Oro, Seda, Sangre y Sol

Las novelas del toreo

Antonio de Hoyos y Vinent


Novela



Brindis

A Mariano Benlliure, el maestro admirable, el autor de La Estocada de la Tarde y El Coleo, brindo estas páginas de sangre, de oro, de seda y de sol.

Preludio

Una nota de clarín
desgarrada,
penetrante,
rompe el aire con vibrante
puñalada...
Ronco toque de timbal.

Salta el toro
en la arena.
Bufa, ruje...
Roto cruje
un capote de percal.

Acomete
rebramando, arrollando
a caballo y caballero...
Da principio
el primero
espectáculo español...

La hermosa fiesta bravía
de terror y de alegría
de este viejo pueblo fiero...
¡Oro, seda, sangre y sol!


Manuel Machado

La estocada de la tarde

I

El banquero abatió con nueve. María Montaraz se impacientó. ¡Qué animal! ¡La suerte que tenía el tío aquel! Su mano menuda y ágil, libre de la prisión del guante, buceó en el bolsillo de áureas mallas que descansaba sobre su falda. Uno, dos, tres, cinco... ¡Aquí paz, y después, gloria! De las trescientas pesetas que había llevado le quedaban en total cinco duros. ¡Qué nochecita! No acertaba ni una. Además, se le había metido en la cabeza que aquella francesona, con tipo de carabinero, que se le sentó al lado, le traía pato; y para colmo, su otro vecino, un vejete pulcro y atildado que lucía sobre la albura de la pechera impecable una perla tamaña como un garbanzo, no cesaba de darle rodillazos insinuantes, y tenía ya media pierna deshecha.

Vaya, ¡la última jugada! Puso dos duros sobre la mesa y cogió las cartas prestamente antes de que la franchuta, que ya echaba la garra, las trincase.

—¡Ocho!

El banquero volvió a abatir con nueve.

La Montaraz se puso en pie. En un momento en que nadie le veía sacó la lengua al banquero, echó una mirada anonadante a su adorador, y, alejándose de la mesa, dio algunos pasos a la ventura para tornar a detenerse perpleja. Miró en derredor. ¡Nadie! ¿Dónde se habría metido Julito? ¿Y la necia de la Barbanzón?

Las dos y media señalaba el reloj colocado encima del espejo. En las amplias salas de juego del casino de San Sebastián no quedaba casi nadie de la formidable concurrencia que las llenaba una hora antes. Bajo la cruda claridad de los focos eléctricos, el salón, ha poco todo bullicio, tenía un vago aspecto de desolación que impresionaba desagradablemente. De las siete mesas que funcionaban durante la noche, cinco, abandonadas ya, tendían sus verdes tapetes donde faltaba el abigarrado triunfo de los personajes de la baraja y la música de las fichas. De las otras dos mesas, en una se jugaba fuerte y se veían agolpados en torno a ella los rostros lívidos, contraídos en una mueca de anhelo, de los jugadores que esperaban ansiosos, conteniendo hasta la respiración, la llegada de la carta que había de salvarles, y en la otra jugaban algunos juerguistas y algunas prójimas al «bacarrat de tranvía», riendo y alborotando. En uno de los salones pequeños tomaban chocolate en torno a una mesita tres o cuatro prójimas más con fantásticos atavíos y absurdos sombreros cargados de plumas, de pájaros, de flores y de frutas.

María curioseó con sus ojillos pícaros el grupo. La Pepita Sevilla, la Argentina, la Rosarito, y otra que no le era conocida. También formaban parte de la peña Perico Alpuente, con su aire «blassé», Florencio Roldán, muy «chic», muy británico, con su traje a cuadros y su cara zanahoria, y un muchachito joven y enquencle inclinado insinuante sobre las opulentas gracias de la Sevilla que, española castiza, le empujaba. ¡Pues hombre!... ¡Las manitas quietas!... y reía con su fresca risa que mostraba entre el coral de los labios la nieve de los dientes.

Esparcidas por el resto de la sala algunas otras parejas madrigalizaban o se querellaban. Pepito Montilla mantenía animado coloquio con una francesa alta y rubia que gracias a su enorme pamela «bebé», su cara estucada y pintada y sus dorados rizos tenía cierto pueril encanto de muñeca; el chico de Torralta parlamentaba con una dama madurita ya, que ostentaba hermosas joyas ganadas en una vida entera de trabajo, no del todo honesto; Paco Salazar se peleaba con la Ronacal, y algunos otros, que no conocía, mantenían conversación con las bellas.

Al través de las grandes puertas vidrieras, abiertas de par en par, veíase la terraza y más allá, con escenográfico prestigio, rociado de luceros, el cielo azul en que pendía como una lámpara de plata la luna trazando sobre la quieta superficie del mar su argentada estela.

Apoyadas en el barandal de piedra, vueltas de espaldas al salón, dos parejas hablaban. Debían ser seguramente la loca de Enriqueta con su nuevo devaneo, un secretario sudamericano de fieros ojos negros y rebeldes cabellos que le había hecho «tilín» días antes en el baile del Contri-Club de Biarritz (aquella Enriqueta, pese a sus ínfulas de gran dama y su empaque de reina zarzuelera, era incorregible y el aire pampero de su nuevo amigo, prometiéndole voluptuosidades feroces y desconocidas habíale levantado de cascos), y el otro estaba pareciéndole a María, Julito de palique con una señora gorda, seguramente la dichosa condesa viuda de la Campanada, que no se iba ni a rastras hasta que apagaban la luz y mucho menos teniendo allí al elegante bohemio con quien entregarse al dulce chismorreo. A ellos dirigíase la dama cuando a medio camino topó de manos a boca con Robledales.

Jovial, simpático, muy a la pata la llana, era el tal Robledales «un tipo». Rico sin ser potentado, independiente, sin pretensiones ni ambición, ni otro deseo que el de divertirse, incapaz de tomar nada en serio, fácil y oportuno de palabra, sobrio, pero exacto en el chiste, propio para inspirar simpatías y sembrar alegría hasta por su figura un poco cómica en su gordura fofa y bonachona, era buscado con ahínco por juerguistas, mujeres fáciles y damas tentadas a la risa. Elemento imprescindible para juergas y excursiones de placer, capaz de burlarse hasta de su sombra, pero eso sí, siempre de buena fe, sin poner hiel en sus frases (en contraposición con la de la Campanada y Julito, que pasaban por ser las peores lenguas de Madrid) era querido de todo el mundo. Tenía dos pasiones, las mujeres y los toros, y pasaba el verano entre las amables criaturas que hacen cuartel de estío de Biarritz y San Sebastián y las excursiones taurinas en compañía de los diestros de más cartel, por esas ferias de Dios.

Un cómico gesto de entusiasmo acogió su encuentro con la dama.

—¡Todavía aquí!

—Estaba jugando.

—¿Ganando?

—¡Qué ganando; perdiendo! —e hizo un ademán de aburrimiento.

Él pareció sumido en un sueño nostálgico; luego, con aire verteriano de melancolía y acompañando sus palabras de un suspiro enternecedor que hizo sonreír a pesar de su mal talante a María, añadió:

—¡Feliz usted! Ya sabe el dicho: «desgraciado en el juego, afortunado en amores».

La Montaraz protestó.

—¿En amores? Tampoco; no he encontrado en la vida ni uno. —Y añadió: —¡Ni falta que me hace!

El otro no se dio a partido.

—¡Qué ingrata! ¿Y el marqués? Cuando pierde usted es señal de que el ausente esposo le guarda fidelidad.

—¡Hombre, qué guasón! —rió la cínica—; ¿mi marido? ¡Qué monada! Pues mire usted —añadió con desaire—; prefiero la ganancia.

Mientras hablaba, su rostro de movilidad extraordinaria subrayaba con muecas chistosísimas sus palabras. ¿Bella?... No se sabía. Más bien graciosa; la boca era un poco grande, los ojos un poco pequeños; pero los labios muy rojos, frescos y jugosos, mostraban los dientes blancos y menudos en una sonrisa inteligente, luminosa y burlona, y los ojos tenían viveza extraordinaria, gracia pícara. Luego, hablaba con un deje chulesco inimitable, de madrileña neta, con una entonación mitad guasona, mitad sentimental, mezclando «timos» y giros de lenguaje especialísimos, que surgían espontáneos, risueños y picantes como surgirían en boca de una manola de Lavapiés. Toda su persona menuda y frágil tenía viveza llena de armonía, elegancia canalla que se destacaba en aquel momento bajo la indumentaria de suntuosidad un tanto aventurera. La túnica de gasa «bleu Sevres» semicubierta por una dalmática de tul bordada en oro y zafiros, dibujaba las líneas casi impúberes de su cuerpecillo andrógino y el gorro de aúreo tejido rematado por enorme penacho azul nimbaba luminosamente la cabellera de un negro azabache, peinada en pequeños bucles. ¡La Maja de Goya! Alguien le había comparado a ella, pero María protestó. No. Ella estaba mucho mejor formada que la dichosa Maja. Como no la creían, buscó testigos. Tuvo amantes. Amantes sí; amores no. Jamás quiso a nadie. Adoró las aventuras, las deliciosas aventuras, lo único que interrumpía la odiosa monotonía de la vida. Y tuvo aventuras más por curiosidad o afán de sensaciones nuevas, que por sensualidad; tuvo aventuras de todas clases y colores. Con el sinvergüenza de Julito, su gran amigo y camarada, corrió no sólo los lugares del París que se divierte, el Moulín, Mónaco, l'Abaye, sino también los sitios equívocos, Palmyr's, el Maurices-Bar, el The Ceylon —rodeada de aventureras y gentes sospechosas que ostentando raros títulos principados y condados de un Gotha imaginario vivían horas, días o meses de vida turbulenta y fastuosa y luego se hundían, desaparecían sin dejar huella en el misterio de donde habían salido. Y no sólo los lugares equívocos fueron visitados, sino también los francamente malos; los nocturnos cafetines de la Barrera del Trono y de las Fortificaciones, los «bars» mal afamados de les Halles, le Caveu, l'Angé Gabriel, le Fere a Cheval refugio de apaches y de amorosas «entroleusses» de aúreo casco y fino cuello lazado de rojo. Allí asistió a las juergas canallas en que marineros y ladrones, soldados borrachos y «souteneurs» bailaban con las prostitutas absurdos danzones de negros. De aquella época turbulenta quedáronle como recuerdo la aventura relámpago con cierto sospechoso vizconde de Malibran, que, diciéndose príncipe egipcio y descendiente de no sé qué vieja familia italiana, resultó hijo de los porteros del palacio Farnesio, de Roma, y la más sensacional y emocionante corrida con apuesto apache, el «Moreno» o el «Rizado», en un lóbrego y sucio «hotel mueblé» de la «rue de la Roquet». Con Julito también había recorrido de noche el londinense Witte Chapel y según fama (vaya usted a saber qué hay de verdad en ello, pues que Julito era el único testigo, y Julito «dilettanti» del chisme contaba siempre todo... menos la verdad), héchose violar por un marinero en una taberna siniestra. Había corrido medio mundo así a caza de lances peregrinos y había gustado de las aventuras de una noche en los grandes hoteles cosmopolitas con príncipes italianos y caballeros brasileños de ojos de brasa y enhiestos mostachos. Y había gustado del misterioso encanto de las noches venecianas y las tardes del Bósforo en Constantinopla y los amores archiducales en Viena y los tenores de ópera en Milán y los capitanes de bandoleros en Calabria. Como todas aquellas aventuras trascendieran, las gentes pudibundas en un principio se asustaron; pero poco a poco, ante su gracia y su simpatía personal, acabaron por reír y entonces sus devaneos recibieron esa consagración, esa patente de corso que significa el llamarse «cosas». Desde entonces los chistes más atrevidos, las mayores atrocidades que su desatornillado caletre discurrió, las cosas más monstruosas y estrafalarias fueron «cosas de María Montaraz».

Vuelta al buen humor por su encuentro con Robledales e incapaz de seguir una idea diez minutos, bromeó a su vez:

—¿Y usted? ¿Le parece decente? ¡Vaya unas horas de estar aquí! —e interrogó risueña:

—¿Qué pajarraca le tiene prisionero?

—Le aseguro a usted... —comenzó él.

—¡Miau! —hizo burlona.

El hombre jovial explicó:

—Si es que estoy ahí con el «Arrojadito», que talla una banca.

Pintose súbitamente vivísimo interés en el movible rostro de la dama.

—¿Está ahí «Arrojadito»? Le vi torear el otro día y la verdad es que es muy valiente. Después —añadió— yo creí que no se quedaba nunca, que en cuanto despachaba la corrida se iba con su mujer.

—Esta es la primera vez que se queda —informó el aficionado—. Como torea el viernes, no hay tiempo.

—Preséntemelo —encargó ella.

Siempre charlando aproximáronse ambos a la mesa donde el torero jugaba. Presidiendo la asamblea, entre los rostros macilentos por el trasnocheo y los torsos doblados por los vicios, destacábase la figura fuerte y juvenil del héroe popular. Lentamente, serenamente, con la misma tranquilidad con que cuadraba a los toros, servía las cartas. Ganaba mucho y un montoncillo de fichas se apilaba ante él. Sus ojos de africano, grandes y negros, paseaban tranquilamente por la concurrencia, y sus labios sonreían a todo el mundo, amigos o desconocidos, con una sonrisa pueril de niño o de salvaje que mostraba el triunfo de una dentadura impecable. Muy moreno, el pelo negro, fuerte y espesísimo, vagamente ondulado, y el pecho echado hacia adelante, había en toda su persona varonil apostura. La Montaraz se lo comía con los ojos mientras pasaba mentalmente revista al catálogo, a sus conquistas, en una especie de exposición o certamen amatorio. Era guapo. ¡Cuidado que ella los había tenido que no eran costal de paja ni mucho menos, pero aquel...! El «Rizado» era guapo, guapo también aquel sospechoso Milibran, y Alfonso Cariñana, el elegante «esportmant» y «herr Hércules», el forzudo luchador del casino de Carlsbad y los demás que pasaban por el cinematógrafo de su recuerdo; pero aquél era más hombre.

Los ojos del «Arrojadito», en su inconsciente mariposear, tropezaron con los de la dama e involuntariamente se detuvieron en ellos. La mirada vaga, serena, clara, se obscureció con un matiz de atención profunda; entonces, por primera vez, diose cuenta de la curiosidad de que era objeto, y consciente, ya miró extrañado. Recreose en el interés que inspiraba a la bella. ¡Era bonita la «gachí» aquella y se estaba timando con él! Por vez primera en el transcurso de la noche perdió, y como al contar las cartas que restaban en la baraja el banquero le avisase que eran insuficientes para otra mano, dio las fichas a un criado para que se las cambiase y se puso en pie. Robledales le llamó para presentarle a la dama.

—Joaquín, la marquesa de Montaraz, una admiradora tuya. Marquesa, Joaquín García «el Arrojadito», un poco bruto, pero buen chico.

El matador balbuceó cortado algunas palabras ininteligibles y tendió tímidamente su mano a la Montaraz. Ella la estrechó con un cordial apretón de la suya menuda y fina cargada de portentosos anillos, y amable, aseguró:

—No haga caso de Robledales, es un guasón muy grande. Crea usted que soy una admiradora entusiasta de su toreo. Le vi el otro día y me encantó. A mi no me gustan los toreros bonitos, me gustan los hombres valientes, que sepan arrimarse.

Y sin hacer caso de un irónico carraspeo de su jovial amigo, continuó:

—Lo que siento es que le he traído pato. Estaba usted ganando, y en cuanto llegué yo...

Murmuró él algo que debía de ser una galantería, pero que no llegó a oídos de sus interlocutores. Así y todo, la dama dio las gracias con una sonrisa complacida, y luego propuso:

—Cenaremos abajo juntos...

Y sin hacer caso del pertinaz carraspeo de Robledales, planeó:

—Espérenme ustedes un momento; voy a avisar a Enriqueta y Julito, y vengo por ustedes.

Y ágil, airosísima, con movimientos de una gracia insuperable, dirigiose a la terraza.

II

No era un torero bonito ni un torero de raza. La historia de su triunfo fue la historia de su valor. Llegó porque se jugó la vida en cada suerte con arrojo temerario, porque miró a la muerte cara a cara siempre, sin llegar a verla nunca. Ignoraba el valor de la existencia; no sabía lo que era la vida y la muerte, y en cambio sabía lo que era el hambre y el frío. Tal vez en ello estribaba el secreto de su triunfo.

Para desdeñar la vida hay o que ignorar su valor o que no tener nada que perder con ella. La valentía va en razón contraria de los bienes que nos jugamos. Por eso son valientes los primitivos y los desesperados. Los civilizados son siempre cobardes; la existencia les ofrece demasiados atractivos para jugársela fácilmente.

No supo lo que era miedo. Ante el toro pensó en la gloria, en el oro, en los placeres; la visión siniestra de dolor y sangre no cruzó jamás por su imaginación.

Hízose torero porque en su alma ruda, primitiva, el toreo fue la única visión de triunfo entrevista en sueños. ¡Y qué luchas para llegar de simple capeador a espada de primera fila! Desde muy niño escapábase a los pueblos a la querencia del popular festejo, ostentando orgullosamente su incipiente coleta. A la vuelta su madre le sentaba las costuras. La pobre mujer, con la experiencia que le daban los años y una vida entera de incesantes trabajos, era refractaria de aquellos sueños y se desesperaba de ver la mala cabeza de su hijo. ¡Aquel hijo le iba a quitar la vida! ¡El fruto de su vientre, maleta, rodando por esos pueblos de Dios entre golfos y perdidas, expuesto a que un torete le diese una cornada! E invocaba la memoria del padre, el señor Zacarías, un buen trabajador, hombre tan cabal y leído que hasta estuvo, en una ocasión, en que se trató de llevar al Municipio representación del «honrado pueblo», indicado para concejal. Todo fue inútil: Joaquín siguió marchándose en inverosímiles peregrinaciones. Y un día, al volver de una de ellas, encontró que habían enterrado a su madre.

Desde entonces todas sus rudas ternuras, todo el caudal de afectos que había en su alma, lo consagró al amor de su Rosario, una muchacha dulce y pálida que sentía loco amor por el torerillo valiente. Pronto nuevas luchas y tristezas vinieron a amargar su dicha. La posición de la chiquilla era si no brillante, desahogada. Su padre, un buen obrero, ganaba de inspector en una fábrica lo suficiente para cubrir las modestas necesidades de su familia. El señor Damián y la señora Dolores eran gentes tranquilas y no querían un yerno torero. Ruegos, lágrimas, razones, todo fue inútil. Comenzó para los enamorados una era de dificultades y sobresaltos. Unas palabras furtivas a la salida de la iglesia, un rato de coloquio en la reja florida de rosas y claveles, entre los que adquiría la amada el misterioso encanto de una aparición mística, una flor que caía con el tallo tronchado por los dientes, una entrevista en la tapia del jardinillo, en que, bajo la benévola sonrisa de la luna, el futuro héroe tejía en los oídos de su novia un madrigal, eran los únicos consuelos que podían permitirse.

Pero todos aquellos obstáculos no le amilanaron. ¡Bah! Sería torero, un gran torero, y los padres de Rosario, ante la visión del dinero y los aplausos, cederían. Y soñaba, durmiendo en las cunetas de las carreteras, camino de los pueblos donde iba a torear, en mantones de Manila cubiertos de fastuosa flora, en que envolvería a su Rosario, y en los solitarios como garbanzos que gracias a él fulgurarían en sus orejas.

En aquellos días de prueba conoció a Robledales. En una novillada celebrada en no sé qué obscuro villorrio, donde una avería del coche obligara al aficionado a detenerse, éste vio torear al muchacho. Al principio lo tomó en broma, sus arrestos le hicieron reír; pero poco a poco el valor asombroso del chico, su pueril petulancia, la gracia ignata de sus movimientos lleváronle a vaticinar un astro futuro y comenzó a protegerle. El chico, además de valiente, era bueno; ninguna de las malas mañas de sus compañeros habían arraigado en él, y así el afecto del protector aumentó.

De nuevo vino la muerte a borrar un enemigo a sus sueños, pero al mismo tiempo, y por raro contrasentido, dio con ellos en tierra, al parecer para siempre.

Hallándose Robledales en América, una lenta y terrible dolencia arrebató la vida, tras comerse todos sus ahorros, al señor Damián. Corrió Joaquín a ver a su amada. En la casa, antes tan alegre, desarrollábase una escena terrible de dolor. No sólo perdían las infortunadas mujeres a un ser querido, que era su único apoyo, sino que además quedaban en la miseria. En el tosco espíritu del muchacho incubose rápidamente uno de esos sacrificios que nos hacen dar en holocausto de un cariño más que la vida, las ilusiones y las esperanzas. ¡Él las salvaría! Él, a quien no hubo fuerza humana que le hiciese renunciar al toreo, lo abandonaría voluntariamente para trabajar y sería el apoyo que faltaba a las desdichadas hembras. Y dos días después, hallado ya el jornal en una fábrica, se presentó a la señora Dolores, llevando en prenda aquello de que más orgulloso estaba, el símbolo de sus glorias: su coleta.

La pobre mujer no supo sino abrir los brazos, y llorando, estrecharle en ellos.

—¡Hijo! ¡Hijo de mi alma, qué bueno eres!

Meses después se casaron Joaquín y Rosario. Desde entonces la vida se deslizó monótona en un ambiente gris de felicidad humilde. De los antiguos ensueños no parecía quedar nada en pie; la quimera había plegado sus alas y entornado los párpados ocultando el malsano fulgor de sus pupilas glaucas y fascinadoras. Una niña, nacida un año después de la boda, había completado la dicha de aquel hogar. Joaquín trabajaba mucho, su honradez y laboriosidad le granjearon pronto la estimación de sus superiores y lentamente las ganancias aumentaban y con ellas el bienestar. Sólo de tarde en tarde la visión de un cartel de toros que con sus joyantes colores alegraba la vista inspirando ideas de triunfo y de alegría o el bullir de la multitud camino de la Plaza, despertaba como un eco nostálgico sus antiguos ensueños. Transcurrieron tres años, y al fin de ellos, un día Joaquín regresó a su casa con un pliegue de preocupación en la frente. Apenas cenó, y ya recluidos en la alcoba nupcial, confesó a su mujer con timideces de niño el delito. Se había encontrado con Robledales que buscaba un novillero para la corrida del siguiente día, pues la cogida aquella tarde del «Chico de las verónicas» dejaba el cartel incompleto y se lo había propuesto a él. Primero se negó. ¿Estaba loco? No sabía que él había sentado la cabeza y era ya hombre formal. No; no torearía. Pero Robledales había insistido. ¡Era un cobarde! ¿No le daba vergüenza? Él, que tenía un gran porvenir en los toros, estar pasando miserias y siendo un pobre obrero. Hasta por su Rosario, hasta por su chiquilla, su nena, debía hacerlo. ¿Es que le daban miedo los toros? Le habían hecho beber, habían excitado su amor propio, y acabó por aceptar.

Su misma ansiedad le dictaba razones que balbuceaba al oído de su mujer esperando ansioso, con extraña opresión de anhelo en el corazón, la sentencia que consideraba inapelable. Si ella no quería, se volvería atrás y retiraría su palabra.

Con alegre sorpresa suya, Rosario no se indignó, ni protestó airada de aquella locura, ni menos formuló una prohibición. ¿Por qué no había de torear si aquél era su gusto? Ella le quería ante todo feliz, y si ser torero formaba parte de su dicha, fuéralo en buen hora. Los hombres tienen sus cosas y justo es darles gusto en ellas. Además tenían la niña, y ella, que no era ambiciosa por sí, éralo por su hija. Cierto que le daba miedo, cierto que su vida serena y tranquila iba a verse sacudida por hondas agitaciones, y que iba a pasar temores y ratos crueles; pero tenía fe en la Virgen Santísima y «Ella» se lo libraría de peligro. Juntos hicieron el plan. Era preciso ocultárselo a la madre, pues la señora Dolores, vuelta aún más gruñona por los años, seguía con su irreconciliable inquina por el toreo, y el proyecto de su yerno le sacaría de quicio. Decidieron, pues, no decirle nada hasta que hubiese pasado la cosa. Si él vencía, el mismo júbilo le haría aceptar los hechos consumados, y si salía derrotado, estaba resuelto a volver al trabajo.

Y llegó el día de la prueba y el «Arrojadito» triunfó. Los aficionados viejos no recordaban en su larga vida de taurómacos un éxito como aquel. El nuevo torero había estado enorme, colosal. Valiente hasta la temeridad, se había jugado la vida a cada instante con una serenidad magnífica que enloquecía a la muchedumbre; agilísimo había dado quiebros prodigiosos y lances de capa inenarrables. Y por fin, en la suerte suprema, había desplegado tal valentía, y tal arte, que el pueblo, entusiasmado, invadió el ruedo y le sacó en hombros.

Cuando la señora Dolores le vio llegar así, aplaudido, festejado, mimado de todos, no tuvo valor para la protesta, y como siempre que le sucedía algo, fuese bueno o malo, rompió a llorar.

Desde aquel día las contratas llovieron a granel, el dinero abundó y un grato bienestar se entronizó en la casa. De corrida en corrida el éxito se agrandó; cada estocada era un paso en el camino de la gloria; su nombre victorioso recorrió toda España. Un año más tarde tomó la alternativa. Era el torero más valiente, el más fuerte, el más castizo. Y Joaquín, inconsciente, siguió jugándose la vida con alegría pueril.




III

En la desolación del paisaje las montañas alzaban, bajo el cielo entoldado de nubes, sus desnudos picachos como torreones de una fortaleza de titanes. Por entre ellas serpenteaba la carretera en rápida pendiente, enroscándose a la montaña. Abajo, en las laderas cubiertas de tierra gris, en que ponían una nota obscura los tojos y zarzales, veíanse esparcidos algunos pueblecillos miserables, tristes, semiderruidos, dominados por los campanarios de sus pobres iglesias. A lo lejos, en todo lo que alcanzaba la mirada, un desierto monótono, parduzco; y limitando el horizonte montañas de piedra que amurallaban el paisaje, más triste aún bajo la blanquecina claridad de la mañana.

El automóvil, entre grandes resoplidos, escalaba la montaña a toda presión de su motor de ochenta caballos. Desde el choque con el paso a nivel, el dichoso artilugio no funcionaba del todo bien provocando sus sospechadas averías gran inquietud en los excursionistas, que temían no llegar a tiempo para presenciar la corrida.

Verdad que al parecer no había sufrido ninguna descomposición irremediable. La rotura de un farol y una insignificante torcedura en el freno, no eran bastante a impedir el buen funcionamiento de la máquina; pero aquel incidente había llevado cierta desconfianza sobre la habilidad del dueño y «chauffeur» a los corazones de sus invitados. Además, Julito Calabres, siempre deseoso de hacer sensación y no contento con dejar patitiesos con su traje violeta de exageración caricaturesca a los madrugadores que habían presenciado la salida de la expedición, desde la terraza del hotel, dedicábase a contar tremebundas catástrofes y espantables historias de automóviles despeñados y excursionistas hechos tortilla en el fondo de los precipicios, muy divertido del espanto de Enriqueta Barbanzón que se veía ya en el lecho de un barranco con su «toilette» de «Redfern» hecha una lástima.

Habían salido a las ocho de la mañana de San Sebastián, pues aunque la cita era a las seis, hubo que ir sacando uno por uno de la cama a los excursionistas. El trasnocheo a que estaban acostumbrados, la gran afición pictórica de aquellas damas (no había sino mirarles la cara), el sueño fácil y pesado del «Arrojadito» y los interminables trámites de la vestimenta de Julito Calabres, hubiesen retrasado la salida hasta las dos de la tarde si Pepe Rodríguez, propietario del automóvil a quien María con su «sans fason» habitual había embarcado para que les llevase, no hubiese ido de Hotel en Hotel metiendo prisa y amenazando con no llegar a tiempo para contemplar los primores que «Bombita» y «Machaquito» harían en la corrida.

Él, Pepe Rodríguez, estaba en pie desde las cinco de la mañana; claro que no era su aseo y vestimenta obra de romanos (¡ni mucho menos!) y que en cinco minutos estaba aviado. Él era muy hombre y fanático de aquella vieja teoría que supone en los hombres la obligación de oler a tabaco, a perro, a caballo y no sé si a alguna cosa peor, y sentía en su alma de señorito juerguista, gallo de cafés y giras campestres, gran conquistador de cupletistas averiadas en «tourne» provinciana, hondo desdén por las mamarrachadas de aquel fantástico Julito que se perfumaba como una «cocotte» y se ponía sortijas dignas de un radja de guardarropía. Era, en el fondo, un buenazo, simpático y llanote, leal y sincero amigo, que, trastornado por las enigmáticas delgadeces de la Barbanzón, por sus ojos de pasión rodeados de livores y sus altivos aires de reina destronada, se había incorporado a la pandilla y con ella era escándalo y ludibrio de gentes honestas y timoratas.

Ocupaban el asiento del fondo en el carruaje María, que mostraba su carita desvergonzada semioculta entre gasas verdes que le daban cierto picante aspecto diabólico, el «Arrojadito» prensado contra la dama en manifestación de amor casi primitiva, y Enriqueta Barbanzón, que no pensaba sino en resguardar su indumentaria del polvo y su peinado del aire. En los asientos laterales habíanse acomodado Julito y Robledales y en los del fondo, y dando la espalda a Rodríguez, «Madame» de Narbone, extraordinaria en su estrepitosa belleza de Venus ticianesca, y el «Fruterito», amigo y banderillero del diestro.

Era la francesa una verdadera francesa de novela, de esas que, enamoradas de la España de pandereta, inspirándose de los escritores de su país, había venido a la prosaica tierra del garbanzo, decidida a hacerse amar de un toreador valiente, raptar por un José María y pasear a la grupa de un picador por la calle de las Sierpes. Gran amiga de María, a quien conoció en un albergue de marinería en Nápoles, al llegar a San Sebastián, su primer cuidado fue buscarla deseosa de reanudar las sospechosas aventuras corridas en otros días en la bella ciudad italiana. María y su inseparable Julito, siempre a caza de tipos raros con que pasmar a los burgueses, acogieron su llegada como la venida del Mesías y la presentaron a todo lo peor que conocían. Pronto hizo honor a sus maestros y comenzó un devaneo con el «Fruterito» que, alhagado por la conquista de tan alta señora, se prestaba a todos los disparates que a ella se le ocurrían y que no eran pocos. Era una loca, según autorizada opinión de sus amigos; decía desatinos de un cinismo inconsciente, maravilloso, y delante de su marido (Monsieur de Minotauro —le había bautizado Calabres) se jactaba del amor que sentía por los toreros. ¡Oh, los toreros valientes! Y él sonreía paternal, benévolo y comprensivo, y encontraba ¡tan interesante!... los devaneos de su mujer. ¡Él la conocía bien! «¡Un ángel!» Cierto que en una ocasión se le escapó en Roma con un modelo de pintor, pero lo hizo sin malicia, por puro amor al arte, por curiosidad, por romper la monotonía de la vida. Ahora iba el caballero, impecable en su aspecto discreto de respetabilidad, sentado en el pescante junto al dueño que conducía el coche, y sin importarle lo que sucedía a sus espaldas, calculaba el tiempo que faltaba para el almuerzo, lamentando sinceramente no haber comido un poco de pollo y un entrecot además de los cuatro huevos y el café que había tomado para entrenarse hasta la hora del yantar.

El automóvil había acabado de subir la empinada cuesta, y ante la vista de los excursionistas se abría el panorama de los campos, tristes en su grisosa monotonía, apenas interrumpida por las notas incoloras de algunos poblados. Campos heroicos que fueron teatro de las épicas luchas civiles, cada pueblecillo, cada lugar de aquellos que se entreveía a lo lejos, tenía un nombre evocador de cien leyendas de heroísmo, de abnegación, de fanatismo y de crueldad. Allí cabalgó al frente de su Estado Mayor el Rey caballeresco, fuerte, apasionado y creyente, como el héroe de los tiempos medioevales. Por allí, el que se creía investido del poder de Dios, paseó sus impaciencias cuando tenía en Estella el cuartel Real.

Julito, con una ilustración de «Bedaker», comenzó a rememorar lances de la guerra civil. La Narbonne suspiró. ¡Quién hubiese vivido en aquellos tiempos caballerescos! Y la idea de las ferocidades del cura de Santa Cruz y de las brutalidades de los mozos lanzados al asalto de pueblos indefensos, la hizo palpitar de voluptuosidad mientras fijaba una mirada de cordero agonizante en el torerillo que llevaba al lado.

El automóvil se había lanzado raudo cuesta abajo, y los tripulantes cerraban los ojos, entregándose con rara sensación de placer al vértigo de la velocidad. La carretera se abría ante ellos blanca, recta, igual, libre de obstáculos, y el pesado carruaje parecía volar en un torbellino de polvo. De momento en momento la velocidad aumentaba, sin que Rodríguez intentase atajarla. Todos hablaban ahora nerviosamente, engañando su inconsciente temor con un júbilo falso y sin querer ninguno ser el primero en darse por vencido confesando su miedo. Al fin Robledales se rindió. Él no presumía más. Le tenía sin cuidado la opinión ajena, y la verdad, no le haría maldita la gracia que aquellos locos le espachurrasen.

—¡Eh, tú, Pepe, que nos vas a matar! —gritó al conductor.

—¡No hay cuidado; vamos al pelo! Ochenta y cinco kilómetros por hora.

Hubo breve pausa silenciosa. Ahora era María la que no quería morir. La vida era demasiado agradable, y más con aquel nuevo amor que se había echado, para romperse la cabeza sin más ni más.

—Mira, Pepe, no seas animal y acorta el paso, que nos vas a descrismar.

—Voy, voy...

La voz de Pepe había sonado extrañamente timbrada de un vago temor. Hacía ya minutos que realizaba titánicos esfuerzos para parar el coche sin poderlo conseguir. Con manos y pies se esforzaba en detener la vertiginosa marcha, que en vez de disminuir aumentaba por momentos. Un sudor de agonía perlaba su frente y sentía frío en los huesos. ¡El dichoso freno! Debía de haberse soltado la cadenita e iba a matarse y a matarlos sin remedio. Para componer la avería sería preciso que él o alguien conocedor del mecanismo expusiese la vida montándose sobre la caja y enganchando la cadena, si como él creía en eso consistía la avería. Pero, ¿quién? Por exigencias de María, que tenía gran empeño en que cupiesen todos, no había llevado mecánico, y si él lo hacía, ¿quién guiaba mientras? Además, si daba la voz de alarma, aquellas gentes enloquecerían de miedo, y Dios sabe qué disparate eran capaces de hacer. Y la cosa urgía. Dentro de unos minutos llegarían a las curvas que formaba el camino al dejar la montaña, y a aquella velocidad les sería imposible tomarlas bien y se matarían sin remedio. María tornó a gritarle con voz vagamente alterada:

—¡Eh! ¡Estás loco! ¡No ves que nos vas a estrellar!

Hizo un esfuerzo, y volviéndose a medias en el asiento, avisó:

—No puedo parar. Debe de haberse soltado la cadena del freno.

María quiso echarlo a broma, y con voz que pese a ello temblaba, reprochó:

—No gastes guasas con esas cosas, y para.

—Si no puedo —aseguró él veraz—. Haría falta alguien que se montase en la caja y sujetase la cadena.

Ante la inminencia del peligro los excursionistas deliberaron. ¡Zapateta! ¡No era nada! ¡Probabilidad de romperse la crisma! ¿Quién se sacrificaría? En monsieur de Minotauro no había ni que pensar, antes les dejaba morir a todos que exponer él su pellejo. Rodríguez no podía abandonar la manivela; el «Fruterito» era demasiado bruto, y además, madame de Narbonne se había agarrado a él como a un clavo ardiendo, y estaba decidida a morir en su compañía y no sé si a que les enterrasen juntos; la Barbanzón, hermética, meditaba: «¡Lástima de vestido! ¡Si ella lo llega a saber, cualquier día estrena traje para ir con aquellos desatinados!» Julito se ofreció a ello. Había un algo de elegante en aquella postura de desdén por la vida, y él, en su snobismo, sentía intensamente su encanto. Con una indiferencia «muy griega» se brindó:

—Yo lo haré.

Rápidamente salió al estribo y se inclinó. El polvo y el humo le cegaron, obligándole a echarse hacia atrás. No. Imposible. No le daba miedo morir; pero aquella muerte antiestética, triturado por un automóvil, le horrorizaba. Además, ¿y si no moría? Roto, sucio, hecho una lástima, la «toilette» sensacional convertida en un guiñapo; en vez de la entrada triunfal, una llegada ridícula, que ni siquiera tendría el prestigio del hecho heroico, que contado y por ende arrancado del escenario, perdería la mitad de su fuerza dramática. No. ¡Imposible!

—Yo no puedo —aseguró, volviéndose dentro del coche.

El «Arrojadito» se ofreció a su vez:

—Voy a probar yo.

El primer impulso de María fue oponerse al sacrificio de su amante. Luego lo pensó mejor. Era bonito: el gran torero muriendo por ella en un accidente de automóvil. Además, le iba en ello la vida, y no era cosa de sacrificarse en un impulso romántico indigno de una nitschana como ella.

El peligro aumentaba por momentos. O paraban o antes de cinco minutos se mataban irremisiblemente. Sin perder tiempo salió el torero a su vez al estribo. El automóvil corría con velocidad vertiginosa cuesta abajo, entre densas nubes de polvo y humo. Árboles, rocas, postes de telégrafos, huían en fantasmagórica carrera de pesadilla, y como en esos angustiosos sueños que nos hacen despertar anhelantes, aquella loca marcha daba la sensación de vacío de una caída en el abismo.

Joaquín, sosteniéndose con una mano, dobló el cuerpo sobre el estribo y trató de coger la cadena que pendía en locas oscilaciones. ¡No alcanzaba! Con dislocada agilidad gimnástica se estiró más. Una voz llegó angustiosa hasta él:

—¡Pronto, pronto, que nos matamos!

Hizo un esfuerzo supremo y la cadena quedó enganchada. El automóvil rodó aún algunos metros y se detuvo al borde del abismo en el momento que el «Arrojadito» saltaba dentro y caía en los brazos de María.

Julito y la Barbanzón respiraron, y la francesa creyó oportuno desmayarse sobre el pecho del banderillero.




IV

Las luces de la feria se iban apagando poco a poco. Todavía brillaban los arcos voltaicos de un cinematógrafo y a lo lejos un tiovivo cargado de dorados y lentejuelas daba vueltas a los sones de ramplona musiquilla, que llegaban hasta allí apagados y melancólicos.

Comenzaban los vendedores a cerrar sus puestos y a recogerse en ellos; hombres, mujeres y niños, formando enormes familiones, venidos de la montaña para presenciar las fiestas del patrón, ambulaban atontados de un lado a otro buscando un refugio para pasar la noche, y la población toda, de común tan tranquila, ardía en una vida ficticia.

En la terraza que bajo los soportales de la plaza había improvisado el dueño del Hotel Imperial acababan de tomar el chocolate, de vuelta del teatro, la Montaraz y los demás de la pandilla, más algunos «aficionados» y admiradores del «Arrojadito». Discutían todos los lances y peripecias del taurino festejo de la tarde, y mientras don Godofredo, con el tirolés verde, que, según Julito, más parecía un huevo frito caído sobre la oreja, discutía con el monstruoso don Zenón los floreos del «Bomba», los otros reían y hacían chistes subidos de color. Sólo María, de un humor endiablado, no prestaba atención a los discreteos, y puesto en ello sus cinco sentidos, espiaba, con el rabillo del ojo, a dos aventureras de vistoso atavío y buen palmito que bebían champaña, sentadas a otra mesa, en compañía de un tipo que ella conocía de verle rodar por las salas de juego de San Sebastián y Biarritz. No le cabía duda que una de ellas (la rubia del sombrero encarnado, por más señas) se estaba «timando» con el torero, y aún que (y esto era lo que le sacaba de quicio) él correspondía a sus miradas con otras, si no tan incendiarias, también cargaditas de electricidad.

Aunque aún no tenía derechos adquiridos, pues entre ella y el muchacho no había sino un escandaloso flirteo, los manejos de la zurlipanta para birlarle a su adorador le estaba poniendo los nervios de punta. ¿Qué se había creído la tía aquella? ¡Habrase visto pendón! ¡Mirar a un hombre que era suyo, que estaba enamorado de ella!

Porque Joaquín estaba loco por ella, de eso estaba segura. No había sino mirarle a la cara para observar el cambio enorme operado en aquellos quince días. Más pálido, más ojeroso, con no sé qué brillo malsano en las pupilas y qué extraña sequedad en los labios, la envolvía en largas miradas sombrías. Además, él tan formal, tan buen chico, no hablaba para nada de volver a su casa con su mujer y su nena, sino que empalmaba corrida con corrida y seguía junto a la dama que, a decir verdad, no se mostraba esquiva con él. Aquel mismo rendimiento era su mayor enemigo, pues segura ella de su poder, sabía con supremo talento de mujer hecha en tales lides, negarse y ofrecerse alternativamente, resistiendo unas veces a sus rudas acometidas con el tesón de una virgen sagrada, desarmando otras su enojo con una caricia, ondulante, escurridiza, camaleóntica, cediendo siempre sin llegar a caer nunca. Por vez primera él, aquella noche, separaba los ojos de ella para fijarlos interesado en otra mujer. Así, la Montaraz, nerviosa, inquieta, esperaba el momento de recogerse con cierto temor de que él quisiera quedarse allí.

De pronto latiole violentamente el corazón; el galán de aquellas señoras se había puesto en pie y venía a ellos. Llegado a la mesa, saludó a todos, y luego, acercándose al «Arrojadito» habló con él en voz baja. María aguzó la oreja para tratar de enterarse, pero hablaba muy quedo y sólo alcanzó frases truncadas.

—...Sabes, esas del «Olimpo», la del escándalo...

—Sí, sí; ya sé quién son —replicaba el torero—, pero ahora estoy con estas señoras y no puedo.

No pudo la curiosa dama enterarse del nuevo argumento empleado por el tentador y sí sólo de la respuesta de su amado, que menos cuidadoso hablaba más alto.

—Te digo que ahora no puedo.

—Si no es ahora, es cuando se suban —argüía el otro impaciente.

Joaquín parecía vacilar. Una opresión extraña ahogaba a la dama y el anhelo loco de una negativa agitó su corazón. Se vio defraudada. El torero, tras breves instantes de duda, pareció tomar su partido.

—Bueno, espérame; en cuanto les deje, volveré a bajar.

María sentía insensata rabia. ¡Infames! Luego, la dulce duda la ofreció un refugio. ¡Bah! No bajaría; había aceptado para librarse de aquel pelmazo y zafarse del compromiso. ¿Cómo conseguir una certeza? Un ardid femenino se le ocurrió. Interrogarle a él. Si decía verdad, era señal de que no pensaba bajar; si mentía, la aceptación era cierta.

—Oiga usted —interrogó con aire indiferente como el que no quiere la cosa—. ¿Qué buscaba el trasto ese? ¿Algún recado de las pelanduscas?

Mintió él.

