereses de su amigo en Allington y, además, esos intereses estaban ahora respaldados por un aliado que en este asunto debía considerarse mucho más poderoso que el conde. El escudero había dado su consentimiento a la alianza con Eames.
La carta del conde decía lo siguiente:
Mansión de Guestwick, 7 de abril de 18—. Mi querido John: Te dije que me escribieras de nuevo y no lo has hecho. Vi a tu madre el otro día; si no, podrías haber estado muerto sin que yo lo supiera. Un joven siempre debe escribir cartas cuando se le ordena hacerlo.Eames, al llegar a este punto, se sintió algo ofendido por el reproche, sabiendo que se había abstenido de escribir a su patrón simplemente por no molestarle con sus cartas. «¡Vaya!, le escribiré todas las semanas de su vida hasta que se harte de mí», se dijo Johnny al verse así instruido sobre los deberes de un joven.
Y ahora tengo que contarte una larga historia, y me gustaría mucho más que estuvieras aquí abajo para ahorrarme el trabajo de escribir; pero pensarías que soy un desconsiderado si te hiciera esperar. Resulta que me encontré con el señor Dale el otro día, y dijo que se alegraría mucho si cierta señorita se decidiera a escuchar a cierto joven amigo mío. Así que le pregunté qué pensaba hacer con la fortuna de la joven, y se declaró dispuesto a darle cien libras al año mientras él viva, y a dejarle cuatro mil libras tras su muerte. Yo dije que haría lo mismo por mi parte por el joven; pero como doscientas libras al año, con tu sueldo, apenas os darían para empezar, subiré la mía a ciento cincuenta. Pronto ascenderás en tu oficina y con quinientas al año deberíais poder salir adelante; sobre todo porque no necesitas asegurar tu vida. Al principio yo viviría cerca de Bloomsbury Square, porque me han dicho que puedes conseguir una casa por nada. Al fin y al cabo, ¿qué vale la apariencia social? Puedes traer a tu mujer aquí abajo en otoño para ir de caza. Ella no te dejará dormirte bajo los árboles, te lo aseguro. Pero debes ocuparte de la señorita. Debes entender que nadie le ha dicho ni una palabra al respecto; o si lo han hecho, yo no lo sé. Encontrarás al escudero de tu parte, eso es todo. ¿No podrías apañártelas para bajar estas Pascuas? Dile al viejo Buffle, de mi parte, que te necesito. Le escribiré yo si quieres. Le conocí en un tiempo, aunque no puedo decir que fuera santo de mi devoción. Es de lógica que no puedes avanzar con la señorita Lily sin verla; a menos, claro, que prefieras escribirle, lo cual siempre me ha parecido una diversión bastante pobre. Es mucho mejor que bajes y vayas a cortejarla a la antigua usanza. No hace falta que te diga que Lady Julia estará encantada de verte. Eres su gran favorito desde aquel asunto en la estación de tren. Ella piensa mucho más en eso que en el toro. Bien, mi querido muchacho, ya lo sabes todo, y me tomaré muy a mal que no respondas a mi carta pronto. Tu muy sincero amigo, De Guest.Cuando Eames terminó esta carta, sentado en su escritorio de la oficina, su sorpresa y júbilo fueron tan grandes que apenas sabía dónde estaba o qué debía hacer. ¿Podía ser verdad que el tío de Lily no solo hubiera consentido el enlace, sino que también hubiera prometido dar a su sobrina una fortuna considerable? Por unos minutos le pareció a Johnny que todos los obstáculos para su felicidad habían desaparecido, y que no había impedimento alguno entre él y una dicha con la que hasta entonces apenas se había atrevido a soñar. Luego, al considerar la munificencia del conde, casi se echa a llorar. Se dio cuenta de que no podía sosegar su mente para pensar, ni siquiera su mano para escribir. No sabía si sería correcto aceptar tal liberalidad pecuniaria de hombre alguno, y casi pensó que se vería obligado a rechazar la oferta del conde. En cuanto al dinero del escudero, sabía que podía aceptarlo. Todo lo que llega en forma de dote de una joven puede ser aceptado por cualquier hombre.
Ciertamente respondería a la carta del conde, y de inmediato. No saldría de la oficina hasta haberlo hecho. Su amigo no tendría motivo para volver a presentar cargo alguno contra él por ese descuido. Y de nuevo volvió a la injusticia que se le había hecho en el asunto de la correspondencia, como si tal consideración fuera de importancia en el estado de cosas actual. Pero, al final, sus pensamientos se centraron en la verdadera cuestión en juego. ¿Le aceptaría Lily Dale? Al fin y al cabo, la realización de su buena fortuna dependía por completo de los sentimientos de ella; y al recordar esto, el ánimo le flaqueó penosamente. Su mente se llenó no solo de las dudas ordinarias de un joven enamorado —con el temor y el temblor propios de la timidez juvenil—, sino de la idea de que aquel asunto con Crosbie seguiría interponiéndose en su camino. Quizá no comprendía del todo cuánto había sufrido Lily, pero sospechaba que era probable que hubiera heridas que ni siquiera los últimos cinco meses habrían curado. ¿Podría ser que ella le permitiera curar esas heridas? Al pensar en ello se sintió casi aplastado por una timidez indomable y la convicción de su propia indignidad. ¿Qué tenía él que ofrecer que fuera digno de la aceptación de una chica como Lilian Dale?
Temo que la Corona no obtuvo de John Eames un rendimiento adecuado a su salario aquel día. Sin embargo, tan adecuado había sido el rendimiento dado por él durante algún tiempo que se suponía en toda la Oficina del Impuesto sobre la Renta que el ascenso estaba en camino, para gran envidia de Cradell, Fisher y otros compañeros y compinches inmediatos. Y el puesto que el rumor le asignaba era uno que generalmente se consideraba como un perfecto Elíseo terrenal en el mundo del Servicio Civil. Iba a ser, según decía el rumor, secretario privado del Primer Comisionado. Con tal cambio, sería trasladado de la gran sala sin alfombras en la que se sentaba actualmente, ocupando el mismo escritorio con otro hombre al que se sentía ignominiosamente unido, como deben sentirse los perros cuando van en pareja. Esa habitación había sido la leonera de la oficina. En ella se sentaban doce o catorce hombres. Diariamente, a la una, entraban grandes jarras de peltre, lo que le daba un aire poco aristocrático. El veterano de la sala, un tal señor Love, de quien se presumía que la tenía bajo su dominio inmediato, era un empleado a la antigua usanza, aburrido, pesado, sin ambición, que vivía en los confines de Islington y era desconocido más allá de los límites de su oficina para cualquiera de sus colegas más jóvenes. Generalmente se consideraba que le había dado un mal tono a la habitación. Y además, los empleados de esta sala solían ser reprendidos con frecuencia —con broncas muy palpables— por un figurón oficial, cierto oficial jefe llamado Kissing, de rango mucho más alto aunque de menos edad que el caballero de quien hemos hablado antes. Entraba apresurado desde su despacho contiguo, con paso rápido y la nariz al aire, arrastrando sus zapatillas de oficina, con aspecto en cada ocasión de temer que todo el Servicio Civil fuera a llegar a un fin abrupto, y repartía palabras duras que a algunos en la gran sala no les resultaba fácil de soportar. Siempre llevaba el pelo cepillado hacia arriba, los ojos muy abiertos y solía cargar con un gran libro de registro de cartas, marcando un lugar con el dedo. Este libro era casi demasiado para sus fuerzas, y lo soltaba con estruendo, ahora en el escritorio de este hombre, ahora en el de aquel, y en una larga carrera de tales estruendos se había hecho odiar sobremanera. Por algún viejo rencor, él y el señor Love no se hablaban; y por esta razón, en todas las ocasiones de amonestación, el joven reprendido remitía al señor Kissing a su enemigo.
—No sé nada del asunto —decía el señor Love, sin levantar la cara de su escritorio ni un instante. —Ciertamente presentaré el asunto ante la Junta —respondía el señor Kissing, y luego salía de la sala arrastrando los pies con su gran libro.
A veces el señor Kissing presentaba el asunto ante la Junta, y entonces él, el señor Love y dos o tres empleados delincuentes eran citados allí. Rara vez llevaba a mucho. Se advertía a los empleados. Un Comisionado le decía una palabra en privado al señor Love, y otro una palabra en privado al señor Kissing. Luego, al quedarse solos, los Comisionados hacían sus bromitas, diciendo que temían que Kissing fuera por favor y que Love debía seguir siendo el señor de todo. Pero estas cosas se hacían en los días apacibles, antes de que Sir Raffle Buffle llegara a la Junta.
Había habido algo de diversión en esto al principio; pero últimamente John Eames se había cansado. Le desagradaba el señor Kissing y el gran libro con el que siempre intentaba declararle culpable de algún pecado oficial, y se había cansado de esa broma de poner a Kissing y Love a pelearse. Cuando el Secretario Asistente le sugirió por primera vez que Sir Raffle tenía la idea de elegirlo como secretario privado, y cuando recordó la acogedora habitación, toda alfombrada, con un sillón de cuero y un lavabo separado que en tal caso se dedicaría a su uso, y recordó también que pasaría a cobrar cien libras adicionales al año y estaría en el camino de ascensos aún mejores, se llenó de alegría. Pero había ciertos inconvenientes. El actual secretario privado —que lo había sido también del anterior Primer Comisionado— abandonaba su Elíseo porque no podía soportar el tono de voz de Sir Raffle. Se entendía que Sir Raffle exigía de un secretario privado un servicio más obsequioso de lo deseable, y Eames casi dudaba de su propia aptitud para el puesto.
—¿Y por qué debería elegirme a mí? —le había preguntado al Secretario Asistente.
—Bueno, lo hemos estado hablando, y creo que te prefiere a ti antes que a cualquier otro de los que se han propuesto. —Pero fue muy duro conmigo por aquel asunto de la estación de tren. —Creo que ha oído más cosas sobre eso desde entonces; me parece que le ha llegado algún mensaje de tu amigo, el conde De Guest. —¡Ah, vaya! —dijo Johnny, empezando a comprender lo que significaba tener a un conde por amigo. Desde que comenzó su trato con el noble, había evitado cuidadosamente mencionar el nombre del conde en su oficina; y, sin embargo, recibía casi a diario indicios de que el hecho era bien conocido allí y no poco valorado. —Pero es tan brusco... —dijo Johnny. —Puedes aguantar eso —dijo su amigo, el Secretario Asistente—. Su ladrido es peor que su mordisco, como ya sabes; y, además, cien libras al año son algo digno de tenerse.
Eames estaba en ese momento inclinado a adoptar una visión sombría de la vida en general y dispuesto a rechazar el puesto si se lo ofrecían. Aún no había recibido la carta del conde; pero ahora, mientras permanecía sentado con dicha carta abierta ante él, guardada en el cajón bajo su escritorio para poder seguir leyéndola mientras se apoyaba en el respaldo de su silla, podía ver las cosas en general bajo una atmósfera distinta. En primer lugar, el marido de Lilian Dale debía tener una habitación para él solo, con alfombra y sillón; y, además, esas cien libras adicionales elevarían sus ingresos de inmediato a la suma sobre la cual el conde había puesto una suerte de estipulación. Pero ¿podría conseguir ese permiso de ausencia en Pascua? Si aceptaba ser el secretario privado de Sir Raffle, pondría eso como parte del trato.
En ese instante, la puerta de la gran sala se abrió y el señor Kissing entró arrastrando los pies con pasos muy rápidos y cortos. Entró y, dirigiéndose directamente al escritorio de John, soltó su libro de registro sobre él antes de que su dueño tuviera tiempo de cerrar el cajón que contenía la preciosa carta.
—¿Qué tiene en ese cajón, señor Eames? —Una carta privada, señor Kissing. —¡Ah, una carta privada! —dijo el señor Kissing, firmemente convencido de que había una novela escondida allí, pero sin atreverse a expresar su creencia—. He pasado media mañana, señor Eames, buscando esta carta para el Almirantazgo, ¡y la ha puesto usted en la S!
Cualquier espectador que escuchara el tono del señor Kissing habría llegado a creer que toda la Oficina del Impuesto sobre la Renta estaba en peligro por la terrible iniquidad así revelada.
—Somerset House —alegó Johnny. —¡Bah, Somerset House! La mitad de las oficinas de Londres... —Mejor pregúntele al señor Love —dijo Eames—. Todo se hace bajo sus instrucciones especiales.
El señor Kissing miró al señor Love, y el señor Love miró fijamente a su escritorio.
—El señor Love lo sabe todo sobre la indexación —continuó Johnny—. Es el gran maestro de índices del departamento. —No, no lo soy, señor Eames —dijo el señor Love, a quien le caía bastante bien John Eames y odiaba al señor Kissing con todo su corazón—. Pero creo que los índices, en general, se hacen muy bien en esta sala. Hay gente que no sabe cómo encontrar las cartas. —Señor Eames —comenzó el señor Kissing, señalando todavía con un dedo de amargo reproche la mal utilizada S, y comenzando una oración destinada al beneficio de toda la sala y a la aniquilación del viejo señor Love—, si aún tiene que aprender que la palabra Almirantazgo empieza por A y no por S, tiene mucho que aprender de lo que debería haber adquirido antes de entrar por primera vez en esta oficina. Somerset House no es un departamento.
Luego se dio la vuelta hacia la sala en general y repitió las últimas palabras, como si pudieran resultar muy útiles si se tomaban en serio:
—No es un departamento. El Tesoro es un departamento; el Ministerio del Interior es un departamento; la Junta de la India es un departamento... —No, señor Kissing, no lo es —dijo un joven empleado desde el otro extremo de la sala. —Sabe usted muy bien lo que quiero decir, señor. La Oficina de la India es un departamento. —No hay Junta, señor. —No importa; pero cómo cualquier caballero que lleva en el servicio tres meses —por no decir tres años— puede suponer que Somerset House es un departamento, escapa a mi comprensión. Si ha sido instruido incorrectamente... —Ya sabremos todo al respecto en otra ocasión —dijo Eames—. El señor Love tomará nota de ello. —No haré nada parecido —dijo el señor Love. —Si ha sido instruido erróneamente... —comenzó de nuevo el señor Kissing, lanzando una mirada furtiva al señor Love mientras lo hacía; pero en ese momento la puerta se abrió de nuevo y un ordenanza convocó a Johnny a la presencia del hombre verdaderamente importante: —Señor Eames, para presentarse ante Sir Raffle.
Al oír esto, Johnny se puso en marcha de inmediato y dejó al señor Kissing y al gran libro en posesión de su escritorio. Cómo se libró la batalla y cómo bramó en la gran sala, no podemos detenernos a escucharlo, ya que es necesario que sigamos a nuestro héroe a la presencia de Sir Raffle Buffle.
—Ah, Eames... sí —dijo Sir Raffle, levantando la vista de su escritorio cuando entró el joven—; espere medio minuto, ¿quiere?
Y el caballero se puso a trabajar en sus papeles, como temiendo que cualquier retraso en lo que estaba haciendo pudiera ser muy perjudicial para la nación en general.
—Ah, Eames... bien... sí —dijo de nuevo, mientras apartaba de sí, casi de un tirón, los papeles en los que había estado escribiendo—. Me dicen que conoce bastante bien el funcionamiento de esta oficina. —Parte de él, señor —dijo Eames. —Bueno, sí; parte de él. Pero tendrá que entenderlo todo si viene conmigo. Y tendrá que ser muy espabilado para ello. ¿Sabe que FitzHoward me deja? —He oído hablar de ello, señor. —Un joven excelente, aunque quizá no... pero no importa. El trabajo es un poco excesivo para él y va a volver a la oficina. Creo que Lord De Guest es amigo suyo, ¿no es así? —Sí; es amigo mío, ciertamente. Ha sido muy amable conmigo. —Ah, bien. Conozco al conde desde hace muchos años; desde hace muchísimos; e íntimamente en un tiempo. ¿Quizá le habrá oído mencionar mi nombre? —Sí, así es, Sir Raffle. —Fuimos íntimos una vez, pero esas cosas se pasan, ya sabe. Él ha sido el ratón de campo y yo el ratón de ciudad. ¡Ja, ja, ja! Puede decirle que yo lo digo. No le importará viniendo de mí. —Oh, no; en absoluto —dijo Eames. —Asegúrese de decírselo cuando le vea. El conde es un hombre por el que siempre he tenido un gran respeto... un respeto muy grande... podría decir aprecio. Y ahora, Eames, ¿qué dice a ocupar el lugar de FitzHoward? El trabajo es duro. Es justo que se lo diga. El trabajo será, sin duda, muy duro. Yo asumo una parte mayor de lo que hay que hacer de lo que hicieron mis predecesores; y no me importa decirle que me han enviado aquí porque se necesitaba a un hombre que hiciera eso.
La voz de Sir Raffle, a medida que continuaba, se volvía cada vez más áspera, y Eames empezó a pensar cuán sabio había sido FitzHoward.
—Pienso cumplir con mi deber, y espero que mi secretario privado cumpla con el suyo. Pero, señor Eames, yo nunca olvido a un hombre. Sea bueno o malo, nunca olvido a un hombre. Supongo que no le disgusta trabajar hasta tarde. —¿Se refiere a llegar tarde a la oficina? Oh, no, en absoluto. —Quedarse hasta tarde... quedarse hasta tarde. Hasta las seis o las siete si es necesario... arrimar el hombro cuando el carro se queda en el barro. Eso es lo que he estado haciendo toda mi vida. Saben muy bien quién soy. Siempre me han reservado para los caminos pesados. Si en el Servicio Civil pagaran por horas, creo que habría cobrado un sueldo mayor que cualquier otro hombre en él. Si ocupa la silla vacante en la habitación de al lado, verá que no es ninguna broma. Es justo que se lo diga. —Puedo trabajar tan duro como cualquier hombre —dijo Eames. —Así se habla. Así se habla. Manténgase en eso y yo me mantendré a su lado. Será una gran satisfacción para mí tener a mi lado a un amigo de mi viejo amigo De Guest. Dígaselo de mi parte. Y ahora, mejor que se ponga en marcha de inmediato. FitzHoward está allí. Puede entrar a verle y, a las cuatro y media exactamente, os veré a ambos. Soy muy exacto, tenga en cuenta... muy exacto; y por tanto, usted debe ser exacto.
Entonces Sir Raffle puso un gesto de desear quedarse a solas.
—Sir Raffle, hay un favor que quiero pedirle —dijo Johnny. —¿Y cuál es? —Estoy muy deseoso de ausentarme durante quince días o tres semanas, precisamente en Pascua. Tendría que irme dentro de unos diez días. —¡Ausentarse tres semanas en Pascua, cuando comienza el trabajo parlamentario! Eso no servirá para un secretario privado. —Pero es muy importante, Sir Raffle. —Fuera de toda cuestión, Eames; totalmente fuera de toda cuestión. —Es casi cuestión de vida o muerte para mí. —Casi de vida o muerte. Vaya, ¿qué va a hacer?
A pesar de toda su grandeza e importancia nacional, Sir Raffle podía ser muy curioso respecto a la gente común.
—Bueno, no puedo decírselo exactamente, y yo mismo no estoy muy seguro. —Entonces no diga tonterías. Es imposible que pueda prescindir de mi secretario privado justo en esa época del año. No podría hacerlo. El servicio no lo admite. No tiene usted derecho a vacaciones en esa temporada. Los secretarios privados siempre se toman sus vacaciones en otoño. —También me gustaría ausentarme en otoño, pero... —Está fuera de toda cuestión, señor Eames.
Entonces John Eames reflexionó que le correspondía, en tal emergencia, disparar su artillería pesada. Le disgustaba mucho recurrir a ella pero, como se decía a sí mismo, hay ocasiones que hacen muy necesaria la artillería pesada.
—Esta mañana recibí una carta de Lord De Guest, instándome mucho a que vaya a verle en Pascua. Es por un asunto de negocios —añadió Johnny—. Dijo que, si había alguna dificultad, le escribiría a usted. —¿Escribirme a mí? —dijo Sir Raffle, a quien no le gustaba que se le abordara con demasiada familiaridad en su oficina, ni siquiera un conde. —Por supuesto, yo no le diría que hiciera tal cosa. Pero, Sir Raffle, si me quedara ahí fuera, en la oficina —y Johnny señaló hacia la gran sala con la cabeza—, podría elegir abril para mi mes. Y como el asunto es tan importante para mí, y para el conde... —¿De qué puede tratarse? —dijo Sir Raffle. —Es algo totalmente privado —dijo John Eames.
Ante esto, Sir Raffle se volvió muy petulante, sintiendo que se estaba regateando con él. ¡Este joven solo consentiría en convertirse en su secretario privado bajo ciertos términos!
—Bueno, vaya a ver a FitzHoward ahora. No puedo perder todo mi día de esta manera. —¿Pero podré irme en Pascua? —No lo sé. Ya lo veremos. Pero no se quede ahí hablando ahora.
Entonces John Eames entró en la habitación de FitzHoward y recibió las felicitaciones de ese caballero por su nombramiento.
—Espero que le guste que le toquen el timbre, como a un criado, a cada minuto, porque siempre está tocando esa campana. Y le gritará hasta dejarle sordo. Debe renunciar a todo compromiso para cenar, porque aunque no haya mucho que hacer, nunca le dejará irse. No creo que nadie le invite nunca a cenar, porque le gusta estar aquí hasta las siete. Y tendrá que escribir toda clase de mentiras sobre personajes importantes. Y, a veces, cuando envíe a Rafferty fuera para sus asuntos privados, le pedirá a usted que le traiga los zapatos.
Rafferty era el ordenanza del Primer Comisionado.
Debe recordarse, sin embargo, que este pequeño relato fue dado por un secretario privado saliente y despechado. «A un hombre no se le pide que le traiga los zapatos a otro», se dijo Eames a sí mismo, «hasta que se muestra apto para esa clase de negocios». Entonces tomó, en su propio fuero interno, una pequeña resolución sobre los zapatos de Sir Raffle.
Capítulo 47
El nuevo secretario privado
Oficina del Impuesto sobre la Renta, 8 de abril de 18—. Mi querido Lord De Guest: Apenas sé cómo responder a su carta, es tan sumamente amable... más que amable. Y sobre lo de no haber escrito antes, debo explicarle que no he querido molestarle con mis cartas. Habría parecido un abuso de confianza si hubiera escrito mucho. De verdad, no fue por no pensar en usted. Y, en primer lugar, sobre el dinero —me refiero a su oferta—, realmente siento que no sé qué debo decirle al respecto sin parecer un simplón. Lo cierto es que no sé qué es lo que debo hacer, y solo puedo confiar en que usted no me deje equivocarme. Tengo la idea de que un hombre no debe aceptar un regalo de dinero, a menos que sea de su padre o de alguien así. Y la suma que menciona es tan grande que me hace desear que no la hubiera nombrado. Si decide ser tan generoso, ¿no sería mejor que me lo dejara en su testamento?—Para que siempre estuviera deseando que me muriera —dijo Lord De Guest, mientras leía la carta en voz alta a su hermana. —Estoy segura de que él no desearía eso —dijo Lady Julia—. Pero usted puede vivir veinticinco años más, ya sabe. —Diga cincuenta —dijo el conde. Y luego continuó la lectura de su carta:
Pero todo eso depende tanto de otra persona que apenas vale la pena hablar de ello. Por supuesto, estoy muy agradecido al señor Dale —muchísimo, en efecto— y creo que se está portando con gran generosidad con su sobrina. Pero que eso me sirva de algo a mí es harina de otro costal. No obstante, aceptaré sin duda su amable invitación para Pascua y descubriré si tengo alguna oportunidad o no. Debo decirle que Sir Raffle Buffle me ha nombrado su secretario privado, por lo que recibiré cien libras al año. Dice que fue muy compinche de usted hace muchos años y parece que le gusta mucho hablar de usted. Ya comprenderá lo que todo eso significa. Me ha dado muchísimos recados para usted, pero no supongo que le interese recibirlos. Mañana debo empezar con él y, por todo lo que oigo, me espera una época difícil.—¡Por Júpiter, que sí la tendrá! —dijo el conde—. ¡Pobre muchacho! —Pero yo pensaba que un secretario privado nunca tenía nada que hacer —dijo Lady Julia. —A mí no me gustaría ser secretario privado de Sir Raffle, desde luego. Pero él es joven, y cien libras al año son un gran incentivo. Cómo odiábamos todos a ese hombre. Su voz sonaba como una campana rajada. Siempre estábamos pidiendo a alguien que le pusiera sordina a Buffle. En su oficina le llaman «Buffle el Atolondrado». ¡Pobre Johnny!
Luego terminó la carta:
Le dije que debía tener permiso de ausencia en Pascua y al principio declaró que era imposible. Pero me saldré con la mía en eso. No me quedaría aquí ni aunque me hicieran secretario privado del Primer Ministro; y, sin embargo, casi siento que daría lo mismo que me quedara, por el bien que voy a conseguir. Presente mis respetos a Lady Julia y dígale lo muy agradecido que le estoy. No puedo expresar la gratitud que le debo a usted. Pero le ruego que me crea, mi querido Lord De Guest, siempre suyo muy fielmente, John EamesEra tarde cuando Eames terminó su carta. Había estado preparándose para su éxodo de la gran sala y dejando listos su escritorio y sus papeles para su sucesor. Cerca de las cinco y media, Cradell se le acercó y le sugirió que caminaran juntos hacia casa.
—¡Cómo! ¿Todavía aquí? —dijo Eames—. Pensé que siempre te ibas a las cuatro.
Cradell se había quedado merodeando por la oficina para poder caminar a casa con el nuevo secretario privado. Pero Eames no deseaba tal cosa. Tenía mucho en lo que deseaba pensar a solas y habría preferido que le dejaran caminar por su cuenta.
—Sí; tenía cosas que hacer. Oye, Johnny, te felicito de todo corazón; de verdad. —¡Gracias, viejo amigo! —Es algo grandioso, ya sabes. ¡Cien libras al año y de golpe! Y además, una habitación tan acogedora para ti solo... y ese tipo, Kissing, nunca podrá acercarse a ti. Se ha portado como un animal todo el día. Pero, Johnny, siempre supe que llegarías a ser algo fuera de lo común. Siempre lo dije. —No hay nada fuera de lo común en esto; excepto que Fitz dice que el viejo Buffle se porta de una manera fuera de lo común de desagradable. —No hagas caso a lo que diga Fitz. Todo es envidia. Te saldrás con la tuya en todo si estás al tanto. Creo que siempre te sales con la tuya. ¿Estás casi listo? —Bueno... no del todo. No me esperes, Caudle. —Oh, esperaré. No me importa esperar. Nos guardarán la cena si nos quedamos los dos. Además, ¿qué importa? Haría más que eso por ti. —Tengo la idea de seguir trabajando hasta las ocho y pedir que me traigan una chuleta —dijo Johnny—. Además... tengo que hacer una visita yo solo.
Entonces Cradell casi se echa a llorar. Permaneció en silencio dos o tres minutos, esforzándose por dominar su emoción; y por fin, cuando habló, apenas lo había logrado.
—Oh, Johnny —dijo—, ya sé lo que eso significa. Vas a darme de lado porque estás ascendiendo en el mundo. Siempre me he mantenido a tu lado, a pesar de todo, ¿verdad? —No seas tonto, Caudle. —Bueno, pues así ha sido. Y si a mí me hubieran hecho secretario privado, habría seguido siendo el mismo contigo de siempre. No habrías encontrado ningún cambio en mí. —Qué ganso eres. ¿Dices que he cambiado porque quiero cenar en la City? —Es todo porque no quieres caminar a casa conmigo, como solíamos hacer. No soy tan ganso como para no verlo. Pero, Johnny... supongo que ya no debo llamarte Johnny. —No seas tan... condenadamente...
Entonces Eames se levantó y caminó por la habitación.
—Vámonos —dijo—, no me importa quedarme y no me importa dónde cenar.
Y se marchó apresuradamente con su sombrero y sus guantes, sin dar apenas tiempo a Cradell para alcanzarle antes de salir a la calle.
—Te diré una cosa, Caudle —dijo—, toda esa clase de cosas resulta repugnante. —Pero ¿cómo te sentirías tú? —gimoteó Cradell, que nunca había logrado ponerse a la altura de su amigo, ni siquiera en su propia estimación, desde aquella gloriosa victoria en la estación de tren. Si tan solo hubiera podido darle una tunda a Lupex como Johnny se la dio a Crosbie; entonces, sí, podrían haber sido iguales: una pareja de héroes. Pero no lo había hecho. Nunca se había dicho a sí mismo que fuera un cobarde, pero consideraba que las circunstancias habían sido especialmente crueles con él—. Pero ¿cómo te sentirías tú —gimoteó— si el amigo que más quieres en el mundo te diera la espalda? —No te he dado la espalda; salvo que no consigo que camines lo bastante rápido. Vamos, viejo amigo, y no digas tonterías condenadas. Odio todo ese tipo de cosas. Nunca deberías suponer que un hombre se va a dar aires, sino esperar a que lo haga. No creo que me quede con el viejo Scuffles más de un mes o dos. Por todo lo que oigo, es lo máximo que cualquiera puede soportar.
Entonces Cradell, poco a poco, se volvió alegre y cordial, y durante todo el camino aduló a Eames con toda la lisonja de la que era capaz. Y Johnny, aunque profesaba ser reacio a «toda esa clase de cosas», era, no obstante, sensible a la adulación. Cuando Cradell le dijo que, aunque FitzHoward no pudo manejar al caballero tártaro, él probablemente sí podría hacerlo, se inclinó a creer lo que decía Cradell.
—Y en cuanto a traerle los zapatos —dijo Cradell—, no supongo que se le ocurra pedirte tal cosa a menos que tenga mucha prisa o algo por el estilo. —Mira, Johnny —dijo Cradell, cuando llegaron a una de las calles colindantes con Burton Crescent—, sabes que lo último que querría en el mundo sería ofenderte. —Está bien, Caudle —dijo Eames, siguiendo adelante, mientras que su compañero mostraba tendencia a detenerse. —Mira, ahora; si te he molestado por lo de Amelia Roper, te prometo no volver a hablarle nunca más. —¡Al diablo con Amelia Roper! —dijo Eames, deteniéndose de repente y deteniendo también a Cradell. La exclamación fue hecha con una voz profunda y airada que atrajo la atención de uno o dos transeúntes. Johnny estaba muy equivocado; equivocado al proferir cualquier maldición; muy equivocado al lanzar esa maldición contra un ser humano; y especialmente equivocado al fulminarla contra una mujer, ¡una mujer a la que había profesado amar! Pero lo hizo, y no puedo contar mi historia fielmente sin repetir la mala palabra.
Cradell le miró fijamente, asombrado.
—Solo quería decir —dijo Cradell— que haré lo que quieras en este asunto. —Entonces no vuelvas a mencionar su nombre ante mí. Y en cuanto a hablarle, puedes hablarle hasta que se os ponga la cara azul a los dos, si te place. —Oh... no lo sabía. El otro día no parecía gustarte. —El otro día fui un tonto, un tonto de remate. Y así he sido toda mi vida. ¡Amelia Roper! Mira, Caudle; si ella se te acerca esta noche, como no dudo que hará, porque parece estar jugando a eso constantemente ahora, deja que se explaye. No te preocupes por mí; yo me entretendré con la señora Lupex o con la señorita Spruce. —Pero habrá problemas con la señora Lupex. Ya se pone de lo más huraña en cuanto Amelia me habla. No sabes lo que es una mujer celosa, Johnny.
Cradell había subido a lo que consideraba su terreno dominante. Y allí se sentía igual a cualquier hombre. Era cierto, sin duda, que Eames le había dado una paliza a un hombre y él no; también era cierto que Eames había ascendido a un lugar muy alto en el mundo social al convertirse en secretario privado; pero para una intriga peligrosa, misteriosa, abrumadora y que envolviera toda una vida, ¿no era él el héroe reconocido de tal asunto? Había pagado muy caro, tanto en el bolsillo como en su comodidad, por la bendición de la compañía de la señora Lupex; pero apenas consideraba que hubiera pagado demasiado caro. Hay ciertos lujos que un hombre encuentra costosos; pero, a pesar de todo, pueden valer su precio. No obstante, mientras subía los peldaños de la casa de la señora Roper, decidió que complacería a su amigo. La intriga podría volverse así más misteriosa y envolvente; mientras que no se volvería más peligrosa, dado que el señor Lupex difícilmente podría considerarse agraviado por tal proceder.
Todos los huéspedes de la señora Roper estaban reunidos a la cena aquel día. El señor Lupex rara vez se unía a aquella mesa festiva, pero en esta ocasión estaba presente, aparentando por su voz y manera estar de muy buen humor. Cradell había comunicado a los presentes en el salón la gran suerte que había tenido su amigo, y Johnny se había convertido por ello en blanco de cierta dosis de heroísmo.
—¡Vaya, vaya! —dijo la señora Roper—. Una mujer feliz será su madre cuando lo sepa. Pero siempre dije que usted caería de pie. —Obras son amores —dijo la señorita Spruce. —¡Oh, señor Eames! —exclamó la señora Lupex, con grácil entusiasmo—. Le deseo alegría desde lo más profundo de mi corazón. Es un nombramiento tan elegante. —Acepte la mano de un amigo verdadero y desinteresado —dijo Lupex.
Y Johnny aceptó la mano, aunque estaba muy sucia y manchada de pintura por todas partes.
Amelia se mantuvo aparte y le transmitió sus felicitaciones con una mirada... o mejor dicho, con una serie de miradas. «Y ahora, ¿no serás mío ahora? —decían las miradas—; ¿ahora que nadas en la riqueza y la prosperidad?». Y luego, antes de bajar al comedor, le susurró una palabra al oído:
—Oh, estoy tan feliz, John; tan sumamente feliz. —¡Qué fastidio! —dijo Johnny, en un tono lo bastante alto como para llegar al oído de la dama.
Luego, abriéndose paso por la habitación, ofreció su brazo a la señorita Spruce. Amelia, mientras bajaba las escaleras sola, se declaró a sí misma que le rompería el corazón. Había estado empleada en rompérselo durante los últimos días y se había asombrado de su propio éxito. Le había resultado bastante claro que Eames se había sentido picado por sus atenciones hacia Cradell, y por tanto tenía que llevar esa partida hasta el final.
—Oh, señor Cradell —dijo ella, al tomar asiento junto a él—. Los amigos que me gustan son los amigos que permanecen siempre iguales. Odio las subidas repentinas. Suelen volver a los hombres unos engreídos. —A mí me gustaría probar, de todos modos —dijo Cradell. —Bueno, no creo que en usted supusiera ninguna diferencia; de verdad que no. Y por supuesto, su momento también llegará. Ha sido ese conde el que lo ha hecho... el que fue molestado por el toro. Desde que conocemos a un conde nos hemos vuelto muy finos.
Y Amelia dio un pequeño toque con la cabeza y luego sonrió con picardía, de una manera que, a los ojos de Cradell, resultaba realmente muy atractiva. Pero él vio que la señora Lupex le estaba mirando desde el otro lado de la mesa y no pudo disfrutar del todo de los bienes que los dioses le habían proporcionado.
Cuando las damas dejaron el comedor, Lupex y los dos jóvenes acercaron sus sillas al fuego y cada uno se preparó una bebida moderada. Eames hizo un pequeño intento de dejar la habitación, pero Lupex le suplicó con tales protestas de amistad que se quedara, y él temía tan débilmente que le acusaran de darse aires, que hizo lo que se le pedía.
—Y aquí, señor Eames, brindo por su muy buena salud —dijo Lupex, llevándose a la boca un humeante vaso de ginebra con agua—, y deseándole muchos años para disfrutar de su prosperidad oficial. —Gracias —dijo Eames—. No sé mucho sobre la prosperidad, pero le quedo igual de agradecido. —Sí, señor; cuando veo a un joven de su edad empezar a subir en el mundo, sé que seguirá adelante. Ahora míreme a mí, señor Eames. Señor Cradell, brindo por su muy buena salud, y que toda aspereza se ahogue en la copa que fluye... Míreme a mí, señor Eames. Yo nunca he subido en el mundo; nunca he hecho nada bueno en el mundo y nunca lo haré. —Oh, señor Lupex, no diga eso. —Ah, pero lo digo. Siempre he estado tirándole de la cola al diablo y nunca he logrado agarrarla bien. Y le diré por qué: nunca tuve una oportunidad cuando era joven. Si hubiera podido conseguir que algún personaje importante, una estrella, ya sabe, me dejara pintar su retrato cuando yo tenía su edad... alguien como, digamos, su amigo Sir Raffle... —¡Vaya una estrella! —dijo Cradell. —Bueno, supongo que es bastante conocido en el mundo, ¿no? O Lord Derby, o el señor Spurgeon. Ya sabe a qué me refiero. Si hubiera tenido una oportunidad así cuando era joven, nunca habría estado haciendo trabajos de pintura de decorados en los teatros menores a tanto el metro cuadrado. Usted tiene la oportunidad ahora, pero yo nunca la tuve.
Acto seguido, el señor Lupex terminó su primera medida de ginebra con agua.
—Es una cosa muy rara... la vida —continuó Lupex; y, aunque no se puso de inmediato a preparar otro vaso de ponche con audacia, empezó gradualmente y como por instinto a juguetear con los objetos necesarios para tal operación—. Una cosa muy rara. Ahora, recuerden, jóvenes caballeros, que no niego que el éxito en la vida dependa de la buena conducta; por supuesto que sí; pero, ¡cuántas veces la buena conducta viene del éxito! ¿Habría sido yo lo que soy ahora, suponen ustedes, si algún pez gordo me hubiera tomado de la mano cuando estaba luchando por hacerme artista? Podría haber bebido clarete y champán tan bien como ginebra con agua, y lucir chorreras en mi camisa con tanta gracia como muchos que solían ser muy amigos míos y ahora no me dirigen la palabra si me encuentran en la calle. Nunca tuve una oportunidad... nunca. —Pero aún no es demasiado tarde, señor Lupex —dijo Eames. —Sí que lo es, Eames... sí que lo es.
Y ahora el señor Lupex ya había agarrado la botella de ginebra.
—Es demasiado tarde ya. El juego ha terminado y la partida está perdida. El talento está aquí. Estoy tan seguro de ello ahora como siempre. Nunca he dudado de mi propia habilidad... ni por un momento. Hay hombres que hoy mismo están ganando mil libras al año con sus caballetes que no tienen un ojo tan bueno y veraz para el dibujo como yo, ni tan buen sentido del color. Podría nombrarlos; pero no lo haré. —¿Y por qué no debería intentarlo de nuevo? —dijo Eames. —Si pintara la pieza más fina que jamás haya deleitado el ojo humano, ¿quién vendría a mirarla? ¿Quién tendría suficiente fe en mí para venir hasta este lugar y ver si fuera cierto? No, Eames; conozco mi propia posición y mis propios caminos, y conozco mi propia debilidad. No podría hacer un día de trabajo ahora a menos que estuviera seguro de recibir un número determinado de chelines al terminarlo. A eso llega un hombre cuando las cosas han ido en su contra. —¿Pero no pensaba yo que se ganaba mucho dinero con la pintura de decorados? —No sé qué llamará usted mucho, señor Cradell; yo no lo llamo mucho. Pero no me quejo. Sé a quién tengo que agradecer; y si alguna vez me vuelo la tapa de los sesos, no estaré echando la culpa a quien no corresponde. Si acepta mi consejo —y ahora se volvió hacia Eames—, tenga cuidado de no casarse demasiado pronto en la vida. —Creo que un hombre debe casarse pronto, si se casa bien —dijo Eames. —No me malinterprete —continuó Lupex—. No es de la señora L. de quien hablo. Siempre he considerado a mi esposa como una mujer muy fascinante. —¡Bien, bien, bien! —dijo Cradell, golpeando la mesa. —Ciertamente lo es —dijo Eames. —Y cuando le advierto contra el matrimonio, no me malinterprete. Nunca he dicho una palabra contra ella a ningún hombre, ni lo haré jamás. Si un hombre no defiende a su mujer, ¿a quién defenderá? No culpo a nadie más que a mí mismo. Pero sí digo esto: nunca tuve una oportunidad; nunca tuve una oportunidad; nunca tuve una oportunidad.
Y mientras repetía las palabras por tercera vez, sus labios estaban ya pegados al borde de su vaso. En ese momento, la puerta del comedor se abrió y la señora Lupex asomó la cabeza.
—Lupex —dijo ella—, ¿qué estás haciendo? —Sí, querida. No puedo decir que esté haciendo nada en este momento. Estaba dando un pequeño consejo a estos jóvenes caballeros. —Señor Cradell, me asombra usted. Y, señor Eames, ¡me asombra usted también, en su posición! Lupex, sube arriba de inmediato.
Entró entonces en la habitación y se apoderó de la botella de ginebra.
—¡Oh, señor Cradell, venga aquí, por favor! —dijo Amelia con su tono más animado, en cuanto los hombres aparecieron arriba—. Llevo media hora esperándole. Tengo un acertijo para usted.
Y le hizo sitio en una silla que estaba entre ella y la pared. Cradell parecía medio asustado de su suerte mientras tomaba el asiento ofrecido; pero lo tomó, y pronto quedó protegido de cualquier ataque físico real por la fuerza y la amplitud de la crinolina de la señorita Roper.
—¡Vaya por Dios! Menudo cambio —dijo la señora Lupex en voz alta.
Johnny Eames estaba cerca y le susurró al oído:
—¡Los cambios son tan agradables a veces! ¿No lo cree así? Yo sí.
Capítulo 48
Némesis
Crosbie se había asentado ya en las calmadas realidades de la vida conyugal, y empezaba a pensar que el odio que durante una semana o dos se había cernido sobre él —en parte por su trato hacia la señorita Dale, pero con más fuerza a consecuencia de la tunda que había recibido de John Eames— se estaba disipando. No es que hubiera recuperado en modo alguno su antiguo tono de vida, ni esperaba hacerlo nunca. Pero era capaz de entrar y salir de su club sin embarazo. Podía hablar con su voz de siempre y actuar con su autoridad de costumbre en la oficina. Podía decir a sus amigos, con un leve grado de placer al escucharlo, que Lady Alexandrina estaría encantada de recibirles. Y podía sentirse cómodo en su propio sillón después de cenar, con sus zapatillas y su periódico. Podía sentirse cómodo o, al menos, podía decirle a su esposa que se sentía así.
Aquello era muy aburrido. Se veía obligado a reconocer ante sí mismo, al reflexionar sobre el asunto, que la vida que llevaba era aburrida. Aunque podía entrar en su club sin molestias, nadie allí pensaba ya en invitarle a cenar. Se daba por sentado que iba a cenar en casa; y, a falta de cualquier provocación en sentido contrario, siempre cenaba en casa. Llevaba ya tres semanas en su casa, y le habían invitado con su esposa a unas cuantas cenas de recién casados, dadas principalmente por amigos de la familia De Courcy. Salvo en tales ocasiones, nunca pasaba una velada fuera de su propio hogar y, desde su matrimonio, aún no había cenado ni una sola vez lejos de su mujer. Se decía a sí mismo que su buena conducta a este respecto era fruto de su propia determinación; pero, no obstante, sentía que no le quedaba otra cosa por hacer. Nadie le invitaba al teatro. Nadie le rogaba que se pasara por allí una tarde. Los hombres nunca le preguntaban por qué no jugaba una partida de rubber. Por lo general, se dejaba caer por el Sebright’s después de salir de la oficina y deambulaba por la sala durante media hora, charlando con unos pocos hombres. Nadie era descortés con él. Pero sabía que todo aquello había cambiado y decidió, con cierta sabiduría, acomodarse a sus nuevas circunstancias.
