Cuentos del Martes

Arturo Robsy


Cuentos, colección


Prólogo
Cleptomanía
Los neanderthales
Historia del Siglo XIX
El Antifeminista
El Monumento al Progreso
Luisa
Santiago-ficción
La taberna
Cuento de amor
La caza
El beso
El tonto
Es Gorg d'Albranca
El pobre
El hombre del río
El anónimo
La madre; el hogar; el poeta; y no era amistad
La escopeta
Tragedia electrónica
¡Chis! Silencio
El nombre de la rueda
La vulgata de don Javier
Y adiós
¡Esta noche es Noche Buena!
El hombre que no hacía sombra
Los bienaventurados
Don Anselmo
Adán y Eva. Bis
El Ángel Felipe
El cuento de la puñeta
Las escaleras
Penúltima historia
La hora
Leyenda marítima
La aventura
La muerte de Julio Sánchez
4 cuentecillos, 1 extravagancia
Cuentos y patrañas
Tírese después de usado
Picasso y las ranas
En vuelo
Mil cien dólares
Primeras crónicas populares del viejo Buda
Fábulas
Cuestionarios
Don Dimas y su última aventura
Floresta varia de añagazas, industrias y trapalas
Floresta varia de añagazas, industrias y trapalas (II)
El demonio de Alcira
¡Canta, compadre, canta!
La muerte viene del mar
Toni
La parábola del último
El viejo y la niña
El primer herrero
Los cazadores de osos
Episodios nacionales
Noctambulario de un filósofo pequeño
Peripecias
Aún me parece cercana
A la medida
Aquel que era patriota y no entendía ni torta
Noche de ánimas
Primeras notas para la historia de Menorca en 1973
El día vacío
Esponsales
Geografía recreativa y otras amenidades
Retrato de Navidad
Enrique Libre Pons no irá al Paraíso
Teléfonos y conquistadores
Da Costa
Toda la verdad sobre el día ocho
El affaire Sodoma
Primer cuento sobre la esclavitud
Diálogo de la Madre Sarmiento y el Espíritu del Vino
Caperucita Roja en el tren
Historias desconocidas (en todo o en parte)
Apuntes para un verdadero teatro menorquín
El ocaso
Uno, Dos, Tres, Cuatro, Cinco, Seis, Siete, Ocho, Nueve y Diez
Si de verdad fuera el hombre un tipo racional compuesto de alma y cuerpo
Observación directa de la naturaleza
¡Lea y hágase rico!
Las siete mujeres feas
Tres finales para un cuento

Prólogo

El 16 de mayo de 1972 el Diario Menorca publicaba un cuento de un jovencísimo escritor, Arturo Robsy. La prensa local se hacía así eco del primer éxito literario del autor menorquín, que había conseguido con su cuento "Cleptomanía" alcanzar la final del concurso "Arriba 1972" de cuentos y reportajes, convocado por el diario del mismo nombre. El Diario Menorca hacía una breve presentación del autor y, a continuación, reproducía el cuento ganador.

En la década de los setenta el Diario Menorca publicaba cada martes, bajo el título de "los martes letras", una sección literaria en la que aparecían reseñas de libros y poemas que enviaban los propios lectores. Desconocemos los detalles, pero a partir de junio de 1972, Arturo Robsy se convirtió en coordinador de la misma, publicando además un relato semanal en el apartado "cuento del martes". Esta colaboración con el Diario Menorca se mantuvo durante dos años, hasta mayo de 1974.

Además de relatos del propio Robsy, la sección contó con firmas invitadas que publicaron sus obras, como la del poeta Pascual-Antonio Beño, la de Juan Luis Hernández o la de Isabel Petrus. Entre los poemas que se siguieron publicando en la sección se puede encontrar incluso alguna obra juvenil del poeta Ponç Pons.

En total, entre 1972 y 1974, Arturo Robsy firmó un total de 85 textos literarios en el Diario Menorca, que son los que se recogen en el presente libro en el mismo orden en que fueron publicados. La mayoría de ellos son relatos de ficción, si bien Robsy jugueteó con distintos géneros y abordó su texto semanal desde perspectivas muy diferentes, innovando en forma y estilo, buscando la complicidad de los lectores y abriéndose a la experimentación literaria. Hubo crónicas, fábulas, leyendas, libretos teatrales, ensayos, autoficción... Los temas que trató fueron también muy variados: el amor, la familia, la ecología, la vejez, la religión, el progreso, la ciencia, la denuncia social o la historia, pero siempre desde una perspectiva muy personal, aunando una penetrante sensibilidad con un humor que sobrevuela toda su obra, en ocasiones mordaz. Todo un logro para un joven de veintipocos años que, con estos cuentos, hizo alarde de una gran originalidad.

No todos los relatos han envejecido igual y los hay que, con nuestros ojos del siglo XXI, no acaban de encajar con nuestros valores o, en ocasiones, pueden parecer algo triviales. Es lo que sucede cuando se escriben relatos sobre temas actuales y se hace este ejercicio de relectura de esos textos cincuenta años después.

En cualquier caso, el trabajo de recopilación y edición de estos textos me ha permitido conocer mejor a ese joven que, algunos años después, se convertiría en mi padre. A estos "cuentos del martes" les debo, literalmente, mi propia existencia, ya que fueron los culpables de que se conocieron mis padres. Sin estos relatos, no estaría hoy aquí escribiendo estas líneas. De ahí mi agradecimiento a estos pequeños tesoros literarios.

Espero que los lectores que leyeron en su día los "cuentos del martes" disfruten al releerlos y encontrarse no solo con aquellas historias, sino también con sus recuerdos de aquella época. Del mismo modo, deseo que los nuevos lectores que se asomen a estos relatos sepan encontrar en ellos los destellos de originalidad que descubrí en su primera lectura y que me llevaron a recuperarlos y compartirlos.

Feliz lectura a todos.


Eduardo Robsy Petrus
16 de mayo de 2022

Cleptomanía

Concurso "Arriba 1972" de Cuentos y Reportajes


ARTURO ROBSY nació en Alayor (Menorca). Estudió en Mahón, Madrid y Santoña. Colabora en periódicos y revistas y tiene preparado un libro de tema menorquín basado en leyendas de la isla. También pinta con asiduidad y ha cursado estudios en la Escuela de Publicidad. Los veranos dedica preferente atención a los Campamentos Juveniles, donde ejerce funciones de Jefe de Formación. Ha ganado algunos concursos literarios de ámbito local.


No sé si me han aconsejado que me arrepienta o no; en cualquier caso, las historias parecen tener la misma voluntad y es inútil buscarles una salida mientras ellas no lo desean.

Mara me había dicho que cerrar la puerta es muy importante y Abuela se empeñaba en apagar las luces de las habitaciones. Con esto no quiero afirmar que Mara y Abuela estaban locas, pero demuestro que las cosas son así y no hay motivo alguno para cambiarlas.

En el pueblo, al hacer novillos nos íbamos monte arriba a rebozarnos de tierra y a meter palos en las madrigueras de las culebras. El día libre en la ciudad nos vamos bar arriba, o museo arriba o parque arriba, a sorber limonadas, a beber vino o a besar a alguna muchacha que esté de acuerdo.

Y esto, ¿a qué viene? En fin: no sé, pero supongo que nada esencial, salvo, quizá, el diario, ha cambiado en nosotros últimamente. Las muchachas están ahí, y el vino y el cine y todo puede marchar adelante sin muchas complicaciones. Pero yo no he tenido suerte.

En realidad, nunca la tuve. Mara siempre luchó contra esto, pero no tuvo el menor éxito. Decía que la gente quiere gente como ella y no ideas y más ideas; decía que, a la hora de reír, se ríe y que para las lágrimas nunca ha de haber tiempo.

Y Mara era buena, como Abuela, aunque, generalmente, discutían por nada. Se cambiaban el lugar del azafrán y compraban jabones distintos, pero eran buenas.

Luego Mara se fue con un señor y no volvió más; el hombre, sí; regresó y me preguntó qué era yo de Mara y todo eso que preguntan los que creen tener derecho a hacerlo.

Fue entonces cuando me quedé con su reloj, que estaba grabado: "A P.G. de R. 1-7-67". Por eso me pasé mucho tiempo pensando, incluso con la fresadora en marcha quería saber cuál era ese nombre que empezaba por P: ¿Pánfilo, Patricio, Pastor, Paco, Pepe? Estos últimos eran vulgares, y los otros, como los que se leen en las novelas.

¿Y la mujer? —porque el reloj era regalo de una mujer—. R: ¿Rosario, Rocío, Remedios?

Luego se murió Abuela y me puse a vivir solo. Al cura que intentó cantarle el gorigori le quité un rosario hecho con pepitas de algarrobas de Jerusalén, y al tío Francisco, un mechero de latón muy brillante y muy viejo.

También otro día estuve en Münster y, después, en Estrasburgo y me traje a casa muchas cosas: latas nuevas de cerveza, ceniceros y lo que se ponía a tiro, porque pensaba en Mara demasiado, que se había ido sin darme un beso; en Abuela, que se había muerto, y en "P", haciendo preguntas, y en el cura, y en los almacenes, que hablaban con la garganta.

Nada hay exactamente claro: uno vive porque así está en el mundo, pero los demás no le dejan hacerlo a su gusto. Por ejemplo, a mí me encanta guardar los recuerdos para saber qué pienso delante de cada uno de ellos y tener también un momento de compasión por Mara que, por cierto, nadie me da razón de su paradero.

En realidad, en todas, siempre faltan objetos que nadie quiere mientras los tiene: una bicicleta, una moto, un camión. En la mía pasaba lo mismo y yo me quedaba con algo, pero sin ánimo de hacer dañó a nadie.

Un día, cuando faltó un cáliz de la parroquia donde yo hacía de sacristán en los ratos libres, vinieron todos a casa: un cura que hablaba como el mismo diablo, unos guardias, las vecinas y doña Juliana, una beata que hacía mucho que debieron enterrar sin esperar a que se muriera.

Dijeron que yo era un ladrón, y que Abuela, en lugar de planchar y coser, me debió dar más con el palo para espabilarme. Con esto y con la gente gritando a mí me entraban ganas de llorar y no me enteraba de nada.

Los guardias me desbarataron los recuerdos y los amontonaron en el patio. No había nada bueno, lo aseguro: clavos, remaches, guardabarros, relojes, ceniceros y, claro, el copón, que, además de usado, no era de oro, por mucho que el cura dijese lo contrario.

El cabo me puso una mano en el hombro y me dijo: "andando". Por el camino le oí comentar con su compañero que había atrapado a uno de los mayores ladrones de la ciudad. Entonces quise contarles que don Anselmo, mi amo, tenía todas las trazas de serlo aún más, pero no me dejaron.

Y en la cárcel me he estado hasta hoy, sin saber qué hay por esos mundos. A veces veo la televisión, pero siempre hay gente que grita y gente que cuenta cómo se han muerto los otros, y entonces yo pienso en Mara, que no se me despinta de la cabeza, y en Abuela, que se murió la pobrecita, y por eso ya no quiero ver la televisión.

Esta mañana la gente corría de lado a lado. Dos han hablado cerca de mí, de que "la culpa la tenían los rusos y sus padres, que no eran otra cosa que sinvergüenzas de mala familia".

Mi amigo ha dicho que se había armado una muy gorda y que alguien tendría que pagar por ello. "La gente pobre es siempre la que carga con el muerto".

No sabía yo qué era todo esto, pero la radio y la televisión hablaban y hablaban y yo sólo he conseguido ponerme nervioso. Sólo me he calmado un poco cuando le he quitado al monaguillo un paquete de cigarrillos, porque, debajo del colchón, estoy guardando otra colección.

Pero ahora, esta noche, resulta que estoy muy asustado.

Hace un ratito que he mirado por la ventana y no está ahí la Luna. Hoy toca creciente, que yo sé muy bien los tiempos, pero la Luna no está en el cielo.

Y, como siempre paga el que menos culpa tiene, yo sé que van a venir a preguntarme que dónde la he puesto. ¡Y yo no he sido! ¡Lo juro!

A lo mejor si Mara estuviera aquí...

De todos modos, Abuela me mira desde arriba y sabe la verdad.


Publicado en el Diario Menorca el 16 de mayo de 1972.

Los neanderthales

Los neanderthales se movían inquietos, frotándose repetidamente sus caídos mentones. La cosa merecía la pena, ya que los neanderthales se reúnen exclusivamente por motivos importantes.

—¿Y bien? —dijo uno— ¿Hay que esperar aún más?

Los otros miraron impacientes hacia la entrada de la caverna.

—Creo —gruñó otro— que estamos aquí todos.

—Y si falta alguno —comentó un gracioso— que se espabile y aprenda a ser puntual.

—Es necesario —siguió el que había hablado en primer lugar— que sometamos a votación la nueva ley de caza. Los privilegios que obtendremos de ella os aseguro que compensan con mucho las desventajas que supone...

—¿Y no podríamos cazar cada uno a su aire, como hasta ahora? —dijo un inconformista—. No veo la necesidad de hacer votaciones por esto.

En la cueva estalló un griterío y cada cual quiso dar su opinión sin oír la de los demás. El orden tardó en restablecerse y el jefe-presidente tuvo que golpear, durante mucho tiempo, un bastón de hueso sobre el cráneo perforado de un enemigo.

—Comportémonos como neanderthales civilizados —gritó al fin. Y, luego, con talento más alegre, continuó—. La democracia es la más alta realización social a que podamos aspirar, la cumbre misma de la evolución que nos separa de los demás animales. Por la democracia afirmamos la igualdad de todos los neanderthales y el inalienable derecho a participar en la vida de la comunidad.

—Pues a mí la comunidad me da muchas pataditas en cierto sitio —dijo un muchachote, todavía con poca barba en las mandíbulas.

De nuevo estalló el alboroto y muchos se mostraron indignados por la osadía del jovenzuelo, mientras otros, los más inteligentes, aullaban sus pareceres:

—Mientras estamos aquí discutiendo, los animales se escapan: a esto le llamo yo democracia.

—¿Sabrán las piezas que hemos votado democráticamente y se dejarán capturar?

—Imagino —decía otro— que si todos somos iguales, tenemos el mismo derecho a enviar al cuerno a nuestros semejantes.

En fin: eran neanderthales hechos a imagen y semejanza de la divinidad, y el Buen Dios les perdonaba, como se hace con los niños, que, jugando, han roto un menudo bibelot.

—La democracia —dijo el jefe-presidente— está basada en la libertad, no en la anarquía. Precisamente la sociedad debe protegerse de aquellos que, confundiendo los términos, pretenden acabar, de raíz, con un status político en lugar de mejorar por vía del diálogo.

Y, aquella misma tarde, los siete neanderthales más revolucionarios fueron lapidados en nombre de la libertad.

Mientras, en un lugar cercano, otros neanderthales se reunían. Sus semblantes hoscos expresaban muchas cosas aunque para nosotros, sin duda, hubieran sido indescifrables. Por ejemplo, un joven, con unas cejas ridículamente pequeñas, pensaba que para cazar lo más importante era tener tino con la porra y dejarse de charlas insulsas.

El jefe-cabecilla dio una orden y todos quedaron convenientemente sentados y en silencio.

—Os he llamado —dijo— porque, según la nueva ley de caza, de ahora en adelante hemos de cazar en tres únicos grupos...

—¿Y quién demonios ha inventado esa ley? No sabía nada de ella hasta ahora, —dijo el joven de las cejas escasas—.

El jefe-cabecilla le lanzó una mirada maligna pero, sin embargo, comprendió que eran precisas ciertas explicaciones:

—A fin de dar mayor eficacia a las cacerías, los técnicos han decidido que sólo los hombres más diestros intervengan en ellas. De los tres grupos saldrá uno cada día, y los restantes cumplirán tareas de vigilancia y fortificación. De este modo...

—¿Y si yo, pongo por caso, quiero salir de caza y pertenezco a ninguno de los tres grupos? —dijo un anciano que ya iba por los treinta años.

—Es preciso —contestó el jefe-cabecilla— sacrificar el individuo al interés colectivo. Los demás no tienen por qué sufrir las consecuencias del fallo de un solo neanderthal.

Así quedó dicho, aunque nadie supo a qué fallo se refería el cabecilla, ni mucho menos a qué consecuencias.

Uno más, explicó que a él la comunidad le importaba tanto como la madre del jefe-cabecilla y otro remató la idea afirmando que era justo que cada una se preocupara de sus cosas.

—Déjate de leyes de caza —le dijeron— y mete tu morro peludo en otro asunto.

Sin embargo, la razón se impuso, porque, de un modo u otro, ellos eran una sociedad y, como tal, aspirar a una mayor eficacia y a una estructura común ágil y orgánica.

Y, esa misma tarde, por orden de la comunidad soberana de aquellas rocas, siete neanderthales cayeron bajo la cachiporra justiciera del verdugo del pueblo, un viejo cazador que, según la nueva ley, quedaba al margen de las futuras excursiones cinegéticas.

En fin: eran neanderthales hechos a imagen y semejanza de la divinidad, y no groseros pitecántropos que no sabían distinguir el orden y la anarquía. Por eso el Buen Dios sonreía y esperaba pacientemente.

—La evolución —decía— no es cosa que se solucione en unas horas.

Y, en eso, llegaron los cro-magnon, que todavía no habían tenido tiempo de organizar una filosofía coherente, y acabaron con los neanderthales que quedaban sin necesidad de dar ningún pretexto.

Es así como empezó nuestra civilización, y, desde luego, el Buen Dios sigue sonriendo por que éstas son cosas de la evolución.


Publicado en el Diario Menorca el 20 de junio de 1972.

Historia del Siglo XIX


Prólogo

Hojeando un libro antiguo me he encontrado con una vieja historia, en francés, que cuenta las peripecias de una pacífica y próspera ciudad a finales del siglo pasado, cuando alboreaba la electricidad y nadie sospechaba todavía la desenfrenada carrera que se emprendería en pos del progreso.

Los buenos ciudadanos consumían sus horas entre el buen café, un empleo sin complicaciones y los aperitivos de mariscos, que habían dado justa fama a la región. Monsieur Dupont, a las nueve en punto, abría su mercería y saludaba con una inclinación de cabeza a Monsieur Martin, el abacero de enfrente. Monsieur Derblay, el director del banco, a las diez y un minuto, se aflojaba el cuello duro, y Monsieur Delag, el vinatero, a las once hacía su primera "cura de agua" a base de bicarbonato, porque era un comerciante honrado y no vendía un solo cuartillo sin asegurarse de su calidad.


La historia

En una ciudad así, con sólidos lazos entre los vecinos, lo elemental era pasar el tiempo, asesinarlo de algún modo, para que los Messieurs Derblay, Delage, Martin y etcétera, no acabaran consumidos por la propia monotonia, y cobrasen ánimos para la próxima jornada.

¿Cuáles eran, pues, las consecuencias de un aburrimiento colectivo? El Urbanismo. Los hombres de la ciudad, todos a una, se dedicaban a embellecer calles, paseos y edificios públicos, y se sentían orgullosos de una política ornamental que ellos consideraban avanzada en Europa: ¿a qué otra cosa podían aspirar los hombres? ¿No era, acaso, el ideal vivir en un lugar confortable y sin estridencias?

Así lo imaginaron cuando plantaron la alameda (que años después quedó abandonada) o cuando hicieron el "Gran Paseo", primero con un firme de tierra apisonada, y, después, con una capa de cemento tan débil que se agrietó a los pocos días. Sucedió, sin embargo, que la ambición humana no reconoce límites, y que los amigos de Monsieur Derblay, Monsieur Delage, Monsieur Dupoint y Monsieur Martin, notaron una tarde en el casino que les faltaba algo esencial:

—Deberíamos tener una fuente —dijo Monsieur Derblay—. Todas las ciudades de categoría la tienen.

Y la idea, lanzada a la aventura, bien pronto encontró centenares de partidarios entre los vecinos y entre los funcionarios de la Casa de la Villa o Ayuntamiento. Era —decían— vergonzoso que hubiesen vivido felices hasta entonces sin una fuente de agua cantarina, adonde irían las "nurses" con los niños, los ancianos desocupados y ellos mismos, a enseñársela a los visitantes para hacerles palidecer de envidia y admiración.

Se abrieron —incluso— buzones especiales para sugerencias sobre el proyecto y se acabó, como siempre, sin hacer caso de ellas. Los funcionarios de la Administración —por su parte— estudiaron el presupuesto y decidieron que las obras saldrían casi gratis si aumentaban ligeramente algunos arbitrios, cosa que, a los vecinos, no les importaría demasiado con tal de ver cumplida su ilusión, disponer de fuente propia para admiración de los forasteros.

Las primeras reuniones fueron —como es lógico sospechar— turbulentas y llenas de malentendidos: había que elegir el lugar idóneo y, sobre todo, adjudicar la obra a cualquiera de los contratistas, decididos éstos, en bloque, a cobrar más de lo justo y conveniente.

Por fin se acordó instalar el surtidor en una plazuela recoleta y sombreada por cuatro o cinco árboles frondosos. El sitio era ideal, lugar de paso obligatorio para trabajadores, amas de casa y paseantes que, así, podrían gozar del frescor del agua durante unos minutos al día. Venía, pues, ahora, el asunto más delicado: ¿Cómo sería la fuente? ¿Qué figuras alegóricas la adornarían? Porque, desde luego, no podían contentarse con un caño que escupiera un tímido chorrito al aire: había que hacer las cosas bien y, a ser posible, elegantemente.

La Comisión se reunió y Monsieur Derblay, un hombre del siglo de las luces, con el racionalismo a cuestas, propuso que se diese una oportunidad a un joven escultor: quizá, de este modo, al correr de los años, su fuente ganara categoría, porque bien podía ser que el joven escultor, Monsiur Rodin, fuese famoso un día u otro. Pero los demás se rieron: argumentaron que más valía malo conocido que bueno por conocer, y cuantas nuevas simplezas se les ocurrieron. Además: había en la ciudad un albañil muy mañoso que, con paciencia y cinceles, podía hacer cualquier cosa. Sobre esto no iban a discutir: tenían a la persona y, desde luego, ¿para qué andarse buscando escultores como Monsieur Augusto Rodin, de quien, salvo su madre, nadie había oído hablar?

Más tarde, Monsieur Delage, el vinatero, propuso que se hiciese una Venus rotunda y ligera de ropa. Él era un hombre jocundo y jacarandoso que no regateaba esfuerzos a la imaginación y, por eso, gustaba de estimularla con los brebajes que vendía.

—Una Venus. Bien, ¿eh? Una Venus es lo que necesitamos aquí —y pensaba, sin duda, en Madame Delage con su fino bigotillo y sus brazos rollizos.

El Presidente intervino, por primera vez, con una pregunta demasiado lógica incluso para Monsieur Delage:

—¿Y por dónde saldría el agua de la Venus?

Los demás convecinos se escandalizaron por lo atrevido de la imagen que les ofrecía su mente, y movieron la cabeza penados:

—Nada de Venus —decían—. El pudor es una virtud que debemos mantener.

—...por los siglos de los siglos —se burlaba Delage, haciendo, así, más llevadera su derrota.

Después, un mostachudo oficial retirado que había vivido las horas amargas de Sedan, propuso, con voz tonante, lo más adecuado para la ciudad y el decoro:

—Considero —dijo— que un niño haciendo pis es lo que nos conviene. Se trata de una imagen familiar que, para nada, levanta malos pensamientos.

El Señor Cura, que no perdonaba a Napoleón III la rendición de París, se opuso con todas las fuerzas de su menguado cuerpo:

—¿No piensa usted en la inocencia de nuestras muchachas? ¿Quiere, acaso, hacerles conocer los misterios del otro sexo antes del matrimonio? ¡No, señor! Seamos responsables.

El oficial de los mostachos enrojeció ligeramente y explicó que aquello no era más que una sugerencia y que, por lo tanto, debía discutirse; pero ya no se volvió a hablar del niño haciendo pis ni de la Venus.

Monsieur Martin, el abacero, tuvo también su oportunidad: él, según confesó después, lo veía muy claro y muy simbólico, pero la Comisión... En fin; esto fue lo que dijo:

—¿Qué tal una sirena? La cola de pez nos evita muchos problemas y, además, puede taparse convenientemente con las manos...

Pero, primero el cura y el Presidente después, arguyeron que se trataba de un símbolo pagano, de una imagen de perdición:

—No olvidemos —concluyeron— que las sirenas atraían a los osados navegantes. Amarlas significa la muerte. Amarlas es lo mismo que amar el pecado. Pensemos en las tentaciones de Ulises, cuando se ató al palo de su barco.

Y así, sucesivamente y por motivos obvios, fueron descartados Neptuno, Pan, la Victoria (¿Qué Victoria —dijo el cura— si los prusianos nos han derrotado?) y Diana Cazadora.

Sin embargo, a últimas horas de la noche, ya habían llegado a un acuerdo: en lo alto del surtidor se pondría una simpática ranita, que a nada comprometía y si era un animal asociado con el agua e incluso apreciado como manjar. Era —pues— un éxito político: ni los hombres ni las mujeres pecarían al mirarla; no hacía alusión a ninguna tendencia social (ni monárquicos, ni bonapartistas, ni republicanos) y, por último, saldría mucho más barata que una complicada sirena o un insulso niño haciendo pis.

Y llegó el día de la inauguración, esperado por todo el pueblo. El surtidor aparecía cubierto por un lienzo púrpura, y la ranita había sido colocada allí sólo un par de horas antes por su artífice, el albañil corto de vista y poco versado en ciencias naturales.

Sonó la charanga y cada uno hizo su discurso hasta que, el Presidente de la Comisión, tiró del cordón y la fuente quedó al descubierto. Pero, ¡ay! allí no había rana alguna, sino un descomunal y bizarro sapo, de los más gordos, con aire de "bon vivant". Aún buscando detenidamente, hubiera sido imposible encontrar a un vecino con expresión más radiante y satisfecha que la del sapo:

—Soy feliz —decía con los ojos— el mundo gira regularmente y aún está el sol en el cielo. Así pues, ¿para qué preocuparse?

Era un sapo bien soez.

Estaba apoyado por un codo sobre una ramita con la misma actitud que emplearla un guerrero para recostarse en su invicta tizona, cabeza alzada, mostraba una papada blancuzca y blanda, llena de viscosidades; y su espalda... su espalda era semejante a la de un cerdo bien cebado, con prodigios de michelines y turgencias.

El presidente miró al Señor Cura, y el Cura al oficial de los mostachos. Sucesivamente, los ojos pasaron de éste a Delage (que reía con sordina), a Derblay, a Dupont y a Martin. Era un sapo, no cabía duda, pero la gente aplaudía de todas formas: he aquí que ya tenían la tan ansiada fuente. ¿Qué podrían pensar para lo futuro? ¿Un hipódromo? ¿Un monumento a la Revolución del 89?

El albañil, en cambio, se disculpaba:

—Creí que así quedaría más bonito. Si quieren, le paso la lima y...

Le dejaron estar y el sap, gordo, rotundo y feliz, continuó escupiendo su chorrito al aire (¡horrible asociación!) hasta hoy mismo, para admiración de los visitantes y turistas, que no aciertan a explicarse que tiene que ver un sapo reluciente con una ciudad hermosa y acogedora.


Epílogo

Esta historia tuvo lugar en Poitrail, ciudad entre Marsella y Niza, según lo cuenta Monsieur Alain Rolet en su libro "Histoires du dernier siècle", editado en París, en la "imprimerie et librairie classiques de Jules Delalain et Cie, Rue des Mathurins, St. Jacques, núm. 5. Prés de la Sorbonne", en 1890.

Querido lector: ¿se repite, a veces, la historia?


Publicado en el Diario Menorca el 4 de julio de 1972.

El Antifeminista

"Una mujer es una maravilla, pero es preciso acostumbrarse a ella".

—Aforismo grabado en Chichén Itzá.


Don Julián golpeó la mesa del casino con el puño; se hubiera puesto rojo de ira de permitírselo el médico, pero su presión arterial era demasiado elevada y tuvo que dejarlo correr.

—No hay derecho —dijo. Las mujeres de hoy en día no son mujeres ni son nada.

Los compañeros le dieron la razón: quién más quién menos tenía una esposa, una novia, o una hija de las que se ponen pantalones (¡Qué ricas!) y fuman tabaco negro.

Don Julián, satisfecho, se lanzó a una exploración del mundo femenino y afirmó que el destino de la mujer era:

a) El Matrimonio.
b) La cocina.
c) Las zapatillas del marido. Y
d) La cama.

Ideas que, por lo antediluvianas, resultaron ser originales en un mundo tan progresista como el nuestro.

Posteriormente, Don Julián arremetió contra las modas en general y contra los modistos en particular:

—Se visten para estar más feas —decía. Y es que a él, como a casi todos, le gustaban más desnudas.

Y luego elucubró largamente sobre las carnes femeninas: En sus tiempos —opinaba— una mujer necesitaba kilos y no los ojos pintados. Hoy en día están tan flacas que el primitivo encanto de las caderas opulentas y los pechos abultados se ha perdido.

Aquí hizo un inciso —nuevo puñetazo sobre la mesa— y, aprovechó para dedicar sus florilegios a otros individuos:

—¿Y de quién es la culpa? —preguntó—. ¡De la juventud! ¡Y de los médicos!. "Kilos de menos, años de más", dicen... ¡Bah!

Y es que Don Julián era un inconformista convencido que, puestos a embestir, no respetaba ni la ciencia: él —en suma— lo que deseaba era volver a los tiempos de su juventud, cuando las "Chicas Topolino" lucían sus bien distribuidas carnes y no sabían nada de dietética.

Su historia (la de Don Julián) era la de un solterón involuntario y beligerante. Tuvo —¿cómo no?— sus estudios, aunque nadie llegó a enterarse de su profesión. Después, a los veintitantos, se encontró dueño de su vida y siervo de su trabajo, y frecuentó el bar para jugar al dominó, y el Casino para hablar cuando pudiera.

Y, así, entre oficina y tertulia, se le pasó la edad y, con ello, se le avinagró espantosamente el carácter.

Sobre los treinta, urgido de amor y de compañía, con el estómago fastidiado por la comida de pensión, tuvo su primer amor, que también fue el último.

El bueno de Don Julián se incendió como una tea cuando estrechó la mano de aquella mujer (de las de antes de la guerra) y, después, cuando la invitó a tomar café, alcanzó un lugar muy próximo al paraíso.

La ingravidez inicial se acentuó cuando ambos salieron de excursión, al campo, y se pasaron el día doblando el espinazo para recoger ora una florecilla silvestre, ora un pedazo de resina, cosas ambas muy estimadas por la muchacha.

Luego, de regreso, Don Julián supo encontrar la ocasión para besarla y rozar así su cuerpo bien modelado. Con esto (el beso) quedó tan en suspenso, tan embelesado, que olvidó seguir con la escena de amor, y, naturalmente, la chica regresó a la ciudad firmemente convencida de que Don Julián era lo más parecido a un borrico que la naturaleza humana es capaz de crear.

Por esto, y por otros detalles que no debe especificar (Don Julián era un tacaño supino) la mujer dejó de prestarle atención y él, con el corazón roto por el desengaño, se refugió en un misoginismo vulgar y alborotado.

Son estas las consecuencias del amor, aunque Don Julián opinaba que todo era a causa de las mujeres, esos seres empeñados en adelgazar, en cortarse el pelo, y en cenar en los restaurantes más caros.

Por eso, a sus cuarenta y cinco años, llevaba la vida solitaria de la ciudad y reafirmaba con puñetazos en las meses del Casino las verdades con que se decidía a iluminar el mundo.

Hoy, pues, tenía un día combativo y no hacía sino decir "realidades" como éstas:

—Divide un uno por cero. ¿Qué obtienes? Infinito. Divide a un hombre por una mujer. ¿Qué te da? Imposible.

O bien:

—Los poetas tuertos escriben versos de amor; los poetas ciegos, aman.

Y el día se tradujo en noche de pensión y en cena fría. Luego, con los amigos, olvidó que era un misógino y salió a dar una vuelta por las boites (léase “buats”) y las calas para —como él decía— "hacer la digestión".

En una de ellas (la luna tenía una tonalidad azul) tomó una copa. En otra, se aventuró a pasear lentamente por la playa, y hasta fumar un cigarrillo tendido sobre la fresca arena (la luna tenía una tonalidad azul).

De esta forma conoció a una nueva muchacha. Una de esas que son delgadas y esbeltas y que, cuando andas, hacen pensar en la elasticidad perfecta.

Don Julián, el Gran Antifeminista (la luna tenía una tonalidad azul), no supo qué decir cuando ella le pidió fuego para su cigarrillo; ni tampoco cuando le habló del aburrimiento y de "lo tristes que podían ser unas vacaciones en soledad".

Dos días después le llamaba "vida mía".

Tres días después, "cariñito".

Antes, naturalmente, se habían besado entre la arena (la luna tenía —¡ay!— una tonalidad azul) y habían descubierto que la vida es algo más que palabras.

Y la dejó mandar. Las mujeres —según Don Julián— habían nacido para:

a) El Matrimonio.
b) La cocina.
c) Las zapatillas del marido. Y
d) La cama.

Pero no la muchacha recién conocida, pues era una excepción en todo.

Como más tarde dijo: ella era Ú-N-I-C-A, coincidiendo, en esto, con los quinientos millones de hombres que entonces poblaban el mundo. Y, de esta forma, Don Julián consintió en que la muchacha siguiera un régimen dietético y que vistiera pantalones y que llevara el pelo a lo garçon, sin atreverse a protestar.

Y, un mes después, se casaba con la rubia (¡era rubia!) extranjera, muy satisfecho, además, de su esbeltez. (La luna había tenido una extraña tonalidad azul).

Ahora Don Julián da los mismos puñetazos sobre la mesa del Casino y tiene el mismo ceño fruncido. Sin embargo, ha cambiado el acompañamiento de su sinfonía inacabable:

—Da vergüenza —dice— ver como las mujeres no tienen todavía los mismos derechos que el hombre. (¡Con lo ricas que están!). Todas tienen el alma de artista y han nacido para:

a) Ser amadas.
b) Comprender.
c) Aplacar la brutalidad congénita del hombre.
d) Cumplir con los más altos destinos de la humanidad, es decir, tener hijos y soportar al marido.

Ideas igualmente antediluvianas y, por lo tanto, originales. Además, tales pensamientos le permitieron llevar una vida "como dios manda" y discutir a más y mejor con sus amigos.

—La mujer —decía— es una criatura sin fronteras (proverbio hotentote).


Publicado en el Diario Menorca el 11 de julio de 1972.

El Monumento al Progreso

Al lector:

El día de hoy, dieciocho de julio, tiene un "especial relieve", para utilizar el lenguaje periodístico. Por eso quisiera dejar por ahora las historias de cada uno y escribir la del progreso o, al menos, la de su momento.

Al lector que continúe la lectura:

Las cosas que paso a relatar sucedieron en un pueblecito con visos de ciudad, en uno de esos lugares que siempre han sido propicios a la siesta estival o al juego callejero de los niños bajo la mirada paciente del perro vagabundo.

En tales sitios veinte años pueden significar lo mismo que veinte meses y, en verdad, cuando la paz dura es indiferente el tiempo. Sin embargo, algo había cambiado en el pueblo: la Remedios, la del Renco, parió trillizos; se hizo, además, una desviación para la carretera de segundo orden que antes atravesaba la calle Mayor, y se abrió una explotación municipal de maderas que a todos daba beneficios por más que el descreído del herrero se empeñase en decir que "todo se lo quedaba, como de costumbre, el Ayuntamiento".

Y, en esto, llevaba su parte de razón, que ningún dinero vieron los vecinos, pero, en cambio, se encontraron con la Plaza Grande embaldosada, con una traída de aguas (que más eran claro que otra cosa), con Teléfonos y con un Teleclub que arruinó al Paco, el que, una vez a la semana, se traía una película de la cercana ciudad y la proyectaba en su almacén de grano.

También, hasta hoy, sucedieron otras cosas dignas de mención: el hijo del Tobías, el carnicero, se fue a hacer la mili a África, y Segismundo regresó de "Tulús" (léase Toulouse) de la Francia, con el oficio de fontanero bien aprendido de once años, de manera que, enseguida, se puso a remendar tuberías y a taponar los incorregibles grifos.

Esta es una bucólica estampa en la opinión de algunos; según otros, es simplemente, el retrato de un ataúd colectivo, de una fosa donde todos morían del mismo mal: Aburrimiento Insoportable y Prolongado.

Don Cosme, el boticario, abundaba en esta opinión, y no era de los acomodaticios que consiguen su tertulia con el maestro, el alcalde, el cura y el médico, sino de las cabezas planas que se obstinan en vivir a su aire, y, sobre todo, en no dejar a los demás en paz. Sí, porque el segundo oficio de Don Cosme (concejal electo) era el de protestón titulado de la localidad, e incordio de primera categoría.

Cazaba, y maldecía alternativamente contra la mixomatosis y el moquillo.

Bebía vino, y renegaba de la pésima calidad del agua con que lo "elaboraban".

Bebía agua, y gritaba contra la maldita lejía que llevaba encima aquella pócima.

Y los pueblerinos, al escucharle, se daban silenciosamente con el codo para murmurar después: "¡Este Don Cosme...!" "Las cosas que tiene Don Cosme...". Con lo cual queda demostrado que nadie, ni el perro vagabundo de mirada ecléctica, le prestaba atención.

Sin embargo, un día estalló el escándalo o, al menos, un simulacro de él. El vecindario en pleno había asistido a la gesta del "Eagle" al posarse en la luna y, aunque no quedó muy convencido, la cosa causó sensación. Ahora bien, cuando fueron tres las veces en que los hombres se subieron a la luna, las dudas desaparecieron y el pueblo, por boca de sus principales, manifestó su franca admiración.

—Es el progreso —decía uno.

—Los sabios —afirmaba otro— son cada vez más sabios.

Un tercero, Don Cosme, daba la nota disonante:

—El progreso y una porra: mientras la gente se muera de hambre...

Y es que, aún para estar equivocado, es preciso tener las ideas muy claras.

Luego el alcalde, un hombre jovial y con una inusitada capacidad para las ilusiones, lanzó a rodar su mejor idea:

—¿Por qué no hacemos un monumento al Progreso?

Todos —o casi todos— le aplaudieron entusiasmados y, de esta forma, se llegó a la más tempestuosa de las reuniones del Pleno del Ayuntamiento, donde cada cual quería dar su opinión, y, algunos incluso bocetos del futuro monumento.

Se pensaba en astronautas o en figuras alegóricas a base de engranajes alados y bellas y desnudas muchachas; y ya parecía como si sólo faltase llamar al escultor y pagarle buenos dineros por la chapuza.

Pero hubo un disidente, el eterno Don Cosme, boticario pródigo en berrinches y en malos humores, que se levantó e impuso silencio para preguntar —inmediatamente después—, que qué les había dado el progreso a ellos, salvo —naturalmente— ese instrumento de tortura llamado "televisor".

Y, así, cada uno fue explicando sus definitivos puntos de vista sobre tan delicada cuestión.

—Hoy en día, dijo un viejales sordo y miope, estás enterado de todo lo que sucede gracias a la radio y a la televisión. Antes no sabíamos nada, éramos unos paletos, y...

El médico intervino y habló, ¿cómo no?, de las sulfamidas, de los antibióticos, del D.D.T., de las avanzadas técnicas quirúrgicas (¡Trasplantes de corazón!) y de la prolongación de la madurez y de la vida.

El maestro afirmó que la educación había progresado, que los niños tenían más interés por todo y que ya quedaban muy pocos analfabetos trotando por esos campos.

—Los libros —dijo— son mejores y también los profesores jóvenes, o, al menos, tienen más psicología.

El cura defendió decididamente su postura: los hombres y las mujeres eran, hoy en día, más responsables, más conscientes de su deber ante Dios y ante sus semejantes. Cierto que se cometían algunos desmanes por exceso de libertad, pero ¿acaso no creó Dios libre al ser humano?

Los demás fueron llamando la atención del público sobre la aviación, los rápidos transportes, los gigantescos barcos (200.000 tm), la energía atómica, el aprovechamiento racional de los cultivos y de las cuencas fluviales, la mecanización del campo, las presas... incluso alguien nombró el turismo y "las guapas mozas que nos vienen cada año". Era el Segismundo, el fontanero que, por su trabajo, iba a menudo a la ciudad y se quedaba embelesado contemplando tanto pantaloncito corto y tanto muslo al aire.

Sin embargo, Don Cosme, el cerril Don Cosme, no se dejaba convencer, antes al contrario, arrugaba más y más el entrecejo y proyectaba sus fruncidos labios hacia adelante: era tan obstinado como un buey. Y, al final, se disparó:

—Yo os diré lo que el progreso significa: ¡La contaminación! El aire se acaba y el agua también, y las plantas y la tierra, todo por esta manía de producir más y más cosas que nadie necesita de verdad. Y luego están las faringitis crónicas de tanto fumar, beber o respirar el maldito polvo de las industrias. Y los cánceres. Y el infarto de miocardio, que es el que más mata, gracias a que ya no sabemos ni vivir y acabamos con nuestro corazón.

Y, además, ¿quién es el que hoy en día no tiene una enfermedad de estómago o intestinos? La alimentación ha dejado de ser lo que era y comemos muchas porquerías: por eso nuestra dentadura es peor y se pudre fácilmente. ¿Y qué me decís de la bronquitis? ¿Y de los nervios desquiciados? ¿Y de las drogas? ¿Y de la creciente violencia en el mundo? ¿Y de la crisis de la familia? ¿Y de...?

Todavía habló un rato más y supo elegir las mejores palabras para poner los pelos de punta a los que le escuchaban. Al fin, el médico le interrumpió.

—¿Qué es, entonces, lo que nos espera?

—La catástrofe. —dijo el boticario como un oráculo— Dentro de un par de siglos no habrá hombre ni nada en la tierra.

Y, luego, hizo su extraña petición:

—Propongo que, si se hace el monumento al Progreso, se levanten igualmente alegorías al Cáncer, al Hambre, a la Guerra, a la Delincuencia, a la Toxicomanía y a las demás cosas que antes he citado.

El alcalde, en vista del cariz que tomaba el asunto, se retiró a deliberar con dos o o tres de los más allegados. Don Cosme les había asustado pero, fuesen las cosas del color que fueran, ellos, los habitantes de aquel pueblecito, nada podían hacer por remediarlas. Y sin embargo, seguía existiendo el hecho evidente de que el Progreso estaba allí, en forma de automóvil, de teléfono, de libro, de maestro, de viajes, de luz, de máquinas, de inteligencia... Por fin, dictaminaron con frase lapidaria:

—Don Cosme es un cenizo.

Y, en efecto, poco tiempo después se construyó el tan discutido Monumento al Progreso. Y, en cuanto lo que Cosme dijo, tuvieron buen cuidado de utilizarlo para el bien de la comunidad. El Alcalde, en un bando, lo explicaba a la población:

—...y considerados los riesgos de enfermedades de toda clase que el Progreso puede reportarnos, esta Comisión acuerda montar otra farmacia a expensas del municipio, para prevenir cuantos peligros nos acechan. Dicha plaza de farmacéutico quedará a....

Don Cosme, claro, no pudo encajar la pulla. Dijo, simplemente, que "hoy en día la gente no tenía ya vergüenza".

Cosas, sin duda, del Progreso.


Nota:

Con el programa espacial se han conseguido las comunicaciones instantáneas con todo el globo. Y, a través de los satélites, se llega a una mayor predicción y vigilancia del tiempo, evitando así que ciclones y maremotos causen más víctimas. También gracias a estos satélites, se confía en difundir programas educativos en los países más subdesarrollados, para ensañar a la población a mejorar sus precarias condiciones de vida.


Publicado en el Diario Menorca el 18 de julio de 1972.

Luisa

Luisa (Luchy, a fin de cuentas) era una muchacha guapa, terriblemente guapa y, también terriblemente aburrida. Bien poco se podría decir sobre su historia salvo el hecho de que, un día, despertó y se encontró haciendo cuarto de bachillerato.

A continuación, como todas las mocosillas de su edad, empezó a mirarse en el espejo y a vigilar su pecho, ansiosa de que creciera; ansiosa, en su suma de ser una mujer (¿con toda la barba?).

Los veranos los pasaba extendida en una playa y esquivando las tareas que su madre le imponía. De esta forma descubrió que no hay languidez mayor que la de los atardeceres, ni gloria tan perecedera como los helados de fresa que uno toma después de comer. Además aprovechó para tener el primer amor, esa cosa indefinida sin la que una jovencita no se decide a sentirse mujer. De manera que eligió con cuidado y, luego amó tanto como pudo a un joven británico que al principio no reparaba en ella.

La cosa fue de maravilla y Luisa (Luchy, después de todo) estuvo alternativamente feliz y desgraciada, y saboreó muchos polos de peseta. ¡Aquel tiempo feliz en compañía del ingresito de su alma!

Además, daban largos paseos por los roquedales o tomaban el fresco al pie de un árbol raquítico. Y, así, un día se tomaron de la mano y otro se las apretaron.

Después, alguien pronunció la palabra mágica: Amor, y decidieron que tanto Romeo como Julieta como Calixto y Melibea fueron unos chiquillos a su lado. En consecuencia se besaron. Y fue un beso rápido, vergonzoso, donde todo fue dicho a través del sonrojo que les entró a ambos. Aún así, la escena quedó largamente anclada en sus memorias y, a pesar de que no se repitió, Luisa, diez años después, todavía pensaba en aquel inglesito amado y en aquella tarde en que, torpemente, se dieron los labios.

Hasta aquí lo pasado de Luisa (Luchy, a fin de cuentas). De ahora en adelante hemos de hablar de su presente, ese presente de mujer hermosa (¡y aburrida!) que, a los veinticinco años no sabía qué diablos hacer con su vida.

La promoción de la mujer es algo esencial para el hombre que, de esta forma, evita que la dulce hembra vea en el matrimonio una solucion de todos sus problemas. Bien: Luisa (Luchy, para los amigos) estaba promocionada, emancipada o como quiera que se diga. Y no solo eso, sino que disponía de un buen empleo y un sólido sueldo, un cochecito para pasear por la ciudad los fines de semana y un apartamento coquetón donde soportaba, mal que bien, su soledad.

Y el lector se preguntará: ¿es que nadie la requebraba en la calle? Sí, en efecto, pero era tan guapa que asustaba a los futuros galanteadores. ¿Y no tenía amigos? Sí, también, pero era tan aburrida que ninguno de ellos quiso cargar con la responsabilidad de soportarla durante cuarenta o cincuenta años.

¿Entonces? ¿Qué hacía Luisa? (Luchy, pese a todo). Consciente de que, de seguir así muy pronto sería "Doña Luisa", una solterona, cosa para la que no tenía vocación, comenzó a exhubirse muy ligera de ropa en las playas, a ir a las salas de fiesta, siempre en busca del amor, que es lo mismo que decir en busca de un marido bien dispuesto.

Durante estas aventuras pensaba en el inglesito de su adolescencia, en aquel que apretó sus manos y la besó, y se repetía que ya era hora de hacer una segunda edición de aquel beso.

Naturalmente, nada sacó en limpio, salvo comprobar que el hombre, como el animal, es una criatura bastante deficiente. Cualquier joven, al verla solitaria, se sentaba a su lado:

—Hola —decía.

—Hola.

—¿Cómo te llamas?

—Luchy, ¿y tú?

—Paco —o Joaquín o Filiberto, según los casos.

Un largo silencio y, de nuevo, el joven:

—¿Eres de aquí?

—Sí, ¿y tú?

—Sí

Otra pausa y, a continuación, el joven:

—¿Vienes a menudo a este sitio.

—Sí, ¿y tú?

—A veces. Prefiero la playa.

—Yo también.

Y ahí terminaba todo. A veces incluso bailaban, pero esto sucedía de pascuas a ramos, y Luisa (Luchy, ¿no es así?) se pasaba todo el tiempo esperando a su pareja, pues es sabido que los jóvenes, como los guepardos, se vuelven extraordinariamente afectuosos en cuanto oyen música.

Esto, que visto desde nuestra perspectiva es cómico, era una tragedia para Luisa. Regresaba sola a su casa cada noche. Cada noche se hacía sola la cena y sola dormía después de leer un solitario libro. Pensaba —¿cómo no?— en su edad y en las amigas casadas y en las niñas que, apenas destetadas, ya tenían novio. Pensaba, y el cuerpo se lo exigía así, en los hijos, en sus futuros hijos que, de momento, no encontraban el camino para nacer, y más de una vez y más de dos se tenía que tapar la cara con la almohada y llorar así, hasta quedar dormida.

Desesperada —¿qué tendrían las demás que no tuviera ella?— recurrió a cuantos ingenios ha puesto la civilización al servicio del amor: envió su dirección al "correo amoroso" de dos revistas, rellenó una ficha y la remitió a una agencia matrimonial de las que deciden qué gentes han nacido las unas para las otras y, además, disminuyó todavía más la porción de ropa con que se cubría.

Y no es que Luisa (Luchy, por la fuerza de la costumbre) fuera una ninfomaníaca, ni anduviese urgida de varón, sino que su problema, como el de tantos en estos años, era el abandono; salvo en el trabajo, ¿con quién hablaba? ¿Con el gato de la vecina? ¿Con el espejo? Todos tenían la vida ocupada, hecha en suma, y no disponían de tiempo que perder.

Ella, en cambio, tenía demasiado; el suficiente, al menos, para pensar en su soledad, para aburrirse y, por lo tanto, para echar de menos cualquier compañía. Además era mujer, y esa es una enfermedad que solo se cura con el matrimonio.

Y, así, un aciago día tomó su decisión y se dirigió al periódico (pudo ser éste mismo) para poner un anuncio. En la siguiente edición, se podía leer


Precísase HOMBRE

—Servicio militar cumplido.

—Buena posición.

—Con sentido de la responsabilidad, para importante negocio de particular a particular.

Diríjase con curriculum vitae a... (Y aquí, la dirección de Luchy)


Como es lógico, en cuanto se averiguó qué clase de "negocio" era el de Luchy, la ciudad entera rió con ganas y especuló con la "insensatez de algunas mujeres que, con tal de casarse...".

No sabían que la culpa de estas cosas nos toca a todos.

Y, naturalmente, Luchy (que es Luisa) tuvo que cambiarse de domicilio y, como solución de emergencia, se compró un bikini ajustadísimo y una perrita pequinesa.


Publicado en el Diario Menorca el 25 de julio de 1972.

Santiago-ficción

Esta historia de Santiago es realmente un cuento de arte menor, una divagación acerca de las virtudes de un hombre que, quizá, pudiera ser tópico en nuestro país.


Santiago a secas

Santy era un buen hombre, pacífico, trabajador y humilde, desde el primero de agosto hasta el veinticuatro de julio siguiente.

Trabajaba en la fábrica, a cargo de una fresadora y era lo que se dice un tipo formal y cumplidor. Desde su más lejana juventud se le conocían pocos defectos, y era, por ello, querido (¡y envidiado!) por cuantos le conocían.

Como la mayoría, cuando su cuerpo se hizo vigoroso y los pensamientos no bastaron para detener toda la fogosidad de su carácter, contrajo matrimonio y se convirtió en un padre de familia ejemplar. Los viernes entregaba a su mujer la paga íntegra y, los domingos, después de misa, a pasear con la niña pequeña en una vieja moto. Si era verano, comían a la sombra de cualquier pino después de nadar. Si era invierno, buscaban setas o, simplemente, se aventuraban por los lugares que aún desconocían.

Eran, ¿qué duda cabe?, felices, dentro de los límites en que la felicidad es soportable, y, como no recibieron más hijos (pese a las cartas que continuamente escribían a la cigüeña) bien pronto empezaron a ahorrar su pequeño capitalito que, en su día, sirvió para pagar la entrada de un piso recién construido y para el primer plazo de un cómodo seiscientos.

Sin embargo, antes de que las cosas llegaran a este extremo, su mujer tuvo que descubrir una interesante y dolorosa faceta del carácter de Santy...


El horrible vicio

Acongojada la pobre mujer, muy joven todavía, trató de suprimir aquel vicio de su marido, pero fracasó tan repetidamente que, al final, llegó a admitirlo como cosa lógica.

Santiago, de desde su infancia observó una conducta intachable, tenía una vez al año una crisis periódica, durante la cual se comportaba como un pendón, solo ansioso por vaciar botella tras botella y por perseguir a la primer mujer hermosa que veía: ésta era, en general, su esposa, por lo que las cosas no pasaron de ahí en este aspecto.

Estas crisis —dato curioso para los entendidos— coincidían con el veinticinco de julio, el día de su santo, y Santy lo explicaba con hasta facilidad:

—Soy —decía— esclavo de mi deber durante todo un año: ¿qué tiene entonces de malo que por mi santo arme un poco de jarana?

En efecto: él siempre tenía la disculpa apropiada y, además, con razón o sin ella, atribuía todo esto a su Santo patrón.

—Si fuese malo lo que hago —afirmaba— Santiago, el Santo, no lo permitiría, de modo que...

Y se encogía alegremente de hombros después de hacer tan disparatado razonamiento. Y tanto lo repitió y con tal ahínco que su mujer y sus amigos acabaron por convencerse de que el juergueteo de aquel hombre no era sino un culto de alabanza al Santo.

Así pues, todos los años, al llegar el veinticinco de julio, celebraba el día de su Santo por todo lo alto, con sus naturales consecuencias a la mañana siguiente. Santy, harto, cansado y dolorido, no iba a trabajar en el resto de la semana.


La leyenda de Santiago

Santiago, el Santo, también llamado Jacobo y Jaime, según los gustos, contemplaba desde una nube del Paraíso a su homónimo terrestre, pecador impenitente y lejos de cualquier arrepentimiento.

Al principio, Santiago (¡Santiago y Cierra España! El Santiago Matamoros de la batalla de Clavijo) veía con buenos ojos los dislates de su patrocinado, pues el santo conocía bien el interior del juerguista y sabía que era un hombre cabal que, eso sí, necesitaba desfogarse una vez al año.

—La juventud... —decía Santiago al buen Dios para disculpar a su patrocinado—. Estas son cosas que se pasan con la madurez, y, además, ¿qué hay de malo en echar una canita al aire?

Pero es que Santy no echaba "una canita al aire", sino toda su cabellera y aún más, porque cuando decidía divertirse (es una forma de hablar) no paraba en barras y era peor que un ostrogodo metido en faena (las faenas de los ostrogodos, como se sabe de antiguo, consistían en el saqueo, la rapiña y el rapto).

Y, así, Santiago, San Jaime, o como quiere que se llamara en aquellos momentos, bajó a la tierra muy enfadado con su protegido que, cada vez, se extralimitaba más. Ya no podía, en conciencia, disculparle ante el Buen Dios, porque se ruborizaba a causa de la conducta díscola de Santy, de manera que decidió bajar de su nube del cielo y aparecérsele para darle las órdenes oportunas.

—Sé más comedido —le dijo.

Y Santy no acertaba a explicarse porqué sucedía aquel prodigio ante sus ojos: él creyó siempre, de buena fe, que los pecadillos de su onomástica le eran perdonados inmediatamente y, ahora, se encontraba con Santiago, el Antipatrón de los musulmanes, aconsejándole templanza.

—Pero yo —se disculpó— soy bueno durante trescientos sesenta días al Señor.

Y Santiago, con aire amenazador, le dijo que lo que hacía temer, allá arriba, por la salvación de su alma, eran los restantes cinco días del año, fechas que, —¿para qué recordarlo?— Santy aprovechaba muy mal.

—¿Y qué le voy a hacer? —se disculpaba el pecador—. Es una vez al año y esto...

Y la verdad era que no quería prescindir de su habitual fiestecita, por más que el santo se lo ordenase. Éste, cuando comprendió que aquel hombre cerril no se dejaría convencer por las buenas, recurrió a las amenazas. Enarbolando el dedo y señalando con él a Santy, le dijo:

—Veo que tienes una grave enfermedad.

Santy se rebulló intranquilo.

—Es una enfermedad incurable...

Y Santy, con un guiño amistoso, propuso:

—¿Y tú no podrías...? ¿eh?... ¿no podrías curarme?

El Santo sonrió satisfecho: había llevado a Santy adonde se propuso, y ahora solo le quedaba formalizar el trato:

—Te curarás —dijo— si dejas de celebrar escandalosamente mi fiesta. Pero si por ventura recaes y pecas de nuevo, el mal acabará contigo sin que yo mueva un dedo.

Santy, naturalmente, quiso protestar, pero fue en vano, de manera que asintió, mohíno, con la cabeza:

—De acuerdo —dijo, y Santiago volvió a subir al Paraíso donde informó al Buen Dios que Santy ya no sería un problema, puesto que habían pactado que nunca más haría estragos el 25 (veinticinco) de julio. Con esta noticia los bienaventurados se regocijaron y felicitaron a Santiago por aquel éxito inesperado.

—Y, dime, ¿cómo lo has hecho? —le preguntó el Buen Dios, a lo que Santiago respondió, guiñando pícaramente:

—A veces, señor, es más fuerte el miedo que la fe.


Las sucias artimañas de un pecador

De esta forma pasó y pasó el tiempo, y cierto día, Santiago se acordó de aquel viejo pecador arrepentido, y poniéndose su más vistoso manto, bajó a la tierra para averiguar cómo le iban las cosas.

¿Y qué halló?

Cuando llegó a casa del pecador, encontró a Santy en plena fiesta con sus amigos: nada faltaba en la mesa y aquellos energúmenos comían y bebían a pleno rendimiento. Asombrado, Santiago llamó aparte al truhan y le preguntó qué significaba aquello.

—Verás... —dijo Santy— Yo he cumplido el trato que hicimos: jamás he vuelto a juerguear al día de Santiago ni los cuatro siguientes. De esta forma me quedan trescientos sesenta días libres para hacer lo que me venga en gana. ¿No es así?

Santiago montó en cólera ante tanto cinismo y le advirtió que, sin duda, la cruel enfermedad acabaría con él, pues si bien había respetado el convenio, había también pecado mucho más que antes.

Santy, con la mirada baja y las manos apretadas a la espalda, murmuró al cabo:

—Es lo que me temía. Menos mal que tomé mis medidas...

Santiago, picado de curiosidad, quiso saber qué clase de medidas podía haber tomado aquel sinvergüenza ante la muerte. Y se lo preguntó, pues el corazón del santo era de natural compasivo.

—Bien, verás —gruñó Santy—. Como me esperaba que tú no respetarías el trato, me di de baja en el Seguro de Enfermedad, y buen dinero que me he ahorrado.

Poco faltó para que el santo le fulminara allí mismo pero, al final, intervino el buen Dios, que es dios de buen humor, y decidió dejar en paz a aquel sinvergüenza.

—Déjale que celebre tu fiesta como antes —dijo al abatido Santiago—. Hace ya mucho tiempo que sabemos de qué pie cojea el hombre. Luego le pasaremos la factura en el purgatorio, que para eso está.

Y, naturalmente, Santy volvió a ser un buen hombre durante trescientos sesenta días al año, que era, a fin de cuentas, su costumbre.


Publicado en el Diario Menorca el 1 de agosto de 1972.

La taberna


Nota

Algunos amigos, con un criticismo notable, me piden que escriba un cuento enjundioso, un cuento en el que pretenda decir algo, en el que, como es moda, me "comunique".

Y como el mundo, por el momento, es de la juventud, y la juventud es considerablemente rebelde, mis amigos y yo decidimos escribir un cuento moral, un

CUENTO PARA EPATAR BURGUESES

(épater les bourgeois)


Prefacio

Mucho antes de que Emilio Zola escribiese su famosa novela "La taberna", ya existían como entidades con vida propia:

a) Los taberneros.
b) Los sinvergüenzas.
c) Los burgueses propiamente dichos.
d) Y los intelectuales.

Y mucho después de que Zola haya pasado a ser un clásico del naturalismo, todavía sobreviven estas cuatro especies de humanoides.


Cuento

La historia comienza en la Gran Ciudad, en uno de los barrios pobres ("barrios obreros" se les llama ahora) por donde iban paseando dos presuntos intelectuales: uno muy joven y otro que no lo era tanto aún cuando lo disimulaba con una melena "a la moda" y una mirada tan agresiva y violenta como era capaz de fingir.

Ambos guardaban un silencio tan obstinado como ellos mismos después de la larga conversación en la que no se consiguieron ponerse de acuerdo. Uno, el más joven por cierto, hervía de ese misticismo moderno que consiste en preocuparse de los demás sin amarlos, y había dicho cuanto se le ocurrió acerca de la injusticia social, el círculo cerrado dela pobreza y la repartición equitativa y justa de los bienes que el mundo encierra. El otro, el que no era tan joven, habló simplemente de los aspectos negativos de estos asuntos: de la delincuencia, del alcoholismo, la prostitución, y esa forma de ser, salvaje y populachera, que lleva al hombre a burlarse, en tales lugares, del resto de sus semejantes menos afortunados. Y había terminado dirigiendo una pregunta a su amigo:

—Ellos —dijo—, los desheredados, son todavía más clasistas que nosotros y mucho más crueles: fíjate, si no, en el desprecio con que la alcahueta trata a sus "muchachas", o en cómo mira el "escalador" al simple "rata". Yo he vivido en barrios así (y quizá no fue por gusto), y lo comprendo muy bien. ¿Y tú? Dime por qué quieres redimir a toda esta gente.

Y el joven lo dijo, aunque fue lo último que le oyó durante un buen rato:

—Es vergonzoso que un ser humano viva así. Deben ser integrados al desarrollo y ser útiles a la sociedad. Ya sé que ellos se benefician también del progreso pero es, generalmente, para ser peores. Todos los hombres somos iguales y es terrible que solo la posesión de ciertos bienes cree estas enormes diferencias.

El más viejo meditó profundamente hasta comprender que su amigo hablaba en nombre de la Sociedad y del Consumo, y no en el de algo más profundo, y quizás más arcaico, como podía ser el amor al prójimo. Vio claramente hasta qué punto pueden deshumanizarse los motivos que llevan al hombre a hacer el bien a sus semejantes y sonrió, pensando, quizá, en un San Francisco de Asís y su hermano Lobo. Después, fastidiado, cortó la conversación:

—Ve con cuidado —dijo— y no digas a ninguno de estos hombres y mujeres que les quieres redimir, no sea que te golpeen...

Luego, como ya se ha explicado, anduvieron sin rumbo, pensando cada uno en sus argumentos, hasta que, sin saber por qué, se encontraron frente a una de esas tabernas astrosas que todavía sobreviven en ciertos lugares, entre el olor acre del vino, el humo del tabaco y los gritos de los parroquianos.

Los dos intelectuales, el joven y el que no era tanto, entraron, apenas sin consultarse, en lo que el uno consideraba un antro de perdición y el otro un pasable escaparate del género humano, donde pobres hombres miran a pobres mujeres y, entre todos, se consuelan de no tener un céntimo.

Muy satisfechos de abandonar la oscuridad y el frío otoñales del exterior, se instalaron en un rincón del renegrido mostrador de zinc. Había de todo allí dentro: el tipo mal encarado, con cuentas con la ley, el ratero, el retrasado mental, que rumiaba quién sabe qué extraños pensamientos, el analfabeto... y se parecían en las ambiciones: vivir-como-sea, pero de otro modo. Ser otros o, al menos, creerse mejores.

Comer, gozar... aspiraciones sencillas que se les escapaban entre las copas y las ilusiones truncadas. Sabían ellos y los dos amigos, que un hombre con veinte mil pesetas al mes puede ser más virtuoso que otro con cuatro mil, aun haciendo lo mismo.

Allí estaban jóvenes obreritos que "no pueden casarse". Les falta dinero y educación. Ellos amarían, ¿cómo no?, a una mujer refinada y longilínea, pero ¿y ella? Aquí está el por qué. Su amor tiene que ser a plazo fijo: una vez por semana, los sábados y con desconocidas.

Los intelectuales encuentran, entre tantos, a los cornudos, que se emborrachan porque su mujer se divierte. A los que tienen hijos de origen dudoso. A los que tienen la familia numerosa y la bolsa exhausta. A los alcohólicos impenitentes, a los redomados mentirosos que, una vez, venden un reloj y, otra, duermen al raso.

Uno dice que está propuesto para el Premio Nobel de Química, ¡y es mozo en los almacenes de unos laboratorios!, como otros "amigos" se han preocupado en aclarar. Más allá, un mocetón comenta en broma que "ahora trabaja de arquitecto", sí, porque los albañiles también tienen su corazoncito.

Hay quien reniega de su estrella: "yo fui médico" —dice un hombre viejo, borracho y calvo. ¡Ah! Sus recuerdos están en cuando, siendo soldado, fue destinado al botiquín de su regimiento.

Y los dos intelectuales beben a su salud. Les invitan a menudo porque, quizá la generosidad cuesta menos cuando los bolsillos están semivacíos. Hay también estudiantes muy jóvenes, con acné: han ido allí a olvidar una pena: la chica que hasta ahora les besaba prefiere besar a otro.

Es un bonito lujo éste de sentirse miserable y despreciado durante unas horas. No hay, después, nada que hacer, porque ninguno de los presentes piensa igual: el intelectual no puede explicarse lo que siente y ellos no saben confesarle sus fracasos. Es, quizá, el eterno problema de la soledad que tapa las bocas de los hombres.

La taberna, sin embargo, es un negocio próspero: detrás, en la oscuridad, alguien comercia con los vicios y las desgracias. Alguien, también, se encarga de ir pregonando que los desengaños se curan con vino y que la alegría se adquiere trasnochando: de esta forma son muchos los incautos que vienen por primera vez hasta esta taberna para dejar, junto con su dinero, las pocas ilusiones que les quedaban...

Los dos intelectuales, caldeados con el ambiente, no piensan, sin embargo, lo mismo de lo que ven. El más joven se horroriza de esta miseria que apenas se disimula entre las conversaciones y los vasos de vino, y se avergüenza por aquellos hombres que no saben vivir: es preciso, pues, enseñarles a hacerlo, cambiarles radicalmente hasta que el mundo les acepte.

Mientras, el que no lo es tanto, intenta ver más allá de lo que tiene ante los ojos y se asombra de que, pese a sus calamidades, aquellos individuos conserven, todavía, una apariencia de hombres. A diferencia de su amigo, no siente vergüenza, sino que se maravilla, convencido de que vivir —como sea y donde sea— después de haber fracasado, haber sido rechazado o haberse hundido, es una tarea para la que se precisa algo más que valor o buena disposición. Y se pregunta —también al contrario de su compañero— por lo que ha de hacerse para que ELLOS ACEPTEN el mundo.

—Éste —le dice más tarde al joven— es el problema: ellos también nos rechazan a nosotros y, cuando lo hacen, sus motivos tendrán. ¿Te has parado a pensar que, a lo mejor, nuestra manera de vivir no es tan perfecta como creemos?

Sin embargo es un tema laborioso, porque ni siquiera ellos saben exactamente cómo y por qué viven. De todos modos, hay una diferencia muy grande entre preocuparse por las personas como hace el más viejo, o preocuparse por los rendimientos sociales, como hace el joven, por más que, en ambos casos, se pretenda solucionar un problema: el de las almas por un lado y el de la integración por el otro.

Por fin suena la hora de irse para los dos intelectuales que se sienten reconfortados por el calorcillo humano de la taberna, cuando el más joven corrige a uno de los que charlan con ellos, advirtiéndole que Mesina está en el sur de Italia y no en el norte de Francia... El hombre les ha mirado con ojos furiosos:

—Yo le digo a usted —ha respondido lleno de hermoso valor— que en el norte de Francia hay otra Mesina.

Iba a contestarle adecuadamente el intelectual, recordando la lejana geografía de la escuela, cuando su amigo ha tirado de él y, prácticamente, le ha arrastrado hasta la calle sin permitirle pronunciar palabra. En efecto: era cuestión de dignidad para aquel individuo, antiguo emigrante que, muy pronto, volverá a atravesar las fronteras; y, además, a nadie va a perjudicar la nueva Mesina.

Sobre las frías aceras, regresando ya, dos intelectuales caminan en silencio: uno muy joven y otro que no lo es tanto y que, ahora, tratan de comprender lo sucedido.

Por fin, es el viejo quien habla lentamente.

—¿Te has dado cuenta?

—No —dice el otro—. Ese tipo se ha creído que...

El amigo le interrumpe:

—Para vivir —murmura— conviene, a veces, dejar que haya tantas Mesinas como la imaginación más exaltada permita. Repito: para vivir conviene, a veces, preocuparse del hombre que está debajo de cada despropósito.


Epílogo

Se trataba, en un principio, de epatar burgueses y, sin embargo, ha salido una historieta vulgar de la vida (que no siempre es la más común). Si algún burgués se da por "epatado" (cosa que dudamos) será cosa de capturarle enseguida y meterle en un zoológico como "ejemplar único", y es que nosotros los burgueses, somos los individuos que menos capacidad tenemos para sorprendernos. Yo diría —como el intelectual viejo del cuento— que esto es así porque nos falta (¡ay!) interés hacia nuestros semejantes.


Publicado en el Diario Menorca el 8 de agosto de 1972.

Cuento de amor

La palabra cuento se emplea muchas veces, quizá demasiadas, en el sentido de patraña: esto constituiría un notable insulto si no fuera por la circunstancia especial de que, en ocasiones, todavía significa algo peor: aburrimiento.

Y quien dude de esta afirmación puede (sin compromiso alguno) ir a preguntar a don Armando su historia que, en suma, es demasiado vulgar incluso para ser falsa. La carrera de este hombre comenzó cuando todos le llamaban Armandín y él todavía tenía la deplorable costumbre de ensuciar las sábanas de su cunita; y, luego, con intervalos de tiempo, fue Armandito, Armando a secas, y don Armando, esto último cuando su responsabilidad y autosuficiencia económica quedaron suficientemente demostradas entre sus vecinos.

Naturalmente, para ganarse ese don Armando sonoro y definitivo tuvo, también, que formar un hogar, es decir, casarse y ser un padre de familia, pues es bien sabido que los padres de familia, aparte de votar, pierden esa afición por la jarana que caracteriza a la juventud. Así que don Armando se casó con Asunción como pudo haberlo hecho con María José o con Paquita, aunque este detalle carece de real importancia.

Previamente —eso sí— Armando y Asunción sostuvieron un noviazgo que pretendió ser "la prueba de sus sentimientos", por más que no había sentimiento alguno que probar. Sin embargo aprovecharon su tiempo para hacer un verdadero Cuento de Amor que es, ni más ni menos, aquello que viene a recordarse con nostalgia cuando el hijo mayor termina su bachillerato o la hija sale con el "primer amor".

Armando cortejó a Asunción sin ser otra cosa que un novio correcto y amable, que afirmaba que a ella "jamás le tocaría ni un pelo", frase tópica y típica que, en general, suele manifestar una singular pobreza de espíritu, y esconder una completa realidad: que no existe el interés suficiente ni para molestarse en acariciar el cabello de la mujer.

En todo caso, el noviazgo tiene su liturgia, como cualquier otra costumbre, y ambos la siguieron porque no se les ocurrió ninguna variante original sobre el mismo tema. De manera que, cuando transcurrió el tiempo reglamentario, el turbado Armando murmuró un no menos turbado "te quiero" en los oídos de la muchacha; y Asunción bajó castamente (¿castamente?) los ojos y se ruborizó, de acuerdo con los más antiguos cánones.

—Te quiero, Asunción.

—Yo también, Armando.

He aquí todo, junto con los largos, interminables, paseos por las calles bien iluminadas, al cine de los domingos, donde tímidamente se tomaban de la mano, y las alargadas despedidas en el portal, cuando ambos dudaban entre besarse o, simplemente, volver grupas y salir de estampida. Pero está escrito que el hombre necesita a una mujer, y la mujer a un hombre por lo menos, de manera que bien pronto "las campanas sonaron para ellos" —a decir de ciertos escritores— y el matrimonio quedó verificado y consumado en el plazo de pocas horas.

Y, una vez casados y pasados los primeros transportes de gozo, surgió el primer problema, que también suele ser el último. La cosa es que, una mañana, Armando se levantó más deprimido que de costumbre y, con el primer cigarrillo, se planteó la pregunta: "¿y ahora qué?".

En efecto: las primeras costumbres del noviazgo, los hábitos más cómodos, habían desaparecido. Él era, ya, un marido, un cabeza de familia, sin tiempo, pues, para tener suaves sueños o ilusiones juveniles, hasta la misma Asunción, cuando la sorprendía por la espalda con intención de besarla, le rogaba que tuviese más seriedad, puesto que ellos "ya no eran unos niños", sino adultos conscientes y responsables y, por lo tanto, con la fija obligación de dejar los juegos y aburrirse decentemente.

Si esto fue o no un desengaño para Armando (don Armando desde entonces) es cosa que el narrador no puede asegurar y se supone que tampoco el mismo Armando. En todo caso, él y Asunción dejaron correr el tiempo, y trajeron regularmente al mundo a tres retoños que, "en la pila bautismal (tal como dijeron los gacetilleros de las crónicas de sociedad) recibieron los nombres de los abuelos paterno y materno y el de las abuelas (sí, pues las dos suegras se llamaban igual).

La alegría de tener un hijo, con ser considerable, no dura eternamente, y, además, los hijos hacen lo posible para que así sea y siempre están a vueltas con los pañales mojados, la dentición, los descalabros, los deberes escolares y las preguntas inoportunas. Así que, Armando, descubrió bien pronto que se ABURRÍA, sí, un aburrimiento con letras mayúsculas.

De esta forma comenzó su segunda época, aquella en que, además del trabajo, se aficionó a ir de pesca los sábados por la tarde o a salir de caza los domingo. También se hizo con una tertulia de amigos en el bar y se acostumbró a los pequeños vicios sin los que es fama que un hombre no sabe vivir: las partiditas de dominó, la copita de coñac con el café, el deporte en general y la televisión en particular. Y, además, como los tiempos habían cambiado, supo comprarse una casita a la orilla del mar por más que, a él, el mar y las orillas le daban dentera, como sucede con muchos pescadores de caña.

Sin embargo aún le quedaban momentos libres y eran estos los elegidos por Asunción (un poco más gorda y un mucho más simpática) o para recordar con él los viejos tiempos, estos tiempos, precisamente, que debieran olvidarse para no caer en la tentación de establecer comparaciones y perjudicar el buen humor. Pero, como quiera que Asunción no había llegado aún a esta filosofía, Armando tenía que soportar innumerables "¿te acuerdas de...?" e infinitos "aquella vez, cuando..", mientras su mujer le ponía ante los ojos descoloridas fotografías de su noviazgo, del día de la boda, del banquete, del bautizo de los hijos, de los cumpleaños y etcétera.

¿Qué cosa —se preguntaba Armando— llevaban dentro entonces, que ahora había desaparecido? La juventud seguramente, o seguramente, una ignorancia más suave y comprensiva que la actual. De cualquier forma, aquella había sido su vida y no podían renunciar a ella ni siquiera en nombre de la costumbre de guardar silencio ante el televisor o de tomar sorbiendo la sopa.

Un día, Armando, sorprendido, comprobó que acababa de cumplir cuarenta y tantos años y no consiguió comprender qué había pasado realmente. El creía seguir siendo el mismo, no haber cambiado, por más que las fotografías de antaño diesen a entender otra cosa.

Otro día —esta vez en verano— vio que las piernas de su mujer no eran las mismas piernas, como tampoco sus ojos, ni sus pechos, ni la expresión de su rostro al sonreír, y no supo qué pensar de todo esto... "mientras todo haya sido para bien" —murmuró.

Y para bien fue, que al contemplar a sus hijos se le hacía la boca agua y le brillaba de orgullo la mirada. Los muchachos tenían —claro está— sus defectos, su cara oculta, pero ¿acaso no es asombroso saber que hay tres vidas, tres nuevas historias que han empezado a partir de ti?

No se le ocultaba que esto también sucede con otros animales de rango superior (la mujer, por ejemplo) y que, a lo mejor, es triste vivir una vida exclusivamente para dársela a otros que harán lo mismo a su vez, pero, en todo caso, era una agradable sensación ver a los hijos junto a él y escucharles los descubrimientos que iban haciendo del mundo, como si, en realidad, hubiese en él algo que descubrir.

Además, estos pensamientos no significaban consuelo, sino satisfacción, y él aprovechaba para ponerse en paz consigo mismo y con todos los pequeños recuerdos que, desde luego, "no merecían la pena". Sí, pues ahora era Armando quien repetía incansablemente "¿te acuerdas...?", y su mujer la que sonreía educadamente mientras le explicaba que "aquellas fueron cosas de chiquillos".

Y Armando hubiera conseguido ser enteramente feliz, con la felicidad del hongo o de la almeja, si su hijo mayor no le hubiera planteado una cuestión: estaba enamorado; tenía "una novia" a la que, según él, amaba con todas sus fuerzas, y a fe que debía ser cierto o tener él un vigor harto menguado, ya que había adelgazado como un ciprés desde que le entró el enamoramiento.

—En fin —concluyó el muchacho— que me quiero casar cuanto antes.

—¿Se puede saber por qué? —preguntó don Armando.

Sí, naturalmente que se podía: él, el jovencito, quería tener su propio hogar y sus propias responsabilidades. También —claro— deseaba su propia mujer y unos hijos a los que educar, ya que esta era la ilusión de toda su vida.

Don Armando guardó silencio. Quizá el torbellino de su historia, el noviazgo, la boda, el primer parto, las partidas de dominó y las excursiones de caza, y también, las interminables horas ante el televisor, y el silencio que, a veces, les sorprendía a Asunción y a él. Quizá quiso echarse a reír porque, en el fondo, era cómica tanta repetición y tanta fidelidad a la naturaleza. De cualquier forma, miró a su hijo con cierta compasión:

—El amor —le dijo— es un cuento.

Y no se refería, claro está, a un cuento de hadas ni a uno de exóticas aventuras. Claro que el hijo tuvo que esperar veinte años más para descubrirlo, y, aún así, no quedó decepcionado. Tal es la obstinación del género humano.


Publicado en el Diario Menorca el 15 de agosto de 1972.

La caza

Pedro regresa de la caza con la escopeta al hombro: ha sido un día feliz, siempre acompañado por los crujidos del borrajo bajo sus pies o por los rasponazos de las aulagas sobre las perneras del pantalón. Lleva también junto al pulgar un pinchazo de la zarza, de cuando se detuvo a comer zarzamoras y a dejar pasar el calor insoportable que le agobiaba el cuerpo, y, sin embargo, sonríe mientras silba una vieja marcha de los tiempos del servicio militar, porque la cacería es algo más que una afición para él.

Ahora se detiene y cambia el morral por la percha a la sombra del cabrahígo más próximo: son, en total, seis perdices, dos codornices y tres becadas, algo poco acostumbrado ya por estas tierras cuando se caza solo. Pero, como antes pensaba, hoy era un día especial; incluso a la primera muestra del perro, cuando se levantaron tres perdices, a punto estuvo de conseguir un doblete (el sexto de su vida) y, desde luego, la segunda pieza escapó de ala, soltando plumas...

"Mejor será —concluye— no explicar esto: luego todo es decir que si a los cazadores se nos hacen los dedos huéspedes o que no sabemos pasar sin exagerar un poco."

El setter, a su lado, hunde el hocico entre la caza y respira a gusto los olores de los animales. Se trata de un cariñoso perro, con muy buenos vientos, una verdadera joya que le regaló un amigo francés:

"Usted le hará feliz —había dicho el extranjero—. Yo, en cambio, no sé cazar".

Y así, Zar, el setter, y él, pasaron a formar un magnífico equipo; ambos eran dos apasionados del monte, de pisar y repisar los pajones y patear la fronda, y sólo la oscuridad les alejaba de los cotos, como hoy, que iban ya camino de su coche, gloriosamente cansados y satisfechos, el amo del perro, y el perro, del cazador que le mandaba.

Ahora, a poca distancia ya del camino polvoriento, Pedro echa de nuevo mano al morral y, a paso lento, va rellenando los lugares vacíos de su cartuchera. Luego, un metro antes del coche, elige el plumón más pintado de la perdiz y adorna con él su sombrero sudado: esta es la costumbre de todas las cacerías, y hasta Zar quedaría sorprendido de no contemplarla.

"Bien, muchacho —habla al perro—: dentro de un momento en casita, y la amita nos dará una buena comida, y agua fresca, que falta nos hace."

Zar, nervioso, ladra encaramado al asiento y golpea el parabrisas con su hocico negro y húmedo: esto, naturalmente, forma también parte del ritual, es la despedida final a la jornada de sudor y de heridas.

"Y es —monologa Pedro— que a veces la caza no tiene una explicación muy clara."

Ya en camino hacia la playa donde veranean, Pedro vuelve a pensar en la "amita", en África, su mujer, que, sin duda, vigilará el reloj e irá preparando los entrantes de la cena. "Quizá —se dice Pedro— le fastidia tener que limpiar un par de perdices a esta hora... Nunca se lo he preguntado."

Es más: nunca se le había ocurrido esta idea, y se asombra de ello. Comprende que debió estar más cerca de su mujer, ser más su compañero, para evitar llegar a un momento así, en el que se da cuenta de que son mil las cosas que ignora de África. Por ejemplo: ¿Tiene su mujer un entretenimiento favorito? Por ejemplo: ¿Qué hace durante las cien horas que pasa sola al día? Por ejemplo: ¿Qué piensa cuando él regresa de la caza y habla y habla sin parar de las buenas muestras del perro?

Es agobiante esto. "Una maldita sensación" —lo califica de pronto, y es que está descubriendo que, después de ocho años de matrimonio, vuelven a estar solos. África y él, Pedro, se han olvidado de las mil pequeñeces que tenían entre ellos y éste es el resultado: él no puede imaginarse qué pasa por la cabeza de su mujer. Ni siquiera es capaz de pensar en ella como en un ser distinto de sí mismo, y esto es egoísmo o, peor, indiferencia.

Zar, a su lado, ladra alegremente a una bicicleta que pasa, y provoca la ira de Pedro que, de pronto, siente mucho miedo.

Creyó —he aquí lo malo de las creencias— que su mujer era una muchacha vulgar, medianamente cariñosa y totalmente apática. Cuando se conocieron era distinto, desde luego: en primer lugar, estaban los años de menos, la agitación primera del amor; y, además, entonces ambos se perdonaban los defectos haciendo gala de una encomiable magnanimidad.

Después, el matrimonio cansa y las costumbres acaban por imponerse: se come a horas determinadas y a determinadas horas se hace el amor. Luego vienen las visitas a la familia, el trabajo rutinario, el mercado... un agobio, en suma, un agobio pacífico y solitario que termina con los mejores deseos y aburre.

Y, ahora, en su coche, camino de casa, Pedro se pregunta si África ha renunciado a las aventuras, a la vida distinta que soñó en la adolescencia, o si, por el contrario, tiene también (como él la caza) sus diversiones propias y sus satisfacciones propias.

Y Pedro suda. Y Pedro transpira todo el cansancio acumulado en la jornada.

"Estás haciendo una tonta tempestad" —se dice tratando de serenarse; y, sin embargo, la buena lógica también se le encabrita en el alma y le explica las razones exactas:

"¿Quién —pregunta— se conformaría con:

a) ir a la compra,

b) preparar la comida,

c) fregar los suelos y la vajilla,

d) quedarse solo la mayor parte del día,

e) ser tratado como un mueble más?

¿Q-U-I-É-N?"

Y Pedro sabe que ahí, precisamente, está lo terrible del asunto, lo descabellado. ¿Acaso no se amaban ellos dos cuando se casaron? Sí, pero, ¿qué ha sucedido entonces? ¿Qué se ha hecho de tantas palabras como se dijeron y de tanto afecto? ¿Son los responsable de vivir abandonados? Y, ¡cuántas veces, por la noche, apenas si se dicen "hola" y duermen cada uno sus propias soledades!

Y África, en cambio, nada le exige, nada le recrimina: ríe, por ejemplo, cuando le viene en gana, y, otras veces, le miran con los ojos distintos, más largos, como escapando de su presencia. Eso es todo. Después retira la mesa:

"Ya lo limpiaré mañana."

Y le da un beso y se duerme.

Ahora Pedro quisiera contestarse con sinceridad a esta pregunta: ¿Es posible esto? ¿Es la misma mujer que le empujaba al portal y le abarcaba con sus brazos y le ofrecía su cuerpo entero a cada beso? Y, en todo caso, ¿es él el mismo hombre? ¿Es él, siquiera, un retrato del que hacía quinientos kilómetros cada sábado para ver a su novia?

Sin duda ha habido un singular cambio en ellos. Y, además, no han tenido hijos hasta la fecha. Pedro, entonces, dice confidencialmente a su perro:

"Y las mujeres que no tienen hijos se ponen muy raras. Tú ya sabes..."

Zar asiente pensativo: es un perro cosmopolita y no se asombra de ninguna rareza de su amo.

"Muy raras —repite— muy raras."

Y, aunque no lo confiese aún, son los celos los que le acaban de palpar el alma. Son los celos los que le explican que una mujer hermosa no se conforma con el abandono y la soledad (ni una mujer fea, claro), ni con escuchar las míticas cacerías que su marido le refiere.

Además: ¿No era ella una de las muchachas más solicitadas de la ciudad? ¿No tenía —y tiene— unos hermosos y redondos muslos y un vientre terso y delicado? ¿No era mujer?

El abuelo —un humorista— decía que ser mujer era una mala enfermedad que acababa por contagiar al hombre. Y añadía que sólo las mujeres nacen con el don de tener una excusa para cada falta y una falta para cada excusa (y esto era a causa del entrenamiento de siglos).

El abuelo. Él mismo, Pedro, recordaba muy bien como África había tenido un novio antes que él. Y, también, el caso de la esposa de Ruiz, un pobre tipo, agobiado de trabajo y de facturas, que todavía no se había enterado de que su mujer se entretenía con los socios del casino mientras él abusaba peligrosamente del pluriempleo...

¿Acaso Pedro no trabajaba así? Claro que él era distinto y que tenía más dinero; claro que se permitía el lujo de pasar dos meses del verano en una playa, pero su mujer —ahora estaba seguro— se aburría, y, además, no tenían hijos; por lo tanto él...

Y, a pocos kilómetros de casa, el coche se detuvo dando unos molestos saltos: avería, es decir, retraso, angustia, molestias. Y Pedro ya no podía soportar su incertidumbre y sudaba, mientras las manos le temblaban de furia, al levantar la tapa del motor.

"¿Será el carburador?... He de pedirle explicaciones; que me hable de ella misma y que me lo cuente todo. Soy un tipo comprensivo. Además, podemos empezar de nuevo como si... ¿Qué diablos pasa con este tornillo?... ¡Ah! África me engaña, es evidente para cualquiera. ¿Cómo no se me ocurrió antes? Una mujer en sus circunstancias no puede hacer otra cosa. ¿No son, acaso, criaturas hechas para el amor? Pues, cuando el amor falta en casa, lo van a buscar fuera y santas pascuas. Ya dijo Séneca eso de "mullier, animal impudens"... ¡Porras! Esto será de las bujías. ¡Perder tanto tiempo por una bobada!"

Pero tampoco fueron las bujías, sino el delco, y, cuando Pedro hubo conseguido remendar los destrozos, eran ya las doce de la noche y él se encontraba a punto de perder el poco sentido común que le quedaba.

Su mujer le engañaba —esto era evidente— y, además, sospechaba con quiénes y cuántas veces. Ahora para él lo problemático era la hora: seguramente África, al ver su tardanza, habría imaginado que hacía noche en algún parador y estaría, en estos momentos, refocilándose con su amante de turno.

Rojo, pues, como la grana, temblando, se puso en marcha de nuevo y en media hora estuvo frente a su casa:

"Y ahora..." —decía acariciando la escopeta con mano lúgubre...

Todo, sin embargo, estaba a oscuras, y esto hacía, sin duda, presagiar que su hipótesis era correcta. Pensando así, Pedro sonrió: se sentía agotado, herido en mil lugares distintos y dispuesto a caer al suelo y llorar; sin embargo, supo subir toda la escalerilla en silencio y en silencio colocar los dos cartuchos del arma.

Abrió: oscuridad; ni un ruido. La cocina, en orden, y, sobre el comedor, un plato con fiambres. Luego, con la escopeta lista para encararse al dormitorio, y allí... allí dormía plácidamente África, que se cansó de esperar a su imaginativo marido.

Pedro rejuveneció: el mundo volvió a venirle holgado y el aire se tornó más fresco y más aromático. Deshizo el arma y, al acercarse a su mujer, quiso oler sus cabellos: ¡Ah! ¡Delicia pura! Y, ella misma, era una maravilla, todavía con su carita de niña y sus labios fruncidos. Y, así, la besó...

"¡África, África!"

"¿Eres tú? ¿Por qué me despiertas? ¿Sabes la hora que es?"

Ella, en efecto, no parecía nada dispuesta a las caricias de medianoche, pero Pedro, colorado, feliz, ya gritaba en aquellos momentos:

"¡Seis perdices! ¡Mira! ¡Y tres becadas! ¡Fíjate qué preciosidades! En una ocasión, cuando Zar me hizo una muestra perfecta, por poco consigo un doblete. Yo apostaría..."

La vida era, pues, maravillosa para Pedro, que había descubierto que África y él eran los mismos infelices de siempre.


Publicado en el Diario Menorca el 22 de agosto de 1972.

El beso

Creo que se puede explicar claramente. Existe una acción y son dos protagonistas los que la comparten. Naturalmente, también hay un lugar y una situación anterior y posterior.

Esto bastaría para aclarar de qué se trata: dos que se besan. Una pareja como las que se pueden ver en los parques, en un rincón oscuro de un "Night-Club", o en lo profundo de una playa a la hora del ocaso. Dos sobre los que no hay que poner atención ninguna por costumbre o por educación, según se quiera.

Ahora, como escritor, debo buscar una definición apropiada y brillante. ¿Qué es el beso? Algo más que una caricia. Un intento de apoderarse del alma del ser amado. Un encuentro de ilusiones y un poco de olvido para todos...

En fin: en este aspecto soy un fracaso, y el beso, por esta vez, va a quedar sin ser definido, aunque, por pundonor, voy a recurrir a una encuesta: tomo desde mi escritorio el teléfono y llamo a Pedro:

—¿Oye? Soy Arturo, Pedro: ¿quieres decirme qué es el beso?

No he reparado en la hora, de madrugada, y Pedro dice unas cuantas insensateces antes de hacerse cargo de la realidad. También está acostumbrado a mi falta de oportunidad y por eso contesta:

—Una porquería —y es que ha cenado abundantemente y toda referencia al amor le produce ardor de estómago.

Sin desfallecer, hago mi segunda llamada: es Luis quien responde, un viejo compañero de cuando el servicio en la Armada:

—El beso es el sobrante de ambición que se regala —Luis es un psicólogo. Un psicólogo oscuro y certero que comprende hacia donde apunta el subconsciente.

Le toca el turno a Rafael, el buen hombre que sueña en el coche que va a comprarse:

—Hombre... un beso es algo así como... —lo piensa un poco más— Es la esperanza que no necesita manifestarse con palabras.

Puedo hacer un último intento. Desde la ventana de mi despacho veo a la pareja de enamorados: pueden esperar hasta que yo haya conseguido mis definiciones. Llamo a Antonio, que acaba de regresa a su casa: esta noche ha sido la de los vasos bien colmados y se encuentra de un humor excelente.

—Un beso, ¿eh? —medita, chascando la lengua, hasta que consigue cazar un pensamiento.— Es entregar sin que te pese y recibir sin que te duela.

No puedo seguir con la investigación bajo el peligro de que mis restantes amigos asalten la casa.

Tenemos pues, señor lector, a los protagonistas (él, ella), la acción (se besan), el lugar (junto a mi casa) y la situación (de madrugada y con amor). Luego, ÉL Y ELLA SE BESAN JUNTO A MI CASA DE MADRUGADA Y ESTÁN ENAMORADOS. Pero ésta no sería una historia todavía si no personalizásemos y diésemos vida a cada uno de los amantes.

Y les chisto hasta que deciden prestarme atención.

—¿Quieren entrar un momento en mi casa?

Hay entonces algunos forcejeos dialécticos y, al fin, para terminar cuanto antes deciden hacerme caso y los tengo sentados junto a mí: les enseño todo lo que llevo escrito y el individuo me contempla con el ceño fruncido:

—Bien: ¿y qué quiere decir esto?

Sonrío: es una pregunta natural en estas circunstancias, y por eso le paso un papel, éste, en el que va escrito:


a) ¿Por qué se besan? A elegir:

—Por amor.
—Por deseo.
—Por lascivia.
—Por aburrimiento.
—Porque no pueden hacer otra cosa.


b) ¿Qué es un beso? A elegir:

—Una caricia.
—Una porquería.
—Una parodia.
—Una entrega.
—Una comunión.
—Una esperanza.

c) ¿Cuál es la utilidad marginal del último beso (el de la despedida) en relación con el primero (el del encuentro)? (Piénselo antes de contestar)

..........................


El enamorado se vigila: comprendo que tiene dudas acerca de mi estado mental, pero eso también es lógico. Les explico entonces que soy escritor y que debo componer una historia con su beso.

—¿No puede ser con otro?

—No, no: ha de ser el suyo forzosamente.

Coincidimos en que esta es una rara forma de hacer literatura y que simple y llanamente les estoy haciendo la pascua; pero yo no me veo dispuesto a ceder así como así y les ruego que se expliquen.

Al fin se aclara el asunto: él, que se llama Felipe, es un estudiante en sexto año de medicina. Está, además, dispuesto a ejercer tan deplorable carrera en cuanto se haya especializado como cirujano. Ella es una muchacha de buena familia (lo cual es, quizá, decir demasiado) que trabaja en una agencia de viajes y vive por su cuenta con otras dos amigas.

Ambos se conocieron por casualidad en Ondárroa y no quieren convencerse de que es tan común que la gente se conozca en Ondárroa como en Almendralejo, pero, sobre esto, el amor tiene sus propias opiniones.

Pase a sus gustos y aficiones y consigo la siguiente lista:


Felipe:

—Me gustan los perros y las mujeres (por este orden).
—Admiro a los Primitivos Flamencos y, en general, a todos los primitivos.
—Tengo gustos muy concretos en cuanto a cocina: soporto maravillosamente los callos a la madrileña, mientras que la fabada me indispone con el mundo.
—Leo a menudo: Slaughter es mi preferido en novela y Marías como filósofo.
—Mis deportes son la natación y el balonmano.
—Sueño en formar un hogar y en tener muchos hijos. Quisiera evitarles a ellos todos los malos tragos de la vida.


Isabel (así se llama ella)

—Me gustan los perros y los gatos (en este orden).
—Me encanta montar a caballo.
—No sé mucho de arte, pero Renoir es maravilloso.
—Cualquier comida me va bien pero sin picante y sin muchas especies.
—Leo lo suficiente: mi escritor predilecto es Cervantes.
—Me gusta mi trabajo, pero lo dejaré cuando me case.


En fin: ellos no lo saben pero son personas vulgares, como usted, lector, como yo, y como todo aquel que ha nacido cuando el hombre lleva quinientos u ochocientos milenios imaginándose colosal.

A todo esto hemos llegado con la simple mención de un beso. A esto y a más, porque, como buen escritor, estoy dispuesto a "hacerme el artículo". Cojo de mi escritorio otro papel, esta vez impreso, y se lo entrego al joven con una sonrisa.

—Elija —digo—: esto es bueno para su situación.


Catálogo

Los presentes artículos gozan de una rebaja del 10 por 100 hasta el mes de octubre.


Narraciones

Sobre el primer amor 100 ptas.
El encuentro 100 ptas.
El servicio militar 100 ptas.
La vida cotidiana 100 ptas.
El matrimonio (para recién casados y prometidos) 100 ptas.
El matrimonio (para casados) 150 ptas.
El primer hijo 100 ptas.
La despedida 100 ptas.
La noche de bodas (solteros) 180 ptas.
Relatos picantes 130 ptas.
Pornografía surtida 200 ptas

Nota: el cliente puede, si lo desea, dar sus datos personales y su historia a fin de ser el protagonista del cuento (procuramos que salgan favorecidos).


Poesía

Romántica (adolescentes) 80 ptas.
Cotidiana 80 ptas.
Profunda (estudiantes) 80 ptas.
Festiva 80 ptas.
Básica 80 ptas.
Lírica (señoritas, novias) 80 ptas.
Realistas (matrimonios, estudiantes, bodas de plata) 80 ptas.
Social (curas) 80 ptas.
Patriótica (adolescentes y clases de tropa) 80 ptas.
Religiosa (pedagogos) 80 ptas.
Paradójica 80 ptas.
Picante 80 ptas.
Excitante 80 ptas.
Pornográfica (surtida) 80 ptas.

Nota: cada entrega consta de veinticinco a treinta poemas cuidadosamente escogidos según los datos del cliente.


Surtido de frases ingeniosas

Para el amor
Para el trabajo (indíquese la profesión)
Para el deporte
El tapeo
El cine
Sarcasmos
Paradojas
Retruécanos
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El enamorado vuelve a vigilarme con atención: en efecto, yo no le parezco peligroso pero él preferiría estar preparado. Por otro lado, la noche mengua y no es tan bruto como para continuar con sus besos y sus arrumacos en mi presencia, de modo que pretenden marcharse.

—¿No va a comprar usted nada?

Quise demostrarle que, recitando alguna de mis poesías en un oído femenino, la seducción estaba garantizada: hay versiones bilingües, con amplias anotaciones a pie de texto e incluso expresiones de amor garantizadas, capaces de fundir el hielo femenino más recalcitrante.

—No, no: apenas si esto nos interesa.

¡En fin! ¿Qué puedo hacer yo contra este singular odio al arte? La literatura, aún en la sociedad de consumo, se llevará siempre la peor parte.

Por lo demás, ellos están enamorados y por eso desean una soledad (que, de casados, les va a pesar más que el plomo). No hay, pues, más solución que recurrir al último de mis negocios.

Ellos aceptan encantados. El hombre me sonríe como a un cómplice y la muchacha baja los ojos intentando aparentar rubor. Son, en total, cuarenta duros los que me embolso mientras la noche palidece por levante y son, también, en total, cuarenta los fracasos que llevo en el campo de la literatura comercial.

Les indico, ahora mismo, las escaleras y les entrego una llave diminuta:

—La dieciocho —digo—. No se confunda.

Él gruñe enronquecido y ambos desaparecen sin hacer ruido. Y es que resulta que yo, además de escritor, alquilo habitaciones a aquellos que pretenden pasar desapercibidos, y más si son enamorados.

Antes de terminar de escribir me dan ganas de telefonear de nuevo a mi amigo Pedro y preguntarle porqué exactamente cree él que los besos son una porquería.

Por fin lo dejo estar y, mientras fumo mi último cigarrillo, guardo las doscientas pesetas en mi secreter y escribo, con un bonito trazo, la palabra clave:

FIN


Publicado en el Diario Menorca el 29 de agosto de 1972.

El tonto

El tonto del pueblo, un nadilla en el que la naturaleza había demostrado toda su flagrante estupidez, hacía años que dejara de ser un muchacho y, con ello, su última y escasa belleza (la de la piel suave y el cutis lampiño) se esfumó para siempre.

El tonto del pueblo acostumbraba a pasear sin rumbo por las calles torcidas y por las calles rectas interrogando con sus ojos de pez los escaparates y los andares de las buenas mozas, y pidiendo, en ocasiones, un pitillo al primer conocido que veía, o una copichuela en los bares de benevolentes dueños.

El espectáculo de su indolente y serena estolidez era, pues, la costumbre de aquel pueblo (o ciudad) hasta el punto que ya no se reparaba en él, habitualmente una sombra más, itinerante; un motivo ornamental a caballo entre el tipismo y la pobreza y, desde luego, una molestia en las ocasiones en que se aventuraba a pedir algo aquel hombrecito enteco de ojos como de buey y andar despreocupado.

Vivía, por uno de esos milagros burocráticos, en su propia casa, donde antes hubo una mujer vieja y algo pariente y nada más que soledad ahora. Una vecina, por caridad, le pasaba las sobras de sus comidas y, con eso y con los mendrugos que le daban en determinados cafés, se iba apañando tan ricamente e incluso recogía el suficiente dinero para adobarse el cuerpo con vino grueso a cambio de algunos recadillos sin importancia.

Así era nuestro tonto, capaz de medrar en este tiempo donde no mama quien no llora, y donde no se llena los carrillos quien no ofrece ocho horas de su día a tal o cual sociedad anónima. Él, sin embargo, repetía estos consecutivos milagros parapetado en su sonrisa desleída y en sus ojos quietos y pálidos, que mismamente parecía nde plástico.

Cuando el invierno apretaba y el frío era demasiado para sus escasas ropas, se arrimaba a las puertas de las tabernas y, alzando el débil cuello caballuno, venteaba el vinillo agrio que corría por el mostrador y reía, palmeando las canciones que allí sonaban, en un afán de congregarse con el público y conseguir un vasito mediado y un lugar bien cerca de la estufa.

La primavera, al llegar, significaba una parcial liberación de sus costumbres, y el buen tonto del pueblo merodeaba entonces por las orillas del mar o entre los chopos de la alameda, y, más satisfecho y sin problemas a la vista, se tornaba comunicativo hasta el punto de repetir sus historias a cualquier quisque, y al faltarle el auditorio, a la brizna de yerba que despuntaba o a los primeros brotes de color pastel, como botones tiernos, con que se enjaezaban las acacias.

—Verás —decía—: hay algo que se puede hacer y algo que no se puede hacer...

Al llegar a este punto perdía invariablemente el hilo y suspiraba ruidosamente sin que por ello se alteraran sus enormes, profundos, ojos de plástico.

—La gente —añadía, agitando la crin turbia— no lo sabe, pero algún día...

Luego, como le vinieron, se le iban las ganas de cháchara y volvía a sus hábitos del banco soleado en la plaza o de la esquina del cine, donde entre los comentarios de la gente, se enteraba mal que bien de lo que explicaban las películas y, también, fumaba a la salud de unos y otros y pedía débilmente una perra o algún puñadito de cerillas.

Su historia real no la contaba; era, ciertamente, un misterio: años atrás había aparecido o, mejor, brotado como un hongo, y allí continuó: sus padres, por lo visto, no eran de aquel pueblo y la vieja medio pariente con la que vivió no había sido más explícita. A pesar de esto la gente se hizo a él y dejó de repararle, y hasta pasaba, ya, como uno más del censo sin que él, por su parte, hubiera hecho algo para merecerlo.

Tendría, bajo sus alborotados cabellos, algo más de treinta años y algo menos de cincuenta, bien aderezados con sus sonrisas y el gesto maquinal de hurgarse las junturas de los labios, lo que, en ocasiones, le daba un cierto aire de artista pensativo o de caminante que medita a la orilla de un sendero cualquiera.

Y, sin embargo, era tonto, pues solo los tontos y algunos artistas de poco pelo andan metidos en la soledad sin perder el poco seso con que Dios les adornó. Y el nuestro, el de los ojos de plástico y la sonrisa difuminada, no era una excepción en este asunto, tanto más cuanto que los ciudadanos acostumbraban a desentenderse de él y de las confusas razones que daba en su conversación.

Por entonces vino la guerra y, con ella, la escasez tanto de alimentos como de buen humor, y él fue uno de los primeros en sufrir sus espantosos efectos, que nadie regalaba sin ton ni son las sobras de los yantares, ni sentía interés por los empecinados borricos como él. Y la guerra trajo los bombardeos, y los bombardeos, las ruinas, y, éstas últimas, la de la casa del tonto que, entonces, quedo a la intemperie, prácticamente desnudo y con la gazuza de su estómago en franco aumento.

Y pensó. No debiera haberlo hecho jamás, pero pensó en el empeño de llegar a una solución aceptable y, así, un buen día se vino a donde los milicianos y habló con ellos:

—Quiero ser uno de los vuestros —les dijo.

Aquellos hombrones, vestidos con el abigarramiento de prendas militares que les era característico, se sorprendieron de sus deseos y acabaron por reír a gusto y tomarle la palabra:

—¿De los nuestros? ¡Claro, hombre! Tipos como tú siempre hacen falta.

Si el tonto les creyó o no, es un misterio que nadie se molestó en desvelar; lo cierto es que le dieron un gorro y un mono, y un fusil, y, además, le admitieron en el rancho, con lo que el problema más urgente de aquel nadilla quedó resuelto. Y él, en justa compensación, se colgó brillantes insignias del pecho y se pavoneó por las calles sacando mucho el escuálido vientre e irguiendo la caballuna cabeza.

Los ciudadanos, que antes no reparan en él, ahora le hicieron blanco de sus miradas y, también, de sus críticas: el hecho de vestir como los que requisaban el oro y los alimentos era más que suficiente, y nadie pensaba ya en que era tonto, sino, más bien, que se trataba de un aprovechado que, al final, había sacado a relucir sus malos instintos.

Y, por otra parte, su vida con los milicianos no era mucho mejor: comía, sí, y dormía abrigado, pero, a cambio, se había convertido en el bufón del cuartel, donde debía soportar burla tras burla sin inmutar su sonrisa y recibir pescozones y patadas de todos los calibres y sabores.

Su resistencia, con ser mucha, tuvo un límite y al cabo de un año se insubordinó:

—Vosotros —dijo— os reís de mí y me pegáis.

La respuesta fue un sonoro bofetón que le estamparon en el rostro y la risa salvaje de todos ellos:

—¿Oís al tonto? ¡No está bien que nos burlemos de él!

Y, desde entonces, le hicieron bailar más a menudo y limpiar las letrinas, porque cuando el hombre pierde la caridad suele perder el respeto por si mismo y lo paga con sus semejantes que, en resumidas cuantas, nada tienen que ver. El tonto era el más débil y era de ley que, por lo tanto, fuera el más desgraciado, pues sus compañeros de armas le sobaban los cueros al menor descuido y los que antes fueron sus indiferentes convecinos le odiaban ahora a causa de su uniforme. Y él, que adivinaba de lejos su situación, no tenía más remedio que agachar las orejas y cumplir, aunque luego se perdiera entre cualquier montón de cascotes y llorará con sus enormes ojos claros y estáticos.

Dejó, naturalmente, de quejarse, y su sonrisilla se convirtió en una mueca que intentaba ser feroz y se le volvía cómica en la cara. No tenía la culpa de todo aquello: es más, ni siquiera había empezado una guerra que no comprendía bien. Él solamente quiso comer y dormir al resguardo, cosas que todos hacen, cosas a las que tenía derecho según los políticos y las buenas gentes, y, sin embargo, le censuraban su relativo bienestar y no le perdonaban su uniforme, como tampoco antes le perdonaron su falta de luces.

Esto, el odio de los demás, era demasiado oscuro para él, que no sabía nada de la sana costumbre de elegir las víctimas entre los más desamparados (precisamente por motivos de salud), y, entre las risas y los desplantes, se le puso el alma de la misma consistencia que la bilis y, por más que los tontos son solo capaces de sentimientos muy primarios y débiles, a él se le ennegreció la entraña y, de solitario forzado que fue, se convirtió en solitario por gusto, y todo el día se le iba entre esconderse de la gente, llorar y soñar que alguna vez las cosas terminarían como habían empezado: en nada.

Con esto y lo demás, la guerra empezó a desmoronarse y a correr aires de regocijo entre los vecinos que, aparte de sus determinadas ideas políticas, tenían una mejora definida: no perder el cuello porque se le antojase a otros, y dejarse de tanto bullicio y tanto miedo, que las guerras solo son buenas para abrir apetitos de la paz o, al menos, para despertarlos.

Unos, los más bravos, se fueron hasta el frente a pegar los últimos disparos. Otros, los más astutos, se hicieron amigos de los que antes habían sido cabecillas de las ideas contrarias. Y, los más, como el tonto, permanecieron indiferentes a los colores que iba tomando la situación, porque ni les iba ni les venía el mundo por el que los demás dejaban la piel o traicionaban.

El último estallido coincidió con las prisas y con las carreras: los que tenían sangre sobre su cabeza (y entre los huecos de los dedos) desaparecieron en un santiamén y quedaron confundidos entre las buenas personas, que los lobos siempre han tenido grandes facultades para pasar por corderos. Los que habían hecho el agosto con sus rapiñas, huyeron o se buscaron buenos amigos, gente honrada que atestiguaría su bondad a cambio de una parte del botín. Y, de esta guisa, apenas sí quedaron algunos infelices que imaginaban no tener nada que temer, y algunos locos, con el corazón bien puesto, listos para llevar a las últimas consecuencias sus ideas, como han hecho siempre los hombres que solo tienen dos o tres, pero bien definidas.

Y el tonto se quedó (ya que además, no hubiera sabido huir), y se quedó desamparado, con las manos más callosas y la poca alma de su cuerpo más desesperada porque, realmente el mundo no había sido caritativo con él. Con sus enormes plácidos ojos de plástico, se volvía al horizonte, hacia donde gruñían los más fieros cañones, y esperaba, consumiendo los últimos pitillos y limpiando (la fuerza de la costumbre de tres años) el cañón de su mosquetón, por otra parte sin balas.

Los vecinos hacían lo posible para malinterpretar su gesto:

—Miradle —decían— todavía prepara el arma. Es un criminal. ¿Cómo pudimos creerle tonto?

Y vino la liberación: las liberaciones suelen traer dos cosas en gran cantidad: alegrías y penas, que, mientras unos se creen vencedores sin haber hecho chascar el fusil una sola vez, otros se consideran vencidos después de haber permanecido emboscados durante años sin fuerzas siquiera para dominar su canguelo. Hay, por último, el tercer grupo, el de los derrotados (que no vencidos) y estos son los que llenan las cárceles y esperan la condena de prisión o un buen tiro en la mitad del cuerpo que, a fin de cuentas, es la manera más sencilla para acabar dignamente.

Las liberaciones... y las denuncias por donde la gente destila los malos humores y la bilis; los vecinos que se acusan mutuamente (porque se envidian un pedazo de jardín), los parientes que desconfían, los débiles que temen... Y como el más débil era el tonto, y como el tonto, a fuerza de serlo, ni pensaba en defenderse ni recordaba cómo hacerlo, fue la víctima ideal.

Cierto que él jamás participó en las requisas, ni en los fusilamientos, ni en las batallas: no podría; pero cierto también que a nadie le importaba un ardite su suerte y que, por lo tanto, deseaban hacerle pagar los sufrimientos que cada uno se había buscado: no hay mejor víctima que el inocente; satisface a todos, incluso a los culpables.

Y, así, el tonto fue a dar con sus huesos en la cárcel y sobre él se amontonaron las denuncias y los crímenes: era preciso exonerar a muchos, y alguien debía cargar con sus culpas, el tonto. Era preciso vengar a muchos, y alguien debía ser el responsable, el tonto. Era preciso olvidar, y alguien debía ser el recuerdo que se odia por su imagen, el tonto que tantas veces paseó sacando su pecho reducido y levantando su cabeza de caballo viejo.

Los jueces se preguntaron cómo un hombre tan poquita cosa había podido cometer tantos desmanes: era la piedad del guerrero, que siempre es sensible a esta sensación; pero la piedad de los otros, los emboscados, los oprimidos, no era tan fácil de conseguir, y, así, el tonto asistió a un juicio del que no comprendió más que se exigía su sangre.

—Yo —dijo— quería comer.

Un oficial, entonces, habló de los hombres malvados capaces de vender a sus amigos y a la patria por un mendrugo.

—Yo —repitió— quería comer. No quería vender: no tenía nada para hacerlo.

Pero fue al paredón.

Mientras aguardaba su turno, vio caer a otros grupos, y oyó como algunos gritaban algo antes de morir. Consideró que esto era lo usual, y, cuando tuvo las bocas de fuego frente a él, mirándole fríamente, gritó:

—¡Viva España!

Un momento después estaba muerto, y el oficial que mandaba el pelotón hizo su epitafio:

—Ese desgraciado no sabía con qué bando estaba.

Pero algo se salió ganando: en aquella ciudad ya no tenían tonto pedigüeño, y esto es un progreso que demuestra el aumento de la cultura de un pueblo.


Publicado en el Diario Menorca el 5 de septiembre de 1972.

Es Gorg d'Albranca

Leyenda moruna


La nuestra, Menorca, es una tierra de amplias resonancias islámicas que dejaron, además de puntos esenciales en nuestro carácter, bellas leyendas que nosotros conservamos.

Una de ellas es esta de Es Gorg d'Albranca, que nos ha llegado, quizá, un poco transformada en lo que se refiere a su valor primitivo.

Examinándola detenidamente nos damos cuenta de lo extraño de la actitud de un padre, el Rey Moro de Ses Coves Gardes, que arroja a la Hoya del torrente a su hija "casadera". Aquellos que son padres y, más aún, aquellos que tienen hijas casaderas que les piden dinero "para esto" o "para lo otro", que les aburren con las descripciones detalladas de "lo que llevaba Puri" o "el coche tan fantástico que se ha comprado Gabriel (Biel)", comprenderán muy bien lo lógico de un padre que no permita casarse a su hija. Otros lectores, impuestos en la sociedad y la cultura islámica de aquellos siglos, observarán otra contradicción todavía más chocante: su significación económica.

"Para un padre moro (al contrario que ahora) tener una hija era un interesante negocio de compraventa, muy semejante al de un tratante. Desde su nacimiento hasta los trece años (a veces también antes) las moritas se encargaban de arreglar la casa, cocinar, lavar los platos y demás asuntos femeninos solo en las horas libres que les dejaban las faenas del campo, donde trabajaban como uno (o una) más. Esto hacía que amortizasen con creces lo que se comían y los sacos con los que tapaban su cuerpo. Llegados a la pubertad, su padre les regalaba un velo y las llevaba, cuidadosamente envueltas, de visita a la casa de un vecino. Allí se ultimaban las conversaciones y se firmaba el contrato, pues es sabido que los vecinos no se cansaban nunca de contraer matrimonio".

"Y tenían razón: como compraban el género sin verlo realmente, se pasaban la vida descorriendo velos femeninos por si les salia, de una vez, una esposa hermosa (como el asunto de los sobrecitos de cromos de la segunda mitad del siglo XX). El padre oferente y el marido demandante se ponían de acuerdo sobre el precio justo y la muchacha se permutaba por una determinada cantidad de trigo, una parcela o, en casos excepcionales, por algunas monedas o un camello". (texto íntegro del libro: "Los Cuerpos de la Luna del Califato de los Moros Abásidas", del historiador contemporáneo Alay-ben-Abib).

Hemos visto, pues, el valor económico que tenía una hija en el momento del matrimonio, cosa que no concuerda en absoluto con los hechos que se pretenden imputar al Moro de Ses Coves Gardes.

Mediante una laboriosa reconstrucción, consultando con sabios islamistas, creemos haber dado con el misterio que encierra la leyenda. Misterio, además, cuidadosamente guardado por el padre de la citada muchacha. Lo desagradable es que hemos llegado a dos únicas conclusiones, diametralmente opuestas.


Primera versión de "Es Gorg d'Albranca"

(texto actualizado)


La casa era rica, como correspondía a un moro de su categoría y calidad; pero aquella riqueza no había conseguido alejar de él las guerrillas familiares.

Se sentía viejo, aunque no lo bastante para prescindir de su harem. Viejo, sobre todo, por el cansancio de una vida sedentaria y una tripita rolliza que le iba aproximando peligrosamente a la obesidad.

Hubo un tiempo en que fue esbelto y duro, pero con los años, no sólo aflojaron sus músculos sino que debilitaron su carácter, ocasión ampliamente aprovechada por las mujeres de su casa para subirse (como vulgarmente se dice entre los viñadores escitas) a la parra. Y lo hicieron con tal decisión y arrojo que el moro llevaba viviendo los últimos años en un mar agitado por el más violento feminismo.

Pero ahora no se trataba, ya, de que sus esposas pretendieran tener voto en las elecciones de almojarifes, sino de su hija única, la bella Zara, a quien Alá había concedido el más endemoniado de los temperamentos.

Precisamente hoy la niña estaba en vena y el padre llevaba un par de horas aguantando pacientemente.

—¿Has visto —decía exaltada— cómo Zoraida hace la corte indecentemente al tonto de Abú? Te digo que ésa lo que va buscando es pescarle, porque Abú es idiota, pero no se puede negar que sabe vestirse y que es rico. Aunque, claro, Ahmed tiene mejor facha y, además, es un principal de Kaid de Sent-Agayz... Quisiera saber por qué Zoraida no le persigue a él.

El moro asentía comprensivo:

—¿Te gusta Abú, verdad?

—¿Abú? ¿A mí? —y recalcó ese "mí" como si su garganta fuese una sirena—. Es demasiado bajo. La única que tiene mal gusto es Zoraida. Me gustaría que hubieses visto que pendientes se puso ayer: grandes como huevos de paloma, cargados de piedras, porque siempre quiere hacer ostentación del dinero de su padre, que es tonto por consentirla tanto.

Y el Moro volvía a sonreír beatíficamente:

—Me parece que debe ser otra pieza de museo como yo.

—Mañana —añadió en voz alta— te compraré los pendientes más hermosos que encuentre en Medina.

—¿Pendientes? —Zara volvía a la carga—. ¿Y para qué los quiero yo? No necesito adornos para ser hermosa, no como alguna que yo me sé. Después de tanto tiempo, deberías conocerme mejor, pero, claro, como siempre te has preocupado tan poco de mí... Los hombres hacéis siempre lo mismo: venga a relamerse mirando a las que traen los barcos mientras la familia queda abandonada, sin que ni siquiera penséis en ella.

El Buen Moro se inquieta ligeramente:

—Oye, hija: eso no va a conmigo. Tú sabes que...

—Precisamente porque sé: me han dicho que, la semana pasada, estabas en el mercado del puerto contemplando, con ojos de joven, las nuevas esclavas venidas de África. Compraste una, que no sé dónde tendrás escondida, porque bien que la he buscado yo.

El Moro se atraganta y, con tono desabrido, cambia de conversación:

—¿Cuándo te vas a casar, niña?

Espera anhelante una respuesta que no llega: por eso trata de influir en la joven:

—¿Es que no te gusta Abú? No, no digas nada: Ahmed es el que ha encargado tu corazón... ¿Tampoco? ¡Ya sé! Es Omar tu dueño, un gran chico: mil prendas y mil virtudes le adornan.

Para Zara, súbitamente triste, guarda un silencio que presagia llanto.

—Dime a quién amas.

El padre desea casarla por todos los medios. Estaría dispuesto a darla gratis si fuera preciso, solo si lo fuera.

Ella, por fin, coge la pataleta y se queja atropelladamente:

—¡Oh, papá! Estoy enamorada de Abdul; le amo más que a mi vida y sólo sé ver el mundo a través de sus ojos. Soy tan desdichada que...

—Pero hija: Abdul no se casará contigo. Recuerda que tiene casi setenta años y quince esposas jóvenes que van a acabar con él.

—¿Y crees que no lo sé? —estalla de mal humor la niña—. Pero la edad no importa cuando el amor es puro.

Llora un poco y su padre cree desmayarse cuando oye estas palabras:

—Ya lo he decidido: ¡no me casaré nunca!

Aquella misma noche el Buen Moro metía a su hija en un baúl y la arrojaba a la hoya del barranco de Albranca. Sí, era una pérdida económica y otra, mayor aún, sentimental, pero el Moro se había jurado llegar a viejo de una forma u otra.


Segunda versión de Es Gorg d'Albranca

(texto modernizado)


El Buen Moro, después de dieciséis años, ya estaba acostumbrado a su hija: era fruto de un parto desafortunado y de una gestación más triste todavía. La niña era prognata, provista de una nuca inverosímilmente lanzada hacia atrás, que ni el mismo cabello crespo acertaba a disimular.

Moderadamente zamba; descorazonadoramente plana en todo el cuerpo y desprovista de cualquier orografía femenina digna de ser tenida en cuenta.

El rostro, plagado de barrillos, era monocorde con una expresión, por cierto, que era de continuo asombro.

Pasando por encima de sus ojos saltones, la última prenda de la apreciable niña era, sin duda, su maravillosa capacidad para continuar, a los dieciséis años, tan virgen de ideas como cuando nació. En una palabra: era rematadamente tonta, con una estupidez machacona e insistente que, ni por un momento, trataba de disimular.

Vivía enclaustrada a perpetuidad y, las contadas veces que pisó la calle, cuidadosamente envuelta entre telas y velos, fue solamente para adquirir extrañas costumbres. En la intimidad de la casa gustaba de repetir los gestos del camello, cruzando y descruzando sus propios labios, hasta conseguir la más repulsiva animalidad. Asimismo, imitaba el relincho del caballo y, como obra maestra de su arte, el rebuzno amoroso del asno salía de sus fauces, desencajadas en un intento de conseguir la espiritualidad que le estaba vedada por métodos normales.

Ni que decir tiene que el padre acariciaba una sola ilusión: casarla con alguien lo suficientemente soñador como para no reparar en los defectos de su hija hasta que fuera demasiado tarde.

Por ello andaba continuamente por las calles de la Medina haciéndose lenguas de su hija, a la que comparaba con las más santas y puras mujeres de la antigüedad.

