Años de Juventud del Doctor Angélico

Nuevos papeles del Doctor Ángel Jiménez

Armando Palacio Valdés


Novela



ADVERTENCIA DEL EDITOR

Van transcurridos algunos años desde que di a la estampa varios de los papeles que me dejara en depósito mi amigo Angel Jiménez. Eran casi todos de orden filosófico, trazados con la libertad de espíritu del que escribe sólo para sí mismo y en el estilo conciso y desenfadado que le caracterizaba. El público los ha acogido con más benevolencia de la que podía esperarse tratándose de un escritor casi desconocido. Esto me anima a publicar hoy sus Memorias, que con el título de Años de juventud, encontré en uno de los legajos. Cuando empecé a leerlas confieso que experimenté una decepción. Pensaba hallar una historia circunstanciada de su vida. No es así: Las presentes páginas son más bien las memorias de sus amigos que las suyas propias. Jiménez poseía un carácter cerrado y huraño, no se interesaba demasiado por sí mismo, no tenía ansia de celebridad y gloria. En cambio, la vida privada y pública de sus amigos le agitaba más de lo justo. Tuvo algunos de relevante mérito y a ellos particularmente están consagrados la mayor parte de los capítulos de este libro. Yo hubiera preferido conocer en su intimidad la vida de un hombre a quien tanto he estimado. Sin embargo, el público no perderá nada con esta sustitución. Porque es seguro que más que la suya, oscura y tranquila, le ha de interesar la historia dramática de sus ilustres amigos,

A. P. V.

PRIMERA PARTE

I. MI VIAJE Y MI INSTALACIÓN EN LA CORTE DE ESPAÑA

Creo que mi padre tenía razón. En último resultado me hubiera convenido más permanecer a su lado, ayudarle en sus negocios, hacerlos prosperar y dejar transcurrir la vida dulcemente en el pueblo trabajando a mis horas, paseando a mis horas, durmiendo a mis horas, rezando a mis horas y no leyendo a ninguna.

Tengo más de cincuenta años, he estudiado mucho, he viajado bastante, he tratado con los sabios, he escrito, he discutido y al cabo me encuentro triste, fatigado, con el estómago descompuesto y los nervios en plena rebelión.

Los problemas que estaba ansioso de resolver, ahí se están frescos y orondos como al comienzo del mundo, y es más que probable que así permanezcan hasta el fin.

Pero no es tiempo ya de volver sobre mis pasos. Si lo fuera seguramente incurriría en otros aun mayores errores.

Lo cierto es que desembarqué en Madrid una mañana del mes de Octubre del año 1870, con el propósito firme de ser un sabio. Me alojé en una casa de huéspedes de la calle de Carretas, que habían recomendado a mi padre, y ocupé un gabinete con balcón a la calle y su alcoba correspondiente. No eran lujosas las habitaciones, pero estaban amuebladas con decoro y comodidad. Había orden y limpieza, dos cosas que he amado siempre, y aunque la calle no es muy ancha, bastante luz, a causa del piso alto en que se hallaba.

El gabinete comunicaba con la sala por medio de una puerta de cristales. Esta sala era bastante espaciosa y ofrecía todos los encantos de la vulgaridad más refinada; una sillería forrada de terciopelo que había sido rojo y a la sazón tenía el color de hoja seca; una consola de caoba con su espejo de marco dorado encima, cubierto de una gasa para preservarlo de los atentados de las moscas; cortinas de terciopelo igual al de la sillería, pero más avanzado en su evolución transformista; sobre el sofá un enorme grabado que representaba la vista de Londres, y en las paredes algunos otros con escenas de galantería pastoril; un pastorcito arrodillado delante de una pastorcita, otro ofreciéndole, con insinuante sonrisa, una flor.

Mi patrona, que se llamaba doña Encarnación, me enteró, pocos momentos después de llegar, de que esta sala pertenecía al género neutro o común a dos. La poseíamos pro indiviso el caballero que ocupaba el gabinete de enfrente y yo. Ambos podíamos recibir en ella nuestras visitas y ocuparla en los momentos en que la necesitásemos.

A la hora del almuerzo pasé al comedor, y doña Encarnación se sirvió presentarme a los cinco huéspedes que ya estaban sentados a la mesa. El que más llamó mi atención desde luego, fue un joven con larga y no bien cuidada melena, que le caía sobre el cuello y casi le llegaba a la espalda. Como en España sólo los artistas se autorizan el llevar los cabellos en esta forma, supuse inmediatamente que era pintor o músico. Podría contar veintidós o veinticuatro años de edad. Sus facciones, un poco abultadas, no eran desagradables, y sus ojos grandes, negros y expresivos, revelaban inteligencia y vivacidad.

Enfrente de él, se hallaba sentado otro joven de la misma edad, poco más o menos. En nada se le parecía, pues era delgado, pálido, imberbe y llevaba el cabello cortado a punta de tijera. De los otros tres, dos de ellos eran extremadamente morenos y acaso tuviesen más años que yo también. En cambio el tercero ofrecía la apariencia de un niño. No se le presumirían mucho más de quince años.

El almuerzo comenzó silencioso. Se notaba cierto embarazo como suele acaecer cuando en cualquier compañía entra repentinamente una persona extraña. Afectando disimulo, todos ellos me dirigían rápidas miradas investigadoras. Todos no; me equivoco; porque el joven pálido de pelo recortado, tenía un libro abierto al lado del plato, en el cual leía, mientras distraídamente iba engullendo los manjares que le ponían delante. Para llevar a cabo una y otra tarea acercaba tanto el rostro que casi tocaba con la nariz en el libro o la metía en el plato.

Al fin, el joven de las melenas, levantó la cabeza y dirigiéndose al que leía le dijo bruscamente:

—Querido Pasarón, ¿no sería más justo, más procedente y desde luego de mejor educación que cerraras siquiera por hoy el libro, a fin de que este señor que se sienta por vez primera a la mesa, no vaya a suponer que en vez de hallarse entre personas civilizadas, ha penetrado en territorio africano?

El interpelado en esta forma levantó un instante la cabeza, y con sus ojos vidriosos de miope, nos dirigió una mirada vaga donde se advertía que no habían comprendido lo que le decían. Inmediatamente volvió a convertirlos al libro.

Yo me apresuré a hacer signos negativos con la cabeza y a balbucear algunas palabras, asegurando que estaba muy lejos de incurrir en tal error geográfico.

—No sería muy extraño que usted se lo figurase—siguió el joven melenudo dirigiéndose a mí—, porque yo me llamo Sixto Moro, estos dos, que son primos hermanos, se apellidan Mezquita, y aquel niño que usted ve allí, se llama Pepito Albornoz.

Este último se puso rojo como una cereza al escuchar tales palabras y dirigió una mirada de ira concentrada al que las había pronunciado, mientras los dos primos soltaron a reír hasta querer salírseles el alimento por las narices. Esto me hizo sospechar que aquel que designaba como niño sólo lo era en apariencia. En efecto, después averigüé que había cumplido ya los diez y ocho años y estudiaba la carrera de ingeniero de caminos.

—En verdad le digo a usted que en esta casa todo tiene un marcado sabor árabe o por lo menos muzárabe—siguió el llamado Sixto Moro gravemente, sin querer advertir las miradas pulverizantes de Albornoz, ni la risa de los otros compañeros—. Pero aunque marroquíes, somos de humor benigno, y cuando se presenta un forastero, le recibimos con zalemas y no queremos que nos juzgue absolutamente desprovistos de cortesía. El amigo Pasarón es un suevo de la provincia de Orense, por consiguiente el único bárbaro que existe en esta casa. Hasta ahora no es peligroso, sin embargo; pero llegará un día, lo estoy temiendo, en que su cabeza, demasiado cargada de ciencia, estallará como una bomba y destrozará a cuantos nos hallemos cerca.

A pesar de que todos le mirábamos sonrientes, incluso Doña Encarnación que en pie y cerca de la puerta vigilaba el servicio de la mesa, el llamado Pasarón no levantaba la cabeza y parecía más y más absorto en la lectura.

—Di tú, amigo Moro, ¿qué significa esa palabra de muzárabe que acabas de soltar?—preguntó uno de los Mezquita.

—Hombre, parece increíble que habiendo nacido en la tierra de los Abderrahmanes no sepas que se designaban así los cristianos que vivían antiguamente entre los árabes y mezclados con ellos. Córdoba estaba llena de esta clase de cristianos.

—¿Y esos muzárabes vivían con los mismos árabes, o en barrios separados?

—¡Ah! eso no me preguntes, no conozco detalles.

El joven que leía y comía a un tiempo mismo, alzó la cabeza haciéndose cargo de la pregunta. Parecía que sus oídos no recogían otros ruidos que aquellos donde viniese mezclada alguna partícula científica.

—Eso dependía de la condición más o menos blanda de los emires, alcaides y valíes que los gobernaban. En general los cristianos muzárabes no sufrían tantas vejaciones como parece desprenderse de los quejidos y lamentos elegíacos que deja escapar el Rey Sabio en la parte de su crónica llamada Llanto de España. Se les dejaba el libre ejercicio de su religión y de sus ritos, se les permitía gobernarse por leyes y jueces propios y conservar sus tierras pagando el tributo estipulado. Particularmente en tiempos del primer Abderrahmán, vivieron admirablemente respetados. Había, en su tiempo, en Córdoba, un magistrado encargado de proteger a los cristianos; los sacerdotes se presentaban en público con su ropa talar y afeitados; los monjes vivían tranquilos en sus claustros y las vírgenes consagradas a Dios, respetadas en sus aulas. En la ciudad misma había tres iglesias y tres monasterios; en la falda de la sierra próximos a ella, se alzaban ocho conventos y algunas iglesias. Sonaban las campanas de éstas y el pueblo cristiano acudía a los oficios divinos sin que nadie osara molestarle. Después... después vino la persecución en los últimos tiempos de Abderrahmán segundo y de Mohamed primero.

Rápidamente, pero con admirable claridad, el joven Pasarón nos dió cuenta de aquellas persecuciones, en las cuales no toda la culpa debía achacarse a los árabes, sino a los cristianos, que no pocas veces, con su intolerancia, las habían provocado.

Cuando terminó su excursión histórica, convirtió de nuevo sus ojos al libro mientras los de los primos Mezquita, Albornoz, y aun los de Doña Encarnación, se volvieron hacia mí risueños y triunfantes. Querían, sin duda, que yo participase del asombro que aquel joven les inspiraba.

En efecto; la palabra de Pasarón era un poco precipitada, acaso por la misma exuberancia de conocimientos, pero hablaba con singular corrección y mostraba, desde luego, ser un hombre de inteligencia privilegiada.

Sixto Moro sonreía irónicamente. Uno de los Mezquita, para hacer valer aun más aquel fenómeno a mis ojos, quiso tirarle de la lengua.

Al parecer, los árabes en aquella época no eran tan rudos como ahora. Por lo menos un médico de ellos, llamado Avicena, ha pasado a la Historia.

—¡Rudos!—exclamó Pasarón levantando vivamente la cabeza.

Y acto continuo hizo un panegírico brillante de la civilización arábiga en tiempo del Califato, la ostentación y magnificencia de la Corte con sus palacios suntuosos sus bazares, sus baños y acueductos, los certámenes poéticos a que eran tan inclinados. Después nos dió noticias curiosas e interesantes de aquel médico Avicena que no se llamaba así realmente, sino Ibn Sina; su precocidad extraordinaria, pues a los diecisiete años era ya un maestro en las ciencias; su vida agitada en medio de las revoluciones políticas que sin cesar se sucedían en los diversos principados donde residió; su actividad prodigiosa. Habiendo vivido sólo cincuenta y siete años y ejercido los más elevados cargos políticos, tuvo tiempo a escribir varias obras gigantescas; más de cien libros, donde se trata de todas las ciencias cultivadas en su tiempo. Avicena fué uno de los genios más extraordinarios y uno de los escritores más fecundos que jamás han existido.

Cuando terminó su perorata, otra vez volvió a su libro y a sus bocados aquel joven que realmente me parecía iba en camino de ser un nuevo Avicena. Los comensales y Doña Encarnación, volvieron también a mirarme escrutando el efecto que en mí había causado.

Sixto Moro seguía comiendo sin levantar la cabeza, y en sus labios se dibujaba la misma sonrisa irónica, esta vez un poco más acentuada. Reinó el silencio durante algunos momentos, como si todos estuviéramos bajo el peso de tanta sabiduría. De pronto, Moro, sin alzar la vista y con grave y lenta palabra, dijo:

—Verdaderamente sabio, yo no he conocido otro mayor que un cerdo que mi padre tenía hace años.

Todos le miramos estupefactos y sonrientes.

—Erudito no lo era. Confieso que no era erudito—siguió con la misma solemnidad—; pero no me cabe duda de que era un sabio maravilloso. Durante su vida que fué mucho más corta que la de Avicena, dió pruebas irrecusables de su saber. Sólo voy a daros cuenta de una. Este cerdo sentía una verdadera pasión por la harina mezclada con agua caliente; era para él una golosina. No se le daba más que dos veces por semana porque, como sabéis, la harina cuesta cara. Ordinariamente se le alimentaba con berzas y nabos y los desperdicios de la cocina, los cuales se les servían en una gran caldera ennegrecida por el uso y el fuego. Cuando le daban harina se le servía en otra más pequeña de color amarillo. Pues bien; cuando le llevaban las berzas y los desperdicios se estaba en su cubil acostado, no hacía más que levantar la cabeza y gruñir con ligera satisfacción. Pero así que divisaba la pequeña caldera amarilla, se ponía en pie lleno de alborozo y comenzaba a gruñir, con tal alegría, que era un verdadero escándalo. ¡Qué admirable penetración!, ¿verdad? Como yo fuí siempre inclinado a gastar bromas con toda clase de animales, se me ocurrió un día darle una. En ausencia de mi madre tomo la calderita amarilla, la lleno con los desperdicios y se la llevo. El cerdo empieza a brincar de gozo y a lanzar los gruñidos más armoniosos de su repertorio; pero en cuanto se cerciora del engaño (y le bastó poco tiempo para ello), aquellos gruñidos melodiosos se trocaron en los más ásperos y bárbaros que os podéis imaginar, y no sólo eso, sino que rugiendo de cólera se lanzó sobre mí. Os digo que si no huyo pronto, no lo hubiera pasado bien. Desde entonces se declaró mi enemigo mortal. En cuanto me divisaba se ponía a gruñir ferozmente para darme a entender que no olvidaba la bromita. Era una inteligencia soberana, y su dignidad igual a su inteligencia.

Todos reíamos mirando a Pasarón; pero éste se hallaba enfrascado en la lectura sin querer oír o sin oír efectivamente; porque aquel joven no quería prestar atención más que a lo que fuese materia de estudio.

Por eso, cuando uno de los estudiantes de Medicina apuntó la idea de que los árabes eran más cultos que nosotros los cristianos en aquella época, y Moro la corroboró diciendo, en su peculiar forma expeditiva, que los españoles de la Edad Media no éramos más que un hato de ignorantes, Pasarón se lanzó de nuevo a la palestra defendiendo a la ciencia española. Entablóse sobre esto una viva disputa. Inmediatamente se echó de ver la gran superioridad de aquél. Era un torrente de noticias y datos eruditos. Citó tantas obras y nombres, que realmente parecía que los tenía ya en la punta de la lengua. Moro, en cambio, mucho más escaso de ciencia, se defendía con ingenio y salidas tan oportunas, que desconcertaban no pocas veces a su adversario.

Era un espectáculo verdaderamente interesante la discusión de aquellos dos jóvenes, y yo la presenciaba con la boca abierta, pues confieso que jamás había conocido hombres de tanto talento. La palabra de Pasarón era precisa, correcta, fría y un poco monótona. En cambio, la de Moro, vibrante y apasionada, tenía tantos matices, que me llenaba de admiración. Sin embargo, su afición a las paradojas me pareció excesiva, y aunque las explicaba con singular donosura, no me convencían.

Pasarón citaba una regla gramatical.

—¡No hay Gramática!—replicaba Moro con graciosa resolución.

—¿Cómo que no hay Gramática?—exclamaba Pasarón en el colmo del estupor.

—No; la Gramática la han inventado los maestros de escuela para darse el gusto de azotar a los niños y vivir a expensas de los padres.

—Esa es una de tantas paradojas como te complaces en verter, y que tú mismo no tomas en serio.

—Al contrario, la tomo muy en serio, y sostengo que la Gramática no sirve absolutamente para nada.

—La Gramática señala el apogeo de todas las lenguas, porque significa que los hombres se dan clara cuenta de sus medios de expresión. Es el idioma adquiriendo conciencia de sí mismo.

—Tal conciencia es innecesaria, como lo es la del poeta respecto a la estética. Tú mismo nos has dicho hace unos días que los arios del Asia Central habían construído el sánscrito, la lengua más hermosa que ha tenido la Humanidad hasta ahora. Y, sin embargo, esos arios eran unos rudos pastores.

—Naturalmente, la obra de formación de un idioma es inconsciente; pero, una vez adquirido, nos toca guardarlo con esmero y venerarlo como un don de la divinidad.

—El pueblo que lo ha formado puede deshacerlo y construír otro si se le antoja.

—Si se le antoja no. Los procesos históricos no son obra del capricho; obedecen a leyes providenciales.

—¡Niego las leyes providenciales!

Y acto continuo pronunció con calor unos párrafos de filosofía revolucionaria, que estaba entonces a la moda. Las ideas eran huecas y aparatosas más que sólidas; pero Moro las manejaba tan brillantemente y en períodos tan perfectos, que quedé altamente sorprendido de su facundia.

Uno de los Mezquita, advirtiendo mi sorpresa, me guiñó un ojo diciendo:

—El amigo Moro es un gran orador. Allá en la Academia de Jurisprudencia no hay quien le ponga el pie delante.

Moro se encogió de hombros con un gesto de desdén. Y, descontento de sí mismo, profirió bajando el tono:

—No me seduce eso mucho. La oratoria es el arte de decir vulgaridades con corrección y propiedad.

—Pero Mirabeau ha sido un gran orador. Tú eres un apasionado de él.

—¡Mirabeau! ¡Mirabeau!... En los instantes dramáticos porque atraviesan algunas veces las naciones, un hombre de gran palabra y de gran corazón, como Demóstenes o Mirabeau, son necesarios, porque pueden hacer variar el curso de los acontecimientos. Sobre la cátedra sagrada, hablándonos del cielo, o delante de un tribunal, defendiendo la cabeza de un inocente también. Pero, ¿qué significa un orador empleando imágenes poéticas y discutiendo con metáforas la reforma arancelaria? La oratoria en la actualidad no es otra cosa que una coquetería, una clase de adorno, como dicen en los colegios; ha pasado a la categoría de los polvos de arroz.

La discusión científica se fué trocando en plática jocosa. Moro concluyó embromando a su amigo Pasarón y haciéndonos reír a todos.

—Pasarón, el día en que te mueras, el Purgatorio habrá hecho una gran adquisición. Espero verte allá explicando un curso de filología comparada a las ánimas benditas.

—¿Cómo sabes que ha de ir al Purgatorio? ¿No puede ir al Cielo derechamente?—apuntó uno de los Mezquita.

—No lo creo. Pasarón admira a Lucrecio y a Cátulo y dice pestes del latín de los Santos Padres. Así es que se ha hecho muchos y poderosos enemigos en la Corte Celestial.

—¿Y al infierno?

—Eso menos. A Dios no le conviene que los demonios se instruyan demasiado.

Pasarón sonreía dulcemente sin replicar. Su espíritu, exclusivamente científico, era refractario al humorismo. Yo estaba verdaderamente maravillado del ingenio y la instrucción de aquellos dos jóvenes. Los comparaba con los más conspicuos que había conocido en la capital de mi provincia, hasta con los catedráticos que allí gozaban de mayor reputación, y me parecían todos unos pigmeos al lado de éstos. Creí haber entrado en un mundo mucho más alto y espiritual y comenzar a vivir en medio de una raza superior.

II. BREVE NOTICIA DE MIS COMPAÑEROS DE HOSPEDAJE

Como puede concebirse, me hallaba en un error. Los estudiantes con que luego tropecé en la Universidad, eran, en general, tan vulgares y aun más que los jóvenes de mi tierra. Pasarón y Moro constituían una brillante excepción.

El primero gozaba de una fama inmensa, no sólo en la Facultad de Letras, sino en todas las demás. Era el primer estudiante de la Universidad Central, y se decía que jamás había habido en ella un fenómeno de erudición semejante. Algunos le comparaban al célebre Pico de la Mirandola, aquel joven portentoso del siglo XV que en novecientas tesis por él sostenidas brillantemente agotó todas las cosas cognoscibles de omni re scibili. Y con esto ninguna pedantería. Pasarón exhibía su ciencia sin arrogancia, con perfecta naturalidad, como si abriese cualquier libro bien repleto de doctrina. Pertenecía a una familia bien acomodada de Galicia, y estudiaba a la sazón el doctorado de Letras, con ánimo sin duda de hacerse catedrático.

La reputación de Moro era mucho menor. No transcendía de la Facultad de Derecho. Se le consideraba aquí como un joven inteligente, aunque poco estudioso, y se le concedía mucha facilidad de palabra. Su carácter, bastante desigual, y sus frases incisivas, no le hacían simpático. Pasarón no tenía enemigo alguno; pero Moro contaba muchos. En la misma casa donde nos alojábamos, observé pronto que aquél era admirado y venerado como un portento; mientras que a éste se le regateaban los méritos. Hablando con toda franqueza, yo pienso que lo mismo los primos Mezquita que Albornoz le odiaban secretamente. Aunque le mostrasen consideración, se advertía que era por terror. La misma Doña Encarnación hablaba de él con un poco de desdén y reía de buen grado cuando alguno de los huéspedes se burlaba de sus famosas melenas.

En el leve desdén de nuestra huéspeda entraba por mucho, sin duda, el origen humilde de Moro; porque las mujeres hacen siempre gran caso de tal extremo. Moro era hijo de un pobre zapatero de Alcalá de Henares. Tenía dos tíos ebanistas en la misma población, los cuales habían adquirido cierto desahogo con su oficio y poseían allí el mejor almacén de muebles. Estos dos tíos, solteros, entusiasmados con la precocidad de Sixto, pues en la escuela, cuando contaba sólo ocho o diez años, ya pronunciaba discursos y causaba admiración por la facilidad de su ingenio, se encargaron de subvenir a su educación. Primero le enviaron a un colegio muy barato que existía en el Mediodía de Francia. Allí permaneció tres años, y aprendió el francés y a vivir sin comer. Según nos aseguraba, había padecido tanta hambre, que nunca más en su vida pudo quedar saciado. Se hizo luego bachiller, y emprendió en Madrid la carrera de Jurisprudencia, que estaba terminando con singular aprovechamiento. Sus tíos habían depositado en él tales esperanzas, que al mismo Sixto hacían reír.

En cuanto a los primos Mezquita, eran dos seres insignificantes; tímidos y tolerantes para todo el mundo menos para ellos mismos. Es decir, que aceptaban cuanto se les decía y no entablaban jamás disputa con nadie; pero entre sí eran dos fieros contendientes. Uno de ellos se llamaba Bruno; el otro, Manuel. Apenas Bruno sentaba cualquier proposición, ya fuese del orden físico o del espiritual, Manuel se erguía desdeñoso y comenzaba a rebatirla punto por punto. Igualmente cuando Manuel se aventuraba a hacer la más inocente y sencilla afirmación, Bruno saltaba encima de ella como un tigre, y la desgarraba, y la trituraba entre sus dientes. Las disputas que comenzaban en la mesa se proseguían en su cuarto, pues los dos ocupaban uno mismo, y allí se eternizaban.

Pepito Albornoz era un muchacho inteligente y aun pudiera añadirse ingenioso. De vez en cuando tenía ocurrencias felices; pero era tan excesivo y vidrioso su amor propio, que paralizaba su ingenio y le hacía aparecer a menudo como un tonto. Cualquier palabra irónica le desconcertaba, le dejaba incapaz de responder. Fácil es colegir que Moro, al tanto de esta flaqueza, no le escaseaba las burlas y le tenía martirizado y frito.

Se le ocurría al pobre chico cualquier observación graciosa respecto a lo que Moro estaba hablando. Este levantaba la cabeza sorprendido:

—Parece que los pájaros tiran a las escopetas. Ten la bondad de repetir ese chiste, Pepito, para que Doña Encarnación lo envíe a tus papás con las notas de clase.

—Sin embargo, Moro, debes convenir en que la salida de Albornoz ha sido oportuna—apuntó uno de los Mezquita.

—Sí; confieso que en medio de su dulce charla infantil tiene alguna vez ocurrencias felices. Pero no hay que celebrárselas demasiado. Todos los pedagogos están conformes en aconsejar que no se excite el amor propio de aquellos seres que tienen necesidad más tarde de luchar con las agresiones de la sociedad. El de Pepito, ya sabéis que está harto excitado.

Con esto Albornoz se ruborizó fuertemente. Nosotros le miramos y se ruborizó todavía más.

Quedé, pues, instalado en aquella casa muy a mi gusto. Obtuve de los huéspedes tan favorable acogida que, a pesar de mi corta edad, que logré ocultar algún tiempo, pronto me tuteé con todos ellos. La superioridad intelectual de Pasarón y de Moro me causaba admiración.

Estimulado por ella creció el fuego de la sabiduría que me devoraba. Estaba resuelto a instruírme y a libar toda la miel científica que la Universidad Central destilaba en aquella época.

Pero con gran sorpresa mía esta miel se hallaba siempre en vías de fabricación en las cátedras, sin que jamás nos la sirviesen aderezada y apta para nuestra alimentación. Quiero decir, que en todas las clases de la Universidad, lo mismo en la Facultad de Ciencias que en la de Letras o la de Derecho, los profesores en aquella época, que siguió a nuestra gran Revolución, no explicaban la asignatura que les estaba encomendada, sino la introducción a esta asignatura. De tal modo, que pasábamos todos los meses del curso en el zaguán de la ciencia haciendo sonar la campanilla sin lograr jamás franquear la puerta.

Ignoro a qué obedecía esta conducta. Tal vez juzgasen nuestros profesores que convenía tenernos en el portal, temerosos de que la escalera nos hiciese daño.

Yo me creía con pecho bastante fuerte para subirla. Compré libros y leí por ellos con ahinco. Y no sólo en casa, sino en la Biblioteca Nacional, pasaba largas horas entregado con furor al estudio. Pasarón me ayudó muchísimo a orientarme en mis trabajos. Porque este joven maravilloso no sólo había profundizado en la Historia, en la Literatura y en la Filosofía, sino que tenía, asimismo, conocimientos muy vastos en las Ciencias Físicas y Naturales. Particularmente era asombrosa su erudición bibliográfica. Cuando yo necesitaba conocer con alguna mayor extensión cualquier materia, él me señalaba al instante el libro en que la hallaría expuesta con mayor lucidez.

No obstante, al cabo quise entender que su ayuda era más externa que espiritual. Me señalaba los libros, me hablaba de los autores con una riqueza de datos sorprendentes, hacía algunas observaciones críticas de importancia; pero no entraba de lleno en el fondo de los asuntos ni procuraba esclarecerlos. Si he de confesar la verdad, me parecía que le interesaban de un modo secundario.

La filosofía de la Naturaleza, los grandes sistemas metafísicos, la investigación atrevida de las causas esenciales, las ideas que agitaban constantemente mi espíritu y lo tenían anhelante, observé que no le preocupaban. Cuando yo trataba de lanzar nuestra conversación a las alturas y estudiar los hechos capitales de la existencia y decidir de la mayor o menor veracidad de las ideas, en vez de apoyarme o contradecirme solía decir: «—Esa idea que acabas de emitir es hegeliana, o ese concepto de la fuerza cartesiano, o esa opinión se acerca mucho al conceptualismo de Abelardo.» Pero investigar si lo que yo afirmaba era o no cierto, jamás.

Repugnaba la discusión como no fuese sobre la mayor o menor autenticidad de un dato o de una fecha. En fin, era evidente que le interesaba mucho más la historia de la ciencia que la ciencia misma.

Por eso un día a la hora del almuerzo, que era la de las grandes controversias, Sixto Moro le dijo:

—Pasarón, te pareces a cierto joven que ofreció a sus amigos presentarles en el palacio de un marqués donde se celebraban brillantes bailes y reuniones. Sus amigos creyendo de buena fe que era amigo del marqués y frecuentaba su casa, se pusieron el frac y fueron con él al baile. Suben la escalera, entregan los abrigos a los criados, penetran en el salón y nuestro joven se dirige al dueño de la casa que se hallaba en medio de él, le hace una profunda reverencia y le dice: «—Marqués, tengo el honor de presentar a usted a mi amigo Fulano, capitán de artillería; a mi amigo Zutano, ingeniero de montes, etcétera.» El marqués le mira con asombro, y al fin exclama indignado: «—Está bien, ¿y a usted quién le presenta?» «—A mí, nadie—responde tranquilamente—, yo me retiro.» Y girando sobre los talones, se va del salón. Tú haces lo mismo, nos presentas filósofos y literatos, nos explicas con toda perfección sus opiniones y cuando al cabo preguntamos por las tuyas, te decimos como el marqués: «—¿Y usted quién es?»—«Yo no soy nadie, yo me retiro»—nos contestas.

Era exacto. Sin embargo, no se podía negar a Pasarón una grande y lúcida inteligencia. Su crítica era casi siempre acertada, vigorosa, poseía una rara penetración para aquilatar los méritos de cada escritor, no había cuidado que se dejase engañar por armadijos ni oropeles. Mas ya fuese porque el exceso de conocimientos sofocasen en él toda iniciativa intelectual, o porque su desaforada curiosidad y afición a la Historia le impidiese entrar en sí mismo, es lo cierto que no podíamos averiguar qué ideas germinaban en su mente acerca de los grandes problemas de la filosofía ni las secretas inclinaciones de su espíritu.

¡Cuán distinto era Moro! Para éste no existía la Historia sino la actualidad. Sobre cada asunto que se ofrecía en nuestras pláticas formaba inmediatamente su opinión que expresaba siempre de un modo resuelto, inapelable. La mayor parte de las veces, estas opiniones se apartaban cien leguas de las de los demás; pero esto era cabalmente lo que él ambicionaba. Su satisfacción era ostensible cuando después de emitir una de ellas veía el asombro pintado en nuestros ojos.

Moro vivía en perpetuo estado de rebelión contra todos los principios que pasan por inconcusos en nuestra sociedad. Era lo que hoy han dado en llamar ciertos filósofos un no-conformista. En cuanto se ofrecía ocasión de atacarlos, cerraba furiosamente contra ellos o escaramuzaba ligeramente en torno suyo.

Su ingenio sutil y la afluencia de que estaba dotado le servían admirablemente para apoyar las verdades cuando casualmente tropezaba con ellas; pero desgraciadamente también le ayudaban a sostener los errores cuando alguno de sus frecuentes caprichos le arrastraba a ponerse de su lado. En estos casos se convertía en un famoso prestidigitador de las ideas, hacía juegos malabares con ellas, y si no nos convencía por lo menos nos deslumbraba.

En fin, era un retórico que apuntaba al efecto antes que a la verdad, y que no temía despeñarse en un abismo de paradojas y de absurdos si esto le proporcionaba el gusto de mostrar la flexibilidad de su talento y de inquietar a sus oyentes. Por esto su conversación, siempre brillante, concluía algunas veces por hacerse fatigosa.

III. LA CASA DE MI MENTOR

El general Don Luis de los Reyes fué la persona designada por mi padre para servirme de mentor en Madrid durante la carrera. En consecuencia, me presenté al día siguiente de mi llegada, por la tarde, en su casa.

Ocupaba el General el piso primero de una de las mejores casas del barrio de Salamanca. Me abrió la puerta un criado con librea, quien, al enterarse de mi deseo de ver al General, llamó a otro. Apareció un hombre que, a juzgar por su traje, no era un criado ni tampoco un caballero. Después supe que se llamaba Longinos y era un antiguo asistente del General a quien había hecho su hombre de confianza, una especie de intendente o mayordomo. Al escuchar mi nombre sonrió con benevolencia y no vaciló en llevarme a la presencia de su amo.

Se hallaba éste en su despacho escribiendo, y cuando me anunciaron se alzó precipitadamente del sillón, vino a mi encuentro y me abrazó tan efusivamente, que no pude menos de sentirme profundamente halagado.

—¡Ea, ya tenemos aquí al estudiante! Un buen estudiante, ¿verdad? Si semejas a tu padre por dentro como te pareces por fuera, seremos excelentísimos amigos.

Me recibió con una cordialidad verdaderamente conmovedora. Se enteró minuciosamente de la salud de los míos, y de todo lo que ocurría en mi casa, me dió infinitos consejos y un cigarro habano que se empeñó que fumase en su presencia.

Era Don Luis, lo que se llama en términos vulgares, un real mozo. Alto, corpulento con tendencias a la obesidad, la tez sonrosada, los ojos vivos, la dentadura perfecta, y sólo tal cual hebra de plata entre su barba, que gastaba cerrada y corta. Aunque tenía cuarenta y seis años cumplidos nadie le echaría más de los cuarenta. Se ofreció desde luego a mis ojos como un hombre alegre, cordial, impetuoso, un poco ligero, representando el tipo perfecto del temperamento sanguíneo, tal como acababa de estudiarlo en las nociones de fisiología que cursamos en el último año del bachillerato.

Había sido uno de los caudillos afortunados de la revolución de Septiembre. Durante algunos años fué un temible conspirador, amigo íntimo del general Prim y de los demás militares que aspiraban a derrocar el régimen imperante, hombre valeroso y estimado de sus compañeros. Hizo la campaña de Africa donde se señaló mucho, y cuando no había cumplido aún los treinta y cinco años, alcanzó el empleo de coronel. En aquella época se hizo sospechoso al Gobierno, se le quitó el mando del regimiento y se le envió desterrado a mi pueblo natal. Allí permaneció más de un año, y en este tiempo trabó amistad estrechísima con mi padre.

El lazo de unión entre estos dos hombres de profesiones tan diferentes fué la pesca. Cañas, redes, anzuelos, impermeables, botas de agua; yo no veía otra cosa en mi niñez atestando los rincones de mi casa. Poseía mi padre una pequeña lancha con la cual se lanzaba a la mar la mayoría de las veces solo. Esto era causa de zozobras sin cuento para mi pobre madre. Nadie sabía mejor que él guisar una caldereta a la orilla misma del mar con el pescado que acababa de extraer del agua. Era peritísimo para adivinar y predecir las mudanzas del tiempo. Cuando nuestros amigos y vecinos proyectaban cualquier excursión campestre se le venía a consultar, y si él no daba su beneplácito nadie se movía de casa.

El coronel Reyes tenía más afición que práctica en este noble ejercicio. Su afición era verdaderamente loca y superaba aún a la de mi padre. Sin embargo, éste le inició durante aquel año en todos los secretos del arte. No se apartaban sino para dormir, porque aun en las horas que mi padre destinaba al despacho de sus negocios, el Coronel solía estar presente en el escritorio ocupándose ordinariamente en arreglar los aparejos. Su amistad se estrechó tanto, que llegaron a tutearse como si se hubiesen tratado desde la infancia. No tenían secretos el uno para el otro, y cuando un día, burlando la vigilancia de las autoridades, desapareció el Coronel del pueblo, fué mi padre quien le facilitó los medios y quien le sirvió de intermediario para obtener noticias de su hija, que había dejado en Madrid. El coronel era viudo y tenía una niña de poca menos edad que yo, cuyo retrato llevaba siempre en la cartera. Mi madre se deshacía en elogios de la belleza de aquella criatura de tres o cuatro años. Imposibilitado de tenerla consigo a causa de su vida azarosa, la había colocado en casa de una prima suya y más tarde en un colegio dirigido por religiosas; pero su pensamiento estaba siempre con ella, porque era hombre afectuosísimo.

Digo, pues, que un día desapareció de nuestro pueblo, y desde entonces corrió todas las aventuras peligrosas de los conspiradores de aquella época. Se batió el 22 de Junio en las barricadas en Madrid y siguió a Prim en su odisea por los campos de Castilla hasta entrar en Portugal. Mi padre conocía por menudo sus azarosos pasos, y me narraba de sobremesa, con emoción, algunos de ellos.

Al cabo dió con sus huesos en París, donde permaneció los dos años que precedieron al triunfo de la revolución. Allí conoció a una joven viuda, brasileña, de gran fortuna, y se casó con ella. Harto lo necesitaba. El Coronel era uno de los hombre más pródigos que pudieran verse. Mi padre no le reconocía otro defecto. Había disipado el corto caudal de su primera esposa que poseía más timbres de nobleza que hacienda, y sería bien capaz de disipar el de ésta si le dieran tiempo y ocasión para ello. De sus trampas y penurias se disculpaba achacándolo a la política; pero mi padre sabía perfectamente que sólo debían achacarse a su inveterada prodigalidad y no poco le tiene sermoneado para corregirle.

Por fin llegó la hora del triunfo. Reyes desembarcó en Cádiz con los militares revolucionarios, se batió en Alcolea y entró victorioso con ellos en Madrid. Fué nombrado inmediatamente general de división o mariscal de campo, como entonces se decía, saltando sobre el empleo de brigadier. Erale debido, pues llevaba diez años de coronel y había expuesto repetidas veces su vida en aras de la causa revolucionaria. Un año después fué ascendido a teniente general. A la sazón ocupaba un alto puesto en el Ministerio de la Guerra.

—Bueno, ahora que ya me conoces (porque reconocerme, aunque digas lo contrario, es imposible), ahora que sabes que estoy dispuesto a no perdonarte la más mínima infracción de tus deberes (salvo las escapadas que harás sin que yo me entere), es necesario que conozcas a mi familia y que te posesiones de esta casa que es, desde hoy, la tuya.

Salimos del despacho, atravesamos un pasillo profusamente iluminado, y penetramos en una estancia muchísimo más iluminada aún.

Era un gabinete cuadrado de regulares dimensiones, decorado con un lujo al cual no estaba yo acostumbrado. Las cortinas de raso encarnado sostenidas por galerías doradas; la sillería dorada también y forrada de la misma tela; del techo pendía una artística araña de cristal y en uno de los rincones un gran quinqué sostenido por tallada columna de bronce esparcía también velada claridad. Sobre la chimenea de mármol rojizo había una magnífica escultura de mármol blanco, y sobre dos mesitas chinescas, algunos juguetes de porcelana. Los pies se hundían en la alfombra; una emanación de suavidad extraordinaria llenaba el aire con su perfume. Al través de una puerta se divisaban otros dos salones; el uno azul, el otro gris, iluminados igualmente con preciosas lámparas.

Todo aquel lujo me produjo un gran deslumbramiento. Allá en nuestra ciudad, mi familia vivía con holgura pero con gran sencillez, y jamás había estado en casa alguna que se le pareciese.

Una linda joven saltó de la silla donde se hallaba hojeando un libro, y se colgó del cuello del General dándole dos apasionados besos.

—Aquí os presento a Angelito, cuyo nombre en alas de la fama ha llegado ya a vuestros oídos. Un estudiante modelo, casi un hombre eminente que llegará a serlo por completo si, como espero, cierra los ojos y tapa sus oídos a los encantos de la capital—dijo Reyes mirando al mismo tiempo hacia un rincón del gabinete.

En aquel rincón descansaba sobre una butaquita roja como el resto del mobiliario, otra joven de deslumbrante hermosura.

La primera me alargó risueña su mano, que yo estreché tímidamente. Era una mano de niña, suave y regordeta. En efecto, aquella joven no era más que una niña raramente desarrollada. Por su estatura y corpulencia, semejaba una mujer, pero su rostro tenía la frescura y la inocencia de la infancia. Sus ojos negros y vivos, guardaban gran semejanza con los del General; la tez finísima, sonrosada, brillante; la boca deliciosa, los cabellos negros y ondulados cayendo graciosamente sobre la frente, una frente estrecha y tersa de estatua griega.

—Mi hija Natalia—dijo Reyes besando aquella frente—. Y aquí tienes a la señora de la casa—añadió señalando a la joven que se había levantado de la butaca y venía hacia nosotros.

Esta me estrechó la mano también, y el General exclamó riendo:

—Estréchala con respeto que es la de un sabio.

La bromita del General me iba pareciendo un poco pesada.

Una sonrisa divina se esparció por el rostro de aquella mujer que más parecía una diosa. Era alta, esbelta, admirablemente torneada; pero nada puede dar idea de su rostro amasado con rosas y leche, donde se unían el amor y la gracia, la dulzura y la altivez. Sus ojos garzos tallados en almendra brillaban debajo de sus cabellos rubios con luz tibia y voluptuosa y su boca sonreía como una rosa que se abre dejando ver dos filas de perlas. Aquella cabeza encantadora estaba sostenida por un cuello de alabastro que se unía a su espalda con una curva de indecible elegancia, y su seno se alzaba fiero y majestuoso bajo la tela sutil de su bata azul.

—Si no es un sabio todavía, lo será, ciertamente, con el tiempo.

—Y si intenta desviarse del camino recto, le pondremos orejeras como a los caballos de tiro para que mire siempre hacia adelante.

—No haga usted caso de este rudo soldadote que no piensa más que en tirar la Ordenanza a la cabeza a todo el mundo. Usted seguirá siendo el estudiante modelo de que hace tiempo teníamos noticia sin necesidad de que nadie le señale el camino.

—¡Usted! ¡usted!... ¿Qué significa ese usted? Angelito viene confiado a nosotros, y tú eres desde hoy en Madrid, su única madre.

¿Quién dejará de imaginarse el grato cosquilleo que sintió mi pecho al encontrarme con tan gentil mamá? Su voz entró en mis oídos como una música suave. Mis ojos debieron expresar tanta admiración, que su tez delicada se tiñó de carmín.

—Bien, pues desde ahora no dudes que aquí estás en tu casa y que todos tendremos un placer en que nos trates y consideres como tu familia.

Hablaba mi buena mamá bastante bien el español, aunque que con cierto dejo portugués, alargando un poco los labios, lo cual hacía su discurso suave y mimoso.

—Ven a tomar una copita de Jerez—me dijo entonces Natalia tuteándome ya también con la mayor franqueza.

Y cogiéndome de la mano me arrastró fuera del gabinete.

—¡Eso es! Has tenido una idea feliz—exclamó el General—. Dale un buen latigazo de Jerez y di a Juan que ponga un cubierto más en la mesa porque este buen mozo se queda hoy a comer con nosotros.

Natalia me llevó al través de los dos salones, azul y gris, hasta otra gran pieza donde dos magníficos aparadores de roble tallado se hallaban adosados a la pared cubierta de tapices que representaban escenas campestres. En el medio, debajo de una lámpara donde el gas brillaba amortiguado por la pantalla verde, estaba ya la mesa puesta. Un centro de plata adornado de flores perfumaba la estancia. Natalia se dirigió al criado que, con corbata y guantes blancos, estaba allí esperando.

—Sirve una copa de Jerez a este señor.

¿Por qué a esta niña encantadora se le ocurrió tan repentinamente darme una copa de Jerez? He aquí un problema que no se presentó entonces a mi espíritu. La bebí como si fuese algo que estuviese en el orden de la creación, y di las gracias.

Volvimos al gabinete, nos sentamos todos, y el General tornó a hacerme preguntas acerca de mi familia y de los conocidos que había dejado en el pueblo. Inútil me parece decir que sintiéndome escuchado por tan gentil auditorio, procuré dar a mis discursos la forma más ingeniosa y amena de que era capaz mi cerebro.

El General me hizo narrar las impresiones de viaje. No pude menos de confesar que algunas distaron de ser agradables. En cierta estación subió a nuestro coche un caballero que se condujo conmigo del modo más grosero que cualquiera puede imaginarse. Sacó violentamente mi maleta de la rejilla y me la arrojó sobre las rodillas. Decía que tenía derecho a un sitio para la suya. ¿Por qué no sacó la de cualquiera otro viajero? Porque yo era un muchacho y no podía hacerle frente. ¿No les parece una cobardía? Después se echó a roncar y puso los pies sobre mí con unas botazas sucias que daban asco.

—¿Por qué no le rompiste la cabeza a ese indecente?—exclamó Natalia con una impetuosidad que nos hizo sonreír—. ¡Sí! ¿Por qué no le dejaste caer una maleta sobre la cara cuando estaba durmiendo?

El General soltó una carcajada.

—¡Niña, eso es ya demasiado fuerte! ¿No comprendes que una maleta por poco que pesase le dejaría chato para toda la vida?

—¡Qué lástima! Yo le hubiera dejado sin narices.

El General, sin dejar de reír, acarició el rostro de su hija, diciendo:

—Sosiégate, hija mía. Eres una polvorilla que se inflama con la más leve chispa.

—Tiene a quien parecerse—apuntó Guadalupe sonriendo.

—¡Verdad!—replicó el General acariciando también la mano de su esposa—. ¡Cuánto daría por ser dueño de mí siempre como lo eres tú! Se vive más tranquilo, y, sobre todo, se deja vivir tranquilos a los otros, lo cual es más importante.

—¡Qué sé yo!—exclamó Natalia haciendo un gesto de desdén—. Por lo menos a nosotros dos no se nos podrá tachar de hipócritas.

—¿Se me tacha a mí?—preguntó Guadalupe dirigiéndole una mirada de reconvención cariñosa.

—Nadie podrá siquiera imaginarlo—se apresuró a decir el General respondiendo por su hija—. La tranquilidad del alma no excluye la lealtad. Sabes guardar tus sentimientos y haces bien, porque siendo puros los verías muchas veces profanados.

Al pronunciar estas palabras, el General clavó en su esposa una mirada de intenso cariño que la obligó a ruborizarse.

Mi impresión en aquel momento fué que el General amaba entrañablemente a su hija; pero estaba loco por su mujer. Ni lo uno ni lo otro me sorprendía, porque yo estaba a dos dedos de participar de aquellos sentimientos. Natalia, con sus ojos límpidos, con la movilidad graciosa de su rostro, con sus ademanes impetuosos e infantiles, provocaba la ternura que se siente por los niños; pero Guadalupe infundía, por su belleza escultórica, por la serenidad altanera de su frente, por la sonrisa divina que se esparcía por su rostro, la admiración más profunda.

Esta mujer extraordinaria, que podía contar a la sazón treinta años, había sido casada en Río Janeiro muy niña con un rico comerciante, que al morir le legó toda su fortuna. Rica y libre, se vino con su madre a Europa, y se estableció en París. Allí la conoció Reyes, y consiguió enamorarla. Su arrogante figura y el prestigio de héroe que le daban sus aventuras románticas de revolucionario, efectuaron el milagro. Haría poco más de cuatro años que estaban casados, y la hermosa viuda no tenía motivo para arrepentirse. El proscripto, a quien había dado su mano, era a la hora presente general y personaje influyente en España. Sobre esto, la adoración de Don Luis no cedía un punto de su primera intensidad; su rendimiento, sus caballerescas atenciones con ella despertaban no pocas veces una sonrisa entre sus amigos.

—Faltan veinte minutos para las siete—dijo Reyes mirando su reloj—. Natalia, hija mía, ¿quieres teclear un poco en honor de nuestro huésped?

Amablemente, la niña se levantó de su butaca, y nosotros la seguimos al salón contiguo, donde se hallaba el piano. Nos sentamos. Natalia se acercó a mí, y poniéndome una mano sobre el hombro, me preguntó:

—¿Eres aficionado a la música?

—Muchísimo.

—Entonces te haré oír algo escogido.

Se sentó al piano y comenzó a tocar un nocturno de Chopín que yo conocía. El efecto que en aquel momento me produjo no puede describirse. Natalia tocaba con una maestría que me pareció insuperable. Era una profesora consumada. Delante de mí, cerca del piano, se hallaba Guadalupe, que me espiaba con sus hermosos ojos, y de vez en cuando me sonreía. Yo creía estar en el cielo. Naturalmente en el cielo de Mahoma, porque no era lo suficiente espiritual en aquel momento para entrar en el cristiano.

Me sentía conmovido hasta lo profundo del alma; me acometieron deseos de llorar. En aquella edad padecía una emotividad exagerada que me hacía sufrir y gozar como pocos hombres habrán gozado y sufrido en este mundo. Debí quedar pálido, y, a despecho mío, es posible que una lágrima haya asomado a mis ojos.

Natalia terminó. Yo, haciendo un esfuerzo sobre mí mismo, aplaudí con todas mis fuerzas. Guadalupe se acercó a mí solícita y me preguntó:

—¿Te sientes mal, hijo mío?

—No, señora.

—Es que he observado que tus manos temblaban un poquito y que tu cara bajaba de color mientras Natalia nos ha hecho oír el nocturno... Me alegro—añadió sonriendo—de que estas señales de agitación se deban solamente al efecto de la música. Eso prueba que además de un oído delicado tienes un corazón sensible.

Si yo hubiera respondido que su voz sonaba más grata en mi corazón que el nocturno de Chopín, no diría una falsedad. Era una voz angélica que se deslizaba en los oídos y llegaba a lo más secreto del alma. Cuando la Naturaleza se decide a fabricar un sér perfecto no abandona ningún detalle.

—¿Cómo no se ha de sentir mal este chico?—manifestó el General riendo—. Estará muerto de hambre. ¡A ver, ahora mismo a la mesa!

Y se lanzó al comedor seguido de nosotros.

Nos sentamos a la mesa. Las poéticas emociones que había experimentado no alteraron poco ni mucho mis facultades digestivas. Comí con el mayor apetito. Lo mismo el General que las damas me animaban a hacerlo. Cuando el criado nos sirvió unos salmonetes con salsa, el General dejó escapar un suspiro y exclamó con acento dolorido:

—¡Oh, qué hermosos salmonetes he pescado con tu padre detrás de las peñas en la concha de Argañón!

—Mejores los pescas en el Manzanares—dijo Natalia.

Su padre hizo como que se enfadaba, y me confesó que alguna vez se consolaba tomando el coche y haciéndose conducir a las afueras de Madrid, cerca del río. Allí se pasaba algunas horas con la caña en la mano «sólo para recordar tiempos mejores». Ordinariamente venía sin nada; pero en cierta ocasión trajo una tenca que pesaba libra y media.

—Fué un acontecimiento que ocupó la atención pública varios días—dijo Natalia—. Había que ver la cara de papá cuando se presentó con la tenca. Ni que viniese de ganar una batalla a los moros. Y luego ¡qué cuidados exquisitos para guisarla! No se fiaba del cocinero; él mismo en persona fué a dirigir la operación. Cuando la sirvieron a la mesa se la condujo bajo palio, y Guadalupe y yo tocamos a cuatro manos la Marcha Real.

—Ríe, ríe, picarilla—dijo su padre pellizcándola—; pero no es menos cierto que has hecho los honores a mi tenca y que ambas os habéis alegrado bastante cuando la he pescado.

—Es natural, como que tu gloria al fin y al cabo refluye sobre nosotras—dijo Guadalupe.

—¿También tú?—prosiguió el General amenazándola con el dedo.

—Papá, si me prometes no enfadarte te diría una cosa.

—Di lo que quieras.

—¿No te enfadarás?

—Palabra de aragonés.

—Pues bien esta mañana he leído en un periódico la siguiente definición: «Una caña de pescar es un instrumento al cabo del cual se encuentra siempre un tonto.»

—¡Bah! Y una pluma es otro instrumento al fin del cual se tropieza no pocas veces con un asno.

—¿Lo ves cómo te has enfadado?

—No me enfado; pero defiendo el noble arte de la pesca de los ataques insidiosos que se le dirigen por quien no lo conoce o carece de aptitudes para practicarlo.

—Será todo lo noble y todo lo difícil que quieras, papá, pero debes convenir en que no es divertido.

—Si se tratase de la caza...—apuntó Guadalupe.

—¡Estáis en un error! En la pesca existen goces que no puede sospechar el que no la haya practicado. En primer lugar se respira el aire libre del mar, se contempla su vasta llanura unas veces en calma, otras agitada. Es un espectáculo desde luego más sublime e interesante que el de los jarales que ordinariamente recorre el cazador. Después hay el misterio, esto es, lo que más seduce al hombre en este mundo. Allá en las profundidades del agua, invisible siempre, se encuentra lo que apetecemos apresar. No sabemos si está lejos o cerca de nosotros; pero llega un momento en que la caña se dobla o en que el aparejo se estremece en nuestras manos. No podéis sospechar el sabor que tiene tan precioso instante para el pescador. Esta sensación única, que a nada se parece, compensa sobradamente la paciencia que hemos gastado esperándola. Luego comenzamos a ver al prisionero; no sabemos quién es ni cómo se llama, pero ya se vislumbra su bulto entre los cristales del agua. Al cabo aparece en la superficie: es una lubina, es un sollo, es un salmonete. ¡Con qué gozo le asignamos su nombre!

—Pero es un gozo bárbaro—manifestó Guadalupe—. El hombre en la caza y en la pesca se transforma en animal de presa, espía a su víctima, la engaña y cuando observa que ya no puede escapar ni defenderse cae sobre ella, como el gato sobre el ratón, o el ave de rapiña sobre el polluelo. ¡Es innoble!

—Tratándose de la caza, convengo en ello, querida. El cazador sorprende a un inocente pajarito que es todo alegría y cuya existencia semeja mucho a la nuestra. Tiene amores, siente celos, riñe combates con su rival, fabrica su nido, se extasía cantando como un artista y le impresiona, como a él, la belleza de los días espléndidos y de los paisajes luminosos... Pero un pez es un sér, cuya inconsciencia linda ya con la de la materia bruta: no ama ni aborrece; no conoce siquiera; es mudo; ningún grito denota su sensibilidad. Cuando sale del agua se le extrae el anzuelo, y pocos momentos después queda asfixiado. Aquí no hay sangre como en la caza, no hay nada cruento ni doloroso...

Así discutían placenteramente aquellas amables personas.

Yo seguía nadando en el cielo, y cuando hube satisfecho el instinto de nutrición que en aquella edad gritaba en mí de un modo alarmante, pensé con tristeza que pronto tendría que separarme de tan grata compañía.

Estaba encantado del padre y de la hija, pero la esposa me tenía fascinado. Haciendo todo lo posible para disimularlas le dirigía intensas miradas de admiración. ¿Pasaron inadvertidas? No lo creo. Desde que hay mundo ninguna mujer dejó de percibir la influencia de sus encantos sobre un hombre. Me miraba de vez en cuando cerrando un poco sus hermosos ojos con expresión de afecto, y sonreía. Era su sonrisa leve, dulce, graciosa, un poco enigmática como la que Vinci puso en los labios de su Gioconda.

—Por supuesto—añadió el General riendo—, toda esa sensibilidad de que hacéis gala para mí es música. Tonico tiene razón cuando dice que una mujer se desmaya viendo matar una gallina; pero se baña en agua de rosas cuando un enamorado se da un tiro en la frente por ella.

—¿Dice eso Tonico?—preguntó Guadalupe alzando la cabeza y mirando a su marido con expresión burlona.

—Sí; eso dice, y en mi concepto tiene mucha razón—respondió el General un poco desconcertado por aquella mirada.

—Es una prueba más del maravilloso ingenio que Dios se ha dignado conceder a Tonico—replicó la dama con tal acento sarcástico que el General enrojeció.

—No será un rasgo de ingenio, pero es una gran verdad... Por lo demás, ya sé de sobra que todo cuanto dice Tonico no tiene para ti sentido común.

—Perdona que haya puesto mis manos pecadoras sobre el arca santa—dijo Guadalupe con el mismo tono sarcástico.

—A mí no se me ha confiado ningún arca, pero tengo el deber de defender a mis amigos. Las mujeres rara vez procedéis con justicia, porque no razonáis vuestras simpatías o antipatías que son puramente instintivas.

—¿Esa reflexión es también de Tonico?

—No es de Tonico, es mía... Pero si lo fuese ¿qué?

—No es muy galante.

—Cuando se habla en general no hay falta de galantería, porque se deja siempre un hueco para las excepciones.

Esta corta disputa había introducido una nota agria en aquel suave concierto. Natalia tenía la frentecita arrugada y sus ojos expresaban extraño malestar. De esto deduje que el sujeto de quien se trataba no había logrado captarse la simpatía de las damas.

El General tenía un temperamento impetuoso y colérico, y su mujer, que debía de conocerle bien, no quiso pasar más adelante en la discusión. Volviéndose hacia mí me preguntó con tono afectuoso:

—¿Has vivido alguna vez en casa de huéspedes?

—No, señora; jamás he salido de mi casa hasta ahora.

—¡Oh, entonces seguramente va a ser doloroso tu aprendizaje! Echarás de menos las comodidades de tu casa, la confianza y los cuidados de la familia.

—A la edad de Angelito no se echa de menos nada más que la libertad cuando nos privan de ella—dijo el General que estaba ya pesaroso de haberse puesto serio—. Y no quiero añadir el dinero, porque estoy cierto de que Angelito sabrá hacer buen uso del que su padre le dé.

La conversación siguió pacífica y alegre. Habíamos llegado a los postres; y cuando nos disponíamos a tomar el café oímos el timbre de la puerta.

—¡Es Tonico!—exclamó el General alegremente.

Lo mismo Guadalupe que Natalia permanecieron serias y aun quise percibir en el rostro de ambas señales de contrariedad.

—El señor Grimaldi—dijo el criado levantando la cortina.

El caballero que se presentó vestía de frac y corbata blanca. Para representarse lo que era físicamente, no hay más que recordar los figurines de los sastres. Aquellos rostros excesivamente lindos, correctos, perfilados, impecables daban cabal idea del suyo. La frente, la nariz, la boca, los cabellos negros esmeradamente peinados, el bigote y la perilla, todo era perfecto. Los soldaditos de papel con que juegan los niños también parecían fotografías suyas. No le faltaban siquiera las fuertes rosetas en las mejillas. En cuanto a su frac; la pechera reluciente, como un espejo, de su camisa; la botonadura de perlas, la fina cadena de su reloj pendiente de uno de los bolsillos del chaleco a la moda del Imperio, las botas de charol; nada podía darse más flamante e irreprochable. Podía contar de treinta y ocho a cuarenta años de edad, algunos menos, por lo tanto, que su amigo el General.

Como persona de entera confianza y de las que se ven todos los días estrechó silenciosamente la mano de los tres, principiando por Guadalupe y concluyendo por Natalia, cuyo rostro azotó cariñosamente con los guantes que empuñaba en una mano. Si he de decir la verdad, no observé cordialidad más que en el General al recibirle. Este me presentó a él y nos saludamos ceremoniosamente.

Don Antonio Grimaldi era aragonés como Reyes, perteneciente a una familia opulenta de negociantes. Se habían conocido y tratado en Zaragoza; estuvieron algunos años sin verse y, al fin, se tropezaron en París poco después de haberse celebrado el matrimonio del General.

Grimaldi residía desde hacía tiempo en aquella ciudad llevando la vida del soltero rico. Era conocido en los boulevares, en los restaurantes de moda, en las carreras de caballos y en las salas de armas. Aunque en Zaragoza no habían sido amigos muy íntimos, porque la diferencia de edad en la juventud es más apreciada, al encontrarse en el Extranjero se estrechó su amistad hasta hacerse fraternal. Quizá la misma diferencia de temperamentos contribuyese a afirmarla.

Era el General ruidoso y expansivo en grado sumo. Su amigo, por el contrario, frío y reservado como un diplomático veneciano. A aquél se le iba la lengua a menudo, hablando más de lo que aconseja la prudencia. Este la retenía alguna vez más de lo que prescribe la cortesía.

Correcto e irreprochable en sus modales, como lo era en su traje, Grimaldi permanecía silencioso voluntariamente largos ratos, y cuando se decidía a tomar la palabra, lo hacía con cierto esfuerzo, cual si se viese obligado contra su gusto a ello. Como el General era un charlatán sempiterno, no es maravilla que se encontrase a gusto con tan sempiterno oidor.

Sin embargo, solía embromarle por este su temperamento inalterable.

—Tonico, eres como el viento que sopla del Guadarrama, fino, glacial, que no apaga una bujía y es capaz de matar un hombre.

Grimaldi sonreía con el borde de los labios.

Cuando se cruzaron pocas palabras sobre asuntos indiferentes, Guadalupe se levantó diciendo:

—Con permiso de ustedes voy a vestirme.

—Yo también me voy a poner el frac. Esta noche debemos ir a la Embajada de Italia.

Quedamos en el comedor Natalia, Grimaldi y yo. La niña se puso a hablar conmigo animadamente sin hacer caso de Grimaldi, el cual abrió un periódico que estaba sobre la mesa, y se puso a leer.

No tardó en presentarse el General, y entonces Grimaldi tomó parte en la conversación. Al cabo apareció también Guadalupe. Venía espléndidamente ataviada y ostentando preciosas joyas: grandes solitarios en las orejas; en los cabellos una mariposa de brillantes y en el cuello una magnífica rivière de las mismas piedras.

Se dió la señal de partida, y me despedí de Natalia que era la única que se quedaba en casa. Me apretó la mano con aquella su franqueza efusiva que la hacía tan amable.

En la calle, el General volvió a abrazarme y a ofrecerse con el mismo afecto y cordialidad: me hizo prometerle que vendría a comer con ellos todos los sábados. Guadalupe me alargó su mano que yo estreché temblando de emoción. Montaron en el coche. Grimaldi me hizo una profunda reverencia y montó en el suyo, que era elegantísimo y arrastrado por dos magníficos caballos extranjeros.

Cuando partieron, permanecí unos instantes inmóvil. Luego principié a caminar cabizbajo hacia mi casa en un estado de extraña y dulce turbación.

IV. CORRO PELIGRO DE CAER EN RIDÍCULO Y AÚN PRESUMO QUE HE CAÍDO

Los sábados comía, pues, en casa de Reyes. Después me llevaban consigo al teatro, unas veces al Real, otras al Español o a la Zarzuela; porque en los principales de Madrid tenía la familia del General un turno de platea. En estas ocasiones yo echaba el resto en la ornamentación de mi persona. Me había encargado un traje de frac y unas botas de charol, compré el sombrero de copa más reluciente que pude hallar en la capital y celebré largas conferencias con la planchadora que me había recomendado Doña Encarnación acerca de la pechera y los puños de mi camisa, conjurándole por lo que más amase en este mundo a que pusiera en ellos los recursos de su arte, el alma y la vida.

No bastaba esto. Era necesario además que el peluquero del entresuelo me frotase la cabellera con aguas perfumadas, me la peinase y me la rizase con tenacillas, que me diese brillantina y un toque de cosmético al bigote. Mi cabeza era un puro rizo y debía semejar bastante a la de un negrito de Angola; pero yo estaba satisfecho de ella y me parecía una verdadera obra de arte.

El que lea estos renglones habrá ya adivinado para quién se preparaban estas armas mortíferas. Sin embargo, tal vez se haya pasado de suspicaz, porque yo mismo no estaba bien seguro de lo que pretendía y si me dijesen en aquellos días que aspiraba a seducir a la bella señora del general Reyes me hubiera ruborizado y rechazaría la especie con indignación. Lo único de que estaba cierto era de que aspiraba a mostrarme ante ella con todas las ventajas físicas con que a Dios plugo favorecerme.

Debo confesar, aunque me duela el hacerlo, que mis proyectiles caían en la plaza, pero no estallaban. Yo no podía atribuír este resultado a defecto de fabricación, porque estaba perfectamente seguro de mi planchadora, de mi zapatero, de mi sastre y de mi peluquero. Tal vez la Providencia, velando por la seguridad de aquella preciosa mujer, evitase milagrosamente su explosión.

En casa de Reyes me recibía todo el mundo con cordialidad. El General se alegraba mucho de verme y reía y tosía hasta reventar contándome repetidas veces los graciosos episodios de sus días de pesca en compañía de mi padre. Natalia me acogía con su habitual franqueza un poco ruda pero siempre cariñosa. Y en cuanto a Guadalupe, me trataba siempre como una verdadera madre.

Pues bien, esto era precisamente lo que yo no podía sufrir. Aquel tono maternal que conmigo usaba en vez de infundir gratitud en mi corazón lo llenaba de despecho. Porque hablemos claro, ¿qué motivos existían para ello? Aunque contase diez o doce años más de edad que yo, por ley natural no podía ser mi madre. Además, mi barba precoz alejaba de la mente de cualquiera este ridículo supuesto y pensaba que merecía alguna mayor consideración. Guadalupe se obstinaba en hacer caso omiso de ella. Yo me desesperaba.

Un catarro feliz vino a esclarecer un poco este tenebroso asunto. Un día me sentí indispuesto, tuve un poco de fiebre y me vi obligado a quedarme en la cama. Doña Encarnación temió una pulmonía y llamó al médico. Si no mereció el nombre de pulmonía, algo logró parecérsele y pasé algunos días molesto y abatido. El sábado, no pudiendo ir a comer a casa del General, rogué a Moro que le enviase una tarjeta en mi nombre haciéndole saber la causa.

