Los Majos de Cádiz

Armando Palacio Valdés


Novela



PRÓLOGO. Observaciones acerca de la composición en la novela

I

Para el lector aficionado á razonar el arte y discutir su técnica escribo estas breves líneas. Páselas por alto quien sólo aspire á sentirlo, seguro de que nada perderá en ello: mi simpatía, como la de todo artista, estará siempre con él. Porque sólo una imaginación fresca exenta de conceptos retóricos puede gozar realmente las obras poéticas, respirar con libertad en el mundo de la fantasía. Además, dígase lo que se quiera, á ningún maese Pedro le place mostrar por dentro el retablo de las figuras con sus jarcias y resortes; y si alguna vez lo hace, suele ser apretado por el deseo de defenderse de los pecados que le atribuyen ó de prevenir al público contra los errores de una crítica precipitada ó desleal. No es esto, sin embargo, lo que me impulsa á escribir el presente prólogo, como tampoco me ha movido á escribir el que años ha puse al frente de mi novela La Hermana San Sulpicio. En España, afortunadamente, apenas si existe la crítica, y el autor de novelas goza de aquella paz profunda, de aquella amable serenidad de que gozaron en las primeras edades del mundo Valmiky y Homero para escribir sus inmortales poemas. La única razón que hallo en mi espíritu (aparte de cierta manía didáctica que me ha quedado de los años de adolescencia, cuando con mi dedo infalible señalaba á los autores la ruta que debían seguir) es la contradicción en que me reconozco con los gustos y tendencias que dominan actualmente lo mismo en las artes plásticas que en la poesía. Esta contradicción me atormenta sobremanera, porque me hace dudar de mí mismo. Derramo la vista por Europa y no veo en la pintura y en la poesía más que escenas lúgubres y prosaicas, no escucho sino acentos de muerte. De las estepas de la Rusia llegan delirios místicos que entusiasman al pueblo de Molière, de Rabelais y de Voltaire. De aquí surgen análisis indigestos, obscenidades escandalosas que seducen á los hijos de Cervantes; por último, el viento glacial de la Noruega nos envía en forma dramática aéreos simbolismos que estremecen de gozo á la Italia, ¡á la Italia, donde han nacido Virgilio y Petrarca, Rafael y Tiziano! Naturalistas, místicos, decadentistas, ibsenistas, simbolistas en la poesía; luministas, azulantes, metalistas en la pintura. El arte se me representa como un inmenso ataque de nervios, los artistas como locos unas veces, otras como charlatanes que disfrazan su impotencia con afectaciones monstruosas y se aprovechan hábilmente de la perversión general del gusto; el público estragado por ellos y por el utilitarismo reinante, sin criterio para distinguir lo bello y lo sano de lo feo y absurdo.

Al observar mi naturaleza en contradicción tan radical con el espíritu de la época me asalta el temor de padecer una aberración mental: hay momentos en que me figuro ser uno de esos infelices degenerados incapaces de «adaptarse al medio» que tan bien pintan los modernos filósofos de la escuela positiva, y me estremezco y me abato, y me propongo en término no lejano someterme á un tratamiento terapéutico adecuado. Es posible que con las duchas, la nuez de Kola y el vino ferruginoso, los dramas noruegos me parezcan tan interesantes como los de Shakspeare, Calderón ó Schiller, los místicos rusos tan profundos como Platón y Spinoza, las novelas de la escuela naturalista tan bellas como las de Longo, Cervantes y Goethe, los cuadros de los decadentistas franceses mejores que los de Rubens y Velázquez. Pero mientras llega la hora feliz de regenerarme hasta donde sea posible, pido permiso para exponer algunas observaciones críticas acerca del arte de escribir novelas. Voy á aventurar ciertas hipótesis que constituyen el fondo mismo de mi inspiración, lo que hasta ahora me ha sostenido y consolado en la ya larga labor que he llevado á término. Absurdas ó verdaderas, yo las amo. Sólo pido al lector que antes de condenarlas al desprecio las medite un instante.

II

Dirijamos una mirada á la historia del arte. Hay un hecho que desde luego llama poderosamente la atención: la fecundidad prodigiosa de ciertas épocas y la esterilidad de otras. En el período de poco más de un siglo que media entre Fidias y Praxiteles nacen en el suelo reducido de la Grecia centenares de escultores, la mayor parte desconocidos para nosotros, pero cuyas obras, carcomidas y mutiladas como salen de entre los escombros, nos llenan de admiración y alegría. En un período de cincuenta ó sesenta años del siglo XV brilla en el país de Flandes legión numerosa de grandes pintores, cuyos cuadros, si alguien ha igualado, nadie ha sobrepujado jamás. Apágase momentáneamente la inspiración de los artistas flamencos en el siglo XVI y se traslada á Italia, donde viven y trabajan á un mismo tiempo algunas docenas de genios portentosos, cada uno de los cuales bastaría para ilustrar un siglo. Torna la mágica fuerza en el siglo XVII á los Países Bajos y produce esa maravillosa explosión donde los pintores ya no se cuentan por cientos, sino por millares. Nuestra patria se siente arrastrada por Italia y por Flandes al cielo de la belleza, y hace brotar de su seno la famosa escuela española con Zurbarán, Ribera, Velázquez y Murillo. ¿No es verdad que parece un contagio? De pronto aquel sol esplendoroso se eclipsa y quedamos dos siglos en oscuridad y tristeza. Sólo tal cual artista, aproximándose, aunque sin igualar jamás á aquellos genios, brilla como estrella solitaria y melancólica.

Las explicaciones que los historiadores del arte suelen dar á este hecho sorprendente nunca me han satisfecho. La aparición del arte como una consecuencia natural del engrandecimiento material de los países, como la flor de la civilización, que es la teoría hoy predominante, no hace más que agregar un hecho á otro hecho sin explicar ninguno de los dos. Supongamos cierto que el arte se produce necesariamente cuando los países alcanzan cierto grado de prosperidad, cuando el hombre, después de haber allanado los obstáculos que la naturaleza le oponía para su subsistencia, queda desahogado y puede gozar en calma de la vida. Pero la dificultad queda en pie. ¿Por qué en ciertas épocas de prosperidad nacen muchos y grandes artistas, y en otras de tanta ó mayor opulencia no nace ninguno? Nadie puede dudar que en la actualidad existen en el mundo países ricos y prósperos donde la civilización ha subido á una altura desconocida en la historia, donde la vida es fácil, segura, cómoda. Francia, Inglaterra, Alemania, Austria, Bélgica, Holanda y los Estados Unidos de América son testimonios innegables de esta afirmación. Además, en ninguna época conocida de la historia los artistas han podido trabajar con más seguridad ni han encontrado un público tan numeroso ni tan solícito para recompensarlos. Compárese lo que hoy gana cualquier pintor, por poco que se distinga, con lo que obtenían por sus obras Velázquez ó Rembrandt. Compárese la consideración y el respeto de que hoy gozan los artistas, hasta el punto de formar una aristocracia tan elevada y orgullosa como la de la sangre, con la protección desdeñosa que los próceres de otros siglos les dispensaban y el humillante jornal que algunos reyes solían otorgarles. ¿Qué momento más favorable puede ofrecerse para que la flor de la poesía abra sus pétalos á la luz y ostente sus colores más brillantes? Gloria, dinero, seguridad, todo lo posee hoy el artista que sepa distinguirse. ¡Y, sin embargo, nuestros pintores y escultores no pueden compararse á los de otras épocas! La música, que es el arte más moderno, se encuentra hace años ya en absoluta decadencia; la literatura, como luego demostraré, igualmente.

Existen, dicen los filósofos naturalistas, razones fisiológicas que explican y determinan este fenómeno, como todos los demás de la vida. No lo dudo. El hombre se halla enteramente sometido á las fuerzas que obran en el seno de la naturaleza, las cuales, á par que engendran, limitan el desarrollo de los individuos y las razas. Pero la acción de tales fuerzas es tan misteriosa, se ejerce por caminos tan oscuros para nosotros, que sólo vagamente podemos atribuirles cuanto sucede en el mundo. Nuestro espíritu exige motivos más cercanos. Voy, pues, humildemente á proponer una explicación racional del problema, con la esperanza de que, si no satisface al lector, por lo menos le ayudará á pensarlo y resolverlo por sí mismo.

Como no hallo razón para que en los cincuenta primeros años de un siglo nazcan cien artistas de gran mérito y en los cincuenta siguientes ninguno, me atrevo á sostener que, dadas las mismas condiciones de raza, de medio, de cultura, de seguridad y de estímulo, los hombres nacen iguales, ó lo que es igual, en la segunda mitad de un siglo, como no hayan variado notablemente las circunstancias apuntadas, ven la luz tantos artistas como en la primera. La diferencia está solamente en que en la primera mitad los hombres que han nacido con aptitudes para sentir la belleza y representarla han podido sacar el fruto de ellas, las han desenvuelto natural y lógicamente, mientras que los segundos, por causas que ahora voy á indicar, no han podido mostrar al mundo su riqueza interior.

Atribuyo la decadencia de las bellas artes, cuando no hay razón externa que la explique, á una perversión del gusto, esto es, á la falta de una dirección sana y adecuada para los artistas. Creo que el gusto es lo que determina la altura que el pintor, el escultor ó el poeta puede alcanzar en sus obras. Los artistas de las épocas de decadencia han nacido tan bien dotados por la naturaleza como los del florecimiento.

Convirtamos los ojos á la época actual. Examinando los cuadros que hoy se pintan, las estatuas que se esculpen, ó leyendo con atención las obras poéticas que se publican, nadie puede echar menos con justicia el ingenio, la invención y el estudio. Si no en la mayor parte, porque la producción es excesiva, veo detrás de muchas de ellas la mano y la inteligencia de un hombre superior, perfectamente dotado por la naturaleza para producir obras bellas y duraderas. ¿Por qué no las produce? Sólo por un error de su inteligencia, por una torcida dirección que el momento y el medio en que nació han impreso á su inspiración, en suma, por la falta de gusto. Esto es lo que se observa hoy, principalmente en el cultivo de las artes; ausencia de gusto. To be honest, as this world goes is to be one man pick'd out of ten thousand, dice Hamlet. Parodiando estas palabras, bien podemos afirmar que, tal como hoy van las artes bellas, tener buen gusto equivale á señalarse, no entre diez mil hombres, sino entre cien mil.

El origen de esta perversión del gusto no debe buscarse en circunstancias del momento, en defectos de escuela trasmitidos de unos individuos á otros, en extravíos fortuitos. Su fundamento es más alto á mi juicio: se halla en el principio mismo que ha engendrado la gran superioridad artística del Occidente sobre el arte asiático, en el mayor desarrollo de la energía individual. Tan cierto es que no hay principio verdadero y fecundo que exagerado no se convierta en error y en manantial de ruina y que el nada demasiado del oráculo griego es la mayor verdad que se ha dicho hasta ahora en el mundo.

La mayor energía individual, la afirmación de su independencia frente á la naturaleza, produciendo la variedad de los caracteres, es lo que ha elevado al griego sobre el indio y el arte occidental sobre el asiático. En el mundo oriental sólo existen tipos; de aquí la monotonía, no privada de belleza y sublimidad muchas veces, de sus monumentos poéticos. Pero aquel principio fecundo para la civilización, y singularmente para las artes, que ha engendrado la Iliada, el Prometeo encadenado, la Niobé y el Partenon, que más tarde creó las obras portentosas del Renacimiento, exagerado en la Europa moderna, sacado fuera de sus justos límites, ha traído consigo el desequilibrio y como resultado la decadencia. La energía individual y la independencia exageradas se han trasformado en vanidad. Este es el gusano que roe y paraliza la fuerza de los artistas contemporáneos.

Obsérvese el procedimiento de los antiguos y de los que los han imitado en el período del Renacimiento. Un artista, que por sus obras excelentes llegaba á merecer el título de maestro, reunía en torno suyo un grupo más ó menos numeroso de jóvenes á quienes revelaba los secretos del arte é infundía su propio espíritu, adiestrándolos lentamente para hacerlos primero sus ayudantes, luego colaboradores de sus obras. El discípulo, al cabo, se hacía maestro, concluía por separarse, pero seguía trabajando en la misma dirección y con los mismos procedimientos, y sin darse quizá cuenta de ello, ni menos proponerse romper ningún molde, por la energía de su personalidad artística producía obras distintas, tanto ó más bellas que las de su maestro, pero sin que se desatase el lazo que los unía. Igual fenómeno en la literatura. Homero es el gran maestro del mundo helénico. Todos los poetas dramáticos, épicos ó líricos acuden á él para beber su inspiración. Esquilo, Sófocles, Píndaro y Eurípides confiesan modestamente que viven de las migajas de su mesa. Más tarde, cuando Roma empuña el cetro de la literatura, sus poetas más insignes no se desdeñan de llamarse discípulos de los griegos, los estudian con veneración y los imitan con complacencia. Nada han desmerecido por eso á los ojos de la posteridad. La Eneida es una imitación de la Odisea, y sin embargo hace veinte siglos que embelesa al mundo.

Decía Sófocles en los últimos años de su vida que si había logrado escribir algo bello en su vida, fué renunciando á la pompa de Esquilo y también á los refinamientos de arte á que se sentía demasiado inclinado. Estas palabras deben dar que pensar á cualquier artista, porque encierran la más profunda enseñanza. Cuando los ciclos legendarios de la Grecia habían sido ya desenvueltos de un modo maravilloso por el genio de Esquilo en trilogías dramáticas que parecían insuperables, Sófocles logró, sin embargo, aventajarle. No hubiera conseguido esto, si guiado por el amor propio tratase de superarle buscando mayores y más vivos efectos, esforzando las galas del lenguaje. Pero guiado sólo del amor á lo bello y permaneciendo fiel á su naturaleza, no trató más que de producir obras bellas y perfectas, sin curarse de competir en ingenio con su glorioso predecesor; y por esta modestia y esta moderación llegó á ser el más grande de los dramaturgos que la humanidad ha producido.

¡Cuán distinto lo que hoy sucede! Apenas un joven sabe tener el pincel, la pluma ó el cincel en la mano, ya se juzga en la necesidad de crear algo original, cuando no extraño ó inaudito: se creería humillado siguiendo la inspiración y los procedimientos de otro artista, por grande que sea. El negocio capital para él no es trabajar bien, sino trabajar de un modo distinto que los otros; la originalidad le preocupa mucho más que la belleza. Este anhelo que hoy se ha apoderado de todas las cabezas, hasta de las más vacías, hace recordar aquel gracioso epigrama de Goethe á los originales: «Un quídam dice: Yo no pertenezco á ninguna escuela; no existe maestro vivo de quien reciba lecciones; en cuanto á los muertos, jamás he aprendido nada de ellos». Lo cual significa, si no me equivoco: «Soy un majadero por mi propia cuenta». Este afán desmedido de originalidad ¿qué otra cosa es sinó lo que hemos dicho, una exageración de la energía individual, un desequilibrio, el pecado, en fin, de la soberbia? Triste es confesarlo, pero en la torcida dirección que hoy siguen las artes no debe echarse toda la culpa á los que las cultivan. El público tiene también una gran parte; el público que, en vez de pedirles obras bellas, bien meditadas y con destreza concluídas, les exige solamente que no se parezcan á los demás, fomentando de esta suerte la excentricidad y el mal gusto, que ha dado vida en los últimos años á esa nube de obras extravagantes y ridículas, donde la impotencia marcha unida á la vanidad. A la novela, como género predominante hoy en la literatura, ha tocado la mayor parte de esta viciosa corriente.

III

La novela es un género comprensivo que participa de la naturaleza de la epopeya, de la del drama y que no pocas veces también entra en los dominios de la poesía lírica. Tal amplitud permite al escritor una gozosa libertad, que no disfrutan los que cultivan otros géneros más definidos. No sólo se le exime del lenguaje rítmico, sino de aquellas otras trabas con que la retórica dogmática ha atormentado hasta ahora á los poetas épicos y líricos. La novela, en su esencia, rechaza toda definición: es lo que el novelista quiere que sea. Pero tanta independencia trae, como es lógico, aparejada una mayor responsabilidad: ya que tanto se le perdona al novelista, menester es que su invención no desmaye jamás: de todo se le exime menos del ingenio. El novelista tiene la obligación ineludible de no fatigar jamás al lector, de mantener su atención despierta, sujeto su espíritu por lazos invisibles para hacerle viajar sin sentirlo por el mundo imaginario. ¡Cuán poco nos acordamos los que escribimos novelas de este primer requisito de toda composición romancesca! La mayor parte de las veces parece que, en lugar de interesar al lector y recrear su espíritu, nos proponemos acabar con su paciencia.

La composición es el escollo en que tropiezan la mayor parte de los autores de novelas. Hay bastantes capaces de representarse la belleza y el interés que ofrece la vida con sus contrastes, dotados de rica fantasía, de penetración y de estilo; pero son á mi juicio muy pocos los que en la actualidad saben componer un libro. No acontece esto porqué la cualidad de componer sea superior ó más rara que las otras, sino porque los autores no fijan en ello la atención como debieran. Preguntaban á Newton en cierta ocasión: ¿Cómo ha llegado usted á descubrir la ley de la gravitación? A lo que el sabio respondió modestamente: «Pensando en ello». Si los novelistas pensasen más en la perfección de sus obras y menos en ostentar á todo trance las cualidades de que se creen poseedores, ó en producir ruido, imagino que aquéllas serían más bellas y duraderas. Para ello lo primero que debieran representarse es que una novela es una obra de arte; por lo tanto, una obra donde la armonía es lo esencial. Esta armonía la encuentra naturalmente el artista que sabe limitar sus concepciones y concentrar los tesoros de su fantasía exhibiendo de ellos lo que hace falta y nada más. ¿Excluye tal limitación la riqueza del fondo, la pintura viva de los pormenores, el sentimiento de los matices, la delicadeza para apreciar las relaciones más sutiles de la vida? Estoy muy lejos de pensarlo. Todo eso puede subsistir perfectamente dentro de unos contornos precisos. Basta que el novelista sienta la necesidad de la claridad y la medida.

El hombre es un ser limitado y, por lo mismo, todo lo que de él proceda ha de ser limitado también. Porque el fondo de la obra de arte, que es la belleza ideal, carezca de límites no debe imaginarse que su expresión plástica ó conceptiva pueda sustraerse á ellos. La belleza se expresa eternamente en la naturaleza de un modo definido, claro, concreto. En el arte debe acaecer lo mismo. Hay muchos artistas que ignoran esta gran verdad; se figuran que dejando inciertos los contornos de su obra se emancipan de la limitación que constituye su ser, se aproximan mejor á la sublimidad y grandeza del ideal. Es un error de óptica por el cual se engañan á sí mismos y engañan á los demás. Así sucede que cuando aparece una de esas obras aparatosas, enormes, enfáticas, envueltas de vaguedad y misterio, con aspiraciones simbólicas y místicas, como muchas de la escuela romántica pasada y casi todas las de los naturalistas, simbolistas y decadentistas modernos, el público se estremece, imagina que detrás de aquellas nieblas hay un inefable misterio, que se va á descubrir al fin y contemplar el eterno ideal, y corre afanoso á presenciar el milagro; pero ¡ay! no tarda en volver mustio y desengañado, porque detrás de tanto aparato no ha visto absolutamente nada. La obra portentosa se hunde muy pronto en el olvido, mientras la obra bien definida, clara y armónica, como la Odisea, las Siracusanas de Teócrito, el Hermann y Dorotea de Goethe, sigue por los siglos de los siglos fresca como una rosa, reflejando la inmortal belleza del universo.

Tampoco juzgo que esta armonía necesaria en la composición de la novela sea equivalente de la simplicidad. La novela participa, como ya he dicho, de la naturaleza del drama y de la de la epopeya, pero más, á mi juicio, de la última. No es, pues, esencial para ella que la acción avance rápidamente hacia su fin, sin distraerse jamás como en el drama, sino que puede marchar con lentitud, deteniéndose á cada instante para referir episodios ó describir países y costumbres, á semejanza de los poemas épicos; porque, como expresa profundamente Schiller, la acción para el poeta dramático es el verdadero fin, mientras para el épico (digamos novelista en este caso) no es más que un medio para alcanzar un objeto absoluto y estético. Ahora bien, ¿cuál es este objeto absoluto y estético que el poeta épico y el novelista persiguen? El mismo Schiller lo descubre con admirable claridad en otra de sus cartas: «La misión del poeta épico es hacer que aparezca toda entera la íntima verdad del asunto: no pinta más que la existencia tranquila de las cosas y el efecto que naturalmente producen: hé aquí por qué, en vez de correr impacientemente hacia el término de la narración, nos place detenernos á cada instante con él». Dejemos, pues, al novelista la libertad de pararse donde lo tenga á bien, como el poeta épico: si siente amor á la claridad y á la medida, clara y armónica será su obra, aunque se distraiga á menudo. Nadie osará negar estas cualidades á la Odisea y la Eneida, ni al Quijote y el Gil Blas de Santillana, á pesar de sus numerosos episodios. Guardémonos de confundir la armonía con la simplicidad de la acción, ni siquiera con la regularidad de sus partes. Es algo más profundo y espiritual que surge espontáneamente de la belleza del asunto y del equilibrio en las facultades del novelista.

No hay para qué advertir que esta libertad se halla subordinada á la exigencia ineludible de toda obra de arte, que es la de interesar. Los episodios han de tener, pues, en la novela, como en el poema épico, un valor absoluto é independiente, ó lo que es igual, han de ejercer sobre el espíritu la fascinación que produce la belleza. Si no deleitan, deben suprimirse. Como regla empírica de la composición (pues me parece impertinente dogmatizar en este punto), añadiré que á mi entender los episodios deben apartarse lo menos posible de la acción principal y guardar con ella una relación secreta, si no aparente. Son más plausibles aquellos que á su belleza absoluta agregan un valor relativo, como es el de dar mayor relieve al carácter principal de la obra ó producir lo que hoy se llama color local, esto es, descubrir el misterioso lazo que une al hombre con la naturaleza, á los caracteres con los sitios en que se ejercita su actividad. Casi todos los del Quijote cumplen admirablemente con este requisito. Pero los de otros novelistas españoles, como Mateo Alemán, Vicente Espinel, Vélez de Guevara; Céspedes, etc., á menudo nos fatigan por lo deshilvanados, ya que no por lo desabridos... Y lo mismo sucede, á pesar de su excelencia, con las novelas de algunos escritores extranjeros, como Richardson, Fielding, Dickens, Juan Pablo Richter, etc.

Observaré que esta tendencia á la dispersión se ha atenuado mucho en los tiempos presentes. Los actuales novelistas gustan más de recoger una acción y seguirla sin vacilaciones ni tregua que de entretenerse con otras narraciones secundarias más ó menos alejadas de la principal, como hacían los del siglo pasado y los de la primera mitad del presente. En este punto, no obstante, los escritores de raza latina se señalan más por su amor á la unidad que los germanos y eslavos, inclinados siempre con predilección á la variedad. Las obras de estos últimos se caracterizan por una gran riqueza de ideas y sentimientos: en las de algunos de ellos hay tal delicadeza de percepción para recoger las relaciones más sutiles del mundo ideal que nos asombra; pero en general están peor compuestas que las de los latinos. Voy á presentar un ejemplo de dos escritores modernos que ya no existen. Dostoievsky, escritor ruso, y Silvio Pellico, italiano, han narrado ambos la historia de sus martirios en la prisión donde por causas análogas estuvieron encerrados. El libro del primero titulado Recuerdos de la Casa de los Muertos es más original, su sentimiento quizá más profundo, su observación sin disputa más delicada. En cambio se nota que el autor carece del talento de la composición: el libro, á pesar de las brillantes cualidades que posee, no puede leerse sin cierta fatiga. Por el contrario, la obra del escritor italiano titulada Mis prisiones, no tan vigorosa, es más pura, más fresca, más equilibrada y está tan admirablemente compuesta que ha logrado ser un libro clásico leído en todos los países con verdadero encanto.

Relacionado estrechamente con la composición se halla el tamaño que á la novela debe darse; porque es punto menos que imposible componer bien una de exageradas dimensiones. Parece á primera vista insensato señalar límites materiales á una obra poética y aprisionar los vuelos del artista, pero es más insensato escribir obras descomunales y acusa generalmente presunción en los autores y, lo que es más grave para ellos, debilidad. El afán desmedido de escribir largo significa en muchos casos un deseo pueril de mostrarse fuerte, poderoso, sin comprender que el verdadero modo de mostrar fuerza es apoderarse del asunto y dominarlo y dominarse á sí mismo y poseerse enteramente. De igual modo la exaltación, que da origen en algunas ocasiones á actos de valor y heroísmo y á rasgos felices en el orden espiritual, no indica, según los médicos, un sistema de nervios vigoroso, sino débil y enfermo. El autor que escribe largo debe comprender que todo lo que gane en extensión su obra lo perderá en intensidad, y que no hay asunto que no pueda y deba desarrollarse con medida. El Ramayana, la Iliada y la Odisea, epopeyas que reflejan civilizaciones enteras, que llevan dentro de sí un mundo de ideas y costumbres, de sucesos, de noticias científicas é históricas, no tienen tantas páginas como ciertas novelas modernas. Además, si desea ser leído no sólo en vida, sino después de su muerte (y el autor que no aspire á ello debe soltar la pluma), no puede ocultársele, á no cegarle la vanidad, que para salvarse del olvido no sólo necesita producir una obra de belleza excepcional, sino procurar que no sea muy larga. El mundo contiene ya tantas grandes y bellas, que se necesita una prolongada vida para leerlas todas. Pedir al público, así que pase la novedad, que lea una producción de exageradas dimensiones, cuando tantas otras reclaman su atención y su tiempo, me parece inútil y hasta ridículo. No doy esto como principio absoluto, porque bien puede aparecer una obra de tan subido mérito que, larga ó corta, se lea por los siglos de los siglos. Sólo me refiero á la producción ordinaria. El ejemplo más notable de lo que afirmo se hallará en el célebre novelista inglés Richardson. El autor de Clarisa Harlowe y de Pamela, que á su ingenio admirable, á su exquisita sensibilidad y penetración añade la circunstancia de ser el padre de la novela moderna, apenas es hoy leído, á lo menos en los países latinos. Dada la belleza indisputable de sus obras, no puede achacarse á otra cosa que á su exagerada amplitud. Y la prueba de ello es que en Francia y España, á fin de que pudieran ser gustadas, se han publicado algunos epítomes ó compendios extractando de ellas lo más interesante. Tal proceder me parece una verdadera profanación; pero á ella se exponen los escritores que no saben ó no pueden concentrar las grandes facultades con que la naturaleza les ha favorecido.

Y basta ahora acerca de la estructura ó esqueleto de la novela.

IV

Todo es asunto adecuado para la novela, se dice actualmente; toda parte de la realidad, toda fracción de la vida reproducida por un escritor inspirado puede engendrar una novela. Esta afirmación, que considero exacta en cierto sentido, sacada de sus justos límites y proclamada como principio absoluto ha dado origen á la literatura trivial y prosaica que hoy nos ahoga. Verdad que el espíritu humano puede embellecerse al contacto de toda realidad cuando arroja sobre ella una mirada serena; pero no es menos cierto que, á más de este elemento puramente subjetivo, hay en la producción de la belleza otro elemento objetivo que determina su valor y su fuerza. El placer de Velázquez pintando sus Borrachos, ó el de Rembrandt cuando bosquejaba su célebre Lección de anatomía, debía de ser grande: es siempre un goce contemplar la naturaleza de un modo desinteresado: mayor aún poseer la facultad de reproducirla con la exactitud asombrosa de estos maestros. Pero la alegría de Tiziano, de Corregio y Rafael debía de ser infinitamente más viva, porque estos grandes artistas no sólo se olvidaban de sí mismos como los otros, no sólo la reproducían con admirable verdad, sino que vivían en íntima relación con sus formas más puras y elevadas, aquellas en que ha podido expresarse con mayor libertad. Y cuando esta naturaleza tropezaba en su desenvolvimiento con algún obstáculo que la afeaba, estos pintores, guiados por su instinto, la interpretaban, le arrancaban su secreto deseo y la ayudaban á expresar claramente lo que sólo torpe y confusamente balbucía.

No es, pues, indiferente el asunto ó tema en que la pluma de un escritor se ejercite. Todos son dignos, como los oficios en que el hombre cumple con la ley del trabajo, pero unos son bajos y otros elevados. Quizá esta afirmación parezca anticuada á los modernos estéticos, pero la encuentro exacta. Después de todo, en la mayor parte de estos asuntos á mí me basta la verdad antigua. El que pinta bien la naturaleza muerta, jamás será tan gran artista como el que pinta bien la naturaleza viva: quien reproduzca sólo las formas más groseras de la vida y los movimientos rudimentarios del espíritu, no alcanzará la gloria del que sabe evocar y poner en conflicto patético las grandes pasiones del alma humana. Considero absurda la importancia que hoy se da á los que manejan bien los accesorios, lo mismo en las artes plásticas que en la poesía. Pintar bien el fondo de un cuadro, los muebles, los cortinajes no es ser un pintor en la acepción más completa que nuestra imaginación da á la palabra. Hacer hablar con propiedad á un rudo gañán, describir con exactitud las costumbres de un país no basta para merecer el nombre de insigne novelista. Los griegos se reían de los pintores de bodegones.

Tanto creo en la virtud del tema elegido para la obra, que un asunto digno y hermoso es el mejor hallazgo que un artista puede tener en su vida; es un verdadero presente de los dioses. ¡Cuántos grandes poetas yacen olvidados por no haber gozado de esta felicidad! ¿Qué sería hoy de Cervantes si su incómoda permanencia en Argamasilla y la relación con algún tipo original no le hubieran sugerido el carácter de Don Quijote y el de Sancho Panza? Por el contrario, han existido escritores que, sin poseer un talento soberano ni alcanzar el grado excelso de la inspiración poética que se denomina genio, lograron inmortalizarse merced á un hallazgo afortunado. El ejemplo más notable que conozco en la edad moderna es el del abate Prevost, cuyas facultades creadoras, á juzgar por las numerosas obras que ha escrito y yacen en el polvo, no rebasaban mucho de la medianía. Un episodio interesante, tal vez de su vida ó de la de algún amigo, le ha llevado á la altura de los dioses mayores de la poesía. La Manon Lescaut es una de las obras más bellas y mejor sentidas que haya producido el espíritu humano. Acaba de morir otro escritor cuyo ejemplo es tan decisivo ó más que este. El teatro de Alejandro Dumas (hijo) se juzga generalmente por los hombres de gusto como falso, amanerado, abstracto, destinado á perecer cuando el gusto del público camine por otros derroteros. Sin embargo, en su célebre drama La Dama de las Camelias se ha elevado sobre sí mismo hasta tocar en las cimas más altas de la poesía. Es tan bello este drama, tan original, tan patético, se respira en él tal perfume de poesía mezclado á un sentimiento tan profundamente cristiano, que dudo mucho que otra producción dramática de este siglo pueda competir con ella en el aprecio de los venideros. Semejante distancia entre las obras de un mismo autor no puede achacarse racionalmente sino á la felicidad de la invención. No se me oculta, sin embargo, que han existido escritores, como Shakspeare y Molière, capaces de llegar, no en una, sino en muchas de sus obras, á un grado supremo de perfección; pero obsérvese que Shakspeare y Molière no inventaban sus argumentos, los tomaban donde bien les placía. Su instinto poderoso les hacía comprender lo que acabamos de afirmar, esto es, que los temas hermosos son raros en la poesía, y que á veces un escritor mediocre y hasta un tonto puede tropezar con ellos, y que entonces, por bien de la humanidad, es lícito arrebatárselos.

El procedimiento de los escritores contemporáneos es distinto. Cabalgando cómodamente sobre la teoría de que toda la vida es digno argumento para novelar, aceptamos los hechos más insignificantes y desabridos de la existencia ordinaria, y sobre ellos tejemos cualquier fábula. Así las novelas ó las obras dramáticas resultan, en la mayor parte de los casos, sin fuerza y sin interés, por más que los caracteres estén vigorosamente pintados. Muchísimas veces me ha dolido ver escritores de gran talento ejercitarlo en asuntos ingratos, y he deplorado que les hubiese faltado el valor de Shakspeare y Molière para «tomar su bien donde lo hallaren». Este miserable temor de tratar asuntos ya tratados no lo conocieron los antiguos. Esquilo, Sófocles y Eurípides no tuvieron inconveniente en escribir sobre un mismo tema: sea ejemplo el Filoctetes. Pero nuestro amor propio vidrioso, el afán desaforado de originalidad que nos devora nos hace pensar que quedaríamos deshonrados aceptando el argumento hallado por cualquier otro escritor, aunque sepamos sacar de él mejor partido.

Para disimular esta falta de asuntos poéticos que es evidente, y producir, no obstante, honda impresión, los autores más señalados en la actualidad apelan á varios recursos que iré examinando, con lo cual daré idea sucinta de los vicios de que en mi sentir adolece la novela moderna, vicios casi todos que pudieran desaparecer fácilmente si en vez de formar principal empeño en mostrar al público la viveza de nuestro ingenio y la fuerza de nuestra imaginación, lo tuviésemos en escribir obras sólidas y perfectas. Pienso como el escritor inglés Tomás Carlyle que la sinceridad es la esencia del hombre superior (héroe como él lo llama), y que la ausencia de sinceridad, no la de ingenio, es la que ha producido la decadencia del arte moderno.

Uno de los recursos más socorridos entre los novelistas contemporáneos es el que llamaré de acumulación. Como quiera que la vida ordinaria ofrece pocas veces temas interesantes para la poesía y su exposición sencilla precipita á menudo en la trivialidad, como se observa en gran número de novelas inglesas y alemanas, los novelistas, en vez de esperar pacientemente que el espectáculo de la vida les depare un asunto adecuado, prefieren tomar una parte grande de ella y por el sistema de condensación lograr interés para su obra. Ya no se trata, por regla general, de narrar con verdad y arte un episodio bello de la historia de un hombre ó la historia entera de este hombre cuando es interesante, verbigracia, la de un soldado, un labrador ó un minero, y con este motivo y como cosa secundaria pintar el medio ó los lugares en que esta vida se desenvuelve. Los autores ahora se proponen en primer término pintar la vida de los soldados, de los labradores ó de los mineros, y como accesorio y pretexto para esta pintura la de cualquier individuo de la clase. Este procedimiento abstracto no está conforme en mi sentir con la naturaleza del arte. Y no basta apoyarse en el ejemplo de las epopeyas que resumen á veces una civilización entera, porque además de ser contadas las obras que merecen tal nombre, el poeta no ha perseguido semejante fin general, sino uno limitado é individual. Homero ó los rápsodas homéricos no se proponen en la Iliada pintar el mundo helénico antes de la irrupción de los dorios, sino tan sólo la cólera de Aquiles, ni en la Odisea la civilización occidental, sino los trabajos de Ulises.

Pero aun suponiendo legítimos estos propósitos, todavía es mas censurable la manera con que se realizan. En vez de presentar la vida de tal ó cual país ó clase de la sociedad con serenidad y como se nos aparece realmente, oprimido el novelista por el deseo de producir fuerte impresión, exagera, falsea, amontona todos los datos que la realidad le ofrece dispersos.

Basta arrojar una mirada imparcial sobre algunas recientes y famosas producciones francesas, en que se describe la vida de los campos y de las minas, para convencerse de que el escritor no las ha observado y pintado con sinceridad, sino que ha acumulado con visible artificio en una comarca todos los crímenes, suciedades y horrores que ha leído en la prensa de varios años, acaecidos en los distintos departamentos de Francia. Por el contrario, en otras novelas alemanas, inglesas y españolas en que se describe la vida de los campesinos no se encuentra más que honradez, pureza, felicidad. Esto es aún más falso, pues al cabo los naturalistas se apoyan sobre un dato seguro, á saber, que el interés y el egoísmo que á la mayoría de los hombres domina se expresa de un modo más brutal y repugnante entre las clases incultas. Los novelistas rusos siguen por regla general las huellas de los franceses y aun los sobrepujan. He leído una producción dramática titulada El poder de las tinieblas que, en cuanto á horrores condensados, deja atrás á todas las francesas. La famosa Sonata de Kreutzer, del mismo autor, se propone nada menos que probar que en las relaciones conyugales, tan santas y dulces en ocasiones, nada existe que no sea triste, venenoso é inmoral. Con perdón de unos y otros, cuyo grande ingenio no desconozco, sigo creyendo que no es todo sombra en la vida y que para pintarla como es realmente precisa arrojar antes la cólera de nuestro corazón, despojarse de toda inquietud y deseo y contemplarla sin prevenciones.

No sólo por cómodo, pues emancipa al poeta de la dura ley de la inspiración, sino por nuevo, el procedimiento francés es hoy seguido por gran número de escritores en toda Europa. La novedad es una de las necesidades más imperiosas que lo mismo el público que los artistas sienten en este último tercio del siglo XIX. Pocas tendencias me han parecido más absurdas y peligrosas para el arte. Aunque sea insensato vivir en pugna constante con su tiempo, aún lo es más abrazarse á él con todas las fuerzas del espíritu y no querer gustar ni sentir las obras de los que nos han precedido. El momento actual es una etapa del largo y variado desenvolvimiento de la razón humana: tiene importancia capital para nosotros, aunque comparado con la historia total de ese desenvolvimiento signifique poco. No debe, pues, el artista despreciar la época en que ha nacido, sino amarla para poder extraer de ella el jugo divino de la poesía, que existe en todos los tiempos y todos los lugares. Pero el que no sepa á la vez unirse con amor á los tesoros de belleza que nuestros antepasados nos han legado, ése no llegará á sentarse en la cima sagrada del Olimpo. «Los mejores cantos—dice Telémaco en la Odisea—son siempre los más nuevos.» Si se medita un poco se comprenderá que las pasiones humanas, primera materia sobre la cual trabaja el poeta, no cambian, en lo que tienen de fundamental, con el trascurso de los siglos, y aun en la vida social, si el tiempo y el espacio establecen diferencias, no son tan grandes como á primera vista parece. Leemos á Longo, á Teócrito, á Apuleyo y nos asombra el observar que la vida de aquellos tiempos fuese tan semejante á la nuestra. Tomamos una novela ó un drama indios, y acaece lo mismo. Pasamos la vista por la Celestina, primer monumento de importancia de nuestra literatura novelesca, y advertimos que los burdeles que en ella tan admirablemente se descubren son casi idénticos á los que hoy existen, que sus personajes piensan, hablan, bromean como los que á todas horas tropezamos en la calle. En cambio, otras obras más recientes españolas, como la Diana de Montemayor, El Español Gerardo de Céspedes, las novelas de Lope y de Montalbán y en general todas nuestras comedias de capa y espada nos hacen pensar que estamos contemplando un mundo diferente, que entre el modo de vivir, de pensar y de sentir de aquellos hombres y el nuestro media un abismo. ¿Qué significa esto? Para mí no otra cosa sino que los unos reflejan con fidelidad su época, mientras los otros, no sabiendo extraer de la suya nada interesante, han preferido fantasearla.

Con esta última observación se enlaza un asunto de capital interés en la composición de la novela: el de la verosimilitud. Los modernos novelistas se preocupan mucho, y con razón, de dar verosimilitud á sus invenciones. Opino, sin embargo, que en este punto hay también exceso, y que hemos pasado, sin razón, de un extremo á otro, de las aventuras estupendas, increíbles, con que los antiguos narradores sazonaban sus creaciones, al insulso prosaísmo que hoy se advierte. La vida es bella; los hechos tienen un valor absoluto. Son estas verdades á las que rindo culto lo mismo en teoría que en la práctica. Pero debe tenerse presente que los hechos sólo tienen valor estético cuando son reveladores, cuando hacen vibrar nuestro espíritu con la emoción de lo bello. El fenómeno por sí mismo no tiene valor alguno dentro del arte. Pero se me preguntará: ¿cuál es la diferencia entre los hechos significativos ó reveladores y los que no lo son? Confieso que no puedo responder á esta pregunta. Para mí es un misterio. La mayor parte de los hechos de que se compone la novela de Balzac titulada Eugenia Grandet son corrientes, vulgarísimos, prosaicos; no obstante, esta novela causa emoción profunda y puede considerarse como una de las producciones más peregrinas del ingenio de este siglo. Análogos hechos en otras novelas nos dejan fríos, si es que no nos producen tedio. Tal misterio los mismos artistas no pueden explicarlo; lo sienten, lo adivinan, y por eso sus obras son bellas: con esto basta. Es insensato, pues, dictarles reglas sobre el particular: tomarán los hechos que les haga falta, y en sus manos tendrán siempre significación. Pero es necesario protestar contra esa absurda suposición de que sólo los sucesos corrientes y ordinarios deben entrar en la novela. Por el contrario, en la vida surgen en raras ocasiones caracteres y fenómenos de tal valor estético que su reproducción en el arte no sólo es conveniente, sino necesaria. En este punto es curioso lo que me ha sucedido y lo que presumo sucederá á todos los novelistas. Muchas veces he visto tildadas de inverosímiles escenas ó sucesos que no he hecho más que trasladar de la realidad. En cambio nadie ha encontrado inverosímiles aquellos que he inventado. Consiste esto en que cuando he presenciado ú oído narrar cualquier suceso raro, no he tenido escrúpulo en utilizarlo, fiando en su verdad, al paso que cuando necesito inventarlos procuro alejarme de todo lo que parezca extraño é inverosímil.

Lo mismo el público que los críticos viven ahora constantemente alerta contra la inverosimilitud, y apenas un pobre autor echa el pie fuera del camino trillado, caen todos sobre él con el dictado de falso en los labios. Pero, por lo común, sólo contra la inverosimilitud material dirigen sus tiros. La inverosimilitud moral se les escapa la mayor parte de las veces. Y sin embargo, para el hombre que tiene buen sentido y conoce la vida no es menos censurable. Las novelas de ciertos autores franceses, dedicados á entretener á las clases elevadas, no suelen contener grandes faltas de inverosimilitud material; en cambio contra la moral pecan casi constantemente. Los mismos naturalistas son mucho más severos para aquélla que para ésta. Hasta el mismo Balzac, que tan profundamente conocía la vida y con tal arte la desmenuzaba, quebranta no pocas veces la lógica moral. Siempre recordaré el triste efecto que me causó, en obra tan bella como Eugenia Grandet, aquel pasaje en que el abate Cruchot, momentos después de llegar el primo de París, propone á boca de jarro á Mme. de Gramins que se deje cortejar por él con objeto de inutilizarlo. Tan atroz falsedad me causó más repugnancia que las hazañas de Artagnan en Los Tres Mosqueteros, de Alejandro Dumas (padre).

Vivir mecido en una suave idealidad es lo mejor que el artista puede hacer. La imaginación es la maga que trasforma el mundo y lo embellece. Pero debe cuidar al mismo tiempo de bañarse á menudo en la realidad, de acercarse á cada instante á la tierra: cada vez que toque en ella sacará, como el gigante Anteo, nuevas fuerzas. El hecho tiene un valor inapreciable que en vano se buscará en las fuerzas de nuestro espíritu. Todas las abstracciones desaparecen ante él: él es el verdadero revelador de la esencia de las cosas, no los conceptos que nuestra razón extrae de ellas: á él hay que acudir en última instancia para fundar todos los juicios y recrearse con cualquier belleza. Aplaudo, pues, sin reserva ese respeto que los buenos novelistas modernos sienten por la verdad y el cuidado con que evitan el falsearla, aunque sea en los ínfimos pormenores. Pero creo al mismo tiempo que se concede exagerada importancia á la exactitud de lo que pudiéramos llamar, á ejemplo de los pintores, accesorios. No hay que olvidarse de que la verdad moral, la del sentimiento, la del carácter, es la que se halla plenamente en los dominios del poeta, y su responsabilidad principal estriba en el uso que haga de ella. Antiguamente los novelistas tenían licencia para lanzar toda clase de disparates científicos ó históricos. Se exige hoy, con razón, que sea instruído y se ajuste á las verdades descubiertas. Pero hemos pasado á la exageración contraria: con el más insignificante error, no sólo físico, histórico ó matemáticas, sino de indumentaria ó arqueología, se nos da en rostro como si fuera un crimen. Se nos pide que seamos una enciclopedia viva. Por eso muchos escritores que conocen las manías de la crítica y se esfuerzan en darle gusto, no sólo se guardan de estos errores, sino que cada vez que tocan algún punto de política ó administración, de artes, oficios ó modas, endilgan verdaderos y sapientísimos cursos acerca de ellos. El lector bosteza, pero ¿qué importa, si el crítico se extasía y se encara con la plebe ignorante que no sabe divertirse? Sin embargo, piensen estos señores lo que quieran, la exactitud no es la primera obligación del artista, sino la de hacer sentir la belleza. Homero no deja de ser el más grande poeta porque pensase que el río Océano rodeaba á la tierra.

Este deseo anhelante de escrupulosidad que apruebo en principio ha engendrado la necesidad de buscar modelo para todo lo que se está ejecutando. Los pintores no dan una pincelada ni los escultores ponen los dedos sobre el barro sin tener el modelo delante. A su ejemplo, los novelistas modernos llevan en el bolsillo una cartera para apuntar cuanto ven y oyen. A todos les parece el colmo de lo absurdo trabajar de memoria. Y, sin embargo, entre los grandes artistas de los pasados siglos esto era lo corriente. Rubens no pudo haber tenido modelos para los millares de figuras que ha pintado. La prueba de que pintaba de memoria hasta los paisajes es que existe uno suyo en el cual la luz procede de dos sitios contrarios, lo cual es absurdo. Y sin embargo, el paisaje es bellísimo. Ni Shakspeare, ni Molière, ni Balzac han presenciado las escenas que trazan ni conocido los caracteres que estudian. Schiller confiesa que, dada su vida retirada y trabajosa, tenía muy pocas ocasiones de observar á los hombres. El modelo será, pues, necesario, pero confesemos que es signo de impotencia. El pintor, cuando se llama Rubens, Vinci ó Tiziano, lleva impresa en su cerebro la naturaleza; le basta haber visto un objeto para poder trazarlo con mano segura, aunque el tiempo y la distancia se lo oculten. El poeta no necesita siquiera esta visión. Lleva en sí mismo el alma entera de la humanidad y un leve signo le basta para adivinar la de cualquier hombre. En él y en el santo es donde mejor se expresa la profunda identidad de los seres; por eso ambos conocen intuitiva, directamente, sin necesidad de experiencia, el corazón de los hombres. «Me ocultáis faltas muy graves—decía San Juan de la Cruz á sus oyentes.—¿Ignoráis que vuestras almas forman parte de la mía? Vosotros y yo somos seres distintos en el mundo: en Dios, nuestro origen común, somos un solo ser y vivimos de una misma vida.»

Para aquellos novelistas en quien la imaginación no ha llegado á tal grado supremo de viveza que permita escribir sin la observación atenta de todos los días, el modelo, el dato real es de absoluta necesidad: pero como ayuda poderosa para su fantasía, me atrevo á aconsejar el estudio no práctico, sino contemplativo de las artes plásticas. El novelista debe frecuentar los museos de pintura y escultura para acostumbrarse á escribir por medio de imágenes claras y precisas. Además es una manera de contrarrestrar la funesta manía de los análisis psicológicos, tan artificiosos como mentidos, que hoy nos domina. Ni Cervantes, ni Shakspeare, ni Molière han necesitado tanta página larga y nutrida para hacernos ver un carácter, para presentárnoslo vivo y grabarlo profundamente en nuestra memoria.

Es de justicia, sin embargo, manifestar que la novela moderna, si bien ha tropezado en estos fastidiosos análisis que la afean, ha logrado evitar un escollo en que á menudo se estrellaban los antiguos maestros, y es el de las reflexiones. No hay nada más perjudicial á la belleza de una novela que esa filosofía vulgar, cuando no pueril, con que muchos novelistas sazonaban sus producciones. El interpretar á cada paso el oculto sentido de los sucesos que se narran y desentrañar su significación es insoportable y choca con los principios fundamentales del arte. En la novela no es el autor quien debe hablar, sino los hechos y los caracteres, y si alguna filosofía se desprende de ella, que el lector la saque por sí mismo. No fiarse de su penetración y dársela cocida y caliente, como hace Balzac, por ejemplo, es afear las novelas y exponerse además á que un crítico haya dicho con razón que su filosofía es la de un viajante de comercio.

Otro mérito grande de la moderna escuela naturalista es, á mi ver, la importancia que concede á la descripción de la naturaleza, anudando de este modo el lazo entre el hombre y el mundo exterior, roto durante tanto tiempo en la literatura. Desde los poemas indios y griegos no se ha cantado con tanto entusiasmo la belleza objetiva, no se ha pintado el paisaje con la palabra de un modo tan perfecto como lo hacen hoy los naturalistas franceses. Han adquirido tal maestría en este género, su idioma claro y flexible les ofrece tanto recurso, que parece ya imposible alcanzar una visión más viva y penetrante del mundo que nos rodea. No se pueden leer las novelas de Flaubert, sobre todo, sin sentirse subyugado por aquella dicción pura y pintoresca que hace surgir ante nuestra vista tanta imagen graciosa, tanto cuadro brillante. Sin embargo, se ha abusado de esta cualidad feliz. Los discípulos de aquel maestro han llevado su amor por la descripción á tal extremo que los caracteres y las situaciones apenas pueden verse entre su espeso follaje. Todas las artes tienen límites trazados por su misma naturaleza. Cuando se pretende modificar ó ensanchar estos límites, viene su ruina. El abuso de la descripción en las obras literarias significa una intrusión de la pintura en los dominios de la poesía. Nadie ignora lo nocivo que es para las artes estas intrusiones de unas en otras. Por violentar la escultura y obligarla á expresar lo mismo que la pintura, se la ha desnaturalizado en los tiempos modernos. Por obligar á la música á expresar ideas concretas que sólo está reservado para la poesía, presenciamos con dolor su decadencia. Hay que temer que la preocupación de los fondos no produzca al cabo también una literatura débil y amanerada, como ha sucedido en la pintura. Actualmente en ésta se representan de un modo maravilloso los pormenores, ropajes, muebles, etc. En cambio, no hay quien pinte bien las carnes. Los grandes maestros, como Rembrandt, Franz-Hals, Velázquez, Tiziano, por el contrario, eran sobrios en las ropas y demás accesorios, y con centraban su atención y sus facultades en aquéllas. Además, la descripción exagerada significa un predominio de la sensualidad, ó sea del elemento fisiológico en la poesía, lo mismo que el abuso de la armonía en la música. Las descripciones brillantes de los naturalistas lisonjean la imaginación, facilitándole el trabajo, pero sus novelas rara vez dejan una impresión honda en el espíritu. De igual modo las sonoridades exquisitas de Wagner y su escuela deleitan el oído, pero no sacuden nuestra alma como la voz elocuente de Beethoven ni la hacen pasar alternativamente de la tristeza á la alegría como la musa encantadora de Haydn.