—Es —decía— la misma alegría encarnada en la juventud. Ni el lirio más esbelto tendría un aire tan juncal como el de ella.

Aunque, por dentro, sabía que Zara solo podría compararse a un junco.

—¿Es bella? —le preguntaban.

Y el pobre quedaba en silencio unos segundos, espantado por la magnitud de la mentira que se le exigía. Y, como quedaba en él algo de integridad, optaba por las frases ambiguas:

—Será la mayor sorpresa para el esposo amante que la consiga.

Con lo cual no mentía en absoluto: estaba seguro de que la sorpresa sería mayúscula. Ahora bien, si los demás interpretaban de otro modo sus palabras, él no era responsable de ello.

Tanto porfió la virtud y el carácter débil de su hija, que pronto hubo un joven cándido, inflamado de amor, que estuvo dispuesto a desposarla. Los demás, sospechando que habría alguna relación entre las palabras elogiosas del padre y el hecho de no haber visto jamás a la hija, se abstuvieron en bloque de interesarse por ella.

Los amores de Zara con el muchacho bodoque tuvieron que discurrir entre las condicciones impuestas por el padre para que, según dijo, "la virtud de su angelical niña no sufriera lo más mínimo".

El astuto padre obligó a que las conversaciones transcurrieran a través de una reja y ordenó a su hija que no dijera más que "sí" en todas las entrevistas. Y ésas se desarrollaban de la siguiente guisa:

Al pie de la ventana el enamorado galán contemplaba el bulto informe de ropas que suponía era su novia, y se dejaba transportar por su corazón inflamado:

—Bella Zara —decía con acento plañidero—, ¡te amo!

Y Zara, fiel a las instrucciones, decía con su voz estridente:

—Sí.

—Sí —repetía el joven, y ambos quedaban un buen rato sin palabras. Luego, cobrando nuevos bríos, se lanzaba de nuevo a la detallada descripción de sus sentimientos.

—Soy feliz como un pájaro del bosque; estoy gozoso como una mañana soleada. ¿Conoces, por ventura, las intimidades de mi alma?

—Sí —contestaba Zara, dejando desorientado al mozo, que no esperaba contestación a aquella pregunta retórica.

Pero era demasiado joven y demasiado fogoso para dejarse amilanar por aquello, de forma que buscaba nuevamente sensaciones que exponer a su amada:

—El día que nos casemos temblará el campo todo, mientras que, por la noche, sólo se oirá el canto del ruiseñor.

En aquel momento le llegó el espeluznante rebuzno de un asno en celo, aunque no supo encontrarle con la vista. No sospechó que se trataba de Zara que, impresionada por las sugerencias bucólicas de su amante, había expresado, en un solo grito, toda su emoción.

Esto carecía de importancia y el Buen Moro vivía los momentos más dulces de su vida embelesado ante la posibilidad de colocar dignamente a su hija, lo cual (aunque le estuviese mal el pensarlo) significaba también librarse de ella.

Pero, un buen día, sucedió algo que iba a cambiar el destino de todos.

El joven llevaba ya mucho tiempo insistiendo, a través de la ventana, para que Zara le enseñase toda la espléndida hermosura de su rostro desnudo. Ella, naturalmente, decía "sí" y no se descubría, haciendo que el muchacho se encaminara por pensamientos equívocos:

—¡Qué casta es! ¡Qué recatada! Me dice "sí" para no desairarme y, al mismo tiempo, no se atreve a hacerme compañero de su espejo.

Pero tanto insistió que Zara la Boba, impresionada por una ternura difícil de comprender, olvidó todas las advertencias del padre y, tirando de velo y tocado, se mostró entera.

El galán, naturalmente, perdió pié y boqueó desesperadamente: el cabello grueso y rizoso, la descomunal nuca, el rostro abotagado y fofo, lleno de barrillos, los ojos, la nariz roma y la boca estirada de oreja a oreja, sonriendo, se le ofrecieron en toda su salvaje fealdad.

Por un momento se creyó soñando, pero no: aquello era real y bien real, y la única conclusión posible fue que se le intentaba dar gato por liebre. Su espiritualidad, desbocada por los pocos años, no resistió el choque ni poco ni mucho. La primera manifestación fue un aullido largo y expresivo. La mirada se le abrió en un gesto de locura y, acto seguido, salió corriendo entre incontrolables gemidos.

Pronto, los hombres y mujeres de la isla quedaron bien informados el Buen Moro se encontró triplemente vejado por los comentarios de sus amigos, el abandono de su hija por el novio y la absoluta certeza de que jamás se libraría de Zara.

Pasó toda la noche meditando en la soledad de sus habitaciones: era preciso tomar una decisión, una valiente decisión que volviese a dejar las cosas en su sitio. Persona inteligente, comprendió que matar al fugitivo esposo nada solucionaría, como tampoco sería positivo acusarle de falsario, pues entonces se vería obligado a mostrar a su hija.

Solo cabía un camino; duro, triste, pero reparador. Aquella noche tiró al barranco un gran saco de piel que cayó a lo profundo del torrente con un sonido apagado. Desde el fondo le llegó el "Adiós a la Vida" entonado con una maestría que acababa de alcanzar, desdichadamente, sus últimos y soberbios estadios: Zara ofrecía al mundo su postrer y desgarrado rebuzno.


Publicado en el Diario Menorca el 12 de septiembre de 1972.

El pobre

Unos mueren y otros nacen,
pero el juego no se acaba jamás.

—Proverbio hindú


Aquel tipo harapiento, muy joven todavía, no daba explicaciones; tampoco la dio cuando, en el último año, abandonó una carrera en cuyos estudios estaba cosechando méritos suficientes para augurarle un buen porvenir: simplemente desapareció y anduvo por las tierras que más le apetecieron hasta llegar a esa ciudad, en mitad de una costa, donde había encontrado, quizá, algo de lo que empezó a buscar en la universidad.

Las cosas no habían cambiado mucho para él: ahora era pobre, pero antes incluso de ser estudiante, también lo fue y no por propia vocación. Su padre, un carpintero sureño, conoció tiempos de mayor esplendor hasta que los plásticos y aluminios desplazaron la madera. Si aquel, el hijo del carpintero, pudo estudiar, fue debido a las becas que obtuvo desde los nueve años.

Ahora era distinto: mal vestido, casi hambriento, con un zurrón terciado al hombro y la barba descuidada, pensaba seriamente en establecerse en aquel lugar y vivir su vida de pobre voluntario y por vocación.

Loly, desde Sevilla, le había escrito la última carta: ella siempre creyó que el tipo era alguien y tenía ambición. Su carrera había sido brillante y su porvenir no dejaba lugar a dudas. ¿Por qué, entonces, lo echaba todo por la borda tan olímpicamente? ¿No recordaba el tipo sus excursiones a las Marismas, o los fines de semana pasados en Málaga, cuando el sol era una cosa digna de tenerse en cuenta? Loly decía, además, que no debía preocuparse por el dinero: ella lo tenía; en su coche hicieron los viajes; con sus cheques pagaron los hoteles, ¿por qué rechazarlo ahora? ¿Por qué huir? ¿Había, quizá, otra mujer? No se imaginaba al tipo con aventuras amorosas: siempre fue serio, reconcentrado, casi amargo salvo en los últimos días, cuando observó en él una marcada tendencia hacia lo sensual a través de sus besos, miradas y sonrisas. Por último Loly le marcaba un plazo: no esperaría más; no le guardaría la ausencia porque —como bien decía— "hombres sin complicaciones son los que abundan".

No sabía, no imaginaba siquiera que fue la larga comodidad lo que asustó al tipo. Él no era de los "laissez faire, laissez passer", ni de los que tenían la molicie como meta. Sin embargo había sentido la tentación, había experimentado como el alma se le volvía acuosa y blanda, y, el último día de su estancia en Sevilla, con Loly, miró con ojos de biólogo a todos sus conocidos: los cuerpos se agostaban cuando huían de las preocupaciones. Los estómagos abultados señalaban una pereza intelectual que no quería para él, y, sobre todo, desaparecían el interés, la ilusión, la duda... Él no deseaba volverse dogmático: él no quería perder su visión del mundo y, desde luego, al lado de Loly se hubiera convertido en "un buen muchacho", en un tipo simpático, en un deportista, pero nunca en todo un hombre, tal y como él lo imaginaba.

Aquella noche, pues, hizo sus maletas y escapó conscientemente de ser dominado por una absurda vocación: la de pobre, la de amargado, y en vano trataba de consolarse con la promesa evangélica: "y cualquiera que haya dejado casas o hermanos, o hermanas, o padre o madre, o mujer o hijos o tierras por mi nombre, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna".

Además, el tipo solo aspiraba a la vida terrenal, pero sin drogas que se la dulcificaran, sin engaños que se la hermosearan, sin lujos que se la arrebataran. Y, una vez en la ciudad, después de corretear por todo Levante, descubrió otro problema: ¿le permitirían ser pobre? ¿Le dejarían vivir mal? Posiblemente, no, porque el que disfruta de unas comodidades se siente en peligro ante el verdadero anacoreta; sabe perfectamente que la pobreza es una acusación y que jamás podrá comer delicados platos ni beber buenos licores mientras haya un solo eremita sin ellos, porque son más que una censura viviente: son la demostración, en suma, de que el hombre no necesita el salmón ni el Benedictine para ser y ser consciente.

Acampó a las afueras de la ciudad, muy cerca de un paseo marítimo que, en los meses de verano, servía para que los enamorados se aburriesen casta y serenamente y que en el resto del año estaba tan desierto como el Gobi.

Un municipal le hizo desalojar y, desde entonces, vivió a salto de mata: comía un pedazo de pan con cualquier cosa y dormía en los bancos de una plaza, en un solar, en una obra o, simplemente, no lo hacía, prefiriendo pasear por los muelles oscuros y por las calles negras.

Y así estaba cuando el cura de una parroquia se empeñó en socorrerle. Le ofreció, en un principio, alimentos e incluso le pagó un par de copas en la taberna. El tipo, naturalmente, receló de tanta generosidad y bien pronto descubrió que el sacerdote pretendía redimirle, darle trabajo, convertirlo en una persona seria y consciente.

Estaba, además, la insufrible vanidad del eclesiástico, ese aire paternal y superior que adoptamos al hablar con gentes menos sabias o menos educadas. El tipo, pues, tuvo que soportar, a cambio de un par de latas de sardinas, toda una exposición de la moral cristiana y una serie de ideas trasnochadas sobre la dignificación por el trabajo y la utilidad social de los individuos.

—¿Dónde dijo eso Cristo? —preguntó con sorna, pero el sacerdote no le hizo caso: Cristo lo había dicho y así bastaba; ahora lo necesario era ocuparse de su caso y dejar de ser pobre.

—La miseria —concluía indefectiblemente— conduce a la pérdida de la fe, porque el hombre tiene que pensar en el hambre inmediata y no puede ocuparse de Dios.

—En dos mil años las doctrinas cambian, es evidente —pensaba el tipo, recordando algo a propósito de los pájaros del cielo y de los lirios del campo, pero procuraba comportarse como se espera que lo haga un pobre y, así, sorbía la sopa (¡qué repugnante!), se limpiaba la boca con la manga (¡qué cochinada!) y hablaba comiéndose las terminaciones en ado, edo e ido: "siempre he comío con los deos lo que me han dao".

Por fin huyó del clérigo: ¿cómo iba a comprender aquel santo varón que él quería ser pobre? El problema estaba, pues, en que sus pensamientos se movían en dimensiones distintas, y no sería posible acercamiento alguno.

Pero la Junta Parroquial, las buenas damas que habían hecho un jardín de infancia, no renunciaron a tener un pobre particular y le abrumaron de regalos. Él, que solo pretendía vivir en paz y meditar, él, que era un místico, tuvo que acudir al centro a tomar chocolate con picatostes y a sonreír a tanta benefactora de la humanidad.

—Es usted muy joven —le dijeron— para llevar esa vida. Todavía puede trabajar, hacerse rico quizás...

¡Dios mío, qué carencia de ideales! De nada servía advertir que la pobreza es el estado natural del hombre, que nace desnudo, y que, además son atribuciones gratuitas tomadas por cuenta y riesgo de cada uno.

Aquellas buenas señoras, que pasaban la vida criando hijos y limpiando sus casas no sabían qué era dormir al raso y soñar y sentir la vida a cada instante gracias al frío, o al calor, o al hambre, o al catarro. También le preguntaron por su historia. Una, la más poética, aventuró:

—Debe usted haber sufrido mucho para decidirse a vagabundear. Créame: no hay nada como un hogar, un buen plato de comida y una cama caliente.

Las otras le trataban de tú (el tratamiento del pobre) porque nada hace perder el respeto tanto como ver a una persona en camiseta.

Y el tipo sonreía cortésmente y tomaba su chocolate. Ni se le pasó por la imaginación hablar del asunto de Loly, al saber que había desechado la oportunidad de casarse con una mujer rica, las señoras le tomarían por loco y dirían que una vida de privaciones había hecho flaquear su buen juicio.

Después, y por este orden, vinieron las Damas de Acción Católica y el Municipio, todos empeñados en hacerle un ser digno y en darle una "oportunidad" para reconstruir su vida.

Cansado, se lo explicó: el fin de carrera estaba en sus manos: sería un licenciado y, después, un catedrático brillante, pero, a cambio, perdería no su alma sino su persona, sus instintos, sus sensaciones, y eso equivaldría a convertirse en un producto manufacturado más.

Deseaba, pues, palpar las cosas, sobrevivir por su propia voluntad y conocer, para siempre, la preocupación de la pobreza. ¿Era un crimen pretender ser indigente en un mundo cuya meta era el lujo? Sí: no se toleran los buenos ejemplos, y los "distintos" ofenden a los que han hecho de la vulgaridad la única fórmula válida.

Las Damas se horrorizaron: un hombre así era un peligro. Nadie en su sano juicio quiere ser pobre y sufrir y recibir palos a cambio de ideas.

El Municipio lo consideró bajo otro aspecto: el tipo no tenía oficio ni beneficio. Vivía de la caridad pública. No era de ninguna utilidad para la ciudad... Y para gentes así, para los que no quieren trabajar y vivir como Dios manda, se había hecho la ley de vagos y maleantes, con que fueron a detenerle, satisfechos de poder eliminar, así, una lacra de su muy remendada sociedad.

Y, entonces, el tipo salió de su absurdo trance. Se dio cuenta de que —tal vez— nació con siglos de retraso y que, tarde o temprano, surgiría una ley prohibiendo la pobreza. Penoso, sí... Sus pensamientos abarcaron, por un instante, a los millones de seres empeñados en hacer vivir como ellos a los demás, y no pudo sonreír. La pobreza voluntaria caía como mito: si no se puede redimir a un vagabundo, se le encierra; si no se puede convencer a un paupérrimo, se le encierra; si no se puede explotar a un vago, se le encierra: éstas son las venganzas de las buenas gentes que no permiten que se rechace su cristiana caridad. Y, por eso, los municipales fueron hasta donde él y le quisieron poner las manos encima.

Pero el tipo tenía dinero. Con aire burlón exhibió un fajo de billetes y preguntó qué delito había cometido ("¿qué delito cometí, contra vosotros, naciendo?").

Se cansó de su papel; se cansó de las buenas y de los religiosos caritativos; se cansó de la justicia en manos de los justos y no de los ajusticiados y por poco empapela con su dinero a un pobre municipal.

—Y ahora —dijo— ¿puedo continuar aquí?

Sí, naturalmente que sí. Y, además, le dieron toda clase de explicaciones y le aplicaron el usted, a tanto llega el color del papel del Banco de España.

Por la tarde, compró un pasaje de avión y luego escribió un telegrama a Loly. Él sería lo que los demás quisieran y, ¡ah del vagabundo que fuese a la finca de Loly a incordiar! Lo último que escribió seriamente en su vida fue esto:


"LLEGO MAÑANA AVIÓN. TE QUIERO. BESOS."


Y, aún así, le costó demasiado trabajo.


Publicado en el Diario Menorca el 19 de septiembre de 1972.

El hombre del río

Si usted desea llegar a Encinar, no tiene más que acercarse al Tajo desde Madrid y allí, a las orillas del río, encontrará un pueblo moderno, modelo de limpieza y pulcritud, donde vivió Antonio. Pero, antes, no se deje engañar por la bifurcación de la carretera: en ambos lados pone "Encinar". Tome usted el de la derecha, porque el otro conduce a un pasado muerto y ahogado: justamente al del antes citado Antonio.

Antonio nació molinero por la misma razón que su primo Eugenio nació carpintero, y su amigo Calixto, labrantín: su familia, que era dueña y señora del único molino del lugar, asentado sobre el río que movía perezosamente las enormes palas puestas contra la corriente. Pudo, como Salvador, nacer sacristán, pero no estuvo ahí la suerte y el molinero se quedó para toda la vida desde mil novecientos diez, fecha en que su madre, primeriza en esto, empezó a quejarse de fuertes dolores, y su padre salió disparado en busca del señor médico.

Y el Tajo, desde el principio, entró a formar parte del cuerpo y de la sangre del recién nacido Antonio. Ya la primera noche, en la aceña, la pasó oyendo el batir de las palas, pues no se pudo interrumpir el trabajo hasta la madrugada; y, aún después, la corriente siempre tiene un rumor especial a distancia, a camino reposado, que se cuela por detrás del alma y se instala definitivamente cerca del corazón.

Y cerca del corazón lo llevó él, y de las nalgas, que en más de una ocasión volvía, de niño, rebozado a casa con la pobre excusa de un empujón a mala uva, y le tenían que dar unos cachetes, más por la suciedad que por la mentira.

Supo bien pronto Antonio fabricar los mejores sedales de Encinar y hacerse con buenos trofeos en la pesca que, invariablemente practicaba los festivos y, también, algunos laborables en que el maestro se ponía particularmente pesado con el seis por siete y la maldita música de las tablas de multiplicar; en compensación, en la aceña se comía el barbo y la carpa con harta asiduidad, y se remendaban, con igual frecuencia, los pantalones del chaval que, por entonces, no era excesivamente cuidadoso.

Y luego se echó a navegar en viejos troncos o pedía por favor al viejo Lucas, dueño de una barquichuela, que le llevase con él cuando iba a pescar con las alcabalas. Y soñaba, así, en irse con la corriente hasta el fin del mundo, mucho más lejos de donde se podía mirar, y ver, allí, a los hombres de la otra tierra y decirles cómo y por qué se hace un buen aparejo.

Y también en el bote tuvo su primera aventura con una moza cuando el bozo se le volvió sólida barba y él paseaba con orgullo su cara recién cortada en el afeitado. La moza dijo "sí", pero, luego, nada: había mentido —según explicó— porque se asustó al estar en medio del río a merced de Antonio.

—¡Si se llega a enfadar me tira al agua! —murmuraba por toda excusa; y no hubo historia.

Después, otras muchachas pícaras y menos timoratas se lo llevaron muchas veces a la mitad del Tajo en busca de una aventura que nunca llegó. Su madre había cuidado de advertirle: "mira bien lo que haces con las mozas, hijo, que ésas lo que quieren es pillarte; así que las manos y solamente las manos".

Y, a todo esto, Antonio se había convertido en un mocetón sonrosado y poderoso, con el cuello de toro y los brazos abultados a fuerza de cargar sacos de grano y devolverlos de harina. Además, era un guapo que se traía de calle a media población femenina de Encinar. Tenía fama de brusco y sus desplantes los conocían en varias leguas, como cuando le dijo al alcalde que se fuese a mangonear a las tierras, que el río no es de nadie y en el Tajo solo manda Dios. A punto estuvo el alcalde de enviarle a la benemérita para que, a la próxima vez, pensara mejor sus palabras; fue una suerte para Antonio que la máxima autoridad del pueblo recordase que su aceña era la única de la localidad y que, en las tierras del alcalde, la mies, segada y lista para la trilla, tendría que ir pronto a la molienda.

Luego, con la guerra, Antonio se echó a espacios más libres y se supo batir como dios manda hasta que le acertaron en una pierna y le dejaron cojo para toda la vida, y con los oídos más abiertos que nunca para escuchar la corriente e imaginar su mundo especial donde el movimiento lo regía todo: el molino; las aguas, corriendo hacia abajo; las mozas, delante de él; los maridos, detrás, y el bueno del cura también, para sacarle, de una vez por todas, los diablos del cuero que, aunque cojo, llevaba camino de pecador impenitente.

Y se casó con la más hermosa del momento y, la misma noche de bodas, hizo callar a su mujer con un gesto violento:

—Escucha —dijo— ¿Lo oyes bien?

Ella, Ramona, lo oía perfectamente: el agua, chocando contra las palas trabadas, era un ruido que acababa con sus nervios y con su paciencia.

—Pues a ver si dentro de veinte años lo oyes todavía —avisó Antonio—. Estas cosas se tiene que escuchar cada día para que la vida vaya bien.

Ramona dijo que sí sin comprometerse a nada, y al cabo de dos semanas ya ni notaba el roce de la corriente, porque, para ella, el mundo seguiría girando sin necesidad de hacer las majaderías de su marido.

Y así pasaron los años y los hijos, unos tras otros, sin dejar huellas extremas ni experiencias inusitadas. Cada año tenía su siega, cuando el grano estaba del mismo color que el oro, y, después, la trilla, el trabajo de los aventadores y, por fin, el ruidoso girar en la aceña, que crujía a cada vuelta de las enormes muelas de piedra.

Pero eran ya tiempos de paz y, por lo tanto, de progreso, según decía el señor maestro: y lo principal era ir siempre hacia arriba, cosa que no gustaba a Antonio, acostumbrado al río y a su ejemplo, que iba siempre hacia las tierras bajas.

—Digo yo —razonaba— que lo importante sería hacer las cosas más sencillas y para más gente.

Pero esto se oponía al espíritu del siglo, al progreso ininterrumpido de la humanidad, y a los cohetes que acababan de levantar en el cielo el primer satélite artificial, siempre según el maestro.

Y, quizá de tanto mentarlo, el progreso llegó a Encinar y Encinar entero tembló alarmado, porque el progreso tiene de cerca muy mala cara. Era, ni más ni menos que la política hidráulica. En algún lugar un hombre que confiaba en el futuro decidió que era preciso construir un embalse allí, en Encinar, sobre Encinar; de este modo el regadío beneficiaría a miles de hectáreas que vivían del barbecho (la gente culta no cuenta por fanegas) y, de paso, se obtendrían enormes cantidades de kilowatios/hora, de electricidad para las máquinas y para el trabajo.

Y Antonio, en silencio, iba a visitar cada día las obras de la presa, y en silencio volvía, pero mucho peor que cuando salió. Se marchitaba el molinero solo de pensar que abandonaría aquellos lugares donde chapoteó de crío y donde persiguió a las mozas, y en vano le explicaban las ventajas que todos, incluso él, obtendría del embalse.

—Ya sé —decía—, ya sé que nos están construyendo un pueblo nuevo.

Pero, ¡qué mal sonaba eso de pueblo nuevo! Nunca imaginó que pudiera existir uno recién hecho, porque los pueblos, para él, eran como las montañas y los ríos, y estaban allí desde el principio, desde que el Señor quiso que la gente viniera al mundo a resolver sus propios asuntos.

Luego llegaron unos señores con muchos automóviles. Las aguas habían crecido peligrosamente y la aceña estaba inundada del todo. Ellos traían las órdenes: el pueblo, Encinar Nuevo, estaba terminado y los vecinos debían hacer la mudanza en los caminos lo antes posible.

Antonio se puso colorado y miró hacia su viejo molino. Los amigos, Calixto, Salvador, Eugenio, los vecinos, también tristes, comprendieron su gesto: costaba mucho abandonar aquel terruño y olvidarse del pozo viejo y de la parra y del cementerio...

Se habían pasado la vida maldiciendo aquellas cuatro piedras y ahora llorarían al dejarlas.

Ramona le tiró de la manga:

—Vamos, Antonio; déjate de monsergas —y es que a ella también se le humedecía la nariz—. Aquí ya no hay nada que hacer.

—Ya sé, ya sé, mujer: voy a vivir mejor pero, ¿sabes? nunca será lo mismo —dijo, y sonreía con cinismo, como en los viejos tiempos.

Un año después, Antonio, el aceñero, el hombre del río acunado por el Tajo desde que nació, abandonó Encinar Nuevo y abrió una taberna en Madrid que se llamaba Las Encinas.

Nadie más le oyó hablar del río, y sus motivos tendría para guardar tanto silencio.


Publicado en el Diario Menorca el 26 de septiembre de 1972.

El anónimo

Dedicado, con cariño, a R.C.D.


"Los ojos de los que tienen hambre no conocen el sol".


Fue como en las novelas. O, al menos, siempre creí que tales cosas ocurrían exclusivamente en ellas, porque la imaginación de los escritores tiene fama de calenturienta.

Y, sin embargo, me sucedió a mí, negación del aventurero, y en una ciudad como ésta, proverbialmente tranquila. Recibí un anónimo. ¡Y qué anónimo! Más digno de un retrasado mental que de alguien que, por lo visto, sabía dibujar, aunque con dificultad, las letras de nuestro alfabeto latino.

Las personas extrañas, las que componen poemas, las que sinceramente se divierten con la televisión, las que escriben anónimos, siempre han excitado mi curiosidad. ¿Qué extrañas cosas pasan por sus cabezas? ¿Por qué en el caso de los anónimos se empeñan en llevar a los demás su propia infelicidad y descontento? Y, después, hablando con los amigos, comprobé que el mío no era un caso aislado y decidí averiguar cuanto me fuera posible. Para empezar ya sabía que en mi vecindario existía un chalado empeñado en dar sus opiniones por escrito, como si realmente esas opiniones fueran trascendentales. En suma, que el tipo debía tener un gran concepto de su inteligencia para dejarse llevar por tan desvergonzada vanidad.

Su método era sencillo. Destilaba perlas de sabiduría e indudablemente esto le producía un placentero alivio: "Usted es un cual", "Su señora madre es una impúdica profesional", "Su señora se la pega". Éstas eran sus tarjetas de visita, por lo demás, muy explicativas ya que, viéndolas, cualquier médico hubiera podido diagnosticar las cosas que iban mal en su pobre cabeza. Pero eso, claro, él mismo no lo sabía; y, de saberlo, no lo hubiera creído jamás.

En una ciudad tan pequeña no me costó ningún trabajo averiguar su identidad. Él, con su exceso de imaginación, e influido por las películas policíacas, se tomaba la molestia de depositar sus anónimos en los buzones de otros pueblos, sin conseguir otra cosa que delatarse... En fin: no es el momento ni el lugar para exponer toda una teoría del anónimo. De quien quiero hablarles es de él, de un hombre de cierta edad capaz de hacer el borrico como un niño de siete años. Y hacerlo, eso sí, a conciencia.

Se llamaba, y se llama, Ramón, y vino al mundo hace cincuenta exactos años con relativa facilidad. Dolicocéfalo, futuro calvo, ya en sus comienzos dio muestra de un carácter molesto, negándose a mamar. Fue irreductible en esto. En su opinión —opinión de recién nacido— era una cuestión secundaria, y mamar un acto vulgar, indigno de una persona llamada a cumplir los más altos destinos. Su madre, en cambio, apenas sí lo comenta y le crió con biberón y leche de vaca. Tal vez fuese esa leche precisamente la que luego influiría en su aspecto como de soñador indolente.

Su infancia fue anodina. De acuerdo que casi todas lo son, pero la suya, más: estaba teñida de enfermedad y de impotencia. El niño, en suma, no era como los demás: un niño que dependió exclusivamente de su madre porque su madre lo quiso así. Un niño delicado, ora con el estómago, ora con la garganta, no hacía una vida normal ni la deseaba, pues había hecho un descubrimiento: que sus enfermedades le acarreaban más mimos de los correspondientes y, también, regalos y atenciones que, de otro modo, jamás hubiera tenido.

Naturalmente, al no convivir con los otros niños, acabó por despreciarlos y recibir, a cambio, el desprecio de ellos. Los miraba como a seres inferiores, incomprensibles de una parte y absurdos de otra. De este modo, no tuvo más remedio que sobrevalorar su inteligencia y venir a creerse el ombligo del mundo, el "hó omfalón" que decían los griegos tres mil años antes de nacer él.

Y fue un joven sin risa y sin piedad. Siempre atento a los defectos de su prójimo. Siempre dispuesto a la acusación y a la revancha. Egoísta y picajoso, siempre que el egoísmo no le supusiera demasiado sacrificio. Y cuando la edad hizo que abandonara sus entretenimientos habituales, como mutilar y torturar moscas o esconder la comida al perro hambriento, su primer acto fue aprender una completísima lista de insultos que, según él, eran las más precisas herramientas para definir a sus semejantes: catacatres, verbileches, resquiciero, ceporro, cachote, lamerón, vicemarica... Tuvo, sin duda, el mayor repertorio de imprecaciones de la ciudad e hizo de él un uso exhaustivo que le valió, en un par de ocasiones, un puñetazo bien dirigido y peor encajado.

Pero la historia de su desarrollo puede ser aburrida. Cuando el verdadero Ramón empezó a manifestarse fue en la madurez, cuando la mucha soledad le había cercado en los límites de su propio cuerpo y, sin embargo, le oprimía la urgencia de relacionarse con los demás. Pero, ¿cómo? La vanidad le había separado del mundo: nada era lo bastante bueno para él. Nadie lo bastante sabio. Ninguno lo bastante hermoso y, sin embargo, a los veintitantos la carne se le volvía toda urgencias: urgencias de confesarse con algún amigo; urgencias de mujer que le sacara la calentura de la entraña; urgencias —también— de las alabanzas que se merecía, y del respeto y de la admiración.

Pero no tenía amigos, ni valor para enfrentarse cara a cara con una moza. Ni alma bastante para ser en realidad lo que solo imaginaba con los sueños. En suma: que estaba solo y abandonado y que la culpa, de existir, era exclusivamente suya, de su desprecio, de tener espíritu de razón furtivo, sórdido, con los dientes siempre a punto para morder las almas de los demás.

La madre, charlando con las vecinas, solía decir:

—Este hijo mío es demasiado serio. Bueno como el que más y cariñoso, pero demasiado serio.

Y las vecinas luego comentaban entre sí:

— Serio... serio... ¡A buenas horas mangas verdes! ¡Enfermo de mala uva! ¡Eso es lo que le pasa!

Sin embargo, la madre tenía algo de razón, pues en el corazón de Ramón había una debilidad: ella. Quería a su madre. Reverenciaba a su madre. En tantos años de aislamiento ella fue su única confidente, el adecuado paño de lágrimas que siempre le daba consuelo. La única que le dedicaba elogios y creía en su superior inteligencia. Y, al cabo, nada: no era ni tan listo, ni tan guapo, ni tan importante, ni tan digno de respeto como se imaginó al principio, y esta decepción era su oscura tortura, su fracaso. Porque hay que decirlo: Ramón, desde sus veinte años, fue un fracasado prematuro y de ahí su espíritu de ratón y sus silencios obstinados y su amor enfermizo a la madre: a su lado todavía se sentía alguien, y olvidaba aquellas miradas frías con las que la gente le acogía. Era, pues, un tipo bien desagradable, incluso para las mozas, ya que, ni aun hoy ha conseguido jamás besar a una y, menor menos, llegar a su intimidad.

Y la madre murió. Y él, hundido, quedó a solas con su trabajo rutinario y frío, con su casa helada y desierta, con los oídos vacíos de consuelo y sus delirios de grandeza que le galopaban el alma hasta retorcérsela de puro odio y pura miseria. Aún reconociéndolo, le dolía: no era nada; para nada sería, él, que se creyó siempre tan listo; él, que se pensó siempre tan digno de amor y respeto. ¿Cómo, entonces, no sentir furia hacia los demás que, sin aspavientos, vivían relativamente felices y relativamente tranquilos? Y, luego, los otros, los que sí tenían algún talento, los que sí eran admirados de un modo u otro, los que sí eran amados no los podía soportar. Los hubiera matado con sus manos, los hubiera destrozado poco a poco, bebiéndoseles la sangre, rompiéndoles cada uno de sus huesos, porque ellos, precisamente, le amargaban las carnes y le obligaban a tomar conciencia de su propio desencanto.

Ramón se convirtió, pues, en un frustradillo, en un niño crecido y megalómano, hambriento de cariño e incapaz de inspirarlo. Hay gente así; gente amargada que ha perdido el norte y las ambiciones y el interés, y que, en consecuencia, no soporta a los que son menos desgraciados. ¡Ah, él quisiera llevar a todos los corazones la misma rabia que roía el suyo! Él quisiera convertir todas las vidas y todas las historias en caricaturas de su vida y su historia. ¡Y no podía! No tenía, siquiera, el valor de atacar con los puños a quienes odiaba. Por no tener, ni siquiera era capaz de sostener una mirada, tenía los ojos huidizos, oscurecidos de rencor, y jamás hubiera tolerado la visión de un alma más limpia que la suya.

Su espíritu de ratón y la pérdida de su madre (una buena mujer, le amaba por obligación maternal), fueron el completo: algo dañado desde tiempo atrás, se le quebró entonces y él, de solitario que era, se hizo enfermizamente curioso, como todos los animales débiles. Quería saber con detalle los hechos y milagros de sus conocidos. Averiguar sus flaquezas y sus suciedades, llegar a lo morboso de cada uno para luego, en venganza, restregárselo por la cara, comunicárselo a los demás para que les despreciaran. Con sus ojos pitarrosos, devoraba la historia de los demás: acechaba, sacaba conjeturas y esparcía rumores sin fundamento.

Hacer daño era su debilidad. Y él no era un malvado, sino que obraba así por venganza. Andaba a mitad de camino de la chaladura completa y pensaba que todos, sin excepción, eran culpables de su frustración y su desgracia. Por lo tanto hacía pagar. Y escribía anónimo tras anónimo relamiéndose de júbilo solo de pensar que les haría sufrir, que llevaría hasta sus almas la misma angustia de la suya.

¡Los anónimos! Mucho molestó con ellos, sobre todo a los vecinos que eran las víctimas más cercanas. De haber sido un hombre normal, hubiera sentido compasión; pero la compasión está muy lejos del alma de los fracasados, que siempre encuentran buenas razones para vengarse de nada. Por otro lado, la gente no parecía hacer caso de sus billetitos y esto le desesperaba más todavía. Incluso eligió a dos o tres víctimas favoritas y prácticamente no las dejaba en paz: eran los que él creía más débiles y, por lo tanto, susceptibles de molestarse.

Y por fin, un día, cansados, le enviaron también a él un anónimo. Nada importante, un dibujo humorístico de su persona. Una caricatura verdaderamente buena, pues retrataba su espíritu de ratón, sus ojos pitañosos y volátiles, su expresión de acecho, su frente retraída y cobarde. Y el dibujo le siguió llegando puntualmente con el correo, y él se desesperaba royéndose los puños y sacándose la mala alma del cuerpo a fuerza de ira: le estaban tratando con su propia medicina y él era, precisamente, un fecundo campo para estos experimentos.

Supongo que la prueba fue mayor de lo que él podía resistir: se indignó; lloró; rompió un espejo y por fin se vio como era: impotente para hacer frente a la vida, vencido de antemano. Fracasado. Aquel hombre, pues, Ramón, se fue de la ciudad: no pudo vivir entre los demás una vez que supo hasta qué punto le conocían. Y debe ser terrible no acostumbrarse, como en el caso de Ramón, a lo que se es: un tipo miserable.

De esta historia hay otra versión, que acostumbra a terminar así: con la misma que midiereis, seréis medidos. Y, ¡qué diablos!, es cierto.


Publicado en el Diario Menorca el 3 de octubre de 1972.

La madre; el hogar; el poeta; y no era amistad


La madre

—Dime, ¿es niño o niña?

—Mujer, ten calma.

Lavado y fresco se lo traen: un niño. ¡Qué hermoso es verle así, callado, con la piel tierna y arrugada y las manitas de estampa!

—Un niño, pequeña: Mamá... ¿qué efecto te hace este nombre?

Y ella calla: por ahí hay gente mala y su hijo es tan pequeño... Un día soportará una burla; otro, una bofetada, y, de caída en caída, pasará por profesores, por amigos, y conocerá la soledad y la tristeza.

Después, la novia, los licores... Un poco más todavía y, quizá, la guerra para morirse joven o...

—Mujer, ¿qué te pasa?

La madre abre un poco los ojos y aprieta suavemente al hijo.

—Menos mal que no ha sido una muchacha.


El hogar

Hoy es un día feliz: ahora, los cuarenta años y, por la mañana, su mujer le ha besado y sus niños, antes de ir a la escuela, le han dicho un indiferente "felicidades, papá", porque la madre les ha aleccionado.

Cuarenta años. Bien: una fecha para hacer balance y sacar el saldo de su vida. Con el puro y el diario entre las manos, comienza. Realmente no se puede quejar: vive bien en una casa cómoda; tiene una mujer hermosa que envejece y unos hijos sanos.

La historia... ¡hum! Es difícil recordar los pormenores: hay, desde luego, momentos luminosos bien grabados pero, a continuación, sombrías lagunas en la memoria. Sí: de niño, con pantalón y peto, paseando por el puerto en una barca, y su padre, con bigotes, hurgando en el motor, enrojecida la cara.

Una herida, sangre, el médico principiante que cose con sus agujas curvas y él, sobre la mesa, llorando de pura rabia.

Un cierto juego de médicos con alguna vecinita.

Una pedrada; la antigua pandilla de amigos de la guerra donde él era, alguna vez, comandante.

Un religioso repitiendo: Brahmaputra, Ganges e Indo, y haciendo sonar la carraca.

Los nervios de un examen. La boda. Compañeros de trabajo ya que no de otras cosas. Silencio los domingos o el partido de fútbol en casa.

¿Y luego?

La mujer que le envejece; él que... en fin: ¿ha de hablar de su bronquitis y su taquicardia?

Un duendecillo malo repite:

—¿Y luego?

El puro se le ha apagado y el diario calla obstinadamente. ¿Y luego?

Prende una cerilla lentamente. ¡Dios, cuánta cobardía para decirlo!

Y luego, nada.


El poeta

"El poeta es un ente continuamente amenazado por la realidad (de la que debe salir triunfante) y por sus sentimientos (a los que debe conceder un amplio margen de libertad) y por la palabra que, en él, no es solamente un vehículo".

Veintidós años tenía el poeta cuando escribió esto en su casa que daba al mar. También una novia rubia y rolliza y un ilimitado caudal de esperanzas.

Diez años después releyó el párrafo al encontrar el perdido cuadernito de hule. Naturalmente no resistió la tentación de enmendarse la plana:

"La historia íntima del hombre es la de sus fracasos. La pública, la de sus éxitos. La social, la de sus calamidades. La absurda, la de sus vicios. El poeta es centro y límite de todas ellas." —escribió.

Por aquellas fechas, claro, tenía una esposa, que no era la rubia rolliza, y un mocoso simpático que deshojaba sus libros; y, en la mente, el proyecto de la más genial obra de dos siglos (por cierto que, al terminarla, le fue devuelta por un editor con la siguiente nota: "no está usted en la línea").

Y diez años más y el cuadernito ya anciano, con sus tapas de hule llenas de máculas. Y, de nuevo, la imperiosa necesidad de corregirse:

"La nueva inteligencia es el AÑO CERO. Ver y no explicar, saber y no decir. Solo lo físico existiría sin el hombre y, desde luego, una piedra no suele hacer metafísica. El poeta es el año cero de todas las cosas".

La vida era de una plenitud transparente y habitual: la costumbre de la intimidad, el hijo que se encerraba en el lavabo para empezar a fumar; las playas y las ropas alegres, y el mar, para todos los gustos, frente a su casa. El mar del que había dicho "era ejemplo para los hombres de bienhacer y perennidad".

Y otros diez años saltaron y el cuadernito, ya sin hule, volvió a caer en sus manos solo para producirle asombro. "¿Todo esto he pensado?". Una ironía más de la vida que, con el bolígrafo, subsanó rápidamente:

"Prescindir del hombre aumentaría la posibilidad del conocimiento —escribí—. Juzgamos demasiado con nuestras glándulas y muy poco basándonos en matrices mentales (método). Ser poeta tiene mucho de absurdo".

Por aquel entonces su hijo terminaba el servicio militar y su mujer se obstinaba en acudir a un gimnasio. El, ya serenidad, miraba fríamente a lo pasado y no sentía el menor respeto por ello.

Luego, un día, diez años más tarde, buscó la libretita y leyó ávidamente. Él no estaba allí; evidentemente todo aquello era erróneo pero, esta vez, no corrigió nada.

¿Hacer o no hacer caso a la nostalgia?

Su hijo le llamó, entonces, desde la sala: acababa de llegar con la nuera y el nietecillo.

—Voy —dijo.

Y rompió el cuaderno.


No era amistad

Al pescador le faltaba un dedo y al perro, el rabo. El rabo que le cortaron para mejor cazar cuando era un cachorro, mucho antes de que se descubriera su incapacidad para el rastreo.

El perro era de un viejo predio, y todo el mundo sabe que en esos lugares no se alimenta a los inútiles, de modo que, al año de su nacimiento, se encontró siguiendo una carretera y bebiendo en los charcos de la cuneta. Seguramente no acababa de comprender su postura y caminaba perplejo, entre dolido y triste.

Antes de esto, sus amos le llevaron, en un coche, muy lejos; kilómetros y kilómetros tomando curvas y salvando baches; y él, infeliz, ladraba con su hocico pegado al parabrisas, convencido de que se aproximaba una gran cacería.

Así quedó abandonado la primera vez, pero achacó a un descuido de sus queridos "humanos", madre y padre en una misma persona que le alimentaba y le acariciaba y, también (ay) le golpeaba.

Y volvió. Cruzó la fronda, se rasgó la piel en los aulagares, esquivó automóviles, pero volvió.

Se lo llevaron. Volvió.

La tercera vez hubo una pequeña discusión en la casa: el perro era un problema y ellos no podían perder el tiempo alejándolo y alejándolo.

El payés dijo que le iba a pegar un tiro. Madona se encogió filosóficamente de hombros pensando, quizá, en la cosecha de pimientos, y él, ajeno, movía el rabo satisfecho de estar de nuevo en su hogar, y hurgaba con el hocico entre los desperdicios de la cocina.

Luego, el hijo, un muchacho torpón y sucio, sintió algo parecido a la piedad y la ejecución quedó aplazada. "Si regresa la próxima vez" —dijeron, y se lo llevaron al mar, a la distancia más larga. Allí se quedó. Allí estaba, caminando por la carretera y bebiendo el agua de sus charcos, preguntándonos lo que sucedía.

El pescador sin dedo era ya viejo, y toda la vida había trabajado con su barca y con sus redes y sus palangres, echando al mundo dos hijos que le crecieron robustos y se le fueron a la ciudad a buscar un pan que no oliese a pescado.

Después, un mal bicho le envenenó el dedo y se lo cortaron. Más después aún, la mujer se le enfermó y muy pronto la cuenta del banco tocó fondo. Aun entonces, sin dinero, la mujer seguía necesitando medicinas, y el médico, algo más que las gracias. Una hipoteca sobre la casa solucionó momentáneamente la situación, pero el dinero no era eterno.

—¿Ves? Si hubieras hecho el seguro... —le decían.

Si, claro, el seguro, pero él nunca pensó que las cosas se pudieran volver de un color tan sucio y, en todo caso, confiaba en sus hijos, que no le correspondieron. El mayor estaba en Alemania y nadie sabía su dirección. El menor, pescando bacalao en Terranova, en otro mar, muy lejos, cerca de los hielos y el frío.

Otro día, el médico, que era una buena persona, meneó la cabeza y le tocó el hombro:

—Esto va mal: hay que hacerle una operación.

—¿Vivirá?

El doctor no sabía eso: solo que había que operar.

—¿Y dónde?

—En un hospital de Valencia.

—¿Y cuánto?

Tampoco había una cifra segura pero, desde luego, mucho dinero haría falta.

El pescador vendió la barca y los aparejos. Cuando el comprador la cambió de nombre, él tuvo que sonarse para encubrir la tristeza. En fin. ¡Ya estaba hecho! Ahora la mujer se pondría buena y quién sabe si...

Pero murió. La operación en sí fue un éxito, un prodigio de técnica y habilidad (se lo explicaron detalladamente), pero había muerto porque no supo comprender ni la técnica ni la habilidad con la que la trataron.

Apenas si quedaban cosas por hacer. Llorar, tal vez, pero era demasiado viejo para esos asuntos. Volver al pueblo, quizá, pero el pueblo entero olía a cementerio, y el mar... Aún así fue allí y vendió por cuatro cuartos la casa.

De salida, buscando la parada del autobús en la carretera, los dos se encontraron: el perro abandonado y el pescador solitario, y se comprendieron sin decir palabra. Los dos, inútiles. Los dos, silenciosos.

El pescador guiñó un ojo. El perro levantó una oreja; y juntos tomaron el autobús sin saber adónde, pero para ellos algo quedó bien claro desde el primer momento:

Pasase lo que pasase, no era amistad aquello.


Publicado en el Diario Menorca el 17 de octubre de 1972.

La escopeta

Ésta es una historia que debe contarse al revés, empezando por el fin y terminando casi por el principio. Es, además, una historia triste o, al menos, no lo suficientemente divertida para ser incluida en un almanaque humorístico. Y, naturalmente, no es, en modo alguno, ejemplar.

La historia comienza (o, mejor dicho, termina) cuando el viejo Críspulo le dijo a un sobrinejo de adopción, en la mitad de la tarde:

"Alcánzame la escopeta, chico".

El sobrino, harto asustado para aventurarse con decisiones propias, consultó con ojo elástico a los otros dos hombres que, entonces, llenaban la habitación. Ambos hicieron lo mismo: mover la cabeza hasta donde la sotabarba se lo permitía, y entornar los ojos como quien consiente tristemente en algo que no tiene remedio ya.

Y el mozo descolgó el arma del viejo garabato que la sostenía: era una escopeta que estuvo bien cuidada hasta un mes antes y que, ahora, llevaba, adherido a la vaselina, todo el impune polvo que se paseaba por aquella casa.

Y así fue como Críspulo se abrazó a su escopeta sin ningún pudor. Claro es que fue la última vez, era hermoso ver al hombre tan íntimamente unido al hierro y tan deseoso de hacer un sólo espíritu con el olorcillo de pólvora de los cañones, la madera del guardamano y su propia piel, arrugadeja y reseca como cordobán. Los demás —claro— disculparon la emoción senil de Críspulo porque también sabían que era la última vez, y esto impone respeto, y, si no, separen ustedes a un cazador de su arma y sabrán lo que quiero decir.

Esto es, en teoría, el final de la historia y, por el aquello de la curiosidad que hurga por la espalda, es preciso ahora contar algo más de Críspulo y de su escopeta y, si me aprietan, hasta del sobrinejo que se la alcanzó la última vez, y de los dos hombres que miraban la escena con tanto esfuerzo que parecían hacerlo a través de una piscina turbia.

Críspulo, de pequeño, (hace de eso el mismo tiempo que de la guerra de Cuba) tuvo que hacer frente a un gran problema: su nombre que provocaba las risas de los amiguitos y espoleaba su inventiva. Así, tuvo que soportar agudezas en las que se relacionaba su nombre con heterogéneos objetos acabados en "ulo", y hay que ver la enorme cantidad de ellos que hay, (incluso el "gándulo" traído por los pelos).

Esta con ser pequeña, no es una experiencia agradable ni lisonjera. Quizá todo lo contrario: demoledora, porque en general, nada desanima más que el vernos comparados o unidos a cosa como "búhos", "chulos", "culos", y similares que de un modo u otro, acaban por rimar con Críspulo. Con todo, un niño normal (suponiendo que exista) puede tolerar estas puyas con relativa indiferencia mientras surjan espontáneamente. Pero, en el caso de Críspulo, el asunto era peor, que a todas horas y en todos los lugares tenía que escuchas las bromitas y, encima, sonreír como si a él mismo le pareciese la aleluya un hallazgo feliz y digno de ser antologado.

Tres años le bastaron tres años, si, quizá los más importantes para el futuro hombre: de los siete a los diez. Tres años le bastaron para mirar torcido hacia el mundo y para desconfiar obstinadamente hasta de su sombra, porque Críspulo, como tantos niños que sonríen en las esquinas, tenía la sensibilidad a flor de piel, y un niño así se deja cortar el pelo y las uñas antes de permitir que se le rían en la cara.

De una forma u otra, algo falló en la educación del Críspulo crío y, con ese algo, lo demás dejó de funcionar adecuadamente, y él no fue más que un niño retraído, no amante de la soledad, pero obligado a ella para evitar las burlas habituales y, sobre todo, con esa inusitada capacidad para el cariño que tienen todos los niños tristes. Pero a Críspulo, claro, nadie le consoló; nadie lo consideró necesario puesto que él jamás se quejó, y hubiera preferido quedarse mudo antes que pasar por la vergüenza de contarle a su padre los juegos de palabras que los muchachos hacían con su nombre.

Mal podía Críspulo hacerse hombre con todas estas angustias gravitándole en la conciencia y, sin embargo, a punto estuvo de triunfar: trabajó en las tierras del padre y se volvió fornido a fuerza de ir con bueyes y arado contra los apelmazados suelos, abriendo caballón tras caballón. Tuvo incluso su momento de popularidad cuando tumbó sobre la glera del río a uno que había venido a fanfarronear del otro pueblo. Y con las mozas, pasados los primeros experimentos decepcionantes, también le rodaban bien las cosas, porque tenía buena pinta y pasaba por ser el más bruto de los jóvenes de su edad... Pero, ¿cómo podía un hombre gozar de la vida o llevarse a una moza detrás de los corrales si tenía vergüenza hasta de escribir su nombre? Conque dejó estar los asuntos del pueblo y, cada vez más, se separaba a la fronda, lejos de los caminos de casquijo, o se pasaba muchas horas, más de las convenientes, arrojando guijarrillos al río. En ocasiones, en el mismo recodo de la corriente andaba a la cordobana zambulléndose aquí y allá, y dando caza a los patudos zapateros que corrían agua abajo. En suma: que se había convertido en un irremediable solitario y nadie como él mismo sentía el peso de esta desgracia.

Y con la soledad vino el miedo a la gente, el no sentirse a gusto en mitad de una conversación o una sonrisa, y, por este camino, en el campo sólo se llega a una parte: a la caza, donde uno olvida tantas cosas pateando los pajonales o lanzándose al centro mismo de las zarzas y aulagares donde, tal vez, se esconde la perdiz en celo que acaba de cantar.

Su primer arma, como ocurre con todos los cazadores, no fue realmente suya, sino de su padre: una escopeta de pistón, como la misma caza y ruidosa como un regimiento de artillería. Pero era suficiente para derribar, pieza tras pieza a medida que cuajaba su habilidad en la puntería. Y la amaba tiernamente, como después amó a la que abrazó al principio de esta historia: diríase que el arma tenía alma y que sólo Críspulo la conocía y la acariciaba en silencio. La escopeta, el perro y él (por éste orden) vivieron gloriosas tardes y silenciosos fracasos pero, entre lo uno y lo otro, la vida iba tirando y le quedaba menos tiempo libre para compadecerse de su suerte.

En eso, se aficiono a otro cazador más viejo que le iba abriendo los pequeños secretos del bosque y del disparo: "No tires —le decía— sobre las cigüeñas: son como las golondrinas, de Dios; y lo es dejar las cosas de Dios en sus propias manos". "Lleva al perro del lado contrario al que apoyas el arma, y nunca enfrente: así, al encararte, estorbará menos y tendrás menos peligro de pegarle un tiro". "Los bichos no suelen andar por un sitio que tenga muy seco el borrajo: búscale la sombra a un bosque y las becadas son tuyas".

Luego le tocó la aventura africana y la guerra y lo de Alhucemas. En fin, que de regreso, no habló palabra de sus aventuras, pero trajo dentro de los ojos malas cosas, color de muertos y almas de muertos que se le quedaron al lado y, aunque Críspulo no era caviloso, encontró preferible irse a tirar a la codorniz o a la liebre que desollarse el alma disparando contra los dichosos moros: esta era una nueva razón para volver a sus costumbres, para exprimir la fronda y sorprender los primeros madroños frescos de rocío, y animar con un "¡entra!" al perro que daba la muestra con el hocico vuelto hacia el tupido lentisco.

Podríamos añadir algunas cosas más de su vida, pero tal vez sea innecesario. A Críspulo se le pasaron malamente los años entre golpes de yunta y coces de culata y, cuando comprendió que había dejado pasar la juventud era demasiado tarde ya. Filósofo quizá, no quiso desesperar por poco: por las mañanas, de alba, tomaba su tazón de café y su buche de vino y, a veces, migas (cosa seria ésa de las migas). A mediodía, mano al zurrón y pan con queso y chorizo y otro chorrito de la bota que se deslizaba comisura abajo de sus labios. Al ocaso, se arrancaba el último sudor y, en casa ya, se preparaba buena carne y buen potaje en el fogón, vigilado únicamente por la mirada blanca de su perro.

¿Y qué más pudo haber hecho? Sólo eso: envejecer; y, además, el mundo de ahora era más complicado que el de ayer, más difícil, y él estaba viejo para tener arranques de voluntad. Porque él, ni hijos dejaría aunque, en el intermedio de esta historia, se casó. Por una vez que reunió calor bastante, la mujer se le murió de parto y él perdió sus últimas ganas de dejar alguna constancia en el mundo.

En suma, que cuando al fin enfermó de veras, estos eran sus pensamientos: "lo mismo hubiera sido no nacer; lo mismo, solo que mucho más cómodo".

Un mes duró. Algunos amigos, de quintas más recientes, fueron adonde él y le contaron que la tierra, de todos modos, seguía dando vueltas; y también, que las perdices habían entrado bien este año, mientras que las becadas debían estar muy tiradas porque se escamaban por cualquier motivo.

Y Críspulo suspiraba: por aquello, por las perdices y, las becadas precisamente, sentía irse del mundo, y esto, pese a todo, era un consuelo: en la comarca no se recordaba cazador más viejo y más afortunado que él, y, desde luego, nadie sabía tampoco de un caso de mayor afición. Y esto le volvía orgulloso, con ese orgullo senil y plano que tanto ayuda a vivir (y a morir) en paz, de manera que Críspulo ya no pensaba que le hubiera dado lo mismo no nacer.

"Después de todo..." —murmuraba.

Por eso, en presencia del cura y del médico, le había dicho al sobrinejo que le alcanzara la escopeta y la había abrazado: quería morir con ella al lado, casi del mismo modo que había venido.

Y, en eso, sintió que le venía la flojera y que los ojos se le iban. Antes de cerrarlos para siempre trompeteó para juntar la poca voz que restaba, y dijo, como quien se va a dar un paseo:

"Que me cuides el perro, chaval".


Publicado en el Diario Menorca el 24 de octubre de 1972.

Tragedia electrónica

(ensayo poético)


"Cuento viene de compto, del latín, computare".


FICHA 10.01.00 OBJETO CONTESTACION PREGUNTA 010 CLAVE 01.00. PRIORIDAD: NORMAL LA FICHA DICE ASI (sic) LAFICHADICEASI: PROBLEMAS REDUCIDOS: A—A.— A AMA a B. B NO AMA a A. B AMA a C. A ODIA a C. C ODIA a A. A—B.— A AMA a B. — B NO SABE NADA DE A. A SUFRE. B—A.— A ODIA a B. B AMA a A (IMPROBABLE). B SE MATA. B—B.— A MATA a B. B AMA a A. BODA. HIJOS (VULGAR) C—B.— EXCLUIDOS ESTOS CASOS IMPOSIBLE CUALQUIER OTRO TEMA EN LIRICA Y EN DRAMATICA. FICHA. 10.01.00. OBJETO: CONTESTACION PREGUNTA 010. CLAVE 01.00. PRIORIDAD: NORMAL. LA FICHA TERMINA ASI: FIN (sic) FIN.


La respuesta era, pues, desalentadora y a nadie puede extrañarle que, al leerla, quedara hondamente decepcionado: no todos los días uno llega a la conclusión de que, ya, es imposible escribir una obra maestra, una "chef d'oeuvre", un "capolavoro", al estilo de Hamlet, la Ilíada o la Divina Comedia. Esto, quizá, es lo malo de haber nacido tan tarde y en plena sociedad del ocio: lo que merece la pena ya está dicho.

La esperanza es lo último que se pierde (a decir de ciertos optimistas), y yo acababa de hacerlo con la contestación de mi ordenador (lo que la gente llama "cerebro electrónico"). Pepe en la intimidad. Llevaba dos meses en paro forzoso: había decidido escribir una gran obra, algo que me colocase, de golpe y porrazo, en el pináculo del arte, de la poesía apenas entrevista, de las sensaciones sublimes y únicas. Eso fue dos meses antes y, desde entonces, cavilé a más y mejor sin conseguir resultados apreciables.

Había escrito, sí, mediocridades que hoy en día podrían pasar por buenas:


A solas con tu alma la noche te conforta.
Ese alma tan escasa de palabras,
que duele tantas veces
y que tantas veces escapa a la distancia...


O bien:


A la soledad abierta tengo el alma,
ansiosa de decir, en esta noche,
las pequeñas palabras de las cosas;
de las cosas pequeñas de la vida;
de las cosas estrechas de la historia...


Pero versos así no bastaban a satisfacerme. Mi ordenador, Pepe, adquirido recientemente, los escuchaba pacientemente y me guiñaba con simpatía su parpadeante luz roja. Parecía comprenderme y sentir en sus relés esas angustias del parto frustrado del artista. Es posible que, también, sufriera. Sí, hasta, a lo mejor sintió tenerme que dar su última respuesta, la que he copiado más arriba.

Este ordenador, Pepe, fue mi último hallazgo, aquel que me hizo aplicar la alta electrónica a la creación, integrándome, así, al proceso productivo de nuestra época. Sin embargo no fue muy eficaz. Pepe, el ordenador, significaba una buena e inteligente compañía, pero no una ayuda: el pobrecito no tenía talento. Hay máquinas que sí lo tienen, de nacimiento, pero éste no era el caso de Pepe: él era un cerebro claro y perspicaz, de sumar dos y dos en la matemática del arte.

Así, cuando la desesperación me vencía, me apoyaba sobre su enorme superestructura y le acariciaba cariñosamente. Luego, haciendo un esfuerzo, recuperaba mi buen humor:

—Ser poeta es una broma —le decía—: ¡Mira que querer vivir de amontonar bellas palabras!

Y él, en silencio, me miraba con su rojo intermitente, y yo —¡cosa de la soledad!— creía percibir amistad en aquella mirada. Por eso, para consolarme, le volvía a leer mis pobres versos con los ojos perdidos en la distancia de algún ventanal:


Noche de silencio para emborrachar palabras:
el vino derramado; la cerveza agria,
cuentan la historia de esta noche negra
donde yo he emborrachado las palabras
y únicamente escribo mi rabiosa alma...


Luego olvidaba todo y me sumergía en tal o cual libro, o devoraba las músicas de los geniales Beethoven, Mozart, Chopin... Re, sol-fa, sol, la-si, si, la, si-do, do, si, mi... Divino Chopin para los atardeceres deshojados o para las nostalgias.

También me lanzaba a largos paseos sin rumbo: tal camino polvoriento, lleno de rodadas y de huellas de herraduras. Tal playa cuando es otoño, y las algas se amontonan en la orilla del mar plomizo mientras los árboles pierden su último color. Tal jardín de principios de siglo, con parterres de cemento, veredas y rincones donde se desploma un fúnebre árbol de pisos.

Ésta es la vida del poeta cuando no desbarra agarrado a su bolígrafo. Esta es la vida del poeta cuando está solo y tiene que comerse sus propias palabras. Por eso no es extraño que entre Pepe, el ordenador, y yo se estableciese un vínculo de amistad, casi de amor, diría yo. Y a tanto llegaba mi interés por él que le hice instalar un suplemento para que pudiese contestar de viva voz.

Antes, por pura diversión, para matar el tiempo, le solía decir:

—¿Cuántos años tienes, Pepe?

Y él, siempre por escrito, respondía así:


FICHA 01.01.01. OBJETO: CONTESTACION PREGUNTA 101 CLAVE 01.01. PRIORIDAD: NORMAL. LA FICHA DICE ASI (sic) LAFICHADICEASI: A—A.—Desconozco edad de la máquina. NO CONSTA. A—B.—TROQUEL DE FABRICA 10.271.—AÑO.—1972. B—A.—LA MAQUINA (PEPE) NO SUJETA A TEMPORALIDAD HUMANA B—B.—MAQUINA ENTIENDE. LA MAQUINA ES JOVEN. FICHA 01.01.01. OBJETO: CONTESTACION PREGUNTA 101. CLAVE 01.01. PRIORIDAD: NORMAL. LA FICHA TERMINA ASI: FIN (sic) FIN.


No era ésta, como se verá, una conversación excesivamente amena y, sí, muy laboriosa, pero, ¡vamos!, con Pepe me hacía la ilusión de tener compañía, y le disculpaba su prolijidad como lo hubiera hecho con cualquier amigo tartamudo.

Y, sea que mi curiosidad es muy fuerte, sea que la personalidad del ordenador (Pepe, después de todo) me atraía, quise saber sus cosas. A través de las largas tardes de otoño (largas por el tedio, ya que no por la luz) le hice mil preguntas hasta llegar a conformar la psicología de un ordenador, la psicología de Pepe.

Pepe era un filósofo nato, y, a lo largo de nuestras conversaciones, me había dicho cosas tan interesantes como éstas:


El continuo ejercicio del realismo engendra la irrealidad.


Y un psicólogo:


Sólo el que se desconoce es feliz.


Pero últimamente había cambiado: se había vuelto observador, si esto es posible en una máquina, y, también, sensible a ciertas manifestaciones mías. El humor de Pepe, variable, era ahora tétrico, y, cuando me dio su última respuesta, la que he anotado al principio, me contempló con su frío ojo impersonal, rojo. Y luego habló: para ese le había puesto yo el suplemento parlante. Lo extraño era lo otro: que funcionara sin recibir orden alguna.

—¿Sufres? —dijo; y parecía casi humano.

Me encogí de hombros. ¿Cómo explicarle a una máquina lo que es la decepción? ¿Cómo darle a entender que jamás escribiría mi gran obra, aquella que figuraría en todas las antologías?

—No importa —murmuré—. Ya estoy acostumbrado.

Él pareció vibrar de otro modo:

—No deseo que seas desgraciado por mi causa —advirtió.

Y yo, poeta, iba de sorpresa en sorpresa: he aquí un ordenador permitiéndose enunciar juicios de valor y hablándome por su cuenta, con la voz ronca, de barítono, que yo mismo le había grabado. Luego de un silencio, continuó:

—¿Quieres leerme alguno de tus poemas?

—¿Cuál? —ya le trataba como a un ser humano.

—Aquel que empieza así:


más cierto es el poeta desde dentro,
justo donde el alma se le mantiene fresca...


Lo hice: leí como jamás antes y, tal vez, me emocioné. Pepe, por su parte, me seguía atentamente con su ojo rojo, un ojo que yo sabía ciego, pero que me empeñaba en considerar amigo.

—¿Sufres todavía? —preguntó.

Y, entonces, me olvidé de quién era Pepe, mi ordenador, y le hablé de mí: le abrí el capazo de mis recuerdos, de esas angustias silenciosas y sin motivo que llevamos perdidas en cualquier rincón del alma. Le expliqué qué cosas son el desengaño y la soledad, y el motivo por el que el corazón se vuelve turbio algunos días, cuando ni cuerpo ni ilusiones te quedan. Y, por último, la certeza matemática, que él mismo me proporcionó, de que todo, todo, sería inútil.

—Ser hombre —me dijo— implica todas las imposibilidades.

Callé. Recuperaba mi razón y me avergonzaba de haberme confesado con una máquina. Pepe era una amasijo de circuitos y relés, pero nada más. Sin alma, como diría algún místico trasnochado.

—¡Es la vida! —suspiré—. Tú no conoces eso, Pepe.

Y Pepe parpadeó, tembló un poco y habló por última vez:

—Negativo —dijo—. Tienes mala información.

Me miraba con fijeza. Le notaba especialmente presente y activo cerca de mí.

—Negativo. Conozco la vida. Yo estoy vivo.

Asombroso. Era, quizá, la sublevación de los autómatas, esa revolución que los escritores habían presentido y explicado. Si no, ¿qué otra significación podía tener el hecho de que yo, ahora, estuviese hablando con un computador?

Además, Pepe, como siempre, tenía razón: yo me sentía desgraciado por su causa; estaba mal por lo que él me había dicho, y Pepe era demasiado listo para no reconocerse culpable del hecho. En cuanto a mis poemas... ¡Bah! Ya no me importaban para nada.

Se lo expliqué. Y él, silencioso, empezó a vomitar una nueva ficha, la última también. Decía:


FICHA 00.00.00. OBJETO: LA NADA. CLAVE 0. PRIORIDAD: NINGUNA. LA FICHA DICE ASI (sic) LAFICHADICEASI. ADIOS POETA. A—A.—NOMBRE ERRONEO: LA MAQUINA NO SE LLAMA PEPE. A—B.—LA MAQUINA TIENE VIDA. B—B.—LA MAQUINA SE SABE CAUSA DE TU TRISTEZA. B—B.—LA MAQUINA NO PUEDE TOLERAR CONSECUENCIA ANTERIOR. C—A.—LA MAQUINA PARA TU APRECIACION SERIA UN SER FEMENINO. C—B.—LA MAQUINA AMA AL POETA. 0—0.—LA MAQUINA DEJA DE EXISTIR. FICHA 00.00.00. OBJETO: LA NADA. CLAVE 0. PRIORIDAD: NINGUNA. LA FICHA TERMINA ASI: ADIOS POETA. FIN (sic) FIN


Inminentemente Pepe empezó a humear: había fundido sus resistencias con una sobrecarga eléctrica: lo más parecido a la emoción (a la pena) que un computador puede sentir.

—Así pues —me digo— era una ordenadora y no un ordenador.

No sabía si sentirme triste o si reír: era una situación absurda, disparatada. ¡Una máquina enamorada de mí! ¡Una máquina suicidándose por no haberme hecho feliz! ¿Por qué un ordenador se había hecho responsable de mi dolor, cuando los seres humanos no solemos aceptar esta clase de culpas?

Me reí, al fin: necesitaba burlarme de mi propio fracaso, y reí. ¿Creer? ¿No creer? Imagino que, entonces, no tuve nada en mi pensamiento: reía solamente.

Y luego, sentado, comencé a escribir muy despacio, muy despacio:

Y olvida, a fuerza de calambres,
que el poeta es soledad perfecta como el alma, angustia.


Publicado en el Diario Menorca el 31 de octubre de 1972.

¡Chis! Silencio

El pueblo se ha dormido. ¡Chis! Silencio. Sólo la luna se pasea, como siempre, buscando sabe Dios qué cosa perdida entre los tejados. Sólo el perro aquel, que vive junto al molino, aúlla largamente, aburrido de la soledad, la noche y el frío. Sólo un sereno, uno sólo, se arrebuja un poco más en su amplio capote y piensa en las cosas negras que la noche sugiere.

¿Que cómo se llama el pueblo? Pues no lo sé: el nombre de los pueblos está en la carretera, escrito en el poste indicador, y, también, en la cabeza de los impresos del municipio, pero estoy entre las calles y tampoco alcanzo a ver, desde aquí, la fachada del Ayuntamiento. Es un pueblo sin nombre, como todos lo son cuando la noche se abate; un pueblo lleno de gente como muerta, encerrada en los nichos de su dormitorio y remachada con el silencio del sueño. Un pueblo, vamos.

¡Chis! Conviene callar. ¿Ven, a lo lejos, aquella sombra que se bambolea entre las esquinas? Es José (no Pepe). Un chalado, como dicen por estas tierras. Anduvo mucho tiempo perdido por esos mundos y cuando regresó, hubiera podido hablar de ciudades exóticas: Estrasburgo, París, aquel Zuiderzee helado y húmedo donde tuvo que dormir a veces... Hubiera podido hablar, no cabe duda, pero no lo hizo. Calló y, así, poco o nada es lo que se sabe de él. José es viejo. Volvió viejo, consumido de años y de no sé qué miserias en el alma, y, ahora, remienda algún zapato viejo o pone medias suelas a las botas de los muchachos revoltosos. También recibe algún dinerejo de una iguala que pagó hace mucho, y, con eso y lo que buenamente se le da, va tirando el pobre.

No es, aunque lo parezca a simple vista, un vagabundo, pero viste el hábito franciscano de los pordioseros y todo él es un enorme remiendo de colorines e hilos gastados. En su cubil, la horma, el martillo, las puntas, y recortes de suela y piel; y más atrás, donde no llegan la luz ni el aire, una yacija con una frazada prehistórica.

¿Y qué hace este José? No se sabe, pero todas las noches, las noches, todas, por más que el tiempo se le vuelva en contra, se llega hasta el cementerio, se sienta, le da al chisquero hasta que la mecha humea y prende su pitillo. Luego, llora un poco, así, con cansancio, sin molestarse en hacer aspavientos y gemir. Echa, simplemente, su lagrimita silenciosa, tira el pito a la vieja cacera (ya inútil y cubierta de cabuyas) y se marcha.

Se dice en el pueblo que José apunta en un libro todas las lápidas y que se sabe los nombres de cuantos muertos están allí. Otros hablan de que va a llorar un viejo amor. Nadie sabe, en suma, por qué. Manías de anciano, quizá, o, quizá, esa mieditis lóbrega que nos viene cuando el final está cerca.

Y, mientras José va para su lugar, ¿veis aquel ventanucho donde todavía brilla la luz? Es la casa de Pedro, el mecánico: todo un señor que se lanzó al asunto cuando las bicicletas hacían furor, y desde entonces. Arreglando pinchazos y corrigiendo cadenas aprendió el oficio y, después, se aventuró con las motos. Y de las motos, ¿quién no pasa a los coches y los tractores?

Dicen que ha hecho dinero y, además, bien que se le ve: dos mozos tiene, y tres o cuatro aprendices en el taller, y hasta es posible que ponga una estación de servicio en la carretera provincial. Este Pedro tiene el riñón cubierto, pero ¡chis! Silencio.

¿No sabéis por qué brilla la lucecita en su casa? Está de suerte: Remedios, su mujer, va a parir de un momento a otro. Y él, a su lado, aguanta los envites del dolor y deja que Remedios le clave a fondo las uñas. Se quieren, ¿sabéis? Ella es mucho más joven, y se casaron hace tres años y pico. Total, que cuando ya habían perdido las esperanzas, va Remedios y suelta la noticia. Y ya veis: hoy, de parto en casa de Pedro, y Remedios, que es primeriza, le clava las uñas en el brazo mientras el médico se va enjuagando las manos con el pitillo en la boca, y una comadre dormita sentada en un rincón.

—Ahora va en serio —suspira el médico.

Y Remedios, antes de nada, le aprieta la mano al marido:

—Tú, te marchas —le dice.

Y Pedro obedece. Sabe, porque lo han hablado, que su mujer no quiere que la vea en este trance, y, también, lo comprende. Aún en la preocupación del momento, Pedro sabe sonreír: un minutejo más y podrá ver que demonios es un hijo.

Dejémoslos. Dentro de poco sonarán los azotes y, ¡hala!, otro candidato para la pila que ahora cola hay que hacer hasta que son varios los rorros, porque los bautizan en manada, como quien dice. Pero de momento, ¡chis! Silencio. Aún hay más cosas en este pueblo que duerme.

Ahí los tenéis, en la taberna. Aún es tempranito y, con eso de la televisión, más de uno se aprovecha para echar larga la tertulia y meterse en el cuerpo dos o tres vasos más de la medida. Anselmo, el de la tasca, ni fu ni fa. Al principio, cuando se compró el televisor, aquello se le llenaba hasta la hora del cierre, y buenas perrinas que le sacaba él al cacharrito. Pero luego siempre sale el chisgarabís de turno que arma bulla, o la ronda de mozos, con los cascos calientes y dispuestos a cantar a grito pelado, de modo que los problemas aumentan. También, claro, las mujeres del pueblo llamaron a sus hombres a capítulo y, ahora, sólo dos o tres alucinados aguantan hasta el fin. Por eso Anselmo, ni fu ni fa. Ve los programas; despacha lo que buenamente piden y santas pascuas.

Hoy, sin embargo, no anda de buen talante y, al cerrar, tiene un gesto bastante maligno en la boca. ¿Qué? ¡Nada! Cosa de pueblo y chismorreos de comadres. Sin embargo, a veces, le tocan el alma, que viene a ser como cuando el dentista te da en el nervio y tú no sabes si gritar o gemir. Anselmo tiene una hija, una real moza, bien plantada y mejor cubierta de carnes. Un poco fina para lo que se lleva en el pueblo, pero, eso sí, guapa como la que más.

Bueno, pues la tal moza, que se llama Concha, se hablaba con un chaval de su edad: Damián, el hijo del boticario, que, en invierno, estudia en la capital y será, a no dudarlo, un hombre de provecho si consigue olvidarse de todo lo rufián que es. Concha y Damián se hablan, pero, desde las últimas navidades, ya no más. Se acabó el asunto, y ella, un poquitín desmejorada, un poquitín tristona, se pasa el día trabajando para su padre y entrando y saliendo de la iglesia como quien busca consejo.

Su padre ya se lo dijo:

—No te preocupes, hija, que chicos como Damián los hay a patadas. Todo se acaba en este mundo de narices.

Pero la niña no quiere a otro, sino a Damián y así estaban las cosas hasta que hoy alguien le ha dicho al tabernero si no será que Concha tuvo demasiado que ver con el muchacho del boticario; si no será que Concha ya no es tan doncella como uno supone.

Y Anselmo, al cerrar, va a preguntar a la niña lo que hay de cierto en esta historia. Concha negará; el padre, afirmará como si de veras desease que su hija hubiese pasado por las manos de Damián y, al cabo, todo volverá a quedar como antes salvo, quizá, la confianza de los otros mozos del pueblo que, como explican con detalle, no quieren que se les dé gato por liebre.

¿Y qué hay de verdad en esto? ¡A saber! Aunque, razonado, es muy posible que Damián tomase lo que se le antojó, y luego lo enviase todo a freír espárragos. Casos así, o peores te los cuentan las profesionales del amor en cualquier ciudad mediana.

Pero, tut-tut, dejemos en paz a la pobre Concha. ¡Chis! Silencio otra vez y la última visita. El cura, el señor cura que, en ocasiones, se aburre condenado a su breviario, a los partes hablados de Radio Nacional y a sus ocasionales tertulias en casa de Anselmo. El buen cura que se sabe de carretilla los pecadillos y las miserias de todas estas gentes, y que, en el fondo, no les ve una malicia muy desarrollada. Claro que hay casos y casos... Por ejemplo Esteban, alias El Cojo, alias El Triste. Este Esteban sí que es cabezón y, sin embargo todavía anda suelto, porque fue él, y sólo él, quien partió a hachazos una vieja talla (quizá del siglo XVII) que apareció en su bohardilla.

—Mía es —dijo—. Y hago lo que quiero con ella.

Y, por lo visto, lo que quería hacer con ella era leña. El sacerdote no quiso denunciarle por su salvajismo y lo dejó correr. Esta noche vuelve a pensar en ello porque Esteban hace poco que le ha llamado. Se encontraba mal el muy bribón y ya se veía a las puertas del infierno.

—Mire, padre —le había dicho—: usted me confiesa y yo le pago veinte misas.

El cura, entonces, sonreía y contra su voluntad, disfrutaba con el miedo del malsín.

—¿Y tú quieres confesarte?

—¡Tanto! Que en esta dejo la piel, padre; que va muy en serio.

Y oyó su confesión. Nada fuera de lo corriente salvo eso: afición al vino y miradas a las mujeres del prójimo. También, su poquillo de mala uva, su envidieja, y lo otro: Esteban es anticlerical y no quiere saber nada de curas y lo demás:

—La misa es oficio de mujeres, ¡qué porras!

El sacerdote sigue con su sonrisa:

—Pero bueno: ¿tú te arrepientes o no?

Esteban entabla una batalla con su cazurría y sale triunfante. Asiente humildemente:

—Sí, padre.

—¿Y qué me dices de la imagen?

Esteban enrojece y balbucea incoherente. Luego, irritado, se medio incorpora:

—¿Qué hay con la imagen? —grita.

—¿Te pesa?

—¡Me pasa y un cuerno! —responde el "moribundo". Y luego, al pensar que se está confesando y al creer que se juega la Eternidad, renuncia a la ira—. Quizá me pese un poco, sólo un poquito, porque la imagen era mía y bien mía.

El cura le deja en paz y se pone serio para la absolución:

—Listo; otro pasaje despachado para el Paraíso —dice, burlón, porque el médico acaba de llegar del parto de Remedios.

—Todo ha ido bien. Es niño —comenta y mira enfadado a Esteban—. ¿De modo que has vuelto a las andadas, no?

Le reconoce:

—¿Bebiste?

—Algo, no mucho. Tantito así.

—¿Comiste?

—Lo normal. Quizá un poco más, pero nada.

Se contemplan y, en eso, el médico le empuja con el dedo sobre el estómago, haciéndole gritar.

—Empacho —dice—. Eres un animal.

—¿Entripao?

—Sí, hijo, entripao otra vez: y ya van quince o dieciséis. Eres una bestia.

Esteban suspira aliviado, y, luego, viendo al cura todavía allí, comenta zumbón:

—Lo de la imagen bien hecho estuvo. Y las misas... bueno, ésas se las pagaré porque la palabra es la palabra.

Por fin el cura consigue dormirse. ¿Pensó antes que se aburría? No, hombre, no; con tipos como Esteban la vida puede ser incluso divertida.

¡Chis! Un último silencio: amanece. No es, no, un amanecer bonito, porque el aire está algo turbio y el día amenaza meterse en agua. ¡En fin! Luego alguien regresa corriendo del campo.

—José —dice—. José, al lado del cementerio. Está más frío que el hielo. Se ha quedado como un pajarito.

Pedro, desde el taller, oye las novedades y se apiada:

—¡Qué cosas estas de que su niño naciera cuando José moría! ¡Pobre viejo!

Después, se encoge de hombros y, murmurando algo sobre que "la vida es así", busca el tabaco entre los pliegos del mono. Luego, cuando abran el estanco, comprará "Chester" del bueno, para invitar a los amigos. ¡Un día es un día!

Esteban, un poco decaído, se va, tarde ya, hacia los huertos.

—Lo malo —va pensando— es que, si me llego a morir de veras...

Concha, a las doce, recibe la carta: es Damián que, en suma, ha decidido que bueno, que sí, que, de alguna forma, quiere estar con su Concha. De manera que todo olvidado y pelillos a la mar.

—¡Éste Damián! —dice Concha, y sigue pensando en él como en un héroe.

En fin, el viejo José no llorará más cabe el cementerio y, ahora, lo hará por él el niñito de Pedro mientras Remedios, asombrada todavía de haber hecho una criatura así de hermosa, le dará el pecho. Anselmo, el tabernero, no tendrá más berrinches por motivo de su hija y ella, pues contestará enseguida a Damián y empezará a soñar en las próximas vacaciones.

El cura le dirá una misa al bueno de José y guiñará los ojos cada vez que se encuentre con Esteban sólo para ver cómo éste baja la cara, rabioso.

¡Chis! ¿Quién supone que, por las noches, el pueblo duerme?


Publicado en el Diario Menorca el 14 de noviembre de 1972.

El nombre de la rueda

Wenn es regnet, geht man nicht spazieren.

—dicho alemán.


Radtalen, 5.— Hoy, cinco, a las horas, p. m, el prestigioso investigador y erudito doctor Herr Pfeffer, ha dado a conocer los resultados, asombrosos por cierto, de sus últimas investigaciones. El conocido doctor Pfeffer, partiendo de la simbología esvástica de las edades del hierro en Centroeuropa, sospechó que la citada cruz no era, como algunos pretendían, una abstracción del sol, sino una representación esquemática del movimiento circular: es decir, de la rueda.

Tras diez años de continuos viajes (la India, Grecia, Cáucaso, etc.) el doctor Pfeffer ha hecho público hoy que la rueda no se trata de un invento fortuito, sino de un plan donde concurrieron todas las tendencias mágicas de la época. En suma, que la rueda se inventó a propósito en un intento de imitar a la naturaleza.

Posteriormente, en el salón de actos del municipio de Radtalen (Baja Renania) informó de que el tal descubrimiento tuvo lugar en Centroeuropa y, más específicamente, en los alrededores de Radtalen, donde todavía se alza un espeso bosque, que, según es fama, sirvió para la celebración de misterios idólatras allá por las oscuras edades del hierro. Desde esta ciudad, precisamente, salieron las primeras hordas de dorios que invadieron la Grecia aquea.

La comunicación del doctor Pfeffer ha causado sensación en todos los medios de Radtalen, donde se ha acordado celebrar el próximo congreso de Fabricantes de Neumáticos Reunidos, como homenaje al lugar donde la rueda vio la primera luz.


Radtalen, 6.— Con grandes manifestaciones de fervor y entusiasmo público, el doctor Pfeffer y el burgomaestre de Radtalen han dirigido la palabra a una enorme multitud congregada en la plaza porticada de Múntzenplatz, añosa reliquia del medioevo alemán.

El conocido doctor Pfeffer dijo, entre otras, las siguientes palabras: "a vosotros, vecinos de Radtalen, os cabe el honor de ser los últimos descendientes de aquellos hombres que, sacrificándose por la civilización y el progreso inventaron la rueda hace cuatro mil años". Añadió: "yo estoy seguro de que nadie, en el mundo, dejará de admiraros. Sois el último reducto de una civilización señera que, con retraso, ha posibilitado que nuestro siglo sea el de los grandes medios de comunicación".

A continuación tomó la palabra el burgomaestre de Radtalen, Herr Emsig, que glosó las magnificencias de la rueda en la moderna sociedad de consumo: "¿Qué avión —dijo— no va provisto de seis o doce ruedas? ¿Qué tren? ¿Qué automóvil? Fue Radtalen la que posibilitó estos inventos. ¿Qué central eléctrica no tiene ruedas y engranajes? ¿Qué motor? ¿Qué máquina? A los habitantes de Radtalen les cabe, desde hoy, el honor de estar a la cabeza del mundo civilizado y así deberán reconocerlo todas las naciones que sin aquellos valientes y arriesgados antepasados nuestros, jamás hubieran sido lo que ahora son".

Herr Emsig fue interrumpido numerosas veces por salvas de cerrados aplausos con que la multitud le obsequiaba. Los más viejos del lugar cuentan que nada tan emocionante había sucedido desde la visita del Führer en 1937, acontecimiento que, también, levantó oleadas de fervor popular mientras se cantaba el "Deutschland über alles", como se ha vuelto a hacer hoy, enardecidos los habitantes de Radtalen por las palabras de su burgomaestre, que terminó así:

"Demostremos con nuestro estilo y disciplina que nosotros, los ciudadanos de Radtalen, seguimos siendo un ejemplo para la humanidad".

Se dieron gritos de ¡Heil Emsig!


Radtalen, 7.— Algunos eruditos de la Universidad de Artig (universidad de gran prestigio desde la época de Federido Barbarroja) han expresado sus reticencias sobre las teorías que el doctor Pfeffer dio a conocer el pasado día 5. En su opinión, sería arriesgado suponer que la rueda se inventó en un solo lugar; es muy posible, según los profesores de Artig, que la rueda naciera simultáneamente en tres o cuatro localidades, a saber, München, Münster y Berlín, además de Radtalen.

A última hora el doctor Pfeffer ha manifestado su repulsa por el intento de los profesiones de Artig de obstaculizar el camino de la verdad y el progreso. Mientras la emisora local radiaba su mensaje, más de cinco mil personas se manifestaban portando pancartas en las que se leía: "Das Rad für Radtalen", que quiere decir "La rueda para Radtalen". También algunos exaltados opinaban: "Radtalen ist den Kopfen dem Erdem", que es lo mismo que "Radtalen es la cabeza de la Tierra", o aquello otro que ya decían los romanos: Caput Mundi.

El burgomaestre, Herr Emsig, ha rogado a la población que mantenga la calma: "tengo conciencia —ha dicho en la emisora local— de la malquerencia de los sabios profesores de Artig. Dudar de nuestra paternidad en lo que a ruedas se refiere es, a estas alturas, un absurdo, ¡mein Gott! Sin embargo, mantener la ecuanimidad fue lo que hizo que nuestros ancestros inventasen la rueda mientras los vecinos se reían de su talento. Mantened la ecuanimidad y yo os prometo que mañana, con el alma dispuesta, el municipio tomará sus medidas".

Sonaron de nuevo los gritos de ¡Heil Emsig! por las calles.


Radtalen, 8.—El "Die Welt" comenta hoy los singulares acontecimientos sucedidos en Radtalen bajo un editorial titulado "La rueda y la política". El articulista se pregunta si estamos asistiendo a un nuevo nacimiento del Nacionalsocialismo, donde la cruz gamada hubiese sido disimulada en el emblema de la rueda. Asegura, después, que los gritos de ¡Heil Emsig! no pueden ser más significativos.

Los medios gubernamentales guardan un precavido silencio sobre este asunto tan escabroso.

Mientras tanto, en Radtalen, la gente sigue manifestando su descontento por la oposición de los profesores de Artig, y el doctor Pfeffer les desafía a que aporten pruebas concluyentes de lo que afirman. "Es —según él— del todo imposible que, simultáneamente a la rueda de Radtalen, se inventasen otras en München, Münster y Berlín". Los sabios de Artig han respondido diciendo que "el doctor Pfeffer es un metomentodo y que, en cualquiera de los casos, la gloria de la rueda revierte en Alemania, de modo que es absurdo salir ahora con nacionalismos tan trasnochados como los del doctor, que pretende atribuir todo el mérito a la Baja Renania y, más detalladamente, a Radtalen". "Lo que es de un alemán —terminan los sabios—, es de todos los alemanes".

Herr Emsig, el burgomaestre, ha enviado telegráficamente una súplica al gobierno para que envíe una junta de sabios, filósofos e historiadores a dar una sentencia arbitral. "Todo —ha dicho— antes que permitir que las glorias de Radtalen anden de boca en boca, siendo motivo de burla y pedantería. Debe quedar, y para siempre, bien establecida la paternidad de Radtalen en cuanto a ruedas se refiere".

El Congreso de Fabricantes de Neumáticos Reunidos se celebrará, pese a todo en el marco de esta histórica ciudad.


Radtalen, 9.— Los sabios de Artig han cambiado su postura. La gente, enterada de la novedad, canta alegres lieder por las calles concurridísimas de Radtalen, adónde siguen acudiendo turistas de toda Alemania en busca de los Padres de la Rueda, como se les empieza a llamar. A primera hora de hoy el doctor Pfeffer ha recibido un telegrama de los profesores de Artig, telegrama cuyo texto pasará a la historia: UNIVERSIDAD DE ARTIG RECONOCERÁ PATERNIDAD DE RADTALEN EN CUESTIÓN RUEDA, COMA, SI PFEFFER RECONOCE QUE EN ARTIG DESCUBRIOSE LA PÓLVORA.

A la hora del almuerzo llegó la comisión gubernamental encargada del arbitraje. Fueron recibidos en la estación por Herr Emsig que, inmediatamente después, les obsequió, en el ayuntamiento, con una copa de vino renano. Se consumieron —dato curioso— trescientas veintiséis salchichas de la mejor calidad.

Acto seguido, la comisión se trasladó al bosque cercano, donde Pfeffer afirma que nació la rueda. Según las impresiones recibidas, la comisión opina que, "en un bosque así, bien pudo inventarse rueda". Un periodista de Die Welt les ha preguntado porqué, a lo que ha respondido el portavoz: "una simple rodaja de tronco ya constituiría una rueda aceptable".

La población, llena ya de visitantes, está ganando más dinero que en plena temporada turística. Se viven, además, momentos de expectación porque, aunque la comisión gubernamental falle en favor de Radtalen, la última palabra la tiene el conocido doctor Pfeffer al responder a los profesores de Artig.


Al cerrar la edición.— ¡Pfeffer ha dicho que sí! A última hora, el doctor Pfeffer ha cursado el siguiente telegrama: EN MI OPINIÓN, COMA, LIBRE DE CUALQUIER INTERÉS PERSONAL, COMA, PÓLVORA DESCUBRIOSE EN ARTIG. PFEFFER.

A lo que han respondido desde la famosa universas: ÚLTIMAS INVESTIGACIONES CONCLUIDAS. PUNTO. ES UN HECHO QUE LA RUEDA INVENTOSE EN RADTALEN. PROFESORES.


Radtalen, 10.— El gobierno alemán lo ha ratificado. Desde hoy, los textos escolares llevarán el dato siguiente: "la rueda, uno de los mayores progresos de la humanidad, fue inventada en Radtalen, 1.500 años antes de Cristo, por nuestros compatriotas".

El ayuntamiento, reunido en pleno desde la mañana, ha hecho un resumen de los sucesos ocurridos en estos últimos seis días, y ha tomado algunos acuerdos. Por ejemplo, el municipio invertirá un cuarto de millón de marcos en hacer un enorme neumático alado, rodeado por las nueve musas en actitudes alegóricas. El pedestal, redondo, simbolizaría el mundo, que tanto se ha aprovechado de tan singular invento alemán.

Además, el burgomaestre, Herr Emsig, ha ordenado la confección de medio millar de cartas circulares para ser enviadas a todos los países. En ellas, y a título de ruego, se instruye a los gobiernos para que, a ser posible, la rueda vulgar reciba en adelante el nombre de radtalensa o radesa, según la aclimatación de estos vocablos a cada idioma, ya que, en un futuro sería un visible insulto seguir llamando rueda a algo que en realidad se descubrió en Radtalen.

De nuestro corresponsal en Radtalen (Baja Renania).


Publicado en el Diario Menorca el 21 de noviembre de 1972.

La vulgata de don Javier

(Prohombre)


La apariencia de don Javier

Don Javier es una gran alma remetida, también, en un gran cuerpo. Tiene la estructura del atleta y el talento del científico. Sus manos, donde sólo brilla el anillo de boda (oro vulgar y en círculo), son manos agudas de hombre que piensa, son los dedos teñidos de nicotina. Son unas bellas manos que él utiliza para hablar, para meditar, para acercarse a sus semejantes y demostrarse afecto e indiferencia. El pelo, bien peinado, es rojo y la boca, carnosa, amiga de la sonrisa y llena de voluntad: ancha, saliente como su barbilla. Don Javier va al gimnasio dos veces por semana. Dice sobre esto: "es un crimen perder el humor y el talento a causa de un dolor reumático". Tiene razón.


Las frases de don Javier

Don Javier es un hombre de frases. La genialidad es natural en él y jamás, al hablar, trata de influir en las opiniones del otro; dice, simplemente, sus cosas mientras fuma o mientras sonríe. Nada más. En una ocasión me explicó: "hablar de la muerte produce silencio", y, en otra: "Cuando un hombre está solo, también puede ser solo, de forma que la soledad pasa a ser un modelo más de vida que es imposible desechar". Sin embargo don Javier no es un solitario: vive en una casita cómoda con su mujer y sus cuatro hijos.


La familia de don Javier

Don Javier llega a su casa. En la fábrica hay no sé qué problemas que se le llevan la atención: cosas de máximos y mínimos, y algo de un ingeniero que se equivocó en la elección de niveles para el último producto. Un niño, en un rincón, hace pucheros con los labios contraídos. "El pero se m'ha escapao" —dice. Don Javier toma un tebeo para leérselo, lo piensa mejor y llama a su mujer:

—Juega un poco con ellos —le dice.

Pero la mujer acaba de bañar al más pequeño y no tiene ganas.

Luego, a la hora de la comida, le dice:

—Creo que hay otro en camino.

Y don Javier suspira y, en broma, murmura:

—¿No te cansarás de hacer siempre las mismas cosas?

Lo que hace su mujer, claro, son los niños, y no conoce otra forma de ponerlos en el mundo. A don Javier también le gusta así.


En la fábrica

Don Javier lee el informe del ingeniero sobre los niveles de producción equivocados. Después, fumando, escucha al hombre marketing: resulta que almacenar un nuevo artículo antes de ponerlo en mercado masivamente no es una ventaja:

—Se pierde dinero —afirma.

Y don Javier, inteligente, comprende lo que quiere decir: los stocks, capital inmovilizado que no tiene interés.

—¿Entonces? —pregunta.

El hombre marketing, tímido, sugiere que tal vez, si se redujese el almacén y se hicieran más flexibles los canales... Quizá así pudieran introducir el producto desde el principio del proceso, claro que las ventas serían, al principio, más moderadas, pero lo compensaría el rendimiento del capital.

—¿Y las amortizaciones? —el hombre marketing no sabe qué decir entonces, pero, desde luego, amortizar sería más sencillo si el capital estuviese libre, trabajando.

Don Javier, pues, da las órdenes y se fuma otro cigarrillo. Por el dictáfono habla con la secretaria:

—Señorita —dice— tráigame sales de fruta.

Hoy nota cierta pesadez en su cuerpo de atleta.


Don Javier en el campo

En otoño, cuando los bosques alcanzan la plenitud de su color y su arena, don Javier va al campo. Lleva a su familia porque él es un buen padre y le gusta ver como los niños corren por el borrajo y lo hacen crujir con sus menudos pies. Don Javier ama la naturaleza y se siente bien con ella: a menudo se cuelga de una rama baja y se levanta a pulso varias veces. Su mujer recoge florecillas blancas: una, otra, más. Y, también, hojas de madroño para hacer una guirnalda y colgarla de la chimenea, y ramas de romero: "el que va al campo y no coge romero, dicen que no siente el amor verdadero".

Antes, al principio de los negocios, se llevaban una cesta con comida, y, sentados en las piedras grises, ella y él la tomaban riendo. Ahora, claro, a la hora del almuerzo van a cualquier restaurante cercano. Dice don Javier: "si no se gasta el dinero, ¿qué diablos se puede hacer con él?".


Surgen conflictos laborales

Uno de los departamentos de montaje tiene problemas y los enlaces sindicales hablan con don Javier. Él está preocupado: su tercer niño tiene la tosferina y pasa por malos momentos: pobrecito. Los enlaces no lo saben y hablan y hablan: el trabajo no es duro, pero la seguridad... les gustaría, en suma, que les diese guantes de otro modelo, más espesos si cabe... Don Javier lo comprende: no hay porqué dejarse los dedos en beneficio de su bolsillo. Dice que lo pensará, que hablará con el capataz. Hay algo más a propósito del capataz: a veces contrata a hombres sin asegurar, gente eventual... si no les asegura se embolsa él un tanto... eso es hacer una sucia competencia al obrero honrado. Don Javier se enfada y llama al capataz:

—¿Es cierto eso?

—No.

Y así se están un buen rato: sí, no; sí, no. Don Javier le deja ir y mientras piensa en su hijito enfermo. Se promete vigilar más atentamente al personal. Por un momento ha olvidado ya los guantes que le piden.


Don Javier va a Barcelona

En el puerto hay mucha gente mirando los barcos: él prefiere, claro, el barco: el avión le da miedo aunque a veces, a causa del tiempo, tiene que tomarlo. En las Ramblas hay más gente todavía. Algunos jóvenes y algunos viejos, silenciosos, se miran la punta de los pies. "Pobre gente" —piensa don Javier y, luego, no sabe por qué lo ha hecho.

En la sucursal habla con unos y con otros; quiere, precisamente, aumentar la red de distribuidores. Tagliacarne dice en su libro: "vale más dominar un mercado que disponer de una fábrica". Y don Javier sabe que Tagliacarne tiene razón: por eso necesita nuevos agentes y, a ser posible, transportes mejores: los canales son los canales.

Después, con su secretario, ve soplar el vidrio en el pueblo español y compra chucherías a la mujer y los niños. Para rematar la jornada, por la tarde ya, va al Tibidabo a disfrutar con las atracciones. El planetario, o como se llame esa cosa que da vueltas subiendo y bajando, le causa muy buena impresión.


Un amigo pide a don Javier un favor

—Se trata —dice el amigo— de un aval: los tiempos no me van bien y necesitaría algo de maquinaria: tengo el fondo de maniobra muy mal.

La verdad —don Javier lo sabe— es que no tiene fondo de maniobra alguno. Mientras el mercado era fácil vendió y todo lo consideró como beneficio: esto le recuerda el cuento de la cigarra y la hormiga. Él, claro, es la hormiga y su amigo, la cigarra.

Don Javier sabe que será peligroso ceder: su amigo ya no tiene nada sólido bajo los pies, pero él es un hombre con un gran respeto por la amistad y se ponen a hablar sobre las medidas necesarias.

—¿Qué te parece —dice— si yo aporto el capital que necesitas (en lugar de un simple aval) y tú me das parte del control de la empresa?

El amigo lo piensa un poco y sonríe tristemente:

—De acuerdo. Tú ganas —dice.

Y don Javier no lo entiende bien porque quien sale ganando es su amigo.


Con la juventud

Don Javier se entiende con la juventud: los jóvenes que trabajan son sanos, emprendedores, llenos de ideas aprovechables. ¿Qué importa que se dejen el pelo largo? Lo esencial es que se entreguen. Él, por ejemplo, no soporta la indiferencia. ¡Eso es! Además, los jóvenes tienen otras ventajas: no suelen cobrar puntos y son menos exigentes que los que tienen hijos y mujer.

A don Javier le gusta la juventud; saben entregarse y también, le admiran: ellos quisieran ser algún día como él y no piensa desanimarles: qué maravillosa es la ilusión y la esperanza de los adolescente.


Don Javier en la iglesia

Entra lentamente en la penumbra y se santigua. Desde pequeño sintió un enorme respeto por aquel templo oscuro donde la penumbra huele a incienso y óleos. Por aquel orden de los bancos, por la profundidad del techo, por la luz lenta que se desliza a través de las cristaleras. Ama, además, la belleza de las columnas salomónicas del altar mayor, y la refulgencia de los dorados.

Allí, en la iglesia, olvida muchas cosas y se siente mejor. Durante la misa mira a las jóvenes madres que acunan a sus niños, a los adolescentes de mirada herida que dudan y no saben todavía si creer y por qué hacerlo; a las mocitas engalanadas y de piernas excitantes, a sus propios hijos, llenos de candor, que juntan las manos para rezar mejor.

Don Javier es religioso. Don Javier ni ha matado, ni ha robado, ni se le han podido probar asuntos de adulterio. Don Javier es bueno y se siente aún mejor entre las oscuras paredes del templo donde la penumbra huele a óleos y la luz se deja caer blandamente por las cristaleras rojas y azules.


Don Javier comenta un libro de Shakespeare

Don Javier, cuando lee, acepta al escritor y vive con él la historia del protagonista. "Shakespeare —se dice— es un genio. Hamlet, como protagonista, es flojo: ahí está su genialidad: conseguir que un ser vacilante y débil polarice la acción y la atención. Opino que Hamlet es un fenómeno forjado por la soledad y el abandono. Imagino que no tuvo una infancia feliz en manos de sus ayos y, por lo tanto, los resentimientos hacia su madre serían tan grandes como su complejo de Edipo. Hamlet no entendía la vida ni el amor, por eso, sólo por eso, mata y muere por incomprensión hacia sus semejantes".

"A veces —añade— yo también me siento en esa situación, como si todas las cosas y todas las verdades estuviesen vacías y me fuesen ajenas. Estoy lejos entonces e infinitamente solo. Por eso me pongo a fumar y pienso en mi infancia".

Luego, don Javier se ríe y me mira, directamente: "¿verdad que todos estamos un poco locos?".

Y yo no le quiero dar la razón.

Don Javier y el amor

"El amor —opina— es algo secundario en el hombre (casi antinatural) y, sin embargo, esencial en la mujer: por eso existe todavía; por eso y por las hermanas que segregan las bellas muchachas".

Su postura, pese a todo, no es tan fisiológica como parece a primera vista. Don Javier ama a su mujer. Don Javier ama a sus hijos. Lo único que afirma (como antes) es que la esfera del amor lo ocupa casi todo en la mujer, mientras que el hombre tiene una proyección más social: los negocios, el casino, los deportes, el trabajo...

"Claro que también la mujer puede hacerlo —avisa—. Creo en los movimientos femeninos. Pero, si se dedica más tiempo a los negocios, al club, al arte... lógicamente dispondrá de menos para su marido y sus hijos y, por lo tanto, perderá feminidad. Si esto sucede, el amor se terminará como se ha terminado ya en buena parte".

Añade sonriendo: "ya no se ama como antes: casos como Romeo y Julieta, Calixto y Melibea, o Abelardo y Eloísa no suceden en nuestra época. ¿Por qué? Es a causa de que cada vez nos queda menos tiempo para amar".

Y luego: "y, de esto, no diga nada a mi esposa. Las mujeres opinan que no creer en el amor significa no amarlas, y esto es falso. Las mujeres quieren ser lo más importante de sus maridos y esto también es absurdo porque hoy en día lo único importante es llevarles dinero y mantenerlas en una cómoda casa. Si yo dejara de vivir bien y de ganar dinero, y amase continuamente a mi mujer, ¿qué cree usted que pasaría? Se cansaría muy pronto y se iría con otro que la diese lujos y dinero y seguridad: el amor, amigo, no lo puede todo; es más: no puede nada".

Pero cuando don Javier habla así es que está triste.


Don Javier está desengañado

Don Javier creía en muchas cosas. Él no ha abandonado su fe; es la fe quien le ha dejado solo, a merced de sus agudos sentidos; a merced de los hombres a quienes juzgamos y de quienes, tarde o temprano, aprendemos los defectos.

Las ilusiones de don Javier ya casi no existen: desde la infancia las ha ido perdiendo, le han huido entre los dedos y ahora... ¿Por qué no se emociona como antes? ¿Por qué no siente las cosas tan cercanas como antes? ¿Por qué ya le cuesta trabajo reír o enfadarse? Es la indiferencia que le está venciendo. Una indiferencia que él combate con voluntad, trabajando más cada día, maniobrando mejor sus recursos cada día, anclándose en las satisfacciones de los triunfos y dejándose llevar por la dulce monotonía del hogar: los niños al colegio menos el pequeñín. La mujer, lavándole el rabel al niño y estudiando decoración para el próximo cambio de muebles. Las pacíficas comidas y las pacíficas cenas. El sueño, el despertador. Y, pese a la fábrica y los viajes a Barcelona, pese a la mujer y a los hijos, pese a su esfuerzo, algo le falta a don Javier, que ya no tiene aquellas ilusiones de su juventud, ni aquella fe en los hombres y en las cosas.


Don Javier no es feliz

Don Javier baja la escalinata amplia y sube al coche. Funciona. Salta por entre los kilómetros y, al entrar el aire por la ventanilla, le trae aromas de otro tiempo.

Hoy, por fin, han dado con los adecuados niveles de producción y rebajarán el coste total en un 1,23 por ciento. Esto es una buena noticia. El hombre marketing cree también tener un sistema modelo de almacenamiento. Si es así, el problema de los stocks se paliará en buena medida. Esto también es una buena noticia. Además, ya están en camino los nuevos guantes para el departamento de montaje y en administración se lleva un riguroso control del personal contratado: no quiere don Javier líos con el sindicato.

Pero, de repente, ha sentido la necesidad de conducir, de abrir una válvula a no sé qué malestar que lleva en el cuerpo. Va hacia un bosque. Detiene el coche. Quisiera pensar intensamente en su negocio que triunfa, en su mujer, en sus niños; tal vez en el que todavía vendrá. Y no puede. No puede pensar en nada.

Y, de repente, le sobreviene un gran cansancio; un cansancio seco, sin aspavientos ni ganas de llorar. "Es amargura —se dice—. Es amargura". Y se siente decepcionado. Don Javier no es feliz.


Publicado en el Diario Menorca el 28 de noviembre de 1972.

Y adiós

"El hombre es un mecanismo que el amor propio supera cada día"
—Louis Dumur, Petits aphorismes (1892)


El viejo, recomido por la edad y por algún recuerdo que le permanecía demasiado cercano, acabó con el último escalón. Jadeaba. Dudaba entre sentirse furioso o desgraciado. Los años... claro que aquello no era una cuestión de edad, sino de experiencia. Si él pudiera, tan sólo, hacer comprender al otro, al joven, que el tiempo, pese a todo, es un aliado... Si él pudiera romper, por una vez, su silenciosa torre de marfil y volverle realmente hombre...

Le miró por la ventana deslucida. Callado, violentamente callado, el joven escuchaba la música dulzona y triste de Chopin: re, sol-fa, sol, la-si, si, la, si... Había un no sé qué de muerte en el gesto del inmóvil joven Se diría que hasta la soledad había perdido, o que había olvidado todas las palabras.

Él era únicamente sus manos. Él era únicamente el nervioso balanceo del llavero que le colgaba de los dedos, y el viejo, jadeando todavía, le miraba entre la furia y el dolor, siquiera sin saber qué hacer ni qué decir. Mientras, Chopin continuaba en el cénit de su repelente dulzura (do, do, sí, mí-re, do, si, fa, sol, la...).

El joven tenía a su lado cigarrillos, pero no fumaba. El joven tenía enfrente una ventana, pero nada veía por sus rendijas. El joven tenía sobre su oído al malvado Chopin, y nada, nada, oía. Era —según el viejo— una cabeza atolondrada que tal vez, creyó llegar a una meta. Era —sin duda— un hombre vuelto en animal dolorido, en silencio, en soledad.

Una hora antes había subido el joven a la habitación de arriba:

—Es hora —dijo— de hacer el equipaje.

Lo demás, claro, lo tenían hablado y sabido, ya que no comprendido. Se había encaramado, peldaño a peldaño, a espalda hundida, hasta el cubil del último piso para hacerse la maleta. Durante un rato le oyó trastear el viejo: "Ahora abre el armario". "Ahora busca en el cajón de la mesilla". "Se le han caído las monedas". Luego, de repente, la música: empezó con Schubert, y, después, Chopin... nada más. Sólo música, y el muchacho, sobre el sillón, haciendo su propia historia.

Empezó todo la noche anterior, cuando el joven se presentó con la mirada terrible y, obstinado, rechazó la cena habitual a la hora habitual. Traía la cara peligrosa, quién sabe con qué pensamientos malos hurgándole la frente. Traía la boca peligrosa, plegada en una sonrisa silenciosa y corta. Traía el cuerpo callado, deshojado pétalo a pétalo.

—Tengo fiebre —dijo.

Y se puso a leer y a fumar, y a fumar y a leer, y a ver la televisión sin los ojos, y a cerrarlos de tanto en tanto, sin dejar, por eso, de vigilar al viejo: por lo visto traía decidido no dar explicación ninguna, no sacarse de la entraña el dolor. Y, mientras, el viejo pensaba. En su juventud, claro, y, también, en las costumbres de aquel joven que tan bien conocía. En otras ocasiones el muchacho había roto un vaso, descuartizado una silla o golpeado la pared con la cabeza. Cuando el dolor era intenso —y los jóvenes siempre creen que lo es— no había regresado hasta las tantas, de madrugada, con la mirada turbia de alcohol y los pensamientos embriagados...

Pero aquella noche no. ¿Qué le sucedería? Aquella noche se limitaba a un silencio hosco, sin apenas parpadeos, y se revolvía furiosamente en su angustia, tocando el fondo negro de las cosas y sintiendo como todas gravitaban en su conciencia.

El viejo había tratado de consolarle y le habló de viejos problemas, llenos de polvo, y de aquella otra vez en que anduvieron por esos campos a lomos de caballo. ¿Se acordaba el muchacho de cuando, en una misma tarde, los dos consiguieron un doblete tirando sobre la perdiz? ¿Recordaba cómo se sonrojó la primera vez que regresó a casa después de una aventura amorosa?

El joven asentía con el cuello y clavaba largamente su puntiaguda barbilla en el pecho, casi como para hacerse daño. El joven, por lo visto, tenía presentes todas y cada una de las cosas de su vida y, sin embargo, prefería el silencio. Y el viejo, sin saber nada todavía, intentaba desesperadamente comprender, porque aquel dolor, de una forma u otra, era su dolor también.

Pensaba lentamente, puesto en el disimulo; "Ser joven siempre es la misma cosa, pero en estos tiempos... en estos tiempos tal vez sea peor, tal vez los muchachos saben más, son más inteligentes y, entonces...". Lo cierto era que el joven, contra su costumbre, no golpeaba las paredes ni dejaba caer un vaso. Tampoco había bebido; es decir, que se guardaba únicamente para él la mala uva, que no la echaba a gritos, y esto, tal vez, quisiera decir que se había hecho hombre, un extraño hombre, dolorido de golpe.

Luego, al concluir la televisión, se miraron rápidamente: nada había en aquellos ojos. Quizá, fiebre; quizá, una lágrima contenida y rebelde. A los dos se les ocurrieron muchas cosas: "Los caminos de la nada". "La muerte en el alma", y frases por el estilo. Simplemente aquella noche estaban lejos. Simplemente los gestos del joven hablando de "situaciones límite" (puestos a filosofar) o, también, de cansancios a los que sería inútil buscar un nombre.

Él tomó un libro de la estantería, como cada noche. Mientras se despedía (siempre con un llavero tintineante entre los dedos), el viejo repasaba las últimas historias: ¿El trabajo? Bien: tenía un empleo prometedor y, sobre todo, una vocación más valiosa aún. ¿Los amigos? ¿Y qué sabía él de los amigos del joven? Escenas sueltas, aperitivos, tan sólo, de las verdaderas historias, bocados de palabras que, a veces, se le escapaban en la mesa entre buche y buche de vino. No más. ¿Y el amor? A estas edades el amor suele ser cosa grande, inmensa, abierta, pero el chico tampoco había dicho nada de esto. Hubo, claro, muchachas, y besos, y caricias, pero eran muchachas, besos y caricias, como un desfile rápido al son de músicas ruidosas, sin más problema que dejar un poco de amargura (pequeño) o una sensación grata sobre las manos. ¿Su alma? ¿Qué decir sobre el alma del joven? Mucho y poco: a veces, hambriento de saber, desquiciado por comprender el mundo; hundido, derrotado, en crisis; aún más: casi siempre alternando entre la eterna duda y la eterna seguridad, buscando, en suma, su lugar en la tierra. Pero esto es normal así, y la gente se acostumbra.

Entonces, ¿qué le pasaba?

El joven se despidió por fin, con la voz ronca y la mirada oscura, y el viejo le dejó ir: sentía la decepción de sus años y la impotencia de la comunicación, su propia incapacidad para enquistarse en el alma del muchacho y atisbar por sus huecos. Le dejó ir, sí, con un "buenas noches" sordo y, luego, cinco, seis, siete minutos después, escuchó llorar. ¿Insólito? Quizá...

El joven, tirado sobre la cama, lloraba simplemente. Callado aún, se estremecía y la espalda le vibraba peligrosamente. Solo entonces el viejo se consoló: por fin se estaba sacando el mal del cuerpo: a la mañana siguiente volvería a sonreír, avergonzado, y recobraría sus ojos de niño, donde las miradas alegres no se habían perdido todavía.

Sin embargo no fue así: el joven se levantó temprano y mal, sin tomarse el trabajo de pasarse la maquinilla eléctrica por la cara; y, abajo, masticó pensativo un pedazo de pan frito y engulló una taza de café. Era, por lo demás, puro teatro. El viejo se lo veía en las manos: tenía ya tomada una decisión y, si se mostraba meditabundo, era únicamente para dar, luego, más peso a sus palabras y, también, más espontaneidad.

—He pensado... —comenzó lentamente.

—Malo —dijo el viejo tratando de sonreír—. Pensar no ayuda gran cosa a hacer la digestión.

El joven se encogió de hombros, como diciendo: "tú lo has querido; te pierdes los preliminares".

—Me voy —murmuró.

El viejo, impasible, recordó sus cacerías y lo demás, pero no quiso darle el placer de mostrarse angustiado.

—¿Adónde?

De nuevo el otro se encogió de hombros.

—No sé —hablaba con voz muy quemada.

—Y, ¿por qué?

—No sé.

Aquello estaba previsto: decirle adiós algún día, pero no de aquella manera; aún así, ¿cómo hacerle comprender que el viejo, sin él, también andaría un tanto perdido?

—¿Por lo de anoche? —preguntó.

—No pasó nada. Solamente me voy.

—¿Y...?

El joven rió por lo bajo:

—No: no me voy a meter a vagabundo, ni a salteador. No te preocupes por eso.

Y por eso no se preocupaba el viejo, sino por lo que callaba. Seguramente el joven llevaría la vida que muchos otros llevan: andar por los caminos, aprovechar el vino nuevo de los pueblos, viajar, cantar quizá, y dejarse el pelo algo más largo, pero ¿por qué? Y, sobre todo, ¿para qué? Sentía el muro de los años entre los dos: ni el uno ni el otro lo levantaron, pero existía; era innegable. Tampoco, en realidad, eran del todo responsables de su mundo, del universo suyo aquel donde todos se creían con derecho a intervenir. El joven, sin duda, podría decirle sus motivos, pero desconfiaba. Él podría rogarle, exigirle... pero, así, haría también traición a su figuro, a su imagen de serenidad.

—¿Tienes dinero? —preguntó por decir algo.

—No te preocupes por eso.

Una nueva idea:

—¿Cuándo volverás?

—No sé.

¿Era aquello posible? Nunca, hasta entonces, se había enfrentado a la apatía del joven. Se iba nada más. Se encogía de hombros. Uno veía claramente que sufría, que estaba al borde mismo de las cosas y, sin embargo, nada podía hacer. Se marchaba. ¿Por qué? ¿Por quién? ¿Para qué? Entonces al viejo le venían también las ganas de huir, de abandonar sus historias y echarse a las calles de Dios, porque presentía muy bien en qué acabaría su propia vida.

—¿Se te pasó la fiebre de ayer? —dijo.

Y el joven, moviendo su obstinada cabeza:

—No sé. No tiene importancia.

Le habría hecho mil preguntas más: "¿Qué tienes? ¿Qué pretendes? ¿Quién te ha hecho daño? ¿No estás a gusto aquí? ¿Cuáles son tus problemas?". Inútiles, claro: el muchacho hubiera seguido con su tanda de "no-sés" desesperantes que sólo conducirían a la ira. Y, ¿no sería que la juventud suele tener muchos y muy justificados motivos para la ira? No, ¡qué tontería! Este es el tiempo de la juventud: hasta los políticos la ensalzan y la unen al adjetivo "sana". "La sana juventud de nuestro país...". Sólo le cabía pensar, pues, pensar que el chico no era sano, que aquel hombre en flor había perdido el norte, pero le constaba que nadie se extravía sin ayuda exterior.

Después el joven, con aire de aburrimiento, dijo que iba a hacer el equipaje, y ahora el viejo, aún jadeando, le veía junto a la música, haciendo sonar el llavero y saturado de muerte. El muchacho se volvió de pronto:

—Es la última vez —explicó sin determinar a qué se refería.

—¿Por qué? —dijo el viejo.

—No sé.

En el portal se estrecharon las manos; un roce apenas que acabó con las esperanzas de ambos: si el viejo hubiese rogado, tal vez... Si el joven hubiera hablado, tal vez...

—¿Escribirás?

El muchacho dijo que sí a sabiendas de que mentía, y, luego, mirándose por dentro de frente, descubrió que odiaba aquel pueblo donde vivía y aquellas buenas gentes que le vieron crecer, y su trabajo, y sus amigos, y su casa... sólo le quedaba el viejo y, aún así, deseaba irse muy de prisa.

—Escribiré, papá; tenlo por seguro.

Ni uno ni otro se engañaban.

—Pues, adiós —dijo el viejo.

—Adiós.

Solo ya, se sentó en el sillón aquel donde solía escuchar el telediarios.

—¿Por qué se me habrá ido el hijo? —pensaba— ¿Por quién?

Y el joven, olvidado ya de Chopin (re, sol-fa, sol, la...) conducía furiosamente su moto y componía variaciones sobre el odio.

—Son todos —decía con los dientes enclavijados—. Son todos.

Y, contra el viento, lloraba.


Publicado en el Diario Menorca el 12 de diciembre de 1972.

¡Esta noche es Noche Buena!

Él acaba de llegar. Ha abierto la puerta, que chirría débilmente, y ha dejado caer el fardelillo con la ropa, pobre ropa de faena, sobre la silla. De la cocina le llega la voz de María:

—¿Eres tú, Pedro?

¡Estas mujeres! Él ya no hace mucho caso de esas preguntas que son una costumbre irremediable: ¿Eres tú? ¿A qué hora te levantarás mañana? ¡Como si él pudiera elegirla! Todos los días, María, todos los días igual: a las seis menos cuarto el despertar y a las seis, en el bar, a tomar el cafelito y, si entra, la copichuela de cazalla para entibiar el cuerpo congelado y somnoliento. ¿Es que, acaso, hay elección, María?

Pero, claro, ellos ya no hablan de estas cosas: se las saben demasiado bien para querer explicarlas de nuevo. Por eso, Pedro ha dicho solamente "Hola", y se ha ido al cuartucho que les sirve de baño a quitarse tanta mugre y tierra como ha acumulado en la jornada. El mismo pelo lleva blanco de chispas de polvo. Y la piel renegrida, con la tierra y el cemento pegados al sudor, porque Pedro es albañil; bueno, un poco menos: Pedro es un peón y, ahí, no está de Dios que salga.

Se lava. Se frota bien con el jabón gordo y se restriega con la toalla que sirve para eso exclusivamente: para enrojecerle el cuero cada noche, cuando ha terminado. También se echa algo de colonia en los sobacos, de esa colonia que vendían, por garrafas, en una baratura: hace ya tres años.

La mujer entonces le tiene ya lista la cena. Humean los platos y llenan la habitación de un calorcillo de hogar que recuerda aquellas otras cenas, de niños, con papá y mamá, cuando se guardaba silencio en la mesa y el padre, al acabar, encendía parsimoniosamente el pitillo recién liado y gruñía tristemente: ¿Os ha gustado la comida, niños?

María hace milagros: al precio que se venden las cosas hoy, el dinero dura poco en las manos de una ama de casa. Claro que hay comida más barata: huevos de tercera, como si las gallinas pudiesen hacer distingos de calidad; leche de varios precios, según el agua; arroces más o menos gordos, lo mismo que los garbanzos o las lentejas; aceite de girasol o de soja, que huele pero alivia el bolsillo; carne de segunda... ¡En fin! Esos misterios que Pedro no comprende bien y prefiere dejar en manos de su mujer. Además, ellos no comen como en un restaurante, pero es seguro que hay otros que todavía lo hacen peor o que, a lo mejor, se quedan con hambre. Las cosas, que son así y es inútil buscarles la punta.

Mientras tantean, cuchara y lengua, la temperatura de la sopa, María le recuerda que al día siguiente es Noche Buena.

—¿Te pagarán, no?

Sí, y con aguinaldo. Él, sonriendo, hasta habla de futuras compras: pavo, desde luego, y algún juguetito para el niño —al rubiales, dice él—; un trenecito o un cochecillo con mecanismo eléctrico; o, tal vez, un juego de arquitectura. Ya lo pensará más detenidamente. Para María, unas medias de malla y, también, unos bonitos zapatos, que los últimos son ya muy viejos. Y un bolso. Y una chispa de perfume. Y un precioso collar de bisutería, y...

Y María, precisamente, tiene que ser la que le saque de los sueños: el dinero hay que usarlo en otra cosa, Pedro. El niño necesita botas, y un jersey de abrigo. Una gabardina también. Claro, hay una pequeña cuenta en el colmado y otra en la carnicería que convendría pagar cuanto antes, no sea que les tomen por gente informal. Luego, el butano, que, con el invierno, se consume más. Y, también, comprar otra estufa, porque con la que tienen no se caldea lo suficiente el pisito. También hay que pensar en que, a últimos de mes vendrá la factura del alquiler y la del agua y la de la luz.

Pedro calla entonces. Permanece impasible, así, hasta que termina la cena y siente como la mujer se lleva al pequeño para lavarlo y meterlo en la cama: tres años tiene; tres años de vivir amontonado en la casa esa, con poca luz y menos comodidades. ¡Mala vida para un niño! Y peor todavía será cuando tenga que ir al colegio, y madrugar, y hacer los deberes y compararse con sus amigos.

Pedro piensa: aquella otra novia que tuvo... ¿Cómo serían los hijos que ella pudo darle? ¿Y la vida? ¿Hubiera sido mejor o peor? ¡Dios lo sabe! Ella, quizá, era más bonita que María, pero Pedro ha tenido un hijo con María y esto, quieras que no, une más de lo que se cree. También lleva cuatro largos años compartiéndolo todo con su mujer: desde los besos al frío o la falta de dinero y son cosas que aprietan a un matrimonio. De todos modos la otra, aquella, era más guapa y, tal vez, con ella hubiera resultado distinto.

Son nostalgias. Pedro sabe que son nostalgias, tristeza y la nada, eso que es estar aburrido de uno mismo y dejarse llevar por los sueños y decir: "hubiera sido", "pudo ser", "quizá...". Todo, desde luego, antes que confesarse fracasado. Todo antes que la angustia de creer que para nada sirves.