En la mañana del domingo me encontraba bastante aliviado: la fiebre había desaparecido por completo; tenía mi cabeza despejada y departía placenteramente con mi amigo Moro cuando apareció de improviso Doña Encarnación anunciándome, no sin cierta emoción, que dos señoras pedían permiso para verme.

No dudé un instante que fuesen Guadalupe y Natalia, porque no trataba otras en Madrid. La noticia me produjo una increíble agitación, mezcla de temor, de alegría y de vergüenza. ¡En qué desventajosa situación iba a contemplarme la hermosa señora del General! ¡Sin corbata, sin pechera almidonada, con el pelo lacio, sin cosmético, ojeroso y desmadejado! Sixto Moro quiso retirarse, pero yo le rogué que no lo hiciese, tanto por buscar apoyo contra la vergüenza que me embargaba como por el secreto orgullo de mostrarle mi amistad con personas tan principales.

Venían de misa y entraron ambas con mantilla en la cabeza, el devocionario en la mano y el rosario de oro y nácar arrollado a la muñeca. No necesito añadir que Guadalupe en esta forma ataviada parecía más hermosa que nunca. Yo siempre la encontraba mejor. Ambas se mostraron conmigo afectuosísimas, me hicieron infinitas preguntas, me dieron infinitos consejos higiénicos y encargaron muy especialmente a Doña Encarnación «que de ningún modo permitiese que me acatarrase de nuevo». Después se sentaron y charlaron animadamente de diversas cosas, casi todas ellas relacionadas con el arte dramático que ha sido en Madrid, y sigue siéndolo, la tabla de salvación de todas las visitas.

Les presenté a Sixto Moro; pero contra lo que yo esperaba éste apenas pronunció una palabra. Se mostró tan reservado y tímido que hizo aumentar aún mi embarazo. No pude menos de imaginar que se hallaba estupefacto, fascinado como yo por la belleza de la señora de Reyes. Comprendí sus impresiones, pero me disgustó aquella actitud, porque me había hecho lenguas en casa del General de su ingenio y elocuencia. Ambas le dirigían con disimulo escrutadoras miradas donde yo creía leer cierta sorpresa mezclada de ironía. Guadalupe se alzó al cabo de la silla y, acercándose a mí, dijo:

—Nuestra charla, si se prolonga, puede hacerte daño. Nos vamos.

Al mismo tiempo comenzó a arreglar con sus preciosas manos el embozo de la cama, y al hacerlo puso una de ellas casualmente sobre mis labios.

¿Casualmente? Yo era fatuo como lo son en esta edad casi todos los hombres, pero no lo bastante para pensar otra cosa. Así que me abstuve de hacer lo que contando diez años más y siendo menos fatuo hubiera hecho seguramente.

¡Qué delicioso desengaño! Aquella linda mano se sintió molesta, irritada por mi deplorable equivocación y me apretó con impacientes sacudidas los labios reclamando la ofrenda que le era debida. Yo deposité en ella un beso tan leve que a la hora presente aun no estoy seguro de que mereciese este nombre. Sin embargo, ella se dió por satisfecha: retiróse dulcemente y dió otros tres o cuatro toquecitos alegres a las sábanas mostrando su contento.

—No deje usted de darle por la noche, antes de dormir, una tacita de tila con una cucharada de azahar. Es un remedio inofensivo que en nada contraría las prescripciones del médico. A mí me prueba muy bien en todos los catarros.

Doña Encarnación prometió ejecutar fielmente este y otros encargos que le hicieron. Cuando al cabo se marcharon dejando embalsamada la estancia con un suave perfume de violeta yo no sabía dónde estaba, había perdido por completo la noción del mundo exterior y erraba por las regiones más altas de los espacios cerúleos.

La voz de Moro me sacó de mi estupor hipnótico.

—¡Qué hermosa! ¡qué hermosa! ¡Es una aparición celeste!

—¿Verdad que sí?—exclamé impetuosamente fuera de mi sentido.

—He visto pocas jóvenes que puedan comparársele.

—¡Ninguna, ninguna!

Yo debía de tener las mejillas encendidas, los ojos brillantes.

Sixto me miró con sorpresa.

—Es realmente una obra perfecta de la Naturaleza. ¡Qué delicadeza de facciones!, ¡qué cutis terso y nacarado, qué graciosos ademanes, qué voz penetrante!...

—¡Qué manos divinas!—exclamé paladeando interiormente aquel esbozo de beso que había gozado.

—Además hay en sus ojos una expresión de firmeza y candor al mismo tiempo que la hace por extremo interesante. Se adivina detrás de aquellos ojos un espíritu sincero, altivo, leal. Sus palabras y sus gestos manifiestan una gran vehemencia de sentimientos y una dignidad inflexible. Cuando ame, amará de una vez y para siempre. ¡Feliz el hombre que logre hacer suyo ese tierno capullo de rosa!

Estas últimas palabras me sorprendieron.

—Pero, ¿de quién estás hablando?

—¿De quién he de hablar? De la hija de Reyes.

—¡Yo pensé que te referías a su mujer!

Nos miramos los dos un instante y soltamos a reír.

—Soy mejor persona que tú—me dijo Moro—, porque amo lo lícito no lo prohibido.

Convine en ello y proseguimos todavía largo rato cantando alternativamente la belleza de aquellas singulares mujeres.

Se habían despedido hasta el día siguiente, y Moro me pidió permiso para asistir a esta segunda entrevista. Yo se lo concedí con tanto más gusto cuando que ya conocía sus preferencias y no podía existir rivalidad entre nosotros.

Con la alegría de dos niños traviesos comenzamos a disponer los preparativos para recibirlas dignamente. Obligamos a Doña Encarnación a que nos prestase su concurso: se cambió la colcha de mi cama, exageradamente modesta, por otra de seda que Doña Encarnación guardaba en el armario desde sus buenos tiempos de novia; se trasladó un tapiz de la sala a mi cuarto; se limpió con esmerada prolijidad el gabinete; Moro compró flores y se colocaron en dos macetas sobre la mesa; yo envié por una caja de bombones y también se puso abierta y como al descuido al lado de la maceta.

¡Cuánto gozábamos! ¡Cómo reíamos al disponer estos homenajes! Moro invitaba a Doña Encarnación a que se vistiese el traje de gala y saliese al portal a recibirlas; otras veces le proponía que alfombrase el pasillo; otras que hiciese venir un clarinete amigo suyo para que tocase un solo mientras durase la visita. La pobre mujer tomaba en serio alguna de estas proposiciones y nos hacía estallar en carcajadas.

Aquella noche dormí agitadamente. Sin embargo, me encontré muy bien por la mañana, limpio de fiebre y con deseos de levantarme. No lo hice, como puede presumirse, y desde las ocho ya estaba preparado a recibir la celestial visita. No se efectuó hasta las once. El pobre Moro sufrió una decepción. Vino solamente Guadalupe. Natalia no había podido salir de casa por hallarse ocupada en copiar ciertos escritos que su papá necesitaba con urgencia.

La visita de la hermosa dama fué brevísima. Se informó afectuosamente del estado de mi salud, se mostró muy satisfecha de la mejoría y para consolidarla me prohibió que me levantase aquel día. Luego se sentó, y levantándose al instante se acercó a mi lecho con ademán de despedirse. Me puso la mano sobre la frente como si quisiera cerciorarse de que estaba completamente limpio de calentura y después la colocó tranquilamente sobre mis labios y la mantuvo allí un segundo. Pero en este segundo tuve tiempo a darle más de cuarenta besos.

Renuncio a expresar qué ensueños alados, qué locas imaginaciones ocuparon mi cerebro en los días siguientes. Viví en un estado tal de agitación feliz, que llegó a causarme daño. La dicha cuando es demasiado intensa se hace dolorosa.

Me puse bueno rápidamente. Cuando llegó el sábado tomé las precauciones que juzgué indispensables respecto a mi cabellera, mi camisa y mis puños, y me presenté en casa de Reyes como el general que penetra en una plaza que acaba de capitular.

Sin embargo, mi rostro expresaba, cuando penetré en el comedor, no la insolencia de un grosero advenedizo a quien el azar pone en las manos una fortuna inmerecida, sino la dulce serenidad del héroe acostumbrado a vivir en compañía de la victoria.

Todos me acogieron con alegría. Hasta el frío Grimaldi me dirigió una leve sonrisa de felicitación por mi restablecimiento. Aunque yo participase ya de la antipatía que inspiraba a Guadalupe (como estaba dispuesto a participar de todas sus opiniones y sentimientos), no pude menos de corresponderle con efusión.

Porque la efusión rebosaba de mi alma en aquellos momentos. Mi corazón triunfante, desbordando de felicidad, contemplaba la creación entera, los hombres y las cosas con un igual sentimiento de benevolencia generosa.

Mi primera mirada a Guadalupe fué rápida, discreta, pero de una intensidad tal, que debió iluminar su alma como un brillante relámpago.

La que ella me dirigió fué mucho más discreta aún. Si hubo iluminación, fué tan rápidamente extinguida, que no dejó señales. No pude leer otra cosa en ella que aquel tierno y molestísimo sentimiento maternal que desde un principio me había dedicado.

La segunda, menos rápida, menos discreta y más intensa aún, no obtuvo tampoco resultados visibles. La hermosa señora de Reyes me miró atentamente al rostro y me preguntó con interés:

—Supongo que seguirás tomando por las noches la tacita de tila con azahar que te he recomendado.

—¡Señora, déjese usted de tila y azahar, y recordemos los besos que le he dado!

Esto respondí, no con los labios, sino con el pensamiento.

En efecto, había tomado la tila y me había probado perfectamente. Después se informó si llevaba sobre el pecho una franela, como me había recomendado igualmente. Sí; llevaba sobre el pecho aquella franela. Cuando se hubo enterado de estos pormenores pareció quedar enteramente satisfecha.

Pero yo no lo estaba, ¡rayo de Dios, no lo estaba! Al contrario, me sentí repentinamente tan triste y desmayado, que mi rostro debió expresarlo claramente.

—No has adelgazado mucho—dijo Natalia mirándome—; pero estás abatido.

En fin, se dejó de hablar de mi persona, y la conversación giró sobre otros asuntos más importantes. Guadalupe tomó parte en ella con la perfecta naturalidad que la caracterizaba, sin que yo pudiese observar en su actitud ni en sus miradas nada que indicase la presencia en su corazón de un secreto amor. En vano quise adoptar actitudes lánguidas e interesantes para hacerla comprender lo que pasaba en el mío; en vano procuré dar a mis ojos una expresión cada vez más intensa; en vano comencé resueltamente a arquear las cejas, a alargar los labios y ejecutar otros signos que me parecían adecuados a despertar en ella el recuerdo de aquel delicioso momento de abandono cuya memoria esclarecía mi alma. Nada; ni la más leve señal que denotase su existencia.

Entonces quise probar a llamarle la atención por medio de una tosecilla seca y discreta, a fin de que advirtiese que yo no olvidaría jamás la prueba de amor que me había dado y que sería fiel hasta la muerte.

—¡Cuando digo que no estás curado por completo y que no debieras salir aún por la noche!

Es horrible. Estas caritativas palabras hirieron mi corazón como un dardo envenenado. Sentí que me abandonaban las fuerzas y estuve a punto de llorar allí mismo, en presencia de todos, mis ilusiones perdidas.

Hasta me acometió repentinamente la sospecha de que aquellos inolvidables besos no habían existido más que en mi imaginación, que acaso los había soñado. La duda hizo presa en mi alma, y quedé triste, triste hasta la muerte.

El tiempo transcurría; terminamos de comer; la conversación siguió girando sobre varios asuntos. Y yo no obtuve ningún indicio que pudiera hacerme pensar que el suceso que había llenado mi corazón y trastornado mi cerebro durante algunos días no fuese un delirio de mi mente acalorada por la fiebre. Al sábado siguiente pasó lo mismo, al otro, igual...

Aquellos besos, caso de haber existido, se perdieron en los abismos del tiempo y del espacio, y jamás ningún químico los hallará en su retorta analizando los componentes del planeta.

V. MI AMIGO PÉREZ DE VARGAS, GEÓLOGO

Mi vida académica se deslizaba paralela y más tranquila que esta otra de que acabo de dar noticia.

Entre mis condiscípulos de la Facultad de Ciencias intimé particularmente con uno llamado Martín Pérez de Vargas. Era un joven de singular talento y aplicación. Trabé con él amistad un día en que, por encargo del catedrático, hizo el resumen de las explicaciones de la semana. Llevó a cabo su cometido con tanto acierto y claridad y palabra tan elegante, que cuando salimos de clase no pude menos de felicitarle calurosamente.

Soy vehemente para expresar mi opinión adversa cuando cualquier cosa o persona me disgusta. Quizá por eso habré pasado alguna vez por envidioso. Juro, sin embargo, que jamás maldecí de aquello que me pareció bien, y que, por el contrario, creo haber pecado casi siempre por exceso de entusiasmo tratándose de aquellos amigos en quienes reconocía algún mérito.

Pérez de Vargas unía a su claro talento un gran atractivo físico. Era rubio y tenía hermosos ojos azules, donde se leía a la vez la inteligencia y la lealtad de su espíritu. Sus facciones correctas, su tez delicada y tersa, su figura esbelta. Vestía con elegancia y sus modales eran distinguidos, revelando una educación esmerada. Pertenecía a una aristocrática familia muy conocida en Madrid y habitaba un viejo palacio en una de las calles próximas a la de San Bernardo donde se halla situada la Universidad.

Nuestra amistad se satisfizo al principio con pasear juntos por los corredores en los intervalos de las clases. Muy pronto, sin embargo, advirtiendo mi inclinación al estudio y mi entusiasmo por la ciencia me llevó a su casa y me mostró los tesoros científicos que había acumulado.

Era su casa, como he dicho, un viejo palacio bastante deteriorado y sucio por fuera. Dentro era otra cosa. El portal adornado con plantas, la escalera alfombrada. El portero era un enano imponente con luenga y espesa barba gris, larga levita azul y sombrero de copa; los criados vestían de frac y corbata blanca.

Pero mi amigo, aunque pertenecía a la casa, no disfrutaba mucho de sus suntuosidades ni gozaba de gran preeminencia en ella a lo que pronto logré entender. Marchando sigilosamente sobre la punta de los pies y recomendándome el mismo silencio me condujo, después de atravesar algunos amplios pasillos del piso principal, por una estrecha escalera a una especie de camaranchón o desván con dos ventanillas sobre el tejado y una claraboya en el techo.

Pérez de Vargas había hecho de esta pieza su cuarto de estudio y su museo. Estaba amueblado con un sofá viejo y cojo, algunas sillas viejas y cojas también, una mesa-escritorio vieja, y adornado con algunos cuadros viejos. Los tesoros científicos de que he hablado se hallaban esparcidos sin orden ni clasificación alguna por el suelo. Se componían de algunos frascos llenos o mediados de disoluciones viscosas de diferente coloración, muchos y grandes pedruscos de fea catadura, y de un gato disecado de más fea catadura aún.

Pérez de Vargas era apasionado de las ciencias naturales, particularmente de la Geología, y aprovechaba los domingos para hacer excavaciones por los alrededores de Madrid. Casi siempre venía cargado de piedras preciosas, no para el adorno de las damas, sino para el conocimiento de los diferentes aspectos que había presentado en su evolución nuestro planeta mirado desde Vallecas y para el estudio de la vida y milagros de nuestros antepasados trogloditas. Pérez de Vargas había descubierto que el arroyo Abroñigal había sido en tiempos prehistóricos un río caudaloso tan grande como el Misisipí. Desde que me comunicó tan importante descubrimiento yo no podía saltar este reguero sin sentirme penetrado de respeto.

Además había encontrado en las afueras de la villa, cerca de la Moncloa, algunas capas de lava porosa que en su opinión era de origen ígneo. Esto le hacía presumir que en Madrid había existido un volcán en los tiempos siluriano o devoniano. Nada tendría de extraño, porque los periódicos conservadores decían todos los días que vivíamos sobre un volcán.

Acontecía que los criados, no versados en tales estudios, y que ignoraban enteramente la génesis de nuestro planeta, le tiraban a la calle algún trozo de roca plutónica o de esquisto cristalino como si se tratase de cualquier vulgarísimo canto rodado. Pérez de Vargas experimentaba un vivo dolor y protestaba con toda la indignación de sus convicciones científicas. Pero aquellos malhechores de corbata blanca apenas le escuchaban o lo hacían con sonrisa de conmiseración despreciativa.

¿Por qué esta sonrisa desdeñosa aparecía en los labios del servicio doméstico de la casa de Pérez de Vargas cada vez que tropezábamos con uno de sus individuos en los corredores?

No por otra razón sino porque Martín era el último vástago de aquella noble familia.

Su hermano mayor se acercaba ya a los cuarenta años y era comandante de artillería; el segundo, que pasaba de los treinta, era capitán del mismo cuerpo facultativo; después venía una cola del género femenino, compuesta de cinco niñas, Rosalía, Caridad, etc., hasta llegar a Mercedes que contaba veintiún años, tres más que mi buen amigo y condiscípulo.

Esta familia hacía algún papel en la alta sociedad madrileña. Particularmente las cinco ninfas brillaban y centelleaban como claros luceros en los teatros, paseos y conciertos y en todos los bailes, tes bridge y five o clock, del gran mundo. Los cronistas de los periódicos no omitían jamás sus nombres.

Que estas cinco jóvenes tenían el propósito firme de encontrar cinco maridos no era un secreto para nadie. La razón de por qué no los habían hallado hasta entonces, ya estaba más oculta.

Sin embargo, en la Universidad, donde no sólo se aprenden teorías y clasificaciones científicas, sino que hay tiempo de averiguar los recursos pecuniarios con que cuentan las familias de los estudiantes, se decía que la casa de Pérez de Vargas estaba arruinada y que si no venía pronto un marido rico a ponerle algunos puntales no tardaría en desmoronarse.

Al mismo tiempo, aunque todo el mundo reconocía que vestían con elegancia, ninguna de ellas llamaba la atención por su hermosura. Un estudiante bromista me dijo un día al oído que la más bonita de las niñas de Pérez de Vargas era Martín, nuestro condiscípulo. En efecto, su belleza era tan acabada, y al mismo tiempo tan femenina que si hubiese cambiado su rostro por el de una de sus hermanas ésta hubiera realizado un negocio magnífico.

Pero si su frente era tersa y pura como la de una Venus helena, los pensamientos que bajo ella germinaban no podían ser más viriles. Mi amigo Pérez de Vargas aspiraba nada menos que a dejar huellas profundas en la historia de la ciencia: hablaba de hacer viajes exploradores por el Africa Central, de reconocer por sí mismo los estratos terciarios de los Andes chilenos y los silurianos de Noruega, de estudiar concienzudamente los fósiles marinos pertenecientes a especies extinguidas. Sobre todo tenía en su corazón el propósito inquebrantable de dar a conocer al mundo los restos de un colmillo de elefante y de algunos molares del mismo animal que había tenido la dicha de encontrar en el cerro de San Isidro.

Allá en las soledades de su estudio-desván pasábamos a veces largos ratos hablando de estos y otros proyectos, haciendo experimentos de física o trasegando disoluciones de un frasco a otro. Hasta nosotros llegaban las notas alegres del piano y el ruido del bailoteo del salón, que escuchábamos con indiferencia desdeñosa. Eramos unos sabios y aquel mundo frívolo que allá abajo se agitaba no excitaba en nosotros más que desprecio y compasión.

Pero el mundo frívolo pagaba con creces nuestro desdén y hasta sospecho que se reía de nuestro ardiente deseo de saber. Un mozalbete de los que bailaban y representaban charadas en los salones de Pérez de Vargas, un día que nos tropezó en la calle habló a mi amigo con tal tono de superioridad protectora, que me sorprendió y me irritó lo indecible. Esta sorpresa aumentó notablemente cuando Martín me hizo saber que aquel mequetrefe, que sólo contaría cuatro o cinco años más que nosotros, había intentado seguir tres carreras y en todas tres se había quedado atascado a la puerta sin lograr aprobar el primer curso. Aún no había averiguado que en una sociedad brillante, pero inculta, el hombre culto es objeto siempre de aversión y desprecio.

Nos hallábamos a la sazón en un período bastante agitado. Las manifestaciones políticas y los motines eran frecuentísimos en Madrid. Nosotros los estudiantes no nos substraímos a este humor turbulento; antes al contrario, éramos los primeros en participar de todas las algaradas que se sucedían casi sin interrupción y aun promover algunas por nuestra cuenta. Por la cosa más insignificante nos encrespábamos, salíamos a la calle furibundos y gritando como energúmenos. Un día era porque cierto profesor había expulsado de la cátedra a un alumno sin razón alguna; otro día porque exigíamos que se nos concediesen las vacaciones antes del tiempo reglamentario; otro porque el catedrático de Historia, según noticias de sus discípulos, había defendido el tribunal de la Inquisición en sus explicaciones. Por todo nos alborotábamos y todo nos servía de pretexto para no entrar en clase y hacer ruido. La Policía nos tenía sobre ojo y nos detestaba cordialmente. Y en cuanto se presentaba una ocasión propicia, ya se sabía, nos zurraba la badana de lo lindo.

Tanto Pérez de Vargas como yo abominábamos de estos ridículos alborotos, que nos parecían engendrados las más de las veces por la necedad y la holgazanería.

Acaeció que un día, como ya había acaecido otros varios durante aquel curso, llegaron los estudiantes de la Escuela de Medicina de San Carlos a las puertas de la Universidad en furioso tropel, lanzando alaridos lamentables para solicitar nuestra ayuda en un caso verdaderamente grave. Se trataba de que el decano de la Facultad, en un alarde de feroz despotismo, había decretado que no se expusiera en la sala de disección más que un cadáver por semana para el estudio de los alumnos. Esta resolución arbitraria y desacertada hirió en lo más vivo la dignidad de aquellos que creían tener derecho a dos cadáveres por lo menos. Se agitaron, se arremolinaron y decidieron reclamar de los Poderes públicos por medio de una manifestación en que tomasen parte todas las Facultades de la Universidad, los cadáveres que de antiguo les correspondían.

Los estudiantes de Derecho, como es natural, tratándose de sujetos consagrados al cultivo de la Justicia, tomaron parte inmediatamente en la vindicación de la ofensa y se lanzaron a la calle gritando tanto o más que los directamente agraviados. Las demás Facultades fueron arrastradas también por esta gran marejada y se decidieron igualmente a solicitar con el mayor ruido posible la destitución del infame decano. Algunos no se daban por satisfechos con verle destituído y expresaban sin rebozo alguno su deseo ardiente de hacerle la autopsia el primer día que se presentase ante ellos en clase.

Con estos sentimientos crueles, en mayor o menor grado de intensidad, se formó delante de la Universidad una manifestación imponente. Antes de ponerse en marcha hicieron uso de la palabra algunos oradores, que arengaron a las masas encaramados sobre los hombros de sus compañeros En todos sus discursos resplandecía un amor entrañable a la libertad y todos expresaron el propósito firme de dar por ella hasta la última gota de sangre.

Mi amigo Pérez de Vargas y yo, ignorábamos la relación que existía entre la libertad y los cadáveres reclamados; pero seguimos por curiosidad la manifestación, aunque de lejos, haciendo comentarios poco halagüeños para sus tribunos.

—Me parece—decía Martín, riendo,—que lo que están dispuestos a dar, no es la última gota de su sangre, sino la de sus cadáveres.

La masa de estudiantes descendió por la calle de San Bernardo, lanzando gritos de guerra, con el propósito de llegar hasta la Puerta del Sol y asaltar el Ministerio de la Gobernación.

—¡Qué manifestación macabra!—exclamaba Pérez de Vargas.

Pero al llegar cerca de la plaza de Santo Domingo, una sección de guardias de orden público les salió al encuentro y les obligó a retroceder precipitadamente. Esta retirada precipitada se convirtió pronto en huída vergonzosa; porque los guardias, exasperados por los insultos antiguos y modernos que de los estudiantes recibían, comenzaron a repartir sablazos con verdadera prodigalidad. Para que la ola no nos arrastrase tuvimos necesidad de arrimarnos al muro de las casas. No nos parecía ni conveniente ni decoroso el huir, ya que nosotros no habíamos tomado parte en la manifestación. Pasaron, pues, nuestros compañeros como un vil rebaño perseguidos de los guardias; pero al aparecer éstos con los sables desenvainados, nosotros, en vez de seguir tranquilos, no pudimos reprimir un movimiento instintivo de miedo y dimos la vuelta y nos pusimos a correr como los otros. Fué nuestra perdición. A los pocos pasos que dimos, Martín cayó herido de un sablazo en la cabeza. Yo me detuve y felizmente me bajé para socorrer a mi amigo y esto me salvó de otro sablazo igual o mejor.

La calle había quedado desierta. Las tiendas y las puertas de las casas se habían cerrado hacía tiempo. Los comerciantes y porteros, sabiendo ya por experiencia en lo que paraban estas manifestaciones estudiantiles, en cuanto vislumbraban una se apresuraban a echar el cerrojo.

En un principio imaginé que Martín había caído al suelo por virtud de un golpe de plano; pero al levantarle observé con horror que estaba cubierto de sangre. Entonces llamé con todas mis fuerzas en la puerta de la tienda que tenía cerca, pidiendo socorro. Al cabo de unos momentos, un dependiente asomó la nariz por una estrecha rendija y paseando sus ojos investigadores por el ámbito de la calle y cerciorándose de que el peligro había desaparecido, abrió a medias la puerta, alzamos entre los dos al herido y lo metimos dentro. No había perdido el conocimiento, pero soltaba bastante sangre y como ésta le corría por la cara, el efecto no podía ser más aflictivo. Después que hicimos vanos esfuerzos por restañársela con un pañuelo y con una toalla, el dueño del comercio y sus dependientes opinaron que debíamos conducirlo a la botica más próxima.

Así lo hicimos, y el farmacéutico, que ya tenía abierta la puerta, aunque no el escaparate, se apresuró a bañarle la herida con un líquido astringente que detuvo la sangre; pero me aconsejó que lo llevase a la Casa de Socorro. Echadas mis cuentas, vi que ésta se hallaba bastante más lejos que la suya y en consecuencia decidí transportarle a su propio domicilio, y él así me lo rogó también. Corrí a la plaza de Santo Domingo donde había puesto de coches de punto, me metí en uno, vine a la farmacia y acomodando en él a mi amigo, di las señas al cochero del palacio de Pérez de Vargas.

En pocos momentos llegamos delante de la puerta. El enano hirsuto y severo de la portería nos recibió sin conmoverse ni ceder un punto de su severidad. Hizo sonar un timbre, bajó un criado y tampoco éste pareció dar señales de sobresalto y dolor viendo a su joven señorito con la frente vendada y con señales de sangre en la venda. Lo que hizo fué subir apresuradamente la escalera y enterar a la familia de que Martín había sido herido por un guardia en un motín de estudiantes.

Cuando llegamos arriba salieron la señora de Pérez de Vargas, mamá de mi amigo, y dos de sus elegantes hermanas. La mamá se conmovió al verle tan pálido y herido.

—Hijo mío, ¿qué has hecho?—exclamó poniéndole las manos sobre los hombros.

—¿Qué había de hacer? ¡Alguna tontería de las suyas!—respondió agriamente una de sus hermanas.

—¡Como si lo viera!—corroboró la otra con no menos acritud.

—¡A ver, Gabino, corre inmediatamente a casa de Huerta!... No, no avises a Huerta, que está muy lejos... Aquí en el número siete hay un médico. Pregunta al portero. Dile que venga contigo sin pérdida de tiempo—profirió la señora temblando de emoción dirigiéndose al criado mientras besaba a su hijo y le empujaba suavemente hacia las habitaciones interiores.

Pero en aquel momento salieron al ruido las tres ninfas que restaban, se pusieron al tanto de lo que ocurría, y sin compasión alguna comenzaron a pronunciar ásperas palabras contra mi pobre amigo.

—¡Bien empleado te está!—decía una.

—¡Eso es!—replicaba otra—. Estos chicuelos son insufribles, siempre armando alborotos.

—Y faltando al respeto a los profesores.

Yo estaba escandalizado de aquella dureza injustificada. Quise hacerles entender que nosotros no habíamos tomado parte en el motín, y sólo por una circunstancia fortuita había sido herido mi amigo. Aquellas elegantes arpías me atajaron con unas miradas tan furiosas y despreciativas que las palabras expiraron en mis labios. Avergonzado y confuso, cuando vi que todas me volvían la espalda, me puse el sombrero y bajé apresuradamente la escalera.

Cuando llegó el fin del curso, repasamos juntos nuestras asignaturas: en los últimos días resolvimos velar hasta la madrugada. Al efecto, después de cenar me iba a su casa. Sobre la mesa de su cuarto se hallaba, a más de los libros, una maquinilla para hacer café.

Es cosa sabida por todos que este producto ultramarino desvela y aguza la memoria. Lo confeccionábamos, pues, con prolijo esmero y bebíamos algunas tazas. El resultado no correspondía siempre a nuestro propósito. Más de una vez y más de dos a la media hora de ingerirlo roncábamos ambos de bruces sobre la mesa.

Aquel fué el primero y último curso que estudiamos juntos. En uno de los primeros días del segundo llegó a la Universidad triste y abatido, y me comunicó con voz apagada, que por exigencias de su familia se veía obligado a dejar la carrera de Ciencias y prepararse para entrar en la milicia. Con prudente vaguedad me dió a entender que los negocios de su casa no marchaban muy bien y que necesitaba pronto ponerse en condiciones de ganarse la vida por sí mismo. Había elegido la carrera de ingeniero militar como más compatible con el cultivo de las ciencias que amaba y no quería abandonar.

Pronto averigüé, como averiguó todo Madrid, la ruina y caída de la Casa de Pérez de Vargas. Sus acreedores se habían echado sobre ella, y no sólo sus bienes, sino hasta el mismo viejo palaciote había quedado en su poder. Sus hermanos varones permanecieron en Madrid, pues aquí tenían sus destinos: los papás y las hijas se habían ido a vivir a cierto lugarcillo de una provincia lejana donde un hermano de la señora les había dejado una casa y algunas pequeñas rentas para sostenerse. Allí fueron a refugiar su desnudez aquellas cinco elegantes que tanto esplendor habían dado a la corte.

Martín quedó aquel año en Madrid preparándose para el ingreso en la escuela. Después se fué a Guadalajara y no volví a verlo en muchos años.

VI. LA GLÁNDULA DEL ATEÍSMO

Bien; quedamos en que la rosa espléndida que brotó en la mañana de mi vida se marchitó apenas brotada. No acaeció otro tanto con la que embalsamó la existencia de mi amigo Sixto Moro. He de contar su historia en estas memorias con la esperanza de producir algo digno de ser conocido.

Y ¿por qué he de maldecir de mi fracaso? Al contrario; quiero alegrarme como si fuese uno de los sucesos más dichosos de mi vida. Cuando un hombre, a punto de cometer una mala acción, tropieza con cualquier obstáculo que se lo impide, esto significa que no está dejado de la mano de Dios. El ángel de su guarda le ha suscitado aquel impedimento para salvarle. Yo bendigo a la Providencia porque el mío en aquella ocasión me haya hecho caer de bruces. A la hora presente no me atormenta el remordimiento de haber engañado vilmente a un amigo de mi padre.

Ya sé que esto no es completamente moderno, que existe en la actualidad una moral más perfeccionada; pero soy viejo ya y no tengo tiempo ni humor para ponerme al tanto de los nuevos descubrimientos.

La aventura de Moro se desarrolló desde un principio con la mayor inocencia. Los cortos momentos que pudo estar cerca de Natalia y las pocas palabras que con ella había cruzado causaron sobre él tan profunda impresión, que durante algún tiempo apenas sabía hablarme de otra cosa. Quería averiguar no solamente los rasgos de su carácter, sino también los pormenores referentes a su vida y costumbres, y me saeteaba con preguntas que la mayor parte de las veces no podía yo satisfacer. Me confesaba ingenuamente que la imagen de aquella niña le seguía a todas partes y turbaba la marcha hasta entonces tranquila de su vida.

Yo comprendía el estado de su alma por lo que en la mía pasaba: hubiera tenido placer en ayudarle a conquistar el corazón o la mano de aquella bella criatura, mas vi prontamente lo absurdo de tal empresa. Moro era un joven de extraordinario talento, de una maravillosa facilidad de palabra, que a no dudarlo se abriría camino en la sociedad y alcanzaría los primeros puestos de la política. Pero su mérito hasta ahora se hallaba inédito: sólo sus condiscípulos de la Universidad y sus compañeros de la Academia de Jurisprudencia podían apreciarlo. En el mundo no se cotizan las esperanzas, y a la hora presente mi amigo no era otra cosa que el hijo de un pobre zapatero de Alcalá y un aprendiz de abogado. ¿Cómo poner los ojos en la hija única de un tan encumbrado personaje como el general Reyes?

Demasiado lo comprendía él. Por eso jamás, ni directa ni indirectamente, salió de sus labios en nuestras conversaciones una palabra que pudiese significar alguna remota esperanza de ser correspondido. En cambio, se entregaba libremente a los goces del amor platónico, buscando las ocasiones de dar satisfacción a los ojos con la imagen de su adorada.

No le faltaban, ciertamente, porque yo conocía bien las costumbres de las damas; sabía en qué iglesia y a qué hora oían misa los domingos y cuáles los teatros que frecuentaban durante la semana. El pobre Moro, aunque disponía de escasísimos recursos, encontraba de vez en cuando una peseta en su bolsillo para procurarse una entrada de paraíso. Yo le prestaba mis gemelos y desde aquellas alturas se saciaba contemplando toda la noche a su ídolo.

Más de una vez, cuando yo tenía el honor de acompañarlas, al levantar los ojos desde nuestra platea a la galería tropezaron con los de mi amigo ávidamente posados en nosotros. Yo le hacía un signo, él me hacía otro, y nada más. Me había suplicado con mucho encarecimiento que jamás diese a entender a Natalia aquel amor que le había inspirado, y le cumplía la promesa. Más de una vez también, hallándole por la mañana con los ojos enrojecidos, he comprendido que había pasado la noche anterior con ellos pegados a los cristales de los gemelos en algún teatro. Yo le embromaba con aquellas manchas sanguinolentas y él no me negaba el hecho.

Natalia me dijo un día:

—Tu amigo Moro debe de ser muy aficionado al teatro: le he visto ya diferentes veces.

—Sí—le respondí con alguna vacilación—; le gusta mucho la música y la literatura... pero le habrás visto en las alturas, porque todavía no puede permitirse el lujo de una butaca.

—Eso demuestra que es un sincero aficionado—replicó graciosamente—. La mayoría de los que vamos a butacas y a palcos no asistimos al teatro por el drama o por la ópera que representan, sino por ver gente, por exhibirnos, por pasar el rato.

Repetí estas palabras a Moro y le causaron muy grata impresión. El espíritu grave, recto y sincero de Natalia se adivinaba al través de ellas.

—¡Ya ves cómo no adoro a una muñeca!—exclamó con los ojos brillantes de alegría.

Se hizo más cauto, sin embargo, y redobló sus precauciones para no ser visto por ella.

¡Qué placer infinito le causé un día que le traje la rosa que Natalia había llevado sobre el pecho en el teatro! Se le había caído cuando salimos. Yo la recogí del suelo y quise entregársela.

—Tírala, no sirve ya para nada.

—Es lástima—le respondí—; me quedo con ella.

—¡Con tal que no te sirva para hacer alguna conquista!

—Bueno, se la regalaré a mi patrona Doña Encarnación, a ver si consigo que se ablande.

—¿Qué estás diciendo?—exclamó, mirándome con espanto.

—Sí; que se ablande el beefsteak que nos sirve en el almuerzo.

Soltó una fresca carcajada. El General y Guadalupe se volvieron, y mi palabrita, repetida por Natalia, obtuvo un gran éxito.

El pobre Moro quiso volverse loco de alegría cuando le entregué esta rosa. Me hizo jurar que no le engañaba, que había estado, en efecto, sobre el pecho de su amada. Una vez convencido se entregó a tan graciosos extremos de alegría, que pasamos un rato delicioso. La colocó en un pequeño florero, se arrodilló delante de ella, se puso a cantar el Tantum ergo y a guisa de incensario quemó en su honor algunas hojas de papel de Armenia. Después la llevó con toda solemnidad a su cuarto y, haciendo previamente grandes y repetidas genuflexiones, la encerró en su armario, prometiéndome que de vez en cuando la «pondría de manifiesto», sonando antes la campanilla para que todo el mundo de la casa viniese a adorarla.

¡Cuánto nos hacían reír estas bromas! Nos hallábamos en la edad dichosa en que se ríe con las alegrías y también con las penas.

Como ejemplo igualmente de que el humor jocoso de Moro no se había extinguido por la pasión sin esperanza que le había cogido, contaré una chanza que por aquellos días nos hizo reír mucho.

Algunas noches, después de comer, los primos Mezquita solían arrastrarnos consigo al Café de Madrid.

En aquel tiempo se juntaban por las noches en este café los enemigos más caracterizados que el Sér Supremo tenía en la capital de España. La mayor parte eran estudiantes de Medicina. Había también muchos dependientes de comercio y algún que otro borracho sin profesión conocida.

Se hallaba situado entonces frente al Ministerio de Hacienda. A un lado de la puerta de éste aparecía un gran letrero en negro, trazado con brocha gorda, que decía: «Cayó para siempre la raza espúrea de los Borbones.» Al otro lado decía: «Justo castigo a su perversidad.» Estos renglones fatídicos, que podían leerse a la luz de los faroles, contribuían no poco a mantener vivo el espíritu revolucionario en el café.

Todo el mundo era rebelde en el Café de Madrid: el dueño, los mozos, la clientela. Si por casualidad se deslizaba allí algún incauto monárquico, pronto se marchaba escandalizado por los conceptos sediciosos que se vertían en voz alta.

Verdad que en aquella época no se corría peligro amenazando a lo existente en voz alta. Nos hallábamos en plena revolución. Los ministerios se sucedían unos a otros alzados y derrocados por la presión del populacho y de los periódicos que mejor lo representaban. El Ejército se cruzaba de brazos, presenciando con desdeñosa indiferencia la agitación de las masas; la Policía ejercía su ministerio tan tímidamente, que no se la sentía, como si tuviese vergüenza de sí misma.

Con todo, no podía dudarse de que los clientes del Café de Madrid eran hombres indómitos y peligrosos, y el más feroz de todos su mismo propietario, un hombrecillo gordo, barrigudo, que acostumbraba a situarse en una mesa próxima al mostrador, rodeado siempre de una camarilla o guardia negra que comentaba sus hazañas y bebía sus licores. Corría, como válido en el café, que Don Pancracio (así se llamaba su dueño) se había batido heroicamente en las barricadas y había entrado en todas las conspiraciones fraguadas diez años antes de la revolución, por lo cual había sido condenado cinco veces a muerte, sin que estas condenaciones hubiesen alterado poco ni mucho sus facultades digestivas.

Don Pancracio era hombre feroz por convicción más que por temperamento. Todo el mundo convenía en que tenía un corazón bondadoso y tierno y se contaban de él algunos rasgos de generosidad muy laudables. Pero había llegado a imaginar que era un sér temeroso y esto le lisonjeaba hasta un punto indecible. Se susurraba que en los barrios bajos de Madrid había dos mil hombres de pelo en pecho que no aguardaban más que una señal suya para empuñar el trabuco y lanzarse a la barricada.

Aunque esto no fuese cierto, los clientes así lo creían y él debía de creerlo aún más firmemente que ellos, a juzgar por su entrecejo siempre fruncido y la manera temerosa de hacer rodar sus ojos sanguinarios por todo el ámbito del café. Cuando allá en una mesa lejana se producía una disputa demasiado violenta y los contendientes se hallaban próximos a venir a las manos, esto despertaba inmediatamente los instintos guerreros del propietario quien, soltando una terrible blasfemia, tomaba una botella por el cuello y, mirando hacia los perturbadores del orden de un modo provocativo, murmuraba amenazas capaces de hacer estremecerse al Cid en su tumba. Pero sus genízaros se apresuraban a calmarle: «—¡Don Pancracio! ¡Don Pancracio!... ¡Un hombre como usted ensuciarse las manos en esos peleles!»

El propietario se calmaba con estas o semejantes razones, soltaba el cuello de la botella y no tardaba en bebérsela en compañía de su estado mayor. No puedo medir la capacidad estratégica que éste alcanzaba, porque nunca le he visto a la hora de la batalla, pero sí puedo certificar de la que poseía para los líquidos espirituosos.

Todas las horas eran trágicas para este café de conspiradores; pero la más trágica de todas era aquella de la noche en que aparecía un periódico revolucionario titulado El Combate. Cuando se abría la puerta y el vendedor se presentaba con su gran paquete debajo del brazo, los clientes todos como un solo hombre se ponían en pie, se agitaban convulsos, gritaban, gesticulaban y el orden no quedaba restablecido hasta que todos se veían poseedores de la preciosa hoja que devoraban con espasmos de alegría. En esta hoja se llamaba todos los días «granuja» al presidente del Consejo de Ministros, se le desafiaba y se empleaban las palabras más sucias del diccionario para calificar a los ministros.

¿Cómo podía consentirse esto?, preguntará tal vez el lector. Sencillamente, porque habíamos concluído con la ominosa tiranía y gozábamos de todos los derechos individuales.

No pudiendo reprimir legalmente la injuria, el Gobierno acudía al recurso de pagar a unos cuantos bravucones que entraban de improviso en las redacciones de los periódicos, apaleaban a los redactores y rompían y deshacían cuanto encontraban. Todo el mundo habrá oído hablar de la famosa partida de la porra. De un día a otro se esperaba que estos terribles apaleadores penetrasen en la redacción de El Combate. Si no lo habían hecho hasta entonces era porque los redactores se hallaban prevenidos y escribían con un par de revólveres delante de las cuartillas. Pero en cuanto se demoraba un cuarto de hora la salida del periódico, una gran impaciencia reinaba en el café, algunos salían a la calle, circulaban noticias alarmantes y sólo respirábamos cuando aparecía el enorme paquete por la puerta.

Una noche no apareció. ¡Noche terrible, noche aciaga en los fastos de aquel memorable café! A medida que el tiempo transcurría la consternación se pintaba en todos los semblantes. Al principio se gritaba mucho, se gesticulaba, había gran movimiento de entradas y salidas: los clientes más jóvenes se lanzaban en descubierta por las calles y volvían pálidos sin poder dar noticias concretas. Más tarde una desesperación sombría se apoderó de todas las cabezas. Las voces comenzaron a sonar más roncas. Después se apagaron por completo y un silencio heroico se extendió por todo el café.

Don Pancracio ordenó cerrar las puertas como estaba prevenido, pero sus camareros recorrieron como agentes ejecutivos todas las mesas, advirtiéndonos que podíamos permanecer allí el tiempo que tuviéramos por conveniente.

Nadie se movió en efecto. Allí permanecimos todos hasta que rayó la luz del día, convencidos de que el dios Morfeo no tenía poder para prender nuestros párpados si antes no habíamos leído las fulgurantes amenazas de El Combate.

Es de saber, no obstante, que en el Café de Madrid no todos eran hombres de acción. Había también pensadores. Y siento verdadera satisfacción al declarar que los que correspondían a la mesa donde se sentaban los Mezquita con otros estudiantes eran los más conspicuos.

Después que se había injuriado suficientemente a los Poderes constituídos se discutía indefectiblemente el tema de la espiritualidad del alma. En realidad no se discutía, porque aquellos estudiantes no admitían discusión sobre este punto; pero servía de blanco para sus burlas más ingeniosas y para sus sarcasmos más sangrientos. Había un profesor de la Facultad de Medicina que les decía: «—Entre los centenares de cerebros que he disecado, jamás tropezó mi escalpelo con el alma.»—Y esta frase se repetía a menudo y cada vez con más unción por los tertulios.

En cuanto a Dios, no contaba allí más que con una minoría irrisoria. Sólo dos o tres nos atrevíamos a sostener que no estaba completamente sepultado y putrefacto. Si alguna vez se nos ocurría pronunciar su nombre, inmediatamente se nos atajaba: «—Perdón, amigo, ¿no podrías decir en vez de Dios, la Naturaleza?»

Sin embargo, nosotros nos obstinábamos en nombrarle. Decentemente no podíamos dejar abandonado un sér indefenso.

Esto producía terribles contiendas teológicas, en las cuales alguna vez tomaba parte el mozo que nos servía, llamado Fariñas. No sé si algún día escribiré un estudio sobre este mozo, pero sí estoy seguro de que debiera hacerlo. Serio, reflexivo, conciliador, mediano filósofo, pero gran matemático. Cuando le debíamos cuatro cafés y siete botellas de cerveza nos demostraba con el lápiz en la mano que le debíamos cinco cafés y nueve botellas. Se escuchaba siempre su opinión con deferencia más por respeto a su lápiz que a sus conocimientos.

Por supuesto era cosa averiguada para aquellos jóvenes que el pensamiento no es otra cosa que una secreción del cerebro, como la orina de los riñones. Se repetían estas y otras frases de Cabanis y Carlos Vogt como si fuesen el fin y el compendio de toda la sabiduría humana. No existían aún los mecanistas, los energéticos, los pansensacionistas, los cientistas, y se atenían, por lo tanto, a la forma más primitiva del monismo materialista.

Otra verdad inconcusa era que todo lo referente a la religión entraba en los dominios de la patología interna. El que creyese en otro mundo más que el que veíamos y palpábamos era un enfermo. Si afirmábamos la existencia de Dios y del alma era porque teníamos atascados los conductos biliares. El misticismo, una forma aguda del histerismo; el ascetismo, un síntoma manifiesto de degeneración.

Como consecuencias de tales premisas los santos fueron todos unos perturbados, histéricos y degenerados. Con quienes más se ensañaban aquellos jóvenes era con san Francisco de Asís y santa Teresa. ¡Pobre santa Teresa! No la dejaban intacta ninguna parte de su organismo. Se investigaban, se estudiaban minuciosamente sus más recónditas dolencias femeninas, se sacaban a relucir despiadadamente las imperfecciones de sus conductos interiores. Yo protestaba en nombre del pudor; pero mis protestas quedaban sofocadas por sus carcajadas.

La elocuencia y donaire de Sixto Moro, sus ingeniosas observaciones, con que a veces los desconcertaba, de nada servían tampoco. Sus conocimientos sobre la trompa de Falopio, la placenta y los ovarios eran, como los míos, rudimentarios.

Sin embargo, una noche entró en el café y se sentó a la mesa con ademanes tan altaneros y provocativos que a todos nos sorprendió. Inmediatamente procuró entablar discusión con los jóvenes fisiólogos y comenzó a saetearlos con su inagotable repertorio de burlas. Cuando logró ponerlos exasperados, dió el golpe de gracia que tenía preparado. Sacó del bolsillo el último número de El Siglo Médico, que acababa de aparecer, y, poniéndolo sobre la mesa, profirió con acento triunfal:

—¡Leed este artículo y edificaos!

Uno de los tertulios tomó la revista y se puso a leer; pero Sixto le atajó:

—No, no; exijo que se lea en voz alta.

Reinó un silencio profundo, y el que tenía entre manos la revista comenzó a leer. Se trataba del extracto de una Memoria que el célebre fisiólogo francés Claudio Bernard presentaba a la Academia de Medicina, dando cuenta de una experiencia curiosa efectuada por él en los hospitales de París. Habiendo necesitado hacer para sus investigaciones anatómicas sobre la laringe y faringe algunos estudios detenidos, pudo observar en dos cadáveres, cuya disección hizo simultáneamente, un desarrollo anormal de la llamada glándula tiroides. Esta masa glandular que se encuentra en la parte inferior del cuello detrás de la traquearteria siempre es más voluminosa en el niño que en el adulto. Por eso le llamó la atención su extraordinario desarrollo en dos hombres que habían fallecido después de los cuarenta años. Informándose de los antecedentes de estos dos sujetos pudo averiguar que se habían señalado por una impiedad recalcitrante. No sólo se habían negado a recibir los sacramentos de la Iglesia, sino que habían escandalizado constantemente a las religiosas que los asistían con sus burlas y blasfemias. Excitada la atención del observador con esta experiencia, procuró verificarla en casos sucesivos. Al efecto, estudió en los dos últimos años la laringe de cincuenta y siete sujetos manifiestamente ateos y sólo en dos casos la tiroides dejó de presentar un volumen anormal.

El artículo cayó como una bomba en la mesa. Todos quedaron con una cara larga y melancólica que recordaba las figuras del Greco. El lector soltó la revista con desaliento. Los demás guardaron silencio. Sólo uno se aventuró a decir en voz baja y balbuciente:

—Mucho me sorprende de Claudio Bernard...

Sixto Moro recogió la revista, la guardó en el bolsillo y porque no sufriese menoscabo su victoria se levantó del diván y se despidió muy cortésmente diciendo que iba al teatro. Yo le seguí alegando el mismo motivo.

Cuando hubimos salido del café, Moro se detuvo y comenzó a reír de tan buena gana, con tan estrepitosas carcajadas, que me sorprendió un poco, pues no hallaba razón para tanta algazara.

—Es gracioso—le dije por seguirle el humor.

—¡Y tan gracioso! ¡Mucho más gracioso de lo que puedes imaginar!

Y vuelta a reír hasta querer reventar. Al fin, cuando se hubo sosegado, pudo articular:

—Has de saber que todo ha sido una farsa.

—¿Cómo una farsa?

—Sí; que no hay tal Memoria de Claudio Bernard.

—No lo entiendo.

—Ese artículo está escrito por mí.

—Ahora lo entiendo menos.

—Soy amigo del regente de la imprenta donde se imprime El Siglo Médico y me ha hecho el favor de tirar un solo ejemplar con mi artículo, prometiéndole que lo inutilizaría así que hubiera dado la broma a mis amigos... Y es lo que voy a hacer en este momento.

Sacó en efecto el periódico del bolsillo y lo hizo menudos pedazos sin dejar de reír.

—Pero ¿cómo has podido escribir este artículo? ¿Quién te ha enseñado ese fárrago de términos técnicos?

—Los he extraído de sus mismos libros, que los Mezquita dejan esparcidos sobre la mesa de su cuarto.

Celebré como merecía la broma, que era realmente chistosa; y seguimos riendo al recordar el gesto de estupefacción de nuestros contertulios.

Al cabo, poniéndose repentinamente serio, Moro exclamó:

—¡Vamos a ver! Después de todo, si hay glándulas para la fe, ¿por qué no ha de haberlas para la impiedad?

VII. MI AMIGO JÁUREGUI, ESPIRITISTA

¿Por qué le miraban todos con tan declarada hostilidad? Hay que escrutar los senos recónditos del orgullo humano para explicarlo. Cuando se mentaba su nombre en la mesa, hasta el mismo Pasarón, tan pacífico, tan indiferente, se encogía de hombros con displicencia.

Don Carlos de Jáuregui, nuestro compañero de pensión, huésped del gabinete frontero al mío y copropietario de la sala que nos separaba, era un joven que podría contar veinticinco años. Alto, delgado, esbelto, de facciones delicadas y expresivas, la tez pálida, los ojos negros y rodeados de un círculo azulado que acusaba un temperamento nervioso y enfermizo. Vestía con exagerada elegancia y sobre el costado izquierdo del frac, que indefectiblemente se ponía todas las noches, ostentaba bordada la cruz roja del hábito de Calatrava. Un bigotito negro con las puntas enhiestas, los cabellos esmeradamente peinados, las manos breves y cuidadas, la marcha arrogante y majestuosa, todo quería pregonar su esclarecida estirpe.

En efecto, aquel joven pertenecía a una aristocrática familia de la provincia de Alicante y estaba próximamente emparentado con algunos títulos que residían en Madrid. Sabíamos por Doña Encarnación que era huérfano de padre y madre, que tenía o había tenido por tutor al marqués de la Ribera del Fresno; sabíamos igualmente que poseía una mediana fortuna y sabíamos también que estaba dando buena cuenta de ella entre los placeres de la vida cortesana.

No hacía más que dormir en casa. Almorzaba, según nuestras noticias, en un Círculo de la calle de Alcalá y a la hora del crepúsculo venía a casa, se vestía de etiqueta y salía después a comer en alguna de las muchas residencias aristocráticas que frecuentaba. Cuando le tropezaba casualmente en el corredor o en la sala me hacía un reverente saludo, al cual yo correspondía con idéntica ceremonia. Lo mismo efectuaba con todos nuestros compañeros. Su actitud no podía ser más correcta, pero tampoco más fría.

Pues esta corrección y frialdad era precisamente lo que escocía a los huéspedes de Doña Encarnación. Sospechaban, no sin fundamento, que aquel joven aristócrata se consideraba por encima de nosotros en la escala de los seres vivos, y que si en los órganos externos y visibles parecíamos todos iguales, existía realmente entre su naturaleza y la nuestra un abismo infranqueable. Particularmente los primos Mezquita le habían dedicado un odio africano, como africanos que eran en cierto grado, odio que crecía todos los días al observar las muestras de acatamiento que nuestra patrona Doña Encarnación le prodigaba. Porque si nosotros no estábamos absolutamente ciertos de que Jáuregui estableciese teóricamente una diferencia radical entre su organismo y el nuestro, a nadie ofrecía duda que prácticamente Doña Encarnación la instituía.

Por eso cada vez que se hablaba del calatravo (así se le conocía entre nosotros), los primos Mezquita sonreían con amargura y rechinaban los dientes.

He aquí que un día, al abrir la puerta del gabinete para salir por la sala, como lo hiciese sin ruido acerté a presenciar un espectáculo que me llenó de confusión. El caballero Jáuregui se hallaba en pie frente al espejo ejecutando una serie de movimientos desordenados, de gestos convulsivos que me pusieron en suspensión y espanto. Tenía el sombrero en una mano y lo agitaba frenéticamente y sacudía al mismo tiempo la cabeza con extraño furor, clavando una mirada de extravío sobre su propia imagen pintada en el cristal.

Me detuve un instante estupefacto. No sabía qué hacer; si llamarle la atención, ya que él no me veía, o dar la vuelta y meterme otra vez en el gabinete. Opté por esto último y con rápido ademán cerré la puerta; pero no pude llevarlo a cabo de tal manera que no hiciese algún ruido.

Me dejé caer sobre el sofá y me puse a pensar, no sin inquietud, que mi vecino se había vuelto loco o estaba en camino de volverse. ¿Qué era aquello? ¿Qué significaban tan grotescas maniobras?

No tuve tiempo a hacerme muchas más reflexiones. En aquel momento llamaron suavemente a la puerta.

—¡Adelante!—dije con no poca zozobra, por no dudar un punto de quién era el que llamaba.

Se abrió la puerta. Apareció Jáuregui. Su rostro, ordinariamente pálido, estaba ahora teñido de carmín. Yo me puse al verle más colorado aún que él.

—Perdone usted... Me creo obligado a darle algunas excusas por la situación extravagante en que hace un momento me ha encontrado...

Yo levanté el brazo con un gesto que sin duda aspiraba a significar que aquella situación era, a mi juicio, la más natural del mundo.

—Sí, sí, muy extravagante—prosiguió él sin prestar asentimiento a aquel gesto—. Todo depende de una enfermedad nerviosa que desde hace tiempo padezco y que me obliga a menudo a ejecutar movimientos involuntarios.

Fingí de palabra, como lo había hecho con el gesto, no dar importancia alguna a tales movimientos y haberlos visto sin sorpresa. Luego le expresé mi sentimiento por su dolencia y el deseo de verle pronto restablecido.

Le invité a sentarse. Cedió gustoso y comenzamos a departir amigablemente. Pocos minutos después todas mis prevenciones desfavorables, las prevenciones que me habían infundido mis compañeros, se habían desvanecido por completo. Aquel joven era un dechado de cortesía, de franqueza y cordialidad. Ni sombra del orgullo que le habíamos supuesto. Me habló de la vida cortesana y de sus amistades en un tono de modestia e indiferencia que dejaba suponer que se hallaba lejos de conceder extremada importancia a los timbres de nobleza y a las prerrogativas sociales. Se enteró con visible interés de mi vida y mis estudios y me hizo amables preguntas también sobre mis compañeros. Nos despedimos y nos apretamos la mano como verdaderos amigos.

Cuando di cuenta de esta conversación (aunque ocultando su origen) a mis compañeros y les expresé el juicio favorable que nuestro vecino me había merecido, recibieron mis declaraciones con duda y hostilidad. Sin embargo, poco a poco se fueron rindiendo a ellas, y aunque no logré por entonces que se le mostrasen propicios, su ojeriza mermó notablemente.

Mis relaciones con Jáuregui se fueron estrechando. Al principio hablábamos solamente cuando por casualidad nos tropezábamos en la sala o en el pasillo. Después nos fuimos buscando. Me invitó a pasar a su gabinete. Quedé asombrado de la elegancia con que estaba amueblado. Pronto averigüé que ninguno de aquellos preciosos artefactos, ni siquiera el lecho, pertenecían a Doña Encarnación: todo estaba comprado por él. Y a pesar de eso, por lo que pude colegir, pagaba casi tanto por su habitación como yo por la pensión completa. Razón tenía, pues, nuestra huéspeda para mostrarse con él tan reverente.

Jáuregui, aunque haciendo una vida cortesana de placer, era más culto de lo que yo había supuesto. Pero no pude menos de observar en seguida que su cultura se reducía casi enteramente a un ramo, el ramo más extraviado de la ciencia, el que se refiere a la magia y al ocultismo.

—¡Cómo! ¿llama usted ciencia a la magia?—me preguntará cualquiera inmediatamente. No soy yo quien así la llama sino sus adeptos modernos. Actualmente todo tiende a convertirse en ciencia y lo maravilloso reviste apariencia científica. Tiene sus libros, sus Revistas, sus Sociedades sabias y Congresos. Los augures y profetas no visten ya la túnica de estrellas, sino la levita del profesor.

De todos modos Jáuregui poseía una copiosa colección de libros ocultistas que guardaba en un armario de caoba destinado al efecto. Me la mostró con cierto orgullo y de una en otra vino a confesarme que él era un entusiasta espiritista, que había leído y meditado mucho sobre este asunto y que en un viaje que había realizado a París hubo de ponerse en relación con los partidarios más conspicuos de esta teoría y asistió a algunas de sus sesiones prácticas.

¡Cosas sorprendentes, milagrosas, había logrado presenciar! Bajo la influencia del espíritu de Copérnico, había visto escribir páginas brillantes sobre astronomía a un sujeto que ignoraba por completo esta ciencia, y, guiado por el de Abelardo, otro había dibujado la espléndida casa que este filósofo posee en el planeta Venus, donde vive en compañía de Eloísa.

Además, había hablado con adivinos, luciferanos, quirománticos; había presenciado casos milagrosos de materialización de fantasmas; no sólo materialización de manos y brazos aislados que flotaban en el aire y cuyo contacto sintió en el rostro, sino verdaderos fantasmas de sujetos fallecidos hacía mucho tiempo, apariciones increíbles de dos o tres personas al mismo tiempo que marchaban por la sala vestidas con túnicas blancas, mostraban sus brazos desnudos y daban apretones de manos a los circunstantes. Había visto a un famoso medium traer repentinamente a sus manos pájaros y flores de climas apartados, mover los objetos sin contacto, levantar las cortinas y trasladar los muebles; había visto tomar fotografías de los objetos pensados y casos estupendos de transmisión del pensamiento.

Era de noche, a las altas horas de la noche, cuando Jáuregui me contó estas increíbles maravillas. Confieso que me sentí impresionado y aun puedo añadir un poco inquieto y medroso. Aquel joven tan pálido, de ojos tan grandes y negros, narrándome conmovido y con voz temblorosa tales espantos era cosa realmente para aterrar a cualquiera.

—Y usted por sí mismo, ¿no se ha puesto jamás en relación con algún espíritu?—me atreví a preguntarle.

Jáuregui vaciló un instante y balbució algunas palabras de excusa. Después, súbitamente resuelto, me declaró con toda franqueza que hacía ya mucho tiempo que se hallaba en estrecha comunicación con el mundo de los espíritus. Había tenido un trato muy íntimo con Napoleón, Felipe II y Pedro el Grande de Rusia, si bien hacía tiempo que no hablaba con ellos por negligencia; pero así que los evocaba, inmediatamente acudían a responderle. Yo no pude menos de hacerle observar la gran diferencia que existía entre el mundo de los espíritus encarnados y el de los desencarnados; porque era bien seguro que aquellos señores, en vida, no se hubieran dignado concederle una audiencia, cuanto más acudir a las suyas.

—Cierto, cierto—manifestó Jáuregui gravemente.

—Además, prueba que en el otro mundo los reyes y emperadores andan muy desocupados cuando pueden venir a conferenciar con cualquiera que les llame en éste.

—Exacto—volvió a murmurar Jáuregui.

Sin embargo, a pesar de tan sorprendentes prerrogativas, no estaba satisfecho. Jamás había logrado materializar a un espíritu y esto le tenía desalentado y triste. Desde hacía largo tiempo apenas se comunicaba con otros que con el de Sócrates y el de su novia, una novia que se le había muerto tísica hacía dos años. A estos dos espíritus les había hecho los consultores y guías de su existencia. Con ellos conferenciaba todos los días por medio de un veladorcito rotativo con abecedario parecido a una ruleta donde una aguja movida por impulso inconsciente de sus dedos señalaba las respuestas. Esta mesita giratoria la guardaba misteriosamente en su armario y me la mostró con gesto solemne.

También me hizo ver unos cuadernos donde se ejercitaba en la escritura automática escribiendo con los ojos cerrados bajo el soplo de la inspiración. Tenía asimismo un diccionario con el cual se consultaba: fijaba de antemano con el pensamiento la columna y la línea en que había de hallar la respuesta, abriéndolo después al azar por medio de una plegadera. Me narró casos sorprendentes. En cierta ocasión, escribiendo automáticamente, estampó más de cien veces una sola palabra, la palabra veneno. Aquella misma tarde se envenenó con una gaseosa. Otra vez abrió el diccionario para averiguar la enfermedad que padecía una de sus parientas y se encontró con la palabra vapor, que nada significaba. Pocos días después, no obstante, el médico diagnosticó que lo que aquella señora padecía eran vapores.

Naturalmente, con tales maravillas Jáuregui se hallaba absolutamente persuadido de la verdad de la teoría espiritista que para él era una verdadera religión. Pero, sobre todo, estaba entusiasmado con la acertada dirección que Sócrates imprimía a la conducta de su vida y la manera airosa con que le sacaba de todos los atolladeros que en ella se le presentaban.

—Claro está—hube de manifestarle—; como que Sócrates está reputado lo mismo en la antigüedad que en la edad moderna por el hombre más juicioso que ha existido. Y en verdad que es caso asombroso y digno de toda alabanza el que un filósofo tan glorioso venga a departir amablemente con una persona cuyos méritos no desconozco, pero que no ha alcanzado celebridad en el mundo.

—¿No es cierto?—exclamó Jáuregui con los ojos brillantes de triunfo y alegría—. Pues casi todos los días se está dos horas lo menos conmigo. Por cierto—añadió bajando la voz y sonriendo—que la otra noche nos ocurrió un lance singular y bastante cómico. Verá usted. Nos hallábamos charlando hacía un rato largo y yo le consultaba sobre ciertas materias delicadas, cuando de pronto, ¡zas!, oigo un chasquido en el aire. Quiero continuar mi conferencia, pero Sócrates no responde. Le llamo repetidas veces, y nada. Al día siguiente, cuando acudió a mi llamamiento me confesó que su mujer Jantipa le había sorprendido en conversación conmigo y le había dado una bofetada.

—¡Una bofetada!—exclamé en el colmo del asombro—. ¿No decía usted que jamás había logrado obtener una materialización? Pues ahí la tiene usted... Porque me parece que una bofetada es algo bien material.

—¡Sí, pero no la he visto!—exclamó con aflicción.

—Eso acontece casi siempre con las bofetadas: se las oye, se las siente... pero no se las ve venir.

Después de esta conferencia tuvimos otras varias y entramos en gran intimidad. Casi todas las noches, cuando ya la gente de la casa reposaba, me hacía pasar a su gabinete y charlábamos un rato más o menos largo. Al cabo me propuso que nos tuteásemos, a lo cual, como es de suponer, cedí con el mayor gusto.

En realidad, aquel joven aristócrata, con su erguida cabeza y su imponente cruz de Calatrava, era lo que suele llamarse un infeliz. Yo llegué pronto a cobrarle afecto, pero no logré que mis otros compañeros le concediesen su simpatía. Verdad que Jáuregui seguía mostrándose con ellos tan frío y ceremonioso como antes y sólo conmigo abandonaba su empaque.

Pues después que yo me iba a la cama, porque debía madrugar, todavía él, que no estaba obligado a hacerlo y podía dormir a su sabor la mañana, solía quedarse largo tiempo en conferencia con los espíritus.

