La Estocada de la Tarde

Antonio de Hoyos y Vinent


Novela corta



I

El banquero abatió con nueve. María Montaraz se impacientó. ¡Qué animal! ¡La suerte que tenía el tío aquel! Su mano menuda y ágil, libre de la prisión del guante, buceó en el bolsillo de áureas mallas que descansaba sobre su falda. Uno, dos, tres, cinco... ¡Aquí paz, y después, gloria! De las trescientas pesetas que había llevado le quedaban en total cinco duros. ¡Qué nochecita! No acertaba ni una. Además, se le había metido en la cabeza que aquella francesona, con tipo de carabinero, que se le sentó al lado, le traía pato; y para colmo, su otro vecino, un vejete pulcro y atildado que lucía sobre la albura de la pechera impecable una perla tamaña como un garbanzo, no cesaba de darle rodillazos insinuantes, y tenía ya media pierna deshecha.

Vaya, ¡la última jugada! Puso dos duros sobre la mesa y cogió las cartas prestamente antes de que la franchuta, que ya echaba la garra, las trincase.

—¡Ocho!

El banquero volvió a abatir con nueve.

La Montaraz se puso en pie. En un momento en que nadie le veía sacó la lengua al banquero, echó una mirada anonadante a su adorador, y, alejándose de la mesa, dio algunos pasos a la ventura para tornar a detenerse perpleja. Miró en derredor. ¡Nadie! ¿Dónde se habría metido Julito? ¿Y la necia de la Barbanzón?

Las dos y media señalaba el reloj colocado encima del espejo. En las amplias salas de juego del casino de San Sebastián no quedaba casi nadie de la formidable concurrencia que las llenaba una hora antes. Bajo la cruda claridad de los focos eléctricos, el salón, ha poco todo bullicio, tenía un vago aspecto de desolación que impresionaba desagradablemente. De las siete mesas que funcionaban durante la noche, cinco, abandonadas ya, tendían sus verdes tapetes donde faltaba el abigarrado triunfo de los personajes de la baraja y la música de las fichas. De las otras dos mesas, en una se jugaba fuerte y se veían agolpados en torno a ella los rostros lívidos, contraídos en una mueca de anhelo, de los jugadores que esperaban ansiosos, conteniendo hasta la respiración, la llegada de la carta que había de salvarles, y en la otra jugaban algunos juerguistas y algunas prójimas al «bacarrat de tranvía», riendo y alborotando. En uno de los salones pequeños tomaban chocolate en torno a una mesita tres o cuatro prójimas más con fantásticos atavíos y absurdos sombreros cargados de plumas, de pájaros, de flores y de frutas.

María curioseó con sus ojillos pícaros el grupo. La Pepita Sevilla, la Argentina, la Rosarito, y otra que no le era conocida. También formaban parte de la peña Perico Alpuente, con su aire «blassé», Florencio Roldán, muy «chic», muy británico, con su traje a cuadros y su cara zanahoria, y un muchachito joven y enquencle inclinado insinuante sobre las opulentas gracias de la Sevilla que, española castiza, le empujaba. ¡Pues hombre!... ¡Las manitas quietas!... y reía con su fresca risa que mostraba entre el coral de los labios la nieve de los dientes.

Esparcidas por el resto de la sala algunas otras parejas madrigalizaban o se querellaban. Pepito Montilla mantenía animado coloquio con una francesa alta y rubia que gracias a su enorme pamela «bebé», su cara estucada y pintada y sus dorados rizos tenía cierto pueril encanto de muñeca; el chico de Torralta parlamentaba con una dama madurita ya, que ostentaba hermosas joyas ganadas en una vida entera de trabajo, no del todo honesto; Paco Salazar se peleaba con la Ronacal, y algunos otros, que no conocía, mantenían conversación con las bellas.

Al través de las grandes puertas vidrieras, abiertas de par en par, veíase la terraza y más allá, con escenográfico prestigio, rociado de luceros, el cielo azul en que pendía como una lámpara de plata la luna trazando sobre la quieta superficie del mar su argentada estela.

Apoyadas en el barandal de piedra, vueltas de espaldas al salón, dos parejas hablaban. Debían ser seguramente la loca de Enriqueta con su nuevo devaneo, un secretario sudamericano de fieros ojos negros y rebeldes cabellos que le había hecho «tilín» días antes en el baile del Contri-Club de Biarritz (aquella Enriqueta, pese a sus ínfulas de gran dama y su empaque de reina zarzuelera, era incorregible y el aire pampero de su nuevo amigo, prometiéndole voluptuosidades feroces y desconocidas habíale levantado de cascos), y el otro estaba pareciéndole a María, Julito de palique con una señora gorda, seguramente la dichosa condesa viuda de la Campanada, que no se iba ni a rastras hasta que apagaban la luz y mucho menos teniendo allí al elegante bohemio con quien entregarse al dulce chismorreo. A ellos dirigíase la dama cuando a medio camino topó de manos a boca con Robledales.

Jovial, simpático, muy a la pata la llana, era el tal Robledales «un tipo». Rico sin ser potentado, independiente, sin pretensiones ni ambición, ni otro deseo que el de divertirse, incapaz de tomar nada en serio, fácil y oportuno de palabra, sobrio, pero exacto en el chiste, propio para inspirar simpatías y sembrar alegría hasta por su figura un poco cómica en su gordura fofa y bonachona, era buscado con ahínco por juerguistas, mujeres fáciles y damas tentadas a la risa. Elemento imprescindible para juergas y excursiones de placer, capaz de burlarse hasta de su sombra, pero eso sí, siempre de buena fe, sin poner hiel en sus frases (en contraposición con la de la Campanada y Julito, que pasaban por ser las peores lenguas de Madrid) era querido de todo el mundo. Tenía dos pasiones, las mujeres y los toros, y pasaba el verano entre las amables criaturas que hacen cuartel de estío de Biarritz y San Sebastián y las excursiones taurinas en compañía de los diestros de más cartel, por esas ferias de Dios.

Un cómico gesto de entusiasmo acogió su encuentro con la dama.

—¡Todavía aquí!

—Estaba jugando.

—¿Ganando?

—¡Qué ganando; perdiendo! —e hizo un ademán de aburrimiento.

Él pareció sumido en un sueño nostálgico; luego, con aire verteriano de melancolía y acompañando sus palabras de un suspiro enternecedor que hizo sonreír a pesar de su mal talante a María, añadió:

—¡Feliz usted! Ya sabe el dicho: «desgraciado en el juego, afortunado en amores».

La Montaraz protestó.

—¿En amores? Tampoco; no he encontrado en la vida ni uno. —Y añadió: —¡Ni falta que me hace!

El otro no se dio a partido.

—¡Qué ingrata! ¿Y el marqués? Cuando pierde usted es señal de que el ausente esposo le guarda fidelidad.

—¡Hombre, qué guasón! —rió la cínica—; ¿mi marido? ¡Qué monada! Pues mire usted —añadió con desaire—; prefiero la ganancia.

Mientras hablaba, su rostro de movilidad extraordinaria subrayaba con muecas chistosísimas sus palabras. ¿Bella?... No se sabía. Más bien graciosa; la boca era un poco grande, los ojos un poco pequeños; pero los labios muy rojos, frescos y jugosos, mostraban los dientes blancos y menudos en una sonrisa inteligente, luminosa y burlona, y los ojos tenían viveza extraordinaria, gracia pícara. Luego, hablaba con un deje chulesco inimitable, de madrileña neta, con una entonación mitad guasona, mitad sentimental, mezclando «timos» y giros de lenguaje especialísimos, que surgían espontáneos, risueños y picantes como surgirían en boca de una manola de Lavapiés. Toda su persona menuda y frágil tenía viveza llena de armonía, elegancia canalla que se destacaba en aquel momento bajo la indumentaria de suntuosidad un tanto aventurera. La túnica de gasa «bleu Sevres» semicubierta por una dalmática de tul bordada en oro y zafiros, dibujaba las líneas casi impúberes de su cuerpecillo andrógino y el gorro de aúreo tejido rematado por enorme penacho azul nimbaba luminosamente la cabellera de un negro azabache, peinada en pequeños bucles. ¡La Maja de Goya! Alguien le había comparado a ella, pero María protestó. No. Ella estaba mucho mejor formada que la dichosa Maja. Como no la creían, buscó testigos. Tuvo amantes. Amantes sí; amores no. Jamás quiso a nadie. Adoró las aventuras, las deliciosas aventuras, lo único que interrumpía la odiosa monotonía de la vida. Y tuvo aventuras más por curiosidad o afán de sensaciones nuevas, que por sensualidad; tuvo aventuras de todas clases y colores. Con el sinvergüenza de Julito, su gran amigo y camarada, corrió no sólo los lugares del París que se divierte, el Moulín, Mónaco, l'Abaye, sino también los sitios equívocos, Palmyr's, el Maurices-Bar, el The Ceylon —rodeada de aventureras y gentes sospechosas que ostentando raros títulos principados y condados de un Gotha imaginario vivían horas, días o meses de vida turbulenta y fastuosa y luego se hundían, desaparecían sin dejar huella en el misterio de donde habían salido. Y no sólo los lugares equívocos fueron visitados, sino también los francamente malos; los nocturnos cafetines de la Barrera del Trono y de las Fortificaciones, los «bars» mal afamados de les Halles, le Caveu, l'Angé Gabriel, le Fere a Cheval refugio de apaches y de amorosas «entroleusses» de aúreo casco y fino cuello lazado de rojo. Allí asistió a las juergas canallas en que marineros y ladrones, soldados borrachos y «souteneurs» bailaban con las prostitutas absurdos danzones de negros. De aquella época turbulenta quedáronle como recuerdo la aventura relámpago con cierto sospechoso vizconde de Malibran, que, diciéndose príncipe egipcio y descendiente de no sé qué vieja familia italiana, resultó hijo de los porteros del palacio Farnesio, de Roma, y la más sensacional y emocionante corrida con apuesto apache, el «Moreno» o el «Rizado», en un lóbrego y sucio «hotel mueblé» de la «rue de la Roquet». Con Julito también había recorrido de noche el londinense Witte Chapel y según fama (vaya usted a saber qué hay de verdad en ello, pues que Julito era el único testigo, y Julito «dilettanti» del chisme contaba siempre todo... menos la verdad), héchose violar por un marinero en una taberna siniestra. Había corrido medio mundo así a caza de lances peregrinos y había gustado de las aventuras de una noche en los grandes hoteles cosmopolitas con príncipes italianos y caballeros brasileños de ojos de brasa y enhiestos mostachos. Y había gustado del misterioso encanto de las noches venecianas y las tardes del Bósforo en Constantinopla y los amores archiducales en Viena y los tenores de ópera en Milán y los capitanes de bandoleros en Calabria. Como todas aquellas aventuras trascendieran, las gentes pudibundas en un principio se asustaron; pero poco a poco, ante su gracia y su simpatía personal, acabaron por reír y entonces sus devaneos recibieron esa consagración, esa patente de corso que significa el llamarse «cosas». Desde entonces los chistes más atrevidos, las mayores atrocidades que su desatornillado caletre discurrió, las cosas más monstruosas y estrafalarias fueron «cosas de María Montaraz».

