La Gallina y el Ángel

Arturo Robsy


Cuento


Mi hijo se ha presentado con el cuaderno abierto y la ilusión de que yo aprecie su estilo literario. Ha terminado un ejercicio de redacción y lo somete a mi docto parecer justo en el momento en que estoy a punto de meterle el diente a un artículo de opinión de mi periódico favorito.

— A ver qué te parece, Santo Padre.

Trabajosamente escrito a lápiz con la mano izquierda, leo:

"Di todo lo que sepas sobre la gallina"

"La gallina lleva a sus hijos en el vientre como todo el mundo, pero los pone aún en huevo y tiene que subirse a ellos durante veintiún días para que nazcan: este fenómeno se llama incubación. Hay gallinas de muchos colores: pelirrojas, negras, blancas y pintadas, por lo menos. La gallina, cuando nace se llama pollito, y es muy bonita. La gallina de mayor es bastante fea y muy tonta. La gallina es un ave que no sabe volar, porque está muy gorda y, también, por tonta. Cuando se la persigue corre bastante y mete un ruido que se llama cacareo. También cacarea cuando pone un huevo, de alegría seguramente, o para presumir. El marido de la gallina es el gallo, que es más bonito, más valiente y lleva en las patas clavos llamados espolones. El gallo tiene una cresta alta y roja, llena de puntas como una corona; la gallina lleva la cresta caída sobre los ojos y parece una boina. Cuando se le arrancan las plumas tiene la piel amarillenta, como si estuviera enferma. Las gallinas son aves de corral y de ellas se come todo, tanto los huevos como la carne, y, además, son muy cobardes porque saben todas que nos las queremos comer. Cuando hay que insultar a alguien que tiene miedo se le llama gallina y cuando nos asustamos se nos pone la piel de gallina."

— Sabes tú mucho sobre las gallinas, Enano. — digo disimulando la risa.—¿Estudiáis la gallina en el colegio?

— Sí. Y tú también me vas explicando cosas. ¿Te acuerdas de cuando te regalaron un milano?

— Un pollo de milano, y era "milana". Sí. Acabé soltándola porque era muy tozuda.

— Tú le llamabas pollo y yo, que era muy pequeño, creía que era el hijo de una gallina.— dice mi niño—. Además le llamabas "gallinita" porque gritaba cada vez que le cogías.

— Pero los milanos son aves de presa, no de corral.

Aún así el muchachuelo tiene otras ideas y creo que me las va a explicar:

—¿Por qué no nos compramos una gallina, Santo Padre? Podríamos tenerla por ahí para que pusiera huevos y, además, podríamos escribir con sus plumas, como se hacía antes.

Gracias a este hijo mío cada día me parece más cercana mi propia infancia y de ella voy y vengo con alegría; de ella extraigo las imprescindibles dosis de candor para afrontar ilusionadamente la vida.

— Paco, el padre de Nico, tiene un montón de gallinas en su huerto — me informa el niño.— La gallina es tan útil como la vaca, por lo menos, porque aunque no da leche, los huevos tienen muchísimo alimento. ¿Por qué no dan leches las gallinas?

Me doy cuenta de que las explicaciones que se me ocurren no satisfarán a un niño, pero lo intento.

— Las aves no dan leche.

— Lo que pregunto — me insiste con paciencia — es por qué no dan leches las aves.

— Porque son aves. Supongo que, con tanta pluma, los pollitos no podrían mamar bien.

— El ornitorrinco, que es un bicharraco de Australia — me responde — es como un pato, pero da leche: es un mamífero. Y el murciélago, que vuela y todo, da leche. Además yo sé que a los gorriones, por ejemplo, les encantan las sopas de leche.

Decido pasar yo al interrogatorio, que siempre es una defensa:

— Y tú, ¿por qué no tienes plumas?

Piensa un poquito el nano y me mira sonriendo:

— Tú quieres que diga que porque no soy un ave. Pero estaría muy bien que me salieran plumas: no tendría que vestirme ni que desnudarme, ni que llevar abrigos y bufandas y, seguramente, no me mojaría al lavarme.