Una noche, cuando me hallaba sumido ya en el más profundo sueño, oigo llamar a mi puerta con fuertes golpes.

—¿Quién va?—pregunté, incorporándome despavorido.

—¡Jiménez! ¡Jiménez!

Era la voz de Jáuregui.

—Entra. ¿Qué ocurre?

Jáuregui se presentó en mi alcoba con la palmatoria en la mano, tembloroso, el rostro descompuesto, los cabellos erizados.

—Pero ¿qué pasa?—exclamé yo, asustado también.

—¡Una cosa horrible!

Y colocó la palmatoria sobre mi mesa de noche y se dejó caer sobre una silla sin acertar a articular más palabras. Yo llené un vaso de agua, que tenía al alcance de mi mano, y se lo di a beber. Se calmó un poco y profirió velozmente:

—He logrado materializar a mi novia.

—¡Anda!—exclamé yo súbitamente tranquilizado—. ¿Y por eso te asustas? Pues, al contrario, debías estar muy satisfecho.

—Es que... ¡es que tú no sabes!... Se me presentó en una forma espantosa, envuelta en un sudario blanco, los cabellos sueltos, el rostro amarillo, los ojos inflamados...

—No tiene nada de particular, porque la has cogido desprevenida y no ha tenido tiempo a arreglarse... Pero ya verás más adelante cómo se te presentará en traje más adecuado.

Me dirigió una mirada recelosa. Yo permanecí serio. Al fin se tranquilizó por completo.

Pocos momentos después se alzó de la silla y se retiró, pidiéndome perdón por haberme despertado de tan dramática manera. Me volví del otro lado y no tardé muchos segundos en quedar de nuevo profundamente dormido.

VIII. LOS ÁNGELES DE LA BUHARDILLA

Acaeció que en los últimos meses del curso académico vino a instalarse en el cuarto cuarto de aquella misma casa una modesta familia compuesta de una mamá, dos niñas ya casaderas y un chico de catorce o quince años. Bien modesta necesitaba ser, porque aquel cuarto cuarto, si se le despojase de su tarjeta de visita, se llamaría sencillamente buhardilla.

No tenía vistas a la calle, sino tan sólo tres ventanas al patio, enfrente y un poco más altas que las de nuestras habitaciones interiores. En estas habitaciones alojaban Moro y los primos Mezquita. Así que éstos se dieron cuenta de la llegada de aquellas jóvenes, se sintieron cada día más y más apegados a la vida sedentaria. Y comenzó el imprescindible tiroteo de miraditas, señas y sonrisas. Las niñas eran lindas y trabajaban la mayor parte del día arrimadas a una de las ventanas. Y los primos Mezquita, acometidos súbitamente de un ansia irresistible de saber, estudiaban casi las mismas horas pegados a la suya.

Pronto supimos todos en la casa que una de las niñas, la más bella y pizpireta, se llamaba Lolita; la otra, Rosarito; el chico, Perico, y la mamá, Doña Enriqueta. Era ésta viuda de un comandante de infantería fallecido hacía ya algunos años y se sostenía con la módica pensión que le quedara y con el trabajo de sus hijas. Las dos eran bordadoras, ocupación mal recompensada como todos saben. Para ganar lo indispensable, nada más que lo indispensable, necesitaban las pobrecitas aplicarse duramente todas las horas del día y quizá también algunas de la noche.

Doña Encarnación, nuestra patrona, no tardó en hacer conocimiento con ellas. Se hallaron primero en la escalera. Doña Encarnación era exageradamente comunicativa. Subió después a su cuarto; bajó doña Enriqueta al nuestro; por último, las bellas ninfas, sus hijas, también se dignaron descender envueltas, como diosas que eran, en una espesa nube que las ocultó a nuestras miradas profanas. Acaso no sería la nube. Acaso aprovecharan astutamente el momento en que todos los huéspedes nos hallásemos en la calle. De todos modos, el hecho fué que no logramos verlas. En otras de sus apariciones celestiales sucedió lo mismo.

Los primos Mezquita se torcían las manos, se mesaban los cabellos, se dejaban caer desfallecidos sobre las sillas, pensaban vagamente en el suicidio cuando al llegar a casa adquirían conocimiento de tan sublime epifanía. Aspiraban después con delicia el aire embalsamado por las bellas y tocaban con respeto los objetos donde ellas habían puesto sus torneadas manos.

Doña Encarnación, sonriente, implacable, coadyuvaba a su desesperación relatando minuciosamente los incidentes de la aparición: cómo se habían presentado, si peinadas o con el cabello suelto, los lindos pies calzados o solamente con babuchas, qué palabras habían pronunciado, qué risas divinas habían fluído de sus rosados labios. Doña Encarnación gozaba cruelmente como una divinidad infernal con la aflicción de sus huéspedes.

El cerebro del hombre apretado por las circunstancias puede engendrar ideas muy fecundas. La que brotó de la mente de uno de los Mezquita en esta ocasión fué maravillosa. Nada menos se le ocurrió que despedirse en voz alta de Doña Encarnación cada vez que salía a la calle, dejar la puerta entornada, volverse desde la escalera, penetrar de nuevo en la casa y encerrarse traidora y solapadamente en su cuarto espiando como un sátiro la entrada en escena de las ninfas de la buhardilla.

Repetida esta maniobra diferentes veces, al fin aquéllas cayeron en el lazo. Se hallaban en el comedor holgándose alegremente en compañía de Doña Encarnación, narrando los dulces incidentes de su vida poética, inmarcesible, engullendo al mismo tiempo algunas galletitas con que aquélla las obsequiaba, cuando aparece repentinamente por la puerta Bruno Mezquita. El impostor tuvo la audacia de fingirse sorprendido, de balbucir algunas frases de excusa y hasta de intentar retirarse. Pero no lo hizo, ¡ya lo creo que no lo hizo! Venía solamente a participar a Doña Encarnación que se le había caído un botón del chaleco y a suplicarle que tuviese la amabilidad de pegárselo.

¡Un botón! ¡Qué pretexto ridículo y prosaico! Sin embargo, aquellas preciosas niñas se ruborizaron como si entrase cantando una trova de amor. Y después de todo, aquel botón, bajo su sórdida apariencia, no era otra cosa que un madrigal. El que no lo reconozca así no dará pruebas de gran perspicacia.

Doña Encarnación salió en busca de los enseres necesarios para realizar la operación que se le encomendaba. Bruno Mezquita quedó solo unos instantes con aquellas ninfas, y si no las abrazó y las besó y las arrastró por la fuerza al paraje más sombrío del bosque como un sátiro que era, no fué porque le faltasen deseos de hacerlo.

Llegó Doña Encarnación al punto de impedirlo. Traía en la mano la aguja y la hebra de seda; pero en el momento de colocar el botón en su sitio observó con disgusto que le faltaban las gafas. Trató de ir a buscarlas, pero Lolita, la primera y más bella de las dos divinidades, se ofreció con graciosa condescendencia a pegar el botón con sus manos inmaculadas.

Entonces le tocó al primo Mezquita ruborizarse. Lo hizo como si fuese un tierno colegial y no un sátiro empedernido. El botón quedó pegado al instante con perfección inimaginable. Bruno Mezquita se hubiera arrancado de cuajo todos los que tenía en su ropa, a riesgo de quedar desnudo, por sentir tan cerca de sí más tiempo las manos de la deidad.

Aunque es fuerza confesar que existen en el mundo seres tan egoístas que no agradecen o agradecen débilmente los servicios que se les presta, no fué este el caso del primo Mezquita. Al contrario, dió las gracias de un modo tan apasionado y vehemente, que todo su cuerpo se retorció al hacerlo como si repentinamente hubiera caído en un ataque epiléptico. Doña Encarnación no pudo menos de preguntarse con inquietud si su huésped iba a experimentar la dislocación de alguno de sus miembros más importantes.

Al fin quedó asegurada con gusto de que esta seria calamidad no se efectuaría. Bruno se calmó, y después de dar algunas docenas más de gracias anunció su intento de subir a la mansión cerúlea de su bienhechora para ponerse a los pies de la autora de sus días, en el caso de que ésta consintiera en recibir la visita de un mortal tan desprovisto de mérito. Lolita manifestó que su mamá era toda afabilidad, toda benevolencia, y, por lo tanto, acogería la visita con el mayor agrado.

La visita se efectuó al día siguiente. Bruno Mezquita nos lo hizo saber por la noche a la hora de la cena y nos hizo su relación con exasperante prolijidad. Exasperante para su primo Manuel, que empalideció de envidia. En cuanto al pequeño Albornoz, que secretamente alimentaba ya una pasión incurable por Lolita, quedó anonadado.

Por espacio de algunos días el más anciano de los Mezquita tronó y relampagueó solo en lo alto de la buhardilla sin que nadie osara hacerle la competencia. Poco tiempo le bastó para adquirir gran confianza en aquella región luciente. Iba y venía con pasmosa frecuencia llevando y trayendo recaditos para Doña Encarnación, subiendo unas veces periódicos de modas, bajando otras algún dibujo de bordado, un pañuelo olvidado, una novela prestada, etc. Doña Encarnación enviaba por su conducto de vez en cuando a aquellos ángeles algunas almendras y galletas que cercenaba de nuestro postre y hasta hubo sospechas de que en una ocasión no tuvo reparo en hacer cargar a Bruno con una fuente de arroz con leche. Pero tal extremo nunca se pudo esclarecer por completo; aunque Pepito Albornoz lo daba por seguro y lo contaba con una sonrisa amarga que revelaba su despecho.

Todo tiene su fin en este mundo. Aquella odiosa dictadura terminó cuando Manolo Mezquita, guareciéndose bajo el manto protector de Doña Encarnación, que gustaba de extenderlo sobre todos los desesperados, se hizo presentar en la morada gloriosa a la imponente divinidad que la regía.

Doña Enriqueta acogió con benignidad los homenajes del nuevo devoto, como no tardó en hacérnoslo saber el mismo interesado. Pepito Albornoz, que ardía en ansias de obtener el mismo honor, alentado por estos precedentes, no tardó mucho en conseguirlo, merced igualmente a la graciosa intervención de nuestra patrona. Por último, ésta, en un rapto de su inagotable caridad, encarándose con Sixto Moro y conmigo, nos dijo:

—¿Qué es eso? ¿No quieren ustedes que les presente en casa de mis amiguitas como a estos señores?

Sixto Moro y yo nos miramos y en los labios de uno y otro se esbozó la misma sonrisa. Porque admirábamos la belleza de aquellas niñas, sobre todo la de Lolita, que era en realidad quien lo merecía, mas sus gracias no habían logrado causar un efecto mortífero en nuestro corazón. Sixto Moro tenía el suyo prisionero en otra parte, y el mío yacía también por los mismos parajes maltrecho y ensangrentado.

Nos mostramos, sin embargo, agradecidos, dimos nuestro asentimiento, y, en efecto, a la noche siguiente fuimos presentados en el casto asilo de las bordadoras con toda la solemnidad que el caso requería.

Era un verdadero nido de golondrinas, una casa de muñecas. Se componía de una salita de regulares dimensiones, dos alcobas para la mamá y las niñas, un comedorcito, en él un pequeño agujero para el chiquillo, y una cocina.

Doña Enriqueta nos acogió con gravedad benévola. Era una señora de prócer estatura, cabellos blancos, nariz aguileña, tez pálida y ojos bellos y severos. El conjunto no podía ser más imponente y majestuoso.

—¡Ah! es usted del norte de España—me dijo con sonrisa condescendiente—. Allá en América les tenemos en mucha estima por su honradez y laboriosidad. Es gente que sabe abrirse camino y aprovecha bien las circunstancias para hacerse una posición más o menos brillante. En la Habana hemos tenido dos criados, uno asturiano y otro montañés, tan fieles, que yo les entregaba la llave de la caja de las joyas cuando necesitaba sacar algunas para ir a los bailes de la Capitanía o de los marqueses de la Reunión.

Si he de confesar la verdad, no me sentí muy halagado en aquel momento por el testimonio generoso de la fidelidad de mis paisanos. Hubiera deseado verles en posición más desahogada, aunque su virtud no fuese tan ostensible. Pero esta ligera humillación quedó bien compensada por la satisfacción orgullosa que sentí al verme tan bien acogido de una dama que había brillado en otro tiempo en los salones de los magnates americanos.

Esta satisfacción creció de un modo desmesurado cuando a los pocos momentos me hizo saber que sus años juveniles se habían deslizado en un ingenio de azúcar propiedad de sus papás, donde trabajaban seiscientos esclavos. Cada vez que ella, la más joven de las señoritas de la casa, entraba o salía del ingenio en su coche, aquellos esclavos le hacían una ovación estruendosa. Porque había sabido captarse su cariño y admiración.

Yo asentí con todas mis fuerzas insinuando al mismo tiempo la idea de que aquellos esclavos poseían una perspicacia nada común, muy superior a lo que podía esperarse de su condición y de su raza.

Con esto doña Enriqueta me miró aún con más benignidad.

—En lo que se refiere a la condición es posible que no esté usted equivocado, porque los trabajos a que se dedican les impiden toda instrucción, aún la religiosa. Yo, sin embargo, he trabajado muchísimo y con buen éxito por inculcarles las ideas más necesarias para nuestra salvación eterna. Logré de mi papá que todos los viernes les dejasen una hora de descanso, en la cual yo les explicaba el catecismo. También conseguí que se celebrase los domingos una misa al aire libre para que la negrada la oyese. Yo misma preparaba el altar y lo adornaba con flores que hacía cortar de nuestro jardín... Porque teníamos un jardín... ¡qué jardín, madre mía! Era casi tan grande como el parque del Retiro y mucho mejor cuidado. El jardinero que dirigía los trabajos había estado en Inglaterra al servicio del príncipe de Gales y había logrado cultivar tal número de flores, tan raras y tan hermosas, que no se celebraba ningún baile aristocrático en la Habana sin que viniesen a suplicarnos que les cediésemos algunas cestas de ellas. Pero yo prefería enviarlas a las iglesias y que adornasen el altar de nuestra capilla. Por esta razón, mis hermanas se reían de mí y me llamaban siempre la monjita, aunque mis papás las reprendían; porque yo era la niña mimada de la casa. Mi mamá decía muchas veces: «—Todas vosotras juntas no valéis lo que vale mi Enriqueta.» Y el obispo de la Habana, una vez que vino a visitarnos, me dijo: «—¡Enriqueta, eres un apóstol!»—y me dió particular y especialmente su bendición.

Yo estuve también por dársela y marcharme después de hacerlo; pero como no era obispo y pudiera interpretarse mi conducta como una usurpación de funciones, resolví quedarme quieto.

—En cuanto a la raza, no puedo estar conforme con usted—prosiguió Doña Enriqueta—. Entre la gente de color se encuentran tipos de una inteligencia muy despierta. Las dos doncellas que yo tenía a mi servicio (porque mi papá quería que cada una de sus hijas tuviese dos doncellas) eran mulatas y no puede usted figurarse qué rara penetración la suya. En los ojos me adivinaban los pensamientos. Si observaban que tenía deseos de dormir, bajaban los estores silenciosamente, me ponían un cojín debajo de la cabeza y comenzaban a darme aire con los abanicos; si venía de algún baile un poco agitada, en seguida notaban mi inquietud y a los pocos momentos me servían una tacita de tila con azahar; si comprendían que una visita me era molesta se presentaba una de ellas previniéndome que mi papá me hacía llamar, y de este modo me permitían salir de la habitación...

—¡Qué lástima!—exclamó Sixto Moro.

—¿Cómo lástima?—preguntó Doña Enriqueta.

—Sí; qué lástima y qué tristeza para aquellos señores el verse privados tan pronto de su presencia.

—Muchas gracias, es usted muy galante—replicó Doña Enriqueta, y prosiguió inmediatamente—. El cochero que yo tenía era cuarterón: un hombre muy notable; un verdadero talento. Ya quisieran aquí en Madrid el Duque de Osuna o el de Fernán Núñez tener un hombre parecido a su servicio. Jamás he sufrido un percance con él, y eso que mi tronco de caballos era de lo más vivo y rozagante que pudiera verse; como que lo había comprado mi papá en Nueva York a un banquero inglés que levantaba su casa y se marchaba a Italia, porque no le sentaba bien el clima de los Estados Unidos. En cambio, dos de mis hermanas han tenido más de un accidente con los suyos... Porque cada una de nosotras tenía su coche y su cochero. Mi papá no quería que hubiese disputas entre nosotras sobre las horas de paseo o de tiendas, y deseaba que cada cual pudiera salir con su doncella cuando quisiese sin verse obligada a esperar por las otras.

—¿Y cuántas eran ustedes, si la pregunta no es indiscreta?—dijo Moro.

—Éramos cuatro hermanas y un hermano. Éste era un calavera deshecho y no sólo tenía coche, sino varios caballos de silla; pero no hacía caso; en vez de usar el suyo se apoderaba de cualquiera de los nuestros, porque se complacía en hacernos rabiar. ¡Qué cabeza! Pero tenía mucho ángel, como aquí se dice: todo el mundo le quería en la Habana; nosotras mismas, a pesar de sus bromitas, le adorábamos. Verdad que era generoso y espléndido como nadie. Cuando nos había enfadado un poco más de lo ordinario, para ponernos contentas nos traía cualquier regalito, una sortija, un relojito de oro, unos peinecillos de concha...

Esta interesante descripción del carácter y costumbres de su único hermano fué interrumpida desgraciadamente por la aparición de un gato que llevaba en la boca un trozo de bacalao. Verlo Doña Enriqueta, exhalar un gemido lastimero, que nos hizo dar un salto, y lanzarse en su persecución fué todo uno.

Pero el gato no estaba en humor de dejarse atrapar y comenzó a saltar de un rincón a otro y por fin se escapó de nuevo a la cocina, que era el paraje mismo donde había perpetrado su crimen.

—Mamá, ¿qué le vas a hacer ya?—exclamó avergonzada Lolita.

—¿Qué le vas a hacer tú, estúpida, cuando te quedes sin cenar?—gritó enfurecida Doña Enriqueta, clavando en su hija una mirada iracunda.

—¡Mamá!—exclamaron a un tiempo las dos niñas.

Entonces Doña Enriqueta hizo un esfuerzo inverosímil sobre sí misma y recobró súbito toda su majestad.

—¡Pobrecito! Dejarle que se regale un poco esta noche... Después de todo no tiene la culpa él, sino yo, que me he olvidado de guardar el pescado.

—Lo mejor que podías hacer—manifestó Lolita, que continuaba ruborizada—es ir a guisarlo.

La mamá alzó la cabeza como hubiera hecho la reina Isabel de Inglaterra en su caso, dirigió una larga y seria mirada a su hija y, por fin, giró lentamente sobre sus talones y salió con dignidad por el foro.

Pocos minutos después se sintió el chirrido del aceite y llegó a nuestra nariz su ingrato olor peculiar.

Por razones de delicadeza que todo el mundo comprenderá, hubiera sido procedente que su familia le enviase uno de los seiscientos esclavos para guisar el bacalao.

Las niñas eran extremadamente simpáticas. Lolita, una linda morena de ojos vivos y picarescos, toda alegría y movilidad. Rosarito, morena también, pero del género sentimental, con grandes círculos azulados en torno de los ojos, lánguidos ademanes y aspecto un poco enfermizo. No era hermosa como su hermana, pero nadie con justicia pudiera llamarla fea.

Naturalmente, Bruno Mezquita, su primo Manolo y Pepito Albornoz cayeron a los pies de la primera, le rindieron pleitesía y le dedicaron una fervorosa adoración, que en Pepito Albornoz adquirió caracteres alarmantes. En el espacio de quince días perdió tres kilos de peso. Verdad que después ganó dos; pero inmediatamente perdió uno y así sucesivamente. Siendo cada vez mayores las salidas que las entradas llegó a fin de curso con la piel y algunas piltrafas.

Doña Encarnación estaba desesperada porque su mamá le había recomendado con lágrimas en los ojos el cuidado de su alimentación. ¿Qué iba a decir al verle llegar tan desnutrido? Pensaría que no le daba de comer más que lechugas. Doña Encarnación maldecía del momento en que había tenido la ocurrencia de presentarle en casa de las bordadoras.

Lolita gozaba recibiendo el incienso de sus devotos, tenía para cada uno una palabrita amable o una bromita salada, pero no acababa de entregar el corazón a ninguno, como un niño que se encuentra enfrente de tres pastelitos y no sabe por cuál optar. Hubiera preferido comerse los tres, claro está, pero comprendía que esto no era posible. Después que Sixto Moro y yo fuimos presentados, tal vez nos hubiera engullido también de buen grado a juzgar por las miradas rapaces que nos dirigía. Esto era más imposible aún, porque repito que Sixto y yo llevábamos ambos clavado en el corazón un dardo envenenado.

Bruno Mezquita, su primo y Albornoz no se sintieron regocijados con nuestra llegada: disimulaban su malestar difícilmente. Los tres pensaban que íbamos a competir con ellos en el corazón de Lolita. Pero el primero se sentía más molesto que los otros porque ejercía en aquellas alturas el monopolio del humorismo. No se hartaba Doña Encarnación de celebrar lo bien que se pasaba allá arriba con sus chistes y sus invenciones felices. Unas veces haciendo juegos de manos, otras con disfraces cómicos, otras narrándoles historias graciosas o haciéndoles reír con dichos agudos, tenía, al parecer, casi siempre en grata suspensión a la tertulia.

Así que aparecimos nosotros se encerró en una hosca reserva, donde se advertía el mal humor y la inquietud. Desde luego que esta actitud no era yo quien la provocaba, sino Sixto Moro, hacia el cual sentía un miedo vecino del terror.

Pasado largo rato sin que dejase advertir su presencia, Moro le clavó una mirada risueña.

—¿Qué es eso, Bruno; cómo no das suelta ya a ese raudal de chistes con que alegras esta tertulia todas las noches?

—Esperamos que tú sueltes el tuyo—respondió de malísimo talante Mezquita.

—Mi ingenio está pasado ya de puro viejo, pero el tuyo es una verdadera novedad, de la cual ni Jiménez ni yo teníamos la menor noticia. Venga, pues, alguna gracia para compensarnos del mucho tiempo que nos has estado privando de ellas.

Bruno Mezquita se enfurruñó todavía más y murmuró algunas frases impolíticas que Moro y yo hicimos ademán de no escuchar.

Rosarito, que era dulce y amable más que su hermana, atajó la disputa.

—Bruno es una persona muy agradable que se esfuerza en hacernos pasar bien un rato sin presunción alguna.

—Todos lo sabemos, señorita—replicó Moro inclinándose—; pero yo sé también por qué sale usted con tal solicitud a su defensa.

—¿Por qué?—dijo la niña ruborizándose.

—Porque la magnetiza.

—Sí que me magnetiza—manifestó Rosarito, ruborizándose todavía más—. ¿Y cómo sabe usted eso?

—Porque Bruno es un hombre excesivamente cargado de flúido y no puede menos.

IX. LOS AMORES DE MI AMIGO PASARÓN, BIBLIÓFILO

Cierto, Bruno Mezquita se dedicaba desde hacía algún tiempo a magnetizar a todos los adultos que se prestaban a ello.

El hipnotismo, recientemente importado del extranjero, se hallaba como novedad en plena boga. En todas les reuniones de la clase media, a falta de otros atractivos, los tertulios se hipnotizaban los unos a los otros; los jóvenes dormían a las jóvenes y hacían con ellas pruebas maravillosas; los maridos dormían a sus esposas y pretendían descubrir sus pensamientos más íntimos.

Era un entretenimiento agradable que a veces no resultaba perfectamente honesto.

Habíamos vuelto a los buenos tiempos del mesmerismo. Así que entrábamos en cualquier tertulia no era raro hallar a un joven magnetizador sentado enfrente de la niña de la casa o de cualquiera de sus amiguitas, las rodillas tocando con las rodillas, los ojos fijos sobre sus ojos, las manos sobre el epigastrio, haciendo pases y describiendo semicírculos con los dedos. Esta faena interesante, que provocaba gritos de admiración reprimidos, terminaba algunas veces en la Vicaría, otras, en el juzgado de guardia.

Digo que Bruno Mezquita, atacado de furor hipnótico, se empeñaba en dormir a cuantas personas estaban a su alcance. Había intentado dormir a su primo sin resultado alguno, después a Doña Encarnación, a Pepito Albornoz, a la criada y a mí mismo con idéntico éxito. La criada fué la única persona que pareció ceder un poco a la influencia de su mirada fascinadora. No era extraño, porque se levantaba demasiado temprano. Pero a las preguntas capciosas que Bruno le dirigía con voz insinuante y misteriosa sólo contestaba con ronquidos estridentes. Y no se pudo obtener de ella otra cosa.

Con Rosarito acaeció algo muy distinto. Esta joven, si no era histérica, tenía por lo menos un temperamento neurópata, como se adivinaba fácilmente por su aspecto, y fué un sujeto admirablemente adecuado para la experiencia hipnótica.

Bruno quiso volverse loco de alegría al poder realizar con ella los experimentos que había leído en los libros o había oído en la cátedra. Como hombre de ciencia, sabía a qué atenerse en lo referente al flúido magnético. Esta antigualla estaba desechada. Se conocían en la escuela de San Carlos los trabajos de Faria, de Braid y de otros, y el sueño hipnótico no se producía como el vulgo imaginaba arrojando puñados de flúido a los ojos, sino por la sugestión o por el cansancio de la vista.

Rosarito a los pocos días llegó a dormirse sólo con ponerle la mano sobre la frente y decirle en tono imperativo: «¡Duerma usted!» No solamente contestaba a las preguntas del hipnotizador, sino que obedecía a sus mandatos. Le ordenaba, por ejemplo, frotarse las manos, diciéndole: «No puede usted ya detenerse.» Y la pobre chica continuaba frotándolas sin tregua, a pesar de todos los esfuerzos de su voluntad. Ejecutaba con ella las sorprendentes sugestiones sobre el gusto y el olfato, tan conocidas en el mundo extracientífico, haciéndole morder una patata cruda con la misma delicia que si fuese un fragante albaricoque o dándole a beber agua por jerez. Llegó también a producir con ella durante el sueño hipnótico las aún más sorprendentes sugestiones visuales, verdaderas alucinaciones en que trocaba a las personas, hablando a su madre como si fuese Doña Encarnación o dirigiéndose a Albornoz como si fuese su hermana Lolita.

Pero lo que más nos sorprendía era que ejecutaba las órdenes del hipnotizador no sólo inmediatamente después de despertar, sino a distancia, esto es, uno o dos días después. Le decía Mezquita: «Mañana, a las doce, abrirá usted la ventana y sacará usted la mano fuera para cerciorarse si llueve.» Y en efecto, a la hora indicada y a presencia de nosotros, que la espiábamos desde nuestro comedor, Rosarito abría la ventana y extendía el brazo para ver si llovía, aunque no hubiese una nube en el firmamento.

Estos últimos experimentos hicieron surgir en la mente de Sixto Moro la idea de dar una broma a nuestro amigo Pasarón. Era el único de los huéspedes que no había subido aún a casa de las bordadoras. Se lo habíamos propuesto diferentes veces, pero siempre se negó a ello resueltamente, a mi entender no sólo porque esto podía distraerle de sus estudios incesantes, sino porque, como la mayoría de los sabios, era de una extremada timidez con las mujeres.

Ignoro cómo Moro se arregló para convencerle, pero el hecho fué que al cabo cedió a ser presentado. Designóse para tal ceremonia la noche de un sábado, pues alguna que otra vez, no siempre, Pasarón se autorizaba en estas noches apartarse algunos momentos de sus libros y dar una vueltecita por las calles.

Una vez fijado el día, Moro hizo que Bruno Mezquita durmiese a Rosarito y le ordenase lo siguiente: Cuando mañana sea presentado en esta casa nuestro amigo José Luis Pasarón, usted al verle entrar se levantará de la silla, se dirigirá a él, le tenderá la mano y le dirá: «Buenas noches, señor Pasarón. ¡Cuánto me alegro de ver a usted por aquí! Es usted el joven más guapo y más simpático de la casa.»

Aprovechamos un momento en que Doña Enriqueta se ocupaba en freír algo allá en la cocina para que Bruno durmiese a Rosarito y le intimase la orden. Lolita quiso protestar, pero la argüimos que era una inocente broma sin consecuencia alguna y la permitió, no sin haberle prometido descubrirla después al mismo Pasarón.

Subió éste por fin, con poquísima gana, al cuartito de las bordadoras. Veíamos claramente que necesitaba hacer un esfuerzo grande sobre sí mismo para vencer su imponderable timidez. Es seguro que en el fondo le halagaba la visita, porque asomadas a las ventanas y de refilón en los pasillos de la casa había tenido ocasión de ver aquellas lindas muchachas, y al fin era hombre y tenía pocos años; pero la idea de verse frente a frente de ellas le sobrecogía.

Moro y yo subimos con él. Ya estaban en la salita acompañando a las bordadoras y a su magnífica mamá nuestros amigos los Mezquita y Albornoz.

Cuando entramos yo clavé mis ojos en Rosarito, que se hallaba sentada al lado de su madre, y observé con viva curiosidad que se ponía fuertemente colorada. Después la vi agitarse en la silla, bajar la cabeza, levantarla, mirar con ojos extraviados a todas partes; por último, como movida por un resorte, alzóse del asiento, y tendiendo la mano al nuevo visitante repitió con voz alterada las palabras mencionadas.

Pasarón se puso aún más rojo que ella, lo que realmente parecía imposible, y balbució algunas palabras que no pudimos entender. Pero Doña Enriqueta se irguió como si la hubiesen pinchado, se puso en pie desplegando su majestuosa figura, que nos dominaba a todos, y sacudiendo a su hija por un brazo profirió con voz irritada.

—¡Cómo! ¿Qué palabras son esas? ¿Te parecen dignas de una joven bien educada? ¿Dónde está la modestia y el recato que te ha enseñado tu madre? Si mi papá te hubiera escuchado en este momento te hubiera enviado a la Piñata lo menos por ocho días... Pida usted ahora mismo la bendición... ¡y a la cama!

Rosarito, en un estado de alteración indescriptible, cruzó los brazos sobre el pecho y pidiendo la bendición a su mamá, en la forma que al parecer usan los niños en Cuba, se retiró a la alcoba sollozando perdidamente.

Lolita, roja también y alterada, nos dirigió una mirada suplicante de angustia y se llevó el dedo a los labios implorando nuestro silencio. Se lo concedimos de buen grado porque comprendimos que la broma no era tan inocente como habíamos imaginado y podía traer consecuencias enfadosas. Doña Enriqueta se hallaba fuertemente excitada, y necesitó hacer un gran esfuerzo sobre sí misma para saludar a Pasarón. De todos modos lo hizo tan fríamente y en actitud tan altanera, que aquél, confuso y tembloroso, dirigía miradas ansiosas a la puerta mostrando vivos anhelos de emprender la fuga.

El embarazo de todos era grande. Moro, principal responsable de aquella escena, supo no obstante disiparlo al cabo iniciando una conversación indiferente que pronto, con sus habituales donaires, se convirtió en jocosa. Doña Enriqueta permaneció todavía algún tiempo silenciosa y enfoscada, sin querer tomar parte en ella. Pero Moro, como profundo psicólogo que era, logró, cuando menos se esperaba, desarrugarla por medio de una pregunta habilísima.

—Diga usted, Doña Enriqueta (y perdone si la pregunta es indiscreta), ¿la Piñata es una prisión de la Habana?

La poderosa y alta señora, al escuchar tal disparate, se dignó sonreír levemente y respondió con graciosa condescendencia.

—No, querido, la Piñata no es una prisión. La Piñata era un ingenio de poca importancia, pues no trabajaban en él más de doscientos esclavos, que mi papá poseía bastante lejos de la Habana. Era el sitio donde acostumbraba a confinarnos cuando alguna de nosotras cometía alguna falta que mereciese castigo. Nos enviaba a allá con algunos criados y nos tenía varios días desterradas sin gozar de ninguna de las diversiones de la capital. Para nosotras era un castigo terrible, sobre todo cuando sucedía que por aquellos mismos días hubiese un baile en la Capitanía o en el palacio de los marqueses de la Reunión.

Por qué ocultos y silenciosos pasos, a partir de esta escena, se introdujo el amor en el alma erudita y bibliográfica de nuestro amigo Pasarón, es cosa que nunca podrá saberse. Fué un hecho averiguado pronto por todos nosotros, por nuestra patrona Doña Encarnación, por la misma Doña Enriqueta, cuya cabeza a larga distancia de la tierra parecía traspasar las mismas nubes y vivir solamente en relación con sus alcázares flotantes. Pero fué asimismo una sorpresa para todos.

Pasarón comenzó a subir a la buhardilla con notable regularidad, con la misma asiduidad que si allí existiese una biblioteca de veinte mil volúmenes y entre ellos algunos raros y preciosos. Y sin embargo, en aquel cuartito yo no había visto más libros que dos novelas sentimentales con la pasta deteriorada y las hojas grasientas. Si se forzase la cerradura de los cajones de la cómoda que existía en la alcoba de las niñas y la del viejo armario de Doña Enriqueta, seguro estoy de que no se encontraría tampoco ningún incunable, sino tal vez tres o cuatro devocionarios y la novena de Santa Rita de Casia.

No sólo ejecutaba estas maniobras, que contrastaban con sus antiguos hábitos de estudio y retiro, sino que ponía en práctica aun otras más insólitas entrando y saliendo infinitas veces en el comedor, desde cuyos balcones se veían las ventanas de las bordadoras y espiando a éstas por detrás de los visillos.

En suma, a los pocos días Pasarón había conquistado el corazón de Rosarito y ésta era señora absoluta del albedrío de Pasarón. Pocas veces se había visto unos novios más tiernos y acaramelados; pero pocas también más grotescos.

Pasarón, por completo ignorante de los artificios con que el amor se vela y de los usos consagrados por todos los novios que hasta ahora han sido en el mundo, se mostraba tan extravagante en sus pasos y ademanes, que nos hacía reír a carcajadas. Era ridículo como un salvaje del Africa del Sur, que para saludar a sus amigos se arroja al suelo y se palmotea las nalgas.

Si Pasarón a la vista de Rosarito no hacía otro tanto, poco le faltaba. Causaba risa, sin duda, pero compasión también ver a aquel joven de tan superior inteligencia colocado en tan ridículas actitudes. Aunque si bien se hurgase en el fondo de nuestra alma quizá se hallasen huellas de cierta malévola alegría. Porque en el fondo de casi todos, sino de todos los seres humanos, se alza un grito más o menos clamoroso contra la superioridad ajena y nos place verla humillada.

Era cosa divertida contemplar a nuestro sabio amigo departiendo en un rincón con Rosarito. Aquellos vivos colores que habían nacido en las mejillas de ambos en el punto en que se conocieron allí habían quedado fijos. Lo único que hacían era cambiar un poco de intensidad, pero siempre compensándose. Unas veces eran las mejillas de Rosarito donde el rojo se ostentaba más brillante, otras eran las de Pasarón.

A nadie podía ofrecer duda que los dos se hallaban profundamente enamorados. Sin embargo, Bruno Mezquita, que pretendía ejercer el monopolio de la seducción, se autorizaba el dudarlo; sonreía compasivamente cuando se tocaba a este punto, dando a entender con esta sonrisa que, en su opinión, Rosarito se hallaba aún bajo la influencia del sueño hipnótico que él la había comunicado.

¡Falso de toda falsedad! Rosarito no sólo le miraba con profunda indiferencia, sino que se había negado a dejarse dormir por él nuevamente. Si algo lograba magnetizarla ya era el brillo de los lentes de Pasarón. Y si esto no era bastante, ¿cómo escapar al influjo de unos sáficos adónicos y una silva en verso blanco, estilo horaciano, que aquél había compuesto en su honor? En estas composiciones de clásica inspiración la llamaba Lidia en vez de Rosarito y hablaba del fuego de Vesta, de las umbrosas faldas de Helicona, del Pindo, de Febo y de los Dióscoros.

X. EN QUÉ PARÓ EL IDILIO CLÁSICO DE MI AMIGO PASARÓN

Terminamos al fin nuestro curso académico. Todos los huéspedes de la casa de la calle de Carretas salieron airosamente de los exámenes: algunos con extraordinaria brillantez. Pasarón obtuvo el premio extraordinario del doctorado de Letras y Moro el de la licenciatura de Derecho. Luego nos diseminamos marchando cada cual a reunirse con su familia. La del general Reyes se fué a veranear a San Sebastián.

Sin embargo, Pasarón, con pretexto de consultar algunos libros y manuscritos de la Biblioteca Nacional para su discurso del doctorado, permaneció más tiempo en Madrid; pero al cabo también se fué en los últimos días del mes de julio para volver en los primeros de septiembre. En los cuarenta y cinco días que residió en su tierra envió a Rosarito cuarenta y cinco cartas, alguna de las cuales tuve ocasión de ver más adelante. Por el aliño y la galanura de la dicción, tanto como por la nobleza de los pensamientos, estas misivas, aunque del género amoroso, serían si se publicasen de tan sabrosa lectura como las de Plinio el Joven.

Aquel idilio clásico prosiguió tan suave como una égloga de Virgilio y tan vehemente como una elegía de Tíbulo. Pasarón dejaba transcurrir las horas dulcemente al lado de Rosarito viendo cómo sus dedos ágiles imprimían en relieve sobre la batista guirnaldas de hojas y flores. Y cuando los respetos sociales le obligaban a apartarse un mínimo espacio de tiempo, era todavía para sentarse en el comedor al lado del balcón con un libro en la mano, que recibía menos de la mitad de las miradas que la ventana de la bordadora.

Y en verdad que ésta merecía tan rendida pasión. En este punto todos estábamos de acuerdo. Rosarito, por su carácter dulce y humilde, por la bondad que reflejaban sus ojos, por el timbre insinuante y afectuoso de su voz había conseguido cautivarnos a todos. Se empezaba admirando a su hermana y se concluía por prendarse de ella. Por eso nada nos sorprendía el amor de Pasarón; y aunque su manera de expresarlo nos pareciese ridícula, lo aprobábamos de todo corazón y deseábamos que terminase felizmente.

No obstante, Sixto Moro se autorizaba algunas dudas; nos decía riendo que los amores de Pasarón eran una pasión greco-romana y que, más tarde o más temprano, concluiría por la intervención fatal y dolorosa del Destino, como las tragedias clásicas.

Esta broma profética se verificó desgraciadamente. Cuando llegué a casa una tarde a la hora de comer hallé a Doña Encarnación profundamente consternada; la criada también parecía estarlo; en los rostros de los Mezquita, de Albornoz y del mismo Sixto Moro se percibían igualmente señales de mal humor.

—Sabrás—me dijo este último sentándose a la mesa—que nuestro sabio amigo nos ha dejado.

—¿Pasarón se ha ido?—pregunté sorprendido.

—Sí; Pasarón nos ha soltado con la misma indiferencia con que echaría a un lado una edición moderna del Quijote impresa en Barcelona con muchas erratas.

Entonces levanté la cabeza interrogando con los ojos a Doña Encarnación.

—Esta tarde, poco después del almuerzo, me pidió su cuenta y me dijo que se trasladaba a otra casa donde está de huésped un primo hermano suyo porque su familia así lo quiere. Comprendí que era un pretexto y le pregunté si estaba descontento del servicio o de los huéspedes. Me respondió que no y hasta me aseguró que se marchaba con gran sentimiento, que todos ustedes le eran muy simpáticos, que se hallaba muy satisfecho del trato que yo le daba... Pero, en fin, lo cierto es que se ha ido. Hace un momento que ha venido un mozo de cuerda por su equipaje.

Guardamos silencio todos por unos instantes. Al cabo, Bruno Mezquita profirió en voz baja con señales de irritación:

—La verdad es que la cortesía no parece por ninguna parte.

—La cortesía, amigo Bruno—respondió Moro—, no tiene el mérito de haber estado tres siglos llena de polvo y telas de araña en el archivo de algún convento. Por lo tanto, no hay que hacer caso de ella.

Sin embargo, antes de que hubiéramos terminado de comer, llamaron a la puerta y Doña Encarnación entregó a Moro una carta que para él traían.

—La letra es de Pasarón—dijo éste echando una mirada al sobre—, por lo tanto, le devuelvo la honra que le he quitado.

En efecto, era de nuestro amigo, y aunque venía dirigida a Moro como huésped más antiguo, el contenido estaba dedicado a todos. Se despedía de nosotros con palabras corteses y bien aliñadas. Yo eché de menos en su misiva un poco de cordialidad y franqueza. Pienso que los demás opinaron lo mismo, pero nadie lo expresó en voz alta y se dieron por satisfechos en la apariencia. La prueba mejor de que este sentimiento latía en todos los corazones al mismo tiempo, fué que se habló poquísimo de Pasarón aquel día y en los siguientes casi nada.

Doña Encarnación me comunicó después confidencialmente que había roto bruscamente sus relaciones con Rosarito enviándole una carta fría de despedida como había hecho con nosotros. La pobre niña había experimentado un disgusto tan fiero, que había caído enferma en la cama. En vista de ello no intenté siquiera subir a su cuarto. Bruno Mezquita y su primo, que se aventuraron a hacerlo, no fueron recibidos.

Así transcurrieron algunos días, cuando una mañana al llegar de la Universidad salió a abrirme la puerta la misma Doña Encarnación. Observé en su rostro señales de preocupación. Me tomó de la mano con cierto misterio y hablándome en voz baja, casi imperceptible, me dijo:

—Tiene usted en su cuarto una visita.

—¿Una visita?, ¿quién es?

—Entre usted; ya lo verá.

Seguí por el corredor lleno de curiosidad, abrí la puerta del gabinete y vi sentada en el sofá a Rosarito. Se puso en pie vivamente y una sonrisa de vergüenza y confusión se dibujó en sus marchitos labios. Porque estaba realmente desfigurada. Era cosa asombrosa que unos cuantos días de enfermedad dejasen huellas tan visibles en su rostro.

—Perdone usted esta visita que no podrá menos de importunarle—me dijo con voz apagada.

—Usted no puede importunarme jamás, Rosarito—me apresuré a decirle, apretándole la mano—. Siéntese y dígame en qué puedo servirla.

Se sentó de nuevo y ruborizándose aún más de lo que estaba, empezó a balbucir:

—Ya estará usted enterado de que José Luis...

—Sí, sí; ya sé que se ha portado con usted de un modo bien poco correcto.

—No me quejo. Ningún compromiso formal había contraído conmigo. Nuestras relaciones han sido como las de tantos otros novios que comienzan y se rompen con igual facilidad. Usted ha sido testigo del comienzo de ellas. Me dijo que me quería y yo le entregué mi corazón. Quizá alguno de ustedes me habrá tildado de presuntuosa, porque es evidente que nuestras posiciones son muy distintas. El es hijo de una familia rica, un joven de extraordinario provecho y gran porvenir; yo no soy más que una pobrecita huérfana que necesita vivir del trabajo de sus manos... Pero le juro por la sagrada memoria de mi padre que al aceptar sus relaciones no me ha movido cálculo alguno de interés. Me sentí atraída hacia él desde que le conocí. Luego, su trato tan cortés, tan dulce; su talento, que ustedes mismos admiran, me llegaron a seducir. Le quise entrañablemente... le quise como no es posible querer más..., le quise, le quise y ¿por qué no he de confesarlo si es verdad? ¡le quiero todavía con todo mi corazón...!

Aquí Rosarito rompió a sollozar. Yo, fuertemente impresionado, traté de calmarla.

—Tranquilícese usted, Rosario... Acaso no sea más que una mala inteligencia... Seguramente harán ustedes las paces.

—Perdóneme usted... Comprendo que le estoy molestando... No, no espero nada. Estoy segura de que hemos concluído para siempre... Y después de todo ¿qué tiene de particular? ¿Qué importa que una pobre chica se enamore de un hombre, y que este hombre no le corresponda y que sufra, y que llore, y que enferme? Es cosa que se está viendo todos los días.

—Importa mucho, Rosario. Los empeños del corazón deben ser más sagrados aún para el hombre que los que están amparados por la ley. Yo he sido testigo de sus amores como lo han sido mis compañeros; todos sabemos que José Luis entraba en casa de ustedes como un prometido oficial, como una persona de la familia...

—Es cierto; yo había depositado en él toda mi confianza y mamá le consideraba ya como un hijo... Pero yo estaba ofuscada y mamá lo estaba también. ¿Cómo hemos podido tan pronto hacernos la ilusión de que un joven de la posición y del mérito de José Luis iba de buenas a primeras a ligar su suerte a la de una pobrecilla desvalida, a una miserable artesana?

—¡Rosario, es usted exageradamente humilde!

—Nada, nada; ha sido una verdadera aberración por nuestra parte... Pero no se trata ahora de eso. Un sueño es un sueño y la claridad del día lo disipa. Lo único que me importa en este momento es saber si la ruptura de nuestras relaciones ha sido por su parte una resolución espontánea o si ha sido inducido a ella por alguna falta que yo haya cometido sin darme cuenta o por algo que contra mí le hayan dicho. En el primer caso me resigno con mi suerte. Que no se me hable, que se me deje tranquila y Dios me dará fuerzas para soportar mi dolor...

Otra vez Rosarito volvió a romper en sollozos, mostrando claramente que Dios todavía no le había concedido el don de la fortaleza. Al cabo de unos momentos levantó de nuevo la cabeza, se secó las lágrimas y prosiguió:

—Pero si puede quejarse de mí por algún motivo o alguien se lo ha hecho creer, me parece que tengo derecho a saberlo.

—¿No se lo ha preguntado usted por carta?

—Sí; me ha contestado con cuatro líneas. No es bastante. Quiero saberlo de un modo más claro. Ese favor vengo a pedir a usted suplicándole me perdone el atrevimiento. Me dirijo a usted con preferencia a los demás amigos, porque me inspira usted más confianza que ninguno. Además, me consta, porque se lo he oído muchas veces, que José Luis le estima a usted de veras y estoy segura de que le escuchará con respeto y satisfará a sus preguntas.

—Agradezco mucho su confianza, que me esforzaré en merecer, pero se me figura, Rosarito, que padece usted un error. José Luis no es hombre pródigo de estimación y no creo que haya malgastado demasiado en mí. Sin embargo, para dar a usted una prueba de la afectuosa amistad que me inspira, estoy dispuesto a conferenciar con Pasarón a riesgo de sufrir algún desaire.

—¡Dios se lo pague!—exclamó la pobre niña estrechando fuertemente mi mano.

Pocas más palabras hablamos. Rosarito, enternecida de nuevo, lloraba.

—¿Sabe usted, Rosario—la dije al cabo—, que si su mamá se enterase del paso que acaba de dar la enviaría a usted lo menos por quince días a la Piñata?

Rosarito levantó la cabeza y sonriendo al través de sus lágrimas, exclamó:

—¡Pobre mamá!

El encargo de conferenciar con Pasarón acerca de este delicado asunto no era placentero. En primer lugar, yo no tenía derecho alguno a mezclarme en él, puesto que no era pariente de Rosarito ni me ligaba con José Luis una amistad muy íntima. Verdad que vivíamos en la misma casa y nos tratábamos con bastante familiaridad, pero nuestra intimidad era puramente accidental e impuesta por las circunstancias. No estudiábamos la misma Facultad, no éramos paisanos, y sobre esto Pasarón me llevaba tres o cuatro años de edad y muchos grados de superioridad intelectual.

Además, debo confesarlo, Pasarón era un joven de trato fácil y correcto; pero no lograba inspirar confianza. Sus palabras y ademanes eran suaves y afables; rara vez contradecía y cuando se veía obligado a hacerlo era siempre guardando excesivos respetos: aun en las más vivas discusiones con Moro jamás se descomponía. Y sin embargo, todos advertíamos secretamente que le faltaba cordialidad. Fuese por virtud de un temperamento nativamente frío o por la distracción que engendraba en él su absorbente pasión por el estudio, no hallábamos en él ese gracioso abandono que en la edad juvenil hace tan grata y tan firme la amistad. No parecía que en esta reserva tuviese parte su reconocida superioridad, porque repito que era un hombre afable y modesto, pero se echaba de ver pronto su indiferencia hacia las personas y su desdén por los asuntos que no tocasen directamente a sus estudios.

Me dirigí, pues, a su casa con poca gana y solamente arrastrado por la promesa que había hecho, quizá demasiado ligeramente, a mi afligida vecinita. Cuando ya iba a tirar del cordón de la campanilla, abría Pasarón la puerta para salir a la calle.

—¿Tú por aquí?—me dijo mostrando alegría y apretándome afectuosamente la mano.

—Veo que la visita es importuna.

—Nada de eso. Si quieres entraremos y pasaremos a mi cuarto. No tengo prisa.

Como esto debía contrariar sus planes le respondí:

—No; mejor será que te acompañe hasta el sitio donde te dirijas y así podremos charlar unos momentos; te haré la visita al aire libre... Por supuesto, en el caso de que esto no sea una indiscreción...

—Ninguna—replicó satisfecho—. Voy solamente al almacén a dejar estos libros.

Llevaba un paquete de ellos en la mano. Salimos, pues, a la calle, que era la de la Montera, y siguiendo la de Jacometrezo y pasando por la plaza de Santo Domingo entramos en la de San Bernardo, donde se hallaba el almacén que había mencionado. Entonces me enteré de que un comerciante de productos alimenticios paisano suyo y muy relacionado con su familia le había cedido una habitación en el sótano de su casa para guardar los muchos libros que ya tenía.

Llegamos a la tienda sin que yo me hubiese decidido a tocarle el asunto objeto de mi visita. Cuando ya no vi otro remedio, esto es, cuando comprendí que íbamos a separarnos traté de detenerle a la puerta.

—Pasa conmigo—me dijo poniéndome amablemente la mano sobre el hombro—. Te mostraré mi biblioteca.

Entramos en la tienda, me presentó a su dueño y bajamos acto continuo por una estrecha escalera al sótano. Había allí un olor asfixiante a chocolate; como que era el sitio donde se fabricaba. Sacó Pasarón una llave del bolsillo y penetramos en una gran estancia bastante bien esclarecida por algunas claraboyas. Las cuatro paredes estaban revestidas de estantería de pino donde se apilaba una cantidad enorme de libros. Me produjo admiración; pues aunque tenía noticia de que mi amigo adquiría muchos, no podía imaginar que fuesen tantos.

Pasarón gozó un momento de mi sorpresa y paseando una mirada de propietario satisfecho por los estantes me preguntó:

—¿Qué te parece mi biblioteca?

—¡Asombrosa! ¿Cuántos volúmenes hay aquí ya?

—Cerca de cuatro mil.

—No comprendo cómo has podido llegar a esta cifra, si no dispones de más recursos que los que solemos poseer los estudiantes.

—Todas mis economías están aquí. Me he privado durante la carrera de muchas cosas, he engañado algunas veces a mi familia, he fingido enfermedades, hasta he simulado vicios, he sacrificado en fin a esta biblioteca todos los goces de la juventud.

No pude menos de pensar que aquella colección de libros no merecía tan enorme sacrificio, porque estaba lejos de sentir tan furiosa pasión hacia ellos; pero me guardé de expresarlo advirtiendo el deleite, la extraña voluptuosidad con que Pasarón los contemplaba.

Me mostró con orgullo algunas ediciones raras de libros famosos. Su adquisición era un poema de habilidad, de paciencia, de esfuerzos heroicos. Al narrarme las peripecias de aquellas jornadas en busca y captura del ambicionado vellocino de oro, las manos de Pasarón temblaban y su voz se alteraba por la emoción.

Confieso que todo aquello me producía un efecto casi cómico. No comprendía su significado interior, que era el de una victoria personal, el recuerdo de una lucha tenaz por la posesión de un objeto para él precioso.

Por otra parte, deseaba llenar mi cometido, cumplir el encargo de Rosarito. Estaba inquieto, impaciente; no sabía por dónde ni cómo embocar el asunto. Y como sucede casi siempre en estos momentos de ansiedad empecé de la peor manera posible.

—Amigo Pasarón—le dije repentinamente—, ayer he hablado con Rosarito.

—¿Rosarito?—me respondió mirándome al través de los lentes con sus ojos apagados, como si aquel nombre no despertase en él recuerdo alguno.

—Sí, con Rosarito. Tu repentino traslado de casa y el modo perentorio con que has cortado las relaciones la ha llenado de estupor. No acierta a comprender qué pudo haberte empujado a esa resolución que no ha tenido preparativo alguno, pues el día anterior a tu marcha nada pudo hacerle sospechar en tus palabras ni en tu actitud que ibas a tomarla. Aparte del sentimiento natural que esto le ha producido, pues tú no puedes dudar de que te quiere, se encuentra en un estado triste de agitación y de duda; toda se vuelve hacer cálculos sobre los motivos que habrás tenido para tan brusca y misteriosa ruptura.

Pasarón cerró el libro que me estaba mostrando y fué silenciosamente a colocarlo de nuevo en su sitio. Temí haberle ofendido con mi repentina interpelación y le dije:

—Comprendo que no tengo derecho alguno a mezclarme en tus asuntos y así se lo hice entender a Rosarito; pero ésta se empeñó en que te hablase fiando demasiado en la buena amistad que siempre me has mostrado... Si te he de confesar la verdad, acepté el encargo por la compasión que me inspira... Está verdaderamente afligida y desea con anhelo saber si te ha ofendido en algo.

—Absolutamente en nada—contestó resueltamente sin volver la cabeza.

—Si tienes alguna duda de su fidelidad.

—Ninguna.

—Si alguien te ha insinuado cualquier especie que la desacredite.

—Nadie me ha hablado de ella.

—Entonces... a la verdad, no comprendo...

Pasarón guardó silencio y siguió examinando con atención los lomos de los libros. Yo comencé a sentirme embarazado y aún corrido de aquel silencio y tomé la resolución de despedirme bruscamente. Pero Pasarón se volvió de pronto, vino hacia mí y poniéndome una mano sobre el hombro me dijo con grave expresión:

—Escucha, Jiménez; los hombres siguen caminos muy diferentes en el curso de su vida y el de cada cual se halla trazado por su naturaleza misma. Cuando nos apartamos de él sufrimos las consecuencias enfadosas que acompañan a la violación de toda ley natural. El mío se me ofreció bien determinado desde que llegué a la adolescencia. Nadie en el seno de mi familia ni entre las personas que me rodeaban ha dudado de mi vocación. Yo he nacido para esto (apuntando a los libros) y a esto he consagrado mi juventud y consagraré mi vida en adelante. Hasta ahora he marchado derecho a mi objeto y a él he sacrificado, como acabo de decirte, los goces que más nos seducen a los jóvenes; porque bien sabes que si las sirenas cantan dulcemente en todas las edades de la vida, en la nuestra cantan aún con acentos más melodiosos. Ulises, el más sabio y prudente de los helenos, necesitó que le amarrasen con cuerdas y cadenas al mástil del barco para no acercarse a sus praderas esmaltadas de flores. Grandes, colosales esfuerzos de voluntad he necesitado hacer yo, pobre niño arrojado desde los diez y seis años en la corte, para sustraerme a sus instancias. ¡Cuántas veces pasando por delante de los cafés atestados de gente bulliciosa y alegre, contemplando los escaparates repletos de tantos manjares sabrosos al paladar y de objetos preciosos a la vista, mirando iluminadas las puertas de los teatros y a la muchedumbre penetrar regocijada por ellas, cuántas veces sentí mis fuerzas flaquear! Y sin embargo, apartando la vista de aquellas alegrías tan contagiosas y que estaban a mi alcance iba a depositar mis pobres pesetas en algún puesto de libros y a encerrarme en mi oscuro cuarto de estudiante para pasar la noche con la cabeza bajo el hediondo quinqué de petróleo... Pero llegó un día, amigo Jiménez, tú lo sabes bien, en que las sirenas hicieron sonar en mis oídos un canto celestial, un canto al cual ni los mortales ni los inmortales han podido resistir jamás. Y mi corazón se estremeció, la brújula de mi existencia comenzó a dar saltos cual si se le aproximasen raspaduras de acero, todas mis ideas se trastornaron de golpe. El Amor es fuerte como la muerte. Ni hombre ni dios ni su misma madre la hermosa diosa de Chipre han estado jamás a cubierto de sus flechas de oro. El mismo Júpiter, que pretendió aniquilarlo al nacer previendo todo el mal que al universo haría este rapazuelo, se rindió al cabo a sus encantos y le recibió en el Olimpo entre los dioses patricios. ¡Qué mucho que yo me entregase a él atado de pies y manos! Vosotros todos pudisteis apreciar los efectos que en mí causó aquel sueño... Desgraciadamente, los sueños no son de mucha duración. Desperté y en medio del camino de mi vida me hallé como el Dante en una floresta oscura. Me sentí extraviado, perdido, comprendí que aquella pasión me alejaba del polo magnético hacia donde había orientado mi existencia y que jamás conseguiría alcanzar el objeto hacia el cual han tendido mis esfuerzos hasta ahora. Tuve el valor de volverme atrás y buscar de nuevo el sendero que había perdido. No puedes siquiera sospechar la violencia que he tenido que hacerme para ello, cuánta batalla librada en mi cerebro, cuánta noche de insomnio, cuanto desfallecimiento, cuánta lágrima... Pero al fin he vencido. Vuelvo a ser lo que era. Necesito aprovechar el tiempo que he perdido. Mis estudios hasta ahora no han sido verdaderamente serios. Tengo en perspectiva las oposiciones a una cátedra en Madrid, y para conseguir la victoria a mi edad se necesita un esfuerzo casi sobrehumano... Y ahora, amigo Jiménez—añadió después de una larga pausa—, te ruego encarecidamente que no hablemos una palabra más de este asunto. Deploro el disgusto que ha producido mi momentáneo extravío, pero hay que apartar los ojos y el pensamiento de lo que ya no tiene remedio.

Comprendí que era inútil insistir y me callé. Seguimos hablando de libros y al poco rato me despedí de él.

¡Pobre Rosarito!

XI. CÓMO LOS ESPÍRITUS JUGARON UNA MALA PARTIDA A MI AMIGO JÁUREGUI

Mi amigo Jáuregui gastaba el dinero a manos llenas. Su tío el marqués de la Ribera del Fresno era un viejo escéptico, volteriano, que se había ocupado poco de él mientras estuvo bajo su tutela. Ahora, que desde hacía algunos meses había salido de ella, no se ocupaba poco ni mucho.

Era por naturaleza espléndido, y como yo le había entrado por el ojo derecho se complacía en hacerme cada pocos días un regalito: una caja de jabones, una boquilla, un bastón y otras chucherías por el estilo. Cuando alguna vez íbamos juntos al café era imposible que yo pagase el servicio. Casi a diario tenía a la puerta un coche del Círculo aristocrático donde almorzaba y a menudo me llevaba en él de paseo a la Castellana. En estas ocasiones le veía hacerse señas con las beldades libres más a la moda y, por lo tanto, más caras. Las propinas que vertía en manos de los cocheros y los mozos de café eran escandalosas por lo crecidas.

Gastaba el dinero y gastaba la vida al mismo tiempo. Su organismo se marchitaba velozmente por la combinación antihigiénica de las comunicaciones carnales y espirituales. De un lado Antonia la Gallega, Paca la Serrana. Del otro, Sócrates y Pedro el Grande. Era imposible resistir a este conjunto de fuerzas tan opuestas. El pobre chico ya no tenía más que ojos en la cara.

Un suceso inesperado, fulgurante, vino a turbar, sino a precipitar, aquella marcha lenta y metódica hacia el cementerio. He aquí cómo se desenvolvió tan extraño acontecimiento, según los datos que el mismo interesado me suministró.

Se hallaba nuestro joven una tarde celebrando su acostumbrada conferencia con Sócrates cuando se le ocurrió preguntar al célebre filósofo si estaba destinado por Dios a ser casado o soltero y en el primer caso quién sería la mujer a la cual había de llamar esposa. La respuesta del filósofo fue terminante: «La primera mujer que veas y te hable, esa será tu esposa.»

Como puede inferirse, este oráculo produjo mucha turbación en el ánimo de Jáuregui. ¿Quién no se sentiría trastornado al saber que la desgracia o la felicidad de su vida se hallaba pendiente de un hilo tan delgado? Por esta razón, Jáuregui se apresuró a repetirla pregunta temiendo no haber comprendido bien. Sócrates respondió con la misma precisión, aunque variando un poco los términos: «La primera mujer a quien vean tus ojos, a esa debes elegir por esposa.»

En aquel mismo instante llamaron con la mano a la puerta de escape de su alcoba. Toda su sangre fluyó al corazón.

—¿Se puede?—dijo una voz femenina desde fuera.

Era la de la criada de su planchadora que solía traerle dos veces por semana la ropa. Jáuregui, sin responder, se precipitó a echar el cerrojo. No llegó a tiempo. La chica, viendo que no la respondían, coligió que el señorito no estaba en casa, como de ordinario acontecía, y empujó la puerta. Al hacerlo tropezó con Jáuregui, que retrocedió espantado.

—¡Celedonia!—exclamó fuera de sí.

Gruesas gotas de sudor frío le resbalaban por la frente.

La muchacha, sorprendida a su vez, dió unos pasos atrás contemplando con espanto la fisonomía descompuesta del joven.

—¡Señorito!

Se miraron ambos con el mismo terror por espacio de algunos segundos. Al cabo, la chica balbució toda confusa:

—Perdone, señorito..., creí que no estaba en su habitación.

—No hay de qué... Pase usted—murmuró Jáuregui con la respiración jadeante, pasando repentinamente del terror a la resignación, mejor dicho, al abatimiento.

Esta Celedonia, criada y aprendiza de su planchadora, era una moza de veinte años, frescachona y razonablemente fea, la boca grande, la nariz ancha, los ojos saltones. Su ilustración al mismo tiempo no dilatada. Sumaba por los dedos bastante bien, pero no había abordado otros misterios de las matemáticas. Hablaba con todos como si estuvieran del lado de allá del río; sus fuerzas, hercúleas; sus discursos, pintorescos; su risa, formidable.

Jáuregui no había podido comprobar estos extremos, porque rarísima vez había hablado con ella; pero Doña Encarnación, que la conocía mejor, los había divulgado.

Por aquellos días hallé a mi elegante amigo hondamente preocupado. Hablaba poquísimo, no reía jamás y parecía huírme. Al fin una noche, encerrado conmigo en su gabinete, me confesó con labio balbuciente lo que acabo de referir.

—¿Y qué es lo que piensas hacer?—le pregunté picado por la curiosidad.

Tardó algunos instantes en responder y al cabo profirió con voz sorda:

—Seguir el camino que los espíritus que me asisten han querido trazarme en este mundo.

—¡Pero hombre!—exclamé en el colmo de la estupefacción.

—¡Es forzoso!—replicó bajando la cabeza.

De sus ojos saltó una lágrima que bajó rodando por sus mejillas.

Yo estaba como quien ve alzarse delante de sí un fantasma.

—¡Es forzoso!—replicó con más fuerza—. Para comprobar el mandato de Sócrates acudí a la escritura automática. Con los ojos cerrados y sin pensar en lo que hacía llené un pliego entero de papel. Cuando fuí a mirar lo escrito, hallé repetido noventa y tres veces el nombre de Celedonia. Después consulté todavía al diccionario. Introduje la plegadera en él, lo abrí, miré en la columna y en la línea convenidas conmigo mismo y leí la palabra lavandera... Ya ves que la orden de los espíritus es bien clara...

Lo que veía claramente es que aquel pobre joven estaba loco y pensaba vagamente en ir a comunicar la noticia a su tío el marqués de la Ribera del Fresno, cuando él mismo se me adelantó profiriendo con firmeza:

—Mi resolución está tomada. Me caso con Celedonia. Así se lo he comunicado a mi tío.

—¡A tu tío!

—Sí, hoy mismo se lo he participado.

—¿Y qué te ha dicho?

Jáuregui entornó la cabeza hacia otro lado con disgusto, frunció el entrecejo y tardó bastante en responder. Al cabo profirió con entonación colérica:

—Mi tío es un botarate.

—Pero ¿qué te ha dicho?

—Al saber que estaba resuelto a casarme con una planchadora se contentó con decirme: «Hijo mío, vas a proporcionarte un placer muy caro. Vas a comer un bocado exquisito; pero considera que detrás de ese vendrán otros bien amargos... Porque supongo que tu planchadorcita será una preciosidad.» Y sus ojuelos de viejo verde brillaron de un modo perverso. Cuando le dije que Celedonia era fea le acometió tal ataque de risa, que se puso negro. Tuve que llamar al criado; le echamos agua en la cara y al fin logramos que volviese en sí... Lo primero que hizo fué llamarme jumento y echarme a la calle.

Yo disimulé también cuanto pude la risa, que me retozaba en el cuerpo, porque no tenía ganas de ponerme negro ni que me echasen agua, y le dije:

—¿Has consultado el caso con tu novia?

