Elogio del Esclavo

Arturo Robsy


Cuento


Después de salir con bien de un tifus exantemático que pilló en una cacería en Marruecos, mi amigo Federico, dueño de una carpintería—aserradería, decidió convertirse en líder carismático y, a ser posible, obrero. Puede que las calenturas algo le descolocaran los sesos o que llenara las horas de sufrimiento con el noble arte del pensamiento, pero si he visto algún caso de vocación política es el suyo.

Ya en el hospital me había dicho:

— Las ideas del siglo XX todavía no han llegado a los parlamentos. Los parlamentos mismos son decimonónicos, de modo que hay que volver a pasar a la sociedad por una lupa y hacer que la porquería de las calles se reconozca en ellos.

No era manca declaración de principios, pero como apenas si estaba recuperándose no hicimos mucho caso. Por otro lado el magín de Federico siempre había sido tan maderable como los troncos de su aserrería, y no era cosa de sospechar que fuera a establecer un nuevo orden mundial en el campo de las ideas políticas.

Federico tenía la mujer primera, la de los años de escasez y lucha, que era mayor y gorda. Cuando los negocios le marcharon invirtió mucho dinero en ella: gimnasio, galas y saunas, algunas fotonovelas y una criada muy cara, estudiante de filosofía y semisuripanta, que fregoteando pagaba su acceso a la cultura.

Tras los fracasos de hacer de su costilla algo presentable, prefirió comprarse una mujer nueva, de modelo más moderno, criada desde el principio con potitos de farmacia, muy saludable, algo instruida y con buena puesta a punto. Amorosos duros le costaba pero, a su contacto, él mismo se iba refinando y fue fácil que pasara de la categoría de patán a la de hortera, y hasta pudo leerse, en un año y con paciencia, todo un libro de McLuhan.

— Complicado — resumió — Pero, ¡anda que no mola!

Federico, partidario decidido de instruir deleitando, se lustraba las meninges comprando señoras en lugar de libros y, puesto que a él siempre le aplicaron el tanto tienes, tanto vales, ahora que tenía tanto valía como no puede uno imaginarse, de modo que, cuando el tifus hizo crisis, todas las adquiridas ideas cameras se le sedimentaron sobre sus especiales prácticas comerciales, y renació de líder político.

— Los derechos humanos — dijo en otro momento de clarividencia hospitalaria — son un papelín. Yo no los veo, y tampoco veo la libertad ni la justicia. ¿Por qué no veo yo esas cosas? — me preguntó en plan retórico — Porque no existen, pececillo. (Yo me apellido López y un día le partiré la cara a Federico).

— La sociedad — añadió, representando a un sociólogo — tiene una cadena de mando. El que tiene el sillón, tiene la sartén, y lo demás son mandangas. Lo malo es que todos se buscan excusas del año de la pera. El Contrato Social de Robespierre...

— De Rousseau.

— ¡Ah, sí! Robespierre fue el que lo puso en práctica. Pues el Contrato Social y los Tres Poderes, y el Sufracio Eterno (tiene gracia, ¿eh?) son camelos. Hablan de ellos, pero maldita sea si existen. Existe el poder. Existe el dinero. Están los que mandan y los que obedecen. Y el que obedece obedecerá y el que manda se las ingeniará para seguir mandando.

Y, al despedirme, me encargó que le mandara una secretaria que tomase nota de sus últimos hallazgos y que, además, fuese guapa.

— Por ejemplo, ¿cuánto crees que vale una secretaria? El precio de los muebles de cocina que fabrico me da para varias. Y no me digas que no hay mujeres que no se venden, porque ya lo sé. Pero me basta con las que sí lo hacen y, si ellas ofertan, yo compro, y esto, sin adornos, pasa en todas partes, luego es una verdad como un templo.

Las cosas habían subido de tono cuando le dieron de alta. Federico estaba definitivamente en marcha y absolutamente convencido de ser llamado a encarnas la revolución que el agonizante siglo XX no había hecho.

