La Alegría del Capitán Ribot

Armando Palacio Valdés


Novela



I

En Málaga no los guisan mal; en Vigo, todavia mejor; en Bilbao los he comido en más de una ocasión primorosamente aliñados. Pero nada tienen que ver estos ni otros que me han servido en los diferentes puntos donde suelo hacer escala con los que guisa una señora Ramona en cierta tienda de vinos y comidas llamada El Cometa, situada en el muelle de Gijón. Por eso cuando esta inteligentísima mujer averigua que el Urano ha entrado en el puerto, ya está preparando sus cacerolas para recibirme. Suelo ir solo por la noche, como un ser egoísta y voluptuoso que soy; me ponen la mesa en un rincón de la trastienda, y allí, a mis anchas, gozo placeres inefables y he pillado más de una indigestión.

Arribé el 9 de febrero, a las once de la mañana, y, como siempre, comí poco, preparándome con saludable abstinencia para la solemnidad de la noche. Dios no lo quiso. Poco antes de sonar la hora, un bárbaro marinero, al trasladar un farol, lo rompió, cayó la mecha encendida sobre una pipa de petróleo, se prendió fuego, acudimos a atajarlo, y con no poco trabajo, arrojando al agua esa y otras pipas, lo conseguimos. Se quemó la caseta del piloto, mucha jarcia y una parte de la obra muerta. En fin, la avería nos tuvo afanosos y en pie casi toda la noche. Y este fué el motivo de que no fuese a comer el plato de callos de la señora Ramona, como tuve a bien comunicárselo por medio del grumete, advirtiéndole al mismo tiempo que me aguardara sin falta aquella misma noche.

Eran las diez, poco más o menos. Contento y sigiloso bajé la escala del Urano, salté en el bote, y en cuatro paladas el marinero me hizo atracar al muelle, que estaba solitario y obscuro. Apenas se distinguían los cascos de los barcos y en ellos reinaba absoluto silencio. Sólo la silueta de los carabineros de ronda o la de algún paseante melancólico se destacaba borrosamente de las tinieblas. Pero aquella obscuridad, que los escasos faroles no bastaba a disipar, se alegraba de pronto por la ola de luz que salía de las dos puertas de El Cometa. Con el ansia de una mariposa me dirigí a ellas. En la tienda sólo había tres o cuatro parroquianos; los demás habían ido saliendo, unos espontáneamente, otros por las intimaciones cada vez más perentorias de la señora Ramona, que cerraba indefectiblemente a las diez y media.

Mi aparición fué saludada con una carcajada de esta mujer. Ignoro qué raro y misterioso cosquilleo producía en sus nervios mi presencia; pero puedo jurar que jamás me vió después de una ausencia más o menos larga sin que su abdomen dejase de experimentar violentas sacudidas de risa, que originaban ineludiblemente algunos golpes de tos, inflamaban sus mejillas y las transportaban del rojo grana al violeta. De todos modos, yo agradecía profundamente aquella carcajada y también los accesos de tos, considerándolos como prenda de inalterable amistad y de que podía contar en vida y en muerte con sus conocimientos culinarios. Era mi deber en tales ocasiones doblar el espinazo, sacudir la cabeza y reir estrepitosamente, hasta que la señá Ramona se sosegase. Y lo cumplí religiosamente.

—¡Ay, qué bien me salieron ayer, D. Julián!

—Y hoy ¿por qué no?

—Porque ayer era ayer y hoy es hoy.

Ante esa razón invencible me puse serio y dejé escapar un suspiro. La señá Ramona cayó de nuevo en un espasmo de risa, seguido del correspondiente ataque de tos asmática. Una vez que logró salir de él, terminó de lavar el vaso que tenía entre las manos y dijo a los tres o cuatro marineros que charlaban en un rincón:

—¡Ea! despejar, que voy a echar la llave.

Uno de ellos se atrevió a responder:

—Aguárdese un momento, señá Ramona. Saldremos cuando ese señor.

La tabernera frunció el entrecejo y profirió con acento solemne:

—Este señor viene a comer un guisado de callos y ya tiene la mesa preparada.

Entonces los parroquianos, sintiendo el peso de esta indicación y comprendiendo la gravedad de las circunstancias, no vacilaron en ponerse en pie, me contemplaron un instante con mezcla de respeto y admiración y se retiraron dando las buenas noches.

—Pues sí, don Julián, sí—exclamó la señá Ramona, cuyo rostro se dilató nuevamente—; los de ayer levantaban la lengua en vilo.

Mi fisonomía debió de expresar la más profunda desesperación.

—Y los de hoy, ¿no levantarán nada?—pregunté con acento afligido.

—Hoy... hoy... Usted lo verá.

Y alzó su mano carnosa de cierto modo propio para dejarme sumido en un piélago de dudas.

Mientras daba los últimos toques a su obra, preparé adecuadamente el estómago con ajenjo, meditando al mismo tiempo acerca de las últimas graves palabras que acababa de oir.

¿Estarían o no tan sazonados, picantes y aromáticos como mi imaginación me los representaba?

Pero cuando me senté a la mesa, cuando los vi delante y sentí en la nariz su tibio aroma penetrante, un rayo de luz inundó mi cerebro disipando el negro fantasma de la duda. Palpitó mi corazón con inexplicable dulzura y comprendí que los dioses me tenían aún reservados algunos instantes de dicha en este mundo.

La señá Ramona adivinó la emoción que embargaba mi alma y sonrió con maternal benevolencia.

—¿Qué es eso, señá Ramona?—exclamé quedando inmóvil con el tenedor en el aire—, ¿Ha oído usted?

—Sí, señor; un grito.

—Han dicho ¡socorro!

—En el muelle.

—¡Otro grito!

Solté el tenedor y me lancé a la puerta, seguido de la tabernera. Cuando abrí sonaron en mis oídos lamentos desgarradores.

—¡Mi madre!... ¡Socorro!... ¡Por Dios!... ¡Se ahoga!

Bajé en dos saltos la rampa que me separaba del muelle y percibí la figura de una mujer que, agitando los brazos convulsivamente, exhalaba aquellos gritos lastimeros.

Comprendí lo que pasaba, y corriendo a ella pregunté:

—¿Quién ha caído?

—¡Mi madre!... ¡Sálvela usted!... ¡Sálvela usted!

—¿Dónde?

—Aquí.

Y me enseñó el estrecho espacio que quedaba entre un patache y el muelle.

Aunque estrecho, para saltar al barco era demasiado ancho. Tuve ánimo, no obstante, y me lancé, no a la cubierta, sino al aparejo, logrando quedar asido de un cable. Me dejé caer después a la cubierta, y tomando el primer cabo con que tropecé lo amarré apresuradamente a la obra muerta y me deslicé por él hasta el agua. Felizmente la mujer aún no se había sumergido, gracias a la ropa. Me acerqué a ella y le eché mano a lo primero que hallé, que fué la cabeza, y se la arranqué. Esto es, me quedé con una peluca en la mano. Volví a agarrarla, y esta vez lo hice por un brazo. Tiré de ella hasta acercarla al casco del barco. Sólo entonces se me ocurrió que era imposible salvarla sin auxilio de otra persona. ¿Cómo subir a pulso por un cable teniendo ocupada una mano? Por fortuna, a los gritos que la hija había dado y a los que yo di también despertó la tripulación del patache, compuesta de cuatro marineros, y nos izaron fácilmente. Tendieron luego unas tablas y pudimos transportarla al muelle, y de allí a la botica más próxima, donde, al fin, recobró el conocimiento.

Mientras el farmacéutico la atendía, su hija, pálida y silenciosa, se inclinaba sobre ella con el rostro bañado en lágrimas. Era una joven de buena estatura, delgada, blanca, el cabello negro y ondeado; el conjunto de su persona, si no de suprema belleza, atractivo e interesante. Vestía con elegancia, y su madre lo mismo, por lo que vine a entender que se trataba de dos personas distinguidas de la población. Pero un curioso de los que habían acudido a la botica me dijo al oído que eran dos señoras forasteras, y que sólo hacía algunos días que se hallaban en Gijón.

Cuando me hube cerciorado de que no estaba muerta ni herida de consideración, sintiendo que el frío del baño me penetraba y me hacía temblar, di las buenas noches para retirarme.

La joven alzó la cabeza, se dirigió a mí vivamente y, apretándome las manos con fuerza y clavando en los míos sus ojos húmedos, balbució con emoción:

—¡Gracias, gracias, caballero! ¡Nunca olvidaré!...

Le di a entender que aquel servicio nada valía, que cualquiera hubiera hecho otro tanto, porque en realidad así lo pensaba. El único sacrificio real que había hecho era el del guisado de callos; pero esto no lo dije, como es natural.

Cuando llegué al vapor y bajé a mi camarote me sentí tan mal que barrunté un catarro fuerte, si no una pulmonía. Pero me di prontamente una fricción enérgica con aguardiente de caña y me arropé tan bien en la cama, que al día siguiente desperté como si tal cosa, sano y ágil y de un humor excelente.

II

Luego que me vestí, y después de cumplir con los ordinarios quehaceres de mi cargo y vigilar el trabajo de los carpinteros que reparaban nuestras averías, me acordé de la señora que había estado a punto de ahogarse aquella noche. Valga la verdad; de quien me acordé fué de su hija. Aquellos ojos eran de los que no pueden ni deben olvidarse. Y con la vaga esperanza de tornar a verlos salté a tierra y encaminé mis pasos a la botica.

El farmacéutico me informó de que alojaban en la fonda de la Iberia. Fuí a preguntar por su salud.

—¿Es necesario que les pase recado?—me preguntó la camarera.

Bien lo hubiera deseado, pero no me atreví. Le manifesté que no había necesidad, si podía informarme de cómo habían pasado la noche, a lo cual me respondió que D.ª Amparo (la vieja) había descansado regularmente, y que el médico, que acababa de salir, no la había encontrado tan mal como pensaba. D.ª Cristina (la joven) estaba perfectamente. Dejé mi tarjeta y bajé las escaleras un poco mustio. Pero cuando iba ya a pisar la calle la camarera me llamó y, haciéndome subir de nuevo, me hizo presente que las señoras deseaban verme.

Doña Cristina salió al pasillo a mi encuentro. Vestía un elegante traje de mañana, color violeta, y sus negros cabellos estaban a medias aprisionados por un gorro blanco de batista, con cintas violeta también. Brillaron sus ojos con alegría y me tendió su mano de un modo cordial.

—Buenos días, capitán. ¿Por qué evita usted que le demos las gracias? Justamente acababa de escribirle una carta en que le expresaba si no toda la gratitud que le debemos, al menos una parte. Ayer estaba tan aturdida que no acerté a hacerlo. Pero más vale que usted haya venido... y eso que la cartita no estaba del todo mal—añadió sonriendo—. Aunque ustedes no lo piensen, las mujeres solemos ser más elocuentes por escrito que de palabra.

Me hizo pasar a una salita donde había una alcoba cuyas puertas vidrieras estaban cerradas.

—Mamá—dijo en voz alta—, aquí tienes a tu salvador, el capitán del Urano.

Oí un murmullo lamentable, algo como sollozos y suspiros reprimidos, y entre ellos algunas palabras que no pude comprender. Interrogué con la vista a su hija.

—Dice que siente mucho haberle expuesto a perder la vida.

Respondí en voz alta que no había corrido peligro alguno; pero aunque así fuera, no había hecho más que cumplir con mi deber.

De nuevo salieron de la alcoba algunos ruidos confusos.

—Me manda que le dé a usted una cucharada de azahar.

—¡Cómo!... ¿Para qué?—exclamé sorprendido.

—Es que supone que aún estará usted asustado—manifestó riendo D.ª Cristina—. Mamá lo usa mucho y nos lo hace usar a todos. Diga usted que lo va a tomar y quedará extraordinariamente satisfecha.

Sin salir de mi sorpresa hice lo que doña Cristina me ordenó y pude oir inmediatamente un murmullo aprobador.

Acabo de dársela, mamá—dijo aquélla, haciéndome un guiño malicioso—. Puedes estar tranquila.

—Muchas gracias, señora. Creo que me probará bien, porque me sentía un poco nervioso—grité yo.

Doña Cristina me apretó la mano pugnando por no reir y me dijo en voz baja:

—¡Bravo! Me parece que va usted a salir maestro consumado.

Vuelta a los ruidos extraños, ininteligibles.

—Pregunta si ha telegrafiado usted a su señora, y le aconseja que no lo haga para evitarle un disgusto.

—No tengo señora. Estoy soltero.

—Entonces a su mamá—tuvo la bondad de interpretar D.ª Cristina.

—Tampoco la tengo, ni padre, ni hermanos. Estoy solo en el mundo.

Doña Amparo, por lo que pude entender, se mostró sorprendida y disgustada de esta soledad y me invitaba para que, sin pérdida de tiempo, tomase estado. También debió añadir que un hombre como yo estaba destinado a hacer feliz a cualquier mujer. Ignoro qué cualidades de marido pudo observar en mí aquella señora, como no fuese las de saltar y deslizarme bien por los cables. De todos modos, respondí que no deseaba otra cosa; pero que no se me había presentado ocasión hasta entonces. Mi vida de marino, hoy en un sitio, mañana en otro; la timidez de que adolecemos los que no frecuentamos la sociedad, y acaso también el no haber hallado aún una mujer que de veras me interesase, habían impedido realizarlo.

Al tiempo de decir esto fijaba mis ojos en los de D.ª Cristina, que me sonreían.

Un pensamiento dulce y solapado se deslizó entonces en mi cerebro.

—Dejemos ese tema, mamá. Cada cual hace lo que más le conviene; y si el capitán no se ha casado debe de ser, por cierto, que no le ha apetecido.

—En efecto—dije yo riendo y mirandola con fijeza petulante—; no me ha apetecido hasta ahora...; pero no respondo de que me apetezca el día menos pensado.

—Entonces celebraremos que sea para bien, que tenga usted una esposa muy guapa y media docena de niños gordos y vivarachos y traviesos.

—¡Amén!—exclamé.

La franqueza y la gracia de aquella joven me sedujeron instantáneamente. Me sentía tan complacido y libre a su lado como si hiciera algunos años que la tratase. Me invitó a sentarme en el sofá, y lo hizo también para dejar que su madre descansase, pues no le convenía hablar, según la opinión del médico.

Pedíle informes más exactos acerca de su salud y me dijo que había sufrido una rozadura y contusión en la espalda, a las cuales el médico no dió importancia. También se había logrado evitar los efectos nocivos del enfriamiento. Lo único verdaderamente temible era el susto. Su mamá era muy nerviosa; padecía del corazón, y nadie podía prever el resultado de aquella terrible emoción. Hice lo posible por desvanecer sus temores, y, empeñada la conversación, le pregunté si eran asturianas, a sabiendas de que no, tanto por los informes del boticario como porque no lo revelaba su acento.

—No, señor; somos valencianas.

—¿Cómo? ¡Valencianas!—exclamé—. ¡Pues si somos casi paisanos! Yo he nacido en Alicante.

Y acto continuo nos pusimos a hablar en valenciano, con placer indecible por mi parte, y juzgo que también por la suya. Me enteró de que sólo hacía nueve días que se hallaban en Gijón, adonde habían venido para visitar a una monja hermana de su mamá. Hacía bastantes años que formaran ese proyecto, y nunca lo habían realizado por lo largo y molesto del viaje. Al fin lo habían decidido, y no en buen hora, pues faltó poco para dejar allí la vida. El país les había gustado, aunque les parecía bastante triste al lado del suyo.

—¡Oh, Valencia!—exclamé entonces con fuego—. Yo, que visité las más apartadas regiones de la tierra y puse el pie en tantas playas diversas, nada hallé jamás comparable a ella. Allí el sol no se levanta sangriento como en el Norte, ni hiere y aniquila como en Andalucía: su luz se cierne suave por un ambiente embalsamado y tranquilo. El mar no aterra como aquí, y es más azul, y su espuma más blanca y más ligera. Allí los pájaros cantan con gorjeos más dulces y variados; allí la brisa acaricia por la noche como por el día; allí las frutas azucaradas, que en otras partes sólo se sazonan con el calor del verano, las gustamos todo el año; allí no sólo huelen las flores y las yerbas, sino la tierra misma exhala un aroma delicado. Allí la vida no es tristeza ni fatiga. Todo es suave, todo sereno y armónico. Y esta tranquilidad de la Naturaleza parece reflejarse en la mirada profunda de sus mujeres.

La de D.ª Cristina, que era la más suave y profunda que jamás había visto, brilló con cierta alegría maliciosa.

—¡Quién diría al oirle que es usted un lobo marino! Habla usted como un poeta... y casi, casi estoy tentada a pensar que ha publicado usted versos en los periódicos.

—¡Oh, no!—exclamé riendo—. Soy un poeta inofensivo. Ni escribo versos ni prosa; pero dispénseme usted que le diga que los ojos de usted me han traído a la memoria una porción de cosas hermosas, todas valencianas... y se me subió la poesía a la cabeza.

Doña Cristina pareció quedar un momento suspensa; me miró con más curiosidad que agradecimiento, y cambiando de conversación me preguntó, con amabilidad:

—¿Y el vapor que usted manda hace la carrera de América?

—Sólo una que otra vez. Ordinariamente vamos desde Barcelona a Hamburgo.

—¿De modo que está usted aquí de escala por muchos días?

—Los que necesite para arreglar ciertas averías que un pequeño incendio nos ha causado anteayer.

A mi vez quise enterarme del tiempo que ellas pensaban permanecer en Gijón.

—Pues teníamos pensado irnos pasado mañana y detenernos algunos días en Madrid, donde debía de esperarnos mi marido; pero ahora es fuerza dilatar el viaje a causa de lo ocurrido. De todos modos, en cuanto se haya tranquilizado por completo y el médico lo permita, nos pondremos en camino.

Debo confesarlo, aunque parezca ridículo: aquel “mi marido” causó en mí una sensación extraña de frío y abatimiento que apenas logré disimular. ¿Cómo, diablos, no se me había ocurrido que aquella joven podía ser casada? Lo ignoro todavía. Y dado caso que así fuera, ¿por qué tal noticia me había producido tan áspera impresión tratándose de una persona que acababa de conocer? Tampoco lo sé. Estoy tentado a pensar que es cierto lo que sucede en las comedias antiguas cuando el galán se inflama repentinamente de amor a la vista de la dama. Si yo no estaba inflamado, por lo menos ya tenía el fuego a bordo.

La razón se sobrepuso, no obstante, en seguida. Comprendí lo absurdo y ridículo de mi sensación, y tranquilizándome le pregunté con naturalidad y afectuoso interés por su esposo. Me dijo que se llamaba Emilio Martí y era uno de los socios de la casa armadora Castell y Martí, cuyos vapores hacían la carrera de Liverpool. Además tenía otros negocios, porque era hombre activo y emprendedor. Sólo hacía dos años que estaban casados.

—¿Y no tienen ustedes familia?

—Hasta ahora no—respondió, levemente ruborizada.

Me enteró además de que ambos eran naturales de Valencia y allí habitaban; por el invierno, en la misma ciudad, calle del Mar; durante el verano, en una casa de placer que tenían en el Cabañal.

Yo conocía algunos de los vapores de la casa Castell y Martí. Le hice presente mi satisfacción en ponerme a las órdenes de la señora de uno de los armadores.

Hablamos poco más tiempo. Estaba triste y sentía deseos de irme. Efectuélo al cabo, no sin mantener otro diálogo con D.ª Amparo, a puertas cerradas y con intérprete. Pronto se disipó aquella infundada y hasta irracional tristeza al salir a la calle y hablar con los conocidos y emplearme en los asuntos de mi cargo. Pero en todo el día no dejó de ofrecérseme a la imaginación repetidas veces la figura de D.ª Cristina. Adoro las mujeres delgadas y blancas, con grandes ojos negros. Mis amigos solían decirme en otro tiempo que para gustarme a mí una mujer era necesario que estuviese en cuarto grado de tisis. Acaso tuviesen razón. La única novia que tuve era una tísica confirmada, y se murió consentido ya y preparado nuestro matrimonio.

Al día siguiente me creí en el deber de ir, como el anterior, al hotel y preguntar por la salud de las señoras forasteras. D.ª Cristina me hizo pasar nuevamente y me recibió con mayor cordialidad aún, llevándose el dedo a los labios e invitándome a hablar en falsete como ella hacía. Su mamá estaba durmiendo. Nos sentamos en el sofá y charlamos bajito y alegremente. D.ª Amparo estaba bien, no tenía más que mimos.

—Además (se lo digo a usted en reserva), mientras no concluyan de hacerle la peluca, no hay que esperar verla fuera de la alcoba.

—¡Ah, la peluca! Sí, me acuerdo que...

—Sí, acuérdese usted de que se la arrancó, mala persona—exclamó riendo.

—Señora, yo no podía calcular... ¡Vaya un susto! Pensé que le había arrancado la cabeza de cuajo.

Reímos bastante, esforzándonos por no hacer ruido. Al cabo de un rato me dijo con naturalidad, que agradecí mucho:

—Tengo mucho apetito, capitán, y voy a almorzar. ¿Quiere usted acompañarme?

Le di las gracias y me excusé; pero como no pude afirmarle que había almorzado, dió por resuelto en un instante que almorzaría con ella, y salió a dar las órdenes oportunas. Yo me sentí alegrísimo, y si digo entusiasmado no diré mentira. Mientras la camarera nos ponía la mesa en el mismo gabinete, no dejamos de charlar, creciendo más y más nuestra confianza. Durante el almuerzo usó conmigo una franqueza tan atenta y servicial que concluyó de seducirme. Por sus propias manos me partía el pan y la carne y me escanciaba el vino y el agua. Cuando me hacía falta cubierto o plato, sin aguardar a la doméstica, ella misma se levantaba con llaneza provinciana y lo tomaba de la mesita donde se hallaban.

Yo le contaba burlando la grave ocupación en que me había sorprendido con sus gritos la noche del percance. Reía ella de todo corazón, y me prometía resarcirme cuando fuese a Valencia, guisándome una paella con todas las reglas del arte.

—No es que tenga la loca presunción de hacerle olvidar los callos de la señora Ramona. Me satisfago con que usted se coma un par de platos.

—¿Cómo un par? Veo con tristeza que me tiene usted por un ser material y grosero. Espero demostrarle con el tiempo que, fuera de esas horas de callos y caracoles, soy hombre espiritual, poético y hasta un si es no es lánguido.

Se burlaba ella, colmándome el plato de un modo escandaloso e invitándome a que no disimulase mi verdadera condición y comiese lo mismo que si ella no estuviera presente.

—No piense usted en que soy una dama. Figúrese que está almorzando con un compañero..., con el piloto, por ejemplo.

—No tengo bastante imaginación para eso. El piloto es bizco y le faltan dos dientes.

Aquella charla íntima y alegre me embriagaba más que el burdeos que sin cesar me escanciaba. Y sus ojos me embriagaban más que el vino y la charla. Aunque hablábamos en falsete y reíamos a la sordina, alguna vez se me escapaba una nota discrepante. Doña Cristina se llevaba el dedo a los labios.

—Silencio, capitán, o le pongo de patitas en el corredor y se queda usted a medio almorzar.

Me invitó a darle algunos pormenores de mi vida. Satisfice su curiosidad, narrándole mi historia, bien sencilla. Discurrimos acerca de los placeres del marino, que ella encontraba superiores a los de los demás hombres.

—Yo adoro el mar...; pero el mar de mi país sobre todo. Este me da miedo y tristeza. ¡Si viera usted cuántos ratos paso a la ventana de nuestra alquería del Cabañal contemplándole!

—Pues yo, en Valencia, prefiero al mar las mujeres—manifesté, demasiado alegre ya.

—Lo creo—respondió ella riendo—. ¡Oh! las hay muy hermosas. Tengo una primita llamada Isabel que es un verdadero dechado. ¡Qué ojos los de aquella niña!

—¿Serán más hermosos que los suyos?—pregunté osadamente.

—¡Oh! los míos no valen nada—contestó ruborizándose.

—¿Que no valen nada?—exclamé con arrebato—. ¡Pues si no los hay tan preciosos en toda la costa de Levante, con haberlos allí tan lindos!... ¡Si parecen dos luceros del cielo!... ¡Si son un sueño feliz del cual jamás quisiera uno despertar!

Se puso repentinamente seria. Guardó silencio unos instantes sin levantar la vista del mantel. Al cabo, dijo afectando indiferencia, no exenta de severidad:

—Habrá usted comido medianamente, ¿verdad? A bordo se suele comer mejor que en los hoteles.

Guardé a mi vez silencio, y sin responder a su pregunta dije después de un momento:

—Perdóneme usted. Los marinos nos expresamos con demasiada franqueza. No conocemos las etiquetas, pero debe salvarnos la intención. La mía no ha sido decir algo impertinente...

Se dulcificó en seguida, y proseguimos nuestra plática con la misma cordialidad mientras dábamos fin al almuerzo.

III

Me fuí al barco en peor estado que el día anterior. Aquella señora me estaba preocupando más de lo necesario para mi reposo y buen humor. Volví por la tarde y volví al día siguiente. Su figura interesante, sus ojos tan negros, tan inocentes y picarescos a un tiempo mismo, iban penetrando a paso de carga en mi alma. Y como sucede siempre en casos tales, empezaron agradándome sus ojos, y no tardó en encantarme su voz; luego sus manos finas de alabastro; poco después el vello suave que adornaba sus sienes; inmediatamente tres pequeños lunares que tenía en la mejilla izquierda. Hasta que, por fin, de una en otra llegó a hacerme feliz cierta manera defectuosa que tenía de pronunciar las erres.

Estos y otros descubrimientos de análoga importancia no podían llevarse a efecto, claro está, sin la atención debida, lo cual, en vez de lisonjear, molestaba visiblemente a la dama. Me recibía siempre con alegría, pero no con igual franqueza. Pude observar, no sin dolor, que, a pesar de la jovialidad y animación de su charla, se descubría en el fondo un dejo de inquietud o recelo, cual si temiera siempre que yo le dirigiera algún piropo como el de marras. Comprendiéndolo así, no tenía, sin embargo, fuerza de voluntad bastante para dejar de mirarla más de lo justo.

Vino al fin la peluca en secreto al hotel; la probó D.ª Amparo con el mayor sigilo; hallóla imperfecta; volvió a manos del artífice; se le dieron algunos toques sin que el público ni las autoridades se enterasen; y después de varios ensayos igualmente reservados surgió la buena señora, fresca y juvenil, como si jamás mis manos pecadoras hubiesen atentado a sus gracias. Porque a pesar de todo, esto es, a pesar de la peluca, de los años y la obesidad, D.ª Amparo no las había perdido por completo.

Me invitaron a dar un paseo con ellas en coche por los alrededores de la villa. Cualquiera puede imaginarse el gusto con que acepté. Cuando ya estuvimos en el campo nos apeamos y gozamos una hora de aquella risueña y espléndida naturaleza. Yo me encontraba alegre y esta alegría me empujaba a mostrarme con D.ª Cristina sobrado obsequioso y almibarado. Sentía comezón de decirle todo lo hermosa y lo interesante que me iba pareciendo. Pero ella, como si adivinase estas disposiciones aviesas de mi lengua, las refrenaba con tacto y firmeza, atajándome con cualquier pregunta indiferente cuando me advertía cercano a soltarle un piropo, o dejándome con su mamá para echar a correr delante, o esforzándose en hacer hablar a ésta. No me desanimé por ello. Fuí tan tonto o tan indiscreto que, a pesar de estas claras señales, todavía persistí en buscar rodeos habilidosos para dirigirle algunos golpes de incensario. Declaro, no obstante, que no pensaba que la estaba galanteando. Creía de buena fe que aquellos obsequios y lisonjas eran legítimos; porque los españoles desde la más remota antigüedad nos hemos arrogado el derecho de decir a todas las mujeres guapas que lo son, sin otras consecuencias. Mas ella debía de abrigar sus dudas acerca de esto. Que estas dudas no se hallaban desprovistas de fundamento lo veo ahora bien claro; ahora que el velo de mis sentimientos se ha descorrido por completo y leo en mi alma como en un libro abierto.

Sucedió que aquella misma tarde, de regreso ya para la villa y mirando las muchas y hermosas casas de campo que por allí se parecen, acertó a decir D.ª Cristina:

—Nuestra alquería del Cabañal es muy linda, pero nada suntuosa. Mi marido no está contento; tiene ganas de algo mejor.

Impremeditadamente repuse:

—¿Tiene ganas de algo mejor? Pues yo, si fuera su marido, ya no tendría ganas de nada.

Quedó suspensa la señora, volvió su rostro hacia la ventanilla del coche para mirar el camino y murmuró en tonillo irónico:

—Pues señor, bien; tengamos paciencia.

Pienso que no solamente las mejillas, la frente y las orejas se me pusieron coloradas, sino hasta el blanco de los ojos. Durante algunos minutos sentí en el rostro la impresión de dos ladrillos calientes. No supe qué decir, y queriendo escapar a la vergüenza me volví hacia la otra portezuela y quedé en contemplación extática del paisaje. D.ª Amparo, que en nada había reparado, dijo contestando a la última observación de su hija:

—Emilio es un hombre muy bueno, muy trabajador, aunque algo fantástico.

—¿Por qué fantástico?—exclamó Cristina volviéndose como si la hubieran pinchado—. ¿Porque apetece lo mejor, lo más hermoso y aspira con su esfuerzo a conseguirlo? Eso le acredita más bien de tener gusto y voluntad. Pues si en el mundo no existiesen hombres que ansían la perfección, que ven siempre un «más allá» y que ponen los medios para acercarse a él, ni estas hermosas casas de recreo ni otras mejores ni ninguna de las comodidades que hoy disfrutamos existirían tampoco. Los holgazanes, los gandules o los pobres de espíritu se burlan de sus pensamientos mientras no los ven realizados; pero cuando llega la hora de verlos y tocarlos, se cierran en su casa y no vienen a felicitarle porque no quieren confesar su necedad. Además, tú sabes bien que Emilio, aunque fantástico, jamás ha tenido la fantasía de pensar en sí mismo; que todos su esfuerzos se dirigen a proporcionar alegría y bienestar a su familia, a sus amigos, a sus vecinos, y que toda su vida hasta ahora ha sido un constante sacrificio por los demás.

Doña Amparo, ante aquel discurso vehemente, se sintió sobrecogida de un modo extraño. Quedé estupefacto viéndola tartamudear, hacer pucheros, ponerse encendida y dejarse caer hacia atrás como acometida de un síncope.

—¡Yo!... ¿Puedes creer?... ¡Mi hijo!

Pronunciadas estas incoherentes palabras, perdió la noción del mundo externo. Para infundírsela nuevamente fué necesario que su hija le frotase las sienes con agua de Colonia y le aplicase a la nariz el frasco de las sales volátiles. Cuando al cabo abrió los ojos brotó de ellos un raudal de lágrimas, que se derramaron por sus mejillas y cayeron como copiosa lluvia sobre su regazo, y algo también tocó a mi gabán. Doña Cristina, en presencia de este síntoma, abrió de nuevo el saquito de piel que llevaba a prevención y donde pude ver alojados bastantes frascos; sacó uno de ellos, luego un terrón de azúcar, vertió sobre él algunas gotas del líquido y se lo metió en la boca a su mamá, quien fué recuperando poco a poco la sensibilidad y supo al fin dónde se hallaba y entre qué gente.

Por mi parte, causa indirecta de aquella desdicha, comprendí que nada era más adecuado que arrojarme por la ventanilla, aunque me estrellase la cabeza; pero imaginando esto demasiado triste, hallé un modo decoroso de evitarlo chupando el puño del bastón y poniendo los ojos en blanco. Doña Cristina no quiso reparar en estas señales trágicas; pero de tal modo penetraron en el corazón de su mamá, que me apretó las manos convulsivamente, murmurando con extravío:

—¡Ribot!... ¡Ribot!... ¡Ribot!

Temí que entrase de nuevo en el mundo de lo inconsciente y me apresuré a tomar el frasco de sales y metérselo por la nariz.

El resto del camino se pasó, a Dios gracias sin nuevo quebranto, y yo hice esfuerzos desesperados por que se olvidara mi tontería y se perdonase, hablando con formalidad de asuntos diversos, principalmente de aquellos que eran más del agrado de D.ª Cristina. Al cabo logré ver su frente desarrugada y sus ojos expresando la franca alegría de siempre. Y todavía, arrastrada de su humor, llegó a embromar con gracia a su mamá.

—¿Sabe usted, Ribot? Mamá no se desmaya sino cuando está en familia o entre personas de confianza. La mejor prueba de la simpatía que usted le inspira ha sido lo que acaba de hacer.

—¡Cristina! ¡Cristina!—exclamó D.ª Amparo entre risueña y enfadada.

—Has de ser franca, mamá... Si Ribot no te inspirase confianza, ¿te hubieras atrevido a desmayarte en su presencia?

Doña Amparo concluyó por reirse, pellizcando a su hija. Cuando nos despedimos a la puerta del hotel me invitaron para almorzar al día siguiente con ellas, habiendo determinado partir al otro para Madrid.

No podía dudarlo ya: si no estaba enamorado, marchaba hacia allá empopado y a todo paño. ¿Por qué había logrado impresionarme tan profundamente aquella mujer en tan corto tiempo? No pienso que fuera por su figura solamente, aunque coincidiese con el tipo ideal de belleza que había adorado siempre. Si me enamorase de todas las mujeres blancas y delgadas, con grandes ojos negros, que tropecé en mi vida, no hubiera tenido tiempo a hacer otra cosa. Pero había en ésta un atractivo especial, al menos para mí, que consistía en una mezcla singular de alegría y gravedad, de dulzura y rudeza, de osadía y timidez que alternativamente se reflejaban en su semblante expresivo.

A la hora señalada me presenté al día siguiente en el hotel. D.ª Cristina estaba de humor alegrísimo y me hizo saber que almorzaríamos solos, porque su mamá no había dormido bien aquella noche y estaba descansando. Esto me llenó de egoísta satisfacción, y más observando el genio expansivo y jovial que mostraba. Antes del almuerzo me sirvió un aperitivo, burlándose graciosamente de mí.

—Como le veo siempre tan desganado, tan desmayadito, he mandado subir un amargo, a ver si logramos entonar un poco ese estómago.

Yo seguía la broma.

—Estoy desesperado. Es ridículo tener tan abierto el apetito, lo comprendo; pero soy hombre de honor y lo confieso. Una vez que quise ocultarlo me salió mal el cálculo. Iba conmigo a bordo cierta dama muy linda y espiritual, a la cual pretendí hacer un poco la corte. No hallé medio mejor de inspirarle algún interés que mostrar falta absoluta de apetito, acompañada, como es consiguiente, de languidez y de poética melancolía. A la mesa rechazaba la mayor parte de los manjares. Mi alimentación consistía en tapioca, crema a la vainilla, alguna fruta y mucho café. Entre hora me quejaba de grandes debilidades y me hacía servir copitas de jerez con bizcochos. Claro está que me quedaba con un hambre terrible; pero la mataba a solas lindamente. La dama estaba entusiasmada; me profesaba ya una estimación profunda y sincera y despreciaba por groseros a todos los que en la mesa se servían alimentos más nutritivos. Pero ¡ay! llegó un momento en que, bajando al comedor de improviso, me sorprendió engullendo una lonja de tocino frío... Y todo concluyó entre nosotros. No volvió a dirigirme la palabra.

—Ha hecho bien—manifestó D.ª Cristina riendo—. Es más vergonzosa la hipocresía que el apetito.

Nos pusimos a almorzar y le hice presente que ya que aborrecía tanto la hipocresía me proponía usar de toda franqueza.

—¡Eso es! ¡Completamente franco!...—y me sirvió una ración inmensa de tortilla.

Seguimos charlando y riendo lo más bajito que podíamos; pero D.ª Cristina no se descuidaba en punto a servirme cantidades fabulosas de alimento, superiores en verdad a mis jugos gástricos. Quería rechazarlas, pero no lo permitía.

—¡Sea usted franco, capitán! Me ha prometido usted ser completamente franco.

—Señora, esto pasa ya de franqueza. Cualquiera puede llamarlo grosería.

—Yo no lo llamo. ¡Adelante! ¡Adelante!

Mas de pronto, echándose un poco hacia atrás en la silla y adoptando un tono solemne, manifestó:

—Capitán, ahora voy a proceder con usted, no como si hubiera salvado la vida a mi madre solamente, sino como si me la hubiera salvado a mí también. Quiero pagarle de una vez su vida y la mía.

Abrí los ojos desmesuradamente sin comprender lo que tales palabras significaban. Doña Cristina se levantó de la silla, y dirigiéndose a la puerta la abrió de par en par. Y apareció la camarera con una fuente de callos entre las manos.

—¡Callos!—exclamé.

—Guisados por la señora Ramona—profirió D.ª Cristina gravemente.

La broma me puso de mejor humor aún. ¡Cuán poco duró, sin embargo, aquel estado de embriagadora alegría! Al llegar los postres me dijo con naturalidad:

—¿Sabe usted una cosa?... Que ya no nos vamos mañana. Mi marido debe de llegar pasado a buscarnos.

—¿Sí?—exclamé con la expresión de un hombre a quien hacen hablar mientras le aplican una ducha.

—Aunque el viaje es un poco incómodo para venir y marcharse en seguida, dice que como mamá todavía no se habrá repuesto por completo del susto no quiere que viajemos solas.

Al decir esto sacó la carta del bolsillo y se puso a repasarla.

—Me encarga también que le dé un millón de gracias y celebra tener ocasión de dárselas en persona.

Yo veía la carta del revés, pero así y todo pude leer al final un «adiós, alma mía» que aumentó mi tristeza.

Manifesté, no obstante, mi satisfacción de conocer en breve plazo al Sr. Martí, pero necesité algún esfuerzo para ello. Como la melancolía se iba apoderando de mí y D.ª Cristina tardaría poco en advertirlo, no hallé medio mejor de combatirla que beber más cognac de lo justo detrás del café. Esto me produjo una excitación que semejaba alegría sin serlo. Hablé por los codos y debí de expresar muchas cosas ridículas y algunas inconvenientes, aunque no me acuerdo. D.ª Cristina sonreía con benevolencia. Mas como echase por quinta o sexta vez mano a la botella para escanciar otra copita, me tuvo el brazo diciendo:

—Ahora ya es usted demasiado franco, capitán. Le relevo a usted de su palabra.

—Soy esclavo de ella, señora, aunque me costase la vida—repuse riendo—. Pero no beberé más. Estoy resuelto a obedecer a usted en esto como en todo lo que me ordene... Hay, sin embargo—proseguí mirándola con osadía a los ojos—, cosas que embriagan más que el cognac y todas las bebidas espirituosas...

Doña Cristina bajó la vista y su tersa frente se arrugó. Pero volviendo al instante a sonreir dijo alegremente:

—Pues no se embriague usted de ningún modo. Aborrezco a los borrachos.

No quise seguir el consejo; y si es cierto que bebí poco más, en cambio me harté de mirar a la interesante señora. Continué charlando como un sacamuelas, y en medio de la charla intenté deslizar más de un requiebro; pero D.ª Cristina con ingenio y prudencia los cortaba antes de madurar.

Me había levantado de la silla y ella también. Estábamos al lado del balcón contemplando el trajín y movimiento del muelle. Yo, con su permiso, fumaba un tabaco habano. Como su hermosa cabeza me ocupaba mucho más qué el trajín del muelle, advertí que se le caía un peinecillo de concha que sujetaba sus cabellos.

—Si yo fuera este peinecillo me hallaría muy bien en mi sitio. No trataría de escaparme.

Y osadamente, sin darme cuenta de lo que hacía, llevé mi mano a su cabeza y le clavé de nuevo la peineta.

Se puso roja como una cereza, bajó los ojos, estuvo algunos instantes suspensa; y al fin, encarándose conmigo altivamente, profirió con voz alterada:

—Caballero, no sé qué motivos pude haberle dado a usted para que se tome conmigo ciertas libertades... El servicio que nos ha prestado le da derecho a mi gratitud, pero no a tratarme sin respeto...

Se me disipó como por ensalmo la media borrachera que tenía. Quedé aturdido y avergonzado como jamás lo estuve en mi vida ni pienso estarlo ya, y apenas pude balbucir algunas palabras de excusa. Pienso que ella no llegó a oirlas. Volvió la espalda con desprecio y entró en su alcoba.

Al cabo de un instante cruzó por mi mente una idea que no dejaba de tener ciertos visos de verosimilitud; es a saber, que estaba sobrando en aquel sitio. Y sin pararme a examinarla con suficiente atención a la luz de una crítica razonada y seria, la puse inmediatamente en práctica tomando el sombrero y alejándome sin levantar polvo.

Aunque estuve en el barco y en la oficina del consignatario y en otra porción de parajes de la villa, la vergüenza no se me quitó en todo el día. Estaba pegada a mi rostro con lacre rojo y me molestaba lo indecible. Los amigos sonreían y mascullaban las palabras Martel tres estrellas, Jamaica, Anís del Mono y otras, que sonaban a marcas de licores; pero yo sabía a qué atenerme y esto aumentaba mi malestar. Todavía al día siguiente, después de lavarme y frotarme enérgicamente con jabón, me pareció advertir algunas migajitas adheridas a la piel.

Por supuesto, hice cuanto me fué posible por no acordarme ya de D.ª Cristina ni del santo de su nombre; y me parece que lo conseguí durante aquel día. Pero de noche su imagen no quiso apartarse el canto de un é de mi litera, me tiró de los piés, me agarró de los pelos, me dió de bofetadas y más tarde, para indemnizarme de estas atroces vejaciones, se inclinó suavemente y rozó con sus labios mis mejillas.

Al despertar me asaltó una idea luminosa. Debiendo llegar Martí aquel día, yo estaba en el deber ineludible de ir a esperarle a la estación: primero, por cortesia; segundo, por evitar que preguntase por mí y esto originase alguna turbación a su esposa; tercero, porque a D.ª Amparo le sorprendería que no lo hiciese; cuarto, porque era necesario no dejar traslucir el desabrimiento que entre nosotros se había suscitado; quinto... No sé lo que era el quinto, pero tengo una idea vaga de que existía y que era algo parecido al deseo rabioso que yo sentía de volver a ver a D.ª Cristina.

El tren correo llegaba por la tarde. Tenía, pues, tiempo sobrado para medir los inconvenientes de semejante paso y arrepentirme. Pero después de considerarlo en todos sus aspectos y volverlo a considerar y hacer infinitos esfuerzos por que Dios me tocase en el corazón, el arrepentimiento no vino y las piernas me condujeron, casi a mi despecho, a la estación.

Al poner el pie en el andén atisbé a mis señoras hablando con un empleado. Desplegando entonces las prodigiosas aptitudes diplomáticas con que al cielo le plugo favorecerme, crucé por delante de ellas a paso lento y profundamente absorto en la contemplación de unos montones de remolacha.

—¡Ribot...! ¡Ribot!

Me paro en firme, lleno de asombro. Vuelvo la cabeza al Sudeste, luego al Norte, después al Noroeste, y así sucesivamente a todos los puntos de la rosa náutica, hasta que, después de muchos ensayos infructuosos, logro dar con el sitio de donde partía la voz.

—¡Oh, señoras!