Vuelta al buen humor por su encuentro con Robledales e incapaz de seguir una idea diez minutos, bromeó a su vez:

—¿Y usted? ¿Le parece decente? ¡Vaya unas horas de estar aquí! —e interrogó risueña:

—¿Qué pajarraca le tiene prisionero?

—Le aseguro a usted... —comenzó él.

—¡Miau! —hizo burlona.

El hombre jovial explicó:

—Si es que estoy ahí con el «Arrojadito», que talla una banca.

Pintose súbitamente vivísimo interés en el movible rostro de la dama.

—¿Está ahí «Arrojadito»? Le vi torear el otro día y la verdad es que es muy valiente. Después —añadió— yo creí que no se quedaba nunca, que en cuanto despachaba la corrida se iba con su mujer.

—Esta es la primera vez que se queda —informó el aficionado—. Como torea el viernes, no hay tiempo.

—Preséntemelo —encargó ella.

Siempre charlando aproximáronse ambos a la mesa donde el torero jugaba. Presidiendo la asamblea, entre los rostros macilentos por el trasnocheo y los torsos doblados por los vicios, destacábase la figura fuerte y juvenil del héroe popular. Lentamente, serenamente, con la misma tranquilidad con que cuadraba a los toros, servía las cartas. Ganaba mucho y un montoncillo de fichas se apilaba ante él. Sus ojos de africano, grandes y negros, paseaban tranquilamente por la concurrencia, y sus labios sonreían a todo el mundo, amigos o desconocidos, con una sonrisa pueril de niño o de salvaje que mostraba el triunfo de una dentadura impecable. Muy moreno, el pelo negro, fuerte y espesísimo, vagamente ondulado, y el pecho echado hacia adelante, había en toda su persona varonil apostura. La Montaraz se lo comía con los ojos mientras pasaba mentalmente revista al catálogo, a sus conquistas, en una especie de exposición o certamen amatorio. Era guapo. ¡Cuidado que ella los había tenido que no eran costal de paja ni mucho menos, pero aquel...! El «Rizado» era guapo, guapo también aquel sospechoso Milibran, y Alfonso Cariñana, el elegante «esportmant» y «herr Hércules», el forzudo luchador del casino de Carlsbad y los demás que pasaban por el cinematógrafo de su recuerdo; pero aquél era más hombre.

Los ojos del «Arrojadito», en su inconsciente mariposear, tropezaron con los de la dama e involuntariamente se detuvieron en ellos. La mirada vaga, serena, clara, se obscureció con un matiz de atención profunda; entonces, por primera vez, diose cuenta de la curiosidad de que era objeto, y consciente, ya miró extrañado. Recreose en el interés que inspiraba a la bella. ¡Era bonita la «gachí» aquella y se estaba timando con él! Por vez primera en el transcurso de la noche perdió, y como al contar las cartas que restaban en la baraja el banquero le avisase que eran insuficientes para otra mano, dio las fichas a un criado para que se las cambiase y se puso en pie. Robledales le llamó para presentarle a la dama.

—Joaquín, la marquesa de Montaraz, una admiradora tuya. Marquesa, Joaquín García «el Arrojadito», un poco bruto, pero buen chico.

El matador balbuceó cortado algunas palabras ininteligibles y tendió tímidamente su mano a la Montaraz. Ella la estrechó con un cordial apretón de la suya menuda y fina cargada de portentosos anillos, y amable, aseguró:

—No haga caso de Robledales, es un guasón muy grande. Crea usted que soy una admiradora entusiasta de su toreo. Le vi el otro día y me encantó. A mi no me gustan los toreros bonitos, me gustan los hombres valientes, que sepan arrimarse.

Y sin hacer caso de un irónico carraspeo de su jovial amigo, continuó:

—Lo que siento es que le he traído pato. Estaba usted ganando, y en cuanto llegué yo...

Murmuró él algo que debía de ser una galantería, pero que no llegó a oídos de sus interlocutores. Así y todo, la dama dio las gracias con una sonrisa complacida, y luego propuso:

—Cenaremos abajo juntos...

Y sin hacer caso del pertinaz carraspeo de Robledales, planeó:

—Espérenme ustedes un momento; voy a avisar a Enriqueta y Julito, y vengo por ustedes.

Y ágil, airosísima, con movimientos de una gracia insuperable, dirigiose a la terraza.

II

No era un torero bonito ni un torero de raza. La historia de su triunfo fue la historia de su valor. Llegó porque se jugó la vida en cada suerte con arrojo temerario, porque miró a la muerte cara a cara siempre, sin llegar a verla nunca. Ignoraba el valor de la existencia; no sabía lo que era la vida y la muerte, y en cambio sabía lo que era el hambre y el frío. Tal vez en ello estribaba el secreto de su triunfo.

Para desdeñar la vida hay o que ignorar su valor o que no tener nada que perder con ella. La valentía va en razón contraria de los bienes que nos jugamos. Por eso son valientes los primitivos y los desesperados. Los civilizados son siempre cobardes; la existencia les ofrece demasiados atractivos para jugársela fácilmente.

No supo lo que era miedo. Ante el toro pensó en la gloria, en el oro, en los placeres; la visión siniestra de dolor y sangre no cruzó jamás por su imaginación.

Hízose torero porque en su alma ruda, primitiva, el toreo fue la única visión de triunfo entrevista en sueños. ¡Y qué luchas para llegar de simple capeador a espada de primera fila! Desde muy niño escapábase a los pueblos a la querencia del popular festejo, ostentando orgullosamente su incipiente coleta. A la vuelta su madre le sentaba las costuras. La pobre mujer, con la experiencia que le daban los años y una vida entera de incesantes trabajos, era refractaria de aquellos sueños y se desesperaba de ver la mala cabeza de su hijo. ¡Aquel hijo le iba a quitar la vida! ¡El fruto de su vientre, maleta, rodando por esos pueblos de Dios entre golfos y perdidas, expuesto a que un torete le diese una cornada! E invocaba la memoria del padre, el señor Zacarías, un buen trabajador, hombre tan cabal y leído que hasta estuvo, en una ocasión, en que se trató de llevar al Municipio representación del «honrado pueblo», indicado para concejal. Todo fue inútil: Joaquín siguió marchándose en inverosímiles peregrinaciones. Y un día, al volver de una de ellas, encontró que habían enterrado a su madre.

Desde entonces todas sus rudas ternuras, todo el caudal de afectos que había en su alma, lo consagró al amor de su Rosario, una muchacha dulce y pálida que sentía loco amor por el torerillo valiente. Pronto nuevas luchas y tristezas vinieron a amargar su dicha. La posición de la chiquilla era si no brillante, desahogada. Su padre, un buen obrero, ganaba de inspector en una fábrica lo suficiente para cubrir las modestas necesidades de su familia. El señor Damián y la señora Dolores eran gentes tranquilas y no querían un yerno torero. Ruegos, lágrimas, razones, todo fue inútil. Comenzó para los enamorados una era de dificultades y sobresaltos. Unas palabras furtivas a la salida de la iglesia, un rato de coloquio en la reja florida de rosas y claveles, entre los que adquiría la amada el misterioso encanto de una aparición mística, una flor que caía con el tallo tronchado por los dientes, una entrevista en la tapia del jardinillo, en que, bajo la benévola sonrisa de la luna, el futuro héroe tejía en los oídos de su novia un madrigal, eran los únicos consuelos que podían permitirse.

Pero todos aquellos obstáculos no le amilanaron. ¡Bah! Sería torero, un gran torero, y los padres de Rosario, ante la visión del dinero y los aplausos, cederían. Y soñaba, durmiendo en las cunetas de las carreteras, camino de los pueblos donde iba a torear, en mantones de Manila cubiertos de fastuosa flora, en que envolvería a su Rosario, y en los solitarios como garbanzos que gracias a él fulgurarían en sus orejas.

En aquellos días de prueba conoció a Robledales. En una novillada celebrada en no sé qué obscuro villorrio, donde una avería del coche obligara al aficionado a detenerse, éste vio torear al muchacho. Al principio lo tomó en broma, sus arrestos le hicieron reír; pero poco a poco el valor asombroso del chico, su pueril petulancia, la gracia ignata de sus movimientos lleváronle a vaticinar un astro futuro y comenzó a protegerle. El chico, además de valiente, era bueno; ninguna de las malas mañas de sus compañeros habían arraigado en él, y así el afecto del protector aumentó.

De nuevo vino la muerte a borrar un enemigo a sus sueños, pero al mismo tiempo, y por raro contrasentido, dio con ellos en tierra, al parecer para siempre.

Hallándose Robledales en América, una lenta y terrible dolencia arrebató la vida, tras comerse todos sus ahorros, al señor Damián. Corrió Joaquín a ver a su amada. En la casa, antes tan alegre, desarrollábase una escena terrible de dolor. No sólo perdían las infortunadas mujeres a un ser querido, que era su único apoyo, sino que además quedaban en la miseria. En el tosco espíritu del muchacho incubose rápidamente uno de esos sacrificios que nos hacen dar en holocausto de un cariño más que la vida, las ilusiones y las esperanzas. ¡Él las salvaría! Él, a quien no hubo fuerza humana que le hiciese renunciar al toreo, lo abandonaría voluntariamente para trabajar y sería el apoyo que faltaba a las desdichadas hembras. Y dos días después, hallado ya el jornal en una fábrica, se presentó a la señora Dolores, llevando en prenda aquello de que más orgulloso estaba, el símbolo de sus glorias: su coleta.

La pobre mujer no supo sino abrir los brazos, y llorando, estrecharle en ellos.

—¡Hijo! ¡Hijo de mi alma, qué bueno eres!

