Las Dudas de San Pedro

Antonio de Trueba


Cuento



I

Cuando Cristo y San Pedro andaban por el mundo sucedieron cosas que el pueblo español me ha contado en el lenguaje candorosamente familiar, anacrónico y castizo en que, con la ayuda de Dios, las voy a recontar.

San Pedro era un gran santo, y Cristo le quería mucho, como lo prueba el haberle nombrado su vicario en la tierra y el haberle dado después las llaves del cielo; pero a pesar de eso, San Pedro tenía sus debilidades de hombre, de lo que es testigo aquello del gallo, y sus rarezas de viejo, de lo que dará testimonio la presente narración.

Cristo notaba hacía algún tiempo que San Pedro estaba cada vez más caviloso y triste, y un día que caminaban juntos por Galilea, le dijo:

—Amado Pedro, ¿cuál es la causa de las melancolías y cavilaciones en que te sumes con frecuencia?

—Señor Maestro, contestó San Pedro, desgraciadamente no se equivoca Vd., que hace tiempo me atormentan dudas que casi no me dejan pegar los ojos de noche ni solazarme con los encantos de la naturaleza de día.

—¿Me dirás, amado Pedro, qué dudas son esas?

—Señor Maestro, trabajillo me costará el decírselo a Vd., porque mis dudas son tales, que se me cae la cara de vergüenza sólo con pensar en ellas.

—Amado Pedro, rústico y humilde pescador eras en esta mar de Galilea cuando, siguiendo las inspiraciones de mi Padre, te elegí para predicar el Evangelio de Dios a las gentes, y aun para más altos destinos te reservo. Te he infundido la ciencia divina de mi Padre, que es la sabiduría suprema en el cielo y en la tierra, y ¿crees que no tengo derecho a exigirte que me muestres todo lo más recóndito de tu corazón y tu inteligencia?

—Es verdad, señor Maestro, que tiene usted derecho para eso y mucho más, pero mis dudas son terribles...

—Amado Pedro, dime cuáles son.

—Pues ha de saber Vd. que dudo de la justicia y sabiduría de Dios.

—¿De mi Padre?

—Cabalito, de su señor Padre de Vd.

—Amado Pedro, ¿has perdido el juicio?

—Le perderé sí estas pícaras dudas continúan, pero lo que es ahora le tengo muy cabal.

—Pero, amado Pedro, ¿sabes lo que son esas dudas?

—Serán una picardía, serán una barbaridad, serán un sacrilegio, serán todo lo que Vd. quiera; pero lo cierto es que yo las tengo, y por más que me mato por echarlas con doscientos mil de a caballo, no lo puedo conseguir.

—Pero dime, amado Pedro, cuáles son y en qué se fundan. Porque no basta decir yo dudo de esto o de lo otro o de lo de más allá; es menester probar que la duda es racional y justa.

—Estamos conformes en eso, señor Maestro; pero desgraciadamente las dudas que yo tengo de la justicia y sabiduría de su señor Padre de usted son fundadísimas.

—Veamos, amado Pedro, en qué se fundan.

—Señor Maestro, Vd. sabe muy bien que desde que andamos de zeca en meca combatiendo la malicia y el error que tanto abundan en este pícaro mundo, hemos visto cosas que... francamente, no nos han hecho maldita la gracia.

—¿Y qué cosas han sido esas, amado Pedro?

—Demasiado lo sabe Vd., señor Maestro. Hemos visto inocentes niños desamparados, hombres de bien haciéndose cruces en la boca, bribones, nadando en el oro y el moro, mujeres honradas cubiertas de harapos y mujeres sin vergüenza cubiertas de seda y repantigadas en doradas carrozas.

—¡Todo eso es la pura verdad, amado Pedro!

—Pues bien, señor Maestro: si su señor Padre de Vd. es justo y sabio a carta cabal, como usted dice y todos nosotros vamos propalando por el mundo fiados en la honrada palabra de Vd., que creemos no nos dejará mentir, ¿cómo su señor Padre de Vd. consiente esas y otras picardías?

