Lea y Hágase Rico, Según su Coveniencia

Arturo Robsy


Artículo, humor



"La riqueza no es una situación. Es una forma de ser". Que diría aquel.

La duración del aburrimiento

La vida media del hombre (70 años) abarca un período de 25 mil 550 días, cifra más que reducida al comprarla con las que se barajan semanalmente en las quinielas y en la lotería.

Suponiendo que ese mismo hombre venga a ganar una media de 15.000 pesetas mensuales durante toda su vida, resulta que ha gastado (o ahorrado) un mínimo de 12 millones y medio de pesetas, que son 500 por día.

Saquemos algunas consecuencias: quinientas pesetas diarias durante veinticinco mil quinientos días, suponiendo que los precios no suban demasiado dan para vivir muy justos y nada más. Ahora bien, si a cada ciudadano se le entregara (al llegar a su mayoría de edad, por ejemplo) la bonita cifra de doce millones y medio de pesetas que equivalen a los beneficios de toda la vida, ¿qué sucedería?

Varias cosas, claro. La primera, que tendríamos un nuevo millonario. La segunda, que el ciudadano en cuestión dispondría de un capital real con el que maniobrar y establecerse. La tercera, que se iría al diablo una gran parte de la sociedad actual y que, por lo tanto, volverían los tiempos de la escasez y del hambre. La cuarta, que el mundo está estudiado para que haya pocos ricos y muchos pobres, porque, si no, nadie trabajaría. Y la quina, a modo de consecuencia, es que el noventa por cien de los hombres comerciamos y especulamos con nuestra persona, mientras el 10 por 100 restante especula y comercia también con la nuestra y no con la suya.

Y, en suma, veinticinco mil quinientos días no se pasan así como así: son largos aunque vengan repetidos. Son penosos, aunque se les cuente por meses. Son productivos, aunque uno de cada siete sea de holganza. Parados los primeros tres mil quinientos (3.650 exactamente), que corresponden a la niñez consciente, desaparecen la mayor parte de las sorpresas de la vida.

A partir de los doce o trece años conocemos más o menos el mecanismo del mundo, le hemos visto las tripas como a un juguete roto. Hemos dejado atrás un buen pedazo de nuestra curiosidad y casi la totalidad de nuestro candor. Por delante nos queda la duración del aburrimiento que, desde luego, no es tal: siempre surgen imprevistos, siempre sucede lo inesperado (ver André Maurois) y, siempre también tenemos la sensación de lo mucho que nos queda por hacer.

Ahora bien: ¿qué pretende un niño hasta los 12 o 13 años? No se sabe bien. Muchas cosas. Crecer, por ejemplo. Ser Ser enfermera o soldado, azafata o aviador. Cazar lagartijas. Coleccionar hojas o pedruscos... todo, por supuesto, sin el menor interés material, aunque muchos, para mejor pasar la infancia, comercien con caramelos de segunda mano y jarabes hechos con regaliz macerado.

¿Qué se pretende a partir de los trece años? Muchas cosas, al parecer, pero solo una en la realidad: ganarse la vida, es decir, hacer dinero. Y, para ello, se estudia desde el un principio o se trabaja desde el mismo lugar. Se aprende a tratar a la gente o a esquivarla y se toma conciencia del valor de cada uno medido en pesetas-semana o en pesetas-mes.

¿Un poco confuso? Digámoslo de otra forma: de toda nuestra vida, invertimos mil quinientos días en las poéticas quimeras que solo conducen a nuestra imaginación y, en cambio, ocupamos el resto, 23.000 días nada menos, en ganar dinero con uno u otro fin, honrada o turbiamente, pero en ganarlo.

Donde se explican algunos intereses complejos

La pregunta moral sería la siguiente: ¿es lícito ganar dinero? Y necesario, qué porras. Hay que ganarlo: de lo contrario uno acaba en la cárcel, en el hospital o en la tumba. ¿Y en qué cantidad? En la que sea posible; por supuesto siempre más de lo que se necesita para mantenerse con vida.

Podríamos enunciar la siguiente ley general: el hombre siempre desea ganar dinero a través de algo (una actividad, un ocio, una vocación) o a través de nada, con lo que el juego es aún más divertido si no termina uno entre rejas.

De cien encuestados, ochenta y siete afirmaron rotundamente que sí, que querrían ser ricos en un momento dado. Once puntualizaron que "solo lo suficiente para tener un buen pasar". Y los dos restantes eran ricos realmente y prefirieron hablar de sus aficiones. De donde se deduce que los ricos son minoría y que la inmensa mayoría pretende enriquecerse, cosa que contradice inmutables leyes físicas.

Escribo para esos ochenta y siete a quienes les gustaría llegar a ricos, precisamente porque no lo son todavía.

