El Genio

Relato satírico

Arturo Robsy


Cuento


El salón estaba atestado de gente.

Por entre las innumerables mesas repletas de canapés de colorido aspecto y champaña, mil corros de personas lanzaban al aire sus sordos murmullos de arpegios sombríos.

Aquel día o, mejor, aquella noche, el Círculo Artístico celebraba un soberbio homenaje a uno de los más grandes escritores de la época.

Tanta y tan repetina había sido la fama de Miguel Lucas, que todavía ni un solo afcionado a las Letras había podido recuperarse de la agradable impresión que le produjo haberse topado con un libro suyo.

Lucas era el nombre que estaba en todos los labios. Lucas era el nombre que había dado en el espacio de pocas semanas la vuelta al mundo. Lucas era el nombre por el que las grandes editoras peleaban por lucir sobre las multicolores tapas de sus volúmenes.

Sus novelas eran calificadas de Divinas.

Sus poesías de Susurrantes.

Sus obras de teatro, al parecer de los entendidos, tenían el mensaje de un alma atormentada e inquieta en toda su honda crudeza.

Sus guiones cinematográficos... ¡Bueno! Sus guiones eran algo nunca visto, algo que desbordaba todos los límites de una imaginación calenturienta, vanguardista y adelantada.

Quien no había leído a Lucas, o bien se retiraba de todas las tertulias sociales o bien corría a la librería más cercana en busca de alguna de sus colosales obras.

* * *

—¿Ha leído usted el último guión de Lucas?

Esta pregunta se formulaba esa memorable noche del agasajo.

—¿Cuál de ellos? ¿"La perfidia"? ¿"También"? ¿"el alma viaja sola"?...

—No, no. Este a que me refiero se llama "La moneda se perdió".

—Es un título que ya de por sí dice mucho.

—¡Ni que decir tiene! Los personajes sólo dicen: "¿dónde está la moneda?". El resto de la obra es simplemente de relleno.

—Yo — interrumpió un tercero— ven en este argumento un desesperado esfuerzo de Lucas para hallar el fin ontológico que guía los pasos del hombre. Todos son acentos patéticos y tristes que se levantan a cada frese implorando, ordenando, buscando un "aquello" universal para cada cosa.

—Ciertamente Lucas es un hallazgo valiosísimo para nuestras Letras. Hará historia.

Una mujer elegantemente vestida con un precioso traje de noche se acercó al grupo.

—Querido, no ha llegado todavía, ¿verdad?

—No, no.

—¿Qué puede pasarle? Creo que voy a desmayarme de angustia si tarda un minuto más en venir.

—Paciencia, Luisa, paciencia. Ya sabes que es un hombre tan lleno de pensamientos, que es muy posible que en estos momentos esté dando rienda suelta a su mente en busca de las nuevas regiones del espíritu.

—¡Sería tan lamentable que se olvidase de nuestra reunión!

—No tema, señora: debe de estar al caer.

—¡Cómo deseo que sea cierto lo que dice, Marcos!

—Lo es. Realmente lo es.

—Le creo, amigo.

Un gran alboroto hacia la entrada señaló lo acertado de las suposiciones del serñor Marcos.

Los grupos de damas y caballeros habrían paso a un hombrecillo pequeño y vivaraño que avanzaba entre un océano de manos tendidas con gesto amistoso y cariñosas palmaditas en los hombros.

Lucar era, según el parecer de los menos exaltados, sumamente feo. Dentro de su esplendoroso smoking, daba la impresión grotesca de no ser más que un pobre chimpancé enjaulado.

No se había tomado la molestia de corresponder a uno solo de los saludos y caminaba, a través de un delirante público, hacia el centro de la sala, envuelto en un impenetrable mutismo.

—Nunca habla.

—Sus ideas lo ocupan todo en él.

Alguien empezó a hablar en voz alta.

Luego, una salva de aplausos.

Tres ellos el hombrecillo se levantó.

Un silencio devoto se espació por doquier.

Lucas contempló unos instantes a la multitud.

Y luego dijo con una desafinada y desgradable voz de marcado acento murciano:

—Gracias, muchas gracias.

Pareció como si un tifón hubiese estallado en el interior de la vastísima sala. Mercería, sin duda, la pena haber aguardado dos horas por el placer de haber escuchado aquellas tres palabras y haber visto a aquel maravilloso hombre que era dueño de una de las mayores inteligencias del mundo.

—¿Algo para la prensa? —dijo alguien.

—Sólo digo —contestó Lucas— que es difícil para mí, sí, muy difícil, marchando en estos caminos, buscar algo que no sea yo mismo, y mi proyección sobre el cosmos que está sobre mí. Quizás esté equivocado.

—Muchas gracias, señor Lucas.

Nuevos aplausos y nuevos vítores.

Pero el señor Lucas sí supo encontrar hábilmente en el maremagnum de gentes que iban y venía a su alrededor una mesa cubierta de deliciosos canapés y exquisito champaña. Nada dijo ya durante toda la velada. Le habían enseñado muy bien que no se habla con la boca llena.

Las gentes habían encontrado a su profeta.

Sin embargo, fuera, un hombre cubierto con bastas telas, de mirada triste y profundos ojos, de haberle escuchado, les habría dicho mucho más.


Publicado el 15 de julio de 2018 por Edu Robsy.
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