—Amado Pedro, contestó Jesús, tus dudas son criminales; pero no temas, que mi Padre ha dicho: Bienaventurados los pobres de espíritu, que de ellos será el reino de los cielos.

—¿Y se puede saber, señor Maestro, qué entiende Vd. por pobres de espíritu?

—Pobres de espíritu son los ricos de corazón y pobres de inteligencia; que si pecan, pecan por ignorancia y no por malicia, como a ti te sucede al dudar de la justicia y sabiduría de mi Padre.

Al decir esto, Cristo sonrió benévolamente. Entonces San Pedro sintió que un rayo de divina luz iluminaba vaga y fugitivamente su inteligencia, y prorumpiendo en lágrimas de arrepentimiento, quiso prosternarse a los pies de Jesús, que le tendió amorosamente la diestra para impedírselo, y le consoló con su sonrisa.

Y ambos viajeros, mudando en seguida de conversación, continuaron su camino.

II

Andando, andando, Cristo y San Pedro llegaron junto a una casería rodeada de frutales cargados de madura fruta y campos cubiertos de verdes maizales y de dorado trigo que un hombre, una mujer y un niño comenzaban a segar.

Como hacía un calorazo que se asaban los pájaros, iban ambos, como quien dice, con un palmo de lengua fuera.

—Señor Maestro, dijo San Pedro, esto es achicharrarse vivo, y yo ni siquiera me atrevo a quitarme la caperuza para limpiarme el sudor, porque como tengo tan poco pelo, temo coger una insolación que me lleve la trampa.

—Ten un poco de paciencia, amado Pedro, que en esa casería del pie de la cuesta descansaremos un poco y nos refrigeraremos con agua fresca, porque yo me voy ahogando de sed.

—Y a mí me sucede dos cuartos de lo mismo.

Cristo y San Pedro llegaron al fin a la casería que estaba al empezar una cuesta, y se sentaron delante de ella a la sombra de un cerezo.

Apenas vieron los labradores que los viajeros se habían detenido, se apresuraron a salir a saludarlos. Los labradores eran un matrimonio con un hijo como de catorce años muy avispado y muy guapo.

El recibimiento que hicieron a los dos viajeros desconocidos no pudo ser más afectuoso.

—Pasen Vds. adentro y descansarán un rato y tomarán algo, les dijo la labradora abriendo la puerta de la casa.

—No se moleste Vd., le contestó Cristo, que a la sombra de este cerezo estamos perfectamente. De lo que sí nos ha de hacer Vd. el favor es de un poco de agua fresca.

—Con mucho gusto, contestó la buena mujer; y un momento después les sacó agua fresca con azucarillos y todo.

—¿Parece, le preguntó San Pedro, que ogaño la cosecha es buena?

—Muy buena, gracias a Dios, que ha derramado este año todas sus bendiciones sobre nuestras heredades.

—¿De modo que cogerán Vds. trigo para todo el año?

—Y aun para más si no lo vendiésemos; pero, pensamos llevar al mercado toda la cosecha de este año para dar con su importe y el de la fruta un poco de carrera a este chico.

—¿Y qué han de comer Vds.?

—Pasaremos como Dios nos dé a entender con pan de maíz, que si no viene algún pedrisco y nos lo destruye, va a ser, gracias a Dios, también muy abundante.

Tras esta conversación, Cristo y San Pedro se levantaron para continuar su camino; pero la labradora se empeñó en que se habían de esperar un poco, mientras el chico les cogía unas cerezas con que pudieran mojarse la boca en el camino; y en efecto, el chico subió al cerezo y les cogió un pañuelo de ricas cerezas, que agradecieron mucho y con que se entretuvieron mientras subían la cuesta.