—Nada, tonterías. Un billete «pa» los toros de mañana. Le he dicho que en «er» despacho hay un tío que los vende.

Despechada, nerviosísima, deseando despejar la incógnita, María sintió invencible sueño y mirando su reloj, se dispuso a subir.

—¡Pero ustedes saben la hora que es! ¡Las dos! ¡Y mañana hay que madrugar!

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Con prodigiosa rapidez de transformista, María concluía su tocado nocturno. Las voces de Julito y Joaquín, que hablaban en el pasillo, le tranquilizaban respecto a la oportunidad de su salida. Mientras el elegante estuviese allí, «Arrojadito» no bajaría a la cita de las prójimas. Había que ganar tiempo, y la excitada señora daba los últimos toques a «deshabillé». Hay que confesar que estaba guapa, con el perverso encanto de bacante o de sacerdotisa de un culto lascivo y pasional. Una bata de muselina blanca moldeaba la ambigua gracia de su cuerpo de adolescente, dejando desnudo merced al cuadrado escote y a las cortas mangas, el cuello fino y los redondos y torneados brazos. Había sacudido la cabellera corta y rizada que nimbaba de sombra el rostro pálido en que los labios eran encendidas brasas.

Al fin oyó a Calabres que se despedía y al torero que entraba en su cuarto; luego, una pausa silenciosa, y al fin una puerta que chirriaba, y escuchó pasos de persona que avanza quedamente. ¡Él! Resueltamente abrió la puerta y diose de manos a boca con «Arrojadito».

Con habilidad de artista consumada fingió profundo asombro:

—¡Ay!

Él se detuvo, y disimulando con una risa falsa su turbación, interrogó:

—¿Le asusto?

—Asustarme, no —aseguró ella—. Pero como les creía a todos durmiendo...

—Yo, no —y buscó inútilmente un pretexto con que excusar su salida.

Más dueña ella de sí, dijo a modo de explicación:

—Yo no podía dormir con una jaqueca atroz que se me ha levantado, y como antes vi una terracita que daba sobre un jardín, se me ha ocurrido ir a tomar el fresco allí para ver si así se me pasa el dolor.

—¿Se puede acompañarla? —interrogó él.

Vaciló la Montaraz, fluctuando entre tomarlo en serio o a risa, y decidiose al fin por este último partido:

—¡Hombre, le puede hacer daño el relente!

Él imploró humilde vencido al encanto de la dama:

—Déjeme ir. ¡«Pue» que mañana me mate «er» toro y «jasí» llevaré su recuerdo «ar» otro mundo!

Había una súplica tan apasionada en su voz que María cedió:

—Venga usted, si quiere.

Caminaron pasillo adelante, y al llegar ante una puerta vidriera abrió ella y penetraron ambos en una pequeña terraza que avanzaba sobre el jardín.

Era un jardín provinciano, lleno de un gran encanto melancólico. Así, bajo la diáfana claridad de la luna que lucía en el cielo azul obscuro como un ópalo caído en un tapiz cobalto bordado de oro, adquirían las cosas una belleza vaga ensoñadora. Entre macizos de bojes y arrayanes, que comenzaban trazados de calles inacabadas, florecían los rosales.

Bajo la luz del sol debía de ser aquel un jardín vulgar; pero así, visto a la teatral claridad de la luna, tenía poética belleza. Como en la escena del balcón de «Romeo y Julieta», María se apoyó en la balaustrada. Toda blanca, hecha de gasas y de luna, manchada la eucarística albura del rostro por la sacrílega herida de los labios, semejaba una aparición a la vez pasional y mística. Joaquín se colocó junto a ella, y ambos permanecieron silenciosos. Él la miraba turbado por intensa sensación pasional, sin atreverse a hablar. Ella, las narices dilatadas de voluptuosidad, aspiraba el acre aroma del jardín. Al fin ella, más dueña de sí, habló:

—Parece que se me pasa el dolor de cabeza.

Luego, como él siguiese callado, bromeó:

—¿Se ha dormido?

Con voz temblorosa de pasión comenzó a hablar:

—No me he dormido: es que cuando estoy a su vera siento como un ahogo que no me deja hablar. «É» como una alegría «mu» grande que me diera gana de llorar; «argo» que «é» pena y alegría.

Hizo una pausa y después siguió:

—A veces, allá en mi tierra, he «sentío» cosas de éstas cuando andaba solito por los campos y olía a gloria y cantaban los ruiseñores. Entonces, como ahora, sentía esta penita muy dulce, muy buena...

Y como ella callase tercamente, interrogó tuteándola de súbito:

—¿Sabes por qué, di, sabes por qué? ¡Porque te quiero!

Y como ella siguiese silenciosa, un brazo audaz rodeó su cintura.

María no protestó, no hizo resistencia. ¿Para qué? Le quería. Se daba exactamente cuenta de que su voluntad entera no le serviría para defenderse una hora más. Una de aquellas súbitas rachas pasionales que le dominaban de vez en cuando se había enseñoreado de ella ahora. Le quería; más que quererle, sentía una atracción invencible hacia él; una incapacidad física de resistencia. Él, a su vez, en contacto con el cuerpo de la morena, que adivinaba semidesnuda al través del liviano tejido de la bata, experimentaba loca ansiedad de morder aquellos labios prometedores de voluptuosidades y de mirarse en el fondo de las pupilas agitadas por la tormenta pasional.

Poco a poco se fue estrechando contra ella en loco abrazo que le hacía sentir las tibias carnes de la mujer moldeándose a su cuerpo; sus labios secos, quemantes, se posaron en el desnudo cuello, y en una caricia dulce, mordedora, fueron subiendo hasta encontrar los labios de la amada y fundirse con ellos en un beso interminable, mientras los ojos se hundían en el abismo de los ojos.

La luna, avergonzada, escondió su rostro en una nube, y en la paz de la noche vibró un cantar:


Fueron mis ilusiones
flor del almendro;
flor temprana que al soplo
muere del viento.
 

V

Al salir del Ideal Room, por espontáneo impulso de ambos, sin mediar previo acuerdo ni cambiar palabra, echaron a andar calle Alcalá abajo. Joaquín iba triste, con una tristeza rebelde, impoluta de cobardes resignaciones. En aquel alma primitiva la pena tenía algo de nerviosa impaciencia. No saboreaba el dolor delectándose en él, como sucede en algunos espíritus refinados que paladeaban la voluptuosidad del sufrimiento; por el contrario, en el suyo revestía casi la forma de un malestar físico.

Robledales, que hacía ya tiempo que oteaba aquellas tristezas en lontananza sin poder remediarlas, y que profesaba al muchacho sincero y casi paternal afecto, dábase bien cuenta de la tragedia anímica de que era víctima.

Salían del aristocrático restaurant, adonde pese a los sofiones del teatro, «Arrojadito» se había empeñado en ir a ver a la ingrata. Habían, pues, entrado contra la voluntad de Robledales a tomar una copa de jerez, y, como era de esperar, después de la primera parte la nueva entrevista fue un desastre.

Ni siquiera le quedó el consuelo de estar junto a la amada, pues aparte de que ella no se lo propuso, la mesa estaba completamente rodeada de gente. Venían todos del estreno de «Los cascabeles de la Muerte», una obra simbólica de Julito, que había obtenido un éxito, mejor un fracaso de escándalo. Posando de cínico contaba el autor las peripecias de entre bastidores durante el estreno, y, para variar, se reía de todos, empezando por sí mismo. En estilo joco-serio narraba gestos y posturas, mezclando nimiedades con ideas y juicios atinadísimos, con ligereza peculiar en él. La característica, al salir de escena después de una borrasca del segundo acto, se había abrazado a un tramoyista presa de un ataque nervioso, y la novia del muchacho, creyendo que lo hacía intencionadamente, en un rapto de celos le había dado en la cabeza con la cosa más pesada que encontró a mano y que resultó ser ¡un ejemplar de la dichosa comedia! Él, Julito, se había visto ya emulando a cierto escritor americano a quien en el estreno de una obra suya habían silbado en el primer acto, tirado verduras en el segundo (la de la Campanada comenzó a pensar en la conveniencia de estrenar), y a quien, por fin, en el tercero, habían tenido que sacar del teatro disfrazado con un traje de la característica para que el público no lo matase. Pero, ¡bah!, no le importaba nada el fracaso.

—No hay nada —decía el autor silbado con su prosopopeya habitual— tan cerca de un gran éxito como un gran fracaso. Entre uno y otro no media sino un solo aplauso. Los éxitos medianos, medianos son siempre, y jamás pueden convertirse en un gran triunfo; en cambio, un fracaso tremendo se convierte facilísimamente en un éxito colosal.

Seguía por aquel orden sus disertaciones y todos le escuchaban risueños, muy divertidos de las paradojas con que afirmaba su fama de escéptico. Entre todos aquellos dimes y diretes, la de la Campanada aprovechaba la confusión para comerse las «brioches» que correspondían a los demás. María Montaraz era la que más atención ponía en las palabras del narrador. Y era tanta la que ponía la morena dama que apenas si fijó en el torero una mirada indiferente de sus doradas pupilas. ¡Y si a lo menos fuese eso solo! Pero no; compartía su atención con las razones de Julito la persona de un amigo o intérprete de éste, un hombre pequeño y nervioso con una carátula de histrión muy blanca, surcada de profundas arrugas que más parecían cortes donde lucían dos ojos redondos, brillantes como carbunclos y en cuya frente dejaba un extraño rastro un mechón de pelo lacio.

Molestado por el frío desdén de la dama, habíase levantado, y seguido de Robledales, salido a la calle sin merecer sino un vago y distraído saludo de los del grupo.

Aquello venía preparándose desde hacía tiempo. Mientras caminaban ahora por la acera del ministerio de la Guerra, evocaba «Arrojadito» la decadencia de sus amores.

Al principio, María Montaraz estaba loca con su nuevo «flirt». Cada brusquedad, cada torpeza, cada falta de habilidad mundana, era para ella un encanto más de su amante, una cosa muy graciosa, muy original, muy «chic» que contarle a Julito y con que epatar a la Barbanzón. Como si no bastase con esto, los transportes de pasión feroz del torero, además de alhagarle, producían en su gastada naturaleza de mundana una sensación de fuerza, de sinceridad, que le encantaban. Mientras sus locas aventuras tuvieron por escenario las villas costeras y por espectadores a los ambiguos públicos de las playas de moda y los asombradizos de las provincianas urbes, su existencia fue una carrera triunfal. Fueron de escándalo en escándalo, llamando por todas partes la atención y gozando en dejar admiradas a las pobres gentes que encontraban en su camino. Pero pasó el verano con la vida corretona y el otoño con las benévolas complicidades de París, y llegó el momento del retorno a los patrios lares y con él las dificultades. Madrid era Madrid, con su vida social llena de ineludibles obligaciones; había deberes de decoro y prudencia, y las gentes, aunque anchitas de manga, no llegaban hasta tolerar ciertas cosas. María tenía su posición y no podía hacer lo que le daba la gana, so pena de tirarla por el balcón. Su amistad con el torero, que en las andanzas veraniegas tenía cierta excusa, trasladada a la corte no tenía razón de ser. «Arrojadito» no era ni siquiera aquel Julio Forestal poeta chirle, de largas guedejas, a quien ella exhibió por los salones recitando odas y sonetos, ni aquel nervioso violinista polaco, Sigfred Copinski, que impuso la dama como elemento imprescindible en todos los conciertos aristocráticos: era un torero, un hombre del pueblo, sin educación ni principios, que si bien en verano es tolerable, en invierno era absolutamente inadmisible.

Pero Joaquín no lo comprendió o no quiso comprenderlo así. Cada vez más ciego en su pasión por ella, dispuesto a sacrificarlo todo, porvenir, familia, dinero, empezó a perseguirla, a pegarse a ella, a no dejarla ni a sol ni a sombra, y ante aquella asiduidad la murmuración subió de punto y las gentes honradas primero, las hipócritas después, los que tenían el tejado de vidrio o las barbas a remojar, según el dicho vulgar, más tarde, la fueron, no desairando, pero sí dejando, haciendo el vacío en derredor de ella. María sintió intensa furia. ¡Hasta ahí se podía llegar! Su amor por el torero se trocó en rabia, una rabia mal intencionada de gata cruel y caprichosa que de pronto en una caricia sacaba las uñas para arañar. Las mujeres casi nunca hacen daño con un puñal, casi siempre lo hacen con un alfiler y María empezó contra su amante un lento suplicio. En su malsano histerismo de mundana cansada, esperó tal vez algo de innoble, de canalla: una explosión de bajos celos que equiparase a aquel hombre con los chulos y a ella con una perdida. Pero Joaquín a sus crueldades correspondió con ternuras, con súplicas, hasta con lágrimas. ¡Cosa semejante! ¡Un torero llorando como una niña nerviosa y sentimental! Aquello desentonaba de tal modo en el cuadro que ella se había trazado, que sólo consiguió irritarla más, y cada día fue más cruel, peor con él.

Caminaban los dos amigos silenciosos. Habían tomado Recoletos arriba y en la soledad de la noche resonaban sus pasos. Al fin, el muchacho, dando suelta a sus tristezas, cortó el silencio:

—Don Ángel, ¡qué malas son las mujeres!

Robledales no contestó directamente. Con ademán afectuoso le echó un brazo por los hombros y habló con voz persuasiva, llena de cariño protector:

—¿Quieres que te dé un consejo, un verdadero consejo de amigo? Pues mañana por la mañanita lías la maleta y te vas allá con tu mujer y tu hija.

—¡Si no «pueo»! ¡Si tengo a esa hembra metía en los «reaños der arma»! ¡Si me «paece» que no hay «na» en «er» mundo «ma» que ella! —gimió el infeliz con voz doliente.

—Pero, criatura —arguyó el aficionado—, ¿no comprendes que no puede ser?

El otro movió la cabeza con afirmativa y dolorosa certeza:

—¡«É» verdad, don Ángel, «é» verdad! ¡Es ella muy mala!

Don Ángel, siempre justo, rectificó:

—Muy mala, no. Es frívola, ligera como todos los que la rodean. No toman nada en serio. Ya has visto a Julito esta noche riéndose de sí mismo. Lo que tiene es que tú eres un niño y no estás hecho a andar en estos trotes y lo has tomado por todo lo alto. Para ella es una aventura; es preciso que para ti no sea más que otra aventura. Te has reído, te has divertido, has corrido mundo, pues basta.

Ahora fue Joaquín quien no contestó a tan atinados conceptos, sino que, con un desgarramiento doloroso en la voz, gimió:

—¡Y yo que lo había «dejao too» por ella, mi mujer, mi niña, mi casita, «too» lo que tenía en «er» mundo!

Robledales asió el cable:

—¡Y lo tienes, criatura, lo tienes! Por eso mañana coges el tren y a tu casa, que llueve. Ya verás cómo te recibe tu Rosario... ¡con palio! Cuando queremos de verdad perdonamos siempre, porque perdonar es la única manera de reconquistar al ser querido.

—No podré, no podré —murmuró el torero.

—No seas cobarde; ánimo, amigo. ¿Tú qué tienes que hacer aquí? La vida para ti tiene que ser como un nido. Volar para traer la comida a la hembra y a los polluelos y luego volverse allí con ellos a descansar a su vera. Deja que para todos estos sea una fonda donde nadie se quiere ni a nadie le importa nada de los otros.

Callaron. La Castellana se tendía luminosa en el baño de luna que se filtraba al través de las desnudas ramas de los árboles.




— VI —

Reclinado en el fondo del automóvil que le llevaba, carretera del Pardo adelante, camino del merendero donde había de tener lugar la entrevista solicitada por María Montaraz, Joaquín se entregaba alternativamente a locas esperanzas y negros descorazonamientos.

La víspera, y tras varios intentos frustrados de ver a su amiga, había recibido de ella unos lacónicos renglones en que le daba cita en aquel merendero solitario de la carretera del Pardo. Desde el momento en que recibió la carta, nerviosa impaciencia se apoderó de él. Le decía el corazón que una catástrofe sentimental le amagaba, y un presentimiento vago le avisaba el fin de sus amoríos. ¡Y justamente ahora, cuando una loca esperanza de triunfo le galvanizaba! ¡Dentro de cuatro días, Pascua de Resurrección, y el lunes toreaba él! ¡Allí quería verlos! Ante la fiera, en el lance supremo de jugarse la vida, recobraría todo su prestigio a los ojos de la mujer amada. Allí no había señoritos finos, ni copleros, ni pintamonas que valieran. Allí no había sino tener valor y jugarse el pellejo. Sería un héroe, y la amada, ante el olor de la sangre y el redoble de los aplausos, sentiría renacer su amor.

Tarde de primavera. El automóvil corría rápido por la carretera, bordeada de grandes árboles. Al fondo el paisaje tenía tonalidades velazqueñas, con sus lomas grises, ondulantes, con sus robles centenarios que tendían la sombra obscura de sus copas, propicia al descanso de los príncipes cazadores, y al fondo, recortándose sobre el cielo diáfano, los azulados picos del Guadarrama. A los lados el panorama era «muy Goya» sobre todo a la parte del río, que corría menguado por su polvoriento cauce, formando grandes charcos en que brillaba el sol. Los lavaderos, con sus cuerdas de ropas albeantes, y los miserables merenderos, alegres como quevedescos mendigos, completaban la nota pintoresca, a que las frondas verde esmeralda de la cercana Casa de Campo servían de telón de fondo.

Velázquez y Goya son, he pensado muchas veces, los que mejor han dado en el paisaje la sensación del alma española. Sobria, casta y un poco finchada, en las horas de serenidad; incoherente, desbaratada, hórrida, con una fiebre de locura o sangre, mezcla extraña de superstición y de lujuria, en los momentos de alegría...

El «auto» se detuvo ante un senderillo que llevaba a menguado edificio desierto y silencioso aún en aquella temprana estación. Pagó el torero, y mientras el coche volvíase hacia Madrid comenzó a andar buscando a su amiga. Una mujer vieja, sucia y desgreñada se asomó a la puerta del albergue, y al ver a un torero tan elegante le saludó con la mejor de sus sonrisas:

—¿Busca a una señorita «mu maja»? «Pus» hacia el río «s’a dido».

Echó a andar en la dirección que le habían indicado, y después de caminar algunos pasos, al volver una tapia semiderruida, cubierta de plantas trepadoras, vio destacarse sobre el eglógico fondo del paisaje la airosa figura de su amada, como una dríada perversa y caprichosa sobre el fondo de un tapiz de cartón mitológico-campestre. Corrió a ella:

—¡María!

—¡Joaquín!

Se estrecharon las manos cordialmente, como si en vez de una ruptura fuese aquello una cita de amor. Sólo que él puso en aquel ademán apasionado impulso y ella amical frialdad.

María había preparado aquella entrevista cuidando, en mujer avezada a tales lances, de todos los detalles de la escenografía romántico-amatoria. Ella era persona de buen gusto y le placía hacer las cosas bien. Decidida a romper, había resuelto buscar un final bonito para aquel idilio, algo poético. Estudió soluciones; la puñalada como remate de los amores toreriles era cosa muy gastada ya; escribir una carta patética, recurso de burguesa primeriza con vistas al «chantage»; cerrarse en la torre de marfil y hacerse inabordable, recurso aburrido, y, en cambio, en aquella entrevista a orillas del río podía decir todas las cosas bonitas que se le pasasen por la cabeza, sin peligro de que le estropeasen la piel, o un juez imprudente leyese sus cartas el día de mañana, o de enmohecerse encerrada en casa. No era, sin embargo, solamente el afán de una sensación romántica lo que le arrastraba a aquella entrevista; era más bien, bajo el frívolo disfraz, una precaución de mujer corrida y que sabe el efecto de ciertas cosas sobre las almas rudas lo que se ocultaba. Bajo su aspecto inconsciente de aturdimiento poseía ella un espíritu sagaz, una facultad observadora admirable, una presencia de ánimo inaudita, y rapidez de determinación que en algunas ocasiones le salvó de los peligros en que su vida aventurera le ponía. En aquélla comprendía que la pasión del torero por ella no podía equipararse con los frívolos devaneos que hasta entonces formaron la liviana urdidumbre de su vida; sentía que se había portado mal con él, que para divertirse unos meses había destrozado la felicidad del muchacho para siempre, y sentía un vago temor por la explosión pasional de su víctima. Julito, parte de buena fe, parte porque los lances sensacionales le encantaban, habíale aconsejado una fuga. María meditó. No. Una fuga no es una solución. En una fuga pueden seguirle a uno y sorprenderle lejos, fuera de su casa y privado de los elementos de defensa que le son a uno familiares; pero, además, de una fuga, tarde o temprano hay que acabar por volver. ¿Una entrevista? Eso era, indudablemente, lo mejor. Claro que había peligro, que era expuesto a cualquier violencia; pero... quien no se aventura, no pasa la mar. Además, si salía bien (y saldría seguramente), ya estaba despejada la incógnita y ella tranquila para siempre.

Dieron juntos ya algunos pasos en silencio. Al fin ella, más dueña de sí, comenzó a hablar lentamente, con tono persuasivo de persona formal que trata de convencer a un niño.

—No te enfades, Joaquín; no te excites ni te pongas fuera de ti por lo que te voy a decir. ¡Si tú supieses lo que yo he sufrido antes de decidirme a decírtelo; si vieses lo que sufro ahora, me tendrías lástima! Yo no hubiese querido —prosiguió— que este día llegase nunca; pero la vida es tan cruel, que nos lleva muy aprisa, muy aprisa, por las horas felices, para llegar pronto a la desgracia. ¡No tomes a mal esto, no creas que es un capricho mío; pero es preciso que todo acabe!

—¡Ves, ves como no me quieres ya! —clamó él presa de desesperación inmensa—. ¡Si ya lo sabía yo, si lo estaba viendo venir, si te has cansado de mí, si jamás me has querido!

Ella redobló su dulzura, y reprochadora, triste, recomenzó, fijando en él la muda reprobación de sus doradas pupilas:

—¡No seas injusto! ¡No añadas a mi pena otra pena mayor! Si yo no te hubiese querido, ¿crees tú que te hubiese sacrificado mi nombre, mi reputación, la felicidad de mi casa, todo lo que tenía; di, lo crees?

—Pues si me quieres, ¿por qué me dejas? ¿Por qué vienes a darme una «puñalá» por la espalda? —argumentó el infeliz—. Cuando se quiere a una persona no hay más que «er queré»...

—¡Ojalá fuese cierto! — suspiró la traidora—. Pero eso es bueno para vosotros, que vivís de sentimientos y de pasiones; no para nosotros, que vivimos víctimas de convencionalismos y leyes sociales. ¡Ah, quién pudiera —murmuró ensoñadora— vivir con el corazón! Pero no sabes que para mí existen deberes, obligaciones, reglas... mi casa, mi marido, mi familia, mi posición... No, Joaquín, no puede ser. Esto tiene que acabar.

Él tuvo una explosión salvaje de pasión:

—«Eto» no «pué» acabar, porque yo te quiero, y no quiero que se acabe «ma» que con la «vía»! ¡Si me dejas, si no me quieres ya, te juro que te mato y me mato yo a tu vera!

La crisis temida. Los ojos de él relampaguearon homicidas, y la Montaraz sintió vago temor. ¡El caos de las tormentas! Hizo un llamamiento a su presencia de ánimo, y redoblando la persuasiva ternura, reprochó:

—No seas loco, chiquillo, y no eches a perder con esas tonterías el buen recuerdo que tengo de ti. Mira, amantes no podemos ser, pero seremos amigos, muy amigos, y el recuerdo de estos meses de cariño será la añoranza más bella de nuestra vida. Para mí, la hora en que te conocí...

—¡Maldita sea! —clamó él.

—No digas eso —reprochó suavemente—. La vida no tiene tantos recuerdos felices para que maldigamos los pocos que hay...

Y como le viese casi vencido, próximo a llorar, le cogió la mano con abandono, y susurró afectuosa:

—Chiquillo, no seas malo.

Él la estrechó entre sus brazos en un impulso de pasión:

—¿Verdad que es mentira todo? ¿Verdad que me quieres? —interrogó ansioso.

Ella le rechazó suavemente.

—¡No seas loco! ¡Ves como no se puede ser buena!

Ante la repulsa se apartó de ella con desvío y murmuró sombríamente:

—Yo sé lo que tengo que hacer.

Vagamente atemorizada por aquella amenaza, preguntó ella a su vez en tono de fingida broma:

—¿Me piensas matar?

—¿«Pa» qué? —formuló trágico—. ¡Después de muerta no me habías de querer!

—¿Pues, entonces?

—¡Me mataré yo!

Respiró la pérfida más tranquila, pero, sin embargo, creyó su deber oponerse.

—Mira, no digas desatinos. Antes de irme me has de jurar que no vas a hacer atrocidades.

—¿Qué te importa ya?

—¡Pero, chaval, tú estás malo de la cabeza! ¿Que qué me importa? ¡Pues no había de importarme, con lo que yo te quiero!

—¿Me quieres... —vaciló— como antes?

—Eso no. Como una amiga.

—Entonces, adiós.

Aceptó el rompimiento.

—Adiós.

En pie, los brazos caídos a lo largo del cuerpo, esperó Joaquín con loca esperanza que ella se arrepintiese, que volviese la cabeza, una palabra, un gesto. Pero la dama se alejaba tranquila, indiferente, en la gloria del crepúsculo.




VII

Por centésima vez miró Robledales la hora. ¡Nada! ¡Aquél no venía! Y el caballero, de común tan calmoso, se revolvió impaciente en su asiento mirando a un lado y otro sin hacer caso de las barbaridades con que sus compañeros de palco entretenían las holganzas del entreacto. En su paternal afecto por el «Arrojadito», sentía el aficionado un vago temor por las locuras que a aquel niño grande dejado a sus iniciativas, arrancado de su centro y excitado por la pasión se le podían ocurrir. Además, ahora, desgraciadamente, tenía sobrados motivos de temor, pues en las cuarenta y ocho horas transcurridas desde la entrevista que sabía hubo entre la coqueta y su enamorado no había conseguido ver al muchacho. Efectivamente, la misma noche de la conferencia había acudido a recogerle, como de costumbre, al hotel para ir al teatro juntos, esperando una crisis de amargura y desaliento que tras algunas sacudidas obrase beneficiosamente a manera de reacción sobre el dolorido espíritu del chico, y se encontró con la puerta cerrada y la consigna dada al mozo de estoques de no dejar entrar a nadie, pues el torero se había acostado cansadísimo y con una jaqueca atroz. Volvió al siguiente día temprano y le dijeron había salido y no almorzaría allí; retornó por la tarde y no había vuelto al hotel, y, por último, la mañana de aquel día tampoco estaba allí, aunque bien es verdad que le había dejado un recado citándole para el Circo aquella noche. ¿Qué se habría propuesto? ¿Qué atrocidad germinaba en su cabeza? ¿Qué descabellado proyecto incubaba en aquellas horas de soledad? Era indudable que le huía, que se proponía ganar tiempo y evitarse su presencia y con ella el peligro de una conferencia a solas, puesto que si conseguía llegar sin verle el día de la corrida, le sería imposible cambiar cuatro palabras con él, rodeado como estaba desde por la mañana temprano de aficionados, amigos, admiradores y compañeros. ¿Qué habría sucedido en la entrevista con la Montaraz?

Allí estaba ella en su palco vestida de gasa roja que esculpía en llamas la equívoca gracia de su cuerpo, en la cabeza un cesto negro cargado de cerezas, acompañada de Lidia Alcocer, cuya muñequil belleza rubia y cuyo cuerpo de un repujado escandaloso le servía de contraste, timándose con los del palco del Club. ¡Lo que es a ella no se le notaba nada! ¡Parecía que en su vida había roto un plato!

Abríanse los palcos en amplio círculo rodeando la pista. Mujeres de absurda belleza, en que la naturaleza había sido violentamente alterada por afeites, pinturas y corsés, ostentaban inverosímiles arreos de cocotesca elegancia en un magnífico impudor de semidesnudo. Niñas pálidas, delgadas, marchitas por la anemia o la tisis las rosas de sus mejillas, desvanecíanse incoloras entre las opulentas gracias matroniles de sus madres, y algunas mujeres casadas triunfaban en el esplendor crepuscular de sus bellezas de cuarenta años.

Abajo, en la pista, bañada en la blanca claridad de los arcos voltaicos, la mujer reptil se descoyuntaba en un extraño desbaratamiento de su cuerpo, cubierto de luminosas escamas. Era un espectáculo morboso con algo de baudelairesca pesadilla, que hacía abrir en un ingenuo gesto de asombro los ojos a las vírgenes, escalofriaba a las mundanas en una sensación inconsciente de sadismo y hacía inclinarse a Julito en pose de emperador romano de la decadencia, sobre el barandal del palco.

Impaciente, harto de los dos espectáculos, el del público y del farandulero, Robledales cogió el sombrero, y saliendo del Circo, se encaminó al Hotel.

Como todos le conocían, nadie se opuso a su paso, y así cruzó el vestíbulo, subió la escalera, caminó pasillo adelante, y ya ante la puerta del cuarto de su amigo, alzó el pestillo y, sin pedir permiso, colose de rondón en él.

Tendido sobre el sofá, el rostro oculto en los almohadones, yacía el torero. Al sentir entrar gente alzose vivamente y quedó incorporado a medias. Un huracán de tristeza devastadora parecía haber pasado envejeciendo el rostro y marchitando su varonil belleza. Los ojos negros brillaban calenturientos en el fondo de las moradas cuencas; hondas arrugas surcaban la frente y un rictus profundo de amargura crispaba la boca en mueca de agonía.

Ante aquel estrago, Robledales sintió lástima, y su falsa jovialidad se fundió como por ensalmo en compasión.

—¿Estás malo, chiquillo? —interrogó afectuosamente.

El «Arrojadito» pareció hacer un esfuerzo para sacudir el extraño atontamiento.

—«Naa», un dolorcillo de cabeza de «habé andao» mucho estos días.

Cada palabra, cada gesto le arrancaba una mueca dolorosa, algo así como esas violentas crispaciones de nuestro rostro cuando alguien nos hurga en una herida y no queremos gritar, presumiendo de valientes. Ante aquel dolor tan grande, el amigo sintió acrecentar su compasión:

—No mientas y dime lo que te pasa.

—Si no «é na»... —quiso protestar aún.

Robledales se sentó a su lado, en el sofá, y le habló con afectuosa rudeza.

—Mira, Joaquín, no seas animal y no me enfades. Ya sabes lo que yo te quiero, y no merezco que te vengas a presumir y me trates como a un desconocido. Yo siempre he sido un gran amigo, casi un padre para ti; te he ayudado, te he empujado y protegido, quiero a los tuyos como a cosa mía, soy el padrino de tu chica, y bien puedes tener confianza en mí. Acuérdate —siguió, persuasivo— cuando eras un mocoso que andabas lampando de hambre por ahí, y acuérdate cuando empecé a buscarte corridas. Después, nadie más prudente que yo, nadie más discreto, cuando empezaste a juntarte con esa perdida y los locos que andan con ella, no te dije nada, ni me metí en belenes. Joaquín —insistió—, soy casi un padre para ti, soy tu amigo, tu único amigo; sé bueno y confiesa; mira que es por tu bien.

Sorda lucha parecía librarse en el alma del muchacho. Al fin, un sollozo inmenso hinchó su pecho y las palabras se atropellaron en sus labios en avalancha deshecha de pasión, amor, pena y rebeldía. Hablaba rápida, atropelladamente, comiéndose palabras, enlazando unos períodos con otros, dejando una frase sin concluir para comenzar otra. Y ponía en su voz trémolos de pasión, sollozos de dolor, rabiosos chirridos de ironía bárbara, balbuceos pueriles, furores de celoso. Contó su pena, la triste odisea de sus amores, las inconscientes crueldades de aquella mujer; todas sus amarguras, sus desilusiones y sus desengaños.

Robledales le oía compasivo, adquiriendo la certeza de lo que hacía mucho sospechaba: de que la Montaraz no buscaba sino la ocasión de romper aquello que ella comenzó como amable pasatiempo y que amenazaba tomar las proporciones de un lío serio. Al fin, como el vencido callase jadeante, el consejero aprovechó para hablar él.

¡Bah, no había que ponerse así! Los hombres eran hombres y no una señorita hética, y tenían que saber sobrellevar las penas. Pero todavía, si se tratase de su mujer, o siquiera de una mujer que no hubiese querido nunca sino a él... Pero aquella señorona, más loca que una espuerta de gatos y que había rodado más que una peseta falsa... ¡Vamos, daba grima que un hombre honrado hubiese dejado a su familia, su casa, su porvenir, por un pendón así, que por milagro de la Providencia no salía en las procesiones, y más grima aún que ahora, porque la tal tiraba al monte, en vez de cantar victoria, se pusiese así! Nada, nada; no había que hablar más del asunto; el lunes toreaba, y luego quince días con su mujer y su niña para reponerse, y después a ganar aplausos y pesetas por esos mundos de Dios.

El torero movió la cabeza negativamente. Todo se había acabado para él. Aquellos planes optimistas de su amigo eran sueños irrealizables de don Ángel. Él ya no tenía nada que hacer en este mundo. La pícara le había dado la puntilla. Para vivir hay que tener ilusiones, y él ya no las tenía. Se dejaría coger en la corrida y así acababa de penar.

Robledales aparentó echarlo a broma:

—¡Justito, en eso estamos pensando! ¡Qué más quisiese la bribona!

—Por eso que quisiese, será —aseguró Joaquín.

El aficionado se puso serio. Pero, ¿estaba loco? Y volvió a evocar su cariño, su protección de toda la vida, el recuerdo de la mujer abandonada, la imagen blanca y rosa de la hija. Aquel hombre jovial, hecho a vivir entre juerguistas y mujeres fáciles; aquel hombre que tomaba la vida en broma, supo encontrar acentos que hablaban al alma, y supo poner en sus palabras ternuras de padre y severidades de hermano mayor.

Todo inútil. «Arrojadito» denegaba con la cabeza tercamente, decidido a morir.

El otro se indignó. ¿Era posible que una criatura racional se pusiese así? Invocó sus deberes de esposo y padre. ¿Quién sabe si su mujer y su hija, al verse solas, pobres y abandonadas, rodarían por el fango y acabarían por ser como esas desdichadas que asaltan a los transeúntes a las altas horas de la noche, en ofrenda de sus gracias?

Tampoco. Joaquín denegaba siempre.

Con el corazón oprimido insistió Robledales. De allí no se iba mientras no le jurase que no haría semejante atrocidad. Y había de jurárselo por la memoria de su madre, por la salud de su hija.

Nada. La misma muda negativa.

Pulsó otra cuerda. ¿Pero no sabía que era aquél gravísimo pecado? ¿No sabía que si moría así se condenaba sin remedio? ¿No tenía ya tampoco religión?

No obtuvo mejor suerte aquel argumento que los otros. Entonces acudió a un expediente vulgar:

—¡Si no me lo juras, no toreas!, porque iré a la empresa y la diré que te has vuelto loco y que vas a hacerte matar.

Una sonrisa espantosa de escepticismo que lucía en los labios del muchacho escalofrió a su consejero.

—¡Hay muchos modos de morir! —murmuró Joaquín.

El protector le conminó con el desprecio de las gentes, con el castigo de Dios, con la pérdida de su afecto. Todo se estrelló contra la resolución inquebrantable, contra aquella glaciedad sentimental que le envolvía como un sudario.

¿Qué hacer? De pronto, una idea relampagueó en el cerebro de Robledales.

—Me juras no matarte, ¿sí o no?

—No.

—Pues, adiós.

—Adiós.

Saltó el aficionado dentro de un coche.

—A telégrafos —gritó al cochero.

Por el camino maduró su plan. ¡Justamente! Aquello era lo único. Una barbaridad, pero, como en las enfermedades muy graves, había que acudir a los remedios extremos, a vida o muerte.

Llegaba. Descendió rápidamente y penetró en el local. Allí escribió un telegrama. Decía así:

«Rosario López. Joaquín en peligro de muerte. Ven primer tren. Robledales.»

Una vez escrito, suspiró:

—Ahora, ¡Dios dirá!

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VIII

El toque de clarín vibró en los aires. Corrió el banderillero a dejar los pinchos entre barreras, contento de librarse del peligro. La cosa no era para menos. El toro, grande, de fina lámina y afilados pitones, era querencioso y se iba al bulto de una manera realmente inquietante.

Hacía calor, y la tarde amenazaba lluvia. El cielo gris entoldaba la plaza de grandes nubarrones parduzcos, y contrastando con la bochornosa calma de la naturaleza, se alzaba formidable griterío desde las galerías y palcos, en que se prensaba el público en la gloria de los mantones polícronos y el triunfo de las mantillas.

«Arrojadito» acababa de coger los trastos, y con ellos en la mano, se dirigía al palco presidencial para brindar la suerte.

Hízose el silencio para oír las palabras del diestro, pero fue inútil, pues no se oyó sino un confuso murmullo.

La tragedia palpitaba en el aire, y el público, con ese extraño fenómeno de sensibilidad colectiva, dábase vagamente cuenta de que algo sucedía.

El matador se dirigió hacia el toro. ¡Iba a morir! No había ya en su espíritu batalla que librar ni vacilación que resolver. Estaba decidido a acabar. En la obscura noción que en su espíritu había de las cosas brillaba entre sombras la extraña afirmación de haber vivido toda la vida, gloria y miseria, amor y odio. ¡Toda la vida! Estaba frente al toro. El bárbaro duelo del hombre con la bestia comenzaba.

Lentamente desplegó ante los ojos de la fiera el rojo trapo. Arrancose el bicho, y apenas hurtó el cuerpo, retornó el toro y dio otro pase de cerca, y luego otro, y otro aún.

Estalló un aplauso formidable ante aquel ciego valor. El calorcillo del triunfo templó un instante la glaciedad de su alma. ¡Estaba muy bueno aquella tarde! ¡Bah! ¡Qué importaba, puesto que iba a morir!

Dio aún algunos pases y cuadró al toro. Ahora la fiera escarbaba nerviosamente la arena, y sus ojos, inyectados de sangre, se fijaban en el torero.

Dio Joaquín su adiós a la vida. Sus ojos contemplaron por vez postrera el cielo encapuchado de sombríos nubarrones; el amplio circo; aquel público, bueno y cruel al mismo tiempo, que ahora le excitaba y dentro de algunos momentos gritaría de horror; sus amigos, los que como él se jugaban la vida y que en el momento supremo rezaban una salve con el recuerdo puesto en una casita donde sus mujeres, sus madres y sus hijos les aguardaban temblorosos; los que fueron sus amigos, compañeros de ilusiones y malandanzas, y de los que hacía mucho vivía distanciado para entregarse a aquellas gentes que reían en los palcos. Ellos no hubiesen reído; ellos, palpitante el corazón, seguían su faena, dispuestos a jugarse la vida para salvar la suya.

Su mirada se fijó en la Montaraz que, instalada entre Enriqueta Barbanzón y Julito, bebía una copa de jerez, hablando tranquilamente, sin prestar gran atención a su faena. Una ola de hiel invadió su corazón. ¡Y aquel era el ídolo!

Sus ojos siguieron vagando por el circo. De pronto, su corazón latió violentamente. En un tendido acababa de divisar a una mujer. En pie, pálida, muy pálida, en los inmensos ojos de Dolorosa una súplica desesperada de piedad, Rosario le tendía a su hija, que agitaba las manecitas llamando a su padre. ¡Su mujer! La que fue compañera y alentadora; la que en la hora decisiva supo sobreponerse a egoísmos y sacrificar su tranquilidad en aras de su alegría, de él y su niña, esperanza y alegría de su vida.

Algo se derrumbó en su corazón con estrépito: el altar de los falsos dioses.

Quería vivir. Vivir para recomenzar a construir el edificio de su dicha, para amar mucho y hacerse perdonar las horas de crueldad. Quería vivir para ser bueno y feliz.

Arrancó el toro. El instinto de conservación le hizo tender el brazo, y el estoque quedó clavado hasta la cruz, y el bruto, tras de violenta sacudida, rodó por tierra.

En todos los ámbitos de la plaza resonó un aplauso inmenso, formidable.

Los héroes de la visera

Parte 1

Capítulo 1

Cayetano hizo su aparición en la taberna y, encarándose con el «Carreterito», avisó:

—La «Rubia», que te espera ahí fuera.

Alzó la cabeza el torero con un gesto brusco, que echó hacia atrás la dorada onda dormida sobre la frente, y separando los ojos de las cartas formuló con impaciencia:

—La dices que se «ahueque», ¿estás tú? Y que haga el pijotero favor de dejarme en paz… ¡Ah! —añadió al ver que el otro se disponía a retirarse—, y tú que no me vengas con «embajás».

Salió el maletilla con jacarandosos andares toreros, orgulloso de su terno perla, de su cordobés flamante, de la jarifa corbata roja rayada de verde y, sobre todo, de su belleza de niño gitano, que le ayudaba a vivir en los años juveniles al amparo de las hembras de trapío con la misma alegre inconsciencia con que viven los pájaros en los días primaverales al amparo de los árboles vestidos de follaje; cayó nuevamente la cortina de rayado percal sobre el luminoso cuadro de la puerta, y el santuario de Baco quedó sumido en la semipenumbra, que hacía de él un oasis en el bochorno de la tarde estival.

En el recinto, menos sucio de lo que era de temer, reinaba, con las sombras bienhechoras, un acre olor a cueva y humedad, que subía del piso, prolijamente regado. Un zócalo imitación de roble, sosteniendo botellas de cuanto líquido crearon la naturaleza, la química y la mala fe de los taberneros, daba la vuelta al cuarto; grandes carteles taurinos, de hórridos colorines y figuras convencionales —corridas madrileñas, novilladas de Vista Alegre y Tetuán y pueblunos festejos taurinos—, adornaban los muros, empapelados de verde, y como presidiendo aquel templo de la «afición», y justificando su nombre de «Círculo Taurino», una cabeza de toro disecado miraba temerosa a los futuros astros de la coleta. Era el astado bruto el «Intencionaíto», miureño que echó a mejor vida al pobre «Remendao», un buen torero y buen cliente de la casa, que en ella vivió sus glorias y fatigas, mereciendo que en homenaje a su memoria el testuz de su enemigo fuese disecado y expuesto a la pública execración. Frente a la puerta, defendida del sol por la cortina, que mal cerrada dejaba colarse dos rayos de luz en cuyo dorado polvillo zumbaban los moscones su monorrítmica melodía, alzábase sobre el fondo de los anaqueles, cargados de frascos, el mostrador de cine. Tras él, don Elías, el amo, que en mangas de camisa dormía ese sueño que han dado en atribuir no sé si con razón a los justos.

Hallábase el establecimiento, a aquella temprana hora, vacío; las redondas mesas de pino, ilustradas por cien inscripciones trazadas con las puntas de las navajas, yacían abandonadas, rodeadas de incómodas banquetas, y sólo en un rincón el «Carreterito» jugaba al tute con Pozuelo, el «tocaor», y el «Niño de los Caireles». Reinaba en el recinto religioso silencio, únicamente interrumpido por el zumbido de los insectos y las palabras litúrgicas del juego: «¡Las cuarenta!» «¡Veinte en copas!» «¡Las diez de últimas!»

