Hoy es Siempre

Arturo Robsy


Cuento


Yo soy el único que tiene el mérito. Sólo yo hice las cosas, así que mi nombre tiene que pasar a la historia y quedarse allí hasta que el mundo reviente del todo, que no será pasado mañana. Y gracias a mí. Así que procuren escribir bien mi nombre: Agapito. A-ga-pi-to.

No me haga preguntas. Deje que lo explique a mi aire, que todos se enterarán igual, así que no intente presumir a mi costa, locutor. Le diré, por ejemplo, si sabe que la gente es tonta. Pues lo es. Sin duda, sin duda.

La gente no mira, ¿sabe usted? La gente corretea por la calle con la cabeza llena de sus asuntos, y no se fija. Pregunte usted a alguien si se acaba de cruzar con un hombre o con una mujer y verá. No se fija nadie. Nadie mira, pero todos se quejan de no ver la luz. Todos dicen que están desorientados, que no saben dónde está la verdad ni dónde la felicidad, pero no miran. Al menos no miran hacia el mundo, sino hacia el televisor y los escaparates. Y así nos va.

Hace falta un tipo especial de persona. Sí, claro: soy un pardo, yo. ¿cree que por eso ando de aquí para allá sin preocupaciones? No. Lo que sucede es que yo veo las cosas. Un hombre que no ve, pero que no es ciego, no es otra cosa que un estúpido, y usted tómeselo como prefiera.

En cambio, yo soy un poeta. Miro las nubes y les busco formas caprichosas, exactamente igual que hacen los niños, y, por supuesto, se las encuentro. Al andar procuro no "pisar raya", y a veces cojo mariquitas por el placer de verlas andar tan tranquilas por mis manos, hasta que aciertan a subir por un dedo y levantan el vuelo.

Ya sé que hay otros poetas que hacen versos, pero son puros disfraces los versos. Siendo un poeta auténtico, ¿para qué ser otra cosa? ¿Qué falta hace? Si yo hiciera un verso me perdería el suspiro del tiempo, la única luz de ése instante, el sueño perfecto de ser la cosa misma que sientes.

Sú: usted quiere saber qué ha pasado en realidad, y ya le he dicho que voy a contarlo a mi modo, que para eso es mío todo el mérito. Volveré a empezar: me llamo Agapito. (A-ga-pi-to) y, como soy un poeta, ando despacio. me gusta mirar las cosas que veo o, si lo prefiere, me gusta ver las cosas que miro: tiene sentido de las dos formas.

Paso, por desgracia, sí, muchas horas en las calles, de manera que reventaría si no fuera por la poesía. Por ejemplo, quedan hormigas en la ciudad, siempre en sus procesiones negras, llenas de rritos. Los días son todos maravillosos: las nubes cambian el estado de ánimo de las personas y de los pájaros. Debe de ser a causa de la cantidad de luz. Aun en verano un día nublado da sensación de frío y de muerte, y los pájaros cantan como si fuera la hora de irse a dormir.

Al andar me fijo bien. Lo hago siempre, porque los suelos de la ciudad están llenos de cosas, no sólo de papeples y envoltorios, sino de auténticas cosas: bolígrafos, por ejemplo, y monedas. A veces me encuentro un anillo o algún documento. Eso suelo devolverlo.

¿Que por qué insisto tanto en que me voy fijando? Pues se lo diré: cuando pasé por allí la gente de las calles iba y venía como siempre. Fíjese: tenían que esquivar aquello, y a buen seguro que alguien lo rozaría o se daría un golpe con ello. ¿Y qué? ¿Crees que lo miraron un solo instante? No. Y así estuvo hasta que yo pasé: A-ga-pi-to.

No crees que digo mi nombre por vanidad. Es que no quiere que me confunda nadie con los miles de tontos que van y vienen. Cuando yo salgo, no ando, paseo; cuando yo miro, observo. Cuando yo pienso, razono, y cuando yo me despierto, vivo.

