La Guerra Injusta

Armando Palacio Valdés


Artículo, Opinión, Viajes



La Decisión de la Francia

La dirección de El Imparcial me ha confiado la honrosa tarea de estudiar el espíritu francés en estos, para él, tan críticos momentos. Por honrosa que ella sea, no la hubiera aceptado si otros motivos que no fuesen del orden moral se ofreciesen ante mis ojos. Soy viejo, mi salud vacilante; el ruido de la Prensa me ha atemorizado siempre. ¿Por qué pasar «del silencio al estruendo», por qué abandonar el oscuro rincón donde desde hace muchos años hablo en voz baja con aquellos espíritus afines al mío, esparcidos por el ámbito del mundo, sin que la muchedumbre se entere?

¿Por qué? Porque la voz de mi conciencia, esa voz que en todo hombre se va haciendo más poderosa con los años, me lo insinúa con vivas instancias. Cuando tantos millones de seres humanos viven actualmente en Europa, entre sangre los unos, otros entre lágrimas, ¿hay derecho á invocar el temor, la enfermedad ó la vejez? Dejemos murmurar á la vil materia; no es hora de atender á sus rebeldías. Cesó la hora de las chanzas y los regalos; hay que mirar cara á cara á la bárbara realidad y llevar una mano piadosa á las heridas.

Aquí estoy, pues, y lo primero que me cumple hacer es una declaración que debo á mi sinceridad y al respeto de los lectores. No soy un neutral en el sangriento conflicto que hoy aflige á la Humanidad; no lo he sido jamás en disputa alguna que hayan presenciado mis ojos. Pude haberme equivocado; pero siempre me coloqué resueltamente al lado del que, en mi sentir, tenía de su parte la razón y la justicia. Por eso, al estallar la presente guerra, me incliné del lado de la Francia; porque pensé, y sigo pensando, que la razón y la justicia se encuentran de su parte.

En las largas, interminables horas de tren para llegar á esta gran ciudad, antes tan feliz, hoy tan desgraciada, tuve tiempo á hacer un minucioso examen de conciencia. Me he preguntado con lealtad si en mi actitud favorable á los aliados ha podido influir algún motivo que no fuese absolutamente puro. ¿Sería la simpatía personal? No siento excesiva preferencia por ningún país, porque estoy íntimamente persuadido de que los hombres son iguales en todas partes. No existen, en Europa por lo menos, razas superiores e inferiores; no hay más que hombres de buena y de mala voluntad. Con los primeros está mi corazón, lo mismo que alienten en los vergeles de Italia que en las estepas de Rusia. ¿Sería el interés? Ninguno tengo en que triunfen unos u otros. ¿Sería la gratitud? La debo por igual á los dos beligerantes, pues de los dos he recibido pruebas inmerecidas de aprecio. ¿Sería, por ventura, alguna preocupación política? Aquí ya existe motivo para detenerse. Efectivamente; en orden á la política, admiro á Inglaterra como á ningún otro país del mundo. Es aquel donde el hombre más respecta al hombre; por lo tanto, el que puede llamarse sin jactancia más civilizado. Pero Rusia, en cambio, es el más atrasado: no había, pues, motivo para una declarada preferencia.

Persuadido de que la mía en estos momentos se funda sobre la justicia, ó lo que yo entiendo por justicia, quedo tranquilo y tomo la pluma para defenderla.

Y, ahora, perdóneseme que haga una pregunta. Todos los germanófilos ó francófilos que en nuestra España residen, ¿han descendido así al fondo de su conciencia y se han preguntado sinceramente en qué motivos fundan su inclinación? Mis observaciones no me permiten afirmarlo. Unos se declaran partidarios de Alemania porque son autoritarios y ponen sobre todas las cosas de este mundo la disciplina social; otros de la Francia porque es una República y suponen que hay más libertad; muchos marinos son amigos de los aliados porque admiran la flota inglesa; muchos militares quedan extasiados ante los métodos de guerra de la Alemania. Algunos cándidos católicos gritan ¡viva Alemania! porque están ciertos de que así que el Kaiser aniquile á la Francia su ocupación más urgente será colocar al Sumo Pontífice en su trono temporal y restablecer la Inquisición; muchos socialistas, cándidos también, gritan ¡viva Francia! porque suponen que detrás de su triunfo no se hará esperar el reparto de la propiedad. En general, los violentos, los coléricos, están con los germanos; los pacíficos, los mansos (¡bienaventurados los mansos!), se inclinan á los aliados.

Añadid á éstos los escépticos, los frívolos, los caprichosos, aquellos que se declaran por unos ó por otros como en la Plaza de Toros se toma parte por uno ó por otro espada y en el Hipódromo por uno ú otro caballo.

Y, sin embargo, merece la pena de que examinemos con seriedad y rectitud este litigio. La sangre de nuestros hermanos corre á torrentes. ¿Somos, por ventura, los españoles tranquilos espectadores sentados en el coliseo para presenciar una fiesta de gladiadores? ¿Consiste nuestra tarea en certificar cuál es el que ha dado mejores golpes ó ha caído con más gracia? No; nuestra carne sangra cuando sangra la de nuestros hermanos; nuestras lágrimas corren con las que ellos vierten. Unos somos ante la justicia divina. Pidámosle que nos ilumine y no nos deje caer en el error, para que ella no nos pida algún día estrecha cuenta de nuestra injusticia.

Jamás olvidaré la tarde del 2 de agosto de 1914. Me hallaba veraneando en un perdido rincón de las Landas francesas y me ocupaba en contemplar á un obrero que construía un gallinero en el jardín de mi casa, ayudado de un niño hijo suyo. Eran las cuatro de la tarde. El sol nadaba por el espacio diáfano; una brisa suave acariciaba nuestras sienes; los pájaros marinos revoloteaban sobre nuestras cabezas. Departíamos amigablemente. De pronto, el obrero suspende su trabajo, levanta la cabeza y exclama inmutado:

—¡Monsieur, la campana!

Atendí un momento y escuché, en efecto, el tañido lejano de la campana de la iglesia.

—¿Será á fuego?

—No; no es á fuego—repuso con voz sorda, bajando de nuevo la cabeza y prosiguiendo su tarea.

Al cabo de algunos minutos la alzó de nuevo, con el rostro pálido.

—¡Monsieur, el cañon!

Atendí otra vez; pero no logré percibirlo. No era extraño, porque nos hallábamos á 22 kilómetros de Bayona.

—No oigo nada.

—¿Has oído tú?—preguntó á su hijo.

—Sí, lo he oído—respondió el niño, más pálido aun que su padre.

De pronto, allá á lo lejos, se escucha el redoble del tambor. Me sentí conmovido hasta lo más profundo de mi ser. ¡El tambor, sí, cuyo redoble se acercaba siniestro, fatídico, rompiendo el silencio inocente de la campiña!

Y en aquel momento acudieron á mi imaginación los recuerdos de la historia primitiva de la Humanidad. Veía al clan vecino más numeroso y más guerrero arrojarse de improviso sobre el clan más débil, apoderarse de sus ganados, violar á sus mujeres, degollar á sus hombres. ¡Ahí están, ahí están los feroces enemigos! Entonces también resonaría por los campos el grito de alarma; entonces también los hombres quedarían pálidos y las mujeres, apretarían á sus hijos contra el pecho.

Comprendí que una gran nación corría peligro de muerte. La patria de Pascal y de Racine, de Bossuet, de Rousseau, de Balzac, de Musset y de Víctor Hugo iba á ser, humillada, tal vez aniquilada para siempre. No era una guerra romántica, como la de Napoleón, la que se preparaba, en que un genio ambicioso arrojaba á puntapiés de sus tronos á unos cuantos ridículos déspotas que tenían á la Europa bajo su férula; en que un ejército incomparable corría detrás de él ebrio de gloria, pero no de riquezas. La que ahora se avecinaba era una tragedia sórdida, el rumor de un pueblo que viene rugiendo de codicia á apoderarse del fruto del trabajo de su vecino. Pocos meses antes los periódicos alemanes anunciaban que en la próxima guerra exigirían de indemnización á la Francia cuarenta mil millones de francos.

Salí precipitadamente de mi casa y salvé casi á la carrera el kilómetro que me separaba del burgo. Los habitantes todos se hablaban unos á otros sin ruido y con imponente calma.

Al atravesar por medio de un grupo de mujeres me clavaron una mirada recelosa y hostil. Más allá, al cruzar cerca de otro lo mismo. Yo era el extranjero que penetra curioso ó indiferente en medio de una familia afligida. ¡Pobres mujeres! Si supieseis que mi corazón en aquellos instantes se hallaba tan contristado como el vuestro!

Tropecé con un grupo de conocidos, que apartaron de mí los ojos fingiendo no verme. Entonces yo, herido y apenado por aquella hostilidad, me dirigí resueltamente á ellos.

—Señores, soy un extranjero; pero no puede serme indiferente la desgracia que en este momento pesa sobre vosotros. Estoy enteramente cierto de que no queríais la guerra, de que nadie pensaba siquiera en ella.

Aunque llorabais, como es justo, la pérdida de vuestra Alsacia y Lorena, no esperabais recobrarlas más que por medios diplomáticos.

Se os ataca indignamente. La razón y la justicia están de vuestro lado. Por lo tanto, á vuestro lado estoy y quisiera poder probároslo de otro modo más eficaz que con palabras.

Silenciosamente me estrecharon todos la mano. Uno dijo al cabo, con grave acento:

—Basta de humillaciones. Concluyamos de una vez.

Y los demás repitieron, uno tras otro:

—¡Es preciso concluir, es preciso concluir!

Me separé de ellos y me volví, siguiendo la carretera al borde de la ría. Sentado en una lancha, arreglando unas redes, vi á un joven pescador con quien yo solía departir.

—¿Has oído?—le pregunté, apuntando al sitio donde sonaba el tambor.

—Sí; he oído. Es preciso concluir—me respondió secamente sin levantar la cabeza.

Seguí caminando por la carretera y vi llegar hacia mí una jovencita que solía ir por mi casa á vender pescado.

—Ya ves lo que ocurre—le dije—. ¿Tienes miedo?

—Sí, señor; tengo miedo porque mis dos hermanos deben marchar inmediatamente... pero es necesario concluir, monsieur, es necesario concluir.

Llegué hasta la playa y me senté delante de un humilde café que allí hay. En una mesa próxima un viejo militar retirado decía á sus amigos:

—Vale más ser destruído de una vez que humillado á cada instante. Es preciso concluir.

—¡Es preciso concluir!—repitieron á coro sus amigos.

Al cabo de dos años entro de nuevo en Francia, llego á París, y la misma inquebrantable resolución, expresada en la misma forma, suena por todas partes en mis oídos. ¡Es necesario concluir! Sí; la guerra no terminará hasta que se disipe la negra pesadilla que atormentaba á la nación francesa. O á la tumba, ó á la libertad. El clan vecino no se arrojará ya sobre ellos mientras estén vivos.

¡Cuán distinto, sin embargo, el timbre de las voces! Las voces cantan, las voces ríen, las voces juegan. Un rayo de sol ha caído sobre la Francia. Ya no se bajan los ojos; ya se levanta la frente; las miradas se clavan brillantes en nuestro rostro. Un amigo, al abrazarme en la estación, me dijo al oído alegremente:

—¡Seguros!

—¿Ya no tiene usted miedo de que aparezca Lohengrin en el horizonte?

—Si aparece, vendrá ya sólo con su cisne.

Pero de este optimismo francés hablaré en mi próximo artículo.

El optimismo Francés

El optimismo está á la moda. También hay en la Filosofía faldas cortas y largas y cuellos de pajarita. Por todas partes nos rompen los oídos gritándonos: «¡Sed optimistas!» De América llegan, encerradas en primorosos libros, estas voces regeneradoras. Los modernos psicólogos americanos no se cansan de repetirnos la misma canción, un poco monótona á veces para nuestros oídos latinos. Uno de ellos, muy distinguido, Waldo Trine, en uno de sus recientes libros truena con mucha elocuencia contra el hastío y el miedo, á los que llama dos negros mellizos. «Al atraer á nosotros—dice—por el miedo las mismas cosas que nos causan temor, atraemos también todas cuantas condiciones contribuyen á mantener el miedo en nuestro ánimo.»

En efecto, yo también sé por experiencia que el miedo es cosa desagradable y que el optimismo es mucho más estomacal. No he hallado jamás, sin embargo, medio intelectual de extirpar el miedo. Lo único que logró convencerme alguna vez fué ver cerca á la pareja de la Guardia civil.

Si para ser optimista bastase querer serlo me parece que no habría una sola persona en el mundo que no lo fuese. Pues esto es precisamente lo que pretenden los llamados «filósofos de la voluntad»: «¡Sed optimistas; basta quererlo!»

No basta quererlo, no. Para un tenor es fácil dar el do de pecho, y para un boxeador un gran puñetazo; pero á los demás nos es imposible. Por eso William James, el más notable y perspicaz de todos ellos, en su famoso libro The varieties of religious experience, divide á los hombres en dos categorías: los que, para ser felices, les basta nacer una vez, y los que, por haber nacido desgraciados, necesitan nacer dos veces. Once born and twice born. Los primeros son los optimistas, los que lo ven todo de color de rosa. El mundo está gobernado por fuerzas benévolas que se encargan de arreglar las cosas del modo más dichoso posible. El sol les encanta; la lluvia les parece admirable; si se rompen una pierna lo consideran como un acontecimiento feliz, porque pudieron haberse roto las dos. A estos optimistas de nacimiento se oponen los temperamentos pesimistas, los poseídos de una irremediable tristeza. Para ellos no hay acontecimiento, por afortunado que parezca, que al cabo no cambie de naturaleza y se transforme en desgraciado; en toda alegría ven un probable desengaño; en toda flor, el gusano; en toda opulencia, la bancarrota inminente.

Estoy de acuerdo. Existen alguna vez esos dos temperamentos extremos, y con frecuencia más atenuados. Con lo que no puedo conformarme es con que el primero sea el temperamento ideal, el que todos debemos admirar y apetecer. Esos seres que William James llama «nacidos una vez» son los inconscientes, los que no se dan cuenta de lo que es la vida y el mundo. En este sentido, el optimista por excelencia es el animal que no sabe que muere. Pero los que saben que se mueren no pueden ser optimistas de aquel modo que los psicólogos americanos exaltan.

No seamos ilusos. La vida es áspera; la realidad, odiosa. El hambre, el tifus, el cáncer, la guerra, son huéspedes con los que hay que contar. ¿Quién nos hubiera dicho hace tres años que la Europa civilizada, iba á convertirse en un rebaño de tigres y chacales? Si los «nacidos una vez» de William James no se percatan de esto, tanto mejor para ellos ó tanto peor. Para mí los verdaderos hombres son los «nacidos dos veces»; esto es, aquellos que se dan cuenta de su situación sobre la Tierra, de su origen y de su destino inmortal. El primero es el «hombre viejo» de San Pablo, en quien dominan todavía los instintos animales, que vive dormido en la inconsciencia de la Naturaleza. El segundo es el «hombre nuevo» que ha abierto sus ojos á la luz; el hombre espiritual, que se alza sobre su vestidura carnal como la crisálida deja el saquillo que le servía de cárcel para transformarse en mariposa. «La melancolía—decía el padre Lacordaire—es inseparable de todo espíritu que va lejos y de todo corazón que es profundo, y no tiene más que dos remedios: la muerte o Dios.» Bendita sea, pues, la melancolía, que nos revela nuestra condición de hombres. Quédese atrás en buena hora esa alegría inconsciente que nos retiene en los limbos de la animalidad.

* * *

Hace algunos meses publicó en la Revue des Deux Mondes el doctor Emmanuel Labat un artículo titulado: «Nuestro optimismo». Es muy digno de leerse: está perfectamente escrito; lo reconozco con tanta mayor lealtad cuanto que mi manera de pensar es diametralmente contraria á la suya. El doctor Labat es un discípulo de la moderna escuela psicológica; particularmente William James ha ejercido sobre él una influencia decisiva. Pero el doctor Labat es médico y como tal no vacila en traer, cuando puede, agua para su molino. Quiero decir que exagera las enseñanzas un poco nebulosas y panteísticas de la escuela, y las transforma cuando le acomoda en francamente materialistas.

Supone este eminente facultativo que el optimismo no es una operación del espíritu que razona, sino que viene de más lejos, de una fuente más profunda y más íntima. «El optimismo—dice—es el instinto de vida, el horror de la muerte, la alegría, el orgullo y la voluntad de vivir.»

Confieso que no comprendo bien este optimismo, que consiste en tener horror á la muerte. Llamar optimismo al instinto de conservación es un abuso del lenguaje. El verdadero optimista debe ser aquel que no tiene miedo alguno á la muerte, puesto que nos hallamos en un mundo donde es necesario morir. Era optimista el mártir cristiano que marchaba cantando al suplicio porque sabía que le esperaba una dicha inmortal, ó el musulmán que se lanza sobre la espada del enemigo porque le aguarda un coro de bellas huries, ó el chino que se deja alegremente matar en América porque está seguro de resucitar en su patria. No lo es el que guarda inquieto y ansioso su preciosa piel con la certeza de que por más esfuerzos que haga al fin ha de ser pasto de gusanos.

Pues de este instinto de vida ó, como antes se decía, de este instinto de conservación hace derivar el doctor Labat el presente optimismo francés. Supone que el francés es optimista por naturaleza, y que este optimismo es la salvaguardia de su existencia. Me parece que se halla en un error. En Francia hay tantos pesimistas y neurasténicos como en cualquier otro país; quizá más. Y se comprende bien. El francés en general es ambicioso, ama la riqueza y trabaja con ahinco por obtenerla. Pues bien; en la estadística de la neurastenia el primer lugar lo ocupan los hombres de negocios. Además el francés posee un aguzado espíritu de crítica, y un crítico no es optimista jamás.

Por lo demás, yo he vivido en Francia durante los primeros meses de la guerra y no he podido observar tal optimismo. Vi la decisión, la inquebrantable voluntad de defenderse hasta morir. Esto no debe llamarse optimismo. Por el contrario, cuando los alemanes llegaron á las proximidades de París noté bastante depresión y abatimiento, que en nada alteró, me complazco en decirlo, su firme y valerosa resolución.

Pero acaeció la batalla de la Marne, y el espíritu francés se exaltó de pronto, y reinó por algún tiempo un optimismo candoroso: se creyó en la victoria inmediata; hasta se pensó en la conquista de Alemania y la entrada en Berlín. Pasaron los meses, no obstante, y se vino á entender que no debía esperarse esta clase de victoria. El francés es razonador por excelencia. En otros países el hombre quizá ostente cualidades más altas; pero el buen sentido es patrimonio de los franceses. Salvo cuando se toca á su vanidad nacional, en que suelen traspasar los límites de la razón. Pero saben volver á ellos prontamente y acomodarse con asombrosa facilidad á las cirunstancias.

Todavía se pensó, no obstante, por muchos que les sería posible romper las líneas alemanas y recuperar el territorio perdido y avanzar por el enemigo. Al pueblo en que yo habitaba llegó en el último Septiembre, con licencia por cinco días, un sargento. Es un grande amigo mío, notario de profesión, soldado por temperamento, hombre enérgico y valeroso.

—¿Cuándo rompen ustedes la línea?—le pregunté, sonriendo.

—Cuando queramos—me respondió tranquilamente.

—¿Lo dice usted de veras?

—Sí, señor; no aguardamos más que la orden para hacerlo.

Efectivamente, á los pocos días llegó la orden, y ya se sabe lo que acaeció. A costa de enormes sacrificios, de una cantidad prodigiosa de sangre, se avanzó tres ó cuatro kilómetros. A los alemanes les está sucediendo lo mismo en los actuales momentos, con menos fortuna todavía.

Ahora el optimismo ha cambiado de rumbo. Para saber lo que es calcular hay que venir á Francia. Un amigo me demostró hace pocos días con el lápiz en la mano que los Imperios centrales poseen tales y cuáles medios de defensa, tantos y cuántos recursos metálicos, que pueden resistir hasta tal época y que transcurrido este plazo deben sucumbir. Consideran á Alemania como una plaza sitiada; no será tomada por asalto, pero caerá rendida por hambre. Tienen ciega y absoluta confianza en la victoria.

* * *

Pero esto no es optimismo, dirá el doctor Labat. Se trata aquí de un cálculo, de la resolución de un problema; nada tiene que ver en ello el instinto vital. Sin embargo, este es para mí el verdadero y legítimo optimismo, porque procede de la razón. Aquel otro fisiológico que viene del fondo mismo de nuestra naturaleza animal podrá endulzar la vida muchas veces o hacerla más llevadera; pero es en extremo peligroso. Todos mis lectores, si vuelven la vista atrás y recuerdan la historia de sus amigos y conocidos, hallarán alguna gran catástrofe o, por lo menos, una serie de contratiempos originados por este ciego optimismo instintivo.

Los franceses se dedican á la hora presente á hacer cálculos. No dicen, sin embargo, lo que se lee en el fondo de sus ojos. El cálculo mejor es que cuentan con sus manos y su cabeza. Así como el primer marino del mundo es el inglés, el mejor soldado es el francés. No asombrarse de ello: cien años le separan apenas de aquellos otros que recorrieron vencedores toda Europa. En cien años no se borran las huellas de la herencia. Por donde han pasado los padres pueden pasar los hijos—decía Alfredo Musset.