Para hallar una armonía perfecta entre el fondo y las figuras y en general entre todos los elementos de la composición es preciso acudir á los griegos. Sólo ellos han poseído el secreto de producir todas las bellezas sin dañarse unas á otras, de mostrar la mayor riqueza unida á la mayor sobriedad, de representar en el arte las profundas armonías que existen en el mundo real. Lo poco que nos ha llegado de ellos en el género novelesco es de tan sólido valor como su arquitectura, su escultura y su tragedia y comedia. Nada hay comparable á la célebre novela de Longo Dafnis y Cloe. En ella pueden verse reunidas todas las perfecciones del género. Una fábula sencilla, interesante; caracteres observados con delicadeza y presentados sin artificio; pinturas exquisitas de la naturaleza; descripciones vivas de las costumbres; un estilo noble y trasparente. Todo forma en esta admirable creación un conjunto armónico de encanto irresistible. Cada palabra es una pincelada, cada oración una imagen, cada página un cuadro brillante que no se borra jamás de la imaginación. ¡Qué vena, de fácil inspiración corre por toda ella! ¡Qué frescura y sobriedad en las descripciones! ¡Que naturalidad en la dicción! ¡Cuán lejos nos hallamos del énfasis moderno! Yo no aspiro á otra gloria en mi arte que á la de llamarme humilde discípulo de esta obra inmortal.

Quizá parezca ridícula esta aspiración á la crítica moderna ó la juzgue como una extravagancia. Es posible que las reflexiones que anteceden se consideren como la expresión de un espíritu incapaz de apreciar ni comprender siquiera el primor, la pompa, el pensamiento profundo y la fuerza de la novela contemporánea. Sé que mis humildes observaciones en nada influirán para modificar el gusto dominante. Nada de esto me mortifica; primero, porque nunca he aspirado á ejercer el menor influjo sobre mi época, y segundo, porque para cambiar mis opiniones sería preciso que se cambiase mi naturaleza, lo que es imposible. Pero nadie debe extrañar que allá en mis horas de sueño imagine que dentro de algunos años la Europa, fatigada de tanta exageración, tanta deformidad, tanta mentida originalidad, volverá sedienta á beber el agua cristalina del arte heleno. Entonces nuestros alardes de fuerza serán tenidos por espasmos de un sistema nervioso debilitado, se dirá que nos placíamos en las pinturas de las enfermedades físicas y morales porque estábamos enfermos de alma y de cuerpo, que nos sentíamos atraídos hacia lo deforme y monstruoso porque deforme era nuestro desenvolvimiento, y amábamos la paradoja porque nuestro ser era paradójico. Y dejando los sendas tortuosas por donde caminan y abandonando los altares de las Furias donde ahora sacrifican, los artistas futuros marcharán al cabo por la vía de la moderación, signo de la fuerza, á depositar los frutos de su ingenio á los pies de las Gracias. ¡Feliz yo si el cielo me concede larga vida para ver, aunque sea de lejos, la tierra prometida! Si así no fuere, todavía me consuela la idea de que alguno habrá que al leer estos pobres renglones aprobará su espíritu y me otorgará su simpatía. A ese lector benévolo, después de saludarle cordialmente, le diré como el sabio Yâjñavalkya á Artabhâga, en el Brâhmana de los cien senderos: «Dame tu mano, amigo; este conocimiento no está hecho más que para nosotros dos».

I. El viajero

Sucedía esto allá en Cádiz, en una taberna del Campo del Sur, no lejos de Capuchinos, frente al mar Océano.

Para entrar en la tienda era menester subir tres escalones. Cerca de la entrada, á mano izquierda, estaba el mostrador: detrás de él la gran estantería repleta de botellas. Á un lado toneles y barriles y terciados sobre éstos varios zaques de vino. En el fondo tres aposentos separados por sendos tableros pintados de amarillo que no llegaban al suelo. Había gente bulliciosa en estos cuartos: escuchábase rumor de plática alegre y chasquido de vasos.

La tienda estaba sola, débilmente esclarecida por una lámpara de petróleo colgada sobre el mostrador. Sentada detrás de éste y haciendo calceta se hallaba la tabernera, cuyos ojos grandes, negros, aterciopelados, no se apartaban de la puerta explorando tenazmente las tinieblas de la calle. Era una espléndida andaluza de carnes opulentas, blancas, sonrosadas, de negra y ondeada cabellera y expresión grave y melancólica, como la de las mujeres árabes. Por la amplitud de sus formas parecía mujer de treinta años; pero examinando su rostro de cerca observábase en él la frescura y trasparencia de la infancia. Debía de ser mucho más joven de lo que aparentaba. Vestía traje sencillo de percal azul con pañuelo negro de seda anudado á la espalda, los cabellos sencilla y graciosamente peinados, los brazos un poco más fuertes y macizos de lo que exigiría un escultor, pero blancos é incitantes de todos modos, remangados hasta más arriba del codo; la fresca, mantecosa garganta al aire también. Las líneas suaves de su rostro ovalado, la pureza de su perfil acusaban alma sencilla y bondadosa; pero en el mirar fijo de sus ojos profundos había señales evidentes de un carácter pertinaz. No eran duros aquellos ojos, pero les faltaba poco.

Un caballero subió rápidamente las escaleras y entró en la tienda. Era un mozo corpulento, de fisonomía dulce y simpática, sobre cuyo labio superior apenas se distinguía leve bozo rubio.

—¡Soleá!—exclamó al entrar, con visible y placentera emoción extendiendo sus manos á la tabernera.

Ésta se alzó de la silla y le miró un instante con más sorpresa que alegría. Era casi tan alta como él y casi tan corpulenta.

—¡Manolo!—dijo al fin bastante fríamente.—¿De dónde sales?

—¿De dónde salgo?... Pues del tren, y antes de una fementida tartana que me ha desparramao los huesos por el cuerpo... Pero choca, criatura. ¿Es que no quieres darme la mano?—añadió poniéndose serio repentinamente.

—¿Por qué no?—dijo ella extendiendo su mano regordeta por encima del mostrador.

Manolo la estrechó con fuerza entre las suyas y la retuvo, mirando á la joven en silencio con intensa expresión de cariño. Ella apartó los ojos con señales de malestar y dijo afectando indiferencia:

—¿Y qué dejas por Medina, niño?

Al mismo tiempo tiró suavemente de su mano. Manolo, sin soltarla, profirió en voz baja con acento apasionado:

—Déjamela siquiera un minuto. ¡Cinco meses hace ya que no la toco!

—¡Un siglo!—exclamó la tabernera con sonrisa apenas perceptible, echando al mismo tiempo una mirada recelosa á la puerta.

Manolo advirtió esta mirada y, soltando bruscamente la mano, preguntó:

—¿Y Velázquez?

—Tan bueno—respondió poniéndose levemente colorada.

—¿Está fuera?

—Sí, después de almorzar ha salido y aún no ha vuelto.

El joven se sentó en una silla que había delante del mostrador, apoyó el codo sobre éste y con la mano en la mejilla quedó sombrío y silencioso. Soledad, al cabo de un rato, le preguntó con amabilidad:

—¿Hace mucho tiempo que no has visto á mi madre?

—No la he visto hace un siglo... ¡ni ganas!—respondió con reprimido acento de cólera, puestos los ojos en el techo.

Soledad le contempló fija y severamente largo rato; luego, alzando los hombros, hizo una leve mueca de desdén. Manolo adivinó esta mueca sin verla y volviendo su rostro turbado:

—Dispensa, hija; no puedo remediarlo... Tu madre me ha hecho mucho daño.

—¡Qué niño eres, Manolo! La pobrecita de mi madre no se ha metido en nada. Si hay en lo que ha pasado alguna culpa, toda es mía; no se la eches á nadie.

—¡Está bien!—exclamó el joven con sonrisa triste.—¡Ni siquiera me quieres dejar esa ilusión!

La tabernera iba á contestar, movió los labios para hacerlo, pero se contuvo; hizo un gesto de indiferencia y guardó silencio. Manolo volvió á su actitud sombría. Al cabo de un rato profirió secamente:

—Dame un medio.

La tabernera dejó la media sobre el mostrador, se levantó en silencio y después de sacar un vaso y fregarlo reposadamente en la pileta, lo llenó de manzanilla. Manolo lo apuró casi de un tope. Soledad le clavó los ojos con curiosidad un instante y volvió á sentarse.

Aumentaba el bullicio en los cuartos. Escucháronse las notas dulces de la guitarra y poco después llegó á sus oídos una soleá entonada á media voz por un hombre.

—¿Quién está ahí?—preguntó Manolo.

—Los de siempre.

—¿Y quiénes son los de siempre?

—Pues la reunión; ¿no los conoces? Pepe de Chiclana, María-Manuela, Paca la de la Parra, Antonio, Frasquito y su tío el señor Rafael.

—¿Y en el otro cuarto?

—Marchantes que juegan al rentoy.

Hubo una pausa y Manolo volvió á decir:

—Dame otro medio.

Con la misma calma y silencio, Soledad se levantó de nuevo y escanció otro vaso, que el joven apuró instantáneamente.

—La noche en que murió tu padre—profirió al cabo de largo silencio con voz poco segura—fuí á despertar á mi pobre madre, que ya dormía; me senté á su cabecera y llorando como un niño le pinté vuestra situación, le puse delante el cuadro terrible que acababa de presenciar. ¡Qué cosas le diría que al poco rato vi rasados sus ojos con lágrimas!... Aprovechando aquel momento de blandura me puse de rodillas y le dije:—¡Por Dios, mamá, por los dolores que has pasado para echarme al mundo, no te opongas más tiempo á mi matrimonio!... Y aquella mujer tan orgullosa me besó en la frente y me dijo al oído: «Tráela cuando quieras á casa, hijo mío». Me fuí tambaleando á la cama como un beodo y no pude dormir. Cuando tuve ocasión para comunicarte la noticia, vi tu semblante alterado y huiste á ocultarte en tu cuarto. Pensé que la emoción te ahogaba, cuando era el remordimiento...

Soledad hizo un gesto de impaciencia.

—¡Quién se acuerda ya de esas historias, Manolo! Tú y yo no habíamos nacido el uno para el otro.

—Cuando volvíamos del entierro—prosiguió el joven como si no hubiese oído—me emparejé con Velázquez, hablamos de vuestra situación, le di las gracias por lo que había hecho, considerándome ya de la familia, y le dije mi proyecto, mejor dicho, mis proyectos, porque le abrí el corazón por completo y le enteré de todos los pormenores de nuestro noviazgo. Él aprobaba con la cabeza á todo lo que yo decía, elogiaba mi conducta y hacía votos por mi felicidad, sonriendo... ¡Sí! le vi sonreir dos ó tres veces... ¡Qué papel me has hecho representar, Soleá!

Esta bajó la cabeza balbuciendo ruborizada:

—No te acuerdes más de eso.

—No lo traigo á la memoria para echártelo en cara. Lo hago únicamente para que me perdones lo que he dicho al hablar de tu madre. Aunque me jures lo contrario, seguiré creyendo que ha tenido la mayor parte de la culpa.

—Te engañas. Mi madre no ha hecho más que mostrarse agradecida á los favores que ese hombre nos hizo... Lo demás lo hizo Dios ó el diablo...

—El diablo seguramente, porque me han dicho que te hace muy desgraciada.

—¡Falso!—profirió la joven vivamente.—Me hace la mujer más feliz de la tierra.

Manolo cerró los ojos y ahogó un suspiro, ocultando un momento la cara entre las manos. Luego dijo esforzándose por sonreir:

—Me alegro, me alegro con toda mi alma. Sería un villano si otra cosa hiciese. Porque yo, al fin, te ofrecía una posición honrosa en el mundo, mientras él te ha colocado en una situación bien triste...

—Pero si yo me alegro de esa situación—interrumpió Soledad con tonillo colérico.

—¡Lo sé! ¡lo sé!... No te esfuerces en convencerme—respondió él con amargura.—Sólo hago constar un hecho. Eres terca, caprichosa y un poco egoistilla; pero así y todo no mereces que te hagan desgraciada. Con todos esos defectos te haces, sin embargo, querer. ¿Sabes por qué?... Por la inocencia... Eres una niña. Tu terquedad, tus caprichos y hasta tu egoísmo, en vez de inspirar repugnancia, hacen sonreir. Me has hecho traición, me clavaste el puñal en el pecho y le has dado vueltas cuando estaba dentro. Pues no te guardo rencor: me has martirizado como los chicos martirizan á los pájaros, sin saber lo que hacen... Cuando llegó á mis oídos que no te trataba bien, que te hacía desprecios delante de la gente, me puse enfermo de rabia, como si fueses cosa propia, como si jamás me hubieses hecho nada malo. Á pesar de mi resentimiento fuí á ver á tu madre y por desgracia ésta me confirmó en lo que había oído...

—¡Qué sabe mi madre lo que dice!—exclamó la joven con creciente irritación.

—Sí; he podido averiguar que no sólo te hacía desprecios, sino que ha llegado á levantarte la mano...

—¿Ha dicho mi madre eso?—preguntó ella vivamente con el semblante demudado.

—No, no—se apresuró á responder el joven.—No te dispares, niña. Tu madre sólo me ha dicho que no eres feliz. Otros pormenores los he sabido por gente de Medina que ha estado aquí.

—¡Bah!—exclamó ella con una mueca de desprecio.—¡Quién ataja las malas lenguas!... ¿Sabes lo que es eso, querido?—añadió inclinándose hacia él y dejando la calceta sobre el mostrador.—Pues es que hay muchas en Medina á quienes la envidia les come las entrañas.

Manolo la miró fijamente con sorpresa. Luego, sonriendo dijo:

—¡Qué engreída estás, Soleá!

Ésta se ruborizó y volvió á coger la calceta.

—No es nuevo, en ti eso—siguió él.—Lo mismo con amigas que con novios, siempre has sido propensa á los engreimientos repentinos... Á mí también me ha tocado mi cachito, ¿verdad?... Pero el de ahora va durando demasiado...

Soledad guardó silencio. Él también calló. Largo rato escucharon distraídos, melancólicos, los acordes de la guitarra. Cuanto se hablaba en el cuarto de la reunión llegaba á sus oídos. Las bromas desvergonzadas y los dichos agudos con que los alegres compadres entreveraban las coplas, en vez de hacerles reir, les iba poniendo á cada instante más serios y reflexivos. Soledad no apartaba los ojos de los puntos de la calceta. Manolo, con la cabeza echada hacia atrás, los tenía puestos en el techo. Al fin, haciendo un esfuerzo para sacudir el letargo y cambiando de postura, dijo resueltamente:

—Échame vino, que me voy.

La tabernera cumplió la orden con igual silencio. Manolo apuró el vaso, como lo había hecho antes, y puso una moneda sobre el mostrador. Soledad abrió el cajón, sacó la vuelta y la colocó á su lado.

—Está bien—dijo metiéndola en el bolsillo.—Me voy, hija mía, que me esperan.

Hizo ademán de levantarse; se inclinó hacia Soledad.

—Hasta la vista, gitana. ¿No me das la mano?

Y así que la tuvo cogida manifestó riendo:

—Dispensa, querida, la matraca que te he dado. Alguna que otra vez me suelen atacar estos arrechuchos y entonces me pongo insoportable, lo conozco; pero en seguidita me pasan y entonces no soy mal chico, ¿verdad, tú? Lo único que te pido es que sueltes á escape esa cara de regidor ofendido y no me la vuelvas á enseñar en la vida. Ríete, lucero, que cuando tú te ríes me alumbra el sol á la medianoche. Y si otra vez me pongo guasón, como hace poco, me dices: «Manolo, cierra el pico y déjame el alma quieta», ó si tú quieres, hija de mi alma, me das un lapo con esta mano rica que beso con tu permiso... y con el del dueño del establecimiento.

Y estampó en ella, efectivamente, tres ó cuatro besos. Soledad la retiró riendo.

—¡Siempre el mismo!

—¡Eso es! ¡Siempre el mismo!—repuso él levantándose.—¡Siempre queriéndote como un babieca! ¡Para mí, criatura, eres y serás la Virgen del Carmen y la Santísima Trinidad y el copón y la hostia!...

—¡Calla, Manolo, calla! Habrá que mandarte á la miga.

—¡Si fueras tú la maestra!... Adiós, gachona. Soy tu amigo hasta la muerte. ¿Verdad que soy tu amigo? ¿Verdad que lo soy?... Dí que sí, manteca de oro... Hasta la vista, ¿eh? ¡Muchos, muchos, muchos besos! Y á Velázquez... á Velázquez que se lo coman los lobos—añadió soltando la carcajada y saliendo por la puerta como un huracán.

Al poner el pie en la calle, aquel relámpago de alegría ficticia se apagó repentinamente. El alma del viajero quedó negra como la noche. Atravesó el paseo lentamente, apoyó ambos codos en el pretil de la muralla y contempló con ojos extáticos la inmensidad del mar. La bóveda del cielo alta y tachonada de estrellas se hundía en las tinieblas del horizonte. Debajo de ella, las olas inmóviles se extendían como una masa opaca donde sólo de vez en cuando brillaba la tenue luz fugitiva de un astro. La brisa húmeda trajo á su nariz los acres olores marinos. Permaneció así largo rato, abstraído, enteramente emboscado en las memorias de otros días. Al cabo sacó el pañuelo para secar sus ojos que la frescura de la brisa, sin duda, había mojado, y murmuró con su habitual sonrisa bondadosa:

—¡Pensé que estaba curado! ¡Buen chasco!

Y se dispuso á retirarse. Pero cuando hubo avanzado un poco sintió los pasos de un hombre que venía. Retrocedió nuevamente hasta el pretil para ocultarse en la oscuridad. Al llegar cerca del farol, lo conoció. El hombre se detuvo delante de la tienda, subió resueltamente los escalones y entró en ella. El rostro del joven viajero se contrajo fuertemente. Miró un instante con fijeza á la puerta iluminada y se alejó á paso largo.

II. Los majos

Los grandes ojos negros de la tabernera brillaron.

—¡Cuánto has tardado!—exclamó levantándose.

Sin contestar despojóse el hombre de su capa y se la entregó diciendo:

—Límpiala, que el señor de Roda me la ha llenado de vino.

Tendría treinta y cuatro ó treinta y seis años; bajito, menudo, moreno, con barba negra sedosa, las facciones correctas, los ojos negros de una expresión resuelta y altiva. Había en su rostro atractivo. La figura, aunque exigua, proporcionada, y denotaba agilidad y brío. Vestía chaqueta corta, sombrero cordobés de alas rectas, pantalón ceñido, faja de seda encarnada y camisa bordada con botones de diamantes: todo rico y esmerado, y mostrando no sólo un hombre bien acomodado, sino cuidadoso de su persona y quizá un poquito pagado de ella.

—¿Y Joselillo?—preguntó.

—Pues se fué hace ya bastante rato por unos frascos de ginebra y aún no ha venido.

—¡Valiente niño! Me parece que esta noche le voy á mandar calentito á la cama... Ya van muchas.

Soledad se había acercado á él y daba vueltas en torno suyo, contemplándole con ojos amorosos, examinando minuciosamente el estado de su traje, quitándole el polvo con leves palmaditas.

—¿Has caminado mucho?

—Por toas las vereas del universo mundo me ha llevao hoy ese guasón. ¿Y too pa qué? Pa ver una huerta con algunos árboles tísicos allá donde Cristo dió las tres voces... ¿Ha venido Espinosa?

—No; ahí no están más que Antonio, Pepe, Frasquito y su tío... ¡Ah! también acaba de salir Manolo, pero no ha estado en la reunión.

—¿Qué Manolo?

—Manolo Uceda—repuso ella ruborizándose.

Velázquez frunció levemente el entrecejo, y la miró fijamente. Su rostro adquirió luego una expresión de burla.

—Supongo que te habrá cantado alguna trova nueva y divertida.

—Ni nueva ni divertida. Me ha cantado lo de siempre... Pero me ha prometido no darme más jaqueca.

—¡Déjalo, hija mía!—exclamó haciendo un gesto desdeñoso.—Déjalo que se desahogue... ¡Si á mí no me importa!

—Es que, si no te importa á ti, me importa á mí—manifestó ella secamente, herida por aquel gesto.

—¡Allá tú!—repuso el guapo, disponiéndose á entrar en el cuarto de la reunión.

Soledad le dejó partir mirándole fijamente, pero antes de llegar á la puerta le llamó:

—¡Velázquez!

—¿Qué hay?—preguntó él volviendo la cabeza.

—Ven.

El dueño se acercó.

—¿Qué se ofrece?

Soledad le cogió de la mano, le condujo suavemente hasta el ángulo más oscuro de la tienda y, echándole los brazos al cuello, le dijo:

—Se me ofrece esto.—Y al mismo tiempo cubrió de apasionados besos su rostro.

El guapo se dejó besar con condescendencia.

—Basta, basta—dijo al cabo apartándola suavemente.—¡Que me vas á gastar la figura, hija mía!... Ya ves, soy poco y me vas á dejar en ná—añadió riendo.

—Para mí lo eres todo, la ciudad de Cádiz, el Puerto, San Fernando y el arsenal no valen lo que este bigotito negro tan suave como la seda.

Y se lo atusaba con la punta de los dedos, clavándole al mismo tiempo una mirada de adoración infinita.

—¡Quita allá, zalamera!—repuso él dándole una palmadita afectuosa en la cara y apartándose.

—No entres todavía—respondió ella tirándole de la manga de la chaqueta.

—¿Va á ser todo ahora? ¡Deja algo para luego!

Y con una leve sacudida se zafó, empujó la puerta y entró en el pequeño compartimento. Ella, después de permanecer un instante inmóvil, fué á sentarse detrás del mostrador, cogiendo de nuevo la calceta.

—¡Ole por el patrón de la barca!—gritó uno dentro.

—Á la paz de Dios, señores—dijo Velázquez sentándose en la silla que le ofrecían.

—¿Y de dónde viene el hombre á estas horas?—preguntó una joven morena, de facciones abultadas, graciosa y ruda á la vez.

—De la calle.

—¿De veras, chiquillo?

—De veras, María-Manuela.

—Toma una caña por la gracia.

—Venga la caña.

Velázquez echó al aire el contenido, lo recogió con singular destreza y lo vació después en la boca sin perder una gota.

—¡Eso sabrás tú hacer, desaborío!—exclamó María-Manuela.

—En mis buenos tiempos sabía algunas cosas más—manifestó el majo limpiándose con calma los labios.

—Pronto has venido á menos.

—Qué quieres, hija; si hubiera llevado tan buena vida como Antonio, estaría mejor conservado.

Todos los rostros se volvieron sonriendo hacia el aludido. Éste era un hombre joven aún, pero en el cual la vida crapulosa había dejado tales huellas que se le tomara por viejo. El cuerpo flaco, el rostro manchado con abundante cosecha de granos, el pelo ralo y las cejas lo mismo. Sin turbarse poco ni mucho con las miradas de la reunión, dijo gravemente tomando una caña:

—Yo siempre fresco como una rosa. ¡Buena suerte tendrá la que goce de la flor de mi juventud!

—¿Qué dices á eso, María-Manuela?—preguntó riendo el señor Rafael.

—Que tiene muchísima razón. Yo jamás he conocido su juventud.

—María-Manuela y yo—manifestó con la misma gravedad Antonio—nos hallamos en los primeros tiempos del amor en que se goza con una nada, en que cualquier friolerilla le levanta á uno hasta el cielo y le hace soñar toda la noche. Hasta hace dos meses no me atreví á decirle que la quería sino con los ojos; ya lo habrán ustedes notado. El viernes pasado me dió un rizo de pelo. Pensé que me volvía loco de alegría... Fué la tarde en que les pagué á ustedes la merienda y unas cuantas botellas de amontillado...

—¡Mentira! ¡mentira!—gritaron todos á un tiempo.—¡No has pagado nada!

—¿No?... Pues juraría... Pero, en fin, lo mismo da. De todos modos, yo estaba muy alegre aquella tarde, y si hubiera tenido ganas de pagarlas y dinero, seguramente las hubiera pagado. No hay momentos más felices que estos en que el hombre todavía no ha perdido la timidez. No me da vergüenza confesarlo. Ayer me concedió por primera vez María-Manuela un beso.

—¡Oooooh! ¡Uuuuh!—rugieron los alegres compadres.

—¡No hay que asustarse, señores! Fué en la mano solamente. Pero, así y todo, cuando se lo di, faltó poco para desmayarme. No sé qué influencia misteriosa ejerce sobre mí esa mujer, que el contacto de un dedo suyo me hace temblar.

—Oye tú, guasón—interrumpió María-Manuela con acento irritado,—¿quieres callarte ya ó te estrello este vaso en las narices?

Antonio se detuvo, paseó una mirada en torno y dijo bajando la voz:

—Ya lo ven ustedes, sólo la idea de que se sepa que le he besado la mano pone fuera de sí á la pobrecilla.

—¡Aguarda, arrastrao!—exclamó exasperada la morena abalanzándose á él.

—¡Socorro!—gritó Antonio haciendo ademán de meterse debajo de la mesa.

Entre Velázquez y Frasquito la sujetaron. No pudiendo echarle mano, volvió á sentarse y desahogó su cólera en un torrente de palabras feas y maldiciones que al cabo concluyeron por alterar los nervios de la otra mujer que allí había.

Era una muchacha de pocas carnes, morena también, de nariz un poco larga, boca pequeña, ojos negros expresivos y hermosa cabellera, cuyos rizos le caían por la frente en gracioso desgaire. Á esto contribuía el que la joven, ó por coquetería ó por distracción, no quitaba la mano de ellos atusándolos, retorciéndolos, martirizándolos sin tregua, lo mismo cuando hablaba que cuando escuchaba. Ambas cosas hacía con rara perfección. Cuando guardaba silencio parecía la estatua de la atención. Con la cabeza echada hacia atrás, paseaba sus ojos vivos de uno á otro interlocutor absorbiendo sus palabras, su actitud y sus gestos como si se tratase de fijarlos en la memoria para siempre. Cuando hablaba, sus palabras fluían de la boca raudas, interminables, con un dulce acento persuasivo que cautivaba y adormecía. El gracioso dejo de su charla andaluza realzado por una voz melodiosa como pocas obligaba á escuchar con placer las mil sentencias y graves consideraciones en que abundaba su discurso. Porque Paca la de la Parra (así llamada á causa de una muy frondosa que había en la casa donde su madre dirigía un establecimiento de bebidas) no sólo presumía de elevados sentimientos, de gustos exquisitos, sino de una madurez de juicio superior á la de los sabios de su tiempo. Por lo cual vivía en el fondo de su alma apartada del mundo plebeyo que la rodeaba. Encastillada en su grandeza intelectual y sentimental, contemplaba con benignidad de ordinario, la ruindad de sus compañeras, y dejaba pasar sin correctivo sus palabras soeces. Pero en ocasiones como ahora, en que por causas desconocidas se hallaba un poco nerviosa, no podía menos de atajarlas.

—Vamos, hija, cállate ya, que tienes una lengua más susia que la de lo tío de la Caleta.

María-Manuela quedó suspensa un instante, pero, revolviéndose colérica en seguida, exclamó:

—¡Adiós, infanta! Perdone usía que le haya lastimao las orejas. ¿Quiere usía que hable por lo finitico? ¿Quiere usía un poquito de agua para quitarse el susto?

Paca alzó los hombros con ademán de lástima.

—¡Siempre has de tomar el rábano por las hojas, mujer! No te he mandado callar por ofenderte, sino por evitar que piensen de ti lo que no mereces. La mujer que se pasa la vida diciendo malas expresiones demuestra que no ha tenido principios, y tú los tienes como los tengo yo y los tiene toda persona regular que haya tenido crianza. Deja esas palabras á los hombres, que para ellos se hicieron, y habla bien, que el hablar bien no cuesta trabajo.

—Mira, Paca, ¿sabes lo que te digo?—profirió María-Manuela afianzando ambas manos sobre la mesa y encarándose con su amiga.—Que no rajes tanto y me dejes el alma quieta, ¿estamos?

—Te lo digo, querida, porque tienes principios...

—Pues se me orviaron... ¡Ea ya!... ¿qué hay?

—Eso importa na. Lo peor es que á Joseliyo se le orvió traernos unas aceitunitas ó unas ruedas de chorizo—apuntó con calma Pepe de Chiclana.

Los compadres rieron.

—¡Ole por Pepe!

—¡Lo mejor que se ha dicho en la tienda desde su fundación!

Pepe de Chiclana, marido de Paca la de la Parra, era un hombre de seis pies de alto, gordo en proporción, de cuarenta años de edad, cara redonda, ojos pequeños carnosos, pesado y tardo en sus movimientos como en sus palabras. Formaba vivo contraste con su exquisita esposa, toda delicadeza y elocuencia, tan distinguida, tan razonable, tan afluente. Mas, con existir entre ellos tal desigualdad de humores, vivían en profunda paz. Pepe adoraba el talento de su mujer, se postraba ante él rindiéndole homenaje en cuantas ocasiones se ofrecían. Cuando Paca hablaba, Pepe la escuchaba con la boca abierta pendiente de sus labios como de un oráculo, obligando á callar á los que pretendían interrumpirla, dirigiéndoles á menudo guiños expresivos ó diciendo por lo bajo: «¡Qué pico! ¿eh?... ¡Atiende al golpe!...» Paca no despreciaba por eso á su marido, como pudiera inferirse; al contrario, estimábalo como hombre de inteligencia penetrante, ya que había penetrado todo el mérito que ella poseía y seguía fielmente sus enseñanzas filosóficas. Hasta le caían en gracia sus chistes insulsos y era la primera en celebrarlos. Disfrutaba el matrimonio de posición desahogada. Pepe era chalán, y vestía como tal la chaqueta corta, la faja y el sombrero de anchas alas que caracteriza á los hombres de su clase. Paca gastaba ricos mantones de Manila, pendientes de perlas y sortijas de diamantes. Aquel matrimonio honrado, rico y pacífico se placía, no obstante, en acudir todas las noches á una reunión de gente demasiado alegre y de posición equívoca.

Porque Antonio Robledo, administrador de una empresa de diligencias, no estaba casado con María-Manuela, aunque hacía tres años que vivía maritalmente con ella, y Velázquez, dueño del establecimiento, tampoco lo estaba con Soledad. Pero Paca era hija de una tabernera, se había criado entre el ruido y la alegría, y por más que la altivez de su temperamento aristocrático la había preservado de los hábitos y las palabras groseras, sus ojos y sus oídos se habían acostumbrado á la algazara de estos sitios. Si por cualquier causa pasaba algunos días sin ir á la reunión, sentía la nostalgia de ella, se ponía de mal humor. Su marido, que la conocía bien, le decía: «¿No te parece que vayamos hoy á cañear un poquito á casa de Velázquez?» Ella se resistía, se quejaba de fatiga, hablaba de los muchos quehaceres de la casa. Si el bueno de Pepe se dejaba persuadir, ¡desgraciado de él! El humor de su cónyuge se ennegrecía de tal modo que al día siguiente era imposible sufrirla. Pero Pepe, aunque no muy avisado, como ya se ha dicho, había descubierto el secreto y no cejaba en sus ruegos hasta que lograba sacarla de casa. Paca salía como si la arrastrasen. Una vez fuera, mudábase al instante; se mostraba viva y jovial y charlaba por los codos.

Además, Paca tenía el secreto deseo de mostrar el poder de su elocuencia persuadiendo á Velázquez á que se casase con Soledad. En cuanto á Antonio y María-Manuela, lo había intentado en vano. Ésta era tan cerrada de entendimiento, tan loca y desbocada que comprendía bien la repugnancia de su amante á contraer con ella vínculos indisolubles. Lo mismo uno que otro proyecto eran plausibles y demostraban que Paca se proponía hacer buen uso de las grandes luces naturales con que la Providencia se había dignado favorecerla.

Poseía también una voz fresca y suavísima y cantaba y tocaba la guitarra con tal primor que pocos la aventajaban en el reino de Andalucía. En Cádiz era conocida y estimada por esta habilidad, aunque pocas veces se lograba oirla desde que se había casado. Sólo entre amigos y después de hacerse rogar tomaba entre las manos el guitarrillo y echaba al aire una copla. Pero, aunque despreciando en la apariencia este arte secundario, por tener la ambición puesta en el de Cicerón y Bossuet, todavía le gustaba oir las palmadas, los oles y los requiebros de sus amigos cuando se decidía á complacerlos.

Velázquez se había levantado y salió á la tienda. A los pocos momentos volvió á entrar seguido de Joselillo, su criadito, quien soportaba una gran batea con cañas de manzanilla y algunos platos con rajas de queso, peje-reyes y camarones.

—Esta convidada va por mí, señores.—dijo con su gravedad habitual.

—Á tu salud y á la de la flamenca que está ahí fuera—respondió Antoñico en voz alta y apurando una caña.

—Gracias, Antonio, y de salud te sirva—respondió la tabernera, que había oído el brindis.

—Vive mil años, chiquita, que si tú cierras los ojos se queda Cádiz á oscuras.

—¡El equinocio, hija!—exclamó María-Manuela sin poder reprimir un movimiento de celos.—Soleá, no cierres los ojos para que este borracho pueda llegar á casa.

—¿Tienes celos, María?—preguntó la tabernera.

—¿Yo celos de este tío que ya no puede con la fe de bautismo en papeles? ¡Sería trabajo! Llévatelo, hija, y ponlo en un cuarto seco para que no se pudra.

—Soleá, llévame y ponme donde te parezca. Verás si engordo á tu vera—le gritó Antonio.

—¿Y á mí, dónde quieres que me ponga entonces?—preguntó Velázquez riendo.

Pero, aunque lo dijo en voz más baja, llegó á los oídos de la tabernera, que exclamó:

—¡Á ti!... ¿Qué te importa á ti que yo te ponga en un sitio ó en otro? Ya te cuidarías de escapar adonde te viniese bien.

—Con esa verdad te ayude Dios, querida, que nunca jamás la has dicho mayor—repuso Velázquez con tono fanfarrón y displicente.

Soledad sintió el resquemor de estas palabras y guardó silencio.

—Niño, tráete la mía—gritó reciamente el señor Rafael al criadillo.

No tardó éste en presentarse con otra batea de cañas.

El señor Rafael era un viejo de fuerte complexión, seco, moreno, con los cabellos blancos, pero sin faltarle uno solo, vivo de ojos y suelto de ademanes, como un chico de veinte años. Mucho más suelto y mucho más vivo que su sobrino Frasquito, con el cual se acompañaba aquí y en todas partes. No sólo se hallaban asociados en un establecimiento de harinas y salvados que tenían en la calle de Horno Quemado, sino que habitaban el mismo cuarto; y después de pasar juntos las horas de trabajo, gustaban también de pasar las que dedicaban al recreo. Ambos solteros y sin ninguna gana de cambiar de estado, aficionados á las cañas y al bureo, aunque en este particular y en la esplendidez característica que el vino andaluz despierta en los naturales, el viejo sacaba mucha ventaja al joven. De aquí sus eternas y graciosas disputas así que al señor Rafael se le encaramaba un poco el manzanilla en la cabeza.

—¡Frasquito, hijo! ¿para qué quieres esas manos? Hace siete cuartos de hora que no has sonao las parmas—dijo el señor Rafael á su sobrino, haciendo antes un guiño expresivo á la reunión.

—¿Cómo siete cuartos de hora?—exclamó éste sofocado.—¡Si he pagado la convidada anterior!

—¡La anterior!... ¡Y tan anterior!—replicó el viejo mirándole con ojos risueños y provocativos.

La reunión se preparó á gozar de la disputa, como siempre.

—Vamos, tío, usté tiene gana de guasa.

—No, hijo, lo que tengo gana es de vino.

—Pues yo ya le he pagado á usté bastante esta noche.

—¡Ay, qué gracia, que me ha pagado bastante!... ¡Pues yo á ti no!... Niño, tráete más vino para este gallego...

—¡Tío! No me insulte, que le falto á usté al respeto.

—Pero si lo eres, ¿por qué has de negar la prosapia? Ni en el reino de Galicia ni en el principado de las Asturias hay un gallego más gallego que tú...

—¡Tío, cállese usté, que le falto al respeto!

Frasquito estaba encendido y colérico que daba miedo á todos menos á su tío. Los circunstantes, temiendo algún paso desagradable, atajaron la disputa rogando al señor Rafael que no le exasperase. Este, vuelto á las buenas y revistiéndose de gravedad, manifestó que todo era una broma y que nadie sabía mejor que él que su sobrino era gaditano por los cuatro costados. Luego, dirigiéndose á éste, comenzó á darle satisfacciones.

—Pero, hijo, ¡quién no ha de reconocer tus buenas cualidades! Eres honrao y trabajador, y en too Cádiz no hay quien te ponga el pie delante en sacar una cuenta por el aire. Y eres buen mozo y muy corriente cuando se ofrece... Pero tienes una enfermedad...

—¿Qué enfermedad?—preguntó Frasquito amoscado, mientras los demás se disponían á reirse.

—No sé; me parece que se llama reumatismo.

—¿Y por qué dice usté eso?... vamos á ver...

—Porque he notado que siempre que llevas la mano al bolsillo lo haces con mucho trabajo y la mayor parte de las veces no lo consigues... Eso no puede ser más que reúma... reúma en el brazo derecho.

—¡Tío! ¡tío!

—No te sofoques, que eso se cura con un poquito de aguardiente alcanforado.

—¡Qué ha de curarse con eso!—saltó María-Manuela que presumía de curandera y ensalmadora—Si sientes dolor, Frasquito, se te quitará untando el brazo con la sangre de una oreja cortada de un gato negro; le das una friega apretándolo poco á poco, luego doblas er deo gordo, y poniéndolo debajo de la barba abres la boca nueve veces seguidas...

Las carcajadas que la inocencia de la pobre mujer produjo en la reunión encresparon más y más á Frasquito.

—¡Tío, no hay peor borracho que usté en el mundo!

—Basta ya de medicina—manifestó Antonio—y que Paca nos cante una carbonerilla.

—¡Eso!

Paca, como de costumbre, hizo remilgos. «Ya no estaba para tales bromas; se le había acabado el humor; parecía mal que una mujer casada... Además, no se hallaba bien de voz.» Pero, como de costumbre también, terminó por coger la guitarra y echar al aire su voz dulce y potente de contralto.

La alegría se apoderó de todas las cabezas. Los ¡oles! y los ¡bravos! y los requiebros de toda clase resonaron en la taberna. Á la embriaguez del vino sucedía la del arte, más noble y delicada.

—¡Venga otra, Paquilla! ¡Bendita sea la hora en que tu padre se dió un coscorrón con la reja de tu madre!

Paca, orgullosa, sonriendo levemente, dejó volar otra copla.

Antonio, loco de entusiasmo, le arrojó el sombrero á los pies, gritando:

—¿Dónde has nacido, Paca?

—¡Qué ocurrencia!—respondió riendo—En la calle de la Verónica.

—¡Falso! Tú has nacido en la alcoba en que durmió María Santísima cuando pasó por Sanlúcar.

Paca volvió á cantar respondiendo al requiebro:

«¡Qué desgraciada nací,
que en la pila del bautismo
faltó la sal para mí!»

Aquel rasgo gracioso de modestia levantó gran alborozo.

—¡Ole por las mujeres simpáticas!—¡Todo el mundo á quererla!—¡La pura arropía!...

Y sonaban las palmas, y chocaban los vasos y gritaban como energúmenos jaleando á la cantaora. Pero aquel entusiasmo se enfrió momentáneamente porque, Antonio, con uno de sus descompasados ademanes, echó á rodar una caña y la quebró. María-Manuela, asustada, hizo callar á todos y declaró que el romperse un vaso es muy malo y anuncia disgustos. La única manera de evitarlo era recoger todos los pedazos y tirarlos al pozo. Así comenzó á ejecutarlo con gran solicitud mientras los demás se reían de su credulidad. Algunos por burla la ayudaban.

—Atiende, María, mira que pedazo grande te has olvidado debajo de aquella silla. ¡Anda, anda! que si yo no hubiera reparado, ¡qué cataclismo! ¿verdad tú?

—Vamos, Antonio, déjate de guasa y hazme el favor de recoger esos cristalillos que están á tu vera.

—Desprécialos, mujer: ya te llevas en el delantal los trabajos gordos... ¡Qué importa por esos disgustillos!

María-Manuela salió con los cristales del cuarto y fué á arrojarlos al pozo que había en el patio. Soledad, que seguía tranquilamente haciendo calceta detrás del mostrador, sonrió.

Siguió la zambra en el aposento.

—Bueno, ahora no falta más que Soledad nos baile una mijita de tango—manifestó el señor Pepe.

Soledad ni cantaba ni tocaba la guitarra, pero tenía habilidad notoria para bailar las danzas andaluzas. Mas, contra lo que acaece generalmente, no gustaba de mostrar su gracia; y aun puede decirse que desde hacía algún tiempo tenía el baile en aborrecimiento. Por lo cual sus amigas se abstenían de solicitarla en este particular, sabiendo que le causaban disgusto.

—No seas pelmazo, hombre; ya sabes que Soledad no se divierte bailando—dijo Paca á su consorte.

—¿Y por qué no se ha de divertir, haciéndolo con tanto primor?—insistió el señor Pepe.

—Pues porque no se divierte. ¿Te figuras que va uno á gozar con lo que á otro se le antoje?

—Bien está; pero aunque no se divierta, Soledad es muy amable y le gustará que sus amigos se diviertan.

—Vamos, cállate ya. ¡Qué pesadísimo te pone el vino!

Velázquez, que estaba hablando con Frasquito, oyó la disputa de los esposos y dijo:

—Tiene razón Pepe. Soledad está obligada á dar gusto á la reunión, y aunque le cueste trabajo lo hará...

Y añadió alzando la voz:

—Soledad, hija mía, haz el favor de venir un momento.

La tabernera apareció en seguida.

—Estos señores desean que bailes un poquito. Á ver si los complaces.

El rostro de Soledad se nubló de repente y respondió con sequedad:

—Estos señores saben que hace ya mucho tiempo que no bailo y me harán el favor de dispensarme.

—¿Y por qué no has de bailar?

—Pues porque no tengo gana.

—Pues bailarás aunque no tengas gana—dijo él embraveciéndose.

—Pues no bailaré—replicó con firmeza ella.

—Vamos, Velázquez, déjala—interrumpió Pepe de Chiclana, avergonzado por haber sido causa de aquella disputa.

—¡Déjala! ¡déjala!—dijeron todos á un tiempo.

—He dicho que baila, y bailará—profirió Velázquez alzándose de la silla en actitud soberbia y provocativa.

Soledad se puso pálida; quedó un instante suspensa y dijo al cabo humildemente:

—Está bien; no te incomodes. Haré lo que tu quieras.

—Paca, puedes principiar—dijo el guapo sentándose de nuevo.

—No quiero—replicó ésta.—¡Vaya una simpleza, hacer bailar á una mujer á la fuerza!

—Vamos, Velázquez, déjala. Otro día será—manifestó el señor Pepe.

Y todos los demás unieron sus ruegos á éste.

Pero el tabernero, cada vez más colérico, exclamó:

—¡He dicho que bailará esta noche, y ha de bailar con los santos óleos puestos!... ¿No quieres tocar?... Pues tocaré yo.

Y arrebatando á Paca la guitarra, comenzó á rasguearla diciendo imperiosamente:

—Á empezar.

Soledad avanzó hasta el medio del cuarto y dió comienzo al baile. Estaba pálida. Los movimientos reprimidos, voluptuosos del tango ofrecían ahora un carácter lúgubre; parecía el baile de la viuda india en torno de la hoguera donde va á ser sepultada.

Los tertulios se callaban; estaban inquietos y tristes y sacudían la cabeza deplorando la escena. Al cabo dos lágrimas se desprendieron de los hermosos ojos de la bailadora y resbalaron lentamente por sus mejillas. Verlas Velázquez y colocar la guitarra sobre la mesa fué todo uno.

—¡Ea!—dijo levantándose con calma amenazadora.—Ya se ha concluído.

Y cogiendo á la joven por un brazo:

—Anda, anda, guasona... ¡Maldita sea tu estampa!

Y la arrojó á empellones del cuarto, cerrando la puerta después.

Los tertulios se lo recriminaron sin excepción.

—No hay razón para eso, Velázquez. Para bailar se necesita el humor. No todos los días nos pide el cuerpo juerga.

—¡Dejarme; ya tengo esa niña sentada en la boca del estómago!—exclamó el majo apurando una caña.

—¿Lo ves, Joseliyo, lo ves cómo toda la vida has de meter la pata?—dijo Paca con enojo á su consorte.

—Pues bien claro estaba que habíamos de tener un disgusto, después que Antonio rompió el vaso—manifestó María-Manuela con un acento de seguridad que hizo volver la alegría á la reunión.

III. Soledad

El padre de Soledad era guarda de consumos en Medina Sidonia. Sus hijos, dos, Soledad la primera y Miguel, que contaba tres años menos. El sueldo, aunque corto, bastaba para subvenir á las necesidades de la familia en un pueblo secundario. Miguel, en quien los padres tenían cifradas sus esperanzas, mostró desde bien chico viciosas inclinaciones y horror al trabajo. Ni los golpes del maestro del taller donde le habían puesto, ni los castigos de su padre, que cierto no se los escaseaba, bastaron á enderezar su torcida naturaleza. Verdad que estos castigos se hallaban funestamente neutralizados por el mimo y regalo con que su madre lo criaba. No sólo ocultaba con mil artificios sus faltas y le amparaba cuando su padre iba á corregirle, sino que le daba cuanto dinero había á mano, sin comprender la desgraciada el daño que hacía. Con esto el chico á los catorce años era un pilluelo que, en vez de ayudar á los gastos de la casa, sacaba de ella de un modo ó de otro cuanto podía. Acompañado de otros pícaros de su misma edad, vagaba por las tabernas, entregando todas sus horas al vino y al juego.

Soledad empezó á coser en una sastrería; pero su jornal era tan exiguo que apenas si con él podía comprarse un vestidito de percal y calzar pasablemente. Aquí era donde le dolía á la mocita. Las andaluzas sufren sin pena el ir vestidas con cualquier trapillo; pero viven infelices si no llevan una media bien limpia y un zapato fino y ajustado. Tanto más, cuanto que Soledad comenzaba á ser festejada y requebrada de cuantos á su lado cruzaban, jóvenes ó viejos. Era el recreo de los ociosos que acudían á la hora del crepúsculo á ver salir las costureras de sus talleres, el orgullo de su familia y la envidia de las compañeras. Su belleza espléndida estaba realzada por una grave y altiva serenidad que desconcertaba á cuantos pretendían acercarse á ella burlando, al estilo de la tierra. La hija de Pontes, el guarda del fielato, adquirió pronto renombre de hermosa y al mismo tiempo de esquiva.

Los señoritos de la ciudad acudieron en torno suyo como moscas al panal. Pero ni sus rendimientos exagerados ni sus ofertas hicieron mella en el corazón de la joven. Prevenida contra sus halagos por la triste suerte de algunas amigas que habían tenido la flaqueza de darles oídos, los rechazaba siempre con ferocidad. En cambio acogía con agrado los rudos obsequios de los braceros; tuvo entre ellos varios novios, y juraba y perjuraba que le gustaban más que los pisaverdes tísicos que la seguían en el paseo. Éstos se vengaban de sus desdenes apodándola la princesa del Fielato.

Pero uno de ellos la sacó en cierta ocasión de un mal paso. La hija del guarda, con otras dos amigas, se había ido un domingo á visitar la ermita de una Virgen situada á alguna distancia de la población sobre un cerrillo áspero y solitario. Llevaron merienda, entretuviéronse más de lo que pensaban: al regresar á su casa empezaba á cerrar la noche. Y hé aquí que, caminando las tres costureras cogidas del brazo, entonando alegres canciones para ahuyentar el miedo, tropiezan con dos mozos labradores que volvían de la ciudad. Las detienen, las requiebran groseramente, se propasan á abrazarlas. Venían un poco ebrios; pero les convino fingirse más de lo que estaban para el caso. Las jóvenes gritan y se defienden valerosamente, pero en vano; el lugar era solitario y sus fuerzas no bastaban á contrarrestar las de los gañanes. Éstos se apoderan de dos de ellas; la otra huye pidiendo auxilio. En este momento se oye el trote de un caballo, y poco después aparece montado en él un joven bien conocido en la ciudad, el hijo de la viuda de Uceda.

—¡Socorro, caballero!—gritan á un tiempo Soledad y su compañera asidas por aquellos bárbaros.

—¿Qué es eso?—preguntó el jinete.—¡Á ver si dejáis ahora mismo á esas chicas!

—Siga usted su camino, señorito, y no se meta donde no le llaman... ¡No sea que se le apee del jaco por las orejas!—dijo uno de ellos.

—¿Á mí, granuja?—exclamó el caballero apeándose de un salto.

Y corriendo hacia el insolente alzó la mano y le tumbó de un puñetazo. Pero el otro jayán sacó prontamente la navaja y acudió al socorro de su compañero, el cual, no bien se hubo levantado, echó mano igualmente á la suya. Mal lo hubiera pasado el valeroso caballero si no hubiera tenido un buen revólver de seis tiros, con el cual les apuntó exclamando:

—¡Ahora vais á ver, cobardes, de qué os sirven las navajas!

Los gañanes, al ver el arma, diéronse á la fuga. El caballero les persiguió largo trecho, obligándoles á echarse á un arroyo y pasarlo con el agua hasta la rodilla. Juzgándose bien vengado por aquel baño afrentoso, se volvió riendo hacia el sitio donde había dejado el caballo. Las muchachas ya no estaban allí. Desde que se vieron libres habían corrido desaladas hacia la población. Montó en su jaco y á trote corto caminó la vuelta de ella. Hasta tocar casi en las primeras casas no alcanzó á sus favorecidas, que sin volver la vista atrás caminaban con toda la celeridad que les consentían sus fatigados pulmones. Al verlas no pudo menos de sonreir exclamando en voz baja: «¡Vaya unas piernas que os ha dado el miedo, hijas mías!» Pasó delante de ellas y saludó cortésmente.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes—respondieron las jóvenes.

Pero avergonzada de haber huído sin despedirse, la compañera de Soledad le gritó así que hubo pasado:

—¡Y muchas gracias, caballero!

—No las merece—respondió éste volviendo á medias la cabeza.

Soledad examinó con curiosidad su figura recia y corpulenta, que se perdió al instante en las sombras. ¡No era tísico, no, aquel señorito! Al día siguiente, cuando le vió en la calle, le pareció aún mejor y le saludó afectuosamente. Manolo Uceda respondió al saludo con agrado, y algunos días después, con ocasión de cierta fiesta con música al aire libre, se aventuró á dirigirle la palabra, á acompañarla y, lo que es aún más, á sacarla á bailar. Este último obsequio puso corona inmarcesible á la gratitud de Soledad. Porque los señoritos de la villa poquísimas veces descendían á bailar con las menestralas en un paraje abierto. Lo demás se encargó de hacerlo el niño alado de la venda.

Manolo Uceda pertenecía á una familia distinguida de Medina, aunque sin mucha hacienda. Poseía algunas buenas propiedades rústicas con cuyas rentas vivía cómodamente gracias á la economía de su madre D.ª Carmen y á su propia conducta, arreglada y formal. Entre estas propiedades la más importante era un molino situado á dos leguas de la villa, el cual solía visitar á menudo lo mismo que las otras fincas, porque su madre así se lo encargaba. De él venía cuando tan á tiempo pudo ejecutar la proeza que se acaba de relatar.