Lady Alexandrina también encontraba su nueva vida bastante aburrida y a veces se sentía inclinada a mostrarse un tanto quejumbrosa. Le decía a su marido que nunca salía y declaraba, cuando él se ofrecía a caminar con ella, que no le gustaba pasear por las calles. «No veo exactamente, entonces, por dónde vas a pasear», replicó él una vez. Ella no le dijo que le encantaba montar a caballo y que el Parque era un lugar muy adecuado para tal ejercicio; pero lo expresó con la mirada y él la comprendió. «Haré todo lo que pueda por ella —se dijo—; pero no voy a arruinarme».
—Amelia vendrá a llevarme de paseo en coche —dijo ella en otra ocasión. —Ah, eso estará muy bien —respondió él. —No; no estará muy bien —dijo Alexandrina—. Amelia se pasa el tiempo de tiendas y regateando con los comerciantes. Pero será mejor que estar encerrada en casa sin asomar la nariz fuera.
Desayunaban nominalmente a las nueve y media; en realidad, eran siempre casi las diez, pues a Lady Alexandrina le resultaba difícil salir de su habitación. A las diez y media puntualmente, él dejaba su casa para ir a la oficina. Solía llegar a casa a las seis y entonces pasaba la mayor parte de la hora previa a la cena en la ceremonia de vestirse. Entraba, al menos, en su vestidor, tras cruzar unas palabras con su mujer, y allí permanecía, trasteando cosas, cortándose las uñas, ojeando cualquier papel que se cruzara en su camino y matando el tiempo. Esperaba la cena puntualmente a las siete y empezaba a sentirse un poco huraño si le hacían esperar. Después de cenar, bebía una copa de vino en compañía de su esposa y otra a solas, durante cuya última ceremonia se quedaba mirando las brasas encendidas y pensando en lo que había hecho. Luego subía al piso de arriba y tomaba, primero una taza de café y luego una taza de té. Leía su periódico, abría un libro o dos, ocultaba su rostro al bostezar e intentaba fingir que aquello le gustaba. Ella no tenía para él signos ni palabras de amor. Nunca se sentaba sobre sus rodillas ni le acariciaba. Nunca le demostraba que le hubiera supuesto felicidad alguna el que se le permitiera vivir junto a él. Creían que se amaban —cada uno así lo pensaba—; pero no había amor, ni simpatía, ni calor. La atmósfera misma era fría; tan fría que ningún fuego podía eliminar aquel gélido ambiente.
¿En qué habría sido diferente si Lily Dale se hubiera sentado frente a él allí como su esposa, en lugar de Lady Alexandrina? Se decía a menudo que tanto con una como con la otra la vida habría sido la misma; que él mismo se había vuelto por un tiempo inepto para la vida doméstica y que debía curarse de esa ineptitud. Pero aunque se declaraba esto en una serie de pensamientos a medio decir, también se declaraba en otra que Lily habría iluminado toda la casa con su resplandor; que si la hubiera traído a ella a su hogar, habría tenido un sol brillando sobre él cada mañana y cada tarde. Pero, no obstante, se esforzaba por cumplir con su deber y recordaba que la emoción de la vida oficial seguía abierta para él. Desde las once de la mañana hasta las cinco de la tarde podía seguir ocupando una posición que obligaba a los hombres a mirarle con respeto y a hablarle con deferencia. En este aspecto estaba mejor que su mujer, pues ella no tenía oficina a la que acudir.
—Sí —le dijo a Amelia—, todo está muy bien, y no me importa que la casa esté húmeda; pero me canso tanto de estar sola... —Eso suele pasarles a las mujeres que están casadas con hombres de negocios. —Oh, no me quejo. Por supuesto, sabía lo que hacía. Supongo que no será tan aburrido cuando todo el mundo esté ya en Londres. —Yo no noto que la temporada suponga mucha diferencia para nosotros después de Navidad —dijo Amelia—; pero sin duda Londres está más alegre en mayo. Verás cómo te gusta más el año que viene; y quizá tengas un bebé, ya sabes. —¡Bah! —exclamó Lady Alexandrina—; no quiero un bebé y no supongo que lo tenga. —Siempre es algo que hacer, ya sabes.
Lady Alexandrina, aunque no era de temperamento enérgico, no podía sino confesarse a sí misma que había cometido un error. Se había sentido tentada de casarse con Crosbie porque Crosbie era un hombre elegante, y ahora le decían que la temporada londinense no supondría ninguna diferencia para ella; la temporada londinense que hasta entonces siempre le había traído la emoción de las fiestas, si es que no le había dado la satisfacción de la diversión. Se había sentido tentada de casarse porque le parecía que una mujer casada podía disfrutar de la sociedad con menos restricciones que una joven sujeta a su madre o a su acompañante; que tendría más libertad de acción como mujer casada; y ahora le decían que debía esperar a un bebé para tener algo que hacer. El castillo de Courcy era a veces aburrido, pero el castillo de Courcy habría sido mejor que aquello.
Cuando Crosbie regresó a casa tras esta pequeña conversación sobre el bebé, su mujer le dijo que iban a cenar con los Gazebee el próximo domingo. Al oír esto, él sacudió la cabeza con fastidio. Sabía, sin embargo, que no tenía derecho a quejarse, ya que solo le habían llevado a St. John’s Wood una vez desde que regresaron de su viaje de novios. No obstante, había un punto sobre el cual podía refunfuñar: —¿Por qué diablos tiene que ser en domingo? —Porque Amelia me lo pidió para el domingo. Si te invitan para el domingo, no puedes decir que irás el lunes. —Es tan terrible una tarde de domingo... ¿A qué hora? —Dijo que a las cinco y media. —¡Cielos! ¿Qué vamos a hacer toda la velada? —No es amable por tu parte, Adolphus, hablar así de mis parientes. —Vamos, amor mío, eso es una broma; como si no te hubiera oído decir lo mismo veinte veces. Tú te has quejado de tener que ir allí mucho más amargamente de lo que yo lo he hecho nunca. Sabes que me gusta tu hermana y que, a su manera, Gazebee es un muy buen tipo; pero después de tres o cuatro horas, uno empieza a haber tenido suficiente de él. —No puede ser mucho más aburrido de lo que es... —pero Lady Alexandrina se interrumpió antes de terminar la frase. —Al menos uno siempre puede leer en casa —dijo Crosbie. —Uno no puede estar siempre leyendo. En cualquier caso, he dicho que irías. Si decides negarte, debes escribir tú y explicarlo.
Cuando llegó el domingo, los Crosbie, por supuesto, fueron a St. John’s Wood, llegando puntualmente a las cinco y media a aquella puerta que él tanto odiaba. Una de las primeras resoluciones que tomó cuando contempló por primera vez el enlace con los De Courcy fue totalmente hostil hacia los Gazebee. Vería muy poco de ellos. Se libraría de esa conexión. No era con esa rama de la familia con la que deseaba una alianza. Pero ahora, tal como habían ido las cosas, esa era la única rama de la familia con la que parecía estar aliado. Siempre estaba oyendo hablar de los Gazebee. Amelia y Alexandrina estaban juntas constantemente. Ahora le arrastraban allí a una cena de domingo; y sabía que a menudo le arrastrarían, que no podía evitar tales arrastres. Ya le debía dinero a Mortimer Gazebee y era consciente de que sus asuntos habían caído en manos de aquel abogado de tal modo que no podía recuperarlos. Su casa estaba muy bien amueblada y sabía que las facturas habían sido pagadas; pero no las había pagado él; cada chelín se había pagado a través de Mortimer Gazebee.
—Vete con tu madre y tu tía, De Courcy —dijo el abogado al niño que se demoraba después de la cena; y entonces Crosbie se quedó a solas con el cuñado de su mujer. Aquel era el periodo del purgatorio de St. John’s Wood que tan espantoso le resultaba. Con su cuñada podía hablar, recordando quizá siempre que era la hija de un conde. Pero con Gazebee no tenía nada en común. Y sentía que Gazebee, que una vez le había tratado con gran deferencia, había perdido ahora todo ese sentimiento. Crosbie había sido una vez un hombre elegante a ojos del abogado, pero aquello se había acabado. Crosbie, para el abogado, era ahora simplemente el secretario de una oficina pública; un hombre que le debía dinero. Los dos se habían casado con hermanas, y no había razón para que la luz del próspero abogado palideciera ante la del funcionario civil, que no era muy próspero. Todo esto era comprendido a fondo por ambos hombres.
—Hay noticias terribles de Courcy —dijo el abogado, tan pronto como el niño se hubo marchado. —¿Por qué? ¿Qué ocurre? —Porlock se ha casado... con esa mujer, ya sabes. —No es posible. —Lo ha hecho. La anciana señora se ha visto obligada a decírmelo y está casi destrozada por ello. Pero eso no es lo peor, a mi modo de ver. Todo el mundo sabe que Porlock se había echado a perder. Pero va a presentar una demanda contra su padre por ciertos atrasos de su asignación, y amenaza con sacarlo todo a la luz en los tribunales si no recibe su dinero. —¿Pero se le debe dinero? —Sí, se le debe. Unas dos mil libras o así. Supongo que tendré que encontrarlas. Pero, por mi honor, no sé de dónde van a salir; de verdad que no. De una forma u otra, he pagado más de mil cuatrocientas libras por ti. —¡Mil cuatrocientas libras! —Sí, en efecto; entre el seguro y los muebles, y la factura de nuestro bufete por las capitulaciones. Eso no está pagado todavía, pero es lo mismo. Un hombre no se casa por nada, te lo aseguro. —Pero tienes garantías. —Oh, sí; tengo garantías. Pero el problema es el dinero contante y sonante. Nuestro bufete ha adelantado tanto sobre la propiedad de Courcy que no quieren ir más allá; y por eso tengo que hacerlo yo mismo. Todos tendrán que irse al extranjero; ese será el final. Ha habido una escena tal entre el conde y George... George perdió los estribos y le dijo al conde que el matrimonio de Porlock era culpa suya. Ha terminado con George y su mujer puestos en la calle. —Él tiene dinero propio. —Sí, pero no lo gastará. Va a venir aquí y nos lo encontraremos merodeando a nuestro alrededor. No pienso darle cama aquí, y te aconsejo que tú tampoco lo hagas. No te librarás de él si lo haces. —Siento por él el mayor desagrado posible. —Sí; es un mal tipo. Como John. Porlock era el mejor, pero se ha arruinado por completo. Han hecho un buen estropicio entre todos, ¿verdad?
¡Aquella era la familia por cuya causa Crosbie había dejado plantada a Lily Dale! Su única y simple ambición había sido la de ser el yerno de un conde. Para lograrlo había sido necesario que se convirtiera en un villano. Al lograrlo había pasado por toda clase de suciedad y deshonra. Se había casado con una mujer a la que sabía que no amaba. Pensaba casi a cada hora en una joven a la que había amado, a la que amaba, pero a la que tanto daño había hecho que, bajo ninguna circunstancia, se le permitiría volver a hablarle. El abogado de allí —que se sentaba frente a él, hablando de sus miles de libras con esa asquerosa y fingida solicitud que tales hombres se ponen encima cuando saben muy bien lo que están haciendo— había contraído un matrimonio similar. Pero él había sabido lo que hacía. Había obtenido de su matrimonio todo lo que esperaba. Pero ¿qué había obtenido Crosbie?
—Son una mala ralea... una mala ralea —dijo él con amargura. —Los hombres lo son —dijo Gazebee, muy cómodamente. —Mmm... —dijo Crosbie. Resultó manifiesto para Gazebee que su amigo estaba expresando el sentimiento de que las mujeres, también, no eran todo lo que debían ser, pero no se ofendió, aunque pudiera suponerse que parte de la censura recaía sobre su propia esposa. —La condesa tiene buena intención —dijo Gazebee—. Pero ha tenido una vida dura... una vida muy dura. Le he oído a él llamarla de formas que asustarían a un cargador de carbón. De verdad. Pero él morirá pronto y entonces ella estará cómoda. Tiene tres mil libras al año de pensión de viudedad.
«¡Él morirá pronto y entonces ella estará cómoda!». Esa era una fase de la vida matrimonial. Mientras la mente de Crosbie se detenía en esas palabras, recordó la promesa de Lily hecha en los campos, de que ella lo haría todo por él. Recordó sus besos; el tacto de sus dedos; la voz baja y plateada de su risa; el tacto de su vestido cuando se apretaba contra él. Después de eso, reflexionó sobre si no sería bueno que él también muriera, para que Alexandrina pudiera estar cómoda. ¡Ella y su madre podrían estar muy cómodas juntas, con mucho dinero, en Baden-Baden!
El escudero de Allington, la señora Dale y Lady Julia De Guest habían estado, y seguían estando, inquietos en su ánimo porque ningún castigo había recaído sobre Crosbie; ninguna venganza le había alcanzado a consecuencia de su gran pecado. ¡Qué poco sabían al respecto! Si hubiera podido ser procesado y metido en prisión, con trabajos forzados, durante doce meses, el castigo no habría sido más pesado. Se habría librado, en tal caso, al menos de Lady Alexandrina.
—George y su mujer van a venir a la ciudad; ¿no podríamos decirles que vengan con nosotros una semana o así? —le dijo su esposa, tan pronto como estuvieron juntos en el coche de alquiler, volviendo a casa. —¡No! —gritó Crosbie—; no haremos tal cosa.
No se dijo ni una palabra más sobre el asunto, ni sobre ningún otro, hasta que llegaron a casa. Cuando llegaron a su casa, Alexandrina tenía dolor de cabeza y subió a su habitación inmediatamente. Crosbie se dejó caer en una silla ante los restos de un fuego en el comedor y decidió que cortaría con toda la familia De Courcy por completo. Su esposa, como esposa suya, debía obedecerle. Debía obedecerle... o si no, dejarle y seguir su propio camino ella sola, dejándole a él seguir el suyo. Había unos ingresos de mil doscientas libras al año. ¿No sería algo estupendo para él si pudiera quedarse con seiscientas para sí mismo y volver a su antigua forma de vida? Todas sus antiguas comodidades, por supuesto, no las tendría; ni la antigua estima y aprecio de los hombres. Pero del lujo de una cena en el club sí podría disfrutar. Las veladas sin estorbos podrían ser suyas, con libertad para pasarlas como le pluguiera. Conocía a muchos hombres que estaban separados de sus esposas y que parecían ser tan felices como sus vecinos. Y entonces recordó lo fea que había estado Alexandrina esta noche, luciendo una gran corona de oropel llena de piedras falsas, con un resfriado que le había enrojecido la nariz. Además, en estos sus días de casada, le había caído encima una cierta y fija dejadez lúgubre. ¡Ciertamente era muy poco agraciada! Así se lo dijo a sí mismo y luego se fue a la cama. Yo mismo me inclino a pensar que su castigo fue lo suficientemente severo.
A la mañana siguiente su esposa seguía quejándose de dolor de cabeza, por lo que él desayunó solo. Desde aquella negativa rotunda que él había dado a la propuesta de invitar a su hermano, no había habido mucha conversación entre ellos. «Me estalla la cabeza, y Sarah me subirá un poco de té y una tostada, si no te importa». A él no le importó en lo más mínimo y desayunó solo, con más disfrute del que solía acompañar a esa comida.
Le resultaba claro que toda la satisfacción actual de su vida debía venirle de su trabajo de oficina. Hay hombres a quienes les resulta difícil vivir sin alguna fuente de consuelo diario, y él era un hombre así. Apenas podía soportar su vida a menos que hubiera en ella alguna página que pudiera mirar con ojos complacidos. Siempre le había gustado su trabajo, y ahora determinó que le gustaría más que nunca. Pero para poder hacerlo era necesario que se saliera mucho con la suya. Según la teoría de su oficina, le correspondía como Secretario simplemente tomar las órdenes de los Comisionados y vigilar que se ejecutaran; y a tal trabajo se había limitado estrictamente su predecesor. Pero él ya había hecho más que eso y había concebido la ambición de tener a la Junta casi bajo su pulgar. Se jactaba de conocer su propio trabajo y el de ellos mejor de lo que ellos conocían ambos, y de que con un poco de manejo podría ser el amo. No es imposible que tal hubiera sido el caso de no haber mediado el altercado en la estación de Paddington; pero, como todos sabemos, el gallo dominante del corral debe ser siempre dominante. Una vez que haya tenido sus alas tan manchadas de barro como para darle incluso apariencia de adversidad, ningún otro gallo volverá a respetarle. El señor Optimist y el señor Butterwell sabían muy bien que su secretario había sido apaleado, y no podían someterse a un secretario que había sido tratado así.
—Oh, por cierto, Crosbie —dijo Butterwell, entrando en su habitación poco después de su llegada a la oficina en aquel día de su desayuno solitario—, quiero decirte solo unas palabras.
Y Butterwell se dio la vuelta y cerró la puerta, cuyo pestillo no había sido echado previamente. Crosbie, sin pensarlo mucho, predijo de inmediato la naturaleza de la conversación que se avecinaba.
—¿Sabe...? —comenzó Butterwell. —Siéntese, ¿no le parece? —dijo Crosbie, sentándose mientras hablaba.
Si iba a haber una contienda, daría la mejor batalla que pudiera. Mostraría aquí un mejor espíritu del que había mostrado en el andén del tren. Butterwell se sentó y sintió al hacerlo que el mismo movimiento de sentarse le restaba algo de poder. Debería haber mandado llamar a Crosbie a su propio despacho. Un hombre, cuando desea reprender a otro, debe contar siempre con el beneficio de su propia atmósfera.
—No quiero poner ninguna falta —empezó Butterwell. —Espero que no tenga motivo —dijo Crosbie. —No, no; no digo que lo tenga. Pero en la Junta pensamos... —Espere, espere, Butterwell. Si viene algo desagradable, mejor que venga de la Junta. Lo aceptaría con mejor espíritu; de verdad. —Lo que ocurre en la Junta debe ser oficial. —No me importará en absoluto. Más bien me gustaría que fuera así. —Simplemente se reduce a esto: pensamos que se está tomando demasiadas atribuciones. Sin duda es un fallo por el lado bueno, y surge de su deseo de que el trabajo se haga bien. —Y si no lo hago yo, ¿quién lo hará? —preguntó Crosbie. —La Junta es muy capaz de sacar adelante todo lo que le compete. Vamos, Crosbie, usted y yo nos conocemos desde hace muchísimos años, y sería una pena que tuviéramos palabras. He venido a verle de esta manera porque le resultaría desagradable que se planteara cualquier cuestión oficialmente. Optimist no es dado a enfadarse mucho, pero ayer estaba francamente furioso. Mejor que se tome lo que le digo a bien y vaya un poco más tranquilo.
Pero Crosbie no estaba de humor para tomarse nada con calma. Estaba dolorido por todas partes y propenso a arremeter contra todo el que encontraba.
—He cumplido con mi deber lo mejor que he podido, señor Butterwell —dijo—, y creo que lo he hecho bien. Creo que conozco mi deber aquí tan bien como cualquiera pueda enseñarme. Si he hecho más de la parte de trabajo que me correspondía, es porque otros han hecho menos de la suya.
Mientras hablaba, una negra nube cubría su frente, y el Comisionado pudo percibir que el Secretario estaba muy colérico.
—¡Oh, muy bien! —dijo Butterwell, levantándose de su silla—. Solo puedo, bajo tales circunstancias, hablar con el Presidente, y él le dirá lo que piensa en la Junta. Creo que es usted un insensato; de verdad lo creo. Por mi parte, solo he pretendido actuar amablemente con usted.
Tras esto, el señor Butterwell se marchó.
Aquella misma tarde, Crosbie fue convocado a la sala de juntas de la manera habitual, entre las dos y las tres. Esto era algo que ocurría a diario, ya que siempre se sentaba durante aproximadamente una hora con dos de los tres Comisionados, después de que estos se hubieran fortalecido con un bizcocho y una copa de jerez. En la presente ocasión, se tramitó la cantidad habitual de asuntos, pero se hizo de una forma que hizo sentir a Crosbie que ya no estaban todos en su posición acostumbrada. Los tres Comisionados estaban allí. El Presidente daba sus instrucciones con una voz solemne y pomposa, que no era en absoluto la habitual en él cuando estaba de buen humor. El Mayor decía poco o nada; pero había un destello de sarcasmo satisfecho en su mirada. Las cosas iban mal en la Junta, y él estaba complacido. El señor Butterwell se mostraba sumamente cortés en su comportamiento, y algo más animado de lo normal. Tan pronto como terminó el trabajo regular del día, el señor Optimist se revolvió en su silla, levantándose de su asiento y volviéndose a sentar. Revisó un montón de papeles que tenía a mano, ojeándolos por encima de sus gafas. Luego seleccionó uno, se quitó las gafas, se recostó en su silla y comenzó su pequeño discurso.
—Señor Crosbie —dijo—, todos estamos muy complacidos —muy complacidos, en efecto— por su celo y energía en el servicio. —Gracias, señor —dijo Crosbie—; soy un apasionado del servicio. —Exacto, exacto; todos lo sentimos así. Pero creemos que usted... si dijera que se toma demasiadas atribuciones, diría, tal vez, más de lo que pretendemos. —No diga más de lo que pretende, señor Optimist.
Los ojos de Crosbie, al hablar, brillaron ligeramente con su triunfo momentáneo; al igual que los del Mayor Fiasco.
—No, no, no —dijo el señor Optimist—; preferiría decir menos que más a un servidor público tan excelente como usted. Pero, sin duda, ¿me comprende? —Creo que no del todo, señor. Si no me he tomado demasiadas atribuciones, ¿qué es lo que he hecho que no debería haber hecho? —Ha dado instrucciones en muchos casos para los cuales debería haber recibido autoridad primero. Aquí tiene un ejemplo.
Y el papel seleccionado salió a relucir de inmediato. Era un asunto en el que el Secretario estaba manifiestamente equivocado según la ley escrita, y no pudo defenderlo por sus propios méritos.
—Si desea que me limite exactamente a las instrucciones positivas de la oficina, lo haré; pero creo que les resultará inconveniente —dijo él. —Será, con mucho, lo mejor —dijo el señor Optimist. —Muy bien —dijo el señor Crosbie—, así se hará.
Y de inmediato decidió hacerse tan desagradable para los tres caballeros de la sala como estuviera en su mano. Podía ser muy desagradable, pero el mal rato sería tanto para él como para ellos.
Ya nada le saldría bien. No podía mirar en ninguna dirección en busca de satisfacción. Se dejó caer por el Sebright’s de camino a casa, pero no encontró palabras para hablar con nadie sobre los pequeños asuntos del día. Llegó a casa, y su esposa, aunque ya se había levantado, seguía quejándose de su dolor de cabeza.
—No he salido de casa en todo el día —dijo ella—, y eso lo ha empeorado. —No sé cómo vas a salir si no quieres caminar —respondió él.
Después de eso no se dijeron nada más hasta que se sentaron a comer.
Si el escudero de Allington lo hubiera sabido todo, creo que podría haberse sentido satisfecho con el castigo que Crosbie había encontrado.
Capítulo 49
Preparativos para la partida
—Mamá, lee esta carta.
Fue la hija mayor de la señora Dale quien habló, y estaban solas en el salón de la Pequeña Casa. La señora Dale tomó la carta y la leyó con gran atención. Luego volvió a meterla en el sobre y se la devolvió a Bell.
—Es, en cualquier caso, una buena carta y, según creo, dice la verdad. —Creo que dice algo más que la verdad, mamá. Como tú dices, es una carta bien escrita. Él siempre escribe bien cuando habla en serio. Pero aun así... —¿Aun así, qué, querida? —Hay más cabeza que corazón en ella. —Si es así, sufrirá menos; es decir, si estás completamente decidida en este asunto. —Lo estoy, y no creo que sufra mucho. Supongo que no se habría tomado la molestia de escribir así si no deseara esto. —Estoy segura de que lo desea, con toda sinceridad; y que se llevará una gran decepción. —Como se la llevaría si cualquier otro plan no resultara de su agrado; eso es todo.
La carta, por supuesto, era de su primo Bernard, y contenía el alegato más firme que él era capaz de hacer en favor de su pretensión por la mano de Bell. Bernard Dale era más capaz de defender tal causa por carta que con palabras habladas. Era un hombre capaz de hacer bien cualquier cosa para la cual se le diera un poco de tiempo para reflexionar; pero no poseía esa fuerza de pasión que empuja a un hombre a la elocuencia al pedir lo que desea obtener. Su carta en esta ocasión era larga y estaba bien argumentada. Si había poco en ella de amor apasionado, había mucho de agradable adulación. Le decía a Bell lo ventajoso que sería el matrimonio para ambas familias; le declaraba que su propio sentimiento se había fortalecido con la ausencia; aludía sin jactancia a su trayectoria pasada como la mejor garantía para su conducta futura; le explicaba que, si este matrimonio pudiera concertarse, ya no habría más dudas sobre el traslado de su tía con Lily fuera de la Pequeña Casa; y luego le decía que su afecto por ella era la pasión absorbente de su existencia. Si la carta hubiera sido escrita con el fin de obtener de una tercera persona un veredicto favorable a su causa, habría sido una carta excelente; pero no había en ella ni una palabra que pudiera conmover el corazón de una muchacha como Bell Dale.
—Respóndele con amabilidad —dijo la señora Dale. —Con toda la que sepa —dijo Bell—. Desearía que escribieras tú la carta, mamá. —Me temo que eso no estaría bien. Lo que yo dijera solo le incitaría a intentarlo de nuevo.
La señora Dale sabía muy bien —lo sabía desde hacía meses— que la pretensión de Bernard no tenía esperanza alguna. Estaba segura, aunque el asunto no se hubiera discutido entre ellas, de que en cuanto el doctor Crofts decidiera volver a pedir la mano de su hija, no sería rechazado. De los dos hombres, probablemente le gustaba más el doctor Crofts; pero apreciaba a ambos, y no podía evitar recordar que uno, desde un punto de vista mundano, sería un partido muy pobre, mientras que el otro sería, en todos los aspectos, excelente. No diría, bajo ningún concepto, una palabra para influir en su hija, y sabía, además, que ninguna palabra que pudiera decir influiría en ella; pero no podía evitar sentir cierto pesar porque así fueran las cosas.
—Sé lo que tú desearías, mamá —dijo Bell. —Solo tengo un deseo, cielo, y es tu felicidad. Que Dios te libre de un destino como el de Lily. Cuando te digo que escribas con amabilidad a tu primo, simplemente quiero decir que creo que se ha ganado una respuesta amable por su honestidad. —Será tan amable como pueda hacerla, mamá; pero ya sabes lo que dice la dama en la obra: lo difícil que es quitarle el aguijón a esa palabra, «no».
Entonces Bell salió a caminar a solas un rato y, a su regreso, tomó su escritorio y escribió su carta. Fue muy firme y decisiva. En cuanto a ese ingenio que debería arrancar el aguijón «de una palabra tan aguda y avispada como "no"», me temo que ella no lo poseía. «Será mejor hacerle comprender que yo también hablo en serio», se dijo a sí misma; y con este ánimo escribió su carta. «Te ruego que no te permitas pensar que lo que he dicho es poco amistoso», añadió en una posdata. «Sé lo bueno que eres y sé el gran valor de lo que rechazo; pero en este asunto mi deber es decirte la pura verdad».
Se había decidido entre el escudero y la señora Dale que el traslado de la Pequeña Casa a Guestwick no tendría lugar hasta el primero de mayo. Cuando se le hizo comprender que el doctor Crofts había considerado imprudente que Lily fuera sacada de su casa actual en marzo, el escudero había empleado toda la elocuencia de la que era capaz para inducir a la señora Dale a abandonar su proyecto. Le había dicho que siempre había considerado que esa casa pertenecía, por derecho, a algún otro miembro de la familia que no fuera él mismo; que siempre había estado habitada así, y que ningún señor de Allington había cobrado renta por ella en años.
—No se concede ningún favor, ninguno en absoluto —había dicho él, hablando no obstante en su tono habitual, brusco y poco afable. —Es un favor, un gran favor, y una gran generosidad —había replicado la señora Dale—. Y nunca he sido demasiado orgullosa para aceptarlo; pero cuando le digo que creemos que seremos más felices en Guestwick, no se negará a dejarnos marchar. Lily ha recibido un gran golpe en esa casa, y Bell siente que está yendo en contra de sus deseos para con ella... ¡unos deseos que son tan amables! —No hace falta decir nada más sobre eso. Todo eso puede arreglarse todavía, si se quedan donde están.
Pero la señora Dale sabía que «todo eso» nunca podría arreglarse, y persistió. De hecho, apenas se habría atrevido a decirles a sus hijas que había cedido a los ruegos del escudero. Fue justo entonces, en ese preciso momento, cuando el escudero estaba, por así decirlo, en tratos con el conde sobre la dote de Lily; y le resultaba duro verse contrariado de tal manera por sus propios parientes en el momento en que se estaba comportando con tanta generosidad hacia ellos. Pero en sus argumentos sobre la casa no dijo nada de Lily ni de sus perspectivas futuras.
Iban a mudarse el primero de mayo, y ya había pasado una semana de abril. El escudero no había dicho nada más sobre el asunto tras la entrevista con la señora Dale a la que se acaba de aludir. Estaba molesto y dolido por la separación, pensando que era maltratado por el sentimiento que se mostraba con este rechazo. Había cumplido con su deber hacia ellas, según pensaba; de hecho, más que con su deber, y ahora le decían que le dejaban porque ya no podían soportar el peso de una obligación conferida por sus manos. Pero, en verdad, él no las comprendía, ni ellas le comprendían a él. Había sido brusco en sus modales y ocasionalmente dominante, sin sentir que su posición, aunque le otorgaba todos los privilegios de un amigo íntimo y querido, no le daba la autoridad de un padre o un marido. En aquel asunto del matrimonio propuesto por Bernard, había hablado como si Bell debiera haber considerado sus deseos antes de rechazar a su primo. Se había tomado la libertad de reñir a la señora Dale, y con ello había ofendido a las muchachas, a quienes en aquel momento les resultó totalmente imposible perdonarle.
Pero ellas no estaban mucho más satisfechas con el asunto que él; y ahora que había llegado el momento, aunque no podían echarse atrás en su demanda, casi sentían que estaban tratando al escudero con crueldad. Cuando se tomó la decisión —mientras se estaba tomando— él había sido severo y duro con ellas. Desde entonces, se había ablandado por la desgracia de Lily, y también por la anticipada soledad que caería sobre él cuando se hubieran ido de su lado. ¡Le resultaba duro que le trataran así cuando estaba haciendo lo mejor por todos ellos! Y ellas también sentían esto, aunque no conocían el alcance de lo que él estaba dispuesto a hacer para servirlas. Cuando se sentaban alrededor del fuego planeando el traslado, sus corazones se habían endurecido contra él y habían decidido afirmar su independencia. Pero ahora, llegado el momento de actuar, sentían que sus quejas contra él ya se habían mitigado en gran medida. Esto teñía todo lo que hacían con una cierta tristeza; pero aun así continuaban su labor.
¿Quién no sabe lo terribles que son esos preparativos para una mudanza; cuán infinitos en número son los artículos que deben empaquetarse, cuán inexpresablemente incómodo es el periodo de embalaje y qué aspecto tan pobre y vulgar tienen las pertenencias de uno mientras se encuentran en tal estado de dislocación? Hoy en día, las personas que entienden el mundo, y tienen dinero acorde con su entendimiento, han aprendido la manera de rehuir todos estos desastres y de dejar el trabajo en manos de personas pagadas para hacerlo. La loza se deja en los armarios, los libros en los estantes, el vino en los toneles, las cortinas en sus rieles, y la familia que entiende se va quince días a Brighton. Al final de ese tiempo, la loza está cómodamente instalada en otros armarios, los libros en otros estantes, el vino en otros toneles, las cortinas colgadas de otros rieles, y todo está organizado. Pero la señora Dale y sus hijas no entendían nada de tal método de mudanza. La ayuda del carpintero del pueblo para llenar ciertas cajas que él mismo había fabricado era todo lo que sabían obtener más allá de la ayuda de sus dos criadas. Cada objeto tenía que pasar por las manos de alguien de la familia; y como se sentían casi abrumadas por la magnitud del trabajo, empezaron mucho antes de lo necesario, de modo que se hizo evidente, a medida que avanzaban, que tendrían que pasar una última semana terriblemente aburrida, estúpida e incómoda entre cajas y baúles, en medio de toda la confusión de los muebles desmontados.
Al principio se promulgó el edicto de que Lily no debía hacer nada. Era una inválida, y debía ser mimada y mantenida en calma. Pero este edicto pronto cayó por tierra, y Lily trabajó más duro que su madre o su hermana. En verdad, ya casi no era una inválida y no se sometía al trato de tal. Ella misma sentía que, por el momento, solo la ocupación constante podía salvarla de la miseria de mirar atrás, y había concebido la idea de que cuanto más dura fuera esa ocupación, mejor sería para ella. Mientras bajaba los libros, doblaba la lencería y sacaba de sus viejos escondrijos las pequeñas propiedades del hogar olvidadas hacía tiempo, se mostraba tan alegre como en los viejos tiempos. Hablaba durante el trabajo, de pie con las mejillas encendidas y los ojos risueños entre las ruinas polvorientas a su alrededor, hasta que por un momento su madre pensaba que todo estaba bien en su interior. Pero luego, en otros momentos, cuando llegaba la reacción, parecía que nada estaba bien. No podía sentarse tranquilamente frente al fuego, con una labor racional en sus manos, y charlar de forma racional y tranquila. Todavía no podía hacerlo. No obstante, estaba bien consigo misma. Se había declarado que conquistaría su miseria —como también se había declarado durante su enfermedad que su desgracia no la mataría— y estaba en camino de lograrlo. Se decía que el mundo no se acababa para ella porque sus dulces esperanzas se hubieran visto frustradas. La herida había sido profunda y muy dolorosa, pero la carne de la paciente estaba sana y su sangre pura. Un médico con conocimientos en tales casos habría declarado, tras observar largamente sus síntomas, que la cura era probable. Su madre era el médico que la observaba con los ojos más atentos; y ella, aunque a veces se veía empujada a la duda, esperaba con una esperanza más fuerte día tras día que su hija pudiera llegar a recordar la historia de su amor sin una agonía persistente.
Que nadie le hablara del asunto: esa había sido la única estipulación que ella parecía haber impuesto, no enviando una petición formal a tal efecto entre sus amigos con palabras expresas, sino mostrando mediante ciertos signos que tal era su condición. Una palabra en ese sentido le había dicho a su tío —como se recordará—, palabra que había sido acatada con la más estricta obediencia. Había salido a su pequeño mundo muy poco después de que le llegara la noticia de la falsedad de Crosbie; primero a la iglesia y luego entre la gente del pueblo, resolviendo comportarse como si ningún peso aplastante hubiera caído sobre ella. La gente del pueblo lo había comprendido todo, escuchándola y respondiéndole sin ofrecer ningún comentario directo.
—Dios la bendiga —dijo la señora Crump, la encargada de correos (y se suponía que la señora Crump tenía el carácter más agrio de Allington)—, siempre que la miro, señorita Lily, pienso que seguramente es usted la joven más hermosa de todos estos alrededores. —Y usted es la anciana más cascarrabias —dijo Lily, riendo y dando la mano a la encargada de correos. —Así es —dijo la señora Crump—. Así es.
Entonces Lily se sentó en la cabaña y le preguntó por sus achaques. Con la señora Hearn ocurrió lo mismo. La señora Hearn, tras aquel primer encuentro que ya se ha mencionado, la mimó y acarició, pero no volvió a decir palabra de su desgracia. Cuando Lily visitó por segunda vez a la señora Boyce, lo cual hizo valientemente sola, aquella dama sí empezó a pronunciar otra palabra de conmiseración. «Mi queridísima Lily, todos nos hemos sentido tan infelices...». Hasta ahí llegó la señora Boyce, sentada cerca de Lily y esforzándose por mirarla a la cara; pero Lily, con un color ligeramente encendido, se volvió bruscamente hacia una de las hijas de los Boyce, haciendo trizas la conmiseración de la señora Boyce. «Minnie —dijo, hablando bastante alto, casi con éxtasis juvenil—, ¿qué crees que hizo ayer Tartar? Nunca me he reído tanto en mi vida». Luego contó una historia cómica sobre un terrier muy feo que pertenecía al escudero. Después de eso, ni siquiera la señora Boyce hizo más intentos. La señora Dale y Bell comprendieron ambas que esa debía ser la regla, incluso para ellas. Lily les hablaba ocasionalmente del asunto —a una cada vez—, empezando con alguna palabra casi aislada de melancólica resignación, y luego continuaba hasta abrirles su propio corazón; pero ninguna conversación de ese tipo era iniciada jamás por ellas. Pero ahora, en estos días ajetreados de embalaje, aquel tema parecía haber sido desterrado por completo.
—Mamá —dijo ella, subida al último peldaño de una escalera de mano, desde cuya posición bajaba cristalería de un armario—, ¿estás segura de que estas cosas son nuestras? Creo que algunas pertenecen a la casa. —Estoy segura de ese cuenco, al menos, porque era de mi madre antes de casarme. —¡Ay!, ¿qué haría si se me rompiera? Siempre que manejo algo muy valioso me entran ganas de tirarlo al suelo y destrozarlo. ¡Oh! Por poco se me escapa, mamá; pero eso ha sido culpa tuya. —Si no tienes cuidado, se te escapará la vida a ti. Agárrate a algo. —¡Oh, Bell, aquí está el tintero por el que llevas suspirando tres años! —No he estado suspirando tres años; ¿pero quién puede haberlo puesto ahí arriba? —¡Cógelo! —dijo Lily; y lanzó el tintero sobre una pila de alfombras.
En ese momento se oyó un paso en el vestíbulo y el escudero entró por la puerta abierta de la habitación.
—Conque todos trabajando —dijo él. —Sí, estamos trabajando —dijo la señora Dale, casi con un tono de vergüenza—. Si hay que hacerlo, más vale terminar cuanto antes. —A mí me hace sentir bastante desgraciado —dijo el escudero—. Pero no he venido a hablar de eso. Os he traído una nota de Lady Julia De Guest, y yo he recibido una del conde. Quieren que vayamos todos allí y nos quedemos la semana después de Pascua.
La señora Dale y las muchachas, cuando se les hizo esta propuesta tan repentina, permanecieron fijas en sus lugares y, por un momento, se quedaron mudas. ¡Ir a quedarse una semana a Guestwick Manor! ¡Toda la familia! Hasta entonces, el trato entre la Mansión y la Pequeña Casa se había limitado a visitas matutinas, muy espaciadas. La señora Dale nunca había cenado allí y últimamente incluso había delegado las visitas en sus hijas. Una vez Bell había cenado allí con su tío el escudero, y una vez Lily había ido con su tío Orlando. Incluso aquello había sido hace mucho tiempo, antes de que debutaran socialmente, y habían recordado la ocasión con el solemne asombro de los niños. Ahora, en este momento de su mudanza a alguna pequeña y modesta vivienda en Guestwick, habían acordado previamente entre ellas que aquel asunto de visitar la Mansión podría dejarse de lado. La señora Eames nunca iba de visita, y ellas estaban descendiendo al nivel de la señora Eames. «Quizá nos envíen piezas de caza, y eso será mejor», había dicho Lily. ¡Y ahora, en este preciso momento de su descenso en la vida, se les pedía a todas que fueran a pasar una semana a la Mansión! ¡Quedarse una semana con Lady Julia! Si la Reina hubiera enviado al Gran Chambelán para pedirles que fueran al castillo de Windsor, apenas las habría sobresaltado más en el primer impacto. Bell estaba sentada sobre la alfombra doblada cuando entró su tío, y ahora volvió a sentarse en el mismo lugar. Lily seguía en lo alto de la escalera y la señora Dale estaba al pie con una mano sobre el vestido de Lily. El escudero había contado su historia de forma muy abrupta; pero era un hombre que, teniendo una noticia que dar, no sabía nada mejor que soltarla de golpe, dejándolo salir todo en el primer momento.
—¡Nos quiere a todos! —dijo la señora Dale—. ¿Cuántos significa ese todos?
Luego abrió la nota de Lady Julia y la leyó, sin moverse de su posición al pie de la escalera.
—Déjame ver, mamá —dijo Lily; y entonces le pasaron la nota hacia arriba. Si la señora Dale lo hubiera pensado bien, probablemente se habría guardado la nota para sí un rato, pero todo era tan repentino que no lo había considerado bien.
Mi querida señora Dale [decía la carta], Envío esto dentro de una nota de mi hermano para el señor Dale. Deseamos particularmente que usted y sus dos hijas vengan con nosotros durante una semana a partir del diecisiete de este mes. Teniendo en cuenta nuestro cercano parentesco, deberíamos habernos visto más de lo que lo hemos hecho en los últimos años y, por supuesto, ha sido culpa nuestra. Pero nunca es demasiado tarde para enmendar los propios caminos; y espero que reciba mi confesión con el verdadero espíritu de afecto con el que ha sido escrita, y que demuestre su bondad viniendo con nosotros. Haré todo lo que pueda para que la casa resulte agradable para sus hijas, por quienes siento un gran y verdadero aprecio. Debo decirle que John Eames estará aquí esa misma semana. Mi hermano le tiene mucho cariño y cree que es el mejor joven de nuestros días. Debo confesar que es también uno de mis héroes. Atentamente suya, Julia De Guest.Lily, subida a la escalera, leyó la carta con mucha atención. Mientras tanto, el escudero permanecía abajo diciendo un par de palabras a su cuñada y a su sobrina. Nadie podía ver el rostro de Lily, ya que estaba vuelto hacia la ventana, y seguía oculto cuando habló.
—Es imposible que vayamos, mamá; es decir, todos nosotros. —¿Por qué imposible? —dijo el escudero. —¡Una familia entera! —dijo la señora Dale. —Eso es precisamente lo que quieren —dijo el escudero. —A mí me encantaría que me dejaran sola una semana —dijo Lily—, si mamá y Bell fueran. —Eso no estaría nada bien —dijo el escudero—. Lady Julia quiere especialmente que tú seas una de las invitadas.
Todo el asunto se había gestionado mal. La referencia en la nota de Lady Julia a John Eames le había explicado a Lily todo el plan de inmediato, y le había abierto los ojos de tal manera que toda la influencia combinada de las familias Dale y De Guest no habría podido arrastrarla a la Mansión.
—¿Por qué no estaría bien? —dijo Lily—. Sería imposible que fuera una familia entera de esa manera, pero sería muy agradable para Bell. —No, no lo sería —dijo Bell. —No seas poco generosa con esto, querida —dijo el escudero, volviéndose hacia Bell—; Lady Julia tiene intención de ser amable. Pero, querida mía —y el escudero se volvió de nuevo hacia Lily, dirigiéndose a ella, como era su costumbre en estos días, con un afecto que le resultaba casi molesto—; pero, querida mía, ¿por qué no habrías de ir? Un cambio de aires como ese te vendrá de maravilla, ahora que te estás recuperando. Mary, dile a las muchachas que deben ir.
