Texto: Don Dimas y su Última Aventura
de Arturo Robsy


Cuento


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Don Dimas y su Última Aventura

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Fragmento de Don Dimas y su Última Aventura

Le encendieron un cirio y le rezaron, con el cura a la cabeza, las oraciones de rigor. Pobre Don Dimas, tan bueno... Tan cumplidor ... Tan sin mala fe... Tan amigo de los favores... Tan desinteresado...

Echando cuentas resultó que a Don Dimas le conocían en la ciudad arriba de trescientas personas. Todas ellas vinieron a hacerle los últimos testimonios; a darle la última simbólica palmadita en el hombro y a sonreírle: "Hala, Dimas. ¡Adelante! Ahora es cuando empiezas". Es preciso manifestar algún dolor y, además las muertes de nuestros conocidos impresionan demasiado: nos entra la angustia de saber que, tarde o temprano, pasaremos por el tubo y nos quedaremos tan quietos, tan fríos y tan brutalmente callados como ellos están; y, sobre todo, el pánico de la propia vida, de esa vida que a ciegas nos empuja y nos roba la salud; de esa vida que se nos va de las manos cuanto más hacemos por mantenérnosla.

Don Dimas lo agradecía todo silenciosamente: para él se había desvanecido el mundo o, al menos, se había atenuado su presencia. En el mundo, sin embargo, nada sucedió con la muerte de Don Dimas. No se suspendió la conferencia del intelectual de derechas, ni el baile (cada noche, oiga, cada noche) en la discoteca; ni los novios dejaron de arrullarse y zuritar a la primera oportunidad; ni los niños olvidaron hacerse pis en los pañales secos; ni las gentes abandonaron sus cigarrillos o sus máquinas. A todos los efectos, Dimas pudo no haber existido.


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5 págs. / 9 minutos.
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Publicado el 31 de marzo de 2019 por Edu Robsy.


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