Cayetano volvía:

—¡Esa, que no se «quié dir»!

El «Carreterito» tiró las cartas con rabia y, alzando la cabeza, clamó.

—¡Pues que se «quee»! A mí no me da la gana de salir, ¿estás tú?

—¡Pero, hombre, Julián… !

—¡Qué hombre ni qué pajoleros mengues que te lleven! ¡Que no me da la gana, y que no, y que no! ¡Ya te he dicho que no me vengas con «embajás»!

El pecho echado hacia afuera ostentando la robusta musculatura de un joven gladiador, el ceño fruncido endureciendo la expresión un poco pueril del rostro, los ojos azules velados por súbita ira, tenía la apostura cruel de los luchadores que apartan de su camino el amor que puede detenerles en su marcha hacia la conquista del ideal.

Pozuelo y el de los «Caireles», ante la querencia de la guapa hembra, se habían alzado de sus asientos, y asomándose a la puerta, la piropeaban a su sabor, deslumbrados por su arrogante belleza matronil.

—¡Vaya una mujer, «Mare de Dió»!

—¡Señora, «tié usté» un perfil «berebere» que atufa!

Ella, espléndida, en la plenitud de su hermosura de Gracia de Rubens, cuya gama un poco pálida —oro, rosa y nieve— realzaban los magníficos solitarios fulgurantes en sus orejas, sonreía reclinada en la capota de la «manuela», aparentando complacencia, mientras sus ojos de turquesa inquirían ansiosos lo que pasaba tras de la cortina.

Cayetano mientras tanto volvía a la carga:

—¡Julián, no seas «asaúra», que te «quie da un recao»!

—¡Que se lo dé a su padre!

Nuevo Lucifer en la montaña, el chulo quiso tentarle:

—¡No desprecies, hombre, que está con er coche y te lleva de verbena y a cenar a la «Bombi»… ! —misterioso y turbador—: Trae unos brillantes así de grandes —y cerraba el puño.

—Pues que te lleve a ti —desdeñó el torero.

—¡No me «quie llevá», que es por ti por quien está «chalá»! —aseguró, no sin secreta pena, el maleta.

—¡Pues a mí no me compra nadie por un duro! ¿Estás?

—¡Si no «é» un duro! —protestó, amante de la exactitud, sobre todo en cuestiones pecuniarias, el otro.

—¡Ni por diez, ni por veinte, ni por mil! Yo lo que tengo me lo gano con los toros, y mis «cornás» me cuesta, ¿estás? Y si la «Rubia» quiere chulos, que los busque, que gentes sin aprensión no le han de faltar.

El emisario insistió reprochador:

—¡Si te quiere a ti!

—¡Qué querer ni qué música! Pinturerías, y «na ma» que pinturerías. ¡Lo que ella «quie» y lo que «quién» todas es darse postín por ahí con un chulo a su vera! Pues si la señora —y en el despectivo acento con que matizaba de ironía aquella «señora» ponía todo el desdén de sus triunfales veinticinco años ante el crepúsculo, espléndido sí, pero crepúsculo al fin y al cabo, en que se hundía su adorada— «quie» un monete, que lo compre, porque lo que es a mí…

Partió el embajador a dar cuenta del fracaso de su misión; arrancó el coche, llevando a la ofendida beldad, y reintegrados a sus asientos Pozuelo y «Caireles», más Cayetano, que, acabada su misión, venía a echar un trago, discutieron el caso.

¡Parecía mentira! ¡Desdeñar a una «gachí» como aquélla, que además estaba «chalaíta» por él! ¡Y cuidado que valía la hembra! Con unos ojos como un cacho de cielo y una boca como una rosa y unas formas que quitaban el sentido (esto fue comentario de Cayetano, que se pirraba por las hembras de fachada). Y luego, que era una mujer a quien no dolían prendas; siempre dispuesta a gastarse veinte duros en una juerga, y muy capaz de lanzar a un hombre que le gustase y hasta de hacerle torero como se le metiese en el moño. ¡Y cuidado que estaba loca por Julián! ¡No había sino verlo! ¡Coches por acá, mantones por allá, y cada brillante como una nuez! Sí, Nati, la «Rubia», estaba pero que muy bien desde que el carcamal del marqués murió dejándola el riñón bien cubierto, y era persona para hacer la suerte de cualquiera.

Julián hubo de defenderse explicando su conducta.

¡Él no quería vivir de las hembras! Quedárase eso para los «desahogaos» que no pensaban más que en pasarlo bien, llenando la andorga sin trabajar; él tenía sed de gloria y de dinero y anhelaba ganarse el pan noblemente, como se lo ganan los hombres, frente a frente con el toro, jugándose la piel y quizá la vida. ¡Ah, las mujeres! ¡Las mujeres eran la perdición! Ellas convierten un héroe en un vencido. ¡Ay del que en los primeros pasos caía en sus manos! Con sus mimos hacían de luchadores, poltrones aficionados a la comodidad y el regalo; ellas, con celos y egoísmos, agrían el carácter, o con locuras y coqueterías tornan receloso y desconfiado; ellas con sus lágrimas transforman en cobarde al valiente; con sus caricias quiebran las fuerzas, y el que cae en sus garras de gata en ellas se convierte en juguete. Amaba a las mujeres sobre todo, pero no para transformarse en un monigote en su poder, sino para ser el macho fuerte que las toma y las deja a su sabor. ¡Pero líos, que atan y estorban, jamás! Una juerga, una noche de amor y… a otra. Por eso aspiraba a ser un gran torero, a ganar el oro a montones para gozar de la vida, para poseer, no aquellas cansadas cortesanas que en el ocaso se aferran a un amor que guardan a fuerza de sacrificios, sino las que él quisiese, nenas «pimpantes» como rosales en flor; cocotas, de esas de teatro, que quitan el sentido. Poseerlas para cubrirlas de brillantes y luego, harto de ellas, arrojarlas como a una muñeca rota; ser el domador y no la presa. Y después, cuando ya ahíto de aplausos y dinero, el cuerpo le pidiese reposo y el espíritu cariño, casarse con una mujercita dulce y buena, que ignorase lo que son pinturas y líos y aventuras y que le quisiese mucho. ¿Pero él irse a vivir con una de aquellas criaturas hartas de caer y de rodar, a compartir sus mentiras y enredos, a ver sus porquerías, sus mixtificaciones… ? ¡Nunca! Antes volvía a morirse de hambre.

Mientras los demás discutían, Julián evocó involuntariamente su existencia. Desde muy niño se recordaba solo, viviendo de esas heterogéneas industrias con que los miserables engañan su hambre. No había conocido padres, y ni aun recordaba quién lo recogiera; veíase vivir en la enorme casa de vecindad amparado por unos y por otros, por gentes que se cobraban su buena obra en pequeños servicios, en recados, en encargos, en una hora de vigilancia. Aquel fue el cielo de la brutalidad. Los puntapiés, los cachetes, los tirones de orejas eran familiares. La bestialidad de los borrachos, el furor de las mujeres que buscaban una víctima inocente en quien desahogar la bilis acumulada por las palizas y el jornal de la semana gastado en vino, se desplomaron cien veces sobre él. Una tarde, por no sé qué sutiles artes de hamponería, asistió a una corrida de toros. Al volver, plantándose ante la señora Eulogia, una vecina que por aquellos días hacía veces de familia con él, aseguró muy serio:

—Yo quiero ser torero.

No sé si porque la atrevida afirmación le cogiese de mal talante, o si porque ella guardase algún secreto motivo de rencor a la castiza fiesta, el caso es que arremetió contra el futuro astro y le largó un mojicón.

—¡Toma, para que te acuerdes!

Y se acordó.

Sin embargo, aquellos constantes malos tratos le hicieron pensar en la conveniencia de probar fortuna por su cuenta. Tenía trece años, y a esa edad y con tal aprendizaje se es un hombre. Rodó. El toreo brillaba siempre para él como una tierra de promisión. En verano iba a los pueblos, se incorporaba a las cuadrillas; a fuerza de ruegos conseguía salir en alguna corrida de villorrio; en el invierno dedicábase a esos extraños comercios de los bajos fondos madrileños. Durante el día la Puerta del Sol y la calle de Sevilla eran su campo de operaciones; por la noche rodaba por las buñolerías y casas de dormir. Entonces conoció todo el horror de las pseudoviolaciones en que hembras marchitas, envejecidas, lúbricas como bacantes, saciaban su hambre en su pueril virilidad. Era un chulillo despierto y bien plantado y las bellas se lo disputaban. Aquel fue el cielo del amor. Estuvo a punto de sucumbir. Pero el fantasma de la Cárcel se alzó imponente ante él; una de aquellas arpías, por celos de sus compañeras, le acusó de haber afanado el reloj a un caballero y fue a la Modelo. Como era un luchador, aquello, en vez de vencerlo, le dio nuevos ánimos; cobró para siempre horror a la fácil vida de la galantería callejera y redobló su deseo de triunfar.

Al salir de aquella triste pesadilla pensó, sin abandonar sus sueños de victoria, en buscar un medio honrado de vida. Pero como los medios honrados de vida no son tan fáciles de hallar, hubo de volver al antiguo campo de sus aventuras, a la Puerta del Sol, escuela de truhanería, academia de pícaros y vivero de hampones.

Y fue porque tenía que ser. Por no sé qué sutiles manejos de la casualidad apareció en la plaza de Tetuán; su valor y guapeza le valieron aplausos; un revistero compasivo habló de él, y por obra y gracia de la suerte se encontró admiradores espontáneos que le defendieron convertido en un héroe de la «visera». Surgieron a sangre y fuego (y alguna vez a puñetazos) contra los ataques de no menos espontáneos adversarios; tuvo su cuadrilla: una cuadrilla atrabiliaria, pero cuadrilla al fin y al cabo, y pudo llamarse pomposamente matador de novillos—toros. Pero con todo aquello no se comía, y siguió pasando la pena negra. Afortunadamente para él, nuevos triunfos en el coso de Tetuán trajéronle contratas para algunas corridas en olvidadas plazas provincianas; su aura creciente proporcionole un apoderado —antiguo comerciante, pero hombre de grandes prestigios entre «la afición»—; el mismo periodista que le bombeara en su «début», halagado por su perspicacia, loó como merecían sus faenas, y hasta hizo alusión a no sé qué fantásticos compromisos con plazas de primer orden, y la vida comenzó a ser más fácil.

Entonces conoció a la «Rubia».

Fue una tarde de invierno, en la Bombilla. Hallábase él allí con unos amigos; en otra mesa Nati, con dos o tres mujeres de postín, y algunos caballeros. Acertó a encontrarse entre ellos el susodicho periodista, y él hizo la presentación, encantado de lanzar a su protegido.

Desde el primer momento la hembra se le comió con los ojos, envolviéndole en la mirada, llena de dulzura, de sus enormes pupilas de cielo. Él, perdida la cortedad al calorcillo de unas copas de «Agustín Blázquez», comenzó a «camelarla», y el idilio se hizo tan ostensible, que al volver, ya entre las sombras de la noche, el plumífero rió burlón, con ironía canalla al oído de Julián: «No te quejarás ¿eh? ¡Primero te proporciono las corridas y luego el traje de luces!»

El idilio duró tres días. Prisionero en el encanto de aquella mujer, que en los linderos de la vejez se aferraba a él con ansiosa pasión; cautivo en la dulzura de aquel amor lleno de mimo y de ternura, que se esforzaba en rodearle de una impenetrable atmósfera de tibio bienestar, comprendió que sus ideales peligraban. Nuevo Sansón, sintió la mano de Dalila acariciarle los cabellos, y comprendió que de seguir así estaba perdido, que al partir del lado de la encantadora, nuevo legionario después de Capua, no sería bueno para nada, y hecho a la comodidad y riqueza, se asustaría ante la vida. Cada hora que pasaba, Nati le amaba más; egoísta, lo quería entero para ella e intentaba cortar las amarras del porvenir. Era preciso huir, salvarse. Y una noche Julián salió del Paraíso para no volver. Ella le lloró. Loca de pasión, buscole por todas partes; pero él supo resistir y prefirió la pobreza, con la gloria por ilusión, de aquel vivir adormecedor. Sus desdenes fueron leña arrojada en la hoguera pasional de la cortesana, y vinieron los ruegos y las ofertas, y los reproches y las escenas; pero el torero desdeñoso siguió imperturbable su camino.

Llegaba. Sobre el blanco fondo de los carteles su nombre fulguraba en rojas letras de sangre. Ocho días después, ante el severo senado del circo madrileño, probaría sus arrestos y justificaría su naciente fama. Por eso la «Rubia», al sentir que le perdía para siempre, redoblaba sus esfuerzos con locas ansiedades de agonía.

Volvieron al juego.

Indudablemente, Pozuelo había aprovechado el ensimismamiento de Julián y el ardor oratorio de Cayetano y el «Caireles» para manipular en las cartas a su sabor, pues empezó a ganar de un modo descarado. Pronto los otros se llamaron a engaño. Cayetano, discreto, con la discreción que imponía la integridad y conservación de un físico que constituía, además de su orgullo, su capital y su renta, insinuó su extrañeza por aquella súbita veleidad de la suerte, el «Niño» pronunció la palabra trampa, y Julián, tal vez porque necesitase descargar en alguien su mal humor y fuese el gitano el que cogía más cerca, encarose con él:

—¡Oiga usted, tío charrán, a buscar primos se va usted a la plaza Mayor!

De un brinco se puso Pozuelo en pie:

—¡Haga el favor de no faltar! ¿Eh?

—Lo que voy a hacer es romperle esa cara de fuelle viejo «pa» que aprenda a no «jacer» trampas, ¿está usted?

—¡A mí! —rió el otro sarcástico—. ¡Ay, qué guasa, mare! ¡Ja, ja!

—¡Ahora mismo le escacharro el alma, tío tramposo!

Y «Carreterito», iracundo, cogió una botella.

—¡A mí! —tornó a reír Pozuelo—. ¡A mí ningún pijotero hijo de púa me pone mote! ¿Está «usté», prenda? Yo lo que como lo gano, y no necesito que ninguna «gachí» trasnochá me dé «er» alpiste.

Alzó Julián la botella en alto, y el tocador, retrocediendo un paso, empalmó la navaja. Los otros se precipitaron a sujetar a los contendientes y forcejearon con ellos. Al ruido despertó don Elías y, furioso por haber visto interrumpido de aquel modo su sueño, se encaró con los enemigos.

—¡Poquita bulla! ¿Eh? ¡Pues, hombre, ni que una casa decente como ésta fuera un «descampao»! ¡A ver si «sus» estáis quietos, o todo el mundo a la calle!

Acto continuo quiso enterarse de lo sucedido; pero el torero, iracundo, perdidos ya los estribos, acometió contra él.

—Y a usted, so ladrón, ¿quién lo mete en que le reviente al tío «repujao» este?

El amo le miró, fluctuando entre la ira y el desdén. Al fin, decidiéndose por éste, formuló despectivo:

—Mira, niño, cuando me pagues lo que me debes, hablaremos.

Y le volvió la espalda.

Cayetano y el otro lleváronse a Julián, cabizbajo y humillado, devorando su secreto despecho. Ya en la calle, y en pleno sol, el chulillo murmuró tentador:

—¡Y pensar que podías andar a «gofetás» con los duros con sólo «ecir» aquí «etá ete» cuerpo serrano que se ha de «comé» la tierra!

Sin alzar la vista del suelo, el torero musitó con voz concentrada:

—¡«Ante» me veo pidiendo limosna que comer el pan de esa mujer!

Capítulo 2

—¡No vienen! —suspiró la Nati.

Eugenia, la «Corredora», trató piadosamente de infundir esperanzas a su amiga:

—¡«Jesús»! ¡Y no eres tú poco «súpita»! «Entoavía» es tiempo.

Un vaho de melancolía, de esa melancolía que es al bullicio de los festejos populares lo que el crepúsculo a los esplendores de un día estival, lo que el hastío al luminoso chisporrotear de la pasión y el cansancio al nervioso trepidar de las grandes explosiones de alegría, enseñoreábase de la castiza fiesta. Bajo el cielo de obscuro terciopelo azul, florecido de rosas de oro, en que la luna pendía como argentada cimitarra, teniendo por fondo la mole del Museo donde la «Maja desnuda» dormía el ensueño de otras populares zambras; entre el convencional encanto de los jardinillos del Prado y el romántico misterio de las frondas del Botánico, la verbena, una de las pocas verbenas que se celebran ya en aquellos típicos lugares, agonizaba. De tarde en tarde sonaban aún las cansadas notas de un piano de manubrio, que entonaba el vals de los besos o el ven y ven, el pregón de un vendedor o el estribillo de alguna canción obscena, tarareada por un borracho, y luego hacíase súbitamente extraño silencio. Las cortinas de lona iban cayendo sobre los puestos, cubriendo las hórridas baratijas verbeneras o las absurdas golosinas; las pestilentes luces de acetileno parpadeaban próximas a apagarse, poniendo extraños clarobscuros en los rostros avellanados de los viejos castellanos vendedores de torraos, garbanzos y nueces, o en las carátulas cubiertas de laberíntica red de arrugas de las comadres de los bajos barrios madrileños, dormidas tras sus tenderetes de flores y plantas, que esparcían en la polvorienta atmósfera fresco olor a romero y hierbabuena; el paseo, poco antes lleno de bullicio y alegría, estaba ahora desierto; sólo de tarde en tarde algún rezagado señorito, una pareja de mozas de rompe y rasga o una pandilla de golfos pasaban con aire de profundo aburrimiento. En las contadas freidurías, los mozos, negros por el humo y el sudor, despechugados, remangados los puños de la camisa y el pelo pegado a la frente, hablaban, apurando las colillas, mientras de las grandes sartenes ociosas se elevaban negras columnas de humo denso y mal oliente.

Al fondo de una de aquellas chocolaterías, la «Rubia», sentada ante un vaso de limón que se olvidaba de beber, permanecía abstraída, sin hacer caso del pintoresco charlar de su amiga. El rico mantón de Manila yacía en una silla a su lado, abandonado y maltrecho; la flora del jardín de los trópicos arrastraba por el suelo su polícroma guirnalda sin que su dueña prestase atención a ello. El rostro apoyado en la palma de la mano, en los ojos azules una nube de tristeza, Nati permanecía indiferente a cuanto le rodeaba. Las peinetas de brillantes sostenedoras del sabio artificio de su cabellera áurea, las soberbias orlas fulgurantes en las menudas orejas y la medalla del Carmen, que, rodeada de gruesos brillantes, pendía sobre su pecho, cubierto de tenues encajes que hondos suspiros hinchaban, como marinas espumas, eran pregonadores de las magnificencias dignas de una reina de Saba, de la beldad. Pero, pese a tales tesoros, estaba triste. Inútil que Eugenia, locuaz y veleidosa, narrárale interesantísimos chismes de vecindad; inútil que, abanicándose con furor, sin cesar de arrebujarse en el pañolillo de crespón negro, le hablase de sus adoradores: la Nati permanecía muda, fiel a su pena. Al fin murmuró tristemente:

—¡No vienen!

La otra redobló sus abanicazos y sus gestos, como si quisiese afirmar con los ojos, con las manos, con toda su persona, expresiva y pizpireta:

—¡Te digo que sí, que viene! Me lo ha «jurao» Cayetano, y lo que él promete…

La «Rubia», como si no la hubiese oído, repitió:

—No vienen, y nos vamos a ir. —Pero como si el cuerpo no obedeciese a su deseo, no se movió de su sitio.

—Vendrá, mujer, vendrá —ofreció la Eugenia. Luego, creyendo llegada la hora de las filosofías, abrió el grifo: —¡Señor! ¡Jesús me valga! ¡Mire usted que es mucho cuento! ¡Tú, que podías tener los hombres «asín», pues «chalá» por ese charrán, que te va a quitar la «vía»! ¡Si así es; si no hay que darle vueltas! En este mundo uno «quie» al que va más alante, el que va más alante, al que va más alante «entaovía», y «asín toas». No había más que volver la cabeza «pa» ser feliz… ¡Pues no!

La «Rubia» no la hacía caso. Pensaba en las tristezas del vivir. Veinte años luchando para ser algo, y el día en que con el riñón bien cubierto era «una señora», ir a enamorarse precisamente de la única persona para quien todo aquello era letra muerta.

Como querer, hasta entonces nunca quiso a nadie. Su vida fue una escuela de energía. Para algo habíase criado junto a aquella buena doña O, mayorazga de su madre, que las recogiera a ella y a su hermana. Doña O era buena; ¡vaya si era buena!; ¡buena como el buen pan!, pero dura, enérgica, inconmovible ante lo que ella creía «las cosas regulares». Solterona empedernida, con sus puntas y ribetes de avara, en su vida de fiadora, «a la antigua», había aprendido muchísimo a conocer el corazón humano en general y el de los hombres en particular. Sin moral ninguna definida, tenía la rigidez de las personas castas, que exentas ellas mismas de pasiones, no sienten benevolencia por las pasiones de los demás. «Hay que ser honradas… mientras convenga; y las chicas, a su lado, lo fueron. Ella no quería tonteos; nada de novios callejeros, que levantan los cascos a las mujeres; nada de bailes de candil, que no sirven más que para echarse mala fama; nada de verbenas ni romerías; eso ya vendría después. Junto a ella nada les había de faltar y podrían esperar tranquilas a que les saliese una buena proporción, y entonces ¡a casarse tocan!, si de casorio se trataba, y si no, pues (siempre que el candidato fuese persona de peso) por detrás de la iglesia, y ¡pelillos a la mar!

Así se hizo. Verdad que la «Rubia» tenía carácter para ello, pues su pobre hermana Clotilde prefirió, después de mil escenas con la vieja, que se consideraba defraudada, casarse con aquel tarambana de «Salvaorillo», bailador flamenco que le hacía pasar hambres sin cuento. Nati no; tuvo voluntad de esperar, y cuando surgió «la proporción», aquel vejestorio de marqués, lleno de achaques y alifafes, pero con más millones que pelos en la cabeza, se entregó a él sin compasión de sus diez y nueve triunfales años, sin un suspiro de pena ni una nostalgia de libertad. Y había vivido así veintiún años. Claro que se había divertido como cada hijo de vecino; claro que a la chita callando se había corrido sus grandes juergas; pero siempre discreta, prudente, sin comprometerse, y, sobre todo, sin querer a nadie, puesto que el amor es lo único que no se puede tener oculto, lo que tarde o temprano ocasiona la perdición. Tuvo cuanto quiso siempre, y tal vez en aquello estimaba el secreto de su invulnerabilidad. Con su dinero, su palmito, sus joyas y su posición de persona establecida, no hubo imposibles para su capricho. Y ahora…

El corazón le dio un brinco en el pecho, y en su oído sonó, como la fanfarria de un arcángel de gloria la voz de la corredora, que anunciaba, contenta de su diplomacia:

—¡Ahí vienen!

Por el paseo desierto avanzaban los dos hombres: Cayetano, vistosillo, con andares jaraneros; Julián, más serio, firme y bien plantado.

—Aquí me tienes. Tú dirás… —interrogó fríamente.

—Siéntate —imploró ella.

Secamente afirmó el torero:

—Estoy bien así.

Los ojos azules, llenos de infinita dulzura, se alzaron imploradores hacia él, mientras la voz, en que había la caricia de una súplica, murmuró:

—Siéntate, te lo ruego; hablaremos mejor.

Él, casi vencido por la humildad de la hembra bravía, se defendió aún.

—Me espera ese ahí.

Protestó suavemente:

—Déjale; ahora está entretenido con la Eugenia.

Era cierto; la chula y el maletilla se habían alejado discretamente unos pasos, y ganados al voluptuoso ambiente de la noche, ventilaban sus asuntos con más calor del que las buenas costumbres exigían. Julián, no hallando más pretextos para seguir en pie, sentose de mala gana frente a la madura beldad. Estiró las piernas, pegose un tirón de solapas, echó hacia atrás el blanco cordobés y tornó a formular su pregunta:

—¿Qué se te ofrece?

Permaneció la «Rubia» perpleja un momento, sin saber cómo comenzar la trascendental conversación en que le iba la felicidad, hasta que al fin el impulso mismo de la pasión, rompiendo hielos, marcó la ruta con una salida sentimental:

—¡Que te quiero, Julián; que te quiero con «toa» mi alma!

Glacialmente interrogó él:

—¿Y qué más?

Un poco desconcertada ante la inmutabilidad del amado, ella tornó a la carga:

—¿Y te parece poco? ¡Que te quiero «ma» que a mi «vía», «ma» que a mi alma, «ma» que a «Dió»!

Y como él permaneciese silencioso, prosiguió exaltándose:

—¿Y te parece poco, di, Julián, te parece poco? ¡El cariño es «too» en la «vía» —afirmó rotunda, contundente—. ¡El cariño es «ma» que el dinero, «ma» que la familia, «ma» que la salvación! Y yo te quiero, Julián, como no he «querío» nunca, como no se «pué» querer en el mundo.

Él se encogió de hombros:

—No «pué» ser. Ya lo sabes tú que no «pué» ser.

—Pero, ¿por qué, Julián, por qué? —interrogó la Nati, ansiosa, cruzando con ademán de súplica las manos regordetas, cargadas de fastuosos anillos.

Con despego replicó él:

—Ya te he dicho que no «pué» ser; no seas pelma.

Herida, más que en su amor propio, en su amor, gimió presa de romántica desesperación:

—¡Porque no me quieres! ¡Porque quieres a otra!

—No va por ahí; es que no «pué» ser.

—¡Julián! ¡Julián! ¡Si supieses lo que yo te quiero! ¡Pero a ti qué te importa mi querer! ¡No seas ingrato, Julián, no seas ingrato!

Con algún mayor calor se defendió él:

—Ingrato, no; te estoy «mu» agradecido a lo que hiciste por mí, y por eso he «venío» aquí.

—¡Yo no quiero tu agradecimiento!; el agradecimiento es bueno «pa» el pobre a quien damos una limosna o «pa» el amigo a quien hacemos un favor… pero pagar el cariño con agradecimiento es peor que dar una «puñalá» por la espalda. ¡Pobre cariño el que se contentara con el agradecimiento! Yo quiero que me quieras como yo te quiero a ti.

Él murmuró sombrío:

—No «pué» ser.

—¿Pero por qué, di, por qué?

—Porque no.

—Julián —musitó ella, tentadora—, conmigo tendrás lo que quieras, yo te daré dinero, alhajas, cartel; yo te haré torero…

—Los toreros se «jasen» en la plaza, frente a frente «der» toro, y no con las mujeres —ratificó él con energía.

—Ya lo sé —cedió Nati, siempre humilde—. Ya sé que tú eres valiente, muy valiente, y por eso te quiero; pero el dinero puede mucho, y yo daré dinero para que torees y te luzcas y te aplaudan… ¿Di, Julián, quieres?

Se limitó a murmurar:

—No «pué» ser.

—Pero ¿por qué?

—Porque no; porque quiero ser libre.

Hízose aún más humilde.

—Lo serás. Te juro, Julián, por la gloria de mi madre, que no te estorbaré para «na»; que sabré esperarte, que no te haré una queja, que cuando me quieras me tendrás y cuando no me iré «ar» último rincón, donde no te canse ni el ruido de mi voz.

Escéptico, encogiose de espaldas.

—«Too» eso son historias. Ahora porque no me tienes, porque sabes que no quiero; pero «aluego», «er» día en que yo me fuera contigo sería otro cantar, y empezaríamos con «achares» y con lloros y «desigencias». Si así «seis toas»; primero mucho «camelo», y después… Hoy ato un cabito, mañana otro, y cuando ya está uno «atao» y no «pué» removerse, como un gorrión «cogío» con lazo, entonces no hay más ama que la señora, y o se la da una «puñalá» «pa» escapar, o se hace uno un esclavo.

—Pero…

No la dejó meter baza, y con creciente energía reanudó en que ponía su pasión entera.

—¡No, no, y no! Yo no quiero ser el chulo de ninguna mujer; ni tuyo ni de otra; yo quiero ganarme la «vía» como se la ganan los hombres; yo quiero ser torero, y luego el toro y la afición dirán.

Perdida toda esperanza, la «Rubia», vencida de tristeza, se refugió en la súplica. El bello rostro contraído por la pena, en los azules ojos una lágrima y las manos cruzadas tendidas a él en una súplica desesperada, gimió:

—¡Julián, no me dejes! ¡Julián, mi niño bonito, mi cariño, mi gloria, por compasión, no me dejes! ¡Piensa que te quiero «ma» que a nada en el mundo! ¡Que no puedo vivir sin ti! ¡Yo seré tu esclava, tu criada, tu perro; besaré el suelo que pises; pero no te vayas, que no puedo vivir sin la luz de tus ojos! ¡Julián! ¡Julián! ¡Mátame, pégame, pisotéame, pero no me dejes sola!

Amanecía; el cielo, cobalto, comenzaba a palidecer; las estrellas se apagaban una a una, y sobre las arboledas del Botánico, que la luz matinal hacía de plata, la luna, como una hostia de milagro, descendía lentamente. Una claridad verdosa de acuárium envolvía las cosas, y en la lividez de la alborada el rostro de la pecadora aparecía devastado por los años, que la tristeza hacía retratarse en él. El negro artificio que daba vida a los ojos, haciendo brillar las pupilas azules como dos pálidos zafiros prisioneros en un estuche de terciopelo negro, se había deshecho con las lágrimas y trazaba obscuros surcos sobre las mejillas teñidas de carmín; los labios, perdida la pintura, palidecían; el rostro entero, libre del afeite, mostraba máculas y arrugas.

Julián se había puesto en pie. Un instante la contempló con lástima y sintió impulsos de ceder, pero su juventud venció egoísta. «¡Bah —pensó—, hombres no le faltarán para consolarse!» Y encarándose con ella, formuló:

—¡Vaya, adiós!

Casi se incorporó en un postrer esfuerzo.

—¡Julián!… — se dejó caer vencida, incapaz de luchar ya, y murmuró tristemente: ¡Adiós!

El espada reuníase a su amigo, y juntos se encaminaron hacia la plaza de Neptuno.

Ella le miró partir, mientras las lágrimas seguían deslizándose silenciosamente por las mejillas marchitas.

En el cielo pálido una línea de oro anunciaba la llegada del sol.

Capítulo 3

Como un pelele envuelto en oro y seda, subió por los aires y luego cayó pesadamente, quedando de bruces en el suelo.

En la plaza entera vibró un grito de horror, y los espectadores, en pie, los ojos fijos en el cuerpo inanimado del torero y en la feroz apostura del toro, que a dos pasos de él escarbaba la tierra, siguieron jadeantes las peripecias del drama. Los demás matadores, los peones de brega y hasta los monos sabios intentaban llevarse al miureño inútilmente. La fiera daba unos pasos hacia ellos, o simplemente se libraba con una cabezada de los capotes que trataban de aturdirle, y luego volvía junto a su víctima.

De improviso sonó otro grito de espanto. La tragedia entraba en el momento álgido, y los concurrentes, galvanizados, dejaban sus asientos y se lanzaban hacia las barreras.

Mientras el toro casi sobre el cuerpo de su enemigo, los ojos inyectados de sangre y babeante el hocico, azotaba el suelo con impaciencia, el «Carreterito», que un momento antes yacía inanimado, alzábase lentamente. Como si no viese a su asesino, a pesar de los gritos de la asistencia y de sus mismos compañeros de lidia, puso primero una rodilla en tierra, y luego, con ciego esfuerzo, quedó en pie, frente a frente de la fiera.

Estaba muy pálido; sobre la frente lívida caía la dorada onda, y en las pupilas azules había una extraña transparencia de agonía. El traje, esmeralda, recamado de oro, le hacía más alto y delgado; espiritualizaba la figura, en que al parecer no quedaba otra huella de la cogida que la roja mancha de sangre, que se agrandaba poco a poco sobre la bordada pechera.

Había estado admirable. Desde que salió el primer miura, bravo, de fina lámina y afilados pitones, y Julián, tras de algunos floreos con el capote, terminó arrodillándose ante él, la idea unánime fue: «¡Aquí hay un torero!» ¡Vaya si lo había! Arte, valor, seguridad, vergüenza torera, todo eso y algo más se veía por arrobas en el novel diestro. Y los aplausos se sucedían sin cesar. La Nati, fastuosa en su mantón, cubierto de soberbios bordados y sus suntuosas joyas, se había vuelto a su amiga, atalayada a su lado en la grada, y había suspirado tristemente: —¡Lo he «perdío» para siempre!

Ahora, ante la asombrosa sangre fría del muchacho, que se alzaba sin prisas, desdeñoso para la fiereza de su adversario, el senado, entusiasmado, inició un aplauso. El toro alzó la fiera testuz y miró un momento a la grada, como si aquel aplauso a su agresor excitase su rabia. Ante el peligro que acarreaban a su ídolo, los entusiastas callaron, y un silencio de muerte, uno de esos agoreros silencios que preceden a las grandes catástrofes, descendió sobre la plaza.

Por un instante se vio tambalearse al torero, y al toro retroceder un paso para arrancar; los demás lidiadores, en un impulso generoso, se arrojaron a cubrir con sus cuerpos el de su compañero, y desde las barreras algunos aficionados llamaron a la fiera con el rojo reclamo de los capotes de brega. Entonces sucedió algo insólito; el «Carreterito», con ruda autoridad, a que obedecieron maquinalmente, apartó a los demás, inclinose rápido para recoger el estoque y plantose ante el cornúpeto.

De todas partes surgieron gritos de miedo, de lástima y de protesta. Las mujeres chillaban como locas, imploraban, gemían; los hombres increpaban a la presidencia, a los guardias, a los toreros; juraban, protestaban, escupían maldiciones, amenazas, groseras injurias. Aquello era un suicidio, un crimen. ¡Ladrones! ¡Canallas! ¡Bandidos! ¡Hijos de hiena! ¡Por envidia, ni más ni menos que por envidia, porque habían visto que aquél era un torero de verdad, y no una señorita pintamonas como ellos, que se acatarraban en cuanto el toro hacía ¡fú!, iban a dejar morir al pobre chico! ¿Y el presidente ¡ladrón!, para qué le pagaban si no era para impedir tales asesinatos?

Y se encaraban con el muchacho como si fuese su hijo, su hermano o un antiguo amigo, y le gritaban mil dicterios afectuosos, cordiales, animándole a retirarse.

Mientras tanto, y tras de dos o tres pases emocionantes, en que el afilado pitón arrancó algunos alamares de la chaquetilla, el diestro había cuadrado al toro. Ante la algazara volviose hacia los tendidos y envió a sus incógnitos amigos una sonrisa pálida, de agonizante. Estaba lívido; en el rostro cadavérico la nariz se agudizaba, los ojos se hundían en amoratados abismos y el pelo desrizado se apegotaba a la frente con el sudor. La roja mancha de la pechera agrandábase por instantes y el blanco plastrón se tornaba en púrpura.

Por fin, tras unos segundos de angustia infinita, arrancó el bruto, y Julián, tendiéndose sobre el morrillo, dejó una estocada hasta la cruz. Pero no se alzó ya; el toro, en un supremo esfuerzo de agonía, había engachado a su enemigo y lo arrojó por alto. El cuerpo del «Carreterito», abierto por el vientre, cayó pesadamente al suelo; allí el toro lo recogió aún, y elevándole por el muslo le paseó algunos pasos colgado del asta. Volvió a caer sobre la arena para allí quedar abandonado como un sangriento guiñapo. Todavía el miureño dio un paso hacia él; pero a su vez, como herido del rayo, rodó por el suelo.

Un clamoreo de espanto se alzó de barreras y tendidos; las hembras lloraban, gritaban, se desmayaban; los varones apostrofaban furibundos o se condolían de aquella espantosa cogida que, consagrando la faena de Julián, le colocaba entre los héroes.

La «Rubia», erguida, fatal, aterrada y victoriosa, con una especie de fatalista obsesión en que había de júbilo y de horror, se balanceaba entre la suprema dicha y la tristeza suprema y desafiaba a la Fatalidad mirándola cara a cara. El cabello erizado, los ojos enormemente abiertos por el espanto de la visión apocalíptica, los labios ensangrentados, clavó las uñas en el brazo de su amiga, y con risa epiléptica, que era llanto y era muerte y era locura, murmuró roncamente:

—¡Es mío! ¡Mío!

Las dos amigas, Nati vacilante unas veces como si acabase de recibir un mazazo en la cabeza, resuelta otras con la energía que le daba su desesperación; la Eugenia consoladora, procurando evitar un exabrupto por parte de la enloquecida enamorada, permanecían hacía ya más de una hora junto a la puerta de la enfermería, cuyo acceso les vedaba la consigna. Inútil que hubiesen tratado de sobornar a los empleados, inútil que diciéndose la esposa del diestro intentaron hablar con un médico. Hacían los facultativos de la plaza la primera cura, una cura tremebunda, que a ellos mismos, acostumbrados a tales espectáculos, ponía un escalofrío en las espaldas, al torero, que por milagro no había muerto, aunque esperaban que, a pesar de sus esfuerzos, se les quedase entre las manos de un momento a otro, y no podían ser interrumpidos por nadie.

Los empleados, ante las propinas, repartidas con esplendidez, y también ante la belleza de la «gachí» y su dolor, que parecía tan grande y tan sincero —¡no sólo de pan vive el hombre!—, la ofrecieron entrar a otra dependencia o a la capilla, para estar con más comodidad y desahogo; pero ella, bravía, temerosa de que la robasen también al moribundo, como la robaron al amado, cuando lleno de vida podía ser suyo, en nombre de aquella gloria que odiaba, se negó rotundamente a moverse de allí. Al principio algunas gentes, compasivas o curiosas, la hicieron compañía; pero pronto la querencia del sangriento espectáculo —¡que haya un cadáver más, qué importa al mundo!—, que seguía como si nada hubiese pasado, pudo más que lástimas y curiosidades y las dejaron solas. Al menor ruido la enamorada tendía el oído ansiosa, palpitando de angustia el corazón. Nada. De la plaza llegaba la algarabía de aplausos, de vivas, de denuestos; el cuarto misterioso permanecía envuelto en el silencio.

Al fin se abrió la puerta, y triste y cariacontecido surgió Cayetano. La «Rubia» se precipitó a su encuentro.

—¿Julián?… —interrogó ansiosa.

El otro tuvo un gesto desolado por toda respuesta.

—¡Muerto! —interrogó temblando.

Por fin habló el banderillero.

—Como muerto, no lo está, pero está «jecho triza».

—¿Pero vivirá? —y la infeliz ponía en sus palabras una ansiedad inmensa, hecha de esperanza y desconsuelo.

—¡Vaya «usté» a saber! Ahora está «mu» grave, con unas heridas «asín» —y con los dedos dibujaba aberturas hiperbólicas—, y «icen» los «meicos» que lo mismo «pué» morirse ahora que vivir.

En el rostro de la hembra brilló un chispazo de esperanza.

—¡Vivirá!

—Eso sólo Dios lo sabe. ¡Ojalá pudiera uno… ! —y había en las palabras del maletilla no sé qué sincero y cordial deseo de sacrificarse.

La Nati le estrechó la mano con transporte de simpatía. Entonces él fue más locuaz. Al herido le acababan de hacer la primera cura. Tenía, aparte de contusiones y varetazos, tres heridas muy graves. Una en el pecho —la primera—, otra en el vientre, por la que se le veía «too el interior de adentro», y la peor en el muslo, una herida terrible, por la que cabía el puño, y que probablemente, en el caso, harto problemático, de salvarse, le dejaría inútil para el oficio. Ahora parecía más tranquilo; no había recobrado el «sentío» y se quejaba débilmente. A las siete le trasladarían a su casa o al Hospital.

Una idea brilló como un relámpago en la imaginación de la Nati. ¡Suyo! ¡Suyo para siempre, no teniendo que luchar más que con la muerte!

Nerviosa, impaciente, sin acabar las frases, atropellando unas palabras a otras, unas veces con ansiedades de suplicio, otras con fulgores de esperanza, expuso su idea. Cayetano la escuchaba perplejo; ella le envolvía en la dulzura musical de sus palabras; le acariciaba con los ojos, con la sonrisa, bañada en llanto; le cogía las manos, se las estrechaba suavemente; imploraba, mimaba, ofrecía.

—¡Cayetano! ¡Chiquillo! ¡Sé bueno! ¡Si así haces un bien, un bien a los dos: a él y a mí! Anda, ¿qué te importa? ¿Dónde estará Julián mejor que en mi casa?

—¡Lo que es por eso!…

—¡Claro, hombre! ¡Conmigo nada le ha de faltar: comodidades, médicos, medicinas, lo mejor!… ¡Pues y «er» cariño!… ¡Anda, chaval!…

—Pero los «meicos»… —objetó él, batiéndose en las últimas trincheras.

—¡Bah! —despreció ella, optimista—. ¿A ellos qué les importa? Tú les dices que Julián vive conmigo, que estoy pero que «mu» bien, que «na» le va a faltar…

Él cedió.

—Yo haré lo que «puea».

La «Rubia», victoriosa, intentó deslizar dos billetes de a cien en la mano de su amigo.

—Toma, «pa» el coche.

Pero él tuvo un rasgo de desprendimiento, digno de un Bayardo con coleta:

—¡Quita ahí! Yo lo hago porque «sus» quiero «a lo do», porque «pa» mí el Julián es «mismamente» un hermano, y sé que contigo le ha de «dir mu bien».

Ella, enternecida, le estrechó la mano con fuerza.

—¡Gracias, chiquillo! Si alguna vez me necesitas, por la gloria de mi «mare» que antes paso hambre que dejarte mal!

Capítulo 4

Por primera vez, después de muchos días, la sensación de vacío, aquella rara sensación de columpiarse sobre un abismo, desapareció. Por primera vez también sintió, al intentar un cambio de postura, tan intensa punzada de dolor, que por un momento temió volver a hundirse en las sombras de la opresora noche en que viviera tantas horas de angustia. Y, sin embargo, volvió a ensayar el cambio de posición para experimentar la acre voluptuosidad de aquel dolor, porque era la voluptuosidad de vivir después de muchas horas de agonizar.

Tras unos momentos en que reconcentró su pensamiento para evocar los pasados lances, fue recordando la tarde triunfal y la espantosa cogida. Desde el momento en que por segunda vez caía en las astas del toro hasta aquel en que despertaba a la realidad, había un inmenso abismo que no sabía cómo llenar. Entreabrió los ojos, y al través de la neblina de su debilidad y de la reinante semipenumbra que el sol, colándose por las cerradas persianas y las caídas cortinas se empeñaba en destruir, trató de orientarse.

Era el lugar una habitación amplia y, al parecer, lujosa. Los muebles, grandes, forrados de telas ricas de tonos claros; en los muros espejos y cuadros chillones encerrados en dorados marcos, a que la luz arrancaba luminosos destellos; sobre un sofá, un mantón de Manila ponía su tapiz de flores. La cama donde reposaba era grande: una cama de matrimonio, suntuosa, de tallado nogal; la colcha, de damasco azul; las sábanas y almohadas, de fina batista con encajes. ¿Dónde estaba? Él tenía idea vaga de conocer aquel cuarto, pero la debilidad de su memoria no le permitía darse cuenta exacta.

