El Séptimo Día

Arturo Robsy


Cuento


No sé muy bien qué puede suceder en las próximas horas, pero algo terrible y cruel está por sobrevenirnos a todos. Cuando en el boletín informativo de la mañana de ayer aparecieron los primeros síntomas, la humanidad, que tiene más de gallinero que de Universidad, empezó a sonreir y a suspirar llena de júbilo. Hoy, naturalmente, la misma humanidad ha empezado a recapacitar; al menos esa parte de ella que dice ser civilizada.

Ayer empezaron a llegar noticias confusas de que todas las guerras conocidas habían cesado. Al menos no se disparaba en ninguno de los frentes ni en ninguna de las selvas, desiertos y ciudades donde se acostumbra a disparar. Ni en Afganistán, ni en ningún lugar de Indochina, ni en Irán, Irak, Líbano, Camerún, Sahara, Vascongadas, Irlanda, Angola, Sudáfrica, Mozambique, Eritrea, El Salvador, Nicaragua...

Un alto el fuego, decían los corresponsales de todas las guerras, los testigos de todas las habituales matanzas. La tranquilidad reina en tal sitio. Un tenso silencio planea sobre los ejércitos. Los enemigos se vigilan pero parecen haberse tomado un descano. ¿Será — se preguntaban todos por separado — que están preparando la ofensiva definitiva?

Los corresponsales, claro, fueron los últimos en comprender la realidad. Los que lo vieron claro desde el principio fueron los jefes de redacción de prensa, radio y televisión: aquí, nada; allí, tampoco. ¿Qué sucede? ¿Ha empezado alguien a razonar? ¿Han servido de algo las oraciones del Papa? ¿Se nos ha escapado algún acuerdo secreto?

Las mismas naciones contendientes y los grupos terroristas participaban del asombro general. Lejos de ellos el funesto hábito de la paz, habían, sin embargo, hecho enmudecer sus armas. Sabían, por supuesto, algo más, el truco, la clave de aquel día sin sangre, de aquel día blanco entre tantos rojos y crueles, pero callaban obstinadamente y hacían trabajar a sus Servicios de Información.

A mediodía la noticia, pregonada por ediciones especiales y por emisiones exaltadas, era ya definitiza: la Paz había caído por fin sobre este sangriento planeta y, por si fuera poco, ninguna agencia había informado sobre los habituales atracos y tiroteos callejeros entre policías y ladrones.

— Esto último — había comentado un informador optimista — es debido, sin duda, al júbilo con que la humanidad acoge el primer día de auténtica paz en los últimos cincuenta años.

— Tonterías. — respondía un iluminado de los tantos que infestan la buena sociedad — Esto es, sin duda, el anuncio del fin del mundo. Dentro de muy poco veremos bajar a los arcángeles trompeteros.

Entrevistado con urgencia, el Secretario General de las Naciones Unidas se había mostrado cauto, extraordinariamente precavido y cínicamente avisado: "mientras sea para bien...".

— ¿Quiere usted decir que no considera a la paz como un bien en sí misma?

— Quiero decir — respondió aquel hombre que conservaba la cabeza sobre los hombros — que la Paz no equivale a un alto el fuego.

— ¿Ha negociado usted este "Alto el Fuego" con los gobiernos? — el periodista se las apañó para pronunciar las comillas sarcásticas.

— No sólo no ha sido así — confesó el político —, sino que antes de tomar una iniciativa así lo hubiera pensado mucho.

— ¿Puede decirnos por qué?

— ¿No se le ha ocurrido pensar a usted que puede haber paces tremendamente injustas, que hay paces que sólo demuestran una avasalladora violencia sin apelativos?

Aquella cautela pasó desapercibida sin embargo aquel primer día en que todos estábamos dispuestos a dejarnos llevar por la alegría. Hubo varias manifestaciones de las gentes que se manifiestan habitualmente. Exaltados pacifistas correteaban soliviantados por todas partes, haciendo la V de la Victoria y riéndose mucho. Los ecologistas también gozaban de lo lindo y hasta clérigos de limpio corazón hicieron voltear las campanas cuando anocheció por fin y se tuvo constancia de que aquel día ni un solo tiro había quebrado la paz del planeta.