Meses después se casaron Joaquín y Rosario. Desde entonces la vida se deslizó monótona en un ambiente gris de felicidad humilde. De los antiguos ensueños no parecía quedar nada en pie; la quimera había plegado sus alas y entornado los párpados ocultando el malsano fulgor de sus pupilas glaucas y fascinadoras. Una niña, nacida un año después de la boda, había completado la dicha de aquel hogar. Joaquín trabajaba mucho, su honradez y laboriosidad le granjearon pronto la estimación de sus superiores y lentamente las ganancias aumentaban y con ellas el bienestar. Sólo de tarde en tarde la visión de un cartel de toros que con sus joyantes colores alegraba la vista inspirando ideas de triunfo y de alegría o el bullir de la multitud camino de la Plaza, despertaba como un eco nostálgico sus antiguos ensueños. Transcurrieron tres años, y al fin de ellos, un día Joaquín regresó a su casa con un pliegue de preocupación en la frente. Apenas cenó, y ya recluidos en la alcoba nupcial, confesó a su mujer con timideces de niño el delito. Se había encontrado con Robledales que buscaba un novillero para la corrida del siguiente día, pues la cogida aquella tarde del «Chico de las verónicas» dejaba el cartel incompleto y se lo había propuesto a él. Primero se negó. ¿Estaba loco? No sabía que él había sentado la cabeza y era ya hombre formal. No; no torearía. Pero Robledales había insistido. ¡Era un cobarde! ¿No le daba vergüenza? Él, que tenía un gran porvenir en los toros, estar pasando miserias y siendo un pobre obrero. Hasta por su Rosario, hasta por su chiquilla, su nena, debía hacerlo. ¿Es que le daban miedo los toros? Le habían hecho beber, habían excitado su amor propio, y acabó por aceptar.

Su misma ansiedad le dictaba razones que balbuceaba al oído de su mujer esperando ansioso, con extraña opresión de anhelo en el corazón, la sentencia que consideraba inapelable. Si ella no quería, se volvería atrás y retiraría su palabra.

Con alegre sorpresa suya, Rosario no se indignó, ni protestó airada de aquella locura, ni menos formuló una prohibición. ¿Por qué no había de torear si aquél era su gusto? Ella le quería ante todo feliz, y si ser torero formaba parte de su dicha, fuéralo en buen hora. Los hombres tienen sus cosas y justo es darles gusto en ellas. Además tenían la niña, y ella, que no era ambiciosa por sí, éralo por su hija. Cierto que le daba miedo, cierto que su vida serena y tranquila iba a verse sacudida por hondas agitaciones, y que iba a pasar temores y ratos crueles; pero tenía fe en la Virgen Santísima y «Ella» se lo libraría de peligro. Juntos hicieron el plan. Era preciso ocultárselo a la madre, pues la señora Dolores, vuelta aún más gruñona por los años, seguía con su irreconciliable inquina por el toreo, y el proyecto de su yerno le sacaría de quicio. Decidieron, pues, no decirle nada hasta que hubiese pasado la cosa. Si él vencía, el mismo júbilo le haría aceptar los hechos consumados, y si salía derrotado, estaba resuelto a volver al trabajo.

Y llegó el día de la prueba y el «Arrojadito» triunfó. Los aficionados viejos no recordaban en su larga vida de taurómacos un éxito como aquel. El nuevo torero había estado enorme, colosal. Valiente hasta la temeridad, se había jugado la vida a cada instante con una serenidad magnífica que enloquecía a la muchedumbre; agilísimo había dado quiebros prodigiosos y lances de capa inenarrables. Y por fin, en la suerte suprema, había desplegado tal valentía, y tal arte, que el pueblo, entusiasmado, invadió el ruedo y le sacó en hombros.

Cuando la señora Dolores le vio llegar así, aplaudido, festejado, mimado de todos, no tuvo valor para la protesta, y como siempre que le sucedía algo, fuese bueno o malo, rompió a llorar.

Desde aquel día las contratas llovieron a granel, el dinero abundó y un grato bienestar se entronizó en la casa. De corrida en corrida el éxito se agrandó; cada estocada era un paso en el camino de la gloria; su nombre victorioso recorrió toda España. Un año más tarde tomó la alternativa. Era el torero más valiente, el más fuerte, el más castizo. Y Joaquín, inconsciente, siguió jugándose la vida con alegría pueril.




III

En la desolación del paisaje las montañas alzaban, bajo el cielo entoldado de nubes, sus desnudos picachos como torreones de una fortaleza de titanes. Por entre ellas serpenteaba la carretera en rápida pendiente, enroscándose a la montaña. Abajo, en las laderas cubiertas de tierra gris, en que ponían una nota obscura los tojos y zarzales, veíanse esparcidos algunos pueblecillos miserables, tristes, semiderruidos, dominados por los campanarios de sus pobres iglesias. A lo lejos, en todo lo que alcanzaba la mirada, un desierto monótono, parduzco; y limitando el horizonte montañas de piedra que amurallaban el paisaje, más triste aún bajo la blanquecina claridad de la mañana.

El automóvil, entre grandes resoplidos, escalaba la montaña a toda presión de su motor de ochenta caballos. Desde el choque con el paso a nivel, el dichoso artilugio no funcionaba del todo bien provocando sus sospechadas averías gran inquietud en los excursionistas, que temían no llegar a tiempo para presenciar la corrida.

Verdad que al parecer no había sufrido ninguna descomposición irremediable. La rotura de un farol y una insignificante torcedura en el freno, no eran bastante a impedir el buen funcionamiento de la máquina; pero aquel incidente había llevado cierta desconfianza sobre la habilidad del dueño y «chauffeur» a los corazones de sus invitados. Además, Julito Calabres, siempre deseoso de hacer sensación y no contento con dejar patitiesos con su traje violeta de exageración caricaturesca a los madrugadores que habían presenciado la salida de la expedición, desde la terraza del hotel, dedicábase a contar tremebundas catástrofes y espantables historias de automóviles despeñados y excursionistas hechos tortilla en el fondo de los precipicios, muy divertido del espanto de Enriqueta Barbanzón que se veía ya en el lecho de un barranco con su «toilette» de «Redfern» hecha una lástima.

Habían salido a las ocho de la mañana de San Sebastián, pues aunque la cita era a las seis, hubo que ir sacando uno por uno de la cama a los excursionistas. El trasnocheo a que estaban acostumbrados, la gran afición pictórica de aquellas damas (no había sino mirarles la cara), el sueño fácil y pesado del «Arrojadito» y los interminables trámites de la vestimenta de Julito Calabres, hubiesen retrasado la salida hasta las dos de la tarde si Pepe Rodríguez, propietario del automóvil a quien María con su «sans fason» habitual había embarcado para que les llevase, no hubiese ido de Hotel en Hotel metiendo prisa y amenazando con no llegar a tiempo para contemplar los primores que «Bombita» y «Machaquito» harían en la corrida.

Él, Pepe Rodríguez, estaba en pie desde las cinco de la mañana; claro que no era su aseo y vestimenta obra de romanos (¡ni mucho menos!) y que en cinco minutos estaba aviado. Él era muy hombre y fanático de aquella vieja teoría que supone en los hombres la obligación de oler a tabaco, a perro, a caballo y no sé si a alguna cosa peor, y sentía en su alma de señorito juerguista, gallo de cafés y giras campestres, gran conquistador de cupletistas averiadas en «tourne» provinciana, hondo desdén por las mamarrachadas de aquel fantástico Julito que se perfumaba como una «cocotte» y se ponía sortijas dignas de un radja de guardarropía. Era, en el fondo, un buenazo, simpático y llanote, leal y sincero amigo, que, trastornado por las enigmáticas delgadeces de la Barbanzón, por sus ojos de pasión rodeados de livores y sus altivos aires de reina destronada, se había incorporado a la pandilla y con ella era escándalo y ludibrio de gentes honestas y timoratas.

Ocupaban el asiento del fondo en el carruaje María, que mostraba su carita desvergonzada semioculta entre gasas verdes que le daban cierto picante aspecto diabólico, el «Arrojadito» prensado contra la dama en manifestación de amor casi primitiva, y Enriqueta Barbanzón, que no pensaba sino en resguardar su indumentaria del polvo y su peinado del aire. En los asientos laterales habíanse acomodado Julito y Robledales y en los del fondo, y dando la espalda a Rodríguez, «Madame» de Narbone, extraordinaria en su estrepitosa belleza de Venus ticianesca, y el «Fruterito», amigo y banderillero del diestro.

Era la francesa una verdadera francesa de novela, de esas que, enamoradas de la España de pandereta, inspirándose de los escritores de su país, había venido a la prosaica tierra del garbanzo, decidida a hacerse amar de un toreador valiente, raptar por un José María y pasear a la grupa de un picador por la calle de las Sierpes. Gran amiga de María, a quien conoció en un albergue de marinería en Nápoles, al llegar a San Sebastián, su primer cuidado fue buscarla deseosa de reanudar las sospechosas aventuras corridas en otros días en la bella ciudad italiana. María y su inseparable Julito, siempre a caza de tipos raros con que pasmar a los burgueses, acogieron su llegada como la venida del Mesías y la presentaron a todo lo peor que conocían. Pronto hizo honor a sus maestros y comenzó un devaneo con el «Fruterito» que, alhagado por la conquista de tan alta señora, se prestaba a todos los disparates que a ella se le ocurrían y que no eran pocos. Era una loca, según autorizada opinión de sus amigos; decía desatinos de un cinismo inconsciente, maravilloso, y delante de su marido (Monsieur de Minotauro —le había bautizado Calabres) se jactaba del amor que sentía por los toreros. ¡Oh, los toreros valientes! Y él sonreía paternal, benévolo y comprensivo, y encontraba ¡tan interesante!... los devaneos de su mujer. ¡Él la conocía bien! «¡Un ángel!» Cierto que en una ocasión se le escapó en Roma con un modelo de pintor, pero lo hizo sin malicia, por puro amor al arte, por curiosidad, por romper la monotonía de la vida. Ahora iba el caballero, impecable en su aspecto discreto de respetabilidad, sentado en el pescante junto al dueño que conducía el coche, y sin importarle lo que sucedía a sus espaldas, calculaba el tiempo que faltaba para el almuerzo, lamentando sinceramente no haber comido un poco de pollo y un entrecot además de los cuatro huevos y el café que había tomado para entrenarse hasta la hora del yantar.