— Ésas sí son buenas ventajas, ¿no? Además, con toda la gente llena de plumas por la calle, la ciudad sería más bonita.

Mi hijo, como tantos niños, no hace diferencia entre lo físico y lo metafísico, y a eso mismo se está dedicando en este momento:

— ¿Has visto alguna vez un ángel, papá?

— ¿Y tú? — le respondo, para tomarme tiempo.

— No estoy muy seguro — musita, reflexivo—. Por eso te pregunto: tú has visto casi todas las piedras y casi todos los árboles y, además, eres más viejo, de manera que es más fácil que hayas visto alguno que otro ángel.

Ya estoy preparado yo, así que me pongo a volar con mis propias alas:

— Cuando tú no habías nacido yo era un tipo muy rebelde que estudiaba las cosas que me parecían y que sentía muy bien los olores de la tierra. No me gustaban las calles, ni las colas de la gente, ni sentarme en los cines a ver figuras tontas como un idiota. Me gustaba mucho hablar y, por eso, hablaba conmigo mismo y así estaba seguro de comprenderme casi todo lo que me decía. Tampoco me gustaban las casas, porque son de piedra y, aunque es verdad que a veces te reguardan del frío, siempre te tapan el sol y te quitan el balanceo de la brisa.

Mi hijo pone ojos de estar pensando "atiza, qué padre tengo". Seguro que me ve en una película revolcándome en la brisa y cogiendo puñados de sol para guardármelos en los bolsillos.

— Por todas estas cosas, siempre que podía me escapaba al campo con una tienda de campaña y cuatro o cinco velas. Si hacía buen tiempo, me echaba a ver cómo pasaban las nubes muy despacio; y si llovía era mejor, porque me paseaba por la lluvia escuchándola y, luego, en la tienda, la oía caer sobre la lona y se me antojaba ese ruido una música agradable.

— Una vez — seguí al ver que mi enano estaba más que atento — hubo una gran tempestad. Desde el cielo echaban agua a cubos y eran chorros y no gotas los que caían. Hacía un viento norte de todos los diablos y, al meterse entre las ramas y las agujas de los pinos, hacía que los árboles sonaran como órganos. Tuve que poner piedras grandes sobre las piquetas que sujetaban los vientos de la tienda que, de todas formas se hinchaba a veces y, otras, tremolaba como una bandera.

— Cerca se solía oír como algún árbol, demasiado fuerte, se caía: daba pena, porque los árboles, cuando les vence la tramontana, gritan y gimen y sus crujidos son como la voz de un hombre que llora. Chascan también las ramas que se rompen y son como disparos, de manera que parece que les estén matando a tiros.

— ¡Qué divertido! — exclama mi hijo — Me gustan mucho las tempestades.

— Y no te he hablado aún del cielo: había tantas nubes negras y corrían tan deprisa, que parecía que de un momento a otro alguna iba a caerse al suelo. Pero solamente se embestían para hacer que sonara el trueno, y los rayos iban y venían como parpadeos. En una de éstas oí un golpe más cerca que los otros y al asomarme vi a un ángel acurrucado en el suelo, y muy manchado de barro.

— ¿Y qué hacía?

— Se conoce que con todo aquel tumulto en el cielo había perdido el equilibrio y se había caído, de manera que le ayudé a entrar en la tienda y miré si tenía algún hueso roto.

— ¿Llevaba trompeta y pergamino? Los ángeles del Portal de Belén tienen todos un pergamino extendido que pone Gloria in excelsis Deo. Y tocan trompetas muy largas.

— Como no era Navidad, no llevaba nada de eso: solamente las alas y un vestido blanco, parecido al que usan los romanos en las películas de los últimos días de Pompeya.

— Es caso es — sigo, satisfecho de mi mismo — que no se había hecho daño: estaba un poco aturdido por el golpe y muy mojado. Mientras se secaba con la toalla, me puse a preguntarle cosas: él era un ángel mensajero, una especie de ordenanza que lleva los recados. Luego, con los años, iría ascendiendo a trono, potestad y dominación. A Arcángel, en cambio, llegan pocos, porque hace falta ser terriblemente aplicado.