La puerta abriose lentamente, y una figura de mujer avanzó hacia el lecho. ¿Soñaba? No. Aquella era la «Rubia». Estaba tan sólo un poco más delgada; amplia bata de seda blanca dibujaba su airosa silueta; el rostro pálido, un poco demacrado, tenía un encanto de melancolía que reverberaba en los grandes ojos azules, y los cabellos nimbaban de oro la frente, libre del artificio de los rizos. Con sordos pasos se acercó a él; sus manos, níveas y mimosas, con movimientos que más eran caricias, arreglaron el embozo y las almohadas, apartaron de la frente sudorosa los cabellos y se deslizaron por las mejillas exangües; después, con delicadezas de madre, se inclinó sobre él, y sus labios se posaron en la frente con un beso que apenas le rozó la piel. Por un instante sintiose envuelto en la suave fragancia de rosas que exhalaba la mujer, y estremecióse bajo la tibia sensación de los labios. Después ella, silenciosa siempre como un fantasma, se alejó, desapareciendo nuevamente.

¡Estaba en casa de la Nati! Pero aquella idea que días antes de su cogida le hubiese soliviantado, ahora, no sólo no le causaba indignación, sino que le daba una impresión de confianza extraña. Con las fuerzas, las rebeldías, la soberbia, el afán de libertad habían huido, y como un pobre niño enfermo buscaba halago y defensa. ¡En casa de la Nati! Ya no significaba estar en las manos de una querida despótica y absorbente que se alzaba como un obstáculo a su porvenir, sino que representaba en el desierto de su vida, ahora que no era sino un pobre guiñapo humano, cuidados, cariño, bienestar; era la seguridad de no ir a un Hospital ni de morirse solo como un perro.

Volvió a abrir los ojos, paseó lentamente la mirada por la alcoba, estudió con complacencia cada uno de los detalles y tornó a entornarlos soñoliento.

Pasos. Era la «Rubia», acompañada de un señor que debía de ser el médico. Ambos se aproximaron al lecho, y mientras él aparentaba, por insana curiosidad, dormir, empezaron a hablar. Primero la voz de su querida:

—¿Cómo le encuentra usted hoy, doctor; la verdad?

—Hoy no tocamos a las heridas. Con la cura de ayer está bien; ahora veremos ese pulso.

Hubo una pausa, durante la cual el médico le examinó el pulso con atención; después habló:

—De pulso, muy bien. Hoy es el primer día que está limpio de calentura.

—Entonces, ¿está salvado?— interrogó ella ansiosa.

—¿La vida? Completamente. Ya no hay peligro ninguno por esa parte. Ahora viene lo peor: una convalecencia muy larga; muchos dolores, punzadas… pero, en fin, con los cuidados de usted y valor… y como el mocito es un Cid —y la voz tornose halagadora.

—¿Y torear? —preguntó ella tímidamente.

Aquí latiole a Julián con un poco más de presteza el corazón, y redobló su atención.

—¡Qué sé yo! Eso, Dios y la naturaleza dirán; pero —hizo una pausa— me temo mucho que quede inútil.

¡Inútil! ¡No poder torear ya más, no oír los aplausos del público, ahora que había triunfado ya! Y, sin embargo, fuera debilidad, fuera estoicismo, la noticia le dejó frío. La única idea fue la del bienestar, la de la tranquilidad física. Mientras el médico y la «Rubia» se alejaban, una serie de imágenes de paz, de sosiego, de comodidad, le preocuparon. Interiores templados y confortables, lechos mullidos, mesas suntuosas, un hogar caliente, lleno de cariño y paz. La idea del frío y del abandono le horrorizó. ¿Dónde ir? ¿Qué hacer? No se sentía capaz de retornar a la lucha, y el pánico del mañana le acometió.

Nati había vuelto. Con pasos de gata atravesó otra vez la estancia, y sin hacer ruido instalose a su cabecera. Su mano, suave y regordeta, buscó con precaución la del herido. Él la estrechó débilmente, y abriendo los ojos murmuró:

—¡Nena!

Loca de alegría interrogó:

—¡Julián, Julián, vida mía! ¿Estás mejor?

Él, con una sonrisa pálida, aseguró:

—Muy bien.

Estalló la hembra en sollozos.

—¡Nene! ¡Cielo! ¡Mi gloria! ¿Me perdonas, di?

A su vez gimió él como un gozquecillo que se ve solo en el arroyo.

—¡No me dejes, nena, no me dejes!

Y ella, besándole con pasión, murmuró a su oído:

—¡Nunca, mi vida!

Después colocó su cabeza junto a la del herido, y en un murmurar de ternezas se durmieron sobre la misma almohada.

Parte 2

Capítulo 1

Mientras, puestos en la faena sus cinco sentidos, encendía Julián el rico «caruncho», que especialmente para él traía doña Sofía, la estanquera de Torremolares, don Nazario, el señor cura, interrogóle con afectuosa complacencia:

—¿Qué tal van esas elecciones?

Sonrió el interpelado, lleno de fanfarronesca suficiencia, asegurando satisfecho:

—Lo que es esta vez se la jugamos de puño al Gobierno. O dejo de ser quien soy, o el acta se la lleva el marqués.

Reclinose en el mostrador y se dispuso, ante la respetuosa atención con que los demás le oían, a presentar los datos demostrativos de su tesis.

Estaba muy cambiado; el rostro, curtido por el sol, que constantemente le castigaba en cacerías y campestres faenas de propietario vigilante, hallábase surcado por profundas arrugas; la frente, descubierta por el flexible de anchas alas, echado hacia atrás, se había ensanchado por causa de la calvicie, iniciada en dos grandes entradas, agrandadas por las canas. Su cuerpo, airosísimo en otros tiempos, habíase amazacotado, y la curva que trazaba su oronda barriga de propietario rompía la antigua elegancia de la línea. El atavío burgués, agravado por pueblerina vulgaridad, acababa de completar la transformación del niño heroico que antaño se jugara la vida en las astas de un toro en ramplón y adocenado propietario rural.

Habían pasado años, muchos años, diez o doce, desde que en una tarde gloriosa, entre aclamaciones y gritos de horror de la canalla, cayera en la arena con un gesto magnífico de legendario luchador. Primero fue la convalecencia, una convalecencia penosísima, inacabable, en que, vuelto a la infancia, no podía valerse para nada y sólo vivía en el mimo de las manos femeniles. Nati había sido para él todo: una madre, una hermana y una esposa. Ella luchó palmo a palmo con la muerte para arrancarle su presa y luego defenderla contra nuevas asechanzas. Fueron diez meses de titánicos esfuerzos, y al fin, cuando, mejorado ya, pudo salir a la calle, aquel paseo acrecentó aún su desconsuelo. La tarde, de invierno, era fría y triste; en el cielo blanquecino se apagaba el sol lentamente; Julián, como un pobre guiñapo humano, descendió las escaleras apoyado en muletas, sostenido por Nati y una criada; después, con su querida al lado y encerrado entre los vidrios del coche, fue a la Moncloa; allí la desolación de los árboles esqueléticos, de las largas avenidas fangosas, de los estanques, llenos de liquen, le dieron ganas de llorar. La «Rubia» hablole melosa, acariciadora. El médico le recomendaba el campo para acabar de ponerse bien; reponerse del todo era aún obra larga; como ella tenía fortuna, pensaba comprar una finca cerca de Madrid; habíanla hablado de una casa de labor con buenas tierras. ¿Qué le parecía? Allí podría concluir de recobrar la salud; se irían en cuanto empezase el buen tiempo, pasarían el verano, y si él quería, el invierno también; luego…

La misma idea flotó un segundo, como un fantasma sangriento, por la imaginación de ambos: los toros. Él estuvo a punto de preguntar: «¿Y mi carrera?»; pero sintió miedo ante la evocación trágica que, como palabra de magia, podía destruir su felicidad, hecha de quietud y de halago, y calló. Nati pensó también en decir: «Luego… luego podrás volver a los toros»; pero al verle calló a su vez, temerosa de conjurar la desgracia.

El plan se realizó. Partieron para Torremolares en los primeros días del mes de abril. Julián iba muy mejorado, pero no bien aún. Resentíase algo del pecho, y la herida de la pierna obligábale a andar con muletas; pero, sobre todo, hallábase en un estado de debilidad lamentable. Poco a poco los aires del campo, la alimentación sana y nutritiva y la vida regalona iban curándole. Nati redoblaba sus mimos; su cariño parecía aumentarse con los días; con su voluntad perseverante de enamorada le iba envolviendo cada vez más en sus redes, secuestrando su voluntad, robándole el albedrío. Nunca le imponía su capricho, pero insensiblemente le hacía querer aquello que quería ella misma. Al llegar el otoño, y como él se hallase casi bien del todo, con sólo una ligera torpeza en la pierna, le ofreció volver a Madrid. Fue un rasgo de audacia de que se arrepintió casi inmediatamente. Julián vaciló un segundo; como un relámpago la gloria —una gloria canalla, hecha de oro, seda y sangre, saludaba por pasodobles, aplausos y alaridos— brilló ante él. Pero fue cobarde, y claudicó. No; pasarían el invierno allí, y luego, en primavera, verían.

Durante los largos meses invernales el torero, con esa flexibilidad propia de los espíritus hechos a todas las privaciones, fue adaptándose insensiblemente al medio.

Empujado por su querida, que oculta en las sombras de una discreta condescendencia actuaba de Destino, fuese interesando por las faenas agrícolas, apasionando con la caza y la equitación y encariñando con las consideraciones que entre los notables del pueblo merecía, como uno de los principales propietarios —allí diéronle por esposo legítimo de la Nati— de la comarca.

Y, por fin, cuando retornó el buen tiempo, Julián, hecho a tal vida, no volvió a hablar de toros. Pasaron los días; de tarde en tarde la visión de las plazas llenas de sol y de alegría le inquietaba. Rechazábala como algo absurdo, fuera de toda ley. Él era un hombre serio y todo aquello locuras.

Ahora, atento, discutía.

El señor cura objetó:

—¿Y si suspenden el Ayuntamiento?

—No se les da tiempo a enterarse.

Entró en el estanco una criada de las de refajo y rodete.

—Don Julián, la señora, que haga el favor de «dir».

—Voy —y despidiéndose de sus amigos, fuese camino de su casa.

En el amplio zaguán, adornado con plantas y mecedoras, le esperaba su querida. La vida sedentaria y la comida puebluna la habían engordado exageradamente. Bajo el matiné de encajes, adornado con lazos de seda —guardaba aún sus hábitos cortesanos—, dibujábanse sus pechos enormes, como bovinas ubres, y sus caderas formidables. En el rostro de luna llena, embadurnado de afeites que disimulaban mal sus cincuenta años, conservaba las huellas del llanto, que enrojecía sus ojos. Al entrar Julián salió a su encuentro tendiéndole un telegrama.

—Mi hermana Clotilde que se muere.

El ex torero quedó perplejo, temiendo adivinar. Ni se acordaba ya de Clotilde, ni casi de Madrid. Había llegado a encariñarse con la idea de vivir siempre en aquel rincón, sin imprevistos que viniesen a turbar su quietud, en una especie de sopor, viendo correr los días monótonos con la indiferencia de un faquir indio. Egoísta, queriendo inconscientemente guiar por sugestión las ideas de su amada, formuló:

—Lo siento. ¡Pobrecilla! ¡Qué le vamos a hacer!

Impaciente por aquella salida, la «Rubia» formuló:

—¿Qué le hemos de hacer? ¡Pues ir!

Sin atreverse a protestar abiertamente, insinuó una duda:

—Es que puede que lleguemos tarde.

Malhumorada por la pachorra, la otra interrogó a su vez agresiva:

—Bueno, ¿y qué? ¡Aunque lleguemos tarde!

—Pues viaje perdido.

—¿Y la chica?

—¡Ah… !

No se acordaba ya de aquella Amparito, único fruto superviviente de los amores de Clotilde y el «cantaor», alocada y locuaz, que conociera tan enredadora y dicharachera y que ahora ya debía ser una mujer.

Dulcificó Nati algo el tono:

—Ya ves cómo no hay remedio. Hay que irse a Madrid, hoy mismo.

No atreviéndose a protestar abiertamente, permaneció silencioso. Pero la idea del regreso a Madrid le horrorizaba. Era aproximarse a la lucha, ver de cerca gentes que dejó humildes y que tal vez hallaría vencedoras, contemplar el escenario de sus fracasados triunfos; era, en síntesis, «volver a vivir». Sentía que había muchas cosas en él que no estaban muertas, sino dormidas, y que iban a despertar; presentía la lucha con sus amarguras sin cuento, las inquietudes que turbarían el reposo animal de sus noches, y sintiéndose sin fuerzas, insinuó:

—Como el viaje será cosa de cuarenta y ocho horas, podías irte sola, y yo me quedaría cuidando esto.

—¡Me gusta la gracia! ¡Los demás, que nos amolemos, y su excelencia se queda aquí repanchigado para no molestarse! ¡No, hijo, no; a Madrid hoy mismo! ¡Pues estaría bonito! Pero ¿quién eres tú, vamos a ver, para ponerte a dar órdenes?

Era la primera vez que descargaba sus iras sobre la cabeza de Julián. Él sintió deseos de pegarla; pero ni aun para ello tuvo fuerzas. Una vez más rehuyó la batalla que la vida le brindaba, y calló tercamente.

Capítulo 2

El viaje fue muy penoso. Hacía mucho calor en las llanuras castellanas, y el tren, un mixto que habían tomado para no tener que esperar a la noche, caminaba con una pesadez abrumadora. La Nati, nerviosa por el bochorno y las molestias de la marcha precipitada, molestias acrecentadas por su corpulencia y el hábito de vida sedentaria que había adquirido, rezongaba a cada instante, con cualquier pretexto. La temperatura le indignaba; los mosquitos sacábanle de quicio; las frecuentes y prolongadas paradas excitaban su nerviosidad. Sin motivo, por el más fútil pretexto, daba suelta a su contenida rabia con palabras acres, quejas, lamentos.

Pero en el fondo de aquel mal humor, provocado, al parecer, por incomodidades físicas, latía un hondo drama anímico, tanto más terrible cuanto más primitivo era el espíritu en que estallaba. En aquel ser moral, sin desbrozar aún, vivían latentes todos los impulsos iniciales: el egoísmo, la pereza, el exclusivismo; sacrificios y abnegaciones, como no estuviesen inspirados en un motivo egoísta —lujuria, necesidad o capricho—, eran ignorados allí. Y súbitamente llegaba lo terrible. Acababa de descubrir en el fondo de su alma una verdad cruel, monstruosa, absurda, que tronchaba su vida y arrancaba de súbito su única razón de ser. No quería a Julián.

Al principio le idolatró. Fue para ella, acostumbrada a triunfar, lo imposible, aquello en que ponemos todas las potencias del alma, los esfuerzos todos de la voluntad. Luego representó su cariño y su amor propio satisfecho, el temor de perderle, el peligro bordeado a cada paso de que la querencia de la gloria pudiese más que ella y se lo arrebatase; más tarde quedó la costumbre y el encanto de aquella vida serena. Pero Julián envejecía; según pasaban los días, era más suyo, más su juguete; las probabilidades de que pudiese huir disminuían, y Nati sentía al antiguo héroe como un pobre muñeco entre sus manos. Él mismo, sin darse cuenta, había detenido el majestuoso vuelo de la quimera, y cortándole las grandes alas y arrancándole las rampantes uñas, la convirtió en vulgarísima ave de corral. Poco a poco, ignorante del peligro, y creyéndose para siempre a cubierto, fue destruyendo la poesía, la heroica aureola que envolviole a los ojos de su querida, e inconsciente de él, rompiendo la magia del encanto. Hablaba de los toros como de una locura imposible, bromeaba sobre su pretérito entusiasmo, y reconociendo la superioridad de la hembra, entregábase a ella atado de pies y manos. Nati supo aprovechar aquella fuerza, y de esclava se convirtió en tirana. Ella, que antes temblaba ante una palabra del torero, volviose despótica, dominante. Ante el público todo seguía igual, pero en la intimidad del hogar ella ordenaba y a él le tocaba obedecer. Pero, sin embargo, las cosas parecían tranquilas en el concierto de aquellas vidas antes turbulentas, resbalando ahora serenas por su cauce. No era así; en el alma apasionada de la pecadora nacían inquietudes, deseos, curiosidades. Un anhelo de ideal, de amor, de ensueño, se apoderaba de ella de día en día. Por más que procuraba contemplar a su amante con los ojos de antaño, el espejismo se rompía y la imagen vulgar surgía ante ella con su frente calva y su redondo vientre de propietario rural. Pese a ello, aún la pereza, la querencia del reposo, le ataba; aún trataba de engañarse, pensando que en cuanto ella quisiese él volvería a sus toros, ella al Madrid de sus amores. Cuando…

Sobrevino la catástrofe. Nati, con una necesidad sentimental de enternecimiento, y aunque no le importaba gran cosa aquella loca de la Clotilde, que siempre fue una mala cabeza que sólo disgustos le acarreó, convenciose a sí misma de que sentía hondo dolor. Su anhelo de sacrificio llevole a pensar en la pobre huérfana, que en la edad más crítica quedaba abandonada «en el proceloso mar de la vida» (aquella imagen la había leído ella en un folletín), y dispúsose a ser su amparo y consuelo. ¡Ella sería su madre! A fuerza de abnegación y cariño le haría olvidar su triste orfandad. Se irían a vivir a Madrid (¿qué mejor pretexto?), y allí dedicaríase en alma y vida a educar a la huérfana (pues daba por sentado que sería huérfana en seguida y por descontado que estaría muy mal educada —¿qué podía esperarse de aquella loca de Clotilde?—); luego preocuparíase de su porvenir, de casarla y establecerla.

Y justamente cuando ella, sacudido instantáneamente el tedio, hacía tales proyectos, venía el estúpido de Julián con su pachorra… ¿Pero qué se había creído el niño, que ella no estaba allí más que para llenarle la andorga y que se diese buena vida? ¡Corriendo! ¡En eso estaba pensando!

Por primera vez, después de tantos años, sintió nacer un impulso de odio hacía él, una necesidad aviesa de mortificar, de hacer daño, y por vez primera también lloró el estéril sacrificio de los mayores años de su vida. ¡Los mismos padres del yermo, si hubiesen visto desvanecer su ensueño de cielo, hubiesen retornado al mundo con un gesto de ira para los años malgastados en un estúpido ensueño de ideal!

El convoy corría a través de grandes planicies áridas y pedregosas. Julián, en un rincón, dormitaba, la gorra caída y el chaleco desabrochado. Nati, al otro extremo del coche, se abanicaba con furor. De pronto encarose con él:

—¡Julián!

Despertó sobresaltado.

—¿Qué?

—¡Abróchate ese chaleco! ¡No te dará vergüenza! Si entrase alguien por casualidad…

—¡Como no sea el revisor… ! —objetó él con buen sentido.

La «Rubia» no le hizo caso y siguió rumiando:

—Aunque no fuese más que por mí… ¡Vaya una consideración!… Pues lo que es en Madrid ya puedes tener cuidado de no avergonzarme.

—¡Para lo que vamos a estar!

Saltó furiosa:

—¡Toda la vida!

Irritado, a su vez, objetó Julián:

—¡Serás tú, porque lo que es yo… !

Nati echaba lumbre por los ojos. Le contempló un momento entre burlona y compasiva, y luego interrogó con ironía rabiosa:

—¿Y qué vas a hacer?

—Volverme al pueblo.

—¿Solo? —interrogó, cada vez con mayor ironía.

—Contigo.

—Me parece difícil.

—¿Por qué?

—Pues, hijo —rió la hembra—, porque no quiero volver a poner los pies en jamás de los jamases en el cochino pueblo. ¡Ya estoy harta de poblanchones!

Fue rotundo.

—Volveré solo.

—¿Y adónde, se puede saber? —formulaba la pregunta con una calma artificiosa, tras la que se sentía trepidar la ira.

—A casa.

Estalló.

—¡Ja, ja! ¡Que se te quite de la cabeza! ¡A casa! —siguió con sarcasmo—, ¡a casa! ¿Y cuál es tu casa, di, cuál es tu casa? ¡A casa! —parodiándole—, ¡a casa… ! ¡Ja, ja! ¡Deje usted que me ría, hijo, deje usted que me ría… ! ¡Ay qué gracia! ¡A casa! Pero ¿cuál es tu casa, la carretera o la plaza Real? Hijo, tu casa… ¡pues no eres tú nadie! La casa es mía, ¿estás? Las tierras, mías; ¿estás? El dinero, mío; ¿estás? ¡Y haré lo que me dé la gana; conque apunta!

Luego calló, abanicándose furiosamente.

Julián, anonadado, sin encontrar réplica, permaneció en silencio, mientras el tren entraba majestuosamente en la estación del Mediodía.

Capítulo 3

Desde que estaban en Madrid la Nati entraba y salía a todas horas, muy puesta de mantilla, y aun a veces, cuando repicaban gordo, de sombrero. La Clotilde se moría, se moría sin remedio de aquella pertinaz fatiga; pero, eso sí, parecía que la cosa iba para largo, y su hermana, sin descuidar a la enferma ni permitir que le faltase nada —hasta se la había llevado a su casa para que estuviese mejor—, volvía a cobrar gusto a la vida madrileña, reanudaba relaciones, hacía visitas, encontrándose en aquel elemento como pez en el agua.

Julián, por el contrario, cada vez se hallaba peor. Desde la primera cuestión con su querida las broncas habían menudeado, siendo cada vez más frecuentes y violentas. Parecía como si ella hiciese al torero responsable de su vejez, de aquellos años perdidos para el goce, consumidos en un altruismo estúpido. En cuanto surgía cualquier menudo rozamiento, venían las palabras fuertes, desagradables, llenas de acritud. La «Rubia» le restregaba por los hocicos cuanto por él hiciera, complaciéndose en humillarle con la ostentación de su inutilidad. Hasta aquella misma renuncia de los toros, por que tanto y con tanta habilidad hiciera ella, se la reprochaba como una abyección más.

Julián nada hacía, nada decía. En el paroxismo de la cobardía moral, cada vez le asustaba más la idea de afrontar la vida. Huía de sus antiguos amigos, de los lugares donde pudiese encontrar gentes que le recordasen sus pasadas luchas, de cuanto evocara el pasado glorioso, y no pensaba sino en correr a refugiarse en el pueblo. Pasaba los días en el gabinete contiguo a la alcoba de la moribunda, aquel gabinete donde, en una vitrina de caoba, lucía el traje que ostentaba el día de la cogida, y allí sentados en los sillones charlaba con Amparito.

Amparito era una chiquilla morena, llena de picardía y travesura. En la carita pálida, los ojazos negros brillaban melancólicos unas veces, risueños y burlones otras. La boca, no muy chica, pero roja y fresca, lucía siempre en una sonrisa la blancura cegadora de los dientes, y la corona de cabellos negros, cortados en pequeños rizos, aumentaba aún el aspecto pueril de la graciosa cabecita. Inquieta, física y espiritualmente, iba y venía, reía y cantaba, y alguna vez se quedaba triste, con las inmensas pupilas fijas en un punto imaginario.

Amparito estaba muy mal educada. Su madre, con aquella debilidad de carácter que la distinguiera siempre de la férrea voluntad de su hermana, no supo oponerse a ninguno de sus caprichos, y dejola rodar por salones y academias de baile. La nena quería ser cupletista.

¡Cupletista! Cuando la Nati se enteró de los desvaríos pecaminosos de su sobrina, creyó que del sofocón se la llevaba pateta. ¡Cupletista! ¡Una sobrina suya arrastrándose por esos cines, rodeada de sinvergüenzas! Y como si realmente ella fuese una gran dama y la chica descendiese del Cid Campeador, bufaba de indignación.

Para Julián, la chavala fue el único encanto de su nueva vida. A su lado, el ensueño revivía como pajarillo aterido de frío que se reanima al calor de un seno amigo. Oíala embelesado sus graciosas divagaciones de mozuela soñadora, y arrobado escuchábala cantar las románticas coplas de amor y muerte. Amparito tenía el don de galvanizar su voluntad, anestesiada por las brujerías de Nati, y hacíale por un momento creerse aún capaz de cosas grandes y heroicas. Sus dos sueños se encontraban: el ensueño que fue de él se apoyaba para volar aún en el ensueño que comenzaba a remontarse de la niña. Ella instábale a contarla las peripecias de los años azarosos de su vida, sus primeros triunfos, y, sobre todo, la tarde gloriosa de la cogida.

Aquel día habían hablado más que nunca; junto a la vitrina en que dormían como una reliquia los jirones de seda, recamados de oro y manchados de sangre, las palabras habían sido más ardientes, más entusiastas, más fogosas. Hablaba ahora ella con volubilidad encantadora:

—¿Por qué no vuelves a torear? ¡Es tan bonito! Ser torero es lo mejor que hay en el mundo. Si yo fuese hombre, sería torero, y daría unas estocadas hasta allí. ¡Iban a volverse loquitos conmigo! ¡Aplausos, puros; ya verías, ya verías… ! ¡Y las «gachís» me iban a rifar como si fuese un Niño Jesús!

Julián sonreía.

—No seas malo, y no te burles de mí —prorrumpió la chiquilla, dándole un cachete afectuoso—. Por eso quiero ser cupletista, para salir con traje de luces y bailar tangos y que «toos» pierdan la chaveta.

En aquel momento oyeron un gemido en la alcoba contigua y corrieron allí. La enferma acababa. Sentada en el lecho, la cabeza reposando en la alta pila de almohadas, tenía cerrados los ojos, y de la boca, entreabierta, se escapaba un estertor de agonía. En la cara, lívida, larga, angulosa, se retrataba la muerte. Mientras, la nena le prestaba auxilio. Julián fue a enviar por el médico. Cuando volvió, la enferma había alzado los párpados y fijaba las vidriosas pupilas en su hija, mientras la mano, huesuda y descarnada, se hundía en los endrinos rizos. Hizo un esfuerzo para incorporarse, quiso hablar, y los labios blanquecinos murmuraron solamente:

—¡Julián, mi hija!

Después cayó exánime, muerta.

Amparito, de rodillas, rezaba:

—¡Madre! ¡Madre mía!

Julián, con paternal delicadeza, posó la mano en la cabecita, e inclinándose sobre ella la besó en la frente.

Capítulo 4

La Nati entró como una tromba, y tras de quitarse el imperdible con una enorme cruz de azabache, con que se lo prendía, echó hacia atrás el manto que llevaba aún por el luto de su hermana, y encarose con Amparito, conminadora:

—¡Se acabó! ¡Vaya si se acabó!

Sentose un momento, tornó a levantarse, bufando de indignación, y siguió rezongando mientras iba de un lado para otro, tropezando con los muebles, tirando las cosas, no dejando nada en su sitio.

—¡Me gusta! ¡Ay, madre, qué gracia! ¡Miren la señorita, rodando por ahí como una bribona! ¡Qué digo como una bribona, mil veces peor que una bribona, porque, al fin y al cabo, ellas lo hacen para comer y tú estás comida y vestida y regalada «mismamente» que una reina!

—¡Pero tía… !

—¡Qué tía ni qué niño muerto! ¡Falsa! ¡Hipocritona! ¡Judas! ¿Conque es así como agradeces el pan que comes? ¡Ay, Jesús! ¡Para qué hara una favores a nadie! ¡Si tenías que salir así, con la misma cabeza de chorlito de tu padre, que tanto nos dio que bregar! ¡Dios le haya perdonado!

Julián quiso meter baza:

—Pero ¿qué pasa?

—¡Qué ha de pasar: que aprovechando mi confianza en ella, esta chica se iba todos los días a la academia de baile con la Cristeta! ¡Academias! ¡Conque academitas, y luego escolta de maletas! ¡Miren ustedes la niña!

La nena hizo frente valientemente a la indignación de la madura señora.

—¡Yo quiero ser artista!

—¡Jesús! ¡Y qué desvergüenza tan grande! ¡Venir a decirme eso a mí! ¡A mí! ¿Artista? ¡Cochina! ¡Ladrona! ¡Te voy a dar una mano de azotes, a ver si se te bajan los humos!

La entrada de la tarasca les había sorprendido en pleno idilio, un idilio inconsciente, en que se hallaban en un terreno donde la niñez de Amparito hermanaba con la ruinosa madurez de Julián: el ensueño.

En los cuatro meses transcurridos desde la muerte de Clotilde la amistad entre ellos se había afirmado; ella le infundía ánimos y esperanzas; él la escuchaba con dulce ternura.

—¡Conque ya lo sabes! —prosiguió la «Rubia», ahogándose en sus carnes, si bien no tan orondas como en el pueblo, gracias a sus esfuerzos para adelgazar, aún muy holgadas y lustrosas—. ¡Se acabó la academia, se acabó la escolta, se acabó… !

Con mayor firmeza aún aseguró la moza:

—Yo quiero ser artista.

Julián intervino enérgico:

—¡Bueno, basta ya! Si la chica quiere ser del teatro, es cosa de pensarlo. Veremos si vale, si tiene verdadera disposición…

La Nati le miró un momento de arriba abajo, fluctuando entre el asombro y la indignación; al fin, furiosa, encarose con él:

—¿Y a usted quién le mete, tío lilaina, a abogado de causas perdidas?

Decidido a ir hasta el fin, se encaró con ella:

—¡Me meto en lo que me da la realísima gana! ¿Estás? Y delante de mí no atropellas a la chica, ¿oyes?

Aproximose a él y le contempló curiosamente.

—¿Y tú quién eres «pa» meterte en «camisa» de once varas?

—Soy…

No concluyó. La hembra le abrumaba con su desprecio.

—¡Eres! ¿Quieres que te diga lo que eres? ¡Pues eres un chulo aburrido que estás viviendo del pan que te doy por lástima! ¡Por lástima! —repitió sarcástica—. ¡Porque ya ni «pa» chulo sirves!

Dio un paso hacia ella y alzó la mano. Esperole la arpía a pie firme.

—¡Pega, anda; pega y llamo a la pareja y sales de aquí con unos pantalones y una camiseta! —Y como le viese casi vencido, se encaró con Amparito—. Conque ve apuntando; de aquí no vuelves a salir sino conmigo, ¿estás?

Retirose dando un portazo, y la nena, aterrada, se refugió llorando en los brazos de Julián. Él la mimó como a un niño chiquito.

—¡Pobrecita nenita!

Amparito suspiró:

—¡Quiero ser artista!

—Lo serás, mi vida.

—¿De veras?

—De veras.

Sonrió a través de las lágrimas, y los labios juveniles buscaron los del torero y se posaron largamente en ellos. Al contacto de la fruta fresca y temprana evocó Julián, estremecido involuntariamente, la boca voraz que, como un vampiro de historia de brujería, había secado su vida.

Capítulo 5

Mientras la nena bailaba, el público, aquel heterogéneo público de mamás, de damas de tronío y de chulos en estado de merecer, permanecía pendiente de ella, involuntariamente cautivo de su gracia pueril. Desde su rincón el «Morito», astro coletudo de quinta magnitud, flechábala con los ojos negros y ardientes. Fernández, el viejo saltarín y pinturero que regentaba la academia, contemplaba, cayéndosele la baba, a su discípula predilecta, mientras las demás aprendizas de Terpsícore cuchicheaban envidiosas.

Amparito bailaba con una gracia trágica, casi dolorosa; parecía que bailaba exasperada por una pena que desgarraba su corazón; había en sus gestos, rápidos, vibrantes, contenidos, un impulso de pasión bravía. Los ojos, negros, muy grandes, húmedos, aterciopelados, miraban alejarse un ensueño, y en el rostro, de una blanca transparencia de azucena, los labios rojos, delgados y sangrientos, sonreían. Prisionero en el negro atavío de luto, su cuerpo menudo y frágil, casi andrógino, se retorcía, temblaba, cimbreándose, imprimiendo a los bailes populares cierta majestad de arcaica danza sagrada.

Las lecciones de baile se habían reanudado. En complicidad con Julián, incapaz de negar nada a la chiquilla, Amparito había vuelto a sus clases de danza. El primer día la acompañó él mismo, pero se sintió ridículo. Aquel ambiente, sin saber por qué, recordábale cosas muy lejanas que deseaba olvidar; además, en su brusquedad de alimaña montaraz, la empalagosa finura de que blasonaban todas aquellas gentes, que luego, a la primera contrariedad, echaban finuras a rodar, y liándose la manta a la cabeza empezaban a escupir groserías, le irritaba los nervios.

Entonces propuso a su sobrina llevarla hasta la puerta y volver más tarde a recogerla, y como ella, encantada de aquella solución que le permitía hablar a solas con su novio, el «Morito», un torero que tenía «la mar» de porvenir, aceptase, así quedó acordado.

En un postrer vibrar de la guitarra, entre el loco repiqueteo de las castañuelas, Amparito tembló un momento, giró rápida luego, y por fin, en un paso de tragedia, desplomose en tierra.

Risueña, se alzó sacudiendo el vestido, pagó con sonrisas las justas alabanzas que con malévola envidia le tributaban las demás, y encaminose hacia el rincón donde su novio la esperaba.

—Vaya, aquí me tienes ya.

Él la contempló arrobado.

—¡Chiquilla, qué preciosa estás… ! ¡Bailas como los mismos ángeles!

Bromeó ella.

—¡«Desajerao!» ¡Patoso! ¡Embustero!

El «Morito» murmuró con contenida pasión:

—¡Fea! ¡Negra! ¡Te quiero más… ! El día que me roben tu querer me dejo echar las tripas fuera por un toro.

Protestó Amparito:

—¡Quita de ahí! ¡Pinturero! ¡Fantasioso!

Habló él:

—Te quiero… Mira, los días que estuviste sin venir creí que me las liaba. ¡Qué pena, negra, qué pena!

Gustosa, como todas las hembras, de verle temblar ante la idea de la ausencia, amenazó:

—Pues el día menos pensado… Gracias al tío, que es muy bueno.

No pareció entusiasmado el «Morito».

—¡Psch!

—¡Anda, sinvergüenza, golfo; di que no! —protestó ella, medio en serio medio en broma. Luego añadió—: Muy «buenismo», y además un gran torero.

—Lo fue.

—¿Y por qué no lo es ahora? Pues porque lo dejó por amor… ¡No serías tú capaz!

Él afirmó con convicción:

—¿De dejar los toros? No.

—¿Ni por mí?

—¡Ni por mi madre!

Suspiró amorosa:

—Así te quiero.

Las nobles damas que conducían a sus esmirriados vástagos a aquella escuela de buenas costumbres comenzaban a murmurar del aparte. ¡Hacía falta poca «lucha» para ponerse allí con aquellos secreteos! ¡Pero, señor, parecía mentira que hubiese gente con tan poquísima vergüenza para, teniendo como tenía la Nati el riñón abrigado, enviar a aquella criatura sola!

Notó Amparito los comentarios de las comadres, y encarándose con su amado propuso:

—¿Vamos? Me están cortando un traje verde, y todavía estoy de luto.

Salieron. En el portal reanudaron su idilio, mientras la chiquilla esperaba a Julián.

—¿Me querrás siempre, lucero?

—Siempre.

El torero la miraba al fondo de los ojos. Ella sonreía feliz. De pronto se puso seria.

—Ahí viene el tío. ¡Adiós!

—¡Adiós!

Julián lo había visto todo. Mientras caminaban por las calles angostas y tortuosas, que comenzaban a invadir las tinieblas nocherniegas, habló, ocultando su pena:

—¿Quién era el maletilla ese?

Sintiose Amparito profundamente ofendida por la denominación despectiva con que regalaban al dueño de su albedrío; pero obligada a disimular, escondió su despecho.

—Es el «Morito», un torero que toma lecciones de baile en la academia.

—¿Por qué estaba contigo? —tornó a interrogar Julián.

—¡Toma! Porque da lección ahí y hoy hemos acabado a la par.

Caminaron silenciosos un momento. El ex torero sentía una angustia desconocida, una opresión que le ahogaba, un dolor hondo, inmenso, inexplicable. Amparito, instintivamente, comenzaba a comprender. Al fin volvió a hablar Julián.

—¡Amparito, nena, no mientas ni me engañes! Mira que no merezco una traición —el tono era humilde, suplicante—. Dime la verdad: ¿es tu novio?, ¿te hace el amor… ? ¿Lo quieres? —Las últimas palabras apenas las pronunció. La voz se le anudaba en la garganta, y sentía deseos de llorar.

Amparito, enternecida por el gran cariño que sentía latir en las palabras de aquel hombre, cuya tragedia adivinaba sin acertar a comprenderla, le alivió su corazón.

¡Sí que quería al «Morito»! Era su novio. Pero no fuera a creerse que era cualquier cosa. Era un gran torero, que había obtenido triunfos ruidosos en Carabanchel y Tetuán. ¡Y si viese el tío qué valiente! Y bueno, y con un corazón… Hacía el elogio del amado con entusiasta fervor, poniendo en sus palabras el alma toda.

De pronto calló, y deteniéndose clavó los ojos en el rostro de Julián. Había creído escuchar un gemido apagado.

Por la cara curtida del torero, cubierta ahora de mortal palidez, resbalaban dos lagrimones. La nena, con femenina intuición, lo comprendió todo.

La voz musical interrogó llena de dulzura compasiva:

—¿Por qué lloras? ¿Me quieres tú?

Julián gimió:

—¡Nena! ¡Nena! ¡Vida mía! ¡Con toda mi alma!

Capítulo 6

El río humano que desde la plaza se desbordaba por la calle de Alcalá abajo le arrastraba, y Julián, aturdido, casi inconsciente, se dejó llevar sin darse aún exacta cuenta de su tragedia anímica.

En el esplendor de la tarde primaveral, envuelta en la suave neblina que el calor y el polvo tejían, y que el sol, al acostarse en occidente, teñía de oro; bajo el toldo azul del cielo, en que se apelotonaban como cúpulas de un palacio aladinesco algunas nubes de cobre, de nácar y rubí, el torrente de gentes, al parecer dichosas, rodaba entre ensordecedora algarabía. Por las aceras, casi obstruidas por los papanatas apostados allí para ver el desfile, pasaban grupos de hombres discutiendo las peripecias de la primera corrida de abono y loando con hiperbólico entusiasmo el triunfo completo, definitivo, indiscutible del «Niño de los Caireles». Por el arroyo pasaban en confuso remolino los coches y los autos con damas elegantes, aristocráticas aficionadas, hembras de trapío, «cocottes» de cartel, mozas de rompe y rasga, sportsmens, cómicos, artistas. El público, entre envidioso y burlón, reíase de los unos, criticaba a los otros, ponía un comentario sangriento a las historias murmuradas en voz baja de aquellos cuyas aventuras, saliendo del círculo en que vivían, transcendían a la calle. Allí iban en un auto la Montaraz y Julito Calabrés, siempre abracadabrantes, riendo y escandalizando; tras ellos, en un milord fantástico, la «Chelito», turbadora en su exuberante belleza; en un coche Aciscla Cortés, ascendida de florista callejera a entretenida de postín; frente a ella, en una victoria, medio tendida sobre los almohadones, la figura airosísima de la «Murillito», una «bailaora» sevillana con ojos de brasa.

Un gran movimiento de expectación. ¡Los toreros! Pasó en un fulgor de oro y colorines la calesa y el público prorrumpió en aplausos:

—¡Viva el «Niño de los Caireles»!

Julián, aturdido, desesperado, se lanzó por la calle de Villanueva, huyendo de la multitud.

Se había encontrado en la Plaza sin saber cómo. La voluntad, traidora, le había engañado, y él, que huyera hasta entonces de cuanto le recordaba el pasado, se halló allí. Desde que pisó el Circo, y en cuanto, en contacto con el público, sufrió la influencia del magnético fluido de curiosidad, de impaciencia y de entusiasmo, fue otro. El hombre que Nati había matado por arte de hechicería revivió. De nuevo sintió el ansia de gloria, el hambre de aplausos, de vítores, de miradas femeniles que eran caricias de mimo y flechazos de deseo. Allí estaban sus antiguos compañeros vestidos de oro y seda, airosos, arrogantes, con la arrogancia que les prestaba su valor y la conciencia de su triunfo. Allí estaban el «Niño de los Caireles» y Cayetano, el «Afortunadito», con miles de miradas fijas en ellos, miles de corazones palpitantes de simpatía y miles de manos dispuestas a aplaudirles, mientras él, obscuro y olvidado, contemplaba el espectáculo confundido con la masa anónima. ¡Ser torero! Ser torero significaba ser el héroe que mira cara a cara la muerte, tener a la multitud pendiente de los revuelos del capote, clavar un corazón de mujer en cada estocada. ¿Y por qué no había de serlo? ¿Viejo? No; con treinta y tantos años un hombre era joven aún. ¡Lo sería! Volvería a pisar la arena, a hacerse pasear en hombros como un vencedor, y el día del triunfo ofrendaría su vida a los pies de Amparito. ¡Porque sin Amparito no podía vivir! La amaba con toda su alma. Ella… ¡le amaría! Su guapeza, su valor, su arrojo conquistarían el corazón de la chiquilla.¿Quién sabe? ¡Tal vez le amaba ya! Todo aquello del «Morito» no era sino una chiquillada, un anhelo de ensueño y amor.

Ahora, mientras caminaba rápido hacia su casa, el ensueño tomaba consistencia. Lo primero, huir de la Nati, salir de su poder, aunque fuese para caer en la miseria. La pobreza… mejor; las privaciones espolean la voluntad y hacen de hierro a los hombres. Luego, a vencer o a morir, y, por fin, si salía victorioso, volver a buscar a Amparito y casarse con ella. ¿Por qué no? La nena sería la compañera soñada de su vida.

Llegaba. Rápido, sintiéndose joven y fuerte, saltando los escalones de tres en tres. La puerta estaba abierta y entró. En la antesala, nadie; en el comedor un corro de vecinas rodeaban a la criada, que llorosa y anonadada les contaba algo.

—¿Qué pasa? ¿Qué es esto?

Entre gemidos se explicó la «pobre chica»:

—La Amparito, que «sa escapao» con el «Morito», el novillero… La doña Nati, como loca, se…

No oyó el fin. Anonadado al ver desplomarse el alcázar de sus quimeras, penetró en el gabinete donde el traje de luces dormía su sueño de leyenda. El gran espejo de tres hojas reflejó su imagen entre la semipenumbra crepuscular. Y se vio tal como era: gordo, amarillento, rota, por el vientre burgués, la elegancia de la figura; la frente calva, el cabello cano.

Dejose caer en una silla y lloró. Lloró el amor de Amparito, la juventud que se había ido para siempre y la gloria que no vendría ya.

San Sebastián, coso taurino

—«¡Che!» ¿«É» lindo mi «camote» verde?

Julito, riendo y matizando las palabras con dejo chulesco, asintió:

—¡Ha estado pero que «mu» bueno!

Mientras, Daniel Roncal, «el Gauchito», excitado por los aplausos, habíase aproximado al toro, e hincando la rodilla en tierra, ofrecía a la fiera el rojo trapo. Así, envuelto en las áureas reverberaciones del traje de matador —oro y grana—, el rostro un poco salvaje y otro poco pueril, de indio joven, iluminado por una sonrisa de inconsciencia suprema, tenía una gracia bárbara de héroe o semidiós azteca y una gran simpatía generada en su arrojo ante el peligro y en aquella petulante confianza en sí mismo, hecha de valor temerario y de ignorancia del riesgo.