El automóvil había acabado de subir la empinada cuesta, y ante la vista de los excursionistas se abría el panorama de los campos, tristes en su grisosa monotonía, apenas interrumpida por las notas incoloras de algunos poblados. Campos heroicos que fueron teatro de las épicas luchas civiles, cada pueblecillo, cada lugar de aquellos que se entreveía a lo lejos, tenía un nombre evocador de cien leyendas de heroísmo, de abnegación, de fanatismo y de crueldad. Allí cabalgó al frente de su Estado Mayor el Rey caballeresco, fuerte, apasionado y creyente, como el héroe de los tiempos medioevales. Por allí, el que se creía investido del poder de Dios, paseó sus impaciencias cuando tenía en Estella el cuartel Real.

Julito, con una ilustración de «Bedaker», comenzó a rememorar lances de la guerra civil. La Narbonne suspiró. ¡Quién hubiese vivido en aquellos tiempos caballerescos! Y la idea de las ferocidades del cura de Santa Cruz y de las brutalidades de los mozos lanzados al asalto de pueblos indefensos, la hizo palpitar de voluptuosidad mientras fijaba una mirada de cordero agonizante en el torerillo que llevaba al lado.

El automóvil se había lanzado raudo cuesta abajo, y los tripulantes cerraban los ojos, entregándose con rara sensación de placer al vértigo de la velocidad. La carretera se abría ante ellos blanca, recta, igual, libre de obstáculos, y el pesado carruaje parecía volar en un torbellino de polvo. De momento en momento la velocidad aumentaba, sin que Rodríguez intentase atajarla. Todos hablaban ahora nerviosamente, engañando su inconsciente temor con un júbilo falso y sin querer ninguno ser el primero en darse por vencido confesando su miedo. Al fin Robledales se rindió. Él no presumía más. Le tenía sin cuidado la opinión ajena, y la verdad, no le haría maldita la gracia que aquellos locos le espachurrasen.

—¡Eh, tú, Pepe, que nos vas a matar! —gritó al conductor.

—¡No hay cuidado; vamos al pelo! Ochenta y cinco kilómetros por hora.

Hubo breve pausa silenciosa. Ahora era María la que no quería morir. La vida era demasiado agradable, y más con aquel nuevo amor que se había echado, para romperse la cabeza sin más ni más.

—Mira, Pepe, no seas animal y acorta el paso, que nos vas a descrismar.

—Voy, voy...

La voz de Pepe había sonado extrañamente timbrada de un vago temor. Hacía ya minutos que realizaba titánicos esfuerzos para parar el coche sin poderlo conseguir. Con manos y pies se esforzaba en detener la vertiginosa marcha, que en vez de disminuir aumentaba por momentos. Un sudor de agonía perlaba su frente y sentía frío en los huesos. ¡El dichoso freno! Debía de haberse soltado la cadenita e iba a matarse y a matarlos sin remedio. Para componer la avería sería preciso que él o alguien conocedor del mecanismo expusiese la vida montándose sobre la caja y enganchando la cadena, si como él creía en eso consistía la avería. Pero, ¿quién? Por exigencias de María, que tenía gran empeño en que cupiesen todos, no había llevado mecánico, y si él lo hacía, ¿quién guiaba mientras? Además, si daba la voz de alarma, aquellas gentes enloquecerían de miedo, y Dios sabe qué disparate eran capaces de hacer. Y la cosa urgía. Dentro de unos minutos llegarían a las curvas que formaba el camino al dejar la montaña, y a aquella velocidad les sería imposible tomarlas bien y se matarían sin remedio. María tornó a gritarle con voz vagamente alterada:

—¡Eh! ¡Estás loco! ¡No ves que nos vas a estrellar!

Hizo un esfuerzo, y volviéndose a medias en el asiento, avisó:

—No puedo parar. Debe de haberse soltado la cadena del freno.

María quiso echarlo a broma, y con voz que pese a ello temblaba, reprochó:

—No gastes guasas con esas cosas, y para.

—Si no puedo —aseguró él veraz—. Haría falta alguien que se montase en la caja y sujetase la cadena.

Ante la inminencia del peligro los excursionistas deliberaron. ¡Zapateta! ¡No era nada! ¡Probabilidad de romperse la crisma! ¿Quién se sacrificaría? En monsieur de Minotauro no había ni que pensar, antes les dejaba morir a todos que exponer él su pellejo. Rodríguez no podía abandonar la manivela; el «Fruterito» era demasiado bruto, y además, madame de Narbonne se había agarrado a él como a un clavo ardiendo, y estaba decidida a morir en su compañía y no sé si a que les enterrasen juntos; la Barbanzón, hermética, meditaba: «¡Lástima de vestido! ¡Si ella lo llega a saber, cualquier día estrena traje para ir con aquellos desatinados!» Julito se ofreció a ello. Había un algo de elegante en aquella postura de desdén por la vida, y él, en su snobismo, sentía intensamente su encanto. Con una indiferencia «muy griega» se brindó:

—Yo lo haré.

Rápidamente salió al estribo y se inclinó. El polvo y el humo le cegaron, obligándole a echarse hacia atrás. No. Imposible. No le daba miedo morir; pero aquella muerte antiestética, triturado por un automóvil, le horrorizaba. Además, ¿y si no moría? Roto, sucio, hecho una lástima, la «toilette» sensacional convertida en un guiñapo; en vez de la entrada triunfal, una llegada ridícula, que ni siquiera tendría el prestigio del hecho heroico, que contado y por ende arrancado del escenario, perdería la mitad de su fuerza dramática. No. ¡Imposible!

—Yo no puedo —aseguró, volviéndose dentro del coche.

El «Arrojadito» se ofreció a su vez:

—Voy a probar yo.

El primer impulso de María fue oponerse al sacrificio de su amante. Luego lo pensó mejor. Era bonito: el gran torero muriendo por ella en un accidente de automóvil. Además, le iba en ello la vida, y no era cosa de sacrificarse en un impulso romántico indigno de una nitschana como ella.

El peligro aumentaba por momentos. O paraban o antes de cinco minutos se mataban irremisiblemente. Sin perder tiempo salió el torero a su vez al estribo. El automóvil corría con velocidad vertiginosa cuesta abajo, entre densas nubes de polvo y humo. Árboles, rocas, postes de telégrafos, huían en fantasmagórica carrera de pesadilla, y como en esos angustiosos sueños que nos hacen despertar anhelantes, aquella loca marcha daba la sensación de vacío de una caída en el abismo.

Joaquín, sosteniéndose con una mano, dobló el cuerpo sobre el estribo y trató de coger la cadena que pendía en locas oscilaciones. ¡No alcanzaba! Con dislocada agilidad gimnástica se estiró más. Una voz llegó angustiosa hasta él:

—¡Pronto, pronto, que nos matamos!

Hizo un esfuerzo supremo y la cadena quedó enganchada. El automóvil rodó aún algunos metros y se detuvo al borde del abismo en el momento que el «Arrojadito» saltaba dentro y caía en los brazos de María.

Julito y la Barbanzón respiraron, y la francesa creyó oportuno desmayarse sobre el pecho del banderillero.




IV

Las luces de la feria se iban apagando poco a poco. Todavía brillaban los arcos voltaicos de un cinematógrafo y a lo lejos un tiovivo cargado de dorados y lentejuelas daba vueltas a los sones de ramplona musiquilla, que llegaban hasta allí apagados y melancólicos.

Comenzaban los vendedores a cerrar sus puestos y a recogerse en ellos; hombres, mujeres y niños, formando enormes familiones, venidos de la montaña para presenciar las fiestas del patrón, ambulaban atontados de un lado a otro buscando un refugio para pasar la noche, y la población toda, de común tan tranquila, ardía en una vida ficticia.

En la terraza que bajo los soportales de la plaza había improvisado el dueño del Hotel Imperial acababan de tomar el chocolate, de vuelta del teatro, la Montaraz y los demás de la pandilla, más algunos «aficionados» y admiradores del «Arrojadito». Discutían todos los lances y peripecias del taurino festejo de la tarde, y mientras don Godofredo, con el tirolés verde, que, según Julito, más parecía un huevo frito caído sobre la oreja, discutía con el monstruoso don Zenón los floreos del «Bomba», los otros reían y hacían chistes subidos de color. Sólo María, de un humor endiablado, no prestaba atención a los discreteos, y puesto en ello sus cinco sentidos, espiaba, con el rabillo del ojo, a dos aventureras de vistoso atavío y buen palmito que bebían champaña, sentadas a otra mesa, en compañía de un tipo que ella conocía de verle rodar por las salas de juego de San Sebastián y Biarritz. No le cabía duda que una de ellas (la rubia del sombrero encarnado, por más señas) se estaba «timando» con el torero, y aún que (y esto era lo que le sacaba de quicio) él correspondía a sus miradas con otras, si no tan incendiarias, también cargaditas de electricidad.

Aunque aún no tenía derechos adquiridos, pues entre ella y el muchacho no había sino un escandaloso flirteo, los manejos de la zurlipanta para birlarle a su adorador le estaba poniendo los nervios de punta. ¿Qué se había creído la tía aquella? ¡Habrase visto pendón! ¡Mirar a un hombre que era suyo, que estaba enamorado de ella!

Porque Joaquín estaba loco por ella, de eso estaba segura. No había sino mirarle a la cara para observar el cambio enorme operado en aquellos quince días. Más pálido, más ojeroso, con no sé qué brillo malsano en las pupilas y qué extraña sequedad en los labios, la envolvía en largas miradas sombrías. Además, él tan formal, tan buen chico, no hablaba para nada de volver a su casa con su mujer y su nena, sino que empalmaba corrida con corrida y seguía junto a la dama que, a decir verdad, no se mostraba esquiva con él. Aquel mismo rendimiento era su mayor enemigo, pues segura ella de su poder, sabía con supremo talento de mujer hecha en tales lides, negarse y ofrecerse alternativamente, resistiendo unas veces a sus rudas acometidas con el tesón de una virgen sagrada, desarmando otras su enojo con una caricia, ondulante, escurridiza, camaleóntica, cediendo siempre sin llegar a caer nunca. Por vez primera él, aquella noche, separaba los ojos de ella para fijarlos interesado en otra mujer. Así, la Montaraz, nerviosa, inquieta, esperaba el momento de recogerse con cierto temor de que él quisiera quedarse allí.

De pronto latiole violentamente el corazón; el galán de aquellas señoras se había puesto en pie y venía a ellos. Llegado a la mesa, saludó a todos, y luego, acercándose al «Arrojadito» habló con él en voz baja. María aguzó la oreja para tratar de enterarse, pero hablaba muy quedo y sólo alcanzó frases truncadas.

—...Sabes, esas del «Olimpo», la del escándalo...

—Sí, sí; ya sé quién son —replicaba el torero—, pero ahora estoy con estas señoras y no puedo.