Me acerqué rebosando de sorpresa y estreché la mano de D.ª Amparo. Fuí a hacer lo mismo con Cristina y... ¿no había dicho antes que esta dama tenía la tez blanca? Pues hay que rectificar. En aquel momento me pareció que había nacido en el Senegal.

Le pregunté por su salud, sin atreverme a extender la mano, y me respondió, volviendo su mirada a otro lado:

—¿Cómo ha sido eso, Ribot? En todo el día de ayer no ha parecido por casa, y hoy tampoco.

Me excusé con mis ocupaciones. D.ª Amparo no quiso aceptar la disculpa y me reprendió cariñosamente. Aquella señora se mostraba conmigo cada vez más afectuosa y amable. Mientras hablábamos, D.ª Cristina no despegó los labios. Yo estaba molesto y confuso. No me atrevía a mirarla de frente; pero la observaba con el rabillo del ojo y advertía que su rostro, en vez de recobrar el aspecto ordinario, se iba oscureciendo todavía más. Sus ojos se obstinaban en mirar al lado contrario en que yo estaba.

Doña Amparo, sin darse cuenta de nada, hizo el gasto de la conversación. Por mi parte, hablaba poco y mal ordenado. Me estaba pesando atrozmente el haber venido, y sentía impulsos de marcharme con cualquier pretexto y no aguardar la llegada de Martí. Mas antes de que pudiera resolverme sonó la trompeta del guarda-agujas anunciado que el tren estaba a la vista. Ya no era posible hacerlo sin grave descortesía.

Penetró el tren en la estación, y entre el buen número de cabezas que venían asomadas a las ventanillas de los coches los ojos de D.ª Cristina descubrieron la de su marido.

—¡Emilio!—gritó con alegría.

—¡Cristina!—respondió él lo mismo.

Y sin aguardar a que el tren parase por completo, saltó al suelo y la abrazó y la besó con efusión. Pero ella, ruborizada como una colegiala, sonriendo al mismo tiempo de gozo, se zafó bruscamente de sus brazos.

—¡Siempre la misma!—exclamó él riendo a carcajadas, mientras tendía la mano a su suegra.

Esta no se satisfizo con la mano, sino que le tomó la cabeza como un niño y le besó repetidas veces, preguntándole con afanoso interés por el viaje, y él a ella por su salud.

Mientras hablaban, yo me mantenía respetuosamente alejado del grupo. Mas he aquí que a los pocos instantes D.ª Cristina vuelve los ojos hacia mí y me dirige una sonrisa afectuosa, haciéndome al mismo tiempo seña con la mano para que me acercarse. Aquella sonrisa inesperada me causó tal gozo y sorpresa que apenas pude disimular la impresión. Me apresuré a obedecer.

—¡El salvador de mamá!—dijo con un poco de énfasis, presentándome a su marido.

Este me estrechó las manos cariñosamente, repitiéndome infinitas gracias. Era un hombre de veintiocho a treinta años, alto, delgado, de rostro pálido y ojos negros, con barba negra también, sedosa y abundante; un tipo levantino como el de su esposa, pero débil y enfermizo, al menos en la apariencia.

—Gracias a su arrojo—prosiguió la dama—no lloramos hoy una desgracia.

—¡Señora!—exclamé—. ¡El hecho no tiene valor alguno! Lo mismo haría cualquier marinero que por allí cruzase.

Pero ella, sin atenderme, relató el lance con todos sus pormenores, realzando exageradamente mi conducta.

Este panegírico en su boca, después de lo que había ocurrido, me causó más vergüenza que alegría. Sentí remordimientos, y lo que en un principio me pareció solamente leve imprudencia se me representó ahora como una falta de delicadeza.

Regresamos a la villa y los dejé a la puerta del hotel sin querer subir, a pesar de las instancias de Martí. En aquellos primeros momentos la presencia de un extraño tenía que ser molesta. Pero convine con él en que tomaríamos café juntos por la noche en el Suizo. Abrigaba la esperanza de que traería a su señora, pues a ésta le gustaba dar un paseo después de la comida.

No se verificó tal esperanza. Martí se presentó solo, manifestando que su mujer se sentía fatigada y con jaqueca. Pensé que era un pretexto y me causó tristeza. Quizá disipado el primer instante de alegría efusiva, habría vuelto la desconfianza y el rencor a su corazón.

Antes de una hora Martí y yo éramos excelentes amigos. Me pareció hombre simpático, de genio abierto, cariñoso, alegre y un poco cándido. Los cien negocios que tenía entre manos no le dejaban vagar para fijarse mucho tiempo en una misma cosa. Saltaba en la conversación de uno a otro asunto con ligereza, aunque siempre mostrando despejo y energía. Yo le dejaba hablar observándole con una curiosidad intensa. Lo que más impreso me quedó de él en aquella primera conversación fué cierto modo de ahuecar su cabellera ondeada metiendo los dedos por detrás a modo de peine y tosiendo levemente cuando iba a expresar alguna idea que juzgaba importante. Este ademán, que en otro quizá pareciera ridículo, resultaba en él gracioso y de amable ingenuidad. No puedo expresar claramente los sentimientos que Martí me inspiraba entonces. Eran una mezcla indefinible de simpatía y repulsión, de curiosidad y recelo que sólo podrá explicarse el que se haya encontrado alguna vez en situación análoga a la mía.

El Urano debía zarpar al día siguiente en la marea de la tarde. Por la mañana me presenté en el hotel a despedirme de mis nuevos amigos. Martí y su suegra expresaron con calor su disgusto por mi marcha. Cristina no se presentó. Estaba encerrada en su alcoba arreglándose, a lo que pude entender, y no tuvo la amabilidad de pedirme que aguardara: antes, al contrario, se despidió tan apresuradamente que parecía temerlo.

—Adiós, Ribot—gritó desde adentro—. Dispénseme que no salga: es imposible en este momento. Que lleve usted un viaje muy feliz y le repito un millón de gracias. No olvidaremos jamás lo que usted ha hecho. Buen viaje.

Martí quiso que almorzara con ellos; pero tenía mucho que hacer y rehusé. Además, lo confieso, me sentía tan melancólico que deseaba verme en la calle. Tanto él como doña Amparo me hicieron mil amables ofrecimientos para que cuando volviese a Barcelona, ya que el vapor se detenía allí siempre ocho o diez días, hiciese una escapatoria a Valencia. Lo mismo él que su esposa tendrían gran placer en hospedarme en su casa. Vime necesitado a prometérselo, pero con el designio formado de no cumplir la promesa. Había siempre dificultad en dejar el barco; pero sobre todo la frialdad hostil que advertía en doña Cristina no me alentaba a ello.

Por la tarde se presentó a bordo para apretarme otra vez la mano antes de marchar. Me instó de nuevo calurosamente para que no dejase de hacerle una visita. Volví a prometérselo con la reserva mental ya indicada. Al cabo nos despedimos muy afectuosamente y me hice a la mar prosiguiendo mi viaje a Hamburgo.

IV

Sólo cuando me hallé sobre el puente entre el cielo y el mar pude darme cuenta de la impresión que en mi espíritu había causado la esposa de Martí. ¡Cuántas horas había pasado de aquel modo en la soledad del océano entregado a mis pensamientos! Pocas veces habían sido tristes. Mi vida, después de la profunda pena que la muerte de la novia de que he hablado me hizo experimentar, se había deslizado generalmente tranquila, si no feliz.

Nací en Alicante, hijo de padre marino. Mostré en la segunda enseñanza afición al estudio. Mi padre hubiera deseado que fuese abogado ó médico; todo menos marino. Pero yo hallaba las carreras con que me brindaba asaz prosaicas, y arrastrado del romanticismo propio de la adolescencia y de mi temperamento un poco soñador y fantástico preferí justamente esta carrera. Cedió mi padre con disgusto en la apariencia, tal vez halagado en el fondo por el aprecio que hacía de su profesión: me hice piloto en corto tiempo: navegué en dos viajes a Cuba como agregado. Pero habiendo fallecido la única hermana que tenía y quedando mi madre demasiado sola, me vi impulsado a quedarme en casa y llevar en Alicante la vida de señorito ocioso. Á nadie sorprendió eso. Como se decía que mi padre había reunido un razonable caudal, me eximía de buen grado de la dura ley del trabajo.

Pocos años después me enamoré. Concertóse mi matrimonio, y se hubiera llevado a efecto si Matilde, que así se llamaba mi futura, no hubiera enfermado. Se esperó a que mejorase, y esperando, esperando, la buena y hermosa niña se murió. Fué tan violento el dolor que experimenté que se temió por mi salud y hasta por mi razón. Mis padres no hallaron medio más adecuado para curarme que hacerme viajar. Lo acepté con indiferencia. De nuevo navegué como segundo en un vapor de la misma compañía en que estaba empleado mi padre. Al cabo de pocos meses éste quedó paralítico del reuma y mientras se curaba los armadores me confiaron interinamente el mando del Urano. Desgraciadamente mi padre no pudo ejercerlo de nuevo: arrastró algún tiempo una existencia penosa y al cabo falleció. Mi madre hubiera deseado que dejase la profesión y viviese de nuevo a su lado y ocioso; pero me había acostumbrado de tal modo a la mar y a la existencia varia y activa, hoy en un puerto, mañana en otro, del navegante, que no pudo la cuitada persuadirme a ello. A bordo, pues, de mi vapor, al cual había tomado gran cariño, cumplí los treinta y seis años. Murió mi madre y poco después se efectuó el lance que acabo de relatar.

Digo, pues, que a solas con mi pensamiento entendí que D.ª Cristina se había apoderado demasiado de él. Su imagen flotaba ante mí como un sueño. Aquella mirada, tan pronto grave como picaresca, de sus ojos negros, aquel pudor susceptible, su firmeza, su rubor de colegiala contrastando con un desenfado gracioso; luego su facilidad en el perdón, la ternura reprimida que había mostrado a su marido, todo tendía a idealizarla. Pero más que nada, lo confieso, contribuía a ello mi propio temperamento y la soledad en que el marino pasa lo más del tiempo. Después de la muerte de Matilde, no había vuelto a ocuparse mi corazón con un amor verdadero. Devaneos, aventuras de algunos días, bureos en los diferentes puntos de escala. Así había llegado a ver las primeras canas en mi barba y cabello. Pero mi natural romántico, aunque dormido en el fondo del corazón, no había muerto. Las aventuras truhanescas, las zambras corridas en los puertos, lejos de asfixiarlo, lo hacían revivir. Nunca me sentía más pensativo y melancólico que después de una de estas noches de orgía. Para recobrar el equilibrio me tumbaba bajo la toldilla con un libro entre las manos; aspirando a plenos pulmones el aire puro del mar y abriendo mi alma a las ideas de los grandes poetas y filósofos, me tornaba la paz y la alegría. La lectura fué siempre el recurso supremo de mi vida, el bálsamo más eficaz para mitigar sus inquietudes.

La aventura de D.ª Cristina me trasportaba en plena idealidad, me hacía respirar el ambiente en que me hallaba más sano y feliz. Así que detenía complaciente mi pensamiento sobre ella, sin pensar que esto pudiera acarrearme ningún disgusto. Muchas veces, al cruzar a mi lado en cualquier puerto una joven hermosa, procuraba guardar su imagen en la retina tenazmente. Luego, en la soledad del mar, la evocaba mi fantasía, la hacía vivir colocándola en situaciones diversas, la hacía hablar y reir y enojarse y llorar, dotándola de mil cualidades amables. Y abrazado a este fantasma pasaba algunos días dichoso. Hasta que llegaba a un puerto y se disipaba o era sustituído por otro.

Pues ahora quise hacer lo mismo. No pude lograrlo sino a medias. Doña Cristina no había cruzado fugazmente a mi lado como tantas otras mujeres hermosas. La impresión que de ella me quedó era mucho más honda; había agitado casi todas las fibras de mi ser. En vez de representármela a mi gusto, la veía como se me ofreciera en la realidad. Y volvía a sentir la vergüenza y la tristeza que me había hecho experimentar. Por otra parte, su estado de casada privaba a mis sueños de la amable inocencia que otras veces tenían, los teñía de un matiz sombrío poco gustoso para la conciencia.

Estas razones me determinaron a trabajar para alejarlos de mi mente. Procuré distraerme de tales imaginaciones, olvidar a la bella valenciana y recobrar la calma. Gracias a mis esfuerzos, y aún más, a mis prosaicas ocupaciones, no tardé en lograrlo. Mas al cruzar la costa de Levante, de vuelta de Hamburgo, cuando doblé el cabo de San Antonio y se extendió ante mi vista aquella campiña de suavidad incomparable que Valencia recoge y cierra con su huerta eternamente verde como un broche de esmeralda, la imagen de doña Cristina se me ofreció de nuevo más ideal, más seductora que antes; se apoderó de mi imaginación para no dejarla ya más.

No sé cómo fué, pero al día siguiente de llegar a Barcelona, arreglados apresuradamente los negocios más precisos, confié el barco al segundo y me metí en el tren de Valencia. Llegué al oscurecer, me alojé en un buen hotel, comí, me vestí de limpio y acicalé con más pulcritud que lo había hecho en mi vida y salí a la calle en busca de la casa de Martí.

Sólo entonces me di cuenta de la tontería que había hecho. Sabía bien que Martí me recibiría con los brazos abiertos, y aun agradecería mi visita; pero ¿qué pensaría de ella su esposa? ¿No recelaría que era interesada y se pondría en guardia? La idea de que pudiera sospechar que quería hacerle pagar con un galanteo molesto el servicio de Gijón me abochornaba. Estuve tentado a dar la vuelta al hotel, meterme en la cama y partir al día siguiente sin dar cuenta a nadie de mi estancia en Valencia. Sin embargo, un impulso irresistible me arrastraba a verla de nuevo. Un instante, tan sólo un instante, para grabar su imagen más profundamente en mi espíritu y después partir y soñar con ella toda la vida.

Caminando a paso lento llegué a la plaza de la Reina, sitio el más céntrico y concurrido de la ciudad. La noche estaba serena, el ambiente tibio, los balcones abiertos; delante de los cafés, los parroquianos sentados al aire libre. ¡Y pensar que dejaba allá en Hamburgo a los pobres alemanes tiritando aún de frío! Sentéme debajo del toldo del café del Siglo, tanto para tranquilizarme como para dejar que en casa de Martí terminasen de cenar. Cuando calculé que ya era tiempo entré por la calle del Mar, que cerca de allí desemboca. Seguíla entre turbado y alegre, y me detuve delante del número que Martí me había indicado. Era una de las casas más suntuosas de la calle, elegante, de moderna construcción, con elevado piso principal y un ático de buen gusto encima. El portal grande, adornado de estatuas y plantas y esclarecido por dos mecheros de gas. Uno de los balcones estaba entreabierto y por él se escapaban en aquel momento las notas alegres de un piano.—¿Será ella quien lo toca?—me pregunté con emoción—. Gocé algunos instantes de aquella música y me acerqué al fin a la puerta. El portero llamó a un criado, el cual, enterado de que deseaba hablar con su amo para un asunto urgente, me hizo pasar al despacho. No tardó en presentarse Martí. ¡Qué grito de sorpresa! ¡Qué abrazo cordial me dió! Luego, llevándome por un corredor y hablándome en falsete para no privar de la sorpresa a su esposa, me empujó hacia la puerta de un gabinete donde había gente.

—Cristina, ahí tienes una mala persona.

Estaba sentada al piano. Al oir la voz de su marido volvió la cabeza: su mirada se encontró con la mía. Apartóla instantáneamente y se volvió de nuevo hacia el piano, con la misma rapidez que si hubiera visto algo muy triste o espantable. Pero, dominándose, casi al mismo tiempo, se levantó y, avanzando hacia mí con sonrisa forzada, me tendió la mano diciéndome:

—Mucho gusto en verle, Ribot. Agradecemos infinito su visita....

Yo tenía el corazón apretado y no pude menos de responderle con cierto despecho:

—No la agradezca usted. Ha sido casual. Tenía un asunto que evacuar en Valencia y por eso me hallo aquí.

Martí me abrazó de nuevo riendo.

—Me encanta esa franqueza ruda de los marinos. Así se debe hablar. Fuera esas mentiras convencionales que a nadie engañan y sólo sirven para declararnos por farsantes. Lo importante es que le tenemos a usted aquí y que su visita nos causa un vivo placer.

Luego, volviéndose a los circunstantes, añadió, no sin cierto énfasis:

—Señores, les presento al capitán del Urano. ¡No tengo más que decir!

Se acercó a darme la mano un joven extraordinariamente flaco, de piel rugosa y tostada como si acabase de ejecutar largos y penosos trabajos al sol, prematuramente calvo, y de cuya boca pendía una pipa enorme atiborrada de tabaco. Vestía con elegancia, aunque poca curiosidad.

—Mi hermano político Sabas.

Llegó después otro sujeto de la edad de Martí, poco más o menos, más alto que bajo, rubio, de bigote exiguo y sedoso, ojos azules de mirar firme y escrutador, pelo lacio y atusado con esmero. Vestía igualmente a la moda, pero con una pulcritud que contrastaba con la negligencia del otro.

—Mi íntimo amigo y socio D. Enrique Castell.

Éstos eran los únicos hombres que allí había. En seguida me llevó delante de D.ª Amparo, que hacía crochet sentada en un silloncito de raso encarnado; después me presentó a la señora de su cuñado, una mujercita regordeta, carirredonda, rubia, con ojos azules, que sentada en un diván tenía sobre el regazo un bastidor en que bordaba. A su lado estaba una jovencita de diez y seis o diez y siete años, cuyo rostro de corrección admirable, suave y nacarado ofrecía la misma expresión de tímida inocencia que las vírgenes de Murillo. Era hija de una señora de cabello blanco, nariz aguileña, fisonomía severa e imponente que estaba sentada al lado de una mesilla dorada, con un periódico en las manos. Martí me la presentó como su tía Clara, prima hermana de su madre política.

Toda esta sociedad me acogió con extremada benevolencia, y muy particularmente doña Amparo, que con los ojos rasados de lágrimas me estrechó ambas manos fuertemente y me las retuvo largo tiempo hasta que el exceso de la emoción la obligó a soltarlas para llevarse el pañuelo a los ojos. En los primeros momentos la conversación versó sobre el percance de aquella señora. Se hicieron elogios de mi conducta, que me avergonzaron y pusieron inquieto, y se discutieron las causas que habían originado el suceso. El cuñado de Martí, con voz cavernosa y velada, tal vez por el abuso del tabaco, censuró agriamente la conducta de las autoridades de Gijón, que no tenían alumbrado de un modo conveniente el muelle. Respondí yo que los muelles estaban casi todos alumbrados de la misma manera por no hallarse originariamente destinados a paseo público, sino a la carga y descarga de las mercancías. Insistió él manifestando que de hecho en todas las ciudades marítimas los muelles constituyen un sitio de esparcimiento. Repliqué yo que en ese caso los paseantes debían de atenerse a las consecuencias. Martí vino a cortar la disputa preguntándome en qué hotel había dejado mi maleta para enviar por ella. En vano quise oponerme. Observé que mi negativa le molestaba, y al cabo consentí en ello tanto más cuanto que toda la familia se unió a él para rogármelo.

Mientras tanto Cristina tecleaba al piano con mano distraída, hablando al mismo tiempo con su cuñada. Vestía una elegante bata suelta de color rojo, al través de cuyos pliegues quise adivinar que estaba encinta. Siempre que podía la miraba con intensa atención. Y como lo advirtiese, se mostraba inquieta, nerviosa y ponía empeño en que su mirada no tropezase con la mía.

Martí salió a dar las órdenes oportunas para mi alojamiento. Su amigo y socio, que había guardado silencio, reclinado con negligencia en la butaca, una pierna sobre otra, se puso a hacerme preguntas sobre mis viajes, los fletes, las escalas y todo lo referente al comercio a que los buques de nuestros armadores se dedicaban. La plática adquirió todo el aspecto de un examen, porque Castell demostraba saber tanto o más que yo de tales asuntos; había viajado mucho, conocía dos o tres lenguas a la perfección y de sus viajes no sólo había sacado útiles conocimientos para los negocios comerciales, sino una muchedumbre de noticias etnográficas, históricas y artísticas que yo estaba lejos de poseer. Era un hombre realmente instruído, pero no pude menos de notar que le placía demasiado exhibir su ilustración, que redondeaba con esmero los períodos al hablar y se escuchaba, y que, sin faltar a la cortesía, no ocultaba el poco aprecio que hacía de las opiniones de los demás. En suma, aquel buen señor no me fué simpático, aunque reconociese las estimables cualidades de que estaba adornado. Tenía una voz clara, pastosa, de predicador, y accionaba grave y noblemente, lo cual le permitía lucir su mano, que era breve y bella y adornada de sortijas.

Entró Martí de nuevo, y su tía Clara, sin abandonar el periódico, le interpeló:

—Vamos a ver, Emilio, ¿cómo han quedado los aceites? ¿No es cierto que han subido esta semana veinte céntimos?

—Sí, tía, tengo entendido que han subido y que subirán más aún.

—¡No podía menos!—exclamó en tono triunfal—. Se lo he anunciado a Retamoso el mes pasado y no me ha hecho caso. Es tozudo como buen gallego y de una vista tan corta para los negocios, que apenas ve más allá de sus narices. Si no me tuviese a su lado estoy persuadida de que muy pronto daríamos quiebra.

La voz de aquella señora era vibrante, poderosa; su cabeza escultural se erguía con tanta altivez al hablar, su nariz aguileña se hinchaba y sus ojos parpadeaban de un modo tan imponente que en su presencia se creía uno transportado a los tiempos heroicos de la república romana. Cornelia, la madre de los Gracos, no pudo ser más severa y majestuosa.

Martí tosió evitando responder, por no atreverse a llevar la contraria a su tía y no ofender tampoco a su tío.

—¿Y qué me dices de la baja del cacao?—prosiguió con el acento heroico que si hubiese preguntado a un cónsul por una legión sorprendida y deshecha por los galos.

Martí se contentó con alzar los hombros.

—Aún tenía valor para negarme que estaba herido de muerte—añadió con creciente altivez—. Sólo a un hombre de criterio estrecho, completamente inepto para las especulaciones al por mayor, se le pudo ocultar. Así que vi llegar los vapores de Ibarra cargados de guayaquil me dije: «¡Alto! Este grano está de baja.»

—Sin embargo, el tío Diego suele saber dónde le aprieta el zapato—se atrevió a manifestar Martí.

—¡Ya lo creo! Detrás de un mostrador despachando queso y bacalao por cuarterones no tendría precio. Pero como negociante es un desdichado, y sólo porque yo me he tomado la molestia de pensar por los dos hemos podido llegar donde nos hallamos.

En aquel momento apareció en la puerta un hombre bajo, regordete, de tez pálida, ojos pequeños y calvo, el cual saludó con acento marcadamente gallego.

—Buenas noches nos dé Dios.

—¡Hola, tío Diego!... ¡Adiós, Retamoso!...

Doña Clara, cogida infraganti, convirtió de nuevo los ojos al periódico, sin perder por eso un átomo de su dignidad. Su marido, que por lo visto no había oído nada, fué dando la mano a los circunstantes, besó a su hija, y al llegar a ella le dijo con acento afectuoso:

—No leas de noche, mujer; ya sabes que te hace daño a los ojos.

Doña Clara no le hizo caso. Retamoso, volviéndose a los circunstantes, profirió con profunda convicción:

—No puede estar ociosa jamás... Isabelita, hija mía, ruega a tu mamá que no lea. Ya sabes que le hace mucho daño... Cuando no lee, echa cuentas; cuando no echa cuentas, baja al almacén a tomar notas; cuando no toma notas, escribe cartas; cuando no escribe cartas, habla en inglés con la institutriz de los Ricarte... Es una cabeza privilegiada. No sé cómo puede hacer tantas cosas a la vez sin aturdirse ni cansarse...

A D.ª Clara debió parecerle sospechoso el panegírico porque, en vez de agradecerlo y alegrarse, hizo un gesto de reina ultrajada.

—No me aturdo por tan poca cosa, querido, porque me he educado en otra forma que las mujeres de tu país. Si allí siguen hilando todavía al lado del fuego, en el resto del mundo desempeñan un papel algo más lúcido. Aquí está un marino—añadió señalándome—que ha viajado mucho y puede certificarlo.

Yo me incliné murmurando algunas frases de cortesía.

—Pues así y todo no me prohibirás que admire tu talento—siguió Retamoso en tono exageradamente adulador.—¿No lo sabe todo el mundo en Valencia? ¿Voy a ser yo solo el que lo ignore o finja ignorarlo?... ¡Cuántas mujeres hay que se han educado como tú y no son capaces, sin embargo, de hacer en un mes lo que tú haces en un día!

—Diga usted, Ribot—manifestó D.ª Clara dirigiéndose a mí, como si no oyese a su marido, el cual prosiguió murmurando frases lisonjeras, abriendo los ojos mucho y arqueando las cejas para expresar la admiración de que estaba poseído,—en tanto puerto como usted ha visitado ¿no ha encontrado mujeres con tanta o más aptitud que los hombres para los negocios?

—Algunas he conocido al frente de casas de comercio poderosas, guiándolas con bastante acierto, sosteniendo correspondencia en varios idiomas y llevando los libros con perfecta exactitud. Pero... le confieso ingenuamente que una mujer metida con placer en especulaciones industriales o inclinada a la política y los negocios se me figura una princesa que por gusto vendiese fósforos y periódicos por las calles.

—¿Cómo es eso?—exclamó D.ª Clara irguiendo su cabeza romana.—¿De modo que usted piensa que el papel de la mujer se reduce a ser un animal doméstico que el hombre acaricia o castiga a su antojo? ¿La mujer debe, por lo visto, vivir eternamente en completas tinieblas, sin estudiar, sin instruirse?

—Que se instruya si quiere—repliqué yo;—pero, en mi sentir, la mujer no necesita aprender nada, porque lo sabe todo...

—¡Eso! ¡eso!—interrumpió Retamoso con entusiasmo.—Esa ha sido siempre mi opinión... Isabelita—añadió dirigiéndose a su hija,—¿no te he dicho mil veces que tu mamá lo sabe todo antes de haberlo aprendido?

Por los labios de Martí vi que vagaba una sonrisa. Cristina se levantó del taburete donde se hallaba sentada y salió de la habitación.

—No entiendo lo que usted quiere decir—manifestó D.ª Clara con cierta acritud.

—Las mujeres saben hacernos felices, haciéndose felices a sí mismas ¿Qué otra sabiduría puede igualar a ésta en la tierra? Los trabajos de los hombres, las llamadas conquistas de la civilización tienden a realizar lenta y penosamente lo que la mujer ejecuta de una vez y sin esfuerzo, hacer más soportable la vida aliviando sus dolores. Siendo, como es, la depositaria de la caridad y de los sentimientos suaves y benévolos, guarda en su corazón el secreto de los destinos de la humanidad, y trasmitiéndolos por herencia y educación a sus hijos contribuye de un modo más seguro que nosotros al progreso.

—Eso es más galante que exacto—interrumpió Castell con su firmeza impertinente—. La mujer no es la depositaria del progreso, ni ha contribuído siquiera a él. Estudie usted la historia de las ciencias, las artes y las industrias, y no hallará un solo descubrimiento útil que se deba al ingenio o al trabajo de una mujer. Esto demuestra claramente que su cerebro es incapaz de elevarse a la esfera en que se mueven los altos intereses de la civilización. La mujer no es la depositaria del progreso; es únicamente depositaria de la forma y, como a tal, sólo deben exigírsele dos cosas: la salud y la belleza.

—Tendría usted razón—repliqué—si la única fase del progreso fuese la de los descubrimientos útiles. Pero hay otra a mi entender más importante; la fraternidad de los hombres, la ley moral. Este es el verdadero fin del mundo.

Castell sonrió y sin mirarme dijo en voz baja:

—Con éste creo que son ya cincuenta y siete los fines que le conozco al mundo.—Y elevando la voz añadió:—He tratado a muchos hombres en la vida y puedo declarar que apenas uno se ha escapado de asignar al mundo su fin especial. Para los clérigos es el triunfo de la Iglesia; para los demócratas, la libertad política; para los músicos, la música, y para los bailarines, el baile... Y, sin embargo, el pobre mundo se contenta con existir, riéndose tal vez de tanto insensato como sucesivamente le va pisando.

Hizo una pausa y se reclinó más cómodamente en la butaca. Me sentí picado por aquellas palabras, y sobre todo, por el tono desdeñoso con que fueron pronunciadas. Iba a replicar con energía, pero Castell anudó su discurso exponiendo su pensar tranquilamente en una serie de razonamientos encadenados con lógica y expresados en forma elegante y precisa. No pude menos de admirar lo variado de su erudición, su ingenio penetrante, y sobre todo, la claridad y gallardía de su palabra. Jamás vacilaba para buscar la precisa. Como esclavas sumisas todas las del Diccionario acudían a la lengua para expresar fácil y armónicamente su pensamiento.

Sus teorías me parecieron extrañas y tristes. El mundo llevaba su fin en su existencia. La moral es una resultante de las condiciones especiales en que la vida se ha desenvuelto en nuestro planeta. Si el género humano se hubiese producido en las condiciones de vida de las abejas, sería un deber para las mujeres solteras el dar muerte a sus hermanos, como hacen las abejas obreras. Todas las manifestaciones de la vida, hasta las más altas, se hallan regidas por el instinto. El hombre virtuoso, lo mismo que el que llamamos perverso, se mueven por un impulso fatal de su naturaleza. La moral, que el hombre religioso mira como una revelación divina, no es más que una invención destinada a satisfacer tal o cual instinto.

Realmente no me encontraba con fuerzas para contrarrestar victoriosamente sus atrevidas aserciones. Mi lectura era abundante, pero deshilvanada, como hecha más para entretenerme que para instruirme. Por otra parte, no habiendo cultivado jamás la expresión, porque mi profesión no lo exigía, tropezaba con grandes dificultades para emitir los pensamientos.

Martí vino en mi ayuda cortando de un modo jocoso la discusión.

—¿A que no saben ustedes cuál es el destino de la mujer para mi cuñado Sabas?

Todos le miramos, incluso el interesado.

—Pegar botones.

—No sé por qué dices eso—murmuró aquél de mal humor echando mano a la pipa.

—¿Que por qué lo digo? No hay en la Península un hombre a quien le caigan más botones que a ti. Todavía no se ha dado el caso de haber ido a tu casa y no hallar a Matilde cosiéndote alguno.

Sabas masculló algunas palabras ininteligibles.

—Que lo diga ella—añadió Martí.

—Sí; se le caen bastantes—dijo la regordeta dama riendo.

Pero su marido le dirigió una mirada severa y se puso colorada.

—Se le caen como a todo el mundo—interrumpió D.ª Amparo desde su silloncito de raso encarnado—. Los botones no son eternos, y creo que mi hijo no ha de ir hecho un Adán por no dar a los demás la molestia de que le cosan los botones.

Dijo estas palabras con emoción, como si acabasen de acusar a su hijo de un delito.

—Aunque se le cayesen más que a todo el mundo la cosa tiene poca importancia y no merece que usted se ponga triste y se enfade con nosotros—repuso Martí.

—Me pongo triste porque parece que todos tenéis empeño en echar sobre mi hijo cualquier defecto. El pobre es bien desgraciado... El día que se muera su madre no tendrá quien le defienda...

Profirió estas palabras con más emoción aún. Quise advertir con asombro que hacía pucheros para llorar.

—¡Pero mamá!—exclamó su yerno.

—¡Pero mamá!—exclamó su nuera.

Ambos se mostraban pesarosos y consternados.

—Tal vez sea pasión de madre, hijos míos—siguió D.ª Amparo pugnando por no llorar—; pero no lo puedo remediar. Todos tenemos defectos en el mundo; pero una madre no puede ver los de sus hijos. Sufro horriblemente cuando cualquiera me los señala y mucho más cuando es una persona de la familia... ¡Me vienen a la imaginación unas ideas tan tristes! Se me figura que no os queréis... Creedme que moriría ahora mismo contenta si supiese que os queréis unos a otros tanto como yo os quiero...

El exceso de la emoción la impidió proseguir. Dejó caer la labor sobre el regazo, apoyó la frente en una mano y quiso sufrir un medio desvanecimiento. Su hija política se apresuró a llevarle el frasco de las sales y se lo dió a oler. Martí también acudió con solicitud filial. Ambos la prodigaron mil atenciones afectuosas, deshaciéndose en excusas. Gracias a sus palabras cariñosas, a mi entender, más que al frasco de las sales, la sensible madre recobró todos sus sentidos. En cuanto los tuvo completos besó tiernamente en la frente a su nuera y apretó la mano de Martí, pidiéndoles perdón por haberles disgustado.

Aunque conociese ya un poco el carácter y las manías de D.ª Amparo, no dejó de sorprenderme que Retamoso y su mujer, Isabelita y Castell apenas concedieron atención al incidente y continuaron hablando entre sí como si nada ocurriese. Sabas, el causante de la desazón, fumaba tranquilamente su pipa.

Así que hubo serenado a su suegra, Martí me invitó a salir con él del gabinete para mostrarme la habitación que me habían destinado. Era lujosa y elegante, excesivamente lujosa para mí, que toda la vida la había pasado en las estrecheces del camarote o en nuestra modesta vivienda de Alicante. Cuando llegamos, una doncella estaba haciendo mi cama bajo la inspección de la señora. Al entrar, sin ser oídos, ésta aplanchaba con sus manos delicadas el embozo de las sábanas. Nuestros pasos le hicieron levantar la cabeza y, como si la hubiesen cogido infraganti de un delito, se turbó, dejó la tarea y dijo a la doncella con acento malhumorado:

—Bueno, siga usted ya ver si concluye pronto.

Iba a salir, pero su marido la detuvo tomándole una mano.

—¿Has dado orden para que traigan café frío y cognac?

—Sí, sí, Regina queda encargada de todo—respondió con alguna impaciencia, tirando de la mano y marchándose.

Yo saboreé aquella vergüenza con mal disimulado regocijo. Salimos de nuevo al corredor y dije a Martí por hablar y también por curiosidad:

—Parece que D.ª Amparo se ha disgustado un poco.

—¡Ha visto usted!—exclamó riendo del modo franco y cordial que le caracterizaba—. Cualquier cosa la altera. ¡Es más buena la pobre!... Yo la quiero como si fuese mi madre. Todo su afán es que nos amemos. Es tan sensible que la más mínima señal de indiferencia, el menor descuido la hiere profundamente y hasta la hace enfermar. Por eso, aunque andamos todos vigilantes y atentos con ella, no basta. Figúrese usted que yo he tomado la costumbre de besarla antes de ir a acostarme. Pues si un día se me olvida por casualidad, la pobre señora no duerme pensando si estaré enojado con ella, si me habrá ofendido sin saberlo, y por la mañana me echa unas miradas tímidas, angustiosas, que yo no entiendo; hasta que mi mujer me explica el enigma, me río y voy a desagraviarla.

Cuando tornamos al gabinete, los tertulios estaban en pie y despidiéndose. Castell me tendió su mano linda, ensortijada, con el desembarazo frío de los hombres de mundo, celebrando haberme conocido, etc. Sabas y su esposa se mostraron muy afectuosos. D.ª Clara, majestuosa y severa, me dió las buenas noches sin mentar a Júpiter ni a Pólux ni a ninguna otra divinidad del paganismo, lo cual me sorprendió. Retamoso aprovechó un momento de confusión para decirme medio en gallego:

—Puede que usted tenga razón, señor de Ribot, y que las mujeres no sirvan para los negocios. Pero la mía es una excepción, ¿sabe?... ¡Oh! ¡Una maravilla! Ya tendrá usted ocasión de convencerse, ¡Una verdadera maravilla! ¡Phs!...

Y arqueaba las cejas y ponía los ojos en blanco, como si tuviera delante de sí el Himalaya o las pirámides de Egipto.

Cristina los despedía en lo alto de la escalera con la gravedad amable que tan bien sentaba a su rostro interesante. Yo no tenía ojos más que para ella. D.ª Amparo besaba a todo el mundo, besaba a su hijo, a su nuera, a doña Clara, a Isabelita y hasta a Retamoso. Si no le dió un beso a Castell, creo que fué más por vergüenza que por falta de ganas.

Nos quedamos solos al fin los cuatro. Para prolongar un poco más la velada supliqué a Cristina que tocase al piano algún trozo de ópera. Móstrose complaciente y, sin responderme, se sentó en el taburete, tecleó ligeramente un momento y comenzó a cantar a media voz la serenata del Don Juan de Mozart. Como no le conocía esta habilidad, mi sorpresa fué grande, pero mayor aún mi gozo. Era la suya una voz, dulce y grave a la par, de contralto. La música de los grandes maestros tiene el privilegio de conmovernos siempre; pero cuando la transporta a nuestra alma la voz de la mujer que se adora, entonces parece en realidad un acento escapado del cielo. Gocé algunos minutos una dicha imposible de explicar. Mi ser se transformaba, se engrandecía, temblaba de amor y de alegría. Cuando las últimas notas del gracioso acompañamiento se extinguieron, quedé sumido en éxtasis delicioso, sin darme cuenta de dónde me hallaba.

Martí me sacó de él bruscamente.

—Vaya, vaya, a descansar. El capitán se está durmiendo.

Nos levantamos todos. D.ª Amparo se retiró a su habitación, no sin que Martí le besase antes la mano, haciéndome al mismo tiempo un guiño malicioso.

—Si usted necesita algo—me dijo Cristina—no tiene más que sonar el timbre.

Y sin darme la mano me deseó una buena noche. Martí me acompañó hasta el cuarto y se despidió bromeando afectuosamente.

—Si es que usted no puede dormir sin el olor de la brea, capitán, mandaré traer un pedazo y lo quemaremos.

Cuando me hallé sólo, todas las impresiones de la noche se desprendieron de mi corazón como pájaros prisioneros y comenzaron a revolotear en torno confusamente. ¿Por qué estaba allí? ¿Qué pretendía? ¿En qué iba a parar aquello? La acogida cariñosa de esta noble familia me conmovía; la franqueza cordial de Martí me llenaba de confusión y vergüenza; pero la figura gentil de Cristina se alzaba delante de mí adorable, deslumbradora, borrando todo lo demás. La idea de estar tan próximo a ella cuando ya me había resignado a no verla más me inundaba de felicidad.—¿En qué pararía aquello?—volvía a repetirme.—Al fin me dormí besando el embozo de la sábana, que sus manos habían tocado.

V

Acostumbrado a madrugar, me levanté primero que nadie en la casa y salí a dar un paseo por la ciudad. Muchas veces había estado en ella y siempre me impresionó gratamente la animación sin ruido enfadoso de sus calles, su cielo sereno, su perfumado ambiente. ¡Cuán distintas, no obstante, habían sido aquellas impresiones de la sensación que ahora experimentaba!

La hermosa ciudad levantina despertaba. El pueblo comenzaba a discurrir por las calles; abríanse los balcones y algunos rostros blancos, nacarados, ornados de magníficos ojos árabes, se asomaban por detrás de las macetas. La huerta le enviaba, como saludo matinal, un soplo cargado de los aromas de sus claveles y alelíes, de sus malvarrosas y jacintos; el mar, brisa fresca y saludable; el cielo, los efluvios de luz radiosa. Valencia despertaba y sonreía a su huerta de flores, a su mar y a su cielo incomparables. Aquella situación privilegiada me hizo pensar en la Grecia antigua; y al ver cruzar a mi lado los rostros alegres, serenos, inteligentes de sus habitantes, me apetecía repetirles las famosas palabras de Eurípides a sus compatriotas: «¡Oh hijos amados de los dioses bienhechores! Vosotros recogéis en vuestra patria sagrada y jamás conquistada la gloriosa sabiduría como fruto de vuestro suelo, y marcháis perpetuamente con dulce satisfacción en el éter radioso de vuestro cielo.»

Dudo, sin embargo, que ningún griego o valenciano haya estado jamás tan contento como yo lo estaba ahora. Pero como todo instante alegre en la vida tiene aparejado y listo para entrar en fila otro triste, al llegar a casa experimenté el disgusto de no ver a Cristina. Martí y yo nos desayunamos solos en el comedor y supe de él que su esposa ya lo había hecho y se hallaba en su cuarto. ¡Qué hombre tan alegre y cariñoso aquel Martí! Lo mismo que si fuésemos amigos de toda la vida comenzó a hablarme de su familia, amigos, trabajos y proyectos. Estos eran innumerables: tranvías, reforma del puerto, ferrocarriles, ensanche de calles, etc. No pude menos de pensar que para llevarlos a cabo se necesitaba, no sólo enorme capital, sino una actividad sobrehumana. Martí parecía poseerla. A la sazón, además del tráfico de los vapores, que casi marchaba por sí mismo y le robaba poco tiempo, tenía en explotación unas minas de calamina en Vizcaya, en construcción algunas carreteras en diversas provincias y la apertura de pozos artesianos en Murcia. En esto último había consumido ya un caudal sin obtener grandes resultados; pero estaba seguro de lograrlos. “En cuanto tenga agua,—me dijo riendo—pienso venderla por copas como el Jerez.” Se expresaba de un modo rápido, incoherente algunas veces, pero siempre insinuante, porque ponía toda su alma en cada palabra.

Contrastaba su expresión confusa y vehemente con la de su amigo y socio Castell, tan firme, tan clara, tan acicalada. Hablamos de él, y Martí se deshizo en elogios de su persona. No había, al parecer, en el mundo hombre más instruído, ni ingenioso, ni recto. Todo lo sabía; las ciencias no tenían secretos para él; el planeta no guardaba rincón que él no hubiera explorado. Era peritísimo además en materia de artes plásticas y poseía una colección de cuadros antiguos, adquiridos en sus viajes, famosa en España y en el extranjero.

—Pero... Castell es un teórico, ¿sabe usted?—concluyó por decirme guiñando un ojo—. Somos dos naturalezas opuestas y acaso por esto somos tan amigos desde la infancia. A él le ha dado siempre por estudiar el fondo y la razón de las cosas, por la filosofía, por la estética. Yo no entiendo nada de eso. Tengo un temperamento esencialmente práctico... Y si usted no lo achacase a jactancia, me atrevería a decir que en España hacen más falta los hombres útiles que los filósofos. ¿No le parece que hay plétora de teólogos, oradores y poetas? Si queremos colocarnos a la altura de los demás países de Europa es necesario pensar en abrir vías de comunicación, construir puertos, montar industrias, explotar minas. En mi esfera modesta he hecho cuanto he podido por el progreso de nuestro país, y si no hago más—añadió riendo—, crea usted que no es por falta de voluntad, sino por la ausencia de metales preciosos.

—¿Y Castell es socio de usted en esas empresas?—le pregunté.

—No; no estamos asociados más que en la línea de vapores... Es un hombre a quien marean los números. Es rico y quiere disfrutar tranquilamente de su fortuna. Pero aunque no se mete en negocios, cuando hace falta dinero lo facilita sin vacilar, porque tiene plena confianza en mí.

—Parece que esa inclinación a los negocios es de familia. Su tía Clara también participa del mismo temperamento—le dije para satisfacer la curiosidad que me aguijoneaba desde la noche anterior.