Educado en el retiro de su casa solariega, que tenía aspecto claustral, sin trato de mujeres, sin vicios, sin los recreos siquiera propios de su edad, la primera mujer que le reveló el amor fué la hija del guarda de consumos. La amó en seguida con la pasión tumultuosa de los diez y ocho años y de una naturaleza exuberante. Sin temor á las hablillas, sin vergüenza de confesar su amor, acudía á su reja todas las noches y se pasaba pegado á ella largas horas pelando la pava. De quien únicamente se guardaba era de su madre. Ésta, no obstante, muy presto llegó á saberlo y tomó un disgusto gravísimo. Porque era altiva y linajuda, á pesar de su corta hacienda, como una princesa de sangre real. Pero Manolo logró convencerla de que aquella afección no era sino un pasajero devaneo sin importancia, y la noble señora recobró á medias el sosiego. Trascurrieron algunos meses. Los amores no terminaban; antes bien, el joven daba cada día mayores y más ostensibles testimonios de su pasión acompañando á la hija del guarda por los parajes más públicos. D.ª Carmen se agitó de nuevo, interrogó á su hijo con severidad, hubo gritos, llanto, recriminaciones. Esta vez Manolo no adoptó el continente burlón y desdeñoso que antes: confesó su amor, hizo un elogio caluroso del dueño de su albedrío, concluyendo que no había en todo el reino de Andalucía mujer más pura, más ingeniosa y más digna de ser adorada de rodillas que la hija de Pontes. Doña Carmen no quiso convenir en ello; de lo cual le pesó tanto á nuestro joven, que llegó á dudar del talento y de la sensatez de la que le había dado el ser. Desde esta memorable conversación no hubo paz en casa de Uceda. El amartelado mancebo se veía necesitado á escuchar á todas horas ruegos, injurias, suspiros y burlas.

Todo fué inútil. Su pasión crecía á cada instante. Como fuego poderoso iba devorando rápidamente sus facultades y sentidos, dejándole reducido al papel de un autómata. Esto le perdió. Su excesivo rendimiento, las manifestaciones, cada vez más vivas y públicas, de su amor, engendraron al cabo un poco de hastío en el alma de la hija del guarda. Desapareció el respeto que la diferencia de clases había despertado en ella al comienzo de sus amores; se acostumbró á dominarle, á imponerle sus gustos y caprichos, á escuchar con indiferencia sus palabras apasionadas, candentes. De tal modo, que á los seis meses le trataba como á un niño, le hablaba en tono protector, se reía de sus puerilidades, le reprendía y le martirizaba.

Por otra parte, la oposición tan natural de D.ª Carmen lastimaba su orgullo. No faltaban comadres que llegaban presurosas á trasmitirle las palabras amargas que la viuda de Uceda pronunciaba refiriéndose á ella. Y en vez de comprender y perdonar estos desahogos de una madre, se enfurecía con ellos, los devolvía con creces y hacía recaer su cólera sobre el pobre Manolo, que ninguna culpa tenía.

Pero más que todo esto contribuyó á debilitar su cariño, ó, por mejor decir, á que no prendiese jamás en su corazón, como había prendido en el del joven, la disparidad de genio y educación. Soledad era inclinada por naturaleza y nacimiento á las formas rudas, al lenguaje brutal y desvergonzado, no desprovisto de gracia, de la plebe andaluza. Gustaba de sus cantares, de sus chanzas groseras, de sus guisos y ensaladas; aunque por la constante gravedad de su rostro parecía más bien nacida entre las brumas de la Noruega que bajo el ardiente sol de la Bética. Ni comprendía ni mucho menos podían ser de su agrado los modales de un trato delicado y culto. Ahora bien, entre todos los señoritos de Medina, el que había mostrado siempre menos afición á las fiestas y costumbres populares era Manolo Uceda. Ó porque su madre le hubiese trasmitido sus gustos aristocráticos, ó porque llevase dentro de su alma un cierto sentimentalismo romántico, es lo cierto que jamás se le vió en francachelas, ni corriendo novillos, ni en compañía de toreros y majos como otros caballeros de su edad. Tampoco usaba el lenguaje suelto y atrevido que muchos de ellos. Sin ser tímido ni beato, sentía profunda repugnancia por esa libertad de modales que tanto suele agradar á los mozalbetes. Por este lado, pues, no marchaban á la par las aficiones de ambos amantes.

Y acaeció lo que era de esperar. El padre de Soledad tenía un íntimo amigo de alguna menos edad que él, llamado Perico Velázquez, hombre famoso en la villa por su guapeza y su trato suelto y cortés. Soltero, con alguna hacienda adquirida en los negocios de vinos, espléndido con las mujeres, ostentoso en el vestir dentro de su clase, aficionado á la broma y bureo, pero sosteniéndose siempre en los límites que marca la prudencia, esto es, sin pasar á la categoría de borracho ó perdido. Todos le conocían y en todas las clases se había granjeado simpatías por su carácter abierto y servicial. Los caballeros no desdeñaban alternar con él. Los artesanos, á cuya clase pertenecía, le respetaban como su ideal: era la encarnación de sus gustos y deseos. Pontes, con quien había trabado amistad hacía algunos años, le adoraba. La suprema felicidad para el guarda, la única que le consentía su profesión, era que Velázquez viniese á buscarle á la casilla un día que le quedase libre y le llevase con otros tres ó cuatro amigos á una taberna de las afueras para cañear y pasar la tarde de jarana. Además, le estaba profundamente agradecido porque le había sacado de algunos apurillos de dinero. Por todo lo cual, el nombre del majo sonaba en la casa del guarda como el de un amigo y á la vez como un protector.

Soledad olvidó á Manolo en cuanto Velázquez depuso con ella la actitud paternal y principió á requebrarla de amores. El carácter de aquél, resuelto y desdeñoso, sus famosos devaneos, la esplendidez que se le atribuía, y más que todo las aficiones populares de la joven, hicieron que presto diera oídos á los requiebros y á las palabras atrevidas que el guapo dejó caer en su oído siempre que la ocasión se ofrecía. Pero Velázquez, ó por temor á compromisos, ó por cálculo, ó por la situación especial en que la amistad con Pontes le colocaba, no llegó á declararse abiertamente. Se mantenía en actitud equívoca. Cuando se hallaban solos la dejaba ver lo mucho que le gustaba, pero siempre con la salida abierta para retirarse en cuanto le conviniese. En presencia de gente seguía tratándola como antes. Esta actitud extraña, que en el espíritu no muy penetrante de Soledad se prestaba á diversas interpretaciones, concluyó por rendirla enteramente. Principió á impacientarse, á desear con ansia que de una vez le confesase su amor, á buscar ocasiones para que esto pudiera efectuarse. Y, en su inocencia verdaderamente infantil, llegó á ciertos extremos ridículos.

Un día Velázquez, al despedirse, le dijo en broma, adoptando un continente grave:

—Soledad, tengo que comunicarte un secreto.

Se fué y no volvió á acordarse de tal frase. Pero á la hija del guarda, á quien las congojas consumían, se le quedó clavada en el cerebro. No pensó en otra cosa. Y cuando á los tres ó cuatro días le vió, buscó pretexto para alejar á su madre y, aprovechando un momento, se acercó á él rápidamente y le dijo con voz temblorosa y las mejillas encendidas:

—Dígamelo usted ahora.

—¿El qué?—preguntó Velázquez sorprendido.

—Aquello.

Tardó en comprenderlo el guapo; pero recordando al fin, salió del atolladero lo mejor que pudo, aunque sin entregarse.

Así se hallaban las cosas cuando un suceso inesperado y terrible vino á cambiar su faz por completo. Pontes, viendo cruzar desde la casilla un hombre que le pareció sospechoso aunque no llevase carga alguna, le ordenó detenerse. El hombre, que ocultaba en los bolsillos algunas barras de jabón, se dió á la fuga. Como eran las dos de la tarde, Pontes no pensó en hacer uso del fusil y corrió detrás de él, seguro de alcanzarle ó por lo menos de hacer que le detuviesen. Sucedió, en efecto, lo primero. El guarda tenía admirables piernas; cerró la distancia y pronto llegó á tocarle.

—¡Date! ¡date ó te mato!

Pero en aquel momento el matutero se volvió repentinamente y blandiendo un cuchillo se lo clavó en el pecho hasta el mango.

El guarda quedó muerto en el acto. El suceso puso en conmoción á la villa, y aunque algunas personas caritativas quisieran impedirlo, la noticia llegó pronto á la familia. Corrió la infeliz esposa al lugar del crimen. Los agentes del ayuntamiento que allí estaban no la dejaron abrazarse al cadáver de su esposo porque el juez aún no había llegado. Los gritos de dolor de la pobre mujer partían el corazón de los espectadores. Cuando vino al fin el juzgado, se procedió al levantamiento del cadáver, se le colocó en un carro y emprendieron la marcha hacia la villa. Detrás, pálida como la cera, agarrando con sus manos crispadas la trasera del carro, seguía la viuda, á quien los sollozos ahogaban. Después venían los agentes, algunos compañeros del difunto y los curiosos. Tal fué el espectáculo que se ofreció á los ojos de Soledad al salir por los arrabales en busca de su madre.

Velázquez, en aquellos aciagos instantes, fué la Providencia de la familia. Costeó un muy decoroso entierro á su amigo, le compró sepultura en el cementerio, hizo cuanto le fué posible para lograr la captura del asesino, que se había fugado, y procuró que á la viuda y á sus hijos no les faltase nada. Tales testimonios de cariñosa amistad concluyeron de subyugar á Soledad. La figura del guapo creció ante su vista como la de un dios, y en la misma medida la de Manolo Uceda se fué empequeñeciendo. En efecto, éste, aunque tomó parte en su dolor, no pudo ó no supo ofrecerle la misma protección. Quedó reducido á un papel pasivo y bastante desairado. Velázquez lo era todo en la casa. La indiferencia de Soledad se fué acentuando y cuidó poco de disimularla. De tal suerte que, cuando quince días después Velázquez se determinó á explicarse claramente, no halló obstáculo alguno para ser aceptado. Pero, como hombre corrido en lides amorosas, aprovechó su posición para obtener de la madre y la hija que le siguieran á Cádiz, donde pensaba establecerse. Desaparecieron un día de Medina, alquilaron casa en la capital, cuyos gastos subvencionaba todos el majo á título de huésped ó protector. La hija enloquecida de amor, la madre de gratitud, no echaron de ver el peligro á que se exponían ni la desagradable impresión que este paso causó en el pueblo.

En efecto, muy poco después Soledad sucumbió á las instancias de su adorador. Se engañó á la madre primero, se le pidió perdón después. La pobre mujer experimentó un vivo disgusto, tanto más cuanto que Velázquez no se apresuraba á borrar la afrenta con la bendición del cura. Sólo una vez habló de matrimonio, pero de un modo tan vago, ponderando tanto las dificultades que por el momento se ofrecían para su realización, que la viuda entendió bien claramente lo que podía esperarse en este particular de aquel hombre. Con esto vivió profundamente afligida, y no cesaba de llorar, sin querer salir de su cuarto. Mas con el tiempo su dolor se fué calmando: llegó á acostumbrarse y aceptó al cabo aquella triste y degradante situación, ya que su hija parecía feliz y Velázquez no dejaba de satisfacer ninguno de sus caprichos.

Duró poco, no obstante, tal estado de satisfacción. Á Velázquez, hastiado de la vida inactiva, aunque tuviese suficiente hacienda para vivir, se le ocurrió comprar una tienda de montañés que se traspasaba en el Campo del Sur. Comenzaron los disgustos. Aunque generoso siempre y delicado en los asuntos de dinero, no tardó en mostrar su carácter autoritario. Exigía una sumisión absoluta por parte de cuantos le rodeaban. Le ofendía, mejor dicho, le ponía fuera de sí la menor contradicción. Los primeros choques fueron con Miguel, el hermano de su querida, el cual no se sometía al régimen de la casa. Hubo reprensiones, disputas agrias; por último, Velázquez le levantó la mano y lo arrojó de casa, aunque permitiendo que su madre le diese algún dinero para que se mantuviese fuera. No quedó aún con esto satisfecho su instinto de dominación. Soledad, enamorada de él ciegamente, se sometía sin replicar á todos sus gustos y caprichos, sufría con paciencia sus reprensiones, los malos humores y genialidades. Pero la madre, que no tenía tales motivos para sufrirlo, solía hacerle observaciones y llamarle á la razón cuando injustamente se querellaba con Soledad. Esto le molestaba extremadamente, le producía una sorda cólera que cada día iba en aumento, hasta que al fin estalló. Un día, después de acalorada disputa entre ambos, el guapo se cruzó de brazos delante de Soledad y dijo resueltamente:

—¡Ea, ya se acabó! Aquí no queda otro medio... ¡Ó tu madre ó yo, hija mía!

Ni ruegos ni lágrimas lograron hacerle cambiar de resolución. Y como Soledad hubiera muerto con gusto y hubiera dejado morir al género humano antes que separarse del hombre que adoraba, fué su madre quien se vió necesitada á salir de casa. Se la envió á Medina y se le pasó una pensión suficiente para vivir. De esta suerte quedaron los amantes solos, y Velázquez dueño y señor de aquella mujer que temblaba de amor y miedo en su presencia.

IV. Velázquez

Velázquez pudo desde entonces dar rienda suelta á su fanfarronería. Este era el vicio que le dominaba y servía de triste contrapeso á sus buenas cualidades. Porque las tenía, sin disputa. Era servicial, generoso, despierto de inteligencia y sensible de corazón. Pero así que se tocaba directa ó indirectamente á su orgullo, todas estas bellas cualidades se nublaban y se ofrecía á los ojos de quien no le conociese como un hombre feroz é intratable. Era menester que en todas partes hiciese el primer papel, y si no lo hacía, esto le causaba tristeza y le ponía sombrío. Donde él estaba no había que molestarse en llevar la mano al bolsillo: todos los agasajos estaban pagados. Por esto la tienda no le producía beneficio alguno. Las ganancias del mes quedaban saldadas con sus esplendideces. Pero le servía para hacer figura entre sus amigos.

Se jactaba de bravo, y lo era; de rico, y, dada su clase, tampoco le faltaba motivo. Pero, además, se empeñaba en que todas las mujeres se enamorasen de él, en ser hombre chistoso ó «de buena sombra», como allí se dice, en cantar, tocar la guitarra y bailar como nadie, en jugar á los naipes y al billar mejor que ninguno, en quedar fresco después de haber bebido algunas botellas de manzanilla, mientras los demás rodaban por el suelo borrachos. Y en esto, como se comprenderá fácilmente, había sus más y sus menos. Su figura, aunque agradable, era exigua. El mayor dolor de su vida era no poseer cuatro ó cinco dedos más de estatura. Pero sabía realzarla extremadamente vistiendo con particular esmero: la pechera de la camisa adornada con botones de diamantes, la faja de seda, las botas de charol. Y este alarde de lujo le servía grandemente para fascinar á las hembras y rendirlas. Despojado de tales atavíos, quizá no sería tanta su buena fortuna. Pero esto es lo que no se confesaría el guapo aunque se hallase en el trance de morir.

Soledad le amó con pasión frenética, mezcla de sensualidad, de admiración y gratitud. El mundo entero desapareció á sus ojos, no quedando de toda la creación sino la barba sedosa de Velázquez, sus blancos dientes africanos y su irónica sonrisa y acento displicente. Por mucho que se jactase de guapo, todavía pensaba la joven que se quedaba corto. Creía de buena fe que no existía en Cádiz mujer de alta ó baja calidad que no le envidiase su buena dicha, y las compadecía. Ocupando aquella posición deshonrosa se creía honrada. Su cerebro estrecho no comprendía otra gloria que la de ser preferida por tal hombre. Bebía sus palabras y gestos y se embriagaba con ellos. Hallaba gracia y nobleza en los más prosaicos actos de su vida y prestaba tal importancia á sus gustos para vestir, comer ó dormir cual si fuesen preceptos de un código divino.

—Pues á Velázquez no le gusta el arroz tan cocido, sino bien enterito—decía á alguno de los parroquianos que lo prefería blando.

Y después de comunicarle esta nueva interesante, quedaba sorprendida si el parroquiano aún se obstinaba en que se lo cociese más.

Nunca acababa, si alguna comadre del barrio venía á beber una copa de aguardiente y la conversación recaía sobre el guapo. Era menester que le diera cuenta de sus costumbres é inclinaciones, las peripecias de su vida, los negocios que había hecho, las reyertas que había tenido, hasta de las palabras que había vertido aquel día al entrar y salir de casa.

Si á un parroquiano le saltaba el botón de la camisa, mientras se lo cosía, enterábale con orgullo de que Velázquez no gastaba camisas de algodón como aquélla, sino de hilo puro que le costaban tres duros cada una. Sus botas, sombrero, reloj, etc., eran para la hija de Pontes objetos preciosos que no podía tocar sin amor y veneración.

Velázquez se dejaba querer sin sorpresa. La idolatría de Soledad le parecía tan puesta en razón que lo contrario sería una incomprensible trasgresión de la lógica. Dentro de casa y á solas era con ella cariñoso, protector, agradecido, ya que no apasionado. Pero en presencia de sus amigos se mostraba altivo en demasía, satisfaciendo, á costa de la pobre joven, su sed insaciable de jactancia. Era menester que todo el mundo viese patente el rendimiento de aquella mujer. Para ello no le escaseaba las palabras desdeñosas y las bromitas mortificantes en cuanto se le ofrecía ocasión. Una de éstas había tomado pie de la afición desatinada que Soledad tenía al confite más exquisito de la Andalucía, á las famosas «yemas de San Leandro». Velázquez le había prometido traerle un cartucho de ellas, pero se le olvidó: recordóselo la joven, volvió á prometérselo y volvió á olvidársele. Desde entonces, haciendo de este olvido un pretexto de risa, no cesaba de embromarla en presencia de la reunión.

—Soledad, no tengas cuidado... de hoy no pasa, hija mía. Ó te traigo las yemas esta noche, ó me tiro por la muralla.

Y al día siguiente, cuando nadie pensaba en ello, se daba el guapo una palmada en la frente.

—¡Caramba, qué cabeza la mía!... ¡Ya se me han olvidado otra vez las yemas de Soledad!... ¡Vive Dios! Pero ahora no se me olvidan; pueden ustedes estar seguros.

Y sacaba el pañuelo y le hacía un nudo. Los tertulios reían. Soledad, avergonzada, reía también.

—Lo que es conmigo no gastarías tanta guasa, arrastrao—dijo María-Manuela.—¿No tienes á tu disposición el dinero de la venta?—añadió encarándose con Soledad.—¿Pues por qué no mandas por todas las yemas que se te antojen?

—Eso pregunto yo. ¿Por qué no manda?—replicó Velázquez con retintín.

Soledad hizo un gesto de impaciencia indicando á María-Manuela que callase. Por nada en el mundo hubiera distraído un céntimo del dinero que custodiaba. Velázquez tomaba diariamente las cuentas é inmediatamente se llevaba el dinero al cajón de su mesa.

No era esta broma, sin embargo, ni otras semejantes las que mortificaban más á la joven. Lo que le llegaba al fondo del alma y le hería en lo más vivo era el tono irónico y fatuo que Velázquez adoptaba cuando se sacaba á cuento el tema de su matrimonio. Generalmente era Paca quien, en su afán de legalizar la situación de los amantes, lo ponía directa ó indirectamente sobre el tapete.

—Mira, Paca, no te subas al púlpito. Demasiado sabes que estamos en ello y que no tengo en el mundo otro deseo que ese.

—¡Bien se conoce! Si lo deseases ya lo hubieras hecho, ó por lo menos hubieras puesto los medios para hacerlo.

—¡Aguárdate un verano, hija mía! ¿Crees que es tan fácil inflar un perro? ¿No sabes lo que cuesta en este pícaro pueblo el arreglo de los papeles, las vueltas que hay que dar y lo mucho que le hacen sudar á uno por esas oficinas de la iglesia? Te aseguro que hace tiempo que he encargado á un amigo de andar los pasos... Sólo que es cojo el pobrecito y camina poco—añadió bajando la voz con acento cómico.

Los amigos celebraron la gracia. Soledad salió del cuarto llorando, como siempre que se tocaba este punto.

Con todo, era feliz. La presencia de su amante, sus cortas pero sabrosísimas caricias bastaban para enajenarla y hacerle olvidar aquellas y otras penas. Además, estaba orgullosa y solía jactarse con las comadres que iban por el día á hacerle tertulia del respeto que Velázquez la profesaba. Era muy conocida en el círculo de sus amigos la violencia de éste y las formas brutales que solía emplear con las mujeres. Se hablaba de lo ligera que tenía la mano para castigar la más pequeña ofensa: ninguna de sus queridas había dejado de experimentarlo. Pues bien, con ella jamás se había propasado á tales extremos repugnantes. Soledad estaba orgullosa; pero tal vez en lo más íntimo del alma, sin darse ella misma cuenta, sentía cierta curiosidad por conocerlos. Cuando oía describir los rigores que Velázquez había usado en otro tiempo con una de sus amantes llamada la Pitillera, y que esta mujer, lejos de aborrecerle, le adoraba cada día con pasión más firme, quedaba confusa sin comprenderlo; pero sentía cierto cosquilleo interno, mezcla de temor, de curiosidad y apetito ¿Qué será eso?

Lo supo más pronto de lo que imaginaba. Su hermano Miguel se había ido con su madre á Medina cuando Velázquez tuvo á bien despedirla de casa. El muchacho, gandul y vicioso, como ya sabemos, tomó gusto á la vida de Cádiz en los meses que aquí permaneció: era un campo mucho más fértil y ameno para sus calaveradas que Medina. Así que, no pudiendo sufrir la existencia en este, que le parecía lugarón sombrío y desabrido, se trasladó á la capital sin permiso de su madre ni dar cuenta siquiera á su hermana. Vagó algunos días por las zahurdas y lupanares. Velázquez supo que estaba allí y se lo previno á Soledad lleno de enojo.

—El tunante de tu hermanito se ha escapado de Medina y anda por ahí con otros perdidos. ¡Si pone los pies en esta casa cuenta conmigo!

Soledad prometió no recibirle si lo intentaba. Pero esto era fácil de prometer y no de cumplir. Un día, hallándose sola en la tienda, se presentó de improviso Miguel, escuálido, andrajoso, muerto de hambre. ¿Qué iba á hacer la pobre sino socorrerle? Le dió de comer y una de sus sortijas para que la empeñase, pues del dinero no se atrevía á disponer. Velázquez no lo supo. Pero, á pesar del mucho encarecimiento con que Soledad se lo rogó, Miguel no dejó de menudear las visitas, hallando cómodo este puerto donde guarecerse en sus frecuentes naufragios.

Y sucedió al cabo lo que era de esperar. No faltó quien diese soplo al amo. Se puso éste en acecho; y un día en que los dos hermanos platicaban alegremente, Soledad de la parte de dentro del mostrador, Miguel de la parte de fuera, comiéndose una magra de jamón que la munificencia de aquélla le había suministrado, bien ajenos de que pudieran ser sorprendidos, pues Velázquez se había ido á Puerta de Tierra, presentóse éste de improviso. Sin decir palabra, con cólera muda, cayó sobre el infeliz muchacho, y á pescozones y puntapiés lo arrojó de la taberna. Luego, jadeante y pálido, se acercó al mostrador.

—Oye, niña, ¿no te he dicho que no me da la gana que ese granujilla ponga los pies en esta casa? ¿Es que te quieres divertir conmigo?

Y alzando al mismo tiempo la mano, le dió un golpe en el rostro.

—¡Velázquez!—exclamó la joven en el colmo de la sorpresa, el dolor y la vergüenza.

Se alzó de la silla y volvió á dejarse caer sollozando. Después subió á su cuarto, se echó sobre la cama y siguió suspirando largo rato. Los sentimientos que la agitaban eran la ira y la vergüenza. ¡Poner la mano sobre ella un hombre, cuando sus mismos padres no lo habían hecho después que fué mujer! ¿Qué pensarían de ella las comadres ante las cuales se había jactado tanto? ¿Qué diría Manolo Uceda, á quien había desmentido tan orgullosamente hacía pocos días?

Pero su cólera fué ablandando al influjo de las lágrimas, se trasformó en suave melancolía, y de esta melancolía brotó al cabo una extraña dulzura que la llenó de sorpresa. Se había disipado el misterio. Ya sabía lo que era ser abofeteada por un hombre. Destruído aquel último baluarte de su orgullo, permaneció tranquila á merced de su vencedor. Quedaron remachados los clavos de su cadena. ¡Era suya, enteramente suya! Este pensamiento barrió hasta las últimas nubes que oscurecían su alma. Quedó en una dulce quietud, en un íntimo recogimiento de dicha; le acometieron ansias locas de humildad. ¿Qué le importaba á ella por el mundo? ¿Qué le daba á ella el mundo? Quien la hacía feliz era él. Á él debía, pues, obedecer; él era su rey y señor. El calorcillo que aún sentía en la mejilla atestiguaba de este señorío y de su vasallaje. ¡Toda la vida, toda la vida su esclava!...

Velázquez, al cabo de un rato, se asomó á la puerta del cuarto, diciendo con tono rudo:

—Ea, niña, basta de lloriqueo, que la tienda está sola.

Soledad se levantó encendida y sonriente de la cama, se limpió las lágrimas con el pañuelo y le echó los brazos al cuello en un rapto de amor y sumisión.

V. Celos

Dos meses después de esta escena entró Manolo Uceda una tarde en la tienda, que á tal hora solía hallarse solitaria. Soledad se había quedado dormida de bruces sobre el mostrador con la mejilla apoyada sobre las manos. Entró sin hacer ruido y fué á sentarse cerca de ella.

Hacía ya tiempo que debía estar en Medina, pues se había despedido de su madre sólo por diez ó doce días; pero después de haber visto á su antigua novia y haberla hablado se le hizo imposible la vuelta. De nuevo quedó preso en aquel amor, el primero y el único de su vida. Al principio buscando pretextos, luego no respondiendo á las apremiantes invitaciones de D.ª Carmen para que tornase al pueblo, había ido dejando trascurrir los días sin decidirse á subir al tren. Finalmente, había escrito á su madre manifestándole que deseaba permanecer en Cádiz una larga temporada y que si le contrariaba en este deseo estaba resuelto á embarcarse para América. La pobre señora, asustada y conociendo el carácter impetuoso de su hijo, por no perderle para siempre, cedió á su capricho.

¿Qué esperaba allí? ¿Qué pretendía? Ni él mismo sabría decirlo. Su viaje le había servido para convencerle del absoluto olvido que su amor generoso merecía á la hija del guarda, de la ciega pasión que ésta había concebido por el majo de Medina. Y, sin embargo, aunque lo mereciese, le era imposible despreciarla, ni aun dejar de amarla. Encontraba tan inexplicable seducción en sus rasgados ojos aterciopelados, en su gravedad majestuosa, en el contraste adorable de sus cabellos negros con el alabastro de su rostro, que no concebía cómo pudiera aborrecerse á un ser tan bello. El goce de verla, de escuchar su voz, de despertar tal vez que otra una fugaz sonrisa de complacencia en su semblante le retenía á su lado. Hallaba gracia en sus palabras, en sus gestos, en sus manías y hasta en la terquedad que la caracterizaba. La misma limitación de su inteligencia y su falta absoluta de instrucción, pues sólo sabía á duras penas leer, servían de alicientes para su amor. «Es una niña» se decía mirándola con ojos paternales, cuando salía algún gracioso disparate de su boca. «Hace el bien y el mal sin darse cuenta. No es capaz de sentir pasión alguna. Su amor no es más que un capricho como todo lo demás. Quizá algún día...» Y esta vaga esperanza, dulce como la miel, inundaba su corazón de alegría.

No podía menos de felicitarse también de la facilidad venturosa que tenía para verla y hablarla á cualquier hora del día. La circunstancia de habérsele antojado á Velázquez tomar un establecimiento de bebidas, y, mejor que esto aún, su arrogante tranquilidad, la ausencia completa de celos que mostraba, dejábale expedito el camino para menudear las visitas. Hay más, el tabernero le acogía con mayor afecto y cortesía que nunca y le había presentado en la reunión que todas las noches se formaba en uno de los cuartos. Era una de tantas señales de su orgullo. La presencia de Manolo atestiguaba su victoria, que ya los amigos conocían, y el amor que el pobre joven no lograba disimular le servía de pretexto para mil bromas jactanciosas en que daba suelta á la arrogancia que rebosaba de su corazón. No se le escapaba á Manolo esto, ni tampoco que aquella reunión, compuesta de gente ruda, no correspondía á la calidad de su persona ni á la educación que había recibido; pero todo lo sufría con tal de hallarse cerca de Soledad. Quizá no habría mentira en decir que era relativamente feliz. Cuando se hubo acostumbrado al puesto secundario que su antigua novia le asignara y á la libertad de trato de aquella sociedad ordinaria lo pasó bastante bien. Su temperamento sano y alegre se imponía: era llano, cordial, bullicioso y en poco tiempo supo granjearse el cariño de los tertulios de Velázquez. Tan sólo cuando observaba algún rasgo del despotismo escandaloso que éste ejercía sobre su ídolo, alguna frase despreciativa que hacía asomar las lágrimas á los ojos de la bella, se oscurecía su semblante y quedaba silencioso y sombrío largo rato. El majo lo notaba y hacía un guiño expresivo á sus amigos; pero éstos poco á poco fueron dejando de celebrar sus baladronadas y mirando con mayor respeto al enamorado mancebo.

Soledad dormía, sin que la mirada de su adorador, posada sobre ella, inquietase su sueño profundo. Larguísimo rato la estuvo contemplando en suspensión deliciosa. ¡Qué hermosa estaba! Miraba su mejilla y nada hallaba en la creación comparable á la suavidad de su piel sonrosada trasparente. Fijaba la vista en sus labios: las cerezas no eran tan rojas ni tan frescas: la llevaba más tarde á su cuello, y aquella línea blanca ondulante donde su negra cabellera se deshacía gradualmente en vello finísimo como una armonía fugitiva que se pierde en el espacio, le parecía un sueño más que una verdad tangible. «¡Qué hermosa! ¡qué hermosa!»—murmuraba con la unción de un místico que dice sus preces.—¡Y eso que aún faltan los ojos, las dos lámparas maravillosas, como yo los llamo!... De buena gana se hubiese prosternado y permaneciera así velando su sueño. En aquel instante hallaba disculpa para sus traiciones y legítimos todos sus caprichos y genialidades, por extravagantes que fuesen. «Un ser tan soberanamente bello—se decía—tiene derecho á ser voluble, ya que nadie en el mundo lo merece por completo. Bastante felicidad produce con dejarse ver: ¿por qué le hemos de exigir que se sacrifique?»

Pero sus ojos zahoríes de enamorado creyeron percibir al cabo en torno de los de la bella un leve círculo rojo que no era producido por la incómoda postura en que dormía. «Soledad ha llorado hoy» se dijo con emoción. Tenía conocimiento de lo mucho que sufría, aunque no de los extremos vergonzosos á que Velázquez había llegado, y siempre que lo comprobaba por algún signo sentía un estremecimiento de dolor y de ira. Por su cruel proceder, más que por haberle arrebatado á su amante, odiaba cordialmente al majo.

Despertó al fin Soledad. Abrió los ojos repentinamente y, fijándolos en Manolo, dijo:

—¡Ah! ¿Eres tú? ¿Has entrado ahora?

—No, hace ya cerca de una hora que estoy aquí.

—¿Una hora?... ¿Y qué hacías?

—Mirarte y remirarte... y aún no quedé satisfecho.

—¡Pues, hijo, no sé cómo no te empalago!—replicó ruborizándose. Y añadió para distraer la conversación:—Me he levantado temprano esta mañana, he trajinado mucho por arriba: de modo que en cuanto me senté me he quedado fritita sobre el mostrador.

Manolo guardó silencio y reparó con inquietud que tenía los ojos muy encendidos, señal de haber llorado recientemente y no poco. Soledad, á quien no pasó inadvertida aquella mirada escrutadora, hizo lo posible por disipar su sospecha. Se mostró alegre, jaranera.

—Y díme, ¿cómo te ha ido el jueves por la Palma de Londillo? Ya sé que has estado allí con unas mujeres...

—¿Yo?

—Sí, tú; no me lo niegues. Os habéis bebido un río de manzanilla, y tú has dormido debajo de la mesa.

—Hija, te contaré la verdad. Pasaba por allí casualmente de retirada, cuando me llamaron unos amigos de Medina, Rafael Sánchez y Felipito el de D. Paco, á quien tú conoces. Entré, charlé cinco minutos, bebí una copa y me fuí á la cama. Ni yo conozco á las tales mujeres, ni jamás he dormido ni pienso dormir debajo de las mesas.

Pero Soledad no quiso creerle. Siguió embromándole con empeño, charlando y riendo mucho más que de costumbre. Manolo se defendía suavemente, sin dejar por eso de observar con atención aquellas aciagas señales que su rostro ofrecía. Al fin no pudo contenerse y cambiando de tono exclamó:

—¡Tú has tenido un fuerte disgusto hoy, Soledad!

La joven soltó una carcajada.

—¿Eso es lo que estabas reparando, desaborío? ¿Por qué no lo has soltado antes y me has tenido asustada con esos ojos de alma del otro mundo?

—No me engañes, Soledad... Tú has tenido un disgusto—repitió Uceda mirándola fijamente.

Soledad siguió riendo con afectación sin responder.

—¡Hace tanto tiempo que estudio en tu semblante! Por torpe que sea, ya debo comprender los signos de bonanza y tempestad—manifestó tristemente.—¿Por qué ocultarme tus penas? ¿Te da vergüenza que yo las sepa? No debes tenerla... Ya ves, las mías las sabe todo el mundo, y por eso no me abochorno. El amar no ha sido jamás delito... ¿Temes hacerme sufrir demasiado mostrándome los estragos de tu pasión? Desecha ese temor. Por mucho que tú me digas, mi imaginación de seguro ha ido todavía más allá. Hace ya tiempo que vivo resignado. Sé que no puedo esperar otra cosa que ser tu amigo; pero, al menos, eso quiero serlo de verdad, quiero que no tengas otro mejor en el mundo... Cuéntame tus pesares, hija mía, que aunque yo no pueda hacer nada por aliviarlos, el pecho se desahoga y no roen tanto allá dentro.

Soledad reía mientras su antiguo novio hablaba; pero aquella risa se fué al cabo haciendo convulsiva, y algunas lágrimas concluyeron por brotar de sus hermosos ojos.

—Soledad, ¿qué tienes?—profirió asustado Uceda levantándose de la silla.

La joven le hizo un gesto con la mano para que se sentase, sin dejar de reir.

—¿Qué tienes, Soledad?... ¡No rías, por Dios, de ese modo!

La tabernera dejó caer la cabeza sobre el mostrador, ocultándola entre sus manos, y así permaneció algún tiempo sacudida por incesantes carcajadas. Poco á poco estas sacudidas fueron siendo menos vivas, hasta que cesaron por completo. Al cabo alzó su rostro enteramente bañado de lágrimas, y dijo sonriendo:

—¡Qué tonta soy! ¿verdad, Manolo?

—¿Te has puesto mala?—preguntó él con ansiedad.

—No, ya estoy bien.

Y levantándose tomó de la estantería un frasco de azahar, vertió con mano temblorosa una cucharada y la tragó. Después se enjugó el rostro cuidadosamente con el pañuelo y volvió á sentarse.

—Vamos á ver, ¿qué ha sido?—le preguntó cariñosamente el joven.

Soledad guardó silencio. Él insistió con palabras cada vez más vivas y cariñosas. Al fin la tabernera profirió en voz baja y concentrada:

—Todo se lo he perdonado... ¡todo!... Pero lo que está haciendo ahora ni yo se lo perdono ni se lo perdonará Dios.

Y al pronunciar las últimas palabras se le anudó la garganta y estalló en sollozos. Uceda la dejó llorar un rato en silencio.

—Que haga de mí lo que quiera—prosiguió cuando se hubo calmado...—Que me haga su criada... Después de todo, ya lo soy... Pero refregarme los ojos con otras mujeres... eso no debía hacerlo, ¿no te parece?... Porque yo no le he dado motivo hasta ahora para tratarme así, bien lo sabe Dios... Desde que estoy con él no he mirado á ningún otro hombre... ¡que se me quiebren las manos y se me salten los ojos si no digo la verdad!... No he ido un día siquiera á Puerta de Tierra, ni á los toros, ni he puesto los pies fuera de casa más que cuando él me ha llevado á la plaza de Mina por la noche ó los domingos por la mañana á la del Mercado. Miro por sus intereses como si fuesen míos... mucho más que si fuesen míos... ¿Por qué se goza en hacerme padecer?... En cuanto hay mujeres delante me trata con un despego y un despotismo como no se trata á una negra... Y les dice requiebros, y retoza con ellas... y si me presento en el cuarto me pregunta con desprecio: «¿Qué hace usted ahí? ¿A qué viene usted aquí?» Hasta que me echa, y esas perdidas se quedan riendo de mí... Ahora le da por una que llaman Mercedes la Cardenala. Se pasa las tardes en su casa, ahí en las Barquillas de Lope, y se pasea con ella por el Perejil... De todo me han informado...

—¡Eso, más que maldad, es una estupidez!—exclamó Manolo, á quien le parecía monstruoso que Soledad pudiera ser pospuesta á otra mujer cualquiera de este mundo.

—Pues no se ha contentado con esto... Era necesario que me la pusiese delante de los ojos... Hace un rato pasó por aquí con ella en coche. Y para que yo no dudase que era él, el malvado, al cruzar por delante de la puerta, sacó la cabeza.

—¿Pero iban solos?

—¡No! Iba una hermana de ella y otras tres personas!... ¡Si me han dicho que se casan!... ¡Vaya si se casarán!... Como que es rica... Su padre tiene no sé cuántas tiendas... ¡Y yo no soy más que una pobrecita huérfana!

Al llegar aquí rompió á sollozar de nuevo. Manolo hizo lo posible por calmarla con reflexiones consoladoras. Velázquez tenía buen fondo y la quería. No era posible que por un capricho momentáneo la abandonase, deshiciese un lazo que era sagrado por las circunstancias en que se había contraído. Le gustaba que nadie contrariara su voluntad; pero por lo mismo no se casaría á un dos por tres con cualquier mujer, sino con una que tuviera bien probada, que le estuviese enteramente sometida... como ella.

¡No lo sabía bien el pobre Manolo! Soledad le había dado cuenta de la última etapa de sus agravios, que era, después de todo, la más dolorosa para ella, pero no del proceder brutal que venía usando. Desde el día en que la golpeó por causa de su hermano, Velázquez soltó las riendas á su temperamento altivo y caprichoso. La pobre muchacha no sabía cómo darle gusto. Por el asunto más baladí armaba una reyerta, se enfurecía y concluía por maltratarla. Soledad se encerraba en su cuarto, lloraba un rato y volvía al cabo á él más sumisa y más enamorada que antes. Fuerza es declarar que el guapo no solía excederse en estos castigos, como otros: ni la hería ni la dejaba casi nunca señales ó cicatrices. Más que por hacerla daño, la pegaba para satisfacer su orgullo; quizá hallando también cierta voluptuosidad en ello. De todos modos, no dejaba de ser curioso y extraño ver á aquella mujer, alta, fornida y arrogante, sufrir con resignación los golpes de un sujeto tan exiguo. Porque Velázquez era valiente, y lo había demostrado en varias ocasiones; pero siempre con la navaja. Luchando á brazo partido, con sus propias fuerzas, es casi seguro que Soledad hubiera dado buena cuenta de él.

—No; conmigo no se casará jamás, no habiéndolo hecho ya... Ya no me quiere...

—Son aprensiones tuyas. Velázquez te quiere, y tarde ó temprano se casará contigo.

Decía esto para consolarla, pero sin creerlo. Al pronunciar tales palabras no pudo reprimir un movimiento de alegría que se le traslució en la voz. Ó porque Soledad lo notase ó, lo que es más probable, porque le saliese del alma en aquel momento, replicó limpiándose las lágrimas:

—Es igual... De todos modos yo no seré de nadie más que de él en este mundo.

Y murió repentinamente la alegría en nuestro mancebo, como una chispa de fuego cuando cae en el agua. Quedó silencioso y sombrío largo rato. Soledad, rumiando con desesperación sus celos, tampoco hablaba. Al cabo profirió en voz baja:

—¡Daría la mitad de la vida por sorprenderlos, por decir á esa sinvergüenza cuatro verdades!

Manolo siguió silencioso.

—Oye, querido—tornó á decir con resolución al cabo de un rato.—Me voy en busca de ellos. ¿Quieres hacerme el favor de acompañarme?

Una ola de vergüenza subió á las mejillas del caballero de Medina.

—¿Yo?... ¿Qué dices?...

—No te apures, hijo—manifestó la joven observando su turbación.—Te lo he pedido porque, como dudo que Velázquez me defienda, es fácil que entre todos ellos me maten. Pero si te parece mal, no he dicho nada... Tan amigos como antes.

Al mismo tiempo se levantó é hizo ademán de subir á su casa. Manolo la detuvo, cogiéndola por la ropa.

—Aguárdate un instante, criatura...

Con palabras sensatas le hizo presente lo desatinado de aquel paso, le expuso todos sus inconvenientes y peligros. Soledad no quiso escucharle. Acudió luego á las súplicas, á los halagos, y obtuvo el mismo resultado. Una vez más tuvo ocasión de convencerse de la terquedad nativa de aquella mujer. Al fin la dejó marchar.

Estaba cerrando la noche. La tienda se poblaba de sombras que luchaban con la escasa claridad que aún entraba por la puerta. Uceda metió la cabeza entre las manos y quedó meditando. Indudablemente, lo que había dicho Soledad tenía muchos visos de verosimilitud. Velázquez, irritado por la osadía de su querida, era muy capaz de dejar que la maltratasen, si es que él mismo no se arrojaba á hacerlo. ¡Pobre Soledad! Aquel funesto amor la había enloquecido y sería la causa de su ruina completa. Cuando la vió aparecer de nuevo con un mantón sobre los hombros y pañuelo de seda á la cabeza sintió tanta compasión que le dijo, alzándose de la silla:

—Vamos, niña... vamos donde tú quieras.

—Gracias, Manolo—replicó la joven con voz temblorosa.—Salte fuera y aguárdame en la esquina. Necesito que venga Joselillo... pero no tardará.

Salió de la tienda Uceda y necesitó esperarla cerca de media hora paseando por la muralla. Al fin llegó y echaron á andar emparejados.

Era ya noche completa: los faroles de la ciudad estaban encendidos. El mar rugía sordamente, batiendo su recinto amurallado.

—Y cuando venga la gente de la reunión ¿qué les dirá el chico?—preguntó Manolo.

—Que me dolía la cabeza y estoy en mi cuarto durmiendo.

Caminaron en silencio algunos minutos.

—Pero ¿dónde vamos?—dijo al fin Uceda parándose.

Soledad tardó en responder. Al cabo dijo con acento de vacilación:

—Si han venido ya de Puerta de Tierra, deben de estar en la tienda de Crisanto. Velázquez suele parar allí muy á menudo.

La tienda de Crisanto estaba en la calle de Pedro Conde, muy cerca de los muelles. Para ir á ella era necesario dar la vuelta á la ciudad, ó atravesarla por el medio. Soledad optó por lo primero. Siguieron la curva de la muralla ciñendo la ensenada de la Caleta y, dejando á un lado las Barquillas de Lope, donde habitaba la aborrecida rival, continuaron por el paseo del Perejil, y después de bastante andar llegaron á los baños del Carmen. Ni uno ni otro habían despegado los labios. Manolo iba avergonzado y pesaroso, temiendo las consecuencias que de aquel paso precipitado podían resultar. Soledad, emboscada en sus pensamientos sombríos, sin atender más que al egoísmo de su pasión, ni miraba á su compañero ni se daba cuenta siquiera de que iba á su lado.

Era una noche desapacible de invierno. El cielo estaba nublado. El viento soplaba recio, haciendo rodar sobre la negra superficie del mar enormes olas que venían á estrellarse con fragor sobre la muralla. Cádiz, la más bella ciudad de la Bética, enclavada dentro del Océano, apoyándose en la tierra solamente por un brazo estrechísimo, vivía feliz y tranquila en las fauces del monstruo. El bullicio de sus calles llegaba á los oídos de nuestros jóvenes. De todas las puertas y ventanas salían rayos de luz y de algunas también las notas dulces de la guitarra, el chasquido de los palillos y el canto vibrante, apasionado, de alguna copla. Ya podían las olas batir como bestias feroces sus murallas, rugiendo amenazas de muerte toda la noche. Nadie escuchaba sus gritos; nadie se asomaba siquiera á ver sus esperezos titánicos.

Uceda y Soledad huían instintivamente la luz. En vez de acercarse á las casas, seguían el pretil de la muralla donde se amontonaban las sombras. Desde los baños del Carmen no tomaron por una de las calles trasversales para salir á los muelles, sino que continuaron distraídamente á la orilla del mar hasta la punta de San Felipe. Los clamores del Océano eran allí más sonoros y profundos. Las olas rompían en el baluarte con estrépito y muchas veces saltaban por encima del muro y mojaban el suelo. Los jóvenes se detuvieron fascinados por aquel imponente espectáculo: quedaron inmóviles frente á la hirviente llanura, olvidando en un punto sus penas. Al cabo Soledad profirió:

—¡Qué tiempo tan duro!... Ayer tenía cerco la luna.

Uceda guardó silencio. Largo rato permanecieron junto al pretil contemplando la agitación tumultuosa de las aguas. Poco á poco sus ojos se fueron acostumbrando á la oscuridad. La inmensa superficie del Océano se desplegó ante ellos erizada de crestas amenazadoras. Soledad concluyó por sentirse aterrada, como si estuviera en medio de ellas sin pisar tierra firme. Sin darse cuenta de ello se fué colocando poco á poco detrás de su amigo.

—¿Qué es eso?—dijo éste volviéndose.—¿Tienes miedo? ¡Qué harán entonces aquellos que van por allí!

Y señaló con la mano un punto que apenas se divisaba en el horizonte.

—¿Un barco?—preguntó la joven con ansiedad.

—Sí.

—¡Pobrecitos!

Y añadió al cabo de un instante:

—Pidamos á Dios, Manolo, que los saque de esta noche en paz... Padre nuestro que estás en los cielos...

El caballero de Medina respondió á la oración quitándose el sombrero. Mientras murmuraba el Padre nuestro, su pensamiento cantaba alabanzas á Soledad, «¡Tiene un corazón excelente! El día que adquiera juicio será una mujer adorable.»

Apartáronse del pretil, doblaron la punta de la batería y entraron en los muelles.

—¿Sabes una cosa que estoy pensando, Soledad?

—¿Qué?

—Que si por casualidad tropezásemos en este momento con Velázquez ó con algún amigo que se lo fuese á contar, podría imaginarse cualquier cosa y tendrías un grave disgusto...

—No lo creas. Velázquez nunca ha tenido celos de ti—se apresuró á decir la joven con increíble aturdimiento.

Uceda, en la oscuridad, se puso encarnado hasta las orejas.

—Es decir, no tiene celos de ti, como no los tiene de nadie... Porque él es así... ¿sabes?—añadió después de hacerse cargo de su indiscreción.

—¡Es natural!... Está muy por encina de todos los demás—manifestó el joven con acento sarcástico.

—No es eso, Manolo... Cada cual es como Dios le crió... Hay unos que se celan de su sombra y dan mucha guerra á las mujeres... y otros que son confiados y viven siempre tranquilos.

Uceda estuvo á punto de decir: «Sólo siente celos el que ama»; pero su alma generosa le hizo volverse atrás, y guardó silencio.

En el gran puerto de Cádiz numerosos barcos de todos portes cabeceaban furiosamente á impulso del oleaje. Sonaban las cadenas, crujían las maromas y todo parecía á punto de estallar. Algunos farolillos sujetos á las vergas lucían con vivos movimientos en la oscuridad como estrellas filantes.

Bajaron la escalerilla de la muralla, y entrando en la calle de Pedro Conde se acercaron á la taberna de Crisanto, y Soledad suplicó á su amigo que se quedara fuera y se ocultase mientras ella entraba á preguntar. Penetró, en efecto, y la informaron de que Velázquez había estado allí hacía poco rato, en compañía de algunos amigos y amigas.

—Hemos llegado tarde—dijo, cuando salió.—Han estado aquí, pero ya se han ido.

—Me alegro infinito—replicó Manolo.—El paso que ibas á dar no podía menos de acarrearte un grandísimo disgusto. Vuélvete á casa antes que llegue Velázquez, sube á tu cuarto y duerme tranquila. Verás cómo mañana, con la luz del día, se disipan esas nubes negras que ahora te atormentan.

—Sí, sí... me vuelvo—replicó la joven bajándose aún más el pañuelo de la cabeza para taparse la frente y embozándose con el mantón.—Déjame ahora, que me voy por las calles.

—Echa á andar delante. Yo te seguiré nada más que hasta la esquina de la calle de la Verónica, porque me voy á la cervecería.

Emprendió la marcha la arrogante tabernera, y Manolo le dió escolta á respetable distancia hasta la citada esquina. Allí se detuvo. Soledad, sin volverse, levantó el brazo é hizo un gracioso saludo de despedida. Uceda permaneció inmóvil hasta que la perdió de vista. Después, lentamente, sofocado por mil pensamientos melancólicos, hizo rumbo hacia la Cervecería inglesa.

VI. Disputa

Soledad siguió á paso vivo por la calle de la Carne, que estaba á tales horas animadísima. Los faroles del municipio y las luces de los escaparates la bañaban de claridad. Discurría la gente por ella perezosamente, gozando de aquella primera hora de la noche antes de retirarse á casa. Grupos de hombres cruzaban charlando en voz alta. Las señoras iban de uno á otro escaparate paseando los ojos sobre las telas colgadas en ellos. Algunos chiquillos andrajosos los recreaban con los dulces expuestos detrás del cristal de las confiterías.

Soledad avanzaba rebujada en su mantón, con el pañuelo sobre los ojos.

—¡Vaya unos andares! ¡Qué gloria de cuerpo!—Mare bendita, ¿cuándo ha caído este cacho de firmamento?—¡Bendígate Dios, salero, que me has deshecho el alma con ese taconeo chiquito!

Pocos transeuntes cruzaban sin verter en su oído algún requiebro. Los grupos se abrían para dejarla paso. La gentil tabernera marchaba sin fijar la atención en tales palabras, sin oirlas siquiera, totalmente abstraída de lo que la rodeaba. Los celos seguían oprimiendo su corazón y turbando sus ideas.

Antes de alcanzar el fin de la calle comenzaron á caer algunas gotas y se declaró al instante un fuerte aguacero. Siguió caminando impávida sin guarecerse en los portales, como hizo la mayoría de la gente. Y en vez de dirigirse á su casa, que ya no estaba lejos, se encaminó hacia las Barquillas de Lope, donde esperaba sorprender al infiel. Antes de llegar allá su cuerpo chorreaba. Atravesó á la intemperie la plaza del Balón, y por una pequeña travesía entró en las Barquillas. Habita allí gente pobre; las viviendas son pequeñas, sucias: hay algunas tiendas de vinos y comestibles. Hacia una de éstas algo mejor que las otras avanzó rápidamente; pero antes de llegar á ella escuchó un canto que la dejó repentinamente clavada al suelo. Era Velázquez que entonaba una seguidilla gitana. Quedó inmóvil y pálida. El canto de su querido le producía siempre efecto extraño que jamás se pudo explicar: la entristecía, le daba miedo; se ponía pálida, y siempre que era posible se escurría para no oirlo. Y no porque el guapo cantase mal, al contrario: sin poseer una gran voz, era extremado por su estilo para las seguidillas gitanas y soleares.