No hablemos del valor. Rusos, alemanes, franceses, búlgaros, todos se han batido por igual. Pero hay otras cualidades de capital importancia para el soldado: la astucia, la alegría, la habilidad manual, la improvisación. En todas ellas se ha distinguido siempre la raza de los galos desde los tiempos de Julio César. El galo es el hombre de los recursos. Mirad á un francés alquilar una casa estropeada, medio derruida, representando la imagen de la desolación. Volved á los pocos meses y quedaréis asombrados viendo un nido confortable, rodeado de flores. Cocina, jardín, pinturas, terraza; todo lo ha improvisado.

Un vecino mío necesitaba un «garage» y llamó á un albañil, que se lo construyó rápidamente y á la perfección. Poco después este albañil quedó sin trabajo, y como mi vecino buscase jardinero, se brindó á desempeñar este oficio. Efectivamente, lo desempeñó con tal acierto e inteligencia, que nos dejó maravillados. Más tarde mi vecino se quedó sin cocinera. El albañil entró en la cocina y resultó un cocinero admirable.

—¡No despida usted, por Dios, á la nodriza—le dije á mi amigo—, porque estoy viendo á ese hombre dar el pecho á su niño!

De estos estuches hay infinidad en Francia. Pues en una guerra larga como la presente son de gran utilidad. Los alemanes lo fían casi todo á sus máquinas; pero la mejor máquina de todas es el hombre. Cuando hay talento la fuerza más pequeña se convierte en formidable. Los alemanes son superiores en número, en preparación, en máquinas de guerra; pero los medios de los franceses son ellos mismos, su destreza y su sangre fría. Los alemanes tienen más y mayores cañones; pero los artilleros franceses apuntan mejor y saben disimular los suyos con más habilidad. Aquéllos poseen espléndidas cocinas portátiles; pero éstos, con más pobres hornillas, comen mejor.

Joffre es la encarnación actual de este espíritu galo de astucia, valor, prudencia y alegría. El fué quien salvó á la Francia en un momento supremo con su táctica admirable; es él quien, paciente y enérgico, espera que el fruto madure para sacudir el árbol; él es el hombre piadoso á quien los soldados llaman «papá Joffre», porque economiza la sangre de sus hijos. ¡Loor á este galo insigne, que fué el baluarte elegido por la Providencia para salvar la civilización latina y la independencia de los pueblos débiles! El día en que su estatua se alce en una de las plazas de París iremos todos, no á clavar sobre ella un clavo como en la de Hindenburg, sino á coronarla de flores.

No se parece á los generales alemanes. Estos, no sólo han copiado fielmente la táctica de Napoleón, sino también sus procedimientos despiadados.—Señor, señor—le decía á éste el general Junott—, es imposible apoderarse de aquella batería austríaca; un fuego infernal barre á nuestros hombres.—¡Adelante!—respondía Napoleón.

—Señor, que cada regimiento que avanza es sacrificado.—¡Adelante!—repetía Bonaparte.

No quiero confundir, y me importa dejarlo bien establecido, al pueblo alemán con sus actuales directores políticos y militares. El alemán es un pueblo dotado de sólidas virtudes, es valeroso, inteligente, tenaz, laborioso, idealista. Pero como todos los idealistas, carece de espíritu crítico, y por eso es en grado sumo sugestionable. Se les ha subido la raza á la cabeza y han podido decir y cometer muchos disparates. Nadie, sin embargo, dejará de admirar sus altas cualidades, sólo manchadas por la envidia que sienten hacia los ingleses. Son celos de parientes que pronto se van á resolver de un modo ó de otro.

Lo que no puede tolerarse, lo que causa penosa impresión es que Mauricio Barrés les haya llamado raza asquerosa. En Francia todos los hombres de sentido común reprobaron este ultraje, y no faltaron voces autorizadas en la Prensa que se alzaron contra él.

Sin embargo, el doctor Labat le apoya con argumentos medicales. Dice que el instinto de vida (¡vuelta al instinto de vida!) justifica estas atrocidades; que él ha consultado el asunto con los heridos de su hospital y que todos estaban unánimes en asegurar que Mauricio Barrés tenía razón, y que, cuando se da un bayonetazo diciendo «¡Toma, cochino! ¡Revienta, asqueroso!», la bayoneta penetra unas pulgadas más en el cuerpo del enemigo.

Confieso que tales quirúrgicas razones no me han convencido. Mi pensamiento vuela hacia aquella memorable batalla de Fontenoy, cuando el general francés, al acercarse el enemigo, se descubre y grita—¡Señores ingleses, tirad los primeros!—Quizá parezca hoy esto quijotesco; pero entre el tirad los primeros de aquel general y el toma, cochino, de Barrés no vacilo en preferir los primeros. Se puede asegurar que el que dice «tirad los primeros» jamás, jamás volverá la espalda al enemigo, mientras que no puede afirmarse otro tanto del que grita «¡toma, cochino!»

¡Tiempos menguados los que me han tocado en suerte! En los vuestros quisiera haber vivido, hombres de honor, y no en estos de vergüenza, donde se aconseja á los soldados que ensucien sus labios para infundirse valor, y á los oficiales se les ordena que fusilen mujeres y dejen caer bombas por la noche sobre la cuna de los niños.

Meditación sobre el conflicto

Ni los gases asfixiantes que se desprenden de las trincheras alemanas ni la retórica, más asfixiante aún, con que germanos y germanófilos exaltan su moralidad lograrán sofocar á la rebelde verdad.

Esta verdad es que la guerra monstruosa á que asistimos atónitos los humanos ha sido meditada largo espacio, preparada y provocada por una nación europea con el exclusivo fin de dominar moral y materialmente á todas las demás.

Como es un hecho que salta á la vista y no hay posibilidad de negarlo, los que entre nosotros los españoles simpatizan con esta nación invocan para justificar su simpatía los agravios que en tiempos más ó menos remotos recibimos de ingleses y franceses. El lobo de la fábula invocaba también para comerse el cordero los agravios que le había inferido su padre.

En todos los tiempos y en todas las regiones del mundo habitado los pueblos combaten con sus vecinos, no con los que viven lejos de ellos. Si Berlín estuviese en Burdeos ó Lisboa, seguramente hubiéramos andado á porrazos con los alemanes como hemos hecho con franceses y portugueses. Austria y Alemania, que no sólo son vecinas sino hermanas, han luchado entre sí hasta nuestros mismos días.

Cuando se deja el terreno del odio para entrar en el de las razones, se argumenta en forma muy diversa según los casos.

Contra Inglaterra se emplea el argumento crematístico. Inglaterra posee colonias riquísimas, inmensos territorios en las cinco partes del mundo, mientras Alemania, nación altamente civilizada, tan merecedora como ella por lo menos cuenta con muy pocas. ¿Por qué?

Los que formulan con indignación esta pregunta, hombres ricos muchos de ellos y propietarios de tierras, no se dan cuenta de que emplean contra Inglaterra el mismo lenguaje que contra ellos usan socialistas y comunistas:—«Nosotros valemos tanto como vosotros. Vosotros sois ricos y nosotros pobres. ¿Por qué? ¡Soltad, ladrones, soltad esas tierras que detentáis injustamente!

Este argumento tendría valor en el caso de que Inglaterra fuese una nación sin capacidad para colonizar. ¿Serían más felices sus colonias si se hallasen en poder de los Alemanes? Preguntádselo á ellas.

Contra Francia se emplea el argumento religioso. Esa nación que ha decretado la separación de la Iglesia y del Estado y que ha expulsado de su seno á las órdenes religiosas merece un castigo ejemplar.

Suponiendo que fuese justo, no lo es ciertamente extenderlo á los que no tienen culpa alguna. En Francia la masa del pueblo es católica y actualmente, por su libre voluntad y sin necesidad del erario público, sostiene el culto católico con el mismo decoro que antes. Nadie la ha hecho responsable de los sangrientes excesos de la Convención, de los asesinatos perpetrados por Robespierre y Marat. ¿Por qué se la hace ahora de las disposiciones de un ministro anticlerical?

Se olvida ó se quiere olvidar que en esa Francia impía el pensamiento cristiano irradia una luz maravillosa que se esparce por todo el mundo, que existe allí, á la hora presente, no sólo un grupo de filósofos espiritualistas con Boutroux á la cabeza que libra en el terreno del pensamiento gloriosas batallas contra los sabios materialistas de la Alemania, los Wundt, los Hæckel y los Ostwald, sino también una falanje de eminentes apologistas católicos, muchos de ellos sacerdotes, cuyos libros sirven de consuelo á todos los creyentes de Europa. Se olvida que algunos de estos sacerdotes combaten hoy en las trincheras de la Alsacia y de Flandes y que escuchan estupefactos y doloridos los injustos reproches que contra su patria lanzan muchos que blasonan de católicos.

Contra Rusia se emplea el argumento del atraso. ¡Pobres rusos! No tienen cañones de precisión, no tienen ferrocarriles estratégicos ni gases asfixiantes; comen con los dedos; son unos salvajes. Es menester ir allá para enseñarles el manejo de las armas de fuego y el uso del tenedor.

Sin embargo estos salvajes, provistos de mazas de hierro en vez de fusiles, como aseguran los periódicos alemanes, se baten desde hace un año con todo el ejército austriaco y más de un tercio del alemán.

Por último contra Bélgica se usa un argumento sanchopancesco. ¿A esta Bélgica, quién la ha metido en tan descabellada aventura? ¿Cómo se atrevió á hacer frente al coloso alemán? ¿No sabe que es de prudentes mantenerse siempre en buenas relaciones con los poderosos? Si hubiera dejado pasar buenamente á los ejércitos del kaiser, no sufriría tanta calamidad y habría recibido un bolsillo repleto de monedas de oro, y ¿quién sabe? quizá al final de la guerra se encontraría con el regalito de una provincia francesa.

Esto es lo que se escucha acá. Allá en Alemania se desdeñan las razones: penetramos en el teatro de la voluntad rugiente y el automatismo. De allá no viene más que una palabra: «¡Queremos!» Y á este queremos responden en todas las regiones del mundo los hombres donde predomina la voluntad sobre la razón:—«Puesto que vosotros queréis, nosotros queremos también».

Es un caso de disgregación mental en que el psiquismo inferior, el centro del automatismo rompe su engranaje con la libre razón y se entrega pasivamente á todos los caprichos del hipnotizador. Los hipnotizadores del pueblo alemán son los magnates de la política y del ejército prusianos secundados por la cobardía de algunos intelectuales. Ellos son los que le han impuesto no sólo la guerra sino la ferocidad en la guerra. Les han dicho:—«Guardaos de vuestro corazón como de un enemigo; fusilad sacerdotes, destruid monumentos, violad mujeres; asfixiad niños, no perdais medio alguno de aterrar á nuestros enemigos». Y aquellos honrados ciudadanos, aquellos bondadosos padres de familia que todos hemos conocido, fusilan, violan, saquean, asfixian. Si les dicen:—«Sacrificad á los prisioneros» los sacrificarán.

Semejante estado de miseria moral infunde más compasión que odio. Son hombres dormidos y tales horrores no deben imputarse á ellos sino á sus magnetizadores.

¿Pero á quién enviaremos la cuenta de la dispersión que se ha operado en los centros cerebrales de algunos de mis compatriotas? Porque hay entre nosotros sujetos que así que se les insinúa la idea de que los teutones no han hecho bien en entregar al pillaje la ciudad de Lovaina y en fusilar algunos sacerdotes, enrojecen, se espeluznan, cada seso se les va por su lado y gritan que ellos harían eso y matarían más sacerdotes aún y se los comerían con salsa tártara.

Hasta he oído, estremecido, á algunas señoras acoger con satisfacción la noticia del hundimiento del Lusitania y las hazañas de los zepelines.

Aterrador es el hundimiento del Lusitania, pero es más aterrador todavía este naufragio del alma femenina...

Como todo lo que araña un instante la corteza del menguado planeta que habitamos, esta guerra pasará también. La espesa nube que cubre hoy toda la Europa se disolverá al cabo en la atmósfera azul. La madre tierra beberá la sangre, tragará los huesos y en su seno fecundo la vida inmortal proseguirá su trabajo misterioso. Las praderas volverán á esmaltarse de flores, los árboles agitarán otra vez dulcemente sus copas al soplo de la brisa de la tarde, los pájaros de Dios con suaves trinos bendecirán la llegada de la aurora.

¿Y de todo esto que quedará? Una gran vergüenza y un gran remordimiento.

Un gran remordimiento, sí.

Llegará un día, y el Cielo lo traiga pronto, en que esos autómatas asesinos de mujeres y niños, saldrán de su estupor hipnótico y horrorizados de sí mismos caerán de rodillas delante de sus hijos y les pedirán perdón de haberles escandalizado tanto, de haber ultrajado ante sus ojos infantiles el honor del género humano, de haber querido arrancarles del corazón aquello por lo que solamente el hombre puede vivir y debe morir.

La Estrategia de Napoleón

Ayer pasé el día en Marly y la Malmaison. Es placentero para el cuerpo reposarse del ruido de la metrópoli y gozar unos instantes del sosiego y la frescura de los campos. Lo es más aun para el espíritu huir de la realidad cuando es enfadosa y refugiarse en el pasado. Los dramas más dolorosos, cuando se contemplan de lejos y están ya sepultados en el abismo del tiempo, recrean nuestra alma en vez de atormentarla. No es otro el secreto del Arte. El mundo, como pura representación, nunca hace daño.

En Marly no hay rastro de la Corte fastuosa que lo habitó. Es una plácida aldea donde se oye el mugir de los ganados y los crujidos de la guadaña. Así y todo recorrí sus bosques y praderas con respeto, evocando la figura del Rey Sol, que tanto se placía en aquellos lugares. Su amor excesivo á Marly fué occasión para que uno de sus cortesanos le dijese en un arrebato de adulación que «la lluvia de Marly no mojaba». Luis XIV tenía el esófago ancho, pero no pudo tragar este bocado.

La Malmaison fué para mi un desengaño. El palacio está cerrado desde el comienzo de la guerra. Guardas y ciceroni han ido á combatir. Hube de reducirme á largos paseos por el parque, evocando la figura del vencedor de Austerlitz.

Luis XIV y Napoleón. Dos monstruos de orgullo y egoísmo. Saint-Simon ha analizado con maravillosa sagacidad el orgullo del primero y Taine el egoísmo del segundo. ¡Quien sabe! Yo he conocido una costurera tan egoísta como Napoleón y un limpiabotas más orgulloso que Luis XIV.

Es mi humilde opinión que si tomásemos en la calle á cualquier transeúnte y le infundiésemos el valor y la inteligencia de Bonaparte sería un nuevo Napoleón: por el egoísmo no quedaría. Y si le dotásemos del poder de Luis XIV sería otro Luis XIV; tampoco quedaría por el orgullo. Egoísmo y orgullo son congénitos en nuestra naturaleza, y los que se libran de tal poder, seres excepcionales ante los cuales debemos caer de rodillas.

¡Cuántos recuerdos guarda esta morada de la Malmaison! La graciosa figura de la Emperatriz Josefina parece sonreiros detrás de cada macizo de flores. Aquí fué dichosa; aquí, después, la más infeliz de las mujeres; aquí rindió el último suspiro aquella dulce y simpática criatura, víctima del egoísmo implacable de su marido. Todos los idilios, en este mundo miserable, terminan con lágrimas.

Surgen en mi memoria los dramáticos días en que Bonaparte llega á París con la secreta decisión de repudiar á su esposa. Principia por mostrarse con ella más frío y ceremonioso; cierra después la comunicación entre sus habitaciones; por último se lo hace saber por medio de diplomáticos emisarios.

¿Qué pasaría por el corazón de aquella noble criatura al averiguar que su marido idolatrado, aquel hombre que con su amor le había dado el trono más alto de la tierra, iba á romper el tierno y sagrado vínculo que los unía y compartir su lecho y su gloria con otra mujer? Tengo por seguro que en aquellos días se firmó en el cielo la sentencia de Napoleón. ¡Ay del que maltrata á un niño ó estruja el corazón de una mujer! Los ángeles no tardan en tomar venganza de él.

Alguien pensará que esto es una bobería. ¡Quién sabe, no obstante, si en la balanza divina una lágrima pesará más que un Imperio! El mundo no es otra cosa que el símbolo de una realidad más alta. Una palabra vertida por un pobre carpintero en Nazareth ha estremecido á la Creación. Caballos, batallas, cañones, son nada; los Imperios, sombras; las estrellas, apariencias; la gloria, un sueño. Pero la palabra de un hombre bueno queda para la eternidad.

No todos los millares de seres que Bonaparte sacrificó á su ambición depondrán contra él en el juicio final. Muchos eran tan ambiciosos y ávidos de gloria. Si ellos perdieron la vida, él también exponía la suya á cada instante, porque nunca guerreaba de lejos, al estilo moderno. Pero cuando suene la hora de la justicia suprema se alzará la Emperatriz Josefina leyendo entre sollozos ante el Consejo la renuncia de sus derechos y Bonaparte quedará irremediablemente condenado.

Napoleón era un hombre de presa. Repito que todos lo somos cuando se nos provee de garras adecuadas. Se dejó empujar por la ley de ascensión que impera en esta vida, por lo que hoy se llama «voluntad de poder».

Dentro de cada hombre hay un tirano que utiliza sus recursos como un automóvil la gasolina para correr y atropellar. Es el Destino de los antiguos. Es la fatalidad de los modernos. Napoleón creía en ella ciegamente. «La política, he aquí la fatalidad», decía á Goethe en la breve entrevista que con él tuvo. Y sus ojos, al pronunciar esta frase, expresaban la tristeza y la inquietud. Todos los hombres, hasta los más grandes, tiemblan cuando hablan del Destino, porque ni el genio, ni el valor, ni la prudencia, pueden nada contra él. Tan sólo hay un ser en el mundo que lo desprecia; es el santo. Que hablasen á Santa Teresa ó á San Vicente de Paúl de la fatalidad, y se echarían á reir.

El arte de la guerra necesitaba un maestro; todas las artes lo han tenido. Alejandro, César, estaban ya muy lejos; su estrategia no servía para el mundo moderno. Llegó Bonaparte y lo encontró todo preparado: hombres como los romanos, poseídos de su grandeza y un exceso de sangre en las venas; pólvora y fusiles.

He estudiado con cariño la historia de este gran seductor de la juventud y no he podido ver en ella los magnos propósitos que se le atribuyen y que él quizá se atribuyese engañándose á sí mismo: la resurrección del poderío romano, del Imperio de Carlo Magno, etc., etc. No he logrado percibir más que un gran amateur, un hombre enamorado de la espada, como Miguel Angel del escoplo, Rubens del pincel y Balzac de la pluma. Cincelaba, pintaba y esculpía en el campo de batalla. La guerra no era para su cerebro un medio, sino un fin. Sacaba de ella su felicidad, y por eso no quiso abandonarla cuando era tiempo y se perdió.

El culto de Napoleón, como el de Budha, no echó profundas raíces en el suelo donde había nacido. Algo también parecido acaeció á nuestra religión cristiana, que germinó y se propagó, no en Oriente, sino en Occidente. En Francia, muertos ó dispersos los veteranos que le siguieron en sus románticas expediciones, comenzó la hostilidad. De todos los puntos, no sólo de los altos sitiales conservadores, sino de la misma juventud generosa, de los ignorantes y los intelectuales, partieron dardos que fueron á clavarse en la estatua del gran hombre. No eran clavos de oro como los de la estatua de Hindenburg, sino flechas envenenadas. Con el desarrollo de las ideas pacifistas y humanitarias en Francia, el menosprecio se hizo aún más ostensible. De este menosprecio la expresión más aguda fué el libro de Taine «Orígenes de la Francia contemporánea». Aquí el héroe maravilloso queda reducido á un aventurero afortunado, á un condottiere sin sentido moral, sin grandeza ni poesía.

Encontrando ya pocos fieles en Francia el culto de Napoleón, se refugió en Alemania. Los alemanes que poseen muchas y grandes cualidades, no brillan por la originalidad. No es pueblo de invención, sino de adaptación, como los japoneses. Apenas ninguno de los grandes inventos modernos se les debe; pero han sabido utilizarlos y llevarlos todos á una singular perfección. Los ingleses y franceses tienen más genio inventivo; pero como manipuladores, los germanos les sacan ventaja.

Si hemos de conceder á algún pueblo sobre la tierra la palma de la invención, es al inglés. Son inventores, no solamente de métodos y ventajas en las artes industriales, sino en los usos mismos de la vida, en las costumbres, en los placeres y los juegos. Han conseguido imponer su manera de vivir y hasta sus caprichos más extravagantes al mundo entero. Esto se debe al respeto que allí ha inspirado siempre la iniciativa individual. En Francia también existe una natural aptitud que no se acumula en algunos gigantes, sino que vive esparcida por todos los entendimientos y todas las manos. Es cosa sabida que por lo general un francés puede hacer las veces de otro.

Pero en Alemania apenas existe la iniciativa individual; su fuerza la sacan de la disciplina y la paciencia. Tácito decía de los germanos: «Capaces sólo para los grandes esfuerzos, sin tener paciencia para trabajos continuos». El gran Tácito no ha dado aquí en el blanco; la paciencia es la que les caracteriza. Un profesor de colegio alemán me decía hace algunos años que los niños españoles se hallan por lo común mejor dotados que los alemanes, pero que al cabo de algún tiempo éstos les vencen por la constancia del esfuerzo.

