Novela de enredo con conspiraciones políticas múltiples
Novela humorística, de política-ficción y algo filosófica, en la que se narran las andanzas de Eduardo Libre, un original profesor de filosofía dispuesto a subvertir el orden político de una ciudad con la ayuda de unos amigos bastante especiales y su capacidad para pensar siempre de una forma totalmente imprevisible. Es, además, todo un roman à clef en el que podrán identificarse con muchísima facilidad a los principales protagonistas de la vida política y cultural de la primera mitad de los años 80 en la zona de levante de la isla de Menorca. Si alguien se siente aludido, puede presentar su reclamación formal ante San Pedro por el conducto reglamentario.
Una historia divertida, con un punto de comedia de enredo, en el que, sin embargo, se apuntan claves sobre cómo funcionan los partidos políticos y las personas que se dedican a la política. Sus motivaciones no son tan diferentes de las que vemos en algunos de nuestros mejores políticos contemporáneos. Un ajuste de cuentas, una broma, un experimento, una declaración de principios... "Manuel de Superviviencia" es todo eso y mucho más, y se construye con una buena cantidad de elementos autobiográficos del propio autor.
Esta novela inédita ha estado perdida durante más de cuarenta años, y ha sido el hallazgo de un ejemplar autoeditado el que ha permitido su recuperación y publicación en formato digital. Es, a ratos, una extraña combinación entre la ironía de Chesterton, el humor de Woodehouse y la divulgación científica de Dawkins, aunque con una visión personalísima y muy peculiar sobre la vida y la forma de entenderla. Que nadie espere ni una frase políticamente correcta ni valores progresistas: es todo lo contrario. En este sentido sí que es todo un "Manual de Supervivencia".
Supuesto admirador y amigo de Fraga Iribarne, se las compuso para obtener sin examen el título de periodista y dirigir el periódico local, cuyo principal accionista era, entonces como ahora, el obispado; de manera que en los años sesenta, mientras conspiraba por Europa con los ateneístas, escribía nada despreciables loas todos los primeros de abril, los dieciochos de julio, los primeros y veintinueves de octubre y los veintes de noviembre, fechas clave en la apretada agenda de aquellos embriones de demócratas. Santificaba las fiestas, y el Viernes Santo, por ejemplo, el periódico era una especie de esquela dolorosa y negra, mientras que en Navidad tendía a combatir la costumbre extranjera del árbol, a favor del más español (pero italiano) belén católico.
Desde su cargo procuraba conocer y convertirse en confidente de los sucesivos gobernadores civiles, ya en plan de soplón, ya en el de pelota. Se rasgó las vestiduras públicamente el día que mataron a Carrero Blanco y se hizo incondicional del espíritu del 12 de febrero de Carlos Arias Navarro.
268 págs. / 7 horas, 50 minutos.
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Publicado el 14 de julio de 2026 por Edu Robsy.
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