—¿Sabe Vd., señor Maestro, dijo San Pedro entusiasmado con las cerezas, que, como tenía ya mala dentadura, eran una de sus frutas favoritas; sabe Vd. que esas gentes parecen muy cristianas y buenas?

—Mucho. Pero apretemos el paso, amado Pedro, porque aquella nube que asoma por Occidente es muy siniestra, y si no nos damos prisa nos va a alcanzar antes que lleguemos a la venta.

San Pedro siguió el consejo del Maestro, con tanto más motivo cuanto que la nube avanzaba, avanzaba relampagueando y tronando como un demonio.

Cuando llegaban a la venta, que estaba al terminar la cuesta, la tempestad bramaba ya sobre la casería donde tan obsequiosamente habían sido acogidos. Refugiáronse en la venta mientras la tempestad pasaba, y así que escampó salieron para continuar su camino.

San Pedro dirigió entonces la vista hacia la casería, y lanzó un grito de sorpresa y lástima al ver que el pedrisco había arrasado completamente los campos de maíz y trigo y destrozado los árboles cargados de fruta que rodeaban la casería.

Cristo reparó también en aquel estrago y guardó silencio.

Una nube de tristeza se estendió de nuevo por la venerable faz de San Pedro.

—¿Qué es eso, amado Pedro? le preguntó el Maestro.

—¡Señor Maestro! exclamó el anciano con honda amargura, ¿no ha convenido Vd. en que las gentes de allá abajo son muy cristianas y buenas?

—Sí, amado Pedro, son honradísimas.

—Pues entonces...

—Amado Pedro, no vuelvas a dudar de la sabiduría y justicia de mi Padre, dijo Jesús sonriendo.

—¡Señor Maestro, rogadle que me perdone! exclamó San Pedro llorando, porque aquella vaga y divina luz que esclarecía su inteligencia siempre que Jesús le reconvenía sonriendo benévolamente, había ahuyentado de improviso su desconsoladora duda.

—Amado Pedro, mi Padre ha dicho: Bienaventurados los pobres de espíritu, le dijo Jesús por única contestación.

Y ambos continuaron su camino, hablando de asunto diverso.

III

Andando, andando, Cristo y San Pedro llegaron al anochecer a una ermita que estaba en un espantoso desierto, en cuyos matorrales aullaban los lobos como condenados.

—Señor Maestro, dijo San Pedro, yo no paso de aquí aunque me fusilen.

—¿Por qué, amado Pedro?

—¿No oye Vd. la música que anda en los matorrales?

—Amado Pedro, cuando los lobos aúllan licencia tienen de Dios.

—Estoy conforme en eso, señor Maestro, pero no lo estoy en que los lobos saquen la tripa de mal año con nosotros.

—No tengas cuidado, que aquí ha de vivir un ermitaño que es casi un santo, y de seguro nos dará un rinconcillo donde pasemos la noche.

—¡Me ha vuelto Vd. el alma al cuerpo, señor Maestro!

Cristo y San Pedro se dirigieron a la ermita, y pidieron hospitalidad al ermitaño, que los recibió con mucho amor y les dio de cenar pan, nueces y agua fresca, servida en una copa de oro guarnecida de diamantes.

La copa le chocó sobremanera a San Pedro. El ermitaño lo notó y se apresuró a satisfacer la curiosidad del anciano.

—Sin duda, dijo, estrañarán Vds. que un humildísimo siervo de Dios, que ordinariamente se alimenta con yerbas y raíces, pues el pan y las nueces sólo se usan aquí los días de incienso, posea una alhaja como ésta.

—Y tres más que lo extrañamos, contestó San Pedro.

—Pues han de saber Vds. que yo era riquísimo, triunfaba y gastaba en grande, y lo mismo me acordaba de Dios que de la primera camisa que llevé puesta. Al fin me tocó Dios en el corazón, y sin duda por aquello de que después de harto el diablo de carne se metió fraile, determiné renunciar a las vanidades del mundo, a cuyo efecto di a los pobres cuanto tenía, menos esta copa, y me vine a esta soledad, donde vivo dando al olvido esta vida transitoria y pensando sólo en la eterna.

