Manual de Supervivencia

Arturo Robsy


Novela



El Día D - Cita con la muerte

Ramón Sánchez, profesor de E.G.B., se había sentado a fumar durante el recreo al lado del foso de saltos de longitud y de su arena rojiza cuando algo golpeó contra ella a unos dos metros de sus pies.

Ramón era, además de maestro, un más que conocido elemento de eso que se llama ultraderecha, un rebelde activo, padre y madre de panfletos, octavillas, pintadas murales y hasta alguna que otra broma pesada, de manera que, cuando reconoció lo que había golpeado contra la arena de los saltos de longitud, no dudó ni un momento en tirarse al suelo al pie de una mediana acacia que allí hacía sombra, indiferente a cualquier otra consideración.

A unos dos metros de Ramón se veían las plumas y la mitad semienterrada del astil de una flecha deportiva. Aguardó un par de minutos echado y, al comprobar que no caían nuevos proyectiles, fue poniéndose en pie con precaución.

—Estos terroristas —se dijo medio en broma, medio en serio— no deben de tener todavía licencia de armas.

Julio Ruiz, mayorista de un buen número de productos, recibió un paquete bastante voluminoso aunque ligero. Julio Ruiz, hombre metódico y de pocas palabras, era amigo del alma de Ramón Sánchez, el maestro, y, por lo tanto, coautor de esas ya mencionadas octavillas, pintadas, rebeldías y bromas relativamente pesadas. Ramón procedía de las estructuras burocráticas del fenecido Movimiento Nacional y había sido reconvertido en funcionario de Secretaría General, en funcionario de Presidencia del Gobierno, más tarde de Cultura y Bienestar y, después, de Cultura a secas, hasta que lo transfirieron a la correspondiente Comunidad Autónoma, y entonces hizo una higa a cada uno de los puntos cardinales, gruñó algo intraducible y dejo basta de palabra y por escrito.

Dentro del envase de cartón que le dejó el transportista aquella mañana, venía otra caja de menor tamaño con un precinto rojo y una anilla para, al tirar de ella, rasgarlo. Sólo que tan pronto como Julio tiró de la anilla el paquete entero empezó a expulsar un humo a presión y Julio, sin tomarse tiempo ninguno, saltó bien lejos, detrás de unos cajones con los que se peló el dorso de la mano zurda.

Allí atrás, sin respirar apenas, se estuvo aguardando la explosión, con la boca abierta para protegerse los tímpanos, hasta que sospechó que no sucedería nada y, asomando un ojo curioso y, luego, el otro airado, salió como pudo del local, que se había llenado de un humo espeso y asfixiante.

Jesús, periodista de segunda y poeta de bolsillo, fue a subir a su coche de madrugada, al terminar el trabajo en la redacción de su periódico. Le extrañó ver un ligerísimo resplandor rojo en el suelo, bajo la rueda izquierda, y se puso en guardia.

Jesús, ¿hace falta decirlo?, era también amigo de Ramón y de Julio, defensor por escrito del Movimiento Azul y rebelde clandestino que, con una emisora casera, se entretenía algunos sábados en interferir las radios locales con programas subversivos en los que se cantaban las viejas marchas, se leían modernísimos discursos de José Antonio, y se proferían insultos muy antiguos, dado que no se habían inventado otros mejores.

No es extraño que un ligero resplandor rojo bajo su coche le pusiera alerta, puesto que su natural vanidad le hacía considerarse adecuada pieza de caza para cualquier terrorista aburrido.

Regresó a la redacción y, sin decir nada a nadie todavía, se hizo con una linterna. De bruces en el suelo pudo ver una cajita adherida a los bajos de su coche: en ella brillaba tenuemente un diodo, justo en el sitio del que partía un fino cable negro (su coche era azul oscuro) que llegaba hasta la bisagra baja de la puerta del conductor.

—¡Atiza! —dijo. No era, claro está, un experto en bombas, pero aquello tenía todo el aire de estar dispuesto para mandarle alegremente al otro barrio. La vanidad se le espabiló y se sintió contento como un chiquillo con zapatos nuevos—. Si no llega a ser de noche no hubiera visto ese resplandor; o si llegan a estar encendidas todavía las farolas. ¡Vaya suerte!

El director estaba todavía en la redacción: se había manchado de tinta al toquetear entre las máquinas y se restregaba las manos con un trozo de periódico cuando Jesús tiró de él sin admitir excusas.

—Tú, lo ves —le dijo—. Porque si te lo cuento no te lo vas a creer. Tú lo ves y luego ya hablaremos.

Jesús, mientras el director, bien agachado, contemplaba el ingenio, fue haciendo una lista de los que pudieran desear ponerle en órbita. A primeros de año, por ejemplo, sus manejos y los de sus amigos habían causado la dimisión del anterior alcalde y de un par de concejales. También estaba el ex-marido divorciado de la mujer de quien estaba enamorado, y un chulo de una casa de "Masaje y Relax" al que habían dejado en cueros y pintado de rojo en mitad de la noche... No le pesaba la conciencia por todo aquello, que él era un pacífico guerrillero urbano, pero reconocía, feliz, que sí, que alguien podía tener motivos para ponerle una bomba.

—¿Qué se te ocurre que hagamos? —le preguntó al director—. No me gustaría llamar a la policía, porque no es mi estilo presumir.

—Además —le dijo el director, que estaba hecho de pasta práctica— tampoco me interesa a mí que nuestra gente empiece a tener miedo a los terroristas. No se concentrarían en su trabajo y, con la excusa de ir a vigilar su coche, se pasarían las noches entrando y saliendo, que los conozco y el bar está a veinte metros.

Llamaron, por fin, a un sargento de la Guardia Civil que estaba casado con una prima de un redactor deportivo: el hombre había estado en Vascongadas y algo sabría de aquellos asuntos, aunque por teléfono pareció tomárselo a mal:

—¿Por qué no han llamado a la Policía Nacional?

—Porque no queremos que sea nada oficial —le dijo el primo de su mujer—. Además, si es una falsa alarma, no queremos hacer el ridículo.

Llegó al fin el sargento y se echó de bruces en el suelo con la linterna empuñada. Traía muy mala cara, resoplaba y maldecía por lo bajo.

—No veo por qué alguien habría de ponerle una luz a un explosivo —gruñó—. Esto no se parece a nada de lo que he visto y, además, lleva escrito "Cucú" en la caja.

—¿Cucú? —preguntó Jesús extrañado.

—Cucú —confirmó el sargento—. Me parece muy poco serio. ¿Tiene el coche asegurado?

—Sí, claro.

—Pues tráigame una cuerda.

Ató con cierto cuidado la supuesta bomba con la cuerda y se alejaron doce o trece metros.

—Me apuesto lo que sea a que es una tomadura de pelo —gruñó el sargento de nuevo—. Pero, por si las moscas, conviene no correr riesgos.

Tiró, pues, de la cuerda y el paquete se desprendió con facilidad. Todos cerraron los ojos, pero no sucedió nada salvo que lo que fuera aquello cayó al suelo con sonido de madera. El cable eléctrico se desprendió del paquete y siguió adherido a la puerta del coche, cogido por un trozo de cinta aislante.

—Ya ven —dijo el guardia civil, levantando con las manos el artefacto—. Es una caja de puros pintada de negro. Y le han pegado dos tiras de imán de una puerta de nevera. ¡Vaya bomba! ¿Ven? "Cucú": lo dice bien claro. Además, casi no pesa.

Al abrirlo vieron una pila cuadrada que daba energía al diodo instalado en la tapa. No contenía nada más que eso y un papel doblado que el guardia civil desplegó curioso:

"Sí, como sospecho, te has pegado un susto —leyó— quiere decir que en estos momentos nadie se siente seguro o, al contrario, que todos se consideran posibles víctimas".

—No lo firma nadie —dijo el guardia civil—. ¡Vaya amigos que tiene usted! ¿Sabe quién puede ser?

Jesús lo sabía muy bien: no podía ser otro que un cierto profesor chalado, amigo de escenas teatrales y teorías disparatadas: el maldito Eduardo Libre, que llevaba ya muchos días silencioso y dócil. Aún así, la expresión del sargento presagiaba tormenta, de manera que contestó lo único posible:

—No tengo ni idea. Siento que haya tenido que levantarse a causa de una broma.

—Compréndelo —añadió su primo político, el redactor deportivo—. Si hubiéramos llamado oficialmente a la policía nacional, ¿quién nos libraría del cachondeíto?

El guardia civil aceptó una copa de desagravio y hasta un cafetito de reconciliación en el bar cercano y acabó por irse, todavía con el ceño apretado. Jesús comunicó entonces sus intenciones al director:

—Esta vez lo mato.

—¿Sabes quién es el bromista?

—Sé el único que puede ser: al nacer debieron de estrujarle los sesos con el fórceps.

—¡Ah! —dijo el director— Eduardo Libre, I supose. Dile de mi parte que la próxima vez se lo haga a los de la radio.

—Se lo diré por señas.

Jesús vivía una complicada historia de amor. Si no hubiera sido complicada seguramente se le hubiera terminado ya, porque era hombre de temperamento poético e inconstante al que machacaban las costumbres y desanimaban las facilidades. Él jamás lo explicaría así, pero desde hacía cuatro meses estaba amancebado con la joven directora del instituto, una guapa chica a la que le unían, además del tibio sexo, los ojos de cristal, la aniñada sonrisa y el placer de compartir casi la misma opinión del mundo y del arte.