No es maravilla, pues, que así como han perfeccionado el vapor, la electricidad y la aviación, hayan progresado asombrosamente en el arte de la guerra. Para estudiarlo acudieron á la más pura y abundosa fuente, á la estrategia napoleónica. Bonaparte fué en este orden el maestro más grande que ha existido y tal vez exista jamás. La guerra no tenía para él secreto alguno. En su cerebro se acumulaba tal suma de penetración, de resolución y, sobre todo, de sentido común, que lo hacían invencible.

Porque la gran estrategia ha sido y será siempre cuestión de sentido común, y no puede evolucionar. El mariscal alemán Schlieffer, jefe del Estado Mayor, ha escrito un libro demostrando que la batalla de Cannas, librada por el cartaginés Aníbal, ha sido el modelo ó el ideal de todas las batallas habidas y por haber. En todas ellas el fin perseguido por un ejército es y será siempre el envolvimiento del enemigo.

Durante la segunda mitad del siglo XIX los estratégicos alemanes se dedicaron con ahinco al estudio de las guerras napoleónicas. Es incalculable el número de libros y artículos de revista que sobre este tema han visto allí la luz pública, la serie de conferencias que se han pronunciado. Aprendieron las batallas de memoria, penetraron hasta los más recónditos pliegues del pensamiento del maestro. En la guerra de 1870 han aplicado con feliz éxito el sistema de convergencia ó concentración de fuerzas que Napoleón empleó en sus primeras campañas, sobre todo en la de Italia. En la actual, por virtud de las circunstancias, no han podido desarrollar en grande este método; pero en cambio, apelan al mismo que Napoleón hubo de apelar en la campaña de 1813.

La situación de los ejércitos alemanes en los presentes momentos es casi exactamente la misma que ocupaban en aquella fecha los de Bonaparte. Este, rodeado por los aliados de entonces, se apoyaba con el núcleo más escogido y fuerte de su ejército en el centro de Alemania, cerca de Dresde. Tenía en el Norte un ejército llamado de Berlín para oponerse al de su antiguo subordinado Bernadotte; al Este, otro llamado de Silesia, para resistir al mandado por el mariscal Blucher, y por fin, otro al Sur, para combatir á los austriacos y prusianos mandados por el mariscal Schwarzenberg. Su táctica consistía en movimientos de vaivén, en lo que ahora se llama juego de lanzadera. Añadía repentinamente sus fuerzas á las de uno de los ejércitos de la perifería, y después á otro, según le convenía. La táctica de los aliados se limitaba á retirarse cuando el Emperador acudía á un sitio y avanzar al mismo tiempo por el otro.

Este movimiento de vaivén, este juego de lanzadera es el que ejecutan actualmente los germanos con medios desmesuradamente más eficaces, trasladando sus fuerzas de Oriente á Occidente, y viceversa. Napoleón ejecutaba estos movimientos con marchas forzadas á pie, mientras ahora se utilizan las líneas férreas. Napoleón los dirigía por sí mismo, mientras ahora existe un Estado Mayor que, obedeciendo al plan del general en jefe, se encarga de dirigirlos.

Los aliados consiguieron al fin estrechar círculo y reducir á Bonaparte á librar la batalla de Leipzig, donde fué derrotado y por milagro pudo salvar su ejército y trasladar el teatro de la guerra á Francia. ¿Lograrán los aliados de ahora estrechar el círculo alemán y obligarles á aceptar batallas con fuerzas inferiores? Es un secreto de lo porvenir. La Inglaterra así lo tiene calculado y previsto. Desarrolla contra Alemania el mismo plan y sistema que empleó tenazmente para hacer sucumbir á Napoleón.

Pero si los alemanes lograrán vencer en esta guerra (caso ya imposible), los franceses tendrían la satisfacción y el disgusto á la vez de ser vencidos por el mismo caudillo que tantas veces les llevó á la victoria.

Los socialistas franceses

No hay hombre con el corazón en su sitio que no se haya sentido alguna vez socialista. Al bajar á una mina; al tropezar, saliendo del teatro, con el bulto de un mendigo, helado por el frío y el hambre, estalla la cuerda de nuestros razonamientos habituales y nos damos cuenta de que todos somos un poco estafadores y que caminamos sobre un terreno movedizo y falso.

Y sin embargo, hay sujetos que así que escuchan la palabra socialismo ponen la cara larga, se espeluznan, dejan escapar odiosos sonidos guturales y algunos derraman abundantes lágrimas. Bombas que revientan sembrando el exterminio; manos negras que registran sus archivos; otras manos, más negras aun, que se introducen en su gaveta; imprecaciones; blasfemias; todo surge en temerosa visión delante de sus ojos aterrados.

No es para tanto. El socialismo, como la misma palabra lo indica, no significa en el fondo otra cosa que el deseo y propósito de organizar la sociedad de un modo más justo. Este deseo y propósito son perfectamente legítimos. ¿O es que pensamos que la sociedad humana ha llegado á la perfección?

Pero si á este deseo se mezcla el odio, todo flaquea y se derrumba. El odio es el más eficaz disolvente que existe sobre la tierra. En cuanto este dios infernal se presenta todo cambia de aspecto y se ennegrece. Y, desgraciadamente, el socialismo ha hecho su aparición en nuestros días acompañado de tan funesta deidad.

Un leader del socialismo español, con quien tropecé hace años en una fonda, me decía: «Desengáñese usted; este asunto se resolverá como todos los otros de este mundo: por la fuerza.» Yo le respondí: «Está usted en un error, amigo mío; este asunto, como todos los otros de este mundo, se resolverá por el amor.»

Y el tiempo ha empezado ya á darme la razón. ¿Quién puede imaginar á la hora presente que triunfe una revolución popular disponiendo la burguesía de mercenarios con mausers, cañones de tiro rápido y ametralladoras?

Sí; el amor; esto es, el sentimiento de fraternidad, guiado por la razón, es el que se encargará de resolver este problema, limando poco á poco las irritantes desigualdades sociales. La Naturaleza no da saltos; pero la sociedad tampoco. La orilla está lejos; pero está más cerca de lo que hace algún tiempo pensábamos.

El moderno socialismo tiene su fuerza en Alemania. Esta afirmación sorprenderá y causará pena á algunos de nuestros germanófilos que no pueden imaginar que de Alemania venga otra cosa que autoridad, sumisión, disciplina. Y tienen razón, después de todo; las masas socialistas están mucho más disciplinadas en Alemania que en otras partes. Por eso son mucho más peligrosas. Esta disciplina matará la otra.

En Francia el socialismo ha sido siempre más teórico que práctico. Hubo diversas clases de soñadores. Los unos atacaron la propiedad: fueron los comunistas. Los otros atacaron la familia: fueron los fourieristas, los del famoso falansterio. Otros, la religión: fueron los sansimonianos. Ninguno de estos soñadores, sin embargo, logró arrastrar y concitar las masas; ninguno pudo organizar en París una manifestación de 300.000 hombres, como la que se efectuó en Berlín hace algunos años.

Si venís á Francia y recorréis las provincias os sorprenderá conocer el personal con que hoy cuenta el socialismo. Veis en un pueblo un precioso jardín cultivado con el mayor esmero, rodeado de verja; en el fondo, un soberbio hotel; hay jardineros que riegan y podan; hay criaditas, elegantemente vestidas con su delantal y su cofia blanca, asomadas á la terraza. «¿A quién pertenece esta finca?»—preguntáis—. «A monsieur F...—os responden—; jefe aquí del partido socialista.» Entráis á consultar con un médico famoso. Os abre la puerta un criado de librea; la casa está puesta con lujo excepcional; antes de pasar á su gabinete podéis echar una mirada furtiva al comedor, donde se halla reunida una familia numerosa tomando el té. Este doctor es el célebre B..., director y propietario de una revista socialista. Entráis en una iglesia á oir misa, y al salir tropezáis con un caballero que espera á su señora. Esta, vestida con suprema elegancia, con el devocionario en la mano, se acerca á él sonriente, le pasa el libro, se cuelga á su brazo y ambos se alejan departiendo alegremente. Es monsieur D..., diputado socialista por el departamento.

Por lo que se advierte, estos socialistas franceses no son ya muy peligrosos ni para la propiedad, ni para la familia, ni para la religión. Son microbios, cultivados que han perdido su virulencia.

¡Pero los nuestros son ponzoñosos en grado extremo!—oigo exclamar á algún conservador furioso—; Y me recuerda los viles asesinatos de Cullera, los incendios, las crueldades de Barcelona, los pillajes y depredaciones de otros sitios.

Tiene razón; por ahora nuestros socialistas son descamisados, y el carecer de camisa no ayuda mucho á la moralidad. «Si es que el pobre puede ser honrado»—decía Cervantes—. La honradez es un producto caro y, en general, sólo está al alcance de las personas de posición desahogada. El privilegio más envidiable de los ricos es que pueden proporcionarse el lujo de ser honrados.

Sin embargo, ha llegado á mis oídos que alguno de los jefes actuales del socialismo español tiene camisas de noche y de vestir, y no sólo camisas, sino también fincas urbanas, y que es un despiadado casero que envía á sus inquilinos el recibo indefectiblemente el primero de mes á la hora del almuerzo para que pierdan el apetito y se les indigesten los filetes empanados. No creo en esta leyenda negra, inventada y esparcida, sin duda, por algún malévolo reaccionario.

En todo caso, debiéramos alegrarnos de que los socialistas posean fincas urbanas. Y si adquieren algunas acciones del Banco de España, mejor que mejor. El día en que los socialistas españoles tengan jardines enverjados y lleven á sus señoras á misa, los burgueses no tienen ya que temblar por sus títulos de propiedad y sus gavetas.

Los socialistas de todos los países han añadido á su bandera en los tiempos modernos un lema seductor: «¡Abajo la guerra!», «Fraternidad universal». Está perfectamente. Yo me sentí cautivado desde el primer momento por este grito que responde á la aspiración vehemente de todo espíritu cristiano.

Fraternidad universal. ¡Qué hermosa palabra! Pero esperando esta fraternidad tan dilatada, ¿no podrían los buenos socialistas hacer uso de otra, más restringida? Porque todos los días vemos que cuando se declara la huelga en cualquier establecimiento industrial, si un desdichado obrero, acosado por el hambre, se presenta allí pidiendo trabajo, sus hermanitos se arrojan sobre él con fraternidad canina.

Nadie ha dejado de experimentar en Europa un sentimiento de simpatía al ver estampado entre los principios del moderno socialismo el desarme de las naciones y, como consecuencia, la paz entre ellas. Antiguamente se decía: «Paz, entre los Príncipes cristianos.» No debiera suprimirse la frase, porque los Príncipes cristianos han sido los principales causantes de esta guerra. Todos, hasta los más recalcitrantes burgueses, volvieron hacia ellos los ojos con afectuosa complacencia. En las tinieblas que amontonaron sobre la vieja Europa los incesantes armamentos, sembrando el pavor en todas las almas, el único rayo de luz que percibimos venía del socialismo. La diplomacia—nos decíamos—es impotente, está desacreditada; pero el socialismo es fuerte, las masas de trabajadores se encargarán de oponer una barrera á las ambiciones y soberbia de los tiranos. Si dejan caer el fusil y se cruzan de brazos, ¿quién marchará á la batalla?

Amarga ha sido la decepción. No dejaron caer el fusil; al contrario, se apresuraron todos á empuñarlo y á servirse de él con la misma inconsciencia que los soldados mercenarios.

¿Ha sido cobardía? ¿Ha sido el feroz instinto gregario que arrastra á las muchedumbres cuando se logra enardecerlas? No sé; pero es bien lamentable. Entre todas las bancarrotas que la presente guerra ha traído consigo, la más triste es la del socialismo. Hablando hace algunas horas con uno le expresé, no sin cierto calor y amargura, mi sentimiento de tristeza ante el espectáculo que en esta guerra habían dado al mundo sus correligionarios.

—¿Valía la pena—le dije—de que ustedes estuvieran tantos años predicando la paz y la fraternidad internacional, oponiéndose sistemáticamente á los armamentos, para que terminasen siendo tan feroces guerreros como los demás?

He aquí los términos en que respondió á mi interpelación:

«Para todos, lo mismo burgueses que socialistas, han llegado tiempos bien duros. Cuando se grita ¡fuego! en una casa, los más estoicos saltan de la cama, y cuando se grita ¡ladrones!, el mayor santo echa mano al cuchillo de la cocina. Ser pacifista teniendo á su lado un enemigo que acecha vuestros movimientos para arrojarse sobre vosotros al primer descuido, es un verdadero crimen. Sí; nosotros los socialistas franceses hemos cometido ese crimen, y debemos expiarlo derramando profusamente nuestra sangre. Nos hemos opuesto á los gastos militares; hemos maltratado á nuestros bravos y previsores generales, pensando que allá abajo nuestros hermanos harían lo mismo. Algo hacían; pero ahora vemos que todo era comedia, que en el fondo eran cómplices de los tiranos y lo mismo unos que otros estaban de acuerdo para lanzarse sobre nosotros y arrancarnos el fruto de nuestro trabajo. Todas las leyes, lo mismo las humanas que las divinas, ceden ante el derecho de legítima defensa. ¿No os defendisteis vosotros con brío en Zaragoza y Gerona cuando nosotros invadimos vuestro territorio? Y, sin embargo, vosotros sabíais bien que no llevábamos propósito de apoderarnos de vuestro bolsillo. El caso era bien distinto que ahora. Los franceses penetramos injustamente, lo reconozco, en el territorio de otras naciones; fué un movimiento de vanidad explotado por un hombre de genio; antes nuestra República había sido atacada por ellas. Pero los franceses llevábamos algo que daros. Llevábamos en el orden político los sagrados derechos del hombre, desconocidos y hollados entonces en Europa; llevábamos en el orden civil un Código que todos después habéis copiado. Ibamos á sustituir un régimen despótico por otro liberal, á cambiar simplemente un rey por otro. Después de todo, franceses eran ambos; el uno; hermano de Bonaparte; el otro, nieto de Luis XIV. La prueba de que no éramos unos bandidos es que los hombres más eminentes que entonces poseíais se pusieron de nuestra parte, los Moratín, los Silvela, los Meléndez Valdés, los Hermosilla, etc. Y en otras naciones acaeció lo mismo. Gœthe, el más alto espíritu que la Alemania ha tenido hasta ahora, fué injuriado en su país por suponérsele amigo nuestro.

«Pero Alemania, ¿qué es lo que trae de nuevo y de bueno á la Europa? Ni tiene más inspirados poetas, ni más profundos filósofos, ni sus leyes son más sabias, ni sus costumbres más puras. Tiene algunos hombres de ciencia eminentes. Otros existen, tan grandes como ellos, en Francia, en Inglaterra, en Italia y en Rusia. Los más sorprendentes inventos modernos no se deben á ellos, sino á Edison y Marconi. En vez de un régimen más liberal y humano traen consigo la autocracia militar. Ellos son los que han impuesto á toda Europa esa moderna esclavitud que se llama servicio militar obligatorio. Ellos son los que se han opuesto á la generosa iniciativa del Zar Nicolás II proponiendo el desarme. Ellos son los que han hecho fracasar la Conferencia de La Haya. Ellos son los que mantenían la alarma y la zozobra en todo el mundo. ¿Qué les debemos pues, en resumen? Un poco más de química y mucho menos sentido moral.»

Dejo á mi vehemente interlocutor la responsabilidad de estas razones que, aunque exageradas, guardan un fondo de verdad.

Franceses y Españoles

Discurro que es este un punto bien delicado. Se necesita ser un equilibrista maestro para no caer en lamentables equivocaciones. Hablar de las relaciones entre franceses y españoles en los actuales momentos sin herir á los unos ó á los otros es empresa que debiera hacerme retroceder por lo peligrosa. ¡Callad! ¡Desconfiad! ¡Los oídos enemigos os escuchan!, se lee hoy en París por todas partes: en las estaciones de los ferrocarriles, en los tranvías, en los cafés, en los comercios. No quiero seguir el consejo. Para lanzarme al espacio sobre esta cuerda tirante poseo un balancín, del cual me he servido siempre con buen éxito. Este balancín se llama sinceridad.

Pero el citado esparcido letrerito se presta á algunas consideraciones. Desde luego hace ostensible que el carácter francés es expansivo. En Berlín no hará falta, ciertamente. Y si mis casi paisanos los gallegos se hallasen en guerra (que no se hallarán) con alguna otra potencia europea, tampoco.

Tenía yo un amigo de esta región con el cual tropecé en la calle después de larga ausencia.

—¿Cuándo ha llegado usted?—le pregunté.

—Hace tres días—me respondió.

Y arrepentido inmediatamente de haber dejado escapar la verdad, añadió:

—Y algo más.

Maestros como éste hacen falta, por lo visto, en Francia.

Hablemos sinceramente de nuestra amistad con los franceses. Es manifiesto que en España no son todos amigos y admiradores de la Francia. Antiguos resentimientos, cóleras, despechos; esto es lo que sale á la superficie en cuanto se remueve un poco el estanque.

Es la historia de todos los vecinos. Cuando vivimos largo tiempo en estrecho comercio con una persona, las pequeñas molestias, desatenciones, injusticias, que nuestro congénito egoísmo arrastra consigo, se van depositando lentamente en lo que los psicólogos llaman «conciencia subliminal». La educación, el amor á la tranquilidad, la pereza, también retienen prisioneros todos aquellos elementos de discordia. Pero llega un momento en que cualquier acontecimiento imprevisto les abre la puerta y entonces salen furiosos, brutales, con los ojos inyectados.

Hay que convenir en que los franceses no se han preocupado mucho hasta ahora de ganar nuestra simpatía. La Prensa particularmente no ha vacilado en zaherirnos y en manifestarnos su desprecio en más de una ocasión. Cuando el actual presidente de la República nos hizo el honor de visitarnos, algunos de los periodistas que con él vinieron no estuvieron exageradamente amables con nosotros. En una de sus correspondencias leí con estupefacción que las calles de Madrid eran lóbregas. Es sencillamente ridículo, porque en todas las capitales de Europea hay calles más lóbregas que en Madrid. Un francés me dijo en cierta ocasión que le bastaba 25.000 hombres para conquistarnos.

Sabido es que en todas partes existen groseros y necios; pero no hay que maravillarse de que estos alfilerazos repetidos lleguen á producir el efecto de una puñalada. Son pocas las personas de sangre fría capaces de asignar á las cosas su verdadero valor. Hay un teorema en la Etica de Spinosa, que dice: «Aquel que imagina que es odiado por otro y no cree haberle dado ningún motivo de odio, le odia á su vez.»

Todo esto, repito, procede de la vecindad. Si los vecinos de una casa supiesen lo que los otros dicen de ellos en voz baja, pronto se convertiría aquella mansión en un campo de Agramante. Cuando uno es bastante estúpido, para decirlo en voz alta, es cuando estallan esas reyertas de Montechi e Capuleti que todos conocemos.

Por lo demás, no creo que si tuviésemos cerca á los alemanes fueran más piadosos con nosotros. Recuerdo que hace ya bastantes años vino á visitarme un periodista germano. Estaba encantado de nuestra nación; todo le interesaba, todo le conmovía; recorría los pueblecitos de la provincia de Madrid, y se pasaba semanas enteras con los labriegos y aprendía unas canciones bárbaras, que repetía de un mondo que me hacía estallar de risa. Sin embargo, yo abrigaba algunas vagas sospechas de que aquella admiración por España no era de buena ley. Un día vino él mismo á confirmarlas.

—Ayer—me dijo—he tropezado con un amigo y compañero de Leipzig que desde hace unos días está en España. El pobre hombre se queja de todo, se queja de los ferrocarriles españoles, se queja de los hoteles, de los servicios públicos, del correo, del pavimento de las calles, de la Policía, del alumbrado... Yo le he dicho:—Hombre, eres un tonto. A España no se viene á buscar buenos hoteles, ni buen pavimento, ni Policía, ni Correos, sino por otras cosas muy distintas.

Confieso que me subieron los colores al rostro. Aquel joven periodista nos tomaba por africanos y hablaba de Madrid como si estuviera en Mequinez.

Aparte de estas antipatías dispersas, engendradas por el despecho, existen en nuestra nación poderosos elementos que en la presente contienda se han puesto del lado de los germanos. Se puede decir, sin temor á equivocarse, que de los tres estamentos, clero, milicia y estado llano, sólo el último simpatiza con los aliados. Los dos primeros, más o menos ostensiblemente, se han colocado de parte de los Imperios centrales. Veo el fundamento que tiene para mantenerse en su actitud el segundo. Siendo Alemania un Imperio esencialmente militar, es lógico que todo aquel que profese las armas en Europa se sienta inclinado hacia él. Si en vez de los explosivos y los líquidos inflammables predominase en Alemania el dulce de almíbar, y la fábrica Krupp, en vez de cañones, fabricase mantecadas, todos los confiteros españoles serían germanofilos.

No encuentro tan justificada la actitud del primero. ¿De dónde ó de qué procede ese amor que nuestro clero regular y secular manifiesta hacia los alemanes?

—No es el amor por los alemanes lo que les impulsa—me decía un amigo—. Es el odio hacia los franceses.

—¡Imposible!—le respondí—. En la doctrina cristiana la palabra odio no tiene beligerancia. Un ministro del Crucificado está obligado á proceder por amor en todos y en cada uno de los momentos de su vida. Además, es posible odiar á una persona ó á una docena de ellas; pero monstruoso y absurdo, aborrecer á cuarenta millones de seres humanos.