La señora Dale permaneció en silencio, leyendo de nuevo la nota, y Lily bajó de la escalera. Cuando llegó al suelo, fue directamente hacia su tío y, tomándole de la mano, le hizo girar con ella hacia una de las ventanas, de modo que quedaron de espaldas a la habitación.
—Tío —dijo ella—, no se enfade conmigo. No puedo ir. —Y entonces levantó el rostro para besarle.
Él se inclinó y la besó, manteniendo todavía su mano. La miró a la cara y lo leyó todo. Sabía bien, ahora, por qué no podía ir; o, más bien, por qué ella misma pensaba que no podía ir.
—¿No puedes, querida mía? —dijo él. —No, tío. Es muy amable, muy amable; pero no puedo ir. No estoy en condiciones de ir a ninguna parte. —Pero deberías superar ese sentimiento. Deberías hacer un esfuerzo. —Estoy esforzándome, y lo lograré; pero no puedo hacerlo todo de golpe. En cualquier caso, no podría ir allí. Dele mi afecto a Lady Julia y no deje que piense que soy una maleducada. Quizá Bell vaya.
¿De qué serviría que fuera Bell, o de qué serviría que él mismo se molestara con una visita que de por sí le resultaría tan tediosa, si el único objetivo de la visita no podía llevarse a cabo? El conde y su hermana habían planeado la invitación con la intención expresa de reunir a Lily y a Eames. Parecía que Lily estaba firme en su determinación de resistirse a esta intención; y, si era así, sería mejor que todo el asunto fracasara. Estaba muy molesto y, sin embargo, no estaba enfadado con ella. Últimamente todo el mundo se oponía a él en todo. Todos sus planes familiares previstos habían salido mal. Pero aun así, rara vez se enfadaba por ello. Estaba tan acostumbrado a ser contrariado que apenas esperaba el éxito. En este asunto de proporcionarle a Lily un segundo pretendiente, no había dado el paso por iniciativa propia. Había sido apelado por su vecino el conde, y ciertamente había respondido a la apelación con mucha generosidad. Se le había inducido a realizar el intento con entusiasmo y un deseo sincero de lograrlo; pero en esto, como en todos sus propios planes, se encontró de inmediato con la oposición y el fracaso.
—Os dejaré para que lo habléis entre vosotras —dijo él—. Pero, Mary, será mejor que me veas antes de enviar tu respuesta. Si subes luego, Ralph se llevará las dos notas juntas por la tarde.
Dicho esto, abandonó la Pequeña Casa y regresó a su propio y solitario hogar.
—Lily, querida —dijo la señora Dale en cuanto se cerró la puerta principal—, esto tiene una intención amable hacia ti... una amabilidad de lo más afectuosa. —Lo sé, mamá; y debes ir a ver a Lady Julia, y decirle que lo sé. Dale mi cariño. Y, de hecho, ahora la quiero. Pero... —¿No irás, Lily? —dijo la señora Dale con tono suplicante. —No, mamá; desde luego que no iré.
Entonces escapó de la habitación a solas, y durante la siguiente hora ninguna de las dos se atrevió a acercarse a ella.
Capítulo 50
La señora Dale da gracias por algo bueno
Aquel día cenaron temprano en la Pequeña Casa, como venían haciendo desde que empezaron los preparativos de la mudanza. Y tras la cena, la señora Dale atravesó los jardines hasta la otra casa con una nota en la mano. En ella le decía a Lady Julia, con muchas protestas de gratitud, que Lily no podía salir tan pronto después de su enfermedad y que ella misma se veía obligada a quedarse con Lily. Explicaba también que estaban en plena mudanza y que, por tanto, ella misma no podía aceptar la invitación. Pero su otra hija, decía, estaría encantada de acompañar a su tío a Guestwick Manor. Entonces, sin cerrar la carta, se la llevó al escudero para decidir si se ajustaba o no a sus propósitos. Bien podría ser que a él no le apeteciera ir a casa de Lord De Guest solo con Bell.
—Déjamela —dijo él—; es decir, si no te importa. —¡Oh, en absoluto! —Te diré la pura verdad de inmediato, Mary. Iré yo mismo con la nota y veré al conde. Entonces la rechazaré o no, según lo que pase entre él y yo. Ojalá Lily hubiera ido. —¡Ah! No podía. —Ojalá hubiera podido. Ojalá hubiera podido. Ojalá hubiera podido.
Al repetir las palabras una y otra vez, había tal ansiedad en su voz que el corazón de la señora Dale se llenó de ternura hacia él.
—La verdad es —dijo la señora Dale— que no podía ir allí para encontrarse con John Eames. —Oh, lo sé —dijo el escudero—; lo entiendo. Pero eso es precisamente lo que queremos que haga. ¿Por qué no habría de pasar una semana en la misma casa con un joven honesto que nos gusta a todos? —Hay razones por las que ella no lo desearía. —Ah, exactamente; las mismas razones por las que deberíamos inducirla a ir si podemos. Quizá sea mejor que te lo cuente todo. Lord De Guest le ha tomado bajo su protección y desea que se case. Le ha prometido asignar una renta que le permitirá vivir cómodamente de por vida. —Eso es muy generoso; y me alegra mucho oírlo, por John. —Y le han ascendido en la oficina. —¡Ah! Entonces le irá bien. —Le irá muy bien. Ahora es secretario privado del jefe principal. Y, Mary, para que ella, Lily, no vaya con las manos vacías si este matrimonio llega a concertarse, me he comprometido a asignarle cien libras al año; para ella y para sus hijos, si le acepta. Ahora ya lo sabes todo. No pensaba decírtelo, pero es mejor que tengas elementos para juzgar. El otro hombre era un villano. Este es honesto. ¿No sería bueno que aprendiera a quererle? Siempre le quiso, creo yo, antes de que aquel otro tipo bajara por aquí entre nosotros. —Siempre le ha querido... como amigo. —Nunca encontrará un pretendiente mejor.
La señora Dale guardó silencio, reflexionando sobre todo aquello. Cada palabra del escudero era cierta. Sería un bálsamo para las heridas de lo más deseable y saludable; un arreglo ventajoso para todos; un destino para Lily fervientemente anhelado... si tan solo fuera posible. La señora Dale creía firmemente que, si su hija pudiera aceptar a John Eames como su segundo pretendiente en un año o dos, todo iría bien. Crosbie sería entonces olvidado, o recordado sin pesar, y Lily se convertiría en la dueña de un hogar feliz. Pero hay metas que no pueden alcanzarse, aunque no haya impedimentos físicos o materiales en el camino. Es la visión que la mente tiene de las cosas lo que crea la pena que de ellas emana. Si el corazón fuera siempre maleable y los sentimientos pudieran controlarse, ¿quién se permitiría ser atormentado por los reveses del afecto? La muerte no causaría pena; la ingratitud perdería su aguijón; y la traición amorosa no haría más daño que el que pudiera acarrear a las circunstancias materiales. Pero el corazón no es maleable, ni los sentimientos admiten tal control.
—No es posible para ella —dijo la señora Dale—. Me temo que no es posible. Es demasiado pronto. —Seis meses —alegó el escudero. —Harán falta años, no meses —dijo la señora Dale. —Y perderá toda su juventud. —Sí; él ha causado todo eso con su traición. Pero ya está hecho y ahora no podemos volver atrás. Todavía le ama tan tiernamente como siempre.
Entonces el escudero masculló ciertas palabras entre dientes; exclamaciones contra Crosbie que apenas fueron voluntarias, pero que, incluso como exclamaciones involuntarias, resultaron muy impropias. La señora Dale las oyó y no se ofendió ni por su impropiedad ni por su ardor.
—Pero puede comprender —dijo ella— que no se vea capaz de ir allí.
El escudero golpeó la mesa con el puño y repitió sus exclamaciones. Si hubiera sabido lo desagradable que se estaba volviendo Lady Alexandrina, quizá su espíritu no se habría perturbado con tanta vehemencia. Si, además, hubiera podido percibir y comprender cómo veía Crosbie ahora su alianza con la familia De Courcy, creo que habría recibido algún consuelo de tal consideración. Quienes nos ofenden suelen ser castigados por la ofensa que causan, ¡pero con cuánta frecuencia nos perdemos la satisfacción de saber que somos vengados! Parece estar dispuesto que el agresor sea castigado, pero que el agredido no vea satisfecho su deseo de venganza.
—¿Y irá usted mismo a Guestwick? —preguntó la señora Dale. —Llevaré la nota —dijo el escudero— y te informaré mañana. El conde se ha portado con tanta amabilidad que merece toda la consideración posible. Será mejor que le cuente toda la verdad y que vaya o me quede según él desee. No veo la utilidad de ir. ¿Qué voy a hacer yo en Guestwick Manor? Pensé que si hubiéramos estado todos allí, se habrían suavizado algunas dificultades.
La señora Dale se levantó para dejarle, pero no pudo irse sin decirle alguna palabra de gratitud por todo lo que había intentado hacer por ellas. Sabía muy bien a qué se refería con lo de suavizar dificultades. Quería decir que, de haber vivido juntos una semana en Guestwick, la idea de marcharse de Allington posiblemente habría sido abandonada. A la señora Dale le parecía ahora que su cuñado estaba amontonando ascuas de fuego sobre su cabeza en respuesta a tal intención. Se sentía avergonzada de lo que estaba haciendo, casi reconociendo para sí que debería haber soportado su severidad a cambio de los beneficios que había otorgado a sus hijas. De no haber temido los reproches de estas, incluso ahora habría cedido.
—No sé qué debería decirle por su amabilidad. —No digas nada, ni por mi amabilidad ni por mi falta de ella; pero quédate donde estás y vivamos como cristianos, esforzándonos por pensar bien y no mal.
Eran palabras amables y cariñosas que mostraban en sí mismas un espíritu de amor y paciencia; pero fueron pronunciadas con una voz áspera y carente de simpatía, y quien las decía, mientras las profería, miraba sombríamente al fuego. En realidad, el escudero, mientras hablaba, se sentía medio avergonzado del ardor de sus palabras.
—En cualquier caso, no pensaré mal —respondió la señora Dale, dándole la mano.
Tras esto le dejó y regresó a casa. Era demasiado tarde para abandonar su proyecto de mudanza y quedarse en la Pequeña Casa; pero, mientras cruzaba el jardín, casi se confesó a sí misma que se arrepentía de lo que estaba haciendo.
En estos días de la fría y temprana primavera, el camino desde el césped hacia la casa por el ventanal del salón aún no estaba abierto, y era necesario dar la vuelta por la huerta hasta el camino, y de allí entrar por la puerta principal; o bien pasar por la puerta trasera y entrar en la casa por la cocina. Este último modo de entrada fue el que adoptó la señora Dale; y mientras se abría paso hacia el vestíbulo, Lily salió a su encuentro con pasos muy silenciosos desde el cuarto de estar y detuvo su avance. Había una sonrisa en el rostro de Lily mientras levantaba el dedo como pidiendo cautela, y nadie que la mirara habría supuesto que ella misma estaba pasando por tribulaciones.
—Mamá —dijo, señalando la puerta del salón y hablando casi en un susurro—, no debes entrar ahí; ven al cuarto de estar. —¿Quién hay ahí? ¿Dónde está Bell? —y la señora Dale entró en el cuarto de estar como se le ordenaba—. Pero ¿quién está ahí? —repitió. —¡Él está ahí! —¿Quién es «él»? —¡Oh, mamá, no seas boba! El doctor Crofts está allí, por supuesto. Lleva casi una hora. Me pregunto cómo se las estará apañando, porque no hay nada en el mundo donde sentarse excepto el viejo bulto de la alfombra. La habitación está sembrada de loza, ¡y Bell está hecha un cuadro! Se ha puesto tu viejo delantal de cuadros y, cuando él entró, ella estaba envolviendo los utensilios de la chimenea en papel de estraza. No creo que haya estado nunca en tal desorden. Una cosa es segura: él no puede besarle la mano. —La boba eres tú, Lily. —Pero allí está, ciertamente, a menos que haya salido por la ventana o por la chimenea. —¿Por qué los has dejado solos? —Me encontró aquí, en el pasillo, y me habló con muchísima seriedad. «Entra —le dije— y mira a Bell empaquetando los atizadores y las tenazas». «Entraré —dijo él—, pero no vengas conmigo». Estaba muy serio, y estoy segura de que ha venido pensando en ello todo el camino. —¿Y por qué no habría de estar serio? —Oh, no, por supuesto que debe estar serio; pero ¿no te alegras, mamá? Yo me alegro mucho. Viviremos solas, tú y yo; ¡pero ella estará tan cerca de nosotras! Creo que se quedará allí para siempre a menos que alguien haga algo. Estaba ya cansadísima de esperar y de buscarte con la vista. Quizá la esté ayudando a empaquetar las cosas. ¿No crees que podríamos entrar, o sería de mala educación? —Lily, no tengas demasiada prisa por decir nada. Podrías estar equivocada, ya sabes; y del plato a la boca se pierde la sopa. —Sí, mamá, es verdad —dijo Lily, pasando su brazo por el de su madre—; eso es muy cierto. —Oh, cariño mío, perdóname —dijo la madre, recordando de pronto que el uso del viejo proverbio en aquel momento había sido casi cruel. —No le des importancia —dijo Lily—, no me duele, me hace bien; quiero decir, cuando no hay nadie delante excepto tú. Pero, con la ayuda de Dios, aquí no se perderá nada y ella será feliz. Esa es toda la diferencia entre una cosa hecha a toda prisa y otra hecha con mucha reflexión. Pero se quedarán ahí para siempre si no entramos. Vamos, mamá, abre tú la puerta.
Entonces la señora Dale abrió la puerta, haciendo un poco de ruido preventivo con el picaporte para que la pareja de dentro estuviera sobre aviso de los pasos que se acercaban. Crofts no se había escapado ni por la ventana ni por la chimenea, sino que estaba sentado en medio de la habitación sobre una caja vacía, justo frente a Bell, que estaba sentada sobre el bulto de la alfombra. Bell todavía llevaba el delantal de cuadros descrito por su hermana. En qué estado estarían sus manos no me atrevería a decirlo; pero no creo que su pretendiente hubiera encontrado nada malo en ellas.
—¿Cómo está, doctor? —dijo la señora Dale, esforzándose por usar su voz de siempre y por parecer que no había nada de especial importancia en su visita—. Acabo de bajar de la Casa Grande. —Mamá —dijo Bell, levantándose de un salto—, ya no debes llamarle doctor. —¿No debo? ¿Alguien le ha quitado el título? —Oh, mamá, ya me entiendes —dijo Bell. —Yo lo entiendo —dijo Lily, acercándose al doctor y ofreciéndole la mejilla para que la besara—; va a ser mi hermano y pienso reclamarle como tal desde este momento. Espero que lo haga todo por nosotras y que no considere suyo ni un momento de su tiempo. —Señora Dale —dijo el doctor—, Bell ha consentido que así sea, si usted consiente. —De eso hay poca duda —dijo la señora Dale. —No seremos ricos... —empezó el doctor. —Odio ser rica —dijo Bell—. Odio incluso hablar de ello. No creo que sea muy de hombres ni siquiera pensar en ello; y estoy segura de que no es de mujeres. —Bell siempre fue una fanática en el elogio de la pobreza —dijo la señora Dale. —No, no soy ninguna fanática. Me gusta mucho el dinero ganado. Me gustaría ganar algo yo misma si supiera cómo. —Que salga a visitar a las pacientes —dijo Lily—. En América lo hacen.
Entonces todos pasaron al cuarto de estar y se sentaron alrededor del fuego hablando como si ya fueran una sola familia. El proceder, considerando la naturaleza del mismo —que a una joven, reconocida por su gran belleza y de buen linaje, se le hubiera en esa ocasión pedido y otorgado la mano en matrimonio—, se llevó a cabo de una manera algo monótona y en un tono que debe calificarse de corriente. ¡Qué diferente había sido cuando Crosbie hizo su oferta! Lily, por aquel entonces, había sido elevada a un pedestal; un pedestal que podía ser peligroso, pero que era, en cualquier caso, excelso. ¡Con qué bello discurso había sido recibido Crosbie! Cómo sintieron todos los implicados que la fortuna de la Pequeña Casa estaba en ascenso; lo sintieron, sí, con cierta trepidación, pero aun así con mucho triunfo interior. ¡Qué gran ocasión fue aquella, obligando a Lily casi a perderse en el asombro por lo ocurrido! No había gran ocasión ahora, ni asombro. Nadie, a menos que fuera Crofts, se sentía muy triunfante. Pero todos eran muy felices y estaban seguros de que había seguridad en su felicidad. Hacía muy poco que una de ellas había sido arrojada bruscamente al suelo por la traición de un amante, pero aun así ninguna temía la traición de este amante. Bell estaba tan segura de su suerte en la vida como si ya la estuvieran llevando a su modesta casa en Guestwick. La señora Dale ya consideraba al hombre como su hijo, y el grupo de cuatro, mientras se sentaban alrededor del fuego, se agrupaba como si ya formaran una sola familia.
Pero Bell no estaba sentada junto a su amado. Lily, una vez que hubo aceptado a Crosbie, parecía pensar que nunca podía estar demasiado cerca de él. No se había avergonzado en absoluto de su amor y lo había mostrado constantemente con algún pequeño gesto cariñoso de su mano, apoyándose en su brazo, mirándole a la cara, como si deseara continuamente alguna seguridad palpable de su presencia. No ocurría nada de eso con Bell. Era feliz amando y siendo amada, pero no requería testimonios manifiestos de afecto. No creo que la hubiera hecho infeliz el que alguna necesidad repentina hubiera requerido que Crofts fuera a la India y volviera antes de casarse. El asunto estaba resuelto, y eso era suficiente para ella. Pero, por otro lado, cuando él habló de la conveniencia de un matrimonio inmediato, ella no puso dificultades. Puesto que su madre estaba a punto de mudarse a una nueva residencia, bien podría ser que esa residencia se adaptara a las necesidades de dos personas en lugar de tres. ¡Así que hablaron de sillas y mesas, alfombras y cocinas, de una manera de lo más poco romántica, hogareña y útil! Una parte considerable de los muebles de la casa que ahora estaban a punto de dejar pertenecía al escudero, o a la casa más bien, como solían decir. Las cosas más viejas y sólidas —artículos de hogar que soportan el desgaste de medio siglo— ya estaban en la Pequeña Casa cuando ellas llegaron. Había, por tanto, una cuestión de comprar muebles nuevos para una casa en Guestwick; una cuestión no exenta de importancia para la poseedora de una renta tan moderada como la de la señora Dale. En el primer mes o dos iban a vivir en una pensión, y sus bienes serían guardados en algún almacén amigo. Bajo tales circunstancias, ¿no sería bueno que el matrimonio de Bell se dispusiera de modo que la cuestión del alojamiento no se viera complicada en grado alguno por sus necesidades? Esta fue la última sugerencia hecha por el doctor Crofts, inducido sin duda por el gran aliento que había recibido.
—Eso sería difícilmente posible —dijo la señora Dale—. Solo faltan tres semanas, ¡y con la casa en tal estado! —James está bromeando —dijo Bell. —No estaba bromeando en absoluto —dijo el doctor. —¿Por qué no mandas a buscar al señor Boyce y te la llevas de inmediato en una silla de posta a la grupa? —dijo Lily—. Es justo el tipo de cosa que haría la gente primitiva como Bell y tú. De todos modos, Bell, de veras desearía que pudieras haberte casado desde esta casa. —No creo que suponga mucha diferencia —dijo Bell. —Es solo que si hubieras esperado al verano, habríamos tenido una fiesta tan bonita en el césped... Suena tan feo casarse desde una pensión, ¿verdad, mamá? —A mí no me suena feo en absoluto —dijo Bell. —Siempre te llamaré Doña Corriente cuando estés casada —dijo Lily.
Luego tomaron el té y, después del té, el doctor Crofts montó en su caballo y regresó a Guestwick.
—¿Puedo hablar de él ahora? —dijo Lily, en cuanto la puerta se cerró tras él. —No, no puedes. —¡Como si no lo hubiera sabido todo este tiempo! ¡Y qué difícil fue aguantar que me riñeras con tanta austeridad pertinaz y que yo no pudiera decir ni una palabra en respuesta! —No recuerdo la austeridad —dijo la señora Dale. —Ni tampoco el silencio de Lily —dijo Bell. —Pero ya está todo resuelto —dijo Lily—, y estoy francamente feliz. Nunca he sentido más satisfacción, ¡nunca, Bell! —Ni yo tampoco —dijo su madre—; verdaderamente puedo decir que doy gracias a Dios por algo tan bueno.
Capítulo 51
John Eames hace cosas que no debería haber hecho
John Eames logró cerrar su trato con Sir Raffle Buffle. Aceptó el cargo de secretario privado con la condición, expresada con total claridad, de que tendría permiso de ausencia durante quince días hacia finales de abril. Una vez arreglado esto, se despidió afectuosamente del señor Love, quien se mostró realmente conmovido al separarse de él; comentaron las jarras de cerveza de despedida en la sala grande, entre deseos de que John fuera capaz de tomarle la medida al viejo Huffle de arriba abajo; lanzó un último chiste mordaz al señor Kissing al cruzarse con aquel caballero, que corría por los pasillos con un enorme libro de contabilidad en las manos, y luego ocupó su lugar en el cómodo sillón que FitzHoward se había visto obligado a abandonar.
—No se lo digas a ninguno de los muchachos —dijo Fitz—, pero voy a dejar el tinglado por completo. Mi "viejo" no me permitiría seguir aquí en ningún otro puesto que no fuera el de secretario privado. —Ah, tu padre es un pez gordo —dijo Eames. —No sé yo —respondió FitzHoward—. Por supuesto, tiene muchas influencias familiares. Mi primo se presentará por St. Bungay en las próximas elecciones, y entonces podré aspirar a algo mejor que quedarme aquí. —Eso se da por hecho —dijo Eames—. Si mi primo fuera miembro por St. Bungay, no aguantaría nada que estuviera al este de Whitehall. —Y no pienso hacerlo —dijo FitzHoward—. Esta sala, ya sabes, está muy bien; pero es un fastidio venir a la City todos los días. Y además, a uno no le gusta que le llamen con el timbre como a un criado. No es que quiera desanimarte con el puesto. —Para mí estará muy bien —dijo Eames—. Nunca he sido muy tiquismiquis.
Y así se separaron: Eames asumiendo el hermoso sillón y el peligro de que le pidieran que trajera los zapatos de Sir Raffle, mientras que FitzHoward ocupaba el escritorio vacante en la sala grande hasta que algún miembro de su familia entrara en el Parlamento por el distrito de St. Bungay.
Pero Eames, aunque bebió la cerveza, se burló de FitzHoward y mofó de Kissing, no se sentó en su nuevo sillón sin algunos pensamientos serios. Era consciente de que su trayectoria en Londres hasta la fecha no era algo que pudiera recordar con amor propio. Había vivido con amigos a los que no estimaba; había sido un holgazán, y a veces algo peor; y se había permitido verse enredado por el fingido amor de una mujer por la que nunca había sentido afecto verdadero, y por la cual había sido embaucado con varias promesas necias que aún pendían sobre su cabeza. Mientras estaba sentado con las notas de Sir Raffle ante él, pensó casi con horror en los hombres y mujeres de Burton Crescent. Hacía ya unos tres años que conocía a Cradell, y se estremeció al recordar cuán pobre criatura era aquel a quien había elegido como amigo íntimo. No podía buscar para sí mismo las excusas que nosotros podemos buscar por él. No podía decirse que las circunstancias le habían empujado a elegir un amigo antes de aprender qué requisitos debía buscar. Había vivido en la más estrecha intimidad con ese hombre durante tres años, y ahora se le abrían los ojos ante la naturaleza del carácter de su amigo. Cradell le sacaba tres años. «No le daré de lado —se dijo—, pero es una pobre criatura». Pensó también en los Lupex, en la señorita Spruce y en la señora Roper, e intentó imaginar qué haría Lily Dale si se encontrara entre gente así. Sería imposible que ella se viera en tal situación. Sería igual que pedirle que bebiera en la barra de una taberna que sentarla en el salón de la señora Roper. Si el destino le tenía reservada la fortuna de llamar suya a Lily, era necesario que alterara por completo su modo de vida.
En verdad, su atolondramiento juvenil se le estaba cayendo como la piel vieja a una serpiente. Le embargaba gran parte del sentimiento y algo del conocimiento de la madurez, y empezaba a reconocerse a sí mismo que su futuro estilo de vida debía ser motivo de seria preocupación. Ningún pensamiento así se le había acercado cuando se estableció por primera vez en Londres. Me parece que, en este aspecto, los padres y madres de la generación actual comprenden muy poco la naturaleza interior de los jóvenes por los que tanto se preocupan. ¡Les atribuyen tanto mérito por cosas que es imposible que tengan, y luego les niegan el crédito por tanto que poseen! Esperan de ellos, cuando son muchachos, la discreción de los hombres —esa discreción que nace de la reflexión—, pero no les reconocen ninguna capacidad de pensamiento, que es lo único que al final puede producir una buena conducta. Los jóvenes son generalmente reflexivos —más que sus mayores—, pero el fruto de su pensamiento aún no ha madurado. Y además, se hace tan poco por el entretenimiento de los muchachos a los que se suelta en Londres a los diecinueve o veinte años. ¿Puede alguna madre esperar de verdad que su hijo se siente solo noche tras noche en una habitación lúgubre bebiendo un té malo y leyendo libros edificantes? Y sin embargo, parece que las madres lo esperan; ¡las mismas madres que hablan de la ligereza de la juventud! Oh, vosotras, madres que año tras año veis a vuestros hijos lanzarse a los peligros del mundo, y que sois tan cuidadosas con vuestros buenos consejos, con las camisetas de franela, con los libros de devoción y el polvo de dientes, ¿no se os ocurre nunca que debería preverse el entretenimiento, el baile, las fiestas, la emoción y el consuelo de la sociedad femenina? Esa emoción vuestros hijos la tendrán y, si no se la proporcionáis vosotras de una clase, ciertamente se la proporcionarán ellos mismos de otra. Si yo fuera una madre enviando a mis hijos al mundo, lo que más tendría en mente sería esto: a qué casas llenas de muchachas encantadoras podría conseguirles entrada para que pudieran flirtear en buena compañía.
El pobre John Eames se había visto en una posición tal que le había empujado a flirtear en muy mala compañía, y ahora era plenamente consciente de ello. Faltaban solo dos días para su partida hacia Guestwick Manor y, mientras descansaba un momento tras redactar un gran lote de notas para Sir Raffle, decidió que avisaría a la señora Roper antes de marcharse: a su regreso a Londres, no se le volvería a ver por Burton Crescent. Rompería sus ataduras por completo y, si hubiera alguna penalización por tal ruptura, la pagaría de la mejor manera posible. Se reconoció a sí mismo que se había portado mal con Amelia, confesando incluso más pecado en ese aspecto del que en verdad había cometido; pero esto, en cualquier caso, le resultaba claro: debía ponerse en una situación adecuada en aquel frente antes de atreverse a hablar con Lily Dale.
Justo cuando llegaba a una conclusión definitiva sobre el tema, sonó el pequeño timbre de mano que siempre estaba sobre la mesa de Sir Raffle, y Eames fue llamado a la presencia del gran hombre.
—Ah —dijo Sir Raffle, recostándose en su sillón y desperezándose tras los grandes esfuerzos que había estado realizando—. ¡Ah, veamos! Te vas fuera de la ciudad pasado mañana. —Sí, Sir Raffle, pasado mañana. —¡Ah! Es una gran molestia, una molestia muy grande. Pero en tales ocasiones nunca pienso en mí mismo. Nunca lo he hecho y no supongo que lo haga jamás. ¿Así que vas a ir a ver a mi viejo amigo De Guest?
A Eames siempre le enojaba que su nuevo patrón, Sir Raffle, hablara de su vieja amistad con el conde, y nunca le daba pie al Comisionado.
—Voy a ir a Guestwick —dijo él. —¡Ah, sí! ¿A Guestwick Manor? No recuerdo haber estado nunca allí. Puede que haya estado, pero uno olvida esas cosas. —Nunca he oído a Lord De Guest mencionarlo. —Oh, claro que no. ¿Por qué iba a ser su memoria mejor que la mía? Dile, ¿quieres?, lo mucho que me gustaría retomar nuestra antigua intimidad. No me importaría nada acercarme a verle un par de días en la época aburrida del año; digamos en septiembre u octubre. Es una coincidencia que ambos estemos interesados en ti, ¿verdad? —Se lo diré, sin duda. —Asegúrate de hacerlo. Es uno de nuestros nobles más profundamente independientes, y le respeto muchísimo. Veamos... ¿no he tocado el timbre? ¿Qué era lo que quería? Creo que he tocado el timbre. —Ha tocado el timbre. —Ah, sí; ya sé. Me voy, y quería mis... ¿podrías decirle a Rafferty que me traiga... mis botas?
Entonces Johnny tocó el timbre; no el pequeño de mano, sino el otro.
—Y mañana no estaré aquí —continuó Sir Raffle—. Te agradeceré que envíes mis cartas a la plaza; y si enviaran algo del Tesoro... pero el Canciller escribiría, y en ese caso enviarás su carta de inmediato con un mensajero especial, por supuesto. —Aquí está Rafferty —dijo Eames, decidido a no manchar sus labios hablando de las botas de Sir Raffle. —Oh, ah, sí; Rafferty, tráeme mis botas. —¿Alguna cosa más? —preguntó Eames. —No, nada más. Por supuesto, ten cuidado de dejarlo todo en orden. —Oh, sí; lo dejaré todo en orden.
Entonces Eames se retiró para no estar presente en la entrevista entre Sir Raffle y sus botas. «No servirá —se dijo Sir Raffle—. No servirá nunca. No es lo bastante rápido; no tiene empuje. No es hombre suficiente para el puesto. Me pregunto por qué el conde le ha tomado así bajo su protección».
Poco después del pequeño episodio de las botas, Eames salió de la oficina y caminó solo hacia Burton Crescent. Sentía que había ganado una victoria en el despacho de Sir Raffle, pero la victoria allí había sido fácil. Ahora tenía otra batalla entre manos en la que, según creía, lograr la victoria sería mucho más difícil. Amelia Roper era una persona mucho más temible que el Jefe de los Comisionados. Tenía una flecha poderosa en su carcaj en la que confiaría si llegaba la necesidad de dar a su enemigo una herida mortal. Durante la última semana, ella había estado flirteando intensamente con Cradell, lo cual justificaba el castigo del abandono de un antiguo amante. No le echaría a Cradell en cara si podía evitarlo; pero era imperativo para él ganar la batalla y, si llegaba lo peor, tendría que usar las armas que el destino y el azar de la guerra le habían dado.
Al entrar, encontró a la señora Roper en el comedor e inmediatamente comenzó su labor.
—Señora Roper —dijo—, me voy fuera de la ciudad pasado mañana. —Oh, sí, señor Eames, ya lo sabemos. Va usted de visita a la noble mansión del Conde De Guest. —No sé yo si la mansión será muy noble, pero me voy al campo quince días. Cuando vuelva... —Cuando vuelva, señor Eames, espero que encuentre su habitación mucho más cómoda. Sé que no es exactamente lo que debería ser para un caballero como usted, y he estado pensando desde hace algún tiempo... —Pero, señora Roper, no pienso volver aquí. Es precisamente eso lo que quería decirle. —¡No volver al Crescent! —No, señora Roper. Uno tiene que mudarse a veces, ya sabe; y estoy seguro de que he sido muy constante con usted durante mucho tiempo. —Pero ¿adónde va a ir, señor Eames? —Bueno; aún no me he decidido del todo. Es decir, dependerá de lo que haga... de lo que digan mis amigos en el campo. No pensará que estoy enfadado con usted, señora Roper. —Han sido esos Lupex los que lo han hecho —dijo la señora Roper, profundamente afligida. —No, de verdad, señora Roper, nadie lo ha hecho. —Sí, han sido ellos; y no voy a culparle a usted, señor Eames. Han hecho que la casa no sea apta para ningún joven decente como usted. He estado sintiendo eso todo el tiempo; pero es duro para una mujer sola como yo, ¿verdad, señor Eames? —Pero, señora Roper, los Lupex no han tenido nada que ver con mi marcha. —Oh, sí; lo entiendo todo. Pero ¿qué podía hacer yo, señor Eames? Les he estado avisando todas las semanas durante los últimos seis meses; pero cuanto más les aviso, más se niegan a irse. A menos que llamara a un policía y se armara un escándalo en la casa... —Pero yo no me he quejado de los Lupex, señora Roper. —No se iría usted sin ninguna razón, señor Eames. No irá usted a casarse de verdad, ¿verdad, señor Eames? —Que yo sepa, no. —Puede decírmelo; puede, de verdad. No diré una palabra... a nadie. No ha sido culpa mía lo de Amelia. De verdad que no. —¿Quién dice que haya habido alguna culpa? —Lo veo, señor Eames. Por supuesto, no me correspondía a mí intervenir. Y si ella le hubiera gustado, diré que creo que habría sido tan buena esposa como cualquier joven pudiera tomar; y sabe hacer que unas pocas libras cundan más que la mayoría de las muchachas. Usted puede comprender los sentimientos de una madre; y si iba a haber algo, yo no podía estropearlo, ¿verdad? —Pero es que no va a haber nada. —Eso es lo que le he dicho a ella durante meses. No voy a decir nada para culparle; pero los jóvenes deberían ser muy cuidadosos; de verdad que sí.
Johnny no quiso insinuar a la desconsolada madre que también convenía que las jóvenes fueran muy cuidadosas, pero lo pensó.
—Muchas veces he deseado, señor Eames, que ella nunca hubiera venido aquí; de verdad que sí. Pero ¿qué puede hacer una madre? No podía ponerla de patitas en la calle.
Entonces la señora Roper se llevó el delantal a los ojos y empezó a sollozar.
—Siento mucho si he causado algún lío —dijo Johnny. —No ha sido culpa suya —continuó la pobre mujer, a quien, al volverse sus lágrimas incontrolables, se le escaparon sus verdaderos sentimientos y el verdadero desahogo de su naturaleza femenina—. Ni tampoco ha sido culpa mía. Pero sabía a lo que vendría cuando vi cómo se comportaba; y se lo dije. Sabía que usted no aguantaría a alguien como ella. —De verdad, señora Roper, siempre le he tenido mucho aprecio, y a usted también. —Pero no iba usted a casarse con ella. Se lo he dicho todo el tiempo, y le he rogado que no lo hiciera... casi de rodillas se lo he pedido; pero ella no me hacía caso. Nunca lo hacía. Siempre ha sido tan testaruda que preferiría tenerla lejos de mí que conmigo. Aunque es una buena joven en la casa... lo es, de verdad, señor Eames; y no hay un par de manos en ella que trabaje tanto; pero de nada servía que yo hablara. —No creo que se haya hecho ningún daño. —Sí, se ha hecho; un gran daño. Ha hecho que el lugar no sea respetable. Los Lupex son lo peor. Está la señorita Spruce, que lleva conmigo nueve años —desde que tengo la casa—; me ha estado diciendo esta mañana que piensa irse al campo. Es todo lo mismo. Lo entiendo. Lo veo. La casa no es respetable como debería ser; y su mamá, si lo supiera todo, tendría derecho a estar enfadada conmigo. Yo quería ser respetable, señor Eames; de verdad que sí. —La señorita Spruce se lo pensará mejor. —Usted no sabe por lo que he tenido que pasar. Ninguno de ellos paga, no con regularidad... solo ella y usted. La señorita Spruce ha sido como el Banco de Inglaterra. —Me temo que yo no he sido muy regular, señora Roper.
—¡Oh, claro que sí! No me importa una libra o dos de más o de menos al final de un trimestre, si estoy segura de que las cobraré algún día. El carnicero... él conoce a los inquilinos tan bien como yo; si sabe que el dinero va a llegar, espera. Pero no esperará por gente como esos Lupex, cuyo dinero no aparece por ninguna parte. ¡Y está Cradell; lo creería usted, ese hombre me debe veintiocho libras! —¡¿Veintiocho libras?! —¡Sí, señor Eames, veintiocho libras! Es un tonto. Son esos Lupex los que se han quedado con su dinero. Lo sé. Y él no habla de pagar ni de marcharse. Me quedaré con él y con los Lupex cargados a mis espaldas, y entonces vendrán los alguaciles y venderán hasta el último mueble del lugar. No les diré que no.
Entonces ella se dejó caer en el viejo sillón de crin y dio rienda suelta a su pesar de mujer.
—Creo que subiré a prepararme para la cena —dijo Eames. —¿Y tiene que marcharse cuando vuelva? —preguntó la señora Roper. —Bueno, sí, me temo que debo hacerlo. Mi intención era avisarle hoy con un mes de antelación. Por supuesto, pagaré el mes correspondiente. —No quiero aprovecharme, de verdad que no. Pero espero de corazón que deje aquí sus cosas. Puede recogerlas cuando quiera. Si Chumpend se entera de que usted y la señorita Spruce se van, por supuesto que se me echará encima para cobrar su dinero.
Chumpend era el carnicero. Pero Eames no respondió a esta lastimera súplica. Que permitiera o no que sus botas viejas permanecieran en Burton Crescent durante la próxima semana o dos dependería de la manera en que fuera recibido por Amelia Roper esa tarde.
Cuando bajó al salón, no había nadie más que la señorita Spruce. —Un día espléndido, señorita Spruce —dijo él. —Sí, señor Eames, es un día espléndido para Londres; pero ¿no cree que el aire del campo es muy agradable? —Prefiero la ciudad —dijo Johnny, deseando decir algo bueno en favor de la pobre señora Roper, si era posible. —Usted es un hombre joven, señor Eames; pero yo no soy más que una anciana. Eso marca la diferencia —dijo la señorita Spruce. —No mucha —dijo Johnny, queriendo ser cortés—. A usted no le gusta estar aburrida más de lo que me gusta a mí. —Me gusta ser respetable, señor Eames. Siempre he sido respetable, señor Eames.
La anciana dijo esto casi en un susurro, mirando ansiosa para comprobar que la puerta no se hubiera abierto a otros oídos curiosos.
—Estoy seguro de que la señora Roper es muy respetable. —Sí; la señora Roper es respetable, señor Eames; pero hay algunos aquí que... ¡Chist!
Y la anciana se puso el dedo en los labios. La puerta se abrió y la señora Lupex entró majestuosamente en la habitación.
—¿Cómo está, señorita Spruce? Declaro que siempre es usted la primera. Es para tener la oportunidad de quedarse a solas con uno de los jóvenes, estoy segura. ¿Qué noticias hay hoy en la City, señor Eames? En su posición actual, por supuesto, se entera de todo. —Sir Raffle Buffle tiene un par de zapatos nuevos. No lo sé con certeza, pero lo supongo por el tiempo que tardó en ponérselos. —¡Ah! Ahora se está burlando. Siempre les pasa lo mismo a ustedes, caballeros, cuando suben un poco en el mundo. Entonces creen que no vale la pena hablar con las mujeres, a menos que sea para una broma o algo así. —Prefiero mil veces hablar con usted, señora Lupex, que con Sir Raffle Buffle. —Está muy bien que diga eso. Pero las mujeres sabemos lo que significan esos cumplidos, ¿verdad, señorita Spruce? Una mujer que lleva casada cinco años como yo —o podría decir seis— no espera mucha atención de los jóvenes. Y aunque era joven cuando me casé —joven en edad, quiero decir—, había visto demasiado y pasado por demasiado para ser joven de corazón.
Dijo esto casi en un susurro; pero la señorita Spruce lo oyó, y se reafirmó en su creencia de que Burton Crescent ya no era un lugar respetable.
—No sé cómo sería usted entonces, señora Lupex —dijo Eames—, pero ahora es lo bastante joven para cualquier cosa. —Señor Eames, vendería todo lo que queda de mi juventud a bajo precio... a un precio muy bajo, si tan solo pudiera estar segura de... —¿Segura de qué, señora Lupex? —Del afecto indiviso de la única persona a la que amo. Eso es todo lo que necesita una mujer para ser feliz. —¿Y no es Lupex...? —¡Lupex! Pero, silencio, no importa. No debería haberme dejado traicionar por una expresión de mis sentimientos. Aquí viene su amigo, el señor Cradell. Sabe, a veces me pregunto qué encuentra en ese hombre para tenerle tanto aprecio.
La señorita Spruce lo vio todo y lo oyó todo, y decidió firmemente trasladarse a aquellas dos habitaciones pequeñas en Dulwich.
Apenas se intercambiaron palabras entre Amelia y Eames antes de la cena. Amelia seguía dedicándose a Cradell, y Johnny vio que esa flecha, de ser necesaria, sería un arma poderosa. Encontraron a la señora Roper sentada en su sitio a la mesa del comedor, y Eames pudo percibir el rastro de sus lágrimas. ¡Pobre mujer! ¡Pocas posiciones en la vida podrían ser más difíciles de soportar que la suya! Estar siempre mendigando a otros un dinero que no podían pagar; que le mendigaran a ella un dinero que no podía pagar; desear la respetabilidad por sí misma, pero verse obligada a confesar que era un lujo fuera de su alcance; aguantar inquilinos de mala reputación por el bien del lucro, ¡y luego no obtener el lucro, sino verse arruinada por el intento! ¡Cuántas señoras Roper hay que, año tras año, se hunden y desaparecen, y nadie sabe adónde van a parar! Uno imagina verlas de vez en cuando en las esquinas de las calles, con sombreros estropeados y vestidos finos, con los restos harapientos de viejos chales sobre los hombros, todavía con el aspecto de quien conserva en su interior un tenue recuerdo de una respetabilidad muy lejana. Con ojos ansiosos escudriñan a su alrededor, como si buscaran en las calles a otros inquilinos. ¿De dónde sacan sus trozos de pan diarios y sus pobres tazas de té flojo... con quizá un penique de ginebra añadido, si la Providencia es buena?
La señora Roper tenía una vívida percepción de este estado de cosas y ahora, pobre mujer, temía estar llegando a él con la ayuda de los Lupex. En esta ocasión trinchó la pieza de carne en silencio y envió las tajadas a los huéspedes buenos que la dejarían y a los malos que se quedarían, con una imparcialidad apática. ¿De qué servía ya favorecer a un inquilino o desfavorecer a otro? Que tomaran su cordero, los que pagarían por él y los que no. No tendría que trinchar muchas más piezas en esa casa si Chumpend cumplía todas las amenazas que le había lanzado esa mañana.
El lector recordará, tal vez, la pequeña habitación al fondo del comedor. En páginas anteriores se describió una entrevista entre Amelia y su amante. Era en esa habitación donde tenían lugar todos los encuentros del establecimiento de la señora Roper. Una sala especial para entrevistas es necesaria en todos los hogares de naturaleza mixta. Si un hombre vive solo con su mujer, puede tener sus encuentros donde quiera. Los hijos e hijas, incluso cuando son adultos, apenas crean la necesidad de una cámara de entrevistas, aunque tal necesidad puede sentirse si las hijas están en edad de casarse y son de naturaleza independiente. Pero cuando la familia se vuelve más complicada que eso, si se introduce a un joven extra, o una tía viene a residir, o los hijos adultos de una esposa anterior interfieren con la sencillez doméstica, entonces tal acomodo se vuelve indispensable. Ninguna mujer pensaría en aceptar inquilinos sin una habitación así; y esta habitación existía en casa de la señora Roper: muy pequeña y lúgubre, pero suficiente; justo detrás del comedor y frente a las escaleras de la cocina.