Nunca se había atrevido á confesar este misterioso efecto; pero Velázquez llegó á notarlo, y como era hombre complaciente cuando no se tocaba á su orgullo, procuraba evitarle el disgusto; tanto más, cuanto que tampoco era muy inclinado á mostrar esta habilidad, que juzgaba poco varonil. Cuando le instaban para que tomase la guitarra, miraba de reojo á su querida, sonreía y siempre hallaba pretexto para excusarse.

Á este inexplicable efecto uníase ahora otro que se explicaba perfectamente. Soledad necesitó de todas sus fuerzas para no caer al suelo. El coraje se las dió para seguir avanzando y llegar hasta la puerta de la tienda, que se hallaba abierta. Dentro no estaba más que su dueño, el padre de la Mercedes. Pero en un departamento contiguo, cerrado por cristales al exterior y que comunicaba con la tienda, sonaba el canto y la guitarra. Los cristales estaban embadurnados con jabón para que no se pudiese registrar la habitación desde fuera. Se acercó á ella, y á fuerza de buscar dió con un pequeño intersticio donde la pringue no había caído, y por él logró ver quién había dentro. Estaban, á más de Velázquez, la Mercedes á su lado, Frasquito al lado de Pepa, prima de aquélla, con quien mantenía relaciones según se decía, y Gregorio, hermano de Pepa, cerca de Isabel su prima, hermana de Mercedes, con la que estaba próximo á casarse. La madre de las Cardenalas andaba de un lado para otro escanciándoles el vino y sirviéndoles lo que les hacía falta.

Soledad, por el momento, no tuvo ojos sino para esta madre complaciente.

—¡Alcahueta! ¡asquerosa!—murmuró con ira reconcentrada.—Lo que tú buscas es enredar á Velázquez para que se case con tu hija. ¡Claro, como es rico, para él todo son mimos! ¿Qué te importa que una pobrecilla quede deshonrada y á la clemencia de Dios?

Dos lágrimas saltaron á sus ojos que se secaron al instante. Velázquez había cesado de cantar y se inclinaba para hablar con Mercedes, quien con el codo sobre la mesa y la mejilla sobre la mano mostraba una actitud marcadamente displicente. Era graciosa esta Mercedes con sus ojillos chispeantes, los dientes blancos y menudos y la nariz remangada. Soledad la devoró con la vista largo rato y dejó escapar un suspiro. ¡Sí, si cualquiera hallaría á su gusto esta chiquilla! Y ella, que poseía los ojos más hermosos de Cádiz, envidió en aquel momento los pequeñuelos y maliciosos de su rival; quisiera ser bajita y tener la nariz remangada como ella.

Isabel era rubia y desgarbada. La prima Pepa, pequeña y fea con un costurón en el cuello; pero eso y mucho más sufriría el avaro de Frasquito con tal de atrapar el gato de su padre, que lo tenía gordo y lucido al decir de la gente. Hablaban en voz alta, pero nada de lo que decían llegaba distintamente á los oídos de la celosa tabernera. Espoleada por la curiosidad, tanto como por la cólera, entró en el portal de la casa, donde había una puertecilla que comunicaba con el cuarto de la tertulia. Por el agujero de la cerradura apenas lograba verse nada; pero en cambio se oía claramente cuanto se hablaba. Pegó el oído á él y escuchó.

Velázquez embromaba á la graciosa Cardenala sobre su tristeza. ¿Por qué tenía aquella cara tan larga? ¿Por qué no hablaba? ¿Había visto al lobo? ¿Dónde le había cogido aquel aire? Mercedes respondía con palabras sueltas y breves, casi siempre agudas; porque tenía ingenio y sal la muchacha. Los demás reían y tomaban parte en la broma. La voz del guapo era dulce, insinuante; tenía unas inflexiones humildes que Soledad jamás había percibido en ella. El corazón se le oprimió, sintió un frío que le penetró hasta los huesos, y ella, que había venido á armar un escándalo, á sacar los ojos á su rival, se encontró repentinamente sin fuerzas para mover un dedo. Su felicidad había volado para siempre: Velázquez estaba enamorado de aquella mujer. Iba á salir de aquel maldito portal donde le faltaba la respiración, donde temía estallar en sollozos, cuando entre el oleaje de la conversación creyó percibir su nombre. Aplicó mas el oído: en efecto, se hablaba de ella. Velázquez invitaba á bailar á Pepa. Esta se excusaba; había bailado ya mucho en Puerta de Tierra. El majo insistía. Frasquito, que no deseaba verse privado de la compañía de su novia, concluyó por decir:

—Pero, hombre, ¿qué mosca te ha picado? No sé cómo apeteces tanto el bailoteo, cuando tienes en casa una real hembra que baila en la mano.

—¡Echa realezas, hijo!—exclamó Pepa con mal humor.—¡No eres alguien para dar títulos!

—Déjalo, querida—replicó Isabel.—Ha querido decir que es una hembra de á real.

—Nada de eso—profirió con viveza Frasquito.—Soledad es una hermosa mujer aquí y en todas partes, y á nadie se lo he oído negar hasta ahora.

—¡A cualquier cosa llamas tú hermosa!... ¡Mala puñalá te den rejoneá!... ¡Quitá allá desaborío! ¿No ves que se están riendo de ti?... Que me perdone Velázquez, pero en esta ocasión no ha dado pruebas de buen gusto. No sé cómo hay quien pueda decir que es hermosa una mujerota grande, grande, como una ballena; sosa, sosa, más que las calabazas.

—¡Pues si la hubieses visto, como yo, sin corsé!—exclamó Isabel.—¡Para matarla, hija!...

—El vientre le arrastra por el suelo.

—Y la mitad del pelo que lleva es postizo: me lo ha dicho su peinadora.

—¡Vamos, callaros ya!—dijo Mercedes con enojo.—Que sea guapa ó fea, ni á vosotras ni á mí nos debe tener con cuidado.

—Yo no digo más que una cosa—replicó Isabel,—y es que si fuese hombre me gustarían las mujeres, pero no los elefantes.

—¡Anda con ella, hija!—exclamó Frasquito.—¡Cómete la cabeza y no dejes siquiera las espinas!

—Oye tú, empachoso, yo no me como carne tan dura. Tú la subes mucho, porque está Velázquez presente.

Este se hallaba molestísimo. Le indignaban aquellas injustas y malévolas palabras, pero no se atrevía á salir á la defensa de su querida por miedo de enojar á Mercedes.

—Ni la subo ni la bajo—manifestó Frasquito en tono agrio.—Digo lo que todo Cádiz sabe. Si tú no lo quieres confesar, será también porque está tu hermana delante.

La disputa iba tomando mal sesgo. La madre de las Cardenalas se creyó en el caso de atajarla.

—Déjala, hija, déjala ser todo lo hermosa que dicen y algo más todavía. Á ti no te toca más que compadecerla, porque le falta á la pobrecita la hermosura mayor, que es la honra.

Soledad levantó el pestillo de la puerta y penetró en la estancia. Se acercó lentamente á la vieja, que retrocedió espantada, y plantándose delante de ella con los brazos en jarras dijo roncamente:

—¿Sabe usted, señora, por qué no tengo honra? Pues porque ese hombre que está ahí me la ha quitado. Pero usted, en vez de aconsejarle que me la vuelva, se humilla y le baila el agua para meterle en casa. Y no sólo hace usted eso, sino que me afrenta y me clava el puñal por la espalda. ¿Quién es más honrada, señora, usted que le entrega su hija por dinero, ó yo que me he entregado á él por amor?

La sorpresa los había clavado á todos á la silla; pero repuestas las Cardenalas, al instante se levantaron como fieras para arrojarse sobre la intrusa.

—¡Cómo! ¿Atreverse la tía pendanga á venir á insultarlas á su propia casa? ¿Insultar á su madre? ¿Insultarlas á ellas? ¡Esa sin vergüenza! ¡Esa cualquier cosa! ¡Esa p...!

Y salió el vocablo infamante, y se repitió infinitas veces á gritos por las cuatro mujeres, trasformadas en cuatro tigres de Hircania. Y hubieran dado buena cuenta de la infeliz Soledad, á pesar de su corpulencia, si Velázquez, con arranque generoso, no se hubiese plantado delante de ella.

—¡Nadie la toque con un dedo siquiera!

Las mujeres no osaron avanzar. La fiera actitud del majo les impuso silencio por un instante. Volviéndose aquél después á su querida y sacudiéndola por el brazo la miró cara á cara con ira concentrada. Los dos estaban pálidos.

—Dí, ¿á qué vienes aquí, loca? ¿á qué vienes aquí?

—Pues á ver cómo te diviertes—respondió la joven, cada vez más pálida.

—Esas tenemos, ¿eh? Pierde cuidado, que ya ajustaremos cuentas.

—Á eso vengo también... á que me pegues—replicó ella con el rostro contraído por una triste sonrisa.

—¡Ya arreglaremos eso, ya!

—Puedes arreglarlo ahora mismo... ¡Anda, hombre, pega, si con eso te desahogas!...

—Lo que vas á hacer es largarte al momento, ¿entiendes?

—Como tú quieras... Yo no hubiera entrado si esa tía asquerosa no me hubiera insultado.

Las cuatro mujeres tornaron á enfurecerse y quisieron acometer á la tabernera; pero Velázquez la echó fuera á empellones y cerró la puerta. Entonces su negra cólera se deshizo en injurias candentes, interminables. Velázquez las escuchó un rato con calma bebiendo á sorbos el vaso de vino que tenía delante; pero al cabo se hicieron tan pesadas, que no pudo sufrirlas más tiempo.

—¡Ea, señoras! ¿Qué va aquí jugado?—profirió dando un fuerte puñetazo sobre la mesa.—¿Quieren ustedes que dure esta guasa toda la noche?

Las mujeres, aunque con trabajo, refrenaron su ira, porque el guapo tenía malas pulgas. Además, Frasquito y Gregorio las instaron á hacerlo. Se habló de cosas indiferentes como si nada hubiese pasado; se bebió y se cantó otra vez. Pero como la ira seguía rugiendo en los corazones, aunque los rostros se mostrasen alegres, cuando menos se pensaba estalló la tempestad de nuevo.

Velázquez había tomado la guitarra y preludiaba unas soleares. Todos callaban. De pronto Isabel soltó una fuerte risotada, que al guapo le produjo insoportable escozor.

—¿De qué te ríes, hija mía?—le preguntó con aparente calma.

—Pues me río de verte así, tan pacífico, con la guitarra sobre las piernas... Dispensa, hijo, no lo puedo remediar.

Y soltó otra risotada.

—¿Y cómo quieres que esté, prenda? ¿con la navaja abierta?—replicó el majo, la voz alterada ya, aunque fingiendo sosiego.

—No, pero como decían que eras esto y lo otro... y que las mujeres se desmayaban cuando tú las mirabas serio y que no se atrevían á mover un dedo sin tu permisos, francamente, me río.

—Pues mira, niña, hasta ahora ninguna me ha faltado al respeto, ¿sabes? Pero si tú quieres empezar, puedes hacerlo...

Isabel no contestó. Siguió riendo de un modo insolente. Al cabo dijo con calma provocativa:

—La verdad es, querido, que se te caen los calzones de hombre de bien.

El rostro del guapo se enrojeció, alzóse airado de la silla y se abalanzó á la insolente, diciendo:

—Oye tú, niña guasona, ¿quieres probar cómo saben las bofetadas de este hombre de bien?

Frasquito y Gregorio le contuvieron. Las mujeres, temerosas, procuraron calmarle. Todo había sido broma. Parecía mentira que tomase en serio las simplezas de Isabel. Ésta se apresuró igualmente á darle excusas. Restablecióse el sosiego. Velázquez volvió á sentarse sin despegar los labios, pero á los pocos momentos se despidió con trazas de marchar muy desabrido.

Cuando entró en casa, Soledad se hallaba aún en la taberna. En vez de subir y mudarse la ropa mojada, había querido aguardarle. Al verle avanzó á su encuentro y le echó los brazos al cuello, diciéndole con voz temblorosa:

—¡Perdóname!

Pero el majo traía el alma resquemando por las palabras de Isabel. Ningunas podían ser más pesadas y mortificantes para él. Se desprendió vivamente de aquellos amorosos lazos y la rechazó, dándole un fuerte empellón. Soledad retrocedió tambaleándose, tropezó con una silla y dió con su pesado cuerpo en el suelo, hiriéndose con la esquina del mostrador en la sien. Velázquez no acudió á prestarle socorro. La dejó tendida en el suelo y subió á encerrarse en su cuarto.

VII. El columpio

La mojadura y el disgusto postraron en cama á la pobre Soledad. Se le declaró una fiebre intensa y estuvo algunos días bastante grave. Velázquez, como si le remordiese la conciencia de lo que había hecho, se portó con ella mejor de lo que podía esperarse. Hizo venir al médico y la prodigó todo género de cuidados y atenciones y, lo que aún es más raro, apenas salió de casa. En la de las Cardenalas no volvió á poner los pies; pero tal proceder no debía achacarse al amor de su querida, sino á su vidriosa susceptibilidad. Las palabras burlonas de Isabel eran una espina que tenía clavada en el corazón. El orgullo le hizo, pues, renunciar sin dificultad, no sólo á la mano, sino también al trato de la Mercedes. No volvió á acordarse de ella. Soledad, que muy pronto lo advirtió, sintió su alma bañada en alegría celeste, y pensando la inocente que era debido á su cariño, se lo agradeció profundamente. Tal conducta contribuyó infinitamente más á su curación que las recetas del médico.

Después que se levantó de la cama gozó todavía algunos días felices. Velázquez, en la convalecencia, se mostró afectuoso y atento, la sacó de paseo y le hizo algunos leves regalos, para ella de gran precio. No tardó, sin embargo, en fatigarse. En cuanto la vió fuerte comenzó á tratarla de nuevo con desdén; luego con crueldad. Pero ella todo lo halló bueno, observando que no reanudaba sus amores con la Cardenala.

Sus celos no estuvieron dormidos mucho tiempo, por desgracia. Principiaron á atormentarla con ocasión de las frecuentes y largas pláticas que el guapo mantenía con Paca la de la Parra. Ésta proseguía infatigable su tarea de persuasión, ejerciéndola unas veces sobre Velázquez, otras sobre Antonio. Tanto uno como otro la escuchaban sin disgusto, porque era una graciosa predicadora y porque les servía para hacer alarde de su ingenio con agudas respuestas. Resueltos á no seguir sus consejos, los recibían con benevolencia, se mostraban amables, jocosos, y embromaban cariñosamente á la célebre cantaora. La llamaban el padre Francisco. Pero ella no se atufaba ni descomponía. Con la gracia y afluencia que caracterizaban su discurso no cesaba de sermonearles un día y otro, esperando que al cabo Dios les tocaría en el corazón.

—Compare, ¡cómo ha rajado hoy el padre Francisco!—se decían uno al otro guiñando el ojo.

Y Paca sonreía y cogía cualquiera ocasión por los pelos para volver á la carga.

La verdad es que no tenía mérito alguno sufrir con paciencia sus sermones. Era Paca una de las más amables, ingeniosas y profundas mujeres que pudieran hallarse en parte alguna del mundo. En sus ojos brillaba la inteligencia; su voz insinuante, sus modales impregnados de natural elegancia, sus palabras llenas de prudencia, como las de Nestor, rey de Pylos arenosa, y sobre todo aquel incesante jugar con los rizos de su negra cabellera mientras hablaba, seducían á cuantos tenían la dicha de escuchar sus lecciones. Su fuerte era la teología moral. Ningún problema, por arduo que fuese, referente á los deberes del hombre consigo mismo y con los demás dejaba de tener solución adecuada en aquella linda cabeza rizada. Pudiera escribir un tratado del matrimonio más completo é interesante que el del padre Sánchez. ¡Con qué admirable habilidad iba descomponiendo y repasando cada uno de los términos del caso ético que cualquier amiga le presentaba! «Á tu marido, dices, no le gusta la ensalada de patatas... bueno. Tú se la has puesto tres días seguidos... y te pegó... pero ha sido porque no tenías dinero para comprar longaniza ó carne, ¿no es eso?... Dices que se te había concluído el dinero antes del fin de la quincena, porque te habías comprado unos zapatos... Pero los compraste porque tu marido se enfadó un día que saliste con él y los llevabas rotos... etc.» ¡Oh, cuán profundamente examinaba los datos y con qué suave elocuencia emitía luego su fallo inapelable!

La esposa de Pepe de Chiclana no predicaba sólo con la boca, como tantos moralistas, sino también con el ejemplo. Á pesar de haberse criado en una taberna, con la libertad y los peligros que para las jóvenes ofrecen, jamás tuvieron las malas lenguas sitio por donde atacarla. Era virtuosa por temperamento, quizá también por el orgullo que le inspiraba el convencimiento de su superioridad moral é intelectual. Los requiebros no conseguían conmoverla. En cambio estimaba cualquier signo de respeto y consideración á su talento, gozaba increíblemente cuando, gracias á su elocuencia, se alcanzaba la avenencia de dos amigas enemistadas, el perdón de un padre, la reconciliación de un matrimonio. Y sobre esto ninguna rigidez antipática, ninguna hipocresía. No le importaba entrar en una casa de mala fama ni acompañarse de cualquier mujer de dudosa conducta. Cruzaba sin reparo por medio del lodo, segura de no mancharse.

Pues tal sencilla altivez, tal indiferencia por los halagos de los hombres, llamaron al cabo la atención del irresistible Velázquez y concluyeron por preocuparle. Gustaba el guapo de prodigar galanterías, de festejar á cuantas mujeres hablaba; pero hallaba justo que estas mujeres se mostrasen lisonjeadas, quería verlas ruborizadas, adivinar que le hallaban de su gusto: avezado estaba á ello. Con Paca no sucedió lo mismo. Cuantos más requiebros la soltaba, cuanto más le hacía comprender que le causaban impresión sus atractivos, más indiferente y distraída se mostraba ella. Con su donaire peculiar cortaba en seco cualquier lisonja, desviaba ingeniosamente la conversación y la encauzaba hacia los temas filosóficos en que tanto se placía. Velázquez se sintió humillado. Por más que tenía conocimiento de la virtud de la esposa de su amigo Pepe, y nunca se le había pasado por la imaginación ponerla á prueba, excitado su orgullo, principió por galantearla en broma y concluyó por requerirla de amores en serio.

Paca opuso la misma suave indiferencia á uno que á otro: ni se mostró halagada ni ofendida. Su táctica consistió en hacerse incrédula y en rehusar oirle.

—¡Vaya, niño! ¡á callar!... Too eso es guasa viva. Déjala para las pobrecitas que no te conozcan como yo.

Y el majo con esto se mordía los labios y ocultaba con una sonrisa forzada el despecho que le roía.

No pasó inadvertido este galanteo para Soledad. Aunque su inteligencia no era penetrante de ordinario, la tenía muy fina para adivinar cuanto ocurría en el alma de su amante. Ningún pensamiento alegre ó triste, ningún deseo más ó menos vago se le escapaba. Comprendió, pues, al instante, al través de las bromas triviales de siempre, que Paca le interesaba y que la estaba galanteando. Pero aquí se detuvo su penetración. No vió que Paca rehusaba aquel galanteo, que le daba un ardite por Velázquez, como por todos los demás hombres; no comprendió el carácter altivo y original de su amiga. Por eso comenzó á ponerle mala cara, á responderla con sequedad y aun á dirigirle algunas indirectas ofensivas. Como no podía concebir que mujer alguna rechazase los obsequios de su querido, estaba persuadida de que Paca los alentaba. Esta, al principio, no dió importancia á su actitud: la vió triste y seria, y pensó que su desgraciada situación y el desvío cada vez más acentuado de Velázquez eran la causa. Pero llegó un momento en que advirtió claramente que Soledad tenía celos de ella, y se propuso provocar lo más pronto posible una explicación.

Una tarde llegó sola á la tienda. Soledad la recibió con marcada frialdad. Cambiaron algunas palabras indiferentes y, como siempre, la esposa de Pepe de Chiclana concluyó por tocar el asunto del matrimonio de su amiga, dándole cuenta de los trabajos diplomáticos que llevaba á cabo para su realización y procurando infundirle esperanzas. Soledad escuchó distraída y dijo al cabo con impaciencia:

—Mira, Paca, no te molestes más. No tengo ya ninguna gana de casarme. Estoy perfectamente así.

—¿Y desde cuándo eso, niña?... porque hace pocos días bien fatigadita andabas por llegar á la Vicaría—repuso Paca, picada por el acento despreciativo que Soledad había dado á sus palabras.

Ésta no respondió. Encolerizada á su vez por las de su amiga, hizo un esfuerzo para no dispararse, y lo consiguió; pero no pudo reprimir un gesto desdeñoso. Paca se mostró aún más herida por este gesto y volvió á preguntar con sorna:

—Vamo, hija, cuéntame eso... ¿Desde cuándo?

Entonces Soledad, volviendo hacia ella su rostro contraído por la ira, dijo con afectada calma:

—Desde que tú y Velázquez os entendéis tan bien. Por si se muere Pepe, no quiero serviros de impedimento.

Paca soltó una carcajada.

—¡Acabases de reventar, criatura!... ¿Conque Velázquez y yo nos entendemos?... ¡Qué traición! ¿verdad tú? Engañar á una amiga que se confía, que me abre su corazón y me pide ayuda... Por delante mucha sonrisa, mucha compasión, mucha promesa, y por detrás clavándole el cuchillo hasta las cachas... ¡Ya! ¡ya!... La verdad es que no sé cómo te contienes y no me rompes la cabeza con una de esas botellas...

Se echó hacia atrás en la silla y se puso á jugar con los rizos negros de su frente. Pero su mano, á despecho del sosiego que afectaba, temblaba levemente. Soledad, con la cara entre las manos, se mantenía en actitud fiera y recelosa. Paca tuvo lástima de ella.

—Escucha, Soledad: tú eres una criatura que no ha visto el mundo más que por un agujero. Ni tienes experiencia ni Dios te ha dado cabeza para saber lo que entra y lo que sale y lo que cada cual se trae... En una palabra, Soledad, y dispénsame que te lo diga: tú no vas á ninguna parte... Porque me ves alegre y guasona á ratos, y bebo y canto y no me asustan las sandeces de los hombres, te has llegado á figurar que estoy aquí para todo el que quiera alargar la mano, ¿verdad? Que se te quite, hija. Tengo un alma de la cual he de dar cuenta á Dios, y no he de faltar á mi Pepe por nada ni por nadie en este mundo. Porque ahí donde le ves tan pesadote y tan pelmazo, y que parece que se le pasea el alma por el cuerpo, es un hombre que sabe distinguir, ¿entiendes? Y hay otros que parece que las cogen por el aire y, sin embargo, no distinguen, ¿estamos?... Y voy á decirte una cosa para que la sepas, sólo para que la sepas: si el diablo me tentara algún día, ten por seguro que no escogería á Velázquez para ello, porque sabe muy bien que en la vida me han gustado los hombres fanfarrones... Bien puedes dispensarme, hija: ya comprenderás que en este mundo los gustos no son iguales. En mi sentir, los tuyos son de los que merecen palos; por eso te los dan.

Soledad guardó silencio obstinado.

—¡Qué! ¿no te convences?... Pues mira, fácilmente te lo voy á poner clarito como el agua. Velázquez va á llegar dentro de un momento, ¿no me has dicho eso?... Anda, hazme el favor de esconderte en ese cuarto y verás qué chaladita estoy por él... Y mira bien por la cerradura, no sea cosa que nos hagamos una seña para engañarte.

La tabernera empezó por resistirse; pero vencida al cabo de las instancias de su amiga, y aún más por los vivos deseos de arrojar los celos que la mordían, consintió en ocultarse y asistir á la plática que se preparaba.

No tardó en llegar Velázquez, quien se sintió tan sorprendido como alegre de encontrar sola á Paca, y más cuando se enteró de que Soledad había ido á casa de una vecina que estaba de parto y tardaría en volver. No la quiso ver mejor el irresistible jaquetón. Se sentó en la silla que había de la parte de fuera del mostrador, relamiéndose interiormente, aunque mostrando en lo exterior la misma actitud fría y soberbia que le caracterizaba. Y comenzó muy pronto el tiroteo. Rara vez tenía ocasión de hablar á solas con la esposa de Pepe. Ahora que se presentaba no quiso desperdiciarla.

—Vengo muy cansado, padre.

—Pues descansa, hijo.

—¿Me permite su paternidad besarle la mano?

—Mi paternidad no da la mano á pillos.

—Me alegro. Por eso debe dármela á mí, que soy hombre de bien.

—¿Tú? Ni tienes vergüenza ni la has conocido en tu vida.

—No lo crea su merced, padre. Si no tuviese vergüenza ya le hubiese dicho hace tiempo algunas cositas que me hacen cosquillas en el alma.

—Tapa, tapa, hijo. No las descubras, porque si las tienes hace tiempo guardadas deben de oler á podrido.

—Los sacerdotes tienen obligación de escuchar en confesión á los penitentes...

—Pero es á los que llegan arrepentidos.

—Yo lo estoy, padre Francisco.

—¿Sí? Pues no vivas más tiempo en pecado mortal. Cásate con Soledad.

Velázquez soltó una risotada.

—¡Ya pareció aquello! Me extrañaba que tardase tanto.

—Sí, ya pareció aquello, arrastrao, y parecerá mientras me quede alguna palabra en la boca.

—¡Anda! pues tendré que esperar hasta el día del Juicio. Primero le faltará agua al mar y al cielo estrellas que á ese piquito palabras.

Paca se incomodó. Le picaba cualquier alusión dirigida á su increíble afluencia. Así que, sin advertir que con ello dejaba firme la burla, respondió con un sin fin de denuestos; de aquí pasó á las reprensiones, á las censuras, después á las consideraciones y por último á los consejos. En un cuarto de hora no cerró la boca.

Velázquez la escuchó con la suya abierta, muy atento y admirado, porque Paca hablaba tan bien ó mejor que cualquier folletín de los que había leído. Pero no quiso confesárselo. Antes persistió en embromarla desviando la conversación hacia los parajes donde le convenía.

—Pero, en fin, ¿qué me importa que rajes hasta morir y me des tanta jaqueca, si tienes unos ojos, chiquilla, que bailan como las estrellitas sobre el agua, si cuando hablas y te mueves hasta el aire que te envuelve queda empapado de sal?...

—¿Quieres callarte, pelmazo?... ¿Vas á empezar con las simplezas de siempre?

—¡Que sí, niña, que sí!—profirió Velázquez bajando la voz y avanzando el cuerpo hacia ella hasta meterle las alas del sombrero por los ojos.—Que eres más rica que los doblones de á cuatro, más salada...

—Vaya, niño, déjame el alma quieta y no me saques los ojos con el sombrero, que aunque no son bonitos á mí me hacen avío.

—¿Que no son bonitos, lucero? Anda, vé y dí eso delante de testigos y te llevarán á la cárcel. Déjame besarlos, salero, ya que sin razón les has faltado...

Al pronunciar estas palabras se alzó de la silla y alargando las manos cogió la cara de la joven para besarla; pero ésta se zafó de ellas con prontitud; volvió á tomarla Velázquez y de nuevo se arrancó con fuerte sacudida, levantándose y saliendo á la parte de afuera. Avanzó airada hacia el majo, que se había sentado, y le dijo con voz alterada apoyándose en el mostrador con una mano y poniendo la otra en la cadera.

—Pero, hijo, ¿qué te has figurao? ¿Piensas que no hay más que decir «allá voy» para que te respondan «aquí estamos»? Me conoces hace años, me estás hablando casi todos los días, ¿y todavía no te has enterao de que no me gustas ni pizca? Porque traes pechera rizá y botones de brillantes y botas de charol ¿no hay más remedio que derretirse por ti? No, hijo, yo no me enamoro de la lencería ni de esos requiebros mohosos que traes siempre en la boca. Anda, vé á emplear tanta gala con las infelices que te han escuchado. En el mundo hay seda y hay percal, pero quien no sabe distinguir la seda del percal no debe ir á la tienda, ¿comprendes? Aquí te has equivocado de medio á medio. Lo siento por ti, que no has dado prueba de mucho pesqui, y lo siento también por esa pobre muchacha, que merece un hombre más regular.

Y salió de la tienda con ademán resuelto y airado. Velázquez quiso echarlo á risa y la detuvo por el mantón.

—Perdone su merced, padre... No he querido faltarle al respeto...

Pero ella se zafó con un fuerte tirón, dejando en su mano algunos flecos.

Quedó bien humillado el guapo. La sonrisa que contraía sus labios se apagó. Permaneció algunos instantes inmóvil y pensativo, haciendo esfuerzos por tragar la amarga píldora que le habían propinado. Al cabo logró consolarse á medias por la consideración de que nadie había presenciado su derrota y Paca seguramente no daría cuenta de ella. Mas cuando averiguó que Soledad estaba en casa y cuando ésta le confesó, después de muchas instancias, que lo había oído todo, se le encendió el alma de vergüenza y furor. Tuvo fuerzas, no obstante, para disimular. Dió á su revés la apariencia de una broma mal interpretada. Ya sabía que con la mayor parte de las mujeres acostumbraba á usarlas, que las hacía disparatadas declaraciones de amor y le gustaba verlas enojadas. Con Paca las había usado infinitas veces, sin que jamás se le hubiese puesto seria; pero como ahora la estaban escuchando, quiso hacerse un poco la persona y darse tono...

Soledad fingió creer estas explicaciones, ó acaso las creyó de veras, pues mirando desde su punto de vista le costaba trabajo suponer que hubiera mujer capaz de desdeñar aquella octava maravilla de la tierra.

Al día siguiente, víspera de Carnaval, fueron ambos á la tienda de la Parra, por ser último día de columpio. Es costumbre en Cádiz, cuando llega Navidad, fijar columpios en los patios de las casas, y aun dentro de éstas cuando no hay acomodo fuera. Por las tardes se reúnen mancebos y zagalas en torno del aparato y pasan gozosamente el tiempo columpiándose, en medio de alegres cánticos y algazara. Los columpios se descuelgan cuando llega Carnaval.

En casa de los padres de Paca todos los años se ponía y era uno de los más famosos y concurridos de la ciudad, porque la tienda poseía un gran patio (donde crecía la parra que le diera nombre), muy acomodado al caso. La reunión de la casa de Velázquez se trasladaba allí en masa por las tardes. Éste casi nunca faltaba tampoco, tanto por el empeño que había formado de conquistar á Paca, cuanto por las muchas y lindas jóvenes que allí acudían y ante las cuales gustaba de mostrar su ingenio y gentileza. Á Soledad sólo la había llevado dos veces en la temporada, y eso gracias á los ruegos de las amigas. Pero este sábado, por ser la despedida, ó quizá con algún secreto designio, él mismo la invitó, y la inocente Soledad aceptó con alegría.

Cuando llegaron estaba la fiesta en todo su esplendor. Una linda morena de rostro picaresco ocupaba el columpio y unos cuantos jóvenes lo impulsaban á porfía sin cesar de cambiarse entre ellos y ella con gracioso tiroteo un sin fin de donaires, de bromas picantes, de frases, insustanciales muchas veces, pero alegres siempre y con un delicado sabor de galantería que sólo se halla en esta poética región del mundo. Derramados acá y allá, sentados unos en bancos, otros de pie formando pintorescos grupos, charlaban los mancebos con las mocitas ó escuchaban embelesados el punteado melancólico de la guitarra. Las conversaciones eran animadas, ingeniosas; en todas campeaba la imaginación inquieta, el fácil ingenio, la incoherencia y la irreflexión que caracteriza al amable pueblo andaluz. Era un burbujeo leve y fugaz como el de sus vinos dorados. ¡Cuánto donaire, cuánto disparate, cuánto embuste!

Debajo de la clásica parra, nuestra pareja halló sentados á Antonio y María-Manuela con otras personas, y fueron á colocarse cerca de ellos. Paca predicaba allá en un grupo lejano; pero en cuanto los vió se vino hacia ellos, saludó á Soledad con efusivo cariño y á Velázquez con la franqueza de siempre, como si no hubiera pasado nada. La presencia de Soledad causó, como de costumbre, grata impresión en el sexo masculino. Se murmuraron requiebros hiperbólicos, se dijeron al oído unos á otros frases de entusiasmo. Todos envidiaban á Velázquez aquella mujer elevada y arrogante como una torre de marfil, de pies diminutos y lindos como los de Hebe la inmortal copera de los dioses. Pero nadie osaba requebrarla en voz alta, porque el majo tenía fama de puntilloso y agresivo. Tan sólo Antonio, como amigo íntimo, tuvo fuero para exclamar:

—Dios guarde á la rosa hechizá. Ven acá, salero, siéntate á mi vera, á ver si vivo cien años más.

Soledad sonrió con benevolencia.

—¿Para qué tanto? ¿No vale más estar á mi vera que vivir cien años?

—¡Mucho que sí! ¡Bendita sea tu boca, clavel de la Italia! Mejor quiero estar á tus pies una hora que seis meses tomando monedas de cinco duros.

—Es que no las has visto.

—Todos los días, en cuanto amanece Dios, le doy tres ó cuatro á María para que me compre buñuelos.

—¡Sí darás!—murmuró María-Manuela con mal humor.—¡Disgustos!

—¡Y bofetás!—añadió Velázquez riendo.

—Sólo los jueves por la tarde. Tengo ese ramo bien organizado.

—¡Vaya, no te las eches de plancheta, hijo—profirió la irascible María,—que se va á creer la gente que te comes los niños crudos!

Algunas personas se habían acercado y rodeaban el banco donde se hallaban sentados. Las eternas disputas de Antonio y su querida causaban gran placer á los amigos. Ésta, por desgracia, se cortó en flor merced á la voz del guitarrista, que cantó:

«Á la que se columpia
echarle rosas,
que todo se lo merece
por buena moza.»

—¡Ole!—¡Anda con ella!—gritaron de todas partes.

Y la atención se convirtió á la linda morena que ocupaba el columpio. Ésta sonrió complacida, cerró los ojos y á los pocos instantes cantó:

«Al columpio he subido
porque no digan
que mi amante está ausente,
yo pensativa.»

Un palmoteo ruidoso, gritos desaforados de entusiasmo, acogieron la copla de la chavala.

Tornó á cantar el guitarrista: respondió ella con la misma gracia. Las conversaciones se habían suspendido. La gente se había acercado al columpio y formaba círculo en torno para jalear á la simpática cantaora.

En aquel instante Manolo Uceda, á quien el chico de la tienda de Velázquez había dicho dónde estaban sus amos, apareció en la puerta del patio y quedó inmóvil contemplando la escena. La cantaora, que le vió desde el columpio, guiñó sus ojos maliciosos y le soltó esta copla:

«Mocito que está á la puerta
mirando para el columpio:
entre usté y columpiará
la que sea de su gusto.»

Todos los rostros se volvieron entonces risueños hacia él. Manolo avanzó confuso y dijo galantemente:

—De mi gusto, prenda, ninguna más que usté.

—Pues colúmpie me usté, hijo, y de salud le sirva.

Apartáronse los jóvenes que movían el aparato y Manolo lo impulsó unas cuantas veces entre los aplausos del concurso.

La casualidad había hecho que Paca y Velázquez estuviesen juntos en el círculo formado alrededor del columpio. Cuando, por haberse bajado la graciosa morenita, se distrajo la atención de los concurrentes y se diseminaron otra vez, la esposa de Pepe de Chiclana llevó al majo á un rincón y tuvo á bien darle una satisfacción de las injurias que le había dicho el día anterior.

—Ayer estaba un poco sofocá, ¿sabes? Te habré dicho las mil perrerías: que eras esto y lo otro... No me acuerdo. Una mujer ofendida chilla más que una rata salida del caño... Luego que me dió el aire entendí que había hecho mal en sofocarme, porque tú, aunque un poco sin vergüenza, siempre te has portado como buen amigo y serías un sujeto á pedir de boca... si te dieran las viruelas. Quiero decir que el día que no presumas tanto no tendrás pero... á lo menos para mí... Porque hay mujeres que les gustan los hombres así... ¡vamos!... que repiquen gordo al andar... Á mí me hicieron de otro modo. Me gustan los hombres formales, callados... y sobre todo que no se la den de nada, ¿comprendes?

Las explicaciones de la joven fueron largas, interminables é impregnadas de una profunda filosofía. Así era todo lo que salía de su espíritu, fértil en pensamientos elevados. Pero en vez de calmar el rencor de Velázquez dieron por resultado lo contrario. El guapo se sintió aún más humillado. Tuvo el talento, sin embargo, de disimularlo. Las aceptó por buenas, rió, lo echó á broma y pidió que no se hablase más del asunto. Pero en su pecho ardía la cólera y no esperaba más que un pequeño agujero para salir rugiente y abrasadora.

Soledad y María-Manuela se habían sentado de nuevo bajo la parra, que formaba en verano fresco y deleitoso túnel. Como ahora se hallaba desprovista de pámpanos, habían echado por encima algunas sábanas para guardarse del sol de Febrero que ya quemaba. Á las dos mujeres se habían agregado algunas otras y les hacían compañía Antonio, Frasquito, Manolo Uceda y algún otro joven. Hallábanse charlando tranquilamente cuando, rompiendo por entre los grupos con señales de agitación en el rostro, apareció el señor Rafael.

—¿Dónde está mi sobrino? ¿Dónde está ése?—venía preguntando en voz alta.

Y así que llegó á la parra y le divisó, acercóse rápidamente á él y le dió un estrecho abrazo.

—¿Qué ocurre?—¿Qué ha sucedido?—¿Qué albricias son esas?—preguntaron todos picados por la curiosidad.

Pero el señor Rafael, sin hacer caso, seguía estrechando entre sus brazos y dando afectuosas palmaditas en la espalda á su sobrino, quien no correspondía en modo alguno á tales demostraciones de cariño, antes procuraba zafarse, mostrando un semblante fruncido que daba miedo. Al cabo el viejo le dejó libre y, echando atrás dos pasos y dirigiéndose á los concurrentes con su voz ronca y su ceceo de andaluz cerrado, exclamó:

—¡Miren ustedes á ése! ¡mírenlo ustedes bien!... ¿Á que no saben ustedes lo que ha hecho? Voy á contarlo mas que se ponga colorao... porque sí... porque las cosas buenas deben decirse y las malas callarse... Han de saber ustedes que ése y yo hemos estado anoche en la Palma de Londillo á comer un guiso de almejas y unas aceitunas... ¡Vaya una noticia de importancia! dirán ustedes... Ya lo sé que nada tiene de particular; pero vamos al caso. El caso fué que nos marchamos sin pagar. Tampoco esto vale la pena de que se fijen ustedes, porque muchas veces nos ha pasao lo mismo. Pero ahora viene lo mejor. Acabo de dar una vuelta por allá, y pregunto: «¿Cuánto es el gasto de anoche?—Ya está pagado me contestaron.—¿Cómo? ¿Quién lo ha pagado?—Pues su sobrino.—¡Vamos, niño, no gastes guasa!—Que sí, señor Rafael, que lo ha pagado.—¿Cuándo?—Esta mañana ha pasado por aquí y ha hecho la cuenta...» Y efectivamente, señores, me enseñaron el libro y estaba borrada la partida. ¡Ese! ¡ese que está ahí la ha mandao borrar!

Las últimas palabras del viejo apenas pudieron oirse. Tal fué la algazara que había levantado su discurso.

—¡Tío! ¡tío!—exclamó Frasquito rojo de cólera.—¡No tenga usted tanta guasa!...

—Pero, hijo, ¿quieres que diga que estuvo mal hecho?... Lo diré, si te empeñas; pero nadie me creerá.

—¡Tío, ya le he dicho más de cien veces que la hora menos pensada le falto á usted al respeto!

Con dificultad lograron calmarle; todavía más trabajo costó impedir que se marchase. Afortunadamente intervino Paca, y con su labia sin pareja y su trasteo logró pronto reconciliarlos. Llevada á feliz término esta obra de caridad y de elocuencia se subió al columpio.

Mientras Velázquez iba de grupo en grupo haciendo penar á mocitas y casadas con sus palabras, humildes y desdeñosas á un tiempo, y el atractivo de su elegancia, Manolo Uceda se había acercado al de Soledad y María-Manuela. Quiso entablar conversación aparte con la primera, pero no pudo conseguirlo. Soledad, engañada por la complacencia de su amante y por el semblante alegre que mostraba, era feliz en aquel instante. Su egoísmo infantil la hacía incapaz en tal ocasión de sentir ni apreciar siquiera los sufrimientos y el afecto leal de su antiguo novio. Recibióle con marcada frialdad, y apenas hizo caso de sus palabras. Manolo sintió el corazón apretado. Comprendió que su ídolo se hallaba bajo el influjo de uno de aquellos engreimientos en ella tan comunes, y se levantó del banco resuelto á irse. Pero antes de llegar á la puerta salióle al encuentro la morenita del columpio, que estaba agradecida de su galantería.

—¿Adónde tan solo, hijo?

—Pues á la calle, niña—respondió Uceda haciendo esfuerzos por sonreir.

—¿Cómo? ¿de marcha ya? No puede ser. ¿Ve uté aquel rinconsito tan apañaito donde ya no da el sol? Pues allí nos vamo á sentá uté y yo... pa que uté me diga algo... porque ésta es la hora en que no me ha dicho todavía que tengo los ojos así y la boca andando y el talle de esta manera y los cabellos de la otra... en fin, toas esas simplesas que disen ustés los hombres cuando están ajumaos.

—No se necesita estar ajumao para decir que es usted preciosa... pero no puedo sentarme porque me aguardan. Otro día será... Hasta la vista, prenda—manifestó Uceda con la misma sonrisa contraída, alejándose.

La morenita quedó inmóvil mirándole, y cuando ya estaba lejos exclamó con acento donde se traslucía el despecho:

—¡Vaya usté con Dios!

Los concurrentes jaleaban á Paca, que desde el columpio dejaba oir su voz celebrada. Todas las conversaciones quedaron en suspenso. El grito dulce y poderoso á la vez de la gentil cantaora los había reunido presto á todos en torno del columpio. Mas apenas cesó el canto tornáronse á sus respectivos sitios.

No tardaron en agruparse de nuevo, pero no alrededor del columpio, sino del banco que ocupaban debajo de la parra Antonio Robledo y su querida, Soledad, el señor Rafael y su sobrino. La disputa había aparecido al fin. Rara vez dejaba de haber guasa cuando Antonio y María-Manuela se hallaban reunidos en público. Esta pobre mujer, después de tantas experiencias, aún no había escarmentado y seguía cayendo inocentemente en los lazos que para reirse de ella le tendía aquél. Ahora la querella se había producido porque Antonio la había llamado en son de desprecio femenina.

—Oye, guasón, á mí no me digas eso—respondió María, preparada á encolerizarse.

—Que sí, que no eres más que femenina te digo... y todas tus hermanas lo mismo.

—¡Házmelo bueno arrastrao! ¡házmelo bueno!

—Cuando quieras—replicaba él con firmeza, y añadía con énfasis:—Y tu madre igual...

—¡Á mi madre no la toques, sin vergüenza porque vamos á salir mal!

—¡Todas! ¡todas lo mismo!—replicaba Antonio con el mayor desprecio, volviéndose á los circunstantes que estallaban de risa.

—¡Mira, Antonio, no me sofoques! Mira que tengo la sangre más negra ya que mis zapatos y no respondo de mí—decía ella con los labios pálidos, temblando de ira.

—Lo digo y lo repito aquí y en todas partes. ¡Tu madre femenina!... ¡y tu padre masculino!

El furor de María-Manuela no tuvo límites al oir el nombre de su padre.

—¿Á mi padre también, canalla? ¿Á mi padre también?

Y quiso arrojarse sobre su amante; pero los amigos se lo impidieron. Cuando al cabo le explicaron el significado de los vocablos que creía ultrajantes quedó repentinamente en calma, y echando una mirada torva á su querido le dijo:

—¡Anda tú, malaje, que tienes sombra de jiguera negra!

Velázquez se había acercado á un grupo de muchachas y departía con ellas regocijadamente. Soledad lo vió al principio con indiferencia; pero la alegría de las chavalas al cabo fué tan ostentosa, sus carcajadas tan repetidas y sonoras, que concluyeron por crisparla. Sintió la mordedura de los celos, y sin prever las consecuencias se acercó al grupo y mostrando semblante alegre quiso tomar parte también en la jarana. Este paso fué la gota que hizo rebosar el coraje de Velázquez, demasiado tiempo comprimido. Volvióse hacia ella y con gesto desabrido le preguntó:

—¿Qué se le ha perdido á usted aquí, niña?

Era costumbre fatal del guapo tratarla de usted cuando estaba enojado, para hacer más ostensible su desdén. El tratamiento, la burla que envolvía la pregunta y la presencia de las jóvenes, sobre todo, hirieron de tal modo á Soledad, que permaneció clavada al suelo sin acertar á responder. Vencida al cabo, en parte, su confusión por un supremo esfuerzo, dijo con voz apagada:

—Vengo á preguntarte si quieres que nos vayamos... Pronto serán las cinco...

—Usted se puede ir cuando guste. Yo me encuentro muy retebién aquí.

Guardó silencio la joven y bajó los ojos, dudando qué partido tomar. Pero al levantarlos vió pintada en el rostro de las jóvenes presentes una sonrisa de burla. Su orgullo se embraveció súbito con tan cruel espuela. Alzó la cabeza de un modo arrogante y dijo con voz firme:

—Está bien. Quede usted con Dios, y gracias por la galantería.

Velázquez, enfurecido por la ironía de estas palabras, replicó riendo sarcásticamente:

—Anda tú con él, hija, y ten mucho cuidado de no caerte de simple.

—Más vale caerse de simple que de fanfarria—dijo ella mirándole cara á cara.

El majo se puso encendido hasta las orejas.

—¿Cuánto vamos á apostar, niña, á que no te vas á casa tan sana como has venido?

—No apuesto nada: para esa hazaña y otras menores sé yo que eres capaz.

Pintóse un furor rabioso en el rostro de Velázquez al escuchar estas palabras insolentes; alzó el bastón que llevaba en la mano y cruzó con él las espaldas de su querida, que estaba ya medio vuelta para irse. Y hubiera seguido golpeándola si los concurrentes no se hubieran apresurado á interponerse. Todos le recriminaron aquel acto de barbarie. Pero el majo no escuchaba sus amistosas reprensiones; poseído de una cólera ciega, trataba de desasirse, y no pudiendo conseguirlo, la saciaba con feroces insultos y amenazas.

—Dejad, dejad que le pise la cara á esa tía deslenguada... Quiero que se acuerde de mí toda la vida... ¿Os habéis figurao que voy á dejarme insultar delante de personas regulares por una cualquier cosa á quien he recogido en medio de la calle?...

—Vamos, Velázquez, no sueltes cosas que te pueden pesar... Estás acalorao y no sabes tú mismo lo que dices... Cálmate, que estos arrechuchos entre dos que se quieren no tienen importancia—manifestó sensatamente el señor Rafael.

—¿Quién? ¿yo querer á esa mujer?... ¡Si me sofoca ya más que un día de levante!... Si tengo más ganas de soltarla que del premio gordo de la lotería... Porque me carga, ¡ea!... porque me revienta... y está dicho...

Y de esta suerte prosiguió todavía dejando caer otras pesadísimas palabras.

Soledad, al escucharlas, se puso más pálida que la cera, y sin responder ninguna, sin hacer siquiera un gesto, se dirigió precipitadamente á la puerta y salió.

VIII. Crisis

Salió y emprendió una rápida carrera al través de las calles, sin saber dónde iba. El corazón le palpitaba con violencia, ardía su frente y sentía un extraño frío interno que la violencia del paso no alcanzaba á mitigar. Al cabo de un rato se encontró frente á su casa. Quedó un instante inmóvil y se llevó la mano á la frente cual si tratase de ordenar sus ideas diseminadas. Había allí dentro algo que le abrasaba mucho más que el bárbaro golpe de la espalda, cuyo cardenal le quedó impreso largo tiempo. Eran las infames palabras que Velázquez acababa de pronunciar en presencia de la gente: «¡Me carga! ¡Me sofoca! ¡La he recogido en medio de la calle!...»

No quiso entrar en la tienda en tal estado de agitación, por si había gente dentro: cruzó el paseo y se arrimó al pretil de la muralla. Allí, de bruces, en el sitio mismo que había ocupado Manolo Uceda la noche que había llegado, sollozó largo rato. Las lágrimas refrescaron su alma. Al erguirse de nuevo había recobrado la calma; era otra mujer. Cuando en su espíritu sencillo y limitado penetraba una idea, inmediatamente se enseñoreaba de él y no dejaba espacio para ninguna otra. Ahora la idea era ésta: «Puesto que él no me quiere, yo no debo quererle á él». Y de tal manera se imprimió en su cerebro que ya no volvió á sentir vacilaciones. Su amor hizo crisis. Desde aquel punto quedó irrevocablemente tomada su resolución. Se enjugó cuidadosamente las lágrimas, aguardó todavía algún tiempo para que la brisa del mar borrase por entero sus huellas, y así que se halló bien serena se dirigió con paso firme á la puerta de la tienda y entró.

Las pocas personas que allí había saludáronla con agasajo. Joselillo le preguntó si podría marcharse á evacuar algunos recados; no lo consintió: tenía que hacer arriba. Subió, pues, á casa é inmediatamente se puso á sacar de los armarios y á descolgar de las perchas la ropa que le pertenecía y á guardarla en el baúl. Se iba: se iba inmediatamente. Mientras colocaba con toda calma y cuidado la ropa, pensaba en el sitio adonde debía dirigirse. Sin duda el único proyecto que le pareció natural era el de irse á Medina con su madre y ponerse á trabajar de nuevo y vivir del mejor modo que Dios les diera á entender; pero necesitaba saber dónde dormiría aquella noche. Pensó en su amiga Paca: era la más digna por su conducta y la que por su posición mejor podía ofrecerle hospitalidad. Sin embargo, avergonzada aún de lo que había pasado entre ambas y quizá también á causa de un cierto rencorcillo que no había podido arrojar de sí, renunció á pedírsela. Resolvió ir á casa de María-Manuela, y partir al día siguiente en el tren.

Velázquez, luego que sació su cólera y orgullo con las afrentosas palabras que se ha dicho, siguió departiendo y jaraneando con sus amigos, como si nada hubiera pasado. Sin embargo, no tardó en sentir una vaga inquietud, algo que podía ser remordimiento y podía ser también temor de las fatales consecuencias que la desesperación de su amante pudiera acarrear. Una mujer despechada es capaz de todo. Tuvo miedo que hubiese ido derecha á tirarse por la muralla ó se tragase una caja de fósforos. Así que, no tardó mucho en despedirse de la buena compañía y se vino hacia casa con el objeto de cerciorarse de que nada funesto había ocurrido y también con el loable propósito de reconciliarse con su querida, si ésta se allanaba á pedirle perdón.

