El Hombre del Río

Arturo Robsy


Cuento


Si usted desea llegar a Encinar, no tiene más que acercarse al Tajo desde Madrid y allí, a las orillas del río, encontrará un pueblo moderno, modelo de limpieza y pulcritud, donde vivió Antonio. Pero, antes, no se deje engañar por la bifurcación de la carretera: en ambos lados pone "Encinar". Tome usted el de la derecha, porque el otro conduce a un pasado muerto y ahogado: justamente al del antes citado Antonio.

Antonio nació molinero por la misma razón que su primo Eugenio nació carpintero, y su amigo Calixto, labrantín: su familia, que era dueña y señora del único molino del lugar, asentado sobre el río que movía perezosamente las enormes palas puestas contra la corriente. Pudo, como Salvador, nacer sacristán, pero no estuvo ahí la suerte y el molinero se quedó para toda la vida desde mil novecientos diez, fecha en que su madre, primeriza en esto, empezó a quejarse de fuertes dolores, y su padre salió disparado en busca del señor médico.

Y el Tajo, desde el principio, entró a formar parte del cuerpo y de la sangre del recién nacido Antonio. Ya la primera noche, en la aceña, la pasó oyendo el batir de las palas, pues no se pudo interrumpir el trabajo hasta la madrugada; y, aún después, la corriente siempre tiene un rumor especial a distancia, a camino reposado, que se cuela por detrás del alma y se instala definitivamente cerca del corazón.

Y cerca del corazón lo llevó él, y de las nalgas, que en más de una ocasión volvía, de niño, rebozado a casa con la pobre excusa de un empujón a mala uva, y le tenían que dar unos cachetes, más por la suciedad que por la mentira.

Supo bien pronto Antonio fabricar los mejores sedales de Encinar y hacerse con buenos trofeos en la pesca que, invariablemente practicaba los festivos y, también, algunos laborables en que el maestro se ponía particularmente pesado con el seis por siete y la maldita música de las tablas de multiplicar; en compensación, en la aceña se comía el barbo y la carpa con harta asiduidad, y se remendaban, con igual frecuencia, los pantalones del chaval que, por entonces, no era excesivamente cuidadoso.

Y luego se echó a navegar en viejos troncos o pedía por favor al viejo Lucas, dueño de una barquichuela, que le llevase con él cuando iba a pescar con las alcabalas. Y soñaba, así, en irse con la corriente hasta el fin del mundo, mucho más lejos de donde se podía mirar, y ver, allí, a los hombres de la otra tierra y decirles cómo y por qué se hace un buen aparejo.

Y también en el bote tuvo su primera aventura con una moza cuando el bozo se le volvió sólida barba y él paseaba con orgullo su cara recién cortada en el afeitado. La moza dijo "sí", pero, luego, nada: había mentido —según explicó— porque se asustó al estar en medio del río a merced de Antonio.

—¡Si se llega a enfadar me tira al agua! —murmuraba por toda excusa; y no hubo historia.

Después, otras muchachas pícaras y menos timoratas se lo llevaron muchas veces a la mitad del Tajo en busca de una aventura que nunca llegó. Su madre había cuidado de advertirle: "mira bien lo que haces con las mozas, hijo, que ésas lo que quieren es pillarte; así que las manos y solamente las manos".

Y, a todo esto, Antonio se había convertido en un mocetón sonrosado y poderoso, con el cuello de toro y los brazos abultados a fuerza de cargar sacos de grano y devolverlos de harina. Además, era un guapo que se traía de calle a media población femenina de Encinar. Tenía fama de brusco y sus desplantes los conocían en varias leguas, como cuando le dijo al alcalde que se fuese a mangonear a las tierras, que el río no es de nadie y en el Tajo solo manda Dios. A punto estuvo el alcalde de enviarle a la benemérita para que, a la próxima vez, pensara mejor sus palabras; fue una suerte para Antonio que la máxima autoridad del pueblo recordase que su aceña era la única de la localidad y que, en las tierras del alcalde, la mies, segada y lista para la trilla, tendría que ir pronto a la molienda.

Luego, con la guerra, Antonio se echó a espacios más libres y se supo batir como dios manda hasta que le acertaron en una pierna y le dejaron cojo para toda la vida, y con los oídos más abiertos que nunca para escuchar la corriente e imaginar su mundo especial donde el movimiento lo regía todo: el molino; las aguas, corriendo hacia abajo; las mozas, delante de él; los maridos, detras, y el bueno del cura también, para sacarle, de una vez por todas, los diablos del cuero que, aunque cojo, llevaba camino de pecador impenitente.