Aquí fue llamada Amelia después de la cena. Se acababa de sentar entre la señora Lupex y la señorita Spruce, dispuesta a dar batalla a la primera porque se quedaba y a la segunda porque se iba, cuando fue llamada por la sirvienta.
—¡Señorita Amelia, señorita Amelia... chist, chist!
Y Amelia, mirando a su alrededor, vio una mano grande y roja haciéndole señas.
—Está ahí abajo —dijo Jemima en cuanto su joven ama se reunió con ella—, y quiere verla muy especialmente. —¿Cuál de ellos? —preguntó Amelia en un susurro. —Pues el señor Eames, por supuesto. No vaya usted a tener nada que decir al otro, señorita Amelia, por favor; él no es de fiar; de verdad que no.
Amelia se quedó quieta un momento en el rellano, calculando si sería bueno para ella tener la entrevista o declinarla. Sus objetivos eran dos; o mejor dicho, su objetivo era de naturaleza doble. Estaba, naturalmente, ansiosa por llevar a John Eames a la desesperación; y ansiosa también, mediante algún pequeño artificio añadido, por asegurarse a Cradell si la desesperación de Eames no surtía efecto pronto. Estaba de acuerdo con la crítica de Jemima en lo principal, pero no llegaba al extremo de pensar que Cradell no servía para nada. Que fuera Eames, si Eames era posible; pero que se mantuviera la otra cuerda por si acaso. ¡Pobre muchacha! Al llegar a esta resolución no lo había hecho sin agonía. Tenía corazón y, con la fuerza que este le daba, amaba a John Eames. Pero el mundo había sido duro con ella, golpeándola de un lado a otro sin piedad; amenazando, como ahora amenazaba, con quitarle las pocas cosas buenas que disfrutaba. Cuando una muchacha está en tales circunstancias, no puede permitirse hacer caso a su corazón. Casi decidió no ver a Eames en esta ocasión, pensando que él podría desesperarse más por tal rechazo, y recordando también que Cradell estaba en la casa y lo sabría.
—Está allí esperando, señorita Amelia. ¿Por qué no baja? —y Jemima tiró del brazo de su joven ama. —Ya voy —dijo Amelia. Y con pasos dignos descendió a la entrevista. —Aquí está, señor Eames —dijo la muchacha. Y entonces Johnny se encontró a solas con su amada.
—Me ha mandado llamar, señor Eames —dijo ella, haciendo un pequeño gesto con la cabeza y apartando la cara—. Estaba ocupada arriba, pero me pareció descortés no bajar ya que me llamaba de forma tan especial. —Sí, señorita Roper, quería verla muy especialmente. —¡Vaya por Dios! —exclamó ella, y él comprendió perfectamente que la exclamación se refería a que había omitido el uso acostumbrado de su nombre de pila. —He visto a su madre antes de la cena y le he dicho que me voy pasado mañana. —Todos lo sabemos; ¡a casa del conde, por supuesto! —y hubo otro movimiento de cabeza. —Y también le dije que he decidido no volver a Burton Crescent. —¡Qué! ¡Dejar la casa por completo! —Bueno, sí. Uno debe hacer un cambio a veces, ya sabe. —¿Y adónde vas, John? —Eso no lo sé todavía. —Dime la verdad, John; ¿vas a casarte? ¿Vas... a casarte... con esa joven... las sobras del señor Crosbie? Exijo una respuesta inmediata. ¿Vas a casarte con ella?
Él había decidido firmemente que nada de lo que ella dijera le haría enfadar, pero cuando le preguntó así por "las sobras de Crosbie", le resultó muy difícil mantener la compostura.
—No he venido —dijo él— a hablarte de nadie más que de nosotros dos. —Esa evasiva no me sirve, caballero. No puede tratar a cualquier chica que le plazca de esa manera... ¡oh, John!
Entonces ella le miró como si no supiera si lanzarse sobre él y cubrirle de besos, o lanzarse sobre él y arrancarle los pelos.
—Sé que no me he portado del todo como debería —empezó él. —¡Oh, John! —y ella sacudió la cabeza—. ¿Quieres decir, entonces, que vas a casarte con ella? —No quiero decir nada de eso. Solo quiero decir que me voy de Burton Crescent. —¡John Eames, me pregunto qué crees que será de ti! Respóndeme a esto: ¿he tenido una promesa tuya, una promesa clara, una y otra vez, o no? —No sé yo lo de una promesa clara... —¡Vaya, vaya! Realmente pensaba que era usted un caballero que no faltaría a su palabra. Eso pensaba. ¡Pensaba que nunca pondría a una señorita en la necesidad de presentar sus propias cartas para demostrar que no espera más de lo que tiene derecho! ¡"No sabe"! ¡Y eso después de todo lo que ha habido entre nosotros! ¡John Eames!
Y de nuevo le pareció que ella estaba a punto de lanzarse.
—Te digo que sé que no me he portado bien. ¿Qué más puedo decir? —¿Qué más puedes decir? ¡Oh, John! ¡Hacerme esa pregunta! Si fueras un hombre sabrías muy bien qué más decir. Pero todos ustedes, los secretarios privados, tienden al engaño, como las chispas vuelan hacia arriba. No obstante, te desprecio... de verdad que sí. Te desprecio. —Si me desprecias, lo mejor será que nos demos la mano y nos separemos de inmediato. Seguramente será lo mejor. A uno no le gusta ser despreciado, por supuesto; pero a veces uno no puede evitarlo.
Y entonces él le tendió la mano.
—¿Y va a ser este el final de todo? —dijo ella, tomándola. —Bueno, sí; supongo que sí. Dices que me desprecias. —No deberías tomar así a una pobre chica por una palabra brusca... no cuando está sufriendo como me haces sufrir a mí. ¡Si tan solo lo pensaras... piensa en lo que he estado esperando!
Y ahora Amelia empezó a llorar y a hacer ademán de caer en sus brazos.
—Es mejor decir la verdad —dijo él—, ¿no crees? —Pero no debería ser la verdad. —Pero es la verdad. No podría hacerlo. Me arruinaría a mí mismo y a ti también, y nunca seríamos felices. —Yo sería feliz... muy feliz de verdad.
En este momento las lágrimas de la pobre muchacha eran sinceras y sus palabras no tenían artificio. Por un minuto o dos, su corazón —su verdadero corazón— se impuso.
—No puede ser, Amelia. ¿No vas a decirme adiós? —Adiós —dijo ella, apoyándose contra él mientras hablaba. —Espero de corazón que seas feliz —dijo él.
Y entonces, rodeando su cintura con el brazo, la besó; lo cual, ciertamente, no debería haber hecho.
Cuando terminó la entrevista, escapó hacia el Crescent y, mientras caminaba por las plazas —Woburn Square, Russell Square y Bedford Square— hacia el corazón de Londres, se sintió animado, casi en un estado de triunfo. Se había librado bien de sus dificultades, y ahora estaría listo para su declaración de amor a Lily.
Capítulo 52
La primera visita al puente de Guestwick
Cuando John Eames llegó a Guestwick Manor, fue recibido en primer lugar por Lady Julia. «Mi querido señor Eames —dijo ella—, no puedo expresarle lo mucho que nos alegra verle». A partir de entonces siempre le llamó John y le trató durante toda su estancia con una amabilidad maravillosa. Sin duda, aquel asunto del toro había despertado en cierta medida tal sentimiento; y sin duda, también, ella estaba bien dispuesta hacia el hombre que esperaba fuera aceptado como pretendiente por Lily Dale. Pero me inclino a pensar que el hecho de haberle dado una paliza a Crosbie había sido la causa más potente de este afecto de Lady Julia hacia nuestro héroe. Las damas —especialmente las damas maduras y discretas, como Lady Julia De Guest— están obligadas a defender teorías pacíficas y a condenar toda forma de violencia. Lady Julia habría censurado a cualquiera que hubiera aconsejado a Eames atacar a Crosbie. Pero, no obstante, las hazañas de valor siguen siendo gratas al corazón femenino, y una mujer, por muy mayor y discreta que sea, comprende y aprecia la justicia sumaria que puede impartirse mediante una tunda. Lady Julia, de habérsele pedido que hablara de ello, sin duda le habría dicho a Eames que había cometido una falta al golpear al señor Crosbie; pero el hecho estaba consumado, y Lady Julia tomó mucho cariño a John Eames.
—Vickers le enseñará su habitación si desea subir; pero encontrará a mi hermano cerca de la casa si prefiere salir; le he visto hace menos de media hora.
Pero John parecía muy satisfecho sentado en el sillón frente al fuego hablando con su anfitriona, así que ninguno de los dos se movió.
—Y ahora que es secretario privado, ¿qué tal le va? —El trabajo me gusta bastante; lo único que no me gusta es el hombre, Lady Julia. Pero no debería decirlo, siendo él un amigo tan íntimo de su hermano. —¡¿Un amigo íntimo de Theodore?! ¡¿Sir Raffle Buffle?! —Lady Julia irguió la espalda y puso cara seria, no muy complacida al oír que el Conde De Guest tuviera semejante amigo íntimo. —Al menos eso me dice él unas cuatro veces al día, Lady Julia. Y tiene especial interés en venir aquí el próximo septiembre. —¿También le dijo eso? —Vaya si lo hizo. ¡No puede imaginarse qué ganso es! Además, su voz suena como una campana rajada; es la voz más desagradable que haya oído usted en su vida. Y uno tiene que estar siempre en guardia para que no le haga hacer algo que... que no sea propio de un caballero. Ya me entiende; lo que debería hacer el ordenanza. —No debería preocuparse tanto por su propia dignidad. —No, no lo hago. Si Lord De Guest me pidiera que fuera a buscarle los zapatos, iría corriendo hasta Guestwick y volvería sin pensarlo dos veces, solo porque sé que es mi amigo. Tendría derecho a mandarme. Pero no pienso hacer cosas así por Sir Raffle Buffle. —¡Ir a buscarle los zapatos! —Eso es lo que FitzHoward tenía que hacer, y no le gustaba nada. —¿No es el señor FitzHoward sobrino de la duquesa de St. Bungay? —Sobrino, o primo, o algo así. —¡Válgame Dios! —dijo Lady Julia—. ¡Qué hombre tan horrible!
Y de este modo, John Eames y su señoría entablaron una gran confianza.
Aquel día no hubo nadie más a la cena en la Mansión que el conde, su hermana y su único invitado. El conde, al entrar, fue muy afectuoso en su bienvenida, dando palmadas en la espalda a su joven amigo y lanzándole bromas con una jovialidad, si no brillante, sí de muy buen humor.
—¿Has zurrado a alguien últimamente, John? —A nadie digno de mención —dijo Johnny. —¿Te has traído el gorro de dormir para tus siestas al aire libre? —No; pero tengo un bastón magnífico para el toro —dijo Johnny. —¡Ah! Eso ya no tiene gracia, te lo aseguro —dijo el conde—. Tuvimos que venderlo y me rompió el corazón. No sabemos qué le pasó, pero se volvió del todo indomable después de aquello; ¡derribó a Darvell en el corral! Fue un asunto muy feo, ¡muy feo de verdad! Venga, ve a vestirte. ¿Recuerdas cómo bajaste a cenar aquel día? Nunca olvidaré la cara con que te miró Crofts. Vamos, solo tienes veinte minutos, y ustedes los de Londres siempre necesitan una hora. —Merece cierta consideración ahora que es secretario privado —dijo Lady Julia. —¡Válganos el cielo! Sí, lo olvidaba. Vamos, señor secretario privado, no se ande hoy con grandezas con su corbata, que no hay nadie más que nosotros. Mañana tendrá su oportunidad.
Entonces Johnny fue entregado al mayordomo de estancias y exactamente a los veinte minutos reapareció en el salón.
Tan pronto como Lady Julia les dejó tras la cena, el conde empezó a explicar su plan para la campaña que se avecinaba. —Te diré ahora lo que he organizado —dijo—. El escudero estará aquí mañana con su sobrina mayor, la hermana de tu señorita Lily, ya sabes. —¿Qué, Bell? —Sí, con Bell, si es que se llama Bell. También es una chica muy guapa. No sé si no será la más guapa de las dos, después de todo. —Eso es cuestión de opiniones. —Exactamente, Johnny; y tú mantén la tuya. Vienen por tres o cuatro días. Lady Julia invitó a la señora Dale y a Lily. Me pregunto si me dejarás llamarla Lily. —¡Oh, ojalá tuviera yo el poder de permitírselo! —Esa es precisamente la batalla que tienes que librar. Pero la madre y la hermana pequeña no han querido venir. Lady Julia dice que es lo normal; que, por supuesto, ella no vendría sabiendo que tú ibas a estar aquí. Yo no lo entiendo del todo. En mis tiempos las chicas estaban bien dispuestas a ir adonde sabían que se encontrarían con sus pretendientes, y nunca pensé peor de ellas por eso. —No fue por eso —dijo Eames. —Eso es lo que dice Lady Julia, y siempre encuentro que tiene razón en cosas de ese tipo. Dice que tendrás mejor oportunidad yendo allí que la que tendrías aquí si ella estuviera en la misma casa contigo. Si yo fuera a cortejar a una chica, por supuesto que preferiría tenerla cerca, alojada en la misma casa. Me parecería lo más divertido del mundo. Y podríamos haber tenido un baile y todo ese tipo de cosas. Pero no podía obligarla a venir, ya sabes. —Oh, no; por supuesto que no. —Y Lady Julia piensa que es mejor así. Tienes que ir allí, ya sabes, y ganarte a la madre si puedes. Supongo que la verdad es esta; no te enfades conmigo por decirlo. —Puede estar seguro de que no. —Supongo que ella quería a ese tipo, Crosbie. No creo que pueda quererle mucho ahora, después de cómo la ha tratado; pero le resultará difícil confesar que en realidad tú le gustas más de lo que él le gustó nunca. Por supuesto, eso es lo que querrás que diga. —Quiero que diga que será mi esposa... algún día. —Y cuando acepte el "algún día", entonces empezarás a presionarla para que acepte "tu día", ¿eh? Mi convicción es que la convencerás. ¡Pobre chica! ¿Por qué iba a romperse el corazón cuando un buen muchacho como tú estará más que encantado de hacerla una mujer feliz?
De esta manera el conde habló con Eames hasta que este casi creyó que las dificultades se desvanecían de su camino. «¿Será posible —se preguntó mientras se acostaba— que en quince días Lily Dale me haya aceptado como su futuro esposo?». Entonces recordó aquel día en que Crosbie, con las dos chicas, había visitado la casa de su madre, cuando en la amargura de su corazón se había jurado a sí mismo que siempre consideraría a Crosbie como su enemigo. Desde entonces el mundo le había ido bien y ya no guardaba un sentimiento muy amargo contra Crosbie. Aquel asunto se había arreglado en el andén de la estación de Paddington. Sentía que si Lily le aceptaba ahora, casi podría estrecharle la mano a Crosbie. El episodio en su vida y en la de Lily habría sido doloroso; pero aprendería a recordarlo sin pesar si a Lily se le enseñaba a creer que un destino amable la había entregado al fin al mejor de sus dos pretendientes.
—Me temo que no será capaz de olvidarle —le había dicho al conde. —Estará más que encantada de olvidarle —había respondido el conde— si puedes inducirla a iniciar el intento. Por supuesto, es muy amargo al principio; todo el mundo se enteró; pero, pobre muchacha, no va a ser desgraciada para siempre por eso. Haz tu trabajo con un poco de confianza y no dudo de que te saldrás con la tuya. Tienes a todo el mundo a tu favor: al escudero, a su madre y a todos.
Con tales palabras en los oídos, ¿cómo podía dejar de tener esperanza y confianza? Mientras se sentaba cómodamente ante el fuego de su dormitorio, decidió que sería como el conde había dicho. Pero cuando se levantó a la mañana siguiente y se quedó temblando al salir del baño, no pudo sentir la misma confianza. «Por supuesto que iré a verla —se dijo— y se lo contaré todo claramente. Pero sé cuál será su respuesta. Me dirá que no puede olvidarle». Entonces sus sentimientos hacia Crosbie no fueron tan amistosos como lo habían sido la noche anterior.
No visitó la Pequeña Casa aquel primer día. Se había pensado que era mejor que primero se encontrara con el escudero y Bell en Guestwick Manor, así que pospuso su visita a la señora Dale hasta la mañana siguiente.
—Ve cuando quieras —dijo el conde—. Tienes el poni castaño para hacer con él lo que quieras mientras estés aquí. —Iré a ver a mi madre —dijo John—; pero no llevaré el poni hoy. Si me lo deja mañana, iré cabalgando hasta Allington.
Así que se fue a Guestwick a pie y solo.
Conocía bien cada vara del terreno que recorría, recordando cada puerta, cada cerca y cada prado desde los tiempos de su temprana infancia. Y ahora, mientras avanzaba por sus antiguos lugares, no podía evitar mirar atrás y pensar en las ideas que habían llenado su mente en sus anteriores andanzas. Como he dicho antes en estas páginas, ningún paseo dado por un hombre está tan cargado de pensamientos como los que da un muchacho. Se le había enseñado pronto a comprender que el mundo para él sería muy duro; que no tenía nada más que su propio esfuerzo, y que ese esfuerzo no estaría, por desgracia, respaldado por ninguna gran inteligencia de su parte. No sé si alguien le había dicho que era un tonto; pero él había llegado a comprender, en parte por su propia modestia y en parte, sin duda, por la algo molesta timidez de su madre, que era menos avispado que otros muchachos. Probablemente sea cierto que su agudeza llegó más tarde que en el caso de muchos jóvenes. No se había criado en el lado soleado del muro. Antes de que aquel puesto en la Oficina del Impuesto sobre la Renta se cruzara en su camino, se le habían ofrecido modos de vida muy humildes —o más bien, no se le habían ofrecido para su aceptación—. Había intentado ser ayudante de profesor en un seminario comercial que no gozaba de mucha prosperidad; pero, por suerte, se le consideró deficiente en aritmética. Hubo alguna posibilidad de entrar en el almacén de cueros de los señores Basil y Pigskin, pero aquellos caballeros exigían una prima, y cualquier pago de ese tipo estaba totalmente fuera de las posibilidades de su madre. A un abogado del pueblo, que conocía a la familia desde hacía años, se le había solicitado humildemente —con la viuda casi arrodillada ante él con lágrimas— que tomara a Johnny bajo su tutela y le hiciera pasante; pero el abogado descubrió que no se suponía que el joven Johnny Eames fuera despierto, y no quiso saber nada de él. Durante aquellos días, aquellos días desgarbados, estériles y carentes de admiración en los que vagaba por los callejones de Guestwick como único divertimento y componía cientos de rimas en honor a Lily Dale que ningún ojo humano salvo el suyo había visto jamás, llegó a considerarse casi una carga sobre la tierra. Nadie parecía quererle. Su propia madre estaba muy angustiada; pero su angustia le parecía a él indicar un deseo continuo de deshacerse de él. Durante horas y horas llenaba su mente con castillos en el aire, soñando con éxitos maravillosos en medio de los cuales Lily Dale siempre reinaba como reina. Continuaba la misma historia en su imaginación de mes en mes, casi contentándose con tal felicidad ideal. De no poseer ese poder, ¿qué consuelo habría tenido en su vida? Hay muchachos de diecisiete años que pueden encontrar la felicidad en el estudio, que pueden ocuparse con los libros y sentirse a gusto entre las creaciones de otras mentes. Estos son los que después se convierten en hombres bien informados. No ocurría así con John Eames. Nunca había sido estudioso. La lectura de una novela era para él en aquellos días un asunto lento; y de poesía leía poco, guardando con precisión en su memoria todo lo que leía. Pero él creaba para sí mismo su propio romance, aunque a la vista fuera un joven de lo más poco romántico; y vagaba por los bosques de Guestwick con muchos pensamientos de los que quienes mejor le conocían nada sabían.
En todo esto pensaba ahora mientras, con pasos errantes, se dirigía hacia su antiguo hogar; con pasos muy errantes, pues atravesó los bosques por un estrecho sendero que se alejaba del pueblo hacia un pequeño arroyo, sobre el cual se alzaba un puente peatonal de madera con barandilla. Se detuvo en el centro del tablón, en un lugar que conocía bien, y frotando la barandilla con la mano, limpió en un espacio de unos pocos centímetros la vegetación producida por el salpicar del agua. Allí, tallado toscamente en la madera, estaba todavía el nombre: Lily. Cuando talló aquellas letras ella era casi una niña. «Me pregunto si vendrá aquí conmigo y me dejará enseñárselo», se dijo. Entonces sacó su navaja y limpió los surcos de las letras y, tras hacerlo, se apoyó en la barandilla y miró el agua corriente. ¡Qué bien le habían ido las cosas en el mundo! ¡Qué bien! Y sin embargo, ¿qué sería de todo ello si Lily no acudía a él? ¡Qué bien le había ido el mundo! En aquellos días en que estaba allí tallando el nombre de la muchacha, todo el mundo parecía considerarle una carga pesada, y él mismo se veía así. Ahora era envidiado por muchos, respetado por muchos, tomado de la mano como amigo por aquellos que gozaban de la mayor estima social. Cuando en sus antiguos paseos se acercaba a la Mansión Guestwick —siempre manteniéndose a gran distancia, no fuera que el viejo y gruñón lord le cayera encima y le riñera—, poco había soñado que él y el viejo lord gruñón estarían alguna vez en términos tan familiares, que le contaría a ese lord más de sus pensamientos privados que a cualquier otro ser vivo; y sin embargo, a eso se había llegado. El viejo lord gruñón le había dicho ahora que aquel regalo de dinero sería suyo, aceptara Lily Dale o no. «De hecho, el asunto está hecho —dijo el lord gruñón, sacando del bolsillo ciertos papeles—, y tienes que recibir los dividendos según venzan». Luego, cuando Johnny protestó —pues, en efecto, las circunstancias no le dejaban otra alternativa que protestar—, el conde le mandó callar bruscamente, diciéndole que tendría que ir a buscar las botas de Sir Raffle en cuanto volviera a Londres. Así que la conversación derivó rápidamente hacia Sir Raffle, de quien ambos se burlaron con mucha satisfacción. «Si encuentra el camino hasta aquí en septiembre, joven Johnny, o en cualquier otro mes, puedes ponerme un gorro de bufón. ¡Que no recuerda, dice! ¿No es asombroso que un hombre se convierta en un tonto tan ruin?».
Todo esto lo volvió a meditar Eames mientras se apoyaba en el puente. Recordaba cada palabra, y recordaba muchas otras —palabras anteriores, dichas años atrás— que le llenaban de desolación sobre las perspectivas de su vida. Parecía que sus amigos se habían unido para profetizar que su futuro en el mundo no tenía esperanza y que ganar el pan estaría siempre fuera de su alcance. Y ahora su suerte le había llevado a lugares muy gratos, y se encontraba entre aquellos a quienes el mundo había decidido acariciar. Y sin embargo, ¿qué sería de todo ello si Lily no compartía su felicidad? Cuando talló aquel nombre en la barandilla, su amor por Lily era una idea. Ahora se había convertido en una realidad que probablemente estaría llena de dolor. Si fuera así —si tal fuera el resultado de su cortejo—, ¿no habrían sido mejores aquellos viejos días de ensueño que estos, los días de su éxito?
Daba la una cuando llegó a casa de su madre, y la encontró a ella y a su hermana en un estado de inquietud y embarazo. —Supongo que sabes, John —dijo su madre en cuanto terminaron los primeros abrazos—, que vamos a cenar en la Mansión esta noche. Pero no lo sabía, pues ni el conde ni Lady Julia habían dicho nada al respecto. —Por supuesto que vamos —dijo la señora Eames—, y ha sido un detalle muy amable. Pero hace tantos años que no voy a una casa así, John, que me siento toda agitada. Cené allí una vez, poco después de casarnos; pero no he vuelto desde entonces. —No es el conde lo que me preocupa, sino Lady Julia —dijo Mary Eames. —Es la mujer más bondadosa del mundo —dijo Johnny. —¡Oh, cielo santo; la gente dice que es muy cascarrabias! —Eso es porque la gente no la conoce. Si me preguntaran quién es la mujer de corazón más noble que conozco en el mundo, creo que diría Lady Julia De Guest. Creo que sí. —¡Ah! Pero es que os aprecian tanto... —dijo la admirada madre—. Le salvaste la vida a su señoría... por obra de la Providencia. —Todo eso son tonterías, madre. Pregúntale al doctor Crofts. Él los conoce tan bien como yo. —El doctor Crofts se va a casar con Bell Dale —dijo Mary; y entonces la conversación se desvió del tema de las perfecciones de Lady Julia y del temor que inspiraba el conde. —¡¿Crofts se casa con Bell?! —exclamó Eames, pensando casi con consternación en la suerte del doctor al conseguir ser aceptado de golpe, mientras que él llevaba suplicando con la constancia casi de un Jacob. —Sí —dijo Mary—; y dicen que ella ha rechazado a su primo Bernard y que, por tanto, el escudero les quita la casa. Ya sabes que se vienen todos a Guestwick. —Sí, lo sé. Pero no creo que el escudero les esté quitando la casa. —¿Por qué vendrían entonces? ¿Por qué iban a renunciar a un lugar tan encantador como aquel? —¡Y sin pagar alquiler! —dijo la señora Eames. —No sé por qué se vendrán, pero no puedo creer que el escudero las eche; al menos no por esa razón.
El escudero estaba dispuesto a defender la causa de John, por lo tanto, John estaba obligado a dar batalla en favor del escudero.
—Es un hombre muy severo —dijo la señora Eames—, y dicen que desde aquel asunto de la pobre Lily ha estado más de mal humor que nunca con ellas. Que yo sepa, no fue culpa de Lily. —¡Pobre Lily! —dijo Mary—. Me da mucha lástima. Si yo fuera ella, apenas sabría cómo dar la cara; de verdad que no. —¿Y por qué no habría de dar la cara? —dijo John en tono airado—. ¿Qué ha hecho ella para avergonzarse? ¡Dar la cara, ni que fuera qué! No puedo entender el despecho que una mujer tiene a veces hacia otra. —No es despecho, John; y está muy mal que digas eso —dijo Mary, defendiéndose—. Pero es algo muy desagradable para una chica que la dejen plantada. Todo el mundo sabe que estaba comprometida con él. —Y todo el mundo sabe...
Pero no prosiguió para declarar que todo el mundo sabía también que Crosbie se había llevado una buena paliza por su bajeza. No le correspondía mencionar aquello ni siquiera ante su madre y su hermana. Todo el mundo lo sabía; todo el mundo al que le importara saber algo del asunto... excepto la propia Lily Dale. Nadie le había contado todavía a Lily Dale aquel incidente en la estación de Paddington, y fue una suerte para John que los amigos de ella y los de él hubieran sido tan discretos.
—Oh, por supuesto, tú eres su defensor —dijo Mary—. Y no pretendía decir nada desagradable. De verdad que no. Por supuesto que fue una desgracia. —Creo que fue la mejor suerte que le pudo haber pasado, no casarse con un m... canalla como... —¡Oh, John! —exclamó la señora Eames. —Le pido perdón, madre. Pero no es jurar llamar a un hombre así m... canalla.
Y enfatizó particularmente la palabra fea, pensando que así le daría más peso y le quitaría lo indecoroso.
—Pero no hablemos más de él. Odio hasta el nombre de ese hombre. Le odié desde el primer momento en que le vi y supe que era un sinvergüenza por su mirada. Y no me creo ni una palabra de que el escudero haya estado de mal humor con ellas. De hecho, sé que ha sido todo lo contrario. ¡Así que Bell se casa con el doctor Crofts! —De eso no hay duda alguna —dijo Mary—. Y dicen que Bernard Dale se va al extranjero con su regimiento.
Luego John discutió con su madre sus obligaciones como secretario privado y su intención de dejar la casa de la señora Roper. —Supongo que ya no es lo bastante buena para ti, John —dijo su madre. —Nunca fue muy buena, madre, para decirte la verdad. Había gente allí... Pero no pienses que voy de estirado porque me esté yendo bien. No quiero vivir mejor de lo que vivíamos todos en casa de la señora Roper; pero ella aceptaba a personas que no eran agradables. Hay un matrimonio Lupex allí.
Entonces describió algo de su vida en Burton Crescent, pero no dijo mucho sobre Amelia Roper. Amelia Roper no se había presentado en Guestwick, como él temió una vez que haría; y por lo tanto no era necesario que diera a conocer a su madre por ahora aquel episodio de su vida.
Cuando regresó a la Mansión, se encontró con que el señor Dale y su sobrina habían llegado. Ambos estaban sentados con Lady Julia cuando él entró en el cuarto de estar, y Lord De Guest estaba de pie frente al fuego hablando con ellos. Eames, al entrar, se sintió terriblemente cohibido, como si todos allí fueran conscientes de que le habían traído de Londres expresamente para hacer una declaración de amor; como, de hecho, todos ellos sabían. Bell, aunque nadie se lo había dicho con palabras directas, estaba tan segura de ello como los demás.
—Aquí llega el príncipe de los matadores —dijo el conde. —No, milord; usted es el príncipe. Yo solo soy su primer seguidor.
Aunque se las ingenió para que sus palabras fueran alegres, su aspecto era tímido y, cuando dio la mano al escudero, solo con esfuerzo pudo obligarse a mirar directamente a la cara al anciano.
—Me alegra mucho verte, John —dijo el escudero—, de verdad. —Y a mí también —dijo Bell—. Me ha hecho muy feliz saber que te han ascendido en tu oficina, y a mamá también. —Espero que la señora Dale esté bien —dijo él—... y Lily.
La palabra había sido pronunciada, pero con un esfuerzo tan manifiesto que todos en la sala se dieron cuenta y callaron mientras Bell preparaba su respuesta.
—Mi hermana ha estado muy enferma, ya sabes... con escarlatina. Pero se ha recuperado con una rapidez asombrosa y ya está casi bien otra vez. Le encantará verte si te pasas por allí. —Sí; sin duda iré —dijo John. —¿Y ahora me permite que le enseñe su habitación, señorita Dale? —dijo Lady Julia.
Y así se dispersó el grupo y se rompió el hielo.
Capítulo 53
Habla Hopkins
Al escudero le habían comunicado que su sobrina Bell había aceptado al doctor Crofts, y él había manifestado una suerte de aquiescencia ante el acuerdo, diciendo que, si así debía ser, no tenía nada que objetar contra el doctor Crofts. Lo dijo con un tono de voz melancólico, luciendo en su rostro esa expresión de pesadumbre contenida que ya le era casi habitual. Fue a la señora Dale a quien habló sobre el asunto.
—Habría deseado que fuera de otro modo —dijo—, como bien sabe usted. Tenía razones familiares para desear que así fuera. Pero no tengo nada que decir en contra. El doctor Crofts, como marido de ella, será bienvenido en mi casa.
La señora Dale, que esperaba algo mucho peor, empezó a agradecerle su amabilidad y a decir que ella también habría preferido ver a su hija casada con su primo. —Pero en un asunto así, la decisión debe dejarse enteramente a la chica. ¿No le parece? —No tengo ni una palabra que decir contra ella —repitió él.
Entonces la señora Dale le dejó y le dijo a su hija que la manera en que su tío había recibido la noticia había sido, para él, muy graciosa. —Tú eras su favorita, pero ahora lo será Lily —dijo la señora Dale. —Eso no me importa lo más mínimo; o mejor dicho, sí me importa, y creo que será mejor en todos los sentidos. Pero dado que yo, que soy la díscola, me iré, y Lily, que es la buena, se quedará contigo, ¿no parece casi una lástima que os marchéis de la casa?
La señora Dale pensó que casi era una lástima, pero ya no podía decirlo. —Tú crees que Lily se quedará —dijo. —Sí, mamá; estoy segura. —Ella siempre tuvo mucho afecto a John Eames; y a él le va muy bien. —No servirá de nada, mamá. Le tiene afecto, mucho afecto. En cierto modo le ama; tanto que estoy segura de que nunca menciona su nombre sin alguna referencia interna a sus viejos pensamientos e ilusiones infantiles. Si él hubiera llegado antes que el señor Crosbie, todo habría ido bien para ella. Pero ahora no puede hacerlo. Su orgullo se lo impediría, incluso si su corazón lo permitiera. ¡Ay, Dios mío!; está muy mal que yo diga esto después de todo lo que he dicho antes; pero casi desearía que no os fuerais. El tío Christopher parece menos duro de lo que solía; y como yo era la pecadora y ya estoy "colocada"... —Ya es demasiado tarde, hija mía. —Y ninguna de las dos tendríamos el valor de mencionárselo a Lily —dijo Bell.
A la mañana siguiente, el escudero mandó llamar a su cuñada, como era su costumbre cuando surgía la necesidad de discutir asuntos de negocios. Esto se entendía perfectamente entre ellos, y tal requerimiento no se tomaba como una falta de cortesía por parte del señor Dale.
—Mary —dijo él en cuanto la señora Dale se sentó—, haré por Bell exactamente lo que propuse hacer por Lily. En un tiempo mi intención era hacer más, por supuesto. Pero entonces todo habría ido a parar al bolsillo de Bernard; tal como están las cosas, no haré diferencias entre ellas. Cada una tendrá cien libras al año; es decir, cuando se casen. Será mejor que le digas a Crofts que venga a hablar conmigo. —Señor Dale, él no espera nada. No espera ni un penique. —Tanto mejor para él; y, de hecho, tanto mejor para ella. No por traer alguna ayuda al hogar será ella menos bienvenida en su casa. —Nunca habíamos pensado en ello, ninguno de nosotros. El ofrecimiento ha sido tan repentino que no sé qué debería decir. —No diga nada. Si desea hacerme un favor a cambio...; pero solo estoy cumpliendo con lo que considero mi deber, y no tengo derecho a pedir una amabilidad a cambio. —¿Pero qué amabilidad podemos mostrarle nosotros, señor Dale? —Quedaos en esa casa.
Al decir estas últimas palabras habló como si estuviera de nuevo enfadado, como si les estuviera imponiendo la ley otra vez, como si le estuviera señalando un deber que le correspondía a él y que ella estaba obligada a cumplir. Su voz era tan severa y su rostro tan agrio como siempre. Decía que estaba pidiendo un favor, pero seguramente ningún hombre pidió jamás un favor con una voz tan perentoria. «Quedaos en esa casa». Luego se volvió hacia su mesa como si no tuviera nada más que decir.
Pero la señora Dale empezaba, al fin, a comprender algo de su mente y de su verdadero carácter. Podía ser afectuoso y paciente al dar; pero al pedir, no podía ser sino severo. De hecho, no sabía pedir; solo sabía exigir.
—Ya hemos avanzado tanto... —empezó a alegar la señora Dale. —Bueno, bueno, bueno. No quería hablar de eso. Las cosas se desempaquetan más fácil de lo que se empaquetan. Pero, en fin... No importa. Bell vendrá conmigo esta tarde a Guestwick Manor. Que esté aquí arriba a las dos. Supongo que Grimes puede traer su baúl. —Oh, sí; por supuesto. —Y no le hable de dinero antes de que parta. Preferiría que no lo hiciera; ya me entiende. Pero cuando vea a Crofts, dígale que venga a verme. De hecho, será mejor que venga de inmediato, si este asunto ha de avanzar rápido.
Es fácil comprender que la señora Dale desobedecería las instrucciones contenidas en las últimas palabras del escudero. Era totalmente impensable que regresara con sus hijas y no les contara el resultado de su entrevista matutina con su tío. Cien libras al año en el modesto hogar del médico marcarían la diferencia entre la abundancia y la escasez, entre una modesta holgura y una estrechez soportable. Por supuesto se lo contó, dándole a entender a Bell que debía disimular hasta el punto de fingir ignorancia sobre el asunto.
—Le daré las gracias de inmediato —dijo Bell—, y le diré que no lo esperaba en absoluto, pero que no soy demasiado orgullosa para aceptarlo. —Por favor, no lo hagas, hija; no ahora mismo. Estoy rompiendo una especie de promesa al contároslo, pero no podía guardármelo. ¡Y tiene tantas cosas que le preocupan! Aunque ahora no diga nada, se le ha roto el corazón a medias por lo tuyo y lo de Bernard.
Entonces, también, la señora Dale contó a las chicas qué petición acababa de hacer el escudero y la manera en que la había hecho. —El tono de su voz al hablar me ha traído lágrimas a los ojos. Casi desearía que no hubiéramos hecho nada. —Pero mamá —dijo Lily—, ¿qué diferencia puede marcar para él? Sabes que nuestra presencia cerca de él siempre le fue una molestia. Nunca nos quiso de verdad. Le gustaba tener a Bell allí cuando pensaba que Bell se casaría con su ojito derecho. —No seas injusta, Lily. —No pretendo serlo. ¿Por qué no iba a ser Bernard su ojito derecho? Yo quiero mucho a Bernard, y siempre pensé que el mejor rasgo del tío Christopher era el afecto que le tenía. Yo sabía, ya sabes, que no servía de nada. Por supuesto que lo sabía, porque yo entendía todo sobre... otra persona. Pero Bernard es su preferido. —Os quiere a todas, a su manera —dijo la señora Dale. —¿Pero te quiere a ti? Esa es la cuestión —dijo Lily—. Podríamos haberle perdonado cualquier cosa que nos hiciera a nosotras, y habríamos aguantado cualquier palabra que nos dirigiera, porque nos considera niñas. El hecho de que le dé cien libras al año a Bell no hará que tú estés cómoda en esta casa si él sigue dominándote. Si un vecino es amable, la vecindad cercana es muy agradable. Pero el tío Christopher no ha sido amable. Ha querido ser más que un tío para nosotras, a condición de ser menos que un hermano para ti. Bell y yo siempre hemos sentido que su afecto en esos términos no valía la pena. —Casi siento que nos hemos equivocado —dijo la señora Dale—; pero en verdad nunca pensé que el asunto fuera para él de tanta importancia.
Cuando Bell se hubo marchado, la señora Dale y Lily no se sintieron dispuestas a continuar con mucha energía la tarea en la que todas habían estado empleadas durante los últimos días. El trabajo había tenido vida y emoción cuando empezaron a empaquetar, pero ahora se había vuelto tedioso, monótono y desagradable. De hecho, ya estaba tan avanzado que quedaba poco por hacer, salvo esos últimos cierres y correas, y esa recolección final de trastos que no podía realizarse hasta estar absolutamente a punto de partir. El escudero había dicho que desempaquetar sería más fácil que empaquetar, y la señora Dale, mientras deambulaba entre canastos y cajas, empezó a considerar si la tarea de devolver todas las cosas a sus antiguos lugares sería muy desagradable. No le dijo nada de esto a Lily, y Lily misma, fueran cuales fueran sus pensamientos, no hizo tal sugerencia a su madre.
—Creo que Hopkins nos echará de menos más que nadie —dijo—. Hopkins no tendrá a nadie a quien regañar.
Justo en ese momento apareció Hopkins por la ventana del salón y manifestó su deseo de parlamentar.
—Tienes que dar la vuelta —dijo Lily—. Hace demasiado frío para abrir la ventana. Siempre me gusta meterle en casa, porque se siente un poco intimidado por las sillas y las mesas; o, tal vez, es la alfombra lo que le supera. ¡Fuera, en los senderos de grava, es un tirano terrible, y en el invernadero casi te pisotea!
Hopkins, cuando apareció por la puerta del salón, pareció justificar con su actitud la discreción de Lily. No se mostró nada autoritario en su tono ni en su porte, y pareció rendir a las sillas y mesas toda la deferencia que estas podían esperar.
—Conque se van de veras, señora —dijo él, mirando a los pies de la señora Dale. Como la señora Dale no le respondió de inmediato, habló Lily: —Sí, Hopkins, nos vamos dentro de muy pocos días. Le veremos a veces, espero, allá en Guestwick. —¡Hum! —dijo Hopkins—. ¡Conque se van de verdad! Nunca pensé que llegaría a eso, señorita; de veras que no... y además no debería; pero claro, no me corresponde a mí hablar. —La gente debe cambiar de residencia a veces, ya sabe —dijo la señora Dale, usando el mismo argumento con el que Eames había intentado excusar su partida ante la señora Roper. —Bueno, señora; no soy quién para decir nada. Pero esto sí diré: he vivido aquí en la finca del escudero, de niño y de hombre, toda mi vida, ya que nací aquí, como usted sabe, señora Dale; y de todas las cosas malas que he visto pasar en este lugar, esta es con mucho la peor. —¡Oh, Hopkins! —La peor de todas, señora; ¡la peor de todas! ¡Esto acabará con el escudero! No hay ni pizca de duda en el mundo sobre eso. Será la muerte del viejo. —Eso son tonterías, Hopkins —dijo Lily. —Muy bien, señorita. No digo que no sean tonterías; solo que ya verá. Está el señor Bernard: se ha marchado; y por lo que dicen, nunca le importó mucho este lugar. Todos dicen que se va a las Indias. Y la señorita Bell se va a casar, lo cual es muy propio, claro; ¿por qué no habría de hacerlo? ¿Y por qué no usted también, señorita Lily? —Tal vez lo haga algún día, Hopkins. —No hay día como el presente, señorita Lily. Y sí digo esto: que el hombre que le arreó a aquel sería el hombre ideal para mi gusto.
Esto último, que Hopkins dijo en la agitación del momento, fue totalmente ininteligible para Lily, y la señora Dale, que se estremeció al oírle, no dijo ni una palabra que diera pie a ninguna explicación.
—Pero —continuó Hopkins—, sea como sea, señorita Lily, usted está en manos de la Providencia, como otros. —Exactamente, Hopkins. —¿Pero por qué su mamá se empeña tanto en irse? Ella no se va a casar con nadie. Aquí está la casa, y allí está ella, y allí está el escudero; ¿por qué ha de empeñarse en irse? Tanta partida a la vez no puede ser para nada bueno. Es como si todo se rompiera, como si nada fuera lo bastante bueno para nadie. Yo nunca me fui y no puedo con ello. —Bueno, Hopkins; ya está decidido —dijo la señora Dale—, y me temo que no hay vuelta atrás. —Decidido... bueno. Dígame esto: ¿espera usted, señora Dale, que él viva allí solo consigo mismo sin nadie a quien decirle una palabra brusca... a menos que seamos yo o Dingles? Porque Jolliffe es peor que nadie, de lo amargado que está él mismo. Claro que no podrá soportarlo. Si usted se va, señora Dale, el señor Bernard será el escudero en menos de doce meses. ¿Volverá de las Indias entonces, supongo? —No creo que mi cuñado se lo tome de esa manera, Hopkins. —Ah, señora, usted no le conoce... no como le conozco yo; con todos sus recovecos y sus grietas. Le conozco como a los viejos manzanos que llevo tratando cuarenta años. Hay mucha madera muerta en esos viejos árboles carcomidos, y algunos dicen que no valen ni el suelo que pisan; pero yo sé por dónde corre la savia, y cuando asoma la flor, sé dónde será más dulce el fruto. No hace falta mucho para matar a uno de esos árboles viejos... pero aún tienen vida si se les trata bien. —Estoy segura de que espero que mi cuñado viva muchos años —dijo la señora Dale. —Entonces no se marche usted, señora, a esos alojamientos espantosos de Guestwick. Digo que son espantosos para alguien como un Dale. No me corresponde hablar, señora, por supuesto. Y solo subía ahora para saber qué cosas querría llevarse del invernadero. —Oh, nada, Hopkins, gracias —dijo la señora Dale. —Él me dijo que le preparara lo mejor que pudiera recoger, y pienso hacerlo.