No pudo la curiosa dama enterarse del nuevo argumento empleado por el tentador y sí sólo de la respuesta de su amado, que menos cuidadoso hablaba más alto.

—Te digo que ahora no puedo.

—Si no es ahora, es cuando se suban —argüía el otro impaciente.

Joaquín parecía vacilar. Una opresión extraña ahogaba a la dama y el anhelo loco de una negativa agitó su corazón. Se vio defraudada. El torero, tras breves instantes de duda, pareció tomar su partido.

—Bueno, espérame; en cuanto les deje, volveré a bajar.

María sentía insensata rabia. ¡Infames! Luego, la dulce duda la ofreció un refugio. ¡Bah! No bajaría; había aceptado para librarse de aquel pelmazo y zafarse del compromiso. ¿Cómo conseguir una certeza? Un ardid femenino se le ocurrió. Interrogarle a él. Si decía verdad, era señal de que no pensaba bajar; si mentía, la aceptación era cierta.

—Oiga usted —interrogó con aire indiferente como el que no quiere la cosa—. ¿Qué buscaba el trasto ese? ¿Algún recado de las pelanduscas?

Mintió él.

—Nada, tonterías. Un billete «pa» los toros de mañana. Le he dicho que en «er» despacho hay un tío que los vende.

Despechada, nerviosísima, deseando despejar la incógnita, María sintió invencible sueño y mirando su reloj, se dispuso a subir.

—¡Pero ustedes saben la hora que es! ¡Las dos! ¡Y mañana hay que madrugar!

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Con prodigiosa rapidez de transformista, María concluía su tocado nocturno. Las voces de Julito y Joaquín, que hablaban en el pasillo, le tranquilizaban respecto a la oportunidad de su salida. Mientras el elegante estuviese allí, «Arrojadito» no bajaría a la cita de las prójimas. Había que ganar tiempo, y la excitada señora daba los últimos toques a «deshabillé». Hay que confesar que estaba guapa, con el perverso encanto de bacante o de sacerdotisa de un culto lascivo y pasional. Una bata de muselina blanca moldeaba la ambigua gracia de su cuerpo de adolescente, dejando desnudo merced al cuadrado escote y a las cortas mangas, el cuello fino y los redondos y torneados brazos. Había sacudido la cabellera corta y rizada que nimbaba de sombra el rostro pálido en que los labios eran encendidas brasas.

Al fin oyó a Calabres que se despedía y al torero que entraba en su cuarto; luego, una pausa silenciosa, y al fin una puerta que chirriaba, y escuchó pasos de persona que avanza quedamente. ¡Él! Resueltamente abrió la puerta y diose de manos a boca con «Arrojadito».

Con habilidad de artista consumada fingió profundo asombro:

—¡Ay!

Él se detuvo, y disimulando con una risa falsa su turbación, interrogó:

—¿Le asusto?

—Asustarme, no —aseguró ella—. Pero como les creía a todos durmiendo...

—Yo, no —y buscó inútilmente un pretexto con que excusar su salida.

Más dueña ella de sí, dijo a modo de explicación:

—Yo no podía dormir con una jaqueca atroz que se me ha levantado, y como antes vi una terracita que daba sobre un jardín, se me ha ocurrido ir a tomar el fresco allí para ver si así se me pasa el dolor.

—¿Se puede acompañarla? —interrogó él.

Vaciló la Montaraz, fluctuando entre tomarlo en serio o a risa, y decidiose al fin por este último partido:

—¡Hombre, le puede hacer daño el relente!

Él imploró humilde vencido al encanto de la dama:

—Déjeme ir. ¡«Pue» que mañana me mate «er» toro y «jasí» llevaré su recuerdo «ar» otro mundo!

Había una súplica tan apasionada en su voz que María cedió:

—Venga usted, si quiere.

Caminaron pasillo adelante, y al llegar ante una puerta vidriera abrió ella y penetraron ambos en una pequeña terraza que avanzaba sobre el jardín.

Era un jardín provinciano, lleno de un gran encanto melancólico. Así, bajo la diáfana claridad de la luna que lucía en el cielo azul obscuro como un ópalo caído en un tapiz cobalto bordado de oro, adquirían las cosas una belleza vaga ensoñadora. Entre macizos de bojes y arrayanes, que comenzaban trazados de calles inacabadas, florecían los rosales.

Bajo la luz del sol debía de ser aquel un jardín vulgar; pero así, visto a la teatral claridad de la luna, tenía poética belleza. Como en la escena del balcón de «Romeo y Julieta», María se apoyó en la balaustrada. Toda blanca, hecha de gasas y de luna, manchada la eucarística albura del rostro por la sacrílega herida de los labios, semejaba una aparición a la vez pasional y mística. Joaquín se colocó junto a ella, y ambos permanecieron silenciosos. Él la miraba turbado por intensa sensación pasional, sin atreverse a hablar. Ella, las narices dilatadas de voluptuosidad, aspiraba el acre aroma del jardín. Al fin ella, más dueña de sí, habló:

—Parece que se me pasa el dolor de cabeza.

Luego, como él siguiese callado, bromeó:

—¿Se ha dormido?

Con voz temblorosa de pasión comenzó a hablar:

—No me he dormido: es que cuando estoy a su vera siento como un ahogo que no me deja hablar. «É» como una alegría «mu» grande que me diera gana de llorar; «argo» que «é» pena y alegría.

Hizo una pausa y después siguió:

—A veces, allá en mi tierra, he «sentío» cosas de éstas cuando andaba solito por los campos y olía a gloria y cantaban los ruiseñores. Entonces, como ahora, sentía esta penita muy dulce, muy buena...

Y como ella callase tercamente, interrogó tuteándola de súbito:

—¿Sabes por qué, di, sabes por qué? ¡Porque te quiero!

Y como ella siguiese silenciosa, un brazo audaz rodeó su cintura.

María no protestó, no hizo resistencia. ¿Para qué? Le quería. Se daba exactamente cuenta de que su voluntad entera no le serviría para defenderse una hora más. Una de aquellas súbitas rachas pasionales que le dominaban de vez en cuando se había enseñoreado de ella ahora. Le quería; más que quererle, sentía una atracción invencible hacia él; una incapacidad física de resistencia. Él, a su vez, en contacto con el cuerpo de la morena, que adivinaba semidesnuda al través del liviano tejido de la bata, experimentaba loca ansiedad de morder aquellos labios prometedores de voluptuosidades y de mirarse en el fondo de las pupilas agitadas por la tormenta pasional.

Poco a poco se fue estrechando contra ella en loco abrazo que le hacía sentir las tibias carnes de la mujer moldeándose a su cuerpo; sus labios secos, quemantes, se posaron en el desnudo cuello, y en una caricia dulce, mordedora, fueron subiendo hasta encontrar los labios de la amada y fundirse con ellos en un beso interminable, mientras los ojos se hundían en el abismo de los ojos.

La luna, avergonzada, escondió su rostro en una nube, y en la paz de la noche vibró un cantar:


Fueron mis ilusiones
flor del almendro;
flor temprana que al soplo
muere del viento.
 

V

Al salir del Ideal Room, por espontáneo impulso de ambos, sin mediar previo acuerdo ni cambiar palabra, echaron a andar calle Alcalá abajo. Joaquín iba triste, con una tristeza rebelde, impoluta de cobardes resignaciones. En aquel alma primitiva la pena tenía algo de nerviosa impaciencia. No saboreaba el dolor delectándose en él, como sucede en algunos espíritus refinados que paladeaban la voluptuosidad del sufrimiento; por el contrario, en el suyo revestía casi la forma de un malestar físico.

Robledales, que hacía ya tiempo que oteaba aquellas tristezas en lontananza sin poder remediarlas, y que profesaba al muchacho sincero y casi paternal afecto, dábase bien cuenta de la tragedia anímica de que era víctima.

Salían del aristocrático restaurant, adonde pese a los sofiones del teatro, «Arrojadito» se había empeñado en ir a ver a la ingrata. Habían, pues, entrado contra la voluntad de Robledales a tomar una copa de jerez, y, como era de esperar, después de la primera parte la nueva entrevista fue un desastre.

Ni siquiera le quedó el consuelo de estar junto a la amada, pues aparte de que ella no se lo propuso, la mesa estaba completamente rodeada de gente. Venían todos del estreno de «Los cascabeles de la Muerte», una obra simbólica de Julito, que había obtenido un éxito, mejor un fracaso de escándalo. Posando de cínico contaba el autor las peripecias de entre bastidores durante el estreno, y, para variar, se reía de todos, empezando por sí mismo. En estilo joco-serio narraba gestos y posturas, mezclando nimiedades con ideas y juicios atinadísimos, con ligereza peculiar en él. La característica, al salir de escena después de una borrasca del segundo acto, se había abrazado a un tramoyista presa de un ataque nervioso, y la novia del muchacho, creyendo que lo hacía intencionadamente, en un rapto de celos le había dado en la cabeza con la cosa más pesada que encontró a mano y que resultó ser ¡un ejemplar de la dichosa comedia! Él, Julito, se había visto ya emulando a cierto escritor americano a quien en el estreno de una obra suya habían silbado en el primer acto, tirado verduras en el segundo (la de la Campanada comenzó a pensar en la conveniencia de estrenar), y a quien, por fin, en el tercero, habían tenido que sacar del teatro disfrazado con un traje de la característica para que el público no lo matase. Pero, ¡bah!, no le importaba nada el fracaso.

—No hay nada —decía el autor silbado con su prosopopeya habitual— tan cerca de un gran éxito como un gran fracaso. Entre uno y otro no media sino un solo aplauso. Los éxitos medianos, medianos son siempre, y jamás pueden convertirse en un gran triunfo; en cambio, un fracaso tremendo se convierte facilísimamente en un éxito colosal.

Seguía por aquel orden sus disertaciones y todos le escuchaban risueños, muy divertidos de las paradojas con que afirmaba su fama de escéptico. Entre todos aquellos dimes y diretes, la de la Campanada aprovechaba la confusión para comerse las «brioches» que correspondían a los demás. María Montaraz era la que más atención ponía en las palabras del narrador. Y era tanta la que ponía la morena dama que apenas si fijó en el torero una mirada indiferente de sus doradas pupilas. ¡Y si a lo menos fuese eso solo! Pero no; compartía su atención con las razones de Julito la persona de un amigo o intérprete de éste, un hombre pequeño y nervioso con una carátula de histrión muy blanca, surcada de profundas arrugas que más parecían cortes donde lucían dos ojos redondos, brillantes como carbunclos y en cuya frente dejaba un extraño rastro un mechón de pelo lacio.