Al entrar preguntó con fingida indiferencia por ella, y como le respondiesen que estaba arriba y la oyese andar con los muebles, quedó tranquilo. Charló unos instantes con sus parroquianos y al cabo subió. Al cruzar para su cuarto vió en uno del pasillo á Soledad limpiando un vestido, y tuvo la magnanimidad de decir: «¡Hola!» Aquélla levantó los ojos y respondió con la misma gravedad y concisión: «Hola». Siguió el guapo hasta su habitación un poco sorprendido: esperaba hallarla bañada en lágrimas ó presa de algún ataque de risa convulsiva de los que á menudo la cogían. Aquella seriedad, y más que nada la indiferencia de la mirada y el saludo, le molestaron fuertemente. Desvanecióse su buen propósito de reconciliación. Sacó del armario los libros de comercio, encendió la lámpara, porque ya estaba oscuro, se sentó delante de la mesa y se puso á arreglar cuentas atrasadas. Poco tardó en advertir que no tenía la cabeza para cuentas. La reyerta primero, la inquietud después y ahora un poco de irritación y despecho, le habían agitado demasiado para poder concentrar su atención. Además, hallándose escribiendo creyó percibir en la habitación contigua cierto ruido especial, como de un baúl que se arrastra. Sintió curiosidad y sorpresa, se levantó y encaminó sus pasos hacia la salita donde tenían las camas, y vió á Soledad inclinada sobre el baúl, apretando la ropa con las manos.

—¿Qué haces?

—¿No lo ves? El baúl—replicó ella con voz firme sin volver la cabeza.

El guapo quedó suspenso un instante.

—¿Para marcharte?

—Eso mismo.

Nueva pausa.

—Bien, hija. Vete bendita de Dios—replicó al cabo girando sobre los talones y encaminándose de nuevo á su cuarto. Sentóse á la mesa y otra vez comenzó á trasladar partidas y confrontar sumas. Pero si antes le costaba trabajo concentrar su atención, ahora le fué del todo imposible; de tal suerte, que á los pocos minutos dejó la pluma descansar, metió las manos en los bolsillos y se recostó en la silla, quedando inmóvil con los ojos en la pared. Llegaban á sus oídos los ruidos de la tienda, pero no los percibía; en cambio notaba perfectamente las vueltas que Soledad daba por la casa buscando sus enseres. Al cabo de rato largo apareció ésta y le dijo desde la puerta:

—¿Quiere usted venir á ver el baúl?

—¿Para qué?

—Para saber si me llevo algo que le pertenezca.

—No, hija, no; ya sé que no te llevas nada... y si quieres llevártelo puedes hacerlo: todo está á tu disposición.

—Muchas gracias. Adiós—respondió volviéndose.

Cuando ya había dado tres ó cuatro pasos, Velázquez la llamó.

—Atiende un instante.

—¿Qué se le ofrecía á usted?—preguntó ella quedándose á la puerta.

—Acércate, hija, que no vamos á hablar á gritos.

Soledad, de mala gana, dió algunos pasos hacia él.

—¿Qué arrechucho es el que te ha cogido, niña?—preguntóle riendo.

Soledad alzó los hombros con desdén y profirió gravemente:

—Hágame usted el favor de decirme lo que se le ofrece, que tengo prisa.

—Pues nada más sino que eres una tonta rematada, y que por esta simpleza que estás haciendo merecías que me enfadase y te calentase la cara—manifestó Velázquez sin dejar de sonreir.

—Está bien. Adiós.

Y de nuevo se volvió para irse. Pero Velázquez la retuvo tomándole una mano.

—Vamos, niña, no te pongas guasona; no vayamos á enredar el asunto más de lo que está. Me has dicho una simpleza, te he pegado un palo... Corriente... ya no hay que hablar del asunto... ¿Pasó?... Pasó.

La joven se desprendió con un fuerte tirón y repitió con acento aún más grave y displicente:

—Está bien. Adiós.

Los ojos del guapo relampaguearon. Se alzó de la silla y, acercando su rostro al de la joven, le dijo con frase lenta y amenazadora:

—¿Sabes, chiquilla, que ya me voy atufando, y que si llegas á sacarme de mis casillas habrá que sentir?

—Lo sentiré por última vez, te lo juro. Pégame, mátame... aprovéchate ahora, porque en cuanto ponga el pie en la calle se concluyó todo.

El guapo la miró fijamente y en silencio. Al cabo soltó una carcajada.

—¡Pero niña! ¿qué mosca te ha picado hoy?

—Ninguna. Lo único que te aseguro es que estamos hablando por última vez.

—Basta, basta—dijo poniéndose grave de nuevo.—No lo cacarees tanto, que aquí nadie te agarra del vestido. Vete cuando gustes, hija.

—Adiós.

—Adiós... Oye una palabra... Aunque te repito que puedes hacer lo que gustes, debo advertirte que el marcharte ahora no me parece muy decente... Es ya noche, como ves, y cualquiera, viéndote salir de mi casa de ese modo, podría suponer que te he echado de ella.

—Pierde cuidado. Ya me encargaré de decir á todo el mundo que he salido por mi gusto.

—De todos modos, el irte ahora es dar una campanada inútilmente. Tienes que buscar casa donde pasar la noche, y la hora no es á propósito para eso... Quédate á dormir, y mañana será otro día. Y si sigues plantada te puedes ir adonde mejor te parezca.

—No puede ser—repuso con sosiego y firmeza la joven.

—Vamos, Soledad, no seas chiquilla. Debes comprender que no hay razón para esa terquedad. Lo que ha pasado hoy es lo mismo que ha pasado ya muchas veces... Que tú has estado un poquillo insolente... que yo he estado otro poquillo bruto... Eso no es motivo suficiente para que se rompa nuestra unión. Nuestras relaciones no son de ayer, hija mía. Te he visto nacer, como quien dice; he sido amigo de tu padre, y no puedo dejarte en medio del arroyo expuesta á la miseria y á la perdición... Tú no eres para mí una mujer cualquiera, una querida que se toma y se suelta como un perro de caza... Á ti te he mirado siempre como cosa propia, y si algunas veces te maltrato es por la misma confianza que contigo tengo y por este genio polvorilla que Dios me ha dado... Pero eso no tiene que ver con el aprecio... Yo te aprecio, Soleá, porque eres buena y eres honrá... y eres decente, ¡vamos!... Y á fuerza de tiempo se toma cariño á las sillas, cuanto más á las personas... Y para que más de la verdad... á ti te he tomado más cariño que he tomado hasta ahora á ninguna mujer...

Soledad levantó los ojos y le miró á la cara con sorpresa y curiosidad. El majo había pronunciado las últimas palabras con emoción.

—Todo eso será verdad, Velázquez... pero estoy convencida de que ni yo puedo hacerte feliz á ti ni tú puedes hacerme feliz á mí—repuso la joven dulcemente, pero con firmeza.

—Eso lo dices porque aún me tienes coraje; pero no es cierto... Ven acá, guasona, ven acá que te dé un mordisco por esas palabrillas amargas que has soltado... Ni tienes vergüenza ni mereces que te mire á la cara...

Al mismo tiempo le tomó una mano, y con el otro brazo le enlazó cariñosamente la cintura para sentarla sobre sus rodillas. Pero la joven se soltó bruscamente.

—Hazme el favor de dejarme. He dicho que me iba y no me vuelvo atrás—profirió en tono resuelto frunciendo el entrecejo.

El guapo se enfureció otra vez, y olvidando toda galantería, la insultó groseramente.

—Pero, hija, ¿qué te has figurao? ¿Piensas que tengo empeño en tenerte en mi casa? ¡Vaya una alhaja que se me escapa!... ¿Pero tú de qué presumes, criatura?... ¡Si no vales dos maravedís! ¡Si hace ya mucho tiempo que no te despido por compasión!... ¡Pues estamos aviados! ¡No se pone pocos moños el pendoncillo porque le dicen que se quede!... Anda, hija, anda donde estás haciendo falta...

Soledad recibió sin pestañear la rociada de injurias que le escupió á la cara. Cuando hizo una pausa se volvió sin responder palabra y salió de la estancia. Al trasponer la puerta dejó escapar un sollozo ahogado. Velázquez siguió todavía largo rato vomitando cólera. Mil frases desdeñosas, infamantes, salieron de su boca después de quedarse solo.

Al cabo se calló. Los nervios, alterados, se fueron sosegando poco á poco, y permaneció en la silla sin hacer movimiento alguno, con los ojos muy abiertos, emboscado en vaga y sombría meditación.

Las voces de la tienda le sacaron al fin de ella. Se levantó, encendió un cigarro y guardó de nuevo los libros en el armario. Tomó la lámpara y fué á la habitación contigua á buscar su capa para salir. Lo primero con que tropezaron sus ojos fué con el baúl de Soledad cerrado en medio de la sala. Dejó la lámpara sobre la mesa, comenzó á pasear por la estancia chupando el cigarro y envolviéndose en nubes de humo. Concluyó el cigarro y encendió otro, y después otro. Fumaba maquinalmente y daba vueltas, hasta que concluyó por marearse. Al fin, enojado consigo mismo, levantó los hombros con ademán desdeñoso, arrojó violentamente la punta del cigarro y tomó la capa. Pero cuando se disponía á salir oyó abajo las voces del señor Rafael y Pepe de Chiclana: «Ya están esos ahí» se dijo. Y volvió á colgar la capa en la percha y bajó á la tienda.

Mostróse á los amigos más alegre y jovial que de costumbre y estuvo locuaz en demasía.

—¿Cómo no baja Soledad?—preguntó al fin Paca.

—¿Soledad?—respondió el guapo dando á su rostro una expresión burlona.—Anda y pregunta por ella al sereno.

—¿Qué quieres decir?

—Que ya no vive aquí. Se ha mudado.

—Pero ¿es de veras?

—¡Y tan de veras! Hace más de una hora que ha salido disparada como un cohete. Dios sabe dónde habrá caído.

Fué grande la sorpresa de los tertulios y unánime su sentimiento, porque Soledad, á pesar de su gravedad habitual y pocas palabras, era generalmente estimada. Todos mostraron vivo interés por conocer los pormenores del rompimiento y lo deploraron con amargura.

—¡Vaya un lance feo!—exclamó Paca.—Por supuesto que las has de pagar todas juntas, Velázquez. No hallarás en la vida una mujer que te quiera tanto.

—Ni tan guapa—apuntó Frasquito.

—Ni tan hacendosa y limpia—manifestó Pepe de Chiclana.

—¿Limpia?—exclamó Paca.—Como los chorros del oro. Daba gusto ver á esa mujer revolverse por casa. Las cosas que ella tocaba con las manos relucían como si les diesen cera.

—Yo no creo que este rompimiento sea para siempre—articuló gravemente el señor Rafael.—Será una desazón volandera de esas que acostumbráis los que andáis metíos en el querer. Mañana os volveréis á juntar y ni tú ni ella os acordaréis si hoy le has dado un palo ó dos besos... Pero si es cierto que la has echado de tu casa y no la vuelves á llamar, digo, Velázquez, que no te ayudará Dios, porque no has hecho una cosa regular... Soleá es una mujer como pocas...

—¡Ea, dejarme ya de Soleá!—exclamó el guapo riendo.—¿Me van á dar ustedes jaqueca toda la noche? ¿No hay otra conversación más entretenida? Me hartaba esa niña... Un día ú otro tenía que suceder... Sucedió... ¿Qué le vamos á hacer?... Precisamente en este momento me están apeteciendo unas lonjitas de jamón. ¿Echamos un solo y las jugamos?... ¡Eh, niño! tráete una baraja...

IX. El Carnaval

El sol abandonaba la mar espumosa y ascendía por la bóveda del firmamento cuando Velázquez despertó de su sueño. Iba á llamar á Soledad para que le trajese una camisa, pero recordó súbito lo que había pasado y sintió un leve vuelco en el corazón. Alzóse del lecho y se vistió lentamente malhumorado y taciturno. Aproximóse al balcón, que señoreaba una gran extensión de mar, y derramó por ella sus ojos distraídos. El céfiro rizaba la inmensa superficie coronando de hermosos y fugaces penachos blancos sus olas azules. El sol esparcía sobre ella su madeja de oro haciéndola lúcida y trasparente como una esfera de cristal.

Pero las sonrisas divinas de la naturaleza no fueron poderosas para desarrugar el semblante ceñudo de nuestro guapo. Dió algunas vueltas por la casa y, cosa que nunca había notado, le pareció grande y fría. Pensó que era necesario buscar una mujer para que la arreglase y guisase la comida, y tuvo intención de llamar á Joselillo para enviar por ella; mas se contuvo: no había prisa: lo mismo sería al día siguiente. Bajó al cabo á la tienda, se desayunó y se puso á fumar cigarrillos. Aunque tuvo deseos de salir para esparcir su mal humor y refrescar la cabeza, no lo hizo retenido por una vaga esperanza, que no tardó mucho en cuajarse. Á eso de las doce apareció un hombre en la puerta preguntando por él, con una carta en la mano. Por su semblante fruncido pasó una imperceptible ráfaga de satisfacción. ¡Al fin! Esto era lo que había estado esperando toda la mañana: ya sabía que más tarde ó más temprano había de llegar, y por eso no se había separado de la tienda. Abrigaba la certidumbre de que Soledad, á solas consigo misma y así que tropezase con las primeras consecuencias de la miseria y desamparo en que había quedado, reflexionaría sobre su falta, se arrepentiría de ella y, depuesto todo orgullo, vendría humillada á pedir que la admitiese de nuevo en su casa. Tomó con su habitual gravedad la carta que le presentaba el portador, le gratificó con largueza y le despidió. Pero el mozo le respondió:

—Aguardo contestación.

Entonces el guapo echó una mirada al sobre y observó que estaba escrito de mano de hombre. Lo rompió con presteza y leyó la carta. Era de Antonio Robledo, su amigo: le decía en ella lacónicamente que Soledad estaba en su casa y que hiciera el favor de entregarle al dador el baúl. No fué menudo el desengaño al leer la tal esquelita. En sus breves y sencillas palabras creyó notar un dejo de desdén, ó por lo menos indiferencia, que le irritó la bilis. Disimuló, no obstante, lo mejor que pudo, y levantándose de la silla subió á casa seguido del mozo y sin decir palabra le llevó hasta la sala y le mostró el baúl, que estaba en medio de ella. Pero cuando el hombre se fué comenzó á resoplar con furia y á dejar salir de su boca palabras amargas.

—¡Vaya con Antoñico!... Se ha dedicao á recoger en su zahurda las palomas que se suertan... ¡Pa que se fíe uno de los amiguitos!... ¿Y quién es el tío para pedir el baúl? ¿Le toca algo con Soledad?... ¿Por qué no lo pide ella?...

Y muy desabrido y amenazando cantar algunas claridades á Antoñico, se salió de casa.

Era domingo de Carnaval. Las calles rebosaban de gente. En los balcones de las casas se apiñaban lindas muchachas de ojos negros para ver desfilar los coches ocupados por jóvenes enmascarados que les arrojaban puñados de almendras, anises y caramelos. Desde los coches á los balcones entablábanse animados diálogos, cambiábanse requiebros por donaires, confites por sonrisas; arrojábanse sonoros besos que, en alas del viento, iban á posarse tímidamente sobre alguna tersa mejilla ruborizada. Y la gente de á pie, desde la acera, hacía coro á aquellos diálogos batiendo las palmas, celebrando con igual algazara los requiebros picarescos de los mancebos que las respuestas saladas de las niñas. Cruzaban numerosas comparsas ataviadas con trajes originales, unas de majos, otras de trovadores, otras de frailes, etc., todas tocando y cantando muy concertadamente. Pero la que excitaba la admiración y el aplauso de la muchedumbre era la denominada de las viejas ricas, compuesta de veinte ó treinta muchachos disfrazados de viejas con espléndidos trajes de seda, peluca blanca, media negra y zapato de raso, cuyos cantos deliciosos, impregnados de toda la sal de la Bética, pronto iban á dar la vuelta á España.

El sol nadaba sereno por el espacio haciendo brillar la seda de los vestidos, el carmín de las mejillas, el azabache de los ojos. Por doquier reinaba el júbilo. El ambiente, cargado de perfumes, de colores y reflejos, vibraba con los dulces sones de las músicas, con los cantos, con las risas, con las palabras de amor. En las estrechas calles, distribuídas en todas direcciones, cortándose, retorciéndose de un modo caprichoso, hervía la muchedumbre con inquieto oleaje, bañándose en un gozo vivo y espontáneo. La hermosa ciudad del Occidente, ceñida, como la diosa de Chipre, de su blanco cinturón de espuma, lanzaba una fresca y alegre carcajada. ¡Oh, feliz el que la haya oído reir de este modo! ¡Más feliz aún el que pueda vivir y morir en su seno amoroso, bañándose en su aire tibio bajo un cielo trasparente, escuchando los besos incesantes de su mar azul que riza la brisa!

Velázquez recorrió las calles sin participar de esta alegría como otras veces. Llevaba en su alma el peso de la cólera y el despecho. Estuvo en la calle Ancha, donde la animación era más grande y las máscaras se apiñaban con preferencia. Allí tropezó con Manolo Uceda, quien le invitó á entrar en la cervecería á beber una copa de Jerez. Aunque muy contra su gusto, aceptó la invitación para que no sospechase su mal humor, y se esforzó en aparecer jocoso.

Consiguiólo sólo á medias; tanto que Manolo, que ignoraba el rompimiento con Soledad, notó, sin embargo, al poco rato que su alegría no era espontánea y le preguntó:

—¿Qué tienes? Parece que estás preocupado.

—¿Yo?... Ni por pienso, hijo. Solamente que este ruido del Carnaval me empacha un poquillo, ¿sabes?

Manolo, como de costumbre, no le preguntó por Soledad. Sería delicadeza ú orgullo, pero es lo cierto que jamás lo hacía. De este modo el guapo pudo salvar del compromiso en que la pregunta le hubiera puesto, y al poco rato se despidió pretextando que le aguardaban sus amigos. Recorrió las calles más animadas sin que las contorsiones grotescas ó los gritos desapacibles de las máscaras que tropezaba provocasen una débil sonrisa en su rostro taciturno. Varias le saludaron llamándole por su nombre, porque era hombre popular y conocido en todas las clases sociales. «Adiós, Velázquez.—Adiós, guapo.—Adiós, elegante.» Respondía y apretaba el paso, porque no le pedía el cuerpo conversación. Sin embargo, en la calle de la Amargura, de un grupo de mujeres disfrazadas de gitanas se destacó una que logró abordarle. Se le plantó delante y le dijo de manos á boca:

—¿Conque ya no está Soledad contigo?

—Eso parece—respondió el majo con su habitual desenfado.

—¿Y por qué la has echado, niño? Eso está muy feo.

—Yo no la he echado. Se ha ido ella—replicó con orgullosa modestia, seguro de no ser creído.

—¡Vamos, hijo, no te diviertas! Ya sé que le has dao una paliza gitana en la tienda de la Parra y luego la licencia absoluta.

—Te engañas, máscara. Se ha marchado ella por su gusto.

—¡Ay, Velázquez, qué malo eres y qué traidor con las pobres mujeres!... Pero Dios te castigará algún día; no tiene remedio. Dame la mano, falso; voy á decirte la buenaventura.

—Tómala, niña, y hazlo vivito que se reúne mucha gente.

En efecto, las compañeras de la gitana se habían aproximado y tras ellas algunos transeuntes.

—Una mujer te quiere, salao, pero tú no la quieres á ella—dijo la máscara observando las rayas de la mano del guapo y remedando á las gitanas.—En cambio, estás chalao por otra que huye de ti. Llegarás á conquistarla, pero al fin te la pegará. Un amigo falso te hará traición. Serás muy desgraciadito y nadie te compadecerá. La mujer que primero te dé un beso, por esa te morirás y pasarás fatigas, y ella se reirá de ti...

Velázquez sospechó en aquel momento que la máscara era Paca, y dijo riendo con fatuidad.

—Consiento en pasarlas. Dame un beso, prenda.

—No; no quiero tu desgracia sobre la conciencia... Suelta, niño.

El la retuvo á pesar de sus esfuerzos.

—Dámelo, aunque tus labios tengan veneno. Mira que muero de ganas de pasar esas fatigas y de que me hagas desgraciado.

—¡Suelta, traidor, suelta!

La gente reía. Las gitanas tiraban de su compañera mientras los hombres, que se habían parado, animaban al guapo gritándole:

—¡Anda! ¡Oblígala!... ¡Que pague la guasita!

Al cabo se desprendió la máscara y, unida al grupo, se alejó gritando, mientras Velázquez prosiguió su camino con los labios contraídos por una sonrisa de orgullosa satisfacción. Aquel ligero incidente le había puesto de buen humor, pues apenas le cabía duda de que la gitana era Paca: su misma estatura, su cuerpo y hasta su modo de andar.

Disipada en parte la niebla que pesaba sobre su espíritu, pudo fijarse y tomar interés en lo que á su alrededor pasaba. El regocijo y la bulla crecían á medida que avanzaba la tarde. Una agitación tumultuosa reinaba en las calles: de su recinto estrecho salía un clamor profundo como el de un río que se despeña. La muchedumbre se estancaba en las calles principales impidiendo el paso de los carruajes, que se veían obligados á permanecer inmóviles largo rato. De pie sobre ellos, máscaras con grotescas cabezas de cartón excitaban la risa de la gente, gritando y manoteando de un modo frenético: estaban roncos ya casi todos. Las damas de los balcones, excitadas por tanto vocerío, mareadas y nerviosas, gritaban también con alegría loca, arrojaban puñados de papelillos de colores, cubriendo la calle y la muchedumbre de un manto irisado. Algunos jóvenes respondían á esta graciosa agresión lanzándoles, con jeringas de goma, chorritos de agua perfumada. Cuando acertaban á darles en la cara, la muchedumbre aplaudía con entusiasmo. Otros, de pie sobre las banquetas de los coches con una botella en la mano y una copa en la otra, servían manzanilla á los conocidos que divisaban.

—¡Velázquez! ¡Eh, Velázquez!

El majo vió un máscara que desde lo alto del coche le ofrecía una copa de vino y se acercó.

—Ven acá, valiente. Bebe esa copa á la salud de tu niña.

Velázquez tomó la copa y dijo gravemente:

—Y á la de la tuya, máscara.

—¡Oh! La mía no vale un comino al lado de Soledad ¡Vaya una mujer castiza!... En tu caso no envidiaría ni al arcángel San Rafael.

¿Por qué les daba á todos ahora por elogiar á Soledad? Si era hermosa, otras había como ella: no era para tanto. Prosiguió su camino, levemente disgustado por tal ridículo empeño. Y de nuevo enderezó su pensamiento hacia Paca, cuyas cualidades empezó á exaltar á toda prisa en su mente á fin de borrar la imagen que, al parecer, todos se proponían ponerle delante de los ojos. Había vuelto á quedarse taciturno y marchaba con arrugado ceño por la calle. Tanta gritería, tanta bulla le iban poniendo nervioso.

Pero al revolver la esquina quedó estupefacto viendo frente á sí á Paca, que marchaba tranquilamente al lado de su marido. Sintióse turbado y molesto. ¿Quién era, pues, la máscara que le había dicho la buenaventura? Sin embargo, los abordó con fingida calma y alegría. Charlaron de las máscaras y de las ocurrencias más graciosas que aquella tarde habían oído. Paca se mostraba alegre, satisfecha y no daba paz á la lengua, narrando las aventuras de su paseo, haciendo observaciones profundas unas veces, otras ligeras, siempre atinadas, sobre todo lo que había visto y oído. Pero se detuvo de pronto y las cortó para decir á Velázquez bruscamente:

—Esta mañana he visto á Soledad, ¿sabes? Ya no se va hasta dentro de unos días. María y Antonio se han empeñado en retenerla...

Velázquez se encogió de hombros con afectada indiferencia.

—¡Qué mal has hecho, niño!—prosiguió.—¡Algún día te pesará! No hallarás mujer tan fiel ni tan cuidadosa de tus intereses.

¡Y dale con Soledad! ¿No había otra cosa de que hablar en Cádiz? Abrevió cuanto pudo la conversación y se despidió de los esposos.

La tarde declinaba. Las calles iban quedando oscuras y el semblante del guapo también. Decidióse á entrar en una cervecería y tomar algo, pues no había comido, «¡Vaya con Antoñico! se decía mientras mascaba distraídamente. ¡Ya lo creo que trabajará por que Soledad se quede en su casa! ¡No se relamerá poco ese tío podrido teniéndola al alcance de la mano!... ¡Valiente verde de restregones y achuchones se dará en estos días!» Y en su corazón, que la tristeza oprimía, sintió de pronto la quemadura de los celos. Aquel Antoñico no cesaba, con un pretexto ó con otro, de florearla. Mil veces le había oído decir que ninguna mujer le había gustado tanto en la vida. Luego, era un hombre audaz, no conocía la vergüenza; lo mismo le importaba recibir una injuria ó una bofetada que beberse una copa de vino... Ella, claro que no se iba á enamorar de semejante asqueroso; ¡pero las mujeres son tan bestias! En cuanto las adulan se vuelven jalea. Había observado que las payasadas de Antonio le caían en gracia y aceptaba sus lisonjas con gratitud. Á fuerza de machacar el hierro se dobla...

Sintió calor en las mejillas. La atmósfera de la cervecería le sofocaba. Se levantó, pagó y salió á la calle. Soplaba ya la brisa fresca de la noche. Su pecho oprimido se dilató aspirando con felicidad el aire puro, que refrescó al mismo tiempo sus sienes y serenó su espíritu. Á paso lento y con la cabeza baja caminó la vuelta de su casa siguiendo la ruta de la muralla al borde de la mar para evitar la gente. Una débil esperanza lucía en la oscuridad melancólica de su pensamiento, la de encontrar á su llegada carta de Soledad. Le parecía increíble que ésta rompiese de un modo tan insulso los lazos estrechísimos que los unían, olvidase en un punto su amor frenético, del cual tantas y tantas pruebas había recibido. Animado por esta luz y viéndola brillar delante de sí, cada vez con mayor intensidad, insensiblemente fué apretando el paso hasta llegar casi jadeante á la tienda. Procuró dar á su rostro la misma habitual expresión indiferente y altiva y, después de saludar á las tres ó cuatro personas que allí había, preguntó á Joselillo:

—¿Ha venido algún recado para mí?

—No, señor—respondió el chico.

Subió á su cuarto y se dejó caer en la cama fatigado del largo paseo que había dado y más aún de tanto pensar en la misma cosa. Concluyó por enfadarse consigo mismo. ¿Á qué tomarlo tan á pechos? ¡Vaya una jaqueca tonta la que se estaba buscando! Si se marchó, buen viaje. Las consecuencias del rompimiento serían peores para ella; porque él se quedaba en su casa, y ella... ella Dios sabe adónde iría á parar. La idea de ver á su amante padeciendo los rigores de la miseria ó quizá hundida en un lupanar le conmovió. «¡Pobre chica! se dijo enternecido. Es una niña caprichosa. Ni sabe lo que hace ni lo que quiere, ni calcula lo que le puede suceder.» Y dilatándose su espíritu con estas imaginaciones tiernas y sosegada la cólera, al cabo de un rato se quedó traspuesto.

Cuando despertó eran las nueve. Aplicó el oído á los ruidos de la tienda, y no percibiendo la voz de sus amigos se dijo: «Esos ya no vienen: se habrán ido al baile ó quedarían por ahí de juerga en cualquier montañés». Y rápidamente se echó sobre los hombros su capa torera, bajó al establecimiento, dió á toda prisa las órdenes necesarias y salió á la calle. Sin vacilación de ningún género, con paso vivo y firme se dirigió á casa de su amigo Antonio. Vivía éste en la calle de Enrique de las Marinas, bastante lejos del Campo del Sur, en el piso segundo de una casa vieja y de modesta apariencia. Estaba el portón abierto. Subió por la estrecha y sucia escalera, y cuando llegó á la puerta llamó con los nudillos. Nadie salió á abrirle. Llamó más fuerte, y tampoco. Entonces se puso á dar fuertes porrazos con el puño, hasta que se abrió una de las puertas de al lado y salió una mujer á decirle que excusaba de llamar porque no había nadie en el cuarto. Los vecinos habían salido hacía poco rato y debía de ser para el baile, porque la señá María-Manuela y una amiga que estaba con ella iban disfrazadas.

Velázquez bajó la escalera con un nuevo desengaño en el corazón. ¿Cómo? La niña, después de lo que había pasado y en situación tan angustiosa, ¿tenía humor para irse al baile? Su amor propio le sugirió la idea consoladora de que había ido, no por su gusto, sino arrastrada por Antonio, quien tenía interés en aturdirla y aun corromperla, por aquello de que «á río revuelto ganancia de pescadores». Se detuvo un instante á calcular adónde podrían haber ido, y después de pesar atentamente las probabilidades resolvió encaminarse al teatro Principal.

El salón estaba ya lleno. En el medio bailaban trabajosamente veinte ó treinta parejas ceñidas por una muralla de espectadores que gritaban, reían, y les daban ruidosa cantaleta avanzando insensiblemente y sofocándolas cada vez más. Muchos de ellos estaban ebrios ó tocando en las lindes de la embriaguez y sus chanzas eran descomedidas. Pero los que bailaban con las máscaras hallábanse poco más ó menos en el mismo grado de la escala alcohólica y no se quedaban cortos en las respuestas. Solamente las mujeres estaban disfrazadas: hombres, uno que otro por excepción, acaso para llevar á feliz término alguna aventura que exigiese misterio. Las luces y el vaho de tanta gente habían formado ya una atmósfera espesa y asfixiante.

Velázquez se introdujo en el grupo de espectadores y á fuerza de codazos logró pronto colocarse en primera fila. Se puso á examinar las parejas que cruzaban. El disfraz ordinario de las mujeres era el dominó; las había, sin embargo, graciosamente ataviadas con trajes de capricho. Muchas, sofocadas por aquel ambiente, se habían quitado la máscara, saltaban con las mejillas rojas y los ojos brillantes, dejándose arrebatar en el torbellino del baile. Unas se desplomaban con lánguido abandono en los brazos de sus galanes, abatidas, mareadas, reposando la cabeza despeinada sobre sus hombros. Otras brincaban con frenesí, enloquecidas por el ruido y el movimiento, respondiendo con viveza á cuantos requiebros dejaban caer en sus oídos al pasar. Una linda rubia de ojos negros daba puntapiés con sus zapatitos de raso blanco al galán que la llevaba abrazada, en castigo quizá de algún desmán, mientras otra muchacha se volvía á menudo para saludar con la mano á unos jóvenes que miraban desde un palco, lo cual mortificaba mucho á su pareja.

Velázquez observó cuidadosamente á cuantas mujeres bailaban esperando descubrir á Soledad; pero no logró nada. Calló, al fin, la orquesta. Por todo el ámbito del salón comenzó á hormiguear la muchedumbre con algazara. Los gritos de las máscaras dando bromas á sus conocidos levantaban horrible algarabía. Algunas, por su donaire, llamaban la atención y lucían la viveza de su ingenio en medio de un grupo que las aplaudía, mientras el pobre hombre víctima de sus burlas, con el rostro encendido y desfigurado por una sonrisa forzada, hacía inútiles esfuerzos por exprimir el ingenio y sacar de él alguna respuesta graciosa.

El guapo recorrió el salón en todas direcciones por ver si descubría entre las máscaras á su querida. Tenía la seguridad de reconocerla. Mientras se dedicaba á esta caza sabrosa sin resultado, alzóse súbito gran tumulto. La gente se arremolinó hacia uno de los ángulos; las mujeres chillaban; los hombres se precipitaban para introducirse en el lugar de la gresca: por algunos momentos reinó espantosa confusión en el baile. El motivo era que un hombre, sorprendiendo á su mujer allí, la estaba dando de bofetadas. El galán que la acompañaba salió á su defensa: se había trabado una lucha en la cual tomaron parte los amigos de uno y otro: brillaron las navajas, y hubiera habido que sentir si los muchos concurrentes no sujetasen á los gladiadores y la policía no llegase al punto. Velázquez, que siempre se había mostrado indiferente á estas bullas y se había reído de los burlados, dijo en voz alta y con acento colérico que estaba bien hecho y que fué lástima que el hombre no le hubiese sacado las tripas al galancete.

Cuando los culpables fueron arrojados del salón y se restableció la calma, vió entre las máscaras una más alta que le pareció su amante. La pequeña y gorda que la acompañaba era sin duda María-Manuela. Corrió á su encuentro, pero ellas, al verle, se separaron vivamente y, cada cual por su lado, se introdujeron en la muchedumbre, desapareciendo al instante de sus ojos. Por más que hizo no le fué posible dar con ellas. Mareado de tanta vuelta, rendido y triste, se determinó al cabo á salir del baile. Soledad y María-Manuela sin duda se habían vuelto á casa. Pero antes de retirarse á la suya quiso dar un vistazo por el café Suizo. Un vago presentimiento le animaba á ello. Sabía que Antonio era parroquiano y solía llevar con él á María-Manuela.

En cuanto abrió la puerta y puso el pie dentro la vió. Estaba sentada cerca del mostrador con su amiga María y otra mujer, Antonio y otro hombre. Llevaba dominó negro y se había quitado la careta. Sus ojos se encontraron, pero ella apartó los suyos vivamente y por su hermoso rostro sonriente se esparció una nube sombría. Velázquez vaciló unos instantes, pero al fin se decidió á acercase á la mesa haciendo un gran esfuerzo sobre sí mismo para aparecer sereno.

—Á la paz de Dios, señores.

Soledad no respondió. Los demás, que no le habían visto, levantaron la cabeza sorprendidos y saludaron.

—¿Tú por aquí á estas horas, gachó? ¿Qué milagro es éste?—dijo Antoñico con intención burlona y malévola que hizo dar un vuelco á la sangre del guapo.

¡Con qué placer le hubiera estampado la botella en la cara! Se contuvo, esperando que algún día se las pagaría aquel sinvergüenza, y adoptando un tono desenfadado explicó su aparición. Salía del baile, donde se había aburrido como un perro en misa y, sintiendo sed, se había metido en el café á tomar una limonada. Y al decir esto batió las palmas y se la pidió al mozo.

—Sí, ya sé que has estado en el baile—replicó Antonio con la misma sonrisilla guasona.

Velázquez mintió; dijo que había recorrido antes otros dos, y que en ellos había bailado; pero aunque tenía por cierto que la vecina se lo diría, no tuvo valor para confesar que había estado antes en su casa, esperando que de aquella conferencia saldría algo que evitase tal humillación. Y estuvo arrogante y oportuno, como en sus horas más felices, cuando se hallaba delante de mujeres que se proponía cautivar. Antonio llegó á dudar, viéndole tan despreocupado, si serían ciertas sus explicaciones y habría entrado allí por casualidad. Ni una sola vez volvió los ojos hacia Soledad, cerca de la cual estaba sentado; pero, sin mirarla, veía su semblante hosco y su entrecejo fruncido. La joven permanecía rígida y silenciosa: los esfuerzos del guapo no lograban desarrugarla.

Al fin se decidieron á retirarse. Velázquez había prevenido al mozo con una seña, y al pedir la cuenta se encontró con que ya estaba pagada. Soledad hizo un movimiento de impaciencia y disgusto, que no pasó desadvertido para el guapo. Pero Antonio halló el paso muy delicado y se puso de mejor humor. Salieron á la calle. Las tres mujeres se habían cogido del brazo; los hombres marchaban delante. Mas Velázquez maniobró hábilmente para quedarse rezagado y se volvió al lado de Soledad, que daba la acera á las otras dos. Al cabo de un rato de silencio dijo en voz baja:

—¿Te has divertido en el baile?

—Sí—respondió la joven secamente sin volver la cabeza.

Después de otra pausa volvió á preguntar tímidamente:

—¿Has bailado mucho?

—No—respondió con la misma sequedad.

Nuevo silencio, durante el cual el majo estrujaba su inteligencia buscando medio de pasar á la conversación que deseaba.

—Te he visto y te he reconocido perfectamente hace un momento aunque llevases careta—dijo al cabo disimulando inútilmente su emoción.

Soledad no respondió.

—¿Sabes por qué te he conocido?

—No.

—Pues por esos pies menuditos que Dios te ha dado y que no tienen pareja.

—¡Bah!—dejó escapar la joven con indiferencia.

María-Manuela, que deseaba vivamente la reconciliación de los amantes, oyéndoles hablar, dijo algunas palabras al oído á su amiga, y ambas se separaron bruscamente de Soledad, dejándola sola. Velázquez lo agradeció en el fondo del alma; pero un gran temor y embarazo le sobrecogieron inmediatamente.

—Hace un rato estuve en casa de Antonio... Quería darte la mano antes de que te fueses... Me dijeron que estabas en el baile, y sin saber cuál era fuí derecho á ese... ¡La querencia, hija mía!... Tenía la seguridad de conocerte en cuanto te echase la vista encima. Ni tu cuerpo, ni tu aire, ni tus pies se pueden equivocar con otros. Tardé mucho en dar contigo; pero cuando al cabo te vi y traté de saludarte, desapareciste de mis ojos entre la gente y ya no pude hallarte... ¿Me has visto tú?

—Sí.

—...Me guardas rencor todavía, ¿verdad?... Pues mira, Soledad, por mucho que tú me tengas, más me tengo yo. Quisiera poder molerme las costillas á palos. Te sobra razón para no mirarme á la cara en tu vida; pero dicen que de los arrepentidos es el reino de los cielos, y tú para mí eres el cielo, ¡el cielo de la mañana con campanillas de plata! Un cachito de gloria, ¿sabes?... Nunca pensé estar tan chalado... Desde que saliste de casa, ni cantan los pájaros en la jaula, ni huelen las flores en el balcón, ni el perro hace otra cosa en todo el día que aullar... Todos parecen decirme: «¡Anda por ella!»

La joven permanecía silenciosa y grave. Entonces Velázquez, deponiendo las últimas migajas de orgullo que le quedaban, profirió con voz temblorosa:

—He pasado una noche y un día muy amargos, Soledad. Me parecía imposible que un cariño de toda la vida pudiera romperse en un minuto. Te he querido de chiquita, cuando te hacía bailar sobre las rodillas y gorjeabas á mi oído pidiéndome alguna golosina: te he visto crecer y desarrollarte y volverte poco á poco una real hembra que hacía la boca agua á toos los gachós de la villa. Y entonces comenzaron mis cuidaos, ¿sabes?... Después pasó lo que pasó y me fuí metiendo, metiendo en el querer... y hoy eres para mis ojos, criatura, la misma Virgen del Carmen, el principio y el fin de todas las cosas... ¿Por qué no me has escrito, dí? Una palabra tuya me hubiera hecho volar á tu lado y pedirte perdón... Pero hacer que me escribiese ese tío no te lo perdonaré jamás...

Soledad alzó los hombros con ademán displicente y dijo:

—Allá tú.

Velázquez se sintió cada vez más turbado. Una tristeza profunda iba entrando poco á poco en su pecho. La que él imaginaba pequeña barrera fácil de saltar se trasformaba en alta, inaccesible muralla. Entonces halló en su alma palabras sumisas y fervorosas que ofreció en holocausto á aquella diosa irritada.

—Desde que te has ido de mi vera no sé lo que me pasa, gachona; ni duermo, ni como, ni sosiego, ni un momento dejo de pensar en ti. ¡Y yo que me figuraba que podía vivir tan ricamente sin verte! ¡Sin duda me has echado algunos polvos en la comida antes de irte, gitana! Me parece como si hubiera vivido hasta ahora con una venda sobre los ojos sin saber que tenía cerca un pedazo de cielo, una palomita de oro, un talego de perlas que á patadas hubiera esparcido por el suelo. Y ahora que me ha caído la venda me bajo á recogerlas y las beso, ¿sabes?... Escucha: todo el mundo dice que soy orgulloso y quizá tengan razón; pero contigo no quiero serlo más. Si has estado en mi casa humillada, de hoy para arriba no volverá á suceder, te lo juro por mi salud... Ocuparás en ella el sitio que mereces, serás respetada como las santas que están en los altares y nadie hará allí sino tu voluntad... Á mí me basta para ser feliz oir tu voz y sentir tus pasos menudos.

Soledad escuchó impasible este concierto de palabras dulces y protestas de amor. Caminaron buen trecho en silencio. Al cabo Velázquez, con voz más débil, prosiguió:

—Borra de tu memoria cuanto malo te haya hecho hasta ahora. Quiero ser otro hombre para ti, y si en la vida vuelvo á hacerte una perrada, mala puñalada me den rejoneá. No pienses más en irte á Medina, ni en que esas manos de cera trabajen para comer: casa tienes en Cádiz, y mientras yo viva tan señora serás en ella como la reina en su palacio...

El mismo silencio obstinado por parte de su compañera.

—Dí, ¿no quieres venirte conmigo? ¿Serás tan rencorosa como todo eso?—profirió ansioso y acongojado.

Pero Soledad, en vez de responderle, se dirigió en voz alta y tono jocoso á sus amigas, que marchaban delante.

—Andad más vivito, hijas, que llevamos paso de procesión. ¿Queréis pasar la noche al fresco?

Cayéronsele al guapo las alas del corazón. En su vida se había sentido tan triste. Aún tuvo fuerzas para exclamar:

—Vamos, Soledad, olvida mis faltas. Eres muy buena y me perdonarás... ¿Te vienes conmigo?

La joven guardó silencio cruel y siguió caminando con igual tranquilidad, como si no hubiese oído.

Velázquez perdió la esperanza de llevarla de nuevo á su casa. Sintió frío y se pasó la mano por la frente con abatimiento. Pero no tuvo aliento para continuar suplicando y caminaron algún tiempo, y llegaron hasta la puerta de la casa de Antonio, sin que ninguno de los dos despegase los labios. Antonio y su amigo se detuvieron; uniéronseles en seguida María-Manuela con la otra mujer: Soledad y Velázquez iban á hacer lo mismo, cuando éste dejó caer en los oídos de la joven, con voz angustiosa, estas palabras:

—¡Pero, Soledad! ¿de veras me vas á dejar marchar solo?... ¡Por lo que tú más quieras... por la memoria de tu padre, que fué mi amigo, no me hagas esa ofensa... no tengas tan mala sangre!... ¡Anda, hija mía, vente conmigo!

Soledad volvió la cabeza sorprendida de aquella voz extraña y temblorosa, le miró un instante á la cara y al fin dijo gravemente:

—Bueno; vamos.

La alegría dejó suspenso al guapo por algunos minutos; pero reponiéndose en seguida y tornando á su habitual arrogancia, tomó la mano de la joven, la pasó por debajo del brazo y así enlazados se acercó al grupo diciendo:

—Camarás, ustedes se van á la cama: nosotros también. Conque á la paz de Dios y dormir bien.

María-Manuela prorrumpió en exclamaciones de gozo. Ya sabía ella que todo aquello era mojama y conversación de Puerta de Tierra.

—¡Pues no faltaba más que dos gachós tan serranos se juntasen y se apartasen como dos perros callejeros! Andad, hijos, que las piedras de la calle os irán echando bendiciones. Soledad, no consientas más en la vida que ese desaborío te regale ligas. Ya te anuncié que habíais de reñir...

Los demás se mostraron igualmente alegres por la reconciliación y les felicitaron; pero Antonio no dejó de verter su gotita de hiel en la alegría de Velázquez.

—¡Así me gustan los hombres!—exclamó dándole palmaditas en el hombro.—Una mujer como Soleá merece que nos echemos la fachenda á la espalda.

El guapo sintió el escozor del alfilerazo, pero disimuló, esperando la ocasión de tomar revancha; y temiendo no fuese más adelante en sus bromas, se apresuró á alejarse arrastrando consigo á su querida. Los despidieron con algazara. Cuando ya estaban lejos, Antonio les gritó recordando la conclusión de los cuentos:

—Y todo quedó en paz y gracia de Dios, y yo fuí y vine y no me dieron nada.

Soledad se volvió con la faz sonriente y replicó, aludiendo también al final de los cuentos:

—Te regalaré unos zapatitos de manteca, si los quieres.

Quedaron al fin solos. Velázquez no halló palabras, acometido á un tiempo mismo de turbación y gozo. Embargábale una emoción gratísima, una ternura suave que refrescaba su corazón y lo bañaba de deleite. Jamás había experimentado aquello. Mil veces había sentido el brazo de Soledad sobre el suyo, sin que su dulce peso le hiciese estremecer de alegría, sin pensar que llevaba sobre sí un tesoro. ¿Por qué era tan exquisita la sensación que ahora percibía? El suave calor de aquel brazo, trasmitido al suyo, se difundía por todo su cuerpo inundándole de felicidad.

Al cabo su lengua se desligó para proponerle tímidamente que siguiesen el camino de la muralla. Soledad no puso reparo alguno, y por una de las bocacalles salieron al Perejil, totalmente desierto á aquellas horas.

Era una noche tibia de las postrimerías de Febrero. La luna bañaba ya su punta argentada en el mar preparándose á dormir en su seno. Por la inmensa llanura líquida se esparcía una blanca claridad que hacía temblar al monstruo de júbilo. La blanca diosa, al abandonar el firmamento y hundirse en las olas, mostraba en silencio su faz radiante y serena. Las estrellas palidecían ante su majestad. Ningún ruido se escuchaba más que el leve batir de las olas. De los confines del horizonte la noche venía desplegando su velo misterioso, que pronto iba á envolver en la sombra la tierra, el cielo y el mar.

Velázquez, que nunca había fijado su atención en los esplendores de la naturaleza, sintió la poesía de aquella hora sublime. Un gozo, que brotaba del fondo del alma, poblaba de encantos cuanto abrazaban sus ojos, y desataba su lengua avara de palabras. Oprimiendo cada vez más el brazo de la joven, narrábale al oído cuanto había acaecido en su ausencia, la informaba de todos los pormenores de la casa, deslizando en el relato conceptos halagadores, frases cariñosas que daban testimonio de su ventura. Sentía en aquel instante irresistibles impulsos de adoración, de poner al descubierto su alma y explicar los sufrimientos que había experimentado en las últimas horas; los explicaba con el placer de un náufrago que, al amor del fuego, en un sillón confortable, cuenta los terribles peligros que ha corrido, seguro de no verse más expuesto á ellos.

Soledad escuchaba serena, complacida, dejándose arrullar por aquella cascada de palabritas de miel que nunca habían llegado á sus oídos. Llevaba los ojos puestos en el cielo y sonreía de vez en cuando á los amorosos extremos de su amante. De repente vió correr una estrella, y para que no fuese mensajera de algún mal exclamó:

—¡Dios te guíe! ¡Dios te guíe!

Velázquez la miró sorprendido.

—¿Cómo que Dios me guíe? Ya me ha guiado hacia ti, serrana, y estoy contento.

—No: se lo decía á una estrella corrida.

—¡Ah! ¿Cuentas las estrellas del cielo?—dijo el guapo.—Pues ten cuidado, porque tantas como cuentes te saldrán de arrugas en la cara... Pero no te importe, niña, que cuando eso suceda yo no podré ya con la fe de bautismo en papeles y tendrás que sacarme en una espuerta al sol.

Ambos rieron representándose aquel porvenir lejano. Y charlando de esta suerte llegaron al fin á casa; y después que Soledad hubo echado una mirada investigadora por el establecimiento, subieron para reposar.

X. Rebelión

Velázquez se sintió al día siguiente avergonzado en presencia de su querida. Se levantó, no obstante, de buen humor y la prodigó muchas delicadas atenciones que no acostumbraba á usar: bebió y comió con apetito y estuvo locuacísimo todo el día. Por la noche agasajó á sus amigos en celebridad de la reconciliación, y éstos pudieron notar que su alegría era excesiva y que había depuesto aquella gravedad displicente que rara vez le abandonaba. En los días sucesivos se alteraron un poco sus hábitos. Estaba mucho menos tiempo fuera de casa: dentro no se escuchaban aquellos juramentos y amenazas que por el más insignificante descuido dejaba escapar de su boca: se levantaba tarde, se acostaba temprano: jugaba largas horas al rentoy con los parroquianos, y en las disputas que el juego suele engendrar mostrábase tolerante y conciliador. En suma, parecía un hombre feliz en paz con el mundo y consigo mismo.

Soledad también lo era, al parecer. Atenta á la dirección del establecimiento, grave, activa, tranquila como una diosa, recibía las finezas de su amante con suave sonrisa de complacencia, mirándole de vez en cuando con el rabillo del ojo. Escuchaba mucho, hablaba poco y observaba sin cesar. Las noches en que había música en la plaza de Mina, salía con su amante á escucharla. Por las tardes también quería éste sacarla á paseo, pero rara vez aceptaba. Los quehaceres la retenían. Deseaba aquél tomar una criada para aliviarlos; pero ella se opuso siempre con tenaz resolución.

Sin embargo, el majo no podía vencer aquel sentimiento de vergüenza que le acometiera después de la escena de la reconciliación. Aunque ponía empeño en aparecer fresco y despreocupado y como si hubiese olvidado enteramente lo acaecido, era inútil. El recuerdo de la noche memorable en que por primera vez en su vida descendió á las súplicas delante de una mujer le asaltaba, mal de su grado. Y aunque hubiera logrado borrarlo de la memoria, ¿qué adelantaría? ¿Se le borraría á ella? Pues esto era precisamente lo que le inquietaba, lo que, á pesar de la paz y ventura en que vivía, le causaba sordo malestar. Creía estar viéndolo, al través de sus grandes ojos negros, impreso con caracteres indelebles en su imaginación.

Pero Soledad no parecía preocupada con tal recuerdo, ni mucho menos advertir la inquietud de su amante. Era la misma de siempre. Se mostraba con él cariñosa y solícita, prevenida á darle gusto en todo: de tal modo, que el guapo nada echaba menos de los regalos con que le tenía acostumbrado. No había pretexto para reñir y enfurecerse; por eso no lo hacía: esto, á lo menos, pensaba él, y se felicitaba de que en su casa hubiera tanto orden y que Soledad hubiera progresado tanto en pocos días. El demonio de la soberbia, no obstante, abatido y aletargado con el golpe de la escapatoria, comenzaba á revolverse y hacerle cosquillas en el alma. El resquemo de la humillación no se suavizaba, antes iba siendo cada días más áspero é insufrible. Menester era arrojarlo pronto, dar merecida satisfacción á su orgullo y recobrar la prístina grandeza y majestad á los ojos de todo el mundo y á los de sí mismo.

Comenzó á mostrarse más grave y á adoptar en la conversación aquel tono de superioridad displicente que siempre le había caracterizado. Mitigábalo, no obstante, al dirigirse á Soledad, por un resto de temor, que al cabo también fué desapareciendo. Ésta ni se sobresaltó por el cambio, ni se dió siquiera por entendida. Seguía tranquilamente la marcha ordinaria de su vida: al hablarle lo hacía con absoluta libertad de espíritu, con un aplomo que mortificaba al guapo, pues nunca hasta entonces creía habérselo notado.

Al fin, una noche, hallándose todos los amigos reunidos en la tienda, Velázquez, que estaba de vena, se aventuró á soltar una pullita á su querida, de aquellas con que antes la regalaba y que no pocas veces la hacían derramar lágrimas en presencia de la reunión. Soledad alzó la cabeza vivamente y le clavó una larga mirada luciente y colérica. El guapo dirigió la suya hacia otro sitio, se puso un poco colorado y procuró distraer la atención de los amigos. Aquel aviso tácito le impresionó más de lo que contaba. Mas cuando hubo pasado el efecto y pudo recapacitar nació en su alma un sordo despecho con mezcla de desaliento. Ahora fué cuando entendió claramente que la situación había cambiado. Aquella mujer, antes esclava sumisa, se atrevía á desafiar su cólera; luego estaba bien convencida de que no podía vivir sin ella. Devoró su enojo y se guardó en adelante de dirigirle ninguna burla mortificante. Sólo con muchas precauciones y mirándola siempre á la cara se autorizaba de vez en cuando algunas bromitas tímidas y cariñosas que más parecían caricias.