Se llamaba Nieves y era una mujer divorciada, capaz de compartir también silencios y tristezas; una mujer especial para un Jesús extravagante, como hecha de encargo. A fuerza de sufrir era ahora sufrida y cariñosa; y, a fuerza de sentirse sola, ponía en la compañía de Jesús la esperanza de encontrar el camino de su vida.

Jesús tenía bastantes horas libres durante el día, justo cuando ella estaba ocupada con sus clases de literatura desde las nueve de la mañana. Por la noche, en cambio, Jesús se iba a la redacción muy pronto, lo que les obligaba a cenar con las gallinas, con lo que, dadas las incompatibilidades, las efusiones amorosas eran una pura guerra de guerrillas, sin horarios fijos ni momentos de calma. Otros hubieran reventado, pero en el caso de Nieves y de Jesús era esto lo que más les unía, el gusto por lo inesperado, el ataque a las cinco de la madrugada, o dejar que se quemara la comida en el fuego porque el beso de saludo se convertía, sin acuerdo previo, en otra cosa más larga.

Sin costumbres fijas la confianza es más confianza cuando, además, hay puntos claves de contacto, excitantes puntos que no se localizan en el cuerpo sino en el alma; comentar, quizá, un verso, o burlase a dúo de la frase majadera de un anuncio de huevos o de un político demócrata; admirarse del aire transparente o del gorrión ciudadano que brinca satisfecho en el alféizar; poner tanta pasión en unir las manos como en otras uniones más clásicas y, en invierno, encandilarse, silenciosos, con las llamas del hogar, sin sentir necesidad de nada.

Por estas y otras cosas Nieves escuchó a las seis de la mañana la historia de Jesús y de la bomba falsa, e incluso se echó a reír cuando vio el papel que ocupó el lugar de la dinamita.

—A Eduardo hay que tomarlo según se te presenta —le dijo a Jesús—. En el instituto no hace más que plantear problemas. Acuérdate de cómo desafió a todas las autoridades, obispo incluido, a someterse a un test de inteligencia, y cuando hizo una encuesta entre los profesores para saber la marca de su ropa interior: descubrió que las mujeres sabíamos la de la nuestra, pero no los hombres, y, con esta evidencia, nos explicó a todos que la mujer cuida más sus genitales que el hombre, debido a que el hombre lo fía todo a la fuerza.

—Lo de hoy, de todas formas, ha ido mucho más lejos. Si quería verme no tenía más que llamar o dejar una nota.

—Si ha preferido este sistema, es seguro que está tramando alguna de las suyas. Es su forma de hacer una preparación psicológica.

—¿Tú crees?

—Te diga lo que te diga cuando le veas, le prestarás más atención, ¿verdad?

—Mientras Eduardo continúe sin camisa de fuerza, nadie estará de verdad seguro, Nieves.

—Eso es lo que yo pensaba antes de conocerte a ti, Jesús.

—¿No ahora?

—Tal vez no te des cuenta, cariño, pero tú tampoco eres un hombre del montón. ¿Dime quién se enfrentó a aquel navajero o quién hizo que el alcalde dimitiera?

—Entonces sólo hay una diferencia: que tú me has elegido.

Cuando Ramón, el maestro nacional-sindicalista, desenterró la flecha que tan cerca le había andado —eran las diez y media de la mañana— encontró un papel atado con elásticos a la punta:

"Si yo fuera un terrorista o un indio sioux, hubieras ido a formar junto a tus compañeros ya sabes dónde —venía escrito—. No dudo que en breve tendrás noticias de tus buenos amigos y, cuando te pregunten, responde sin vacilar que "a las siete". Para entonces se os habrán pasado las ganas de darme con un garrote. Piensa que estoy muy interesado en investigar las formas en que la información se transmite y se percibe".

Ramón pensó primero en romper la flecha, pero luego se vio a sí mismo rodando por el suelo y vigilando y no pudo evitar una sonrisa de oreja a oreja: Eduardo Libre, porque tenía que ser él, no era capaz de portarse de una forma normal: si no asombraba, si no levantaba revuelo, si no conseguía admirar o enfurecer, se sentía fracasado e inútil.

El papelín le hacía sospechar que había otras víctimas de sus juegos. La flecha en cuestión le había sido lanzada al día siguiente de que Eduardo Libre publicara en el periódico local uno de sus habituales manifiestos, esta vez a costa de "La Representación de la Voluntad Popular y el Análisis Social".

—¿Qué les habrá hecho a los otros ese jodido?

Un cuarto de hora después el humo se había casi desvanecido en el almacén de Julio Ruiz que, con cierta aprensión, volvió a acercarse al paquete recién recibido. Cortó la segunda caja, la que llevaba la anilla, con un cuchillo y encontró en su interior el vacío bote de humo (Smoke Grenade se leía en el artefacto) y otra caja muchísimo más pequeña en la que alguien había escrito: "Tranquilo, tranquilo".

También cortó ésta, que apenas pesaba, por un lateral, y así extrajo cinco folios fotocopiados que Julio conocía bien: era la lista de los trescientos y pico partidos dados de alta en 1977 en el registro de asociaciones políticas: un documento que por aquellas fechas había hecho circular profusamente la agonizante Secretaría General del Movimiento. Grapada a la primera página, una noticia breve:

"Cuando te llamen, explícales que tienes esa lista, porque así ahorraré trabajo al entrar en materia. ¿Sabes que van a adelantarse las elecciones y que por estos pagos quedan todavía majaderos dispuestos a votar a quien se les ponga por delante o a "reconstituir" el centro? Reconoce que he tenido una original forma de citarte, Julio de mis entretelas".

Anónimo. Misterioso hasta cierto punto, a Julio sin embargo no le hizo falta pensar más de un segundo para encontrar al culpable del bromazo: no podía ser otro que el inefable Eduardo Libre, y su terrible complejo de presentarse ante los demás como hombre de fértil imaginación y considerable mala leche.

De la lectura se desprendía que había otras víctimas de la hiperactividad mental de Eduardo. Si la primera vez que hizo algo así le hubieran sacudido de firme, se hubieran ahorrado un montón de dolores de cabeza, pero a Eduardo, genio o paranoico, era mejor tenerlo del propio lado, como sabían muy bien todos aquellos que por una u otra razón se le habían enfrentado. Y, además, era simpático lo menos veinte días al año.

Maliciándose Julio Ruiz quiénes podían ser los compañeros de infortunio, telefoneó al colegio público de Ramón, que se puso al aparato bien pronto:

—¿Qué te ha hecho? —preguntaron los dos a la vez.

—Una flecha.

—Un bote de humo.

—La verdad es que el que quiera puede quitarnos de en medio sin el menor esfuerzo —comentó Ramón—. No somos lo bastante importantes y eso nos salva, pero, ¿quién te dice que no nos usen para adiestrar a un grupo de principiantes?

—Para un ensayo —afirmó Julio—. El caso es que me ha enviado una vieja lista de todos los partidos políticos que se acogieron al registro en 1977, y se supone que eso ha de servirnos de pista para saber lo que quiere de nosotros.

—A mí me dice que "a las siete", pero no dónde.

—¿Y si no fuera Eduardo? —preguntó Julio, que siempre examinaba todas las posibilidades.

—¿Quién, entonces?

—Eduardo, sin duda —acabó por reconocer Julio—. Y seguro que a las siete noes está esperando en la vieja casa que le dejó su tío.

—No debemos de ser los únicos.

—Se me ocurre otro: Jesús.

—Estará durmiendo todavía. Telefonearé al instituto para hablar con Nieves.

Nieves, claro está, contó a Ramón la tercera parte de la historia, con guardia civil incluido, y que había visto a Eduardo correteando por los pasillos, pero se le había escabullido en el último momento.

—Dile a Jesús que a las siete nos reclama ese chalado en la casa vieja de su tío.

—¿Crees que estoy yo invitada?

—Sólo hay una forma de saberlo: darle caza en el instituto y que se explique un poco más, si es que de verdad ha hecho estas tonterías con algún objetivo definido.

—Seguro. De momento nos tiene en ascuas. Bueno: en ascuas, no; pero bien intrigados. Ahora mismo le digo al bedel que me lo traiga por las buenas o por las malas. Adiós, Ramón.

Pero Eduardo Libre acudió solo y por su cuenta al terminar la clase de las doce y media. Sonreía y su aspecto era el de todos los días: Eduardo era siempre igual a sí mismo, lo que indicaba que andaba por la vida representando con desparpajo el papel de Eduardo Libre. Lo que de verdad pensaba y sentía siempre había sido un misterio para todos .Le llamaban loco pero, desde luego, nadie creía que lo estuviera. Al contrario: era lo bastante frío y calculador como para tenerle un precautorio miedo.

—Cada día te pareces más a la Musa de la Democracia Orgánica, Nieves: eres Una, Libre y Bella mujer para mayo —saludó.

—Y, ahora, dime lo otro, si no te importa.

—¿Qué fue antes, el filósofo o el poeta? —siguió él a su aire—. Personalmente creo que el hombre capaz de preguntarse por la verdad es el más adecuado para crear la ficción, si eso responde a tu pregunta. Lo demás lo tiene que descubrir Jesús: no jugaría limpio con él si te cantara de plano.