—Eso, contestó San Pedro, es muy cristiano y bueno; pero pregunta mi curiosidad, ¿por qué se reservó Vd. esta copa que, entre paréntesis, vale cualquier dinero?

—Porque era un regalo que me había hecho el rey y..... francamente, no tuve valor para desprenderme de alhaja que tanto y tanto me honra.

¿Conque, según veo, le parece a Vd. cosa de mérito la copita, eh?

—¡Vaya si me parece!

—Y no crean Vds. que la guarnición es de piedras falsas: es de finísimos diamantes que valen un dineral.

—Eso a la legua se conoce hombre.

Sospechando el ermitaño que los forasteros tendrían más gana de dormir que de hablar de la copa, les arregló una escelente cama de yerba seca y olorosa, y así que se acostaron y les dio las buenas noches, se fue a la ermita a pedir a Dios que les concediese el sueño de los justos.

Cuando Cristo y San Pedro se levantaron, el ermitaño ya les tenía preparado el almuerzo, compuesto, para variar, de nueces, pan y agua fresca, servida en la copa consabida.

—Ea, les dijo, almuercen Vds. a sus anchas y dispensen Vds. que les deje, porque tengo que irme a mis rezos. Dios les dé a Vds. buen viaje y haga que si no nos volvemos a ver en la tierra, nos volvamos a ver en el cielo.

Cristo y San Pedro le dieron las gracias por todo, le instaron a que se fuese a sus quehaceres sin andar en cumplimientos, y después de almorzar como unos príncipes, continuaron su viaje.

—¿Sabe Vd., señor Maestro, dijo San Pedro, que el ermitaño ese me parece un bendito?

—Ya te dije, amado Pedro, que casi era un santo.

—Yo creo que lo es sin casi.

Como el pan y las nueces son comida seca, Cristo y San Pedro tuvieron muy pronto una sed de mil demontres.

Busca por aquí, busca por allí una fuente, al fin dieron con una que brotaba al pie de un árbol. Para beber en ella casi era necesario echarse de bruces. Iba ya a hacerlo San Pedro a pesar de que para bajarse tenía ya duro el espinazo, cuando el Maestro le detuvo, diciendo:

—Espera, amado Pedro, que aquí he de tener yo algo con que bebamos con toda comodidad.

Y echando mano a las alforjas, sacó de ellas, con gran asombro de San Pedro, la rica copa del ermitaño.

—Pero, señor Maestro.... murmuró San Pedro, por cuyo venerable rostro se había estendido de repente, no ya una nube, sino un denso nubarrón de tristeza.

—Amado Pedro, bebe, le interrumpió Cristo sin darse por entendido de aquella murmuración y aquella tristeza.

Bebieron ambos, se guardó Cristo la copa en las alforjas y continuaron su camino.

San Pedro se moría de tristeza.

—Amado Pedro, le dijo Cristo, ¿tornas a tus melancolías?

—Señor Maestro, le preguntó a su vez el apóstol, ¿está Vd. seguro de que su señor Padre aprueba cuanto Vd. hace?

—Tú lo has dicho, Pedro.

—Pues señor... digo que no lo entiendo, que no lo entiendo y que no lo entiendo.

—No lo entiendes, amado Pedro, dijo Cristo con severidad, porque eres pobre de espíritu.

—Pero ¡qué pobre de espíritu ni qué alforjas! Ese santo hombre nos da de cenar lo mejorcito que tiene, nos pone una cama que ni las de matrimonio, nos da de almorzar, nos deja solos en su cuarto a pesar de que allí tiene una copa que vale más oro que pesa, y en pago de todo le birlamos la copa. ¡Hombre, si esto no es una picardía, que venga Dios y lo vea!