Hablando con la sinceridad que he prometido, diré que me inclino á creer en la existencia de alguna revelación sólo conocida de religiosos y sacerdotes y oculta para la mayoría de nosotros. Es más que probable que alguna monja, en uno ú otro convento de España, haya tenido una visión celestial como las de Santa Teresa o su discípula la beata Marina de Escobar, en que Nuestro Señor le revelase que debiéramos colocarnos resueltamente del lado de los germanos y turcos. En ese caso juzgo vituperable que no se haga pública, á fin de que no vivamos en pecado mortal los fieles cristianos que en España hemos tomado parte por los aliados.

Comprendo, no obstante, que ciertos católicos se hayan dejado extraviar por la ley de asociación en los sentimientos de que también habla Spinosa. Cuando una persona ó cosa nos ha causado una impresión desagradable, todo lo que se relaciona con aquella persona ó cosa nos la produce igualmente. Quiero decir que hacen extensiva á todos los franceses la aversión que les han inspirado unos pocos.

El sectarismo había llegado á hacerse odioso en Francia. Era un terrorismo blanco remedo de aquel otro rojo del 93, del cual aun guarda en su memoria el género humano la imagen espantosa. No se cortaban cabezas, pero sí carreras y bolsillos. Eran sacrificios incruentos con desastrosas consecuencias para las víctimas y sus familias. El Poder central, como en tiempo de Robespierre, tenía delatores en todos los pueblos de la República. A las oficinas del ministerio del Interior y de la Guerra llegaban noticias de los funcionarios civiles y militares. Era una Inquisición invertida. Había una lista de las personas que confesaban y comulgaban; otra de las que asistían solamente á misa los domingos; otra, por fin, de los que acompañaban á sus señoras hasta la iglesia y se quedaban á la puerta. ¿No es verdad que esto hace reir? Parece imposible que los franceses, tan finos, tan avisados, con tanto instinto de lo cómico, hayan podido sufrir tamañas ridiculeces.

Pero no veo motivo para odiarles. Es una de tantas consecuencias de la cobardía social, como en todas las épocas y en todos lo países se registran. Un demagogo logra encaramarse y siembra el terror en la nación, no por medio de la guillotina como sus antiguos colegas, sino por la cesantía y la postergación. ¿Tiene esto algo de sorprendente? Figurémonos que en aquellos desdichados tiempos en que nuestra España se hallaba entre las garras de una minoría grosera y anárquica, cuando se ponían restricciones al culto católico, cuando se insultaba en la calle á sus ministros, cuando en el Congreso de los diputados se proferían blasfemias repugnantes; figurémonos que existiese á nuestro lado una nación timorata que en vista de tales excesos nos dedicase un odio mortal y se alegrase de cuantas desgracias nos cogiesen; ¿no clamaríamos inmediatamente contra tal injusticia? Francia se encuentra, con respecto á España, en este caso á la hora presente.

Con razón ó sin ella se halla aquí esparcida la opinión de que los españoles les somos hostiles. Se sienten heridos y se irritan, y esta irritación se traduce en frialdad aparente, por lo menos. Algunos españoles, lo mismo señoras que caballeros, se me quejan de que en ciertos sitios se les recibe con descortesía; que en los comercios donde realizan sus compras escuchan, aunque pronunciadas en voz baja, palabras desagradables. Yo les respondo: «Señoras y caballeros, no debe sorprenderles mucho que esto suceda. Es fácil olvidarse de que el amor no se halla esparcido entre la Humanidad tan copiosamente como fuera de desear. Cuando un perro forastero entra en un pueblo, todos los demás se ponen á ladrarle sin motivo. Entre personas que se hayan tratado largo tiempo y que parecen estimarse, una nada determina el rompimiento y el odio. Cuando un criado nos insulta en la calle aborrecemos á su amo, que no se ha movido de casa. Mi padre tenía un perro que no podía entrar en cierto caserío cuando íbamos de paseo, y se veía obligado á volverse por tener allí un enemigo formidable de su misma raza. Aconteció que el dueño de este perro vino un día á visitarnos; el nuestro, con gran sorpresa de todos, porque era muy pacífico, se arrojó sobre él furiosamente y costó gran trabajo impedir que le despedazase. Así es el mundo de los perros y de los hombres. Nosotros pagamos aquí los vidrios que allá, en Madrid, rompen los germanófilos.»

Esto no obstante, me cumple declarar que ni yo ni las personas que me acompañan hemos escuchado hasta ahora ninguna palabra que pudiera molestarnos, antes por el contrario, nos vemos acogidos en todas partes con irreprochable corrección. Acaso sea todo aprensión y bobería de estos buenos españoles.

Pero aunque existiese cierta hostilidad en el vulgo no debe esto desconcertarnos. ¿Qué significa el vulgo? Lo que nos importa aquí y en todas partes es la gente que piensa, lo que ahora ha dado en llamarse clase intelectual. París es algunos millares de personas, y Madrid algunos cientos. Estos son los que gozan de permanencia en sus sentimientos, y, por lo tanto, dignos de respeto. La masa se inclina de un lado o de otro al más ligero soplo; lo que hoy ama mañana lo aborrece; la roca Tarpeya en todas partes ha estado cerca del Capitolio. Recuerdo que cuando vine por primera vez á París, hace más de veinte años, me recomendaban que hiciese lo posible porque no me tomasen por italiano á fin de evitarme molestias. Hoy me convendría afectar el acento toscano ó napolitano.

Los intelectuales franceses están de nuestra parte han recibido con gratitud el manifiesto que el año anterior les han enviado los nuestros; saben estimar nuestras cualidades, y si he de confesar la verdad, nos aprecian á veces más de lo justo. En un estudio sobre la literatura española publicado recientemente por el sabio catedrático de la Sorbona Ernesto Martinenche leo las siguientes palabras: «De todas las literaturas extranjeras, la española es quizá la que ha ejercido en Francia la acción más profunda y continua.» Es falso, pues, que nos desprecien los únicos capaces de apreciar y despreciar. Y como éstos son, en definitiva, los que guían la opinión y dirigen el mundo, debemos estar seguros de la amistad de la Francia.

El ahorro francés

«Francia tiene un «gato»; es necesario quitárselo», decía el Príncipe de Bismarck á sus amigos. Y, en efecto, siguiendo sus instrucciones, los discípulos de hoy quisieron repetir la hazaña. Pero los franceses han guardado tan bien el gracioso animal que es ya caso imposible que aquéllos pongan la mano sobre su lomo.

¡Pobre animalito! ¡Tan dulce, tan inocente, tan rollizo! Sería triste que los bárbaros se apoderasen de él. Seguro que con su piel harían correas de fusiles y con sus mantecas engrasarían las llaves de los cañones.

No hay casa en Francia, por humilde que sea, donde no ronque en algún oscuro rincón uno de estos felinos, pequeño o grande. Conocí á un funcionario del Municipio que mantenía á su esposa, su suegra y dos hijos con un sueldo de 140 francos mensuales. Así y todo, me confesó que separaba 15 todos los meses para su «gato». El día en que no pudiese darle siquiera unos céntimos de cordilla, el francés se moriría de ictericia.

El Shah de Persia declaraba hace años á un periodista que lo que más le admiraba en Francia era el ahorro.

Yo creo que si hubiera visto á una estanquerita que vive en la rue de Clichy lo hubiera puesto en segundo lugar.

De todos modos, no ofrece duda que tiene en este país una importancia capital y que á él se debe el grado inaudito de prosperidad material á que había llegado. Es incalculable el número de Sociedades que aquí se encargan de promover y facilitar el ahorro, todas inspeccionadas y vigiladas estrechamente por el Gobierno. Esto me trae al pensamiento aquella famosa «Tutelar», de dolorosa memoria para muchos españoles. La estanquerita de la calle de Clichy nos decía ayer á un joven profesor de la Sorbona y á mi que mediante una pequeña cantidad que imponía todos los meses en la caja de dos de estas Sociedades tenía la seguridad de disfrutar en su vejez una renta de cinco francos diarios.

—¿Pero es que tendrá usted el mal gusto de envejecer?—le preguntó el joven profesor.

La estanquerita se echó á reir, ignoro si porque le «hizo» gracia la salida de mi amigo ó por enseñar unos lindos dientes sevillanos.

El ahorro francés no es sórdido ni repugnante; es prudente, metódico, sabio. Un francés no se priva jamás de lo necesario y se autoriza todos aquellos goces compatibles con él. Entre nosotros se dan casi siempre los dos casos extremos: un sujeto que despilfarra cuanto gana ó ha ganado su padre y otro que se alimenta y viste como un pordiosero poseyendo millones.

Los tenía un viejo solterón que existía hace años en mi pueblo. Para su regalo había adquirido una famosa cueva de vinos: Burdeos, Madera, Rioja, Manzanilla, Jerez; todo añejo y exquisito. Por lo menos eso se decía entre nosotros. Pues bien; este ricacho cenaba indefectiblemente todas las noches un plato de patatas guisadas. Como ya le iban cansando y le era pesado engullirlas, bajaba á la cueva antes de cenar, tomaba una botella de Jerez y la colocaba sobre la mesa delante de su plato. «El que se coma las patatas—decía—se bebe la botella de Jerez.» En efecto; se comía las patatas; pero al descorchar la botella, la miraba con enternecimiento, se apiadaba de ella y bajaba de nuevo á la cueva para colocarla en su sitio, repitiéndose la misma escena al día siguiente.

Aquí se bebería la botella de Jerez así que hubiera apartado lo bastante para comprar otra.

Es una pasión el ahorro en Francia; pero es una pasión discreta, reservada, que huye de exhibirse, como el amor en los viejos. Los franceses se entienden con los ojos en este punto. Un obrero, un pequeño empleado toma los domingos su caña de pescar, después que ha almorzado, y se va al río. En la apariencia es un recreo; él así lo manifiesta. Pero los vecinos saben á qué atenerse. «Monsieur F*** va por la cena», dicen para sí. Nadie sonríe, no obstante, ni menos se autoriza la más ligera broma.

En Francia todo es digno de risa menos el dinero. Sucede lo mismo que en nuestras provincias de Galicia. El gallego es un ser pacífico, cortés, insinuante; alguna vez también poeta melancólico. Pero tocad el asunto del dinero; inmediatamente asomará á sus ojos la tragedia.

Cualquiera que á París venga en este momento y no conozca el carácter francés quedará estupefacto. La gente ríe, canta, se divierte como si se hallase en una Arcadia feliz y la sangre de sus hermanos no corriera á torrentes á pocos pasos de aquí. En los rostros no se pinta zozobra ni tristeza alguna: se espera la llegada de los zeppelines, como si fuera un caso de risa. Hay extravagancias que horrorizan: los negros velos de la viudez se han puesto de moda, y las solteritas se visten de viudas por coquetería. Mucho se engañaría el que juzgase por estos signos el espíritu de Francia. Bajo su aparente frivolidad, este es el país más prudente y sensato de la tierra. El francés suena los cascabeles para disfrazar su cordura, como otros se retuercen el bigote para ocultar su demencia.

¡Demasiado sensato, demasiado cuerdo! Este es su defecto capital, y no la vanidad, como generalmente se sostiene. Todos somos vanos en el mundo. Si los franceses lo son un poco más que los otros, el caso no tiene excesiva importancia. Pero sí la tiene enorme la frialdad que tanta cordura ha engendrado. Entráis en el seno de una familia y observáis con sorpresa que los hijos, así que comienzan á ganar dinero, lo colocan en las Cajas de Ahorro y sólo dan á sus padres lo que gastan en mantenerlos, como si se hallasen en un hotel. Al matrimonio que tiene más de un hijo se le mira con cierta compasión despreciativa. Le dije en cierta ocasión á una señora que dirige una tienda de bisutería:

—Uno de sus sobrinos ha venido hoy á visitarme. No sabía que tuviese siete hermanos.

La comerciante frunció el entrecejo y exclamó con amargura:

—¡Qué quiere usted, caballero! ¡Campesinos! ¡Salvajes!

En Francia se concede tal importancia al dinero, que un sujeto que posee 500.000 francos se cree en el caso de no saludar á otro que sólo posee 300.000 y éste á su vez de no mirar siquiera al que tiene 100.000. ¡Cómo contrasta esta ridícula actitud con la cordialidad y modestia que se observa generalmente en los ricos españoles!

En sus relaciones con los menesterosos se observa también cierta frialdad: los socorren, pero sin emoción. Nuestra ilustre compatriota doña. Concepción Arenal puso como lema á una de sus obras las siguientes palabras: «La Beneficencia envía al enfermo una camilla; la filantropía se acerca á él; la caridad le da la mano.» Los franceses hasta ahora se contentaban generalmente con enviar la camilla. Sin embargo, hay que reconocer que su Beneficencia era tan eficaz, tan copiosa y previsora que la nuestra, aunque más cordial, no podía comparársele. Si no tenía calor el corazón lo tenía la cocina, y esto es ya mucho.

Paseando hace unos meses por las calles de Madrid tropecé con un ciego que pedía limosna tocando el violín. Entablé conversación con él y me informé de su patria y sus desgracias. Era un minero asturiano que había perdido la vista á consecuencia de una explosión de grisú. Cuando le ocurrió este percance alguien le dijo que en París existían médicos especialistas que seguramente curarían su ceguera. Como poseía algunos ahorros, aquí se vino lleno de esperanzas. Poco tardaron en disiparse. Quedó ciego y sin recurso alguno en medio de esta gran capital. Los últimos francos los empleó en comprar un violín y aprender á rascarlo. Durante doce años recorrió, mendigando, de un cabo á otro la Francia. Cuando estalló la guerra se le hizo salir, como á todos los demás mendigos extranjeros. Así que conocí su historia me puse á hablar con entusiasmo de este país, que tanto admiro; de su organización tan perfecta, de su autoridad previsora, de la feliz distribución de sus riquezas. El ciego me replicó, suspirando:

—Sí, señor, sí; todo eso es cierto... Pero en Francia un caballero como usted no estaría ahora hablando con un mendigo como yo.

Líbreme Dios de imaginar que en Francia no existen muchas, muchísimas almas ardientemente caritativas, grandes y tiernos corazones. Tengo el honor de ser amigo de algunos. Lo único que afirmo es que aquí la importancia del dinero había llegado á hacerse incompatible con la importancia de las leyes morales. La ganancia era la musa inspiradora por excelencia y el comerciante, el artista y el guerrero la rendían por igual fervoroso culto.

En septiembre del año pasado vino con licencia de cuatro días, como todos los soldados, al pueblecito donde yo veraneaba M. Pierre, peluquero. Ostentaba, sobre su pecho la cruz de guerra. Se había batido valerosamente allá, en las trincheras. Se le había citado en los periódicos regionales por una hazaña admirable. Pues bien; ¿qué suponen ustedes que hizo aquel guerrero que sólo traía cuatro días de licencia? Inmediatamente abrió las puertas de su establecimiento, cerradas desde hacía más de un año; se puso en mangas de camisa y comenzó á afeitar á sus parroquianos.

Yo entré en la peluquería cuando hacía la barba á M. Despretis, el propietario más rico de la localidad. Y mientras le pasaba delicadamente la navaja por las mejillas narraba con vivos colores una de las batallas en que había tomado parte.

—Los obuses nos barrían materialmente. Filas enteras caían y los cadáveres se amontonaban delante de nosotros, cerrándonos el paso. Nuestros pies chapoteaban sangre. Pero avanzábamos siempre, y en cuanto nos pusimos en contacto con los «boches», nuestras bayonetas hicieron una carnicería espantosa: cortaban, rajaban, se hundían en el vientre de aquellos cochinos...

—¡Nom de Dieu! ¡Monsieur Pierre, me ha hecho usted daño!—exclamó monsieur Despretis, abriendo los brazos y echándose hacia atrás vivamente.

Monsieur Pierre retrocedió asustado y contempló con espanto una gotita de sangre en las cándidas mejillas de monsieur Despretis. Se puso pálido y balbució algunas palabras incoherentes.

¿Por qué se turba y empalidece aquel héroe á la vista de una gotita de sangre cuando tanta había visto verterse y él mismo había derramado? ¡Ah! Porque aquella gotita no brotaba de ninguna entraña palpitante, sino que corría de su bolsillo.

Ahora no puedo menos de preguntarme: ¿Este espíritu de economía es una virtud? Sería profanar tal nombre el llamarlo así. Cuando un hombre se priva de algún goce con el fin de atender á la necesidad de sus semejantes á ese hombre le diputamos por virtuoso. Pero si separa parte de lo que gana para proporcionarse más placeres en lo porvenir le llamamos interesado.

Es un error profundo el tomar exageradas precauciones en la vida. Una rabotada del Destino las echa á rodar en un instante. Cuando aquél llama con siniestros golpes á nuestra puerta de poco nos valen nuestros cuartos de baño y nuestro chocolate. Una pequeña dosis de fe y de energía nos será de mayor utilidad.

Tal ha sucedido con la nación francesa. El golpe ha sido rudo porque ruda había sido la infracción. Pero el genio francés no había naufragado todavía: extravió el rumbo, pero no se fué á pique. Sintióse aturdido unos instantes, pero inmediatamente reaccionó vivo y poderoso. Cien generaciones de héroes no pueden engendrar una de cobardes. Hijos son estos soldados de aquellos otros intrépidos, generosos, que pasearon sus gloriosas armas por todas las ciudades de Europa sin saquear sus palacios, sin beberse el vino de sus bodegas, robando solamente algún beso á las lindas muchachas que cruzaban por la calle.

Ahora se habrán convencido de que hacer muchos cálculos es bueno; pero es mejor no hacer ninguno. Llenar el bolsillo es extremadamente útil; pero es más útil llenar el corazón. Vivir con sobriedad y mesura, no complicar la vida, hacerla fácil para todos, rendir, sobre todo, culto al amor en todos los momentos y en todos los lugares. Este es el secreto de la dicha de los individuos y de la grandeza de las naciones. Si nadamos sobre la ola de la ley moral ella nos conducirá suavemente á puerto seguro.

Las mujeres y la guerra

Paseando hace ya bastantes años por el bosque de Bologne con un español recién llegado como yo á París, acertamos á ver una linda pareja de jóvenes que hacia nosotros venía graciosamente abrazada. Cruzaron á nuestro lado con perfecta tranquilidad, sin importarles nada, al parecer, de que les viésemos de aquel modo enlazados. Mi compañero se escandalizó profundamente porque venía dispuesto á escandalizarse.

En Madrid es proverbial la corrupción de París. En Madrid todas las cosas son proverbiales. Quiero decir que lo que opina el uno lo opina el otro, y así sucesivamente.

Dice un amigo mío, muy inclinado á la paradoja, que en España existen 240 personas que piensan por sí mismas. Las demás piensan por cuenta del vecino, exceptuando aquellas que no piensan de manera alguna, que es la clase más numerosa.

Esta cuchufleta no está desprovista por completo de verosimilitud. Los españoles, que hemos sido audaces aventureros por mar y tierra, cuando nos lanzamos á navegar por el océano de las ideas nos tornamos encogidos marineros. Un viajero americano afirma que en Inglaterra exigen á cada uno que se atreva á tener opinión propia que perdonan fácilmente á todo el que rompa con las convenciones sociales si lo hace con ingenio. En ello ven una garantía de la fuerza y progreso de su nación. Pues en España acaece lo contrario. Aquí se mira con malos ojos á cualquiera que diga ó ejecute una cosa no dicha ó ejecutada antes por otro. Alemania es, según dicen, el país de los uniformes; España, igual; pero lo llevamos dentro.

Volviendo á mi compañero de paseo diré que rugió de indignación y exclamó:

—¡Qué desvergüenza, qué cinismo! ¡Hay que venir á París para ver estas cosas!

—No hay que hacer un viaje tan largo—le respondí—. Se conoce que no pasea usted por las avenidas del Retiro.

La capital de Francia, en lo que á las relaciones de los dos sexos se refiere, no está más corrompida que Londres, Berlín y Nueva York. Téngase presente que en París existía antes de la guerra una población flotante mucho más numerosa que en ninguna otra ciudad. Todos los alegres compadres de Europa y América se daban aquí cita para divertirse.

Fuerza es confesar que la mala fama de las francesas se la han dado los franceses. Son sus mismos padres, esposos y hermanos los que las han deshonrado á los ojos del mundo. En el teatro y la novela no se hallará de cincuenta años á esta parte otra cosa que las ruindades y picardías cometidas por las mujeres francesas con sus maridos. La liviandad es la única musa de los autores modernos; el adulterio, su único argumento. De tal modo, que el que se sature de esta bazofia literaria (que no otro nombre merecen las producciones que ven á diario la luz en París) pensará que en toda Francia no existe una esposa fiel ni una soltera con pudor.

Es una infame calumnia. Saliendo de París hallaréis en todas las provincias de Francia las mismas costumbres que en España. Yo, que desde hace tiempo habito parte del año en una de ellas, no he observado aquí mayor inmoralidad. Hay alguno que otro divorcio, es cierto; pero las damas francesas miran de través y con menosprecio á la mujer divorciada, lo mismo que sucedería en una provincia española. Por otra parte, ¿no habría divorcios entre nosotros si la ley los consintiese?

Pero tiene la mujer francesa tanto en su abono, que podría perdonársele un suplemento de coquetería. Tiene la gracia, el ingenio, la elegancia, la cultura; tiene, sobre todo, el inquebrantable propósito de hacerse amable. La decantada cortesía francesa no reside en los franceses (y que me perdonen los buenos amigos que aquí tengo), sino en las francesas.