Nieves en los últimos meses había aprendido a tratarle, y lo principal era no desanimarse al primer intento:

—Jesús sabe que tú le has puesto esa caja de puros y, también, que le has disparado una flecha a Ramón.

—...Con riesgo de su vida...

—Y que le has enviado un bote de humo a Julio. Saben que tienen que ir a verte y se suponen que la cita es en la casa que te dejó tu tío Eduardo.

—Maravillosa agudeza.

—Lo que no entiende ninguno de los tres es por qué has organizado esta farsa.

—Porque odio los teléfonos y me consta lo mal que funciona el servicio de Correos.

—¿Qué tiene que ver la lista de los partidos políticos de 1976?

Eduardo Libre se sentó al fin, siempre sonriente y con aire de divertirse muchísimo.

—Le he estado dando vueltas a lo que significa el poder político. Desde que hace cuatro meses conseguimos el cese del delegado del Gobierno, el alcalde y dos concejales, no hago más que preguntarme por qué la gente obedece a personas de las que no le constan las intenciones y que, encima, llevan diez años equivocándose.

—¿Me lo preguntas a mí? Tú mismo dices que es a causa de la estupidez programada, que es una epidemia.

—Ya sé, ya sé, pero eso no llega al fondo de las cosas: no todos los españoles, ni la mitad siquiera, son estúpidos, pero todos obedecen, desde el capitán general, que de verdad tiene poder, al guardia municipal que pone multas. No puedo decirte más que esto: ¿qué es un partido político?

—Un intermediario del poder.

—No: una ficción. Por eso me hacen falta un político, un filósofo, un poeta y un soñador.

—¿Y una mujer, no?

—Si sólo es una... —dijo Eduardo Libre despidiéndose—. Por cierto: ¿sabes que estoy leyendo novelas de Edgar Wallace? Me gusta todo eso de inundar sótanos con los protagonistas dentro.

Eduardo Libro no tenía un sólo propósito, como era habitual en él, sino dos. El uno se lo explicaría a sus amigos, debidamente excitados con sus bromas mensajeras. Del otro no diría ni palabra. Él era así: amaba la verdad pero le gustaba enredar con ella, reelaborarla como en una partida de ajedrez, para demostrar, quizá, su inteligencia, o, quizá, la estupidez de los otros.

Eduardo Libre, apenas cinco meses antes, había publicado doscientos folios de prosa sociológica que se llamaron para la posteridad "Informe sobre la Estupidez". En ellos sustentaba la rara doctrina de que la estupidez se generaba por medio de la mala información, y que el sistema social premiaba a los estúpidos. Más tarde lanzó el rumor —razonado, claro— de que la estupidez era una enfermedad de la sociedad capitalista explotada por los capitalistas heréticos: los socialistas, y que a los estúpidos había que llevarlos a imitar las buenas ideas y los buenos comportamientos, y no los malos.

Así las cosas, el camino de evolución que le quedaba a su pensamiento era dar con la Teoría del Poder: ¿por qué hombres inteligentes, cultos y capacitados servían y obedecían a ineptos o, al menos, no se sublevaban contra ellos? Las ligaduras económicas y el pancismo, fáciles soluciones, no explicaban ni mucho menos estos hechos.

¿Qué hacer? ¿Cómo investigar este asunto con hechos de primera mano? Nadie sabe qué sucede en las cúpulas de los partidos políticos. Las luchas por el poder en ellos no llegan a los militantes suficientemente explicadas. Como paso previo, había descubierto un axioma: los partidos políticos son organismos falsos y, por lo tanto, actúan siempre a través de la mentira, ya que no tienen ninguna otra verdad que su evidente falsedad.

Por eso, precisamente, había citado a sus tres amigos: para proponerles un sistema de conseguir información en director sobre la que estudiar el Poder Desnudo. La otra parte del asunto sería aprovechar el esfuerzo para hacer daño, en el ámbito local al menos, a los diferentes partidos.

En todo ello, además, se le había mezclado una mujer, y esa era la parte que no pensaba explicar a sus amigos. Nada menos que una mujer que no había reaccionado a sus diferentes métodos de asalto, y eso era chocante, casi un insulto para su vanidad de estratega diplomado en faldas.

Prólogo de Eduardo Libre

¿Cómo se podía prologar esta historia sin darle al lector una muestra de su contenido? Al menos ya sabe que aquí suceden cosas, que hombres originales tiran flechas y falsifican bombas, por ejemplo, mientras se preguntan por los extraños mecanismos del poder.

La vida, para serlo, necesita cierta dosis de misterio; y la inteligencia, de extrañeza. Hombres algo misteriosos y extraños se han asomado a los ojos del lector pero no para llamar su atención, sino para llamársela mutuamente y urdir lo que ha venido a llamarse MANUAL DE SUPERVIVENCIA que, naturalmente, ni consiste en un manual ni enseña a sobrevivir. Muestra, en cambio, hechos al alcance de todos que indican que la única forma de ir a alguna parte es no quedándose quietos.

¿Qué puede pretender ese extravagante llamado Eduardo Libre, que envía botes de humo a sus amigos? ¿En qué le tienen que secundar Ramón, Julio, Jesús y Nieves y otros que están aún por aparecer? ¿Por qué molestarse, con los tiempos que corren, en hacer lo inusual?

Eduardo Libre, meses después de que sucedieran los hechos relatados en las páginas siguientes, tuvo a bien darme su interpretación. Le encontré en una tertulia donde acababa de explicar el argumento del cretense Epiménides: todos los cretenses mienten.

—¿Eh? —preguntaba—. Un cretense dice que todos los cretenses mienten: ¿dice él la verdad, en cuyo caso, miente? ¿Miente, en cuyo caso los cretenses no mienten y tampoco él puede mentir?

—Ahora le da por hablar en alegorías —me comentó un contertulio—. Enseguida vendrá la moraleja.

—¿Qué político puede decir que todos los políticos mienten? ¿Qué español puede decir que todos los españoles somos tontos?

Les dejó pensando en la paradoja y me llevó a la barra:

—Te convido. Hoy tengo un día asquerosamente intelectual y habrá que normalizarlo con tintorro.

—Yo quiero preguntarte por el Manual de Supervivencia.

—Busca, entonces, al biólogo Paco. Yo sobrevivo por mi cuenta, sin manuales.

—Pero, ¿qué opinas de todo lo que pasó?

—Opino que no hace falta esperar al fin del mundo. Ya puestos, también opino que los hombres no son felices. Algunas mujeres, tampoco. Opino también que la verdad existe, aunque está de vacaciones, y saludos a Míriam, que me estará escuchando.

—¿Nada más?

Eduardo Libre bebió de su vaso y luego derramó unas gotas sobre el mostrador:

—Así es una libación —me explicó—. Y ahora, con la protección divina ya, te digo lo fundamental: España se ha salvado. No es que me lo deba sólo a mí, claro. España se ha salvado porque, pese a las apariencias, no comprende ni torta de este lío de la democracia... España, como algunos ladrillos, es refractaria.

—¿Qué tiene eso que ver con esta historia del Manual de Supervivencia?

—Mucho. Considera el amor: ¿crees que se le puede sustituir por sexo? Lo profundo acaba imponiéndose a lo liviano. ¿Crees que a España se la puede sustituir por una copia de Europa? ¡Ja! Como dijo alguien, estad tranquilos, que este pozo no se llena.

—¿Qué pozo?

—El del amor. Es que hoy estoy críptico, que es una forma de estar como otra cualquiera.

—Es que esto es para ponerlo en el prólogo del Manual de Supervivencia. ¿No podrías ser un poco más claro? Por respeto al lector, más que nada.

—Haber empezado por ahí. Toma nota textual. Toma textual nota, mientras yo tomo una chispa más de vino —lo hizo y me pregunto sí, de chispa en chispa, andaba ya achispado—. Esta historia no es una historia ni muchas: es la demostración de que es falso el fundamento de la termodinámica.

—¿Nada se crea ni se destruye, solamente se transforma?

—Eso. Queda así: todo se crea, nada se destruye: sólo se medio olvida temporalmente. Y, además, lector amigo, la vida que no sigue igual es porque se ha muerto. En lo demás, el Manual de Supervivencia enseña a tipos y tipejos y a alguna mujer que otra. Todos hablan y hablan sin parar, tal como acostumbran los hombres, y nadie hace caso al vecino. Ése es el argumento.

—¿Algo más?

—Sí, claro. El lector, a medida que avance en el texto puede llevarse la impresión de que soy un sinvergüenza. Será una impresión exacta. No me da vergüenza llamarme Libre y pretender serlo; ni me da vergüenza demostrar que no soy el único sinvergüenza. Y otra cosa más: el mundo que se prepara no será mejor que éste, ni falta que hace. Lo que me importa es que sea, solamente, capaz de darse cuenta de que no es bueno. En el Manual de Supervivencia yo hago un milagro que no lo es. Pues bien, lector: no crear tampoco en los que hacer un mundo que no lo es. El único mundo posible es el que mira lo que de verdad sucede y le pega una pedrada al que se atreve a negar la evidencia. Si seré monárquico que siempre acabo pidiendo realismo. ¿Otra chispa de vino, tú?

—No, gracias, que tengo que escribir.