—Ya lo ve, amado Pedro.

—¿Y lo aprueba?

—Cúmplese su santa voluntad, dijo Jesús sonriendo.

Aquel súbito rayo de luz que solía iluminar la inteligencia del apóstol siempre que Jesús sonreía, apareció también esta vez al trocar Jesús en benévola sonrisa su severidad.

El apóstol lloró de arrepentimiento y consuelo, y ambos continuaron su camino mudando de conversación.

IV

Andando, andando, Cristo y San Pedro llegaron a la orilla de un río muy ancho y muy hondo que había que pasar en una barca.

La barca estaba amarrada a la orilla del río y el barquero no parecía por allí.

San Pedro, como había sido pescador y entendía algo de barcas, quiso empuñar el remo y pasar con Cristo al otro lado, pero Cristo se opuso a ello.

—Qué, señor Maestro, dijo el anciano, ¿duda usted de mi pericia en la navegación? ¡Ave María, no es Vd. poco desconfiado!

—Amado Pedro, mete la mano en tu seno, le replicó Jesús sonriendo.

San Pedro se puso como la grana y calló.

Ambos se sentaron a descansar a la puerta de la choza del barquero, mientras el barquero venía, suponiendo que habría ido por allí a cortar mimbres para hacer estrovos.

Buena necesidad tenían los dos de descansar, y aun de tomar un bocado, porque estaban despeados y muertos de hambre.

Poco después vieron bajar al barquero de hacía una iglesia que se veía allá arriba en un cerro que dominaba la ribera.

El barquero, que parecía como compungido y lloroso, lo que hizo suponer a San Pedro que vendría de algún entierro, les pidió mil perdones por haberlos hecho esperar, y después de haberlos obsequiado con una fritada de truchas y un porrón de buen vino que encandiló los ojos al santo anciano, se dispuso a pasarlos al otro lado.

Cuando se acercaba la barca a la orilla opuesta, Cristo sacó con mucho disimulo una barrena que llevaba en el bolsillo desde el tiempo de su difunto padre putativo San José, en cuyo taller de carpintero solía entretenerse haciendo cuatro chucherías, y con ella hizo en el fondo de la barca un agujero que tapó con el pie para que no entrara por él el agua hasta su debido tiempo.

Cristo y San Pedro se despidieron del barquero, que no quiso tomar ni un cuarto por el almuerzo ni el pasaje, y saltando en tierra empezaron a alejarse del río.

Oyendo San Pedro un doloroso grito que la pareció del barquero, volvió la cara y vio que barca y barquero se hundían en el fondo del río para no volver a aparecer.

—¡Señor Maestro, exclamó espantado, socorramos a ese buen hombre que se ahoga!

—Amado Pedro, le replicó el Maestro, cúmplase la voluntad de mi Padre, que para que se cumpla he horadado el fondo de la barca mientras pasábamos el río.

—Vamos, señor Maestro, exclamó San Pedro santiguándose y cubierta su venerable faz de una nube de tristeza más densa aún que la que había vomitado torrentes de piedra sobre la casería de marras; ¡vamos, esto ya pasa de castaño oscuro!

—Amado Pedro, le dijo el maestro con severidad, la voluntad de mi Padre se ha cumplido y debemos regocijarnos por ello.

—Pero, señor Maestro.....¡Vamos, si digo y redigo y vuelvo a decir que yo no comprendo estas cosas!

—No las comprendes, amado Pedro, porque eres pobre de espíritu, dijo Jesús sonriendo benévolamente y alargando su diestra al anciano.

El misterioso rayo de luz tornó a iluminar la inteligencia de San Pedro.

Y San Pedro bajó la venerable frente en silencio derramando abundantes lágrimas, y ambos viajeros continuaron su camino mudando de conversación.

V

Andando, andando, Cristo y San Pedro llegaron, ya muy de noche, a un pueblo donde no conocían a nadie.