El poder de la mujer francesa es infinito. Nadie resiste á su influencia. Sin belleza, muchas veces; sin alta posición social, sin ricos trajes, sin sólida instrucción, sabe, no obstante, arreglárselas para fascinar primero y sujetar después á cuantos á ella se acercan. Si leéis la correspondencia de Voltaire os causará asombro la inmensa variedad de frases ingeniosas que aquel hombre tenía á su disposición para lisonjear á sus corresponsales. Pues todas las francesas son pequeños Voltaires. Cuando penetráis en un círculo de damas francesas estad seguros de oir muchas frases que halaguen vuestro amor propio pronunciadas con tal arte, con una sencillez tan refinada, que no os dais cuenta de que os adulan. Y esto constituye un verdadero peligro, porque salís de aquella reunión haciendo la rueda como un pavo real.

Es una particularidad digna de notarse que la mujer francesa, cuanto más envejece, más amable se hace. Así como las inglesas, al decir de viajeros y novelistas, se tornan agrias con la edad, la francesa concentra su dulzura y se escarcha como las mermeladas. Entonces es cuando desplegan los recursos todos de su arte. En Francia no es fácil sostenerse contra una joven: imposible resistir á una vieja.

Días pasados espero la llegada de un tranvía. Ignoro que hay que arrancar un papelito, con un número, de cierta columna donde están fijados. Una señora de pelo gris observa mi descuido y me dice:

—Monsieur, vaya usted á tomar su número, porque de otro modo no conseguirá entrar en el coche.

Otro día entro en una iglesia y dejo olvidado sobre el reclinatorio donde había estado arrodillado mi gabán. Cuando ya estoy cerca de la puerta, siento detrás de mí una respiración jadeante y oigo una voz que me dice:

—Monsieur, tome usted su gabán que ha olvidado.

Era una dama también de cabellos blancos. ¿Cómo es posible dejar de adorar á estas buenas viejas francesas?

Otra curiosa particularidad es que en Francia no existen como en España provincianas. Todas son parisienses. El mismo gusto para vestirse, el mismo ingenio, la misma cortesía, la misma distinción de modales. En una aldea, al aire libre, he visto bailar un rigodón á unas pobres labradoras, con tal elegancia y majestad, que si repentinamente una hada trocase el percal de sus vestidos por seda y el mísero violín que las acompañaba por una orquesta, se creería uno entre princesas. Vamos paseando y oímos detrás la voz de algunas personas que se saludan con frases ceremoniosas y entablan una conversación en que se cambian finos conceptos. Volvemos la cabeza: son unas domésticas que han tropezado con un obrero de los tranvías. Hasta he presenciado una reyerta fragorosa entre dos mujeres que vinieron á las manos, sin abandonar por completo toda cortesía.

—¡Oh, madame!—gritaba, una dando á la otra un arañazo.

—¡Oh, mademoiselle!—gritaba la otra respondiendo con un estirón de pelos.

Vengamos ahora á la política. En Francia casi todos los hombres son republicanos; pero las mujeres casi ninguna. Por lo menos, cuantas señoras be tropezado me han preguntado por nuestro Rey, por la Reina, por los Príncipes e Infantes, con tanto interés y afecto, que revelan sentimientos monárquicos acendrados. Es un interés vivísimo el que sienten por conocer las particularidades de la vida y costumbres de nuestra familia Real. En vano les digo que yo no puedo satisfacer su curiosidad porque no soy cortesano ni voy jamás á Palacio. Ellas se obstinan, quieren sacar de mí algún pormenor atractivo, alguna noticia ó anécdota. Entonces me acuerdo de que soy novelista y les cuento una historia que las enternece.

Su actitud al declararse la guerra no ha podido ser más admirable. Las he visto confiadas, serenas, resueltas como el hombre; pero con más dignidad aun.

Algunos hombres, completamente enloquecidos, estallaron delante de mí en denuestos contra sus enemigos, profirieron frases de mal gusto. Las mujeres no descienden á la injuria grosera. Ellas, tan comunicativas ordinariamente, permanecían graves y silenciosas; pero en sus ojos, en todo su cuerpo, se leía la inquebrantable decisión de ayudar á sus esposos y hermanos hasta morir.

¡Y vaya si lo han cumplido! La mujer es cobarde en una guerra de agresión y de conquista. Para marchar necesita ir acompañada de la justicia. Pero cuando la siente á su lado entonces es más intrépida que el hombre. Acordaos, españoles, de aquel baluarte de Gerona defendido por nuestras heroicas abuelas, donde se gritaba: ¡Ni damos ni queremos cuartel!

Una vez convencidas las francesas de que su patria había sido atacada injustamente, desplegaron, para aliviar la suerte de los suyos, los maravillosos recursos de su naturaleza. En el campo tomaron sobre sus hombros, la pesada carga del cultivo, aquí, en París, desempeñan con igual éxito los oficios de los hombres, lo que engendra un problema que ya preocupa á éstos. Un obrero me decía, no ha mucho, con cierta inquietud y amargura:

—Vea usted, señor; las mujeres en estos momentos lo invaden todo: son los cobradores de los tranvías, los mozos de café, los dependientes de los comercios, los cocheros, los obreros en nuestras fábricas, hasta en las de municiones... ¿Qué va á pasar cuando la guerra termine? Los hombres hallarán ocupados sus puestos y será difícil que puedan recuperarlos. La mujer se contenta con la mitad del salario de un hombre. Como es natural, los empresarios y los propietarios de establecimientos comerciales preferirán que ellas sigan. Será un grave conflicto, puede usted creerme.

Sí lo creo; pero no he podido menos de preguntarme: ¿Cuál es la causa original de este conflicto? Las mayores necesidades de los hombres, y si hablásemos con toda claridad, pudiéramos decir sus vicios. La mujer no necesita alcohol ni tabaco; es más sobria en la alimentación; no exige placeres costosos. La única manera de resolver el problema será que los hombres se hagan más sobrios y morigerados y puedan vivir con igual salario. Con esto ganarían ellos mismos, su nación y la raza entera.

Millares de jóvenes en brillante posición abandonaron el regalo de su hogar y partieron al frente para servir en las ambulancias; otras permanecieron en los hospitales creados hasta en los más apartados rincones del territorio para recibir á los heridos; otras, en fin, recorren el país haciendo todo lo que humanamente es posible para arbitrar recursos.

Fuí testigo y lo soy de sus trabajos en estos hospitales. No se limitan á cuidar á los heridos, á curar sus llagas, á velar su sueño; hacen mucho más. Como saben que la alegría es el medicamento más eficaz que se conoce, capaz por sí sólo de realizar curas maravillosas, se esfuerzan en proporcionársela á sus enfermos. Lo primero que hacen es instalar un piano, y si les es posible, un cinematógrafo. Según las circunstancias y el estado de los heridos, dan conciertos vocales o instrumentales, representan comedias, leen novelas, les divierten con juegos de prestidigitación y, sobre todo, ríen y charlan y los tienen embelesados.

Inútil es decir que el dios alado hijo de Venus y Marte acude á estos recintos, que debieran ser de dolor, y lo son muchas veces de regocijo. Y con inaudita crueldad remata la obra de los alemanes disparando sobre aquellos infelices heridos, no ya flechas de oro como antiguamente, sino flamantes granadas de mano con gases asfixiantes. Algunos de ellos van á convalecer á la sacristía de la parroquia; otros se marchan al frente, prometiendo á sus enfermeras venir pronto otra vez heridos.

Hace pocos días visité el famoso colegio Rollin, soberbio edificio, transformado, como otros muchos, en hospital. A una de estas simpáticas enfermeras le pregunté:

—¿Son ustedes aquí todas voluntarias?

—Hay algunas profesionales; pero las más somos voluntarias.

Ella fué la que me contó la siguiente tristísima anécdota:

Existe en París un comerciante inmensamente rico llamado Vilmorin. El hijo de este comerciante quedó, á consecuencia de uno de los combates, sin piernas y ciego. De éstos hay varios. Cuando su padre fué á verle por primera vez al hospital, el hijo le preguntó:

—Padre, ¿me quieres todavía?

—Infinitamente más que antes, hijo mío.

—Pues voy á pedirte un favor.

—Cuanto tú quieras. Hasta mi último franco está á tu disposición.

—Mátame.

—¿Qué es lo que estas diciendo?

—Sí, mátame; dame un veneno; nadie lo sabrá.

Que cada cual se represente lo que habrá experimentado aquel padre.

Autores y libros

Después de los políticos, los literatos somos lo peor en cada país. La política es la región del interés y la vanidad; el arte solamente de la vanidad. Un artista prescindirá sin inconveniente del almuerzo si os dignáis elogiar sus obras: en el caso de que habléis mal de las de sus colegas prescindirá también de la cena. Un político necesita además «champagne» y buenos cigarros. Tratándose no obstante de adulación tiene el estómago menos delicado que el literato. Cuando yo era joven y asistía á ciertas tertulias de políticos he visto á más de uno engullir con fruición verdaderos platos de taberna.

Se habla, sin embargo, demasiado de la vanidad de los poetas; como si los que no lo son estuvieran exentos de ella. Todos los que ejecutan alguna obra en este mundo, y hasta los que no ejecutan ninguna, se juzgan dignos de ser celebrados.

Entre los grandes literatos, según dicen, el francés es el más puntilloso e insufrible. Ignoro si esto es así, porque no tengo el honor de tratar á ninguno. Pero en España existía hace años un famoso poeta á quien preguntaba en cierta ocasión uno de sus jóvenes admiradores:

—Dígame, usted, don M..., ¿quién es más grande poeta, Shakespeare ó usted?

—Te diré—respondió el poeta español gravemente, dispuesto á esclarecer el asunto.

No imagino que Víctor Hugo hubiese ido más allá.

De todos modos yo perdono á los literatos su impertinencia. Y si el lector quiere perdonarlos también fácilmente, no tiene más que hacer lo que yo: vivir alejado de ellos.

Un amigo mío, gran aficionado á los toros, me decía: «Me encantan las corridas; pero detesto á los toreros. Si yo fuese un déspota como Calígula, una vez terminada la fiesta los encerraría en la cárcel y no los dejaría salir hasta la siguiente.» De igual manera encerremos á los autores en la cárcel de sus libros y no los saquemos sino en los momentos en que sintamos necesidad de ellos. Cuando estuve en París, hace ya muchos años, pertenecían al número de los vivos Zola, Daudet, Maupassant, Renan y Taine. A pesar de la grande admiración que me inspiraban estos hombres no di un paso para ponerme en relación con ellos. En cambio anduve no pocos para visitar en el cementerio las tumbas de Alfredo Musset y de Balzac. Y puedo asegurar que me recibieron con toda cordialidad y que no tuve motivo para quejarme de su orgullo.

Después de publicado este artículo en El Imparcial he tenido ocasión de conocer personalmente á algunos eminentes escritores franceses que han sido para mi mucho más corteses y amables aun que Musset y Balzac. Queda, pues, borrado por lo que á ellos se refiere cuanto acabo de decir.

Ni es caso de sorpresa que los artistas y literatos franceses se disputen con encarnizamiento los rayos de sol de la gloria. Esta existe realmente en Francia. Los artistas y literatos constituyen aquí la más alta aristocracia social, y sin ser precedidos de líctores y fasces el público les abre paso y les saluda con respeto. Pero en España no existe ni nunca ha existido, aunque supongo que existirá con el tiempo, porque no hemos de seguir siendo eternamente el pueblo más rústico de Europa. Cuando recuerdo aquellos desdichados y famélicos literatos nuestros del siglo XVIII, que pasaron su vida injuriándose, sin que el público advirtiese siquiera su presencia, me acometen deseos de reir y llorar al mismo tiempo.

Aquí, no sólo se disputan la gloria, pero también el dinero. Porque la literatura vale dinero, aunque no tanto como por ahí se dice. Las ganancias que realizan estos autores no pueden compararse con las que obtienen sus colegas en Inglaterra y los Estados Unidos. Sin embargo, la hay, y hay, sobre todo, mucha gloria. Por eso se lucha rabiosamente y se hacen esfuerzos increíbles por conseguirla. Estos esfuerzos llegan á veces hasta los últimos extravíos de lo ridículo. Un poeta anuncia en los periódicos que el gallo que le inspiró su comedia se ha vendido en cuatro mil francos. A este reclamo contesta otro poeta vaticinando que tal día de tal mes, á las cuatro en punto de la tarde, morirá de muerte natural en su propio lecho. Unos sonríen y se encogen de hombros al leer estas cosas; pero otros quedan estupefactos, y este es el fin que se persigue.

La notoriedad en Francia tiene tal valor, que se comprende bien lo que Alejandro Dumas (hijo) decía de su padre: «Mi padre es tan glorioso, que se disfrazaría con gusto de lacayo y se sentaría en la trasera del coche con tal de que el público pensase que iba dentro.» Un joven periodista me iniciaba estos días en el arte de adquirirla, en los secretos de esta guerra submarina que los autores necesitan llevar á cabo para bloquear y rendir á la opinión.

—Un artículo de M. D... cuesta tres mil francos—me decía—. Uno de M. L... tres mil quinientos. El de M. F... no vale más que dos mil, porque su periódico tiene menos circulación.

—¡Pero esos críticos deben vivir en la opulencia!—exclamé yo con asombro.

—Esos críticos no perciben un céntimo de ese dinero.

—¡Cómo! ¿Entonces venden su pluma por el sueldo que les tienen asignado en el periódico?

—Nada de eso. Si la vendieran perderían enteramente su crédito. No tienen otra obligación que escribir acerca del libro que el director les presenta delante. Son libres para decir lo que piensan de él, bueno o malo.

—¿De modo que hay sujeto en Francia que entrega tres mil quinientos francos porque le, llamen tonto en un periódico?

—Así es—replicó mi joven interlocutor—, porque aquí vale más ser un tonto conocido que un genio ignorado.

Entonces no pude menos de pensar con patrio orgullo en los honrados directores y propietarios de periódicos españoles que dejan el paso libre en las columnas de sus diarios á toda clase de adjetivos arrulladores sin cobrar un perro chico por la entrada.

Por estos datos podrá el lector inferir la enorme significación que aquí tiene la literatura. Todo el mundo lee, le mismo el prócer que el plebeyo, las damas y los caballeros. El número de librerías es asombroso. En una de ellas tuve que hacer cola para comprar un libro. La señorita del comercio donde compráis galletas ó corbatas os hablará de las últimas producciones literarias con acierto y sagacidad sorprendentes, y á veces tratará de nuestra literatura misma con mayor conocimiento de ella que algunos millonarios españoles. Después de la guerra, empobrecidos, agobiados por la desgracia, no les falta ni les faltará dinero para comprar libros. Mientras la Casa Nelson no ha podido continuar publicando obras españolas, aunque nosotros no tengamos que soportar hasta ahora carga alguna extraordinaria, todos los meses da á luz algunos volúmenes en lengua francesa.

Por eso, porque los literatos franceses están acostumbrados á que se les mime y festeje en demasía, á que se conozcan por todo el mundo y se transmitan á los últimos rincones sus palabras y sus gestos y hasta sus estornudos por eso de vez en cuando ahuecan la voz y dejan escapar algunas simplezas. La guerra ha sido ocasión para que se profieriesen bastantes, hay que confesarlo. En una novela de Balzac, cierto noble francés, que después de la guerra de la Vendée entra en su casa con el cuerpo y el alma transidos de dolor por el egoísmo de algunos de sus compañeros, se limita á decir con magnánima sencillez: «Todos los barones no han cumplido con su deber.» De igual modo podemos decir ahora: «Todos los escritores no han conservado su dignidad.» Se han escrito y publicado muchas ridículas fanfarronadas, amenazas, frases de mal gusto. Y es lo peor que todo esto se ha dicho sin emoción y sólo para fijar las miradas del público. Esta es la plaga de la literatura francesa. Pierden los literatos su iniciativa y la sagrada libertad, para convertirse en lacayos de la opinión. Les llevamos sobre este punto los que en España cultivamos las letras una ventaja envidiable. Que escribamos tuerto ó derecho, como ángeles ó demonios sabemos de antemano que el gran público no se cuidará de nosotros; trabajamos para unas docenas de aficionados; somos libres como el búho de Minerva.

¡Oh, sacra libertad; jamás pagaremos bastante caras tus caricias! Yo he sentido siempre tus besos en la frente cuando trazaba los humildes libros que entregué al público; pero confieso que nunca los sentí más tiernos que allá en mis años juveniles cuando bajaba la escalera de un eminente político después de haber estado algunas horas en su tertulia. ¡Dios mío!—exclamaba, levantando mis ojos—. ¿De qué vale la gloria y el poder si es necesario pasar la vida escuchando tanta inepcia? ¡Pobre grande hombre! Yo soy un modesto emborronador de papel, pero no un esclavo como tú de la grandeza. Soy libre. Ahora mismo voy á sentarme en un banco de Recoletos ó á comer un beefsteak al café Habanero, y no me perseguirá, no, la turba de tus zorroclocos aduladores.

Los escritores franceses ponen demasiado el oído á los rumores de la calle; ensayan sus reverencias al espejo, como los reyes; no pueden pasarse sin mimos, como los niños. Necesitarían una escuela más ruda para adquirir sencillez. Sin embargo, transcurridos los primeros días, el buen sentido, que es el fondo del espíritu galo, se impuso. Hace mucho tiempo que se han desterrado de los periódicos las frases de mal gusto; hoy se escribe con mesura y dignidad.

Me hallaba uno de estos días sobre la terraza de la iglesia del Sagrado Corazón, en la colina de Montmartre. Era la hora del atardecer, la hora de la melancolía. El panorama que mis ojos descubrían es único en el mundo. La gran Lutecia extendía la techumbre de sus moradas hasta los últimos confines del horizonte. El Sol, ocultándose unas veces detrás de las nubes, otras asomándose repentinamente, jugaba con ella, bañándola de luz y oscureciéndola alternativamente. Allá una neblina azulada daba la impresión de una paz idílica; aquí una nube negra inspiraba tristeza y recelo. Las torres del Trocadero, la de Eiffel, los Inválidos, el Panteón, San Sulpicio, Santa Clotilde, Nuestra Señora, evocaban en mi espíritu los hechos más salientes de la historia antigua y moderna.

En aquel momento sentí como nunca la importancia de esta gran ciudad. Víctor Hugo ha dicho: «París es el cerebro del mundo.» No lo creo: es una de las muchas frases sonoras que ha proferido este genio enfático. París no es el cerebro del mundo; en todas partes se piensa, en todas partes hay cerebros. París es la mano del mundo. Los hombres sobre este planeta vivimos tan apartados los unos de los otros, no sólo por la distancia física, sino por otra moral mucho peor, que si no hay una mano que nos conduzca los unos hacia los otros, corremos peligro de helarnos en nuestra soledad.

¡Grande y noble destino el de Francia! Aquí venimos todos á lavarnos de nuestro exclusivismo. Es el centro donde se equilibran todas las fuerzas; es el alambique donde se destilan todos los resabios y groserías de que está plagado el mundo. La Francia entera parece un gran salón y París la señora de la casa, que con refinado tacto sabe mantener en actitud correcta hasta los peor educados de sus tertulios. Si los alemanes la hubieran vencido, tarde o temprano quedarían uncidos al yugo amable de esta encantadora Circe, como en otros tiempos los romanos lo fueron al de Atenas.

La Francia se encarga de poner en el fiel las grandezas y las pequeñeces de los hombres. Cuando entran en París, los reyes más déspotas se convierten en amables ciudadanos y los humildes obreros en hombres de buena sociedad. Todo el mundo se arregla aquí la barba y se quita las botas de montar. Los «pieles rojas» de América os pedirán perdón cuando pasan delante de vosotros.

Alguien me dirá que estas son apariencias y que lo que importa es poseer elevada inteligencia y recto corazón. Convenido; pero la cortesía es un antídoto contra el egoísmo y el comienzo de la caridad. Por los actos se llega á los sentimientos, dicen los modernos psicólogos. Pascal tomaba agua bendita para inspirarse fe. La naturaleza humana es tan viciosa que necesita todos los frenos de la educación para no mostrar su lacería.

Pero no es solamente distinguida y encantadora esta ama de casa: es, además, culta como ninguna. Otras naciones la han sobrepujado en ciertos lujos: Inglaterra posee una literatura más rica; Alemania, una filosofía más alta; Italia, un arte más espléndido. Sin embargo, tomada en conjunto, Francia es la nación que sobresale. Su literatura en el siglo XVII es admirable. Los nombres de Corneille, Racine, Bossuet, Fenelon, Mme de Sévigné, Molière, La Fontaine, La Rochefoucauld rivalizan con los más grandes de otros países. En el siglo XVIII hay colosos como Voltaire, Diderot, Rousseau y exquisitos escritores como Mariveaux, Prevost, Beaumarchais y Chamfort. El XIX es maravilloso. Al mismo tiempo han alentado aquí hombres como Lamartine, Alfredo de Musset, Víctor Hugo, Chateaubriand, Balzac, Michelet, Jorge Sand. Y al lado de éstos algunas docenas de escritores notables como ninguna otra nación puede ostentar.

Y si pasamos á la Ciencia, aun es mejor. Alemania la vence en sus aplicaciones industriales; pero en la ciencia pura los franceses han sido y continúan siendo los maestros. Descartes, Mallebranche, Pascal, Laplace, D’Alembert, Lavoisier, Lamarck, Champollion, Ampère, Gay-Lussac, Buffon, Cuner, en tiempos antiguos, lo demuestran. En los presentes, Pasteur, Comte, Claudio-Bernard, Quatrefages, Charcot, Taine, Brown-Sequard lo pregonan igualmente.