—¿Querrás creer—me respondió levantando la cabeza con asombro—que la he llamado repetidas veces todos los días y jamás ha querido acudir?

—¡Es natural, hombre!... La pobre chica debe de estar celosa.

Calló Jáuregui unos instantes; sus ojos se humedecieron de nuevo y dijo al fin suspirando:

—La verdad es que no tiene motivo alguno para eso. Ella debe saber que sólo me caso por obedecer las órdenes de lo Alto y que llevo a cabo el mayor sacrificio que un hombre puede hacer en esta vida... Mi tío es un iluso. Se le figura que todo es lujuria en este mundo. No tiene idea de nuestro destino inmortal ni menos de la comunicación que existe entre los espíritus encarnados y los desencarnados.

—Pero bien, después de todo no me has dicho si has hablado ya con la planchadora y si te has puesto de acuerdo con ella.

—No la he vuelto a ver—respondió pasándose la mano por la frente con abatimiento—. No quiero dirigirme a ella porque me causa tal vergüenza y repugnancia, que temo no poder llevar a cabo mi sacrificio. Me parece que lo mejor será que tú arregles el asunto...

Di un salto en la silla.

—¿Qué estás ahí diciendo?

—Sí; el medio más adecuado para resolverlo pronto y bien y que yo no tenga que sufrir una serie de humillaciones y tristezas es que tú vayas a hablar con su familia, les expongas mi pretensión y si aceptan y ella me acepta también...

—Date por aceptado—interrumpí.

Jáuregui me miró con infinita tristeza y continuó:

—Que todo se resuelva lo más pronto posible y sobre todo sin ruido. Me propongo marchar el día mismo de mi matrimonio para mi finca de la Enjarada en Alicante.

Quise rehusar aquella misión delicada. No me fué posible. Mi pobre amigo se manifestó tan afligido que llegó a derramar lágrimas. Hay que confesar que las tenía siempre a punto. Por fin me decidí a complacerle siempre con la esperanza de que al cabo por cualquier circunstancia se desbaratase tan descabellado y ridículo proyecto.

Heme aquí, pues, en busca de la familia de aquella moza favorita de los espíritus. Fuí a casa de su ama la planchadora y allí me dijeron que la Celedonia habitaba en el Puente de Vallecas y que no tenía más familia que su madre y una tía con las cuales vivía. Con las señas que me dieron me dirigí al día siguiente por la tarde a este punto, indagué dónde estaba la vivienda y me encaminé a ella entre pesaroso y contento de mi cometido diplomático.

La madre y la tía de la Celedonia habitaban en una choza o barraca de madera situada dentro de un solar cercado por tablas.

Vi una mujer delante de la barraca sentada al sol remendando una camisa y me dirigí resueltamente a ella.

—¿Es usted Doña Ramona Fernández?

—No tengo ninguno, señorito. Esta mañana me los han llevado todos—me respondió con acento triste.

Yo la miré estupefacto y ella a mí.

—¿Pero no es usted la madre de una planchadora que se llama Celedonia?

—Sí, señor, sí; pero ya le digo que no me queda ninguno. Esta mañana se ha llevado los que había la criada del teniente de la Guardia civil, porque su ama está bastante malita y no toma más que huevos y leche.

Entonces comprendí y le dije:

—No, señora, no vengo a comprar huevos. Vengo a hablarle de un asunto importante y de mucho interés para su hija Celedonia y para usted.

—¿De mucho interés?—preguntó mirándome con evidente satisfacción.

—Sí, de mucho interés... Vengo comisionado por un amigo que vive conmigo en la calle de Carretas y al cual le lleva la ropa planchada todas las semanas su hija.

—¡Ah, sí!... el marquesito.

—No sé si es quien usted supone. Mi amigo se llama Don Carlos de Jáuregui.

—Sí, señor, sí; el marquesito... ¿Un señorito bien parecido, amarillito él de la cara, que lleva una cruz encarnada sobre el pecho?

—Justamente.

—Pero mi hija nada tiene que ver con la ropa. Si necesita hacer alguna reclamación debe hablar con su ama que vive en la calle de...

—No, no es a propósito de la ropa, sino de otra cosa muy distinta. Verá usted... Mi amigo ha simpatizado con su chica... La encuentra muy agradable... En fin, le gusta mucho... Porque Celedonia... ¡vamos, la verdad... se lo merece todo!...

Yo titubeaba de un modo lamentable. La señá Ramona me miraba con agrado escuchando el panegírico de su heredera.

—Por supuesto—proseguí—, tiene a quien parecerse... Porque usted, señora, debió tener unos diez y ocho años que habría que ver...

La mujeruca sonrió con mayor agrado aún.

—En fin, voy a decírselo de una vez y con toda claridad... A mi amigo Don Carlos de Jáuregui le ha dado golpe Celedonia y si usted no se opone quiere casarse con ella...

La buena mujer me miró unos instantes con los ojos muy abiertos como si no entendiese. Entendió al fin y su fisonomía se contrajo con expresión de cólera. Se levantó del banco donde se hallaba sentada y vino hacia mí furiosa, exclamando con altos gritos:

—¡Cómo! ¿Qué es lo que usted viene a contarme? ¿Que le venda mi hija a ese señorito? ¿Y viene usted para eso a mi casa? ¿Viene usted a insultarme porque somos pobres? Sepa usted que yo tengo tanta vergüenza como la reina de España... ¡Merenciana! ¡Merenciana!

A sus gritos, cada vez más descomunales, salió otra mujeruca de la barraca y viendo a su hermana encolerizada juzgó que debía ponerse al unísono con ella sin saber de lo que se trataba y se dirigió a mí indignadísima llamándome tío silbante y sinvergüenza.

—¡Venir a proponerme que le venda mi hija! Como si yo fuese una cualquier cosa... ¡Una mujer que ha servido diez años en casa de un señor con cuatro títulos!

—¡Señora, tenga usted la bondad de escucharme!—exclamé yo en el colmo de la confusión.

Pero ni ella ni su hermana atendían, cada vez más encrespadas.

—¡Venir a insultarnos porque somos pobres!... ¿Qué se ha figurado usted?

Es cosa averiguada que en España cuando una persona se siente incomodada por lo que otra ha dicho o ejecutado nunca deja de atribuír a ésta una gran fantasía poética y le pregunta con interés qué es lo que se ha figurado.

Si un individuo reclama a otro lo que le debe: «¿Qué es lo que usted se ha figurado?», le responde su deudor. Si nos quejamos de las molestias que nos ocasiona un niño, su papá nos pregunta enfáticamente: «¿Qué se ha figurado usted?» Si exigimos que nos dejen el paso libre en un tranvía, algún viajero nos pregunta indignado: «¿Qué se ha figurado usted?» Hasta he oído a un caballero que recibió una bofetada en el teatro preguntar en tono perentorio: «Pero ¿qué se ha figurado usted?», mostrando gran curiosidad por averiguar qué clase de imágenes flotaban en aquel momento por el cerebro de su agresor.

Yo no podía, ciertamente, describir a aquella buena mujer lo que en aquel momento me representaba, porque todo bullía revuelto y caótico en mi mente. No sabía más que decir:

—¡Pero, señora, escúcheme usted!

—¡Venir a proponer una porquería semejante a una mujer que sirvió en la casa de un señor con cuatro títulos! ¿Qué se ha figurado usted?

Repito que no me figuraba nada, pero sí veía las figuras de una porción de chicuelos que se habían encaramado sobre las tablas del cercado del solar para presenciar la disputa. Veía también las cabezas de algunos vecinos asomarse a la puerta que había dejado entreabierta, Estaba consternado. Maldecía interiormente de mi insensato amigo, de sus progenitores hasta la quinta generación y sobre todo del indecente de Sócrates, causante principal de toda aquella perturbación. Los gritos de las dos furias sonaban como martillazos en mis oídos, pero ya no me daba cuenta de lo que expresaban. Sólo entendía claramente que había cometido la mayor sandez de mi vida y juraba por la gloria de mi madre que jamás me pondría al habla otra vez con una señora que hubiera servido en casa de un caballero con cuatro títulos.

Sin embargo, como no hay nada infinito en nuestro universo y todo es deleznable y perecedero, así la cólera de aquellas mujerucas, después de alcanzar su máximum de desarrollo, comenzó a decrecer paulatinamente. Aproveché este momento para sacar del bolsillo las dos cartas que Jáuregui me había dado, una para Celedonia, otra para su madre, y ponerlas en las manos de ésta.

Las olas quedaron sosegadas instantáneamente. Es indudable que el lenguaje escrito ejerce en el vulgo una impresión infinitamente mayor que el hablado.

La buena mujer aceptó el mensaje con muestras de respeto, dió algunas vueltas en la mano a las cartas, se las pasó después a su hermana, que a su vez las hizo girar suavemente entre sus dedos, y se las devolvió al cabo con la misma unción y recogimiento.

La verdad es que ni una ni otra sabían leer, ni tampoco Celedonia, pero tenían un primo hermano carnicero en la calle de las Veneras que leía perfectamente lo mismo lo escrito que lo impreso.

Yo no dudaba que después que este hombre ilustrado se hubiese hecho cargo de ambos mensajes florecería la calma en el seno de esta familia ofendida. Me despedí de ambas disimulando cuanto pude mi irritación, pero así que llegué a casa manifesté a Jáuregui con bastante aspereza que mi intervención en este asunto había cesado por completo sin posibilidad de que se reanudase jamás.

Continuó él sus gestiones, que como puede suponerse obtuvieron un resultado dichoso. Me participó pocos días después con ostensible abatimiento que su matrimonio estaba concertado y fijado para el mes siguiente. Le aconsejé que se trasladase inmediatamente de domicilio, porque la robusta Celedonia había dejado escapar ya su dulce secreto y entre los huéspedes de Doña Encarnación se había declarado un regocijo tumultuoso que pudiera originarle algún disgusto. Aceptó mi consejo, se trasladó a una fonda de la calle del Arenal y no muchos días después vino a rogarme que le sirviese de testigo en la ceremonia de su boda. Estaba tan descaecido, tan marchito de cuerpo y alma, que inspiraba lástima. Era de temer, en verdad, que el hilo de su vida se quebrase antes de verlo anudado al de la hercúlea planchadora.

Llegó por fin el día feliz. ¿Feliz? No para mi pobre amigo, a quien hallé con los ojos enrojecidos por el llanto cuando fuí a buscarle para trasladarnos a la iglesita del barrio de la Celedonia, donde debía efectuarse la ceremonia. Allí nos esperaba un buen golpe de menestrales en traje dominguero. Jáuregui había exigido que no se invitase a nadie. Sin embargo, fué imposible evitar que la señá Merenciana y el señor Indalecio, carnicero de la calle de las Veneras, que eran los padrinos, dejasen de avisar en secreto a algunos de sus amigos más considerables.

Celedonia, radiante de alegría y peinada a la moda de las señoritas, vestía un lindo traje negro que Jáuregui le había mandado hacer, lucía pendientes de perlas, regalo también del novio, mantilla, polvos de arroz en la cara, y guantes blancos. Estaba horrible.

Celebróse la santa ceremonia, durante la cual las lágrimas resbalaban silenciosas por las mejillas de Jáuregui. Cuando terminó, la novia, sonriente, apretaba la mano callosa de sus conocimientos y recibía sus felicitaciones calurosas.

Almorzamos en el piso alto de una taberna de aquel barrio. Como era de rigor, el carnicero, el pollero, el carpintero, el trapero, todos aquellos honrados trabajadores se emborracharon concienzudamente. El bello sexo se alegró también, aunque con más modestia. Celedonia soltaba a cada instante estrepitosas carcajadas que hacían asomar las lágrimas a los ojos de su marido.

El señor Indalecio, carnicero de la calle de las Veneras, me tomó aparte y cogiéndome de la solapa me dijo con lengua estropajosa:

—Estoy muy contento, mucho, de que mi sobrina se haya casado con un caballero... pero, la verdad... temo que no sea feliz... porque ese señorito amigo de usted... perdone que se lo diga... es un grandísimo borracho.

—¿Borracho?

—¡Un pellejo de vino! ¿No ve usted que en cuanto lo prueba se pone a llorar como un becerro? Lo misma le pasaba a un amo que tuve yo en el Arco de Santa María.

Cuando llegó la hora, los novios se esquivaron. Yo les acompañé en un coche a la estación y allí me despedí con un abrazo para siempre de mi lacrimoso amigo. Para siempre, no, porque muchos años después tuve la buena suerte de tropezar con él y reanudar nuestra antigua relación. Pero de tal suceso tendrá conocimiento quien lea hasta el fin estas verídicas memorias.

XII. PROSIGUE EL IDILIO ROMÁNTICO DE MI AMIGO SIXTO MORO

En una de las primeras visitas que hice aquel año a la familia de Reyes, hablando de su estancia cerca de la frontera de Francia, Natalia se dolió de haber olvidado las nociones de francés que había adquirido en el colegio, encontrando dificultad para hablarlo en sus frecuentes excursiones a Biarritz y Bayona.

—Sí, te convendría—dijo su padre—recibir algunas lecciones más, y sobre todo soltarte a hablar con una persona que conociese bien el idioma.

Entonces yo, por súbita inspiración, recomendé para el caso a mi amigo Moro. Había estado tres años en Francia y hablaba el francés a la perfección. Además, lo conocía gramaticalmente y su pronunciación era correctísima.

—Esto es de lo que se trata—manifestó el General—. Yo hablo medianamente el francés: Guadalupe lo habla mejor que yo; pero nuestra pronunciación es defectuosa, sobre todo la mía. Por otra parte, no tengo tiempo para estudiarlo a fondo y Guadalupe repugna el hablarlo entre nosotros.

—Sí—interrumpió aquélla—. Hablar un idioma extranjero en familia, sin necesidad, me ha parecido siempre una afectación.

—Sin embargo, yo creo que tú y Natalia bien pudierais charlar algunos ratitos.

Guadalupe dirigió una rápida mirada a su hijastra y respondió vacilando:

—De nada serviría; yo pronuncio detestablemente el francés.

Natalia quedó seria y en su frente se marcó una arruga. Esto no hizo más que confirmar mi convicción de que las relaciones entre aquellas dos mujeres no eran excesivamente cordiales.

—No dudo que tu amigo será un profesor excelente—manifestó el General—. Es un joven de talento, al parecer, y según nos cuentas es también un orador, ¿Pero crees tú que él se avendrá a desempeñar este papel?

—Yo creo que sí—respondí, sabiendo el enorme interés que Sixto tendría en acercarse al objeto de sus desvelos.

No obstante, después que salí de la casa con el encargo de hablarle me acometieron algunas dudas. Moro había terminado su carrera y a la sazón trabajaba como pasante en el bufete de un famoso abogado. El sueldo que éste le había asignado era cortísimo: apenas si con él podría subvenir a sus más perentorias necesidades; no le vendría mal, por lo tanto, un pequeño suplemento mensual.

Pero su carácter era altivo, y la humildad de su posición le había hecho aún más susceptible. Temí, pues, que no acogiese la proposición con el regocijo que en un principio había imaginado.

Para endulzársela un poco le di cuenta de nuestra conversación y de la manera oportuna que hallé para recomendarle como profesor. Sus mejillas se tiñeron de rojo bajo el golpe de la emoción.

—Pero bien, ¿cómo voy a hablar con ella en francés?... ¿Como profesor remunerado?

—Me parece que así debe ser—repliqué un poco confuso—. De otro modo es más que probable que el General no aceptase este servicio... Porque hasta ahora tú no eres su amigo.

El encarnado desapareció de las mejillas de Moro. En su rostro se dibujó una sonrisa sarcástica, la mala sonrisa de los instantes de cólera.

—¿Es decir, que voy a ser un maestrillo de los que se pagan a tanto la hora? Perdona, querido... Si he de entrar en la domesticidad, prefiero ser lacayo; porque al cabo alguna vez podría tocarme la grata tarea de anudar las cintas de su zapato.

—No hablemos más del asunto—repliqué a mi vez despechado—. Les diré, a tu elección, que no has querido o no has podido aceptar.

—Yo lo dejo a la tuya—respondió secamente.

Ni una palabra más volvimos a hablar de este asunto. Durante aquel día observé en Sixto cierta preocupación que hacía esfuerzos por disimular. Quedaba en ciertos momentos silencioso y pensativo; después se manifestaba excesivamente alegre y bullicioso.

Al día siguiente nos tropezamos en el pasillo cuando nos dirigíamos a almorzar y me dijo rápidamente sin mirarme a la cara:

—Puedes decir al general Reyes que estoy a su disposición.

—Perfectamente, y también se lo diré a Natalia, que se alegrará mucho seguramente—le respondí en la forma que más pudiera halagarle.

Pocos días después fuimos juntos a casa de Reyes, que le acogió con la afectuosa franqueza que le caracterizaba y amablemente le hizo comprender que ya tenía noticia de su talento y que lo estimaba en lo que valía. Moro se sintió aliviado de un gran peso. En su rostro leí la satisfacción que experimentaba. Sin embargo, cuando se llegó a tocar el punto de la remuneración volví a encontrarlo turbado y vacilante. Pero supo desenredarse con habilidad.

—Mi General—dijo imitando el tono resuelto de éste—, yo no soy profesor de francés, ni pienso serlo jamás, porque mis proyectos son otros distintos. Por lo tanto, dejo esta cuestión completamente a su arbitrio. Para mí es un honor que usted me crea digno de prestarle un servicio tan insignificante.

El General tuvo la delicadeza de no insistir. Después nos dirigimos los tres al gabinete donde se hallaban Guadalupe y Natalia. Allí fué distinto. Aunque no hubo necesidad de presentación, porque Moro ya las conocía, se mostró tan tímido y embarazado, que consiguió embarazarme a mí mismo. Me parecía estar leyendo en los ojos de las dos mujeres que adivinaban el secreto de mi amigo y la ayuda que yo le prestaba.

Pura aprensión, sin embargo. Ni a una ni a otra se les pasó por la mente que aquel joven humilde hasta el exceso abrigase en su pecho pasión tan atrevida. Le acogieron con bondadosa protección, que no produjo en él tan buen efecto como la franqueza del General. Tuve ocasión de advertirlo allí mismo y comprobarlo más tarde cuando salimos de la casa. Me habló con extraordinaria animación del carácter simpático de Reyes y de la grata impresión que causaba su rudeza militar impregnada de benevolencia. En cuanto a su esposa, se mostró más reservado y hasta me dió a entender que le parecía su carácter un tanto disimulado, si no falso. Como debe suponerse, le atajé inmediatamente subiendo hasta las nubes la dulzura y constante afabilidad del que continuaba siendo ídolo de mi existencia.

Pocos días después dieron comienzo las conferencias filológicas de Moro. Iba todas las tardes una hora antes de la comida. Los primeros días observé en él una actitud silenciosa y concentrada. Parecía gozar de una intensa felicidad mezclada de confusión. A mis preguntas acerca de las disposiciones de Natalia respondía vagamente, eludiendo la conversación. Paulatinamente, no obstante, se fué haciendo más comunicativo; me dió cuenta de los descubrimientos prodigiosos que iba haciendo, no sólo en el carácter, sino en el talento de su joven discípula. Yo no podía menos de reír interiormente de aquel entusiasmo que cada día iba en aumento.

Después principiaron las confidencias transcendentales. Natalia no tenía por costumbre darle la mano ni cuando entraba ni cuando se despedía. Pues bien, una tarde, como la conversación fuese más animada y más íntima, al tiempo de marcharse se la estrechó amablemente. Moro agradeció este favor como si se la hubiese extendido hallándose en un pozo y a punto de ahogarse. Otro día, en vez de llamarle por su apellido, le dió su nombre de pila: «Adiós, Sixto; no deje usted de traerme mañana el periódico donde viene el cuento de que me ha hablado.» Moro mostró la misma alegría que si careciese de nombre y repentinamente le hubiesen bautizado.

Sin embargo, cuando terminó el mes y el General le llamó a su despacho y le puso en la mano dos monedas de oro, llegó a casa con el rostro más encapotado que un día lluvioso de invierno.

—Mira, el General me ha dado estos diez duros por las lecciones del mes—me dijo llamándome aparte y mostrándome las monedas—. Voy a comprar con ellos una cestita de flores y enviársela a Natalia.

—¿Qué estás diciendo?—exclamé sobresaltado—. Si tal hicieras te cerrarían las puertas de la casa.

—Pienso enviársela sin tarjeta.

—Es lo mismo; adivinarían inmediatamente de quién viene.

Comprendió la razón que me asistía y renunció por el momento a su descabellado proyecto, reservándose, no obstante, llevarlo a cabo más adelante cuando no hubiese peligro de ser descubierto.

Un día le encontré particularmente excitado. Brillaban sus ojos de un modo extraño. Parecía que la más pura felicidad traspiraba por todos los poros de su cuerpo. Hice lo posible por arrancarle su dulce secreto, y aunque sin duda se proponía guardarlo y esquivó en un principio mi curiosidad, no tardó mucho en entregarlo. La dicha de un enamorado es un pajarito que se escapa irremisiblemente de la jaula.

—Verás, Jiménez; esta tarde, Natalia, en el curso de nuestra conversación, que suele ser sobre un tema que de antemano elegimos, quedó un instante silenciosa y pensativa y me dijo de repente:

—No sabe usted, Moro, cuánto gusto tendría en oírle hablar en la Academia de Jurisprudencia. Los hermosos discursos me entusiasman tanto o más que los hermosos versos. Papá me lleva alguna vez al Congreso y he gozado mucho oyendo a nuestros más famosos oradores, a Castelar, a Moret, a Cánovas del Castillo. Entendía poco o nada de los asuntos que trataban, pero aquella manera de expresar las ideas tan fácil, tan elegante, me causaba una sensación deliciosa.

—Conmigo llevaría usted un desengaño—le respondí.—Yo no puedo compararme de muy lejos con esos colosos de la oratoria.

—Es usted demasiado modesto. Son varias ya las personas que me han dicho que habla usted admirablemente.

—Además, bastaría que supiese que se hallaba usted entre mis oyentes para que lo hiciese muy mal.

—¿Por qué?

—Precisamente porque es usted la persona ante la cual quisiera hacerlo mejor.

Natalia bajó los ojos y se ruborizó. Luego cambió de conversación.

Moro me narraba este incidente con emoción increíble. Yo lo celebré también, por hacerle placer, como si fuese un magno suceso, y le dije riendo:

—Sigues con aprovechamiento la carrera de Abelardo. Ten cuidado de que al fin no haga contigo el General lo que el canónigo Fulberto hizo con el seductor de su sobrina.

Moro dejó escapar una exclamación de susto; pero entendí que se mostró halagado con mi comparación.

Esta emoción ansiosa que Moro manifestaba en todo lo que se refería a sus funciones didácticas en la casa de Reyes contrastaba con la indiferencia con que allí se miraban. Natalia, cuando por azar salía el nombre de su profesor en la conversación, solía decir que era «muy simpático, muy simpático». Guadalupe la miraba entonces sorprendida, como si dudase de que hablara en serio. Para una mujer del gran mundo es caso sorprendente que se llame simpático a un joven tímido mal vestido. El General se había olvidado de su existencia. Esto prueba una vez más lo enorme distancia que existe entre lo que creemos ser en el espíritu de los demás y lo que somos realmente.

Un día que Natalia pronunció el nombre de su profesor, el General se volvió hacia mí sonriente y me dijo:

—Pero ese amigo tuyo ¿por qué razón gasta tan larga cabellera? Parece un saboyano de los que tocan el organillo por las calles.

—No será por una razón estética—manifestó Guadalupe sonriendo también.

—Es un capricho—respondí yo, contrariado por aquel tono de burla.

—¡Es un capricho original el de dejarse crecer los pelos!—exclamó el General soltando a reír.

Natalia se puso seria.

—Hay otros caprichos—dijo—mucho más extravagantes y el mundo no sólo no se fija en ellos, sino que los aplaude. ¿No es mucho más ridículo hacerse planchar las camisas en París estando en Madrid? Un hombre puede gastar el pelo largo y ser inteligente, trabajador, digno, y otro puede gastarlo corto y ser holgazán, tonto y maligno.

Como la saeta parecía dirigida a Grimaldi, que enviaba, en efecto, sus camisas a París, el General se puso serio a su vez.

—¡Niña, niña, cuidado con la lengua!

Guadalupe se limitó a sonreír.

Yo aprobé de corazón las nobles palabras de aquella niña, pero guardé silencio.

Desde hacía algún tiempo había observado que el temperamento naturalmente impetuoso de Natalia se había irritado un poco. Si en conversación particular conmigo era siempre franca y cariñosa, cuando nos hallábamos reunidos en familia se mostraba más concisa en sus palabras y más dura en sus observaciones. Sobre todo, notaba perfectamente que al dirigirse a Guadalupe lo hacía empleando las menos palabras posibles y muchas veces sin mirarle a la cara. Hacía ya algunos meses que no las había visto juntas en la calle. Guadalupe salía a menudo con una amiga de la colonia americana y Natalia con una señora viuda de un amigo y compañero del General, a quien éste protegía.

Puede inferirse que aunque Natalia me fuese extremadamente simpática y aún hubiera llegado a inspirarme un afecto casi fraternal, no podía menos de reprobar aquella actitud altanera y agresiva que por días iba creciendo. ¿Por qué serán tan pocas veces cordiales las relaciones entre hijastras y madrastras?—me preguntaba—. ¿Será porque este parentesco lleva ya dentro de sí un virus venenoso? Sin embargo, yo imaginaba que tratándose de seres tan bondadosos y amables como aquellas dos mujeres, ningún pretexto podía existir para que su amistad se envenenase.

Mi adoración por la bella Guadalupe no se había extinguido ni aún mermado con la ruina de mis ilusiones. Pero esta adoración había adquirido un matiz más respetuoso aún, la contemplaba como un ser inasequible, perfecto, y me consideraba feliz sólo con aproximarme a ella y saciarme con su vista. Hasta había llegado a perdonarle aquel tono siempre protector que conmigo usaba: antes me parecía impertinente; ahora lo hallaba sabroso. No podía ofrecerme duda que ella, después de lo que había pasado, leía con toda claridad en mi corazón, y esta seguridad despertaba en mí un delicioso sentimiento, mezcla de confusión y ternura. Adivinaba perfectamente que agradecía mi pasión y aunque no la alentase me prodigaba afectuosas atenciones que algunas veces me conmovían hasta privarme del uso de la palabra.

El General, aunque disfrazándola con sus modales bruscos y sus eternas bromas, me parecía que abrigaba en su pecho una pasión no menor que la mía. Cuando se dirigía a ella, aunque fuese para hacerle alguna burla, sus ojos expresaban tan apasionado afecto, que todos nos dábamos cuenta de lo que llenaba su corazón. Ella misma apartaba alguna vez la vista un poco ruborizada.

Tardó Don Luis en advertir la hostilidad de su hija. No era hombre de espíritu complicado ni fino observador. Además, es seguro que le parecía inverosímil y hasta monstruoso, aun más que a mí, que Natalia dejase de amar a una criatura tan angelical como Guadalupe. Porque, en efecto, nadie podía negar a ésta un carácter singularmente blando y apacible. Parecía imposible reñir con ella. Ni aun cuando se la contrariase abiertamente se lograba verla desazonada ni daba señales siquiera de impaciencia. Hacia su hijastra mostraba tan deferentes atenciones, que dada su posición a mí mismo me parecían excesivas. Por eso cuando al cabo comenzó a sospechar que Natalia la aborrecía, debió de quedar estupefacto. A esta estupefacción sucedió una sorda cólera, que pronto se hizo visible. Estaba inquieto, malhumorado; dejó de tener con su hija aquellas expansiones cariñosas en él tan frecuentes; espiaba a una y otra intranquilo y alguna vez le he visto fijar en Natalia los ojos con signos de irritación.

Por su parte la niña parecía no advertir el malestar de su padre y continuaba mostrando hacia su madrastra una indiferencia cada día más desdeñosa. Yo presentía que aquellos dos caracteres tan semejantes tenían que chocar al cabo forzosamente.

La catástrofe se produjo, desgraciadamente, hallándome yo presente.

Acabábamos de comer y Guadalupe había salido para cambiar de vestido, pues íbamos como de costumbre al teatro. El General, Natalia y yo departíamos tranquilamente en el comedor cuando sonó el timbre de la puerta.

—Ahí está Tonico—dijo el General.

Natalia quedó silenciosa. Don Luis y yo seguimos charlando. Transcurrieron algunos minutos y Grimaldi no aparecía. Natalia se puso en pie y salió de la estancia. Poco después volvió a entrar seguida de Guadalupe y Grimaldi. Quise observar en el rostro de los tres señales de turbación. El de Natalia terriblemente fruncido como jamás lo había visto.

El General recibió a su amigo con la misma ruidosa alegría de siempre. Grimaldi estaba un poco pálido y sus manos temblaban ligeramente; pero un instante después recobró su aplomo, y con el tono frío y grave que caracterizaba su conversación la empeñó con Reyes y su esposa. Ésta parecía más turbada y advertí que disimuladamente seguía con la vista a Natalia y su mirada era humilde y tímida.

Cuando nos levantamos y nos dispusimos para marchar, Guadalupe tomó la delantera. Hallándose ya en el pasillo exclamó:

—¡Ah, mis guantes! Se me olvidaron sobre la mesa.

—Natalia, recoge esos guantes y tráelos—dijo el General a su hija, que se había quedado un poco rezagada.

Ésta, como si no oyese, siguió caminando. Don Luis repitió con impaciencia:

—¿No has oído? Trae los guantes de Guadalupe, que están sobre la mesa.

Natalia los tomó con lento ademán, y dirigiéndose a Guadalupe dijo con acento desdeñoso:

—Ahí los tienes.

Y se los arrojó, sin entregárselos en la mano. Los guantes cayeron en el suelo.

Una ola de sangre subió al rostro del General.

—¡Cómo! ¿Qué es lo que acabas de hacer, insolente? ¡Recoge esos guantes!

Natalia permaneció inmóvil y mirando cara a cara a su padre. Una sonrisa sarcástica se dibujó en su rostro pálido.

Los ojos del General chispearon de furor y abalanzándose a ella vociferó:

—¡Recoge esos guantes y entrégalos de rodillas!

Natalia permaneció en la misma inmovilidad orgullosa mirando a su padre con una extraña intensidad que infundía miedo.

—¡De rodillas! ¡De rodillas, malvada!—gritó Reyes agarrándola por el brazo y sacudiéndola furiosamente.

Natalia hizo un gesto de dolor. Los dedos de su padre debían clavársele como unas tenazas; pero inmediatamente comenzó a reír.

—¿Te ríes, infame?... ¿Te ríes?... ¡De rodillas!

Le dió tan fuerte sacudida que la niña chocó ruidosamente con el pavimento.

Tirada en el suelo siguió riendo cada vez con más fuerza.

—¿Ríes, ríes, miserable? ¡Te voy a aplastar como una víbora!

Hizo ademán de levantar el pie sobre ella y entonces nos precipitamos todos a sujetarle. Grimaldi estaba blanco como un papel. La fisonomía de Guadalupe tan descompuesta igualmente que parecía un cadáver.

—¡Dejadme, dejadme!—gritaba el General—. Yo me he tenido la culpa por haber mimado tanto a una criatura ingrata, a una perversa que se goza hiriendo a su padre en el corazón.

La risa de Natalia se fué haciendo cada vez más fuerte y convulsiva. Entonces comprendimos que sufría un ataque de nervios y acudimos a ella. Yo la levanté entre mis brazos y ayudado por Grimaldi y una doncella la transportamos a su cama.

El ataque fué pavoroso. A la risa sucedieron los gritos, las fuertes contracciones, la retorsión de los brazos y la cabeza. Con dificultad podíamos impedir que se destrozase contra la pared y la madera de la cama. La doncella trajo un frasco con éter y empapando un pañuelo se lo hicimos aspirar, pues no era posible en aquel estado que tragase algunas gotas. Guadalupe ordenó a un criado que montase en el coche enganchado a la puerta y envió por el médico.

Mientras tanto, el General, convulso, con el rostro congestionado hasta el punto de hacer temer una apoplejía, desahogaba todavía su cólera no extinguida con palabras incoherentes, dando paseos agitados.

Cuando el médico llegó, el ataque ya había cedido. Ordenó unos sinapismos y una poción calmante y encargó completa tranquilidad, no dando importancia al accidente.

A mi entender la tenía muy grande. Aquella noche me desperté varias veces agitado por tristes presentimientos.

XIII. FIN DESASTROSO DEL IDILIO ROMÁNTICO DE MI AMIGO SIXTO MORO

No quise comunicar a Moro una palabra acerca de tan penosa escena. Ni aun le hice saber que Natalia se hallaba indispuesta para que ésta no sospechase que habíamos hablado de ella. Le dejé ir como todos los días a su tarea y me hice de nuevas cuando me dijo que no se le había recibido por hallarse su discípula enferma.

No lo estuvo más de tres o cuatro días. Sixto volvió a sus conferencias, y ella, que adivinó mi discreción, me lo agradeció visiblemente. Se mostró conmigo tan afectuosa, que no pude menos de perdonarle su feo comportamiento con Guadalupe. Por otra parte, no debo ocultar que ésta se me había hecho sospechosa y que mi adoración descendía rápidamente como la columna de mercurio de un termómetro cuando se le aplica un pedazo de hielo.

Con Moro se mostró también aquellos días, por lo que éste me dejó entender, cariñosa y familiar en extremo. Principió a mantener con él conversaciones más íntimas que las que les proporcionaban los fríos temas que elegían. Le habló de sí misma, de sus años de colegio, le contó algunas anécdotas de aquellos tiempos. Luego mostró también interés por la existencia privada de su profesor, le hacía preguntas acerca de sus estudios, le excitaba a comunicarle sus esperanzas, le alentaba a concebirlas y le auguraba con ostensible satisfacción un brillante porvenir.

Puede alcanzarse la impresión que estas señales de aprecio producían en mi amigo. Vivía en éxtasis perpetuo, y aunque se guardaba de comunicarme sus ocultos pensamientos, yo advertía que éstos subían precipitadamente a las más altas cúspides de la felicidad. ¡Quién sabe lo que soñaba en aquellos días el buen Moro!

Sin embargo, yo conocía las secretas influencias bajo las cuales el corazón de Natalia se abría a un afecto más vivo hacia mi amigo. La pobre niña se sentía menos amada de su padre y cada día más aislada dentro de su propia casa. El General se mostraba con ella reservado: hacía esfuerzos visibles por olvidar la escena pasada, pero como advertía que Natalia no la olvidaba y que sus relaciones con Guadalupe eran cada día más frías, el desabrimiento que esto le producía le brotaba al rostro por momentos. En cuanto a Guadalupe, bien pude observar que la huía y que manifestaba hacia ella, cuando le era indispensable comunicarse, una cortesía exagerada, jamás el natural abandono de la familia.

Nos hallábamos ya en el mes de Mayo. Llegaron los exámenes y de nuevo nos diseminamos. Fuí a reunirme con mi familia. El General con la suya se marchó poco después a veranear, como siempre, a San Sebastián. Moro quedó en Madrid. Desde aquí me hizo saber que se comunicaba a menudo y regularmente con Natalia por medio de cartas redactadas en francés. Era un medio muy adecuado para continuar sus lecciones prácticas sobre este idioma.

Cuando llegué a Madrid en los últimos días de Septiembre la pasión de Moro había crecido tan formidablemente, que me inspiró un poco de temor. El viento que la había hecho adquirir tal violencia era el que soplaba de San Sebastián encerrado en las cartitas mencionadas. Sixto ardía en deseo de comunicármelas, pero me hizo jurar que no me daría por enterado de ellas con Natalia. Las leí con interés y pronto me cercioré de que Moro, utilizando el pretexto de la enseñanza, iba solapadamente deslizando en las suyas lo que guardaba en su corazón.

Las primeras trataban de asuntos indiferentes: Natalia le daba noticias de sociedad, le hablaba del tiempo, de su vida exterior. Después comenzaba a responder ingenuamente a ciertas preguntas un poco más hondas que su profesor formulaba; más tarde daba las gracias por sus frases lisonjeras: «Monsieur, vous êtes trop aimable. Monsieur, je vous remercie infiniment de votre opinion trop flatteuse.» Luego correspondía con palabras cordiales al afecto que Moro le daba a conocer en sus epístolas. Por fin, el tono de éstas debió de subir algo de punto porque Natalia se mostraba más reservada y le llamaba dulcemente al orden. En una de las últimas, si no era la última, se advertía que, apremiada por las palabras vehementes de su profesor, se veía obligada a responder a una verdadera declaración de amor. Y lo hacía con un tacto y una indulgencia maravillosas.

Lo que pude colegir de estas cartas, a pesar de sus reticencias afectuosas, fué que Natalia rechazaba la pasión de mi amigo, si bien, con la nobleza que caracterizaba su espíritu, la agradecía y la estimaba. Esto era lo que exigía el orden natural de las cosas. Lo demás sería el comienzo de una novela romántica, a la cual no se prestaba la naturaleza equilibrada de aquella niña.

Pero esto que a mí se me ofrecía perfectamente claro y lo sería para cualquiera persona despreocupada, Sixto lo hallaba envuelto en una gasa mágica al través de la cual divisaba perspectivas grandiosas y paisajes seductores. Aunque hice lo posible por echar un poco de agua al vino y reprimir su entusiasmo, era éste tan vehemente, que mis sensatas reflexiones no lograron más que mortificarle. Su razón perspicaz se hallaba ausente por el momento; hablaba con tanto fuego y tal incoherencia acerca de lo que él suponía ya sus amores, que a cualquiera haría reír. ¡Cuánto hubiera reído él mismo y cuánto donaire hubiera brotado de sus labios, de haber observado aquella locura en otro! Los hombres que advierten velozmente el ridículo en los demás no son los que con menos facilidad caen en él.

Sin embargo, hacía ya algunos días que la familia del General había llegado a Madrid y nadie se había ocupado de enviar a Moro un mensaje haciéndoselo saber, reclamando de nuevo sus servicios. Con esto empezó a mostrarse sorprendido e inquieto; no sabía a qué atribuír tal omisión. ¡Ay! yo lo supe bien pronto. El primer día que fuí a comer con ellos me encontré con un joven de agradable figura instalado cerca de Natalia y hablando con ella en íntimos apartes. No dudé un punto que era su novio. Vi también claramente que este novio era aceptado por el General. Después advertí que Guadalupe y el mismo Grimaldi no sólo veían con buenos ojos aquella relación, sino que la aplaudían y la alentaban por todos los medios.

Aquel joven se llamaba Rodrigo de Céspedes. Era aragonés como Reyes y Grimaldi; pertenecía a una aristocrática familia; huérfano de padre y madre y capitán del ejército. Entendí que había sido presentado por Grimaldi en San Sebastián. Por lo tanto, sus relaciones con Natalia databan de poco tiempo. No por eso menos estrechas: entraba en la casa a cualquier hora como prometido oficial y todos en ella le festejaban a porfía. Su figura cautivaba a primera vista. Era alto, esbelto, tenía el cabello rubio y los ojos azules. Su rostro, no obstante, había perdido ya la frescura juvenil. Era hombre que en la apariencia pasaba algunos años de los treinta.

No me atreví a descubrir a mi pobre amigo tan lamentable noticia. Esperé que el azar se lo hiciese saber. Me había encargado el primer día que fuí a comer en casa de Reyes que averiguase discretamente si Natalia tenía pensado continuar sus lecciones. Se lo pregunté a Guadalupe y ésta me contestó riendo:

—¡Oh! Natalia no tiene tiempo ahora a hablar en francés. ¡Habla demasiado en español!

Y me señaló con los ojos a la niña que en un rincón del gabinete charlaba animadamente con su novio.

No se pasaron muchos días sin que Moro se enterase de la ruina de sus esperanzas. Una noche, hallándome ya en la cama, llamó a la puerta de mi alcoba.

—Perdona que te haya despertado—me dijo con voz trémula—. Es cosa para mí importantísima... ¿Tú sabes si Natalia tiene novio?

Quedé confuso sin saber qué responder.

—No te lo puedo decir.

—Sí me lo puedes decir... ¡Habla!

—Pues bien, hay un joven que desde este verano le hace la corte.

—¿Un individuo alto con bigote rubio?

—Sí.

—¿Quién es?

—Un capitán amigo de Grimaldi, que fué quien lo ha presentado en la casa.

Quedó silencioso y pude observar su rostro pálido a la luz de la bujía que yo había encendido.

—Está bien, Jiménez. Muchas gracias y perdona.

Giró sobre los talones y se fué cerrándome la puerta. Yo apagué la luz y me entregué de nuevo al sueño pensando que mi pobre amigo no lograría conciliarlo aquella noche.

Las relaciones amorosas de Natalia se prosiguieron con celeridad sorprendente. Dos meses después de llegar a Madrid hubo síntomas declarados de matrimonio. Observé movimiento inusitado en la casa del General, entrada y salida de viajantes de comercio, dibujos y muestras de bordados sobre las mesas, frecuente aparición de grandes paquetes, etc.

Quise también advertir que se había operado una cierta reconciliación entre Natalia y Guadalupe. Esta tomaba parte activa en los preparativos, recorría los comercios en compañía de Natalia, celebraba conferencias transcendentales con las modistas, con los joyeros. Parecía satisfechísima de aquella boda.

¿Provenía del afecto que le inspiraba su hijastra o por el contrario del deseo de perderla de vista? Esta es la duda que se alojaba en mi mente en presencia de tanta alegría. Porque Natalia acababa de cumplir diez y seis años. Su edad no reclamaba afán por lanzarla al matrimonio: al contrario, me parecía que sus padres debieran considerarlo con cierto recelo y tristeza.

La satisfacción era general y la de Natalia le impedía ver las impurezas que tal vez existiesen en la de los otros. Era imposible dudar de su amor: aquel gallardo joven había conseguido apasionarla con todo el ímpetu de los pocos años y de un temperamento extremadamente afectuoso. Se podía asegurar que ya no vivía más que para él, que el mundo entero había desaparecido delante de sus ojos extasiados.

Rodrigo de Céspedes poseía todas las cualidades capaces de seducir a una niña: arrogante figura, modales distinguidos, fama de bravo y una cierta condescendencia displicente que, como signo de elevada alcurnia, rara vez deja de fascinar a las mujeres. Además, era como Natalia un músico consumado. Este nuevo lazo introducido entre ellos contribuía más de lo que pudiera pensarse a estrecharlos. Rodrigo tocaba el violín y poseía una agradable voz de barítono. Las noches se deslizaban gratamente en compañía de estos jóvenes, que cuando no celebraban apartes misteriosos se complacían en hacernos oír hermosos trozos de música. Céspedes interpretaba con el violín algunas piezas de concierto acompañado al piano por Natalia. Otras veces era ésta quien nos dejaba oír las sonatas de Beethoven o los nocturnos de Chopin. Otras, en fin, Rodrigo cantaba alguna romanza de ópera o alguna canción española.

Recuerdo una de éstas cuya letra comenzaba:

Mal haya la ribera del Yumurí
y aquella matancera que en ella vi.

Era una canción de la isla de Cuba, graciosa y lánguida. Céspedes la cantaba primorosamente, y como lo sabía y se le festejaba la cantaba a menudo.

Sin embargo, aquel hombre no había logrado hacérseme simpático. Su eterna sonrisa era más sarcástica que amable y sus ojos de un azul acerado carecían de dulzura. Hasta quise observar en ellos, en ciertos momentos, reflejos siniestros como los de las bestias feroces. Pero todo esto podía achacarse, y yo no dejaba de achacarlo sinceramente, a la amistad ya entrañable que me unía a Sixto Moro. El hombre que había venido a destruir sus ilusiones y le había herido tan profundamente en el corazón no debía obtener mi beneplácito.

La casualidad vino a justificar mi antipatía. Una tarde paseando por el Retiro en compañía de un teniente de artillería paisano y amigo mío cruzó a nuestro lado Rodrigo Céspedes galopando en su caballo. Me hizo un ligero saludo y mi compañero me preguntó sonriendo:

—¿De qué conoces a ese perdis?

—Es el novio de la hija del general Reyes... No sabía que fuese un calavera.

—Eso consiste en que no frecuentas los burdeles y casas de juego... ¡Te felicito por ello!—añadió riendo—. Rodrigo Céspedes es una «bala perdida». Pertenece a una buena familia. Jugó y perdió el pequeño patrimonio que le dejó su madre, jugó después la herencia algo más cuantiosa de una tía y es capaz de jugarse las pestañas. Además, entre sus compañeros pasa por un mal sujeto.

Quedé sorprendido y contristado.

—Pues se va a casar el mes próximo con la hija única de Reyes.

—Pues es bien lamentable. Como el General no le meta en cintura, seguramente le ha de ocasionar serios disgustos.

Esta noticia, que vino a dar la razón a mis instintivos recelos, comenzó a pesarme en el alma. Ya no se trataba de Sixto Moro, sino de la misma Natalia, a la cual cada día profesaba mayor afecto. Su rectitud y firmeza se aliaban dichosamente a un corazón sensible y tierno como pocos. El defecto que en ella se descubría era una impetuosidad exagerada; pero este defecto, lejos de rebajarla a mis ojos, le prestaba un nuevo atractivo. Su espontaneidad infantil me hacía reír no pocas veces. ¿Cómo no deplorar que aquella delicada criatura cayese en manos de quien no supiese estimarla? Además, si aquel hombre se hallaba arruinado, si no contaba con otros recursos que los de su carrera, Natalia estaba destinada a padecer las molestias de una vida sórdida después de haber gozado hasta entonces de otra lujosa y regalada.

Tales eran los pensamientos mortificantes que me asaltaban mientras proseguían cada vez más activos los preparativos de la boda.

Durante este tiempo Sixto mostraba una actitud singular, que no dejaba igualmente de preocuparme. Le observaba grave, silencioso y más irritable que antes. Pero lo que me disgustaba sobremanera es que parecía huir de mí como si yo hubiese tenido alguna parte en su infortunio amoroso. No me hablaba de Natalia, ni siquiera mentaba su nombre; yo tampoco aludía directa ni indirectamente a lo que en casa del General estaba ocurriendo.

Un día, hallándome un momento a solas con Natalia, ésta me dijo, afectando una indiferencia que no sentía:

—Pero ¿qué es de tu amigo Moro? Hace un siglo que no le veo. ¿Ha perdido su antigua afición al teatro? En ninguno he logrado echarle la vista encima hasta ahora.

—Moro está muy ocupado—le respondí—. El bufete de Ergueta, cuyo peso lleva casi enteramente, y algunos negocios particulares que comienzan a salirle absorben todo su tiempo.

—Pues salúdale de mi parte y dile que tanto papá como yo tendríamos un placer en que asistiese a la ceremonia el día de mi matrimonio.

Yo me sentí repentinamente afligido y no pude menos de replicarle con cierta amargura:

—¡Natalia, esa invitación es la única que no debieras hacer!

Se puso fuertemente encarnada y después de un instante de vacilación me dijo en el tono resuelto que la caracterizaba:

—Tienes razón. No le digas nada.

Y pasó inmediatamente a hablar de otra cosa.

Llegó por fin el día fijado para la boda. Era el 2 de febrero, fiesta de la Purificación. Celebróse por la tarde en la capilla de uno de los asilos que rodean a Madrid adornada para el caso con profusión de luces, cortinas y flores. Bendijo la unión un canónigo de Toledo, amigo íntimo del General. Fué madrina Guadalupe y padrino el presidente del Consejo de ministros. Testigos por parte de la novia, el ministro de la Gobernación y dos generales; por la del novio, el marqués de C... y dos oficiales de caballería pertenecientes a la más alta aristocracia.

Los desposados entraron en el pequeño templo a los acordes de una marcha nupcial. Eran dos figuras interesantes que desde luego atraían la vista y cautivaban los corazones. Natalia, radiante de hermosura y de dicha, sonreía a los asistentes, que se inclinaban a su paso. Céspedes, cuya prócer estatura se destacaba arrogante, vestía el uniforme de gala de su regimiento y estrechaba con militar franqueza las manos que sus amigos le tendían. Mucha gente y muy escogida perteneciente casi toda ella a la política y a la milicia presenció la ceremonia. Después, en uno de los grandes salones del asilo, se sirvió un refresco a los invitados. Natalia y Céspedes se sustrajeron disimuladamente, montaron en coche y se trasladaron a casa para cambiar de ropa y tomar el tren que debía conducirles al Monasterio de Piedra, donde se había convenido que pasarían ocho días.

También se había convenido que transcurrido este tiempo volviesen a Madrid y se hiciesen los preparativos necesarios para trasladarse a la Isla de Cuba, donde Céspedes estaba destinado. Porque el General había logrado que su yerno marchase a la Habana con el empleo inmediato de comandante y a las órdenes del Capitán general.

No dejará de parecer sorprendente que Reyes se desprendiese voluntariamente y tan pronto de su única hija. Sin embargo, las razones son fáciles de comprender. El General había llegado a percibir con toda claridad que existía siempre un odio latente entre Natalia y Guadalupe y que este odio era irreductible. Su pasión desaforada por ésta le impulsaba a librarla de la presencia de su hijastra sacrificando al amor conyugal el paternal. Por otra parte, no podía ignorar la conducta hasta entonces desordenada de Céspedes, sus vicios y sus trampas. Y aunque como hombre de mundo, un poco desarreglado también y aventurero, no diese a esto importancia exagerada y pensase que el matrimonio lograría reformarle, tal vez juzgara oportuno alejarle lo más posible del teatro donde se habían representado sus calaveradas. Además, sabía bien que Céspedes ya no tenía fortuna, que él no podía ayudarle mucho porque la suya pertenecía de derecho a su mujer, y que era de todo punto necesario empujarle en su carrera.

Natalia, por su parte, no había puesto obstáculo alguno. Tanto por el apasionado amor que había logrado inspirarle aquel hombre como por el vivo sentimiento que tenía de sus deberes le hubiera seguido a sitios peores.

Poco después de los novios me trasladé yo con el General y Guadalupe en su coche a la estación y con algunos íntimos tuve la satisfacción de decirles adiós. Desde allí, por fin, cuando ya había cerrado la noche me volví a pie a casa.

¡Grave, terrible sorpresa al llegar! En la escalera tropecé con alguna gente que bajaba precipitadamente. La puerta de nuestro piso estaba abierta y en ella vi a un guardia de orden público.

—¿Qué pasa?—le pregunté asustado—. ¿Hay fuego?

—Nada de eso. Es un señor que acaba de darse un tiro—me respondió con glacial indiferencia.

No dudé un instante de quién era aquel señor y entré corriendo por el pasillo, donde tropecé con Doña Encarnación, cuyo semblante desencajado denotaba la emoción que la embargaba.

—¿Moro?—le pregunté con ansiedad.

-¡Sí, sí!

—¿Está muerto?

—No, señor; pero su herida es gravísima.

Me dirigí velozmente a su habitación. Estaba llena de gente; el médico de la Casa de Socorro, otro que habitaba en el cuarto principal, el juez, su secretario, los Mezquita, Albornoz y algunos vecinos. Los médicos se hallaban ocupados en extraerle la bala y el herido había perdido el conocimiento. El juez esperaba que lo recobrase para tomarle declaración.

Hacía poco más de una hora, esto es, a la misma poco más o menos en que se celebraba la unión de Natalia, Moro acostado sobre su propio lecho se había dado un tiro apoyando el cañón del revólver sobre el corazón. Felizmente, la bala no penetró en éste: había desviado un poco y quedó alojada en el hombro.

La operación se prolongaba. Afligidos y aterrados por aquel suceso extraño, los huéspedes, sus compañeros, cambiábamos algunas palabras en voz baja.

—Pero ¿por qué se ha querido matar? ¿Tú lo sabes?—me preguntaba al oído Manuel Mezquita.

—No—le respondí.

—No será por la falta de recursos. Su posición ha mejorado en estos últimos tiempos.

—Acaso algunos amores desgraciados—dijo Albornoz apuntando al blanco.

—No le conozco novia.

—Será una mujer casada—replicó apartándose ya mucho.

Al cabo recobró el sentido: la operación estaba terminada. Paseó por la estancia sus ojos extraviados y al tropezar con los míos sus labios quisieron contraerse con una sonrisa triste. El juez le hizo algunas preguntas a las cuales respondió con pocas y espaciadas palabras ratificándose en lo que había escrito en un papel que se hallaba sobre su mesa. Nadie le había herido. Se había querido dar la muerte por su propia voluntad. No quiso explicar los motivos.

Se le dejó descansar, y yo, previa consulta con Doña Encarnación y mis compañeros, telegrafié a su padre. Al día siguiente por la mañana se presentó éste con sus dos cuñados, los mismos que habían subvencionado a la carrera de Sixto.

La escena que se desarrolló en mi presencia fué penosa y risible al mismo tiempo. Su padre, hombre muy rudo, se manifestó sinceramente afectado y le prodigó algunas tiernas caricias; pero sus tíos, alterados hasta un grado indecible, furiosos, comenzaron a recriminarle amargamente.

—¿Es posible que un muchacho de talento como tú, que acaba de terminar su carrera, que ha ganado tantos premios, que tiene un gran porvenir asegurado, cometa la bestialidad de pegarse un tiro?... ¿Por qué, vamos a ver, por qué?

—Cuando comenzabas a ganar algún dinero.

—Nosotros teníamos puesta toda nuestra confianza en ti.

—No es manera de agradecer los muchos sacrificios que por ti hemos hecho.

—Bien sabes que nos hemos quitado el pan de la boca por que tú fueses un caballero.

—Todo cuanto podíamos juntar ha sido para pagarte los estudios.

—No es por echártelo en cara, pero los duros que contigo hemos gastado harían un buen montón si los tuviéramos juntos.

—¿Te ha faltado la buena comida? ¿Te ha faltado la buena cama? ¿Te ha faltado la camisa planchada y la corbata de seda y el reloj de plata y la peseta en el bolsillo?... Entonces ¿por qué quitarse del medio?

Sixto, tendido en su lecho boca arriba con los ojos cerrados, escuchaba en silencio aquellas groseras recriminaciones y en su rostro pálido y contraído se adivinaba el sentimiento de vergüenza que le embargaba.

Quise concluir con su tormento y dando un paso hacia ellos dije con energía:

—Señores, el estado del enfermo no permite discusiones ni que se le altere poco ni mucho. El médico ha prescrito un gran silencio y yo les ruego, si no quieren ocasionar una funesta complicación, que se retiren y le dejen tranquilo.

Aunque gruñendo todavía, se rindieron a mi dictamen. Cuando iban a traspasar la puerta, Sixto abrió los ojos, inclinó un poco hacia ellos la cabeza y les llamó suavemente con el borde de los labios:

—Pss, pss.

Los dos ebanistas se acercaron al lecho. El padre permaneció alejado.

—Pierdan ustedes cuidado—les dijo con voz apagada—. Sólo por darles gusto llegaré a ministro.

Los periódicos habían dado la noticia aquella mañana. En la mayoría de ellos venía concisa y escueta: sólo la apuntaban como uno de los sucesos del día anterior. Pero en algunos se añadían al nombre de Moro algunas frases lisonjeras; se decía que el joven que había tratado de quitarse la vida era conocido ventajosamente en los Círculos forenses y que gozaba ya de envidiable fama de orador en la Academia de Jurisprudencia.

Por la noche fuí a casa del General a enterarme del viaje de los novios y aquél me interpeló bruscamente con su rudeza simpática:

—¿Pero qué diablo ha sido lo de tu amigo? ¿Por qué ha querido matarse?

Le respondí que se trataba de algunos graves disgustos con su familia. Moro era un hombre exageradamente sensible...

—Espero que curará pronto de la herida y que no volverá a empezar. Sería bien deplorable que un joven tan inteligente y simpático se escape ridículamente de este mundo donde sin duda ha de representar un lucido papel. Los jóvenes de imaginación se figuran las contrariedades de la vida como insuperables. Más adelante vemos que todo puede superarse menos la muerte.

Diez o doce días después me anunciaron que Rodrigo y Natalia llegarían a la mañana siguiente. Fuí a comer a casa del General, donde aquella noche había otros tres o cuatro invitados. Se quería festejar la llegada de los novios. Encontré a éstos risueños y felices en su llena luna de miel. Céspedes estaba más locuaz que de ordinario y usaba bromas con todos los comensales, incluso conmigo. Sin embargo, en aquellas mismas bromas, que sin duda él juzgaba inocentes y chistosas, yo percibía un dejo amargo que continuaba haciéndomelo repulsivo. En vano me recriminaba aquella extraña repulsión achacándola ahora más que nunca al afecto y a la compasión que me inspiraba mi amigo Sixto. Me era imposible vencerla: todas las palabras de aquel hombre me sonaban a falso como monedas de plomo.

Después de comer hubo sesión musical. Natalia tocó algunas tandas de valses alemanes y Céspedes también arañó un poco el violín y cantó varias romanzas, entre ellas, por supuesto, la imprescindible «Mal haya la ribera del Yumurí».

Sin embargo, observé que Natalia, en medio de su alegría, padecía algunas distracciones y me miraba de vez en cuando con cierta curiosidad y como si quisiera hablarme. En un momento en que su marido cantaba vuelto de espaldas a nosotros, vino silenciosamente a sentarse a mi lado, me tomó una mano y me dijo al oído:

—¿Cómo sigue nuestro amigo?

—Ya está bastante bien. Creo que el lunes podrá levantarse.

Guardó un instante silencio y al cabo volvió a preguntarme con la misma voz de falsete:

—¿Tú sabes por qué ha querido matarse?

—Sí; y tú también.

Los rasgos de su fisonomía se alteraron; movió los labios como para decir algo, pero no llegó a pronunciar palabra alguna. Por fin, con enérgica resolución y metiéndome la boca por el oído me dijo.

—Supongo que no me juzgarás una despreciable coquetuela que haya procurado con artificios infundir una pasión en Moro sólo para satisfacer la vanidad. Al contrario, me he esforzado, haciéndome violencia, sobre todo últimamente, en mantenerme dentro de una reserva exagerada. Porque tu amigo me ha sido desde el primer día muy simpático: he llegado a cobrarle afecto; le consideraba como un amigo casi tan seguro y fraternal como tú lo eres... Pero otra cosa no podía ser. No necesito decirte por qué. Conoces las circunstancias de mi vida, conoces el carácter de papá... Además, la amistad es una cosa y el amor es otra. Dios no me había destinado para Moro, sino para Rodrigo.

—¿Estás segura de ello?

Apartó su cabeza de la mía como si se hubiese pinchado y mirándome a los ojos con expresión severa dijo secamente:

—Sí; estoy segura.

Se alzó del asiento y se alejó en silencio.

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

I. EL MUNDO DE LOS SUEÑOS

Han transcurrido diez años. Graves mudanzas en ellos. «Todo arde y se consume, decía el viejo Heráclito; no se baja dos veces en el mismo río; es otra agua sobre la cual bajamos.» La vida, como el agua, se disipa y se junta, busca y abandona, se aproxima y se aleja. Y a la postre todo, todo se olvida.

¿Quién se acuerda ya del bravo general Don Luis de los Reyes? Dos años después del matrimonio de su hija, al entrar en casa llegando de una cacería, al poner el pie en su dormitorio, cayó al suelo víctima de una apoplejía fulminante. Su viejo criado Longinos vino a darme la noticia. Cuando llegué, la casa estaba llena de amigos. Don Luis no recobró el conocimiento y falleció en la madrugada.

La hermosa Guadalupe dejó a Madrid y se fué a París a vivir con su madre. Algunos meses después tuve noticia de su matrimonio con Grimaldi.

¿Quién se acuerda de aquella famosa casa de huéspedes de la calle de Carretas, mansión deliciosa donde, como en el Olimpo, la risa era inextinguible? ¿Qué se hicieron los primos Mezquita y Albornoz? Salieron de Madrid y los unos deben de estar tomando pulsos y recetando jarabes en algún lugarón de Andalucía y el otro trazando carreteras y erigiendo puentes por algún otro rincón apartado.

¿Adónde había llegado Pasarón? Muy alto. Era ya un hombre célebre. Después de unas resonantes oposiciones que los periódicos comentaron largamente, donde logró aplastar bajo el peso de su erudición a hombres encanecidos en el estudio, obtuvo una cátedra en la Universidad Central. Aquel portentoso joven fué al poco tiempo el ídolo de la Prensa. Escribió algunos libros de crítica retrospectiva que produjeron verdadero asombro entre los doctos. Dondequiera que iba se le acogía con señales de respeto y admiración. Tal vez no existiese a la sazón hombre más festejado en España.

¿Qué se hizo de Doña Encarnación, la simpática y bondadosa patrona que tantos maternales cuidados nos prodigaba? Su misma generosidad la perdió. Quedó arruinada, arrastró después algunos años una vida miserable y hambrienta, durante los cuales tuve ocasión de favorecerla, y, por fin, murió en un pueblecito de la provincia de Guadalajara donde había nacido.

¿Quién se acuerda de aquella gentil Natalia, tan bella, tan franca, tan impetuosa? Nadie más que Sixto Moro. La herida de éste nunca había logrado cicatrizar por completo. Tres o cuatro años después de haberse casado aquélla le vi salir de un portal de la calle de la Montera donde un fotógrafo exhibía sus retratos. Yo sabía que allí había uno grande y perfecto de Natalia, y se lo dije riendo. Se puso un poco encarnado y me respondió:

—Es verdad, querido, cuando paso por esta calle no puedo resistir a la tentación de hacer una visita a su retrato.

—Para decirle cuánto la quieres todavía.

—Justamente... ¡Qué le vamos a hacer! Comprendo que es una locura, pero es una locura inofensiva. Soy un romántico digno de haber vivido en los buenos tiempos de Larra y Espronceda... No me falta todo, pues ya poseo la melena, que tanto preocupa a la atención pública.

En efecto, había logrado pronto alcanzar un puesto envidiable entre los abogados de Madrid; pronunciaba discursos en el Ateneo y en otras reuniones públicas, por lo cual empezaba a ser conocido del público. Pero lo que le iba haciendo más popular era su romántica melena. En nuestra nación, exageradamente apegada a la uniformidad, cualquier discrepancia excita la curiosidad. Moro era objeto en la calle de las miradas sorprendidas de los transeuntes. Unos, los que conocían su mérito, le miraban con respeto, pero los más reían. Con el tiempo creció su fama y adelantó en su posición. A la hora presente poseía uno de los bufetes más lucrativos de la capital, acababa de ser elegido diputado y vivía con lujo exagerado, como suele acontecer a los que han atravesado días de penuria y necesitan desquitarse. Ocupaba un magnífico aposento en la calle Mayor, tenía varios criados y recientemente había puesto coche.

Nuestra amistad no se había entibiado nunca. Aunque nuestras ocupaciones eran diversas, nos veíamos a menudo en el Ateneo y apenas se pasaba una semana sin que almorzásemos juntos. Charlábamos mucho del pasado, poco del presente, nada del porvenir. Sin embargo, alguna que otra vez yo le excitaba al matrimonio. Un hombre de su posición debía casarse para consolidarla. Con su nombre, con sus ganancias y su juventud podía aspirar a todo. ¿Por qué privarse de los goces de la familia y del consuelo de transmitir a otros seres el fruto de su esfuerzo y su talento? Moro se ponía serio y me respondía bajando la voz:

—No puede ser, Jiménez. Tú me llamabas Abelardo en otro tiempo y lo soy en efecto. No he quedado como él imposibilitado materialmente para el matrimonio, pero sí moralmente.

Confieso que tanta fidelidad al amor de su juventud me conmovía y me lo hacía aún más estimable.

De Natalia y su marido escasísimas noticias habían llegado a mis oídos durante aquellos diez años. Supe por casualidad que, al cabo de cuatro o cinco, Céspedes había vuelto a la Península y había vivido algún tiempo en Barcelona, después que se había ido a las islas Filipinas. Y nada más. Sixto no debía de tener otras más precisas tampoco y no imagino que tratase de inquirirlas.

En cuanto a mí, después de haber seguido tres carreras diferentes y hacerme doctor en dos, me hallaba a la sazón de redactor en un periódico importante de la mañana. Fuí empujado a ello por la necesidad. Algunos desabrimientos con mi familia me obligaron a prescindir de los recursos que me proporcionaba. Felizmente, la discordia cesó pronto; pude abandonar el periodismo; no lo hice porque me placía. Es alegre la profesión de periodista cuando se ejercita sin apremio de dinero. Yo tenía lo bastante para darme una vida regalada.

Desde los veinticinco a los treinta años de edad estuve alojado en un hotel de la calle del Arenal, que aún subsiste. No sé lo que es hoy: en aquella época era una casa de huéspedes confortable y elegante, con mesa redonda a la cual nos sentábamos quince o veinte comensales, casi todos del sexo masculino. Un general de Marina de la escala de reserva, un senador, un catedrático jubilado, un rentista con su señora y un hijo, un anciano médico, un capitán de artillería. Estos éramos los fijos; los demás, huéspedes que venían por tiempo más o menos largo.