—Mi tía Clara es una mujer notabilísima... un gran talento... Pero creo, sin que esto sea hablar mal de ella, que el alma de la casa, quien los ha hecho ricos, es su marido... ¡Oh, el tío Diego se pierde de vista! No hay comerciante más hábil ni con más trastienda en toda la costa de Levante. Lo que a él se le pierda crea usted que no me bajaría a cogerlo.

—Pues, según me ha dado a entender él mismo, parece que es su señora quien le ilumina en los casos difíciles, quien realmente lleva el timón de los negocios.

—Sí, sí—respondió Martí sonriendo, un poco cortado—. No dudo que mi tía Clara le dé algún buen consejo; pero no los necesita... En Valencia le tienen por socarrón... Es posible que haya algo de verdad. Ya conoce usted a los gallegos...

Tosió para disimular su embarazo y procuró cambiar de conversación. Ya había podido advertir que le repugnaba verse obligado a murmurar. Sólo se hallaba en terreno firme cuando elogiaba, y lo hacía con tal fuego, que parecía gustar un placer singular en ello. Rara y preciosa cualidad que lo hacía cada vez más estimable a mis ojos.

Terminado el desayuno, pretextando mis ocupaciones, le dejé ir a las suyas y salí de nuevo a la calle. No tardé en tropezar con Sabas en una de las más concurridas. Me pareció más tostado aún y más negro que por la noche. Me saludó con gravedad y cortesía y, después de dar algunas vueltas juntos, me instó a acompañarle a su casa, pues necesitaba mudarse de ropa. Me sorprendió esta necesidad, pues no le veía mojado ni sucio. Más adelante pude averiguar que tenía por costumbre cambiar de traje tres o cuatro veces cada día, siguiendo la pragmática de la elegancia cortesana.

Mientras caminábamos hacia su casa, que no estaba lejos de la de su cuñado, me enteró de que poseía una colección de bastones y otra de pipas, cosa muy notable. Al parecer, era una de las curiosidades más dignas de visitarse en la ciudad, y con amabilidad, que agradecí mucho, se brindó a mostrármerlas. Habitaba una casa pequeña y agradable. Salió a abrirnos su señora, a quien dijo, lacónicamente:

—Vengo a mudarme.

Llegamos a su cuarto, e inmediatamente procedió a abrir los armarios donde guardaba los bastones. Eran muchos, en efecto, y muy variados, y los exhibía con un placer y un orgullo que me llenó aún más de asombro que su número y variedad.

—Vea usted este palasan; tiene cuarenta y dos nudos. Ha tenido cuarenta y tres; pero fué necesario quitarle uno, porque era demasiado largo... Mire usted este otro... palo de violeta; huele frotándolo. Huela usted... Este es de carey... Esta es una caña blanca legítima. Me la trajo el capitán de uno de los vapores de mi cuñado...

Se entreabrió la puerta del gabinete y apareció una cabecita rubia.

—Papá, mamá no nos deja venir a darte un beso.

—Hace bien; ahora estamos ocupados—respondió con solemnidad el padre, despidiendo al niño con un gesto.

Pero yo había acudido a la puerta y besé con placer aquella cabecita rubia. Era un niño precioso de seis o siete años. Detrás de él venía otro más pequeño, rubio también, y cerrando la marcha una niña como de tres a cuatro años, morena, con grandes ojos y cabellos negros rizados. No había visto nunca criaturas más hermosas. A todos los acaricié con efusión, y muy especialmente a la niña, cuyos ojos aterciopelados eran una maravilla. Pero ellos se mostraban tímidos y, sin atender a mis preguntas, miraban a su padre con recelo. El rostro de éste expresaba severidad y disgusto. Parecía ofendido de que yo hallase más notable la colección de sus niños que la de los bastones. Los besó por compromiso, y cuando su esposa vino corriendo a buscarlos, le dijo ásperamente:

—¿Por qué les has dejado entrar estando ocupado?

—Se escaparon mientras fuí a sacarte una camisa—respondió ella humildemente.

Y empujando a los chicos los echó fuera de la habitación. Después se sentó esperando que su marido terminase de exhibirme los bastones.

Concluyó al fin, y yo, sabiendo que le lisonjeaba, hice mil ponderaciones de su colección, lo que agradeció profundamente. Pidióme después licencia para vestirse delante de mí. Su esposa comenzó a maniobrar como el más consumado y también el más abatido ayuda de cámara. Le puso la camisa; le puso la corbata, se arrojó al suelo para abrocharle los botones de las botas. El feliz marido se dejaba vestir y acicalar con grave continente, mientras charlaba conmigo de los bastones y las pipas, cuyas colecciones eran, al parecer, el fin y el orgullo de su existencia. De vez en cuando dirigía alguna breve represión a su humillada esposa:

—No aprietes tanto... Menos barniz y más cepillo a las botas... Di a la muchacha que tenga cuidado de no embadurnar los botines... No quiero esta corbata, tráeme una de plastrón.

Pero al encontrarse con que le faltaba un botón en el chaleco quedó mudo de estupor.

Clavó en su esposa una mirada tan severa que la hizo enrojecer.

—No sé cómo se me pasó—balbució ella—. Lo eché de menos al limpiar la ropa... Lo dejé apartado para pegarlo...; pero me llamaron en la cocina... y cuando vine, al cabo de una hora, se me olvidó.

—Nada, nada, no he dicho nada. ¿Qué importa un botón más o menos?—profirió él con sonrisa sarcástica.

—Ya comprenderás que una distracción la tiene cualquiera.

—¡Si no he dicho nada, mujer! ¿Quién te hace cargo alguno? Un botón... Un botón... ¿Qué significa un botón comparado con un ratito de charla agradable con la planchadora?

—¡Pero, hombre, por Dios; no seas así!—profirió ella con angustia.

—¿Te he dicho algo?—gritó él entonces con furia.

Matilde calló y se puso a pegar el botón.

—¿Cómo he de ser, di?—siguió él con igual furor.

La esposa no levantó la cabeza.

Sabas, entonces, dejó escapar varios resoplidos, entreverados de palabras incoherentes y acompañados de un aspero crujir de dientes que la sonrisa sarcástica que contraía sus labios hacía aún más lúgubre y temeroso.

Mas con esfuerzo heroico consiguió pronto serenar su espíritu. Encerró los vientos, aplacó las olas y me dijo, amablemente:

—Es necesario, Ribot, que usted coma paella hoy. Ya se lo he dicho a Cristina. Tiene una cocinera mi hermana que guisa como un ángel.

Callé un momento, admirado y aun sobrecogido por tal grandeza de alma, y, al fin, respondí que tendría placer en dar testimonio de su habilidad.

Matilde concluyó de pegar el botón. Al levantar la cabeza pude observar en sus ojos algunas lágrimas.

Sabas dió la señal de marcha; pero antes envió a su señora en busca de los guantes, del bastón, del pañuelo; se hizo impregnar de esencia con un perfumador y dar la última cepilladura a las botas y algunos toques de peine a los bigotes. Matilde giraba en torno suyo como una mariposa, arreglándole la ropa y la corbata y el sombrero con sus manos blancas y regordetas. Se le había pasado el disgusto. Parecía alegrísima y miraba y remiraba por todos lados a su marido con orgullo. Y cuando él, para despedirse, le tomó la barba entre los dedos con ademán indiferente y protector, sus ojos brillaron con tal radiosa expresión de triunfo que parecía transportada al cielo.

En el pasillo nos salieron al encuentro los tres niños, que quisieron lanzarse a su padre para besarle; pero éste les detuvo con gesto amenazador:

—¡No! Ahora no puede ser... Me vais a llenar de baba.

Yo, que no tenía miedo alguno a ser manchado, los besé con placer, queriendo indemnizarles de aquel disgusto. ¡Vano empeño! Se dejaban acariciar por mí indiferentes, siguiendo con los ojos a su elegante y despegadísimo papá.

Matilde nos despidió desde lo alto de la escalera, sin tener tampoco ojos más que para su marido. Advirtiendo que el cuello de la camisa no se le veía bien a causa de la levita, bajó precipitadamente a levantárselo, y aprovechó la ocasión para darle algunos otros toquecitos con los dedos al bigote.

Eran las once de la mañana. Las calles rebosaban de gente. El sol brillaba en el cielo con todo su esplendor. Respirábase un ambiente perfumado, acusando que nos hallábamos en la ciudad de las flores. A cada paso tropezábamos con domésticas, llevando entre las manos grandes ramos y canastillas de ellas que sus amos enviaban de regalo a los amigos. En Valencia, las flores constituyen un obsequio tan general y sencillo que el envío de ellas equivale a un saludo. Al contemplar aquella profusión de rojos claveles, de rosas, de azucenas, que alegraban los ojos y embalsamaban el aire, no pude menos de decirme: «¡Dichosa ciudad donde tan precioso regalo significa tan poco que puede hacerse todos los días!»

De buena gana me hubiera paseado por las calles hasta la hora de comer; pero Sabas se creyó en el deber de invitarme a tomar un aperitivo y entramos en un café de la plaza de la Reina.

Mientras paladeábamos una copa de vermouth, Sabas se mostró locuaz y expansivo, pero sin deponer su natural gravedad. Hablóme de su familia y amigos. Observé pronto que poseía un temperamento analítico de primer orden, vista penetrante y seguro instinto para ver el lado flaco de las personas y las cosas.

Su hermana era una mujer discreta, cariñosa, de intención recta y noble...; pero tenía un carácter demasiado adusto, se complacía en llevar la contraria, faltando algunas veces a la cortesía, carecía de flexibilidad, de cierta dulzura absolutamente necesaria a la mujer; en fin, aunque bondadosa en el fondo, no se hacía amar. Bien hubiera querido protestar contra tal absurda afirmación. Precisamente su carácter tímido y resuelto, al mismo tiempo y su esquividez un poco salvaje, eran las cualidades que más me habían enamorado. Me abstuve, no obstante, de hacerlo por razones de prudencia.

Su cuñado era un infeliz, hombre trabajador, generoso, inteligente en los negocios... pero absolutamente incapaz para el conocimiento de las personas. Todo el mundo le engañaba y le explotaba. Luego, de un temperamento tan versátil que apenas emprendía cualquier negocio con gran fuego ya estaba cansado de él y pensando en otro. Esta circunstancia le había hecho perder mucho dinero. Las empresas en que se había metido no podían contarse: algunas de ellas serían muy beneficiosas si hubiera persistido; mas apenas tropezaba con las primeras dificultades, se abatía y las abandonaba. Sólo había mostrado constancia cuando cabalmente no la necesitaba: en los pozos artesianos. ¡Cuánto dinero llevaba ya enterrado aquel hombre en este funesto negocio! El único que realmente le había salido bien era el de los vapores, y ése no lo había emprendido él, lo había heredado de su padre.

Su amigo Castell poseía muchos conocimientos, se expresaba admirablemente y era inmensamente rico... pero no tenía pizca de corazón. Jamás había profesado cariño a nadie. Emilio se equivocaba de medio a medio pensando que le pagaba la adoración apasionada, fervorosa que por él sentía. “Pero no hay que tocarle este punto porque reñiría usted con él, como yo he reñido varias veces. En cuanto salga en la conversación el nombre de Castell, es necesario abrir la boca, poner los ojos en blanco y caer en éxtasis, como si apareciese una divinidad del Olimpo. Castell conoce esta debilidad de mi cuñado, se da tono con ella y la aprovecha. Por lo demás, el día que necesite de él ya verá qué caso le hace”.

—Pues Martí me ha dicho que le facilitaba dinero para sus negocios cuando lo necesitaba—apunté yo.

—Sí, sí—contestó riendo sarcásticamente—, no dudo que le facilitará dinero; pero todos sabemos en Valencia cómo pararán estas liberalidades.

No quise hacer más preguntas. Eran interioridades de familia que no se debían sonsacar. Sabas prosiguió:

—Además es un hombre vicioso, inmoral. Está enredado hace años con una mujer y tiene de ella ya varios chicos; pero esto no es obstáculo para que traiga alguna querida siempre que hace un viaje al extranjero. Se le han conocido ya tres, una de ellas griega, ¡hermosa mujer! Las tiene una temporada y luego las despide como a un lacayo que no le sirve. Esto, como usted comprende, en una capital de provincia constituye un escándalo... pero como se llama D. Enrique Castell y tiene ocho o diez millones de pesetas, nadie se da por ofendido: los curas y los canónigos y hasta el obispo le quitan el sombrero de una legua.

—También me han dicho que son ricos sus tíos los señores de Retamoso.

—¡Oh, no! Esa es una fortuna mucho más modesta que se cuenta por miles de duros, no por millones... Pero todo ha sido ganado a pulso, ¿sabe usted? peseta a peseta detrás de un mostrador primero y luego de un escritorio.

—Su tía Clara, al parecer, es una señora de mucho entendimiento para los negocios.

Sabas soltó una carcajada.

—¡Mi tía Clara es una imbécil! No ha servido en toda su vida más que para hablar en inglés con las institutrices y pasear su nariz borbónica por la Glorieta y la Alameda. Pero mi tío Diego es el gallego más fino que ha nacido en este siglo. Se ríe de su mujer y es capaz de reirse de su sombra. No le considero capaz para las grandes empresas, no tiene, como ahora se dice, el genio de los negocios; pero yo le aseguro que para los que trae entre manos, que son generalmente de poca monta, no se ha conocido ni pienso se conocerá en mucho tiempo hombre más avispado.

Prosiguió de esta suerte mi elegante amigo haciendo el estudio de su familia con crítica implacable, pero sensata, graciosa también a veces. Pasó después a hablar de su ciudad natal, y hallé igualmente finas y atinadas sus observaciones acerca del carácter de los valencianos, de sus costumbres, de la política y la administración que regían en la provincia. Confieso que me había equivocado. Lo tomé a primera vista por un currutaco, un joven evaporado y frívolo. Resultaba ser hombre de buen entendimiento, observador e ingenioso, aunque un poco exagerado en el análisis y bastante severo.

Salimos del café, y antes de acercarnos a casa dimos otra vuelta por las calles. Natural como soy de la costa de Levante, hijo de marino y marino también, el aspecto de la gran ciudad mediterránea ejercía sobre mí una seducción particular. Las calles estrechas, tortuosas, pero aseadas, donde se encuentran comercios de gran lujo, el número crecido de vetustas casas de piedra de artística fachada pertenecientes a las nobles familias que la hicieron famosa y respetada en todo el mundo; sus Torres de Serranos, entre cuyas almenas se cree aún percibir la silueta del caballero; sus puentes de sillería; la Lonja, cuyo salón, de excepcional grandeza y hermosura, cobijó a los negociantes más opulentos de España; el bullicioso mercado al aire libre próximo a ella, todo manifiesta, a par que sus tradiciones mercantiles, la antigua y opulenta capital; todo me hablaba de la grandeza de mi raza.

Pedí a mi compañero que me guiase al mercado de flores. No tardamos en penetrar en un cobertizo de hierro donde a un lado y a otro, dejando paso por el medio, se veía una muchedumbre de mujeres de rostro pálido y ojos negros exhibiendo su mercancía: claveles, azucenas, rosas, lirios, malvarrosas y jazmines. La animación era grande en aquel pequeño recinto. Las damas con su rosario y libro de misa en las manos, plantadas delante de las vendedoras, examinaban con ojo inteligente el género, regateando infinitamente antes de decidirse a comprar. Los caballeros encargaban ramos y canastillas, dando instrucciones prolijas para su construcción. Hasta las humildes criadas y menestralas se acercaban con paso precipitado a los puestos, tomaban un puñado de flores, colocaban algunas en la cabeza, y dejando una ínfima moneda de cobre, se marchaban alegremente con las otras en la mano a proseguir sus rudas tareas. ¡Con qué entusiasmo las iban contemplando aquellas filletas! ¡Con qué placer aspiraban su fragancia!

Al pasar por delante de los puestos observé que la mayor parte de las vendedoras saludaban a mi amigo por su nombre, le dirigían sonrisas amables y le preguntaban si no tenía algún encargo que hacerles.

—Es usted popular en el mercado—le dije, riendo.

—Soy un buen parroquiano nada más—me respondió con modestia.

Y poniéndome después la mano sobre el hombro, me empujó hacia una de las puertas, donde, algo retirados y medio ocultos entre el follaje, nos situamos.

—Este es punto estratégico—me dijo—; verá usted cuántos talles salados desfilan en cinco minutos por aquí.

En efecto, las damas que entraban por la otra puerta, después de hacer sus compras o encargos, salían por ésta; cruzaban a nuestro lado, rozándonos con su vestido. Para todas tenía un requiebro, una palabrilla amable mi compañero. Bastantes de ellas le conocían y le saludaban; algunas se quedaban un instante paradas, respondiendo con gracioso tiroteo a sus frases galantes. Me sorprendía la desenvoltura con que aquel hombre, siendo casado y sabiéndolo todo el mundo, requebraba a las mujeres, y aún más, que éstas aceptasen sus galanterías sin reserva.

Muchos rostros hermosos he visto en los diversos países donde mi vida errante me ha llevado; pero nunca en tal profusión, tan finos, tan delicados, de una trasparencia de ópalo, de una pureza tan exquisita como ahora. Luego, ¡qué ojos! El alma volaba tras de su negrura y misterio ansiando anegarse en un sueño feliz. Ojos dulces, voluptuosos, impenetrables que parecen guardar al mismo tiempo el amor y la muerte.

Por entre las cabezas de la muchedumbre llegó hasta mí el relámpago de una mirada. ¡Era ella, sí, era ella! Aunque quedase oculta entre la gente, yo sabía que era ella y que se acercaba. Mi corazón comenzó a latir con violencia. A los pocos instantes apareció. Vestía traje de seda negro con mantilla: en una mano traía el libro de misa y el rosario anudado a la muñeca en forma de brazalete; en la otra, un puñado de claveles. Venía con su prima Isabelita y acompañadas ambas de Castell. No puedo explicar la impresión que me causó este hombre en aquel momento. El corazón se me apretó como a la vista de un peligro y la vaga antipatía que por la noche me había inspirado se transformó súbito en odio. La violencia con que nació en mí este sentimiento me sorprendió; pero no quise confesarme la causa. Traté de refrenarlo y me esforcé cuanto pude por aparecer amable y despreocupado.

Se detuvieron sorprendidos delante de nosotros. Castell e Isabelita nos felicitaron por el buen sitio que habíamos elegido.

—¡Qué no sabrá este pícaro tratándose de galanteo!—manifestó la hija de Retamoso dándole un golpecito en el hombro con su libro.

Y luego que hubo soltado la frase se ruborizó como una amapola.

—Vaya, prima—respondió Sabas—, ya sabes que por lo menos a tí no te he galanteado nunca. Pero estamos a tiempo. Te estás poniendo tan linda de algún tiempo a esta parte que voy a olvidar los lazos de familia.

Isabelita se ruborizó aún más, cosa que parecía imposible. Sabas insistió en sus requiebros. Castell vino en su ayuda. Mientras tanto, Cristina se hacía la distraída mirando a un lado y a otro: yo adivinaba que era por no tropezar con mis ojos. Sabas se fijó en ella y le dijo:

—Hermanita, ¿a que no eres capaz de ponerme uno de esos claveles en el ojal?

—¿Por qué no?—repuso ella.

Y entregando el libro a su prima, escogió el más hermoso y grande y se lo colocó donde pedía.

Por impulso irreflexivo y con una osadía que había perdido ya con aquella mujer dije entonces:

—¿Y para los demás no hay nada?

—¿Quiere usted?—me preguntó alargándome uno sin mirarme.

—No; quiero el honor de que usted me lo coloque en el ojal—repuse con firmeza.

Quedó un instante suspensa; hizo después algunos movimientos que revelaban su indecisión; por último, tomó al azar otro clavel y precipitadamente me lo puso también. Creí advertir (ignoro si fué ilusión) que sus manos temblaban al hacerlo. ¡Oh Dios, con qué placer las hubiera besado!

—¿Y yo no entro en turno?—dijo entonces Castell inclinándose con amable sonrisa.

—¡Ea, basta ya de clavelitos!—replicó ella con mal humor saliendo por la puerta.

—He llegado tarde—murmuró el banquero algo confuso.

—¿Quiere usted uno mío?—le preguntó tímidamente Isabelita.

—¡Oh, con placer infinito!

Y se inclinó rendido, sonriente, gozoso al parecer, mientras la niña le prendía el clavel en la levita. No obstante, comprendí que estaba despechado.

Seguimos todos a Cristina, y su prima se emparejó con ella, marchando detrás Sabas, Castell y yo. Pero no habíamos andado muchos pasos cuando aquél detuvo a una linda menestrala y se quedó diciéndole chicoleos. Castell y yo le aguardamos un momento; pero viendo que no tenía trazas de concluir, le dejamos para seguir a las damas.

—Este cuñado de Martín—dije a mi compañero—me parece un muchacho de entendimiento despejado.

—Es un crítico—respondió Castell lacónicamente.

—¿Cómo un crítico?—pregunté yo sorprendido.

—Sí; está dotado admirablemente para ver el lado débil y el fuerte de las cosas, para pesar y medir, para comparar, para penetrar en los laberintos de la conciencia... Pero estas facultades se devuelven siempre de dentro afuera; jamás se le ocurrió aplicarlas a su propio ser. Así que derrochando análisis, censuras, consejos muy justos y atinados resulta un hombre perfectamente insensato. Ha emprendido cinco o seis carreras y no ha terminado ninguna; ha derrochado su patrimonio en el juego y en francachelas; martiriza a su mujer, abandona a sus hijos y hoy tiene que vivir a expensas de su cuñado.

—¡Buen panegírico!—exclamé riendo.

—El mismo que usted oirá a todas las personas razonables de la población. Esto no obsta para que sea un hombre simpático, popular y generalmente querido: y es porque sus defectos no son lo que pudiéramos llamar vicios públicos, sino privados.

Nos emparejamos al fin con las damas y llegamos a casa de Martí muy cerca de la hora de comer. Los señores habían convidado, en honor mío, a los tertulios de la noche anterior, pertenecientes, exceptuando Castell, a la familia. Emilio me hizo sentar a la derecha de su esposa. El roce de su vestido, el perfume que se escapaba de su persona y aún más el misterioso flúido que me comunicaba su proximidad me tuvieron embriagado, inquieto. Hasta el punto que, queriendo mostrarme atento y galante con ella, apenas hacía ni decía cosa ordenada: mojaba el mantel al echarle agua, le preguntaba tres veces seguidas si le gustaban las aceitunas y dejaba caer el tenedor al ofrecerle una. Pero era feliz, no puedo ocultarlo. Ella se mostraba cortés y un poco más expansiva, me daba las gracias por mis atenciones y disimulaba con gracia mis yerros. Mas he aquí que cuando más alegre estaba veo que Castell fija la mirada en el clavel de mi ojal y me pregunta con la sonrisa fría e irónica que le caracterizaba:

—Capitán, ¿quiere usted mil pesetas por ese clavel que lleva usted?

—¡Mil pesetas!—exclamó Martí levantando la cabeza sorprendido.

Yo me turbé de un modo indecible, como si me hubieran sorprendido cometiendo un crimen. No supe más que sonreir estúpidamente y exclamé:

—¡Vaya unas bromas que usted tiene!

Pero Cristina había erguido con altivez su hermosa cabeza y dijo:

—Ribot es un caballero y no vende las flores que le regala una señora.

—¡Ah, se lo has regalado tú!—Y volviéndose a Castell:—Pero, Enrique, ¿quieres que Ribot te venda ese clavel cuando si me lo hubiese regalado a mí, aunque soy su marido, no te lo daría por toda tu fortuna?

Y al mismo tiempo clavó en su esposa una intensa mirada de cariño. La inocencia y nobleza de aquel hombre me conmovieron. A Cristina debió de llegarle al alma. Bajando de nuevo la cabeza, murmuró con acento concentrado:

—¡Por eso eres !

Estas sencillas palabras eran un poema de ternura.

—De sobra sé—manifestó Castell con la misma indiferencia—que hay cosas en el mundo que no pueden ni deben comprarse con dinero. Desgraciadamente los hombres no tenemos para ellas término de comparación y nos vemos precisados a acudir a un objeto material y hasta grosero para hallarlo, aunque sea remoto.

—Pues yo no lo encuentro tan remoto—dijo Sabas—. Me parece que el dinero sirve bastante bien para casi todos los casos que se presenten. Aquí tiene usted otro clavel mejor que ése: me lo ha regalado una señora. Pues bien, Castell, se lo doy a usted por dos pesetas.

Los convidados rieron. Cristina aparentó enfadarse.

—¡Eres un grosero, un gañán!... Matilde, hazme el favor de arrancarle el clavel a ese puerco, que desde aquí no puedo.

Sabas se lo tapó con las manos.

—Espera un poco, hija, espera un poco. Si Castell no da las dos pesetas, entonces te lo entrego. Mientras no lo sepa, no.

—Aquí están—dijo Castell sacándolas del bolsillo y poniéndolas sobre la mesa.

—Ahí va—repuso Sabas quitándose el clavel y entregándoselo.

Esta broma produjo algazara en la mesa. Sin embargo, observé que a Cristina le hizo mal efecto. Insultó a su hermano con verdadera rabia y juró que en su vida le daría otra flor.

Mientras tanto yo tuve tiempo para reponerme de la extraña turbación que las palabras de Castell me habían causado. Concluímos de comer alegremente; pero Cristina no volvió a mostrarse risueña ni expansiva como antes.

Dos horas después tomé el tren para Barcelona, donde mi presencia se hacía indispensable. Fueron a despedirme a la estación Martí y Sabas. Aquél me hizo prometer una visita más larga.

—Después del viaje pendiente—le respondí—tengo pensado solicitar de la Compañía permiso para quedarme en casa el tiempo invertido en otro; mes y medio próximamente. Entonces vendré desde Alicante a pasar ocho o quince días con ustedes.

—Veremos si es usted hombre de palabra—replicó apretándome la mano cariñosamente al tiempo de ponerse el tren en marcha.

VI

Ignoro qué relación tenga el agua salobre del mar con el amor; pero la experiencia me ha hecho comprender que debe de existir en aquélla alguna virtud misteriosa y estimulante. En tierra puedo alguna vez sobreponerme a mis sentimientos más vehementes y vencerlos. Una vez a bordo, soy hombre perdido. Cualquier pasioncilla insignificante toma proporciones gigantescas y en poco tiempo me derriba. Así sucedió que, proponiéndome en Valencia no hacer más caso de invitaciones halagüeñas ni volver a ponerme en mi vida delante de doña Cristina, y continuando en esta plausible determinación todo el tiempo que permanecí en Barcelona, tan pronto como me hallé a flote se desvaneció como el humo, me pareció un verdadero absurdo.

Ello fué que desde Hamburgo escribí a la casa armadora solicitando permiso de quedarme el tiempo de un viaje del barco en mi casa para arreglar asuntos de familia. Mientras duró el que estaba efectuando no pude pensar más que en la esposa de Martí. Ni aun en sueños la dejaba mi mente: cada una de sus palabras sonaba incesantemente en mis oídos, como si tuviese en mi cerebro un fonógrafo encargado de repetirlas, y estaban clavados en mi corazón todos sus gestos y ademanes. Al pasar por delante de Valencia, de regreso, la alegría de pensar que pronto iba a gozar de la vista de mi ídolo se mezclaba a un sentimiento de vergüenza y remordimiento. Temía su recibimiento desdeñoso... y temía también el afectuoso y cordial de su marido.

Me propuse no alojar en su casa para acallar un poco mi conciencia alborotada. Después de pasar seis días en Alicante me trasladé a Valencia con un amigo que la suerte me deparó para excusarme de ir a casa de Martí. No fuí directamente a ver a éste, sino que quise dejarlo para más tarde, y salí a dar un paseo por las calles. Pero al caminar por una de las más principales vi a tres señoras cerca del escaparate de una tienda de modas, y en seguida advertí que una de ellas era Cristina y las otras dos doña Amparo y doña Clara. Me acerqué a ellas por detrás saludándolas (nunca lo hubiera hecho). Cristina vuelve la cabeza y, como si viese algo espantoso, deja escapar un grito y corre precipitadamente algunos pasos. Mi estupor fué grande y la sorpresa de aquellas señoras tampoco fué pequeña. Comprendiendo inmediatamente lo extraño de su conducta, y avergonzada, se rehizo y vino a saludarme con extremada amabilidad. Explicó el grito y la huída manifestando que hacía algunos minutos les había pedido limosna un pobre de mala catadura y que en aquel momento, sin saber cómo, se le había figurado que el mendigo las seguía y venía a atacarlas. Doña Amparo y doña Clara se dieron por satisfechas y lo achacaron a los nervios y al estado interesante en que se hallaba, y hubieran querido entrar en una botica y administrarle algún antiespasmódico. Cristina se negó a ello. Yo sabía mejor a que atenerme y, porque lo sabía, me entristecí.

Martí me acogió con viva alegría; quiso luego enojarse porque no iba a hospedarme en su casa; pero yo, pertrechado con mi excusa, me sostuve firme, y no me pesó. Sabas también se manifestó complacido viéndome. Yo no pude menos de saludarle con sentimiento de compasión viendo en su rostro las huellas cada vez más ostensibles de sus constantes trabajos al sol. El resultado de ellos, a lo que pude entender, fué la adquisición de una boquilla toda de ámbar con sus iniciales grabadas, de la cual estaba tan orgulloso que parecía dar por bien empleados los afanes y desvelos que le había costado. La impresión que mi llegada produjo en Castell nunca pude averiguarla. Su cortesía ceremoniosa, glacial, le resguardaba de esta clase de averiguaciones. Sin embargo, la actitud ligeramente desdeñosa que con todo el mundo adoptaba me pareció que conmigo se acentuaba un poco más. Tal vez fuese aprensión; pero un secreto instinto me decía que aquel hombre me odiaba ya, y yo le pagaba en igual moneda.

Cristina se hallaba muy adelantada en su embarazo. Aunque las mujeres no suelen estar bellas en tal situación más que para sus maridos, yo la hallaba cada vez más bella y más interesante: prueba inequívoca de la profundidad del afecto que había logrado inspirarme. Su recelo y su inquietud respecto a mí iban en aumento, y este recelo era causa de que en ocasiones faltase a la cortesía. Desde luego se notaba que ponía empeño en no mirarme; pero la misma afectación con que lo ejecutaba podía demostrar que alguna agitación reinaba en su alma y que yo no le era en absoluto indiferente. Tal por lo menos era mi ilusión entonces.

Aunque no alojaba en su casa, la amabilidad de Martí y mi secreto deseo me empujaban a permanecer casi todo el día allí, a comer y a pasear con ellos. Me era imposible disimular el amor que sentía. A riesgo de ser notado (no por Martí, que era la inocencia personificada, sino por los otros), apenas apartaba la vista de Cristina. En cuanto se me presentaba ocasión le hacía ver lo que pasaba en mi alma. Si le caía cualquier objeto al suelo, yo era el que se apresuraba a recogerlo; si echaba una mirada a la puerta, ya estaba yo corriendo a cerrarla; cuando se quejaba de cualquier molestia, le proponía en seguida todos los remedios imaginables. Mostraba, en fin, por todo lo que la concernía un interés vivo y ansioso que me salía del corazón. Recibía ella estas atenciones con semblante grave, a veces huraño; pero yo comprendía que no dejaba de advertir ni la más leve, y esto me bastaba.

A veces me insinuaba demasiado. Mostrando disimulo me iba acercando poco a poco a ella, hasta que rozaba mi brazo con su vestido. Entonces se apartaba bruscamente y marchaba a colocarse en otro sitio. Estos desaires mudos me causaban dolorosa impresión. Pero estaban compensados por otros goces, fantásticos quizá, pero que no dejaban de ser por eso delicados. Cuando estábamos sentados a la mesa, aunque ponía como he dicho gran empeño en no mirarme cara a cara, no podía menos de distraerse, y sus ojos venían alguna que otra vez a chocar con los míos. Cuando esto sucedía, creía notar que su rostro se coloreaba levemente.

El amor no sofocaba por completo mi instinto de observación; quiero decir que amaba a la esposa de Martí y la estudiaba al mismo tiempo. Pronto vine a comprender que, además de aquella mezcla rara y graciosa de desenfado y timidez, de ruidosa alegría y gravedad ceñuda, existía en ella un fondo de sensibilidad exquisita, cuidadosa y hasta ferozmente guardado. El pudor de sus sentimientos era tan vivo que cualquier manifestación de ternura le causaba vergüenza. Prefería pasar por dura y fría antes de consentir que leyeran en su alma. Al revés de su mamá, que sólo estaba contenta dando o recibiendo mimos y besuqueando a todo el mundo, jamás hacía una caricia a las personas de su familia, y evitaba cuanto le era posible que se las hiciesen a ella. Su marido mismo, cuando se ponía un poco acaramelado, recibía su correspondiente sofión, que aceptaba casi siempre riendo. A pesar de eso, todos la querían entrañablemente, y consideraban su feroz esquivez como una rareza graciosa, complaciéndose a veces en mortificarla un poco.

Por razón de este carácter, cualquier expresión de afecto en su boca tenía valor inapreciable. Pero era menester hacerse los distraídos o fingir que no se advertía. Si se reparaba en ella y se le hacía entender, asunto perdido: volvía repentinamente a su brusquedad, cortando la gratitud con alguna frase irónica o desdeñosa. Tenía también un poco desarrollado el espíritu de contradicción, esto es, solía llevar la contraria a los demás, pero no por orgullo ni por mal humor, como pude convencerme pronto, sino porque, siendo tan profundamente reservada en sus afectos, le repugnaba que cualquiera los exhibiese con vehemencia. Y con esto ¡caso extraño! jamás hallé una criatura cuya fisonomía expresase mejor los movimientos y emociones del espíritu, hasta los más leves matices del pensamiento. El que la dominase por el momento, a despecho suyo y a pesar de los fuertes cerrojos con que aspiraba a guardarlo, salía por sus ojos, por los pliegues de su rostro, por todos sus ademanes y movimientos.

Martí se mostraba cada día más franco y cariñoso conmigo. Esto, como puede adivinarse, sólo a un villano podía alentar en su empresa. Á mí, que no me tengo por tal, me embarazaba y entristecía. Fuimos inseparables desde el primer momento. No sólo comíamos o tamábamos café juntos, sino que muchas veces exigía que le acompañase a evacuar sus negocios, y me hizo pronto su confidente y hasta me instaba para que diese mi opinión. Por último, a los cinco o seis días de mi permanencia en Valencia me propuso alegremente que nos tuteásemos, y sin aguardar mi respuesta se puso a hacerlo con amable cordialidad que me conmovió. Sentí mezcla de orgullo y humillación, de placer y pena: pensaba que la confianza de aquel hombre me acercaba materialmente a su esposa y me alejaba cada vez más de ella moralmente. Tuve ocasión de comprobarlo pocas horas después. Cuando fuimos a casa, aunque por vergüenza hice lo posible para que no se descubriera tan pronto nuestro modo nuevo de tratarnos, Martí lo hizo patente en seguida. Cristina alzó la cabeza sorprendida, nos miró a ambos un instante, bajó de nuevo los ojos y creí sorprender en ellos una sombría expresión de disgusto. Lo que pasó por su alma bien lo adiviné.

Martí me invitó al día siguiente a visitar su finca del Cabañal, donde tenía que dar algunas órdenes para el arreglo del jardín y la casa. Solían instalarse allí desde Mayo (mes que a la sazón corría); pero este año, a causa del própero suceso que se aguardaba, tendría que dilatarse el traslado. Le rogué que hiciéramos el camino a pie y a campo traviesa, a fin de contemplar las alquerías y jardines que hay entre la ciudad y el mar. Accedió de buen grado y a la hora del paseo nos encaminamos despacio hacia allá.

Mi compañero no cerró la boca desde que salimos de casa. La explicación de sus negocios le embargaba de tal modo que no paraba mientes en aquel delicioso campo tapizado de flores donde las blancas barracas parecen palomas que vienen a posarse. En torno de estas casitas de techo puntiagudo, metidas casi siempre en un bosquete de naranjos, granados y algarrobos, se extiende un cultivo simétrico de flores y legumbres, grandes cuadros de claveles, azucenas, rosas, alelíes, mezclados con otros de fresa, alfalfa y alcachofas. Y corriendo entre ellos por sus caminitos bien trazados hermosos niños de tez morena que permanecían un instante inmóviles mirándonos con sus ojos negros y profundos. El padre, encorvado sobre la tierra, también levantaba la cabeza a nuestro paso y nos saludaba grave y silenciosamente llevándose la mano al tosco sombrero de paja.

Martí no veía esto ni veía siquiera el camino que íbamos pisando.

—Una de dos: o el negocio de los pozos sale bien, en cuyo caso no sólo espero pronto resarcirme del capital empleado, sino que constituirá una renta para mí y mis herederos, o sale mal, y entonces se perderá en apariencia el capital, pero no en realidad, porque tendré a mi disposición un personal inteligente, diestro y hábil en esta clase de trabajos, con el cual pienso emprender inmediatamente la canalización de un río en la provincia de Almería, donde existen grandes terrenos aprovechables y falta agua para los riegos y vías de comunicación. Es un proyecto que me da vueltas hace años en la cabeza. Bien sabes tú el tiempo y el dinero que cuesta en España crear un personal apto para cualquier negocio de éstos. No solamente faltan directores, capataces, destajistas, etc., sino que ni aun obreros para cierta clase de trabajos tenemos. Pues bien, yo, cuando termine bien o mal los pozos, tendré a mis órdenes ese personal.

—Me parece bien la idea—respondí distraído en la contemplación de la hermosa, matizada alfombra que se desplegaba delante de nosotros.

—¡Ya lo creo que lo es!—exclamó Martí con énfasis.—Pero estas ideas, amigo Ribot—añadió alegremente pasándome el brazo por encima de los hombros,—sólo vienen después de algunos años de experiencia... y a veces no vienen tampoco si falta lo principal, que es el sentido práctico y la vocación de los negocios.

—Sí; las aptitudes pueden perfeccionarse, pero no se adquieren.

—Tan cierto es eso, que ahí tienes a mi cuñado Sabas. Hice esfuerzos sobrehumanos para infundirle alguna habilidad, algún sentido, y no conseguí más que estrellarme. Cuantos asuntos le confié, a pesar de llevar instrucciones precisas y terminantes, han sido otros tantos fracasos. De tal modo que ha sido preciso dejarle en paz y no emplearle absolutamente en nada.

No pude menos de pensar que el castigo no debía de ser muy cruel para el cuñado, y aun me vino a la imaginación que acaso él lo hubiera provocado como ciertos niños viciosos provocan los de su aya; pero guardé para mi estas otras observaciones.

—Otro tanto pasa con mi amigo Castell. Talento penetrante, universal; cabeza privilegiada, erudición inmensa, conocimiento profundo de las ciencias y las artes, hasta de las mecánicas... Pero llega el momento de la aplicación, y es hombre que se detiene ante un grano de arena. Todo es obstáculos, vacilaciones, escrúpulos. Se desanima antes de comenzar y abandona cualquier negocio. Para llevar a cabo una empresa industrial no basta el conocimiento que da el estudio; es menester que quien la emprenda posea inteligencia esencialmente positiva y, sobre todo, que tenga como yo una voluntad de hierro.

Poco a poco nos íbamos aproximando al Cabañal. Dibujabanse ya las orillas del mar que extendía su gran mancha azul bajo un sol esplendoroso. Caminábamos envueltos en su luz respirando un ambiente perfumado. La alegría de aquel paisaje, sereno y luminoso como un cuadro de Tiziano, las escenas idílicas que aquí y allá tropezábamos, penetraban en el alma y la inundaban de suave felicidad. Al través de esta alegría, de este amable sosiego, Martí, con su hermosa cabellera ondeada, con sus grandes ojos inocentes, no me parecía un hombre tan positivo como era al parecer; ni completamente de hierro.

Antes de tocar en las primeras casas del lugarcito torcimos a la izquierda. Allá a lo lejos se parecía una casita blanca entre árboles que Martí me dijo ser su alquería. En el camino vi un cercado singular cuyos muros estaban fabricados de piedras perfectamente simétricas e iguales. Parecía en ruinas, y al través de sus grandes brechas distinguí algunos tendejones, grandes tubos de hierro enmohecidos sembrados por el suelo, ruedas y otros restos de maquinaria.

—¿Qué es esto?—pregunté sorprendido.

Martí tosió antes de responder, sacó un poco los puños de la camisa y profirió con gesto entre desabrido y vergonzoso:

—Nada... una fábrica de piedra artificial.

—Pero, al parecer, no funciona.

—No.

—¿A quién pertenece?

—Es mía.

—¡Ah!

Me callé porque comprendí en su actitud que el asunto le mortificaba. Seguimos algunos pasos más sin que se dignase echar siquiera una mirada a su fábrica abandonada; pero volviéndose de pronto exclamó:

—¡No te vayas a figurar que no he sabido fabricar piedra! Mira... todo ese cercado está construído con productos de la fábrica. Toma en peso una piedra y reconócela.

La tomé, en efecto, la examiné y vi que en la apariencia al menos tenía todas las condiciones de resistencia necesarias. Así me complací en manifestárselo. Martí me explicó la quiebra de la fábrica por la carestía de la mano de obra. Valencia era una provincia que desde siglos atrás había dejado de ser industrial para convertirse en agrícola; faltaban brazos. Luego el director facultativo tampoco había llenado cumplidamente su destino. La elevación de tarifas y fletes, etc., etc.

El asunto era, sin duda, enojoso para mi amigo. Hablaba sordamente y con la frente fruncida y evitaba el mirar hacia su desventurada fábrica. Así que, para no desazonarle más mostré el mayor desprecio posible por toda aquella maquinaria enmohecida y seguí adelante sin concederle una pizca más de atención.

Llegamos por fin a los muros de su huerta. Penetramos en ella por una puerta enverjada y atravesamos un lindo jardín para llegar a la casa. Ésta era de construcción modesta, pero bastante espaciosa y decorada en su interior con lujo. El mobiliario, propio para la estación de verano, sencillo y elegante. Pero lo que despertó mi entusiasmo fué el extenso parque que tenía detrás, cuyas tapias rozaban ya con la misma playa, a la cual se salía por una puerta también de hierro. Antiguamente había sido una finca productiva. El padre de Martí primero y luego éste la habían transformado en vasto jardín. Los caminos anchos y enarenados, orillados por naranjos, limoneros, granados y otras muchas clases de árboles frutales. Aquí un bosquecillo de laureles y en el centro de él una mesa de piedra rodeada de sillas; allá una gruta tapizada de jazmín y madreselva; más lejos un macizo de cañas o de cipreses, y en el centro una estatua de mármol blanco. Y como fondo para esta decoración, la línea azul del mar, sobre cuyas olas parece que van a caer las naranjas desprendidas de sus tallos. El sol, que ya declinaba, envolvía la huerta y el mar con llamarada viva; sus rayos de oro se enfilaban por los blancos caminos de arena, hacían resplandecer la casa enjalbegada, penetraban en los bosquecillos de ciprés y laurel, iluminaban la faz de mármol de las estatuas y quedaban colgados a las ramas de los árboles como los hilos de oro de una cabellera rubia. A la derecha asomaban por encima de la tapia los palos de los pequeños barcos de pesca con su sencilla jarcia y se extendía el pueblo del Cabañal, mezcla rara y pintoresca de chozas de pescadores y de aristocráticas mansiones donde veranean los próceres de la ciudad. Más lejos, el Grao y los mástiles elevados de sus vapores.