Molestado por el frío desdén de la dama, habíase levantado, y seguido de Robledales, salido a la calle sin merecer sino un vago y distraído saludo de los del grupo.

Aquello venía preparándose desde hacía tiempo. Mientras caminaban ahora por la acera del ministerio de la Guerra, evocaba «Arrojadito» la decadencia de sus amores.

Al principio, María Montaraz estaba loca con su nuevo «flirt». Cada brusquedad, cada torpeza, cada falta de habilidad mundana, era para ella un encanto más de su amante, una cosa muy graciosa, muy original, muy «chic» que contarle a Julito y con que epatar a la Barbanzón. Como si no bastase con esto, los transportes de pasión feroz del torero, además de alhagarle, producían en su gastada naturaleza de mundana una sensación de fuerza, de sinceridad, que le encantaban. Mientras sus locas aventuras tuvieron por escenario las villas costeras y por espectadores a los ambiguos públicos de las playas de moda y los asombradizos de las provincianas urbes, su existencia fue una carrera triunfal. Fueron de escándalo en escándalo, llamando por todas partes la atención y gozando en dejar admiradas a las pobres gentes que encontraban en su camino. Pero pasó el verano con la vida corretona y el otoño con las benévolas complicidades de París, y llegó el momento del retorno a los patrios lares y con él las dificultades. Madrid era Madrid, con su vida social llena de ineludibles obligaciones; había deberes de decoro y prudencia, y las gentes, aunque anchitas de manga, no llegaban hasta tolerar ciertas cosas. María tenía su posición y no podía hacer lo que le daba la gana, so pena de tirarla por el balcón. Su amistad con el torero, que en las andanzas veraniegas tenía cierta excusa, trasladada a la corte no tenía razón de ser. «Arrojadito» no era ni siquiera aquel Julio Forestal poeta chirle, de largas guedejas, a quien ella exhibió por los salones recitando odas y sonetos, ni aquel nervioso violinista polaco, Sigfred Copinski, que impuso la dama como elemento imprescindible en todos los conciertos aristocráticos: era un torero, un hombre del pueblo, sin educación ni principios, que si bien en verano es tolerable, en invierno era absolutamente inadmisible.

Pero Joaquín no lo comprendió o no quiso comprenderlo así. Cada vez más ciego en su pasión por ella, dispuesto a sacrificarlo todo, porvenir, familia, dinero, empezó a perseguirla, a pegarse a ella, a no dejarla ni a sol ni a sombra, y ante aquella asiduidad la murmuración subió de punto y las gentes honradas primero, las hipócritas después, los que tenían el tejado de vidrio o las barbas a remojar, según el dicho vulgar, más tarde, la fueron, no desairando, pero sí dejando, haciendo el vacío en derredor de ella. María sintió intensa furia. ¡Hasta ahí se podía llegar! Su amor por el torero se trocó en rabia, una rabia mal intencionada de gata cruel y caprichosa que de pronto en una caricia sacaba las uñas para arañar. Las mujeres casi nunca hacen daño con un puñal, casi siempre lo hacen con un alfiler y María empezó contra su amante un lento suplicio. En su malsano histerismo de mundana cansada, esperó tal vez algo de innoble, de canalla: una explosión de bajos celos que equiparase a aquel hombre con los chulos y a ella con una perdida. Pero Joaquín a sus crueldades correspondió con ternuras, con súplicas, hasta con lágrimas. ¡Cosa semejante! ¡Un torero llorando como una niña nerviosa y sentimental! Aquello desentonaba de tal modo en el cuadro que ella se había trazado, que sólo consiguió irritarla más, y cada día fue más cruel, peor con él.

Caminaban los dos amigos silenciosos. Habían tomado Recoletos arriba y en la soledad de la noche resonaban sus pasos. Al fin, el muchacho, dando suelta a sus tristezas, cortó el silencio:

—Don Ángel, ¡qué malas son las mujeres!

Robledales no contestó directamente. Con ademán afectuoso le echó un brazo por los hombros y habló con voz persuasiva, llena de cariño protector:

—¿Quieres que te dé un consejo, un verdadero consejo de amigo? Pues mañana por la mañanita lías la maleta y te vas allá con tu mujer y tu hija.

—¡Si no «pueo»! ¡Si tengo a esa hembra metía en los «reaños der arma»! ¡Si me «paece» que no hay «na» en «er» mundo «ma» que ella! —gimió el infeliz con voz doliente.

—Pero, criatura —arguyó el aficionado—, ¿no comprendes que no puede ser?

El otro movió la cabeza con afirmativa y dolorosa certeza:

—¡«É» verdad, don Ángel, «é» verdad! ¡Es ella muy mala!

Don Ángel, siempre justo, rectificó:

—Muy mala, no. Es frívola, ligera como todos los que la rodean. No toman nada en serio. Ya has visto a Julito esta noche riéndose de sí mismo. Lo que tiene es que tú eres un niño y no estás hecho a andar en estos trotes y lo has tomado por todo lo alto. Para ella es una aventura; es preciso que para ti no sea más que otra aventura. Te has reído, te has divertido, has corrido mundo, pues basta.

Ahora fue Joaquín quien no contestó a tan atinados conceptos, sino que, con un desgarramiento doloroso en la voz, gimió:

—¡Y yo que lo había «dejao too» por ella, mi mujer, mi niña, mi casita, «too» lo que tenía en «er» mundo!

Robledales asió el cable:

—¡Y lo tienes, criatura, lo tienes! Por eso mañana coges el tren y a tu casa, que llueve. Ya verás cómo te recibe tu Rosario... ¡con palio! Cuando queremos de verdad perdonamos siempre, porque perdonar es la única manera de reconquistar al ser querido.

—No podré, no podré —murmuró el torero.

—No seas cobarde; ánimo, amigo. ¿Tú qué tienes que hacer aquí? La vida para ti tiene que ser como un nido. Volar para traer la comida a la hembra y a los polluelos y luego volverse allí con ellos a descansar a su vera. Deja que para todos estos sea una fonda donde nadie se quiere ni a nadie le importa nada de los otros.

Callaron. La Castellana se tendía luminosa en el baño de luna que se filtraba al través de las desnudas ramas de los árboles.




— VI —

Reclinado en el fondo del automóvil que le llevaba, carretera del Pardo adelante, camino del merendero donde había de tener lugar la entrevista solicitada por María Montaraz, Joaquín se entregaba alternativamente a locas esperanzas y negros descorazonamientos.

La víspera, y tras varios intentos frustrados de ver a su amiga, había recibido de ella unos lacónicos renglones en que le daba cita en aquel merendero solitario de la carretera del Pardo. Desde el momento en que recibió la carta, nerviosa impaciencia se apoderó de él. Le decía el corazón que una catástrofe sentimental le amagaba, y un presentimiento vago le avisaba el fin de sus amoríos. ¡Y justamente ahora, cuando una loca esperanza de triunfo le galvanizaba! ¡Dentro de cuatro días, Pascua de Resurrección, y el lunes toreaba él! ¡Allí quería verlos! Ante la fiera, en el lance supremo de jugarse la vida, recobraría todo su prestigio a los ojos de la mujer amada. Allí no había señoritos finos, ni copleros, ni pintamonas que valieran. Allí no había sino tener valor y jugarse el pellejo. Sería un héroe, y la amada, ante el olor de la sangre y el redoble de los aplausos, sentiría renacer su amor.

Tarde de primavera. El automóvil corría rápido por la carretera, bordeada de grandes árboles. Al fondo el paisaje tenía tonalidades velazqueñas, con sus lomas grises, ondulantes, con sus robles centenarios que tendían la sombra obscura de sus copas, propicia al descanso de los príncipes cazadores, y al fondo, recortándose sobre el cielo diáfano, los azulados picos del Guadarrama. A los lados el panorama era «muy Goya» sobre todo a la parte del río, que corría menguado por su polvoriento cauce, formando grandes charcos en que brillaba el sol. Los lavaderos, con sus cuerdas de ropas albeantes, y los miserables merenderos, alegres como quevedescos mendigos, completaban la nota pintoresca, a que las frondas verde esmeralda de la cercana Casa de Campo servían de telón de fondo.

Velázquez y Goya son, he pensado muchas veces, los que mejor han dado en el paisaje la sensación del alma española. Sobria, casta y un poco finchada, en las horas de serenidad; incoherente, desbaratada, hórrida, con una fiebre de locura o sangre, mezcla extraña de superstición y de lujuria, en los momentos de alegría...

El «auto» se detuvo ante un senderillo que llevaba a menguado edificio desierto y silencioso aún en aquella temprana estación. Pagó el torero, y mientras el coche volvíase hacia Madrid comenzó a andar buscando a su amiga. Una mujer vieja, sucia y desgreñada se asomó a la puerta del albergue, y al ver a un torero tan elegante le saludó con la mejor de sus sonrisas:

—¿Busca a una señorita «mu maja»? «Pus» hacia el río «s’a dido».

Echó a andar en la dirección que le habían indicado, y después de caminar algunos pasos, al volver una tapia semiderruida, cubierta de plantas trepadoras, vio destacarse sobre el eglógico fondo del paisaje la airosa figura de su amada, como una dríada perversa y caprichosa sobre el fondo de un tapiz de cartón mitológico-campestre. Corrió a ella:

—¡María!

—¡Joaquín!

Se estrecharon las manos cordialmente, como si en vez de una ruptura fuese aquello una cita de amor. Sólo que él puso en aquel ademán apasionado impulso y ella amical frialdad.