Como yo era el más joven, y aún puede decirse el único joven, pues el capitán, que era quien más se me acercaba, frisaba ya en los cuarenta, se me trataba por aquellos señores con afectuosa predilección. Podría decir sin jactancia que me mimaban un poquito. Joven y periodista sonaba para ellos así como calavera, aturdido, enamorado y trasnochador. No lo era yo por fortuna, pero me embromaban cariñosamente como si lo fuera.

Yo les daba cuenta de los estrenos de los teatros, de las sesiones del Ateneo, de los sucesos de la calle y alguna vez también les anunciaba con anticipación sucesos políticos que el mismo senador ignoraba. Se me dejaba disparatar con toda libertad y yo usaba y abusaba de ella delante de aquel venerable areópago lo mismo que si estuviera en la mesa del café de Fornos entre mis jóvenes camaradas. Aquellos bondadosos señores se limitaban, cuando mi locuacidad subía de punto, a sacudir la cabeza y sonreír con piadosa ironía.

Fué dichosa aquella época de mi vida, o al menos así se me representa al través de los años. Todavía alguna vez, cuando paso por la calle del Arenal y levanto los ojos a los balcones de aquel hotel, dejo escapar un suspiro y murmuro con emoción los famosos versos de Espronceda:

¿Dónde volaron, ¡ay!, aquellas horas
de juventud, de amor y de ventura,
regaladas de músicas sonoras,
adornadas de luz y de hermosura?

Sí; todas las noches me dormía regalado por la música de un piano y un violín. Mi dormitorio tenía una ventana sobre el patio, cubierto de cristales, donde se hallaba establecido un café.

Y mis sueños eran felices también como mis vigilias. Sin haber leído nada de los sueños, había logrado en mi juventud cierto dominio sobre ellos. No que llegase a dirigirlos y conservar dormido mi libertad de espíritu como el ilustre orientalista marqués de Hervey de Saint-Denis, que es quien ha teorizado sobre este asunto; pero sí lograba muchas veces provocarlos apelando a algunos inocentes artificios.

A primera vista parece asombroso y aun disparatado que conservemos dentro del sueño nuestro libre arbitrio. Sin embargo, el esfuerzo tenaz de la voluntad puede llegar a conseguirlo. En el libro curiosísimo del sabio marqués se observa paso a paso cómo se va adquiriendo este dominio.

Inútil es advertir que al buscarlo no me guiaba un fin científico como a aquél, sino puramente el de huir alguna preocupación enfadosa o el de experimentar un placer. Mas como todo placer en este bajo mundo parece que lleva aparejado un dolor, mi manía de provocar sueños agradables me ocasionó una desagradable aventura, que no resisto a la tentación de narrar puntualmente.

Acaeció que un día llegó al hotel y se alojó en él por algún tiempo un matrimonio forastero. Al decir matrimonio no he hablado con suficiente propiedad. No fue un matrimonio, sino la mitad de un matrimonio la causa de mi aventura. El marido podía haberse quedado en la calle, podía haber permanecido en París, de donde llegaba gestionando sus negocios, podía haber ido a pasar unos días a Sevilla en el seno de su familia, podía haberse muerto (mucho mejor, por de contado). Todo esto no hubiera producido en mí la más leve emoción. ¡Pero la esposa! ¡Ah, la esposa! Una cosa increíble, una aparición, un milagro. Jamás he visto ni pienso ver en lo que me resta de vida una belleza más esplendorosa. La piel blanca, nacarada; los ojos negros, rasgados, orientales; los cabellos ondeados; alta y majestuosa como una lady; los dientes africanos, los pies asiáticos.

Cómo aquel hombrecillo menudo, calvo, feo y no muy joven había logrado hacerse dueño de tal portento, es lo que se preguntó inmediatamente todo el personal del hotel, desde el viejo general de Marina hasta el mozo de comedor.

Pronto se averiguó que la dama era rusa y su marido andaluz. Desde entonces se la admiró mucho más a ella y se le despreció mucho más a él. Ignoro por qué, pues la Andalucía es una región española donde abundaron siempre los santos, los héroes y los poetas. Pero es cosa averiguada que en el resto de España se habla demasiado bien de las andaluzas y demasiado mal de los andaluces.

Se hicieron muchos y variados cálculos. Unos pensaban que aquella señora era una nihilista rusa, que perseguida por la policía había logrado escapar uniéndose a nuestro compatriota; otros decían que era una artista ecuestre y su marido un empresario de circo; algunos imaginaban que se trataba de una princesa que viajaba de incógnito y que aquel hombrecillo no era su marido, sino un criado; por fin, hubo quien llegó a suponer que la dama era una esclava circasiana que el andaluz había logrado substraer del harem de un bajá turco.

Fuese lo que fuese, es lo cierto que nos tenía a todos hechizados y que se la miraba y se la volvía a mirar y nadie se hartaba de mirarla.

¿Por qué siendo tantos a contemplarla fuí yo el único que logró alterar los nervios del marido? Seguramente porque era el más joven. Sin embargo, el capitán lo era también en cierto modo y, además, lo confieso sin falsa modestia, me aventajaba en la figura.

Pero el capitán se había hecho amigo de Bellido (así se llamaba el marido de la rusa) desde el día siguiente de su llegada. Cuando todos nos levantábamos y nos marchábamos a nuestros cuartos, ellos dos solos se quedaban de sobremesa y departían todavía largo rato. Y en esta sobremesa el andaluz se desahogaba en el seno de su nuevo amigo refiriéndole los mil desabrimientos que experimentaba desde que llegara a España, a causa de la poca educación que aquí había. El infeliz vivía inquieto y sobresaltado. En la calle requebraban descaradamente a su señora, la seguían, la hablaban al oído; en el teatro la enviaban ramilletes de flores; por el correo interior recibía billetes amorosos. Pero si cruzaba por delante de un grupo de albañiles, estos señores no se limitaban a requebrar a su esposa, sino que le injuriaban a él mismo groseramente. Todas estas cosas iban aflojando los lazos que le unían a su patria y hablaba vagamente de romper con ella de una vez y para siempre. Así nos lo contaba riendo el capitán cuando el pobre hombre no estaba delante.

Pues, como decía, el marido de aquella singular mujer me espiaba y apenas podía posar mis ojos sobre ella sin que los de él me clavasen una mirada recelosa. Yo le hurtaba, sin embargo, las vueltas, la devoraba con los ojos y me nutría de sus encantos. Porque los beesfsteaks y los ragôuts del hotel allá se iban casi siempre a la cocina sin que yo los tocase.

Tal régimen alimenticio era muy a propósito para quedar enamorado. Lo quedé a los pocos días de un modo inverosímil y tuve la inocencia de participárselo al capitán, por ser el único huésped con quien todavía se podía departir sobre asuntos de galantería.

Debo confesar, en descargo de mi conciencia, que aquella señora, fuese princesa, esclava o titiritera, jamás alentó mi pasión amorosa ni aun creo que se haya dado cuenta de ella. Era una estatua, era una diosa; se la podían clavar las miradas más rendidas, más inflamadas; las suyas no expresaban más que una tranquila indiferencia.

Entonces me puse a hacer uso de aquellas facultades oníricas de que antes he hablado. Me puse a soñar. He aquí los medios a que apelé para provocar los sueños deseados.

Compré algunas historias y novelas rusas y leía por ellas una vez metido en la cama por la noche. Mi imaginación con estas lecturas se exaltaba y yo tenía buen cuidado de prestar a la heroína más simpática de cada novela los rasgos fisonómicos y la figura de la esposa de Bellido. Al mismo tiempo, en el instante en que me ganaba el sueño llevaba a la nariz un pañuelo empapado en esencia de reseda, que era el perfume que aquélla usaba, ordinariamente. Con estos sencillos artificios y con fijar mi pensamiento tenazmente en la hermosa dama, al tiempo de dormirme lograba, sino siempre, bastantes veces, soñar con ella.

Recuerdo que una vez soñé que me hallaba al servicio de la Policía rusa en Petrogrado. Habiendo tenido la fortuna de descubrir una vasta conspiración de terroristas, logré capturar a algunos de ellos y averigüé que obedecían las órdenes de una condesa muy conocida en la alta sociedad. Me personé una noche en el palacio de esta condesa y la hice detener. Era, como debe suponerse, la hermosa señora de Bellido. Se puso densamente pálida al saber quién era yo y a lo que venía, pero no pronunció una palabra y se dispuso a seguirme. Tanta hermosura y tanta dignidad me cautivaron. En vez de conducirla a la prisión le facilité la huída. Pero uno de mis compañeros me espiaba. Este compañero, que era un sér perverso y despreciable, tenía el rostro de Bellido. Entonces determiné fugarme con ella. Salimos por la noche bien recatados y nos dirigimos al río, donde yo tenía un bote preparado. Empuñé los remos y bogué hacia la desembocadura, donde pensaba hallar un buque español que mandaba un marino amigo mío. Este marino no era otro que el viejo general, mi compañero de hotel. Cuando me hallé en medio del Newa, me creí salvado. Solté un instante los remos y tomé las manos de la hermosa condesa que llevé a los labios con una mezcla de respeto, de admiración y de amor, que parecía transportar mi alma al paraíso. Porque todo el mundo habrá observado que nuestra sensibilidad espiritual aumenta notablemente durante el sueño: el amor, la compasión, el miedo, los celos son mucho más intensos que en la vigilia. Era una noche oscura de primavera. A nuestra izquierda se destacaban apenas las enormes masas del Palacio de Invierno y a nuestra derecha las Fortificaciones, con su iglesia que sirve de panteón a la familia de los zares. Yo me sentía enajenado y me preparaba ya a caer de rodillas delante de la bella conspiradora, cuando acierto a ver entre las sombras el punto negro de otro bote que navegaba rápidamente hacia nosotros; sentí el chapoteo de los remos y escucho una voz que grita: «¡Para!» Era la voz de mi compañero, esto es, de Bellido. En vez de parar, remo con todas mis fuerzas. De nada me valió. Él traía cuatro marineros y en pocos instantes fuimos abordados. Entonces yo, presa de irresistible furor, me arrojé al cuello de Bellido y ambos caímos al agua. La ira me dió tales fuerzas, que logré estrangularlo y salir después a la superficie. Mas cuando salí, los marineros se habían apoderado ya de la condesa y bogaban con ella hacia el muelle. ¡Mi dolor, mi desconsuelo fueron tan grandes, que desperté!

Soñé otra vez que me hallaba agregado a la Embajada española en Petrogrado. Trabé amistad con un príncipe en cierta reunión aristocrática y este príncipe me invitó a visitarle en una de sus tierras que poseía cerca de Moscou. En los días que allí pasé conocí a algunos señores de los contornos amigos suyos. Entre ellos uno pequeñito, calvo y feo... No debo decir más: Bellido. Ver a su esposa y quedar enamorado de ella fué todo uno. Tampoco era preciso advertirlo. Ella correspondió a mi amor ¿cómo no? y decidimos fugarnos. El príncipe, que odiaba y despreciaba como se merecía al marido, aunque se fingía su amigo, me facilitó los medios. Puso a mi disposición un trineo con seis caballos. Heme aquí corriendo sobre la nieve al través de la llanura desierta. Pero esta vez, como la otra, también fuimos alcanzados. El cochero del marido era más experto que el nuestro. ¡Deteneos! Viéndoles muy cerca yo me vuelvo y disparo mi revólver. El cochero de nuestro enemigo cayó muerto del pescante. El coche se detuvo al cabo de unos instantes y pudimos escapar. Pero mi adorado dueño se sintió mal poco después y me dijo sin preámbulos que se moría, que aquella emoción le había roto el corazón. Y en efecto, tal como lo dijo lo hizo. Me echó los brazos al cuello, me besó apasionadamente y dándome en aquellos últimos instantes pruebas del más heroico amor, despidiéndose de mí con las palabras más tiernas expiró en mis brazos como una flor que troncha el vendaval. Entre el cochero y yo levantamos la nieve, abrimos una fosa y la sepultamos. Yo lloraba todas las lágrimas que puede tener un hombre dentro de sí. Al mismo tiempo, sentía un frío tan intenso que pensaba morir. Este frío me despertó. Se me había caído la ropa de la cama y observé que mi almohada estaba empapada de lágrimas.

Pero no siempre soñaba cosas trágicas y lúgubres. En otra ocasión soñé que me hallaba como espectador en un circo, en la primera fila de sillas tocando con la pista. Después de unos gimnastas que trabajaron en la barra fija, apareció una amazona montando un caballo amaestrado. Era mi bella rusa. ¡Qué cambios elegantes!, ¡qué saltos!, ¡qué primores! El público se mostraba entusiasmado (bien se echa de ver que era un sueño, porque jamás le vi entusiasmado en tales ocasiones) y aplaudía frenéticamente. Pero ella no tenía ojos más que para mí. Cada vez que pasaba delante de mí me dedicaba una sonrisa divina. Los espectadores me miraban con curiosidad y envidia. Yo me hallaba en el séptimo cielo. Por fin, al terminar su trabajo la hermosa amazona se apeó de un salto y vino sonriente hacia mí tendiéndome una mano. Yo se la besé con transporte y ella me dió un beso en la frente. El público rompió en un aplauso estrepitoso... Y desperté.

¿Por qué cada vez que soñaba con su esposa me dirigía Bellido en la mesa tan agresivas y feroces miradas? Sencillamente, porque el capitán de artillería era un traidor, que le narraba punto por punto mi sueño, pues yo creo haber dicho que tenía la inocencia de contárselos. Era un sér perverso que se gozaba en tostar sobre la parrilla al desdichado andaluz.

Mi último y definitivo sueño en aquella temporada fué como sigue:

Yo era un rico comerciante musulmán que habitaba la ciudad de Kabul en el Afganistán. Una tarde fuí al mercado de esclavos y compré por algunas piastras una hermosísima circasiana, que no necesito decir quién era. En pocos días quedé subyugado por los encantos de aquella mujer; rendido a sus pies hasta el punto de hacerla mi favorita y mi primera esposa, pues era polígamo y confieso que no sentía por ello gran repugnancia. Pero he aquí que al poco tiempo se esparció por la ciudad la fama de la hermosura de mi esclava, aunque yo tenía cuidado de mantenerla encerrada, y que llega a los oídos del emir. Era este emir el hombre más lúbrico de todo su Imperio. No tardó en presentarse en mi casa con pretexto de hacerme una visita, pues éramos amigos. Yo me eché a temblar. Se parecía a Bellido como un huevo a otro y esta circunstancia aumentaba mi aversión infinitamente. Le convidé, le agasajé, me mostré con él humilde y servil hasta un grado indecible, todo por amor de mi esclava. No me valió de nada. Cuando nos hallábamos tomando café, me dijo de pronto:

—Enséñame tus mujeres.

—¡Oh!, no tienen valor alguno comparadas con las tuyas, poderoso señor.

—Quiero verlas—respondió secamente.

-Ya sabes, muy poderoso señor, que los creyentes debemos guardar nuestras mujeres de las miradas de los hombres.

—Quiero verlas—replicó en tono imperioso.

No hubo remedio; le mostré todas mis mujeres, claro está, salvo una.

—¿No tienes ninguna otra?—me preguntó mirándome fija y severamente.

—Ninguna otra, alto y poderoso señor.

—Repara bien lo que dices porque va en ello tu cabeza—profirió mirándome con más severidad aún.

Ahora bien, yo siempre tuve extraordinaria afición a mi cabeza lo mismo soñando que despierto. Así que caí a sus pies diciendo:

—Perdón, señor; tengo, además, una esclava circasiana.

Me ordenó mostrársela, le pareció muy bien, como era natural, y me obligó a enviársela al palacio.

Heme aquí desesperado y respirando atroces deseos de venganza por todos los poros de mi cuerpo. Realizo mis riquezas y me voy al Turkestán. Allí entro en relación con el general-gobernador ruso, le convenzo de que debe atacar al emir y me confía el mando de la expedición. Después de una batalla sangrienta en que las huestes del emir fueron derrotadas, logro entrar en Kabul, me apodero del palacio, rescato a mi bella circasiana y hago prisionero al tirano. Entonces yo, que había adoptado las feroces costumbres de los rusos, le hago azotar en uno de los patios del palacio. Mi esposa favorita y yo contemplábamos desde una terraza tan agradable operación. Por cierto que los gritos del infeliz Bellido la hacían reír a carcajadas, mostrando al hacerlo los dientes nacarados de su boca, que me tenía enloquecido.

Por la mañana almorcé mano a mano con el capitán y le conté este sueño. Por la noche, a la hora de la comida, Bellido me clavó una mirada tan agresiva, que me dejó desconcertado. Nos pusimos a comer y sus ojos encarnizados, cargados de odio, apenas se apartaban de mí. Comprendí que se acercaba la catástrofe y me resolví de una vez a precipitarla y hacerla frente. Clavé mis ojos descaradamente en la bella rusa y mantuve la mirada sobre ella con osadía. De pronto Bellido me interpela alzando enérgicamente la voz:

—¿Qué es lo que usted mira?

La sangre se me agolpó a la cabeza y contesto rojo de ira:

—Miro lo que se me antoja.

—¡Es usted un joven bien insolente!

—¡Y usted un viejo mamarracho!

Ambos nos alzamos de la silla y quisimos arrojarnos el uno sobre el otro. Pero a él le retuvieron algunas manos y a mí también.

Reinó un silencio angustioso en el comedor. La comida prosiguió, y en vez de la conversación general que solía entablarse cada cual hablaba con su vecino. Cuando hubo terminado, Bellido salió el primero con su esposa y algunos le siguieron. Pero quedamos otros pocos y se hicieron comentarios. El viejo general de Marina los resumió diciendo gravemente:

—Desgraciadamente, esto se arreglará con algunos sablazos.

—¡Cuanto primero mejor!—exclamé yo encolerizado.

Pero aguardé en mi cuarto hasta las diez esperando la visita de sus amigos y nadie pareció. A la mañana siguiente ni por la tarde, tampoco. Por la noche se presentó en el comedor como si no hubiera pasado nada. Lo único que hizo fué obligar al mozo a que les colocase a él y a su esposa al otro extremo de la mesa, volviéndome la espalda. Los comensales me hacían guiños maliciosos y sonreían.

Así se pasaron algunos días sin que yo, por delicadeza, intentase mirar de nuevo a la bella rusa, cuando una noche, después de comer y estando en mi cuarto preparándome para salir, oigo llamar con la mano en mi puerta.

—Adelante.

Se abre la puerta y aparece Bellido. Yo di un paso atrás y dirigí una mirada codiciosa a la mesa de noche donde tenía el revólver.

Pero Bellido sonreía dulcemente y me dió las buenas noches humilde y ruborizado.

—Siento mucho molestar al señor Jiménez...

Nada, nada, el señor Jiménez no sentía molestia alguna.

—El caso es que hoy debía girarme mi representante de Barcelona cinco mil pesetas y la carta no ha llegado, no sé por qué, quizá debido al mal estado de las vías con motivo de las recientes inundaciones. Y como me encontré de pronto sin dinero, me dije: «Tal vez el señor Jiménez tendrá la amabilidad de prestarme cincuenta pesetas hasta mañana o pasado, si no le sirve de molestia...»

El señor Jiménez, sorprendido y edificado, no vaciló en desprenderse de aquellas pesetas que resolvían de modo tan cómico una espeluznante tragedia. Bellido se partió deshaciéndose en gracias y contorsiones.

Pero al día siguiente en la mesa volvió a mostrarse grave y ceñudo como si no me conociese. Entonces yo no pude resistir a la tentación de contar el lance a los pocos comensales que nos quedábamos siempre algunos instantes de sobremesa. Se rió mucho el paso y se hicieron comentarios muy picantes. El viejo general volvió a resumirlos diciendo gravemente:

—Ya le había anunciado a usted, Jiménez que esto pararía en algunos sablazos.

II. LOS PERÍODOS INTERGLACIALES DEL CAPITÁN PÉREZ DE VARGAS

Aunque tenía muchos y buenos amigos, y el primero de todos Sixto Moro, alguna vez acudía a mi memoria la figura de aquel joven geólogo llamado Martín Pérez de Vargas con quien tanto había intimado el primer año que pasé en Madrid. Supe que salió a teniente de ingenieros, que había estado en Cuba, después en Valencia y que allí se había casado con una mujer extraordinariamente rica. Vino después a Madrid cuando lo mismo él que yo nos acercábamos a los treinta años y al encontrarnos nos abrazamos con efusión. Ya no era aquel lindo mancebillo que semejaba el paje de una princesa sueca, de rostro blanco y nacarado, de cabellos rubios ensortijados y ojos como los de Ofelia. Su belleza había adquirido grato tinte varonil.

Su amor al estudio no se había entibiado con la fortuna. Pronto adquirió fama de hombre de ciencia y geólogo distinguido con algunos ensayos que publicó en diversas revistas. Últimamente había dado a luz un notabilísimo libro acerca de algunos fósiles hallados en el terreno jurásico de la provincia de Navarra.

Nos veíamos poco, pero cuando esto sucedía nos hablábamos con la cordialidad de siempre y si iba arrellanado en su magnífica berlina arrastrada por un tronco de caballos extranjeros y me veía, nunca dejaba de sacar la cabeza por la ventanilla y hacerme un afectuoso saludo.

Un domingo, a la hora de mediodía, le hallé paseando por la calle de Alcalá delante de la Iglesia de San José. La acera rebosaba de gente en aquella hora y mi capitán, en traje de paisano, como casi siempre, marchaba distraído sujetando por medio de cordón de seda a una galguita inglesa, uno de esos animalitos que parecen montados en alambre, friolentos y temblorosos.

Me detuve a saludarle y me dijo que estaba aguardando a su mujer, que había entrado a oír misa de doce en San José.

—Si no tienes prisa—añadió—podemos pasear hasta que salga.

—Acepté con gusto, y pasándole cariñosamente el brazo por la espalda le dije:

—¡Déjame abrazar a un hombre feliz por ver si se me pega algo!

—¿Feliz?... Así, así...

—¡Cómo! ¿No es feliz un hombre joven, fuerte, que ocupa brillante posición en el mundo y disfruta ya de una envidiable reputación como sabio?

—Nada hay en esta vida sin mezcla—dijo sonriendo.

—¿Acaso en tu matrimonio?...—le pregunté un poco indiscretamente.

Pérez de Vargas calló. Al cabo de unos instantes comenzó con semblante distraído a hablar de esta manera:

—La historia de mi matrimonio semeja un poco a la del planeta en que habitamos. Una vez más el microcosmos repite en cierto modo los períodos evolutivos del macrocosmos... Principió como la tierra por la fase estelar, por el período de incandescencia. Los dos estábamos enamorados y nuestra pasión se mantuvo más de un año en el rojo blanco. Terminó la incandescencia y se inició la fase planetaria, pero aun había bastante calor y continuamos siendo felices. La fauna de la edad primaria, los trilobitas y cefalópodos, representada por los pequeños rozamientos de la vida doméstica, no me causaban graves molestias. Pero llegó el período secundario y con él los grandes reptiles. A mi suegra se le ocurrió que debíamos estar aquí muy mal servidos y nos envió a una antigua doncella de la casa con su marido; un par de monstruosos lagartos ¿sabes tú? Esta doncella había visto nacer a mi esposa y ejercía sobre ella una influencia decisiva que presto se convirtió en declarada tiranía. El marido era un redomado bribón. Comenzamos a ser saqueados de lo lindo; pero mi mujer estaba tan ciegamente prendada de aquella doncella, que a pesar de mis representaciones lo veía o no quería verlo, prefiriendo ser robada a privarse de tan raro tesoro...

Al fin, no tuve más remedio que tomar una decisión. Un día cogí con las manos en la masa a aquel ladrón, le di dos puntapiés y le eché a la calle. Con él, como es lógico, se fué su simpática consorte.

Aquí comienza al primer período glacial de mi matrimonio. Grandes témpanos de hielo se acumulan sobre nosotros. Mi mujer se entristece, llora, se llama desgraciada y su amor hacia mí decrece visiblemente. Duró poco tiempo. Un mes después ocurrió la muerte de su padre. Necesitamos ir a Barcelona y con aquel grave suceso se disipó el malestar que entre nosotros reinaba. Algunos días después regresamos a Madrid. Mi mujer había heredado una fortuna considerable. Con arreglo a ella montamos nuestra existencia: alquilé un hotel en el barrio de Pozas, compramos coches y caballos, tomamos criados, etc., etc. Pero una vez instalados, mi suegra se resuelve a venir a vivir con nosotros y con ella importa a una hermana viuda que desde largos años antes habitaba ya en su compañía.

Mi matrimonio con esto entró en el período mioceno de los grandes mamíferos. Mi suegra pesa ciento seis kilos y semeja bastante bien un mastodonte. Su hermana pesa ciento diez y nueve y es un verdadero dinoterio.

Naturalmente, aunque mi casa era espaciosa, yo no cabía ya dentro de ella. El desgraciado capitán Pérez de Vargas veíase obligado a estrecharse, estrecharse, y pronto quedó convertido en un despreciable papel de fumar. Los criados no recibían ni acataban otras órdenes que las que salían de la boca de aquellos monstruos herbívoros; a mi mujer se la tragaron como una píldora. Yo no sabía ya si era en efecto Pérez de Vargas, capitán de ingenieros, o un fantasma impalpable y aéreo que se deslizaba furtivamente por las noches en el lecho de su esposa.

A grandes males grandes remedios. Un día me hallaba tan oscurecido y acongojado, tan envuelto en espesas tinieblas, que me resolví a gritar con toda la fuerza de mis pulmones: «¡Hágase la luz! Una de dos: o salen los elefantes de esta casa y se van con la música a otra parte o ahora mismo toma la puerta el capitán.»

Hubo gritos y lágrimas y formidables trastornos sísmicos. La tierra osciló bajo mis pies como un barco sacudido por la tempestad; brotaron llamas; una lluvia de cenizas cayó sobre mi cabeza; estuve a punto de ser tragado por el volcán. Sin embargo, logré escapar de tan grave catástrofe y pude respirar al cabo con libertad.

Como podrás presumir, a este período de trastornos y erupciones sucedió otro glacial muy intenso. Mi mujer no comprendía que yo tuviese necesidad de más espacio y más oxígeno que el que me dejaban sus monstruosas mamá y tía. No traté de convencerla de lo contrario. Contra el frío glacial me refugié en las cavernas, esto es, en la Peña y el Ateneo todo el tiempo que mis ocupaciones me dejaban libre. Al cabo los hielos se fueron fundiendo por sí mismos, la temperatura se hizo más agradable y pude gozar de un período de bonanza.

Hice mal, no obstante, en vivir confiado. La corteza terrestre era aún más delgada: el elemento sólido no se había afirmado y ofrecía poca seguridad. La catástrofe vino cuando menos podía imaginarlo, en el momento mismo en que mi esposa y yo nos hallábamos tranquilamente sentados en una butaca, ella sobre mis rodillas prodigándome mil caricias apasionadas. No recuerdo cómo fue; no hubo ruidos subterráneos ni relámpagos temerosos, ni aurora sangrienta; ninguno de los síntomas precursores y alarmantes del cataclismo. Éste se produjo súbitamente. Ignoro qué palabras le dije yo a propósito de cierta cuenta exorbitante de la modista que el día anterior había pagado; no sé qué palabras vivas me respondió ella; no sé qué palabras un poco más vivas le repliqué yo. Las que recuerdo con admirable precisión son las que salieron entonces de sus labios y sonaron en mis oídos como otros tantos estampidos: «Tú eres un pobre; todo lo que hay en esta casa es mío.»

—En un caso semejante—dije yo riendo—, San Juan Crisóstomo aconseja que se responda a la esposa: «No comprendo lo que dices, amada mía. Nadie puede dudar de que todo cuanto hay aquí es tuyo, porque yo mismo soy tuyo también.»

—San Juan Crisóstomo era un novato. Yo lo hice mejor. En cuanto escuché tales palabras, sin descomponerme poco ni mucho, me alzo de la butaca, voy con paso solemne a mi despacho y escribo una carta a mi casero manifestándole que desde el día siguiente tenía el hotelito a su disposición. Inmediatamente salgo de casa, me entrevisto con el más rico prendero de Madrid, le traigo conmigo, le muestro todos los muebles y se los vendo por una cantidad alzada. Busco un empresario de coches y le traspaso los míos y los caballos. Después ajusto la cuenta a los criados y los despido a todos. Inmediatamente salgo de nuevo y tomo una habitación con dos camas en una modesta casa de huéspedes. Torno a la mía: eran las seis de la tarde. Subo a la habitación de mi mujer, que se hallaba aterrada sin saber a punto fijo lo que todas aquellas marchas y contramarchas significaban, y le dirijo este elocuente discurso:

«—Querida esposa: has hecho bien en recordarme que nada de cuanto hay en esta casa me pertenece, porque lo había ido olvidando. Te pido perdón por mi falta de memoria. Lo único que aquí me pertenece eres tú y por eso es lo único que me llevo.»

Y diciendo y haciendo le tomo delicadamente la mano, la coloco sobre mi brazo y un minuto después estábamos en la calle. Quiso protestar, lloró, pidió perdón, prometió... Todo fué en vano. «Soy un modesto, pero pundonoroso capitán del ejército—le dije—y debo vivir con el sueldo que la nación me tiene asignado. Pero tú eres la honrada y fiel esposa de este capitán y debes sustentarte con lo que él gana. Lo que te pertenece por herencia pasará íntegro a tu familia si mueres antes que yo o gozarán de ello en caso contrario. El producto del mobiliario y los coches queda depositado a tu nombre en el Banco de España.»

Tres meses y algunos días permanecimos en aquella pobrecita casa de la calle de San Bartolomé. Renuncio a contarte, porque ya lo supondrás, cuanto allí pasó. Lágrimas, suspiros, profundas humillaciones, un desfile constante de deudos y amigos de la familia de mi esposa que me asediaban y me suplicaban sin cesar. Al cabo, cuando entendí que el arrepentimiento era sincero y profundo y que no volveríamos a empezar, me avine generosamente a abandonar el catre y los garbanzos de la casa de huéspedes para instalarme en el hotel que hoy habito en la Castellana y que pongo a tu disposición. Con esto los hielos se retiraron velozmente hacia las regiones boreales; reina en mi hogar una temperatura deliciosa; los campos se vistieron de una flora casi tropical, y en cuanto a la fauna... ya lo ves, está representada por esta galguita, a la que mi mujer y yo mimamos a porfía.

—¿Y tu suegra?

—Mi suegra, hoy por hoy no es más que un cetáceo inofensivo... Ya te hablaré otra vez porque están saliendo de misa. Ven a verme. De tres a cinco estoy siempre en casa.

En lo alto de la escalera de San José apareció la gallarda figura de la señora de Pérez de Vargas. Era una hermosa mujer vestida con refinada elegancia. Derramó una mirada inquieta y escrutadora por la calle y al divisar a su marido su rostro se dilató con una sonrisa tan dulce y afectuosa que instantáneamente quedé persuadido de que el capitán Pérez de Vargas sabía mucho más que San Juan Crisóstomo en achaques matrimoniales.

III. MÁS TRAVESURAS DE MI AMIGO PÉREZ DE VARGAS

Algunas días después me decidí a hacer una visita a Pérez de Vargas. El hotel en que habitaba era una espléndida mansión y el tren de su vida verdaderamente fastuoso.

Un criado con chaleco rojo y corbata blanca me introdujo en un despachito tan primorosamente decorado, que más parecía el saloncito de una dama que el escritorio de un hombre de ciencia. Contiguo a él había un vasto salón dedicado a biblioteca.

Pérez de Vargas me recibió con extremada alegría. Vestía traje de casa un poco fantástico, como sólo se autorizan aquí los artistas. Cuando hubimos charlado breves momentos de cosas indiferentes y me hubo mostrado su biblioteca, que era verdaderamente excepcional, tanto por la instalación como por el número de volúmenes, me dijo:

—Espero que me permitirás cambiar de traje, pues algunos amigos vendrán dentro de poco a tomar el té con nosotros...

Quedó algunos instantes silencioso y añadió al cabo sonriendo:

—Tú te quedarás también y pasarás un rato divertido. Es una broma que voy a dar a mi suegra, que llegó ayer de Barcelona a pasar unos días con nosotros. Ya sabes que aquí cerca viven los chinos de la Embajada que reside temporalmente en las principales capitales de Europa.

En efecto, yo conocía su hotelito y los había visto repetidas veces en la calle ataviados con su traje nacional y su coleta. En aquel tiempo los chinos no se habían decidido a trocar su típica indumentaria por la nuestra. Uno de ellos llamaba extraordinariamente la atención de los transeuntes por su talla gigantesca y por la fealdad inverosímil de su rostro. Era el secretario, según mis noticias.

Pérez de Vargas hacía unos días que había entrado en relación con ellos y me hizo un elogio caluroso de su discreción y cortesía.

—El embajador es una excelente persona, un político muy respetado en su país, bondadoso, instruído; pero el secretario... el secretario es un sabio.

—¿Quién? ¿Aquel gigante feo marcado por la viruela?

—El mismo. Es original del Tibet, de raza tártara, y ha sido educado en Calcuta. No sólo habla el inglés como su propio idioma sino el francés y español con bastante soltura. Es doctor en medicina, pero sus aficiones son varias y su lectura inmensa. Conoce la moderna literatura europea como cualquiera de nosotros.

Pérez de Vargas se extendió considerablemente en el elogio de aquel extraño personaje excitando mi curiosidad. Después me explicó cómo había sido presentado a los chinos y había ido a tomar el té en la Embajada dos o tres veces.

—Hallé su compañía en extremo grata. La cortesía de los chinos es proverbial y tan exagerada que para nosotros resulta ridícula. Ninguno permanece sentado cuando alguno de los presentes se pone en pie con cualquier motivo. Esta ceremonia termina por hacerse enfadosa, pues nos obliga a no movernos de la silla. Al revés de nosotros los europeos, estos orientales jamás hablan de sí mismos como no se les pregunte, y en cambio, manifiestan vivo interés, natural o afectado, por lo que atañe a los demás. No imagino medio más seguro para hacerse simpático en el mundo. Sin embargo, no he podido menos de observar cierta inquietud y embarazo en sus ademanes, que por lo que vine a entender depende de un sentimiento de temor de ser menospreciados. Piensan al parecer, y no andan descaminados, que los tenemos por un pueblo bárbaro aún y que sólo por condescendencia nos avenimos a tratarlos como iguales. Esta idea les roe el corazón y para sacudirla de sí afectan hallarse al corriente de todos los usos y ceremonias del mundo civilizado. Sus recepciones y sus tes son exactamente iguales a los que se dan en cualquier otra casa particular española: los criados, el servicio, el mobiliario, todo igual y flamante. Te confieso que este sentimiento de humillación, que se les trasluce, me apena y que desde luego hice cuanto me fué posible por desvanecerlo, mostrando respeto y estimación, no solamente a sus personas, sino también a su país. Con esto tuve la fortuna de hacerme simpático y me lo demuestran por cuantos medios están a su alcance. Hoy, por primera vez, les he invitado a tomar el té en mi casa. No he dicho nada a mi mujer ni a mi suegra para divertirme un poco a su costa, sobre todo de esta última, que no los conoce siquiera de vista.

Martín me invitó a pasar a su dormitorio; hizo sonar un timbre y vino su ayuda de cámara, que en mi presencia le ayudó a vestir. Después me llevó al salón, donde ya estaban su mujer y su mamá política, a las cuales me presentó en términos excesivamente lisonjeros. Pero con ellas se hallaba un viejo general, vecino y gran amigo de la familia, acompañado de su hija. Su presencia contrarió bastante a mi amigo, según me hizo saber en voz baja. Este general era una bellísima persona, pero de mayor corazón que inteligencia: cariñoso en el fondo y brusco en las formas, de ideas conservadoras intransigentes, muy religioso, muy bravo y muy apegado a las costumbres y tradiciones de nuestro país.

En efecto, la visita de tal caballero no podía resultar oportuna en la presente ocasión y comprendí la inquietud de Pérez de Vargas.

Como éste tenía ya advertidos a los criados, poco tiempo después de hallarnos reunidos en el salón, uno de ellos levantó la cortina y profirió en voz alta y solemne:

—El señor Embajador del Imperio chino.

El embajador, su secretario y dos agregados penetraron gravemente en la sala haciendo reverencias a la europea. Pérez de Vargas se apresuró a salir a su encuentro y los presentó con toda ceremonia a su esposa, a su suegra y luego al General, a su hija y a mí.

La sorpresa de las señoras fué grande, pero sobre todo la estupefacción de la mamá no tuvo límites y temí por un momento que se pusiera enferma. Quedó pálida, sobrecogida, y cuando su yerno le fué presentando a sus nuevos amigos, no supo qué decir ni hacer otra cosa que abrir los ojos desmesuradamente.

Pasada la primera impresión, que los chinos fingieron no advertir, porque ya estaban acostumbrados a producir tal efecto, nos sentamos y departimos un rato y la anciana señora se fué serenando.

Poco después los criados entraron con sendas bandejas y algunas mesillas volantes y la bella esposa de Pérez de Vargas nos sirvió el té.

Pero los temores que mi amigo me había manifestado no tardaron en verificarse. Porque el General, que conocía a los chinos de vista, como todo Madrid en aquella época, apenas se dignó corresponder a los muchos y reverentes saludos que le hicieron cuando aquél se los presentó, mostrando con sus pocas y bruscas palabras y con todos sus ademanes que no respetaba mucho su Embajada ni los consideraba casi dignos de alternar con la buena sociedad española.

Con esto el embarazo y la timidez de los chinos subió de punto, y Martín, advirtiéndolo, trató de hacer ver al General de un modo indirecto que no se las había con salvajes como parecía presumir, sino con hombres bien cultos y civilizados.

Después de tomar el té quedamos colocados en la siguiente forma: el Embajador acomodado en un sillón y el General frente a él en otro; el Secretario se sentó en el sofá y Pérez de Vargas y yo también; los dos agregados, en sillas próximas a nosotros. En el rincón opuesto del salón, instaladas en lindas butaquitas de colores brillantes, charlaban la hija del General, la señora de la casa y su mamá. Pero esta última no parecía estar muy embebida en la conversación, porque apenas apartaba los ojos del Secretario, que por su estatura y su fealdad sin duda le inspiraba horror.

—¿De suerte que usted, antes de venir a Europa como secretario de la Embajada, ha servido en la administración de Pekín?—le preguntaba Pérez de Vargas con el objeto ya indicado.

—Sí, señor; he servido en algunas provincias como oficial subalterno. Después pasé a Pekín y fuí empleado en la secretaría imperial y allí conocí al señor Embajador y cuando éste fué nombrado presidente del Hingpon, que es el supremo tribunal encargado de los asuntos criminales, me llevó consigo.

—¿Pero allá en su tierra hay tribunales?—preguntó bruscamente y sonriendo el General.

El Secretario le miró estupefacto.

—¿Que si hay tribunales? Lo mismo, señor, que en todos los países civilizados. Hay un supremo tribunal, que semeja a vuestro ministerio de Gracia y Justicia, con diez y ocho divisiones, que corresponden a las diez y ocho provincias del Imperio, encargadas de los asuntos criminales de cada provincia. Hay además, un Cuerpo de inspectores, un Consejo que prepara las ediciones del Código penal...

—Yo tenía entendido que allá juzgaban ustedes a los criminales de cuclillas en una estera, les mandaban dar tantos o cuantos palos... y en paz.

El Secretario se inmutó visiblemente, se puso más pálido de lo que era y con esto su fisonomía adquirió un grado de fealdad inconcebible. El Embajador, que apenas conocía el español, no se dió cuenta cabal de aquellas palabras ultrajantes; pero advirtiendo la alteración del Secretario comprendió que se les había ofendido y manifestó señales de abatimiento. Pérez de Vargas estaba verdaderamente corrido y maldiciendo sin duda del momento en que a su agresivo vecino se le había ocurrido venir a visitarles.

El Secretario se mantuvo silencioso algunos instantes haciendo esfuerzos por serenarse y luego principió a hablar en tono firme y reposado de esta manera:

—Desde hace más de tres mil años, esto es, desde el tiempo en que el Occidente se hallaba sumido en la más completa barbarie, el Celeste Imperio es un país civilizado donde funcionan regularmente los tribunales, donde hay una Administración prudente y sabia que provee a todas las necesidades de la vida social. Existe un fuerte poder central necesario para dar unidad a un Imperio que cuenta hoy con cuatrocientos millones de súbditos; pero este poder absoluto asumido por el gran emperador está templado por las costumbres que en China tienen una influencia decisiva. El emperador es para nosotros un gran padre de familia. Su autoridad la delega a sus ministros, que transmiten sus poderes a sus subordinados y así se va extendiendo gradualmente hasta los grupos de familia, donde los padres son los jefes naturales. La familia es el tipo por donde se modela la vasta administración del Imperio. Además, el gran contrapeso que tiene entre nosotros el poder imperial consiste en la corporación de literatos, que existe igualmente desde hace tres mil años. El emperador no puede elegir sus agentes civiles más que entre los literatos y conformándose a las clasificaciones establecidas por el concurso. Todos los chinos tenemos derecho a desempeñar los cargos del Imperio, hasta los más altos, con tal que demostremos nuestra suficiencia en los diferentes exámenes que vamos sufriendo y obtengamos el diploma necesario. Porque en China no existe una aristocracia como ha existido siempre en el Occidente, que vincula para sí los puestos civiles y militares. Nuestra sola aristocracia, o clase privilegiada, la constituye la corporación de los literatos, que se recluta cada año por medio de los exámenes. No existen títulos hereditarios sino para los miembros de la familia imperial; pero estos títulos sólo les da derecho a una módica pensión y a gastar como distintivo un cinturón rojo. Ni aun tienen derecho a desempeñar los cargos públicos sino después de haber sufrido los exámenes y haber obtenido el diploma necesario como cualquiera de nosotros. Los títulos y los honores que un hombre por su mérito ha logrado adquirir no los heredan sus hijos, sino sus padres...

El General, al oír esto, soltó una insolente carcajada.

—¡Hombre, no deja de tener gracia! Ya me habían dicho que los chinos lo hacen todo al revés, que principian a comer por los postres y concluyen por la sopa.

El Secretario quedó un instante acortado, pero siguió su discurso dirigiéndose siempre a Pérez de Vargas:

—Ya he dicho que todo nuestro sistema político se modela por el tipo de la familia. El respeto a los padres es el más poderoso resorte de nuestra vida y como estamos obligados a tributárselo aún después de muertos por medio de ciertos ritos y ceremonias fúnebres no podríamos hacerlo de un modo decoroso suponiendo que nuestros antepasados se hallaban colocados más bajos que nosotros en la escala social... Por lo demás, convengo en que nuestras costumbres son muy diversas de las de Europa, pero tienen su razón de ser. La vida no es tan mala allá como aquí se supone. No diré que existen los refinamientos de las naciones occidentales, pero vivimos mejor y con más comodidades que gozaban los europeos hace cien años. El Imperio, con ser tan vasto, se halla cruzado de un cabo a otro por magníficas carreteras y lo surcan un número considerable de canales que ponen en comunicación los dos grandes ríos que lo atraviesan, el río Amarillo y el río Azul. Todo nuestro país está cultivado como un jardín y su población en el centro es más densa que la de Bélgica...

—La China es un país bárbaro donde se asesina a los cristianos y se martiriza a los misioneros—profirió de mal talante el General.

—«El malvado que persigue a un hombre de bien es semejante al insensato que escupe al cielo», dice el Buda en sus enseñanzas. Los chinos se guardarían de contristar el corazón de los cristianos que son hombres de bien, si para ello no hubiera un motivo poderoso. Pero es menester que la verdad sea separada del error. La religión cristiana ha gozado repetidas veces de los beneficios celestes del gran Emperador y si ha sido perseguida en ciertas ocasiones débese, más que a otro motivo, a la arrogancia misma de los cristianos, que no han sabido mantenerse en los límites de la moderación y la prudencia. La China es el país más tolerante de la tierra en materia de religión. Un súbdito chino puede ser, a su capricho, discípulo del Buda, de Confucio o de Mahoma. Si no ha podido serlo de Cristo alguna vez se debe a que hemos sospechado con razón que los misioneros cristianos no venían al Oriente con un fin puramente religioso, sino que eran agentes de sus Gobiernos para introducirse y preparar la conquista. ¿No hemos visto a los españoles en las islas Filipinas, a los holandeses en Java, a los ingleses en todas partes? Es natural que nos defendamos. Cuando en los comienzos del siglo anterior el gran emperador Youngtching proscribió la religión cristiana que su antecesor había permitido, tres misioneros de ustedes fueron a suplicarle que revocase el edicto. El gran Emperador, perfectamente enterado de todo, les respondió: «Yo he proscrito vuestra religión de mi Imperio, porque he sabido que algunos de vosotros querían aniquilar nuestras leyes y sembraban el espíritu de rebelión en los pueblos. Vosotros pretendéis que todos los chinos se hagan cristianos, y vuestra religión, al parecer, así lo exige; pero si así sucediese, pronto seríamos todos nosotros súbditos de vuestros reyes. Los cristianos que vosotros hacéis no reconocen más autoridad que la vuestra. En tiempo de revolución no escucharían más que a vosotros... Ya sé que por ahora nada hay que temer, pero vendrán vuestros barcos por cientos y luego por miles y entonces todo se puede esperar. Habláis mucho de tolerancia y la pedís y la exigís, pero ¿qué diríais si yo enviase a vuestro país una partida de bonzos y de lamas a predicar su ley? ¿Cómo los recibiríais vosotros?»

—¡A puntapiés, y con razón!—exclamó el General—. ¡Tendría gracia que viniesen a predicarnos religión y moral unos hombres ignorantes que viven poco menos que en el estado salvaje, sin ferrocarriles, sin telégrafos, sin ejército regular, sin Marina y que se mantienen con algunos granos de arroz!

El Secretario sonrió tristemente y repuso con calma:

—Es verdad; los hombres de Occidente pueden gloriarse de haber dado pasos gigantescos de cien años a esta parte. ¿Pero es todo gigantesco y digno de admiración en Europa? Entre nosotros se inculcan a los niños desde su más tierna edad las reglas de la urbanidad de tal modo, que aun los rústicos campesinos y los obreros se tratan entre sí con un respeto y una cortesía, que aquí no observo ni en las clases más elevadas. Habéis adelantado mucho en el dominio de la naturaleza exterior, pero la interior no pocas veces ha quedado intacta. Tenéis mayores comodidades que nosotros, ¿pero sois más felices? En los años que llevo en Europa observo en la mayoría de las personas un deseo jamás satisfecho de algo más, un afán y un ardor que turba su existencia como si ésta fuese siempre provisional. No se goza aquí del presente. Se diría que todos tienen ganas de morir. Allá en nuestro país el segundo libro clásico que en las escuelas nos hacen estudiar tiene un título que en español significa El invariable medio. Este libro se halla basado sobre el principio fundamental de que toda exageración es nociva para la felicidad y que en el medio armónico se halla la fuente del bien, de la verdad y de la belleza. Tal principio parece desconocido en Europa y acaso por eso he hallado aquí más hombres desgraciados que en China. «Tratar ligeramente lo principal—dice Confucio—y seriamente lo secundario es un modo de obrar que jamás se debe seguir.» La gran superioridad que las naciones occidentales han adquirido sobre nosotros desde hace un siglo no consiste en otra cosa, si bien lo examináis, que en haber encontrado y haber utilizado dos fuerzas naturales: el vapor de agua y la electricidad, merced a las cuales fabricáis pronto y bien una multitud de objetos, os alumbráis, os comunicáis y os trasladáis de un punto a otro. Este adelanto es puramente exterior. Para ponerse a vuestro nivel bastan pocos años. El Japón ha comenzado ya a marchar y antes de mucho será tan civilizado, en el sentido que aquí se da a la palabra, como vosotros. Los chinos, más apegados a nuestras costumbres y a nuestros antiguos procedimientos industriales, nos mostramos más reacios, pero al cabo también copiaremos vuestra civilización. Tendremos ferrocarriles y telégrafos, navíos de guerra y máquinas y armas primorosas... ¿Y entonces qué sucederá? ¡Ah! entonces puede suceder que la vieja China se acuerde de los agravios que le habéis hecho, de las crueles humillaciones por donde nos hacéis pasar, de vuestros latrocinios, de vuestros desprecios... Somos cuatrocientos millones y más disciplinados que los europeos y tenemos menos miedo a la muerte porque nos educan en el desprecio de ella; somos sobrios y astutos y sufridos...

El Secretario, que había dado señales de agitación al pronunciar las últimas palabras, se alzó del sofá.

—¡Ah, entonces, quién sabe!—continuó—. Ahora nos dicen en las escuelas los maestros: «Mostraos sumisos, bajad vuestra cabeza hasta la tierra, apretad vuestro corazón y haceos pequeños.» Pero entonces quizá alguno nos diga: «Levantad la cabeza porque sois hijos del Cielo, ensanchad vuestros corazones, haceos grandes, acordaos de vuestros padres... No faltará, no, quien haga la señal... ¡Ah! entonces os gritaremos como los ministros inferiores de la justicia gritan allá en China a los acusados cuando entran en la sala del tribunal: «¡Temblad! ¡temblad! ¡temblad!»

—¡Socorro!—gritó la suegra de Pérez de Vargas lanzándose hacia la puerta.

Su esposa y la hija del General la siguieron presas igualmente de terror pánico. No tenía nada de extraño. La estatura, la fealdad, la voz formidable y el ademán airado del Secretario eran bien capaces de infundir grima a cualquiera.

Acudimos inmediatamente en su auxilio para tranquilizarlas. Los chinos, asustados, se alzaron del asiento. El Secretario, pálido, inmóvil como una estatua, no sabía qué hacer ni decir, mientras el General se desternillaba de risa en la butaca lanzando nuevas carcajadas.

Al cabo logramos sosegar a las señoras y las redujimos a que volvieran al salón. El desgraciado Secretario comenzó a balbucir excusas, y ellas también. Todos estaban avergonzados, pero muy particularmente aquél, como debe suponerse.

El Embajador dió al fin la señal de partida y nuestros chinos se despidieron sensiblemente humillados, aunque por su parte Pérez de Vargas hizo los mayores esfuerzos por disipar su molestia.

IV. UN HOMBRE DEMASIADO FELIZ

Cuando la adversidad se empeña en perseguir a un hombre, todo el mundo sabe que no ceja hasta dar buena cuenta de él. Lo que muy pocos saben es que otro tanto sucede cuando la dicha se propone favorecerle.

Este fué el caso de mi amigo Pérez de Vargas.

Quince o veinte días después de la singular aventura de los chinos, recibí de él una tarjeta anunciándome su partida para los Estados Unidos, adonde le llevaba un asunto de interés. Este asunto, como pude enterarme pronto, era el fallecimiento de un tío de su esposa que había muerto dejándola por única y universal heredera.

La herencia era colosal, según comenzó a susurrarse. Unos hablaban de doce millones de dólares; otros la hacían subir a veinte; y había alguno, puesto a disparatar, que no paraba hasta los cuarenta.

De todos modos se trataba de una fortuna verdaderamente fantástica.

Pocos meses después el afortunado Pérez de Vargas y su esposa arribaban a la bahía de Vigo en un soberbio yacht que reunía, al decir del corresponsal gallego de un periódico de la corte, «la mayor suntuosidad y las más exquisitas y refinadas comodidades que pueden verse en esta clase de navíos».

En cuanto se trasladó a Madrid comenzó a ostentar un lujo escandaloso. Porque el amigo Pérez de Vargas era por temperamento liberal y magnífico. Trenes a la Dumont, fiestas espléndidas, palco en todos los teatros, cacerías, banquetes, etc., etc.

Los revisteros de salones sudaban tinta describiendo tanta opulencia.

Fué en esta ocasión cuando los españoles se enteraron de que Pérez de Vargas era un sabio. Salieron a relucir sus trabajos geológicos, sus libros, y se hicieron de ellos hiperbólicos elogios, aunque nadie los había leído ni pensaba en leerlos.

Naturalmente, la Academia de Ciencias le abrió de par en par sus puertas.

Tengo la satisfacción de declarar que, en medio de tanta grandeza, no me olvidó por completo. Repetidas veces me envió su tarjeta invitándome ora a una garden-party, ora a una comida o a un baile. Como el brillo me ofusca y no me agradaba encontrarme en medio de tanto y tanto personaje, rehusé siempre estas invitaciones. Porque la casa de Pérez de Vargas fué durante aquel invierno el sitio de moda donde se daba cita la sociedad más ilustre de Madrid.

Sin embargo, Pérez de Vargas no estaba satisfecho de su casa. Le parecía que ya no cabía dentro de ella. En su consecuencia, determinó edificar otra más amplia, un grandioso palacio en el ensanche de Madrid.

Por esta época fuí a visitarle una mañana. Me dijo que mientras la casa se construía pensaba dedicarse a viajar. Le hallé un poco distraído y agitado. No me sorprendió, pues tantos millones eran bien capaces de marear la cabeza más sólida.

En efecto, salió de Madrid pocos días después acompañado de su esposa, algunos criados y dos o tres parásitos que le servían de secretarios. En un año no se volvió a oír hablar de él. Viajó por Europa y una parte del Asia. Tuve conocimiento de que había estado en la India y había cazado tigres por una fotografía que me envió en traje de musulmán con uno de estos animalitos muerto a sus pies.

Al cabo del año, poco más o menos, se presentó de nuevo en Madrid cargado de objetos raros y preciosos y de una colección de cuadros que desde luego se consideró por los inteligentes como la más rica que un particular poseyera hasta entonces en España. Además, había escrito un libro acerca de sus viajes y lo publicó inmediatamente, revelándose como un escritor ingenioso y ameno. Se hicieron de este libro dos ediciones: una de lujo, otra barata, y las dos se agotaron rápidamente.

Su palacio estaba terminado. En alhajarlo se tardó todavía algunos meses, pero al cabo resultó una maravilla de suntuosidad y buen gusto. Comenzaron de nuevo las fiestas y a la primera de ellas asistieron los reyes en persona. No se habló de otra cosa en Madrid durante algunos días. Se dijo que sólo en flores se había gastado una suma fabulosa. El rey le concedió el título de conde del Malojal, una finca que poseía no muy lejos de Madrid. Poco después fué elegido diputado por un distrito de la provincia de Sevilla.

Yo no asistía a sus famosos saraos, como he dicho, pero una que otra vez iba a sorprenderle por la mañana. Hallábale siempre cordial y afectuoso, charlábamos placenteramente y recordaba con entusiasmo los buenos tiempos en que repasando nuestras asignaturas nos quedábamos dormidos de bruces sobre la mesa, aunque para evitarlo habíamos ingerido unas cuantas tazas de café puro. Yo no podía menos de sonreír oyéndole calificar de buenos aquellos tiempos. ¡Como si los que ahora atravesaba fuesen malos!

No obstante, su rostro no dejaba traslucir tanta prosperidad como en poco tiempo se había amontonado sobre su vida. Si he de decir la verdad, le hallaba más grave y un poco distraído y fatigado. Se me ocurrió que podría experimentar algún desabrimiento en el seno de su familia; pero muy pronto deseché tal idea. No tenía hijos y su encantadora esposa estaba profundamente enamorada de él. Lisonjeado por grandes y pequeños, rodeado de un respeto sincero, no sólo a causa de sus inmensas riquezas, sino igualmente por su reputación de sabio. Nada, pues, le faltaba. Por fin, leí en los periódicos que el rey le había hecho merced de la grandeza de España añadida a su título de conde.

Al día siguiente recibí de su puño y letra el siguiente billetito:

«Querido Angel: ¿Quieres venir a comer mañana conmigo para celebrar la flamante grandeza? Se trata de una comida íntima. Sólo unos cuantos viejos amigos como tú. Ninguna señora más que la de la casa. Traje de calle. A las ocho. Creo que esta vez no rehusarás.—Martín.»

Claro está que no podía rehusar. Aunque receloso siempre, y si he de confesar la verdad un poco cohibido, entré en su palacio a las ocho en punto. Un criado con librea y calzón corto me condujo hasta un salón donde ya estaban reunidos con los dueños de la casa los quince o veinte invitados.

En efecto, Pérez de Vargas no me había engañado. Ninguno vestía traje de etiqueta y por lo que pude entender la mayoría de ellos eran oficiales del ejército. Pérez de Vargas hacía ya tiempo que había pedido la licencia absoluta, pero no dejaba de considerarse como militar y mantenía las mismas relaciones de afectuoso compañerismo con los jefes y oficiales de su tiempo. Nos dijo riendo que había tenido particular empeño en invitar solamente a aquellos amigos a quienes tuteaba. A más de estos militares había algunos paisanos como yo, un escultor famoso, un abogado, dos catedráticos y un agente de Bolsa.

Mi amigo Martín parecía hallarse extremadamente alegre. No obstante, como hacía ya más de dos meses que no le había visto, me sorprendió su palidez y el círculo oscuro que rodeaba sus ojos. No quise preguntarle si había estado enfermo por no alarmarle en caso negativo, pero no dejé de sospecharlo.

Después de un corto rato de conversación, pasamos al comedor. La hermosa señora de Pérez de Vargas, que vestía con elegancia, aunque sin ostentar joya alguna, tuvo la amabilidad de sentarme a su izquierda. Desde el comienzo reinó la mayor alegría y cordialidad. Contra lo que esperaba, me hallé completamente libre y a mi gusto. Todos aquellos señores eran personas sencillas y de buen temple. Se comió, se bebió y se rió como en un festín de Homero.

He oído afirmar más de una vez que no hay fiesta española donde al final no aparezca una guitarra. Es una especie grosera y calumniosa. Podrá ser esto cierto en Andalucía, pero en el resto de España nadie que estime la verdad osará sostenerlo.

Lo único que surge indefectiblemente en toda la península ibérica es un orador. Entiéndase como cantidad mínima.

El que nos tocó en suerte en la ocasión presente fué un comandante de caballería original de Badajoz. Era un hombre risueño y feliz. Parecía gozar con todas las cosas de este mundo, pero muy particularmente con sus propias ideas, a juzgar por la satisfacción con que las dejaba fluir de sus labios. Su palabra era pintoresca, pero tan débil de complexión que necesitaba apoyarse a cada instante en la muletilla «¿estamos, señores?» para no caer.

Otros oradores he conocido que se apoyaban, no en una, sino en dos muletas y, no obstante, así cojeando han llegado hasta el banco azul.

Después de dirigir algunos requiebros subidos de color a la señora de la casa, que tomó el partido de ruborizarse por no verse en el caso de tirarle un tenedor a la cabeza, vino a explicarnos cómo nuestro amigo Pérez de Vargas era un barbián en toda la extensión de la palabra, pariente cercano de María Santísima, que donde ponía el ojo ponía la bala. Por lo tanto, él no se sorprendería demasiado de que un día tuviese el capricho de encajarse una mitra en la cabeza, a pesar de hallarse casado, y obtuviera con aplauso de todos el arzobispado de Toledo. Después de este vaticinio bárbaro y temerario se sentó riendo y todos los demás por complacerle hicimos coro a sus carcajadas.

Otros dos oradores, el uno militar, el otro paisano, que le siguieron en el uso de la palabra, se expresaron en el mismo sentido. Que si la suerte, que si el destino, que si la estrella, etc., etc.

Pérez de Vargas, que había escuchado sus discursos con ostensible displicencia y aun pudiera decir mal humor, se levantó por fin a hablar.

«En efecto, mis queridos amigos, la felicidad ha tomado la resolución de perseguirme con verdadero encarnizamiento. Sobre muy pocos hombres en este mundo habrán llovido tantas prosperidades en menos tiempo como sobre mí. Vosotros conocéis muchas de ellas, pero no todas, y acaso las que no conocéis—añadió dirigiendo una mirada a su esposa—sean las más dulces y penetrantes. A la hora presente disfruto una reputación de sabio superior a mis méritos y que no había soñado alcanzar. Menos aún había pensado en obtener la gloria literaria y por un azar, incomprensible también, me la ha otorgado generosamente el público. Una fortuna cuantiosa me coloca en situación de satisfacer, no sólo mis deseos sino hasta mis caprichos más fantásticos. Me han gustado las obras de arte y poseo la más notable colección de cuadros y objetos preciosos que un particular puede adquirir en España. Quise viajar y he recorrido el mundo en un barco propio y con todas las comodidades apetecibles. Soy aficionado a los libros y mi biblioteca cuenta hoy más de veinte mil volúmenes. Me han apasionado los caballos y sabéis que no hay nadie en Madrid que los posea mejores. Me seduce la caza y he tenido la suerte de cazar osos en Rusia y tigres en la India. Gozo de una perfecta salud, soy conde, soy grande de España, soy académico, soy diputado, mis amigos me quieren, los sabios me estiman, el público me respeta, los reyes vienen a mi casa. ¿No es cierto, queridos amigos, que debe existir a mi lado una hada benéfica y complaciente encargada de satisfacer mis deseos? Apenas nace uno en mi mente, hace vibrar su varita mágica y el capricho se cuaja en el espacio y se transforma en realidad. Soy un Midas moderno que convierte en oro cuanto toca con sus manos... Soy el hombre más feliz de la tierra... Pues bien, amigos míos, soy al mismo tiempo el más desgraciado... No puedo con tanta felicidad... Estoy verdaderamente abrumado... ¡No puedo más! ¡no puedo más!... ¡no puedo más!»

Con gran sorpresa le vimos ponerse rojo y pronunciar estas últimas palabras con creciente exaltación, casi gritando. Sus ojos brillaron siniestros y extraviados y tomando los platos que tenía delante los estrelló furiosamente contra el suelo. Hecho lo cual se precipitó a la puerta y salió del comedor.

Puede cualquiera imaginarse la estupefacción de todos nosotros ante aquel arrebato inaudito. Hubo unos instantes de silencio. El comandante orador soltó una carcajada.

—¡Vaya un vino guasón que tiene nuestro amigo Pérez de Vargas!

Pero los demás no reíamos. Su esposa había salido detrás de él. Al cabo de unos momentos volvió con las mejillas inflamadas y los ojos enrojecidos a decirnos que su marido se hallaba indispuesto. En nombre suyo nos pedía encarecidamente perdón.

Todos nos apresuramos a tranquilizarla no dando importancia alguna al suceso. Era el parecer unánime que sólo se trataba de una exaltación momentánea producida por el alcohol. Con un poco de bromuro y algunas horas de reposo todo quedaría disipado.

Sin embargo, yo salí tristemente impresionado de aquella casa.

V. CÓMO SE REGENERÓ MI AMIGO PÉREZ DE VARGAS

Por desgracia, las sospechas, que yo había concebido la noche en que festejamos la grandeza de España otorgada a Pérez de Vargas, se verificaron.

No fué la influencia del alcohol la que determinó aquella singular escena, como pensaron unánimemente sus invitados, sino la enfermedad nerviosa que en él venía incubando desde hacía algún tiempo. Fuí al día siguiente a enterarme de su estado, pero no pude verle. Su esposa me envió una tarjeta haciéndome saber que, según la opinión de los médicos, Martín sufría una neurastenia aguda y que pensaba trasladarse al campo por una temporada.

Tampoco creí por completo en la neurastenia. Sin duda existía una dolencia física, pero ésta era consecuencia de una depresión moral que yo había observado las últimas veces que había tenido ocasión de hablarle.

Pérez de Vargas era un hombre de elevada inteligencia y excelente corazón. Las riquezas y prosperidades de toda suerte acumuladas sobre él en tan poco tiempo le inquietaban, como sucede siempre que entra algo anormal en nuestra existencia. Este sentimiento de temor, unido al hastío, era lo que había originado la crisis a que habíamos asistido. Tal fué, por lo menos, mi opinión entonces.

Cuando regresó del campo fuí a verle. Le hallé perfectamente tranquilo y de mejor color, pero grave y triste. Había desaparecido aquella alegría ruidosa que le caracterizaba, aquel donaire y agudeza que siempre habíamos admirado en él. Nada de proyectos magníficos ni de fiestas o cacerías. Hablamos de política y literatura. Me pareció que en aquellos últimos tiempos se había dedicado a la lectura de filósofos y místicos.

Otras dos veces fuí a visitarle, pero no le encontré o no quiso recibirme. Por lo tanto me abstuve en adelante de acercarme a su casa. Algún tiempo después tropecé casualmente en la calle con uno de sus parientes, a quien conocía, y me dió de él noticias poco halagüeñas. Martín había comenzado a ofrecer señales de perturbación mental. No solamente había suspendido sus fiestas y recepciones, pero no quería tampoco asistir a los de sus amigos; se negaba igualmente a hacer visitas; había cortado toda comunicación con el mundo aristocrático donde antes tanto figuraba; redujo sus gastos personales de un modo repugnante, no por avaricia, si no por ciertas ideas extravagantes que repentinamente le habían acometido: pasaba la vida leyendo y sólo salía por la noche.