Martí me fué mostrando toda la huerta, aunque sin mucho placer ni orgullo. Los negocios pretéritos y futuros le embargaban y no sabía salir de ellos. Sólo al llegar a un rincón cerca de la playa pareció distraerse algunos instantes para enseñarme un pabelloncito de estilo griego que encajaba admirablemente en aquella risueña decoración. Por dentro estaba adornado con muebles tallados traídos de Italia, estatuas y jarrones.

Tenía una pequeña terraza o mirador sobre el mar, y encima de la puerta grabado un nombre que me causó leve estremecimiento.

—La construcción de este pabellón fué cosa de mi mujer. Por eso hice poner su nombre sobre la puerta.

Desde allí, a paso lento, nos volvimos a la casa por nuevos y siempre hermosos caminos de árboles. Tropezamos antes de llegar con una montañita artificial y sobre ella un castillete. En torno había un pequeño estanque imitando el foso. Lo atravesamos por medio de puente levadizo y ascendimos por un sendero estrechísimo entre setos de boj y naranjo, y llegamos a la cumbre en el mismo tiempo que lo digo. La senda, a pesar de sus engañosas revueltas, podía medirse por varas y aun por pulgadas. Sobre la puerta del castillete había grabado otro nombre que también me hizo estremecer, aunque de modo bien distinto.

—La idea de la montañita rusa y del castillo fué obra de mi amigo Castell, y, como es natural, le puse su nombre... que es el que mejor le conviene—añadió riendo.

Á mí el equívoco me hizo mucha menos gracia. Quizá tendría parte en ello la antipatía, cada vez más pronunciada, que el sujeto me inspiraba. Entramos en el diminuto castillo y subimos a su azotea. Desde allí se descubría admirablemente, no solamente el parque, que ya no parecía tan vasto, sino una buena parte de la huerta, todo el Grao y Puerto Nuevo y gran extensión de mar. Sobre sus olas menudas, innumerables, sobre el azul fuerte y oscuro de la masa de agua ensanchaba su bóveda de cristal el cielo matizado de suaves tintas de grana. El sol dejaba correr sobre las olas un río de oro. En la verde alfombra de la huerta, con sus interminables maizales, brillaban las pequeñas barracas blancas descansando en su nido oscuro de naranjos o cipreses. Más allá Valencia, el Miguelete, y a lo lejos la cadena circular de montañas, que en aquella hora aparecían teñidas de malva, de lila y violeta.

—¿Qué es aquel barracón?—pregunté herido desagradablemente por la vista de un edificio grosero de ladrillo que se alzaba en los confines del parque.

—Nada... aquello ha sido un conato de fábrica de cerveza—respondió secamente Martí.

Y de nuevo apareció surcada su frente por la arruga de marras.

—Pero, ¿no has llegado a fabricarla?

—Sí, se ha hecho alguna. Resultaba mala a causa de la calidad del agua. El maestro que hice venir de Inglaterra no me desengañó a tiempo y me obligó a gastar bastante inútilmente.

Tosió sin gana, se estiró los puños de la camisa, metió los dedos por su cabellera y bajó precipitadamente la escalerilla del castillo seguido por mí. Había en los ademanes de aquel hombre, lo mismo en los que expresaban alegría que disgusto, tanta cordialidad, una inocencia tan infantil, que yo me sentía cada vez más atraído hacia él. Me parecía que le amaba desde largo tiempo.

Salimos de la finca cuando el sol estaba ya próximo a trasponer las lejanas montañas. Caminamos la vuelta de casa atravesando de nuevo la huerta, sus campos de maíz, sus jardines y frutales. Era la hora de dejar el trabajo, y los huertanos, con el típico pañuelo liado a la cabeza, descansaban a la puerta de las barracas, bajo el fresco dosel de pámpanos de su parra. Los niños se subían sobre sus rodillas y bailaban sobre ellas, mientras la madre preparaba el arroz para la cena.

VII

Cuando llegamos a casa cerraba ya la noche. La familia estaba reunida en el comedor y la mesa puesta. Isabelita comía con sus primos y Retamoso y doña Clara se preparaban para marcharse sin su hija. Sabas y Castell también comían allí. Nos recibieron con alegría, y todos, exceptuando por supuesto Cristina, me saetearon a preguntas acerca de la impresión que me había causado la alquería. Mostréme entusiasmado, no tanto por cortesía como porque en realidad lo estaba. Describí con calor su encantadora situación, el gusto y esmero con que estaba cuidada, la elegancia del pabellón Cristina (creo que en este punto insistí demasiado) y terminé diciendo que no tendría inconveniente en vivir allí toda la vida.

—¿En el pabellón Cristina?—preguntó con sonrisa irónica Castell.

—¿Por qué no?—respondí con tono resuelto echando una rápida mirada, a la esposa de Martí. Ésta parecía hallarse distraída en aquel momento. Yo adiviné, sin embargo, que no perdía una palabra de mi discurso.

—Entonces es que le gusta a usted vivir enjaulado como los canarios. Yo también viviría así de buen grado, pero a condición de que me cuidase la mano elegida por mí.

Y al decir esto también miró con el rabillo del ojo hacia Cristina, que tenía el rostro vuelto a otro lado y horriblemente serio.

—Pues yo, como no soy tan sibarita...—repliqué riendo—, no pongo condición alguna.

Martí dió algunas palmaditas cariñosas en la espalda de su amigo.

—¡Como si no te conociéramos todos, viejo calavera! Vivirías a gusto quince días y al cabo de ellos te sentirías harto de jaula, de alpiste y de las manos lindas que te lo echaban.

Castell protestó de este juicio manifestando que la veleidad en el amor no tanto depende del temperamento como de la vaga pero apremiante necesidad que todos sentimos de buscar el ser que responda a las íntimas aspiraciones del nuestro, a nuestros secretos anhelos o, en palabras más prosaicas aunque más positivas también, que se adapte exactamente a nuestro individuo físico y moral.

—Yo no he hallado como tú—concluyó diciendo atrevidamente—, entre tantas mujeres, la que realizase todas las necesidades de mi ser, muchas de las cuales son inconscientes quizá, pero no menos efectivas. Si cuando tú o antes que tú (recalcó de un modo particular estas palabras) hubiera tropezado con ella, ten por seguro que mi carrera galante se habría detenido hace ya tiempo y no tendrías razón para llamarme, como ahora, viejo calavera.

La actitud, el acento y las furtivas miradas que el opulento naviero dirigió varias veces a Cristina mientras hablaba me confirmaron en la sospecha que concebí casi en el punto en que por primera vez tuve ocasión de hablarle, es a saber, que aquel señor galanteaba a la esposa de su íntimo amigo y socio.

El efecto que el esclarecimiento de esta sospecha me hizo fué deplorable. Sentí odio hacia mi rival, le apellidé en mi interior falso amigo, traidor, aleve. Pero al mismo tiempo una voz me gritaba en la conciencia que yo, aunque amigo reciente, no era un ser mucho más apreciable. Esta voz me turbaba de modo indecible.

Siguió la plática, y Castell tuvo ocasión de decir a Cristina, sin que nadie más que ella lo entendiese, cuanto le pareció. Su palabra flexible respondía admirablemente a todos los movimientos, revueltas y saltos que le placía imprimirle. Cristina hablaba con su madre; pero en su visible distracción y en la nube de inquietud que oscurecía su rostro cualquiera adivinaba que escuchaba cuanto Castell decía y que no era de su agrado. En aquel momento, a pesar de las arrugas de su frente y de la fiera expresión de sus ojos, me pareció más adorable que nunca.

Retamoso, ya con el sombrero puesto, se acercó a Castell, y, haciendo ademán de hablarle al oído, pero en realidad bastante alto para que lo oyese su mujer, le dijo con su gracioso acento galaico:

—Señor de Castell, tiene usted razón como un santo. La cuestión es el aciertu... ¡el aciertu! Si yo no hubiese tenido tan buen consejo para elegir compañera, ¿qué hubiera sido de este pobre hombre? ¡Qué prenda! ¿eh? ¡qué tesoro! ¡Silenciu! Guárdeme el secreto: a estas horas no tendría dos pesetas. ¡Silenciu! ¡Ps! ¡ps!

Y arqueando las cejas y haciendo visajes de admiración y contento reprimido, se alejó arrastrando los pies. Su cara mitad, que había oído perfectamente, le dirigió una mirada oblicua donde no resplandecía la gratitud y, arrugando su nariz aguileña, nos dió las buenas noches con imponente severidad.

Nos hallábamos en pie todos y preparados para sentarnos a la mesa. Martí, observando que su panecillo estaba un poco descortezado, exclamó, bromeando:

—Ya anduvieron aquí las patitas de mi rata. ¿Verdad, Cristina?

Ésta sonrió en señal de asentimiento.

—¡Me extrañaría que dejases de pellizcarme el pan algún día!

Entonces yo, a una vuelta que dió Martí para hablar con Castell, me acerqué disimuladamente a la mesa, tomé un pedazo de pan por el sitio en que Cristina lo había pellizcado y lo comí con inexplicable placer. No se le escapó a ella esto, y observé una ligera turbación en su rostro.

—¡Vaya, vaya a comer... y cada cual a su sitio!—exclamó con graciosa mueca de enfado.

Obedecí, humildemente, y me senté en el sitio de costumbre. La comida fué alegre. Martí estaba locuaz y risueño. Como si no se hubiese hecho cargo hasta entonces de las bellezas que guardaba su finca del Cañabal, las describió con el entusiasmo que yo le había comunicado en nuestro paseo. Terminó proponiendo que fuésemos allá por las tardes a merendar, ya que las circunstancias impedían trasladarse por completo. Es inútil decir el gozo con que escuché esta proposición. Cristina también la acogió con alegría y lo mismo el resto de los comensales. Sabas manifestó, con su gravedad habitual, que, quizá, no podría ir todos los días.

—No; contigo ya sabemos que no debemos contar. ¿Cómo has de dejar abandonados los negocios de la plaza de la Reina y del café del Siglo?—manifestó su hermana riendo.

—¡No es eso, hija mía!—exclamó picado el elegante—. Ya sabes que no soy muy sensible a los recreos campestres.

—Sí, sí; ya sé que estás por los urbanos y que no respiras bien sino en una atmósfera de humo de tabaco.

Doña Amparo acudió, como siempre, al socorro de su hijo.

—Me alegro mucho de que Sabas no venga, porque las merendetas siempre le han hecho daño al estómago.

—¡Qué le importa a Cristina que yo me ponga enfermo!—exclamó con afectada amargura el crítico.

—¡Pobrecito! Lo que te sienta admirablemente es cenar a última hora en el Círculo, con manzanilla y champagne.

Martí intervino para cortar la disputa de los hermanos, observando que doña Amparo se estaba preparando ya para desmayarse. Cada cual en materia de goces tenía sus preferencias y era insensato tratar de imponer los nuestros a los demás. “Todo el mundo tiene derecho a ser feliz a su manera”, dijo Federico de Prusia; y si Sabas se sentía más feliz bajo techado que a cielo descubierto, no había motivo para incomodarse.

—Lo que sí le ruego—concluyó diciendo—es que, ya que él no sea de la partida, permita a Matilde y a los niños venir con nosotros.

Sabas accedió generosamente a este ruego y pareció todo conflicto conjurado; pero Cristina, que todavía deseaba hacerle rabiar un poco, dijo sonriendo malignamente:

—Por supuesto, eso debe entenderse en las tardes en que no haya botones que coser...

—¡Cristina! ¡Cristina!—exclamó Martí, medio enfadado, medio riendo.

Todos hicieron lo posible por reprimir la risa. Sabas alzó los hombros con aparente desprecio, pero quedó el resto de la noche amoscado.

Sin su compañía honrosa, pero con la de Matilde y el mayor de los niños, hicimos al día siguiente y en los sucesivos nuestra excursión al Cabañal. Nos trasportaban allá poco después de almorzar las galeritas de Martí y de Castell y nos traían a la ciudad al ponerse el sol. Todo este tiempo lo pasábamos charlando en la terraza del pabellón, mientras las damas bordaban o cosían; o paseando por los senderos del parque, donde también jugábamos como niños al volante y al aro. Algunas veces salíamos de la finca y recorríamos el pueblecito y bajábamos a la playa, entreteniéndonos buen rato viendo arribar las lanchas pescadoras; otras nos dirigíamos a la huerta y visitábamos algunas barracas, principalmente la de un cierto Tonet, antiguo criado de Martí, a quien pertenecía la labranza de que vivía. Allí descansábamos a menudo, y su mujer nos regalaba con altramuces y cacahuets o nos servía algún refresco.

Pero el negocio importante de la tarde era la merienda o, por mejor decir, su preparación. Para que nos interesase era menester que se aderezase y comiese al aire libre. Trasportábamos la cocinilla de alcohol y el resto de los bártulos a algún lejano y sombrío paraje del parque. Las damas se ponían un delantal, los caballeros nos quedábamos en mangas de camisa, y unas veces haciendo chocolate o café, otras friendo el pescado que acabábamos de comprar en la playa, pasábamos una hora feliz. Tan feliz, que cuando la reunión me encomendaba la tarea de guisar una caldereta a la marinera y, con la cacerola entre las manos, me veía rodeado de mis marmitones y marmitonas, a quien despóticamente comunicaba órdenes precisas, ¡quién lo creería!, alguna vez llegaba a olvidarme de que estaba enamorado.

Y, sin embargo, lo estaba cada vez más, no hay que dudarlo. Ni cuando decía a Cristina en tono imperioso: «Tráigame usted la sal», ni cuando la reprendía ásperamente por cortar el pescado tan menudo se me pasaba por la imaginación que pudiera existir bajo el sol criatura más perfecta. En el campo desaparecía la gravedad ceñuda que a menudo observaba en ella. Su humor se tornaba alegre, inquieto, ruidoso, inventaba mil travesuras para hacernos reir y de sus labios fluían continuamente frases agudas. Era el alma de nuestras excursiones, la sal que las sazonaba.

Yo no podía apartar los ojos de ella. La oía y la contemplaba como un idiota. A veces no lo era tanto, sin embargo, y me esforzaba en llevar agua para mi molino. Por ejemplo, una tarde, estando en el pabellón, nos mostró un dedal que se había comprado. Todos lo examinaron, y yo después que todos también lo hice, reteniéndolo con disimulo. Pasó un largo rato: nadie se acordaba ya del dedal. Pero cuando salimos para ir a merendar, al cruzar por delante de mí me dijo sin mirarme:

—Ponga usted el dedal en aquel cestito.

No valía con ella ser astuto y solapado: todo lo veía, todo lo advertía.

Otra tarde en que su cuñada Matilde tocaba el piano y ella estaba en pie volviéndole las hojas del libro, me acerqué silenciosamente por detrás. Y fingiendo hallarme arrobado por la música y atentísimo a las corcheas del libro, devoraba con los ojos su cuello de alabastro y el finísimo vello en que su cabellera negra venía a morir y perderse como una melodía que se extingue pianissimo. Pues bien, como si tuviera la facultad de ver detrás de sí, llevó la mano al cuello del vestido y lo alzó con ademán de impaciencia. Era una advertencia y una reprensión.

Mas a pesar de sus mudos desaires y reprensiones y del ceño con que solía mirarme, yo me sentía feliz a su lado. Y era porque en estos desaires y en la severidad de su rostro no traslucía desprecio alguno a mi persona ni deseo de mortificarme. Procedía todo de un noble aunque exagerado sentimiento de dignidad, sin contar con el intenso cariño que profesaba a su marido, del cual a cada momento tenía pruebas bien claras. Ni aun en esto se desmentía la exquisita delicadeza de sus sentimientos. En vez de mostrarse con él rendida y mimosa, como en su caso hubieran hecho tantas otras, huía en mi presencia de hacerle caricia alguna y evitaba cuanto le era posible que él se las hiciese. A veces se quejaba él, riendo, de tanta severidad, pero ella permanecía inflexible.

De su espíritu de justicia y de la estimación que le inspiraba me dió más de un testimonio, aunque siempre tácitos. Había ido una mañana a su casa. No estaban en el comedor más que ella y su madre. Se le ocurrió llamar para que le sirviesen un vaso de agua. Yo me anticipé al criado: fuí al aparador, tomé una copa y una bandeja y me disponía a escanciar el agua y servirla cuando me interrumpió secamente:

—No; deje usted; ya no tengo sed: fué sólo un capricho.

Quedé acortado y aún más triste que acortado. Abrevié la visita y me retiré. Por la tarde me quedé en la fonda y no fuí al Cabañal como de costumbre. Por la noche, al entrar en su casa cuando acababan de cenar, lo hice con semblante grave y procuré no mirarla. Pero bien observé que ella me miraba y aun quise advertir que lo hacía con expresión humilde. A los pocos momentos se acercó a mí y me dirigió la palabra con inusitada amabilidad y procuró desagraviarme. Yo me mantuve rígido. Entonces ella, con sonrisa graciosa que jamás podré olvidar, dijo en voz alta:

—Ribot, hágame usted el favor de alcanzarme una de aquellas copas y echarme un poco de agua.

Se la serví riendo. Ella también rió un poco antes de beberla y mi rensentimiento se deshizo como el hielo al calor de aquella sonrisa.

Castell era casi siempre de la partida en nuestras excursiones al Cabañal. Alguna rara vez mandaba solamente su galerita o su familiar. Ya no podía dudar de que festejaba a Cristina y también de que había advertido el amor que yo sentía por ella. Pero dada su inconmensurable altura, debía parecerle yo un rival poco temible, porque no pude notar en él ningún cambio. Seguía tratándome con la misma refinada cortesía, no exenta de protección y también ¿por qué no decirlo? de cierta benevolencia compasiva. Verdad que esta compasión la extendía Castell a casi todos los seres creados y aun pienso que no habría error en afirmar que trascendía de nuestro planeta para difundirse por otros astros lejanos. Por regla general a nadie escuchaba más que a sí mismo; pero una que otra vez, si estaba de humor, nos invitaba a emitir nuestra opinión, nos hacía hablar con la complacencia que se tiene en oir a los niños y sonreía dulcemente escuchando un rato nuestra charla insustancial y nuestros pequeños disparates. Era un verdadero examen de segunda enseñanza. Cuando se dignaba escudriñar mis escasos conocimientos, no podía menos de imaginar que yo era un microscópico insecto que por casualidad había caído en su mano y a quien daba vueltas en todos los sentidos entre dedos ensortijados.

Todos le escuchaban con gran deferencia. Martí se manifestaba siempre orgulloso de poseer tal amigo y creía de buena fe que ni en España ni en los países extranjeros existía un hombre (en terreno teórico, por supuesto, porque en el práctico ya se sabe, allí estaba Martí) que pudiera comparársele; pero aún con más recogimiento que él le escuchaba Isabelita, la prima de Cristina. Es imposible imaginar una atención más completa, una actitud más sumisa y devota que la de esta niña de perfil angelical cuando Castell tomaba la palabra. Su rostro, puro, nacarado, se entornaba hacia él y permanecía inmóvil como en éxtasis; sus ojos inocentes no pestañeaban.

La que menos placer sentía escuchando las disertaciones del opulento negociante era, a mi ver, Cristina. Aunque se esforzaba por ocultarlo, no tardé en adivinar que la ciencia del amigo y socio de su esposo no le interesaba. Se distraía a menudo, y en cuanto encontraba pretexto plausible para levantarse de la silla lo hacía. ¿Necesitaré decir que esta falta de veneración hacia un representante de la ciencia nada la hizo desmerecer a mis ojos? Creo que no.

Además notaba que Cristina, ajena en apariencia a los proyectos de su esposo y que nunca los contrariaba cuando éste los exponía con su franqueza habitual delante de nosotros, experimentaba fuerte molestia cuando Castell los alentaba. Le era de todo punto imposible ocultarlo. Así que el millonario, con frase acicalada, comenzaba a hacer pomposamente el elogio de Martí, de su vista clara, de su decisión y actividad, el semblante de Cristina se descomponía; perdían sus mejillas el poco color rosado que tenían, arrugábase su frente y los hermosos ojos adquirían extraña fijeza. Generalmente no podía resistir hasta el fin. Levantábase y salía de la habitación de un modo brusco. El bueno de Emilio, embriagado por el goce y la gratitud, no podía advertirlo.

¡Qué alma la de este hombre tan noble, tan sencilla, tan generosa! La casualidad me hizo enterarme de un rasgo suyo que aún más le elevó a mis ojos. Con la confianza que desde el primer día me había otorgado penetré en su despacho sin anunciarme en momento poco oportuno. Su suegra sollozaba (por variar) en un sillón, mientras él, de espaldas a la entrada, estaba abriendo la caja de caudales. Al sentirme se volvió rápidamente y empujó la puerta de la caja para cerrarla. Estaba un poco más grave y pensativo que de ordinario; pero la expresión bondadosa de su rostro no había desaparecido. Me saludó haciendo un esfuerzo para aparecer jovial, y, volviéndose luego a su suegra y poniéndole una mano sobre el hombro, le dijo cariñosamente:

—Vamos, mamá; no hay que apurarse. Todo quedará arreglado esta tarde. Váyase ahora con Cristina y descanse un poco. No vaya a ponerse enferma.

—Gracias! ¡Gracias!—murmuraba la sensible señora sin dejar de llorar y moquear.

Al cabo recobró, en parte al menos, la energía vital y salió de la estancia, no sin darme a mí un fuerte y convulsivo apretón de manos y tirar tres o cuatro besos desde la puerta a su yerno. Éste sacudió la cabeza y dijo sonriendo:

—¡Pobre mujer!

Yo le dirigí una mirada interrogadora, pero sin atreverme a formular con palabras la pregunta. Martí se encogió de hombros y murmuró:

—¡Ps! ¡Lo de siempre! El hijo abusa de la bondad de esta pobre señora y le proporciona muchos disgustos.

Como advertí que no deseaba entrar en más explicaciones, me guardé de pedírselas y hablamos de otra cosa. Pero un instante después entró Cristina en el despacho, no de buen talante, y le preguntó:

—Mamá te ha pedido dinero, ¿verdad?

—No, hija mía—respondió Martí ruborizándose un poco.

—No me lo niegues, Emilio. Lo sé todo desde esta mañana.

—Bien; y aunque así fuese, ¿qué? La cosa no es para que esa frentecita se arrugue tanto—replicó él tocándola cariñosamente con el dedo.

Cristina permaneció silenciosa y pensativa unos instantes.

—Ya sabes—dijo al cabo con firmeza—que yo jamás me he opuesto a tus esplendideces con Sabas. Si me ha gustado verte generoso con todos, aún más debía agradarme tratándose de un hermano. Pero me he preguntado muchas veces: Esta generosidad de Emilio ¿traerá en realidad buenas consecuencias? ¿No alentará a mi hermano a continuar la misma vida perezosa y disipada? Si estuviese solo en el mundo podría mimársele sin tanto peligro: cuando llegara a faltarle tu apoyo ya vería él la manera de reducirse a lo estrictamente necesario. Pero tiene mujer, tiene hijos, y temo que éstos paguen las consecuencias de tu generosidad y de las costumbres que, gracias a ella, no abandona su padre... Además—añadió bajando más la voz y temblando un poco—, hoy no tenemos grandes obligaciones... pero podemos tenerlas...

—¡Ya lo creo que podemos!—exclamó Martí soltando la carcajada—. Me parece que la primera no tardará muchos días en llegar.

Las mejillas de Cristina se enrojecieron súbitamente. Emilio, cambiando de tono, se acercó a ella y, pasándole el brazo cariñosamente por encima de los hombros, le dijo:

—Tienes razón en esto, como la tienes en todo cuanto dices. Eres cien veces más sensata que yo. Tal vez si hubiera venido Sabas a pedírmelo me hubiese negado, porque ya estoy un poquillo harto de sus barrabasadas... Pero ha venido tu madre... la he visto llorar... y francamente, no sabes la impresión que esto me produce.

Cristina levantó hacia él sus ojos, donde brillaba inmensa gratitud; temblaron sus mejillas, y temiendo, sin duda, no poder reprimir su emoción, salió precipitadamente de la estancia.

—¡Probrecilla!—exclamó Martí, riendo otra vez—. Tiene mucha razón. Sabas es un majadero.

—Ha jugado, ¿verdad?—pregunté yo animado por la confianza que me otorgaban.

—Mejor sería decir que se ha dejado pelar por unos advenedizos. ¡Es así el hombre! Ayer ha perdido bajo su palabra cinco mil pesetas.

—Bajo su palabra... y bajo tu garantía—apunté yo.

—Es posible..., pero ¡qué se va a hacer! No es suya toda la culpa. Tiene una madre demasiado blanda.

—Y un cuñado demasiado bueno—pensé.

Martí me pasó el brazo por detrás de la espalda, y en esta forma nos encaminamos al gabinete de costura en busca de Cristina y doña Amparo. Allí estaban ambas; aquélla, seria, cejijunta; ésta, completamente repuesta de sus emociones. No tardó en llegar Matilde, que almorzaba con ellos. La observé triste y como avergonzada. Poco después entraron dos señoras, visita de confianza, y la conversación se animó, aclarándose la atmósfera pesada que reinaba en el gabinete.

Cristina salió un momento para alguno de sus quehaceres domésticos, y noté que dejaba olvidado el pañuelo sobre la silla. Entonces, con el disimulo y la habilidad de un consumado ratero, me fuí acercando a ella, me senté como por distracción, me apoderé, sin que nadie lo advirtiese, de aquel precioso objeto y lo sepulté en mi bolsillo. Inmediatamente me levanté y volví al lugar que ocupaba antes. Cristina apareció en seguida y advertí que dirigía la vista a todos sitios en busca del pañuelo; luego me clavó una mirada, y creo firmemente que adivinó en mi actitud que yo lo guardaba. Entonces, no atreviéndose a preguntar por él en voz alta, y, al mismo tiempo, no queriendo dar su brazo a torcer y pasar porque me lo cedía, dijo, sordamente, buscando por los rincones de la estancia.

—¿Dónde estará mi pañuelo?

Nadie más que yo podía advertirlo, porque todos estaban distraídos con la conversación. Al cabo vi que se sentaba en la silla y tomaba de nuevo su labor en silencio.

Iban a almorzar. Me marché a la fonda a hacer lo mismo, sin aceptar su invitación. Tenía vehementes deseos de gozar a solas de mi preciosa conquista: porque la consideré tal en mi loca presunción después de lo que acababa de observar. Una vez en mi cuarto, y asegurándome bien de que la puerta estaba cerrada y que nadie me espiaba por el agujero de la llave, saqué el pañuelo del bolsillo y me entregué a una serie de locuras que aún hoy recordándolas me hacen ruborizar. Aspiré su perfume con embriaguez, lo besé infinitas veces, lo coloqué sobre mi corazón jurando serle fiel eternamente, lo guardé junto con los retratos de mis padres, lo saqué otra vez para besarlo y otra vez lo guardé. En fin, llevé a cabo todos los desatinos imaginables, más propios en verdad de un estudiantillo de retórica que del capitán de un vapor de tres mil toneladas.

VIII

Por la tarde fuí con la familia al Cabañal, como de costumbre. Martí no nos acompañó por tener que evacuar cierto asunto (¿sería el de las cinco mil pesetas que perdió su cuñado?) De todos modos fuí lo bastante egoísta para alegrarme de su ausencia. Durante el viaje, y en las horas que permanecimos en la alquería, observé en la actitud y en los ademanes de Cristina algo que hacía temblar mi corazón de gozo y esperanza. No puedo explicar por qué, sin mirarme ni dirigirme una sola vez la palabra me sentía inundado de una felicidad celeste; pero así fué. Pasamos toda la tarde en el pabellón. Las damas trabajaban en su costura o bordado; yo leía o hacía que leía. Cristina, acometida de extraña languidez, no se levantó de su silla como a menudo solía hacer. Mientras los demás reían y bromeaban la vi permanecer silenciosa y grave, aunque sin ceño alguno. Su rostro estaba levemente enrojecido: mi imaginación me sugirió la idea de que era por los pensamientos que flotaban en su alma y por la vergüenza que le inspiraban. Nos fuímos luego a tomar chocolate a la casa, y mientras lo hicimos observé en ella la misma seriedad resignada y tierna; expresión que pocas veces reflejaba su rostro movible. Parecía embargada por suave enternecimiento no exento de vergüenza y melancolía. En el oscuro y desierto horizonte de mi vida empezaba a apuntar la claridad: así me lo decía el corazón. Durante aquella tarde memorable fuí tan feliz como deben serlo los ángeles en el Paraíso o el autor de un drama cuando sale a recibir los aplausos al escenario entre el barba y la dama joven.

Después de comer en mi hotel fuí a tomar café al Siglo con objeto de pasar luego un rato en casa de Martí. Encontré al penetrante Sabas con su pipa colgada de la boca sentado entre varios amigos, a quienes arengaba del modo grave y juicioso que le era peculiar. Me saludó con la mano, de lejos, y poco después, viéndome solo, se apartó del grupo y vino a reunirse conmigo.

Estaba de humor jovial y no parecía poco ni mucho meditabundo ni avergonzado por su calaverada del día anterior. Hablamos de nuestras diarias excursiones al Cabañal y se las describí como muy animadas y deleitosas. No quiso contradecirme abiertamente; pero comprendí por su gesto más que por sus palabras que miraba todo aquello como niñerías indignas de un hombre serio y maduro como él. Por lo que pude entenderle, Valencia guardaba placeres de más subido precio, otros encantos, y era lástima que yo me fuera sin gustarlos. No dijo cuáles eran; pero, dado lo que ya sabía, puedo suponer que debían relacionarse directa o indirectamente con la ruleta.

—¿Ha visto usted la famosa fábrica de piedra?—me preguntó de pronto con grave entonación, mientras en sus ojos bailaba una sonrisa maligna.

—Sí, la he visto.

—¡Buen negocio! ¿Y la no menos celebérrima manufactura de cerveza?

-También.

—¡Mejor negocio aún! ¿verdad?

Y allá en las profundidades de su garganta sonó una carcajada que no llegó a salir porque en aquel momento chupaba con ahinco la pipa. Yo estaba confuso, como si fuesen a ofender a alguno de mi familia, y le respondí en términos vagos que los negocios salían buenos unos y otros malos y que el resultado, más que de la inteligencia y la actividad de quien los emprendía, solía depender de circunstancias fortuitas.

—Eso rezará con otros, no con mi cuñado—respondió con gravedad sarcástica—. Los negocios de Emilio son siempre brillantes, porque es un genio práctico, esencialmente práctico.

—A mí me parece un hombre muy inteligente—manifesté con cierto embarazo.

—Nada, nada; no rebajo un ápice. Es un genio práctico, y su amigo Castell un genio teórico.

—En cuanto a ése ya podíamos hablar un poco—repliqué sonriendo para desviar el escalpelo hacia aquel antipático sujeto.

—Son dos genios ambos, cada uno por su estilo; los únicos genios que tenemos en Valencia.

Yo no sabía qué hacer ni decir. Aquel tono sarcástico me molestaba extraordinariamente. Sabas debió de advertirlo, porque, cambiándolo al cabo por otro más serio, se puso a hacer, como de costumbre, un análisis escrupuloso y razonadísimo de la conducta de su cuñado. Era de ver y admirar la gravedad, el aplomo, el aire de inmensa superioridad con que aquel hombre hablaba de los demás, la penetración con que descubría los móviles recónditos de todos los actos, la fuerza incontrastable de sus argumentos, los vaticinios tristísimos que formulaba. El caso es que yo no podía menos de hallar atinadas casi todas sus observaciones; pero como ya le conocía, me maravillaba y me indignaba al mismo tiempo escuchándole. Traté de llevarle la contraria; pero viendo que esto no servía más que para mejor hacer lucir la perspicacia y seguridad de sus juicios, en cuanto tomé café y fumé un cigarro me despedí de él.

—De todos modos—le dije apretándole la mano—, no cabe duda que Emilio es un hombre muy bueno y tiene mucho talento.

—Convenido—respondió él devolviéndome el apretón—; pero confiese usted que no le vendría mal un poco de sentido común.

Salí del café colérico y entristecido. De buena gana le hubiera soltado a la cara a aquel zángano lo que había sabido casualmente por la mañana. Me dirigí con lento paso hacia la casa de Martí; pero en el camino mis pensamientos tomaron una dirección sobrado melancólica. Me invadía de tal modo cierto malestar moral, que ya por la mañana había comenzado a punzarme mezclándose a mis sabrosas esperanzas, que no tuve ánimo para subir las escaleras, y desde el portal me volví al hotel y me acosté.

¡Noche memorable aquella para mí! Tan pronto como apagué la luz comprendí que iba a tardar mucho en conciliar el sueño. Una turba de pensamientos corría desbocada por mi cerebro, agitándolo, martirizándolo. La imagen graciosa de Cristina venía en el centro de ellos, pero no lograba aplacar su ardor ni reprimir su carrera. En vano repetía mi fantasía la escena del pañuelo y aquel adorado semblante enternecido y confuso cuya vista me había hecho feliz todo el día. En vano evocaba la dicha celeste que en plazo más o menos breve iba a descender sobre mí. Fuese ilusión o realidad, yo pensaba que la naranjita comenzaba a amarillear y respondía ya con leve temblor a las continuas sacudidas que mi mano daba al árbol. Quizá no tardaría en caer en mi regazo. Pero debía confesarlo; este porvenir halagüeño no me dejaba alegre y tranquilo, como pudiera esperarse. Si tuviese este poder, también lo tendría para cerrar mis párpados, y no lo hacía. Mis ojos estaban cada vez más abiertos; la frente me abrasaba la mano cuando la ponía sobre ella; todo mi cuerpo experimentaba extraño desasosiego que me obligaba a cada instante a cambiar de postura. Aquel extraño dolor, cuyos primeros leves alfilerazos había sentido durante el día, me clavaba ahora las uñas de un modo intolerable.

Este malestar no era otra cosa que el remordimiento. Para que un hombre sea realmente feliz es menester que esté contento de sí mismo, y yo no lo estaba. Otra imagen melancólica, dolorosa, venía siempre detrás de la de Cristina en la procesión interminable de mis pensamientos, turbando la dicha que yo entreveía. Era la de Martí. ¡Pobre Emilio! ¡Tan bueno, tan generoso, tan inocente! Su suegra le sacaba el dinero y le arruinaría sin escrúpulo para alimentar los vicios de un hijo gandul; su fraternal amigo le vendía; su cuñado, a quien colmaba de beneficios, se burlaba de él públicamente. No tenía a su lado más corazón amante y fiel que el de su esposa. ¡Y yo, un advenedizo, a quien había concedido tan franca y cariñosa hospitalidad, iba villanamente a arrebatárselo! Esta idea oprimía mi corazón, me hacía desgraciado. En vano me esforzaba por representarme con bellos colores la dicha de ser amado de Cristina, el goce intenso de la pasión, la alegría del triunfo. En vano trataba de amenguar mi delito con ejemplos, trayendo a la memoria las faltas de otros. En mis oídos sonaba siempre una voz severa asegurándome que, conseguido mi objeto, sería infeliz. Y mis nervios, alterados, me hacían dar vueltas y vueltas entre las sábanas, con los ojos cada vez más abiertos.

Trascurrían las horas y sonaban lentas, sonoras, melancólicas en el reloj de la catedral. Quería con empeño cerrar los ojos y dormirme; pero unos dedos ardorosos e invisibles me levantaban de nuevo los párpados. Al fin me incorporé bruscamente en la cama, encendí la luz, me vestí, me puse a pasear por la habitación. Y cuando hube caminado algún tiempo, penetrando en los asilos más secretos de mi corazón, comprendí lo que era necesario hacer. Apelé al cloral, al más seguro cloral, al que jamás ha dejado de darme resultado en noches como ésta de insomnio y conflicto. Renuncié de una vez a mis deseos, a mis esperanzas, a los goces del amor y a los halagos del amor propio. Entré armado de látigo en mi espíritu y arrojé de él esa voluntad pérfida que tan pocos placeres nos da y tantos resquemores nos causa. Trabajo me costó, porque huyendo de mí se escondía por todos los rincones, me obligaba a perseguirla de cerca y no dejarla punto de parada. Pero al fin logré echarla de veras y quedé en medio del gabinete fatigado, sudoroso, como quien acaba de cumplir una obra bien trabajosa, pero tranquilo. Torné a desnudarme, caí en el lecho, y el dios alado hijo del Sueño y de la Noche me trasportó en sus brazos al misterioso palacio de su padre.

Cuando desperté el sol esparcía ya desde lo alto del firmamento sus rayos de oro sobre la ciudad. En cuanto me vestí fuí derecho a casa de Emilio. Estaban reunidos en la sala de costura los esposos y con ellos doña Amparo, Isabelita y doña Clara, una modista y una doméstica. La primera pregunta que me dirigieron fué por qué no había ido la noche anterior. Me disculpé con un dolor de cabeza. Cristina, que bordaba cerca del balcón, no levantó la suya, pero observé en su rostro la misma expresión soñadora, de suave enternecimiento. Así que me puse a hablar con los demás también noté que me dirigió alguna rápida y tímida mirada.

Aproveché un momento en que estaban todos distraídos y me acerqué a ella. Saqué su pañuelo del bolsillo, y en voz no tan alta que los tertulios pudieran oirlo ni tan baja que pudieran sospechar algún secreto, le dije:

—Ayer guardé distraídamente un pañuelo de usted pensando que era el mío. Hasta que llegué a casa no observé la equivocación. Aquí lo tiene usted.

Levantó la cabeza; me dirigió una intensa mirada de sorpresa; tiñóse su rostro de vivo carmín; cogió con mano temblorosa el pañuelo que yo le tendía y de nuevo humilló su frente al bastidor.

Después de esto quiero que ustedes me digan con franqueza si no tengo derecho a reirme de César, de Alejandro, de Epaminondas y en general de todos los héroes de la antigüedad pagana. Por lo menos yo vivo en la íntima persuasión (y este pensamiento me ha engrandecido enormemente a mis propios ojos) de que si Epaminondas se hallase en mi caso no hubiera devuelto el pañuelo.

Volví de nuevo al grupo y seguí charlando con animación, quizá con demasiada animación. Mi alma estaba profundamente turbada y debo declarar, ya que estas memorias son una franca confesión, que, aunque orgulloso de mi heroísmo, no experimentaba, ni mucho menos, ese dulce contento que al decir de los moralistas acompaña siempre a las buenas acciones.

Almorcé con ellos, fuimos después al Cabañal y se pasó la tarde con la misma alegría de otras veces. Pero la mía era aparente. Cuando me cansaba de disimular o me distraía, seguro estoy de que debía de mostrar una triste figura. Cristina no se cuidaba de disimular su preocupación. Toda la tarde estuvo pensativa y seria hasta el punto de hacer reparar en ello. Por la noche ¡loado sea Dios! tuve ocasión de soltar la llave a los pensamientos que embargaban mi espíritu y desahogarme un poco.

Sucedió que Martí había sacado de su librería las obras de Larra y nos leyó por pasar el rato uno de sus artículos más deliciosos, titulado El castellano viejo. Todos reímos y celebramos el donaire y el ingenio de aquel gran escritor satírico. Con este motivo hablamos de su vida y de su trágico fin en lo más florido de la juventud, pues aún no contaba veintiocho años cuando abandonó voluntariamente este mundo.

—¿Y por qué se mató?—preguntó Matilde.

—Por lo que suelen matarse los hombres—respondió Martí—, por una mujer.

—¡Ya lo creo! ¡Cuando no se matan por dinero!—exclamó la joven haciendo un mohín de enfado.

—Esos son los que no han perdido por completo la razón; pero hay muchos más de los primeros—replicó aquél riendo.

—Muchas gracias. ¿Y era casada o soltera la interesada?

—Casada. Se dice que mantenía relaciones ilícitas con ella estando el marido ausente, que éste anunció su regreso y que ella entonces, arrepentida o temerosa, le significó su resolución de cortar aquellos comprometidos amores. El dolor de Larra fué tan vivo que, no pudiendo sufrirlo, se dió un tiro.

—Pues ella ha hecho muy bien y él ha sido un tonto en quitarse la vida teniendo tan pocos años y habiendo en el mundo tantas mujeres en que escoger para casarse.

—Era casado ya—replicó Martí.

—¿Era casado?—exclamaron a un tiempo y con indignación las mujeres.

—Y con varios hijos.

—¡Entonces que le ahorquen...! ¡Que le degüellen...! ¡Que echen a la basura a ese pillo...! ¡Vaya un chasco!

El furor de las damas nos dió que reir. No faltó quien hizo observar que ella también era casada y que este detalle no parecía haberles irritado tanto.

—Porque las mujeres son unas criaturas débiles... Porque las mujeres no van a buscar a los hombres... Porque se las engaña con palabritas de miel... Porque se excita su compasión fingiéndose locos y desesperados.

—Tienen ustedes razón—dije yo entonces para calmarlas—; el que resiste no debe incurrir en la misma responsabilidad, si al fin desmaya, que el que voluntariamente ataca... Pero viniendo al caso concreto de que hablábamos, mi opinión es que Larra dió más pruebas de egoísmo suicidándose que de amor fino y delicado. Si hubiera amado realmente a esa mujer, habría respetado su arrepentimiento, la habría considerado por él más digna de adoración y habría encontrado en su propio corazón y en la nobleza del ser idolatrado recursos para seguir viviendo. Al quitarse la vida, al privar a sus hijos de un padre y a la patria de un español insigne, no pudo menos de hacer pensar que no amaba a su querida por las cualidades amables con que el cielo la había favorecido; lo que amaba en ella era su propio placer.

Las señoras aprobaron con alegría mis palabras. Esto excitó la susceptibilidad sapientísima de Castell: o tal vez cediendo únicamente al constante anhelo de instruir a sus semejantes, creyó indispensable el echarse hacia atrás en la silla y apuntándome con su dedo meñique resplandeciente de sortijas darme un curso completo de filosofía.

Razonamientos bien encadenados, frases primorosas, gran copia de datos psicológicos, biológicos y sociológicos: todo para venir a parar a aquello de que “el hombre está encadenado fatalmente a sus propias sensaciones”, que “no existe otro motivo verdadero más que el placer”, que “el mundo es una batalla sin tregua”, que “la lucha es condición imprescindible para la conservación y sostenimiento de la gran máquina del universo”, etc.

—Sin ella, amigo Ribot—terminó diciendo—, volveríamos al seno de la materia inerte. El combate nos adiestra, nos fortifica, es la única garantía de progreso; y el que, extraviado por una loca ilusión, intenta suprimir el antagonismo de los seres ataca la raíz misma de la existencia y pretende violar la más sagrada de sus leyes.