Aquí, en la calle, se ve a mucha gente que no abandona nunca el sueño. No digo los sueños, que eso estaría bien si hubiera soñadores; digo El Sueño. No sé si es la vida monótona o la prisa, pero algo hay aquí que adormece.

¿Quiere saber mi explicación? Ya sé que no, pero igual se la voy a decir: o pensamos en lo que tenemos que hacer o pensamos en lo que ya hemos hecho, pero nunca, nuca pensamos en lo que estamos haciendo cuando suponemos que no estamos haciendo nada. Andar por las calles es no hacer nada para muchos: es ir a un sitio o venir de otro. Eso es.

Pero como las calles son gratis y yo, realmente, no hago nada, pues pienso en nada; pienso en lo que hago y, entonces, resulta que pienso en casi todas las cosas. ¿Sabe cómo arreglaría la política? También se lo diré, de modo que no haga gestos. Haría que todos se pasasen solos una hora al día, sin tele ni radio ni libros ni periódicos. Quietos y solos. La gente pensaría; y, poniéndose a pensar, desaparecen los tontos, de modo que, entonces, no les podríamos votas. ¿Fácil, no?

Pues sólo yo vi aquella cosa, pero estaba en medio de la gente. Ya sabe: me fijo en todo. Me asomo a los escaparates y leo las etiquetas. Leo los billetes de autobús del suelo, me fijo en el número y en el color del papel. Leo toda la publicidad y por eso soy escéptico.

No se ponga nervioso, hombre: ¿qué prisa puede haber? ¿Por mucho que corra llegará antes a la noche? Pues, eso: vivir es dar tiempo al tiempo.

Le decía que aquella cosa estaba allí, pero lo mismo hubiera dado que fuera invisible: la esquivaban todos, pero ninguno comprendía que existiera. Yo sé lo que me digo: no es lo mismo saber que existe una cosa que comprender que existe: para comprender algo se supone que hay que pensar en ello.

Tenía forma de fuente, como esos abrevaderos de chorrito en que hay que apretar un botón para beber, y no era mucho más alto. Me llegaba exactamente al codo. Pero, claro, no era una fuente. Era, simplemente, un podio, un soporte para el botón que estaba encima.

Le eché un buen vistazo, pues yo paso por allí todos los días y no lo había visto nunca. Usted, con esas prisas que se gasta, no hubiera notado que estaba aquello recién colocado. Usted no se da cuenta de si tienen o no hojas los árboles de la calle hasta que las pisa en otoño. ¿Mira usted el aire? Yo, sí: cerca del asfalto, al aire se lo ve: vibra y se retuerce y enturbia la perspectiva. Pero es transparente, no turbio. Se trata sólo de que el aire también sabe bailar.

Y no se intranquilice. Era como una fuente, ya se lo he dicho, y tenía un botón con una chapita al lado. Le di muchas vueltas a la cosa y leí la chapita, que estaba escrita con letras de tamaño de media de mis uñas. En realidad, las letras estaban grabadas profundamente y no escritas, y eran todas mayúsculas, bastante hermosas.

Así es que me fui a buscar a un guardia y le expliqué lo que había. Alguien colocó eso allí y, desde mi punto de vista, tenía que ser una broma o algo muy gordo. Gordísimo, para que me entienda. Pero el guardia no me hizo caso. Miró desde lejos y me dijo:

— Es la fuente.

— Pero, ¿usted la conoce?

— Si está ahí, la debo de haber visto cien veces. Porque si la hubieran instalado hace poco, entonces sí me hubiera fijado en los obreros.

Era mentira, claro. No la había visto en su vida, pero el guardia pensaba que las fuentes no son asunto suyo, de manera que, cuando le pedí que se acercara a leer el rótulo, me dijo "circule, circule de una vez", y el maldito caso que me hizo.