Todo aquello, en verdad, no me parecía suficiente para calificar de perturbado a mi amigo. El sujeto que me comunicaba las noticias era un joven evaporado, para el cual huir del mundo y abstenerse de sus placeres poseyendo gran fortuna era una monstruosa locura. Sin embargo, poco más tarde supe que las extravagancias de Pérez de Vargas habían subido tanto de punto que se hallaban ya vecinas de la demencia si no la habían alcanzado por completo.

Me dijeron que había hecho desaparecer los muebles suntuosos de su habitación y los había reemplazado con unos cuantos miserables trastos, sin cortinas ni tapices, que se alimentaba de un modo grosero e insuficiente, que él mismo se aderezaba la comida y se la servía, que vestía de un modo indecoroso hasta el punto de haberle visto en las afueras de Madrid sin corbata y calzando alpargatas, que sólo frecuentaba el trato de la plebe y huía de sus amigos.

Su pobre mujer estaba aterrada: pasaba la vida llorando. Al cabo, no pudiendo sufrir más tiempo aquel ridículo estado de cosas y cediendo a la presión de sus parientes y amigos, consintió en que Martín fuese trasladado a una casa de salud fuera de España.

Antes de que tal resolución pudiera tener efecto, Pérez de Vargas desapareció repentinamente de su casa.

Se dijo que había dejado escrita una larga carta dirigida a su esposa; pero ésta no quiso comunicarla con nadie. Quizá por virtud de tal carta se abstuvo de dar parte a las autoridades y hacerle buscar por medio de la Policía. Sin embargo, privadamente realizó muchas y activas diligencias, empleando varios agentes, no perdonando medio alguno para averiguar su paradero.

Todo fué inútil. Ninguna de sus pesquisas dió resultado alguno. En las tres o cuatro visitas que le hice la hallé siempre abatidísima, pero no dejó escapar palabra alguna que redundase en desprestigio de su marido. Aquella noble reserva confirmó la opinión que de su carácter tenía formada.

Así transcurrieron algunos meses. Ya todo Madrid se había olvidado de tan extraña aventura cuando he aquí que recibo la noticia de que Pérez de Vargas había llegado, o por mejor decir, le habían traído a su casa gravemente herido. Me personé inmediatamente en ella, pero no pude verle. Me enteraron de que se hallaba un poco aliviado. Supe que sus heridas no eran de cuchillo ni de arma de fuego, sino la fractura de dos costillas y grandes contusiones en diferentes partes del cuerpo. Más tarde averigüé que estas heridas le habían sido hechas en una pelea o motín popular, lo cual, como puede comprenderse, me causó viva sorpresa.

Traté de penetrar aquel misterio, aunque sin resultado. Nadie sabía la verdad: todo se volvía conjeturas.

Su esposa, a la cual pude ver al cabo, nada me dijo respecto al particular ni yo osé hacerle pregunta alguna. La encontré alegrísima; me enteró de que Martín se hallaba fuera de cuidado y en vía de rápida curación; quizá no se pasarían muchos días sin que pudiera recibirme.

No se verificó tal promesa. Antes de que pudiera o quisiera dejarse ver, salieron ambos esposos para el Extranjero y tardaron bastantes meses en regresar.

Bien comprendí que aquel viaje inopinado obedecía a la vergüenza y embarazo que le causaba a mi amigo el presentarse nuevamente en sociedad. A su vuelta todo se había olvidado o por lo menos afectaba olvidarse. Se daba por sentado entre los amigos que el conde de Malojal había padecido una neurastenia grave de la cual ya, felizmente, estaba curado.

Yo fuí uno de los primeros en verle y experimenté gran contento al hallarle como antes alegre y locuaz: la misma vena de humor satírico: idéntico temperamento afectuoso.

Restableció su antiguo tren de vida lujoso y pudo vérsele en todas partes feliz, generoso y espléndido como siempre lo había sido. Sin embargo, aunque no dejó de ofrecer a la sociedad fiestas memorables, eran éstas más raras. Recibía con más frecuencia en su casa a los sabios y literatos que a los mundanos y se le vió interesarse con verdadera pasión por los problemas sociales. Habló en el Congreso diferentes veces acerca de ellos y siempre con lucimiento; gastó mucho dinero construyendo escuelas en la provincia de la cual era originario, dotó de material científico a otras, fundó algunas cooperativas y se significó como ardiente partidario de que se aumentase el presupuesto de instrucción pública aun a expensas de otros servicios del Estado.

En las diferentes visitas que le hice nunca aludió directa ni indirectamente a su enfermedad ni a la extraña aventura que le había restituído a su hogar. Como puede concebirse, yo me guardé también de hacerlo.

Una tarde de primavera en que se me ocurrió dar un paseo por la Casa de Campo tuve la buena suerte de encontrarle en una de sus avenidas más extraviadas. Marchaba solo a pie y seguido de su coche. Pareció alegrísimo de tropezar conmigo, me abrazó cariñosamente y desde luego nos emparejamos para continuar nuestro paseo. Hablamos de asuntos diferentes y yo le felicité por el discurso que hacía algunos días había pronunciado en el Congreso sobre la ley del trabajo.

—No he leído más que el extracto que traen los periódicos, pero he oído hacer de él muchos elogios. Todo el mundo alaba la forma y el fondo y está de acuerdo en estimar que un hombre de tu fortuna se interese tan vivamente por la suerte de las clases trabajadoras.

No respondió. Caminamos algunos pasos en silencio. Al cabo, mirando distraídamente al cielo, dejó caer estas palabras con acento displicente:

—Y, sin embargo, yo no siento gran cariño por las clases trabajadoras.

Levanté la cabeza sorprendido.

—¿Cómo es eso?

—Sí; te confieso que me cuesta gran trabajo vencer la aversión que me inspiran las masas...

Calló unos instantes y prosiguió después en tono amargo:

—¡Las masas! ¡las masas!... Para mí esta palabra es sinónimo de grosería y barbarie. ¿Por qué denominar pomposamente pueblo a lo que no es otra cosa que la parte más ruin y despreciable de él? Los farmacéuticos llaman «materia muerta» a aquellos productos inertes que añaden a los principios activos al confeccionar sus píldoras. De igual modo en nuestra sociedad existe esa materia muerta que poco o nada contribuye a su progreso.

—Pero las masas trabajan y gracias a ellas se ha llevado y se lleva a término todo lo que existe en el mundo civilizado.

—Ciertamente. También trabajan los saltos de agua, el vapor y los caballos. A nadie se le ha ocurrido, sin embargo, conceder valor espiritual a estos elementos. Los que trabajan, en el noble sentido de la palabra, son el físico, el químico, el matemático, el arquitecto, el ingeniero, los que la plebe llama burgueses. Estos son los depositarios de la civilización, por lo menos en su aspecto industrial.

—Desde luego, y por eso no son ellos el blanco de los tiros de la clase obrera, sino los rentistas.

—Estás en un error; los braceros odian por igual a todo el que no se ensucia las manos. Hace poco tiempo en Jerez los obreros del campo entraron una noche en la ciudad y durante algunas horas fueron dueños de ella. Tropezaron en la calle con un pobre joven que llevaba guantes y le asesinaron por ese delito. No hay justicia en las masas, sino pasión. Su odio a los ricos está fundado en la envidia y si prevaleciese sería la ruina de la civilización. ¿Qué es el género humano en suma? ¿Una raza de animales que nacen y se agitan algunos días y se esfuerzan por nutrirse cada vez mejor? En ese caso no hay duda que la civilización industrial nos basta. Pero si somos algo más, si no son mentiras nuestras aspiraciones espirituales y el fin de este universo enigmático es adquirir una más amplia conciencia de sí mismo, en ese caso precisa que existan la ciencia especulativa y las artes bellas, que jamás han aparecido en nuestro planeta sino acompañadas de la riqueza. El arte exige que vivan en nuestro mundo algunos hombres substraídos a la necesidad de buscarse el alimento, porque el arte en su esencia no es más que una tregua que nuestro cuerpo se impone para gozar del espectáculo del universo. Si no tuviésemos tiempo, como los carneros, a levantar la cabeza, seríamos iguales a ellos. Supongamos que nuestra humanidad se extinguiese y viniera de otro astro un habitante a escribir el resumen de su historia. ¿Imaginas que concedería menos importancia a Atenas que a Chicago? Yo no creo que los ricos han salido de la cabeza de Brama y los pobres de los pies, pero sí estoy seguro de que deben existir pobres y ricos. Y, aunque te parezca paradójico, creo que deben existir hombres ociosos. Los hombres ociosos son los que pueden cultivar libremente su espíritu y embellecer su cuerpo, ofreciendo a nuestras miradas un ideal humano hacia el cual todos debemos tender.

—Siento mucho no poder seguirte en ese camino—le respondí—. Por lo que entiendo, opinas que la humanidad es un rebaño guiado por algunos pastores que benefician su carne y su leche para nutrirse y sus pieles para vestirse. La sociedad ideal es la de Atenas, donde sesenta mil esclavos trabajaban para ocho mil ciudadanos. Yo creo que todos los hombres son iguales ante Dios y ante la Naturaleza.

—Lo primero podrá ser cierto; lo segundo, no. La Naturaleza no hará jamás dos cosas iguales, porque coincidirían en el espacio y el tiempo; por lo tanto, no serían dos cosas, sino una. La teoría igualitaria se apoya en un absurdo físico y en otro metafísico. Las facultades espirituales y corporales de cada hombre son y serán siempre distintas: la suma de sus goces y sus dolores variará infinitamente. Si los hombres destinados a llevarla dejasen caer de sus manos la antorcha de la civilización, las masas darían pronto buena cuenta de ella. Las masas deben ser dirigidas, educadas, castigadas y, si hace falta, deben ser trituradas y fundidas...

—¡Y sin embargo, querido Martín, esas masas se componen de hombres que llevan en su pecho un alma espiritual como tú y como yo!

—Perfectamente; pero las almas son distintas también como los cuerpos. En la mayoría de los hombres no es más que un germen que permanece sofocado hasta la muerte por montañas de apetitos bestiales. Si se desarrolla y crece, sea enhorabuena. Cuando a un hombre le nacen las alas, yo me inclino. Pero bajar la cabeza delante de un montón de brutos, eso no lo haré jamás... Entre las cosas ridículas que ha traído consigo el siglo en que vivimos, una de las mayores es esa admiración sentimental hacia las clases obreras, fomentada por filósofos y novelistas. No hace mucho leía yo la obra más reciente de un ruso muy famoso. Cuenta en ella que hastiado de vivir en el llamado «gran mundo», donde no había hallado más que frivolidad y concupiscencia, acertó a tropezar un día con una cuadrilla de segadores de rostros curtidos y manos callosas. «¡Este es el verdadero gran mundo!», exclama enternecido. Y acto continuo se dispara contra las clases elegantes y se postra ante aquellos rudos trabajadores del campo. Otro filósofo americano, a quien antes había leído, cuenta parecidamente que hallándose en Viena, vió entrar de madrugada en la ciudad una muchedumbre de aldeanas viejas y jóvenes, todas curtidas por la intemperie, llevando en sus cestas la leche, los huevos, las frutas y las legumbres para la capital. Enternecido también exclama: «¡Estos son los verdaderos pilares del mundo!» Poco le falta para doblar la rodilla y besar aquellas manos ennegrecidas y deformadas por el trabajo... Entendámonos, amigo mío. Todo esto es muy sentimental, muy literario, pero no tiene sentido común. Concibo que esos rudos trabajadores inspiren compasión a todos los hombres buenos y sensibles, pero admiración ¿por qué? Sólo debe admirarse lo que es meritorio, y sólo es meritorio lo que es libre. ¿Por ventura esos segadores van a cortar las mieses espontáneamente por hacer un bien a sus semejantes, y las aldeanas austriacas llevan sus mercancías a la ciudad para que no mueran de hambre sus habitantes? No; trabajan hostigadas por la necesidad. Si no lo hiciesen, perecerían inmediatamente. ¿Qué mérito tiene, pues, su trabajo?... Por lo demás, acércate un poco a esos rudos obreros, ponte en relación con ellos, estudia su carácter y sus costumbres y verás cuánto egoísmo, cuánta envidia, cuánta crueldad acompañan a su ignorancia. Los novelistas hoy idealizan a los obreros; ayer idealizaban a los pastores. Tan verdad es la virtud de los unos como la belleza de los otros.

Hablaba Pérez de Vargas con exaltación colérica que me sorprendió, pues le suponía muy distante de las ideas reaccionarias y autoritarias que expresaba. Calló unos momentos y continuamos en silencio nuestro paseo. Al cabo, deteniéndose repentinamente y poniéndome una mano sobre el hombro, me dijo:

—Adivino que te hallas sorprendido y tal vez contrariado por lo que acabo de decirte. Mis convicciones, sin embargo, no están fundadas en razonamientos abstractos, sino en la observación y la experiencia... Voy a contarte algo que no he comunicado hasta ahora a nadie más que a mi mujer. Voy a contarte lo que me ha sucedido en el tiempo en que he estado loco.

—¡Hombre, loco no!

—¡Sí, sí! loco de atar... Ya verás... No debo ocultarte que mi locura fué resultado necesario de una idea fija que me acometió súbitamente y que nada tiene de altruísta. Imaginé que, habiendo llovido sobre mí en tan corto tiempo tal número de prosperidades, fatalmente había de concluir todo por una gran catástrofe para dar satisfacción a la fuerza encargada de equilibrar el destino de los hombres. Yo creía entonces en el Destino; leía con ansiedad a los trágicos griegos y me parecía evidente que ningún hombre puede ser feliz hasta el fin de su vida sin hacer sacrificios a las fatales euménidas. Comencé a sentir una viva inquietud que pronto se convirtió en verdadero terror. Vivía en un horrible estado de agitación y vigilancia, haciéndome todo ojos y oídos para espiar los pasos de la desgracia. Por aquel tiempo cayeron en mis manos algunas novelas rusas que no poco ayudaron a trastornarme. Tú las conoces y sabes que se agita en ellas una humanidad inquieta, dolorida, víctima de una sensibilidad enfermiza.

»Como tal estado de inquietud se compadecía perfectamente con el mío, pensé que tenía el mismo origen: el miedo y la compasión. Y así es en efecto. Pero el miedo y la compasión en los escritores rusos procede de un desequilibrio social, no individual como lo era el mío. Si Tolstoi y Dostoiesky hubiesen nacido en un país libre como Inglaterra, es más que probable que no verían a las clases trabajadoras al través de un velo poético.

»De todos modos yo los vi así por su causa. Me sentí acometido de un amor infinito por los obreros y de un desprecio también infinito por los ricos. Como consecuencia de esto comencé a despreciarme a mí mismo.

»Es difícil, como supondrás, que un hombre sufra largo tiempo el desprecio de sí mismo sin que haga esfuerzos por rehabilitarse. Yo los hice tímidamente al principio apartándome de la ostentación, simplificando mi género de vida, reduciendo mis necesidades. Después, como no me tranquilizase, me entregué a una serie de ridiculeces que tú conocerás en parte y que no te cuento por menudo porque aun hoy su memoria me ruboriza. Por la pendiente de la extravagancia se llega pronto a la locura. Yo estoy seguro de haberme internado en ella. ¿Cómo se me ocurrió la idea de abandonar mi casa y a mi pobre esposa para lanzarme en busca de aventuras santificantes? No te lo puedo explicar porque, repito, que estaba loco.

»Heme aquí, pues, una mañana disfrazado de obrero con mi blusa de dril azul, boina y alpargatas, llevando al hombro un morralito con algunas groseras camisas y calzoncillos. Tomo el tren en un coche de tercera y al cabo de doscientos kilómetros, poco más o menos, me bajo de él y comienzo a caminar por los campos a la ventura. No imagino que Don Quijote fuese más gozoso que yo en su primera y heroica salida. Respiraba a grandes bocanadas el aire oxigenado de la campiña y con él entraba en mi alma la paz y la dicha. Me creía en el pináculo de la santidad. Me sentía unido fraternalmente a todos los pobres obreros y cada vez que tropezaba con uno en mi camino me apetecía colgarme a su cuello y besarle.

»Pero era necesario compartir su vida y sufrimientos. Al efecto principié a ofrecerme como trabajador a los labriegos que hallaba en el camino cultivando sus campos. Mis ofertas no obtuvieron éxito satisfactorio. Esto comenzó a enfriar mi entusiasmo. Los campesinos me miraban atenta y recelosamente y bajaban después la cabeza gruñendo un no indiferente.

»Al fin, cerca ya de un pueblo de cuyo nombre, como Cervantes, no quisiera tampoco acordarme, tropecé con una casa de señorial aspecto, mitad palacio, mitad granja. Estaba rodeada de hermosas huertas regadas por algunas norias de moderna invención. Había también un jardín con muchas y variadas flores, cuadras, establos, cocheras y una gran calle de robles que conducía a su entrada principal. La puerta enrejada de hierro se hallaba entreabierta y me colé por ella; pero antes de llegar a la casa me salió al encuentro un criado, que en la forma más ruda posible me preguntó:

—¿Dónde va usted?

—Soy un jornalero que busca trabajo.

—¿Y se entra usted por las casas de rondón sin tirar de la campana?... Lo que me parece usted un vagabundo que intenta aprovecharse. ¡Ya se está usted largando de aquí!

Y a empellones comenzó a empujarme hacia la puerta.

—No he visto la campana.

—Lo que usted no ve es lo que no quiere... ¡Fuera, fuera!

—¿Qué es eso, Jaime?—preguntó una voz que salía de entre los árboles.

—Un vagabundo que se ha colado aprovechando que la puerta no estaba cerrada por completo.

Por una calle lateral apareció un caballero anciano, alto, delgado, con los cabellos enteramente blancos ya. Fijó en mí por un instante sus ojos y volviéndose airado hacia el criado le dijo:

—Sea quien sea este hombre, no se arroja a un semejante nuestro como a un perro. Ya te he dicho repetidas veces que guardes más consideración a las personas que llegan a mi casa.

—¡Pero, señor Marqués, éste no es una persona!—exclamó el criado con toda su alma.

Su señor le miró estupefacto; pasó por sus ojos un relámpago de cólera. Al fin, soltando una carcajada, exclamó:

—¡Jaime, por los clavos de Cristo, no seas tan animal!

Y volviéndose a mí con expresión benévola me preguntó:

—¿Qué desea usted, buen hombre?

—Señor Marqués—le respondí dándole ya el tratamiento que había oído—, soy un pobre trabajador que desea colocarse.

El Marqués me examinó durante unos segundos y me preguntó con la misma afabilidad:

—¿Tiene usted algún oficio?

—No, señor; deseo trabajar en cualquier cosa, aunque el jornal sea pequeño con tal de que pueda vivir.

—¿Tiene usted mujer e hijos?

—No, señor; soy solo.

Quedó un momento pensativo y dijo al cabo:

—Está bien. En este momento se halla completa la servidumbre de esta casa y como usted no es labrador no puedo enviarle a las tierras. Pero dentro de pocos días se marcha al servicio militar el hijo del jardinero y éste tiene necesidad de un peón que le ayude. Si a usted le conviene puede quedarse. El jornal es pequeño: dos pesetas; pero tiene usted cuarto para dormir; y como es usted solo y los víveres no son aquí caros, podrá usted arreglarse.

»Acepté inmediatamente y di comienzo con alegría a las humildes tareas que en mi opinión iban a regenerarme, a darme la tranquilidad de alma de que me hallaba tan necesitado.

»El marqués de T... es un rico propietario que habita ocho meses del año en sus tierras y cuatro en Sevilla. No tiene hijos; vive con su esposa, que es tan anciana como él. Los dos viejecitos, amables, bondadosos, se adoran como si en vez de cuarenta años no hiciera más que dos meses que se hubiesen casado. Son una reproducción más de Filemón y Baucis, los hospitalarios esposos que recibieron a Júpiter en su casa cuando todos los habitantes del país le habían rechazado.

»Yo no era Júpiter; pero al cabo de algunos días el Marqués reconoció mi divinidad. Una mañana me llamó a su despacho y me dijo sonriendo bondadosamente:

—Amigo Martín, usted no es lo que parece. Ni sus manos demasiado delicadas, ni sus modales son los de un obrero. Confiésese usted conmigo y dígame francamente cómo ha llegado a situación tan precaria.

»Yo, que tenía preparada una historia para cualquier evento, se la espeté sin vacilar. Le conté cómo había quedado en la miseria a consecuencia de una serie de desgracias, fortuitas unas, engendradas otras por mis faltas. Creyó cuanto le dije, y desde entonces me guardó inusitadas consideraciones.

»Esto me acarreó inmediatamente la envidia y la aversión de los demás sirvientes. Había muchos en la casa, porque el Marqués tenía una gran labranza. No tardé en advertir que allí todo el mundo se aprovechaba de la bondad y negligencia de los amos.

»Era una cueva de ladrones. El cochero se hacía rico a costa de la cebada y la paja de los caballos, comprando el silencio del lacayo y del mozo de cuadra con fuertes propinas. Los pastores mataban las reses y fingían que habían muerto de enfermedad, vendiéndolas al carnicero. El mozo de comedor escamoteaba las botellas de vino y las cedía a mitad de precio a un tabernero del pueblo. La doncella manchaba los vestidos de la señora para que se los regalase. El jardinero vendía a escondidas grandes cestas de frutas y legumbres. Y del cocinero huelga decir que se hallaba en connivencia con todos los abastecedores de la villa.

»Cualquiera podría imaginar que aquellos canallas estarían agradecidos a la generosidad de los marqueses y a la consideración y afecto con que se les trataba. Nada de eso. Los detestaban cordialmente. Jamás los llamaban entre sí por sus nombres, sino por un mote ridículo. La marquesa era la Pelucona, porque gastaba peluca; el marqués, Bragas rotas, porque solían bajársele los pantalones.

»Como no participé de aquel odio brutal e injustificado, se me declaró inmediatamente la guerra; se me supuso un adulador que trataba de medrar. No puedes figurarte la serie de ruindades que ya desde un principio tuve que sufrir por parte de aquellos miserables. Se me hablaba con el mayor desprecio; me llamaban en la casa el marqués de las alpargatas; se me arrojaba agua sucia desde el balcón; se me engañaba enviándome a recados que nadie había ordenado...

»Aquella vida nada tenía de idílica. Pronto se convirtió en trágica. Una tarde sorprendí al jardinero detrás del muro de la huerta vendiendo una cesta de fruta. En el momento de aparecer yo la compradora le entregaba el precio. A mi vista se turbó un poco, pero reponiéndose instantáneamente me dijo con forzada sonrisa:

—¡Llegas a tiempo, pillo! Tienes buen olfato. Toma, para que bebas un trago a la salud de esta buena mujer.

Y me alargó una peseta.

—Guárdese usted eso, que yo no quiero más dinero que lo que he ganado honradamente—le respondí rojo de cólera.

»Él también se puso colorado. Calló y me dirigió una mirada de través; una mirada tan maligna, que la sentí como una puñalada.

»Aquella tarde me enviaron con un recado a la villa. Era ya cerca del anochecer. Cuando regresé, noche cerrada. Al atravesar por una callejuela entre paredillas guarnecidas de zarzamora me descerrajaron un tiro que no hizo blanco. Me asusté mucho, como puedes figurarte; pero reflexionando después comprendí que aquello no era un asesinato frustrado, sino una advertencia. Me di por enterado, y al día siguiente me presenté al Marqués solicitando mi cuenta y despidiéndome. Escribió el vale para el administrador y me lo entregó silenciosamente con una sonrisa burlona que me hizo adivinar lo que en aquel momento pensaba de mí. «Este es un gandul de nacimiento—debió decirse—que no puede estar tranquilo en parte alguna porque le duele el trabajo.»

»No quise sacarle de su error: hubiera sido difícil y peligroso. Salí de su casa y tomé el tren para Sevilla, que no distaba muchas leguas.

»Como comprenderás, aquella mi primera y heroica salida me dejó tan malparado y mohíno como a Don Quijote la aventura de los molinos de viento. Sin embargo, no tardé en recobrarme. Estos miserables que acabo de dejar—me dije mientras el tren corría por los campos de Andalucía—no son obreros, sino domésticos, esto es, hombres a quienes la servidumbre ha degradado; participan de la vileza del esclavo. Los verdaderos obreros son hombres libres y por lo mismo dignos. Entre ellos quiero vivir.

»Así que llegué a Sevilla me puse a buscar a estos hombres libres y dignos. Pasando por delante de una casa en construcción vi a un sujeto que daba órdenes a los albañiles y suponiendo fundadamente que era el director o encargado de la obra me acerqué a él y le pedí trabajo. Inmediatamente me lo otorgó y no sólo a mí, sino también a otro pobre diablo que detrás de mí se presentó.

»Me puse a trabajar como peón y no tardé en observar que se me recibía por parte de los demás obreros con manifiesta hostilidad. Entablé conversación con mi nuevo compañero, a quien hallé más benévolo, y me enteró de que era un desgraciado con cinco hijos que había venido de su pueblo a Sevilla bajo la promesa que le hiciera un magnate de colocarle como agente de Orden público. La promesa se difería de una semana para otra y sus recursos habían terminado. Para no fenecer de hambre él y sus hijos ínterin se colocaba, vióse obligado, aunque había sido sargento del ejército, a emplearse en un trabajo tan ruin.

»Al día siguiente vinieron otros dos jornaleros solicitando trabajo y se lo concedieron igualmente. Al otro se presentaron dos más y también se quedaron. Entonces observé señales de agitación en los antiguos: hablaban entre sí con ademanes violentos; nos dirigían miradas iracundas. Por último a la hora de dejar el trabajo, se presentó una Comisión de ellos al encargado solicitando que se nos despidiera a los nuevos «porque no estábamos asociados». El director respondió cortésmente, según me enteré después, que a causa de las muchas obras que había en Sevilla a la sazón los peones asociados pretendían cincuenta céntimos más de jornal y que no estaba dispuesto a someterse a esta exigencia.

»Transcurrieron otros tres días y vi a los antiguos obreros cada vez más desabridos con nosotros. De nuevo se dirigieron al encargado, esta vez en actitud amenazadora, intimándole casi la orden de que nos despidiese inmediatamente. El encargado volvió a responderles con las mismas corteses razones; pero como no bastasen a convencerles terminó por encolerizarse y decirles algunas palabras ásperas. La Comisión se retiró enfurecida y comunicó la respuesta a sus compañeros que igualmente montaron en cólera y no se ocultaron ya para vociferar y amenazar con la huelga.

»Sin embargo, se presentaron al trabajo en la mañana siguiente, y, con sorpresa mía, aparecieron risueños, charlando entre sí alegremente, cambiando algunas palabras embozadas que, a no dudarlo, iban contra nosotros. De vez en cuando nos dirigían miradas burlonas y se hacían guiños maliciosos. Nada bueno auguraba esta actitud. En efecto, media hora después de la entrada al trabajo y cuando circulaba aún muy poca gente por las calles, aparecieron de improviso seis u ocho obreros empuñando formidables garrotes. Sin dar un grito ni pronunciar palabra se arrojaron sobre nosotros. Antes de caer al suelo pude observar que los antiguos nos designaban con el dedo para que no se equivocasen.

»Fué una verdadera caza de ratones. Los que pudimos nos refugiamos debajo de los andamios, pero los antiguos nos echaban ladrillos encima como quien aplasta cucarachas. Cuando nos dejaron medio muertos se retiraron sin estorbo alguno. Ningún guardia se presentó por allí hasta pasado algún tiempo. Nos recogieron y nos transportaron al hospital. Yo llevaba dos costillas rotas y varias contusiones de importancia; pero el pobre sargento, mi compañero, iba moribundo y falleció a mi lado pocas horas después. En su agonía no cesaba de murmurar: «—¡Pobres hijos!, ¡pobres hijos míos!» Me volví hacia él y le dije: «—Pierde cuidado, si vivo yo me encargo de tus hijos.» «—Gracias, gracias por tu buena voluntad»—murmuró sonriendo tristemente. En efecto, ¿qué otra cosa más que buena voluntad podía ofrecer un hombre tan desdichado como él? ¡Oh si pudiese adivinar que sus niños estarían muy pronto en un colegio educados como los hijos de los más grandes señores!...»

Calló unos instantes Pérez de Vargas. Observé que el recuerdo de esta triste aventura le había agitado. Yo también estaba conmovido. Al cabo profirió sonriendo con amargura:

—¡Aquellos hombres libres, aquellos dignos obreros nos aplastaban como animales inmundos por el delito de ganar un pedazo de pan con el sudor de nuestra frente!...

Y cambiando bruscamente de tono me dijo con indiferencia:

—¿No te parece que la tarde ha refrescado? Opino que debemos meternos en el coche. Te dejaré en tu casa.

—En mi casa, no. Déjame en el Suizo.

—Vuelta, y para delante del café Suizo—ordenó al lacayo mientras éste cerraba la portezuela.

Hablamos de cosas indiferentes. Sin embargo, yo estaba distraído y preocupado. Al cabo no pude menos de decirle:

—Perdóname que insista sobre un asunto que debe de ser para ti penoso. No me explico cómo después de las aventuras que acabas de narrarme y que han despertado en ti un justificado desprecio hacia la clase jornalera, te preocupas tanto de ella. Es verdaderamente admirable tu generosidad.

—Nada tiene de admirable—contestó riendo—. Yo estoy persuadido de que Sócrates tenía razón cuando afirmaba que el que obra mal no lo hace creyendo que es mal, sino bien, o lo que es igual, que la maldad no significa otra cosa que falta de discernimiento. Instruír a los hombres es hacerlos mejores. Por eso, más que de curar sus llagas físicas fundando hospitales y asilos, dedico mis esfuerzos como hombre público al cuidado de las escuelas y cuanto dinero puedo gastar a la creación de centros de cultura. Que estén enfermos y se mueran es cosa secundaria. Otros vendrán a reemplazarlos. Pero que siga imperando en el mundo el odio y la barbarie subleva mi corazón y despierta mi actividad. La lucecita de bondad y de justicia que alumbra débilmente a nuestra sociedad es lo único interesante de ella. ¿Qué importan los refinamientos de nuestras máquinas si el corazón del maquinista sigue siendo infame? Llegará un día en que estas máquinas servirán de garras y de dientes para destrozarnos los unos a los otros. El esfuerzo moral, la especulación metafísica, la ciencia teórica, el arte, la poesía, he aquí el fin verdadero de los efímeros mortales. El hombre no ha nacido para nutrirse, vestirse y regalar su cuerpo, sino para asomar un instante su cabeza en el mundo de las ideas.

—¿Y caer después en la nada?

—Ningún sér puede caer en la nada, decía el gran Spinosa... Así lo creo yo... Y después de todo, ¿qué? Más valen unos instantes de conciencia perfecta que una eternidad de inconsciencia bestial. El amor y la belleza pesan más en la balanza del universo que el sueño eterno de las fuerzas físicas.

—¿Cuál es el criterio para admitir esa superioridad?

—No existe. Los criterios son fórmulas, invenciones de nuestro sistema cerebral. Sabemos que el amor vale más que el odio, que la conciencia es superior a la inconsciencia, como sabemos al despertar que ya no dormimos.

Guardamos silencio. El carruaje rodaba ya por las calles, que en aquella hora rebosaban de gente y animación.

—¿A que no sabes—me dijo repentinamente poniéndome una mano sobre la rodilla—qué es lo que yo busco ocupándome tanto de la instrucción popular?

—Si no me lo dices...

—Pues busco un hombre. Estoy convencido, como te he dicho, de que las masas son despreciables. Los hombres, en su inmensa mayoría, casi en su totalidad, viven y mueren en la abyección intelectual, sin pisar el umbral de la conciencia. Inclinados siempre hacia la tierra, como decía Platón, al igual de los animales, los ojos fijos en el pasto, se entregan brutalmente a los placeres sensuales. Pero entre estos hombres aparentes puede surgir uno verdadero, un Sócrates, un Spinosa, un Shakespeare, un Cervantes. Es lo que yo busco. Quiero decir que la instrucción en general sirve de poco. El que nace majadero, morirá majadero aunque los más hábiles maestros del mundo se concierten para educarle. Por muchos granos que arrojes a la tierra si ésta es estéril no fructificarán. Observa cómo los juicios de la inmensa mayoría de los hombres no tienen valor alguno. Pero la simiente puede caer por azar en buen terreno y entonces surge en nuestro planeta el verdadero hombre, el hombre simbólico. Yo daría por bien empleados todos mis esfuerzos y mi dinero si al cabo consiguiera que se produzca en el mundo un hombre original.

No hay duda que mi amigo Pérez de Vargas lo era. Con ingenio y elocuencia siguió desenvolviendo su tesis paradójica hasta que el coche se detuvo delante del café Suizo. Me bajé, y apretándole la mano me despedí de él.

—Muchas gracias, Martín. Casi de acuerdo contigo.

—¿Nada más que casi?—me preguntó riendo.

—Nada más que casi.

VI. ÚLTIMAS OPINIONES DE UN SABIO

Un día en la Redacción me dijeron que Pasarón se hallaba seriamente enfermo.

—¿Qué es lo que tiene?—pregunté.

—Se trata, al parecer, de algo grave. Se dice que está afectado de una tuberculosis pulmonar. Hace ya dos meses que no asiste a cátedra ni sale de casa.

Esta noticia me impresionó dolorosamente. Si mi cariño hacia este amigo no era apasionado, la estimación que le guardaba era profunda. Nuestra amistad era a la sazón lo que siempre había sido, cordial y familiar aunque sin gran calor. Le veía de tarde en tarde porque girábamos en órbitas distintas, pero cuando nos encontrábamos departíamos un rato alegremente. Recordábamos los buenos tiempos de nuestra convivencia en la casa de la calle de Carretas. Yo me abstenía, sin embargo, de aludir a las lindas bordadoras, nuestras vecinitas, a las cuales, por otra parte, había perdido de vista hacía largo tiempo. Me enviaba con amable dedicatoria sus libros y yo le pagaba citando su nombre siempre que hallaba ocasión, y hasta cuando no la hallaba, en el periódico acompañado de los epítetos más lisonjeros.

Resolví visitarle para enterarme de la verdad de su estado. Habitaba en un piso primero bastante espacioso, pero tétrico, de una casa situada en una calle estrecha del viejo Madrid.

El criado que me abrió la puerta no puso dificultad para introducirme cerca de su amo. Me condujo al través de algunos oscuros corredores tapizados por ambos lados de libros, y entré en una gran sala tan pobre y sórdidamente alhajada que quedé maravillado. El suelo vestido de estera de cordelillo, los balcones provistos de visillos descabalados, los unos cortos, los otros largos, un sofá, dos sillones y algunas sillas, forrado todo de rica tela tan deteriorada por el polvo que apenas se reconocía su color. Las paredes cubiertas casi enteramente de libros colocados en altos armarios de pino barnizados de negro. Pero sobre todo lo que impresionaba más desagradablemente era la suciedad y abandono que se advertía en aquella estancia, lo mismo que en los pasillos que había atravesado.

Pasarón había heredado a sus padres, que en su provincia pasaban por ricos. Unido su patrimonio al sueldo de catedrático y al dinero que le producían sus libros, debiera proporcionarle recursos para vivir con holgura si no con lujo. ¿Por qué tal ausencia de elegancia y aun de decoro en su casa? Algunos lo achacarían a tacañería. Yo pensé más bien que aquella deficiencia era hija del exclusivismo que había reinado siempre en su espíritu. Este hombre no veía en el mundo otra cosa más que libros. Muebles elegantes y tapices y cortinas, adornos bonitos, esmero, limpieza, comodidad, todo esto era para él tan indiferente que apenas si se daba cuenta de que tales cosas existían en el mundo.

El gabinete, donde el criado me hizo entrar después de haberme anunciado, no ofrecía mejor aspecto que la sala. Libros, muchos libros, sillas deterioradas, igual estera de cordelillo, mesa de pino barnizado llena de papeles. Allá en el fondo de la alcoba un sencillo catre de hierro y sobre él colgado un crucifijo. Parecía la celda de un monje.

Pasarón estaba sentado en un sillón y departía con un conocido catedrático y académico que se despidió cuando yo entré. En su rostro la enfermedad traidora que le minaba aparecía ya de un modo bien ostensible. Nos apretamos las manos y yo observé en la suya un calor de mal agüero.

—Me han dicho que estabas un poco delicado de salud, que no sales de casa desde hace ya algún tiempo y he querido hacerte compañía unos instantes. ¿Qué es lo que tienes?

—Lo bastante, querido Jiménez, para dejar este mundo a toda prisa—me respondió sonriendo tristemente.

—¡Qué idea! Veo que estás lleno de aprensión.

—No es aprensión; es una verdad evidente. Y lo peor del caso es que no muero tranquila y valerosamente como un sabio sino como un pusilánime ignorante. Sí; te confieso que me aterra, que me desespera dejar esta vida a los treinta y dos años, cuando aun no he tenido tiempo a gustarla ni a disgustarme de ella.

Hablaba con voz tan apagada y triste que me sentí conmovido. Hice un esfuerzo sobre mí mismo y le respondí procurando dar a mis palabras una entonación alegre.

—Deja esas imaginaciones lúgubres, hijas de una pasajera depresión nerviosa. Tú no padeces más que un catarro que desaparecerá en cuanto cambie este endiablado tiempo. Aun tienes que leer y escribir muchos libros.

—¡Sí; libros, libros... siempre libros!—murmuró en un tono fatigado y desdeñoso que me sorprendió.

—Supongo que en este confinamiento temporal que sufres serán tus mejores amigos.

—¡Los aborrezco!

Yo me reí.

—Eso decía Herder en los últimos años de su vida, y un amigo que lo supo replicaba: «—¡Y sin embargo, qué hermosos libros escribe!»—Lo mismo digo yo ahora de ti.

Pasarón hizo una mueca de desdén.

—Hace cuatro meses que no abro uno solo por prescripción facultativa. Y en estos cuatro meses he meditado más que en todos los años de mi vida. Ocupado en fisgar lo que pasaba en el cerebro de los demás no he tenido tiempo a pensar en el mío, como un hombre dedicado toda su vida a recorrer palacios suntuosos sin descansar jamás en su propio y modesto hogar. A los libros he sacrificado no sólo mi propio pensamiento, sino lo que es peor, los alegres días de mi juventud y por fin mi vida entera puesto que me muero. ¿Merecen este sacrificio? No; el hombre no es un cerebro solamente. Tiene un cuerpo que le pide a gritos la felicidad, ejercicio, aire puro, alimentos sabrosos, vinos que fortifican y alegran, el aroma de las flores, la caricia de las aguas transparentes: tiene un alma que se nutre de amor como el cuerpo de oxígeno, que desea abrirse como una flor al rayo de una dulce pasión, que nos pide la ternura de la familia, los encantos infantiles, el abandono de una amistad generosa, que quiere, en suma, sentirse vivir. ¿Hay algo más horrible que no sentir su alma?

—Sin embargo, Pasarón, los filósofos afirman que la inteligencia pura es quien nos proporciona placeres sin mezcla de daño. Así que interviene el sentimiento o la voluntad, con sus mezquinas aspiraciones, comienza para nosotros la era de los enojos, nos sentimos arrastrados a la región de la desgracia, de la agitación y el hastío.

—¡Falso! La inteligencia por sí sola no nos proporciona placer ni pena; es un frío contemplador del universo. Para que exista uno u otro es necesario que se mezcle de algún modo la emoción a ella. Kepler saltó de gozo al descubrir la forma elíptica de la órbita de los planetas; pero no fué el descubrimiento en sí mismo lo que le infundió alegría, sino el orgullo de ser el primero entre los mortales que lo había averiguado. Arráncale esa satisfacción de amor propio y hubiera contemplado la órbita de Marte con la misma frialdad que tú contemplas la forma elíptica de un macizo de flores en el Retiro... Repaso mi vida en estas largas horas de ocio, y me persuado de que mis goces, descubriendo noticias sepultadas en los archivos o adquiriendo libros raros, semejan bastante a los de los coleccionadores de sellos o porcelanas.

—No, José Luis; el pesimismo que aporta siempre consigo la enfermedad no te deja ver claro. Tú no eres un coleccionador de sellos; eres un hombre glorioso que honra a nuestra nación.

—¡La gloria, la gloria!—repitió con dejo amargo—. Flatus vocis! La gloria es una palabrilla que deja escapar un hombre descuidadamente en la conversación y que el interlocutor recoge con más ligereza aún; es un adjetivo que la Prensa arroja a la publicidad entre otros millones de adjetivos. ¿Hay algún hombre sensato que cifre en ello la alegría de su vida? Pero aun suponiendo que fuese real y no vana esta alegría, para sentirla es necesario vivir. Después que me hayan cerrado en el sepulcro, todas las trompetas de la fama sonando a un tiempo, no lograrán hacer vibrar una parte mínima de mi sér. Además, si existe la gloria y si vale algo debe estar reservada a los que hayan pensado algo por sí mismos, no a los que como yo han pasado el tiempo estudiando lo que pensaron los demás. Concibo que un poeta o un filósofo sienta cierta satisfacción durante su vida imaginando que sus ideas o sus imágenes despierten en las futuras generaciones admiración y deleite, aunque el tiempo que esto dure siempre será muy limitado; pero es altamente ridículo que un crítico como yo sueñe con la gloria.

—Acaso tengas razón en lo que opinas de la gloria. Acaso no sea en el fondo otra cosa que una de las infinitas manifestaciones de la infinita vanidad humana. Pero hay algo, querido Pasarón, que está por encima de la gloria y es la satisfacción que experimenta un hombre honrado cumpliendo con su deber en este mundo.

—Esa misma satisfacción la puede sentir un carretero sin necesidad de estropearse el estómago y los pulmones. Si yo he cumplido con mi deber no hay más remedio que confesar que lo he hecho con poca prudencia. ¿Qué opinarías de un piloto a quien se confía una máquina y que al poco tiempo la devuelve estropeada, con los resortes gastados y algunas piezas rotas? Dirías que era un mal mecánico, pues toda máquina debe producir el máximum de su rendimiento y para ello es menester manejarla con cuidado, hacerla trabajar con las debidas precauciones. Pues eso mismo he sido yo. Un deplorable piloto. No he cuidado para nada de mi pobre cuerpo; le he tenido años enteros en una quietud enervante, respirando el polvo de los archivos en vez del aire puro de los campos, no lo he refrescado cambiando de ambiente, no he dado reposo a mi cerebro, no he alimentado mi corazón con sentimientos fortificantes, he dejado transcurrir mi vida sin los placeres que la hacen amable, que nos dan aliento para continuar la marcha y nos vuelven el equilibrio perdido. ¡Qué gran estupidez! Si hubiese economizado mis fuerzas y endulzado mi existencia es verosímil que llegase a viejo y entonces tal vez pudiera ofrecer al mundo algo no enteramente desprovisto de mérito.

Quise disuadirle de aquellas aprensiones que le atormentaban, pero no me fué posible. Parecía conocer con certeza la enfermedad que le minaba y hallarse persuadido de su próxima muerte.

Hablamos todavía largo rato. A fin de distraerle llevé la conversación a los asuntos que más pudieran alegrarle, a los incidentes cómicos y divertidos de nuestra común estancia en la casa de la calle Carretas; hablamos de los Mezquitas, de Albornoz, de Sixto Moro y discurrimos acerca de su carácter y logré hacerle sonreír.

Al fin no tuve más remedio que despedirme. Cuando me alcé de la silla volvió a pintarse en su rostro la tristeza. Me apretó la mano con toda la fuerza que le consentía su gran debilidad y me dijo:

—Adiós, Jiménez. No seas un iluso como yo lo he sido. ¡Diviértete, diviértete!

Un mes después los periódicos anunciaban con grandes letras capitales el fallecimiento del insigne catedrático gloria y esperanza de las letras patrias.

Fué un día de duelo para todos los españoles cultos. Yo sentí una mortal tristeza. Era el primer amigo que veía morir. Aquella memorable conversación que con él había tenido no se apartaba de mi mente.

Corrieron los años, y como él había previsto, su nombre se fué borrando de la memoria de los hombres. Ahora sólo aparece de vez en cuando en los libros de algún erudito.

Pero aquella tan prematura muerte dejó en mi cerebro huella indeleble. Cuando arrastrado de mis aficiones científicas me excedo un poco en el trabajo, permanezco demasiado tiempo delante de los libros y me siento fatigado, se alza delante de mis ojos la imagen de Pasarón, doy un salto en la silla y me levantó exclamando:

«¡No seas un iluso, Jiménez! ¡Diviértete, diviértete!»

Y salgo corriendo a tomar un billete para los toros.

VII. UN AMIGO QUE SE VA Y UN ENEMIGO QUE APARECE

Moro experimentó igualmente vivo dolor con la muerte de Pasarón. No le frecuentaba mucho tampoco: ya he dicho que su aplicación obstinada y exclusiva, su natural retraído y ¿por qué no decirlo? un poco frío le alejaba del trato de sus amigos. Pero no podía menos de recordar con placer, como yo, los días de la casa de huéspedes, nuestras disputas, nuestras bromas y constante regocijo. Sólo en la edad juvenil se forman sólidas amistades, porque quizá solamente entonces intervenga en ellas el corazón.

Vino a buscarme en su coche y ambos acompañamos el cadáver de nuestro amigo, unidos a un cortejo no muy numeroso, pero sí selecto. Formaban en él profesores, literatos, artistas. Cuando llegamos al cementerio experimenté la agradable sorpresa de encontrar entre los pocos que asistieron al sepelio a mi buen amigo Pérez de Vargas. Me aproximé a él, nos saludamos como siempre efusivamente y me dijo:

—No era amigo de Pasarón: sólo una vez le he hablado en mi vida; pero he querido rendirle este testimonio de consideración, porque era un hombre que honraba a su patria.

Terminada la triste ceremonia le presenté a mi amigo Moro. Se saludaron con visible satisfacción como hombres que sin tratarse personalmente se conocían hacía tiempo y se estimaban. Cuando regresamos, Pérez de Vargas nos propuso que montásemos en su coche y le acompañásemos, a lo cual tanto Sixto como yo accedimos gustosos. Traía un landeau y sólo le acompañaba su secretario; pudimos, pues, acomodarnos los cuatro y yo me hallé sumamente complacido de poner en relación a aquellos dos hombres que habían nacido para entenderse y amarse.

Sin embargo, comenzaron su amistad discutiendo. Como yo recordase la conversación que con Pasarón había tenido algunos días antes de morir, en la cual se lamentaba con amargura de haber agotado sus fuerzas y arruinado su salud en el estudio sin gozar de los placeres juveniles, y trajese a la memoria sus cortos amores con una de nuestras vecinitas, a la cual sacrificó en aras de la ciencia, Moro exclamó con el tono resuelto que le caracterizaba:

—Hacía bien en arrepentirse. Sacrificar el amor a la ciencia es lo mismo que cambiar una barrica de jerez por otra de cerveza.

—¿Tan exagerada importancia da usted al amor sexual?—le preguntó Pérez de Vargas.

—Ninguna otra cosa la tiene mayor. Creo que es el solo presente digno que nos han hecho los dioses, lo único que reconcilia con la existencia. Las relaciones entre hombre y mujer son el jugo sabroso que podemos sacar de nuestro tránsito por la tierra, la ambrosía que le da valor y le perfuma. Cuando el hombre pierde la facultad de interesarse por el amor ha sufrido la máxima capitis deminutio; todo lo que le queda no vale la pena de ser vivido, porque todo lo demás es incoloro, fastidioso y triste a su lado. Como los héroes de la antigüedad, cuando descendían a la mansión subterránea de los Campos Elíseos, arrastra desde entonces una vida melancólica y suspira por la que gozaba a la luz del sol.

—Es materialista lo que usted dice, y sin embargo yo sé bien que es usted espiritualista—replicó Pérez de Vargas con amable sonrisa—. El amor, a mi juicio, no es más que un episodio en la vida del hombre, un momento de fiebre, una breve locura durante la cual se desinteresa de todo lo que le constituye como sér independiente para convertirse en un instrumento de la especie.

—Usted me perdonará que rechace ese sofisma que tan válido corre ahora entre los sabios. Si somos instrumentos de la especie cuando gozamos, lo seremos igualmente cuando sufrimos. Nuestra pretendida independencia no es más que una ilusión. Los hombres que como Pasarón se consagran con alma y vida al estudio reciben el impulso de su propia naturaleza como los que se consagran al amor; son seres tan necesitados como ellos. Pero no se trata ahora de eso. Lo que yo he afirmado es que todas las demás emociones placenteras del hombre palidecen al lado de las del amor, mejor dicho, se borran, se desvanecen como las estrellas a la salida del sol.

—¿Tiene usted en nada los goces del místico, del hombre contemplativo que vive comunicándose con la Divinidad, que renuncia a los placeres de la carne, que la mortifica, y en ello logra encontrar alegrías exquisitas mil veces más nobles que las del amor humano? ¿No le inspiran a usted aprecio las puras satisfacciones del sabio cuando después de tenaces esfuerzos, que son para él un manantial de placeres, consigue apoderarse de una verdad y transmitirla al mundo? ¡Qué sensación deliciosa, inefable sería la de Kepler cuando después de haber hecho y rehecho durante largos años infinitos cálculos logra un día descubrir la forma elíptica de la órbita de los planetas! ¿Y la de Bernardo de Palissy, cuando después de arrojar al horno sus muebles y hasta las tablas del entarimado de su casa, al fin consigue fijar el esmalte de sus porcelanas? ¿Y los goces intensos de Agustín Thierry, descifrando infolios para extraer una frase, una palabra que le llevase al conocimiento de los tiempos merovingios que pretendía escrutar? No le quepa a usted duda, Moro; por encima de esos placeres efímeros del amor sexual hay otros más altos y sabrosos a los cuales todo hombre debe aspirar.

Moro se encogió de hombros y dirigió la vista a la ventanilla contemplando el paisaje como si renunciase a discutir. Pero advirtiendo inmediatamente lo que había de descortés en su actitud se volvió sonriente y dijo:

—Ignoro lo que son y hasta dónde llegan las alegrías del hombre contemplativo. En la Imitación de Cristo he leído, en efecto, que si los hombres de mundo las conociesen palidecerían de envidia. Es posible que esto sea verdad. Yo no puedo resolverlo porque no soy místico y me encuentro en la situación de un ciego juzgando de los colores. Pero en lo que se refiere a las sensaciones del sabio puedo hablar con mayor conocimiento de causa. Todas ellas valen bien poco si se las compara a las que proporciona el amor; todas exigen penosos y continuados esfuerzos. En el fondo no significan otra cosa que la satisfacción más o menos intensa que el hombre experimenta cuando ha vencido una dificultad. Usted mismo lo acaba de poner de manifiesto asimilando la de Bernardo de Palissy, un artesano, a la de Kepler, un sabio... Por lo demás, toda la alegría de éste descubriendo la órbita de los planetas es corta si se compara a la de un joven enamorado descubriendo la silueta de su novia al través de la reja en una noche de estío.

Comprendí que a mi amigo Pérez de Vargas no le causaban buena impresión las paradojas de Moro y me apresuré a decir bromeando:

—No vayas a creer, Martín, que el amigo Moro, por lo que dice, es un instintivo o un débil. En lo que se refiere al amor puedo asegurarte que no ha sufrido lo que ahora llaman los sabios «la influencia de lo inconsciente». Por el contrario, te lo presento como un tipo fuerte, en que el amor es verdadero y completo, de corazón y cabeza, de cuerpo y de alma.

—Pues yo confieso—dijo Pérez de Vargas—que soy eso que llaman un débil. He sentido siempre gran debilidad por el bello sexo.

Con esto la conversación tomó un giro jocoso, y así departiendo llegamos hasta las calles de Madrid. Allí Moro, que debía hacer una visita, se trasladó a su coche y Pérez de Vargas me condujo hasta el café de Fornos, donde me esperaba mi tertulia vespertina de amables compañeros periodistas. Cuando quedamos solos, le di cuenta de la pasión de Moro por la hija de Reyes y le conté todo aquello que podía contarse sin lastimar su dignidad. Con estas noticias, Martín rectificó la opinión que había formado de Moro después de sus últimas palabras y le estimó, como era justo, más que antes.

Cuando salí de Fornos, anochecido ya, al atravesar por la Puerta del Sol vi delante de mí, caminando en la misma dirección, un hombre cuya figura me trajo a la memoria un personaje en el cual hacía tiempo que había dejado de pensar. Me acerqué a él con cierta emoción y le examiné ansiosamente. Vestía aquel hombre un chaquet raído y sobradamente holgado que parecía haber sido hecho para otra persona; sus pantalones estaban deshilachados y no muy limpios, los tacones del calzado gastados y torcidos, el sombrero de fieltro grasiento. En suma, representaba la imagen, bien frecuente en la corte, del caballero decaído y hambriento. Sus cabellos, y esto era lo que me desconcertaba un poco, eran grises y la parte de barba que lograba verle, también.

«Es él, es él», me dije, mientras mi corazón latía agitado. Para cerciorarme avancé unos pasos para adelantarme a él y al pasar le miré de través. Él también volvió un poco la cabeza y nuestras miradas se cruzaron. En efecto, era él, era aquel antipático sujeto que se llamaba Rodrigo Céspedes.

Cualquiera puede figurarse la impresión que tal encuentro me produjo. Mi pensamiento voló inmediatamente a Natalia, aquella niña a la cual me habían ligado lazos de afección tan estrechos, un cariño casi fraternal, y me representé de improviso cosas terribles que me apretaron el corazón. Comí sin apetito y antes de acostarme no cesé de pensar en ella, imaginando unas veces que estaba muerta, otras que se hallaba sumida en la miseria. De todos modos, vi la necesidad de tener noticias y medité largamente los medios de adquirirlas.

VIII. TRISTES NOTICIAS

Al día siguiente me personé en el ministerio de la Guerra, donde tenía un amigo teniente coronel de infantería. No conocía a Céspedes, ni había oído nunca hablar de él, pero me dijo amablemente:

—Espéreme usted un instante, voy al despacho de Don Santiago Ruiz, que es coronel de caballería, y seguramente podré obtener noticias de ese sujeto.

En efecto, pocos minutos después se presentó de nuevo y sacudiendo la cabeza me dijo:

—Malas referencias puedo dar a usted de ese individuo. Hace años que fué expulsado del ejército en Filipinas, por un negocio sucio de contrabando, y no ha ido a presidio porque el Capitán general había sido amigo de su suegro. Don Santiago le conoce muy bien; fué su compañero de promoción; sabe que ha vivido en Barcelona algún tiempo, luego en Sevilla, siempre del juego y de la trampa, y que desde hace algunos meses se encuentra en Madrid, donde continúa rodando hacia la cárcel entre gente perdida y crapulosa.

Quedé consternado; me apresuré a preguntarle:

—¿Sabe usted si su mujer ha muerto?

—Don Santiago no tiene noticias de ello, pero supone que no.

Mi consternación fué mayor aún. Hubiera deseado que Natalia no existiese.

Di las gracias a mi buen amigo y me retiré más inquieto aún que había entrado.

Aquella noche, al levantarme de la mesa después de comer, el criado me dijo:

—Hay un señor ahí que pregunta por usted.

—Bueno; pásalo a la habitación y enciende la luz.

Me dirigí a mi cuarto y, sin saber por qué, una sospecha cruzó por mi mente. ¿Si será él?

Allí estaba, efectivamente, aquel repulsivo sujeto, arrellanado en una butaca, con las piernas cruzadas, silbando dulcemente una polka de cierta opereta bufa. Su grasiento sombrero descansaba sobre los papeles de mi mesa.

Al verme, se levantó pausadamente y me tendió la mano con impertinente condescendencia.

—¿Cómo va el amigo Jiménez? Supongo que me reconocerá usted.

—¿Céspedes?

—El mismo. Es usted buen fisonomista, porque he cambiado bastante. He saltado de joven a viejo sin sentirlo. Además, la barba...

A su bigotito enhiesto y cuidado habían sucedido unas barbas grises y aborrascadas, que, unidas a la dureza de su fisonomía y a la sordidez de su indumentaria, le daban un aspecto de salteador de caminos.

—¿Y Natalia?—le pregunté reprimiendo mi emoción.

—Buena; gracias—me respondió secamente frunciendo el entrecejo.

—¿Está en Madrid?

—Pues, ¿dónde quiere usted que esté?—me respondió con un acento insolente que me dejó confuso.

Me explicó en seguida que, a consecuencia de un choque que había tenido con el coronel de su regimiento, se había visto obligado a dejar el ejército hacía ya algunos años. Se encontró sin bienes de fortuna: no halló trabajo decoroso: sus parientes le abandonaron miserablemente: sus amigos, viéndole pobre, le volvieron la espalda.

—¿Será usted uno de ellos?—me preguntó clavándome una mirada que queriendo ser humilde guardaba el reflejo sarcástico y agresivo que siempre le había caracterizado.

Yo podía replicar que jamás había sido amigo suyo; pero estaba tan avergonzado, tan dominado por aquella increíble desfachatez, que me incliné haciendo un signo negativo.

Terminó pidiéndome cien pesetas, que le di sin vacilar pensando solamente en Natalia.

Para colmo de desgracia, añadió después de darme las gracias como si le ofreciese un cigarrillo, el único hijo que había tenido, un hermoso niño de siete años, se les había muerto aquí en Madrid hacía dos meses.

—¡Pobre Natalia!—exclamé.

—Sí; no cesa de llorar desde entonces. Yo le digo que si había de ser tan desgraciado como su padre más vale que haya dejado este mundo.

Tan bribón debió decir. Quise hacerle algunas preguntas acerca de ella, pero las rehusó contestando en un tono tan displicente, que estuvo a punto de hacer estallar mi cólera. Se apresuró a despedirse apretándome la mano sin mirarme, como si fuese yo quien le acabase de sacar cien pesetas. Cuando iba a trasponer la puerta le pregunté fingiendo indiferencia:

—Hasta otro rato. ¿Dónde vive usted?

Vaciló un instante y respondió:

—En la calle del Olivar, número diez.

Comprendí que mentía. Aquel bandido no quería que viese a Natalia. Sin embargo, fuí al día siguiente a la calle que me indicó con un resto de esperanza. Pronto se disipó: en aquella casa no conocían a semejante sujeto ni habían oído su nombre.

Pero yo estaba bien resuelto a conocer su domicilio y a ver a Natalia. No se necesitaba ser muy avisado para sospechar que vendría otra vez a sacarme dinero. En efecto, no se pasaron quince días sin que me hiciese otra visita. Me pidió diez duros.

—Aguarde usted un instante—le dije—; no tengo en este momento dinero, pero voy a pedírselo al dueño del hotel.

Busqué al chiquillo que limpiaba las botas y hacía los recados en la fonda y le dije:

—Cuando salga el individuo que está en mi cuarto le sigues con todo disimulo, y si averiguas dónde vive te doy un duro.

Hasta bien entrada la noche no tuve noticia alguna. Al pobre chico le había costado un trabajo enorme averiguar aquellas señas. Antes de restituirse a su domicilio, Céspedes había recorrido tres o cuatro tertulias de café donde se juega, y mi muchacho se vió necesitado a esperarle pacientemente a la puerta en todas ellas. Por último hacía un momento que había ido a su casa. Vivía en la calle de Toledo, número...

Al día siguiente, antes de las nueve de la mañana, me dirigí a esta calle, y ocultándome en un portal me puse a espiar el de la casa citada. Tenía una miserable apariencia que me contristó. ¡Pobre Natalia, dónde había venido a parar! Y me representé la suntuosa y elegante mansión donde hacía doce años la había conocido.

No quise por el momento preguntar por ella ni hablar con la portera. Temía que cualquier indiscreción por mi parte le pudiera acarrear un disgusto: preferí aguardar a que saliese, pues tenía por probable, si no seguro, que lo hiciese a estas horas y no por la tarde. Nada conseguí. Se pasó una hora, se pasaron dos y ninguna persona salió del portal que se pareciese a ella.

Al otro día fuí una hora antes. Me situé, como el anterior, en un lugar donde pudiera acechar sin ser notado. Pocos minutos después de estar allí vi salir de la casa una mujer enlutada. La reconocí en seguida, aunque había cambiado bastante. Estaba mucho más delgada; pero su rostro demacrado guardaba siempre aquel sello de inocencia infantil que tanto seducía. Dirigió una mirada a un lado y a otro de la calle. Había en sus ojos, hermosos como siempre, tanta humillación y tristeza que las lágrimas saltaron a los míos.

La seguí procurando no ser notado. Vestía una pobre falda negra y una mantillita deslustrada por el uso: llevaba en la mano un pequeño cesto. Entró en el mercado de la plaza de la Cebada, situado no muy lejos de su casa y realizó algunas compras para la alimentación, que me parecieron bien reducidas. Después, salió de allí por otra puerta, y con paso rápido se dirigió a la iglesia cercana y penetró en ella.

Sin vacilar, como quien está habituado a hacer todos los días lo mismo, fué derecha al altar de la Virgen del Carmen y se dejó caer de rodillas. Su oración duró larguísimo tiempo. Mientras tanto, yo, detrás de uno de los pilares, con la vista clavada sobre ella, me entregaba a un sin fin de pensamientos melancólicos y de proyectos locos.

Al fin se levantó y vi sus ojos enrojecidos por el llanto. Maniobrando rápidamente salí antes que ella de la iglesia y la esperé. Cuando puso el pie en la calle me planté delante y le dije:

—Buenos días, Natalia.

Me miró estupefacta sin conocerme; fué un instante.

—¡Angelito!

Y al alargarme su mano, bajó la cabeza y rompió a llorar. Los sollozos la ahogaban. Entonces la arrastré hasta el portal más próximo para que no llamase la atención de los transeuntes. Aguardé a que se calmase apretándole la mano en silencio, pues comprendía que ninguna palabra sería oportuna en aquella ocasión.

Al cabo alzó la frente, se secó los ojos y me preguntó:

—¿Me has encontrado por casualidad?

—No; te he venido a buscar.

—¿Cómo has sabido que estaba en Madrid?

—Por tu marido.

Le expliqué que éste no había querido darme sus señas y me había valido de una estratagema para averiguarlas.

—¿Dónde le has visto?

—Ha venido a visitarme.

Una gran inquietud llameó en sus ojos.

—¿Para pedirte dinero?

—Una cosa insignificante.

Se puso roja.

—¿Y se lo has dado?

—¿Pues qué iba a hacer?

Bajó los ojos y dijo sordamente:

—No se lo des más.

—Pero si me dice que estáis pasando grandes apuros, que apenas tenéis que comer, que no tiene dinero para comprarte unas botas...

—No importa, no se lo des más—replicó con resolución.

—Eso es fácil de decir; pero yo no puedo tolerar que pases hambre y que vayas descalza mientras me queden unas pesetas en el bolsillo. Tú eres para mí una hermana.

—Gracias, Angel—profirió conmovida apretándome la mano.

Guardó unos instantes silencio y después haciendo un esfuerzo sobre sí misma y como si le costase enorme trabajo pronunciar las palabras, comenzó a decir:

—No se lo des más porque... desgraciadamente tu dinero no serviría para aliviar nuestras necesidades sino para alimentar sus vicios. Jugaría, se emborracharía y en vez de darme unas botas me daría un mal rato.

—Pero, ¿es que te maltrata?—pregunté con voz alterada.

No me respondió. Al cabo exclamó con vehemencia:

—¡He sido muy desgraciada, mucho, muchísimo!... pero todas mis desgracias no eran nada, no serían nada si Dios me hubiese dejado aquel hijo de mis entrañas que acabo de perder.

Al pronunciar estas últimas palabras rompió de nuevo en sollozos.

Cuando se hubo calmado un poco comenzó a hablarme de su niño muerto: una criatura de siete años, hermoso como un ángel, de una inteligencia tan precoz que ya se daba cuenta de las penas de su madre y la consolaba prodigándole palabras tan cariñosas y apasionadas que no podía recordarlas ahora sin que se le partiese el corazón: «—Mira, mamita, cuando yo sea grande trabajaré y ganaré mucho dinero y te compraré bonitos trajes y viviremos en una casa mejor que ésta y tú no lavarás la ropa porque tendremos criadas como antes. Yo no me casaré nunca más que contigo.»

Me describió su enfermedad con todos los pormenores imaginables. Me repitió sus últimas palabras:

«Mamá, estoy viendo el cielo. Hay una señora muy hermosa, muy hermosa que se parece a ti. Muchos niños la rodean... ¡Mira, mira cómo me hacen señas para que me vaya con ellos!... Dame la mano... Yo no quiero separarme de ti, mamita. Ven conmigo, mamita,..»

La infeliz no dejaba de llorar mientras me narraba estas historias. Algún transeunte al cruzar la miraba con sorpresa, pero viéndola enlutada, comprendía que estaba hablando de algún ser desaparecido y apartaba los ojos con respeto.