El amplio circo refulgía en maravilloso incendio de sol. Comparada con las corridas madrileñas o sevillanas, la fiesta de toros en la Plaza nueva de San Sebastián es más cosmopolita, más elegante, más indiferente; uno de tantos espectáculos donde matar el tiempo, nota de color que intercalar en la monotonía de las excursiones en automóvil, de los concursos de «tennis» o tiro de pichón, de las regatas de balandros y, sobre todo, de los conciertos clásicos y de los terribles «caballitos». El público no es el concurso de aficionados que se entusiasma o protesta; es una reunión de gentes que buscan ocasiones de exhibirse, de hombres que se reponen de los descalabros del tapete verde sosteniendo queridas, de aventureras que van en busca del mirlo blanco, y de mujeres honradas que quieren robar sus amantes a las aventureras, gentes que pasan la vida en un perpetuo embarque con rumbo a Citerea.

Bajo los arábigos arcos de herradura que cierran los palcos, las pamelas dejaban caer sus enormes alas, agobiadas de rosas, de lilas y de orquídeas, sobre rostros de blancura artificial en que brillaban las pupilas garzas, negras o azules, cernidas de falsos libores, o erguíanse empenachadas de absurdas plumas sobre cabelleras pintadas de matices inverosímiles. Cuerpos de ondulosa elegancia moldeábanse bajo los encajes de los atavíos veraniegos, y cuellos de cisne, ceñidos de fabulosas perlas, se doblaban tronchados por las noches de insomnio. Todas las elegantes de Madrid y Biarritz atalayábanse en sus palcos; allí Lina Monreal, en el ocaso (noche cerrada, según la mayor de las Campanadas) de su belleza, flirteaba aún (¡!) con Jesús Valtierra, mientras María Montaraz, nostálgica tal vez de sus amores con «el Arrojadito», flechaba con los anteojos a Daniel, ignorante de tales avances. En el palco de al lado, Casimira Pereira, entregada al cosmopolitismo desde que Julito le había convencido de que el cosmopolitismo era cosa muy «chic», lució a Madame Ofir—Wan—Honnerdoff, una judía presidenta de no sé cuántas asociaciones católicas, esposa del famoso millonario Ofir. Era una estrafalaria que esculpía sus delgadeces, realmente esqueléticas, con los más costosos y extravagantes atavíos que pueden inventarse. Contábanse de ella historias fantásticas, unas verdaderas, otras no, y ponían en sus labios frases de un impudor cínico realmente admirable. Decíase, por ejemplo, que, sorprendida en Turquía por una de las matanzas de armenios, las turbas furiosas la habían violado, y que cuando, meses después, y ya de vuelta en París, preguntábale una amiga suya, entre grandes aspavientos de horror: «¿Y tú qué decías cuando esos bandidos te forzaban?», la dama, sonriendo enigmática y entre dos suspiros de añoranza, respondió: «¿Yo?… Pues… ¡bandidito mío !»

Dos palcos más allá, las de la Campanada reían y alborotaban, como siempre, sin importarles un ardite de las miradas furibundas con que pretendía anonadarles la condesa viuda de San Serenín, que, muy fea bajo aquella torta de cerezas que sobre sus pintados cabellos hacía las veces de sombrero, presidía el palco de niñas casaderas que Julito había bautizado el «Club de las solteras».

Rosaura, muy pálida, en la boca florentina una sonrisa de Gioconda y en los negros abismos de sus pupilas un ensueño, languidecía, como siempre, en su blanco atavío de novia muerta, mientras Paca, risueña, inquieta, turbulenta, fumaba cigarrillos de cuarenta y cinco y decía procacidades a Monsieur y Madame Bourgeois, un matrimonio que veraneaba en Biarritz. A la condesa de la Campanada aquel «menage dernier cri» no le encantaba. Su españolismo, plantado en los tiempos de Goya, repudiaba el cosmopolitismo imperante en la buena sociedad; pero aquellos señores vivían en el «Palais» de Biarritz; allí se comía a maravilla, y ante aquella y otras varias razones sentimentales—alimenticias, hacía de tripas corazón y transigía con la amistad de «las chicas». La pareja era por demás pintoresca. Ella semejaba con su cutis de nieve, sus ojos de cielo y sus cabellos de miel, una figurita de «biscuit». Estaba enamorada del «Bomba», pero no como suelen enamorarse las hembras de su tierra de los toreadores, con una pasión violenta, sedienta de emociones fuertes, sino con un amor romántico, lleno de melancolías y sentimentalismos. El marido sonreía bondadoso ante los desvaríos de su amada consorte y se consolaba de ellos con una lagartona que «hacía» las mesas del «Boulaut». Era un hombre amable, correctísimo, siempre impecable en su británica elegancia y su ramito en el ojal. Julito habíale bautizado don Corniflor.

Abajo el espectáculo era más pintoresco, más alegre, más bullanguero. En las gradas reclinábanse, como en los frescos de la Florida, la flor y nata de las bellas, recargada en sus jacareras personas; la elegancia de las damas de los palcos hasta los lindes de la caricatura, pero no de la bárbara y agresiva caricatura española, sino más bien de esos finos dibujos llenos de humorismo de las modernas revistas francesas. Y era de ver, bajo las abracadabrantes plumas de un Rembrant, el desgarro de la chulesca sonrisa —sangre y nieve— de Lolita Acuña, o en el impertinente alalí de interminable pluma verde, la castiza gracia de la Sevilla, o bajo la monería pueril de una pamela de encajes, la frágil y aniñada belleza de la Navarrita. Luego, a los pies de aquellas señoras, los caballeros hacinábanse en los tendidos en un confuso bullir de gentes de todas castas y países. Dominaban los señoritos con ternos veraniegos y sombreros de paja, y confundidos con ellos, algunos chulos y toreros con el clásico cordobés; luego venían los estirados ingleses, que se indignaban de la barbarie del espectáculo; los franceses de rubicundo rostro; los rusos, los alemanes, los griegos, y hasta algunos sacerdotes de allende el Pirineo, con sus baberos blancos y sus negros tricornios y por fin en una barrera muy parisiense, muy bonita, un poco artificiosa y otro poco afectada, la «Fornarina» aplaudía al «Bomba» con sus dedos enjoyados como los de bizantino icono.

Pero ni las damas de los palcos, ni las bellas de la grada, ni los ingleses y los rusos, ni aun siquiera los curas toreros, constituían el número sensacional de la tarde. La atracción, lo que robó desde un principio la atención del público, aquello que cautivaba todas las miradas, era la presencia en barrera de Eloísa Roldán de Cienfuegos.

Bajita, con una belleza admirable de criolla, el cutis moreno, los ojos negros, inmensos, tenebrosos, cobijados por largas pestañas de seda; los labios gruesos y rojos rasgados sobre el marfil de unos dientes perfectos, el pelo de azabache, corto y rizado, tenía en el goyesco atavío con que se vistiera para la fiesta un extraño encanto, algo como una excitación al deseo, aroma de sensualidad que turbaba a distancia. La mantilla de blonda blanca, sostenida apenas por la peineta de carey colocada al desgaire y por los rojos claveles reventones que resbalaban hasta apoyarse en su cuello, caía sobre la frente velando los fulgores de carbunclo de los ojos y tendiendo sobre el rostro entero una suave penumbra semiazulada que le daba esa rara transparencia de las figuras de cera, de que sólo escapaba, en estallido sangriento, la boca. Luego, los encajes resbalaban bordeando el duro y rebujado escote, que con la proximidad de las albas blondas dorábase aún más, ofreciendo su áureo fondo a las purpúreas flores que dormían sobre el pecho. El traje de liberti tabaco, con abalorios de oro y golpes de terciopelo rosa, ceñía su cuerpo de bien marcadas curvas, y completando la indumentaria, un poco pintoresca, resbalaba de uno de sus hombros, y desbordándose sobre la grada de piedra caía hasta el suelo, un soberbio mantón de Manila. Era como red de nardos y rosas, de geranios y jazmines; eran caireles de parra trenzados con almendros en flor, claveles que reventaban sangrientos entre la nieve de las azucenas; jardín de sol, parterre de ensueño donde nacían las flores que tejen las coronas triunfales de las epopeyas bárbaras de sangre y amor.

Eloísa Roldán de Cienfuegos era cubana. Según Julito Calabrés, había llegado a la metrópoli empaquetada en un cajón con un letrero que decía: «¡frágil!» Tenía un alma de niña y un desconocimiento absoluto del mundo. Su infancia y primera juventud transcurrieron, allá en el moderno paraíso, entre los bosquecillos de palmeras del «Ingenio» paterno. Huérfana desde muy niña, abandonada por su padre, que sólo pensaba en acrecentar sus millones en perpetua fiebre de especulaciones, habíase criado al cuidado de Niña Pancha, una mulata que fue su nodriza y que se miraba en ella. Un día había estallado la guerra, una cosa terrible que no sabía para qué era, ni de qué servía, pero que debía de ser algo muy malo que quemaba «Ingenios», asolaba campos y asesinaba hombres, y su padre la cogió y se la trajo a Europa. Al principio languideció de pena, y de nostalgia; en los grandes hoteles de París y Londres, mientras, acurrucada junto al fuego, tiritaba envuelta en costosas pieles, soñaba con las tardes del trópico cuando, semidesnuda, bajo las gasas de su traje, se adormecía al monótono sonsonete de las canciones que entonaban las negras, y era una sensación de lánguida dulzura, de bienestar infinito la que sentía. Pero pronto su juventud se sobrepuso; su alma salvaje tuvo como un deslumbramiento ante la magnificencia de las civilizaciones occidentales, y lanzose con entusiasmo en el ciego torbellino de la vida parisiense. Primero fueron las tiendas; los modistos, que resucitaban los fastuosos esplendores de Bizancio o las frívolas elegancias de la corte de Versalles; los joyeros, que imitaban los collares de los radjas de Oriente o fabricaban con prodigios de arte tiaras capaces de emular la de los viejos sátrapas; las sombrereras, que robaban a las aves sus plumajes y a la Naturaleza su secreto para fabricar las flores, y todos los días llegaban al hotel emisarios que traían fantásticas preseas para la cubanita. Después fue la literatura el refugio de los extraños deseos que torturaban su alma. Y leyó, leyó mucho, sin orden ni concierto; historias truculentas de robos y asesinatos, libros románticos, versos decadentes y novelas malsanas en que almas y cuerpos se torturan en inverosímiles aberraciones. Sué, Bécquer, Zorrilla, Espronceda, Pérez Escrich, Gastón Leroux, Rollinat, Moreas, Verlaine, Rodenbach, Poé, Oscar Wilde, Lorrain, Rachilde fueron pasando por sus manos o imprimiendo una huella en su espíritu, moldeable como la cera.

Después fue el arte; y corrió teatros, circos, «music—halls» y «cabarets», y un día, al volver de una representación de Sada Yacco y mirarse, ensayando una postura ante el espejo, creyó adivinar en sí una gran artista. Desde entonces acarició en su alma el ensueño de llegar y, por fin, un día confesó a su padre sus ilusiones. Él sonrió ante aquel nuevo capricho de la «niña», y en su residencia de los Campos Elíseos hizo construir un escenario donde, aleccionada por la gran Sara, Eloísa representaba ante amigos.

Después fue el amor el que la atrajo, y amó el amor por el amor, sin amar en el fondo a nadie, presa de extraña hiperestesia pasional. Y así, viviendo en una rara intensidad la vida, no sabía nada de la vida misma y veía las cosas como las cosas se ven en un teatro, entre bambalinas, con una luz especial, no diciendo cada personaje sino lo que debe decir, lo que la voz del apuntador le dicta, sin que jamás acertase a otear ni la más pequeña parte de la verdad.

Y de pronto sobrevino la catástrofe. Don José Ramón comenzó a preocuparse; su frente se ensombreció; súbitas ráfagas de ternura le llevaban a acariciar a su hija, y él, tan poco amigo de los mimos, la estrechaba largamente contra su pecho. Además, en contraste con su habitual reserva, comenzó a hablar de negocios ante Eloísa, que por primera vez en su vida oía barajar términos técnicos —«trust», obligaciones, alza y baja, dividendos—, y, por fin, comenzó a explicarse. Las cosas iban muy mal: la quiebra de un «trust» norteamericano le llevaba una buena parte de su fortuna; la baja de las obligaciones de no sé qué sociedad ponía en peligro el resto. Se decidió, y levantando la casa de París, embarcaron para América. Allí, la salud de don José Ramón, ya muy resentida por los disgustos y por una vida de perpetua lucha, acabó por desquiciarse, y un buen día murió casi repentinamente. Unos cuantos amigos, compadecidos de la huérfana, trataron de poner orden en los asuntos, y, por fin, después de dos años de perpetuo batallar, Eloísa embarcó para Europa con un centenar de miles de duros.

¡Estaba arruinada! Aquella fortunita, que en manos de una persona modesta era el bienestar, en las suyas significaba la miseria. Acostumbrada a la vida fastuosa y a no privarse de ningún capricho, con aquello no tenía ni para comenzar a vivir. Entonces se acordó del arte. ¿Por qué no había de ser una gran artista? Durante la travesía acabó de decidirse. Y en las noches azules, entre el mar y el cielo, en vez de meditar, soñó. Soñó que era una trágica portentosa que entre oro y aplausos recorría el mundo, y en ese mundo encontraba algo que hasta entonces no hallara nunca: amor.

Días después desembarcaba en el Havre como podía desembarcar un niño salvaje a quien la conquista del orbe se le antojase empresa fácil para sus flechas.

De pie ahora junto a Julito, que encantado en el fondo de hacer sensación aparentaba horrorizarse, Eloísa aplaudía exageradamente las proezas de «el Gauchito». Los ojos fulgurantes de entusiasmo, los labios entreabiertos, sonriente, estaba bella, con sana belleza hecha de amor y de entusiasmo.

Las negras pupilas del torero buscaban de vez en cuando las de la cubana, y a su vez sonreía con su fresca risa de salvaje.

Toque de banderillas.

«El Gauchito» cogió los palitroques, y yéndose al centro de la Plaza, citó al toro. Arrancó la bestia con ciego impulso, y el diestro, hurtando el cuerpo con rapidez y tendiendo los brazos, dejó un par al quiebro, elegantísimo. Aplausos. Volvió a coger los palos el torero y tornó a citar. Esta vez el monstruo, receloso, en vez de arrancar, escarbó la arena con la pata y luego quedó inmóvil; el muchacho acercose a él tres o cuatro pasos y tornó a retroceder; dió una patada en el suelo y alzó las banderillas en alto. Nada. Lentamente fue acercándose al toro, que, quieto, petrificado en medio del ruedo, parecía uno de esos viejos ídolos de bronce que se adoraron en remotos tiempos en los templos egipcios. El torero se acercó más aún; nada. Dio otro paso y, de pronto, la fiera arrancó de un bote formidable, y enganchando a su enemigo por la taleguilla, le arrojó en alto. En la Plaza sonó un alarido de horror; luego hízose un silencio expectante al ver alzarse al supuesto herido del suelo, y, por fin, brotó un clamoreo de entusiasmo al verle saludar sonriente, tranquilo, al público, y cogiendo de nuevo las banderillas, dirigirse a la bestia, que habíase vuelto al centro del ruedo. Eloísa, nerviosísima, perdido todo dominio de sí, reía, lloraba y aplaudía, en crisis de exaltación nerviosa.

—¿Has visto qué valiente? Como «el Gauchito»…

Calló de súbito; la sonrisa se apagó en sus labios, y sus ojos, como los de ciertas aves, que tiemblan ante el peligro, parpadearon rápidamente. Acababa de sentir una sensación opresora, la impresión de una mirada que buscaba su mirada, de unos ojos que pesaban sobre los suyos con extraña fuerza hipnótica. Pasado el primer impulso de miedo, buscó la causa de su turbación. Entre barreras había un hombre, y ese hombre la miraba fijamente. Debía de ser el mozo de estoques de «el Gauchito». Era un indio viejo, de rostro muy moreno, surcado de profundas arrugas, gruesos labios rojos y grasientos, y pelo espesísimo, crespo y plateado. Y en aquella cara vulgar, a que los labios daban expresión de bestial sensualidad, brillaban como antorchas dos ojos redondos, rojos; dos ojos circulares y sangrientos de alimaña feroz; dos ojos en acecho, fijos, fascinadores; dos ojos que lucían bajo las hirsutas cejas grises como los de un felino en las sombras de una caverna.

La cubana se había puesto muy pálida; sus dedos crispados se clavaban en el brazo de Julito, que atribuía tales nerviosidades al entusiasmo por el supuesto «camote», y tomaba buena nota para contarlo luego, hasta que ella murmuró, angustiada:

—¡Mira!

—¿Qué? —preguntó con extrañeza.

Eloísa, más tranquila al no sentirse sola en medio de la multitud, y distraída de la extraña fascinación por las palabras cambiadas con su amigo, murmuró:

—Ese hombre.

Julito rió, guasón:

—¡Ya! Un adorador.

—¡Los ojos! —musitó ella temerosa, sintiéndose nuevamente presa del extraño maleficio.

Calabrés, curioso de todo lo raro, de todo lo que rompía la monotonía de los hechos y las ideas, de cuanto salíase de los límites de lo corriente, comenzó a prestar atención, intrigado por el pánico de su amiga, pánico que él calificó como el terror que anuncia a las palomas la llegada del gavilán.

—Es verdad —habló al fin—; ese hombre tiene ojos de felino, ojos de tigre; deben de relucirle de noche —y añadió riendo—. Te mira como a una presa; parece que quiere saltar sobre ti —y como la viese estremecida, próxima a desmayarse, cambió el rumbo de sus palabras—. Debe ser un indio, un nieto de los Incas, el último rebelde que, refugiado en los bosques vírgenes, y acostumbrado a luchar con bestias feroces, a comer carne cruda y a dormir en los árboles, no siente la civilización europea; tal vez es un fascinador de serpientes. Debe ver la presa a kilómetros de distancia, oír el más ligero ruido en la noche y sentir trepidar el suelo al paso de las panteras. Además, debe saber de hechizos y leer en los intestinos de las bestias. Quizá…

Como la viese cada vez más pálida se interrumpió:

—¿Pero de veras lo tomas en serio y te da miedo?

Contestó con otra interrogación:

—¿Pero has visto cómo mira?

—¡Bah! —bromeó el otro—. No hagas caso. Se habrá enamorado de ti.

Y para distraerla añadió:

—Mira, ahí viene tu pasión.

Era cierto. Entre las salvas de aplausos que saludaron su magistral faena con las banderillas, «el Gauchito» había cogido los trastos de matar, y con ellos en la mano se dirigía al sitio ocupado por Eloísa. Al fin llegó ante ella, y descubriéndose le brindó el toro:

—Brindo por las mujeres bonitas, por la nobleza y por la afición. —Y girando rápido, tiró la montera y lentamente encaminose al bruto. Eloísa se había incorporado. El corazón le azotaba el pecho hasta hacerle daño y sentía una honda corriente de simpatía ligarle a aquel niño que, como ella misma, nada sabía del vivir. Mientras la cubana seguía sus pasos anhelante, el matador se había acercado al toro y comenzado su faena.

El bicho, demasiado castigado en la suerte de puyas, había llegado receloso al último tercio. Por más que su enemigo trataba de alegrarle con la muleta, contentábase con escarbar la arena, sin arrancarse a embestir. Por fin, cuando el torero menos lo esperaba, dio súbita arrancada y, derribándole, alejose de aquel sitio. «Gauchito» alzose del suelo magullado y de mal talante, desconfiado ya, inquieto, y con presentimientos de un percance empezó a pasar de muleta bailando más de lo debido, y apenas vio cuadrado al toro entró a matar de lejos, dejando una estocada atravesada.

El público comenzó a protestar: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Para eso pagaban ellos sus localidades, para que el indio aquel salvase el pellejo con una faena de novillero de feria! ¡Para eso alternaba con «Bombita» y «Machaquito» ! Y con la grosería colectiva de las multitudes comenzaron a chillar, unos furiosos, otros burlones, los más por el gusto de armar ruido.

Daniel palideció. ¡Maldita suerte! Aquello era el fracaso, el fracaso definitivo. Todas las gentes que le detestaban, que envidiosos de su valor, de su habilidad y su fortuna habían hecho los imposibles para hundirle, los que afirmaban que su encumbramiento era debido a la casualidad, los que esperaban con impaciencia la revancha, los mismos compañeros que a los odios profesionales unían un mal encubierto desdén por su nacionalidad, por su origen salvaje, harían de él leña. Sentía ganas de llorar ante aquel imprevisto desmoronamiento de sus ilusiones. Sin embargo, con un esfuerzo sobre sí mismo, se repuso y, ciego de coraje, se encaminó al toro, decidido a jugarse la vida, a vencer o morir en el empeño.

Acercóse, pues, al bicho decidido, entre la rechifla del público, y citole; arrancó el toro y pasó, llevándose en un pitón un alamar de la taleguilla; retrocedió la bestia y tornó luego a embestir con más furor; «el Gauchito» limitose a doblar un poco el cuerpo sin mover los pies del suelo. Hízose un silencio; el público, en expectación, comenzaba a dejarse dominar por el valor del diestro que, cada vez más dueño de sí y adivinando un triunfo próximo, hacía prodigios de arrojo. Dio un pase muy ceñido, después otro, otro aún y, apenas juntó el toro las patas, acostose sobre el morrillo en una estocada hasta la cruz.

El público en masa se había puesto de pie y aplaudía furiosamente al torero, como si quisiese indemnizarle de sus pasados desvíos, y el héroe, olvidado ya de los pretéritos sinsabores, dirigiose a la presidencia y luego ante la barrera ocupada por Eloísa. A su paso caían cigarros, sombreros, flores y hasta prendas de vestir en un loco desbordamiento de entusiasmo.

La Roldán, arrebatada en el común torbellino, aplaudía frenéticamente, sin preocuparse de la expectación que tales fervores despertaban. Al fin, «el Gauchito» llegó ante ella y sonriente saludó; entonces la americana, puesta de pie, llevose la mano a la boca y echó un beso con la punta de los dedos a su adorador. Oyéronse algunos «olés» irónicos y algunos aplausos de chunga. Las damas de los palcos intentaron ruborizarse ante la desfachatez de aquella grandísima loca, aunque en honor de la verdad precisa confesar que no lo consiguieron. Eloísa, sin hacer maldito el caso de tales aspavientos, seguía aplaudiendo. De súbito quedó inmóvil, las manos en alto; apagose la sonrisa en sus labios y sus ojos reflejaron un gran terror; con voz queda murmuró al oído de Julito:

—¡Esos ojos! ¡Esos ojos!


Había concluido el almuerzo. En el comedor, no suntuoso, pero sí alegre y veraniego, del Palais, no quedaban sino algunos hombres rezagados, que, como buenos trasnochadores —el tapete verde y las amables damas a quienes la madre Venus ha revestido de su representación sobre la tierra obligábanles a hacer de la noche día—, en justa compensación, madrugaban poco, y Eloísa, que fantástica en su atavío de piqué rojo y su minúsculo gorrillo negro, rematado por enorme pluma coral, almorzaba frente a frente con «el Gauchito».

Fuera, en la terraza, Casimira Pereira, vestida ya, demasiado vestida —en su atavío había exceso de encajes, de perlas, de lazos y de plumas—, sentíase portavoz de la moral perorando en un grupo formado por las de Gambana y Lilí Alcorcón, que, pese a sus sesenta y dos primaveras, posaba de «sport», montaba a caballo y hacía «skating», conservando cierto aire varonil que ella subrayaba con el perpetuo atavío sastre. Casimira Pereira, especie de Ofelia de Guadalajara, que cantaba arias sentimentales y bordaba tapices Luis XV, entrometida de golpe, y gracias a la futura herencia de tía Rudesinda, en la buena sociedad por su boda con el bala perdida de Paco Aljubarrota, era tonta, frívola y vanidosa. Ya durante el almuerzo no había cesado de pegar respingos; la presencia allí de «el Gauchito» la había sacado de quicio. ¡Un torero en el hotel! Bueno que estuviese «el Bomba»; al fin y al cabo, aquél era otra cosa y podía mirársele como a persona de mundo. ¡Pero «el Gauchito»! ¡Aquel salvaje! ¡Horror! Y los abuelos, magistrados, hombres de curia, inquisidores, de ella, pero, sobre todo, los capitanes, los condes, cruzados y ministros por parte de Aljubarrota, removíanse en sus tumbas llenos de santo furor, lanzando anatemas por boca de la descendiente. Y lo que colmara la indignación de la dama fue el cinismo de Julito Calabrés, que, como la oyese protestar de la presencia del torero en el hotel, murmuró irónico, encogiéndose de hombros: «¡Ni que un hotel fuese una escuela de buenas costumbres! Es una cursilería». Aquella fatídica palabra cursi, que tantas noches le quitase el sueño, se le había atragantado y aumentado aún la dosis de su ira contra la grandísima perdida de la Roldán. Pero el verdadero motivo de su enfado era que hacía ya tres días que notaba la inclinación del marqués viudo de Casa—Temblante por la cubanita. Y no es que ella tuviese nada que ver con el banquero, no; eso, no. No por virtud, que era tan frívola que hasta de virtud era incapaz, sino por ciertos escrúpulos, «muy» de Guadalajara, que tenía en engañar a su marido. Pero, eso sí, vanidosa hasta la hipérbole, sentíase muy halagada de tener un orador, y, además, práctica, con maliciosa y vulgar práctica provinciana, dábase cuenta vagamente de que gastaban más de lo que podían y de que lo mismo los restos de la fortuna de Paco que la no muy cuantiosa dote de ella, de seguir el derrotero emprendido a caza de la elegancia, no durarían mucho, y puesta en aquel caso de conciencia, de escoger entre su honra y la elegancia, no dudaría de sacrificar al interés lo que no sacrificaría al amor o al capricho. Y entonces, ¡quién sabe!, aquel viejecillo pulcro, elegantísimo, podría ser una solución a los apuros pecuniarios de Casimira.

A pesar del calor, y como día de concurso hípico, en la amplia terraza no cesaba el ir y venir de gentes. Llegaban automóviles de Biarritz, Zarauz, San Juan de Luz, cuantas playas francesas y españolas vecinas de San Sebastián sirven de refugio a privilegiados de la fortuna. Coches, autos, «cestos», comenzaban a partir, llevando gentes hacia el campo del concurso, y en el atrio del hotel era un continuado desfile de elegancias. Casimira Pereira pasaba revista a todos los que entraban o salían, y para todos tenía una crítica mordaz en que desahogaba la bilis que se iba acumulando en su pecho…

¡Decididamente, el marqués viudo de Casa—Temblante estaba haciendo del ojo a la loca de Eloísa! Y Casimira, dada a los mismísimos demonios, lanzaba miradas furibundas a su adorador, mientras, sonriendo con la risa del conejo, criticaba la indumentaria, realmente fantástica, de aquellas damas.

La primera en arrancar fue Madame de Rodríguez Fonseca, una paraguaya que traía deslumbrado Biarritz con su lujo. Era guapa, con belleza estrepitosa que soliviantaba a los hombres e indignaba a las mujeres. Hacía pensar en la Eva futura de D'Aurevilly, porque en ella nada era natural, sino hábil producto de la alquimia moderna. Su cuerpo, de un extraño moldeado florentino, desaparecía bajo la suntuosidad de las telas blandas recarnadas de oro y plata, que resultaban, como el tiempo en opinión de los cronistas adocenados, realmente impropias de la estación. Su rostro, de una blancura absurda, hacía resaltar en dos círculos violáceos los ojos verdes, ojos de agua marina, que, como los de los gatos, se punteaban de oro, y, por último, su cabellera, de un rubio imposible, un rubio de cuento de hadas, se rizaba en verdaderas ondas de hilado oro, que ella aprisionaba ahora en una redecilla de perlas rematada por airoso penacho de nevadas plumas.

Después salieron María Montaraz, siempre graciosa, risueña y alocada, estrepitosa y llamativa, con su traje verde loro y su calañés de terciopelo negro, y Lina Monreal, disimulando los estragos de los años y las pasiones con su elegancia, muy femenina, muy armoniosa, hecha de gasas, de perlas y de matices suaves. Tras ellas aparecieron en la terraza, en fantástico desbordamiento de plumachos, las de Gutiérrez, unas chilenas que traían a mal traer a todos los cazadores de dotes y que eran la comidilla de San Sebastián. Venía ahora la francesa de tanda hecha el mismísimo diablo con una pamela roja que hacía resaltar su cutis de cordobán y sus cabellos demasiado negros, y un traje color de zanahoria que, dadas sus delgadeces, le sentaba como un tiro.

La animación llegaba a su período álgido; en la terraza formábanse corrillos que comentaban los lances de la víspera, las pérdidas de Manolo Cortézar, las pérdidas, pero éstas sentimentales, de Chichita Játiva, las desvergüenzas de Paca Campanada. Mientras los grupos se disolvían lentamente, Eloísa y «el Gauchito», acabada ya la comida, habíanse instalado en veraniegas butaquitas de mimbre, ante una mesita, con sendas tazas de café delante.

Los dos sentíanse satisfechos de verse juntos; no era sólo la pasión que pudieran inspirarse; era algo más íntimo, más hondo, algo instintivo que les hacía adivinar el uno en el otro un amigo, un igual, un compañero. Eloísa, con efusión infantil de que parecía incapaz, contaba al torero sus cuitas y hablábale de su entusiasmo por el arte.

—Usted es feliz —murmuraba la americana nostálgica—; usted es feliz porque ha triunfado, porque ha llegado ya.

—¡Bah! —replicaba él—. Hay profesiones en que no se llega nunca. Además, si viese usted cuántos obstáculos hay que vencer y qué luchas hay que sostener… Luego, no es sólo la batalla en la Plaza; la peor es la lucha con las gentes; con su antipatía y mala voluntad. Los toreros de por aquí tienen sus enemigos, pero tienen también sus amigos, sus defensores, sus apasionados. Son las gentes que han vivido siempre con ellos; los de su casa, los de su pueblo, los de su barrio; gentes que van donde van ellos, que les aplauden, que están dispuestos a andar a bofetadas si fuese menester a la mayor gloria de su ídolo, que les festejan y que cuando están mal y el público se les echa encima, les confortan con sus aplausos, les sostienen, toman partido por ellos; gentes que cuando llega la hora de la retirada se encargan de que nunca les falte el calor del triunfo, de que pasen a ser el «maestro», el héroe. Pero yo, extranjero y solo… Es preciso que no tenga un momento de desfallecimiento ni de debilidad, que esté siempre alerta, siempre dispuesto a jugarme la vida, seguro de que en cada espectador tengo un enemigo que espera el desfallecimiento pasajero para caer sobre mí. ¡Y si viese usted qué difícil es en nuestro oficio no tener miedo, nunca! Hay días que siente uno un pánico invencible, algo más fuerte que la voluntad, algo como un presentimiento que nos hace temblar.

Calló «el Gauchito» y ambos permanecieron silenciosos un momento.

Luego, Eloísa siguió en voz alta el hilo de sus ocultos pensamientos:

—¡Pues, y yo, Dios mío, y yo! Algunas veces lo veo todo de color de rosa, me parece que la victoria es fácil, que todo consiste en llegar y vencer; pero otras me parece cosa imposible, superior a las fuerzas mías. En unos momentos deseo ardientemente que llegue el de presentarme en público, y me siento artista, muy artista, y creo que valgo mucho, más que otras a quienes aplauden por ahí, y entonces me parece estar ya en escena, sentir la caricia de las luces y escuchar el ruido de los aplausos. Otras, me entra el pánico y creo que no valgo nada, que no sirvo para nada, que me van a silbar, que se van a reír de mí. Luego, todas estas gentes a quienes he ido conociendo, son tan descorazonadoras, que serían capaces de quitar las ilusiones al más iluso. De todo se ríen, todo lo toman a guasa, nada les importa ni a nadie quieren. ¡Viven tan a la ligera! Hablan del amor como de una cosa episódica, frívolamente; del dinero como de algo fantástico, y, sin embargo, se arruinan y ven arruinarse a los demás como la cosa más natural. Y parece que no les importa nada ni nadie; se burlan hasta de su sombra; su familia es una cosa indiferente y nunca se sabe a qué atenerse. Y si esto pasa entre ellos, ¿qué será para los demás? —Y añadió melancólicamente:

—¡Yo estoy tan sola!

El torero tejió un madrigal a su oído. Él la quería. ¿Por qué no había de quererle ella también? Estaban los dos solos en medio de aquellas gentes como dos niños perdidos en el bosque, como dos pájaros perdidos sobre la inmensidad del mar…

La llegada de Julito Calabrés, que adivinando algo se acercaba para fisgonear, cortó el torrente de ruda elocuencia que la pasión hacía brotar de los labios del galán. Azorada ella, y deseando despistar al curioso, buscó un sujeto de conversación, algo hacia donde encauzar la suspicacia y, sin querer, se vendió.

—Hablábamos de mi debut —dijo a modo de excusa.

El elegante ni aun pestañeó. Encantado de haber descubierto aquella noticia sensacional, que, por otra parte, iba a llevar la turbación al ánimo de todas aquellas señoras, ya bastante indignadas con la intrusa, y a dar lugar, indudablemente, a una serie de lances graciosísimos que pondrían una nota pintoresca en la monotonía del verano donostiarra, y viendo, al mismo tiempo, confirmadas sus sospechas de que en la vida de la salvaje aquélla había gato encerrado, no quiso, sin embargo, mostrar asombro para no levantar la caza, y con la mayor naturalidad, y como si se tratase de la cosa más corriente del mundo, interrogó:

—¿Cuándo? ¿Dónde?

—La fecha no la sé aún —aseguró la futura estrella—. El sitio creo que en el «Palacio de la Ilusión».

Después empezó a contar sus planes; ella pensaba debutar a todo lujo. La mitad del espectáculo sería una concesión a los gustos del público; cantaría «couplets» picarescos y recitaría monólogos graciosos; la otra mitad, arte puro; haría pasos de tragedia. De decorado y trajes…

Pero Julito, incapaz de permanecer callado, y mucho menos de guardar un secreto, estando para irse la muy cursilona Casimira Aljubarrota, y pudiendo darle el disgusto hache con el tal secretito, y hasta amargarle la tarde, buscaba un pretexto para largarse a asestar la puñalada trapera a la de Guadalajara.

—Me parece que se van las de Gambana.

Y, sin esperar respuesta, precipitose hacia el grupo.

Casimira, en la indignación por su visita a la apestada, le recibió con una piedra en cada mano.

—Hijo, ¡qué poquísima vergüenza tienes! ¡No sé ni cómo te hablamos en público las señoras!

Julito sintió loco prurito de soltarle una desvergüenza a la muy idiota; pero pensando en las banderillas que le iba a dejar al quiebro, se contuvo, y con voz engolada anunció:

—¡Noticia sensacional!

A la Pereira se le olvidó su furor.

—¿Cuál? —interrogó ansiosa.

Él complaciose en hacerla rabiar.

—¡Ah!

La Aljubarrota se irritó.

—Mira, no hagas misterios. Más valía que, en vez de fastidiar, tuvieses un poco más de decoro y no te acercases a saludar a esos dos salvajes que se están arrullando ahí como si todavía estuviesen subidos en el cocotero donde los cogieron con lazo.

El cínico no hizo caso de la catilinaria, y con el mismo énfasis de antes repitió: —¡Noticia!

Ahora fue Lilí Alcorcón la que se impacientó.

—¡Desembucha, hombre, y no seas pesado! —azuzó con su voz hombruna.

—¿A que no sabéis quién debuta?

—Paca Campanada —indicó Lilí.

—La Fonseca —apuntó con su voz de flautín la madre Gambana.

Y la mayor de las dos chicas, con la intención de un Miura, comenzó a guiñar un ojo señalando a la Pereira.

—Pues, no, señor —anunció triunfante Julito—. No dan ustedes en el clavo: la Roldán.

Casimira cayó sobre la noticia como una fiera.

—¡Bah! ¡Si ya decía yo! —chirrió, con su voz destemplada, agresiva—. ¡Si por ahí tenía que concluir! ¡Tengo yo una pupila que, ya, ya! Ni es señora, ni Cristo que lo fundó. No hay más que verla. Lo que es que en nuestra sociedad la gente tiene la manga demasiado ancha.

Y a una risita irónica del elegante añadió crispada:

—Lo que es yo no la vuelvo a saludar más.

Él complaciose en darles cuerda para verlas desatinadas, y comenzó a acumular detalles fantásticos para llevar su indignación a los linderos de lo épico.

La Cienfuegos debutaría en una obra sicalíptica en que había, según sus noticias, unos cuplés «de la ratonera» completamente verdes y subrayados por unos movimientos capaces de hacer pecar a… a… al marqués viudo de Casa—Temblante, pongamos por santo. Pues ¿y los trajes? Cosa sensacional. Sacaba uno que no era más que una hoja de parra de lentejuelas y dos racimos de uvas (y ésos en la mano) que iba a llamar la atención.

—¡Qué indecencia! ¡Qué desfachatez de mujer! —clamó, indignada, la de Gambana—. ¡Parece mentira que haya criaturas que lleven su impudor hasta enseñar todo lo que Dios les dio! —Y ella, que era fama que llevaba su pudor hasta bañarse con camisa puesta y apagar la luz antes de acostarse con sus amantes, esquivó un gesto de horror y habló de tomar una determinación contra aquella mujerzuela (así la calificó ella) que deshonraba el hotel.

Lilí Alcorcón, que se había dejado coger en el cepo de los supuestos millones y había llegado hasta exhibirse en público con la futura artista, puso el grito en el cielo:

—Estoy asustada, asustada. Parece mentira: una mujer que tiene el aire pacato de la que en su vida ha roto un plato y lanzarse a las tablas. ¡Qué horror!

Casimira se bañaba en agua de rosas al ver por los suelos a su rival.

—No sé de qué se asombran ustedes. Yo ya lo tenía dicho. Es una perdida, y el día menos pensado da el escándalo mayúsculo. ¡Pero si no hay más que verla! ¡Miren, miren ahora qué expansiones! Ni que estuviese en su cuarto.

Volviéronse todos a mirar sin disimulo ninguno, con el desdén abrumador que merece por parte de las personas honradas la gentuza que vive fuera de toda ley.

Eloísa, emocionada por las palabras llenas de ternura que murmuraba «el Gauchito» a su oído, y en uno de los impulsos de sentimentalismo frecuente en su naturaleza melosa y acariciadora, le había cogido la mano y se la estrechaba largamente. De súbito soltó la mano de su amigo y se puso muy pálida.

La Pereira aseguró satisfecha:

—Nos ha visto mirarla y se ha azorado.

Se equivocaba. Eloísa, en el momento en que arrebatada en súbita simpatía se dejaba arrastrar de su amor por el torero, había visto lucir al otro lado de la verja que circunda el patio del hotel dos ojos brillantes que le fascinaban como los ojos de las víboras fascinan a los pájaros.

Lolita Acuña aproximose lentamente, arrastrando con majestad de reina la larga cola de su vestido de encajes blancos y sonriendo, bajo el enigma de su pastora agobiada de lirios, con su fresca sonrisa de marfil y grana, al grupo en que Julito Calabrés loaba los ojos de Carolina Acosta, las claras pupilas en que parece dormir un ensueño romántico.

A las mesas del treinta y cuarenta era casi imposible acercarse, pues, como domingo, la concurrencia era numerosísima, reforzados los habituales con las gentes venidas para los toros, más los papás domingueros que, mientras las niñas bailaban el cotillón, daban una vueltecita por las nefandas salas del crimen, y, además, hacía un calor terrible, exasperado por la tormenta que amagaba, sin llegar a estallar.

En la salita chica acababa de abrirse la partida de «bacarrat», y Fuentes tallaba bancas y las perdía con la misma serena elegancia con que pasaba los toros en la Plaza. Paca Campanada jugaba, fumaba, decía chistes y, contenta de ganar, más por la alegría de la buena suerte que por la ganancia misma, repartía dinero a los que perdían para que siguiesen jugando, con aquella su generosidad llena de airoso desprendimiento, clásica generosidad de maja duquesa que le hacia simpática. Junto a ella, el marqués viudo de Casa—Temblante jugaba fuerte, y contento de su fortuna, daba rodillazos a Eloísa, que, desatinada en un juego contrario al de todos los demás, era la única que perdía.

Estaba guapa la cubana. El traje de gasa azul cobalto, bordado de nácar de colores, hacía aún más dorado su cutis de princesa oriental, y el sombrero minúsculo, coronado por enorme pluma esmeralda, dejaba escapar los negros rizos que nimbaban de infinita gracia el rostro de la criolla.

En torno de la mesa agolpábanse los puntos de todas castas y pelajes, en esa promiscuidad de los casinos en que un vicio común hace amigos y aun camaradas, por espacio de algunas horas, a gentes de las más diversas y antagónicas esferas sociales que, alejadas del tapete verde, ni aun se dignarían mirarse. Y así, veíase a las señoras consultar a las entretenidas jugadas, sonreírles ante un golpe común de fortuna y hasta prestarles esos menudos servicios posibles en las mesas de juego. Veíase a finchados caballeros, mil veces jueces severos en los tribunales de honor, codearse de igual a igual con aventureros, que si eran caballeros lo eran de industria; haciendo bueno el axioma que dice que el vicio es el único verdadero nivelador social que existe. Allí la baronesa de Torrante, con su noble belleza de Minerva clásica y su atavío muy sencillo, muy señora, reía las atrocidades de Pepita Chacón, una comiquilla injerta de «cocotte» cuya especialidad eran los papeles de golfo y gitanillo, que subrayaba deliciosamente con su sonrisa pícara y sus ojos desvergonzados de pillete. Un poco más lejos, Mercedes, «la Desequilibrada», con la cabeza tapada por una campana que apenas le dejaba ver, pedía luises a don Rosendo, el fanático jugador que perdía o ganaba miles de duros como podría beber un vaso de agua, y vigilaba amable los desvaríos amatorios de Chuchita y Pilili Gutiérrez, dos chiquillas que tenían demasiado corazón para vivir del amor; mientras que en la silla de al lado, y junto a la severa viuda de Chinchón Nolasco, envuelta aún en los crespones de su inconsolable viudez, Pilar Labra, espléndida en su belleza de retrato del siglo XVIII (aquella dama, con su cutis terso, sus labios rojos, sus claros ojos, sus cabellos blancos y la suntuosidad de sus «toilettes», tenía el prestigio de una marquesa de Pompadour), jugaba fuerte, sin perjuicio de vigilar los primeros pasos de su sobrina por los senderos de la virtud.

Casimira Pereira, sin apurarse mucho, pese a sus severidades de la promiscuidad a que en aquel medio estaba condenada, cruzó la sala grande, y con pretexto de gastar una broma a Paca Campanada, acercose a la mesa del «bacarrat» para ver lo que hacía el marqués.

