El Tonto

Todo es verdad y así la vida

Arturo Robsy


Cuento


El tonto del pueblo, un nadilla en el que la naturaleza había demostrado toda su flagrante estupidez, hacía años que dejara de ser un muchacho y, con ello, su última y escasa belleza (la de la piel suave y el cutis lampiño) se esfumó para siempre.

El tonto del pueblo acostumbraba a pasear sin rumbo por las calles torcidas y por las calles rectas interrogando con sus ojos de pez los escaparates y los andares de las buenas mozas, y pidiendo, en ocasiones, un pitillo al primer conocido que veía, o una copichuela en los bares de benevolentes dueños.

El espectáculo de su indolente y serena estolidez era, pues, la costumbre de aquel pueblo (o ciudad) hasta el punto que ya no se reparaba en él, habitualmente una sombra más, itinerante; un motivo ornamental a caballo entre el tipismo y la pobreza y, desde luego, una molestia en las ocasiones en que se aventuraba a pedir algo aquel hombrecito enteco de ojos como de buey y andar despreocupado.

Vivía, por uno de esos milagros burocráticos, en su propia casa, donde antes hubo una mujer vieja y algo pariente y nada más que soledad ahora. Una vecina, por caridad, le pasaba las sobras de sus comidas y, con eso y con los mendrugos que le daban en determinados cafés, se iba apañando tan ricamente e incluso recogía el suficiente dinero para adobarse el cuerpo con vino grueso a cambio de algunos recadillos sin importancia.

Así era nuestro tonto, capaz de medrar en este tiempo donde no mama quien no llora, y donde no se llena los carrillos quien no ofrece ocho horas de su día a tal o cual sociedad anónima. Él, sin embargo, repetía estos consecutivos milagros parapetado en su sonrisa desleída y en sus ojos quietos y pálidos, que mismamente parecía de plástico.

Cuando el invierno apretaba y el frío era demasiado para sus escasas ropas, se arrimaba a las puertas de las tabernas y, alzando el débil cuello caballuno, venteaba el vinillo agrio que corría por el mostrador y reía, palmeando las canciones que allí sonaban, en un afán de congregarse con el público y conseguir un vasito mediado y un lugar bien cerca de la estufa.

La primavera, al llegar, significaba una parcial liberación de sus costumbres, y el buen tonto del pueblo merodeaba entonces por las orillas del mar o entre los chopos de la alameda, y, más satisfecho y sin problemas a la vista, se tornaba comunicativo hasta el punto de repetir sus historias a cualquier quisque, y al faltarle el auditorio, a la brizna de yerba que despuntaba o a los primeros brotes de color pastel, como botones tiernos, con que se enjaezaban las acacias.

—Verás —decía—: hay algo que se puede hacer y algo que no se puede hacer...

Al llegar a este punto perdía invariablemente el hilo y suspiraba ruidosamente sin que por ello se alteraran sus enormes, profundos, ojos de plástico.

—La gente —añadía, agitando la crin turbia— no lo sabe, pero algún día...

Luego, como le vinieron, se le iban las ganas de cháchara y volvía a sus hábitos del banco soleado en la plaza o de la esquina del cine, donde entre los comentarios de la gente, se enteraba mal que bien de lo que explicaban las películas y, también, fumaba a la salud de unos y otros y pedía débilmente una perra o algún puñadito de cerillas.

Su historia real no la contaba; era, ciertamente, un misterio: años atrás había aparecido o, mejor, brotado como un hongo, y allí continuó: sus padres, por lo visto, no eran de aquel pueblo y la vieja medio pariente con la que vivió no había sido más explícita. A pesar de esto la gente se hizo a él y dejó de repararle, y hasta pasaba, ya, como uno más del censo sin que él, por su parte, hubiera hecho algo para merecerlo.

Tendría, bajo sus alborotados cabellos, algo más de treinta años y algo menos de cincuenta, bien aderezados con sus sonrisas y el gesto maquinal de hurgarse las junturas de los labios, lo que, en ocasiones, le daba un cierto aire de artista pensativo o de caminante que medita a la orilla de un sendero cualquiera.

Y, sin embargo, era tonto, pues solo los tontos y algunos artistas de poco pelo andan metidos en la soledad sin perder el poco seso con que Dios les adornó. Y el nuestro, el de los ojos de plástico y la sonrisa difuminada, no era una excepción en este asunto, tanto más cuanto que los ciudadanos acostumbraban a desentenderse de él y de las confusas razones que daba en su conversación.