Sin embargo, yo tenía clavada en el alma una sospecha que me atormentaba. Bruscamente le repetí:

—Pero dime, ¿tu marido te maltrata?

Sus ojos se secaron, adquiriendo una expresión dura.

—No hablemos de eso. Al morir mi niño concluyó todo... Y te juro que no volverá a empezar.

No pude menos de recordar, observando su acento resuelto y la expresión colérica de su mirada, a la Natalia de otros días, a aquella niña tan viva, tan impetuosa, tan seductora.

No quise insistir; pero le dije:

—De todos modos deseo que sepas que no estás sola en el mundo y que estoy dispuesto a hacer por ti todo cuanto puede hacer un hermano.

Me miró con tal expresión de gratitud y de afecto que largo tiempo después, todavía al recordar aquella mirada, me sentía conmovido.

—¿Tu padre no tenía una hermana?

-Sí; la tía Leocadia. Se ha muerto un año después que él.

—¡Pobre Don Luis!—exclamé—. ¡Quién le había de decir!...

—Cuando se recibió la noticia en La Habana acababa yo de dar a luz a Luisito. Me lo ocultaron mucho tiempo hasta que me puse buena... ¡Pobre papá!... Su sino era malo como el mío.

Guardó silencio y yo también. Los dos pensábamos en lo mismo, pero el nombre que palpitaba en nuestros labios no se llegó a pronunciar. Ni yo tenía ganas de pronunciarlo ni ella seguramente de oírlo.

Nos apretamos de nuevo la mano para despedirnos Yo me decidí a preguntarle:

—¿Necesitas dinero? Cuanto tengo es tuyo.

Hizo un gesto negativo.

—Aunque lo necesitase no podría aceptarlo porque él lo advertiría bien pronto.

—¡Es bien triste! Sin embargo, yo no me separo de ti sin que me prometas que en un caso de apuro, lo mismo de dinero que de otra cosa, acudirás a mí. Vivo en la calle del Arenal, en el hotel de... ¿Me lo prometes?

—Te lo juro.

—¿Podré verte alguna vez?

—Sí; ven a esta misma hora a la iglesia... No muchas veces... Ya comprenderás que pudieran observarnos y sospechar otra cosa.

La vi alejarse con su pobre cestita pendiente de la mano. Me sentí tan melancólico, tan preocupado, que en todo el día no pude apartarla de mi imaginación.

Me guardé bien de comunicar con Moro estas nuevas. No harían otra cosa que inquietar su vida y entristecerla aún más que la mía. Continué viendo a Natalia cada ocho o diez días al salir de la iglesia y hablando con ella algunos minutos. No me fué posible obtener que aceptase el más corto obsequio. En estas breves conferencias lloraba siempre. Sin embargo, alguna vez la hice sonreír recordando algunos incidentes cómicos del tiempo pasado.

—¿Te acuerdas de Sixto Moro, tu profesor?—le pregunté un día repentinamente.

Observé una leve turbación en su fisonomía.

—¿Continuáis siendo tan amigos?—me replicó en un tono que se esforzaba en aparecer indiferente.

—¡Ya lo creo! Nos vemos con mucha frecuencia. Pero el amigo Sixto ha hecho gran carrera desde que le has perdido de vista. Es actualmente uno de los primeros abogados de Madrid, gana mucho dinero, se le conoce, se le respeta, es diputado y será pronto cuanto se le antoje.

—Todo se lo merece: es un hombre muy inteligente y muy simpático—me dijo ya con perfecta tranquilidad.

Pero desvió inmediatamente la conversación hacia otro asunto, sin mostrar curiosidad por conocer más detalles. Sin embargo, cuando nos despedimos, al darme la mano me dijo con alguna vacilación.

—¿Sabes, Angelito?... No digas a Moro que estamos aquí.

—Pierde cuidado. Nada sabrá.

Debí haber añadido: «Por lo que a mí se refiere». Porque Sixto lo averiguó casualmente por sí mismo. Un día que fuí a almorzar a su casa le hallé pensativo y serio: antes de saludarme me dijo:

—¿Sabes a quién he visto ayer?

—Sí; a Rodrigo Céspedes.

—¿Sabías que estaba aquí?

—Lo he averiguado hace unos días.

—El traje que llevaba era deplorable. Parece hallarse en mala situación. ¿No pertenece ya al ejército?

—Ha sido expulsado hace tiempo.

—¿Y su mujer?—preguntó con voz levemente alterada.

—Su mujer vive y está aquí.

—¿La has visto?

—No, no la he visto. Rodrigo, con quien hablé unos instantes en la calle, ha evitado el darme las señas de su casa.

Me pareció que debía mentir en aquella ocasión. ¿Qué ventaja podía resultar de que supiese que hablaba con Natalia? Al contrario, para ésta y para él acaso hubiera peligro.

Guardó silencio obstinado largo rato, almorzó con poco apetito y le observé distraído y meditabundo mientras permanecí en su casa.

Otro tanto me acaeció pocos días después al entrevistarme con Natalia a la puerta de la iglesia. La hallé terriblemente seria: había en sus ojos una gran inquietud: un pliegue profundo surcaba su frente.

Le pregunté si se sentía mal, si había tenido algún disgusto, Me respondió secamente que se encontraba bien de salud y que nada le ocurría. Hablamos pocos minutos y se apresuró a despedirse. Sin embargo, al tiempo de separarnos volvió sobre sus pasos, me tomó la mano de nuevo y apretándola con extraordinaria fuerza me dijo con un sollozo reprimido:

—Pide a Dios por mí..., porque nunca lo he necesitado más que hoy.

Y se alejó rápidamente. Corrí detrás de ella.

—Dime, dime; ¿qué es lo que te pasa?

Pero ella, sin volverse, me hizo seña de que no la siguiese.

IX. LA DELINCUENTE HONRADA

Sobre las once de la mañana me desperté. Había llegado tarde del teatro: todavía me quedé dormido algunos minutos. Al fin, dominando la pereza, me planté de un salto fuera de la cama, hice las abluciones acostumbradas; me vestí y me dirigí al comedor para almorzar.

El periódico estaba, como siempre, al lado de mi plato. He tenido toda mi vida la antihigiénica costumbre de leer los periódicos a la hora de las comidas. Lo recorrí lentamente mientras masticaba distraído lo que me ponían delante, y ya iba a soltarlo cuando entre los sucesos del día, colocados al final y que rara vez leo, tropezaron mis ojos con un epígrafe en letra grande que decía: «Las vitrioleras».

«Ayer noche se desarrolló en la casa de la calle de Toledo, número..., una escena que, por desgracia, se repiten con alguna frecuencia. Natalia de los Reyes, de veintiséis años de edad, después de una acalorada disputa con su marido Rodrigo Céspedes, de cuarenta y cinco, le arrojó al rostro un frasco lleno de ácido sulfúrico, que le produjo graves heridas. El herido fué llevado a la Casa de Socorro y desde allí al hospital. La esposa criminal huyó del domicilio y hasta la hora presente no pudo ser habida.»

Quedé sin gota de sangre en las venas. Dejé caer el periódico sobre la mesa y mi consternación fué tal, que permanecí largo tiempo inmóvil sin acertar a levantarme de la silla. Por fin tomé de nuevo el papel entre las manos y volví a leer la noticia, imaginando vagamente que pudiera haberme equivocado en los nombres. No, no; eran bien exactos: Natalia de los Reyes, Rodrigo Céspedes. Seguí leyendo, sin saber lo que hacía, y al final de la columna me encontré con otra noticia referente al mismo asunto.

«Al cerrar nuestra edición tenemos noticia de que la autora del atentado de la calle de Toledo, Natalia de los Reyes, se ha entregado voluntariamente a la autoridad esta madrugada. Según hemos podido averiguar los protagonistas de este drama son personas de buena sociedad que por reveses de fortuna han llegado casi a la indigencia. Natalia de los Reyes es hija del difunto general Don Luis de los Reyes, que hace años representó un papel importante en la milicia y la política. Su marido es un antiguo oficial del ejército, separado de él hace tiempo. Tendremos a nuestros lectores al corriente de las fases de este suceso, que por tratarse de personas conocidas llamará seguramente la atención pública.»

Recordé la actitud extraña en que había hallado a Natalia y sus palabras enigmáticas en el día anterior y comprendí que alguna nueva infamia de Céspedes había venido a llenar la medida de su paciencia. Mi primer pensamiento fué volar a la cárcel y hacer por mi desgraciada amiga cuanto humanamente me fuese posible.

Cuando bajaba la escalera del hotel la subía Sixto Moro. Nuestras miradas se cruzaron y nos entendimos. Nos estrechamos las manos en silencio.

—¿Vas a la cárcel?—me preguntó.

—En este instante.

—Tengo el coche a la puerta. Vamos juntos.

Mientras rodábamos por las calles le expliqué lo que sabía y lo que sospechaba de las relaciones de Natalia con su marido y le referí las últimas conmovedoras palabras que habían salido de su boca cuando nos despedimos el día antes.

En la cárcel nos dijeron que Natalia se hallaba incomunicada por orden judicial.

—Vamos a ver al juez: es mi amigo—dijo Sixto.

Y de nuevo, más tristes e impacientes todavía, volvimos a rodar por las calles.

El juez nos recibió atentamente, y nos manifestó que la incomunicación sólo duraría hasta que tomase nueva declaración al herido. Sixto le dijo que él se encargaba de la defensa de la procesada. Yo le hice saber que era redactor de un periódico importante. En vista de ello nos dió un permiso escrito para que pudiéramos verla particularmente una vez levantada la incomunicación.

Cuando lo logramos era ya cerca de la noche. El jefe de la prisión se mostró cortés en extremo con nosotros, nos hizo pasar a su despacho y él mismo fué a informar a Natalia de mi visita. Le rogamos que nada dijera de la presencia de Moro. Este se quedó en el despacho con él mientras yo, guiado por un dependiente, llegué hasta la celda. Al abrirme la puerta, Natalia salió a mi encuentro con las manos extendidas. Sentí mi corazón tan oprimido al estrechárselas, que me saltaron las lágrimas a los ojos.

—No llores, Angel. Por mala que sea mi situación en este momento, era peor la que antes ocupaba.

Tenía los ojos secos, las mejillas encendidas y en su mirada había un cierto extravío de locura.

Yo no podía hablar.

—No vayas a creer que estoy arrepentida—profirió sacudiéndome las manos—. Nada de eso. ¡Estoy contenta, contentísima!

Y bruscamente, atropellándose para hablar, me dió cuenta de la forma en que había llevado a cabo su acto. Le había arrojado el frasco entero de vitriolo, ¡zas!, a la cara y se había hecho pedazos en ella.

—¡No estoy arrepentida, no! Cien veces volvería a hacer lo mismo con ese miserable.

Comprendí que se hallaba presa de una gran excitación nerviosa y traté de calmarla. Cuando le dije que Sixto Moro se había ofrecido a ser su abogado defensor quedó repentinamente paralizada. Guardó silencio unos instantes y dijo al cabo con voz demudada:

—Pero ¿es verdad lo que dices?

—Tan verdad, Natalia, que está ahí fuera esperando que yo le llame para entrar.

—¡Oh, no, por Dios!—exclamó tapándose la cara con las manos—. ¡Qué vergüenza!

—Sí, sí, Natalia, debe entrar. Lo está deseando ardientemente y va a ser tu salvación.

Y sin más esperar me apresuré a salir de la estancia, fuí al despacho del jefe y traje a Sixto conmigo. Antes de entrar éste se llevó la mano al pecho y me dijo:

—Déjame un instante. Mi corazón parece que quiere salir de su sitio.

Cuando entramos Natalia estaba tan roja que daba miedo. Se adelantó sonriente hacia Moro, que casi estaba tan rojo como ella. Pero al estrecharle la mano le sucedió lo que a mí, no pudo reprimir las lágrimas. Entonces Natalia, lanzando un grito sofocado, se dejó caer sobre el pobre lecho que tenía cerca y estalló en sollozos. Fué una crisis terrible de lágrimas. Sixto quería salir para llamar al médico; pero yo le retuve.

—Déjala; este llanto le ha de venir muy bien.

En efecto, pocos minutos después se incorporó. Su fisonomía se había serenado por completo: tenía otra vez aquella inocente expresión infantil que la hacía tan adorable.

—Gracias, Moro—dijo alargándole la mano—. No merezco esas lágrimas ni puedo pagárselas, pero Dios se las pagará... A mí ya me ha dado lo que merecía.

—Nadie conoce sus designios, Natalia—repuso Moro gravemente—. Confiemos en Él y apresurémonos a hacer lo que esté en nuestra mano para salir de este mal paso.

Sus ojos inteligentes brillaron con firme resolución preparándose al combate. Me invitó a sentarme en la única silla que allí había, salió un momento a pedir otra y acomodándose con enérgica actitud frente a Natalia, que se hallaba sentada sobre el borde del lecho, le dijo con autoridad:

—Necesito saber todo lo que ha pasado: necesito saber también los antecedentes del hecho.

—¿Es necesario que cuente mi historia?

—Sí; es necesario.

—¿Que lo cuente todo?

—Absolutamente todo.

—Pues bien, ustedes saben que después de mi boda estuvimos unos días en Piedra, que volvimos y que poco después embarcamos en Cádiz para Cuba. Por recomendación de papá, Rodrigo en vez de salir al campo de operaciones, se quedó en La Habana a las órdenes del Capitán general. Los primeros meses de mi matrimonio fueron los únicos felices. Mi marido salía poco de casa y casi siempre conmigo: parecía haber abandonado sus hábitos de juego: se mostraba deferente, afectuoso y alegre. Sin embargo, en ciertos momentos aparecía taciturno y respondía a mis preguntas en un tono sarcástico que no dejaba de herirme vivamente. Como duraba poco tiempo, no eran más que leves nubecillas que no lograban empañar mi dicha. Pero estos momentos de mal humor se fueron repitiendo con alguna frecuencia y empezaron a darme que sentir y que pensar. Sobre todo, vuelvo a decir, lo que más me hería y lo que más me ha hecho sufrir toda la vida, aún más que otras cosas peores de que hablaré, era su acento displicente, su actitud despreciativa. Pensando en la manera de remediarlo imaginé ¡pobre de mí! que Rodrigo estaba demasiado habituado a una vida divertida y frívola para soportar fácilmente esta otra un poco monótona de familia. Y yo misma le insté para que se fuese más tiempo con sus amigos y procurase distraerse. No se lo hizo repetir. Comenzó de nuevo a hacer la vida de soltero y calavera. Llegaba tarde a casa y alguna vez con señales de haber bebido en demasía. Pero estaba alegre y me trataba con amabilidad: era suficiente para que yo estuviese contenta. Más tarde quiso que yo también participase de esta vida alegre y me llevó a varias casas donde se bailaba, se cantaba y se jugaba. Pronto advertí que aquella sociedad equívoca no estaba hecha para mí. Se hablaba con una libertad a la cual no estaba acostumbrada; se usaban bromas subidas de color; las señoras fumaban como los caballeros y jugaban a los naipes; los caballeros juraban como carreteros cuando perdían y las damas, en vez de indignarse, reían. A altas horas de la noche se salía algunas veces formando pandilla, se recorría la ciudad y por fin se entraba en cualquier café que estuviese abierto y allí continuaba la jarana hasta que amaneciera...

Me hallaba tan avergonzada de esta sociedad poco honrosa y de esta vida sin recato que a los pocos días le signifiqué a Rodrigo que estaba resuelta a no entrar más en ella. Esto ocasionó el primer altercado serio que habíamos tenido. Me trató con dureza y dejó escapar palabras que me hirieron profundamente trayendo a cuento a mi padre y algunos antecedentes de mi familia. Me mantuve firme y guardé de aquella disputa un resentimiento que con el tiempo fué creciendo. Rodrigo, en vez de apagarlo, le fué echando más leña con su actitud despegada y su conducta libertina. Venía a casa cada noche más tarde; algunas veces no venía hasta la madrugada. Yo me pasaba las horas llorando en una butaca.

Después vinieron los apuros de dinero. Rodrigo jugaba y cuando perdía transcurrían algunos días sin entregarme ninguno para las necesidades de la casa. Pasaba unos momentos crueles, unas vergüenzas increíbles cuando me veía precisada a pedir prórroga para mis compras. ¡Ay!, después tuve tiempo para acostumbrarme a estas penas, que no son las menos insufribles para una persona decente. Un día Rodrigo se mostró conmigo más afectuoso que de ordinario; al día siguiente igual, al otro lo mismo. Yo acepté aquellas caricias como moneda de buena ley y me puse a imaginar con alegría que había vuelto sobre sí, que estaba arrepentido de su vida disoluta y que para nosotros comenzaba una nueva luna de miel. Pronto vinieron al suelo mis ilusiones. Al cuarto día, con no pocos preámbulos de caricias y palabras melosas, me hizo saber que se hallaba en un compromiso de honor muy apremiante, que había jugado bajo su palabra y que había perdido, que había prometido saldar su deuda en el plazo de dos meses cuando le llegase el dinero que tenía en España y que si no lo hacía quedaría deshonrado y no tenía otro recurso que darse un tiro. «—¿Bien, y qué es lo que quieres de mí?»—le pregunté sospechando inmediatamente de lo que se trataba y apreciando en su justo valor ya las caricias de los días anteriores. Ante esta pregunta se hizo el avergonzado, hasta quiso ruborizarse y me insinuó después de largas vacilaciones que debía escribir a mi padre pidiéndole diez mil pesetas. Me negué rotundamente a hacerlo. Insistió, rogó, se puso de rodillas delante de mí y tanto hizo que al cabo logró ablandarme. Escribí a mi padre con una repugnancia invencible. Yo conocía perfectamente su situación, que su sueldo apenas bastaba a cubrir sus gastos personales y que los de la casa pesaban todos sobre la fortuna de mi madrastra. En efecto, a vuelta de correo me envió una carta severísima doliéndose de que le pusiera en el trance de manifestarme su posición un poco humillante, pues Guadalupe, por estipulaciones matrimoniales, guardaba la libre administración de sus bienes. Le era imposible enviarme un céntimo; apenas tenía para sus gastos de representación; pedir el dinero a su mujer le parecía vergonzoso. Sin decirlo claramente dejaba traslucir que sabía perfectamente a qué se destinaban las diez mil pesetas que le pedía. Presenté la carta a Rodrigo; la leyó con gesto avinagrado, pues veía que no venía letra alguna dentro de ella, y dibujándose en sus labios una sonrisa amarga, me la entregó diciendo con sarcasmo:—Muchas gracias al papá y a la hija.

Desde entonces cambió la decoración. Empezó a tratarme con el mayor desprecio y a hacerme la vida muy dura.

—¿Llegó a maltratar a usted de obra?—preguntó Moro.

—Todavía no, pero me hablaba ya sin consideración alguna, paraba poquísimo en casa, dejaba sobre su mesa para que yo las viese cartas de mujeres. A tal extremo llegó en sus desprecios, que un día hice un paquete de mi ropa y dejándole una carta sobre la mesa de noche salí de la casa y me fuí a la de una amiga, señora de un coronel de artillería a quien había conocido en Madrid. Entonces Rodrigo vino inmediatamente a buscarme, se hizo el sorprendido ante mis amigos de mi decisión, procuró quitar importancia a los agravios, me pidió perdón de ellos y, en fin, se reconcilió conmigo. Todo aquello era pura hipocresía. Temía que el coronel diese publicidad a su conducta, que llegase a oídos de mi padre, el cual era hombre bien capaz de tomar venganza de ella y sobre todo que se enterase el Capitán general, a quien le convenía tener propicio. Volviendo, pues, sobre su acuerdo me trató desde entonces relativamente bien. No logró, sin embargo, disimular lo bastante para que yo no comprendiese que en el fondo de su corazón me guardaba rencor.

En esto llegó la fatal noticia de la muerte de papá. El Capitán general y todo el elemento militar de la Habana me dieron en aquella ocasión pruebas inolvidables de aprecio. Mi dolor fué tan vivo que quise volverme loca. Yo quería a mi padre apasionadamente, pero desde que advertí el despego de Rodrigo le quise mucho más. Ahora entendí bien que me hallaba verdaderamente sola en el mundo: este pensamiento me dejó abatida, aniquilada. Pronto vino a añadirse un nuevo dolor a este abatimiento. El Capitán general estaba perfectamente enterado de la conducta disoluta de Rodrigo, de sus escándalos y sus trampas. Hasta entonces había cerrado los ojos por respeto a mi padre; pero tres meses después de la muerte de éste le llamó a su despacho y le intimó la orden de volver a la Península. Fué necesario obedecer. Vinimos destinados a Barcelona. Como no había cumplido el plazo reglamentario en Ultramar para consolidar su ascenso, Rodrigo volvió a ser capitán. Yo estaba ya encinta de mi hijo Luisito. La vida volvió a ser muy dura para mí; teníamos escasísimos recursos: Rodrigo estaba siempre de un humor endiablado. Como ustedes presumirán, todas mis joyas habían desaparecido ya desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, conservaba colgado al cuello siempre un retrato de mi madre orlado de perlas y brillantes que papá me había regalado el día de mi primera comunión. Rodrigo me lo pidió, primero con muy amables súplicas, después con amenazas. Me negué a dárselo. Entonces se desató en injurias y por fin me dio un fuerte empellón que me hizo caer sobre la chimenea hiriéndome en la cabeza...

—¿Ha habido testigos de ese acto?—preguntó Moro.

—En aquel momento no había allí nadie, pero la patrona de la casa de huéspedes donde nos hallábamos estaba escuchando la disputa y acudió al grito que yo di y me restañó la sangre recriminando duramente a mi marido, porque yo estaba embarazada de siete meses.

Moro sacó la cartera y apuntó las señas de la casa y el nombre de la huéspeda.

—Yo me hallaba tan preocupada con mi estado y era tan feliz con la esperanza que ya casi había perdido, de tener un hijo, que no di gran importancia a aquel acto. Nació mi niño y poco después Rodrigo fué destinado a Filipinas y ascendió otra vez a comandante. Allí pasamos algunos años. No me trataba bien, pero sólo en contadas ocasiones puso la mano sobre mí. Por otra parte, las caricias de mi niño me compensaban de todas mis desdichas. Pero llegó un momento en que se mezcló en cierto asunto muy sucio de contrabando y sólo el recuerdo de mi padre, que el Capitán general guardaba religiosamente, le salvó del presidio. Se contentaron con expulsarle del ejército: quedamos a la gracia de Dios; salimos de Filipinas; vinimos a Barcelona donde Rodrigo tenía amigos de su misma calaña. Desde entonces mi vida fué un verdadero martirio. Rodrigo, agriado por la miseria, viviendo entre gente crapulosa, sirviendo de crupié en las casas de juego: pasé hambre algunas veces porque mi hijo no la pasara; estuve encerrada en casa temporadas porque no tenía zapatos que ponerme. Fuimos a Sevilla y mi vida aun fué peor... No tengo fuerzas en este momento para contar los malos tratos que sufrí de ese hombre. Fuí golpeada, humillada, privada de alimento y de ropa con que abrigarme...

—¿Por qué no has huído de su lado?—exclamé yo—. Más valía para ti morir en la calle.

—No huí porque me amenazó con que en ese caso se apoderaría de mi hijo, a lo cual le daba derecho la ley, y le haría sufrir a él los martirios que estaban destinados para mí.

Moro dejó escapar un rugido; saltó de la silla y se puso a dar vueltas por la estancia como si estuviera loco, mesándose los cabellos, rechinando los dientes.

Por fin se sentó otra vez y dijo con voz ronca:

—Siga usted.

Natalia le clavó una mirada de asombro y reconocimiento que él no pudo sostener. Bajó la cabeza y observé que sus manos temblaban.

—No quiero entrar en los detalles de las maldades con que me ha atormentado.

—¡Es necesario!—profirió Sixto.

—Dispénseme usted... No puedo en este momento... Me encuentro muy excitada. Acaso más adelante... El amor de mi hijo me ha sostenido en esas duras pruebas. Pero hará pronto tres meses que este ángel subió al cielo comprendiendo que aquí no le aguardaban más que desdichas.

Al llegar a este punto rompió de nuevo en sollozos. Cuando se hubo serenado prosiguió de esta manera:

—Con la muerte de mi hijo todo concluyó. Rodrigo sabía perfectamente que éste era el único lazo que me ligaba los pies. No le convenía que yo me marchase; le era necesaria. Así que desde entonces se abstuvo de maltratarme; aun más, comenzó a mostrarse conmigo deferente, respetando mi dolor: parecía interesarse por mi salud; me trajo algunos medicamentos para la anemia que según él padezco. Por fin anteayer domingo por la mañana me dijo con acento cariñoso: «—¿Quieres que pasemos hoy el día en el campo? A ti te conviene respirar el aire puro, distraerte un poco.»—Como ya todo me tenía sin cuidado en este mundo y lo mismo me importaba quedarme en casa que salir, le dije que sí. Tomamos el tranvía y nos fuimos a la Moncloa, nos paseamos, nos sentamos después sobre el césped. Rodrigo se durmió: yo mientras tanto pensaba en mi hijo y lloraba. Cuando despertó me propuso ir a almorzar a uno de los restauranes de la Bombilla, pues había ganado el día anterior algún dinero. Entramos, pues, en uno de ellos y Rodrigo me hizo elegir amablemente en la carta lo que más me apetecía. Antes de concluir de almorzar se presentó por allí un caballero que vino a saludar muy afectuosamente a mi marido. Este me lo presentó como uno de sus mejores amigos. Era un hombre joven todavía, grueso, no mal parecido, pero de aspecto ordinario; vestía bien y lucía en el dedo meñique un enorme brillante, uno de esos brillantes que llamamos «de jugador». No era otra cosa, al parecer, aquel sujeto. Se sentó a nuestro lado, charló mucho, se mostró galante conmigo, bebió dos copitas de cognac y regaló a mi marido con algunos cigarros. Cuando nos levantamos de la mesa observé que se dirigió al mozo y pagó todo el gasto que habíamos hecho. Esto me sorprendió y me ofendió: se lo dije por lo bajo a mi marido; él se echó a reír diciendo: «—¡Déjale, es rico!» Este sujeto nos acompañó después en el paseo y por último nos dejó en el tranvía. Rodrigo continuó mostrándose conmigo amable. Por la noche después de cenar, en vez de salir, como siempre, se quedó en casa charlando. De pronto me dice sonriendo: «—¿Te gusta Manolo López?» «—¿Quién es Manolo López?»—le respondí, aunque sabía perfectamente a quién se refería. «—Anda, pues el amigo con quien hemos paseado esta tarde.» «—¡Ah! sí, se me había olvidado su nombre... Ni me gusta ni me disgusta.» «—Pues tú a él le has chiflado.» «—¡Qué raro! ¿Cuándo te lo ha dicho?» «—Pues en un momento en que tú estabas distraída.» Yo callé porque algo extraño y terrible comenzaba a moverse en mi corazón. Guardamos silencio algunos minutos y al cabo Rodrigo comenzó a decir como si hablase consigo mismo y no para mí: «—Manolo López ha heredado hace algunos meses un millón de pesetas de un tío prestamista. Manolo López es generoso: si quisiera podía sacarnos de apuros. ¿Y por qué no había de querer? ¡Vaya si quiere! Bastaría con que una personita que yo conozco hiciese una seña para que todo su dinero se pusiese a nuestra disposición.» Una ola de fuego subió a mi cara en aquel momento. Me levanté de la silla como si me hubieran pinchado. «—¡Ni una palabra más, Rodrigo!» Pero él se obstinó en hablar y entonces yo perdí la razón y le cubrí de denuestos. El los sufrió mientras supuso que con la blandura podría conseguir algo; pero una vez convencido de que todo era inútil se volvió a mostrar lo que siempre ha sido, una hiena. Me insultó con las palabras más inmundas y me golpeó bárbaramente. Entonces yo juré interiormente que no volvería a poner la mano sobre mí. Por la mañana en cuanto salí a la calle compré en la droguería un frasco lleno de vitriolo y lo guardé en mi seno. Cuando tú me has encontrado ayer, Angel, lo llevaba ya. Rodrigo no me dirigió la palabra en todo el día. Por la noche llegó temprano, contra su costumbre; se conocía que le pedía el cuerpo reyerta; estaba despechado, furioso: los planes que, sin duda, había trazado, se le venían abajo. Comenzó por dirigirme indirectas y burlas y concluyó por insultarme. Yo le respondí, porque estaba resuelta a no sufrirle más: él me dió una bofetada que me batió contra la pared; entonces yo le grité: «—¡No me tocarás más en tu vida, malvado!» Y sacando el frasco del pecho se lo arrojé con todas mis fuerzas a la cara. Se hizo mil pedazos en ella y Rodrigo cayó al suelo dando gritos horribles. Yo me di a la fuga instintivamente, sin saber lo que hacía; abrí la puerta del cuarto y me precipité por la escalera. Cuando estaba en el portal todavía llegaban a mis oídos sus gritos. Salí y emprendí por las calles una carrera loca: recorrí calles, muchas calles ¡muchas! y por fin salí al campo; seguí una carretera: estaba muy oscura; al poco rato salió la luna y pasé junto a unas casas; había algunos hombres delante de una de ellas que me chichearon y viendo que yo no les respondía me insultaron. Seguí la carretera que estaba llena de polvo; después atravesé un puente: el río era poco caudaloso, más bien un arroyo; me detuve un instante a mirarle y tuve intención de tirarme; pero comprendí que no conseguiría privarme de la vida, sino herirme. Seguí mi marcha anhelante por la carretera; volví a encontrar algunas casas; salí de nuevo al campo; me sentí al fin tan abatida como si fuese a morir; me dejé caer debajo de un árbol y me quedé dormida. Cuando desperté, la luna se había ocultado de nuevo; estaba muy oscuro: no sabía dónde me hallaba. El pensamiento de lo que había hecho me asaltó de pronto; volvieron a sonar en mis oídos los gritos desgarradores de mi marido. Otra vez corrí desalada y otra vez caí rendida al cabo de unos instantes. Me levanté en cuanto me fué posible y seguí marchando aunque más lentamente. Al fin tropecé con casas elevadas, vi una calle alumbrada con faroles y me sentí más tranquila porque comprendí que había llegado a un pueblo. Seguí aquella calle, luego otras y otras. Por fin, cuando ya rayaba el día me encontré a la puerta de mi casa. Un guardia me apresó, me llevó primero a la Inspección y después a esta cárcel.

Calló. Nos hallábamos tan conmovidos que no pudimos decir una palabra. Después de un corto silencio, Moro levantó la cabeza y con resuelto ademán profirió:

—Por hoy basta. Lo importante ahora es la salud de usted. De lo demás que necesito saber tenemos tiempo a hablar más adelante.

Y se puso a hablar de la salud de Natalia como si estuviese en visita, haciéndole minuciosas recomendaciones, proponiéndole remedios preventivos. En cuanto se fuese hablaría con el médico de la cárcel y le enviaría también el suyo. Estaba muy excitada: luego vendría la depresión: era necesario prevenirse contra ella. Y después de haberla animado con afectuosas palabras haciéndole comprender que había obrado con perfecto derecho y en legítima defensa de su honor y de su vida dió con extremada habilidad otro giro a la conversación; habló de los países donde Natalia había vivido; le pidió noticias, hizo observaciones jocosas; en suma, logró distraerla hasta el punto de que por un momento la joven se olvidó de donde estaba y lo que había hecho.

Sin embargo, era necesario separarse. Moro se alzó de la silla bromeando. La visita había sido demasiado larga. ¡Buena cansera le habíamos dado! Y le tendió la mano sonriente como si se despidiese en una visita ordinaria. Natalia se la apretó y se la retuvo unos momentos sonriente también. Ambos se miraron a los ojos con una larga, intensa mirada en que sus almas se besaron.

Pero Natalia volvió bruscamente la cabeza, se llevó las manos al rostro y estalló nuevamente en sollozos. Moro volvió también la suya para ocultar las lágrimas y se precipitó fuera de la estancia.

En el despacho del director convinimos los medios conducentes para hacer más llevadera a nuestra amiga su posición. Aquél nos prometió proporcionarle todas las comodidades compatibles con el Reglamento. Moro dispuso que se le sirviesen las comidas de un restaurán próximo. Cuando iba a decir que los gastos corrían por su cuenta, yo le toqué en el brazo con disimulo. Comprendió bien lo que mi seña significaba. Natalia no hubiera aceptado de su parte estos regalos. Bajó tristemente la cabeza y me dejó la iniciativa y el privilegio de costearlo todo.

Nos retiramos tristes y silenciosos de aquel paraje. La alegría que en los últimos momentos habíamos mostrado era una comedia destinada a divertir de su aflictiva situación el espíritu de nuestra amiga. Cuando nos despedimos a la puerta de su casa me estrechó la mano con fuerza y me dijo:

—Hasta mañana. Tengo la seguridad de que Natalia será absuelta... Pero si no fuese, procuraría hacer mejor la puntería que la vez pasada.

X. EN QUE SE DECLARA EL JUICIO DE LOS HOMBRES.

Aquellas palabras de mi amigo me inquietaron bastante. No soy un optimista convencido; la vida nunca me demostró que debía serlo. Era justo que Natalia fuese absuelta; ¿pero se impone la justicia en este mundo?

De todos modos comenzamos con gran ardor la preparación de la defensa. Rodrigo se hallaba en el hospital. Me informé de los médicos; las heridas eran gravísimas: quedaría ciego y desfigurado. Tales noticias me aterraron porque hacían peligrosa la situación de Natalia. En cambio a Sixto le impresionaron agradablemente. Nadie quede sorprendido: así como su amor por Natalia era mayor que el mío, el odio que profesaba al malvado de su marido era cien veces más vivo.

Pocos días después hice un viaje a Barcelona con instrucciones de Moro para obtener el testimonio de la patrona en cuya casa se hospedaron los esposos en otro tiempo. Fuí dichoso en mis investigaciones; no sólo adquirí este testimonio y la promesa de venir a Madrid cuando el juez la llamase, sino también el de otras dos personas que habían presenciado las violencias de Rodrigo. Sixto hizo otro viaje a Sevilla, también afortunado.

Pero lo que había acaecido en Cuba y Filipinas era igualmente de gran importancia. En este último punto algunas escenas habían sido particularmente repugnantes. Los testigos eran criados. ¿Cómo averiguar su paradero? ¿Cómo hacerles venir a España?

En esta ocasión la Providencia quiso ayudarnos por modo maravilloso. Un día recibí una tarjeta de mi amigo Pérez de Vargas invitándome a almorzar. Durante el almuerzo, que se efectuó en completa intimidad, esto es, entre su esposa, él y yo, me manifestó que estaba interesadísimo en el proceso de Natalia, no sólo porque yo lo estaba y por la parte que tomaba en él un hombre a quien admiraba tanto como Moro, sino por la simpatía y la compasión que le inspiraba la procesada, a cuyo padre había conocido. Por lo mismo quería contribuír en la forma que pudiese, con su influencia y con su dinero, al buen éxito del asunto y se ponía desde luego a nuestra disposición. Entonces yo viéndole tan propicio le hice saber nuestro embarazo. Testigos muy importantes y que podían influír notablemente sobre el Jurado se hallaban en Filipinas. Apenas hube pronunciado la última palabra exclamó:

—¡Cosa resuelta! Yo me encargo de buscar a esos testigos aunque se escondan en el centro de la tierra.

Fuimos juntos a ver a Moro; celebramos algunas conferencias. Pocos días después dos hombres hábiles y de toda confianza salían embarcados el uno para Filipinas el otro para Cuba con amplios poderes y todo el dinero necesario. Costase lo que costase era necesario traer a Madrid los testigos que Moro les había designado.

La confianza de éste seguía siendo absoluta. Y sus ojos no sólo expresaban la confianza, sino una secreta y concentrada fecilidad que yo sabía bien de donde manaba. Esta misma expresión dulce y expansiva la advertía en el rostro de Natalia cada vez que iba a visitarla una vez por semana. Moro celebraba con ella frecuentes conferencias prevalido de su cualidad de abogado defensor. Yo no podía dudar de lo que acaecía en el alma de estos dos seres para mí tan caros y esto me causaba una mezcla de alegría y de inquietud que no podría bien definir.

La preparación de la defensa no se limitaba solamente a la busca de testigos. Empecé a trabajar también con todas mis fuerzas a fin de crear en el público una atmósfera favorable a mi desgraciada amiga. En los cafés, en los saloncillos de los teatros, en el Ateneo, a todas partes donde iba me esforzaba en poner de nuestra parte a mis amigos y conocidos. Fuí a visitar a todos los que lo habían sido del general Reyes, les pinté la situación de su hija, los martirios que había sufrido, y logré pronto que se convirtiesen en otros tantos ardientes defensores de ella. Pero lo principal, como debe suponerse, era la Prensa. Mis compañeros me dieron prueba en aquella ocasión de un afecto que jamás agradeceré bastante. Hicieron una campaña discreta y formidable. Dios se lo pague.

Dos meses después desembarcó en La Coruña el emisario que Pérez de Vargas había enviado a Cuba, trayendo consigo una negra que había sido doncella de Natalia. Cuarenta días más tarde hizo lo mismo en Cádiz el que había enviado a Manila. Éste traía a dos indios, cochero y cocinero que habían servido en casa de Céspedes. La instrucción del proceso se desenvolvía, a no dudarlo, en sentido favorable.

Todo se hallaba preparado. Llegó por fin el gran día, el día del juicio oral, que yo esperaba a la vez con ansiedad y temor. No podía desechar éste de mi alma. Por más que me representaba las probabilidades de buen éxito con que podíamos contar dada la naturaleza de los testimonios que se ofrecían, el talento y la pericia de Moro, la simpatía que había llegado a inspirar Natalia, no obstante, el hecho brutal estaba allí, imborrable, incontrovertible: una mujer que hiere gravemente a su marido, le desfigura, le deja ciego para siempre. No era fácil dejar esto sin castigo.

Puede inferirse que la noche precedente dormí mal. Me levanté temprano, di algunas vueltas por las calles, y, por fin, me personé en casa de Moro. Estaba durmiendo aún. Volví a pasearme otro rato y cuando presumí que ya estaría levantado llamé de nuevo a su puerta. El criado me dijo que todavía se hallaba en la cama. Entonces, no pudiendo reprimir la impaciencia, tomé sobre mí la responsabilidad de despertarle y me dirigí a su dormitorio. En efecto, Sixto se hallaba sumido en profundo sueño. Cuando abrí las maderas del balcón volvió la cabeza, abrió los ojos y me miró un instante con vaga expresión sin darse cuenta de lo que mi visita significaba. Por fin, comprendiendo, una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Perdona que te despierte, pero ya son las ocho... El juicio es a las diez y...

—¿Y qué?—preguntó incorporándose y mirándome con la misma sonrisa.

Yo no sabía qué decir. Me puse a dar vueltas agitadamente por la estancia.

—No puedo reprimir mi inquietud desde ayer, te lo confieso. Temo que ocurra una cosa mala.

—¿Y por qué lo temes?—me preguntó con calma.

—No lo sé, pero lo temo... Francamente, no comprendo tu flema.

—Para vencer, querido Jiménez, es necesario creer en la victoria.

Y dando un salto fuera de la cama se dirigió a su bañera y se dispuso a tomar una ducha.

Yo estaba admirado de aquella calma. Me trajo a la memoria la de Napoleón cuando la noche víspera de la batalla de Austerlitz, después de recorrer las posiciones de sus tropas, sacó el reloj y dijo:—«Voy a dormir cuatro horas.» Y las durmió sin faltar un minuto. ¡Cuánto he admirado siempre a estos hombres dueños de sí mismos! ¡Cuánto me he despreciado a mí mismo y maldecido de mis nervios alborotadores!

—Bueno, ahora mientras me desayuno y preparo mis papeles, te vas a la cárcel, le encargas bien a Natalia que se atenga estrictamente a las instrucciones que le he dado y le infundes ánimo... si es que puedes.

—Procuraré tenerlo.

Volvió a mirarme sonriente y me apretó la mano.

—Hasta luego, poltrón.

Hallé a Natalia serena y confiada como él. Procuré, como había prometido, hacerme el valiente y me desbordé en palabras de aliento que sobre ser innecesarias debían de sonar a falso. Cuando llegó el momento de separarnos para ir a la Audiencia, mi mano, al estrechar la suya, temblaba. Natalia me miró con sorpresa.

—¿Tiemblas, Angel?... No temas, amigo mío. Venceremos probablemente, pero si no vencemos marcharé al presidio tranquila porque hay todavía en el mundo algunos corazones que se interesan por mí.

Me volví rápidamente para ocultar la emoción que me embargaba. Bajé a la calle y esperé su salida. La vi montar en el coche de la cárcel. Yo monté en el mío de punto y la hice seguir. Cuando llegamos al palacio de la Audiencia, donde debía efectuarse el juicio quise hablar con ella, pero me lo impidieron. La llevaron a la estancia reservada desde donde pasaría a su tiempo a la sala. Yo me introduje en ésta, que se hallaba ya llena. El proceso había despertado vivo interés. No sólo muchos señores de la alta sociedad, sino también un gran número de damas habían solicitado y obtenido entradas para presenciar el juicio y ocupaban los mejores puestos. Yo lo tenía especial por mi condición de periodista. Encontré ya sentados a algunos de mis compañeros. Éstos conocían el interés que yo tenía por la procesada y se mostraban desde luego partidarios resueltos de ella, expresando sus sentimientos en voz alta y con poca discreción. Tuve que llamarles alguna vez al orden porque temía que comprometiesen el éxito del negocio.

Se constituyó el Jurado después de las formalidades acostumbradas. Moro ocupó su puesto y el fiscal el suyo. Todo el mundo sabía que éste pedía para Natalia la pena de doce años de presidio. Era un funcionario de los que juzgan que su deber es mostrarse en toda ocasión, con razón o sin ella, implacables acusadores del procesado y hacen cuestión de amor propio el que sea condenado. Yo le temía porque era hombre influyente y hábil.

Se declaró abierto el juicio y apareció Natalia. Todas las miradas se clavaron sobre ella con intensa curiosidad. Vestía el mismo traje negro y la misma pobre mantilla con que la había visto la primera vez en la calle. Su semblante estaba pálido, pero sus hermosos ojos brillaban sobre él dulces y serenos sin arrogancia y sin confusión.

Hubo en el público un movimiento de simpatía. «—¡Qué hermosa es! ¡qué hermosa es!», oí repetir en voz baja a los que estaban cerca.

Se sentó en el banquillo de los acusados y un guardia se colocó en pie detrás de ella. Desgraciadamente, casi al mismo tiempo se presentó Céspedes. Un ujier le conducía y fué a sentarle en el sitio que le estaba designado. Tenía el rostro horriblemente desfigurado por las quemaduras: los ojos habían casi desaparecido. Un rumor producido por el horror y la compasión se esparció por toda la sala. Yo temblé y miré a Natalia. Ésta bajó la vista y ni por casualidad volvió a mirar a su marido mientras duró el juicio. Después volví los ojos a Moro: éste tenía clavados los suyos en el verdugo de su adorada con expresión de odio.

Fueron examinados los testigos de la acusación. No eran más que tres o cuatro vecinos de la casa que habían escuchado los gritos de Céspedes y habían presenciado la huída de Natalia.

Vinieron los de la defensa. Sus testimonios fueron terribles, abrumadores: los malos tratamientos de Céspedes allí relatados despertaron viva indignación en la asamblea. La sevicia quedaba perfectamente probada; yo volví a recuperar la calma. Sin embargo, el fiscal hizo lo posible por desvirtuarlos dirigiendo preguntas insidiosas a los testigos, procurando ponerlos en contradicción, hasta mostrando hacia algunos ostensible desdén a causa de su raza, pues los de Filipinas eran indios y la doncella de Cuba, negra. Con Natalia también se mostró desconsiderado y duro. Felizmente, ésta supo manifestarse tan serena y animosa que no logró poco ni mucho turbarla: su modestia, el acento sincero de sus palabras, su voz insinuante y dulce, causaron grata impresión en el público. Por otra parte, Moro dirigió hábiles preguntas a Céspedes. Éste respondió a ellas en forma tan altanera, con aquel tono sarcástico en él congénito, que en un instante perdió la simpatía que su lamentable estado inspiraba. Todo el mundo quedó persuadido de que aquel hombre era bien capaz de cometer las maldades que se le atribuían.

El juicio tomaba un giro evidentemente favorable para mi amiga. Sin embargo, a medida que se desenvolvía aumentaba mi agitación. ¡Oh los nervios! ¿Quién sabe lo que podía ocurrir? Cierto que Natalia había sufrido crueles tratamientos, pero al mismo tiempo era evidente que había cometido un delito y que a este delito no fué empujada por una necesidad irremediable. Por otra parte, las inteligencias de los hombres son tan diversas, pesan sobre ellas móviles tan varios... En fin, mi imaginación daba tantas vueltas que concluí por sentirme mareado.

El informe del fiscal vino todavía a turbarme y afligirme más. Fué despiadado, cruel: parecía que advirtiendo las simpatías que Natalia había despertado ponía empeño en contrariarlas y desvanecerlas. Pintó a la acusada como una joven frívola, caprichosa, que habiendo sido demasiado mimada por su padre como hija única y dotada por la Naturaleza de un carácter altanero había contraído hábitos insufribles de dominación. Forzosamente tenía que chocar con su marido, hombre de temperamento rudo y violento. Cierto que éste se había excedido en los medios de corrección; pero debía tenerse presente que era un militar y que en éstos ciertos actos de violencia no son tan vituperables como en los civiles por lo mismo que la férrea disciplina del ejército y los excesos de la guerra los prepara para ellos. Por otra parte, su mujer, por todas las leyes divinas y humanas, estaba obligada a respetarle y obedecerle. ¿Lo había hecho siempre? No; por el contrario, se complacía en contrariar sus gustos y aficiones. El delito que había cometido era odioso, repugnante y sobre todo injustificado. Si se sentía maltratada ¿por qué no daba parte a la autoridad? ¿Por qué no huía de su marido? Se dice que estaba retenida a su lado por el amor de su hijo. ¿Y después de muerto éste? Por el contrario, en vez de abandonar el domicilio conyugal se pone a meditar friamente su venganza.

«¡Vedla ahí!—exclamaba—. Ved ahí a esa perversa mujer marchando solapadamente a comprar el frasco de vitriolo, guardándolo un día entero en su seno, esperando como el tigre pacientemente a que la víctima se mueva para caer sobre ella, ejecutando, al fin, ese acto inconcebible de crueldad y de barbarie que priva de la luz del sol y deja para siempre desfigurado al hombre a quien había jurado fidelidad y amor ante el altar.»

Natalia, al escuchar estas palabras, se puso horriblemente pálida y comenzó a sollozar. Una voz gritó en el público:

—¡Eso es indigno!

Yo conocía bien aquella voz. Se alzó un fuerte rumor. El presidente, airado, convulso, tartamudeando por la cólera, gritó:

—¡Inmediatamente! Inmediatamente los guardias detendrán al sujeto que ha dado esa voz y lo pondrán a disposición de mi autoridad.

Los guardias y los ujieres se lanzaron con solicitud a buscarlo, pero no lograron dar con él, mejor dicho, nadie quiso denunciarlo. Sin embargo, el mismo Pérez de Vargas, que no era otro el delincuente, se entregó voluntariamente y fué trasladado al interior. Allí hizo valer su calidad de diputado y fué puesto inmediatamente en libertad. Pocos días después se envió al Congreso por el irritado presidente un suplicatorio para procesarle, que fué denegado.

La interrupción había producido fuerte conmoción en el público y desconcertado un poco al fiscal, quien terminó su discurso al cabo pidiendo que se declarase culpable a la procesada y se le impusiera la pena por el código señalada.

El presidente concedió la palabra al abogado defensor. Moro comenzó a hablar en medio de una gran expectación.

»Si alzo mi voz en este momento no es para añadir algo nuevo al proceso ni para esclarecerlo, sino para dar cumplimiento a uno de los trámites que la ley determina en estos casos. Después de lo que acaba de oír, por boca de los testigos, el Jurado quedará convencido de que el delito se halla perfectamente probado, un delito que se ha perpetrado por espacio de diez años y que ha terminado por el castigo del culpable sin intervención de las leyes, por la misma mano de Dios, de la cual sólo ha sido instrumento la desgraciada mujer que por caso extraño hoy se sienta en el banquillo de los acusados.

»En un día nefasto ese hombre, que la ira de Dios ha cegado, condujo al altar a una niña de diez y seis años. ¿Qué es lo que ese hombre aportaba a esa niña en cambio de su amor, de su inocencia, de su belleza, de la alta posición que ocupaba en el mundo? Un corazón gastado, una vejez prematura labrada por los vicios y por toda fortuna un honroso uniforme que ya deshonraba. Arrebatada por las dulces ilusiones de un corazón que se abre al primer llamamiento del amor como una rosa de abril al primer rayo del sol de la mañana, esa niña inocente abandona gozosa los tibios regalos de una casa espléndida, los placeres que la sociedad brinda a los que se hallan en su cima, las lisonjas y el aplauso de los salones, las caricias de un padre noble y apasionado para seguir al través de los mares la fortuna precaria y compartir las estrecheces de un modesto oficial del ejército. Todo para ella era nada; los peligros, los azares de la vida militar, las molestias de los viajes, la sordidez del hospedaje, la escasez de recursos; todo era alfombra de flores porque en su tierno corazón reía y cantaba el primer amor con delirio de alegría. La fuerza del amor es superior a los embates de la mar y a la amargura de sus olas, convierte en fragantes azucenas los abrojos de la tierra. ¡Ay! no tardó mucho tiempo en despertar de su mágico sueño de oro. Hay un cuento titulado El Lobo y Caperucita que muy pocos habrán dejado de leer en su infancia. Una niña tropieza en el bosque con un lobo el cual la engaña con palabras melosas, la lleva a su madriguera con promesa de regalarle juguetes y golosinas y concluye por devorarla. Pues bien, esta Caperucita también había encontrado su lobo. En los primeros tiempos los ojos de la fiera eran dulces, atractivos: Caperucita se dejaba guiar por ellos llena de fe y entusiasmo. Poco a poco comienzan a tornarse burlones y sarcásticos, y, por fin, se hacen feroces. Pero aun no había llegado la hora de saciarse en su sangre. Aquella fiera era como todas, cobarde: temía la venganza de un padre irritado y poderoso. Si el bravo general Don Luis de los Reyes contase entre los vivos es bien seguro que ese hombre no se sentaría hoy delante de nosotros.

»En los primeros tiempos se limitó a degradar a su inocente esposa introduciéndola en una sociedad de hombres viciosos y mujeres frágiles, haciéndola presenciar los desórdenes de una vida crapulosa y a compartir los apuros y miserias que el vicio arrastra consigo. Exige de ella que escriba a su padre pidiéndole dinero y porque el General lo niega como era justo sabiendo a lo que se destinaba, la injuria, la hiere en sus más caros sentimientos de familia, de tal modo que, indignada y aterrada a la vez, corre a refugiarse en casa de una amiga, esposa de un pundonoroso jefe del ejército. Otra vez la fiera vuelve a poner los ojos dulces, se muestra arrepentida y logra que la perdonen. No le convenía que aquellas injurias fuesen a oídos del general Reyes ni menos que se enterase el Capitán general de la isla de Cuba a cuyas órdenes se hallaba. Pero llega por fin, en medio de estas tristezas y penalidades, la noticia del fallecimiento del general Reyes. Su desgraciada hija, privada de tal protección, queda a merced del abominable monstruo que la fatalidad le había dado por compañero. La última paletada de tierra echada sobre los restos inanimados del héroe fué la señal del comienzo de su martirio.»

Y Moro, con calma aterradora, comenzó a referir uno por uno los tratamientos crueles que Céspedes infligió a su esposa en Filipinas, en Barcelona y en Sevilla sin omitir un detalle por repugnante que fuese. Su voz acusadora resonaba con eco profundo en la sala y la frialdad implacable de su gesto comunicaba frío y terror a cuantos le escuchaban. Los hombres arrugaban la frente y apretaban los dientes; las señoras se llevaban el pañuelo a los ojos para secarse las lágrimas.

Cuando terminó el relato hizo una pausa, permaneciendo algunos instantes con la cabeza baja mirando a la mesa. De pronto la levanta, sacude su melena como un león que advierte el peligro y se dispone a defender a sus cachorros. Entonces dió comienzo la oración más fogosa y elocuente que se ha escuchado en el foro español. ¡No la olvidaremos, no, los que hemos tenido la fortuna de oirla; no olvidaremos aquellas palabras vibrantes que sin rozarse jamás caían como gotas de fuego sobre nuestras cabezas! Su lógica era abrumadora, sus imágenes deslumbrantes. ¿Cómo es posible que con tal pasión y vehemencia en el alma las palabras fluyan de los labios artísticas, formando períodos de una belleza acabada? Es un misterio de la oratoria; es un privilegio del cielo.

Cerca de una hora nos tuvo pendientes de sus labios, maravillados y seducidos por aquel terso y luciente manantial de generosa elocuencia. La misma Natalia, olvidando su situación, le miraba estupefacta con los ojos muy abiertos, arrebatada a los intereses de su vida por el mágico poder del arte.

«¿Por qué esa mujer odiosamente maltratada no se substraía a sus tormentos? ¿por qué no huía de una vez del domicilio conyugal?, nos preguntaba el representante del ministerio fiscal. ¡Que respondan por mí las madres que en este momento me hacen el honor de escucharme! Ese monstruo había prometido a su infeliz esposa proseguir en su hijo los martirios que a ella le infligía si algún día le abandonaba. Y ésta no era una vana amenaza ¡no! Ella sabía bien de lo que era capaz porque ya se había asomado al abismo de su corazón y conocía sus negruras.»

Después, aludiendo al acto criminal que le había expulsado del ejército, decía:

«Si todo el peso de la ley cayera en aquella ocasión sobre ese hombre hubiera quedado en el presidio con una cadena al pie y su víctima no gemiría todavía largos años bajo el tormento de sus crueles tratamientos. Mas por un sarcasmo de la suerte el recuerdo venerado del general Reyes le arrancó del calabozo donde debería purgar su delito. El padre desde la tumba protegía al verdugo de su hija.»

Y cuando llegó a la escena final que dió origen al acto de Natalia tuvo frases aceradas que impresionaron hondamente al auditorio.

«En este momento aparece el rufián, el hombre de los diamantes en los dedos, que después de una noche de crápula viene todavía babeando de lujuria a comprar de ocasión la honra de una desgraciada mujer. Y el vendedor está allí, solícito, risueño, obsequioso, tratando de sacar el mejor partido de su mercancía. El ceñudo mercader de Damasco cuando lleva la esclava al mercado se desarruga, se muestra blando con ella para hacerla subir de valor. El comprador la examina atentamente mientras se come, se bebe y se fuma y al final desliza en los dedos del hediondo traficante algunos billetes que son el precio del honor de aquella mujer que un día, revestida del blanco velo de las vírgenes, ceñidas sus cándidas sienes con la corona de azahar, le hizo entrega de su cuerpo inmaculado y de su inocente corazón ante el altar.»

Por fin terminó su discurso con estas palabras que quedaron grabadas a buril en mi cerebro:

«Algunos de vosotros, señores jurados, tendrán o habrán tenido la dicha de ser padres. Vuestro corazón habrá saltado de gozo cuando al trasponer la puerta de casa escucháis la voz adorada de una niña que con gritos de alegría corre a recibiros; la levantáis en vuestros brazos, cubrís de apasionados besos su rostro amasado con rosas y leche, la sentáis sobre vuestras rodillas, acariciáis sus cabellos murmurando en su oído palabras de amor mientras ella os tiene pendientes y embelesados con su charla infantil y os hace olvidar por algunos instantes vuestras penas y cuidados. Allí está vuestro tesoro. Ninguna vigilancia os parece suficiente, ningún trabajo duro, ningún sacrificio bastante grande para asegurar a aquel ángel un porvenir dichoso... Pues bien, señores jurados, pensad por un momento que ese ángel caerá tal vez mañana en las garras de un sér diabólico que va a satisfacer sobre ella sus feroces instintos de crueldad, pensad que aquel afectuoso corazón, en vez de saltar de alegría como ahora al escuchar el ruido de la puerta se estremecerá de terror, pensad que aquellas cándidas mejillas donde tantos besos habéis depositado serán cobardemente abofeteadas, que aquellas tiernas manos que se introducían en vuestra barba acariciándola se verán cubiertas de sangrientos cardenales, que aquellos celestiales ojos en que os miráis retratados nunca dejarán de estar enrojecidos por el llanto, que de aquellos labios donde fluían frescas carcajadas que os inundaban de placer ya no saldrán más que gemidos. Y cuando esa criatura llegando al término de sus sufrimientos ya no pueda más, cuando un día impulsada por el instinto de conservación, que no abandona jamás a los seres vivos, pues hasta las aves más tímidas del cielo se defienden con su inofensivo pico, cuando un día sedienta de justicia arme su brazo con el arma de los débiles para inutilizar a su verdugo, entonces como un vulgar criminal se verá arrastrada a la cárcel y el representante de la justicia pública pedirá para ella la pena infamante del presidio... Pues bien, señores jurados, esa inocente criatura que os recibía con gritos de alegría, que saltaba sobre vuestras rodillas y acariciaba con sus dedos de rosa vuestras mejillas y gorjeaba en vuestros oídos palabras de amor, esa hermosa niña que en un día de ofuscación entregasteis a un miserable indigno de poseerla, esa joven escarnecida, martirizada, ultrajada de cuantos modos es posible, ya ha sido arrastrada a la cárcel, ya está en vuestro poder... Ahí la tenéis (apuntando a Natalia). ¡Condenadla!»

Un escalofrío corrió por toda la sala cuando sonaron estas vehementes palabras. El público guardó un silencio profundo y los ojos de todos se clavaron con ansiedad en los jurados. Estos, inmóviles y pálidos, tenían los suyos en el suelo. A mi lado oí murmurar a mis compañeros: «¡Está salvada, está salvada!» El corazón me dijo también: «¡Está salvada!»

—¿Tiene alguna otra cosa que alegar la acusada?—preguntó el Presidente.

—Nada, señor Presidente—respondió Natalia.

—Yo soy el que tengo algo que decir todavía—profirió una voz áspera, estridente, la voz de Céspedes.

Todas las miradas se volvieron con sorpresa hacia él.

—¿Qué es lo que usted tiene que decir?

—Tengo que decir que ese señor que de tal manera me acaba de insultar ha sido novio de mi mujer y ahora es su amante.

Se produjo un fuerte rumor en la sala, casi un tumulto. Moro y Natalia empalidecieron. Yo sentí que toda mi sangre fluía al corazón. «¡Está perdida!», me dije pasando en un instante de la alegría a la desesperación.

El Presidente hizo sonar la campanilla.

—¿Puede usted probar la acusación que acaba de formular?

—No puedo probarla, pero es cierta.

El Presidente se encogió levemente de hombros.

—Señor Presidente, deseo decir solamente unas palabras—manifestó Moro irguiéndose fieramente.

—El señor Abogado defensor no necesita responder a una acusación que no trae aparejada prueba alguna. No obstante, puede hablar, aunque brevemente.

—Como hijo que soy de un humilde obrero que a costa de enormes sacrificios ha logrado procurarme un título académico, me he visto necesitado en mi primera juventud a dar lecciones particulares. El general Reyes me llamó para dárselas de francés a su hija. Que he cumplido fielmente mi cometido lo prueba el que jamás me faltó su estimación hasta su muerte. Si hubiera osado poner los ojos en su hija, no sólo no la hubiera obtenido, sino que me hubiera arrojado de su casa. Después de celebrado el matrimonio de la procesada no he vuelto a verla, como me es fácil probar, ni siquiera a tener noticia de ella hasta después de realizado el acto que la ha conducido a la prisión... Por lo demás—añadió con gesto arrogante—si hubiera tenido el honor de hacerla mi esposa no sería ciertamente para infligirla un bárbaro martirio de diez años y concluir ultrajándola villanamente.

«—¡Muy bien! ¡muy bien!»—dijeron algunas voces.

El Presidente agitó la campanilla. Después de las formalidades reglamentarias el Jurado se retiró a deliberar.

No es fácil representarse en qué estado de inquietud y congoja permanecí cuando los jurados hubieron traspuesto la puerta. Mis esperanzas batallaban con mis temores un combate sin tregua. El discurso maravilloso de Sixto, la actitud abiertamente favorable del público me hacía esperar un veredicto absolutorio; pero la corta inteligencia de muchos hombres, el espíritu rutinario, tan poderoso en la sociedad, la falta de valor que nos acomete a todos cuando debemos romper con el derecho constituído y tradicional me hacían temer un fallo condenatorio. Sobre todo, la flecha envenenada que aquel malvado había disparado a la conclusión ¿qué efecto produciría en el ánimo de los jurados?

Transcurrieron diez minutos; transcurrieron quince. Mi angustia había llegado al extremo límite: mis manos y mis pies se movían sin cesar convulsivamente; los compañeros me hablaban y no les oía; en fin, me sentía inundado de sudor y estaba a punto de ponerme enfermo.

En cambio, Moro, con el codo apoyado sobre la mesa y la mejilla sobre la mano, con los cabellos sobre la frente y los estáticos ojos clavados en el vacío parecía la estatua del reposo. ¡Quién hubiera podido sospechar que en tal momento se estaba decidiendo, no sóla la dicha, sino la vida misma de aquel hombre! Natalia, igualmente inmóvil, con la vista fija en el suelo, no acusaba agitación alguna. Eran dos almas del mismo temple.

Transcurrieron veinte minutos; transcurrió media hora. Por fin, la puerta se abrió y apareció el tribunal y tomó asiento. ¡Momento supremo!

El Secretario se puso en pie y leyó el veredicto:

«¿Natalia de los Reyes Giráldez es responsable de haber arrojado un frasco conteniendo ácido sulfúrico al rostro de su marido Rodrigo Céspedes y Sotolongo ocasionándole graves heridas y la pérdida absoluta y definitiva de la vista?

Hizo una pausa, durante la cual se hubiera podido escuchar el vuelo de una mosca en la sala, y dijo con voz recia:

—¡No!

Un aplauso estruendoso, atronador, inmenso, que hizo vibrar los cristales de los balcones y retemblar las paredes acogió este monosílabo. Yo, por un movimiento automático, salté de mi silla y me lancé a abrazar a Moro; pero éste había saltado también de la suya para socorrer a Natalia que había caído desmayada. Fué tan grande la confusión que se produjo que apenas se oyeron las restantes preguntas del veredicto. Un médico que se hallaba en el público acudió a Natalia que fué transportada fuera de la sala. Yo también salí y estuve presente hasta que recobró el conocimiento. Cuando abrió sus ojos extraviados, al tropezar con los míos sonrió dulcemente y me tendió la mano murmurando: «Gracias, Angel». Después paseó la vista por la estancia con inquietud buscando otra persona. Yo le dije al oído: «No puede venir ahora. Espera unos instantes.»

El fiscal, abrumado por la unanimidad de la opinión, se abstuvo de pedir la revisión del juicio por nuevo Jurado. La sentencia del Tribunal de derecho absolviendo libremente a la procesada quedó firme. Moro consiguió que se diesen inmediatamente las órdenes para ponerla en libertad. Al cabo entró en la estancia donde nos hallábamos. Natalia extendió sus dos manos y sus pálidas mejillas se tiñeron levemente de carmín.

—Gracias, Moro.

—He cumplido con mi deber—respondió éste con noble sencillez.

Esperamos todavía largo rato allí dando tiempo a que el público evacuase el edificio y se llenasen las últimas formalidades necesarias. Yo bajé un momento a la calle para explorar los alrededores y ver si el coche de Moro estaba en su sitio. Cuando pude cerciorarme de que la salida de Natalia no llamaría la atención, subí de nuevo y se lo comuniqué a Moro.

Bajamos, al fin, la escalera. Natalia, entre los dos, apoyada en el brazo de ambos. Sixto hizo montar a Natalia; después, juntándose a ella, gritó al cochero:

—¡A casa!

Los caballos, cual si participasen del gozo y el triunfo de su amo, partieron arrancando chispas de los adoquines. Yo me arrimé a la pared del edificio sofocado por la alegría.

XI. EL CORO DE LAS EUMÉNIDES

No podían ser más felices. Su vida, en los primeros meses, fué un verdadero éxtasis, la apoteosis del amor triunfante. Sixto experimentó una transformación que el más indiferente no dejaría de observar: su marcha era más resuelta, su voz más clara, sus ojos, hasta entonces melancólicos, brillaban siempre risueños. Y como suele acaecer, a esta exaltación feliz de su naturaleza correspondió inmediatamente el resultado exterior de su actitud. El éxito resonante del proceso de Natalia contribuyó no poco a acrecentar su popularidad y la importancia de su bufete. Los negocios fluyeron abundantes y lucrativos; ganaba cuanto dinero quería, y este dinero le parecía aún poco para proporcionar a Natalia una vida opulenta. Vivían con un lujo que me iba pareciendo escandaloso.