— A medida que la sociedad crece y es más rica, hay menos libertad. No es un problema de calidad sino de cantidad de seres humanos: somos más a repartir. Desde mil novecientos diecisiete la gente clama por la libertad, y pinta menos cada día. Nos hemos matado por hacer más bonito un decorado de cuento de hadas. Todos los jefes quieren hacer un mundo libre para personas que ni lo son ni pueden serlo. ¿Qué sucede así? El fracaso. La frustración. Cien fracasos. Mil fracasos. Ya es hora de decir que vamos a hacer un mundo a la medida de los que no son libres, que son la mayoría.

— Por otro lado — me dijo toqueteando el mulso de su secretaria (modelo 1960) — ¿Tú sabes lo que gana un político colocado? Supongamos que el sueldo de diputado sin impuestos más el del carguillo que le toque puede llegar a los seis millones por año, por lo bajo. Para sacar ese beneficio en mi empresa tengo que invertir treinta y manejar con soltura el látigo. Y no hacen falta instalaciones, ni maquinaria, ni alta fiscal, ni administración. Digamos que el trabajo, una vez cada cuatro años, consiste en convencer a unos cuantos miles de puritanos.

La palabra aquella me llamó la atención:

— ¿Puritanos?

— Lo digo porque he repasado las promesas electorales de todos los partidos aquí y en el extranjero: paz, libertad, justicia, honradez, transparencia... No me explico cómo hay tantos partidos y cómo la gente consigue decidirse por uno de ellos, sabiendo, como tienen que saber al cabo de los años, que no hay nada de eso en el mundo en que vivimos.

— Pero todos confían en alcanzar un mundo mejor, Federico.

— De eso nada, pececillo. Si de verdad quisieran eso, no votarían a los partidos, sino que buscarían un sistema que funcionara. ¿Crees que yo dirigiría mi empresa haciendo votaciones? ¡Ni que estuviera loco! Si la nación fuera la empresa de la gente, tampoco votarían. Lo que sucede es que este asunto es una costumbre, como bautizar a los pequeños o enamorarse...

Poco a poco el cuerpo doctrinal de Federico iba tomano forma y cobrando coherencia. No se perdía una una tenida política. Se había afiliado a todos los partidos y, por si fuera poco, pensaba. Tenía un original punto de vista y el incomparable vicio de ser refractario a la retórica, de modo que, cenando con diferentes personajillos, había dado con la clave general de la política: quítate tú para que me ponga yo.

— El mundo, tal cual es, — me dijo un día que salimos de caza — es un pozo de basura, pero nadie quiere confesarlo, ni nadie se decide a gobernarlo como lo que es. Hasta el comunismo — que por otro lado tiene las ideas muy claras — pierde el tiempo con la igualdad, el reparto y esas cosas que no son posibles.

— Entonces, ¿vas a arreglar tú las cosas?

— ¿Yo? — me miró como si viera visiones — ¿No te estoy diciendo que nadie puede arreglarlas? Lo que voy a hacer es aprovecharme de ellas, como todos, pero sin tantos remilgos.

— ¿Y por qué me hablas de esto a mí?

— Porque, aunque eres un cuentista, no tienes ni un pelo de tonto. Vives bien, ¿no? Pero tienes que dedicar tiempo a ganarte la vida, meterte en problemas y tal.

— ¿Y quieres que te ayude? No creo que llegues a ningún lado, pero si llegaras, serías un tirano de siete suelas.

— Lo mismo que tantos otros. Pero yo no quiero que me ayudes, sino que te asocies conmigo. ¿No has pensado que un partido político funcionaría mucho mejor como sociedad anónonima y repartiendo beneficios a los accionistas?

— Puerco capitalista — le dije.