Pero como es difícil mantenerse siempre en un justo medio inofensivo, y más poseyendo el carácter fanfarrón de nuestro majo, sucedió que otra noche, sin darse cuenta, se le fué la lengua y soltó una impertinencia. Soledad esta vez no se contentó con mirarle, sino que exclamó con acento amenazador:

—¡Cuidado!

Volvió á echarlo á broma Velázquez, y le dijo algunas frases cariñosas para desagraviarla. Ella permaneció seria.

Cada día lo fué estando más, y cada día se mostró más silenciosa, afirmándose en el puesto preminente que al fin había logrado adquirir en la casa. Y mientras ella, á toda prisa, ganaba aplomo y libertad, con la misma rapidez los perdía él. Perdió aquellos modales arrogantes que jamás le abandonaban, su mirar altivo, su displicente sonrisa: cuando hablaba con ella hacía esfuerzos increíbles para ocultar su rendimiento, pero sin conseguirlo más que á medias. Temía ofenderla con cualquier frase un poco atrevida. Y, en efecto, la bella fruncía su divino entrecejo por la broma más inocente; iba adquiriendo una susceptibilidad tan delicada que casi se la hería con la vista.

Sin embargo, hasta entonces se habían guardado las apariencias, aunque con trabajo. Velázquez seguía siendo la autoridad infalible é indiscutible de la casa; ella la mujer fiel y sometida que le servía. Pero tal situación no tenía fundamento alguno en la realidad. Velázquez lo sentía allá en el fondo de su alma: sabía que todo era comedia, que su poder era una sombra, que, aunque invisible, Soledad le tenía puesto el pie en el cuello. Esta idea hacía botar su orgullo como un corcel brioso á quien le clavan las espuelas. Á fuerza de habilidad había logrado ocultarlo á todo el mundo, y aun pretendía con mil artificios ocultárselo á sí mismo, pero en vano. La triste verdad, que á su despecho se imponía, le roía el corazón y le quemaba la sangre. Comenzó á vivir en un estado de zozobra que al cabo se le hizo insoportable. Comprendió que era necesario salir de él á toda costa, si no quería fenecer de un empacho de bilis. Y determinó volverlo todo patas arriba con un golpe de audacia, súbito, inesperado. Espió con paciencia algunos días la ocasión; se mostró más afable y condescendiente que nunca, y al cabo, cuando aquélla se le ofreció oportuna, dió fuego á la mecha y disparó el tremendo cañonazo con que esperaba amedrentar al enemigo y alcanzar de nuevo la cumbre del poder.

Era día de toros. Había prometido á su querida que la llevaría á la corrida y, al efecto, tenía comprados dos asientos de delantera de grada. Salió á dar una vuelta, quedando en venir á recogerla á la hora conveniente. Mientras tanto Soledad sacó al sol y se atavió con los mejores trapos que tenía, el vestido de fino merino negro, la media de seda calada, los zapatos de tafilete, el rico pañolón de Manila, los pendientes de diamantes: se rizó el pelo, lo adornó con flores al uso de la tierra y se sentó detrás del mostrador á esperar la hora. Sonó ésta, sin embargo, y trascurrieron algunos minutos después sin que el guapo pareciese. Pasó media hora, pasó una, y nada. Entonces la gallarda tabernera, abrasada el alma de despecho, subió á su cuarto y se quitó, mejor dicho, se arrancó con mano trémula el vestido de gala.

Velázquez entró en casa á la noche y se condujo con la misma soltura y libertad que si no hubiera hecho nada reprensible. Tan sólo dijo con afectada ligereza:

—Dispensa, hija, que no haya venido á buscarte. Me encontré con un antiguo conocido de Jerez, y no tuve más remedio que ofrecerle tu asiento.

Soledad le dirigió una torva mirada de través y guardó silencio. Al cabo de un momento repitió maquinalmente, como si no diese importancia á lo que decía:

—Has perdido poco. El ganado regular, pero los chicos no sé por qué no duermen esta noche en la cárcel... ¡Qué guasa, hija! ¡qué guasa!

La tabernera tampoco despegó los labios. Su rostro estaba sombrío, amenazador. Velázquez se levantó al cabo de la silla y se dirigió hacia ella con sonrisa petulante.

—¿Qué es eso, gitana? ¿Estamos enojados por el lance? Otra corrida vendrá en que no tendré compromisos...

Al mismo tiempo le tomó la barba con la punta de los dedos para acariciarla. Pero ella se sacudió vivamente, exclamando con voz alterada:

—¡Quita allá, mala sangre! Debiera caérsete la cara de vergüenza, ¿y vienes con arrumacos?... Me tienes tan harta, ¡tan harta! que milagro será que sufra tus sandeces mucho tiempo...

El guapo se irguió entonces con arrogancia y respondió fríamente:

—¿Es de veras eso?

—¡Y tan de veras!—exclamó ella mirándole con ojos de indignación.

—Pues, hija mía, no te mortifiques más tiempo... Cuando las cosas no convienen, ya sabes el remedio.

Soledad le miró fijamente y con sorpresa. Resistió el guapo la mirada sin pestañear. Hubo una corta pausa en que ambos trataron de escudriñarse el alma. Al cabo dijo aquélla levantándose:

—Está bien. Lo que ha de ser, cuanto más pronto, mejor.

Y subió á su cuarto con paso firme. Velázquez permaneció en la tienda inmóvil, silencioso, con la vista fija en la puerta por donde había salido. No tardó en presentarse de nuevo con el mantón sobre los hombros, y sin mirarle se dirigió resueltamente á la puerta de la calle. Pero el majo, con rápido ademán, se puso delante, cortándole el paso.

—¡Pero niña! ¿has tomado en serio la broma?—exclamó sonriendo con afectada alegría.—¿Tú no sabes que estamos amarraditos y sentenciados á cadena perpetua?

—¡Quita! ¡quita!—exclamó la joven poniéndole la mano en el pecho para rechazarlo.—Sólo sé que me duele el alma de aguantar tus necedades y que no las aguanto más tiempo.

—No necesitas irte para eso, porque no volveré á decirte ni hacerte nada que te ofenda. Te doy mi palabra. La de esta tarde será la última...

Y siguió cerrándola el paso para que no pudiera alcanzar la puerta.

—Te digo que me dejes Velázquez—repitió con calma y severidad.—Nada adelantarás con retenerme á la fuerza.

Entonces el majo se abatió á las súplicas, á los halagos, empleando los recursos de su ingenio en persuadirla. Todo fué en vano. La irritada joven le escuchaba inflexible y repetía con tenaz resolución:

—Me voy, me voy: no quiero sufrir más.

Cayó al fin el guapo de hinojos y la retuvo por el vestido, dirigiéndole ruegos tan vehementes y haciéndole promesas tan disparatadas que Soledad vaciló. Le miró todavía con ojos coléricos, le cubrió de dicterios, le amenazó con marcharse á la primera ofensa que le hiciera; pero, desahogada su cólera, consintió al cabo en quedarse.

XI. Sumisión

No volvió á rebelarse. Aquel hombre de corazón altivo, tan fiero con las mujeres que habían tenido la desgracia de amarle, rindió al fin la cerviz al yugo de la última. Fué una pasión súbita, ardorosa, que le abrasaba las entrañas. Vivió desde entonces en dulce y á la vez insoportable inquietud, como si hubiese bebido un filtro mágico que le trastornara ó pesase al fin sobre él la venganza de la diosa del amor, justamente irritada por sus ofensas. Perdió el gusto de las francachelas en Puerta de Tierra, de la conversación, de la guitarra y las cañas y hasta de salir á la calle. Se hizo melancólico, taciturno, indolente: en sus miradas no brillaba aquella chispa de arrogancia que le daba ascendiente entre los hombres; de su boca no fluían las palabras chistosas y libres con que sometía á las mujeres.

Delante de Soledad se mostraba amable y rendido, sin ocuparse ya en disimular su vencimiento. Al contrario, parecía que sentía gozo y el pecho se le dilataba cuando la daba un testimonio de adoración más vivo que de costumbre. No se saciaba de estar á su lado, de prodigarla nuevas y sabrosas caricias. Recibiólas ella con gratitud y alegría primero, después con graciosa condescendencia y sin devolverlas sino tal vez que otra; por último, á medida que el guapo las menudeaba, le fueron siendo más indiferentes, terminando por hacérsele pesadas.

Acostumbróse Velázquez á tomarle la mano siempre que hablaba con ella y á retenerla entre las suyas largos ratos, cosa que llegó á molestar á la bella. Suave, lentamente comenzó á desasirse siempre que podía. Él, achacándolo á distracción, volvía á tomarla sin darse por advertido. Pero estas retiradas se fueron haciendo poco á poco más francas, de tal modo que, desengañado al fin, le preguntó con acento triste:

—¿Qué? ¿no quieres ya darme la mano?

Ella, grave y silenciosa, volvió á entregársela. Pero tanto llegó á enfadarle aquella prueba de afecto, que se puso nerviosa y un día le dijo bruscamente:

—Mira, suéltame la mano.

—¿Por qué?—preguntó él tímidamente.

—Porque me dan calor las tuyas, ¿sabes?

Velázquez, confuso, hizo lo posible por echarlo á broma, pero se abstuvo en adelante de molestarla.

Todavía era feliz, sin embargo. Porque, á medida que Soledad se hacía más reservada, sus raros momentos de expansión adquirían mayor atractivo, tenían un sabor exquisito que le resarcía de su creciente frialdad. Lo único que le causaba grave desazón era la amenaza de marcharse, que cada día más á menudo y por cualquier pretexto salía de su boca. Cuando esto acaecía quedaba anonadado, como si fuese la mayor desgracia que pudiera sobrevenirle, y se apresuraba á conjurarla por los medios que estaban á su alcance. Para tenerla contenta apelaba al recurso de los regalitos; apenas se pasaba un día que no viniese de la calle con alguno: un alfiler imperdible, una peineta, un frasco de perfume. Lo que más papel representaba eran las yemas de San Leandro, aquellas famosas yemas que tanto agradaban á la tabernera y con las cuales antes no cesaba de burlarla. Pues ahora fueron tantas las que le trajo que consiguió empalagarla y que las aborreciese.

De tal modo llegó á impresionarle la amenaza, no obstante, que pronto le hizo vivir en un estado de agitación y anhelo insoportable. Entonces, para arrancarse del corazón esta espina, pensó seriamente en casarse con Soledad. Una vez dueño de ella por la ley, se imaginaba que volvería á adquirir el perdido predominio y gozaría sin zozobra la dicha de poseerla. No se le pasaba por la tela del juicio volver á tratarla del modo cruel y desdeñoso que antes: la amaba ya demasiado para que esto pudiera repetirse. Lo único que ambicionaba era estrechar el lazo que los unía, hacerlo indisoluble y vivir en calma.

Acarició por varios días la idea, gozando de antemano con el efecto que iba á causar en Soledad. Sin duda lo que le hacía falta á ésta era adquirir la dignidad de esposa. Su situación humillante era lo que la tenía constantemente seria, malhumorada. En cuanto se viese colocada en la jerarquía á que era merecedora, no temiendo ya ser herida en su orgullo, perdería aquel humor melancólico é irascible que desde algún tiempo la venía dominando. Y en cuanto se ofreció una ocasión para hablar de ello, se lo propuso abiertamente en términos halagüeños y con alegre semblante. Contra lo que esperaba, el de Soledad no se dilató al oir la noticia. Estaba lavando vasos y esto siguió haciendo sin levantar la cabeza ni dignarse responder una palabra. Velázquez aguardó en vano alguna señal de aquiescencia: como no llegaba, trató de provocarla hablando con animación de su proyecto, pintando un cuadro lisonjero de su dicha futura. Pero la tabernera permaneció impasible y grave, como si nada de lo que estaba escuchando fuese con ella. Calló al fin el majo y, sin atreverse á exigir respuesta, se alzó de la silla donde estaba, y salió de la estancia no poco triste y desengañado.

Así anduvo varios días; pero la esperanza, que tarde ó nunca nos abandona, le hizo pensar al fin que lo que había hecho callar á Soledad fué la sorpresa en parte y en parte también el temor de ser burlada como otras veces. Era absolutamente incomprensible que no prefiriese ser su esposa á vivir con él sin decoro. Por esto se determinó á provocar una explicación que concluyese con sus dudas.

Viéndola un día más expansiva y serena que de ordinario, como hablasen de Paca la de la Parra y su marido, celebrando lo bien avenidos que vivían á pesar de la oposición de sus caracteres, Velázquez le tomó de pronto una mano y le dijo cariñosamente:

—Tú y yo viviremos al fin tan felices como ellos... Dí, flamenca, ¿cuándo quieres que nos casemos?

El rostro de la joven se oscureció repentinamente y, retirando su mano, profirió con acento desdeñoso y colérico á la vez:

—Mira, déjame de casorios... Como he vivido hasta ahora seguiré viviendo... sin honra, pero libre... muy libre, ¿sabes?

Velázquez quedó confuso, anonadado. Conociendo el temple de su querida, se abstuvo de insistir. Pero, disipada aquella última esperanza, pensó con tristeza que los lazos que á ella le unían no podían ser más frágiles y que el mejor día caerían al suelo rotos.

Los amigos, de un modo inconsciente, contribuían á llevar el desconsuelo á su corazón. Paca no abandonaba la idea de legalizar la situación de los amantes: las atenciones extrañas que ahora observaba en Velázquez la animaban á persistir, juzgándolo ya maduro para el caso; los compadres de la reunión, solicitados por ella, le prestaban ayuda. Así que, comenzaba á tocarse más á menudo que antes el punto del matrimonio en la conversación. El efecto que esto causaba en el guapo era cruel. Quedaba repentinamente sombrío, paralizado, y no pocas veces se le habían subido los colores á la cara, lo mismo exactamente que le pasaba á Soledad en otro tiempo. Ésta permanecía tranquila, sin ningún vano alarde que dejase traslucir que el platillo de la balanza había subido para ella y bajado para su querido; al contrario, hacía lo posible por distraer la conversación y sacarle del aprieto.

Pero aunque Velázquez se esforzase en ocultarlo y Soledad nada hiciese para ponerlo de manifiesto, el cambio operado en sus relaciones no era ya un secreto para nadie. Los amigos murmuraban, se hacían guiños cuando observaban algún signo de sumisión, se comunicaban sonriendo los descubrimientos que iban haciendo. Y no sólo los amigos, sino todas las comadres del barrio que frecuentaban la tienda llegaron pronto á sospechar lo que ocurría. Desde entonces cien ojos de zahorí los espiaron incesantemente: muy pronto se supo con todos los pormenores la caída del guapo y el estado de abatimiento á que su pasión le había reducido. Las comadres celebraron con alborozo el triunfo de Soledad, no sólo por ser de justicia, sino también por espíritu de cuerpo. Era la apoteosis merecida del elemento femenino. Y la celebraban y la festejaban con toda especie de palabrillas, homenajes y sonrisas picarescas.

—¡Al fin llegó tu hora, querida!... Así debe ser: la mujer siempre muy alta... ¿Qué se creen esos tíos? ¿Que porque somos buenas y callamos la mitad de las veces por evitar disgustos se nos ha de tratar como trapos sucios?... ¡Que se limpien!... Ya que le tienes bajo el pie, aprieta, hija, no temas; cuantos más sofocones le des más suavecito lo tendrás... Esos malditos hombres son así...

Soledad no se mostraba ni alegre ni lisonjeada por esta charla arrulladora. Guardaba silencio, según su costumbre. Cuando le parecía que se dilataba demasiado ó se excedían en ella, la cortaba bruscamente.

Sin embargo, las comadres no podían explicarse aquella súbita mutación de un modo natural. Para ellas fué indiscutible pronto que Soledad había apelado á las artes mágicas para lograrla. Y aun alguna se atrevió á insinuárselo sonriendo maliciosamente.

—Vamos, querida, confiesa que le has dado jicarazo...

Pero la tabernera se había puesto tan encrespada al oirlo, que no se tocó más el asunto en su presencia.

—¡Qué jícaras ni qué cuernos! ¿Soy yo quizá una bruja como usted? Todavía no he llegado á necesitar polvos para atraer á los hombres... ¿sabe usted?

Á espaldas suyas, no obstante, todas seguían sosteniendo que hubo maleficio. La que menos afirmaba que Soledad llevaba constantemente sobre el pecho una bolsita con pedacitos de oro, plata y coral, algunos granos de trigo y una piedra imán con raspaduras de acero.

Entre tanto Velázquez seguía exagerando sus rendimientos, no tanto para suavizar la aspereza de su querida, como por el íntimo placer que esto le causaba. El placer de antes dominándola, martirizándola, era menos que nada comparado con el que ahora sentía satisfaciendo sus caprichos, uncido, prosternado á sus pies. Y á pesar de su inveterada fanfarronería, cada día le iba importando menos que los amigos se enterasen de su humillación. Alguna vez, observando ya señales vergonzosas de ella, los más autorizados, como el señor Rafael y Pepe de Chiclana, le hicieron prudentes advertencias. «No era ése el camino para ser feliz. Bueno que á las mujeres se las lleve con mano suave: está en el orden de Dios, y para eso somos cristianos y no cafres; pero eso de dejar las riendas sueltas ningún hombre debe hacerlo en su vida, porque hasta los animales corren peligro de desbocarse, cuanto que más la mujer...» Velázquez los oía y se callaba, no atreviéndose á contradecirlos y no osando tampoco confesarles el miserable estado á que su pasión le había conducido. Llegó un día, sin embargo, en que todos pudieron cerciorarse y verlo claramente.

Se hallaban reunidos, como de costumbre, en uno de los cuartos de la tienda. Se había bebido y charlado en demasía. Velázquez estaba de alegrísimo humor, quizá porque su querida no lo tenía tan melancólico como otras veces y se había avenido á bailar unas seguidillas con Frasquito, cosa que hacía mucho tiempo no se había podido recabar de ella. En la corriente de la conversación se habló de fruta, y el majo manifestó que había recibido aquel mismo día de Medina unos albérchigos magníficos.

—Vamos á probarlos—concluyó diciendo—y nos refrescaremos la boca... A ver, Solita, hija, haz el favor de subir y traérnoslos.

—No tengo gana—respondió secamente ésta.

Velázquez quedó suspenso y acortado.

—Vamos, querida—manifestó tímidamente,—es cuestión de un instante... Los tienes á la puerta misma del comedor, en un cesto...

—Es que no tengo ganas de subir escaleras ahora. Vé tú por ellos si quieres—respondió con más sequedad aún.

Entonces Velázquez, reparando que los amigos se habían callado y observaban con asombro la escena, tuvo la debilidad de insistir.

—Pero, hija, no seas así. Estos señores están aguardando, y por subir cuatro escalones no te vas á morir.

Los ojos aterciopelados de la tabernera brillaron con cólera y, dando á sus palabras acento despreciativo, profirió:

—Te he dicho ya dos veces que no me da la gana. ¿No te has enterado aún? Si lo quieres por escrito, trae pluma y papel y te entregaré en seguida el documento.

Velázquez se puso rojo de vergüenza. Quiso responder, pero la palabra expiró en sus labios. Reinó silencio embarazoso en la tertulia, echándose bien de ver la triste impresión que en todos había causado la breve pero significativa reyerta. Cuando, á los pocos instantes, llamada por Joselito, salió Soledad del aposento, el señor Rafael, Pepe, Frasquito y hasta la misma Paca y María-Manuela cayeron sobre él, afeándole su conducta. «¡Aquello era un escándalo! ¡una vergüenza! ¿Cómo toleraba semejante insolencia? Ningún hombre que tuviese dignidad se dejaba sopapear de una mujer. Si ahora sufría aquel insulto, ¡Dios sabe adónde llegarían los vuelos de la niña!»

El majo los escuchaba, pintada la angustia en su semblante. Al fin exclamó con desesperación, mesándose los cabellos:

—¡Tenéis razón! Soy un calzonazos, un sinvergüenza. Pero no puedo... ¡no puedo! ¡Esa mujer me ha cogido la acción!

XII. La maga

Como si hubiese tenido una venda sobre los ojos y repentinamente se le hubiese caído, todas las cualidades de Soledad se le aparecieron con maravilloso relieve. Unas veces alababa su cuerpo garrido, otras su destreza en el baile; ahora se fijaba en sus pies torneados, después en su cabellera de ébano. Y con sus partes morales acaecía otro tanto. No había en todo Cádiz mujer más hacendosa y limpia y discreta ni más amiga de la verdad, y se empeñaba en que todos admirasen, como él, sus palabras graves y medidas, su gesto severo y hasta las más leves inflexiones de la voz.

Un día María-Manuela le llamó aparte estando de reunión en la tienda y le dijo en voz baja:

—Mira, Velázquez, te veo ya demasiado chalao. Cuando la tortilla dió vuelta confieso, hijo, que me alegré y le puse un cirio á San Rafael bendito, porque tú eres un gitano falso, traidor, sin vergüenza, y me tenías á la pobrecilla fatigaita, y porque, sin razón, delante de los amigos, la corrías como una mona. ¡Ajá! San Rafael tuvo lástima de ella y te dió lo que merecías. Ya sabes lo que son ducas. En la cara las llevas señalás. Estás paliito y ojeroso como un chavaliyo de quince años. Me da lástima de ti y no quiero que te ahoguen las fatigas. Si deseas que Soleá te quiera como antes y se case contigo pásate mañana por mi casa y te daré el remedio... ¡Pero cuidao que digas ná al lechonaso de Antonio!... Ve á la hora en que está en la oficina... Ya sabes, después de las diez.

El guapo se había reído toda la vida de la ciencia mágica de la querida de su amigo: fueron infinitas las bromas que había gastado con ella por tal motivo. Pero ahora, á semejanza de los que maldicen de los médicos y se apresuran á llamarlos en cuanto les duele algo, aceptó el ofrecimiento con alegría y prometió no faltar á la cita.

Y, en efecto, al día siguiente, entre diez y media y once, salió de su casa y se fué por la orilla del mar á la de Antonio. Después de cerciorarse que éste había salido, subió por la estrecha y sucia escalera á las alturas en que habitaba. Y llamó á la puerta pálido y jadeante tanto por el esfuerzo como por la emoción. María-Manuela abrió instantáneamente y le llevó por la mano, sin decirle palabra, hasta una salita donde había un sofá y cuatro sillas de paja, una consola con sus correspondientes caracoles de mar encima, espejo resguardado de las moscas por una gasa, algunos cuadros en litografía representando la historia de Hernán Cortés y D.ª Marina y en el centro una mesilla cubierta con tapete de hule. Le hizo sentar en el sofá y comenzó á hablarle con voz baja y grave ademán autoritario que contrastaba con su habitual desenfado:

—Me alegro que hayas dado este paso. Dentro de un momentito sabrás tu suerte, y, sea mala ó buena, debes quedar tranquilo, porque contra lo que allá arriba está ordenado no hay más que bajar la cabeza. Pero yo espero que saldrás de aquí satisfecho y llevarás medicina con que te cures pronto y logres tus deseos... Díme antes de empezar qué es lo que te pasa.

Velázquez la miró con sorpresa.

—Sí; es menester que me cuentes toíto lo que sientes, que yo sepa una por una tus ducas desde que han comenzao... Se me ha metió en la cabeza, hijo, que te han dado bebía, y si es así, hay que deshacerla con alguna oración, ó de otro modo que ya te iré explicando.

Velázquez, sonriendo, le dió cuenta del cambio que había sentido hacía tres meses: cómo su indiferencia hacia su querida se había trocado repentinamente en amor ardiente, cómo desde entonces vivía en constante zozobra pendiente de sus menores gestos, con qué frenesí la adoraba y qué mal pagaba ella esta adoración. Narró los más insignificantes pormenores de su vida con Soledad desde hacía algún tiempo, complaciéndose en enumerar los desaires que de ella recibía y en pintar los humillantes testimonios de idolatría que él la prodigaba sin lograr suavizarla. Cuanto más amoroso y humilde se mostraba, más se embravecía ella y peor le trataba. Comenzó riendo y terminó llorando como una criatura.

María-Manuela le puso su mano protectora sobre el hombro.

—No te apures, querido, que todo se arreglará. ¿Lo has desembuchao too?

—Todo.

—Pues, entonces no me cabe duda que te ha dao una bebía compuesta ó bien has olío una rosa hechizá... Bien pudiera suceder también—añadió cayendo en una meditación profunda—que te hubiera pasao la piedra imán por la espalda; pero esto me parece poco para tanto maleficio... Ó bien que haya hecho el muñeco... Mira, hijo, procura abrir el cofre ó el armario donde guarda la ropa y regístrala bien, y si encuentras un muñeco que tenga clavados unos alfileritos sobre el corazón, deshazlo prontito; hallarás un hueso dentro, sácalo y corre al cementerio y entiérralo.

Velázquez se lo prometió, y ella, cada vez más inflada y poseída de su papel maravilloso, le dijo:

—Antes de pasar adelante, es menester que consultemos las cartas. Según lo que te anuncien, así tendré yo que aconsejarte lo que debes hacer. Te confías en mí, ¿verdá tú?... Para que las cartas digan la verdad hay que creer en ellas y obedecer cuanto yo te mande. ¿Lo prometes?

Velázquez, aunque fingiese despreocupación y se riese de agüeros, guardaba, como buen andaluz, un fondo supersticioso. Trastornado ahora por su pasión además, juró de buena fe que creía en la virtud de las cartas y los ensalmos, y se manifestó dispuesto á seguir ciegamente cuanto María-Manuela le ordenase. Esta, desvanecida por su humildad, le obligó á declarar que se arrepentía de cuantas guasas había gastado respecto á los oráculos y que sólo de ella esperaba su salvación.

Hecho esto, fué á su cofre y sacó dos velas de cera verdes y un mantón negro, con el cual tapó la mesa. Cerró luego la ventana y encendió las velas. Abrió el cajón de la consola y sacó una baraja.

—Aquí dentro está tu suerte—dijo en voz baja y misteriosa colocándola sobre la mesa.

Velázquez se sintió impresionado. La maga le hizo sentarse, quedando ella en pie. Dió algunas vueltas en torno murmurando palabras de conjuro, y al cabo, deteniéndose y pasándose las manos por la cara, con aparato solemne tomó la baraja nuevamente, la barajó largo rato en silencio y la entregó á Velázquez para que la cortase con la mano izquierda. La puso otra vez encima de la mesa é, inclinándose hacia aquél, le dijo al oído:

—Da encima tres golpecitos y llámala.

El guapo abrió los ojos sorprendido.

—¿Á quién?

—¿Á quién ha de ser, desaborío? Á ella, á la mujer por quien penas.

Obedeció, dando con los nudillos sobre la baraja y diciendo al mismo tiempo con voz apagada y temblorosa: «¡Soledad!»

—Está bien—dijo la maga tomando la baraja y formando con ella varios montoncitos.

Contó de derecha á izquierda, y del quinto montón sacó una carta que dejó separada. Barajó después, hizo que Velázquez cortase y llamase de nuevo á su querida, y volvió á hacer montoncitos y á sacar del quinto otra carta, repitiendo la operación hasta siete veces.

La emoción del guapo crecía. Aquel aparato mágico iba influyendo poco á poco en su imaginación y disponiéndole á creer en la cabalística revelación que se preparaba. Pero aún más contribuía á turbarle la repetición solemne del nombre de su querida, hecha en voz baja, como una evocación misteriosa y dulce. Así que cuando la maga le dijo con afectada majestad: «En esas siete cartas está escrito tu porvenir» sintió un escalofrío y quedó inmóvil y pálido.

María-Manuela volvió las siete cartas, colocándolas en fila, siempre de derecha á izquierda. Las examinó largo rato con atención. Después, pasándose la mano por la cara repetidas veces, respirando con agitación como si se sintiese inspirada y hablando en voz de falsete para mayor solemnidad y misterio, comenzó á decir:

—Este cuatro de copas que aquí ves primeramente no es para ti de buen agüero: significa que vas á regañar con tu amante, que será fuerte el enojo, y este rey de oros que le sigue dice que será á causa de un hombre moreno. El dos de espadas al revés, que viene luego, te anuncia que debes librarte de amigos falsos y traidores; que te levantarán un testimonio y te costará mucho trabajo poner en claro tu inocencia. El siete de oros al revés dice que has de pasar muchas desazones que te harán perder el sentío; pero si logras tener calma y no haces un disparate, el siete de espadas que está á su lado te anuncia esperanza: harás las paces con Soleá y disfrutarás de tranquilidad... No durará mucho la paz, porque este as de bastos dice que pronto tropezarás y caerás otra vez. Volverán los disgustos, los enojos, os pelearéis con más fuerza aún que antes; pero este rey de copas, que es la última carta, está diciendo que al cabo todo se arreglará con la bendición del cura, que os casaréis y seréis muy felices... ¿Quieres saber más, empachoso, traidor?—añadió volviendo hacia el guapo su faz radiante de satisfacción y suficiencia.

Velázquez, que tenía el pecho oprimido, lo desahogó con un largo suspiro que hizo sonreir á la maga; pero su rostro se frunció de nuevo al oirle decir:

—¿Y todo eso será como lo cuentas?

—¡Gachó! ¡las cartas no mienten! Cuanto has oído te sucederá. Lo que importa ahora es deshacer el maleficio de la bebía compuesta, si es que la has bebío, ó de la rosa hechizá, si la has olío... Primeramente, un día de éstos que salga Soleá á la calle, tomarás un puchero y echarás en él aceite y sal y tres clavitos de hierro atados por la cabeza. Lo verterás todo cuando ella vaya á llegar á la puerta de casa. Si pisa los clavos no tardarás en hallarla vuelta como una media: te seguirá á todas partes y no verá ya sino por tus ojos... Si entrase sin pisar los clavos, entonces hace falta que digas á las doce de la noche una oración que voy á enseñarte...

Y se puso á repetirle gravemente algunas palabras de ensalmo en que se conjuraba á una cierta Elena, hija de rey, que escarbando la tierra del monte Olivete se había hallado los tres clavos de Nuestro Señor, para que clavase uno de ellos en el corazón de Soledad.

Para que no pueda vivir,
ni sosegar,
ni en silla sentar,
ni en cama acostar,
sino que muriendo de pena
me venga á buscar.

Velázquez, aunque con menos fe que en las cartas, aprendió la oración.

—La dirás al sonar la primera campanada de las doce, en camisa y descalzo. Luego te meterás en la cama y escucharás con atención. Si oyes un burro rebuznar ó ladrar á un perro es de mal agüero; pero si oyes el ruido de una puerta ó el canto de un gallo, entonces, ¡alégrate, corazón! tus ducas se acabaron. Soledad se hará mansa como una gatita mimosa y te querrá como á las niñas de sus ojos...

El majo, que los recordó en aquel momento ¡tan negros, tan brillantes! sintió un estremecimiento de dicha y en un rapto de entusiasmo abrazó á la maga y quiso darle uno de los anillos que llevaba en los dedos; pero no aceptó el regalo; estaba contenta con descubrirle su buenaventura.

—No tomaré ningún regalo hasta el día en que os caséis, ¿sabes, niño?

Luego, llena de magnanimidad, se dignó darle algunos preciosos consejos para que su horóscopo feliz no se retrasase.

—No regales ligas á Soleá si quieres casarte con ella, ni tampoco tijeras... Evita las miradas de los tuertos... No des vueltas en la mesa al cuchillo, como sueles hacer, que tiene mala pata, ya te lo he dicho... Haz lo posible por no pisar carbón...

Su rostro oscuro, expresivo, se dilataba con majestuosa expresión profética.

Velázquez salió de aquella casa feliz como un desahuciado á quien prometen la vida. Y á paso corto de transeunte curioso y satisfecho emprendió el camino de su casa al través de las calles buscando la sombra. El verano se presentaba duro y fogoso, y aunque la singular posición de Cádiz, flotando como un buque anclado en la mar, templaba sus rigores gracias á la brisa que lo baña, todavía al atravesar algún espacio abierto el ardiente latigazo del sol obligaba á apresurar el paso.

En la calle Ancha encontró algunos amigos y estuvo con ellos jovial y locuaz como pocas veces se le había visto. Al despedirse de ellos tropezó con Mercedes la Cardenala, á quien no había vuelto á hablar desde la memorable noche en que Soledad fué á buscarle á su casa. Como el buen humor le retozaba en el cuerpo, se aventuró á detenerla, saludándola con afectuosa expansión. La muchacha, sorprendida de aquel arranque, estuvo fría, circunspecta y no dejó de mortificarle con algunas palabritas amargas.

—¿Te han dado suelta hoy?... ¿Hasta qué hora tienes permiso?... Dicen que ya no echas roncas como antes, que estás convertido en un palomo buchón...

Pero el majo no se dió por ofendido; procuró echarlo á risa, le dijo algunas galanterías y se despidió al cabo de ella, diciendo para sí con alegría:

—¡Lástima de niña! ¡Qué salada es! Si yo tuviese dos corazones, le daría uno.

Justamente al acercarse á su casa vió salir de ella, bajando los escalones, á Miguel, el hermano de Soledad. En cuanto el chico le divisó, dióse á correr desesperadamente en dirección de la plaza de toros. Velázquez lo siguió también á la carrera, logrando estrechar la distancia.

—¡Quieto, Miguel!

El muchacho, sin hacer caso, presa de un terror pánico, redobló sus esfuerzos, tratando de perderse en las callejuelas próximas á la catedral. Pero Velázquez, más ágil, no tardó en darle alcance, poniéndole una mano sobre el hombro.

—¿Qué es eso, hijo, por qué corres tanto?

El chico retrocedió asustado, arrojándose contra la pared de una casa.

—¡No me pegue usted, señor Pedro, que yo no he tenido culpa! Fué ella quien me mandó á llamar.

El guapo sonrió y repuso cariñosamente:

—No temas, querido, ninguna gana tengo de pegarte... Al contrario, deseaba verte y charlar contigo un rato...

Pero Miguel, juzgando aquello un sarcasmo precursor de los golpes, se oprimía aún más contra la pared, dirigiendo una mirada ansiosa á los lados para ver por dónde podría escapar mejor.

—¡Te digo que no, hijo!... ¡Que no vengo á pegarte!... Quiero que seamos amigos y no se hable más de lo pasado.

Á duras penas logró tranquilizarlo. Tanto que, habiéndole invitado á entrar en una taberna inmediata á tomar unas cañas, el chico se negó á poner el pie dentro, temiendo una asechanza.

—¡Qué escamón estás, hijo!—exclamó el guapo riendo.—Mira, si tienes miedo, llévame adonde tú quieras con tal que haya vino.

Confiado en estas palabras, Miguel le condujo á un tabernucho cerca de los muelles, guarida cómoda de otros pícaros como él, donde solía comer y beber cuando tenía dinero, y no pocas veces también dormir. Mientras caminaban emparejados, Velázquez le preguntó:

—¿Has estado mucho rato en casa?

—No, señor; un momento nada más... y eso porque Soleá me había pasado dos recaos, uno hace quince días y el otro ayer mismo, por un amigo que la vió en la tienda de la Parra...

Se disculpaba todavía con empeño, sin convencerse de que Velázquez no estuviese enfadado.

—No importa que entres y salgas en mi casa cuando bien te venga... Te lo he preguntao por hablar algo.

Llegaron á la tienda y Miguel se introdujo en ella con la familiaridad de parroquiano, acomodándose en un rincón y batiendo las palmas para pedir vino. Velázquez se sentó frente á él, despojóse del sombrero y le miró sonriente y un poco acortado. Después se informó alegremente de su vida y le agasajó, procurando inspirarle confianza.

—Miguelillo, eres una bala perdida; has dado muchos disgustos á tu familia, pero siempre he pensado que tienes buena entraña: así lo he dicho á tu hermana cuando ha venido al caso. Lo que te está haciendo falta es alguien que te abra los ojos. Se puede un hombre divertir, correr guasas y gozar del mundo sin meter la pata, ¿sabes? ¿Qué gracia tiene correr hoy una juerga y mañana que le corran á uno en pelo los guardias? Es menester que dejes á esos andrajosos con quien andas, que no pueden darte más que desazones. Reúnete con hombres regulares que tengan un duro en el bolsillo y sepan gastarlo con los amigos...

El chiquillo estaba encantado. Habiendo perdido todo temor, le confesó que le dolía el alma ya de tanta fatiga, de no comer, de no dormir con sosiego, de ser machucado por todo el mundo... «¡Si yo le contase las crujías que he pasado!»

Al compás de las cañas la conversación se fué animando, estableciéndose pronto entre ambos una cariñosa familiaridad. Velázquez, lleno de condescendencia, le prometía no abandonarlo, hacerle un hombre. Al fin concluyó haciéndole un elogio caluroso de su hermana. En media hora no se detuvo. Todo lo ensalzaba, todo lo hallaba admirable, los cabellos de ébano y la franqueza y lealtad del carácter, su corazón tierno y sus pies diminutos.

—Cada día estoy más satisfecho de tenerla en mi casa—manifestó al cabo con su antigua superioridad.—Y si continúa portándose tan bien como hasta aquí, es casi seguro que al fin me casaré con ella...

Avergonzado de su baladronada, pronunció las últimas palabras rápida y confusamente. Luego tosió y se limpió repetidas veces la boca con el pañuelo y añadió en voz baja, no sin que le subiese un poco de calor á la cara:

—Si por casualidad hablases con ella de mí, espero que te portarás como amigo... Porque, ya sabes... es inocente y propensa á los engreimientos y se cree todas las paparruchas que le cuentan... Y como no faltan malintencionados... ¿tú entiendes?... No te digo más... Eres un hombre y conoces el mundo... Me prestarás un favor grande, Miguelillo, si la convences de que nadie puede hacerla más feliz que yo... Que no haga caso de comadres ni de jaleadores que sólo buscan modo de que regañemos para pescar á río revuelto... Bien sabes que nunca he sido tacaño para ella. Á Dios gracias, me sobra dinero para llevarla vestida como la hija del mayor caballero... Si no va mejor es porque no quiere... Siendo buena para mí, tu hermana será una princesa, querido, y tú nada perderás tampoco...

El chico no comprendía bien, pero le hacían feliz las confidencias de un hombre á quien estaba acostumbrado á admirar y temer. Prometió todo lo que el otro quiso, bebió un número prodigioso de cañas y declaró terminantemente que su hermana sería una sinvergüenza si algún día olvidase lo que le debía. Velázquez, por su parte, se había puesto también de excelente humor.

—Atiende, Miguelillo, no quiero que andes ya más á salto de mata. Te vas á mi casa, ¿entiendes? Allí tienes cama y mesa y todo lo que te haga falta... Supongo que Soledad no se opondrá á que vivas con nosotros—añadió bajando la voz y pronunciando con respeto el nombre de su querida.

—Miguel, que no estaba al tanto de ciertas interioridades, tomó aquellas palabras á burla y alzó los hombros riendo.

Al cabo de un rato, Velázquez llamó al chicuco para pagar. Cuando lo hubo efectuado, miró al gandul con sonrisa maliciosa y le preguntó:

—¿No te ha dado hoy ningún dinero Soledad?

Miguel negó rotundamente poniéndose colorado.

—¡Vamos, Miguelillo, confiesa!

—¡Que no, señor Pedro! No ha hecho más que darme de comer y este pañuelo de seda que usted ve—repuso sacando uno del bolsillo.

Pero Velázquez insistía bromeando. Por último declaró que le había dado tres pesetas. El majo soltó una carcajada.

—Y tú le habrás dicho: ¡Adiós, rumbosa! ¿verdá tú?... Las mujeres todas son lo mismo.

Al mismo tiempo echó mano generosamente á la cartera y le dió un billete de diez duros.

XIII. Antoñico

Razón tenía para poner reparos al ofrecimiento de su casa. Por más que hizo, nunca se pudo lograr de Soledad que admitiese en ella á su hermano. Insistía la joven en que Miguel volviese á Medina para hacer compañía á su madre, ya que en Cádiz llevaba una vida de perdido y se estaba corrompiendo cada día más. El chico se negó resueltamente á obedecerla, con lo cual quedaron las cosas en tal estado, salvo que Velázquez proveía ahora á sus necesidades y no pocas veces también á sus vicios.

Cayó al fin sobre éste un cuidado más grave que los anteriores y mucho más riguroso. Hasta entonces los desdenes de Soledad y las humillaciones que le hacía experimentar podían achacarse á su carácter altanero y quizá al deseo de vengarse de las que él le había infligido. Esto las hacía más llevaderas; parecían un castigo justo. Á veces él mismo, acometido de anhelos de adoración, las provocaba, hallando en ellas dulzura exquisita, como los ascetas en sus penitencias. Pero el sabor se hizo amarguísimo, insoportable, cuando vinieron acompañadas de celos. Soledad, que siempre había mostrado buen semblante á las guasas de Antonio Robledo, las iba encontrando cada día más sabrosas; de tal suerte que cuando entraba en la tienda ya no tenía ojos y oídos sino para él. Establecióse entre ambos una corriente de confianza y aun de inteligencia que no pudo pasar inadvertida para el majo. Con esto la antipatía que Antoñico le inspiraba hacía tiempo creció hasta convertirse en aborrecimiento, el cual apenas con gran trabajo podía disimular. Notábalo aquél en la frialdad y reserva con que su antiguo amigo le hablaba, en las miradas oblicuas, lucientes, que alguna vez sorprendía en sus ojos; pero, sabedor de lo que entre los amantes acaecía, no cejaba en sus proyectos de seducción, aunque guardándose cuanto podía, porque siempre le había tenido miedo. Esforzábase en mostrar en todos los momentos su ingenio gracioso y maleante. Animado por las carcajadas de Soledad, llegaba á ejecutar farsas estupendas que tenían en continuo alborozo á la reunión.

Velázquez manifestaba su desabrimiento manteniéndose serio ó saliéndose del aposento en lo más culminante del regocijo. Cuando hablaba de Antoñico en presencia de Soledad lo hacía con afectado desdén: le llamaba payaso, titiritero, y recordaba con fruición cualquier lance ridículo de su vida. Pero, no bastando esto á desahogar su cólera sorda, un día, con las debidas precauciones, llegó á recriminar á su querida por la atención que le prestaba.

—Mira, Soledad, no hay nada que más me ensanche el corazón que verte alegre y contenta. Cuando te oigo reir, las puertas del cielo se abren de par en par para mí... Pero me hace daño que te pongan tan alborotada las desvergüenzas de ese mono sabio... ¡Me revienta ese tío!... no lo puedo remediar. Luego hazte cuenta que todas esas gracias mohosas las suelta para tu regalo. Apenas dice una palabreja aguda, ya te mira á la cara á ver qué gesto pones... Trae de casa los chistes almacenados para ir largándolos poco á poco á modo de anzuelos...

Soledad le escuchó en silencio y se contentó con hacer una mueca de desdén. Y sin parar mientes en su disgusto, siguió riendo con más alegría aún las bufonadas de Antoñico. Éste, halagado por ello y también por el malestar y los celos que inspiraba á Velázquez, empezó á pensar seriamente en la conquista de la bella tabernera. Acudía solícito todas las noches á la reunión, y si siempre se mostraba alegre é ingenioso, los días en que no le acompañaba María-Manuela subía de punto su gallardía y se autorizaba, so capa de broma, el requebrar á Soledad lindamente y departir con ella en un rincón siempre que la ocasión se presentaba.

El malestar y la tristeza de Velázquez iban creciendo. En cuanto Antoñico ponía el pie en la tienda quedaba silencioso y sombrío que daba grima mirarle. Al cabo volvió con la misma suavidad á amonestar á su querida. «Aquellas confianzas con un hombre á quien detestaba le causaban mucha pena. ¿Qué necesidad tenía de aparecer tan contenta cuando él entraba? ¿Por qué consentía que la hablase aparte y en voz baja?... Ya sabía que todo aquello era agua de cerrajas, que ella no iba á enamorarse de sujeto tan ruin; pero con estas confianzas él se crecía y pudiera pasarse á mayores si no se le atajaba. Además, los amigos lo notaban... Estaba quedando en ridículo...»

Soledad permaneció algún tiempo silenciosa. Luego, gravemente y afectando indiferencia, respondió:

—Antoñico tiene buena sombra y me hace reir... Y ¿qué hay con eso?... Los demás también se ríen... Si tú no lo haces ahora es porque le has tomado tema. ¿Quieres que habiendo jarana ponga la cara larga como si fuese á hacer testamento!... Hijo, eso no puede ser... Cada cual es cada cual, y porque tú no críes bilis no me voy á morir de empacho de risa.

No pudo lograr de ella otra respuesta.

—Pues si ese guasón sigue dándome jaqueca, el día menos pensado le cojo por un brazo y le planto en la calle.

Soledad se puso pálida de ira, pero se limitó á decir sordamente:

—Harías muy mal.

Transcurrieron bastantes días después de esta corta explicación y las cosas, en vez de mejorar, empeoraron. Soledad no sólo no reprimía la expresión de su simpatía, sino que afectaba demostrarla con testimonios más visibles. Antonio, observando su frescura, dióse á entender que Velázquez estaba por completo esclavizado y aguantaría todo lo que le echasen encima. Por lo que no se guardó ya tanto de él: festejaba á la tabernera con su habitual desembarazo y sostenía con ella, hasta en presencia del guapo, largos apartes en los cuales se embromaban y reían como locos.

La desazón de Velázquez era tan grande que para nadie pasó inadvertida. Se hicieron comentarios en voz baja y no faltó quien reconviniese á Antonio por su conducta. Pero éste alzó los hombros y respondió, como siempre, con una desvergüenza. El majo se hallaba en una tensión de espíritu insoportable. Tan pronto, acometido de cólera furiosa, proyectaba arrojar á su amigo de la tienda á puntapiés y pescozones, como, presa de profundo abatimiento, quedaba paralizado y devoraba su afrenta en silencio; comía poco, no bromeaba jamás y, contra su costumbre, bebía bastante vino.

Al fin rompió la cuerda, como era de presumir. La insolencia del uno y la despreocupación de la otra llegaron á tal extremo que, hallándose cierta noche en el aposento habitual de la reunión, Antoñico, con pretexto de coger un cigarro que se le había caído, apretó los pies de la hermosa tabernera, quien en vez de enojarse rió la chanza. Velázquez, que advirtió la maniobra, sintió que un flujo de sangre le invadía la cabeza y le cegaba. Llevó la mano al bolsillo para sacar la navaja; quiso levantarse, pero no tuvo fuerzas para hacerlo, como si una mano de hierro le hubiese clavado á la silla. Bañó su frente un sudor frío y, en vez de partir el corazón de su rival, sintió ganas atroces de llorar. Los sollozos le ahogaban. Llenó, con mano trémula, el vaso de vino y lo apuró con ansia.

Cuando los tertulios se despidieron y quedó solo con su querida, inició con voz alterada una explicación.

—Soledad, hija mía, me estás dando muchos disgustos. Acabo de ver al sucio de Antonio propasarse contigo sin que te hayas dado por ofendida... Por milagro de Dios no le he dejado clavado á la pared como un sapo... Vuelvo á suplicarte que si me aprecias en algo dejes de hablar con ese hombre... Ya te he dicho que no lo puedo soportar... ¡Vamos, que no puedo!...

—Pues haz por soportarlo—respondió secamente la joven.

Calló un momento, herido por aquella frase cruel. Luego dijo con humildad, acercándose á ella:

—Sabes que soporto todo cuanto tú quieras... hasta una bofetada en medio de la calle... Te quiero tanto, ¡tanto! que si me mandases tirarme por la muralla, me tiraría... si se te antojase la cruz de la custodia, iría á robarla para ti... Pero hay cosas que hieren más que una bofetada, más que una puñalada en el corazón... Te ruego, por tu salud y por la de tu madre, que no me des más celos... Mira que me estás quitando la vida...

Soledad guardó silencio. Alzóse de la silla en que estaba y se puso á arreglar las botellas de la estantería. Velázquez se acercó de nuevo á ella suplicante.

—Lo que te pido no creo que te ha de costar mucho trabajo... Déjame echar á ese hombre de casa, y yo te prometo no molestarte más con celos...

Tampoco dijo nada la tabernera. Hubo una larga pausa. Al cabo insistió con voz temblorosa:

—Vamos, Solita, no me des ese disgusto... Pídeme en cambio lo que quieras.

—Lo único que te pido es que me dejes ya en paz—repuso ella alejándose para limpiar una de las mesas.

Velázquez no se atrevió á seguirla. La miró acobardado algunos instantes y al fin profirió con amargura:

—¿No merezco siquiera ese pequeño sacrificio? Por ti me privaría yo de hablar con todas las mujeres de este mundo... ¡y tú, en cambio, no puedes pasarte sin las guasas de ese tío!

Soledad, que reprimía á duras penas la impaciencia, exclamó:

—¡Ea, basta ya! Hago lo que se me antoja. Ni tú estás amarrado á mí con una cadena, ni yo á ti tampoco... Así, el día que se me ponga en el moño, con ese ó con otro, con el que me dé la gana, me voy y te dejo plantado. ¿Lo quieres más claro?

Y sin aguardar contestación se dirigió á la puerta para subir á acostarse. Una blasfemia de Velázquez la hizo volverse.

—¡Ah!... ¡Ya se concluyó mi paciencia! Si no quieres ser mía, tampoco serás de otro, porque antes te voy á partir el corazón.

Rápidamente echó mano á un cuchillo que había sobre el mostrador y se lanzó sobre su querida. Retrocedió ésta llena de terror, mas por súbita inspiración exclamó sonriendo:

—¡Anda! ¿Y lo has tomado en serio de verdad?

Velázquez se detuvo y la miró estupefacto, inflamadas las mejillas, llameantes los ojos.

Entonces la joven se acercó á él con semblante pálido que desmentía su forzada sonrisa.

—Pero, guasón, ¿te has creído la simpleza que acabo de decir? ¿Es que no se puede gastar una broma?... ¿Cómo has podido figurarte que yo me había de chalar por ese titiritero?

El majo se calmó, soltó el cuchillo y se dejó caer sobre una silla. Soledad se sentó á su lado y charlaron un rato. Apretada por el miedo, hizo un esfuerzo por mostrarse afectuosa y se disculpó de sus insolentes palabras. Después subieron á casa.

Cuando al cabo logró quedar sola en su cuarto, el rostro de la joven cambió enteramente. Desvanecióse la sonrisa contrahecha que lo dilataba y quedó temerosamente fruncido. La cólera y el miedo se enseñorearon de su alma. ¿Por qué había de estar unida á un hombre á quien no quería? ¿Era su marido? No. Pues entonces, ¿qué obligación tenía de sufrirlo? Además, corría grave riesgo de que con cualquier pretexto fundado ó infundado de celos la diese una puñalada... Conocía bien su temperamento brutal, su orgullo quisquilloso que ahora disimulaba ó parecía dormido á causa del capricho repentino que por ella le había entrado. El día menos pensado se le subía la fachenda á la cabeza, lo echaba todo á rodar, como otras veces, y perecía á sus manos.