Por entonces vino la guerra y, con ella, la escasez tanto de alimentos como de buen humor, y él fue uno de los primeros en sufrir sus espantosos efectos, que nadie regalaba sin ton ni son las sobras de los yantares, ni sentía interés por los empecinados borricos como él. Y la guerra trajo los bombardeos, y los bombardeos, las ruinas, y, éstas últimas, la de la casa del tonto que, entonces, quedo a la intemperie, prácticamente desnudo y con la gazuza de su estómago en franco aumento.

Y pensó. No debiera haberlo hecho jamás, pero pensó en el empeño de llegar a una solución aceptable y, así, un buen día se vino a donde los milicianos y habló con ellos:

—Quiero ser uno de los vuestros —les dijo.

Aquellos hombrones, vestidos con el abigarramiento de prendas militares que les era característico, se sorprendieron de sus deseos y acabaron por reír a gusto y tomarle la palabra:

—¿De los nuestros? ¡Claro, hombre! Tipos como tú siempre hacen falta.

Si el tonto les creyó o no, es un misterio que nadie se molestó en desvelar; lo cierto es que le dieron un gorro y un mono, y un fusil, y, además, le admitieron en el rancho, con lo que el problema más urgente de aquel nadilla quedó resuelto. Y él, en justa compensación, se colgó brillantes insignias del pecho y se pavoneó por las calles sacando mucho el escuálido vientre e irguiendo la caballuna cabeza.

Los ciudadanos, que antes no reparan en él, ahora le hicieron blanco de sus miradas y, también, de sus críticas: el hecho de vestir como los que requisaban el oro y los alimentos era más que suficiente, y nadie pensaba ya en que era tonto, sino, más bien, que se trataba de un aprovechado que, al final, había sacado a relucir sus malos instintos.

Y, por otra parte, su vida con los milicianos no era mucho mejor: comía, sí, y dormía abrigado, pero, a cambio, se había convertido en el bufón del cuartel, donde debía soportar burla tras burla sin inmutar su sonrisa y recibir pescozones y patadas de todos los calibres y sabores.

Su resistencia, con ser mucha, tuvo un límite y al cabo de un año se insubordinó:

—Vosotros —dijo— os reís de mí y me pegáis.

La respuesta fue un sonoro bofetón que le estamparon en el rostro y la risa salvaje de todos ellos:

—¿Oís al tonto? ¡No está bien que nos burlemos de él!

Y, desde entonces, le hicieron bailar más a menudo y limpiar las letrinas, porque cuando el hombre pierde la caridad suele perder el respeto por si mismo y lo paga con sus semejantes que, en resumidas cuantas, nada tienen que ver. El tonto era el más débil y era de ley que, por lo tanto, fuera el más desgraciado, pues sus compañeros de armas le sobraban los cueros al menor descuido y los que antes fueron sus indiferentes convecinos le odiaban ahora a causa de su uniforme. Y él, que adivinaba de lejos su situación, no tenía más remedio que agachar las orejas y cumplir, aunque luego se perdiera entre cualquier montón de cascotes y llorará con sus enormes ojos claros y estáticos.

Dejó, naturalmente, de quejarse, y su sonrisilla se convirtió en una mueca que intentaba ser feroz y se le volvía cómica en la cara. No tenía la culpa de todo aquello: es más, ni siquiera había empezado una guerra que no comprendía bien. Él solamente quiso comer y dormir al resguardo, cosas que todos hacen, cosas a las que tenía derecho según los políticos y las buenas gentes, y, sin embargo, le censuraban su relativo bienestar y no le perdonaban su uniforme, como tampoco antes le perdonaron su falta de luces.

Esto, el odio de los demás, era demasiado oscuro para él, que no sabía nada de la sana costumbre de elegir las víctimas entre los más desamparados (precisamente por motivos de salud), y, entre las risas y los desplantes, se le puso el alma de la misma consistencia que la bilis y, por más que los tontos son solo capaces de sentimientos muy primarios y débiles, a él se le ennegreció la entraña y, de solitario forzado que fue, se convirtió en solitario por gusto, y todo el día se le iba entre esconderse de la gente, llorar y soñar que alguna vez las cosas terminarían como habían empezado: en nada.

Con esto y lo demás, la guerra empezó a desmoronarse y a correr aires de regocijo entre los vecinos que, aparte de sus determinadas ideas políticas, tenían una mejora definida: no perder el cuello porque se le antojase a otros, y dejarse de tanto bullicio y tanto miedo, que las guerras solo son buenas para abrir apetitos de la paz o, al menos, para despertarlos.