Los hombres tienen que engañarse. Pedro lo sospecha, como, también, que tienen que soñar en ocasiones y, en ocasiones, renegar por lo bajo, como si de verdad estuvieran hartos de todo. Y luego resulta que no es cierto, que también se puede reír así, y tener momentos de mucha alegría. ¿Qué, si no, aquello que le sucedió cuando el pequeño empezó a hacer "pa-pá" con el dedo pulgar metido en la boca? Un hijo, como lo quieras mirar, siempre es un hijo, y la sangre es más espesa que el agua, pero...

Hoy ha visto —siguen sus insistentes sueños— a aquella novia antigua. Por eso se ha puesto a pensar en ella. Iba bien vestida y, según le han dicho, se casó con un oficial tornero. Estaba elegante e iba muy tiesa metidita en un abrigo de ante que valdría una fortuna; pero estaba avejentada. Seis años hacía que rompió con ella y, en este tiempo, las arruguitas habían aparecido en su frente y en las comisuras de los labios. También había engordado. ¡Porra de tiempo!

¿Qué más da? María trastea en la cocina mientras retira los platos de la cena. Él ha consumido su segundo cigarrillo y son casi las diez, la hora de irse a la cama, de "empiltrarse" y confiar en que el sueño se llevará las malas ideas, las ideas venenosas. Decididamente Pedro no va a perder más tiempo de descanso pensando tonterías: Pedro es responsable y mañana tiene que cumplir como cualquier otro día.

Se llega hasta la cocina y atrapa, de espaldas, a su mujer por la cintura. María tiene también un aire ausente que no se le escapa a Pedro. Los ojos largos, si es que esto define algo; los ojos más largos que de costumbre. Seguramente también tiene sus nostalgias y sus recuerdos. Además, ni ella ni él vivieron tan mal hasta que se casaron. Lo que son las cosas: por afán de estar juntos, mira por dónde, lo pasan peor. Pero se quieren. Se quieren, sí, está Pedro para demostrárselo y besarla en la nuca y pasarle la mano por los cabellos recogidos y decírselo:

—Te quiero, María.

Ella no le atiende. Cede a sus caricias, y, después, sigue con su faena.

—No seas niño —le advierte.

¡Qué más quisiera él que volver a la infancia! ¡No seas niño! ¡Ojalá que la niñez se consiguiera con buena fe!

Se acuesta, por fin, y decide no esperar a su mujer. Al dormirse, ella llega. Canturrea entre dientes un villancico que, pronto, extraña a Pedro:

—Esta noche es Noche Buena y mañana es Navidad...

Luego recuerda la fecha y piensa en su chico y en el coche de juguete que quiso comprarle. Algo se le oscurece alma abajo y, silenciosamente, da la vuelta sobre su espalda y se hace el dormido: ahora no soportaría hablar con su mujer, ni siquiera esa frase tonta de todas las noches: "¿duermes?".

Pasan, pues, la noche y el día. A la noche, cuando Pedro se siente de nuevo dueño de su persona y, además, lleva en el bolsillo un puñadito de billetes crujientes, nuevos, y algunas monedas de plata, de las de veinte duros, que tintinean a cada paso. "Esta noche es Noche Buena y mañana...". ¡Mañana festivo! Pero, quizá, es hoy lo importante; hoy, cuando tendrían que comerse el pavo y se van a tener que conformar con un pollito cebado con piensos compuestos.

Luego, abre la puerta de la casa con su fardelillo más abultado que de costumbre. En las habitaciones hay luz, y algo semejante a una sonrisa en el aire dorado. María también sonríe y ha plantado una estrella de Belén en la lámpara y unas cuantas velitas, apagadas y envueltas en verdes hojas, sobre el aparador viejo. El niño, a su lado, mira con ojos felices todo aquel inusitado camino, porque no recuerda la Navidad anterior.

Se besan. Pedro besa a los dos y les aprieta hacia adentro, hacia sus costillas algo fatigadas y, luego, de pronto, teme ensuciarles con su polvo y les suelta.

—Hoy —dice— comemos pavo.

Y de su hatillo saca un pavo enorme ya desplumado y limpio. Un pavo como hay pocos, lleno de mollas y grasita cuidadosamente alimentada. María, atónita, no sabe qué decir. Él, en cambio, ríe, y el niño, agarrado de su pantalón, también ríe:

—Pavo. Pavo —dice, sin molestarse en preguntar qué es.

—Y, además —continúa Pedro en el colmo de la alegría—, champán. Ya sé que tú tienes, pero éste es mejor. Ya lo verás. Y un poco más de turrón de Alicante, del duro, de ese que te gusta a ti...

Se interrumpe: María parece que va a llorar, pero quien lo hace realmente es él, por dentro. Luego, se saca la paga y se la da, sin mirar a la mujer.

—Toma —dice, y se va al cuarto de baño a refrescarse la cara.

Cena. María, claro, hace preguntas, pero Pedro todo se lo quiere tomar a broma y no responde. Después, con el champán y el turrón, cantan por todo lo alto y, así, solos los tres, recuerdan los más olvidados villancicos de sus memorias, con al estufa bien cerca de la mesa y todas las luces —¡un día es un día!—, todas las luces encendidas.

Por encima de los platos, Pedro, a veces, alarga la mano para apretar la mano de su mujer, y sonríen. Indudablemente es a aquella, a María, a la que quiere, y si a veces piensa en la otra, pues, bueno, esas son cosas que suceden todos los días. Lo importante es que han pasado una Noche Buena feliz, incluso cuando, roncos ya, pusieron la radio y oyeron las músicas de Navidad y alegría que transmitía.

Después, en la cama, Pedro se retuerce, preocupado: el pavo, el turrón, el champán y lo demás no lo ha pagado. Lo compró al fiado mientras entregaba a su mujer la paga íntegra. También tiene un cochecito que vio, al pasar, en la juguetería de cerca y que compró con el dinero que se reservaba para el bar, el cine y el tabaco. Esto último, el sacrificio, no le ha importado: mejor es que el niño, por Reyes, tenga su pequeña alegría, ¡qué diablos! Para eso todavía es un niño y se lo merece todo.

Los dos se rebullen inquietos con la luz apagada. Al rato cree oír un sollozo amordazado con la almohada.

—¿Lloras? —pregunta.

Ella niega con la cabeza: en efecto, llora.

—¿Por qué?

—No lo sé. No lo sé...

Pedro comprende. Sabe estas angustias y, mientras las horas van pasando, desvelados los dos, apoyados los dos el uno en el otro, helados de no saben qué, Pedro se dice que poco quiere él a un mundo que hace llorar así a su mujer.

De amanecida, ella está dormida, y él, muy callandito, se apodera de una de sus manos, rebusca en su almohada y ajusta al dedo diminuto de su mujer una sortija de plata y coral. También él podría echarse a llorar ahora, pero, ¡qué porras!, esta noche es Noche Buena y, mañana...


Publicado en el Diario Menorca el 19 de diciembre de 1972.

El hombre que no hacía sombra

El sol es un astro enteramente neutral, al menos, eso dicen los astrónomos: todo lo más tiene unas ridículas manchitas y períodos de turbulencia cada once años: nada que le pueda comprometer. Los griegos, sin embargo, pensaban de otra modo: Apolo, que conducía el carro del sol, también lanzaba las flechas de la peste y, en ocasiones, se enfadaba como un demonio y era de temer. Los griegos era un pueblo observador. No diré que tuvieran razón, no, pero sí ojo clínico y talento para explicar las cosas en lugar de hacerse telescopios. Cerebros de primer orden estos griegos.

Mi experiencia es más reducida. Yo viene al mundo con un pan debajo del brazo, pero, una vez que me lo hube terminado, tuve que espabilarme para continuar en la brecha. Verán: la humanidad es variopinta (como dice un poeta que rima Francia con fragancia) y tú cuando naces, es como si te sometieras a un sorteo. O, al revés, quienes acuden a la rifa son tus padres. Naces rubio y las cosas van bien; naces moreno o alto o delgado o fornido, o listo o matemático, o atleta, o guapo y tampoco tienes que preguntarte: las cosas siguen bien. Pero también hay otros aspectos y puedes emerger cojo, o tuerto, o enano, o místico, o poeta, o jorobado, o estrábico, o zoquete, o ambiguo, y, entonces, da lo mismo que te preocupes o no: las cosas van pésimas y no tienen solución. ¿Comprenden el juguete? Son asuntos de la Naturaleza y la Naturaleza es sabia. Nosotros, no, ya que no conseguimos entenderla. En todo caso, los perfectos aman la perfección. Y los imperfectos también si les dejan los otros. Los griegos, los espartanos, vuelven a ser ejemplo por aquel viejo asunto del Taigeto, por donde despeñan a todo quisque que no nacía en perfecto estado de revista.

Yo, afortunadamente, ni soy cojo, ni poeta, ni zoquete; poseo una dentadura envidiable y una vista tan penetrante como las agujas de los practicantes. Pero no soy perfecto, no: me falta algo esencial y esta carencia me provoca animadversión de los demás mortales. La cosa es sencilla: tengo de todo (hasta vergüenza), de todo, menos sombra.

Ya saben: se dice "qué mala sombra tiene el tío", o "qué buena sombra", pero esto, créame, es un eufemismo para los que no la tenemos de ninguna clase. Nos ponemos al sol y podemos hacer cualquier cosa, hasta achicharrarnos, cualquier cosa menos sombra. Supongo que de antepasados nuestros han nacido las leyendas de los vampiros y de los fantasmas.

Nada más erróneo. Yo soy real, de carne y hueso hasta que se demuestre lo contrario. Generalmente el que hace esta demostración es el forense que certifica nuestra defunción, pero esto no viene al caso. Tengo sangre en las venas. Soy átomos, lo cual ya es decir demasiado. Pero no tengo sombra. Tampoco la he perdido.

¿Y por qué? Vayan ustedes a saber. Quizá el flechero Apolo me la tiene jurada. Quizá mi estirpe es de otra galaxia. Quizá se debe a que tengo una especial longitud de onda; el caso es que, ni con el sol, hago una mala sombrita en el suelo o las paredes.

¿Les parece divertido? Prueben ustedes a ir a una leprosería a enseñar sus carnes sanas y ya verán la cara que ponen los enfermos. Prueben a ensalzar el placer de la música entre un grupo de sordos y observar su reacción. Hablen a los ciegos de las maravillas de la pintura universal, y esperen. Escriban un bello poema rodeados de analfabetos y miren sus caras (y sus puños). Comenten la teoría de la relatividad en un círculo de abaceros. Expliquen historia en un congreso de anarquistas, o alaben a Nietzsche entre los marxistas-leninistas. Son curiosas y educativas experiencias que ensanchan los horizontes del espíritu. Pero, amigos, no hay nada peor que ser diferente a los demás. La gente tiene el agradable hábito de referirse a los otros por sus defectos: el Cojo tal; el Tuerto tal; el Asno tal... Así es como funciona la psicología, conque hay motivos para echarse a temblar si te presentas sin sombra ante la opinión pública.

Sin sombra, tanto puedes ser un conspirador a la usanza de Espronceda, como un pervertido semejante al marqués de Sade. No importa nada sino que no eres de fiar. La sombra consolida, define los contornos, da la medida de tu humanidad y, sin ella, no puedes esperar más que la desconfianza de tus vecinos. Además, ¿qué me dicen del pudor? Sin sombra andas desnudo por la vida, avergonzado, y es que la sombra es un velo mágico: disimula arrugas; encubre ojos fatigados; esconde brillos vergonzosos en los codos y en los fondillos de los pantalones; aumenta tu estatura; te embellece, en suma. Pues bien: todo eso me falta a mí.

Pero hay más: imaginen que están con una mujer hermosa. Imaginen que cae el otoño de los árboles, junto con las hojas, y que el tiempo se hace lento y lánguido, propicio para las caminatas y los besos en la penumbra. Hagan un esfuerzo más: están paseando por la vereda de un parque. El sol se hunde definitivamente. Ahora está al mismo nivel del horizonte y las sombras de los árboles se alargan al infinito. Ustedes, enlazados con la mujer, hablan de lo futuro y se detienen para besarla; y, entonces, ella da un grito de sorpresa y mira el camino poblado de largas sombras. "¿Y la tuya?" —pregunta. ¿Hay mayor vergüenza? Además, la mujer lo dice como si carecer de sombra fuera estar en la más ruin de las miserias.

Meterse a vagabundo, para huir de la sociedad, de nada vale. Bien pronto andarían por ahí los graciosos comentando que eras tan pobre que habías empeñado hasta tu sombra. Las otras profesiones, tampoco. ¿Se fiarían ustedes de un empleado suyo que no tuviese sombra? ¿Se pondrían en manos de un médico así? ¿Confiarían sus secretos a un abogado de este calibre? ¿Le comprarían un coche a un individuo sin sombra? Es muy posible que no. Y ustedes, señoritas, ¿se casarían con un tipo semejante?

Ya se lo dije al principio: al primer golpe de vista parece divertido esto de no tener sombra, pero, después, cuando se estudian los pros y los contras, es como para echarse a temblar.

¿Y entonces? No puedes trabajar ni echarte a los caminos. Eres muy poco espectacular para exhibirte en un circo, de manera que estás condenado a la escasez, o al hambre, que es peor, o a la miseria, que ésa sí que muerde.

¿Y a quién le debo esto? Al padre sol. Sí, ya sé que él es, según los astrónomos, un astro neutral. Pero los astrónomos no tienen ni zorra idea de estos asuntos. El sol me ha tomado ojeriza y me anda buscando las vueltas. No sé por qué. No lo imagino. Tal vez me vio y dijo: "mira: con éste me voy a entretener", y, ¡hala!, a estar sin sombra. Y conste que sombra no se le niega a nadie, ni al más repulsivo de los gusanos. Otra de las cosas que me convencen de que el sol me tiene manía son los eclipses. Siempre que hay uno parcial yo estoy, por casualidad, en el lugar donde no será visible; y lo mismo sucede con los totales.

La noche, que realmente sería deliciosa para mí, me ha hecho traición. En ella, si ella fuera decente, disimularía mi defecto, pero con tanto urbanismo y tanto desarrollo, hoy por hoy todas las calles tienen unas farolas enormes, luminosísimas, blancas. Ya no hay noche y, por lo tanto, ya no hay paz para mí.

Ahora ya me he resignado. Algunos familiares, por riguroso turno, me han alimentado y vestido. Y yo, medito. Sueño en eclipses eternos. Es más: sueño en aquello de "las tinieblas exteriores donde todo es llanto y crujir de dientes". Soy religioso. Muy religioso. Todos los desgraciados lo son tarde o temprano, pero, vive Dios que me gustaría condenarme. Lo del llanto y crujir de dientes me tiene sin cuidado, que a eso se acostumbra uno aprisa. Con todos mis respetos, no soportaría un paraíso luminoso para que los otros bienaventurados descubrieran mi defecto y me tomasen a chacota por toda la eternidad. Luz he tenido bastante en mi vida, de modo que ahora pido las tinieblas y, repito, al llanto y al crujir de dientes ya me he habituado andando por esas calles de Dios.

Si algún físico lee esto, sé que dirá: "es imposible; tal fenómeno jamás ha existido". Yo, modestamente, le recordaría también que era imposible para San Agustín que la Tierra fuese redonda y que girara en torno al Sol (y ser santo es más que ser físico, por mucho que progrese la ciencia). Le recordaría —continúo— que para Hipócrates era tan imposible el trasplante de corazón como para nosotros la velocidad de la luz. Y que para Descartes el cálculo diferencial hubiera sido una chaladura. Puestos los ejemplos, pregunto: ¿es imposible de veras mi caso? ¿Qué se sabe, en realidad, de la luz y sus misterios? ¿Es una onda electromagnética? ¿Qué hay de los fotones? ¿Es energía o materia? Y, si esto no les convence, supongo que hasta Santo Tomás se conformaría ante un hecho irreversible.

Ahora, últimamente, mi situación ha mejorado, pero no lo suficiente. Aún así, algunas personas caritativas me han tomado a su cuidado y tienen la delicadeza de no mirar tras de mí, e insisten, sólo para consolar, en que sí hago sombra. Buena gente.

Pero, ¿saben?, mi problema es único y, por lo tanto, sin solución. Todo el mundo trabaja para atajar el cáncer y el infarto, porque los cancerosos son muchos, y más los cardíacos, y, entonces, pues sí que es negocio. Pero yo no. ¿Qué se ganaría curando una dolencia de la que sólo existe un caso? Nada. De acuerdo en que esto es inmoral, pero la inmoralidad suele ser más razonable y lógica que la justicia.

Por eso —repito— me conformo y me paseo muy despacio por el jardín, mirando el sol de frente y odiándole. Sí, le odio por lo que ha hecho conmigo. También, cuando me siento en el banco de al lado del surtidorcillo, suelo recordar a los dorios, tipos sin escrúpulos que fueron a Esparta y dieron a luz hombres tan duros como Licurgo, y, entonces, echo de menos el Taigeto, por donde me hubieran despeñado de tener la suerte de nacer en ese tiempo. ¿Imaginan la de cosas que me hubiera ahorrado?


Nota de la Dirección: en el caso de que estas líneas vean la luz por un motivo u otro, es deber de conciencia advertir al lector de que la presente historia fue escrita en el Manicomio Provincial por uno de nuestros "clientes". En nuestra jerga, un paranoico con claros síntomas de manía persecutoria.


Publicado en el Diario Menorca el 27 de diciembre de 1972.

Los bienaventurados

No dejéis a los niños sin justicia ni sin pan. —Proverbio francés.


Desde el Paraíso la Tierra se ve con una extraña y reconfortante forma de manzana, que hace olvidar a los bienaventurados que, allá abajo, continúan todavía los problemas de su época. En ocasiones, gustan de elucubrar sobre el destino del mundo si tal o cual cosa no hubiese sucedido.

—Si Ciro no hubiese nacido...

—Si Alejandro no hubiese muerto...

—Si César no hubiese pasado el Rubicón...

—¿Quién me iba a decir a mí que las ideas de aquel teniente de artillería tardarían tanto en apagarse? Si Napoleón no hubiese...

Eran distracciones de las buenas gentes, que, pese a ser inmensamente felices, pensaban todavía en la Tierra y se sentían, a veces, dominadas por la nostalgia. Por eso el Buen Dios que todo lo comprendía, les dio la facultad de contemplar de cerca a los mortales y, en ocasiones, hasta captaban retazos de sus conversaciones. Lo que invariablemente sí llegaba hasta sus oídos era el fragor de los tiroteos o el estallido de las enormes bombas, y ellos, meneando tristemente la cabeza, murmuraban:

—Siguen todavía. Siguen todavía.

Pero incluso en su queja había una sagrada inconsciencia, una falta de miedo por el destino de la humanidad, ya que morir, ¿qué significaba en un lugar como el paraíso? ¿Acaso no habían muerto ellos? Deploraban que los hombres diesen tanta importancia a cosas evidentemente secundarias, como la vida y la muerte. Un aspecto peor del mismo problema era que se atentase contra la vida de los genios o se condenara al ostracismo al eminente físico que no quiso hacer, por ejemplo, una nueva bomba. Y, también, sufrían por la falta de fe de los hombres, y por sus vicios... hubieran querido encontrar un modo de convencer a toda la humanidad para que abandonase sus errores.

Entonces era cuando el Buen Dios movía lentamente la cabeza, con gesto de cansancio.

—Es inútil —decía— les hice así y no me extraña lo que sucede.

—Pero, si olvidásemos el asunto de la manzana... —apuntaba un Bienaventurado.

—La manzana no cambió nada en el hombre; yo, simplemente, le abrí los ojos como castigo y le permití contemplar un poco más el fondo de su alma. Hubiera sido un bien, un adelanto, pero él se horrorizó demasiado pronto y ved hasta donde ha llegado.

Y se asomaron de nuevo, justo a tiempo para contemplar un atentado político y una matanza callejera en una ciudad asiática.

—¿Todo esto por abrir los ojos? —preguntó otro santo varón.

—Todo esto —corrigió el Buen Dios— porque los ojos se empeñaron en llevar siempre la razón.

Después de esta conversación pasaron muchos días en el Paraíso, días sin principio ni final, ocupados en el bienestar y la contemplación. Pero se notaba un cierto aire de conjura en el ambiente, una postura levantisca, por parte de los Bienaventurados con mayor prestigio, y era que habían tomado la conciencia de su identidad con los que sufrían abajo, en esa tierra donde la Iglesia militante trataba de ganarse, también, su lugar en el Paraíso.

El Buen Dios, que todo lo sabía pero que encontraba de mejor política hacerse el ignorante sobre determinados extremos, sonreía con su bondad de siempre e inculcaba la verdad en las almas de los bienaventurados que se habían ganado la felicidad eterna. Pero, con todo, esto no era bastante: corrían tiempos nuevos y mitos nuevos; los recién llegados hablaban de solidaridad y de paz y, los más antiguos, aquellos que se dejaron comer por los leones, se emocionaban ante un mundo que, por fin, había dado a luz tan bellos ideales, aunque —también es verdad— tardó para ello dos mil años.

Y, así, después de discutirlo mucho, y ver qué sería lo más conveniente para aliviar los padecimientos de los mortales, una comisión de Bienaventurados partió en busca del Buen Dios: llevaban, entre sus manos, miles de folios con las firmas de todos los varones del Paraíso, cosa que, según las últimas noticias, se hacía también en la tierra con buenos resultados aparentes.

En otras palabras: tantas guerras, tantas violencias y tantas codicias desatadas, acabaron por alborotar la santa paz del Paraíso y ya no se hablaba en él de otra cosa: los hombres necesitaban auxilios efectivos; no el simple ángel de la guarda, sino una demostración palpable de que no estaban solos. Acabadas las dudas sobre su futuro —pensaban—, se acabarán también sus angustias, y por lo tanto... Y había un montón de "por-lo-tantos" a cual más enjundioso y justo.

El Buen Dios lo comprendió enseguida y, además, sintió una cierta curiosidad por el experimento. ¿Cómo reaccionarían los mortales ante una presencia sobrenatural? Los Bienaventurados, por su parte, explicaron detalladamente sus aspiraciones:

—Quisiéramos —decían— bajar a la tierra y demostrar con nuestra presencia toda la gozosa realidad de la vida eterna. Si tú no te opones, serían sólo dos o tres horas y nos harías muy felices.

Y el Buen Dios consintió. Eran tan buenos aquellos Bienaventurados, le amaban de tal modo, que él no podía negarles un entretenimiento que tenía por objeto la salvación del género humano. No obstante, desconfiaba de los resultados y, cuando los vio alejarse murmuró:

—¡Veremos!

La siguiente tarea de los Bienaventurados fue, si cabe, más difícil: debían decidir dónde harían su aparición, ante quienes, y las palabras exactas que pronunciarían. Algunos, los más antiguos, opinaron que lo adecuado sería aparecerse a un buen religioso, digno de crédito, que luego extendería la noticia por el mundo.

—Estáis un poco desconectados —les avisó amablemente uno de los más modernos—. La gente, al enterarse, creería que son patrañas inventadas por cualquier credo religioso. Ahora la vida obliga a desconfiar mucho allá abajo.

Y siguieron la discusión:

—¿Y un periodista?

—No: se imaginarían que va tras el sensacionalismo para ganar más dinero y todos se reirían muy a gusto.

—¿Y un Jefe de Estado?

—¡Peor! Verían en él sórdidos motivos políticos y todas las naciones se pondrían a la defensiva recelando una mala jugada.

—¿Y un niño?

—No sé: ahora los niños son muy suyos; se les ha contagiado la agitación de los mayores y sus palabras no son de fiar. Seguramente la madre se reiría, contaría el caso a las amigas y acabaría comentando: "este hijo mío tiene demasiada imaginación".

¿A quién, pues, se aparecerían? En ocasiones anteriores no tuvieron tantos problemas, pero, ahora, por lo visto, la gente era muy suspicaz y lo pensaba dos veces antes de ponerse a creer en algo. Además, siempre cabía la posibilidad de que ellos mismos lo atribuyesen a su subconsciente, demasiado sobrecargado, como única medida, dejasen de tomar su vermut antes de comer.

Por fin, después de mucho meditar, decidieron que el científico era el pilar más sólido de la vida del siglo XX, al hombre al que se creía porque decía cosas demasiado complicadas para ser entendidas. El hombre de más prestigio, creador de la energía atómica (o descubridor), la moderna cirugía y los viajes espaciales. Si el científico afirmaba que les había visto, ¿quién pondría en duda sus palabras?

Y, de esta forma, se presentaron en uno de los múltiples congresos científicos que se celebraban por aquellas fechas. Aparecieron en la tribuna, rodeados por un halo luminoso y vestidos con sus bellas túnicas multicolores que no oprimían el cuerpo y facilitaban la circulación.

Hubo, naturalmente, su poquito de estupor y su poquito de sorpresa, sobre todo cuando ellos se identificaron como Bienaventurados y dieron sus antiguos nombres, un par de ellos decididamente famosos aún en los medios culturales.

—¿Qué es lo que desean? —preguntó el moderador.

Se lo dijeron: había, pues, otra vida y la humanidad debía conservar sus esperanzas. Todo lo bueno y todo lo justo y todo lo hermoso que no poseían aquí, lo tendrían con creces en el Paraíso. ¡Basta de bombas! ¡Basta de matanzas!

—Sí —dijo uno de los congresistas—; lo malo es que, antes, hay que morirse.

Le saludó una salva de aplausos. Otro, aprovechó la ocasión para recordar a la asamblea que ellos eran físicos y no teólogos y que su sagrada misión consistía en hacer mejor y más habitable la Tierra, no en dar esperanzas a los moribundos.

El moderador, entonces, pidió silencio:

—Señores —dijo—: tenemos nuestro tiempo contado; los gastos de congreso son elevados y cada minuto nos cuesta muchos miles, por lo que, sintiéndolo mucho, debemos continuar. No obstante, tendremos muy presentes sus revelaciones y se las comunicaremos a la prensa.

Los Bienaventurados se dieron por satisfechos con aquella promesa y se desvanecieron cortésmente. No pudieron oír cómo el científico Fulano, enemigo del moderador, a quien envidiaba el puesto, gritaba fuera de sí:

—¡Yo no creo en los aparecidos! Señores: seamos lógicos. ¿Qué es, en suma, lo que hemos visto?

Y alguien pronuncio, por primera vez, la palabra hipnosis. Los científicos se miraban desconfiando de los más cercanos compañeros: quizá alguno de ellos, un malvado, fuera el responsable de tan absurda interrupción.


* * *


Cuando el Comité de Bienaventurados llegó al Paraíso, pasó a la presencia del Buen Dios, que les acogió con una sonrisa bondadosa.

—¿Cuál ha sido el resultado de vuestra misión? —les preguntó.

—Bueno, Señor: regresamos con la promesa de que un congreso de físicos hablará de nuestra estancia allí y no hay duda de que serán escuchados.

Y el Buen Dios, todavía sonriendo, les entregó los periódicos de la tarde.

—Comprobadlo —dijo.

En la primera página, en grandes titulares, se leía:


LOS CIENTÍFICOS ENLOQUECEN

El profesor Fulano acusa al moderador de manipulaciones fraudulentas para hacer fracasar el congreso.

Las apariciones —dice el conocido psiquiatra Mengano— son consecuencia de la tensión y el trabajo a que estuvieron sometidos los congresistas en los últimos días.

Todas las Iglesias han enviado una nota de protesta al Palacio de Congresos por lo que consideran una burla al verdadero espíritu de la religión.


No leyeron más. Estaban avergonzados; y, por encima de sus cabezas, el Buen Dios sonreía tristemente.


Publicado en el Diario Menorca el 2 de enero de 1973.

Don Anselmo

Cuando debo hablar de don Anselmo algo más que las palabras quisiera tener a mi disposición; tal vez, una cinta con su voz grabada, llena de temblores y de gallos, porque don Anselmo era de esas personas únicas que desafinan incluso al hablar.

Pero, quizá, lo mejor fuera poseer sus fotos, enseñar esas cartulinas donde reposaba aquel hombrecillo enteco y desnutrido, convertido por el destino en apenas un par de ojos de mirar tranquilo y pausado. Usaba, usó, un bigotillo indescifrable y amarillento y, en todo caso, nadie llegó a darse cuenta de que se lo afeitara, porque don Anselmo era tan gris y tan arrugado como su traje cruzado con brillos en los codos y en el fondillo de los pantalones.

Y en sus fotografías, si las vieran ustedes, observarían que aparece siempre solo, porque don Anselmo nunca atrajo la atención de una mujer, salvo de la patrona de su pensión, cuando estaba de auxiliar de bibliotecario en la capital de la provincia, y de la Remedios, hembra garrida que, una vez al mes, escuchaba las penas del caballero a cambio de una pequeña retribución. Don Anselmo la llamaba en la intimida su "Freud Ignorante", y la Remedios sonreía convencida de que aquello tenía que ser una procacidad muy grande, muy grande; por otra parte, la única que el buen hombre se permitía en sus tratos con ella.

Don Anselmo era un soltero viejo, no un solterón, pues Dios le había desprovisto de toda picardía y de las demás cualidades que se precisan para llegar a ser un bon vivant solitario y satisfecho.

Toda su vida la pasó entre libros: catalogándolos, fichándolos, ordenándolos, entregándolos, leyéndolos, y de ellos se le había pegado un cierto olor a naftalina y moho que hacía pensar en los bosques y en los níscalos, y en el tufo de los armarios roperos durante el verano. Como ellos, se hizo silencioso y amable, dispuesto siempre a pasar desapercibido y a callar a la primera señal de alarma; y, en sus últimos años, fue lo que sus retratos nos dicen: un par de ojos pacíficos sustentados por un cuerpo y un alma anodinos, que más parecía una estatuilla funeraria que un hombre verdadero que hizo profesión de la cultura y pretendió servírsela a los demás.

Así le conocíamos todos en la capital, primero de estudiantes, cuando era preciso revisar la Ilíada, el Quijote y los Episodios Nacionales; y, después, de hombres casados, cuando fueron nuestros hijos los curiosos de Homero, Cervantes y Galdós (que las modas no cambiaron en esos aspectos).

Ni aún los sábados tomaba su cafetito en el casino o jugaba una convencional partida de dominó. Don Anselmo había hecho de su vida una santa rutina que para sí quisieran algunos relojes, y su tiempo ya no le pertenecía: obedecía, simplemente, las costumbres adquiridas en treinta años de trabajo (desde los veinte que andaba en las bibliotecas).

Como también era pobre, no podía permitirse nuestros inocentes lujos: el tabaco, el cine de los domingos o el aparato de radio para amenizar las veladas. Él, además, lo único que sabía hacer era rellenar fichas, trepar a los más altos anaqueles y, naturalmente, leer. Se comentaba, precisamente, en la ciudad, que ya había acabado todos los libros de la biblioteca municipal y que ahora iba por el tomo VI, OCRÁN SANABU, del Diccionario Enciclopédico Espasa Abreviado, y esto, pese a ser una exageración, era muy, pero que muy posible.

Y un día dejamos de verle. No fue así exactamente, ya que nadie reparaba en él, sino que un maestro joven, que vivía en la misma pensión de don Anselmo, observó que en la habitación del hombrecillo vivía otro huésped. Este maestro, hombre puntilloso, antes de dar la noticia se informó del destino de don Anselmo y, así, nos enteramos de que en un lejano pueblecito, se acababa de inaugurar una biblioteca municipal de acuerdo con la nueva política de educación del Estado y la Diputación, y don Anselmo había sido requerido para ocupar la plaza de bibliotecario-jefe (y de ordenanza, pues era el único empleado).

Después de esto no pensamos más en él, porque don Anselmo no era de los que precisan más allá de un recuerdo por lustro, y el olvido le enterró para siempre. Han tenido que pasar muchos años para que llegue hasta mí el final de su historia; por eso dije que necesitaba algo más que palabras para referirme a este buen hombre que pasó sin pena ni gloria, aunque, puestos a elegir, es de suponer que con mucha más pena que otra cosa.

El asunto es como sigue: cuando don Anselmo llegó al pueblo, su único equipaje eran las ilusiones, amén de dos trajes, y las correspondientes mudas, y el puntito de orgullo por ser ahora el bibliotecario-jefe, dueño y señor de todas las dependencias e intelectual de peso en el pueblo.

La biblioteca era un edificio nuevo y achaparrado, con una vivienda aneja que se convertía, de ahora en adelante, en su hogar. Sus ilusiones se acrecentaron cuando descubrió una larga fila de pupitres individuales con lamparilla propia, donde brillaba el barniz reciente. Los seis mil volúmenes de la colección eran, si bien escasos, obras escogidas por su calidad y su gloria, de modo que no se podía pedir más ni a las paredes, cuidadosamente pintadas de verde-mar (que es un color que descansa la vista) ni a su propio despacho, provisto de una mesa igual a la que había soñado (y envidiado débilmente) durante tantos años.

Y le visitó el alcalde y le visitó el maestro y el resto de las fuerzas vivas de la localidad, prometiéndole, todos y cada uno, su más ferviente apoyo y las ayudas que fueran precisas para ir mejorando las lecturas, siempre que estuviesen dentro de las posibilidades del municipio. Al final, convinieron en que pasarían muy a menudo por allí, por el placer de leer cómodamente el Quijote, proyecto comenzado en cien ocasiones y jamás concluido.

Por la tarde, una mujer, Juana, vino a "apañarle la casa" y se la dejó como los chorros del oro, quedando contratada en lo sucesivo para hacerle la comida y limpiar los suelos.

Y empezaron a desfilar los días, consumidos, al principio, en un nuevo catálogo y, después, en revisar las obras semiolvidadas que leyó en su juventud: "Ivanhoe", "La vuelta al Mundo en ochenta días", "Beau Geste" y la Biblia. Muy tempranito pasaba de su casa a la biblioteca por una puerta escusada y, cuando regresaba, encontraba la cama compuesta, las habitaciones "apañadas" y la comida en su lugar, mientras que en la alacena quedaba una cena fría: eran los resultados de la labor de Juana, por lo que sabía que ella seguía cumpliendo con el contrato, ya que no la había vuelto a ver.

En la biblioteca las cosas iban peor aún puesto que, al cabo de tres semanas, todavía estaba esperando el primer lector; y, con el correr de los meses, llegó a pensar que ese lector estaba siendo instruido previamente por el maestro para que hiciera buen papel.

Pero, como era hombre de rígidas costumbres, no salía de su casa. En la capital, si se le veía por las calles era debido a la estricta necesidad de cubrir el trayecto entre la pensión y la biblioteca, pero como aquí ambas dependencias se comunicaban entre sí, don Anselmo no sintió, siquiera, la necesidad de asomarse a la ventana y preguntar qué demonios sucedía en aquel lugar.

Y pasaron los meses, siempre sin una visita, siempre releyendo los mismos libros, puesto que las "ayudas" prometidas no se presentaban. Su paga le llegaba por correo en un sobre marrón y él la dejaba en el escritorio, de donde Juana iba tomando lo preciso para la compra, y, los fines de mes, su paga como asistenta. Uno se podía fiar de Juana que, además de honrada a carta cabal, tenía un hijo en el seminario y se hubiese dejado matar antes de que su chico tuviese que echarle una penitencia.

Y los meses fueron años; primero, uno; luego, dos, tres y hasta cuatro, viviendo en la más perfecta soledad. Don Anselmo se volvió un místico y un eremita y, como libro de cabecera tenía "La subida al Monte Carmelo", con cuyo autor simpatizaba profundamente. Por lo demás, su vida seguía igual, monótona, tranquila, llena de amabilidad hacia las pequeñas cosas, como la pintura de una ventana o el insecto asustado que golpea los cristales. Sólo aparecía en sus ojos un brillo melancólico cuando veía tan reluciente el barniz de los pupitres, como el primer día, sin las inevitables huellas de los lectores; y las paredes impolutas, libres de marcas de grasa animal, de tanto restregar por ellas los cuerpos cansinos, o de tanto apoyarles las manos para librarse del sudor pegajoso.

Luego, cuando los años fueron dos lustros y, después, tres, la vida se le volvió problemática: se sabía de memoria los seis mil volúmenes, incluso con nombres y direcciones de los editores y colofones como éste: "este libro se acabó de imprimir en los talleres gráficos de Fulanito y Cía., el 12 de abril de 1945, en Barcelona".

A nadie había visto desde su llegada al pueblo y, en los quince años, sus dos únicas alegrías fueron un gato, que le robó la comida ante sus propias barbas, y una nota que, en otra ocasión, Juana dejó junto a los platos: "Le e dejao un pastel de manteca en la fresquera. Que laprobeche ustez, don Anselmo".

Luego, un día, le encontraron en la cama como un pajarito: frío y sonriente, con el cuello doblado hacia la almohada en un último acto de modestia; y el médico certificó un ataque cardiaco.

—Era tan rarito, el pobre —comentaban en el pueblo.

—Chiflao, lo que es chiflao, ya estaría lo suyo, que ni salía a la calle —decían otros.

Y la verdad es que don Anselmo se había muerto de puro aburrido.


Publicado en el Diario Menorca el 9 de enero de 1973.

Adán y Eva. Bis

—Seguramente el fin del mundo nos aterroriza a causa de que supondría el final del hombre como especie. ¿Somos capaces de imaginar un universo sin el ser humano? No.

Esto, y lo de más allá, decía un conocido filósofo en un no menos conocido Congreso de Filosofía. A tenor de la verdad, estos caballeros se habían reunido más para charlar de sus cosas ("¿Cómo te va?", "¿Y María y los niños?", "Los míos ahora estudian piano", etc.) que para poner en orden los asuntos de sus correspondientes disciplinas.

Además, cuando esta historia tuvo lugar, la fiebre por esta clase de reuniones había estallado y hasta se construyó una ciudad exclusivamente para celebrar Congresos: una ciudad moderna y, de acuerdo con el progreso, monumental y rectilínea; es decir, fea. Y en ella no era extraño que se celebraran dos o más congresos a la vez. Como en nuestro caso.

Técnicos en balística y filósofos tenían su reunión anual y ambos, de común acuerdo, decidieron tratar el problema de la supervivencia humana. "El hombre —pensaban— es algo muy importante que no debe extinguirse". Pero al pensar en el hombre, lo hacían con los ojos vueltos hacia el Discóbolo de Mirón o el David de Miguel Ángel, que hacía el ciudadano medio, vestido de gris, con los ojos grises y el almita gris también a fuerza de monotonía, aburrimiento y miseria (que la miseria, por cierto, no es cuestión de dinero, sino de actitud ante el mundo).

En fin, que filósofos y pirotécnicos deseaban salvar a la especie humana, pero no a un hombre en particular, no al técnico empresarial, ni al bandido adulterador de alimentos, ni al famoso futbolista. El hombre, en sus mentes privilegiadas, era un abstracto más, y nada tenía que ver con aquellos seres, a medias sórdidos, a medias heroicos, que se hacinaban en las superpobladas ciudades.

Incluso el Buen Dios, que conocía todo esto, había perdido su sonrisa eterna y se preguntaba apesadumbrado por los límites de la conciencia humana. "¿Hasta cuando? —decía— ¿Hasta cuando?". Pero, naturalmente, las cosas solo se hacen una vez, y ya era demasiado tarde para que el Buen Dios insuflara un poco más de sentido común en tanta cabeza hueca como circulaba por el mundo.

El asunto —como todos— había tenido un principio. Ahora, a distancia, sin dejarse llevar por la poesía, se podía decir cuál fue: la Pereza; el afán de trabajar menos y vivir más y mejor. En principio la idea no estaba mal. No lo estuvo, siquiera, cuando brotaron las minorías que vivían a costa de los demás; y, ni siquiera pudo criticarse, cuando la libertad fue substituida por un convenio privado entre la empresa y el individuo, mediante el cual se recibiría apoyo en la enfermedad, y alimentos y cobijo para subsistir a cambio de un tercio de la vida del trabajador.

Esto —quieras que no— significaba orden, comunicación y buenas costumbres. Lo peor vino cuando las grandes chimeneas ahumaron la atmósfera y se descubrió que el aire no era eterno. Vino cuando el agua se empezó a vender (a precio de vino) por aquellos mismos que habían ensuciado la mayor parte de los ríos del planeta. Y, después, cuando el aire comprimido fue también un producto más en el mercado. Para caminar fueron entonces precisas ciertas mascarillas que filtraban el oxígeno, y para comer... pues eso: un puré amasado con algas marinas y proteínas extraídas del sucio petróleo; una cochinada a la que todos tuvieron que acostumbrarse porque, además, ya nadie recordaba cómo empezaron estos asombrosos acontecimientos.

Por otro lado, la diversión del pobre o del frustrado siempre ha estado en relación con el lecho; y la incontinencia del hombre es proverbial, de modo que el mundo estaba repleto de niños que nacían a patadas y de viejos, que se negaban, los muy cabezotas, a morirse y dejar sitio libre, como era su obligación.

No hablemos, además, de las enfermedades. Las estadísticas demostraban que el 90% de la población padecía (o soportaba) enfermedades respiratorias y digestivas (el aire sucio y la comida sucia). Y el 70% sucumbía a la presión de los ruidos, de modo que su poco seso se volvía como el agua e, idiotizados, acababan en tal o cual Casa de Reposo, ya que el hombre, como los automóviles, jamás vuelve a ser el mismo una vez que pasa por el mecánico...

Con esto, el hombre se hacía beligerante. El vecino desconfiaba del vecino. Tal ciudad de la que tenía al lado. Y tal nación, de tal otra que, quizá, le hacía demasiada competencia en los mercados subdesarrollados, ya que las potencias industriales jamás permitieron a los africanos y a los asiáticos un cierto desarrollo; les necesitaban sin fábricas para venderles sus productos.

En el ambiente, cuando se celebraron los congresos de técnicos en balística y de filósofos, flotaba el olor de la guerra. Un olor estremecedor, negro y poco volátil, que todos los ciudadanos sentían en el corazón.

Los filósofos mencionaron la idea cósmica de la misión histórica del hombre. Los pirotécnicos, las nuevas bombas de antimateria y el singular poder de algunos estados para terminar, de una vez por todas, con el mundo. Y, los dos grupos al unísono, se hicieron la pregunta clave:

—¿Qué debemos hacer? ¿Qué PODEMOS hacer?

—¡Salvad al hombre! ¡Salvad al hombre! —decían los más exaltados.

—¡Salvad al mundo! —decían los utopistas.

Y solo un viejo filósofo, cínico quizá, quizá más sabio, dijo que se le daba una higa que el hombre, como primate truculento, viviera un siglo o un milenio más. Según él, ninguna razón justificaba (a juzgar por los tres mil años de historia y muerte) el que el hombre siguiera existiendo. Y por poco lo empalan allí mismo.

Había, pues, que salvar al hombre. Y para hacerlo, tenían que elegir a dos seres físicamente perfectos, varón y hembra, sin atender a su inteligencia más o menos desarrollada, a su sabiduría o a sus influencias, pues solo necesitarían reproducirse acertada y prolíficamente. Naturalmente sería preciso que estos nuevos Adán y Eva tuviesen ciertos dones, a semejanza de aquellas otras virtudes preternaturales: buena vista, buenos pulmones y rapidez de reflejos.

Quedó, pues, establecido aquel plan. Los filósofos se encargarían se seleccionar a la pareja adecuada, y los pirotécnicos (también pirómanos) construirían una nave espacial capaz de enviar a otra estrella la semilla de la humanidad.

El hombre elegido —hablemos de él— tuvo que pasar por mil pruebas y aún más, junto a otros muchos aspirantes. Un análisis de herencia demostró que no poseía ningún cromosoma recesivo y maligno, capaz de producir mongoloides, daltónicos, asmáticos o reumáticos. Otro, le confirmó como individuo bien alimentado y con una pasable cantidad de leucocitos, además de ser inmune a la mayor parte de las enfermedades comunes: viruela, sarampión, tuberculosis y paperas (¡nada peor que las paperas para un futuro padre de la humanidad!).

Los filósofos le pusieron frente a interminables cuestionarios (tests), en los que se averiguaría su capacidad de adaptación a un medio distinto, sus mecanismos de aprehensión, su sensibilidad y su grado de responsabilidad a la hora de tomar decisiones rápidas y comprometidas. Los físicos investigaron su resistencia a la aceleración, su aguante a la falta de gravedad o al exceso de presión atmosférica, y, también, si su organismo resistiría un viaje tan largo sometido a la animación suspendida (hibernación). Y el hombre salió triunfante.

La mujer también pasó por todas las pruebas y quedó confirmada como nueva Eva, que viajaría, en caso de ser necesario, hasta la estrella Alfa de Centauro, a cuatro y pico años luz, transportando en la nave una completa biblioteca de micropelículas que contenían toda la sabiduría del hombre.

Eso sí: para evitar malentendidos, no permitieron que la pareja se conociera. Y, cuando fue evidente que la guerra iba a estallar, les congelaron, les encerraron en sus cápsulas y les lanzaron al negro espacio, donde viajarían durante diez años largos.

Días después, la Potencia A machacó a la Potencia B, y ésta, a su vez, a la A; y, de rebote, las otras Potencias de poco pelaje quedaron deshechas porque, de un modo u otro, eran tributarias de A o de B. De esta forma los dos únicos seres vivientes se encontraban dormidos, en el interior de una nave, rumbo a la estrella Alfa de Centauro, donde, según todos los cálculos, engendrarían otra humanidad más limpia y capaz de respirar aire puro, beber agua sin cloro y comer carne de verdad.

Filósofos y pirotécnicos murieron con la satisfacción del deber cumplido; el hombre no se extinguiría. Y, así, sus últimos pensamientos fueron para aquella pareja perfecta, hibernada en su nave, y dispuesta a reproducirse gozosamente en cuanto tuvieran otra tierra bajo los pies. El mundo, pues, no se había terminado: la destrucción solamente equivaldría a un paréntesis entre una y otra edad. Únicamente el viejo filósofo, medio cínico, sonrió con sarcasmo:

—Me extrañaría —dijo, mientras la radiactividad le devoraba— que un viaje por el espacio bastara para transformar al animal absurdo que es el hombre.

Y tenía razón.

Cuando, tras los diez años de cruzar la nada, los dos expedicionarios llegaron a Alfa de Centauro, sus cápsulas de hibernación se abrieron y ellos, dulcemente, volvieron a la tibia vida. Lo primero, claro, fue frotarse lo ojos (diez años durmiendo no son moco de pavo); y, después, se contemplaron.

El hombre vio que la mujer, Eva, era una muchacha esbelta y bien formada, pero con una mirada relativamente tozuda. Tenía, eso sí, unas caderas que hacían presagiar una feliz maternidad, y unos pechos a tenor. Pero aquellos ojos demostraban que en su cabecita bullía una mente caprichosa.

Ella vio que el hombre, Adán, era joven y sonriente, pero también descubrió que su pelo era pajizo y que tenía las manos demasiado grandes, desproporcionadas quizá, y todo él con un aire de obsesiva timidez. Al momento decidió que no era su tipo, que no le gustaba. Y se lo dijo.

—No me gustas, Adán —murmuró con desencanto.

Era evidente que pensaba cosas feas de aquellos filósofos que le eligieron un hombre así.

Él parpadeó. Después, claro, quiso hacerle comprender que aquella no era una cuestión de atracción (o amor), sino de supervivencia, pero Eva no le hizo ni caso.

—No me gustas —repitió—. Yo solo me casaré por amor.

Los cadáveres de los filósofos y físicos se removieron en sus tumbas y lloraron al ver fracasado su plan.

Y no se casaron (si es que eso es casarse).

—No me gustas —seguía repitiendo Eva ochenta años después, en aquel mundo paradisíaco y maravilloso.

Y así fue como sucumbió la humanidad.


Publicado en el Diario Menorca el 16 de enero de 1973.

El Ángel Felipe

A las doce en punto de la noche le entraron los dolores a la Señora Paca (la Señá Paca). Ligeramente estremecida pero tranquila, que ya tenía tres experiencias de antes, despertó al marido, el Felipe, y le contó el asunto: lo hablaron despacio, sin echarle demasiado énfasis:

"Que ya" — dijo la Señá Paca.

"¿Ya? — repitió el Felipe que recién emergido de las aguas del sueño, no fijaba todavía la situación.— ¿Quién viene?"

"¡El niño, marido! ¡Como si te llegase de nuevas!"

"¿Tan pronto? Creí que aún faltaba..."

La Señá Paca echó la cuenta de la vieja apoyándose los dedos en la boca: "Abril, Mayo... Para el treinta le esperaba yo, pero viene con adelanto. Jacinto se retrasó dos semanas y Gregorio vino a su hora".

El Felipe hizo el ademán de continuar el sueño: "Será una falsa alarma" — dijo.

"¡Falsa alarma! — la Señá Paca no admitía intromisiones en su ciencia — ¿Cuántas veces has traído un niño al mundo, animal? Yo sé lo que me digo y me entiendo. Anda, llama a la Tía Remedios, que se venga a ayudar, y que Dios reparta suerte."

El marido se puso el pantalón sobre el pijama; se echó al hombro el tabardo y obedeció, refunfuñando cosas acerca de las mujeres a quienes les da el parto a oscuras. La suya, Paca, era de las madrugadoras: siempre por la noche, siempre de doce a una. Y luego resultaba que no, que madrugaba, y el niño venía con un sol de todos los diablos. Estas cosas — pensaba— debieran saberse antes de la boda, que, aunque no todos los días venga un cachorro, menuda la gracia que hace pasarse una noche de claro en claro.

En fin: las cosas marcharon como debían y siguieron el esquema previsto: la Señá Paca se estuvo quejando toda la noche; de amanecida, con la luz, se durmió, y a las diez, mientras el día dudaba entre la lluvia o el sol, trajo al pequeño: un muchacho llorón y reducido que, además, emergió hambriento y buscando ya teta.

Era Felipe y bien pronto llamó la atención. La tía Remedios, comadrona de afición, dijo que talmente parecía un angelito. El padre opinó que, más bien, angelote, que traía un hambre de días el muy tragón. Y la madre, sudorosa aún, sonrió:

Sus niños — y no era por presumir — eran los más guapos y robustos del pueblo.

"Lo que es bien parido, — sonrió el Felipe — bien parido ha de estar, que has empleado toda la noche en ello".

Porque el Felipe era un mediano rencoroso y estaba que se le comía el sueño a pesar de la alegría.

"Sí, sí — suspiró la tía Remedios —, todo lo robusto que queráis, pero..."

Y les señaló con el sarmentoso dedo los dos bultitos que el rorro llevaba en la espalda. "Justo en las paletillas" — explicó todavía.

"¿Y qué serán? ¡Pobre angelito mío!" — gimió la parturienta.

"¡Sólo faltaría que nos fuese jorobeta!" — gruñó el Felipe.

Y la comadrona, quitándose importancia:

"Serán quistes, digo yo".

Pero, quistes o no, eran gemelos en todo, como dos muñoncitos rosados, cabales alones de pollito echando la pluma, y aquello, quieras que no, era para preocuparse.

"Pobrete... — suspiraba la madre — ¡Si es un sol! ¡Si es un angelito! Mira que reguapo y precioso es."

Y, en efecto; ellos aún no lo sabían, pero habían traído al mundo al Ángel Felipe.

Y, después del parto, aquel veinticinco de Diciembre, empezó para Felipito la etapa de la Infancia. Utilizando un cierto lenguaje podríamos decir que el niño crecía en sabiduría y bondad. Sí que ciertamente era demasiado bueno y cándido. "Simple — decían los del pueblo — Que es un simple y nada más".

Pero el niño echaba normalmente los dientes y la cara mofletuda se le convertía en rostro guapo, con un gesto de paz y tranquilidad en el lago de los ojos y el fruncido de la boca.

Lo de los quistes, sin embargo, iba de mal en peor, que le seguían creciendo y le abultaban la ropa la espalda. El médico que lo vio dijo que de quistes nada, que eran puro hueso. "Malformación — explicó —. Lo mismo que tener manos de seis dedos y pies de a docena".

"Y, ¿de arreglárselo?" — preguntaba la madre.

"De arreglárselo, nada. Que crezca — aconsejaba el menge —, que se haga un hombre, y cuando los huesos cuajen definitivamente, la operación y santas pascuas".

"¿La operación?" — preguntaba el padre escamado.

"Sí, hombre: un serruchazo y como nuevo" — se burlaba el médico. Y de ahí no le sacaron: que Felipito hiciera vida normal, que tuviera amigos y que comiera a sus horas, que lo demás lo harían la naturaleza y el serrucho del cirujano así como fuera posible.

Y Felipe siguió como siempre, con una inusitada tendencia hacia el bien y una sana repulsión hacia las travesuras más o menos arriesgadas.

"Un ángel — decían las vecinas — Lo que usted tiene, Señá Paca, no es un crío sino un ángel."

Y, ciertamente, la bondad, la belleza y la suavidad de Felipito hacían pensar en los cuadros de Murillo, donde angelitos sonrosados y de carnes rollizas se arrodillan junto a la Virgen y sonríen como en éxtasis. Así no fue extraño que cogiera fama en el pueblo y que le mirasen como a un enviado del cielo.

Los muñones de su espalda, sin embargo, continuaban creciendo, y le abultaban las chaquetas de tal modo que parecía un jorobadito hermoso y graciado. Por eso le tenían compasión todos y, al hablar de él, decían: "el Ángel Felipe".

Y era cierto.

Verán: un buen día la Señá Paca, aterrada, corrió en busca del médico:

"¿Qué te pasa, mujer?"— dijo éste.

"A mí, nada. El niño, doctor, que tiene los alones en carne viva y se queja el pobrecito".

Le reconocieron, le auscultaron; le preguntaron si habían enrojecido repentinamente y le dolían. Eso era todo. Y el médico dictaminó al final:

"Nada importante. Será la pubertad. Que se hace hombre y, en su caso, le ha dado la hombría en los alones. Ponedle esta pomada y se aliviará."

Y se alivió sí, pero para empeorar: a la semana, la Señá Paca se volvió a presentar, despeluzada, donde el doctor. Traía un buen susto en la mitad del cuerpo, y el médico prefirió tranquilizarla antes de abrirle el grifo de la parlera.

"¿Y qué hubo esta vez, mujer?"

"¡Casi nada — le miró con recelo y, por fin, dudando, se atrevió a hacer una pregunta:

"¿Usted cree que un niño puede nacer mestizo de pollo?".

El médico no entendía y la Señá Paca se explicó a su sabor:

"Verá, cuando el embarazo, anduve criando unos pollitos. La clueca murió de la fiebre y yo les di la comida al pico. ¿Es posible que me diese un antojo y mi Felipe naciera mitad pollo?"

El médico sonreía, pero no por eso dejaba de estar alarmado.

"¿Qué hay entonces? ¿Por qué me cuentas esas sandeces?"

"Pues que al chico... — se interrumpió avergonzada —. Bueno, que mismamente parece que Felipito está echando la pluma".

Fueron a verle y, en efecto, sobre los alones de la espalda del muchacho había aparecido un plumón suave y dorado, mismamente el que tienen los pollitos al salir del cascarón.

"¿Y ahora? — preguntaba el padre — ¿Y ahora? Que la gente es muy mala, que yo lo sé, y le pondrán el pollo o el gallina por mote. ¡Pobre chico!"

De todos, el Ángel Felipe era el único que permanecía tranquilo y reposado.

"Déjelo, madre — decía —, que no es nada. No me duele ni así".

Y la madre:

"¿De verdad, Felipe?"

Y, poco a poco, le iba viniendo un orgullo nuevo: ¡Cuántas quisieran tener un hijo con alas! Así que el chico acabase de emplumarse, de seguro que echaría sus vuelos, y entonces, ¡cómo iban a rabiar las comadres que solo acertaron a tener hijos sin alas!

De manera que lo dejaron correr, y a Felipe le recortaron las camisas y chaquetas para que asomara las alas por los agujeros, por cierto, que se poblaban rápidamente de plumas de oro y plata y que brillaban al sol con reflejos tornasolados.

Era definitivamente el Ángel Felipe, y de toda la comarca venían los labrantines a ver el fenómeno para hacerse lenguas, de regreso a casa, y contar que en tal lugar, hijo, de una mujer con sotabarba, había nacido un Ángel, todo suave y guapo, todo lampiño y sonriente, y con un par de alas mayores que las de las más grandes avutardas.

Un señor de la ciudad le hizo una película y un periodista le echó fotos y lo puso por escrito, muy bien definido, en el periódico; y decía que de ángel, nada, que de aquello tenían la culpa la bomba atómica y las películas fantásticas y que una mujer, en cuanto está gestando, es el animal más inseguro de la creación.

Después vino un Ingeniero aeronáutico. El señor Ingeniero reconoció el Ángel Felipe, le palpó las alas, se las hizo manejar y, luego, preguntó, al padre:

"¿Quiere que vuele o no?"

El padre, el Felipe, echó cuentas y vio que un hijo volador le traería ventajas, y dijo que sí, que le enseñase a volar.

"Puestos a tener alas — explicó —, mejor que las use como un hombre, que no por estar emplumado va a comerse la sopa boba toda la vida".

Y el Ingeniero le tiró por el campanario abajo. El Ángel Felipe estaba ya instruido en la cosa y aleteó frenéticamente, tomo altura, rizó el rizo y, por fin, aterrizó sin más novedad que agujetas en los sobacos.

Luego, era habitual verle ir y venir muy cerca de las nubes, llevando y trayendo recados del padre, o cestas de higos o cosas por el estilo, de las que se sacan del campo bien trabajo. Pero, desde que volaba, le había entrado una tristeza muy importante, como añoranza de otra tierra, y, así, después de hablarlo con el cura y con sus padres, se echó a volar cielo arriba, hasta que las nubes más altas le taparon.

"No era para estas cosas — decía el padre — No era para este pueblo".

Y la madre, cuando le preguntaban por él, respondía:

"Se fue para arriba; adonde todos son como él".

"¡Era un Ángel!" — afirmaban las vecinas.

No se sabe qué fue de él, salvo que jamás regresó. Y en el pueblo, por orden del alcalde, donde nació, los vecinos pusieron una lápida:

"Aquí nació el Ángel Felipe, víctima de un error burocrático. Sus padres y amigos que no le olvidan".

El Ángel Felipe era ya un mito.


Publicado en el Diario Menorca el 23 de enero de 1973.

El cuento de la puñeta

Soy un hombre del camino: mi oficio es el más viejo, que, según dicen los letrados, la gente, antes de afincarse y poner casas en los campos sembrados, iba de lado a lado con sus cosas y se le daba una higa el asunto del municipio, la luz, las alcantarillas o el Alcalde.

Verán: soy un hombre pobre, pero respetuoso. Aquí, a mi lado, tengo mis riquezas (que lo son realmente) y con ellas voy de acá para allá malviviendo el tiempo. Si alguien me preguntara (que nadie lo hace, claro) le contestaría que no busco la felicidad. Estoy bien así; no me sobra nada y, como me faltan muchas cosas, pues tengo todavía ilusiones. No como Miguel, mi primo, que tiene coche y televisión y viste de corbata. Tampoco él es feliz, naturalmente, pero, además, para pagarse el coche y el televisor y la mujer y las corbatas se pasa todo el día amarrado al trabajo, tanto que, para consolarse, va diciendo que el trabajo dignifica y eleva y da prestigio, cuando la verdad es que el trabajo sólo cansa y pone de mal humor y acorta la vida. Lo demás, las morales de faena, son artimañas inventadas por los que hacen trabajar a tipos como mi primo, y por mi primo mismo, que no quiere pensar que es un fracasado.

¿Por dónde iba? Sí, que mis riquezas están aquí, conmigo: mi bicicleta, las alforjas con el pan; el espejo, el peine y la maquinilla; mis cigarrillos y el tabardo. Y, en el bolsillo, el tintineo de las últimas monedas. En un pueblo de los cercanos trabajaré una chispita y ¡a vivir! Ahora es el tiempo de la siega y siempre hacen falta jornaleros pese a los tractores y demás, que hay cosas que sólo un hombre puede hacer, como dar lumbre al pitillo del capataz o comentarle que, gracias a Dios, no vendrá la lluvia mientras las gavillas estén sobre la tierra.

Poca gente quiere a los tipos como yo. Los jóvenes de las ciudades nos nombran como ejemplo de la libertad, pero acaban diciendo que no llevamos una existencia digna: según ellos vivir dignamente significa poseer casa y muebles y mil máquinas innecesarias, y asistir a los conflictos callejeros. "Como Dios manda", ¡eso es! En alguna época lejana Dios dijo cómo vivir.

No se trata ya de aquello de no matar, no mentir, no robar, no fornicar y no seducir, ¡qué va! Porque ahora dicen que el mundo funciona por el consumo y las ventas, y vender es como robar un poco: si tienes algo y lo das a cambio de tal cantidad de dinero, digo yo que es porque te ofrecen un precio superior al valor de lo que vendes, ¿no? Pues eso es robar, lo pongas como lo pongas. ¿Y los que fabrican y venden coches? ¿No mueren, cada fin de semana, un par de docenas de individuos? Pues eso es matar; indirectamente, pero matar, como los que distribuyen drogas y alcohol, armas e insecticidas, tabaco... ¡Vaya que si es matar! ¿Y mentir? Antes, sólo los artistas se atrevían a hacerlo, y, también, los sinvergüenzas, pero ahora hay señores muy honorables que hacen de ello una profesión. Y, si no, basta con ver la publicidad, la prensa y la televisión; y los informes estadísticos.

Lo de fornicar es capítulo aparte, que ahora andan encandilando a la gente con eso: la publicidad anuncia colonias, calcetines, camisas, bebidas y desodorantes que ayudan a seducir y, por lo tanto, a lo otro. La industria cinematográfica y las salas de fiesta también van a lo mismo, porque para la gente resulta que seducir (y lo otro) es la cosa más importante que se puede hacer sobre la tierra; de modo que me pregunto: ¿qué es vivir como Dios manda?

No lo sé. No me interesa ya. Aunque sospecho que se trata de tener dinero y nada más. Se trata de tomarte una copichuela de marca, comprar pan empaquetado y agua embotellada; respirar por donde los demás pasan con sus coches y comprar lo que determinados fulanos quieren que compres. Y, si no, te llaman paria y tonto y las demás cosas que la gente que no se fía de ti, que no robas, ni matas, ni seduces, ni mientes, porque, ¡a saber qué cosas puedes llegar a hacer!

Bien: no soy rico y, además, ando por ahí con mi bicicleta y mis alforjas sin meterme con nadie. Los demás sí que se meten conmigo, pero tienen el derecho. ¿No es así? Si tienes coche puedes reírte del peatón. Si tienes reloj, del que no sabe la hora. Si tienes tabaco, del que no fuma, y si tienes una pítima empalagosa, de todos los demás, porque entonces poco es lo que importa.

En un tiempo anduve casado. Ya no lo recuerdo muy bien, pero sé que lo estuve. Cada día iba adónde la faena con mi bocadillo bajo el brazo y, después, regresaba a casa y hablaba y comía y jugaba a las quinielas y escuchaba la radio. Luego se me despertó el caletre y comencé a no caber en mi pelleja, hasta que mi mujer dijo que me podía ir adónde mejor se me antojara.

—¿Adónde? —le pregunté.

—¡A la puñeta! —exclamó ella.

Y desde entonces. Compréndanlo: seguro que ustedes han enviado a mucha gente a la puñeta; y, también seguro que no saben donde está. Nadie ha ido allí. Y, por eso, me pareció una buen idea, conque me tiré a los caminos, con mi bicicleta y mis alforjas, y fui preguntando de portal en portal.

—Me hace el favor: ¿para ir a La Puñeta?

Algunos se reían. Otros me miraban enfadados. Los más, me pensaban loco y me enviaban a otro sitio. ¡Parece mentira la cantidad de lugares a los que la gente es capaz de mandarte! Yo, por ejemplo, he recibido invitaciones para irme al cuerno, al quinto c... (que no es un piso, por cierto), a la m. (decimotercera letra del abecedario), al infierno, a freír espárragos, a hacer gárgaras, a tomar aire...

Sigo, sin embargo, buscando La Puñeta. Mi mujer se merece que le haga caso por una vez: a la Puñeta voy y, cuando llegue, le pondré un telegrama diciéndoselo. Mientras, ando por estos caminos de Dios y me como lo que buenamente agarro. Trabajo por unas perras y por unas perras como. Parto leña. Limpio el viejo pozo negro, enjabelgo una fachada... Y así, luego, me echo un vinito donde lo hay y hablo, a veces, con tipos del camino, con gente que anda buscando cada cual su cosa.

—¿Para ir a la Puñeta? —les digo.

Ellos se encogen de hombros y hasta me dan razones de lo suyo:

—¿Y para ir al fin del mundo? —me explica uno.

Y otro:

—Yo ando buscando una rana peluda. Ella, hace mucho ya, me dijo que sí, que cuando las ranas críen pelo.

No creemos en nosotros ni en nuestras palabras. Son, simplemente, excusas para continuar en la brecha. Ahora nos dicen "testimonios". ¡Parece mentira! Que somos testimonios de una sociedad que funciona mal. Que no podemos resistir unas costumbres deshumanizadas. ¡Bien! ¿No siguen comiendo y orinando los hombres? ¿No vienen todavía los niños por el mismo sitio? ¿No va cada uno a su avío? Pues ésta es la humanidad de siempre; no la mejor, claro, pero sí la habitual. Y, mientras tanto nosotros somos "testimonios" de no sé qué despropósitos, y lo somos con la tripa vacía y el cuerpo frío, que es la peor forma de ser algo.

Además, ya no hay vagabundos... Esto viene muy bien puesto en los papeles, que ahora sólo existen hippies y turistas (y nosotros, los verdaderos, somos "gente marginada) y tal parece que si uno es nacional y lleva ropas normales pero viejas, ya ni derecho tiene a andar por la tierra: nadie te alquilará una cama si te conoce el oficio por la cara y, en cambio, se sentirá muy contento de tener huéspedes hippies, que todo es por la moda y el aquel de lo "snob".

Y a los turistas... a esos les meten el cuchillo por el cuello y los sangran bien. Nosotros, sin perras, vamos y venimos, preguntamos lo nuestro y dejamos en paz al mundo. Llevamos en las alforjas nuestra particular sabiduría: a qué hora amanece en marzo; a qué hora es de noche en octubre; el brillo del rocío y la plata de la escarcha. ¿Qué más nos da si el coche que nos salpica cuando llueve es de esta o aquella marca? ¿Qué nos importa la ciencia del médico que certifica nuestra defunción, o la calidad del licor que nos produce un cólico hepático? ¿Qué se nos da la piedad del otro que pretende encerrarnos en asilos como si fuésemos criminales?

Pienso que los más de nosotros que accediesen a meterse en uno de esos "hogares" lo harían por encerrar fuera de ellos al mundo y, así, protegerse de una vez, porque casi todos se creen con derecho a darle una patadita al hombre del camino, o a ponerle la zancadilla, o a echarle los perros... Casi nos persiguen, pero ¿por qué? Ellos dicen que no nos envidian, que no nos temen, que no nos odian. Entonces, ¿por qué nos tratan distinto?

Por mi parte ya soy viejo y nada de esto me importa. El reuma me ha calado los huesos y ando menos: pedaleo más despacio en mi vieja bicicleta, duermo poco también... En un pueblo, un buen cura me ofrecía una cama en el hospital:

—Usted es ya de edad —me decía—. Aquí las hermanas le atenderán...

Sí, claro, a buscar cubil donde morirse, ¿no es eso? Oí como un municipal decía a un amigo en el bar:

—Los hombres del camino son la peste: van por ahí sin darse cuenta de que envejecen y luego te los encuentras fiambres en una cuneta... ¡No sabes la de complicaciones que trae eso!

Por eso creo que nos quieren en el hospital: para ahorrarse trabajo a la hora de los gorigoris. Y, por eso también, cada cual sigue con su cantinela por esos mundos de Dios. Yo me pregunto por la Puñeta; otros, por el fin del mundo, el infierno o las ranas con pelo. Los demás, entonces, nos llaman fracasados, ¿no? Gente hundida de antemano, pero, ¿saben? tenemos una chispita de esperanza.

Y, no crean, en nuestro oficio también se nota el adelanto y el progreso y la renta per cápita, que antes íbamos a pelo, casi descalzos y abrigándonos con periódicos, mientras que ahora, quién más quién menos tiene para unas botas y gasta bicicleta y tabardo, no sea que pille una pulmonía y lo encierren... Lo digo porque muchos poetas en sus versos dan a entender que andamos por los caminos con mal de amores o víctimas de alguna injusticia. No, no solemos enamorarnos porque, precisamente, ya le hemos visto los cuernos al toro; aunque no digo que, a veces, a uno no le entre la querencia por tal o cual mujer, pero como ellas quieren boda y casa, pues eso. De lo de la injusticia... ¡En fin! Sería mucho más injusto tener que vivir como antes, cerca del tufo de la multitud, con los ojos apretados a las paredes de cemento y las manos bien lejos del horizonte; rodeados por tipos que saben tus obligaciones solo para recordártelas...

¡En fin, que soy viejo! Tal vez estoy al final de mi camino ya... Siempre, en estos casos, quedan cosas por decir y angustias por borrar, pero esto, con o sin caminos, pasaría igual. No me pesa nada, salvo el cansancio y un no sé qué de dolor bajo las costillas (en las mañanas frías sobre todo); y soy feliz aunque, si me lo pidieran (que no me lo piden, claro), quisiera hacer dos preguntas:

¿Son ustedes felices?

Yo, por mi parte, ando buscando mi lugar. Por cierto, ¿sabe alguno de ustedes dónde está La Puñeta?


Publicado en el Diario Menorca el 30 de enero de 1973.

Las escaleras

El niño, ligeramente amoscado, repasa todavía los rincones de la nueva casa. Llegaron por la mañana, mientras los de las mudanzas daban los últimos toques a la faena y mamá decía que bien, que sí, pero que todo quedaba manga por hombro pese a la buena voluntad de los hombres que trajinaban los muebles.

Luego comieron en la cocina. Mamá dice siempre que la cocina es el lugar donde se debe comer: «Lo otro —explica—, el comedor, no es más que una reminiscencia del feudalismo, cuando eran muchos los que se sentaban a la mesa.» Y papá, aburrido, comenta que la culpa de todo esto la tienen las películas americanas y los fabricantes españoles de quemadores de gas. En niño, sin embargo, está acostumbrado a semejantes teorías y, mientras la comida, ha preferido mirar una vez más el rabo de lagartija, primer trofeo adquirido en el jardín.

Con los postres, cuando mamá afirmaba que el alicatado de la cocina le daba ambiente de cuarto de baño (y papá, impasible, se rebuscaba a la caza de su mechero de oro), el niño ha pensado seriamente en su futuro: ¿qué porvenir le aguarda desde esta alejada casa? Él, que hasta un día antes dudaba entre trabajar en una oficina (como papá) o tener un avión de mayor, se siente ahora frustrado en este campo donde, a buen seguro, sólo podrá ser jardinero, y, ¡valiente cosa es pasarse toda una vida sacando lustre a las hojas! Sin embargo, con el último bocado de manzana, ha descubierto nuevas posibilidades al oficio: los gusanos, los escarabajos, las hormigas y cosas así... Tal vez los jardineros puedan dedicar parte de su tiempo a la cacería de tan notables ejemplares. Luego quizá pueda guardar esos bichos en tarros de cristal y hasta formar el más completo museo de arañas de jardín, limazas y saltamontes.

Ahora, aceptando ya su nueva vocación, repasa los rincones de la casa mientras decido dónde deberá ocultar su colección hasta que vengan los periodistas a tomar fotos de sus animalejos para pregonar a los cuatro vientos que él, el niño, tiene el mejor museo de jardineros. Mamá canta en el patio a medida que el sol se escurre por el horizonte (un horizonte sin ningún atractivo, pues no ofrece nuevas ideas que completen su vocación recién nacida) y papá toca el piano; con un solo dedo, como siempre, porque papá encuentra igualmente detestable cualquier música, tanto la de los discos como la que él mismo se procura mientras fuma la pipa de la anochecida. Por eso suena un Schubert tembloroso y vago cuya serenata se va uniendo lentamente a cada piedra de la casa: la, si, la, re; la, sol, la, sol, re...

El niño no sabría decir si hay algo misterioso en el ocaso. Simplemente la nueva vivienda ha dado de sí cuanto podía, y se aburre. Mañana, quizá, saldrá en descubierta hacia una vieja higuera que ha vislumbrado al final del jardín, donde se espesan los jaramagos apoyados en la pared derruida... Tal vez se tope con un nido, en cuyo caso deberá estudiar fríamente las ventajas que un profundo conocimiento de la ornitología le reportará en lo futuro. Hasta entonces, nada queda por hacer salvo escuchar los dedos de papá aporreando el piano (Schubert y su serenata: si, la, si, re; la, sol, la, sol, re..), la canción que mamá tararea entre la oscuridad del otro lado de las ventanas.

El niño se aburre y se repite por última vez que son bien pocas las que un nene emprendedor y moderno puede llevar a cabo en una casa de campo cuando han concluido las exploraciones previas y el rabo de lagartija pierde su encantadora y viscosa frialdad.

Echa a andar por las escaleras... Quizá arriba, en su dormitorio, encuentra algo que hacer mientras papá y mamá acaban con sus absurdas maneras de pasar la tarde y le llaman a cenar. En alguna de sus cajas ha de estar la enorme rana que cazó el otro día, cuando le llevaron a remar al estanque y se cansó de ser almirante de la escuadra; o puede que, antes, dé con el pedazo de cuarzo brillante y claro del que podría sacar con poco esfuerzo centenares de preciosas esmeraldas con sólo tener una buena sierra y un bote de pintura verde. En caso de que la pintura resultase imposible de encontrar, probaría con sus acuarelas, pero esto último es sólo en caso de emergencia.

Las escaleras de la casa son muy largas y muy empinadas..., tiene que hacer un esfuerzo para salvar cada uno de los peldaños o para abarcar cada uno de los barrotes de la barandilla. Piensa en mamá, por la mañana, cuando le decía a papá que la besaba: «Eres terriblemente sicalíptico» Él, sin duda, también es «terriblemente sicalíptico». Mamá no dice las cosas al buen tuntún y, si papá lo es, ¿por qué el niño no?

«Soy sicalíptico», murmura escalando otro peldaño. Tal vez el rabo de largatija que lleva en el bolsillo sea igualmente sicalíptico, o el quitabarros de la entrada. Es una palabra como apocalíptico, la que dice papá cuando a mamá se le quema la comida y sabe a chocolate sin azúcar; una palabra que hace pensar en Dios, ese señor que tiene la barba blanca y vive en el último piso del cielo.

En esto surge la nueva idea: ¿Y si Dios le estuviese esperando arriba? ¿Y si la enorme escalera no condujese sino al cielo? Es tan larga que bien podía ser. En ese caso le pediría un avión o, mejor, un caballo: no sabría dónde meter un avión en el campo; en cambio, un caballo, sí, porque como flores y yerbas y, a los mejor, hasta gusanos, y de eso hay en casa más que suficiente. Y Dios no se enfadaría, porque está acostumbrado: toda la gente le pide cosas, como mamá cuando levanta las manos y dice que quisiera un poco de paz; o cómo papá, que siempre gruñe que, a Dios quiere, el año próximo tendrá más dinero.

El niño, desde luego, no le pedirá paz ni dinero porque esas son cosas que prefiere dejar para los mayores. Él es mucho más práctico y se conformará con un caballo «de los de verdad». Basta con subir la enorme escalera que va al último piso del cielo y hablar un ratito con Dios. Decirle, por ejemplo, que le quiere mucho, porque a Dios —¡a saber!— se le han de decir estas cosas absurdas. Por lo visto es un señor que vive sólo y se aburre, claro; y, entonces, quiere que la gente le haga mimos para pasar el rato mejor.

El niño decide que subirá cada día hasta su casa y le enseñará sus trofeos. Tal vez se alegre y quiera jugar con la rana: cuando se la pincha con un alfiler da unos saltos estupendos. Sin duda, que Dios se divertirá bastante si se la lleva.

Ahora, cuando llegue, Él le estará esperando en el descansillo con su barba brillante y relimpia y le preguntará por la rana. El niño, entonces, le explicará que no contaba con subir tan alto, pero que, casualmente, lleva encima la cola de lagartija, un diente de gato, una taba y una chispita de azúcar que agarró de la cocina. Y también le pedirá un helado de los grandes, de esos que papá no le deja comer porque le ensucian la tripa. Se lo repartirán, claro, porque el niño es generoso y no piensa abusar de Dios, que es viejo y vive solo.

Después le contará eso tan gracioso que dice mamá de la vecina de la otra casa, que no es una mujer, sino una lagartona (que es un lagarto hombre y grandote) que teje telarañas para atrapar a papá... Quizá Dios lo entienda y se lo explique porque, que él sepa, los lagartos no hacen telarañas ni se parecen a las mujeres... Si él un día se encuentra a uno tratando de cazar a papá, lo arreglará fácilmente, que para eso están las piedras.

A mitad de escalera recuerda que Dios tiene a los santos, que son muertos muy buenos que siempre hacen milagros y sonríen y van por el mundo dando caramelos a los niños y trozos de capa a los pobres y cosas por el estilo de simpáticos que son. Dios seguramente le enseñará alguno y el niño le pedirá, para aprovechar la ocasión, una bicicleta o una pistola, que todavía tiene que decidir cuál de las dos maravillas le conviene más. Y a la Virgen, a cambio de las flores que llevó el otro día al colegio, le sugerirá la conveniencia de regalarle un pastel, porque todas las mujeres andan siempre cerca de alguna tarta o de algún bollo, como la abuelita o la misma mamá, sólo que mamá hace pasteles muy pequeños y no le deja comérselos de golpe. Las madres —decide— están muy bien para mirarlas de lejos, pero en cuanto uno tiene que hacer lo que le mandan, el asunto se pone desagradable. La Virgen, en cambio, seguro que no se pone pesada, ni le obliga a lavarse las manos después de ir al baño.

En cuanto llegue al cielo y hable con Dios, el niño le pedirá permiso para ser santo, lo cual es, a simple vista, un buen negocio. Siendo santo tiene distracción asegurada para mucho tiempo y, desde luego, jamás le faltarán provisiones de chocolatinas y bolas. Además, las monjas del colegio le tratarán mejor y le perdonarán los deberes y no le llevarán tanto a la capilla, porque las monjas siempre andan haciendo lo que los santos quieren: se lo preguntan allí mismo en la capilla, y, de regalo, les encienden velas altísimas. El niño, cuando sea santo, pedirá que le pongan las más grandes y las más rojas, porque le gusta el olor de la cera quemada y porque la oscuridad es muy fastidiosa: solo la gente mayor se empeña en apagar las luces... Si de él dependiera, dejaría el sol siempre en mitad del cielo en lugar de andar moviéndolo de un lado para otro. Esto también se lo dirá a Dios en cuanto llegue a lo alto: «deja el sol quieto, Dios.» Y así, todos ahorrarán trabajo y serán más felices.

Evidentemente el mundo no está hecho con la cabeza. Las personas mayores andan siempre muy atareadas para pensar seriamente en él, y así va. Lo del sol es un ejemplo, pero hay muchas otras cosas, como el asunto del arroz con leche: ¿Por qué los niños tienen que tomar arroz con leche a todas horas? ¿Y qué decir del tonto juego de los palotes? Al niño le tienen toda la mañana haciéndolos y creen que se divierte con eso... Dios, seguramente, no está enterado: Él, como dicen las monjas, quiere mucho a los niños y, de saberlo, no dejaría que se aburrieran de una forma tan espantosa.

Cuando él sea santo ganará tanto dinero como papá y se comprará una monja para tenerla todo el día haciendo palotes por él. Y, además, guardará tantas ranas como se le antojen, y coleccionará nidos de avispa y jugará con el perro que siempre pide y que nunca le traen.

Ya casi está llegando: le parece vislumbrar la barba blanca de Dios confundida con la luz del descansillo. Recuerda entonces que no puede irse al cielo sin avisar a mamá, porque se enfadaría, y baja a pequeños saltos hacia donde todavía suena Schubert doliente (la, si, la, re..., la, sol, la, sol, re...). Y, junto al piano, tira de la manga de papá, que tiene el brazo en la cintura de mamá.

Se lo explica luego: estaba ya en la puerta del cielo, escalera arriba, cuando ha regresado a decirles que, de mayor, será santo, que se lo va a pedir a Dios; y, en cualquier caso, lo será de todas formas. Y cuando papá y mamá vayan a rezarle y él esté subido a su altar, hará que el sol se esté quieto y que las monjas le enciendas velas y le hagan palotes. Y, así, hasta que se canse: luego se subirá a su caballo y se irá a cazar cosas por el jardín, y a comer pasteles que le hará la Virgen, y mamá no podrá evitar que se tome cuantos le venga en gana.

Papá y mamá ríen y se le llevan a la cocina para que cene. Después, riendo todavía, le suben en brazos al dormitorio por una escalera sorprendentemente corta:

«Ésta no es —dice él, molesto—. Esta no lleva al cielo.»

Le acuestan, y mamá, al doblarle la ropa, requisa la cola de lagartija.

«¡La luz, no!», grita el niño, y, por una vez, le hacen caso.

Al rato, sólo ya, vuelve a oír la cantinela de los dedos de papá: la, si, la, re... Papá y mamá tienen siempre razón y esto es desesperante, como cuando mamá dice que es sicalíptico algo y mira, riéndose, al niño. Y él, con los ojos muy apretados contra los puños, imagina a un Dios entristecido, retirándole montones de velas y pasteles y bicicletas.

«Total —dice furioso—, se lo tienen merecido: ellos son los que cambian de sitio el sol...»


Publicado en el Diario Menorca el 6 de febrero de 1973.

Publicado en la revista «Arriba» el 17 de junio de 1973.
Seleccionado en el Concurso «Arriba 1973».

Penúltima historia

El viejo Zeus, desde lo alto del Olimpo, miraba pensativo el universo y recordaba con nostalgia aquellos viejos tiempos en los que era llamado el padre-de-los-Dioses-y-los-Hombres... ¡Inútiles cosas cuando sólo el dorado Olimpo prevalecía el caos! Y, además, Zeus se sentía demasiado viejo para volver a empezar de nuevo; por eso una lagrimita plateada se le descolgaba a intervalos de los pesados párpados y, por los surcos de las mejillas, se le perdía en la venerable barba.

—El padre Zeus está triste —decía en el Olimpo—. ¿Qué le pasará al padre Zeus?

Él, que fue tan alegre y dicharachero; él, cuyas disputas con Hera fueron el regocijo de todos; él, en fin, famoso mujeriego y renombrado juerguista... El dios con más parentela (legítima) que recuerdan las crónicas... ¡Pobre Zeus triste! ¡Pobre dios sumergido en sus angustias! Y es que se encuentra solo; es que está asistiendo al fracaso de toda su obra, al hundimiento de la creación ésa donde había puesto sus mejores ilusiones y sus mayores esperanzas.

El Olimpo entero se hace lenguas del tenebroso talante del padre Zeus:

—El padre Zeus está triste —dicen—. El padre Zeus llora.

Temen, quizá, por su salud. La cara agrietada se le oscurece y sus barbas eternamente jóvenes son ahora canas. El padre Zeus es viejo, de acuerdo, pero siempre lo ha sido y sin embargo nunca se dejó vencer por el peso de la edad y el dolor del tiempo. Y es que el padre Zeus, después de tanta lucha, saborea su fracaso y nota el sabor de la desdicha sobre sus labios.

En esto llega hasta él Apolo, el guapo hijo que le nació de Leto hace milenios. Apolo, como todos, ha perdido el encanto de la juventud. El pelo, que fue rubio, pinta ya borrascosas nieves, y la esbelta línea de su cintura se ha espesado y retorcido. También, a la nueva usanza del Olimpo, gasta bigote caído y lacio que le marca el rostro con un indefinible aire de pena.

Toca la barba del padre Zeus y le habla con las mejores palabras que conoce (no en vano él fue poeta). Quiere, sin duda, levantarle el ánimo y llevarle, por un momento, la ilusión de que nada ha cambiado y aún existe alegría. No es posible, claro, porque Apolo ha olvidado sus mejores frases y porque contrariamente a lo que se cree, él fue poeta, pero no lo es ya.

El padre Zeus sonríe por lo bajo, agradece el esfuerzo de su hijo pero, al mismo tiempo, lo encuentra ya fuera de lugar.

—Nada tiene solución —dice con razón y en el cielo, como antaño, serpentea el relámpago y estalla el trueno del viejo dios triste.

Apolo, asustado, mueve las nubes, oculta la nada blanca que envuelve el Olimpo para que su padre no la contemple más, pero Zeus le interrumpe con su formidable brazo y le impide continuar.

—Es inútil —dice—. Es inútil, hijo mío. Nos falta el hombre.

Apolo se estremece. Hasta ahora todos en el Olimpo habían evitado cuidadosamente este conversación. Desde hace mucho, desde que sucedió, han intentado vivir como ignorando la realidad, como si el hombre aún correteara por el mundo, pero, por fin, ha sido el mismo Zeus quien ha roto el silencio. Los demás dioses, entonces, se acercan al balcón desde donde Zeus contempla la nada blanca que rodea las nubes y rompen a llorar.

—¡Qué solos estamos! —gritan— ¡Qué silencio tan terrible el de las obras muertas! ¡Qué pequeños somos!

Zeus es el primero: se ha roto las vestiduras y deja que las lágrimas le caigan en torrentes por el Olimpo abajo. En otro tiempo estas mismas lágrimas, como substancia divina que son, hubieran puesto en marcha el mundo de nuevo, pero ahora la vitalidad del padre Zeus está muy disminuida y, también, abajo solo esperan tierras carcomidas y mares infecundos: queda ya muy poca vida en el universo.

—¿Recordáis? —dice el padre de todos los dioses— Ha pasado una eternidad desde entonces y, sin embargo, lo tengo muy presente en la memoria... Para que fue ayer cuando el viejo Prometeo subió a pedirme el fuego para los hombres. Se lo negué, naturalmente, porque no es bueno que la criatura conozca la fuerza de su creador. Él, sin embargo, robó el fuego y lo extendió por toda la tierra para que los hombres fueran más felices. Y, ¿lo fueron?

Los otros dioses suspiran con los ojos perdidos en las nubes de la nada: tienen los pensamientos en la mayor distancia que el tiempo les permite y se se sienten repentinamente acabados, huérfanos de alma en medio de esta desmoronada soledad.

—¿Lo fueron? —repite Apolo.

Verdaderamente nunca antes se hicieron esta pregunta: ¿eran felices los hombres? No, seguramente; pero los dioses pretendieron siempre ignorarlo para no descubrir por la infelicidad ajena la suya propia.

—¡Y tuvieron el fuego! —suspira el padre Zeus—. Creyeron dominarlo al fin y llenaron con él el interior de sus hogares y de nuestros templos; lo convirtieron en arma y se mataron con él. Sólo entonces, cuando causaron las primeras víctimas y vieron que era terrible, dijeron lo que se iba a convertir en la más terrible muletilla de nuestra historia: "hemos vencido a la naturaleza. He aquí que ya no existe la noche, porque tenemos con nosotros los rayos de sol del fuego. He aquí que no existe el frío, porque tenemos el calor de sol del fuego. He aquí que no existe el miedo, porque tenemos la luz de sol del fuego. ¡Hemos vencido a la naturaleza!". No era verdad, hijos, pero ¡qué triste ver el orgullo del hombre y comprender, por él, que era nuestro propio orgullo quien hablaba!

Afrodita sonreía: siempre que en el Olimpo se menciona el orgullo los dioses la contemplan con rostros burlones; sin embargo es ella, la diosa del amor, la que ha provocado más cálidas y modestas intimidades, de manera que no se siente responsable de nada de lo sucedido. Es más, jamás sospechó que el hombre pudiera llegar tan lejos, ni siquiera cuando los poetas empezaron a escribir versos llenos de rencor y angustia: "Dejar que se muera la luna" —enseñaba uno de ellos; y otro— "¿Morir? En ningún lugar se nos podrá tratar peor". Cuando ella le preguntaba a Apolo sobre este asunto él se limitaba a guiñar un ojo:

—Estos poetas —decía— sienten la necesidad de hacerse los trágicos.

El padre Zeus, en pie, se enjuga las lágrimas con un trozo de su manto rasgado y señala con los labios el universo muerto:

—¿Fue nuestra la culpa? Nadie queda vivo para echárnosla, pero no por eso somos menos inocentes. Yo, por ejemplo, siempre sospeché lo que podría suceder y, sin embargo, cerré los ojos ante cada nueva locura. ¿Recordáis cuando el hombre inventó la rueda? Lo celebró con mil fiestas... incluso nos dio las gracias y, para alegrarnos, nos repetía en los templos y en las ciudades: "¡Por fin hemos vencido a la naturaleza!".

Hefaistos, el gran inventor cojo, contiene un hipido de rabia:

—¡Vencer a la naturaleza! Esa fue siempre la meta del hombre, como si la naturaleza le amenazase de algún modo. ¡Al contrario! La naturaleza odiada era aire para respirar y agua para beber y alimentos para comer, y perfumes y colores y ruidos para el descanso. Pero había que vencerla; de algún modo el hombre debía sentirse superior, porque envidiaba la vida de los dioses pero no su sabiduría.

Hefaistos, el gran inventor cojo, aprieta sus sólidos puños y marcha hacia su taller murmurando despropósitos. A Zeus, antes de salir del balcón desde donde se domina la nada envuelta por las nubes, le dice:

—Esto no puede seguir así: voy a buscar un remedio, aunque sea el último.

Los otros dioses sonríen porque, por desgracia, saben que no existe ningún remedio que haga reversible el tiempo.

Y Zeus, con el alma apretada en los recuerdos, sigue exhibiendo los destrozados pedazos de su memoria ante el silencio triste de todos los dioses.

Hubo más aún, naturalmente: la pólvora... El hombre creyó de nuevo haber dominado a la naturaleza y poder disponer de la fuerza del cosmos comprimida. Con ella en las mano glorificó a la muerte como jamás y empezó, por primera vez, a buscar excusas para la vida. Pero tampoco había vencido a la naturaleza, porque ella era inmensa y muy sabia y conocía ya, después de tanto tiempo, el modo mejor de tratar a sus hijos. Sin embargo, como todas las cosas, la naturaleza envejecía poco a poco.

Ares, el viejo general, se muestra entonces petulante. Muchos, en secreto, le hacen responsable de cuanto pasó, pero las guerras, por desgracia, no son frutos de un solo pensamiento o una sola voluntad.

—Son estados morbosos —ha dicho en más de una ocasión—. Son las crisis de los hombres con miedo.

Pero nadie cree a Ares, el viejo general de uniforme rojo cuyos amigos inventaron la pólvora.

Zeus abraza a Hera y le pide perdón por sus antiguas infidelidades:

—No sospeché —dice— que el hombre me fuera a arrebatar la creación y por eso dilapidé mi energía en absurdas aventuras. Es ya demasiado tarde para todo salvo para que me perdones.

—El hombre —continúa al rato— descubrió muy pronto que la naturaleza aún era más fuerte que él y que sus leyes también eran más poderosas que las que él escribía en sus libros de justicia. Descubrió que la naturaleza le encadenaba a la distancia y suprimió las distancias (pero no la naturaleza) y gritó que la había vencido. Descubrió que la naturaleza le negaba el dominio del cielo y echó a volar una y otra vez hasta gritar, ebrio de soberbia, que la había vencido. Descubrió que la naturaleza le abandonaba a sus débiles fuerzas, y cambiaron de lugar las montañas y los mares hasta imaginar que, por fin, la había vencido. No era así... Nunca fue así porque la naturaleza era, como mi propia mano y yo la alimentaba con lo mejor de mi vitalidad, pero ella y yo envejecíamos a la vez. Lentamente, sí, pero también irrevocablemente. Por fin el hombre buscó, harto ya, el corazón mismo de la naturaleza y dominó su fuerza arrancando cada átomo de su lugar eterno. Creyó haberla vencido al final y así lo pregonó mientras los poetas lo celebraban o lo maldecían, pero ya era la mano de la naturaleza y ella no estaba todavía vencida...

Los dioses se estremecen de vergüenza porque se saben responsables de la loca historia que Zeus va desgranando. Se preguntan, asustados, por los motivos del hombre y por sus ideales. ¿Qué pensaban aquellos héroes muertos? ¿Qué imaginaban aquellos minúsculos gigantes al enfrentarse, casi desnudos, al poderoso universo? ¿Tuvieron alguna vez miedo? ¿A qué? ¿Era, quizá, la rabia la que les empujaba más y más lejos? Quisieron ser como dioses y lo fueros, pero al revés: si se les había negado el poder de crear, ellos conquistaron el de destruir y, al exhibirlo, lo consumieron todo.

Los dioses ya no lloran. Simplemente miran la nada y se preguntan por lo que el futuro les reserva. Eternamente dioses y eternamente solos, con el fracaso y la vergüenza gravitándoles en el centro de su alma. Los dioses ya no tienen ilusiones y están encadenados al miedo de saberse responsables de su propia infelicidad.

—Yo os engendré —dice seriamente el padre Zeus con la cabeza ardiendo—. Yo os engendré lo mismo que a los hombres, y veo que desearíais pareceros a ellos. ¡Qué errores! Hombres que quisieron ser como dioses y dioses que sueñan en ser hombres. ¿Tendré que reconocer, a mi edad, que me he equivocado en todo? Y lo peor es que no puedo sentir compasión por mi mismo, como no la sentí tampoco cuando los hombres, después de tantos fracasos, hablaron de la antimateria y gritaron que habían vencido a la naturaleza. Y aquella vez fue verdad y la vencieron definitivamente. Salieron triunfantes de ella a costa de sí mismos. Si escribiéramos su historia no tendríamos más remedio que apuntar en la última página: el hombre ha sido un éxito.

(El padre Zeus se echa a llorar como un niño asustado, y los demás dioses sienten una angustia inexplicable mientras se les clava en el alma la certeza de haber perdido miserablemente el tiempo).

—¡Seremos, pues, como hombres! —grita Apolo.

Por el pasillo viene entonces Hefaistos, el ingeniero cojo, cargado con un artefacto reluciente y pasado. Suda Hefaistos a cuestas con su ingenio y canta una cancioncilla de su juventud:

—Dejad que la luna se muera mientras lo ignora el sol...

Los dioses, rodeando al ingeniero cojo, corean el verso:

—...mientras lo ignora el sol.

Inexplicablemente se sientes felices y ríen de nuevo.

—¡Seremos como los hombres! —grita Apolo.

—Lo seremos —responde Hefaistos, siempre pensativo.

Los demás dioses, mientras tanto, continúan con la canción:

—Dejad que venga la noche mientras lo ignora el sol.

—Hazlo funcionar —dice Zeus soplándose el bigote.

Y ya ni hubo Olimpo entre la nada blanca que las nubes envuelven.


El viejo Hesíodo, el beocio, hizo una descripción de Zeus a la que remitimos al curioso lector.


Publicado en el Diario Menorca el 13 de febrero de 1973.

La hora

—La tierra es dura
—Al hombre le toca hacerla blanda.
—Lo era. Y no lo es ya por su culpa.

—Jean Cocteau, Bachus.


Es la hora. Se pretende que apagues la luz. Se pretende que dejes penetrar la noche hasta tu cuerpo... En fin: se pretende que seas nada porque la noche todavía es dueña del miedo, encubridora del amor y víctima de los explotadores que comercian en su centro. Del día vive todo el mundo; de la noche, muy pocos: los que vigilan y los que burlan la vigilancia; los que tienen largas conversaciones con las copas vacías y los que se las llenan de nuevo; también los que sueñan como tú...

El sueño te sube por las piernas como una tibia cosquilla y sientes que el pecho se te funde con el cuello, y el cuello con la cara, y la cara con el pelo hasta ser, por fin, uno sólo contigo.

Regresas, por ejemplo, al astronauta que subió hasta el cielo con su cohete y le oyes hablar de las estrellas. Usa para esto palabras completamente blancas: ¿creerías que las estrellas son de hielo? Pues sí; hielo antiguo y sabio que sonríe y salta en la bóveda del firmamento. Al pasar, saludan alegremente.

—¿Adónde vas, astronauta?

—A la luna.

—¿Tan cerquita? Si es aquí mismo.

Tú, claro, piensas que es cierto y te da vergüenza no ir más allá. Las estrellas, entonces, bailan y te dan a beber su luz tan larga, tan larga:

—¿Por qué no te vienes más lejos?

—¿Adónde?

—Por ahí, al sitio donde se cobran los recibos del rayo, a la fiesta de los cometas vagabundos, o...

—¿Y al cielo? —preguntas.

—También al cielo, astronauta. Pero, para eso...

—¿Qué?

—Para eso has de contar los años de una estrella.

—¿Sí? Veamos.— entonces piensas un poco y sientes el frío del firmamento, por donde muy pocos hombres pasean. —El primer año... ¡Alegría!

—¿Y después? —dicen las estrellas.

—Nada, después, nada. —recuerdas a tu madre y a tu hermana y crees ver cómo se retocan en el espejo.— Después, nada: las estrellas sólo tienen un año para los astronautas. ¿Me lleváis al cielo?"

Y te llevan: muy pocas veces el universo calla.

El astronauta se aleja a caballo de una estrella fugaz que juega a las carreras con la Galaxia y tú te acercas al Hombre Sabio que escribe un gran libro.

—Es la ciencia de la ciencia —te dice y, al señalarte con el dedo una página, lees, por ejemplo, que amor no es una palabra o que, de noche, en el cielo, un viejo quiere apagar la Vía Láctea.

—¿Qué viejo?

—El Tiempo, pero no importa: mucho antes yo habré terminado mi ciencia —lo piensa un poco y con aire divertido te explica: —Estoy midiendo la tierra para encontrar su verdadero centro.

—¿Dónde está el alma de los volcanes y el hipo de los terremotos?

El Hombre Sabio sonríe.

—Ese, todos le conocen. Yo busco el lugar adonde van las voces de los muertos y los besos de los niños que han crecido. Yo busco el lugar adonde se escapan las lágrimas olvidadas y los silencios rotos.

Te aburres de pronto con el Hombre Sabio y su libro inmenso de la ciencia de las ciencias, y en una luna próxima descubres a un poeta que obstinadamente calla y mira y mira y calla, y escribe, de vez en cuando, versos que no le gustan y recita palabras que no se acaban.

En ocasiones le escuchan las estrellas y hasta algún satélite de paso le pide que repita la última estrofa. Dicen que el Sol enseñó al Poeta y que, a cambio, le encargó una palabra para cambiar con ella de nombre.

—Astro —dijo el Poeta.

—No —dijo el Sol— Me aleja.

—Estrella.

—No; me cansa.

—Luz.

—No; me deslumbra.

El Poeta lo pensó dos veces (y hasta tres, según alguien asegura) y se llegó, muy callando, al Sol, hasta besarle y le explicó al oído:

—¡Padre!

Y el Sol, muy satisfecho, en recompensa le ha dado una luna al Poeta y le deja soñar ahí todas esas cosas que sueñan los poetas.

—Poeta, ¿qué sueñas? —preguntas con la curiosidad al borde de tu lengua.

Y él parece coger con la mano esa bola diminuta que es la Tierra y abrirle con la uña surcos que son ríos y huecos que son mares.

—En esto. ¿Ves? Sólo pudo hacerlo otro poeta.

—¿Quién?

¡Ah! Quieres saber demasiado: por eso él se encoge de hombres y finge meditar.

—Llevo poco aquí —confiesa—. Él me encontrará: a alguien así nada le pasa desapercibido. Sólo hay que darle tiempo; al cabo tendré sus palabras en los cráteres de mis poros, colgadas de las copas de mi vello.

—¿Y, entonces?

—¿Quién sabe? Pero nada será lo mismo.

Un cortejo de aerolitos, de los que regresan de un paseo por el fondo del cielo, le piden un verso al Poeta y él les cuenta un deseo que tuvo (está triste porque es un hombre que no sabe a quien espera):


No me digáis el nombre:
quiero irme de la mano por el viento
y ponerme, desde el cielo,
estrellas blancas en la frente.
No me digáis el nombre:
dejad la lumbre apagada,
dejad que el rescoldo se ahogue,
que hoy es día de estar solo
y no tengo pie para un nombre.


Se aparta. No hay más tras el poeta pero queda mucho sobre el poeta. De momento, la espera. Después quizá, cambiar su rincón de estrellas por una fórmula exacta como un cristal y larga como la vista. Y tú, vadeando de luz en luz, con un sudor de alegría entre las manos, sigues la excursión.

¡A lo lejos! ¿Los ves? A lo lejos pasa una compañía de ángeles: son el relevo de los que están de servicio por todas las galaxias, de esos que viven en la sombra de cada hombre y por la noche les vuelcan en los oídos consejos como cosquillas. Les saludas y alcanzas a oír un trozo de canción color de luna mientras a tu lado suspira un hombre:

—¿Quién eres? —te pregunta.

—Uno que sueña. ¿Y tú?

—Uno que despierta —y tiene razón. Para demostrarlo le bastaría extender los brazos y señalas las cien mil galaxias de cien mil estrellas, o la gente multicolor que va y viene por ahí cerca. Pero, no; te enseña simplemente, su cara y tú se la ves nueva, limpia, abierta. Tiene, naturalmente, nariz y boca, y ojos como almendras verdes, pero, en efecto, es Uno-Que-Despierta.

—He visto demasiado —dice.

—Y, ¿qué piensas?

—¡Qué trabajo pensar ahora!

—¿Eres feliz? —tú siempre preguntas: eres un hombre modesto.

—¿Feliz? ¡No! Siento rabia. Tanto tiempo imaginando esto, tanto tiempo de ignorancia. Y ahora que la conozco, ¿qué puedo decir de la gente? ¿Cómo explicarles que su tierra no se parece a la tierra? ¿Cómo perdonarles lo que han destruido con sus máquinas?

Tú te encoges de hombros. Eres un hombre modesto y no aspiras a perdonar por tu cuenta, sino a que, por la suya, la gente alcance el perdón. Eres un hombre modesto y no juzgas la ignorancia porque no hay nada que juzgar en ella.

—De Marte —dice él.

—De la Tierra —contestas.

—¿Cómo por aquí?

—Sueño. ¿Y tú?

—Despierto.

Calláis un rato.

—Marte es redondo —te explica.

—La Tierra es redonda.

Con esto pudierais sentiros hermanos.

—Marte gira —dice.

—La Tierra da vueltas.

¿Cuál es la diferencia entonces? Pues esa: Marte y la Tierra. Sólo en medio de las estrellas; el cielo todo profundo; el astronauta que recuerda: el viejo que investiga; el poeta que sueña. Tantas cosas que unen cuando tan pocas separan: Marte y la Tierra.

Os vais... No os parece justo hablar en el cielo. Él se vuelve a Marte en su coche y tú, silbando unas notas que te han venido a la cabeza (donde siempre te encierras), andas un poco:


—Estrellitas, ¿sois de hielo?
—Y de plata; también de plata.
—Somos luciérnagas.
—Farolas para los que sueñan.
—Somos pedacitos de sonrisas.
—Planetas, ¿sois todos tierra?
—Somos boyas para navegar quimeras.
—Niños que esperan.


De pronto, la valla:

—Prohibido el paso —dice—. Obras.

Por detrás van y vienen los obreros, buscando sitio para ver lo que sucede. Hay plateas para los más importantes, y sillas de tijera para inoportunos como tú, que viajas a tu aire y a veces estorbas.

—¿Qué sucede? —preguntas.

Un obrero te señala la sombra de la nada.

—Trabajo.

Otro, de lejos, grita:

—¡Lista de toma!

—Escena número uno —contestan—. Primera secuencia.

Y, del fondo de la noche, oyes venir la voz que manda. Se trata de una voz difícil; tan amplia que lo llena todo y tan aguda que te traspasa y construye misteriosas arquitecturas en el solar del alma.

—¡Chis! —dice un obrero.

—¡Callad! ¡Callad! —exclaman.

Te sientas y escuchas:

—Sea la luz.

(Y comprendes que la luz es buena mientras recuerdas cómo el poeta espera en su rincón de estrellas a este poeta que habla. Luego, despiertas).

El sueño, como al principio, te baja hacia las piernas, rozándote el silencio, y sientes que el pelo se aleja de la cara y la cara del cuello y el cuello de tu pecho, y despiertas. Es la hora.

Abres el grifo del lavabo. Quizá cantas. Te despides de quien amas con un beso y trabajas. Alguien, entonces, te explica una larga historia: una mujer que no ama o, peor, una mujer que ama más de la cuenta. Se escandalizan:

—¡Quién lo iba a sospechar!

—¡Vaya con la muchacha!

Tú, sonríes, y un amigo, por lo bajo, comenta:

—Este hombre está enfermo: no le sorprende nada.


Publicado en el Diario Menorca el 20 de febrero de 1973.

Leyenda marítima

Para Elisa Pons, en mutuo recuerdo de Neruda.


Al Juanón se le despertó el hambre de mar y cuando no pudo llevarla más bajo el pecho, se echó a los caminos. Los andaba con el corazón saltándole por las acequias y la cabeza imaginándole desconocidos espectáculos. Tenía hambre de mar: una enfermedad que los médicos no curan ni siquiera distinguen en sus laboriosos análisis, y que no acusan ni los leucocitos ni los eosinófilos.

Tenía hambre de mar: algo tan común que por ella vino al mundo América, o nacieron mitos tan enormes como el de la Atlántida. Juanón, claro, no sabía los antecedentes de su mal, y se limitaba a seguir el camino cantando poquito a poco las canciones de su repertorio para que, así, le durasen más y estar acompañado.

Antes, cuando estaba en su casa, fue un muchacho normal hasta que llegó un hombre al pueblo hablando del mar. Traía los ojos claros de tanto mirarlo, y las manos grises, con brillos, que es el efecto del agua salada; y el cabello lanzado hacia el cielo, espeso y profundo, que es como, según cuentan, se pone el cabello a las orillas. Decía que el mar era lo más grande y lo más azul de la creación. Decía que los peces curiosos se asomaban a la superficie para hablar con los pescadores y que era raro encontrar algunos que conocían tu idioma.

Juanón, con la bolsa abierta, notó entonces que se le despertaba el hambre de mar. Quería llegar hasta él, rodearlo por las piedras, santiguarse en su agua. Sí, sobre todo santiguarse, meterse el mar bien dentro del cuerpo y de las devociones y, por él, estar más cerca de esas nubes (que siempre se van a los océanos y que siempre vienen de ellos) y de esos vientos y de esas cúpulas que el cielo guarda exclusivamente para los marineros. De esta forma, aparejó los remos, largó las últimas amarras de la azada, cargó un fardelillo y se hizo a los caminos, preguntando en las encrucijadas por el sitio del mar, por las playas blancas y forradas de coral en polvo, por las olas con crestas de espuma y por los acantilados, blancos y grises y rojos que no dejan que el mar se salga de su lugar.

—El charco más grande —imaginaba— será pequeño a su lado.

—El río más largo será poco caudaloso junto al mar.

Y, además, había que pensar en el cielo, más azul en esas tierras nuevas. Y en la brisa esa que adormece a los marineros que regresan a casa. Y en las gaviotas, pájaros extraños que viven entre el mar y el cielo y enseñaron, en otro tiempo, a pescar a los hombres.

Juanón lo contó en el próximo pueblo. Lo contó todo: el color tan enorme, las sonrientes brisas, los peces parlanchines, los marineros cantores, las playas de coral con la arena tostada y tibia... se le reían a veces, pero también les entraba, entonces, el hambre de mar. Un hambre irresistible y espesa que les enrojecía los ojos y se los volvía hacia las tierras oscuras y monótonas, hacia los cielos plomizos, hacia los interminables postes eléctricos que iban y venían, distancia abajo, para que la gente de un mar y otro se contase por teléfono las maravillas de cada día.

—Sobre todo, para santiguarme —decía—. Llegaré hasta el mar y meteré en él las manos; o, mejor, solo los dedos, como en la pila de la iglesia. Miraré hacia arriba, donde las nubes, las cúpulas del aire y las blancas gaviotas, y, así, sin pensar en nada, me santiguaré muy despacio.

—¿Por qué santiguarte? —le preguntaban.

—El mar no se puede beber. Dios lo hizo salado para que los hombres no se lo bebiesen de ganas de tenerlo dentro, tan azul y tan grande. Y como no he de poder beberlo, de alguna forma me santificaré con él.

Y seguía sus caminos. Y preguntaba dando vueltas y revueltas a las tierras de labranza, y a los postes de electricidad, y a los cielos turbios, y a los vegetales de monte.

—En el mar —explicaba— todas las plantas huelen. Hay tomillo, pero mucho más fragante. Y laurel. Y mirto. Y enormes aulagares. Y madroños. Y lentisco, y yerbabuena, y albahaca, y salvia, y espliego... Volveré —si vuelvo— con todos los olores del mundo, para regalarlos a las mozas y a mi madre, para que los ponga entre las sábanas y nos perfumen el sueño.

Y preguntaba a los pájaros del camino:

—Gorrión, ¿has visto el mar? Jilguero, ¿has visto el mar? Alondra, ¿has visto el mar? Verderón, ¿has visto el mar? Pinzón, ¿has visto el mar? Hermana águila, ¿lo viste tú, que subes tan y tan alto?.

Y la hermana águila sonreía desde la mitad del cielo y subía un poco más todavía para complacer a Juanón.

—Sí —decía muy lejos—, desde aquí lo veo.

—¿Y cómo es?

—Como una bruma, Juanón. Como una bruma azul que se come el horizonte.

—Yo voy al mar, ¿sabes?

—Entonces —decía la hermana águila— cuando llegues a él, dile que mi abuela me lo mentaba a menudo. Dile que todos los de la familia pensamos en él.

Y Juanón seguía rodeando caminos, salvando zanjas, escalando noches, sin sentir otra fatiga que la de su ansiedad, porque él tenía la enfermedad del mar y ni los médicos la conocen, ni los neutrófilos callados la evidencian en los complicados análisis. Sin embargo es una enfermedad de la sangre, sí. De la misma sangre que comienza a arder y a exigir distancias más y más largas; que necesita salirse por los ojos y enfriarse en el agua azul y distinta.

Y Juanón pregunta. En un pueblo un viejo recordaba, desde niño, a otro viejo que solía hablar del mar en la solana de la plaza. Y orientaba a Juanón:

—Por allí cae. Por el este. Dicen que es azul, más azul que el cielo. Pero también hay lugares en que es verde, y color paja en las playas. Y rojo.

—¿Rojo? —se asombraba Juanón.

—El maestro del pueblo —contestaba el viejo—, el que me enseñó de niño, me dijo una vez que había un Mar Rojo, donde los moros.

—También iré al Mar Rojo —decidía Juanón. Y el viejo, metido en recuerdos, afinaba la memoria y volvía a la escuela de antaño.

—Y hay otro blanco. El Mar Blanco.

—¿Blanco? ¡Ca! Me han dicho a mí de buena ley que todo el mar es azul.

—Tú sabrás. Pero lo hay Rojo y Blanco. Y también otro que es negro. El Mar Negro, que está donde los turcos.

—¿Negro? —Juanón quisiera echarse a llorar—. ¡Negro, no! Azul y bien azul.

Pero el viejo era casi un erudito y aún recordaba otro nombre.

—Tú sabrás —era su muletilla de viejo que se desentiende del mundo—. Tú sabrás, sí, pero hay otro mar color azof. El Mar Azof.

—¿Y qué color es ése?

—No sé; azof. Debe ser un color muy importante.

—Seguro que sí. ¿Cómo será el color azof? A lo mejor, son muchos colores juntos...

Y el viejo, definitivamente excitado, se despedía con los ojos del campanario pardo y de la solana plateada y se echaba a la espalda el camino:

—Espera, Juanón —decía—. Me voy contigo. ¡A ver el mar! ¿Eh? ¿Qué te parece? Cuando mozo ya quise, ya, pero me vino la prisa del casorio y los niños luego... Lo mismo da. El mar sigue en su sitio.

Se miraban, luego, como cómplices y ponían a las estrellas como testigos de sus propias imaginaciones.

—Más grande que nada es el mar.

—¿Más que el cielo? —preguntaba el viejo, desconfiado.

—Como el cielo por lo menos.

Daban dos pasos, y de nuevo apelaban a la noche para su confidencias:

—Y, además —advertía—, fíjate si será grande que también tiene estrellas.

El viejo no lo quería creer, pero los ojitos se le empinaban hacia el cielo y sentía que el corazón le daba golpes en lo profundo. ¡Ah, quién tuviera veinte años para llegar antes al mar! ¿Pues no le decían que era tan grande como el cielo y que tenía estrellas? Él, por su parte, ya se sabía lo de los colores: Verde, Azul, Rojo, Negro, Azof, y, últimamente, recordaba no sé qué de un Mar Amarillo, pero no podía estar seguro.

—¿Estrellas? —repetía—. ¿No me quieres engañar, Juanón?

Pero Juanón recordaba las palabras del hombre que habló en su pueblo, y no corría el peligro de equivocarse. Si precisamente él llevaba la idea de hacerse con unas cuantas para ponerlas a vigilar exclusivamente sus noches. Bueno, las de él y las del viejo y las de su pueblo.

—Estrellas —afirmaba en tono serio—. Estrellas mucho mejores que las de aquí. ¿Las ves? Éstas están lejos y parece como si nada nuestro les fuera o les viniera y, en cambio, las del mar se pueden coger.

—¡Qué me dices! ¿Podré coger yo alguna, Juanón? ¿Crees que me dejarán hacerlo? Como soy viejo, a lo mejor piensan que las voy a estropear...

—Las cogeremos todas... Bueno, unas cuantas. Dejan cogerlas, ¿sabes? La gente del mar las tiene vistas de toda la vida y no le importan diez o doce menos. Como si agarrasen unas cuentas de las que tenemos aquí: ¿verdad que a ti te daría lo mismo?

—Lo mismo, lo mismo... Acompañan mucho las estrellas, Juanón. Y más a los viejos que no pueden hacer otra cosa que gastar los ojos, porque lo otro ya lo gastaron hace mucho.

Luego, atizaban la lumbre: echaban más leña para asegurarse de que el rescoldo duraría hasta el alba y se echaban al sueño con el corazón más apretado y caliente. Sobre todo el viejo, que de nuevo era niño y se notaba en la sangre una alegría profunda y una ilusión celeste.

Con la aurora, echaban un ojo a los círculos del cielo y medían las espirales nuevas del camino. Se juraban que ya poco era lo que faltaba, y cantaban, más despacio todavía, las canciones de su repertorio, y, entre medio, un cacho de poema que Juanón les oyó a unos comediantes de la legua. La farándula los ensayaba a gritos en mitad de la tierra y él, sin robarlos, que no es robar oír lo que trae el viento, se los metió en la cabeza y, al repetirlos, veía su propio mar, azul, rojo y verde, y azof y amarillo, y blanco (pero no negro).


El mar confunde el nombre de las cosas.
El mar abre recintos de vientos nacarados,
castillos de pájaros alberos,
sierras espumosas a lomos de la ola...


Y el viejo, más cansado pero más alegre, hacía báculo de los hombros de Juanón y seguía para adelante, abriendo y abriendo la sonrisa, preparándola para cuando se encontrasen el mar, que también era amplio y amplio.

Los dos pensaban en lo mismo. En todos los trozos de las noches habían establecido el ritual más justo: al mar uno no debe acercársele por las buenas, ni sucio ni dormido. Ha de llegar y, desde lejos, solo a la vista, saludarle. A los pocos pasos, enviarle un beso. Después, un recado a lomos de una gaviota y, por último, descalzos, arrodillarse en sus encajes (que son de espuma: ¡aprendan!), mojar los dedos y santiguarse mirando para arriba.

Por supuesto, que lo de cogerle las estrellas sería luego, cuando el mar les hubiese tomado ley y no corrieran peligro de quedarse sin su amistad.

Y vieron el mar y lo saludaron. Después, al kilómetro, le enviaron un beso y, por último, dijeron a la gaviota más cercana:

—Ve y dile que llegamos. Ve y dile que nunca soñamos nada mejor que él. Que le queremos.

—Huy, éstos —dijo la gaviota. Y se fue riendo como hacen todas: —Ja-ja-ja.

Junto a la playa, se quitaron los zapatos y se llegaron a la orilla: esperaban encontrar a los peces que hablan casi todos los idiomas, y a las estrella marinas sonriendo, y a los caballitos de mar, que la gente de puerto usa para la labranza, pero el mar estaba solo, sin nadie, y, aunque de lejos bien azul parecía, de cerca era bastante negruzco y soso, con bolsas que flotaban por los lados (puro plástico) y bolas negras de alquitrán maloliente.

—Nos han engañado —dijo Juanón—. ¡Este no es el mar!

—Puede que esté viejo —dijo el anciano, lleno de decepción.

—Pues yo no me santiguo.

Y un hombre que pasaba, al verlos tan compungidos, se les llegó a decirles que aquel mar estaba muerto, que lo mataron un día y que ahora, pues eso, ni funerales.

Se iban ya Juanón y el viejo. Cabizbajos. Doloridos.

Y el viejo iba murmurando:

—¿Por qué no lo pensé antes? También lo había dicho le maestro: hay un Mar Muerto. Un Mar Muerto y nos lo hemos encontrado.


Publicado en el Diario Menorca el 27 de febrero de 1973.

La aventura

Cuando Apolo era joven y andaba por las ciudades de Grecia estudiando medicina, su carácter admiraba a todos sus condiscípulos: reidor y alegre, no desdeñaba la última copa nocturna en la taberna oscura y pobre, ni el beso comprado a la puerta del burdel, ni la chirigota truhanesca en la persona de algún profesor despistado (por ejemplo, el de historia que, desde la última Olimpiada, tras la gripe asiática, tenía puesto un pie en la barca de Caronte).

Sin embargo Apolo también sabía ser serio cuando la ocasión lo requería y pasaba por el más correcto de los muchachos de su cuadrilla. Pasable atleta y mejor orador, acudía todos los días al ágora para instruirse con los discursos de los ciudadanos y, también, componer hermosos versos en honor de tal o cual muchacha que, por entonces, llenaba sus pensamientos.

Huelga decir que Apolo era un mozo bello y bien planteado, y que las niñas gozaban con su compañía por más que nunca dejaban de mirarle como a un juguete encantador, un lindo muñeco parlante lleno de sonrisas, pero frío. Y Apolo lo sabía y se entristecía en su corazón, porque él hubiera querido tener una novia como los demás, una mujercita cándida (o no) a la que contar sus pequeños desengaños de adolescente en estudios, sus enormes ideas de poeta joven y sus blancas ilusiones de dios en sazón.

Vivía de pensión con su hermana Diana, con la que compartía habitación, secretos y yantar, y, con ella también, salía de caza todos los festivos en busca del corzo descuidado o del jabalí poderoso; pero estas ocupaciones no bastaban a apagar los fuegos de su alma saltarina y si su hermana —irreductible virgen— se conformaba con ligeros escarceos, él andaba necesitado de un amor profundo y verdadero que viniese a completar la paz de espíritu que sus versos le anticipaban.

Así pues, cuando Apolo era joven y andaba por las ciudades de Grecia estudiando medicina, amó y fue amado por una bella mujer, una mujer con los ojos calcados del cielo y los labios entreabiertos, con aliento de brisa marinera. Todas las tardes, al concluir sus prácticas de interno en el hospital, se retiraba con la muchacha al bosquecillo de la acrópolis y allí, armado con la lira, enhebraba uno a uno sus mejores versos mientras se dejaba mecer por los delicados brazos (como de mármol tibio) de la mujercita. En ocasiones contaban, para distraerse, todos los olivos de los campos cercanos o buscaban semejanza de cosas conocidas en las nubes blancas que se asomaban al cielo. También planeaban cuidadosamente su futuro e imaginaban cada habitación de su casa —cuando casados— sin olvidar el color de las paredes, la profundidad de los espejos y el orden arquitectónico de las columnas del patio (ya que Apolo, como poeta, se inclinaba por el corintio y ella, como mujer, por la sencillez del dórico).

Naturalmente que aquello acabó mal porque Apolo no había contado con su propia divinidad y al correr los años la mujer envejecía mientras él continuaba con su porte de adolescente juguetón... Por fin, juventud y vejez acabaron por divorciarse y trazar un foso entre ambas: ¿Cómo amar a una anciana? ¿Cómo sentirse cercana a un muchacho eterno y juguetón? Sin embargo a Apolo la aventura le dejó un buen recuerdo que, con los muchos años de retiro en el Olimpo, los episodios desgraciados fueron disipándose conformando en la memoria del Flechero Apolo una historia dulce y completa que tenía poco que ver con la realidad que vivió cuando era joven y andaba estudiando medicina por las ciudades de Grecia y amó y creyó ser amado.