María había preparado aquella entrevista cuidando, en mujer avezada a tales lances, de todos los detalles de la escenografía romántico-amatoria. Ella era persona de buen gusto y le placía hacer las cosas bien. Decidida a romper, había resuelto buscar un final bonito para aquel idilio, algo poético. Estudió soluciones; la puñalada como remate de los amores toreriles era cosa muy gastada ya; escribir una carta patética, recurso de burguesa primeriza con vistas al «chantage»; cerrarse en la torre de marfil y hacerse inabordable, recurso aburrido, y, en cambio, en aquella entrevista a orillas del río podía decir todas las cosas bonitas que se le pasasen por la cabeza, sin peligro de que le estropeasen la piel, o un juez imprudente leyese sus cartas el día de mañana, o de enmohecerse encerrada en casa. No era, sin embargo, solamente el afán de una sensación romántica lo que le arrastraba a aquella entrevista; era más bien, bajo el frívolo disfraz, una precaución de mujer corrida y que sabe el efecto de ciertas cosas sobre las almas rudas lo que se ocultaba. Bajo su aspecto inconsciente de aturdimiento poseía ella un espíritu sagaz, una facultad observadora admirable, una presencia de ánimo inaudita, y rapidez de determinación que en algunas ocasiones le salvó de los peligros en que su vida aventurera le ponía. En aquélla comprendía que la pasión del torero por ella no podía equipararse con los frívolos devaneos que hasta entonces formaron la liviana urdidumbre de su vida; sentía que se había portado mal con él, que para divertirse unos meses había destrozado la felicidad del muchacho para siempre, y sentía un vago temor por la explosión pasional de su víctima. Julito, parte de buena fe, parte porque los lances sensacionales le encantaban, habíale aconsejado una fuga. María meditó. No. Una fuga no es una solución. En una fuga pueden seguirle a uno y sorprenderle lejos, fuera de su casa y privado de los elementos de defensa que le son a uno familiares; pero, además, de una fuga, tarde o temprano hay que acabar por volver. ¿Una entrevista? Eso era, indudablemente, lo mejor. Claro que había peligro, que era expuesto a cualquier violencia; pero... quien no se aventura, no pasa la mar. Además, si salía bien (y saldría seguramente), ya estaba despejada la incógnita y ella tranquila para siempre.

Dieron juntos ya algunos pasos en silencio. Al fin ella, más dueña de sí, comenzó a hablar lentamente, con tono persuasivo de persona formal que trata de convencer a un niño.

—No te enfades, Joaquín; no te excites ni te pongas fuera de ti por lo que te voy a decir. ¡Si tú supieses lo que yo he sufrido antes de decidirme a decírtelo; si vieses lo que sufro ahora, me tendrías lástima! Yo no hubiese querido —prosiguió— que este día llegase nunca; pero la vida es tan cruel, que nos lleva muy aprisa, muy aprisa, por las horas felices, para llegar pronto a la desgracia. ¡No tomes a mal esto, no creas que es un capricho mío; pero es preciso que todo acabe!

—¡Ves, ves como no me quieres ya! —clamó él presa de desesperación inmensa—. ¡Si ya lo sabía yo, si lo estaba viendo venir, si te has cansado de mí, si jamás me has querido!

Ella redobló su dulzura, y reprochadora, triste, recomenzó, fijando en él la muda reprobación de sus doradas pupilas:

—¡No seas injusto! ¡No añadas a mi pena otra pena mayor! Si yo no te hubiese querido, ¿crees tú que te hubiese sacrificado mi nombre, mi reputación, la felicidad de mi casa, todo lo que tenía; di, lo crees?

—Pues si me quieres, ¿por qué me dejas? ¿Por qué vienes a darme una «puñalá» por la espalda? —argumentó el infeliz—. Cuando se quiere a una persona no hay más que «er queré»...

—¡Ojalá fuese cierto! — suspiró la traidora—. Pero eso es bueno para vosotros, que vivís de sentimientos y de pasiones; no para nosotros, que vivimos víctimas de convencionalismos y leyes sociales. ¡Ah, quién pudiera —murmuró ensoñadora— vivir con el corazón! Pero no sabes que para mí existen deberes, obligaciones, reglas... mi casa, mi marido, mi familia, mi posición... No, Joaquín, no puede ser. Esto tiene que acabar.

Él tuvo una explosión salvaje de pasión:

—«Eto» no «pué» acabar, porque yo te quiero, y no quiero que se acabe «ma» que con la «vía»! ¡Si me dejas, si no me quieres ya, te juro que te mato y me mato yo a tu vera!

La crisis temida. Los ojos de él relampaguearon homicidas, y la Montaraz sintió vago temor. ¡El caos de las tormentas! Hizo un llamamiento a su presencia de ánimo, y redoblando la persuasiva ternura, reprochó:

—No seas loco, chiquillo, y no eches a perder con esas tonterías el buen recuerdo que tengo de ti. Mira, amantes no podemos ser, pero seremos amigos, muy amigos, y el recuerdo de estos meses de cariño será la añoranza más bella de nuestra vida. Para mí, la hora en que te conocí...

—¡Maldita sea! —clamó él.

—No digas eso —reprochó suavemente—. La vida no tiene tantos recuerdos felices para que maldigamos los pocos que hay...

Y como le viese casi vencido, próximo a llorar, le cogió la mano con abandono, y susurró afectuosa:

—Chiquillo, no seas malo.

Él la estrechó entre sus brazos en un impulso de pasión:

—¿Verdad que es mentira todo? ¿Verdad que me quieres? —interrogó ansioso.

Ella le rechazó suavemente.

—¡No seas loco! ¡Ves como no se puede ser buena!

Ante la repulsa se apartó de ella con desvío y murmuró sombríamente:

—Yo sé lo que tengo que hacer.

Vagamente atemorizada por aquella amenaza, preguntó ella a su vez en tono de fingida broma:

—¿Me piensas matar?

—¿«Pa» qué? —formuló trágico—. ¡Después de muerta no me habías de querer!

—¿Pues, entonces?

—¡Me mataré yo!

Respiró la pérfida más tranquila, pero, sin embargo, creyó su deber oponerse.

—Mira, no digas desatinos. Antes de irme me has de jurar que no vas a hacer atrocidades.

—¿Qué te importa ya?

—¡Pero, chaval, tú estás malo de la cabeza! ¿Que qué me importa? ¡Pues no había de importarme, con lo que yo te quiero!

—¿Me quieres... —vaciló— como antes?

—Eso no. Como una amiga.

—Entonces, adiós.

Aceptó el rompimiento.

—Adiós.

En pie, los brazos caídos a lo largo del cuerpo, esperó Joaquín con loca esperanza que ella se arrepintiese, que volviese la cabeza, una palabra, un gesto. Pero la dama se alejaba tranquila, indiferente, en la gloria del crepúsculo.




VII

Por centésima vez miró Robledales la hora. ¡Nada! ¡Aquél no venía! Y el caballero, de común tan calmoso, se revolvió impaciente en su asiento mirando a un lado y otro sin hacer caso de las barbaridades con que sus compañeros de palco entretenían las holganzas del entreacto. En su paternal afecto por el «Arrojadito», sentía el aficionado un vago temor por las locuras que a aquel niño grande dejado a sus iniciativas, arrancado de su centro y excitado por la pasión se le podían ocurrir. Además, ahora, desgraciadamente, tenía sobrados motivos de temor, pues en las cuarenta y ocho horas transcurridas desde la entrevista que sabía hubo entre la coqueta y su enamorado no había conseguido ver al muchacho. Efectivamente, la misma noche de la conferencia había acudido a recogerle, como de costumbre, al hotel para ir al teatro juntos, esperando una crisis de amargura y desaliento que tras algunas sacudidas obrase beneficiosamente a manera de reacción sobre el dolorido espíritu del chico, y se encontró con la puerta cerrada y la consigna dada al mozo de estoques de no dejar entrar a nadie, pues el torero se había acostado cansadísimo y con una jaqueca atroz. Volvió al siguiente día temprano y le dijeron había salido y no almorzaría allí; retornó por la tarde y no había vuelto al hotel, y, por último, la mañana de aquel día tampoco estaba allí, aunque bien es verdad que le había dejado un recado citándole para el Circo aquella noche. ¿Qué se habría propuesto? ¿Qué atrocidad germinaba en su cabeza? ¿Qué descabellado proyecto incubaba en aquellas horas de soledad? Era indudable que le huía, que se proponía ganar tiempo y evitarse su presencia y con ella el peligro de una conferencia a solas, puesto que si conseguía llegar sin verle el día de la corrida, le sería imposible cambiar cuatro palabras con él, rodeado como estaba desde por la mañana temprano de aficionados, amigos, admiradores y compañeros. ¿Qué habría sucedido en la entrevista con la Montaraz?

Allí estaba ella en su palco vestida de gasa roja que esculpía en llamas la equívoca gracia de su cuerpo, en la cabeza un cesto negro cargado de cerezas, acompañada de Lidia Alcocer, cuya muñequil belleza rubia y cuyo cuerpo de un repujado escandaloso le servía de contraste, timándose con los del palco del Club. ¡Lo que es a ella no se le notaba nada! ¡Parecía que en su vida había roto un plato!

Abríanse los palcos en amplio círculo rodeando la pista. Mujeres de absurda belleza, en que la naturaleza había sido violentamente alterada por afeites, pinturas y corsés, ostentaban inverosímiles arreos de cocotesca elegancia en un magnífico impudor de semidesnudo. Niñas pálidas, delgadas, marchitas por la anemia o la tisis las rosas de sus mejillas, desvanecíanse incoloras entre las opulentas gracias matroniles de sus madres, y algunas mujeres casadas triunfaban en el esplendor crepuscular de sus bellezas de cuarenta años.

Abajo, en la pista, bañada en la blanca claridad de los arcos voltaicos, la mujer reptil se descoyuntaba en un extraño desbaratamiento de su cuerpo, cubierto de luminosas escamas. Era un espectáculo morboso con algo de baudelairesca pesadilla, que hacía abrir en un ingenuo gesto de asombro los ojos a las vírgenes, escalofriaba a las mundanas en una sensación inconsciente de sadismo y hacía inclinarse a Julito en pose de emperador romano de la decadencia, sobre el barandal del palco.

Impaciente, harto de los dos espectáculos, el del público y del farandulero, Robledales cogió el sombrero, y saliendo del Circo, se encaminó al Hotel.

Como todos le conocían, nadie se opuso a su paso, y así cruzó el vestíbulo, subió la escalera, caminó pasillo adelante, y ya ante la puerta del cuarto de su amigo, alzó el pestillo y, sin pedir permiso, colose de rondón en él.

Tendido sobre el sofá, el rostro oculto en los almohadones, yacía el torero. Al sentir entrar gente alzose vivamente y quedó incorporado a medias. Un huracán de tristeza devastadora parecía haber pasado envejeciendo el rostro y marchitando su varonil belleza. Los ojos negros brillaban calenturientos en el fondo de las moradas cuencas; hondas arrugas surcaban la frente y un rictus profundo de amargura crispaba la boca en mueca de agonía.

Ante aquel estrago, Robledales sintió lástima, y su falsa jovialidad se fundió como por ensalmo en compasión.

—¿Estás malo, chiquillo? —interrogó afectuosamente.

El «Arrojadito» pareció hacer un esfuerzo para sacudir el extraño atontamiento.

—«Naa», un dolorcillo de cabeza de «habé andao» mucho estos días.