Me quedé por allí rondando hasta que vi pasar a un señor que iba sonriendo solo. La gente que anda sola no suele ir sonriendo, y usted no sabe por qué es así. ¡Claro que se lo explico! La gente que va sola no se sorprende de nada. Les parece que se conocen tanto que no aprovechan para pensar en sí mismos. Los que sonríen es que van haciéndose planes o es que van contándose cosas nuevas: tienen imaginación y eso vale lo suyo, sobre todo desde que hay tanto vídeo.

Así que le dije al sonriente si me quería hacer el favor de mirar aquello, y eso le sorprendió. Todos se sorprenden si les habla alguien que no les quiere vender nada en la calle. Y cuando les hablan los pedigüeños, pues no les hacen caso. La gente se asusta cuando le hablan por sorpresa en la calle, y siempre tiene miedo de que la vayan a engañar.

El hombre titubeó un poquito, pero al final se paró a mirar. Leyó, claro está, el rótulo y se alejó diciéndome que era una broma muy buena. Después de a éste, llamé a tres o cuatro, pero nadie quiso echarle un vistazo a aquello, de manera que volví a ir a dónde el guardia y, como venía andando en esa dirección, esta vez me acompañó al pedírselo. Seguramente pensaba que yo estbaa loco o algo por el estilo, pero vino y se puso a leer el rótulo. Cuando hubo terminado, me preguntó, muy serio:

— ¿Ha pegado usted eso ahí?

— No.

— Pero esto es una fuente — insistió.

— Y, entonces, ¿por dónde saldría el agua? — le dije — Además, lea lo que pone el rótulo.

El guardia lo leyó y empezó a dar vueltas y vueltas. Le parecía extraño aquello y me miraba igual que si quisiera gastarle una broma. La gente es así, ya sabe: ven las cosas y no se las creen; entonces se ponen a esperar un milagro o que alguien se las explique.

— ¿Y si fuera una cosa terrorista? — dijo al fin — Este botón me da muy mala espina. ¿Quién sabe si, al apretarlo, estallará una bomba? Una bomba disfrazada de fuente puede ser un buen truco.

Personalmente yo lo hubiera apretado en el acto para sacarle de dudas, pero me lo prohibió mientras se ponía a hablar por su radioteléfono sin quitar ojo de mis manos.

¿A qué ahora ya no se impacienta, señor locutor? ¿Estoy o no estoy yendo al grano? Y el grano es éste: si uno deja un paquete extraño en mitad de la calle, pueden pasar horas hasta que alguien lo vea, y, luego, cuando se repara en él, es peor, porque a todos les entra mieda. ¿Es ésta forma de vivir? Claro que yo antes también era del rebaño, y lo hubiera seguido siendo si no me quedo en la calle, con tiempo para dar vueltas.

Pero el caso es que casi enseguida llegaron varios coches patrulla y empezaron a echar a la gente, y venga a tocar la cosa aquella con un cuidado exquisito. Tamborileaban en ella con dedos ligerísimos y escuchaban el eco. No hacía tictac. No hacía nada el artefacto salvo estar allí y meterles miedo.

Le pusieron aparatos cerca. Rayos de esos para ver por dentro. También supueron enseguida que no era eléctrico ni magnético, ni metálico ni otras cosas esdrújulas. Jé: yo puedo ser un desocupado, pero no soy un analfabeto. Además de ser todo el mérito mío, estoy hablando tanto para que se me note, a ver si me contratan de locutor, que creo que también aceptan a los que no son gangosos ni tartamudos.

El cacharro aquel estaba cogido al suelo con cemento y, según los rayos X, o lo que fueran, había como un cable que arrancaba del botón, bajaba por el pedestal y se enterraba en la acera. Hasta trajeron un perro de ésos a olfatear, pues por lo visto el perro huele casi todos los explosivos. No sé el chucho, pero yo olfateaba el miedo de esa gente.

Otros policías sacaban a la calle a los empleados de los negocios cercanos y a los vecinos, que salían bastante enfadados, sobre todo los que no tenían la casa asegurada, digo yo.