Y Hopkins, al hablar, indicó con un movimiento de cabeza que se refería al escudero.
—No tendremos sitio para ellas —dijo Lily. —Tengo que enviar unas pocas, señorita, solo para alegrarla un poco. Temo que estará usted muy alicaída allí. Y el doctor... él no tiene lo que se dice un jardín de verdad, pero hay un trocito de terreno detrás. —Pero no querríamos despojar a este querido y viejo lugar —dijo Lily. —Por eso, ¿qué más da? El escudero estará tan desdichado que meterá ovejas aquí para que lo destrocen todo, o mandará labrar el jardín. Verá si no lo hace. En cuanto al lugar, el lugar está acabado si lo dejan. No supondrá que va a alquilar la Pequeña Casa a extraños. El escudero no es de esa calaña, de ninguna manera.
—¡Ay de mí! —exclamó la señora Dale en cuanto Hopkins se hubo marchado. —¿Qué pasa, mamá? Es un buen hombre, pero seguro que lo que dice no puede hacerte infeliz de verdad. —Es tan difícil saber qué debe uno hacer. No pretendía ser egoísta, pero me parece como si estuviera haciendo la cosa más egoísta del mundo. —No, mamá; ha sido cualquier cosa menos egoísta. Además, somos nosotras las que lo hemos hecho, no tú. —¿Sabes, Lily? Yo también tengo ese sentimiento de romper con el antiguo modo de vida del que hablaba Hopkins. Pensaba que me alegraría escapar de este lugar, pero ahora que ha llegado el momento, me da pavor. —¿Quieres decir que te arrepientes?
La señora Dale no respondió a su hija de inmediato, temiendo comprometerse con palabras que no pudieran retractarse. Pero al fin dijo: —Sí, Lily; creo que sí me arrepiento. Creo que esto no se ha hecho bien. —Entonces, que se deshaga lo hecho —dijo Lily.
La cena en Guestwick Manor aquel día no fue muy brillante, y eso que el conde había hecho todo lo posible para que sus invitados estuvieran contentos. Pero la alegría no surgía de forma natural en su casa que, como se habrá visto, era una morada muy distinta por naturaleza a la del otro conde en el Castillo de Courcy. Lady De Courcy, al menos, sabía cómo recibir y entretener a una casa llena de gente, aunque la práctica de hacerlo pudiera dar lugar a cuestiones difíciles en la intimidad de sus relaciones domésticas. Lady Julia no lo entendía; pero claro, a Lady Julia nunca se le pedía cuentas por el gasto de criados extra, ni se le preguntaba un par de veces por semana quién —demonios— iba a pagar la cuenta del mercader de vinos. En cuanto al propio Lord De Guest y a Lady Julia, creo que ellos salían ganando; pero debo admitir, respecto a los invitados ocasionales, que la casa era aburrida. Difícilmente podía esperarse que la gente que estaba ahora reunida a la mesa del conde estuviera muy animada en compañía mutua. El escudero no era hombre dado a la vida social y no estaba acostumbrado a divertir a una mesa llena de gente. En esta ocasión se sentó al lado de Lady Julia y de vez en cuando le murmuraba unas palabras sobre el estado del campo. La señora Eames tenía un miedo terrible a todos los presentes, y especialmente al conde, a cuyo lado estaba sentada, y a quien llamaba continuamente «señor conde», demostrando con su voz al hacerlo que casi la alarmaba el sonido de su propia voz. El señor y la señora Boyce estaban allí; el párroco sentado al otro lado de Lady Julia, y la mujer del párroco al otro lado del conde. La señora Boyce se esforzaba mucho en demostrar que estaba como en su propia casa y habló quizá más que nadie; pero al hacerlo aburrió soberanamente al conde, tanto que este le dijo a John Eames a la mañana siguiente que ella era peor que el toro. El párroco se comió la cena, pero dijo poco o nada entre las dos bendiciones de la mesa. Era un hombre pesado, sensato y lento, que se conocía a sí mismo y a sus capacidades.
—Ternera estofada excepcionalmente buena —dijo mientras volvía a casa—; ¿por qué no podemos tener nosotros la ternera estofada así? —Porque no pagamos a nuestra cocinera sesenta libras al año —dijo la señora Boyce.
—Una mujer con dieciséis libras puede estofar la ternera tan bien como una de sesenta —dijo él—; solo hace falta vigilarla un poco.
El propio conde poseía una suerte de alegría natural. Había en él una ligereza de espíritu que a menudo le convertía en un compañero agradable en el trato individual. John Eames le consideraba el anciano más vivaz de su época; un hombre mayor con la diversión y la travesura casi de un muchacho. Pero este espíritu, aunque se manifestaba ante John Eames, no era suficiente para entretener a la madre y a la hermana de este, junto con el escudero, el párroco y la esposa del párroco de Allington. De modo que el conde se sintió abrumado y no brilló en esta ocasión a la mesa de su propia cena. El doctor Crofts, que también había sido invitado y que se había asegurado el lugar que ahora era peculiarmente suyo, al lado de Bell Dale, era sin duda lo bastante feliz; como, esperemos, lo fuera también la joven; pero aportaron muy poco a la hilaridad general de la reunión. John Eames estaba sentado entre su propia hermana y el párroco, y no disfrutó en absoluto de su posición. Tenía una vista completa de la felicidad del doctor, ya que la feliz pareja estaba sentada frente a él, y se sintió maltratado por la ausencia de Lily.
La velada fue ciertamente muy sosa, como lo eran todas las cenas de ese tipo en Guestwick Manor. Hay casas que, en su curso diario, no se rigen de ninguna manera de forma triste o insatisfactoria —en las que la vida, por regla general, transcurre con bastante alegría—, pero que no saben dar una cena formal; o, más bien diría yo, nunca deberían dejarse seducir por el intento. Los dueños de tales casas suelen ser plenamente conscientes del hecho y temen la cena que han decidido dar tanto como la temen sus amigos. Saben que preparan para sus invitados una velada de miseria, y para ellos mismos unas largas horas de purgatorio casi insoportables. Pero lo hacen. ¿Para qué esa mesa larga, y todos esos vasos, cuchillos y tenedores supernumerarios, si nunca se van a usar? Ese argumento produce toda esta desdicha; ese y otros afines.
En la presente ocasión, sin duda, había excusas que dar. El escudero y su sobrina habían sido invitados por una causa especial, y su presencia habría estado bien. El doctor, sumado al grupo, no habría hecho daño. Fue un gesto de bondad, también, la invitación extendida a la señora Eames y su hija. El error radicó en el párroco y su esposa. No había necesidad de que estuvieran allí, ni tenían más razón de ser que el simple hecho de celebrar una fiesta. El señor y la señora Boyce convirtieron la reunión en una "cena de compromiso" y destruyeron el círculo social. Lady Julia supo que se había equivocado en cuanto envió la nota.
Nada se dijo esa noche que tenga relevancia para nuestra historia. De hecho, no se dijo nada que tuviera relevancia para nada. El objetivo declarado del conde había sido reunir al escudero y al joven Eames; pero la gente nunca llega a "reunirse" en ocasiones tan melancólicas. Aunque sorban su oporto en estrecha contigüidad, están a polos de distancia en sus mentes y sentimientos. Cuando el coche de alquiler de Guestwick vino a por la señora Eames, y el faetón de poni del párroco vino a por él y la señora Boyce, se sintió un gran alivio; pero la desdicha de los que se quedaron había llegado demasiado lejos para permitir cualquier reacción esa noche. El escudero bostezó, y el conde bostezó, y con eso se acabó todo por aquella velada.
Capítulo 54
La segunda visita al puente de Guestwick
Bell había declarado que su hermana se sentiría muy dichosa de ver a John Eames si este se acercaba a Allington, y él había respondido que, por supuesto, iría. Habiendo quedado esto, por así decirlo, apalabrado, pudo hablar de su visita como algo natural a la hora del desayuno, la mañana siguiente a la cena del conde. «Tengo que pedirte que me acompañes, Dale, para ver qué estoy haciendo con las tierras», dijo el conde. Y acto seguido propuso encargar caballos de silla. Pero el escudero prefirió caminar, y de este modo quedaron ambos ocupados poco después del desayuno.
John tenía en mente conseguir estar a solas con Bell durante media hora para consultarle algo; pero ocurrió que Lady Julia fue demasiado diligente en sus deberes como anfitriona o bien, lo que era más probable, Bell evitó el encuentro. No se presentó oportunidad alguna para tal entrevista, a pesar de que él rondó por el salón toda la mañana. «Será mejor que esperes al almuerzo», le dijo Lady Julia sobre las doce. Pero él lo rechazó; y marchándose de allí, se ocultó por los alrededores durante la siguiente hora y media. Durante ese tiempo sopesó mucho si sería mejor ir a caballo o a pie. Si ella le daba alguna esperanza, podría volver cabalgando triunfante como un mariscal de campo. Entonces el caballo le resultaría delicioso. Pero si no le daba ninguna esperanza —si su destino era ser rechazado por completo esa mañana—, entonces el caballo sería un estorbo terrible para su pena. En tales circunstancias, ¿qué podría hacer sino vagar a sus anchas por los campos, descansando cuando quisiera y corriendo cuando le apeteciera? «Y ella no es como las demás chicas —pensó—. No le importará que lleve las botas sucias». Así que, finalmente, optó por ir a pie.
—Plántate ante ella con valor, hombre —le había dicho el conde—. ¡Por Júpiter!, ¿qué hay que temer? Soy de la opinión de que dan más a quienes más piden. No hay nada que las ponga más en contra de un hombre que el que sea un tímido.
Cómo sabía tanto el conde, dado que él mismo no había dado muestras de éxito alguno en ese sendero de la vida, no me siento capaz de decirlo. Pero Eames tomó su consejo como bueno en sí mismo y resolvió actuar en consecuencia. «No es que ninguna resolución vaya a servir de nada —se decía mientras caminaba—. Cuando llegue el momento sé que temblaré ante ella, y sé que ella lo verá; pero no creo que eso suponga ninguna diferencia para ella».
La última vez que la había visto fue en el césped detrás de la Pequeña Casa, justo en el tiempo en que la pasión de ella por Crosbie era más fuerte. Eames había ido allí impulsado por el deseo insensato de declararle su amor desesperado, y ella le había respondido diciéndole que amaba al señor Crosbie más que a todo el resto del mundo. Por supuesto que lo había hecho, en aquel entonces; pero, no obstante, su manera de decírselo le había parecido cruel. Y él también había sido cruel. Le había dicho que odiaba a Crosbie —llamándole «ese hombre»— y asegurándole que ninguna consideración terrenal le induciría a entrar en «casa de ese hombre». Luego se había marchado malhumorado deseándole toda clase de males. ¿No resultaba singular que todos los males que él, en su mente, había meditado para aquel hombre hubieran caído sobre él? ¡Crosbie había perdido su amor! ¡Se había revelado de tal modo como un villano que su nombre ni siquiera podía mencionarse! ¡Había recibido una tunda ignominiosa! ¿Pero de qué serviría todo esto si su imagen seguía siendo grata al corazón de Lily? «Le dije que la amaba entonces —se dijo—, aunque no tenía derecho a hacerlo. En cualquier caso, tengo derecho a decírselo ahora».
Cuando llegó a Allington no entró por el pueblo ni subió hasta la fachada de la Pequeña Casa por la calle transversal, sino que giró por la verja de la iglesia y pasó por la terraza del escudero y por el extremo de la Casa Grande a través del jardín. Allí se topó con Hopkins. «¡Vaya, si no es el señor Eames! —dijo el jardinero—. Señor John, ¡si me permite el atrevimiento!». Y Hopkins extendió una mano muy sucia, que Eames estrechó, por supuesto, ignorando la causa de este nuevo afecto.
—Vengo de visita a la Pequeña Casa y pensé en venir por aquí. —Desde luego; por aquí, o por allá, o por donde sea, ¿quién es tan bienvenido como usted, señor John? Le envidio; le envidio más que a ningún hombre. Si yo hubiera podido agarrarle por el pescuezo, le habría tratado como a una alimaña; ¡lo habría hecho, de verdad! ¡Era una alimaña! Siempre lo dije. Siempre le odié; así fue, señor John, desde el primer momento en que se ponía a darle a esas dichosas pelotitas, lanzándolas entre los rododendros como si no hubiera flores para el año que viene. Nunca miraba a uno como si fuera un cristiano, ¿verdad, señor John? —Yo tampoco le tenía mucho afecto, Hopkins. —Claro que no le tenía afecto. ¿Quién se lo tenía? Solo ella, pobre jovencita. Ahora estará mejor, señor John, mucho mejor. Él no era un pretendiente sano... no como usted. Dígame, señor John, ¿se la dio usted buena cuando le pilló? Oí que sí; ¡dos ojos morados y toda la cara hecha una piltrafa de sangre!
Y Hopkins, que no era ni mucho menos un hombre joven, se puso rígidamente en actitud de pelea.
Eames prosiguió sobre el puentecito, que parecía estar en un estado de rápida decadencia, descuidado por cualquier carpintero amigo ahora que los días de su uso estaban tan cerca del fin; y entró en el jardín, demorándose en el lugar donde se había despedido de Lily la última vez. Miró a su alrededor como si esperara encontrarla aún allí; pero no se veía a nadie en el jardín ni se oía sonido alguno. A medida que cada paso le acercaba más a quien buscaba, se volvía más y más consciente de la inutilidad de su misión. A él nunca le había amado, ¿y por qué se atrevería a esperar que le amara ahora? Se habría dado la vuelta si no hubiera sido consciente de que su promesa a los demás le obligaba a perseverar. Había dicho que haría esto, y cumpliría su palabra. Pero apenas se atrevía a esperar tener éxito. Con este ánimo, subió lentamente a través del césped.
—Hija, ahí está John Eames —dijo la señora Dale, que le había visto primero desde la ventana del salón. —No te vayas, mamá. —No lo sé; quizá sea mejor que lo haga. —No, mamá, no; ¿de qué serviría? No serviría de nada. Le aprecio todo lo que puedo apreciar a alguien. Le quiero de corazón. Pero no servirá de nada. Deja que entre y sé muy amable con él; pero no te vayas y nos dejes solos. Por supuesto que sabía que vendría, y me alegrará mucho verle.
Entonces la señora Dale pasó a la otra habitación y dejó entrar a su visitante por la ventana del salón. —Estamos en una confusión terrible, John, ¿verdad? —¿Conque de verdad se van a vivir a Guestwick? —Bueno, eso parece, ¿no? Pero, para decirte un secreto —solo que debe ser un secreto; no debes mencionarlo en Guestwick Manor; ni siquiera Bell lo sabe—: estamos a punto de decidir desempaquetarlo todo y quedarnos donde estamos.
Eames estaba tan absorto en su propio propósito y tan ocupado con la dificultad de la tarea que tenía por delante, que apenas pudo recibir las noticias de la señora Dale con todo el interés que merecían. —Desempaquetarlo todo de nuevo —dijo—. Eso será muy molesto. ¿Está Lily con usted, señora Dale? —Sí, está en el salón. Ven a verla.
Así que siguió a la señora Dale por el vestíbulo y se encontró ante su amada. —¿Cómo estás, John? —¿Cómo estás, Lily?
Todos conocemos el modo en que comienzan tales encuentros. Cada uno anhelaba ser tierno y afectuoso con el otro —cada uno a su manera—; pero ninguno sabía cómo imprimir ternura alguna a este primer saludo.
—Así que te alojas en la Mansión —dijo Lily. —Sí; estoy allí. Tu tío y Bell llegaron ayer por la tarde. —¿Te has enterado de lo de Bell? —dijo la señora Dale. —Oh, sí; me lo contó Mary. Me alegro mucho. Siempre me cayó muy bien el doctor Crofts. No la he felicitado porque no sabía si era un secreto. Pero Crofts estuvo allí anoche y, si es un secreto, no parecía tener mucho cuidado en guardarlo. —No es ningún secreto —dijo la señora Dale—. No sé yo si me gustan tales secretos.
Pero al decir esto pensó en el compromiso de Crosbie, que se había contado a todo el mundo, y en sus consecuencias. —¿Será pronto? —preguntó él. —Bueno, sí; eso creemos. Por supuesto, no hay nada decidido. —Fue muy divertido —dijo Lily—. James, que tardó al menos un año o dos en hacer su propuesta, quería casarse al día siguiente. —No, Lily; no exactamente eso. —Bueno, mamá, fue casi eso. Pensaba que podría hacerse todo esta semana. ¡Nos ha hecho tan felices, John! No conozco a nadie que me gustara tanto tener por hermano. Me alegra mucho que te caiga bien; mucho. Espero que seáis amigos siempre.
Había cierta ternura en esto, como John reconoció para sí. —Seguro que lo seremos... si a él le parece bien. Es decir, si alguna vez sucede que le vea. Haré por él todo lo que pueda si alguna vez sube a Londres. ¿No sería bueno, señora Dale, que se instalara en Londres? —No, John; sería algo muy malo. ¿Por qué querría robarme a mi hija?
La señora Dale hablaba de su hija mayor; pero la mera alusión a tal robo cubrió el rostro de John Eames con un rubor, le dio calor hasta la raíz del pelo y, por el momento, le hizo callar. —¿Crees que tendría una carrera mejor en Londres? —dijo Lily, hablando bajo la influencia de su mayor presencia de ánimo.
Ciertamente ella había mostrado falta de juicio al pedir a su madre que no les dejara solos; y de esto la señora Dale pronto se dio cuenta. Lo que tenía que pasar, pasaría, y ninguna pequeña medida de precaución, como esta de la presencia forzada de la señora Dale, lo evitaría. De esto la señora Dale era muy consciente; y sentía, además, que John tenía derecho a una oportunidad de defender su propia causa. Podría ser que tal oportunidad no le sirviera de nada, pero no por ello dejaba de tener derecho a ella, dado que la deseaba. Sin embargo, la señora Dale no se atrevía a levantarse y dejar la habitación. Lily le había pedido que no lo hiciera, y en el periodo actual de sus vidas todas las peticiones de Lily eran sagradas. Siguieron hablando durante un rato de Crofts y su boda; y cuando terminó ese tema, discutieron su probable —o, como parecía ahora, improbable— traslado a Guestwick. «Es ir demasiado lejos, mamá —dijo Lily—, decir que crees que no nos iremos. Fue anoche mismo cuando lo sugeriste. La verdad es, John, que Hopkins vino y discurseó con la elocuencia más maravillosa. Nadie se atrevió a oponerse a Hopkins. Casi nos hizo llorar; fue muy patético».
—Él también acaba de estar hablando conmigo —dijo John— mientras cruzaba el jardín del escudero. —¿Y qué te ha estado diciendo? —dijo la señora Dale. —Oh, no lo sé; no mucho.
John, sin embargo, recordaba bien en ese momento todo lo que el jardinero le había dicho. ¿Sabía ella de aquel encuentro entre él y Crosbie? Y si lo sabía, ¿bajo qué luz lo consideraba?
Llevaban así sentados una hora y Eames no estaba ni un ápice más cerca de su objetivo. Se había jurado a sí mismo que no dejaría la Pequeña Casa sin pedirle a Lily que fuera su esposa. Le parecía que sería culpable de falsedad hacia el conde si no lo hacía. Lord De Guest le había abierto su casa, había invitado a todos los Dale allí y se había ofrecido a sí mismo como sacrificio en el cruel altar de una cena formal, por no hablar de ese sacrificio más fácil y ligero que había hecho desde el punto de vista pecuniario para que esto pudiera llevarse a cabo. En tales circunstancias, Eames era un hombre demasiado honesto como para no hacerlo, fueran cuales fueran las dificultades en su camino.
Llevaba allí una hora y la señora Dale seguía con su hija. ¿Debería levantarse valientemente y pedirle a Lily que se pusiera el sombrero y saliera al jardín? Al asaltarle la idea, se levantó y agarró su sombrero. —Me vuelvo caminando a Guestwick —dijo. —Ha sido muy amable por tu parte venir de tan lejos a vernos. —Siempre me gustó caminar —dijo él—. El conde quería que viniera a caballo, pero prefiero ir a pie cuando conozco el terreno como lo conozco aquí. —Toma una copa de vino antes de irte. —Oh, no, qué va. Creo que volveré por los campos del escudero y saldré a la carretera por la verja blanca. El sendero está muy seco ahora. —Seguro que sí —dijo la señora Dale. —Lily, me pregunto si vendrías conmigo hasta allí.
Al hacerse la petición, la señora Dale miró a su hija casi suplicante. —Hazlo, por favor —dijo él—; es un día precioso para caminar.
El camino propuesto pasaba justo por el campo al que Lily había llevado a Crosbie cuando le hizo el ofrecimiento de liberarle de su compromiso. ¿Sería posible que alguna vez volviera a caminar por allí con otro pretendiente? —No, John —dijo ella—; hoy no, creo. Estoy casi cansada y prefiero no salir. —Te sentaría bien —dijo la señora Dale. —No quiero que nada me siente bien, mamá. Además, tendría que volver sola. —Yo volveré contigo —dijo Johnny. —Oh, sí; y luego yo tendría que volver a ir contigo. Pero, John, de verdad que no deseo caminar hoy.
Ante lo cual John Eames volvió a dejar su sombrero.
—Lily —dijo él; y luego se detuvo. La señora Dale se dirigió a la ventana, dando la espalda a su hija y al visitante—. Lily, he venido aquí a propósito para hablar contigo. De hecho, he bajado de Londres solo para poder verte. —¿De veras, John? —Sí. Sabes bien todo lo que tengo que decirte. Te amaba antes de que él te viera jamás; y ahora que él se ha ido, te amo más de lo que nunca te amé. ¡Querida Lily! —y le tendió la mano. —No, John; no —respondió ella. —¿Debe ser siempre no? —Siempre no a eso. ¿Cómo podría ser de otra manera? ¡No querrás que me case contigo mientras amo a otro! —Pero él se ha ido. Ha tomado a otra esposa. —Yo no puedo cambiar porque él haya cambiado. Si eres amable conmigo, dejarás que eso sea suficiente. —¡Pero eres tan poco amable conmigo! —No, no; ¡oh, desearía ser tan amable contigo! John, toma; coge mi mano. Es la mano de una amiga que te quiere y siempre te querrá. Querido John, haré cualquier cosa... todo por ti menos eso. —Solo hay una cosa —dijo él, aún sosteniéndola de la mano, pero con el rostro vuelto hacia otro lado. —No; no digas eso. ¿Estás tú peor que yo? Yo no pude tener esa única cosa, y estuve más cerca de los anhelos de mi corazón de lo que tú has estado nunca. Yo no puedo tener esa única cosa; pero sé que hay otras cosas y no permitiré que se me rompa el corazón. —Tú eres más fuerte que yo —dijo él. —No más fuerte, sino más segura. Siéntete tan seguro como yo y tú también serás fuerte. ¿No es así, mamá? —¡Ojalá pudiera ser de otro modo!; ¡ojalá pudiera ser de otro modo! Si pudieras darle alguna esperanza... —¡Mamá! —Dime que puedo volver... dentro de un año —suplicó él. —No puedo decírtelo. No debes volver... no de esta manera. ¿Recuerdas lo que te dije antes, en el jardín; que le amaba a él más que a todo el resto del mundo? Sigue siendo igual. Aún le amo a él más que a todo el mundo. ¿Cómo, entonces, puedo darte esperanza alguna? —Pero no será así para siempre, Lily. —¡Para siempre! ¿Por qué no habría de ser mío tanto como de ella cuando llegue ese para siempre? John, si entiendes lo que es amar, no dirás nada más de ello. Te he hablado de esto más abiertamente de lo que lo he hecho nunca con nadie, incluso con mamá, porque he deseado que comprendieras mis sentimientos. Me sentiría deshonrada a mis propios ojos si admitiera el amor de otro hombre, después de... después de... Para mí es casi como si me hubiera casado con él. No le culpo a él, recuerda. Estas cosas son diferentes para un hombre.
Ella no había soltado su mano y, mientras pronunciaba su último discurso, estaba sentada en su vieja silla con los ojos fijos en el suelo. Hablaba en voz baja, lentamente, casi con dificultad; pero aun así las palabras salían muy claras, con una voz nítida y distinta que hizo que fueran recordadas con exactitud tanto por Eames como por la señora Dale. A él le pareció imposible continuar su pretensión después de tal declaración. Para la señora Dale fueron palabras terribles, que hablaban de una viudez perpetua y hablaban de una cantidad de sufrimiento mayor incluso del que ella había previsto. Era cierto que Lily nunca le había dicho tanto a ella como acababa de decirle a John Eames, ni había intentado hacer una exposición tan clara de sus propios sentimientos. «¡Me sentiría deshonrada a mis propios ojos si admitiera el amor de otro hombre!». Eran palabras terribles, pero muy fáciles de entender. La señora Dale había sentido, desde el principio, que Eames venía demasiado pronto, que el conde y el escudero juntos estaban haciendo un esfuerzo por curar la herida demasiado rápido tras habérsela infligido; que debería habérsele dado tiempo a su hija para recuperarse. Pero ahora el intento se había hecho, y se habían forzado palabras de los labios de Lily cuyo pronunciamiento nunca olvidaría ella misma.
—Sabía que sería así —dijo John. —Ah, sí; lo sabes porque tu corazón entiende mi corazón. Y no te enfadarás conmigo ni dirás palabras feas y crueles, como hiciste una vez. Pensaremos el uno en el otro, John, y rezaremos el uno por el otro; y siempre nos querremos. Cuando nos encontremos, alegrémonos de vernos. Ningún otro amigo me será nunca más querido de lo que lo eres tú. ¡Eres tan leal y honesto! Cuando te clases, le diré a tu esposa qué bendición infinita le ha dado Dios. —Nunca harás eso. —Sí, lo haré. Entiendo lo que quieres decir; pero aun así lo haré. —Adiós, señora Dale —dijo él. —Adiós, John. Si hubiera podido ser de otro modo para ella, habrías tenido todos mis mejores deseos en el asunto. Te habría querido de corazón como a un hijo; y te querré ahora.
Entonces ella acercó los labios y le besó en la mejilla. —Y yo también te querré —dijo Lily, dándole la mano de nuevo.
Él la miró con anhelo al rostro, como si hubiera pensado que era posible que ella también le besara; luego presionó la mano de ella contra sus labios y, sin pronunciar más despedida, tomó su sombrero y salió de la habitación.
—¡Pobre muchacho! —dijo la señora Dale. —No deberían haberle dejado venir —dijo Lily—. Pero no entienden. Piensan que he perdido un juguete y pretenden ser bondadosos y darme otro.
Muy poco después de aquello Lily se marchó a solas y permaneció sentada durante horas; y cuando se reunió con su madre de nuevo a la hora del té, no se volvió a hablar de la visita de John Eames.
Él salió por la puerta principal y a través del cementerio, y de esta manera hacia el campo por el que había pedido a Lily que caminara con él. Apenas empezó a pensar en lo que había pasado hasta que hubo dejado atrás la casa del escudero. Mientras se abría paso entre las lápidas se detuvo y leyó una, como si le interesara. Se quedó un momento bajo la torre mirando hacia arriba al reloj, y luego sacó su propio reloj, como para verificar el uno con el otro. Hizo, inconscientemente, un esfuerzo por alejar de sus pensamientos los hechos de la escena reciente, y durante unos cinco o diez minutos lo consiguió. Se dijo a sí mismo un par de palabras sobre Sir Raffle y sus cartas, y se rió para sus adentros al recordar la figura de Rafferty trayendo los zapatos del caballero. Había recorrido casi media milla de su camino antes de atreverse a detenerse y decirse a sí mismo que había fracasado en el gran objetivo de su vida.
Sí; había fracasado: y se reconoció a sí mismo, con amargos reproches, que había fracasado, ahora y para siempre. Se dijo que se había entrometido ante ella en su dolor con un amor descortés, y se reprendió por haber sido no solo insensato sino poco generoso. Su amigo el conde solía, a su manera guasona, llamarle el héroe conquistador, y le había hecho perder tanto el sentido común que casi le había hecho pensar que tendría éxito en su pretensión. Ahora, al decirse a sí mismo que cualquier éxito de ese tipo habría sido imposible, casi odió al conde por haberle llevado a este estado. ¡Un héroe conquistador, de veras! ¿Cómo se las arreglaría para volver a hurtadillas entre todos ellos a la Mansión, cabizbajo y abyecto en su desdicha? Todo el mundo sabía la misión a la que había ido, y todo el mundo debía saber de su fracaso. ¿Cómo pudo haber sido tan tonto como para emprender tal tarea bajo la mirada de tantos espectadores? ¿No era el caso que había esperado el éxito con tal ilusión que solo pensó en su triunfo al regresar, y no en su más probable deshonra? Había permitido que otros hicieran un tonto de él, y de tal modo había hecho el tonto él mismo que ahora toda esperanza y felicidad se habían terminado para él. ¿Cómo podría escapar de inmediato del campo... de vuelta a Londres? ¿Cómo podría marcharse sin decir una palabra más a nadie? Ese fue el pensamiento que al principio ocupó su mente.
Cruzó la carretera al final de la propiedad del escudero, donde la parroquia de Allington se divide de la de Abbot’s Guest en la que se encuentra la casa del conde, y regresó por el soto que bordeaba el campo en el que se habían encontrado con el toro, hacia los altos bosques que estaban en la parte trasera del parque. Ah, sí; le había venido bien no haber venido a caballo. Ese viaje de vuelta por la carretera principal y hasta las caballerizas de la Mansión habría sido, en sus circunstancias actuales, casi imposible para él. Tal como estaban las cosas, no creía que le fuera posible volver a su lugar en casa del conde. ¿Cómo podría fingir mantener su conducta habitual ante los ojos de esos dos ancianos? Sería mejor para él volver a casa con su madre... enviar un mensaje desde allí a la Mansión y luego escapar de vuelta a Londres. Así pensando, pero sin haber tomado ninguna resolución, prosiguió a través de los bosques y bajó de la colina de vuelta hacia el pueblo hasta que llegó de nuevo al puentecito sobre el arroyo. Allí se detuvo y se quedó un rato con su ancha mano extendida sobre las letras que había tallado en aquellos días tempranos, de modo que quedaran ocultas a su vista. «¡Qué asno he sido... siempre y en todo momento!», se dijo.
No solo pensaba en su reciente decepción, sino en toda su vida pasada. Era consciente de su torpeza juvenil... de ese retraso por su parte en asumir la madurez que le había hecho incapaz de hacerse aceptable para Lily antes de que ella cayera en las garras de Crosbie. Al pensar en esto se declaró a sí mismo que si pudiera encontrarse con Crosbie de nuevo volvería a darle una tunda... que le molería tanto a palos que le mandaría fuera del mundo, si tal envío pudiera hacerse mediante una paliza justa, sin importarle si él mismo pudiera verse llamado a seguirle. ¿No era duro que para los dos —para Lily y para él también— hubiera tal castigo debido a la falta de sinceridad de aquel hombre? Cuando hubo permanecido así sobre el puente durante un cuarto de hora, sacó su navaja y, con profundos y toscos tajos en la madera, borró el nombre de Lily de la barandilla.
Apenas había terminado, y aún miraba las astillas mientras eran arrastradas por la corriente, cuando un paso suave se acercó a él y, volviéndose, vio que Lady Julia estaba en el puente. Estaba cerca de él y ya había visto su obra. —¿Te ha ofendido ella, John? —dijo. —¡Oh, Lady Julia! —¿Te ha ofendido? —Me ha rechazado, y todo ha terminado. —Puede ser que te haya rechazado y que, sin embargo, no tenga por qué haber terminado todo. Siento que hayas borrado el nombre, John. ¿Pretendes borrarlo de tu corazón? —Jamás. Lo haría si pudiera, pero nunca lo haré. —Guárdalo como un gran tesoro. Te será una alegría en los años venideros, y no una pena. Haber amado de verdad, aunque hayas amado en vano, será un consuelo cuando seas tan viejo como yo. Es algo haber tenido corazón. —No lo sé. Desearía no tener ninguno. —Y, John... puedo entender el sentimiento de ella ahora; y de hecho, pensé en todo momento que se lo estabas pidiendo demasiado pronto; pero puede llegar el tiempo en que ella vea mejor tus deseos. —No, no; nunca. Empiezo a conocerla ahora. —Si puedes ser constante en tu amor, podrías ganarla todavía. Recuerda lo joven que es; y lo jóvenes que sois ambos. Vuelve dentro de dos años y entonces, cuando la hayas ganado, me dirás que he sido una buena vieja para los dos. —Nunca la ganaré, Lady Julia.
Mientras pronunciaba estas últimas palabras, las lágrimas le corrían por las mejillas y lloraba abiertamente en presencia de su compañera. Fue una suerte para él que ella le hubiera sorprendido en su pena. Una vez que supo que ella había visto sus lágrimas, pudo volcar en ella toda la historia de su dolor; y mientras lo hacía, ella le condujo tranquilamente de vuelta a la casa.
Capítulo 55
No tan fresca, después de todo
Tal vez se recuerde que se habían pronosticado cosas terribles entre las familias Hartletop y Omnium. Lady Dumbello había sonreído cada vez que el señor Plantagenet Palliser le había dirigido la palabra. El señor Palliser se había confesado a sí mismo que la política no le bastaba y que el amor era necesario para completar su felicidad. Lord Dumbello había fruncido el ceño últimamente al cruzarse con la alta figura del heredero del duque; y el propio duque —ese potentado, generalmente tan imponente en su silencio— había hablado. Lady De Courcy y Lady Clandidlem estaban, ambas, absolutamente seguras de que el asunto estaba ya totalmente concertado. Por lo tanto, estoy perfectamente justificado al afirmar que el mundo hablaba de los amores —los amores ilícitos— del señor Palliser y Lady Dumbello.
Y los chismorreos del mundo llegaron hasta aquella respetable rectoría rural en la que Lady Dumbello había nacido, y de la que había partido hacia esos nobles salones que ahora honraba con su presencia. Los rumores se oyeron en Plumstead Episcopi, donde aún vivía el arcediano Grantly, padre de la dama; y se oyeron también en el deanato de Barchester, donde vivían la tía y el abuelo de la misma. Por qué lengua maleducada se extendió el rumor en estas regiones eclesiásticas no viene al caso decir ahora. Pero cabe recordar que el Castillo de Courcy no estaba lejos de Barchester, y que Lady De Courcy no era dada a esconder sus luces bajo el celemín.
Era un rumor terrible. ¿Para qué madre no ha de ser terrible semejante rumor respecto a una hija? En los oídos de ninguna madre podría haber sonado más espantosamente que en los de la señora Grantly. Lady Dumbello, la hija, podía ser totalmente mundana; pero la señora Grantly nunca había sido más que mundana a medias. En una mitad de su carácter, de sus hábitos y de sus deseos, había estado casada con las cosas buenas en sí mismas: con la religión, con la caridad y con la integridad de corazón. Es cierto que las circunstancias de su vida la habían inducido a servir tanto a Dios como a Mammón y que, por tanto, se había enorgullecido enormemente del matrimonio de su hija con el heredero de un marqués. Se había deleitado en la elevación aristocrática de su hija, aunque siguiera repartiendo libros y catecismos con sus propias manos a los hijos de los labradores de Plumstead Episcopi. Cuando Griselda se convirtió en Lady Dumbello, la madre temió un poco que su hija no estuviera a la altura de las exigencias de su nueva posición. Pero la hija demostró estar más que a la altura y ascendió hasta una vertiginosa altura de éxito, lo que trajo a la madre gran gloria y también gran temor. Le encantaba pensar que su Griselda era grande incluso entre las hijas de marqueses; pero temblaba al reflexionar cuán mortal sería la caída desde tal altura... ¡si alguna vez llegara a caer!
¡Pero nunca había soñado con una caída como esta! Ella habría dicho —de hecho, se lo había dicho a menudo al arcediano— que los principios religiosos de Griselda estaban demasiado firmemente asentados para ser conmovidos por asuntos mundanos externos; queriendo decir, tal vez, su convicción de que la enseñanza de Plumstead Episcopi había encajado de tal modo a su hija en un carril, que toda la enseñanza futura de Hartlebury no bastaría para soltar las sujeciones. Cuando se jactaba de tal modo, nunca se le había pasado por la cabeza la idea de que su hija huyera de la casa de su marido; pero se refería a vicios de naturaleza similar a ese vicio, vicios en los que a veces caían otras damas aristocráticas que habían sido encarriladas con menos firmeza. Sus jactancias se resumían en esto: que ella misma había servido con tanto éxito a Dios y a Mammón juntos, que su hija podía salir al mundo y disfrutar de todas las cosas terrenales sin riesgo de dañar las celestiales. Entonces le llegó este rumor. El arcediano le dijo en un susurro ronco que le habían recomendado vigilar el asunto, pues corría por el mundo que Griselda estaba a punto de dejar a su marido.
—Nada en la tierra me hará creerlo —dijo la señora Grantly.
Pero después se quedó sola en su salón y tembló. Luego vino su hermana, la señora Arabin, la esposa del deán, a la rectoría y, con palabras a medias, le contó la misma historia. Se la había oído a la señora Proudie, la esposa del obispo.
—Esa mujer es tan falsa como el padre de las mentiras —dijo la señora Grantly.
Pero tembló aún más; y mientras preparaba su trabajo parroquial, no podía pensar en otra cosa que en su hija. ¿Qué sería de toda su vida futura, qué habría sido de todo lo pasado, si esto llegara a sucederle? No quería creerlo; pero aun así temblaba más al pensar en la exaltación de su hija y recordar que tales cosas se hacían en ese mundo al que Griselda pertenecía ahora. ¡Ah!, ¿no habría sido mejor para ellos no haber levantado tanto la cabeza? Y salió a caminar sola entre las tumbas del cementerio vecino, y se detuvo ante la sepultura en la que yacía el cuerpo de su otra hija. ¿Podría ser que el destino de aquella hubiera sido el más feliz?
Muy pocas palabras se cruzaron entre ella y el arcediano sobre el tema, y sin embargo parecieron estar de acuerdo en que debía hacerse algo. Él subió a Londres y vio a su hija, aunque sin atreverse a mencionar tal asunto. Lord Dumbello se mostró huraño con él y muy poco comunicativo. De hecho, tanto el arcediano como la señora Grantly habían descubierto que la casa de su hija no les resultaba cómoda y, como eran suficientemente orgullosos dentro de su propia clase, no se habían molestado en imponerse a la hospitalidad de su yerno. Pero él había podido percibir que no todo iba bien en la casa de Carlton Gardens. Lord Dumbello no se mostraba gracioso con su esposa, y había algo en el silencio de los hombres, más que en sus palabras, que parecía justificar el informe que le había llegado.
—Él está allí más a menudo de lo que debería —dijo el arcediano—. Y de esto estoy seguro, al menos: a Dumbello no le gusta. —Le escribiré —dijo finalmente la señora Grantly—. Sigo siendo su madre; le escribiré. Puede ser que ella no sepa lo que la gente dice de ella.
Y la señora Grantly escribió.
Plumstead, abril de 186- Queridísima Griselda: A veces parece que te has alejado tanto de mí que apenas tengo derecho a preocuparme más por los asuntos de tu vida diaria, y sé que es imposible que acudas a mí en busca de consejo o consuelo, como habrías hecho de haberte casado con algún caballero de nuestra propia condición. Pero estoy segura de que mi hija no olvida a su madre, ni deja de recordar el amor materno; y que me permitirá hablarle si se encuentra en dificultades, como haría con cualquier otro hijo al que hubiera amado y cuidado. Ruego a Dios estar equivocada al suponer que tales problemas están cerca de ti. Si es así, perdonarás mi solicitud. Nos han llegado rumores de más de un sitio que... ¡Oh, Griselda!, apenas sé con qué palabras ocultar y, sin embargo, declarar lo que tengo que escribir. Dicen que tienes intimidad con el señor Palliser, el sobrino del duque, y que tu marido está muy ofendido. Quizá sea mejor que te lo diga todo, abiertamente, advirtiéndote que no supongas que lo he creído. Dicen que se piensa que vas a ponerte bajo la protección del señor Palliser. Mi queridísima hija, creo que puedes imaginar con qué agonía escribo estas palabras, de qué terrible dolor debo haber estado oprimida antes de permitirme albergar los pensamientos que las han producido. Tales cosas se dicen abiertamente en Barchester, y tu padre, que ha estado en la ciudad y te ha visto, se siente incapaz de decirme que mi mente puede estar tranquila. No te diré ni una palabra sobre el perjuicio que, desde un punto de vista mundano, te acarrearía cualquier ruptura con tu marido. Creo que puedes ver las consecuencias de un paso tan terrible tan claramente como yo podría mostrártelas. Romperías el corazón de tu padre y enviarías a tu madre a la tumba; pero ni siquiera en eso es en lo que más debo insistir. Es esto: ofenderías a tu Dios con el peor pecado que una mujer puede cometer, y te lanzarías a un abismo de infamia en el que el arrepentimiento ante Dios es casi imposible, y del que el escape ante el hombre no está permitido. No lo creo, mi queridísima, queridísima niña, mi única hija viva; no creo lo que me han dicho. Pero como madre, no me he atrevido a dejar la calumnia sin mencionar. Si me escribes y me dices que no es así, me harás feliz de nuevo, aunque me reprendas por mi sospecha. Cree que en todo momento, y bajo cualquier circunstancia, sigo siendo tu madre amorosa, como lo fui en otros días. Susan GrantlyVolvamos ahora al señor Palliser mientras estaba sentado en sus aposentos del Albany, pensando en su amor. El duque le había advertido y el agente del duque le había advertido; y él, a pesar de su elevado sentimiento de independencia, casi había sido inducido a temblar. Todos sus miles al año estaban en la balanza, y tal vez todo aquello de lo que dependía su posición ante el mundo. Pero, no obstante, aunque temblaba, resolvió perseverar. Las estadísticas se estaban volviendo áridas para él, y el amor era muy dulce. Pensaba que las estadísticas podrían hacerse tan encantadoras como siempre si solo pudieran mezclarse con el amor. La sola idea de amar a Lady Dumbello parecía dar una sal a su vida de la que ahora no sabía cómo privarse. Es cierto que aún no había disfrutado de muchas de las bendiciones absolutas del amor, dado que sus conversaciones con Lady Dumbello nunca habían sido más cálidas que las que se han repetido en estas páginas; pero su imaginación había estado trabajando; y ahora que Lady Dumbello estaba plenamente establecida en su casa de Carlton Gardens, estaba decidido a declarar su pasión en la primera oportunidad conveniente. Le resultaba suficientemente manifiesto que el mundo esperaba que lo hiciera, y que el mundo ya estaba un poco dispuesto a criticar la lentitud de sus procedimientos.
Había estado una vez en Carlton Gardens desde que comenzó la temporada, y la dama le había favorecido con su sonrisa más dulce. Pero solo había estado medio minuto a solas con ella, y durante ese medio minuto solo tuvo tiempo de comentar que suponía que ella permanecería ahora en Londres durante la temporada.