—Pues aprenda, lector, a sobrevivir, que sólo hay un método: buscando la verdad y diciéndola.

—Gracias, Eduardo.

—Y otra cosa, ya que estoy embalado: todo el Manual de Supervivencia es un prólogo como éste.

—¿A qué, si puede saberse?

—Muy probablemente, y dicho sea con el debido respeto, acatando la Constitución, y moderadamente adherido a lo que convenga, un prólogo a la venganza.

Más cosas

Había en la ciudad, al margen de los comprometidos en partidos políticos, una especie de supercamarilla progre, un conjunto de mindundis revueltos entre floridas barbas, bufandas y gafitas redondas de las que regalan a los intelectuales in pectore. No eran estúpidos. Estos, no. Estos no se mojaban en actividades políticas y, gracias a radios y periódicos, se habían proclamado jueces, inteligentes moderados, críticos de lo conveniente, y llevaban años fabricándose una aureola de intelectual prestigio por el viejo sistema de echarse flores mutuamente.

Eran lo que se dice un poder fáctico, no tanto a través del dinero —aunque todos tenían el riñón bien cubierto— sino por constituirse en coto y conciliábulo, en señorones izquierdosos que no renunciaban a su carácter de burgueses, y, sobre todo, por su buena capacidad para elaborar las noticias y los comentarios con su óptica especial.

Aunque a veces criticaran a la izquierda política, la izquierda en pleno les hacía caso, y la derecha, que reconocía en ellos a elementos de su cuerda, evitaba cuidadosamente enfrentárseles, pues solían ser, además, amigos personales y hasta parientes.

Programada o no, esta tribu independiente gozaba de una envidiable impunidad, de un prestigio casi inexpugnable, y de audiencia en todos los medios de comunicación cuando no eran, en realidad, ni chicha ni limonada y sí, en cambio, una fábrica permanente de criterios y noticias.

Los artículos de opinión del periódico local, salvo las excepciones de Jesús y de Eduardo Libre, iban siempre firmados por estas gentes que, también, figuraban en el Consejo de Administración. El semanario estaba dirigido por todos ellos. Tres tenían espacios radiofónicos y en el grupo se repartían cargos como la presidencia y la secretaria del Ateneo, la presidencia del Fomento de Turismo, la presidencia del Patronato Deportivo y del de Cultura, la presidencia de la Cruz Roja, la de Amigos de la Ópera, la de Juventudes Musicales, la de la Obra Cultural Regional, la del Aeroclub, y muchas otras cosas más que más adelante se sabrán.

Estos tipos pensaban de sí mismos cosas muy buenas, y, por lo tanto, tendían a pensar cosas muy malas de la inteligencia de los demás. Se sabían sabiamente incrustados en el entramado social y a salvo de las fluctuaciones políticas, aún cuando la mayoría municipal solía obedecerles y la oposición municipal hacerles caso cuando le recomendaban silenciar algunos detalles.

La existencia de este supramundo irritaba a Eduardo Libre, cuyo instinto le decía que se las veía con auténticos dictadores, con los responsables de la opinión falseada, con los encubridores del sistema entontecedor y, también, con gentuza en muchos casos pervertida, enemigos, por ejemplo, de la religión y, sin embargo, clericales.

Una semejante covachuela no podía dejar de llamar la atención de un curioso investigador como Eduardo Libre, metomentodo declarado, hiperactivo mental, que se preguntaba, entre otras cosas, cómo esta gente "independiente", que daba una de cal y dos de arena, tenía y conservaba un poder tan específico.

Sólo cabía una respuesta cuando uno se preguntaba sobre la eficacia de un grupo que no parecía tener excesivos contactos pero sí una cuidadosa unidad de criterio: estaban organizados, y cualquier organización equivale a una jerarquía.

¿Quién era el jefe? ¿El recaudador barbudo? ¿El barbudo otorrinolaringólogo que escribía una sección diaria? ¿El arquitecto barbudo con Ferrari? ¿El dueño de los hoteles y agricultor experimental? ¿El director del banco? ¿El melómano notario? Allí había un misterio de los que despertaban en Eduardo la vocación de detective privado de película norteamericana, y le llevaban a buscar relaciones entre estas cosas y la promoción de artistas desconocidos (todos de la escuela feísta), premios literarios, cursillos extraños e invitaciones oficiales a teólogos de la liberación archiconocidos.

Puso su primera trampa a punto para la llegada, en visita oficial, del Presidente de los Estados Unidos, el camarada Reagan, que vendría a España después de visitar el cementerio donde yacían los huesos de una cincuentena de miembros de las Waffen S.S.

La camarilla aquella, con el tiempo de la oportunidad sabiamente medido, se puso en marcha sumando la cuestión del imperialismo yanqui con los lejanísimos sucesos de Chicago y la fiesta laica del Primero de Mayo. Las consignas partieron, a la vez, de los partidos políticos rojos y del grupo apolítico: Reagan pistolero, cowboy, actor fracasado; Reagan partidario de los nazis; Reagan diciendo a los abuelitos de la Brigada Lincoln que se habían equivocado de bando; Reagan condenando al hambre a medio mundo; Reagan exaltado, inmoderado, armamentista, enemigo de la democracia. Reagan extraterrestre. Reagan: candidato al asesinato justo. Reagan invasor.

La derecha, que podía decir todo lo contrario, se estuvo extrañamente silenciosa. Y, en medio de la campaña, Eduardo grabando emisiones de radio y coleccionando recortes de prensa, octavillas, pasquines y todas las muestras de que una maquinaria poderosa se había puesto en marcha.

Sus propios alumnos —de los que jamás tuvo buena opinión— vestidos de punks y de putas echaban a Reagan en cara su atuendo de cowboy enfundado en vaqueros. Opinaban sobre el desarme dejando al margen, a sabiendas, al otro bando. Los estúpidos necesitan jefes y, también dinero, de manera que Eduardo Libre se preguntó por quién pagaba los tantísimos metros de tela blanca para pancartas, los aerosoles de pintura roja, las imprentas, los afiches en cuatricromía, los carteles que incluso se clavaron en el interior de las parroquias, los autobuses fletados para llevar a mil tipejos a las cercanías de la estación de enlace norteamericana, el local del festival pacifista y antiamericano, el folleto de versos de poetas escarlatas de la zona, la megafonía perfecta, las banderitas para ser quemadas, las máscaras de cartón piedra, hechas sin duda por falleros, el grupo de teatro callejero y tantísimas cosas que, sólo para la ciudad y alrededores, exigían un gasto superior a los dos millones y medio de pesetas.

De la mano de un alumno sinvergüenza y mujeriego, diecisiete años de malicia y despendole, llegó al seno de una comunidad entre hippie y punk, crestas de colorines, barbas, metafísica de andar por casa y canutos; macetas con amoroso cáñamo y pacifismo violento de objetores de conciencia y ecologistas, con la salsa de la solidaridad con la América Latina.

Esta gente pintaba la mar de bien las largas pancartas en español constitucional y en catalán normalizado. Una chica castaña, espigada, guapa a pesar del corte de pelo, dibujaba una tras otra las caricaturas de Reagan con un pincel gordo y un delicado y sabio giro de muñeca. Hábilmente interrogada, resultó que la chica creía en lo que hacía, pero que no pertenecía a ninguna opción política. Al contrario: le asqueaban todos por igual, pues eran "obstáculos para la realización del hombre en la tierra". Quería cosas auténticas, verdades y limpieza, y, en general, tenía aceptables buenos sentimientos, aunque no entendía ni palabra del mundo en que vivía.

Aquella cantidad de tela blanca, en piezas, la había traído un cura que prestaba también el local del club parroquial. Nadie, sin embargo, sabía quién y con qué la había pagado. A la chica no le importaba el detalle, sino la obra. Era, según dijo, una administrativa más o menos atrapada por la parte comercial de la vida porque "de algo hay que vivir y estamos cogidos por un tinglado que nos destroza".

Eduardo estaba de acuerdo. El mundo —le dijo— se había convertido en una máscara desde el final de la Gran Guerra.

—No quieren que nos expresemos —insistió la chica—. No quieren que digamos lo que de verdad pasa. El hombre no está hecho para obedecer o para mandar, sino para vivir, y las superpotencias y los mercaderes de armas ponen en peligro la vida del planeta.

Nadie, ni los ecologistas, piensa en algo tan general como "la vida en el planeta": suelen equiparar ese término a su propia pelleja y a la de sus amigos, mientas que las mujeres solteras hablan del futuro de sus hijos a la vez que exigen el aborto libre y gratuito. La pintora aquella, además de en eso, pensaba también en bastantes animalillos, en ballenas, en focas, en los peces masacrados y hasta en las aves de presa. Según vio Eduardo, no parecía ser de las que se "realizan" por la vía de la entrepierna, lo cual le dejó más que desconcertado, porque estaba seguro de que la mujer libre siempre, sin excepción alguna, acaba esclava de las camas, catres o rincones, sacándole rendimiento de placer al cuero serrano.

A Eduardo le empezaron a interesar dos cosas de la chica aquella: la empresa donde trabajaba y por qué ella no encajaba en su cliché correspondiente. Por otro lado, mientras rondaba por aquel antro en que le amparaba su alumno sinvergüenza, pudo descubrir la llegada de uno de aquellos hombres sagrados, el otorrinolaringólogo barbudo y periodista, que puso muy mala cara al encontrarse con Eduardo en la reunión: ambos habían sido compañeros desde el parvulario e incluso compartieron un año de pensión al pasar a la universidad. Presumía el médico de libertad de criterios, si bien Eduardo era capaz de decir por anticipado lo que opinaría sobre cualquier tema de actualidad.