— Esto — dijo un teniente a mi lado — no hay quien lo entienda. No se trata ya de este botón, sino del rótulo: "Pulsar para que se pare el mundo."

"Pulsar para que se pare el mundo." Nadie veía la necesidad de esta frase, porque a nadie se le ocurría que hay que detener de una vez este mundo. A este cura le parecía, en cambio, que había que pararlo ahora mismo y mirar bien mirada la injusticia, y coger el toro por los cuernos. Detener la insensatez y, sobre todo, detener a los estúpidos que enredan siempre y no son más que un ombligo.

Y, usted, siga escuchando. ¿Por qué no voy a filosofar, si ya no hayprisa? Cuento las cosas a mi modo, y mi modo es poco a poco, dando tiempo a que todos se empapen del miedo que tienen y repitiendo lo que el rótulo ponía: "Pulsar para que se pare el mundo". ¿Hay algo más bonito? Ya le he dicho que, por mucho que corra, no llegará a la noche antes que los otros. Por mucho que gritemos, no hallaremos la verdad antes, y por mucho que temamos la muerte nos llegará en su momento.

Por allí cerca se oían muchas cosas, algunas muy tontas y otras no tanto. La opinión general era que, a pesar de los aparatos y de la nariz del perro, aquello era un explosivo. Otros creían que podía ser como lo de la ventana indiscreta: poner algo chocante, retratarlo y reírse luego al verlo en el cine o por la tele. Pero también podía ser cosa de los extraterrestres y, en fin, nadie se movía. Hablaban mucho, y, encima, pedían instrucciones por la radio a tipos que no lo habían visto. ¿Qué iban a decir los de lejos? No lo toquen hasta que yo haya llegado.

Personalmente — y vuelvo a mis incisos para fastidiarle a usted — yo pensaba que aquélla era una oportunidad para todos. Puede que cuando nació Jesucristo alguien apretara un botón que tuviera al lado ek nusni rótulo. Me consta que, mientras duró el Paraíso Terrenal, que era bueno, el mundo se estuvo quieto, parado, y que el castigo de Dios fue ponerlo en marcha: El Octavo día creó el Tiempo, que no se cita en la Biblia, y, con él, las prisas y aquello fue como ponernos un pañuelo negro en los ojos.

El Octavo Día: ¿a que no suena tan mal la idea? En todo caso, hoy es siempre, y de eso sí estoy seguro. Los hombres asustados tampoco me veían a mí, porque me había quedado al lado del primer guardia, que era quien daba más explicaciones, y yo siempre decía, "cierto, cierto", y era como un anexo del policía. Así que cuanto me cansé de oírles discutir, fui y apreté el botón.

Ya ven qué fácil. El botón se metió hasta el fondo y quedó encajado, mientras todo el mundo se tiraba al suelo, pero lo único que pasó es que la cosa se puso a brillar suavemente y sonó una música como ésta: tatatá - tatá - tarara - ti - ti. Poco más o menos.

Mire qué porrazo. No sé quién me lo dio, pero puesto lo llevo: no crea que no lo comprendo, pero lo que está peor es que me tengan aquí por nada. Yo apreté el botón a las seis de la tarde, el reloj dice que son las cuatro de la madrugada, pero sigue siendo de día. Puede que digan que yo estoy loco, pero también lo está el sol que no se ha movido desde entonces.

Día llegará en que me harán un monumento, porque ahora no hay más remedir que pararse a pensar en lo que ha sucedido. Me llamo, por si se les ha olvidado, Agapito. A-ga-pi-to. Pero lo importante es que hoy es siempre, y me parece que el mundo no volverá a girar hasta que tenga una meta, la cosa esa del destino.

Por otro lado, esto es un Estado de Derecho, y me pregunto: ¿qué ley dice que no se puede detener el mundo? Puede que la haya hecho buena, pero, desde luego, no he cometido ningún delito.


Publicado el 9 de abril de 2017 por Edu Robsy.
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