—¡Oh, sí!—exclamé yo con exaltación—. Seré un loco, pero declaro que sentiría placer inmenso en atacar esa ley sagrada. Quisiera levantarme una mañana con ánimo para hacerla pedazos. He pasado la mayor parte de mi vida sobre un elemento donde a esa ley sagrada se le rinde culto fervoroso. En el fondo del mar los seres se devoran con devoción infatigable: el más grande se merienda religiosamente al más pequeño. Por parte de los peces puede usted estar seguro, Sr. Castell, de que la gran máquina del universo no sufrirá avería. Pero, lo confieso ingenuamente, nunca he podido acostumbrarme a esos procedimientos en los cuales los animales acuáticos nos llevan ventaja a los terrestres. Algunas noches de verano, tendido bajo la toldilla de mi barco, me he preguntado: “¿Será posible que los hombres estemos obligados eternamente a imitar esa lucha feroz, implacable que siento debajo de mí? ¿No llegará un día en que renunciemos de buena voluntad a ella? ¿En que la compasión prepondere sobre el interés, y el dolor que causemos no sólo a un semejante nuestro, sino a un ser vivo cualquiera, se nos haga irresistible?”

—¡Sueños nada más! No es usted el primero que se ha mecido en esa quimera.

—¡Soñemos, pues, entonces!—proferí con arranque lírico de que no me suponía capaz—. Soñemos que esa triste realidad no es más que una apariencia, una horrible pesadilla de la cual quizá el espíritu humano despertará algún día. Y mientras tanto, que cada hombre se fabrique un mundo mágico y camine dentro de él acompañado del amor, de la amistad, de la virtud, de todos esos fantasmas hermosos que alegran la vida. Porque la vida, señor Castell, por equilibrada y fisiológica que sea, cuando la imaginación no se encarga de embellecerla, es cosa insípida y triste... Si la suerte caprichosa me arrastra alguna vez, como a Larra, a enamorarme de una mujer que pertenezca a otro (aquí mi voz no pudo menos de alterarse), no trataré pérfidamente de arrancarla al cariño de su marido para conquistar el placer, no la alegría. Tampoco me abrasaré el cerebro aterrando sin piedad a los míos. Trataré más bien de sacar partido de mi pobre imaginación, como el gran Petrarca lo sacó de la suya divina; la amaré; guardaré su imagen en el fondo del corazón; la rendiré culto desinteresado, y mi existencia, al contacto de este puro amor, adquirirá elevación y nobleza.

Desde el comienzo de nuestra conversación había sentido los ojos de Cristina posados sobre mí. Ahora la vi volverse con presteza hacia el piano para ocultar su emoción. Doña Clara, Matilde, Isabelita, aplaudieron. Emilio, riendo, me echó los brazos al cuello.

—¡Qué calor! ¡Qué entusiasmo, capitán! Yo soy un hombre esencialmente práctico y no puedo menos de dar la razón a Enrique; pero de todos modos, tú dices cosas muy agradables, muy lindas, y, lo que es más raro, sabes decirlas muy bien.

Así era la verdad, pese a mi modestia. Fué la primera y única vez en mi vida que me sentí orador. Y si en aquel instante la Junta directiva del Ateneo de Madrid me invitase a ello, pienso que no tendría inconveniente en dar en este Centro una conferencia sobre el porvenir de la raza latina u otro tema más amplio todavía.

IX

Desde aquel día su actitud conmigo varió notablemente. Se mostró menos desconfiada y recelosa; no evitaba con tanto cuidado el mirarme cara a cara; cuando yo entraba no se ponía repentinamente seria como antes. Poco a poco su franqueza fué aumentando, haciéndose cordial y, en los límites de su temperamento reservado, afectuosa también. Su delicadísimo pudor le impedía recompensar con palabras las que yo había pronunciado en su presencia; pero se ingeniaba de un modo conmovedor para darme a entender que estaba satisfecha de mí.

Una tarde se hablaba de ciertos objetos que había comprado y que se le olvidaron en la tienda. Martí quería enviar por ellos a un criado. Ella entonces dice con aparente indiferencia:

—Ribot, ¿no tiene usted que pasar por la calle de San Vicente? Pues hágame el favor de recoger ese encargo y traérmelo esta noche.

Inundóme vivo placer. Por la noche cuando se lo entregué lo recogió con más indiferencia aún.

—Gracias—dijo secamente, sin mirarme.

No importa; yo estaba seguro de que aquello era una recompensa. Me sentí tranquilo y dichoso.

Pero al día siguiente de este pequeño y grato suceso el hado adverso me preparó el susto más grave que experimenté en mi vida de peligros y azares. Ni cuando encallé en el Río de la Plata, ni cuando los golpes de mar nos arrancaron el puente y la mitad de la obra muerta en el Canal de la Mancha, sentí de tal suerte encogido el corazón. La encargada de proporcionarme tan cruel desazón fué doña Amparo. Nos hallábamos en el gabinete de costura esta señora, Cristina y yo. Mientras ellas trabajaban yo hojeaba un álbum de retratos donde estaban los de toda la familia y los de muchos amigos. Yo preguntaba y doña Amparo me informaba de quiénes eran los originales. Cristina permanecía silenciosa.

—¿Quién es esta chiquilla tan simpática?—pregunté contemplando el retrato de una niña de diez o doce años—. ¡Vaya unos ojos hermosos!

—¿No la conoce usted?... Es Cristina.

—¡Áh!—exclamé sorprendido. Y mirando hacia ésta observé que se había puesto encarnada.

—Estaba aún en el colegio. ¿Verdad que era muy guapa?

—Ya lo creo—respondí tímidamente.

—Mamá, no digas ridiculeces. ¡Si parezco un pajarito desplumado!—exclamó la interesada riendo.

—¿Como un pajarito?—profirió su madre con indignación—. Estabas remonísima. Desde entonces no has hecho más que perder. ¡Ya darías algo por ser ahora como entonces!... Y si no que lo diga Ribot.

—Señora—murmuré algo confuso—, indudablemente era muy bonita en aquella época...; pero creo que ahora vale más.

Cristina se puso más colorada aún, bajó la cabeza y quedó silenciosa y grave. Su madre no quiso pasar por ello. Yo no me atreví a contradecirla ya abiertamente: sólo emitía monosílabos o frases de dudosa interpretación. Al cabo dejamos esa conversación, para mí peligrosa, y poco después avisaron que estaba la peinadora y Cristina se marchó a sus habitaciones.

Seguí hojeando el álbum y doña Amparo moviendo la aguja de marfil con la que tejía su labor de encaje. Guardábamos silencio; pero tres o cuatro veces que levanté los ojos observé que me miraba con insistencia molesta. Al cabo pude notar que suspendía su tarea, sin duda para mirarme más a su gusto.

—Ribot—pronunció en voz baja.

Me creí con derecho a hacerme el sordo.

—¡Ps! Ribot.

—¿Qué decía usted, señora?—respondí fingiendo salir de una gran distracción.

—Míreme usted a la cara.

—¿Cómo?... No entiendo.

—Que me mire usted a la cara.

Como no estaba haciendo otra cosa, aquella petición sería una redundancia absurda si no fuese, más que esto, en extremo inquietadora.

—Ahora, acerque un poco la silla.

La nueva exigencia me pareció muchísimo más inquietadora. Me apresuré, sin embargo, a cumplir sus órdenes arrastrando la silla con chirrido de mal agüero. Y adoptando un continente tranquilo y desembarazado, bien contrario al que me correspondía en aquel instante, esperé lo que tuviera a bien decirme. Doña Amparo me miró sonriente y después de larga contemplación dijo:

—Ribot, usted está enamorado de mi hija Cristina.

Primero pálido, luego encarnado, después otra vez amarillo, verde, azul... En fin, pienso que mi cara fué un arco iris por espacio de algunos segundos.

¡Señora!... ¡Yo!... ¿Cómo puede usted suponer?... ¡En mi vida he pensado!... ¡Qué idea!...

Doña Amparo, al verme en aquel estado de terrible agitación, se asustó y se puso también pálida. Cómo me vería, que echó mano inmediatamente a su frasco de sales, me agarró con una mano la cabeza y con la otra me lo puso en las narices. ¡Para sales estaba yo en tal instante! Aparté como pude de mí aquel cáliz, le dí las gracias y con dicción oscura y lengua balbuciente disculpé mi emoción por la sorpresa natural... La acusación era tan grave que a la verdad...

Doña Amparo sonrió con benevolencia, sin duda para calmarme, y no consintió que hablásemos otra palabra si no tomaba una perlita de éter para fortalecer los espíritus. La tragué, no sin dificultad, porque la garganta se me había apretado hasta el punto de que apenas podía respirar. Luego, para aplacar la justa indignación de aquella señora, volví a protestar de un modo cortado, incoherente contra suposición tan monstruosa.

—¡Yo enamorado!... ¿Cómo era posible que tuviese la osadía, la avilantez?... Su hija era un modelo de todas las virtudes... Nadie podía tener el atrevimiento de ofenderla con sentimientos que no fuesen de respeto y admiración... Menos yo que nadie, amigo de Martí, un hombre tan caballero, tan leal, que tantas pruebas me había dado de inmerecida estimación, etc., etc.

—Todo eso está muy bien, Ribot—manifestó doña Amparo mientras aspiraba con ansia por la nariz las sales de su frasquito—. Pero eso no impide que usted esté chalao, loco perdido por mi hija.

—Se equivoca usted, señora... Le aseguro a usted...

—Vamos, confiéselo usted—me dijo poniéndome una mano sobre el hombro y mirándome con semblante risueño y malicioso—. Aquí no hay nadie que nos pueda oir.

—¡Señora, por Dios!

—¡Confiéselo usted, tunante! ¡Confiéselo usted!

Y me dió un tironcito suave y cariñoso a la barba.

Yo estaba asustado, recelando algo siniestro, fatal.

—Quedará entre los dos el secreto. Usted está enamorado de Cristina como lo está Castell hace tiempo...

—En cuanto a ése...—dije yo viendo el postigo abierto para escapar.

—Ese es un tuno mucho más largo, y entre los dos, francamente, le prefiero a usted.

Quedé estupefacto. ¿Qué es lo que prefería aquella señora? ¿Por qué me hablaba de aquel modo? ¿Adónde iba a parar?

—¿Verdad que Cristina es muy guapa?—prosiguió con la misma ligereza—. ¡Tiene un tipo tan interesante, tan delicado! No extraño que usted se haya enamorado... Por supuesto, no le habrá dicho nada...

—¡Señora!....

—No, no se lo diga usted. Es una criatura bonísima, virtuosa, incapaz de faltar a su marido... Además, Emilio no tiene igual, ¡tan cariñoso! ¡tan leal! ¡tan espléndido! Adora a su mujer. Yo le quiero lo mismo que a un hijo. No consentiría por nada en el mundo que tuviese el más pequeño disgusto.

—Por mi causa no lo tendrá, descuide usted—me aventuré a decir.

—Eso le honra a usted, Ribot—replicó apretándome la mano—. Es usted muy bueno: bastante mejor que ese pillo de Castell—añadió sonriendo dulcemente—. Y, sin embargo, yo no puedo menos de querer a Enrique. ¡Es tan bueno! ¡Le encuentro siempre tan cariñoso conmigo! Luego, ¿qué culpa tiene el pobre de haberse enamorado?... Lo que está muy mal es decir cositas al oído a Cristina cuando Emilio no le ve... Supongo que serán tonterías... que es guapa, que tiene los ojos así y el pelo de otra manera... Pero no está bien. Emilio es su mejor amigo y si lo supiera tendría un disgusto... Usted, Ribot, es mucho más respetuoso. No se propasa a mirarla más que a hurtadillas... ¡Pero qué ojos la echa! Vamos a ver, pícaro, ¿se ha enamorado usted en Gijón o aquí?

—¡Por favor, señora!... Me siento en este instante tan aturdido, que va usted a dispensarme si me retiro.

—¡Qué reservado es, Ribot! Así, así me gusta. Los hombres de pocas palabras son los que mejor saben querer. Pero conmigo no debía de ser tan tímido. Ya sabe el cariño que le profeso. Ábrame su corazón, que yo haré lo posible por consolarle. ¿Con quién mejor que conmigo puede desahogar su pecho?

—Mil gracias, señora... Permítame usted que me vaya... Siento que ahora no podría decir nada razonable.

—¡Lo comprendo! Lo comprendo, querido Ribot—manifestó doña Amparo apretándome con efusión una mano entre las dos suyas—. Es usted como yo, demasiado impresionable, demasiado tierno. ¿Quiere usted otra perlita de éter?... Ni usted ni yo servimos para el mundo. No puedo ver a nadie sufrir. Aquí me tiene usted que, a pesar de adorar a mi yerno, de dar si fuera preciso la vida por él, viéndole a usted padecer por mi hija se me saltan las lágrimas... lloro como una tonta.

En efecto, doña Amparo no se calumniaba en este momento.

—Francamente, Ribot—prosiguió con arranque.—Si fuese posible que Cristina le quisiera a usted sin ofensa para Emilio, yo misma iría a interceder por usted.

—Gracias, gracias—murmuré apretándole la mano antes de desasirme.

—Créame, usted, le quiero como a un hijo y haría cualquier cosa porque...

Aquí la voz se le anudó en la garganta y yo aproveché tan preciosa oportunidad para retirarme con paso trágico por el foro.

Salí en un estado de confusión indescriptible. Me sentía colérico, irritadísimo contra aquella mujer que con tal frivolidad y aturdimiento levantaba el velo a los secretos más peligrosos, a las más profundas intimidades de su familia. La apellidaba entre dientes imbécil, grosera, mala madre. Mi cólera llegaba hasta acusarla de inclinaciones a la alcahuetería, de haber nacido para Celestina. Sin embargo, poco a poco me fuí calmando y con la calma vino al cabo la justicia. Doña Amparo era rematadamente tonta: de esto no cabía duda; pero no una mala mujer. Todas aquellas atrocidades que había soltado dependían, en primer término, de su falta de criterio; después, de su temperamento irresistiblemente mimoso. Era un corazón que se deshacía como la manteca por el primer advenedizo. Necesitaba ser atendida, mimada como los niños y los perros, y como ellos también, no establecía diferencia entre las manos que la prodigaban caricias.

Hechas estas reflexiones, que infundieron paulatinamente en mi espíritu sentimientos menos feroces, no pude menos de pensar, sin embargo, que si la fatalidad hiciese conocer a Cristina la anterior conversación, caería muerta de vergüenza.

Encontré a aquélla en el despacho con su marido y con Castell. Emilio, que empezaba a organizar y poner en vías de hecho su famoso proyecto de canalización en la provincia de Almería, estaba de excelente humor. Sospeché que Castell le había facilitado al cabo algunos elementos. Charlaba como un descosido y embromaba cariñosamente a su amigo sobre su escepticismo teórico, su apatía para los negocios. Si él poseyese los medios de que disponía Castell, pronto sería el hombre más rico de España, proporcionando al mismo tiempo pan a muchas familias y adelantos a la nación. Cuando entré desvió hacia mí el torrente de sus bromitas, amenazándome con casarme en el plazo improrrogable de dos meses. Luego se puso a hablarme de su proyecto. En cuanto se efectuase el grato acontecimiento de familia que todos esperábamos, partiría para Almería, a fin de dar un buen avance a los estudios del canal. Sacó del armario una porción de carpetas y me exhibió los planos, explicándolos, comentándolos, esforzándose en infundirme el mismo entusiasmo que a él le animaba.

Yo le prestaba religiosa atención, pero sólo en apariencia. Lo cierto es que por encima de los papeles no perdía de vista los movimientos de Castell, que habían comenzado a hacérseme sospechosos. Le vi maniobrar hábilmente para acercarse a Cristina, que, de pie en el hueco del balcón, hojeaba un libro.

Cuando estuvo cerca, con el pretexto de examinar la obra que aquélla tenía entre las manos, observé que aproximaba su mejilla a la de ella casi hasta tocarse; y aunque por estar de espaldas no pude ver el movimiento de sus labios, comprendí que le dirigía algunas palabras en voz baja. Separó la dama bruscamente la cabeza y trató de alejarse; pero ¡oh sorpresa! Castell la retuvo, cogiéndola por la muñeca. Al mismo tiempo con la otra mano trataba de introducirle entre los dedos una carta. Cristina rehusaba tomarla. Forcejearon un instante en silencio. Mi corazón saltaba dentro del pecho. Temía que Martí volviera la cabeza y advirtiese lo que pasaba. No por el villano Castell, como podrá comprenderse, sino por evitar un gran escándalo y un disgusto cruel a mis amigos, hice lo posible por distraerle. Varias veces volvió Cristina los ojos hacia nosotros con expresión de espanto; y no logrando desasirse y temiendo lo que indefectiblemente iba a acontecer si aquella lucha se prolongaba unos segundos más, se decidió a tomar la carta, que estrujó ocultándola entre sus dedos. Luego se acercó pálida y sonriente a nosotros y se puso a mirar también los planos, esforzándose en aparecer indiferente. Pero su rostro no perdía la intensa palidez de que se había cubierto, y todo su cuerpo temblaba.

En cuanto a Castell, jamás he visto una actitud más tranquila, más indiferente, sin afectación de ninguna clase. Quedó un instante inmóvil, con las manos en los bolsillos, mirando por el balcón a la calle. Luego se puso a dar paseos por la estancia. De vez en cuando dirigía una rápida mirada escrutadora a Cristina. A pesar de la profunda aversión que me inspiraba no pude menos de admirar su increíble osadía, envidiando al mismo tiempo el perfecto dominio y la confianza inquebrantable que aquel hombre tenía en sí mismo. No he conocido otro para quien los demás seres creados representasen menos.

Yo no perdía de vista la mano en que Cristina estrujaba la carta. Emilio cerró al fin las carpetas, sin dejar sus largas, prolijas explicaciones. Después, levantándose de la silla y cogiéndome del brazo, detuvo a Castell en su paseo.

—Quieras o no, al fin entrarás en este negocio—le dijo siguiendo la broma.

—Ya sabes que yo no sirvo, Emilio—repuso el otro con sonrisa tranquila y protectora.

—Para trabajar no, ya lo sé. Pero como ídolo chino me puedes prestar un gran servicio. Como eres rico y pasas por hombre de ciencia (por más que sólo sabes lo que no te importa), te necesito para colocarte en el puesto más visible, en la presidencia del Consejo de Administración. Nadie te exigirá que trabajes. Te daremos una butaca cómoda y dormirás a ratos, y a ratos echarás bendiciones.

Cristina se había quedado cerca de la mesa. En pie y con expresión altiva dirigió a Castell una larga mirada. Luego, desplegando el sobre que arrugaba, lo rasgó tranquilamente, lo hizo trozos menudísimos, que arrojó en el cesto de los papeles rotos.

X

Nuestro paseo aquella tarde se dirigió hacia la barraca de Tonet, donde se nos tenía preparado un refrigerio. Este Tonet, verdadero moro por sus ojos, por su tez, por sus dientes y, sobre todo, por su silencio, era un prodigio para aderezar paellas y tocar la dulzaina. Siempre que se nos ocurría ir a visitarle nos recibía con la gravedad y cortesía de un señor feudal. Sin despegar los labios apenas, entendiéndose por signos con su mujer y sus hijos, nos hacía sacar sillas debajo del emparrado, y poco después solía servirnos higos, dátiles, chufas y bollos tiernos de canela, de que siempre estaba provista su alacena. Cuando se le había prevenido, como en la ocasión presente, nos ofrecía helados riquísimos de vainilla y avellana. Era un hombre triste, manso, de ademanes perezosos. No se alegraba nunca, pero gustaba de ver alegres a los demás. Los domingos, y también muchas tardes, cuando terminaba temprano su faena, solía sentarse delante de la barraca y hacía sonar suavemente la dulzaina un rato. No lo hacía para su regalo; aquello era un reclamo nada más. Poco a poco iban acudiendo a la suya todas las mocitas de las barracas próximas y se improvisaba un baile. Su hijo mayor, un niño de catorce años, tocaba el tamboril, y era casi tan grave y silencioso como él. Ambos pasaban horas enteras, uno soplando, el otro redoblando, serios, melancólicos, con los ojos fijos en el espacio, sin atender poco ni mucho al bullicioso baile que su música promovía.

Sabas, que aquella tarde era de la partida, se emparejó conmigo según íbamos caminando al través de los altos maizales, ya próximos a espigar. El primer asunto que propuso a mi consideración, chupando de la pipa y escupiendo a intervalos regulares, fué de índole esencialmente crítica. ¿Por qué su cuñado se obstinaba en sostener baldía aquella finca que tantos gastos originaba, cuando con poco esfuerzo se la podía hacer productiva? Cada uno de los elementos constitutivos de esta proposición fué examinado separadamente por un método rigurosamente matemático. Para ello formuló en primer lugar algunas definiciones claras, precisas, luminosas: «Qué es una finca de recreo.» «Qué es una finca productiva.» «Qué es una finca mixta de regalo y de utilidad.» Después de esto estableció algunos axiomas tan profundos como incontrastables: «Todo lo que es productivo debe producir.» «Para conseguir un fin deben aplicarse los medios.» «El hombre no está aislado en el mundo y debe pensar en su familia.» «La vanidad no debe influir en los actos humanos.» Inmediatamente vinieron las demostraciones parciales con sus escolios y corolarios, llegando al cabo suavemente, pero con lógica invencible, a la prueba de la proposición enunciada, a la cual puso el corolario siguiente: «Emilio es un hombre activo y emprendedor, pero al mismo tiempo un grandísimo botarate.» Satisfecho, y con razón, de su método, de su intuición y de la lógica con que el Supremo Hacedor había tenido a bien favorecerle, se puso acto continuo a chupar y a escupir con celeridad vertiginosa.

La segunda cuestión que aquella tarde atacó su espíritu lúcido me concernía directamente.

—Vamos a ver, Ribot, ¿usted no ha pensado en casarse?—me preguntó después de larga pausa, suspendiendo su pipa en el aire y clavándome una mirada escrutadora.

Confieso que me sentí turbado. Comprendí que las profundidades de mi alma iban pronto a ser sondadas y temblé viendo que aquel crítico trascendente se disponía a ensayar sobre mí su escalpelo.

—¡Pss!... los marinos pensamos poco en eso... Nuestra vida es incompatible con los placeres de la familia.

—Los marinos, cuando llegan a cierta edad y han alcanzado una posición independiente como usted, tienen derecho a retirarse tranquilamente y disfrutar de una vida confortable—replicó con la gravedad y aplomo que imprimía a todas las manifestaciones que salían de su boca.

¿Cómo sabía que yo había alcanzado posición independiente? Sólo por una maravillosa intuición, puesto que a nadie había dado cuenta del estado de mis negocios. Admiré en el fondo del corazón aquella penetración inmensa y me dispuse con humildad a averiguar acerca de mí mismo mucho más de lo que sabía.

Sabas meditó algunos minutos. Y mientras meditaba chupando de la pipa, sus mejillas se hundían de un modo sobrenatural. La fuerza con que extraían el humo del tabaco era tal, que estoy persuadido de que se tocaban por dentro. Al mismo tiempo, la intensidad de sus reflexiones influía de manera análoga en la secreción de las glándulas salivales.

—¿Por qué no se casa usted con mi prima Isabelita?—me dijo súbitamente, con ese acento brusco y perentorio que caracteriza a los hombres que dominan por el pensamiento a sus semejantes.

Isabelita caminaba emparejada con Matilde delante de nosotros. Yo empalidecí temiendo que hubiera oído aquellas gravísimas palabras, y asustado y confuso murmuré unas cuantas poco coherentes.

—Sí—prosiguió el crítico—; mi prima es una chica muy linda, muy modesta y además le admira a usted extraordinariamente.

—¿Me admira?—exclamé estupefacto—. ¿Y por qué me admira?—añadí cándidamente.

Sabas dejó escapar una sonora carcajada que provocó en sus bronquios una crisis de tos seguida de evacuación copiosa de nicotina.

—Eso se lo dirá ella cuando estén ustedes solos y mano a mano.

—No me ha entendido usted—repliqué yo picado—. Quiero decir que no reconozco en mí mérito alguno para ser admirado de nadie. Y en cuanto a Isabelita, siempre he creído que toda su admiración la consagraba a Castell.

—No tendría nada de particular. Un hombre que posee ocho millones de pesetas es un ser admirable. Pero esa admiración, en este caso, no puede engendrar ningún resultado práctico. Castell sostiene una mujer públicamente, tiene con ella varios hijos y ninguna joven de buena familia puede pensar en él. Con usted el caso es distinto: es posible llegar rápidamente a una solución satisfactoria, y mi opinión es que debe usted dejar su vapor y embarcarse a toda prisa en esa linda goleta. Sencilla, modesta, bien educada, hacendosa, acostumbrada a la severa economía de una casa donde se dan cien vueltas a un duro antes de soltarlo, hija única y heredera universal de todo el dinero de su padre. Y mi tío Retamoso posee más de lo que la gente se figura. ¿Quién supo jamás el dinero que tiene un gallego? Por supuesto, mientras él viva no verá usted una moneda de cinco céntimos; pero ¿a usted qué le importa? En los primeros años de matrimonio se sostendrá usted bien con el capital que posee, y cuando las necesidades aumenten y la edad haga más apetecibles ciertas comodidades, vendrá la herencia de su suegro a llenarlas, proporcionándole a usted un alegrón...

Otra porción de reflexiones juiciosas fluyeron, como abejas sabias y diligentes, de la boca de aquel hombre extraordinario. En mi vida he visto atar tan primorosamente todos los cabos sueltos de la existencia, afinar la puntería y extraer la quinta esencia de las relaciones humanas. Aunque se tratase de mi porvenir, y me sintiese, por lo tanto, embargado por la nueva perspectiva que se ofrecía a mis ojos, tuve, sin embargo, bastante libertad de espíritu para admirar la dialéctica de su discurso, su riqueza sorprendente de formas, de construcciones, de giros, de distinciones y sutilezas lógicas; el perfecto encadenamiento de sus razonamientos. El mundo sensible, pensé, no tiene secretos para este hombre, y el mecanismo de su razón funciona con una exactitud de cronómetro.

Cuando llegamos a la barraca y nos hubimos sentado para tomar el refrigerio que nos tenían preparado, Emilio, que estaba cerca, me preguntó en voz baja:

—¿Conque estás decidido a irte pasado mañana?

—No hay más remedio. El barco debe de llegar de un momento a otro.

—¡Qué lástima!—exclamó con acento melancólico; y poniéndome una mano cariñosamente sobre el hombro añadió:—¿Sabes, pícaro, que nos íbamos acostumbrando a ti?

Me sentí conmovido por aquellas palabras, y más aún por la nube de tristeza que oscurecía su rostro alegre y simpático. Guardé silencio. Él hizo lo mismo, echándose hacia atrás en la silla y permaneciendo, contra su temperamento, pensativo y melancólico. Al cabo volvió a decirme casi al oído:

—Si siguieses mi consejo renunciarías a la vida de marino, que, digas lo que quieras, es un poco aventurera, y te casarías como una persona formal. ¿Vas a estar solo siempre? ¿No piensas en la vejez y en lo triste que es pasar los últimos años de la vida en poder de manos mercenarias, sin niños que alegren tu casa, sin una mujer que mantenga en ella el orden y el bienestar?

—Soy viejo ya—respondí sonriendo, pero triste en el fondo del alma—. Tengo treinta y seis años.

—Es buena edad para el hombre. Además, por el aspecto y por tu fuerza y agilidad eres un muchacho... Yo conozco—añadió echando una mirada maliciosa hacia el sitio donde estaba Isabelita—una niña de diez y ocho abriles que se casaría contigo con preferencia a todos los pollastres de la ciudad.

—¡Bah!... Esa niña se reiría si le propusieras un hombre que le dobla la edad.

—No lo creas. Puesto que ya sabes quién es, te diré en confianza que Isabelita te admira.

—¡Pero hombre!...

—Nada, nada; me consta de un modo seguro que te admira.

La cosa era grave. Aquella admiración inopinada me causaba inquietud y vergüenza. No podía contemplar mi rostro al espejo porque no había allí ninguno; pero miraba mis manos velludas y atezadas, echaba una rápida ojeada a mis pies, nada pequeños ni primorosamente calzados, y me era imposible adivinar la naturaleza y la extensión de mis encantos.

Ahora bien, lo menos que puede hacer un hombre que, con razón o sin ella, se siente admirado por una muchacha, es pasarle el plato de las aceitunas preguntándole si gusta. Eso es cabalmente lo que yo hice poco después de haber llegado a mi noticia que había fascinado a la niña de Retamoso. Pinchó ella con su tenedor una, e inmediatamente su lindo rostro se cubrió de rubor, como si en vez de la aceituna hubiera pinchado mi corazón. No estoy seguro, pero se me figura que poco después de acaecido esto, le serví una rajita de salchichón. El mismo rubor inundó su frente con el embutido que con las aceitunas. La repetición consecutiva de este fenómeno fisiológico introdujo la alarma en mi espíritu. Todos mis sentimientos caballerescos se sobreexcitaron de tal modo que, en un buen espacio y con intervalos demasiado cortos, no paré de ofrecerle entremeses. Pienso que, de haber aceptado todos los que le ofrecí aquella tarde, ninguna purga podría corregir los excesos de mi galantería, y aquel ser angelical habría desplegado sus alas al cielo víctima de una indigestión.

Una vez lanzado por la pendiente de las gentilezas, no vacilé en sentarme a su lado para comunicarle que tenía unos ojos extraordinarios, indescriptibles; unas mejillas sonrosadas, tersas, indescriptibles, y unas manos pequeñas, torneadas, suaves... y también indescriptibles. El conocimiento de estos datos le causó profunda sorpresa, a juzgar por el gesto de incredulidad que apareció en su semblante. Me dijo que sí, que podían muy bien describirse, y que sólo un pícaro marino acostumbrado a engañar mujeres por todo el litoral podía hallar imposible semejante empresa. Dicho esto, se puso más encarnada que una cereza. La conversación se prolongó largo rato en dulce y ameno discreteo, como si representásemos una comedia de capa y espada, y mientras duró, el flujo y reflujo de la sangre fué constante en el rostro de Isabelita. Yo me excedí a mí mismo, como dicen los revisteros de periódicos de los malos cómicos, esto es, estuve sutil, bromista, retozón y perfectamente tonto. Nuestra charla llamó la atención de los demás, y pude observar que nos miraban con curiosidad y se dirigían unos a otros guiños maliciosos.

No sabiendo ya qué otra simpleza ejecutar, supliqué a Tonet que sacase la dulzaina, y propuse a la reunión que bailásemos. Aceptaron con gusto, y, riendo mucho (¿sería de mí?), fueron emparejándose. Yo invité, claro está, a Isabelita, me puse a saltar con ella, como un colegial aturdido, y no tardé en advertir que, al poco rato, todos se sentaron y que éramos objeto de su contemplación atenta. No por eso se calmó mi turbulencia. Todavía seguí brincando largo rato entre las palmadas y los vivas de los presentes, que nos miraban con ojos risueños. Sólo el silencioso Tonet y su impasible hijo nos clavaban los suyos graves, melancólicos, como si quisieran recordarnos la nada de las cosas humanas, lo breve de la existencia.

Cristina, que hasta entonces había estado seria y en cuya frente fruncida podían observarse las huellas que había dejado la escena de la mañana, se animó de pronto. Su alegría fué tan ruidosa que causó la admiración de todos. Hacía años que no se la había visto así. Doña Amparo declaraba que desde niña, en que su desenfado y travesura le habían causado más de un sobresalto, no había vuelto a alborotarse de aquel modo. Nos jaleaba, nos aplaudía, nos tiraba chufas y almendras y hasta nos manifestó deseos de bailar también. Emilio y su madre se lo impidieron, a causa del estado en que se hallaba. Pero su boca no cesaba de soltar bromitas y donaires que hacían estallar de risa a la reunión. Tenía ingenio vivo y además dejaba escapar sus palabras con una brusca naturalidad que les comunicaba gran efecto. Alguna de ellas me pareció un poco atrevida, pero la admiraba tanto que no paré mientes en ello. Cuando se habla mucho y en tono jocoso, es casi imposible mantenerse en los límites de la prudencia.

—Está muy bien eso—me dijo Sabas al oído cuando me hube sentado—. Ahora es necesario no enfriar el horno. Insinúese usted con mi tío. Háblele usted de la subida del cacao.

Yo me reí, pero no hice caso. Seguí haciendo la corte a Isabelita con el beneplácito de todo el mundo. Me equivoco: doña Clara dirigía de vez en cuando hacia nosotros sus ojos con un poco más de severidad que la que ordinariamente expresaban, y fruncía su nariz borbónica mientras tomaba a sorbos un refresco de chufas. Ignoro si sería aprensión, pero se me figura que le oí murmurar dos o tres veces la palabra shocking. Nada tendría de extraño, porque esta ilustre matrona en los casos difíciles prefería las lenguas anglosajonas a su idioma nativo. Lo que sí puedo asegurar sin temor a que nadie me desmienta, es que la vi comer más de un kilo de cacahuetes, y que esta operación, aunque vulgar en sí misma, no le hizo perder un átomo de su majestad.

Llegó por fin la hora de regresar a la alquería y tomar el coche para restituirnos a la ciudad. Pero en el momento de disponernos a emprender la marcha Cristina se sintió indispuesta. La vi ponerse pálida y llevarse varias veces la mano a la cabeza y al corazón. Las sales volátiles de doña Amparo no sirvieron de nada; tampoco el azahar ni el agua de Melisa ni las otras drogas que como amigos fieles acompañaban a todas partes a esta nerviosa señora. Suplicó que la dejasen un momento sola con la esposa de Tonet, que le sirvió una taza de tila. Un cuarto de hora después salió de la barraca tranquila, pero con los ojos enrojecidos. La crisis nerviosa se había resuelto en lágrimas.

Ya el sol había desaparecido cuando emprendimos nuestra marcha al través de los campos de maíz y de los bosquecillos de frutales. Calmados mis ímpetus caballerescos y apagada aquella llamarada de vanidad que había brotado en mi espíritu con la supuesta admiración de Isabelita, quedé silencioso y triste. Caminé un trecho en compañía de ésta y de Matilde haciendo esfuerzos por ocultarlo; pero viendo que me era imposible y temiendo que se notase mi humor, me quedé con disimulo atrás para caminar solo. Estaba descontento de mí mismo. El galanteo de aquella tarde me parecía una traición hecha a mis sentimientos, al amor dulce y delicado que guardaba en el fondo del corazón como un tesoro. No pude menos de pensar con disgusto que había descendido a la más insignificante vulgaridad. Temí con razón que Cristina, cuyo afecto y estimación me parecía haber ganado por mi conducta, me despreciase desde la hora presente. Y este pensamiento me desazonaba profundamente.

Desde que se sintió indispuesta no había vuelto a mirarme ni me dirigió la palabra. La casualidad hizo que no tuviese más remedio que hacerlo. Porque habiéndosele olvidado su reloj en la barraca y queriendo volverse a recuperarlo, yo me apresuré con presteza. Cuando torné con él me aguardaba un poco apartada del resto de la compañía.

—Gracias—me dijo con semblante grave que rayaba en la dureza, y trató de reunirse a los demás.

Cualquiera que haya pasado por estos lances de amor me creerá si le digo que aquel semblante hosco me causó alegría indecible.

—Escúcheme usted un momento, Cristina; tengo que hablarle—le dije con voz no bien segura.

—Usted dirá—replicó mirando por encima de mi cabeza al firmamento y en un tono glacial que, por la razón de antes, me infundió calor y no frío.

—Quisiera pedirle a usted un consejo y apenas me atrevo... Habrá usted observado que esta tarde estuve un poco más expresivo con su prima Isabelita, como si tratase de obsequiarla.

—No he observado nada—respondió con mayor sequedad aún.

—Pues así es la verdad; y si me he autorizado el hacerlo, a pesar de la gran diferencia de años que entre nosotros existe, ha sido únicamente porque Isabelita me admira.

Me miró estupefacta, como si recelase que me hubiera vuelto loco.

—Al menos eso es lo que me han dicho categóricamente tanto su hermano Sabas como Emilio.

—¡Qué tontos!—exclamó con leve sonrisa, comprendiendo mi intención—. Son capaces de poner en ridículo a cualquiera. Afortunadamente, usted es hombre de juicio y no hace caso de tales simplezas, que si no, ¡buena quedaría mi pobre prima!

—Es el caso que, a pesar de todo, yo he dado algunos pasos para conquistar su voluntad, y antes de ir más adelante quisiera obtener la aprobación de usted.

—¡Mi aprobación!—exclamó turbada y con voz sorda—. ¿Para qué necesita usted mi aprobación, ni qué tengo yo que partir en este asunto? Pídala usted a sus padres.

—Antes de pedirla a sus padres quisiera la de usted... Ya sé que no tiene ningún interés directo en este asunto; pero se trata de su prima, a quien usted quiere mucho al parecer, y se trata de mí, a quien inmerecidamente ha distinguido con su aprecio. Nadie mejor que usted puede dar en este caso un consejo leal, y yo, en nombre de nuestra buena amistad, se lo pido como un favor al cual quedaría agradecido por los días de la vida.

Guardó silencio largo rato. Caminábamos emparejados entre los altos maíces, que hacían aún más tenue la escasa claridad del crepúsculo. Yo la observaba con el rabillo del ojo y me parecía advertir en su rostro leves, imperceptibles cambios. Su frente tan pronto se arrugaba como se extendía; sus labios se movieron varias veces sin dejar escapar ningún sonido. Al cabo profirió con voz temblorosa:

—Me alegro mucho de que usted haya hecho su elección al fin. Los hombres no deben vivir solos, y menos los que, como usted, tienen un temperamento afectuoso, indulgente y saben apreciar el corazón delicado de una mujer. Isabel es muy niña; poco puedo decirle de su carácter. Usted se encargará de formarlo. Pero sí puede asegurarse que sabrá cumplir los deberes de ama de casa: es trabajadora, hacendosa, económica... y sobre estas cualidades que se ocultan hay otra que se manifiesta: es muy linda también.

—Olvida usted una que me la hace más preciosa y apetecible.

—¿Cuál?

—La de ser prima de usted.

Su hermoso rostro se oscureció, fruncióse su frente y respondió con acento de severidad:

—Si usted no estimara a mi prima por sí misma, si la tomara como un juguete para distraerse de otras ilusiones o, lo que sería aún peor, para seguir alimentándolas en secreto en perjuicio suyo, cometería usted un grave pecado, y desde luego le aconsejo que en ese caso no piense en ella, que la deje tranquila.

Pronunciadas estas palabras avivó el paso y se reunió a los demás, dejándome solo.

Cuando montamos en los carruajes para regresar a la ciudad yo estaba demasiado melancólico y emboscado en serias meditaciones para seguir haciendo el cadete con Isabelita. Pretextando dolor de cabeza me situé en el pescante, y al llegar hice valer también el pretexto para no subir a casa de Martí y retirarme al hotel.

A las ocho de la mañana me despertó la voz gozosa de Emilio, que entró en mi cuarto como un huracán, abriendo las ventanas y sentándose sobre mi cama.

—Ya no te vas mañana, capitán—exclamó riendo y tirándome de la barba para concluir de despertarme.

—¿Pues?—respondí mirándole con asombro.

—Porque mañana vas a ser padrino de una niña más hermosa que la estrella de la mañana.

—¿Cómo...? ¿Cristina...?

—Sí; Cristina se sintió indispuesta en cuanto nos dejásteis solos. Pensamos que se repetía el accidente de la tarde; pero ella, que debía saber a qué atenerse, nos pidió que avisásemos a la mujer que tenía ya hablada para el caso. Por lo que pudiera suceder, avisé al médico; pero no le consintió entrar en el cuarto. Con la mujer se arregló la pobre... ¡Qué valor! ¡Qué sufrimiento, capitán!... Ni un grito, ni una queja siquiera. Yo andaba muerto, desencajado, pidiéndole por Dios que chillase... No comprendo el sufrir sin quejarse... Me aterran los temperamentos como el de Cristina, que en los mayores dolores no dejan escapar un lamento... A las dos de la madrugada salió mi valiente mujer de su cuidado, haciéndome padre de la chica más linda, más salada y de más talento que ha visto el sol de Valencia..., digo, que verá, porque todavía no lo ha visto.

Alzóse de la cama, dió unas cuantas vueltas por la estancia, volvió a sentarse, se levantó de nuevo y ejecutó una porción de maniobras que demostraban la agitación placentera de su espíritu. Yo me sentía también profundamente impresionado y le felicité con palabras calurosas. Cuando hubo una pausa le pregunté:

—¿De modo que me concedes el honor de ser su padrino?

—Tendría gran placer en ello, sí tú aceptas... A la verdad, yo había pensado primeramente en Castell... No te ofenderás por ello ¿verdad...? Enrique es, más que amigo, un hermano mío... La cosa era natural... Pero te diré en secreto que Cristina se opone. Escrúpulos religiosos, ¿sabes?... Como Enrique profesa esas ideas tan atrevidas y las emite con demasiada franqueza, las señoras no pueden perdonárselo... Todo depende de que no es un hombre práctico... Podría muy bien tener todas las ideas que quisiera, si las guardase un poco más cuando estuviera entre mujeres... Luego yo me río mucho de sus ideas materialistas... ¡Materialista Enrique, cuando no hay hombre más bondadoso en el mundo!... Porque, a pesar de su enorme talento y de su ilustración pasmosa, Enrique es un niño, ¿sabes? ¡un corazón de oro!

Y al proferir estas palabras con acento resuelto sacudía su negra cabellera ondeada de un modo que daban ganas de reir y llorar al mismo tiempo.

—¿Y Cristina qué dice de la sustitución?

—En cuanto pronuncié tu nombre se alegró mucho.

Yo me sentí alegre también al escucharlo. Me vestí apresuradamente y marché a conocer el nuevo astro. Al día siguiente fuimos a la iglesia y cumplí mis deberes con emoción, rebosando de orgullo. Al otro tomé el tren de Barcelona, prometiendo a mis amigos volver pronto a visitarles, y a mí mismo, de un modo vago, hacer definitiva la visita sentando mis reales en Valencia.

XI

Persistiendo en este propósito eché mis cálculos mientras duró el viaje. Y hallando que, si no era rico, podía vivir cómodamente con el caudal que poseía, en cuanto regresé a Barcelona pedí mi retiro a la casa armadora.

No puedo explicar con claridad los sentimientos que en aquella ocasión embargaban mi alma. Reinaban en ella la confusión y el tumulto. El amor apasionado de Cristina; la hermosura angelical y la inocencia de la niña de Retamoso; el deseo de reposo, de una vida cómoda y tranquila que todo hombre siente al llegar a cierta edad, y las severas amonestaciones de la conciencia que discutían mi derecho a obtenerlo en aquellas circunstancias, gritaban simultáneamente dentro de ella. Pero había un sentimiento que, aunque quieto y silencioso, tenía más fuerza que los demás: el deseo ardiente de habitar cerca de Cristina, de vivir en su intimidad y no perder de vista jamás su rostro hechicero. Nada pensaba hacer contra la paz de su corazón y el honor de su marido, pero sería dichoso con sólo gozar de su presencia toda la vida.

En estas disposiciones, ni santas ni criminales, tomé el tren de Valencia a los dos meses próximamente de haber salido de ella. Al cruzar por una estación del trayecto creí percibir en la ventanilla de un tren que estaba parado la silueta de Sabas, y cerca de él una cabeza rubia de mujer, que no era la de Matilde.

—¡Sabas! ¡Sabas!—grité.