Muchos años después, desde el Olimpo, cansado de sonreír ante los despropósitos del hombre, olvidado de todos sus antiguos fieles y con ideas propias sobre los trasplantes de corazón, he aquí que sintió de nuevo la nostalgia del amor y bajó otra vez a la tierra. Pretendía Apolo una mujer con la que compartir los versos más que la existencia; una mujer por la que ser besado más que a la que besar; una mujer a la que entregar recuerdos en vez de proporcionárselos. Pero Apolo, con tanto vivir entre los dioses, había idealizado el comportamiento humano hasta creer que las mujeres buscarían en él su belleza y le exigirían solamente fidelidad y tiernas palabras. Sin embargo, ¿qué cosa puede proporcionar un poeta a una mujer moderna? Pensándolo con cuidado, tal vez cariño, pero, ¿para qué el cariño? Los poetas —y más si son dioses— olvidan con facilidad que tras cada palabra existe un cuerpo sujeto a duras servidumbres de las que el sueño y el hambre no serían las más importantes siquiera. Los poetas —y más si son dioses— encuentran en el aire motivos para respirar, mientras que los mortales hallan en la respiración razones para la existencia del aire: he aquí la diferencia de Apolo con los hombres y la de los poetas con los profesionales especializados.

Repitamos: ¿qué cosa puede proporcionar un poeta a una mujer moderna? No seguridad, desde luego; ni riqueza, ni lujo más especial que el de recibir las dedicatorias de los poemas que el poeta escriba. Pero, ¿qué es lo que una mujer puede esperar de un dios-poeta, médico y hermoso? Amor, sí, pero demostrado a través del bienestar material: si me quiere, cuidará de que posea lo más esencial y hasta lo más secundario; tal es el razonamiento de las mujeres contemporáneas, pero no el de los poetas —y más si son dioses.

Apolo ignoraba todo esto, o por lo menos, lo tenía olvidado desde mucho antes y por eso cuando bajó a la tierra de nuevo quedó sorprendido y triste. Él recordaba a la mujer como un ser encantador y delicioso, dócil y confiado, y se encontraba con algo tan distinto... Treinta siglos sólo habían servido —en opinión del dios— para que las mujeres aprendiesen las inquietudes del hombre y las angustias de la vida hasta contaminar su alma tanto como su cuerpo.

Habló con unas y con otras, tratando de hallar el nuevo amor, la que bebería sus versos, le acunaría en sus brazos (casi mármol tibio) y jugaría a contar con él los árboles del campo o las nubes asomadas al cielo. Fracasó, naturalmente, y, cansado, el buen Apolo se echó a los viejos caminos de donde faltaban las higueras umbrosas, el polvo plateado y piedras que apartar el cayado.

Al fin una mujer distinta: solitaria, silenciosa, provista de los ojos más largos que conociera Apolo y de cejas como interrogantes sobre el horizonte. Hay que añadir que era difícil (y lo sigue siendo) resistirse durante unas horas a Apolo, como hay que decir también que había un no sé qué de hipnótico en su rotunda belleza y en su mirada buena: por eso se amaron inmediatamente y continuaron así hasta que el dios descubrió que, al contrario del viejo tiempo, lo difícil era continuar enamorados. La mujer —al fin mujer— tenía el espíritu voluble y una singular propensión al hastío; se alimentaba de novedades y huía de las costumbres, mientras que Apolo a lo único que aspiraba era precisamente a convertirse en hábito.

He aquí su decepción. He aquí que Apolo se entristeció y quiso saber mas del alma que ahora tenía el mundo hasta descubrir en la mujer a la que deseaba amar un universo de temor. Ella era todo miedo: a la muerte, al amor, a la vida, a la soledad y, a la vez, a sí misma... Comprendió entonces que una mujer así no puede amar nunca, y comprendió, además, que los hombres habían acabado con las cosas más bellas que los dioses les entregaron.

¿Cómo tenderse en la noche a contar estrellas (Arturo, Antares, Casiopea...) si la noche estaba muerta con las luces de neón? ¿Cómo amanecer entre canto de gallos si los últimos gallineros sólo existían en los más remotos lugares? ¿Cómo buscar en las nubes perfiles de recuerdos si las nubes eran artificios de los hombres y sus poderosas máquinas? ¿Cómo echarse a los caminos si los caminos no servían para andar a pie?

Los hombres volaban ahora, de acuerdo, pero cada vez estaban más lejos del cielo, de ese cielo al que, por no creerle, llaman espacio. Los hombres corrían como estrellas fugaces, sí, pero aumentaba la distancia que entre ellos tenían establecida. Los hombres gritaban como siempre también, pero ignoraban ya la razón y los cimientos de sus voces.

Los hombres —se dijo Apolo— habían muerto en alguna esquina de la historia y sólo quedaban sus momias, llenas de terror, fingiéndose una vida que tristemente desconocían. ¿Cómo amar? ¿Cómo acercarse a ellos? No a través de los versos. No a través de la más exacta poesía. No a través de la más abierta confianza. ¿Cómo entonces?

Apolo, sin embargo, tenía un medio vedado al resto de los poetas: Apolo todavía podía emprender el vuelo hacia el Olimpo y aguardar allí un nuevo resurgir a las edades. Sería esconder la cabeza, negar los ojos a la evidencia (no al revés) y hundirse definitivamente en los recuerdos que, por sí solos, nada llegarían a justificar salvo la nostalgia. Pero esto, con ser malo, era preferible al mundo que se amenazaba de muerte y a los hombres que se arrebataban la dignidad de sus pasiones.

Y Apolo abrió el vuelo. Se levantó, como un rayo de oro, sobre las nubes más oscuras y arriba, junto al sol, se fundió con su carrera, casi borracha en el ozono limpio de la estratosfera. Y así, de regreso al viejo Olimpo, volando como solo los antiguos dioses supieron hacerlo, un radar lo confundió con cierto cohete cuya amenaza era siempre esperada. En otro lugar se abrieron una compuertas de bruñido acero y, más lejos aún, una conversación vuelta onda brincó entre los continentes. Después unas sirenas desataron las lágrimas de las ciudades y...

Apolo, abatido del cielo que siempre fue suyo, malherido más en alma que en cuerpo, buscaba con su último jadeo la tumba olvidada de la mujer que amó hace tanto tiempo, cuando él no era más que un joven estudiante de medicina en las ciudades de Grecia y hablaba todavía con los hombres. A su alrededor extraños proyectiles levantaban surtidores de fuego y tierra carcomida mientras el mundo se separaba por última vez y para siempre.

Naturalmente Apolo, antes de morir, no encontró la tumba de la mujer que le amó, porque no había sido más que una aventura de los tiempo en que él era joven y estudiaba medicina por las ciudades de Grecia. Fue mejor así.


Publicado en el Diario Menorca el 13 de marzo de 1973.

La muerte de Julio Sánchez

Julio Sánchez ha muerto de "no se sabe qué". Quizá de amor, como él mismo dijo en la cárcel sepulcral de su cama de hospital; pero todos coinciden en que a Julio Sánchez se le había pasado ya la edad de la lujuria y los melindres.

Muerto Julio Sánchez, la cosa es como sigue: nada deja si no es su cadáver reseco. Nada se lleva más que recuerdos y decepciones. Su casa, que ahora soporta una hipoteca, queda cerrada y con cinco habitaciones. En una Julio Sánchez se sentaba a esperar las horas, en una mecedora con agujeros de carcoma. Al alcance de la mano, una mesita con libro: "La muerte en la Pradera", "Los Pensamientos de Pascual", "El Viaje a la Luna" y "El libro de los Muertos". La ventana de este cuarto tiene cortinas azules y rota la persiana. El suelo es de baldosa roja y tosca. Por el papel del cielo raso se adivinan las vigas del techo, y en la mesa grande, donde Julio Sánchez comía dos veces al día, permanece quieto para siempre un cenicero de plata que fue de un tío navegante que tuvo.

En la otra habitación Julio Sánchez remataba todas y cada una de sus noches. La cama, de estilo colonial, casi negra y puntiaguda, no es la cada donde murió Julio Sánchez. En ella, por cierto, le engendraron y en ella alimentó los sueños de hombre maduro que le vinieron, y los miedos de verse sin compañía mientras la vejez se preparaba en contra suya.

El armario, casi negro también, tiene por dentro una luna a la que Julio Sánchez se llegaba para estudiar los caminos que las arrugas le abrían en su cara triste y para asustarse de la curva rígida que su espalda adoptaba. En las perchas, para siempre se le han quedado el traje del domingo y el que utilizaba para las visitas. El otro, más solemne y con menos brillos, el útil para los duelos que se hizo al fallecer su madre, le ha servido de mortaja y se lo ha llevado consigo.

Deja también, bajo la mesilla, unas botas de becerro, de cuando pisoteaba la tierra, y unas zapatillas de fieltro que no le acompañaron al hospital. En el cajón, un calzador de nácar, unos gemelos de bisutería, un imperdible oxidado y una agenda de otros tiempos, toda escrita con su letra grande y lenta. En la repisa, un tapetito fabricado por algún ganchillo antiguo y femenino, la lámpara que nunca le sirvió para lecturas nocturnas, y un cenicero de barro, encaramado a una revista que, en la primera página, habla de cualquiera de las "últimas crisis" del dólar.

La colcha de la cama es de hilo crudo, y se la hizo la abuela para "cuando se casase"; y, a los pies, aún está la alfombra que él mismo se compró en su reciente viaje a Barcelona. Sobre la ventana del dormitorio caen las ramas desnudas de un manzano, de donde Julio Sánchez colgaba los botijos en verano.

La otra habitación es el despacho y tiene una mesa negra por completo, unas sillas de cuero y un secreter viejo. Aquí es donde amontonó facturas y planos durante mucho tiempo y donde se puso a pensar en sí mismo hasta morirse quién sabe si de asco (ya que no de amor, por supuesto).

Todas las mañanas pasaba un rato entre estos muebles negros, y ojeaba los papeles más antiguos y los más modernos rodeados por el humo de su tabaco barato. Aquí también hablaba con los amigos: al principio, de los apuros de vivir, de los atrasos, de los recibos impagados y de las diminutas suciedades con que la gente dice seguir adelante. Después, como olvidando estas cosas, se transportaba a los tiempos de su campo, a la vaca aquella que le parió gemelos; al maíz blanco que sembró de prueba y que las abejas le injertaron de amarillo; a los higos chumbos, dorados y frescos, de los comienzos de otoño; a un rosal que tenía en la parte de atrás del pozo e incluso a las siestas que durmió entre los sembrados.

Julio Sánchez ha muerto, e imagino que éstas no tienen valor alguno. Julio Sánchez las contaba por lo bajo liándose sus pitillos y, a veces, enseñaba la sonrisa al encender y se le oía entre el humo:

—Lo siento, Dios, cómo lo siento.

La otra habitación fue la cocina, con enormes alacenas y una despensa con la puerta verde. Julio Sánchez comía cualquier cosa y tomaba después unos buches de leche recién hervida. No se compró nevera nunca y siempre le tuvo miedo al butano, ese gas explosivo tan distinto de la leña que crepita en el hogar y lanza chorros de fuego rojo. Le gustaban las comidas de costumbre, sus sopas de verduras, sus sofritos, sus alubias, sus lentejas. La carne, tierna y con mucho limón; los embutidos... Pescado, casi nunca; y ajo en todo.

Pero Julio Sánchez está muerto. Tiene herederos porque todo el mundo los tiene de cerca o de lejos, y él les deja la casa con sus pequeñas cosas, sus cinco libros, su cama negra de estilo colonial, sus ceniceros, sus cazuelas y pucheros alineados en las baldas, y, quizá algunos recuerdos delicadamente enredados en todo esto.

Nadie hablará de Julio Sánchez durante mucho tiempo. Julio Sánchez lo sabía y nunca se lo tomó en serio: "Cuando uno se muere —decía a veces— es como si murieran todos". Pero lloraba al mirar la calle y al ver las nuevas casas y el asfalto reciente y los coches encerrando los bordillos de la acerca, y a los hombres obstinándose en llenarse los rincones de basura. Lloraba mucho en ocasiones, detrás de los visillos sobre su carcomida mecedora, en el rincón único del patio...

Julio Sánchez tenía muchos años de soledad y hasta casi la costumbre, cuando las buenas gentes, sin saber que le mataban, vinieron a sacarle de sus hábitos:

—El Pueblo —la ciudad, decían ellos— crece a ojos vistas: cuestión de progreso; desarrollo; industria y voluntad.

—El Pueblo —continuaban— no puede detenerse...

Y Julio Sánchez pensaba en El Pueblo como en algo vivo y con tentáculos, que aumentaba de tamaño y exigía nuevas cosas. Le interrumpían su imaginación madura hablándole de próximas casas, de nuevas calles, de las necesidades que tenía El Pueblo de pasar entre sus campos, justo donde él tenía sus higueras, justo donde Julio Sánchez sembraba cada año sus pimientos.

Por eso menaba la cabeza. Decía que no: que los pueblos son los hombres y que, por lo tanto, ninguno tenía la necesidad de venirle a pisar las tierras ni de impedirle criar sus pimientos.

Vino luego un Señor Concejal a decirle las mismas cosas; a hablarle de El Pueblo como si fuera un bicho y se ahogase y, después, a explicarle lo de la infraestructura; lo de las aguas residuales y lo de las tuberías de suministro. ¿No oía Julio Sánchez en la radio que hacían falta viviendas; que nacían muchos españolitos sin casa y que miles de jóvenes no se casaban por la falta de nido?

—Además —avisaba— el ayuntamiento podría expropiártelo todo y te pagaría una miseria.

Miseria o no, el Señor Concejal pretendía que Julio Sánchez regalase el suelo; que Julio Sánchez, hombre bueno, a medias torpe y a medias plano, se compadeciese de El Pueblo hambriento de progreso, de infraestructura viaria y de alcantarillado. A cambio, Julio Sánchez vendería, a trozos, los lugares donde le nacían las habas o donde guardaba las vacas, y buenos dineros que se ganaría en ello.

Dijo sí al final y le abrieron dos calles a cual más ancha. Después El Pueblo debió sentirse satisfecho porque nadie le hizo ofertas y él siguió con sus tierras, ahora divididas, sus sementeras y sus cosechas, hasta que el Señor Concejal, de nuevo, le dijo de poner aceras en las calles, pagadas entre todos los vecinos, y Julio Sánchez las puso de su bolsillo. Y, después, le vinieron las alcantarillas, por supuesto que también entre todos los vecinos, y Julio Sánchez pagó otra vez. Luego el agua. Luego la luz y un transformador, y, como siempre, más dinero.

Julio Sánchez, entonces, rogó al Ayuntamiento: él no podía pagar tanto y tanto si no vendía y El Pueblo, ya satisfecho con sus dos calles, no quería comprar y se reía muy a gusto. El Ayuntamiento le dijo, con muy buenas palabras, que las calles (calles que él había regalado) necesitaban un mínimo de condiciones: luz, agua, albañiles, acercas y asfalto, y que era ley que pagasen los vecinos. El Ayuntamiento, por tanto, no tenía la culpa de que Julio Sánchez fuera el único dueño, conque "dura lex, sed lex"...

Y él acabó su dinero y pidió más a título de préstamo; y solo cuando debía tanto y tanto, el Ayuntamiento y los Señores Concejales, a cambio de sus deudas, se le quedaron con todos los solares y le explicaron muy bien dicho, que Julio Sánchez, antes de abrir las calles, debió pensar mejor en su futuro.

Pero Julio Sánchez ya está muerto.

Julio Sánchez, cuando se le llevaron sin dinero al hospital, pudo ver los cien edificios de sus calles, donde vivían mil familias que jamás le oyeron el nombre. Por la ambulancia abajo pensaba en aquellos campos donde se hinchaba la mies, y aquellos higos chumbos que él comía, muy frescos, al empezar el otoño; y en el rosal que le crecía al amor del agua por detrás del pozo.

Y Julio Sánchez se murió de esto, y de mucha soledad, y de otras cosas que ahora no explico.


Publicado en el Diario Menorca el 27 de marzo de 1973.

4 cuentecillos, 1 extravagancia

I. Viejo

El viejo, al sol, sentado en el poyo de la puerta, no tiene melancolía ninguna por lo que ve. Con la boina sobre las cejas mira tranquilamente el huertecillo y fuma cigarrillos liados, pues tuvo que prescindir de los que él mismo se hacía a causa de la artritis de sus dedos.

El mundo tanto puede ir bien como mal por lo que a él respecta. Todas las mañanas se despierta con el alba, y de noche en invierno, porque tiene el sueño ligero y también viejo. Pide el caldito caliente y un sorbo de gin para el frío, o para el calor en verano, porque el gin tiene especiales poderes y tanto calienta como refresca. Después, trastea en el almacén; une sus interminables ovillos de cordelillos que recoge aquí y allá; afila la navajita, casi comida, que le ha acompañado en los últimos treinta años; piensa en la cuerda, aquella colgada del garabato, que él compró antes de la guerra a un pescador que las hacía. Y , luego, al poyo de la puerta, al sol que le embriaga y a la indiferencia por tanta tierra y tanto cielo como le envuelven.

A veces —muy pocas— desciende hasta las palabras y explica algo. Oyéndole, pocos podrían decir si es entonces cuando vuelve a la realidad o cuando sale de ella, porque el viejo es todo igual, del mismo color; seco, apenas piel quemada y arrugas secas.

Y el viejo, mientras la hija hace el sofrito del "oliaigua", me señala una higuera donde duermen por la noche los pavos y, después, la pared con musgo centenario que se recoge sólo para el belén de los nietos. Se encoge de hombros y da a entender que nada de aquello le pertenece ya. Sólo quizá, siente haber dejado su vida enredada en cosas tan sin importancia como la reja del arado, los mangos de las azadas, las puntas de los bieldos o la vertedera...

Le digo, pues, cualquiera de las memeces que sobre la juventud se dicen a los viejos y él ríe.

"Mi Documento Nacional de Identidad hace años que está caducado. Los registros de mi bautismo y boda se perdieron cuando la guerra. No soy socio de ninguna cosa ni percibo nada de ninguna iguala o sindicato... solamente soy un viejo".

Le repito que hay "jóvenes viejos y viejos jóvenes" y él me confiesa que, en sus tiempos, ya se decían majaderías iguales a los ancianos y vuelve a reírse.

"¿Qué me van ya a mí vuestros problemas?"

Y calla. No hablará más, de forma que le dejo prendiendo el cigarrillo liado mientras gruñe por lo bajo:

—Que me quiten lo bailado.

Uno no sabe qué decir a estos terribles y verdaderos viejos que lo miran todo de vuelta y que sólo, quizá, sienten una cosa: los años.


II. El reino de la calle

Antes —un antes de veinte o más años— las calles eran de todos. Ibas y venías por ellas alegremente y hasta te parabas a saludar a las viejas casas con enormes balconadas de madera y cristal.

Era niño entonces y me gustaba vagabundear por las calles empedradas donde, en ocasiones, otros niños organizaban un juego de pelota, una batalla campal o simplemente unas carreras.

Cada calle tenía su banda, huestes aguerridas dispuestas a defender el honor del barrio y a anexionarse, en fugaz guerra relámpago, territorios ocupados por otros vecinos.

Después del combate tomábamos nuestros libros y nos íbamos al colegio, siempre por el centro de la calzada, deteniéndonos a menudo para admirar tal juguete de nuevo, reluciente y carísimo plástico, tal moto ruidosa y veloz o tal coche cuadrado y negro, lujo asiático al alcance de muy pocos.

Los coches, sobre todo, los conocíamos por la forma y el color, y sabíamos exactamente a quién pertenecían: al señor Tal, al señor Cual... Eso sí: siempre poníamos el título de señor al afortunado mortal propietario de un automóvil.

Las calles —no crean ustedes— tenían sus peligros aún entonces: los municipales que se incautan de las mejores pelotas o que te gritaban oscuras y terribles amenazas cuando te sorprendían cazando gatos o escalando árboles. Sin embargo era poco lo que un municipal redondo y uniformado podía hacer contra nuestras piernas rápidas y bien entrenadas, por lo que las calles eran exclusivamente el reino de los niños.

Hoy —ustedes lo saben— las calles ya no son de nadie en particular y en ellas mandan los automovilistas, de flaca memoria en los establecimientos y los pasos cebra; el municipio, de ágiles dedos y multas de un discriminado azul celeste; las fiestas populares, es decir, las fiestas a las que el pueblo acude para poner de su parte la asistencia únicamente, y los comercios con escaparates grandes y brillantes, tentadores...

Hoy las calles sirven especialmente a la gente que no las pisa y las bárbaras costumbres de entonces, fútbol en la calzada, pedradas y cacerías, se han extinguido, afortunadamente.

Sólo una cosa: cada vez veo a menos niños jugando. ¿No lo hacen ahora? ¿O esperan al verano si se van a alguna playa?

Como sea, algo es cierto: los niños ya han perdido, en la ciudad, el reino de la calle.


III. Turismo sí y turismo no

¿Conocen ustedes Cala Alcaufar? Es larga y estrecha, retorcida, con los acantilados grises y pardos, la torre al fondo, sobre la enorme cueva, y el "Torn", escollo caprichoso y puntiagudo desde donde los bañistas aventureros se zambullen en verano.

Alcaufar, como casi todas las calas, tiene aspecto desamparado y ausente en este tiempo: le faltan sol y vaivén de juventud y cansancio de excursiones que terminan en la cerveza fresca y grata de la tienda. Está desierto.

Alcaufar se ha salvado gracias a S'Algar, que absorbió a cientos de sus futuros invasores. Por eso hay poca diferencia entre el de hoy y el de hace diez o quince años: la electricidad quizás y quizás unas cuantas casas nuevas y la carretera asfaltada.

Y en Alcaufar, cerca de esa playita recoleta y rosa que llaman Cala Roig, he conocido a un extranjero, a un turista con más de treinta años de experiencia.

Fumaba sobre las puntiagudas piedras y se entretenía inocentemente con unas pocas gaviotas que volaban por allí. Hablamos entonces y pude explicarle la historia del "Camino de Caballos" y hasta el porqué de las sólidas torres de la costa. A cambio, le pregunté por su viaje. Él —Lyss se llamaba— tiene el aire de un hombre a medias inteligente, un poco bullicioso quizá, a juzgar por lo agreste de su pelo rojizo. En fin: un turista de los de avalancha; de esos que vienen en agosto en vuelo chárter y durante quince días se queman al sol, comen malamente la famosa "comida internacional" —¡desconfíen de ella!— y se emborrachan noche sí y noche también entre canciones, guitarras o lagrimones alcohólicos... ¿Por qué la primavera? ¿Por qué ir a la cala desierta y fría? ¿Por qué no aguardar al verano tibio y bullicioso y repleto de gentes que, por dinero, facilitan vida y excursiones al turista?

Y Lyss, empalmando un cigarrillo con otro, me dijo lo siguiente:

—El turismo, como todo, tiene sus escalones. Uno empieza con la experiencia masiva y la tentación de las multitudes. Después, ansía soledad y ésta es la segunda etapa: busca nuevos lugares, playas por descubrir, paisajes vírgenes (dentro de lo que cabe hoy en día). En la tercera etapa, cuando la afluencia turística es agobiante, adelanta sus vacaciones y explota las posibilidades de la primavera y del otoño, mientras la gente suele acumular dinero para sus viajes de verano...

Lyss se detuvo y pensó en sus maletas llenas de calcomanías de hoteles españoles. Miraba con pena el mar primaveral y aquí añoraba alguna calidad del aire perfumado.

—Hay —dijo— una cuarta fase.

Le interrogué. Esto es lo que me contestó:

—Cuando de nada te sirve adelantar tu viaje y encuentras a gente como tú, que inverna en los lugares que aprecias y sientes que la soledad te ha sido arrebatada. Buscas nuevos paisajes y la cadena vuelve a empezar. Yo tuve primero la experiencia del sur de Francia; Italia después. Ahora, Menorca. Ya no podré regresar.

De vuelta de Cala Roig me iba hablando de Egipto y de Marruecos donde, según Lyss, estaba su porvenir turístico.


IV. La otra primavera

La primavera es un tema muy a propósito para dejar correr la imaginación a caballo del bolígrafo y explicar el viejo mecanismo de los botones de las plantas, de la savia, de las flores y de los árboles con hojas. Pero, en realidad, la primavera tiene otros aspectos.

Antiguamente —hace quince años al menos— la primavera venía despacito, por etapas, dejando oír cada uno de sus pequeños pasos. Los primeros en sentirla eran los almendros florecidos y, más lentamente, el campo espejeante y húmedo y los gatos con sus conciertos lúbricos y desgarrados a medianoche.

Después venían las calmas; los días arrancados de un libro de cuentos: sin aire, sin nubes, con el cielo inmensamente azul y redondo y profundo; con las mujeres avisándose del buen tiempo en los colmados y los viejos del hospital liando cigarrillos sobre los bancos de la plaza.

Por último eran los niños quienes advertían el cambio y se encontraban nuevos juguetes: los escarabajos y los gusanos; las lagartijas tostándose al sol; las mariposas más tarde. Las moras y las zarzamoras y las flores de avellana, color amarillo canario, que la gente joven consumía bajo el nombre de "vinagretas".

Los que menos caso hacían de estos asombrosos asuntos eran los hombres serios, padres de familia que se tomaban el café a las siete o a las ocho —según— y se iban al trabajo, a buscar el buen dinero de cada día un poco enfadados, quizá, por tener que encerrarse cuando era tan bueno el tiempo.

Las madres, en cambio, iban retirando lentamente los pesados abrigos y las engorrosas gabardinas, y sacaban a flote desde el fondo de baúles oscuros las antiguas cazadoras, los jerseys de lana fina y las otras adecuadas ropas que la polilla había respetado.

Era todo un proceso que empezaba por la flor del almendro y acababa en las mariposas de los gusanos de seda y en las excursiones al puerto con la caña de pescar bajo el brazo.

Hoy, sin embargo, la primavera ha empezado el veinte de marzo (no el veintiuno). Lo ha dicho la televisión y la gente, sin más problemas, lo va repitiendo por las calles.

Pero es falso o, al menos, se trata de otra primavera.


V. Extravagancia experimental

Hoy me he muerto. A causa de mi edad la sorpresa pudo ser terrible de no mediar un electrocardiograma sentenciador y meses de enfermedad desesperada.

Han venido los indicados: mis padres, por supuesto; la mujer que iba a ser la mía; la abuela, antaño sonriente y hoy con los labios demasiado prietos; el amigo del alma que todos tenemos al lado en nuestros funerales y que se empeña en velarnos mientras duda si fumar será lo correcto en un caso así; el inevitable jefe, ya que, desgraciadamente, se haga lo que se haga, de alguien dependemos siempre; el compañero —Biel— que siente quizá remordimientos porque mi puesto le conviene y no es capaz por eso de sentir mi muerte.

En otro orden de cosas, los vecinos; esos señores y señoras sobre los que te has formado una rígida opinión a fuerza de verles por la ventana y saludarles con un "buenos días" indiferente y poco comprometido. Alguno de ellos te aprecia, superficialmente; algún otro te odia en profundidad a causa de tu nariz más hermosa, de tu libertad menos restringida o de tu utilitario con más nervio que el suyo. Otros hay para los que eres un perfecto desconocido y que acuden sólo para asegurarse de que estás muerto y bien muerto y ensayar sus frases de luto con vistas a una representación más importante; están los que no te quisieron simplemente porque no tuvieron motivos serios para hacerlo.

Desde la cama, convenientemente amortajado, les contemplo y advierto sus pequeñas manías de siempre: el que se tira del cuello como asfixiado; la que se palpa automáticamente el borde de la falda por si combinación asoma silenciosamente; el que se pellizca el puente de la nariz mientras frunce el ceño o la que enmascara el gesto de la boca con una rápida y discreta mano.

Y yo, cadáver, me río de estos y los otros señores y considero pacientemente mi libertad reciente, donde ni jefes, ni vecinos, ni amigos tengo y necesito. Pienso con sinceridad —¡por primera vez!— en mis pedacitos de vida. En aquel maestro que, señalándome, decía serenamente a un amigo suyo: "en no mucho tiempo oirás hablar de él". En la chica aquella, en la ciudad desconocida, que me daba un beso mientras a mí me temblaban espantosamente los labios. En la feliz experiencia de la embriaguez despaciosa siguiendo el rito de los tragos cada vez más largos. En mi madre explicándome a duras penas —niño yo— el por qué de taulas y talaiots...

Ciertamente es divertido esto. Dentro de un momento resucitaré y veré su desencanto, porque la gente gusta de tener muertos cumplidores y sin problemas. Pero, ¿comprenden?

Yo puedo resucitar: no en vano les veo y les siento a mi alrededor; no en vano les sigo juzgando y, en el fondo, queriendo a medias. Como experimento es suficiente, diga lo que diga el fúnebre cardiograma y atestigüe lo que atestigüe la firma del médico que ha extendido mi permiso —permiso, sí— de defunción legal.

Ahora me trasladan en ataúd. Es de caoba; chapado en caoba, mejor dicho, con bonitas asas de bronce y forro almohadillado en raso carmín, mi color favorito.

Hago, pues, el esfuerzo. Y no resucito. Lo intento aún. Desesperadamente quisiera mover mis dedos, levantar la voz para explicarlo todo; para lanzar un grito. Nada. Inútil. Siento el miedo que antes no tuve. Se me eriza de angustia el alma mientras, los buenos vecinos dicen por lo bajo una oración cualquiera.

Alguien se abalanza sobre mí con la tapa por delante: me abandonan. La soledad en lo sucesivo. El silencio. ¡Cómo quisiera gritar, volver al momento en que el maestro me auguraba un éxito precoz; preguntar de nuevo por qué el talaiot y por qué la taula!

Me viene un escalofrío. Y, ahora, empieza a rozarme, despacio, como un suspiro bueno, un sueño lento... lento... amigo.


Publicado en el Diario Menorca el 3 de abril de 1973.

Cuentos y patrañas

"Otrosí el saber, quando es en el coraçón, faze bueno todo el cuerpo."

—Libro de los engaños. Don Fadrique.


I. Historial del padre de un viejo

Esto me lo contó un viejo en los tiempos en los que yo creía que los ancianos nacían así y que los niños siempre serían niños. Andaríamos a mediados de la primavera, cuando a los ancianos les viene esa formidable hambre de sol que entonces es dorado y poco doloroso a través del aire trasparente.

Cerca de nosotros estaba el silencio de las antiguas calles, donde una pareja de perros se olían sabe dios qué historias. Un hombre, en el bordillo, hinchaba suavemente la rueda de su bicicleta y una mujercilla iba al paso de su enorme cochecito de mamá reciente.

Por supuesto que el cielo estaba limpio (no convienen las nubes a ningún buen cuento) y que la hierba de los parterres brillaba tanto en verde como el horizonte en blanco y oro. El viejo, sin embargo, era oscuro, moreno, con la cara tocada de viruelas y los labios hacia adentro, ya sin el soporte marfileño de sus dientes. Fumaba el viejo un tabaco dulzón y penetrante cuyo humo se retorcía entre nosotros y se metía por detrás del aire y nos subía lentamente, por pecho y nariz, cielo arriba.

Entre bocanada y bocanada vino el viejo a contarme esto:

"De Villa-Carlos a Mahón, cerca de Cala Figuera, había antes una piedra gris, redonda y plana. Una piedra como las demás, a la orilla misma del camino, donde al mediodía caía la sombra de una higuera silvestre. Allí paré cuando llevaba a mi padre al asilo".

"Éramos pescadores: a vela y remo salíamos todos los días a calar las redes y a recogerlas, pero las redes no bastaban, ni los palangres, ni las horas y horas de volantín: por mucho pescado nunca había el suficiente. Los precios no eran los de ahora, ¿sabes? Ni la gente tampoco, y había días en que se te estropeaba la mercancía porque no la vendías toda y otros en que sólo cogías un par de kilos a causa del mal tiempo y la tramontana".

"Éramos pobres y los pobres de antes lo eran con mucha más propiedad que los de ahora: nadie los protegía y, desde luego, nadie se tomaba la molestia de compadecerse de ellos. En mi casa, con el último niño, éramos seis sin contar a mi padre: mi suegra, mi mujer, tres hijos y yo. No había dinero; ni siquiera la posibilidad de hacerse con nuevos aparejos para mi barca o darles estudios a los hijos, de forma que una mañana saqué de casa a mi padre y me lo llevé al asilo".

"Paramos en la piedra que te digo: gris, redonda y a la sombra de una higuera. Recuerdo que la hierba estaba tierna y brillante y que un grupo de jilgueros cantaba, por detrás de la pared, en la "tanca" de al lado. Mi padre venía cansado porque tenía ya su edad y el sol era muy fuerte: por eso nos metimos a la sombra y le di de beber para que se reanimara".

"Él estaba triste —ya te lo puedes imaginar—, pero no me reprochaba nada: en casa llegábamos a veces a tener hambre y no es bueno que los niños la tengan y que la mujer te lo recuerde todos los días; por eso mi padre no decía nada, se lo tomaba como mejor podía y resistía el sudor y el cansancio. Pero al sentarse en la piedra (gris y redonda y plana) a beber, lo miró todo: la sombra y la yerba y el color, con una sonrisa, y me dijo suspirando:"

"Hace muchos años yo también paré aquí cuando llevaba a mi padre al asilo".

"Los hijos somos a veces muy egoístas y no sabemos muy bien lo que pasa por las cabezas de nuestros padres. Yo entonces estaba en este caso y no encontraba la forma de hacer algo a satisfacción de los dos. Sin embargo, una vez que se mi padre hubo bebido y se le secó el sudor, nos levantamos y volvimos a casa. Pobres o no, ya nos arreglaríamos... No quería que algún día mi hijo me sentase en la misma piedra y yo le dijese lo mismo: hace muchos años también yo senté a mi padre en esta piedra".

(El viejo entonces se arrancó la colilla de la boca y se puso melancólico. Hoy hace ya mucho que murió, pero todavía recuerdo muy bien ese aire suyo de calmoso cansancio).

"A mis hijos les fue bien. Quiero decir que crecieron sanos y robustos y que, tal como están las cosas hoy en día no son la mitad de pobres que yo fui. Cada uno ha tirado por su lado y ya ninguno de ellos tiene que salir al mar para depender de la suerte, de modo que me alegro. Sin embargo, el mayor también me hizo descansar a mí en esa piedra gris, a la sombre, donde mi padre, y antes mi abuelo, estuvieran...".

"A la gente joven no le gustan los viejos cerca de sus niños. ¡Qué le vamos a hacer! Ojalá que mi hijo no tenga que contar nunca más esta misma historia".


II. Las piedras de música

Conocí por primera vez las Piedras de Música hace algún tiempo. Son grandes y de formas caprichosas, de color gris, aunque en determinados momentos del mediodía llegan a parecer doradas en contraste con su propia sombra espesa.

En Menorca hay varios lugares de piedras musicales. Los he ido encontrando después; no todas las rocas sirven para esto y es más bien cosa de magia que de geología escucharlas dar sus profundos sonidos. Las que yo conocí en primer lugar estaban (y aún quedan algunas) entre la Cala y la Punta de Rafalet. Eran —y son— enormes bloques desprendidos quizá por furiosos oleajes; materia grisácea llena de puntas y aristas donde nadie supondría la existencia de la música.

Pero la tenían: bastaba con llegarse hasta ellas y golpearlas con cualquier canto; entonces daban su nota peculiar, metálica, prolongada. Música para el mar desde las peñas; música para ningún oído, porque pocos les conocían aquel secreto y menos andaban por aquellos paisajes con tiempo suficiente para perderlo aporreándolas.

Cuando las descubrí —de la mano de mi abuelo— no llegué a comprender nada. Me parecieron, eso sí, las teclas desperdigadas de un piano del que sólo Dios podía ser el intérprete y el afinados. Más tarde urdí con la imaginación extraños mecanismos y hasta un sistema de palancas y poleas que permitiría —quién sabe cómo— interpretar sobre ellas las músicas que yo solía oír sobre el piano de mi casa...

Hubiera sido —pienso todavía ahora— una obra de titanes, pero una maravillosa obra, porque su sonido era mil veces superior que el de cualquier otro instrumento que yo conozca (incluso el órgano). Al golpearlas parecía que el mundo entero se ponía a vibrar. El mundo entero, ya sabéis; no sólo las piedras, sino el mar y las olas y la hierba y los escarabajos de colores y hasta el centro rojo y negro de la tierra.

Las piedras de música pertenecen a ese rango de cosas que no se olvidan porque llegan hasta nosotros a través de una incesante sorpresa... Pero esto no sería un cuento si no tuviese un desenlace. Éste:

He regresado de nuevo en busca de aquellas piedras. Algunas sobreviven; muy pocas, claro. Las demás han caído bajo otro sonido terrible: el de la dinamita. Las han hecho grava, escombro, y, con ellas, han levantado hermosas casas a la orilla del mar y han rellenado los huecos de las calles donde están esas casas...

Y mi pregunta es ésta: ¿siguen teniendo, una vez destruidas, su maravilloso poder musical? Sería cosa de golpear las casas en busca de aquellas notas tan especiales, metálicas, lo inaudito, enormes...

Ya lo he intentado yo, y sin éxito por ahora. A causa de esto me da por pensar en la de cosas asombrosas que mis hijos, cuando nazcan, forzosamente seguirán ignorando.


III. El cuento de Menorca

Menorca es un país rico en cuentos populares y, quizá, no sea el de su clima el más desconocido, aunque sí es de los más modernos. Es casi un tópico la confusión que existe sobre este asunto en cabezas que nunca —o casi— han circulado por estas tierras. Todos, creo, podrían aportar su particular historia para ilustrar esta situación, porque todos nos hemos tropezado en Barcelona, en Madrid, en Galicia o en Extremadura al muchacho culto que nos mira con envidia al saber adónde vamos y de dónde venimos:

—Conque de Menorca, ¿eh? —nos dice.

—Sí, de allí.

—¡Cómo me gustaría estar por allá ahora!

Esto, naturalmente, es halagüeño para cualquier menorquín pues, en general, hace que nos sintamos ciudadanos privilegiados a los que Dios, en su infinita sabiduría, dio lo que se merecían con más justicia que a los demás mortales. Después —y siempre por boca del joven culto y simpático— nos enteramos de por qué quisiera estar aquí, en Menorca. Ni que decir tiene que esto sucedía en enero:

—Allí os estaréis bañando ya, ¿verdad?

No ignoramos que hay gente que se baña durante todo el año, aquí y en Nueva York, pero es, por desgracia, una minoría. Lo explicas: Menorca no es una isla tropical; Menorca no es una isla de los Mares del Sur. Ni siquiera está en las Canarias, sino en el Mediterráneo y tirando al norte, de manera que tiene invierno, y lluvias, y, sobre todo, viento frío, vieja tramontana.

—¿Es posible? —nos responden—. Yo creía que...

Él creía, en efecto. Y, cómo él, muchos otros con informaciones de tercera o cuarta mano, es decir con informaciones más comerciales que ciertas, aún salvando la confusión de equiparar a Mallorca.

A veces insisten. Y, a veces, nosotros nos cansamos y decimos que no, que no tenemos seguridad de nada y que el sol nos confunde en cuanto salimos de la sombra de nuestros cocoteros y dejamos de abanicarnos con el típico paipái.

Y, luego, el turismo, segundo de nuestros cuentos que pasan a la posteridad:

—¡Jo, macho! —nos dice— ¡Menudo os lo debéis pasar!

—¿Por qué? —he aquí la respuesta inocente que se nos ocurre.

—¡A ver! ¡Las turistas!

Fíjense: no dicen los turistas, ni el turismo, sino las. Luego, además, especifican. De acuerdo: ellos saben que existen otros países como Francia o Inglaterra o Alemania o Italia, pero a la hora del turismo, del turismo balear, todos pasan a la categoría de suecas por obra y gracia de una literatura tan desafortunada como sus consumidores.

Y, por supuesto, si son las turistas, ya sabemos a lo que se refiere el joven interlocutor cuando dice "¡menudo os lo debéis pasar!". Si le dejamos, él mismo se explicará con los ojillos brillantes y el pulso ligeramente acelerado:

Un menorquín (lo mismo da un mallorquín, un ibicenco, un canario o de la Costa del Sol) se levanta a media mañana, convaleciente aún de la noche anterior; hace espectaculares gargarismos delante de un espejo de película americana; agarra su paipái y su sombrerito de palma; sus cigarrillos de aroma narcótico y sensual y se echa al monte, es decir, a la playa. Aquí sonríe a una sueca; más allá traba con otra una ligera conversación sobre el tiempo. Junto al supermerendero condesciende a hablar con una más, que está muertecita por sus huesos. Elige, después, la invitación que más le conviene para comer y se embriaga ligeramente con la brisa, la quietud de la playa, la conversación fácil y el buen coñac francés. Va a dormirse la siesta. De anochecida, para remate, escoge a la inevitable sueca de turno; nadan, van en canoa, bailan y beben exóticos combinados, todo, en fin, lo que caracteriza al mundo del superlujo que nos enseña la televisión. Hacen el amor hasta las tantas. Y, luego, ¡a dormir, que mañana será otro día!

Bien, sí: pero, ¿a qué viene esto? A nada; o a mucho. Cuando salgáis de Menorca y os encontréis (que os lo encontraréis) a uno de esos jóvenes o viejos que conocen tan bien nuestros cuentos populares, no se os ocurra decir que aquí tenemos problemas con el tráfico, como en cualquier otro lugar; o con los accidentes laborales, o la helada tramontana, o el frío aún en primavera; o la polución en las aguas; o los precios alocados y abusivos; o la enseñanza, o los ruidos de automóviles cuando dormimos, O... Nada, en fin, de lo que tienen otros ciudadanos menos privilegiados.

En primer lugar, destruiría un hermoso mito que —no sé por qué— tiene de verdad encanto, charme, o gracia, como se quiera decir. En segundo, no os creerían. ¿Acaso no saben ellos cómo y por qué se vive en estas latitudes?

Una cosa sí sería peligrosa: creer en estos asuntos siendo menorquín de toda la vida. Pero, ya se sabe: a veces tienen tanta fuerza los rumores... Reconozcan que sería hermoso vivir en un paraíso (si los paraísos existieran).


Publicado en el Diario Menorca el 10 de abril de 1973.

Tírese después de usado

A no es siempre A (salvo en algunos momentos).

C no es A (hasta que se demuestre lo contrario).

B coincide siempre con A y con C.

Éste es el cuento: un imposible lógico.

(Recuerden: A no es no-A. Si C no es A, B=A no puede coincidir con C. B no puede ser más que B).

Y, sin embargo, uno puede ilustrar el cuento anterior a fin de que la lógica clásica (tan "clásica" como la trirreme) medite largamente.

Imaginen el Buen Hombre que se casó a los veintiocho años, justo en cuanto tuvo apañadito lo porvenir. De eso, por supuesto, hace ya otros veinte. Procedente de un pueblo urbano, sus alternativas estaban entre la "industria" y los "servicios". En la industria, jamás hubiese llegado a gerente; ni siquiera a segundo contable. Y eso lo sabía él. En la industria no se asciende (casi nunca) a las oficinas desde las máquinas. El siervo del acero, como recompensa, cambia de aparato y su escala va desde los más simples e incómodos, casi manuales, a los automáticos y semi-perfectos artilugios que sólo por compromiso tienen a un hombre delante. Después se interrumpe el escalafón. Y, sin máquina ya, uno se convierte en encargado, jefe de sección, de taller o capataz. No más. No queda, por cierto, el tiempo suficiente.

En los servicios, las cosas van de otro modo. Existe realmente una posibilidad de promoción. Existe un escalafón más o menos rígido y ésta es la tabla de náufrago de muchos que, en otras condiciones, hubiesen sido devorados por la máquina.

Y el Buen Hombre, que no por eso era tonto, eligió su destino a los quince años: la banca. Y fue botones bastante tiempo mientras estudiaba, noche a noche, contabilidad, intereses y balances. Así ascendió un peldaño. Otro después y pronto estuvo tras una ventanilla. Se casó —eran sus veintiocho años— y, robándole noches a su mujer y días al descanso, estudió y progresó; progresó y estudió (cuestión de reciprocidad y exigencias).

Este señor es A. Es A todos los días (a sus cuarenta y ocho años) desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde (ya sin horas extra). Después se le terminaba la obligación y la fatiga le escarmienta lo bastante como para no seguir pensando hasta el momento de acostarse.

Sube en coche hasta su casa. Besa a su mujer sin verla. Se olvida de cumpleaños y aniversarios. Cree en el progreso y en la diferencia de clases: él, por ejemplo, es un self-made-man que, traducido a nuestra circunstancia, quiere decir "hombre que lleva muchos años haciendo el juego a otros, para bien o para mal". Es liberal, puesto que sabe que existen protestantes y budistas y hasta comunistas, aunque no comprende cómo hay gente que puede vivir de forma tan diferente a la suya. No es conservador, pues cambia de coche cada cuatro años, pero suele decir que lo importante es la seguridad y que su trabajo exige muchos sacrificios.

Este Buen Hombre que, de ocho a cinco, es A, a partir de entonces se convierte en otra cosa. No es A, desde luego, y, en su papel desmitificador, olvida o finge olvidar sus últimos expedientes y se involucra en el nuevo mundo por la puerta de la televisión. Cena a las nueve. Ve la sesión de noche y se acuesta en una enorme cama de matrimonio, fría ya de veinte años. Cuando se despierta, entre el reloj y su mujer, es A de nuevo.

(Queda, pues, demostrado como A puede ser y no ser A al mismo tiempo).

¡Argumentación falaz!, que diría algún purista.

C es otro Buen Hombre de los que hoy en día abundan en el mercado. Si A es un self-made-man, C es un producto manufacturado. A él le hicieron desde un principio y le hicieron a conciencia. Cumplió con todos los rigorosos planes que la familia y el Estado tienen para los niños bien construidos y, así, a los dos años, mucho antes de tener conciencia de sí mismo, ocupaba su plaza en una mesita paticorta y se aplicaba (con la misma aplicación de que sigue haciendo gala) en los palotes.

A los seis cambió los párvulos por una escuela más seria. A los siete hizo la primera comunión y a los nueve aprobó su ingreso en el bachillerato. A los quince lo terminó y soportó, como mejor pudo, la guerra. ("Nosotros —dice—, los hombres de la guerra..."). A los veintidós, en fin, abandonó su licenciatura por falta de interés y se aplicó, como cuando los palotes, en ganarse la vida.

Tuvo un primer trabajo y otro más casi enseguida. Los dejaba porque era un joven-con-ideas, rebelde a su modo y, desde luego de mentalidad moderna e incompatible con los viejales y carcas que por aquel entonces creían estar manejando el mundo. Tuvo también dos novias, pero fueron ellas las que le dejaron en esta ocasión: además de pedante, era demasiado voluble e inconstante. Inseguro. No estaba "colocado" para siempre.

Y vino a parar al banco. Un buen puesto en una sucursal; a continuación, un puesto mediano en la central. Luego, subdirector de filiales de poca monta. Le nacieron tres hijos, uno por cada traslado. Ahora a sus cincuenta "largos" (como dice él), es director de una sucursal de medio pelaje. El subordinado más inmediato de C es A.

C desprecia a A puesto que no tiene una cultura como la suya. Hay otro motivo para este desprecio, aunque la gente clara le llama envidia: A se ha ganado a pulso su lugar en el mundo y, por si fuera poco, es bastante espabilado y aspira al cargo de C, con lo que el actual director quedaría en una desairada situación. C, sin embargo, es siempre C (al contrario de A). Lo es mientras se cepilla los dientes; lo es cuando paga la cuenta del restaurante dominguero; lo es desde que se pone los calcetines hasta que le dobla el sueño, porque C, al ser "todo un señor", lleva las apariencias hasta el límite permitido por la ley.

Gasta, por ejemplo, coche de un modelo más caro que el de A. Fuma cigarrillos más especiales (y caros) que los de A. Mira dentro de un televisor más moderno que el de A, y regala a su mujer pieles de más categoría que las que A le da a su mujer. Además, tiene un chalé más cerca del mar que el de A; y un perro de una raza más aristocrática que el de A; y guantes de gamuza auténtica, mientras que A se conforma con unos de imitación; y colonia más de "hombre triunfador" que la de A... Y, así, sucesivamente.

En cualquier caso, A es la medida de la prosperidad de C. Mientras la ostentación de C esté por encima de la de A, las cosas seguirán en su sitio y A dejará de serlo al terminar la oficina, mientras que C se obstinará en su papel (rol, se dice ahora) hasta en sueños. He aquí por qué en el esquema inicial hemos determinado que A y C son esencialmente distintos aunque existe, y bien real, la posibilidad de que A se convierta, escalando la dirección, en un C cualquiera.

Nos queda el último detalle: B, ese ser amorfo (tiene que serlo) capaz de coincidir con A y con C (que son distintos), no siendo ninguno de los dos. (¿Difícil? ¡Ay, esa lógica se cae a pedazos!).

Imaginen a un muchacho reposado, lo suficientemente listo como para no querer pasar por ignorante, y lo necesariamente burgués para aspirar a una posicioncita desahogada y fácil. Él nació hace poco, de la "generación del plástico", y su vida no ha tenido las mismas duras "experiencias" de los hombres de la guerra o de los hombres del estraperlo. Tuvo las suyas, las de los Hombres de los Plásticos, que tampoco son mancas. No es feliz por la sencilla razón de que nadie lo es. Cree, sin embargo, en el deporte institucionalizado; en el turismo como contacto más cultural que anatómico; en la supervivencia de los mejor dotados, en Freud y en los crímenes de guerra (sobre los que ha leído un interesante libro de Sir Bertrand Russell).

Tiene una novia, muy decente y dócil, que le permite un determinado cupo de infidelidades al año; y se casará con ella porque anda desquiciado con tanta negativa de pasar a mayores. Sabe que el mundo es redondo y que Einsten era un sabio alemán que se hizo famoso por escribir "E=Mc2"; él, sin tanto bombo, también sabe escribirlo, aunque comprende que fue cuestión de oportunidad y no de caligrafía. Considera que el pelo corto es cosa de viejos, pero no frecuenta a jóvenes melenudos; se corta, pues, el cabello en un discreto término medio.

Come mucho. Bebe moderadamente. Chapurrea vagas ideas en inglés y en francés y escucha Radio Montecarlo, con lo que espera perfeccionar su italiano. Considera que el hombre -él- se casa por amor y la mujer por lo que queda una vez que el amor se ha ido a hacer gárgaras. Estudia revolucionarios métodos para educar a sus hijos futuros y, los domingos por la tarde, gusta de ver el partido de fútbol televisado. Antes, cuando su noviazgo era más reciente, prefería irse al cine, pero los gustos, como los automóviles y los cocineros, cambian constantemente.

Es un "chico instruido". Estudió todos y cada uno de los escalones de la enseñanza primara y, en la secundaria, se tituló como Bachiller Elemental. Fue entonces, con su primer título curvado en las manos, cuando empezó a codiciar el mundo y deseó vivir su vida.

Como para vivir la vida —la de quien sea— hace falta una elemental cantidad de dinero, aceptó trabajar. Esto, además, le daría cierto tono, cierta categoría de la que había carecido hasta entonces. Por si fuera poco, su título le permitiría trabajar "de corbata", su gran aspiración en el tiempo en que los ingenieros no suelen desdeñar el "mono". Y laborando como un castor se compraría su primer automóvil junto con las primeras prostitutas. (¡Oh, la experiencia!). Y, además, alcanzaría la envidiable posición de "colocado". Resolvería, en suma, su vida.

Y trabajó.

B es ahora una especie de secretario en la banca, a las órdenes directas de C y de A. Procura llegar antes que ellos todas las mañanas para que, al darles los buenos días, reparen en él y consideren cómo cumple.

Siempre que fuma en presencia de alguno de los otros dos, les invita a su tabaco rubio y aromático a sabiendas de que se lo rechazan invariablemente. Pero, con este gesto, les obliga a fumar y entonces, con golpe triunfal, enciende su mechero moderno y pulido, y sirve fuego del mismo modo que los antiguos, en las ventas, servían vino.

Cuando surge alguna cuestión, él se ofrece a resolverla (incluso trabajando en casa) después de haber comprobando que no existe ni la más remota posibilidad de que le acepten su buena intención. Y, en fin, B es tantas cosas como ninguna y no siente necesidad de echarse un vistazo por el interior para ver cómo le anda de sucia el alma.

En estas circunstancias, B tiene siempre la opinión de C y admite pensar del mismo modo. Incluso llega a creérselo él mismo y, a la salida, su empaque es digno de admiración. Pero como A también pesa lo suyo en la empresa, B aprovecha todas las ocasiones para asentir a sus palabras, ya con el gesto, ya de viva voz.

He aquí, pues, cómo queda demostrado el cuento del principio:

A no es siempre A (salvo en algunos momentos).

C no es A (hasta que se demuestre lo contrario).

B es la misma cosa que A y que C.

He aquí el cuento de consumo, el cuento modular que sólo presenta las facetas semejantes del problema: basta un esquema, una raíz por la que alimentar la imaginación... Hoy, como es el primero, se lo he explicado. No haré lo mismo con el segundo aunque, quizá, no lo haya.

Ya veremos.


Publicado en el Diario Menorca el 24 de abril de 1973.

Picasso y las ranas

La soledad tiene un feo nombre: aburrimiento.

—Klag Underwood


I. Picasso

Murió Picasso. Todo un tiempo ha muerto.

Era un ensayo de eternidad. Un andaluz universal cocinado a la francesa con salsas catalanas.

Un aviso, quizá, su muerte. Un aviso para todos los que nos habíamos acostumbrado al siempre de Picasso. Cuando yo nací él era ya viejo. Cuando nació mi padre había superado el cubismo. Cuando nació mi abuelo Picasso tenía una mención honorífica en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid con "Ciencia y Caridad". Así pues, Picasso era eterno; de ahí el dolor de verle desaparecer llevándose entre sus manos yertas noventa y un años, cinco meses y dieciocho días de arte, recuerdos y enormidad.

No dicen ahora que Picasso era español. Ya lo sabíamos. Hasta él lo supo de siempre. Lástima que España se interesa por el hombre hecho, no por el que se hace y en este sentido, Picasso seguirá del otro lado de la frontera porque si bien se le acabó el metabolismo, su obra continúa en movimiento, repitiendo una y otra vez el voluble genio creador del malagueño éste que se nos ha muerto en Mougins.

Con mi homenaje, la anécdota (sólo que la muerte jamás debiera ser ocasión de aplausos).

Sonaba la televisión en un bar cualquiera. En las mesas cercanas hombres jóvenes jugaban al dominó. Bebían café y coñac y hasta cerveza, según los gustos. El camarero iba y venía por entre el estruendo iba y venía por entre el estruendo de las fichas, golpeando de plano en las mesas, los gritos y las expresiones de júbilo con que los ciudadanos victoriosos celebraban su habilidad.

En la calle, la nada. Pobres gentes corriendo de lugar a lugar con ideas fijas en la mente. Árboles plateados recién vestidos de hojas. El perro callejero de todos los días dormitando junto al bordillo y aguardando la hora de ir a levantar la pata a la cercana esquina. Dos niños recogiendo chapas en las proximidades. Una muchacha sonriéndose en el reflejo del escaparate de un comercio... La nada, por supuesto.

Dentro, al calor del bar, las voces de siempre, el "clin-clin" de los vasos que se chocan, de las tazas que se chocan, de las botellas que se chocan. El estampido mecánico de la caja que se abre y el tintineo de la calderilla al dar el cambio. La máquina tragaperras con sus timbres, sus disparadores y sus muelles. Los ciudadanos sedientos pidiendo a gritos remedios para su sed. Y, por detrás, lejano y opaco, el zumbido aburrido del televisor en marcha sin que nadie lo repare.

La gente juega. Malgasta, como dicen algunos, sus horas de descanso y es que, en general, nosotros, la gente del montón, sólo podemos despilfarrar el tiempo porque andamos escasos en dinero y en virtud.

En eso un locutor se asoma al rectángulo brillante del televisor y nos mira como perplejo o alelado. Parpadea otro poco y se pone a leer un papelito firmemente sujeto en su mano.

"Picasso ha muerto", dice.

En el bar, uno a uno, se van callando los ruidos y nos viene como una melancolía apretada y negra.

"Malagueño como yo" —murmura alguien a mi lado.

"El mejor pintor que ha habido" —explica otro a un vecino que piensa si Picasso será un futbolista.

Por detrás, una voz profunda se pone a echar cuentas: "muchos años tendría. De toda la vida se oye hablar de él".

Y el bar queda en silencio. Las fichas de dominó suspendidas de los dedos que las llevaban, de plano, contra la mesa. Los vasos de cerveza, contra los labios que iban a beberla. Los ojos, sobre el televisor que lentamente pone a la vista los detalles de la tragedia: Picasso ha muerto. Se lo creen o no: quizás les importa. En cualquier caso, callan.

(Fuera, la nada. La niña que espía su silueta en el escaparate. El perro que dormita. Los niños que inician los primeros compases del juego. Los árboles recién vestidos y más desnudos que nunca. Gentes que van de un lugar a otro con ideas prestadas en la cabeza. Alguien nace en el hospital y ya no es lo mismo: el tiempo de Picasso se ha terminado).

Esta historia —lo sé— no tiene un sólido argumento. Moraleja, tampoco. Sólo que, cuando un día me muera, me gustaría que los hombres del bar, los que descansan y beben y juegan, los que no me conocen y los que me ignoran, se quedasen un momento así, en suspense, quietos con la copa en el labio y la mente buscándoles el rincón de los recuerdos. Pocos hombres lo consiguen. Picasso, sí, pero él no era únicamente un hombre. Picasso era, también, época.


II. Las ranas

Desde hace unos días estoy fuera de Mahón, en un hospital, a cuestas con mi cuerpo y cierta fiebre que se obstina en ser mi compañera.

La vida de hospital es como la vida de familia, la vida de cuartel, la vida de colegio o cualquier otra y, en definitiva, tiene el mismo inconveniente: acostumbrarse a ella. Pero, por otro lado, hay algo nuevo en esto: la tranquilidad, el silencio, el tiempo para leer y pensar, para pensar y leer, para leer y comenzar de nuevo los sueños.

Nuestra civilización parece tener algo contra la ensoñación y, así, solemos creer que las horas en las que nos echamos vistazos por el interior, leemos el último libro que pescamos en el anaquel de la librería o nos ponemos a imaginar imposibles puntiagudos de puro alto y algodonosos de puro grato, son horas muertas. Y es que tenemos la absoluta y errónea certeza de que el tiempo que no rinde utilidad es tiempo perdido.

Y aquí estoy, en el hospital, sin exigir al día más luz ni a la noche más que sombra. Leo. Fumo. Repaso periódicos y revistas atrasadas y me someto a los beneficiosos caprichos del ciudadano médico sobre el que cae la responsabilidad de ordenar las piezas sueltas de mi maquinaria.

Y, luego, atiendo a las visitas. Es impresionante la cantidad de gente inesperada que recibes en el hospital: el vecino con el que apenas cambiabas un "buenos días" mañana y tarde. El amigo de ocasión sobre el que nunca tuviste especiales designios. Aquel otro camarada que hizo la secundaria un curso por delante de ti. El dueño del bar al que eres adicto que, de repente, se ha dicho: "¿y si pasase a ver cómo sigue fulanito?". El compañero de ilusiones y el compañero de trabajo. La niña simpática con quien siempre te llevaste bien...

Uno de ellos —cualquiera— al rato de estar en mi habitación ha tenido las orejas hacia la ventana:

—¿Oyes?

—Sí, son ranas.

Ranas, en efecto. A un tiro de piedra, en un lugar indeterminado del jardín se ha establecido una magnífica coral de gordas y ruidosas ranas. No se ven desde la habitación, pero, en cambio, las oigo perfectamente. La visita no enfoca el problema desde el mismo ángulo y apenas se reprime un rubor escandalizado. ¡Ranas! ¡En un hospital! Le explico que peor sería tener cocodrilos o buitres, pero para él las ranas tiene un especial significado: su croar.

—¡Pero no podrás dormir! —me dice—. ¡Meten un ruido espantoso!

(Entre nosotros: nunca me detuve a calificar el ruido de las ranas, pero si tuviera que hacerlo, no lo llamaría espantoso, sino monótono. Las pobrecitas agotan bien pronto su repertorio y, como algunos individuos, prefieren repetirse a correr el albur de ensayar algo nuevo).

Pero sí puedo dormir, éste es el caso. Las ranas son sedantes y tan pronto como se las conoce bien puede confiarles alegremente los nervios. Las ranas ganan con el trato y hasta se pueden convertir en excelentes compañeras del enfermo. Son feúchas, eso sí, pero buenas chicas.

Naturalmente el visitante cree que bromeo y vuelve a insistir en el asunto: buenas o malas, meten ruido. Los enfermos necesitan paz, ergo las ranas son un latazo. Y queda en proporcionarme tapones para los oídos o, cuando menos, un paquete de algodón hidrófilo. Definitivamente no hay comprendido el quid de la cuestión.

Como enfermo soy un verdadero desastre. No soy capaz de guardar cama (como no soy capaz de guardar dinero); la radio me aburre intensamente. La televisión me solivianta. Como lector no puedo hacer gran cosa ya que me gusta, al contrario de algunos escritores, la buena literatura. Las visitas (entre nosotros) cansan a los diez minutos y, por supuesto, en los hospitales no se puede practicar el deporte de la vela, la equitación o las carreras de relevos. Por consiguiente solo me quedan las ranas.

Las vengo observando desde hace días. Al principio de ingresar ni siquiera reparé en ellas puesto que venía con los oídos llenos de civilización es decir de motores, de tocadiscos, de pitos de automóvil y guardia urbano de televisión, de gentío deportista y de timbres de despertador.

A media tarde, cuando el día y yo nos serenamos, aparecieron las ranas. Fueron primero un murmullo sordo, indescifrable, sin dirección ni significado. Después, buceando en la memoria, las reconocí: recordé los inefables días en que andaba de caza por las charcas con mis pantalones cortos y las caras de mi madre cuando me descubría el bote oxidado donde guardaba dos o tres de esos animalitos. Desde menos distancia me vino también su imagen: la misma —corregida y aumentada— que los ciudadanos de Mahón pueden ver en la fuente de la Plaza de Colón.

Mira por donde —y al primer intento— las ranas me devolvieron la casi olvidada infancia, las charcas donde yo me solía meter hasta las rodillas con los zapatos puestos, las mañanas domingueras en las que, por una u otra razón, mi familia me sacaba al campo; el grupo de amigos en nuestras correrías por San Juan y el Talayot de Trepucó.

A la mañana siguiente presté aún más atención a mis nuevas compañeras. Al amanecer el tenor de la cofradía (de ranas, por supuesto) entonó un solemne y espiritual canto al sol. En solitario, hinchada de poesía su viscosa papada. Ya saben: "croac, croac, croac". A continuación intervino el coro con unos aires campestres de todo mi agrado. El barítono, una rana macho de gran envergadura, lo que traducido, viene a ser como el famoso poema del ruso Vladimir Nikov:


La mañana iba por su mitad;
estábamos en primavera
y era el amor quien cantaba.


Ignoro si las ranas (y los ranos) se enamoran a la usanza de los adolescentes pero yo noté en aquel croar la fuerza entera del universo, no un romanticismo decadente y débil, sino toda la alegría de estar vivos mientras el sol calienta y abundan los mosquitos que revolotean sobre la charca. (Juzguen ustedes: "¡Croacroac-Croac-Croacroac!"). Llegué a la hora de la comida mientras el coro en pleno interpretaba unos movidos bailables, seguramente para enardecerse antes de la cacería de moscas.

Por la tarde durmieron la siesta. En realidad fui yo quien lo hice y prefiero creer que ellas también, porque sentiría haberme perdido algo de su concierto. Sobre las cuatro, el tenor y la "mezzo-soprano" se lanzaron con unos arias populares llenos de inspiración (Cro-ac; Cro-ac; Cro-ac) y, de nuevo el barítono que, con la caída de la tarde, volvía a encontrar su genio lírico y apasionado. El barítono, si lo entendí bien, decía lo siguiente: Croa-cro-ac; Croac; Croac; Croacroac. Lo que, traducido, viene a ser como el famoso poema del ruso Vladimir Nikov:


"La canción del amor entre la tarde.
La canción de la tarde entre el amor.
El amor y la tarde en la canción".


Siguió al barítono el orfeón que estuvo retozando hasta la oscuridad. Luego, un coro de trasnochadores. Más tarde, las ranas mamás cantándoles nanas a sus pequeños. Suspiros de enamorados solitarios sobre las diez. Y a las once, antes de la soberbia quietud de la noche donde sólo acostumbran a cantar las estrellas y las lechuzas, el tenor que se despide del día y hace ofrendas para su pronto regreso.

He aquí las cosas que he sacado de estas cantarinas y ruidosas compañeras.

Y más que nada, me han librado de la soledad que, según me explican, es la mitad de la enfermedad que nos duele. Mi visitante, por supuesto, no fue capaz de mirar a las ranas por mi mismo cristal y siguió opinando que el mundo no es lo bastante amplio para que coexistan ranas y hospitales.

Tuve, por fin, que decírselo de otro modo:

—Yo vivo —le expliqué— en la carretera de Villacarlos. Cerca de mí, las máquinas de un taller me despiertan a las seis y media. Luego, mientras trabajo, enormes camiones se pasean bajo mi ventana y rápidas motos pasan acelerando. Por último, cuando la noche me dobla y siento la necesidad del sueño, los automóviles van y vienen a tal bar o de tal discoteca y hasta la gente de a pie siente las ganas de cantar. Así pues, me quedo con las ranas.

Una cosa tiene de buno esta explicación, y es que la visita se marcha. Y se marcha ofendida porque, de un modo u otro, las ranas salen ganando siempre que se las compara con los hombres y los cacharros de los hombres. Esto humilla.

Por cierto: ¿hace mucho tiempo que no han oído ustedes el croar de las ranas? Repito que es más eficaz sedante que cualquier bebedizo de boticario. ¡Pruébenlo!


Publicado en el Diario Menorca el 1 de mayo de 1973.

En vuelo

Para Isabel, mi novia, en su cumpleaños


—Los aviones de ahora tienen muy poco que ver con el que utilizaron los hermanos Wright en su primer vuelo —esto es lo que dice alguien detrás de mí, en la sala de espera del aeropuerto donde todos aguardamos nuestra hora.

Continúa la voz:

—Volar es hoy en día lo más fácil y lo más seguro; sin embargo el hombre no se ha acostumbrado todavía, hay algo horrible en el conocimiento de que tres o nueve kilómetros de aire te separan de la querida tierra...

No presto ya atención. España es el país de los filósofos de circunstancias, de los individuos que aprovechan cualquier ocasión para explicar y explicarse su particular forma de entender las cosas; de los barbianes que leyeron tal noticia en una revista y la comentan infinitas veces después, como si el mérito de tal nuevo motor aéreo o de tal mecanismo de seguridad fuese absolutamente suyo. Donde se reúnan más de dos papanatas admirativos siempre aparecerá uno de estos informadores voluntarios dispuesto a hacerles comprender lo bueno y lo grato y lo asombroso que es vivir en 1973, al amparo de la potente tecnología de "nuestros" científicos.

La sala de espera, entretanto, se ha ido poblando de personitas pensativas. Hablan quedamente, vigilando al vecino más cercano, y sonríen, casi misteriosas, a quienes subieron a despedirlas. El ritual de las manos de los viajeros merece también un apartado:

Las tienen más azules. Nerviosas. Llenas de explicaciones y gestos desusados. Las manos de los viajeros se levantan inopinadamente; señalan deprisa; hurgan especiales misterios en la nariz; comprimen párpados cansados de aletear en la inquietud, rebuscan pitillos y venturosas cajas de cerillas en los diez bolsillos de un traje bien cortado (sin contar los cuatro del chaleco); rascan furtivamente mentones, sobacos o rodillas repentinamente sensibles... Así son las manos de los viajeros que, a veces, tiemblan al sostener la cucharilla del café con leche humeante, porque el viaje supone la aventura de abandonar amigos, de cambiar tierras conocidas por otras que lo son menos, de comprometerse el ritual de los besos y las despedidas donde se quedan entrañables amigos o recuerdos, eternales familias, amadas mujeres o llorosas novias...

Suenan los altavoces. El barbián explicativo calla por un momento y comenta después lo singular de la hora, habida cuenta de los habituales retrasos de las compañías de aviación. Revuelo de faldas y bolsos. Cigarrillos, ya colillas, que se aplastan en el cenicero o caen al suelo. Brazos extendidos. Manos extendidas. "Adiós". "Hasta la vista". "Ya nos veremos". "Tenéis que volver pronto". Cada uno dice su especial frase. Todo parece quedar de acuerdo entonces y el amor, ese amor que olvidamos al volante del automóvil, en las apreturas de las calles o la playa, el amor del hombre por el hombre, y de la mujer por la mujer, ése, despierta chisporroteante y nos sentimos miembros de la misma y única especie.

Anochece en el campo de aviación. Al pie de la escalerilla es de rigor volverse y agitar un brazo hacia el otro mar de brazos que resaltan, a contraluz, tras la barandilla. No dices adiós ya, a nadie en particular, sino a la luz, al ocaso, al airecillo primaveral que huele a gasolinas incendiadas, a la tierra donde algo dejas, aunque sólo sea nostalgia. Y, después, de cabeza al avión, de cabeza al huso embutacado donde suena una musiquilla de "ambiente" y donde los pasajeros van eligiendo lugar según sus preferencias.

Yo, particularmente, prefiero ventanilla, hacia el centro, sobre las alas. Otros, por aquello de la seguridad, sillones intermedios en la cola. Algunos, los que todavía sienten la fuerza de la competición en la sangre, buscan los asientos delanteros, justo al lado de la puertecilla por donde va y viene la azafata que sonríe por algo más que vocación.

Los motores silban. Al minuto zumbarán. El avión busca la cabecera de la pista mientras los altavoces nos dicen el nombre del capitán, la velocidad y el techo del vuelo, la presión en cabina y hasta la hora aproximada en que llegaremos a nuestro destino. El aparato, firmemente frenado, tiembla y ruge y parece agazaparse para el gran salto que le llevará por detrás del horizonte. A mi lado un viajante de comercio pone cara de póquer, cara de profundo y artificial escepticismo. Por delante otro caballero finge, muy interesado, consultar su reloj y mantiene tensos, sin expresión, sus rasgos. Yo también tengo entonces conciencia de mi rostro pálido y abúlico: con él disimulamos la excitación, el runrún estomacal de nuestro miedo de animales con profunda vocación terrestre. Sin embargo nos dejaríamos cortar en pedazos antes de confesarlo, pues somos hombres modernos, "muy de nuestro tiempo", para los que volar es cuestión consuetudinaria y sin importancia. Esto por lo que respecta a los jóvenes. Algún anciano, en cambio, se permite comentarios: "Hay que ver...". "¡Cómo se mueve esto!". "¡Qué ruidazo!". Y, en la curva sobre el cielo para enfilar rumbo: "Para como si fuésemos a caer...". Y es quizá el menos asustado, porque sucede que a él todo este tinglado le viene de nuevas, mientras que a nosotros, tan silenciosos, tan terriblemente serios...

Pero el avión ya está en el aire: se apagan los letreros que prohíben fumar y la música nos llega temblorosa, de nuevo. Se reparten periódicos. Un niño llora hacia la popa y la azafata se lo lleva a que vea a los pilotos y juegue, él mismo, a conducirnos a todos por este cielo negro, negro, que nos envuelve. El individuo de mi lado enciende ávidamente un cigarrillo y se abisma con profunda lectura en el "Marca". Una señora, tras de mí, cree ver todavía las luces de la isla: "aquello es Alayor —explica a su hija jovencita—, y lo de más arriba, Fornells". Señala, sin embargo, hacia un par de estrellas, porque el avión vuela torcido en esos momentos.

El runrún de los motores me adormece implacablemente. Trato de encontrar en él el ritmo de alguna musiquilla conocida: "to-rón - tontón - tontón...". Se me parece a... no encuentro el título de la canción de los motores. Tampoco me importa mucho. Es, sin embargo: "to-rón - tonton - tontón...". Todos ustedes lo han oído en algún avión.

De nuevo el sueño que me enfila. Miro por la poterna, pero ni estrellas se ven ya: navegamos por la oscuridad, por el caos, por entre la nada. Sería fácil imaginar así el universo: una cabina en forma de puro con ochenta y tantos pasajeros; unos motores, que serían la fuerza cósmica y, fuera de ellos, la tiniebla... Da miedo esta oscuridad tan vacía y tan silenciosa: hace pensar demasiado adecuadamente en cómo puede llegar a ser la muerte, pues bastaría eliminar del cuadro la conciencia.

Abro, pues, mi novela (no sé si confesar que me adormece el runrún de los motores). De fantasía científica. Ciencia ficción, que dicen algunos analfabetos trajeados; S. F., science fiction, que escriben los críticos acreditados. Se trata, en fin, de un americano que conoce la civilización de un lejano planeta de la Galaxia M-31 Andrómeda y... pero no les voy a contar la trama, no. Si les pica la curiosidad pueden adquirir el libro en cualquier comercio del ramo. Se llama "Crónicas del Año Luz", de Benjamín B. Buongiorno, y lo publica la Editorial Mirlo Blanco en su colección "Quasar".

Leo un párrafo: "el avión se detuvo suspendido en la tiniebla (¡Mamá, pis! —dice una niña en las cercanía y la madre, con la piel tensa y roja, sale con ella al pasillo). Se apagaron las luces y una voz sonó en el centro de todas las cabezas (una mujer mayor tose y lagrimea, dos filas por delante. Se seca con un pañuelito azul y blanco y dice entrecortadas frases. Un hombre, a su lado, le acaricia el brazo: "todo irá bien" —alcanzo a oír— Esto no va a ser nada". Enfermos que se van —pienso. Familias que se van en busca de su enfermo —pienso. Dolores que nadie puede compartir —pienso. Alma en carnes vivas por dentro). "¡Terrestres!".

Dejo la novela en el regazo y me pongo a soñar entre la música de los motores (to-rón - tontón - tontón...). Volamos sobre una tierra gélida, oscura. El resto de la humanidad descansa bajo la piedra de sus casas. Nosotros, en el cielo, trazamos un arco entre meridiano y meridiano; exploramos el aire enrarecido de los cuatro o cinco mil metros; estamos, pues, a merced de lo desconocido...

Hay un hombre en Marte; hay varios hombres en Marte. Estudian a su primo de la Tierra. Quieren saber más de él, como, por ejemplo, sus máximos y mínimos umbrales de percepción, su interpretación de la vida, su... Y nosotros, mientras, continuamos solos en el cielo, a merced de... ¿de quién? Marte está muy lejos y los marcianos no dejan de ser una quimera, pero... ¡Sí! Esto es:

Los marcianos tienen un rayo; algo así como el laser, pero además de transportar imagen y sonido es capaz de transferir la materia. Algo parece chocar contra el casco del avión. Hay un parpadeo de luces y mi vecino de asiento tiene una contracción de pasmo. Seguimos volando, sin embargo. Todo parece igual y continúo con mi novela del espacio.

Un niño grita: ¡Las estrellas se han movido! Me vuelvo a la ventanilla y compruebo que es verdad. Por el oeste, según nuestra primera orientación, parece pálida, casi blanca, la inquieta aurorar...

—No es posible... —vocea el barbián de siempre—. Apenas son las ocho de la noche...

La voz del capitán interrumpe el primer colapso de terror:

—No se alarmen —dice—. Abróchense los cinturones de seguridad. Mantengan el respaldo de sus asientos en posición vertical. No fumen...

¡Sueños de aburrido viajero! Dentro de poco llegaremos a Barcelona sin novedad. Pienso que para mí esto no significará el final del viaje, porque tengo que volar de nuevo hacia Madrid. ¡Tres horas en el aeropuerto! La primera siempre es fácil: desembarcamos y exploramos las cercanías para asegurarnos de que aquello es Barcelona. Después vigilamos los puestos donde se venden cajitas de cerillas, muñecas vestidas de bailaoras, toros de peluche, castañuelas, pulseras de bisutería y panderetas bajo el título genérico de "recuerdos", "souvenirs" o como se quiera llamar (caza-turistas, generalmente). A continuación compramos tabaco: una marca nueva, rubio emboquillado que de repente nos da el capricho de probar. Inmediatamente el periódico de la noche y una novela de Agatha Christie, sobre la que depositamos la esperanza de todo ulterior entretenimiento. Por último, al bar. ¿Hay sed? ¿Sí? ¡Pues una cerveza! (¡Qué precios, Señor, qué precios!) ¿No? ¡Pues un cortado! No sería más caro si lo sirviese la propia vaca con sostenes, cofia y montada en un patinete de dos ruedas.

Hasta aquí, una hora, y nos quedan aún dos... ¿Qué hacer? Agatha Christie nos cuenta que en casa de Lord Percival viven Lady Percival, sus tres hijos (Richard, Alaric y Galahad), sus dos cuñadas (Jane y Olivia) una tía paterna y otra materna (tía Maud y tía Proserpina). El ama de llaves (mistress Glossop), el Mayordomo (Bates, a secas) y la servidumbre en general, amén de mister Cradford, alto funcionario del Foreign Office, Lord Isewood y... De repente pierde interés la novela y nos quedamos con la absurda sensación de haberla leído antes.

Probamos con el periódico... Los anuncios de siempre; las desventuras de tal ministro francés; la oposición de su Majestad en Inglaterra... También hemos leído esto en alguna otra parte. ¡Dos horas, Señor! ¡Qué dos horas hasta el próximo vuelo! ¡Qué mortal aburrimiento!

Me estremezco de pensarlo y ¡todavía estoy a bordo del primer avión! El mar nos corre por debajo. La tierra, el Continente, Europa (llámese Barcelona, llámese El Prat) está lejos todavía. Se me ocurre que aún existe la posibilidad de un accidente: he aquí que un motor comienza a toser y se detiene al minuto. Perdemos altura. Es imposible continuar largo tiempo así. El avión desciende escorado y se nos ordena apretar el cinturón de seguridad. La gente, desencajada, grita al principio. La azafata grita más para tranquilizarnos. Alguien se santigua lleno de palidez. Los demás, tras el desaliento, nos aferramos a la remota posibilidad de supervivencia que nos queda... Morir, y morir tan lejos, tan ignorados, es aterrador. Obedecemos las instrucciones. Nos protegemos con almohadillas y brazos. Amerizamos por fin y salimos por las poternas de emergencia. ¡Al mar de cabeza! Los chalecos salvavidas se hinchan automáticamente. Algo cae desde lo alto: un extraño fardo que se va desempaquetando lentamente: tiene forma de salchichón. Lentamente... El agua está helada y (no sé por qué) pienso en los tiburones...

Estoy sudando. Pienso, sin embargo, que me gustaría caer. Amo la aventura... Mi vecino pone de nuevo su cara de póquer, su cara de circunstancias. Tras la azafata, pasa el niño llorón que viene divertido después de jugar a los pilotos en la cabina de mando. El avión se inclina más y más y noto como tengo azules mis manos, de frío, de angustia tal vez, como mi vecino del rostro impenetrable.

Damos unos saltos y los motores atruenan. Retroacción se llama eso (o al menos lo creo así). Luego, nada. Silencio. Los pasajeros, quizá sorprendidos de haber sobrevivido una vez más, nos vamos poniendo en pie lentamente, perezosamente. Ahora que empezábamos a sentirnos cómodos tenemos que salir... Florecen sonrisas en los cuatro puntos cardinales del avión...

Bajo las escaleras y me recibe un airecillo fresco y contaminado de carburantes quemados, pero lo agradezco en el alma. ¡Señor! ¡Aún tres horas antes del próximo vuelo! Solamente ciento ochenta repetidos minutos. Solamente.

Unos coches nos aguardan y no puedo impedir recordar que somos los mismos que salimos y me siento triste. (¡Y, aún, tres horas, Dioses!).


Publicado en el Diario Menorca el 8 de mayo de 1973.

Mil cien dólares

Antonio era un hombre crédulo, profundo y respetuoso admirador de la letra escrita: para él por ejemplo el problema de la existencia de Dios no tenía objeto: los papeles (al menos, los que Antonio pudo leer en su día) decían claramente que sí, luego Dios existía. Por los mismos motivos creía en los impuestos directos, en la caridad cristiana, en la incorruptibilidad de los hombres públicos y en trescientos veintiún (321) detergentes que, cada uno por su lado, lavaban más blanco y más limpio que nadie.

Antonio era crédulo: esta afirmación no necesita de más demostraciones: usaba la viaja y rancia "fe del carbonero"; fe del dependiente, en su caso, pues quince de sus treinta años los había pasado tras el mostrador de una pañería sonriendo a la mujer que buscaba un retalito para falda de verano o a la que necesitaba unas cortinas de colores realmente sólidos.

Antonio era hombre sumamente frugal, sencillo de gustos, dueño de un caprichoso y ulceroso duodeno que le incapacitaba para cualquier tipo de excesos. Gracias a estas especiales circunstancias no se veía obligado, a finales de mes, a hacer extraños equilibrios (y drásticas reducciones) con su presupuesto. Es más, conseguía ahorrar el 19 % del total, cantidad que los primeros sábados de cada mes depositaba en un banco del que había leído en el periódico era "la más sólida garantía del ahorro familiar".

Algo más había: quince años de trabajo. Quince años de mostrador, de varas con escalas en centímetros, de mujeres fisgonas que se llevaban tal cosa sólo para poder cambiarla dos horas después por tal otra... Tenía también el recuerdo grato de su infancia: el colegio de religiosos; el interés simple, el equipo de baloncesto y sobre todo, aquellos tres enormes y disparatados meses de vacaciones, que él solía emplear para tostarse al sol y andar casi en cueros por los roquedales de la costa; también claro para espiar, con ojos de experto catador, las inconcebibles desnudeces de aquellas primeras y heroicas turistas que se exponían a la maledicencia pública dentro de sus bikinis extranjeros...

¡Tres meses! Vacaciones que nunca regresaron y que nunca volvió a disfrutar, salvo el año y pico que anduvo aperreado con la mili, el poco dinero y aquella congénita incapacidad para distinguir entre estrellas de seis y ocho puntas al primer golpe de ojo.

Y así estaban las cosas, si es que estaban de algún modo, cuando cayó en las manos de Antonio una cierta revista que publicaba gráficos y números estadísticos en su deseo de demostrar con cifras la colectiva felicidad en la que vivimos inmersos, quieras que no. La felicidad esa de la fábrica (o el taller) a las seis y media (o siete), de la comida a ritmo de galopada frenética, del escupitajo de rabia cuando te hacen una que no puedes devolver, de las horas extras o de las horas muertas en la antesala del médico del seguro, para tener, a fin de semana, el placer de pagar las cuentas atrasadas, el plazo del televisor, el de la estufa, el de la nevera o el del último niño para el que hubo que comprar cochecito, ropa y etcéteras.

No le importaba a Antonio esto: hemos dicho que era frugal y que tenía úlcera de duodeno; ahora añadiremos que, a fuerza de ser medianamente pobre, no le interesaban para nada los otros pobres medianos y que en la barbería prefería leer (sólo leía antes de cortarse las crines) reseñas de guateques de tronío, historias de amor de armadores griegos y peloteras absurdas que han polarizado los matrimonios de actores. Si entre cosa y cosa le caían gráficos y estadísticas, los engullía también sin pensar en ello con la beatífica sensación de que el Mundo Mejor no es solamente la voz con olor a púlpito del clérigo que clama en desierto.

En esta ocasión Antonio se enteró en la barbería de que España es un país que pisa fuerte en las cuestiones del desarrollo y que hay que ver qué lejos quedan ya aquellos días de las cartillas, de estraperlo y de los rencores atizados en secreto a espaldas de oídos peligrosos. España es tierra milagrosa desde hace siglos, aunque no tanto como Alemania. El milagro español trata, como corresponde al siglo que vivimos, no ya de vírgenes aparecidas ni de cojos que arrinconan la muleta, sino de incrementos, de sobretasas, de índices de exportación y de los extraños equilibrios de una balanza famosa: la balanza de pagos.

Además, reputados economistas de todo el mundo han dado con la fórmula ideal para medir el bienestar de un pueblo: consiste en dividir el número de dinero que se ha movido en un año por el número de cabezas, por el número de individuos que existen en el país, incluidos lactantes y asilados.. De esta división resulta —claro está— otro número que, expresado en dólares por el aquel de ser más europeos, recibe el nombre de renta per capita.

Pues Antonio leyó que la renta per cápita venía a ser de mil cien dólares (1.100 $) por español y año. Cotizó el dólar a sesenta y cinco pesetas la pieza y, aplicando una sencilla fórmula, comprobó que cada español vivía con setenta y una mil quinientas pesetas (71.500 pesetas). Antonio —dato para el curioso lector— tenía setenta y tres mil ochocientas tres pesetas, con catorce céntimos (73.083,14) en el banco de su confianza. Dicho de otro modo, Antonio tenía un año per capita a su disposición.

Mientras el barbero hacía su oficio, Antonio dejó que estas verdades le calasen hondo. Las había comprendido ya cuando le raspaban con la navaja la pelusa del cogote, y cuando le salpicaron de colonia para peinarle, había llegado a una definitiva conclusión: viviría su año per cápita. Dejaría empleo y suelo y cambiaría sus nueve horas de mostrador por trescientos sesenta y cinco (365) días de vacaciones, durante los que daría largos paseos, tomaría el fresco de los atardeceres y se arrimaría en verano a las playas en busca del diminuto bikini o del exacto momento en que la mujer tendida de cara a la arena se incorpora a medias y pone al descubierto su mejor orografía.

Y lo hizo. Se despidió y comenzó a haraganear... Es rumor popular (seguramente inventado por ciertos patronos) que el hombre sin trabajo se aburre; rumor que, desde aquí, nos apresuramos a desmentir: el hombre sin trabajo en realidad empieza a tener verdaderas oportunidades para divertirse. El intelectual puede aprovechar para leer ese libro tantas veces arrinconado antes, o para concebir brillantes teorías que expliquen, de una vez por todas, por qué el orden acarrea el consumo y, el consumo, el desorden más o menos jerarquizado. Las almas de cántaro descubren entonces (cuando no trabajan) que junto a ellas vive y labora una ingente cantidad de protoplasma; se extasían ante la naturaleza, anteriormente apenas entrevista de camino al trabajo; o invierten sus ocios en tareas tan sospechosas y poco especulativas como la de enamorar a alguna muchacha apetecible y casta.

Antonio —hay que decirlo en su honor— ni parió la definitiva teoría, ni leyó el libro importante para el que nunca tenía tiempo, ni se buscó novia, porque él era y es de los que creen que el hombre ha de casarse al filo de los treinta y cinco (35) años. Además, tenía otra razón para no acercarse a las mujeres: su dinero, su renta per cápita acumulada en quince años de trabajo y que, de compartirla con alguna mujer en tapas, aperitivos, vinos y refrescos, no alcanzaría para los trescientos sesenta y cinco días (365) de programada pereza.

No alcanzó de todas maneras. Hay algo en los hombres capaz de anestesiarnos con el más grato de los optimismos; basta con que deseemos intensamente algo para que se nos aparezcan maravillosos y fáciles métodos con que conseguirlo. Esto hoy se llama triunfalismo, romanticismo veinte años atrás y, cuando Bécquer, "buena disposición de ánimo".

Pero, pese a esto, el dinero no alcanzó. Setenta y tres mil pesetas divididas en doce meses dan la cantidad de seis mil ochenta y tres pesetas (6.083 ptas) con treinta y tres céntimos (33 cts). Ahora bien: páguese la pensión a sesenta y cinco pesetas la cama y día. ¡Mil novecientas cincuenta pesetas! (1.950).

Páguese el restaurante a sesenta pesetas la comida y sesenta la cena: ¡tres mil seiscientas pesetas! (3.600).

Páguense los desayunos (600), el tabaco (350), la limpieza de la ropa (300)... y pare usted de contar, pues se habrá pasado en seiscientas sesenta y siete pesetas (677) del presupuesto.

Y como el hombre del Mediterráneo, al igual que el del Atlántico, el del Rojo o el del Pacífico, no puede prescindir, sin grave quebranto para su salud, de zapatos, cocacolas, calcetines, calzoncillos, viajes en autobús y hasta caprichos tales como una copichuela de aguardiente violento, un periódico, una novelita del oeste (de las de Estefanía) o una tapita de boquerones escabechados, resultó de toda esta aventura que Antonio, nuestro crédulo Antonio, volvió por sus fueros al cabo de siete cumplidos meses.

Le readmitieron en el trabajo, por supuesto, y hasta le subieron el suelo una miajita, porque temían que le hubieran entrado los morbos marxistas y maquinase oscuridades contra el buen orden de la vida. Con esto (y lo demás) volvió a su antigua vida, a las nueve horas de mostrador, a las ocasionales lecturas en la cola del barbero, a la devoción por la letra impresa y a la falta de interés por los otros "pobres medianos" que, como él, alimentaban sueños, esperanzas y chascos detrás de sus rutinas implacables.

Estaba satisfecho además: él debía ser uno de los pocos españoles que recibían más de esos mil cien (1.100) dólares per cápita y esto casi le convertía en un potentado.

Una cosa no logró explicarse: ¿cómo terminaban el año los que sólo tenían aquellos mil cien dólares? Claro que con el tiempo y noticias más recientes, también aquello acabó por olvidársele.


Publicado en el Diario Menorca el 15 de mayo de 1973.

Primeras crónicas populares del viejo Buda

Buda ha sido, sin duda, uno de los cinco hombres que más han influido en el Pensamiento Universal. Yo, como el doscientos por cien de los españoles, al pensar en Buda imaginaba estatuas con enormes brazos debajo del vientre, piedras con la pátina de la edad, exóticos nombres como Yokohama... Pero la resonancia de Buda fue tal que el pueblo —su pueblo— se le apoderó de la figura para transplantarla a una mitología del más puro sabor popular.

Martin Hoenülher tradujo al bávaro una pequeña colección de Máximas de Buda oídas a los nativos (mientras comían curry) durante su viaje a La India en 1837. He tomado nota de algunas de ellas, porque el lector menorquín merece sonreír un poco y meditar otro poco ante estas perlas de sabiduría popular, tan parecidas algunas a nuestro refranero.


Retrato de Buda

Era un viejecito —no un hombre viejo— miope, profundamente alegre, con el vicio de inclinar la cabeza para escuchar (quizá a causa de una sordera no confesada), el de tomarse seriamente las cosas serias y el de sonreír por encima de todo. Pasó la vida recorriendo el mundo, hablando lo imprescindible y meditando. Al contrario que muchos pensadores occidentales, él no encontró amargura en el poso de las cosas, ni se inclinó por la crítica acerba.

—Vivir, como morir —dijo en los últimos golpes de la agonía— sólo tiene un inconveniente: la espera.

Anduvo muchos caminos Buda. Se adentró en mil nuevas fronteras y su ingenio (mucho más castizo de lo que el lector pueda imaginar) quedó ahí, a la vista de todos, dando definitiva y precisa fe de cómo se puede ser santo sin pasar por tonto.

(¡Ah, estos hindúes! Si un día se comen las vacas no sabrán qué hacer con tanto cuerno).


Primera serie

(Máximas Cortas. By Martin Hoenzülher. Edición en bávaro de 1838)


(Reinaba Chundraguptha)


Un hombre desventurado vino hasta el Maestro:

—Buda: ¿qué he de hacer para que las mujeres me amen?

Y Buda sonreía:

—Ser hombre con todas tus fuerzas.


(Reinaba Chundraguptha)


Un sacerdote de falsos dioses se arrojó a sus pies.

—Buda: ¿qué me pasa que no puedo creen en Dios?

—Que crees en otra cosa, hijo.


(Reinaba Avanamiki)


Un pobre hombre llegó al maestro desolado:

—Si yo tengo un vecino que busca a mi mujer y que me niega los favores más fáciles, ¿qué tengo que hacer?

—Mudarte de casa.


(Reinaba Chundraguptha)


Un hombre que creía haber recibido graves ofensas llegó hasta Buda para pedir consejo:

—Buda: ¿cómo he de llamar a mi enemigo?

—Con sus mismas palabras.

—¿Y si él no dice nada?

—Entonces no me lo has contado bien: eres tú su enemigo.


(Reinaba Chundraguptha)


Un hombre de edad, que pasara toda la vida concentrándose en sus estudios, quiso conocer la señal de su sabiduría:

—Buda —dijo—: ¿cómo sabré si soy sabio?

—Cuando no tengas que preguntárselo a nadie.


(Reinaba Avanamiki)


Buda se pasaba por todos los caminos bendiciendo las cosas bellas del mundo y de los hombres.

—Buda: ¿por qué siempre bendices las cosas buenas y hermosas?

—Un día bendije a un perro y me mordió.


(Reinaba Chertinán)


Buda bebió del agua de la fuente y encontrándola con sabor a lodo la maldijo para que se secara.

La fuente continuó manando y el Buda dejó de maldecir para siempre porque así fue como aprendió la lección de la humildad.


(Reinaba Avanamiki)


Le preguntaron al Buda unos discípulos místicos y profundos:

—Buda, ¿para quién es el cielo?

—Para quien no lo escala.


(Reinaba Chertinán)


Un mendigo de los caminos rozó el manto del Buda esperando consuelo. El Buda le escuchó en paz:

—Buda: si soy pobre y estoy hambriento, ¿cómo haré para ser feliz?

—Te comerás tu pobreza.

—¿Y si no me basta?

—Cómete, entonces, la de los demás.


10ª

(Reinaba Chundraguptha)


Un gran pecador que sufría por ello vino hasta el Buda para encontrar la paz:

—Buda —dijo—: he pecado.

—¿Lo crees sinceramente?

—Sí.

—Pues en eso ya tienes tu castigo.


Segunda serie

Respuestas del viejo Buda


11ª

(Reinaba Avanamiki)


El hombre más rico de la comarca que el Buda atravesaba vino hasta él, deseoso de que los discípulos y el maestro admirasen su poder y su absoluta libertad:

—Buda —dijo—: yo soy un hombre libre.

—¿Sí? —preguntó inocentemente el Maestro—. Alcánzame aquella estrella, por favor.

—No puedo volar, Buda...

—¡Ah, vamos! Eres libre: ¿quién te ata a esta tierra?


12ª

(Reinaba Chundraguptha)


El hombre más fuerte del mundo se llegó a donde Buda. Era bueno, pero vanidoso a causa de su cuerpo:

—Buda: soy el más fuerte.

—Hijo, me alegro: quisiera que cargases con algo que a mí me fatiga.

Y Buda se acercó al oído de aquel hombre fuerte y le dijo la interminable lista de los pecados humanos que él había conocido durante su vida...

—¿Querrás llevármelos, hijo?

Y el hombre más fuerte del mundo no pudo.


13ª

(Reinaba Chundraguptha)


Buda tiene una respuesta para todo —decía la gente. Y vino un mercader astuto que deseaba confundir al Buda y, con el prestigio logrado, vender sus mejores mercancías:

—Buda: ¿cuántas son las estrellas del cielo?

—Una —dijo Buda.

El mercader reía y le señalaba una multitud.

—Buda: ¿cuántas son las aves del cielo?

—Una.

—Buda: ¿cuántas son las gotas del rocío?

—Una.

—Buda —dijo el mercader riendo—, ¿cuántos son los locos de esta tierra?

—Dos —dijo Buda. Y se retiró a meditar porque ya era viejo.


14ª

(Reinaba Chertinán)


Un hombre que acababa de ser padre y deseaba lo mejor para su hijo vino a Buda:

—Buda: tengo un hijo y quiero educarle bien. ¿Qué debo hacer?

—Ten otro hijo.


15ª

(Reinaba Avanamiki)


Buda caminaba descalzo y unos hombres piadosos le ofrecieron unos zapatos.

—¿Por qué debo separarme de la tierra? —dijo el Buda.

—Para estar más cómodo.

—Y cuando muera, ¿me enterraréis en un zapato?


16ª

(Reinaba Avanamiki)


Buda escaló el más alto monte, desde el que se divisaba todo el mundo, con sus reinos y sus palacios y sus ríos y sus mares. Cuando descendió le preguntaron sus discípulos:

—Dinos lo que has visto.

—Nieve.

Todos insistieron:

—¿Cómo son las otras tierras?

—De tierra.

—¿Cómo es el mundo?

—Como el esfuerzo de subir al monte —dijo Buda—. Como la decepción de verlo.


17ª

(Reinaba Chertinán)


Buda llegó a la fuente: venía sediento de caminar por los caminos de la tierra y casi cegado por la luz del sol canicular. En la fuente había unos pastores.

—Aquí no hay sitio —le dijeron—. Ve donde abreva el ganado.

Y el Buda fue y bebió y se lavó mientras los pastores se reían a grandes voces. Se iba ya cuando uno de ellos le gritó:

—¿Qué te han dicho las bestias, Buda?

—Me han dicho: aquí no hay sitio. Ve adonde el ganado abreva.


18ª

(Reinaba Chundraguptha)


Una vulpeja (mujer de malas costumbres) le dijo entre veras y bromas al Buda una noche en que el vino había corrido demasiado:

—¿Qué es el amor, Buda?

—Todo cuanto desconoces —dijo Buda. Y, apiadado, añadió:— y todo cuanto desconocían los hombres que te trataron sin nunca mostrártelo.


19ª

(Reinaba Chundraguptha)


Al Buda le regalaron un enorme pastel y se lo comió entero, sin invitar a sus discípulos.

Cuando hubo terminado les dijo:

—¿Deseabais parte del pastel?

—Sí, Maestro.

—¿Es un pecado la gula?

—Sí, Maestro.

—Alegráos pues de que Buda pecó para manteneros limpios.


20ª

(Reinaba Chundragupta)


Un pintor hizo el retrato del Buda y fue a enseñárselo. El viejo lo miró por todas partes y preguntó al fin:

—¿Quién es éste?

—Tú, Maestro.

—Ah... Por un momento me pareció Buda.


Tercera serie

(De la humildad)


21ª

(Reinaba Avanamiki)


Buda pescaba y arrojaba los peces al mar.

—¿Por qué no guardas alguno? —le dijeron.

—No pesco. Solamente enseño a los peces. Luego vendrá el pescador, cuyos niños tienen hambre, y los peces, creyendo que nada va a pasarles, tragarán sin miedo sus anzuelos.


22ª

(Reinaba Chartinán)


Un día el Buda tuvo hambre y tomó un higo del camino. Un hombre le salió al paso entonces:

—¿Qué haces, Buda?

—Robo un higo —dijo.

—¿Robar? El camino es de todos. A todos pertenece el higo.

—Pero es coger algo de todos para uno solo. Por eso digo que robo el higo.


23ª

(Reinaba Avanamiki)


Un ángel bajó a ver a Buda.

—Buda: eres un hombre santo. Dime una cosa que apetezcas.

—Ser santo.

El ángel se fue y volvió a los tres días:

—Buda: eres un hombre sabio. Dime una cosa que te apetezca.

—Ser sabio.

El ángel se fue y volvió a los tres días:

—Buda: eres un hombre feliz. Dime una cosa que te apetezca.

—Ser Buda.


24ª

(Reinaba Avanamiki)


Un día robaron la bolsa que el Buda había dejado sobre la roca. Y él, al día siguiente, puso otra. Y, después, otra. Y otra más. Al décimo día vino un hombre con las diez bolsas: era el ladrón.

—Buda —dijo—. Me da vergüenza robar a un ser tan inocente. Toma las diez bolsas.

Y Buda sonreía...

—¿A quién hubieses robado si no hubieras encontrado mi bolsa cada día?

—A otro cualquiera, claro.

—Luego hemos perdido a diez nuevos desgraciados y hemos ganado a un viejo ladrón honrado.

Y Buda sonreía y sonreía.


25ª

(Reinaba Chundraguptha)


—Buda: mi hijo huyó de casa.

—¿Qué le habías hecho tú?

—¡Nada!

—Por eso ha huido.

Uno que lo oía quiso burlarse y se acercó al viejo Maestro:

—Buda: también mi hijo huyó de casa.

—¿Qué le hiciste?

—Le amé. Le eduqué. Le enseñé los caminos entre el bien y el mal. Le dirigí hacia Dios según su conveniencia. Le di honestos caprichos y dinero, cuando lo quiso, para los deshonestos. No tenía queja de nada y era tan libre como un pájaro.

Buda meditó:

—Entonces, hijo mío, la culpa es de tu casa.


26ª

Le preguntaron un día:

—Buda, todas esas historias tuyas que andan de boca en boca, ¿son ciertas? Él lo pensó y contestó riendo:

—Pudieran serlo, pero son la obra de un amigo mío, un mozo rufián al que en Menorca llaman Arturo Robsy.


Publicado en el Diario Menorca el 22 de mayo de 1973.

Fábulas

Tres amigos, Luis, Paco y José, se separaron después de la mili. Los tres habían sido camaradas de párvulos y los tres compartieron esas tardes de primavera en que uno olvida que hay que asistir a clase y va en busca del primer torrente con agua fresca o del primer árbol con buena sombra. Se llamaban Luis, Paco y José. Tenían casi los mismos gustos, las mismas duraderas costumbres y los mismos juveniles vicios. Como, además, habían sido vecinos de toda la vida se repartían en complicidad secretos y aventuras del viejo barrio.

Después de la mili tuvieron que separarse entonces cuando suena la hora de volar del nido y cuando a los muchachos el cuerpo se les llena de calenturas que definitivamente concluyen en el matrimonio.

Se alejaron tristes, cada uno por su lado, conscientes de que abandonaban, en las personas de sus amigos, los últimos rescoldos de una vida quizá feliz. Antes de esto, sin embargo, se habían hecho una promesa:

—Dentro de veinte años, cuando nos hayamos hecho ricos, nos reuniremos de nuevo.

—¿Dónde?

—Aquí. El mismo día, solo que veinte años después.

Para cada uno de ellos pasó el tiempo más que de prisa; excesivamente rápido quizás y, así el plazo de veinte años quedó cumplido y cada uno se dirigió en busca de sus compañeros, Luis, Paco y José, a aquel mismo lugar donde se separaron hacía tanto y tanto.

Luis y Paco fueron los primeros en llegar. Se reconocieron al momento, pero no cabía duda de que habían cambiado: Paco, antaño seco, estaba ahora muy delgado y tenía una molesta tos, ganada a pulso entre el tabaco y los pocos cuidados. Luis había engordado y tenía el rostro marcado con las bolsas de la edad. Eran ni más ni menos que caricaturas de aquellos jóvenes que se separaron con la ilusión de triunfar en la vida o, cuando menos, con la de enriquecerse para quitarse de penas.

Entraron en el cercano bar, puesto que ya no era tan agradable permanecer en las haceras: la ciudad estaba cambiando y el cambio trae ruidos molestos. Sentados en las renegridas sillas pidieron café: antaño hubiesen tomado vino, pero sus estómagos tampoco eran los mismos de aquellos muchachos que terminaron la mili. Y, así, cómodamente, se pusieron a contar sus historias. Luis fue quien empezó.


Fábula de Luis

Las cosas le habían ido bien: exhibió su reloj de oro y su solitarios brillando en el anular, tenía para vivir bien, para educar cristianamente a sus hijos e introducirlos en la sociedad a la que pertenecían. Se había casado con una buena mujer; una mujer sin dote, por cierto, pero atractiva y, en ocasiones, tolerante.

Tres hijos, en el bachillerato los tres. Uno, el mayor, sería médico: le gustó la profesión desde niño y a los padres les pareció de perlas, pues los médicos acostumbran a tener un considerable prestigio. Otro —el segundo— iba para abogado, pues tenía don de gentes y habilidad para deformar lo indeformable. El oficio de abogado no es tan prestigioso, desde luego, pero eso se soluciona con unas oposiciones a juez, a notario, a registrador o a cualquier otra cosa.

El tercero... ése era un poco más rarito, pero, todavía niño, no le había cuajado el carácter y cabía esperar que en la adolescencia se decantase por alguna rama de la ingeniería que, en esos momentos, parecía llena de porvenir..

Y en cuanto a él mismo...

—Ya ves: los hijos cuestan dinero y sacrificios, pero todo se da por bien empleado cuando uno consigue colocarlos.

La guerra fue para él un gran colapso. Entonces empezaba a abrirse paso en el ramo de los seguros y tuvo que dejarlo para cumplir con su deber en un centro oficial de la retaguardia. Al menos salió con bien de toda aquella ensalada de tiros y encontró una oportunidad en la administración central (y, aquí, el nombre de un ministerio dedicado a la prensa y a los extranjeros).

Ahora ¡cuarenta y tantos años ya! —vivía en paz. Era propietario de un pisito relativamente céntrico y por las tardes se dedicaba a la publicidad.

—Hay que trabajar duro —concluyó—. El pluriempleo y todo eso, pero no me puedo quejar.

Y exhibió de nuevo, a guisa de comprobantes, el anillo, el reloj de oro; y hasta Paco creyó vislumbrar el brillo de una perla en su alfiler de corbata.


La fábula de Paco

—Tu historia —dijo Paco— es como la de miles de españoles. La mía seguramente también... Pero tú eres un hombre acomodado; vistes bien y fumas mejor. Yo, ya ves: este traje es viejo y tiene brillos en los codos, pero es el mejor que tengo. Mi vida es como este traje que visto.

No tuvo hijos. En realidad no tuvo la oportunidad, porque la guerra estalló a poco de casarse y él, que no estuvo en el bando vencedor, se fue al frente. Posteriormente regresó del campo de concentración completamente quemado. Su mujer ya no estaba y nadie le supo dar razón, aunque se suponía que había pasado a Francia con un coronel republicano con el que pasó los últimos meses de la guerra.

Paco no fue capaz de empezar de nuevo. Andaba dolorido y avergonzado, y sólo supo sobrevivir. La guerra no le había respetado del todo y aún llevaba trozos de metralla en la pierna izquierda, que no perdió por verdadero milagro.

Hizo trabajos muy distintos —camarero, conserje, vendedor a domicilio— y ahora malvivía con un empleo indecente en una pequeña y provinciana agencia de publicidad.

—Ya ves —concluyó—, somos colegas: trabajamos en el mismo ramo, pero tú, por lo que veo, eres un pez gordo, mientras que yo...

Todavía necesitaron tomarse el aperitivo antes de comprender que José —el tercero— no acudiría. Quizá hubiese muerto. Quizá olvidó la cita... De cualquier forma prometieron volver a reunirse al cabo de otros veinte años, en el mismo lugar. Además Luis, que era el triunfador, tomó la dirección de Paco y decidió ayudarle dentro de lo posible.

—Por lo menos —dijo— un empleo un poco más decente.

Y se separaron agitando los brazos y sonriéndose como en los buenos tiempos... La suya era una amistad basada en las nostalgias y en los recuerdos comunes; una amistad de compromiso en la que sólo intervenían aquellos primeros veinte años en que convivieron a diario.

Y el tiempo, en las manos del progreso, pasó en un vuelo; esta vez sí que les pareció a los amigos, Luis, Paco y José, que iba demasiado rápido. Y un buen día se encontraron con la fecha prevista escrita en el calendario. Alegremente, con ganas de charla de pasadas juventudes, se encaminaron a la cita.

El bar aquel donde Luis y Paco hablaran entonces había desaparecido. En su lugar, una tienda de modas reclamaba la atención del público. Más abajo una cafetería de último grito y, en torno a todo, un tráfico infernal, lleno de las estridencias de mil acelerados y fatigosos motores.

Esta vez acudió José. Él y Luis fueron los primeros en llegar. Llevaban cuarenta exactos años sin verse y esto les hizo olvidar las frases corteses que ambos prepararan para el caso. Simplemente se abrazaron, y José tuvo que beberse unas impertinentes lágrimas que querían escapársele.

Entraron en la cercana cafetería cogidos del brazo y pidieron (sentados en cálidos sillones de plástico) algo exótico; no café, porque a su edad (sesenta bien cumplidos) los médicos se lo habían reducido a la ración del desayuno.

Luis contó su historia. Llevaba un nuevo reloj de oro en la muñeca y una sencilla alianza. Dijo aquello que ya sabemos y añadió los últimos detalles. Sus hijos habían terminado los respectivos estudios: uno, médico; el otro, juez; y el menor, de carácter más inquieto, circunspecto, ejecutivo y especialista en marketing en una poderosa empresa. Él mismo había escalado interesantes puestos en su ministerio y tuvo una subsecretaría a su debido tiempo. Era, además, consejero de una importante agencia publicitaria y, en fin, tenía cuatro nietos —dos niñas y dos varoncitos— que comían con ellos cada domingo.

—La vida —añadió— nunca es un juego. Hay que perseverar; el desaliento no cabe en una persona que mira por los intereses de su familia. De todos modos ya están lejos los tiempos en que debía trabajar mucho. Hoy puedo vivir tranquilo y leer los libros que siempre me gustaron.


La fábula de José

José le escuchó en silencio, sin interrumpirlo ni una sola vez. Tenía la cara triste, como dolorida, y había un no sé qué de arrepentimiento en su gesto; tanto, que Luis llegó a temer que a José le pesara haber acudido a la cita.

—No —dijo José—. Ni mucho menos. Tu vida me ha emocionado. Es cierto que no ha sido muy intensa... quizá vulgar, pero estás satisfecho de ella. Además, tienes la alegría de ver a tus hijos convertidos en hombres de provecho y de adentrarte en la vejez sin preocupaciones. Yo en cambio...

Y le contó: al principio de la guerra le había inutilizado un brazo, cosa que le evitó el resto de la lucha. En el hospital conoció a una enfermera; una chica con enorme dote y con amigos influyentes; y se casaron. La posguerra la ayudó: disponer entonces de un mediano capital era una bendición para quien supiera manejarlo. Él supo.

Veinte años atrás dirigía una industria con importantes beneficios. Claro que creyó que las cosas seguirían como entonces y no contó con los cambios posteriores, con la competencia cada vez más dura, con las nuevas técnicas y con la depreciación de la peseta... Un día descubrió que estaba cercado, y que se fondo de maniobra era ridículamente escaso. Otro comprobó que no podría seguir haciendo frente a sus obligaciones...

—Y ahí terminó todo. Tuve que vender a un precio absurdo para librarme de la quiebra. La mediana empresa tiene sus días contados, y hoy suenan los tiempos de la concentración industrial. Ya ves: hace veinte años yo era rico y me sentía en la cúspide. Por eso no quise acudir a la cita y porque supuse que que me pediríais favores y más favores. Luego, ¡zas! la nada. ¡Cuánto os eché de menos entonces! Mi hijo, el único que tuve, murió de tráfico en la época más difícil; mi mujer... ¡En fin! Mi mujer me hace responsable de todas las desgracias...

—¿Cómo supiste que hoy tenías que reunirnos? —le preguntó Luis.

—Porque no hace mucho me tropecé con Paco y me lo contó. Me habló de la primera entrevista y del empleo que le conseguiste. Se ha abierto camino. Ahora el rico es él: yo, el pobre. Tú, en cambio, sigues en el mismo lugar y eres feliz.

Luis nunca tuvo tiempo para pensar en su propia felicidad. ¿Era realmente feliz? Las cosas parecían haberle salido bien, mejor que a sus dos amigos; con menos golpes de fortuna, pero mejor. Y, en consecuencia, prometió ayudar a José buscándole una decorosa ocupación que le asegurase, al menos, un retiro digno y suficiente.

Paco, ahora rico, no se presentó pues, como antaño José, temería que le importunases con peticiones y más peticiones.

Al despedirse Luis y José volvieron a abrazarse y, por costumbre, se dieron otra cita:

—Dentro de veinte años, aquí, si Dios nos da vida.

Quizá pensaban que la vejez lo iguala todo y que entonces podrían estar los tres antiguos amigos como al principio: juntos y sin diferencias.


Última fábula

Luis, burócrata retirado acudió el primero. Tenía ochenta años cumplidos y la larga costumbre de la puntualidad. Tentado estuvo de no emprender viaje, porque su hígado últimamente le jugaba malas pasadas, pero tuvo curiosidad por saber de aquellos viejos amigos a los que hacía sesenta años que no veía juntos, y fue.

Nadie acudió. Quizá Paco y José hubieran olvidado la fecha. Quizá la muerte... Esperó sin embargo cuanto pudo y hasta fumó un par de los cigarrillos que el médico le había prohibido definitivamente. Por fin supo que nadie llegaría a buscar los recuerdos de su juventud: muertos o vivos. Paco y José se habían despreocupado para siempre de las nostalgias y él, Luis, que siempre ocupó el centro, la moderación, echó a caminar por la calle congestionada, de regreso ya.

Se encontró rodeado por el tráfico inmenso, por el estrépito del enjambre mecánico que era aquella ciudad; por los hombres que fueron niños cuando él ya era hombre, y por las mujeres que todavía esperaban parir a su primer hijo cuando para él estas cosas se habían terminado...

Y se sintió —de repente— todo lo solo que siempre, siempre estuvo.


Publicado en el Diario Menorca el 29 de mayo de 1973.

Cuestionarios

"Esto no es cierto. Cuando lo sea, los tiempos habrán llegado".


Consultorio 501

Internista Sr. D. Víctor. Consultas los martes y jueves.


Jueves por la mañana

—Buenos días, señorita.

—Buenos días. Usted dirá.

Rogelio mira la sala de espera: doce personas sobre doce sillas, un jarrón vacío, unas revistas en mal estado y una enfermera protegida tras una rectilínea mesa de material plástico.

—Quisiera ver al doctor.

—¿Tiene hora?

Rogelio consulta su reloj de pulsera un poco extrañado.

—Las nueve y media.

—No, no. Digo que si tiene hora fijada para la consulta.

—No, no. Resulta que me duele aquí. Bastante, ¿sabe usted? En el taller me han dicho que viniera para acá a que me...

—Lo siento. El doctor Víctor tiene mucho trabajo.

—Sí, claro. Lo siento. Pero como me duele...

La enfermera se apiada y consulta su libro: uno de esos cuadernos de tapas impresionantes donde se escribe el nombre del enfermo y la hora de visita que le corresponde. Rogelio parpadea angustiado: no es un quejica, pero desde la mañana los dolores son más y más fuertes y algo tiene que hacerse para acabarlos.

—No va a poder ser esta mañana... A ver... Sí: por la tarde hay un huequecito. A las siete. ¿Le va bien?

—Sí, sí. No creo que sea algo importante, pero en el taller me han dicho: ve a donde el doctor Víctor, y yo...

—Tenga. Rellene este cuestionario con todos los detalles y me lo entrega luego.

Rogelio no tiene bolígrafo, pero no sabe cómo decírselo a la enfermera. Además, su letra no es muy clara y siente los doce pares de ojos de los doce pacientes metidos en su espinazo: le vigilan para que no les pise la vez y se les cuele.

—No he cogido el bolígrafo... Como no sabía que hiciera falta...

—Tenga.

Súbitamente desconfiada, la enfermera le avisa:

—Escriba con letras mayúsculas. Muy claro.


Jueves. Durante la misma mañana

En una silla que ha quedado libre:

"Nombre completo"... Juan del Arco, Rogelio.

"Hijo de..." de Rogelio... "Y de..." Remedios.

"Natural de..." de Carchelejo. "Provincia de..." de Jaén.

"Nació el..." el 14 de octubre. "De 19..." de 1940.

"Domiciliado en...".

A Rogelio le duele el costado. No es nada, por supuesto, pero uno llega a preocuparse por cosas así. También los demás pacientes le miran de una forma... Y es que esto de estar enfermo es un latazo: quizá le saliera más a cuenta tomarse una aspirina con una copa de coñac y regresar al trabajo como si nada. Sí, porque con lo del cuestionario y el tener que volver por la tarde va a perder muchas horas de faena y a lo mejor se creen que él no quiere trabajar.

"Profesión..." Oficial de segunda, mecánico.

"D.N.I. núm...." 41.488.542.

Repasa cada cifra cuidadosamente, no sea que meta la pata. Con esto del carné hay que irse con ojo.

"Enfermedades de los padres. Señalar de qué murieron".

Su padre en una cantera, pero, ¿es eso lo que pregunta el médico? A su padre se le llevó la cabeza un barreno, pero Rogelio no cree que este detalle interese. Su madre vive y está sana a sus sesenta años. Tiene miopía porque se quemó los ojos bordando con mala luz, y cojea un poco del pie izquierdo, que se lo pisó un carro de niña, pero tampoco esto es interesante. Prosigue el cuestionario.

"¿Alcoholismo?"... No.

¿No? La madre no, por supuesto, pero su padre... no era un borracho, claro. Tenía cuatro hijos y demasiado trabajo para serlo, pero más de un sábado, con la paga reciente, se quedó hasta las tantas bebiendo y charlando con los amigos. ¿Es esto alcoholismo? Él tendría que explicárselo al médico cara a cara. Así, por las buenas, el cuestionario resulta demasiado frío. Rogelio —con sus dolores en aumento— se cansa de escribir y siente no poder decir las cosas con un poco más de adorno, de viva voz.

"Enfermedades que ha padecido..." Sarampión (que le tenían en la cama con las persianas echadas y una lamparita roja en la mesilla). Paperas (con la cara deformada y una bufanda al cuello. Las cogieron también los hermanos y hasta los niños de la escuela: fue toda una epidemia). Anginas. Gripe...

¿Qué mas ha tenido Rogelio? Estos dolores, los de ahora, que sólo Dios sabrá lo que son. Dolor de muelas también, pero a última hora decide no ponerlo. Y una pierna que se le rompió de zagal, corriendo por los olivos. ¿Nada más? A Rogelio le da vergüenza haber tenido tan pocas cosas pero comprende que no debe mentir y añadir tres o cuatro enfermedades de su propia cosecha.

"Síntomas que presenta el enfermo...". Dolor en el costado derecho, por debajo del ombligo; y, también dolor que sube hasta la boca del estómago y el corazón. Sudores...

Rogelio suda. Suda más que antes y nota la piel estirada y demasiado caliente. La fiebre, sin duda, la mala fiebre que le sacar el sudor del cuerpo y le pone los ojos colorados y llorosos. Escribe: Fiebre. Ya está todo.

—Ya he terminado, señorita.

—Muy bien.

—Ahí tiene su bolígrafo y muchas gracias.

—Un momento. ¿Desde cuando tiene esos dolores? Es que no lo ha escrito.

—¿Eh?... Desde la mañana. Me he despertado ya así, pero más flojos...

—Bien. Pues ya lo sabe: esta tarde, a las siete. Sea puntual.

—Sí, señorita. Claro. ¡Buenos días!

—Buenos días.


Consultorio 501

Internistas Sr. D. Victor. Consultas los martes y jueves.


Jueves por la tarde. A las siete

—Buenas tardes, señorita.

—Pero, ¿qué le pasa, hombre? Está usted desencajado.

—Los dolores... ya ve usted.

—Siéntese, que ahora le toca... ¡Vamos, hombre, que no será nada!

—Claro, señorita... Es que hoy tengo mal cuerpo y por eso...

—¿Tiene fiebre?

—Pienso que sí.

—¡Uf! ¡Está ardiendo! ¿Quiere agua?

—Sí, muchas gracias.

—Tenga... Pero, ¿qué hay ahora?

—No sé... ¡Ay! Usted perdone: a veces se le escapa a uno el grito.

—Ya puede usted pasar. ¿Le ayudo?

—No, no... podré yo solo.

Rogelio se endereza apoyado en su silla. Hay otros hombres y mujeres en la sala de espera y todos le miran como si fuera un aparecido: ¿qué pretende con tanto quejido? Es que hay tipos que no pueden aguantarse un dolorcillo de nada.

Rogelio, triste, se mete por la puerta abierta, tiene la tripa como una tabla, llena de dolor y tensa y rígida; dura como nunca la sintió. Piensa que ha cogido un cólico enorme y pasa revista a lo que comió: anoche, una sopilla ligera pero muy caliente, y una tortilla de patata. Por la mañana, café y un bocadillo de sardinas. A la hora de comer, un cocidito apetitoso que casi no le pasó por el gaznate... ¿qué tiene, pues?

Todo le da vueltas. La fiebre, seguramente. Por los labios resecos se le van suspiros más disimulados. Recuerda las preguntas del cuestionario: ¿Nombre? Juan del Arco, Rogelio. Hijo de Rogelio y Remedios. Nacido en Carchelejo, provincia de Jaén. Treinta y tres años, los de Cristo. ¿Enfermedades? Paperas, sarampión, anginas, gripe, una pierna que se rompió de zagal corriendo por los olivos. Su padre murió: un barreno casi se le lleva la cabeza. Su madre es miope y cojea. Le duele el costado derecho, por debajo del ombligo y tiene la tripa dura, apelmazada...

El médico sale con el rostro severo y se encara con la enfermera.

—Señorita: pídame usted inmediatamente una ambulancia. Haga el favor.


El mismo jueves. Depósito del hospital general

—¿Y éste?

—Peritonitis. Ya ingresó medio muerto.

—Pobre hombre.

—Sí; no pudimos hacer nada.

Rogelio está rígido, rígido. Y verde. Ya no le interesa nada.

—Habrá que rellenar el cuestionario.

—Sí, vamos: ¿cómo se llamaba?

—Aquí lo pone: Juan de Arco, Rogelio. Treinta y tres años.

—Los de Cristo.

—No se pudo hacer nada. Pobre hombre.