— Ya, ya. — dijo él, burlón — Yo no hago más que perfeccionar el sistema. Hoy gana siempre el que usa el mejor método de gestión. Todos los partidos en el poder pagan prenda: cargos, condecoraciones, bandas... Yo sólo digo que eso tiene su precio y que hay que invertir ordenadamente para ganárselo. Por eso todo andaría mejor si fuésemos a comprar el poder como una sociedad anónima.

— ¿Nunca te han llamado materialista?

— El mundo es materialista. No creo que pueda comprar el mundo por unas cuantas frases: eso es la tapadera. En cambio creo que podré quedármelo de saldo si ataco a la sociedad por donde falla e invierto dinero en una revolución honesta. No pongas esa cara: creo que es más honesto decir lo que yo digo y dar a cada uno lo suyo que andar prometiendo cosas imposibles... Si te asocias conmigo irás cuarto en la lista de esta provincia o segundo en la de al lado. Si pones cinco millonres, cobrarás en cuatro años lo menos veinticuatro. De modo que la duda ofende.

— ¿Y cómo nos presentaremos? ¿Mangancia, S.A.?

— Ya está pensado: seremos el Movimiento Particularista: el poder para los particulares y esas cosas. Diremos la verdad de lo que hay y, también, que llevando este asunto como un negocio, no hay miedo de que hagamos tonterías y arruinemos a la gente. En lugar de afiliados tendremos juntas de accionistas y, según inviertan, así tendrán. El objetivo final, en lugar de la sociedad sin clases o la sociedad sindical, será conseguir que todos los ciudadanos sean accionistas del poder, una especie de partido único, cuyos valores patrióticos se cotizarán en bolsa y que, si se les estafa, tengan derecho a recurrir a los tribunales ordinarios. ¡Un mundo infinitamente más justo!

— ¿Nos creerán?

— Si creen a otros, que dicen sólo vaguedades... Esto, pececillo, si que es una revolución social. ¡El siglo XX en marcha a la conquista del siglo XXI! La Nación Anónima. La Bolsa socializada. En lugar de recaudar impuestos, repartir dividendos. Y, si esto lo explican señoritas estupendas con buena dentadura y mejores tetas, ya me dirás quién se tragina el poder en esta santa tierra.

— Partido Particularista, ¿eh?

— Cinco millones por ser para ti. Además, es el Movimiento Particularista. El Partido, bien mirado, no haría carrera con ese nombre, que tiene que ser más eufónico. Mejor, Partido del Poder Benéfico, pero, ¿qué más da? Ya contrataremos a una buena agencia de publicidad que nos diga qué nombre quiere el mercado nacional.

— ¿Y todo esto se te ha ocurrido cogiendo el tifus?

— Sí, oye: fue como una iluminación. Tal vez fuera un delirio, pero una voz me dijo: no seas pardillo y usa el marketing. Y fíjate lo que ha resultado. Por ejemplo: ¿qué necesidad tendremos de comprar los votos? Si metes veinte duros y van a devolverte cuarenta, está claro a quién tienes que votar. Resulta que de los otros, de los que prefirán seguir votando gratis, no hay ni un millón, y, encima, divididos.

— Casi me tienes convencido.

— Y eso no es nada. Contrataremos a un filósofo que nos haga una doctrina. Con todo lo que lleva escrito mi secretaria, es seguro que en tres meses tendremos un puñado de místicos y apóstoles que, además, creerán que ésta sí es la forma justa de repartir la riqueza y andarán por ahí cantando himnos y presumiendo de modernos. Un buen grito sería: "esclavos, sí, pero con sueldo."

— ¿Crees que el cuarto de esta provincia saldrá?

— Seguro: yo me encargo de hacer invertir a mis obreros y tú a los tuyos, y, así, sucesivamente. Verás qué bien nos lo montamos.

Compramos no uno, sino seis filósofos y, así, hasta pudimos tener varias corrientes dentro del Movimiento Particularista, destinado a explotar racionalmente al mundo podrido. Tuvimos nuestra ala conservadora, y, también, la progresista, la radical y la revolucionaria. Las inversiones crecían, todas ellas bajo contrato, en forma de acciones. Nuestra empresa iba, literalmente, a fabricar bienestar y progreso y, además, la gente creía a pies juntillas que pagando y con serios compromisos por escrito, no se la defraudaría.

