Descargar Kindle 'La Zarpa de la Esfinge', de Antonio de Hoyos y Vinent

Cuento


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  Cuento.
39 págs. / 1 hora, 9 minutos / 252 KB.
17 de junio de 2018.


Fragmento de La Zarpa de la Esfinge

Avergonzado, evocaba en sus horas de desaliento la crisis atroz de su debut en el coso bilbaíno. Era el día de la consagración; la afición de Bilbao, (y sabido es que la vizcaína forma entre las más entendidas y entusiastas de España), agolpábase en el circo taurino deseosa de conocer al nuevo diestro. En el paseo, algunos aplausos le confortaron; luego, en el primer toro unos recortes, un toreo emocionante de rodillas y algunas otras proezas, valiéronle palmas en abundancia, y cuando, tras brindar al pueblo, colocose ante el astado bruto con los trastos de matar en la mano, sin causa justificada, de improviso, el fantasma de su cobardía se alzó ante él. Y comenzó el suplicio. El toro, a sus ojos se ofreció como una bestia apocalíptica, negra y enorme. La gloria, los aplausos, el pundonor profesional, el público, el cielo, el sol, todo se borró, esfumose, desapareció, quedando él solo en medio de un abismo tenebroso, húmedo y frío, cuya glaciedad helábale la sangre junto al toro, de momento en momento mayor, y cuyos cuernos a cada movimiento se agrandaban rozándole el pecho, el vientre, el cuello. El pueblo, asombrado, calló primero con un silencio de muerte, luego, indignado, prorrumpió en hórrido griterío, los silbidos eran ensordecedores, los apóstrofes llovían sobre él. Un huracán de injurias, de groseros insultos, de amenazas llenaba la plaza. Comenzaron a caer a los pies del infortunado diestro todo género de proyectiles: naranjas, botellas, almohadillas. Cautivito cada vez peor, más incapaz de dominar su pánico, acabó por retirarse llorando, entre barreras, mientras los mansos se llevaban al toro a los corrales. Desde entonces, la fatalidad parecía perseguirle, y mientras en las plazas pueblerinas triunfaba en difíciles empresas, cada vez que reaparecía en algún circo de importancia, el miedo, el miedo invencible, tremendo, fatal como una maldición, se erguía ante él.


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