La Escopeta

Arturo Robsy


Cuento


Ésta es una historia que debe contarse al revés, empezando por el fin y terminando casi por el principio. Es, además, una historia triste o, al menos, no lo suficientemente divertida para ser incluida en un almanaque humorístico. Y, naturalmente, no es, en modo alguno, ejemplar.

La historia comienza (o, mejor dicho, termina) cuando el viejo Críspulo le dijo a un sobrinejo de adopción, en la mitad de la tarde:

"Alcánzame la escopeta, chico".

El sobrino, harto asustado para aventurarse con decisiones propias, consultó con ojo elástico a los otros dos hombres que, entonces, llenaban la habitación. Ambos hicieron lo mismo: mover la cabeza hasta donde la sotabarba se lo permitía, y entornar los ojos como quien consiente tristemente en algo que no tiene remedio ya.

Y el mozo descolgó el arma del viejo garabato que la sostenía: era una escopeta que estuvo bien cuidada hasta un mes antes y que, ahora, llevaba, adherido a la vaselina, todo el impune polvo que se paseaba por aquella casa.

Y así fue como Críspulo se abrazó a su escopeta sin ningún pudor. Claro es que fue la última vez, era hermoso ver al hombre tan íntimamente unido al hierro y tan deseoso de hacer un sólo espíritu con el olorcillo de pólvora de los cañones, la madera del guardamano y su propia piel, arrugadeja y reseca como cordobán. Los demás —claro— disculparon la emoción senil de Críspulo porque también sabían que era la última vez, y esto impone respeto, y, si no, separen ustedes a un cazador de su arma y sabrán lo que quiero decir.

Esto es, en teoría, el final de la historia y, por el aquello de la curiosidad que hurga por la espalda, es preciso ahora contar algo más de Críspulo y de su escopeta y, si me aprietan, hasta del sobrinejo que se la alcanzó la última vez, y de los dos hombres que miraban la escena con tanto esfuerzo que parecían hacerlo a través de una piscina turbia.

Críspulo, de pequeño, (hace de eso el mismo tiempo que de la guerra de Cuba) tuvo que hacer frente a un gran problema: su nombre que provocaba las risas de los amiguitos y espoleaba su inventiva. Así, tuvo que soportar agudezas en las que se relacionaba su nombre con heterogéneos objetos acabados en "ulo", y hay que ver la enorme cantidad de ellos que hay, (incluso el "gándulo" traído por los pelos).

Esta con ser pequeña, no es una experiencia agradable ni lisonjera. Quizá todo lo contrario: demoledora, porque en general, nada desanima más que el vernos comparados o unidos a cosa como "búhos", "chulos", "culos", y similares que de un modo u otro, acaban por rimar con Críspulo. Con todo, un niño normal (suponiendo que exista) puede tolerar estas puyas con relativa indiferencia mientras surjan espontáneamente. Pero, en el caso de Críspulo, el asunto era peor, que a todas horas y en todos los lugares tenía que escuchas las bromitas y, encima, sonreír como si a él mismo le pareciese la aleluya un hallazgo feliz y digno de ser antologado.

Tres años le bastaron tres años, si, quizá los más importantes para el futuro hombre: de los siete a los diez. Tres años le bastaron para mirar torcido hacia el mundo y para desconfiar obstinadamente hasta de su sombra, porque Críspulo, como tantos niños que sonríen en las esquinas, tenía la sensibilidad a flor de piel, y un niño así se deja cortar el pelo y las uñas antes de permitir que se le rían en la cara.

De una forma u otra, algo falló en la educación del Críspulo crío y, con ese algo, lo demás dejó de funcionar adecuadamente, y él no fue más que un niño retraído, no amante de la soledad, pero obligado a ella para evitar las burlas habituales y, sobre todo, con esa inusitada capacidad para el cariño que tienen todos los niños tristes. Pero a Críspulo, claro, nadie le consoló; nadie lo consideró necesario puesto que él jamás se quejó, y hubiera preferido quedarse mudo antes que pasar por la vergüenza de contarle a su padre los juegos de palabras que los muchachos hacían con su nombre.

Mal podía Críspulo hacerse hombre con todas estas angustias gravitándole en la conciencia y, sin embargo, a punto estuvo de triunfar: trabajó en las tierras del padre y se volvió fornido a fuerza de con bueyes y arado contra los apelmazados suelos, abriendo caballón tras caballón. Tuvo incluso su momento de popularidad cuando tumbó sobre la glera del río a uno que había venido a fanfarronear del otro pueblo. Y con las mozas, pasados los primeros experimentos decepcionantes, también le rodaban bien las cosas, porque tenía buena pinta y pasaba por ser el más bruto de los jóvenes de su edad... Pero, ¿cómo podía un hombre gozar de la vida o llevarse a una moza detrás de los corrales si tenía vergüenza hasta de escribir su nombre? Conque dejó estar los asuntos del pueblo y, cada vez más, se separaba a la fronda, lejos de los caminos de casquijo, o se pasaba muchas horas, más de las convenientes, arrojando guijarrillos al río. En ocasiones, en el mismo recodo de la corriente a la cordobana zambulléndose aquí y allá, y dando caza a los patudos zapateros que corrían agua abajo. En suma: que se había convertido en un irremediable solitario y nadie como él mismo sentía el peso de esta desgracia.