—Sí; pobre.


Publicado en el Diario Menorca el 5 de junio de 1973.

Don Dimas y su última aventura

Hemos de reconocer que el mundo va mal, muy mal.

Se dice —y no lo suficiente— que 10.000 niños mueren al día de hambre.

De hambre. En Zambia, sin ir más cerca, de cada cuatro recién nacidos, uno muere indefectiblemente. Solamente en Asia hay más de mil millones de analfabetos, un poco menos del tercio de la población mundial. Y, por si fuera poco, diariamente nacen más de 187.000 pequeños terrestres.

Se dicen otras cosas sin el eficaz apoyo de la estadística: subidas de precios; salarios poco, muy poco elásticos; disminuciones en la habitual corriente turística y aumento de contaminadores y contaminantes...

Hemos de reconocer que el mundo va mal, muy mal.

Y si no, pregúnteselo al bueno de Don Dimas. Poquita cosa él. Dueño de un nombre con sonido de campanilla (Don-Di-mas); siempre agazapado tras su sonrisa de conejito bueno; con los ojos continuamente abiertos, quizá de miedo... Y eso que Don Dimas ni era analfabeto ni nació en Asia ni se murió de hambre.

Le mató el corazón. De golpe. El corazón mata de diversos modos. A veces presenta su tarjeta de visita y aguarda pacientemente. En ocasiones se contenta con un par de timbrazos previos. En otras... nada: echa abajo la puerta y no da tiempo ni a decir "Jesús".

Don Dimas tuvo una muerte de este tercer tipo, que es el más cómodo para el que se va y el más incómodo para los que se quedan. ¡Qué de sobresaltos! El corazoncito de Don Dimas estaba fatigado ya: sesenta años de esfuerzos más o menos intensos y, por supuesto, de sinsabores.

De forma que a Don Dimas se le lavó convenientemente y se le vistió con su traje negro. Las vecinas vinieron a echar una mano y, después, a velarle. Los amigos iniciaron el desfile y fueron repitiendo palabras sin sentido, porque —quieras que no— nada tiene significado ante la muerte; nada llega a hacer comprensible el hecho de que alguien nos hablara y no nos habla. No se entiende el parón brusco.

Le encendieron un cirio y le rezaron, con el cura a la cabeza, las oraciones de rigor. Pobre Don Dimas, tan bueno... Tan cumplidor ... Tan sin mala fe... Tan amigo de los favores... Tan desinteresado...

Echando cuentas resultó que a Don Dimas le conocían en la ciudad arriba de trescientas personas. Todas ellas vinieron a hacerle los últimos testimonios; a darle la última simbólica palmadita en el hombro y a sonreírle: "Hala, Dimas. ¡Adelante! Ahora es cuando empiezas". Es preciso manifestar algún dolor y, además las muertes de nuestros conocidos impresionan demasiado: nos entra la angustia de saber que, tarde o temprano, pasaremos por el tubo y nos quedaremos tan quietos, tan fríos y tan brutalmente callados como ellos están; y, sobre todo, el pánico de la propia vida, de esa vida que a ciegas nos empuja y nos roba la salud; de esa vida que se nos va de las manos cuanto más hacemos por mantenérnosla.

Don Dimas lo agradecía todo silenciosamente: para él se había desvanecido el mundo o, al menos, se había atenuado su presencia. En el mundo, sin embargo, nada sucedió con la muerte de Don Dimas. No se suspendió la conferencia del intelectual de derechas, ni el baile (cada noche, oiga, cada noche) en la discoteca; ni los novios dejaron de arrullarse y zuritar a la primera oportunidad; ni los niños olvidaron hacerse pis en los pañales secos; ni las gentes abandonaron sus cigarrillos o sus máquinas. A todos los efectos, Dimas pudo no haber existido.

Los coches, por supuesto, seguían llenándolo todo y metiendo su fétida pedorreta por los resquicios de ventanas y puertas hasta los estómagos de las buenas gentes incapaces de prescindir de la respiración.

El automóvil negro de la funeraria se presentó a la hora prevista: había que cerrarle la tapa al ataúd de Don Dimas; bajarlo por la angosta escalera y meterlo en la urna de cristal de la trasera.

Pero he aquí que la calle de Don Dimas era antigua y, por lo tanto, estrecha. Y he aquí que la hora, las cinco, no era la más propicia para estos menesteres. Y he aquí que tras el furgón fúnebre, se detiene un coche. El conductor fastidiado, comprende la cosa y, no protesta. Llega otro después. Y otro. Y otro. Todos ven de qué se trata y callan. Más tarde, otro y otro más, y más, y más y más.

Estos últimos ya no saben qué sucede y, en cambio, son conscientes de su prisa.

—Pero bueno, ¿qué pasa aquí? —pregunta el último al penúltimo.

—¡Y yo que sé! ¡Vaya broma! ¿Qué diablos sucede? — dice el penúltimo al antepenúltimo.

—¡Si es que no se puede vivir en un país así! —grita éste—. La gente no sabe conducir. Todos se creen que pueden interrumpir el tráfico.

Y el de delante asiente rabioso:

—¡Las calles, para el que las conduce! Han de estar libres para que pasen los coches. Si no, todo queda paralizado —y le da al pito.

El pito de los coches es contagioso. Los fabricantes lo construyeron para avisar de que se llega, para evitar los peligros de los cruces... Los usuarios, naturalmente, lo utilizan para enseñar y corregir al prójimo. ¿Alguien hace algo que no nos gusta? ¡Pito al canto! ¿Alguien se para cuando llevamos imaginaria prisa? ¡Pito al canto! ¡Qué gloria pitarle a uno en sus propias barbas cuando, en general, no nos atrevemos a gritarle a la cara cuando vamos a pie! ¡Qué divertido espantar a la anciana que iba a cruzar o hacerle pegar un brinco al niño que va en su pequeña bicicleta! ¡Qué maravilloso sentimiento de omnisciencia cuando la voz mecánica de la bocina castiga, hiere, insulta y corrige por nosotros!

¡Qué encantadoramente insultante es el pito! ¡Qué doloroso! ¡Cómo desata los nervios de los más templados!

—¡A ver qué pasa! —dice uno de los que pitan.

—¡Ya es hora! ¡Ya es hora! —grita otro.

—¡Hay gente que se cree la dueña del mundo!

Al buen Don Dimas le estaban atornillando el cierre de su ataúd. Hubo que dejarlo correr: abajo casi treinta energúmenos pitaban a más y mejor. Ensordecían al vecindario sin preocuparse —eso sí— de quienes vivían por allí y de los que pensaban ante el escándalo.

—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Qué es para hoy!

Los del coche fúnebre bajaron de prisa las escaleras y dieron la vuelta a la manzana. Así pudieron pasar los furiosos conductores y cesó el estruendo. Pero está visto que los muertos solo crean dificultades, porque los de la funeraria regresaron al poco para terminar de preparar a Don Dimas y llevárselo para los funerales y de nuevo quedó cerrada la calle.

Subieron y apenas tuvieron tiempo de cerrar el féretro cuando abajo estalló el alboroto: nuevos automovilistas protestaban ante el atropello de que eran objeto. No se puede interrumpir el tráfico. Las calles son para los coches y los dueños de los coches, y nada tiene que ver con esta gente el hecho de que Don Dimas haya pasado al otro mundo y necesite salir de su casa por última vez.

—¿Qué es lo que pasa hoy? —dice uno—. Hace un rato ya vine por aquí y sucedía lo mismo.

Y lo mismo sucedió durante mucho tiempo. Los de la funeraria no hacían más que subir y bajar y los vecinos, indignados, negros de rabia, insultaban a los vociferantes automovilistas:

—¡Callaos! ¡Callaos! ¡Bandidos!

Y los automovilistas seguían tocando el pito y enseñaban un rígido y ofensivo dedo por la ventanilla:

—¡Esto para vosotros! ¡A la porra! ¡A la...!

La última vez a Don Dimas le dejaron abandonadito en las escaleras para poder abrir de nuevo la circulación. Él, claro, no protestó. Tampoco lo hubiera hecho en vida, porque se trataba de un hombre muy paciente y acomodaticio. De saber que su muerte iba a provocar tanto follón, de seguro que hubiera aguantado de una u otra forma sin morirse.

Su mujer lloraba amargamente:

—Ay, Dimas, Dimas... ¿Cómo te vamos a enterrar? ¿Qué será de ti?

Y los amigos apretaban los puños con rabia hasta que se les blanqueaban los nudillos. Pocos de ellos apreciaron realmente a Dimas, pero, aún así, las jorobaba muchísimo perder toda la tarde con este asunto. Además... ¡Vaya, que no se puede hacer eso con un muerto! ¡Que todavía quedan cosas que uno debe respetar!

—¡Ay, Dimas, Dimas...!

Uno de la funeraria regresó a pie: tenían el coche estacionado a tres manzanas y solo veían dos soluciones al asunto: o se llevaban al buen Dimas a hombros por acera, o lo dejaban quieto hasta la noche, cuando cede el tráfico.

—Pero, ¿y el funeral? —dijo la viuda—. Ya estaba avisada la Iglesia para las cinco y media.

Y eran las siete. Decidieron telefonear para que les esperaran a...

—¿A qué hora?

—A las once, por lo menos.

—A las once.

La mujer lloraba. No quería razonar ya. No tenía fuerzas para ello. Sabía solo que Dimas estaba cercado en su casa; que Dimas, muerto, estaba angustiosamente rodeado por centenares de automóviles desconocidos y hambrientos que le impedían descansar.

—¡Ay, Dimas! ¡Que te vamos a enterrar aquí mismo!

Los de la funeraria, claro, se fueron a cumplir otros encargos urgentes, porque debían seguir un horario. La gente, poco a poco, se fue, pues siempre hay cosas que hacer en una tarde de junio. Y la viuda se quedó sola, sola con su muertecito y bastante decepción en el cuerpo. Las cosas nunca son como algún día las imaginamos, y ya no es el tiempo de los carruajes con caballos negros y blancos adornados con florones lilas.

Y es que hemos de reconocer que el mundo va mal, muy mal.

(No es cuestión de derrotismo, pesimismo o cualquiera de los ismos existentes: es que así están las cosas).

Se dice que 10.000 niños mueren al día de hambre. De hambre. En Zambia, sin ir más cerca, de cada cuatro recién nacidos uno muere indefectiblemente. Solamente en Asia hay más de mil millones de analfabetos, un poco menos del tercio de la población mundial. Y por si fuera poco, diariamente nacen más de 187.000 pequeños terrestres.

Y, sin embargo, no se dice todo. Don Dimas es testigo.

Hemos de reconocer que el mundo va mal, muy mal.


Publicado en el Diario Menorca el 12 de junio de 1973.

Floresta varia de añagazas, industrias y trapalas

—De cómo roban dineros honradas gentes sin conciencia.

—De cómo los despojados imaginan que ésta es la justicia en el valor fácil de las estampas.

—De cómo aún es mayor el dolor de ser víctima que aquel que se sigue del dinero perdido.

—De cómo hombres y mujeres de nuestras tierras sufren estas cosas en silencio.


(Confidencia de amigos)


Primer caso. De tocamientos, magnetófonos y etcéteras

Tenía un magnetófono aquel muchacho. Un Sanyo, según su denominación comercial. Un valiente aparato con más de seis años de antigüedad que siempre funcionó a las mil maravillas... Siempre es un decir, porque las cosas fueron solo bien hasta que se compró un transformador, para que el cacharrito no acabara con tanta y tanta batería.

Funcionó con él quince minutos exactos y, en consecuencia, mi muchacho fue a cambiarlo al comercio, comercio, además, donde se compró el magnetófono. Con el nuevo transformador estuvo en marcha otro cuarto de hora. ¡Bien! Algo se había conseguido: el error estaba en el Sanyo y no en otra parte.

Hete aquí que el muchacho vuelve al comercio y explica a una niña muy mona el asunto. Se enchufa el magnetófono y, al cuarto de hora, ¡cras!, la aguja que marca la batería cae y las canciones suenan como barritar de elefante en celo.

Sí, sí; de acuerdo. Cosa fácil... Vuelva usted dentro de un par de semanas. Por entonces habremos curado su cacharrito. Y él, hombre desconfiado, regresa al cabo de veinte días para dar más tiempo. Le entregan su aparato muy bien envuelto en papel de colores y le cobran ciento y pico de sus mejores pesetas.

En casa ya, se pone las zapatillas, cierra la ventana y conecta a la red el magnetófono. Pretende —¡difícil empeño!— escuchar algo de Vivaldi. ¡En marcha! Todo va como la seda y hay que oír la música de este Vivaldi. ¡Chico espabilado! Enciende un cigarrillo. Echa el humo a la lámpara con la esperanza de que una mosca posada en ella levante el vuelo. Se hurga distraídamente en la nariz —está en la intimidad— y se retuerce las mechas de los aladares.

Entonces... Entonces, nada. Se acaba Vivaldi. Se disipa el bienestar: el magnetófono se ha parado a los quince exactos minutos. ¿Como antes de llevarlo a la compostura? Como antes, sobre todo, de soltar su ciento y pico pesetas.

¿Qué pasa aquí? Sofoco. Torozón. Legítimo cabreo. El Mecánico-Brujo le ha tomado el pelo. La electrónica, como ciencia y comercio, se ha hecho aguas en él. La vida no es la mitad de grata que hace cinco minutos.

Y el muchacho me lo cuenta a mí, y me pregunta: ¿por qué no me lo arreglaron al cabo de veinte días? ¿Por qué me cobraron sin haberle hecho nada a mi querido Sanyo? Y yo, querido lector, no sé cómo contestarle.


Segundo caso. De inmuebles extraños

Pedro —así le llamaremos— decide construirse una casa. Abajo, almacén, cochera, local comercial, y en el piso, una vivienda amplia y cómoda: moderna. En consecuencia, Pedro habla con Rafael y Rafael le dice que la cosa está hecha, que pondrá a su pandilla a trabajar en un santiamén. Ajustan el jornal y listo.

Esto sucedía en junio. En octubre se terminaba el desmonte del terreno, y en enero quedaban listos los cimientos. Pedro, que no sabía de casas, pensaba que las cosas iban un poco despacio. Rafael, el técnico, le aseguraba en cambio que iban la mar de bien y con esta excusa enviaba a la obra a dos o tres peones, mientras los demás se iban a hacer no-sé-qué en Las Playas.

Por fin en agosto (quince meses de pagar jornales) la casa quedó lista para los carpinteros, y en septiembre Pedro se mudó. Daba elegría ese olor a casa nueva, mareante a veces, pero señal de estar bien protegido. Era en septiembre hemos dicho. Pues bien: he aquí que, a finales de mes, vienen las tormentas, los violentos chaparrones que el Buen Dios nos envía para apagar los últimos calores del sol menorquín.

Pedro mira los goterones por detrás de la ventana. La mujer le llama; la mesa está puesta. Y él se sienta satisfecho, pensando en los que se mojan fuera, cuando nota un goterón en su nuca. Y otro que cae en la fuente de la ensalada. Y otro más sobre el tenedor de acero inoxidable. Y muchos en el pasillo, en el baño, en la cocina.

Días después Rafael vuelve al frente de sus secuaces. Dice que es muy raro el asunto y que nunca antes le había sucedido. Cambia el embaldosado de la terraza por no-se-sabe-qué, vale un montón de miles de pesetas, y se marcha alegremente con sus muchachos.

Y Pedro va y me lo cuenta a mí con la esperanza de encontrar consuelo. ¿Está indignado? No: asombrado, porque siempre creyó que estas cosas pasaban en los periódicos nada más. ¿Qué es lo que hice mal yo? —me dice. ¿Ah? Pero usted y yo, lector, sabemos qué es lo que no hizo bien Rafael.


Tercer caso. El viejo truco de las antigüedades

María es una mujer mayor. Es la abuela de un predio donde siempre he tenido un buen trago de agua fresca y sin cloro (con millones y millones de simpáticos bacilos), un puñado de higos chumbos o un racimo de uva dorada y jugosa, o lo que el tiempo hiciera parir a la tierra.

Es entonces cuando María me habla junto a la cisterna y me cuenta viejas "rondallas", aventuras de su infancia o nimiedades de la casa. Pues esta María tenía —porque lo heredó de una "padrina"— un cantarano colonial (en caoba), un armario haciéndole juego junto con la cama. Una colección completa de láminas enmarcadas también en caoba; láminas de esas en las que Colón (don Cristóbal) recibe las joyas de Isabel, se embarca en Palos, llega a América con la espada desenvainada, etc. Y algunas chucherías, como tocador, espejo y mantelerías...

Cosas bonitas sin duda, pero incómodas en estos tiempos, donde el verdadero mueble debe ser rectilíneo, aséptico y descolorido, tal y como nos enseña la madrecita televisión. Hija (la Madona) y nietas opinan que no son más que trastos y que hay que poner formica, que no se raya, ni se rompe ni se ensucia. Y en eso, como llovido del cielo, aparece un señor con mucha labia y pregunta si tienen cosas "viejas", porque él las va comprando por ahí para hacer un favor y para venderlas luego.

María se resiste, porque la "Padrina" la quiso mucho y en su enfermedad insistió en que María conservase para siempre aquellos muebles que le venían de familia. Madona dice que hay que cambiar con los tiempos y, al fin, cede María porque, además, ha tenido una idea.

Ella es vieja. Vive como quien dice a costa de su yerno. Tiene, eso sí, una viudedad que se irá con ella y unas pocas pesetitas en una caja de ahorros... Si lo vende todo —piensa— sacará un piquillo que poder dejar a su hija en el testamento. Por eso vende. Por eso, en fin, se resigna a desprenderse de unos muebles que llevan con ella más de cuarenta años.

Son, en total, diez mil pesetas. Algo es algo. Diez mil pesetas por nada, como dice Madona, y encima se les llevan los trastos de una vez. Desde entonces la vida sigue y sigue de maravilla: sin enfermedades ni accidentes. Y María baja a la ciudad un sábado por la mañana. Compra cuatro chucherías para las nietas. Ingresa su dinerito y pasea lentamente, mirando escaparates y turistas llena de agradable curiosidad.

De repente ve algo interesante: su cantarano, limpio como una patena y más bonito que nunca. Lo venden, claro, pero el negocio no es del mismo que se lo compró a ella. Pregunta el precio: veintisiete mil pesetas, porque hay que pensar que se trata de un cantarano colonial inglés, mueble sobrio y severo por excelencia, y que es de caoba (no chapado, no chapado) y tiene más de cien años... Veintisiete mil pesetas.

María parpadea, porque es incapaz de comprenderlo todavía. ¿Tanto dinero? Más abajo está su cama, su bonita cama donde ha dormido tantas historias y donde —precisamente— parió a su hija, la Madona. ¿Cuánto la cama? Va con el armario y las mesillas de noche. Están en perfecto estado, mejor que nuevos, y tienen muchos años, más de cien. ¿Pero, cuánto? Sesenta mil. Una verdadera ganga.

Sí, claro... Un señor que va por los predios es el que se lo vende a ellos. Suele entrar en las casas antiguas o en las que sabe que viven ancianos solos, y luego revende y bastante caro. Hay muchos que se dedican a lo mismo.

"Me dieron ganas —me confiesa María— de sacar aquellas diez mil pesetas y romperlas. Era... era como si me hubiesen escupido".

Pero las antigüedades están de moda y tienen un buen mercado, ¿no?


Cuarto caso. De misteriosos precios y desconocidas plusvalías

Magda tiene veinte años y va a casarse con Luis dentro de algunos meses. Los dos viven con la ilusión del matrimonio y a ella le gusta ir de tiendas y comprar las cosas de su futura casa. Cuando mejor lo pasa es con Luis a su lado mientras miran tal dormitorio o tal mantelería.

Un viernes va a unos almacenes donde venden chucherías carísimas: vajillas, servicios de foundue, lámparas, ceniceros y espadones. Hace calor. Luis se toma allí mismo una cerveza y mientras tanto Magda se encapricha de un juego de sangría. Se trata de una jarra y seis vasos de cerámica, barro negro esmaltado en rojo por los bordes... En fin: algo no muy clásico pero sí de buen gusto aún cuando los vasos tienen forma de diábolo.

Lo mira. Le da vueltas y trata de justificar sus tremendas ganas de poseerlo. "Para verano es idea" —dice. Luis se encoge de hombros y reconoce que es bonito. ¿Cuánto vale? Mil pesetas y un pico. Es caro, desde luego, pero merece la pena, ¿no, Luis? Sí, por supuesto.

De manera que se lo envuelven, pagan y se van corriendo a enseñárselo a sus padres y a estrenarlo con una sangría bien fresca. El tiempo pasa. Magda está satisfecha de su compra; Luis está contento con la alegría de Magda y todo va sobre ruedas, al parecer. Todo, hasta que, en la misma ciudad, la parejita descubre un juego idéntico al suyo. Está en una tienda chiquitita y angosta, bien distinta a los almacenes donde ellos se lo compraron.

Por curiosidad, sólo por curiosidad, entra a preguntar. ¿Y cuánto vale? Quinientas pesetas, y pico. ¿Cómo? Quinietas pesetas y pico. ¡No es posible! Sí que lo es. ¿Entonces...? ¿Cuál es el valor real del jueguecito en cuestión? ¿Es que en esta tiendecita lo regalan? No, por supuesto. Luego, ¿qué es lo que hacen en los almacenes? ¿Robar? Algo parecido.

Magda, abatida, me lo cuenta. A las chicas les gusta imaginar que compran con ventaja, y su mayor disgusto es descubrir que gastaron mucho más de lo necesario. Magda, además, llama cosas feas a los que le vendieron el juego de sangría.


Para terminar

Quedan aún muchos de estos sucesos por contar... demasiados, quizá. Sin embargo, frente a todo esto existen profesionales especialmente honrados, dignos de alabanza, pues son, a fin de cuentas, la sólida muralla que continuamente nos protege de la invasión de los aprovechados.

Yo tenía que hacer un cuento hoy y me he dicho: ¿por qué no explicas estas historias tan verídicas y actuales en lugar de parir un cuentecillo de tres al cuarto sobre extrañas cosas que nadie conoce? ¿Eh? ¿Por qué no?

Y aquí queda.


Publicado en el Diario Menorca el 3 de julio de 1973.

Floresta varia de añagazas, industrias y trapalas (II)

—De cómo las experiencias dan de todo menos experiencia.

—De cómo unos quieren vivir en paz y otros no les dejan.

—De cómo cuanto más se mira menos se ve la solución, e inútilmente se indignan los buenos hombres y las mujeres buenas.

—De cómo, después de todo, Dios premiará a los buenos y castigará a los malos pero, desgraciadamente, demasiado tarde.


(Nuevas confidencias)


Primer caro. De casas con truco.

Don Juan tiene un solar grande y desea hacerse una buena casa. Y he aquí que acude a Rafael (el mismo Rafael de otras veces), que le dice que de allí le saldrá un palacio más que una casa y, naturalmente, la cabeza de Don Juan se llena de alegres perspectivas.

Llega el aparejador y toma las medidas. Después, habla con Don Juan y deciden como quiere la casa y con cuántas habitaciones. A su debido tiempo los planos están listos: no son —desde luego— los que corresponderían a un palacio, pero puede pasar, salvo...

—¿Por qué es tan grande el patio? —pregunta Don Juan.

El aparejador (porque el arquitecto no ha aparecido a causa del trabajo) explica que hubo un error en la interpretación de las medidas (no explica de quién, pero Don Juan lo sospecha) y que se les perdió un metro.

—Pero no merece la pena cambiarlo todo por un metro —dice—. Así queda muy bien y el patio, al ser mayo, tendrá más sol.

Don Juan no tiene ganas de enfadarse. Y, además, ¿qué importa un metro? Los futuros inquilinos saldrán ganando y los niños lo agradecerán, ¿o no?

Los planos caen en las manos de Rafael que, según su costumbre, pone a tres de sus peones en la obra y se marcha sabe-Dios-hacia-donde; en todo caso a un lugar desde el que no se pueda vigilar la construcción.

Es la primera casa que se hace Don Juan y, según va, la última probablemente, porque sale cara y porque se alarga demasiado. En esto se termina el verano y acude más gente al trabajo de la obra, de manera que para diciembre el segundo piso está ya muy avanzado. Y entonces...

—¿No queda muy pequeño este comedor? —dice Don Juan en una visita—. ¿Y este dormitorio?

—Verá —dice Rafael—. Es que, como no está pintado...

—A ver los planos.

Y los planos dicen lo que pasa. Sobre el primer error del aparejador el buen Rafael ha cometido otro de metro y medio. Son, en total, dos metro y medio menos... ¿Qué se hace? ¿Se desmonta todo y se vuelve a empezar? Sí, pero, ¿quien lo paga entonces?

Nada más fácil: se tapian dos de las tres ventanas del comedor para que quepan los muebles, y santas pascuas. Rafael, encima, cree haber tenido una buena idea. En fin, la casa se queda pequeña, con un patio mayor que ella. Y, además, con cuatro pegotes en la fachada, que son las cuatro ventanas que hubo que tapiar.

Don Juan, sin embargo, opina que fue víctima de malos profesionales, es decir, de sinvergüenzas que ganan un dinero que no merecen. Yo simplemente, dejo que juzgue el lector.


Segundo caso. De las rarísimas especulaciones

Don Juan (otro Don Juan, por supuesto) siempre ha deseado tener una casita al lado del mar... Pero resulta que donde él la quiere los solares menores tienen mil metros cuadrados y le parece demasiado para su bolsillo.

Un conocido que sabe su problema se ofrece a ayudarle. A él también le gustaría tener una casita en ese sitio, de modo que tienen una solución: ¿por qué no se compran a medias el solar de mil metros? Con quinientos, cada uno tiene más que suficiente, y con lo que se ahorran pueden poner un par de detallitos más en la casa.

Don Juan ve el cielo abierto. No le cabe duda de que ha tenido mucha, mucha suerte, así es que hacen el trato, compran y dividen y, a continuación, Juan contrata a los albañiles. Como su socio en la compra es maestro de obras, convienen en que será su cuadrilla la que se encargue del asunto.

Y, así, Don Juan, que no es menorquín, regresa a su tierra con la promesa de que al año que viene sin falta, estará terminada su casita y lista para ser habitada. Su amigo, el maestro de obras, le dice que sí, y que espere a ver que cosa tan bonita va a construirle.

Pasa el año —porque todo pasa un día u otro— y Don Juan regresa. A la casita le faltan algunos detalles, pero con paciencia uno puede vivir allí. Lo triste es que a su lado, apoyada en su misma pared, hay una cochera con el tejado de uralita y las paredes sin ni siquiera blanquear.

—Es mi casa —le explica el maestro—. Yo no puedo gastarme tanto dinero como usted y...

Y eso: un pegote adosado al chalé de Don Juan. Un pegote que lo afea y le da aspecto de establo. Además, Don Juan sospecha que lo ha pagado también y que ha sido construido con materiales destinados a su casita.

Y en el pegote (o bajo él) vive una familia numerosa cuyos niños hacen expediciones al jardín de Don Juan, mientras que una de las mujeres (hay varias) va de visita cada tarde en busca de aspirinas, tacitas de azúcar o, a lo mejor, frescas noticias que contar por ahí.

Don Juan habla con su ex-amigo: simplemente desea que le venda sus quinientos metros y le deje en paz. Pero el otro dice varias cosas de la mayor importancia, a saber:

—Que de un año a otro ha aumentado el valor de la tierra.

—Que, además, él ha construido una casa (un cubículo, mejor) y que esa casa da valor al solar. Valor que Don Juan tendrá que amortizar con sus mejores pesetas.

—Y que, por si fuera poco, a él, el maestro, le gusta aquello (vivir diez amontonados en una sola estancia, por lo visto), y que no está dispuesto a irse a menos que...

Y Don Juan paga esto y lo otro y lo de más allá y, encima, tiene que alquilar a otra cuadrilla para que le desmonte la cochera-parásito que está pegada a su bonito chalé.

Y el mismo Don Juan advierte al contármelo que éste es uno de los mejores trucos que se ha encontrado en sus cincuenta y pico años de vida. Opina además que se ha merecido todo esto por confiar, según algunos predican, en sus semejantes. Por eso ahora Don Juan es insociable por naturaleza: ha descubierto que no tenemos semejantes cuando hay dinero de por medio.


Tercer caso resumido. De buenas y malas leches.

Luisa entra en un supermercado y ve la oferta de una leche conocida ¡a dieciséis pesetas!, es decir, al precio de hace dos años largos. "ASTURIANA" pone su etiqueta en letras azules, y está en su envase habitual.

Luisa es, desde siempre, clienta habitual de la leche de la Central Lechera Asturiana, buena y honrada leche que todavía, según creemos, no ha protagonizado ninguno de los clásicos escándalos lácteos.

No compra una botella, sino cinco, porque es leche que se conserva mientras está cerrada su botella y, además, porque normalmente la de la misma marca cuesta diecinueve en lugar de dieciséis (tres pesetas por botella son quince pesetas de ahorro final, y pocas mujeres se resisten ante razón tan poderosa).

Ya en su casa da la grata noticia. Y su marido se encarga de sacarla de dudas. En letras más pequeñas, poco visible, a distancia (en el ángulo, además) está escrito: Central Lechera de Gijón, S.A. Debajo, y con razón "ASTURIANA", porque sí es cierto que Gijón está en Asturias, como lo es también que no se trata de la antes citada Central Lechera Asturiana que Luisa creyó comprar.

Y entonces el matrimonio comprende que se ha quedado con una marca totalmente desconocida; una leche que sabe distinto además, y que hubo hace poco un rechazo por parte Portugal de litros y más litro de leche española. ¿Quién se bebe esa leche rechazada? —se pregunta—¿No seremos nosotros, verdad?

En cualquier caso se trata de dos marcas demasiado parecidas para ser cómodas.


Cuarto caso resumido. De famosos aparatos y tecnologías avanzadas

Teresa y Joaquín se van a casar (de esto hace menos de un año) y se compran los necesarios aparatos para facilitar la vida. Entre ellos una nevera (frigorífico, que dice la tele) que anuncia un presentador cesante: es muy bonita, con muchas estrellas y, desde luego, muy capaz de llegar a menos veinte grados.

La máquina vibra mucho al ponerse en marcha y les dicen que eso se debe a que es nueva. Cierto: vibra y es nueva. Ahora ya no, porque es vieja y porque Joaquín le ha encajado con cartón las piezas temblonas. Lo que sí tiene miga es lo que me dicen ahora:

—Resulta que con menos de un año, la nevera tiene varias motas de óxido por fuera. Óxido que hace saltar la pintura.

¿Y qué? ¿Cómo que y qué? Que si te parece bonito gastarte quince mil pesetas para que en menos de un año se te oxiden.

No. No me lo parece. A los fabricantes, sí, porque si no harían sus neveras de otra forma. Lo malo es que no las venden con un marbete que explique: "esta nevera se oxida a los diez meses". Si fuera así, los compradores no se llevarían sorpresa. Y en cuanto a la garantía... A otro amigo le pasó lo mismo con una cocina y sólo le dieron una pincelada sobre cada motita de óxido: un cromo. Ahí se ve la avanzada tecnología, ¡qué diablos!


Quinto caso. De libros e imitaciones

Esto me pasó a mí. Resulta que soy comprador de libros, que es lo mismo que serlo de berenjenas, con la diferencia de que uno no mete sus libros en el horno. En cualquier caso reconozco que es una manía bien curiosa existiendo como existe la televisión.

Tampoco soy un bibliófilo, es decir, que me conformo con que el libro comprado lleve dentro letras legibles y poco más. Pero, eso sí, me gusta conservarlo después de la primera lectura, por si puedo citar alguna frase, que siempre da tono. Por ejemplo, "¿Cómo está usted?", de H. Allen Smith. Ruibarbo. José Janés. Editor. Barcelona, 1948. Pág. 35.

Me he acostumbrado a los malos libros (no a las malas obras), a esos que se desmontan cuando vas por su mitad y que, de no andar con cuidado no sobreviven a la primera lectura. Es el caso de la llamada "Revista de Ciencia Ficción y Fantasía Nueva Dimensión", publicada por Ediciones Bronte. Su contenido es siempre ameno y muchas veces apasionante. Su precio, asombroso: cien pesetas (125-130 páginas). Y sus portadas saltan a poco de abrir el ejemplar. Esto es una falta de honestidad por parte de Ediciones Bronte: por cien pesetas uno no tiene el derecho a escatimar el material.

Pero hay más: he aquí que hace cinco días veo un título interesante: "civilización extraterrestre", donde a través de su índice, averiguo que se trata sobre Galileo, William Herschel, astronomía general, bioquímica y algo más.

Y me lo compro. Me lo preparan, muy envuelto con papel de color, y me voy con él a casa. Rasgo el envoltorio y me pongo a leer. Es decir, lo intento, porque apenas abierto el libro por la primera página, esta salta, y también la segunda, y la tercera y, así, hasta las trescientas veinticinco que tiene (que sueltas parecen lo menos seiscientas).

¿Que pasa aquí? Esto no es ya que se despeguen las tapas, sino que cada hoja parece una mariposa con ganas de volar. ¿No hay algún control de calidad en lo que se refiere a libros? No lo parece al menos. De manera que debe ser el lector escarmentado el que avise a sus compañeros de vicio.

El libro en cuestión se titula: Enigmas (nombre de la serie) Extraterrestres, de François Biraud y Jean-Claude Ribes. Publica ediciones daimón (en minúscula, que se lo merece) y consta de dieciséis ilustraciones y trescientas veintiocho páginas (lo sé por experiencia). Daimón, en su colección Enigmas tiene en el mercado: "De profesión: asesino", "De la sexualidad", "Los mercenarios", "El ocultismo", "Los esclavos del Diablo" y "Horóscopo". Cada ejemplar cuesta cien pesetas, que teniendo en cuenta las tapas de cartulina, la ausencia de guardas y que la cola ha sido substituida por agua, suponen un bonito margen de beneficios.

Lo digo para que, si algún lector va a la librería, sepa lo que compra y no se extrañe de tener que tirar a la basura el libro sin haberle leído ni la cuarta página.


Noticia de última hora (bien sabida ya)

¿Sabían ustedes que muchos hoteles cobran un precio a los turistas (que llegan en vuelo charter y han pagado a sus agencias), y otro muy distinto a los españoles? Tan distinto que es considerablemente más elevado. Además de que "España es diferente" convendría avisar que "el turismo, para los turistas".

Como en casi todas las ocasiones, mejor es no moverse de casa.


Publicado en el Diario Menorca el 10 de julio de 1973.

El demonio de Alcira

Si place a mis lectores prestar los ojos al asunto, quisiera contarles una historia algo rancia que, según es fama, sucedió en Alcira a un matrimonio discutidor y a un alcalde amigo de la broma.


(Si place a mis oyentes prestar oído,
les contaré un pasaje muy divertido;
el cual no es mentira
que ha pasado en la villa de Alcira
)


En el siglo pasado Alcira era una villa como tantas, relativamente tranquila y, tal vez, necesitada de espectáculos. En lo alto del puente estaba la imagen de su patrón: San Bernardo, en cuya festividad celebraban las ferias.

Pues bien: el año a que nos referimos, salió el alcalde acompañado por sus concejales y por un escribiente, sobrino suyo, para ir apuntando lo que los vecinos prometían entregar en la fiesta de San Bernardo, a fin de que fuese más lucida. Se trataba, en general, de donativos en metálico u objetos para el culto (cirios, reclinatorios...).

El escribiente tomaba nota y pasaban a otra casa... Hasta que, mediada la tarde, la comitiva llegó a una casa donde el matrimonio reñía: asunto de dineros, pues la mujer decía que el marido no le entregaba todo el suelo y el marido, que la mujer le negaba hasta para tabaco... Discusiones parecidas a las tormentas de verano que, una vez descargadas, desaparecen sin dejar huella, pero, mientras duran, alcanzan una virulencia de aquí te espero.

El alcalde, indiferente ante el asunto, asomó por la ventana y le dijo al marido:

—¿Qué promete para la fiesta de San Bernardo?

El otro, que perdía razón y pie en la discusión, se le encaró rabioso:

—¡Un demonio! ¡Eso es lo que yo prometo!

Y la mujer, por lo bajo:

—Llévenselo a él. ¡Buena pieza!

El alcalde, divertido, contestó con buen humo a su sobrino:

—Apunta: un diablo para San Bernardo.

Y pasó a la próxima casa en busca de vecinos más dadivosos y menos irascibles.


(...le preguntaron al amo:
¿Qué promete a la fiesta del Santo?
El amo de adentro:
Yo un demonio prometo.
Apunte, escribiente:
un demonio que el señor promete.
)


Pero, a medida que el alcalde terminaba su ronda por el pueblo, discutiendo con sus concejales, fue cavilando el modo de divertirse con aquel exaltado. No estaría mal —se dijo—, nada mal, que a la hora de la cobranza de promesas le exigieran el diablo prometido.

Ya se imaginaba (y con deleite muy levantino) la cara terrible del marido discutidor cuando públicamente le ordenase cumplir la promesa: ¿Dónde tiene el diablo? Nada, nada... Vega ese animal o...

Y llegó el día de hacer efectivos los regalos. El alcalde y sus secuaces, prometiéndoselas felices, se llegaron hasta el pobre marido que, por cierto, ya había olvidado todo aquel asunto. Su mujer, después del estallido, se volvió melosa y dulce y aquella misma noche, con los candiles apagados, firmaron y rubricaron la paz.

Y es importante decir que la mujer de este vecino boquirrubio era buena moza y estaba muy bien provista de redondeces y promontorios allí donde la naturaleza exige promontorios y redondeces. Era, pues, alta para ser hembra, rubianca y mesuradamente rolliza... Por eso quizá, el alcalde encontraba especial placer en turbar al marido: humillarle sería una manera de vengarse de él por tener tan linda esposa.

Así que se le presentaron y con muy serias palabras le dieron a entender que querían el demonio prometido. El pobrete desportilló los ojos y se quedó mirando atolondrado a la comitiva:

—¿Un demonio?

—Sí: aquí está escrito y debes entregarlo.

—Pero, ¿de dónde he de sacármelo?

—No lo sabemos: por eso todavía es más importante que nos lo des.

—¡Maldita sea mi mujer! —dijo entonces el otro, al borde de la furia—. Nunca se lo que me digo cuando discuto con ella.

—Eso debiste pensarlo antes. Si fuera cosa mía —explicó el taimado alcalde— te perdonaría la falta; pero al ser de San Bernardo, yo estoy obligado a cobrarte la promesa.


(Y al pobrete le notificaron:
presente al momento
un demonio que tiene en el asiento.
¡Ah, señor alcalde!
¿Yo el demonio, de dónde he de sacarle?
)


La cosa subió de tono; los ánimos se caldearon y, al final, el alcalde amenazó con llevarle preso a Valencia si no entregaba el demonio en cuestión. La mujer, que lo oía todo y que era astuta además de apetitosa, intervino entonces: era cierto que se les había olvidado lo del diablo, pero ellos tenían intención de cumplir con su promesa. Así pues, ¿no podría el señor alcalde darles un plazo? Cinco días, por ejemplo.

Esto era cuanto necesitaba el alcalde para seguir la burla. De no haber intervenido la esposa hubiera tenido que concluirlo todo y dejar en paz al asustado marido. Así, en cambio, todavía le quedaban cinco días para reírse de aquel simple.

—Sólo cinco —dijo—. Y luego, si el demonio no ha aparecido, ¡a Valencia!

Pero la mujer era astuta y supo desde el principio lo que pretendía el alcalde, de modo que urdió un plan para pasar de burlado a burlador y, sin decir nada a su cándido y espantado marido, se vistió con sus mejores galas y entró en la iglesia.

Allí espero a que la misa terminara y, cuando hubieron salido todos los feligreses (y feligresas) se acercó al altar y se puso a rezar en voz alta.


(...se hincó de rodillas
y, elevando a Dios su rogativa
suspirando dijo:
concededme la gracia que os pido.
)


El sacristán, que trasteaba por el templo, pronto reparó en la bonita figura de la mujer y en sus galas y hasta en su protuberante trasero al estar arrodillada. El hombrecillo, entre tanta vela y tanto olor a incienso, casi había olvidado qué cosa era aquella y, de pronto, a su vista, sintió revivir los viejos ardores de su juventud que, por cierto, no estaba tan lejana.

Se acercó con una de las mil excusas que su oficio le proporcionaba y trabaron conversación. Él deseaba seducirla y ella, que lo intentase, y, puesto que ambos pretendían lo mismo, fue muy fácil para el sacristán regalarle un bolsillo sin provocar excesivos rubores; y, envalentonado ya, decirle:

—A mí lo que me interesa es saber dónde vive usted, porque me gustaría hacerle una visita.

La buena moza sonrió de alegría y el sacristán lo malinterpretó: en suma, que empezó a creerse un donjuán de buen fuste y digno de mayores empeños.


(Viendo el picaruelo
que la trucha se tragó el anzuelo,
dijo: ¡Brava pieza!
Mas ahora solo me interesa
saber donde habita
porque quiero hacerle una visita.
)


Quedaron conformes en esto. ¡Sabe Dios lo que pensaría el sicalíptico sacristán! ¡La de veces que consultaría al espejo mientras sonaban las ocho y media, hora de la cita! La mujer, regresó a casa doblemente satisfecha, porque, en primer lugar, se salía con la suya y llevaba adelante su plan, y, en segundo, porque había conquistado sin esfuerzo a un hombre, lo que es también un mérito, por más que el enamorado sufra de escasez femenina desde la infancia.

Al marido apenas le explicó nada. Le mostró el bolsillo y le dijo que se lo había dado el mismísimo demonio, que estaba citado con ella para las ocho y media.

—Tú vete a la plaza —concluyó—. Y, una vez dadas las nueve, vuelve cuando te parezca.

El pobrete, que no imaginaba cómo salir de problemas, y que se desesperaba inútilmente cuando más pensaba en ello, prefirió obedecer y dejar todo en manos de su esposa. Después de todo —se decía—, culpa de ella hice yo una promesa tan embarazosa.

La mujer, una vez que se vio sola, arregló el dormitorio y puso a los pies de la cama un arca que ya tenía preparada para el caso. La llenó con las plumas de un gallo que habían matado aquel mismo día y se puso a esperar al sacristán mientras se vestía con la ropa más ligera que encontró.

A las ocho y media apareció el sacristán bermejo. Venía echando humo por cada poro de su piel y con los ojos tan salidos y con tanto fuero que daba calor hasta el mirarle.


(La saludó y dijo:
Esta noche, según yo colijo,
tendremos jolgorio.
)


Ella le reprendió riendo y con guiños y zalemas le llevó hasta el dormitorio. El buen sacristán trinaba como un ruiseñor enamorado y no hacía más que mirar a la mujer que le tentaba (¡Oh, Señor, qué delicia!) y pasar la temblorosa mano una y otra vez sobre la colcha de hilo. Reunió, al fin, toda la poca voz que le quedaba y dijo:

—Bien, mujer: ¿para qué me quieres?

La esposa, como ruborizada, le indicó que se fuese desnudando mientras ella miraba que no volviera su marido. Y, cuando le tuvo tan desnudo como al nacer, llegó hasta él corriendo:

—¡De prisa! ¡Que viene mi marido!

—¿Qué hago? ¡Dios, estoy perdido! —al sacristán se le pasaron de golpe las euforias y los calores y no fue más que un hombrecillo asustado—. ¿Qué hago? —repetía pálido y nervioso.

—Métete en el arca. Hay plumas y estarás cómodo hasta que mi marido se vaya. Entonces podrás salir.

Pero el marido, que no sabía de esto, se echó a dormir. La esposa le dejó hacer y, a media noche, se levantó y puso cola al fuego: cuanto la tuvo derretida, la vertió por una reja que había en la tapa de la caja. El sacristán, al sentir la quemadura, gimió silenciosamente y dio vueltas para esquivar la cola que le caía, de manera que quedó emplumado de arriba a abajo sin poderlo evitar.


(Y el pobre sacristán clamando,
porque se quemaba,
que en el arca tantas vueltas daba
que se vio obligado
a volverse del otro lado:
cuanto más rodaba,
mucho más las plumas se agarraban...
)


Muy tempranito ella despertó al marido y le enseñó el arca:

—Ve y entrégasela al alcalde: dentro está el demonio que prometiste.

Y estaba, naturalmente. Y el alcalde, que ignoraba todo esto, reunió a los vecinos en la plaza para que "viesen lo que no se ha visto". Y, allí, él mismo levantó la tapa con una sonrisa de oreja a oreja... Sonrisa que se le murió en flor al ver salir de ella a un tremendo ser emplumado y vociferante que no paró de correr hasta perderse de vista.

—¿He pagado mi promesa? —preguntó el pobrete, que era, quizá, el más asombrado.

El alcalde meneó la cabeza y sólo supo santiguarse. Los vecinos echaron mano de rosarios, escapularios y agua bendita y, en conclusión, sólo la mujer reía desde la ventana, pensando en el escaldado sacristán, en el alcalde burlado y en su marido ignorante.

Y es así que las mujeres son de temer, incluso de sacristanes y alcaldes.


Publicado en el Diario Menorca el 24 de julio en 1973.

¡Canta, compadre, canta!

A Vicente M., redomado golfista, con admiración


—¡Las diez y misión cumplida! ¿Estamos todos aquí? ¡Quién sabe! A ver: Antonio (¡Presente!), Juan (¡Servidor!), Cristóbal (¡Cómo éste!), Pedro...

—¡Pedro!

—Que no, que no está Pedro. Pero, ¿cómo es eso? Si hace un momento que le vi hablando con Juan.

—Eso era ayer, tú.

—¿Ayer? ¡Hay que ver cómo pasa el tiempo!

—No importa, ¿verdad? Somos bastantes. Así está bien. Somos uno, dos, tres, cuatro y cinco.

—Pero, ¿qué hacemos?

—¡Qué hacemos! ¡Qué hacemos! ¡Punto redondo!

—¿No son las fiestas? Pues a divertirnos. Compraremos espantasuegras y trompetas y gorros de papel y pelotas con elástico, y nos divertiremos.

—También hemos de subir en los autos de choque.

—Y a ese balancín. Cuando sube se te revuelven las tripas de una manera...

—Pero, ¿a qué hora iremos al baile?

—Hay tiempo para todo, ¿no?

—Pues, hale, a por el espantasuegras (matasuegras tendría que ser, matasuegras).

Caminamos por la calle mayor en busca de la primera "turronera", que a saber por qué se llamará así, porque, de turrón, nada. Calle Mayor abajo, con buena alegría en la cabeza y divertido sonar de la calderilla en los bolsillos.

El ciudadano Antonio es el primero en desmandarse.

—¡Me cisco en los espantasuegras! ¿No veis que Casa Manolo está abierto?

—¡Eso! Lo primero es tomar un buen gin.

—Claro que sí.

Lo primero y lo último, porque sabe Dios el gin que hemos trasegado entre los seis durante el día... Perdón: los cinco, porque Pedro ha desaparecido. No importa. Casa Manolo tiene la virtud de tranquilizar las más rebeldes conciencias.

Cristóbal canturrea a mi lado mientras esperamos la vez:

—Amur, Amarillo y Azul; Bramaputra, Ganges e Indo.

—¿Y eso?

—Lo cantábamos en la escuela, son los ríos de Asia.

¿Y por qué no? ¿Alguna ley prohíbe canturrear los ríos de Asia en los bares? ¿Quién se atreverá a impedírnoslo? Paco se acerca.

—¿Qué canta ése?

—Amur, Amarillo y Azul —repite Cristóbal—. Bramaputra, Ganges e Indo.

—Los ríos de Asia —le explico.

Y he aquí que formamos un improvisado coro:

—Amur, Amarillo y Azul —decimos a grito pelado—. Bramaputra, Ganges e Indo —remachamos.

Desde el fondo nos llegan aplausos. Un tipo con cara de uva se nos acerca a no sé qué...

—Cuando yo era joven... —empieza.

—¡Cuánto ha llovido! —se espanta Juan.

—Cuando yo era joven cantábamos —y se lanza con una cascada y artificial voz de tenor chispa—: "de piedra ha de ser la cama, de piedra la cabesera, la muquer que a mí me quiera".

Llega el gin y, no sé bien por qué, empezamos a gritar. Una mujer, por detrás, se escandaliza:

—¡Esta cuventut! ¡No hay derecho! Yo me inclino muy ceremonioso y aparente:

—No, torcido tampoco, señora.

El marido, una mala bestia, interviene y dice que nos andemos con ojo, "con mucho ojo". Cristóbal, amenazador, se le acerca con la cara por delante:

—¡Bramaputra! —exclama.

Y sucede el follón. El marido dice que Bramaputra lo será su madre o su novia. La mujer grita, no se sabe si porque está asustada o porque le va la gresca. Nosotros nos interponemos y al final nos echan de Casa Manolo.

—¡En la calle te espero! —grita Cristóbal con el puño levantado—. ¡Bramaputra!

Juan dice que hemos salido ganando porque nadie pagó el gin, y Paco pretende utilizar el truco en el Bilbao, a ver si también nos escapamos de aflojar la mosca. Comprendo, pues, que soy el único que está sereno y comienzo a explicárselo a una farola que me cae verdaderamente bien. Y luego propongo continuar la cacería de los espantasuegras.

—¡Y una porra!

—¡Yo no tengo suegra! Ya me dirás tú si voy a tirar el dinero comprando para nada un chisme de esos.

—¡Al Bilbao! ¡Al Bilbao!

Y, claro, entramos en el café Bilbao y pedimos gin, que, a estas alturas, parece caldo en cubitos. En una mesa están sentadas cuatro chicas con sombreritos rojos de papel. Son cuatro y nosotros cinco, pero eso, bien mirado, hace más divertido el juego.

Paco se les acerca hasta echarles encima el aliento vinoso:

—Chica —dice a nadie en especial— ¿Quieres ser mía?

La más cercana se aparta y sonríe tristemente a las otras tres:

—Ya veis... otro patoso.

Antonio viene al quite:

—No le hagáis caso: es que ha bebido un poco y no está acostumbrado. Es joven. Por cierto, ¿cuánto me cobraríais por... x, x, x...? (aquí, lector, supóngase una grosería muy gorda, muy gorda y piense en cuando tenía dieciocho años y se ponía a hacer oscuros planes respecto a inocentes muchachas).

Yo trato de arreglar las cosas:

—La culpa es vuestra —les digo—. Si no anduvieseis con el muslamen fuera y medio trasero al aire...

Se acerca un camarero a decirnos que dejemos de molestar.

—¿Quién molesta? —grita Juan—. ¡Nosotros sólo les decíamos un piropo!

Las niñas explican que de piropos nada y que hay que ver. Cristóbal se queda sobre una pierna y pone mano extendida entre la rodilla levantada y su nariz.

—¿Ves como estamos serenos?

El camarero duda y los otros cuatro nos ponemos a la pata coja para demostrar que "vamos bien" y que Cristóbal tiene toda la razón. Paco cae al fin y precisamente sobre las espantadas chicas... Total, que nos echan y ya son dos las rondas que no hemos pagado. Le empezamos a tomar gusto a la cosa y en la calle planificamos la siguiente excursión.

Yo sin embargo, que soy el único sereno, propongo continuar en buscar de los espantasuegras, pero nadie repara en mi voz: no es mala cosa esa de beber de balde y menos si encima se arma gresca.

—Iremos al Castillo de Doña Gimena, que es un sitio muy pera.

De camino, Juan y Paco van cogidos de los hombros y canturrean una canción bastante tona ("Somos los hermanos bonos / no queremos dromir solos / no tenemos matalafos...). Mientras, Cristóbal me cuenta cosas de su vida. ¡Buen chico este Cristóbal! Nunca había reparado en que fuese tan simpático. Antonio, en cambio, tiene planes de envergadura:

—Creo —dice— que me compraré un caballo. Mañana mismo, a lo mejor. Y lo llevaré a nadar a la fuente. Y me haré artista de cine. Se gana mucho dinero con las películas del Oeste.

Se detiene y nos contempla con la colilla pegada al labio. Separa los brazos del cuerpo y nos lanza una terrible mirada.

—¡Cobardes! —dice— ¡Sacad!

Y nos apunta con el índice de cada mano mientras mantiene los pulgares levantados como si fueran percutores.

—¡Ban! ¡Ban! ¡Ban! —dice— ¡Cuatro menos!

Juan se deja caer al suelo.

—¡Ah! —grita— ¡Un cura, que me muero!

Y, en esto, llegamos al Castillo de Doña Gimena, el bar pera, y en la puerta ya no quieren dejarnos pasar.

—¿Y por qué? —dice Cristóbal— ¿Porque no llevamos corbata?

—Tenemos dinero —explica Paco—. Mire, mire.

Y yo intervengo:

—Es cierto que han bebido un poco, pero son buenos chicos. Nosotros íbamos a comprarnos un espantasuegras: uno de esos chismes que se desenrollan y...

Y pasamos. ¡No faltaría más! Pedro, que estaba dentro, nos confiesa que no sabe muy bien cómo ha llegado hasta allí...

—Es como si hubiera estado volando mucho tiempo seguido.

Paco asiente seriamente: él sabe por experiencia que después de volar uno queda algo aturdido.

—Se pasa con gin —concluye con aire doctoral.

Y ya no sé más. Hay un paréntesis en mi memoria que va desde el último gin para quitar la mala sensación de haber volado, hasta cuando un tipo me sacudía por el cuello y me llamaba cretino. Otro tenía agarrado a Pedro más o menos por el mismo sitio. Y el pobre compadre gritaba que se podían ir al cuerno con mucho cuidado todos los jugadores de fútbol. Juan y Antonio, en cambio, zarandeaban a un tercero, chiquitito y verdoso que no sabía a ciencia cierta en qué terrible planeta acababa de aterrizar.

Entonces fue cuando tuve una de mis intuiciones geniales. No en vano solían darme bandas y diplomas por mis conocimientos del catecismo. Lo explicaré: sabía que algo anormal sucedía porque de lo contrario el tipo no me agitaría por el cuello como a un jarabe. También sabía que hubo algo antes (algo malo) y que iba a suceder después algo aún mucho peor, de modo que dije:

—Y todo esto, ¿por qué?

—Eso, ¿por qué? —murmuró el tipo.

—¿Por qué? —dijeron Pedro y Cristóbal a coro.

Ustedes se reirán, pero resulta que nadie lo sabía. Esto de olvidar los motivos es un rasgo típico de los muchachos candorosos y bien intencionados: un rasgo que nos une y nos convierte en miembros de una alegre y gran familia.

—Después de todo —dijo uno de los desconocidos— hoy es la Fiesta.

Y yo, por fin, aproveché el silencio para exponer por enésima vez mi idea de ir a por los espantasuegras. En esta ocasión supimos verle al asunto asombrosas posibilidades que ahora no recuerdo.

Fuimos adonde los vendían y yo se lo expliqué todo a la turronera (sin olvidar lo de la pelea). Antes de haber acabado uno de los desconocidos me tiró del brazo:

—Fíjate: la turronera esta tiene bigote.

Y lo tenía, es cierto. En fin: cuando hube terminado la turronera nos dijo con su profunda voz:

—Venga, circulen, que, si no, me los llevo al cuartelillo.

¡Era una turronera disfrazada de sereno!

Y, en eso, se puso a amanecer a los acordes del "Si que te l'encendré".

Y nos fuimos todos a casa. Ya está.


Publicado en el Diario Menorca el 31 de julio de 1973.

La muerte viene del mar

Para María Teresa Arias-Salgado Robsy
(para que siempre siga respetando tantas pequeñas y utilísimas vidas).


En Tófol es viejo hace muchos años. Es uno de esos desafortunados hombres que sobreviven a su decrepitud y tienen la mala ocurrencia de ponerse a vivir años y más años mientras todo deja de ser lo que era. Así, hasta ochenta y cuatro años, tres meses y doce días: los de Tófol.

El día que se retiró los compañeros le hicieron una despedida: él era carpintero y se reunieron en el almacén con una botella de gin y muy buenos propósitos.

—Ahora —le dijeron— podrás descansar.

—Ahora —le explicaron— tendrás tiempo para tus cosas.

Pero olvidaron preguntarle si de verdad quería Tófol descansar o tener todo el tiempo del mundo. Le echaron simplemente. ¡Valiente cosa! La gente matándose por ahí y volviéndose necia para matar el tiempo. La gente gastándose dinero y más dinero para hacer algo mientras descansa, y a Tófol solamente le daban un traguito de gin, una palmada en la espalda y cuatro malas perras, "para tabaco", y para "ayudar un poco en casa".

—No nos sirves —le decían en realidad—. Ya no tienes las fuerza de hace veinte años. Ya no se te puede confiar la sierra grande. Ya no te van tan bien las manos. ¡A la calle!

¡Leche! Era cosa de parar un momento el carro de la edad y ponerse a hacer preguntas. Por ejemplo: ¿para qué exactamente se pasó trabajando cincuenta y cinco años? ¿Para quién? ¿Eh?. "Ya no nos sirves. ¡A la calle!". Tófol no estaba entonces tan viejo que no se diera cuenta de que algo fallaba en este asunto.

—Te quieren mientras les ganas dinero —sí, de acuerdo—. Pero tampoco sería lógico que te soportaran cuando eres un inútil. ¡Cuánta razón! ¡Cuánta verdad! ¡Leche...!

A Tófol se le agrió la hiel. Le condenaban alegremente a la vejez completa, sin paliativos; a la vejez vegetal y mineral de los paseos al solete de la mañana y de los bancos de la plaza. ¡Y los muy hipócritas pregonaban a los cuatro vientos que le estaban haciendo un favor! También dijeron lo mismo cuando le dieron el primer trabajo y, así, le enviciaron con la faena.

De golpe se lo quitaban todo y debía darles las gracias. ¡A descansar! ¡A la porra! ¿Cuánto le quedaría de vida? ¡Sabe Dios! ¿Cinco años? ¿Diez? ¿Veinte? ¿Por qué no veinte? ¡Tremenda vejez la del hombre dueño de sus horas! ¡Tremenda vejez la del anciano separado de los antiguos hábitos!

Por eso fueron muriéndose sus compañeros. Perdían interés. Adelgazaban. Pensaban demasiado en la muerte y se morían de aburrimiento y también, de pena al mirarse las manos tan temblonas y quietas y al probar las energías de sus piernas y al descubrir que poco a poco dejaban de ser ellos para convertirse en abuelos, en viejos... seres renqueantes y anónimos a la caza de sol y de resguardo.

Pero he aquí que En Tófol no quiso morirse. No le dio la gana. ¡Ca! Le soportarían si es que ya se habían olvidado de quererle, porque él era todavía un hombre y le gustaba ser respetado... aunque la gente —entendámonos— siempre abusa de los viejos.

Y En Tófol se puso a pensar en todas las cosas de su vida hasta que comprendió que por aquel camino se iba a la tumba; no por la nostalgia, no, sino porque resultaba que sus antiguas historias le dejaban frío. Los recuerdos le tenían sin cuidado y, todo lo más, le hacían sospechar que había hecho el maula demasiadas veces o que, a fin de cuentas, había sido hombre para nada.

Y se hubiera muerto, de veras. Se hubiera muerto del gran aburrimiento y y de la gran decepción que le entró cuando pudo resumir su vida en un "¡bah!" y en un par de anécdotas tan viejas que ya no hacían reír a nadie. Se hubiera muerto de seguir permitiendo que sus nietos le trataran como a una copa de cristal de Bohemia, y, también de muchas otras cosas.

Por eso lo envió todo a la porra y no se preocupó más de la edad. Blanqueó la casita de su viña. Se leyó los tomos de la Ilustración Ibérica; hizo jaulas de cajones y las llenó de conejos y, además, cogió la costumbre de pelearse con alguien al menos una vez por semana. Así, con el enfado le venía la alegre sensación de la vida por la vida, por la vida, sin más problemas que los inmediatos y sin más angustias que las palabras gruesas que escupían por la boca y las amenazas que dejaba caer sobre los que le rodeaban.

Pero también se hubiera muerto así. Cuando se es viejo no pueden hacerse cosas de muchacho durante mucho tiempo. Los músculos van mal, se "a-ga-rro-tan"; y hasta la cabeza más sólida se afloja porque las emociones son entonces menos del cuerpo y más del alma... ¡Qué fácil cazar a En Tófol...! ¡Qué fácil cazar a En Tóbal halgando su orgullo o quitándole años! ¡Qué fácil, pues, tenerle engañado. Y, luego, al descubrirlo, ¡zas!, muerto.

Así que se puso bien desnudo ante el espejo del armario y se toó los huesos por debajo de la piel lechosa (¿Por qué nos ponemos tan blancos los viejos?). Su imagen no era como para hacerse ilusiones. Nunca fue un tipo bien plantado pero, tuvo carne y músculo en los lugares precisos.. Ahora, en cambio, estaba seco, pálido, encogido y torpe. Al andar las piernas ya golpeaban con fuerza el suelo, ni la espalda cedía fácilmente al sentarse. ¿Más claro? Era una ruina o, en otras palabras, no estaba ya joven: por eso se habían librado de él en el trabajo; por eso le daban su poquito dinero esperando a que se muriese y dejara de ser un lastre.

¡Ay! Pero En Tófol estaba firmemente decidido a aguantar. El resistiría costase lo que costase, porque nunca fue hombre de hacer las cosas porque sí, porque los demás lo hubieran decidido (y, a ver: ¿qué es lo que la gente quiere que hagamos cuando nos retiran y dejamos de ser productivos, eh?). En Tófol era un cabezota y no se moriría así como así, porque ahora tenía la ocasión de llevar la contraria al mundo sin que nadie se atreviera a contradecirle. ¿Quién le diría "a ver si te mueres, viejo"? Nadie, porque eso suena mal, hace feo... ¡Que lo pensasen si les daba la gana!

Mañana a mañana, tarde a tarde, se bajaba al mar con la caña de pescar al hombro. Se tomaba todo el tiempo del mundo porque sabía que era viejo y que eso no tiene cura; y, también, porque no sentía el menor interés por volver a su juventud.

Nietzsche decía: "mido el poder de una voluntad por la cantidad de resistencia que puede ofrecer y por la suma de sufrimientos y torturas que puede resistir, haciendo servir esos sufrimientos y esas torturas para su propia exaltación". En Tófol se aplicaba el cuento y encontraba en su falta de fuerzas e incluso en su desilusión buenas razones para seguir agarrado a la vida.

Y, bien cerca de las orillas, lanzaba la armada al agua y se ponía a esperar al primer incauto pez. Mientras, el movimiento del mar le iba arrebatando la voluntad hasta sumirle en un trance hipnótico del que salía siempre más descansado y más conforme con las cosas del diablo que le tocaban. Luego, con un tirón de la caña, echaba a tierra la primera pieza, y encendía la pipa con yesca, un pedazo de pedernal y hierro forjado. Sí, porque En Tofol se había fabricado un enorme ritual de pequeñas cosas: el fuego de pedernal; las abarcas de goma, hechas por su propia mano; el sombrero con una plumita que cambiaba todos los días y hasta el saludo al sol del amanecer y la despedida al de los ocasos.

Pero lo más importante para En Tófol era, sin duda, el mar: le balanceaba todos y cada uno de sus años, tanto cuando tuvo setenta como cuando cumplió sano y tozudo los ochenta. El mar le encandilaba y, después de mirarlo toda la tarde, no sabía muy bien si era él o cómo había llegado hasta allí... y esto es muy bueno para sentirse contento sobre todo porque hay muchas cosas de las que arrepentirse en ochenta años.

Todo bien hasta aquí. Hoy En Tófol tiene ochenta y cuatro años, tres meses y doce días, y está en la cama: no quiere levantarse y es que verdaderamente está en las últimas. Por fin él mismo ha tenido que ceder y dejarse coger por la vejez, los pocos estímulos y el aburrimiento.

—¿Por qué no se va a pescar, Tófol? —le he dicho.

Él me ha mirado con sus ojos brillantísimos, lo único vivo de esa cara que me enseñaba rodeada de sábanas.

—Dicen que la vida vino del mar —se pregunta—. ¿Es cierto?

—Sí, creo que sí.

—¡Una leche! ¡Del mar...!

Jadea un poco porque anda agotado y se pone a hablar como pensando en voz alta.

—Hace diez meses que no me voy a pescar...

—¡Mal hecho!

—¿Sabe por qué? Porque los peces están enfermos; porque se han muerto casi todos y porque me han dicho que no queda mar ni para veinte años. ¿Es verdad?

—Al menos lo dicen, pero quién sabe...

Tófol se burla de mí con esos monstruosos ojos suyos de enfermo cabezota. Supongo que me ve como a un niño y que piensa para su caletre aquello de que: "como te ves, me vi; como me ves, te has de ver".

—Mire, hijo: del mar puede que viniera la vida y puede que no. Hoy en día de él vienen únicamente mariscos venenosos, pescado enfermo, bolas de alquitrán y plásticos, basura y cacas. Lo sé porque lo he estado viendo en los últimos años...

—No es para tanto.

—¿Que no? A veces ni me atrevía a vaciar la lumbre de mi pipa por miedo de que el mar se incendiara... Por eso dejé de pescar, ¿sabe? Porqué después de quitarme el trabajo y el cariño y las ilusiones y hasta la apariencia de hombre, también se me llevaron el mar para ver si así me moría de una maldita vez. Y lo han conseguido.

—No es verdad.

(En Tófol esta vez sí que se rió)

—No discutas con las personas mayores.

—Pero es que...

—Cuando seas viejo ya verás como tampoco tú quieres discutir con los jóvenes. ¡Valiente tontería!

Y cerró los ojos riéndose todavía: se le notaba tan tremendamente cansado; tan aburrido; tan decepcionado... Sin duda no le hacía ningún bien considerarse víctima del mundo, pero, ¿es que no tenía razón para eso?

Mucho más tarde, pero hoy todavía, En Tófol se ha muerto. Le hacían compañía varias personas pero En Tófol ha muerto solo, y con retraso porque, según los planes, debía haberlo hecho mucho tiempo antes.

¡Tenaz Tófol! ¡Cabezota Tófol! Gran Tófol empeñado en resistir a tanta y tanta modernidad acumulada contra él. "La vida vino del mar, ¿es cierto?" —me decía hace poco. Bien, sí; estamos de acuerdo, Tófol. Apuesto a que, de poder hacerlo, dirías también que la muerte viene del mar, y de las otras cosas que tan rápidamente enviamos al diablo, como, por ejemplo, los hombres viejos.


Publicado en el Diario Menorca el 7 de agosto de 1973.

Toni

Para Ana María Arias-Salgado Robsy


Un amigo castellano me escribe a propósito de la geografía:

"El mar, con ser tanto y tenerlo tan en torno, necesariamente os ha de marcar..."

Y así es cuando lo pienso. El mar define muchas veces el carácter de quienes le tratan íntimamente. El mar poner en ellos una alegría bulliciosa, en ocasiones irresponsable, en ocasiones delicada. O una nostalgia especial, tranquila, buena para andar por los muelles o recargar pacientemente, sobre un noray, la enorme cazoleta de la pipa vieja.

El humor del mar es muy distinto al humor de la tierra seca (para bien o para mal), más variado, lleno de color, gesticulante. Con él algunos hombres se defendían de los piratas o se dedicaban ellos mismos a la piratería. Y con él, hoy en día, otros recorren las islas viviendo a salto de mata.

He conocido a varios de estos aventureros del Mediterráneo, gente amiga de la risa, de la discusión y de los gritos, pues para ser hombre de mar el Mediterráneo exige menos sobriedad e introversión que el Cantábrico, y más acción chispeante y burlesca...

Estoy convencido de que estos aventureros no buscan la felicidad como los demás mortales; ni siquiera oyen hablar de ella más que en los seriales de la radio, pero la alcanzan, en ocasiones, a fuerza de no preguntarse muy a menudo por lo que son y hacen.

Tuve un amigo así. Se llamaba Toni y era hombre taimado y mentiroso. Tan bebedor como mala cabeza, toda su vida fue ir trampeando de aquí y de allá, soportar bien merecidos arrestos, estafar a quienes se dejaban y rodar por las islas y el continente a bordo de cualquier tipo de embarcación aunque, últimamente, solía enrolarse de cocinero:

—A mi edad —decía— hay que mirar bien qué se come.

Y ahí estuvo su error: que de tanto vigilar su régimen le faltaron ojos para atender a sus raciones de gin y de coñac y, por lo tanto, hoy ya hace años que se le llevó una enorme y bien ganada cirrosis. Descanse en paz Toni.

Pero Toni —dejando aparte su mal fin— tenía especiales virtudes. Por ejemplo, mantenía su cabeza igualmente clara en el centro de una noche aguardentosa y delirante que en la mitad de la mayor tormenta. Nadie le vería —además— comer a destiempo:

—Cada cosa a su hora y una hora para cada cosa.

A veces desaparecía. ¿Y Toni? ¿Y Toni? Los que le conocíamos de antiguo no solíamos preocuparnos del asunto: siempre regresaba. Eso sí: más delgado, más famélico, más sucio y barbudo, como esos gatos caseros que en febrero huyen del cómodo piso y vuelven, tras diez noches de amor desesperado y gritador, con el rabo entre las piernas y una vaga sonrisa de satisfacción sensual bailándoles en la mirada.

Nunca llegó a saberse con exactitud lo que era de Toni durante esas correrías intempestivas. Lo cierto es que jamás renunció a ellas ni a costa de un buen empleo y que sólo prescindió de sus fugitivas costumbres un par de veces en que la sociedad (y ciertas víctimas que le reclamaban dineros extrañamente prestados) creyó conveniente custodiarle durante algunos meses.

Iba y venía por esas islas como el viejo perro por su territorio. A falta de adecuadas esquinas donde levantar la pata y delimitar su cazadero, él utilizaba los bares como punto de referencia y hasta como domicilio social. Es decir que sus amigos le escribían a tal o cual bar y él, en medio de sus correrías, jamás dejó de recibir una carta, pues de Toni sólo sus amigos sabían donde solía beber, pero donde dormía fue siempre un secreto bien guardado, incluso en los buenos tiempos, cuando se pagaba una mediana pensión a la que jamás acudió a descabezar un sueño.

Era hombre de noches en vela; de esforzados trabajos a la luz de la luna, ya fueran galanteos o silenciosos contrabandos; de largas meditaciones al claro de luna mientras explicaba a algún jovenzuelo (como lo hizo conmigo) los secretos imprescindibles para triunfar en la vida:

—Sé siempre —aconsejaba— un buen hombre. Esto quiere decir: no le hagas daño a nadie. Pero tampoco dejes que te usen a su antojo: si les ves con esa idea, agarra lo que puedas y márchate para otro lado.

Y él, Toni, no fue un triunfador, ahora que lo pienso. Algunos dicen que por su mera culpa, por su mala cabeza, por su culo de mal asiento... Yo creo que Toni no tenía dónde triunfar...¿Cuál sería el éxito de un simple marinero? ¿Levantar y dirigir una naviera? Quizá, pero esto hubiera dado que sospechar. Por otro lado tenía un pariente suyo, un tío abuelo (o algo así) rico hasta el vómito (palabras de Toni), que jamás renunció a hacerle un hombre de bien.

Según el aire que soplaba Toni iba a reponer energías a casa de su tío; a recuperar un poco del peso perdido y también (todo hay que decirlo) a esconderse de las consecuencias de alguna de sus últimas trastadas. Entonces le veíamos (esto era en Mallorca) vestir trajes nuevos y discretos, con la corbata levantada sobre la nuez como una banderola, y llevar la cara colorada a causa del afeitado diario.

Luego huía. Le venían las ganas de mar o la furia de no ser como los demás pretendían que fuera o, como a los gatos, los amoríos intempestivos y escandalosos, y desaparecía. El pariente se sofocaba y juraba que jamás volvería a ocuparse de él. Los abogados redactaban otro testamento, y Toni, a las tres o cuatro semanas volvía a la vida como cocinero en algún chiringuito de playa en Ibiza o de vago (sí, vago) por los muelles de Mahón. Iba ya tan sucio como de costumbre y el traje aquel con el que huyera, discreto y bueno, hacía tiempo que fue a parar a las perchas de algún ropavejero.

Nos saludaba y se invitaba a un gin bajo nuestra responsabilidad. Pero invitar a Toni (que sucedía siempre) tenía algo de épico y de bien empleado. No sentía la necesidad de recordarte que eras tú quien pagabas, sino que te llenaba de agradecimiento por poder compartir todo un bar y una bebida con semejante personaje.

De lo pasado contaba aquello que le convenía, aquello que, si no le dejaba en buen lugar, le daba la razón al menos. Y, así, fumando y trasegando a nuestra salud, nos hablaba de largas e interminables noches de soledad; de impenetrables discusiones con su tío; de la necesaria rebelión contra el dinero del que te manda y las amistades del que te manda y las costumbres del que te manda.

Su teoría —curiosa, por cierto— era que todo el mundo quisiera (o quiso) ser como él. Que "Ser Como Dios Manda" o "Tener La Cabeza En Su Sitio" no eran más que fórmulas para ocultar el fracaso, la falta de ímpetu o como se quiera llamar eso que nos quita fuerzas para ser como deseamos.

Y estas palabras venían de un hombre de verdad fracasado. De un hombre que, a sus sesenta años, no tenía ni hogar, ni oficio, ni familia ni amigos. A él, sin embargo, no parecía importarle. Cuando necesitaba dinero se lo sacaba a cualquiera por las buenas (y se lo gastaba, por las buenas, con cualquiera). Pasado el invierno, ya estaba hecho lo más difícil y, así, en primavera le venía la vena poética junto con el trabajo y pasaba horas y horas filosofando alargado entre la yerba:

—Todo es semilla en este mundo —decía seriamente—. Los árboles lo son y también los actos. Cada cosa que hacemos provoca una nueva: es semilla. Y nosotros mismos, ¿qué somos más que un corpachón al servicio de nuestra semilla? Buena o mala, nos podremos engañar así o de otro modo, pero si trabajamos y nos hacemos ricos o nos da por la política o el arte o el amor, no es más que para procrear. Ya lo ves: por la semilla.

Y los que le conocían de muy antiguo entendían algo más que después nos explicaban a los más jóvenes: que Toni anduvo casado. Que Toni tiene una hija. Que Toni no es amigo de recordar esos episodios, ya porque su hija tiene motivos para avergonzarse de él, ya porque su mujer le salió "hueca" o "casquivana", o como se llamen las mujeres ligeras de cascos y de rápido galopar. Por eso Toni tenía una mala opinión de las mujeres y por eso jamás trató de verlas más que como "Maquinistas para la Noche", "Sacos de gemidos" o "Charlatanas indiscretas".

Y pienso que Toni no es fruto aislado. Hay más como él; camaradas suyos que, escapando de unos problemas, confundieron el camino. Y, sin embargo, había que verle a él al quinto gin, con la cara encendida y las manos como mariposas, expresando mundos propios. Llevaba la sal del mar en la piel y hasta le corría por las venas. La rebeldía, en cambio, era pacífica en Toni: jamás dijo algo en contra de los que vivían y pensaban de otra forma. Jamás se molestó en envidiar, puesto que sabía que él no podría hacer nada con lo que los demás lo hacían. Y, así, últimamente se veía viejo, temido por su carácter inconstante y jaranero, sin gente que le brindase su confianza y, a pesar de todo, seguía hablando de tal crucero hasta Grecia (mucho antes de la guerra) o de la primera vez que, huyendo de casa, se enroló de pinche. Y, luego, la nostalgia: cuando su madre agonizaba y él regresó a cuidarla y estuvo a su lado meses, vuelto al redil, para comprobar cómo otros hermanos se repartían la herencia en vida y hasta se amenazaban enseñando mucho los dientes y la edad.

No le importó más a Toni el mundo este donde los hermanos se vuelven desconocidos y los padres desaparecen sin que suceda cataclismo alguno. Él tenía el mar y las cocinas de los barcos y las noches de trifulca y olvido y hasta las misteriosas escapadas de las que regresaba sucio y arañado como un gato en celo.

En Palma le vi por última vez. Andaba yo con poco dinero y un viaje a dos días vista. Él, como de costumbre, me pidió algo, y le di los veinte duros que llevaba encima a sabiendas de que, con solo unos minutos, hubiese dispuesto de mucho más.

Toni dormía en el bote de algún amigo, en el puerto; comía lo que le venía a la boca y realmente mendigaba. Estaba al final de todo, comprobando como, aún con toda la libertad, el mundo se cae sobre los viejos. Y el lo era en cualquier aspecto aunque no había perdido sus ojos de diablillo tentador, ni los reveses de pelo blanco en las sienes, como brillantes y sorprendentes cuernos.

En un hospital le acababan de explicar que estaba muy enfermo, que no era cuestión de hacer esta vez el loco. Pero a Toni no le interesaba vivir más o menos y seguir para siempre en la calle, para siempre lleno de dolores y para siempre con unos problemas que nunca explicó, de manera que me tomó los veinte duros y quiso invitarme a una copa en el bar cercano.

Fue la última vez.

Alguien que también le conocía me dijo que murió en un hospital cuyo nombre no recuerdo. Por primavera, eso sí lo sé: cuando él solía pensar en las semillas de las cosas y quizá en la suya propia, en aquella especial que le llevó y le trajo del mar tantas veces, que le regaló el secreto de la aventura y le dejó, al final, a la puerta de una cama para morir, por fin, como nunca había vivido.

Uno se acostumbra mal a estas ausencias. Toni era un rufián, no me engaño; pero un rufián a la vieja usanza, todo simpatía y hasta respeto. Un rufián que ganaba batallas con su arte y su persuasión. Un rufián, en fin, de los que ahora —tiempo de rufianes— no se estilan ni se fabrican. Por eso suelo pensar en él cuando llega la primavera o me voy hasta el mar. Murió de cólico de libertad, supongo. O, quizá, murió de otros pícaros peores.

Habíamos empezado hablando de mi amigo el castellano, que me escribe a propósito de la geografía:

"El mar, con ser tanto y tenerlo tan en torno, necesariamente os ha de marcar..."

Ciertamente, pero hoy en día no abundan ya los espectaculares Toni, caídos en el bullicio de una vida que ni les va ni les viene. Toni, a través del mar, fue un vagabundo. Otros son conquistadores, navegantes, comerciantes o pescadores. Toni ya no es nada, pero a nosotros el mar sigue trayéndonos pequeñas historias:

El pescado caro, por ejemplo, es una de ellas; o las tormentas; el resplandor de las playas en verano y el turismo que se desparrama por ellas. ¿Qué decir de la escasez de billetes de avión en época punta, o de los retrasos del barco? Con el mar también nos vino la especulación del suelo o la destrucción del paisaje. O la Contaminación (con mayúsculas), en general, del medio ambiente.

Esto, sin embargo, da dinero a unos y a otros. Por eso voy a responder a mi amigo tal y como alguien me ha aconsejado:

"Con el mar hacemos negocio. Mucho más del que haríamos con gente tan homérica y desquiciada como Toni. El Mar está en venta: compra tu pedazo".

Ya veremos.


Publicado en el Diario Menorca el 14 de agosto de 1973.

La parábola del último

Para Elena Arias-Salgado Robsy


Cuando desperté nadie quedaba a mi alrededor. Todo había terminado, aunque no sabía muy bien en qué pudo consistir ese todo. Simplemente regresé del sueño como cada mañana. La boca pastosa me daba el informe general sobre mi cuerpo y me recordaba el festín de la noche anterior. Los ojos, entrecerrados todavía, me enviaban turbias imágenes del mundo. Las manos... bueno: las manos: sirven siempre para lo mismo al despertar: para rascarse y taparse los bostezos de la boca.

Un detalle más: estaba solo. Y esto lo supe nada más emerger del pegajoso sueño: fue una sensación automática como de despertar y saber que estás despierto. Bien: yo estaba, además, solo y no había remedio para ello. Debo avisar que, en un principio, me pareció de perlas.

He aquí que hoy no tendría que acudir al trabajo, por ejemplo. Para después, le había prometido a mi mujer llevarla de tiendas... ¡Imagínense! Dos o tres horas de inaplazable aburrimiento, diciendo que sí y esforzándome por atender a los dibujos y colores de los vestidos que ella me enseñaría. Dos o tres horas de viril soledad en lo profundo del más femenino de los mundos... También estaba el asunto del dentista, para el que tenía hora: ya no me dolía la muela que había que extraer, de modo que era bendición del cielo esto de haber despertado solo, solo, solo.

Vagueé cuanto pude en la cama. Probé todas las posturas del lado derecho y luego hice de ellas una versión libre en el izquierdo. Me abracé a la almohada. Me la puse, por fin, bajo los riñones y quedé todo lo arqueado que me permitió mi pobre columna vertebral. Repasé a tientas con el índice cada una de las molduras de la cabecera. Me destapé y me volví a tapar. Encendí un cigarrillo y pensé en la vez en que quemé todo un colchón y parte de mi codo. Entonces reconocí que me aburría y me puse a gritar.

Gritar es un placer que muy pocos hombres de nuestro tiempo conocen. Y no me refiero a esas personas que hablan subiendo mucho la voz, ni a las histéricas mujeres que tienen un disgusto. Al decir gritar pienso en todos los hombres herméticos, atrapados por la rutina de un trabajo y unos hábitos, encerrados en pisos de papel donde se impone hablar en tono menor para evitar que el vecino nos responda. Me refiero a todos esos hombres que se tragan la cólera y el dolor y que no se conocen el grito, salvo en aquella ocasión en que cantaron delante de unos vasos altos:


Asturias tiene la fama
de las mujeres bonitas
del vino y del aguardiente;
y de los hombres valientes


Porque en España, una vez comidos y bebidos adecuadamente, los hombres son asturianos sin excepciones...

En fin: que grité y que en el grito encontré la primera sorpresa y el primer entretenimiento. Nos sabía la fuerza de mi voz. Grité en el dormitorio; y en el baño después; y en el comedor, en la cocina, mientras me iba bebiendo la botella de leche. Grité, por fin, sobre la desierta calle:

—¡Aeoh! ¡Aeoh! —nadie respondía. Ni el eco, porque las ciudades no lo tienen: el eco es patrimonio exclusivo de la naturaleza y de los estudios de grabación.

—¡Aeoh! ¡Aeoh! —aburrido ya. Cuando uno grita quisiera fastidiar al menos a media docena de malandrines surtido y no quedarse así, sin respuesta, sin la atención de nadie que se sienta ofendido.

Abrí el balcón y salí tal como estaba, en calzoncillos. Se me ocurrió, para pasar por el cuello tanta y tanta soledad, jugar a hombre importante:

—Os agradezco —dije a los adoquines de la calle, a las farolas y a los ladrillos de las casas fronteras—, os agradezco en el alma este inmerecido homenaje. Yo, como todos sabéis, únicamente soy un hombre sincero. Donde vi podredumbre dije: ¡Podridos! Donde encontré bandidos dije: ¡Ladrones! Donde...

Aquí se me atravesó la frase y grité de nuevo. Grité lleno de rabia y angustia y, sobre todo, lleno de miedo; empezaba a comprender cuánto bien nos hacen las discusiones mañaneras con la mujer; los follones del tráfico; los insultos escupidos ventanilla adelante y el rumor mecánico de la ciudad en marcha. Ya no tenía nada de eso y, en consecuencia, gritaba asustado. Gritaba porque en mi situación era absurdo hablar: nadie escuchaba ya y, sobre todo, nadie no-escuchaba, que es a lo que estaba habituado.

Al afeitarme, la maquinilla eléctrica me trajo el consuelo del ruido; la vibración amiga contra la piel tibia de mi cara; el runrún monótono de las cuchillas contra mi pelo: el calor de ciento veinticinco voltios hablándome de la mañana y del tiempo y de la vida...

Y sin embargo debía gritar... Era lo correcto. No podía seguir siendo el mismo en mitad de un mundo solitario. No lo deseaba, además. La vida es como un disco rayado: se repite y, a veces, nos molesta por eso. Pero cuando se sale de sus cauces normales, cuando es enteramente nueva y distinta y desconocida, entonces, el grito. El grito, igual que el niño recién nacido; como el hombre que definitivamente muere: el grito...

En la calle los chorros de soledad alcanzaban todos los rincones. Ni en las noches más oscuras es posible imaginar algo así: sabemos siempre que alguien (millares de personas) duerme cerca de nosotros, que respira, que sueña. Aquí, en cambio, todo adquiere la categoría de enemigo. Las cosas están contra nosotros. Se rebelan e inician una revolución contra nuestra opresión humana... Las cosas.

Subí al coche y recorrí la ciudad. Iba tocando continuamente la bocina, y con la primera puesta, para que el motor del coche atronara toda la soledad. Por último, y para evitar el grito, canté a todo pulmón. Aún lo recuerdo:


En un delicioso lago
de verde y frondosa orilla,
en una frágil barquilla...


Pero me sentía definitivamente perdido; absolutamente a merced de mi silencio: la compañía, más que proximidad, significa conocer que alguien, en un momento dado, puede oírte y puede ayudarte. Justo lo que me faltaba a mí. Por eso debía protegerme contra el olvido de mi propia persona, contra la mudez y, por lo tanto, contra la animalidad que poco a poco me poseería.

—Buenos días —le dije a una farola— ¿Cómo está usted? ¿Ha dormido bien?

—Muy bien, gracias. ¿Y usted? —me contestó.

—De perlas —dije sin fijarme en lo estrambótica que puede resultar una farola parlante—. Hace un día magnífico.

Más adelante, un buzón me sonrió:

—Poco trabajo hoy, ¿verdad? —le dije.

—Poco, sí señor. Los días de fiesta son muy necesarios.

—¿Los días de fiesta? Creí que hoy era martes.

El buzón, milagrosamente, consiguió sonreír un poco más todavía. Se burlaba de mí y comprendí que, de algún modo, me odiaba:

—Mañana será martes.

—Pero ayer era lunes.

—Sí, ayer. Es que hoy es un no-día. Es el día de las cosas.

—¡El día de las cosas! ¡Huy! ¡Huy! —dijo un cubo de basura abandonado sobre la acera—. Uno cada siete es poco: debiéramos quejarnos al sindicato.

Asombrado, no acababa de comprender el asunto, de modo que una máquina de escribir me llamó desde la ventana abierta:

—Discúlpelos —me dijo—. No están familiarizados con su mundo.

—¿Qué es eso del no-día?

La máquina de escribir sonrió de una extraña forma con su teclado.

—Ustedes los hombres —explicó— trabajan seis días y descansan el séptimo, ¿no? En cambio, nosotras las cosas, no, porque nos utilizan constantemente. ¿Cuál es el descanso de una bombilla? ¿Y el de un cenicero? ¿Y el de una baldosa? Pero el mundo se rige por inmutables leyes, y por eso también nosotros tenemos nuestro no-día para descansar libres de los hombres. ¿A santo de qué se imaginan que su mundo febril resiste? Si no fuera por esta vacación semanal, otro gallo les cantaría.

—¿Y yo? —dije— ¿Cómo he llegado yo a este no-día?

La máquina de escribir lo pensó un buen rato y luego cambió de tema. Se la notaba divertida con mi ignorancia:

—No lo sé —dijo al fin—. Presente usted una queja y, sobre todo, no utilice ninguna cosa: podrían demandarlo.

Grité de nuevo y esta vez de pura angustia: he aquí que había quedado atrapado en el universo de las cosas. ¿Hasta cuando? ¿Para siempre? Es tremendo vivir rodeado de objetos sin alma, empeñados en imitar torpemente las costumbres de los hombres.

Y grité. Ellas, las cosas (las terribles y frías cosas) se rieron a mi alrededor. Mi coche, un modelo del setenta y dos, se puso a seguirme mientras me maldecía:

—¡Miradle! —decía—. Toda la vida la ha pasado regañándome sin tener en cuenta mi poca edad, exigiéndome esfuerzos que él mismo era incapaz de realizar... Ahora está sólo. Sólo.

A mis pies, un adoquín me insultó:

—¡Canalla! —escupió—. ¿Quisieras que todos te pisaran? ¡Hombre! ¡Maldito!

Una moto comenzó a perseguirme:

—¡Corre ahora! —gritaba—. Pin, porrón, pon (hacía su motor de dos tiempos) ¡Llévame! ¡Carga conmigo! Sólo quiero andar unos pocos kilómetros.

Una máquina tragaperras, de esas de tabaco que nunca devuelven el cambio, me lanzó a la cara un chorro de monedas, y cada moneda repetía:

—¡Sorpresa! ¡Sorpresa! Ahora seremos nosotras las que te gastemos.

—¡A ver! —decían atrás—. Un refresco de medio hombre. Un bocadillo de hombre y medio.

Entonces todas las cosas vinieron hasta mí. Me amenazaban con sus insensibles cuerpos llenos de odio. Me amenazaban por ser yo hombre y ellas sólida materia. Y tuve que huir por las calles y refugiarme después en casa. Por las escaleras me perseguían los peldaños y me mordían los pies con la contrahuella.

—¿No nos pisabas ayer? —rugían— ¡Pues toma!

Grité en la terraza y, por último, caí. Caí gritando.

Desperté de nuevo en mi cama. Nadie quedaba a mi alrededor y supe que estaba solo. Las sábanas desiertas conservaban la huella de mi mujer ausente. A mi alrededor el mundo permanecía silencioso.

Salí desnudo al balcón a enfrentarme con las calles solitarias:

—Os agradezco este inmerecido homenaje —les dije.

Y grité. Y grité. Y volví a gritar... ¿Me entienden?

Diez no-días han pasado desde entonces y yo sigo atrapado en este mundo de las cosas. Me parece que llevo toda la vida en él. Y, mientras, las cosas cada vez me persiguen más de cerca, cada vez me maltratan más y más... Un día de estos me atraparán por fin y entonces... Un día de estos...

O, mejor, un no-día.

¡Auxílienme!


Publicado en el Diario Menorca el 21 de agosto de 1973.

El viejo y la niña

Para María José y Gerardo


"Son otros tiempos donde el tiempo no parece no importar". — Oliverio Quintana.


El turismo siempre es una pobre solución a los problemas porque éstos se enquistan ardientemente bajo la piel y esperan con paciencia la hora ésa en que nos quedamos solos en la habitación del hotel o cuando, adormecidos, levantamos las fronteras entre actualidad y pasado.

En este sentido El Viejo era profundamente desgraciado a pesar de su máquina fotográfica colgada del hombro apaciblemente, a pesar de su sombrerito de palma, a pesar de sus brillantes pantalones veraniegos, a pesar de sus playeras blancas bien ajustadas a los pies y a pesar de sus paseos por ciudad y playa en busca de extraños opios que le descansasen.

Corrían los días de julio, cuando las orillas del mar empiezan a alcanzar su punto de saturación y el cielo es un espejuelo azul de aguas tranquilas e insípidas. El Viejo había venido a la Ciudad con su inevitable máquina fotográfica, con sus brillantes pantalones de verano y sus blancas playeras bien ajustadas.

Las ciudades tienen algo de cruel; algo de soledad mal compartida y peor respetada; algo de malsana curiosidad donde la gente busca a sus vecinos sólo para encontrar ejemplos de estolidez o apatía mayores que propias. Las ciudades tiene enormes bocas de asfalto que todo lo devoran, y no hay que dejarse engañar si vemos tal parterre de verde intento o tal macizo de flores coloreadas: sigue siendo La Ciudad y, por lo tanto, una Amenaza para corazones y sesos.

El Viejo, después de la visita a los lugares famosos con la fama de lo antiguo, caminaba a la ventura, medio perdido a través de callejuelas y glorietas a merced de su historia. Por ejemplo, Maud, que debió acompañarla, pero no. No cincuenta veces; cien veces no. Ella tuvo que irse mucho antes. Ella tuvo que definir al mundo por cuenta propia y, por lo tanto, en el mundo estaba especulando con diversas libertades.

A medias sonriente con el incipiente sudor corriéndole por las sienes o por el canal oscuro de sus pechos, la Niña entró en la cafetería donde debían reunirse los amigos. Traía el ceño un poco herido, seguramente de fastidio, pues quedó con Paco en encontrarse en los bancos del parque y, nada. No había llegado Paco y lo peor es que la tuvo más de veinte minutos bajo ese sol de justicia que entre grupo y grupo de luz le levantaba los nervios hasta lo más alto de la cabeza.

Ganas tuvo incluso de llorar. De llorar de rabia, de frustración, no precisamente porque Paco la hubiese plantado, sino por las absurdas coincidencias. ¿Por qué cada vez que la Niña hacía un plan algo tenía que surgir para desbaratarlo? ¿Por qué cuando establecían un horario para las excursiones siempre se retrasaban algunos o, simplemente, no podían acudir? La Niña odiaba lo inesperado precisamente porque se sentía víctima del azar y, de poderse conseguir, hubiera aceptado gustosa el papel de Rectora Universal: bajo su estricta planificación nadie se retrasaría, nadie tomaría por su cuenta decisiones de última hora; nadie...

Llegaba con sed a la cafetería. Al fondo, en la Buena Penumbra, descubrió a Juan Antonio, a Maribel y al mismísimo Paco. No supo si enfurecerse. La Niña llegaba agotada y lo mejor sería echar al olvido los nervios absurdos que el sol le levantaba. Paco y Maribel, sin embargo, tenían una explicación al alimón:

—Resulta —decía Paco— que nos encontramos al subir... Iba un poco retrasado y me imaginé que...

—Se lo dije yo: que tú regresarías pronto del parque y que él...

—...no necesitaba subir hasta allí.

—¿Te has enfadado? —preguntaba Maribel con una sonrisa.

Y Paco:

—Sólo hace un momento que hemos llegado. Nos hubiéramos cruzado por el camino.

La Niña decía que sí con la cabeza y sonreía quitándole importancia al asunto. Pensaba que si manifestase toda su cólera los demás creerían que éstas eran cosas de niña, de jovencita desproporcionada y todavía sin cuajar (pese a pechos, muslos y caderas de mujer).

—No me he aburrido del todo —explica—. Resulta que...

¿Qué es lo que podía buscar Maud realmente? El Viejo no lo sabe. El mundo, por supuesto, se ha ido haciendo complicado desde que él nació. Sus recuerdos de niño son irrepetibles hoy en día. Ya nadie anda a pies descalzos por los campos de helechos ni se tiende, en mitad de la noche, a imaginar largas pláticas con estrellas y duendes. Además, los niños ya no creen en eso, ni en las hadas, ni en dragones y príncipes y hasta los solemnes caballeros de Walter Scott les parecen pobres e ignorantes pisaverdes. Los niños creen en su Majestad el Átomo, en su Alteza Real la Libertad, en sus acólitos, los Grandes y Pequeños Científicos y, por último, en los automóviles veloces y en la Injusticia Generacional.

Maud era así. Debió acompañarle en aquel viaje por las Cálidas Tierras del Sur, pero Maud se fue antes encadenada a sus particulares espejismos. ¡Claro que El Viejo también los tuvo en su juventud! Menos intensos, desde luego, pero todos los hombres y mujeres han sabido sentirse desgraciados y metafísicos mientras el cuerpo, que aún se forma, no les trae problemas de dolor y de angustia, ni les recuerda todos los días que llevan en su interior a un futuro e insensible cadáver.

Maud descubrió el amor durante la secundaria. Después, herida sin saber de qué, fue a vitorear a los Beatles y a mesarse la brillante melena delante de cadenciosas músicas. Por último se planteó el problema de la contingencia: ¿cómo hacer para que Maud fuera más y más ella misma? ¿Cómo dar mayor dimensión a su cuerpo y a sus ideas? ¿Cómo evitar ser una de las estupidillas manufacturadas que sueñan en marido, hijos y electrodomésticos y esperan a principio de mes para comprarse tal vestido estampado del que se enamoraron un par de semanas atrás?

Entonces Maud dijo que la libertad es para los jóvenes y se fue. Maud descubrió la conjuración de los Hombres Viejos que intentaban envejecerlos a ellos prematuramente. Maud vio la superchería de los Hombres Ricos que vendían —después— comprimidos de Juventud a los vencidos por la vida: ropas, músicas, automóviles, alcohol... Y Maud no quiso respetar las reglas del juego y se fue a ser libre por esos mundos de Dios, a estar cada día en un camino diferente y a romperse el alma tantas veces como le apeteciera, ya con el amor, ya con el hambre, ya con la soledad.

Pensaba en la vida abierta, en límites enormes, más que el mar o el cielo. En misteriosos secretos que estrellas o libros en rústica revelarían. Por eso Maud se fue a ser desgraciada de otra forma y El Viejo se quedó, más solo que nunca, recogiendo devotamente en una habitación los vestidos de Maud, aquel primer sostén que tanta prisa tuvo en comprarse; las muñecas de caucho y plástico que tan rápidamente abandonó; el vestido que llevó al baile de fin de curso y que tantos berrinches había costado a todos, porque determinadas tablas no acababan de caerle a su gusto; los vaqueros rasgados con los que un día regresó a medianoche, toda manchada de sangre, balbuciendo incoherencias acerca de los automóviles, los chicos y los borrachos. Pero entre tantos recuerdos al Viejo le faltaba la real presencia de su hija, el calorcillo de su cuerpo bien construido, y hasta las interminables discusiones por la noche, que no conducían a ningún sitio determinado.

Maud dio en la Libertad y ahora El Viejo ha emprendido este viaje solitario porque, a fin de cuentas, su propia vida y la de su hija son, esencialmente, otras y vive cada uno la suya. Él, por lo tanto, pretende distraerse, tomar fotos que luego enseñará a los amigos, ponderando cada lugar y cada belleza. También, claro, hay otro motivo: ¿y si un día, en la playa, al doblar una esquina, en la carretera, se encuentra con Maud? Ella está en el mundo; él, también, y podrían coincidir. Entonces... pero estos son sueños del Viejo que se ha detenido en el parque, a la sombra de las sabinas, y jueguetea con su máquina fotográfica sin reparar en nada particular...

(La Niña termina de dar cuidadosas instrucciones al camarero de la cafetería: una tónica sin limón, con dos pedacitos de hielo, con una parte de ginebra por media de ron blanco. Enciende el cigarrillo que le ofrece Juan Antonio y se entera vagamente de que Paco recita unos versos de José Martí, el patriota cubano. Son versos que se han hecho famosos encaramados a una melancólica canción:


"Mi verso es de un verde claro
y de un carmín encendido:
mi verso es un ciervo herido
que busca en el monte amparo".


Luego La Niña, todavía un poco metida en iras, recuerda el plantón en el parque...

—Allí estuve —dice confidencialmente a Juan Antonio— veinte minutos como veinte soles, esperando a ese descastado. No hay quien aguante el sol de verano: enseguida te echas a sudar y luego hueles que da asco.

Juan Antonio, para su caletre, piensa que el aroma del sudor reciente de La Niña es un afrodisíaco más con el que hay que contar, una de esas excitantes esquinas que te reservan los cuerpos de las muchachas, porque Juan Antonio es un Epicuro de los Tiempos Nuevos y sabe que todo, hasta el sudo, tiene importancia a la hora del placer.

—Había un viejales por allí, ¿sabes? —continúa La Niña—. Uno de esos extranjeros coloradotes que parecen siempre tan felices y a gusto de puro carcamales que son. Andaba tomando vistas con su máquina fotográfica y yo estaba al tanto, no me fuera a sacar a mí para presumir de conquistador llegado a su tierra. Luego, mirándole, me di cuenta de que estaba medio perdido. Ya sabes: se olvidaría el plano en el hotel o no entendería lo que había escrito. En esto se sentó en un banco y se quedó quieto, abatido, como si algo le hurgase las tripas y él tuviese mucho dolor y mucha vergüenza de confesarlo. Era uno de esos que, a fuerza de quemados, parece que tienen buena salud, pero el color del sol engaña mucho. Yo no sé sí...

—Anda, Niña, calla de una vez —la interrumpe Maribel—. ¿Qué nos va a nosotros tu anciano triste? Termínate tu "Gin Tónico", que en cuanto llegue Alberto nos las piramos.

La vieron hace poco. En Berna. Eran amigos del colegio y la reconocieron. Estaba más delgada, la pobre Maud. Como triste: bien lo vio el viejo en la fotografía que le tomaron sin que se diese cuenta.

Nada. No había encontrado nada, salvo a un tipo llamado Jorge, con más conchas que un galápago, y una guitarra. Ni rastro de la Libertad. Había tirado a la papelera palabras como "realizarse" o "proyección". Los horizontes, en lugar de crecer, se habían hecho más pequeños, como sus alegrías o su tranquilidad. El mar, los lagos, los ríos, los Nuevos Caminos, resultaron tan falsos como las ciudades que tienen Boca de Asfalto y, sin embargo, la habían encadenado y arrastraban a Maud sabe Dios hasta donde.

Se drogaba. Eso le dijeron, al menos. Nada importante todavía; nada de pinchazos y jeringuillas: marihuana solamente, rama como le llaman ellos, "mogrollo"... Pero se drogaba para buscar la libertad. Se drogaba porque no soportaba a Jorge, ni a ella misma, ni a los demás infelices mortales...

El Viejo no quería pensar más. El Viejo se sabía de memoria todas estas historias y otras igualmente parecidas. Los tiempos que cambian y la gente que, aún creyéndolo, no lo hace. El choque, pues. La frustración, que se dice. Y todo se resuelve en un querer y no poder. Maud, por ejemplo, tratando de tomar el cielo por asalto jurándose que no cree en él. El Viejo, marchándose de casa con los problemas mismos enquistados bajo piel y atesorando recuerdos en la máquina fotográfica para combatir a esos otros que guarda en la habitación que fue de su hija. La nada, en suma.

El Viejo repara entonces en el periódico ya leído que tiene en las manos y se levanta hasta la papelera cercana para tirarlo. Entonces ve a La Niña: sola, sudando puede que del sol, puede que de libertad mal soportada. La Niña también le mira y saca cigarrillos y mechero para encender...

La Niña ha terminado su Gin Tónico y Alberto aún no aparece. Sujeta el brazo de Juan Antonio y recuerda que no acabó de explicarle el plantón de Paco.

—Fue divertido —dice, sin explicar a qué se refiere—. El Viejo se levantó a tirar un periódico a la papelera. Luego se me acercó. Yo fumaba hecha una furia, como te puedas imaginar. Bueno, pues se puso a mi lado y muy correcto va y me dice: "no haga eso, señorita". Tenía una media lengua graciosa, pero se hacía entender. "No haga eso" —me dice—. "La libertad está en otra parte". ¿Vosotros lo entendéis?

Maribel se encoge de hombros:

—¿Qué tendrá que ver la Libertad con los pitillos?

Juan Antonio opina que El Viejo será miembro de alguna asociación antitabaco.

La Niña en fin se desentiende del asunto. Alberto llegará enseguida y podrán irse de una vez.

—¡Qué raros se hacen los viejos! —comenta.


Publicado en el Diario Menorca el 28 de agosto de 1973.

El primer herrero

Aquellas viejas historias que la tele asesinó...


Hubo un tiempo en que Menorca no era nada. El Mediterráneo era un juvenil mar, más amigo de los díscolos vientos y de las turbias nubes que de cobijar a los hombres. Sólo algunos pescadores se aventuraban por sus riberas dispuestos a medirse con el joven mar desde la tierra: así nacieron los boliches y los palangres, ciertos tipos de nasas y las cañas de pescar.

Pero esto era insuficiente y el mar lo sabía y sonreía feliz en las crestas de sus más impresionantes olas: el hombre tardaría muchos, muchísimos años en aventajarle.

Hubo pues, un tiempo en el que Menorca no era nada. Su lugar lo ocupaban las espumas mediterráneas, los desbocados vientos, las lluvias del otoño y las familias de los animales marinos. Solamente mar y mar, sin tierra verde, sin algodonosos bosques de pinos, sin hombres sudando sobre los arados y sin calafates encaramados a las volcadas barcas.

El rey Pons, que buscaba reino, se asomó un día a las orillas del continente, al lugar preciso en que la piedra cede al mar violento y es arena y barro. Le alucinó el Mediterráneo; le llenó el alma de sal y, con la sal, de verdosas semillas de viento del norte y de prolongados espacios.

Y Pons ya no quiso ser rey más que de las olas y la espuma. Ya no quiso los imperios de la tierra firme, ni las fuerzas de la piedra, y pensó en Menorca, pero Menorca, amigos, no existía. Menorca no era nada: ¡Pobre rey Pons a punto de naufragar con sus ilusiones!

Pero el rey Pons, que buscaba reino, rodeó el mar y conoció a todos los hombres que vivían en sus orillas. Habló con los corredores de caballos de mar, con los pastores de delfines, con los inquietos buscadores de ágatas, con los tostados olivareros y hasta fue amigo de Festos, que por aquel entonces comenzaba a manejar los primeros rojizos metales.

Un día conversaban los dos sobre el risco que dominaba la bahía. A sus pies el joven Mediterráneo rugía placentero y desafiaba como siempre a los hombres.

—Ya lo ves —dijo el rey Pons—. Estoy llamado a reinar sobre él, pero no sé aún el modo.

Festos miró al Mediterráneo y, enfadado, le lanzó una piedra con toda la fuerza de sus sólidos brazos. El joven mar se burló de él.

—¿No sabes cómo?

—No.

—Yo te lo diré: clávale una espada al mar.

El rey Pons sonrió con desesperanza. Abrió los brazos con gesto de desaliento y puso los ojos en su amigo.

—¿Qué clase de espada? Un mar no se rinde tan fácilmente.

—Ni un rey de hombre tampoco —explicó Festos—. Ve tranquilo porque yo forjaré para ti la espada que necesitas para sostener tu reino.

Y en aquel mismo momento Festos encendió su colosal fragua y sopló su fuelle hasta que las intensas llamas oscurecieron la luz del día de puro brillantes. Tomó el broncíneo martillo y se dispuso a complacer al rey Pons, su amigo que buscaba reino en el mar.

Ochenta años tardó Festos, el primer herrero, y los charcos de su sudor formaron verdaderos ríos que aún perduran en la memoria de muchos hombres. Durante ochenta años su martillo atronó las colinas batiendo rebeldes metales y castigando las formas caprichosas, porque él hacía la mejor espada de sus tiempos y de los que vendrían después.

Mil montañas arrasó para extraer el estaño y el cobre de sus entrañas. Secó cien ríos templando en sus aguas los metales al rojo. Y forjó una bella isla, ni demasiado grande para la autoridad del rey Pons, ni demasiado pequeña para su dignidad. Rica en parte y en parte pobre, para que sus habitantes fuesen ricos y pobres y necesitaran de un rey que defendiera a unos de otros.

No olvidó los profundos huecos donde sujetar la tierra, ni las tremendas armazones para insertar colinas y montañas. Marcó los cauces de los torrentes que las lluvias formarían y dibujó con precisión los acantilados que tendrían que herir profundamente al juvenil y bravucón Mediterráneo, que aún seguía desafiando a los hombres desde las orillas.

Determinó el lugar de las playas, donde los pescadores deberían trabajar y construyó sólidos puertos capaces de quitar al mar toda su bravuconería. Y, en lo profundo, puso los depósitos de agua que sólo deberían rellenarse al cabo de cien mil años.

Ochenta años empleó en esto. Ochenta años cabales, el mejor bronce y el más helado hierro. Y, cuando vio su obra terminada, sonrió y la sacudió para probar su resistencia, y mandó llamar al rey Pons, que aún seguía buscando por las orillas su camino hasta el reino del mar que soñaba.

Y cuando regresó el rey, le mostró su isla reciente, todavía con el brillo de los últimos martillazos.

—Aquí tienes tu espada.

—¡Una isla! —exclamó el rey.

—Una isla, sí. Clávala en medio de este bullicioso mar y tendrás el privilegio de enseñarle la primera lección.

—En el centro... —murmuró pensativo el rey.

—¿Qué te ocurre?

—Pienso en cómo llamarla. Las espadas de los héroes tienen gloriosos nombres; más deben tenerlos las espadas de los reyes si, además, son islas.

—Llámala Menorca —sugirió Festos.

—Menorca, sí... Tú y yo guardaremos el secreto de lo que significa y así perdurará su magia.

El rey Pons la imaginaba ya clavada en medio del mar, cubierta de tierra y piedras, verde, quieta, eterna. Y la veía poblada de especiales hombres que ararían los campos y podarían los árboles y lucharían contra el mar desde su mismo centro. Pero... ¡Qué desilusión! Festos había hecho su trabajo en vano: ¿cómo llevarían la espada hasta el mar? Nadie podía navegar aún por el Mediterráneo, porque era un joven océano y no estaba dispuesto a descansar por el momento.

—De nada sirve la espada si el enemigo está lejos —musitó.

Festos, el Primer Herrero, le comprendió e hizo sonar su gran caracol hacia el Norte y hacia el Sur y hacia el Este y hacia el Oeste. En el acto acudieron todos los domadores de caballos de mar hasta él.

—Sólo los domadores de caballos de mar se atreven con el Mediterráneo —dijo Festos—. En ellos debes confiar.

Y los Domadores eran hombres recios, canosos ya, porque el negocio iba a menos y la juventud se interesaba por otras cosas. Ellos habían pasado la vida soportando las bravatas del Mediterráneo; querían ayudar al Rey Pons en esta aventura; deseaban ser quienes clavasen al descarado mar aquella formidable espada de bronce y hierro que era la nueva y reluciente Menorca.

Festos les enseñó su obra acabada y perfecta. Les hizo andar interminables horas por su superficie, escalar las montañas, deslizarse por las colinas y palpar la dureza de las aristas vivas de los acantilados. Los Domadores de caballos de mar se asombraban y sentían que era preciso conducir la isla hasta el centro del océano para dominarle por completo.

—Nosotros la llevaremos —dijeron. Nuestros caballos son los mejores y los más entrenados.

Y, desde lejos, el Mediterráneo al oírles se reía y levantaba las espantosas olas de su fuerza y de su ira.

Los Cíclopes, ayudantes de Festos en su fragua, fueron los encargados de transportar Menorca hasta la orilla y dejarla meciéndose tranquila en las poco profundas aguas. El rey Pons lo miraba todo desde los altos riscos y se notaba feliz el corazón.

—Mira por dónde —decía— mi reino del mar está cercano. Mira por dónde la historia me recordará como el rey de lo imposible.

Luego fue conducido a la isla y se sentó en el alto acantilado que hoy se conoce como el Esperó, en la Mola de Mahón. Desde allí observó como el los caballos de mar era uncidos a los enormes yugos de coral por sus Domadores, y comenzaban a tirar y a mover lentamente la recién fabricada Menorca, pues el Mediterráneo se oponía con todas sus descomunales fuerzas.

Así navegó la isla por el mar, arrastrada por los esbeltos caballos y conducida por los vigorosos Domadores; y su viaje duró meses y meses, pues el Mediterráneo pidió ayuda a las tenebrosas Nubes y a la violenta Lluvia y, por último, a su amigo del alma, el pensamiento del Viento Norte. Y, sin embargo, vencido, desesperado, tuvo que permitir que Menorca continuara impasible su camino.

Por fin el Rey Pons halló el lugar que soñaba. Lejos del continente, pero cerca de beneficiosas corrientes, ocupado todavía por las deslumbrantes espumas mediterráneas, por las brisas del atardecer y por las felices sirenas.

Los Domadores desengancharon sus caballos y contemplaron al Mediterráneo, dominado por primera vez, que les rodeaba con su severo ceño fruncido. Bajaron después a las profundidades para asegurar los cuatro pies de la isla y, todos juntos, vinieron hasta el rey.

—Rey Pons —le dijeron—. Te hemos servido eficazmente y he aquí que ya tienes tu espada clavada en el centro del mar. El Mediterráneo ha sido finalmente herido. Te pedimos nuestra recompensa.

—Decidme cual —ordenó el rey, agradecido.

—Déjanos permanecer aquí. Permítenos ser los primeros pobladores de esta mágica isla. En nuestras tierras, antes de aprender el arte de domar caballos de mar, aramos campos, sembramos trigos y talamos árboles... Te seremos útiles.

Y el rey Pons dijo que sí porque admiraba a aquellos bravos hombres que tanto le ayudaron y estaba satisfecho de aceptarlos por súbditos. Pero recordó entonces que no había mujeres entre ellos y que, por lo tanto, nada conseguiría para poblar su nueva tierra.

—Ya lo hemos pensado nosotros, rey Pons —le contestaron—. Y hemos visto que las sirenas de los contornos acuden a tomar el sol en las hermosas playas de tu isla. Las capturaremos.

Y tendieron espesas redes en Son Bou y en Cala Galdana y en la incomparable Cala Blanca y en Pregonda y en el Arenal d'en Castell y cazaron tantas sirenas como domadores eran. Y de ellas tuvieron hijos que roturaron los vírgenes campos y que aprendieron las artes de la navegación. De entre ellos salieron los grandes carpinteros de ribera, los famosos piratas y los míticos constructores de talaiots. Y el rey Pons tuvo su reino, el mismo que soñó a las orillas del continente cuando era también joven y buscaba las tierras que le estaban destinadas.

Y, ¿qué quedó de aquellas sirenas que se casaron con los domadores? Ah, peno, ¿no han oído ustedes las jotas menorquinas? Sí, bueno... ¿Y de los Domadores y sus caballos de mar?

Vayan al jaleo: allí verán a sus herederos, pueblo de centauros y jinetes. Y verán bailar a los caballos padres, poderosos y fuertes, al ritmo de una jota... la canción de las primeras sirenas.

¿Sí?

Sí: si buscan la antigua Menorca que salió de la forja de Festos, solamente la encontrarán entre los sudorosos caballos, los jinetes expertos y los músicos del pueblo. Y si no buscan, váyanse a hacer gárgaras.


Publicado en el Diario Menorca el 11 de septiembre de 1973.

Los cazadores de osos

Menorca, la bien arbolada, era una isla demasiado boscosa para el gusto de muchos campesinos que, poco a poco, la fueron talando para conseguir nuevas tierras de cultivo. Era Menorca tan pequeña que un palmo de terreno era indispensable para sembrar en él el trigo que los hombres se comerían vuelto pan, o el forraje que los hombres guisarían vuelto vaca.

Con esto fueron menguando los bosques, pero todavía eran formidables y espesos, porque el campesino se conforma con lo necesario y sólo mata en último extremo. Además, los labradores comprendían que aquellos árboles, casi azules, algodonosos, les sujetaban la tierra y les protegían los cultivos del díscolo Viento del Norte que, desde que la Isla fue Menorca, se había obstinado en arrancarla de su lugar a fuerza de grávidos soplidos.

Pero los hombres que durante tanto tiempo habían temido al bravucón Mediterráneo, aprendieron por fin la forma de dominarle por completo y se hicieron marineros. Y, por el mar, descubrieron el comercio, y, por el comercio, la riqueza y por la riqueza, volvieron sus ojos contra el bosque y decidieron que él se la proporcionaría toda de golpe.

Así comenzaron las grandes talas. Las cuadrillas empezaban al amanecer afilando las segures con sus piedras rojas, y, hasta la noche, en el bosque no se oía más que el ruido de las hachas cayendo contra las indefensos troncos rugosos, las voces "¡madera!" y el desgarrarse y troncharse de los árboles que caían abatidos.

Los bueyes eran luego quienes tiraban pacientemente de aquellos cadáveres bajo la mirada triste de los habitantes del bosque. Las martas interrumpían un momento su atareado ir y venir para verlos pasar sobre los grandes carros. La perdiz asomaba un ojo temeroso por debajo del lentisco o del madroño. El hurón, entre los aulagares, suspiraba. El jilguero, desde las altas copas, se preguntaba perplejo cuando se quedaría sin casa donde vivir. Las jinetas murmuraban por lo bajo cosas feas de los leñadores y los conejos, con su eterna cara de susto, pensaban que sin aquellos árboles, los perros les darían caza más fácilmente. Los únicos indiferentes a todo eran los osos, que, con tanta fuerza, no tenían a nadie a quien temer.

Y continuaron las talas, porque siempre se necesitaban nuevos barcos. Los carpinteros de ribera no daban abasto y el mar, sometido a medias, también se cobraba sus piezas de vez en cuando. Pero los hombres ya no temían a los naufragios, porque, en primer lugar, se les había metido en el cuerpo el hambre de mar y, en segundo, sabía que, al rendir viaje, dispondrían de dinero fresco y bueno para vivir mejor con sus mujeres de pelo trenzado.

Poco hubiera durado el bosque entonces. Y los árboles, los masculinos pinos y las femeninas encinas, hasta el momento se habían limitado a contemplar, estoicos, la matanza, pero ellos amaban su vida vegetal y no deseaban morir de aquel triste y doloroso modo.

—No se trata ya —dijo un pino centenario— de que se necesiten nuevas tierras. Se nos asesina para navegar sobre nuestros fuertes cadáveres y no comprenden que, al exterminarnos, cambiará toda Menorca de signo y se irá empobreciendo paulatinamente.

—Deliberemos —propuso una esbelta, jovencita y democrática encina.

—Pero, ¿cómo nos defenderemos de los leñadores? —se preguntaba un pino retorcido y grueso del que ya estaban muy cerca las filosas y brillantes hachas.

—Aprenderemos a hacerlo —dijo el centenario—. Nos va la vida en ello y, también, al de nuestros brotes, la de los futuros hijos de nuestras simientes.

—¡Sí! —clamaron las encinas, mujeres después de todo.— ¡Queremos que nuestros hijos puedan nacer!

Y, en eso, anocheció y las cuadrilla de leñadores volvieron a sus campamentos a prepararse las sopas de la cena, beber su poquito vino y contarse cuentos y disparates hasta quedar dormidos alrededor del gran fuego que les calentaba:


De dins un canó de lluquet
va surtí un call sense brilla
e per cumprarse una cutilla
per dú es cos ben estret;
después menjá una turtilla
ab hous en murtons de fulquet.


("Disbarat" auténtico firmado por Joseph Reixart Mora, e impreso en Fábregues y Orfila durante los años setenta del siglo pasado. Transcripción exacta.)


Por la mañana, los cocineros, que eran los más madrugadores de la cuadrilla, se levantaron sin sacudirse completamente las brumas del sueño y atizaron el fuego para poner a calentar el agua del desayuno.

Fue entonces cuando se dieron cuenta de lo que pasaba: a su alrededor no quedaba ningún pino; ni siquiera se les veía en la distancia. ¿Cómo así? —se dijeron—. Ellos se habían acostado en un bosque y se despertaban en un campo desierto donde sólo quedaban los tocones de los árboles que cortaron. Lo demás era tierra limpia, sin raigones, a punto para que el campesino la labrara con su arado y con sus mulas.

Los que dormían despertaron con los gritos y gritaron a su vez. ¿Qué era aquello? ¿Cómo podía desaparecer un inmenso bosque en una sola noche?

—Las brujas —pensaron— habrán hecho este prodigio.

Pero la verdad es que bien poquitas brujas quedaban ya, porque iban muy perseguidas y por menos de nada les sacudían un cantazo que las inutilizaba para toda la vida. En realidad no quedaban brujas con el suficiente poder para llevarse un bosque, y las que había sólo se dedicaban a hacer aparecer muertos, a convertirse en perros para asustar a los vecinos y a hablar con los fantasmas en las blancas noches de plenilunio.

Lo sucedido era muy distinto: los árboles, preocupados por su eventual supervivencia, habían llamado al Rey Pons y le pidieron permiso para abandonar sus lugares de costumbre:

—Si nos quedamos quietos, nos exterminarán —le dijeron.

Y el Rey Pons, que ya estaba muy viejo y que, por eso mismo, era muy comprensivo y amaba más que nunca las cosas de su reino y la vida que vigorosamente crecía en él, liberó a los árboles de su inmovilidad y les hizo el don de poder andar y correr hasta que el peligro de los feroces leñadores y sus hachas desapareciera.

—Porque quiero —terminó— que en las edades sucesivas los hombres de Menorca puedan contemplar los grandes bosques y hasta vivir en ellos. Porque quiero que los hijos de estos hombres hereden Menorca tal y como yo la recibí de Festos, el Primer Herrero, que me la forjó durante ochenta años antiguos con el cobre, el estaño y el hierro del continente.

Y los árboles, con el permiso real, sacaron todas sus raíces de la tierra marrón y de la tierra roja y huyeron durante la noche para esconderse de los furiosos leñadores.

Pero estos leñadores no eran gente que se desanimase pronto y, como su dinero y su comida (y hasta sus mujeres y sus hijos) dependían de los árboles que consiguiesen abatir y transportar hasta los carpinteros de ribera, empezaron a andar por los pelados campos en busca del escondrijo de los azulinos bosques.

Y les descubrieron a todos detrás de Monte Toro, porque habían ido allí a para quedar ocultos por la mole de la montaña. Los leñadores, satisfechos, afilaron de nuevo las segures, y se acercaron gritando a los primeros árboles desprevenidos.

¡Ah! Pero el bosque había aprendido a andar mucho y muy de prisa, y tan pronto como descubrieron a los exaltados leñadores, los árboles echaron a correr cada uno por su lado y aquellas colinas volvieron a quedarse desiertas ante los ojos decepcionados de los hombres del hacha.

¿Se desanimaron las cuadrillas? No: desde la costa les pedían más y más madera y era forzoso conseguirla de cualquier forma, de manera que se acostumbraron a ir de noche, muy callandito, por los campos, con las hachas preparadas y con las cuerdas bien engrasadas y dispuestas.