No hay en estos últimos años un sabio naturalista que pueda compararse á Pasteur, ni un matemático á Enrique Poincaré, fallecido recientemente, ni metafísico á Bergson, vivo aun para gloria de su nación. En los momentos actuales trabajan aquí brillantemente sabios como Le Dantec, Bichat, Bontron, Dastre, Pierre Janet, Grasset, Richet, Durkheim, Le Bon y otros muchos que me es imposible nombrar.

Cuando repaso tantos nombres ilustres, cuando observo esta juventud tan ávida de instruirse y contemplo el trabajo eficaz y armónico que realizan aquí, lo mismo los sabios naturalistas que los pensadores, los sacerdotes que los militares, los obreros que los literatos, no puedo menos de volver los ojos hacia esa patria que tanto amo. El corazón se me aprieta y una ola de amargura llega á mi garganta y quiere ahogarme.

Ese pueblo español se me representa como un hombre bien dotado, de fuerte musculatura, de inteligencia penetrante, pero dormido. Quisiera que un genio poderoso, un nuevo Ariel, fuese allá y le sacudiese rudamente y le gritase al oído: «¡Despierta, despierta! ¿No escuchas el canto de la alondra? ¿No ves al sol enfilando ya sus rayos sobre la tierra? La obra es larga. ¡Apresúrate! La Humanidad espera todavía mucho de quien ha engendrado á Cervantes y ha descubierto nuevos mundos. Quien no avanza en la marcha del progreso, retrocede. Si continúas durmiendo, el polvo formará costra sobre ti, los ratones y las arañas treparán encima y los carneros imprimirán su pezuña sobre tu rostro.»

Quizá el dormido despierte, quizá se restregue los ojos y después de vacilar le responda: «¡Para qué!» Y se vuelva del otro lado para seguir durmiendo.

Acaso tenga razón. ¿Qué es lo que vería al ponerse en pie? Campos desecados, hombres hambrientos, el nepotismo dictando órdenes, la injusticia erigida en sistema, la frivolidad soltando carcajadas estúpidas, una política mezquina envenenando las inteligencias más altas y los más nobles caracteres...

¡Duerme, pueblo español, duerme! Vale más vivir dormido que despierto y desesperado.

El Krishna de las trincheras

La repetición es la ley de la vida. Se repiten los hechos y también los pensamientos. Lo que pensaron nuestros más antiguos progenitores cuando comenzaron á pensar, eso es lo que ahora pensamos nosotros.

En presencia de la necesidad ineluctable, acosado por los rigores de la Naturaleza, el hombre se refugia en su propia alma y adopta un estoicismo fatalista que le emancipa del dolor. Toda la filosofía del Oriente se halla impregnada de tal estoicismo; la griega lo hizo suyo en el Pórtico; los hombres más grandes de la antigüedad le rindieron culto. Y en nuestros mismos días, cuando la fe cristiana no endulza nuestra amargura, cada hombre lucha con el dolor poniendo su alma de punta á los sucesos y entregando su pensamiento al oráculo de la fatalidad.

De todos los oráculos fatalistas el más famoso y el que más profundamente impresiona es el que se expresa en el episodio del Mahabharata indio, conocido con el nombre de Bhagavad-Gita. Los ejércitos de los Pandavas y de los Curavas se encontraban el uno frente al otro en una llanura inmensa. Suenan los cuernos de guerra, los tambores redoblan, los carros se precipitan, las flechas silban. Krishna, encarnación humana del dios Wishnú, consiente en servir de cochero al tercer hijo de Pandú, su discípulo y favorito Ardjuna. Este, á la vista de todos aquellos hombres que van á degollarse, se siente cogido por una desesperada melancolía. Contemplando esta muchedumbre de amigos y enemigos que el odio divide y que la muerte va á reunir, siente que sus manos tiemblan, su boca se seca, sus cabellos se erizan, su piel arde, sus fuerzas desmayan, el arco se escapa de sus manos. Se deja caer sobre el pescante de su carro, pálido, acobardado, el alma transida de dolor. Entonces es cuando Krishna le revela quién es y comienza á doctrinarle sobre la vanidad de las cosas terrestres y el carácter insignificante de todos nuestros actos. El verdadero sabio no debe inquietarse ni por los vivos ni por los muertos: el cuerpo no es más que la envoltura de una inteligencia inmortal que cambia de forma como si fuese un vestido. Morir ó matar es cosa en absoluto indiferente, etc., etc.

Allá en las trincheras de la Champagne se repitió esta escena, no entre dioses, sino entre dos pobres soldados de infantería. He aquí cómo llegó á mi noticia:

No hace muchos días entré en un café del boulevard de los Italianos con un amigo. Antes de sentarnos divisó éste en el fondo á uno de sus conocidos, y se apresuró á ir á saludarle. Observé que aquel sujeto tenía á su lado dos muletas, y desde luego colegí que era un inválido de la guerra. Mi amigo me hizo una seña de que me acercase, me presentó á él; y nos sentamos á su misma mesa. Era un joven de agradable aspecto, de fisonomía abierta y bondadosa. Le habían cortado una pierna hacía pocos meses; era hijo de un banquero del boulevard Haussmann, y disfrutaba, al parecer, de una brillante posición social.

La conversación rodó, como es natural, sobre la guerra. Monsieur Gardiel, que así se llamaba aquel simpático joven, nos entretuvo largo rato describiéndonos la vida de las trincheras, contándonos alguna de sus aventuras guerreras. Aunque todo era vulgar y descrito mil veces en los periódicos, yo le escuchaba con interés. Lo vulgar se hace interesante cuando está narrado con ingenuidad por la persona misma que lo ha vivido. Pero uno de los episodios de su amena charla salió repentinamente de lo ordinario y me causó profunda sensación. Lo contaré en breves palabras.

«Entre los soldados de la compañía á la cual yo pertenecía—nos dijo—había un muchacho que se distinguía por lo feo. La Naturaleza se había excedido á sí misma en este joven. Pienso que era el hombre más feo de Francia. Se le llamaba entre nosotros «la Merode», en recuerdo de una belleza que sonó mucho hace años. Lo moral respondía bastante bien á lo físico. Callado, brusco, indiferente á lo que pasaba á su alrededor, se había captado la antipatía de todos nosotros. Lo que más repelía en él era su sonrisa; una sonrisa sardónica, maligna, que no se le caía de los labios. Le hubiéramos visto destrozado por una granada sin pesar alguno.

Este joven, que se llamaba Tabourin, era, según me dijeron, profesor en un colegio de Lyon. Su vocación científica se revelaba á nosotros claramente porque aprovechaba todas las ocasiones que se le ofrecían para cazar insectos y mariposas y fijarlas en unos cartoncitos que llevaba curiosamente guardados en su mochila. Esto mismo nos lo había hecho más antipático aun. Su glacial indiferencia era repugnante. Cuando nos oía quejarnos de la humedad, del hambre ó de algún dolor, sus ojos atravesados parecían brillar con una mirada más sarcástica. El jamás profería una queja.

Vino la gran ofensiva de Septiembre. Los horrores del infierno imaginados por la mente calenturienta de algún devoto histérico no darían una idea de lo que aquello fué durante unos días. Tanta sangre habíamos visto correr, tantos miembros esparcidos, tantos gritos de dolor habían llegado á nuestros oídos, que yo concluí por hallarme en un estado de estupor difícil de describir.

Una noche, tendido en el fondo de la trinchera, á pesar de hallarme fatigado hasta el desmayo, me era imposible dormir. Oía la respiración de mis pobres compañeros, pensaba en lo que nos aguardaba á la mañana siguiente, quizá aquella misma noche; pensaba en sus madres, pensaba en la mía y me sentía triste hasta la muerte. No lloraba, porque en la guerra se pierde, por fortuna, la facultad de llorar; pero me sentía fuertemente agitado y no podía menos de suspirar de vez en cuando.

—No puedes dormir, ¿verdad?—murmuró una voz en mi oído. Era la de Tabourin.

—No—respondí secamente.

—¿Estás triste?

—Sí—respondí con la misma sequedad.

—¿Quieres un poco de éter que aun me queda en el frasco?

Me sorprendió la dulzura de aquella voz, que formaba contraste con el aspecto repulsivo del sujeto. Rehusé el ofrecimiento; pero no pude menos de agradecerlo y le dije:

—No estoy triste por lo que pueda ocurrirme mañana; lo mejor tal vez sería que me matase una bala ó una bayoneta. Lo que me contrista es ver á estos pobres compañeros durmiendo tranquilamente y pensar en lo que aun les queda que sufrir, pensar en los seres que los aman, en las lágrimas que vierten y verterán.

Guardó silencio unos instantes, y al cabo profirió suavemente, acercando su boca á mi oído:

—La sangre es nada; las lágrimas son menos aun. ¡Qué importa morir! Yo creo que debe ser un placer inmenso reposar en el seno de la gran Naturaleza. ¡Qué seguro se duerme bajo unas cuantas paletadas de tierra! La muerte, amigo, no existe en realidad: la chispa vital que nos anima no se extingue con cada uno de nosotros: marcha á encender otro fuego. Los campos, los mares, los hombres, los animales, los soles que lucen en el cielo, todo lo que se mueve y respira, todo nace y todo muere, todo cae y todo renace. Sólo el gran poder de la Naturaleza no se extingue jamás, sólo él es inmortal. Este gran poder silencioso y tranquilo es lo único que existe realmente: nosotros no somos más que apariencias, imágenes del gran cinematógrafo. ¿Por qué nos horroriza la destrucción? Esta no es más que aparente también. ¿No ves las hormigas? Enfiladas atraviesan el camino cumpliendo su tarea. El pie de un transeúnte aplasta un centenar de ellas; las demás prosiguen impasibles su tarea sin dar importancia al suceso. ¿Por qué la concedemos nosotros tan grande á la muerte de un centenar de los nuestros? Lo mismo ellas que nosotros caemos en el seno fecundo de la madre tierra. Jamás el Destino nos podrá privar de este regazo maternal. El secreto de la fuerza de las cosas reside en nosotros como en todos los demás seres. No hay vacío en el Universo. Los límites entre el mundo inanimado y el mundo de la vida son imaginarios... Consuélate, amigo mío; la muerte no es una puerta de horror y tinieblas para nadie; al contrario, es el paso de una hora sombría á otra más clara. Sometámonos alegremente á la voluntad de la Naturaleza y no veamos en ella una enemiga, sino una tierna aliada que nos emancipa de la insufrible tiranía de la vida.

No me consolé, naturalmente; pero desde entonces guardé respeto á aquel compañero, que era muy otro de lo que yo y todos los demás nos habíamos figurado.

Terminó la gran ofensiva: nuestra compañía había perdido casi la mitad de sus hombres; yo había salido milagrosamente ileso y lo mismo Tabourin. Volvimos á la vida monótona y sucia de las trincheras, que recordarán con asco cuantos la hayan sufrido. Traté de estrechar un poco más mi relación con Tabourin, porque después de aquellas graves palabras que le había oído me parecía que había nobleza en su alma. Pero mis atenciones se estrellaron de nuevo contra su actitud siempre fría e irónica. Huía de nosotros como siempre; hablaba poquísimo y en un tono casi siempre despectivo, que le hacían cada día más antipático á los compañeros y odioso á los jefes.

Tabourin pasaba sus ratos de ocio á la caza de lepidópteros, estudiando con un gran cristal de aumento sus trompas y antenas y las escamas de sus alas. Algunas vez por la noche quiso cazar con una luz las mariposas nocturnas, pero se le reprendió ásperamente y tuvo que reducirse á las diurnas y crepusculares. Al principio nos reíamos de esta afición; pero concluímos por respetarla, convenciéndonos de que era un hombre de ciencia, acaso un gran entomólogo.

Un día tuvimos que hacer un reconocimiento peligroso en el terreno ocupado por el enemigo. Fuimos doce hombre con el teniente. Ocultándonos unas veces como conejos, saltando otras como cabras, recorrimos bastante espacio sin ser descubiertos. Al salir de un bosquete observamos con sorpresa que faltaba de los nuestros un hombre. Era Tabourin. El teniente, estupefacto, pues no había sonado un tiro, se detuvo, ordenó á dos soldados volver los pasos atrás y buscarlo. Al poco rato volvieron sin haberle descubierto. Seguimos con mayor cautela aun nuestro reconocimiento, pues nos hallábamos materialmente entre las filas del enemigo. De pronto, al trasponer una pequeña quebrabura del terreno, percibimos debajo de nosotros á dos soldados que hablaban animadamente. Un soldado era alemán, el otro francés. Al divisarnos el alemán se dió á la fuga. El teniente, pensando lógicamente que se trataba de un peligroso espía, ordenó que hiciésemos fuego, á sabiendas de ser descubiertos. El alemán cayó á los pocos pasos acribillado por nuestras balas.

Entonces el teniente, loco de furor, con la faz inyectada, avanzó sobre Tabourin empuñando el revólver:

—¡Maldito perro! ¡Miserable! ¡Traidor!

Tabourin dejó caer el fusil, y con sorprendente tranquilidad abrió los brazos para recibir el tiro. La misma sonrisa enigmática y sardónica contraía sus labios.

Recibió el tiro en medio del pecho. Cayó de bruces con los brazos abiertos todavía, como si fuese á besar aquella tierra que tanto amaba.

Fuimos descubiertos; se nos persiguió de cerca; perdimos tres hombres; yo fuí herido también, pero logré arrastrarme hasta nuestras trincheras, donde fuí recogido por los míos.

Algunos días después—añadió el amable inválido sonriendo—mi pobre pierna se fué á pudrir en el cementerio de la aldea, donde estaba la ambulancia, y yo me vine á París á pudrir á ustedes y á otros con mis aventuras militares.»

—¿Está usted persuadido de que Tabourin era un traidor?—pregunté yo impresionado por aquel relato.

—Estoy persuadido de todo lo contrario. Mi opinión es que el soldado alemán era un sabio entomólogo como él, y que ambos se habían encontrado persiguiendo una mariposa y se hallaban abstraídos charlando de su ciencia.

Los dos ideales

La Europa no atravesó un momento más crítico después de la caída del Imperio de Occidente. El vulgo supone que la presente es una guerra de comerciantes: no sabe que lo que está en litigio es el concepto del Estado y el concepto mismo de la vida.

Luchan actualmente el ideal germano y el latino. El primero nutrido en otros tiempos por el panteísmo idealista, cayendo después en el pesimismo y por fin en el monismo materialista, es hoy francamente anticristiano. Sus directores invocan, es cierto, el nombre de Dios; pero entiéndase que es un dios alemán con un Estado Mayor infalible y cañones de infinito alcance; un nuevo Jehova que se deleita escuchando los gritos de dolor de los enemigos de su pueblo.

La moral germana ha subvertido la antigua escala de los valores, de acuerdo con el pensamiento de su último filósofo, Federico Nietzsche. Los buenos son los fuertes y los malos los débiles. No hay más que un instinto primordial al cual debemos obedecer, el de aumentar nuestra fuerza. Esta es la ley fundamental de la existencia. La moral es una invención humana; Dios, el bien, la verdad, fantasmas creados por nuestra imaginación. No hay más que una realidad natural, la vida. El individuo sano y fuerte que ama la vida es el único digno de vivir. El que busca el bien y la verdad por ellos mismos y no por amor á la vida es un degenerado.

No se crea que estos principios se encuentran expuestos en tal ó cual pensador aislado de Alemania. Unas veces velados, otras ostensibles, aparecen en muchos de los libros que allí se publican de algunos años á esta parte. Léase con cuidado el manifiesto con que sus intelectuales han pretendido excusar la invasión de la Bélgica y la destrucción de sus ciudades y se verán latir dentro de él.

El concepto del Estado germano responde á este concepto de la vida. Así como el individuo debe subordinar todos sus instintos al primordial de aumentar su fuerza para que la vida sea cada vez más exuberante, así la totalidad de estos mismos individuos se debe subordinar á la vida del Estado para que esta sea cada vez más fuerte y dominadora. Resucita la idea espartana. Las naciones como los individuos, son dignas de vivir unas y otras de morir. Nosotros, los latinos, cuyo instinto vital ha disminuido, somos decadentes, impotentes, y debemos dejar el paso libre á la raza germana, cuya vida se halla en progreso y representa lo más alto y espléndido de la humanidad.

No se engañen los germanófilos españoles: Se quejan de las heridas que alguna vez les ha causado la vanidad francesa. Son celos y reyertas entre hermanos. Pero el desprecio alemán es mucho más sincero y por lo mismo más humillante. La Alemania contempla á nuestra España con la fría indiferencia con que el naturalista estudia á un insecto.

Sin embargo, no cometeré la injusticia de suponer que todos los alemanes participan de estas ideas. En Alemania tengo amigos excelentes que abominan de ellas tanto como yo; pero no puede negarse que se hallan esparcidas en su país, y sobre todo que sus directores, tanto los hombres de acción como los intelectuales, secreta ó manifiestamente las honran y las aprueban.

Estamos acostumbrados á ver la Alemania en su época gloriosa de fines del siglo XVIII, cuando era el emporio de las grandes ideas y los nobles sentimientos. Al pronunciar el nombre de esta nación acuden á nuestra memoria los nombres de Gœthe y Schiller, de Lessing, de Wieland, de Kant, Fichte, Juan Pablo Richter, Schelling, etc; nos representamos aquella sociedad reducida y eminente que tanto semejó á la de Atenas. Mas, ¡ay! la Alemania actual poco la recuerda. Existen sabios muy notables, investigadores concienzudos, pero no poetas y metafísicos inspirados. La ciencia parece subordinada á la industria, la filosofía á la gloria militar.

Recuerdo que poco después de su resonante victoria sobre Francia, siendo yo casi un niño, visité con mi padre una gran fábrica española donde había algunos ingenieros alemanes. Después de comer y hallándonos de sobremesa, uno de estos ingenieros (que se llamaba Jacobi como el amable filósofo amigo de Gœthe) se puso á enumerar con orgullosa satisfacción los productos que su país fabricaba y exportaba á las demás naciones. Cuando terminó su larga lista hizo una pausa y añadió sonriendo:—«Y por fin exportamos la filosofía.»

¿Que quiere esto decir si no que los alemanes ya no miran á sus grandes filósofos más que como ruinas venerables propias para excitar la curiosidad del extranjero?

Los alemanes no creen en sus filósofos como los japoneses no creen en sus ídolos. Los enseñan sonrientes á los turistas, los exportan al extranjero como nosotros los españoles exportamos los cantaores flamencos.

Los latinos, los eslavos y anglo-sajones, más retrasados sin duda en la evolución biológica, todavía no hemos alcanzado la serenidad olímpica que caracteriza actualmente á los germanos. Su emperador no se siente conmovido por los millares de hombres que todos los días envía á la muerte. Si nosotros, enfrente de esos campos de batalla donde corre la sangre á torrentes, nos sentimos atacados de una inmensa melancolía, el Kaiser semejante á Jupiter, padre de los dioses, sacude su bigote oloroso y sonríe á nuestra pueril debilidad. Sus olímpicos generales han averiguado que la guerra es una necesidad biológica y el único medio de que la raza de los efímeros no degenere.

Los anticuados latinos seguimos pensando que el bien y la verdad deben buscarse por si mismos, no para aumentar nuestra vitalidad. Entre nosotros hasta los incrédulos son cristianos, porque no hay quien dude de que la caridad es la más alta de las virtudes. Nosotros pensamos que el respeto á los débiles, la piedad y compasión no son sentimientos debilitantes si no confortantes y que lo que hace verdaderamente degenerar al nombre es el poder ilimitado. Tiberio, Neron y Domiciano, esos tres monstruos vergüenza del género humano, fueron excelentes personas antes de subir al trono.

En fin, si los germanos triunfasen el ideal cristiano no perecería, porque «las puertas del infierno jamás prevalecerán contra él» pero sufriría un eclipse.

Para sostener su hegemonía necesitaría Alemania y Austria, no sólo continuar sus armamentos y mantenerse en pie de guerra sino impedir por la fuerza que las demás naciones se armasen. Los trescientos millones restantes de europeos quedariamos reducidos al mismo estado que los trescientos millones de Chinos cuando algunas tribus guerreras de la Mongolia se apoderaron en el siglo XIII del imperio. Los emperadores mongoles respetaron las costumbres de los Chinos, pero les prohibieron las armas. Al cabo de un siglo, aproximadamente, los vencidos tramaron una conjura asombrosa, casi increíble, y en un día determinado degollaron á las pequeñas guarniciones de soldados que los mongoles sostenan en todas las ciudades del imperio.

A nosotros no nos quedaría este recurso, porque, ¿cómo hallar en Europa el disimulo y el sigilo necesarios para tamaña conspiración?

Apartemos de la imaginación estas visiones apocalípticas que jamás han de tener realidad. Pensemos más bien que Alemania con la copiosa sangria y el ayuno regenerador á que se halla sometida recobrará la razón y volverá á ser por dicha suya la nación tranquila de filósofos poetas y músicos que tanto hemos admirado siempre.

El ídolo científico

Aquella vieja historia, que aprendimos en la niñez, de un pueblo caminando por el desierto, guiado por una nube de fuego, es el símbolo representativo de la marcha de la Humanidad sobre la tierra.

¿No recordáis cuántas veces aquel pueblo, desprendiéndose del único verdadero Dios, volvió la espalda á su caudillo y se dejó caer en los brazos de una inmunda idolatría? Seguid los pasos del género humano al través de la Historia y veréis repetido constantemente el mismo triste acto de deslealtad. El fanatismo, la superstición, la idolatría nos acechan siempre en nuestra peregrinación y nos tienden lazos que no podemos evitar.