—¿Tú por aquí, Pedro? ¿Desde cuándo bajas a los infiernos?

El médico Pedro Jódar sonrió amigablemente, pero en sus ojos había una gran cautela que aguzó los sentidos de Eduardo.

—He venido a ver los preparativos de la parafernalia anti-Reagan. Muchos de tus amigos dirán que esta gente cumple las órdenes de Moscú y, antes de tragarme nada, he querido comprobarlo.

—¿Y qué ves, Pedro?

—Un grupo de chicos y de chicas que trabajan por sus convicciones. ¿Tú crees que nadie puede ser pacifista sin tener sueldo?

Eduardo palmeó el hombro de su viejo amigo:

—Tiendo a creer en evidencias, Pedro, y, en efecto, aquí hay gente trabajando gratis. Se nota que hasta se han imaginado eso tan original de "Reagan, go home" y lo de "Reagan? No, gracias", con su circulito rojo y todo. Evidencias y evidencias.

—¿Qué quieres decir, Eduardo?

—No me tomes por un tradicionalista, pero tengo entendido que desde hace dos mil años funciona una cosa llamada cristianismo, del que opinan todos que es un gran proyecto para la paz, tanto mundial como del espíritu.

—¿Y qué?

—Pues, eso: ¿qué tiene que ver el culo con las témporas? ¿Por qué los pacifistas, estos pacifistas, tienen una actitud agresiva, con beligerantes e insultan? Algo contradictorio, ¿no?

—Se sienten atacados.

—¿Sí? La futura guerra, la guerra que ellos imaginan entre Oriente y Occidente, necesitará a dos contendientes. Es muy probable que las bombas que cayeran por aquí no fueran las de Reagan. Y, fíjate: la URSS y los Estados Unidos están en paz y conmueven a estos pacifistas que no menean ni una ceja por la guerra del Chad, o la del Irán, Afganistán o el Sáhara. Algo debe de fallar en sus planteamientos.

—¿Y qué harías tú, tan inteligente?

—Lo que se ha hecho siempre: ir a mirar y amar a mis semejantes; lo de la otra mejilla no tiene nada que ver ni con la resistencia pasiva ni con las pancartas.

El tipo aquel sonreía enseñando mucho los grandes dientes que le obligaban a tener permanentemente húmedos los labios. Eduardo no se había creído que fuera Pedro a ver en director que los jóvenes no estaban manipulados, pero tampoco le veía cualquier otro objetivo cierto.

—Aquella chica —añadió Eduardo señalando a la que hacía, ligera, las caricaturas del presidente de los E.E.U.U. —dibuja con soltura. ¿La conoces?

—Tiene varias cosas expuestas en el Ateneo —le respondió el médico— en la "Mostra d'Art Jove".

—¡Ah, claro! Que tú eres responsable de la cosa artística del Ateneo, señor vicepresidente. ¡Mira que no haber ido todavía a esa exposición!

—No has ido por lo mismo de siempre —le dijo el médico—. Porque nunca has sido capaz de entender el arte.

—Nunca he sido capaz, matasanos, de hacer filosofía delante de unos rayajos.

—No ha sucedido nada desde Velázquez, ¿verdad?

—Sí que ha sucedido algo gordo: las Relaciones Públicas, Pedro. Convencer a mucha gente de que arte es, preferentemente, lo chocante o lo que no se entiende.

—No lo digas muy alto: aquí hay siete u ocho de los que exponen en el Ateneo. Ellos piensan que sus obras son una expresión avanzada del mundo, ¿sabes?

—Del fin del mundo, supongo. ¿Dices que siete u ocho? Prácticamente todos.

—Prácticamente.

Eduardo no habló más de aquello, pero pudo relacionar al médico, vicepresidente del Ateneo, con varios de esos jóvenes pacifistas, y, cuando su alumno sinvergüenza le explicó que varios otros eran miembros de un grupo de teatro experimental, empezó a ver alguna lucecita.

—Pero todos ellos son apolíticos de nacimiento, jefe —le dijo.

—¿Y qué hacen aquí?

—Está usted anticuado, profe: esto no es política. Quieren la paz, venga de donde venga.

Eduardo se sentía algo perplejo, cosa que no le gustaba admitir.

—¿Y tú?

—Yo no quiero la paz, quiero a las chicas. Hay algunas que hacen la paz a menudo, y dos o tres que son como la ONU. Ya me comprende.

—¿Y aquella que dibuja tan bien?

—¿Míriam? Creo que estuvo a punto de meterse a monja. Esa tiene pinchos... Debe de ser lesbiana o algo así, pero está en todas partes, aunque no conozco a nadie que se la haya tirado.

Eduardo planeó a la deriva, mirando un poco de todo, y, qué casualidad, acabó aterrizando al lado de la muchacha que dibujaba. En aquel momento terminaba la penúltima caricatura y Eduardo Libre consideró que podía usar su plan "por el interés al toqueteo", de manera que inició las operaciones:

—Dibujas con mucha soltura. Me he fijado en algo extraño: empleas las manos despacio y con seguridad, como si fueran instrumentos de precisión.

Ella le echó una mirada por debajo del flequillo:

—¿Ah, sí?

—¿Has estudiado dibujo?

—No.

—Pues lo parece.

—¿De qué sirve estudiarlo? —preguntó ella empezando su última caricatura.

—Tu sabrás. ¿De qué?

—Ves las cosas en la mente y las ves terminadas. Ese es todo el problema. Lo demás se resuelve con práctica.

—Y tú ves lo que vas a hacer antes de empezar, ¿es eso?

—No es eso. Yo veo un panorama y escojo. Entonces todo está proyectado en el lienzo o en el papel, y yo lo repaso con la mano.

Eduardo no era un creador y aquello le sonaba a música celestial; le importaba un pimiento lo que pudiera sentir un artista al agarrar la brocha, pero quería sacar algo en limpio de la muchachita, de manera que se puso a hablar de los infinitos mundos del arte, y de que ella tenía un don maravilloso.

Ella, que se llamaba Míriam, le dejó decir durante un rato y, por fin, soltó el pincel, se sentó en el suelo y se le quedó mirando:

—¿Tú te quieres acostar conmigo, verdad?

—Ya que llevar las conversación a ese campo, tendré que confesarte dos cosas: no sé nada de arte —lo cual era falso—, pero entiendo de mujeres lo suficiente como para saber qué es lo que busco. Te he visto nada más entrar y te he seguido viendo desde entonces. Quiere decir que llamas la atención a alguien como yo. Según la ley de los recíprocos, si tú me atraes, yo te gusto.

—Te conozco —dijo ella por toda respuesta, y Eduardo sintió que la cosa se ponía difícil. Algunas alumnas tuyas estarían encantadas de tener un rollo contigo, pero a mi me gusta la gente sincera.

—Soy sincero cuando digo que me gustas.

—Ya, ya. Y que soy especial, tal vez porque pinto a Reagan. Y que mis manos son manos de precisión. Pero no eres distinto a nadie. He conocido a centenares como tú.

¡Eso sí que hirió la desarrollada vanidad de Eduardo; individualista, egoísta, elitista y, sobre todo, convencido de ser la única criatura de Dios sobre la Tierra!

—Refractaria al halago —respondió Eduardo afilando su escalpelo de despedazar—. Te crees que eres sabia porque eres desconfiada y tienes la vanidad de pensar que todo hombre que se te acerca te codicia. Eres de la clase de artistas que se encierran en el arte a causa del miedo, lo cual sólo indica neurosis. Quieres un mundo mejor no por tus buenos sentimientos, sino porque te sabes fracasada en éste, que es el único que existe. Seguramente te acobarda el que ya no haya príncipes azules y andas por la calle convencida de que te espían todos. Tu soledad, chiquilla, es impotencia y sólo tú sabrás la clase de turbias fantasías que desarrollas mientras no te atreves a vivir.

Míriam no le había interrumpido. Él estaba pendiente de su cuello, que tragar saliva es señal de nerviosismo, y de sus mejillas, por si aparecían síntomas de rubor, pero no sucedió nada: la muchacha le mantuvo la mirada con una sonrisa desdeñosa.

—Ese es un cliché de manual elemental de psicología —comentó, burlona—. Esperaba más de todo un profesor de filosofía, pero debes de creer que todas las mujeres somos iguales. Sin embargo —añadió— me interesas.

—¿Eh? —Eduardo fingió sorpresa. Eduardo fingía siempre, incluso al afeitarse a solas—. ¿Qué tengo que decir para insultarte?

—Que soy maravillosa. Nadie es maravilloso. Nadie sabe de verdad por qué hace lo que hace y por qué siente todo lo que siente. Tú crees que sí, porque eres un comediante y porque te gusta engañar a la gente. Yo creo que también sé lo que siento precisamente porque no siento más que la ilusión de vivir como se debe.

—¿Cómo se debe vivir, niña lista?

—Te lo diré para que puedas reírte: se debe vivir esperando un milagro.