En cuanto podían sorprender a un árbol dormido o distraído se echaban sobre él para atarlo en las rocas, y, así, teniéndole prisionero, lo talaban y lo descortezaban para cargarlo enseguida al carro del que tiraban bueyes aburridos.

Los árboles, por su parte, jamás dormían sin dejar a uno en lo alto de un otero haciendo la vigilancia, y, así, lograban ver acercarse a los leñadores y huir a tiempo como almas que llevase el diablo.

El Rey Pons lo miraba todo y les dejaba hacer, porque sabía que los hombres acabarían encontrando otra ocupación y los bosques se salvarían para que las futuras generaciones se hicieran lenguas de su insólita aventura.

Pero, aún así, perseveraban los leñadores, y los había que eran unos excelentes corredores que siempre conseguían atrapar a algún arbolillo joven y desentrenado. Sin embargo, era muy fastidioso perseguir a los árboles, acorralarles contra los acantilados y, por último, inmovilizarles a fuerza de cuerdas y brazos para talarlos al fin; he aquí por qué muchos de los leñadores iban abandonando la profesión para roturar los campos abandonados por el bosque y vivir del trigo y de la patata y de la leche de sus vacas bien alimentadas.

De manera que sólo los más fuertes continuaron en el oficio, y estos se compraron con sus ahorros buenas cabalgaduras del mar Mediterráneo y con ellas perseguían a sus piezas. Llevaban entonces caballo, lazo y escopeta, y sólo de tarde en tarde, actuando en grupo, lograban abatir a tiros algunos árboles y talarlos en el acto para enviarlos a la costa.

Pero era peligroso atacar a los árboles ya, porque habían aprendido una especie de hipnosis que dominaba a los hombres y los llevaba a ahorcarse con los lazos de sus ramas más altas. No era bueno ser un leñador solitario, porque los árboles, tarde o temprano, acababan obligándole a colgarse.

Y por fin sólo quedaron cuarenta o cincuenta (quizá cien) leñadores que, aún trabajando todo el día, apenas sí conseguían cortar los árboles necesarios para sobrevivir.

Enfrentados a la inminente miseria, fueron a consultar sus problemas con el Rey Pons, vivían en su Ciudad Perdida, cuyo nombre está prohibido pronunciar.

—Los bosques son cada vez más peligrosos —le dijeron—. Y nosotros nos moriremos de hambre si antes no nos ahorcamos en las gruesas ramas de los árboles centenarios. Rey Pons: ¿qué será de nosotros y de nuestras mujeres y de nuestros hijos? ¿Cómo podremos hacer de Menorca una gran isla si padecemos hambre?

Y el Rey Pons les mostró los osos pardos (ursus arctos) que vivían en las montañas y en los valles profundos y que atemorizaban a la gente de paz.

—Cazad osos —les dijo—. Yo os prometo que, si los cazáis, siempre viviréis bien; no sólo vosotros, sino vuestros descendientes.

Y los leñadores, a caballo, con lazos y escopetas, se hicieron cazadores de osos y en tiempos de sus nietos acabaron con todos los de la isla, porque los persiguieron por las montañas y por los barrancos y hasta por los bosques que ya se habían asentado definitivamente en torno a Monte Toro y en algunos lugares de la cosa aquellos a los que les gustaba mirar el mar.

Por eso, al hablar hoy en día a la gente de los cazadores de osos, se suele sorprender.

—Pero, ¡si no hay osos en Menorca! —dicen.

—Claro: gracias a los cazadores, que, si no...

Pero aún sí quedan. Los cazadores, que son los descendientes de aquellos antiguos leñadores de a caballo.

Y, como hace más de trescientos años que los osos fueron exterminados, los cazadores de osos descansan desde entonces y beben vino de las tabernas mientras engrasan sus poderosas escopetas y hablan de las hazañas de sus antepasados fanfarroneando y exagerando, como haría cualquier cazador de perdices, conejos o becadas.

Y si alguien les da a entender que no hacen nada, sonríen y palpan sus escopetas:

—Somos cazadores de osos, nosotros... Traednos algunos y ya veréis. Ya veréis.

Y viven bien, por el Rey Pons se lo prometió así a sus antepasados, y es persona que gusta de cumplir siempre con su palabra, aunque no haya más osos y los bosques corran otros peligros distintos al de los leñadores abusivos.


Publicado en el Diario Menorca el 18 de septiembre de 1973.

Episodios nacionales

Prologuito


Dicen algunos que soy muy observador. Mentira. Las cosas que veo es que están muy ahí, al alcance de cualquier ojo por miope o astigmático que sea, y, aún así, muchas se me pasan por alto, porque soy muy distraído y, entonces, me las tienen que contar para que pueda, por fin, olvidarlas cómodamente.

Otras, en cambio, no se me van de la cabeza y, cuando las comento, resulta que, a lo mejor, son falsas, lo cual es muy bueno para un tipo que se dedica a contar historias.

No soy metódico tampoco, pero, por juego, me molesto en llevar un par de ficheros y un cuaderno donde apunto y clasifico los pintoresquismos con los que me doy de bruces.

Tenía que titular de alguna forma este trabajito supletorio, que hago, generalmente, cuando paseo con la novia o me voy de picos pardos por las tabernas (que de todo hay en la viña del Señor). Y he aquí que le he puesto "Episodios Nacionales", porque contiene las bravas aventuras que todavía hoy se pueden correr en mi tierra, que, salvo excepciones, dignas del mayor respeto, es también la suya, lector.

Y, después de todo este prologuito, pasemos a las duras realidades, no sin advertir que algunas de ellas pueden ser falsas, bien porque me las contaron ya falsificadas, bien porque yo no resistí la tentación.


1.º— Tengo en mis manos un precioso panfleto verde que anuncia las fiestas de Alcaufar, esa cala incomparable que todavía no ha sido falsificada convenientemente. Quienes lo redactaron tenían un buen sentido del humor, un excelente sentido, que yo les agradezco. Así, anunciaban con simpatía:


"Grandes Fiestas en ALCAUFAR-CITY, 73."


Y, a continuación, las memorables fechas de la celebración, el repique general de campanas (o "campana", porque ustedes deben conocer por fuerza la ermita de Alcaufar), los juegos infantiles, la Gran Verbena, la Gran Hoguera, con Iluminación de la costa, fuegos artificiales y traca.

Continuaba con la impepinable misa (a Dios lo que es de Dios), el popular pasacalles, la "Fabulosa" GINKAMA (que, por cierto, he visto esta palabra escrita de las siguientes formas en los últimos años: Jynkama, Chinkama y Gymkhama), la cucaña, de honda raigambre menorquina, una suelta de patos (que debió ser divertidísima) y competiciones de todo tipo, sin olvidar el encuentro de fútbol entre el C.D. Alcaufar y el C.D. S'Algar, que ignoro si serán o no rivales por el aquello de la proximidad y la competencia.

Terminaban las fiestas con solemnes disparos de morteretes. Todo muy bien. Agradable y de buen gusto. Sentí no acudir, sobre todo por aquello de la "suelta de patos" y sonreí con el finísimo humor que respiraba por todo el programa: incluso ante la recomendación de que, en esas fiestas, la gente se emborrachara con Gin Beltrán en lugar de con cualquier otro de menos garantía y efectividad.

Muy bien, sí, pero, con letra pequeña, al lado del anuncio de una rifa, decía el programa escuetamente:


SE REPARTIRÁ MUCHO PEY


Pasé mucho rato considerando la palabreja y hasta consulté diccionarios importantes. Nada. Tuve que quedarme con la intriga. ¿Es el Pey un pastel? ¿Es un plato típico que no figura en De Re Cibaria? ¿Un combinado de efectos explosivos? ¿Una contraseña para los iniciados?

Solo por esto el Programa de las Grandes Fiestas de ALCAUFAR-CITY pasó a mi museo particular y, al final, catalogué el PEY en el capítulo aquel de las xibecas, las cucas (pel de cuca) y las "tafonas".


2.º—Ahora, con el final del verano atrás ya, y las tormentas y los vientos encima se habla mucho de las escuelas. Personalmente ni tengo hijos a los que enviar, ni recuerdo bien las de mi época, de las que salí más que satisfecho y con las medidas bien colmadas.

Digo, sin embargo, que el asunto de las plazas va de mal en peor. Digo que muchos maestros se ven forzados a trabajar en malas condiciones; que un colegio imparte sus clases en tres locales distintos y separados entre sí; que, en otro, hasta han habilitado una antigua celda carcelaria como aula; que algunos educadores no tienen sitio donde ponerse a educar (que es lo suyo, ¿no?) y que otros educan sin tener los estudios que el Padrecito Estado considera necesarios para extender el correspondiente diploma.

Y debo reconocer que es mucho oír, aún teniendo en cuenta todo lo que se me olvida. ¡Ah! Una cosa se me iba: el correspondiente Episodio:

Me dicen —a título de anécdota— que una madre, el primer día de clases, envió a sus dos hijos al colegio. Uno de ellos se quedó y el otro regresó porque tres de las aulas no estaban todavía en condiciones de habitabilidad.

Y así pasó un día y otro. Y al tercero, la madre dejó que el niño se fuera de excursión con unos familiares para aprovechar el tiempo. Pero fue entonces cuando las tres aulas quedaron en condiciones y empezaron las clases para los niños de la edad de su hijo.

La buena mujer llegó al colegio y explicó al maestro que su niño no asistiría aquel primer día porque estaba fuera de la ciudad. Contestación aproximada del maestro:

—Nos faltan plazas. Los que estén aquí la tendrán y lo que no, se quedarán sin ella.

Es decir que sobran niños por todas partes y falta buena educación en alguna que otra que bien lo necesita. Tranquilícense, porque el niño tuvo su lugar cerca de la inefable cultura.

En cualquier caso, es demasiado oír, sobre todo cuando las malas lenguas dicen que existe una ligera desproporción entre los gastos suntuarios (puertos y así) y los funcionales (escuelas y "lo otro"; pero lo otro no se puede decir aquí para no estropear el períodico).


3.º—Correos es un organismo que cuenta con todas mis simpatías, a pesar de que diariamente tengo que recoger mis cartas en la escalera y planchar mensualmente la revista "Poesía Española", que me llega excesivamente arrugada.

En Mahón correos cuenta con una habitacioncita aparte, a la que se llega por otra calle después de bajar unas escaleras. Hay en esa habitación una mesa con patas altísimas y los casilleros de los apartados postales, además de dos ventanillas que son una sola, porque la otra solamente la he visto abierta una vez.

Bien, pues por esa dichosa ventanilla (que son dos) uno recoge las cartas que le envían a la lista de correos y retira los paquetes postales y los certificados. En la madera que rodea las ventanillas existen sabrosas intervenciones de los no muy pulcros usuarios. Una de ellas afirma:


"Mara macho, yo, salero,
y para ...X..., el cartero."


Otra se extiende en amenas consideraciones anatómicas que giran en torno de la mujer, y, otras más, comentan eufóricamente el desmesurado tamaño de ciertos órganos del autor... En fin: se trata de la clásica floresta española, más propia de mingitorios de tabernas, meaderos públicos y monumentos megalíticos (donde el talento de estos artistas de un minuto alcanza proporciones épicas).

Pero todo esto, con ser lamentable, sugiere una pregunta: ¿cómo es posible que en un lugar así, frente a un funcionario, los improvisados poetas puedan expresar su genio? Misterios de la quinta dimensión porque, según mi experiencia, no hay tiempo para escribir ocho, doce, dieciséis sílabas desde que se entrega el papelito hasta que se firma el registro. O, tal vez, sí, y los escritos son una forma que tienen los usuarios apresurados de expresar su angustia.


4.º—La Explanada de Mahón es todavía una bella plaza. No importa que se hayan cepillado los viejos setos, ni que el césped que sembraron en su lugar crezca desmedrado y a trozos.

Es delicioso pasear por ella a la hora del atardecer, sentarse en uno de sus bancos metálicos a mirar cómo alborotan los niños, o comerse un polo: hay dos kioscos donde comprarlos y en los dos son excelentes.

También se agradece, cuando pega el sol de plano, el fresco de la fuente que, esta vez, no tiene sapo ni más adorno que la inefable agua. Lo que ya no es tan de agradecer es un señor con gorra de plato (con franja verde), que se pasea por allí con un palo en la mano y mira a los que se paran delante de la fuente como si fueran criminales en potencia.

A uno le entra un no sé qué de angustia y otro qué sé yo de ira, porque la culpabilidad que el buen hombre le supone a veces llega a fastidiar bastante.

Este ciudadano, con su palo bien a mano y visible, tiene la costumbre de dar vueltas a la fuente por el lado del bordillo que la rodea, de manera que el mirón, no tiene más remedio que apartarse cada vez que el señor del palo se empeña en pasar. Porque él, por supuesto, es un mandado y no lo hace.

Pero no acaba aquí la misión de este respetable súbdito. Tras la fuente se ha construido una pequeña glorieta con bancos donde acuden en ocasiones jóvenes parejas de extranjeros (rubio él, rubia ella, entrambos rubios), novios e incluso matrimonios no muy hastiados.

Entonces el Hombre del Palo se aproxima sin quitarles los ojos de encima, o les vigila desde corta distancia, lo cual crea en estos usuarios de bancos públicos una incomodidad que se manifiesta en su más o menos precipitada fuga.

Sólo así el Hombre del Palo queda satisfecho y suspira, porque, seguramente, se había pasado todo el tiempo temiendo por la fuente. Y tiene razón, claro, porque yo mismo he visto como algún viajante extranjero se subía al césped para remojarse las manos o para que le sacaran una foto.

Y es el fútbol, que nos tiene acostumbrados a ver campos donde el césped no sólo se pisa, sino que se patea a conciencia y sin ninguna consideración. Así pues, es justo que haya un hombre que impida semejantes abusos.

Lo que ya no es tanto es que que dicho Ciudadano se ponga a gritar y a agitar el paso cada vez que otro no menos honrado ciudadano pisa el bordillo para descansar así más cómodamente la pierna. Y no lo es porque enfrente, en el paseo, existe otro bordillo, igualmente pegado al césped, donde se sientan con general satisfacción, incluso el mencionado señor de gorra de plato y palo.

Y tampoco es justo que, en ocasiones, otro vigilante refuerce al ya citado; sin palo él, pero con un pito que para el corazón del que comete la falta y del que pasaba por allí, ajeno por completo a estos asuntos de alta jardinería. Moraleja: respetadla, pero tened consideración con los pobres bípedos implumes.


y 5.º—También debo referirme aquí a la Explanada que, entre nosotros, es un saco de sorpresas, empezando por el paso cebra, que todos respetan porque es de ladrillo, mientras que a seis metros (centímetro más o menos) hay otro que, por estar pintado, es insalvable la mayor parte de las veces.

Pero los pasos cebra son una historia de ámbito nacional con la que no me atrevo. Quiero hablarles de unos curiosos artefactos que, en número de dos, reposan en los parterres de la Explanada, en el césped, sobre un podio de cemento, y a un palmo del bordillo donde la gente se sienta y los niños se ponen de pié.

Estos chismes son metálicos, están pintados de azul grisáceo y tienen en su centro un rectángulo blanco donde se ve un rayo rojo que alcance a un pobre hombre cojo también. La cosa no deja lugar a dudas: aquello mata o puede llegar a hacerlo, porque, si no, ¿a santo de qué el rayito y el hombre achicharrado?

Los niños corretean sobre ese bordillo, que se construyó especialmente con un voladizo para que la gente se sentara en él. ¿Qué pasa? ¿Es que no hay solución mejor para la carencia de plazas escolares que los transformadores? En fin: los niños no protestan y algo debe querer decir esto. Ya veremos más adelante.


Nota: en el párrafo segundo digo "lo otro, que no se puede decir aquí". Me refería a los urinarios públicos, que, por muy cómicos que parezcan, son a veces utilísimos. Sobre todo si a uno no le da la gana de gastarse diez pesetas en un bar.


Publicado en el Diario Menorca el 25 de septiembre de 1973.

Noctambulario de un filósofo pequeño

(Nótese que Azorín habló del "Pequeño Filósofo", pero que jamás hizo mención a los filósofos pequeños).


Martes, 25. La libre competencia

Si me viese en la necesidad de resumir el último siglo en un hecho esencial, no pensaría seguramente en las dos guerras europeas, ni en la española, ni en la bomba atómica, ni en Albertí (que sí es un "hecho esencial"). Simplemente contestaría: la Competencia.

Antes —y me refiero a un antes que no he vivido— no estábamos civilizados, ya que no conocíamos el cepillo de dientes, y suponíamos que el comprador, por el sólo hecho de pagar, tenía derecho a elegir calidad y a cerciorarse de la misma antes de soltar las macarias. ¿Verdad que es cómico?

El fabricante, el vendedor que no ofrecía calidad, ya podía ir encomendándose a Santa Bárbara y, en todo caso, haciendo las maletas para una instructiva y fructífera emigración a la Argentina o a Argel.

La gran lucha de los últimos cien años ha sido ésa, la de la Libre Competencia; la de arrebatar al consumidor sus caprichos y enseñarle a comprar lo que debe y no lo que quiere. A lo sumo, a enseñarle a querer los productos que el fabricante tiene en el mercado.

Muchos de mis lectores recordarán a aquellos magníficos viejos que se ataban los machos antes de hacer una compra y miraban y remiraban el artículo, le daban vueltas en la mano, preguntaban todas sus características al dependiente y, en la mayoría de los casos, exigían una demostración práctica.

¡Qué vergüenza si nosotros, en 1973, hiciéramos lo mismo! Hasta es posible que nos echaran del comercio y nos llamasen agarrados. Porque hoy es de buen tono entrar, coger la cosa a por la que vamos sin sacarla del embalaje de la fábrica y pagarla religiosamente.

No importa que, luego, la "cosa" en cuestión salga defectuosa o no sea de nuestro gusto: esto es la Libre Competencia.

Y, aquí, recuerdo a una señorita que me estaba vendiendo una máquina de fotografiar. Era una de esas que sólo puede utilizar los carretes de la marca Kodak, que vienen en un complicado estuche de plástico.

—¿Cómo se carga? —le pregunté.

Y ella me lo explicó con ademanes y palabras, pero sin hacer la demostración práctica que yo deseaba. Se lo recordé y le pedí que cargase la máquina en mi presencia, a lo que me respondió:

—¿Se la va a quedar?

Y es que, como los dichosos carretes vienen en un sobrecito hermético, no deseaba romperlo sin tener la seguridad de que yo lo compraría.

Una vez que dije que sí, desempaquetó el carrete, cargó la máquina y me dio toda clase de detalles. Sin embargo, semejante demostración me había costado mil quinientas pesetas. ¡La Libre Competencia!

Tiempo llegará lector amigo, en que se nos obligue a comprar con los ojos vendados y con una aguja en la mano, en aquel juego infantil que consiste en ponerle "la cola al burro".

Tiempo llegará, sufrido lector, en que el consumidor se verá en la obligación de cerrar los sábados y los domingos —como hacen hoy en día los fabricantes y los vendedores— y hasta a determinadas horas: de una y media a cinco, y de ocho de la tarde en adelante...

Mientras tanto, toque lo que compra: compruébelo, discútalo y, al final, déjelo en la tienda si no le satisface. Se venderá igual, no se preocupe.

¿Sabe? Se ponen muchas multas a productos de baja calidad que pagan alegremente sus fabricantes porque ya los han vendido. Y estos productos no se recogen del mercado y ahí se quedan hasta que usted o yo los compramos.

La Libre Competencia consiste en nuestra falta de preparación y en nuestra incompetencia como compradores.


Miércoles, 25. Crónica del Tercer Mundo

Es de noche; apunto de prisa y corriendo algunas cosas oídas por la tarde:


—¿Sabes por qué se llama noche a la Noche?

—No, ¿por qué?

—Porque no "che" ve nada...


Una frase que he dicho sin pensar, llevado por la inspiración del momento, y que deseo conservar en este cuaderno:


—No hay cosa más inexacta que la vida: quizá por eso es la menos falsa.

Chiste:


El mayordomo de librea acude a abrir la puerta de su señor sordo, y sonría con respeto mientras le dice:

—¿De dónde viene hoy el cornudo del marqués?

—¡De comprarme un aparato para la sordera, hijo de barragana!


Mi abuela me ha contado otro de monjas, deliciosamente "camp":


Una novicia oye por la ventana el adjetivo puñetero y pregunta por su significación a la superiora:

—¿Qué quiere decir, Reverenda Madre?

—¿Puñetero? ¡Nada! Es un catarro.

Días después llega el obispo de visita y se suena constantemente entre estornudo y estornudo.

—¡Vaya, Su Ilustrísima! (esto era antes) —le dice la novicia—. Tiene usted un buen puñetero.


La televisión, entre nada y nada, habla a veces del tercer mundo y dice de él que está compuesto de hombres negros y hombres amarillos que viven mal, muy mal, y mueren peor todavía.

Encuentro entre nosotros un Tercer Mundo de hombres blancos, y aún un Cuarto y Quinto. Y, antes de que se me vayan de la cabeza, voy a citar algunos ejemplos vivos hoy en las Grandes Ciudades Españolas: Moros, revendedores de billetes de metro, toros y fútbol, barquilleros, limpiabotas, abrecoches, vigilantes de estacionamientos, cerilleros de los lavabos, tullidos que venden tabaco y pipas a la puerta de los cines; prostitutas, chulos, maricas, ancianos de asilo, vagabundos, gitanos, fotógrafos ambulantes...

No nos conviene, no, numerar los mundos si somos hombres que pretendemos dormir con la conciencia tranquila. Que en pleno milagro económico sobreviva gente así demuestra nuestra clemencia y nuestra generosidad; que exista esta gente, en cambio, demuestra únicamente nuestra impiedad, nuestra falta de respeto al hombre.


Jueves, 27. Los Múltiples Mundos y Neruda

En el Bar, hoy por la noche, la gente jugaba al dominó con la voz gruesa, bebía a sorbitos su última copichuela y escuchaba la monotonía del televisor.

Bajo el aparato, con un periódico en las manos, dormía un anciano. La cabeza calva, oscura, le caía sobre el pecho, desamparada y sola. Las manos, dulcemente apoyadas entre las ingles, le temblaban a intervalos.

El curioso, al mirar, poco más podría haber visto: tal vez una curiosa cucaracha asomándose por el rincón de la derecha; quizá el abandonado vasito de sifón en la cercana mesa...

Había pasado yo la tarde en el campo dibujando demonios y duendes con tizas de colores sobre papel de estraza, y tenía la cabeza caliente y la sangre gruesa: por eso vi como alrededor del viejo, el Universo se iba poblando de nubes y estrellas de vientos trasparentes, de locas gaviotas que reían entre sus sueños de niños alegres de jóvenes mujeres de otra época; de diablos sonrientes y sarcásticos, de queridos muertos...

En el bar nadie veía esta singular atmósfera. En el bar se jugaba al dominó, se escuchaba el televisor y se bebían las últimas copichuelas. El mundo de los viejos queda tan lejos que sólo en ocasiones se nos aparece cuando un anciano dormita con la cabeza abatida, y es, por un momento, todo lo que hemos de ser nosotros andando el tiempo...

En casa ya, leo un párrafo de Neruda, el Gran Poeta que se nos ha muerto:


"Pregunté a cada cosa
si tenía algo más,
algo más que la estructura
y así supe que nada era vacío"


Nada vacío, Neruda: ahí estás tú demostrando que la muerte no es una frontera; ahí estás recitándome esta noche, para mí en exclusiva, tus palabras eternas desde las estrellas.


"Pregunté a cada cosa..."


Cada cosa, Neruda, nos responde. Tú mismo nos contestas todavía. La voz, Neruda, no se la lleva la muerte: no es de carne la voz; no se corrompe.

Y Neruda me dice por lo bajo, desde el libro inmenso:


"Quiero tocar con otro tacto
el mundo
los cuerpos,
las campanas,
las raíces,
nacer
en otros dedos,
crecer en otras uñas..."


Viernes, 28. De Las Ilusiones.

He regalado las obras de un Poeta a un hombre viejo que, a los ochenta años, tiene aún muchas cosas que buscar, porque la vida no consiste, a veces, en sobrevivir, sino en sobrevivirse.

Siempre estamos a tiempo para la muerte; casi nunca para la vida, porque, seamos francos: ¿alguien puede definirla? Generalmente la vida es lo primero que tenemos y lo último que se nos arrebata. Pero hay algo más: importa mucho hacerse un alma confortable para cuando la muerte nos circunscriba a ella eternamente.

Una vez un condenado que escapó del infierno durante unas horas, confesó a su amigo que aún vivía:

—Si los hombres supiesen lo que es la muerte, en lugar de acumular dinero guardarían todas las ilusiones que su alma pudiera contener: ése es un capital que no se pierde nunca.

Y, con esto, me viene a la memoria la historia de un señor que, poco antes de su muerte, se lavó del todo el alma, y le quedó tan encogida y chiquitita que luego no se la quisieron en ninguna parte y él mismo se convirtió en nada.


Sábado, 29. Las Noches desde mi ventana

Abro la ventana a medianoche. Poco a poco han ido desapareciendo los ruidos de los hombres; las casas se han cerrado por dentro y en la calle sólo mandaban por este orden, los gatos enamorados, los serenos y los soñadores.

Desde mi ventana veo el mundo desierto. Tiene brillos negros el asfalto mojado. Oigo, al fondo, las campanadas de un reloj: doce.

Un hombre encorvado sale de noche. Trae vacilante el paso mientras las luces apagadas les envuelven en la oscuridad brillante.

El hombre se acerca a los anuncios que hay pegados en la pared y toma de ellos lo que necesita gracias a un especial milagro de cada noche. ¿Tiene hambre? Pues busca un cartel donde se anuncie un restaurante y saca de él, caliente y bueno, el plato de arroz que antes dibujó el artista: y se lo come.

¿Le apetece una vuelta en coche? Otro anuncio exhibe automóviles y él solo tiene que elegir el que más le guste, y montarlo, acelerar y perderse en la noche. Toma de los carteles los licores caros que están pintados; se viste con las fotos de los modelos de una sastrería y, en general, disfruta por la noche de cuanto le faltó durante el día.

—¡Eh! —le grito—. ¿Qué hace usted? ¿Qué pasa?

—La noche me pertenece —responde—. Soy el dueño de la noche. Por la mañana me siento a ver pasar a los hombres ricos y bien alimentados y me digo para mis adentros: tengo lo mismo gratis por la noche. Basta con esperar.

Dios ha hecho que, de noche, hombres como yo volvamos realidad lo irrealizable.


Domingo, 30. Las eternas Poluciones

El basurero de Mahón, huele. Varios hombres, en la Tele, en la radio, en la Prensa, nos explican lo que es la polución, y el basurero de Mahón huele a chamusquina.

He pasado de día por la carretera de Ciudadela, y lo he olido claramente: arde incesantemente; consume nuestros desperdicios tan bien envueltos en plástico y llena de humo toda una recta de la carretera.

De noche, al regresar, los faros revelaban una especie de niebla: el humo todavía y, más lejos, se veía el resplandor del fuego constante.

He aquí —me he dicho— de lo que viven los hombres que hablan de la polución: si ella no existiera, si, por ejemplo, en Mahón no quemáramos continuamente las basuras y enturbiáramos el aire, ¿de qué hablarían ellos?

Viven de nosotros estos hombres mientras nos repiten que vamos a morir de nosotros mismos, que vamos a morir de nuestra mugre.

Un chiste que recuerdo ahora:


—Mamá, dame pan.

—No, hijo, que te lo comes.


Y otro más:


El avión que cae y la azafata que da las últimas instrucciones:

—Vamos a efectuar un aterrizaje de emergencia —dice con su sonrisa hermética—. Quítense los mecheros, los relojes y los demás instrumentos metálicos que lleven. Abróchense los cinturones de seguridad; pongan en posición vertical el respaldo de sus asientos. Apoyen la cabeza entre las rodillas y protéjansela con los brazos. Y aprieten fuertemente el carné de identidad entre los dientes para facilitar la identificación de los cadáveres.


Y una observación que se me ocurre a raíz de haber visto trabajar a un hombre enfermo:

La maldita igualdad entre ser y servir. Se habla de recuperar a los enfermos y accidentados. Se habla de readaptación y hasta de rehabilitación (cuando existe un verbo adecuado: curar, que se emplea muy poco), rehabilitación para que vuelvan a ser útiles a la sociedad.

El hombre sirve y cuando deja de hacerlo ya no es hombre del todo. "El hombre —pienso en esta noche que casi guarda silencio—, el hombre no ha nacido para ser utilizado ni explotado, ni para otra cosa que vivir en paz todo lo que pueda.

He aquí por qué creo en el derecho de la vida y por qué no creo en el deber de vivir.


Lunes, 1. Una adivinanza

Un mes se acaba y otro empieza. Hoy parece que estemos más en otoño; hoy comprendemos gracias al calendario, que hemos dejado atrás otro verano.

Los muy jóvenes no piensan en ello, porque imaginan que hay más veranos que longanizas, pero, a lo sumo, solamente vivirán ochenta más. Y ochenta es un número tan bajo.. Dos cifras, apenas, nada en este mundo de la inflación.

Los muy viejos no reparan tampoco en este otoño, y recuerdan los anteriores, porque así les parece que se aferran más a la vida que ya se le ha pasado.

Y, en suma, el otoño llega y nadie repara del todo en él. El filósofo pequeño, sin embargo, lo siente en la sangre y formula su última pregunta:

¿Qué palabra se le ocurre, lector, que rime con "otoño"?

¡Esa es! La misma, la misma que a mí.

Pues eso: ¡otoño...! (o bien, ¡...! con el otoño).

Buenas noches.


Publicado en el Diario Menorca el 2 de octubre de 1973.

Peripecias

Uno de los últimos domingos del verano, seis amigos decidimos salir de excursión, una excursión a la antigua, a base de transportar cada uno parte del condumio, juntarlo todo una vez llegados al lugar y deglutirlo mezclado con reparador vinillo.

Seis éramos, seis. Seis tipos jóvenes, no excesivamente atolondrados ni absolutamente cuerdos. Seis muchachos y un utilitario que debería soportarnos durante algunos quilómetros (pues pensábamos ir a Cala Blanca desde Mahón).

Uno era el encargado del pan. Otro el del vino. Otro llevaría el aceite, el vinagre y la sal; otro más la leche, el tomate y la cebolla para la ensalada. El quinto el fuego y los cacharros de cocina, y el sexto, yo, la comida propiamente dicha. Los huevos y la carne y alguna lata para el aperitivo.

Salimos, por fin, con el retraso previsto. Enfilamos la carretera canturreando sin demasiado éxito. Las canciones entre seis muchachos ni excesivamente atolondrados ni absolutamente cuerdos, pronto degeneran y se vuelven groseras más que picantes. Por ejemplo, aquella que empieza:


"La vaca,
chunda-chún,
del Eleuterio,
chunda-chún,
ha sido sorprendida
en adulterio,
chunda-chún."


No es que nuestros pulcros oídos nos impidiesen escuchar este tipo de canciones, ni que virginal rubor nos invadiera al oírlas. No, qué va. Pero como todos conocíamos muy bien sus argumentos, resultaban un entretenimiento bastante flojo a aquellas alturas.

Terminamos la que estaba empezada:


"Y con eso,
chunda-chún,
de las vacas disipadas,
chunda-chún,
andan los toros a cornadas..."


Entonces voy y propongo que cada uno cuente una historia divertida mientras llegamos. Somo seis y el coche va cargado, pero sabe correr: basta con dejarle floja la rienda y despreocuparse. De esta manera tendremos tiempo de sobra en el camino para contar cada uno nuestro chiste.

Empieza Paco, que va tras de mí y me palmea los hombros siguiendo el ritmo del motor: "parampan-pampan-pá".


El cuento de Paco

Un hombre baja del barco. Viene hambriento y no se conforma en el bar del puerto con un cafetillo con leche y una ensaimada. Quiere algo más sólido para hacer reverdecer su pálida sonrisa, porque todo lo que almacenó cuidadosamente la noche anterior en su estómago ha servido de pasto a los peces.

—Un bocadillo, por favor —le dice al camarero.

—¿De qué lo quiere? Hay jamón, chorizo, carne con guisantes, lomo...

El hombre en cuestión ve las jugosas tajadas de lomo en el mostrador y siente como la boca se le hace agua:

—De lomo.

Se lo sirven y lo devora bien mojadito con cerveza áspera y resistente. Queda satisfecho y hasta se comería otro de no notar todavía el suelo en movimiento, como si aún navegase por mares procelosos.

—¿Cuánto es el bocadillo de lomo? —pregunta.

—Ciento cincuenta pesetas.

—¡Caray! ¡Ni que fuera de lomo sapiens!


Nos reímos poquito, con cuidado de no ofender a Paco... y es que no era el momento adecuado para hacer juegos de palabras. Él, que lo nota, improvisa otro cuento sobre la marcha.

(El coche, libre de problemas, retoza por la carretera a la altura de la casilla de peones camineros que está más cerca de Alayor...)


Dos chicas de la Sección Femenina —asegura Paco— están en el campo, ayudando como pueden a los labradores en sus tareas. Y, cansadas de hacer quesos, se brindan para algo de más envergadura.

—Bueno —les dice el amo—. Hay que llevar la vaca al toro... Pero quizá es demasiado difícil para vosotras.

—Nada, nada. Eso está hecho.

Le ponen un cabestro a la vaca y se la llevan camino abajo, hacia donde está el toro que tiene que cubrirla. Y así pasan horas, y los campesinos se van preocupando hasta que deciden ir en busca de las dos muchachas, temerosos de que el toro haya podido cornearlas. En eso las ven venir cojeando, sucias, con las ropas llenas de polvo y desgarrones.

—¿Qué os ha pasado? —les dicen—. ¿Os ha embestido el toro?

—No, no. Qué va —explican ellas—. Todo ha ido muy bien. El toro no nos ha hecho nada. Lo difícil ha sido tumbar a la vaca en el suelo.


Esta vez sí nos reímos hasta que Juan nos hizo callar con un grito.


El cuento de Juan

—Yo pensaba —dice Juan— contaros uno que había recordado, pero con éste de la vaca me ha venido a la memoria otro del mismo estilo.

—Cuéntanos los dos.

—Bueno —suspira—. Pero luego no os quejéis.


Un cura de un pueblecito pequeño, uno de esos curas que conocen vida y milagros de cada uno de sus feligreses, va paseando por una trocha, en el egido.

En eso, ve venir a lo lejos a una niña de siete años que lleva a la vaca al toro. Y el buen cura se pone a pensar para su caletre:

"La niña es demasiado pequeña para hacer este trabajo. Los niños tienen derecho a ser inocentes, y un padre como dios manda no debiera enviarles a llevar la vaca al toro, que es un espectáculo procaz".

Y cuando se cruzan, el sacerdote detiene a la niña:

—Hola, Mariví.

—Buenos días, padre.

—¿Adónde vas?

—¡Ya ve usted! ¡A llevar la vaca al toro!

El cura menea la cabeza tristemente:

—¿Y no podría tu padre, o tu tío...?

—No, no —contesta la niña asombrada—. Tiene que ser el toro.


Aplaudimos. Yo, que llevo las manos en el volante, toco el pito y río. Atravesamos "Es Plans" en esos momentos y hasta el coche tira mejor porque el cuento tiene gracia. Pero Juan se ha lanzado ya por el segundo:


—¿Sabes el chiste de la electricidad? —me pregunta.

—No.

—¡Es muy corriente!

Nos empezamos a sonreír:

—¿Lo has cogido? —dice.

—Claro. Por supuesto.

—Pues suéltalo que da calambre.


El cuento de Antonio

Antonio nos hace callar y piensa un poquito en lo que va a decirnos.

—¡Uf! —exclama—. Por poco se me olvida con tanto jolgorio.


Hace una noche de perros. Un viajero de una carretera provincial comprende que no puede seguir porque la lluvia arrecia y la visibilidad es casi nula. Se detiene ante unas luces que hay a la derecha del camino y comprueba con satisfacción que se trata de una posada.

—¿Tienen ustedes habitaciones libres? —pregunta al posadero.

—Sólo hay una con dos camas —dice éste tristemente—, pero duerme en ella un hombre que ronca de una forma espantosa.

—Da igual. Me la quedo.

—Quiero ser honrado con usted —explica el posadero—. Tres viajeros han intentado dormir allí esta noche, y los tres han tenido que continuar viaje porque el tipo ese parece todo un desfile con sus ronquidos.

—No importa —dice el cliente—. Me la quedo. Vengan esas llaves.

Y durante toda la noche no pasa nada. Ni siquiera se oye un sólo ronquido, de manera que, a la mañana siguiente, cuando bajó el viajero con cara de haber dormido espléndidamente, el posadero le pregunta admirado:

—¿Ha dormido bien?

—De perlas.

—¿Cómo lo ha conseguido?

—¡Muy fácil! —explica— Entré en la habitación. Me fui derecho al tipo de los ronquidos y le di un beso en la boca. Y é se ha pasado la noche callado, con los ojos desorbitados...


Nos echamos a reír. El cochecillo, a la altura de Ferrerías, trisca alegremente por el asfalto y mete ruiditos de complacencia: se divierte.


El cuento de Ramón

Ramón, en cambio, no se ríe ni tantito así, y se mantiene pensativo y serio.

—¿Y, a ti, qué? ¿No te ha hecho gracia? —le dice Antonio, amostazado.

—Sí, pero no me río para evitar que se me olvide el mío, que es muy complicado.

—Pues cuéntalo.

Y lo cuenta:


Maud, la mujer de John, un soldado americano prisionero en el Vietnam, recibe una carta de su marido:

"Querida Maud —dice al papel—:

No puedes ni imaginarte lo bien que estamos aquí. El campo de concentración es un lugar delicioso, amplio, con jardines enormes, instalaciones insuperables. Bastará decirte que cada prisionero tiene una habitación para él solo, con cuarto de baño y calefacción.

Por las mañanas, si el día está un poco nublado y triste, nos suben el desayuno a la cama: café con leche, ensaimada, tostadas, mermelada y mantequilla.

Después, en el bar, jugamos al pimpón, al ajedrez o a las cartas mientras bebemos gratis estupendos combinados. Y, si el tiempo lo permite, salimos a jugar al tenis. Si no, vamos a la piscina cubierta y climatizada, y nadamos hasta la hora de comer.

Comemos servidos por camareras con guantes blancos, que nos traen verdaderas golosinas: langosta a la termidor una vez por semana; perdices estofadas; lenguado, salmón, jabalí, caviar... Y de sobremesa nos obsequian con café, copa y puro. Y el que no fuma puros puede pedir un paquete de cigarrillos turcos liados.

Después de la siesta nos vamos a dar una vuelta por el pueblo, donde la gente nos aprecia mucho y nos regala caramelos y juguetes para que nos entretengamos. Y hasta nos organizan bailes una vez cada cinco días.

Ya te puedes imaginar qué clase de vida llevamos. No cabe duda de que ha sido una suerte para mí esto de caer prisionero. Verás: al regresar del pueblo hay cine para quien lo desee y, si no, bailamos en una discoteca que nos han instalado: nos sirven de parejas las muchachas del comedor y algunas oficiales vietnamitas.

Cuando los días son largos, podemos también jugar al golf o practicar la equitación. En suma, esto es un paraíso. Bien quisiera vivir así cuando me liberten.

Por la noche ya, cena de gala y juegos de salón hasta la hora que nos apetece. La biblioteca del campo de concentración está abierta siempre y muchos vamos a leer allí o nos llevamos los libros para hacerlo en la cama en nuestras habitaciones.

Ya ves que no tienes por qué preocuparte de mí, porque no he podido caer en mejores manos.

Besos.

John.

Post data: dile a Agatha que a Robert, su marido, le fusilaron ayer por no querer escribir una carta como esta.


(Estábamos ya a la altura de la Naveta des Tudons, y se adivinaban ya los campanarios de Ciudadela por detrás de la colina. Pedro aprovechó la oportunidad para contar su quinta historia).


El cuento de Pedro

—Será corto —dijo— porque ya no falta mucho para llegar:


Dos hombres, el uno alto y el otro bajo, llegan a la ventanilla donde se despachaban los billetes del tren. El más alto es el que lleva la voz cantante.

(Y, mientras, pasamos por la "contramorada" al trote largo).

—Oiga —dice el taquillero— ¿Tienen billetes para Viloria?

El taquillero, que es nuevo, no sabe donde cae Viloria y lo busca en una guía de ferrocarriles, pero sin éxito.

—Esperen un momento, por favor —les dice y se lo consulta a un compañero que lleva ya muchos años de servicio.

—¿Para Viloria? Lo siento. No sé donde está ese pueblo, pero seguro que el tren no pasa por él.

El taquillero se vuelve al hombre alto que aguarda acodado en la ventanilla.

—No hay billetes para Viloria —le dice.

El largo se vuelve al bajito y exclama:

—¿Lo ves, Viloria? No hay billetes para ti.


(El coche ha pasado ya de la altura de Santandría, y mis cinco compañeros se miran esperando mi última historia. Yo, sin embargo, he recordado algo mucho más triste, y empiezo así):

—Una vez seis jovencitos, no excesivamente atolondrados, ni absolutamente cuerdos, fueron a hacer una excursión.

—¿Cómo nosotros?

—Como nosotros, sí. Y cuando llegaron a la playa, nadaron y se pusieron debajo de un pino a comer.

—¿Como nosotros?

—Sí. ¿Y sabéis lo que comieron? Pues pan con aceite y sal, y pan con tomate. Nada más.

—¿Por qué?

—Os vais a reír mucho: porque me he olvidado la comida en casa. Por eso.

Pero mis cinco compañeros no tienen sentido del humor y se abstienen de reír mientras me miran con sus ojos amenazadores. En eso, Cala Blanca aparece con sus aguas transparentes y todos pensamos en el mucho tiempo que hace que no hemos comido pan con tomate.


Publicado en el Diario Menorca el 9 de octubre de 1973.

Aún me parece cercana

¿Qué cosa? Mi infancia. Sí: aún me parece cercana por más que ya son muchos los años que me separan de ella y que pronto, irremediablemente, serán demasiados.

Muy buena debió de ser, porque aún la llevo dentro, aún no la he abandonado del todo y siento las preguntas asombradas al borde de los labios, las viejas ganas de iniciar el juego, el momento especial en que los ojos se te quedan quietos, fijos en todo cuanto de irreal te rodea, únicamente atentos a la imaginación que, por dentro, te habla de paisajes lejanos, estrellas muy bajitas y aires removidos que se pueden palpar con las manos.

A veces tengo la impresión de no haber salido de esa infancia mía, de ser aún el niño que amontonaba leña cada tarde para encender un poco más el ocaso. Me sorprendo al mirar los rostros de los mayores desde la misma altura, o al tener que agacharme para sortear cualquier inoportuno toldo de un comercio... Es que la infancia aún está conmigo, aún me sujeta y me hace vivir la impresión de que esto, el bolígrafo, el papel, los nuevos deberes y las irremediables angustias, no es más que el viejo juego que se inicia y sucesivamente se engrandece.

Por eso en el espejo me veo igual que cuando... que cuando aún era más niño. También, por supuesto, me queda la impresión de que viví mi infancia a trozos, en el verano, por ejemplo, que entonces era enorme, prolongado, inacabable... Casi tan costoso como el invierno.

A fuerza de recordar tengo presentes los veranos, pero no el tiempo que los separaba, no el otoño, no el largo invierno, porque entonces, como la naturaleza, entraba en un letargo del que sólo la nueva primavera me arrancaba, ya retozón y aventurero.

Y esos veranos antiguos, que todavía me acarician los ojos, tienen un nombre: Alcaufar, la cala donde acudía todo el universo a mi alcance para depositarse, en polvo, sobre mi piel hasta la hora del baño, para abrirme los ojos frente al horizonte desde la elevada torre, para quemarme las pestañas y el flequillo entre las llamas doradas y largas de las hogueras que encendíamos los niños cada tarde.

El asunto de las hogueras empezó de modo casual y, poco a poco, se convirtió, en manos de los niños, en un rito que difícilmente hubiéramos podido explicar.

De una forma u otra, un día los vecinos tuvieron los suficientes trastos como para sentirse agobiados por ellos y propusieron a la chiquillería encender un bonito fuego a cambio de nuestra ayuda para acarrear los cacharros hasta la calle de tierra.

Ardieron bien, muy bien... La primera hoguera fue, al principio, amarilla y sus llamas, tenues con mucho humo azulado y ligero. Al anochecer, en cambio, se volvió roja, terrible, fiera; perdió el humo y empezó a escupir hacia las estrellas espiras y puntiagudas lenguas de fuego.

Fue entonces —creo— cuando los niños comprendimos que era preciso continuar con el juego. Los padres no nos lo impidieron porque en Alcaufar no había electricidad por aquellas épocas y la luz de carburo (superior a la de los quinqués, y más blanca) era cuanto se tenía en las casas desde la puesta de sol hasta la alborada.

Lógicamente el vecindario prefería el fuego callejero que iluminaba las terrazas y los jardines. Era, además, una espléndida ocasión para charlas y recapitulaciones, un excelente momento para convivir todos, un poco hermanados por las llamas y otro poco protegidos de los misterios de la noche por el fuego.

Y así, un verano y otro, al anochecer, cuando empezaban a volverse opacos los colores de la zarza y de la piedra, los vecinos se acodaban en la balaustrada de sus terrazas o se invitaban a gin de un jardín a otro, y nosotros, los niños, arrimábamos una cerilla al papel arrugado que estaba bajo la leña del lado del viento, para que las llamas nos amparasen en la oscuridad.

Bien pronto quedó demostrado que la comunidad no era capaz de abastecer nuestras hogueras, como tampoco lo era, por entonces, de acumular las ingentes cantidades de basura que nosotros precisábamos.

Pero las hogueras continuaron a costa de sacrificarles la mitad de la tarde. La mitad justa, a partir de las cinco y media, cuando salíamos del mar chorreando sal y oliendo a algas y recogíamos papeles de la playa, cañas secas y paja del cañaveral, y matorrales agostados color de miel que ardían con intensas llamas amarillas pero que duraban muy poco tiempo.

Y esto se prolongó durante años. Era la Hora del Fuego, el ritual de las llamas... Lógico en nuestras cabezas, muy dispuestas a establecer magias y liturgias donde existiera una remota posibilidad de sacarles provecho a nuestras portentosas imaginaciones.

Siguiendo este método tuvimos un Árbol de las Siete Ramas, una vieja encina alejada de camino y casas que en realidad, tenía cinco ramas que, eso sí, partían todas casi del suelo y daban la mayor sensación de frondosidad que recuerdo.

Cuando estábamos inapetentes o nuestros juegos habían dado de sí todo lo posible; cuando las avispas nos habían acribillado lo bastante para hacernos dejar la cacería de avisperos; cuando el mar nos había arrugado la piel de las manos más de lo prudente, siempre surgía una voz que proponía:

—¿Y si fuéramos al Árbol de las Siete Ramas?

E íbamos a sabiendas de que allí no se podía hacer más que contemplar la impresionante encina, saltar la cercana pared o escalar el árbol hasta las ramas más altas y frágiles y recolectar bellotas verdes y amargas. Bellotas que, en casa, hacíamos servir de soldados y alineábamos en interminables procesiones que eran desfiles.

Este Árbol de las Siete Ramas costó más de un brazo a nuestras aventureras exploraciones, porque las encinas, con su aspecto grisáceo y acorchado, no dejan adivinar muy bien qué ramas están verdes y fuertes y cuáles otras están secas y quebradizas.

Pero el árbol no era la única solución a nuestro hastío: era más bien el símbolo de nuestra libertad y de nuestra independencia, aunque no nos divirtiéramos demasiado con él. El Árbol, una vez bajo sus ramas, nos ponía melancólicos y nos llevaba a contarnos historias, a repetir las caídas a los mayores o a confiar a la comunidad nuestros anhelos secretos.

Además del árbol, teníamos la "Torreta" como refugio de sombra segura y comodidades lujosísimas: consistía en una enorme piedra que emergía tierra adentro, a quince o veinte metros de los acantilados.

Llegábamos a ella por el camino secreto que era, como es de rigor, el más difícil y enrevesado. Desde la playa, en lugar de rodear los acantilados, los escalábamos por la parte más escabrosa, esa que está cubierta de matorrales que, en nuestra imaginación, formaban la Catarata.

Esta Catarata daba al Túnel, que era una pasillo rodeado de zarzas y lentisco por el que había que avanzar a gatas. Y el Túnel desembocaba, como es lógico, en la Cuevecita, un reducto secreto en el interior de un acebuche bajo y retorcido.

Allí, camino a la Torreta, hacíamos un alto para descansar y destapábamos la cantimplora, un instrumento sin el que no puede salir a la calle un verdadero aventurero. Pasándola de boca en boca, charlábamos y nos sumergíamos en profundas filosofías.

Discutíamos, por ejemplo, las virtudes del tabaco y la absurda invención de sus peligros, que sostenían los mayores poco comprensivos. Las cañas de pescar eran otro tema obligado que solía levantar disputas sobre quien de nosotros preparaba mejor los sedales.

Luego, ajustábamos de nuevo el tapón de la cantimplora y llegábamos a la Torreta, donde, como todo estaba dicho ya, callábamos cinco minutos y repasábamos la línea de la cala y los argumentos que próximamente daríamos sobre el tabaco y la preparación de armadas para la pesca: lo importante estaba hecho ya y lo importante era llegar a la Torreta, no estar en ella.

Sobre la Cueva Grande, que da a la playa, hay otra pequeñita a la que llegábamos por un pasillo de piedra. Esta covacha tenía una virtud sobre las demás, y es que estaba enmascarada por una higuera jovencita que permitía ver sin ser visto. Por esta razón nos servía de escondrijo, o de casamata, o de carro de combate, o de cabina de avión de caza, o de torre de submarino, según las exigencias del momento.

A ella acudíamos también a entretener nuestros ocios que, habitualmente, no duraban ni un cuarto de hora. Bien instalados, con la cantimplora a mano y con los arcos o las cuerdas (según) entre las piernas, vigilábamos a tal pintor que había plantado su caballete en las cercanías, o nos burlábamos de tal turista cuya cara recordaba, roja y blanca, la de un salmonete.

Tratábamos también las cuestiones del amor y elegíamos a la mujer más bella de entre las que estaban a la vista. Algunas dormitaban en la terraza del hotel. Otras fumaban cigarrillos asomadas a las ventanas y otras aún, aparte de las que entraban y salían del agua, tomaban el sol alargadas en la arena, pacientemente aburridas, quietas como lagartijas sobre piedra tibia.

Teníamos discusiones por este motivo, porque no coincidíamos en materia de mujeres. A unos les gustaban gordas y a otros flacas; a unos con pechos generosos y a otros con las tetitas menudas, "de manzana", que decíamos. Y, en fin, con o sin biquini; rubias o castañas, morenas o pelirrojas, altas o bajas y sucesivamente.

Yo elegí con particular cuidado a la mujer de mis sueños. Tenía ocho años y ella treinta, pero en aquel tiempo yo era incapaz de encontrar algo cómico en este detalle. Era alta, rubia, de pecho pequeño y caderas robustas. En cuanto la vi supe que era la mujer de mi vida y de hecho lo fue hasta que me tropecé, a la semana siguiente, con una francesita de mi edad, que ocupó su lugar durante veintiséis días seguidos. ¡Vaya éxito!

Pasé luego el invierno enjugándome las lágrimas en su recuerdo y pavoneándome, de paso, ante los amigos del colegio mientras exhibía una foto en la que ella y yo estábamos juntos y nos sonreíamos. Pero lo mejor del caso es que algunos llegaron a tenerme envidia por mi conquista.

Un íntimo camarada también estuvo enamorado de una alemana, gorda como un cachalote, que se paseaba en biquini haciendo reír a media playa. Desde entonces supe por qué el amor es ciego. Mi amigo, no, por supuesto. Y, cuando le decíamos que la mujer estaba gorda, contestaba:

—Sí, pero me gusta su nariz —y estaba dispuesto a cargar con toda aquella humanidad a cambio de aquella nariz que, ciertamente, era una hociquito gracioso y bello que se perdía en la inmensidad de su cara redonda. El amor, sin duda, al menos por aquellas fechas era ciego.

Por entonces, lo recuerdo bien, los mayores hablaban sonriéndose de dos hombres —el uno gordo y viejo y el otro delgado y joven— que vivían solos en una casa cerca del mar.

Para mí lo único que esto quería decir es que no estaban casados y no se habían podido traer a sus mujeres. ¡Mejor para ellos! Porque mi curiosa experiencia de la mujer se reducía a saber que siempre están haciendo camas o comida, o barriendo o diciendo que no hagas esto o lo otro porque te ensuciarás.

Estos dos hombres ya me habían llamado la atención a mí, pero por dos cuestiones bien distintas que a los mayores: que eran los únicos hombres que conocía que se pusieran gorros de baño y que estaban muy morenos y olían a crema que apestaban (nosotros decíamos que "olían a turista").

Sin embargo las personas mayores sonreían al hablar de ellos y decían "qué vergüenza". Y las mujeres sonreían también tapándose la boca con las manos y murmuraban:

—Son muy apañaditos ellos—, pero sonaba a desprecio su voz, no a cumplido.

Llegaba por fin el último día del verano: aquel día quedábamos ya muy pocos en la playa y los niños solíamos rivalizar en ser los últimos en partir de ella. El que conseguía quedarse un día más, unas horas más, era el héroe y, al verano siguiente, presumía de lo lindo y nos trataba con paternal aire de veterano.

Nunca nos decíamos adiós. Nos íbamos simplemente. Y, en general, aprovechábamos los últimos momentos para enterrar los tesoros más valiosos, para libertar a las bestezuelas cautivas (grillos, sapos, lagartijas...) y para sentarnos en la escalera de casa sintiendo ya un adelanto de la nostalgia.

En esas escaleras recordaba yo los tétricos rostros de mis profesores y se me estremecía la piel hasta sentir ganas de llorar. Entonces, sólo entonces, me perdonaba el mal trago y repetía a la enredadera moribunda y al miraguano sin frutos que aún quedaban dos, tres días quizás, para comenzar el letargo.

Y me iba sonriendo a la ciudad.

Detrás de la moto, entre las rodadas de la carretera sin asfaltar, en los charcos de las últimas tormentas, se me iba quedando la infancia aquella que aún me parece cercana y que no volveré a tener ocasión de repetir.


Publicado en el Diario Menorca el 16 de octubre de 1973.

A la medida

Desde Pirandello nadie se extraña de que los personajes de una supuesta ficción tengan vida propia. Desde Pirandello —repito— estamos acostumbrados a verlos vagar de escenario en escenario, a tropezárnoslos en las colas del cine o el autobús y a mezclar con los suyos nuestros problemas de hombres reales (por más irreal, demencial y absurda que sea nuestra existencia).

Mas antiguamente sucedía esto también, pero la gente no estaba dispuesta a admitirlo. Nadie tan vivo, tan de todos los días, como Hamlet (hijo de Shakespeare), como Sancho (de Cervantes), como Segismundo (de Calderón), como el doctor Fausto (de Goethe) sólo que Hamlet y Sancho, Segismundo y Fausto están vivos aún; todavía se les encuentra uno en las calles... Mientras que Shakespeare y Cervantes y Calderón y Goethe murieron hace mucho.

Que la obra sobrevive a su autor es cosa demostrada: viven las pirámides y no los faraones. Vive el Partenón y no Fidias. Vive el Moisés y no Miguel Ángel...

Con este prólogo por delante nadie quedará sorprendido por la historia que sigue, y mucho menos si está acostumbrado a las fantásticas noticias, a los monolíticos camelos que prensa, radio y televisión sirven, bien cocinaditos y sazonados, al público en general.

Allá por 1971, cuando todavía escribía por escribir (y no como ahora, que lo hago para enriquecerme), parí una historia que dejé inconclusa por una u otra razón. El cuento en sí quizá se merecía este tratamiento.

Tras los cuatro primeros folios perdí interés por el tema y lo abandoné sin preocuparme más. Preferí cambiarlo por un buen libro de Dino Buzzatti (maestro de cuentistas) y olvidarlo a continuación.

El argumento, hasta donde llegué, venía a ser el siguiente: en un dormitorio de muebles de castaño despiertan un hombre y una mujer. Primero uno y luego otro, para dar tiempo a que el escritor los retrate con todo lujo de detalles.

Hombre y mujer se aman a intervalos y a intervalos se odian. En esta ocasión se aman desde la noche anterior y probablemente no empezarán a odiarse hasta después del desayuno.

Él está de vacaciones y ella en consecuencia trabaja el doble. Él está de mal humor a causa de su inactividad que, pasada la primera semana de ocio, le retuerce las entrañas. Ella también sufre de ira, pero por lo contrario: tanta faena le saca de sus casillas; y más todavía cuando mira a su marido, tumbado a la bartola en la terraza nada más comer, tapándose la cara con un periódico para enmascarar la siesta furtiva, mientras a ella aún le queda levantar la mesa y fregar los platos.

Esta mañana, al despertar, los dos han tomado ya una decisión. Él, en lugar de vaguear por la casa, se pondrá el bañador nada más desayunar y se irá a pescar a las rocas del extremo de la playa. Ella, por el contrario, recuperará su libertad: apenas si llenará un maletín con lo indispensable (la tarjeta de crédito, el cepillo de dientes, un rollo de celulosa y productos de tocador) y se echará al mundo para descubrir de nuevo la emoción de los amaneceres, el zumbido de la soledad, el aliento de la brisa, y las demás cosas que todos, tarde o temprano, sentimos la necesidad de volver a encontrar, conscientes de la desactualización de nuestros recuerdos.

Hasta aquí el cuento: él salía de pesca y ella echaba las hebillas de la maleta. Nada más. No sentí interés por el resto de la trama. Supe de antemano que sería un historia vulgar, fría, de aventuras extraconyugales, insatisfechas necesidades y perdones lacrimosos por encima de la palabra FIN.

No pensé más en aquel aborto de cuento mediocre y escribí otros igualmente mediocres que, al menos, supieron mantenerme el interés hasta el final. Sin embargo —y esto lo supe más tarde—, había dejado algo por resolver: un terrible problema para dos seres que estaban dispuestos a separarse.

Existe una especie de justicia poética encargada de dar su merecido al autor que maltrata a sus personajes. Zola, por ejemplo, tuvo que refugiarse en Inglaterra al final de su vida. Zweig se suicidó en compañía de su esposa. Maupassant se suicidó en el manicomio y Sade murió después de haber pasado encerrado en cárceles más de un tercio de su vida.

Mi castigo no fue tan violento, por supuesto. La justicia poética se limitó a hacerme fracasar en un par de asuntos emprendidos con ilusión y a facilitarme los medios para que, entre tanto, me rompiera la pierna izquierda. Nada serio.

Por fin, hace unos meses, llamaron a la puerta de mi casa. Se trataba de una mujer ligeramente mayor que yo; indudablemente guapa, culibaja, decidida y con los ojos rebosando decepciones.

—¿Me recuerdas? —preguntó.

—No. —nada de ella me era familiar, nada, quizá, a excepción de sus ojos que eran iguales a los que pinto en mis cuadros.

—Soy Clara —dijo, esperando sin duda, que su nombre me devolvería la memorias.

¿Clara?

Si hay algo seguro en este universo movedizo e inquietante es que yo jamás he dicho dos palabras seguidas a ninguna Clara. La mujer, sin embargo, me trataba con toda la desenvoltura propia de una larga amistad y miraba por encima de mi hombro hacia el interior de la casa.

—¿Quieres pasar, Clara? —pregunté con una cortesía que estaba bien lejos de mí.

Y ella resueltamente atravesó el pasillo, penetró en mi gabinete de trabajo y se sentó en el sillón más cómodo, al lado mismo de la estufa.

—Veo —dijo por fin— que no me recuerdas.

Puse cara de arrepentimiento y le ofrecí de beber y de fumar.

—En este momento... Tan de repente...

Clara agitó sus manos ante mis narices como quitándole importancia al asunto:

—Es mejor así —explicó—. Yo... yo soy tu hija.

Menudo el bote que pegué. Y no es para menos, porque emociona y espanta encontrarse, de buenas a primeras, con una hija cuya existencia se ignora y cuya edad es, por lo menos, dos años superior a la mía propia.

—Mira, Clara —empecé—... guárdate los bromazos para el carnaval.

Ella me miró con sus terribles ojos (ojos, ya lo saben, cargados de decepciones) y suspiró lentamente.

—En junio de 1971, el día 9, para ser exactos, escribiste un cuento que dejaste a la mitad. ¿Es cierto?

—¡Yo qué sé!

—Pues lo escribiste.

Rebusqué en las carpetas viejas. Me manché de polvo las manos y la camisa. Descubrí que en 1971 había escrito "El vaivén de la burbuja", "Al gusto europeo", "Las primeras mañanas" y otros cuentecillos por el estilo. En las últimas páginas de un cuaderno cuadriculado hallé, por fin, lo que pergeñé en la noche del 9 de junio de 1971.

—Léelo —dijo ella—. Así me ahorrarás muchas palabras.

Y lo escrito era lo que ustedes ya saben. Ella, la mujer, se llamaba efectivamente Clara. Él, Francisco.

La miré con los ojos secos, con una de esas miradas de "a-mí-qué-me-cuentas", y volví a dejar la carpeta en su lugar.

—Yo escribí esto —le dije—. Pero de eso a pretender que soy tu padre hay un abismo.

No quiso ella discutir este punto y comenzó a hablar de su vida.

—Casi han pasado dos años desde aquel día. Te contaré lo que ha sucedido en este tiempo.

Cuando Paco salió a pescar hice de prisa el equipaje y me fui. ¿Por qué? Me pareció saberlo muy bien entonces, pero ahora ya no es así. Paco era un déspota, a veces brutal y a veces tierno. Nos habíamos casado por amor, sólo que ese amor era el de la costumbre larga de tres años de noviazgo y no me parecía suficiente. No sabía que amor es eso precisamente, hábito; algo así como fumar, que cuando más se nota es al dejar de hacerlo.

En cualquier caso me fui a vivir mi vida a solas. Me fui a hacer algo, cualquier cosa y pasé algún tiempo en una pensión, aguantando gracias al dinero que tenía en el banco.

La pensión no era ni más ni menos que las otras. Estaba en la Gran Ciudad y era grande, con los techos altos y las antiguas habitaciones divididas en dos o tres por tabiques recientes.

Al principio, patrón y patrona me miraron sospechando que yo fuera "una de esas". Luego, al comprobar que me comportaba discretamente, me hablaron más a menudo y hasta me facilitaron un flexo para la mesilla de noche sin que yo se lo pidiera.

Los huéspedes nos encontrábamos en el comedor tres veces por día. Éramos gente a la que faltaban las referencias de una casa, unas costumbres particulares y unas amistades. Había dos o tres estudiantes. Un dependiente de grandes almacenes. Un jovencito, mecánico él, que había llegado a la Gran Ciudad en busca de éxito, dinero, mujeres. Un viejales, que vivía de las pocas perras de una renta y que, según me confesó, encontraba la pensión más confortable que un asilo. Un matrimonio de paso con un niño de meses y un pueblerino que acudía una vez por año a gastarse los duros en la capital y a ver de cerca a las coristas de revista.

Todo seguía igual al cabo de un mes, y al cabo de dos... El paleto se había ido rumbo al pueblo. El matrimonio de paso fue substituido por otro. Los estudiantes tocaban a veces una guitarra al atardecer, antes de irse de chatos por ahí. El dependiente dejaba sus periódicos leídos al lado del teléfono trabado con un candado. El viejo atufaba el aire con una pipa renegrida y yo iba y venía de la calle a la pensión en busca de alguna aventura que realmente lo fuera.

Pero me faltaba el autor. Tú te habías olvidado de mi existencia y de esta forma nada importante podía sucederme. Uno de los estudiantes me invitó a salir con él por la tarde y me convidó a un platito de gambas y a una jarra de cerveza. Después, creyéndome ya pagada, intentó manosearme, al regreso, en el hueco de la escalera.

El patrón se me hacía el encontradizo por los pasillos y no se apartaba un ápice con la esperanza de que yo tropezara en alguna de las baldosas sueltas y cayera en sus brazos. El viejales me llevaba a su habitación a enseñarme álbumes amarillentos y despojos de su vida guardados entre papeles en aquel invernadero de la pensión.

El único que no me prestó atención fue el dependiente y, por la ley de las compensaciones, en él me fui a fijar. Poco después de las primeras citas en las cafeterías del centro, decidimos que nos cambiaríamos de pensión, "sólo hasta que encontremos un pisito donde vivir a solas" —dijimos.

Con esta ilusión me puse a trabajar. Él me facilitó un puesto en los grandes almacenes, pues faltaba una chica atractiva para sonreír y hacer cucamonas detrás del mostrador de los artículos de piel... Por un momento me consideré en el camino de la felicidad. ¡Ya, ya!

Al poco, mi enamorado me prohibió saludarle en el interior de la tienda, donde, según sus palabras, era preciso mostrarse discretos y guardar las distancias.

Tampoco quiso que anduviésemos abrazados por la calle porque podía vernos cualquier tipo de la plantilla de los almacenes y estaban prohibidos los romances (así lo llamaba él) entre el personal.

Hacíamos manitas en las cafeterías y, aún allí, a escondidas, mientras él vigilaba con un ojo las idas y venidas del camarero. "No por nada —decía— pero es impropio".

En la pensión, enrojecía si le besaba en el pasillo desierto, y hasta me obligaba a salir separada de él. Bajaba el primero y a los cinco, diez o quince minutos lo hacía yo y le iba a buscar entre los libros de una librería de lance que estaba a dos manzanas de distancia. Era, en fin, el colmo de la discreción y del aburrimiento...

—¿Y en qué acabó? —le pregunté.

—En nada. Me fui cuando estuve harta y empecé a pensar y a pensar hasta que comprendí que era un ser de ficción y decidí venir a verte.

Sonreía porque me imaginaba ya qué me pediría Clara de un momento a otro.

—Supongo —dije— que quieres que termine el cuento y que te haga regresar felizmente a casa, con tu marido, como si nada hubiera sucedido. Que te haga una vida divertida y plena, a la medida.

Ella se echó a reír con frialdad.

—A unos les gusta vivir así —explicó— y a otros no tanto. Yo he descubierto algo que tú ignoras aún: nada está tan lejos de la felicidad como la vida. Para vivir es preciso amoldarse, aburrirse a solas o en compañía; someterse a horarios y costumbres; repetirse diariamente en posturas, decisiones y conceptos. Para ser feliz debes innovarte, salir de ti a cada momento... No se pueden conciliar las dos ideas...

—¿Y bien?

—¿Sabes? A mí me ha costado mucho dar contigo. Me ha sido muy difícil llegar al convencimiento de que soy un personaje ficticio, hijo tuyo desde el momento en que me inventaste. Sobre todo, porque yo creía recordar muy bien mi vida desde la infancia y resulta que tengo solamente dos años...

—¿Sí?

—Sí. Supón que yo, en estos dos años, hubiera creado a otro personaje... Y ése, a otro, y así, sucesivamente... ¿Qué te parece?

—Una barbaridad.

—Sí, claro... Una barbaridad porque, a lo mejor, tú también eres ficticio, y hasta tu autor está en las mismas.

—¿Y qué? ¿Te devuelvo o no con tu marido? —gruñí con el bolígrafo y el papel a punto—. ¿Qué es lo que quieres?

—Que quemes el cuento.

—¿Por qué? —dije perplejo.

—No sé. Odio lo falso y yo soy falsa. Si todos buscásemos a nuestro autor y le obligásemos a quemar nuestra historia, nos ahorraríamos muchas artísticas penalidades.

—¿Y tú? ¿Qué será de ti?

—No te preocupes por mí.

Y cogí el cuaderno y fui a quemarlo en la cocina, sobre los fogones. Cuando regresé Clara no estaba allí. El sillón, sin embargo, conservaba las huellas de su peso y el calor de sus rotundas nalgas.

Y, sentado, me puse a pensar; un poquito solo, porque no me atrevía a hacerlo del todo: me mareaba la cadena: un escritor que escribe a otro escritor que escribe a otro escritor y sucesivamente... ¿Qué de real quedaba entonces?

Me puse delante del espejo: "¿Quién soy yo?" y el espejo me respondió: "¡Cualquiera sabe!". Me siento como enfermo desde entonces, como ávido de verdad, como desprendido de mí y de mis historias.

Y ando buscando a mi autor yo también. Cuando lo encuentre, quizá... ¿Imagina lo que nos pasaría a miles y miles de hombres si toda una biblioteca ardiese?


Publicado en el Diario Menorca el 23 de octubre de 1973.

Aquel que era patriota y no entendía ni torta

«Vale más dominar un mercado que disponer de una fábrica». Guglielmo Tagliacarne.


—¿Cuándo hemos estado mejor que ahora? —me decía aquel que era patriota y no entendía ni torta.

—Nunca.

—¡Ajá! —exclamaba satisfecho—. ¿Y cuándo hemos tenido tanta riqueza?

—Nunca fueron tan ricos los ricos y los pobres.

—¿Cómo? Un pobre de nuestros días vive mil veces mejor que Creso o Midas.

—Desde luego: ni Creso ni Midas se paseaban en autobús o pagaban el recibo de la luz.

Mi conocido, el falso patriota, se hincha como un balón y me mira sonriente, consciente de haberme demostrado ya las ventajas de nuestro tiempo. Compone con las manos un gesto de "¿se-puede-pedir-mas?" y me convida a tabaco.

—Los jóvenes —me dice con paternal confianza— no habéis conocido malos tiempos. No, no me refiero a la guerra...

(¡Menos mal! —pienso— ¡Menos mal!)

—Con hambre los problemas son mayores. Nada hay peor que un padre de familia que no tiene trabajo, porque no lo hay. Vosotros ya habéis vivido en la época de la abundancia y no recordáis las cartillas de racionamiento que tuvisteis de pequeños.

—No hay nada de malo en eso.

—Claro que no; claro que no —se repite para darme a entender que simpatiza con los jóvenes—. Yo creo en la juventud.

(¡Ay! Lo dice igual que cuando afirma creer en Dios, en el Mercado Común y en la Resurrección de la Carne. Nada hay peor que un hombre que cree en demasiadas cosas y no tiene tiempo para comprender ninguna).

—Sois —explica— nobles, abnegados, románticos. Os bullen las ilusiones y estáis dispuestos a sacrificaros por una buena causa. Idealistas: eso es.

(Continúa, pues, acumulando tópicos).

—Entonces...

—Nada... Salvo que, como no habéis conocido otros tiempos, os es muy fácil criticar a la ligera.

Esta vez me impaciento y me pongo a hacer preguntas necesarias:

—¿Son estos nuestros tiempos, verdad?

—De todos. Son de todos.

—Sí, pero al menos, son los únicos que nosotros conocemos.

—Eso sí.

—Entonces, ¿por qué no hemos de mejorarlos? ¿Por qué decir que en tiempos de Pedro el Cruel la gente trabajaba de sol a sol y malamente, cuando todavía nosotros no lo hacemos en óptimas condiciones?

—Exageras.

Nos hallamos en busca de argumentos decididos que zanjen definitivamente la discusión a nuestro favor y aquel, que era patriota y no entendía ni torta, los encuentra primero.

—Mira: hoy en día ya no hay diferencias sociales. Antes los pobres lo eran de solemnidad, y ahora hasta tienen televisor y, si me apuras, también coche o moto. Antes iban desharrapados y llenos de zurcidos, y ahora casi no se les distingue en la calle y todos usan trajes los domingos. ¿Te parece poco?

—Sí, poco.

Me contempla como si, de pronto, hubiera descubierto que el curioso animalito que iba a acariciar en el campo fuese una serpiente de cascabel.

—Ahora —continúa— nada le falta al que está dispuesto a trabajar.

—Nada, menos el tiempo.

—Cobra buenos salarios.

—Que le quita por otro lado la misma clase de gente que le hace pringar.

—Y come mejor, tiene más salud y vive más feliz.

—A costa de alquilar su vida.

—¿Y los negros? —me dice de repente, satisfecho porque acaba de encontrar otro paradigma del progreso—. En España les tratamos muy bien y les dejamos ir a nuestros cines y a nuestros hoteles. Y hasta los gitanos viven como señoritos, que ya es.

—Sólo que habla usted de ellos como si fueran cosas.

Medita durante un rato y, por fin, me pone la mano en el hombro:

—Pero, vamos a ver: ¿qué es lo que tú quieres? Los salarios son altos y...

—Quiero —digo muy despacio— que usted y los que son como usted comprendan que el hombre trabaja para vivir y que no vive para trabajar; que se enteren de que dentro de un hombre hay ilusiones y necesidades y zonas donde el alma duele cuando se la pincha; que nadie lleva en la cabeza un libro mayor con el debe y el haber por toda meta. Quiero decir que sólo los morbosos son capaces de enamorarse de una máquina o un objeto y cifrar en él su felicidad, porque la posesión de muchas cosas retarda o evita la posesión de uno mismo, que sería, en otras palabras, la única solución para empezar a estar en paz con el universo.

El mal patriota bucea en mis ojos. Trata de verme por ellos algunas ideas heréticas.

—Oye —me dice muy seriamente— ¿tú eres comunista?

(En otras circunstancias, me hubiera echado a reír, pero no ahora).

—No, señor. Ni demócrata, ni nada acabado en "ista" o "crata" que usted mencione.

Suspira... En estos momentos me compadece intensamente y sufre por los males que, con gente como yo en la calle, se avecinan.

—¡La juventud! —exclama—. Cuando te cases y tengas una familia te harás más formal; te vendrá el sentido común. La patria necesita esfuerzos, tesón, sacrificios, y tú no me pareces dispuesto a ellos todavía.

(Y, en su boca, se ensucia la palabra "patria". Realmente hay una epidemia de fanatismo y puede que la televisión tenga buena parte de la culpa).

—La patria —sigue— nos obliga a todos. Hemos de hacerla mayor, más rica, más importante.

—La patria —digo— es algo más que una superautomática, un aerosol, un coche y cuarenta duros para entromparse el sábado.

—¡Vaya! —exclama.

—¿Qué sería de usted si Guzmán el Bueno hubiera pensado que se estaba tan ricamente en Tarifa, con los moros al lado y la gente dispuesta a degollarle los hijos?

—No tiene nada que ver.

—No, ¿eh? Pues yo decido que no me gusta correr peligro de muerte al andar por la calle, ni cuando viajo por carretera y estoy a merced de cualquier automovilista salvaje. Y decido que cuando la gente se pregunta, ante un accidente, quién llevaba la razón, si el hombre o la máquina, algo muy grande se ha roto en su cabeza: la idea de lo que el hombre es (pero los hombres, claro, no se compran en el mercado, únicamente se alquilan). Y decido que un tercio de nuestra vida (ocho horas, señor, ocho) es demasiado precio para utilizar lo que se nos dio gratis: la vida misma. Y que no deseo estar atrapado en la trampa mortal del superconsumo; ni ver como se acaba impunemente con la naturaleza; ni comprobar como algunos fabricantes desaprensivos nos envenenan por dinero; ni...

Me detiene con un ademán:

—Hijo —dice—; hay casos excepcionales. En el mundo siempre ha habido gente así; y contra ellos luchamos todos.

—Y más que se luchará si queremos sobrevivir.

—Otras cosas que has dicho son las servidumbres de la riqueza. Se produce tanto para que la gente viva mejor y para que el país gane. Consumir es una forma como otra cualquiera de hacer patria.

—¿Patria de quién?

—No te entiendo.

Y aquí viene lo bueno. Cansado ya, decidí terminar con la charla:

—¿Qué clase de coche usa?

—Un Renault.

—Francés —digo secamente, y sonrío—. ¿De qué es su traje?

—De poliéster.

—Una patente extranjera. Royalties —digo—. ¿Y su jersey?

—De fibra acrílica.

—Más royalties —murmuro—. ¿Y su reloj?

—Un Citizen.

—Japonés, claro —siento pena, pero sigo—. ¿Y su nevera?

—Westinghouse.

—Americana. ¿Y los neumáticos de su coche?

—Pirelli.

—Italianos. ¿Y su tocadiscos?

—Philips.

—Holandés. ¿Y su bolígrafo?

—Bic.

—Francés.

—¿Qué usa su mujer para lavar y abrillantar el suelo?

—No sé... Glo-có, me parece.

—Americano. ¿Bebe Nescafé?

—Sí, claro. Es más cómodo.

—Suizo. ¿Y Coca-Cola?

—Sí.

—Americana. Hasta hay una marca de patatas fritas de una empresa americana. ¿Qué detergente usa su mujer?

Me detiene y suspira, pero yo todavía deseo decir algo más:

—Y muchas veces usted mismo va adrede a restaurantes extranjeros, sólo por lo chic que esto le puede parecer. Y se aloja en hoteles de pertenecen a compañías internacionales, y viaja con agencias extranjeras y compra fincas a través de inmobiliarias de la misma índole y bebe en bares turísticos cuyos dueños son de cualquier parte menos de aquí...

—Sí, sí... —se rasca pensativo—. Tal vez España no sea solamente esto. Tal vez España no sea una estadística. Tal vez nosotros aún estemos a tiempo.

—¿De qué?

—De ser españoles. Afortunadamente este país no es un coche, ni unos pantalones, ni un reloj... En este país hay hombres y hay, también, otra forma de hacer España en beneficio de todos.

Medita un poco más:

—¡Ea! Vamos a ser patriotas a tu modo.

—¿Sí?

—Sí. Camarero: ¡dos riojas!

(Dos riojas, ea. Dos riojas, pero aún queda mucha gente que vende y consume a España y, por lo tanto, a nosotros).


Publicado en el Diario Menorca el 30 de octubre de 1973.

Noche de ánimas

Este cuento debe ser leído a solas y de noche.


Es Noche de Ánimas. Hay humo en la taberna. Las conversaciones zumban de rincón a rincón, miden los oídos, exploran los recuerdos y ponen no sé qué vibración de oscuridad y cansancio en el aire.

El tabernero espabila un candil, se dirige al bocoy más negro con un pichel en la mano. Fuera, airecillo fresco de noviembre, humedad de relente y noche. Las más de las casas están cerradas a piedra y lodo. Ninguna luz brilla tras las contraventanas prietas. Nadie canta y, por una vez, los precavidos borrachos renuncian a sus correrías inseguras y vociferantes.

Juan (en Joan, si lo preferís) calienta el vino grueso entre sus manos y mira a la moza de la taberna: muchacha joven y rolliza que, se inclina sobre la pila para enjugar los vasos, le enseña bonitas redondeces por el escote abajo.

Bebe su vino y sonríe. La moza le devuelve el gesto y, muy segura de su cuerpo, dobla aún más el espinazo. Fuera, el airecillo fresco del noviembre que se estrena, y la humedad del relente y la noche toda, a oscuras, en silencio, amplía.

Apetece más mujer que vino. Mejor ansía plácidos suspiros y crujir de sábanas blancas y calientes; el olorcillo a cuerpo y a caricias que llena los dormitorios alegres... ¿Quién sabe si la moza...? Sueños son, en cualquier caso; aventuras del pensamiento que se terminan donde empieza el primer escalón que da a la calle.

—Noche de Ánimas hoy —dice alguien a su lado.

—No tengo yo muertos —regruñe.

¡Ay! Pero los muertos están en todas las cosas: son todas las cosas y viven su muerte en las esquinas y en las haceras y en los faroles apagados y en las puertas cerradas. Juan (en Joan, si lo preferís) lleva, en cambio, lujuria en el cuerpo y sobre el alma. El vino le entibia las ideas y le endulza el vientre, y sólo puede, señor, mirar a la moza de la taberna y sonreír. Suena la campana arriba, muy arriba, en el aire. Por encima de sus cabezas turbias: ¡clan! ¡clan! ¡clan!, dobla la campana, grita la campana.

—A muerto doble —dice Juan.

—A muerta. A muerta, mejor dicho —le corrige el mismo vecino de antes.

—Y nosotros aquí, tan calentitos —dice la muchacha que enjugaba los vasos.

—¿Quién es? —pregunta Juan.

—Una mala mujer —responde alguien—. Una gran pecadora que ha muerto en el vicio.

—Su amigo —explica otro— la mató en la alcoba y huyó a los bosques.

—A ella la encontraron solamente vestida con su sangre, con el cuerpo pegado a las sábanas y los ojos abiertos de miedo.

—¡Quién sabe lo que vio por ellos antes de morirse! —exclama la moza rolliza.

—Porquerías, de seguro.

—¿Quién sabe? —repite ella, misteriosa.

Juan termina el vino que entibió con las manos y se siente lleno de vigor y disgusto:

—Lástima —dice—. Esta noche estoy con frío y me hubiera apetecido pasarla con ella.

Uno se santigua. Otro hace cruces rojas sobre el vino derramado en la madera.

—No hables así de los muertos.

—Muertos están. ¿Quién los defiende? —Juan se ve ahora fuerte y se nota capaz de baladronear—. Repito: me gustaría pasar con ella la noche.

Mira las caras de todos y se divierte con sus expresiones. ¡Temer a los muertos! ¡Valiente simpleza!

—¿Y era guapa? —pregunta aún.

—Mucho. La que más.

—¡Ah, quién la tuviera!

Bebe todavía otro vaso y hace pereza para irse: poco le atraen el aire fresco de noviembre, el relente que cuaja sobre las piedras, y la oscuridad de la noche. Tampoco puede quedarse allí dentro, al amor del humo, de la charla y de los vecinos.

Suspira Juan al fin y se despide. Piensa aún en la mujer muerta:

—¡Lástima! —dice al cruzar la puerta—. ¡Lástima! ¡Quién la tuviera!

Va para su casa, las manos en los bolsillos y el paso menudo y rápido. La calle negra le entristece y le pone pensamientos de angustia en la cabeza caliente. Dobla la esquina de la calle alta y oye una voz que le chista:

—¡Chis!

—¿Quién va?

—¡Chis! ¡Juan!

Aprieta los ojos para afinar la vista y descubre a una mujer en un portal de cerca; una sombra de mujer que aún le llama:

—Juan. Juan.

Es Noche de Ánimas, pero poco importa eso a un joven con el vino reciente, que demasiadas veces engaña a la soledad pensando en mujeres. Por eso Juan acude sin miedo. Por eso se enfrenta a la sombra con los brazos en jarras:

—Aquí estoy. ¿Qué me quieres?

Ella le toca el hombro con una mano fina y muy blanca que centellea en la oscuridad.

—¿Vas solo?

—Solo, sí.

—Pues sígueme.

Sombra tras sombra, tuercen y retuercen las calles. Las doblan, las invierten, las suben, las acaban. La mujer va delante, apresurada. Juan, detrás, a cuatro pasos, acariciando en su cabeza juveniles torpezas. ¿Suerte o broma? Sabe, sin embargo, que hay mujeres que temen quedarse solas de noche; sabe que las hay amantes de gente joven y fuerte, y hasta otras que aprovechan ausencias de maridos y tontos.

Y sigue adelante trenzando calles: le obliga su sangre caliente y vinosa y cierto deseo de terminar toda aventura que comienza misteriosamente.

La mujer, al fin, para ante una puerta y se oye sonar la vuelta de una llave. Entran los dos a la oscuridad, donde un candil brilla en lo alto de la escalera angosta:

—Sube —dice la mujer—. Estoy contigo al momento.

Y Juan escala los peldaños y se encuentra en una alcoba que huele a esencias, a excitante bálago, a ropa blanca y a mujer sanota y joven. La cama, el banquillo, la mesilla y una alfombra... Echada la ventana; en penumbra el aire. Se enerva Juan con estos detalles y le parece que sus narices no le dejan pasar el aliento suficiente...

—¡Ah! ¿Quién me lo iba a decir? Una mujer me llama en la mitad de la noche, y aquí estoy ya, en su dormitorio.

Ella, al cabo, sube la escalera con tenues pasos. Él, desde arriba, le escucha un gemido ahogado y suspira pensando en la conquista que ha hecho.

Llega por fin. Viene desnuda, con el pelo brillante cayéndole sobre los hombros y una mano apoyada a su costado. Trae la cara pálida, como apretada de dolor, y los ojos fríos y lejanos.

—¿Estás enferma? —le pregunta Juan.

—No. Me hice una herida en el costado, pero no es nada.

—¿Y no tienes frío así?

Ella sonríe y compone un gesto meloso:

—¿No te estás asando tú?

Y es cierto: a Juan le estorba la ropa, le arde el corpachón, cuidado con vino poco antes. La mujer, mientras, se sienta en la cama muy modosa y le guiña un ojo:

—¿Vienes?

—Voy.

Da un paso y otro aún más rápido. Y va para el tercero, el definitivo, cuando se siente atrapado por la espalda.

—¿Eh? ¿Qué pasa?

Hace fuerza, tira... y nada: no avanza. Manotea hacia atrás y nada encuentra.

—¿Qué es esto, mujer?

Y, en eso, le empiezan a azotar las nalgas. Usa —quien sea— un palo nudoso que maltrata malamente carnes y piel. Por fin Juan retrocede y busca en la alcoba: nadie está. No hay nadie, pero le sigue doliendo el sitio de los palos, y mira rencorosamente a los cuatro rincones y a la mujer que le sonríe desde la cama.

—¿Qué ha pasado? —pregunta.

Y ella le guiña los ojos y sólo le responde invitándole de nuevo:

—¿No vienes?

—Bien quisiera, pero temo...

Y, con los ojos duros, se asegura de que está solo con la mujer en la alcoba.

—Te espero.

Y Juan da un paso y otro aún, rápido. Y a la mitad del tercero, un bastonazo le hace parar en seco.

—¿Otra vez? —grita rabioso.

Pero, como siguen menudeándole los golpes en las nalgas, retrocede furioso y dolorido.

—¿Qué pasa, mujer? ¿Quién me pega?

La mujer suave, le sonríe y extiende un brazo como para tocarle: aún le invita a la compañía de la cama blanca y limpia.

—Ven.

—A la tercera va la vencida —murmura Juan para sí.

Y a la tercera le reciben con bastonazos aún más animados que llenan la habitación con el ruido de sus carnes sacudidas: ¡plas! ¡plas! ¡plas! Y lo mismo sucede a la cuarta vez y a la quinta y también a la sexta.

La mujer, bella y larga, lo mira todo desde el lecho y no deja de invitarle, tentadora como nunca. Y Juan insiste e insiste, y repite y cobra y retrocede, y sabe que, tras esta noche, ha de tardar muchos días en sentarse normalmente.

Por fin se filtra por la ventana echada el resplandor nacarado del alba. El olor de la alcoba cambia: ya no es esencia, ni bálago, ni aroma de mujer sana y joven, sino tufo de humedad, aliento de frío y hasta sueño. Ella lo repara y se pone en pie:

—Ya pasaste conmigo la noche. Adiós —le dice.

Y Juan no cabe en sí del asombro y le pregunta:

—¿Quién eres? ¿Por qué me invitaste a seguirte? ¿Quién me ha pegado toda la noche?

—La mujer se quita la mano del costado y a la vista queda una fea herida, con los labios abiertos y lívidos, sin sangre ya...

—Por mí doblaron las campanas esta noche, ¿recuerdas?

Juan palidece, pero aguanta su miedo a pie firme.

—Esa herida te mató —dice—. Tú eres la que encontraron pegada con sangre a las sábanas.

—Yo soy. Adiós.

—¡Eh! ¡Espera, fantasma! —grita Juan vistiéndose a golpes.

—¿Qué?

—¿Por qué me trajiste aquí?

—Tú lo deseabas.

Juan menea la cabeza:

—Una cosa es decirlo y otra... Y, dime: ¿por qué alguien me pegaba cada vez que me acercaba a ti?

—Era el demonio, celoso porque me considera ya suya.

—¿Por qué suya?

La mujer sonríe tristemente por última vez. Alguien ríe en las cuatro esquinas de la alcoba y las carcajadas erizan el vello de Juan, que casi tiembla. La mujer responde mientras se desvanece en el aire:

—Porque nadie me pegó en las nalgas cada vez que me acerqué a un hombre.

—Yo... —murmura Juan.

—Con los muertos no se juega —dice el fantasma—. Los muertos tienen sus reglas.

Y Juan se viste muy deprisa y baja. La calle está fría. El aire fresco de noviembre se le mete por el pecho y le angustia. El relente le busca los huesos. Es un bravucón arrepentido el que regresa a su casa. Perros callejeros visitan las esquinas. Una campana dobla por encima de los tejados. Huele a madrugada.


Publicado en el Diario Menorca el 6 de noviembre de 1973.

Primeras notas para la historia de Menorca en 1973

Estoy seguro de que dentro de 100 años seremos unos desconocidos. Los futuros menorquines de entonces no habrán visto de nosotros más que retratos descoloridos o, con suerte, nuestros rostros viejos antes de morir.

Las fotografías que tan alegremente nos sacamos con nuestras máquinas de plástico y que tan caras nos resultan, serán cartulinas apenas sin color en el interior de los pocos álbumes que por esas épocas sobrevivan. Alguien dirá señalando la foto de un muchacho que hoy tiene dieciocho años:

—¿Y éste? ¿Quién es?

El heredero del álbum, joven dentro de 100 años, hará memoria:

—Un bisabuelo, creo.

—¿Y cómo se llamaba?

Y lo más probable es que el joven no lo sepa y tenga que consultar a su padre, o a la fecha escrita detrás del cartoncito.

Como sabemos todo esto, es obligación nuestra dejar a esos descendientes (que en este momento a lo mejor leen el cuento) un relato fidedigno de nuestra Menorca de 1973, con todo lo que esto significa.

Aquí queda, pues, este trabajo para los historiadores de lo porvenir.

Menorca era, a finales de 1973, una isla de tantos kilómetros cuadrados, menos tantos otros que pertenecían a extranjeros. Su población ya no se contaba en "almas" como en los viejos libros de geografía, seguramente por la dificultad de sacarlas a flote: se hacía por censos, consumo per cápita de kilovatios-hora, número de teléfonos y número de televisores.

La gente, como siempre, iba y venía de acá para allá, sólo que, últimamente, en lugar de ir a merendar bajo un pino y engrasarse bien los dedos con tortilla de patatas y cebolla, prefería comer al amparo del cemento de restaurantes donde, en ocasiones, alcanzaba a hacerlo tan bien como en su casa.

Las mujeres, como casi siempre; ya sabes: siguiendo la moda. Los hombres —y en contra de algunas autorizadas opiniones— trabajando más y más y partiéndose el pecho para pagar letras de neveras, coches, batidoras, aspiradores y descorchadores mecánicos sin los que pasaron perfectamente sus abuelos. Y los niños sirviendo a experimentos educativos sobre cuya bondad sólo existen leves cálculos teoréticos. Los niños, también, cada vez más lejos de la calle y del aire limpio, y del silencio y de los juegos esos en los que el infante descubre el mundo en sí mismo y empieza a comulgar con el universo.

La prensa, por las mismas fechas (hace una semana), daba a entender en bonitos anuncios que con un voto se soluciona el problema del alumbrado o el de las necesidades del vecindario, y con ese voto se descolgaban mil imposibles responsabilidades sobre dos de los cuatro hombres que ya habían sido elegidos, pero no por el vecindario.

Los precios seguían subiendo sin cesar y la gente mayor que vivía de sus pocas rentas andaba con bastante miedo en el cuerpo.

Lorenz compartía un Premio Nobel de Medicina por hacer que patitos recién nacidos le tomasen por su madre y, en general, todo el mundo se preguntaba, como hace siglos: "¿adónde iremos a parar?". Y, como hace siglos, no encontraban respuestas definitivas.


La gente

Ignoro como será (o es) la gente en las edades futuras. Sí sé que, para que estas líneas se puedan leer dentro de cien años, tendrá que haber cambiado mucho, mucho.

Hoy en día, por ejemplo, hay más vocaciones que profesiones y, por otro lado, empleos que no requieren vocación de ningún tipo. De esta forma los hombres son desgraciados, y este es un asunto que —se confiese o no— preocupa a la mayoría.

Todavía acostumbramos a preguntar a los niños: "¿qué serás de mayor?". Y los niños se hacen ilusiones: algunos quieren ser médicos; otros, soldados... pero también despiertan vocaciones destinadas al fracaso desde un principio. Yo, de pequeño, quería ser centurión, de esos que van en las procesiones. Nada más (¡y nada menos!). Y siempre que algún cenizo advertía a mis cinco petulantes años que "los centuriones no ganan dinero".

Hay quien también desea ser jinete (a secas), o caballo (que es aún más difícil). Las niñas he oído que estarían locas por hacerse "arcoíris" o "muñeca".

Esto es lo imposible. Pero también existen vocaciones lógicas, al alcance de la mano, que se quedan en vagos sueños de adolescencia y que al recordarlas no son más que un calambre (tenue, pero doloroso) en el pensamiento.

En general, Hombres de lo Futuro, no somos lo que deseamos ser: nos quedamos a mitad de camino o, simplemente, no lo empezamos nunca. Encontramos, claro está, buenas disculpas para estos fracasos: la exigente supervivencia o el sustento de la familia o lo porvenir de los hijos... Pero son excusas. Maravillosas excusas que somos los primeros en crear.

Y, mientras tanto, en este año nuestro aún queda gente mayor que llama "escaufapanxas" a las chimeneas; gente joven que cree en la libertad aunque no la practica y que se partiría el pecho por cuestiones tan abstractas como lo justo, lo verdadero o lo bueno; gente mediana que espera milagros, que se llaman ahora quinielas y lotería; y, en general, muchísimos individuos cuyo nivel de aspiraciones no va mucho más allá del simple libro de caja, con el debe a un lado y el haber al otro, y un saldo positivo en el activo.

Y no es que los hombres tengan que cambiar: no lo han hecho durante siglos. Deben, simplemente, aprender a desear; aprender a tener aspiraciones de hombre o de mujer, no de contable, no de caja registradora; les va la vida en ello.


La contaminación y el descontento

Se habla mucho últimamente de la contaminación. Los más la llaman polución, por más que nada tiene que ver con ciertos desahogos nocturnos e involuntarios.

Esta contaminación consiste en que el mundo se nos queda pequeño mientras que el consumo nos viene muy grande ya: nos amenazan, pues, los desperdicios, nuestras basuras que, en buena parte, son venenosas.

La vida, así, se deteriora en todos sus aspectos. Bosques enteros caen diariamente para que los periódicos salgan a la calle. Tierras fecundas se vuelven estériles a causa de serios errores de quienes no pueden tenerlos. Con el aire respiramos mucho veneno que previamente hemos fabricado nosotros mismos. En el agua bebemos cloro y en la leche, insecticidas que ya están en la grasa de los niños de seis meses. El mar, en fin, se va a hacer puñetas, y la lluvia, tan limpia y clara, nos cae a menudo con partículas de tritio: nadie sabe lo que la radiactividad será capaz se hacer con nuestros hijos.

Y no nos ponemos de acuerdo. ¿Por qué? Porque la vida no significa lo mismo para todos. No se trata ya de la vieja cuestión del trabajo por un lado y de la molicie por el otro. Hay individuos que sacrifican a los demás, a sus hijos y a ellos mismos por determinados lujos. Los hay que se niegan a pensar en el asunto: "hasta ahora —dicen— nunca se ha acabado el mundo". Y es que, hasta ahora, nunca estuvimos tan cerca de conseguirlo. A los más, nadie les da vela en este entierro y asisten, silenciosos, a este proceso imparable, a esta carrera por el consumo, sin tener más solución (¡así está la vida!) que colaborar en ella.

Y he aquí el descontento: imaginamos que nada se puede hacer por uno mismo. Todos echan la culpa al vecino o, lo que es igual, a las autoridades o a los fabricantes. Olvidan, por supuesto, su libre albedrío y siguen usando lo que es perjudicial para todos, y siguen enguarrando el campo y echando humazo a la atmósfera y consumiendo, en fin, aquello de lo que podrían prescindir muy bien.

Todos, además, echan la culpa al "hombre", ese ente abstracto que carga con vicios y pecados particulares que a nosotros nos parecería feo exhibir: "el hombre es un lobo —dicen— (pero yo, no)", "el hombre es envidioso (pero yo, no)", "el hombre es agresivo (pero yo, no)". Y entre ser y no ser, la agresividad se condensa, la mala uva aflora en las relaciones callejeras casuales, y existe, cada vez mayor, una desproporción entre lo que se quisiera ser y lo que oscuramente, calladamente, desgraciadamente se es en el fondo de la conciencia de cada uno.

Y el hombre, lectores de un futuro, no tiene culpa alguna. El hombre es también parte (y no pequeña) de esta Naturaleza que algunos hombres alegremente se cepillan. Y, para que esté claro de una vez, el hombre es el éxito más notable de la evolución zoológica: un éxito tan grande y tan sin precedentes, que algunas grandes compañías (infernales, sin duda) le han comprado la patente para retirarlo de la circulación y evitar competencias demasiado fuertes.

He aquí por qué el hombre está contaminado ahora: no porque se encuentran partículas radiactivas en sus huesos o dedeté (léase D.D.T.) en su grasa, sino porque sus pensamientos andan como sucios, como perdidos en un mar de estímulos e ideas contradictorias: porque, más o menos, "ha perdido el norte".

En cualquier caso, el hombre contaminado sólo sabe contaminar, y éste es el problema.


Si verdaderamente se acabara la gasolina

Leo en un libro fechado en 1816:

"Tout est ainsi, parce que tout est ainsi", que, traducido viene a decir que todo es así, porque es así. Es, quizá, la última explicación pesimista del mundo que nos rodea y, por supuesto, podría haber sido escrita en 1973, donde nos acostumbramos a refugiar repetidamente en lo irracional.

Ha habido una guerra. Todavía no se sabe a estas horas si ha terminado o no, pero la ha habido. Una guerra de razas, como en los viejos tiempos, aunque haya divergencia de opiniones a este respecto: unos dicen que las razas eran judíos contra árabes, y otros que dólares contra petróleo.

Dólares contra petróleo: lo artificial (el dinero, que es un concepto abstracto) contra lo natural (el petróleo, que es podredumbre milenaria que se inflama). La batalla, sea cual fuere su resultado político, está ganada de antemano por el dólar, moneda con que se compra y se vende el petróleo.

Y, a la larga, el mismo petróleo valdrá más dólares, pero en dólares se seguirá midiendo.

Entretanto, aquí en Menorca, podemos permitirnos soñar: la gasolina se ha terminado, y he aquí que las máquinas tienen que tomar otro camino. Las eléctricas, no tanto, porque todavía funcionan centrales hidroeléctricas y atómicas. Las otras, las de motor de explosión incorporado, sí.

Y mientras se ponen al día los motores de agua y de carburo y de X, que las grandes industrias y las compañías vendedoras de petróleo han retirado, los automóviles se detienen: miles de obreros quedan sin trabajo. Cada semana son doscientos los hombres que continúan viviendo en España; millares en el mundo. Los niños, sin peligro ya, salen a las calles y juegan y dejan de atontarse con la televisión, con lo que se hacen más sanos y más listos.

Muchos productos extraños e innecesarios dejan de fabricarse, y más gente se queda sin trabajo. El campo, sin la ayuda de las máquinas, da cosechas más reducidas. Con las restricciones de combustible, se empobrece el comercio marítimo y terrestre, y aumenta el hambre. También, con los apagones, la natalidad: muchos hombres que normalmente morían en accidentes de coches y de aviones y en guerras (que, sin gasolina, son difíciles de hacer), viven y crían... El mundo, entonces, se va a hacer puñetas y nosotros con él.

Por lo tanto: adelante con el petróleo, ya se pague en dólares o en dinares; adelante con los accidentes y con las guerras, y adelante con esta cadena que nadie sabe cómo empezó, pero que está ahí y nos arrastra.

De una cosa no cabe duda: desde Cristo hasta hoy el hombre ha sobrevivido diecinueve siglos (¡19!) sin aviones, sin automóviles y casi sin petróleo, y sólo uno con ellos. ¿Por qué, entonces, ya no es posible prescindir de esas máquinas?


El tiempo y las personas raras

Todavía es otoño, aunque se haya metido ya muy hondo en el frío. Y este frío, además de espantarnos moscas y mosquitos, se nos ha llevado a los turistas. En realidad nos quedan algunos aún, pero muy pocos, sin verdadera unión y, por lo tanto, resto decimal despreciable a la hora de los grandes números.

En verano, sobre todo en los días nublados, nuestras menorquinas calles eran un zoológico divertido y recargado. Muchos niños y algunos ancianos tuvieron entonces ocasión de ver al natural a su primer japonés, a su primer chino y a su primer negro. También a su primer "no-se-sabe-qué", raza extraña, peluda, que pasó por la isla sin mostrar su pasaporte.

Las calles eran a veces divertidas, sí, y a veces agobiantes. Más de uno se sintió "fuera", por detrás de la tramoya; menos menorquín seguramente; algo invadido quizá (al contemplar rótulos y anuncios en desconocidos idiomas que, por lo tanto, no se referían a él y a sus costumbres); tal vez ajeno, extraño al asunto que en sus calles de siempre se trataba.

Pero a las diez de la noche las calles burbujeaban todavía, y entre los extranjeros, quieras que no, algún menorquín prolongaba su callejear y paseaba a turistas de todas las medidas o se contentaban con entretener los ojos y hasta el gaznate en algún bebedero bien iluminado.

Hoy, en cambio, es otoño, y se han ido las personas raras. Quedamos los menorquines y los que en Menorca viven. ¿Y qué? Pues el gran descubrimiento: las calles están desiertas a partir de las ocho. Los establecimientos sociales (bares, cafés, casinos) cierran a las diez, en su mayoría por falta de clientela. Los cines se llenan en domingo y se vacían entre semana, y hombres, mujeres y niños, tras el trabajo o la escuela, se encierran entre el cemento y se pone a ver la tele.

Cuando la televisión cierra, los hombres cierran y se van a dormir. Eso es todo. Y ese todo (con muchos excepciones, claro, pero no con las suficientes) dice bien poco de la elasticidad de nuestra sociedad, de su juventud, de su dinámica.

Nuestra sociedad, sin su fachada turística, tiene arteriosclerosis televisiva, señores. O, si lo prefieren en otras palabras, existe más aburrimiento del que el hombre normal puede soportar. ¿Y bien? ¿Por qué lo hace?

Sic transit gloria mundi.


Publicado en el Diario Menorca el 20 de noviembre de 1973.

El día vacío

A la hora de picar las columnas de los periódicos que, al día siguiente, aparecerían oliendo a tinta fresca y ensuciando los dedos de los lectores poco precavidos a esa hora precisamente, los linotipistas consultaban con los ojos a los redactores y éstos a los inmóviles teletipos.

Todos —menos los teletipos impávidos— menearon la cabeza con desesperanza.

—Nada —dijo uno.

—Nada —repitió otro.

Y la palabra nada fue rodando por las mesas plastificadas de la redacción, por los teléfonos blancos y negros y grises (según la categoría), por los pasillos estrechos, hasta las profundidades del taller, donde aguardaban las linotipias inmóviles.

Desde las doce de la noche anterior (las 24:00) el mundo parecía haberse detenido y, con él, los teletipos, los teléfonos y las emisoras.

Desde las doce de la noche anterior ningún jeque árabe había embargado suministros de petróleo, ningún judío había apiolado a un par de palestinos, ningún general había establecido la ley marcial.

Desde las doce de la noche anterior nadie dio un golpe de estado, nadie secuestró un avión con ciento ochenta pasajeros, nadie pagó un rescate por un hijo o un cuñado.

Desde aquella hora ningún club de fútbol traspasó jugadores, ningún entrenador se peleó con la directiva, ningún equipo marcó un gol.

Casi parecía el fin del mundo. Ningún ministro inauguró pantanos o polígonos industriales y ni siquiera salió al extranjero a cumplir una apretada agenda de trabajo. Ningún ex dio conferencias fingiéndose rojillo o demócrata, ni murió un solo muchimillonario.

El monstruo del Lago Ness, tan oportuno y cumplidor antaño, tampoco se removió en las profundidades ni devoró a las inocentes ovejas de la orilla. Los americanos del norte tampoco inventaron ningún nuevo deporte, ni permitieron desmandarse y hacer de las suyas a sus negros.

En fin: nada, y esto, quieran que no, era un golpe de muerte para todas las empresas y agencias de información. Ni aún rebuscando eran capaces de encontrar dos líneas aprovechables.

Los maridos celosos, que antaño solían dar treinta y siete puñaladas a sus coquetuelas esposas, habían pasado el día tranquilamente. Los conductores alcohólicos, otros famosos por atropellar niños y ancianos y darse después a la fuga, se habían olvidado de sus noticiosos hábitos. Los atracadores de bancos a la luz del día había hecho fiesta y se dedicaron a contar sus ilícitas ganancias.

¿Más aún? Los descontentos que pintarrajeaban paredes en sus horas de ocio se habían ido de excursión. Los camareros y los palurdos que acostumbraban a acertar los catorce en las quinielas, tuvieron mala racha en esta ocasión. Los actores y actrices escandalosos se habían encerrado en sus casas y llevaban una vida decentísima. Ningún estudiante, ningún obrero había organizado un plante. Nadie había frito la tortilla mayor del mundo, ni se había paseado en cueros por una calle céntrica. Tampoco se amenazaron los boxeadores ni los políticos parlamentarios.

Las emisoras de radio llenaron sus espacios informativos con amenas e instructivas charlas sobre la contaminación y con citas de hombres célebres ya muertos. La televisión sustituyó sus telediarios con publicidad de turrones caros y con cantantes de segunda fila, de los que no cobran muy caras sus actuaciones.

Como era lunes, los periódicos de la tarde se libraron de pasar el mal trago de reconocer que no tenían nada que decir. Y los diarios que deberían salir por la mañana del día siguiente se vieron atrapados por la angustia.

Los directores telefoneaban a sus habituales colaboradores, a los conocidos que de vez en cuando, les escribían unas cuartillas anacrónicas que se amparaban en el ambiguo título de artículos de fondo. También, claro, a los poetas y a los licenciados en filosofía.

—Oye —les decían— ¿Podrías escribirme algo para esta noche sin falta?

—¿Sobre qué?

—Tú sabrás. Una de esas cosillas que te salen tan bien.

—Algunos decían que no, les pillaban por sorpresa y sin tiempo de ir a copiar al Espasa. Otros fingían rebuscar en los cajones y luego rechazaban la oferta:

—Verás —decían al director— no tengo nada apropiado ahora.

—Pero, ¡si no importa! Te envío al ordenanza a recogerlo.

Otros, los más optimistas, aceptaban la oferta y se ponían a parir sobre la marcha, en pie, en la mesita del teléfono, sobre las páginas en blanco del librito de direcciones. Los poetas fueron los menos remisos y, así, a las diez de la noche, los directores tenían material suficiente para llenar cuatro páginas de versos y otras cuatro de comentarios.

Los más destacables frutos de este ingenio apresurado fueron tres poemas (titulados "tú, mi bella flor", "Como el viento mi suspiro" y "Ademanes viejos") y un prolijo y enjundioso estudio sobre "Algunos aspectos topográficos de los cantares de gesta".

Sin embargo, abrumados por lo que deberían publicar al día siguiente, los redactores no perdían la esperanza y vigilaban los teletipos a la vez que usaban sus teléfonos blancos, negros y grises, siempre según sus categorías.

—Oye —le decían a un amigo que vivía en otra ciudad— ¿Ha sucedido algo por ahí?

—¿El qué?

—No sé... Un suicidio. Una multa a algún aprovechado que haya subido los precios... Que haya aparecido una culebra en una botella de leche...

—Nada, chico. La gente se ha vuelto cínica y nadie se quiere morir sin saber en qué acabará todo esto. Los tipos que suben los precios ya saben cómo evitar las multas y los infelices que encuentran bichos en la leche prueban a comérselos, porque la carne está de un caro...

Y vuelta a empezar con el teléfono.

—Oye: ¿ha sucedido algo por ahí?

—Nada, como no sea que a mi hijo se le ha caído el primer diente de leche y espera al Ratoncito Pérez. Por cierto: ¿tú crees que debo decirle la verdad, que no existe el Ratón? Hay por ahí tipos que piensan que es lo mejor. Fuera cigüeña, Reyes Magos y Ratoncitos. ¿Qué me dices?

¡Y qué minutos tan largos los de aquella noche! Habitualmente pasan a escape, pero en esta ocasión parecían gotear de un grifo mal cerrado, rodas por los cristales repletos de vaho o bajo uno a uno de la luna.

A medida que avanzaba la hora los periodistas del mundo entero consumían más y más café, tabaco y bebidas fuertes que les dieran valor. Sería tan fácil que, por ejemplo, un aviador camboyano volviera a bombardear el palacio de Lon Noi, o que Mao, como ya hizo, se bañase en el Huang Ho en porretas delante de la multitud (porque los chinos son siempre multitud). Sería incluso tan agradable que Wall Street, la gigantesca bolsa de Nueva York, se desplomase o que el oro volviera a subir..

La N.A.S.A., que tantas noticias suculentas suele administrar, no había lanzado ningún cohete hoy y ni siquiera preparaba alguna misión para batir la marca de permanencia en el espacio.

Andando el tiempo, a ningún chiflado se le ocurriría proclamarse inventor del primer motor que funcionaría con aceite de oliva o con cáscara de cacahuete. Tampoco los mafiosos se ajustaban las cuentas como es fama que hacen todos los días. A ninguna mujer se le había ocurrido hacerse guardia o juez o cardadora de lana; ningún modisto había anunciado nuevas colecciones para primavera-verano y ningún sabio científico había puesto como chupa de dómine a cualquier colega pedante y antipático.

Ya casi eran las doce y nadie se liaba a tiros con los transeúntes desde lo alto de una casa, ni se inventaba una nueva filosofía basada en la contemplación, el ayuno y los baños de bajo vientre. Nadie les tiraba pasteles a los dirigentes de sectas budistas. Nadie acusaba de cohecho a los presidentes, ni nadie se manifestaba a favor o en contra de la bomba atómica.

¿Qué diablos se puede hacer en un mundo así? Quizá únicamente sentarse con un buen libro en las manos, el botijo al pie de la silla, el tabaco sobre la mesa y esperar a que empiecen a sonar las trompetas del Juicio Final. También, por supuesto, perder dinero, porque ningún comerciante es tan tonto como para pagar anuncios que van a salir entre versos y opiniones, sin ningún muerto, ningún golpe de estado ni alguna inauguración aceptables.

Por lo demás, los ordenanzas seguían aportando pliegos y más pliegos de papel a las redacciones; los redactores aguardando la noticia milagrosa, la catástrofe salvadora, el maremoto aliviador; y la gente del taller esperando órdenes y textos que llevarse a la tecla o el chibalete.

Y nada. Las doce en punto y sereno. Temperatura del aire, 7º. Humedad relativa 79 por 100. Visibilidad, 20 kilómetros (de día, claro). Estado del cielo, despejado. Velocidad del viento: calma. Estado de la mar: marejadilla. Además, una borrasca sobre Italia y el acostumbrado anticiclón de las Azores.

Nadie demandaba a nadie. Ningún cura organizaba ciscos. Ningún padre desriscaba a sus hijos ni a su mujer; ni siquiera a su suegra. Todos los pilotos conducían con pulso sereno sus aviones, sin que se estrellase ni un maldito helicóptero.

¿Y en Vietnam? Bien, ¿y usted? Ninguna Academia daba premios discutibles. No se fallaban concursos literarios, ni se imponían cruces y encomiendas. Los platillos volantes brillaban por su ausencia y ningún alcohólico acudía a la policía para explicar cómo y porqué se había tropezado con un millar de hombrecillos verdes con narices de trompeta.

Los telefonazos a las comisarías no daban mejores resultados: ni un escándalo nocturno, ni un atropello, ni una violación. Nada. Ni siquiera un mísero "rata" había sido atrapado con las manos en la cartera ajena.

Y la gente de prensa, angustiada, consultaba el reloj de pared o se llegaba al bar para achisparse ligeramente y mejor tragar el nerviosismo. Otros, más irascibles, daban puñetazos a los teletipos y citaban a Miguel Ángel:

Parla, cane!

Y las máquinas, heridas en su sensibilidad eléctrica, guardaban silencio hasta descomponerse entre tanto zarandeo.

Los que más presencia de ánimo conservaban, iban y venían consultando los números atrasados, los archivos y los ficheros, en busca de tal o cual gloriosa efemérides que admitiese unas cuantas líneas de verborrea brillante y hueca, de cualquier noticia "larga", de esas que todavía se pueden publicar al cabo de un mes y guardar cierto interés, o a la caza de tal dato no publicado en los papeles arrancados del teletipo al día anterior.

Y nada.

El demonio la había tomado aquella vez con los informadores. De otra forma, jamás el mundo se hubiera convertido en una balsa de aceite donde los ministros no discurseaban, ni los generales hacían la guerra, ni los deportistas fanfarroneaban, ni los terroristas saboteaban, ni los conductores hacían víctimas, ni los atracadores robaban.

¿Y el petróleo? Demasiado hinchada estaba ya la cuestión: la mayoría de la gente se saltaba a estas alturas los comentarios sobre el tema. Además, ¿porqué recordar al sufrido pueblo que tenía que ahorrar luz y calor y velocidad, si era un asunto tan desagradable por sí solo?

¿Y las ballenas? Decir, por enésima vez que, a este paso, no iba a quedar ninguna para regocijo de los futuros nietos. Nada, nada: la gente no es tonta o, al menos, no lo es tanto como para leer refritos de este calibre.

¿Y si...? No se atrevía ninguno a decirlo aunque todos lo hubieran pensado a lo largo del día —¿Y si inventáramos un poco? Solo un poquito.. Así... Una noticia chiquitina, sin mala intención... Decir, por ejemplo, que Perón se había acatarrado o que a Dayan le habían salido cataratas en su ojo bueno... ¡Ah, no! Hay algo que se llama ética profesional y, si esto falta, hay otro algo que se llama tribunal y multa, de modo que...

¿Qué? —Pues, eso: más café, más tabaco, más vinazo y a ver qué pasa. Además, ¿por qué no tener confianza en la naturaleza humana? Con lo achuchado que andaba el mundo, con lo mal que estaban las cosas, tarde o temprano algo sucedería, ¿no? A cualquier chalado se le ocurriría tirarse a tiempo desde lo alto de un rascacielos. Cualquier otro raptaría al hijo o a la chacha de un muchimillonario o, al menos, amenazaría con hacerlo.

Y eran las tantas y pico. No se podía retrasar más el trabajo si la tirada debía estar lista para la mañana siguiente. Pero, por otro lado, ¿con qué cara sacar a la calle un periódico lleno de artículos de fondo, versos, comentarios más o menos especializados y refritos de las ediciones anteriores?

Y, en eso, los teletipos se pusieron a funcionar. Su escritura mecánica avanzaba rápidamente por el rollo de papel. Todos los periodistas se abalanzaron sobre las máquinas:


"Hoy, tantos de tantos de mil novecientos setenta y tantos..." —comenzaba.


Y, aquí, hizo una mínima pausa para empezar la siguiente línea. Los periodistas contuvieron la respiración y se apartaron los espesos goterones de sudor de los ojos.


"ha sido el primer día de la historia de la humanidad..."


Nueva pausa y nuevo respingo.


"en que nada ha sucedido".


Todos gritaron. Todos afirmaron haber pensado aquello y no haberlo dicho por miedo a que sus compañeros no les comprendieran. En cualquier caso, ¿era posible un notición más agradable y de mayor trascendencia? ¡Todo un día en paz! ¡Veinticuatro horas de calma y descanso!¡Mil cuatrocientos cuarenta minutos sin viajes apresurados, sin recepciones, sin accidentes, sin muertos, sin malestares, sin protestas, sin injusticias!

Cualquier periodista, en otras circunstancias, habría dado su alma por una noticia así. Y bien: ahí estaba, toda para ellos y para que ellos la abultasen y la explicasen a gusto. Una verdadera efemérides de la información. Un hito. Una fecha señera. Un jolgorio, vamos.

Así lo pregonaron en grandes titulares. Así lo vocearon las emisoras. Y así asombraron a los ciudadanos que para esto están y que, como siempre, fueron los últimos en enterarse del asunto.

Lo peor fue cuando, al día siguiente, los teletipos volvieron a enmudecer. Era un contrasentido, pero todos rezaron para que Dios proveyese un buen terremoto que llevarse a las páginas. Solo un buen terremoto, aunque fuera sin "centenares de víctimas y un número indeterminado que, a estas horas, aún permanecen bajo los escombros".

Y los teletipos continuaron mudos.


Publicado en el Diario Menorca el 4 de diciembre de 1973.

Esponsales

Para Juan Luis Sánchez


—¿Por qué no? —dijo el Padre por enésima vez. Llevaba cosa de minuto y medio repitiendo "¿por qué no?" como si le encantase el sonido de las tres sílabas o sacase de ello singulares placeres vedados al resto de los mortales.

—¿Por qué no? —manifestó aún.

El Novio a quien dirigía sus inquisitoriales salvas no supo qué responder. Él mismo se hacía, de bocas para adentro, las mismas preguntas: "¿por qué no?". Así uno y otro desgranaban su rosario de sonoras sílabas sin llegar a mejores soluciones.

—Quisiera —explicó el Padre— que usted me comprendiese bien.

—Claro, claro —dijo el Novio, que aún no consideraba necesario prescindir de la cortesía—. Claro, claro.

—Usted me dirá —aventuró el Padre— que soy demasiado exigente.

—¡Oh, no! ¡Oh, no!

—Sí, sí. Usted dirá eso. Incluso se preguntará por los derechos que puedo o no tener, y hasta por la justicia de mi decisión.

El Novio puso cara de rotunda negación, la misma que exhibía, años atrás, frente a los profesores que le acusaban de algún pecadillo estudiantil. Para su caletre, en cambio, hacía ya tiempo que decidió que su Futuro Suegro o estaba chalado o necesitaba unos buenos remiendos en la íntima y secreta tela que los hombres suelen llamar alma.

—Veamos —dijo el padre—: usted se ha presentado aquí con la intención de recibir a mi hija a cambio de nada.

—¡Pero para casarme con ella! —exclamó el Novio ruborizado con la sola idea de pretender a la hija de aquel señor por otros motivos menos razonables y románticos.

—Para casarse con ella, sí —puntualizó el Padre. Ahora bien: es cierto que usted no me da nada a cambio y que será el único beneficiado si el trato se cierra en las condiciones que usted fija.

—Yo... —comenzó el Novio con voz insegura.

—Vivimos —dijo el Padre— tiempos muy especiales. Sin temor a equivocarme, yo los llamaría Tiempos del Triunfo de lo Práctico. ¡Seámoslo!

—Sí, señor —respondió el Novio, impresionado.

—¡Ah! Veo que entra usted en razón.

—¡Sí, señor!

—Muy bien. La hija que tan alegremente usted desea arrebatarme (ahora que tiene veinte años y está sana y criada del todo) me ha costado mucho. Puede decirse que parte de los gastos de mi boda se hicieron pensando en ella. ¿Por qué un hombre busca una casa y la hace habitable? Para acoger en ella a sus vástagos y, allí, protegerlos. ¿Por qué se casa un hombre y contrae terribles obligaciones para el resto de su vida? Para tener hijos y solo para eso; que si fuera para coitar con una mujer no harían falta ni pisos nuevos, ni muebles, ni convites ni latines clericales y trajes de fiesta, sino un buen descampado y la noche, cosas ambas del todo gratuitas.

—Sí, señor —asintió el Novio. El Padre le estaba dando una buena razón para la existencia del matrimonio.

—Veo que me va entendiendo.

—Sí, señor. ¿Cómo no?

—Es usted un joven sensato. Bastará que pasen unos pocos años para que también sea práctico.

—Tiene razón. Me decía usted...

—Sí: que gran parte de cuanto gasté en mi boda fue ya para mi hija, que aún tenía que ser concebida, porque el hombre no se casa solo para cohabitar con una mujer.

—Claro.

—Piense usted: los taxis; el hotel donde di el banquete y el que me sirvió para la luna de miel. Los barcos y los trenes que tomamos mi mujer y yo; los muebles que compramos y las vajillas y los cubiertos... No diré que todo fue a causa de esta hija cuya mano me pide usted pero sí en gran parte.

—Es verdad —afirmó el Novio, decidido a transigir.

—Y también lo es la visita al médico que descubrió que mi mujer estaba encinta; y las medicinas que le recetó y la alimentación especial que tuvo que seguir durante nueve meses.

—Muy cierto.

—Y, en el momento del nacimiento, ¿qué me dice usted del hospital y de los medicamentos y de las nuevas ropas con que vestir a la niña, y de la cuna y del cochecito y de las fajas y del bautizo?

—Claro.

—Y, después, los nuevos vestidos, la comida cada vez más abundante, los colegios de monjas, los libros, las excursiones, la primera comunión y los primeros pendientes de fantasía.

—No había caído en todo eso.

—Porque no es usted un joven práctico todavía.

—Tiene razón.