No creo que en la historia de la humanidad un movimiento haya movilizado a más personas amorfas y políticamente indiferentes. La mayoría no tiene ideas políticas, pero sabe sumar: dale algo a ganar, garantizado, y veremos lo que hace.

Por supuesto que los políticos antiguos nos llamaban de todo, claro está, pero nuestros accionistas militantes, por la misma esencia de nuestra doctrina, comprendían que defendían sus fuentes de ingresos con la habitual palabrería. Además, como muchos empresarios de la información eran eso, empresarios, y olían los negocios, cada vez nuestra oposición tenía menos sitios desde los que gritar.

Y Federico, el líder que surgió del tifus, y de sus calenturas, era de verdad un hombre popular. Llenaba estadios y plazas de toros, y en todas partes decía: hagamos la política como es nuestra sociedad: nada de prometer derechos, ¡comprarlos! Nada de recibir graciosamente los beneficios que nos quieran dar: exigirlos con el correspondiente recibo y nuestro inalienable derecho de compradores. Hacer una sociedad productora y productiva, venal en una palabra, y no una sociedad charlatana y consumidora de derechos que no alimentan a nadie.

Y le creían.

A mí, que era uno de los primeros fundadores, cosa que me daba derecho a usar corbata dorada, me permitieron decir uno de los discursos más importantes de la campaña, que pasaría a la historia como poco menos que discurso fundacional.

— El Movimiento Particularista es posibilista e interclasista... — en realidad será mejor saltar el principio, lleno todo de palabras terminadas en "ista", e ir al meollo del asunto:

— ¿Qué es el hombre en la sociedad moderna? No pregunto por lo que dicen que es, sino por la realidad. Los afortunados que tienen trabajo, venden un tercio de su vida, de su tiempo, de sus horas, por dinero, por poco dinero. Los miserables no pueden ni siquiera vender miseria. Y, con el tiempo, venden toda su habilidad, su cultura, su entrenamiento, su arte. Son esclavos, por lo menos, en un tercio de su persona. Por otro lado están obligados, bajo multa o cárcel, a cumplir una serie de normas, algunas no exactamente justas, y a pagar parte del producto de su venta vital al Estado. Necesitan permisos para salir del territorio o para comprarse y conducir un coche. Necesitan permisos para edificar su casa y hasta para habitarla. A esos hombres se les promete una y otra vez la libertad, pero nunca son libres. Nosotros, en cambio, os decimos: sois esclavos pero esclavos engañados para que no toméis conciencia de vuestra condición. ¿Qué esclavo no ansía ser un liberto? Nosotros os decimos a los esclavos: no deis el poder a cambio de nada. Participad de él, pero no a través de leyes desconocidas que harán los que votéis si votáis a los de siempre, que os fríen a impuestos; participad del poder de la única forma que la sociedad comprende: recibiendo el pago de vuestro voto, convirtiéndoos en accionistas de la empresa del Estado.

¿Para qué seguir? Aún antes de las elecciones el Movimiento Particularista tuvo que fundar un banco con 1.100 oficinas en toda la nación, y más de 10.000 empleados, socios todos de la empresa.

Y, cuando pudimos hacer público que nuestro principal adversario había suscrito acciones por valor de 37 millones, Federico I, el Tífico, me dijo:

— Ya no hay ciudadanos, sino socios, pececillo. Después de las elecciones habrá que empezar a estudiar, en primer lugar, una nueva ley para regular las suspensiones de pagos. Por cierto, y para después del Estado Sociedad Anónima, ¿qué tal te suena el Estado Cooperativa?

Este majadero es un genio.


Publicado el 21 de abril de 2017 por Edu Robsy.
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