Los tres sistemas sencillos

Los tres sistemas más sencillos para hacerse rico son:

a) Ser hijo de un rico

b) Acertar una quiniela muy difícil

c) Ganar el primer premio de la Lotería Nacional.

Y me consta que un buen número de los aspirantes a millonario utilizan semanalmente los sistemas b y c con una constancia envidiable. Y, aún así, existe una desproporción notable entre el número de ricos y el de pobres. Por ello conviene pasar.

Los tres sistemas menos sencillos

Para hacerse rico, claro. No son difíciles, pero sí peligrosos y, naturalmente, si alguien los sigue deberá obrar bajo su completa responsabilidad. Son éstos:

a) Contrabandear con heroína. Inconvenientes: la cosa está perseguida por las leyes de todos los países. Además, hacen falta ciertos contactos para entrar de lleno en el negocio y, por supuesto, los contactos no andan pregonándolo por ahí, sino que se muestran tímidos y recelosos.

b) La técnica de la "espantada". Consiste en ser "pobre pero honrado" durante bastante tiempo, lo que es necesario para que los demás, pobres y ricos, depositen en él su confianza. Entonces por término medio se tiene acceso a alguna abultada caja, y ya no hay más que comprarse una maleta con una buena cerradura y aprovechar un sábado para salir rumbo a América. El éxito de este sistema depende de la discreción y de la tierra por medio que uno sea capaz de poner. Inconvenientes: también la ley de casi todos los países persigue a los que se valen de la técnica de la espantada, aunque ya se sabe que "hecha la ley, hecha la trampa". Si uno no estudia muy bien el itinerario a seguir en su huida, corre el peligro de ser repatriado y esto, aunque se ame a la tierra que nos vio nacer, puede ser un inconveniente.

c) El truco de las divisas. Hay que contar con un capitalito inicial y con clientes relativamente imbéciles. Tiene, como todas las cosas grandes, diversas variantes de las que elijo una al azar. Generalmente este negocio se hace desde empleos relacionados con el turismo y consiste en vender artículos cobrando en moneda extranjera (a cotización más baja) y en cambiar por nuestro dinero el extranjero. Entonces se sale de España y se compra oro en el mercado libre. Se regresa con él fundido imitando abalorios y chucherías y se revende. Inconvenientes: los beneficios suelen ser altos, pero se ha de actuar en gran escala; es decir que si uno es pobre de verdad tendrá que asociarse con otros. La ley persigue a quienes usan este truco, pero en este campo la ley tiene más coladeros que en el de la heroína o las espantadas. Otro inconveniente es que uno no se hace rico en tan poco tiempo como en los procedimientos anteriores.

Y quedan aún otros tres procedimientos más difíciles aunque un poco menos peligrosos. Aquí están:

Los tres sistemas difíciles

Tienen todos ellos un fondo común, la falsedad, y según el uso que se haga de ellos, pueden convertir a un hombre en rico, acomodado, paria o encerrado. El éxito, pues, depende de las habilidades naturales de cada uno, de la vocación, en suma.

a) Las antigüedades. No las verdaderas, claro, porque ésas tiene un valor, aparte del de la vejez: la calidad, el arte. Las buenas son las otras, los objetos que no sirven para nada y que uno puede comprar en las viejas casonas siempre que se hace limpieza del desván. Cierto que, entre tanta quincalla, puede aparecer algo realmente notable y, en este caso, lo mejor es vendérselo a un auténtico anticuario de solvencia, que dará su justo precio.

Pero lo demás, la bombonera de loza de principios de siglo, el tarro de vidrio grueso e imperfecto, el farol de hojalata, el candil de latón, el plato actual, usado y descascarillado ligeramente, el grabado moderno adecuadamente envejecido, el cántaro enmohecido, el libro descuajaringado, etcétera, eso da dinero. Tanto, que uno puede comprarse una vajilla, usarla durante tres o cuatro meses y venderla como antigüedad por el triple de su precio. El mercado anda desquiciado por el momento y se confunde fácilmente lo viejo con lo antiguo, lo original con lo falso, lo artístico con lo artesano.

En pocos meses se puede cuadruplicar el capital inicial y más ahora, con los turistas, que se imaginan, los pobres, que vivimos tan atrasados como para venderles un Greco auténtico sin saber que lo es.

b) Meterse a proxeneta. Y más en zona turística. Es creencia falsa, aunque generalmente aceptada, que los extranjeros viven en jauja y se acuestan con las extranjeras tantas veces como se les antoja. Lo cierto es que ellos, por diversos motivos, también andan frustradillos e insatisfechos. Y, aunque no sea así, la tentación de probar productos típicos, "made in", siempre aporta clientes.