Eduardo se levantó sin añadir nada y se dio un paseíto por la sala con aire distraído mientras ella, sentada y sonriente, le miraba. Luego regresó a su lado muy despacio y se puso en cuclillas, con su cara cerca de la cara de Míriam:

—Puesto que los dos somos vanidosos —le dijo— voy a proponerte una apuesta: ¿Qué me darás si yo hago un milagro? Soy especialista en cosas de estas.

—Si tú hicieras un milagro, yo tendría que dejar de creer en ellos, pero parece interesante.

Eduardo se la quedó mirando un ratito, pero si Míriam se puso nerviosa no se lo notó para nada.

—Todos los días —añadió— hago cuatro o cinco para abrir boca, de manera que has perdido. ¿Qué me darás a cambio?

—Será suficiente una cocacola.

Y así empezó la cosa.

La noche antes

La noche antes de que a Jesús, Julio y Ramón les sucedieran aquellas extrañas aventuras con su flecha, su bote de humo y su bomba falsa, Eduardo Libre había trabajado como un burro pues, aparte de preparar aquellas tres trampas, había cavado a media noche en las raíces de una adelfa blanca que crecía justo en frente de la casa donde vivía Míriam.

Era Eduardo un hombre de recursos, de manera que estaba dispuesto a deslumbrar a aquella muchacha entre huraña y descarada. No sabía muy bien por qué le llamó la atención en un principio, pero sí sabía ya por qué le disgustaba: no se había extrañado con él. Al contrario: le había aplicado algo de su propio método, y Eduardo, por vanidad era capaz de darle la vuelta al mundo como a un calcetín. De hecho, todo lo posterior, incluyendo la flecha, la bomba y el bote de humo, no fue más que el resultado de breves horas de vanidad activa y una excusa para demostrar a Míriam y demostrarse a él que podía hacer nudos con el mundo y con las personas.

De modo que, en el agujero abierto en las raíces de la adelfa blanca empezó a echar el contenido de cinco garrafas con azulete, dispuesto a que la planta, al absorberla, tiñera de azul sus flores, lo cual no sería milagro baladí. Luego consiguió dar con varias puntas de las raíces de la adelfa y las metió en botellines de plástico llenos de agua azul, enterrándolo todo con cuidado para que por la mañana la tierra no tuviera manchas y presentara el mismo aspecto de siempre.

Fue más allá todavía: había hecho, muy reducida, una plantilla de su perfil. Aplicándola sobre las verdes hojas de la adelfa y rociando el hueco con lejía que llevaba en un pulverizador de colonia, quemó lo suficiente para que por la mañana su perfil se destacara, blanquecino, en cada hoja de las que pudo alcanzar, casi un centenar de las que estaban a menos altura.

Antes de los manejos había llamado a la muchacha por teléfono a su oficina, la empresa de limpieza urbana donde trabajaba de medio secretaria, empresa con la que ya contaba para llevar a cabo su plan.

—¿Qué quieres ahora? —preguntó Míriam desagradablemente, aunque no había olvidado la conversación con el filósofo de bolsillo.

—Decirte que no me olvido y que el milagro está en marcha. Mira esta tarde la adelfa que está delante de tu casa. Fíjate bien en ella y mañana por la mañana vuelve a mirarla.

—¿Le estás enseñando a hablar como a un loro?

—¿Quieres o no quieres un milagro?

Míriam se rió por teléfono:

—No sé qué tienes contra mí.

—Me has herido —respondió Eduardo—. Y seguramente el amor en flor se trocó en odio.

Después de que Jesús solucionara sus problemas con la pseudobomba y antes de que a Ramón le cayera tan cerca aquella flecha Míriam se plantó con curiosidad delante de la adelfa. Las primeras flores de la temporada, ayer blancas, eran hoy azulencas.

Tuvo que tocarlas para comprobar que no estaban pintadas. No, no: los finos nervios de los pétalos eran azules y, o ella no había aprendido nada en ciencias naturales o no había adelfas azules ni rosas azules. También estaba segura de que Eduardo no era capaz de hacer auténticos milagros, pero se admiró del truco que hubiera usado.

Así, tan cerca de la adelfa, tuvo que fijarse también en las hojas que parecían manchadas, como enfermas. No le costó nada reconocer el perfil del hombre, que tampoco estaba pintado y se quedó perpleja. Ella, tiempo atrás, había hecho experimentos a base de sujetar un plástico opaco en una hoja, con lo que, a los pocos días, desaparecía de ella la clorofila, pero eso Eduardo no podía haberlo hecho hoja por hoja, de noche y sin que nadie se apercibiera de ello.

—Es un truco. Con sólo saber lo que ha hecho, estoy segura de que me parecería lo más natural del mundo —se dijo-. Pero es encantador que alguien se tome tantas molestias por nada.

Pero llamó al instituto tan pronto como llegó a su oficina, y la voz de Eduardo, tras una corta búsqueda, la rozó en los oídos suavemente.

—¿Por qué hablas tan flojo?

—Porque hacer milagros requiere un consumo exagerado de energía.

—Eso que he visto en la adelfa no es un milagro.

—Tienes razón, Míriam: los poderes parapsicológicos no tienen que ver con los milagros. ¿Cómo me has descubierto?

—¿Cómo lo has hecho de verdad?

—Hablando con la adelfa, niña. Le dije: si no haces esto y esto, mañana me encargo de que te talen con un serrucho. Nunca falla.

—¿Qué es lo que pretendes?

Eduardo hizo una pausa larga, artificial como todo lo suyo:

—Creo que no lo sé. Me enfadaste con tu actitud despectiva. Pero después resulta que me haces gracia. Me gustaría saber qué llevas en la cabeza, porque sospecho que tú y yo nos parecemos.

—¿Parecernos? ¡No, por Dios! Tú eres un sinvergüenza: lo saben hasta las niñas de siete años.

—¿Y qué eres tú? Porque eso nadie lo sabe.

—Pues yo, sí. Tengo una vida y quiero vivirla seriamente, buscando las cosas importantes.

—Te comprendo bien: yo mismo soy una cosa importante.

Míriam se rió:

—Pierdo el tiempo charlando contigo.

—El tiempo que compartimos nos acerca —sentenció Eduardo, según su estilo—. El caso es que he hecho un milagro y me debes un beso.

—Una cocacola.

—Bien: no regatearé: una cocacola y una sonrisa. ¿A qué hora?

—¿Qué pretendes en realidad?

—Tú dijiste que acostarme contigo.

—Eso, ni lo sueñes.

—Lo sueño, naturalmente, pero tengo paciencia de gato. De momento, Míriam, lo que pretendo es darte la lata. Por eso sé que sales a la una del trabajo. Te recogeré allí, porque a la una me apetecerá un refresco.

Cuando Míriam quiso negarse, vio que el condenado había cortado la línea. Eduardo, tan seguro de sí mismo, no le gustaba nada en absoluto, y empezaba a temer que cumpliera su palabra de acecharla como un gato. Por otro lado tenía su aspecto divertido.

Aún así, a la una menos cuarto pidió permiso a su jefe para salir antes:

—Es que tengo que ir a una agencia que cierra a la una, pero, de paso, echaré al correo la correspondencia —le dijo, empeñada en esquivar la cita con Eduardo.

Pero nada más salir le descubrió cerca, más allá del ángulo de la ventana de la oficina, sentado en el capó de su coche y sonriendo, taimado.

—Se trata de una precaución elemental —le explicó—. Yo te cuelgo antes de que me digas que no, y sé que tú procurarás escaparte, de manera que me adelanto y te pillo.

—Estoy un poco violenta —le respondió Míriam sin demasiada convicción—. No quiero parecerte una grosera, pero ¿por qué no me dejas en paz?

Eduardo estuvo a punto de hacerle caso, de encogerse de hombros y olvidar definitivamente aquel asunto, pero la muchacha se había convertido ya en un desafío y eso era algo completamente irresistible para él.

—Haremos una cosa —le dijo—. Nos acompañamos hasta las dos y luego decides. ¿Has visto una película que se llama "El Coleccionista"? Pues va el tipo y rapta a una enfermera y la tiene encerrada para él sólo, qué tío. Lástima que al final se le muere de una pulmonía.

—¿Quieres decir que me raptarías?

—Quiero decir que cómo puedes saber si no he decidido raptarte ahora.

—¿Dónde hemos de tomar esa cocacola? —preguntó Míriam envalentonada, aunque sospechando que también eso lo habría provocado, a sabiendas, Eduardo Libre.

—Iremos en coche.

Salieron de la ciudad a un desierto mirador que daba al mar y al levante. No había ningún bar en las cercanías y ni siquiera un pobre turista despistado con su máquina fotográfica a cuestas.

—La grata soledad —comentó Eduardo, haciendo tiempo para que la mujer recordara que habían quedado, solamente, en tomar un refresco juntos. Míriam no lo hizo, quizá porque le pareció obvio que se esperaba algo así de ella y verdaderamente era una chica con carácter. Siguió Eduardo: —Ésta es mi versión del rapto de las sabinas, hijita.

—Quisiera saber qué te propones de verdad.

—Ni yo mismo lo sé —respondió él con su desparpajo de siempre—. Te caigo mal, Míriam, y a mí me gusta ser apreciado por la gente: es una especie de complejo que tengo.

—¿De verdad? Además, no me caes mal. Es, simplemente, que no me gusta que me atosiguen y que me persigan.