Cuando me percibió saludóme afectuosamente con la mano. La señora que estaba a su lado también agitó la suya sonriendo con mucha expresión, no sé por qué, pues no la conocía. Quedé perplejo: me asaltó la duda de si me habría equivocado. ¿Sería realmente Matilde? No tardé en averiguarlo.

Llegué a Valencia antes de oscurecer. Después de dejar los bártulos en la fonda alquilé un coche para dirigirme al Cabañal, donde sabía que Martí se había instalado ya. Ansiaba consultar con él mis planes. Al aproximarme a la alquería sentí latir el corazón con violencia. Esto sublevó nuevamente mis sentimientos honrados. «¿Estamos en esas?—me dije con despecho—. ¿Tratas de contraer un vínculo sagrado, de entregar tu corazón a una niña inocente y no puedes reprimir tus impulsos libertinos? ¿Vas a estrechar la mano de un amigo, a hacerle tu confidente, tu deudo, y no puedes limpiar el espíritu de pensamientos traidores?»

La familia estaba reunida en el comedor. Observé inmediatamente en los semblantes cierta tristeza y desusada gravedad. Tenían todos una cara larga y aun consternada que me inquietó sobremanera. Sin embargo, Martí me abrazó con su acostumbrada cordialidad, mostrando alegría sincera por mi llegada. Fuí dando la mano a todos, y al llegar a Matilde le dije sin reflexionar:

—¿Conque está usted viuda? He visto a su marido en una estación. No le he podido hablar, pero nos hemos saludado.

Acabando de pronunciar estas palabras quedé estupefacto viendo que se echaba a llorar perdidamente.

Y apretándome la mano de un modo convulsivo, entre sollozos que le rompían el pecho, me dijo:

—¡Gracias, Ribot!... ¡Muchas gracias!... Mi marido se ha fugado con la dama joven.

—He visto a su lado una señora rubia, pero no pensaba...—balbucí desconcertado.

—Sí, sí; la dama joven—profirió sin dejar de sollozar.

—Dispénseme usted; como ha sido tan rápido mi paso no pude reparar... pero sí me parece que era joven.

—¡Qué había de ser joven, si tiene más de treinta años!—exclamó con furor—. ¡Más pintada y retocada que una muñeca de bazar!... ¡Había que verla por las mañanas en el balcón!

Martí vino en mi auxilio, diciéndome en voz baja:

—Era la dama joven de la compañía que actúa en el teatro.

—¡Ah!

Todos guardamos silencio y miramos obstinadamente al suelo, como en las visitas de pésame. No se oían en la estancia más que los sollozos cada vez más vivos de la ultrajada esposa. La situación era molesta y angustiosa en alto grado. Afortunadamente, doña Amparo tuvo la feliz idea de desmayarse, y este accidente introdujo en la escena un elemento de variedad que aprovechamos inmediatamente. Volamos a su socorro. Abriéronse varios frascos de tapón esmerilado. Esparcióse por el comedor un olor penetrante de botica. Lágrimas, abrazos, suspiros, besos. Al cabo se restableció el equilibrio y las cosas volvieron a su ser.

Yo quise perder el mío con el olor del éter; pero antes de que esto sucediera Martí me sacó de la habitación y me llevó a su despacho.

—¡Has visto qué contratiempo!—exclamó sacudiendo la cabeza con profundo disgusto.

—¿Pero cómo ha sido eso?

—Nada, que la otra noche ganó tres o cuatro mil pesetas en el juego y se las va a gastar alegremente con una cómica.

—¡Qué locura!... Pero volverá...

—Ya lo creo que volverá... En cuanto se le concluya el dinero, como la otra vez.

—¿Otra vez?

—Sí, hace tres años por este tiempo se marchó con una amazona del circo... Pero entonces llevaba más dinero que ahora.

No quise insistir preguntando más pormenores porque observé que Martí se iba poniendo nervioso. No hay nada más triste que la tristeza de un hombre alegre. Para distraerle cambié de conversación, hablándole de mí y de los proyectos que traía. Inmediatamente su fisonomía se dilató y una sonrisa bondadosa retozó por sus labios.

—¡Bravo, capitán! Al fin vas a ser nuestro—exclamó abrazándome hasta asfixiarme.

Hablamos del asunto y lo examinamos con atención. Al cabo convinimos en que, supuesta mi edad y carácter, no debía conducirme como un cadete, sino con toda formalidad. Después de logrado el sí de Isabelita, cosa que le parecía a Martí resuelta ya, era necesario, antes de proseguir nuestras relaciones, visitar a sus papás y hacerles sabedores de ellas. Este paso me captaría su estimación y marcharía sobre seguro. Me animó, me abrazó repetidas veces llamándome primo y me prometió ayudarme en cuanto pudiese, y en nombre de Cristina lo mismo.

Tornamos al comedor. Nuestros semblantes alegres formaron contraste con los graves y abatidos que allí había. Doña Amparo conservaba en los ojos las huellas de la inundación pasada. Matilde no hay que decir cómo estaba. Isabelita, que se hallaba pasando una temporada con sus primos, me acogió con el mismo rubor, pero sin grandes señales de regocijo, lo que yo achaqué al disgusto de su familia. Castell, como siempre, displicente y frío. Cristina... No puedo explicar cómo hallé a Cristina. Me pareció más pálida que de ordinario y distraída. Había en sus ojos una extraña tristeza que me impresionó dolorosamente. Imaginé en seguida que se hallaba bajo el peso de un profundo pesar y que no podía ser otro que el infame galanteo de Castell. Quizá éste habría estrechado el cerco. Tal vez... ¡Oh, qué idea!

Tan sólo vi sus ojos brillantes de alegría al entrar la nodriza con mi ahijada en brazos. Era un hermoso botón de rosa, fresco, suave, delicado y, por supuesto, como es de rigor, dotado de inteligencia pasmosa. Martí hubiera dado testimonio de ello con su sangre. Para llevar el convencimiento a nuestro espíritu no halló medio más adecuado que entregarse a una serie de representaciones mímicas, algunas de las cuales obtuvieron éxito sorprendente. Principió entonando con voz de sochantre un canto de iglesia. La niña no tardó en hacer pucheritos y romper a llorar. Cantó después unas seguidillas, y la chica se alegró y brincó, queriendo arrojarse al suelo, sin duda, para arrancarse con cuatro pataditas. Ladró, mayó, hizo el gallo, y al instante pudimos comprobar que la pequeña no carecía de nociones zoológicas y tenía idea de las clasificaciones introducidas en el reino animal.

Demostrada la tesis en forma que no daba lugar a duda, y orgulloso de la impresión que sus notables experiencias habían logrado causar en la asamblea, Martí creyó procedente arrancar la niña de brazos de la nodriza y agitarla repetidas veces en los suyos como un frasco de tinta. Acaso imaginaba por este medio de concentración vigorizar aún más sus facultades psíquicas. Pero no consiguió más que ponerla negra. La criatura, no familiarizada con el nuevo método, lo rechazó a grandes gritos con toda la indignación de su alma. Cristina se apoderó de ella, hizo lo posible por acallarla y la entregó de nuevo a la nodriza, que fué la que realmente supo llevar la calma a su corazón ultrajado.

Antes de ponernos a cenar me obligaron a despedir el coche. Castell me llevaría en el suyo. Quise oponerme, porque la compañía de este caballero iba siendo cada vez menos grata para mí; mas no fué posible. Emilio, con su impetuosidad característica y su poco conocimiento de los hombres, dió orden al cochero de retirarse.

Me colocaron al lado de Isabelita. Todo el mundo dió por resuelto que aquello era lo natural y que debía de cuchichear toda la noche con ella. Por eso no dejé de hacerlo. Acaso habiéndoles preguntado si debía oprimirle suavemente el pie con el mío y acariciarle una mano por debajo de la mesa, alguno expresaría su opinión contraria y se suscitaría una discusión más o menos larga. Pero yo, convencido de que al cabo la mayoría se decidiría por ello, no vacilé en anticipar la ejecución de sus acuerdos.

A las diez y veinte de la noche se convino en un rincón del comedor donde la niña de Retamoso y yo charlábamos con independencia: primero, que ella era la única mujer que podía hacerme feliz sobre la tierra; segundo, que yo, por mi carácter franco y simpático, por mis sentimientos honrados y por cierto nosequé que tenía en la voz, era digno de que me hiciese feliz. Conformes en ambos extremos, quedó resuelto que al día siguiente daría cuenta de este acuerdo a los señores de Retamoso. Eran las diez y veinticínco.

Poco más se prolongaron nuestras deliberaciones. Castell acostumbraba a retirarse a las once y me preguntó cortésmente si deseaba hacer lo mismo. Cedí, como era justo, pues la familia desearía descansar, y nos trasladamos a la ciudad. Mientras duró el viaje tuve ocasión de convencerme una vez más de que sólo por un error de la naturaleza yo tenía pelos en la cara, y que en vez del sombrero debía cobijar mis pensamientos infantiles una sólida chichonera. Aquel buen señor, penetrando en el secreto laboratorio de la vida, restablecía con el pensamiento las cosas a su ser, se esforzaba en poner sus ideas al alcance de mi razón inexperta; bostezaba unas veces, otras sonreía perdonando mis puerilidades. En resumen, me trataba como si efectivamente yo llevase en la cabeza una chichonera visible sólo para él. Pero como estaba arraigada en mí la graciosa manía de considerarme un hombre, en vez de agradecer su actitud me produjo mayor irritación que nunca y juré en mis adentros no volver más en su coche, aunque tuviese que hacer el viaje a pie.

Al otro día, revestido solemnemente de una levita que había hecho el viaje a América once veces y el de Hamburgo treinta y siete, me personé en casa de los señores de Retamoso. Estaba situada en la plaza del Mercado, no lejos de la Lonja, y era más sólida que bella, de moderna construcción: un sólo piso, fachada exigua y lisa de sillería con tres grandes puertas y tres pequeños balcones de hierro. Pero era más espaciosa de lo que prometía su fachada. Sus almacenes, que ocupaban toda la planta baja, eran amplios y tan elevados de techo como los salones de un palacio. Grandes pilas de bacalao, bocoyes de aceite y alcohol, cajas de azúcar y cacao los llenaban, formando estrechos y revueltos desfiladeros. Al través de ellos, medio sofocado por el aroma nada grato que despedían estos productos ultramarinos, y precedido de un dependiente con la pluma detrás de la oreja, llegué hasta el fondo, donde había otras tres puertas de cristales que daban a un patio. Cerca de una de ellas se alzaba un pequeño enverjado de pino pintado de verde; en el centro de él una mesa sencilla con gran pupitre, y detrás de la mesa y el pupitre un hombrecillo rechoncho, con gorro de terciopelo bordado. Era el propio señor de Retamoso.

—¡Señor de Ribot! ¡Tanto bueno por acá!—exclamó, apresurándose a salir de la jaula, haciendo innumerables reverencias y llevándose otras tantas veces la mano al gorro—. ¿A qué debemos el honor?

—Deseaba hablar con usted unas cuantas palabras—respondí echando una mirada significativa al dependiente, que, comprendiéndome, desapareció en seguida por los zig-zags de los desfiladeros.

La fisonomía del señor Retamoso experimentó un cambio prodigioso. A la alegría que se esparció por ella sucedió repentinamente una tristeza profunda. Y como si una nube le interceptase de modo inesperado los rayos del calor y la vida, quedó mustio, abatido, seco, el que momentos antes todo era regocijo y expansión.

—Bueno; soy con usted al momento—murmuró introduciéndose de nuevo en la jaula, cerrando cuidadosamente la caja de valores que allí había y sepultando la llave en el bolsillo del pantalón.

Hecho esto salió, y, encarándose conmigo, me dijo de modo glacial:

—Estoy a sus órdenes.

“Este buen hombre supone que le voy a pedir dinero”—me dije, sorprendido de aquel cambio.

—El caso que me trae a visitarle—manifesté con vacilación—es un poco delicado... Es posible que usted sepa...

—No sé nada—profirió en tono resuelto, atajándome.

—Quiero decir, es posible que usted haya sospechado...

—No he sospechado nada—volvió a manifestar con más sequedad aún.

Un poco irritado por aquellas interrupciones, dije con viveza:

—Es igual. Lo sabrá usted ahora. Se trata de cierta corriente de simpatía establecida entre su hija Isabel y yo. Como esta simpatía pudiera con el tiempo transformarse en afecto y llegar al punto de originar una relación amorosa, antes que suceda me he creído en el deber de consultar la voluntad de sus padres. Mi edad no me consiente ya ni los pasatiempos ni las relaciones a hurtadillas. Por otra parte, la amistad que me liga a Martí, en cuya casa he tenido el honor de conocer a su niña, y la estimación inmerecida con que tanto su señora como usted me han honrado, me obligan a conducirme con franqueza y lealtad.

La faz redonda del tío Diego adquirió su primera expresión. La nube que interceptaba los rayos de la alegría se había corrido.

—¡Oh señor de Ribot! ¿Qué me cuenta? Yo no sé nada... Yo no me entero de nada... Yo soy un pobre hombre... ¿Por qué no se dirige a mi mujer, que le entenderá mucho mejor y sabrá lo que debe responderle?—exclamó sonriente y melifluo, llevándose la mano al gorro bordado y alzando la pierna hacia atrás para mejor hacer la reverencia.

—A los dos pensaba dirigirme.

—¡Oh señor de Ribot! ¿Para qué? Venga, venga conmigo... Yo le llevaré al sitio donde pueden ajustarse esas cuentas... Yo no sé nada de esos toques; pero hay en casa quien sabe más que Merlín... Cuidado, señor de Ribot... ¡mucho cuidado! Téngase bien sobre los estribos. Mire que para entenderse con mi señora se necesita mucha cabeza...

Y diciendo y haciendo me condujo hacia una escalera y por ella subimos hasta el piso principal. Una vez arriba me estrechó fuertemente la mano entre las suyas y me recomendó en voz de falsete que mirase bien lo que hablaba delante de su señora y que no me desconcertase en su presencia, que él me ayudaría en todo cuanto pudiese, aunque no esperaba que fuese mucho, porque también él se sentía cohibido delante de doña Clara.

—Es una mujer profunda, señor de Ribot. Con esto está dicho todo.

Sin soltarme me llevó hasta la puerta de un gabinete, dió dos golpecitos en ella con los nudillos y se oyó la voz de doña Clara que dijo:

—Adelante.

Retamoso volvió a apretarme la mano para infundirme valor y penetramos en la estancia.

Se hallaba doña Clara vestida de negro, tan correcta y pulcra como de ordinario, sentada en un sillón de cuero con un libro entre las manos. Al vernos quitó de su nariz aguileña los lentes con armadura de oro y los dejó colgando sobre el pecho de una cadenita del mismo metal. Tendióme la mano, clavándome al mismo tiempo una mirada tan imponente que, a pesar del valor que su esposo me había infundido, no pude menos de estremecerme. Después alzó su figura trágica de la silla y fué a sentarse en el centro de un sofá de damasco verde, invitándonos con un gesto para que hiciésemos lo mismo en cada una de las butacas que había a los lados. Acatamos sus órdenes, y Retamoso no halló recurso más precioso para preparar la sesión que frotarse en silencio las rodillas con la palma de las manos, mirándome al mismo tiempo con tristeza y zozobra.

—Señor de Ribot—dijo al cabo—, le ruego que manifieste a mi señora lo que hace un momento ha tenido la bondad de manifestarme.

—Se trata, señora—dije con voz temblorosa—, de un asunto delicado que deseaba someter a la aprobación de ustedes. Si me tomo la libertad de hablarles de él es únicamente para que en ningún caso pueda decirse que he faltado al respeto y la consideración que ustedes me inspiran... Entre Isabelita y yo empieza a formarse una amistad especial...

—Lo sé—interrumpió gravemente doña Clara.

Quedé un momento suspenso y proseguí:

—Isabelita, por sus prendas de carácter, por su inocencia y por la modestia de que está adornada, merece no sólo el afecto, sino la admiración de cuantos la tratan. Yo no pude, como es natural, sustraerme al encanto que esparce en torno suyo, y desde luego me sentí atraído hacia ella. Tuve el atrevimiento de dárselo a entender y me hago la ilusión de pensar que no le ha parecido mal. Hasta ahora entre nosotros no existe ningún lazo, sino tan sólo una sencilla inclinación...

—Lo sé—volvió a decir con la misma gravedad doña Clara.

Yo me sentí aún más cohibido. Retamoso me hizo algunas muecas encaminadas a infundirme aliento y pude continuar:

—Desde luego puedo afirmar que nada serio se ha establecido hasta ahora entre nosotros, y no podía ser de otro modo, porque yo jamás me propasaría a pretenderlo sin contar con la venia de sus padres. Pero tampoco es repentina esta inclinación. Cuando embarqué hace dos meses para Hamburgo llevaba el pensamiento y aun la resolución de estrechar esta naciente amistad y...

—Lo sé—dijo otra vez doña Clara con más severidad, si fuera posible.

Quedé mudo y confuso, renunciando a más desenvolvimientos, que, por la sobrenatural penetración de aquella señora, resultaban inútiles. Pero no pude menos de admirar el singular contraste que aquellos consortes formaban: él no sabía nada; ella lo sabía todo.

Retamoso me hacía guiños maliciosos dándome a entender que aquello estaba previsto y que no había por qué sorprenderse. Doña Clara, al cabo de un rato de silencio, irguió aún más su erguida cabeza, y, sacudiendo la nariz de un modo capaz de infundir respeto a un mono, profirió:

—Antes de pasar adelante ruego a usted que sigamos la conversación en inglés. Lo grave y lo delicado del asunto así lo exige.

Yo profeso y he profesado siempre una gran admiración por la lengua y la literatura de la Gran Bretaña. En la taquilla de libros de mi camarote viajan constantemente el Don Juan, de Byron; el Tom Jones, de Fielding, y algunos tomos de Shakspeare. Mas a pesar de esta admiración, nunca he supuesto que fuese el único idioma en que pudieran tratarse los asuntos graves y delicados. No quise, sin embargo, combatir este rasgo filológico ni discutir la preferencia que la severa mamá de Isabelita manifestaba por una rama de las lenguas indoeuropeas sobre sus hermanas, y me apresuré a ceder a su invitación. Con esto, la sorpresa, la alegría y las muecas de admiración de Retamoso subieron de punto. Se llevaba el dedo a la frente, arqueaba las cejas, abría disparatadamente los ojos, y algunas veces, cuando doña Clara no podía verle por hallarse vuelta hacia mí, elevaba las manos al cielo, murmurando imperceptiblemente.

—¡Qué mujer! ¡qué mujer!

Doña Clara, sin curarse poco ni mucho de las manifestaciones externas de este culto idolátrico, me hizo saber en un inglés enfático y gutural que nada de cuanto yo había dicho, hecho ni pensado se le había ocultado, y que estaba al tanto igualmente de cuanto había dicho, hecho y pensado su hija Isabel. Esta declaración infundió en mi espíritu un sentimiento de pequeñez y limitación que concluyó de anonadarme. En la imposibilidad, pues, de suministrar algún dato desconocido ni emitir una sola idea digna de la grandeza intelectual de aquella señora, tomé el partido de callarme, sometiendo de antemano mi débil razón a la suya.

Después de agitar varias veces su nariz prominente como una nave que despliega la bandera al zarpar del puerto, y después de encajar sobre ella los lentes de oro para contemplarme un rato en silencio, doña Clara tuvo a bien darme cuenta de sus designios. Isabelita era una niña: yo era un hombre. Expresadas estas dos proposiciones, a simple vista irrefutables, doña Clara dedujo de ellas lógicamente que era necesario mucho cuidado. Una niña no sabe generalmente lo que quiere; pero un hombre tiene obligación de saberlo. Por lo tanto, era de todo punto imprescindible cerciorarse de lo que yo quería.

—Señor de Ribot—interrumpió en este punto Retamoso—, ¿tendría usted la amabilidad de ponerme en castellano lo que dice mi señora?

Así lo hice, y cuando tuvo de ello conocimiento expresó ruidosamente su entusiasmo, exclamando infinitas veces con gran energía:

—¡Eso! ¡eso! ¡Justo! ¡Eso! ¡Eso! ¡Justo! ¡Eso!

Doña Clara no hizo el menor aprecio de aquellos esos ni de aquellos justos y, manteniendo su nariz en el mismo rumbo, me sometió acto continuo a un escrupuloso interrogatorio. Aunque bastante cohibido, contesté claramente a sus preguntas y tuve la satisfacción de observar ciertos leves signos de aquiescencia que me llenaron de orgullo. Examinadas mis pretensiones, y como resultado de la concienzuda investigación que acerca de mi conducta había llevado a cabo, doña Clara declaró al fin, volviendo lentamente la cabeza hacia su marido como una esfera armilar que gira sobre su eje, que «yo era una persona decente», cosa de la cual ni aun en los momentos de mayor extravío he dudado jamás.

Cada una de las fases de esta investigación fué sucesiva y fielmente interpretada por mí en lengua castellana para conocimiento del señor Retamoso. Todas merecieron de su parte la misma aprobación calurosa y fueron saludadas con una salva de ¡esos! y ¡justos!

Doña Clara dió por terminada la entrevista alzándose del sofá, y con la misma firmeza, la misma calma impasible y sangre fría me hizo saber que “allí tenía mi casa y que tendría sumo gusto en recibirme siempre que quisiera venir a ella”. Dicho esto, por medio de una hábil y sorprendente maniobra de su nariz dejó caer los lentes y me entregó la mano, que yo toqué con la mayor veneración.

—Permítame usted, señor de Ribot. ¡Un momento... un momento nada más!—exclamó Retamoso, que a nuestro ejemplo también se había levantado—. Yo no tengo los conocimientos que mi señora ni estoy instruído en los idiomas extranjeros. Así que no he podido enterarme bien de lo que usted desea. Me parece haber comprendido que usted simpatizaba con Isabelita...

¿Estamos en esas? dije para mis adentros mirándole con sorpresa e inquietud. En cuanto a doña Clara, le clavó una mirada capaz de hacerle polvo.

—Sí, señor—respondí al cabo secamente.

—Dispénseme usted, señor de Ribot... Yo soy un poco tardo de comprensión y más en estos asuntos tan finos... También creo entender (perdóneme si me equivoco) que deseaba usted nuestro permiso para dirigirse a ella con... con palabras galantes... Perdóneme, por Dios, si no sé expresarme como ustedes...

—Sí, señor; deseaba la autorización de ustedes antes de estrechar mis relaciones con Isabelita.

—¡Perfectamente! ¡Eso!... Veo que no me había equivocado. Pues bien, mi señor, yo estoy conforme con todo lo que doña Clara le ha dicho, y si le hubiese dicho más, con más estaría conforme todavía. Ya conoce usted mi opinión, señor de Ribot. Cuando se tiene en casa quien puede dar un consejo acertado sobre todos los negocios, ¿para qué calentarse la cabeza discurriendo?... Solamente yo desearía que en éste no hubiese compromiso por ninguna de las dos partes. Por ahora nada de compromiso. Si más adelante a usted, señor de Ribot, le conviene ese compromiso y a nosotros nos conviene también, entonces ya podremos hablar de otro modo... digo, ya mi señora le hablará de otro modo, porque yo ni pincho ni corto; bien lo habrá usted comprendido, mi señor.

Lo que comprendí perfectamente era que aquel gallego socarrón, antes de soltar su palabra, deseaba enterarse con exactitud de mis medios de fortuna. Me dejé engañar, sin embargo, en la apariencia. Acepté lo que me propuso, manifestándole que mi visita no era oficial, sino un simple paso de atención y respeto, y que deseaba que ellos conservasen su libertad como yo conservaría la mía.

—¡Eso! ¡Justo!... ¡justo!... Nada de compromiso.

Doña Clara, en tanto que hablábamos, se había mantenido inmóvil y rígida mirando al espacio por encima de nuestras cabezas, en una actitud tan solemne y desdeñosa al mismo tiempo que nada podría dar idea de su grandiosidad sino la Minerva de Fidias en lo alto del Acrópolis, si hubiéramos tenido la suerte de que esta obra maestra de la antigüedad pagana llegase intacta hasta nuestros días. Así permaneció hasta que yo, dirigiéndome a la escalera, desaparecí de su horizonte visible. Retamoso bajó conmigo, me llevó hasta el portal, se quitó el gorro, dió mil zapatetas, me estrechó ambas manos con inexplicable ternura y me dijo al oído al despedirme:

—Por supuesto, señor de Ribot, todo esto sin compromiso ¿no le parece? Mi opinión es que no debe de haber compromiso.

No rió poco el bueno de Martí cuando le conté los pormenores de aquella entrevista. Me felicitó calurosamente, y arrastrado de su fantasía optimista trazó en un instante veinte planes, a cual más risueño, sobre mi porvenir. Si no recuerdo mal, yo estaba predestinado a una gran riqueza y a ser asociado suyo y de Castell en la línea de vapores, cuya alta inspección se me confiaría. También tendría una parte en el negocio de los pozos artesianos cuando éstos empezasen a dar agua. En cuanto a la canalización del río, me manifestó con grande y sincera tristeza que le era imposible darme por ahora ninguna acción. Le respondí que no se apesadumbrase: trataría de vivir sin ella. Mi resignación le conmovió tanto que concluyó por decirme, ahuecando con ambas manos su cabellera:

—Tendría un gran disgusto si al cabo no consigo darte ninguna participación en este negocio, que será el mayor que se haya hecho en España hasta ahora.

Cristina, a quien comunicó acto continuo lo ocurrido, se mostró conmigo más afectuosa y expansiva que de ordinario. Observé, no obstante, en su rostro una expresión melancólica que en vano trataba de ocultar. Hacía esfuerzos visibles por aparecer alegre, pero a lo mejor se distraía y sus grandes ojos negros quedaban fijos en el espacio, revelando profundo ensimismamiento.

Cené con ellos. Nos sentamos a la mesa, además del matrimonio y su mamá, Isabelita, Castell y Matilde, con todos sus niños, los cuales nos divertían extremadamente. La esposa abandonada, siempre con los ojos enrojecidos, sonreía tristemente viendo la ternura y el entusiasmo que aquellas criaturas me inspiraban. No faltó quien apuntó, creo que fué doña Amparo, que yo iba a ser un padre cariñosísimo, lo cual causó a Isabelita una verdadera sofocación de rubor. Estos accesos se repitieron varias veces durante la cena, porque Martí tuvo a bien sazonarla con alusiones más o menos transparentes a nuestro futuro parentesco. Sobre todo, cuando hizo destapar una botella de champagne y alzando la copa brindó «por que el capitán Ribot se mantuviese sobre las anclas en Valencia toda la vida», las mejillas de su prima no prendieron fuego a la casa porque, afortunadamente, nadie arrimó a ellas algún material combustible.

Cuando nos levantamos de la mesa para dar una vuelta por el jardín quise ofrecer el brazo a Cristina. Sentía vivo deseo de hablar con ella, de sondar su alma, que me parecía turbada. Antes de buscar refugio en otro puerto, ya que la fatalidad había hecho que el de ella estuviera cerrado por mí, debía saber que acataba los designios de Dios; pero jamás, jamás olvidaría aquel sueño de amor. Así era la verdad. Aunque hacía esfuerzos heroicos por alejarlo, representándome otras escenas, otros goces, otros deberes, volvía tenazmente a recrear mis noches y a turbar mi conciencia.

Ya había apoyado su mano en mi brazo, cuando Castell, acercándose a nosotros y haciendo una leve reverencia, le dijo:

—¿No habíamos quedado en que esta noche sería yo su caballero?

Al mismo tiempo clavaba en ella una mirada luciente, cuya amenaza no bastaba a templar la sonrisa fría que vagaba por sus labios.

Cristina le respondió con otra tímida, y apresurándose a soltar mi brazo para tomar el suyo, articuló con voz alterada:

—Gracias, Ribot. Enrique me lo había ofrecido antes...

Y se apartaron para bajar la escalera. Desde lo alto, cuando la luz del vestíbulo les dió en el rostro, pude observar que Castell le hablaba con ademán colérico, como si le hiciese recriminaciones, y que ella se disculpaba con la mayor humildad.

¡Oh Dios! El velo que me ocultaba la verdad se descorrió de pronto. Aquel hombre era ya su amante. Toda la sangre de mis venas fluyó al corazón. Sentí un vértigo y tuve necesidad de agarrarme fuertemente al pasamano para no caer.

XII

Juro que en la turbación que experimenté no entró para nada el despecho. Mi orgullo no se resintió por esta preferencia. Tan sólo sentí una tristeza mortal, como si la última ilusión que me ligaba a la vida se escapase volando. Es más: el amor profundo que me inspiraba ni se apagó ni mermó siquiera. Debilitóse, es cierto, el respeto, la idolatría; pero creció, a la vez, la ternura de mi sentimiento. La diosa bajaba de su pedestal y se transformaba en mujer. Perdía en majestad, pero ganaba en encanto.

En los días sucesivos observé que se acentuaba en su rostro aquella expresión humilde que tanto me había sorprendido. Con esto me figuré que se daba cuenta de su caída y me pedía perdón. En vez de mostrarme desabrido hice cuanto fué posible por que me viese más respetuoso y más amable que antes. Ella lo agradeció; a cada instante me ofrecía testimonios de su amistad cariñosa. Su corazón era noble: si había caído en la vergüenza, debía achacarse a la fatalidad de las circunstancias, no a sus inclinaciones viciosas. Tal era mi convencimiento entonces.

¿Y Martí? ¡Pobre Emilio! Cada vez que le veía me sentía más atraído por su bondad e inocencia. Le observaba un poco decaído de cuerpo, pero alegre siempre, y siempre confiado. Una tarde paseábamos solos por la orilla del mar. Como ni él ni yo somos de humor melancólico, nuestra conversación saltaba juguetona de un asunto a otro, riendo con las anécdotas que se nos ocurrían. Una de las que yo le relaté le hizo más gracia de lo que merecía. Tanto rió, que al cabo le vi ponerse pálido, llevarse la mano al pecho y, con gran espanto de ambos, arrojar un vómito de sangre. Le auxilié como pude, le llevé a una fuente próxima, donde bebió agua y se lavó. Yo estaba mucho más impresionado que él. Apenas podía hablar. Le animé, sin embargo, manifestándole que aquello no tenía importancia y citándole numerosos casos de amigos a quienes había pasado lo mismo sin consecuencias funestas. Cuando se hubo serenado sonrió.

—Tienes razón; esto no es nada. Estoy convencido de que tengo los pulmones completamente sanos, porque hasta ahora jamás he tosido. Me cuidaré un poco más y el verano que viene iré por precaución a Panticosa... Pero es necesario ocultárselo a Cristina... Ya sabes cómo son las mujeres. No digas nada tampoco a Castell. Es muy pesimista y el cariño que me tiene le haría temblar... Capaz es, por su afán de curarme, de descubrírselo a Cristina.

Los ojos, a pesar mío, se me rasaron de lágrimas. Al observarlo pareció sorprendido; quedó un instante suspenso, y soltando después una carcajada me abrazó, exclamando:

—¡Eres muy original, capitán!... Hay que quererte a la fuerza... Pero confiesa que si no tuviese un temperamento tan práctico y no estuviese acostumbrado a examinar los asuntos con frialdad, me harías entrar en aprensión... Afortunadamente, sé a qué atenerme respecto a las fuerzas de mi organismo...

—Mi emoción ha sido producida por la sorpresa—me apresuré a decir para enmendarlo—. Además, no me siento bien estos días: tengo los nervios alterados. Pero ya te he dicho que eso no vale nada, y mucho menos cuando tú, al parecer, eres un hombre robusto...

—¡Robustísimo! No tengo más que el estómago un poco débil y de vez en cuando algunos catarrillos a la vejiga. Fuera de eso soy un roble. Si así no fuese, ¿cómo podría soportar el inmenso trabajo que pesa sobre mis hombros, los viajes repetidos, las preocupaciones, etc.?

—Desde luego. Eso no ofrece duda... ¿Y no has sentido hasta hora ninguna alteración o malestar en los pulmones?

Martí dió dos pasos atrás, me miró fijamente, y ahuecando un poco la voz profirió secamente:

—Mis pulmones son los de un atleta.

—¿De veras?

—Los de un gladiador—rectificó sacudiendo su cabellera con gesto de inquebrantable convicción.

Acto seguido se lanzó en un panegírico de su aparato respiratorio, tan entusiasta y caluroso, que no lo haría más elocuente si fuese comisionista y lo presentase como muestra a una gran casa de comercio. Yo le felicité con el mismo entusiasmo por hallarse en posesión de un ejemplar tan perfecto. Animado por los elogios no paró hasta darse puñetazos en el pecho, hacer profundas aspiraciones y cantar recio el aria final de Lucía. ¿Quién osaría dudar en adelante de sus vísceras?

Llegamos a casa, él de un humor excelente; yo no, porque, a pesar de tanto claro testimonio, no podía desechar ciertas aprensiones. Al verle, cuando el camino se estrechaba, marchar delante de mí, sus hombros estrechos, su cuello largo y orejas caídas no me traían a la memoria la figura de Milon de Crotona ni de otro vencedor en los juegos olímpicos. Me asombraba que unos pulmones tan magníficos como él decía hubiesen buscado tan pobre alojamiento.

Era la hora del oscurecer. El parque comenzaba a poblarse de sombra y misterio. Aunque corrían los últimos días de Septiembre, las flores abiertas exhalaban su perfume en esta región afortunada; los árboles ostentaban sus copas tan verdes y frondosas como en plena primavera; el césped brillaba eternamente fresco. Pero mezclados a los aromas voluptuosos, románticos, de las violetas, de las rosas, de los heliotropos, venían de la huerta que nos rodeaba otros soplos más densos de frutos maduros. La tierra fecunda embalsamaba el ambiente con los efluvios de sus uvas y melones y peras y manzanas, del heno segado y del maíz.

Delante de la casa, sentados en mecedoras, nos aguardaban Cristina y su madre, Isabelita, Castell y Matilde. Los niños de ésta correteaban por el jardín, chillando y gorjeando como pajaritos, mientras la infeliz madre los contemplaba con sonrisa melancólica. Castell estaba sentado al lado de Cristina y le hablaba en voz baja, cuando aparecimos por detrás de un macizo de cañas indias. Ella clavó una mirada en su marido, después en mí, y bajó instantáneamente los ojos con expresión seria y reflexiva. Pero volvió a alzarlos y escrutó con interés la fisonomía de Emilio, mientras éste, sintiéndose observado, charlaba y reía con exagerada volubilidad. Cristina se puso en pie y, acercándose a él, profirió:

—Estás pálido, Emilio. ¿Te sientes mal?

—¿Yo? ¡Qué idea! Nunca me he sentido mejor. Precisamente he venido riendo toda la tarde. El capitán posee un repertorio de cuentos deliciosos. De sobremesa le hemos de hacer que cuente alguno... no todos, por supuesto, porque los tiene de varios colores.

No se dió por satisfecha; pero volvió a sentarse, aunque sin quitarle los ojos de encima. Castell hacía esfuerzos por atraer su atención hablándole al oído. La conducta de aquel hombre me parecía el colmo del cinismo.

Al fin se hizo noche por completo y entramos en el comedor, que ya estaba esclarecido y con la mesa puesta. Cuando íbamos a sentarnos a ella entró el criado y, llamando aparte a Martí, le entregó una carta con cierto misterio. Abrióla al instante y no pudo reprimir un movimiento de asombro. Guardóla en seguida, y pidiendo permiso por algunos minutos tomó el sombrero y salió. Nuestra curiosidad estaba excitada, pero nadie dijo nada. Al cabo Cristina, cuya impaciencia era visible, preguntó al muchacho:

—¿Quién le ha entregado a usted esa carta?

—Un caballero.

—¿Aguardaba contestación?

—No, señora. Deseaba hablar con el señorito y se quedó detrás de la puerta grande esperándole.

Lo raro del caso y el acento misterioso del criado aumentó extraordinariamente la curiosidad de la familia. No tardamos todos en satisfacerla. Martí se presentó a los pocos minutos y, depositando el sombrero en una silla, preguntó jocosamente:

—¿A que no saben ustedes a quién voy a tener el honor de presentarles?

Todos le miramos con impaciencia.

—Un caballero cuyo nombre comienza con ese.

—¡Sabas!—exclamó Matilde.

Y acto continuo, con el semblante descompuesto y ademán violento, bajó a sus niños de las sillas donde se habían acomodado y, empujándolos rudamente, les hizo salir de la estancia, y ella en pos de ellos.

Todos nos pusimos en pie agitados. La nariz del marido desertor no tardó en trasponer la puerta que comunicaba con el jardín, y en pos de ella su interesante propietario. Un grito de doña Amparo. Un abrazo convulsivo después. Lágrimas en abundancia.

Sabas, en brazos todavía de su madre, paseó una mirada vaga y afligida por el ámbito del comedor.

—¡Matilde!... ¡Mis hijos!...—gimió de un modo dramático.

—¡Todos te abandonan menos tu madre!—respondió doña Amparo con acento no menos patético.

Sabas reclinó la cabeza sobre el pecho maternal como víctima resignada. Con esto doña Amparo le apretó aún con más fuerza, dispuesta a dar su sangre por aquel hijo abandonado. Este se desprendió al cabo, se arregló la corbata y nos tendió la mano gravemente, en la actitud digna y serena de un general que acaba de capitular después de una resistencia heroica. Fué a saludar a Cristina, pero ésta volvió la espalda y salió de la estancia. Entonces sacudió su cabeza de modo sentimental y nos dirigió una mirada dulce y expresiva. Después elevó sus ojos al cielo pidiendo la justicia que en la tierra se le negaba.

Lo que me causó verdadero asombro fué que su rostro venía terriblemente atezado, casi negro, con la piel desprendida en algunos sitios, sobre todo en la nariz. Más que de una escapatoria romántica con la dama joven por el principado de Cataluña, parecía llegar de una expedición científica y civilizadora a través del Africa central.

Doña Amparo le hizo beber un vaso de agua con azahar para que se serenase. No había necesidad. Su actitud tranquila y resignada, a la vez, en aquella ocasión tan crítica, nos impresionó profundamente. Sin embargo, después que hubo bebido el agua, profirió con firmeza asombrosa:

—Necesito ver a Matilde.

Y uniendo la acción a las palabras se dirigió, lleno de majestad, hacia la puerta. Y se introdujo en las habitaciones interiores. Y nosotros le seguimos todos, porque nos sentíamos fascinados por su ademán noble y severo.

La inquietud se apoderó de nuestro espíritu pensando en la escena dramática que iba a desarrollarse. Sabas abrió dos o tres puertas consecutivamente sin poder hallar a su esposa. Pero no flaqueó su denodado corazón. Sin proferir una palabra subió al piso principal. Nosotros le seguimos ansiosos.

Matilde estaba en su habitación y con ella Cristina. Al ver a su marido dejó escapar un grito de indignación y se lanzó a otra puerta para huir de nuevo. Cristina trató de retenerla.

—¡Déjame!—gritó con rabia—. No quiero verle.

—¡Matilde, por Dios!—exclamó Cristina abrazándose a ella.

—¡Dejadme! ¡Dejadme...! ¡Entre los dos todo ha concluído!

Entonces el prófugo, de pie en medio de la estancia, sintió que las fuerzas le abandonaban. Se llevó la mano a la frente con abatimiento, se doblaron sus piernas, y dando algunos pasos atrás, justamente los necesarios para acercarse al sofá, cayó en él atacado de un síncope. Todos corrimos a auxiliarle, y su ofendida esposa no fué la última. Al contrario, trémula y afligida, ella fué quien le roció las sienes con agua y le desabrochó el chaleco y la camisa para impedir la sofocación, repitiendo con expresión delirante:

—¡Sabas! ¡Sabas mío...! ¡Perdóname!

Mientras tanto doña Amparo le aplicaba a la nariz, sucesivamente, diversos productos químicos de naturaleza volátil y excitante. Los demás procurábamos coadyuvar a la obra medicinal con más o menos modestia, trayendo la palangana llena de agua, destapando los frascos o dando aire con un abanico al desmayado. La única que permanecía inactiva y no parecía dispuesta a prestar ningún socorro higiénico a su hermano era Cristina. De pie, cerca de nosotros, le miraba con extraña severidad. No dudo que esta actitud le parecería a cualquier otro cruel y desnaturalizada. A mí no, porque el amor profundo, insensato que aquella mujer me inspiraba, me hacía encontrar todos sus actos justos y dignos, todos sus gestos adorables.

Al fin Sabas salió del mundo de lo inconsciente, preguntando como tantas veces lo había hecho su mamá antes que él:

—¿Dónde estoy?

—¡Con tu esposa!

—¡Con tu madre!

—¡Que te adora!

—¡Que te idolatra!

Cuatro brazos femeninos le abrazaron y cuatro labios se posaron casi a la vez sobre sus narices despellejadas. Paseó los ojos extraviados por la estancia, mirándonos a todos como si no nos conociese, y fijándose al cabo en su esposa gritó con espanto:

—¡Matilde!... ¡Matilde!... ¡Matilde!...

Acto continuo se abrazó a ella y cayó en un ataque de risa convulsiva. Las carcajadas de él, unidas a los sollozos de su esposa y a los lamentos de doña Amparo, formaban conjunto aterrador que contristaría el corazón más duro. Mas por virtud del contagio que todo el mundo reconoce en esta clase de ataques, yo sentía unas ganas atroces de reir. Con mucho trabajo pude reprimirlas. Salí de la habitación y bajé de nuevo al comedor. No tardaron en seguirme los demás, quedando sólo arriba, y tranquilo ya, Sabas con su mujer y su madre. Diez, minutos después estaban ellos también abajo. Cristina dió orden de servir la sopa, y pude observar, con tanto asombro como satisfacción, que Sabas comía con excelente apetito y se mostró, mientras duró la comida, tan alegre y jaranero y penetrante como siempre. Su esposa se lo tragaba con los ojos de puro cariño, atenta enteramente a servirle.

Cuando terminamos le vi que se levantaba antes de tomar café, y, encendiendo un cigarro puro, preguntó a su cuñado si podía disponer del coche.

—¿Pero te vas?—le preguntó su esposa con sorpresa y disgusto.

—Sí, me voy a tomar café al Siglo. No he visto todavía a ningún amigo..... Volveré pronto.

Trató Matilde de retenerle con súplicas «siquiera aquella noche», acariciándole las manos; pero no consiguió más que impacientarle. Observando, sin embargo, el mal efecto que nos causaba, cambió de tono, y abrazándola le dijo con acento cariñoso:

—¡Tonta! ¿No me permites que celebre nuestra reconciliación?

Con esto la enamorada esposa quedó ya satisfecha y contenta, y ella misma le puso el sombrero, le quitó el polvo de las botas y le despidió a la portezuela del coche.

Permanecimos de sobremesa algún tiempo. Emilio se fué a acostar, manifestando que sentía sueño: pienso que su vómito debió de alterarle más de lo que decía. Matilde subió a acostar a los niños. Quedamos charlando en un rincón Isabelita y yo, y en otro Cristina y Castell, mientras doña Amparo bordaba en el medio a la luz de la lámpara.