—Oh, sí —había respondido ella—, no nos iremos hasta julio.
Él tampoco podía irse hasta julio debido a las exigencias de sus estadísticas. Tenía, por tanto, ante sí dos, si no tres, meses despejados para maniobrar, declarar sus propósitos y prepararse para los futuros acontecimientos de su vida. Mientras resolvía una mañana que diría su primera palabra tierna a Lady Dumbello esa misma noche, en el salón de Lady De Courcy, donde sabía que la encontraría, le llegó una carta por correo. Conocía bien la letra y el aviso que contendría. Era del agente del duque, el señor Fothergill, y le informaba de que se había ingresado una cierta suma de dinero a su favor en su banco. Pero la carta iba más allá, e informaba también de que el duque había dado a entender a su agente que serían necesarias instrucciones especiales antes de que pudiera realizarse el siguiente pago trimestral. El señor Fothergill no decía nada más, pero el señor Palliser lo entendió todo. Sintió que la sangre se le helaba en el corazón; pero, a pesar de todo, decidió que no faltaría a su palabra con Lady De Courcy esa noche.
Y Lady Dumbello recibió también su carta esa misma mañana. Se estaba vistiendo mientras la leía, y las doncellas que la atendían no hallaron motivo para sospechar que nada en la carta hubiera excitado a su señoría. Su señoría no se excitaba a menudo, aunque era vigilante al exigir de ellas sus mayores cuidados. Leyó su carta, sin embargo, muy cuidadosamente y, mientras permanecía bajo los utensilios de tocador de sus doncellas, pensó profundamente en las noticias que le habían llegado. No estaba enfadada con nadie; no estaba agradecida con nadie. No sentía un amor especial por ninguna persona implicada en el asunto. Su corazón no decía: «¡Oh, mi señor y esposo!» ni «¡Oh, mi amante!» ni «¡Oh, madre mía, la amiga de mi infancia!». Pero se dio cuenta de que se le había presentado materia de reflexión, y reflexionó.
—Da mis recuerdos a Lord Dumbello —dijo, cuando las operaciones estaban casi terminadas—, y dile que me alegrará mucho verle si viene a verme mientras estoy desayunando. —Sí, milady.
Y entonces llegó la respuesta: «Su señoría estaría con su señoría, sin duda».
—Gustavus —dijo ella, en cuanto se hubo sentado discretamente en su silla—, he recibido una carta de mi madre que será mejor que leas —y le entregó el documento—. No sé qué he hecho para merecer tales sospechas de su parte; pero vive en el campo y probablemente ha sido engañada por gente malintencionada. En cualquier caso, debes leerla y decirme qué debo hacer.
Podemos predecir por esto que la posibilidad de que el señor Palliser pudiera naufragar en esa roca era escasa, y que él, a pesar suyo, se salvaría de la ira de su tío. Lord Dumbello tomó la carta y la leyó muy lentamente, permaneciendo, mientras lo hacía, de espaldas al fuego. La leyó muy lentamente, y su esposa, aunque nunca volvió su rostro directamente hacia el de él, pudo percibir que se ponía muy rojo, que estaba nervioso y fuera de sí, y que su respuesta no estaba lista. Ella era muy consciente de que la conducta de él hacia ella durante los últimos tres meses se había alterado mucho respecto a sus usos anteriores; que había sido más brusco con ella en sus palabras cuando estaban solos, y menos cortés en su atención cuando estaban en sociedad; pero no se había quejado ni había dicho una palabra para demostrarle que había notado el cambio. Sabía, además, la causa de su alterada actitud y, habiéndolo meditado mucho, había resuelto superarlo con su conducta. Se había declarado a sí misma que no había cometido ningún acto ni pronunciado ninguna palabra que justificara la sospecha y, por tanto, no haría ningún cambio en sus formas, ni se mostraría consciente de que era sospechosa. Pero ahora —teniendo la carta de su madre en la mano— podía forzarle a una explicación sin hacerle notar que ella hubiera pensado jamás que él hubiera tenido celos de ella. Para ella, la carta de su madre era una gran ayuda. Justificaba una escena como esta y le permitía luchar su batalla a su propia manera. En cuanto a fugarse con ningún señor Palliser y renunciar a la posición que había ganado... ¡oh, no, por cierto! ¡Había sido encajada en sus carriles demasiado bien para eso! Su madre, al albergar cualquier temor sobre tal asunto, se había mostrado ignorante de la solidez del carácter de su hija.
—Bueno, Gustavus —dijo finalmente—. Debes decir qué respuesta debo dar, o si debo dar alguna respuesta.
Pero él no estaba todavía listo para instruirla. Así que desdobló la carta y la leyó de nuevo, y ella se sirvió una taza de té.
—Es un asunto muy serio —dijo él.
—Sí, es muy serio; no podría considerar sino seria una carta así de mi madre. Si hubiera venido de cualquier otra persona, dudo que te hubiera molestado; a menos, claro, que hubiera venido de alguien tan cercano a ti como ella lo es a mí. Tal como están las cosas, no puedes sino sentir que tengo razón.
—¡Razón! Oh, sí, tienes razón... toda la razón al decírmelo; deberías decírmelo todo. ¡Malditos sean! —pero a quién pretendía condenar, no lo explicó.
—Soy, por encima de todo, contraria a causarte molestias —dijo ella—. He visto algunas cosillas últimamente...
—¿Te ha dicho él algo alguna vez?
—¿Quién... el señor Palliser? Ni una palabra.
—¿No ha insinuado nada de este tipo?
—Ni una palabra. De haberlo hecho, habría tenido que hacerte entender que no se le podría haber permitido entrar de nuevo en mi salón.
Entonces él leyó de nuevo la carta, o fingió hacerlo.
—Tu madre tiene buena intención —dijo él.
—Oh, sí, tiene buena intención. Ha sido una insensata al creer los chismes que le han llegado... muy insensata al obligarme a darte este disgusto.
—Oh, en cuanto a eso, no estoy disgustado. ¡Por Júpiter, no! Vamos, Griselda, aclarémoslo todo; otras personas han dicho esto y yo he sido infeliz. Ahora, ya lo sabes todo.
—¿Te he hecho yo infeliz?
—Bueno, no; tú no. No seas dura conmigo cuando te cuente toda la verdad. Necios y brutos han susurrado cosas que me han vejado. Pueden susurrar hasta que el diablo se los lleve, pero no volverán a molestarme. Dame un beso, muchacha.
Y él realmente extendió los brazos y la abrazó.
—Escribe una carta amable a tu madre y dile que venga una semana en mayo. Eso será lo mejor; y entonces lo comprenderá. ¡Por Júpiter, son las doce! Adiós.
Lady Dumbello era muy consciente de que había triunfado y de que la carta de su madre le había resultado inestimable. Pero ya había sido utilizada y, por lo tanto, no volvió a leerla. Tomó su desayuno con tranquila comodidad, consultando un catálogo francés de sombreros mientras lo hacía; y luego, cuando llegó plenamente el momento para tal operación, se sentó a su escritorio y respondió a la carta de su madre.
La señora Grantly supo, desde el momento en que recibió la carta, que había juzgado mal a su hija con sus sospechas. No se le ocurrió dudar de una sola palabra de lo que decía la carta, ni de ninguna inferencia implícita. Se había equivocado y se alegraba de que fuera así. Pero, no obstante, había algo en la misiva que la molestaba e irritaba, aunque no pudiera explicarse a sí misma la causa de su fastidio. Ella había puesto todo su corazón en lo que había escrito, pero en las palabras que su hija había redactado no se encontraba ni un vestigio de corazón. En esa conciliación de Dios y Mammón que la señora Grantly había llevado a cabo con tanto éxito en la educación de su hija, el órgano no había sido necesario y se había marchitado, si no extinguido, por falta de uso.
—No iremos allí, creo —dijo la señora Grantly, hablando con su marido.
—Oh, por supuesto que no. Si quieres ir a la ciudad para algo, te alquilaré unas habitaciones. Y en cuanto a Su Alteza Real... ¡tengo un gran respeto por Su Alteza Real, pero no deseo en absoluto conocerle a la mesa de Dumbello!
Y así quedó zanjado el asunto en lo que respectaba a los habitantes de Plumstead Episcopi.
¿Y adónde se dirigió Lord Dumbello cuando salió de la habitación de su esposa con tanta prisa a las doce en punto? No al Parque, ni a Tattersall’s, ni a una sala de comités de la Cámara de los Comunes, ni tampoco al ventanal de su club. Fue directo a una gran joyería en Ludgate-hill y allí compró un maravilloso collar verde, muy raro y curioso, cargado de gotas verdes centelleantes, con tres hileras de piedras verdes brillantes engastadas en oro puro; un collar que casi equivalía a una coraza enjoyada por peso y extensión. Había estado en todas las exposiciones y era muy costoso y magnífico. Mientras Lady Dumbello aún se vestía por la noche, se lo trajeron con el afecto de su señor, como prueba de su renovada confianza; y Lady Dumbello, mientras contaba los destellos, triunfó para sus adentros, diciéndose que había jugado bien sus cartas.
Pero mientras ella contaba los destellos producidos por su total reconciliación con su señor, el pobre Plantagenet Palliser seguía temblando en su ignorancia. ¡Si tan solo se le hubiera permitido ver la carta de la señora Grantly, y la respuesta de la dama, y el regalo del señor! Pero tal visión no le fue concedida, y fue conducido en su brougham hacia la casa de Lady De Courcy, trinando de amor expectante y temblando ante una ruina inminente. A esta conclusión había llegado al menos: que si algo había que hacer, debía hacerse ahora. Diría una palabra de amor y prepararía su futuro de acuerdo con la aceptación que recibiera.
Las salas de Lady De Courcy estaban muy abarrotadas cuando él llegó. Era la primera gran fiesta tumultuosa de la temporada, y todo el mundo se había congregado en Portman Square. Lady De Courcy sonreía como si su marido no tuviera dientes, como si la situación de su hijo mayor fuera de lo más feliz y todo marchara bien para los intereses de los De Courcy. Lady Margaretta estaba allí, detrás de ella, blanda por fuera y amarga por dentro; y Lady Rosina también, a cierta distancia, reconciliada con la vanidad y las galas de este mundo porque no iba a haber baile. Y las hijas casadas de la casa también estaban allí, esforzándose por mantener su posición basándose en su indudable linaje, pero sufriendo algún que otro desaire por la precariedad de sus circunstancias reales. Gazebee estaba allí, feliz por el mero hecho de su parentesco con un conde, y bendecido con la consideración que se le extendía como yerno de un conde. Y Crosbie también estaba en las salas; estaba allí presente, aunque se hubiera jurado a sí mismo que no volvería a galantear a la condesa y que se separaría de la desdicha de esa familia. Pero si los abandonaba a ellos y a sus costumbres, ¿qué le quedaría entonces? Había venido, por tanto, y ahora permanecía solo, taciturno, en un rincón, diciéndose que todo era vanidad. Sí; para el vanidoso todo será vanidad, y para el pobre de espíritu todo será pobreza.
Lady Dumbello estaba allí, en una pequeña sala interior, sentada en un sofá al que la habían conducido nada más llegar a la casa, y en el que permanecería hasta que se marchara. De vez en cuando, algún personaje muy noble o muy elevado se presentaba ante ella y le decía una palabra, y ella respondía a aquel elevado personaje con otra palabra; pero nadie había intentado con ella la tarea de conversar. Se daba por hecho que Lady Dumbello no conversaba... a menos que fuera ocasionalmente con el señor Palliser.
Ella sabía bien que el señor Palliser se encontraría con ella allí. Él le había dicho expresamente que lo haría, habiendo preguntado con mucha solicitud si ella tenía intención de acudir a la invitación de la condesa. «Probablemente estaré allí», había dicho ella, y ahora había decidido que la carta de su madre y la conducta de su marido hacia ella no harían que faltara a su palabra. Si el señor Palliser se «olvidaba» de sí mismo, ella sabría cómo decirle algo, igual que había sabido cómo decírselo a su marido. ¡Olvidarse de sí mismo! Estaba muy segura de que el señor Palliser llevaba varios meses decidiéndose a olvidarse de sí mismo.
Él se acercó a ella y se quedó de pie ante ella, mirándola con expresión de decir cosas inefables. Sus cosas inefables, sin embargo, se miraban de tal modo que no exigían necesariamente la atención de la dama. No suspiraba como una fragua, ni abría los ojos hacia ella como si hubiera dos soles en el firmamento sobre su cabeza, ni se golpeaba el pecho ni se arrancaba los cabellos. El señor Palliser se había educado en una escuela que se deleita en la tranquilidad y nunca permite que sus alumnos se entreguen ni a lo sublime ni a lo ridículo. Miró un par de cosas inefables, pero lo hizo con una mirada tan decorosa que la dama, que lo medía todo con gran exactitud, no podía, por el momento, declarar que el señor Palliser se hubiera «olvidado de sí mismo».
Había sitio junto a ella en el sofá y, en una o dos ocasiones en Hartlebury, él se había atrevido a sentarse así. En la presente ocasión, sin embargo, no podía hacerlo sin posarse manifiestamente sobre el vestido de ella. Ella habría sabido cómo llenar un sofá incluso más grande que aquel... así como habría sabido, también, cómo hacer sitio, si hubiera estado en su ánimo hacerlo. Así que él permaneció quieto ante ella, y ella le sonrió. ¡Qué sonrisa! Era fría como la muerte, no halagaba a nadie, no decía nada, horrorosa en su carente de sentido y fingida gracia. ¡Ah, cómo odio la sonrisa de una mujer que sonríe por rutina! Al señor Palliser le hizo sentir muy incómodo; pero no la analizó y perseveró.
—Lady Dumbello —dijo él, y su voz era muy queda—, he estado deseando encontrarme con usted aquí.
—¿De veras, señor Palliser? Sí; recuerdo que me preguntó si vendría.
—Así es. ¡Hm... Lady Dumbello! —y casi rozó el límite exterior de aquella educación que le había enseñado a evitar tanto lo sublime como lo ridículo. Pero aún no se había olvidado de sí mismo, así que ella sonrió de nuevo.
—Lady Dumbello, en este mundo en el que vivimos, es tan difícil conseguir un momento en el que podamos hablar... —Él había pensado que ella apartaría su vestido, pero no lo hizo.
—Oh, no lo sé —dijo ella—; no se suele querer decir gran cosa, creo.
—Ah, no; no a menudo, quizá. ¡Pero cuando uno quiere! ¡Cómo odio estas salas abarrotadas! —Sin embargo, cuando estuvo en Hartlebury había resuelto que el único terreno propicio para él sería el salón abarrotado de alguna gran mansión londinense—. Me pregunto si alguna vez desea algo más allá de ellas.
—Oh, sí —dijo ella—; pero confieso que me gustan las fiestas.
El señor Palliser miró a su alrededor y creyó ver que nadie les observaba. Había decidido lo que iba a hacer y estaba resuelto a hacerlo. No poseía nada de esa presteza que permite a algunos hombres cortejar y llevarse a sus Dulcineas en un abrir y cerrar de ojos, pero tenía ese valor que le habría hecho resultar despreciable a sus propios ojos si omitía hacer aquello sobre lo cual había tomado una solemne resolución. Habría preferido hacerlo sentado, pero, faute de mieux, viendo que se le negaba un asiento, lo haría de pie.
—Griselda —dijo él; y hay que admitir que su tono no fue malo. La palabra caló suavemente en el oído de ella, como lluvia fina sobre el musgo, y no llegó a ningún otro oído—. ¡Griselda!
—¡Señor Palliser! —dijo ella; y aunque no montó una escena, aunque solo le dirigió una mirada, él pudo ver que se había equivocado.
—¿No puedo llamarla así?
—Ciertamente no. ¿Quiere hacerme el favor de ver si mi gente está allí? —Él permaneció un momento ante ella vacilando—. Mi carruaje, quiero decir.
Al darle la orden, ella le miró de nuevo, y entonces él obedeció sus instrucciones.
Cuando regresó, ella había dejado su asiento; pero oyó anunciar su nombre en las escaleras y alcanzó a ver la parte de atrás de su cabeza mientras se abría paso con gracia hacia abajo a través de la multitud. Nunca intentó cortejarla de nuevo, decepcionando por completo las esperanzas de Lady De Courcy, la señora Proudie y Lady Clandidlem.
Como desearía que quienes están interesados en la fortuna del señor Palliser conozcan el resultado final de esta aventura, y dado que no tendremos espacio para volver a sus asuntos en esta pequeña historia, se me permitirá, tal vez, avanzar un poco y contar lo que la Fortuna hizo por él antes del cierre de esa temporada londinense. Todo el mundo sabe que en aquella primavera Lady Glencora McCluskie fue presentada al mundo, y es igualmente conocido que ella, como única hija del difunto Señor de las Islas, era la gran heredera del momento. Es cierto que la posesión hereditaria de Skye, Staffa, Mull, Arran y Bute pasó, con el título, al Marqués de Auldreekie, junto con los condados de Caithness y Ross-shire. Pero las propiedades en Fife, Aberdeen, Perth y Kincardine-shire, que comprendían la mayor parte de esos condados, y las minas de carbón en Lanark, así como la enorme finca dentro de la ciudad de Glasgow, no estaban vinculadas y pasaron a Lady Glencora. Era una muchacha rubia, de brillantes ojos azules y pelo corto y ondulado de color pajizo, muy suave a la vista. Lady Glencora era de baja estatura, y a su feliz rostro redondo le faltaba, tal vez, la gracia suprema de la belleza femenina. Pero siempre había en él una sonrisa que resultaba muy agradable de mirar; y el intenso interés con el que bailaba, hablaba y seguía cada diversión que se le ofrecía era encantador. El caballo que montaba era su mayor amor... ¡oh, le quería tanto! Y tenía un perrito que era casi tan querido como el caballo. La amiga de su juventud, Sabrina Scott, era... ¡oh, qué chica! Y su primo, el pequeño Señor de las Islas, el heredero del marqués, era tan amable y hermoso que ella siempre le estaba cubriendo de besos. Desafortunadamente solo tenía seis años, por lo que apenas existía la posibilidad de que las propiedades se unieran.
Pero Lady Glencora, aunque era tan encantadora, incluso en este, su primer estreno ante el mundo, había causado gran inquietud a sus amigos y había provocado que el Marqués de Auldreekie estuviera casi loco de consternación. Había por la ciudad un hombre terriblemente guapo, que se había gastado hasta el último chelín que alguien quisiera darle, que era muy aficionado al brandy, que era conocido, pero no digno de confianza, en Newmarket, de quien se decía que estaba sumido en todos los vicios y cuyo padre no le dirigía la palabra; y con él, Lady Glencora no se cansaba nunca de bailar. Una mañana le había dicho a su primo el marqués, con ojos centelleantes —porque los redondos ojos azules podían centellear—, que con Burgo Fitzgerald se había pecado más de lo que él mismo había pecado. ¡Pobre de mí!, ¿qué podía hacer un marqués tutor, ansioso por el destino de las propiedades familiares, ante tales circunstancias?
Pero antes del final de la temporada, tanto el marqués como el duque eran hombres felices, y esperemos que Lady Glencora también estuviera satisfecha. El señor Plantagenet Palliser había bailado con ella dos veces y le había manifestado sus intenciones. Tuvo una entrevista con el marqués que fue eminentemente satisfactoria, y todo quedó arreglado. Glencora, sin duda, le contó cómo había aceptado aquel anillo de oro liso de Burgo Fitzgerald y cómo se lo había devuelto; pero dudo que alguna vez le hablara de aquel mechón ondulado de cabello dorado que Burgo aún guarda en su receptáculo para tales tesoros.
—Plantagenet —dijo el duque, con una calidez totalmente inusual—, en esto, como en todas las cosas, has demostrado ser todo lo que yo podría desear. Le he dicho al marqués que el Priorato de Matching, con toda la finca, se te entregará de inmediato. Es la casa de campo más cómoda que conozco. Glencora recibirá The Horns como regalo de bodas.
Pero el deleite genial y franco del señor Fothergill fue lo que más agradó al señor Palliser. El heredero de los Palliser había cumplido con su deber, y el señor Fothergill era, sinceramente, un hombre feliz.
Capítulo 56
La felicidad vuelve al señor Crosbie
En el último capítulo se relató cómo Lady De Courcy dio una gran fiesta en Londres a finales de abril, y por ello podría pensarse que las cosas marchaban bien para los De Courcy; pero temo que tal deducción sería errónea. En cualquier caso, las cosas no iban bien para Lady Alexandrina, pues ella, nada más llegar su madre a la ciudad, había corrido a Portman Square con un largo historial de sus sufrimientos.
—¡Oh, mamá! No lo creerías, pero casi nunca me habla. —Hija mía, hay faltas peores en un hombre que esa. —Estoy allí sola todo el día. Nunca salgo. Él nunca se ofrece a buscarme un carruaje. Me pidió que paseara con él una vez la semana pasada, cuando estaba lloviendo. Vi que esperó a que empezara a llover. Figúrate, no he salido ni tres noches este mes... excepto a casa de Amelia; y ahora dice que no irá más allí porque un coche de alquiler es muy caro. No puedes imaginarte lo incómoda que es la casa. —Creía que la habías elegido tú, querida. —La miré, pero, por supuesto, yo no sabía cómo debía ser una casa. Amelia dijo que no era agradable, pero él se empeñó. Odia a Amelia. Estoy segura de ello, porque dice todo lo que puede para desairarla a ella y al señor Gazebee. El señor Gazebee es tan bueno como él, en cualquier caso. ¿Y qué te parece? Le ha dado el aviso de despido a Richard. Tú nunca le viste, pero era un criado muy bueno. Le ha despedido y no habla de contratar a otro hombre. No viviré con él sin alguien que me atienda. —Mi queridísima niña, ni se te ocurra pensar en algo como dejarle. —Pues sí que lo pensaré, mamá. No sabes lo que es mi vida en esa casa. Nunca me habla... jamás. Llega a casa antes de la cena, a las seis y media, y en cuanto se deja ver se va a su vestidor. Siempre está en silencio a la hora de cenar, y después de cenar se queda dormido. Desayuna siempre a las nueve y se va a las nueve y media, aunque sé que no llega a su oficina hasta las once. Si quiero algo, dice que no se puede costear. Nunca antes pensé que fuera tacaño, pero ahora estoy segura de que debe de ser un avaro de corazón. —Es mejor eso que un manirroto, Alexandrina. —No sé yo si es mejor. No podría hacerme más infeliz de lo que soy. Infeliz no es la palabra. ¿Qué puedo hacer, encerrada sola en una casa así desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde? Todo el mundo sabe cómo es él, así que nadie viene a verme. Te lo digo claramente, mamá: no voy a aguantarlo. Si tú no puedes ayudarme, buscaré ayuda en otra parte.
Puede decirse, en todo caso, que las cosas no iban bien para esa rama de la familia De Courcy. Ni tampoco, a decir verdad, para otras ramas. Lord Porlock se había casado, sin haber seleccionado precisamente a su compañera de vida entre la flor y nata de los círculos aristocráticos, y su madre, al intentar decir una palabra en su favor, había sido tan insultada por el conde que se había visto obligada a declarar que ya no podía soportar más semejante trato. Ella había subido a Londres en oposición directa a las órdenes de él, mientras este permanecía confinado en su habitación por la gota; y había dado su fiesta en desafío a él, para que la gente no dijera, cuando ella le diera la espalda, que se había escabullido desesperada.
—Lo he soportado —le dijo a Margaretta— más tiempo del que cualquier otra mujer en Inglaterra habría hecho. Mientras pensaba que alguna de vosotras se casaría... —Oh, no hables de eso, mamá —dijo Margaretta, poniendo un deje de desprecio en su voz. No le había hecho mucha gracia que ni siquiera su madre insinuara que todas sus oportunidades habían pasado, y eso que ella misma le había dicho a menudo a su madre que había abandonado toda idea de casarse. —Rosina se irá a casa de Amelia —continuó la condesa—; el señor Gazebee está de acuerdo en que así sea, y él se encargará de que ella tenga lo suficiente para cubrir sus propios gastos. Propongo que tú y yo, querida, nos vayamos a Baden-Baden. —¿Y el dinero, mamá? —El señor Gazebee debe apañárselas. A pesar de todo lo que diga tu padre, sé que debe de haber dinero. El gasto será mucho menor así que con nuestro estilo de vida actual. —¿Y qué hará papá? —No puedo evitarlo, hija mía. Nadie sabe lo que he tenido que soportar. Otro año así me mataría. Su lenguaje se ha vuelto cada vez peor, y temo cada día que me vaya a golpear con su muleta.
Bajo todas estas circunstancias, no puede decirse que los intereses de los De Courcy estuvieran prosperando.
Sin embargo, Lady De Courcy, cuando decidió irse a Baden-Baden, no tenía en absoluto la intención de llevarse a su hija menor con ella. Ella había aguantado durante años, y ahora Alexandrina era incapaz de aguantar seis meses. Su principal queja, además, era esta: que su marido guardaba silencio. La madre sentía que ninguna mujer tenía derecho a quejarse mucho de una pena semejante. ¡Si su conde hubiera pecado solo de esa manera, ella se habría contentado con permanecer a su lado hasta el final!
Y, sin embargo, no sé si la vida de Alexandrina no era tan dura como la de su madre. Apenas exageraba la verdad cuando decía que él nunca le hablaba. Las horas con ella en su nueva e incómoda casa eran muy largas... muy largas y muy tediosas. El matrimonio no había sido para ella, ni de lejos, lo que esperaba. En casa, con su madre, siempre había habido gente a su alrededor, aunque no siempre fueran personas que ella misma hubiera elegido como compañía. Había pensado que, al casarse, podría elegir y tener junto a ella a quienes le resultaran afines; pero se encontró con que no venía nadie. Su hermana, que era una mujer más sabia que ella, había comenzado su vida matrimonial con una idea definida y la había llevado a cabo; pero esta pobre criatura se encontraba, por así decirlo, encallada. Una vez que concibió en su corazón el sentimiento de ira contra su marido —y lo había hecho antes de que llevaran una semana juntos—, no hubo amor que la devolviera a él. No sabía que le correspondía mostrarse complacida cuando él entraba en la habitación, y hacerle pensar, al menos, que su presencia le daba felicidad. Se volvió sombría antes de llegar a su nueva casa, y nunca abandonó su melancolía. Él habría luchado por conseguir algo de comodidad doméstica si alguna hubiera parecido estar a su alcance. Tal como estaban las cosas, luchaba por el decoro doméstico, creyendo que así podría apuntalar mejor su actual suerte en la vida. Pero la tarea se le hacía cada vez más difícil, y la penumbra se volvía más y más densa. Él no pensaba en la infelicidad de ella, sino en la suya propia; al igual que ella no pensaba en el tedio de él, sino en el suyo. «¡Si esto es la felicidad doméstica!», se decía él, mientras se sentaba en su sillón esforzándose por fijar su atención en un libro.
«¡Si esta es la felicidad de la vida matrimonial!», pensaba ella, mientras permanecía apática, sin siquiera fingir que leía un libro, tras sus tazas de té. En realidad, no quería pasear con él, pues no le interesaba tal ejercicio por el pavimento de una plaza londinense; y él había decidido firmemente que ella no se endeudaría alquilando carruajes. No era un avaro con su dinero; no era ningún tacaño. Pero había descubierto que, al casarse con la hija de un conde, se había convertido en un hombre pobre, y estaba resuelto a no ser también un hombre acosado por las deudas.
Cuando la novia oyó que su madre y su hermana estaban a punto de escapar a Baden-Baden, le asaltó la repentina esperanza de poder acompañarlas en la huida. No se separaría de su marido, o al menos no se separaría de tal modo que el mundo supusiera que se habían peleado. Simplemente se marcharía y haría una visita larga... una visita muy larga. Dos años atrás, una estancia con su madre y Margaretta en Baden-Baden no le habría parecido algo muy atractivo; pero ahora, a sus ojos, tal vida parecía una vida en el Paraíso. En verdad, el tedio de aquellas horas en Princess Royal Crescent había sido muy pesado.
Pero ¿cómo podría ingeniárselas para que así fuera? Aquella conversación con su madre había tenido lugar el día anterior a la fiesta, y Lady De Courcy se la había repetido con consternación a Margaretta. —Por supuesto, él tendría que pasarle una pensión —había dicho Margaretta con frialdad. —Pero, querida, solo llevan casados diez semanas. —No veo por qué la gente tiene que ser absolutamente desgraciada por el hecho de estar casada —respondió Margaretta—. No quiero persuadirla de que le deje, pero si lo que dice es cierto, debe de ser muy incómodo.
Crosbie había aceptado ir a la fiesta de Portman Square, pero no disfrutó mucho en aquella ocasión festiva. Se quedó por allí de mal humor, sin dirigir apenas la palabra a nadie. Toda su perspectiva de la vida parecía haberse alterado durante los últimos meses. Era aquí, en lugares como este, donde solía encontrar su gloria. En tales ocasiones había brillado con luz propia, despertando la envidia en los corazones de muchos que observaban la brillantez de su carrera mientras permanecían en una aburrida quietud. Pero ahora nadie en aquellas salas había sido más soso, más silencioso ni menos solicitado que él; y eso que estaba allí establecido como el yerno de aquella noble casa. «Un poco lento el asunto, ¿no?», le había dicho Gazebee, habiendo logrado, tras muchos esfuerzos, alcanzar a su cuñado en un rincón. Como respuesta, Crosbie solo gruñó. «Por lo que a mí respecta —continuó Gazebee—, preferiría mil veces estar en casa con mi periódico y mis zapatillas. Me parece que este tipo de reuniones no les sientan bien a los hombres casados». Crosbie volvió a gruñir y escapó hacia otro rincón.
Crosbie y su mujer volvieron a casa juntos en un coche de alquiler, ambos sin hablar. Alexandrina odiaba los coches de punto, pero se le había dicho claramente que en tales vehículos, y solo en tales vehículos, se le permitiría viajar. A la mañana siguiente, él estaba a la mesa del desayuno puntualmente a las nueve, pero ella no hizo su aparición hasta que él se hubo marchado a su oficina. Poco después, sin embargo, ella se fue a ver a su madre y a su hermana; pero estaba sentada con gesto adusto en su salón cuando él entró a verla al regresar a casa. Tras decir alguna palabra que pudiera pasar por un saludo, él se disponía a retirarse; pero ella le detuvo pidiéndole que hablara con ella.
—Ciertamente —dijo él—. Solo iba a vestirme. Ya casi es la media. —No te entretendré mucho, y si la cena se retrasa unos minutos no importará. Mamá y Margaretta se van a Baden-Baden. —¿A Baden-Baden, se van? —Sí; y pretenden quedarse allí durante un tiempo considerable —Hubo una pequeña pausa, y Alexandrina consideró necesario aclararse la voz y prepararse para seguir hablando con una tosecilla. Estaba decidida a hacer su propuesta, pero temía un poco la manera en que pudiera ser recibida al principio. —¿Ha pasado algo en el Castillo de Courcy? —preguntó Crosbie. —No; bueno, sí; puede haber habido algunas palabras entre papá y mamá; pero no lo sé exactamente. Eso, sin embargo, no importa ahora. Mamá se va y se propone quedarse allí el resto del año. —Y se dejará la casa de la ciudad. —Supongo que sí, pero eso será como papá decida. ¿Tienes algún inconveniente en que yo vaya con mamá?
¡Qué pregunta para una novia de apenas diez semanas! Apenas llevaba un mes con su marido en su nueva casa, y ahora le pedía permiso para dejarla, y para dejarle a él también, por un número indefinido de meses... tal vez para siempre. Pero no mostró ninguna agitación al hacer su petición. No había tristeza, ni arrepentimiento, ni esperanza en su rostro. No había puesto ni la mitad de la animación que una vez fingió al pedir el uso, dos veces por semana, de un carruaje arreglado para que pareciera de su propiedad privada. Crosbie le había respondido entonces con gran severidad, y ella había llorado cuando se le confirmó la negativa. Pero ahora no iba a haber llanto. Tenía intención de irse: con su permiso si él se lo concedía, y sin él si se lo negaba. La cuestión del dinero era sin duda importante, pero Gazebee se encargaría de ello, como se encargaba de todas esas cosas.
—¿Ir con ellas a Baden-Baden? —dijo Crosbie—. ¿Por cuánto tiempo? —Bueno; no serviría de nada a menos que fuera por algún tiempo. —¿Cuánto tiempo quieres decir, Alexandrina? Di claramente lo que tengas que decir. ¿Por un mes? —Oh, más que eso. —¿Por dos meses, o seis, o todo el tiempo que ellas se queden allí? —Podríamos decidirlo después, cuando esté allí —Durante todo este tiempo ella no le miró ni una vez a la cara, aunque él la observaba fijamente. —Quieres decir —dijo él— que deseas alejarte de mí. —En cierto sentido sería alejarse, ciertamente. —Pero en el sentido ordinario, ¿no es así? Cuando hablas de ir a Baden-Baden por un número ilimitado de meses, ¿tienes alguna intención de volver? —¿Volver a Londres, quieres decir? —¡Volver conmigo... a mi casa... a tus deberes como esposa! ¿Por qué no puedes decir de una vez qué es lo que quieres? ¿Deseas que nos separemos? —No soy feliz aquí... en esta casa. —¿Y quién eligió la casa? ¿Acaso quería yo venir aquí? Pero no es eso. Si no eres feliz aquí, ¿qué podrías tener en cualquier otra casa que te hiciera feliz? —Si te dejaran solo en esta habitación siete u ocho horas seguidas, sin un alma que viniera a verte, sabrías a qué me refiero. E incluso después de eso, no es mucho mejor. Nunca me hablas cuando estás aquí. —¿Es culpa mía que nadie venga a verte? El hecho es, Alexandrina, que no quieres reconciliarte con el modo de vida que se ajusta a mis ingresos. Eres desgraciada porque no puedes pasearte en coche por el Parque. No puedo buscarte un carruaje, y no intentaré hacerlo. Puedes irte a Baden-Baden, si te place; es decir, si tu madre está dispuesta a llevarte. —Por supuesto, yo debo pagar mis propios gastos —dijo Alexandrina. Pero a esto él no respondió en el acto. En cuanto hubo dado su permiso se levantó de su asiento y se iba, y sus últimas palabras solo le alcanzaron en el umbral. Después de todo, ¿no sería este el arreglo más barato que podría hacer? Mientras hacía sus cálculos, permaneció de pie con el codo apoyado en la repisa de la chimenea de su vestidor. Había regañado a su mujer porque ella era infeliz con él; ¿pero no había sido él igual de infeliz con ella? ¿No sería mejor que se separaran de esta manera discreta, casi inadvertida; que se separaran y no volvieran a unirse jamás? Tenía suerte en esto: que hasta ahora no había aparecido la perspectiva de ningún pequeño Crosbie que arruinara las ventajas de tal arreglo. Si le daba cuatrocientas al año, y permitía que Gazebee tomara otras dos para el pago de cargas, aún le quedarían seiscientas con las que disfrutar en Londres. Por supuesto, no podría vivir como había vivido en aquellos días felices antes de su matrimonio ni, independientemente del coste, estaría tal modo de vida a su alcance. Pero podría ir a su club para cenar; podría fumar su cigarro con lujo; no estaría atado a aquel hogar de madera que, a pesar de todas sus resoluciones, se le había vuelto casi insoportable. Así que hizo sus cálculos y encontró que sería conveniente que su novia se marchara. Entregaría su casa y sus muebles a Gazebee, permitiendo que este hiciera lo que quisiera con ello. Volver a ser soltero, en una habitación alquilada, con seiscientas libras al año para gastar en sí mismo, le parecía ahora tal perspectiva de felicidad que casi se sintió animado mientras se vestía. La dejaría ir a Baden-Baden.
No se dijo nada al respecto durante la cena, ni volvió a mencionar el tema hasta que el criado hubo dejado el servicio de té sobre la mesa del salón. —Puedes ir con tu madre si quieres —dijo entonces. —Creo que será lo mejor —respondió ella. —Quizá lo sea. En cualquier caso, haz lo que te convenga. —¿Y sobre el dinero? —Será mejor que me dejes hablar con el señor Gazebee sobre eso. —Muy bien. ¿Quieres té? Y con eso terminó todo el asunto.
Al día siguiente, después del almuerzo, ella se fue a casa de su madre y nunca regresó a Princess Royal Crescent. Durante esa mañana empaquetó las cosas que ella misma quiso guardar y envió allí a sus hermanas, con un viejo criado de la familia, para que se llevaran cualquier otra cosa que pudiera considerarse de su propiedad. —Vaya, vaya —dijo Amelia—, cuánto trabajo me costó reunir todas estas cosas para ellos, y hace apenas nada. No puedo sino pensar que se equivoca al marcharse. —No lo sé —dijo Margaretta—. No ha tenido tanta suerte como tú con el hombre con quien se ha casado. Siempre sentí que le resultaría difícil manejarlo. —Pero, querida, no lo ha intentado. Se ha rendido de inmediato. No es manejo lo que faltaba. El hecho es que, cuando Alexandrina empezó, no se hizo a la idea del tipo de cosas a las que venía. Yo sí. Sabía que no todo iba a ser ir de fiesta y ese tipo de cosas. Pero debo admitir que Crosbie no es el mismo tipo de hombre que Mortimer. No creo que yo hubiera podido seguir con él. Ya puedes guardar esos libros pequeños; a él no le importarán —Y de este modo, la casa de Crosbie fue desmantelada.
Ella no volvió a verle, pues él no hizo ninguna visita de despedida a la casa de Portman Square. Le habían llevado una nota a su oficina: «Estoy aquí con mamá, y bien puedo decirte adiós ahora. Salimos el martes. Si deseas escribir, puedes enviar tus cartas a la encargada aquí. Espero que te encuentres cómodo y que estés bien. Tu afectuosa, A. C.». Él no dio respuesta, sino que fue ese día a cenar a su club.
—Hacía un siglo que no te veía —dijo Montgomerie Dobbs. —No. Mi mujer se va al extranjero con su madre y, mientras ella esté fuera, volveré de nuevo por aquí.
No se le dijo nada más, y nadie volvió a preguntar por sus asuntos domésticos. Le parecía ahora como si no tuviera ningún amigo lo bastante íntimo como para preguntarle por su esposa o su familia. Ella se había ido, y en un mes se encontró de nuevo en Mount Street, empezando el mundo con quinientas libras al año, no seiscientas. Porque el señor Gazebee, cuando llegó la hora de las cuentas, le demostró que unos ingresos mayores en el momento actual no eran posibles para él. La condesa se había negado durante mucho tiempo a dejar que Lady Alexandrina se fuera con ella con una miseria de cuatrocientas cincuenta... ¿y no estaban además los seguros que debían mantenerse?
Pero creo que él habría aceptado su libertad incluso con trescientas libras anuales, tan grande era para él el alivio.
Capítulo 57
Lilian Dale se sobrepone a su madre
La señora Dale había estado presente durante la entrevista en la que John Eames había hecho su petición a su hija, pero apenas había dicho nada en aquella ocasión. Todos sus deseos estaban a favor del pretendiente, pero no se había atrevido a expresarlos, ni tampoco a abandonar la habitación. Había sido duro para él verse obligado a declarar su amor en presencia de una tercera persona, pero lo había hecho y se había marchado con su respuesta. Entonces, cuando todo terminó, Lily, sin mediar palabra con su madre, se retiró y no se la volvió a ver hasta que llegaron las horas de la tarde, en las que era natural que estuvieran juntas de nuevo. La señora Dale, al quedarse sola, no había podido pensar en otra cosa que en esta nueva pretensión por la mano de su hija. ¡Si tan solo pudiera lograrse! ¡Si alguna palabra suya para Lily pudiera ser eficaz para tal fin! Y sin embargo, hasta entonces, había tenido miedo casi de pronunciar palabra alguna.
Sabía que era muy difícil. Se repetía una y otra vez que él había llegado demasiado pronto; que el intento se había hecho demasiado rápido tras aquel otro naufragio. ¿Cómo era posible que el barco se hiciera a la mar de nuevo tan pronto, con todas sus maderas tan rudamente castigadas? Y sin embargo, ahora que el intento se había realizado, ahora que Eames había pronunciado su petición y se le había despedido con una respuesta, sentía que debía hablar de inmediato con Lily sobre el tema, si es que alguna vez iba a hacerlo. Creía comprender a su hija y todos sus sentimientos. Reconocía la violencia del choque que debía producirse antes de que Lily pudiera llegar a admitir tal cambio en su corazón. Pero si la cosa pudiera hacerse, Lily sería una mujer feliz. Una vez hecho, sería en todos los aspectos una bendición. Y si no se hiciera, ¿no podría ser la vida de Lily un vacío, solitaria y sin amor hasta el final? Sin embargo, cuando Lily bajó por la tarde, con alguna palabra ligera y medio en broma en los labios, como era habitual en ella, la señora Dale aún temía aventurarse en su tarea.
—Supongo, mamá, que podemos dar por sentado que hay que desempaquetarlo todo de nuevo y que el plan de la vivienda alquilada queda cancelado. —No estoy segura de eso, querida. —Oh, pero yo sí... después de lo que acabas de decir. ¡Qué tontas va a pensar todo el mundo que somos! —Eso no me importaría ni un ápice, si no nos consideráramos tontas nosotras mismas, o si tu tío no nos lo considerara. —Creo que él pensaría que somos cisnes. Si alguna vez hubiera pensado que se lo tomaría tan en serio, o que le importaría tanto que nos quedáramos aquí, nunca habría votado por irnos. Pero es tan extraño. Es afectuoso cuando debería estar enfadado, y malhumorado cuando debería ser gentil y amable. —Al menos, nos ha dado motivos para estar seguras de su afecto. —Por nosotras, las chicas, nunca lo dudé. Pero, mamá, no creo que pudiera enfrentarme a la señora Boyce. La señora Hearn y la señora Crump serían bastante terribles, y Hopkins se nos echaría encima de forma espantosa cuando descubriera que hemos cedido. Pero la señora Boyce sería peor que cualquiera de ellos. ¿No puedes imaginarte el tono de sus felicitaciones? —Creo que sobreviviría a la señora Boyce. —Ah, sí; porque tendríamos que ir nosotros a decírselo. Conozco tu cobardía de antiguo, mamá, ¿a que sí? Y a Bell no le importaría nada, por su enamorado. La señora Boyce no será nada para ella. Soy yo la que debe cargarlo todo. Bueno, no me importa; votaré por quedarnos si prometes ser feliz aquí. Oh, mamá, votaré por lo que sea si tú eres feliz. —¿Y serás tú feliz? —Sí, tan feliz como el día es largo. Solo que sé que nunca veremos a Bell. La gente nunca se ve cuando vive a esa distancia exacta. Está demasiado cerca para visitas largas y demasiado lejos para visitas cortas. Te diré qué: podríamos quedar para caminar cada una hasta la mitad y vernos en la esquina del bosque de Lord De Guest. Me pregunto si nos dejarían poner un banco allí. Creo que podríamos tener una casita y llevar sándwiches y una botella de cerveza. ¿No podríamos vernos un poco de esa manera?
Así llegó a ser la idea fija de ambas que abandonarían su plan de emigrar a Guestwick, y sobre este tema continuaron hablando a la mesa del té; pero aquella noche la señora Dale no se atrevió a decir nada sobre John Eames.