La presente guerra ha puesto de manifiesto uno de los más funestos en que ha caído nuestra pobre Humanidad.

Los admirábamos, sí; admirábamos á esos sabios que nos hablaban de las moléculas como si toda la vida hubieran bailado con ellas; que nos contaban sus secretos más íntimos y nos dejaban entrever con palabras falaces, como la serpiente del Paraíso, que se hallaba cercano el día en que sería nuestra toda la ciencia del bien y del mal.

¡Quién se acuerda de Dios! ¡Quién habla de la inmortalidad! Abrid cualquier libro germano de los últimos tiempos, y en medio de sus análisis minuciosos consagrados á cualquier especialidad de la ciencia os sorprenderá un ataque furioso, intempestivo, contra lo que estos sabios llaman «degradación teológica», una llamarada de odio contra la superstición teísta.

No existe más que una divinidad: la Verdad científica. Si en vez de rendirle culto y adoración corremos á postrarnos ante los altares del vetusto Dios de nuestros padres, los sabios modernos nos amenazan con la eterna condenación intelectual. El magnífico edificio de las ciencias físicas debe sustituir al ruinoso caserón de la teología. Todas nuestras creencias y nuestras esperanzas son puro subjetivismo. Hay que guardarse de la fe como de una enfermedad contagiosa. Creer algo que no sea evidente para nuestra razón es pecar abiertamente contra ella. La fe en Dios y en la inmortalidad, sin que exista prueba alguna que la justifique, es procurarse un placer culpable, es una profunda inmoralidad.

El viejo Haekel, el sabio más famoso de la Alemania moderna, nos invita á adorar el éter cósmico. De él sale todo, á él vuelve todo. Postrémonos de rodillas y cantemos: ¡Santo, Santo inmortal!

¿Por qué reirnos entonces de aquellos pobres negros que adoraban las cebollas? Dentro de una cebolla se efectúan admirables y misteriosas operaciones químicas que repiten las del éter cósmico. Mejor dicho, el éter impalpable, indivisible, se encuentra allí presente todo él.

Parece que á los hombres nos atrae irresistiblemente la embriaguez. Nos indignan los límites. Es necesario apurarlo todo, y si no es así no estamos contentos. ¿Qué fué la escolástica sino una embriaguez producida por la lógica? ¿Qué fué la revolución francesa sino una embriaguez igualitaria? ¿Qué fué el romanticismo más que una embriaguez sentimental? Pues ahora vivimos en plena borrachera científica.

Hay que buscar la técnica; ante todo, la técnica. Las matemáticas puras nos dan la técnica de la medida: la Física, la técnica de las máquinas; la Química, las prodigiosas transformaciones de la industria. El conocimiento científico de las costumbres nos dará una moral científica. La moral tradicional ha muerto; en su lugar queda la moral técnica.

De esta borrachera técnica participa hoy todo el mundo civilizado. Sin embargo, los principalmente atacados han sido los alemanes. Y han demostrado que tienen peor el vino que todos los demás.

Es un hecho bastante general que el alcohol produce una transformación del carácter. Un hombre taciturno, díscolo, suele convertirse, cuando ha ingerido una razonable cantidad de vino, en un alegre compadre tierno y afectuoso que os abraza, os soba y os deja los hombros llenos de lágrimas y baba. Por el contrario, los sujetos más tímidos e inofensivos así que lo prueban adquieren un humor guerrero, intemperante, enseñan los puños y desafían á todo el mundo.

Pues otro tanto ha sucedido ahora con las naciones. Francia, que ha sido siempre un país belicoso, bajo el influjo de la embriaguez científica se ha tornado humanitaria y pacifista. Alemania, aquella sencilla y bonachona Alemania de los comienzos del siglo XIX, que hacía derramar lágrimas de ternura á la sensible madame Stael, se ha transformado en una nación agresiva y provocadora.

Esta radical transformación me trae á la memoria el caso de un condiscípulo que tuve en el Instituto. Era en los primeros años un muchacho aplicadísimo, formal, pacífico, modelo de estudiantes. Evitaba con cuidado las disputas. Cuando algunos de nosotros veníamos á las manos se le veía ponerse serio y apartarse lo más posible del teatro de la lucha.

Pues bien; cierto día, minutos antes de entrar en clase, el peor que teníamos en ella, un chico turbulento y díscolo, á quien todos temíamos, comenzó á burlarse de él con la mayor ferocidad. Y no sólo le prodigó los sarcasmos más soeces, sino que llegó á propasarse á vías de hecho derribándole el sombrero cada vez que se lo ponía. Nosotros presenciábamos la escena, con pena unos, otros con regocijo, según el corazón de cada cual. El pobre chico, silencioso y pálido, recogía su sombrero del suelo y trataba de apartarse de aquel sitio. Pero el otro no se lo consentía, repitiendo su chiste con creciente alborozo. Al fin le vimos ponerse tan pálido que daba miedo, y repentinamente se arrojó sobre su agresor con ímpetu irresistible, le volcó en tierra, se montó luego sobre él y le aplicó tantos y tan buenos puñetazos en el rostro que no tardamos en verlo ensangrentado.

A los pocos días de realizada esta hazaña, sin motivo aparente, desafió á otro de los más pendencieros y le venció igualmente. Desde entonces aquel muchacho, tan dócil y simpático, sin dejar de aplicarse al estudio, se convirtió en un insufrible bravucón de quien todos huíamos.

Algo semejante les ha ocurrido á esos sabios con gafas de la Alemania. No hay nada más repulsivo que un pacífico transformado en matón de la noche á la mañana.

No hace muchos días se produjo cierta alarma en esta tranquila región. Corrió por el pueblo la noticia de que un hombre sospechoso venía atravesando el bosque en bicicleta, y se dijo que era un prisionero evadido. Comenzó á funcionar el teléfono entre estas aldeas. Por fin, de una de las más próximas se notificó su paso, y un grupo de vecinos, salió de aquí con ánimo de detenerle. Así acaeció punto por punto.

El fugitivo era, en efecto, un oficial alemán, venía en mangas de camisa, gastaba gafas (¿cómo no?) y tenía una fina cabeza inteligente.

Se dejó detener sin hacer resistencia alguna, se le condujo al Ayuntamiento y allí fuimos á verle muchos, empujados por la curiosidad. Hablaba correctamente el francés y bastante bien el español. Le dirigimos la palabra, mientras llegaban los gendarmes enviados á buscar, y nos respondió con la fría altivez y el tono de superioridad tan frecuente hoy entre los germanos. Porque éstos han llegado á persuadirse de que no existe ciencia, ni cultura, ni siquiera sentido común, más que en Alemania. Uno de los señores que allí se encontraban se atrevió á entrar con él en explicaciones acerca de los fines de la guerra. El prisionero no titubeó en decirnos que la victoria de Alemania era cierta, y con ella ganaría mucho el género humano.

—¿En qué se funda usted para suponer esto último?—le pregunté yo, picado de curiosidad.

—Me fundo—respondió—en que Alemania es el único país organizado actualmente. En los demás existen elementos de cultura muy valiosos, es cierto pero dispersos. Les falta esa eficaz unidad, sin la cual la mayor parte de las veces permanecen estériles. Lo mismo en la guerra que en la paz, lo mismo en la ciencia que en el arte, necesitan ustedes una cohesión, una disciplina que sólo la preponderancia de Alemania es capaz de dar. No pueden ustedes ver las cosas de una manera continua é intelectual, ni dar de ellas la explicación verdaderamente científica, porque trabajan ustedes desordenadamente. Son esfuerzos aislados, subjetivos, producto de la iniciativa individual que sólo engendran resultados superficiales.

—Esos esfuerzos aislados—le repliqué—han producido, sin embargo, toda la ciencia y todo el arte que han existido y existen sobre nuestro planeta. Ni Platón, ni Aristóteles, ni Shakespeare, ni Cervantes, ni Kepler, ni Galileo han necesitado de vuestra férrea organización para arrancar de este mundo tesoros de verdad y belleza. ¿Qué significa esa disciplina científica? ¿Por ventura quieren ustedes poner uniforme á los sabios y los poetas? Yo no veo ventaja alguna en que Pasteur se hubiera puesto á realizar sus experiencias á toque de corneta ó que Anatole France necesite para escribir sus libros tomar la orden del comandante general de la región.

Chispearon de cólera los ojos del prisionero, como si le hubieran pinchado, y en términos no muy corteses me dió á entender que yo no estaba autorizado para contradecirle, «mucho menos siendo español».

Siguió platicando con los otros señores, que no lograron irritar sus nervios tanto como yo. No obstante, como uno de ellos reprocharse á los alemanes las crueldades que habían cometido en Bélgica y en el norte de Francia, le replicó con sonrisa sarcástica:

—Ese reproche indica que no existe todavía en Francia un espíritu verdaderamente científico. Para determinar el bien y el mal de las cosas es necessario huir de los conceptos à priori y comprender que todo, absolutamente todo, depende de los resultados experimentales. La disciplina científica nos obliga á pensar que sólo una sistematización de los hechos nos dará la verdad exacta, nunca las especulaciones de la imaginación individual. La guerra es, para ustedes, una aventura; para nosotros, un teorema. Miramos al resultado y lo desenvolvemos inflexiblemente. La guerra más cruel es necesariamente la más corta.

—¡Me alegro muchísimo—exclamé yo—de no ser hombre de ciencia! Es preferible morir en una crasa ignorancia á llevar la conciencia cargada con actos de crueldad. Los aquí presentes somos cristianos, y en cada uno de nuestros semejantes vemos la imagen de Dios, no carneros ó bueyes que deben sacrificarse para que existan los otros. Y el más grande filósofo que ustedes han tenido, Emanuel Kant, ha dicho admirablemente que «jamás debemos tomar un ser humano como medio, sino como fin».

—Son sutilezas de filósofos, antiguallas metafísicas, en las cuales ningún espíritu positivo puede ya creer—replicó sin dejar de sonreir—. Nuestros actos de crueldad han sido y son absolutamente necesarios, como los términos de un teorema, y tienen una explicación satisfactoria porque es científica.

—¿Quiere usted decir qué son asesinatos científicos?

Me dirigió una larga mirada de ira y desprecio y me volvió la espalda.

No sentí por ello escozor alguno. Lo único que sentiría en este mundo es que me volviesen la espalda los hombres honrados y compasivos.

De esta conversación, como de todo lo que vengo leyendo y averiguando he sacado la convicción de que los aliados nada adelantarán arrancando á estos hombres sus cañones si no les arrancan antes sus ideas.

La religión de Francia

La irreligión de la Francia es el tópico que más se beneficia hoy por sus enemigos. Un fraile á quien yo daba cuenta en España del gran movimiento religioso que aquí se ha operado con motivo de la guerra me decía:

—Sí; se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena.

—¿Por ventura en España se acuerdan los hombres de ella cuando el cielo está azul?—le respondí—Porque yo observo que la gran mayoría de ellos no piensa en el otro mundo sino cuando va á despedirse de este, cuando las mujeres de su casa ó de la vecindad le meten un sacerdote en la alcoba y le dicen con más o menos circunloquios:

—Prepárate, que vas á morir.

—¡Oh! en España se llenan los templos de gente que es cosa para alabar á Dios.

—Sí, de mujeres. Cuando voy por la mañana á la iglesia advierto que sólo un hombre se acerca á tomar la comunión por cada treinta o cuarenta mujeres. Parece como si los españoles encomendásemos á la mujer el negociado de la religión, como le tenemos encomendada la cocina y el planchado de la ropa.

Verdad que lleva á cabo aquella tarea con una diligencia y perfección que no suele poner en ésta. Es verdaderamente asombroso el ardor con que muchas señoras acuden al templo á todas horas del día. He llegado á imaginar que para ciertas almas timoratas Dios es un Luis XIV que constantemente necesita ser adulado. Corren á la novena y á las Cuarenta Horas como los cortesanos de Versalles se apresuraban á ir al «dîner du roi» y al «coucher du roi». Hay señora que va á comulgar con tres o cuatro escapularios colgados al cuello, y si por casualidad se le olvida alguno en casa, se acerca temblorosa á la sagrada mesa temiendo que Nuestro Señor se enoje porque no se presenta con todas sus condecoraciones.

Pero los espíritus que toman en serio la religión observan con dolor que la verdadera, la esclarecida fe es patrimonio de muy pocos. Tenemos costumbre de achacarlo á la corrupción de los tiempos; pero no es así. Hay muchas personas sinceras que se extasían hablando del fervor de los tiempos antiguos. Sin embargo, entonces, como ahora, las almas que se inclinaban á lo Eterno eran muy contadas. Había más devoción aparente, más hipocresía; pero eran muchos más los que amaban la tierra que el cielo.

* * *

En realidad, los hombres se han dividido siempre en paganos y cristianos, lo mismo antes que después de Jesucristo. Los primeros son los que suponen que hemos nacido para gozar; los segundos, los que creen que hemos nacido para trabajar y sufrir. Se trata únicamente de un concepto de la vida. Pagano y bien pagano era César Borgia, aunque cardenal de la Iglesia católica, y lo eran sus malvados secuaces y toda la Corte del Pontífice Alejandro VI, y los cardenales que se comieron cien bandejas de confites en la boda de Lucrecia Borgia y bailaron con sus damas y con las de la Princesa de Squilache, según cuenta ésta en carta sacada á luz recientemente por nuestro sabio compatriota el marqués de Laurencin. Cristianos fueron Sócrates, Leónidas, Régulo, Séneca, los Gracos, Paulina, Terencia y todos los mártires ignorados de la antigüedad, cuyos nombres no han llegado hasta nosotros. No hay que olvidar la hermosa sentencia de San Anselmo: «Siendo Cristo la verdad y la justicia, todo el que muera por la verdad y la justicia, aunque no crea en Cristo, muere por Cristo.»

Pero aquellos paganos pueden, en algunos supremos instantes de la vida, transformarse en cristianos. Todos los hombres nacemos empapados en fe. En cuanto se abre una pequeña puerta en nuestro corazón la religión se precipita dentro. Por eso vemos que muchos grandes pecadores bajo el golpe de la Gracia se convierten en fervorosos cristianos. La misma Lucrecia Borgia que he mentado hacía vida ejemplar en Ferrara los últimos años de su vida, llevaba siempre cilicio y murió en la opinión de santa.

Es menester, sin embargo, para ello que el cerebro no haya sufrido menoscabo. Aunque parezca raro, las heridas del corazón se curan mucho más fácilmente que las de la cabeza. Cuando los sesos se pudren el enfermo no tiene ya remedio. Porque las ideas, ahora y siempre, son las que gobiernan el mundo. Las ideas engendran los sentimientos y los actos, ó lo que es igual, toda la vida del hombre. Nosotros no somos lo que sentimos, sino lo que pensamos; somos siempre proporcionados á nuestras ideas, y nuestra alma baja ó sube á medida que se levanta ó se abate nuestro estado mental.

Por eso es gran error suponer que no ejercen influencia sobre la conducta del hombre; aunque lo sea mayor, aun el juzgar, como en la Edad Media que deben inculcarse con fuego y martillo.

* * *

Tal es la situación que en este terreno ocupa la Francia con respecto á Alemania. Los franceses son pecadores por razones que ya he expuesto en anteriores artículos: tenían, hasta cierto punto, el corazón extraviado. Los alemanes son filósofos, tienen el cerebro corrompido.

La religión no ha desaparecido de Francia por haber expulsado á las Ordenes religiosas, como no desapareció de España cuando nuestro católico Rey Carlos III expulsó, con mayor crueldad aun, á la Compañía de Jesús, cuando nuestro Gobierno más tarde decretó la exclaustración de todos los frailes y el populacho penetró en los conventos y degolló á muchos de ellos.

Recorred las provincias francesas, visitad las aldeas, y hallaréis exactamente reproducido el tipo de la religiosidad española. Porque el catolicismo, como la palabra misma lo indica, ha tenido la virtud de unificar á los hombres, de imprimirles su sello, haciéndolos á todos semejantes ante el altar. Las mismas solemnidades, las mismas procesiones; las mismas Cofradías, las mismas fiestas profanas unidas á las religiosas. Los niños van al catecismo, las jóvenes asisten á las procesiones con la medalla y el velo blanco de Hijas de María, las viejas van indefectiblemente por las tardes á los Oficios. La primera comunión de los niños se celebra aquí con una alegría y pompa que no he presenciado jamás en España: acuden de lejanas comarcas los parientes para ese día feliz, como sucede en España cuando hay una boda; la casa se convierte en un templo; la calle se alfombra de flores. Ni falta siquiera el tipo clásico de la beata para tormento de confesores y alivio de sacristanes.

¿Por qué, pues, ese odio de muerte á la nación francesa? ¿Qué locura es la que ha acometido á muchos católicos y á no pocos sacerdotes? A uno de aquéllos le he oído pronunciar la siguiente frase: «Si en la presente guerra triunfase Francia dudaría de la existencia de Dios.»

¿Es esto cristiano? ¿Es siquiera humano?

En España se leen pocos libros alemanes, porque su idioma no está muy difundido entre nosotros y no abundan tampoco las traducciones. Además, hay que confesarlo, estos libros, en general, son alimento demasiado fuerte para nuestros estómagos latinos. Por eso se desconoce su estado mental á la hora presente. Pero todo el que haya seguido con un poco de atención la historia de su filosofía en los tiempos modernos aprenderá que la religión de la Alemania intelectual de un siglo á esta parte no es el cristianismo, sino el panteísmo. El panteísmo no puede fundar la moral; la desconoce en absoluto. Por lo mismo, no es más que un puente para el monismo materialista. Los intelectuales alemanes hace ya mucho tiempo que lo han salvado. Como consecuencia ineludible de este materialismo ha venido la teoría del superhombre y supernación, que es la dominante hoy.

Pero se me dirá: los intelectuales no son el país. Grave error. Los intelectuales son siempre la nación presente o futura. Las ideas nacen en las cimas, como los arroyos; mas poco á poco descienden por la falda de la montaña hasta los barrancos; otras veces se filtran calladamente por los terrenos permeables, y cuando menos lo pensamos nos hallamos empapados de ellas. Casi nadie lee á Platón, y, sin embargo, hasta el más rústico aldeano está hoy impregnado de platonismo. De la misma suerte el pueblo en Alemania no lee á Kant; pero su ateísmo modesto, como lo llamaba Coleridge, le ha penetrado hasta los huesos. Son hegelianos sin haber leído á Hegel, porque poetas, dramaturgos, novelistas, críticos y periodistas se han encargado de servirle con apetitosos guisos el plato del fatalismo panteísta.

¿Por ventura en Alemania no existe ya la fe? Sí; hay mucha fe... en la química. Dios se ha transformado en maquinaria, carbón y electricidad. No ha venido al mundo para sufrir y morir, sino para vivir y hacer sufrir. Seamos poderosos, trituremos á nuestros vecinos, impongamos nuestra voluntad en todas partes, y entonces la Divinidad se mostrará dentro de nosotros como lo que es, una fuerza inmanente y universal.

Algunos católicos españoles se enternecen leyendo á cada paso en las proclamas del Kaiser y sus generales el nombre de Dios. Son víctimas de una admirable falsificación. Ese Dios ha sido también extraído del carbón, como otros muchos productos, sorprendentes.

Pero el verdadero, el legítimo Dios tiene una experiencia infinita en estos asuntos psicológicos y no se deja engañar por las marcas de fabricación alemanas. Ve en la etiqueta «made in Germania» y rechaza el artículo, aunque reconociendo que está bien presentado.

* * *

El espíritu galo no es panteísta. Por lo menos, no lo es desde la fecha remota en que el cristianismo mató al druidismo en los bosques de la Galia. El concepto que de la Divinidad tienen, sea para afirmarla, sea para negarla, es el verdadero. Hay en Francia bastantes escépticos, Montaignes en miniatura; hay muchos más Rabelais apasionados de la carne y el vino; pero no se hallará en toda la República un Federico Nietzsche, un solo hombre que sostenga la maldad por principios.

La creencia y el escepticismo son estados inestables que se suceden en el alma de cada hombre como en cada país. No hay que dar á esta fluctuación demasiada importancia; depende de la imperfección misma de nuestra naturaleza y es preciso resignarse á ella. Los árboles se visten de hojas y quedan desnudos alternativamente. ¿Quién diría que después del escéptico siglo XVIII había de venir el espiritualista XIX? Después de Voltaire, Diderot y Helvetius, surgen Chateaubriand, Lamartine, Bonald y De Maistre. Lo que tiene muchísima importancia es la sustitución de una fe por otra, y esto es lo que sucede actualmente en Alemania.

Los franceses han cometido recientemente la calaverada, que nosotros realizamos hace ochenta años, de suprimir las Ordenes religiosas.

No hablemos de la separación de la Iglesia y del Estado. Son muchos los católicos que rechazan la especie de que la Iglesia sea un organismo del Estado y prefieren la independencia absoluta á un protectorado enfadoso e interesado. Hablemos solamente de las Ordenes religiosas.

No ofrece duda que su expulsión ha sido un acto arbitrario y escandaloso. La República francesa, al prohibir las Congregaciones, perpetra una atroz injusticia, realiza un atentado contra la libertad, niega, por lo tanto, su propia existencia. ¿No tiene por lema libertad, igualdad, fraternidad?

Pero yo quisiera hacer unas preguntas en secreto á esas expulsadas Congregaciones. ¿Han mirado siempre al fondo de su conciencia? ¿La han examinado escrupulosamente? ¿No han encontrado allá dentro ningún odio á las instituciones republicanas? ¿No han conspirado contra ellas alguna que otra vez?