Cada palabra, cada gesto le arrancaba una mueca dolorosa, algo así como esas violentas crispaciones de nuestro rostro cuando alguien nos hurga en una herida y no queremos gritar, presumiendo de valientes. Ante aquel dolor tan grande, el amigo sintió acrecentar su compasión:

—No mientas y dime lo que te pasa.

—Si no «é na»... —quiso protestar aún.

Robledales se sentó a su lado, en el sofá, y le habló con afectuosa rudeza.

—Mira, Joaquín, no seas animal y no me enfades. Ya sabes lo que yo te quiero, y no merezco que te vengas a presumir y me trates como a un desconocido. Yo siempre he sido un gran amigo, casi un padre para ti; te he ayudado, te he empujado y protegido, quiero a los tuyos como a cosa mía, soy el padrino de tu chica, y bien puedes tener confianza en mí. Acuérdate —siguió, persuasivo— cuando eras un mocoso que andabas lampando de hambre por ahí, y acuérdate cuando empecé a buscarte corridas. Después, nadie más prudente que yo, nadie más discreto, cuando empezaste a juntarte con esa perdida y los locos que andan con ella, no te dije nada, ni me metí en belenes. Joaquín —insistió—, soy casi un padre para ti, soy tu amigo, tu único amigo; sé bueno y confiesa; mira que es por tu bien.

Sorda lucha parecía librarse en el alma del muchacho. Al fin, un sollozo inmenso hinchó su pecho y las palabras se atropellaron en sus labios en avalancha deshecha de pasión, amor, pena y rebeldía. Hablaba rápida, atropelladamente, comiéndose palabras, enlazando unos períodos con otros, dejando una frase sin concluir para comenzar otra. Y ponía en su voz trémolos de pasión, sollozos de dolor, rabiosos chirridos de ironía bárbara, balbuceos pueriles, furores de celoso. Contó su pena, la triste odisea de sus amores, las inconscientes crueldades de aquella mujer; todas sus amarguras, sus desilusiones y sus desengaños.

Robledales le oía compasivo, adquiriendo la certeza de lo que hacía mucho sospechaba: de que la Montaraz no buscaba sino la ocasión de romper aquello que ella comenzó como amable pasatiempo y que amenazaba tomar las proporciones de un lío serio. Al fin, como el vencido callase jadeante, el consejero aprovechó para hablar él.

¡Bah, no había que ponerse así! Los hombres eran hombres y no una señorita hética, y tenían que saber sobrellevar las penas. Pero todavía, si se tratase de su mujer, o siquiera de una mujer que no hubiese querido nunca sino a él... Pero aquella señorona, más loca que una espuerta de gatos y que había rodado más que una peseta falsa... ¡Vamos, daba grima que un hombre honrado hubiese dejado a su familia, su casa, su porvenir, por un pendón así, que por milagro de la Providencia no salía en las procesiones, y más grima aún que ahora, porque la tal tiraba al monte, en vez de cantar victoria, se pusiese así! Nada, nada; no había que hablar más del asunto; el lunes toreaba, y luego quince días con su mujer y su niña para reponerse, y después a ganar aplausos y pesetas por esos mundos de Dios.

El torero movió la cabeza negativamente. Todo se había acabado para él. Aquellos planes optimistas de su amigo eran sueños irrealizables de don Ángel. Él ya no tenía nada que hacer en este mundo. La pícara le había dado la puntilla. Para vivir hay que tener ilusiones, y él ya no las tenía. Se dejaría coger en la corrida y así acababa de penar.

Robledales aparentó echarlo a broma:

—¡Justito, en eso estamos pensando! ¡Qué más quisiese la bribona!

—Por eso que quisiese, será —aseguró Joaquín.

El aficionado se puso serio. Pero, ¿estaba loco? Y volvió a evocar su cariño, su protección de toda la vida, el recuerdo de la mujer abandonada, la imagen blanca y rosa de la hija. Aquel hombre jovial, hecho a vivir entre juerguistas y mujeres fáciles; aquel hombre que tomaba la vida en broma, supo encontrar acentos que hablaban al alma, y supo poner en sus palabras ternuras de padre y severidades de hermano mayor.

Todo inútil. «Arrojadito» denegaba con la cabeza tercamente, decidido a morir.

El otro se indignó. ¿Era posible que una criatura racional se pusiese así? Invocó sus deberes de esposo y padre. ¿Quién sabe si su mujer y su hija, al verse solas, pobres y abandonadas, rodarían por el fango y acabarían por ser como esas desdichadas que asaltan a los transeúntes a las altas horas de la noche, en ofrenda de sus gracias?

Tampoco. Joaquín denegaba siempre.

Con el corazón oprimido insistió Robledales. De allí no se iba mientras no le jurase que no haría semejante atrocidad. Y había de jurárselo por la memoria de su madre, por la salud de su hija.

Nada. La misma muda negativa.

Pulsó otra cuerda. ¿Pero no sabía que era aquél gravísimo pecado? ¿No sabía que si moría así se condenaba sin remedio? ¿No tenía ya tampoco religión?

No obtuvo mejor suerte aquel argumento que los otros. Entonces acudió a un expediente vulgar:

—¡Si no me lo juras, no toreas!, porque iré a la empresa y la diré que te has vuelto loco y que vas a hacerte matar.

Una sonrisa espantosa de escepticismo que lucía en los labios del muchacho escalofrió a su consejero.

—¡Hay muchos modos de morir! —murmuró Joaquín.

El protector le conminó con el desprecio de las gentes, con el castigo de Dios, con la pérdida de su afecto. Todo se estrelló contra la resolución inquebrantable, contra aquella glaciedad sentimental que le envolvía como un sudario.

¿Qué hacer? De pronto, una idea relampagueó en el cerebro de Robledales.

—Me juras no matarte, ¿sí o no?

—No.

—Pues, adiós.

—Adiós.

Saltó el aficionado dentro de un coche.

—A telégrafos —gritó al cochero.

Por el camino maduró su plan. ¡Justamente! Aquello era lo único. Una barbaridad, pero, como en las enfermedades muy graves, había que acudir a los remedios extremos, a vida o muerte.

Llegaba. Descendió rápidamente y penetró en el local. Allí escribió un telegrama. Decía así:

«Rosario López. Joaquín en peligro de muerte. Ven primer tren. Robledales.»

Una vez escrito, suspiró:

—Ahora, ¡Dios dirá!

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VIII

El toque de clarín vibró en los aires. Corrió el banderillero a dejar los pinchos entre barreras, contento de librarse del peligro. La cosa no era para menos. El toro, grande, de fina lámina y afilados pitones, era querencioso y se iba al bulto de una manera realmente inquietante.

Hacía calor, y la tarde amenazaba lluvia. El cielo gris entoldaba la plaza de grandes nubarrones parduzcos, y contrastando con la bochornosa calma de la naturaleza, se alzaba formidable griterío desde las galerías y palcos, en que se prensaba el público en la gloria de los mantones polícronos y el triunfo de las mantillas.

«Arrojadito» acababa de coger los trastos, y con ellos en la mano, se dirigía al palco presidencial para brindar la suerte.

Hízose el silencio para oír las palabras del diestro, pero fue inútil, pues no se oyó sino un confuso murmullo.

La tragedia palpitaba en el aire, y el público, con ese extraño fenómeno de sensibilidad colectiva, dábase vagamente cuenta de que algo sucedía.

El matador se dirigió hacia el toro. ¡Iba a morir! No había ya en su espíritu batalla que librar ni vacilación que resolver. Estaba decidido a acabar. En la obscura noción que en su espíritu había de las cosas brillaba entre sombras la extraña afirmación de haber vivido toda la vida, gloria y miseria, amor y odio. ¡Toda la vida! Estaba frente al toro. El bárbaro duelo del hombre con la bestia comenzaba.

Lentamente desplegó ante los ojos de la fiera el rojo trapo. Arrancose el bicho, y apenas hurtó el cuerpo, retornó el toro y dio otro pase de cerca, y luego otro, y otro aún.

Estalló un aplauso formidable ante aquel ciego valor. El calorcillo del triunfo templó un instante la glaciedad de su alma. ¡Estaba muy bueno aquella tarde! ¡Bah! ¡Qué importaba, puesto que iba a morir!

Dio aún algunos pases y cuadró al toro. Ahora la fiera escarbaba nerviosamente la arena, y sus ojos, inyectados de sangre, se fijaban en el torero.

Dio Joaquín su adiós a la vida. Sus ojos contemplaron por vez postrera el cielo encapuchado de sombríos nubarrones; el amplio circo; aquel público, bueno y cruel al mismo tiempo, que ahora le excitaba y dentro de algunos momentos gritaría de horror; sus amigos, los que como él se jugaban la vida y que en el momento supremo rezaban una salve con el recuerdo puesto en una casita donde sus mujeres, sus madres y sus hijos les aguardaban temblorosos; los que fueron sus amigos, compañeros de ilusiones y malandanzas, y de los que hacía mucho vivía distanciado para entregarse a aquellas gentes que reían en los palcos. Ellos no hubiesen reído; ellos, palpitante el corazón, seguían su faena, dispuestos a jugarse la vida para salvar la suya.

Su mirada se fijó en la Montaraz que, instalada entre Enriqueta Barbanzón y Julito, bebía una copa de jerez, hablando tranquilamente, sin prestar gran atención a su faena. Una ola de hiel invadió su corazón. ¡Y aquel era el ídolo!

Sus ojos siguieron vagando por el circo. De pronto, su corazón latió violentamente. En un tendido acababa de divisar a una mujer. En pie, pálida, muy pálida, en los inmensos ojos de Dolorosa una súplica desesperada de piedad, Rosario le tendía a su hija, que agitaba las manecitas llamando a su padre. ¡Su mujer! La que fue compañera y alentadora; la que en la hora decisiva supo sobreponerse a egoísmos y sacrificar su tranquilidad en aras de su alegría, de él y su niña, esperanza y alegría de su vida.

Algo se derrumbó en su corazón con estrépito: el altar de los falsos dioses.

Quería vivir. Vivir para recomenzar a construir el edificio de su dicha, para amar mucho y hacerse perdonar las horas de crueldad. Quería vivir para ser bueno y feliz.

Arrancó el toro. El instinto de conservación le hizo tender el brazo, y el estoque quedó clavado hasta la cruz, y el bruto, tras de violenta sacudida, rodó por tierra.

En todos los ámbitos de la plaza resonó un aplauso inmenso, formidable.


Publicado el 27 de abril de 2019 por Edu Robsy.
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