Libro gratis: Prichibeyev
de Antón Chéjov


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Prichibeyev

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Fragmento de Prichibeyev

—Si, señor juez— dice un testigo que se apoya en la barandilla—. Le suplicamos a usted que nos defienda de este individuo. No podemos ya soportar su despotismo. En todo se mete: grita, jura, ordena, aunque no tiene ningún derecho. Basta que nos reunamos con motivo de cualquier fiesta o cualquier ceremonia, para que se presente y nos trate como a vil chusma. Tira de las orejas a los niños, espía, vigila a nuestras mujeres. Últimamente nos ha prohibido tener las luces encendidas después de las nueve de la noche, y cantar.

—Espere usted—dijo el juez—. Usted declarará luego. Ahora la palabra la tiene el acusado. Continúe usted, Prichibeyev.

—¡A sus órdenes de usted, señor juez! Dice usted que no es de mi incumbencia dispersar a la muchedumbre. ¡Admitámoslo! Pero, ¿y si se producen desórdenes? ¿Pueden tolerarse los desórdenes? ¿Acaso la ley manda que se deje a la gente hacer lo que lo dé la gana? ¡No; no puedo permitirlo! Si yo no les llamase al orden, ¿qué sucedería? Nadie, en la aldea, sabe cómo se debe tratar a los campesinos; sólo yo lo sé. Yo no soy un simple mujik, señor juez: ¡soy un suboficial! He hecho mi servicio militar en Varsovia, en el Estado Mayor. Después he pertenecido a una compañía de bomberos; después, durante dos años, he sido conserje en un colegio clásico, y sé bien cómo debe tratarse a la gente de origen humilde; comprendo la necesidad de mantener el orden público. Un mujik no comprende nada, y debe obedecerme por su propio interés. Prueba de lo que digo es, por ejemplo, este asunto. Cuando dispersaba a la muchedumbre, vi un cadáver a la orilla del río. «¿Por qué—pregunté—se halla en este sitio? ¿En virtud de qué ley? ¿Dónde está la policía?» Al fin veo a su jefe..., al Sigin de marras. «¿Por qué no cumples con tu deber?—le pregunté—. ¿Por qué no avisas a las autoridades superiores? Tal vez ese ahogado es victima de un crimen. Tal vez ha sido asesinado.» Pero, Sigin, no hace el menor caso de mis palabras, y continúa, muy tranquilo, fumando su cigarrillo. «Usted no es quién—me dice—para pedirme cuentas, para darme órdenes. Yo sé lo que tengo que hacer.» «No—le contesto—; tú no lo sabes cuando sigues aquí, como un imbécil, sin hacer nada.» Entonces, me dijo: «A su debido tiempo le he avisado al jefe de policía del distrito.» «Pero no era a él a quien debiste avisar—le digo—. ¿No comprendes que es un asunto muy grave, y que hay que avisar en seguida a las autoridades judiciales? En primer lugar, hay que avisar al señor juez.» Y figúrese usted: el imbécil, en vez de tomar en serio mis palabras, se echa a reír. ¡Y los mujiks también! Todo& se echaron a reír, señor juez, se lo juro a usted.


4 págs. / 7 minutos.
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Publicado el 2 de marzo de 2019 por Edu Robsy.


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