Bruscamente tomó la resolución de abandonar la casa. «Nada, yo no estoy más tiempo con este tío.»

Metió sin hacer ruido su ropa y enseres en el baúl y lo cerró. Después se sentó sobre la cama y, con el oído atento, los ojos extáticos, aguardó. Oyó las campanadas de las doce, y suponiendo que Velázquez estaría ya bien dormido, se echó el mantón sobre los hombros, bajó quedo la escalera, abrió la puerta con cautela, salió y la cerró sin ninguna, echando la llave y dejándola puesta para que su querido no pudiera salir á perseguirla, en el caso de que despertase.

Justamente éste acababa de recitar el conjuro que le había enseñado María-Manuela. Al oir el golpe de la puerta, no imaginando que fuese la suya, sino la del vecino, tomólo por feliz agüero que venía á coronar la escena amorosa que acababa de pasar. Una sonrisa de beatitud dilató su rostro y quedó plácidamente dormido.

Mientras tanto, Soledad corría por las calles de Cádiz y llegaba á casa de su amiga Paca. No quiso ir á la de María-Manuela por razones de delicadeza fáciles de apreciar. Además, aunque ruda de inteligencia, ésta no había dejado de advertir que las bromas y chicoleos que su amante usaba ahora con Soledad tenían sabor distinto que antes. Andaba inquieta, celosa y, aunque amiga entrañable de aquélla, no podía disimular su escozor.

Paca la recibió con efusión, porque la quería de veras; la hizo acostarse, y apenas había amanecido Dios, vino á sentarse en su cama y la obligó á contar lo que había pasado. Soledad relató lo sucedido; cómo Velázquez había estado á punto de matarla, los esfuerzos de disimulo que había tenido que hacer para librarse de una puñalada, el miedo terrible que había pasado y, por último, los pormenores de su fuga. Calló el motivo de la reyerta. Paca no se lo preguntó porque de sobra lo conocía. ¿Qué podía ocultarse á aquella inteligencia superior y universal? Pero sin aludir á él directamente, supo pronunciar una brillantísima oración encaminada á persuadirla de que todo aquello «era conversación de Puerta de Tierra», y que el único hombre que la convenía, á pesar de sus defectos, era Velázquez, porque tenía buena entraña y la quería y porque con él se había perdido, y porque la mujer de vergüenza no debe ser más que de un hombre en su vida. Luego que la hubo bien doctrinado pasó á otra conversación, porque suponía que, dado el estado de ánimo de su amiga, era difícil que aceptase sus enseñanzas. Se necesitaba que trascurriesen algunos días para que se calmase y surtieran efecto.

Soledad quería marcharse en seguida para su tierra. No lo consintió su amiga, esperando que la nube se disiparía y vendría la reconciliación. Pero la tabernera cada día se mostraba menos dispuesta á ella. Á cuantas reflexiones la hacían contestaba resueltamente:

—No se cansen ustedes: yo no vivo ya con ese hombre.

Achacábanlo todos á terquedad, porque, en efecto, era apretada de sienes como una aragonesa, casi imposible de convencer cuando se apoderaba de ella una idea. Pero, además, poseía un fondo de rectitud, un alma justiciera que mantenía viva la llama de la ofensa. Los desprecios con que Velázquez había pagado su amor tierno y desinteresado le causaban cada día mayor indignación. Había llegado á aborrecerle y lo confesaba tranquilamente con la sinceridad que la caracterizaba.

No era esto, sin embargo, lo que más preocupaba á Paca. Tenía absoluta confianza en su elocuencia y sabía que más tarde ó más temprano llegaría á convencerla. Lo peor era que Antoñico rondaba la costa. En cuanto salían de casa ya lo tenían encima. En el Perejil, en la plaza de Mina, en todas partes se pegaba á Soledad como una lapa. La joven, en vez de huirlo, parecía buscarlo, le mostraba un semblante risueño y satisfecho. Esto tenía inquieta á la esposa de Pepe de Chiclana, porque conocía las pésimas condiciones del sujeto. Deploraba lo que podía suceder, no sólo ya por Soledad, sino también por María-Manuela, á quien igualmente estimaba. Tal inquietud subió de punto y se convirtió en miedo cuando supo que Antonio y María, después de una escandalosa reyerta en que se arañaron y apalearon, habían concluído por separarse: él se quedó en casa y ella se fué á la de su hermana.

Justamente acababa de recibir la noticia cuando tropezó en la calle con Manolo Uceda. Andaba éste retraído hacía algún tiempo. Desde el rompimiento de Soledad con Velázquez, en vez de acudir solícito á sitiar la plaza vacante, se había despegado un poco. Saludaba á la joven cuando la hallaba y hablaba con ella algunos ratos, pero no se le veía asiduo como antes. Quizá notaba la predilección de aquélla por Antoñico y esto le producía la natural repugnancia, ó bien trabajaba sobre sí mismo para vencer un amor que tantos dolores le había causado. Paca le contó lo que pasaba, hablaron largamente de Soledad, le expuso sus temores y concluyó por rogarle que tratase de disuadirla también de aquella relación que tanto podía perjudicarla.

—Convendría que se fuese en seguidita á Medina; pero, hijo, yo no puedo decírselo... Está en mi casa... Además, bastaría que notase por lo que es para que se encaprichase en quedarse y tal vez hiciese una atrocidad... Ya la conoce usted.

—Sí, sí; la conozco bien—respondió el joven con acento amargo.

—¿Por qué no la habla usted?

—¿Yo?—exclamó con sorpresa.—Yo no tengo ninguna influencia sobre ella.

—Está usted equivocado. Sé que le aprecia mucho... Cuando se habla de usted.... ¡uf! le pone por las nubes...

—¡Sí, para tenerme más lejos aún!—repuso con sonrisa melancólica.

Paca insistió. Argumentó metódicamente desenvolviendo sus ideas en serie interminable de sutiles demostraciones; estudió, examinó los pros y los contras, se lanzó con pasmosa agilidad al campo del análisis trascendental; en una palabra, rajó por los codos hasta quedar fatigada. Y como todo se lo dijo ella, Manolo no pudo decir nada, encontrándose, cuando menos pensaba, solo y citado para el día siguiente, á las once, en casa de Pepe de Chiclana.

No le pesó mucho. Aunque harto de desengaños y dolorida el alma, aún rebullía en su corazón la esperanza, por poco que la hurgasen. Acudió, pues, puntualmente á la cita con pretexto de hablar á Pepe de un caballo que iba á comprar. No tardó la ingeniosa Paca en dejarle solo y mano á mano con Soledad. La conversación fué mucho tiempo indiferente y penosa. No se atrevía á comenzar; estaba distraído, no decía cosa ordenada. Soledad, que tal vez sospechaba algo, se mostraba más grave que de ordinario y más parca de palabras. Mas por fin, y tomando pie de los frecuentes paseos que la joven daba por el Perejil, se atrevió á decir:

—Te veo casi siempre acompañada de Antoñico.

—Sí; alguna vez nos acompaña—repuso ella secamente.

Hubo una larga pausa.

—¿Y crees—dijo al cabo con tímida sonrisa—que te conviene ese acompañamiento?

—¿Pues?—replicó la joven con semblante serio mirándole á la cara.

Manolo bajó los ojos.

—Porque, á la verdad...., no ganarías nada en la opinión de la gente siguiendo de esa suerte... Es demasiado pronto para tomar otras relaciones... Además, Antonio tiene compromisos sagrados con una mujer, y sobre todo... tú lo sabes lo mismo que yo... no está bien reputado...

—¡Bah!—exclamó la joven un poco pálida.—Esas son cosas de la tienda de Velázquez. Los amigos no le perdonan que tenga buena sombra y que de vez en cuando les tome un poco el pelo.

Uceda se sintió mortificado por esta respuesta picante, pero tuvo fuerzas para disimular y dijo con acento grave y resuelto:

—Tendrá toda la sombra que quieras, pero no ha sabido portarse como persona decente ni con María ni con su amigo Velázquez, á quien debe favores y dinero.

Soledad se puso aún más pálida. Y dejando escapar la cólera que hinchaba su corazón desde el principio de la entrevista, profirió con voz alterada:

—¿Sabes lo que te digo, Manolo?... Que hagas el favor de dejarme en paz. Ni eres mi padre para reprenderme, ni el cura de la parroquia para darme consejos... Tú no puedes hablar de Antonio ni de ningún otro hombre que se me acerque... porque ya ves... cualquiera pensaría que lo haces por envidia.

Manolo se alzó de la silla como si le hubiesen pinchado. Toda su sangre dió una vuelta y le acudió al rostro. Acercóse á ella y, sacudiéndola por el brazo, profirió con ira concentrada:

—¡Niña! ¡niña! ¡niña! ¿qué estás ahí diciendo? El cariño que te he tenido no te autoriza para insultarme. No te pongas tantos moños. Si eres hermosa, otras lo son también, y si te quiero no es por tu mérito, sino por ser la primera mujer con que he tropezado... Después de todo, quizá no esté enamorado de ti, sino de la imagen que de ti se ha formado en mi corazón... Porque, á la verdad... voy viendo que interiormente vales bien poquito.

Soledad se puso á su vez roja como una amapola. Comprendió que le sobraba razón para encolerizarse y por un impulso noble de su naturaleza espontánea y justiciera le tendió la mano diciendo:

—Perdona, Manolo. Tengo el genio demasiado vivo y cuando me enfado digo cosas que nunca he pensado.

El caballero de Medina te estrechó la mano, habló pocas más palabras y se despidió al cabo de algunos minutos con bastante frialdad.

XIV. La boda de Pepa

Como puede inferirse, la fuga de Soledad impresionó hondamente el corazón del guapo. Pero el exceso mismo del golpe trajo consigo el abatimiento: en pos de éste vino una resignación desesperada que le guardó de dar paso alguno para buscarla y atraérsela. Hizo de tripas corazón y procuró distraer su dolor con el trato de los amigos más bulliciosos. Frecuentó mucho más las tiendas de vinos y en la suya procuraba que reinase la alegría hasta las altas horas de la noche. Con lo cual, si no se consolaba, por lo menos se aturdía.

Era esto poco, sin embargo. Comprendía que la mejor medicina para aliviarse sería un nuevo amor y trató de buscarlo. Vacilaba en dirigirse de nuevo á Mercedes la Cardenala, temiendo fundadamente que le rechazase, cuando llegó á sus oídos la noticia del rompimiento de Antonio y María-Manuela. De pronto nació en su mente la idea de galantear á ésta, con lo cual, además de procurarse distracción, se vengaba, hasta donde era posible, de su rival y molestaba á Soledad. De tal modo le sonrió este deseo que aquella misma tarde comenzó á ponerlo en obra, acompañando á la maga en el Perejil y por la noche en la plaza de Mina. Aunque imperfecta y abultada de facciones era María mujer de mucho atractivo y poseía una gracia picante y sensual que á no pocos había seducido. Á Velázquez nunca le había gustado, mas aguijoneado ahora por el anhelo de la venganza, procuró doblegar á ella su gusto, consiguiéndolo á medias. Animado por el éxito, llegó á esperar que al cabo le hiciese olvidar su desdichado amor, cosa que deseaba con todas las veras de su alma. Pocas entrevistas fueron necesarias para que los dos se entendiesen. La una aceptó al instante los galanteos, por la misma razón que el otro se los dispensaba. Y con afectada libertad exhibieron sus relaciones por todas partes. Velázquez pensaba ya en proponerla que se fuera á vivir con él.

Estaba en toda su fuerza el verano. El África exhalaba su aliento cálido sobre la coqueta ciudad enardeciéndola, sobresaltándola, como una doncella que recibe el beso abrasador de su amante. Por las mañanas, la gente acudía á los baños del Real á refrescarse, y los mancebos tenían ocasión de acercarse á las zagalas para decirles mil requiebros hiperbólicos, y lo que aún era mucho más grato, para ver sus blancos pies desnudos y observar la graciosa curva de sus formas bajo el leve, flotante, vestido de baño. Por la tarde volvían á hallarlas en el Perejil, y allí, viendo al sol hundirse majestuosamente en el Océano entre rojizos resplandores, su amor se hacía reservado y melancólico. El horizonte se desplegaba como una visión de oro. El mar bebía la irradiación del cielo. El crepúsculo, subiendo poco á poco de Levante envolvía á la ciudad con su velo sombrío, apagaba después las luces temblorosas del Océano, se esparcía sobre las olas dejándolas verdes, inmóviles. Un soplo de tristeza estremecía súbito á los enamorados, poniéndolos graves y mudos, mirando con ojos extáticos la huída de la luz. Pero llegaba la noche sembrada de estrellas, y allá en la plaza de Mina, escuchando los sones armoniosos de la música, favorecidos por la sombra, de nuevo se acercaban para verterse en el oído los dulces secretos de su corazón. Y su amor entonces adquiría un sentimiento de tierna intimidad, venía envuelto en promesas halagadoras que los ponía gozosos y locuaces.

En una de estas noches sembradas de estrellas, y en un banco de la plaza de Mina, fué cuando nuestro amigo Frasquito dejó señalado el día de su matrimonio. Hubo dificultades para arreglarse antes. El padre de Pepa, que era maestro carpintero y había adquirido en sus contratas un razonable caudal, tenía demasiado apretados los cordones del bolsillo, no se decidía á señalar dote á su hija, contentándose con responder á las instancias de los novios que «los ayudaría en todo lo que pudiese». Pero tal vaga promesa estaba lejos de satisfacer el espíritu esencialmente práctico y ordenado de Frasquito. Enemigo irreconciliable de las abstracciones tratándose de asuntos tan serios, iba aplazando la boda mientras no viese algo más concreto. Finalmente, aquella mañana, el maestro carpintero se había humanizado y le prometió diez mil pesetas para comprar la participación que su tío tenía en el comercio y quedarse él solo con el negocio de las harinas.

Señalado el día por los novios, pedida la novia oficialmente por el señor Rafael y arreglados los papeles á toda prisa, se tomaron los dichos en la vicaría. Después de las correspondientes amonestaciones celebróse la boda, al entrar la noche, en casa de la novia. Fueron padrinos el señor Rafael y Mercedes la Cardenala, prima de Pepa. Asistieron á ella los parientes y amigos de ésta y la reunión de la tienda de Velázquez, por ser los más íntimos que el novio tenía. Manolo Uceda se excusó por verse obligado á dormir aquella noche en la Isla; en realidad, por no encontrarse con Antonio y Soledad. Ésta se había negado en un principio á asistir á pesar de las vivas instancias de Frasquito, pero habiendo venido la misma Pepa á suplicárselo no tuvo más remedio que ceder.

Se preparó la comida en una de las tiendas de Puerta de Tierra, y después de la ceremonia todos se trasladaron allá en coche. Iba una jardinera de diez asientos; pero no cabiendo todos en ella, los sobrantes se acomodaron en berlinas de punto: Velázquez en una con Frasquito, el señor Rafael en otra con el padre de Pepa, y así sucesivamente. Las mujeres prefirieron casi todas ir en la jardinera acompañando á la novia. Esta, después de haberse despojado de la mantilla, se había echado encima del traje negro de seda con que se casara un espléndido pañolón de Manila azul bordado en blanco. La mayoría de las otras iban adornadas con prendas semejantes. El de Soledad era negro bordado en rojo, el de Paca amarillo con flores negras, el de María-Manuela rojo y blanco, el de la madrina blanco y verde.

Las calles hervían de gente cuando la comitiva se puso en marcha atravesando al medio la ciudad por mayor gala. El estrépito de los coches y su número desusado sorprendían á los transeuntes, que se detenían, y al enterarse de que era boda gritaban riendo:

—¡Vivan los novios!

Y los de la comitiva respondían con vivas aún más sonoros, golpeando al mismo tiempo con los bastones hasta romperlos. El padrino hacía parar delante de todas las tiendas de montañeses conocidas; llamaba al chicuco; aparecía éste con una batea de cañas; se bebían alegremente entre el corro de la gente que se apiñaba instantáneamente para verlos, y ¡arrea, niño! vuelta á escapar desempedrando las calles.

En la de la Carne el aplauso y la algazara fueron indescriptibles. Los transeuntes se arremolinaban impidiendo el paso de los carruajes. El grupo de mujeres de la jardinera alcanzó una ruidosa ovación.

—¡Viva la sal de la tierra! ¡Vivan las mujeres castizas! ¡Vivan los novios! ¡Vivan los padrinos!

El señor Rafael, entusiasmado, arrojaba puñados de almendras y monedas de cinco céntimos á los chicos. Con lo cual éstos corrían detrás del cortejo dando chillidos penetrantes y poniendo en conmoción al vecindario.

Salieron al fin de la ciudad por la famosa puerta, siguieron buen trecho la angosta lengua que la une á la tierra y pararon delante de una de las más nombradas tiendas de vinos en que la juventud gaditana acostumbra á solazarse. Como el calor sofocaba, habíanles puesto la mesa en el jardín, dentro de un aposento formado de tablas con dos grandes ventanas al campo. Y sin ceremonia alguna, en medio del bullicio y la alegría, sentóse cada cual donde bien le pareció. La novia entre el padrino y la madrina, el novio al lado de su suegro, á quien empezaba á bailar el agua mucho más que á su esposa; Soledad junto á Antoñico, Velázquez junto á María-Manuela, Gregorio, hermano de la novia, pegadito á su prima Isabel la Cardenala, Paca entre el Cardenal y la Cardenala viejos, embelesándolos con su afluencia maravillosa.

Velázquez había saludado á Soledad fríamente en casa de Pepa durante la ceremonia. Aquélla le había contestado con mayor frialdad aún. Luego no habían vuelto á dirigirse la palabra ni á mirarse siquiera. Mientras duró la comida el majo afectó mucha alegría y prodigó á su pareja mil delicadas atenciones procurando hacerlas bien ostensibles. Ella le ayudaba siguiéndole el humor, no teniendo ojos ni oídos más que para él. Soledad y Antoñico charlaban mucho más quedo, pero también con más sabrosa intimidad, riendo á cada momento ella con no fingidas ganas los chistes del pícaro.

Cuando hubieron comido según sus deseos, empezaron á levantarse de las sillas y á cambiar de asiento y postura, formando pequeños grupos, retrayéndose las parejas enamoradas á los rincones para charlar más á su gusto. Pero seguían cambiándose entre unos y otros, aunque á distancia, las mismas guasas picantes. Se charlaba, se gritaba, se reía cada vez con mayor ruido y regocijo. El guitarrista y la cantaora que habían traído consigo no daban paz á los cantos de la tierra, malagueñas, seguidillas, polos, soleares, aunque sólo tres ó cuatro más filarmónicos los escuchasen en silencio.

Pepe de Chiclana tuvo una idea feliz.

—¡Que bailen los novios!—gritó.

Este grito halló eco en seguida entre los invitados.

—Eso está bien dicho. ¡Que bailen!

Pepa se prestó al instante á ello, pero á Frasquito no hubo poder humano que le hiciese menear las piernas. Alegaba ignorancia; si supiese, con mucho gusto echaría un baile. En realidad desdeñaba el arte de Terpsícore: toda su devoción la consagraba á Mercurio. Sentado en un rincón al lado de su suegro, departía con él amigablemente sobre asuntos serios, remojando á menudo las fauces con sendas cañas de manzanilla. Ni la misma Pepa con sus ruegos logró moverle de la silla. Entonces el señor Rafael, enojado de aquella falta de galantería, se levantó exclamando:

—Ea, chiquilla, deja á ese gallego y humíllate á dar cuatro pataditas con este pobre viejo.

—¡Ole por el padrino!—gritaron los compadres con entusiasmo.

Y entre el furioso palmoteo de todos la novia y el padrino chasquearon los palillos y empezaron á moverse acompasadamente uno frente á otro. La cantaora, con voz penetrante, cantó:

«Á la señora novia
sacadla á bailar,
para que se despida
de su mocedad.»

—¡Bueno va!—¡Oblíguela usted, padrino!—¡Vivan las novias saladas!

Todos palmeteaban y chillaban jaleando á los bailadores. Algunos tomaron puñados de almendras de la mesa y las arrojaron al aire, cayendo como una nube sobre ellos.

La novia se fatigó antes que el padrino. Esto causó gran regocijo. El viejo fué felicitado con entusiasmo.

Pepa, jadeante, dijo:

—Que baile ahora Soledad para quitarles á ustedes el amargor de la boca.

—¡Que baile! ¡que baile!—gritó la reunión.

Soledad hizo signos negativos con la cabeza.

—Déjenla ustedes ahora: Soledad no está templada todavía—manifestó Velázquez afectando desenfado.

El rostro de la joven se contrajo con expresión sombría, y volviéndolo hacia Antoñico dijo en voz baja:

—No soy guitarra para templarme.

Los convidados, que sabían bien lo que pasaba, temieron una escena desagradable y no insistieron.

Pero la alegría no se enfrió por eso. El señor Rafael tomó la guitarra exclamando:

—Ya me han conocío ustedes como bailarín. Ahora van á conocerme como músico.

Y después de rasguear y puntear el instrumento con no esperada habilidad, cantó con bronca voz, dirigiéndose á Pepa:

Porque te quiero te digo
que te registren el novio,
porque no está de recibo.

La chuscada causó gracia á todos menos á Frasquito, quien sacudió la cabeza malhumorado. Lo estaba también porque la conversación con su suegro tomaba un sesgo bastante desagradable. El maestro carpintero, que había embaulado un río de manzanilla, con la expansión que el vino comunica, le estaba haciendo una porción de confidencias gravísimas. Decíale con lengua estropajosa que no era tan rico como se decía, que si es verdad que en algunas obras había ganado algunos cuartos, en otras salió con las manos en la cabeza. Además, había gastado un caudal en la enfermedad, bien larga, de su difunta esposa. Y para remate de fiesta, tres meses hacía que un pícaro de la Isla á quien tenía dados quince mil reales á réditos se había declarado insolvente.

Frasquito escuchaba todo esto serio, fruncido, sin asomo de borrachera, llevando las cañas á la boca con mano trémula. Después de larga pausa, el maestro carpintero, con la mayor tranquilidad, como quien no dice nada, soltó la siguiente bomba:

—De modo, hijo, que por ahora y en mucho tiempo tampoco, no cuentes con las diez mil pesetas de que hemos hablado.

Frasquito se puso pálido como un muerto. Quedó paralizado un momento y apenas pudo balbucir:

—¡Cómo! ¿Ahora salimos con eso?

—Pues ahora es la ocasión, porque empezáis á vivir—replicó con audacia tranquila el carpintero.—Tú eres un hombre formal, sabes trabajar y harás feliz á mi Pepa. Cuando yo me casé tenía solamente...

Frasquito no le dejó concluir. Con ademanes descompuestos, echando casi espumarajos por la boca, profirió:

—Lo que ha hecho usted es engañarme como un charrán. Eso no lo hace ningún hombre que tenga vergüenza, ¿sabe usted?

El carpintero empalideció á su vez.

—¡Voto á Dios! ¿Me estás insultando?

—Sí, señor, lo repito—gritó aún más sofocado el novio.—¡Es usted un sin vergüenza! ¡un canalla!

El viejo alzó la mano y descargó una tremenda bofetada, una bofetada de carpintero, en el rostro de su yerno. Éste le echó las manos al cuello. Gritos, maldiciones, espantosa confusión. A duras penas lograron entre todos separarlos. La novia exhalaba quejidos lastimeros, llorando abundantes lágrimas y sin saber á quién dirigirse. El viejo, sujeto por unas cuantas manos, juraba y perjuraba que había de espachurrar al morral de su yerno. El yerno, estrechado por un grupo de convidados, les demostraba palmariamente que su suegro era un pillo, un estafador, acompañando la demostración de un áspero crujir de dientes que ponía espanto á los circunstantes y en particular á las hembras.

Pero su tío, el señor Rafael, tomándole por un brazo y llevándole aparte, le dijo al oído:

—Hijo, no te sofoques. ¿No ves que tu suegro está borracho perdido?

Estas prudentísimas palabras gozaron el privilegio de calmar instantáneamente la cólera de Frasquito. Renació la esperanza en su corazón y otra vez tornó á ver las diez mil pesetas delante de los ojos.

Lo mismo, poco más ó menos, le dijo el viejo Cardenal al maestro carpintero. Frasquito tenía una mona que no se lamía el infeliz. Con lo cual se le aplacó bastante á aquél su enojo, contentándose ya solamente con manifestar su profundo desprecio hacia los muchachos del día, que «en cuanto lo cataban perdían la cabeza».

Finalmente, tranquilizáronse los ánimos y otra vez reinó la concordia y la alegría. El señor Rafael volvió á tomar la guitarra y soltó una serie de coplillas chuscas y picarescas que hicieron brincar de gozo á los alegres compadres.

Velázquez y María-Manuela, sofocados por el calor, se habían acercado á la ventana y respiraban la brisa frente á la bóveda estrellada del cielo. El majo mostraba una alegría miedosa, donde se percibía, no obstante, alguna afectación, un dejo de inquietud y tristeza que por momentos lo hacía enmudecer y le arrugaba la frente. Al salir de una de estas breves pausas, dijo á su compañera con sonrisa melancólica:

—María, ¿te acuerdas de aquel rey de copas que anunciaba mi matrimonio con Soledad?

La maga quedó turbada sin saber qué contestar. Al fin balbució:

—Las cartas no mienten nunca, hijo... Habrá sido culpa mía el no haberlas entendido.

—¡Lo que anunciaba no era mi matrimonio, sino el de Frasquito!—exclamó riendo.

Y, observando que su burla oscurecía el rostro de la joven, añadió tomándole una mano y acariciándola:

—No hagas caso, serrana; anunciaba, sí, mi matrimonio, pero era contigo... ¡contigo, morena, que tienes unas pestañas que se clavan en el alma como alfileres!

—¡Quita allá, falso! ¡No gastes guasa!—replicó ella dándole un leve empujón.

El guapo se mostró entonces exageradamente cariñoso y rendido, cubriéndola de flores y requiebros. La ruda y graciosa morena concluyó por decir sonriendo:

—¡Calla, calla, Velázquez, que me empalaga la arropía!

Pero á su espalda se había armado gran algazara. El señor Rafael, harto de cantar y tocar, se entretenía, como de costumbre, en embromar á su sobrino.

—Has hecho una buena boda, Pepa. Te llevas un mozo de circunstancias; te llevas mis pies y mis manos... Un hombre corriente y trabajador como el que más... que te saca una cuenta de multiplicar ó dividir en menos tiempo que se persigna un cura loco... Solamente tiene un vicio... que se le cuela al pobrecillo el dinero por entre los dedos como si fuese agua...

—¡Qué bilis tiene usted, tío!—exclamaba Frasquito mientras los demás reían á carcajadas.

—¡Casi ná!... Átale corto, prenda, porque si te descuidas es capaz de dejarte sin platos en la cocina...

Y el viejo, á quien el vino ponía siempre provocativo, soltaba un chorro de gracias mortificantes. Los invitados se retorcían de risa. El novio, cada vez más sofocado, gritaba con acento colérico:

—¡Dejarlo!... ¡dejarlo! Se le ha destapao el tarro, y hasta que eche toda la bilis no callará.

Velázquez se había aproximado para gozar de la guasa, dejando sola á María-Manuela á la ventana. Antoñico, se levantó de la silla donde estaba cerca de Soledad y, dando una vuelta con disimulo al aposento, se acercó á su antigua querida.

—Presente, mi capitán—le dijo blandamente al oído.

La joven se estremeció, volvió rápidamente la cabeza y, echándole una mirada torva, siguió contemplando en silencio el firmamento. Antoñico se apoyó á su lado en el marco de la ventana, y después de una larga pausa dijo en voz baja:

—Soy yo, el arrastrao, el sinvergüenza de Antoñico, que está dando las boqueadas como un pez fuera del agua.

—Pues tírate de la muralla y zambúllete en el mar—repuso ella en voz baja también y sin cambiar de postura.

—Eso haría de buena gana, si no fuese que me hace daño el agua fría. Ya sabes que padezco de reúma.

—Avisa que te lo calienten.

—¡Soy muy desgraciado! La bañera se empeña en ponérmelo como hielo.

—¿La bañera de ahora?

—No, la bañera de antes.

—¿Qué importa si el baño no es para ti?.

—Pues me cuelo en él aunque me quede tieso.

—La bañera te haría salir á palos.

—Eso me conviene para entrar en calor más pronto.

—¡Qué sin vergüenza!

—¡Noticia fresca! Acabo de decírtelo.

Velázquez al volverse y observar la maniobra de Antonio, sintió un movimiento de cólera. Pero se calmó pronto al ver la silla cercana á Soledad desocupada. Por impulso repentino se sentó atrevidamente en ella. La joven no pudo reprimir un vivo estremecimiento y manifestó al instante su disgusto con semblante oscuro y enojado como pocas veces se le había visto.

Después de su golpe de audacia, el majo quedó confuso sin saber qué hacer ni decir. Al cabo, con alegre rostro, exclamó:

—¡Quien fué á Sevilla perdió su silla!

Soledad no respondió ni movió siquiera un pliegue de su fisonomía. Entonces él, adoptando un tono jocoso y desenfadado, dijo:

—¿Me permite usted descansar un momento en esta silla?

—No es mía—respondió secamente.

—Supongamos que lo fuese.

—Si lo fuese no estaría en un establecimiento de Puerta de Tierra.

—Voy á comprarla y se la regalo. ¿Qué haría usted?

—Dejarla donde está.

—¿Conmigo encima?

—Con usted ó con otro. Me es igual.

—Si le es á usted igual, me quedaré yo. Quiero más sentarme aquí que á la diestra de Dios Padre.

Soledad se encogió de hombros con desdén y murmuró:

—¡Tardaba ya mucho!

Estaba inquieta desde que Antoñico se había acercado á María-Manuela. Sus ojos se clavaban coléricos en ellos y querían pulverizarlos. Las palabras temblorosas de Velázquez le parecían un ruido molesto, la ponían aún más nerviosa. Pero habiendo vuelto la cabeza Antonio y habiéndose encontrado sus miradas, el humor de la joven cambió repentinamente. Empezó á responder con amabilidad á su antiguo amante, á mirarle cara á cara y hasta á inclinarse hacia él, á mostrarse jovial y locuaz, demasiado locuaz para que no se advirtiese el esfuerzo sobre sí misma.

Velázquez se hallaba en el séptimo cielo. Aceptaba aquella amabilidad como moneda de buena ley. A los pocos minutos de conversación ya se creía otra vez dueño del corazón de la hermosa y se mecía en un océano de risueñas ilusiones.

Seguía la zambra en el aposento. Mercedes la Cardenala bailaba con Gregorio, su futuro cuñado. Frasquito, que estaba agitadísimo después de la reyerta con su suegro, experimentó la necesidad de bailar, quizá para aturdirse, y bailaba con Isabel. El señor Rafael trincaba con el maestro carpintero en un rincón, mientras en otro, una joven casada, cuyo marido no estaba allí, contaba sus desazones domésticas y pedía consejo á Paca la de la Parra.

—Bien puedes creerme, Paca, no hay tío más desalmao ni más hereje. El otro día, seis duros tristes que tenía apartados para hacer unos vestiditos á los niños, me los quitó y se fué con ellos cantando á la taberna y no vino en dos días á casa...

—Pues no parece...

—¡Anda! ¡Ya lo creo que no parece! ¡Como que el que lo ve le apetece cogerlo y ponerlo en el altar de San José en lugar del santo! Para todos es una mosquita muerta... pero en casa, yo te aseguro, hija, que está demasiado viva y que pica mejor que un alacrán... Mira—añadió remangándose los brazos,—nadie creerá que él es quien me ha hecho estos cardenales...

—Pero ¿te pega?—exclamó Paca con asombro.

—Á lo señorito, ¿sabes? Sin gritos ni blasfemias como los demás, me da unos pellizquitos de monja que me deja el cuerpo negro como el cordobán... Y el angelito mientras tanto sonríe y me pregunta con mimo: «¿Qué tienes, hija mía? ¿Te he hecho daño?» ¡Maldita sea su estampa!... Como sé cuáles son los sagrarios que recorre, muchas veces mando á un chico á buscarlo. ¿Crees que se viene para casa ó que se enfada? ¡Na! Se queda con el chico y le emborracha. Le mando otro, y lo mismo. ¡Ha habido veces en que se han reunido los cinco niños en la taberna! «¡No falta ahora más que la cocinera!» dice el sinvergüenza... porque es así como me llama.

Paca no pudo reprimir una carcajada.

—¡Sí, ríe, que yo también he reído cuando vi llegar á los hijos de mis entrañas cayéndose contra las paredes!... ¿Y sabes la gracia que ha sacao nuevamente? Pues ahora al tío roío le da por celarse de su sombra... Ya ves tú—añadió con leve inflexión de vanidad,—¡á mis años y después de haber parido siete veces!... No puedo salir á la calle sin que se ponga en acecho; no puedo peinarme ni vestirme un poquito decente... Á fuerza de trabajos había logrado comprar unos zapatos de charol y hacerme un vestidito de merino fino. Pues un domingo que salí con él al Perejil, por si había mirado á Fulano y por si Mengano había dicho ¡ole!, llegamos á casa y, sin decir palabra, toma unas tijeras y tiene las malas tripas de hacerme rajas el vestido y los zapatos... ¡Ea! ¡otra vez desnuda!... Yo le digo: «Pero, hijo, ¿es que te gusto más en cueros?...»

Iba á emitir Paca su autorizada opinión en este litigio, cuando se interpuso Frasquito, que venía á consultarla sobre si sería ó no oportuno enviar por amoniaco á la botica más próxima, para dárselo á su suegro á ver si despejaba un poco. Aunque su tío Rafael le había asegurado que en durmiendo la mona recordaría la sagrada promesa que le había hecho, su inquietud no le permitía esperar con calma al día siguiente. Ansiaba que por cualquier medio recobrase la razón y con ella la conciencia de sus obligaciones.

Paca no juzgó prudente aquella medicación, tanto menos, cuanto que el maestro carpintero departía muy tranquilamente con el señor Rafael, bien ajeno de la necesidad de introducir en su cuerpo una dosis de álcali volátil. Justamente en aquel momento estaba dirigiendo por vigésima vez á su compadre una serie de preguntas que alejaban toda sospecha sobre este punto.

—Vamos á ver, ¿estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales?... ¿He faltado á alguno?... ¿Soy ó no un hombre regular?... ¿Me levantan á mí la cabeza dos cañitas?... ¿Sé alternar ó no sé alternar?...

El señor Rafael apoyaba con todas sus fuerzas estas proposiciones, aunque disimuladamente hacía guiños expresivos á su sobrino; pero éste sacudía la cabeza con desesperación, hallando cada vez más inevitable el socorro de la química.

Mientras tanto seguía el bailoteo en aumento. Tomaban ya parte en él los que antes hacían más remilgos. Hasta la vieja Cardenala se arrancó por panaderos con un comerciante vecino casi tan antiguo como ella. La novia, rendida ya, jadeante, se empeñaba, no obstante, en bailar sola, sin hacer caso de María-Manuela que le advertía con empeño de que no lo hiciera, porque se bailaba con el diablo.

Mercedes, la madrina, un poco excitada por el vino, quería que Velázquez bailase con ella. Desde su rompimiento, la joven guardaba en el fondo de su pecho hacia el majo un sentimiento indefinible, mezcla de rabia y simpatía, de desprecio y amor. Velázquez, que siempre había sido poco amigo de echar las piernas al alto, se negaba, haciendo, sin embargo á su antigua novia mil cortesías, mostrándose con ella extremadamente dulce. No era pura galantería ó gratitud lo que le impulsaba á ello. Había también su parte de vanidad, porque Mercedes tenía novio, y éste, que era un mancebo casi imberbe, no mal parecido, llamado Gabino, andaba celoso, desesperado, desde que viera que su novia coqueteaba con Velázquez. El guapo, á quien el amor y los pesares no habían podido arrancar de cuajo su inveterada arrogancia, gozaba con las preferencias de la bella y los celos del muchacho.

—¿Dónde va tu novio tan encandilao?—díjole sonriendo con orgullo, viendo salir al joven del aposento como un huracán.

—Déjalo—respondió ella haciendo una mueca de desdén.—Es un tío lila, ¿sabes?... Se ahoga el infeliz en una tacita de agua. De seguro que ha salido al campo para llorar más á gusto.

—¡Para llorar!... ¿Por qué?

—Porque está celoso de ti.

—¡Válgame Dios!... Parece mentira que un buen mozo tenga celos de este pobrecito viejo—repuso Velázquez con mal disimulada jactancia.

—¡Ya, ya! Es que se fía poco de mi gusto.

—¿Tan echao á perder lo tienes?

—Estragaíto del todo, querido... Figúrate que hace ya un mes que no puedo comer más que cosas frías.

—¿Me quieres comer á mí?

—Por lo frío podía pasar, pero eres demasiado duro.

—Mírame un ratito con esos ojillos puñaleros y me verás derretío.

—Te estoy mirando hace un año y no veo ninguna pringue en el suelo.

—¿Á que no me esperas esta noche en la reja de tu casa?

—¿Á que no echas conmigo un bailecito?

—Vamos á verlo—replicó el guapo levantándose.

Mientras tanto, el desgraciado Gabino, después de atravesar el jardín, había salido al campo, como su novia adivinó burlando. No lloraba, pero tenía el corazón tan henchido de tristeza que le tomaron deseos de sentarse entre los railes de la vía férrea que por allí cruzaba y esperar á que algún tren lo arrollase. Se arrimó á una empalizada y se puso á rumiar sus desengaños, cuando oyó cerca rumor de conversación. Las ventanas del salón de tablas donde la boda se celebraba abrían hacia aquel sitio. Ocultóse en la sombra y acercóse cuanto pudo á ellas para escuchar, no tanto por curiosidad como por la esperanza de percibir la voz de su adorada. Á la escasa claridad de la luna, que comenzaba á salir, vió que los dos que departían en la ventana eran Soledad y Antoñico. Observó que la joven estaba agitada, convulsa, que acompañaba sus palabras de vivos movimientos de cabeza, mientras Antonio, con la suya inclinada hacia el suelo, hablaba poco y con humildad.

—Si no la puedes ver más que al diablo—profería la joven haciendo esfuerzos por reprimir la voz,—si la aborreces, ¿por qué te acercas á ella públicamente? ¿Por qué le das ese gusto sabiendo que á mí puede mortificarme? ¿No ves que la gente nos observa, que puede muy bien suponer que de aquella candela queda algún rescoldo?... ¿Te has figurao, hijo, que vas á ponerme en ridículo como has hecho más de mil veces con ella? ¡Que te se quite, niño!... Nuestro compromiso es de ayer y está sostenido por un hilito... Tomo las tijeras y ¡zas! lo corto... ¡Ya está cortado!... Ya no tenemos ná... Conque tú por un lado y yo por otro...

—¿Por qué lado voy?

—Por el que te dé la gana.

—Entonces voy por el de tu corazón y me quedo en él de huésped.

—En mi corazón no caben tíos fanfarrias... Acabo de salir de un fachendón y ¿quieres que dé en otro?

—Te arrepentirás de haberme insultado sin motivo. Me acerqué á María para preguntarle solamente por su sobrinito que está enfermo... Ya sabes cuánto he querido yo siempre á ese niño...

—¡Ay qué Dios! ¿Y para preguntar por la salud del sobrinito te estás media hora de pitorreo con la tía?... Mira, Antonio, no quieras meterme los dedos por los ojos...

—¡Líbreme Dios de ese sacrilegio!... Lo que quiero es meter los labios ahora mismo.

—¡Ea! no me vengas con monerías de gata tripera... Confiesa que te gusta aún María... Vete con ella bendito de Dios y déjame á mí el alma quieta...

—Confieso que te quiero de todo corazón... que paso las fatigas de Dios en cuantito me miras soberbia; que eres la primera y la única mujer que he querido de verdad... y que en prueba de amor eterno te regalo este higo paso—añadió presentándole uno.

—¡Anda que te zurzan!—exclamó la joven riendo y arrojando el higo al suelo.

Bajaron la voz. La plática comenzó á ser suave y cordial y entreverada de risas.

La reconciliación estaba hecha.

Al cabo de un momento Gabino pudo observar, sin embargo, que Soledad tornaba á ponerse seria. Antonio la instaba con dulzura: ella negaba vivamente haciendo repetidos signos con la cabeza. Excitada su curiosidad, el mancebo permaneció inmóvil á ver en qué paraba y lo que aquello significaba. Antoñico no cejaba en sus demandas ni la joven en sus negativas. Mas al fin éstas fueron desmayando y la bella concluyó por quedarse inmóvil con los ojos extáticos, mientras el galán seguía murmurándole al oído sus deseos.

Soledad se pasó entrambas manos por el rostro y, con súbito ademán, sacó una llave del bolsillo y se la entregó. Al mismo tiempo dió la vuelta y se retiró de la ventana.

Velázquez bailaba con Mercedes. Su antigua querida comenzó á palmotear y á jalearlos de tal modo que el guapo volvió la cabeza sorprendido y los presentes hicieron lo mismo. Al observar su faz pálida, demudada, se guiñaron el ojo y no faltó quien exclamase:

—¡Bueno va! Soledad al fin la ha pescao... Si te caes, yo me comprometo á llevarte á casa en brazos, niña.

—¡No me caigo, no, desaborío!... ¿Quieres ver cómo no se me doblan todavía las piernas?... Venga un tango, Luisillo, que voy á bailar á la salud de los novios y de toa la compañía.

—¡Ole la niña graciosa!... ¡Viva tu boca, salero!—gritaron entusiasmados los hombres.

Y lo mismo ellos que ellas suspendieron sus pláticas para darse el gusto de ver á la que pasaba por primorosa bailadora.

El guitarrista preludió un tango. La cantaora iba á modular la copla cuando Soledad exclamó con violencia:

—¡Yo no bailo más que sobre la mesa! ¡Quitarme todo eso de encima!

Veinte manos se apresuraron á cumplir la orden, separando la vajilla y los manjares que aún quedaban. Pero como estuviese manchada de vino, Pepa, excitada, descolgó de la percha con brioso ademán su espléndido pañolón de Manila y se puso á limpiar con él. Frasquito, al ver aquella monstruosidad, dió un brinco y cayó sobre ella, arrebatándole el pañolón de las manos con gesto colérico. Este acto produjo gran indignación en los presentes.

—¡Cómo!... ¿No te da vergüenza mirar por un pañuelo el día de tu boda? ¿No vale más la alegría de tu mujer que un trapo? ¡Habrá gallego!...

Y todos le increpaban con ira mientras el señor Rafael se retorcía de risa en un rincón gritando:

—¡Vivan los novios rumbosos!

Las mujeres, más irritadas que los hombres de aquella falta de galantería, echaron mano igualmente á sus mantones y se disputaron el placer de limpiar también con ellos la mesa. Había llegado la hora del vértigo. Soledad puso el pie en una silla y de un brinco se plantó sobre la mesa, inaugurando el baile con un fuerte taconeo que electrizó á la reunión. Luego se irguió haciendo resaltar su bella figura escultural.

—¡Ole la palma gallarda! ¡Vaya un talle sandunguero!... ¡Suelta esa mata de pelo, gachona!... ¡Vivan las mujeres flamencas!

Y entre los gritos y los oles y el palmoteo infernal, Soledad bailó con toda la elegancia y gentileza que ella sólo sabía. Los hombres ponían bajo sus pies los sombreros para que los pisase; las mujeres arrancaban las flores de su cabello para arrojárselas. Cuando bajó la cubrieron de besos.

Pero la bella se dejó caer jadeante en una silla y quedó silenciosa y sombría sin participar del frenesí que allí reinaba.

Los viejos dieron, al fin, la señal de retirarse. La partida fué ruidosa. Antes de acomodarse en los coches se pasó cerca de media hora, cambiándose entre unos y otros interminables bromas que hacían fluir las carcajadas. Casi todos estaban roncos. Los hombres, perezosos para meterse en los vehículos, hacían traer á ellos bateas con cañas y las servían á las hembras, que las rechazaban riendo, cuando no les bañaban el rostro con ellas.

Los cocheros ya se preparaban á arrear á los caballos cuando el señor Rafael, que chorreaba alegría por todos los poros, tuvo la ocurrencia de obligar al viejo Cardenal y á su esposa á que echasen un baile de despedida. Y no hubo otro remedio. Tan pesado se puso que al cabo los Cardenales bailaron sobre la carretera, á la luz de la luna, entre la algazara del cortejo nupcial que los jaleaba desde los coches.

Pero aquel momento gozoso fué turbado por la mala intención de Antoñico, que participó al maestro carpintero cómo Frasquito intentaba darle amoniaco para limpiarle la mona. Encrespóse atrozmente aquél y nada menos pretendía que bajarse del coche y echar los dientes fuera á su yerno. Á duras penas podían sujetarlo. Pepe de Chiclana cortó en flor la querella gritando á los cocheros:

—Arread, muchachos, y que se quede el que quiera.

Chasquearon los látigos y los caballos arrancaron al trote. Pero todavía, por encima del ruido de las ruedas y las campanillas, se oía vociferar al carpintero:

—¿Álcali volátil á mí? ¡Granuja! Vamos á ver, ¿estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno?... ¿Sé alternar ó no sé alternar?

XV. Noche gaditana

Cuando entraron en Cádiz sonaba la una. La hermosa ciudad dormía sobre el mar, como una odalisca en brazos de su déspota. El cielo espléndido de la Bética formaba sobre ella un pabellón poblado de luces. Una leve brisa embalsamada refrescaba su frente ardorosa.

El estrépito de los coches turbó un momento aquel sueño tranquilo. Más de una tierna doncella dejó sobresaltada el lecho y se acercó á su balcón con los pies desnudos para ver lo que pasaba. Y al oir el grito de ¡vivan los novios! que repetía sin cesar el cortejo nupcial, sus cándidas mejillas se coloreaban, sus labios de coral se dilataban con sonrisa dulce murmurando: «¡Una boda!» y tornaba al lecho y se dormía soñando escenas de felicidad que el cielo bendice.

La comitiva recorrió las calles deteniéndose delante de algunas tiendas de montañés y haciéndolas abrir para beber unas cañas. Los novios, que habían regresado juntos en una berlina, dieron esquinazo á su cortejo y se escabulleron bonitamente para casa. Los demás recalaron todos á la tienda de Crisanto, en la calle de Pedro Conde, levantaron al montañés que ya se había acostado, é introduciéndose por la puerta falsa del portal, invadieron ruidosamente el establecimiento. Y ¡vengan cañas de Sanlúcar! ¡venga cante y guitarra y jaleo!

Pero las mujeres estaban rendidas: no tardaron en hablar de su casa; se inició la retirada por la vieja Cardenala y poco á poco fueron desfilando casi todos. No quedaron en la tienda más que los borrachos empedernidos, el señor Rafael, el maestro carpintero, el Cardenal y otros cuatro ó cinco convidados.

Velázquez se puso al lado de María-Manuela mientras marchaban en grupos por las calles; pero cuando al llegar á una esquina se despidieron de la familia de Mercedes, tuvo ocasión de acercarse á ésta y hablar con ella algunas palabras.

—Adiós, gitana—le dijo estrechándole la mano afectuosamente.—Adiós, naranjita china.

—Estoy deshecha, niño—respondió ella con languidez afectada.—He bailado más que un trompo.

—¿De modo que no sostienes la apuesta?

—¡Anda! Ya lo creo que la sostengo.

—Entonces, dentro de media hora me tienes arrimado á tu ventana.

—Dentro de media hora te espero en ella.

Y con las manos enlazadas se clavaron una larga mirada, entre burlona y amorosa, tratando de registrarse el alma. Pero al volver la cabeza cesó repentinamente la alegría del majo al observar que María-Manuela estaba haciendo lo mismo con Antonio. Quedó repentinamente serio, no porque la bravía morena le hubiese tocado en el corazón, sino por la insolencia de Antoñico. Á pesar de los últimos reveses seguía tan puntilloso y delicado. Murmuró un juramento y se acercó de nuevo á la maga. Antoñico, que vió su rostro contraído, se apresuró á alejarse juntándose á Soledad, que también había advertido la maniobra y estaba irritada y seria.

—¿Qué te decía Antonio, querida?—preguntó el majo.

—¡Antonio!—exclamó la morena con sorpresa.—¿Qué me había de decir Antonio?... Nada.

—¿No estaba hablando contigo en este momento?

—¡Ah, sí!... Ni me había fijado siquiera... Creo que me preguntaba por mi sobrinito.

—Está bien; pero otra vez, cuando te pregunte por tu sobrinito, procura que yo no esté delante—manifestó el guapo con calma amenazadora.

María quedó turbada y balbució con timidez:

—¿Por qué?... No entiendo... Hijo, tú por cualquier cosilla te remontas...

—No hablemos más. Ya te he dicho lo que hace al caso.

Hubo un largo silencio mientras caminaban lentamente la vuelta de casa precedidos y seguidos de otros grupos.

—No te vayas á figurar que á mí me importa ya nada de ese tío—profirió ella al cabo.

—No me figuro nada—respondió secamente Velázquez.

—Que se me salten los ojos y no vuelva á ver la luz del sol, que me vea pidiendo de puerta en puerta una limosna y vaya á morir al hospital, si tengo más interés por él que por el carro de la basura... Anda, hijo, pues ni que estuviera echada á los perros para acordarme ya de ese tío sucio sin vergüenza. Primero me dejaba hacer tajaditas así que mirar más en cara á ese arrastrao. No pienses en ello, niño, que si algún día me dan ideas de faltarte, será con todos menos con él. ¿No vale más tu personilla que ese mono? ¿Por qué te celas? ¡Pues el gachó es de oro para que una mujer se chale por sus pedazos! ¡Con más botones en la cara que un jardín en primavera! Deja que Soledad coma de esa fruta... ¡Para mí ya está podría!

Velázquez se fué calmando con la charla de su nueva querida. Y de esta suerte llegaron hasta la puerta de casa. La hermana de María vivía en una callecita estrecha del barrio de la Viña, cerca de la Catedral. Paca la de la Parra vivía algo más lejos, en el mismo barrio. Despidiéronse, pues, allí, ésta con su marido, Soledad, Antonio y otras dos mujeres, y siguieron adelante. Velázquez se quedó un instante á la puerta con su amante y al cabo también se despidió de ella hasta el día siguiente. Estaba cansado y tenía ganas atroces de dormir. Esto dijo, al menos, al separarse: la verdad era que deseaba acudir á la graciosa cita de su antigua novia.

Cuando quedó solo se fué paso entre paso á la tienda de Crisanto á esperar la hora. Allí seguían los residuos más antiguos de la boda rindiendo culto á puerta cerrada al hijo de Júpiter y Semele.

No tardó en recalar también Antonio; Gregorio y algunos otros jóvenes de los que habían acompañado á las mujeres llegaron poco después. La juerga prosiguió más grosera y alborotada por la ausencia del elemento femenino.

Al entrar Antoñico, Velázquez le clavó una mirada cargada de odio y de amenazas que no pasó inadvertida para aquél. Se abstuvo cuidadosamente de acercarse al grupo donde el majo estaba, y al cabo de unos instantes se escabulló sin ser notado. Sin dilación alguna se dirigió nuevamente al barrio de la Viña y se detuvo delante de la casa de su antigua querida: acercóse á una reja baja que tenía, llamó con los dedos á los cristales y esperó. No tardaron en abrir.