Aquella situación me impresionaba tristemente. Parecíamos dos parejas de novios vigilados por la mamá; y esto, por lo que se refería a Cristina y Castell, no podía menos de causarme gran repugnancia. Tanta era mi fe en aquella mujer, que apenas podía creer lo que veía. Estaba distraído, melancólico, y sostenía difícilmente la conversación con mi futura.

¡Mi futura! Los vientos me arrastraban hacia una costa donde no sabía si iba a embarrancar o encontrar puerto seguro. Por lo pronto, me confesaba con terror que después de la caída de Cristina mi corazón mostraba más disgusto de entregarse a otra mujer.

Cuando bajó Matilde después de dejar a los niños en la cama, para salir de aquella situación no muy decente y esparcir un poco la tristeza que me dominaba, propuse dar una vuelta por el parque. Se aceptó la proposición, y Cristina fué la primera en hacerlo, levantándose del sofá. Pero Castell, sin moverse, dijo con su firmeza habitual:

—No puede ser. En el parque hay mucha humedad a estas horas.

Cristina volvió a sentarse a su lado.

—Nosotros no tenemos tanto miedo a morirnos. ¿Verdad, Matilde?—dije sonriendo.

Esta e Isabelita me siguieron. Doña Amparo se quedó con su hija y Castell. Salimos por fin al jardín y de allí entramos en la finca, cuyo ambiente embalsamado me hizo mucho bien, porque tenía la frente ardorosa y el corazón henchido de lúgubres presentimientos.

XIII

El parque, envuelto en las sombras de la noche, tomaba aspecto de selva: era más grande y misterioso. Las araucarias, los cipreses, las magnolias en medio del césped, figuraban caballeros envueltos en sus capas, inmóviles y amenazadores.

El follaje estaba mudo; los grandes caminos de arena apenas blanqueaban; los senderos, sumidos en las tinieblas. Seguimos los primeros a paso lento con cierta vaga inquietud, cambiando pocas palabras. La misma emoción parecía que cerraba nuestros labios y nos apretaba el corazón. Cuando recuerdo los primeros momentos de aquella noche y la melancolía invencible que me oprimía, no puedo menos de ser supersticioso.

Pero si la oscuridad infundía tristeza y un vago temor, los aromas, unos suaves, otros penetrantes, que al través de las hojas silenciosas se filtraban, nos invitaban a proseguir. Desde el aliento apenas perceptible de las violetas hasta el perfume brusco, avasallador, de la magnolia, íbamos respirando, según caminábamos, mil olores deliciosos. Al llegar a cierto paraje que semejaba una plazoleta, el perfume lánguido, voluptuoso del heliotropo consiguió dominar a los demás. Matilde se detuvo haciendo un gesto de placer. Aquél era su aroma predilecto. No quiso que pasáramos de allí, y nos obligó a sentarnos en un banco rústico para darse un hartazgo, como ella decía. Mas lo grave del caso fué que aquel perfume sutil de amor oriental no tardó en traerle a la memoria la imagen poética de su esposo. Y fascinada por este recuerdo, nos entretuvo largo rato contándonos las particularidades más interesantes de su vida doméstica: a qué hora se levantaba de la cama aquel ser extraordinario, el vaso de agua con limón que poco después introducía en su precioso organismo, cuántas tostadas tomaba en el café, los pitillos que fumaba, los paseos que hacía por la casa y hasta la magnesia que se administraba los jueves para limpiar y purificar aquella obra esplenderosa de la naturaleza.

Como si ésta se asociase a su entusiasmo y quisiera dar testimonio de la admiración que tan raro y bello sujeto le inspiraba, una suave claridad se esparció repentinamente por la alquería. Volvimos los ojos hacia el mar y vimos asomar sobre sus olas inmóviles el disco de la luna. Las aguas rielaron; en el parque brillaron como puntos luminosos las hojas metálicas de las magnolias, los blancos capullos de las rosas, las cimas de las cañas y los laureles. Las tinieblas se amontonaron en los macizos de los bosquetes, formando masas espesas, impenetrables. Pronto fueron a buscarlas en sus guaridas los rayos de la luna, que se alzaba serena por la bóveda azul sembrada de oro.

Matilde, a quien todo, lo mismo en el cielo que en la tierra, le hacía recordar a Sabas, pensó que era necesario prepararle la cama y nos invitó a retirarnos. Isabelita no quiso hacerlo tan pronto. La noche estaba deliciosa; se quedó sola conmigo. No me atreví a representarle la inconveniencia de esto para no turbar su inocencia angelical. Seguimos algunos instantes hablando de cosas indiferentes, sentados en el mismo banco.

Sin embargo, no tardó en encauzar la conversación hacia nuestro proyectado matrimonio. Me habló de su equipo. Le preocupaba enormemente si había de hacerse seis docenas de camisas y cuatro de enaguas, o tres de éstas y ocho de las otras. Yo no pude acudir en su auxilio. Estaba distraído y caviloso y, sin darme cuenta de ello, respondía de mala gana y con poco acierto a sus consultas. Pero mi atención consiguió fijarse cuando la niña comenzó a hablarme de nuestra casa, de los gastos que ocasionaría y de los medios con que contábamos para subvenir a ellos. Me sorprendió la suficiencia y el aplomo con que trataba los asuntos económicos. Estaba enterada no sólo de lo concerniente al comercio de su padre, sino también de los cambios, descuento de letras, cotización de valores, etc. Por largo rato la oí con pasmo discurrir acerca de las probabilidades de alza de ciertos valores públicos que su padre había comprado recientemente, de la amortización de otros que ya poseía, de la baja repentina de las acciones de la Compañía Arrendataria de Tabacos, de los bonos del Tesoro y de otras mil cosas que yo apenas sospechaba. Aquella erudición financiera no me causó agradable impresión. Comprendía la necesidad de que la mujer fuese hacendosa y poseyese aptitudes para regir una casa; pero tanto conocimiento mercantil chocaba con mi temperamento nada práctico y más aún con la idea que me había formado de aquella criatura. Parecía caso maravilloso que palabras tan viejas saliesen de labios tan juveniles.

No paró aquí al cosa. De una en otra, y con extraña habilidad, llegó la niña a averiguar exactamente mi capital. No tenía por qué ocultarlo. A la primer insinuación se lo manifesté con entera claridad: una casa, pocas tierras y algunas acciones en la Compañía a cuyo servicio había estado; sesenta mil duros en junto, mal contados. Isabelita quedó pensativa un instante.

—No es mucho—dijo al cabo con cierta inflexión antipática de voz, que yo no le conocía.

Y después de una pausa añadió con sonrisa forzada:

—Mi padre te creía mucho más rico.

—Pues ya ves cómo se ha equivocado—respondí con sonrisa más forzada aún—. Casi siempre nos equivocamos respecto a los demás, unas veces creyéndolos más ricos... otras creyéndolos más nobles.

Todo estaba dicho ya. Sentí una repugnancia enorme, invencible, casi pudiera llamarla asco. En un instante quedó formada mi resolución. Por todos los tesoros de la tierra no me casaría con aquel mercachifle de perfil angelical.

Y, caso raro: después de tomada esta resolución no sólo me sentí tranquilo, sino hasta feliz. Parecía que me habían quitado un gran peso de encima. Con sorpresa de Isabel, que se había quedado pensativa por el tono de mis palabras, comencé a mostrarme alegrísimo y chancero como nunca.

Pero la noche iba avanzando, y al cabo, tanto por no interesarme la conversación como por el deseo de hallarme a solas y pensar el medio adecuado de cortar aquellas relaciones, propuse el ir acercándonos a casa. Al levantarnos sentimos un rumor como de gente que llegase: nos quedamos otra vez sentados. Castell y Cristina desembocaron en la plazoleta. Desde la oscuridad en que nos hallábamos pudimos verlos bien, pues la luz de la luna los bañó enteramente. Observé en seguida que su conversación no era indiferente. Él venía risueño, insinuante, inclinando hacia ella la cabeza para hablarla al oído. Cristina, pálida, la frente fruncida, la mirada dura y clavada en el espacio. Quise salir a su encuentro, pero Isabelita me retuvo con fuerza. Cruzaron por delante de nosotros sin vernos. A él no le oímos porque hablaba muy bajo; pero algunas palabras de ella llegaron distintamente a nuestros oídos.

—Todo es preferible ya...

Esta frase, pronunciada con rara energía, nos impresionó vivamente. Isabelita me sujetó con mano crispada la muñeca y se levantó para seguirles. A la verdad, si su curiosidad estaba excitada, la mía no lo estaba menos. Pero como yo sabía a qué atenerme y me parecía indecoroso entregarle aquel secreto, traté de impedirlo. Fué inútil. La niña se desprendió con viveza y los siguió. Hice lo mismo, con el fin de llamarles de algún modo la atención. Pero cuando acordé en mí ya no vi a Isabelita. Avancé en la oscuridad, que allí se espesaba, guiado solamente por el rumor de las voces. A los pocos momentos comprendí que Castell y Cristina se habían detenido. Seguí avanzando y noté que estaban dentro de un cenador o glorieta formada por cuatro grandes matas de laurel plantadas a pequeña distancia y que en lo alto se entrelazaban. Me acerqué con paso cauteloso. En la parte exterior estaba Isabelita con el oído pegado a las ramas. Al llegar a ella me puso la mano en la boca y me apretó con la otra el brazo de tal manera que me produjo dolor. Quedé estupefacto ante semejante violencia, cuya causa no podía imaginar. Por debilidad y por evitar ya a Cristina una vergüenza, callé y me mantuve quieto.

—Quizá usted califique—decía Castell—mi paciencia de algunos años, mis sufrimientos, el trabajo sordo, constante, que vengo ejecutando, de simple capricho. Quizá suponga que está en ello interesado mi amor propio más que una pasión profunda, irresistible... ¿No podré suponer con igual derecho que los desdenes con que usted me ha humillado tanto tiempo fueron obra del orgullo y la terquedad más que de la virtud?

—Puede usted suponer cuanto quiera. El juicio que usted forme de mí...

—Ya lo conoce usted—interrumpió Castell—. No puede ser más lisonjero. No he hallado jamás mujer cuya belleza y cuyo carácter me parezcan más interesantes y dignos de admirarse.

Oí un ligero bufido de desprecio y tras de él estas palabras:

—Preferiría que usted me admirase menos y me dejase vivir más tranquila... Pero, en fin, no es eso de lo que quiero hablar ahora. He consentido en salir con usted y hallarme aquí a estas horas de un modo inconveniente y con peligro de la honra de mi marido, que me es más cara que la existencia, porque voy a resolver de una vez el problema de mi vida. Rica o pobre, feliz o desgraciada, estoy decidida a vivir con honor y tranquilidad.

Nadie podrá imaginarse de un modo cabal lo que estaba pasando por mí en aquel momento. Las horribles sospechas, casi certidumbres, con que había llenado de fango la imagen de mi ídolo, huían como negros fantasmas. Volvía a verla en toda su pureza, con aquella aureola de virtud que era su gloria y atractivo. Una felicidad celeste descendió a mi corazón. Todo mi cuerpo temblaba, presa de irresistible emoción.

—Tienda usted los ojos a todas partes. Busque usted en la tierra algún ser cuya felicidad me interese más que la suya y no lo hallará.

—Es bien poco decir—replicó Cristina con acento sarcástico.

—Porque usted cree que nada me conmueve ni me interesa en el mundo, ¿verdad? Está usted en un error. Antes de haber quedado preso en las redes de una pasión desgraciada vivía en perpetua curiosidad. Las ciudades, las montañas, el océano y los arroyos, la sociedad, las artes, los amores fáciles, todo me arrastraba y me seducía. Hoy estos objetos son a mis ojos imágenes del hastío. El odio estéril, el desdén que irrita y fastidia, el tedio sin causa me acompañan a todas partes, me envuelven como un vapor pestilente. Todas las fibras de mi vida se han secado menos una... Pero cuando ésta resuena mi ser se estremece, mis facultades despiertan, el horrible conjuro que me aniquila se rompe, el día penetra en mi espíritu...

—Diga usted la noche... ¡La noche, que necesita una conciencia oscura!

—La conciencia se detiene siempre ante las gradas del templo del amor ¿Sabe usted de alguno que amando de veras a una mujer, devorado por las ansias de poseerla, haya quedado paralizado por la conciencia? Yo no lo conozco. Si alguien me viniese con semejante cuento le diría francamente que mentía. Ningún ratón se ha parado delante del queso; ningún hombre delante de una mujer, por miedo a la conciencia.

—Peor para los hombres si fuese cierto... Pero repito que no es eso de lo que quiero hablar en este momento. A riesgo de que usted realice sus embozadas amenazas, estoy resuelta a que concluya su persecución, y concluirá... ¡vaya si concluirá!

—¿Sabe usted una cosa, Cristina?... He llegado a pensar que usted goza más con ser terca que virtuosa.

—¿Sabe usted otra cosa, Castell? He pensado siempre que en usted no existe amor alguno, sino un orgullo monstruoso que necesita satisfacerse a costa de la felicidad y la honra de su mejor amigo.

—Si no existiese en mí más que orgullo, ¿cuánto tiempo hace que hubiera castigado sus desdenes, sus insultos!... Dificulto que exista en la tierra una mujer que mejor sepa herir en mitad del corazón con un gesto, envenenar el alma y llenarla de cólera rabiosa con una mirada. ¡Qué arte tan perfecto! ¡Qué habilidad exquisita para freir en parrilla a cualquier desgraciado que se atreva a encontrarla hermosa y adorable!... Estoy persuadido de que usted no está hecha para amar, sino para despreciar. Si condesciende con su marido es por ser un desdichado que no se atreve a levantar los ojos en su presencia.

—Prefiero las injurias... Está bien. Si usted hubiera hecho siempre lo mismo me habría evitado muchos sinsabores... Vamos ahora a otra cosa. Es absolutamente necesario que desde esta misma noche cese usted de mortificarme ni con palabras, ni con miradas, ni con insinuación de ninguna clase. Es absolutamente necesario que, si usted no me respeta como la esposa de un amigo, por lo menos sea para usted un ser indiferente. De otra suerte, estoy resuelta a jugar el todo por el todo y dar cuenta de lo que pasa a mi marido.

—¿Está así decretado?—pronunció él con entonación burlona..

—Sí; está así decretado—respondió ella con acento colérico.

Hubo una pausa.

—¿Y no tiene usted miedo—profirió él al cabo con lentitud—que acordándome de las mil torturas y humillaciones que usted me ha hecho padecer, y desesperado de poder lograr jamás de usted un poco de compasión siquiera, se transforme mi amor en odio, y aprovechando los medios que la suerte me ha deparado les hunda a ustedes en la ruina más espantosa?

—No; no tengo miedo—replicó ella con fiero orgullo.

—Hace usted bien: yo no me vengaré aunque...

—Puede usted hacerlo cuando guste—interrumpió ella impetuosamente—. Emilio es un hombre que ama el lujo y las comodidades, lo sé; pero ama mucho más a su mujer y a su honor. Puesto en la alternativa, no sólo daría con gusto su fortuna, sino también su vida. Puede usted dejarnos arruinados cuando se le antoje. Si no nos queda nada, iremos a trabajar los dos. Pero cuando él se halle en una oficina desempeñando el humilde oficio de escribiente, a su mesa nadie se acercará para llamarle marido complaciente; y cuando yo pase por las calles, la gente de Valencia podrá asomarse a los balcones y decir: «Esa pobre mujer que veis ahí con una cesta en el brazo ha tenido coche y ha gastado trajes de seda»; pero no dirá, yo lo juro: «Esa que ahí va es una prostituta».

—¡Oh! ¡Eso es muy fuerte!—exclamó Castell.

—¡Sí, prostituta!—profirió ella recobrando la firmeza—. Porque es igual venderse por el temor de ser pobre que por la gana de ser rica.

—Perdone usted, Cristina: me parece que da usted a la conversación un giro demasiado romántico... La cesta al brazo... ¡Pero si eso es un folletín! Apelo a su buen juicio contra semejantes trivialidades. Aquí no hay más que un hombre que la adora con todas las fuerzas de su alma; que por obtener su amor sería capaz de todos los sacrificios, incluso el de la vida. Ya que usted me desahucia y me obliga a abandonar la partida, por lo menos no me convierta en un seductor de novela por entregas de los que excitan la cólera de las modistas.

—Concluyamos; yo no puedo estar más aquí—dijo ella.—Al mismo tiempo pude observar que se ponía en pie.

—Sí, concluyamos. Por fuerza, no por voluntad, dejaré de pretenderla, no de amarla. Renuncio a vengarme como le he dicho. Entienda usted, sin embargo, que esta es una tregua. Mis esperanzas no se desvanecen. Alejado de usted esperaré con paciencia la ocasión, y cuando llegue, de nuevo me encontrará usted en su camino ofreciéndole este pobre corazón que usted ha ultrajado tanto.

—Está bien. Adiós.

Castell también se había puesto en pie. Más por las palabras de Cristina que porque realmente lo viese, comprendí que trataba de sujetarla.

—¡Suélteme usted!

—Antes de que usted se vaya quiero el premio que mi sacrificio merece. Déjeme usted besar esos ojos incomparables.

—¡Suélteme usted!—repitió ella con energía y forcejeando.

—He renunciado a todo—dijo él con enérgico tono también, aunque reprimiendo la voz—; pero le juro a usted que no renuncio a este beso aunque me costase la vida.

—¡Suélteme usted, o grito!

—Grite usted cuanto quiera. Si usted está decidida a provocar un escándalo y dar quizá la muerte a su marido por este beso, yo también lo estoy.

En aquel momento penetré en la glorieta y le puse la mano sobre el hombro.

—¡Qué es eso!... ¿Quién va?—exclamó dando un salto que le apartó largo trecho de Cristina.

—No hay que asustarse; soy yo.

—¿Y quién es usted?—replicó sacando un revólver y apuntándome.

—Guarde usted esa arma para los ladrones o téngala prevenida para cualquier traidor que, abusando de su confianza, intente arrebatarle la honra y la dicha. Aquí no hay ladrones ni traidores.

—Si no hay ladrones, por lo menos anda en los alrededores gente ruin dedicada a sorprender conversaciones secretas. Pero contra esa gente un látigo sería más adecuado que un revólver—profirió con acento sarcástico.

—Guarde usted igualmente sus sarcasmos para ocasión más oportuna. Nadie se dedica aquí a sorprender conversaciones. Se oyen cuando el viento las trae a los oídos, y en verdad que deploro haberme hallado a estas horas para recibirlas. Si estuviese en la cama durmiendo, me hubiera evitado la tristeza de penetrar en los rincones más sucios y lóbregos de la conciencia humana.

—¡Miente usted!—exclamó avanzando hacia mí frenético.—Usted nos estaba espiando. ¡Qué habla usted de rincones sucios, cuando tiene usted que barrer tanta inmundicia de sí mismo! Nos estaba usted espiando, lo repito, porque hace mucho tiempo que lo viene haciendo. ¿Con qué derecho sigue usted nuestros pasos y pretende intervenir en los asuntos de esta familia, no siendo otra cosa que un advenedizo?

—Un advenedizo interviene cuando alguien pide socorro—repliqué con calma—. Por lo demás, no tengo costumbre de seguir otros pasos que los de las corrientes del Océano. Ni yo le he ofendido a usted ni tiene derecho a ofenderme, como acaba de hacerlo.

Entonces él, tomando quizá mi calma por cobardía, o por ventura ganoso de provocar una escena violenta que le sacase del atolladero, me agarró con furia de la solapa y, sacudiéndome y metiendo su rostro amenazador por el mío, me gritó:

—Sí, señor, me ha seguido usted los pasos y no estoy dispuesto a tolerarlo. ¿Lo oye usted? Sí, señor, le he ofendido a usted, ¿y qué? ¿No está usted aún satisfecho con esta ofensa? Pues ahí va otra...

En el aire cogí su brazo. Le sujeté el otro también y, bien agarrotado, pues mi superioridad muscular era manifiesta, le di unas cuantas sacudidas y le encajé las espaldas entre el follaje de la glorieta.

Una voz sonó en mis oídos.

—¡Déjelo usted, Enrique, déjelo usted! No exponga su vida por un cualquiera.

Quedé estupefacto. Mis dedos se aflojaron; solté la presa y, volviendo la cabeza, contemplé delante de mí la figura virginal de Isabelita. Sí, ella era. Sí, ella había proferido aquellas palabras.

—Muchas gracias—le dije sonriendo.

Pero no me hizo caso; ni siquiera me dirigió una mirada. Con el semblante descompuesto, los ojos clavados en Castell, le tomó por una mano y le sacó de la glorieta.

XIV

Cristina estaba sentada y tenía el rostro oculto entre las manos. Me acerqué a ella.

—Perdone usted que haya entrado aquí. No fuí dueño de contenerme.

—Ha hecho usted bien; gracias—murmuró sin cambiar de actitud.

Guardamos silencio. Alzándose bruscamente, exclamó:

—¡Vámonos! ¡vámonos!

Y salió de la glorieta y se dirigió precipitadamente hacia la casa. Yo la seguí; pero uniéndome a ella en seguida le hice presente la conveniencia de no presentarse en aquel estado de alteración a Emilio. No me respondió: cambió de dirección encaminando sus pasos por una calle estrecha de acacias, donde la luz de la luna apenas conseguía penetrar. Marchaba delante de mí con pie ligero. Pronto la perdí de vista. Me detuve un momento, vacilando entre volverme o seguirla. Al fin tomé este último partido, por el temor que me asaltó de que tropezase nuevamente con Castell.

Apreté el paso y pude verla cuando desembocaba frente al pabellón que llevaba su nombre. Me acerqué y le aconsejé que se reposara un momento allí.

El salón, profusamente adornado de estatuas y jarrones, ofrecía en aquella hora un encanto misterioso. La luna penetraba por los cristales de las ventanas. Los muebles primorosos, las porcelanas, los cuadros pendientes de la pared reflejaban su luz tristemente. Las figuras de mármol enviaban a los muros siluetas enormes en actitudes trágicas o amenazadoras.

Cristina se dejó caer en un sofá y yo me senté a su lado. Permanecimos silenciosos largo rato.

—Cuando por primera vez—dije al cabo—tuve el gusto de entrar en su casa creí ver una imagen abreviada del paraíso. Alegría, cordialidad, dicha serena e inocente. El tierno amor de una esposa que inspira respeto; el reposo, la felicidad de un marido exento de recelos que amargan la existencia. Un yugo de amor y de paz. Y en torno de ustedes la abundancia, la riqueza, todos los dones de la vida. ¿Le sorprenderá a usted si le digo que entre el follaje de tantas alegrías vi también asomar la cabeza de la serpiente?

—No lo dudo—respondió ella en actitud pensativa, mirando al cielo por los cristales.

—Si no la hubiera visto, me bastaría observar ciertas señales de su rostro para adivinarla. Los ojos no pueden ocultar lo que pasa dentro del alma. ¡Qué feliz me hubiera usted hecho confiándome sus inquietudes! Soy un amigo reciente, lo sé; pero el afecto que tanto usted como Emilio me inspiran no puede ser más sincero.

—Gracias, gracias, Ribot—murmuró.—No era posible.

—No era posible, en efecto... ¿Cómo había de ser cuando no tuve acierto para persuadir a usted de la sinceridad de mis sentimientos?... Confieso que he dado algunos motivos para que usted no me otorgase su franqueza. Me arrepiento con toda mi alma y le pido perdón...

Como si estas palabras despertasen en su espíritu alguna inquietud, se alzó del asiento, levantó una cortina que se había desprendido del alzapaños, cerró el piano que estaba abierto y vino a sentarse otra vez.

—Por lo que he oído—le dije después de una pausa—, Castell tiene medio de hacerles a ustedes daño.

—Nuestra fortuna entera está en sus manos.

—¡Cómo!

—Emilio le ha ido pidiendo dinero para sus negocios, que fueron todos bien ruinosos.

—Y él se lo fué dando con la esperanza de obligar a usted a recibir sus obsequios.

—Es posible... Sin embargo, Castell es más comerciante aún que enamorado. Aunque hubiera conseguido lo que pretendía, el negocio seguiría su marcha. Su idea ha sido siempre quedarse dueño absoluto de la empresa de vapores.

—Supongo que después de las palabras que he podido oirle hace un momento se abstendrá de apoderarse de ella.

—No lo sé.

—Quedó unos instantes pensativa. Luego, como si hablase consigo misma, profirió con voz sorda:

—El día que Emilio y yo nos casamos fuí a mi cuarto después de la ceremonia para mudarme de traje. Nos marchábamos a Madrid a pasar algunos días. Cuando bajaba tropecé con ese hombre en la escalera. Me detuvo dirigiéndome algunas frases galantes y me pidió un ramito del azahar que llevaba en el pecho. Se lo di, contra mi gusto, por vergüenza... por temor... Desde el primer momento me fué repulsivo. Más tarde, cuando estábamos en la estación, al darme la mano para despedirnos, me dijo casi al oído: «Si algún día llega usted a cansarse, acuérdese de que tiene amigos que la admiran tanto o más que él.»

—¡Qué insolencia!

—No quise decir nada entonces a mi marido, ni quise tampoco después. La amistad que les unía era tan estrecha que me acobardaba el romperla. ¡Cuántas veces me he preguntado desde entonces sí habré hecho bien o mal!

—¿Y usted no le trataba antes íntimamente?

—Sí y no. Nosotros somos de Denia. Castell estuvo allí unos días y bailé con él en casa de unos amigos algunos meses antes de conocer a Emilio. Aquella noche me hizo la corte, me dijo mil piropos y casi me declaró su amor. Yo tomé aquello por lo que era: un entretenimiento de forastero que hace lo posible por no aburrirse. En efecto, se marchó de Denia y de España y estuvo cerca de dos años viajando. Cuando regresó estaba para casarme con Emilio: faltaban sólo unos quince días para la boda.

—La Providencia ha sido cruel poniendo a este hombre en su camino y dándole poder para causarle todavía algunos disgustos.

No respondió. Quedóse un rato pensativa y al cabo dijo, clavando en mí sus grandes ojos con interés:

—Pero usted es demasiado bueno, Ribot. No hablamos más que de mis disgustos, sin pensar en el que usted acaba de tener.

—¡Bah! Es todo lo contrario. Debo dar gracias a Dios de haberme desengañado a tiempo. Además, siempre he sospechado que esa niña estaba enamorada de Castell, aunque Emilio y Sabas se empeñasen en lo contrario. Y, si he de ser franco, yo tampoco sentía un amor muy entrañable.

—Entonces, ¿por qué se casaba usted con ella?

—Porque... porque... no sé por qué... es decir, sí lo sé y usted lo sabe también; pero hay cosas que ni aun a mí mismo las quiero confesar.

Estas palabras causaron en su rostro visible turbación. Quedó repentinamente seria, y los rayos de la luna me permitieron ver en su frente aquella temida arruga de marras.

—No, Cristina, no—me apresuré a decir con vehemencia—; le ruego que no me haga la ofensa de pensar lo que estoy leyendo en sus ojos. He sostenido luchas dolorosas, desesperadas, conmigo mismo. He vacilado, he caído también; pero me he levantado y, puedo decirlo con orgullo, jamás la traición halló abrigo en mi pecho. No tengo las cualidades brillantes de Castell; estoy lejos de poseer las ventajas que hacen a ese hombre amable y admirado; pero aunque las poseyese todas le juro que no las utilizaría para herir por la espalda a un amigo. Porque antes que las satisfacciones del amor, antes que todos los goces de la tierra y aun los del cielo, si me los ofreciesen, estimo la paz de mi conciencia.

El acento acalorado, la expresión sincera con que pronuncié estas palabras le hicieron levantar la cabeza y mirarme con un poco de asombro.

Su frente se desarrugó y una dulce sonrisa se esparció por sus labios.

—Sí, ya vengo observando que es usted más original de lo que en un principio imaginé. Vale más así.

Y al decir esto me tendió graciosamente su mano, que yo estreché con tanto respeto como efusión.

En aquel instante una sombra salió por detrás de nosotros y se plantó delante diciendo:

—Buenas noches.

Lo mismo Cristina que yo sufrimos un fuerte estremecimiento.

—¿Tú aquí, Emilio? Creí que ya estabas acostado—dijo aquélla recobrándose instantáneamente.

—No, no me acosté. Sentía calor como vosotros y salí a dar una vuelta por el jardín. Oí ruido de conversación y entré.

A pesar del tono natural que quiso imprimir a estas palabras, advertimos en su actitud y su acento algo extraño que nos causó fuerte inquietud.

—La noche está muy hermosa—siguió, comenzando a pasear por la habitación con las manos en los bolsillos—. El mes de septiembre no le ha ido en zaga al de agosto. Apenas si a la madrugada se siente un poco de fresco. No tengo ningún deseo de irme a la cama.

Respondí con algunas palabras insignificantes como éstas. No hizo señal de escucharlas. Siguió paseando en actitud meditabunda, y al cabo se plantó delante del balcón, de espaldas a nosotros, y quedó inmóvil mirando por los cristales. Luego abrió los bastidores y se quitó el sombrero para recibir mejor el fresco de la noche.

Cristina le miraba sin pestañear. En sus ojos se iba pintando una tristeza ansiosa.

Parecía consternada. Transcurrieron así algunos minutos en silencio. Al cabo, como si no pudiese resistir más tiempo aquel estado de tensión, se levantó vivamente y acercándose a su marido le dijo poniéndole una mano sobre el hombro:

—Vámonos ya a casa.

—Como tú quieras—respondió él secamente.

Salimos del pabellón y seguimos la calle de acacias que lo enfilaba. Traté de emparejarme con Martí y trabar conversación. Observé al instante que rehuía mi compañía, respondiendo con pocas y secas palabras. Antes de llegar a casa tomó el brazo de su esposa y apretó el paso dejándome atrás. Aquel mudo desaire me oprimió el corazón. Los seguí con tristeza, la cual fué cediendo el puesto a una sorda irritación al pensar con cuánta injusticia me trataba. Y según caminábamos se afirmó en mi espíritu la idea de entrar con él en clara y enérgica explicación y descubrir lo que pasaba.

Llegamos a la puerta de la casa. Debajo de la marquesina de cristales que la resguardaba se detuvieron. Por las ventanas abiertas del comedor vi las sombras de Castell, Isabelita y D.ª Amparo.

—Vaya—les dije con afectada indiferencia—, ustedes a la cama y yo a la ciudad.

—¿No espera usted que mandemos enganchar el coche?—preguntó tímidamente Cristina.

—No; me apetece dar un paseo a la luz de la luna. Hasta mañana. Buenas noches.

Fuí a dar la mano a Emilio.

—No—me dijo con inusitada gravedad—; voy a acompañarte hasta la puerta de la finca. También me apetece dar un paseo.

Extendí la mano a Cristina. Me la estrechó por primera vez en su vida, con singular energía, clavándome al mismo tiempo una mirada suplicante y ansiosa. Yo, conmovido hasta el fondo del alma, cerré los ojos para indicarle que podía fiar en mí.

Nos apartamos, y a paso lento tomamos la calle que conducía a la puerta de salida. Martí iba con el sombrero en la mano y guardaba silencio obstinado. Yo aguardaba a que lo rompiese antes de despedirnos, prometiéndome ser fiel a la tácita promesa que había hecho. En efecto, al acercarnos a la tapia se detuvo y, esquivando mirarme, profirió:

—Los hombres casados, Ribot, suelen tener una susceptibilidad exagerada. No sólo los celos, que tanto atormentan, sino también el miedo al ridículo, les obligan a desconfiar muchas veces, aunque por temperamento sean confiados. A los amigos de estos hombres les toca, por lo mismo, no despertar tal susceptibilidad, conducirse en todas ocasiones con mucho cuidado y delicadeza. De este modo la amistad se afianza con la gratitud.

—Tienes razón—respondí—. Hasta ahora he procurado cumplir con esa obligación que todos los hombres tenemos, no sólo con los amigos, como dices, sino con el prójimo en general. Una fatal casualidad me acaba de colocar en situación que puede lastimar tu amor propio, ya que no tu honor. Entiende sin embargo, que Cristina...

—No hablemos de Cristina—interrumpió clavando sus ojos en los míos con firmeza—. Todas las noches del año, antes de dormirme, doy gracias a Dios por haberme unido a ella. Esta noche será lo mismo que las otras.

—Hablemos de mí entonces. Una fatal casualidad, repito, me coloca en situación de herir esa susceptibilidad que acabas de mentar. Lo deploro con toda mi alma, aunque no me hallo culpable. En todo caso, lo sería de una ligereza. Sin embargo, estos asuntos son de índole tan delicada, que una amistad reciente no puede contrarrestar los efectos de la más pequeña molestia. Si, como observo, tú la has experimentado, estoy resuelto a alejarme de aquí y no poner más los pies en tu casa.

No respondió. Caminamos en silencio los pasos que nos separaban de la puerta. Al llegar a ella se detuvo y, sin mirarme, dijo con voz temblorosa:

—Aunque lo sienta mucho, no puedo menos de aceptar tu resolución. Quizá me ponga en ridículo a tus ojos y a los de cualquiera que sepa lo que acaba de pasar... pero ¿qué quieres?... prefiero quedar en ridículo a que se turbe en lo más mínimo la tranquilidad que hasta ahora he disfrutado.

—Te sobra razón: yo, en tu caso, haría lo mismo—respondí—. Mañana a primera hora saldré de Valencia, y acaso no volvamos jamás a vernos. Quiero que sepas, no obstante, que esto me proporciona uno de los más profundos disgustos de mi vida. Aprecio tu amistad más de lo que te figuras, estoy agradecido a tu cariñosa hospitalidad y no me consolaré jamás de haberte causado inconscientemente un pequeño disgusto. Si algún día necesitases de mí, para todo me ofrezco.

—Gracias, gracias, Ribot—murmuró conmovido.

Tenía una mano sobre el pestillo de la puerta enrejada y con la otra sostenía el sombrero. No quise ponerle en el compromiso de darme la mano, y sin extenderle la mía salí al camino.

—Adiós, Martí—le dije volviendo la cara—. ¡Dios te haga tan feliz como lo has sido hasta ahora!

—Adiós, Ribot. Muchas gracias.

XV

La puerta se cerró. Al través de sus rejas le vi alejarse y perderse entre el follaje con la cabeza inclinada y descubierta como antes. Quedé solo en medio del camino. Un abatimiento profundo se apoderó de mí como si acabase de perder algo que interesase de cerca a mi existencia.

A paso lento comencé a apartarme de aquellos sitios tan gratos, persuadido de que no volvería a pisarlos jamás. En realidad, los últimos sucesos habían sido tan súbitos y atropellados que apenas podía darme cuenta de ellos. Un momento hacía representaba en aquella casa el papel de un amigo que va a transformarse en hermano. Ahora salía de ella como un extraño del cual se olvidaría pronto hasta el nombre. Mas en medio de aquella tristeza, en la noche triste que había caído sobre mi corazón, lucía una estrella bien amable: era la mirada suplicante de Cristina. En aquella casa quizá no se pronunciaría ya mi nombre, pero ella no podría olvidarlo jamás. Esta idea me produjo extraordinario consuelo. Seguí caminando con más firmeza, y cuando llegué a la esquina del muro que cercaba la finca me detuve. Lo contemplé un instante con melancolía y acercándome a él lo besé repetidas veces. Luego me alejé apresuradamente, avergonzado de que alguien pudiese verme.

La luna, en lo alto, bañaba el campo de luz transformándolo en lago dormido. La llanura se extendía delante de mí bordada por las crestas de las montañas que flotaban a lo lejos en un vapor blanquecino. Aquí y allá los bosquecillos de naranjos y laurel manchaban el blanco cendal, mientras algunos cipreses se erguían solitarios, inmóviles, alargando su sombra sobre el camino. Detrás, el mar rielaba tranquilo también, reverberando la luz de la luna.

La dulzura de aquella noche invadía mi corazón y lo refrescaba. El campo, cubierto aún de flores y perfumado por los olores penetrantes de los frutos maduros, adormía mis sentidos y calmaba la fiebre de mi pensamiento. Avancé con paso más ligero. Valencia en aquella hora dormía ya sobre su alfombra de flores. Las luces de sus calles brillaban lejanas como estrellas terrestres. Las del cielo formaban rico dosel protegiendo aquella ciudad afortunada.

Cuando me alejé buen trecho de la alquería, quise reposarme un momento. No tenía deseos de entrar en la población. Necesitaba coordinar mis pensamientos y trazar algún plan de vida, ya que en un instante se habían deshecho los que había formado. Sentéme en la piedra de un tornaruedas, saqué un cigarro, lo encendí y me puse a fumar con calma. Corto rato había estado allí, cuando sentí a lo lejos el rumor de un carruaje que se acercaba. Al principio no supe si venía de Valencia o del Cabañal. Cuando me convencí de que procedía de este último punto, sentí extraño desasosiego y pensé en ocultarme; pero volviendo inmediatamente sobre mi pensamiento, me determiné a quedarme. Pronto divisé los caballos; se acercaron; era el coche de Castell, como había temido.

Cuando estuvo próximo me planté en medio del camino y grité con acento imperioso al cochero:

—¡Para!

Éste hizo un movimiento de sorpresa, pero todavía empujó los caballos hasta tocar conmigo. Los cogí de la rienda y les obligué a detenerse a tiempo que, reconociéndome el muchacho, dijo:

—Buenas noches, don Julián.

Castell había sacado medio cuerpo por la ventanilla. Cuando me acerqué clavó en mí los ojos sorprendido; y llevando con fiero ademán la mano al bolsillo, exclamó:

—¡Si es una agresión, cuidado!

—No; no es una agresión—repuse yo levantando la mano en señal de paz—. Es que quiero hablar con usted.

—Envíeme usted sus padrinos y con ellos me entenderé—dijo orgullosamente.

—Antes de hacerlo necesito hablar con usted un momento—repliqué.

Me contempló atentamente unos instantes como si tratase de escrutar mis intenciones. Convencido sin duda de que no eran guerreras, abrió la portezuela y dijo fríamente:

—Entre usted.

Me coloque frente a él. El carruaje partió.

—Deseo saber—pronuncié al cabo de un momento—si ha sido usted quien avisó a Martí de que Cristina y yo nos hallábamos solos en el pabellón.

Abrió los ojos con no fingida sorpresa y respondió en tono malhumorado:

—No entiendo lo que usted me dice.

Comprendí que era cierto, y suavizando mi acento proseguí:

—Después que nos separamos, seguimos el camino de las acacias y entramos en el pabellón con objeto de que Cristina se repusiera un poco antes de ir a su casa. Se hallaba muy alterada y no quería presentarse a su marido en tal disposición. Al poco rato de estar allí vino Martí repentinamente; se ofendió, como es natural; tuvo conmigo una explicación y como consecuencia de ella salgo de su casa para no volver jamás.

—Nada sé de eso. Aunque no me encuentro obligado a darle a usted satisfacción alguna, porque tenemos una cuestión pendiente que se ha de ventilar en otro terreno, le afirmo que no he hablado con Martí una palabra de este asunto. Es usted dueño de creerme o no. Lo que no deja de sorprenderme es que, después de la explicación que acaba de tener con él, salga usted de su casa y a mi me haya hablado con la cordialidad de siempre.

—Es muy sencillo. No le he dicho una palabra de lo que acababa de oir.

—¿Ha dejado usted que le sospeche de traidor?—preguntó en el colmo de la sorpresa.

—Sí, señor.

—¿Y por qué ha hecho usted eso?

—Por gusto.

Me echó una mirada hostil y recelosa, alzó los hombros y guardó silencio. Yo lo rompí al cabo de un momento:

—Los gustos de los hombres, Castell, son rtan varios como sus fisonomías. Por muy enamorado que usted se halle de Cristina, creo estarlo yo más. La adoro con toda mi alma, con toda las fuerzas de mi corazón. Pero obtenerla por medio de una traición, lejos de causarme alegría, sería la mayor desgracia que podría ocurrirme sobre la tierra. Nunca más dormiría tranquilo. Acabo de hacer un sacrificio cruel; pero lo he hecho por el amor de ella, por el sosiego de mi conciencia. Estas lágrimas que usted ve en mis ojos ahora mismo refrescan mi alma, no la abrasan. Me voy; me voy para siempre. Usted se queda, y quizá con el tiempo logre lo que tanto apetece; pero errante por el mar, solo encima de la cubierta de mi barco, seré más feliz que usted. Las estrellas del cielo brillando sobre mi cabeza me dirán: «Alégrate, porque has sido bueno.» El viento silbando en la jarcia, las olas chocando en el casco, me dirán: «¡Alégrate, alégrate!»

La luz de la luna bañaba su rostro. Vi cómo se dibujaba en él poco a poco una sonrisa.

—Esas mismas olas que le dicen a usted cosas tan gratas el día menos pensado le tragarán como una mosca; el viento les ayudará a consumar la hazaña y las estrellas del cielo presenciarán el espectáculo tan serenas... Vive usted en un profundo error, Ribot. No hay otra felicidad sobre la tierra que poseer lo que se desea.

—¿Aunque para ello se hiera de muerte y por la espalda a un amigo?

Quedó un instante suspenso, pero en seguida dijo con firmeza:

—Aunque para conseguirlo sea necesario pasar por encima de los hombres.

—¿No hay bien ni mal entonces?

—En la existencia el bien de los unos es el mal de los otros, y así será eternamente... Alguna vez habrá usted visto un nido de golondrinas. Los pajaritos esperan ansiosos la llegada de la madre; al verla, pían, abren su piquito, y ella, con amorosa diligencia, los va cebando uno por uno. ¡Qué interesante! ¡Qué espectáculo tan tierno! ¿verdad? Pero a los mosquitos que huyen aterrados y al fin caen en el pico de la golondrina para servir de cebo a sus hijuelos, ¿les parecerá tan tierno y tan interesante? Por el contrario, usted ve a un hombre acercarse a otro cautelosamente, abatirlo de una puñalada, arrancarle del bolsillo el dinero y llevarlo a casa para proporcionar a sus hijos el sustento. ¡Qué horror! Se estremece usted y se aleja precipitadamente de aquellos sitios. ¿Por qué? Si usted fuese mosquito pasaría por allí zumbando alegremente.

—Pero nosotros tenemos conciencia.

—La conciencia no nos priva de estar tan fatalmente encadenados. Usted se encuentra enamorado de Cristina, como yo; ambos ansiamos poseerla; pero usted se detiene por miedo al remordimiento, mientras yo prosigo mi empresa sin ningún temor. Los dos obedecemos a un instinto. El mío es más sano, porque tiende a aumentar mi vitalidad, mientras el de usted tiende a disminuirla... No ría usted ni se muestre tan sorprendido... El remordimiento, en un mundo donde impera la necesidad, es absurdo. Piense usted que los héroes de Hornero y Esquilo no se detenían ante el fratricidio ni ante el incesto y, sin embargo, han sido los ejemplares más bellos y más nobles de la humanidad.

—Estoy lejos de oponerme a que usted aumente su vitalidad—repliqué con acento irónico—. Pero ¿no sería mejor que lo hiciese por medio de su propia mujer y no con la de otro?

—¡De otro!... ¡de otro!—pronunció sordamente—. Una convención como todo lo demás.

Quedó algunos momentos pensativo mirando el paisaje por la ventanilla. Yo le observaba con mezcla de curiosidad y repugnancia. Aquellos ojos azules de reflejos acerados me inspiraron por primera vez sobresalto.