A la puerta de una casa vieron a un hombre y le preguntaron dónde hallarían posada.

El hombre, que parecía estar chispo, les puso de picardías que no había por donde cogerlos.

San Pedro quiso emprender con él a estacazos, pero Cristo se lo impidió, diciéndole:

—Amado Pedro, la voluntad de mi Padre es que cuando nos hieran una mejilla, ofrezcamos la otra para que nos la hieran también.

Y asiendo de la mano al apóstol, ambos se fueron al pórtico de una iglesia que estaba en frente, y allí pasaron la noche durmiendo como bienaventurados.

Cuando despertaron, poco después de rayar el alba, vieron un hombre tumbado a la puerta de la taberna de enfrente y fueron a ver si estaba muerto o dormido.

¡El hombre estaba que daba lástima! Tenía la camisa llena de vino, la cara y las manos llenas de arañazos y cardenales y la ropa hecha girones.

—Vamos, dijo San Pedro, éste está durmiendo la mona. ¡Pero, señor, es mucho cuento la pícara afición al vino que tiene este pícaro pueblo soberano! Si yo fuera rey, en mi reino sólo se había de vender el vino en las boticas, y al boticario que vendiera un cuartillo sin la correspondiente receta del facultativo, ¡ya le había caído la lotería!

—Amado Pedro, le replicó el Maestro, tira la primera piedra al culpable cuando te creas sin culpa.

San Pedro se acordó de lo alegre que había salido de la choza del barquero, y se calló como diciendo para sí:

—¡El señor Maestro me ha partido por el eje!

Cristo dijo al dormido:

—¡Eh, buen hombre, levántate, que ya es de día!

El dormido despertó, saludándoles con un buenos días tengan Vds., y levantándose como avergonzado, fue a tomar una callejuela escusada, como si quisiera ocultarse de las gentes del pueblo, que ya comenzaban a salir de casa.

—Calla, exclamó entonces San Pedro, reparando mejor en él, ese tunante es el que anoche nos puso como ropa de pascua.

—Ciertamente, amado Pedro, dijo Jesús; y dirigiéndose al hombre, añadió:

—Eh, buen hombre, torna acá.

El hombre volvió como avergonzado y tímido, con tanto más motivo cuanto que San Pedro le echaba unos ojos que parecía querérsele comer vivo; y Cristo, metiendo mano a las alforjas, sacó la copa guarnecida de diamantes y se la dio, diciéndole:

—Toma esta copa que vale mucho dinero, véndela, y haz de su importe el uso que Dios manda.

El hombre tomó la copa deshaciéndose en lágrimas de agradecimiento, y se alejó por la callejuela escusada.

La nube que en aquel instante cubrió la venerable faz de San Pedro no era ya nube, era tinta fina de escribir.

—Señor Maestro, exclamó el anciano fuera de sí, si su señor Padre de Vd. obra como justo y sabio al recompensar de ese modo a un borracho indecente, digo que.....

—¡Amado Pedro, le interrumpió Jesús con severidad, pon tiento en lo que dices! ¡Ten fe en la justicia y sabiduría de mi Padre! Tu fe vacila con frecuencia y es menester fortalecerla, porque mi Padre quiere fundar en ella la obra más grande y duradera de este mundo.

Y así diciendo, Jesús tomó a San Pedro de la mano y fue a sentarse con él en el pórtico de la iglesia.

VI

—¿Qué has visto; amado Pedro, desde que por primera vez me confesaste que dudabas de la justicia y sabiduría de mi Padre?

—Señor Maestro, he visto cosas que han arraigado pada vez más mis desconsoladoras dudas, contestó San Pedro llorando.

—Amado Pedro, óyeme con atención y deja las lágrimas para llorar otra gran debilidad en que has de incurrir cuando se acerque la consumación suprema de los decretos de mi Padre.