— La causa de aquella tempestad que nos rodeaba era que unos ángeles novatos se habían equivocado. Resultaba que más allá, en el mar, había una isla muy triste que no tenía fuentes. La gente bebía sólo del agua de la lluvia y últimamente habían tenido dos años de sequía; así que Dios había encargado a varios ángeles de la guarda de los hombres de aquella isla que recogieran bastantes nubes del cielo y las llevaran a llover allí, mar adentro. Esto, por lo visto, es cosa que se hace muy a menudo, y por eso los meteorólogos se equivocan tanto al predecir el tiempo.

— Pero estos ángeles no tenían mucha práctica. Cuando uno lleva nubes por el cielo sobre la tierra, las montañas se encargan de parar los vientos, pero en el mar no ha montañas, y siempre hay que empujarlas a favor de las corrientes de aire. Eso es justamente lo que no hicieron los ángeles aquellos, de manera que ellos empujaban a las nubes por un lado y la tramontana por el otro, y, claro, las nubes se apelmazaron unas con otras tanto que se organizó una tempestad de órdago.

— Entonces Dios envió al ángel mensajero para decirles a los novatos que empujaran a favor del viente, y antes de que se diera cuenta, el brazo negro de una nube le dio tan fuerte que lo tiró contra el suelo.

— Cuando terminó de contarme estas cosas ya estaba seco, y entonces vimos que con el golpe se le habían desprendido unas cuantas plumas y eso era malo, porque no podría levantar el vuelo desde donde estábamos.

— Necesitaré tirarme desde algún acantilado — me explicó—. Una vez en el aire, planeando, podré llegar bien al cielo.

— De manera que salimos de la tienda de campaña y nos fuimos como pudimos, por en medio de la tormenta, a lo alto de un precipicio que daba al mar. Cuando vi que el mar estaba tan bravo y negro, con espuma gris que volaba por todas partes, le dije que esperara un poco, pero él tenía que dar el recado de Dios a aquellos ángeles bisoños y no podía perder tiempo.

— ¿Cómo se llamaba? ¿Te lo dijo?

— Felipe. Me dijo muchas cosas, como, por ejemplo, que había ángeles que querían ir a reacción, porque con las alas se volaba muy despacio, pero, en realidad, casi todos los otros ángeles pensaban que las cosas serias había que hacerlas despacio. También me explicó que los ángeles no eran de carne: Dios hizo al hombre de barro y, al darle el soplo de la vida, la arcilla se hizo carne; pero el ángel lo hizo de una substancia más ligera, recortando su figura de una nube blanca, y de esta forma los espíritus de ángel tenían menos trabajos con un cuerpo tan suave y, por eso, ni comían ni dormían y volaban siempre sin cansarse.

— No como las gallinas, que brincan y toda esa grasa que tienen de tanto comer no las deja volar.

— El caso es que el ángel se tiró por el acantilado sin ningún miedo, y poco a poco, dando vueltas como una gaviota, se metió otra vez entre las nubes. Pero, como le había ayudado, me quiso hacer dos regalos. Así que, antes de levantar el vuelo, me dio una de sus pequeñas plumas que olían a perfume.

— ¿La tienes? — pregunta mi hijo, rápido como el rayo, y yo, naturalmente, abro uno de los cajones de mi secreter y la exhibo triunfante.

— Parece de pecho de gallina — comenta.

— Pero es de ala de ángel — respondo bien serio — Al dármela me dijo que cada vez que me la pasara por la frente tendría buenos pensamientos.

El niño se la frota varias veces y estoy convencido de que, entonces, no tiene en su cabeza ni un mal pensamiento.

— ¿Y cuál fue el segundo regalo, Santo Padre?

— El más importante: que creería para siempre en la existencia de los ángeles.


Publicado el 23 de septiembre de 2017 por Edu Robsy.
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