Libro gratis: La Siesta
de Arturo Ambrogi


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La Siesta

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Fragmento de «La Siesta»

Y yo pienso que, en efecto, el celeste riego vendría como de perlas.


* * *


El calor hace salir de sus cuevas a los garrobos que van a tomar su ración de sol. En alto el hocico abierto, como implorando frescura y, restirada la cola nudosa, se extienden sobre la corteza de algún derribado troncón; o bien se quedan a las orillas mismas de los piñales, recostados muellemente en la apacible blandura de las hojas marchitas. Es también el momento en que, enervados por el bochorno de la hora, los zopilotes dormitan en las ramas anquilosadas del viejo copinol, casi descascarado y encanecido por los escabros y los musgos, como por una nieve de años. Dormitan los zopilotes enervados, caído el pico, desplumada el ala, enlutando con su fúnebre color la blancura calcárea del esqueleto del viejo copinol. La culebra, tendida a lo largo, entre el polvo de las veredas, se confunde con los pedazos de bejucos tostados, que ruedan al acaso. Su ensimismamiento no es tanto que le impida, al menor ruido de pasos que se aproximan, escurrirse elásticamente, dejando apenas tras de sí ligero rastro ondulante. No hay canto de pájaro que raye el pesado silencio. Es apenas el zumbido incesante y pertinaz de una nube de moscones, que, revoloteando sobre unos montones de estiércol apilado en un ángulo del corral, parece querer arrullar con una monótona canturria el dormitar de un grupo de gallinas encaramado en los brotones de tempate de la cerca. Al otro lado de ésta, ya hacia al campo libre, dos parejas de cerdos se revuelcan, tranquilos, en una ciénaga. Los cerdos se revuelcan, fruídos; remueven el lodo, se lo echan encima con las trompas; procuran quedar medio sepultos en aquella tibia envoltura; gruñen voluptuosamente; se rascan los unos contra los otros; mueven las orejas con pesado ritmo; agitan la cola pelada y engarabatada como un cínico interrogante, sucios y repulsivos, sin sospechar que sus gloriosos antecesores fueron sacrificados a Ceres por los atenienses que se iniciaban en los misterios eleusinos, y que su sangre (que hoy sirve para embutir prosaicos chorizos) sirviese entonces para rociar los bancos de piedra de los Pritaneos, en el Agora, y así purificar el recinto de la Asamblea. Ni tan siquiera, los ignorantones, tienen noticias de la ternura con que relatara las travesuras de sus semejantes, en fluída y amena prosa teniana, el sarmentoso e irónico Monsieur Federico Tomás Graindorge, doctor en Filosofía de la Universidad de Jena, y socio principal comanditario de la casa Graindorge and Co. (Petróleo y Cerdo Salado) en Cincinnati, Estados Unidos de América.


4 págs. / 7 minutos.
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Publicado el 8 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.


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