Unos, los más bravos, se fueron hasta el frente a pegar los últimos disparos. Otros, los más astutos, se hicieron amigos de los que antes habían sido cabecillas de las ideas contrarias. Y, los más, como el tonto, permanecieron indiferentes a los colores que iba tomando la situación, porque ni les iba ni les venía el mundo por el que los demás dejaban la piel o traicionaban.

El último estallido coincidió con las prisas y con las carreras: los que tenían sangre sobre su cabeza (y entre los huecos de los dedos) desaparecieron en un santiamén y quedaron confundidos entre las buenas personas, que los lobos siempre han tenido grandes facultades para pasar por corderos. Los que habían hecho el agosto con sus rapiñas, huyeron o se buscaron buenos amigos, gente honrada que atestiguaría su bondad a cambio de una parte del botín. Y, de esta guisa, apenas sí quedaron algunos infelices que imaginaban no tener nada que temer, y algunos locos, como el corazón bien puesto, listos para llevar a las últimas consecuencias sus ideas, como han hecho siempre los hombres que solo tienen dos o tres, pero bien definidas.

Y el tonto se quedó (ya que además, no hubiera sabido huir), y se quedó desamparado, con las manos más callosas y la poca alma de su cuerpo más desesperada porque, realmente el mundo no había sido caritativo con él. Con sus enormes plácidos ojos de plástico, se volvía al horizonte, hacia donde gruñían los más fieros cañones, y esperaba, consumiendo los últimos pitillos y limpiando (la fuerza de la costumbre de tres años) el cañón de su mosquetón, por otra parte sin balas.

Los vecinos hacían lo posible para malinterpretar su gesto:

—Miradle —decían— todavía prepara el arma. Es un criminal. ¿Cómo pudimos creerle tonto?

Y vino la liberación: las liberaciones suelen traer dos cosas en gran cantidad: alegrías y penas, que, mientras unos se creen vencedores sin haber hecho chascar el fusil una sola vez, otros se consideran vencidos después de haber permanecido emboscados durante años sin fuerzas siquiera para dominar su canguelo. Hay, por último, el tercer grupo, el de los derrotados (que no vencidos) y estos son los que llenan las cárceles y esperan la condena de prisión o un buen tiro en la mitad del cuerpo que, a fin de cuentas, es la manera más sencilla para acabar dignamente.

Las liberaciones... y las denuncias por donde la gente destila los malos humores y la bilis; los vecinos que se acusan mutuamente (porque se envidian un pedazo de jardín), los parientes que desconfían, los débiles que temen... Y como el más débil era el tonto, y como el tonto, a fuerza de serlo, ni pensaba en defenderse ni recordaba cómo hacerlo, fue la víctima ideal.

Cierto que él jamás participó en las requisas, ni en los fusilamientos, ni en las batallas: no podría; pero cierto también que a nadie le importaba un ardite su suerte y que, por lo tanto, deseaban hacerle pagar los sufrimientos que cada uno se había buscado: no hay mejor víctima que el inocente; satisface a todos, incluso a los culpables.

Y, así, el tonto fue a dar con sus huesos en la cárcel y sobre él se amontonaron las denuncias y los crímenes: era preciso exonerar a muchos, y alguien debía cargar con sus culpas, el tonto. Era preciso vengar a muchos, y alguien debía ser el responsable, el tonto. Era preciso olvidar, y alguien debía ser el recuerdo que se odia por su imagen, el tonto que tantas veces paseó sacando su pecho reducido y levantando su cabeza de caballo viejo.

Los jueces se preguntaron cómo un hombre tan poquita cosa había podido cometer tantos desmanes: era la piedad del guerrero, que siempre es sensible a esta sensación; pero la piedad de los otros, los emboscados, los oprimidos, no era tan fácil de conseguir, y, así, el tonto asistió a un juicio del que no comprendió más que se exigía su sangre.

—Yo —dijo— quería comer.

Un oficial, entonces, habló de los hombres malvados capaces de vender a sus amigos y a la patria por un mendrugo.

—Yo —repitió— quería comer. No quería vender: no tenía nada para hacerlo.

Pero fue al paredón.

Mientras aguardaba su turno, vio caer a otros grupos, y oyó como algunos gritaban algo antes de morir. Consideró que esto era lo usual, y, cuando tuvo las bocas de fuego frente a él, mirándole fríamente, gritó:

—¡Viva España!

Un momento después estaba muerto, y el oficial que mandaba el pelotón hizo su epitafio:

—Ese desgraciado no sabía con qué bando estaba.

Pero algo se salió ganando: en aquella ciudad ya no tenían tonto pedigüeño, y esto es un progreso que demuestra el aumento de la cultura de un pueblo.


5 de septiembre de 1972.


Publicado el 24 de marzo de 2019 por Edu Robsy.
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