Justamente en aquel momento Eloísa acababa de ver volar su último billete de cincuenta pesetas y se disponía a marcharse. El caballero, adivinando su intención o incapaz de resignarse a perder una compañera tan agradable y con quien aquellos tactos de rodilla prometían futuras y fantásticas delicias, la interrogó:

—¿Se va usted ya?

—Sí, no me queda aquí ni un cuarto. «Tout est perdu, moins l'honneur!»

El marqués ofreció amablemente:

—Si usted quiere, yo le prestaré. Así como así, gano un dineral.

—Muchas gracias; pero no vale la pena…

—¡Por Dios! —insistió él—. Entre compañeros es lo más natural.

Ella agradeció rehusando:

—Si es que no quiero jugar más. Estoy de malas y perderé lo mismo.

Insistió él reiterando la oferta:

—¿Es que no quiere usted aceptar nada mío?

—¡Qué tontería! Si lo toma así, présteme dos luises.

El vejete entregó dos fichas con la mejor de sus sonrisas. Casimira pegó un respingo y, volviéndose hacia Julito que observaba curioso, murmuró:

—¡Qué desvergüenza!

Él había visto perfectamente la escena, pero, por tirarle de la lengua, se hizo de nuevas:

—¿Cuál?

—El marqués, que le ha dado dos luises a esa mujer.

—Me parece barato —murmuró él, irónico.

Eloísa había puesto las fichas sobre el tapete, pero el banquero abatió con nueve y, cansada de perder y rehuyendo nuevas ofertas de su adorador, se puso en pie.

—Gracias, y mañana se lo daré.

—¡Qué tontería! —murmuró él galantemente.

La americana se abrió paso, y viendo a Julito con la Pereira, aproximose a ellos y les tendió la mano. Pero mientras que el muchacho se la estrechaba cordialmente, la seudo elegante le volvió la espalda y siguió su camino envuelta en su dignidad como en una clámide.

Tras un postrer adiós a Julito, que bajaba las escaleras, regresó a su cuarto y dejose caer en una mecedora, frente al balcón, abierto de par en par. El piso era demasiado alto y el mar estaba demasiado cerca; así que, saltando por cima del paseo, los ojos no veían sino el mar, la bahía de la Concha, con su isla de Santa Clara y sus dos montañas, Igüeldo, heroico como legendaria fortaleza, y el «castillo», más moderno, y, como más moderno, más prosaico. Y todo ello hundíase lentamente en el crepúsculo, palidecía, se esfumaba en una neblina de ensueño. Como en los paisajes chinescos, el cielo teñíase de rosa, de oro y de violeta, y sobre el fondo polícromo, nubarrones obscuros, pintados de cobre por la puesta solar, tomaban formas de arcaicos monstruos y erguíanse como rampantes dragones. Y luego, al fondo, el sol, un sol inverosímil, redondo y rojo, sin rayos ni reverberaciones, caía en el mar simulando el ingente proyectil lanzado por un titán contra los dioses.

Eloísa cerró los ojos, sintiendo una tristeza inmensa enseñorearse de ella, un desaliento enorme que lo vencía, sustituyendo a la nerviosidad en que su vanidad de mujer y su decoro de señora hallaron sostén en todos aquellos amargos lances por que pasara.

Sentía ahora en su abandono la tristeza de las cosas, esa tristeza que la vida, con su perpetuo vaivén, rara vez deja percibir; la melancolía de aquel cuarto de casa de viajeros; sin otro adorno que cortase su melancolía que el espejo de dorado marco envuelto en una gasa verde. El menaje formábalo un armario de luna, vacío aún; la cómoda, donde, bajo panzudo fanal, dormía un Niño Jesús de talla; el lavabo, pobre y mezquino, que decía poco en favor de las ideas que de la limpieza tenían en aquella casa; el lecho, blanco y frío, y, los baúles y cajas, cerradas con ese gesto melancólico que dice de éxodos inacabables.

¡Qué sola estaba! De todas las gentes que días antes, cuando, incógnita aún, la supusieron un anfitrión probable, una mina que explotar, una futura con quien resolver el problema del porvenir, o una querida cómoda y aun productiva, le rodearon halagándola, no le quedaba, al poner las cosas en su verdadero lugar, sino el amor luminoso de «el Gauchito» y la amistad de Julito Calabrés. Porque —pensaba la cuitada— Julito no es mala persona en el fondo. Se muere por llamar la atención, por inventar historias raras, por crear conflictos, por contar cosas extraordinarias; pero malo, en realidad, no es. Realmente es el único que desinteresadamente se había portado bien con ella. Los demás, unos la tomaron en broma, otros quisieron aprovechar su soledad y su abandono para abusar; nadie fue un amigo sino él. Julito fue el único que se mostró cordial con palabras de franca y afectuosa camaradería, el único que la consoló y que, cuando ella, vencida, confesaba su desolación: «¡Pero, Dios mío!, ¿yo qué les he hecho?», encontró palabras alentadoras, de fe y esperanza: «¡Bah! No te apures. Ahora te han vencido, pero eso no quiere decir nada. Con estas gentes no hay más que un talismán: la fuerza. Ahora lo tienen ellos… ¡Pues en vez de apurarte, lucha para tenerlo tú y les verás, derrotados, arrastrarse a tus pies. Esto que te ha pasado no debe ser un veneno que te mate, sino una lección y un aguijón que te espolee a luchar». Recapacitó sobre el sendero de espinas recorrido. ¿Por qué le odiaban? ¿Por qué tanta saña?

Desde la noche del Casino adivinó una sorda antipatía que flotaba en la atmósfera. Por el pronto, tenía una enemiga, Casimira Pereira. La dama, no contenta con la grosería que le hiciera en las salas de juego, comenzó a hablar mal de ella sin recatarse; a alejarse de los sitios que ocupaba; a hacer gestos despectivos o reírse sin razón, con risa estrepitosa e insultante. Pronto no fue ella sola; otras damas imitaron su conducta. Lilí Alcorcón, que antes se paseara con ella, comenzó a saludar fríamente, luego se hizo la distraída y acabó por pasar a su lado sin dar ni una cabezada. Ya ni aun la condesa viuda de la Campanada quería nada con ella, pues como un día se atreviese a invitarla a comer, después de mirarle severamente, pronunció un pequeño discurso, lleno de énfasis, sobre el atrevimiento de ciertas gentes. Los hombres no la respetaban tampoco y muchas noches, cuando, después de una comida glacial en que le aislaban como a un apestado, subía a su cuarto conteniendo sus ganas de llorar, encontrábase en el camino caballeros que le gastaban bromas de mal gusto o pollitos atrevidos que le decían groserías. Por fin, un día recibió una carta fría y lacónica en que el dueño la rogaba, con frases de exquisita corrección, que dejase el hotel, pues tenía las habitaciones comprometidas, por ser aquél un establecimiento honorable que tenía su habitual clientela de gentes de gran posición social, a las que no podía disgustar.

Incapaz de decidir nada, acudió a Julito en demanda de consejo. Él la escuchó. Hacía tiempo que veía venir la cosa, aunque no creyó que llegase hasta ahí. Pero, en fin, a lo hecho, pecho, y no amilanarse. Y como ella no supiese dónde ir, dio su opinión. A otro hotel, no. Después de lo sucedido en aquél, en todos pasaría igual.

—No sabes lo que es esa gente —aseguró de buena fe—. Cuando se les mete una cosa en la cabeza no cejan. Y ahora es la cursi de Casimira Aljubarrota, que tiene celos del carcamal del marqués.

En ningún hotel de primer orden la dejarían en paz. Los de segundo eran malísimos, y puesto que ella tenía a medio arreglar su debut en San Sebastián y no se quería ir, lo mejor era instalarse en una casa de esas que se alquilan por apartamentos.

—Mira —dijo—, yo conozco una muy buena, pero tiene un inconveniente… que vive allí «el Gauchito».

Y como ella sonriese involuntariamente, añadió:

—¡Bah! ¡Mejor que mejor! Al fin y al cabo, te quiere, y así estarás menos sola. Ya que la gente te fastidia, líate la manta a la cabeza y les darás dentera. Una de las razones por que las mujeres honradas detestan a las que tienen el buen gusto de no serlo, es porque les tienen envidia.

Luego Julito la había ayudado a hacer la mudanza y habíase ocupado de todo, y, por fin, la había dejado instalada con algunas frases de despedida, llenas de aliento.

—Siento que tu «camote» no esté hoy, pero creo que ha ido en automóvil a pasar el día en Biarritz. Tú no seas tonta y ve al Casino, aunque no sea más que para darles una rabieta. Así verán lo que te importan.

Pero no tenía valor; una tristeza inmensa enseñoreábase de ella y lo veía todo negro. Sus quimeras parecíanle irrealizables; sus sueños de gloria, un imposible.

Llamaron a la puerta.

—Adelante.

Entra la criada.

—¿Ofrécesele algo a la señora?

—Nada.

—Lo digo porque, si no se la ofrece, me iré a acostar.

—Váyase.

Salió la criada, y Eloísa púsose de pie. Luego caminó algunos pasos y encendió luz. Acercose al espejo y se contempló largamente. El ligero quimono de crespón verde, florecido, de enormes rosas blancas, moldeaba las suaves líneas de su cuerpo, hinchábase en leves curvas en los senos, tomando amplitudes de ánfora en las caderas. El rostro estaba lívido; los labios rojos y las pupilas brillaban en dos profundos círculos azules; el pelo, muy negro, caía en bucle de azabache sobre la frente. La luz le hacía daño, y tras unos momentos de muda contemplación, en que sus manos pálidas, bellamente enjoyadas, resbalaron sobre la seda del atavío japonés, dio vuelta a la llave, dejando el cuarto en las tinieblas, y volviose a su asiento. Pronto tornó a caer en sus meditaciones.

¿Por qué la odiarían así? Ella había venido llena de deseos de querer y de ser querida, de agradar, de hacer bien, y se encontraba en plena batalla de odios. ¡Había tantas cosas que ella no podía comprender! Era indudable que todas aquellas gentes obedecían a leyes que les dictaban sus pasiones, sus intereses, sus ideas, pero ¿cuáles eran aquellas leyes? Y diose cuenta de su absoluta ignorancia de la vida. ¡Era una salvaje que no sabía nada de nada! Hasta entonces había tenido el talismán mágico que lo hace todo posible: el dinero. Y con el dinero había sido artista y simpática e inteligente. Con el dinero tuvo aplausos, amigos, adoradores, y la vida fue cosa fácil. Si el dinero hubiese perdurado, habría cruzado por la existencia sin darse cuenta de nada, sin ver sino los senderos bordeados de rosas que ocultaban dolores y miserias de que jamás tuviera sospecha. Pero el dinero se acababa, y como en las funciones de magia, los macizos se hundían en el foso y quedaba la verdad cruda, cruel, amarguísima. ¡Habría que luchar, y ella estaba tan sola… !

Por primera vez sintió la sensación de soledad «física». Pensó con horror en las pupilas fascinadoras que le perseguían. ¡Era una locura haberse ido a vivir sola allí! Con terror miró a todas partes y, al fijar los ojos en la puerta, creyó ver brillar por el orificio de la llave una pupila brillante que le acechaba. Ahogó un grito y se puso violentamente en pie. Después, dominándose, fue a la puerta y abrió de golpe. Nadie. Buscó la llave y otra vez tembló loca de terror. ¡No estaba allí! Iba a chillar cuando su pie tropezó con algo que rodó por el suelo. La llave. Más tranquila, intentó reírse de su pánico, pero no pudo. Entonces, para tranquilizarse, fue a la puerta de la escalera y abrió. Habían apagado ya y la lóbrega sima oprimiole con súbito sobresalto. Pensó en llamar. ¿Para qué? ¿Con qué pretexto? ¿Cómo disculpar luego su alarma? Se burlarían de ella. Cerró la puerta de la escalera y dirigiose nuevamente a su habitación. De pronto se detuvo. La parecía oír pasos. Eran pisadas silenciosas de felino, pisadas blandas, sordas, de unos pies que se moldeaban al terreno. Escuchó. Nada. ¡Algún gato que andaría por allí! ¡Tonterías del miedo, que finge un fantasma en una sábana puesta a secar! Entró en el cuarto y, cerrando la puerta, se encaminó al balcón.

La noche dormía envuelta en soñadora poesía. En el cielo azul, muy obscuro, la luna se alzaba como una hostia de plata y su argentada claridad rielaba sobre el mar, adormecido en solemne fluir y refluir. Eloísa pensó en «el Gauchito», en su amor, en el triunfo. Romántica onda le envolvía y sus labios suspiraron una canción. Súbitamente calló sobresaltada. Oía una respiración a su lado. Volviose y miró a todas partes con terror. Allí, en un rincón, brillaban en la obscuridad las pupilas acechadoras como las de un tigre pronto a saltar sobre su presa. Quiso gritar y no pudo; intentó correr, y antes de que tuviese tiempo de dar un paso, las luminosas pupilas volaron como fuegos fatuos y sintiose enlazada por unos brazos.

Forcejeó. Las manos audaces la oprimieron tratando de rasgar sus vestiduras, y ella luchaba intentando desasirse y gritar. Unos labios voraces cubrían de besos su cuello queriendo morder sus labios, que ella libraba echando desesperadamente la cabeza hacia atrás. Sentía sobre la fina piel del rostro los pinchazos de la barba del sátiro, y su saliva que la pringaba mientras el aliento jadeante le envolvía en un vaho de fuego. Al fin cayó al suelo, junto al balcón, que había intentado ganar para pedir auxilio, y allí siguió luchando, ciega ya de horror, en instintiva ferocidad casi animal. Y defendiose con las uñas, con los dientes, con los pies. Pero él no parecía notarlo y seguía brutal intentando poseerla. La cabellera de la víctima se había destrenzado, y en los espasmos de la defensa se enredaba o quedaba aprisionada por los cuerpos de los luchadores, y a cada nueva sacudida la hacía un daño atroz, hasta arrancarla sangre. Las vestiduras de la cubana se habían rasgado, y en el verde maleficio de la luna, que entraba por la ventana abierta, se veía entre las rosas monstruosas del quimono surgir uno de los senos, blanco y rosa, manchado de amoratados cardenales. Por fin, Eloísa consiguió desasirse en parte, y gritó:

—¡Socorro!…

La puerta crujió un instante; luego, saltando la cerradura, se abrió con estrépito, y de un salto entró en el cuarto «el Gauchito».

El indio, abandonando su presa, se había puesto en pie de un salto y hacía frente al recién llegado.

Primero miráronse un instante, y sus pupilas luminosas se cruzaron como dos aceros en la obscuridad; luego se acometieron. En las tinieblas comenzó una lucha bárbara entre los dos hombres. Rodaron por tierra, se levantaron para tornar a caer al suelo y allí debatirse en un grupo monstruoso, forcejeando con inaudita barbarie.

Eloísa consiguió encender la luz y, muda de espanto, impotente para moverse ni para gritar, contemplaba el horrible cuadro. Luchaban silenciosamente como dos tigres; la cara del viejo se había amoratado, y sus labios, hinchados, parecían negros, mientras los ojos, inyectados de sangre, salían de sus órbitas. Los cabellos canos, crespos como los de una alimaña feroz, se pegaban con el sudor a la frente, y sus manos, crispadas, parodiaban las garras de un animal de presa.

Daniel, más calmado, tenía una arrogancia de joven semidiós, vencedor de endriagos.

Al fin triunfó. Alzóse, y con el pie azotó ferozmente a su enemigo. Luego, como si se tratase de un perro rabioso, chasqueó la lengua:

—¡Largo de aquí!

El indio salió casi arrastrándose. Cuando desapareció, el torero acercose a Eloísa:

—¡Nena! ¡Pobre mía! ¡Has pasado mucho miedo! No te apures. Mañana lo mando a América.

Y a un gesto afirmativo de ella enlazola por la cintura y juntos se asomaron al balcón. Allí Daniel murmuró su letanía de amor. Poco a poco, los nervios de la mujer, adormecidos por la música sentimental, se distendieron y comenzó a llorar silenciosamente. Él se inclinó y bebió sobre el alabastro de las mejillas el amargo veneno de aquel llanto; gustó luego el dulzor de los labios y poco a poco se fundieron en una inacabable caricia.

Don Honorato Ratón de la Higuerilla metiose un dedo en la nariz, según era antigua y no muy pulcra costumbre en él, y quedó ensimismado, con esa profunda meditación tan natural en quien desempeña trascendental tarea. La cosa no era para menos. Después de los desembolsos realizados por aquella señora, con el señuelo de un próximo y ruidoso triunfo que le indemnizase de todos sus sacrificios, ¿con qué cara decirle que sus impresiones eran pesimistas, los indicios más de fracaso que de victoria, y las noticias alarmantes, por no decir francamente descorazonadoras? Él, cumpliendo deberes impuestos por su conciencia, había ido allí para informar a la debutante de los vientos de fronda que contra ella corrían, pero, ante la confianza exaltada de la dama, ante sus explosiones de entusiasmo, su afán de que llegase pronto el momento crítico y su gran fe, había sentido caérsele el alma a los pies. Más valía, quizá, dejarla. ¿Quién sabe? En el teatro nadie puede vaticinar con razón. ¡La psicología de las multitudes es tan rara! Él, en su ya larga vida de empresario, había visto cosas extraordinarias. A lo mejor, obras que todos creían un gran fracaso, resultaban un éxito formidable, y, en cambio, otras que provocaron grandes entusiasmos en la lectura y los ensayos, haciendo a las empresas cifrar todas sus esperanzas en ellas, el día del estreno habían sido estrepitosamente silbadas. Y con los artistas sucedía igual. A lo mejor, un artista que en ensayo era un asombro, al llegar ante el público vacilaba, azorábase, comenzando a balbucear, y otros, que parecían tímidos, insulsos, en el instante definitivo sentían la llamarada del genio y arrebataban a las muchedumbres.

Eloísa repitió su pregunta:

—Pues usted dirá lo que pasa.

Don Honorato sacose el dedo de la nariz, hizo una pelotilla, poniendo en ello sus cinco sentidos, como si se tratase de excelsa obra de arte, y tomó rápidamente una decisión:

—Yo venía, verá usted… Como mañana es el debut —comenzó diciéndose— y todo lo que se haga para asegurar el éxito es poco, he pensado que debíamos mandar unas gacetillas a la prensa, algo que se saliera de lo vulgar.

La americana, muy castigada ya, se puso en guardia.

—Me parece muy bien; pero eso es cosa de usted.

—Tiene usted razón que le sobra, razón grandísima, señora mía —aseguró él, cada vez más melifluo, adivinando la hostilidad de su interlocutora—. Razón por los cuatro costados, y desde luego le aseguro que era mi intención hacerlo; pero, querida señora, el hombre propone y Dios dispone, y con los muchos gastos del debut no queda un céntimo en contaduría.

—¡Pero si esos gastos los he pagado yo! —protestó ella.

—Verdad, querida señora, verdad; pero sólo en apariencia. ¡Hay tantos gastos pequeños que no se ven! ¡Tantas cosas insignificantes que pasan inadvertidas para los profanos y que sólo los que estamos en ello nos damos cuenta! ¡Y yo, yo, que soy un caballero, una persona educada, llena de consideración, antes que empresario, no he querido molestarle con pequeñeces!

Asqueada Eloísa por tanta farsa se puso en pie.

—¿Cuánto necesita?

—Creo que quinientas pesetas no será demasiado; pero salvo su parecer, querida señora, salvo su parecer. Si cree menos, menos.

La víctima aproximose al armario de luna, lo abrió, revolvió entre unas ropas y, al fin, volvió junto a su empresario tendiéndole cinco billetes de cien pesetas. Tomolos él con grandes extremos, y luego, entre reverencias y exageradas muestras de confianza, salió.

Eloísa, llena de desaliento, dejose caer en una butaca.

—¿Se puede?

—¡Adelante!

Entró «el Gauchito» vestido de viaje.

—¡Nene!, ¡nene!, ¡mi vida!

—¡Vidita!

Se abrazaron con toda el alma. Ella buscaba en el pecho de su amante el refugio, un poco de calor, del que tanta había menester. Él la envolvía protector.

—¡Nene!, ¡nene!, ¡mi vida!, ¡qué pena que te vayas!

—¡Bah, mujer! —rió él para infundir alientos—. ¡Si es por cuarenta y ocho horas!

—¡Son tantas!

Él rió aún.

—¡Las del triunfo! A la vuelta te encuentro hecha una gran artista. Yo también quedaré muy bien. Me dice el corazón que vamos a triunfar los dos. Y después —añadió con alegre optimismo—, ya no más luchas, no más batallas. A querernos y a ser felices.

Y por última vez la estrechó apasionadamente entre sus brazos.

Después de colgar en el ventanillo el ansiado cartelito: «No hay billetes», don Honorato cerró el cristal, echó la llave a la caja y encaminose entre bastidores.

La cosa iba bien, muy bien; tirarían patatas a la interesada, pero el éxito de taquilla no se lo quitaba nadie. ¡El «Palacio de la Ilusión», vacío durante todo el verano, lleno ahora de bote en bote! Y eso que al observar la gran demanda de localidades, había suprimido, primero gran parte de la claque, y luego, a última hora, y como la demanda arreciase y no quedase billetaje, la había suprimido del todo, dejando a la debutante a merced del público, pero embolsándose él unos cientos de pesetas más. ¡Al fin y al cabo, lo mismo daba! ¡De todos modos, se iba a oír la pita en Cuba!

Miró por una rasgadura del telón y frotose las manos satisfecho. ¡Lleno de bote en bote! ¡Y qué público! Lo mejor de San Sebastián y Biarritz! Verdad que para estreno o debut era el peor, pues ni sentía como el público popular, que se emociona, ríe y llora, identificado con los personajes, ni meditaba, saboreando lo bueno y rechazando lo malo, como los intelectuales. Aquel público frívolo iba al teatro como a los toros, o a las carreras, o al Hípico, a divertirse mejor dicho, a matar el aburrimiento, sin importarles el espectáculo, sino teniendo el espectáculo en ellos mismos, en sus elegancias, sus devaneos y sus rivalidades. Como los conocía de antiguo, había arreglado la primera parte del espectáculo, o sea el cinematógrafo, a su gusto. Nada de viajes, a aquellas gentes que iban a los puertos de mar y no llegaban a verlo, y a las montañas a escuchar en la terraza del hotel la música de los zínganos, o a perder en los caballitos el dinero, los paisajes les reventaban; nada de cosas antiguas, que les tenían sin cuidado, ni de bailes populares, que les hacían bostezar. Primero una película graciosa para desarrugarles el ceño, luego una trágica, para seriorizarles algo.

La verdad es que el aspecto del teatro era imponente. La salita, de un estilo pompeyano convencional, con demasiados golpes de purpurina sobre fondo ladrillo, y demasiados monstruos, hibridación de león y mujer, más propios de la fauna decorativa asiria, con su techo abovedado y sus palcos Luis XVI sustentados por columnas corintias, ofrecía aquella noche aspecto deslumbrador. Sobre los dorados antepechos de los balcones, damas de la aristocracia de sangre y la aristocracia del amor lucían la albura de sus escotes en fantástica exposición de desnudeces y sumían sus rostros, embadurnados de afeites, en la penumbra de los sombreros inverosímiles. En un palco Casimira Albujarrota, con la embajadora de Finlandia —muy discreta en su aspecto de emperatriz de casa modesta— y la condesa de Fuentronada, constituían un a modo de supremo tribunal de respetabilidad; en el palco frontero la Sevilla reía con desgaire, muy española, muy chulona a pesar del sombrero parisiense. Después venían las de la Campanada, la condesa dormida beatíficamente, ladeado el sombrero y un hilo de brillantes de doscientos cincuenta mil francos colgando sobre el barandal; Rosaura, muy lánguida, muy bella, desvaneciéndose entre nevadas gasas y azucenas, y Paca, de pie, ostentando su empaque varonil dispuesta a escandalizar, a llamar la atención y a hacer incongruencias. Frente a ella Lina Monreal y María Montaraz hablaban con un palco de hombres, mientras junto a ellas una «cocotte» de Biarritz, que parecía una muñeca, sonreía con su sonrisa de porcelana.

Abajo, en el patio de butacas, agolpábanse todos los muchachos de San Sebastián en confuso bullir de colmena.

Apagose la luz y callaron todos a la expectativa. Empezó el cinematógrafo. La primera película, la de risa; tratábase de una de esas absurdas aventuras en que un ladrón huye perseguido por una serie de gentes idiotas que no hacen más que caerse los unos sobre los otros, sin ton ni son. Al público no le gustó y algunos patearon de impaciencia. La segunda, muy sentimental, en que la pecadora, arrepentida, vuelve al hogar después de correrla por ahí y es perdonada por mediación de la hija, la tomó aquel público, poco dado al patetismo, a broma, y al amparo de la obscuridad salieron de las filas de butacas algunas groserías y algunos gemidos, que arrancaron grandes carcajadas a los espectadores.

Tras el telón, don Honorato había dejado de frotarse las manos. La cosa iba mal. Malo que se aburriesen, pero peor que lo tomasen a guasa. Con aquella gente todo era empezar. Y como un tramoyista le diese un empujón y el apuntador le anunciase que el debut iba a empezar, dejó su observatorio y colose entre bastidores.

Había vuelto a encenderse la luz y la orquesta preludiaba la sinfonía. A los pocos compases el público en masa la acompañaba. Malo.

Alzose lentamente el telón y apareció una decoración tropical. Alguien recordó el cocotero de marras, y los que iban dispuestos a reírse de todo no dejaron de comentar burlescamente el silencio de un loro que el escenógrafo había colocado allí para dar color local. Al fin apareció Eloísa. Estaba guapa, y la concurrencia, pese a su firme propósito de encontrarlo todo mal, hubo de reconocerlo así. El traje de lentejuelas de color rojo muy obscuro daba realce a la gracia un poco pueril del cuerpo, y hacía aún más dorada la piel de los senos, que se erguían petulantes entre las llamaradas de gasa. El rostro, adelgazado por los malos ratos, tenía un doliente encanto, agrandado por la sonrisa triste que florecía en los labios y por los ojos inmensos, tenebrosos, que eran como ventanas abiertas sobre el misterio.

Pero comenzó a cantar y el encanto quedó roto. No es que lo hiciese mal precisamente; lo hacía regular; pero la voz era escasa, los cuplés, vulgares. No podía rivalizar con la «Fornarina» ni con Amalia Molina: carecía de la gracia de la Fons y del pecador encanto de la «Chelito».

Primero la escucharon atentamente, luego comenzaron a impacientarse e iniciaron un leve pateo. Al fin, como soltase un gallo, azorada ya, una voz burlona la imitó, y luego otra, y otra. Al fin cayó el telón, entre un silencio glacial.

Ahora la música abordaba la segunda parte de programa, el preludio de la tragedia, y el público, entregado ya a franca burla, reía, gritaba, se metía con los músicos o cantaba a coro.

Entre bastidores, Eloísa, vestida para la tragedia, hablaba desalentada con el empresario, Julito Calabrés y otros dos amigos.

—¡Esto va muy mal! —suspiró ella, casi vencida.

Don Honorato fue grosero, y olvidando los buenos cuartos que se había embolsado, o irritado por el pateo, dijo:

—Por eso no me gusta probar aventuras en mi teatro. —Y añadió entre dientes: —¿Para qué se meterá cierta gente en camisa de once varas?

Lleno de simpatía, Julito Calabrés trató de consolar a la cuitada:

—No hagas caso. Todos los grandes artistas, en sus comienzos, han tenido tropiezos. Además, no has estado mal. Cuando adquieras más seguridad y soltura y el público no tenga un «parti—pris», triunfarás. Pero, además, lo pasado era lo peor; lo que viene ahora es lo que tú dominas.

—No comprendo —terció un señor que había allí— la severidad del público. Aquí, que se aplauden tantas fachas que ni son guapas, ni artistas, protestarle a usted, que es las dos cosas…

—Si es el público —insistió Higuerilla, grosero siempre—, el público ése, que la toma con los suyos. Por eso no quiere señoras.

Sonó el timbre, anunciando el comienzo del espectáculo. En aquel momento entró Fernando Morales y se puso a hablar con Julito. Por un fenómeno nervioso muy común, Eloísa olvidó el peligro próximo y escuchó vagamente lo que hablaba.

—… «el Gauchito»… en el tercer toro… una cornada en el vientre… gravísimo… se cree que no saldrá de la noche…

La cubana, loca de horror, quiso correr hacia ellos; pero Ratón la empujó brutalmente, y tuteándola con insólita grosería, murmuró:

—¡Pero no ves que te esperan! ¡Te has vuelto loca!

Y Eloísa se encontró en medio de la escena. El alma salvaje que vivía en ella surgió de improviso y olvidó todo, el lugar, la escena, el público, el empresario, su debut, todo, para sólo pensar en el horror de su amante moribundo, ensangrentado, con el vientre abierto por una cornada. Lanzó un grito desgarrado, agudo, estridente, y se dejó caer al suelo, donde siguió gimiendo, presa de angustia infinita. Luego, aquel dolor fue creciendo, agrandándose, estallando en sollozos, en gemidos, en gritos de lunática. Y se revolcó por el suelo, desgarrando sus vestiduras, mesándose los cabellos, azotando el suelo con la cabeza desmelenada de Medusa. Habíase erguido, y con el rostro cadavérico, los labios blancos y los ojos fuera de las órbitas, dio tres pasos por escena, lanzó un grito supremo y cayó al suelo.

El público, electrizado, creyendo que aquello era la tragedia, se había incorporado y aplaudía furiosamente, mientras la cortina caía, ocultando con los laureles de la victoria la catástrofe pasional.

La torería

Capítulo 1

En la «visera» hubo un movimiento de expectación. Por la carrera de San Jerónimo desembocaba en la Puerta del Sol, al trote de dos soberbias jacas andaluzas, la victoria, yantada de goma, de Tina Rosalba.

Los émulos de «Costillares» y Pedro Romero, que discutían, formando pintorescos corrillos, transcendentales cuestiones de tauromaquia; los traspillados hampones y las billeteras, en funciones a las altas horas de la noche de sacerdotisas de la señora Venus, agolpáronse en la acera contigua a la Carrera para ver pasar el joyante tren. Entre todos destacose con gran algazara el grupo formado por tres o cuatro admiradores (con más hambre que vergüenza) del «Lucero», el futuro astro, el que, según los vaticinios de algunos aficionados que se jactaban de no haberse equivocado nunca, había de emular las glorias de «Pepe Hillo» y de «Frascuelo», el que empezaba a ser ídolo de bellezas fáciles y envidia de las taurinas estrellas de Getafe y Tetuán.

Anochecía. Envuelto en un bochorno de la tarde primaveral, bajo el milagro azul del cielo, en que arrastraba aún por occidente la roja púrpura de su regio manto el sol agonizante, vibraba Madrid entero en cascabelera alegría. Ríos humanos rodaban en ondas de colores calle Alcalá abajo de vuelta de los toros. Por San Jerónimo, por Carretas, por Montera afluían incesantemente a la gran plaza, centro del vivir de la coronada Villa, gentes de todos tipos y pelajes, que se desbordaban de las aceras, poseídas de nerviosa alegría, prensándose, empujándose, dándose encontronazos, mezclando sus voces, sus gritos y sus risas en ensordecedora algarabía, sobre lo que dominaba el agudo de los pregones, el repiqueteo de los timbres de los tranvías y el bronco son de las bocinas de los automóviles. Coches de lujo con damas tocadas de inverosímiles sombreros de campana, soberbios eléctricos, carruajes de círculo con elegantes caballeretes, y vulgares «manuelas», llevando hembras de «trapío» que, envueltas en los chinescos mantones de vivos tonos y quiméricas floras, o cobijados los rostros por el Almagro de las mantillas, hacían surgir flores, picantes como granos de pimienta, en los labios de los toreros acampados a las puertas de Levante y Puerto Rico, pasaban en democrática promiscuidad entre vocear de golfos que pregonaban «La Corrida» y «El Tío Jindama», ofertas de floristas y burlas de guasones; y destacándose de todos aquellos coches, envuelto en el áureo polvillo, bañado por la atmósfera lujuriante, llena de sensualidades, de inconscientes sadismos, de morbideces y de lujurias, impregnada de aromas de perfume, de suciedad, de fuerza, de brutalidad y de deseos, atmósfera en que aún parecía flotar el vaho a sangre de toro y el tufillo a vino de bota, atmósfera insalubre, exasperadora de inconfesadas perversidades, avanzaba en apoteosis triunfal el milord de la Rosalba.

Las negras jacas andaluzas trotaban, erguidas las nobles testas, que agitaban orgullosas, haciendo rebrillar con cegadores chisporroteos los dorados hebillajes de los arneses avellana, ensangrentados en las orejas por dos claveles púrpura. Al ritmo del paso elegantísimo, en que alzaban los remos con ademanes de montura ecuestre, agitaban las largas colas en belleza suprema de gesto que evocaba los triunfales paseos de los gomeles por la vega de Granada, el caracolear en las cañas de los jinetes moros, el triunfo de los Califas en las batallas fabulosas.

Un mantón de Manila que tendía su parterre de ensueño a modo de manta, y una flor roja en el ojal de la librea cocheril, completaban la elegancia jarifa, un poco achulada, elegancia española, a lo Próspero Merimée, del tren.

Sobre los almohadones, en un abandono lleno de gracia, Tina Rosalba lucía el turbador enigma de su hermosura. No era bella, en el sentido que el vulgo entiende la belleza; era… eso: turbadora, inquietante; señora y maja; dama y moza de rompe y rasga; cambiante, camaleóntica, rebelde a toda rutinaria clasificación. Era un rostro incorrecto, tal vez un poco tosco de facciones; los ojos castaños, rodeados de livores, brillaban llenos de viveza, de inteligencia y picardía; ojos netamente madrileños, ojos de chula, mejor de golfo; burlones, desvergonzados, audaces, cínicos, y a veces tristes con tristeza malsana, llena de anhelos y de curiosidades, tristeza de niño enfermizo y vicioso para quien la noche no tiene misterios. En las mejillas descoloridas se marchitaban dos rosas pálidas, y la boca… la boca era en aquel rostro el complemento de los ojos. De labios abultados, muy rojos, que mostraban al sonreír la cegadora blancura de los dientes, húmeda, entreabierta, era lúbrica en su oferta perpetua de besos, lúbrica y triste gracias al rictus que plegaba sus comisuras en doliente mueca de sarcasmo.

Envolvía su cuerpo frágil, ondulante y alargado como los de las majas—duquesas de Goya, en un traje de encajes cremosos; trágicos claveles rojos se apoyaban en los cabellos obscuros, y una mantilla negra, colocada sencillamente, sin artificio de peineta, caía hasta rozar la fina línea de las cejas, dejando adivinar por entre la telaraña de sus encajes la albura de magnolia de la frente.

Junto a ella iba Julito Calabrés que, exageradísimo, como siempre, y rematando su elegancia Alfred de Musset y sus gemas fantásticas —jacintos neronianos y esmeraldas de los Valois— se había plantado, con la misma gracia con que podría hacerlo una cupletista francesa, un cordobés blanco.

Al pasar la pareja, algunos comentarios chocarreros, acompañados de risas y requiebros enteramente primitivos, partieron de los grupos. Tina paseó por ello sus pupilas desafiadoras con ademán de desdeñosa indiferencia, y de pronto las abatió en caricia de terciopelo sobre el rostro del «Lucero». Extraña humedad veló su vista, tenue carmín le arreboló las mejillas, la lengua roja y fina humedeció sus labios, y como Julito saludara al grupo con afectado ademán chulesco, interrogó:

—¿Le conoces?

Hízose de nuevas «para que se desatara aquella loca».

—¿Yo?… ¿A quién?

—¿A ése?

Comprendió él muy bien de quién se trataba, pero no dio su brazo a torcer.

—¿Cuál?, ¿el moreno?

—¡No seas cargante ni te hagas el tonto! El rubio.

—¡Ah!, sí; «el Lucero». Lo vi de lejos en una «guñolería» —afirmó imitando el habla desfigurada de aquellas gentes—. ¿Te gusta?

La Rosalba lo miró fijamente.

—Ya sabes que no me gusta nadie.

—Se me olvidaba —formuló con un matiz levemente irónico—. La princesa sin corazón.

—Tampoco —afirmó ella con extraordinaria gravedad—. ¡Bien sabes que tengo corazón!

—¡Verdad!, ¡verdad! —aseguró Julito acentuando la ironía—. No eres más que una perversa imaginativa, una sentimental romántica.

Un velo de melancolía se había tendido sobre el rostro de Tina; nada quedaba en él de gracia pícara, de la cínica desenvoltura que eran su gala; las pupilas ambarinas se habían obscurecido y, soñadoras, parecían escrutar en lejanía una añoranza amada, y la boca roja marcaba un pliegue de tristeza ensoñadora.

—¡Si supieras… ! Ese chico despierta en mí un recuerdo… El recuerdo —evocó con voz grave— de un instante en que ante la muerte vi lucir en unos ojos azules un flamear de pasión y de valentía sobrehumanos; la memoria de un hombre primitivo a quien amé con locura durante media hora.

Julito rió cínico:

—No es mucho; pero tratándose de un hombre primitivo, basta.

El «Lucero» devoraba con los ojos la bella figura que, por un instante, le envolviera en la fascinación de sus pupilas de cobre y, mientras al correr del coche se alejaba, evocaba también reminiscencias de una figura amada.

—¡Vaya una hembra! —murmuró.

—Una «gachí» de «chipén» —corroboró «Morenito» con la seguridad que su frecuente trato con las damas le prestaba.

—Y está por ti —bromeó «el Temerario».

Los otros «chuflearon» al héroe. ¡Vaya una conquista! ¡Eso se llama tener pupila! ¡Una duquesa! Que supiese aprovecharse, y antes de un año, la alternativa.

¡Cómo se iba a poner!: hembras, aplausos, dineros…

—Porque, vamos a ver, ¿a qué están las mujeres si no es a eso? —formuló «Morenito» echándose el cordobés a la nuca con un golpe del índice—. Yo, aquí donde «ustés» me ven, le sorbí el seso a una gabacha que bailaba tango, «mismamente» que una girafa, en el salón Madrileño, y al principio «too» iba bien: « ¡Oh, tú «sej» mi «toguego» bonito! ¡Yo querer a tú!» Y mucho sobeteo, pero «pelás»… «¡Miau!» Total y que voy y digo: «míe» usté, u hay de aquí o tocan al «ahuequen».

«El Huesca» intervino:

—¡Si es que éste es un «panoli»! ¡Como fuese yo! —y siguió azotándose la pierna con el junquillo que llevaba en la mano.

«El Lucero» se defendía refugiándose, como todas las inteligencias primitivas, en la brusquedad. Sabido es que la vergüenza y la huida son la única defensa de ciertas almas rudimentarias, como la ironía y la indiferencia son privativas de los espíritus superiores.

«El Leñe», un chulo aburrido que ambulaba siempre por allí, perpetuo satélite de futuros planetas, le dio una palmada familiar en la espalda.

—Chócala… y convida para celebrar.

—¡Que os quitéis de ahí! —se defendió «el Lucero»—. ¡A que «vos» rompo la cara, «amos»!

—¡Valiente tía te has «echao, gachó»! —celebró «el Peque», muy chulo, con su pantalón abotinado y su chaquetilla plegada de lienzo.

—¡Que te «calle» tú, niño, «estamo»!

De regular estatura, más bien enjuto, pero fuerte y bien plantado, «el Lucero» tenía la varonil apostura de un hijo de la tierra. El traje gris claro, ligeramente achulado, no acababa de darle el aire rufián de sus compañeros, ese aire civilizado y perverso en su misma estética primitiva de las criaturas de placer con que las mórbidas costumbres modernas han sustituido a los antiguos gladiadores, a los esclavos nubios y a los legionarios favoritos de emperatrices y cortesanas; aire familiar que hace hermanos a los «apaches» de la barrera del Trono, a los golfos napolitanos y a los chulos de Lavapiés y del Rastro, perpetuos huéspedes de las trotacalles, recreo de princesas histéricas y de duquesas en mal de amor. En contraste con la corbata roja, su rostro aniñado era muy blanco; en sus ojos azules, claros, ingenuos, había una gran dulzura que bañaba su faz entera, y sólo en la boca, cobijada por aguileña nariz, vagaba una sombra de picardía por los labios rojos, cortados en la derecha comisura por la cicatriz de una cornada. Sus cabellos rubios se escapaban del fieltro tabaco, caído a la nuca, y subrayado por la tosquedad algo brusca del gesto, tenía toda su persona algo de pueril.

No había pasado «el Lucero» por el cruel aprendizaje que curtiera en los linderos de la vida a la mayoría de los que un ensueño de gloria o de riqueza lleva a exponer la piel ante la fiera. No conocía los días con hambre y las noches con frío, esas eternas noches de dolorosa peregrinación a lo largo de los callejones sombríos, mirando con envidia, al través de las vidrieras de las buñolerías, a los que toman un chocolate de treinta céntimos; no podía evocar en su memoria las rápidas escapadas, huyendo de sabuesos policíacos por vueltas y revueltas del Rastro y Embajadores, y por los descampados de la Fábrica de Tabacos y del Gasómetro, en una fantasmagórica carrera de pesadilla, para salvar un pañuelo de seda afanado a un desconocido y que representaba la pitanza del día siguiente; no recordaba, el niño mimado de honrados campesinos, las felpas propinadas por un padre borracho o por una mujerona violenta y cruel, traída para satisfacer el vicio de su progenitor, ni las lúbricas escenas entrevistas mientras lloraba en un rincón; ni podía tampoco evocar, en la sucesión de mejores tiempos, las juergas canallas en los colmados, entre criaturas de venta estucadas y oliendo a esencias baratas; las noches tumultuosas rodando en coches de alquiler, entre gritos y canciones por las afueras, ni las escenas violentas de celos, las riñas y peleas llenas de bofetadas y blasfemias, de una grosería inaudita, en las mancebías; ni las equívocas aventuras, entre las propicias sombras de la noche, en las calles extraviadas, con pálidos adolescentes pintados y perfumados como mujeres o con graves caballeros de venerable aspecto; ni menos aún las horas interminables de cárcel, las sombrías horas pobladas de vagos temores e irrazonados sobresaltos. Ningún recuerdo amargo y cruel torturaba, pues, su cerebro llevándole a fieras rebeldías. Para él fue la torería un cuento de encantamiento.

Hijo único de honrados campesinos que a fuerza de fidelidad y de trabajo habían llegado a administrar las fincas de un riquísimo aristócrata, crecía en la paz geórgica entre mimos y halagos. Toda su alegría era correr los inmensos predios, escalar los montes, bañarse en los ríos y revolcarse en las praderas entre las patas de los toros de la famosa vacada.