—La virtuosa Draudpadi—comenzó a decir lentamente sin apartar los ojos del paisaje—, una de las heroínas más interesantes de la antigüedad india, poseía cinco maridos, los hermanos Pândavas. Aquellos héroes gozaban en común de su amor sin desdoro ni remordimientos. Si nosotros viviésemos en aquella edad, el acto de pretender a Cristina sería moral y plausible, puesto que ofreceríamos a una mujer dos nuevos protectores. ¿Por qué le causa a usted tanto horror compartir la mujer de un amigo? El mundo, que ha comenzado de este modo, puede terminar lo mismo.

—¡Que termine como quiera!—exclamé con ímpetu—. Ahora y siempre el causar voluntariamente un dolor será pecado.

—No sea usted niño, Ribot—repuso con suficiencia irritante—. No hay más que una sola verdad indiscutible en el mundo, y es ese impulso de la naturaleza que todos sentimos, la planta como el animal, el insecto como el hombre. En la región serena donde se aposenta la vida, la vida eterna, el dolor y la muerte no significan nada. El único y supremo fin del Universo es aumentar la intensidad de esta vida.

No respondí. Quedé a mi vez largo rato pensativo y silencioso mirando por la otra ventanilla hacia el camino. Al fin acerté a ver las primeras casas de los arrabales.

—Tenga usted la bondad de hacer parar—dije—. Me quedo aquí y mañana saldré de Valencia sin batirme con usted. Acháquelo a cobardía si quiere. Será un nuevo sacrificio que hago en aras de mi amor y de la amistad que debo a Martí. No aspiro a ser un héroe de Hornero como usted, ni sueño con saltar triunfante sobre los cadáveres de mis enemigos. Pare usted.

Me dirigió una larga mirada despreciativa y tiró del cordón, diciendo fríamente:

—No sé si será usted un cobarde; pero desde luego puedo asegurar que es uno de tantos ilusos como viven engañados acerca de sí mismos y del mundo que les rodea.

El coche paró. Abrí la portezuela y salté a tierra.

—Adiós, Castell—le dije sin darle la mano—. Siga usted hacia esa región feliz que no deseo conocer. Yo me quedo en esta otra más triste pero más honrada.

Alzó los hombros sin responder y apartando de mí los ojos con desdén tiró nuevamente del cordón. Luego se recostó cómodamente. El carruaje partió y yo comencé a caminar lentamente hacia mi casa. Dejé la blanca carretera, donde algunas casas diseminadas proyectaban su sombra, y me interné en el laberinto de las calles. Al pasar por la del Mar me detuve ante la casa de Cristina. En el balcón de su dormitorio había una mata de malvarrosa. Cerciorándome de que nadie me veía, trepé hasta ella y arranqué unas hojas. Fuí al hotel, subí a mi cuarto y me dormí dulcemente apretando estas hojas en la mano.

XVI

Otra vez a la mar. Tráfago de puerto, ruido de carga y descarga, quehaceres enfadosos en la oficina del consignatario. Después horas dulces, tranquilas, arrulladas por el canto de los marineros y los rumores del agua bajo la quilla. Aquel sueño de amor no dejó peso en mi alma. Al cabo de algunos meses sólo quedaba una impresión tierna y poética que daba realce a mi existencia. Sin embargo, cuando por la noche cruzaba por delante de Valencia y a lo lejos veía centellear las luces del Cañabal, me tengo sorprendido cantando sobre el puente en voz baja la despedida de El Grumete:

Si en la noche callada
sientes el viento, etc.

Y mis ojos, sin poderlo remediar, se nublaban de lágrimas como los de una modista. Pero aquella racha pasaba y pronto recobraba el humor alegre que, gracias al cielo, pocas veces me abandonó en esta vida.

Supe en Barcelona, por un amigo, que Castell se había casado con Isabelita Retamoso. ¡Buen provecho! Más adelante tuve noticia por el mismo de que la Compañía de vapores se había deshecho y que ambos socios sostenían un pleito ruidoso. Al escucharlo no pude contenerme, y exclamé con íntima alegría:

—Arruinado tal vez ¡pero deshonrado, no!

Aquel amigo me miró con sorpresa, y me costó no poco trabajo evadir una explicación. ¿En este gozo no entraría por algo el amor propio satisfecho? Casi seguro. No me doy por santo y sé que ni los santos pueden prescindir enteramente del amor de sí mismos. Por último, al regreso de Hamburgo en cierto viaje, hallé en Barcelona una carta que me esperaba hacía algunos días. Era de Martí, aunque escrita por otra mano. Me decía que se encontraba bastante enfermo y agobiado de disgustos, y me invitaba con frases en extremo cariñosas a que le hiciese una visita, en el caso de serme posible. No explicaba sus pesares ni aludía tampoco al desabrimiento que habíamos tenido, quizá por no iniciar al amanuense en estos secretos; pero toda la carta respiraba vivo deseo de congradarse conmigo y hacerme olvidar la triste salida de su casa.

Inmediatamente tomé el tren de Valencia. Entré en esta ciudad anocheciendo, al año y tres meses de haber salido. Me alojé en el hotel que solía. Su huésped me recibió con muestras de afecto y me enteró, sin que yo se lo pidiese, de muchos pormenores del pleito entre Castell y Martí. Este se hallaba arruinado. Había perdido la participación que tenía en la línea de vapores, con la cual se había quedado su socio. Conseguido esto, como aún no quedase resarcido del capital prestado, Castell traspasó los restantes créditos. Los tenedores le subastaron todas sus propiedades, incluso la del Cabañal y hasta la casa que habitaba en la calle del Mar.

—Con todo eso—terminó diciendo mi huésped—, si al cabo don Emilio gozase de salud, como es joven todavía, muy trabajador y tiene gran cabeza para los negocios, es fácil que se repusiera... Pero el pobre está muy malito... muy malito. Yo no le he visto hace tiempo, pero todos me dicen que su enfermedad es de muerte.

Aquellas palabras me causaron impresión dolorosa. Nos llamaron a comer; pero aunque me senté a la mesa, apenas pude tomar alimento. Salí después con intención de ir a casa de Martí, que habitaba en un cuarto alquilado de la calle de Caballeros. Antes de llegar me volví, temiendo molestarle a aquella hora o causarle una emoción que le impidiese descansar. Enderecé los pasos al domicilio de su cuñado Sabas, para que éste le preparase, o en todo caso me aconsejara lo más conveniente. Me recibió su regordeta esposa con la afabilidad de siempre, tan viva, tan dulce, tan activa. Su marido idolatrado había salido ya.

—Estará en casa de Emilio—dije como cosa natural.

—No lo creo—respondió vacilante—. Vaya usted al teatro... Acaso esté allí... Como el médico encontró hoy mejor a Emilio, dijo que iba a celebrarlo.

Se ruborizó al pronunciar estas palabras. No mostré sorpresa para no aumentar su confusión. Después de besar a los niños, mis antiguos amiguitos, me encaminé al teatro indicado en busca de su elegante papá.

Cuando entré ya había comenzado la representación. Alcé la cortina del salón de butacas y pasee una mirada escrutadora por todo el ámbito del coliseo. No tardé en divisarle allá en una de las plateas del proscenio. Estas plateas, lo mismo en provincias que en la capital, son el recinto sagrado donde irradia sus destellos lo más exquisito de las razas superiores en cada localidad. Acostumbrados a dictar leyes a la muchedumbre, los jóvenes que allí se reunen hablan, disputan, fuman, bostezan, firmemente convencidos de que no tienen deberes que cumplir hacia la horda de esclavos que escucha pacíficamente la representación desde las butacas. Viven solos como los dioses en la cima del Olimpo, con la conciencia gozosa de su perfección y de su fuerza; hacen muecas a los actores, dirigen requiebros a las actrices, y de vez en cuando hablan en voz alta con sus pares los de la platea de enfrente por encima del rebaño de los desheredados.

Sabas pertenecía a la casta de los dominadores, aunque su rostro no ofreciese los rasgos fisionómicos que la caracterizan: ni la carne blanda, ni la tez pálida, ni los labios caídos, signos de la vida regalada.

Aquel rostro atezado, curtido, a trechos despellejado, ofrecía un aspecto profundamente industrial. Nadie extrañaría que hubiese llegado aquella misma noche de Madagascar o de Java, después de enriquecerse en una explotación de cautchuc. Así debía de sospecharlo la contralto de la compañía (mucho más opulenta de carnes que de voz), a juzgar por la tímida admiración y el rubor con que acogía sus frases candentes cada vez que las necesidades escénicas la obligaban a aproximarse a la platea.

Me senté en una de las butacas de atrás y aguardé a que bajasen el telón. Confieso que más que lo que ocurría en la escena me interesó el idilio que se desarrollaba entre la platea y el escenario. Sabas, apoyando la mejilla en la palma de la mano con una languidez puramente oriental, clavaba su mirada de serpiente fascinadora en la contralto. Esta, acometida de un temblor irresistible, hacía esfuerzos por huir aquella mirada y alejarse. En vano. A su pesar le miraba también hasta en las escenas más culminantes y, contra lo que exigía el papel, se apartaba bruscamente del tenor en los dúos amorosos para meter sus espaldas turgentes por las narices de aquel hombre fascinador y tropical. Escuchaba con estremecimientos su palabra vibrante como el grito del desierto, esperando tal vez que concluyese por ofrecerle cincuenta elefantes, un collar de perlas y la cabeza de tres rajahs enemigos.

Cuando terminó el acto fuí sin dilación a la platea. Sabas me recibió con la gravedad indiferente que es en todos los países cultos complemento dichoso de la elegancia. Expliquéle sin preámbulos mis deseos. Acogiólos con benignidad, y desdeñando su conquista emprendida, seguro como los héroes de llegar siempre a tiempo para vencer, tomó el sombrero y salimos del teatro. Marchamos algún tiempo silenciosos. Sentía mi corazón oprimido por un sentimiento de tristeza en el cual observaba, sin embargo, con espanto cierta ansiedad de algo placentero. Este algo no era otra cosa que la presencia de Cristina. Sí, lo reconozco con vergüenza: aun en aquellas dolorosas circunstancias me preocupaba más ella que ninguna otra cosa de este mundo.

Sabas se paró de pronto, apartó la pipa de los labios, y después de mirarme atentamente unos instantes profirió con solemnidad:

—Ya lo ve usted, amigo Ribot. Las locuras de mi cuñado han tenido al fin el resultado que yo había anunciado tantas veces.

—¡Pobre Emilio!—exclamé.

—¡Sí, bien pobre! Á la fecha no tiene una peseta ni quien se la preste.

Acercó de nuevo la pipa a los labios y aspirando en ella la fuerza motora siguió caminando.

—Lo peor de todo es que, según me han dicho, su enfermedad es bien grave.

No tuvo a bien responder a esta observación. Al cabo de un rato separó otra vez la pipa de la boca y quedó inmóvil.

—¿Le parece a usted, amigo Ribot—exclamó con acento de indignación—, que un hombre con familia tiene derecho a prodigar caprichosamente su capital y a dejar a esta familia en la miseria?

Alcé los hombros sin saber qué contestar, sospechando que Sabas se incluía entre los miembros más respetables de aquella familia arruinada.

Volvió a meter la pipa entre los dientes, y puesto, sin duda, en comunicación con la corriente eléctrica, adquirió movimiento. No tardó en interrumpirlo sacando aquélla de la boca. Hizo rápidamente la limpieza de la máquina escupiendo y prosiguió:

—Comprendo perfectamente que un hombre célibe disponga como quiera de sus recursos; que un día se levante de la cama de mal humor y arroje por el balcón todo lo que tiene. Al cabo, nadie más que él pagará las consecuencias de sus caprichos. Pero cuando un hombre no vive solo en el mundo, cuando tiene sagrados compromisos que cumplir, lanzarse en especulaciones insensatas y disipar una hacienda de importancia, me parece una conducta, no solamente necia, sino también inmoral.

Ya no dudé que Sabas incluía entre aquellos compromisos sagrados el de seguir proporcionándole a él los medios de someter a su dominación todas las sopranos y contraltos que se presentasen en el horizonte valenciano, y por no decir algo impertinente determiné callarme. En esta forma, usando de la pipa como de un manipulador de máquina eléctrica para detenerse o caminar a su antojo, y vertiendo en cada manipulación raudales de sabiduría crítica, alcanzamos finalmente la casa en que habitaba su cuñado.

No era suntuosa como la de la calle del Mar, pero sí nueva y de aspecto elegante. Subimos al piso segundo, que era el que ocupaba, y llamamos. Salió a abrirnos Regina, la antigua doncella, que no pudo reprimir un grito de sorpresa:

—¡Oh, don Julián!

—¡Silencio!—exclamé llevando el dedo a los labios.

Y apoderándome en seguida de mi ahijada, que llevaba en brazos, la cubrí en silencio de besos tiernos y apasionados. Pero no los recibió ella tan en silencio como fuera de desear. Asustada de mis barbas, y acaso pinchada por ellas, puso al instante el grito en el cielo.

Oí la voz de Cristina.

—¿Qué es eso?

Y asomó por el fondo del corredor. Al verme quedó suspensa, pero reprimiéndose al instante se dirigió con paso precipitado hacia mí tendiéndome ambas manos con ademán cariñoso.

—¡Oh, capitán! ¡Mi pobre Emilio se muere!

Vi sus ojos nublados de lágrimas. Apreté con efusión aquellas hermosas manos que me tendía y murmuré algunas palabras de duda. Quizá sus temores fuesen exagerados. Emilio había gozado siempre poca salud; pero esta clase de temperamentos suelen durar muchos años. Pregunté si podía vérsele a aquella hora, y habiéndome respondido afirmativamente, me dispuse a entrar. Cristina no me lo consintió sin prepararle antes. Estaba muy nervioso y aquella emoción podía hacerle daño. Mientras iba a cumplir este deber piadoso, Sabas aprovechó la oportunidad para tenderme su negra mano de colono asiático y despedirse con la expresión enérgica y concisa que le caracterizaba. Por la puerta, que aún estaba abierta, le vi descender la escalera, llevando en sus ojos ardientes la desolación y el llanto para la contralto.

—¡Que pase, que pase al momento!

Era la voz de Emilio, un poco enronquecida, pero todavía vigorosa. Me dirigí precipitadamente hacia el sitio donde había sonado y entré en una estancia donde el lujo de los muebles formaba contraste con la modestia de la decoración del techo y las paredes. Estaba reclinado en una butaca, con dos almohadones detrás de la espalda, vestido con elegante traje de casa. La luz de un quinqué le hería de lleno el rostro, donde podían observarse bien claras y bien aciagas las señales de la tuberculosis. Pero estaba hermoso aquel rostro, más hermoso y más interesante que nunca lo había visto. La barba más crecida y los cabellos también, unido a la blancura de la tez y a sus grandes ojos negros melancólicos, le daban un aspecto de Nazareno. Aquellos ojos brillaron al verme con su expresión inocente y cordial. Se apoderó de mi mano, y estrechándola cariñosamente entre las suyas, repitió en voz baja varias veces:

—¡Capitán! ¡capitán! ¡capitán! ¡Qué bueno eres!

Yo me hallaba conmovido hasta no poder hablar.

—¿Cómo me encuentras? Muy mal, ¿verdad?—preguntó al cabo de largo silencio.

—Espera que te vea mejor—respondí haciendo un esfuerzo sobre mí para ocultar la emoción que me dominaba.

Al mismo tiempo acerqué el quinqué a su rostro y fingí que le examinaba con gran atención.

—¿Sabes lo que tienes tú?—dije al cabo—¡Morriña!

—¿Qué es eso?—preguntó abriendo mucho los ojos.

—Cierta enfermedad que padecen los gallegos cuando pierden una cantidad que excede de cincuenta céntimos.

Vi dibujarse en sus labios una sonrisa, y dirigiendo a su esposa una mirada de alegría exclamó:

—¡El mismo de siempre! No me lo han cambiado, no.

Comprendí que lo más piadoso en aquel momento era seguir bromeando. Hice de tripas corazón y abrí la llave de las payasadas, ya que no puedo decir donaires. Pronto tuve el gusto de oirle reir a carcajadas. Su rostro se animó, sus ojos brillaron; a los pocos minutos charlábamos con la misma alegría que si estuviese completamente sano y no hubiese perdido un céntimo de su capital.

Cristina nos contemplaba con sonrisa melancólica. Sentíase feliz viendo a su marido animado, aunque entendía que no podía durar mucho tiempo.

En efecto, un golpe violento de tos vino a interrumpir tristemente nuestra charla. Se quedó lívido, medio asfixiado, apretando la cabeza entre las manos.

—El frío de la noche te hace daño, Emilio—dijo Cristina—. Es hora ya de que te retires a descansar.

Alzó la mano, haciendo con ella enérgicos signos de negación. Cuando se calmó el acceso y pudo hablar, exclamó:

—¡No me lo llevéis todavía! Me siento mucho mejor. El capitán es una bocanada de oxígeno: me trae el aire puro del mar.

Permanecí otra media hora más por darle gusto. Al cabo me retiré, no sin haberle prometido volver al día siguiente por la mañana. No quise entrar a ofrecer mis respetos a doña Amparo. Tuve noticias por Sabas de que había tomado la resolución, hacía algunos días, de desmayarse en cuanto veía la cara de cualquier amigo. Como la hora me parecía intempestiva para la producción de este fenómeno orgánico, lo diferí para otra más adecuada.

Cristina salió a despedirme a la puerta.

—¿Cómo le encuentra usted?—preguntó clavando en mí una mirada ansiosa.

—No le encuentro bien... pero todavía hay hombre... ¡Quién sabe! ¡quién sabe!

Nadie dejaba de saberlo. Ella también lo sabía; pero buscaba la infeliz algún medio de ocultárselo.

Me retiré con la cabeza aturdida y con el corazón destrozado. Aquel esfuerzo que había hecho por aparecer jovial trastornó mis nervios y no me dejó dormir. ¡Pobre Martí! Nunca me pareció tan bondadoso, tan inocente, tan digno de ser amado. Ni una palabra, ni la más insignificante alusión al proceder traidor de su amigo Castell ni a la manera inhumana con que le había arruinado. Y en los días sucesivos, lo mismo. Su alma no sólo sabía evitar la basura como los pies de las damas elegantes, pero ni aun creía en ella.

Escribí a la casa armadora haciéndola saber que por razones de salud me quedaba aquel viaje en tierra y me constituí en acompañante y enfermero de mi desgraciado amigo. Poco me apartaba de él. Cuando lo hacía observaba en sus ojos una tristeza tan verdadera que me incitaba a quedarme. Cada día iba perdiendo fuerzas, le observaba más demacrado y caído. Comenzaron a combatirle frecuentes y crueles disneas que ponían su vida en peligro. Mientras duraban yo le daba aire con un abanico. Cristina le frotaba las sienes con éter. Pero en cuanto salía de ellas, como el hombre que ha logrado eludir un peligro inminente y se encuentra cuando menos lo esperaba sano y salvo, se ponía locuaz y alegre y nos aseguraba que muy pronto podría salir a la calle y encargarse de sus negocios.

¡Sus negocios! Ni la enfermedad ni la ruina le habían podido arrancar la manía de los proyectos y la afición a las grandes empresas industriales.

—¡Si supieras, capitán, la idea que está bullendo hace días en mi cerebro!—me decía una vez clavando en mí sus ojos cándidos y sacudiendo la melena—. Un proyecto grandioso y sencillo al mismo tiempo. A quince kilómetros de Valencia se puede producir un salto de agua en el río. Con este salto puedo crear una fuerza de mil caballos. Suponiendo que pierda doscientos en la tracción, aún me quedan ochocientos, que, bien distribuidos, moverían casi todas las industrias de la ciudad y darían luz a toda ella. Los industriales y el Municipio obtienen una economía enorme, y para el dueño del salto resultaría un negocio brillante. Porque verás...

Aquí pidió papel, sacó un lápiz y se puso a trazar números con el mismo ardor y entusiasmo que si los operarios acabasen de instalar la gran máquina eléctrica, distribuyendo la fuerza entre los industriales de Valencia, a éste tantos caballos, a aquél cuántos, como si la tuviese almacenada en casa.

Cristina y yo cambiamos una mirada por encima de su cabeza y nos dijimos con ella cuanto había que decir. En otro tiempo esta manía era un peligro. Hoy podía servirle de consuelo. Así que, en vez de contrariarle, le seguimos el humor y ensalzamos su proyecto hasta las nubes. Se puso tan alegre que sus mejillas se colorearon y sus ojos, tan apagados ya, brillaron de placer. Cristina no pudo resistir la emoción y salió precipitadamente de la estancia. Yo seguí admirando calurosamente su proyecto a fin de que no advirtiese nada y llegué a prometerle mi pequeño capital para la empresa. Con esto su alegría subió de punto. Pero cambiando repentinamente de expresión, apoderándose de una de mis manos y mirándome con tristeza esclamó:

—¡No, Ribot, no!.. Por más que el negocio sea bien claro, yo tengo muy mala suerte... No expondré tu capital.

—No hay exposición—repliqué.—Te lo cederé de buen grado, porque me parece que el negocio ofrece seguridad.

—¡Absoluta seguridad!—profirió con acento de convicción inquebrantable que en otra ocasión me hubiera hecho sonreir—. Pero no te daré participación en él hasta que marche y empecemos a repartir dividendos.

¡Pobre Martí! Él era quien se marchaba a paso acelerado. Sus mejillas se hundían, el círculo obscuro que rodeaba sus ojos se dilataba, pasaba las noches tosiendo y los días atormentado por dolores y disneas.

Con esto, los desmayos de doña Amparo eran cada vez más frecuentes y prolongados. Su sensibilidad se había sobrexcitado de tal modo que el aleteo de una mariposa le hacía caer en convulsiones de las cuales no podía recobrarse sin cubrir de besos y lágrimas previamente el rostro de todos los presentes. A mí, por ser el amigo más constante, me tocó la mayor parte de estas inundaciones.

Sabas venía todas las mañanas a las once, antes de dar el acostumbrado paseo entre calles y tomar el vermouth. Si el médico había dicho que el enfermo tenía menos fiebre (y lo decía a menudo para infundirle aliento), ya teníamos á nuestro elegante tan satisfecho que para celebrarlo no podía menos de almorzar en el café y marcharse luego de jira con algunos amigos de ambos sexos.

Nos acercábamos, sin embargo, al desenlaze. A medida que la hora fatal se aproximaba, Emilio se mostraba menos aprensivo, ocupado constantemente en hacer cálculos y trazar proyectos. Aun en medio de la noche pedía papel y garrapateaba cifras.

—La semana que viene creo que podré salir a la calle—me dijo una mañana—. No tengo nada ya. El dolor de los riñones ha desaparecido, la lengua está casi limpia; en cuanto se me quite esta tos que no me deja dormir, quedo completamente sano... Hoy tengo ganas de andar; de dar un paseo largo.

Y para comprobar sus palabras se alzó de la butaca y dió algunos pasos por la estancia.

—Voy al comedor—dijo abriendo la puerta—. ¡Verás qué sorpresa doy a Cristina!

Echó a andar, en efecto, por el pasillo. Yo me quedé mirándole desde la puerta de su habitación. Cuando se hallaba hacia el medio, el infeliz vaciló un momento, y antes que yo pudiera acudir en su auxilio cayó cuan largo era sobre el pavimento.

Han pasado algunos años desde entonces y aún no se me ha borrado del alma la sonrisa melancólica y avergonzada que me dirigió al acercarme.

—¡Esto va mal, capitán!

Lo levanté y lo transporté en brazos a su butaca. Pesaba menos que un niño. Tanto Cristina como yo le reprendimos su imprudencia, convenciéndole fácilmente de que aquella debilidad dependía sólo de la falta de alimento. En cuanto empezase a comer más acudirían las fuerzas rápidamente y daríamos largos paseos por la huerta como antes.

Pero aunque Cristina conociese la gravedad de su estado y no se forjase ilusiones respecto al desenlace, todavía observaba en ella cierta ignorancia o descuido en cuanto al plazo, que no dejaba de producirme inquietud. Pensaba, sí, que la enfermedad era de muerte; mas por las palabras que salían de su boca advertía yo que juzgaba el término fatal muy lejano. Yo lo veía más próximo.

Y aún estaba más cercano de lo que presumía. Al día siguiente de su caída en el pasillo fuí a verle entre diez y once de la mañana. Contra su costumbre, todavía no se había hecho vestir. Decía que se hallaba un poco fatigado a causa de la tos. Yo le embromé achacándolo a pereza y me senté a su lado. Charlamos de política y de los sucesos locales que había leído en los periódicos. Le encontré, en efecto, más fatigado y con graves señales de abatimiento en el rostro. A pesar de eso mostrábase locuaz y contento como siempre. Al fin determinó levantarse; pero antes convinimos en que tomase una tácita de caldo con jerez, que le daría fuerzas. Salió Cristina a prepararlo.

Pocos instantes después el enfermo cayó en un ataque de disnea de los que a menudo le acometían. No quise llamar, por no asustar a Cristina, y comencé a darle aire con el abanico como otras veces, esperando que no tardaría en recobrarse. Sin embargo, sin saber por qué, me sentía ahora más turbado. El corazón me latía fuertemente viendo aquel rostro tan pálido, con los ojos cerrados y la boca abierta, aspirando angustiosamente el aire. A medida que transcurrían los segundos mi zozobra aumentaba. El miedo se apoderó de mí y llevé la mano al botón del timbre. Pero en aquel instante Martí abrió los ojos y sonrió con dulzura. Me tranquilicé y le dije:

—¡Ánimo! Ya pasó.

—Abre ese balcón. No veo bien—me respondió.

Aquellas palabras volvieron a turbarme. El balcón estaba abierto. Sin embargo, hice ademán de complacerle; mas al tratar de apartarme se apoderó de una de mis manos:

—¡Ribot! ¡Ribot!—gritó clavando en mí sus ojos desencajados—. ¡No te vayas...! ¡Me muero...! ¡No te vayas!

Se había incorporado y apretaba convulsivamente mi mano. Su mirada cambió de expresión repentinamente, quedando opaca, vidriada. Dobló la cabeza como si estuviese descoyuntada y cayó, pesadamente, hacia atrás.

El horror, la estupefacción me dejaron un instante inmóvil, clavado al suelo. Pero volviendo sobre mí tomé su cabeza entre mis manos y, apretándola contra el pecho, le grité, a mi vez:

—¡Martí! ¡Amigo mío, hermano mío! ¡No te vayas! En este mundo de perfidia quedan muy pocos hombres como tú.

Y besé aquella frente por donde no había pasado jamás la sombra de un pensamiento vil.

En aquel instante una mano rozó mi espalda. Me volví como si me hubiesen pinchado y pude ver unos ojos desmesuradamente abiertos por el terror y una figura pálida que se desplomaba.

XVII

Renuncio a expresar lo que ocurrió en aquella casa al morir Emilio. Todos le adoraban; para todos era un padre amantísimo dispuesto a sacrificar sus gustos a los de los otros. El dolor, la consternación de Cristina fueron tan grandes que temimos por su vida. Transcurridos, no obstante, algunos días, fué necesario pensar en negocios. Los de Martí se encontraban tan embrollados que aquella desgraciada familia estaba expuesta a caer en la miseria. El único llamado a tomar la dirección de ellos, por ser el pariente más cercano, era Sabas; pero este hombre profundo, para quien el corazón humano no tenía repliegue alguno, desdeñaba los pormenores prosaicos de la existencia. Semejante a un dios, vivía en perpetua alegría, alejado de los trabajos y zozobras que afligen a los humanos. Fué necesario que yo empuñase las riendas. Pedí licencia definitiva y me puse a la obra con poca inteligencia, pero con ardor y voluntad ilimitados. Esta voluntad me salvó. Al cabo de seis meses de trabajo asiduo, luchando con acreedores y abogados y escribanos, logré desenredar la madeja. Solventadas las deudas todas, aún le quedaba a Cristina una corta renta con la cual podía vivir sin lujo, pero decorosamente. Respiré tranquilo y gocé de mi triunfo como si hubiera dado fin a una empresa gigantesca.

La gratitud de Cristina constituía para mí la más dulce recompensa. De un modo grave y reservado, como hacía ella todas las cosas, me la daba a entender constantemente. Esto, unido a las inocentes caricias de mi ahijada que comenzaba a gorjear mi nombre llamándome «tío Ribot» como si la sangre nos uniese, resarcía plenamente mis fatigas. Lo único que me apenaba era el observar con qué cuidado escrupuloso reducía Cristina los gastos de su casa y la estrechez a que se sometía. Yo la encontraba exagerada: su renta la permitía algún mayor desahogo; pero no me atreví a representárselo. Por otra parte, comprendí al cabo que aquella economía no le causaba dolor alguno, antes gozaba con ella pensando quizá en acrecer por este medio la herencia de su niña. Más tarde averigüé, no sin cierta indignación, que sus ahorros servían para sostener la casa de su elegante hermano. Éste seguía aplicando el filo de su escalpelo a todos nuestros actos. Persuadido de que nunca llegaría el talento de su hermana ni mi habilidad en los negocios a proporcionarle medios de conquistar ni una mala corista de zarzuela, se decidió, al fin, a ingresar de croupier en el Círculo.

Nada de su antiguo esplendor echaba menos Cristina, como pude cerciorarme: ni las suntuosas habitaciones, ni los ricos trajes, ni el coche, ni los criados. Sólo la alquería del Cabañal excitaba en ella un recuerdo melancólico. Cuando la mentábamos solía quedarse triste y pensativa. Era bien natural. Su pasión por el campo, por la vida libre y tranquila, estaba reforzada en este caso por las dulces memorias que aquella finca guardaba en su seno. Allí se habían deslizado las horas más felices de su existencia.

Después de haber podido observarlo en diversas ocasiones nació en mí cerebro el pensamiento atrevido de comprarla. Hice rápidamente el balance de mi caudal. Como soy hombre de pocas necesidades, podía sacrificar la tercera parte y quedarme lo suficiente para vivir. En cuanto me convencí de ello empecé a ponerme nervioso. No pude sosegar hasta que me trasladé a Barcelona, donde residía el banquero a quien se había adjudicado la finca, y me puse al habla con él. El Cabañal se había subastado en diez y ocho mil duros. En seguida comprendí que su dueño se daría por satisfecho con soltarla en el mismo precio, pues las utilidades se invertían todas en los gastos que ocasionaba si se la había de conservar como hasta entonces. Al cabo de algunas conferencias y bastantes regateos otorgamos la escritura, exigiendo yo el mayor sigilo. Acto continuo, y por medio de escritura también, hice donación de la finca a mi ahijada. Con ambos documentos en el bolsillo y el corazón lleno de alegría me restituí a Valencia, donde antes de tomar posesión de la alquería fuí comprando o encargando los muebles necesarios, semejantes en un todo a los que tenía la casa. Me costó algún trabajo, pero lo cumplí con gozo inexplicable. No hay para qué decir que donde me esmeré y puse los cinco sentidos fué en el gabinete tocador de Cristina. A fuerza de prolijas investigaciones pude hallar algunos de los muebles auténticos y los compré; otros los mandé contrahacer y salieron bastante parecidos. Ya que los tuve a mi disposición me posesioné de la finca, rogando a las personas que intervinieron y al hortelano que la cuidaba que me guardasen el secreto.

Se acercaba el cumpleaños de mi ahijada. Algunos días antes hice trasladar los muebles a la alquería y me puse a ordenarlos en la misma forma que antes tenían. Conocía tan bien la disposición de aquella casa que no me fué difícil darle la misma apariencia. El gabinete de Cristina me ocupó mucho tiempo, pues aspiraba a que no faltase un pormenor. Los muebles, las cortinas, los enseres del tocador, hasta la colcha de la cama, todo fué restaurado o copiado con la posible exactitud.

El día del cumpleaños llevé por la mañana un lindo juguete a mi ahijada, prometiéndole regalarle otro por la tarde. Y por la tarde invité a su mamá y a doña Amparo a dar un paseo por el campo y a merendar en cualquier paraje solitario para celebrar aquella fecha memorable. Alquilé un coche. El cochero, prevenido por mí, después de pasearnos buen rato, nos condujo a las cercanías del Cabañal. Allí hice parar, y les dije:

—Señoras, no sé si habré cometido una tontería. Si es así, pido perdón de antemano. Conociendo la pasión que Cristina ha tenido siempre por la alquería del Cabañal, hice preparar allí la merienda. Soy amigo de Puig, su dueño, y cuando estuve en Barcelona me dió permiso para entrar en ella cuando y con cuantas personas quisiera. Repito que me perdonen este paso si les parece inconveniente.

Doña Amparo lo halló muy bien y se alegró en el alma de visitar otra vez aquella finca que tanto le placía. ¡Pero había que ver el semblante de Cristina! Jamás se me ofreció más sombrío ni contraído. Tuvo imperio, sin embargo, sobre sí misma para callar, y yo, aparentando no hacerme cargo de su molestia, di orden al cochero de seguir.

El hortelano y sus peones hicieron el papel de recibirnos como huéspedes y nos condujeron amablemente hasta una glorieta donde había hecho poner la mesa. Antes de merendar les invité a dar un paseo por la alquería; pero Cristina rehusó vivamente alegando tener herido un pie. Como doña Amparo no quiso dejarla sola, me fuí con mi ahijada y la niñera y nos recreamos corriendo y retozando por aquellas frondosas avenidas. Cuando volvimos observé que Cristina tenía los ojos enrojecidos y que su mamá se inclinaba con señales evidentes hacia el no ser.

De nada de esto quise enterarme. Alegre y chancero como nunca, comencé a partir los manjares y a distribuirlos, secundado por la niñera y el mozo del hotel que los había llevado. Con gran esfuerzo, y para no dejarme adivinar su disgusto, Cristina tomó algunos, muy pocos bocados. Doña Amparo tampoco comió mucho. Pero Julianita, la niñera y yo supimos cumplir con nuestro deber. Al terminar se destapó una botella de champagne. Entonces yo, poniéndome en pie, levantando a mi ahijada con un brazo y tomando en la otra una copa, exclamé:

—¡A la salud de Julianita! ¡A la salud de mi niña!

Acerqué primero la copa a su boquita de clavel, y después bebí el resto de un trago.

—Te he prometido un regalo para esta tarde y voy a cumplir la promesa. Te regalo esta alquería, de la cual has sido despojada. Para ti la he comprado hace unos días. Recíbela, hija mía, con este tierno beso que estampo en tu mejilla, y haga el cielo que en ella disfrutes días largos y felices.

Cristina se alzó de su asiento pálida y trémula.

—¡Ribot!... ¡No puede ser!—profirió con voz alterada.

—Ahí están la escritura de compra y la de donación—respondí presentándole los documentos.

—¡Pero mi hija no puede aceptar un sacrificio tan enorme!

—Tengo pocas necesidades y ningún pariente cercano. La ley me concede la facultad de elegir heredero... Ya está elegido—añadí poniendo la mano sobre la rizada cabecita de mí ahijada.

Quedó inmóvil, silenciosa, con la mirada clavada en el suelo. Al cabo salió de la glorieta sin despegar los labios y se encaminó hacia la casa. Yo la seguí de lejos, dejando el cuerpo inanimado de doña Amparo a los cuidados de la niñera y el mozo. Observé que aceleraba el paso. Cuando llegó a la puerta iba casi a la carrera. Se detuvo un instante, besó la pared y entró.

Sentí sus pasos al través de las estancias, oí sus exclamaciones de alegría y llegué a punto de verla entrar en su gabinete. Al tender la vista por él dejó escapar un grito y cayó de bruces y sollozando sobre el lecho de madera blanca. Me acerqué y le dije:

—Este gabinete guarda todavía entre sus paredes el perfume de una vida santa y tranquila. Los muebles que estaban diseminados por la ciudad y que nada decían a sus dueños, al verse otra vez juntos se sienten dichosos y le hablarán, Cristina, el lenguaje dulce y misterioso de los recuerdos. Me considero feliz al entregárselos, y más feliz aún de haber trabajado muchos días para que llegase este momento.

Se alzó del lecho y, tendiéndome una mano, me respondió con voz temblorosa:

—¡Gracias, Ribot! ¡Muchas gracias! Ha sido usted para nosotros un amigo fiel. Dios le pagará el bien que nos ha hecho, porque yo no puedo pagárselo.

Me sentí conmovido hasta el fondo del alma por aquellas sencillas palabras.

—Cristina—repliqué—, acepto el dictado que usted noblemente me otorga. He sido para usted y para Emilio un amigo leal; he velado por su honor y por sus intereses con incesante cuidado. Pero he velado con más diligencia aún sobre mis pensamientos, porque el pensamiento es inquieto y contra mi voluntad podría ir derecho a ofenderla a usted. Nada tengo que reprocharme. La he amado a usted siempre, como la amo ahora, con el respeto que se tiene a los seres divinos. Pero a despecho de mis esfuerzos por sofocarlo, levanta la cabeza en mi alma un anhelo y siento que no hallaré sosiego si no le dejo vivir o de una vez no le mato... Perdón, Cristina, por la pregunta que voy a hacerle... ¿No podré esperar que algún día me dé otro nombre que el de amigo?

Quedó grave y silenciosa, con la mirada fija en el suelo. Luego se sentó en una silla próxima a la mesilla de noche, apoyó el codo en ésta y la cabeza en la mano, y así permaneció en actitud reflexiva. Yo doblé la rodilla a su lado y esperé.

—Levántese, Ribot—dijo posando en mí una mirada triste y afectuosa—. Me causa pena y vergüenza ver a mis pies al hombre que ha endulzado los últimos instantes de mi marido, que ha sacrificado por mí su bienestar y por mi hija su fortuna. El corazón me dice que a este hombre no puedo negarle ni aun la existencia si me la pidiese. Pero ¿no piensa usted, Ribot, que hay algo entre nosotros que debe detenernos, algo que empañaría la dicha a que usted tiene derecho? Recuerde las circunstancias en que nos hemos conocido, examine los secretos impulsos que le han traído a esta tierra, los que usted ha sentido después, sus luchas interiores, sus pensamientos, sus dolores y alegrías durante los tres años y medio que acaban de transcurrir...... Y dígame francamente si no imagina que alguna vez la conciencia nos diría al oído que no habíamos procedido con toda delicadeza. Yo creo que sí; y como le conozco a usted bien, sé que bastaría para turbar la serenidad de su vida. Esto en cuanto a lo de adentro. En cuanto a lo de afuera, ¿no se le ocurre que al vernos unidos podría nacer en el mundo una infame sospecha que fuese a herir en su tumba a un ser querido?

Comprendí la verdad que encerraban aquellas palabras y sentí el corazón oprimido. Acudió el llanto a mis ojos. Me tapé la cara con las manos para ocultarlo.

—¡Cómo! ¿Llora usted, Ribot?—exclamó acercando su cabeza a la mía—. ¡No, por Dios!... No llore usted, amigo mío... Yo no tengo derecho a causarle la más insignificante pena... Estoy dispuesta a seguir su suerte, si usted quiere.

Hice signos negativos con la cabeza y respondí:

—Déjeme usted llorar un minuto. Esto pasará.

Corrieron mis lágrimas en abundancia. Al levantar la cabeza observé que también corrían por sus mejillas. Me puse en pie y, secándome con el pañuelo, le dije sonriendo:

—¿Lo ve usted? Ya pasó. La tristeza y yo nunca hemos sido amigos muy constantes.

Entonces me tomó las manos, las apretó con fuerza y, mirándome fijamente, exclamó:

—¡Y sin embargo, estoy persuadida de que no le haría a usted desgraciado! Después de mi marido, ningún hombre me ha inspirado una estimación y un afecto tan profundos.

—Esas nobles palabras—respondí conmovido—no sólo me dan fuerzas para vivir, sino para hallar la vida amable. Yo necesito poco para ser feliz, Cristina. Si tantas veces, reclinado en el puente de mi barco, me sentí dichoso contemplando el brillo de las estrellas, ¿por qué no he de serlo ahora mirando esos ojos tan dulces, tan francos, tan serenos? Dejeme usted verlos todos los días, y yo le prometo vivir siempre alegre y tranquilo.

XVIII

Cumplí la promesa. Mis días corren desde entonces felices y serenos. Fijé mi residencia en Alicante; pero paso larguísimas temporadas, casi la mitad del año, en Valencia. Y cuando aquí estoy, en casa de Cristina me consideran no como un amigo, sino como miembro de la familia. Ninguno deja de alegrarse cuando me ve llegar; pero sobre todo mi ahijada, una niña encantadora de cinco años, con tanta luz en los ojos como su madre. En cuanto siente mis pasos corre a mi encuentro gritando y saltando, se cuelga de mi cuello, me cubre de besos y me tira de la barba de un modo que a cualquiera haría saltar las lágrimas... de placer.

En este momento escucho su voz en la escalera:

—¡Tío Ribot! ¡Tío Ribot!

Mientras permanezco en Valencia, todas las mañanas viene a buscarme al hotel con su niñera. Salimos juntos; nos paseamos por la Glorieta y por las calles; entramos en las confiterías (Julianita las conoce todas mejor que el investigador de Hacienda) y compramos dulces; vamos al mercado de las flores y compramos flores. Y cuando suena la hora del almuerzo llegamos a casa cargados de cartuchos y ramos. La mamá sale a abrirnos. Sus ojos hermosos brillan de alegría y alguna vez se humedecen también de gratitud.

Nada más apetezco. Seguro del afecto de los seres que amo y de mi propia estimación, contemplo con calma el curso de las Horas divinas. La nieve cae lentamente sobre mi cabeza, pero no llega al corazón: Ni la pálida envidia ni el negro tedio penetran tampoco en él. Y si, como he oído repetidas veces a Castell, la vida no tiene sentido, yo estoy persuadido de que he sabido dárselo. Para mí tiene un sabor delicado, exquisito. Soy el artista de mi dicha: este pensamiento aumenta mi gozo.

Y cuando la muerte inexorable llame a mi puerta no tendrá que llamar dos veces. Con pie firme y corazón tranquilo saldré a su encuentro y le diré entregándole mi mano: «He cumplido con mi deber y he vivido feliz. A nadie he hecho daño. Ora me invites a un sueño dulce y eterno, ora a una nueva encarnación de la fuerza impalpable que me anima, nada temo. Aquí me tienes.»

¡Pero no, no es la muerte quien llama en este momento a mi puerta! Es la vida esplendorosa, inmortal, divina. Desde mi balcón abierto la siento y la veo. El sol nada en el firmamento y desparrama sus rayos por la huerta. Las flores brillan y exhalan su perfume. Esta luz y estos aromas me embriagan. Todo ríe, todo se agita, todo canta en el mundo que diviso desde mi balcón. Todo ríe, todo se agita, todo canta en el mundo mágico que he creado en mi pecho. Hermosa es la vida. Su soplo fecundo acaricia mis sienes. ¡Qué alegría en esta fresca mañana de primavera! Los pájaros entre el follaje cantan con voz melodiosa un gozoso concierto a los rayos del sol.

Pero yo no cambiaría por todas sus voces melodiosas la que ahora me llama impaciente desde la escalera.

—¡Tío Ribot, que te espero!

—Allá voy, hija mía, allá voy.


Publicado el 11 de agosto de 2017 por Edu Robsy.
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