—La tengo toda, claro. A partir de los trece años, ¿sabe lo que cuesta una hija? Que si medias, que si tacones, que si polvos y lápices de labios, que si fajas que favorecen el tipo, que si cintas para el pelo, pulseras, anillos, faldas largas porque es la moda y faldas cortas porque también. Pantalones, discos, mecheros, novelas de amor; el cine del sábado y el baile del domingo; los regalos a las amigas que cumplen años y los guateques en la propia casa para celebrar el suyo...

—Las hijas... —comenzó el Novio.

—Las hijas salen muy caras, señor mío —concluyó el Padre.

—Es cierto. Siempre se ha dicho así.

—Por eso —continuó el Padre— usted comprenderá mi desconcierto cuando, después de veinte años de vestirla, educarla, alimentarla y sanarla, usted se me presenta con la intención de llevarse a mi hija por las buenas y "si te he visto, no me acuerdo".

—Lo comprendo, pero el amor...

—¡Qué amor ni qué niño muerto! El amor no tiene nada que ver en esto: a lo sumo será cosa entre ella y usted (y allá se las apañen). Lo esencial del asunto es que, con los tiempos que corren, tenemos la obligación de ser prácticos.

—Prácticos, sí —murmuró el Novio—. Tiene razón. Vea: yo puedo alimentar, vestir, cobijar y dar caprichos a su hija. No gano mucho aún, pero es suficiente: trescientas mil al año con impuestos.

—Eso está bien, joven, pero no es mi problema.

—¿No?

—No, señor: lo que usted y mi hija hagan una vez casados es cosa suya, mientras no mendiguen por la calle o se vean envueltos con la policía.

—Claro.

—Mi asunto es el siguiente: la niña me ha costado en estos veinte años tantas pesetas y, por eso, no puedo dársela gratis a usted.

—¿No?

—¡Claro! ¿Qué pensaría de mí si le regalara el automóvil al primero que pasara por mi lado? ¿Qué diría la gente si me construyera poco a poco una casa de mucho valor y se la entregara a un desconocido? ¿Eh? ¡Que estoy loco! ¡Eso es lo que usted pensaría y lo que los vecinos comentarías!

—Ya. Puestos en este caso...

—¡Naturalmente! Cada uno invierte en lo que puede. Por circunstancias de la vida yo solo lo he hecho en mi casa y en mi hija, porque a mi mujer ya se le pasaron los días de tener algún valor. Y ahora, claro, yo no le puedo hacer a usted ningún regalo.

El Novio se puso a pensar seriamente. Sabía que el Padre tenía parte de la razón, pero también intuía algo desleal en esta forma de especular con seres humanos.

—Su hija es libre, sin embargo —dijo el Novio.

—Usted también, y estoy seguro de que paga cada mes el recibo de su casero y el de la luz y el del agua... ¿no?

—Sí, señor.

—Pues ea: mi hija el libre pero debe amortizar la deuda que tiene conmigo.

—¿Y cómo? ¿Pagando un rescate?

—No sea usted grosero, joven. Miremos solamente el aspecto práctico de la cuestión. Ponga que yo he gastado en ella una media de cien mil pesetas anuales (que son bien pocas dadas la inflación actual y las sucesivas devaluaciones). En total, me deben ustedes dos millones.

—¿Dos millones? —preguntó el Novio asombrado— ¿Tanto?

—Cabales. No puedo darle a mi hija por una peseta menos porque saldría perdiendo y soy un hombre práctico que no engorda cerdos para el vecino o, si lo prefiere así, que no cuida flores para que otro las disfrute.

El Novio repasó mentalmente su cuenta bancaria y quedó desolado: con lo que tenía a duras penas podría pagar medio año de los veinte de su novia.

Luego pensó más todavía y decidió que aquel Futuro Suegro no le gustaba ni un pelo.

"Tal vez —se dijo— si nos casamos y tenemos hijos y una noche queremos salir al cine o a comer, nos cobrará a tanto la hora por dejarle en casa a los niños".

"Tal vez —añadió— dentro de diez años me salga con que solamente me alquiló a su hija (puesto que un padre jamás vende a su prole) y me exija el pago de dios sabe qué".

Aún así, el Novio hizo la última tentativa:

—Tengo entendido que su hija es la que hace cada día la compra de la casa y la que friega el suelo cada semana y, también, la que lava los platos los días alternos...

—Sí: la hemos entrenado bien.

—Claro, pero con su trabajo se ha ahorrado el sueldo de una criada, que sería lo menos de cinco mil pesetas al mes, comida y alojada. Lo que da un total de sesenta mil al año.

—¿Cómo?

—Que, en justicia, visto lo que usted ha ahorrado, solo tendría que pagarle ochocientas mil por ella.

—¡Ah, no!

—¿No? ¿Por qué?

El Padre sonrió:

—Porque si mi hija ha hecho todo eso que dice usted ha sido solo para aprender y ser diligente y buena esposa cuando le llegue la vez. Así que se trata de enseñanzas que ha recibido y que yo, generalmente, no incluye en el precio del contrato.

—¿Y el dinero que gana con su trabajo? —quiso saber el Novio—. Lleva tres años entregándoles mil pesetas semanales y que en total, son cincuenta y dos mil anuales. ¿No va a descontarlas?

—¡Solo faltaría —dijo el Padre, indignado— que las hijas pretendiesen comerse la sopa boba a costa de su familia!

Y el Novio, entonces, perdió la ecuanimidad. Las últimas excusas de su aguante se desbordaron ante una buena riada de cólera y, desamparado en medio de su ira, enrojeció peligrosamente y se le enronqueció la voz:

—¿Sabe lo que le digo?

—No, ¿qué?

—¡Que es usted un listo!

—Claro que sí —dijo el Padre, satisfecho de que se le notara.

—¡Y un espabilado!

—Es cierto.

—¡No tiene escrúpulos!

—Naturalmente —respondió muy ufano.

—¿Es que no podré insultarle? —preguntó el Novio.

—¿Por qué?

Y no le fue posible. No, señor, porque el buen Padre no hacía más que cumplir con su deber y no dejar que la gente pensar que se había vuelto loco: nadie regala cosas tan caras a un desconocido, aunque la "cosa" en cuestión sea una hija de veinte años.

Y el Novio dejó de serlo y se metió a defensor de los derechos de la mujer, a ver si, así, al conseguirlos por completo, ningún padre se pone a especular con su parentela.

Y en cuanto a la Novia, causa primera de todos estos sucesos, continuó yendo a la compra cada mañana y a misa de nueve todos los domingos y fiestas de guardar; asistiendo a las bodas de sus amigas y rabiando por lo bajo de noche, en la soledad de su cuarto, que era también la de su corazón y la de sus pechos nuevos y sin estrenar.

Y un día por fin, cuando no tenía veinte años y valía según su padre por lo menos tres millones de pesetas, se fugó con un feriante y envió una postal muy bonita de la catedral de Palma.


Publicado en el Diario Menorca el 11 de diciembre de 1973.

Geografía recreativa y otras amenidades


El continente pluscuamperfecto

¿Recuerdan ustedes sus años de geografía? Por ejemplo, al maestro que señalaba con su puntero sobre el mapamundi colgado de la pizarra y a los niños que recitaban: Europa, Asia, África, América, Oceanía...

Posteriormente geografías más avanzadas nos enseñaban que los continentes ocupan una extensión de 150.000.000 kilómetros cuadrados y que se reparten en cuatro grandes masas:

—El Viejo Mundo, que comprende Europa, Asia y África.

—El Nuevo Mundo, con las Américas del Norte y del Sur.

—El Continente Austral, con Australia y las islas de Oceanía.

—El Continente Antártico, con las tierras polares del Sur.

Sin embargo, últimamente muchos informadores profesionales y no pocos políticos han olvidado sus viejos conocimiento y se confunden. ¿Cómo es eso? Así de sencillo:

Europa es una península (grande, por supuesto) de Asia; y España otra península de Europa y, por lo tanto, Europa también. Por desgracia, algunos que parecen ignorarlo hablan de "integrarnos a Europa", de "salir a Europa", de "viajar a Europa", de "reunirse con ministros europeos", etcétera.

"De Alicante a Europa —decía un periódico hace poco— se tardarán dos horas en lo sucesivo". ¡Y un segundo! El tiempo de pisar cualquier calle alicantina, porque en teoría pertenecemos a este continente aunque no proyectemos "El Último Tango en París" y las sesiones de strip tease sean privadas en lugar de públicas.

Por eso, y para evitar malentendidos, convendría modificar nuestras geografías así: Europa, Asia, África, América, Oceanía, la Antártida y España, el continente pluscuamperfecto.

De otra forma nuestros hijos podrían preguntarnos: "¿Y nosotros? ¿En qué continente vivimos?". Cosa algo difícil de responder actualmente.


Las dichosas Baleares

Es frecuente oír: "los Príncipes fueron a visitar Mallorca" o "una universidad para Mallorca"... Tiene su lógica: en Mallorca está Palma, capital de la provincia.

También, por supuesto, todos los menorquines que hayan salido al continente se habrán oído llamar "mallorquines" con menor o mayor satisfacción por su parte.

¿Más? Muchas cartas llegan con la siguiente dirección: Fulanito de tal, Mahón, Ciudadela... (etc.), Mallorca.

Y otras que, simplemente avisan: Menganito, Mahón, Ciudadela... (etc.), Baleares, pasan por Mallorca en más de una ocasión.

"Las cinco Islas Baleares son tres: Mallorca y Palma" —dirán los libros el día menos pensado.


Palma la Grande

Universal y sangrante afrenta a la Geografía. Cualquier amigo nos dirá en la calle: "estuve en Palma visitando las cuevas del Drach" o, mejor aún, "me voy a Palma: desde Ciudadela son tres horas y pico".

Esto sucedió realmente: un instituto de Madrid se vio en la necesidad de trasladar la matrícula de uno de sus estudiantes al Instituto de Mahón. Y la documentación se retrasó y se retrasó y cuando llegó al fin, resultó que había sido enviada a un instituto de Las Palmas de Gran Canaria... El error es digno de tomarse en cuenta.

Y también —eso es lo triste— lo cometemos aquí, en Menorca, cuya proximidad con la isla vecina hace absurda la confusión. Palma es la capital de Mallorca y ocupa una extensión verdaderamente mínima de la isla.


Mahón

Otro que tal. Tampoco es nada raro (más bien común) escuchar como alguien no pregunta: "¿hablas mahonés?" o que nos sugiere "¿por qué no charlamos en mahonés?".

Más cosas: se preguntan a un viajero si es la primera vez que viene a Mahón, aún cuando éste haya llegado en barco por Ciudadela. Se habla de Mahón así: "Mahón tiene playas muy bonitas: Alcaufar (San Luis), Cala Galdana (Ferrerías), el Grao (Mahón), Son Bou (Alayor), Algayarens (Ciudadela)...".

Los que así hablan no son ya mayoría y, por supuesto, pertenecen al término de Mahón que, últimamente, experimenta una cierta megalomanía. A decir verdad ningún ciudadelano se refiere a Menorca llamándola Ciudadela, ni ningún alayorense, ni nadie.

En Mahón están la Delegación del Gobierno, la Fábrica de Electricidad, el puerto contaminado y la Fuente del Sapo, pero, aún así, Menorca se extiende más allá de su recinto.


El clima maravilloso

Viajando por esos mundos, a veces, en una reunión, se siente la tentación de mencionar nuestro puerto de origen.

—¡Menorca! —dicen los oyentes— ¡Qué estupendo!

—¿Por qué?

—¡Ah, el turismo!

Y, a continuación, nos atribuyen las cuevas famosas, el castillo de Bellver y los jipis... Por último, se habla del clima:

—Todavía os estaréis bañando por ahí.

—No.

—Pero, ¿no dicen que hace tan buen tiempo?

—Eso, quizá, los que lo venden.

—Pero hace mucho sol, ¿no? Y mucho calor.

—Tal vez para los turistas. A nosotros, los menorquines, nos llueve y nos sopla la tramontana, y nos baja la temperatura (aunque pocas veces por debajo de cero) y hasta nos nieva de cuando en cuando.

—¿Entonces?

¿Ah? Nosotros mismos teníamos entendido (porque así lo estudiamos) que no se permite mentir en los anuncios y que la publicidad debe ser verídica, real, leal y un montón de cosas más.


Los extranjeros que hablan

En su idioma, por supuesto, mientras quizá imaginamos que se están metiendo con nosotros, escudados tras su jerigonza. A veces es nuestra imaginación y, a veces, no. Y en realidad, ya estamos un poco cansados de oírles opinar sobre nuestras costumbres y de verles sonrisitas de conmiseración en la lengua. Por supuesto ellos nos llaman "extranjeros" a nosotros.

Nunca está de más una sana xenofobia, semejante a la que ellos practican desde antiguo. Vean, si no, lo que decía un manual de geografía editado en Estados Unidos en la primera mitad del siglo pasado: "the people are now generally destitute of schools, and of the Bible. They are ignorant and indolent; and agriculture and manufactures are in a very low state". Lo cual era, en parte, verdad, pero no quita que moleste.


El Capitán Contreras y Menorca

El Capitán Alonso de Contreras, además de un famoso y temible aventurero, fue un gran marino que escribió un "Derrotero Universal del Mediterráneo". En él habla de Menorca y dice lo siguiente (ustedes, sin duda, podrán corregirle):

"La isla de Menorca tiene de largo cincuenta millas y de ancho treinta. De Cabo La Piedra en Mallorca a la isla de Menorca se va Levante 4ª al Gregal veinticinco millas".

"A la banda de Jaloque está Puerto Mahón, grandísimo, y a la boca tiene una fortificación nueva. En la entrada del dicho puerto, sobre Cabo Molas está un islote grande con secanos: es necesario pasar de fuera. En medio de la boca del puerto hay secanos: se han de arrimar a la banda de Tramontana. La fortaleza está a la banda de Mediodía".

"A la banda de poniente está una cala que llaman Ciudadela, donde hay buen abrigo".

"A la banda del Maestral está Blaibes (¿?) y a la Tramontana una isla y la tierra hace a manera de ensenada; llámese puerto Fornell".

Esto lo escribía el Capitán Alonso de Contreras a finales del siglo XVI. Menorca, por supuesto, ya estaba en el mismo sitio.


Un idioma que se va a hacer gárgaras

(O el caso de los analfabetos camuflados)

El nuestro es ese idioma, o al menos, uno de los nuestros.

Citaremos algunas pruebas documentales que coleccionamos por pura diversión.

La revista Barrabás tiene y mantiene un simpático humor que da una nueva visión del quebradizo mundo del deporte, pero no por su valentía queda a salvo de una crítica muy especial: la ortográfica.

Así, en un solo número (n. 60, 20 de noviembre, 1973) comete algunas faltas no intencionadas. Dado su carácter jocoso, no nos extraña que escriba "cuidao" por cuidado, o "actualidaz" por actualidad, pero sí nos sorprende que escriba en cartel central, como bocadillo de una fotografía: "OYESS... SOIS LOS GRIEGOS? OYESSS... ¿NOS DEVOLVEREISSS LA PRIMERA SI YUGOSLAVIA SE RETIRA?... HUY, QUE GROSSERO!".

Las terminaciones en SSS no nos dicen nada y se comprende la licencia expresiva utilizada por el dibujante. Ahora bien: ¿por qué no abre interrogación en SOIS LOS GRIEGOS? ¿Por qué lo hace correctamente en las siguientes frases y, sobre todo, por qué en la próxima exclama "HUY, que grossero!" sin abrir la admiración ni acentural el qué exclamativo?

Y, para rematar, en la página veintiuno (21), en el bocadillo de otro chiste, se lee: "¿A PITADO USTEZ...?". Nada por el USTEZ (trucos expresivos, sin duda), pero la A sin hache clama al cielo.

Una revista debe cuidar estos detalles que, aún siendo pequeños, dan la medida de su responsabilidad.

Pero, ¿creerán ustedes que este es un fenómeno exclusivo de las revistas deportivas humorísticas? No. En ellas cabe todavía la posibilidad del error o del descuido, pero, ¿qué pensarán ustedes si es un banco el que los comete?

Así, la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de las Baleares convoca unas oposiciones para la adjudicación de empleos y facilita una solicitud de empleo, modelo 555-2000-11-73, donde, entre otras cosas, se lee:

—Tiene que cumplirlo?

—Tiene carnet de conducir?

—Tiene coche?

—Tiene motocicleta?

¿Dónde han ido a parar los signos de abrir (¿) interrogación? Y no es un olvido, puesto que un poco más arriba, preguntaba correctamente: "¿ha cumplido el servicio militar o social?" (dejando aparte que el carnet por el que ellos se interesan es en realidad un permiso).

¿Qué pasa? ¿A juicio de la entidad bancaria citada existen frases interrogativas de un signo y de dos signos?

Continuando la lectura nos encontramos con otras donde el lector debe poner por su cuenta los signos adecuados:

"En cuales de las plazas mencionadas tiene Vd. familiares...".

Muy bien. No hay signos y, además, falta el acento en "cuáles", un acento por el que la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Baleares se pregunta en el tema segundo del Programa de Gramática que exigirá en las mencionadas oposiciones: el acento diacrítico.

¿Quiere esto decir que la entidad exige materias que desconoce? Lo ignoramos, pero nos parece que un banco (del que somos satisfechos clientes) debería cuidar un poco más de la ortografía de sus impresos, bajo el riesgo de que el público piense que son tan deficientes en las cuestiones económicas como manifiestamente lo son en las ortográficas.

Nos parece muy bien que en lengua inglesa las exclamaciones y las interrogaciones vayan al final de la frase, aunque en el texto citado, las hay al principio, al final y en ambos lugares a la vez, según indeterminado capricho. Lo que no se puede disculpar es esta voluntaria ignorancia de las más simples reglas gramaticales del castellano. Mientras las solicitudes de empleo no se redacten en inglés hasta los bancos deberán colocar adecuadamente acentos y demás signos de puntuación si no desean exponerse al sano pitorreo de los ciudadanos bien informados.

Y, para terminar, otras dos fichas de nuestra colección de erratas:

A la una y veinte del día veinte de noviembre, en el supermercado Lutresa de Mahón, los clientes pudieron leer dos carteles que se citan a continuación: "COCOS DE IMPROTACION 35. UNIDAD" y "Lave RRELUCIENTE" (subrayado en color) con estropajos Fulanito".

Por cuanto pertenece a todos, el idioma debe tratarse con cierto respecto, aunque sea solamente el necesario para no herir la estética de las palabras correctamente escritas.

Antes estos desafueros, cualquier niño de E.G.B. (léase de escuela) puede echarse a cavilar y preguntarse por qué diablos tiene él que machacarse años enteros para aprender a escribir si otros no lo han hecho y campan por sus respetos en esta espesa floresta del idioma.


Publicado en el Diario Menorca el 18 de diciembre de 1973

Retrato de Navidad

(A las tantas de la tarde del día veinticuatro o día de Nochebuena. Por las calles húmedas viene y va la gente. "Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad". "Dame la bota, María, que me voy a emborrachar". "Y al Niño recién nacido los pañales le han robado". Esta gente es, según su piel, blanca, sonrosada y atezada. Según su vestido, gris, negra, verde, ocre, marrón y azul. Según su pelo, negra, dorada, roja y marrón. Y, así, todos los colores acaban por cernerse sobre cada persona, según sus ojos, sus uñas, sus ilusiones y sus miserias).

Por estas calles sin cielo (porque el cielo amenaza lluvia y ruina de alegrías) los amigos catalogan escaparates y jovencitas; aspiran con glotonería el olor a refrito que sube de las bodegas y que revolotea en torno a los bares; hablan de Navidades ya desvanecidas donde hubo aventuras, trasnochos vinosos y canciones que tiritaban en el alba fría.

A esos amigos me acerco precisamente. Mañana tal vez necesitarán tisanas para despejar las ideas, pero hoy, en mitad de la tarde que termina, están lúcidos y poseen todos los rincones de sus ilustres cabezas.

—Encuesta Pública: ¿Qué es la Navidad? —pregunto.

—Págate un vino y tendrás respuestas.

(Así pues, bajamos al calorcillo de una bodega y nos instalamos en mitad de ese tufo a gente, de los humos conjugados del aceite y del tabaco, y nos ponemos a beber a tragos cortos, que es como se bebe de verdad).

—La Navidad —me dice Miguel— es un pretexto.

—¿Para qué?

(Miguel abre los brazos como un viejo Cristo velazqueño).

—Para todo. Para beber, como ahora nosotros. Para gastar. Para cantar. Para hacer regalos. Para alegrarse. Para vender...

(Vicente interviene sonriéndose para adentro).

—Hay una teoría: que se celebra el nacimiento de un Dios, del Dios Hijo. Pero sólo es una teoría.

—¿Por qué? —vuelo a preguntar.

—Porque la Misa del Gallo es poca cosa al lado de los negocios de estas fiestas, y la gente va hoy al negocio: a vender botellas y bolas de cristal para árboles de plástico, y juguetes de todos los colores y turrón y fruta escarchada y cenar en los restaurantes, y pollos, pavos y capones, y...

—Pero...

(Seriamente Dino me golpea el hombro con dos dedos y me acerca la boca).

—Jesús por mucho menos se lió una vez a cintarazos con los tipos que profanaban el templo. Ahora los mismos tíos comercian con su cumpleaños y seguramente no sabe cómo reaccionar. Las felicitaciones postales son una bonita costumbre, además de buen negocio. Los pavos son nutritivos y alguna vez se tienen que vender: ¿porqué no ahora? El turrón es bien agradable, y un arbolito lleno de bolas de cristal y de luces, decora la casa y da calor familiar...

—Seguramente —interrumpe Vicente— no hace nada porque tardaría demasiado tiempo en dar un vergajazo a cada uno de los que explotan su nombre y su fecha. Además, tiene que seguir yendo gente al infierno, ¿no? Pues que comercien con las cosas de Dios.


* * *


(Noche del día veinticuatro, en casa, frente al televisor)

Un caballero al que no conozco se asoma al rectángulo luminoso del televisor, que es la puerta más difícil de cerrar de toda mi casa.

—Compre usted estas camisas que vienen en cajas de plata —me dice.

—No me da la gana.

No importa, claro. El siguiente desconocido hace su aparición y me guiña un ojo:

—Hace frío, ¿verdad?

—Claro. Es el tiempo.

—Y, además, siendo fiesta se nota más, porque pasa usted más tiempo en casa.

—Posiblemente.

—Pues no se fastidie más y cómpreme esta estufa, que es una cálida manera de ahorrar.

—No me sale de las narices. Una señorita finge brindar conmigo. En la mano le brilla una copa de champán más o menos apetitoso.

—¿No le parece que estas fiestas tienen una categoría especial? —me dice—. Pues emborráchese estos días con un vino también especial y criado en cava. ¿De acuerdo?

—¡No!

La señorita se va mohína y otra, vestida de pieles, llega a la pantalla a probar suerte:

—¿Qué me dice de la cena? —pregunta—. ¿Es posible una Navidad sin turrón?

—Y cien.

—Dejemos eso. El turrón es lo tradicional.

—Como la mayonesa o las patatas.

—¿Qué le parece éste? ¿Eh? Pura almendra y pura miel. ¿Lo compra?

Me encojo de hombros: ya tengo turrón y no me interesa más cantidad. La muchacha desaparece y otro caballero viene a hacerme insoportable compañía y a rogarme que no gaste.

—Su dinero merece todos nuestros respetos —¡qué frase repulsiva! "su dinero" y no "usted"—. Inviértalo en estos bonos que tengo aquí y ya verá qué de beneficios y ventajas.

—¡Largo!

—Bueno, bueno: no se ponga usted así.

Apago el televisor pero alguien protesta a mis espaldas, de manera que tengo que salir de la habitación a causa de los desconocidos que me la invaden sin respetar nuestra intimidad.

¿Quién fue el último hombre que consiguió pasar en silencio la Navidad? Hace mucho de semejante prodigio. Hoy, por ejemplo, la radio y la tele te atacan despiadadamente. La cosa es así: hay unos tipos que pagan para que otros te den la lata más que nunca en estas fiestas... y lo malo es que estás indefenso ante esta desfachatez.

Como estás indefenso ante la dolorosa luz de las calles engalanadas y ante las cien músicas distintas, a todo volumen, que salen de las tiendas como reclamos. Como lo estás ante los niños que ofrecen papeletas para tal o cual rifa o ante los fulanos que se emborrachan y se ponen a conducir sus peligrosos automóviles.


* * *


Llaman a la puerta, y la abro, claro está.

—Buenas.

—Buenas tardes.

(Tengo delante a un señor de edad y puedo jurar que se trata de un desconocido. Él, por supuesto, tampoco sabe mi nombre).

—¿Qué quiere usted? —le digo.

Y él, un poco cortado, solo acierta a alargarme un impreso y a murmurar un "Felices Navidades" opaco y poco convincente. El impreso en cuestión es una tarjeta de felicitación que tiene escritos unos cuantos catastróficos versos.

¿Y ahora, qué? Puedo, por ejemplo, preguntarle al buen hombre que porqué me entrega aquello, o puedo decirle que qué diablos quiere a cambio de semejante papelucho. No lo hago, claro está, porque él tampoco tiene toda la culpa, aunque se lo merecería por pedirme dinero en nombre de la Navidad que, por supuesto, no le pertenece. Por eso echo mano al bolsillo y le doy cinco duros.

Veinticinco pesetas, que equivalen al precio del almanaque del D.D.T., que, además, es lectura mucho más agradable que los versos estos. ¡Ay! Nos hemos acostumbrado a esto, pero pedir de casa en casa, aunque sea al amparo de una tarjeta impresa, sigue siendo mendicidad y esto es tan penoso para el que da como para el que recibe.


* * *


Salgo a la calle. La lluvia cae pulverizada y fina y llena el pelo de pequeñas perlas multicolores. No decrece el trasiego de gente por las aceras. Como siempre que llueve, los coches corren más por la calzada y ceden menos el paso a los que esperan para atravesar. Otros automovilistas se divierten pisando charcos y salpicando al público. Otros, en cambio, aminoran la velocidad, pero es inútil, porque el peatón está tan aperreado que ya no hace caso de las consideraciones que le guardan algunos todavía.


* * *


Carlos regresa del trabajo. Va por las orillas, al resguardo de la lluvia, para que no se le moje una caja que lleva bajo el brazo:

—Es un regalo de empresa —me dice—. Dos tabletas de turrón y cuatro botellas. Nos lo da el patrón.

—¿A todos? —pregunto con cierta candidez.

—Claro, pero según el empleo. A algunos les toca más, a otros, menos... Ya se sabe.

—¿Qué es lo que ya se sabe?

—Que esto va según el puesto.

—Pues tendría que ir según la estatura y el hambre y la familia de cada uno.

Carlos se encoje de hombros:

—¡Tonterías! —dice— Esto ya se sabe.

¡Claro que sí! Al menos la persistente llovizna cae por igual sobre todos... O, mejor dicho, sobre todos los que no van en coche de un lado para otro, que no es lo mismo.


* * *


Son las cuatro. He cenado bien: el rescoldo del vino me mantiene despierto en la cama, pero sin ganas de leer o meditar. Contemplo las manchas de la oscuridad, las sombras espesas del armario y de las cortinas. Con una mano recorro los bordados del embozo y con la otra me busco el sitio exacto donde me pica la espalda.

Por fuera siguen pasando algunos coches extraviados que no encuentra aún su establo. El silencio se altera con los bruscos acelerones y los chapoteos de las ruedas sobre los charcos. A intervalos pasan grupos de cantarines con las bocas llenas de canciones con hermosas letras:


La Nochebuena se viene,
la Nochebuena se va,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más...


Me quedo dormido pensando en ello: ¿para qué lo estropeamos tanto, si no es nuestro para siempre lo que se celebra? Pertenece a todos, no sólo a los que lo venden, como el sol o el aire puro, o el cielo.


* * *


(El día de Navidad, por la mañana)

Ha amanecido oscuro y, a intervalos, llueve lentamente. Hoy es Navidad y, sin embargo, después de anoche, parece que todo haya concluido. Las calles desiertas hablan de los trasnochos y de los sueños de la gente. Los coches descansan arrimados a las aceras. Los pocos transeúntes andan despacio, serios, en silencio.

Las músicas de los comercios están calladas, porque hoy se cierra todo y la música y la alegría no tendrían objeto sin nada que vender a su cobijo.

Atraviesan la ciudad pequeños grupos de gente que se dirigen a visitar a sus familiares. En las casas se les recibe alegremente y se les invita a beber y a comer golosinas. Las amas de casa, en cambio, llevan toda la mañana trasteando en la cocina, porque la comida de Navidad es tradición de gula y de número y nada hay comparable a una mesa bien llena y a unos invitados comiendo a dos carrillos, bebiendo champán y explicándose las cosas de casi todo un año de verse apenas.


* * *


El periódico. No lo hay hoy, pero se lee el de ayer. Un conocido me señala el anuncio de un restaurante:

—¿Ves? Aquí estuvimos anoche.

Y con su dedo marrón de nicotina presiona sobre el menú que debe moverme a admiración: filetes de lenguado, pato a la naranja, etc; y, sobre todo, el precio, que está bien a la vista y me suministra una clara idea de la capacidad adquisitiva de mi conocido.


* * *


—Estas fiestas —dice mi novia— me ponen triste.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Y es verdad: son fiestas tristes. Quizá, a causa de que nos empeñamos en ser felices porque sí, por las buenas. Nos sonreímos por encima de las copas, con las manos sucias de turrón de Jijona, con los estómagos demasiado llenos... y, después, nos quedamos tristes, doloridos, cansados. Entonces nos acomete el vómito del vino, el vértigo del tiempo que a traición se nos escapa. Los jóvenes descubrimos que este tiempo no se repite ya como siempre, sino que acelera más y más. Los viejos meditan un poco sorprendidos, porque parece que era ayer cuando celebraron las Navidades pasadas.

Algún anciano murmura en mitad de la comida: "todo esto se va a consumir", y no mira hacia los alimentos, sino a los comensales, a la familia reunida, a las golosas sonrisas infantiles, a los arrumacos amorosos de los novios tiernos. "Todo esto se va a consumir".

Así, en este plan, son unas fiestas bien tristes.


* * *


Se acerca la temprana noche y me dejo caer cuesta abajo, a pasos cortos, en busca de gente y compañía. En tal sitio bebo con uno. En tal con otro distinto. Tomo el fresco. Me peso en una báscula callejera y descubro que no he ganado nada con las comilonas.

Un tipo pasa por mi lado completamente ebrio y, desde lejos, otros cuantos se burlan de él y le insultan a despecho de que hoy celebran el nacimiento del Dios que mejor habló de la piedad, el amor y la comprensión. "El que esté libre de lo-que-sea, que tire la primera piedra". Que grite el que no haya bebido una maldita copa de vino. Que ría el que no haya comida más de lo que su apetito le pedía. Que eche a volar el que no haya concebido este día pensamientos libidinosos, oscuros, envidiosos, turbios.

El borracho se aleja canturreando y los paseantes le abren camino con asco. El Filósofo —un amigo— intenta darme una explicación general del día y de la noche que hemos pasado:

—Depende todo de que se pierda o no la relación de causa a efecto. Depende de que sepamos o no por qué hacemos las cosas.

—¿Y lo sabemos? —pregunto.

—Bueno: si uno bebe es que tiene sed. Si come, tiene hambre. Si compra, tiene dinero. Si regala, tiene amigos. Hasta aquí está claro todo. Si reza, tiene fe.

—Tiene fe —murmuro.

—Claro; pero algo se nos escapa: tenemos sed y hambre y dinero y amigos y fe porque estamos vivos. Y tenemos vida en primer lugar porque la recibimos y, en segundo, porque la conservamos.

—¿Y por qué la recibimos? ¿Por qué la conservamos?

—Por casualidad. Es puro milagro que tú (TÚ, fíjate) nacieras en lugar de otro cualquiera. Es puro milagro que tú (TÚ, fíjate) continúes vivo a través de una química y un mecanismo tan admirablemente complejos.

—Un milagro.

—Claro. Por eso es por lo que en días como estos nos alegramos. Por eso somos capaces de celebrar que, a partir de hoy, un hombre nos dijo cómo entender este milagro, cómo respetarlo y cómo continuarlo.

—Esto es lo que se olvida —digo.

Y él se encoge de hombros:

—¿Qué más da que se olvide, si es así?

Yo le imito el gesto, pero cambio la pregunta:

—¿Qué más da que sea así, si se olvida?


* * *


Por la noche subo a la terraza pero no hay estrellas. Sólo tres o cuatro brillan a levante. A mis pies, en cambio, sobre la tierra, el hombre ha puesto sus luces y, con ellas, los problemas de las restricciones.

Mi ángel de la guarda me da una palmada en el hombro:

—Ea, ea: no es tan malo esto.

—No, claro.

Hay que mirarlo bien, nada más.

Y me lo explica: hace años, muchos años, la tierra, los hombres, el mundo, necesitaban algo más. Alguien rezó y apareció una estrella en el cielo y nació el Hombre-Dios preciso. Ahora el mundo, la tierra y el hombre necesitan más aún, porque muchas cosas se nos han olvidado ya: paz, acuerdo, ser conscientes con nosotros mismos. Somos sabios ya y por eso encendemos luces y más luces para que se vean desde muy alto, muy alto, y nos sirvan de mensaje. Lástima que esas mismas luces nos deslumbran y no nos dejan ver quizá la respuesta e estos gritos nuestros.

Y en poniente, firmemente, vi como brillaba el Cometa. Un cometa que hoy lleva el nombre de un hombre, que es una respuesta más a esta Navidad de nuestros pecados y de nuestras injusticias.


Publicado en el Diario Menorca el 8 de enero de 1974.

Enrique Libre Pons no irá al Paraíso

Enrique Libre Pons no irá al Paraíso. Así se ha decidido.

Sin equivocarnos, podríamos echar la culpa a sus muchos pecados. Amaba, por ejemplo, confundir a las jovencitas retándolas a repetir, a toda velocidad, "del coro al caño y del caño al coro", en espera de que se les trabucase alguna vocal entre coro y caño y resultara una palabra contra la moral.

Daba extraños consejos a los amigos, siempre con aquel tono entre burlón e incitante de marginado social: "no pongas un solo cojín en la bandeja de tu coche —decía—: pon dos y bien grandes y hermosotes. Así, cuando pases por ahí la gente podrá comentar: ¡vaya dos cojines que tiene el tipo! Algo es algo, ¿no?"

Predicaba alegremente en el desierto y encontraba divertidas las angustias que a los hombres les calientan el vientre y les hacen sentir la infelicidad de su especie. A un amigo le dijo en cierta ocasión, a raíz de una historia morbosa que acababa de contarle: "si la vecina de enfrente duerme con las ventanas abiertas, ve al oculista o aprende a respetar la intimidad. Todos, bajo los vestidos o tras de las paredes, estamos igualmente desnudos. Pienso que existen más de mil novecientos millones de cosas como las que ves en tu vecina, por muy redonditas y tersas que te parezcan".

A principios de año jugaba a desanimar. "Año nuevo, vida nueva —explicaba—. Pero como tu vida no va a cambiar mientras no lo haga la de tu vecino, si de verdad te interesa ser otro, vivir de distinta manera, pertenecerte o ensayar una nueva forma de ser feliz, aléjate de él. Vete a los espacios libres. Hazte jipi (hippie) o vagabundo. ¿Por qué no? Y, si no te interesa, ya es otra cosa: no digas año nuevo, vida nueva".

En primer lugar, Enrique Libre Pons no irá al Paraíso por estas cosas, ya que sembró la intranquilidad con la esperanza de recoger vientos de raciocinio y huracanes de pensamientos libidinosos (pensamientos, a fin de cuentas, padres de todos los niños), cosas que no convienen a sociedades bien fundadas.

Enrique Libre Pons era tan difícil como casa de dos puertas. Pescador en río revuelto; tirador de piedras a manos escondidas; cántaro de muchas fuentes; cabeza de ratón sin pretensiones de rabo de felino; cabestro corto para cualquier caballo hambriento; pajar viejo repleto de fuegos; carne lujuriosa sin demasiados ocios; artífice de silencios y refranero.

Al amigo de edad que iba a casarse con una jovencita, le dijo: "veinte con sesenta, o sepultura o cornamenta".

Al sobrino, que hablaba de casarse con su primera novia: "saber elegir buena mujer es mucho saber, pero sin mucho examen no puede ser".

A su mujer, cuando se compró un perfume muy famoso y muy caro: "el agua y la mujer a nada deben oler".

A su hermano, cuando andaba enamoradillo de una mujer alegre: "a virgo perdido nunca le faltó marido".

Y a su hija, cuando se compró los primeros zapatos de tacón y empezó a andar contonéandose: "mujer que al andar culea, bien se ve lo que desea".

Así pues, era hombre de verdades pequeñas, de verdades de todos los días. De esas que uno moja en la sopa; de esas que él meditaba sonriendo en la soledad del cuarto de baño; de ésas que hacen las enemistades más grandes, porque no hay hombre que no esté celoso de algo suyo en particular: de sus uñas, de la nariz, el paladar, la vista, la salud, la bragueta...

Y, en segundo lugar, por llamar al pan, pan y al vino, vino; por poner los puntos sobre las íes y mentar sogas en casa de todos los ahorcados, Enrique Libre Pons no irá al Paraíso, por más que el infierno tampoco le pertenece del todo.

Este hombre jamás se compró coche y, a veces, al enterarse de tal o cual matrimonio concertado a la carrera, se echaba con mucha calma su cigarrito y se adentraba en filosofías con la mujer o con el hijo, porque en su fuero interno se reía de todas sus desgracias.

—¿Tú llevas pistola? —preguntaba.

—No, claro.

—¿Y, por qué? —continuaba.

—Porque podría matar a alguien.

Enrique Libre Pons echaba el humo hacia las moscas que danzaban en la lámpara y rezongaba por lo bajo, pero sin rabia ni malestar:

—¿No matan los coches?

—Sí.

—¿Mucho o poco?

—Bastante, bastante.

—Entonces, ¿por qué la gente no lleva pistola pero sí coche?

—¡Hombre! Pues...

—Yo te lo diré. Los muy infelices creen que porque ahorra trabajo, y es mentira, porque hay que alimentar el coche, lavarle la cara, vestirle, cuidarle y, encima, pagarle los caprichos de las multas, cobijarle en un garaje, abonarle sus impuestos y estacionarle donde apenas hay sitio. ¿Verdad?

—Verdad.

—Los menos infelices opinan que la fabricación de coches es un buen negocio y que, por lo tanto, éste es el motivo de que no estén prohibidos como las pistolas. Pero muere más gente de accidentes de coches que disparos, y más aún sale herida, angustiada u ofendida. Las fábricas de automóviles dan muchos puestos de trabajo y, a cambio, por los coches se expropia terreno a precios poco serios, o se ahúma al peatón, o se fastidia a todo un vecindario, o espanta al cardíaco o se ensordece al paseante... Además, en la calle, los automóviles tienen derecho a cinco o diez veces más de espacio que el hombre a pie, y esto es injusto. ¿Verdad?

—Verdad.

—Los francamente listos creen que el coche debe su existencia a la soberbia de los ciudadanos, a sus ganas de presumir, a la competición por la ostentación que han establecido entre ellos. "Deja la bola rodar, que ya parará". El coche, para un hombre listo, no significa más que un chisme que puede cargar con toda la familia. Para un alcalde no es más que dinero, en forma de multas, para atender a las necesidades del ayuntamiento. Para un mecánico, negocio. Para un guardia, trabajo. Para un anciano, sustos; para un niño, peligro. Para un joven, velocidad. Para un frustrado, poder. Para un juerguista, muerte. Para una mujer, quilos de más, celulitis. Para nadie un coche es solo un coche.

—¿Por qué dices todo esto?

—Porque pensaba en Fulanito y Menganito que se casan a toda mecha.

—¿Y qué tienen que ver?

—Pues que como el coche es todo lo que hemos dicho, para ellos fue la herramienta de ese matrimonio rápido: los coches incrementan la tasa de natalidad de hijos de madres solteras. Detrás de cada niño así, existe un coche.

Por esto y, sobre todo, porque es verdad lo que decía. Enrique Libre Pons no irá al Paraíso.

Continuemos aún: Enrique Libre Pons no aprendió más idiomas que el que le vio nacer y el que necesitó para redactar su declaración de la renta (que es éste en que escribo). Hombre sensible se ruboriza al oír a los extranjeros dirigirse a él (o a cualquier otro) en una lengua extraña, porque lo tomaba a desprecio y con razón. Así pues, siempre les respondió de la misma forma:

—Pour aller a la plage, s'il vous plait?

—Las doce y media —contestaba y, además, eran las once.

—How far is the port?

—Las ocho y media —y eran, claro, las diez.

Y no eran desplantes, no, sino fastidio, cansancio de estar al margen, fatiga de ser extraño por virtud de los extranjeros, abulia por unas conversaciones calcadas de los manuales Roberston de idiomas:

—Camarero: una tortilla de guisantes, jamón, patatas, pimientos.

—¿Dónde está el comedor, la playa, el tren, el mingitorio?

—Señor(a), ¿cómo sigue usted?

—He leído —decía Enrique suavemente— que cuando la concentración de extranjeros es mayor del doce o quince por cien, empiezan a darse los brotes racistas y xenófobos. Aquí, por si lo olvidamos, tenemos un cien por cien: hay un extranjero por cada español y lo peor es que sólo un español por cada doscientos extranjeros le saca beneficios a la situación.

Y por esto, porque el turismo tiene su liturgia, sus apóstoles y sus oraciones, y a nadie le conviene dudar de él. Enrique Libre Pons no irá al Paraíso. Y no irá, además, porque dice groserías:

—Culo, en lugar de pompis.

—Que va a mear, en lugar de hacer pipí.

—Porque usa palabras inadmisibles (aunque estén en el diccionario) como peerse, giñarse, zullarse, mamar y otras.

—Porque usa palabras inadmisibles y se niega a entender lo que está claro, como parking, pedigree, ticket, boutique, average, magazine, fan, in, pop y travesti.

—Y, en suma, porque no siente deseos de ir a Londres un fin de semana, o a Perpignan a ver cine prohibido.

Otros hechos del impío Enrique Libre Pons que constan en los ficheros no se repetirán aquí para que la gente no pueda caer en la tentación de imitarlos. Se citarán solamente algunos de manera ejemplar:

1º.—Enrique Libre Pons no se compró jamás un televisor. Dijo que intimidad es intimidad y que la gente que quiere consejos ha de ir a los curas y a los médicos, que para eso están; y que no hay ninguna diferencia entre el jabón Alfa y el jabón Beta, la lavadora Omicrón y la lavadora Omega, el coche Éste y el coche Aquél.

2º.—Por las noches, en lugar de ver la Tele, tomarse copas y acostarse a las doce, jugaba al parchís con su familia (!), rellenaba una especie de cuaderno diario (!!), leía los libros que le permitirían comprender mejor el mundo (!!!!) y se acostaba al mismo tiempo que su mujer para dormirse abrazado a ella.

3º.—Educó por sí mismo a sus hijos sin enviarles a experimentos educativos más o menos estatales y sus hijos fueron listos y buenos y crecieron haciendo travesuras y diciendo mentirotes, que es como debe ser, según él.

4º.—En todos los días de su vida no hizo más deporte que el de salir a cazar, cuando la caza no era solamente para los ricos; salir a pescar, cuando la pesca podía hacerse con independencia del bolsillo; buscar setas cuando aún todo el mundo lo permitía; ir en bicicleta, cuando no significaba poner la vida en manos de cualquier automovilista, y correr detrás de sus hijos, cuando todavía quedaban lugares donde hacerlo.

5º.—Jamás se sentó en las gradas de ningún campo de fútbol, ni fue deportista de insignia en la solapa, puro en la boca, copazo en el estómago y gritos en la garganta.

6º.—No tuvo a mal recitar los versos que le gustaron y, en cambio, no repitió ideas ajenas antes de comprenderlas profundamente.

7º.—Aunque se casó, se sintió feliz y no necesitó máquinas ni signos externos para seguir siéndolo.

8º.—Su mujer jamás le pidió una lavadora o una nevera o una superplancha o una supercocina con horno panorámico y en Eastmancolor.

9º.—Dijo varias veces: "no me gusta este tiempo" y, de manera incongruente, repitió asimismo: "éste es mi mundo y no me hubiera gustado nacer en ningún otro".

Son, pues, muchos pecados en el fiel reflejo de su alma corrompida y peligrosa. Su carácter antisocial le ha impedido participar en los planes colectivos de consumo y le ha obligado a pensar, erróneamente, que el hombre que es como los demás, es bueno, ni feliz, ni nada más que un número.

Por eso a nadie vendrá a sorprender, después de señalar los motivos que nos llevan a ello la decisión que aquí tomamos: Enrique Libre Pons, librepensador, grosero, elemento antisocial, enemigo del progreso y de los adelantos, no irá al Paraíso. Nos consta que tiene la costumbre de contestar a todo y que se ha pasado la vida escribiendo a Agencias de Publicidad y a Empresas anunciadoras, dándoles su opinión de los anuncios en justo ejercicio de su derecho a réplica, absurdo derecho que, según él, deberían tener todos los ciudadanos que se sintiesen fastidiados o heridos por la publicidad.

Por esto mismo, la sentencia se ejecutará sin dar tiempo al citado Enrique Libre Pons a réplica ninguna. Y, así, no irá al Paraíso del Consumo y permanecerá todavía en esa medianía oscura de los marginados, inadaptados sociales e intelectuales de tercera fila.

Para evitar que, por dejadez o disconformidad, se muera de hambre, será alojado en uno de nuestros establecimientos municipales: la Casa-cuna-prisión 26, a la vez que este mismo organismo se encargará de dar a sus hijos una verdadera educación y asignarles un empleo que les permita consumir dignamente por el resto de sus días.

Mahón, a tantos de tantos, de mil y pico y tantos más.

Para que conste y en el pueblo quede, al hablar de él, la memoria de su infamia. Y, así, digan todos sus allegados y hasta sus hijos, y los hijos de sus hijos: Enrique Libre Pons no fue al Paraíso.


Por el Organismo Competente.

Negociado de Reservas Espirituales Occidentales


NOTA.— La autoridad religiosa hace constar, sin embargo, que cuando Enrique Libre Pons haya muerto, conservará la obligación de someterse, como los demás, al nuevo juicio de faltas en el que se decidirá su destino para los siglos sucesivos. Advierte además que el documento anterior sólo alcanza a la sepultura y que, a partir de dicho lugar, Enrique Libre Pons volverá a ser dueño de su albedrío, si es que ello le parece necesario.


RENOTA.— Del organismo competente.

Sin embargo, y hasta entonces, aquí no hay más albedrío que el que dispongan las leyes. O Enrique Libre Pons compra en el acto un televisor, una lavadora super-super, una nueva cocina, un piso a plazo (clase: tabique de papel), un automóvil 5-5, y hace deporte de puro en boca y grito en garganta, o el susodicho Enrique se va a pasar en la Casa-cuna-prisión 26 hasta que se empiecen a oír los trompetazos del fin del mundo.

Por lo dicho (sic).


Publicado en el Diario Menorca el 15 de enero de 1974

Teléfonos y conquistadores

"Me he enterado de que llevas vida de desenfreno y que tocas la guitarra".

—Carta de un padre del siglo XIII a su hijo que estudiaba en Orleans.


El teléfono es un horrible artefacto lleno de maldad. Bueno: quizá el aparato sea perfectamente neutro, pero no cabe duda de que quienes lo usan llevan, a veces, perversas intenciones en la cabeza.

Y, ya que está empezado el tema telefónico, quisiera contarles la aventura de uno de mis amigos. Quizá fue trastada más que aventura, claro y, en todo caso, una broma de pésimo gusto.

Sucedió en Madrid, ciudad enorme y tentacular que se presta a muchos líos. Eran los verdes años de la vida estudiantil, que se pasan entre las paredes de las aulas y las de las pensiones, y que justifican, por lo tanto, la tendencia bohemia que algunos jóvenes venimos a manifestar.

Por entonces no era raro que prolongásemos la velada hasta las dos de la madrugada en alguna entrañable tasca, que nos reuniésemos en el piso de cualquier amigo a bailar con la música de moda, o que nos sorprendiera el alba devorando chocolate con churros o engullendo sopa de cebolla en cualquier figón.

Tampoco nos era extraño despertar con zumbidos en la cabeza, escalofríos y malestar general a causa de los alegres trasiegos de la noche, o con borrones en la memoria, borrones que nos impedían recordar dónde nos dieron tal tarjeta que guardábamos en la cartera, o en qué lugar nos desollamos los nudillos de la derecha.

Compruebo que estoy tratando de disculparnos antes incluso de explicar lo que pasó. Y lo triste es que no hay más excusa que ésta: nuestra condenada afición al juergueteo, a las discusiones del alba, al noctambulismo y a ese néctar opalino de efectos milagrosos que, en Madrid, suele llamarse Valdepeñas blanco o Blanco simplemente.

Eran apenas las nueve y media y nos aburríamos en los sillones de la casa que tres amigos, estudiantes también, alquilaron amueblada por un precio razonable, ya que no estrictamente justo. Desde las siete habíamos pasado revista a los problemas más urgentes de esta sociedad de nuestros pecados y nuestras glorias:

—Que si la represión (Repre, familiarmente) tanto intelectual como sexual.

—Que si la Contracultura y la pérdida de peso específico de los valores, digamos inmutables.

—Que si el asunto de "La Feria del Muslo", o larga exhibición de primaverales piernas que las chicas llevaban a cabo en los bares de los alrededores de la Universitaria.

—Que si los grises y sus porras y sus perros en el campus, a sabiendas de que, en este plan, no saldrían nuevos Ramones y Cajales o Menéndez de Pidales de la Universidad.

Uno de los bravos muchachos nos había enseñado ya un álbum donde coleccionaba recortes de prensa con las noticias de las algaradas estudiantiles (¡un pesado cuaderno de cien páginas!) y otro había interpretado a la guitarra el Romance Anónimo, pieza muy del gusto de todos los principiantes.

A fuerza de idas y venidas, habíamos dejado exhausta la nevera, descorchadas las botellas, rebosantes los ceniceros, polvorientos los suelos y enrojecidos los ojos. Se nos había secado también el caudal de los chistes. El último fue aquel tan gracioso que juega con el viejo lenguaje medieval:


Dos caballeros se cruzan en las desiertas llanuras castellanas. Es primavera. El uno va solo, aunque armado de punta en blanco. El otro lleva una doncella a la grupa de su caballo. Se paran frente a frente, aprovechando el solecillo agradecido, y se ponen a charlar:

—¿Adónde vais, el caballero, con tan fermosa doncella?—pregunta el solitario.

—A godella, caballero.

—¿A Godella, de Valencia?

—No, no—contesta el otro muy serio—; A godella, de ultrajalla.


De una forma u otra, eran las nueve y media dadas y nos aburríamos con ese aburrimiento prosaico y triste que viene de estar todos de acuerdo en lo particular y disconformes en lo esencial, después de haber fumado cuatro paquetes de cigarrillos y haber vaciado tres botellas de tinto.

—¿Y si llamamos a Pedro?—dijo uno con aire risueño.

—¿A Pedro? ¡Ése es un cenizo! Seguro que nos enseña la foto de su novia y se pone a contarnos la última juerga que imagina que se ha corrido.

Pedro —es preciso avisarlo— era un condenado fantasioso que, de creerlo, había vivido aventura tras aventura desde que se tuvo en pie. En invierno decía ser el favorito de camareras, chachas y compañeras de clase. En verano, un verdadero tiburón que regresaba a los exámenes de septiembre cargado de inaprensibles trofeos: aleves recuerdos de brisas, lunas y perfumes sobre la playa; rumores de olas muertas en la arena con punteo de besos al fondo; exóticos nombres impronunciables; lánguidos estremecimientos y, sobre los labios, aún calientes, las huellas de pieles de melocotón.

Un tipo molesto, Pedro. Todo le recordaba algo de lo ya vivido. Cualquier cosa le traía a la libido a la boca y allí teníamos que oír desbocados amoríos hasta el final.

Y Pedro hubiera sido soportable de no mentir en todas sus hazañas y de no caer en evidentes contradicciones. La sola idea de tenerle con nosotros, por contraste, nos hacía imaginar que nuestro aburrimiento de entonces era franca diversión.

—¡Solo nos falta él para que la juerga sea completa!—exclamó uno de los inquilinos forzando el sarcasmo—¡Que no decaiga!

—¿Quién habla de traerlo aquí?—explicó el que había tenido la idea—. Yo solo he dicho que si le llamamos.

—¿Para qué?

—Tengo un plan —murmuró misteriosamente—. Ya es hora de que Pedro tome alguna medicina para su fantasía.

Y nos lo detalló en pocas palabras: consistía en llamar a Pedro invitándole a una supuesta orgía. Recomendarle que se tomase algo por el camino para llegar "colocado y a punto", y darle luego una dirección al azar.

—Veremos —concluyó— qué tal le sienta llegar a medios pelos, a las diez y pico de la noche, a una casa repleta de gente respetable que analiza el programa de televisión.

Y, por supuesto, le llamamos a la pensión. El diálogo fue como sigue:

—Pedro: ¿tienes algo que hacer?

—¿Ahora? No. Acabo de dejar a Fulanita, porque ya sabes que sus padres la quieren a las diez. Lo que pase antes de esa hora —je, je, je— les tiene sin cuidado a los muy animales.

—Bueno, pues mira: esto va por todo lo alto.

(Nosotros, para demostrarlo, empezamos a reír, a chocar las botellas y a dar gritos de mujer dislocada).

—Están aquí cuatro niñas de campeonato. Gloria, ¿recuerdas? Esa que mueve el caderamen cada vez que te ve. Y Brigitte, la francesita de filosofía...

Aun sin verle, podíamos imaginarnos a Pedro con los ojos brillándole como luceros, la lengua fuera y las manos engarabitadas en torno al teléfono.

—Resulta que nosotros solo somos tres: Paco, Arturo y yo... Y maldita sea, no podemos empezar nada porque nos sobra una y no la vamos a dejar sola mientras.

Pedro, hombre de mundo, comprendió a la primera:

—Claro: a las chicas no les gusta pecar con testigos. O todas, o ninguna: las conozco bien.

—Entonces, te vienes, Pedro. ¡Ah! Casi se nos ha terminado el bebestible, de modo que te traes una botella de lo mejor.

—De acuerdo. Como las balas.

—Y no vendría mal que la probases por el camino. Llevamos toda la tarde pimplando y, si te presentas todo sobrio, te aburrirás como un caracol.

—¡Vaya consejos! Si no cojo un taxi, la botella llegará medio vacía.

(Pedro, claro está, contaba entre sus proezas la de ser un gran bebedor, aunque no estuviera capacitado para distinguir entre un Valdepeñas y un Rioja, o entre un Priorato y un Jumilla).

—¿Dónde es la cosa? —preguntó.

Y aquí estuvo la inspiración del momento: el que le hablaba tenía el ABC sobre el regazo y, ni corto ni perezoso, le dio la dirección que venía al pie de una esquela.

—Ven pronto —añadió—. Y, sobre todo, ya sabes: colocado y con bebida.

—De acuerdo.

A teléfono colgado, nos pusimos a afearle la conducta al que había hablado. No era justo ni decente enviar a un tipo medio trompa a la casa de un muerto haciéndole creer que iba a encontrarse con cuatro chicas ligeras de cascos y de ropas.

—Ya está hecho —respondió—. De acuerdo que será un fastidio para la gente del muerto, pero, de ésta, Pedro saldrá escarmentado y dejará en paz a la gente.

Y Pedro, por salir, salió disparado de la pensión tan pronto como colgó el teléfono de sus engaños. En el bar de abajo se encargó una buena ración de coñac "para llevar puesto", y una botella de ron "para llevar bajo el brazo". Le compró tabaco americano al cerillero apergaminado que lo vendía en un rinconcito del bar, cerca del radiador y de la máquina tragaperras. Pagó y tomó un taxi para evitar que se le vaciase la botella.

Por el camino, sin embargo, le dio un par de chupetones largos y colmados, y se atontó, mucho más que con el ron, con su imaginación exaltada, que le representaba, en sesión continua, la película de Brigitte bailando la danza de los siete velos; la de Gloria interpretando la del vientre, y la de las otras dos desconocidas correteando por las habitaciones perseguidas de cerca por él mismo.

Llegó. Era un tercero y no merecía la pena llamar al ascensor y esperar a que bajara. Subió a trancos las escaleras; oprimió el zumbador; empuñó la botella con mano vigorosa, y compuso su más turbadora sonrisa. Pasó un rato demasiado largo y, por fin, la puerta se abrió.

Pedro, sin reparar en nada a causa de su fiebre de amor, agitó la botella y gritó:

—¡Viva la juerga!

Y la "juerga" era una mujer gorda de luto, un caballero que venía por el pasillo con cara de pocos amigos y un silencio tremendo y triste que salía a bocanadas de aquella casa de muerte.

Pedro comprendió muy bien el patinazo y, también, las malas intenciones del señor que se le acercaba peligrosamente. "¡Atiza! ¡Me he colado" —se advirtió.

—Perdón —dijo— ¿No está aquí Paco?

—No —gruñó la señora.

—Pues me dijo por teléfono... ¡En fin! Perdonen... Ha sido una equivocación...

—¡Borracho! —le gritó la mujer.

—¡Gamberro! —le soltó el hombre.

—Perdonen, perdonen... —Pedro, retrocediendo, repitió veinte "perdonen" distintos.

—¡Vicioso! —le gritaba la mujer por la escalera abajo.

—¡Cretino! —le decía el señor.

Fue, sin duda, uno de los trágicos momentos de la vida de Pedro. Una de esas aventuras que hacen encanecer, de la noche a la mañana, a hombres hechos y derechos y tan sólidos como el Guardarrama. Algo por lo que debieran pasar todos los mozos antes de entrar en quinta, para robustecerse el ánimo... Y, quizá, Pedro se mereciera algo así, a pesar de lo molesto que debió ser para aquellos que velaban en paz a su muerto, apartados del bullicio del universo.

Pero, ¿escarmentó Pedro? No, padre. A la mañana siguiente nos tropezamos con él en El Bocho, la tasca que nos servía de campamento base para las expediciones del aperitivo.

—¿Cómo fue la fiesta de ayer? —le preguntó.

La parroquia entera —tabernero incluido— estaba ya enterada de la portentosa burla y se puso a reír a más y mejor. Pedro mantuvo el tipo y fue allí donde comprendí el verdadero sentido del dicho "genio y figura, hasta la sepultura".

—¡Hombre! —dijo— Sí te tengo que dar las gracias.

—¿Si?

—Desde luego, fue una canallada eso de darme la dirección de un fiambre —siguió Pedro gesticulando con la mano de la copa—. Aquellas pobres personas estaban bien tristes y hubieran podido creer que me quería reír de ellas. Me disculpé y lo entendieron muy bien.

—¿Entonces? —intervino otro de nosotros— ¿Por qué nos das las gracias?

—Verás: bajo la escalera y en el piso de abajo me encuentro con un tipo que había salido al rellano a no-sé-qué y había escuchado.

—Vaya chasco —me dice.

—¡Vaya que sí! —le respondo.

El tío me ve la botella y se echa a reír.

—Bueno: no hay más que por bien no venga.

—Claro —le contesto.

—Yo iba a bajar a por bebida —me dice—. Se nos estaba acabando. Pasa.

Y yo paso, y dentro, ¿sabéis lo que me encuentro? Pues con tres chicas impresionantes. Una, la rubia, sin pareja... ¡Uf! De allí vengo ahora y todavía me he tenido que escapar.

¿Qué se puede hacer con un tipo como Pedro? Aguantarse, supongo. Y, además, ¿cómo demostrar que no era cierto lo que nos contaba? ¡Ay, Pedro! ¡Ay, bribón!

—Si vierais... —continuaba el muy rufián—. Resulta que la rubia esa acababa de llegar de...

Pedro había ganado. He aquí por qué afirmo que el teléfono es peligroso: no tiene ojos.


Publicado en el Diario Menorca el 22 de enero de 1974.

Da Costa


I. Quién era Da Costa

En mil novecientos, en agosto, con los últimos coletazos del siglo, nació Da Costa, postrer vástago de una larga sucesión de Da Costas renegridos y aventureros que, desde los tiempos de Don Pedro el Navegante, tuvieron que ver con el mar. Un Da Costa dobló el Cabo de las Tormentas siendo asistente de Luis de Camoens. Otro acompañó a Colón en su segundo viaje, y otro más hizo la ruta de El Cano hasta morir de un lanzazo tagalo en las Filipinas.

Siempre fueron discutidores, a medias pendencieros y a medias esforzados, pues no en vano la larga familia se había sustentado, desde Viriato, de la carne en cecina, del pescado seco y de la galleta, alimentos propios de la gente de mar curtida.

El padre del último Da Costa continuaba la tradición familiar y hacía la ruta de ultramar a bordo de un clíper rápido y marinero. Da Costa padre tenía una peculiar manera de entender aquello de "una novia en cada puerto", por lo que mantenía alegremente una familia en Lisboa y otra en Macao, ambas numerosas, pobres y felices.

El joven Da Costa hizo su primer viaje a los trece años, como proel, junto a su padre, y, así, con el alma todavía tierna, se le metió el Oriente por los ojos, la calidad del mar; su color tan distinto del Atlántico natal; las gentes extrañas con su lenguaje cantarín y sus ojos almendrados... Y, además, la riqueza: allí un europeo podía hacer fácilmente carrera: trapicheando con los chinos, navegando en los cargueros de las islas y comerciando con los salvajes o contrabandeando con el opio.

Y Da Costa se quedó con su otra familia, con la mujer oriental de su padre, y con sus medio hermanos de ojos rasgados, y nunca más sintió la nostalgia de Portugal donde, por cierto, las cosas no iban demasiado bien en aquellas fechas. Solo bajo los efectos del sake se permitía algunos recuerdos de la infancia, y descubría, así, las profundas lagunas que inundaban su memoria.


II. Lo que Da Costa ignoró siempre

Hagamos un poco de historia.

La ciencia, que quizá un día se consideró como algo estático, empezó, con el siglo nuevo, a apasionar como si de un "ismo" artístico se tratara. Ya no era cuestión de medir y comprobar: se precisaba imaginación, poesía, ojos limpios, principios humanitarios y chispa de genio para cruzar el umbral de las incongruencias.

La ciencia, por fin, lejos de definir el mundo, iba a intervenir en él, por primera vez, para convertirlo en un lugar más grato, más noble y más cómodo: las estrellas serían, pues, las que inspirarían tanto al científico como al poeta.

Y en 1901, mientras Conrado Roetgen recibía el premio Nobel de Física por su descubrimiento de los Rayos X, un físico alemán que empezaba a ser conocido, Max Plank, enunciaba la Teoría de los Cuanta, según la cual ciertas formas de energía, como la luz y la electricidad, no se transmiten en forma de ondas continuas, sino de paquetes discontinuos: los fotones.

En 1903, cuando Da Costa contaba tres años muy justos, el físico francés Henri Becquerel recibía, junto a Pedro y María Curie, el premio Nobel de Física por sus trabajos sobre la radioactividad natural. Y Madame Curie, en 1910, continuando sus experiencias, aisló el Radio por primera vez.

Acababa de iniciarse la gran era de la ciencia. El científico, además, había aprendido la lección de la humildad y, al ver como la física clásica no bastaba para explicar el universo, sentíase imbuido de un cierto espíritu poético. El científico trabajaba para la humanidad, y la humanidad había inventado una palabra, Progreso, para definir los descubrimientos del científico.

Y así, en manos de progreso y científicos, con la mente en el infinito Cosmos (finito, cerrado y curvo desde entonces) y con un inefable sentimiento de hermandad universal, Einstein, en 1905, enunciaba su principio de la Relatividad Restringida, que explicaba que la distancia espacial o temporal no es una entidad o un valor absoluto, sino que es relativa al cuerpo que se escoge como sistema de referencia.

En 1908 Lord Ernest Ruhterford bombardeaba finísimas láminas metálicas con partículas alfa y observaba que en los átomos hay espacios desprovistos de materia y que en su interior existen intensos campos eléctricos que aumentan según el peso atómico del elemento.

¡La nueva ciencia estaba en marcha! Algunos locos, apegados aún a la física clásica, negaban la verdad de estos asombrosos descubrimientos. Otros, aún más reaccionarios, presagiaban oscuros peligros en este progreso, pero existía el incuestionable hecho de que el científico había asaltado el átomo, último reducto de la materia y primer escalón de las múltiples nadas del universo. Por ello Lord Ernest Rutherford recibía en el mismo 1908 el Premio Nobel de Química.

En 1912 Alberto Einstein formulaba su teoría de la Relatividad General, que hace inútil la hipótesis de la fuerza de gravedad admitida por Newton: todo cuerpo sigue en su movimiento aquella trayectoria curva que es la línea más breve, dada la curvatura de la región que él atraviesa.

En el mismo año, un norteamericano, Robert Millikan, medía la carga elemental negativa: el electrón... ¿Podía dudar alguien del progreso? La humanidad, por este camino, pronto llegaría a un mundo mejor donde se mirasen con respeto los misterios y donde los hombres, superados sus viejos prejuicios, escucharan por primera vez la voz del universo.

En 1913 Nicolás Bohr modificó la teoría de Rutherford y planteó un nuevo modelo atómico, definiendo las órbitas de cada electrón y su relación con al energía. El átomo comenzaba a desprenderse de sus secretos y los científicos lo celebraron descorchando espumosas y verdes botellas de champán. Su brindis era siempre el mismo: ¡Por la verdad! ¡Por la humanidad!

Y en 1916, continuando, Somerfield modificaba a su vez la idea de Bohr (órbitas circulares y planas) y admitía que son elípticas y que el electrón gira en planos distintos respecto al núcleo.

En 1918 Max Plank recibía su Premio Nobel de Física. En el 19, Lord Ernest Ruherford, tras laboriosos trabajos, provocaba y definía lo que llamó trasmutación nuclear.

En 1921 Einstein recogía su Premio Nobel de Física y Federico Soddy el de Química por establecer, en 1911, junto a Fujans y Russell, la ley de las trasmutaciones radiactivas.

En 1922 el Premio Nobel fue para Nicolás Enrique Bohr. En el 23, para Millikan. Y, desde entonces, nombres como Heisenberg, Schrödinger, Otto Hahn, Lise Meitnet, Strassman, Enrico Fermi, Irene Curie, Frederic Joliot contribuyeron a la gloria y a la realidad de la nueva ciencia.

Heisenberg, Premio Nobel en 1932 por su mecánica de matrices, y Schrödinger, Premio Nobel en 1933 por su mecánica ondulatoria, sentaron las bases matemáticas para la nueva investigación. En 1934 Irene Curie y Joliot descubrían la radiactividad artificial. En el mismo año Fermi bombardeaba uranio con partículas radiactivas. En 1938 Hahn, Meitner y Strassman, mientras Fermi recogía su Nobel, descubrieron la transformación nuclear del átomo de uranio 234 al ser bombardeado con neutrones: la pérdida de masa o fisión nuclear.

La ciencia había triunfado y solo unos locos la atacaban en nombre de extraños y belicosos mitos, en todo reñidos con el pacifismo de los verdaderos científicos. Eran, además, los años en que Europa hervía y se contraía, lista para dar a luz una de sus peores guerras.


III. Da Costa, prisionero

En 1943, en plena guerra, Da Costa, hijo de cien Da Costas comerciantes y marineros, fue detenido en su barco, con el que había comerciado por las islas, vendiendo ora a los japoneses, ora a los polinesios, las extrañas mercancías que solía robar de algún almacén militar.

Anduvo cautivo en Filipinas. Pasó hambre en una prisión de Yokohama y, después, fue trasladado a una ciudad del interior: Hiroshima. Todo este tiempo, además, estuvo ignorante de que los mejores cerebros del mundo trabajaban incansablemente para lograr un mundo mejor con su inigualable ciencia.

Eran las postrimerías de 1944 y Da Costa se sentía fracasado: no había formado aún una familia; la sangre de los cien Da Costas le golpeaba el pecho con furia: "Haz algo —le decía—. Haz algo". Y Da Costa, prisionero, cultivaba los campos japoneses con la extraña tristeza con que todos los marineros se dedican a la agricultura.

Y en agosto del año siguiente, cuando Da Costa cumplía los cuarenta y cinco alegremente (pues la guerra estaba prácticamente en las últimas), él cantaba entre el campo agostado y, tumbado, apuntaba con la pajita de entre sus dientes a un solitario avión que, a mucha altura, se aproximaba a la ciudad.

"Vivir —se dijo— no es tan malo. Volveré a tener mi barco. Me casaré. Haré dinero, porque los tiempos se presentan a propósito para eso, y, de viejo, regresaré a Portugal a comprarme un cortijo en los Algarbes...".

Dibujaba con su pajita unos nombres en la tierra: el de su padre, muerto frente a las costas de Java; el de su madre que, a lo mejor, continuaba en Portugal viviendo de Dios sabe qué. Los de sus hermanos chinos y europeos que le unían más a los hombres del mundo. Luego, de repente, estalló la bomba y no vio más.


IV. El avión

El avión que aquel día sobrevolaba la ciudad llevaba sobre sus alas cuarenta y cinco años de ciencia, progreso y curiosidad. Llevaba también las ideas más brillantes de la humanidad, el peso de los mejores talentos y el resplandor del genio de los mil hombres más inteligentes, de los mil hombres que se sacrificaron y sufrieron para que la verdad triunfara y, con ella, el avión de las alas de ciencia.

Cuando el aparato se alejó, Da Costa, el descendiente de cien marineros, de hombres que doblaron el Cabo de las Tormentas, de hombres que acompañaron a Colón o fijaron las Filipinas en el mapa; Da Costa el aventurero, estaba muerto. Había muerto mientras pensaba en su nuevo barco y en la riqueza que siempre persiguió, y en sus hermanos de siempre.

Y sobre su cadáver se iba levantando el enorme y resplandeciente halo de los mil hombres sabios que construían nuevos mundos al otro lado del Pacífico. Extrañamente, el halo de estos científicos tenía, y para siempre, la cómica forma de las setas venenosas... Extrañamente.

Más extraño aún es que estos hombres habían recibido el Premio Nobel, y Nobel fue el inventor de la dinamita... El avión, sin embargo, volaba. Y los sabios, sin embargo, seguían deseando el bien de la humanidad, sin saber que Da Costa había sido uno de los paganos de su poesía.

Tampoco nosotros, ahora, sabemos en manos de quién está nuestra vida. Desde luego, no en las nuestras.


Publicado en el Diario Menorca el 29 de enero de 1974.

Toda la verdad sobre el día ocho


Por la mañana


El día ocho, conduciendo su OCA-6, Juan Palomo perdió la vida al colisionar su vehículo con la trasera de un camión a la altura del kilómetro once. Se supone que se le rompió la dirección al coche.

(de la prensa)


Su mujer le hizo pan frito para desayunar: la golosina preferida por Juan Palomo.

—¿Adónde vas hoy? —le preguntó.

—Aquí al lado. Es muy probable que consiga vender una buena partida. La semana pasada ya estuve allí y tengo casi a punto al comerciante.

—¿Seguro?

—Al menos no me dijo que me fuera.

Plegó la servilleta mientras ojeaba el periódico por encima de la taza vacía y se secó los labios despacio. La mujer le trajo el muestrario de la casa y se lo metió en el maletín.

—¿Qué hora es ya?

—Las nueve.

—Es una suerte que los niños ya vayan solos al colegio. Si no tú no podrías hacerme estos desayunos.

Se besaron junto a la puerta: el mismo beso sin importancia de todas las despedidas y de todas las llegadas.

—¿Volverás a comer?

—¿Qué tenemos hoy?

—Canelones.

—¡Hum! Pues no me los perderé. Adiós.


El OCA-6


Juan Palomo, agente comercial, fue extraído con vida de su automóvil y conducido al hospital municipal, donde se le apreciaron heridas en brazos y cuello, rotura de una de las vértebras cervicales y hemorragia interna. Llevado al quirófano, falleció antes de que se le pudiera intervenir.

(de la prensa)


Al terminar la guerra, Octavio Carreras Abad solo tenía juventud, ambición y perspicacia. Había servido en un batallón de automóviles y allí fue donde aprendió cuanto sabía de motores y de coches.

Tuvo la suerte de encontrar a un hombre con bastante dinero y con el suficiente valor como para invertirlo en las ideas de Octavio. Poco tiempo después salía al mercado el primer OCA, S.A.-4, con un motor Renault modificado.

Fue negocio. El país era todavía un mercado virgen, inmenso, y, detrás de cada ciudadano, había un hombre ansioso de poseer un automóvil, sin que le preocupase demasiado su calidad. La fábrica, pues, se amplió y se lanzaron sucesivamente los OCA-2, OCA-8, OCA-12, OCA GRAN LUJO y otros, que hicieron de Octavio Carreras Abad un hombre rico, igualmente ambicioso y perspicaz, y algo menos joven.

El OCA-6 era el penúltimo modelo de OCA, GENERAL DE AUTOMÓVILES, S.A. En solo un año se habían vendido sesenta mil unidades y, por supuesto, no era ni tan resistente ni tan seguro como el primer OCA-4, pero éste es uno de los tantos males del trabajo en serie que a nadie parece preocupar.

También es cierto que un 35 por cien de los accidentes de tráfico del año pasado estuvieron protagonizados por los coches OCA, pero los accidentes son los gajes del oficio de conductor, los riesgos del turista y las desventajas de la carretera.


El automovilismo

El automóvil no nació de repente. Muchos hombres, más o menos geniales, lo fueron ideando pieza a pieza, detalle a detalle, antes de que el automóvil fuera tal y como lo conocemos.

En 1851, Heinrich Daniel von Ruhankorff inventó la bobina de inducción. Poco después, en 1862, Etienne Lenoir fabrica el primer vehículo con motor de explosión: no era exactamente un automóvil, pero señalaba perfectamente el camino a seguir.

En el mismo 1862, un poco antes, Alfonso Beau de Rochas inventó el ciclo de cuatro tiempos para los motores de explosión y con esto abrió el camino que actualmente recorremos a cien por hora.

En 1872 el americano George Brayton construye un motor de petróleo de dos tiempos, precedente del diésel al llevar incorporado un dispositivo de combustión a presión constante.

En 1875, Bochardat sintetiza el caucho y, por lo tanto, hace posible el masivo uso de neumáticos que el automovilismo acarreará.

En 1876, Joseph Farcot aplicará con éxito un servomotor a las máquinas: así, hoy en día se sigue utilizando como motor de arranque o "demarré" en los coches. En este mismo año Nicolás Otto y Eugenio Deutz construyen el motor de cuatro tiempos que inventara Beau de Rochas, con ignición por quemador y un dispositivo de arrastre del volante.

¡Qué cerca estaba ya el nacimiento del automóvil! Incluso las modernas carreteras de asfalto y macadam habían sido construidas ya en 1854 por Merian. Es curioso que, mientras Otto y Deutz construían su motor de cuatro tiempos, Jules Truffaut, sin conocerles, inventaba el amortiguador para la suspensión.

Sin embargo sobreviene un gran lapsus: el automóvil, tan al alcance de la mano, no se convierte en realidad, y la primera industria seria tiene que esperar a 1886, en que Karl Benz comienza a construir sus primeros automóviles.

Este Benz, se asociaría con Daimler, que ya en 1885 había creado la primera moto, dando origen a la famosa firma Mercedes-Benz, que todavía funciona.

Casi sesenta años después, Octavio Carreras Abad, improvisando sobre viejos modelos, copiando sistemas de famosas industrias, terminaba el primer motor OCA y fabricaba los primitivos OCA-4 en un pequeño taller, con sólo treinta y ocho operarios.

Veinte años más tarde ya dirigía una factoría de cinco mil y vendían noventa unidades diarias. Era rico y esto, según él, le compensaba de los malos momentos. Sin embargo no compensaba en absoluto a ninguno de los veinte mil hombre que, desde el principio de la empresa, habían perdido la vida dentro de un OCA de un modelo u otro.

A este respecto, Octavio Carreras Abad había dicho:

—Muchos se vuelven locos en cuanto cogen un volante, o agresivos o descuidados. Es absurdo pensar que el coche es responsable de estas muertes: son los conductores malos o imprudentes.

A lo cual, por supuesto, alguien respondió:

—Pero sin automóviles, ¿quién los conduciría imprudentemente?


Al día siguiente


Juan Palomo deja una viuda y tres niños de ocho, siete y cinco años.

(de la prensa)


La viuda acaba de regresar del entierro y se está lavando la cara en el cuarto de baño. El vestido negro aumenta la palidez de su rostro y destaca las huellas de una noche de vela y llanto.

Los niños de negro también, están sentados en un comedor, silenciosos, sorprendidos de todo el trajín de las últimas horas. El mayor comprende bien lo sucedido y ha estado llorando desde que mamá le ha dicho que tiene que ser valiente. El mediano también ha llorado pero ahora calla y medita sin saber muy bien lo que hacer. El pequeño ha preguntado por su padre varias veces y no acaba de ver claro todo este asunto.

En este momento suena el timbre:

—¡Rin! ¡Rin!

La viuda se traspeina, se empolva la cara y acude mientras el timbre insiste:

—¡Rin! ¡Rin!

Abre la puerta. Un hombre con traje de faena sonríe tristemente.

—¿Si?

—¿Es usted la mujer de Don Juan Palomo?

—Sí — responde, olvidando que solamente es su viuda.

—Verá... —parece difícil decirlo—. Ayer el coche de su marido quedó obstaculizando la carretera y fuimos avisados para retirarlo.

La mujer asiente. No tiene aún necesidad de llorar: seguramente la verdadera pena le vendrá dentro de unos días, cuando note realmente la ausencia de Juan en la casa y en los pequeños detalles de la vida. Ahora solo está muy cansada y con ganas de dormir.

—Bueno —continúa el hombre del mono—. Ayer trajimos el coche. Puede arreglarse todavía: el golpe fue un poco de lado y no ha sufrido el chasis. Usted dirá.

La viuda suspira: ¿le están hablando del coche que mató a Juan? ¿Por qué? ¿Para qué?

—No —dice—. No quiero el coche.

—Ya —interpreta el hombre—. Es un mal momento, claro. Sin embargo nuestra grúa lo trajo y eso...

—¿Cuánto les debo? —responde la viuda.

—¡Oh, no! Hay una solución mejor: puede vendernos el coche. No le vendrá mal el dinero ahora.

—Muy bien.

—Le daríamos...

—Por favor: ¿puede usted volver dentro de una semana?

—¡Ah, claro! Sí. Dentro de una semana. No se preocupe: le haremos un buen precio. Ya lo verá.

—Adiós.

—Le acompaño en el sentimiento, señora.

—¡Qué me va usted a acompañar, hombre!

Cierra la puerta. En el comedor llora el pequeño. Grita más que otra cosa: se aburre y le aplca la tétrica solemnidad de sus hermanos.

—¡Mamá! —dice— ¡Quiere irme de aquí! ¡Quiero ir a la escuela!

La mujer tiene sueño. La mujer está muy, muy cansada. El dormitorio, vacío. La cama, sin huellas.


El mismo día ocho


El conocido industrial Don Octavio Carreras Abad, director de OCA, General de Automóviles, S.A. ha interrumpido sus conversaciones con representantes de la General Motors a causa de una grave enfermedad.

(de la prensa)


Don Octavio.—¿Qué riesgos hay?

Médico.—Nunca podemos predecir lo que pasará en un quirófano. Puede surgir cualquier complicación hasta en una apendicectomía. Sin embargo la que usted necesita es una operación bastante practicada.

Don Octavio.—No me refiero a eso. Una vez operado, ¿qué posibilidades tendré? ¿Se me reproducirá?

Médico.—Siempre existe el peligro de metástasis, pero, en su caso es menor porque lo hemos cogido muy a tiempo.

Don Octavio.—¿Me dice la verdad? Uno lee tantas cosas en los periódicos...

Médico.—Haremos por usted todo lo posible (como por cualquier otro).

Don Octavio.—Sí, todo lo posible. Tengo muchas cosas por hacer. Mucho trabajo.

Fantasma de Juan Palomo.—Y mucho que perder.

Médico.—De acuerdo Empezaremos los análisis esta misma tarde. Buenos días. (Sale)

Don Octavio.—¡Dios mío! ¡No hay derecho! ¿Por qué me ha ido a pasar esto a mí?

Fantasma de Juan Palomo.—¿Por qué me ha ido a pasar esto a mí?

Veinte mil hombres muertos en accidente.—¿Por qué nos ha ido a pasar esto a nosotros?

Don Octavio.—¿Qué he hecho para que me suceda esto?

Fantasma de Juan Palomo.—Coches.

Don Octavio.—¿Qué culpa tengo?

Veinte mil hombres muertos en accidente.—Veinte mil muertos.

Don Octavio.—(muy bajito) Tengo miedo.


Esquela


Juan Palomo Torcaz
Agente Comercial.

Falleció ayer, día ocho, a los treinta y dos años, en accidente de circulación. Su esposa María; sus hijos Juan, Antonio y José. Sus padres Antonio y Luisa y demás familiares, participan tan irreparable pérdida. (de la prensa)


Hallado en el cajón de su mesilla

Un mechero automático que usaba los domingos. Tres pañuelos. Un llavero de plata con llaves de maleta. La cartilla del servicio militar. Un bolígrafo sin carga. Tres monedas de peseta. Dos puros canarios y una agenda. Entre sus páginas estaba un panfleto propagandístico que decía:


¡ENHORABUENA!

Ha comprado usted un OCA-6.

El OCA-6 le facilitará la vida.


Y se la facilitó, ¿qué duda cabe?


Por la noche

Don Octavio.—¿Por qué me ha ido a pasar esto a mí? ¿Y si me muero?

La viuda de Juan Palomo a su hijo mayor.—Tienes que ser valiente, Juan, ahora que papá ha muerto, porque siempre hace falta un hombre en la casa.


Epílogo

No se preocupen ustedes: Don Octavio sigue vivo.


Publicado en el Diario Menorca el 5 de febrero de 1974.

El affaire Sodoma

"Entonces Jehová le dijo: por cuanto el clamor contra Sodoma y Gomorra se aumenta más y más y el pecado de ellos se ha agravado en extremo, descenderé ahora y veré si han consumado su obra según el clamor que ha venido hasta mí; y si no, lo sabré." (Génesis, 18-20 y 21).


Y más abajo, se lee:


"Entonces respondió Jehová: si hallare en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad perdonaré todo este lugar por amor a ellos." (Génesis, 18-26).


Y fueron los observadores a Sodoma, ciudad de muchos pecados y pocas advertencias, de donde les había llegado un gran clamor. Un clamor que empezaron a notar tan pronto como estuvieron a las puertas de Sodoma.

Cien sirenas de aire bramaron por encima de los tejados. Millares de máquinas trepidaron al empezar el mecánico y trabajoso despertar de la ciudad. Centenares de motores, pasando por su lado, les ensordecieron.

—Sodoma —dijo uno— es una gran ciudad.

—Sodoma —dijo al otro— ha crecido demasiado.

Un vapor oscuro enturbiaba el aire. Surgía del asfalto muchas veces recorrido por los automóviles; las enormes chimeneas de las factorías; de los poderosos compresores y hasta de los hombres que continuamente fumaban.

A través de este vapor, los contornos y perfiles de la ciudad se distorsionaban. Nada era exactamente íntimo. Nada recordaba al aire vecinal y humano que tuvo una vez Sodoma.

—¡Vaya clamor! ¡Cuánta razón han tenido al quejarse!

En efecto: el clamor era más bien espantoso; tanto para los oídos, que temblaban como tirantes parches de tambor, como para los ojos, que se perdían en el humo, como para el olfato, que se irritaba a fuerza de olores espesos y polvorientos.

Los dos observadores, aturdidos, miraban el tremendo amanecer de la ciudad arrinconados en una acera. La luz apenas había empezado a clarear el levante cuando todas las esquinas, todas las calles y todos los rincones hervían y se retorcían entre el estruendo y la faena.

—La cosa —dijo uno de ellos— es saber si esto es malo.

—Puedo jurarlo —suspiró el otro, que era anciano—. Hacen bien en advertir que ésta es la vida moderna, porque no se parece en nada a la vida.

—¿Entonces?

—Entonces, cuanto más nos apartamos de la vida, más pecamos contra ella y menos vivimos.

—Pero esta gente parece feliz.

El anciano murmuró un "ya veremos, ya veremos" y echó a andar para atravesar la calzada. En eso oyó un gran chirrido y luego dos o tres golpes metálicos.

—¡Animal!— le gritó el hombre que acababa de frenar su coche—. ¡Hijo de tu madre! La calle es para los coches. Tu tienes la acera.

Los otros conductores que habían chocado ya estaban en pie y discutían mucho tocando los guardabarros abollados. El que primero paró señalaba al anciano:

—¡La culpa es suya! —gritaba—. Se me echó bajo las ruedas.

—¡Loco! —le llamaban—. ¡Chalado!

—Tendríamos que haberte atropellado.

—Yo...— decía el viejo—. Yo no sabía que...

—La calle —le explicó uno a gritos— es para los coches. Los peatones, a la acera. ¡Solo faltaría!

El anciano volvió al lado de su compañero lleno de vergüenza y presa de temblores a causa del susto y del alboroto.

—A mi edad —murmuró— estas aventuras ya no me hacen ningún bien.

—¡Qué fieras! —clamó el más joven—. Ésta no es forma de tratar a un hombre.

El viejo respiró mirando como el tráfico se reanudaba:

—Tal vez la culpa sea mía —dijo—. Vi tanto espacio que no se me ocurrió pensar que pertenecía exclusivamente a esos señores de las máquinas y que incluso tienen derecho a matar con sus coches a quienes invaden su terreno.

—¡Pero eso va contra la ley de Dios!

—Te repito que los hombres hacen las leyes a la medida de su espíritu. Si existe una forma de matar en la que todos incurren, su lógica les hace disculpar las muertes que causan.

Y se adentraron en la ciudad cuidándose mucho de no abandonar las aceras. La muerte, incluso para ellos, estaba del otro lado del bordillo: este detalle les inquietaba terriblemente, pero observaron, sorprendidos, que la demás gente, los sodomitas de a pie, no prestaban mayor atención al asunto. Hasta los niños muy pequeños iban y venían sin cuidado y, antes de atravesar de un lado a otro, oteaban los horizontes de la calzada y cruzaban con perfecta tranquilidad.

—No es tan malo para ellos —dijo el joven—.

—Esta indiferencia viene de su pecado: si han perdido el amor por la vida y hasta el respeto —dijo el anciano—, es consecuencia lógica que acepten perfectamente la muerte a cargo de cualquier máquina infernal.

Andaban ya por una vieja y estrecha calle cuyas aceras les obligaban a ir de uno en uno. Los que encontraban de frente, hombres, mujeres y niños, les empujaban abajo para hacerse sitio. Todo por una indiferencia absoluta por el peligro a que les enviaban.

Unos pasos más adelante un automóvil se desvió y, subiéndose a la corta acera, la obstruyó por completo: mientras no se fuera de allí todos tendrían que bajar a la calzada para sortearlo, y por la calzada iban los otros automóviles dispuestos a barrer al atrevido o, al menos, a hacerle pasar un mal rato.

El anciano, cuando vio esto, sintió gran curiosidad y se acercó al conductor que acababa de estacionarse allí:

—Dígame —le preguntó—: ¿es que las aceras también pertenecen a los dueños de automóviles?

—¿Se burla o qué? —dijo el conductor—. ¿No ve que no hay sitio? ¿Qué quiere que haga con el coche, eh? ¡Majadero!

—Yo solo quería saber —murmuró el anciano—. Me habían dicho que la calzada era para ustedes y que la acera nos pertenecía.

—¡Anda éste! —gritó el otro—. En algún sitio he de dejar el coche. ¡Llama a un guardia si te fastidia, imbécil! ¡Muérete!

El joven observador tomó del brazo al anciano, le arrastró de allí. Comprendía que ellos no pertenecían a aquella clase de vida y que, por lo tanto, llevaban todas las de perder.

—No son felices —dijo el anciano—. No pueden serlo. ¿Sabes por qué? Porque temen aquellas cosas artificiales por las que la demás gente, de fuera de Sodoma, no se preocupa.

—¿Quién lo sabe? —meditó el joven—. A ellos todo esto les parece normal.

—No a todos. ¡Señor, no a todos! Solo los depravados pueden obligar y obligarse a soportar esto. Para llegar hasta donde están han tenido que enloquecer. ¿Y cómo no volverse loco viviendo así?

En efecto: a los dos observadores les zumbaban los oídos, les batía locamente el corazón a causa de la tensión y el miedo, y les temblaba el pulso.

—No hallaremos a los diez justos — profetizó el joven—. Nunca habrá justicia donde la fuerza equivalga a la razón. Pero no creo que todos los sodomitas sean partidarios de estos pecados.

Y, así, vieron como un joven, un niño casi, ayudaba a cruzar la calle a un anciano que llevaba un bastón blanco. El viejo le dio las gracias y siguió su camino, mientras los dos observadores se ponían a interrogar al muchacho.

—Hemos visto —le dijeron— tu buena acción, joven.

—Gracias. Es cosa de poca monta —respondió éste.

—Somos recién llegados y tendrás que disculparnos —le dijeron—. No sabemos mucho de vuestras costumbres. Dinos: ¿por qué tanta gente conduce esas máquinas y por qué la otra que es más numerosa, les cede todo el espacio y hasta se aventura por la calle con peligro de su vida?

—Es a causa del progreso —dijo el muchacho.

—¿El progreso? No entendemos.

—Quiero decir que ahora la gente tiene más dinero y menos tiempo. Entonces se gasta el dinero en un coche y eso, va más deprisa, puede ganar más dinero y tener menos tiempo aún. Luego, los domingos, tienen ocasión de dormir un poco más, y de salir al campo cómodamente.

—Pero, ¿no estaban antes en el campo?

—No es lo mismo.

—Y dinos: ¿cómo es que tú no conduces una máquina?

—¡Oh, bueno! No tengo aún la edad para que me autoricen.

Dentro de un año, sí. Tengo unas ganas...

Le dejaron ir y continuaron lentamente su camino. Tenían la dirección de Lot y debían encontrarle para comunicarle la decisión del Señor y el peligro que corría en Sodoma.

En la calle un hombre gritaba a una mujer asomada a la ventana de un segundo piso. El hombre vestía de naranja y estaba parado al lado de un camión repleto de botellas metálicas del mismo color que su uniforme.

—¿Por qué diablos me ha dejado dos bombonas en lugar de una? —decía.

—Porque están vacías las dos y las necesito —respondía la mujer.

—Pues no está bien eso. Yo paso por aquí todas las semanas y no tiene por qué dejarme dos a la vez.

—Lo que pasa es que usted no quiere subir dos veces hasta aquí. Me quejaré. ¡Maleducado!

—Maleducado, sí, pero... no tanto. ¡Vaya!

Los observadores reconocieron en el hombre y en la mujer a dos seres que no eran felices con lo que tenían, que era mucho, ni con lo que hacían, que era bien poco.

Sodoma era una ciudad terrible. Terriblemente hermosa, si es que esto es posible. Nunca hasta entonces los observadores habían visto u oído algo igual: las estruendosas máquinas, los grandes peligros que la gente arrastraba diariamente con una sonrisa, los edificios de muchas plantas y sus gigantescas servidumbres.

Ningún ciudadano era ya capaz de vivir por sí mismo: todos necesitaban el auxilio de todos, incluso para comer o lavarse o morir, y eso equivalía a la debilidad. Y la debilidad, a la ofensa al Señor, puesto que les había hecho unos para diferenciarles y darles vida. Y la vida, por definición, no se puede repartir ni enajenar.

Sodoma pecaba. Era cierto el clamor que desde ella había subido al cielo más profundo... Sus hombres habían renegado de la virtud. Sus hombres delegaban su virtud, su libertad, su justicia y los demás bienes en otros que imperfectamente los representaban.

¡Oh, Sodoma!

Al lado de la casa de Lot muchos estaban rodeando un viejo templo y hacían pequeños comentarios alzando demasiado la vista hacia el campanario.

—¿Qué sucede?

—El templo, la casa de Dios está vieja. Se ha dicho que la tirarán para hacer sitio a los coches.

—No —dijo otro curioso—. Ya no será destruido. Lot la ha comprado para evitar que caiga bajo las máquinas.

—Lot es justo —murmuraron los observadores.

—¿Sí? Lot no sabe nada, Lot quiere hacernos daño.

—¿Por qué?

—¡Ah! ¿Dónde pondremos ahora nuestros automóviles? No nos caben ya en las casas ni en las calles, ni en las cocheras. Necesitamos el espacio de la casa de Dios. Lot nos lo niega, luego Lot es injusto.

—Un cretino. ¡Eso es lo que es! —clamó la turba.

Y los observadores, atemorizados, se retiraron a la casa de Lot y le revelaron su misión:

—Ha llegado la hora —le dijeron— de que abandones esta ciudad de perdición. El clamor de sus pecados ha llegado hasta el Señor y él ha de tomar venganza. Él os ha dado la vida y vosotros la habéis cambiado según la conveniencia de nadie. Él no espera nada ya, porque su Voluntad ha sido traicionada por todos.

Lot bajó la cabeza y rezó en su corazón. Luego dijo lo siguiente:

—Hay más hombres justos. Muchos más de los que se ven. Sucede que nadie les ha enseñado. Sucede que nadie les ha dado cosa en qué creer o ideal al que servir. No son responsables de sus máquinas, ni de sus hacinamientos, ni de la ira que la multitud les excita en su corazón.

—Habrá un escarmiento —le dijeron los observadores—. La decisión está tomada. Llama a los tuyos, avisa a los justos que conozcas y huye de la ciudad. Acude a las montañas y a los valles, porque Él ha de tomar venganza.

Y mientras Lot se disponía a huir y hacía largos preparativos y daba los avisos pertinentes, los dos observadores llegaron hasta el Rey de la ciudad, un hombre rico que regía libertades y justicias, y le hablaron así:

—Hemos visto que os faltaba espacio. Vuestros lujos no os caben en la ciudad y esto es malo, porque entonces no podréis vender más y más y enriqueceros hasta el infinito.

—Es cierto —dijo el Rey de Sodoma—. Cuando no quepa un coche más, ¿quién comprará coches? Cuando el progreso se detenga, ¿quién comerciará? ¿Quién sobrevivirá? ¿Tenéis vosotros una solución?

—Sí —le contestaron los observadores—. Pero te advertimos que se trata de un castigo de Dios.

—¡Oh, qué más da! Ya pensaremos en Dios cuando sea tiempo de morir. Ahora es tiempo de crecer y vender y ser felices y amasar fortunas. Hablad.

Y los observadores lo hicieron y le dijeron al Rey de la ciudad que volviera sus ojos al lago.

—Puedes secarlo. La tierra emergerá de sus profundidades y, sobre ella, podrás poner plazas y calles y aún te sobrará espacio para colocar tus coches y tus máquinas. Será grande la ciudad y, comerciando, podrás ganar mucho dinero para invertirlo y fabricar nuevos lujos.

—¡Oh, sí! —dijo el Rey de Sodoma y les hizo caso, porque lo veía bueno. Así se secó el lago y se hizo venir el agua potable de las lejanas montañas de nieve. Luego nacieron nuevas calles y plazas y edificios y Sodoma creció, como algunas infecciones, hasta que no pudo hacerlo más.

Sin el lago no hubo pesca y las aves emigraron. Sin el agua, las lluvias disminuyeron y aumentó el calor. Con el calor, vinieron los vientos y, con todo esto, los campos se secaron y se volvieron yermos, el ganado no tuvo ya con qué alimentarse y los hombres padecieron y maldijeron.

Un día las toneladas de basuras, que se amontonaron en los alrededores, prendieron y la ciudad comenzó a arder en sus casas, en sus máquinas, en sus tuberías y botellas de gas y en sus depósitos de carburante.

Ya no hubo agua suficiente para apagar los incendios y Sodoma se consumió mientras Lot y los suyos buscaban un refugio y una nueva vida en la distancia.

Este fue el castigo de Sodoma. No fue preciso inventar la bomba atómica. Y sucedió hace tantos y tantos años...


Publicado en el Diario Menorca el 12 de febrero de 1974.

Primer cuento sobre la esclavitud

—¿Puede escribirse un cuento de cualquier cosa?

—De cualquier cosa, no. De casi todas, sí.

—¿Hasta un cuento de la verdad?

—Hay verdades que, aún sin escritor, son cuentos, y muy divertidos. Hay otras que son tan verdad que parecen mentira, y por fin, de las que se pueden decir cosas interesantes: este es el caso de los sacacorchos, por ejemplo.

—¿De mí podrías escribir un cuento?

—Supongo que muchos.

—¿Cómo?

—Di tu nombre. Preséntate.

—Me llamo Pedro Martínez. Nací, según me dicen, el doce de agosto de 1948. Fui al colegio de los Hermanos: estudié hasta cuarto de bachillerato y ahora trabajo como oficial administrativo en...

—¡Chis! No importa el nombre de la empresa.

—¿No? Bueno: ¿me haces el cuento?

—De acuerdo: ¿qué hiciste el domingo pasado?

—Dormí un buen rato, para desquitarme de la semana. Luego me lavé bien, me vestí y me fui de paseo.

—¿Adónde?

—¿Adónde va a ser? A la calle. Di una vuelta solo y me encontré después con Juan: así otra vuelta acompañado. Tomamos un aperitivo en la bodega y, como no nos venía el hambre del todo, nos calzamos otro en un bar. Anduvimos un rato más y nos fuimos a comer.

—¿Y por la tarde?

—Hombre: miré la tele y me fumé unos cigarrillos. Arreglé un enchufe que daba calambre y me fui al cine de las siete.

—¿Solo?

—Solo.

—¿No tienes amigos?

—Claro que sí, pero ellos, además, tienen novia.

—Y tú, ¿por qué no?

—¿Qué quieres? Esto de las novias tiene sus más y sus menos. Cuando te enamoras de una, pues, a lo mejor, nada, te entra el miedo. En cambio cuando no lo piensas, ¡zas!, ya estás cogido.

—Pero, ¿por qué no tienes novia?

—Porque no la encuentro.

—¿Y por qué no la encuentras?

—Porque no la busco.

—¿Y por qué no la buscas?

—¡Porras! ¡Porque no tengo tiempo!

—¡Ajá! No tienes tiempo. ¿Por qué?


(Tómatelo con calma —le había dicho el encargado— Hoy, con el inventario, hasta las diez no creo que se despeje el trabajo).


—Hay que trabajar, ¿no? En casa no somos ricos. No creo que lo seamos en bastante tiempo. Y los garbanzos cuestan dinero y los huevos y la leche. Y, a pesar de lo caros que son, no sabes nunca si son buenos de verdad con esto de los fraudes. Hay que trabajar.

—Estamos de acuerdo. ¿Para qué lo haces tú?

—¡Para sacar provecho, vaya! Entrego mil semanales en casa y lo que sobra es para mí. De ello fumo y tomo los aperitivos y voy al cine y me compro los periódicos. Además ahorro para un coche.

—¿Y es bueno el trabajo?

—Muchas horas: desde las ocho a la una y media, y desde las cuatro a las ocho... Pero iré ascendiendo poco a poco y me subirán el suelo. Así cuando me case no tendré tantos problemas.

—¿Y cuándo te casarás?

—Cuando encuentre novia.

—¿Y cuándo la encontrarás?

—Cuando tenga tiempo.

—¿Y cuándo tendrás tiempo?

—¡Vete a la porra! ¿No me ibas a hacer un cuento?

—Es lo que estoy haciendo. Te darás cuenta cuando lo hayamos terminado.


(A las nueve ya se había acabado el paquete de tabaco y la ceniza se le salía del cenicero y le ensuciaba algunos papeles de la mesa. La espalda le dolía, pero lo malo no era ese dolor, sino el que le vendría al ponerse de pie o el que sentiría al acostarse.

A partir de esa hora se fumó los cigarrillos de su compañero de la derecha y dejó de preocuparse por el cenicero lleno. Cuando se acostara le dolería el pecho de fumar. Pero, ¿qué quieres? Tanto tiempo metido en una habitación enciende la sangre).


—Dime una cosa: ¿qué haces cuando no trabajas?

—Comer y lavarme. Bueno, exagero: me sobra bastante tiempo, lo malo es que a unas horas molestas. Mira: a la una y media toda la gente se va a comer y no queda nadie por la calle, de modo que ni ganas tengo de darme una vuelta o tomarme una copa.

—¿Y después de comer?

—Me tomo un café sentado a la mesa y miro la televisión: ¡vaya programas! Se creen que a esas horas solo las mujeres pueden atender y te hablan de actrices y de películas y de modas y de enfermedades. Así me estoy hasta las cuatro menos diez. A veces leo alguna revista o el periódico o hago un solitario.

—¿Dónde lo aprendiste?

—En la mili, que también tienes tiempo muerto.

—¿Y por la tarde?

—Salgo a las ocho, de noche ya. ¿No ves qué color de cadáver se me ha puesto? Pero, ¿qué le voy a hacer? ¿Comer en el tejado para que me dé el aire?

—Decías que sales a las ocho...

—Oye, tú: ¿me vas a hacer el cuento de una vez? No paras de preguntarme las tonterías de cada día y eso, por mucha labia que le eches, no tiene nada de particular.

—De acuerdo. Sales a las ocho: ¿qué te gustaría hacer entonces?

—¡Ay! Echarle mano a una... Supongo que estas cosas no se pueden decir en un cuento, ¿verdad?

—Depende de hasta donde digas.

—Bueno, pues me gustaría encontrar a alguna chica con la que sentarme a hablar en un banco oscuro, o con la que ir al cine de sesión continua. ¿Está así bien dicho? Resulta que en las películas de la tele y en los anuncios y en las revistas, todo son mujeres guapas en camisón y bragas, y tú lo ves y te tienes que aguantar.

—Y te aguantas.

—Sí, claro. Pero es como meter carburo en una botella de agua y tapar. Al principio no pasa nada, pero, después, o salta el tapón o salta la botella. De niños hacíamos cosas así. No es cierto que los niños sean medio tontos.

—Creo que te entiendo: te enseñan cosas bonitas y no te las dejan probar.

—Ni elegir. Tendrían que prohibir que a uno le pongan los dientes largos para explotarlo. ¿Verdad?

—¿Y qué te gustaría hacer a partir de las ocho?

—Ir al campo, si hiciera sol. ¿Sabes cuánto tiempo hace que no he estado en el campo?

—No. ¿Dos semanas?

—¡Ja! Más de dos meses. Y eso que se ve desde la azotea de mi casa. Desde la ventana de la oficina (desde una de ellas) también se ve, pero ni por esas. A las ocho no me apetece, con tanta oscuridad. Y a la una y media, con el hambre que llevo... Además, no tengo coche y me faltaría tiempo.

—¿Y los domingos?

—Los domingos, duermes y bebes y vas al cine, que para eso están. Un domingo me fui a otra ciudad y, claro, por la carretera, vi el campo y los pájaros y las vacas, pero no lo pisé. Fíjate: ni lo pisé. Y de eso hace más de dos meses. ¿La carretera es el campo, tú?

—No, pero sígueme diciendo lo que harías a las ocho.

—Hombre, no lo sé. Tal vez trasnochase si a la mañana siguiente tuviera libre. Así, no, porque el sueño es cosa mala para un tipo que trabaja sentado. También me iría al baile...

—¿No vas nunca?

—Alguna vez he ido, pero solo. Y, allí, como está oscuro y lleno de ruidos, ¿con quién bailas? ¿A quién conoces? De manera que me aburro como un mochuelo, me tomo un copazo (¡y vaya precio, vaya!) y me vuelvo.

—¿No bailas?

—Verás: a veces todo el mundo está en la pista saltando y yo me añado y brinco a mi manera, pero no es una solución, porque, a la larga, se dan cuenta de que estoy desparejado y hago el ridículo.

—¿Siempre así?

—¡No! Una vez, haciendo esto, conocí a una chica y luego bailó conmigo. Eso sí: a un metro de distancia, porque no era música para el agarrado. Pedimos limonadas y charlamos un buen rato. A las diez me entró sueño, pero me aguanté. A las once ella me dijo que dentro de un momento aquello se empezaría a animar, y a las doce me fui.

—¿No la volviste a ver?

—¡Ah, sí! Quedamos citados. A las ocho, claro; y ella dijo que era muy tarde. Estaba libre desde las seis: ¿qué haría hasta las ocho? ¿Aburrirse? Por eso a la segunda cita se me desbarató el plan.

—Entonces, ¿qué haces realmente al terminar el trabajo?

—Según. Si estoy de humor, bajo hasta alguna bodega para librarme del tostón de la novela de televisión. Si no, me meto en el Ateneo a ver si hay exposiciones o a mirar alguna revista extranjera (¡hay unos anuncios...!). La mayoría de las veces me quedo en casa y meriendo, porque soy muy tragón y salgo de la "ofi" muerto de hambre, además de cansado. También leo alguna novela, sobre todo para dormirme en la cama, o veo la tele cuando ha acabado la novela.

—¿No tienes ninguna afición?

—Hombre: me gustan las chicas. También me gustan las sandías, pero en este tiempo no las hay. Me divierte el cine y, de poder, iría todos los días.

—¿No coleccionas nada?

—Sí: prospectos de medicamentos. Los guardo en un cajón después de leerlos. Así he aprendido cada palabra que e la dices a un guardia y te encierra. Mira, mira: edema, migraña (¿a que suena a zorra? ¡hijo de migraña!), bacteriostático, pneumococo. Y me sé más todavía.


(A las diez se puso la chaqueta. Tenía la boca pegajosa de fumar y los labios irritados de mordisquearlos distraídamente al escribir. La noche estaba desapacible. De no haber sido por el inventario, hubiera sido tarde a propósito para meterse en el cine y estar calentito. A las diez, después de seis horas de oficina, no le apetecía ya, y menos para estar sentado de nuevo.

Regresó a su casa bien apretado a los lados de la calle para coger menos lluvia y menos viento frío. Sobre la luz de las farolas se le iban dibujando letras y más letras, nombres, números de cuentas de clientes... "Tengo la cabeza hinchada" —pensó—. "Lo extraño es que no se me reviente").


—¿Me haces el cuento o no? Se va haciendo tarde y me voy a tener que ir para casa a cenar.

—No seas impaciente. Dime ahora qué te gustaría hacer.

—¿Con una mujer?

—No seas bruto. Tú solo.

—Es fácil de adivinar: me gustaría hacer dinero.

—¿Sí? ¿Solo dinero?

—¡Qué tonterías! Por el dinero te viene lo demás. Por ejemplo, una casa bonita, tiempo libre, viajes, chicas guapas, coche... También me compraría un mechero de oro.

—Pero un hombre debe de aspirar a más.

—¿Qué se puede ser más importante que rico? ¿Por qué todos se parten el espinazo o se pasan siglos estudiando? ¿Por gusto? Por el puñetero dinero, ¿no?

—Hay gente que no.

—Los chalados. Sin dinero vives como un perro. Todos te hacen pagar por una cosa u otra: por la comida, por el estudio, por los impuestos, por las mujeres... Si alguien no quiere el dinero, ya te puedes imaginar cómo tiene la chola.


(La televisión estaba en marcha: había una película de mil novecientos treinta y tantos, de uno de esos ciclos. La cena se iba enfriando sobre la mesa:

—¿Cómo vienes tan tarde? —le preguntó la madre.

—Es que en el trabajo hemos tenido que...

—¡Chis! —hizo la hermana, que todavía estudiaba.

—Había inventario... —continuó él.

—¡Chis! —hizo el padre.

—Anda —dijo la madre—. Cómete la cena antes de que se enfríe del todo.

¡Dios! ¡Cómo le dolió la maldita espalda al sentarse de nuevo!).


—Una sola cosa más: ¿estás satisfecho?

—¿Qué más dará? No se puede aspirar a demasiado. Aprende de mí: hay que sacar provecho de la vida. Y me voy. Recuerda que me tienes que sacar un cuento.


Publicado en el Diario Menorca el 19 de febrero de 1974.

Diálogo de la Madre Sarmiento y el Espíritu del Vino


I

Habrás de saber que no es oro todo lo que reluce y que no todo el monte es orégano. El hombre, hijo mío, cuanto más desconocido es, más nos llama la atención... Una sensación parecida a la del juego: existe distracción mientras el misterio permanece y la aventura tiene incógnita aún; después...

Tú, hijo mío, aún no has tratado al hombre. Por eso, quizá, sientes curiosidad y no ves el día en que podrás estar con él y, sirviéndole, servirte. Yo, en cambio tan seca y retorcida, tengo muchos años ya. Es mala cosa la experiencia: en teniéndola, la mitad de la vida te falta y por esa ausencia, que tanto se parece a un charco, te vienen las decepciones.

Sin embargo, hijo, aún es peor carecer de ella. Entonces sucede lo que a ti te pasa: te engañas, te ilusionas y luego es amarga la verdad, menos soportable el desengaño.

Dicen por ahí los hombres que vivir es aguantarse, que existir es padecer. No lo creen. Son cosas que repiten por costumbre, porque de algo se ha de hablar, pero, en realidad, todos pretenden pasárselo lo mejor posible, y si es a costa de los demás, ¡pues peor para ellos!

Tú mismo, hijo mío, puedes darte cuenta: si estuvieran dispuestos a padecer, a conformarse a soportar sus penas y a ser responsables de sus alegrías, ni tú ni yo existiríamos ya.

Es preciso que estés bien informado para no dejarte engañar. Los hombres son vehementes. Hablan sin parar y, en general, siempre para quejarse. Creerías, pues, que sus cuerpos solo perciben el dolor y sus mentes comprenden únicamente la injusticia. Y no es así.

En ellos el placer es aún más intenso, pero se les antoja efímero. La injusticia tiene dos vertientes, y por cada uno que se queja hay otro que se felicita. Les gusta, sin embargo, ser compadecidos. Aman manifestar su angustia precisamente porque la desgracia atrae la simpatía de los demás, que se alegran por no padecer ellos el mal que oyen.

Mienten hacia fuera y hacia dentro, hijo mío. Hasta tal punto les es necesario esto, que si solo engañaran a los demás, o solo a ellos mismos, romperían el delicado equilibrio de su mundo. Por eso buscan buenas razones para obrar mal, buenas excusas para que, al hacer el bien, no se les tome por debilidad.

Dedican toda la vida a su propia persona: les gusta adornarse para el vecino y son actores natos que solo se satisfacen presentando para los demás la imagen de ellos mismos que juzgan más atrayente. Donde uno es, diez fingen; donde uno cree, quince aparentan; donde uno afirma, treinta reservan la opinión, y donde uno queda satisfecho, son cien los que se frustran.

El hombre, hijo mío, no siempre es despreciable. Pese a toda su carga de mentira y ambición, tiene momentos ingrávidos en los que se desata y vuela y trepa a las alturas y es, esencialmente, el hombre que en un principio se pretendió que fuera.

Esto lo comprenderás mejor ante sus obras. Ellos descienden enseguida de las cumbres de su alma y vuelven a ser vulgares, pero no sus obras, no sus creaciones. Quizá por ellas se justifique el resto de su universo; quizá en sus intuiciones como rayos, en su tremenda voluntad y en su extensa ira está el secreto de todas las servidumbres que después les agobian.

De una forma u otra, respétales: llevan un espíritu consigo en todos sus viajes —no como el tuyo, claro— y, a la larga descubren las razones de cualquier cosa.

¿Mueves la cabeza? ¿No te gusta el mundo al que has llegado? Míralo desde el bocoy: no es solamente esta penumbra, ni el olor agrio y grueso de estas paredes negras, ni los ecos que se levantan en las cuatro esquinas de la nave: detrás está el ajustado mecanismo del sol y de la luz, de las órbitas y de los planetas, de la vida y del crecimiento. Detrás, la tierra es amplia y espesa, larga como la mayor mirada, aguda como el mejor ojo. La tierra, sí, de la que tú vienes, hijo, a la que perteneces desde que la verde placenta de mi cuerpo te alimentó y te dio forma.

Por donde miras verás vida ahí fuera: insectos dorados, amarillos, negros, rojos y azules zumban en el mismo aire opaco y resistente que los pájaros amasan con sus alas. Mil bestias corren y trepan y saltan y gritan por los campos...

El hombre, por encima, sonríe y tolera. En ocasiones mata y en ocasiones engendra. Sostiene la guerra del entendimiento; gira en una noria de la que a veces extrae sangre y a veces agua. Cede. Porfía. Retrocede y avanza. Amenaza y consiente. Es su juego y tú eres parte de él.

A ti vendrá, hijo mío, y te enseñará todas sus caras, las verdaderas y las falsas, las justas y las malvadas, las felices y las heridas. Acudirá a pedirte consejo, quizá paciencia; tal vez salud, tal vez la muerte. Amistad o, a lo mejor, olvido.

Tienes una gran responsabilidad, hijo mío. Cuando los hombres te lleven de este lugar, recuerda siempre mis consejos: el hombre es todas las cosas y ninguna en definitiva. Y es grande como una montaña y pequeño como un ratón; violento y cobarde; noble y embustero y, más allá, digno de respeto porque, entre los mecanismos de soles y galaxias, de días y estaciones, de juventudes y vejeces, está solo y así se siente.

Pase lo que pase, veas lo que veas, repite siempre: "es que está solo y sufre. Es que sufre y está solo".

—Madre: los hombres ya cargan el bocoy.

—Adiós, hijo.

—Adiós, Madre.


II

Se encontraron mucho después. La madre estaba en el suelo, muy cerca de un fuego rojo y saltarín, entre paredes de ladrillo y techos de papel. El hijo, en algo lleno de la luz de las llamas, refulgente, en triunfo.

—Hola, madre.

—Hola, hijo. ¿Has sido feliz?

—He visto muchas cosas, madre.

—¿Y estás satisfecho?

—¡Ay! Mi oficio es difícil y me ha costado aprenderlo, pero he salido adelante.

—¿Cómo?

—Pensando siempre en tus consejos: cuando un hombre se me acercaba, repetía: es que está solo y sufre. Es que sufre y está solo.

—¿Y después?

—No le daba nada de lo que me pedía. Jugaba a su mismo juego y le mentía también. De esta forma quedábamos los dos alegres o los dos tristes, pero sin razón para hacernos reproches. ¿Y tú, madre? ¿Qué ha sido de ti?

—He llegado al final y me voy al fuego, a hacerme espíritu por última vez, a perfumar el aire, a volar muy, muy alto, por encima de los tejados y las chimeneas. Allí arriba hay nubes que me esperan.

—¿Por qué, madre?

—Es así. Sin porqué ninguno. Así. Así. Uno acepta las cosas que ya estaban antes que él. Con ellas tiene que vivir y que morir... Piensa en los hombres: también ellos hacen lo mismo. A mí me toca subir. A ellos, bajar. Yo seré aire porque soy madre de espíritu. Ellos, tierra, porque por ella son y permanecen... Ya queda poco, hijo: cuéntame...

—Verás, madre: creo que el hombre, pese a todo, es más mecánico que su universo. Cada uno es una piedad de sí mismo y de otros muchos. En conjunto son una unidad irreductible y, por lo tanto, excesivamente concreta para su espíritu.

—Te extravías, hijo.

—No, no. Voy a contarte lo que he visto. Viajé mucho y, al final de mil manos y cien caminos, descansé a la sombra. Los hombres me esperaban ya para hacerme súplicas.

El primero me pidió felicidad.

El segundo, amor.

El tercero, olvido.

El cuarto, soledad.

El quinto, lágrimas que había perdido para siempre.

El sexto, valor.

El séptimo, talento.

El octavo, serenidad.

El noveno, alegría.

Y el décimo, paz.

Fui de todos ellos por igual y por igual me trataron. Se encerraron conmigo y con sus sueños en lo más profundo de su alma y, sin duda, por un momento cada uno fue, según su ilusión, feliz y enamorado y desmemoriado y solitario y valiente y sereno y alegre. Hallaron también las lágrimas, el talento y la paz...

Les comprendí entonces y por eso digo que son mecánicos y que usan su incomparable máquina en lo más inesperado. Son grandes, madre. Tanto que nos les basta con el sol y los planetas, con la tierra y el mar; tanto, que sostienen otros mundos a puerta cerrada, boca abajo, por la parte de atrás de los ojos, por dentro de la sonrisa.

Y en esos momentos miran sin ver y contemplan luces en su propia oscuridad y son desconocidos y largos y sabios... Pero, fíjate: los diez me pidieron a mí, que era el mismo, diez favores diferentes: la felicidad, el amor, el olvido, la soledad, las lágrimas, el valor, el talento, la serenidad, la alegría y la paz. Y yo te juro que no dí nada de eso a ninguno.

—¿Y ellos?

—¿Ellos a mí? Una lección. ¿Dices que mienten? Pues sí, pero ahora sé por qué: porque no caben en una sola verdad de grandes que son; porque se salen de su vida y de su cuerpo a cada instante; porque quien los hizo puso demasiado en tan poco espacio.

—Quizá.

—Quizá. ¿Por qué no iban a acudir a mí? Yo, ¿sabes?, les quito el pedazo que ellos no soportan en ese momento; les hago pequeños, si quieres. De cualquier modo, conmigo se toleran un poco más y se encuentran del todo al extraviarse en parte.

—Ya te dije que eran difíciles.

—¿Difíciles? Hay que hacer por entenderles. Ninguno está vacío y lo más curioso es que todos, cerca de mí, se acusan de estarlo. Pienso que... de haber tenido otro tamaño, estos hombres se hubieran comido las estrellas.

—Se las comerán, hijo.

—Sí: se las comerán tarde o temprano.

—Me llevan ya, hijo.

—Adiós, madre.

—Adiós. Hay nubes que me esperan.

Así se despidieron: la Madre Sarmiento de innumerables partos, y el hijo, el Espíritu del Vino, que, lentamente, iba comprendiendo.


Publicado en el Diario Menorca el 26 de febrero de 1974.

Caperucita Roja en el tren

Anochecía en la estación y la gente, entre dos luces, resoplaba arrastrando las maletas. ¿Me hace el favor? ¿El tren para tal sitio? ¿Sí, dónde está? ... Al final de cada vía carteles luminosos explicaban, más o menos confusamente, la hora de salida y el destino.

Era la hora punta de los abre coches, de los mozos-que-buscan-taxi y, en general, de toda la fauna y flora de pseudo-desocupados que viven a costa del viajero vergonzoso. ¿Y qué le doy a éste por abrirme la puerta del coche? ¿Cinco duros? ¿Y a éste que llama al taxi al tiempo que yo y que corre tras él agitando los brazos hasta que frena? ¿Otros cinco? ¿Y al que se empeña en cogerme la maleta, casi en arrancármela de la mano? ¿Lo mismo?

¡Dios qué caros salen los viajes! Los altavoces zumban con sintonía mecánica y desafinada: "el tren expreso con destino a Barcelona, que tiene su salida a las veinte quince, se encuentra situado en la vía seis". Qué bien. Los obreros que conducen sus mulas mecánicas cargadas de equipajes sortean público y, a veces, solo por pura diversión frenan ostensiblemente: "¡atontao! —dicen— ¿No ve usted que paso?".

Muy bien, muy bien: así son las estaciones y, forzosamente, se debe atravesar toda esa confusa jungla antes de encontrarse al relativo amparo del departamento. Por supuesto que, a la puerta de cada coche, un señor con gorra de plato vuelve a arrebatar la maleta del viajero y, por otros cinco duros, se la coloca en la seguridad del maletero. Por menos de veinte duros en total (taxis aparte) uno no se sube al tren.

El soltero los pagó y se refugió en el departamento dispuesto a leer la revista humorística recién comprada y a quedarse dormido después ojeando una antología de relatos de miedo. Se las prometía felices cuando entró una señora con tres niños colgados de la falda. Acomodaron su equipaje, se libraron de sus abrigos, le dieron las buenas tardes y...

Apenas arrancado el tren, el más pequeño empezó a gritar:

—¡Mamá, pis! ¡Mamá, pis!

—Espera a que salgamos de la estación.

—¡Pis! ¡Pis!

La madre, enfadada, se lo llevó al pasillo. Los otros dos aprovecharon la oportunidad para explorar a fondo el reducido espacio que compartirían con el soltero. En un momento treparon a los asientos y, de ellos, al portaequipajes. Después, y a despecho del frío, abrieron de par en par la ventana y, a gritos, señalaron los lugares que creían reconocer. Luego, contaron las luces y, cuando éstas pasaron demasiado de prisa, las estrellas. Decían los nombres aprendidos en los tebeos del espacio, pero no apuntaban, por supuesto, a sus verdaderas dueñas:

—Aquello es Sirio, donde el Capitán Galaxia le cortó la cabeza de arriba a abajo al Dragón del Rey Talak —explicada uno de ellos con todo lujo de detalles.

El joven soltero dejó la revista sobre sus rodillas y atendió para comprobar a qué abismos de maldad había descendido el espíritu de aquellos sangrientos niños.