—¿Estás ahí, desaborío?

—Aquí estoy, limoncito verde.

—¿Por qué limoncito verde?

—Porque eres agria para mí y veo mis esperanzas cada vez más verdes.

—¡Vete, vete, canalla, no me des coba tan sucia! Después que has sido para mí un perro te vienes con esa.

—Un ladrón en la horca no está más arrepentío que yo, María. Díme que me tire al agua y me verás hacerlo.

—¡Ya! Si te mandase tirarte al vino, acaso...

—¡Si supieses las penitas que estoy pasando!

—¡Calla, calla, perro!

—Eso es, las de un perro cuando le cortan el rabo.

La ruda morena soltó una carcajada. La plática, aunque burlona, se fué haciendo más y más cordial, no tardando mucho aquel perro en obtener su perdón. El cuchicheo se hizo más íntimo y más suave. Hallaban los dos grato enamorarse por la reja después de haber hecho vida matrimonial cuatro años.

Hacía ya largo rato que estaban charlando cuando se oyó el ruido de un coche.

—¿Un coche á estas horas?—exclamó María con sorpresa.

Antonio no dijo nada, pero quedó repentinamente serio. El ruido se fué aproximando. Á los pocos momentos vieron aparecer por el extremo de la calle una berlina de punto que pronto cruzó por delante de ellos. Antonio sufrió una fuerte sacudida y dijo con voz alterada:

—¿Sabes quién va ahí?

—¿Quién?

—Velázquez.

—¡Calla, lioso! Los dedos se te vuelven huéspedes.

—Por mi salud te juro que es Velázquez. Lo he conocido perfectamente.

—Pero, niño, ¿qué estás ahí diciendo?... Si fuese Velázquez se hubiera apeado para armar pendencia contigo... Demasiado sabes cómo las gasta.

—Pues es Velázquez, no tengas duda—repuso Antonio cada vez más trémulo.

Y tanto juró y perjuró que su querida concluyó por darle crédito. También se puso seria.

—¡Es bien extraño!

Cuando hubieron comentado largamente el caso, María le propuso entrar.

—Anda, niño, entra... Me arriesgo mucho, porque si mi hermana se entera me pone de patitas en la calle... y ya ves, me quedaría á la clemencia de Dios... Pero no importa: por todo paso con tal que tú no vayas á tener un disgusto. Mira que ese tío tiene muy malas tripas...

Antonio le dió gracias con efusión y estuvo muy tentado á aceptar la oferta, porque sentía un miedo de primera calidad. Pero se acordó de la cita con Soledad, la halló muy sabrosa y tuvo fuerzas para rehusar. Se las echó de valiente.

—Si no me quedo es precisamente porque no vayas á figurarte que le tengo miedo. Cinco dedos tengo en cada mano como él y una buena herramienta en el bolsillo... Que cuide de asegurarme, porque si no, esas malas tripas que tiene se las echo todas fuera de una vez.

Gozó todavía un rato del susto de su querida, que muy acongojada trataba de persuadirle á que pasase allí la noche, y al cabo se despidió.

El que le viese deslizarse solapadamente por las calles, oculto en la sombra y volviendo á cada instante la cabeza, no pensaría ciertamente que tuviese vivos deseos de andar con los intestinos á nadie.

Bien había echado de ver su ausencia Velázquez allá en la tienda de Crisanto. No quiso ir tras él, porque estaba seguro de que se había marchado de miedo, y con esto quedaba en sosiego su amor propio. Cuando juzgó llegado el momento de acudir á la cita de Mercedes se dispuso á salir; pero aquellos borrachos le tenían secuestrado. El padre de Pepa, tomándole de la solapa de la chaqueta, se desahogaba contra el gallego de su yerno, anunciando con voz cavernosa las mil crueldades que iba á ejercitar sobre él así que amaneciese Dios. Y cada uno de sus pronósticos siniestros iba acompañado de las correspondientes preguntas:

—¿Álcali volátil á mí? ¿Estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno? etc.

El viejo Cardenal, hombre pacífico si los había en Cádiz, iba adquiriendo á la sazón un humor belicoso también que le hacía muy molesto. Después de tomarlas con Gregorio, injuriándole y declarando á gritos que nunca le dejaría casar con su hija Isabel, la emprendió con Velázquez acusándole de traidor.

—Permíteme que te lo diga, Velázquez... No eres un hombre regular ni decente... Con mi hija te has portado peor que un gitano... Yo soy así, ¿me entiendes?... Digo las cosas á la cara... Al pan pan y al vino vino... y al que es un falso traidor le digo que es un sinvergüenza... ¡Ea, ya está! ¿Qué hay?...

Colocado en este terreno dramático, el viejo tendero concluyó por desafiarle.

—Tú y yo somos dos, ¿me entiendes? No pienses que te tengo miedo... Aunque viejo, aún no se me cae una herramienta de la mano... ¡Sal conmigo, cobarde! ¡Sal á la calle y verás cómo te corto el cuello!

Velázquez sonriendo procuró calmarle; pero cuanto más pacífico se mostraba, más se crecía el anciano, hasta el punto de que, temiendo que se propasara á vías de hecho, el señor Rafael, que era el menos borracho de todos, hizo seña al guapo de que se fuese. Así lo hizo con gusto, porque los insultos repetidos iban ya alterando sus nervios y temía que al fin se desbocasen y le impeliesen á poner la mano en el viejo.

Cuando se vió en la calle respiró libremente y se dirigió sin vacilar á casa de Mercedes. La cita amorosa con aquella muchacha iba adquiriendo en su imaginación un atractivo que nunca hubiera pensado. Sin embargo, la despedida de Antonio y María-Manuela y las palabras secretas que entre sí cruzaron, habían despertado en su espíritu sospechas de que estaban citados para aquella noche. Más por curiosidad que porque la traición de la rústica morena le llegase al alma, en vez de tomar el camino directo de las Barquillas, hizo un pequeño rodeo para pasar por delante de la casa de aquélla. Y hallando casualmente al paso un coche de los que habían ido á Puerta de Tierra, se metió en él. Al ver á Antonio pegado á la reja de su querida, á pesar del escaso interés que ésta le inspiraba, no pudo reprimir un movimiento de ira; se abalanzó para ordenar al cochero que parase; pero, sosegándose repentinamente, se encogió de hombros exclamando:

—¡Ps! ¡Buen provecho!... Todos los cerdos saben el camino de sus pocilgas.

Antes de llegar á las Barquillas de Lope se apeó y despidió el coche, encaminándose vivamente hacia la casa de su antigua novia. Pero cuando ya estaba cerca, de uno de los portales próximos salió un hombre y se le puso delante.

—Buenas noches, señor Pedro.

El majo, sorprendido y mirando con fruncido rostro al que se le atravesaba, respondió:

—Buenas noches, Gabino. ¿Qué se ofrece?

—Pues nada... Estaba la noche tan hermosa que no tuve ganas de acostarme... y andaba dando vueltas esperando el sueño.

—Está bien—repuso mirándole de arriba abajo con ojos recelosos y severos.—¿Y aún no te ha llegado el sueño?

—No, señor.

—Pues mira, hijo, lo mejor que puedes hacer es irte á la cama, porque te expones á quedar dormido en mitad del arroyo.

—No tengo yo miedo á eso, porque al fin y al cabo, ¿qué importa la cama dura si es blando el sueño? Lo único que me da pena es dejar despiertos por ahí á algunos traidores.

Sintió el guapo un fuerte estremecimiento, pero supo dominarse y exclamó riendo:

—¡Anda! ¿y eso te pone triste?... Pues hazte guardia civil y pasarás las noches persiguiendo á los ladrones.

—No son ladrones los que yo quisiera perseguir, sino á ciertos sujetos que hacen el daño sin interés, sólo por capricho ó por fachenda.

—Pues ve tras ellos y buenas noches, que yo no puedo detenerme—dijo Velázquez con voz ya levemente alterada, tratando de alejarse.

Pero el mozo se le interpuso nuevamente, diciendo con resolución:

—Dejémonos de guasa, señor Pedro. ¿Va usted á ver á Mercedes?

—Dejémonos de guasa, Gabino... ¿Te importa algo?

—Sí que me importa, porque soy su novio.

—Pues hazte cuenta que para mí no eres na—dijo Velázquez con acento agresivo.

—No basta que usted lo diga; á todo el mundo le consta y á usted también. Por consiguiente, no es portarse como hombre regular ni decente rondar á las mocitas que están comprometidas.

—¡Ea, basta ya de rodeos!—exclamó el guapo.—Quieres reñir,¿verdad tú?... Pues cuando gustes podemos comenzar.

Y al mismo tiempo llevó la mano al bolsillo y sacó el cuchillo.

Gabino permaneció quieto y manifestó con calma:

—Ya sé que no le importa reñir, que tiene usted corazón y no ha de temer á un pobre muchacho como yo... Pero al ponerme delante de usted bien puede figurarse qué desesperado estaré... Quiero á esa mujer más que á las niñas de mis ojos, y por ella, no digo delante de usted, delante de un cañón cargado de metralla me pondría. Lo que temo al reñir no es la muerte, sino que de todos modos la pierdo para siempre... Si yo le mato, ¿qué gano? Nada, porque me espera la cárcel... Se lo juro á usted por la gloria de mi madre, lo mejor que podría sucederme es que usted me matase...

La voz se le anudó en la garganta al pobre mancebo al proferir las últimas palabras. Velázquez quedó inmóvil y silencioso. Al cabo dijo en tono resuelto, guardando la navaja:

—Tienes razón... Me gusta esa niña, pero tú la mereces más que yo porque la quieres mucho más... Sé, por desgracia—añadió con voz temblorosa,—lo que es querer de ese modo, y que poco importa la vida ó la muerte al que tiene ya el corazón hecho pedazos...

Bajó la cabeza y permaneció callado unos instantes.

—Choca, querido—dijo alzándola de nuevo y alargándole la mano.—Vete en paz á hablar con tu novia y que Dios te proteja.

Se estrecharon la mano y el majo se alejó precipitadamente.

—Gracias, señor Pedro—murmuró Gabino conmovido.

—¡Oiga!—le gritó cuando ya el otro estaba lejos.

Velázquez volvió sobre sus pasos.

—Quisiera pagarle de algún modo el favor que me hace. Si usted tiene todavía algún interés por esa mujer que ha querido, le diré que la he visto hace poco allá en Puerta de Tierra entregar una llave á Antoñico, que debe ser la de su casa... Haga usted ahora lo que mejor le parezca.

El majo se encogió de hombros con afectado desdén.

—Eso es cosa perdida ya. Nada tengo con ella hace tiempo. Puede abrir la puerta á un toro de Veragua si gusta... De todos modos, gracias por el aviso, Gabino, y buena suerte.

No era sincero aquel desprecio. La noticia le llegó al alma, porque si bien conocía las relaciones de su querida con Antonio, tenía por cierto que no habían alcanzado tal grado de madurez. Así que vagamente nutría en su alma la esperanza de poseer de nuevo á Soledad y hacerla su esposa. Ahora sí que la sentía perdida enteramente. Sus ilusiones se desvanecían como el humo.

Á paso lento recorrió varias calles presa de un abatimiento que le quitaba las fuerzas. Nadie cruzaba á la sazón y libremente podía revolcarse en sus pensamientos dolorosos. Mas del tropel de ellos surgió repentinamente uno que le hizo estremecerse. Quedó inmóvil un instante y, recobrando de súbito toda su energía, emprendió su camino de nuevo con resolución y á paso vivo. Al pasar por la calle de Horno Quemado vió venir hacia él un hombre que no tardó en reconocer. Era el señor Rafael que se retiraba á su casa. Trató de evitar el saludo pasando á la acera contraria; pero el viejo, que no estaba tan borracho como suponía, le conoció perfectamente y le chicheó.

—¡Eh! ¡Chis! Velázquez... Atraca, hijo... ¿Dónde va el hombre?

—Pues... á ninguna parte. Estoy tomando el fresco... y pensando en lo divertido que estará ahora su sobrino.

—¡No lo creas!... Mi sobrino es un gallego desorejado. No se ha divertido jamás de la vida ni se divertirá. Ahora mismo está pensando en el gasto.

Velázquez sonrió y trató de alejarse, pero el viejo le retuvo.

—Ahí dejó al Cardenal y al suegro de mi sobrino con una mona superior... pero ¡superior!... El Cardenal quería salir con la navaja abierta en tu busca... Luego la emprendió conmigo y me dijo las mil y una injurias... pero yo me he reído, ¿sabes?... Éstos infelices que viven en familia, en cuanto se apartan de las enaguas de su mujer y lo prueban, se vuelven locos...

Velázquez estaba impaciente. La charla gozosa del viejo le parecía insufrible en aquel momento. Pero por más que hacía no lograba despegarse. Al fin tuvo que decir con acento malhumorado:

—Vaya, déjeme usted, señor Rafael, que tengo prisa.

El viejo le miró á la cara sorprendido y, observando su palidez, soltó la carcajada.

—¡Anda, hijo, anda á la cama en seguida!... No pensé que te hacía daño también el vino... Ya no queda en Cádiz más hombre que yo...

Prosiguió el majo su camino mientras el tío de Frasquito, retorciéndose de risa, intentaba en vano meter la llave en la cerradura de su casa. Así estuvo largo rato hasta que pasó el sereno y le dijo sonriendo:

—¡Pero señó Rafael, si está usted engañado! Su casa está tres puertas más abajo.

El viejo echó dos pasos atrás y exclamó:

—¡Verdad, amante!... Estoy metiendo la llave en casa de D. Justo el escribano... ¡Tendría gracia que fuera á sorprenderle en el cuarto de la criada!... ¡Ji, ji!... Toda la culpa ha tenido ese perdío de Velázquez... ¡Qué mona llevaba! ¡Superior! ¡pero superior!... Escucha, Ramón... no digas á nadie que me he equivocado, porque se van á creer que estaba borracho... ¡Ji, ji!... ¡Borracho el señor Rafael!... ¡Tendría que ver!... Adiós, Ramón... buenas noches... Chito ¿eh?... Buenas noches... Hasta mañana, si Dios quiere...

El sereno, sin dejar caer la sonrisa de los labios, le miró alejarse con marcha vacilante, abrir la puerta de su casa y desaparecer.

Velázquez, al separarse de él, había apretado el paso. Cuando llegó á las inmediaciones de la casa de su amigo Pepe de Chiclana, se detuvo. Habitaba éste un caserón viejo, enorme, del cual formaban parte las cuadras donde tenía los caballos en que traficaba. La puerta exterior, que cerraba un zaguán largo y sucio á modo de túnel, solía permanecer abierta toda la noche. El majo se ocultó en la sombra y espió aquella puerta. Una duda le agitaba: si Antoñico habría llegado ya. Habíale dejado pelando la pava con María, pero temía que el tiempo que había gastado con el novio de la Mercedes y el que le había hecho perder el señor Rafael hubiese bastado para que el traidor dejase á su antigua querida y viniese á buscar la nueva.

Pronto se desvaneció esta duda al ver doblar la esquina de la calle á un hombre. A la luz de la luna pudo reconocer á Antonio. Dejó que se aproximara, y cuando ya estaba cerca de la puerta de Pepe, salió de pronto de la oscuridad y se le plantó delante.

—Buenas noches, Antoñico.

El amante de la maga dió un salto atrás y echó una ansiosa mirada á los lados, sin duda con intención de huir. Pero observando la actitud pacífica de Velázquez y su sonrisa pudo dominarse y exclamar con fingida cordialidad:

—¡Adiós, gachó!... ¿Tú por aquí?... Lo que menos podía pensar era tropezarte á estas horas.

—Ni yo á ti.

—Pues, hijo, como hemos bebió mucho más de lo que era menester y la noche está para freírse María Santísima, andaba dando vueltas por las calles como un papamoscas y se me ocurrió venir á ver si Pepe y Paca habían salido á la calle á tomar el fresco.

—Pues hazte cuenta que lo mismo me ha ocurrido á mí.

Hubo una pausa embarazosa. Antonio no las tenía todas consigo y escrutaba el semblante de su amigo, por ver si descubría en él señales de guerra. Pero el rostro del guapo expresaba en aquel momento absoluta tranquilidad, la misma indiferencia desdeñosa que lo caracterizaba.

—Y como aquí no veía á nadie con quien rajar un poco, me iba en busca de la cama.

—Pues hazte cuenta que otro tanto me pasaba á mí—repitió Velázquez con el mismo sosiego.

—Pues vámonos ya.

—Mira... Echaremos antes un cigarro, si te parece.

—Como quieras.

Sacó el majo un cigarro puro y luego la navaja para picarlo. El fino cuchillo de Albacete brilló con resplandor siniestro á la luz de la luna. Antoñico se inmutó visiblemente.

—Toma—dijo alargándole cortésmente el cigarro.—Pica de él si quieres.

—Muchas gracias—respondió Antonio, rechazándolo.

Velázquez lo miró con sorpresa.

—¿Es que no tienes cuchillo?

—Sí tengo... pero no gasto ese tabaco... fumo de cajetilla...—balbució torpemente.

—¡Allá tú!—profirió el majo alzando los hombros.

Y con toda calma se puso á picar, mientras el otro sacaba un pitillo hecho y lo encendía. Hubo largo silencio. Velázquez parecía absorto en su tarea. Antonio fumaba nerviosamente, echando grandes bocanadas de humo.

—¡Ah!—exclamó al fin aquél, llevándose la mano á la frente.—¡Qué cabeza la mía! Tenía que dar un recado preciso á Soleá y ya se me olvidaba... ¿Me haces el favor de la llave?

—¿Qué llave?—profirió Antonio con la misma sorpresa que si viese desplomarse todas las casas de la calle.

—La que llevas en el bolsillo y que Soleá te ha dado hace un rato—manifestó Velázquez con naturalidad.

Se puso aún más pálido de lo que estaba. En un instante pasaron por su cerebro veinte respuestas evasivas; pero los ojos del majo estaban clavados sobre los suyos con una expresión tan resuelta y enconada que claramente vió el dilema: ó soltar la llave ó matarse. Optó por lo primero. Hizo un esfuerzo para reir y exclamó en tono jocoso:

—¡Vaya un chasco!... Pensé que eso era ya agua pasada, niño... Si supiese que esa mujer te tiraba algo no me hubiera acercado á ella... Porque donde está un amigo verdadero como tú toas las mujeres están de más para mí... Y si antes hubieras hablado, antes te hubiera dejado el campo libre... Pero tú eres como Dios te crió, guasón y cazurro si los hay, y no tienes confianza para decirle á un amigo: «Hijo, quítate del medio que me estorbas...» Toma, toma la llave, que no tengo vergüenza si vuelvo á hablarte en los jamases de la vida.

Velázquez la tomó, se la echó en el bolsillo gravemente y guardó silencio. El otro, viendo que no quería seguirle el humor é inquieto por su actitud sombría, se apresuró á despedirse.

—Vaya, hijo, que pases buena noche... y otra vez no seas tan desaborío con los amigos que te aprecian.

—Adiós—dijo Velázquez secamente.

Permaneció inmóvil hasta que Antonio dió vuelta á la esquina y en seguida avanzó hasta el portal de Pepe de Chiclana. Se detuvo un instante escuchando, atravesó después cautelosamente el largo zaguán, sembrado de carretas y coches deteriorados, y llegó á un espacioso patio. Había numerosas puertas, la mayoría dando acceso á las cuadras. La vivienda de Pepe ocupaba uno de los frentes. Hacia ella se dirigió, pero en vez de acercarse á la puerta del centro, se corrió hacia uno de los rincones donde había otra más chica. Por allí se entraba al cuarto de la huéspeda: lo conocía perfectamente, como conocía toda la casa. Paca había dado á su amiga aquella habitación independiente, única que tenía bien amueblada.

Puso el oído á la puertecita, permaneciendo en esta posición largo rato. Luego sacó la llave, la metió con suavidad en la cerradura y abrió lentamente procurando no hacer ruido. Avanzó después por una pequeña antesala, buscando á tientas en la pared otra puerta, hasta que dió con ella y se detuvo. Llamó quedo con los nudillos. Nadie contestó. Tornó á llamar más fuerte.

—¿Quién va?—dijo desde dentro una voz bien conocida.

Velázquez puso los labios sobre la cerradura y respondió en voz de falsete:

—Abre.

—¿Quién es?—preguntó Soledad.

—Antonio.

—Aguarda un momentito.

Oyó el majo, con el corazón palpitante, el rechinar de una cama y el ruido de unos pies que se ponen en el suelo. Al instante se abrió la puerta.

—Pasa—dijo Soledad con voz apagada.

Velázquez obedeció.

—¡Cómo has tardado tanto, hijo!—siguió con acento de mal humor, mientras cerraba de nuevo la puerta.—Ya no contaba contigo. Te he estado esperando un rato muy largo y, al fin, viendo que no venías me he determinado á meterme en la cama... Espera, voy á encender un fósforo.

—¡No!—dijo Velázquez con la misma voz de falsete.

—¿Por qué no?

Y sin aguardar respuesta tomó la caja de cerillas de su mesa de noche é hizo brotar la luz. Al volver la cabeza dió un grito y se le cayó la cerilla de la mano.

—¡Tú! ¡tú! ¡tú!—repitió con espanto en las tinieblas.

—¡Sí!... Yo soy, Soleá... ¡Perdóname que haya dado este paso!... El cariño que te tengo me ha vuelto loco...

Al mismo tiempo dió un paso hacia la joven; pero ella retrocedió y sacando apresuradamente otro fósforo encendió la bujía. Luego se plantó delante de él erguida, altanera, pálida, clavándole con furor sus ojos llameantes. Hubo un momento de silencio. La cólera le apretaba la garganta, no dejando salir las palabras. Al fin exclamó con voz alterada, extendiendo la mano:

—¡Sal de aquí, canalla!

El majo se estremeció, se puso también densamente pálido.

—¡Por tu vida, Soledad, no me repitas esa palabra!... ¡Mira que te pierdes y me pierdes!

—¡Sí! ¡sí! ¡canalla! ¡más que canalla!—profirió la joven trocando el color blanco de su rostro por otro encendido como la grana.—¿Qué otro nombre mereces, charrán, indecente?... ¿Quién comete una acción tan baja como ésta sino tú?... Sí, canalla... Te llamo canalla porque lo eres.

Velázquez se lanzó de un salto sobre ella, la agarró por los brazos y la sacudió convulsivamente, mientras la joven, loca de furor, seguía escupiéndole á la cara más que diciéndole:

—¡Sí, te llamo canalla!... Mátame ahora, cobarde... mata á una mujer... ¡Eso debes hacer, granuja!...

Velázquez quedó lívido, inmóvil; sus ojos se clavaron con extraña fijeza sobre los de la joven, que sostuvo fieramente la mirada. Pero haciendo un esfuerzo supremo sobre sí mismo soltó los brazos que tenía cogidos, dió un paso atrás y quedó de repente tranquilo, profundamente tranquilo. Hubo un instante de silencio en que ambos se contemplaron con intensa atención.

—¡Basta ya!—dijo al cabo con voz ronca y respiración anhelante, como si acabara de hacer una carrera fatigosa.—Has llegado con esa espada que tienes en la boca al sitio mismo donde te tenía guardada... Te quería más que he querido á mi madre... Te respetaba más que á la Virgen de Grasia... Todo ha terminado... El soplo que acabas de dar ha sido tan fuerte que ni cenizas quedaron de ese fuego... Me alegro y te doy las gracias... Escucha, niña, no te he partío el corazón ahora mismo porque me acuerdo de lo mucho que te he querido... Conque Dios te guarde... Si te debía algunas, ya te las has cobrado...

Giró sobre los talones y salió con paso firme de la estancia. Al encontrarse en la calle se detuvo; sacó la petaca, volvió á picar un cigarro, lo encendió y prosiguió su camino sosegadamente como un vecino que sale á respirar el fresco. Era la calma del hombre á quien acaban de hacer una operación dolorosa y se encuentra de repente sin fuerzas y sin dolores, en abatimiento feliz. Recorrió varias calles gozando este sosiego extraño parecido á un letargo. Su pensamiento y su corazón permanecían quietos.

Reinaba un silencio profundo en aquella última hora de la noche. Ni un transeunte se tropezaba por casualidad en las calles. Sólo sus pasos sonaban sobre la acera y de vez en cuando el silbo agudo del pito de los serenos.

Como no tenía cuenta por dónde andaba, se encontró sin pensar en las Barquillas de Lope. Al advertirlo se apresuró á volverse pensando en Mercedes. «¡Vaya por Dios! murmuró internándose de nuevo en la ciudad. Esa chiquilla es apañadita y salada y parecía que la iba cobrando apego... ¡Pero está de Dios que todo me salga mal de algún tiempo á esta parte! Tiene razón Paca... Será que me voy haciendo viejo.»

De nuevo vagó por las calles á paso lento, bañando su frente en el frescor de la noche. Hacía ya tiempo que no se sintiera tan tranquilo y dueño de sí mismo. Antes de retirarse á casa quiso dar una vuelta por la tienda de Crisanto. Al llegar á las inmediaciones, en la calle de San Francisco, oyó voces desentonadas, ruido de disputa. Acercóse más y pudo percibir el grito bronco del suegro de Frasquito.

—¿Estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno?...

El sereno pretendía arrestarlos, lo mismo á él que al viejo Cardenal, por escandalosos. El maestro carpintero se defendía gritando como un energúmeno, con lo cual dicho se está que empeoraba la situación. Dió la vuelta por no mezclarse en disputas de borrachos con la autoridad, llegó á la muralla y siguió por ella la vuelta de su casa.

La noche tocaba á su fin. El firmamento estrellado se desplegaba diáfano y puro anunciando la llegada de la aurora. Brillaban las estrellas declinantes reflejando su luz en las aguas, que se rizaban al primer soplo matinal. La luna acababa de hundirse en su seno, dejando todavía en el horizonte una estela luminosa. Ninguna nube flotaba en aquel cielo de cristal. La brisa agitaba ya sus alas sutiles para despertar á la sultana.

Velázquez, aunque de espíritu rudo, aspiró con delicia la gloria de aquella noche esplendorosa. Siguió distraído por la muralla sin apartar los ojos del mar, cuyas olas batían á sus pies con dulce, armónico, son. Algunos minutos después se hallaba en el Campo del Sur frente á su casa. Se apoyó en el pretil del muro, y quedó sumido en profunda meditación. Pensó en los últimos reveses de amor que había experimentado, y un sentimiento de abandono invadió su corazón. No había duda, le llegaba la mala porque se iba haciendo viejo. Se encontró solo, sin padres, sin hermanos, sin hijos, sin mujer que le quisiera habiendo tenido tantas. Y por primera vez le acosaron los remordimientos, las lágrimas que había hecho verter á algunas infelices.

Cuando al cabo alzó la frente, su resolución estaba tomada. Las sombras de la noche huían apresuradamente hacia el Oeste. Hermosas tintas carmesíes anunciaban en Oriente que el sol no tardaría en alumbrar la tierra.

XVI. Despedida

Pocos días después se supo que Velázquez traspasaba la tienda, y más tarde que se embarcaba para América. Prefirió trasladarse en un buque de vela mandado por cierto amigo suyo que partiría el 15 de Setiembre. La víspera, los compadres de la reunión y algunos íntimos recibieron de él afectuosa carta de despedida y adjunta una invitación del capitán del barco para que, si tenían gusto en ello, viniesen á beber unas cañas á la salud y al viaje feliz de su amigo. Pepe de Chiclana recibió la suya. En la carta que Velázquez le escribía convidaba también expresamente y con encarecimiento á Soledad, ó por hacerle ver que olvidaba sus injurias, ó por mostrar que se hallaba enteramente curado de su pasión.

Quedó perpleja la joven cuando le leyó la postdata Paca. Instábala ésta para que accediera á aquel ruego tan noblemente expresado. Vacilaba ella, no tanto por el rencor que aún le guardaba, como por considerar violenta y embarazosa la entrevista. Cuando, cruzando aquella tarde por la calle de la Amargura, acertó á tropezar con Manolo Uceda, á quien hacía días que no veía. Saludóla él cortés pero gravemente y trató de seguir su camino, pero ella se le puso delante.

—¿Qué es de tu vida, Manolo?... ¡Hace un siglo que no te veo!... ¿Por qué no vienes á casa?—le dijo con la sonrisa en los labios, apretándole afectuosamente la mano.

Pero después de haber soltado tales palabras se hizo cargo de su imprudencia y se puso roja como una cereza.

—Ando bastante ocupado con un asuntillo que me ha encomendado mi madre... El jueves me voy á Medina.

—¿Para volver?

—No; probablemente no volveré. Desde allí nos vamos á Sevilla... He conseguido que mi madre cediese á vivir allá, y me alegro bastante.

Quedó seria repentinamente la joven; guardó silencio unos momentos y al cabo dijo con tristeza:

—¡Todo el mundo se va!... Yo también necesito pensar en liármelas... Ya sabrás que Velázquez se embarca mañana...

—Sí lo sé. Me ha escrito.

—¡Ah! ¿Te ha convidado á la juerguecilla del barco?... También á mí me convida; pero á la verdad... no sé qué hacer. Quisiera que me dieses tu parecer, porque, hijo mío, te lo digo con todas las veras de mi alma, eres el único hombre decente con que he tropezao en la vida y á nadie pido un consejo con tanta satisfacción como á ti...

—Muchas gracias—manifestó el caballero de Medina sonriendo.—Pero ¿qué quieres que yo te aconseje? Son asuntos delicados y no me atrevo...

—Pues yo quiero que te atrevas... Ya sabes que entre ese hombre y yo no hay nada hace tiempo... Ya sabes cómo se ha portado conmigo...

—Pues bien—repuso Uceda, después de vacilar un poco.—Á mí me parece que debes ir... Á pesar de todo le has querido: él te ha querido también y probablemente te sigue queriendo... Sería crueldad, por tu parte, el no decirle adiós.

—Está bien, iré aunque me cueste trabajo.

Hubo una pausa. Uceda preguntó al cabo con afectada ligereza:

—¿Y Antoñico?

Turbóse Soledad al escuchar la pregunta y exclamó con ímpetu:

—¡No me hables de ese charrán!

—Me han dicho que ha vuelto á juntarse con María—repuso el caballero riendo.

—¡No es por eso, no!... Al contrario... me parece lo único decente que ha hecho en su vida, pero...

Iba á contar la bajeza que con ella había cometido, pero se detuvo á tiempo. El relato de lo acaecido la perjudicaba más á ella.

—Le llamo charrán porque lo es. Todo el mundo lo sabe—concluyó bajando la voz.

Quedó un momento silenciosa con el rostro fruncido.

—Bueno, hasta mañana en el barco... Voy allá porque tu me lo mandas—manifestó al fin dándole la mano.

—No; yo probablemente no podré ir.

—¡Ah! ¿No vas tú? Pues entonces hazte cuenta que no voy yo.

—¿Por qué?

—Porque no quiero.

—¡Siempre tan testarudilla!—dijo Uceda apretando cariñosamente la mano que tenía cogida.—Iré por que no te enfades. Hasta mañana.

—No faltes.

—No faltaré.

Al día siguiente, entre dos y tres de la tarde, dos lanchas atracadas al muelle esperaban á los invitados para transportarlos al buque, que se veía anclado allá en medio del puerto. Era una corbeta de regular tamaño, negra, sólida, bien arbolada. El capitán, hombre de cuarenta años, de mediana estatura y recias espaldas, rostro atezado, barba negra cerdosa, pesado y macizo como su navío, los esperaba de bruces sobre la cornisa de la obra muerta. Acompañábalo Velázquez. La Esperanza, que así se nominaba la corbeta, iba á la América del Sur por carga de cacao, llevándola heterogénea de algunos productos de la Península.

Los primeros que llegaron fueron Frasquito con su mujer y el señor Rafael. Inmediatamente la lancha trajo á la familia del Cardenal, los viejos, Mercedes, Isabel y su novio Gregorio, á los cuales se había unido Manolo Uceda, que por casualidad llegara al muelle al mismo tiempo. En la otra lancha acudieron en seguida María-Manuela con Antonio y dos amigos más de Velázquez. Por último, al cabo de un rato acostaron al barco Pepe de Chiclana, su mujer y Soledad. En la subida hubo bastante jarana y no pocos sustos. Las mujeres temblaban de confiarse á la frágil escala. Con el susto no se guardaban siquiera de mostrar las piernas á los marineros que se quedaban en la lancha. Los hombres las embromaban sobre esta despreocupación así que estaban arriba.

—En el mar estamos como en el paraíso terrenal. No existe la vergüenza—decía el capitán.—He conocido á una señora que al averiguar que el barco hacía agua subió á cubierta desnuda y estuvo hablando con nosotros sin taparse siquiera el pecho con las manos.

Sobre cubierta, debajo de un toldo, veíase la mesa bien abastecida de manjares y botellas. Velázquez fué saludando á sus amigos cordialmente y les invitó á sentarse. Estaba tranquilo y á las frases de sentimiento que dejaban escapar todos al darle la mano respondía con afectada alegría.

—Dejad que me dé un poco el fresco, hijos. Este Cádiz se me venía ya encima... Veréis cómo hago una gran fortuna por allá. Cuando menos lo penséis llegaré hecho un potentado, y para daros en cara soy capaz... soy capaz... ¡hombre, soy capaz de venir con levita!

—¡No, por Dios!—gritaron los compadres riendo.

Había saludado á Soledad con no fingida naturalidad y aun la había piropeado graciosamente. Y era lo raro que la joven parecía más turbada que él. Después, acercándose á Mercedes, la preguntó familiarmente por lo bajo:

—¿Y Gabino? ¿Cómo no viene?

—¿Gabino?—respondió la salada muchacha haciendo un mohín desdeñoso.—¡Dale memorias!... Nada tengo ya que partir con él.

Mostróse sorprendido y no quiso creerlo: disimulos de mocitas y nada más. Pero la niña insistió con ahinco y formalidad, dió pormenores, citó testigos. Velázquez concluyó por llamar á Isabel, que estaba cerca.

—¿Es verdad lo que me dice tu hermana, que ha regañado con Gabino?

—¡Y tan verdad!—respondió aquélla con mal humor.—¿Tú sabes si mi hermana ha tenido chabeta alguna vez?

Y se alejó murmurando. Velázquez quedó serio y pensativo.

Sentáronse todos al cabo, y para abrir boca tomaron ostiones y rajas de salchichón. Destapáronse las botellas y el rico dorado vino de Sanlúcar chispeó alegremente en las copas. La tarde era dulce y serena. El sol derramaba sus rayos esplendentes sobre la bahía. Las aguas dormidas rielaban su luz con brillantes reflejos de plata. Los buques anclados en el puerto cabeceaban blandamente, viéndose sobre sus cubiertas algunos marineros entregados al sueño. Ni de la ciudad ni del mar llegaban más que rumores suaves que, al confundirse en el aire, formaban lánguido suspiro como si la tierra y el Océano gozasen tranquilos el placer de la siesta. Una brisa suave, fresca, sin intermitencias, acariciaba la frente de los convidados. La naturaleza ofrecía el amable sosiego, la armonía solemne que sólo se observa en los comienzos del otoño.

Los de la fiesta no resultaron alegres. La gente se mostraba lacia, desanimada, como si todos se hallasen bajo el peso de un disgusto. Y en realidad, no era grato ver alejarse, quizá para siempre, á un amigo de toda la vida. El mismo señor Rafael, cuya alegría era inagotable, estaba menos expansivo. Aprovechando un momento en que Velázquez vino á ofrecerle una caña, le dijo por lo bajo:

—Pero, vamos á ver, hijo, ¿por qué haces esta locura? ¿Qué te faltaba á ti en Cádiz? ¿No tienes salud? ¿no tienes dinero?... ¿Qué demonio vas buscando en esas tierras donde si no le meriendan á uno los salvajes se lo comen crudo los mosquitos?... Que has tenido algunos disgustillos con las mujeres, ¿y qué? ¿Es razón para que un mozo valiente y noble de too su cuerpo se quite del medio? ¿Dónde hay palmito que se pueda comparar con unas botellas de amontillado, bebidas en compañía de cuatro amigos, y unas aceitunitas aliñás?... Me lo dijo hace tiempo un vista de la aduana que había estado muchos años en Puerto-Rico, un tío muy ilustrado, capaz de beberse el golfo de Méjico: «Desengáñate, Rafael, las mujeres no sirven más que para enfriar el caldo cuando uno está acatarrado y no puede sacar los brazos de la cama».

Velázquez alzó los hombros y le respondió con el mismo desenfado.

El vino hizo al cabo su tarea. Poco á poco los rostros se fueron animando y las lenguas se desataron, produciendo un gracioso oleaje de chistes y agudezas. Quien hizo mayor gasto, como siempre, fué Antoñico. Estaba más flaco que antes y descolorido; apenas comía. Sus amigos le embromaban por esta falta de apetito.

—¿Qué queréis, hijos míos?—respondía él.—He perdido el estómago. ¿Cómo no había de perderlo si esta mujer que aquí veis me ha estado envenenando más de tres semanas con una bebía compuesta?

—Decid que es mentira—saltó María-Manuela.—No ha sido más que ocho días, y lo que le he dado á nadie le hace daño: agua de siete pozos distintos con un poco de sangre de oreja de gato negro y unas cagarrutas de rata...

—¡María Santísima del Carmen!—exclamó Antonio llevándose la mano al estómago.—¿Y yo he bebido eso?... ¡Quitadme esos platos de delante! ¡Quitadme esas copas! ¡Dejadme reventar en cualquier rincón, como un triquitraque!

—¡Ya lo creo que lo has bebío?—exclamó la ruda morena con gesto de triunfo.—Y gracias á ello te tengo ahora chalaíto y pringoso que no hay por dónde cogerte, más humildito y manso que un cordero de Dios... Porque ahí donde ustedes le ven—añadió volviéndose á los circunstantes,—ahí donde ustedes le ven tan guasoncillo y soberbio, ahora es una malva en casa y en cuantito yo doy una voz ya le tengo de rodillas pidiéndome que no me enfade. Y too esto ¿á qué se debe? Pues á la virtud de la bebía.

—¡Sería milagro! ¿Cómo quieres que yo vocee si me has dejado en los huesos? No me ha quedado aliento ni para pedir los buñuelos por la mañana.

Los amigos reían y vertían de vez en cuando una palabrita para que la disputa se alargase.

Sin embargo, la hora de levar anclas se iba acercando y el capitán se había apartado de la mesa y andaba de un lado á otro dando órdenes. Los marineros comenzaban á moverse ejecutando las maniobras preventivas.

Soledad y Manolo se habían aproximado y charlaban un poco retirados de los demás. El caballero de Medina la embromaba suponiendo que estaba triste y que hacía esfuerzos por ocultarlo. Al fin y al cabo en aquel momento crítico el corazón hablaba. No en vano había estado enamorada tanto tiempo. La joven se defendía con empeño, negando que estuviese triste y casi casi que hubiera estado enamorada.

—No se puede llamar amor lo que he sentido por ese hombre... Era una locura, un antojo por cosas agrias, como solemos tener las mujeres. El amor debe ser algo más dulce, más tranquilo... Era imposible que yo le quisiera toda la vida. Su genio siempre me ha sido antipático... Detesto á los hombres soberbios...

—Es porque tú lo eres.

—Quizá—dijo ella con franca resolución;—pero así es... Por lo demás, no puedo negarte que me causa pena el verle marchar, sabiendo que es por mi causa. Si le pasa algo en la travesía... ó se enferma... ó muere, me ha de quedar un poco de escozor en el alma. Aunque ya no me inspira interés, no quisiera hacerle daño... Porque en el fondo no es malo; ¿sabes? No tiene más que mucha fantasía en la cabeza. En cuanto se le quite será un buen hombre... Francamente, sentiría mucho que le sucediese algo malo... ¡Pobre Velázquez!

—Sí, ¡pobre Velázquez! Ni supo querer ni supo ser querido—expresó Uceda poniéndose serio y dirigiendo sus ojos al horizonte.

Soledad le clavó una mirada de sorpresa y admiración. Y á su sabor, en silencio, largo rato estuvo contemplando á aquel hombre tan noble, tan firme, tan sufrido. Un remordimiento punzante le atravesaba el alma. Sintió deseos de arrojarse de cabeza al mar.

La tripulación terminaba los preparativos. El capitán prescindía ya enteramente de los convidados y, diligente y afanoso, recorría el barco de proa á popa fijando sus ojos escrutadores en el aparejo y cambiando rápidas palabras con el piloto y contramaestre. Los amigos de Velázquez, comprendiendo que era llegado el momento de partirse, quedaron otra vez graves y taciturnos. Un mismo sentimiento de tristeza oprimía sus corazones. Sólo Antoñico se atrevió á decir alegremente á Paca:

—Vamos á ver, niña, suéltanos una copliya de despedida. Hace un siglo que no te oigo.

La esposa de Pepe de Chiclana respondió mirándole con severidad:

—Hijo mío, cuando un amigo tan apreciado como éste se marcha, nadie que tenga corazón siente ganas de cantar... ni tampoco de oir cantar.

Y los convidados aprobaron todos con la cabeza las palabras de aquella profunda mujer.

Sonaron las cinco en el reloj de la cámara. El capitán se acercó á ellos y les dijo cortésmente:

—Señores, vamos á levar anclas. Siento mucho privarme de tan buena compañía, pero es preciso... Á no ser—añadió sonriendo—que quieran ustedes venirse al Perú conmigo y con este buen mozo.

Nadie respondió. Silenciosamente se fueron acercando uno por uno á Velázquez y le abrazaron con emoción. Él procuraba disimular la que sentía bajo una sonrisa forzada. Vinieron después las mujeres y le estrecharon la mano. «Buen viaje. Buena suerte. ¡Que Dios te traiga pronto!» Paca le entregó un escapulario de la Virgen del Carmen rogándole que se lo pusiese. El majo le dió las gracias llevándolo á los labios.

Cuando llegó el turno a Mercedes, Velázquez la retuvo las manos entre las suyas un momento y le dijo por lo bajo viéndola sonreir:

—¡Qué contenta estás, Mercedes! Te alegras de que me vaya, ¿verdad?

—Ni me alegro ni me entristezco. Pues que nadie te obliga á marchar, debe de ser un viaje de recreo el que haces—respondió ella sin dejar de sonreir.

—Sí, te alegras, lo estoy viendo en tu semblante... Haces bien; yo no he servido más que para darte jaqueca. Perdóname y que Dios te haga muy feliz, como deseo.

—¡Adiós!—repuso lacónicamente la joven.

Se estrecharon la mano con fuerza y se apartaron. Pero el rostro de la niña al hacerlo empalideció, dió unos pasos atrás como si estuviese mareada y se dejó caer sobre un cable enrollado; tapóse los ojos con las manos y comenzó á sollozar fuertemente.

Quedaron estupefactos todos. Hubo unos momentos de silencio. Varios acudieron al fin solícitos preguntándole:

—¿Qué te pasa, Mercedes? ¿Te has puesto mala? ¿Qué te pasa, hija, qué te pasa?

—¡Qué le ha de pasar!—exclamó su hermana Isabel roja de ira.—¡Que se ha caído de tonta!

Y su madre y su prima Pepa se lanzaron al mismo tiempo indignadas y enfurecidas sobre ella.

—¡Cómo!... ¿No te da vergüenza? ¡Llorar por un hombre que se burla de ti! ¡Loca! ¡más que loca! ¡Vaya un paso chistoso!

La joven, sin responder á tales invectivas, seguía llorando con el rostro entre las manos.

Entonces Velázquez avanzó hasta colocarse entre ella y las que la injuriaban, y dijo gravemente con voz temblorosa:

—Si lo que ustedes dicen es cierto, si las lágrimas de esa niña se vierten por mí, sólo puedo demostrarles que no he querido burlarme ofreciéndoles casarme mañana mismo con ella... Ya sé que no la merezco, pero juro por mi salud que haré cuanto pueda por merecerla.

Al oir estas palabras, un grito de júbilo estalló en la reunión. Todos palmoteaban; todos chillaban dirigiéndose exclamaciones de asombro y de gozo.

—¡Tiene gracia! ¡Venir á un duelo y salir un casorio!...—Á mí me daba el corazón que los dos se querían...—¡Y á mí!—¡Y á mí!

El señor Rafael, loco de alegría, gritaba:

—¡Vivan los novios! El día que os caséis prometo emborracharme... lo que no hice en los días de la vida.

Y empujando al mismo tiempo á Velázquez contra Mercedes, añadía:

—¡Anda! ¡Abrázala, cobarde!... ¡Hazte cuenta que no somos nadie!

Pepa y Paca alzaban á su vez á Mercedes y la empujaban hacia su novio. Éste la abrazó con efusión.

—Ya no hay viaje, capitán—dijo luego volviéndose al de la corbeta.

—La primera vez que me alegro de separarme de ti, Velázquez—repuso éste estrechándole la mano.

Acometidos de un vértigo, todos hablaban y nadie se entendía. Mas hé aquí que el prudente Frasquito se acerca á Velázquez y le dice misteriosamente:

—Oye, chico, pero ¿vas á perder el dinero del pasaje?

El majo suelta una ruidosa carcajada y exclama dándole afectuosas palmadas en la espalda:

—¡Sí que lo pierdo! ¿Quieres aprovecharlo tú?

El señor Rafael había oído la carcajada y se acercó para saber lo que se trataba. Velázquez le informó riendo. Dió el viejo un paso atrás y, mirando fijamente á su sobrino, se santiguó diciendo con gravedad:

—Sobrino, no nos separamos. Yo no deshago la sociedad. Eres el único sabio que hay en Cádiz. Déjame, por Dios, que cuente este golpe á todo el mundo para honra de la familia.

—¡Tío, no la enredemos ahora que estamos todos alegres!—exclamó Frasquito exasperado.

—¿No quieres que lo cuente? Está bien: te guardaré el secreto. Pero de aquí en adelante hazte cuenta que no eres mi sobrino... ¡Quiero que seas mi tío!

Velázquez atajó la disputa llevándose á Frasquito. Todos se despidieron del capitán afectuosamente y de nuevo bajaron la escala, acomodándose como mejor pudieron en las dos lanchas que los habían traído. Una vez en ellas, como el día continuase sereno y el mar sosegado, á uno de ellos se le ocurrió acompañar á la corbeta algún trecho. Se aceptó con regocijo la idea. El capitán hizo al instante levar anclas y el buque, arrastrado penosamente por sus dos botes, emprendió una marcha lenta hasta llegar á paraje abierto donde pudiera desplegar las velas. Las lanchas le daban escolta.

Reinaba el júbilo en éstas, cambiándose entre unos y otros mil bromas y donaires. El blando movimiento de las olas y la fresca caricia de la brisa excitaban más su alegría. Velázquez no se había sentado al lado de Mercedes. Por un sentimiento de delicadeza prefirió colocarse entre sus futuros suegros. Cuando el bullicio se hubo calmado un poco, les habló en voz baja de este modo:

—Un sueño me parece lo que está pasando. Me encuentro sentado entre ustedes; veo allí á Mercedes, con la cual no tardaré en casarme, y apenas puedo creerlo. Dios no ha querido que fuese á morir en tierras extrañas, sino que viva entre mis amigos al lado de una esposa que no merezco. Después de Dios á ustedes se lo debo. Quisiera poder demostrarles mi agradecimiento no con palabras, sino con hechos. Creo que la mejor manera será haciendo á su hija feliz y á esto me comprometo... Aquel Velázquez calavera, mujeriego y pendenciero se marcha en ese barco para el Perú. El que aquí queda es un hombre decente que sabrá mientras viva querer á su esposa y respetarles á ustedes.

El viejo Cardenal aprobó con la cabeza las palabras del majo; pero la madre replicó con acento en que se traslucía aún la cólera:

—No creas que te entrego á mi hija de buena voluntad. Lo hago porque la conozco y sé que si la contrariase se enfermaría. Á mí no se me olvidan los desaires que la has hecho y si estuviese en su lugar puedes estar seguro de que no volverías ahora tan satisfecho á Cádiz.

—¡Silencio, mujer!—interrumpió el padre con energía, y volviéndose á Velázquez añadió gravemente:—Las mujeres perdonan mejor los agravios que las hacen que los que hacen á sus hijos. Eres hombre de juicio y sabrás disimular el resentimiento de una madre. Yo te doy mi palabra de que haciendo feliz á Mercedes no tardará en desaparecer.

Llegaron al fin á la mar libre. La Esperanza izó algunas velas y su tripulación dejó los botes para subir á bordo. Los remeros de las lanchas recibieron orden de mantenerse quietos. Todos se despidieron con mucha gritería del capitán é inmediatamente pusieron proa á la ciudad.

El sol iba á ocultarse. El firmamento azul se teñía de púrpura en Occidente con viva incandescencia que ascendía hasta el zenit, fundiéndose gradualmente en tintas de grana y oro hasta perderse en suave y maravilloso rosicler. El vasto Océano llameaba recibiendo en su seno con misterioso temblor el disco del sol, grande, rojo, resplandeciente. Todos se alegran contemplando este sublime espectáculo. La fresca brisa de la tarde baña su rostro. Vuelven los ojos á tierra y su gozo aumenta viendo á Cádiz surgir de las aguas con su ceñidor de espumas, con su crestería que los rayos del sol doran como la corona gigantesca del dios de los mares.

En aquel momento, Soledad preguntó á Uceda en voz baja:

—¿Sigues en tu idea de marcharte á Sevilla?

—Sí.

—Yo también me voy.

—¿A qué?—dijo el caballero fingiendo sorpresa.

—No lo sé—replicó la joven pugnando por no llorar.

Guardaron silencio unos instantes. Uceda la dijo al fin con sonrisa benévola tomándole una mano:

—Escucha, Soledad. ¿Ves ese hermoso sol que va á desaparecer? Tú sabes que mañana volverá á lucir en el cielo tan hermoso como hoy. Así sabía yo que tu amor volvería. Porque en este mundo el amor engendra al amor, pero el capricho sólo engendra al hastío. Á pesar de tus locuras te he seguido queriendo porque adivinaba en ti un espíritu infantil á quien no se puede exigir la responsabilidad de sus actos y también porque respetaba en mí el primer amor que tú habías logrado inspirar. Aun hoy te quiero con toda mi alma, pero...

—Sí, ya sé que no puedo ser tu esposa. Seré tu criada... tu esclava—interrumpió Soledad con ímpetu.

—¡Silencio! Para el hombre de corazón nada hay más imposible que la maldad. Una voz interior me dice que he nacido para protegerte, para salvarte de la infamia. Confíame tu suerte. Ignoro lo que serás con el tiempo para mí, pero puedes estar segura de que nada haré que pueda rebajarte. Sin tregua ni descanso trabajaré desde hoy por elevarte, por dignificarte, para sacar de ti el ser inocente y noble que mi cariño me ha dicho siempre que existe.

Así habló el caballero de Medina. La joven escucha estas palabras con alegría y sus bellos ojos se nublan de lágrimas.

Las lanchas bogaban apresuradamente hacia el puerto envueltas en rojizos resplandores. La Esperanza izaba á lo lejos todas sus velas que se hinchaban al soplo de la brisa. Su casco negro, robusto, se inclinaba suavemente para hender el cristal de las aguas. El capitán, desde lo alto del puente, saludaba todavía con su gorra blanca.


Publicado el 24 de agosto de 2017 por Edu Robsy.
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