El servicio informativo de la medianoche nada añadió: entrevistas de toda índole, manifestaciones de entusiasmo y candos. Frases gloriosas como "Día Histórico", "Plataforma para la meditación", y un nerviosismo creciente entre la plebe, atrapada como siempre entre el miedo y la esperanza.

Yo mismo me acosté pensando que durante la noche alguien soltaría a los perros de la guerra. Aquella calma sólo podía significar que los bandos y las bandas, que los violentos de la tierra, estaban preparándose para arremeter con más fuerza. Por otro lado, nadie había conseguido sacar palabra de los Grandes, Presidentes o Primeros Ministros.

Cuando, por la mañana, me vino a buscar Martín, para salir de caza, la situación no había variado. Las emisoras hablaban de procesiones y Te Deums, y los jefes máximos permanecían silenciosos, con sonrisas de buenos jugadores y ojos quietos y peligrosos. Un sociólogo, seguramente en busca de notoriedad, había declarado una serie de vaguedades que podían resumirse en esta otra: "será peor, muchísimo peor. Y en el periódico las fotografías del Máximo Chino y uno de los Máximos Árabes, enseñaban unas sonrisas nada, pero que nada tranquilizadoras.

De todas formas, salí a las perdices con Martín y su perrita, la canana con buenos cartuchos del seis, y así anduve hasta que Penique, la perra, me hizo una muestra delante de un tupido lentismo. Me adelanté, alzando ligeramente el arma y calculando por dónde levantaría la pieza el vuelo.

— ¡Entra! — la azucé muy bajito — ¡Éntrale!

La pointer se convirtió en una especie de torpedo blanco que se zambullía en el follaje. Dos perdides, gordas y torpes, se levantaron a sotavento, por donde yo las esperaba, en un tiro de diez metro que no podía fallar ni aún cerrando los ojos. Apreté el gatillo de la derecha, y nada. Luego el de la izquierda. Igual. Martín, con una automática, sólo pudo intentar el disparo una vez, con el mismo escaso éxito.

Con algunas escogidas e inteligentes palabras al respecto comprobamos los cartuchos, que llevaban en el centro del fulminante el mordisco seco y brillante del percutor: las armas funcionaban, claro está, y en cuanto a la munición, que fallasen a l avez tres fulminantes era una increíble casualidad. Así que recargué mi escopeta e hice fuego. Lo intenté al menos, pues no se produjo el disparo. Destripé uno de los cartuchos y arrimé una cerilla a la pólvora: nada y, sin embargo, estaba seca, de modo que supe lo que estaba sucediendo en el mundo: no había tiros porque algo, en el aire o en la infinita mente de Dios, lo impedía.

Nadie había parado la guerra: simplemente las armas no cumplían con su misión. Se podía uno imaginar que desde la humilde pólvora al sofisticado átomo de uranio enriquecido, pasando por la poderosa trilita, nada servía para destripar al odiado enemigo y que, por lo tanto, estábamos en presencia de un milagro, de un hecho sobrenatural tan enorme que ni a los Grandes de la Tierra se les había ocurrido un camilo lo bastante gordo como para ocultarlo y, asustados, tal vez llenos de soberbia, callaban obstinadamente.

¿Habían sido las oraciones de los religiosos las causantes de la maravilla? ¿Algún científico independiente había conseguido una onda, u otra cosa, capaz de hacer imposiles las deflagraciones? Me imaginaba a los físicos, a los químicos y a los ingenieros de armamento haciendo un experimento tras otro en busca de algún nuevo explosivo válido. Me imaginaba su perplejidad y, también, su prisa, porque sucedía algo en lo que nadie parecía pensar aún: las naciones más ricas y poderosas de la tierra estaban desarmadas.

Martín, cuando le confié mis fantasías, me hizo el favor de darlas por buenas, pero se encogió de hombros sonriendo:

— Si todos están desarmados, ¿qué peligro puede haber?

— ¡Cándido cordeillo! — exclamé — Hay armas que sí funcionan y hay, por lo tanto, un nuevo poder.

— ¿Cuál?

— La población. Un palo es un arma. Un cuchillo es un arma, y arcos y flechas y todo eso... No se han terminado las guerras, Martín: acaba de empezar la Guerra Final.