Pues si de este examen de conciencia no salen completamente exentos de pecado, no deben sorprenderse de la penitencia. Quien siembra odios no puede recoger amor. La abeja necesita miel para su alimentación y la Naturaleza le proporciona miel; la pulga necesita sangre, y le da sangre. Es ley consoladora saber que la Naturaleza nos provee con largueza de aquello que pedimos.

Si los religiosos franceses hubieran aceptado con leal franqueza las instituciones republicanas, la República no hubiera puesto la mano sobre ellas. «Si quieres que las mujeres te sigan—decía nuestro Quevedo—, echa á andar delante de ellas.» ¿Por qué no aceptar lealmente á la República? ¿No lo había hecho el Pontífice León XIII, de inolvidable memoria? Marchar delante de los hombres. He aquí el secreto para guiarlos.

* * *

El francés no es un impío nato, como por ignorancia unos, otros con fines sórdidos, propalan en España. Los franceses guardan en el alma, como todos los que nacieron y se criaron en la fe de Cristo, la religión como un fondo de reserva. Mientras son felices muchos abandonan las prácticas religiosas; cuando son desgraciados acuden y se consuelan con ellas. Igual, exactamente igual que todos nosotros. Si en el mundo no hubiera dolor la religión no existiría.

Yo he visto por las noches poblarse de gente una pequeña iglesia de aldea. Allí acudían pobres mujeres enlutadas llevando de la mano á sus hijos, enlutados también. Con paso vacilante las seguían algunos ancianos de rostro pálido y triste mirada. Y en el silencio augusto del templo, mientras los corazones se dirigían al Altísimo pidiendo misericordia, estallaba de vez en cuando un sollozo que me removía las entrañas. Hoy en París la multitud elegante, que en otro tiempo corría á los sitios de placer, invade las iglesias. En San Sulpicio, en San Germán, en la Trinidad, en Nuestra Señora de las Victorias me ha costado trabajo entrar. No son mujeres solamente, como en Madrid, las que allí encontraréis; son hombres, muchos hombres que oran con mayor devoción aun que ellas. El que no se sienta penetrado de respeto ante esta muchedumbre que humilde y dolorida se postra ante una imagen de la Virgen pidiendo el alivio de sus penas podrá llamarse cristiano, pero está bien lejos de merecer este nombre.

¿Y allá en el frente, en la línea de fuego?

¡Ah! allá en el frente se repiten las escenas del tiempo de las Cruzadas. En el fondo de una trinchera se agrupa una compañía de soldados esperando la orden de salir. Llueven las granadas y estallan con horrísono estruendo; la tierra se levanta y se agita como el oleaje de la mar. Ya avanza la infantería alemana en apretadas filas, llevando delante las ametralladoras, segadoras de hombres. Sonó la hora de lanzarse al medio de aquel infierno de fuego. Los corazones palpitan, las manos tiemblan, las gargantas se anudan. En aquel momento supremo se alza con autoridad la voz de un pobre soldado:

—¡Todo el que crea en Dios Crucificado, de rodillas! Que cada cual se arrepienta de sus pecados. Voy á daros la absolución.

Todos caen, en efecto, de rodillas, y el soldado sacerdote levanta el brazo y los absuelve.

—Jamás podré olvidar este instante—me decía el herido que me lo relataba.

—Tiene usted razón en no olvidarlo—le respondí. Un instante como ese ennoblece toda la vida.

En otra ocasión, practicando un reconocimiento, cae herido un soldado de la patrulla. Otro soldado se precipita en socorro suyo y trata de cargar con él para conducirlo á la ambulancia.

—No te ocupes de mí—le dice el soldado—. Estoy herido de muerte. Sólo quiero pedirte un favor. Soy sacerdote y te ruego encarecidamente que en la primera ocasión que tengas recibas por mí la sagrada comunión, ya que á la hora de la muerte no me ha sido dado el consuelo de recibir á mi Dios.

El compañero, confuso y avergonzado, guarda silencio unos instantes. Es un joven rico y disipado que desde hace años vive apartado de la religión. Al fin le dice.

—Aunque desde la infancia no me he confesado, quiero hacerte ése favor. Dios me ha tocado en el corazón. Quizá dentro de un instante una bala me mate á mí también. Voy á confesarme contigo, puesto que eres sacerdote.

Y, en efecto, aquel joven escéptico confiesa allí mismo sus pecados, y su compañero, moribundo, le da la absolución.

¡Que cuadro! Parece arrancado á la Leyenda de oro y estampado en uno de esos códices de la Edad Media que la mano piadosa de un monje ha dibujado á la pluma.

Despojémonos, pues, de injustas prevenciones. No nos infatuemos, tanto con nuestra religión; no motejemos la del vecino. Y pidamos al cielo que cuando llegue para nosotros también el día de prueba sepamos mostrar la misma fe y el mismo valor.

¿Y Después?

Y de esta guerra increíble, que jamás se ha visto ni se volverá á ver sobre la tierra, ¿qué es lo que quedará? Esos arroyos de sangre, filtrándose en la tierra, ¿fecundaran su seno? ¿Secaran, por lo contrario, las raíces de las flores y nuestro planeta será para siempre un recinto siniestro de dolor y de espanto?

No soy optimista ni pesimista. Pensar que la guerra se halla en el orden de lo creado y que es de necesidad periódicamente para aliviar los excesos de la fecundidad, me parece blasfemo. Nunca he creído en la utilidad del mal; nunca he creído tampoco que procediese de Dios. Nuestra Libertad, que es nuestra perfección y nuestra imperfección á la vez, es la que engendra todas las depravaciones que observamos en el mundo. Y el mismo Dios no puede nada contra nuestra libertad.

Pero imaginar que el Espíritu de Verdad y de Justicia que gobierna el mundo se va á cruzar de brazos y no ha de sacar partido para nuestro bien de nuestros mismos errores y maldades, es igualmente vituperable.

Amontonamos sobre el camino en nuestra peregrinación por la tierra obstáculos infranqueables; pero una mano divina los separa. Sembramos abrojos; pero hay quien se encarga de limpiarlos y guarnecerlos de flores.

La guerra presente, que es un mal, engendrará algunos bienes. No hablemos de razas perdidas, aniquiladas, que preparan el terrero para otras nuevas. No hablemos tampoco de viejos sistemas que se deshacen para hacer sitio á otros más perfectos.

No digamos que la ferocidad es necesaria para el equilibrio de la existencia y que está justificado el predominio de los más fuertes. Este es el lenguaje de la impiedad que yo no sé balbucear. Pensemos más bien que el hombre no está hecho para la guerra sino para la paz, porque no es una continuación del animal, sino un salto fuera de él. Estamos compuestos de átomos brutos; pero no somos un átomo bruto. Si alguna vez dentro de nosotros ruge el león y grazna el buitre no nos inquietemos, porque están enjaulados.

Las naciones, como los individuos, sufren accesos periódicos de cólera. La cólera la han definido los fisiólogos una locura breve. Esta locura deja rastro pernicioso casi siempre en nuestro organismo, turba el equilibrio de nuestros humores, causa desperfectos en la máquina corporal.

Pero en el alma no sucede otro tanto. Cuando convalecemos de una de estas fiebres mortíferas nunca dejamos de experimentar confusión y vergüenza. Esta vergüenza es el reconocimiento de nuestro ser espiritual, es la voz de lo Alto que nos señala nuestro destino. Corremos á la jaula de los leones y los tigres y damos otra vuelta á la llave.

Así está sucediendo con las naciones europeas. Detrás de esta rabiosa cólera que las posee, de este colosal ataque de nervios, vendrán días de laxitud y reflexión y una gran vergüenza se apoderará de ellas. Descontentas de sí mismas cerrarán los ojos y meditarán largo tiempo. Una gran reforma moral se prepara. El Derecho internacional va á dar un salto prodigioso.

¿Pero las comarcas devastadas?—Volverán la poblarse: el chirrido de la carreta y el canto suave del campesino sonarán otra vez donde ahora retumba el cañón y los gritos de batalla.—¿Y tantos miles de pobres seres mutilados?—Pensarán resignados que han entregado sus pies y sus manos á la fiera para rescatar las de sus hermanos y que al fin la tienen encadenada para siempre.—¿Y tanta lágrima, tanta sangre como se ha vertido?—Las lágrimas son el riego de las almas; para crecer necesitamos llorar. La sangre ha sido el precio de nuestra redención.

La Francia ha hecho una cruel experiencia; pero esta experiencia la salva. Vivía adormecida por un bienestar material del que no hay ejemplo en la Historia. El goce era su ideal; una sensualidad premeditada y sabia reinaba en las ciudades y se propagaba á los campos. Cuando esto sucede, cuando adulamos á nuestro cuerpo, el alma, ofendida, nos abandona, quedamos convertidos en una estatua viva como aquella de que hablaba Condillac. No hay maldad, sino frialdad. Los lazos de hombre á hombre se habían aflojado; cada cual miraba á su vientre: te respeto para que me respetes y nada más.

Ahora bien; al alma no le bastan estos reglamentos de Policía. Las salas de las Delegaciones y Prefecturas están demasiado frías para ella. Los hombres no hemos nacido solamente para saludarnos con el sombrero. Fué necesaria esta gran catástrofe para que los franceses dieran unos pasos atrás y rectificasen la dirección de su marcha. Cuando la desgracia entra en una casa, los hermanos, que vivían apartados, que apenas se veían, se abrazan llorando y renuevan la dulce convivencia de la infancia. La fraternidad, que mucho se había debilitado en Francia en los últimos años, florece de nuevo y exhala delicados perfumes. Señalemos este acontecimiento como el más feliz de lo que la terrible inundación dejará en pos de sí.

Otra buena partida para su haber será el culto á la austeridad, de que empiezan ya á dar claras muestras. Los franceses nunca han sido vividores disipados; pero sí lo han sido ordenados. Quiero decir que se han concedido siempre todos los placeres posibles, aunque con cálculo. Ahora renuncian á ellos con admirable resolución. El día de la paz los veréis desplegar una actividad afanosa para cicatrizar las heridas de la guerra, para volver á su antigua prosperidad, como las hormigas de un hormiguero cuando éste ha sido indignamente pisoteado por un hombre ó una bestia.

La política se saneará igualmente. Sí; era necesario sanear la política. Cuando hace dos años una mujer, prevalida de la alta posición política de su marido, asesinó alevosamente á un publicista distinguido, y esta mujer fué absuelta libremente por el Jurado, los hombres de sentido moral exclamaron en Europa:—«¡Esto se descompone!»—Todos vimos ya revolotear los cuervos sobre la carne podrida. Era necesario atajar la gangrena con el bisturí y el cauterio. Los alemanes fueron comisionados por la Providencia para hacerlo. Se encargaron también de batir las cataratas á esos ciegos partidarios que ignoran la justicia y la tolerancia.—«¡Cómo tardan los bárbaros en llegar! ¿Que hace Atila?»—exclamaba un día Ernesto Hello, contemplando la corrupción del segundo Imperio.—Y Atila vino, en efecto, poco después. Ha llegado también ahora no para castigar la lujuria, sino la mentira. Si la República francesa no hace honor á su lema «libertad, igualdad fraternidad, ¿para qué existe?

La Providencia divina tiene mucho más que hacer en Alemania. El gran pecado de los germanos es el orgullo. Pero el orgullo es el mayor pecado de la Humanidad, es el que nos transforma realmente en bestia.

El Rey Nabucodonosor comió heno, como el buey, á causa de su soberbia. ¿No caemos todos en cuatro patas así que se nos sube el humo á la cabeza?

¿De dónde les vino este orgullo? El origen principal está en los excesos de su industrialismo. Ver cómo juegan con los átomos y los escamotean y transforman los gases en sólidos y arrastran las fuerzas naturales á todos los usos, es cosa al parecer que hincha á los hombres de un modo extraordinario. Los alemanes habían llegado en este orden á mayor adelantamiento que los demás países y quedaron llenos de sí mismos y empezaron á mirar con desprecio á los que no sabían fabricar pan de madera, y á creerse el pueblo elegido por Dios.

Pero Dios no necesita panaderos. Cuando los magos de Faraón convirtieron las varas en serpientes, la de Aarón se las tragó á todas. Para mucha gente este es el fin y el compendio de toda la civilización: las retortas, los alambiques y los gases inflamables. Algunos tiemblan de emoción y ponen los ojos en blanco al referir las contradanzas que los alemanes hacen ejecutar á la materia bruta. Yo les respondo: «Aunque les viese transformar el palacio de la Equitativa en un gran pastel de hojaldre siempre admiraría más un diálogo de Platón y un drama de Shakespeare.

Los alemanes eran más admirables cuando en Weimar, una de sus pequeñas ciudades, se reunían á la vez hombres como Goethe, Schiller, Herder, Wieland Kotzebue, músicos inspirados, grandes pintores, arquitectos, sabios, actores, que ahora con sus cañones y zeppelines. No hay que decir esto al vulgo que sólo se postra ante las obras tangibles. ¡Como si el mundo moral no precediese al material y lo invisible á lo visible!

El progreso que se cifra tan sólo en utilizar las fuerzas de la Naturaleza para nuestro regalo es un fantástico progreso. Si el hombre no progresa moralmente, estas fuerzas, en vez de utilizarse para su provecho, se emplearán en su destrucción. Y es lo que ha acontecido ahora. ¡Cuándo terminará esta grosera superstición del industrialismo! Platón, Epicteto, Sófocles, Cicerón, eran hombres bien civilizados y se alumbraban con aceite. El apóstol San Pablo no era un salvaje, aunque desconociese el bicarbonato de soda. El corazón del hombre siempre será más interesante que la Naturaleza. El actor nos importa más que los bastidores y bambalinas de que está rodeado.

Por la derrota de su soberbia volverá á ser grande la Alemania. Cuando nos sopla el viento de la fortuna, cuando nuestros negocios prosperan y vivimos rodeados de comodidades y sumergidos en la riqueza, entonces es cuando corremos grave riesgo de perder la dicha. La sabia Providencia, que vela por nosotros, nos abre los ojos de un modo brusco para que rectifiquemos el camino.

Es inútil que nuestras viles pasiones se oculten bajo el manto del patriotismo. Este se compone de una centésima de amor y noventa y nueve de orgullo. Así como por la ley divina y humana tenemos derecho á defender nuestra vida como individuos, igualmente lo tenemos para defender con la fuerza nuestra independencia nacional. Fuera de esto el patriotismo no es más que un orgullo colectivo. No imagino que un ruso ó un alemán por pertenecer á una gran nación sea más grande, ni más sabio, ni más feliz que un holandés ó un suizo. La grandeza de un hombre no se mide por el terreno que ocupan sus pies, sino por el horizonte que descubren sus ojos. Un mendigo inglés es como un mendigo español, y un sabio lo mismo.

Los alemanes habían llegado á un grado inaudito de prosperidad industrial y comercial. Ignoro si por eso había allí más hombres felices que en los demás países. De todos modos, en medio de su prosperidad la serpiente aduladora les sopló al oído que debían comer el fruto prohibido. Este fruto era la riqueza de sus vecinos y su humillación. Pensaron que las leyes naturales son indeclinables y que las morales no lo son: profundo error. Mañana se encontrarán arrojados de su paraíso (si es que lo era) tristes, maltrechos, ensangrentados. Verdad que han hecho mucho daño á los demás; ¿pero este pensamiento puede hacer feliz á ningún hombre? Esperemos que, tras experiencia tan dolorosa, irán á buscar de nuevo su cielo, no en la fábrica Krupp, sino donde siempre lo han tenido: en la moderación, en la sobriedad, en la tranquila vida de familia, en las bibliotecas y en las salas de concierto.

* * *

Y para Inglaterra, ¿qué consecuencias tendrá la presente guerra?

Ninguna. Los dardos más acerados se embotan en la piel del elefante. Abrirá su gran Libro mayor; apuntará en el «Debe» los hombres y los barcos perdidos; en el «Haber», algunas colonias alemanas conquistadas, y lo cerrará después y saldrá á paseo con el paraguas bajo el brazo.

Es una singular nación Inglaterra. En una novela de Julio Verne, que leí en mi adolescencia, cierto francés obsequioso, para adular al capitán del barco en donde iba, que era inglés, le decía: «Admiro tanto á Inglaterra, que si no fuese francés querría ser inglés.» El capitán, dando un chupetón á su pipa, respondió tranquilamente: «Pues yo, si no fuese inglés, querría ser inglés.» ¡A cuántos en Europa les pasa lo mismo!

Admiro su literatura, su política, sus costumbres, sus juegos, su originalidad y hasta me hace gracia su orgullo, que nada tiene de agresivo; pero sobre todo la admiro porque es la patria de los hombres libres. Todos los demás, comparados con ellos, somos esclavos. Cuántas veces, presenciando las arbitrariedades y atropellos de la autoridad en España, oyendo hablar de la insolencia de los militares alemanes, de la intolerancia de los jacobinos franceses, de la crueldad de los esbirros rusos, me tengo dicho: «Prohibid, atropellad, maltratad: ¡mientras exista Inglaterra no desaparecerá la libertad del mundo! Allí iremos en último extremo á refugiarnos los que no hemos nacido serviles!»

Se moteja el orgullo británico. Sin embargo, dondequiera que hay una cosa digna de admiración allí está un inglés admirándola. Su orgullo significa la confianza en sí mismos; esto no inspira aversión, sino respeto. Cuando estalló la guerra se creía unánimemente en Europa, y los alemanes fundaron en ello toda su esperanza, que las inmensas y lejanas colonias de Inglaterra se alzarían para sacudir su dominio. Acaeció todo lo contrario. Las colonias se sintieron heridas en la metrópoli como en su propio corazón y se aprestaron á enviarla todos sus recursos.

No se ha meditado bastante sobre este hecho, único en la historia de la humanidad. ¡Qué conducta amable y generosa es necesario seguir para que aquellos que se hallan bajo nuestro señorío nos amen lo bastante para no romper el yugo cuando la ocasión se presenta! Que en tiempos pretéritos han cometido actos de crueldad. No tantos ni tan grandes como los de otras naciones. ¿Para qué hablar de lo que está sepultado en los abismos del tiempo? La historia del género humano es la historia de la fiera humana. No contemos los mordiscos que nos hemos tirado los unos á los otros.

Durante la guerra que sostuvieron con los boers del Africa meridional experimentaron algunos dolorosos reveses debidos á la pericia y valor de aquellos improvisados guerreros. Uno de los caudillos que más daño les hizo fué, como todo el mundo sabe, el general Dewet. Pues bien; cierto día, en un cinematógrafo, apareció repentinamente su retrato. Un aplauso unánime estalló en la sala acogiendo la efigie de su heroico enemigo. Pensemos en lo que sucedería en cualquier otro país de Europa en caso semejante. ¡Oh, grande y noble pueblo; no temas que tu inmenso poderío se destruya! ¡Los ángeles sostienen sobre sus alas los poderes justos!

El contacto más intimo con Francia e Inglaterra, países libres, hará á Rusia más libre. En este país se da el caso inaudito de que un déspota imponga la libertad á su pueblo. «Vosotros los filósofos—decía Catalina II á Diderot, que la empujaba con vehemencia á las reformas—escribís sobre el papel, que sufre perfectamente el roce de la pluma; pero nosotros los Reyes escribimos sobre la piel humana que es mucho más susceptible.» El buen Zar Nicolás II tiene ocasión ahora de comprobar la sentencia de su abuela. En su vasto Imperio existe un poderoso partido reaccionario, que grita como nuestros chisperos del siglo pasado: «¡Vivan las cadenas!» y que ha paralizado su generosa iniciativa. Frente á ese partido se alza feroz, intransigente, otro que pretende hacer tabla rasa de la tradición. Con tanto demonio desatado no es fácil salir del infierno.

Italia ganará á Trieste. La sombra de Silvio Pellico, que gime errante todavía por la Italia irredenta, podrá descansar tranquila en su sepulcro. Bélgica restañará presto sus heridas. Turquía entregará al cristiano el sepulcro de Cristo. Los Estados balkánicos seguirán tirándose pellizcos á la sordina hasta que Europa, como un maestro severo, llevándose el dedo á los labios y enseñándoles la vara, les imponga reposo.

¿Vendrá el desarme? Sí; yo espero que vendrá el desarme. La enfermedad ha hecho crisis. O muere ó se salva el enfermo: ó descendemos de nuevo á los antros profundos de la animalidad ó asomamos la cabeza sobre las nubes. «El animal toma su punto de apoyo en la planta—dice nuestro huésped reciente Enrique Bergson—; el hombre cabalga sobre la animalidad, y la Humanidad entera en el espacio, y el tiempo es un inmenso ejército que galopa al lado de cada uno de nosotros, delante y detrás de nosotros, en una carga arrebatada capaz de derribar todas las resistencias y de franquear muchos obstáculos, hasta la muerte quizá.»

El obstáculo con que ahora ha tropezado la Humanidad es el más alto que se le ha presentado en su larga carrera. El trampolín está delante. Si retrocede seguiremos cabalgando, no delante, sino al lado mismo del animal; seguirá imperando, como en el fondo del océano, la ley del más fuerte. El estado de guerra se perpetuará en nuestro planeta; el odio establecerá definitivamente su imperio sobre los corazones; la fiera rugirá de nuevo por la boca de los cañones. Si lo salta, caerá en el blando regazo de la ley de Cristo, adquirirá para siempre conciencia de sí misma y proseguirá gloriosamente su camino hacia los altos destinos que la Providencia la tiene reservado.


Publicado el 21 de septiembre de 2017 por Edu Robsy.
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