Pero ni siquiera entonces se atrevieron a comenzar la tarea de reconstruir su antiguo hogar. Bell debía volver antes de que hicieran eso, y el asentimiento expreso del terrateniente debía obtenerse formalmente. La señora Dale debía, en cierto grado, reconocer que se había equivocado y pedir perdón por su contumacia.
—Supongo que lo mejor será que subamos las tres vestidas de saco y nos echemos ceniza en la frente cuando nos encontremos a Hopkins en el jardín —dijo Lily—, y entonces sé que él amontonará ascuas de fuego sobre nuestras cabezas enviándonos un plato de guisantes tempranos. Y Dingles nos traería un faisán, si no fuera porque los faisanes no crecen en mayo. —Si el arrepentimiento no toma una forma más desagradable que esa, no me importará. —Eso es porque no tienes sentimientos delicados. ¡Y luego la gratitud del tío Christopher! —¡Ah! Eso sí que lo sentiré. —Pero, mamá, esperaremos a que Bell vuelva a casa. Ella decidirá. Ella se va a marchar, y por tanto estará libre de prejuicios. Si el tío se ofrece a pintar la casa —y sé que lo hará—, entonces me sentiré humillada hasta el polvo.
Pero, con todo, la señora Dale no había dicho nada sobre el tema que más le llegaba al corazón. Cuando Lily, en tono de broma, la había acusado de cobardía, su mente se había ido instantáneamente a aquel otro asunto, y se había dicho a sí misma que era una cobarde. ¿Por qué debería tener miedo de ofrecer su consejo a su propia hija? Le parecía como si hubiera descuidado algún deber al permitir que la conducta de Crosbie hubiera pasado casi sin una palabra de comentario entre ella y Lily. ¿No debería haber forzado en la convicción de su hija el hecho de que Crosbie había sido un villano y, como tal, debía ser descartado de su corazón? Tal como estaban las cosas, Lily había dicho la pura verdad cuando le dijo a John Eames que estaba siendo más abierta con él sobre aquel asunto de su compromiso de lo que nunca lo había sido, incluso con su madre. Pensando en esto mientras estaba sentada en su habitación aquella noche, antes de permitirse descansar, la señora Dale resolvió que a la mañana siguiente intentaría que Lily viera como ella veía y pensara como ella pensaba.
Dejó pasar el desayuno antes de comenzar su tarea, e incluso entonces no se lanzó de inmediato. Lily se sentó a sus labores cuando retiraron las tazas de té, y la señora Dale bajó a su cocina como era su costumbre. Eran casi las once cuando se sentó en el salón, e incluso entonces puso su costurero delante de ella y sacó su aguja.
—Me pregunto cómo le irá a Bell con Lady Julia —dijo Lily. —Muy bien, estoy segura. —Lady Julia no la morderá, lo sé, y supongo que su consternación ante los lacayos altos ya se le habrá pasado a estas alturas. —No sé si tienen lacayos altos. —Lacayos bajos, entonces... ya sabes lo que quiero decir; todas las pertenencias nobles. Deben sobresaltar a una al principio, estoy segura, por mucho que se determine no sobresaltarse. Es algo muy mezquino, sin duda, tener miedo de un lord solo porque es un lord; y sin embargo estoy segura de que yo tendría miedo al principio, incluso de Lord De Guest, si me alojara en su casa. —Es bueno que no fueras, entonces. —Sí, creo que sí. Bell es de mente más firme, y me atrevo a decir que se le pasará después del primer día. Pero, ¿qué demonios hace ella allí? Me pregunto si zurcen sus medias en una casa así. —No en público, supongo. —En las casas muy elegantes las tiran de inmediato, imagino. A menudo he pensado en ello. ¿Crees que el Primer Ministro envía alguna vez sus zapatos a un remendón? —Quizá un zapatero de postín se digne a arreglar los zapatos de un Primer Ministro. —¿Crees entonces que se arreglan? ¿Pero quién lo ordena? ¿Se da cuenta él mismo cuando aparece un agujerito, como hago yo? ¿Se permite un arzobispo solo un número determinado de pares de guantes al año? —No muy estrictamente, supongo. —Entonces imagino que la cosa es que estrena un par nuevo siempre que lo quiere. ¿Pero qué constituye la necesidad? ¿Se dice alguna vez a sí mismo que aguantarán otro domingo? Recuerdo que el obispo vino aquí una vez y tenía un agujero en la punta del pulgar. Yo iba a ser confirmada, y recuerdo haber pensado que debería haber ido más elegante. —¿Por qué no te ofreciste a zurcirlo? —No me habría atrevido por nada del mundo.
La conversación había comenzado de una manera que no prometía mucha ayuda al proyecto de la señora Dale. Cuando Lily se ponía con un tema, no era fácil inducirla a dejarlo, y cuando su mente se torcía en una dirección, era difícil enderezarla. Ahora estaba empeñada en considerar los hábitos sociales menores de los altos y poderosos entre nosotros, y le preguntaba a su madre si suponía que los hijos de la realeza llevaban alguna vez calderilla en los bolsillos, o descendían a cosas tan bajas como monedas de cuatro peniques.
—Supongo que tendrán bolsillos como los demás niños —dijo Lily. Pero su madre la detuvo de repente: —Lily, querida, quiero decirte algo sobre John Eames. —Mamá, preferiría hablar de la Familia Real en este momento. —Pero, querida, debes perdonarme si insisto. He pensado mucho en ello y estoy segura de que no te opondrás cuando hago lo que considero mi deber. —No, mamá; no me opondré, ciertamente. —Desde que la conducta del señor Crosbie te fue comunicada, he mencionado su nombre en tu presencia muy raras veces. —No, mamá, no lo has hecho. Y te he querido tanto por tu bondad conmigo. No pienses que no he comprendido y sabido lo generosa que has sido. Ninguna otra madre fue nunca tan buena como tú. Lo he sabido todo, y he pensado en ello cada día de mi vida, y te he dado las gracias en mi corazón por tu silencio de confianza. Por supuesto, entiendo tus sentimientos. Le crees malo y le odias por lo que ha hecho. —No odiaría voluntariamente a nadie, Lily. —Ah, pero le odias. Si yo fuera tú, le odiaría; pero no soy tú, y le amo. Rezo por su felicidad cada noche y cada mañana, y por la de ella. Le he perdonado por completo y creo que hizo lo correcto. Cuando sea lo bastante mayor para hacerlo sin que esté mal, iré a buscarle y se lo diré. Me gustaría saber de todos sus actos y de todo su éxito, si fuera posible. ¿Cómo, entonces, podemos hablar tú y yo de él? Es imposible. Tú has guardado silencio y yo he guardado silencio; sigamos en silencio. —No es sobre el señor Crosbie de quien deseo hablar. Pero creo que deberías comprender que una conducta como la suya será reprobada por todo el mundo. Puedes perdonarle, pero deberías reconocer... —Mamá, no quiero reconocer nada; no sobre él. Hay cosas sobre las que una persona no puede discutir.
La señora Dale sintió que este asunto presente era uno sobre el cual ella no podía discutir.
—Por supuesto, mamá —continuó Lily—, no quiero oponerme a ti en nada, pero creo que será mejor que callemos sobre esto. —Por supuesto, solo estoy pensando en tu felicidad futura. —Sé que lo haces; pero por favor, créeme que no necesitas alarmarte. No tengo intención de ser infeliz. De hecho, creo que puedo decir que no soy infeliz; por supuesto que lo he sido... muy infeliz. Llegué a pensar que se me rompería el corazón. Pero eso ha pasado y creo que puedo ser tan feliz como mis vecinos. Todos vamos a tener algún problema, como solías decirnos cuando éramos niños.
La señora Dale sintió que había empezado mal y que habría podido progresar más si hubiera omitido toda mención al nombre de Crosbie. Sabía exactamente qué era lo que quería decir, cuáles eran los argumentos que deseaba exponer ante su hija; pero no sabía qué lenguaje usar, ni cómo poner mejor sus pensamientos en palabras. Hizo una pausa por un momento y Lily continuó con su labor como si la conversación hubiera terminado. Pero la conversación no había terminado.
—Era sobre John Eames, y no sobre el señor Crosbie, de lo que deseaba hablarte. —¡Oh, mamá! —Hija mía, no debes impedirme hacer lo que considero un deber. Oí lo que él te dijo y lo que tú respondiste y, por supuesto, no puedo sino tener mi mente llena del tema. ¿Por qué deberías oponerte a él de una manera tan fija? —Porque amo a otro hombre.
Pronunció estas palabras en voz alta, en un tono firme, casi obstinado, con un cierto aire de audacia, como si fuera consciente de que la declaración era indecorosa, pero resuelta a que, aunque indecorosa, debía hacerse.
—Pero, Lily, ese amor, por su propia naturaleza, debe cesar; o más bien, ese amor no es el mismo que sentías cuando pensabas que ibas a ser su esposa. —Sí, lo es. Si ella muriera y él viniera a buscarme dentro de cinco años, aún le aceptaría. Me sentiría obligada a aceptarle. —Pero ella no está muerta, ni es probable que muera. —Eso no supone ninguna diferencia. No me comprendes, mamá. —Creo que sí, y quiero que tú me comprendas a mí también. Sé cuán difícil es tu posición; sé cuáles son tus sentimientos; pero sé también esto: que si pudieras razonar contigo misma y llegar a recibir con el tiempo a John Eames como a un querido amigo... —Le recibí como a un querido amigo. ¿Por qué no? Es un querido amigo. Le quiero de corazón... como tú. —¿Sabes a qué me refiero? —Sí, lo sé; y te digo que es imposible. —Si hicieras el intento, toda esta miseria pronto sería olvidada. Si tan solo pudieras llegar a considerarle como a un amigo que podría convertirse en tu marido, ¡todo esto cambiaría y te vería feliz! —¡Tienes unas ansias extrañas de librarte de mí, mamá! —Sí, Lily; de librarte de ti de esa manera. Si pudiera verte poner tu mano en la suya como su prometida, creo que sería la mujer más feliz del mundo. —Mamá, no puedo hacerte feliz de esa manera. Si realmente comprendieras mis sentimientos, el hecho de que hiciera lo que propones te haría muy infeliz. Cometería un gran pecado; el pecado contra el cual las mujeres deberían estar más prevenidas que contra cualquier otro. En mi corazón, estoy casada con aquel otro hombre. Me entregué a él, y le amé, y me regocijé en su amor. Cuando me besó, yo le devolví el beso y ansiaba sus besos. Me parecía vivir solo para que él me acariciara. En todo ese tiempo nunca sentí que estuviera haciendo mal, porque él lo era todo para mí. Yo era suya. Eso ha cambiado, para mi gran desgracia; pero no puede deshacerse ni olvidarse. No puedo ser la chica que era antes de que él viniera aquí. Hay cosas que no se dejan enterrar y apartar de la vista como si nunca hubieran existido. Soy como tú, mamá: viuda. Pero tú tienes a tu hija y yo tengo a mi madre. Si tú te contentas con eso, yo también.
Entonces se levantó y se lanzó al cuello de su madre.
El argumento de la señora Dale había terminado. A una apelación como la última hecha por Lily no cabía réplica alguna por su parte. Después de aquello, se vio obligada a reconocer para sus adentros que debía callar. Los años, según fueran pasando, podrían traer un cambio, pero ningún razonamiento serviría de nada. Abrazó a su hija, llorando sobre ella; mientras que los ojos de Lily estaban secos.
—Será como tú quieras —susurró la señora Dale. —Sí, como yo quiera. Me saldré con la mía, ¿verdad? Eso es todo lo que quiero: ser una tirana contigo y hacer que cumplas mis órdenes en todo, como debe hacer una madre bien mandada. Pero no seré severa en mis mandatos. Si te portas obediente, ¡seré muy graciosa contigo! Ahí está Hopkins de nuevo. Me pregunto si ha venido a derribarnos y pisotearnos con otro discurso.
Hopkins sabía muy bien a qué ventana debía acercarse, ya que solo una de las habitaciones era habitable en ese momento. Se acercó al comedor y casi aplastó la nariz contra el cristal.
—Bueno, Hopkins —dijo Lily—, aquí estamos. La señora Dale había vuelto la cara, pues sabía que las lágrimas aún estaban en su mejilla. —Sí, señorita, la veo. Quiero hablar con su mamá, señorita. —Dé la vuelta —dijo Lily, ansiosa por evitarle a su madre la necesidad de mostrarse de inmediato—. Hace demasiado frío para abrir la ventana; dé la vuelta y abriré la puerta. —¡Demasiado frío! —masculló Hopkins mientras se iba—. Ya verán qué frío hace en Guestwick de alquiler. Sin embargo, dio la vuelta por la cocina y Lily salió a su encuentro en el vestíbulo. —Bueno, Hopkins, ¿qué pasa? Mamá tiene dolor de cabeza. —Tiene dolor de cabeza, ¿eh? No haré que le duela más. En mi opinión no hay nada mejor para el dolor de cabeza que el aire fresco. Solo que algunas personas no soportan que les sople ni un minuto. Si no abres las luces en un invernadero más o menos cada día, nunca tendrás plantas, nunca; y con las uvas pasa igual. ¿He de volver y decir que no pude verla? —Puede entrar si quiere; pero esté callado, ya sabe. —¿Acaso no estoy siempre callado, señorita? ¿Me ha oído alguien alborotar? Si le place, señora, el patrón ha vuelto a casa. —¿Qué, ha vuelto de Guestwick? ¿Ha traído a la señorita Bell? —No ha traído a nadie más que a sí mismo, porque vino a caballo; y creo que se vuelve casi de inmediato. Pero quiere que vaya usted a verle, señora Dale. —Oh, sí, iré de inmediato. —Me encargó decirle que con todo su afecto. No sé si eso supone alguna diferencia. —En cualquier caso, iré, Hopkins. —¿Y no he de decir nada del dolor de cabeza? —¿De qué? —dijo la señora Dale. —No, no, no —dijo Lily—. Mamá estará allí enseguida. Vaya a decírselo a mi tío, sea un buen hombre —y levantó la mano para empujarlo fuera de la habitación. —No creo que tenga ningún dolor de cabeza —dijo Hopkins, gruñendo mientras regresaba por la parte trasera—. ¡Qué mentiras cuenta la gente bien! Si dijera yo que me duele la cabeza cuando debería estar entre las plantas, ¿qué me dirían? Pero un hombre pobre no puede mentir nunca, ni beber, ni hacer nada.
Y así regresó con su mensaje.
—¿Qué puede haber traído a tu tío a casa? —preguntó la señora Dale. —Solo echar un vistazo al ganado y ver que los cerdos no han muerto todos. Lo que me asombra es que se haya marchado alguna vez. —Debo subir a verle de inmediato. —Oh, sí, por supuesto. —¿Y qué diré sobre la casa? —No es sobre eso... al menos creo que no. No creo que vuelva a hablar de eso hasta que tú le hables. —¿Pero y si lo hace? —Debes poner tu confianza en la Providencia. Declara que tienes un fuerte dolor de cabeza, como le acabo de decir a Hopkins; solo que tú me has dejado en evidencia por no entenderlo. Te acompañaré hasta el puente.
Así que partieron juntas a través del césped.
Pero Lily pronto se quedó sola y continuó su paseo, esperando el regreso de su madre. Mientras recorría una y otra vez los senderos de grava, pensaba en las palabras que le había dicho a su madre. Había declarado que ella también estaba viuda. «Y así debe ser», se decía, debatiendo el asunto consigo misma. «¿Qué puede valer un corazón si puede ser transferido de aquí para allá según lo requieran las circunstancias, la conveniencia y la comodidad? Cuando me sostuvo aquí en sus brazos» —y mientras los pensamientos recorrían su cerebro, recordó el lugar exacto en el que habían estado— «¡oh, amor mío!», le había dicho entonces mientras le devolvía sus besos, «¡oh, amor mío, mi amor, mi amor!». «Cuando me sostuvo aquí en sus brazos, me dije que estaba bien, porque él era mi marido. Él ha cambiado, pero yo no. Podría ser que yo hubiera dejado de amarle, y entonces se lo habría dicho. Habría hecho como hizo él». Pero al llegar a este punto, se estremeció, pensando en Lady Alexandrina. «Fue muy rápido», dijo, siguiendo con su monólogo interior; «muy, muy rápido. Pero claro, los hombres no son lo mismo que las mujeres». Y siguió caminando con presteza, sin apenas recordar dónde estaba, dándole vueltas a todo, como hacía a diario; recordando cada pequeño pensamiento y palabra de aquellos pocos meses memorables en los que había aprendido a considerar a Crosbie como su marido y señor. Había declarado que había vencido su infelicidad; pero había momentos en los que estaba casi loca de miseria. «¡Decidme que le olvide!», se dijo. «Es la única cosa que nunca será olvidada».
Por fin oyó el paso de su madre que bajaba por el jardín del patrón y ocupó su puesto en el puente.
—La bolsa o la vida —dijo, mientras su madre ponía el pie sobre el tablón—. Es decir, si tienes algo que merezca la pena entregar. ¿Se ha decidido algo? —Sube a la casa —dijo la señora Dale— y te lo contaré todo.
Capítulo 58
El destino de la "Small House"
Había algo en el tono de voz de la señora Dale, al pedirle a su hija que subiera a la casa y declarar que allí abriría su saca de noticias, que silenció de inmediato la fingida jovialidad de Lily. Su madre se había ausentado durante dos horas completas, en las que Lily no había dejado de pasear por el jardín, hasta que al final empezó a impacientarse por oír los pasos de su madre. Algo serio debía de haberse hablado entre su tío y ella durante esas dos largas horas. Las entrevistas para las que la señora Dale era citada ocasionalmente en la "Great House" no solían exceder los veinte minutos, y el resultado se les comunicaba a las chicas en un par de vueltas por el jardín; pero en esta ocasión, la señora Dale se negó rotundamente a hablar hasta que estuvieron sentadas dentro de casa.
—¿Ha venido a propósito para verte, mamá? —Sí, querida, creo que sí. También quería verte a ti, pero le pedí permiso para posponerlo hasta después de haber hablado contigo. —¿Verme a mí, mamá? ¿Para qué? —Para besarte y pedirte que le quieras; solo para eso. No tiene ni una palabra que decirte que pueda disgustarte. —Entonces le besaré, y también le querré. —Sí, lo harás cuando te lo haya contado todo. Le he prometido solemnemente abandonar toda idea de irnos a Guestwick. Así que eso se ha acabado. —¡Oh, oh! ¿Y podemos empezar a desempaquetar de inmediato? ¡Menudo episodio en la vida de una! —Ciertamente podemos desempaquetar, pues me he comprometido con él; y él mismo irá a Guestwick a arreglar lo de la casa alquilada. —¿Lo sabe ya Hopkins? —Supongo que todavía no. —¡Ni la señora Boyce! Mamá, no creo que sea capaz de sobrevivir a esta próxima semana. ¡Vamos a parecer tan tontas! Te diré qué haremos; será el único consuelo que tenga: nos pondremos a trabajar y lo devolveremos todo a su sitio antes de que Bell vuelva a casa, para darle una sorpresa. —¡¿Cómo?! ¿En dos días? —¿Por qué no? Haré que Hopkins venga a ayudar, y así no estará tan insoportable. Empezaré ahora mismo con las mantas y las camas, porque eso puedo deshacerlo yo sola. —Pero no te he contado ni la mitad; y, a decir verdad, no sé cómo hacerte entender lo que pasó entre nosotros. Está muy triste por Bernard; Bernard ha decidido irse al extranjero y podría estar fuera años. —Difícilmente se puede culpar a un hombre por seguir su profesión. —No hubo reproches. Solo dijo que era muy triste para él que, en su vejez, se quedara solo. Esto fue antes de que habláramos de quedarnos. De hecho, parecía decidido a no volver a pedirlo como un favor. Pude verlo en sus ojos y lo entendí por su tono. Siguió hablando de ti y de Bell, diciendo cuánto os quería a las dos; pero que, por desgracia, sus esperanzas respecto a vosotras no se habían cumplido. —Ah, pero no debería haber tenido esperanzas de ese tipo. —Escucha, querida, y creo que no te sentirás enfadada con él. Dijo que sentía que su casa nunca os había resultado agradable. Luego siguieron palabras que no podría repetir, aunque pudiera recordarlas. Dijo mucho sobre mí, lamentando que el sentimiento entre nosotros no hubiera sido más amable. «Pero mi corazón —dijo— siempre ha sido más bondadoso que mis palabras». Entonces me levanté de donde estaba sentada, me acerqué a él y le dije que nos quedaríamos aquí. —¿Y qué dijo él? —No sé qué dijo. Sé que yo estaba llorando y que él me besó. Fue la primera vez en su vida. Sé que estaba complacido, complacido más allá de toda medida. Al cabo de un rato se animó y habló de hacer muchísimas cosas. Prometió esa misma pintura de la que hablaste. —¡Ah, sí, lo sabía! Y Hopkins estará aquí con los guisantes antes de la hora de comer mañana, y Dingles con los hombros cubiertos de conejos. ¡Y luego la señora Boyce! Mamá, no pensó en la señora Boyce; de haberlo hecho, por pura caridad de corazón, habría mantenido su tristeza. —Entonces no pensó en ella; porque cuando le dejé no estaba nada triste. Pero aún no te he contado ni la mitad. —Vaya, mamá; ¿hubo más que eso? —Y lo he contado todo al revés; porque lo que tengo que contarte ahora se dijo antes de mediar palabra sobre la casa. Lo sacó justo después de lo que dijo sobre Bernard. Dijo que Bernard sería, por supuesto, su heredero. —Por supuesto que lo será. —Y que consideraría incorrecto gravar la propiedad con cargas para vosotras. —Mamá, ¿es que alguien ha...? —Calla, Lily, calla; e intenta que tu corazón sea más amable con él si puedes. —Si lo es; solo que detesto que me digan que no voy a tener un montón de dinero, como si alguna vez hubiera mostrado deseo de tenerlo. Nunca he envidiado a Bernard su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea suyo. A decir verdad, ni siquiera deseaba que fuera de Bell, porque sabía bien que había alguien que a ella le gustaría mucho más de lo que jamás podría gustarle Bernard. —No voy a terminar nunca mi historia. —Sí que lo harás, mamá, si perseveras. —En resumidas cuentas: le ha dado a Bell tres mil libras, y a ti te ha dado otras tres mil. —¿Pero por qué a mí, mamá? —dijo Lily, y sus mejillas se encendieron al hablar. No debía decirse nada más sobre John Eames si era posible; pero fuera o no necesario hablar, en cualquier caso, que no hubiera errores—. ¿Pero por qué a mí, mamá? —Porque, según me explicó, cree que es lo correcto hacer lo mismo por cada una de vosotras. El dinero es tuyo en este momento... para comprar horquillas si quieres. No tenía ni idea de que pudiera disponer de una suma tan grande. —¡Tres mil libras! ¡El último dinero que me dio fue media corona, y yo pensaba que era un tacaño! Me hacían falta diez chelines especialmente. Me habría gustado mucho más ahora que me hubiera dado un bonito billete de cinco libras nuevo. —Será mejor que se lo digas. —No; porque entonces me daría eso también. Pero con cinco libras tendría la sensación de que podría hacer lo que quisiera con ellas; comprar un neceser y un cachivache de esos para que un hámster dé vueltas. Pero nadie da nunca dinero así a las chicas, para que puedan disfrutarlo. —¡Oh, Lily; qué niña más desagradecida! —No, lo niego. No soy desagradecida. Estoy muy agradecida porque su corazón se ablandó, y porque lloró y te besó. ¡Seré de lo más buena con él! Pero cómo voy a darle las gracias por darme tres mil libras, no alcanzo a imaginarlo. Es algo que queda totalmente fuera de mi esfera vital. Suena como algo que me llegará en el otro mundo, pero que no quiero todavía. Estoy agradecida, pero con una gratitud brumosa y confusa. ¿Puedes decirme cuánto tardaré en tener un par de botas Balmoral nuevas gracias a este dinero? Si pudiera concretar eso, creo que mi gratitud se animaría.
El patrón, mientras regresaba a caballo a Guestwick, volvió a caer de aquella animación que la señora Dale había descrito a su natural estado sombrío. Pensó mucho en su vida pasada, confirmándose a sí mismo la verdad de aquellas palabras con las que le había dicho a su cuñada que su corazón siempre había sido más bondadoso que sus palabras. Pero el mundo, y todos sus allegados en él, le habían juzgado siempre por sus palabras más que por su corazón. Se habían quedado con la apariencia, que él no podía controlar ni alterar, en lugar de con los hechos, de los cuales él había sido dueño. ¿Acaso no había sido bueno con todos sus parientes? Y sin embargo, ¿había alguno entre ellos que se preocupara por él? «Casi lamento que se queden —se dijo—; sé que les decepcionaré». Aun así, cuando se encontró con Bell en la casa solariega, la saludó con alegría, diciéndole con mucha apariencia de satisfacción que aquel traslado a Guestwick no se llevaría a cabo.
—Me alegro tanto —dijo ella—. Hace mucho que lo deseaba. —Y no creo que tu madre lo desee ahora tampoco. —Estoy segura de que no. Todo fue un malentendido desde el principio. Cuando algunos de nosotros no pudimos hacer todo lo que deseabas, pensamos que era mejor... —Bell hizo una pausa, al darse cuenta de que se metería en un lío si seguía por ahí. —No diremos ni una palabra más sobre el asunto —dijo el patrón—. Ya pasó, y me alegra mucho que se haya solucionado de forma tan agradable. Ayer estuve hablando con el doctor Crofts. —¿Ah sí, tío? —Sí; y vendrá a quedarse conmigo el día antes de casarse. Ya lo hemos organizado todo. Y celebraremos el convite arriba, en la "Great House". Solo tienes que fijar el día. Yo diría que en algún momento de mayo. Y, querida, querrás ponerte elegante; aquí tienes un poco de dinero para ti. Debes gastarlo antes de tu boda, ya sabes.
Luego se alejó con su andar pesado y, en cuanto estuvo solo, volvió a ponerse triste y desalentado. Era un hombre para quien podemos vaticinar una suave tristeza y un desaliento continuo hasta el final del capítulo de su vida.
Habíamos dejado a John Eames bajo la custodia de Lady Julia, que le había sorprendido en el acto de borrar el nombre de Lily de la barandilla que cruzaba el arroyo. Había estado premeditando una huida a casa de su madre en Guestwick y, desde allí, de vuelta a Londres, sin volver a aparecer por la casa solariega. Pero en cuanto oyó el paso de Lady Julia y vio su figura cernirse sobre él, supo que su retirada estaba cortada. Así que se dejó llevar tranquilamente hasta la casa. Con la propia Lady Julia discutió abiertamente todo el asunto, diciéndole que sus esperanzas habían terminado, su felicidad se había ido y su corazón estaba medio roto. Aunque quizá le habrían importado poco sus felicitaciones en caso de éxito, podía mostrarse más propenso al consuelo y la simpatía de ella que de cualquier otro habitante de la casa del conde.
—No sé qué le diré a su hermano —le susurró mientras se acercaban a la puerta lateral por la que ella pretendía entrar. —¿Quieres que se lo cuente yo? Después de eso, él te dirá unas palabras, por supuesto, pero no tienes por qué temerle. —¿Y al señor Dale? —dijo Johnny—. Todo el mundo se ha enterado. Todo el mundo sabrá el ridículo que he hecho.
Ella sugirió que el conde hablara con el patrón, le aseguró que nadie pensaría que era un tonto en absoluto y luego le dejó para que subiera a su dormitorio. Una vez allí, encontró una carta de Cradell que había sido entregada en su ausencia; pero el contenido de esa carta es mejor dejarlo para el próximo capítulo. No era de una naturaleza que pudiera consolarle ni aumentar su pena.
Aproximadamente una hora antes de la cena llamaron a su puerta, y el propio conde, al ser invitado a entrar, hizo su aparición en la habitación. Vestía su atuendo habitual de campo, pues Lady Julia le había interceptado nada más acercarse a la casa, y había ido directamente a ver a su joven amigo tras haber sido debidamente instruido en lo que debía decir por su bondadosa hermana. No estoy, sin embargo, preparado para declarar que siguiera estrictamente las enseñanzas de su hermana en todo lo que dijo en aquella ocasión.
—Bueno, muchacho —empezó—, así que la jovencita se ha puesto testaruda. —Sí, señor. Es decir, no sé si testaruda. Todo ha terminado. —Eso está por ver, Johnny. Por lo que yo sé, ni la mitad aceptan a sus amantes a la primera. —No volveré a pedírselo. —Oh, sí, lo harás. No me digas que estás enfadado con ella por rechazarte. —En absoluto. No tengo derecho a estarlo. Solo estoy enfadado conmigo mismo por ser tan tonto, Lord De Guest. Ojalá me hubiera muerto antes de venir aquí con este propósito. Ahora que lo pienso, sé que hay tantas cosas que deberían haberme asegurado cómo acabaría esto. —No veo eso en absoluto. Vuelve a bajar... déjame ver... ahora es mayo. Digamos que vienes cuando empiece la temporada de caza en septiembre. Si no podemos conseguirte permiso de otra forma, haremos que el viejo Buffle venga también. Aunque, ¡por Júpiter!, creo que nos pegaría un tiro a todos. Pero no importa; ya lo arreglaremos. Mantén el ánimo hasta septiembre y entonces lucharemos la batalla de otra manera. El patrón organizará una fiestecilla para la novia, y mi lady Lily tendrá que ir. Te encontrarás con ella así; y luego cazaremos en las tierras del patrón. Os juntaremos de esa manera; ya verás si no. ¡Válgame Dios! ¡Rechazado una vez! Mi creencia es que hoy en día una chica no tiene en cuenta a un hombre hasta que no le ha rechazado media docena de veces. —No creo que Lily sea así en absoluto. —Escucha, Johnny. No tengo ni una palabra que decir contra la señorita Lily. Me gusta mucho y creo que es una de las chicas más agradables que conozco. Cuando sea tu esposa, la querré con toda mi alma, si ella me deja. Pero está hecha de la misma pasta que las demás chicas y actuará de la misma forma. Las cosas se han torcido un poco entre vosotros y no se arreglarán en un minuto. Ella sabe ahora cuáles son tus sentimientos y seguirá pensando en ello, hasta que al final estés en sus pensamientos más que ese otro tipo. No me vengas con que se va a quedar para vestir santos porque a su edad haya tenido la mala suerte de toparse con un hombre desleal como ese. Puede que lleve un poco de tiempo; pero si sigues adelante y no te desanimas, verás que todo saldrá bien al final. No todo el mundo consigue lo que quiere en un minuto. ¡Cómo te tomaré el pelo con todo esto cuando lleves dos o tres años casado! —No creo que sea capaz de pedírselo nunca más; y estoy seguro de que, si lo hago, su respuesta será la misma. Me lo dijo con estas palabras...; pero no importa, no puedo repetir sus palabras. —No quiero que las repitas, ni que les hagas más caso del que valen. Lily Dale es una chica muy guapa; inteligente también, creo, y buena, estoy seguro; pero sus palabras no son más sagradas que las de otros hombres o mujeres. Lo que te ha dicho ahora, lo siente, sin duda; pero las mentes de los hombres y las mujeres son propensas al cambio, especialmente cuando tales cambios conducen a su propia felicidad. —En cualquier caso, nunca olvidaré su amabilidad, Lord De Guest. —Y hay otra cosa que quiero decirte, Johnny. Un hombre nunca debe permitirse estar abatido por nada... no exteriormente, ante los ojos de los demás hombres. —¿Pero cómo se puede evitar? —Tu valor debería impedírtelo. No tuviste miedo de un toro furioso, ni de aquel hombre cuando le diste una tunda en la estación de tren. Tienes valor de sobra de ese tipo. Ahora debes demostrar que tienes de ese otro tipo de valor. Conoces la historia del niño que no lloraba mientras el lobo le roía por debajo de la túnica. Casi todos tenemos algún lobo que nos roe en alguna parte; pero generalmente nos roen bajo la ropa, de modo que el mundo no lo ve; y nos corresponde sobrellevarlo de tal forma que el mundo no lo sospeche. El hombre que va por ahí declarándose miserable no solo será miserable, sino también despreciable. —Pero el lobo no me ha roído bajo la ropa; todo el mundo lo sabe. —Entonces deja que los que lo saben aprendan que eres capaz de soportar tales heridas sin quejas externas. Te digo claramente que no puedo simpatizar con un amante lánguido. —Sé que he hecho el ridículo ante todo el mundo. Ojalá no hubiera venido nunca aquí. Ojalá no me hubiera visto nunca. —No digas eso, mi querido muchacho; pero toma mi consejo por lo que valga. Y recuerda lo que te digo; con tu pena sí simpatizo, pero no con ninguna expresión externa de ella; no con miradas melancólicas, voz triste y un andar infeliz. Un hombre siempre debe ser capaz de beber su vino y parecer que lo disfruta. Si no puede, es mucho menos hombre de lo que sería de otro modo... no mucho más, como parece pensar alguna gente. Ahora vístete, querido amigo, y baja a cenar como si nada te hubiera pasado.
En cuanto el conde se fue, John miró su reloj y vio que aún faltaban unos cuarenta minutos para la cena. Quince minutos le bastarían para vestirse y, por tanto, tenía tiempo suficiente para sentarse en su sillón y pensar en todo aquello. Por un momento se había sentido muy enfadado cuando su amigo le dijo que no podía simpatizar con un amante lánguido. Fue una palabra malintencionada. Así lo sintió al oírla y así siguió pensando durante la media hora que permaneció sentado en aquel sillón. Pero probablemente le hizo más bien que cualquier palabra que el conde le hubiera dicho jamás... o cualquier otra palabra que pudiera haber usado. «¡Lánguido! No soy lánguido», se dijo, saltando del sillón e instalándose de nuevo al instante. «Yo no le dije nada. No se lo conté. ¿Por qué vino a verme?». Y sin embargo, aunque intentaba denigrar a Lord De Guest en sus pensamientos, sabía que Lord De Guest tenía razón y que él estaba equivocado. Sabía que había estado lánguido y se sentía avergonzado de sí mismo; y resolvió de inmediato que a partir de entonces se comportaría como si no le hubiera ocurrido ninguna calamidad. «Me dan ganas de tomarle la palabra y beber vino hasta emborracharme». Entonces se esforzó por recuperar el valor con una canción.
—Pero sí me importa. ¡Qué tontería es que un hombre escriba poesía y ponga mentiras como esa! Todo el mundo sabe que sí le importaba... es decir, si no era una bestia sin corazón.
No obstante, cuando llegó el momento de bajar al salón, hizo el esfuerzo que su amigo le había aconsejado y entró en la habitación con menos de ese aire de perro apaleado que el conde y Lady Julia esperaban. Ambos estaban allí, al igual que el patrón, y Bell entró tras él en menos de un minuto.
—No has visto a Crofts hoy, John, ¿verdad? —dijo el conde. —No; ¡no he pasado por su camino! —¡Su camino! Sus caminos son todos los caminos, supongo. Quería que viniera a cenar, pero parecía pensar que era impropio comer dos cenas en la misma casa dos días seguidos. ¿No es esa su teoría, señorita Dale? —Seguro que no lo sé, Lord De Guest. En cualquier caso, no es la mía.
Así que fueron a su banquete, y antes de que su última oportunidad terminara, John Eames se encontró capaz de fingir que disfrutaba de su cordero asado.
No cabe duda, creo yo, de que en todas las calamidades como la que él estaba sufriendo ahora, la agonía del infortunio aumenta mucho por la convicción de que los hechos del caso son conocidos por quienes rodean al que sufre. Un caballero joven, de corazón cálido y sentimientos intensos, podría, sin duda, comer una cena excelente después de ser rechazado por la chica de sus desvelos, siempre que tuviera motivos para creer que ninguno de aquellos en cuya compañía comía sabía nada de su rechazo. Pero a ese mismo caballero joven le resultaría muy difícil cumplir con la ceremonia con cualquier apariencia de apetito real o disfrute gastronómico si fuera consciente de que todos sus comensales conocían todos los hechos de su pequeño infortunio. Generalmente, cabe suponer, un hombre en tal condición va a cenar a su club, o busca consuelo en las sombras de algún Richmond o Hampton Court adyacente. Allí medita sobre su condición en silencio y acaba disfrutando de su platito de pescadito frito, su chuleta y su moderada pinta de jerez. Probablemente va solo al teatro y, en su butaca, especula con un sarcasmo algo amargo sobre la vanidad del mundo. Luego regresa a casa, triste en verdad, pero con una tristeza moderada, y mientras exhala el humo de su cigarro frente a la ventana abierta —quizá con el consuelo de un vasito de brandy con agua a su lado— se jura a sí mismo que, «¡voto a bríos!, lo intentará otra vez». Solo, un hombre puede consolarse, o entre una multitud de mortales inconscientes; pero debe admitirse que la posición de John Eames era severa. Había sido invitado allí para cortejar a Lily Dale, y al patrón y a Bell se les había pedido que estuvieran presentes en el cortejo. Si todo hubiera salido bien, nada habría sido más agradable. Él habría sido el héroe de la hora y todo el mundo habría cantado para él su canción de triunfo. Pero no todo había salido bien, y le resultaba muy difícil comportarse de otro modo que no fuera lánguidamente. En conjunto, sin embargo, su esfuerzo fue tal que el conde le reconoció el mérito de su comportamiento y le dijo al despedirse de él por la noche que era un buen tipo y que todo le saldría bien todavía.
—Y no debes enfadarte conmigo por hablarte con dureza —dijo. —No estaba nada enfadado. —Sí, lo estabas; y más bien pretendía que lo estuvieras. Pero no debes irte resentido.
Se quedó en la casa solariega un día más y luego regresó a su habitación en la Oficina del Impuesto sobre la Renta, al desagradable sonido de la campanilla de Sir Raffle y al mucho más desagradable sonido de la potente voz de Sir Raffle.
Capítulo 49
John Eames se convierte en un hombre
Eames, cuando se encontraba a mitad de camino hacia Londres en el vagón del tren, sacó una carta del bolsillo y la leyó. Durante la primera parte del trayecto había estado pensando en otras cosas; pero, gradualmente, decidió que sería mejor para él no pensar más en aquello por el momento y, por tanto, recurrió a su carta para disipar sus pensamientos. Era de Cradell, y decía lo siguiente:
Oficina del Impuesto sobre la Renta, mayo de 186–. Mi querido John: Espero que las noticias que tengo que darte no te enfaden, y que no pienses que falto a la gran amistad que te profeso por lo que voy a decirte a continuación. No hay ningún hombre —[y la palabra hombre estaba subrayada]—, no hay ningún hombre cuyo aprecio valore tanto como el tuyo; y aunque siento que no tienes motivos justos para estar disgustado conmigo después de todo lo que te he oído decir en muchas ocasiones, no obstante, en asuntos del corazón es muy difícil que una persona entienda los sentimientos de otra, y cuando los afectos de una dama están en juego, sé que a veces surgen disputas.Eames, al llegar a este punto en la primera lectura de la carta, supo bien qué vendría después. «¡Pobre Caudle! —se dijo a sí mismo—; ha picado el anzuelo y nunca más podrá soltarse».
Pero sea como fuere, el asunto ha llegado ya demasiado lejos para que yo pueda hacer alteración alguna; ni bastaría ningún incentivo terrenal para hacerme cambiar. Las demandas de la amistad son muy fuertes, pero las del amor son primordiales. Por supuesto, sé todo lo que ha pasado entre Amelia Roper y tú. Mucho de esto te lo había oído contar antes, pero el resto me lo ha contado ella ahora con esa honestidad de alma pura que es el rasgo más notable de su carácter. Me ha confesado que en un tiempo se sintió unida a ti, y que se vio inducida por tu perseverancia a permitirte que la consideraras como tu fiancy. [Cradell probablemente pensaba que fancy-girl era el término vulgar en inglés para el elegante vocablo francés que pretendía usar: fiancée]. Pero todo eso debe terminar ya entre vosotros. Amelia ha prometido ser mía —[esto también estaba subrayado]—, y mía pretendo que sea. Que encuentres en las amables sonrisas de L. D. consuelo para cualquier decepción que esto te ocasione, es el ardiente deseo de tu verdadero amigo, Joseph Cradell P.D.: Quizá sea mejor que te lo cuente todo. La señora Roper ha tenido algunos problemas con su casa. Se ha retrasado un poco con el alquiler y algunas facturas no han sido pagadas. Como me explicó que se ha visto arrastrada a esto por esos espantosos Lupex, he consentido en hacerme cargo de la casa y he firmado pagarés a uno o dos comerciantes por pequeñas cantidades. Por supuesto, ella se hará cargo de ellos, pero lo que faltaba era el crédito. Ella seguirá regentando la casa, pero yo seré, de hecho, el propietario. Supongo que ahora no te convendrá quedarte aquí, pero ¿no crees que podría hacer que fuera lo bastante cómoda para algunos de nuestros compañeros; digamos media docena o así? Es idea de la señora Roper, y ciertamente creo que no es mala. Nuestro primer esfuerzo debe ser deshacernos de los Lupex. La señorita Spruce se va la semana que viene. Mientras tanto, todos estamos haciendo las comidas en nuestras propias habitaciones, de modo que no hay nada que los Lupex puedan comer. Pero parece que no les importa, y siguen ocupando el cuarto de estar y el mejor dormitorio. Tenemos la intención de cerrar con llave para que no entren después del martes y enviar todas sus maletas a la taberna.¡Pobre Cradell! Eames, mientras se recostaba en su asiento y contemplaba el abismo de desgracia en el que su amigo había caído, empezó casi a enamorarse de su propia situación. Él mismo era, sin duda, un tipo muy miserable. Solo había una cosa en la vida por la que valiera la pena vivir, y no podía conseguirla. Había estado pensando durante los últimos tres días en arrojarse al paso de una locomotora de vapor, y no estaba del todo seguro de que no fuera a hacerlo todavía; pero, no obstante, su situación era un lugar entre los dioses comparada con la que el pobre Cradell había elegido para sí mismo. ¡Ser no solo el marido de Amelia Roper, sino haberse visto obligado a cargar como dote de su novia con todas las deudas de su futura suegra! ¡Verse convertido en el dueño de una casa de huéspedes de lo más mediocre; el dueño en cuanto a toda responsabilidad, aunque no el dueño en cuanto a cualquier beneficio posible! Y luego, por encima y casi peor que todo lo demás, ¡encontrarse con el lastre de los Lupex al comienzo de su carrera! ¡Pobre Cradell, en verdad!
Eames no se había llevado sus cosas de la casa de huéspedes antes de salir de Londres y, por tanto, decidió dirigirse a Burton Crescent inmediatamente después de su llegada, no con la intención de quedarse allí ni siquiera una noche, sino para despedirse de ellos, felicitar a Amelia y organizar su liquidación final con la señora Roper. Debió explicarse en el capítulo anterior que el conde le había dicho antes de separarse que su falta de éxito con Lily no supondría ninguna diferencia en cuanto al dinero. John, por supuesto, había protestado diciendo que no quería nada y que, dadas las circunstancias actuales, no aceptaría nada; pero el conde era un hombre que sabía salirse con la suya, y en este asunto se salió. Nuestro amigo, por tanto, era un hombre pudiente cuando regresó a Londres, y pudo decirle a la señora Roper que le enviaría un cheque por su pequeño saldo deudor tan pronto como llegara a su oficina.