Aprendió desde chiquito a mirarlos como juguetes hechos para su recreo; aquellas bestias, mansas y tranquilas unas veces, feroces otras, le atraían con la fuerza irresistible del peligro. Su mayor placer consistía en escaparse a escondidas de su madre y correr a los prados donde pastaban, y allí, burlando la vigilancia de los vaqueros, jugar con ellas, azuzarles, huirles salvado por la oculta providencia, que parece velar sobre las temeridades de los niños. Sabía vagamente que aquellos animales valían miles de pesetas; que había una fiesta luminosa y magnífica en que, en circos de gloria, hombres vestidos de sedas y de oro se jugaban la vida ante ellas. Y de aquellos ensueños nació en el alma del niño una afirmación: «yo quiero ser torero». En las largas veladas del invierno, al amor de la lumbre, leía su padre descripciones del popular festejo y con ingenua admiración hablaba de sus héroes, de aquellos hombres, rudos campesinos, toscos trabajadores, miserables vagabundos ayer, hoy héroes del pueblo, elevados al pedestal de la guapeza por un rasgo de bárbara valentía. En el alma ingenua del pobre hombre, hecho a la lucha diaria, al lento batallar con las miserias de la vida, al trabajo, al ahorro, a la fidelidad, para quien la visión de la existencia se contenía en un estrecho marco de obligaciones morales y materiales, había una admiración inmensa por aquellos valientes que triunfaban al precio de su vida, que sabían mirar la muerte cara a cara y luego derrochaban ríos de oro entre juergas, amores fáciles y aventuras. La imaginación del niño, de José María, el futuro «Lucero», contagiada por los victoriosos panoramas, diose a soñar. Pasaron, sin embargo, los años indiferentes a aquel anhelo; los trabajos de cuidado y vigilancia compartidos con su padre, a quien largos días de fatiga habían gastado, fueron borrando implacablemente las bellas imágenes y el sueño tomó la inconsistencia de las cosas lejanas. Un día, tras algunos preparativos, vieron llegar a la finca coches y automóviles llevando a una fiesta de acoso y derribo bellas damas o ilustres caballeros, elegantes, toreros de fama, periodistas. Fue una tarde triunfal, el revivir de castizas costumbres, feria de donaires y elegancias en que bellas vestidas de chaquetillas de terciopelo grana adornadas de argentados alamares, la frente sombreada por el cordobés y la garrocha bajo el brazo, derribaron toros, llevando por escuderos a los diestros famosos y a los aristócratas de más rancio abolengo. Entre todas ellas, suprema de goyesca gracia en su majo atavío, la mirada enigmática de los ojos dorados luciendo bajo el pequeño calañés de terciopelo negro, el cuerpo andrógino oprimido en la aterciopelada fulgencia, ceñido el talle por sangrienta faja, destacábase en el airoso caracolear de su potro cordobés la turbadora figura de Tina Rosalba.

De entre todas aquellas damas surgió única ante los ojos de José María la joven duquesa como un ideal de belleza. Desde aquel instante sus pupilas de niño, dulces y candorosas, la siguieron esclavas. Ella, audaz, valiente, arrogantísima, lanzábase a los lugares de mayor peligro, anhelante de impresiones fuertes. Con la verde hierba por tapiz, por fondo la azulada serranía, por dosel la turquesa del cielo, tenía, jinete en su caballo de sangre, el prestigio de un castizo retrato. Acababa la fiesta sin incidentes desagradables, recogían los vaqueros las reses entre gritos y trotadas y reuníanse los invitados comentando los lances de la tarde, cuando uno de los toros escapó dirigiéndose hacia el lugar en que se hallaba la Rosalba. Esperó ésta impávida la ciega acometida, detúvose el toro a unos pasos de ella, escarbó la tierra, dobló la testuz, resopló. Asustado el corcel se irguió rampante, haciendo perder el equilibrio a la amazona, y al querer ésta afirmarse dejó caer la garrocha, en el instante que la fiera se arrancaba. Hubo un grito de horror, pero en aquel momento José María se arrojó ante el toro y con la chaqueta por capote lo arrastró tras él, lanceó un instante, diole algunos pases admirables, y quedó en pie erguido, una mano sobre la cabeza del bicho.

Bravos, enhorabuenas, parabienes, halagüeños vaticinios. ¡Era un héroe!, ¡un gran torero! De su madera habían salido «Frascuelo», Montes y «Guerrita». ¿Por qué no iba a Madrid? Allí todos le ayudarían y triunfaría seguramente. Y unos le ofrecieron su ayuda, otros, sus escritos, y Tina le ofreció una rosa, una rosa roja y pomposa que prendía junto a su corazón, mientras sus ojos de princesa de Oriente le acariciaban en un prometer de ignoradas dichas.

Y fue a Madrid. Sus padres, ante las gloriosas profecías, perdieron la cabeza. ¡Un hijo torero! ¡Un hijo aplaudido y festejado, héroe de multitudes! Y su corazón de humildes latía de entusiasmo ante la sola idea de aquella redención. De sus ahorros fuese una parte no pequeña en equiparle, y por fin un buen día partió a la corte.

De todo hubo en su estancia en ella. Las promesas, en contacto con la realidad, redujéronse a su justo término. Tina Rosalba viajaba por Suiza y los demás volvieron a ofrecer, aunque dando largas al asunto. Verían… Había que esperar ocasión propicia… Cuando viniese don Diego, el revistero taurino que estaba en Sevilla… Decidiose por la espera. Su candor campesino no acertaba a descifrar toda la indiferencia que la diplomática amabilidad encubría. Creyó a todas aquellas gentes poseídas del mismo entusiasmo del primer momento y resignose a aguardar la coyuntura invocada. En aquellos largos días de alto se aburría. No conocía a nadie; los encopetados caballeros que tratara en la dehesa tenían otras cosas que hacer que acompañar a «un maleta», y la gran ciudad, alegre, llena de bullicio, se abría como un desierto para él. Entonces tropezó con Rosita.

Bajita, vivaracha, simpática, sin ser una hermosura, era prodigio de gracia; su cuerpo, menudo, frágil, vibraba al ritmo de sus meneos sandungueros, llenos por el descoco de las hijas del viejo Madrid. Sabía pisar fuerte y andar con suave contoneo de caderas, que dejaba entrever los pies menudos, irreprochablemente calzados, y sabía reír con frescas risas, lanzando una burla al rostro del descuidado transeúnte y subrayar con una donosura sus observaciones callejeras. En su carita encuadrada de negros cabellos, acusadores en su artificio de la experta mano de la Aniceta, la peinadora de «moda», lucían los ojos grandes, negros y alegres, y se tendía la boquita roja en un gesto mimoso de niña consentida.

Sola en el mundo, vivía de su trabajo (la costura) en una guardilla alegrada de pájaros y flores, y era honrada, con la despreocupada honradez propia del bajo fondo social de esta la coronada Villa. No se asustaba de alternar con damas fáciles de la vecindad, ni se privaba de entretener palique con los apuestos caballeros del organillo que le daban serenata, ni hacía dengues para aceptar un «refresco» en el «tupi» de Novedades, cuando «los chicos» del cercano Matadero, en fondos, la invitaban con algunas compañeras de taller; bajaba los domingos a marcarse unos «schotis» a los merenderos de la Bombilla o del Puente de Vallecas, y llegaba hasta frecuentar con las vecinas los bailes «de sociedad» en que se beneficiaba algún «pianista» de los de mayor «tronío» o algún torero con más suerte en las alcobas que en las plazas; y aún, aún por Carnaval se dejaba caer por las reuniones del Lírico o el Frontón. Pero aquí paz y después gloria. Ella no quería conversación, lo que se llama conversación, de ningún hombre. ¿Que a la Patro le «hablaba» «el Gorritis»?; ¡tal día hará un año! ¿Que «la Fantasiosa» estaba «Chalá» por «el Antoñito»?; ¡expresiones a la familia! ¡La hija de su madre no quería «conversación»! ¿Los novios? ¡Líos, músicas, disgustos y quién sabe si una puñalada! Y mátese usted a trabajar para que venga un hombre a quitarle el resuello y se vaya luego a correrla con el primer pendón que le salga por ahí. ¡No!, ¡no!

Y agitaba negativamente sus manos de virgen, tal vez profanadas por la brutal lascivia de los machos, y con deliciosa inconsciencia y falta absoluta de sentido moral hacía una afirmación: el día que ella se entregase había de ser porque encontrara un hombre honrado y porque la quisiera con los «reaños» del alma, y había de ser para siempre.

Cuando la casualidad le puso en su camino al «Lucero», cuando un anochecer del mes de Mayo se vio seguida por él calle de la Montera arriba, creyó que sería como todos y comenzó por tomarlo a broma. A sus requiebros, carentes aún del cínico desparpajo de los galanes cortesanos, contestó con cuchufletas; a sus promesas de amor, con guasonas admiracianes, y a sus ruegos, con veladas negativas. Volvió a encontrarle al otro día, y al otro aún, y en sus palabras apasionadas y sinceras comenzó su sutil instinto a adivinar verdad, y como al mismo tiempo el buen mozo no le pareció costal de paja, llegó el momento en que le dio el ansiado sí. Y cumplió Rosita su promesa, poniendo en aquel amor todas las potencias de su alma y todos los ardores de su cuerpo. Fundió sus ilusiones en aquel niño grande, y desde entonces soñó con ayudarle a recorrer el sendero de gloria que, seguramente, se abriría ante él. Fuéronse a vivir juntos, y juntos pasaban noche y día. Acabado su trabajo daban largos paseos por las afueras, y por las noches visitaban cinematógrafos y teatros. Ella le animaba, alentándole en las horas de desengaño, siendo su guía y consuelo.

Con ella «el Lucero» era feliz. Sólo de tarde en tarde veía pasar por su memoria como un fantasma la imagen de la bella amazona en su majo traje de garrochista, y entonces sombra de tristeza tendía sobre su frente el velo de una preocupación, que no huía hasta que las risas de su querida, que cascabeleaban en el aire como trinar de pájaro cantor, le volvían la perdida alegría. Sin embargo —dos meses iban transcurridos desde su llegada—, las promesas de sus protectores no se cumplían y comenzaba a desesperar cuando le llamaron. No era nada; una becerrada de amigos, pero podía darse a conocer y así se preparaba el terreno… Aceptó encantado, hizo primores de habilidad, ganó aplausos y, ya lanzado, le hablaban de mostrarse en una novillada en la Plaza de Madrid, cuando fue requerido con urgencia para regresar al pueblo. Su padre se moría.

Su vida cortesana quedó rota; los amigos le olvidaron nuevamente y sólo Rosita guardó su imagen. Vio en la tristeza inmensa del campo, más triste ahora después de las delicias de la Capua cortesana, morir su padre, y por vez primera tuvo que abordar la vida cara a cara y pensar en el problema del subsistir cotidiano.

Así pasó un año. En su transcurso vio morir a su madre y arruinarse al amo. El nuevo dueño, labrador enriquecido, comenzó por tomar él mismo la administración de su hacienda. Entonces, despertando de su letargo, recogió sus cuatro ochavos y vínose a la corte.

Comenzó una vida nueva. Rosita le amaba siempre, pero las circunstancias habían cambiado mucho. Muertos sus padres, arruinado el amo, ausente siempre aquella duquesa de Rosalba, a quien, por otra parte, no hubiera osado acudir, no había ya la pensión mensual del padre ni la protección de los amigos influyentes. Era preciso buscarlo todo; ella cosía, él frecuentaba los centros —el Inglés, Levante, la calle Sevilla, la «visera»— donde podía conocer diestros o apoderados y contratistas que le proporcionasen corridas, y así habían de permanecer separados largas horas. Además, la falta de numerario suprimía teatros y excursiones y llevábales fatalmente a frecuentar el mundo del hampa, esa amable sociedad de damas de frágil virtud —vendedoras de flores y de amor indistintamente—, zurcidoras de gustos en funciones de peinadoras y prestamistas; toreros tan diestros en las artes de Monipodio como en las de «Pepe Hillo» y músicos callejeros duchos en tocar cualquier registro; gentes todas con ventana a la Plaza de Toros y al «Abanico», a la Bombilla y a San Juan de Dios, que lo mismo servían para dar dos duros a un amigo, que un timo o un pinchazo a un desconocido. Gentes todas que pululaban por aquellos barrios en los ocios que les dejaban sus excursiones al casco de la población en busca de dineros y amores fáciles y las forzadas temporadas de descanso en su «chalet» de la Moncloa.

Pero como en la vida se da una de cal y otra de arena, y Dios aprieta pero no ahoga, saliole contrata para una novillada en Tetuán, luciose con los trastos en la mano y comenzó a abrirse paso a fuerza de arte y bravura; los «aficionados» principiaron a conocerle y encontró amigos y admiradores que formaron su cortejo.

—Lo que a ti te «jase farta é un apoderao» —formuló con suficiencia «Petaquita».

—¡Eso! —corroboró «Morenito».

Todos discutieron tan interesante punto. En el fondo, estaban conformes, el mismo «Lucero» lo reconocía así. ¡Un apoderado!; ¡ahí estaba la piedra de toque! Un representante que se interesase por «su» diestro, que le buscase corridas y bombos, que tuviese influencia… ¡Nada! ¡Un mirlo blanco!

Por Alcalá entraban en la Puerta del Sol, con gran estrépito de almidonadas enaguas, fuerte aroma de «patchulí» y recio meneo de caderas, Rosita con la «Patro» y la «Visajes»; muy sencilla en su falda de hilo crudo y su pañolillo de crespón negro la primera, que venía a recoger a «su» hombre; de vuelta de los toros las otras, espléndidas en sus relumbrantes atavíos —faldas de fular de vivos colorines, blusas de encajes y pañuelo de crespón—, embadurnadas las caras de afeiteis baratos (la sabia «mano de gato» de la Aniceta) y entre los cabellos, ondulados, ensortijados, untados de bandolina en un artístico artificio capilar, espléndidas peinetas de concha falsa adornadas de suntuosos culos de vaso.

Orgullosas, satisfechísimas de tanto esplendor, y llevadas de cierto antojo que sentía la «Visajes» por «el Huesca», dieron en el grupo.

—¡Hola, chavalas! ¿De «aónde» salís? —formuló «Morenito» mientras, en explosión de entusiasmo ante tan excelsa belleza y elegancia, todos las rodeaban, manifestando su admiración en atrevidos conceptos y algún tacto más atrevido aún, manera primitiva de amar que rechazaban las interesadas (¡!) con recios manoteos (¡pues, hombre, me gusta; no era cosa de que las chafaran las galas!), encantadas, en medio de todo, del éxito, de aquella revolución armada con su sola presencia. Venían de los toros entusiasmadas, locas… ¡Qué «corría», madre, qué «corría»!… El «Bomba»…

La «Patro» interrumpió a su amiga:

—¡No, no! ¡El «Machaquito»! ¡Ay el «Machaquito»! ¡Ay mi nene!, ¡qué «reteguapismo»!, ¡qué valiente!; ¡vamos, si cuando se arrodilló delante del toro pensé que «espichaba» de emoción!

Y como «Morenito», aprovechándose de tanto entusiasmo, se empeñase en averiguar si una cadera era de «carne natural», le dio un abanicazo.

—¡Que a ver si «arrebaja» las «pata»! —y siguió su panegírico. ¡Aquél era un «gachó»!; ¡por un hombre así podía sacrificarse una «señora»! ¡Lo que se habían perdido!

—¡Habernos «convidao»! —arguyó con excelente criterio «el Peque».

—Si es que «seis mu» cabras —apostrofó «Morenito»—. Si no «tenís» un tanto así de «lacha».

—Quita de ahí «esaborío» —devolvió la «Patro» agresiva—. ¡«Pa» eso estábamos, «pa» pagarte a ti los toros! ¡Me gusta éste!, ¡ja! ¡ja!… ¡Chulapón! ¡Sin vergüenza!

—Oye tú, que no «farte, ¿etamo?»

Intervino conciliador «el Huesca»

—¡«Na»!; ¡aquí no ha «pasao na»! Vosotras nos convidáis a unas copas y tan amigos.

La «Visajes», ante la intervención de su amado, se sintió rumbosa:

—¡Ea! «Vos» convido yo. ¡«Arreando pa» la Concha!

Le hicieron una ovación. ¡Vivan las hembras de rumbo! ¡Ole su madre!

Rosita hubiera preferido llevarse al «Lucero» a cenar, pero no era cosa de despreciar el convite; ¡paciencia!

El alegre grupo se puso en movimiento con gran algazara de risas y retozos; al enfilar la Carrera vieron venir hacia ellas nuevamente el tren de la Rosalba, y esta vez Julito saludó aún más exageradamente y Tina no se contentó con mirar. Mientras sus pupilas envolvían al torero en los oros de una mirada cargada de promesas, sus labios rojos y sensuales sonreían el relámpago de sus dientes blancos.

«El Lucero» se detuvo y a su vez devolvió la sonrisa; luego, viendo los dolientes ojos de su querida fijos en él, tristes, reprochadores, siguió su camino, pensativo.

Capítulo 2

—¡Cocherito, para!

Los jamelgos escalaban fatigosamente la cuesta de San Vicente en lamentable exhibición de osamentas que amenazaban traspasar la pelada piel, y a su tardo paso, los desvencijados armatostes, coches por mal nombre, que arrastraban tras sí, se bamboleaban, crujían, se inclinaban de modo sospechoso, amenazando dar en tierra con su alegre carga. Dentro, amontonados en los duros y estrechos asientos, los excursionistas reían, gritaban y cantaban en escandalosa algarabía que profanaba procaz el majestuoso silencio de la noche.

Ocupaban el primer vehículo «el Lucero», que, reclinado en el fondo, se envolvía en silenciosa displicencia; Rosita, triste por el reflejo de la tristeza de su amante; «Morenito», locuaz y jaranero, y la «Patro», que, un si es o no bebida, no paraba de decir ternezas al «Peque», encaramado, a falta de sitio mejor, en el pescante. En el segundo, además de la «Visajes» y «el Huesca», que decididamente se entendían, como con harta claridad hacía sospechar su empalagoso besuqueo, iban don Saturnino, un «aficionao», gordo, bromista, un poco ridículo con su leontina de oro y su pequeño hongo café caído sobre la ceja izquierda, rico (relativamente a sus aspiraciones), antiguo jugador de ventaja, furibundo apasionado de las corridas, de las que no perdía una, y donde lo mejor que llamaba al presidente —a poco que se apartase de las leyes, para él sagradas como un decálogo, del arte supremo del toreo— era «¡morral!» o «¡ladrón!», gran conocedor de ganaderías y protector de diestros, a quienes trataba con una mezcla de admiración y superioridad condescendiente que le dictaba su «don» sobre los nombres a secas de los «chicos»; la «Ricitos», una nena de grandes ojos azules, ingenuos y candorosos y carita de vicio, encaramada sobre sus rodillas, y «el Chulo de la raya», que se les había incorporado al pasar por la estación.

De pie, y ya parados los coches, «Morenito» interpeló a gritos a los del otro simón:

—Bueno, vosotros, ¿«aónde» vamos?

Don Saturnino dio la respuesta.

—¡Adónde hemos de ir! ¡A casa de la Manola!

Rosita saltó como si le hubiesen puesto un par de banderillas de fuego.

—Yo no voy.

—Mujer, ¿qué te importa, si va ése contigo? —intervino conciliadora la «Patro».

—¡Que no!, ¡que no! y ¡que no! ¡Pues hombre, hasta ahí podíamos llegar!…

Todos trataron de convencerla, pero fue inútil. Se había puesto terca y no había quien la llevase a razón.

—«¡Dejarla!» ¡Si ya se sabe que es el aguafiestas! ¡Si con ella no se puede ir a ninguna parte! —dejó caer «el Lucero», hasta entonces sumido en su indiferencia. Y encarándose con ella: —Mira, si quieres, vienes; y si no, te quedas, porque nosotros vamos.

—Además —apoyó don Saturnino—, Julito ha dicho que iría allí a buscarnos con la francesa del Trianón Palace.

—Maldito sea ese tío y «toa» su casta —fulminó Rosita.

Y «el Lucero» sin hacer caso:

—¡Arrea, cochero! A casa de la Manola—. Y, rumiando, malhumorado: —¡Pues, hombre, estamos lucidos!

Se sentía brutal sin saber por qué. Desde aquella tarde, desde la reaparición de la bella imagen que iluminó un instante su vida con un sueño de gloria y amor, sentía nacer en él un odio inconsciente, irrazonado por los que le rodeaban en su fracaso: por aquellos «chulos aburridos», por aquellas «mujerzuelas» a merced de todos, y hasta por Rosita, la sin par, la celeste Rosita, su alentadora, su consuelo y sostén. ¡Qué fea, qué vulgar y tonta la veía junto a la bella amazona que se cruzara en su camino!

La víctima, caída en el fondo del coche, lloraba silenciosamente, sin hacer caso de los consuelos que trataban de verter sobre su oprimido corazón; lloraba, sumida en asombro doloroso, ante la primera brutalidad, ante la crueldad presentida por la tarde al paso del espléndido tren.

Y sentía la cuitada alzarse un odio inmenso en su alma contra aquella duquesa y aquel elegante, contra Tina Rosalba y Julito Calabres, a quienes hasta entonces no conociera, pero de quienes oía hablar constantemente en perpetuo narrar de extraordinarias e indecorosas aventuras; contra aquellos frívolos y extraños personajes que vivían rodeados de una leyenda capaz de avergonzar a una persona honrada, pero que ellos cultivaban con amor, como un «chic» más de su turbulento vivir, y recordaba involuntariamente las historias en que Tina Rosalba, enigmática, sin saberse a ciencia cierta si era una viciosa o una estrafalaria ansiosa de llamar la atención, apareciera tratando de emular a la clásica duquesa Francisca de Alba que amara Goya, nuestro señor, y en que Julito, vestido de frac y cubierto de brillantes, rodaba a las altas horas de la noche por temerosos antros rodeado de gentes maleantes.

El coche, tras de cruzar la plaza de Oriente y la calle Mayor, había enfilado la del Sacramento, camino de la calle del Grafal, y rodaba con gran estrépito por los tortuosos callejones empedrados de puntiagudos guijarros. Llegaban. A la puerta la Lolita, con roja bata de rico percal, esperaba a los oficiantes del culto venusino para hacerles los honores del templo e iniciarles en los encantos del pagano paraíso. Sobradamente conocía a los recién llegados, y así, gratamente sorprendida en el aburrimiento de su larga espera, prorrumpió en exclamaciones entusiastas:

—¡Vaya lo bueno que se viene por aquí! Pasen, pasen, que ama Manola se alegrará. Arriba para con don Julito una francesona; en el comedor están la «Bilbaína» y la «Sorbitos».

Refociláronse con tan gratas nuevas los juerguistas y, tras obsequiar a la cancerbera con algún amable achuchón, cruzaron el comedor y coláronse por sucia escalerilla.

Vulgar, poco más o menos la sala de todas las mancebías, ofrecía la de la Manola el más peregrino fondo que un pintor de decadencia a caza de contrastes monstruosos podía soñar al extraño mundo allí congregado. Cubría las paredes papel gris perla que hacía destacarse algunos hórridos cromos sensuales—amatorios. Eran éstos una mora en lánguida postura, mostrando entre los descompuestos ropajes morbideces que seguramente harían nacer en los clientes del establecimiento esperanzas pronto defraudadas por aquellas señoras; una pareja bogando en lancha, cautivos de ternísimo deliquio, bajo la mirada satisfecha de un Cupido mofletudo y congestionado; un bodegón con sandías y melones —no se ha averiguado aún qué secreta conexión halló el decorador entre aquellos frutos y el amor (tal vez era un «civilizado» y pensó en las extrañas perversidades de la «Dame de Beauté» de «monsieur de Bougrelon»)— y una pareja Luis XV besándose en un jardín. El testero principal ocupábalo el espejo, envuelto en gasa verde y enriquecido por multitud de tarjetas de comercios. Cortinas de reps rojo cubrían puertas y ventanas, y una sillería de imitación de palosanto, forrada de la misma tela, brindaba, a más de unos divanes, sus cómodos asientos a los tertulios.

Bajo el espejo, extraña, imponente, casi repulsiva, con algo de ídolo indostánico o chinesco, reposaba su monstruosa humanidad la Manola. Debió ser bella en otros tiempos; pero la balumba de carnes que el buen trato y los forzados ocios habían hecho nacer, anegaba en ella toda apariencia, no ya femenina, sino humana. Bajo el pelo negro, suelto sobre la espalda (le dolía la cabeza aquella noche), la frente tersa y blanca cobijaba dos ojos castaños que serían bellos de no encogerse agobiados por la carnosa masa de las mejillas; la parte inferior del rostro desaparecía borrada por desaforada papada, que iba a descansar sobre los senos, que, a su vez, enormes, flojos como dos odres semivacíos, apenas prisioneros en una chambrilla de percal, reposaban en el vientre hinchado, hidrópico, tremendo, bajo el delantal de cuadros azules y blancos, en uno de cuyos bolsillos tintineaban con alegre campanilleo las ganancias de la noche; sus manos torpes, carnosas, de amorcillados dedos cargados de prodigiosos anillos —turquesas de palidez de cielo, rubíes sangrientos, esmeraldas misteriosas como pupilas de encantadores zafiros inquietantes en el candor de su azul—, una reposada sobre el vientre, mientras la otra llevaba a los labios de vez en cuando un pitillo de cuarenta y cinco. Y junto a ella, horrendo, con ese horror grotesco y trágico de los monstruos favoritos de antiguos reyes —enanos velazqueños, bufones inmortalizados por Antonio Moro—, compartía la gloria señoril de sofá Pedrito, su esposo y esclavo. ¿Qué le encontró la hembra aquella que supo volver locos en su día a aristócratas y toreros, a príncipes y artistas, al feo y desgarbado enanillo para elevarlo en prodigioso salto desde las humildes funciones de criado de casa pública a las gloriosas de amo? ¡Vaya usted a saber! Bajo, muy bajo, enclenque, manco y bizco, sucio y torpe, vivía junto a ella con derecho a ensuciarlo todo, a estropearlo todo como esas bestezudas mimadas de estrafalarias solteronas. Y allí, esclavo de ella, dueño y señor de las niñas, que le respetaban, halagado por sus iguales y aun atendido por los concurrentes a la tertulia cotidiana, vivía feliz. ¡Y qué tertulia!

En una butaca, dejando ver por el gabán entreabierto la albura de la bordada pechera, en que nacaraba su claridad de aurora gruesa perla, Julito Calabrés contaba historias de extrañas aberraciones modernas y tenía ahora patitiesos a sus auditores después de haberles dejado turulatos con las evocaciones antiguas —Parsifae de Creta, Calimante y su buena amiga la baronesa de Casa Vieja—, mientras con exquisita afectación accionaba atusándose la pequeña melena con las manos finas, blancas, femeniles, en que lucía un ágata prodigiosa de lechosa claridad.

Frente por frente, envuelta en gasas y encajes, que dejaban ver sobre la nieve del escote el relieve de un hilo de gotas de rocío (vulgo brillantes), cobijada por un sombrero inverosímil agobiado de negras plumas, se destacaba la más ideal muñeca que puede soñarse en la frágil persona de «Diane D'Anvers». Eso era la francesa: una muñeca fría, rígida. Muy blanca, con blancura de nardo, lucían en su rostro menudo dos ojos enormes, serenos, de porcelana azul, y una boca de coral pequeña y admirable de trazo. Y había en toda su persona una inmovilidad macabra de figura de cera; sólo en el fondo de sus pupilas brillaba una lucecita siniestra de lujuria, y en la comisura de sus labios había un rictus cruel de animal carnívoro.

En un rincón un cabo de artillería en traje de faena se retorcía pedantescamente el fino bigote, dejándose adorar por Cirila, «la de la casa de empréstamos», que lo tenía a qué quieres boca, mientras lord Ewards (un amigo de Julito) hablaba con Petra la «Jerezana» y su chulo «el Cuchillada», un tío peligroso que contestaba a las chapurreadas preguntas del inglés con luminosas explicaciones sobre el difícil arte de «afanar» y el no menos noble de dar «mulé», y un poco apartado, Alberto Guacani, el poeta excelso, desfallecía murmurando un soneto de «Verlaine».

Al ver entrar a los recién venidos, la dueña y señora del harén tuvo sentidas exclamaciones de júbilo; no se movió de su asiento, porque semejante esfuerzo no entraba en sus mandamientos de urbanidad, pero ordenó, eso sí, que cerrasen ya y se subieran las «niñas». Ella no era ninguna tirana, y en cuanto «hacía» los veinte duros diarios, portazo, para dar descanso a aquellas en sus peliagudas faenas. Al fin y al cabo eran también hijas (aunque descarriadas) de Dios.

Como los asientos fuesen escasos para tan numerosa concurrencia, acomodáronse como pudieron, y señora que no encontró lugar de descanso, hallolo muelle y regalado en las rodillas de algún caballero.

Mientras las damas se instalaban, «Morenito», poseído de sus altas funciones de introductor, presentó «el Lucero» a Julito.

—«El Lucero», un amigo…

El elegante le tendió la mano.

—Tengo mucho gusto; hace días que quería conocerle. Además, hoy me han hablado de usted toda la tarde: ¡un héroe!

Cortado por el elogio, el torero sonreía.

—Yo también lo conocía de vista.

Sentábanse todos. Por orden de Calabrés habían subido Montilla y pasteles, y aquellas damas y sus caballeros hacían honor al agasajo hincando el diente con fruición a las hiperbólicas pastas enriquecidas de sospechosas cremas. «Diane» se había sentado junto al «Lucero», y en sus ojos de porcelana, fijos en él, brillaba una chispa de ansia amorosa, mientras que de vez en cuando, asomando entre los labios la lengua roja y fina, los humedecía con gesto goloso de gata. En tanto la francesa «camelaba» al torero, don Saturnino emprendía valerosamente la conquista de Rosita, instalada a su vera.

Entraron las niñas en lamentable teoría de vestales. Primero Lolita la «Madrileña», con su bata roja y su cara enharinada; después la «Sorbitos», insolente en el respingado de su nariz y las precoces arrugas de su marchita cara de histrionisa; tras ella la «Bilbaína», de cabeza caballar y amplias posaderas de vaca, que hacían aullar de entusiasmo a los carreteros y otras conquistas de la cercana calle de Toledo, y por fin, Rosalinda, pálida y exangüe, oliendo a brea y fenol, dejándose morir en lenta agonía que hacía de marfil sus pobres mejillas y hundía en azulados abismos sus ojos tristes de tísica.

Don Saturnino se había ido entusiasmando con su conquista, y Rosita, que en los comienzos le dejó hacer, para dar celos al «Lucero», comenzaba a cansarse del juego, e impaciente, aburrida, se revolvía a un lado y otro con esa nerviosidad inquieta que precede al drama, con gran júbilo de Julito, a quien tales cosas encantaban. Mientras, lo de la francesa y el torero iba viento en popa; cada vez estaban más cerca y cada vez sus ojos se acariciaban con mayor insistencia; y eran rozamientos, choques de rodilla, súbitos enlaces de las manos que se encontraban en un ademán rematado con tierna presión.

Los demás no se ocupaban de tales menudencias entretenidos en sus juegos; la «Patro», medio borracha, se revolcaba de risa, prisionera entre «el Peque» y «Morenito»; la «Visajes» había llegado a la cima de su amor por «el Huesca», a quien se lo manifestaba de modo harto expresivo; Calabrés compartía su atención entre Rosalinda, a quien daba consejos estéticos, y la escena de las dos parejas; las «niñas» jugueteaban, como ninfas caprichosas, con «el Chulo de la raya», e inmóvil, sonriente como deidad propicia, la «Manola» presidía desde su alto trono la saturnal.

De pronto, «Diane», con un gesto espléndido de reina apasionada, se quitó una sortija de brillantes y rubíes que lucía en una de sus manos, cargada de joyas como la de bizantino icono, y se la colocó en el anular al «Lucero». Rosita rebotó de rabia, pero con supremo esfuerzo se contuvo aún. La otra se puso en pie y, cerrando con un gesto teatral el flotante abrigo, se encaró con Julito y le habló en francés. Tomó él la palabra.

—«Diane» ha pasado un rato delicioso, pero está un poco cansada y se va. —Y encarándose con el torero advirtió:— Tú la acompañas.

—¡Que la acompañe el Nuncio! —bramó la querida, ciega de ira.

Trataron de convencerla de la imposibilidad de que el representante de Su Santidad acompañase a una cupletista a las altas horas de la noche. ¿Por qué se enfadaba? ¿Tenía algo de particular que «el Lucero» diese guardia a una señora hasta su casa? ¡Qué tontería! ¡Era ridículo ponerse así! ¡Ni que lo fuese a comer!

Todos rivalizaban en oficiosidad para convencerla, pero ella no se dio a partido.

—¡Os digo que no va!, ¿sabéis?; ¡porque a la hija de mi madre no se le ríe nadie en las narices, y menos una franchuta que parece una muñeca de las que dicen «papá» y «mamá»!

Julito intervino:

—¡Mujer, no seas bestia!

—¡Malos «mengues» te lleven a ti y a todos los de tu pijotera casta!; ¡vosotros tenéis la culpa de «muchismas» desgracias!

El elegante rió guasón.

—«Jetatura».

—¡Narices! —saltó furiosa—. ¡Lo que te digo es que no va, que no, vamos, que no!

«El Lucero» tuvo un gesto magnífico de desdén:

—¡Haré lo que me dé la gana!

—¡Ah!, ¿sí? ¿De veras? —escupió encarándose con él ahora, presa en sorda furia—. ¡Pues yo te digo que no vas!

La miró de arriba abajo desdeñoso y frío.

—¿Oye, niña, en qué «mercao m'as comprao»?

—En ninguno, pero eres mi novio y no vas.

—¡Voy!

—¡No!

—¡Que sí! —y dio un paso.

Ella se interpuso.

—Habremos «acabao».

Fue canalla:

—¡Mejor! ¡«Pa» lo que me das!

Sintió ella toda la crudeza del ultraje y vaciló; su furor fundiose en lágrimas y dejose caer en una silla sollozante. Entre hipos reprochó:

—Te doy «too» lo que tengo.

Siguió inabordable:

—Así echo yo este pelo…

—Me daré a la vida y así ganaré más —gimió entre suspiros.

Julito no pudo menos de aplaudir tan prudente resolución y bromeó:

—Te haré «reclame».

«El Lucero», altivo, desdeñoso, se dirigió a la puerta con la francesa, y tras un «¡aliviarse!» salió. La abandonada siguió llorando. Don Saturnino se sentó junto a ella y empezó la tarea de consolarla, paternal como un viejo patriarca que hiciese olvidar a una esclava la partida del amado. Poco a poco el temporal amainó, y entre los celajes de lágrimas se abrió paso el rayo de sol de una sonrisa. Julito rió irónico:

—¡Dido olvida a Eneas!

Capítulo 3

Saltó al suelo sin aceptar la mano que Julito le tendía, envió el automóvil a esperarles al merendero de la Florida, y dio algunos pasos resueltamente para luego detenerse perpleja:

—¿Hacia dónde vamos?

Envuelta en el amplio guardapolvo de crespón malva, cubierta la cabeza por el gran velo de gasa, tenía la Rosalba una gracia un poco decadente llena de elegancia que resaltaba más sobre el fondo del popular festejo.

Noche de verbena. La ermita de San Antonio se alzaba, toda albura, sobre la sombría esmeralda de las frondas. Los puestos de flores tendían sus tapices, en que, dominando los cuadros de humildes albahacas, se alzaban las hortensias, un poco vulgares, en su pompa insípida, y florecían enclenques, en agonía de aromas, los rosales junto a los claveles jactanciosos; en los tenduchos de mercancía, en un aburrimiento resignado, y junto a los tableros cargados de toscas figuras de los marchantes de muñecas, animaban éstos a los compradores con chabacanas chirigotas.

Más allá, al fondo, casi detrás de la capilla, hacíase el espectáculo más majo, más típico, agitado en una borrachera de vino y alegría. De las buñolerías se elevaban columnas de humo que apestaban a aceite frito, y a la luz de los hornos veíanse hombres semidesnudos ennegrecidos, que manejaban la grasienta mercancía, mientras en torno de las mesas, bulliciosas parejas reían y gritaban. Cascabeleaba la música de los Tíos—vivos, y a sus notas, lanzadas en el clarobscuro de las humosas lámparas, se veían pasar, arrebatados en infernal torbellino, sobre lomo de las inclasificables alimañas, niñeras y soldados, chulos y menegildas, que gritaban y retozaban en grotescos abrazos evocadores de los grabados de Torop. Por la pendiente de un «tobbogan» se deslizaban algunas señoritas, pobres muchachas héticas, que con aquellos resbalones engañaban su ansia de otras caídas imposibles; y a la puerta de los barracones, hombres roncos y sudorosos halagaban, rogaban, apostrofaban a los transeúntes para que entrasen a ver el hombre insensible o la mujer cañón.

Tina avanzaba, hendiendo la multitud, del brazo de Julito. Sus narices, un poco gruesas, respiraban dilatadas el pesado ambiente, los ojos brillábanle extrañamente, y su brazo tenía súbitos estremecimientos. Malsana atmósfera les envolvía en su caricia; olor de humanidad, de cuerpos sudorosos, de aceite frito, de perfumes, de flores y de amor hería su olfato; fuertes encontronazos en que se sentía el sobresalto de un contacto; apreturas en que el calor de otros cuerpos adivinados bajo las livianas vestiduras veraniegas crispaba la piel en una adaptación de todos los miembros, irritaba el tacto; frases truncadas, lascivas, evocadoras, acariciaban el oído, y bellezas bárbaras —ojos que quemaban, labios que mordían— tendían ante la mirada el panorama de un amor primitivo, brutal.

Antojósele a Rosalba detenerse en una rifa. Con grandes esfuerzos consiguió colocarse en primera fila y jugó. La dueña, una vieja de aquelarre, puso en su rostro rugoso, de sutiles ojillos grises, su mueca más amable, la mejor sonrisa de su repertorio; unas mujeres que jugaban quedáronsela mirando procaces, desafiadoras —¡qué se habría creído la señorona aquélla!—; un chulo arriesgó una caricia sobre su cadera, y un golfillo de ojos negros y encrespados pelos murmuró a su oído una obscenidad.

Azorada, la Rosalba retrocedió, y del brazo siempre de su acompañante internose en los boscajes de la Moncloa. Desde la alta bóveda, la luna, como una lámpara de plata, vertía su luz sobre el jardín, bañando las verdes hojas en argentina claridad; la música de la cercana fiesta llegaba vagarosa, impregnada de una melancolía malsana; de tarde en tarde traía la brisa, como un aroma afrodisíaco, el intenso olor de la verbena; por entre los altos árboles circulaban lentamente parejas sospechosas, los labios en los labios y los talles enlazados —faldas de percal y pantalones abotinados—, y se escuchaba rumor de besos y suspiros, frases truncadas, juramentos y promesas. Un bochorno horrible caía a plomo sobre la tierra, y tornaba a subir de ella, a mezclarse con otros olores en acre olor de humedad fecunda.

Tina se dejó ir indolente sobre el brazo de su amigo y suspiró:

—¡Qué noche!

Él sonrió.

—Una noche de amor.

Los dos callaron un instante para escuchar. Dos amantes: ella se resistía débilmente, «¡no, no! ¡Luego no me querrás!», él porfiaba. Al fin se oyeron besos, gemidos y un leve jadear. La Rosalba apretó el brazo de Julito hasta hacerle daño; luego, con voz velada, habló:

—¡Comprendo que una noche así no se pueda resistir!

El elegante ironizó:

—Me alegro por «el Lucero».

—No, no hablo por mí —replicó aún más velada la voz—. Yo soy de otra raza gastada, que puede dominarse. —Y sonrió tristemente.

Aconsejó él:

—No te domines.

Sin hacerle caso, prosiguió la apasionada exaltándose gradualmente:

—¡Ah, las noches así de juerga y amor! Estas noches yo quisiera ser una cigarrera, una mujerzuela (sonrisa irónica de su interlocutor) y tener un chulo que me quisiese y me pegase y me diese una puñalada por celos!

—Pues no es difícil —aseguró Julito muy serio.

—¿Que no? ¡Pero no ves que yo sería siempre para él la duquesa de Rosalba, «una tía con mucho 'parné'», a quien no querría ni media hora y no desearía ni cinco minutos! ¡Ah! —siguió con voz lejana llena de añoranzas—. ¡Ser deseada!, ¡deseada hasta la brutalidad!, hasta el crimen! ¡Leer en los ojos y los labios de los demás un anhelo ansioso, feroz como el hambre o la sed! ¡Ser deseada!

—Pero deseada lo habrás sido, mujer —arguyó con excelente sentido el otro.

La réplica pareció desconcertar a la triste dama.

—Mira… deseada, sí, pero… ¡nunca por quien yo quise!

—¡Ya!… eso es otra cosa. Así pasa siempre en el mundo, uno desea al que va delante; ése, al que va más alante; ése, al de más alante aún; con volver la cabeza encontrarían la felicidad, y, sin embargo, nadie lo hace. Pero es también porque al alcanzarla dejaría de ser tal felicidad, porque perdería su condición de imposible.

Poco a poco comenzaron a destacarse sobre el fondo sombrío las luces de los merenderos, y a sonar de nuevo las alegres músicas de los pianos de manubrio.

Ya en el cuarto, un reservado de merendero sucio y feo —paredes empapeladas de gris, meridiana de cretona y espejo con dorado marco—, despojose con gesto teatral del guardapolvo, y apareció bella en la imprevista elagancia del traje de sociedad.

Acercose al espejo, arreglose en su luna, cubierta de amatorios recuerdos, los desperfectos ocasionados en el traje por el paseo; fuese luego a la puerta—ventana y, abriéndola de par en par, salió a la galería que daba sobre el jardín.

Julito la llamó.

—¿Qué cenamos?

El camarero, en pie, esperaba recibir órdenes, y el elegante, sentado ante la mesa, leía la lista.

—Esperaremos —y volviose al balcón.

En torno al amplio patio con honores de jardín, los cenadores se alineaban como chinescos templetes revestidos de follaje, y por entre las enlazadas cañas y las verdes cortinas se veía a los juerguistas bajo la rojiza luz de las bombillas eléctricas. Hombres y mujeres reían, gritaban, se besaban, bebían en las mismas copas, en calenturiento bullicio de bacanal. Había manos audaces que se ocultaban en el remolino de los ropajes femeniles; senos que se ofrecían provocativos, en la violenta contorsión de un torso agitado por locas risas, y bocas que brindaban, impúdicas, un fruto sazonado por el sabor de los labios pintados de bermellón. Y había risas y gritos, y cantares y amenazas que se perdían en el horrísono son de la música del organillo que, en un extremo del patio, entonaba las alegres notas de los «schotis», las poleas y las habaneras.

Bañadas en la escasa claridad de las bombillas, pendientes, como luminosos frutos, de las ramas de los árboles, que rielaban de extraños fulgores esmeralda, a los sones del piano algunas parejas bailaban.

La musiquilla era canalla, impregnada de sensualidad casi triste; sonaba a veces lánguida, en voluptuosidad del espasmo que temblara su desfallecer postrero; otras, rápida, alocada como un torbellino. A sus sones las parejas oscilaban despacio, muy despacio, ceñidos, mejor incrustados los cuerpos en abrazo de lascivia inmensa; en unas los labios del galán se posaban sobre la frente de la dama; en otras iban labios con labios mientras los ojos dormían en los ojos o volteaban en agonía de lujuria, Y los cuerpos fundidos tenían dislocaciones comunes de una extravagancia grotesca.