Para el negocio en sí, basta contar con una plantilla de mujeres aguerridas y bien entrenadas, inasequibles al desaliento, más provocativas que atractivas, más soeces que mojigatas. Buscando, también es posible adquirir carne extranjera para el negocio y en suma, el proxeneta no arriesga nada (excepto la cárcel), pues se limita a representar a sus patrocinadas. Ellas hacen lo demás. A ellas se lo hacen, vamos, y el pájaro cobra sus buenas piezas de a ocho mientras dura la juerga.

Inconvenientes: generalmente esta profesión no está bien vista, pero, quien éste libre de pecado... ¿eh? Peor era vender esclavos, y se hizo. Peor es comercial con los emigrantes y se hace. En estos tiempos en que uno se vende a sí mismo ¿porqué no va a alquilar a las demás? Si hay mercado... Y lo hay, lo hay a pesar de que esta es una mercancía que no ha cambiado de envase desde la más remota antigüedad.

c) Adulterar. ¿El qué? Todo. Si usted tiene genio de adulterador nato, no lo dude y láncese a ello. Corre peligro, por supuesto, y la cosa no es tan segura como lo de las antigüedades, pero hay mucho tío listo que vive y prospera en el negocio: ¿porqué un primerizo iba a tener peor suerte? Además, la lista de productos que se pueden adulterar es igual a la lista de los que se pueden vender o comprar, es decir, innumerable.

Se pueden rellenar bolsitas de plástico con grasas baratas y esencias y venderlas como salchichas, chorizos o morcillas. Se puede enlatar fécula de patata mezclada con almidón y grasa de ballena y venderlo por "foie-gras". Se puede echar almidón y yeso a la lecha, etc.

Otra forma de adulterar consiste en vender una calidad por otra. No hay más, por ejemplo, que comprar diez mil botellas de aceite de soja, cambiarles las etiquetas y venderlas como si fueran de oliva. Puede importar carne de cebú o de camello y venderla enlatada como si fuera de ternera. Puede... En fin: para más información los interesados deberán leer la prensa diaria, verdadera cátedra de la ciencia de la adulteración, teniendo en cuenta que lo que se publica ha sido ya descubierto.

Por último, saltemos por encima de mil variantes de enriquecimiento, algunas sumamente sofisticadas como puede ser incendiar los bosques ajenos y esperar después a que suba el precio de la madera de los propios. Los caminos son muchos y todos están sembrados de espinas, pero con vocación y perserverancia se consiguen milagros. No se menciona, tampoco, el asunto de las especulaciones de terrenos, empresa que, por su propia magnitud, está reservada a los que ya son ricos.

Sin embargo, si algunos se enriquece con los procedimientos que aquí se citan y tiene hígados para continuar, que no lo piense mucho: las tierras, con el aquel del turismo y del crecimiento urbano, son el campo más adecuado para sacar buena tajada a cambio de no mucho.

Y para terminar citaremos los

Tres sistemas dificilísimos

Y que, por supuesto, son menos seguros que todos los anteriores, pero, eso sí, más decentes. (Aunque esto, dado que el dinero ni habla ni conserva los olores, es lo de menos, ¿no?)

a) Tener ingenio y hacer o inventar algo que los demás no puedan imitar. Si hay suerte y construye un motor revolucionario o escribe un libro como Papillón, se hará rico. Inconvenientes: hace falta tener ingenio y, sobre todo, saber cómo aplicarlo. Es sin embargo un sistema y el mundo van y vienen individuos que deben su fortuna exclusivamente a su imaginación, no crean.

b) Invertir la infancia, la juventud y parte de la madurez en los estudios. Ser el primero de su promoción y el número uno en cuantas oposiciones se participe. Tener paciencia. Tener medio quilo más de sesos que el resto de la especie y demostrar que realmente uno vale un imperio. Por este camino la riqueza tarde en llegar, pero se pueden percibir sueldos interesantísimos que hagan innecesario el enriquecimiento absoluto. Todo aquel que haya cumplido los treinta debe olvidarse de este sistema: puede que tuviera sesenta al empezar a gozar de los resultados.

c) Ahorrar. E invertir. Y ser honrado (pues la honradez paga dividendos de vez en cuando). Y encontrar buenas formas de gestión empresarial. Y encontrar buenos socios de la misma talla que uno, y reinvertir los beneficios y expansionar la empresa... No crean: conozco a una buena porción de gente que ha obrado así, y, los que no han quebrado, son ya ricos o están en camino de serlo. Y esto, a pesar de que el mundo es muy puñetero, algo querrá decir. Y algo muy importante, además.


Publicado en el Diario Menorca el 24 de abril de 1974.


Publicado el 10 de septiembre de 2020 por Edu Robsy.
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