Y con la soledad vino el miedo a la gente, el no sentirse a gusto en mitad de una conversación o una sonrisa, y, por este camino, en el campo sólo se llega a una parte: a la caza, donde uno olvida tantas cosas pateando los pajonales o lanzándose al centro mismo de las zarzas y aulagares donde, tal vez, se esconde la perdiz en celo que acaba de cantar.

Su primer arma, como ocurre con todos los cazadores, no fue realmente suya, sino de su padre: una escopeta de pistón, como la misma caza y ruidosa como un regimiento de artillería. Pero era suficiente para derribar, pieza tras pieza a medida que cuajaba su habilidad en la puntería. Y la amaba tiernamente, como después amó a la que abrazó al principio de esta historia: diríase que el arma tenía alma y que sólo Críspulo la conocía y la acariciaba en silencio. La escopeta, el perro y él (por éste orden) vivieron gloriosas tardes y silenciosos fracasos pero, entre lo uno y lo otro, la vida iba tirando y le quedaba menos tiempo libre para compadecerse de su suerte.

En eso, se aficiono a otro cazador más viejo que le iba abriendo los pequeños secretos del boque y del disparo: "No tires —le decía— sobre las cigüeñas: son como las golondrinas, de Dios; y lo es dejar las cosas de Dios en sus propias manos". "lleva al perro del lado contrario al que apoyas el arma, y nunca enfrente: así, al encararte, estorbará menos y tendrás menos peligro de pegarle un tiro". "Los bichos no suelen andar por un sitio que tenga muy seco el borrajo: búscale la sombra a un bosque y las becadas son tuyas".

Luego le tocó la aventura africana y la guerra y lo de Alhucemas. En fin, que de regreso, no habló palabra de sus aventuras, pero trajo dentro de los ojos malas cosas, color de muertos y almas de muertos que se le quedaron al lado y, aunque Críspulo no era caviloso, encontró preferible irse a tirar a la codorniz o a la liebre que desollarse el alma disparando contra los dichosos moros: esta era una nueva razón para volver a sus costumbres, para exprimir la fronda y sorprender los primeros madroños frescos de rocío, y animar con un "¡entra!" al perro que daba la muestra con el hocico vuelto hacia el tupido lentisco.

Podríamos añadir algunas cosas más de su vida, pero tal vez sea innecesario. A Críspulo se le pasaron malamente los años entre golpes de yunta y coces de culata y, cuando comprendió que había dejado pasar la juventud era demasiado tarde ya. Filósofo quizá, no quiso desesperar por poco: por las mañanas, de alba, tomaba su tazón de café y su buche de vino y, a veces, migas (cosa seria ésa de las migas). A mediodía, mano al zurrón y pan con queso y chorizo y otro chorrito de la bota que se deslizaba comisura abajo de sus labios. Al ocaso, se arrancaba el último sudor y, en casa ya, se preparaba buena carne y buen potaje en el fogón, vigilado únicamente por la mirada blanca de su perro.

¿Y qué más pudo haber hecho? Sólo eso: envejecer; y, además, el mundo de ahora era más complicado que el de ayer, más difícil, y él estaba viejo para tener arranques de voluntad. Porque él, ni hijos dejaría aunque, en el intermedio de esta historia, se casó. Por una vez que reunió calor bastante, la mujer se le murió de parto y él perdió sus últimas ganas de dejar alguna constancia en el mundo.

En suma, que cuando al fin enfermó de veras, estos eran sus pensamientos: "lo mismo hubiera sido no nacer; lo mismo, solo que mucho más cómodo".

Un mes duró. Algunos amigos, de quintas más recientes, fueron adonde él y le contaron que la tierra, de todos modos, seguía dando vueltas; y también, que las perdices habían entrado bien este año, mientras que las becadas debían estar muy tiradas porque se escamaban por cualquier motivo.

Y Críspulo suspiraba: por aquello, por las perdices y, las becadas precisamente, sentía irse del mundo, y esto, pese a todo, era un consuelo: en la comarca no se recordaba cazador más viejo y más afortunado que él, y, desde luego, nadie sabía tampoco de un caso de mayor afición. Y esto le volvía orgulloso, con ese orgullo senil y plano que tanto ayuda a vivir (y a morir) en paz, de manera que Críspulo ya no pensaba que le hubiera dado lo mismo no nacer.

"Después de todo..." —murmuraba.

Por eso, en presencia del cura y del médico, le había dicho al sobrinejo que le alcanzara la escopeta y la había abrazado: quería morir con ella al lado, casi del mismo modo que había venido.

Y, en eso, sintió que le venía la flojera y que los ojos se le iban. Antes de cerrarlos para siempre trompeteó para juntar la poca voz que restaba, y dijo, como quien se va a dar un paseo:

"Que me cuides el perro, chaval".


Publicado el 22 de septiembre de 2018 por Edu Robsy.
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