—¿En qué crees tú, además de en los milagros? —le preguntó él a bote pronto—. Eres una artista: ¿en qué confían las artistas?

—Creo en Dios y creo en las personas —respondió ella, que había meditado mucho en cosas así—. Confío en un mundo mejor, más ancho, para que todos quepan, y más libre, para que el bien crezca. ¿Y tú, crees en algo?

—En la cocacola, por ejemplo —dijo, cansado ya de guardar su carta en la manga—. Soy muy milagrero, pero no creo asombrarte con esto.

Apartó una mata de lentisco y sacó a la luz dos botellines muy frescos todavía, dos vasos de cristal y un abridor para el caso. Sirvió a la mujer y fue a sentarse en la barandilla para mirarla más cómodamente.

—Lo que se promete, se cumple. De todos modos, ya podías haberme preguntado tú por los refrescos: así se me ha fastidiado el efecto.

—Eres increíblemente premeditado —comentó Míriam yendo a sentarse a su lado.

—Pero tengo algo, ¿verdad? Un no sé qué...

Míriam hizo chocar los vasos y bebió para ahorrarse algunos sarcasmos.

—Eres —continuó Eduardo— una curiosidad de la naturaleza. Puede que se trate de una mutación y que seas mujer de una nueva especie. Me creas o no, quisiera saber cómo funciona tu cabeza.

—Como un reloj.

—Entonces, ¿hemos quedado en que no te caigo mal?

—Hemos quedado.

—Me fastidia que no te dé ni pizca de miedo estar aquí a solas conmigo, lejos del mundanal ruido.

—Además, eres redicho.

—Secuelas de una mala tosferina en la infancia. Nadie es perfecto, pero tú me gustas.

—Gracias.

—Háblame de ti. Quiero descubrirte. Oye: ¿por qué no te hicieron medio tonta, como a las demás?

—A las demás que tú conoces, ¿no es eso? Quizá es que para mi vivir no es aturdirme, ni perseguir cosas ni personas, sino escarbar en lo que soy y, si es posible, sacar provecho.

—Te veo como a una niña callada con los ojos siempre abiertos.

—Yo era una niña tonta. A veces lloraba sola. Me ponía en un rincón del patio y miraba a las hormigas imaginando que era hormiga como ellas y que veía el mundo muy grande desde muy abajo. De verdad que acababa viendo las briznas de hierba como rascacielos y los granos de tierra como automóviles.

Eduardo escuchaba, satisfecho de haber llegado a las confidencias.

—No soy nada sociable —siguió Míriam, sonriendo—. Me gusta la gente y me gusta hablar con todos. Me gusta compartir aficiones o discutir sobre asuntos de filosofía o de la sociedad, pero no ir más allá. No me gusta decir mis sentimientos ni saber los de los demás; tal vez se trata de un pudor mal entendido.

—No tan mal entendido —gruñó Eduardo—. Eres una persona más que sensata. Lo mejor que se puede hacer es guardarse de los sentimientos de los demás.

—Incluidos los tuyos.

Eduardo, quizá por efecto de las burbujas del refresco, había caído en uno de sus escasísimos momentos de introspección, de los que solía huir como de la peste. Él prefería trabajar como una máquina: pensar, argumentar, decidir, pero sin mirar hacia adentro, sin preguntarse que sentía en cada ocasión, sin permitirse ni la vergüenza de ser tan bárbaro ni el miedo de sospechar el entramado de debilidades que podían ser sus afectos.

—Yo —dijo— no tengo sentimientos.

—¿Y no te gusta eso? —le preguntó Míriam, por primera vez interesada en serio.

Eduardo no cambiaría nunca, así le descuartizaran. En cuanto percibió la actitud de la muchacha, se le encendió la chispa del egoísmo y se puso en marcha el actor de teatro dispuesto a aprovechar el éxito por la nueva vía del dolor y de la mentira propios.

—Me muevo exclusivamente cumpliendo planes —dijo sin faltar a la verdad—. Actúo para encubrirme. Finjo, pero no por protección, sino para descubrir las debilidades de los demás. No soy bueno, pero tampoco malo, y eso algunos creen que es terrible pero yo no lo veo así. Hay cosas, claro, que me duelen, pero muy relativamente: dentro está siempre una voz lúcida que me explica que todo lo que sucede no me sucede a mí sino a otro, cuya apariencia tomo cuando me conviene.

—¿Y qué es lo que intentas conmigo?

Eduardo se encogió de hombros:

—Si te lo digo, adiós originalidad, ¿no? Quiero impresionarte —siguió diciendo casi toda la verdad—, satisfacer mi vanidad y, como objetivo secundario, enamorarte.

—Pero, ¿por qué?

—¿Por qué la luz es luz? —filósofo él—. Si llegara a vivir mil años no cambiaría ni un milímetro. Pero si es verdad que tú quieres vivir para las cosas importantes y para perfeccionarte, ¿por qué te juntas con esa chusma?

Míriam se encogió de hombros, más o menos impasible:

—No hay otra —respondió—. Son los únicos que hablan del hombre como de algo más que un número. Son los únicos que intentan la creación. Son los únicos que aspiran a cosas distintas y buscan ángulos nuevos para mirar el mundo.

—Creo que te equivocas. Son gente muy antigua y manipulada. Su "feísmo", tan moderno, sólo esconde la falta de talento y la subordinación al tópico social o político. Su moral de paz y de amor es un camelo. No espero que me creas, pero, al menos, obsérvales con cierta crítica.

—¿Por qué no voy a creerte? Es verdad casi todo lo que dices, pero siguen siendo los únicos. Además, se interesan de verdad por el hombre.

—No son los únicos. Conozco a otros creadores, aunque no son dibujantes ni pintores precisamente. Gente que también quiere cambiar el mundo, pero que no recurre a lo fácil de la moda y que prescinde del aplauso.

—¿Esa manada de falangistas que pintan las paredes?

—Y que son, después de mí, los hombres más libres que conozco.

—¿Libres y sometidos a una doctrina política?

—Si ellos son doctrinarios, yo hablo ex cathedra.

-Tú hablas ex cathedra.

—Quizá —se burló Eduardo—. Pero deja que resuma: nadie sabe lo que es el mundo y muy pocos saben en qué quieren convertirse. La ciudad y España entera está llena de gentecilla intelectualizada a base de barbas y de cochambre y, todos juntos, no aportan ninguna idea nueva salvo el empeño de vivir en contra de una moral que les parece falsa. Falsedad contra falsedad. Pero otros, jaraneros o no, piensan de otra forma. Tú, entre ellos, pero no tienes la base necesaria ni la compañía necesaria.

—Gracias, hombre.

—¿Quieres vivir seriamente, no? Pues no te queda otro camino que enfrentarte a lo irracional, incluido el concepto actual del arte. No tienes más remedio que distinguir entre lo auténtico y lo falsificado, y eso, señora mía, equivale a afrontar una revolución, a apuntarse, para siempre, en el bando contrario del que manda y del que corrompe.

—Complicado —suspiró ella.

—Yo lo hago.

—Tú no lo haces. Tú solamente estorbas. Porque, si no, ¿por qué nadie sabe cómo eres?

—Me alegro de que hayas hablado de mí con otros. Algún interés te despierto.

—Algún interés. Te escucho y sé que tratas de engañarme de cien modos diferentes, pero también me doy cuenta de que no eres exactamente el malvado que dicen. ¿Sabes tú cómo eres?

—¿Y qué falta hace ser-como? El hombre que no rompe moldes no llega a ninguna parte. Yo no "soy-como"; yo no me "parezco-a". Yo soy-para, si es que esto sirve para añadir mi parte a la confusión general.

—¿Para qué eres?

—Para la verdad; para la vida; para la muerte. ¿Qué tiene que ver lo que yo sienta en un momento dado? Los sentimientos oscilan mientras la verdad permanece.

—Oh... Y tienes tu verdad.

—Si tuviera mi verdad no tendría verdad ninguna. Tengo afán de verdad, que es otra cosa. Y busco.

—A mí, por ejemplo —sonrió Míriam, siempre desconfiada.

—Porque eres distinta —siguió Eduardo, aplicando su método "todas las únicas se parecen"—. Tienes un interés distinto por las cosas y eso indica una permanente introspección.

—Corta —respondió ella, refractaria al sistema Eduardo.

Él tiró el vaso vacío al estilo ruso porque, sofisticado o no, seguía siendo un barbarote de la mejor estirpe española. Quiso hacer lo mismo con el de ella, pero Míriam se lo impidió.

—Lo guardaré para poner pinceles.

—Míriam: no he conocido a una chica que me encorajine más que tú.

—Porque ni me mandas ni me apabullas.

—Y porque no eres fría ni eres caliente. ¡En fin! Lo demuestres o no, estoy seguro de que te desconcierto bastante. Por eso te voy a proponer dos cosas y luego a hacerte una apuesta.

—¡Qué tío!

—Te propongo enseñarte el mundo.

—¿El tuyo o el mío?

—El mundo en el que vives. Y, luego, que te enfrentes conmigo al otro mundo, al falso.

—¿Y la apuesta?

—Luego te la hago. Primero deja que te diga un poema.

—¿Tuyo? —preguntó Míriam extrañada.