Por lo visto un buen puñado de listos había pensado lo mismo que yo y, según la tele que encontré conectada en casa, los chinos pasaban en masa por todas sus fronteras: Mongolia, URSS, Indochina, India. Una invasión como núnca se vió. Por otro lado, la India había empezado a hacer lo mismo contra el Paquistán, y los negros sudafricanos contra los blancos y los árabes en masa contra los judíos, amén de levantamientos más o menos populares en naciones bien conocidas.

— La brutalidad puede llegar a ser inconcebible en el transcurso de los próximos días. — informó un corresponsal.

— Quiero recordar — dijo el sociólogo que juraba haber previsto la catástrofe — que las naciones más ricas son las menos pobladas y las más envejecidas. A la barbarie de las armas modernas le sigue la de los puñales, y Europa sobre todo está definitivamente perdida.

La gente empezaba a reaccionar y lo hacía miserablemente: llorando, gritando, delinguiendo, exigiendo el exterminio de las naciones superpobladas, Japón incluido. De hecho se dispararon infinidad de cohetes sobre las naciones más peligrosas, pero, al no estallar, sólo consiguieron aumentar la ira de sus poblaciones y la firma voluntad de no dejar títere con cabeza entre los "Países Ex—Desarrollados". De nuevo se rezaba, pero ya nadie pedía la paz, sino la muerte de los enemigos, en el más puro estilo del Viejo Testamento.

Se supo después que las armas químicas y bacteriológicas se estaban empleando en grandes cantidades: los bacilos — por así decirlo — andaban sueltos y hambrientos sobre la faz de la tierra; los terribles gases, envueltos en las alas del neutral viento, eran los señores del cielo, y la hecatombe se presentaba inevitable.

Al tercer día ya no hubo noticias. Las emisoras que aún funcionaban a pesar de las deserciones de sus asalariados, transmitían banalidades o películas de humor a las que nadie atendía, pues la entera civilización del "ande yo caliente" y el "tanto tienes, tanto vales", volvía a preocuparse de las almas, semiahogadas en detergentes y perritos calientes, en electrodomésticos y calculadoras, y, si ciertamente había un Dios, todos intentaban llamar a su puerta, no se sabe si por miedo a la eternidad dentro de una caldera, o por pánico a cimitarras y azagayas, y otros chismes con los que media humanidad estaba dispuesta a descuartizar a la otra media.

Si había alguien en lo alto, por muchos años luz que le separaran de nosotros, era seguro que escuchaba el clamor que subía de la miserable tierra, cada vez más marrón y oscura al empaparse en sangre. Sé, por ejemplo, que mi vecino se pasaba las horas en la terraza, con su telescopio en el ojo, esperando y espiando la aparición de algún ángel enviado a poner orden.

Pero — le razoné yo — ¿tuvimos nosotros piedad de los cientos de millones de condenados a morir de hambre cada año, y de los miles que la padecían como irremisible enfermedad? ¿Y de los pobres explotados una y mil veces? ¿Y de cuantos no pudieron enriquecerse con la cultura, puesto que hasta los bienes del alma los calculábamos en dinero? Ahora ha llegado la hora de los miserables y nos van a exigir todo, hasta la vida, por nuestro plácido egoísmo.

Solo que — la verdad sea dicha — también yo miraba hacia el cielo por si el ángel llegaba a tiempo, antes que los hambrientos, antes que los bacilos desatados, antes que los gases de la muerte.

Son cosas muy feas las llagas. Duelen, las llagas. Y apestan... El cielo, en el séptimo día, sigue en calma, lleno de estrellas que pronto nadie verá. El mar, tan azul y hermoso, no sabe lo que nos sucede, y el sol ha brillado esta mañana en mitad del invierno frío.

Las pocas cosas que se saben valdría más ignorarlas. Me gustaría morir imbécil. Me gustaría ser analfabeto y pensar que me están engañando otra vez. Pero más me gustaría vivir y respirar profundamente un aire limpio. Y, más aún, que las poderosas armas volvieran a funcionar. ¡Dios me perdone, pero mataría hasta el último de los chinos y hasta el último de los moros!

Si pudiera vivir, los mataría a todos, porque no es justo esto que nos hacen. No es justo tener que morir siendo tan poderosos. Ciertamente hoy, séptimo día, el Señor está descansando.


Publicado el 14 de abril de 2017 por Edu Robsy.
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