Desde su alto mirador, la Rosalba sentía pesar sobre ella toda la sensual caricia de la noche. El malsano encanto del sitio y de la escena caían sobre su morbosa impresionabilidad de histérica, exaltándola hasta el llanto. ¡La sensación aquella misteriosa y atrayente; la que bordeara tantas veces como bordearía un abismo a cuyo fondo las pupilas verdes y misteriosas de Astartea, la diosa de la lujuria, le atrajesen; la impresión de escalofrío, de temblor, que dilataba sus narices y cerraba sus ojos en una entrega tácita de todo su ser, y a la que, sin embargo, había sabido siempre resistir! Porque ella era honrada…

Una sonrisa melancólica vagó un instante por sus labios al rememorarlo. ¡Honrada! Y pensó en su leyenda, en aquellos vicios de emperatriz legendaria —una mujer de Claudio o una Teodora— que le atribuían las gentes, y en aquella otra que se complacía en cultivar y que hacía de ella una maja—duquesa de las que el pincel de don Francisco de Goya inmortalizó desnudas. Y pensaba en todas aquellas peregrinas historias que corrían de boca en boca, y en aquellos chistes, capaces de ruborizar a un regimiento, y que como suyos rodaban por salones y cafés.

¡¡Honrada!! No sólo honrada, sino buena, toda corazón, toda bondad; capaz de cualquier noble acción. ¡Su vida entera rota, deshecha, por la frivolidad ambiente de las gentes que, riendo, le llevaban al abismo!

Otra vez el perfume malsano de la noche de fiesta llegaba a ella; el perfume que tantas veces en horas de curiosidad perversa, rematada en la tristeza inmensa de un amanecer sin amor, galvanizó sus nervios.

Tras ella sonó la voz de Julito:

—Tengo el gusto de presentarte al «Lucero», futuro «Costillares», que no ha echado su capa grana a tu paso porque estamos en verano, pero que echa su corazón.

Volviose rápida y le tendió la mano, mientras sus ojos le envolvían en una caricia y los labios murmuraban:

—¿No se acuerda usted de mí?

El torero protestó con vehemencia:

—¡No había de acordarme!

Después ella le ofreció una silla, y con habilidad de conversadora mundana comenzó una de esas charlas ligeras en que no se dice nada substancioso. Ella era apasionada de los toros, española de corazón, muy española (acentuaba su españolismo); la fiesta nacional le fascinaba con su bárbaro encanto. Admiraba a los toreros; su guapeza, su ciego valor, su arrojo ante la bestia le seducían. Era la única fiesta europea que conservaba algo del alma de otros siglos, algo del aroma de aquellos tiempos en que los hombres eran hombres, no los civilizados a lo Ferrere, cobardes, tristes, egoístas. Ella…

Julito se levantó aburrido. Aquella disertación le estaba cargando. ¡Lo único que le faltaba! Él esperaba una escena más pintoresca, más picante, algo más a lo vivo. Y pensaba con sobrado juicio que había de dejar fundirse el hielo; protestó:

—Me voy un momento abajo. Está Perico Alfaro y tengo que darle un encargo.

La Rosalba, sintiendo por primera vez en la vida una sensación de debilidad, se apresuró a protestar con extraña viveza:

—¡No!, ¡no! ¡Por Dios!

—¿Pero te da miedo?… ¿Quedándose éste aquí?

Ganas le pasaron de responder que, justamente, en eso estribaba su temor; pero vio los ojos irónicos de Calabrés fijos en ella, e hizo un gesto de desdén:

—¿Miedo?, ¡ninguno! Vete, pero no tardes.

—Descuida; en cuanto venga la cena, aquí estoy. Lo primero, el estómago —aseguró cínico.

—¡Qué poca «lacha» tienes, hijo!

—¡Ni falta! El que no tiene vergüenza, toda la calle es suya. La vergüenza es una enfermedad de primitivos —y salió risueño, saludado por la voz de su amiga que decía:

—¡No morirás de ella!

Solos, frente a frente, callaron, mecidos en el arrullo de la música; callaron mirándose largamente al fondo de los ojos, como si quisiesen leer algo escrito en el misterio de su pensamiento. Al fin, repitió la pregunta:

—¿No se acuerda usted de mí?

Como si de la primera a la segunda vez en que ella formulaba su demanda no hubiese mediado ningún otro sujeto de conversación, aceptó el reto con vehemencia:

—¡No había de acordarme! ¡No se olvida lo mejor de la vida!

Ella sonrió, con su sonrisa triste de mundana cansada:

—¡Lo mejor de la vida! ¡Qué exageración!

—¡Lo mejor! —ratificó con calor creciente—. Lo más grande, lo más hermoso, el día que vi esa cara de cielo, esos luceros que brillan en ella, esos labios… —se detuvo torpe para seguir tropezando su lirismo en la pobreza del léxico.

—También vio usted la muerte —afirmó ella.

Tuvo él una frase magnífica, digna de un drama romántico:

—«Pa» llegar a la gloria hay que pasar por la muerte.

Le dio las gracias con una sonrisa, y luego insinuó felina:

—¡Bah! ¡Habrá usted querido a tantas!

—A ninguna. Desde que la vi sólo pensé en usted. —Y con pueril fanfarronería alardeó:

—A mí sí me han «querío», pero yo… ¡a nadie!

—Ni a mí tampoco —rió ella enardeciéndole procaz.

Protestó con apasionamiento. Él la quería más que a nada ni a nadie en el mundo. Desde que la vio… Y hablaba arrebatado, en un torbellino de pasión, fogoso, en un lirismo bárbaro, lleno de hipérboles magníficas, que surgían entre balbuceos extraños e imprevistos.

En la semipenumbra brillaban sobre su rostro blanco con fulgores de zafiro los ojos azules, y los labios rojos se entreabrían sobre la nieve de los dientes. Sus gestos rudos, llenos de fogosidad, subrayaban sus decires.

Tina, caída la cabeza atrás, le contemplaba, bebiendo con ansia la azulada claridad de sus pupilas, y dejándose adormecer por el encanto de su voz, que se mezclaba como una nota más en la musiquilla riente, triste y sensual. Sentía la elegante una inmensa debilidad, un ansia inconfesada de entregarse. «¡La noche y la música!», pensó tratando de recobrarse contra aquella impresión que, en otro lugar cualquiera, lo hubiese hecho reír.

Él cada vez le hablaba con más ardor, poniendo en sus palabras ternuras de niño, apasionamiento de fanático y altiveces de macho. Por momentos se inclinaba más sobre ella; sus rostros se tocaban y le abrasaba con su aliento.

La Rosalba, caída en el respaldo, sentíase morir; comprendía que por vez primera en su vida un hombre le dominaba, que iba a poseerla sin que gritase ni se defendiese, que iba a ser suya allí, en la terraza de un colmado, al alcance de la vista de unos juerguistas, que era preciso resistir y… no podía. Experimentó la sensación de una mano de fuego que aprisionaba la suya desgajada, fría como la de un muerto; algo como el aleteo de una mariposa desfloró sus labios, y cerró los ojos para entregarse.

La puerta se abrió dando paso a Julito, seguido del camarero, y la vencida se irguió, frívola, risueña, dueña ya de sí misma al romperse el misterioso encanto que le aprisionaba como maleficio de hechicería.

«El Lucero» bebía mucho; bebía con esa inconsciencia de la clase baja que se echa las copas al coleto por beber, por remojar el gaznate, sin saborear la bebida. Bebía mucho y comía toscamente con ignorancia de urbanidad, apenas disimulada por el deseo de parecer educado, útil sólo para darle un amaneramiento que crispaba los nervios de Tina, sentada junto a él.

Por extraña reacción, después del pasajero ataque de debilidad había ido la neurótica a parar de rechazo mucho más allá del punto de partida. Era uno de esos momentos en que se sentía «señora»; sufría agobiada en fiera sublevación contra su rebajamiento, y aquel dolor tomaba forma en una rabia desdeñosa hacia el que media hora antes le turbaba.

Le contemplaba fijamente entre desdeñosa, burlona y compasiva; en sus labios flotaba una sonrisa conmiserativa, y sus ojos dorados lucían con frialdad metálica.

Julito conocía de sobra aquellos ojos y lo que su mirada quería decir, y psicólogo observador, sabía que el «cuarto de hora» había pasado.

El «Lucero», no. Medio borracho, brillantes los ojos, congestionado el rostro, seguía creyéndose dueño del albedrío de aquella mujer que poco antes casi fue suya, sin acertar en su rudimentario juicio a notar el inmenso abismo que se había abierto de improviso, y fiel a su idea, seguía haciéndole el amor de un modo enteramente pastoril. Al principio la dama, a cada nuevo avance, alejaba su silla un poco; luego limitose a echarse atrás con ademán de resignado aburrimiento.

Al fin un gesto más atrevido, el ademán de cogerla por la barba, colmó la medida. Irritada se puso en pie.

—Estese quieto, o me voy —amenazó.

—No te enfades, gitana —e inició un avance hacia ella.

Indignada por el tuteo, le miró altiva:

—Haga el favor de no tutearme. ¿En qué bodegón hemos comido juntos?

—En el de la Florida —apuntó Julito en voz baja.

Una mirada fulminada por los ojos de su amiga le hizo callar.

El torero, completamente borracho, inconsciente, exasperado por aquella resistencia, trató de abrazarla.

—¡Ven, mi chula, mi negra!

Rápida, como movida por una descarga eléctrica, se puso en pie:

—¡Canalla!

«El Lucero» se alzó también y logrando alcanzarla la aprisionó en sus brazos. Ella forcejeó; él buscaba ansioso los labios, balbuceando palabras incoherentes de deseo; al fin Tina rompió el lazo, con nervioso esfuerzo, y dejó caer su mano sobre el rostro del torero. Después su brazo se tendió y sus dedos señalaron la puerta:

—¡Salga usted!

Vuelto a su lucidez, el amante imploró:

—¡Perdón!; ¡estaba borracho y no sabía lo que hacía!

Y ésta, justiciera, repitió:

—¡Salga usted!

Se hizo aún más humilde:

—¡No me eche usted!; ¡estaba loco!

Con glaciedad imperturbable conminó nuevamente:

—¡Salga usted!

Se humilló más:

—¡No me haga irme así! ¡Por lo que más quiera, déjeme rezarla de rodillas como a una Virgen!

Amenazó sin compasión:

—¡Salga o le haré echar!

Bajó la cabeza y lentamente se encaminó a la puerta, parándose a cada paso como si esperase un perdón. Al llegar se detuvo y la miró implorando:

—¡Perdóneme!

Ni contestó. La mano de mármol señalaba fatal la puerta, y «el Lucero», vencido, humilló los ojos y salió.

Julito murmuró con ironía compasiva:

—¡Pobre chico! Piensa en la pena que le has causado.

Quiso la Rosalba pasar de fuerte, de nietzchana:

—¡Bah! ¡No se debe volver la cabeza para mirar el dolor que se deja atrás!

Capítulo 4

Que ta bouche soit bénie, car elle est adultere;
Elle a le gout des roses nouvelles et dela vielle terre;
Elle a sucé les sucs, obscurs des fleurs et des roseaux;
Quand elle, parle, en entand comme un bruit trés lotain de roseaux,
Et cet rubis impie du volupté, toute sanglat et tout froid
C'est la dernière blessure de Jésus sur la croix.

La voz pastosa de Julito remató prosopopéyica la sacrílega poesía de Gourmond. Después se hizo un silencio poblado de cuchicheos, y luego sonó un chasquido, y otro, y otro. Era doña Egilona Romo del Bengali, la «Virgen del Chulampo», que aplaudía.

De todas las personas congregadas en el «amable nido de soltero» que habitaba Calabrés, la poetisa nicaragüense era la única que tomaba en serio los desplantes poético—decadentes del elegante. Sentada junto a la condesa viuda de la Campanada, profanando con el roce de su impermeable a cuadros verdes y amarillos el superbo brocado recamado de oro que tapizaba el diván, gorda, baja, bigotuda, el sombrero en una oreja y las gafas en la punta de la nariz, ponía sus cinco sentidos en los versos, mientras repetía mentalmente una «improvisación» (que llevaba aprendida de memoria) con que pensaba obsequiarles, y aplaudía con sus manos de fregatriz, enriquecidas de sortijas de pacotilla.

¡¡La «Virgen del Chulampo»!! Ella, en misión redentorista y educadora, había luchado con los salvajes; a caballo sobre un potro, en pelo, había corrido por los bosques inexplorados y las landas inmensas, y había lanzado flechas y dormido al arrullo de las alimañas feroces, hasta que un día… ¡horror!, los pieles rojas la habían violado. Como por las ciudades arrasadas, un escuadrón entero pasó sobre ella. Heroica, indomable, volvió a empezar sus luchas, pero la naturaleza fue cruel, y la «Virgen del Chulampo» hubo de cambiar el caballo por la hamaca, el rifle por el abanico, el pantalón por la falda de vuelo; ¡la «Virgen del Chulampo» dio a luz un niño muerto! Desengañada se retiró a su país, y bajo el peso de su escarmiento, en lo que a las condiciones para la civilización de los pieles rojas se refería, dedicó sus esfuerzos al feminismo y fundó un periódico, «Encajes y Filigranas». Desde entonces la «Virgen roja (había añadido el rojo para matizar algo, el blanco virgen) del Chulampo» fue portaestandarte del feminismo.

En aquel momento desarrollaba un curso sobre poesía ante la condesa viuda de la Campanada, que daba cabezadas aprobadoras, sonriendo con el aire inteligente de quien llegó al cabo de la calle, obligada como estaba a entretener su fama erudita y «dilettanti» de las letras, mientras se zampaba una tostada pensando en su fuero interno en el procedimiento que usaría Julito para untar de aquel modo, la manteca que daba por resultado tan ricas tostadas.

Reinaba en el despacho una atmósfera tibia, cargada de aroma de rosas y de humo de cigarrillos turcos. En chinescos vasos, en canastillas de Sajonia, en altos búcaros de Venecia y Bohemia se deshojaban rosas de tenues coloraciones de carne. Alto zócalo de caoba cercaba el cuarto, y de él al techo tendía su acuosa irisación rico brochado verde pálido. En dorados marcos de barroca talla retratos del siglo XVIII lucían su frívola elegancia; marquesas de Versalles deshojaban, sobre las faldas huecas, pálidas flores, mientras, tendido el cuello que había de segar la guillotina, reían con los labios pintados su risa de muñecas. Junto a ellos las acuarelas de Moreau daban al través del deslumbramiento de un ensueño de poeta la visión prodigiosa del vivir remoto —danzantes princesas consteladas de joyeles y cortejos de insólita magnificencia—, y las aguafuertes de Goya, encerradas en cuadros de ébano, producían un escalofrío de horror de monstruosas obsesiones.

Sobre aquel fondo de estética rebuscada, que denunciaba al artista y al «poseur», reuníanse aquella tarde hasta unas veinte personas. Mujeres «chics», literatos, pintores, cómicos y aventureros se confundían en el híbrido decamerón, donde ponía, por raro capricho de Julito, siempre a caza de contrastes, una nota castiza la presencia del «Lucero», el astro taurino que prometía en la próxima temporada emular las glorias de los héroes del toreo. A la sombra de colosal palmera, moldeada en los pliegues de la túnica de terciopelo mirto, Floria Acebedo escuchaba, con su impasibilidad de esfinge, las apasionadas razones de Jaime Sigüenza que, extraño en su exageradísima elegancia 1830 y su melena nazarena, le hablaba, lívido el demacrado rostro, con el fondo de las pupilas que el éter había cernido de anulados abismos, un fulgor de pasión y de locura. Sonreía ella, tenuemente, los ojos inmensos, negros, profundos y misteriosos fijos en el vacío, la frente de niña pura bajo los bandos hieráticos, sin una arruga de preocupación, y en los labios, muy finos, muy delgados, muy rojos, un no sé qué de cruel.

Un poco más allá Rolando Fuensanta, el poeta admirable, el creador de la nueva escuela, el que en sus versos, sonoros como melodías de órgano, había encontrado notas imprevistas de inaudita magnificencia, el peregrino evocador del mundo antiguo peroraba con su altiva prosopopeya habitual. En otro grupo del ferial cosmopolitismo, cuyos integrantes habíanse encontrado en aquella plataforma social unos a fuerza de subir, los otros a fuerza de bajar, el vizconde de Malibrán hablaba de sus ascendientes, según él, los heroicos capitanes, y que efectivamente debieron serlo, pero de bandoleros en las montañas de Calabria. Y por fin, junto a la chimenea, en otra peña de hombres en que se fumaba y se bebía té a la rusa, Tina Rosalba hacía chistes capaces de avergonzar a un autor sicalíptico; chistes que acogían con entusiamo los oyentes, más por venir de quien venían, y por el gusto de presumir luego de intimidad con aquella extraña mujer, que por su gracia.

Hacía ya un rato que la vena de la Rosalba iba en decadencia. Vio a Julito perderse por la puerta de la biblioteca con el torero, e impaciente por reunirse a ellos para la ansiada declaración, empezó a buscar un pretexto decoroso para escabullirse. Al fin, no pudiendo aguantar más, acercose a la mesa de té y se puso a servirse otra taza.

La «Virgen del Chulampo» habíase puesto en pie ante la condesa, que daba cabezadas en los horrores de la digestión, comenzando a recitar una poesía:

Por la Pampa solitaria, que se extiende vagorosa,
van los gauchos, caballeros en sus potros arrogantes.

Y su brazo se tendía en un gesto que ella soñaba escultural, bajo la manga del impermeable a cuadros verdes y amarillos.

Tina se deslizó hacia la puerta.

Sobre el severo fondo de la biblioteca, decorada según el gusto del reinado de Enrique IV… altas estanterías de tallado nogal, butacones de enorme respaldo con antiguas tapicerías, grandes mesas de labrados soportes y gran chimenea, en que lucía entre ricas tallas el retrato de un pálido adolescente de aterciopelado traje negro, ojos de violeta y manos de marfil (un príncipe inglés o algún flamenco prócer fanático de la Reforma), el «Lucero», de palique con Julito, destacaba la popular arrogancia de su persona.

Se había afinado mucho en los diez meses trancurridos desde la juerga de los Viveros. Más delgado, menos tosco de ademán, sus ojos parecían agrandados al contacto de no sé qué cansancio impreso en su rostro marchito. La Rosalba habíale vuelto su perdón, pero no su amistad, y menos aún su amor.

La existencia había cambiado por entero para él. Rosita, empujada por su desdén, arrastrada por los consejos de los demás, se había echado «a la vida». No fue una «cocotte» de fama, porque demasiado castiza para los sombreros de plumas y los automóviles, prefirió los mantones de Manila y las «manuelas» de alquiler; pero fue una hembra de trapío que llevó solitarios en las orejas y supo gastarse mil duros en regalar a su chulo un brillante como una avellana. Tenían dinero y… no eran felices.

Habían huido las noches con sueño y las mañanas triunfales en su despertar inundado de sol, de risas y de besos. Vivían su nocturna vida cada cual por su cuenta para caer a la alborada el uno en brazos del otro, no entre caricias, sino entre amenazas, reproches y desdenes.

Entró, pues, Tina en la biblioteca con su aire varonil y resuelto, fuese a ellos y tendió la mano al torero:

—Aquí me tiene usted.

Él calló, presa de mal disimulada emoción.

Julito, siempre discreto, se despidió:

—Vaya, hechas las paces, no me necesitan. Me voy a hacer los honores. —Y salió.

La Rosalba aproximose a la chimenea, tomó asiento en un amplio sofá de cuero estilo Maplé, cruzó una pierna sobre otra con despreocupado gesto, y cogiendo de una caja de plata dos pitillos, encendió uno, ofreció otro al torero y luego, haciendo sitio en el diván, invitó:

—Siéntese usted aquí.

Obedeció él, siempre callado, en contemplación fervorosa de la dama.

—Hablemos como buenos amigos —prologó ella con voz serena—. Me ha dicho Julito que quería verme, que si no se iba, que… ¡qué sé yo cuántas cosas!

Su palabra era tranquila, clara, bien matizada, sin trémolos de emoción ni opacidades de disimulo; su gesto mesurado, un poco sobrio, como suyo; sólo los ojos la traicionaban, sus ojos de golfa o de princesa lejana, ojos desvergonzados y tristes, burlones y soñadores, que ahora lucían agobiados de deseos.

Él permaneció en un mutismo fosco, de salvaje prisionero.

—Sea franco conmigo, como yo lo soy con usted. Me ha dicho Calabrés que está usted como loco, que lo va a echar todo a rodar, que se vuelve al campo sin la alternativa… —y alzando sobre él la mirada, en que temblaba ahora la rojiza llamarada del hogar, interrogó osada:

—¿Qué quiere usted?

Cerró los ojos como si fuese a arrojarse en un abismo, y sombrío, casi trágico, murmuró:

—¡Te quiero a ti!

Esta vez no protestó ella, no se enfadó. Dejó vagar una sonrisa enigmática por los rojos labios, apoyó su mano en el hombro del torero, y los ojos bajos, comenzó a hablarle con el tono persuadido que emplearía con un niño caprichoso:

—¿No ves —también ella le tuteaba ahora— que eso no puede ser? Mira —siguió cada vez más insinuante, mientras su mano hacía dulce presión sobre su espalda—, tú tienes una querida, de quien estás enamorado…

—¡Maldita sea! —rumió en voz concentrada.

—Eso lo dices porque estoy yo aquí —rió ella frívola—. Pero la quieres…

—¡Mentira!

—Pero si eso no importa, no seas chiquillo; si hay algo peor. Tú —prosiguió persuasiva— no quieres pensar que yo soy una mujer casada y que lo que quieres no puede ser.

—¡Valiente cosa te importa! —murmuró en voz muy baja.

El fino oído de la dama cogió la frase al vuelo.

—¡No había de importarme!… Ahora, ya ves, debía enfadarme contigo por decirme una impertinencia, pero no quiero. —Y después, con esa ligereza de las mundanas, proyectó:

—Vamos a ser muy amigos, pero muy amigos, los dos. Yo te ayudaré; mis ojos te seguirán siempre y triunfarás. —Y como él callase tercamente, en un silencio casi amenazador: —¡Seremos más que amigos! ¡Como hermanos! —y nostálgica: —¡Tú no sabes qué cosa tan hermosa es la amistad!

—¡Pamplinas! —exclamó estallando en ira y pasión—. ¡Pamplinas «to» eso! ¡Yo te quiero! ¡Te quiero más que a mi «vía »! ¡No hago más que penar por ti; ni como, ni duermo, ni vivo! ¡Te quiero, y tú vas a ser mi perdición!

Ante la pasional avalancha, la turbadora sintió una sensación deliciosa, y la fina garra estrechó la mano del amado.

—¿Me oyes? ¡Te quiero, y no quiero pamplinas! —reanudó exaltándose—. ¡Te quiero y me has de querer!

Su mano apretaba rudamente el brazo de dama. Ella murmuró:

—¡Me haces daño!

—¡Mejor! ¡Te mataré si no me quieres!… ¿Me quieres, di, me quieres? —y apretaba el brazo brutalmente.

Tina sentía un desfallecimiento delicioso, un temeroso deseo de que la brutalizasen, una perversa voluptuosidad al doblegarse a la caricia del macho, e incapaz de resistir, inclinose sobre el respaldo del sofá. «El Lucero» la estrechó entro sus brazos con fiero transporte de pasión.

—¿Me quieres, di, me quieres?

Tina hizo un esfuerzo, y rompiendo el nudo de los brazos, escapó junto a la chimenea; tornó a alcanzarla, y sus brazos la hicieron prisionera nuevamente:

—¿Me quieres, di, me quieres?

La miró al fondo de los ojos; en el dorado abismo de las pupilas lucía una llamarada de pasión, la hoguera maldita que brilló un día fatal en los ojos de la hija del rey de Is. Fundió en un beso inacabable las bocas, y susurró sobre sus labios:

—¿Me quieres, di, me quieres?

Desfallecida suspiró:

—Sí.

—¡Por Dios!… ¡Julito! —protestá ella, y luchó por desasirse. Al fin lo consiguió en el instante en que el dueño de la casa, abriendo la puerta, aparecía en el umbral. Al verlos sonrió, y encarándose con su amiga bromeó:

—¡Te harás violar!

Ella chasqueó la lengua y luego rió cínica:

—¡Puede!

Capítulo 5

Bajo la lluvia de fuego con que el sol abrileño incendiaba Madrid en gloria de luz, entre la curiosidad de las gentes alineadas, corría la calesa camino de la Plaza.

Junto a «Bomba», que le hablaba con afectuosa sonrisa alentadora, envuelto en sedas, bañado en la áurea reverberación de los bordados, «el Lucero» iba triste.

En la tarde de Abril parecía respirarse una alegría ruda y bullidora que flotaba disuelta en el ambiente, y, sin embargo, «el Lucero» estaba triste.

No podía olvidar las palabras de Julito, aquellas palabras que para su rudo caletre tenían algo de terrible misterio que flotaba antaño en las profecías sibilinas. «¡Cuidado, «Lucero»! ¡Los amados de los dioses mueren pronto!» ¿Los amados de los dioses? ¿Era dios, no diosa, duquesa de Rosalba? Y algo muy triste le oprimía el corazón.

¡Morir! Nunca hasta entonces había pensado en la muerte. La frase vulgarizada de un torero famoso había sido un evangelio recitado por doquiera que fuese: «¡Más «cornás» da el hambre!» Los toros no eran un peligro; mejor, eran un peligro inconsciente. No se pensaba en ello; se pensaba en el puñado de duros, que daban derecho al disfrute de algunos de los goces de la vida. Se rezaba una salve a la virgen y ella cuidaba de salvar. Pero él, en el roce constante con aquellas gentes, sentía en su alma un vacío inmenso. Además, al jugarse antes la vida, ¡había tan poco que perder y tanto que ganar!

Y la vida no tiene más valor que el de lo que podemos perder con ella. Ahora era otra cosa; ahora había la gloria, el dinero, los goces todos, y como remate, el amor de aquella mujer. Y «el Lucero» no quería morir.

Entraban en la avenida que lleva a la Plaza. Al fondo el amplio circo arábigo reverberaba en un incendio de sol, rematado por la bandera roja y gualda que tremolaba altiva… En los merenderos que orillaban el camino se veían girar abrazados, a los sones de los organillos, chulos y criadas, cocineras y soldados, mientras que bullangueros grupos, sentados a las mesas, comían hiperbólicos manjares rociados de peleón, y la musiquilla canalla saludaba al coche con sus lentas notas, llenas de cadencias lascivas. Como en los cuadros de los clásicos tiempos de Quevedo, los mendicantes, tendidos al sol en lamentable feria de lacerias, mostraban sus llagas y su miseria y salmodiaban, imploradores, sus conjuras. Los golfos corrían, pregonando con destemplados gritos programas de la fiesta y retratos del matador. Y en medio del jolgorio, las músicas, los gritos, las risas y los aplausos que saludaban su paso sonaban en los oídos del «Lucero» como el «Ave César» de los gladiadores.

Dentro de la Plaza el espectáculo era aún más majo, más típico. En torno al amplio ruedo una muchedumbre, ansiosa de emociones fuertes, se prensaba en las barreras y los tendidos y se desbordaba por las gradas y andanadas en formidables ondulaciones de humana marca. Hombres de todas castas y pelajes gritaban, reían, aplaudían, en una exasperación enfermiza de la sensibilidad. Junto a elegantes, vestidas con britanismo irreprochable, taberneros en mangas de camisa; al lado de sesudos señores, «golfos» que habían «afanado» su entrada; codo con codo, pudibundas damiselas y mozas de partido; todos juntos, unidos en promiscuidad extraña, como cofrades de una masonería de sangre. Dominaban los caballeros; sombreros de paja, gorras, hongos, cordobeses formaban una superficie en que de vez en cuando ponía su gaya nota el parterre de filipino mantón. Arriba, en los palcos, como goyescas majas atalayadas en sus miradores, aristocráticos rostros mostraban su gracia un poco enfermiza entre los encajes de los mantillas.

En su palco, la vizcondesa de Pancorbo, instalada entre la generala Carreras y la esposa del ex ministro Suárez Salmón, pasaba revista a la concurrencia, poniendo su comentario sangriento a la presencia de cada uno.

¡Qué descaro de mujer! En sus tiempos…

En aquel momento la Suárez Salmón observaba el palco de Tina Rosalba, que tenía al lado, y deseosa de comunicar sus luminosas observaciones a la Pancorbo, a quien la unía la solidaridad profesional, le dio con el codo, mientras, redicha, con grandes aspavientos, murmuraba:

— ¿Pero ha visto usted qué palco?

—¡Una «menagerie»! —afirmó la Pancorbo, espiando a sus vecinas con el rabillo del ojo.

En el palco contiguo, rodeada de sus extraños amigos, Tina, en pie junto a una de las columnas de hierro, fijaba sus pupilas en el áureo páctolo que fulguraba en el callejón de salida. Toda de blanco, en una túnica a la vez suelta y moldeadora que dejaba adivinar las elásticas curvas de su cuerpo admirable, el rostro pálido, ensangrentado por la boca roja y carnosa, la mantilla de blonda blanca, sin peinetas ni horquillas, cayendo sobre la frente y sombreando los ojos llenos de vida, al pecho un ramo de claveles, emanaba un castizo encanto a la vez majo y señoril.

La vizcondesa sintió arder su pecho en santa ira. Ella era muy española (como atestiguaba su mantilla de ruedos y su traje tabaco) y aquellas porquerías le quemaban la sangre. ¡Qué palco, señor, qué palco! ¡Y qué gentes! ¡Y decía el sin vergüenza de Julito que eran «detraqueis»! ¡Memos, señor; memos de «nativitate»! —y con el desgaire propio de una verdulera de la plazuela del Carmen se reía.

—¡Dios los cría y ellos se juntan! En sus tiempos… ¡Claro que no eran ningunas santas (ni mucho menos) y que se les antojaban los toreros y los que no lo eran; pero, vamos, hacían las cosas de otro modo; como Dios manda!

Tina, siempre de pie, había conseguido divisar al «Lucero». Justo. Allí, junto al «Bomba» y «Machaquito». Con gesto lleno de cinismo le envió un saludo. La de Suárez Salmón repitió su codazo.

—¡Pero, en nombre del Padre… ! ¿Ha visto usted qué descaro?

¡Vaya si lo había visto! ¡Media hora hacía que no veía otra cosa; pero también había visto unas enormes cestas de merienda que de fijo suplirían con creces lo menguado de la suya, y además, Calabrés, siempre maquiavélico, había susurrado a su oído no sé qué promesas de unos bocadillos de calandria, última invención del cocinero de Tina, que eran cosa de chuparse los dedos, y que llevó al magnánimo espíritu de la dama beatífico optimismo. No pareciéndole bien, sin embargo, darse a partido ante su amiga, contestó a su escandalizada actitud con un gesto harto ambiguo: «¡Ya! ¡Ya!» No se le escapó, sin embargo, al empecatado Julito, que, tirando de la falda de Tina, advirtió:

—¡Ten cuidado! Desde lo alto de ese palco cuarenta siglos nos contemplan.

Sonó un toque de clarín, abriéronse las puertas de los corrales, y a las alegres notas de un pasodoble torero, como un río de oro que se desborda, hicieron su entrada en el ruedo las cuadrillas. Al frente, tras los alguacilillos con su traje arcaico, después de los dos matadores, a la derecha «Bombita», de gris y oro; a la izquierda «Machaquito», de verde con dorados bordados; en el centro el novel diestro, «el Lucero», en una gloria de seda y azul recamada de áureos alamares. Tras ellos, en correcta formación, los peones; a continuación los picadores monstruosos sobre las bestias escuálidas; tras ellos los monosabios insolentes y procaces en sus diablescos atavíos, y cerrando la comitiva las mulillas, enjaezadas de cascabeles y empenachadas de banderolas. Entre los marciales acordes de la música la gaya cabalgata dio vuelta al redondel, descubriéndose los diestros ante la presidencia, y fueron a dejar sus capotes.

En aquel momento Julito apretó el brazo de Tina.

—Mira allí, en las gradas, tu odiada rival.

Era verdad. Junto a la «Visajes», que ostentaba un mantón de alquiler verde y blanco, Rosita envolvía la sandunguera gracia de su cuerpo de chula en espléndido pañuelo blanco florecido de rosas púrpura y alegrado de chinescos personajes. Entre los cabellos negros claveles prendidos con peinetas de brillantes, y en las orejas enormes solitarios, tenía la picante belleza de las hijas del Manzanares. Y sobre esa belleza pasaba, exaltándola, un velo de melancolía. Los ojos, nimbados de tristeza y cernidos de libores, miraban ansiosos a su amante, y los labios, nido de donaires, tenían ahora una crispación doliente. ¡Ah, la inmensa tristeza de aquellos días de triunfo! ¡La amarga, la negra tristeza de la victoria que le alejaba del amado! ¡Lo había perdido para siempre! Rosita pensaba en todas las horas de amarguras pasadas por aquel hombre, en las humillaciones y las bajezas, en su caída misma. El canalla había tenido el valor de reprochárselo como una afrenta imborrable; peor aún, como una mancha contagiosa. ¡Un matador de cartel no podía vivir con una mujer pública! ¡Él no era ningún chulo! Y había partido para poder adorar impunemente a aquella señorona, a la duquesa de Rosalba, en cuyas manos sería un juguete que se tira cuando está roto. Pero ¿qué le importaba a ella tener segura su venganza? ¡Le quería con toda el alma! Y nostálgica, en medio del bienestar actual, evocaba con pena las horas de lucha y de tristeza cuando le tenía al lado. Por eso el corazón de Rosita sangraba bajo las ropas monstruosas y las irónicas sonrisas de los hijos del Celeste Imperio.

«El Buñolero» abrió el toril y de un salto la fiera se plantó en la arena; miró a un lado y otro, olfateó la tierra y permaneció inmóvil como un ídolo de bronce. Tenía «Quemadito» fina estampa, tostado color y pitones cortos, afilados como agujas; su pata, delgada y nerviosa, escarbó el suelo un instante; después, al reclamo del rojo capote que «Bombita» desplegaba ante él, arrancó bajando la testuz; el torero le esperó a pie firme, desplegada la capa en abanico, quebró el cuerpo para dejarle paso, giró sobre sí mismo y tornó a ofrecerle el purpúreo trapo. Embistió el toro nuevamente y nuevamente quebró el diestro, hasta que al fin, tras cuatro o cinco pases, con ademán lleno de elegancia, enroscó a las piernas la capa, y quitándose la montera rozó con ella la cabeza del bruto y quedó inmóvil, en un gesto airoso de suprema arrogancia.

La Rosalba aplaudió con entusiasmo. ¡Bien por «Bomba»!

Mientras, el toro había divisado los centauros y corría a ellos en ciega embestida. Formidable, con un no sé qué de inamovible, a lomos de un escuálido jaco que apenas si podía sustentar en sus cuatro patas de alambre la monstruosa carga, un picador se destaca y, empuñando fuertemente la pica, aguardó la embestida. Fue tremendo; el fiero bruto creciose al castigo, y con voluntad y poder insistió en su ataque, y arrastrado por el caballo, que se vaciaba, por enorme herida, el jinete cayó a tierra, yendo su cuerpo a resbalar con gran estrépito contra la barrera.

—¿La habrá roto? —interrogó guasón Julito a su amiga.

No contestó ella. En pie, un poco pálida, dilatada la nariz, seguía la dama con ansiedad las peripecias de la lucha.

Al caer el picador, el toro había cargado sobre él; pero ya «el Lucero» tendía su capote, y andando hacía atrás se llevaba al bicho toreando «por faroles». Ágil, elegantísimo, con rápidos movimientos llenos de soltura fatigaba a la bestia, que cada vez embestía con mayor saña, hasta que al fin, en el centro de la Plaza, dio algunos recortes, y al ver parado al bruto le volvió la espalda; y andando lentamente, sin volver la cabeza, se alejó arrastrando la capa.

Sonó una formidable salva de aplausos. El héroe saludó y sus ojos buscaron en los palcos los de su amada.

La Rosalba aplaudía con entusiasmo nervioso, que hacía mirar a las gentes y arrancaba miradas reprochadoras a la Pancorbo.

—¡Señor, señor! —pensaba la vizcondesa—; en mis tiempos también se enamoraban las mujeres, pero no hacían aquellas tonterías —y comunicaba sus impresiones en voz muy baja a la Suárez Salmón, no fuera a oírle, pues unos pastelillos de fresones que el lacayo de la Rosalba sacaba de un cesto en aquel instante hicieron bajar tres grados su catoniana severidad.

Acababa de dar el presidente la señal de banderillas, y el público clamaba con griterío ensordecedor:

—¡Los matadores! ¡Los matadores!

Un pobre banderillero se destacó, temeroso, con los palos en la mano, y entre un chaparrón de injurias quiso clavar un par. Una de las banderillas quedó trasera y la otra rodó por el suelo.

Los espectadores, en pie, ululaban de indignación:

—¡Fuera! ¡Fuera! ¡Ladrón! ¡Que lo ahorquen!

Al fin «Bombita» cogió los rizados palitroques, y el pueblo soberano, con esa inconsciente rapidez con que muda de actitud, rapidez que tiene algo de las ondulaciones del mar, aplaudió con entusiasmo.

El diestro fuese al centro de la Plaza, y firme, en un alargamiento elegante de su silueta, citó al toro. Acudió el animal, y sin mover los pies, con sólo una ligera desviación del torso, dejó un soberbio par.

Cogió las banderillas «el Lucero»; en alto los brazos avanzó hacia el bruto, llegó hasta él, y en un gesto rapidísimo clavó los pinchos y esquivó la acometida.

Sonó el toque de muerte. «Bombita», con los trastos en la mano, se acercó al neófito; descubriéronse ambos; el maestro tomó el capote de manos del novicio y le entregó estoque y muleta. Ya armado caballero de la andante torería, dirigiose «el Lucero» al palco presidencial, saludó, y de allí fuese al de Tina.

—¡Brindo por las mujeres bonitas, por la grandeza, por Madrid, y porque si no mato al toro, el toro me mate a mí!

Julito murmuró:

—¡Atiza!

Y la Suárez Salmón sacudió otro golpe a su amiga.

—¿Pero ha visto usted?

—¡Ya! ¡Ya!

Rosita, mirando consternada a la «Visajes», musitó:

—¡Qué ingrato! ¡Yo que he pasado la vida queriéndole!

La otra la consoló a su manera:

—¡Déjate, que tiene ley y ya «golverá»!

Tina se quitó una sortija de brillantes, y sacándole el pañuelo a Julito la ensartó allí para obsequiar luego al matador.

Este, con la sangrienta muleta en la mano, se acercaba al toro tranquilo, sonriente. Por un instante la idea de morir rozó su frente como un pájaro agorero; pero los aplausos, los miles de miradas que sentía fijas en él, y, sobre todo, la dorada claridad de unas pupilas que le acariciaban, le infundieron valor. Sereno desplegó el trapo ante el hocico del toro, y con el pie azotó el suelo; embistió el bicho y «el Lucero» apenas hurtó el cuerpo; un pase de pecho, otro, otro… El público inició un aplauso ante la guapeza del torero.

Tina, anhelante, seguía el juego, sintiendo una deliciosa impresión de horror.

Otro pase aún, y éste tan de cerca, que el cuerno rozó la taleguilla. El torero, envuelto en áurea reverberación, permaneció inmóvil, frío y arrogante. Nutrida salva de aplausos premió su valentía.

—¡Es valiente! —aseguró la Pancorbo con irónica admiración.

Y la Suárez Salmón subrayó:

—¡Que lo diga Tinita, si no!

Había cuadrado al toro y se disponía a tirarse a matar. La fiera, a plomo sobre sus cuatro patas, parecía fascinada ante «el Lucero», que empuñando el estoque abatiera la muleta.

Un grito de horror se alzó de todos los ámbitos de la plaza, y luego se hizo un silencio de muerte. El toro, arrancando de improviso, había empitonado al diestro, y tras zarandearlo, lo arrojó por alto. Cayó al suelo y allí permaneció lívido, el pecho abierto en ancha herida, de que se escapaba un chorro de sangre.

Rosita se había puesto de pie, y desatentada, loca, hendía la multitud buscando una salida.

—¡Lo ha matado! —murmuró Julito, maligno, junto a Tina.

Pero la duquesa de Rosalba, muy pálida, hermética, oprimía en sus manos el pañuelo con la sortija y sonreía siempre, mientras sus ojos, dilatados de espanto, contemplaban al «Lucero», que yacía en medio de la plaza inerte, roto como un pobre pelele vestido de oro y seda.

Capítulo 6

—¡Si no nos dejarán pasar! —arguyó la «Visajes» tratando de detener a su amiga, que, sudorosa, despeinada, las lágrimas resbalando por el bello rostro, corría arrastrando el mantón. Rosita no hizo caso; como loca siguió su ruta. El fleco del pañuelo se enganchó en una puerta y ella tiró, rasgando el crespón y dejando el trozo prisionero. La otra trató aún de convencerla.

—¡Mujer! ¡Si no dejarán entrar ni a su «mare»!

La dolorosa se volvió a ella, y trágica, como si se tratase de un duelo a muerte entre ella y la Rosalba en un desierto, arguyó:

—¡Lo has visto! ¡Mío, mío! ¡Ella no se ha «movío»! —y siguió su camino.

Llegaron a la puerta de los corrales, y la «Visajes» advirtió:

—¡Ten «cuidao», porque si te «diñan» no te dejan entrar!

—¡Aunque me maten, entro!

El portero les cortó el paso.

—Aquí no se entra.

Rosita no contestó; como una avalancha trató de arrollar al cancerbero, pero éste la cogió del brazo.

La «Visajes», a su vez, le dio un empellón.

—¡«Amos», hombre! ¿Usted qué se ha «creío»? —Y pasaron. Él vaciló entre seguir en su puesto o alcanzarlas; al fin se encogió de hombros. ¡Fuesen con Dios!

Cruzaron el patio de caballos, todo lleno de charcos de sangre y porquerías, entre las que circulaban ágiles los monosabios arrastrando los cuerpos de dos pencos convertidos en obleas.

A la puerta de la enfermería compacto grupo de aficionados, picadores y curiosos que habían conseguido colarse allí cerraban el camino. Rosita se lanzó entre ellos, y con empujones y ruegos llegó a la entrada. Un médico quiso impedirla aún el acceso; pero con formidable empujón apartole y entró.

Sobre el lecho, medio desnudo, entre jirones de seda y trozos de áureos bordados, teñidos de sangre, blanco y delgado como la escultura de marfil de un santo mártir adolescente —un San Sebastián— yacía «el Lucero».

En el rostro exangüe la nariz se perfilaba afilada por la hemorragia y los labios se entreabrían como una flor de muerte. Sobre la frente de jazmín caían algunos cabellos rubios, y una serenidad augusta le envolvía como un sudario.

Rosita, desatentada, loca, corrió al lecho y estrechó ansiosa entre sus brazos el cuerpo de su amante, que ya no le disputarían más que los gusanos.


Publicado el 28 de abril de 2019 por Edu Robsy.
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