Pero la transformación de Natalia fué mucho más visible. Volvieron las rosadas tintas a sus mejillas, volvieron aquellas antiguas redondeces de niña obesa a sus hombros y a sus caderas, volvió aquella dulce expresión infantil a sus ojos, aquella graciosa impetuosidad a sus gestos. La flor de su hermosura se abrió por completo, llegó al apogeo de su atractivo.

Yo les acompañaba algunas veces a almorzar. Sixto me enviaba también con frecuencia un billetito diciéndome el teatro a que pensaban asistir y me reunía con ellos en un palco y pasábamos los tres la noche deliciosamente entretenidos. Otras veces, las menos, porque Sixto trabajaba como un negro, me llevaban de paseo en su coche por los alrededores de Madrid. Natalia huía de la gente; vivía en alejamiento absoluto de la sociedad sin una sola amiga. Esto me causaba pena; me dolía verla separada del mundo como si fuese una réproba, la sentía humillada y pensaba de buena fe que no había motivo para ello. Por eso un día en que Sixto nos dejó solos en el comedor para ir a su despacho, donde le reclamaba un cliente, me atreví a decirle:

—¿Por qué vives tan retirada, Natalia? ¿Por qué no anudas alguno de tus antiguos conocimientos? Debes de tener amigas de colegio. En tu casa entraba en otro tiempo mucha y buena gente. Yo creo que lo que te ha ocurrido y te ocurre no puede deshonrarte a los ojos de ninguna persona que tenga corazón.

Una arruga surcó su frentecita tersa. Quedó unos instantes silenciosa mirando al vacío y me dijo con acento grave:

—Hay desgracias, Angel, que son irremediables: es en vano luchar contra ellas.

—Yo pienso que la tuya no lo es.

—Pues no piensas bien. El mundo actualmente me mira con malos ojos. Si pretendiese de nuevo entrar en sociedad, segura estoy de que sería rechazada y humillada. Es posible que no haya motivo para ello como tú imaginas; puede ser que muchas de las mujeres que me rechazasen hayan tenido en su vida faltas menos disculpables que la mía; pero el mundo es así y nosotros no podemos cambiarlo.

—Pienso, Natalia, que son aprensiones tuyas. El público se puso resueltamente de tu lado desde un principio, te ha compadecido, te ha disculpado, te ha estimado. No es posible que ahora te rechace. Aún suenan en mis oídos aquellos aplausos clamorosos, aquellos gritos de entusiasmo con que se acogió tu absolución.

—Sí; los hombres cuando se reúnen son buenos—replicó con sonrisa triste—. ¿No ves lo que ocurre en el teatro? O porque les complazca aparecer justos y nobles ante los demás o porque en realidad se les hiera en la cuerda sensible, que todos o casi todos tenemos, es lo cierto que en las grandes reuniones basta que alguno pronuncie palabras de justicia y de bondad para que los demás aplaudan. Por un momento todos se creen seres nobles, excelentes; en realidad puede que lo sean. Pero se separan, se marcha cada uno a su casa y aquella cuerda delicada deja de vibrar y vuelven a sonar otras muy distintas, la de la vanidad, la de la envidia, la de la crueldad.

—Quizá tengas razón: no está mal observado lo que me acabas de decir. Sin embargo, en este caso hay circunstancias que desvirtúan tu observación, mejor dicho, que se oponen a ella. Sixto es un hombre tan respetado y admirado en Madrid a la hora presente, que su nombre basta para protegerte y te serviría de escudo contra cualquier humillación.

—¡Qué inocente eres, Angelito! Precisamente el nombre y el prestigio de Sixto atraería sobre mi cabeza todas las humillaciones posibles. Parece mentira que no sepas por experiencia que lo más difícil de hacerse perdonar en el mundo es la superioridad de la inteligencia. ¿No has visto las fieras? El domador se impone, se hace respetar; pero es a la fuerza y por el temor. Las fieras rugen de cólera y al menor descuido se arrojan sobre él y le clavan los dientes. Esto mismo pasa con el hombre de genio en nuestra sociedad: se le respeta, se le adula, pero siempre de mal grado y espiando con afán la ocasión de poder tirarle un zarpazo. ¡Cuántos le tirarían a mi querido Sixto, con qué placer aprovecharían la ocasión de humillarle si se atreviese a presentarse en público conmigo!... Es decir, él sí se atreve y me lo ha suplicado muchas veces, pero yo me niego y me negaré siempre, porque antes de exponerle a la más leve molestia me dejaría despedazar resueltamente.

No insistí mucho tiempo porque le daba la razón en el fondo de mi alma.

Así continuaron viviendo tranquilos, gozando de una íntima y envidiable felicidad, que aún vino a acrecerse con el nacimiento de una niña. Sixto estaba loco de alegría; Natalia dejaba traslucir en su rostro la dicha más pura. Yo apenas era menos feliz que ellos. Aquella niña, que se parecía asombrosamente a su madre y se llamó como ella, fué nuestro dulce recreo: pasábamos los tres largos ratos espiando sus progresos con embeleso; cuando empezó a dar los primeros pasos, yo fuí su maestro paciente y asiduo; cuando empezó a balbucear las primeras palabras, también me puse al frente del curso de filología. De tal suerte, que la pequeña Natalia apenas hacía diferencia entre su mamá, su papá y yo: a todos nos quería por igual.

Pero he aquí que cuando contaba ya poco más de un año y correteaba por la casa sin necesidad de ayuda y pronunciaba con mediana corrección hasta docena y media de palabras comencé a observar con inquietud un cambio en el carácter de su madre. Se hizo más seria, la encontré más triste. Ella, cuyas carcajadas fluían de su boca tan frescas y espontáneas que provocaban en cuantos la escuchaban la gana de seguirle el humor, rara vez nos las dejaba oír: le agradaba estar sola; aun de mí parecía retraerse: a menudo observé en sus ojos señales de haber llorado.

Sixto observaba como yo y con mayor pena, como era natural, tales modificaciones, pero se abstenía de comunicarme sus inquietudes. Aparentaba no darles importancia. Si con tal motivo había tenido con ella alguna explicación yo no lo supe. Una vez me dijo, sin embargo, que Natalia sufría del sistema nervioso, que acaso estuviese débil y que desde luego no le convenía seguir lactando a la niña. En efecto, dejó de hacerlo, lo cual no causó a ésta quebranto alguno porque ya tenía quince meses. La madre tomó algunos tónicos; pero su tristeza y decaimiento, a pesar de todo, fueron en aumento. Yo sospechaba algo de su causa, pero no me atreví a insinuarlo a Sixto. Al fin, éste se espontaneó un día conmigo.

—Pienso, Jiménez, que la enfermedad de Natalia es de naturaleza psíquica y pienso también que no radica en las facultades superiores de su espíritu, sino en el psiquismo inferior. Tú sabes que fué educada en un convento por monjas. En esa edad recibió inspiraciones religiosas, ideas de perfección, anhelos místicos que se fueron depositando en su cerebro y quedaron almacenados en aquella región donde, según los psicólogos, se localiza nuestra actividad inconsciente. Dormidos por largo tiempo, cualquier incidente, que yo ignoro, ha venido a despertarlos, se alzaron con nuevo vigor, hicieron irrupción en su actividad consciente y la trastornaron por completo. Mi tarea (y espero que tú me ayudarás en ella) es contrarrestar esos impulsos ciegos que parten del lugar oscuro donde se alojan los escrúpulos. Natalia es una mujer sensata y si se la hace ver la vanidad de ellos su razón volverá a recobrar el imperio que ha perdido.

—Querido Sixto—le respondí con un poco de amargura—, esa explicación que acabas de dar es, en efecto, la más flamante, la de última hora, la que está a la moda entre los sabios en estos momentos. Pero mañana vendrá otra, y después otra... Y a pesar de todo, tratándose de la vida del alma, el misterio se alzará siempre delante de nosotros como un muro infranqueable.

—Pero ésta es la explicación más natural.

—Para mí nada hay natural en este mundo; todo es sobrenatural, porque todo es incomprensible. ¿Qué es esa actividad inconsciente? ¿Qué es la actividad consciente? ¿Dónde está el lazo que las une? Nuestra alma, una e indivisible, existe siempre. Lo que hay es que muchos la ignoran, viven cerca de ella como al lado de un ser extraño sin conocerla. Pero los vaivenes incesantes de la vida les sacuden un día con más rudeza; la muerte de un ser querido, una enfermedad peligrosa, una separación, una lectura, un espectáculo... Y de repente el alma despliega sus alas, las bate sobre ellos y les grita: «¡Aquí estoy! ¡aquí estoy!...» Por el contrario, otros viven cerca de ella en íntimo consorcio, son seres buenos, amables, virtuosos... Pero en un instante aciago cometen una acción reprobable, hieren, desgarran aquella misma alma con la cual vivían dulcemente unidos y entonces ésta se retira, gimiendo, al fondo más obscuro y misterioso de su sér.

—¿Qué quieres decir con eso?—profirió alzando vivamente la cabeza y mirándome con ojos irritados.

Yo comprendí inmediatamente mi indiscreción. Me apresuré a tranquilizarle. La dolencia de Natalia, aunque tuviese una procedencia psíquica, no había duda que radicaba en un estado momentáneo de debilidad.

¿No había duda? ¡Ay! para mí sí la había.

Moro bajó la cabeza nuevamente y permaneció un rato silencioso; después profirió sordamente:

—De todos modos, mi corazón está triste, muy triste, y vivo agitado por negros presentimientos.

Hice lo posible por disiparlos, aunque yo participara abundantemente de ellos y no pudiese menos de pensar que la felicidad de aquellos dos seres para mí tan queridos había concluído.

«La alegría que proviene de que imaginemos que el objeto aborrecido ha sido destruído o alterado de algún modo, no viene jamás sin mezcla de tristeza.»

Una vez más este sublime teorema de Spinosa quedó demostrado en el corazón de un sér humano. Sixto me confió más adelante cómo se fué desarrollando. Aquellas fatales Euménides que atormentaron a Orestes después del asesinato de su madre vinieron también tumultuosas, aullantes, con la pupila sangrienta, agitando en sus manos el látigo, a torturar el alma de Natalia. Orestes, al sacrificar a Clitemnestra para vengar el asesinato de su padre, había obedecido las órdenes del dios Apolo, pero ella sólo había obedecido al odio y este dios infernal jamás deja una rama de olivo en las almas por donde pasa.

Comenzó por una vaga tristeza que se iba mezclando a los placeres de su vida, una secreta amargura que los envenenaba todos. Nada se representaba en los primeros tiempos: sólo le acometía repentinamente en los momentos álgidos de diversión y alegría. Por eso se retrajo obstinadamente del teatro y de todo otro recreo, encerrándose exclusivamente en la vida de familia, en el amor de Sixto y de su hija, donde se veía segura y pensaba estarlo para siempre. Pero aquellas implacables sacerdotisas del Destino, olfateando su presa no tardaron en seguirla allí también. Su tristeza se fué acentuando; se hizo profunda, mezclándose hasta en las caricias de su hija. Y una voz de lo profundo comenzó a argumentar: «¿Por qué lo has hecho? ¿Tenías necesidad de ello? ¿No pudiste haber huído?»

Sus noches eran agitadas. En el lecho, en los momentos que preceden al sueño se le aparecían repentinamente cabezas gesticulantes haciéndole muecas espantosas, escuchaba voces estridentes. Se estremecía, dejaba escapar un grito que asustaba a Sixto ya dormido y después permanecía largas horas despierta sin poder conciliar el sueño. Con esto su salud descaecía a ojos vistas; empezó a sufrir del estómago y las consultas y remedios con que Sixto pretendió atajar la enfermedad sirvieron de muy poco.

Una cosa la trastornaba profundamente: la presencia de un ciego. Cuando la casualidad le deparaba alguno en sus paseos se la veía ponerse pálida, la voz se le alteraba y no acertaba a coordinar sus palabras. Moro procuraba llevarla por sitios donde no tropezase con ninguno. Inútilmente: la fatalidad se los presentaba siempre delante. Entonces se fué encerrando más y más en casa y Moro ya no insistió mucho en hacerla salir.

Afligido hasta lo más hondo de su alma y no sabiendo ya qué remedio poner a aquel estado de cosas que acibaraba su existencia y amenazaba concluir con la de Natalia, ideó y llevó a cabo prontamente el alquilar una casita en las afueras de Madrid, en pleno campo ya. El sitio era de lo más ameno que podía verse en los alrededores de la capital, donde ciertamente no abundan las bellas perspectivas. La casa, en forma de chalet, tenía un jardín poblado de árboles, regado por un fresco arroyo; había un rústico cenador guarnecido de jazmín y madreselva; en fin, la casa misma era de reciente construcción y, aunque pequeñita, ofrecía comodidad y aspecto risueño.

Natalia se trasladó allí con la niña y la servidumbre necesaria. Sixto pasaba el día en su bufete, comía en un restaurán y venía a cenar y dormir en el chalet. Nada logró, sin embargo, con aquel sacrificio. Allí también, en aquel dulce, lejano retiro, vinieron pronto aullando las crueles Euménides a perseguir a su víctima. Aquellas perras vengadoras, como las llama el poeta, giraban en torno suyo repitiendo sin cesar: «¿Por qué lo has hecho? ¿Tenías necesidad de ello? ¿No pudiste haber huído?»

Recuerdo que un domingo después de almorzar con ellos salimos al jardín para tomar café. Nos sentamos a una mesa rústica. La tarde de primavera era tibia, el cielo estaba limpio de nubes: frente a nosotros, allá en los confines del horizonte, se extendía la crestería del Guadarrama envuelta en un vapor azulado. Reinaba la alegría en todo aquel campo que el sol matizaba; una brisa suave acariciaba nuestras sienes; las notas de un pianillo lejano llegaban a nuestros oídos, mezcladas con los gritos de alegría de unos niños que jugaban en un jardín vecino. Yo me sentía impresionado tan gratamente por aquella escena campestre, que olvidaba completamente los motivos tristes por los cuales allí estábamos reunidos, gozaba de su encanto y juzgaba felices a mis amigos. De pronto, Natalia se inclinó a mi oído y me dijo en voz baja:

—Qué feo es todo esto, ¿verdad, Angel?

Yo levanté la cabeza estupefacto.

—¿Qué estás diciendo, Natalia? Este es uno de los sitios más alegres que he visto en mi vida.

—Yo lo encuentro horrible—repuso ella con un suspiro, bajando la cabeza.

Quedé consternado y no pude menos de dirigir una mirada de compasión a Sixto, que se hallaba en aquel momento distraído arreglando las flores de una maceta. ¡Pobre amigo mío!

Transcurridos algunos días después de esto, entró Sixto en su despacho una tarde después de haber estado ausente algunas horas. El criado le dijo que la señorita había estado allí hacía poco. Quedó sorprendido de que no le esperase para irse juntos. Impulsado por un vago presentimiento, se dirigió a su mesa de noche, abrió el cajón y quedó yerto al observar que faltaba un pequeño revólver que allí estaba siempre. Natalia no había venido desde su instalación en el chalet; tampoco se lo había anunciado aquella mañana al despedirse. Tembloroso y acongojado pidió de nuevo el coche, aunque todavía no era la hora en que acostumbraba a trasladarse al chalet, y ordenó al cochero que partiese a toda velocidad.

La noche estaba cerrando. Un poco antes de llegar a la casita, Sixto hizo parar y despidió el coche. Se acercó jadeante a la puerta del jardín y lo inspeccionó con ojos ansiosos. La calma volvió a su corazón cuando vió blanquear entre los árboles la figura de Natalia. Estaba sola, sentada en una butaca de mimbre y se hallaba inmóvil y profundamente absorta en sus pensamientos. No sintió abrirse la puerta enrejada de hierro y Moro pudo avanzar sin ser notado. Cuando al cabo percibió sus pasos levantó vivamente la cabeza y en sus ojos se pintó un espanto singular; pero inmediatamente hizo un esfuerzo para sonreír, se alzó con presteza y le echó los brazos al cuello como tenía por costumbre.

—Hoy has venido más temprano. ¿Y el coche?

—Como la tarde estaba apacible y me hallaba mareado quise venir a pie y refrescar un poco la cabeza.

—Sí; trabajas demasiado y te hace falta un poco de reposo y del aire puro que a mí me prodigas en demasía. ¿Por qué afanarse tanto, Sixto? Yo sé que en medio de tus pesados trabajos no piensas más que en tu hija y en mí, pero nosotras seríamos tan felices viviendo contigo más humildemente, aunque fuese en una choza donde reinase la paz... ¡La paz, sí!—añadió con un dejo de amargura que no pasó inadvertido para Moro.

Este guardó silencio unos instantes. Después, besándola en las sienes, le dijo al oído muy quedo:

—Devuélveme el revólver que guardas en el bolsillo.

Natalia se estremeció y comenzó a temblar tan fuertemente, que se escuchaba el castañeteo de sus dientes. Dejó caer la cabeza sobre el pecho de su amante exclamando:

—¡Perdón! ¡Perdón!... ¡Tú no sabes lo desgraciada que soy!

—Sí lo sé, Natalia mía... ¡lo sé demasiado bien! En cambio, tú ignoras que yo soy mucho más desgraciado que tú; ignoras que mi corazón no late en este mundo por nadie ni por nada más que para ti y que la tristeza de tu alma se propaga a la mía y aquí se ensancha y crece como una bola de nieve que rueda al abismo. Es necesario terminar. Quiero romper esta malla de acero que nos oprime; quiero salir de las tinieblas y volver a la luz. Estás enferma; pero, aunque te obstines en creerlo, tu enfermedad no radica solamente en el espíritu. Nuestras ideas tienen, en efecto, un poder indiscutible sobre nuestro cuerpo, pero nuestro cuerpo envenena también a menudo nuestras ideas. El tuyo se ha debilitado. Cuando otra vez se fortalezca, cuando otra vez una sangre rica y generosa corra por tus venas, entonces esos negros fantasmas que te cercan se desvanecerán como la bruma de la noche a los primeros rayos del sol y la alegría volverá a reinar en tu alma, esa alegría pura, infantil, por donde me he asomado siempre a la transparencia de tu alma. Terminemos de una vez. Huyamos, Natalia, huyamos de estos sitios, de este horizonte donde se espesan las nubes y busquemos otro cielo diáfano, una isla donde puedas olvidar la tormenta pasada. Yo renuncio a mi porvenir, renuncio a mi ambición y a mi trabajo. Tengo el suficiente dinero para vivir tres o cuatro años sin privarnos de ninguna de las comodidades que ahora disfrutamos. Después, Dios me abrirá de nuevo camino.

—No, Sixto mío, tú no puedes renunciar al porvenir de gloria que se alza delante de tus ojos por una pobre mujer a quien imágenes y sueños siniestros enloquecen. Eres grande ya como muy pocos, cabalgas sobre la muchedumbre y nadie duda que serás su amo y la guiarás hacia el norte o hacia el sur, donde te plazca; los próceres se inclinan ya a tu paso, el pueblo te aclama como su redentor y una atmósfera de amor y de respeto envuelve tu persona y la defiende contra las asechanzas de la envidia. No. Sixto mío, yo quisiera ser alfombra para tus pies, no cadena. Sigue tu camino glorioso y deja que esta pobre mujer se extinga tristemente como ha vivido hasta que tú le tendiste una mano generosa.

—¿Es que no sabes, Natalia, que tu muerte sería la mía? ¿Aun no he podido persuadirte de que mi destino se halla unido a tu felicidad y que si ésta perece mis ilusiones y mi existencia misma se irían a pique?

Un rayo de alegría brilló en los ojos de Natalia.

—Pero tienes una hija para la cual debes vivir.

—Mi hija necesita aun más de ti que de mí... No hablemos de morir, Natalia; la flor de la juventud todavía no se ha marchitado en tus mejillas; yo siento en mi corazón hervir la savia de la vida; ninguna herida mortal llevamos en el pecho. Las ideas son humo y se disipan con un soplo. Si tú no puedes combatirlas y vencerlas, yo te las arrancaré a viva fuerza. Mañana mismo huiremos de España y a las pocas horas nuevos paisajes se desarrollarán delante de tus ojos y en tus oídos sonará otro idioma diferente que te hará olvidar estos sitios para ti aborrecidos.

—¡Oh, no sabes el bien que me haces con tus palabras! Cuando te escucho me siento revivir como un pobre pez sacado del agua y vuelto a ella a los pocos minutos. Tú eres mi escudo, tú eres mi defensa, no sólo contra el mundo, sino contra mí misma... Pero ese sacrificio que intentas hacer por mí, lejos de dar la calma a mi corazón, traería sobre él nuevas tristezas...

Moro insistió con todas sus fuerzas; ella resistió con igual obstinación; hablaron, discutieron mucho aquella noche. Al fin vino una transacción: convinieron en que no se expatriarían, sino que saldrían de Madrid para las montañas del Norte, donde esperaban que con una vida absolutamente campestre y una alimentación más sencilla se calmaría la excitación nerviosa de Natalia. Moro iría con ella, la instalaría y no la dejaría en tanto que no la viese aliviada.

Justamente hacía pocos días que Moro había ganado un pleito de enorme importancia a cierto marqués que poseía un viejo palacio en plena montaña próximo a la villa de R..., en la provincia de Santander. Moro se lo pidió en alquiler: el marqués se lo cedió gratuitamente; aquella misma tarde, hechos apresuradamente los preparativos de viaje, salieron de Madrid llevando consigo a su niña, la cocinera y una doncella.

El palacio montañés era una antigua casa solariega de piedra amarillenta y carcomida, situada en el paraje más bello y pintoresco que puede imaginarse. Ocupaba la parte más elevada de una pequeña aldea de quince o veinte vecinos, a tres kilómetros de la villa de R... en el corazón mismo de la sierra que separa la provincia de Santander de las llanuras de Castilla. La planta baja estaba habitada por un casero que llevaba en arrendamiento las tierras y praderas que la circundaban; el piso alto, reservado para el marqués cuando viniese, que no venía nunca; era un viejo solterón enamorado de la vida placentera de Madrid; sólo en su juventud iba alguna vez a cazar por aquellos sitios.

Como Sixto pudo cerciorarse inmediatamente, no ofrecía comodidad alguna: los muebles eran viejos, los pisos estaban deteriorados, las paredes con grietas, las puertas no encajaban, algunos cristales rotos y todos polvorientos y sucios.

Sin embargo, por caso extraño, Natalia encontró todo aquello agradable desde el primer día y comenzó alegremente a dar disposiciones para el arreglo y a tomar ella misma en él parte activa. Y cuando a la mañana siguiente de llegar se asomó al viejo corredor de madera y derramó su vista por aquel grandioso panorama, una emoción profunda se pintó en su rostro. Permaneció inmóvil en muda admiración largo rato dejando que la hermosura de aquella naturaleza incomparable entrase como una ola en su alma y la refrescase. No mucho tiempo después, percibiendo en el patio un pozo, se fué a él y comenzó a sacar agua tirando de la cuerda con tanto ahinco, que sus mejillas se tiñeron al instante de carmín. Cuando levantó sus ojos a Sixto, expresaban tan pura, inocente felicidad, que éste sintió dilatarse su corazón y no pudo menos de decirse: «Hemos acertado; aquí se curará.»

Fueron a Santander; trajeron de allí ropa y algunos objetos indispensables, no muchos, porque Natalia se obstinaba en vivir de la manera más rústica posible; se pasearon algunos días por los contornos admirando aquellos encantados lugares. Era un anfiteatro de montañas cuyas crestas aún se hallaban nevadas; algunos pueblecillos aparecían como colgados en los repliegues de ellas, medio ocultos entre el follaje de robles y castaños; torrentes espumosos, praderas esmaltadas de florecillas blancas y amarillas, ganados pastando sobre ellas, cencerreo de esquilas, balidos de ovejas, mugidos de vacas; todo este conjunto pastoril tenía hechizada a Natalia.

—Mira, puedes irte cuando quieras—dijo a Sixto a los tres o cuatro días—. Estoy curada por completo.

—¿De modo que pasarás aquí el verano sin inconveniente?

—¡Y toda la vida!

Moro soltó una carcajada.

—Bien, pues, te vestirás de pastorcita, te compraré un rebaño de ovejas, te regalaré un cayado adornado con lazos; yo me calzaré las abarcas, compraré algunos bueyes, aprenderé a tocar la flauta y representaremos aquí una vez más el idilio de Dafnis y Cloe.

—No, tú tienes que trabajar mucho en aquellas tierras tristes, pobrecito, para que comamos nosotras. Me contento con que vengas a vernos cada mes y nosotras te daremos de una vez todos los besos que debiéramos darte en los treinta días que has estado ausente.

En efecto, Moro se fué a los ocho días después de haberlas dejado instaladas lo más cómodamente posible; marchó loco de alegría prometiendo escribir todos los días y haciendo prometer a Natalia lo mismo.

Ésta revivía en aquella atmósfera saludable, se entregaba a todas las ocupaciones de una perfecta aldeana. Trabó relación estrecha con los caseros del marqués y éstos le proporcionaron los medios de hacer la vida rústica que tanto apetecía. Lavaba la ropa en los arroyos y se descalzaba para llevar a cabo esta tarea, aprendió a amasar la harina y a cocer el pan, corría por los alrededores rebuscando leña para el fuego, apacentaba el ganado con las hijas del colono, y hasta se empeñó en que éstas le enseñasen a ordeñar las vacas. ¡Cuán dichosa fué en aquellos días!

Delante de la casa y cercada por una vieja pared deteriorada había una gran corraliza donde la pequeña Natalia, o Lalita como todos la llamaban, correteaba con los niños del colono, que eran muchos. Natalia se complacía en darles de merendar, en fabricar para ellos golosinas y en hacerlas traer de R... Allí se reunían no sólo los chicos de la casa, sino casi todos los de la aldea y Natalia jugaba con ellos como si hubiera vuelto a los catorce años. Y en realidad su espíritu jamás había pasado de esta edad, aunque las penas la hubiesen envejecido. Volvieron a sonar aquellas frescas carcajadas, volvieron los mimos y los caprichos infantiles, volvieron aquellas fugaces y graciosas cóleras que tanto hacían reír a Sixto. Alguna vez le decía besándola paternalmente en la frente: «Niña te he conocido, niña eres y niña morirás aunque llegues a los noventa años.»

Un día, veinte después de la partida de Moro, a Natalia, que sólo paseaba por los alrededores en compañía de su niña, se le ocurrió hacer una excursión más larga: quería ir hasta una aldehuela que se veía allá a lo lejos como un nido de palomas posado en la falda de la montaña. Le dijeron que estaba más lejos de lo que parecía, que era necesario caminar muchas vueltas y que se fatigaría seguramente. No quiso atender a ningún reparo; se vistió una falda corta de alpinista, se puso unas botas fuertes y altas, tomó un cayado y después de almorzar se lanzó alegremente a su caprichosa excursión dejando bien recomendada a su hija, no sólo a la doncella, sino a la mujer del casero.

Anduvo cerca de dos horas por trochas y senderos unas veces, otras por angostas callejuelas guarnecidas de zarzamora gozando de la frescura de la montaña y del aroma embriagador de las praderas. Marchaba enajenada, dichosa, sin pensar en nada, dormida en ese estupor delicioso que nos causa la hermosura de la Naturaleza. De pronto, al doblar un repliegue del terreno, se encontró frente a una iglesia. Era pequeñita, rústica, con exiguo campanario de espadaña y un pórtico sostenido por viejas columnas de madera. Estaba aislada y sumergida en un bosquecillo de añosos árboles ya vestidos de follaje con la llegada de la primavera. Era, a no dudarlo, la iglesia de la aldea que iba a visitar. Aquella en que Natalia habitaba no tenía iglesia: pertenecía como parroquia a la villa de R... adonde los vecinos iban a misa los domingos.

Quedó repentinamente inmóvil; la miró largo rato pensativa. Desde su proceso no había vuelto a poner los pies en un templo. Cada vez que pasaba por delante de alguno en Madrid experimentaba un sentimiento de confusión que le obligaba a volver los ojos a otro lado. Sin embargo, en dos ocasiones intentó penetrar en una iglesia: las dos veces hubo de retroceder desde la puerta, porque sintió la impresión de una mano invisible que se apoyaba en su pecho y la empujaba hacia atrás. Desde entonces no volvió a intentarlo. Tampoco oraba ya en su casa: sus rodillas se negaban a doblarse como si fuesen de acero; sus labios no podían articular una sola plegaria.

Ahora quedó inmóvil, como dije, y así permaneció por largo espacio en intensa contemplación. ¿Qué pasó por su mente en aquellos instantes? Muchos y graves pensamientos sin duda. Lo cierto es que tomando al cabo una resolución avanzó hasta la puerta, que se hallaba entornada, la abrió y penetró en la iglesia. Con inefable sentimiento de alegría advirtió que aquella temerosa mano que en las dos ocasiones anteriores le había expulsado del templo no vino ahora a apoyarse sobre su pecho.

Avanzó con decisión. La iglesita, completamente solitaria, inspiraba dulce y melancólico recogimiento; el silencio era absoluto; la luz, cernida por los cristales polvorientos de altos ventanos, esfumaba todos los objetos; allá en el fondo una lámpara de metal colgada con cadena del techo ardía delante del altar mayor esparciendo tenue claridad en torno.

Natalia tardó algún tiempo en ver claro. Al fin, a su derecha percibió un altarcito, se acercó y vió sobre él la imagen de San José. Era su santo más venerado, el santo que en más de un instante aciago la había salvado de la desesperación. Se dejó caer de rodillas ante aquella bendita imagen y plegando las manos le dirigió una ferviente oración. Mas ¡oh prodigio! al alzar sus ojos a la imagen vió con horror que los de ésta se cerraban. Se puso en pie vivamente, la miró con ansiosa atención: los ojos de la imagen continuaron cerrados. Un escalofrío corrió por su cuerpo; toda su sangre fluyó al corazón. Miró en torno suyo con espanto y percibiendo a su izquierda un gran crucifijo ensangrentado se fué a postrar delante de él. Cristo crucificado cerró también los ojos.

Una angustia indescriptible se apoderó de ella; pensó que en aquel momento iba a expirar. Se puso en pie de nuevo; se ahogaba; quiso salir del templo. Sus ojos aterrados tropezaron al fin con la imagen de la Virgen sobre otro altar humilde. La Madre de Dios extendía sus brazos representando la ternura y el perdón. Corrió hacia ella y postrándose profirió acongojada: «¡Madre mía, sálvame!»

La Virgen sagrada cerró los ojos. Natalia dejó escapar un grito de espanto; se lanzó a la puerta como una loca. Luego se dió a correr por los campos en furiosa carrera. Cuando llegó a casa cayó rendida sobre su lecho y fué acometida de una violenta fiebre. Las fatales Euménides que habían perdido su pista, volvieron a encontrarla aquella noche. Con los ojos inyectados de sangre, la cabeza erizada de serpientes y las manos armadas de látigos hicieron irrupción en la región montañosa y de nuevo volvieron a torturar a su desgraciada víctima.

—Señorita, he enviado a un chico a llamar al médico. Pero es necesario avisar también al señorito—le dijo su doncella a la mañana siguiente.

—No te apures, Elvira. Estoy mejor. El señorito debe de llegar dentro de pocos días y sería proporcionarle un disgusto inútilmente.

El médico de R... no dió importancia a aquella fiebre producida según él por la fatiga; recetó un calmante y la ordenó permanecer en la cama.

En efecto, la fiebre desapareció; pero Natalia quedó en un estado de languidez alarmante. Se levantó de la cama a los dos días, deshecha como si hubiera permanecido quince; perdió el apetito; no quiso salir de casa; pasaba las horas reclinada en una butaca, con los ojos muy abiertos en un estado de estupor del cual apenas lograban arrancarla momentáneamente las gracias infantiles de su hija.

Una tarde se hallaba de este modo reclinada e inmóvil emboscada en sus meditaciones ansiosas. Acababa de mirarse al espejo y se decía con mortal tristeza: «¡Dios mío, qué cambiada estoy! ¡Pobre Sixto, qué disgusto va a recibir cuando llegue!» Sentía más el dolor de aquel sér tan querido que el suyo propio.

De pronto llegaron a sus oídos los sonidos de un violín. Su cuerpo se estremeció como si una intensa corriente eléctrica le hubiese atravesado; quedó rígida como un cadáver; se alzó después, y lívida, desencajada, marchó tambaleándose hasta el balcón y lo abrió. Un ciego tocaba el violín allá abajo en la carretera rodeado de chiquillos. Una voz cantó:

Mal haya la ribera del Yumurí.

Natalia cayó al suelo privada de conocimiento. Su doncella, que se hallaba en la habitación contigua, sintió el golpe, entró apresuradamente en la estancia, la alzó del suelo, llamó en su auxilio a la casera y entre las dos lograron que recobrase el sentido. Lo primero que hizo fué lanzarse de nuevo al balcón. En la carretera ya no había nadie. Elvira pensó que aquel movimiento extraño obedecía aún al extravío; hizo lo posible por calmarla; trató de desnudarla para que se metiese en la cama, pero Natalia rehusó obstinadamente.

—Gracias a Dios que mañana llega el señorito, si no ahora mismo iba a R... a ponerle un telegrama.

Al fin no tuvo más remedio que acostarse: una fiebre altísima se declaró de nuevo. La doncella ordenó al colono que montase a caballo inmediatamente y fuese a buscar al médico.

—El médico, no; un sacerdote—profirió ansiosamente Natalia al escuchar la orden.

—¡Señorita!

—¡Un sacerdote!—repitió con energía la enferma.

—Pues que vengan los dos.

En efecto, poco más de una hora después llegaron en el carricoche del médico, éste y el párroco de R...

El médico no pudo nada. El sacerdote lo pudo todo. Después de una larga y fervorosa confesión, Natalia quedó tranquila, aunque en un estado de postración de mal agüero.

Moro debía llegar por la mañana. Fueron a esperarle a la estación el colono del marqués y un labrador vecino, los cuales le enteraron del estado de la señorita, aunque procurando atenuarlo ¡Qué golpe para el desgraciado! Montó tembloroso en el coche que le esperaba y en pocos minutos llegaron a la aldea. Entró pálido como un muerto en la habitación. Natalia le sonrió dulcemente.

—No te asustes. Esto no será nada.

Sin embargo, cuando quedaron solos le dijo besándole las manos:

—¡Me muero, Sixto; no hay remedio para mí!

Y le narró los fatales incidentes que habían provocado aquella terrible crisis. Moro quedó anonadado. Hizo telegrafiar a Santander para que de allí viniesen los dos mejores médicos. Llegaron éstos por la tarde, pero no lograron que la enferma reaccionase favorablemente. Se fué extinguiendo sin sacudidas, dulcemente, como una luz que se apaga.

Al amanecer llamó con voz débil a Sixto, que toda la noche la había velado.

—¡Adiós, Sixto mío!—le dijo tomándole una mano—. Después de muerta no me dejes aquí... Llévame a Madrid, donde puedas ir a visitarme y dejarme algunas flores de vez en cuando... Te entrego a mi hija... vela por ella. Si la das otra madre, cuida de que sea buena para ella. Que Dios te haga feliz como tú me has hecho... ¡Nadie, nadie te querrá como te ha querido Natalia!

Pocos minutos después expiraba aquella criatura tan noble y hermosa como desgraciada. Moro se abrazó estrechamente a sus restos inanimados y así estuvo largo tiempo hasta que él mismo cayó medio muerto al suelo.

—Se puede morir de remordimiento en este mundo—me decía algún tiempo después en Madrid—; pero no se muere de pena. Natalia ha sido un ejemplo de lo primero y yo de lo segundo.

XII. ISLA DE REPOSO

Seis años más.

Las horas fugaces batiendo sus alas sobre la frente de mis amigos Sixto Moro y Pérez de Vargas habían dejado ya caer algunos leves copos de nieve. Yo mismo encontraba cada pocos días una nueva hebra de plata en mi cabellera lacia.

¡Dejadme de periodismo! Hacía ya tiempo que había escapado de esta sima donde se hunden y desaparecen los talentos más claros y las más nobles intenciones. Y sin embargo, no me pesa de haberle consagrado una parte considerable de mi vida. Los grandes escritores pueden ufanarse de atravesar montados en el corcel de su gloria las fronteras de la inmortalidad; pero el oscuro soldado debe morir satisfecho sobre el campo de batalla porque ha luchado para ennoblecer el alma de su patria. ¡Tejed coronas para esos pobres héroes anónimos de la literatura y reservad una hojita de laurel para mí, que he escrito muchos artículos combatiendo al ministerio!

Vivía la mayor parte del tiempo en mi pueblo, pero pasaba largas temporadas en Madrid. Durante ellas frecuentaba el trato de Moro y Pérez de Vargas, que no cesaban de darme pruebas de cariñosa amistad. La que a ellos les ligaba entre sí se había ido estrechando más y más en los últimos años, no sólo por la simpatía personal y la afinidad de ideas, sino por otra causa aún más eficaz. La hermosa señora de Pérez de Vargas se había encariñado tanto con la chiquita Natalia, que ésta vivía más tiempo en el palacio de aquél que en su propia casa. Me sentía hondamente impresionado al ver con qué ternura atenta trataban a la pobre huerfanita. No había en Madrid golosinas bastante delicadas para regalarla, ni juguetes costosos para divertirla. Si su desgraciada madre podía contemplarla desde el cielo, bien satisfecha estaría de aquellos nuevos amigos.

Estos amigos, espléndidos y caritativos, después de haber erigido escuelas y remediado muchas necesidades, acababan de alzar en una de las playas de Levante un Sanatorio de niños, tan completo y suntuoso, que ningún otro existía en España que pudiera comparársele. La señora, para dar aún más firme testimonio del afecto que profesaba a la hija de Moro, quiso que llevase el nombre de Natalia. Faltaba muy poco para quedar terminado. Comenzaba a hablarse de la inauguración y se hacían preparativos. Los fundadores querían que fuese solemne y tenían intención de llevar a varios significados amigos de Madrid.

En esta ocasión recibí una carta que me causó sorpresa y placer al mismo tiempo. Era de Bruno Mezquita, aquel estudiante andaluz magnetizador que había vivido conmigo en la famosa casa de huéspedes de la calle de Carretas. Ninguna noticia directa había tenido de él hasta entonces. Sólo sabía por vagas referencias que era médico en uno de los pueblos de la provincia de Sevilla. El objeto de esta carta era solicitar mi influencia con el Conde del Malojal para que éste le nombrase director facultativo del Sanatorio que estaba construyendo en la provincia de Alicante. Deseaba salir del pueblo, donde hacía años ejercía su profesión, no solamente porque sus ganancias eran cortas, sino principalmente por ciertos desabrimientos que había tenido con algunos próceres de la comarca.

Como debe inferirse, le recomendé con mucha eficacia. Pude obtener que Pérez de Vargas se informase de su competencia por medio de sus compañeros de profesión. Estos informes resultaron muy satisfactorios y, por consiguiente pude darme el gusto de ofrecer a mi antiguo compañero la ambicionada plaza.

Una cosa me había llamado la atención en su carta, y es que al final me decía: «Mi mujer te envía muy afectuosos recuerdos.» Yo no conocía a su mujer. No pude menos de sonreír. ¡La exageración andaluza!

Transcurrieron algunos meses, y quedó fijado el día de la inauguración. Algunos antes fuí con el secretario de Pérez de Vargas al Sanatorio para arreglar ciertos extremos, avistarme con Mezquita y disponer los preparativos necesarios para recibir a las personas de calidad que habían de ir desde Madrid. Llegamos a Alicante y allí tuve el más famoso encuentro que cualquiera puede imaginarse.

Me hallaba solo en la habitación del hotel donde alojábamos cuando acerté a escuchar viva disputa en la contigua.

—Le digo a usted que es verdaderamente escandaloso hacerme pagar tres pesetas cincuenta céntimos por siete tazas de café cuando en todos los establecimientos de Alicante cuestan un real la taza y en Madrid mismo cuarenta céntimos.

Lo que respondía a esta alocución la persona a quien se dirigía no pude oírlo porque hablaba quedo; pero la voz irritada replicó:

—¡Sí, sí, ya conozco esos reglamentos! El primer artículo del reglamento de estas casas es dejar pelados a los viajeros... Y vamos a ver, ¿por qué no me descuenta en la nota el almuerzo de anteayer que no he hecho en el hotel?

Murmullo indescifrable por parte del otro interlocutor.

—Ya sé que se trata de una pensión, pero podía usted guardarme algunas consideraciones, y, puesto que me cobra usted el almuerzo, rebajarme la botella de agua de Mondariz que he pedido ayer.

Otro murmullo indescifrable.

—Sí, puede usted. Diga usted que no quiere. Vamos, amigo Don Paco, ya sabe usted que soy un buen cliente y que todos los años me tiene usted en su casa unas cuantas veces... Quedamos, pues, en que queda rebajada la botella, ¿verdad?

Aquella voz era para mí conocida, pero no podía recordar a quién pertenecía. Excitado por la curiosidad, salí al pasillo y me coloqué a la puerta de mi cuarto esperando que saliesen los interlocutores que había escuchado.

Salió primero el dueño de la fonda y algunos minutos después un caballero gordo que vestía chaqueta de paño grueso, botas de montar y sombrero ancho de fieltro, con un látigo en la mano, en cuyo rostro quise reconocer los rasgos fisonómicos de aquel amigo de mi juventud llamado Carlos de Jáuregui. Sin embargo, era tan grande la diferencia entre el joven pálido y flaco que yo había conocido y el hombrachón robusto y atezado que ahora veía, que no pude menos de rechazar la identidad. ¿Sería un hermano? Pero yo tenía entendido que era hijo único. Cuando ya se había alejado un poco se me ocurrió gritar:

—¡Carlos!

Se volvió rápidamente y entonces dije:

—¡Jáuregui!

—Servidor de usted—respondió avanzando hacia mí.

Me miró con los ojos muy abiertos y exclamó abriendo los brazos:

—¡Jiménez!

Nos abrazamos con efusión.

—No sé cómo diablos he podido reconocerte—le dije—. Eres otro hombre completamente distinto.

—¿Verdad? He cambiado muchísimo lo mismo física que moralmente desde que nos hemos separado.

—No lo dudo—repliqué recordando la sórdida discusión que acababa de oír—. Pero ¿vives en Alicante?

—No; vivo y he vivido siempre desde que salí de Madrid en mi finca de la Enjarada, a cinco leguas de aquí. Suelo venir a caballo porque tengo varios y me gusta la equitación. Me encuentras aquí por casualidad. Vengo a solventar ciertos asuntos y me voy esta misma tarde.

Como era natural, necesitábamos hablar mucho y para hacerlo a nuestro sabor me invitó a tomar una copita de cualquier cosa en el primer café que hallamos.

—Te estoy viendo y apenas puedo creer a mis ojos. No te pregunto, pues, cómo te va, porque tu rostro y la curva feliz de tu vientre lo declaran a gritos. ¿Tienes hijos?

—Nada más que doce—contestó riendo.

—¿Y Celedonia?

—Tan buena, gracias.

Quedó un instante suspenso y dijo al cabo sonriendo avergonzado:

—Bien os habréis reído de mi matrimonio, ¿no es cierto?

—¡Qué idea!

—Sin embargo, nunca me he arrepentido de haberlo hecho. Mi mujer tiene un corazón de niña; es inocente, tierna, hacendosa, dispuesta siempre a sacrificarse por los demás; me quiere con toda su alma y me ha dado doce hijos hermosos y robustos... ¿Qué más puedo pedir?... Además, cuando me casé con ella estaba a punto de quedar arruinado y mi salud era tan miserable que hubiera muerto pronto tísico. Hoy me encuentro sano y vigoroso, he logrado salvar toda mi fortuna y aun he podido acrecentarla un poquito.

—De modo que hay que convenir en que Sócrates tenía razón al aconsejarte ese matrimonio.

Jáuregui soltó una carcajada.

—¡Oh Sócrates! No hablemos por Dios de esas ridiculeces. Hace ya mucho tiempo que estoy desengañado del espiritismo.

—¡Anda! Pues ya sois tres.

—¿Cómo tres?

—Sí; ya sois tres los amigos que se han desengañado. Pasarón ha muerto desengañado de la erudición. Pérez de Vargas vive, pero desengañado del socialismo, y ahora eres tú el que me dice que estás desengañado de los espíritus.

—He llegado a persuadirme de que todo lo que se refiere al espiritismo es pura prestidigitación. ¿Te acuerdas de aquellas célebres experiencias de materialización que te conté haber presenciado en París? Era una famosa medium americana llamada Miss Betteman que materializaba el espíritu de un doctor con una gran barba acompañado de su hija vestida de blanco. Pues bien, unos cuantos espectadores lograron al fin desenmascararla. A una señal convenida un espectador se apodera de Miss Betteman, otros dos sujetan las apariciones, otro, en fin, ilumina repentinamente la escena. Entonces se vió a la medium que trataba de zafarse de los brazos del espectador dando gritos agudos. Era ella misma que con gabán negro, una gran peluca y una barba postiza figuraba la aparición del doctor. La jovencita que acompañaba a éste no era más que un maniquí de donde colgaba un velo y que Miss Betteman sujetaba con la mano izquierda mientras con la derecha tiraba de una cuerda que correspondía a un aparato luminoso que permitía obtener las luces de colores diferentes que acompañaban a las apariciones. Después se han descubierto otros muchos fraudes como éste.

—Todo eso está bien—le repliqué—. ¿Pero y aquellas sesiones prolongadas que tú tenías con Sócrates y Pedro el Grande de Rusia?

Jáuregui volvió a reír con mejor gana aún.

—La cuestión de las mesas giratorias está resuelta, querido. Son los movimientos involuntarios e inconscientes del mismo experimentador lo que las hace girar. No hay en ello misterio alguno.

—Entonces, puesto que los espíritus no existen, bebamos a su salud—le dije chocando mi copa con la de él.

—¡Muera Sócrates! ¡Muera Pedro el Grande!—contestó riendo y vaciando la suya.

Todavía charlamos un rato. Al cabo decidimos salir porque a mi amigo le apuraba el tiempo para evacuar sus negocios y llamó al mozo.

—¿Cuánto es esto?

—Una peseta cincuenta.

—¿Tres reales cada copa de jerez? ¡Pero es horriblemente caro!

—Es jerez superior el que aquí servimos—replicó el mozo.

—Es un jerez vulgarísimo. Yo lo compro mucho mejor y no me sale a treinta céntimos la copa.

Yo me lancé a la puerta y Jáuregui me siguió refunfuñando y murmurando denuestos contra la avaricia de los cafeteros.

En la calle me suplicó, para estar más tiempo en mi compañía, que le acompañase a una zapatería donde tenía que comprar calzado para sus niños. Entramos, le presentaron un par de botinas y preguntó el precio.

—Doce pesetas.

Jáuregui dió un salto atrás y quiso chocar con la puerta de cristales.

—¡Pero ese es un precio absurdo tratándose de calzado para niño!

—Será absurdo, pero yo no puedo darlas por menos.

—Le doy a usted ocho pesetas por ellas.

—Si se las diese en ese precio perdería dinero.

—Es que si usted me las deja le tomaría unos cuantos pares.

—Cuantos más me tomase usted más perdería—replicó tranquilamente el zapatero.

Al fin salió de la tienda sin comprar nada y fuertemente irritado contra la avaricia de los zapateros.

Como no me divertían estas excursiones por los comercios y ya tenía bien comprobada aquella singular transformación de un carácter me despedí de él pretextando urgentes ocupaciones y le invité para la inauguración del Sanatorio que debía efectuarse en la próxima semana.

—No faltaré, Jiménez, por verte a ti otra vez y por tener el gusto de escuchar a Moro, a quien admiro de lejos. Leo sus discursos en las Cortes y me entusiasman.

—No dejes de traer también a tu mujer. Estáis invitados los dos. Pérez de Vargas me ha dado facultades para todo.

Le vi ponerse rojo. Quedó un instante suspenso y apretándome la mano con fuerza me dijo:

—Gracias, Jiménez. Eres el hombre bueno de siempre.

Esta emoción me probó que Jáuregui amaba a su esposa, lo cual me le hizo aún más estimable.

Pero al despedirse quise observar una nube de inquietud en sus ojos. No se necesitaba ser un psicólogo profundo, después de lo que acababa de observar, para penetrar lo que pasaba por su mente, y le dije:

—En el Sanatorio hay habitaciones preparadas para los invitados. Todos los gastos corren de cuenta de Pérez de Vargas.

Se disipó la nube. En sus ojos brilló de nuevo la alegría del cielo azul. Nos despedimos con toda cordialidad. Al estrechar su mano ruda y vigorosa con la mía no me cansaba de admirar el cambio radical que la vida campestre había operado en aquel hombre.

Por la tarde me trasladé en coche con el secretario de Martín a V..., donde nos esperaba Bruno Mezquita. No me costó trabajo reconocerle, a pesar de los veinte o más años transcurridos. Nos abrazamos estrechamente y me dió las gracias de nuevo con tan fervorosas palabras, que logró conmoverme.

—Mi mujer tiene unos deseos enormes de verte. Te recuerda tan bien, que muchas veces me cita ocurrencias tuyas que yo había olvidado.

—Pero ¿quién es tu mujer?—le pregunté yo entonces con asombro.

—¿Quién ha de ser?... ¡Lola!

—¿Qué Lola?

—Lolita, nuestra vecina de la calle de Carretas a quien tú has conocido como yo.

—Perdona, hijo, pero no sabía una palabra...

—¿De modo que no has recibido la carta en que te daba parte de mi matrimonio?

—Nada he recibido.

—¡Ya me lo parecía!—exclamó dándose una palmada en la frente—. ¡Cómo un caballero tan perfecto como tú había de dejar mi carta sin contestación! No conocía tus señas y te la dirigí al periódico del cual sabía que eras redactor.

—¡Oh los periódicos! Allí se pierden la mitad de las cartas.

Montamos en uno de los coches del sanatorio y durante el trayecto me informó minuciosamente de una porción de extremos interesantes. Lolita y Rosarito, nuestras vecinas, después de haber perdido a su madre en Madrid se habían trasladado a Sevilla al amparo de una tía que allí tenían. Su hermano se había ido a Cuba y allí estaba aún. Como Bruno se hallaba de médico en uno de los pueblos cercanos a Sevilla y venía con frecuencia a esta población tropezó un día en la calle con las dos hermanitas, se reconocieron, las fué a visitar, se anudaron nuevamente las antiguas relaciones y pocos meses después se casaba con Lolita. Su hermana Rosarito se había ido a vivir con ellos y allí se estuvo dos años hasta que se casó.

—¿Se casó Rosarito?—pregunté con mayor interés, por la simpatía que me inspiraba y el recuerdo de sus desgraciados amores con Pasarón.

—¿Tampoco sabes con quién?—me preguntó mirándome con asombro.

—Ya te he dicho que no he vuelto a tener noticia de esas chicas.

—Pues se casó con Pepito Albornoz.

—¿Nuestro compañero?

—El mismo. Verás: yo conservé siempre relación con Pepito y de vez en cuando nos escribíamos. Ha hecho una carrera brillante. Dejó pronto el servicio del Estado y se puso al frente de una Compañía constructora que le da un sueldo de cinco mil duros y una participación en las ganancias. Vino a Sevilla en cierta ocasión, le invité a pasar un día con nosotros en el pueblo. En vez de un día se quedó tres: le gustó mi cuñada Rosario (que entre paréntesis y como ya verás todavía es una real hembra), volvió después, se pusieron en relaciones y se casaron a escape. No tienen hijos y serían al cabo millonarios si no gastasen tanto. Pero viven a lo príncipe y se divierten como dos angelitos; viajecitos a Madrid y París, cuatro o cinco criados, buena mesa, etcétera, etcétera. En este momento se encuentran en Cartagena donde Pepito está construyendo un dique, pero me han prometido venir para el día de la inauguración y Rosario se quedará algunos días con nosotros.

Todas aquellas noticias me alegraron porque guardaba recuerdo muy grato de nuestras vecinitas de la buhardilla.

Cuando llegamos y penetramos en el lindo pabellón que Pérez de Vargas había hecho construír para el director y éste gritó desde el jardín: «¡Lolita, aquí tienes a Jiménez!, experimenté una terrible decepción. ¡Qué enorme diferencia! Aquella hermosa Lolita, fresca y pizpireta, era ya casi una vieja y apenas se veía rastro de su antigua belleza. Me acogió con ruidosa alegría. Su carácter vivaracho y juguetón era lo único que se había salvado de la ruina de sus atractivos.

Pasé dos días muy gratos con ellos. Marido y mujer me agasajaron a porfía. Tenían un niño y dos niñas encantadores. Parecían felices y experimenté la dulce satisfacción de haber contribuído un poco a su felicidad.

—¿Y que ha sido de tu primo Manuel?—le pregunté mientras cenábamos.

—Manolo vive en Sevilla.

—¿Ejerce la medicina?

—Jamás la ha ejercido. Desde que terminó la carrera comenzó a ayudar a su padre, que ya estaba enfermo, en el negocio del aceite y en este negocio continuó después de la muerte de aquél. Le va muy bien: tiene un bonito capital. ¿Quieres que le invite para la fiesta de la inauguración?

—¡Ya lo creo!... Pero ¿vendrá?

—No lo dudes. Nada hay que se lo impida. Es un solterón recalcitrante. Además, me consta que tiene grandes deseos de ver a Sixto Moro. ¡No sabes el tono que se da pregonando que es su amigo y compañero de juventud!

Después de dar cumplimiento a los encargos que Martín me había hecho volví a Madrid.

Pocos días después salía un tren especial conduciendo a Alicante hasta dos docenas de personas, entre las cuales se contaban periodistas, diputados y amigos íntimos de Pérez de Vargas. La pequeña Natalia, que había de ser la reina de la fiesta, iba con la Condesa del Malojal en un coche separado. Moro y yo, dejando el departamento de los hombres, pasamos largos ratos en su compañía.

Natalia se iba pareciendo cada día más a su madre. Grande, robusta, con tendencias a la obesidad, a los nueve años de edad parecía que tenía ya doce. Sus cabellos ondulados, su tez morena sonrosada, la franqueza y lealtad que se pintaba en sus grandes ojos negros, la resolución de sus ademanes y la graciosa impetuosidad de su genio, todo evocaba la figura inolvidable de aquella desgraciada amiga que tanto habíamos amado. Mientras jugábamos con ella en el coche llegó un instante en que hizo un gesto tan idéntico a los de su madre, que no pude menos de exclamar:

—¡Qué asombro! ¡Pero esto es Natalia que vuelve!

Moro se estremeció, sus mejillas se colorearon, sus labios temblaron y al fin dijo sordamente:

—¡Sí; mi desgracia se ha reducido a la mitad, pero era tan grande, que basta la mitad para ennegrecer mi vida!

La señora de Pérez de Vargas apretó a la niña contra su pecho y la besó repetidas veces.

Llegamos a Alicante. Allí nos aguardaban los coches que nos trasladaron a V... y al Sanatorio. Una gran muchedumbre nos esperaba y a su frente las autoridades de Alicante y el arzobispo de Valencia que había querido bendecir aquella obra benéfica.

En un grupo estaban Bruno Mezquita, su esposa, su primo Manuel, Rosarito, Albornoz, Jáuregui y su mujer.

Sixto y yo nos dirigimos a ellos con presteza y hubo abrazos y apretones de manos y se cambiaron con emoción palabras muy afectuosas.

Rosarito, al revés de su hermana, me produjo gratísima impresión. Había embellecido de un modo notable. Aquella niña alta, delgada y pálida se había transformado en una opulenta matrona de rosadas y tersas mejillas y porte majestuoso. Vestía con suprema elegancia, tanto que podía competir con la Condesa del Malojal. Pero sus ojos eran tímidos, humildes como antes, su voz suave, insinuante. Cuando me dió la mano, sus mejillas se tiñeron levemente de carmín. Ambos recordamos aquella penosa escena que pasó en mi gabinete cuando Pasarón cortó bruscamente sus relaciones con ella.

Albornoz era un caso de asombro. Allí no había habido transformación de ninguna clase. Tan menudo y exiguo como a los diez y ocho años, sin sombra de barba y la misma expresión infantil en su rostro fresco y sonrosado como una manzana.

—¡Esto es una maravilla! ¡No ha pasado un día por este hombre!—decía yo a Sixto y a los Mezquita mientras Albornoz y su esposa saludaban a los Condes del Malojal.

—¿Verdad que apetece pedirle las notas mensuales de clase?—exclamó Sixto Moro—. Yo creo que si le encuentra su viejo profesor de matemáticas a deshora de la noche en la calle, le tira de las orejas.

Soltamos una carcajada.

—Hombre, voy a decírselo, porque se reirá—manifestó Bruno Mezquita.

—¡No, por Dios!—repuso Moro—. No le hará ninguna gracia; estoy seguro de que le subirá el pavo a la cara, rechinará los dientes y buscará un chiste sin encontrarlo, como en los buenos tiempos de Doña Encarnación.

Pero no le fué posible a él mismo resistir a la tentación de embromarle. Al visitar el Sanatorio, cuando bajábamos la escalera de caracol de la torre, Moro se volvió hacia Rosarito y Albornoz que venían detrás y dijo en voz alta:

—Rosario, haga usted el favor de dar la mano a Pepito; no vaya a caerse.

Todos reímos menos Albornoz que se puso colorado y sólo pudo replicar confusamente:

—Yo no he cambiado; pero tú tampoco.

Se visitaron las dependencias y admiramos todos, no sólo la comodidad, sino también el lujo con que Pérez de Vargas había querido dotarlo.

A las once de la mañana se efectuó la inauguración. En un vasto salón, que era el refectorio del establecimiento, se acomodaron más de mil personas. Bajo el dosel presidencial se sentaron el Arzobispo, el Gobernador y algunos próceres, y entre ellos la niña Natalia, que figuraba como fundadora de aquel instituto caritativo. El Arzobispo pronunció una breve y sentida alocución y bendijo la obra de los Condes del Malojal. El Gobernador dijo también algunas palabras. Por fin, se levantó a hablar Sixto Moro, en medio de una expectación ansiosa, pues éste era el señuelo que allí había atraído tanta gente.

No defraudó nuestras esperanzas. Por espacio de una hora nos tuvo pendientes de su palabra mágica, provocando a cada instante tempestades de aplausos. Habló de los niños. El tema era tan seductor y adecuado para lucir las galas de su fantasía y los tesoros de su sensibilidad, que no es milagro que lograse arrebatar a su auditorio.

Pero el que más se distinguía por su ardoroso entusiasmo era Manolo Mezquita. Como era amigo y compañero de Moro, creía tener parte en su triunfo.

—¡Ole, ole, viva tu madre! ¡A ver si hay en toda la esfera armilar un tío que le sople en los ojos a este gachó!

Y paseaba sus ojos furibundos por los circunstantes buscando al atrevido que quisiera desmentirle para caer sobre él y estrangularle.

No faltó mucho para que estrangulase al propio Moro cuando terminó su discurso. Lo tomó entre sus brazos robustos y quiso sacarlo así del salón y pasearlo en triunfo como si fuese un torero; pero vimos el rostro de Moro tan contraído y angustiado que nos apresuramos a arrancárselo de las manos.

Después se celebró un banquete al aire libre en los jardines del establecimiento. Natalita presidía la fiesta y era objeto de las miradas y caricias de todo el mundo. Yo me senté entre mi amigo Jáuregui, que vestía el uniforme de maestrante de Granada con la cruz roja de Calatrava sobre el pecho, y Bruno Mezquita. La bella Condesa del Malojal había colocado a su lado a la esposa de Jáuregui, y con esa propensión celeste que tienen las almas nobles para levantar a los humildes la colmaba de atenciones. Celedonia las recibía confusa y con los ojos húmedos de agradecimiento. No los tenía tampoco muy secos su marido, quien me dijo al oído que si creyese en los espíritus como antes, pensaría que la señora de Pérez de Vargas era una nueva encarnación de Isabel la Católica.

La buena de Celedonia no había embellecido, como debe suponerse, después de haber echado al mundo doce hijos; pero era una mujer humilde y una esposa tierna y abnegada. Esto bastaba para que yo no la encontrase fea.

Al día siguiente partieron en tren especial los invitados de Madrid. Quedamos un día más con los Condes, sus viejos amigos. Aquella noche quiso Martín que cenásemos con ellos Sixto Moro y su hija, Albornoz y Rosario, Jáuregui y su esposa, Bruno Mezquita y la suya, Manolo Mezquita y yo.

Fué una comida de gran intimidad y tan grata, que seguramente ninguno de nosotros la olvidará. Franqueza, cordialidad, alegría reinaron en toda ella. Al destaparse el champaña Pérez de Vargas suplicó a Moro que iniciase los brindis. El glorioso orador se levantó con la copa en la mano y nos dirigió en tono familiar unas cuantas palabras, que por habernos llegado profundamente al corazón quedaron grabadas en mi memoria.

«¡Alegrémonos, amigos míos muy queridos! Alegrémonos de haber llegado a esta isla de reposo para gozar unos momentos de paz y de ventura. Marineros somos que hemos corrido más de una borrasca en los mares de la vida. No la maldigamos. En el seno de las dificultades y los disgustos han nacido siempre los grandes pensamientos y las nobles acciones. Nuestra amistad se ha anudado en la mañana de la existencia cuando el sol brillaba sobre nuestra frente, cuando el ruiseñor de la dicha gorjeaba en nuestro corazón. Sólo en la primera juventud nos entregamos sin reserva a los goces de la amistad. Hoy anclamos en este puerto donde la suerte nos brinda un refugio para restañar con una sana alegría las heridas y resquemores que el rodar de la vida nos inflige. Aprovechemos estos momentos de respiro para cobrar ánimos y lanzarnos con más brío a la lucha.

»Hay en este mundo algunos pájaros privilegiados, como mi ilustre amigo Pérez de Vargas, que hallan el campo repleto de mieses. No tienen más que introducirse en él para gozar sus delicias. Los hay que, como yo, lo han hallado cubierto de nieve, pobres pajaritos que se ven obligados a rebuscar aquí y allí algunos granos. Pero a todos nos ha dado Dios alas y podemos volar por el mismo firmamento azul. Hemos trabajado, hemos vivido, hemos cumplido con nuestro deber. ¿Qué más podemos pedir?

»Es cierto que existen hombres en los cuales todas las prosperidades de la tierra y todos los dones del cielo sólo sirven para saciar sus ruines pasiones. Como los escarabajos, trabajan sin cesar para fabricar bolitas de porquería. Pero los hay que utilizan las alegrías, la riqueza, los triunfos para acrisolar su alma y ponerla como luciente espada al servicio de sus semejantes. Son abejas espirituales, como nuestro amable anfitrión, que no se cansan de fabricar miel.

»Nos quejamos de la brevedad de la vida. En nuestras manos está el hacerla infinita si sabemos llenarla de generosas acciones y sinceros afectos. La vida no es más que el cañamazo en el que cada cual borda grosera o primorosamente el dibujo que lleva en sus entrañas. Nos mostramos desengañados de ella porque le pedimos lo que no debe darnos. Le pedimos placeres, honores, riquezas. Todas estas cosas son venenos deliciosos, pero venenos al fin que sólo dejan intactas a las almas privilegiadas. Lo único que hace a la vida digna de ser vivida, lo único que la justifica son los afectos tiernos que nacen dentro de ella. El hombre que llega a la muerte sin sentirlos ni inspirarlos, ¡ay!, ese sí que puede llamarse estafado.

«Gracias al cielo henos aquí todos reunidos, todos alegres, gozando la dulzura de este rayo de sol. Mañana nos dispersaremos. Tal vez sobre nuestras cabezas se amontonen de nuevo las nubes temerosas; las olas se alzarán amenazadoras; nuestro débil esquife gemirá a su embate; quizá se hunda. ¿Y qué? En aquel instante acordémonos de los seres amados, tengamos fe y pensemos que los lazos de amistad que la muerte corta volverán a ser anudados en otra región más alta. ¡Desgraciado quien de las experiencias de este mundo visible no saca la fe de un mundo invisible! ¡Ay del hombre que en sus alegrías y sus dolores no tiene el oído bastante fino para escuchar los murmullos de lo desconocido!

»¡Brindo, amigos míos, por nuestra juventud pasada, por nuestra amistad inquebrantable, por nuestro trabajo, por nuestros recuerdos, por nuestros sueños! Brindo por vuestros hijos y por vuestras nobles esposas...»

Se detuvo un instante y añadió con voz alterada:

«Brindo también porque Dios me permita al cabo reunirme con la mía.»

Bebió. Una lágrima bajó rodando por sus mejillas y cayó en la copa del champaña. El símbolo del dolor se mezcló al de la alegría. Lo mismo que en la vida.


Publicado el 14 de agosto de 2017 por Edu Robsy.
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