Aquellos honrados labradores cuya cosecha vimos destruida en un instante por la tempestad, destinaban el importe de la cosecha a costear la carrera de su único hijo, que quería hacerse escribano.

Si el muchacho se hubiese hecho escribano, hubiera enredado en pleitos y jaranas a todo el pueblo, hubiera matado a disgustos a sus padres, hubiera deshonrado a la familia, y por último, se hubiera condenado; pero como la tempestad dejó a sus padres sin medios para darle tal carrera (que honra tanto más a los que la ejercen bien cuanto más expuesta es a ser ejercida mal), el muchacho será un honrado labrador como sus padres, sus padres alcanzarán a su lado una vida dilatada y feliz, él la alcanzará igual al lado de sus hijos, y cuando muera irá a sentarse a la diestra de mi Padre, que es donde se sientan los que glorifican a Dios y a la humanidad con la virtud y el trabajo.

Aquel ermitaño que tan caritativa hospitalidad nos dio, sólo necesitaba para ser santo una cosa: desembarazarse de una sutilísima hebra de vanidad mundana que le ligaba a la tierra. Yo, cumpliendo la voluntad de mi Padre, quebranté aquella hebra arrebatándole la copa de oro que conservaba con necio orgullo por habérsela regalado un rey, y el ermitaño goza ya de la bienaventuranza eterna en el reino de mi Padre.

El barquero que viste ayer sepultarse en el fondo del río, había cometido enormes culpas arrojando al agua a muchos viajeros para robarles; repetidas veces se había arrepentido y repetidas veces había reincidido en las mismas culpas. Ayer se hallaba en estado de gracia, porque acababa de confesarse y llorar sus culpas con sincero arrepentimiento. Muriendo ayer, subió derecho al cielo; si ayer no hubiera muerto, hubiera vuelto al pecado, y hubiera bajado derecho al infierno.

Por último, ese hombre a quien he dado la copa de oro era un honrado labrador, padre de dilatada familia. Pérdida de cosechas y otras desgracias le hicieron contraer grandes deudas y esperimentar grandes privaciones que le avergonzaban y lastimaban horriblemente. Para atolondrarse y echar de la memoria sus desdichas, el insensato acudía a la embriaguez.

—O, lo que es lo mismo, señor Maestro, tomaba por lo serio aquella estúpida máxima del pueblo soberano que dice: «Para no sentir penas, emborracharse.»

—Cierto, amado Pedro. Con el valor de la copa que yo le he dado, pagará todas sus deudas; atenderá a las necesidades de su casa; apartará a su familia de la senda de perdición a que empezaba a arrastrarla la miseria; será un ciudadano útil y un honrado padre de familia, y él y su mujer y sus hijos que caminaban para el infierno, caminarán para el cielo.

¡Amado Pedro! continuó Jesús, trocando la severidad en una dulce y benévola sonrisa, Dios, que es mi Padre, es la justicia y la sabiduría así en la tierra como en el cielo. La inteligencia humana, como es débil y mezquina por naturaleza, no comprende la razón y la justicia de todo lo que Dios hace; pero todo lo que Dios hace es sabio y justo. Los pobres de espíritu dudan; pero si no son también pobres de corazón, se salvan.

Aquel rayo de divina luz que irradiaba siempre la sonrisa de Cristo y solía iluminar vaga y fugitivamente la inteligencia del apóstol, la iluminó al fin por entero y se fijó en ella para no abandonarla jamás hasta aquella noche en que Pedro, a punto de cantar el gallo, negó tres veces a su divino Maestro Jesús el galileo en el atrio de Caifás.

—¡Oh, señor, exclamó San Pedro deshaciéndose en lágrimas de consuelo y de fe, pedid a vuestro Padre que tenga misericordia de mí!

—Amado Pedro, dijo Jesús sonriendo, tú eres de los pobres de espíritu de quien ha dicho mi Padre que serán con él en el reino de los cielos.


Publicado el 26 de octubre de 2020 por Edu Robsy.
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