Llegó a mitad del día, sin ajustar en absoluto su regreso a la costumbre habitual de los empleados del Gobierno, que generalmente se las apañan para llegar a la metrópoli no más de media hora antes del momento en que están obligados a presentarse en sus puestos. Pero él había vuelto dos días antes de lo previsto y había huido del campo como si Londres en mayo le resultara mucho más agradable que los bosques y los prados. Pero ni Londres ni los bosques y prados influyeron en su regreso. Había bajado para arrojarse a los pies de Lily Dale —bajado, como ahora se confesaba a sí mismo, con esperanzas casi triunfantes— y había regresado porque Lily Dale no le quería a sus pies. «Le amaba a él —a él, Crosbie— más que a todo el resto del mundo. Sigue siendo igual. Todavía le amo más que a todo el mundo». Esas fueron las palabras que le habían devuelto a Londres; y habiendo sido despedido con tales palabras, poco le importaba llegar a su oficina un día o dos antes o después. El despachito en la City, incluso con el acompañamiento de la campanilla de Sir Raffle y la voz de Sir Raffle, le resultaría ahora más agradable que el salón de Lady Julia. Se presentaría, pues, ante Sir Raffle esa misma tarde y expulsaría a algún intruso de su asiento. Pero antes pasaría por Burton Crescent para decir adiós a los Roper.
La puerta le fue abierta por la fiel Jemima. —¡Señor Heames, señor Heames! ¡Ay, Dios mío, Dios mío! —y la pobre muchacha, que siempre se había puesto de su parte en las peripecias de la casa de huéspedes, levantó las manos al cielo y lamentó el destino que había separado a su favorito de la fortuna de la casa. —¿Supongo que ya lo sabe todo, señor Johnny? —El señor Johnny dijo que creía saberlo todo y preguntó por la dueña de la casa. —Sí, claro que sí, está en casa. No se atreve a salir mucho por culpa de esos Lupex. ¿No es esto un espectáculo? ¡Sin cena y sin de nada! Esas maletas son de la señorita Spruce. Se marcha ahora mismo, en este minuto. Los encontrará a todos arriba en el salón. —Así que subió al salón y allí encontró a madre e hija, y con ellas a la señorita Spruce, empaquetada apretadamente en su sombrero y su chal. —No lo hagas, madre —estaba diciendo Amelia—; ¿de qué sirve seguir así? Si ella decide irse, que se vaya.
—Pero si lleva conmigo tantos años... —decía la señora Roper sollozando—; ¡y siempre lo he hecho todo por ella! ¿A que sí, Sally Spruce? —A Eames le llamó la atención de inmediato que, aunque había sido inquilino en la casa durante dos años, nunca antes había oído el nombre de pila de aquella solterona. La señorita Spruce fue la primera en ver a Eames al entrar en la habitación. Es probable que el patetismo de la señora Roper hubiera producido algún patetismo recíproco por su parte de no haber sido observada, pero la visión de un hombre joven la devolvió a su estado habitual de quietud. —Solo soy una mujer vieja —dijo—; y aquí está el señor Eames, que ha vuelto.
—¿Cómo está, señora Roper? ¿Cómo estás, Amelia? ¿Cómo está, señorita Spruce? —y les estrechó la mano a todas. —¡Ay, por todos los santos! —dijo la señora Roper—, ¡qué susto me ha dado! —Vaya, señor Eames; quién iba a pensar que volvería de esa manera —dijo Amelia. —Bueno, ¿de qué manera debería volver? No me habéis oído llamar a la puerta, eso es todo. ¿Así que la señorita Spruce va realmente a dejaros? —¿No es espantoso, señor Eames? Diecinueve años hemos estado juntas; contando las dos casas juntas, señorita Spruce, de verdad que sí. —La señorita Spruce, en este punto, se esforzó denodadamente por convencer a John Eames de que el periodo en cuestión se había extendido en realidad solo durante dieciocho años, pero la señora Roper se mostró autoritaria y no lo permitió—. Son diecinueve años si es que ha pasado un día. Nadie debería saber de fechas mejor que yo, y no hay nadie en el mundo que entienda sus costumbres si no soy yo. ¿Acaso no he subido a su dormitorio todas las noches y con mi propia mano le he dado...? —Pero se contuvo; era una mujer demasiado decente para declarar ante un hombre joven cuál había sido la naturaleza de sus atenciones nocturnas para con su huésped.
—No creo que esté tan cómoda en ningún otro sitio, señorita Spruce —dijo Eames. —¡Cómoda! Por supuesto que no lo estará —dijo Amelia—. Pero si yo fuera madre, no diría ni una palabra más sobre el asunto. —No es el dinero lo que me preocupa, sino el sentimiento —dijo la señora Roper—. La casa se quedará como muy sola. No voy a saber ni quién soy. Y ahora que las cosas se han arreglado tan agradablemente, y que los Lupex deben irse el martes... te diré una cosa, Sally; yo misma pagaré el coche y mañana mismo me iré a Dulwich en el ómnibus y lo arreglaré todo de mi bolsillo. De verdad que lo haré. Vamos, ahí está el coche. Déjame bajar y despacharlo.
—Yo haré eso —dijo Eames. —Solo son seis peniques desde la parada —le gritó la señora Roper mientras él salía de la habitación. Pero el cochero recibió un chelín y John, al regresar, encontró a Jemima en el acto de llevar las maletas de la señorita Spruce de vuelta a su habitación. «Tanto mejor para el pobre Caudle —se dijo a sí mismo—. Ya que se ha metido en el negocio, conviene que tenga a alguien que le pague».
La señora Roper siguió a la señorita Spruce escaleras arriba y Johnny se quedó a solas con Amelia. —Te ha escrito, lo sé —dijo ella, con el rostro un poco ladeado. Ciertamente era muy hermosa, pero había una expresión dura, irritada, casi hosca en ella, que robaba a su semblante todo rastro de agrado. Y sin embargo, no tenía intención de mostrarse hosca con él.
—Sí —dijo John—. Me ha contado cómo va a ser todo. —¿Y bien? —dijo ella. —¿Y bien? —dijo él. —¿Es eso todo lo que tienes que decir? —Te daré la enhorabuena, si me dejas. —¡Bah!, ¡enhorabuenas! Odio esas pamplinas. Si tú no tienes sentimientos al respecto, te aseguro que yo tampoco. De hecho, no sé de qué sirven los sentimientos. Nunca me han servido de nada. ¿Estás comprometido para casarte con L. D.? —No, no lo estoy. —¿Y no tienes nada más que decirme? —Nada... salvo mis deseos para tu felicidad. ¿Qué más puedo decir? Estás comprometida para casarte con mi amigo Cradell, y creo que será una unión feliz.
Ella apartó aún más el rostro y su expresión se volvió todavía más hosca. ¿Sería posible que en un momento así todavía albergara la esperanza de que él pudiera volver con ella?
—Adiós, Amelia —dijo él extendiéndole la mano. —¡Y esto va a ser lo último que se vea de ti en esta casa! —Bueno, no lo sé. Vendré a visitarte, si me dejas, cuando estés casada. —¡Sí —dijo ella—, para que haya broncas en la casa, y jaleo, y celos, como los ha habido con esa mujer malvada de arriba! ¡Ni hablar, no vendrás! John Eames, ojalá no te hubiera visto nunca. Ojalá hubiéramos caído los dos muertos cuando nos conocimos. No creí que llegaría a querer nunca a un hombre como te he querido a ti. Todo son basura, tonterías y estupideces; ya lo sé. Está muy bien para las señoritas que pueden pasarse la vida sentadas en salones, pero cuando una mujer tiene que abrirse camino en el mundo todo son estupideces. ¡Y un camino tan duro de abrir como el mío!
—Pero ahora no será duro. —¿No lo será? Pues yo creo que sí. Ojalá lo intentaras tú. No es que me vaya a quejar. Nunca me ha importado el trabajo, y en cuanto a la compañía, puedo aguantar a cualquiera. El mundo no va a ser todo bailar y tocar el violín para gente como yo. Eso ya lo sé de sobra. Pero... —y entonces hizo una pausa. —¿Pero qué, Amelia? —Es propio de ti preguntármelo, ¿verdad? —A decir verdad, no debería haberle preguntado—. No importa. No voy a discutir contigo. Si tú has sido un pícaro, yo he sido una tonta, y eso es peor. —Pero no creo haber sido un pícaro. —Yo he sido ambas cosas —dijo la muchacha—; y ambas para nada. Después de eso, puedes irte. Te he dicho lo que soy y dejaré que tú te pongas nombre a ti mismo. No creí que hubiera en mí nada para ser tan tonta. Eso es lo que me reconcome. No importa, señor; todo ha terminado ya, y te digo adiós.
No creo que hubiera la más mínima razón para que John volviera a besarla al despedirse, pero lo hizo. Ella lo permitió, sin oponer resistencia; pero recibió su caricia con una resignación hosca. —Será el último —dijo ella—. Adiós, John Eames. —Adiós, Amelia. Intenta ser una buena esposa para él y entonces serás feliz. —Ella arrugó la nariz ante esto, adoptando un aire de desprecio inefable. Pero no dijo nada más y entonces él salió de la habitación. En la puerta del cuarto de estar se encontró con la señora Roper y tuvo sus palabras de despedida con ella.
—Me alegro tanto de que vinieras —dijo ella—. ¡Ha sido precisamente esa palabra que dijiste la que hizo que la señorita Spruce se quedara! ¡Su dinero es tan puntual, ya sabes! Así que ya lo habéis hablado todo sobre Cradell. Ella le hará una buena esposa, de verdad que sí; mucho mejor de lo que tú has creído. —No dudo que será una muy buena esposa. —Ya ve, señor Eames, todo ha terminado ya y nos entendemos, ¿verdad? Me hacía muy infeliz cuando ella te andaba rondando; de verdad que sí. Es mi propia hija y no podía ir en su contra, ¿verdad? Pero yo sabía que no cuadraba de ninguna manera. ¡Por favor!, si yo sé ver la diferencia. Ella es bastante buena para él cualquier día de la semana, señor Eames. —Vaya que sí lo es... sábados o domingos —dijo Johnny, sin saber exactamente qué debía decir.
—Así es; y si él cumple con su deber para con ella, ella no se desviará del suyo para con él. Y en cuanto a usted, señor Eames, le aseguro que siempre he sentido que era un honor y un placer tenerle en la casa; y si alguna vez pudiera decir una buena palabra para enviarme a alguno de sus jóvenes, los trataría como debe hacer una madre; de verdad que sí. Sé que he tenido la culpa con esos Lupex, pero ¿acaso no he sufrido por ello, señor Eames? Y era difícil saberlo al principio, ¿verdad? Y en cuanto a usted y Amelia, si enviara a cualquiera de sus jóvenes a probar suerte, no podría haber nada más de ese tipo, ¿verdad? Sé que no todo ha sido exactamente como debería haber sido; es decir, en lo que a usted respecta; pero me gustaría oírle decir que me ha encontrado honrada antes de irse. He intentado ser honrada, de verdad que sí.
Eames le aseguró que estaba convencido de su honradez y que nunca había pensado en impugnar su carácter, ni respecto a esa gente desafortunada, los Lupex, ni en referencia a otros asuntos. —No creía —dijo él— que ningún joven fuera a consultarle sobre sus alojamientos; pero si podía serle de algún servicio, lo sería. —Entonces se despidió de ella y, tras haber entregado media soberana a la fiel Jemima, se despidió largamente de Burton Crescent. Amelia le había dicho que no fuera a verla cuando estuviera casada, y él había resuelto tomarle la palabra. Así que se marchó de la Crescent, no exactamente sacudiéndose el polvo de los pies, pero resolviendo que no querría saber nada más ni de su polvo ni de su suciedad. Suciedad suficiente había encontrado allí, ciertamente, y ya era lo bastante mayor para sentir que los habitantes de la casa de la señora Roper no habían sido aquellos entre los que debería haberse buscado juiciosamente un lugar de descanso para sus primeros años. Pero había salido del fuego comparativamente ileso, y lamento decir que sentía muy poco por las terribles quemaduras a las que su amigo se había visto sometido y estaba a punto de someterse. Estaba bastante conforme con ver el asunto exactamente como lo veía la señora Roper. Amelia era bastante buena para Joseph Cradell cualquier día de la semana. ¡Pobre Cradell, de quien en estas páginas, después de este aviso, no se sabrá nada más! No puedo sino pensar que se le aplicó una medida de justicia muy dura en proporción al alcance de sus pecados. Más débil y tonto que nuestro amigo y héroe había sido, pero no, que yo sepa, más malvado. Pero es sobre los vanidosos y los necios sobre quienes caen los castigos; y sobre ellos caen tan densa y constantemente que el pensador se ve empujado a pensar que la vanidad y la necedad son, de todos los pecados, aquellos que menos pueden ser perdonados. En cuanto a Cradell, puedo declarar que sí se casó con Amelia, que sí ocupó, con cierto orgullo, el lugar de señor de la casa al final de la mesa de la señora Roper, y que sí se hizo responsable de todas las deudas de la señora Roper. De sus futuras fortunas no hay espacio para hablar en estas páginas.
Al salir de la Crescent, Eames se hizo llevar a su oficina, a la que llegó justo cuando los hombres salían, a las cuatro en punto. Cradell se había marchado, de modo que no le vio aquella tarde; pero tuvo la oportunidad de estrechar la mano del señor Love, quien le trató con toda la cortesía sonriente debida a un pez gordo oficial —pues un secretario particular, si no es absolutamente un pez gordo, es un pez mediano, y tiene derecho a una cierta cantidad de reverencia—; y se cruzó con el señor Kissing en el pasillo, que caminaba apresurado como de costumbre con un libro enorme bajo el brazo. El señor Kissing, por muy apresurado que fuera, detuvo sus pies arrastrados; pero Eames solo le miró, apenas honrándole con el reconocimiento de un asentimiento de cabeza. El señor Kissing, sin embargo, no se ofendió; sabía que el secretario particular del Primer Comisionado había sido el invitado de un conde; ¿y qué más que un asentimiento se podía esperar de él? Después de eso, John se abrió paso hacia la augusta presencia de Sir Raffle y encontró a aquel gran hombre poniéndose los zapatos en presencia de FitzHoward. FitzHoward se sonrojó; pero los zapatos no habían sido tocados por él, como se encargó de informar a John Eames más tarde.
Sir Raffle era todo sonrisas y civilidad. —Encantado de verle de vuelta, Eames; lo estoy, palabra de honor; aunque FitzHoward y yo nos las hemos arreglado capitalmente en su ausencia; ¿verdad, FitzHoward?
—Oh, sí —dijo FitzHoward arrastrando las palabras—. No me ha importado por un tiempo, solo mientras Eames ha estado fuera.
—Eres demasiado perezoso para seguir con ello, lo sé; pero ya tendrás el pan untado de mantequilla en otro sitio, así que no importa. Mis respetos a la duquesa cuando la vea. —Entonces FitzHoward se fue. —¿Y cómo está mi querido y viejo amigo? —preguntó Sir Raffle, como si de todos los hombres vivos Lord De Guest fuera aquel por quien sentía el amor más fuerte y antiguo. Y sin embargo, debía de saber que John Eames sabía tanto sobre el tema como él mismo. Pero hay hombres que sienten la más viva gratificación al llamar amigos a lores y marqueses, aunque sepan que nadie cree ni una palabra de lo que dicen; incluso sabiendo cuán grande es el odio en el que incurren y cuán duradero es el ridículo que produce su vanidad. Es una locura suave que prevalece en los patios exteriores de toda aristocracia; y como trae consigo considerables molestias y solo un placer tibio, no debería ser tratada con una severidad demasiado aguda.
—¿Y cómo está mi querido y viejo amigo? —Eames le aseguró que su querido y viejo amigo estaba bien, que Lady Julia estaba bien, que el querido y viejo lugar estaba bien. Sir Raffle hablaba ahora como si el «querido y viejo lugar» le fuera perfectamente conocido. —¿Qué tal iba la caza? ¿Había promesa de pájaros? —La ansiedad de Sir Raffle era bastante intensa y expresada con un afecto casi familiar. —Y, a propósito, Eames, ¿dónde vive usted actualmente?
—Bueno, no estoy instalado. Estoy en el Great Western Railway Hotel en este momento.
—Excelente casa, muy buena; solo que resulta cara si se queda allí toda la temporada. —Johnny no tenía intención de quedarse allí más de una noche, pero no dijo nada al respecto. —A propósito, bien podría venir a cenar con nosotros mañana. Lady Buffle está ansiosísima por conocerle. Habrá uno o dos más con nosotros. Se lo pedí a mi amigo Dumbello, pero hay algún jaleo en la Cámara y cree que no podrá venir. —Johnny fue más amable que Lord Dumbello y aceptó la invitación. «Me pregunto cómo será Lady Buffle», se dijo a sí mismo mientras salía de la oficina.
Se había retirado al Great Western Hotel, sin saber todavía dónde buscar un hogar; y allí le dejaremos, comiendo su solitaria chuleta de cordero en una de esas mesas que son tan cómodas a la vista, pero que son tan incómodas en realidad. No hablo ahora con referencia al excelente establecimiento que ha sido nombrado, sino a la naturaleza de tales mesas en general. Una chuleta de cordero solitaria en el comedor de un hotel no es un banquete digno de ser envidiado por ningún dios; y si la chuleta de cordero se convierte en sopa, pescado, platos pequeños, platos grandes y lo demás, la cosa empeora y no mejora. ¿Qué comodidad va usted a tener, sentado solo en esa silla de crin de caballo, mirando al vacío y observando a los camareros mientras agitan sus servilletas? ¡Nadie más que un inglés ha pensado nunca en someterse a una posición semejante! Pero aquí dejaremos a John Eames, y al hacerlo debo permitirme declarar que solo ahora, en este momento, ha entrado en su edad adulta. Hasta ahora ha sido un mocito —un ternero, por así decirlo, que había llevado su condición de ternero hasta más tarde en la vida de lo que es común entre los terneros; pero que no por ello, quizá, prometía ser un buey peor que el resto. Su vida hasta ahora, tal como se registra en estas páginas, no le había deparado ningún éxito brillante, apenas le había calificado para el papel de héroe que se le ha hecho representar. Siento que he tenido la culpa al dar tanta prominencia a un mocito, y que habría contado mejor mi historia si hubiera traído al señor Crosbie de forma más conspicua al primer plano de mi lienzo. Él, al menos, se ha conseguido una esposa —como siempre debe hacer un héroe—; mientras que debo dejar a mi pobre amigo Johnny sin ninguna perspectiva matrimonial.
Era así como pensaba de sí mismo mientras se sentaba abatido ante su mesa solitaria en el comedor del hotel. Se reconoció a sí mismo que hasta entonces no había sido un hombre; pero al mismo tiempo tomó alguna resolución que, espero, pueda ayudarle a comenzar su madurez a partir de esta fecha.
Capítulo 60
Desenlace
Fue a principios de junio cuando Lily fue a ver a su tío a la "Great House", intercediendo por Hopkins; suplicando que le fueran restituidos todos sus privilegios como jefe de jardineros de la casa principal. Había algo de absurdo en esto, dado que él nunca había renunciado realmente a sus prerrogativas; pero la naturaleza de la disputa había sido la siguiente.
Existía por aquel entonces, y había existido durante años, una enconada cuestión entre Hopkins y Jolliffe, el administrador, sobre el asunto de... el estiércol de las caballerizas. Hopkins pretendía tener el derecho de tomar lo que necesitara del corral sin pedir permiso a nadie. Jolliffe, por su parte, había insinuado que, de ser así, Hopkins se lo llevaría todo. «Pero si yo no puedo comérmelo», había dicho Hopkins. Jolliffe se limitó a gruñir, dando a entender con el gruñido —según pensó Hopkins— que aunque un jardinero no pudiera comerse una montaña de estiércol de cincuenta pies de largo y quince de alto (no al menos físicamente), sí podría convertirlo en cosas comestibles para su uso personal. Y así se originó una gran enemistad. El desafortunado patrón, por supuesto, fue llamado a arbitrar y, tras posponer su decisión mediante todos los medios a su alcance, fue finalmente instado por Jolliffe a declarar que Hopkins no debía tomar nada que no le hubiera sido asignado. Hopkins, cuando su amo le comunicó la decisión, se mordió los viejos labios y dio media vuelta sobre sus viejos talones, sin mediar palabra. «Verás que así es en todos los demás lugares», dijo el patrón a modo de disculpa. «¡Otros lugares!», espetó Hopkins con desprecio. ¿Dónde iba a encontrar otros jardineros como él? No hace falta decir que desde aquel momento resolvió que no acataría tal orden. A la mañana siguiente, Jolliffe informó al patrón de que la orden había sido quebrantada, y el patrón se irritó y echó pestes, deseando que Jolliffe estuviera bien enterrado bajo la montaña de estiércol en cuestión. «Si todos van a hacer lo que les plazca —dijo Jolliffe—, entonces nadie respetará a nadie». El patrón entendió que una orden dada debía ser obedecida y, por lo tanto, con muchos lamentos internos del espíritu, resolvió que debía declararse la guerra a Hopkins.
A la mañana siguiente encontró al mismísimo anciano empujando una enorme carretilla de estiércol desde el corral hacia el huerto. Ahora bien, en ocasiones normales, no se requería que Hopkins hiciera con sus propias manos trabajos de esa descripción. Tenía a un hombre a su cargo que cortaba leña, traía agua y empujaba carretillas; un hombre siempre, y a menudo dos. El patrón supo en cuanto lo vio que estaba pecando, y le ordenó que se detuviera en su camino.
—Hopkins —dijo—, ¿por qué no pidió lo que necesitaba antes de tomarlo? —El anciano dejó la carretilla en el suelo, miró a su amo a la cara, se escupió en las manos y volvió a sujetar la carretilla—. Hopkins, eso no servirá —dijo el patrón—. Quédese donde está. —¿Qué es lo que no servirá? —dijo Hopkins, sosteniendo aún la carretilla pero sin avanzar. —Déjela en el suelo, Hopkins. —Y Hopkins la dejó—. ¿No sabe que está desobedeciendo abiertamente mis órdenes? —Patrón, llevo en este lugar cerca de setenta años. —Aunque llevara ciento setenta, no se permitiría que hubiera más de un amo. Yo soy el amo aquí, y pretendo serlo hasta el final. Lleve ese estiércol de vuelta al corral. —¿De vuelta al corral? —dijo Hopkins, muy lentamente. —Sí; de vuelta al corral. —¿Qué... delante de todos ellos? —Sí; ¡usted me ha desobedecido delante de todos ellos!
Hopkins hizo una pausa, apartando la mirada del patrón y sacudiendo la cabeza como si necesitara reflexionar profundamente, pero como si gracias a esa reflexión hubiera llegado por fin a una conclusión acertada. Entonces retomó la carretilla y, casi al trote, se llevó su botín hacia el huerto. Al paso que iba, habría sido imposible para el patrón detenerle, ni tampoco habría deseado el señor Dale llegar a un encuentro físico con su sirviente. Pero gritó tras el hombre con ira funesta que, si no era obedecido, el criado desobediente lamentaría las consecuencias para siempre. Hopkins, a la altura de las circunstancias, sacudió la cabeza mientras trotaba, depositó su carga al pie de los cajoneras de los pepinos y, regresando de inmediato ante su amo, le ofreció la llave del invernadero.
—Amo —dijo Hopkins, hablando como mejor podía con su escaso aliento—, aquí está; aquí tiene la llave. Por supuesto, no necesito preaviso y no me importa el salario de mi semana. Estaré fuera de la casita antes de que anochezca, y en cuanto al asilo de pobres, supongo que me dejarán entrar de inmediato si su señoría les escribe unas líneas.
Como el patrón sabía de sobra que Hopkins era dueño de trescientas o cuatrocientas libras, la mención al asilo de pobres debe considerarse puramente melodramática.
—No sea tonto —dijo el patrón, casi rechinando los dientes. —Sé que he sido un tonto —dijo Hopkins— por lo del estiércol; mis sentimientos han sido más fuertes que yo. Cuando los sentimientos de un hombre son más fuertes que él, lo mejor es que se marche y se eche en el asilo hasta que se muera. —Y de nuevo ofreció la llave. Pero el patrón no la tomó, así que Hopkins continuó—: Supongo que será mejor que me encargue de las luces y cosas así hasta que encuentre a alguien, señor Dale. Sería una pena que todas esas uvas se echaran a perder, estando ya, como quien dice, listas para la mesa. Es la mejor cosecha que he visto en la vida. He tenido tanto cuidado con ellas que no he tenido un descanso nocturno natural desde febrero. No hay nadie en este lugar que entienda de uvas, ni tampoco cerca a quien se pudiera acudir. El jefe de mi lord es muy ignorante; pero aunque supiera mucho, por supuesto no podría venir aquí. Supongo que será mejor que me quede la llave hasta que esté apañado, señor Dale.
Durante quince días hubo un interregno en los jardines, terrible en los anales de Allington. Hopkins vivía en su casita, ciertamente, y cuidaba con esmero las uvas. Al cuidar las uvas, también se encargaba de los invernaderos; pero no quería saber nada de los jardines exteriores, no aceptaba salario alguno —devolviendo al patrón el importe que se le enviaba— e insistía ante todo el mundo en que había sido despedido. Iba de un lado a otro con algún terrible apero de horticultura siempre en la mano, con el cual se decía que pretendía atacar a Jolliffe; pero Jolliffe, prudentemente, se mantenía fuera de su camino.
Tan pronto como la señora Dale y Lily decidieron que el traslado de la "Small House" de Allington no se llevaría a cabo, Lily le comunicó el hecho a Hopkins.
—Señorita —dijo él—, cuando les dije aquellas pocas palabras a usted y a su mamá, supe que atenderían a razones.
Esto no era más de lo que Lily esperaba; que Hopkins se atribuyera el honor de haber prevalecido con sus argumentos era algo natural.
—Sí —dijo Lily—, hemos decidido quedarnos. Mi tío así lo desea. —¡Lo desea! Válgame, señorita; no es solo que lo desee. Todos lo deseamos. Porque, fíjese bien en la lógica de la cosa. Aquí está esta casa... —Pero, Hopkins, ya está decidido. Nos quedamos. Lo que quiero saber es esto: ¿puede venir ahora mismo a ayudarme a desempaquetar? —¡Cómo! ¿Esta misma tarde...? —Sí, ahora; queremos tener las cosas colocadas otra vez antes de que vuelvan de Guestwick.
Hopkins se rascó la cabeza y vaciló, no queriendo ceder a ninguna propuesta que pudiera considerarse infantil; pero al final cedió, sintiendo que la tarea en sí era una buena obra. La señora Dale también asintió, riéndose de Lily por su locura mientras lo hacía, y de esta manera las cosas se desempaquetaron muy rápido, y la alianza entre Lily y Hopkins se volvió, por el momento, muy estrecha. Este trabajo de desempaquetado y reubicación no había terminado aún cuando estalló la batalla del estiércol; y fue por eso que Hopkins, cuando sus sentimientos le superaron por completo "por lo del estiércol", acudió finalmente a Lily y, depositando a sus pies todo el peso y la gloria de sus sesenta y tantos años de vida, le imploró que le arreglara las cosas. «Me está matando, señorita, de verdad; ver la forma en que han estado cortando esos espárragos. Eso no es cortar. Es destrozarlos; lo que está listo y lo que no, todo junto. Y han estado poniendo las plantas donde yo no quería, aunque sabían que no quería. Me he quedado mirando, señorita, sin decir ni una palabra. Antes habría muerto. Pero, señorita Lily, lo que han sido mis sufrimientos porque mis sentimientos me vencieron por aquello... usted ya sabe, señorita... nadie podrá contarlo nunca; nadie, nadie, nadie». Entonces Hopkins se dio la vuelta y lloró.
—Tío —dijo Lily, acercándose mucho a su sillón—, quiero pedirte un gran favor. —Un gran favor. Bueno, no creo que te niegue nada por ahora. No será pedir que venga otro conde a la casa, ¿verdad? —¡Otro conde! —dijo Lily. —Sí, ¿no te has enterado? La señorita Bell ha estado aquí esta mañana insistiendo en que invite a Lord De Guest y a su hermana para la boda. Parece que ha habido algún plan entre Bell y Lady Julia. —Por supuesto que los invitarás. —Por supuesto que debo hacerlo. No tengo escapatoria. Estará muy bien para Bell, que se marchará a Gales con su enamorado; pero ¿qué voy a hacer yo con el conde y Lady Julia cuando ellos se hayan ido? ¿Vendrás a ayudarme?
En respuesta a esto, Lily prometió, por supuesto, que iría a ayudar. —De hecho —dijo ella—, pensaba que estábamos todos invitados para ese día. Y ahora, mi favor. Tío, debes perdonar al pobre Hopkins. —¡Perdonar ni qué niño muerto! —dijo el patrón. —No, tienes que hacerlo. No te imaginas lo infeliz que es. —¿Cómo voy a perdonar a un hombre que no me perdona a mí? Se pasa el día merodeando por el lugar sin hacer nada; me devuelve el sueldo y me mira como si fuera a asesinar a alguien; y todo porque no quiso hacer lo que se le ordenó. ¿Cómo voy a perdonar a un hombre así? —Pero, tío, ¿por qué no? —Sería él quien me perdonara a mí. Sabe muy bien que puede volver cuando quiera; y, de hecho, por lo que a eso respecta, nunca se ha ido. —Pero es tan infeliz... —¿Qué puedo hacer yo para que sea más feliz? —Baja a su casita y dile que le perdonas. —Entonces se pondrá a discutir conmigo. —No; no creo que lo haga. Está demasiado hundido para discusiones ahora. —¡Ah! No le conoces como yo. Ni todas las desgracias del mundo frenarían la presunción de ese hombre. Iré, por supuesto, si me lo pides, pero me parece que estoy hecho para claudicar ante todo el mundo. Oigo mucho sobre los sentimientos de los demás, pero no sé si se piensa mucho en los míos. —No estaba del todo de buen humor, y Lily casi lamentó haber perseverado; pero logró llevárselo a través del jardín hasta la casita y, mientras iban juntos, ella le prometió que pensaría en él siempre, siempre. La escena con Hopkins no puede describirse ahora, pues ocuparía demasiadas de nuestras pocas páginas restantes. Resultó, lamento tener que confesarlo, en nada más triunfante para el patrón que un tratado de perdón mutuo. Hopkins reconoció, con mucho autorreproche, que sus sentimientos habían podido con él; pero, ¡claro, fíjese en la provocación! No pudo morderse la lengua sobre aquel asunto y, ciertamente, dijo tanto en su propia defensa como en confesión de sus pecados. El triunfo sustancial fue totalmente suyo, pues nadie volvió a atreverse a interferir en sus operaciones en el corral. Mostró su sumisión a su amo principalmente aceptando recibir su salario por las dos semanas que había pasado en la ociosidad.
Debido a este pequeño incidente, Lily no se vio tan agobiada por Hopkins como esperaba en lo referente a sus planes alterados; pero esta salvación no se extendió a la señora Hearn, a la señora Crump ni, sobre todo, a la señora Boyce. Todas ellas se interesaron con mayor o menor fuerza en la controversia de Hopkins; pero su interés por la ocupación de la "Small House" era mucho más fuerte, y resultó inútil tratar de distraer a la señora Hearn con la persistente negativa del jardinero a cobrar su sueldo, cuando ella estaba henchida de curiosidad por saber si la casa se iba a pintar por dentro tanto como por fuera. «Ah —decía ella—, creo que yo misma iré a ver alojamientos en Guestwick y prepararé algunas de mis camas». Lily no respondió a esto, sintiendo que era parte del castigo que esperaba. «Vaya, vaya —les dijo la señora Crump a las dos chicas—; bueno, por descontado que nos habríamos quedado solas sin vosotras, y tal vez nos habrían tocado otros peores en vuestro lugar; pero ¿por qué fuisteis a cerrar todas vuestras cosas en esas cajas tan grandes solo para volver a abrirlas todas otra vez?».
—Cambiamos de opinión, señora Crump —dijo Bell con cierta severidad. —Síii, ya sé que cambiaron de opiniones. Bueno, estará muy bien para las que son como vosotras, no hay duda; pero si nosotras cambiamos de opiniones, bien que nos lo echan en cara. —¡Eso parece que nos pasa también a nosotras! —dijo Lily—. Pero no importa, señora Crump. Envíenos las cartas temprano y así no reñiremos. —¡Oh, cartas! Malditas sean las cartas. Ojalá no existieran tales cosas. Ayer estuvo aquí un hombre con sus impertinencias. No sé de dónde venía (de Londres, creo): que si esto estaba mal, que si aquello estaba mal, que si todo estaba mal; y luego dijo que haría que me echaran del servicio. —Vaya, señora Crump; eso no estaría nada bien. —¡Echarme del servicio! Dos peniques y un cuarto al día. Así que le dije que se echara él mismo y se llevara todos los fardos viejos y las cosas al hombro. ¡Cartas, ni que ocho cuartos! ¿Qué tienen que ver ellos con las administradoras de correos si no pueden pagarles mejor que dos peniques y un cuarto al día?
Y de esta manera, bajo el amparo de la tormenta de ira de la señora Crump contra el inspector que la había visitado, Lily y Bell escaparon de mucho de lo que habría caído sobre sus propias cabezas; pero la señora Boyce aún quedaba. Puedo añadir aquí, para que la historia de la señora Crump se complete hasta el último punto posible, que no fue "echada del servicio" y que todavía recibe sus dos peniques y un cuarto al día de la Corona.
—Es una anciana amargada —dijo el inspector al hombre que le conducía. —Sí, señor; todos dicen lo mismo de ella. Ninguno saca mucho provecho de la señora Crump.
Bell y Lily fueron juntas también a casa de la señora Boyce. —Si se pone muy desagradable, insistiré en hablar de tu boda —dijo Lily. —No tengo la más mínima objeción —dijo Bell—; solo que no sé qué puede haber que decir sobre ello. Casarse con el médico es algo de lo más corriente. —No es ni un ápice más corriente que casarse con el párroco —dijo Lily. —Oh, sí lo es. Las bodas de los párrocos son a menudo asuntos muy grandiosos. Se codean con la gente de la aristocracia rural. Esa es su suerte en la vida. Los médicos nunca lo hacen, ni los abogados. No creo que los abogados se casen nunca en el campo. Se supone que lo hacen en Londres. Pero la boda de un médico de campo no es algo de lo que se hable mucho.
La señora Boyce probablemente coincidía en este punto de vista, ya que no eligió la futura boda como su primer tema de conversación. Tan pronto como las dos chicas se sentaron, se lanzó de inmediato al tema de la casa y empezó a expresar su gran sorpresa —su sorpresa y también su alegría— por el repentino cambio de planes. —Es mucho más agradable, ya saben —dijo ella—, que las cosas vayan bien entre parientes. —Las cosas siempre han ido bastante bien entre nosotros —dijo Bell. —Oh, sí; estoy segura de ello. Siempre he dicho que era un placer verlas a ustedes y a su tío juntos. Y cuando nos enteramos de que tenían que irse todos... —Pero no teníamos que irnos, señora Boyce. Nos íbamos a ir porque pensábamos que mamá estaría más cómoda en Guestwick; y ahora no nos vamos porque todos hemos "cambiado de opiniones", como dice la señora Crump. —¿Y es verdad que la casa se va a pintar? —preguntó la señora Boyce. —Creo que es verdad —dijo Lily. —¿Por dentro y por fuera? —Habrá que hacerlo algún día —dijo Bell. —Sí, por supuesto; pero debo decir que es generoso por parte del patrón. Hay tanta madera en su casa... Ojalá los Comisionados Eclesiásticos pintaran la nuestra, pero nadie hace nada por el clero. De verdad que estoy encantada de que se queden. Como le dije al señor Boyce: ¿qué habríamos hecho sin ustedes? Creo que el patrón ya había decidido que no alquilaría el lugar. —No creo que lo haya alquilado nunca. —Y si no hubiera nadie en ella, se iría todo a la ruina, ¿verdad? ¿Tuvo su mamá que pagar algo por el alojamiento que reservó en Guestwick? —Palabra que no lo sé. Bell se lo puede decir mejor que yo, ya que el doctor Crofts lo arregló. Supongo que el doctor Crofts se lo cuenta todo.
Y así se cambió la conversación, y se le dio a entender a la señora Boyce que, fuera cual fuese el misterio que quedaba, no se desvelaría en aquella ocasión.
Se fijó que el doctor Crofts y Bell se casaran a mediados de junio, y el patrón decidió dar todo el realce posible a la ceremonia abriendo su propia casa para la ocasión. Lord De Guest y Lady Julia fueron invitados por un acuerdo especial entre su señoría y Bell, como ya se ha explicado. El coronel, junto con Lady Fanny, también acudió desde Torquay para la ocasión, siendo esta la primera visita del coronel al techo paterno en muchos años. Bernard no acompañó a su padre. Aún no se había marchado al extranjero, pero había circunstancias que le hacían sentir que no se encontraría cómodo en la boda. El servicio fue oficiado por el señor Boyce, asistido —como remarcó con todo detalle el Crónica del Condado— por el reverendo John Joseph Jones, M.A., antiguo alumno del Jesus College de Cambridge y coadjutor de St. Peter, Northgate, Guestwick; el fallo de este pequeño anuncio fue que, como ninguno de los lectores del periódico tuvo paciencia para pasar del nombre del reverendo John Joseph Jones, el hecho del matrimonio de Bell con el doctor Crofts no se difundió tan ampliamente como se hubiera deseado.
La boda salió muy bien. El patrón se comportó de forma inmejorable y dio la bienvenida a sus invitados como si realmente disfrutara de su presencia allí en sus salones. Hopkins, que era plenamente consciente de haber salido triunfante, decoró las viejas estancias con una mezcla de flores y verdor con un esmero asiduo que complació enormemente a las dos chicas. Y durante este trabajo de guirnaldas y adornos, hubo un pequeño destello de sentimiento que bien puede contarse en estas últimas líneas. Lily había estado animando al anciano mientras Bell se ausentaba por un momento.
—¡Ojalá hubiera sido por ti, mi niña! —dijo él—. ¡Ojalá hubiera sido por ti! —Es mucho mejor así, Hopkins —respondió ella solemnemente. —No con él, eso sí —continuó él—, no con él. No habría colgado ni una rama por él. Pero con el otro...
Lily no dijo ni una palabra más. Sabía que el hombre estaba expresando los deseos de todos los que la rodeaban. No dijo nada más, y entonces Bell regresó con ellos.
Pero nadie en la boda estuvo tan alegre como Lily; tan alegre, tan radiante y tan propia de una boda. Coqueteó con el viejo conde hasta que este declaró que se casaría con ella él mismo. Nadie que la viera esa noche, y no supiera nada de su historia reciente, habría imaginado que ella misma había sido cruelmente abandonada unos seis u ocho meses atrás. Y aquellos que la conocían no podían imaginar que lo que sufrió entonces le hubiera golpeado tan fuerte que no pareciera posible recuperación alguna. Pero aunque no hubiera recuperación posible —como ella misma creía—, aunque fuera como un hombre a quien le han quitado el brazo derecho en la batalla, aun así el mundo entero no se había ido con ese brazo derecho. La bala que la había lisiado dolorosamente no había tocado su vida, y ella se negaba a ir por el mundo quejándose, ya fuera de palabra o de obra, de la herida recibida. «Las esposas, cuando pierden a sus maridos, siguen comiendo y riendo —se decía a sí misma—, y él no está muerto como ellos». Así que resolvió que sería feliz, y aquí declaro que no solo pareció llevar a cabo su resolución, sino que la llevó a cabo de verdad.
—Eres un hombre excelente y sé que serás bueno con ella —le dijo a Crofts justo cuando este se disponía a partir con su esposa. —Lo intentaré, en cualquier caso —respondió él.
—Y también esperaré que seas bueno conmigo. Recuerda que te has casado con la familia entera; y, señor, no debes creer ni una palabra de lo que ese mal hombre dice en sus novelas sobre las suegras. Ha hecho muchísimo daño y ha dejado a la mitad de las damas de Inglaterra fuera de las casas de sus hijas. —Él no dejará a la señora Dale fuera de la mía. —Acuérdate de que no lo haga. Y ahora, adiós. —Así pues, los recién casados se marcharon y Lily se quedó coqueteando con Lord De Guest.
¿De quién más es necesario decir una palabra o dos antes de permitir que la pluma cansada caiga de mi mano? El patrón, tras mucha lucha interna sobre el asunto, había reconocido para sus adentros que su cuñada no había recibido de su parte la amabilidad que merecía. Lo había admitido con el propósito de esforzarse al máximo por enmendar sus errores pasados; y creo que puedo decir que sus esfuerzos en esa línea no serían recibidos con desagrado por la señora Dale. Me inclino, por tanto, a pensar que la vida en Allington, tanto en la "Great House" como en la "Small House", pronto se volvería más agradable de lo que solía ser en tiempos pasados. Lily no tardó en conseguir las botas Balmoral o, al menos, pronto supo que el poder de obtenerlas a su antojo le había sido conferido por el regalo de su tío; tanto es así que habló incluso de comprar la jaula de la ardilla, aunque no me consta que su extravagancia llegara tan lejos.
A Lord De Courcy lo dejamos sufriendo terriblemente de gota y de mal humor en el Castillo Courcy. ¡Sí, por cierto! Para él, en sus últimos días, la vida no parecía ofrecer mucho que fuera reconfortante. Su esposa se había marchado de su lado y le declaró tajantemente a su yerno que ninguna consideración terrenal la induciría jamás a volver; «¡ni aunque me muriera de hambre!», dijo. Con lo cual pretendía dar a entender que se mantendría firme en su resolución, aun cuando ello le costara perder su carruaje y sus caballos. El pobre señor Gazebee bajó a Courcy y tuvo una entrevista espantosa con el conde; pero finalmente se arreglaron las cosas y su señoría permaneció en Baden-Baden en un estado de semi-inanición. Es decir, solo tenía un caballo para su carruaje.
En cuanto a Crosbie, me inclino a creer que recuperó de nuevo su poder en la oficina. Era el amo del señor Butterwell, y también el amo del señor Optimist y del comandante. Conocía su oficio y sabía desempeñarlo, lo cual era más, quizá, de lo que podría decirse con justicia de cualquiera de los otros tres. En tales circunstancias, era seguro que volvería a tomar las riendas y a liderar de nuevo. Pero en otros ámbitos su estrella no recuperó su ascendencia. Cenaba en su club casi a diario, y allí había quienes formaban con él habitualmente un pequeño círculo. Pero ya no era el Crosbie de antaño, el Crosbie conocido en Belgravia y en St. James’s Street. Había llevado su pequeña embarcación con valentía hacia aguas profundas y la había navegado bien mientras la fortuna permaneció a su lado. Pero había olvidado sus reglas náuticas y el éxito le había vuelto perezoso. No había usado la plomada ni el escandallo, y no había mantenido la vigilancia hacia el frente. Por lo tanto, la primera roca que encontró hizo añicos su barca. A su esposa, Lady Alexandrina, se la puede ver en el carruaje de un solo caballo junto a su madre en Baden-Baden.
Obra original: The Small House at Allington - Anthony Trollope, 1862.
Edición: Traducción por Fernando Guzmán, 2026
Licencia CC0, uso libre.