Y se casó con la más hermosa del momento y, la misma noche de bodas, hizo callar a su mujer con un gesto violento:

—Escucha —dijo— ¿Lo oyes bien?

Ella, Ramona, lo oía perfectamente: el agua, chocando contra las palas trabadas, era un ruido que acababa con sus nervios y con su paciencia.

—Pues a ver si dentro de veinte años lo oyes todavía —avisó Antonio—. Estas cosas se tiene que escuchar cada día para que la vida vaya bien.

Ramona dijo que sí sin comprometerse a nada, y al cabo de dos semanas ya ni notaba el roce de la corriente, porque, para ella, el mundo seguiría girando sin necesidad de hacer las majaderías de su marido.

Y así pasaron los años y los hijos, unos tras otros, sin dejar huellas extremas ni experiencias inusitadas. Cada año tenía su siega, cuando el grano estaba del mismo color que el oro, y, después, la trilla, el trabajo de los aventadores y, por fin, el ruidoso girar en la aceña, que crujía a cada vuelta de las enormes muelas de piedra.

Pero eran ya tiempos de paz y, por lo tanto, de progreso, según decía el señor maestro: y lo principal era ir siempre hacia arriba, cosa que no gustaba a Antonio, acostumbrado al río y a su ejemplo, que iba siempre hacia las tierras bajas.

—Digo yo —razonaba— que lo importante sería hacer las cosas más sencillas y para más gente.

Pero esto se oponía al espíritu del siglo, al progreso ininterrumpido de la humanidad, y a los cohetes que acababan de levantar en el cielo el primer satélite artificial, siempre según el maestro.

Y, quizá de tanto mentarlo, el progreso llegó a Encinar y Encinar entero tembló alarmado, porque el progreso tiene de cerca muy mala cara. Era, ni más ni menos que la política hidráulica. En algún lugar un hombre que confiaba en el futuro decidió que era preciso construir un embalse allí, en Encinar, sobre Encinar; de este modo el regadío beneficiaría a miles de hectáreas que vivían del barbecho (la gente culta no cuenta por fanegas) y, de paso, se obtendrían enormes cantidades de kilowatios/hora, de electricidad para las máquinas y para el trabajo.

Y Antonio, en silencio, iba a visitar cada día las obras de la presa, y en silencio volvía, pero mucho peor que cuando salió. Se marchitaba el molinero solo de pensar que abandonaría aquellos lugares donde chapoteó de crío y donde persiguió a las mozas, y en vano le explicaban las ventajas que todos, incluso él, obtendría del embalse.

—Ya sé —decía—, ya sé que nos están construyendo un pueblo nuevo.

Pero, ¡qué mal sonaba eso de pueblo nuevo! Nunca imaginó que pudiera existir uno recién hecho, porque los pueblos, para él, eran como las montañas y los ríos, y estaban allí desde el principio, desde que el Señor quiso que la gente viniera al mundo a resolver sus propios asuntos.

Luego llegaron unos señores con muchos automóviles. Las aguas habían crecido peligrosamente y la aceña estaba inundada del todo. Ellos traían las órdenes: el pueblo, Encinar Nuevo, estaba terminado y los vecinos debían hacer la mudanza en los caminos lo antes posible.

Antonio se puso colorado y miró hacia su viejo molino. Los amigos, Calixto, Salvador, Eugenio, los vecinos, también tristes, comprendieron su gesto: costaba mucho abandonar aquel terruño y olvidarse del pozo viejo y de la parra y del cementerio...

Se habían pasado la vida maldiciendo aquellas cuatro piedras y ahora llorarían al dejarlas.

Ramona le tiró de la manga:

—Vamos, Antonio; déjate de monsergas —y es que a ella también se le humedecía la nariz—. Aquí ya no hay nada que hacer.

—Ya sé, ya sé, mujer: voy a vivir mejor pero, ¿sabes? nunca será lo mismo —dijo, y sonreía con cinismo, como en los viejos tiempos.

Un año después, Antonio, el aceñero, el hombre del río acunado por el Tajo desde que nació, abandonó Encinar Nuevo y abrió una taberna en Madrid que se llamaba Las Encinas.

Nadie más le oyó hablar del río, y sus motivos tendría para guardar tanto silencio.


26 de septiembre de 1972


Publicado el 25 de marzo de 2019 por Edu Robsy.
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