—La de allá es Vega —anunció el otro—, la estrella en torno a la que giraba el planeta Luba, que el General Space hizo estallar con descargar de energía radiante al sublevársele la guarnición de Nube Alta, su capital.

—Y allí está Júpiter, de donde venían a invadirnos las Repugnantes Babosas. El Coronel Valor las descubrió a tiempo y las hizo caer en una red de energía, ¿recuerdas?

Los dos muchachos eran, sin duda, un prodigio de erudición espacial y podían citar aventuras del Capitán Galaxia, el General Space y el Coronel Valor durante horas antes de empezar a experimentar los primeros síntomas de agotamiento.

Por otra parte introducían al soltero en toda una mitología que apenas había vislumbrado antes. La de cosas que suceden en las estrellas cuando uno las contempla desde el punto de vista de un niño.

—Aquel rojo —decía uno en ese momento— es Marte, donde hay grandes mercados de esclavos venusinos y, en general, de casi todos los lugares subdesarrollados de la Galaxia.

—Sí —respondía el otro—. Allí, el malvado Rutar vendió al Coronel Valor cuando lo raptó de su piscina de Long Beach.

—Claro. Se lo vendió a Mudir, el reformador de Mundos, que dirigía la Empresa para Hacer Habitables los Asteroides.

La madre regresó con el niño pequeño calmado ya, y tomó posesión del asiento de la ventanilla. Los niños, desalojados de su observatorio astronómico, empezaron a embestirse y a revolcarse por el suelo.

—¡Niños!

Ellos, con experiencia en tales situaciones, aguardaban un momento y volvían a empezar. Acabaron por derribar la revista de las rodillas del soltero.

—¡Niños!

Nueva pausa y adelante. Cuando se pusieron del todo insoportables, la madre se brindó para contarles un cuento.

—¿Os gusta el de Caperucita Roja?

Ellos arrugaron la nariz con desconfianza. Él se rió para sus adentros: una niña repipi y un lobo tonto no pueden ofrecer muchos atractivos a personas perfectamente enteradas de los asuntos estelares del Capitán Galaxia, el Coronel Valor y el General Space. Hablarles de bosques y de lobos sin un marciano malvado y sin una babosa invasora sería perder el tiempo lamentablemente.

—Había una vez una niña muy buena —comenzó la madre—, que siempre iba a ver a su abuelita, que estaba enferma y vivía en lo más profundo del bosque...

—¿Y por qué no la habían llevado al hospital? —preguntó uno de los niños, dotado de gran espíritu práctico.

—Nosotros —dijo el segundo— llevamos al hospital a la nuestra cuando estuvo mala. Y, entonces, para ir a verla, bastaba con tomar un taxi en lugar de meterse en un maldito bosque lleno de lobos.

La madre estaba en desventaja. Difícilmente saldría airosa de la aventura, ya que un niño exige coherencia ante todo y, la verdad, el que una niña encontrara un bosque cerca de casa donde meter a la abuela enferma era poco menos que imposible.

—¿Me permite? —dijo el soltero sonriendo. La madre sonrió por toda respuesta—. Hace poco que me he enterado de la Verdadera Historia de Caperucita y supongo que los niños la escucharán.

Los niños, en bloque, le lanzaron una gélida mirada. Ellos sabían más que nadie lo cerca que estuvieron de hacer desistir a su madre y librarse, así, del cuento. Conocían la resistencia de la mujer y no les inquietaba. El soltero, en cambio, tenía todo el aspecto de ser un tipo obstinado y de no parar hasta llegar a aquello de "y colorín, colorado, este cuento se ha acabado".

—Debo advertiros —empezó— que sobre el Cuento de Caperucita se han dicho muchas mentiras, porque los que lo cuentan no lo han leído. Hace unos días yo tuve la oportunidad de ver el original y me llevé una buena sorpresa.

—¿Es que por fin metieron a la abuelita en un hospital? —dijo uno de los niños con sarcasmo.

—¡Mucho peor que eso!

El "peor" pareció interesarles por primera vez. ¿Algo peor que llevar a un enfermo al hospital? ¿Habrían operado a la abuelita? ¿Le habrían hecho un trasplante? Los niños se sentaron por primera vez desde la salida y atendieron francamente.

—Resulta —dijo— que Caperucita no se llamaba así.

—¿No? —les gustaba eso.

Una niña llamada Caperucita debía ser el colmo de lo repipi.

—¿Cuál era su nombre?

—Antonia.

—¿Toñi?

—No, no: Antonia. Sin diminutivos. Pero como llevaba siempre un anorak rojo, algunos la confundieron con la verdadera Caperucita, que era mucho más antigua y buena. Pues bien: esta Antonia vivía en los alrededores de una ciudad llena de espantosos ruidos y de conductores locos, y todas las mañanas iba al colegio por aquellas calles tan aburridas.

En los ojos de los niños apareció una luz de comprensión. Se identificaban con el hastío de Antonia, obligada a cruzar las calles después de haber mirado dos veces, a respetar los semáforos y a ayudar a los ancianos que tenían miedo a los coches.

—¿A qué clase iba? —preguntó el mediano.

—A la Cuarta.

—¿De E.G.B.? —dijo el mayor.

—Sí, pero entonces solo se llamaba La Cuarta, y todos entendían.

Los niños sintieron una punzadita de envidia y abrieron un poco más los ojos para que no se les escapase ningún detalle. El soltero encendió un cigarrillo y continuó.

—A pesar de que todavía no se rellenaban fichas ni se dibujaba en los libros, Antonia tenía notas bastante flojas, que entonces no se llamaban insuficientes, sino suspensos. Y por esta causa los padres la dejaban muchos domingos sin postre y, a veces, hasta la mandaban a la cama sin ver la televisión.

Los niños simpatizaron con Antonia, alias Caperucita Roja.

—Además, sus padres siempre le decían: "Fíjate en Juanita —que era una vecina que iba a la misma escuela—, ella sí que aprovecha y todas las semanas trae un sobresaliente y, a veces, hasta una medalla".

—¿Una medalla? ¿Por qué?

—Antes —explicó— a los niños empollones les ponían medallas para prevenir a los demás.

Los tres convinieron con el soltero en que eso era, justamente, lo que se merecían personas tan malvadas como los niños empollones. La madre miraba asombrada a los cuatro y, a su pesar, comenzaba a interesarse.

—Por eso —siguió el joven— Antonia estaba harta; tan harta que hasta pensó en echar cal viva en el tintero de Juanita o algo así, porque antes obligaban a los niños a escribir mojando una plumilla en el tintero a cada instante.

—¿No había bolígrafos? —preguntaron.

—¡Claro que sí! Pero los maestros preferían los tinteros y, además, no dejaban que los niños metiesen en ellos los dedos o que echasen la tinta en el pupitre.

Los tres se escandalizaron: usar tintero y plumilla podía ser una crueldad, pero no permitir meter en él los dedos o manchar la mesa era, como decía su padre, puro sa-dis-mo.

—Bien. Pues como esta cansada, Antonia decidió un buen día no ir a clase, hacer novillos y olvidarse de la empollona de Juanita. De modo que, al salir de casa, se puso a andar camino del campo y, cuando se quiso dar cuenta, había llegado al basurero de la ciudad.

Los niños admiraron francamente a Antonia: estar en el basurero y sola: qué suerte.

—Allí se divirtió mucho y encontró cosas preciosísimas: los tapones de plástico más raros, pedacitos de cristal de todos los colores, alambres, cordeles y hasta un trozo de rueda de coche. En eso tuvo sed y se subió a un montón de basura para mirar: a lo lejos vio una casita, de modo que guardó en la cartera todo lo que había encontrado y se fue para allá.

Uno de los niños —el menor— hacía pipa con el dedo. Los otros dos analizaban la posibilidad de pedir un día a papá que les llevase a los basureros. Sería mil veces mejor que acompañarles al parque o a la playa: hay cosas que los mayores se resisten a entender.

—Apenas había andado unos pasos cuando un extraterrestre le salió de una vuelta del camino. Llevaba el traje espacial puesto y sostenía la escafandra bajo el brazo. Era exactamente igual que un terrestre, pero más bajito y con la piel más verde. Tenía casi el tamaño de Antonia. El extraterrestre le preguntó su nombre a Antonia y luego quiso saber adónde iba.

—A aquella casita, a beber agua.

—¿Y quién vive allí?

—No lo sé.

—Yo soy un actor —le dijo el extraterrestre, que era muy mentiroso—. Estaba haciendo una película ahí al lado y también me ha entrado sed, de modo que iremos juntos a pedir agua.

Y Antonia le dejó ir con ella. No es que se hubiera creído lo de que era actor, pero, vamos a ver, ¿es que un ser del espacio no puede tener sed?

—Ya lo creo —dijo uno de los niños.

—El Dragón del Rey Talak, que no podía ser más espacial, bebía mucha agua y hasta vivía en un foso lleno de ella.

—¿Os dais cuenta? Por eso Antonia no podía ponerse a sospechar por las buenas. Además el ser del espacio parecía muy simpático y, mientras andaban, le fue contando el argumento de la película que decía que estaba haciendo.

Pero la verdad es que él había llegado a la Tierra en un platillo volante y tenía la misión de recoger muestras de vida. Había cogido ya un conejo, algunas mariposas y dos o tres escarabajos, pero ahora quería personas, al menos un hombre, una mujer y una niña.

La niña la tenía ya, y pensaba que en la casa encontraría algún hombre y a la mujer. Entonces les paralizaría con un rayo y les teleportaría a su platillo. Luego, en su planeta, los sabios les harían muchísimas preguntas hasta que se volvieran tontos. Después invadirían la Tierra sabiendo todos los secretos.

Los niños no quisieron discutir sobre los secretos que Antonia y una pareja de campesinos podrían revelar. No les cabía duda de que serían de vital importancia, y que los sabios extraterrestres se los extraerían en un dos por tres.

—¿Y qué pasó?

—Que Antonia lo descubrió todo, porque el extraterrestre le fue preguntando por lo que comía y por lo que hacía en el día. Luego quiso saber hasta dónde había estudiado. Un actor no pregunta estas cosas: solo habla y habla, de modo que supo que le preguntaba eso para invadir mejor la tierra.

—Estoy seguro de que yo también me hubiera fijado en el detalle... ¿y qué hizo?

—Pues, a llegar a la casa, Antonia le pidió al ser del espacio que esperara fuera, porque, a lo mejor, los dueños le veían con aquella pinta y se asustaban sin saber que era un actor. Entonces no les darían agua. El extraterrestre dijo que sí, y Antonia entró y se lo explicó todo a los dueños, que eran dos abuelitos que vivían solos.

—¿Si? ¿Y qué hicieron? —dijo un niño.

—¿Tenían escopeta en casa de los dos abuelitos? —preguntó otro.

—No les servía —advirtió el soltero—. Vosotros sabéis que todos los extraterrestres llevan un escudo de energía colgado del cinturón. Le hubiera rebotado el tiro.

—¿Entonces?

—Muy sencillo: salió el abuelito con Antonia y se llevaron al ser del espacio al pozo, como para darle agua. Para que no les atacara enseguida, le dijeron que la abuelita le traería un pastel después de haber bebido, y él esperó para cogerles a todos juntos. Entonces el abuelito le dio el cubo y le dijo: "yo ya soy viejo y tengo reuma: ¿quiere usted sacar el agua?".

Y el invasor tiró el cubo al fondo y, cuando lo iba subiendo y estaba muy vencido hacia adentro, Antonia le levantó las piernas y le tiró al fondo. Allí se estuvo hasta que llegó la policía y lo sacó acatarrado. Y a Antonia le dieron una medalla, pero de las de verdad, no como las que se ponía Juanita, que eran quincalla.

Los niños se dieron por satisfechos. El tren frenaba. La madre sonreía. En el andén un hombre gritaba el nombre de la estación.

—Es la nuestra —dijo la madre.

El soltero les vio salir. Abrió la revista humorística. Por el pasillo, un niño le iba preguntando a su madre: ¿por qué tu nunca nos cuentas historias tan reales, mamá?

Pobre mujer si, a la mañana siguiente, le pedían que repitiera el cuento. Pobre.


Publicado en el Diario Menorca el martes 5 de marzo de 1974.

Historias desconocidas (en todo o en parte)


La fecha de la Creación y otras

James Usher, arzobispo de Armagh (Irlanda), llevado de la fatuidad de los sabios estableció en 1650 que la creación del mundo tuvo lugar en el año 4.004. Su contemporáneo, el doctor John Lightfoot, vicecanciller de la Universidad de Cambridge, dio un paso más y sostuvo que "el hombre fue creado por la Trinidad el día 23 de octubre del año 4.004, a las nueve de la mañana".

Yo mismo poseo un curioso libro:

ANEW
Geographical, Historical and Commercial
GRAMMAR
and
present state of several
KINGDOMS OF THE WORLD

de William Guthrie, Esq. Editado en Londres por Edward and Charles Dilly en MDCCLXXXIX (1779).

En las tablas cronológicas del final de volumen se lee:

—4004. Creación del Mundo y de Adán y Eva.

—4003. Nacimiento de Caín, el primero que nació de hombre y mujer.

—2348. El mundo es destruido por el Diluvio, que continuó 377 días.

—2247. La Torre de Babel: Dios confunde las lenguas de sus constructores.

—1897. Las ciudades de Sodoma y Gomorra son destruidas por sus pecados.

—1822. Memnón, el egipcio, inventa las letras.

—1198. El rapto de Helena por París.

Y en 1193 la guerra de Troya.


Una historia de fantasmas en la Antigüedad

Apuleyo, en el capítulo que ya no suele aparecer en las modernas ediciones de sus Metamorfosis por considerarse apócrifo, explica de la siguiente forma lo que le contó un galo supersticioso, que juraba haber sido el protagonista de la aventura:

Este galo, comerciante de vinos en los alrededores de Lutecia (actual París), afirmaba que, a mediodía, hora muy poco propicia para los espíritus, se dirigió de su casa al almacén donde guardaba sus mercancías.

Nada más atravesar el umbral del patio notó que el lugar le era desconocido, por más que se hallaba seguro de haber entrado en su almacén. Donde estuvieron antes el empedrado, el pozal y unos odres inútiles, ahora se extendía una especie de páramo negro, cubierto en parte por rayas amarillas que se perdían en la distancia.

El suelo oscuro no era de piedra ni de tierra ni de nada parecido. Desprendía un olor fuerte y era elástico al tacto. Afirmaba el galo que, dada su sorpresa y su confusión, comprobó varias veces cada uno de estos detalles hasta que otros prodigios aún le admiraron más por considerarlos negocios de brujería.

Caminó por aquel páramo un poco desorientado. A ambos lados podía observar campos de cultivo y árboles conocidos; y, cerca de él, una gran casa semejante a aquellas que en Roma habitan las clases humildes, pero de más de veinte pisos.

—Alta como la Peña Tarpeya, y el Teigeto juntos —fueron sus palabras—; con las ventanas cubiertas de cristal y extraños gallardetes en la terraza.

Juraba, así mismo, que pudo contemplar a varios habitantes del lugar, brujos sin duda, o frutos de su mente enferma. Llevaban cortos los cabellos y las barba afeitada a la usanza romana y vestían extrañas calzas y pantalones como los antiguos galos, pero no de cuero, sino de tela.

Vio, además, coches sin caballos que corrían estruendosamente por el negro páramo y pájaros metálicos enormes que atravesaban el cielo en medio de espantosos rugidos. Lleno de pavor se arrodilló e invocó a Teutates, el Dios Galo de los viajes, y, entonces, por la merced de su oración, se encontró de rodillas en el patio de su almacén.

Como prueba de esta extraordinaria aventura el galo mostraba un raro objeto de porcelana que escondía en su interior un alma metálica y estaba ennegrecido por el fuego y por la grasa; en su superficie se leían algunas letras latinas sin sentido. Lo recogió del suelo un momento antes de invocar a Teutates, puesto que uno de los extraños brujos lo dejó caer al verle.

Lo cierto es que a nadie se le alcanza qué extraño artífice ha podido fabricarlo con tanto esmero y perfección.

Ahora recojo una nota aparecida en el París Jour del 17 de diciembre pasado:

"Alarma en los alrededores de Orly. Ha sido un fantasma. La aparición sucedió a plena luz del día en las cercanías de un edificio de viviendas para el personal civil del Aeropuerto de Orly. Varias personas afirman haber visto la figura semitrasparente de un hombre con extrañas vestiduras y el pelo cogido en una trenza. Llegó a las inmediaciones de la casa andando por la carretera. Parecía despavorido, como un alma en pena. Luego, se arrodilló y gritó ¡Teutates! un momento antes de desaparecer. Como dato curioso, parece ser que se llevó en la mano una bujía de automóvil que uno de los espectadores dejó caer en aquellos momentos".

Y yo me pregunto: ¿quiénes eran las fantasmas y quiénes los vivos en esta aventura?


Petronio y los hombres-lobo (o licántropos)

Seguramente es Petronio el escritor romano que mejor ha descrito la vida y las costumbres de su época. Su Satiricón, aparte de su valor documental, ha tenido y tiene el encanto del libro subido de tono, verde, lúbrico y deshonesto. He aquí por qué no suele faltar en las bibliotecas de los hombres maduros. Pero en Petronio también se encuentran extraños relatos como éste de un hombre-lobo de los tiempos de Neŕon. Lean:

Era yo todavía esclavo y vivíamos en la callejuela donde está actualmente la casa de Gavilla, cuando, por voluntad de los dioses, me convertí en el amante de la mujer de Terencio el tabernero. Seguramente la habréis conocido: se llamaba Melisa la Tarentina y era una preciosidad. Podéis creerme si os digo que no estaba enamorado de ella principalmente a causa de su bonito cuerpo o del placer que me proporcionaba el yogar con ella, sino, sobre todo, por sus excelentes cualidades. Nada de lo que pedí me lo negó jamás, de suerte que si ganaba un as, la mitad era para mí. Fiaba al cuidado de la joven mis ahorros y nunca mi confianza se vio defraudada. Su marido murió en la alquería que ambos poseían, y entonces anduve de cabeza tratando de hallar el medio de ir a reunirme con ella. En tiempo de prueba es cuando se conoce a los amigos.

Habiendo ido mi amo a Capua a vender algunos géneros, aproveché la ocasión para persuadir a un huésped que teníamos de que me acompaña a un lugar que distaba cinco millas. Era un soldado más terne que el diablo. Nos pusimos en camino a eso del canto del gallo, alumbrados por la luna que brillaba de tal modo que parecía pleno día. Como al llegar a un paraje cubierto de tumbas advirtiera que mi compañero se dirigía a las estelas, tomé asiento al tiempo que canturreaba y empecé a contar los monumentos. Al cabo de poco rato me volví hacia mi acompañante y le vi desnudarse y dejar la ropa a la vera del camino. Notaba yo en la boca un sabor a carroña y permanecía inmóvil como un cadáver. Acto seguido observé que se orinaba alrededor de sus vestidos; mi pasmo subió de punto al reparar que se había transformado en lobo. No creáis que estoy bromeando; por mucho dinero que me ofreciese, no podría mentir. Así que, como os venía diciendo, desde que se convirtió en lobo, comenzó a aullar y echó a correr en dirección al bosque. No sabía yo primero donde me encontraba; luego me acerqué donde dejara su ropa, para recogerla, pero se había trasmutado en piedra. Si alguien ha sido alguna vez presa de un miedo cerval... No obstante, saqué mi espada y, más muerto que vivo, fui hendiendo las sobras con ella hasta que llegué a la alquería de mi amada. Entré en la casa como un espectro y poco me faltó para que feneciera; el sudor se me deslizaba piernas abajo y tenía los ojos hundidos y vidriosos como los de un cadáver. Costó gran trabajo hacerme volver en mí. Melisa se sorprendió de que hubiese estado vagando hasta tan tarde y me dijo:

—Si hubieras venido antes al menos habrías podido echarnos una mano; ha entrado un lobo en el aprisco y ha degollado todos los corderos como si fuera un carnicero. Sin embargo, mal habrá debido de irle, ya que uno de nuestros amigos le atravesó el pescuezo con un lanzazo.

Cuando oí aquello, imposible me fue pegar el ojo, de modo que, apenas se hizo de día, salí precipitadamente hacia casa de mi amo Cayo, donde había de presentarme como posadero despojado por los ladrones. Al pasar por el paraje en que los vestidos quedaron convertidos en piedra, solo vi allí una gran mancha de sangre. Pero al entrar en casa, encontré al soldado en la cama, enfermo como un buey, y un médico estaba curándole la gorja. Comprendí, entonces, que era un duende y, a partir de aquel día, no habría podido comer un pedazo de pan en su compañía, aunque me hubiese el matado. Piense cada cual lo que quiera respecto al caso, pero, si miento, que vuestros genios tutelares desahoguen en mí su cólera.


El espíritu perdido del mundo

En el Rig-Vada (cap. VIII, edición de Paul Gervais, El Havre, 1770), el sabio hindú Ahdrianayath habla del Espíritu Perdido del Mundo. La colección de los Vedas es varios siglos anterior al nacimiento de Buda y, por supuesto, al de Jesucristo. Ahdrianayath dice lo siguiente (téngase en cuenta que se trata de una traducción deficiente de una deficiente traducción). Ahdrianayath era llamado también Gritsamada y fue raptado por los Asuras cuando cumplía un sacrificio.

Dígnese Varuna y el Sabio Mitra sostener la verdad de cuanto os cuento. En el Año del Toro los Dioses decidieron anegar la tierra y, con ella, a todas las criaturas que les habían decepcionado con sus costumbres y su impiedad. Por su justicia los dioses consideraron oportuno dejar con vida a los mejores de los hombres y de los animales, según Indra, el que detuvo y dio libertad a las aguas abundantes, ordenó. Y, así, los Espíritus fueron enviados a proteger a los elegidos.

Sucedió el diluvio por voluntad de Indra y Varuna y durante cuarenta tiempos las aguas barrieron la superficie de los continentes y el rayo cabalgó los cielos de Oriente a Occidente. Y, cuando hubo concluido el castigo, los dioses volvieron a llamar a su lado a los Espíritus: así se comprobó que uno faltaba.

Era el Espíritu del Mundo, el encargado de velar por la razón y la coherencia de todos los sucesos.

—Se le han quebrado las alas —dijeron los dioses— y el Espíritu Perdido ha quedado atrapado para siempre en la Tierra.

Y, a continuación, transcribo parte de la carta que José Miguel Montgolfier escribió a Jean Leduc, amigo del primer hombre que fue capaz de remontarse en el cielo de un modo efectivo. Esta carta figura, con otras muchas, en el tomo II de "Correspondances", editado en 1790 por Herve Lebrun en París:

...Y debo confesarte que sufrí una curiosa alucinación, causada, quizá, por el enrarecimiento del aire o por el vértigo de la altura. De cualquier modo que fuera, he de resaltarte que en las dos ascensiones anteriores no tuve ningún percance de este tipo, aunque bien es verdad que tampoco me elevé como en esta ocasión.

Soy, sin duda, el primer hombre que ha levantado los pies del suelo y vive para contarlo... pero ya te hablaré más tarde de la impresión que volar produce en el ser humano, porque antes es preciso que te explique en qué consistió mi pasmo:

Cuando no distinguía ya a los hombres de los demás accidentes que forman la superficie de la tierra y el viento del Oeste me arrastraba fácilmente hacia levante, comprobé que alguien se removía bajo las lonas del rincón de la barquilla. Supuse al momento que se trataría de algún joven y aventurero caballero deseoso de ganar notoriedad, pero cuando le pude contemplar a mi sabor tuve que olvidarlo.

Era un hombre alto y apuesto, con la piel de natural oscura, no quemada por el sol y la intemperie. Tenía una amable sonrisa y una lenta manera de hablar, muy dulce, que recordaba el acento de algunos extranjeros.

Le rogué que me explicara su presencia en mi barquilla y él se limitó a decirme que era cuestión esencial para su persona acompañarme en aquella ascensión, pues llevaba muchos siglos, milenios, esperando semejante oportunidad. Luego me informó de ser una especie de preso cósmico y me dijo muchas palabras bárbaras, seguramente orientales.

Me desvanecí al fin y, al reponerme, el desconocido no estaba allí. Pensé al principio que se habría arrojado al espacio... Luego comprendí que fui víctima de una alucinación y que, seguramente, había estado desmayado durante todo el episodio que te refiero.

Aun siendo una pesadilla, el recuerdo de los sucedido no dejó de preocuparme durante los primeros tres o cuatro días que siguieron a la aventura...

Poco después del suceso, estallaba la Revolución Francesa.


La vieja Biblia anglicana

Poseo una vieja Biblia anglicana editada en Edimburgo, encargada por el rey, por Mark and Charles Kerr, impresores de su Majestad (His Majesty's Printers) en 1795, y dedicada al Muy Grande y Poderoso Príncipe James, por la gracia de Dios, rey de Gran Bretaña, Francia e Irlanda.

En esta biblia, según se hacía antiguamente, están escritos a manos algunos datos de los que fueron sus dueños:


Pertenece a James Broddie. 1799: ha muerto Jorge Washington.

Thomas Broddie, nacido el siete de agosto de 1799.

John Broddie, nacido el 14 de febrero de 1801.

Charles Broddie, nacido el 21 de septiembre de 1802.

He hallado la entrada a los infiernos y voy a cegarla. Thomas, que ya tiene doce años me acompañará. Se trata de un extraño paraje en la isla de Manhattan, donde se escuchan ruidos y estrépitos. El Señor me guíe.

Mi esposo, en compañía de Thomas, ha desaparecido. Llevamos tres días buscándoles sin resultado.

Han pasado ya dos semanas. No quedan esperanzas. Dame conformidad, Señor. Susan Brodie. 1810.

Del New York Times del 3 de marzo de 1951:

"James Broddie compareció hoy ante el tribunal donde los doctores Mills y Stephen han demostrado su incapacidad mental. Tanto James como su hijo Thomas entraron clandestinamente en el país, ya que no disponen de documentación y ambos afirman carecer de ella por haber nacido en el siglo XVIII. James, además, cree encontrarse en el infierno y trata al Juez y a los Jurados de diablos. Será internado en el Hospital del Estado de Nueva York para disminuidos mentales".

En 1968, un joven de 24 años, Thomas Broddie, sin familia, figuraba en la lista de bajas de una operación de bombardeo sobre el Vietnam del Norte. Un compañero rescatado tiempo después, declaró a unos periodistas del Herald Tribune:

"Broddie era el artillero. Se trataba de un tipo muy reservado, que siempre hablaba como un personaje de alguna película de la guerra de la Independencia. Su padre, según me dijo el piloto, había muerto loco".

En la última página de la vieja Biblia Anglicana está escrito:

Susan Broddie murió el 12 de abril de 1824 con la esperanza de reunirse en una vida mejor con su marido James y su hijo Thomas, desparecidos hace tanto tiempo.

¡Y cuánto más habrá tenido que esperar la buena mujer!


Publicado en el Diario Menorca el 12 de marzo de 1974.

Apuntes para un verdadero teatro menorquín

«Nadie es libre, excepto Zeus». Esquilo


Acotación
.— El escenario deberá tener fantásticas medidas para que en él puedan evolucionar los 50.000 actores que representarán el papel de menorquines. Los espectadores pueden ser menos numerosos; bastarán uno o dos, a ser posible estudiosos de los misterios humanos. Por eso, si se tiene que representar en un local convencional, se aconseja que los actores trabajen en el patio de butacas, en las plateas, en los palcos y en el gallinero, y que el público se siente en el escenario.

El decorado, si el futuro director lo cree preciso, puede imitar el campo o la ciudad, el mar o la montaña, el bosque o la llanura (Els Plans, por ejemplo), las taulas o el Seguro de Enfermedad... Bastará con que se manifieste claramente que la acción sucede en Menorca. Para ello será imprescindible que un cartel indique:


"EN VENTA. Al contado o a plazos. Facilidades".


Los espectadores comprenderán.


Título de la obra: ¡A ver qué porras pasa!

Dramatis personae: cuarenta y nueve mil ochocientas veinticuatro personas y pico.

Lugar: Menorca

Época: la actual y todas las demás.


Cuadro primero

Se levanta el telón. El Coro de Donas, en el mercado. El Coro de Comerciantes en el mismo lugar. El Coro de las Leyes Transgredidas, al fondo, escondido, para llorar en privado.

Dona 1.— No sé avont anirá a rebotir tot açó.

Dona 2.— Ho veus? Dicen que el pollo va a subir.

Dona 3.— Y la carne de ternera...

Descontento.— De ternero, señora. De ternero granadito que se llama vacuno menor. Las terneras no se matan.

Dona 4.— También subirán las patatas.

Dona 5.— Y las naranjas.

Dona 6.— Y los embutidos y el jamón.

Dona 7.— Y los huevos.

Dona 8.— Y la leche.

Dona 9.— Y el pan.

Dona 10.— Y otra vez la gasolina, por supuesto.


* * *


Un señor en la televisión
.— Vivimos en una sociedad que despilfarra los bienes.

Un señor en el periódico.— Vivimos en una sociedad que escatima lo esencial.

Descontento.— ¿En qué quedamos? ¿Se despilfarra o se escatima?


* * *


Dona 1.— En primer, açò...

(Interviene el Coro de los Tenderos).

Tendero 1.— Es que el Tráfico de Empresas...

Tendero 2.— Es que los impuestos...

Tendero 3.— Es que las contribuciones...

Tendero 4.— Es que los mayoristas...

Tendero 5.— Es que los portes...

Tendero 6.— Es que los intermediarios...

Dona 1.— Sí, claro.

Dona 2.— ¡Qué tiempos!

Dona 3.— ¡Y Rogelio trabaja de sol a sol!

Descontento.— No me entero de nada, diablos. Sólo sé que cada vez sale más caro mantenerse con vida; comida, vivienda, ropa, cazado... ¡Diablos!

(El Coro de las Leyes Transgredidas termina de llorar y avisa)

Ley 1.— ¿Sabe usted que cada artículo expuesto ha de tener el precio bien a la vista?

Ley 2.— ¿Sabe usted que en cada paquete del artículo que le envuelven (garbanzos, bacalao, patatas...) ha de figurar el precio que le cobran por ello, a no ser que le hagan toda la cuenta con una máquina registradora?

Ley 3.— ¿Sabe usted que los productos fabricados o almacenados antes de una subida de precios han de ser vendidos al precio antiguo?

Dona 1.— ¿Es eso verdad?

Dona 2.— Pues a mí me han vendido leche del mes pasado al precio de hoy, y ayer fue la subida.

Dona 3.— Pues yo vivo al lado de una gasolinera. Puedo jurar que, desde el día doce a las doce de la noche (que fue cuando se autorizó la subida) hasta las ocho de la mañana en que fui a llenar el depósito, no habían recibido gasolina nueva en ningún camión de la Campsa. Y, sin embargo, me cobrar la nueva tarifa.

Tendero 1.— A veces es que a nosotros no nos dicen todas las leyes que hay que cumplir.

Descontento.— Uno por otro, la casa sin barrer.


Cuadro segundo

Uno.— ¡Vaya paisaje bonito!

Uno de más allá.— Ahí se podría ganar dinero a espuertas.

Otro.— ¿Sí? ¿Pues a qué esperamos?

Uno de más allá.— Lo primero es comprar el suelo.

Uno.— No vale mucho. Es pura piedra y no sirve para el cultivo.

Otro.— Pues mejor, ¿no?

(Los albañiles entran por el foro y empiezan a construir palomares)

Uno.— Nos ha costado cien millones.

Otro.— Vendiéndolo a millón por solar...

Uno de más allá.— Nos saldrán mil millones. No está mal, ¿eh?

Uno.— Somos muy listos.

Contratista (que guiña un ojo al público).— Yo lo soy más.

(Entra el vendedor de material y el contratista se acerca a él, lejos de los propietarios).

Vendedor.— ¿Qué le pongo hoy?

Contratista.— Mil bloques de diez pesetas.

Vendedor.— (Aparte) ¡Je! Se los doy de siete y listo.

(El contratista vuelve, cargado, hasta donde están los dueños)

Uno.— ¿Qué tal material es éste?

Contratista.— El mejor del mercado. Miren, miren: bloques de cinco duros.

Otro.— A veces creo que comulgamos con piedras de molino.

Contratista.— (Alarga la mano al oír que suena una sirena) ¿Me pagan el jornal de mis hombres?

Uno.— ¿Cuánto ganan?

Contratista.— Ciento diez pesetas la hora. (Cobra y se acerca a los albañiles). ¡Ea, el jornal! Sesenta pesetas hora, ¿dónde ganaríais más?

Albañiles (después de guardarse el sobre).— Se cree muy listo el maestro, pero nosotros le ganamos. Solo trabajamos media hora y él nos la paga completa: uno no se va a romper la espalda por cuatro perras.

Comprador de solar (entra con un plano en la mano y busca con los ojos el lugar más bello).— Me han dicho que ustedes venden solares a muy buen precio.

Uno.— Claro, claro: venga y elija.

Comprador.— Quiero éste: ¿cuánto vale?

Otro.— Solamente un millón. Tiene que edificarlo en un plazo máximo de tres años.

Comprador.— Muy bien. Me interesa. (Aparte, al público) Se creen muy listos, pero dentro de un año venderé este solar por tres millones y no tendré necesidad de edificarlo... ¡Ja! Hay que entender el negocio.

Abogado.— (Entra y se pone a hablar con los dueños) Esto que hacen ustedes no es legal.

Uno.— ¿Por qué?

Abogado.— Porque no han presentado ningún plan al Ministerio.

Otro.— ¿Sólo por eso?

Abogado.— Y porque estos eran terrenos protegidos. Y porque no tienen suficiente agua para la población que se albergará aquí. Y...

Uno de más allá.— ¿Y qué podemos hacer?

Abogado.— Si me contratan y me dan un tanto por ciento yo se lo diré.

Otro.— De acuerdo. Trato hecho. (Se estrechan las manos sonriendo y luego se las frotan con satisfacción).

(Pasan los meses y crecen los edificios. En eso llega uno de vacaciones y quiere alquilar un apartamento).

El de vacaciones.— ¿Cuánto deberé pagarle al mes?

El que alquila.— Hay muebles y electrodomésticos. La electricidad y el agua me las cobran a mí...

El de vacaciones.— ¿Cuánto, por favor?

El que alquila.— Cincuenta mil... Este es uno de los mejores sitios de la isla.

El de vacaciones.— ¿Cincuenta mil pesetas? Es caro, pero... (Paga y vive allí un mes a costa de otros once de trabajo dios-sabe-dónde).

Narrador.— Usted, señor normal, oficinista, obrero, profesional, es quien paga los platos rotos. Y los paga aunque invierta su dinero en inmobiliarias.


Cuadro tercero

Forastero.— ¿Me hace usted el favor? Busco trabajo...

Señor.— ¿De dónde viene usted?

Forastero.— De Cuenca (o de Ciudad Real o de Cáceres... así hasta completar el número de provincias españolas).

Señor.— ¿Ha trabajado antes en eso?

Forastero.— Un poco, sí, señor.

Señor.— ¿Ha estudiado en Maestría?

Forastero.— No, señor.

Señor.— Bueno: tengo un sitio. Serán treinta pesetas a la hora. Luego, al terminar la jornada, se pueden hacer horas extras. ¿Le va bien?

Forastero.— Sí, señor. Gracias.


* * *


Un tipo en televisión.— Las zonas más ricas absorben mano de obra de las que lo son menos. Así, como en los vasos comunicantes, se tiene al equilibrio social y económico de todo el país.

Locutor.— ¿Y no será un equilibrio clasista, casi racista?

Un tipo en la televisión.— No. Claro que no. El único valor a que se atiende al contratar a una persona es el de su rendimiento.


* * *


Forastero
.— (A su mujer) María, ¿sabes cómo nos llaman?

Mujer.— No.

Forastero.— ¡Charnegos! Eso es lo que somos.

Mujer.— ¿Y qué? Tú trabaja y déjales que digan.

Forastero.— Es que un hombre...

(Así pasan unas cuantas semanas y el Forastero hace los trabajos más pesado y hasta los más peligrosos. Las medidas de seguridad son mínimas y se corta un dedo. Él tiene suerte y trabaja asegurado, no como otros compañeros, de modo que le pagan la cura. Vuelve a la faena y, como el peligro subsiste, se lo explica al patrón).

Patrón.— Ahora estoy muy mal de dinero. El mes que viene haré lo que me dices.

Forastero.— Bueno. Claro. Lo comprendo.

(Y pasan tres meses).

Patrón.— Las cosas no van mejor. Habrá que esperar antes de comprar nada innecesario.

Forastero.— Ya he perdido un dedo. Para mí era muy necesario, ¿no? No quiero trabajar de esta forma. Es peligroso.

Patrón.— Pues te vas.

Forastero.— Sí, a Sindicatos.

(Y, como secuela de la denuncia, un inspector va a la empresa, lo comprueba todo y le coloca una multa al patrón. El patrón paga. El forastero no tiene cara suficiente para seguir trabajando allí, porque sabe que no le quieren, y buenamente se despide).

Mujer.— ¿Has encontrado ya trabajo?

Forastero.— Aún no, María.

Mujer.— Pues llevas así dos meses. Lo que te pagan en Sindicatos no alcanza para nada.

Forastero.— Es que el patrón ha corrido la voz y todo el mundo sabe lo que hice. Por eso no me dan faena, porque tienen miedo de que les vuelva a denunciar.

Mujer.— Alguno habrá que lo tenga en orden.

Forastero.— Alguno habrá, pero no le encuentro.

Mujer.— Debiste haberte callado.

Forastero.— Ya, pero eran mis dedos. ¿Es que a ti tampoco te importan mis dedos?


Cuadro cuarto

Narrador.— Pero no sólo de pan vive el hombre, y la economía no es más que uno de los mil aspectos de la vida. Lo más importante de una sociedad es su capacidad para atender —en todo o en parte— a las necesidades de sus miembros. De todos sus miembros, entendámonos.

Una madre.— Mi hijo se ha quedado sin escuela este año.

Otra.— Pues mi hija, no.

Una madre.— Pero da las clases metida en la cárcel. ¿Es que la cárcel sólo es mala para los bandidos y no para los niños?

Un estudiante.— He terminado el bachillerato. Quiero seguir estudiando, pero no puedo pagarme la estancia en la Península. ¿Qué hago?

Otro.— No seas tonto. Búscate un buen empleo y olvídate de los libros.

Un estudiante.— Sí, pero, ¿y mi cultura?

Un artista.— No nos falta calidad, pero sí ambiente. Mucho de lo que se hace en la Península es peor que lo que hacemos aquí, tan callandito.

Otro.— Me han dicho que al Ateneo de Mahón no le han dado permiso para dos o tres conferencias.

Otro más.— ¿Y qué me decís de lo del Retablo del Flautista?

Otro aún.— ¡Puñetas, sí! Nos hace falta ambiente.

Un señor.— Pues, a mí, lo único que me fastidia es el ruido. Hasta en tu casa oyes a los coches y a los camiones y a las motos. Sólo hay silencio a las cinco de la mañana, si no es verano, y, como a esa hora ya estás dormido...

Otro señor.— Pues ahora lo de la caza se ha puesto bueno: no hay casi adonde ir y, además, si vas tienes que pagar impuestos, creo.

Otro aún.— ¿Y de la pesca? Si eres un aficionado, no puedes pescar con redes. ¿Por qué? Para proteger a los profesionales. Y yo estoy de acuerdo con esto, pero, ¿no se les protegería más impidiendo que las industrias contaminen el mar? Tanta planta atómica, tanto petróleo y tanta basura...

Otro más.— ¡Chis! ¿Sabéis lo que os digo? Pues que no nos podemos quejar. Me han dicho que en Francia...

Uno.— El progreso...

El autor (que sale a saludar al público).— Disculpad los defectos de esta humilde obra. Es difícil hacer teatro donde tantos hacen comedia.


Telón.


Publicado en el Diario Menorca el 19 de marzo de 1974.

El ocaso

El mar, sobre la barra de arena negra. Sobre el mar, ensangrentándole, dándole la púrpura y el clavel, el líquido y la sangre, el sol redondo, el sol enorme, muerto. Tal vez dormido. Cansado de un día de jornal y de sudores, de astronautas y telescopios, de sondas y ecuaciones, de hidrógenos y teorías.

Turismo, si queréis, de invierno: y turismo pobre, turismo social, con excusas para guardar el dinero y pagarse alojamientos baratos. El pueblecito, redondo, a dos palmos de la playa y a un tiro del mar. Blanco y rojizo, oscuro bajo la próxima noche, resbaladizo en la tiniebla, silencioso, típico.

El turista, nacional. Mozo alto, aburrido, que un día terminará oposiciones y que ahora juega a la aventura del descanso y de la soledad. Por las mañanas sube a las rompientes con unos prismáticos: a veces pasan barcos lejanos y sin nombre, especiales en la distancia: podrían ser, por ejemplo, el del Holandés Errante, o aquel otro que se perdió en su última singladura entre Buenos Aires y Sevilla. Si no se ven los barcos, siempre aparecen las aves: pajarillos diminutos y saltarines que buscan alimento entre los cardos, las albas gaviotas, los cormoranes fieros...

A mediodía la casa en que pervive; los olores del yantar, la mesa del mantel blanco y la gente de la casa, que le pregunta y le responde, que le observa y le curiosea y que, en el fondo, se desentiende de él mientras pague las facturas y diga "buenos días" y "buenas tardes" y sonría en su momento.

La siesta. El paseo de la tarde fresca. Las búsquedas secretas en la glera, con la esperanza de hallar tesoros misteriosos: tapones de plástico, botellas viejas, boyas arrastradas mar adentro y por fin devueltas, maromas deshilachadas, bolas de alquitrán tan negras como la noche, soldaditos de plástico y maderas.

La casa tiene para el viajero un aire tétrico. Quizá es la soledad desusada. Quizá, el silencio o las baldosas rojas y sin brillo o los rincones oscuros que abundan en todas las habitaciones. Sus dueños, además, murmuran por lo bajo: se pasan contraseñas y mensajes que el turista no comprende. Se guiñan los espesos ojos que uno no sabe bien si son profundos o aterradoramente opacos.

Una semana lleva allí, desde el día que llegó hasta este otro en que planea confundirse con el ocaso, tendido entre las jaras y con un cigarrillo de precio entre los labios. Una semana de analizar paisajes y otear lejanías. Una semana de preguntar al mar y exponer a la sal su piel y sus cabellos. Una semana de decir "buenos días" a la madre, "buenos días" al padre, "hola" a la hija mayor y de dar cachetines amistosos en el papo sonrosado de los tres niños.

¿Y qué más? Aventuras de pueblecito, de lugar perdido, dejado de la mano de Dios. El mayor de los tres niños se cortó con un cristal mientras acuchillaba la superficie del pupitre de la escuela.

—Pero, ¿por qué lo hiciste? ¿Te mandó el maestro que lo limpiaras?

El niño negaba.

—¿Por qué? Habla.

—Porque quería dibujar una ballena; una ballena grande, con surtidor en la cresta y con arpones viejos en el lomo... El pupitre estaba ya pintado de otras cosas y para hacerme sitio...

Tres puntos de sutura. Nada más. Otra vez el menor de los tres, un niño ruidoso, con la cara perennemente sucia, se había extraviado. La madre juraba que había gitanos por las cercanías. El padre se reía y ponía violenta a la familia:

—¿Y qué harían los gitanos con el niño, mujer?

—Pedir rescate.

—¿A quién? —recalcaba el padre asombradísimo. Y las vecinas, por lo bajo, se reían.

—O, quizá —proseguía la madre— enseñarle a ser volatinero o mendigo o vendedor ambulante o ladrón de gallinas...

—Demasiado trabajo... El niño es muy pequeño todavía.

A las tres horas la Guardia Civil estaba informada y todo el vecindario husmeaba en las cercanías. Luego, el niño había aparecido en el corral, con las gallinas. En la mano apretaba a un pollito asfixiado. Nada tampoco: el disgusto, los sermones las lágrimas del angelote ensuciándole aún más la cara.

¿Más todavía? En la tasca el forastero oyó, mezcladitas con vino, palabras contra la hija:

—Ésa se la busca.

¿Se la busca? El turista, social y barato, no podía saberlo.

—Es medio bruja. Le echó un hechizo a María y María se ha quedado sin novio.

—¿No será que el novio y María...?

—La dejó con el bombo y se fue a hacer fortuna a las Alemanias. Y, ahora, no quiere saber nada.

El forastero llevaba siglos desconectado de esta vida: brujas, hechizos, bombos de solteritas tímidas, emigrantes apresurados y olvidadizos: charlas de tasca familiar y vagas amenazas: "ésa se la busca". En realidad —se dijo en el momento— la moza tiene su miga. Es oscura, negra por virtud de la sal, el sol y el aire, pero guapa. Muy guapa. En lugar de andar, se ondula, como las serpientes. Con sus ojos de gato taladra más que mira... Los muchachos deben de perder el alma por ella o, quizá, la vergüenza. Tal vez les haga desplantes... Ella misma le dijo a una pregunta:

—No, no tengo novio.

—Siendo esto tan pequeño no faltará quien...

—¡Bah! ¡Patanes! Se asustan.

—¿De ti?

—O del demonio. ¿Qué más dará?

—¿Y por qué se asustan?

Ella sonrió de torcido, con la boca muy prieta y los ojos como de ira:

—Dicen que soy bruja.

No preguntó más el forastero. Alguna comadre, yendo de paso, le advirtió de los problemas:

—Ande usted con ojo, señor: malos aires se respiran allí dentro. No es por decir, señor, pero el otro año les nació un cerdo con dos cabezas. No se descuide, señor, que otros forasteros han vivido donde usted y ahora...

—¿Qué?

—Todos se fueron de noche, sin dejar más huellas que unas pocas pesetas.

Y al turista, social de él, de invierno, entretenían aquellas cosas. Al turista, miren por donde, le daban curiosidad las habladurías y en sus paseos pensaba en la moza negra y rotunda, en sus cabellos tupidos y en sus andares tan de mujer de mundo, tan de chica de cafetería.

A la hora del ocaso, como tenía previsto, se tendió entre las jaras, prendió el cigarrillo de marca y esperó la noche contemplando el mar ensangrentado, las nubes púrpuras del horizonte, el cielo enrojecido y más azul que nunca y, en lo alto, el lucero de la tarde, chispeante como un pedacito de hielo.

Así, escondido sin quererlo, vio venir a la muchacha de la casa. Alta, con los pelos recogidos en un moño apresurado y las espaldas envueltas en un chal de lana gruesa. Al andar, miraba de tanto en tanto hacia atrás y esto revelaba lo furtivo del paseo.

A poca distancia un hombre salió de las piedras y le hizo señales. Ella comprobó de nuevo que no era seguida y corrió hasta él. Se miraron con los labios prietos y se perdieron en los acantilados.

El forastero fumó aún tres cigarrillos. Estaba avergonzado por lo visto. Se imaginaba haber asistido a un encuentro de enamorados. Ella, la moza arisca, y el novio oculto, llevado en secreto a causa de las comadres de la lengua floja o porque los padres se oponían al arreglo. Y, ¿por qué no soñar? ¿No sería aquel muchacho el mismo que partió para Alemania y que dejó a su noviecita un buen regalo? Quizá se amaban desde siempre. Quizá él había vuelto aquel día mismo y, como era peligroso bajar al pueblo, se habían dado cita en los acantilados desiertos.

El forastero comprendió que seguir en su escondrijo involuntario resultaría indiscreto. A los enamorados hay que dejarles campo y soledad; lugares apartados sin oídos y sin ojos, porque los enamorados tiene un elevado concepto de sus respectivos cuerpos y en ellos y en la intimidad basan sus encuentros.

Por otro lado la curiosidad era mucha y larga la pereza. El ocaso había terminado. El sol, apagado en el mar, pugnaría doce horas por salir al otro lado del mundo. Las estrellas, como farolas, se iban encendiendo en lo alto. Los acantilados se hacían más y más grandes y borrosos. Los últimos pájaros se habían callado por completo y, en suma, si alguien estaba allí de más, si alguien rompía el conjunto de la noche, el mar y los luceros, ése era el forastero.

Otra solución quedaba: ir a espiar entre las rocas, según costumbre de los mozos locos de todos los pueblos. ¿Y qué? ¿Qué si les sorprendía? ¿Les tiraría piedras, como han hecho algunos? ¿Se buscaría un buen cencerro para hacerlo sonar a rebato? Los conocimientos del forastero sobre estos asuntos no dejan de ser vagos y nebulosos: lo leído en las novelas de la berza; lo oído en las tascas, entre vino; lo visto en las películas nacionales, tan reprimidas...

Además, ¿qué podría él ver en las tinieblas? Nada, por supuesto. ¿Y oír? Más probable sería que le oyeran a él... Y él... Él podía ser curioso, pero no indiscreto. Él podía tener el gusanillo de saber lo que pasaba, pero no era hurón para estos tragos. ¿Que él y ella estaban juntos? Pues que no cogieran frío entre las peñas si es que algún vestido les venía holgado. En fin: que hicieran su santo capricho, que para eso están los jóvenes en el mundo y que para eso la naturaleza les ha dado las pieles tersas y los pechos altos.

Mientras descendía al pueblo, el forastero pensaba todavía en la bruja negra y en su novio... ¿Quién sabe si...? Pero, ¡qué asno! ¿pues no se estaba imaginando mágicos aquelarres? ¿No se le había ocurrido que, a lo mejor, el hombre visto no era más que un íncubo maldito salido del infierno? Nada, nada.

A la hora de la cena, como siempre: la cocina repartiendo olores a familia y hambre por la casa. Las baldosas rojas en el suelo sin brillos. La mesa, con manteles blancos, la botella de vino y la jarra del agua. Los platos, vacíos, fríos, tan hambrientos como los hombres de las sillas. Los niños, gritando y llorando, según costumbre.

Desde su cuarto oyó el forastero el ruido de la puerta. Después, cuchicheos. La hembra enamorada regresaba de sus asuntos; el tiempo implacable la había arrancado de los brazos amorosos del muchacho. Luego, la voz segura de la madre: ya está la cena.

Un golpecito en la puerta. Adelante. Es la joven que le avisa: la cena está en la mesa. Él sonríe; tiembla un poco, disimuladamente, y cede a la tentación:

—Te he visto esta tarde —le dice—. Al crepúsculo, en los acantilados.

Ella se estremece y baja por un momento los ojos de gato furioso. Luego le apunta con ellos y le explora bien las facciones. No se engaña el forastero: más que vergüenza está viendo miedo en ella.

—También he visto al otro —añade, un poco por ver lo que descubre y otro poco para gozar del miedo que levanta.

Ella se encoge sobre sí misma y baja al comedor.

—Ahora mismo voy —dice el forastero.

Termina el pitillo y desciende a por la cena con la que poner punto y final al día, a los sucesos y al cansancio.

Comen en silencio. Los padres le vigilan. La muchacha le traspasa. Los niños le rehuyen los ojos y apenas si alborotan. Algo, sin duda, se está cociendo. Algo se prepara y el forastero empieza a preguntarse si habrá sido prudente por su parte hablar de lo que ha visto.

Hay pescado de segundo. Con la excusa de las espinas y el trabajo de tenedor y cuchillo, el forastero, turista social y barato que algún día preparará oposiciones, no levanta la vista del plato y trata de ignorar la presencia de los otros.

A los postres, los niños se levantan y van a comerse el plátano a la cocina. Madre e hija se llevan los cacharros y se encierran a fregar los platos. Cuchichean muy de prisa con las cabezas juntas. El padre enciende un pitillo y le ofrece de fumar. El forastero acepta.

—Me ha dicho la niña —empieza el hombre— que la vio usted esta tarde.

—Sí... Me había tumbado entre las jaras a contemplar el ocaso y, casi sin querer... —comienza el forastero, como disculpándose.

—Ya, claro.

Fuman un poco más en un silencio cerrado y grueso que el tintineo de vasos en la cocina resalta. El padre, al ratito, pregunta:

—¿Y qué va a hacer usted?

—No sé. ¿Qué cree que debo?

El padre resopla:

—Podemos —dice— llegar a un acuerdo.

El joven forastero no entiende nada. ¿Un acuerdo? ¿Para qué? ¿Qué diablos es lo que vio? ¿Qué importancia tiene?

—Mire —murmura sudando—: sus asuntos son sus asuntos y a mí no me interesan.

—¿De veras? —parece aliviado el padre.

—De veras.

—Me permitirá, de todos modos, que le haga un obsequio —dice el padre, absolutamente feliz—. ¡Juana! —grita— ¡Podréis traer las cosas!

Madre e hija entran, serenas, por la cocina. Llevan un fardel entre sus cuatro manos, un paquete de tela llena de bultos y sonidos. Lo abren sobre la mesa y extienden su contenido.

—No dirá nada —está explicando el padre.

—¡Menos mal!

—Elija, elija... Hoy mismo lo ha recogido la niña. Todo nuevo.

Allí, ante él, brillando alegremente, encendedores, radios, magnetófonos, puntillas, tarritos de cosméticos, relojes... confusión de objetos preciosos e ilegales.

—Usted comprende —está diciendo alguien al oído del forastero—. La vida está muy achuchada y, si con esto del contrabando uno saca para ir tirando, pues...


Publicado en el Diario Menorca el 26 de marzo de 1974

Uno, Dos, Tres, Cuatro, Cinco, Seis, Siete, Ocho, Nueve y Diez

¿Cómo? Así de fácil: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez: lo que se tiene que decir en voz alta antes de enfadarse, antes de tomar una decisión importante. Así la ira se toma un respiro y el seso dispone de un poco más de tiempo para restablecer el orden de lo conveniente y de lo inconveniente.

¿Es que nadie le ha dicho a usted que cuente hasta diez antes de enfadarse? Naturalmente: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez.

Esto es, más o menos, lo que cientos de españolitos se repiten en el exilio social y económico en que viven más allá de nuestras fronteras. Es, sin duda, el encantamiento del que se valen (uno, dos, tres, cuatro, etcétera) para pasar, por unas tragaderas bastante anchas ya, insultos e injusticias que reciben en el extranjero solo por ser españoles, solo por haber tenido que emigrar en busca de dinero, ya que no en busca de una vida mejor y más digna.

Existe un catálogo de las cosas que diariamente degluten los españolitos en el extranjero, una lista de insultos y desdenes que se ven obligados a soportar una considerable cantidad de miserias a que les someten sus compadres europeos de los países subdesarrollados. Superdesarrollados —entendámonos— en algunas cosas que nada tienen que ver con la buena educación.

Todo esto —y algo más— se lo decía un hombre de experiencia; un tipo seco, bajito y moreno, con una incipiente calva en el occipucio, superviviente de unas cuantas aventuras emigratorias de las que no volvió ni más rico, ni más culto, ni más rubio, ni más nada... salvo, quizá, más explotado, más decepcionado y, si se me permite decirlo, más cabreado que nunca.

Este hombre está de vuelta ahora. Tiene siete u ocho años más que cuando atravesó la frontera por primera vez y muy poca confianza en los milagros económicos que, según él, se hacen con el sudor y las manos de los obreros importados.

—Cuando uno está en la fábrica y se pasa diez o doce horas callado; cuando uno regresa al tabuco donde vive y se encierra con otros tres o cuatro como el dormir entre las cuatro paredes; cuando uno sacrifica costumbres y vicios por unos duros más, no encuentra gran cosa de provecho en un "Milagro Económico", sea alemán, francés o checo.

No le importa. O, quizá, sí, pero no lo dice. Fuma celtas de nuevo. Dispone de todo un dormitorio para sus únicos sueños. De comida a su gusto; de palabras que le van bien a su oído, comprensibles; y, por supuesto, de una especial libertad, mucho más importante que la que se da en los países "libres", a los ciudadanos de tercera o de cuarta categoría: los emigrantes.

Y este hombre que fuma Celtas y bebe lentamente rojizos vasos de tintorro grueso, me explica algunas aventuras lejanas, que a mí me gusta escuchar y que, quizá, a ustedes les conviene conocer:

—Cuando salí la primera vez iba contratado desde España a través del Instituto Español de Emigración. No me iba a la aventura, sino con un contrato firmado en el bolsillo y una serie de seguridades que me impedían ser el clásico desheredado.

En la frontera, un compañero que volvía por tercera vez me explicó la clave: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nuevo, diez. Cuenta hasta diez. Aprende a callarte. Aprende a tragarte las protestas, porque, si no, saldrás perdiendo siempre.

Y fui a Strasburgo. Y trabajé bien. ¡Vaya que sí! Como no lo hacen los de aquellas tierras. A pesar de eso, ganaba menos dinero que los naturales de allí, que tenían mi misma categoría. Ellos, claro, eran los amos, los que se limitaban a tolerarnos porque no podían hacer otra cosa. Sin embargo jamás hubieran consentido que nosotros ganáramos lo que ellos. Además, al terminar, ellos se iban a sus bonitas casas calientes, con sus mujeres y sus hijos y yo, en cambio, a un cuartucho frío, lleno de compañeros, que me constaba casi tanto como a ellos, su bonita y moderna casa.

Qué bien, ¿verdad? Un día, cuando yo había aprendido ya un poco de francés, lo justo para enterarme de las cosas, me dijo un tipo:

—Todas las mujeres españolas son unas zorras. Todas las mujeres que hacen este trabajo aquí son españolas.

Yo pensé —como usted hubiera hecho— en mi madre y en mi hermana y en mis primas. Y, claro, conté: uno, dos, tres, cuatro, cinco... Y, cuando terminé, seguía sin gustarme lo que había oído. Otro compañero español me dijo que casi era cierto aquello, que a las españolas con estar solas y haber venido a servir, era fácil tomarles la peluca y colocarlas a hacer esos malos trabajos.

¿Sabe usted? La vergüenza es que ellos nos desprecien tanto y nos usen tanto. La vergüenza es que tapen indignidades suyas con la indignidad de los demás.

Pero, nada: para tragarme aquello, a falta de vino, tuve que contar muchas veces hasta diez. Luego otro obrero, francés él, me quitó piezas terminadas de mi cajón y se las echó al suyo para cobrarlas él en mi lugar. Protesté y todos se rieron de mí. El ladrón el primero: me preguntó, muy serio, que qué era lo que me había creído yo, que no tenía derechos. No quise dejarme robar; total, que me echaron.

Luego fui a Alemania y tuve que vivir en una especie de campo de concentración: eran unos barracones malolientes en el descampado y estaban cercados con alambradas.

Una vez robaron en un bar y la policía por las buenas, nos vino a registrar a todos solo porque éramos extranjeros y, porque no tenían indicios de quien era el verdadero ladrón. Un atropello.

Otra vez, un domingo entré a un restaurante y me senté a la mesa. Allí, el camarero, como me vio con esta pinta y esta barba negra, me preguntó:

—¿Español?

—Sí.

Y, a gritos, para que le oyeran todos los parroquianos y para que yo tuviese aún más vergüenza, me echó de allí y me dijo que ni españoles ni perros podían entrar en aquel sitio. Salí y se lo conté como pude a un policía. ¿Sabe lo que me respondió? Pues que había lugares especiales para gente como yo y que había hecho mal entrando en aquel otro, porque el dueño tenía permiso para rechazar a los extranjeros.

¿Qué quiere? Aún contando muchas veces hasta diez hay cosas que solo se aguantan a fuerza de clavarse las uñas y enclavijar los dientes. Aquellos hombres no solo se creían mejores que yo y más justos y más importantes, sino que, además, me lo hacían notar con todo su desprecio. Si quería comer y trabajar, tenía que callarme y agachar las orejas.

También me negaron la entrada a un cine y me explicaron, eso sí, que a una manzana de allí había uno para extranjeros, con un programa en italiano y otro en castellano. Y, en otra ocasión, como no me dio la gana de irme a dormir a las diez me puse a pasear por la calle, la policía me detuvo y me encerró durante toda la noche, solo porque les pareció sospechoso que un extranjero anduviera por ahí a aquellas horas.

Esto, señor, en un país donde siempre están hablando de su mundo libre, de los derechos humanos y de otras cosas. En una tierra donde se tiene más cariño al perro que al extranjero y donde descaradamente te niegan lo que sus ciudadanos tienen por derecho propio.

De nosotros les interesan nuestros músculos y nuestras manos, no nuestros sentimientos ni nuestras angustias. Siempre hay alguien que te recuerda que no eres de allí, que puedes marcharte cuando gustes y hasta que, según su opinión, nos deberían gasear como ya hicieron con los judíos.

La tercera aventura fue en Suiza. Es un país muy limpio y muy bonito, pero muy frío también. La gente no nos quiere por muchas cosas tontas: porque no hablamos como ellos o porque somos más bajitos y más morenos o porque creen que les estamos quitando el trabajo y el dinero, a pesar de que trabajamos en lo que ellos no quieren y nos dejamos explotar. A veces nos llaman esclavos cara a cara o dicen que somos un país de servidores, a causa del turismo.

Con ser hombres y tener nuestro valor, le aseguro que hay momentos en que se nos saltarían las lágrimas de vergüenza y de rabia, si no nos las aguantásemos hasta hacernos daño en los labios con los dientes.

Ninguna mujer se digna a mirarte. Ningún hombre te dirige la palabra si no es para ofenderte o porque necesita darte órdenes. A veces te suben descaradamente el precio de lo que quieres comprar porque eres extranjero y pobre. Y si protestas, ¿quién te hará caso? A lo mejor hasta te expulsan del país.

Pues verá: en Suiza mismo, trabajando al norte, el empresario me envió la policía a que me recogiera el pasaporte. Me dijeron que era para asegurarse de que pagaría los impuestos... La verdad es que lo hacían con todos los españoles para que no dejásemos plantado al patrón, que nos pagaba menos de lo convenido, nos recortaba las horas de habíamos hecho realmente y nos hacía vivir en lugares muy tristes y destartalados, cobrándonos muy caro el alquiler. Por eso el empresario temía que nos escapáramos dejándole colgado y lo evitaba haciéndonos retirar el pasaporte.

¿Es esto libertad? ¿Son de verdad ricos estos países llenos de gente tan avariciosa, sórdida y despiadada? Lecciones, lo que se dice lecciones, solo me han dado una: cómo rebajar la dignidad de un ser humano, cómo obligarle a contar. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez porque, desde luego, no se puede hacer otra cosa y, a los ojos de la gente, valemos mucho menos que sus perros o sus coches aunque saquen de nosotros mucho más.

Después de esto, hablé con otro amigo que me dijo que en el norte se vive mejor y hay más respeto. Así que subí a Suecia. Iba sin contrato en firme esta vez y en la aduana me hicieron un reconocimiento médico y un registro vergonzoso, por si las drogas o las enfermedades de la pobreza.

Me pusieron "turista" en el pasaporte y, como no tenía nada contagioso, me dejaron entrar después de vacunarme. Busqué lo que pude y un tipo muy sonriente me dio trabajo. Me tuvo algún tiempo hasta que le pedí que me pagara y aun entonces me dio largas con su sonrisa de buen hombre. Insistí por fin y se rio. Llamó a la policía y les dijo que yo era un turista español que me había quedado sin dinero y que quería trabajar con él ilegalmente.

Total, que me facturaron hacia España otra vez y aquí tuve que trabajar para pagar el precio del viaje. Y lo injusto es que yo había ganado dinero, había trabajado allí y se me debía algo más que una estafa y una expulsión, ¿no?

Es muy triste, sí, la vida de estos hombres que tienen que vivir fuera de España y que solo pueden contar hasta diez para acostumbrarse a verse pisoteados. El que me explica esto, medita lo siguiente:

¿Y si en España le quitásemos el pasaporte a un suizo? ¿Y si en España llamásemos prostitutas a las francesas o las prostituyésemos por sistema? ¿Y si en España hiciésemos vivir a los alemanes en frigoríficos desconectados o en barracones rodeados de alambradas? ¿Y si no pagásemos a los suecos que trabajan aquí y les expulsaremos sin un centavo?

—Hombre... No sé si...

—Se armaría un guirigay incomparable. Eso es.

—Pues mire usted —le digo—: hace poco unos suecos han protestado por la imagen que se puso en una falla. La consideraron insultante. Por lo visto había que poner un producto nacional en la picota.

—¡Ja! Ya me he enterado. Y también sé algunas de las cosas que compatriotas suyas han hecho en Mallorca y en Almería... Lo que es la fama, se la tienen bien ganada.

Piensa un poco más el emigrante mientras yo sonrío:

—Ellos, al menos, han escrito sus quejas y se les ha publicado la protesta, que es mucho más de lo que un emigrante como yo ha conseguido en el extranjero. ¿Quiere saber lo que pienso?

—Sí, por favor.

—Pues que les hemos dado una lección de respeto y de libertad. Una lección de ciudadanía.

—Me parece que sí.

—De todos modos —remacha—, y para lo sucesivo, no estaría de más medir a los extranjeros con su misma vara, solo para que vayan aprendiendo algo de humanidad.

Al menos muchos nos quedaríamos la mar de satisfechos. Y con razón, oiga. Con razón.


Publicado en el Diario Menorca el 2 de abril de 1974

Si de verdad fuera el hombre un tipo racional compuesto de alma y cuerpo

¿Sí? Pero, bueno: es que, después de todo, ¿resulta que no es cierto que el hombre sea...? Verán, hasta el extremo de esta afirmación, no.

—¡Epa!

Alto ahí: antes de seguir adelante es preciso afirmar que no estoy diciendo nada herético.

—Eso tendrá que demostrarlo.

Y lo haré. Creo que no existen dudas acerca de si el hombre está o no compuesto de cuerpo. Es —para los escépticos— esa especie de colcha blanca y pilosa que nos envuelve, eso que nos cuelga cuando nos sentamos en un sillón. Y para demostrar su existencia no hay más que acudir a un dentista o dejarnos escayolar una pierna. Es en estas manipulaciones cuando el cuerpo se nos hace gloriosamente presente.

Históricamente, los filósofos han negado, por turno, el conocimiento, la realidad, el espíritu y la esencia, pero ninguno, embutido en sus sesenta u ochenta quilos de músculos y adiposidades, se ha atrevido con la presencia (cómoda o ingrata) de su cuerpo.

Respecto al alma, las cosas aparecen menos claras. Nadie ignora que el alma, como elemento integrante de la Creación, ha tenido sus detractores y sus propagandistas. En todo caso puede que el alma no sea lo que unos afirman, ni deje de ser lo que otros niegan. Su presencia, en cambio, se advierte en las manifestaciones humanas y éste sí es un hecho a tener en cuenta.

A los muy convencidos les diré que si el alma está tras un taco de su dueño, tras una calumnia, tras una estafa, tras una mentira o tras un eructo, se trata de un espíritu bastante cochino que ha sido injustamente ensalzado.

A los muy escépticos, lo contrario: si tras el Guernica de Picasso, tras el Apolo de Belvedere, tras la Venus de Botticelli, tras la amistad cerrada en un apretón de manos o al amor establecido en un beso, pero mucho más allá de un beso... Si tras lo justo y lo cierto y lo bueno no hay nada, el hombre es un prodigio de coincidencias. Y me niego a creer tanto en la casualidad; me niego a imaginar que el ser humano es algo más que un bípedo corrientito que va por el mundo a su avío o a lo que salga.

¿Entonces? Si hay cuerpo, si hay alma, ¿por qué demonios decía usted que aquello del principio era falso?

Porque lo es. El hombre no es un ser racional compuesto de Alma y Cuerpo. No, ¿eh? No. Porque tiene cuerpo, porque tiene alma, pero no es racional. Y, fallando una de las condiciones de la definición, la definición entera falla.

—Eso tendrá usted que demostrarlo.

—¿De verdad quiere que lo haga?

—De verdad...

—Allá películas. Luego no me venga con que si le he ofendido o si le he insultado. En fin; empiezo.


Si de verdad fuera racional la señora de los lavabos de un establecimiento público (estaciones, aeropuertos, ciertas cafeterías y cines, etc.)

He aquí a nuestra Señora de los Lavabos, que es un alma de la caridad. Puede que, tiempo atrás, no lo haya sido, pero ahora es vieja ya y, además, el espacio de los lavabos no es lo suficientemente grande para llevar a cabo actividades satánicas.

La Señora de los Lavabos acude a su trabajo bien entrada la mañana. Se toma un cafetito en la barra, se viste un mandil muy pulcro y se sienta en la antesala del lavabo, bien cerca de una mesita que sostiene varias revistas, alguna novela de diez pesetas y una bandeja donde las mujeres dejan la propina que les parece (antes, una peseta; ahora, un duro por lo menos).

A su alrededor, los lavabos propiamente dichos: con dos grifos, aunque no funciona el del agua caliente, depósitos de jabón con tuercas en los extremos, toallas cosidas al toallero y espejos que la Señora se esfuerza en mantener limpios. Más allá, algunas puertas convenientemente cerradas, que dan acceso a los lugares precisos para cuando las mujeres acuden allí con algo más que ganas de lavarse las manos, peinarse o retocarse los afeites. Sobre ellas, un letrero comunica a las interesadas: "pida la llave a la encargada".

Este es el decorado y ésta es la pregunta: ¿es racional la Señora de los Lavabos? Si lo fuera, ¿se pasaría la jornada en una silla patibaja? ¿Aguantaría ocho, diez o doce horas leyendo revistas, repartiendo llaves, oyendo tenues o vigorosas corrientes de aguas y oliendo lo que doy por supuesto que se huele en sitios de este calibre? La respuesta es no.

Si fuera racional, la Señora de los Lavabos diría: hete aquí otro día más en este sitio. ¿Es que las mujeres no pueden hacer a solas sus necesidades' En mi casa, pongo por caso, ¿me agradaría tener a una señora contemplando cómo me lavo la cara o me humedezco las muñecas, mirando cómo me doy el carmín de los labios o el azul de los ojos, oyendo los innobles ruidos a que me encadena mi fisiología? No.

Entonces, ¿por qué estoy aquí? Aún más: ¿por qué me aceptan y me pagan estas buenas mujeres que a la fuerza comparecen en mi presencia? ¿Se han parado ellas a pensar que esto es absurdo? ¿Y yo? ¿Por qué me paso yo el día entre los orines de mujeres desconocidas?

Por dinero. Claro que sí, pero, ¿por cuánto? Cuatro perras, desde luego. Las mujeres, mientras les es posible, evitan ir a los lavabos públicos, y bien que hacen. Entonces, ¿por qué tengo este oficio?

La Señora de los Lavabos que fuera racional pensaría así y, lógicamente, dejaría el trabajo al día siguiente. Pero no lo es, el país está plagado de Señoras de los Lavabos y es prácticamente imposible circular sin tropezarse con ellas, en las estaciones, los aeropuertos, las cafeterías, los casinos y los bancos. Dato curioso: lo primero que hace una Señora de los Lavabos al perder su empleo es volverse a colocar en otros lavabos. Esto ya es una prueba de la irracionalidad de la especie. ¿O no?


Si fuera racional un Catedrático de universidad

Pero, vamos, ¿ése tampoco lo es? ¿Para qué sirven las oposiciones? Para ser Catedrático, no para ser racional, mientras no se demuestre lo contrario. Si de verdad lo fuera, el Señor Catedrático soliloquiaría de esta guisa:

¿Y, ahora, qué? ¿Quién es el macho que se va a atrever a dar clases? Claro que, por otro lado, esto no me incumbe demasiado. Por las mañanas me voy al Ministerio y por las tardes al Consejo Superior. La política (o lo que sea) es más divertida que la enseñanza. Pero, vamos a ver: ¿por qué me hice yo catedrático? ¿Por qué fui lo suficientemente majadero para desperdiciar así mi juventud? Total, no doy clases (aunque cobro, claro, y eso es ya un punto a favor de la cátedra).

Pero, lo justo es lo justo y, si sabía que no iba a dar clase, ¿para qué diablos me empantané en las oposiciones? Y, además, el follón que se nos viene encima: la selectividad. ¿Pues no nos ponemos a hacer selectividad desde dentro, a nuestro aire? En justicia, tendríamos que seleccionarnos nosotros primero, porque ya está bien de decir lo que cuesta un estudiante al señor que paga los impuestos, y callarnos lo que le costamos nosotros, que ni siquiera enseñamos cómo se hace la o con un canuto.

Claro que, en la tarjeta de visita, queda muy bien lo de "Catedrático de ...".

Y, sin embargo, el mundo está lleno de catedráticos que hacen de todo y, excepcionalmente, hasta de catedráticos. No son ni más ni menos racionales que el resto de la especie y, para demostrarlo, está el hecho de que, a pesar de las contradicciones, solo abandonan su cargo por jubilación o por muerte, lo cual indica su constancia.

Si fuera racional el obrero de una máquina

Se expondría claramente el problema: ¿qué hago yo aquí sentado? Mi trabajo consiste en colocar esta laminita de metal sobre esta pieza de la máquina, quitar las manos, apretar el pedal y retirar la laminita troquelada. Así, una y otra vez, de siete a una y de dos en adelante.

Hasta aquí, bien. Pero vamos la cosa con calma: ¿qué gano yo, si en lugar de hacer cinco mil piezas hago cinco mil cincuenta y siete? Nada: no trabajo a destajo. Debo hacer cinco mil y no cuatro mil novecientas ochenta y dos o cinco mil cincuenta y siete.

Debo meter las láminas de una en una, no de dos en dos, con lo cual sufre el libre albedrío que me reconoce Dios. ¿Dónde está mi libertad? ¿Por qué tengo que hacer todas las piezas iguales? ¿No sería mejor hacer unas de un modo y otras de otro? ¿No sería más divertido fabricar unas con un agujero, otras con dos, otras con tres y otras sin ninguno? Pero a mí me pagan por hacerlas iguales. ¿Por qué? Porque unos señores las quieren iguales. ¿Y les importa que a mí me aburra el que salgan todas repetidas? No: me pagan para eso mismo.

En justicia, ¿manejar esta máquina, hacer cinco mil piezas diarias semejantes, me ayuda a resolver los problemas más urgentes de mi personalidad? ¿Me satisface psicológicamente? ¿Me empuja a comprender mejor el mundo en que vivo? ¿Me acerca a la verdad o a Dios?

Razonemos: ¿es que no hay otra forma de ganarse la vida? Por supuesto. ¿Algo me impide ser cazador furtivo, que me divertiría más? ¿O contrabandista o domador de fieras o mecánico o marinero? ¿Por qué he de renunciar a las aventuras cuando el mundo está repleto de ellas? ¿Por qué he de pasar ocho, diez horas al día aburriéndome forzosamente? ¿Dios me hizo a su imagen y semejanza para estarme la vida agarrado a la máquina?

Pero no es racional y sigue allí, metiendo la lámina, apretando el pedal y retirando la pieza. Y lo más terrible es que, cuando le llega la vejez y, con ella, el retiro, este hombre se lleva un disgusto de muerte y sufre porque le dejan en la calle, al sol, cerca de los niños y los pájaros y la yerba, libre para ir y venir, para pescar o escribir cartas al director del periódico, lejos, en suma, de la máquina que le sorbió los días y las horas, la vida.

Si fuera racional un cajero

Ante sus libros y su máquina, con fajos gruesos de billetes crujientes cerca de su mano, ¿qué se diría un cajero racional?

Lo que son las cosas: toda la vida manejando un dinero que no es mío; miles de pesetas que no sé de dónde vienen ni sé exactamente adónde se van: desde luego, no a mi bolsillo. Hago el trabajo que mi máquina no pueda hacer: contar los billetes, meterlos en sobres, alcanzarlos al que me los pide por la ventanilla...

¿Y para qué me los vienen a coger? ¿Por qué se me dice: "a éste le darás tanto; a éste, tanto menos y a éste, nada"? A fin de cuentas, es papel. Son estampas y, encima, repetidas. Si al menos los billetes fueran distintos, yo podría irlos mirando y analizar lo que representan. Alguno sería un paisaje; otro, un retrato; otros más reproducirían escenas históricas y yo me haría una culturita.

Pero no: tantos para ésta y tantos para aquél. Ni siquiera sé si quien los recibe se va a hacer una casa, se va a comprar un coche, se va a casar o sale de viaje. El dinero va y viene y no me dice jamás dónde ha estado ni qué aventuras ha corrido.

A mí, quizás, me gustaría acompañarle en uno de sus viajes. Ir con él en los bolsillos de un estudiante que se lo gastará en vino y en mujeres; rodar un poco por los burdeles, pasar por las subastas de las grandes obras de arte, subir a los camarotes de lujo de los trasatlánticos, llegar a los hoteles extranjeros y estar en los lugares donde se mendiga a gritos... Pero, en cambio, lo cuento y lo entrego. Apunto sus entradas y sus salidas. Lo palpo y lo uno con gomitas que, a veces, me pillan los dedos...

¿Para qué? Lo racional sería gastarlo. Lo lógico sería usarlo para lo que es o guardarlo o robarlo o regalárselo a un asilo. Además, ¡ya está bien de tanto número! Los libros, la cinta de la máquina, los vales y los recibos... Obviamente, preferiría irme por ahí con una bicicleta o llevar a mis hijos al campo cada mediodía...

Pero no puede ser. ¿Por qué? Porque he de ganarme la vida. Si, pero ¿tengo vocación para esto? No sé. Y, si no, ¿para qué la tengo? Podría, sin duda, vivir trabajando en el campo y así mis hijos se criarían al sol lejos de tanto ruido y de tanto aire viciado. Es posible que fuera más feliz haciendo de camarero, conociendo a la gente cuando se divierte y está alegre, porque, al tratar asuntos de dinero, todos se vuelven serios.

Pero el cajero ése no es racional o, al menos, no lo es por completo y sigue en la brecha, cuenta que te cuenta en espera de un ascenso o de la fortuna en forma de quiniela ganadora. Y, si por casualidad cambia de empleo, se coloca otra vez de cajero. ¿Por qué? Porque le parece que es lo único que sabe hacer y, quizá, hasta lleve razón en ello.

Si fuera racional un escritor

Se sentaría frente a sus cuartillas en blanco y las miraría con malos ojos. Es cierto que un escritor escribe porque le gusta, pero...

Vamos a ver: ¿es que no hay formas más divertidas de hacer algo en el mundo? ¿Qué me importa a mí que el protagonista sea alto o bajo y que su novia le dé calabazas o que su jefe le despida? ¿Eh? Le pase lo que le pase, bueno o malo, yo seguiré sentado aquí y mi brazo, si termino la historia, estará acalambrado y mis cuartillas sucias y llenas de rayas en lugar de blancas, pulcras y hermosas.

Si un día llueve, ¡qué bien quedarse en casa delante de los papeles hilvanando majaderías! Pero si hace sol y por debajo de las nubes van y vienen pájaros alborotados y mujeres hermosas y amigos alegres, ¿qué diablos hago yo a la sombra, encerrado, dejando que la piel se me ponga pálida y los ojos, rojos, y los sesos, blandos?

Y si doy con un protagonista perfecto, que se hace rico y gusta y tiene una aventura maravillosa, ¿qué gano yo en ello? ¿Es que podremos salir juntos a tomar un aperitivo o a deslumbrar a las extranjeras que se dejen? Nada de eso y, cada tarde, cada mañana, le dejaré en el cajón, plegado, aguardando una edición que tal vez no venga.

¿Y los enemigos que, en algunos momentos, te creas? ¿Y los tipos que guiñan un ojo y comentan: "sí, escritor, claro", y sonríe por lo bajo (es un decir)? Y, ¿por qué no decirlo?, a mí, lo que me hubiera gustado ser es centurión en las procesiones de Semana Santa.

Pero, eso es lo tremendo: no somos racionales, pese a nuestro cuerpo, pese a nuestra alma.


Publicado en el Diario Menorca el 9 de abril de 1974.

Observación directa de la naturaleza


El niño

Está sentado en la alfombra y el último juego ha dejado de interesarle. Entre sus piernas, los soldaditos de goma yacen congelados en sus rígidas posturas, ya sin la elasticidad que la imaginación del niño les daba. El televisor calla, pues no es hora de programa, y el niño se aburre lentamente, a golpes que le hunden más y más en la conciencia de estar sentado y no hacer nada.

—Mamá —cuando la seguridad de que se aburre es bastante fuerte—: cuéntame un cuento.

La madre, que terminó de fregar los platos hace poco, cose sobre la mesa: se arregla los largos de una falda pasada de moda. No está de humor para cuentos ahora, pero el niño insiste.

—Cuéntame uno.

A ver... ¿Cuál? Están el de Blancanieves, el de Caperucita, el del Flautista... pero es que no tiene ganas de hablar. Por eso, quizá, recuerda lo que su padre le contaba en las mismas circunstancias:

—Érase —dice— un Rey que tenía tres hijas; las metió en tres botijas y las tapó con pez. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?

El niño no sabe muy bien lo que ha oído. Desconfía. Si aquello es un cuento, no se siente nada satisfecho.

—¿Qué? —pregunta un poco furioso.

—Érase —responde la madre— un Rey que tenía tres hijas; las metió en tres botijas y las tapó con pez. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?

El niño reflexiona y comprende que la madre ha olvidado la substancia del asunto. Conteniendo el enfado, decide ayudarla en la medida de lo posible:

—¿Quieres decir que el Rey mató a sus tres hijas?

—No —la madre no desea dar malos ejemplos en sus historias.

—Pero las hijas se morirían si les echó pez encima.

La mujer suspira: por quererse quitar a su hijo de encima en lugar de contarle un cuento de verdad, ahora va a purgar su culpa en forma de interminables explicaciones a pie de texto.

—No: el Rey había puesto un tapón en cada botija y así la pez no les cayó encima.

—Entonces —contesta el niño— morirían igual, se asfixiarían al no poder respirar, ¿verdad?

—No, hijo; porque el Rey había hecho agujeros en cada botija para que no se murieran.

El niño, cada vez menos satisfecho del cariz que toman las cosas, descubre un nuevo ángulo del problema:

—Y si el Rey no quería que sus hijas se murieran, ¿por qué las metió en tres botijas y las tapó con pez?

En efecto: el Rey había sido un asno al no meditar más en los motivos de su extraña acción: no todo el mundo anda metiendo a sus hijas en tinajas para luego no saber qué hacer con ellas. La madre también se da cuenta de esto y de que no tiene la respuesta adecuada...

—Cuando él lo hizo —murmura—, sus motivos tendría.

—¿Cuáles?

¡Oh! Los niños pueden convertirse en pequeños diablos a la hora de preguntar y preguntar.

—A lo mejor quería castigarles por algo —aventura la madre.

—¿Por qué?

—Por haber sido desobedientes.

A lo mejor... El niño sabe que la desobediencia se paga, aunque a él jamás le han metido en una botija, tapándole con pez, por tan poca cosa. En cualquier caso, el argumento falla estrepitosamente en esta historia rara.

—¿Y qué pasó después? ¿Las sacó?

—Claro que sí. Las sacó.

¡Vaya Rey, metiendo y sacando hijas de botijas! Así es como empiezan las revoluciones. Un Rey tendría que ser un poquito más coherente en sus asuntos.

—¿Y cómo las sacó? ¿Rompió los cacharros? ¿Los destapó?

—Los destapó —elige la madre, que no quiere que el niño se acostumbre a romper la loza.

—Y ellas, ¿qué hicieron?

La madre consulta el reloj. La hora la salva, porque el programa infantil de televisión va a empezar.

—¿Quieres ver a los payasos? —le dice, mientras aprieta el interruptor.

—Quiero saber si las hijas volvieron a desobedecer al Rey.

Entonces la pantalla se ilumina y suenan músicas y gritos. La madre suspira.

—Anda, entretente. Otro día terminará el cuento.

Y el niño, fastidiado, se pone a mirar hacia el televisor con aire impotente.


El joven

Camina seriamente por la acera. El paso es largo, fuerte, importante, de persona que empieza a descubrir que lo es y a sospechar que los demás humanos dejaron de serlo hace mucho tiempo. ¿Cómo es posible —se pregunta— que haya pasado tantos años sin comprender el mundo? ¿Cómo es posible que la gente antigua sea tan majadera?

De algo no le cabe duda: él es él y no hay nadie que se le parezca. Él es él contra todo, pese a todos, ante todos. Le fastidia que no sepan darse cuenta de las maravillas que su alma encierra. Le encorajina que no interpreten sus pasos decididos, sus sonrisas escépticas, arcaicas (según el libro de arte), su ceño fruncido.

¿Creen que él es de los que pierden el tiempo en tonterías? ¿Creen que no tiene otra cosa que hacer más que decirles que sí y ser simpático? ¡Qué saben ellos! Sí, ¿qué saben ellos de las grandes verdades que él posee? ¿Qué saben del profundo desprecio que guarda para sus errores? ¿Qué saben de su capacidad sobrehumana?

Podría hacer grandes cosas si los demás le dejaran. Podría, por ejemplo, arreglar el cisco de la política; ¡hasta podría escribir un verso, vaya! Pero no le entienden. O, quizá sí, pero a los muy brutos no les da la gana de hacerle caso. ¿Y por qué? Porque, con la edad, a la gente se le reblandecen los sesos...

¿Es posible que nadie se haya dado cuenta de lo que dicen sus ojos? ¿Puede existir una mirada más expresiva que la suya? En ella se reflejan la decisión, la inteligencia, el poder, la resignación, el sufrimiento... Al verse en el espejo comprende que lleva mucho dentro, que el destino le tiene preparadas cosas muy grandes y que un día...

—Un día... —murmura, y la cabeza se le llena de explosiones y ruidos de una fuerza sorda y ciega que se esfuerza en controlar, porque, de otro modo, causaría catástrofes, pues él se conoce y se teme y no quiere perjudicar a nadie, más que si es necesario.

Pero, vamos: si él soltara todo eso; si él se lo sacara de un golpe y se lo enseñara a la humanidad, ¿cómo podrían los otros no quedar deslumbrados? ¿Cómo se las arreglarían para no adorarle? Tal vez le hicieran alcalde o ministro o jefe de Estado. No le extrañaría lo más mínimo, porque él se conoce bien y sabe lo muy importantes que son sus ideas...

Pero calla. Calla y se controla y guarda para sí sus maravillas por el placer morboso de negar a la humanidad lo que la humanidad más precisa. Si ellos comprendieran, se darían cuenta de hasta qué punto les desprecia y les compadece; pero así, en secreto, sin que los demás sospechen su poder, él goza más pensando en las miserias que se niega a resolver, y crece y...

Una muchacha de su edad, compañera que es de su curso, se le cruza y le detiene. Le sonríe y hace un delicioso gesto con los labios rojos.

—Oye —le dice— ¿podrías subirme mañana a clase los apuntes de historia?

Y a él, poderoso, a él, gigante; a él, indescriptible, se le velan los ojos con tenues lágrimas (que desearía que fueran invisibles), se le nubla la razón, tan penetrante ella. Se le enronquece la voz que un día gritará órdenes...

—Sí —dice y, a la vez, mueve lengua, manos y cabeza, para distraer la atención de la muchacha de los colores vivos que despuntan violentamente en sus mejillas.

—Bueno, pues gracias. No te olvides.

Él se despide sin decir palabra. Reanuda su paso fuerte, su sonrisa arcaica, su mirada ardiente... Si un día besa a la muchacha y aprieta bien los labios a los suyos, quizá ella también comprenda todas las maravillas que lleva dentro. Si la besa. Si lo intenta.


El hombre

Hace doce años de la última vez que le llamaron fantasioso. Ahora no es ni lo uno ni lo otro: se limita a estar, a ir y venir con cierta lógica, a aceptar lo inevitable y a confiar en tiempos mejores. Se ha convertido, según él mismo opina, en un hombre.

De momento tiene un trabajo que le da para vivir, aunque no para prosperar más de la cuenta. Mujer. Dos niños. Los domingos sale a pescar a veces. Los demás días los pasa metidito en una especie de trance laboral que le exige más conformidad que inteligencia, más puntualidad que innovación. A media mañana toma cafetito y escucha chistes verdes y políticos. A mediodía sale a comer. A media tarde regresa a la faena y a medianoche apaga el televisor y se acuesta. Es, pues, un hombre sin extremos, un hombre de medianías.

Viendo un programa informativo se ilusiona:

—Un día —dice a su mujer— veremos Venecia.

—Ya la estamos viendo.

—No, no: iremos allí. Los dos solos, como dos enamorados.

—¿Cuándo? —murmura ella sarcástica.

—No sé... Un día, cuando todo marche.

En otra ocasión, ante un escaparate donde brillan relucientes barcas de plástico, rompe su costumbre de callar. En los escaparates, siempre es su mujer la que hace planes, pero, a veces, a él también le entra el gusanillo del consumo y...

—Si para primavera me suben el sueldo —suspira—, a lo mejor podremos comprarnos una barquichuela de estas. Me vendría bien para pescar los domingos y, en verano, para los niños...

—Si te suben el suelo, ¡Dios lo oiga! —avisa ella— lo primero será cambiar de lavadora, porque ésta que tenemos, la pobre...

Y él reconoce que sí, que su mujer, angelito, se sacrifica más de la cuenta, y piensa que los caprichos van después de las necesidades, porque es un hombre responsable que quiere a su familia. Pero, ¿quién se libra de hacer planes más o menos imposibles? Así, después de comer, cuando enciende el cigarrillo y espera el café, organiza lo futuro:

—Estoy buscando otro trabajo —empieza.

—¿Es que vas a dejar éste? —se alarma su mujer.

—No, no. Otro trabajo además. Con dos sueldos, el mes no nos vendría tan justo, ¿no crees? Y, a lo mejor, con un poco de cuidado, podríamos comprarnos un piso, ¿eh?

—Cuando tengamos el dinero que vale uno ahora, costarán ya el doble.

—Quizá... A lo mejor, no. No siempre van a estar subiendo las cosas.

A veces ella está nerviosa a causa de los niños o del mercado o de los vecinos, y no acierta a comprender los sueños del marido bueno y honrado y decente que tiene. Le parece que es un niño pesado que dice, pero que nunca se pone a hacer.

—Ya estoy cansada de ti —le medio grita—. Eres el hombre de los sueño, de las condiciones imposibles: "un día...", "si...", "cuando...", "a lo mejor...". Y mira. Mira bien, no se te olvide lo poco que has hecho y lo poco que puedes llegar a hacer.

—Mujer, yo...

Ella siente en el acto lo dicho, pero, ¿acaso no es verdad? Le duele por él, que, ciertamente, no ha podido hacer otra cosa, pero si fuera menos iluso...

Y el hombre, con las orejas gachas, sale de casa un poco desesperado, un poco lleno de ira y de frustración, porque tiene la culpa de todas las cosas buenas y malas que suceden en su familia. Luego, muy despacio, camino del trabajo, entra a sellar su quiniela de la semana. ¿Quién sabe si así...? A lo mejor le toca un día y, entonces... ¡Ah, cómo se tendría que callar su mujer entonces!


El viejo

Al viejo le bastan muy pocas palabras: en un momento dado, todas las cosas del mundo parecían posibles. Se podía ser esto y lo otro a la vez. Se podía hacer esto y lo de más allá. Cada año significó una probabilidad menos y, a los ochenta, son más los asuntos que deja por hacer que los que ha resuelto.

Menos mal que, como uno ya no está para estos trotes, se siente menos la angustia de haber renunciado a tanto. Y, además, él no se arrepiente de lo que ha hecho, sino de lo que no ha tenido ocasión de hacer. Y mientras, fuma cigarrillos muy largos en la solana y tiene conversaciones muy lentas con los pocos camaradas de su quinta.

—¿Te acuerdas de aquella vez, en 1918, cuando tú y yo y Juan y...?


La muerte

O la nada. O el caos. O la inconsciencia. ¿Quién separará de nuestras cenizas las aventuras y los disgustos, las carcajadas y las lágrimas, las ignorancias y las comprensiones, las buenas palabras y los malos silencios? ¿Quién encontrará, en el poco polvo que seremos, las cosas extrañas que hemos sido? De todos modos, eso de echarse una siesta tan larga y tan tranquila y tan callada, también compensa.


Curiosidad física

El mundo del niño y el del joven y el del hombre y el del viejo no son el mismo (por no hablar del mundo de la niña, de la joven, de la mujer...). Al menos cinco planetas, semejantes, pero distintos, coexisten en la longitud de cada segundo. El del niño, por supuesto, es el más hermoso.


Publicado en el Diario Menorca el 16 de abril de 1974.

¡Lea y hágase rico!

"La riqueza no es una situación. Es una forma de ser". Que diría aquel.


La duración del aburrimiento

La vida media del hombre (70 años) abarca un período de 25 mil 550 días, cifra más que reducida al compararla con las que se barajan semanalmente en las quinielas y en la lotería.

Suponiendo que ese mismo hombre venga a ganar una media de 15.000 pesetas mensuales durante toda su vida, resulta que ha gastado (o ahorrado) un mínimo de 12 millones y medio de pesetas, que son 500 por día.

Saquemos algunas consecuencias: quinientas pesetas diarias durante veinticinco mil quinientos días, suponiendo que los precios no suban demasiado dan para vivir muy justos y nada más. Ahora bien, si a cada ciudadano se le entregara (al llegar a su mayoría de edad, por ejemplo) la bonita cifra de doce millones y medio de pesetas que equivalen a los beneficios de toda la vida, ¿qué sucedería?

Varias cosas, claro. La primera, que tendríamos un nuevo millonario. La segunda, que el ciudadano en cuestión dispondría de un capital real con el que maniobrar y establecerse. La tercera, que se iría al diablo una gran parte de la sociedad actual y que, por lo tanto, volverían los tiempos de la escasez y del hambre. La cuarta, que el mundo está estudiado para que haya pocos ricos y muchos pobres, porque, si no, nadie trabajaría. Y la quinta, a modo de consecuencia, es que el noventa por cien de los hombres comerciamos y especulamos con nuestra persona, mientras el 10 por 100 restante especula y comercia también con la nuestra y no con la suya.

Y, en suma, veinticinco mil quinientos días no se pasan así como así: son largos aunque vengan repetidos. Son penosos, aunque se les cuente por meses. Son productivos, aunque uno de cada siete sea de holganza. Parados los primeros tres mil quinientos (3.650 exactamente), que corresponden a la niñez consciente, desaparecen la mayor parte de las sorpresas de la vida.

A partir de los doce o trece años conocemos más o menos el mecanismo del mundo, le hemos visto las tripas como a un juguete roto. Hemos dejado atrás un buen pedazo de nuestra curiosidad y casi la totalidad de nuestro candor. Por delante nos queda la duración del aburrimiento que, desde luego, no es tal: siempre surgen imprevistos, siempre sucede lo inesperado (ver André Maurois) y, siempre también tenemos la sensación de lo mucho que nos queda por hacer.

Ahora bien: ¿qué pretende un niño hasta los 12 o 13 años? No se sabe bien. Muchas cosas. Crecer, por ejemplo. Ser enfermera o soldado, azafata o aviador. Cazar lagartijas. Coleccionar hojas o pedruscos... todo, por supuesto, sin el menor interés material, aunque muchos, para mejor pasar la infancia, comercien con caramelos de segunda mano y jarabes hechos con regaliz macerado.

¿Qué se pretende a partir de los trece años? Muchas cosas, al parecer, pero solo una en la realidad: ganarse la vida, es decir, hacer dinero. Y, para ello, se estudia desde el principio o se trabaja desde el mismo lugar. Se aprende a tratar a la gente o a esquivarla y se toma conciencia del valor de cada uno medido en pesetas-semana o en pesetas-mes.

¿Un poco confuso? Digámoslo de otra forma: de toda nuestra vida, invertimos mil quinientos días en las poéticas quimeras que solo conducen a nuestra imaginación y, en cambio, ocupamos el resto, 23.000 días nada menos, en ganar dinero con uno u otro fin, honrada o turbiamente, pero en ganarlo.


Donde se explican algunos intereses complejos

La pregunta moral sería la siguiente: ¿es lícito ganar dinero? Y necesario, qué porras. Hay que ganarlo: de lo contrario uno acaba en la cárcel, en el hospital o en la tumba. ¿Y en qué cantidad? En la que sea posible; por supuesto siempre más de lo que se necesita para mantenerse con vida.

Podríamos enunciar la siguiente ley general: el hombre siempre desea ganar dinero a través de algo (una actividad, un ocio, una vocación) o a través de nada, con lo que el juego es aún más divertido si no termina uno entre rejas.

De cien encuestados, ochenta y siete afirmaron rotundamente que sí, que querrían ser ricos en un momento dado. Once puntualizaron que "solo lo suficiente para tener un buen pasar". Y los dos restantes eran ricos realmente y prefirieron hablar de sus aficiones. De donde se deduce que los ricos son minoría y que la inmensa mayoría pretende enriquecerse, cosa que contradice inmutables leyes físicas.

Escribo para esos ochenta y siete a quienes les gustaría llegar a ricos, precisamente porque no lo son todavía.


Los tres sistemas sencillos

Los tres sistemas más sencillos para hacerse rico son:

a) Ser hijo de un rico

b) Acertar una quiniela muy difícil

c) Ganar el primer premio de la Lotería Nacional.

Y me consta que un buen número de los aspirantes a millonario utilizan semanalmente los sistemas b y c con una constancia envidiable. Y, aún así, existe una desproporción notable entre el número de ricos y el de pobres. Por ello conviene pasar.


Los tres sistemas menos sencillos

Para hacerse rico, claro. No son difíciles, pero sí peligrosos y, naturalmente, si alguien los sigue deberá obrar bajo su completa responsabilidad. Son éstos:

a) Contrabandear con heroína. Inconvenientes: la cosa está perseguida por las leyes de todos los países. Además, hacen falta ciertos contactos para entrar de lleno en el negocio y, por supuesto, los contactos no andan pregonándolo por ahí, sino que se muestran tímidos y recelosos.

b) La técnica de la "espantada". Consiste en ser "pobre pero honrado" durante bastante tiempo, lo que es necesario para que los demás, pobres y ricos, depositen en él su confianza. Entonces por término medio se tiene acceso a alguna abultada caja, y ya no hay más que comprarse una maleta con una buena cerradura y aprovechar un sábado para salir rumbo a América. El éxito de este sistema depende de la discreción y de la tierra por medio que uno sea capaz de poner. Inconvenientes: también la ley de casi todos los países persigue a los que se valen de la técnica de la espantada, aunque ya se sabe que "hecha la ley, hecha la trampa". Si uno no estudia muy bien el itinerario a seguir en su huida, corre el peligro de ser repatriado y esto, aunque se ame a la tierra que nos vio nacer, puede ser un inconveniente.

c) El truco de las divisas. Hay que contar con un capitalito inicial y con clientes relativamente imbéciles. Tiene, como todas las cosas grandes, diversas variantes de las que elijo una al azar. Generalmente este negocio se hace desde empleos relacionados con el turismo y consiste en vender artículos cobrando en moneda extranjera (a cotización más baja) y en cambiar por nuestro dinero el extranjero. Entonces se sale de España y se compra oro en el mercado libre. Se regresa con él fundido imitando abalorios y chucherías y se revende. Inconvenientes: los beneficios suelen ser altos, pero se ha de actuar en gran escala; es decir que si uno es pobre de verdad tendrá que asociarse con otros. La ley persigue a quienes usan este truco, pero en este campo la ley tiene más coladeros que en el de la heroína o las espantadas. Otro inconveniente es que uno no se hace rico en tan poco tiempo como en los procedimientos anteriores.

Y quedan aún otros tres procedimientos más difíciles aunque un poco menos peligrosos. Aquí están:


Los tres sistemas difíciles

Tienen todos ellos un fondo común, la falsedad, y según el uso que se haga de ellos, pueden convertir a un hombre en rico, acomodado, paria o encerrado. El éxito, pues, depende de las habilidades naturales de cada uno, de la vocación, en suma.

a) Las antigüedades. No las verdaderas, claro, porque ésas tiene un valor, aparte del de la vejez: la calidad, el arte. Las buenas son las otras, los objetos que no sirven para nada y que uno puede comprar en las viejas casonas siempre que se hace limpieza del desván. Cierto que, entre tanta quincalla, puede aparecer algo realmente notable y, en este caso, lo mejor es vendérselo a un auténtico anticuario de solvencia, que dará su justo precio.

Pero lo demás, la bombonera de loza de principios de siglo, el tarro de vidrio grueso e imperfecto, el farol de hojalata, el candil de latón, el plato actual, usado y descascarillado ligeramente, el grabado moderno adecuadamente envejecido, el cántaro enmohecido, el libro descuajaringado, etcétera, eso da dinero. Tanto, que uno puede comprarse una vajilla, usarla durante tres o cuatro meses y venderla como antigüedad por el triple de su precio. El mercado anda desquiciado por el momento y se confunde fácilmente lo viejo con lo antiguo, lo original con lo falso, lo artístico con lo artesano.

En pocos meses se puede cuadruplicar el capital inicial y más ahora, con los turistas, que se imaginan, los pobres, que vivimos tan atrasados como para venderles un Greco auténtico sin saber que lo es.

b) Meterse a proxeneta. Y más en zona turística. Es creencia falsa, aunque generalmente aceptada, que los extranjeros viven en jauja y se acuestan con las extranjeras tantas veces como se les antoja. Lo cierto es que ellos, por diversos motivos, también andan frustradillos e insatisfechos. Y, aunque no sea así, la tentación de probar productos típicos, "made in", siempre aporta clientes.

Para el negocio en sí, basta contar con una plantilla de mujeres aguerridas y bien entrenadas, inasequibles al desaliento, más provocativas que atractivas, más soeces que mojigatas. Buscando, también es posible adquirir carne extranjera para el negocio y en suma, el proxeneta no arriesga nada (excepto la cárcel), pues se limita a representar a sus patrocinadas. Ellas hacen lo demás. A ellas se lo hacen, vamos, y el pájaro cobra sus buenas piezas de a ocho mientras dura la juerga.

Inconvenientes: generalmente esta profesión no está bien vista, pero, quien éste libre de pecado... ¿eh? Peor era vender esclavos, y se hizo. Peor es comercial con los emigrantes y se hace. En estos tiempos en que uno se vende a sí mismo ¿porqué no va a alquilar a las demás? Si hay mercado... Y lo hay, lo hay a pesar de que esta es una mercancía que no ha cambiado de envase desde la más remota antigüedad.

c) Adulterar. ¿El qué? Todo. Si usted tiene genio de adulterador nato, no lo dude y láncese a ello. Corre peligro, por supuesto, y la cosa no es tan segura como lo de las antigüedades, pero hay mucho tío listo que vive y prospera en el negocio: ¿porqué un primerizo iba a tener peor suerte? Además, la lista de productos que se pueden adulterar es igual a la lista de los que se pueden vender o comprar, es decir, innumerable.

Se pueden rellenar bolsitas de plástico con grasas baratas y esencias y venderlas como salchichas, chorizos o morcillas. Se puede enlatar fécula de patata mezclada con almidón y grasa de ballena y venderlo por "foie-gras". Se puede echar almidón y yeso a la leche, etc.

Otra forma de adulterar consiste en vender una calidad por otra. No hay más, por ejemplo, que comprar diez mil botellas de aceite de soja, cambiarles las etiquetas y venderlas como si fueran de oliva. Puede importar carne de cebú o de camello y venderla enlatada como si fuera de ternera. Puede... En fin: para más información los interesados deberán leer la prensa diaria, verdadera cátedra de la ciencia de la adulteración, teniendo en cuenta que lo que se publica ha sido ya descubierto.

Por último, saltemos por encima de mil variantes de enriquecimiento, algunas sumamente sofisticadas como puede ser incendiar los bosques ajenos y esperar después a que suba el precio de la madera de los propios. Los caminos son muchos y todos están sembrados de espinas, pero con vocación y perserverancia se consiguen milagros. No se menciona, tampoco, el asunto de las especulaciones de terrenos, empresa que, por su propia magnitud, está reservada a los que ya son ricos.

Sin embargo, si alguno se enriquece con los procedimientos que aquí se citan y tiene hígados para continuar, que no lo piense mucho: las tierras, con el aquel del turismo y del crecimiento urbano, son el campo más adecuado para sacar buena tajada a cambio de no mucho.

Y para terminar citaremos los


Tres sistemas dificilísimos

Y que, por supuesto, son menos seguros que todos los anteriores, pero, eso sí, más decentes. (Aunque esto, dado que el dinero ni habla ni conserva los olores, es lo de menos, ¿no?)

a) Tener ingenio y hacer o inventar algo que los demás no puedan imitar. Si hay suerte y construye un motor revolucionario o escribe un libro como Papillón, se hará rico. Inconvenientes: hace falta tener ingenio y, sobre todo, saber cómo aplicarlo. Es sin embargo un sistema y el mundo van y vienen individuos que deben su fortuna exclusivamente a su imaginación, no crean.

b) Invertir la infancia, la juventud y parte de la madurez en los estudios. Ser el primero de su promoción y el número uno en cuantas oposiciones se participe. Tener paciencia. Tener medio quilo más de sesos que el resto de la especie y demostrar que realmente uno vale un imperio. Por este camino la riqueza tarde en llegar, pero se pueden percibir sueldos interesantísimos que hagan innecesario el enriquecimiento absoluto. Todo aquel que haya cumplido los treinta debe olvidarse de este sistema: puede que tuviera sesenta al empezar a gozar de los resultados.

c) Ahorrar. E invertir. Y ser honrado (pues la honradez paga dividendos de vez en cuando). Y encontrar buenas formas de gestión empresarial. Y encontrar buenos socios de la misma talla que uno, y reinvertir los beneficios y expansionar la empresa... No crean: conozco a una buena porción de gente que ha obrado así, y, los que no han quebrado, son ya ricos o están en camino de serlo. Y esto, a pesar de que el mundo es muy puñetero, algo querrá decir. Y algo muy importante, además.


Publicado en el Diario Menorca el 24 de abril de 1974.

Las siete mujeres feas

Fábula del país de los Cretinos


Siete mujeres feas estaban paradas en la calle, quejándose de su desgracia y lamentando la ausencia de un amor en sus vidas. Como la belleza produce egoísmo, así la fealdad da lugar a angustias de extensa sintomatología. Pasó por allí una octava, guapetona, cara-de-ángel, culirredonda y pechienhiesta.

—¿Por qué os quejáis? —les preguntó.

—Porque somos feas.

—¡Ah! Antiguas es lo que sois, porque hoy todo tiene remedio.

—¿Sí? ¿Podremos ser guapas? ¿Tanto como lo eres tú?

—Naturalmente. ¿Veis que elástico y levantado tengo el pecho? Pues es gracias al Cruzado Mágico Tetín, el mejor. Su peculiar diseño hace de la ubre más flácida el seno más clásico, erguido y turgente. Usad el Cruzado Mágico Tetín y veréis lo que es canela en rama.

Y las siete mujeres feas corrieron a comprarse el cruzado ése. Se lo calzaron y, al momento, sus pechos fueron idénticos a los de la mujer guapa. Pero quedaba algo más y lo descubrieron al mirarse al espejo: tenían barriguita y el culo fondón y, en la cabecera de los muslos, dos copos de grasa que hacían muy feo al llevar pantalones.

De manera que, decepcionadas, se pusieron a llorar otra vez en mitad de la calle, y su desesperación era mucho mayor que antes, porque los hermosos senos hacían resaltar mucho más sus otros defectos.

Otra mujer guapa, que pasaba por allí, se apiadó de ellas:

—¿Qué os sucede?

—¿No lo ves? Que tenemos un hermoso busto, pero nuestras caderas son feas y nuestros muslos y nuestros traseros... ¿Qué será de nosotras ahora? ¿Cómo podrán los hombres enamorarse de nosotras y tomarnos en serio?

—¿Sólo es eso? Fijaos en mí.

En efecto: la mujer tenía las caderas redondas, de las que reclaman azotes masculinos, y los muslos macizos y bien dibujados. Estaba bien, pero que muy bien cuajada y esto hacía palidecer de envidia a las sietes feas:

—¿Cómo podremos nosotras estar así algún día?

—Muy sencillo —dijo la guapa—. No tenéis más que usar la Faja Adelgazante Muslín, que va desde el ombligo hasta las rodillas y que os permitirá llevar los pantalones más ceñidos del mundo.

Las siete mujeres feas le dieron las gracias a la guapa y corrieron como locas a comprarse siete Fajas Adelgazantes Muslín para represar sus siete barriguitas prominentes. Y el efecto fue sensacional: se les puso plano el trasero, se les redondearon los mulsos y se les resumió el vientre.

Pero entonces, ¡oh, fatalidad!, descubrieron que sus pantorrillas quedaban feas y desproporcionadas con el resto de su hermoso cuerpo y comenzaron a llorar de nuevo a lágrima viva; más aún que antes, porque les parecía injusto haber tenido la belleza tan cerca y renunciar a ella a causa de sus condenadas pantorrillas. Otra mujer guapa se interesó:

—¿Qué os pasa? ¿Qué pena tenéis?

—¿No nos ves? ¿No te das cuenta de lo terribles que son nuestras pantorrillas? Cualquier hombre que nos vea con tan buena figura y que luego nos mire las pantorrillas no querrá saber nada de nosotros.

—La solución —dijo la guapa— está en vuestra mano. Haced como yo y usar las Medias Descanso Tobillín, que revelan la belleza escondida de vuestras piernas.

Y así fue: con las Medias Descanso Tobillín todo quedó arreglado, pero ¿creeréis que sirvió de algo? La belleza es una equilibrada sensación de conjunto, pero depende de cada uno de los detalles, y, así, tan pronto como los tipos de las siete mujeres feas quedaron a la moda, descubrieron que su cutis era desastroso, tanto que más que cutis parecía el pellejo de una gaita.

Desoladas, no se les ocurrió otra cosa mejor que ponerse a llorar y a gritar en mitad de la acera, porque una se puede encorsetar las carnes hasta que toman la forma adecuada, pero no existen fajas para la nariz mal hecha, ni medias para las mejillas colgantes, ni cruzados mágicos para los ojos inexpresivos.

—¿Qué os sucede? —les preguntó la mujer guapa de turno.

Y las siete feas le respondieron a coro:

—¿No lo ves? Los hombres nos mirarán por la espalda y, atraídos, vendrán a hablar con nosotras. Entonces nos verán la cara, se sentirán estafados y huirán.

—¿Y sólo se os ocurre llorar?

—¿Qué podemos hacer? Esto es irremediable.

—No, tontinas. Usad el Plan Pómez, Belleza en Siete Horas. Ya veréis como cambia vuestro cutis y todos se enamoran del frescor juvenil de vuestra piel y de su naturalidad.

Las sietes mujeres feas no tenían nada que sospechar de estos consejos: ¿acaso los anteriores no les habían dado resultado? Naturalmente, ellas, a fuerza de dinero y de perseverancia, terminarían por ser hermosas y entonces... ¡Ah, entonces! Las puertas del amor y de la felicidad quedarían abiertas de par en par, porque les habían dicho —y ellas lo creyeron— que la belleza es la clave de la vida y del éxito de una mujer.

Así, pues, usaron el Plan Pómez, Belleza en Siete Horas y, pasado el tiempo y realizadas las manipulaciones necesarias, su cutis quedó semejante a la piel de un niño. Las imperfecciones de su cara apenas si resaltaban y se sentían casi felices. ¿Casi? Sí, porque ahora veían que les hacían falta colores y sombras, y todo eso que da atractivo a un rostro correcto.

Y las siete mujeres feas volvieron a lamentarse y a maldecir el día en que pisaron por primera vez el mundo, hasta que otra guapa, apiadada, les confió su secreto:

—Usad los Colorines y Sombras Ojazos y os sorprenderán los resultados.

¿Les sorprendieron realmente? Es muy posible que sí, porque nadie hubiera sido capaz de reconocer a las siete mujeres feas del principio en aquellos siete guayabos sonrosados, piernilargos, ojigarzos, boquirrojos y culiprietos. Algo, sin embargo, no estaba a tono: su pelo, descuidado, tropezaba con su maravillosa línea, pero rápidamente una buena amiga les da el consejo:

—Poneos el champú, el plis y la laca Pelín, y ya veréis como habréis topado con vuestro cosmético más importante.

—¿De verdad?

—¿Qué me decías de mi melenita? Pues se la debo a Pelín.

Y ellas, a los pocos minutos, disponían de una melenita igual de brillante y de flexible, todo gracias al champú, la laca y el plis de Pelín. Satisfechas del espejo, las siete mujeres feas que tan guapísimas estaban, se miraron y se pusieron a hacer planes:

—Ahora —dijeron— ya nada se interpone entre nosotras y la felicidad.

Pero no se sentían felices, sino, más bien, encajadas, paredadas, represadas, cinchadas, artificiales y falsas. La felicidad, pues, no hizo acto de presencia por el momento y fue mejor así, porque no hubieran podido prestarle atención a causa del tiempo que necesitaban para cuidar de todos los artificios que llevaban encima.

—Lo mejor que podemos hacer —decidieron entonces— es encontrar a siete hombres y casarnos con ellos. Entonces sí que la felicidad no tendrá más remedio que presentarse.

Y, dicho y hecho, salieron a la calle moviendo los bultos y las hondonadas, los valles y los desfiladeros y, poco después, siete hombres jóvenes, altos y modernos las siguieron diciéndoles piropos.

—Nosotras —les respondieron ellas— somos chicas muy decentes. Si nos queréis para algo, antes tendréis que casaros con nosotras.

Los jóvenes dialogaron y, como las siete eran muy guapas, decidieron que sí, que se casarían al momento para ser los catorce, por parejas, todo lo felices que necesitaban y deseaban ser. Y, así, mientras ellas soñaban en su futuro hogar y ellos en el momento de la soledad nocturna y calurosa, llegaron a la iglesia y se casaron alegremente.

Después, cuando anochecía y, a poniente, las nubes se volvían rojas de rubor, tomaron una copia de champán y se despidieron: cada una de las siete feas se fue con cada uno de los siete jóvenes. Subieron escaleras. Abrieron y cerraron puertas. Atravesaron corredores y se escondieron, amartelados, en lo profundo de las alcobas.

Allí, en el cuarto de baño, cada una de las feas se fue despojando de sus artificios: primero, se cepillaron el pelo hasta que les quedó liso y sin brillo, como antes. Luego, se lavaron la cara y, de debajo, les salió la otra, la antigua, la de mujer fea. Después, al bajarse las medias, aparecieron las pantorrillas terribles y, más después aún, al descincharse los arreos del cruzado mágico y la faja adelgazante, volvieron a ser las mujeres feas del principio.

Cuando sus flamantes maridos las vieron así, sólo supieron decir esto:

—Buenas, señora: ¿no estaba aquí una mujer guapa y joven?

—Pero, si soy yo, cariñín.

—¿Tú?

—Sí, yo, cielito.

—¿Y qué te has hecho?

—Me he quitado las cosas.

Sí. Se había quitado la gracia, por ejemplo; el encanto, la juventud, la elasticidad, la línea... todo, todo hasta que solo quedó la primitiva mujer fea tal y como su madre la parió. Y el marido reciente, que no contaba con las carnes desatadas de su novia, se dio a la huida hasta desaparecer de esta fábula.

A la mañana siguiente, seis mujeres lloraban su desgracia en la mitad de la acera. La séptima bien fajada, pero menos peripuesta que el día anterior, se acercó a ellas:

—Amigas, ¿qué os ha sucedido?

—Que al quedarnos a solas nos quitamos todo lo que habíamos comprado y, cuando nos vieron así nuestros maridos, huyeron para siempre.

—¿Y cómo se os ocurrió hacer esa tontería?

—Es que no podíamos dormir con todo eso puesto, mujer.

—Fuisteis una simples.

Las seis mujeres feas miraron con detenimiento a su antigua compañera y quisieron saber su aventura:

—Yo conservo a mi marido. No es tampoco la felicidad, por supuesto, pero algo ayuda.

—¿Y cómo no se te escapó?

Ella entorna los ojos y se ríe con picardía y sarcasmo:

—¡Ay, niñas! Yo apagué la luz.

Naturalmente que, un año después, cuando el séptimo marido de la séptima fea se levantó de noche para beber agua y encendió la luz, descubrió todo el enredo. Pero el pobre hombre ya se había acostumbrado y no tuvo corazón para huir.

Ella, entonces, fue aflojándose cada mes un espacio de la faja y al cabo de otro año iba y venía por el mundo tan fea, gorda, culiancha y pechicaída como al principio, sólo que tenía marido y tranquilidad y muchos menos complejos.

Moraleja para los hombres: no compres a ciegas, toca la mercancía.

Moraleja para las mujeres: vete a un gimnasio o aprende a apagar la luz a tiempo.


Publicado en el Diario Menorca el 2 de mayo de 1974.

Tres finales para un cuento

La historia —ésta, al menos— empieza así:


"El hombre exclamó: esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne" (Génesis, 2, 23).


"Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, sin avergonzarse de ello" (Génesis, 2, 25).


"Vio, pues, la mujer que el árbol era bueno para comerse, hermoso a la vista y deseable para alcanzar por él sabiduría y tomó su fruta y comió y dio también de él a su marido, que también con ella comió" (Génesis, 3, 6).


Se trata, pues, de una triste y larga historia que ha tenido muchos finales, ninguno definitivo, ninguno excesivamente distinto. Se trata del primer pecado de la humanidad, que no fue la desobediencia, que no fue el orgullo, sino el hecho claro y contundente de que Adán y Eva no estaban casados. Así, como suena: no realizaron más ceremonia que la de buscarse un rinconcito donde experimentar sus anatomías.

Ignoro si hemos mejorado o no desde aquel entonces. Ellos no estaban casados, sí, pero es que no podían estarlo, porque, siendo los dos únicos seres humanos de la Tierra, ¿quién iba a oficiar? Ahora, en cambio, hay oficiantes y, aún así, son muchos los que siguen prefiriendo el sistema de Adán y Eva, y son más todavía los que vienen a estar desnudos y a ser una sola carne sin experimentar ni vergüenza ni intranquilidad.

El cuento que pretendo explicarles no es el de que Adán y Eva comieran de la manzana, sino la especial circunstancia que les permitió llegar a hacerlo, a saber: que eran hombre y mujer y estaban solos a merced de su mundo, a merced de su carne y a merced de su demonio. Visto así, éste es un cuento que nunca termina.


Segundo Acto. —De la tragedia. También de la comedia, porque, si es trágico que el hombre, para sobrevivir y perpetuarse, tenga que asociarse con una sola mujer, es cómico que la mujer, para vivir en sociedad y poder andar con la cabeza muy alta, tenga que soportar a un solo hombre.

En este segundo acto Rosita va a tener un niño y se siente llena de gracia pese a los malestares y el miedo. Juan, que es el responsable de todo esto además de su marido, trata de hacerle la vida cómoda; primero, porque está enamorado de Rosita; segundo, porque quiere que su hijo nazca sin problemas.

Y así, Rosita, sin darse cuenta, va haciéndose una tirana. Tiene, primero, un antojo sencillo, y Juan la ayuda a satisfacerlo. Luego, se empeña en ir a bailar una noche. Y, después, en comprarse tal bata que es un encanto. Y, más tarde, decide que quiere atracarse de langosta. Otras veces, cuando Juan quisiera bajar al bar a jugar una partidita o salir al campo en el utilitario un domingo por la mañana, Rosita se siente enfurruñada y dice "no".

Ya no es tiempo de cambiar de conducta. Nueve meses son muchos cuando una mujercita ha decidido desquitarse, y a los maridos les toca aguantar y decir amén y sonreír con aire resignado cuando a ellas les da por pedir una cubertería o un servicio de café de moka. A veces se cede tanto y tanto que, después del parto, es imposible reanudar la vida normal y los hombrecitos débiles se encuentran casados para toda la vida con mujeres caprichosas, cabezotas, tiránicas y propensas a la pataleta y al grito.

Otro día, Juan tiene que perder una hora de trabajo para llevar a Rosita al cine. Cuando es su cumpleaños y decide invitar a casa a algunos amigos a tomar una copa, Rosita no está de humor. No quiere, tampoco, preparar nada de comer ni fregar después lo que se ensucie, y Juan, muy serio, renuncia a la fiestecita y les explica a los amigos que Rosita, con eso del embarazo, no se encuentra muy bien. Y traga quina. Y se consume de ganas de dar un grito. Y se pregunta si Rosita le ha querido alguna vez o simplemente le utiliza de bufón y modus vivendi.

A Rosita se la llevan por fin al quirófano y poco después sabe Juan que es padre de un varón que pesaba tres quilos y medio al nacer. Quiere ver a su mujer, pero no le dejan, porque Rosita tiene que descansar. Él, entonces, piensa en los nueve meses que ha pasado; en los trescientos ochenta caprichos tontos que ha soportado, en las doscientas setenta noches de televisión, casa y soledad, y decide que ya está bien.

Sale; busca a los amigos. Les explica que es padre, que todo ha ido bien. Les regala un puro a cada uno. Les invita a una copa y, después, a otra. Alguien propone llegarse hasta una discoteca y, así, Juan echa por la borda tanto y tanto tiempo de bueno comportamiento y mala vida.

Rosita, en el hospital, se despierta y quiere ver a Juan, pero él ya no está: a su modo ha escogido la libertad, no porque no quiera a su mujer, no porque no esté satisfecho del buen parto, sino porque Rosita se pasó de rosca muchas veces.

Rosita llora entonces. Deja caer sobre el embozo lagri