—¿Por quién me tomas, mujer? —el soneto, claro está, era de Jesús, pero Eduardo no veía impedimento ninguno en apropiárselo para mayor gloria del camelo—. No siempre soy como parezco y, a solas, también me hago preguntas por mí mismo. Mira:

"Esta es mi mano: un instrumento extraño
para hacer un verso o crear infierno;
un gris dolor de carne que hace daño
cuando está a solas en su helado averno.

Esta es mi mano, con treinta y cinco años
de esforzarse en nada y vivir sin dueño,
acompañada por un hombre huraño
que sólo aspira a perseguir un sueño.

Mano que con tu mano haría un verso,
con tu piel un viento, con tu alegría
la cuerda con que unirte a mi destino

de hombre que quiere arder en tu universo;
con la aurora de tus labios haría
una eterna sed y un ardiente vino."

"He dicho".

Míriam trataba de aquilatar las palabras:

—Seguro que lo hiciste para conquistar a alguna chica.

Eso estaba previsto:

—Seguro. Lo escribí ayer noche. Hoy es su estreno.

—No me interesan los versos: son como el maquillaje.

—O como los rayos X. Además, no me lleves la contraria, Míriam. Para tu tranquilidad te diré que no estoy enamorado de ti y que no lo voy a estar nunca, pase lo que pase.

—Que no va a pasar nada.

—¡Vaya que si va a pasar! —respondió él lleno de soberbia—. Y eso me lleva a la apuesta del principio: antes de un mes serás mi amante.

Ella le miró fijamente a los ojos, tratando, quizá, de ver algo que no estaba en ellos. Eduardo la miraba con ojos fríos y la boca sonriente, sonrisa arcaica que le dicen en arte.

—¿Sabes que no te entiendo?

—Ni falta que hace.

El reloj avisador de la muchacha dio las dos durante treinta segundos: se notaba que ella lo había programado aún cuando intentaba evitar la cita. Eduardo se echó a reír.

—Las dos —dijo Míriam—. Ya te he pagado la apuesta del milagro de la adelfa.

—No tienes ni idea —se burló él yendo hacia el coche— de los muchos milagros que voy a hacer contigo.

La chica no sabía muy bien si estar preocupada o divertida; si halagada o rabiosa. Eso sí: la loca situación era excitante y ella se había hecho ya un propósito: Eduardo no ganaría la apuesta.

La cita vespertina

No puede decirse que los convocados llegaran puntuales a la vieja casa de Eduardo, herencia del tío soltero, que el filósofo se empeñaba en mantener con los postigos cerrados e iluminada exclusivamente con velas. Sólo una vez, en el noviembre anterior, Eduardo había abierto las ventanas para saludar, durante la noche de su cumpleaños, a las amigas estrellas, porque aunque era un tío cínico, a medias epicúreo y de muy mala leche, se permitías a veces raptos de inspiración decadente.

Eduardo vivía a solas en un piso pequeño, cómodo, utilitario y agradable, pero tenía la costumbre de escribir sus lucubraciones y de meditar sus memeces en la vieja casa centenaria, a la sombra de la piedra anciana y reposada, con luz rojiza de velas. Los amigos suponían que era aquella una más de sus puestas en escena, y él, que tan charlatán solía ser, jamás había intentado explicar la razón exacta de aquella rareza, no fuera a notársele la suave piel sentimental por debajo de su sardónica agudeza.

Jesús, Julio y Ramón habían tenido tiempo para que se les posara el humor desde la mañana. Conocían de antiguo a Eduardo, metomentodo vocacional e incordio oficial de la apacible comunidad, y, a pesar de los pronunciamientos en contra, le apreciaban. Las cosas de Eduardo eran, simplemente, las cosas de Eduardo, y más valía no meneallas para evitar que se complicaran aún más. Sabían que su amigo tenía un ramalazo genial y muchos otros de delincuente en potencia. También sabían que estaba hecho de buena pasta española y sólo lamentaban de verdad su incapacidad para aceptar la norma justa y sentir como propias las verdades que ellos tres, falangistas, servían y respetaban.

Solía tener Eduardo curiosas ideas entre científicas y desorbitadas que, una vez filtradas por el sentido común, servían bastante bien para luchar por la patria ideal, es decir, para castigar a la enorme lista de espabilados, trepas, traidores, estúpidos, gilipollas, necios, papanatas, malsines y rufianes que pululaban por la vida pública, cada uno con su tópico discurso y un vacío enorme y negro por la parte de atrás de las cejas.

Nieves, a la que también había picado la curiosidad aquella forma exagerada de convocar a los amigos, se había unido a la comitiva y bien pronto estuvieron todos acomodados en la penumbra de la sala donde ardían cinco velas rojas.

—Como veo que habéis venido sin garrota —dijo Eduardo— me doy por perdonado y paso a otros asuntos de importancia. El primero, y como está mandado, el artículo con que obsequié antesdeayer a la humanidad (que bien merecido se lo tiene) y que debéis de haber leído. Tres de cada cinco lectores míos de me odian y los otros dos necesitan acudir al psiquiatra, pero vosotros sois hombres de mundo que sabéis que yo escribo para acrecentar mi experiencia de la estupidez humana.

—"La representación de la Voluntad Popular y el Análisis Social" —citó Jesús, el periodista que lo había leído en el despacho del director mientras éste le comentaba: "sé que va contra alguien, pero no soy capaz de imaginarme contra quién es especial".

—Era confuso —sentenció Julio.

—Quiero aún más críticas —incitó Eduardo.

—Repetías lo de siempre: que la voluntad, al igual que la memoria y el entendimiento, eran potencias individuales que nadie podía representar. Ya lo sabemos todos. Luego te explayabas en un extraño método de análisis de la eficacia social, algo así como que la eficacia de una sociedad es inversamente proporcional al de nacimientos.

—Eso es —dijo Jesús—. Te basabas en una serie de estudios estadísticos de sociólogos extranjeros. El incremento de la delincuencia indicaba la intensidad del cambio social (tú dices situs, status y locus), y la disminución de las aspiraciones colectivas medía el aumento del sector de servicios de la economía.

—Confuso y pedante —insistió Julio, que era hombre de una sola palabra.

—Llevas muchísima razón —aceptó Eduardo con una humildad desconocida en él.

—A mí me llamó la atención —intervino Nieves— la erudición. Te pasabas el artículo citando libros y autores, cuando tú prefieres, con mucho, citarte a ti mismo.

—¡Ajajá! Has puesto el dedo en la llaga, hermosa y culta mujer. Y os voy a citar de nuevo a varios de ellos: Estephanov, "El ocaso de la Sociedad Anónima", Moscú, 1.982; Arquímedes Vargas, "La Macrourbe y su entorno", Universidad de México, D.F., 1979; Juiius B. Baedecker, "El Año Dos Mil y Movilidad Social Imposible", Princeton, 1980; K.W. Wolfgang, "Introducción al individualismo Post-Tecnológico", Bonn, 1984 y (sólo uno más) Horace Arlington, "Consecuencia de los valores críticos", N.Y. City, 1980. No está mal, ¿verdad?

—Verdad, pero empiezo a olerme la tostada —dijo Ramón.

—Os propondré para la Medalla al Despierto. Los autores citados, lo mismo que los libros, las estadísticas y las teorías, no existen. Tampoco la frase inicial de "La Rebelión de las Masas", cuya página y edición citaba, se escribió jamás, pero nadie se ha percatado de ello. ¿Cuántos ejemplares tiráis, Jesús?

—Entre seis y siete mil. Más los sábados y el lunes.

—Suponte que tuviera en realidad mil lectores. Será que mis compañeros de instituto me leen, aunque sólo sea para escandalizarse a gusto, ¿verdad, Nieves? Y la flor de la intelectualidad aficionada, y la tropa política... Todos se han tragado lo que yo afirmo, lo que yo invento por mi cuenta.

—¿Qué significa eso, Eduardo? —preguntó Julio.

—Que casi todo el mundo da por supuesto lo que se cita de un determinado modo; que la gente no analiza la información que recibe y que, a todos los efectos, a esta sociedad lo mismo le da la verdad que la mentira. Ahora se trata de saber si es inmune a ambas y vive de realidad internas, o si es que está de tal modo intoxicada que no da ya criterio a sus miembros.

—Y, en vista del éxito —gruñó Jesús— a mí me pones una bomba de atrezo, a Julio le envías un bote de humo y a Ramón le disparas una flecha. La relación debe de estar muy clara, pero no la veo yo.

—Puros ejercicios de imaginación. Os estaba motivando, que dicen los giliflautas, porque no he hecho más que empezar. Ahora quiero llamaros la atención sobre la "Nomenklatura" de estos pagos. Tú, Jesús, les conoces mucho.

Naturalmente: eran una tropa sin exacta definición partidista, pero con tremenda actividad política. Los señores de las conspiraciones de botica; los amos del pacto; los inventores del chanchullo. Siempre estaban informados de todo y, siendo una cuadrilla de archiburgueses, representaban rematados papeles progresistas.

—Mala gente. Estos no son estúpidos, sino los fabricantes de la estupidez. Son listos, son resbalosos, son babosos y mucho más.

—Yo me he molestado —siguió Eduardo— en vigilar sus citas en prensa, sus afirmaciones ex cathedra, sus noticias leídas, según ellos, en tal o cual prensa... Nada de nada: aplican en el sesenta por ciento de ocasiones la misma técnica de mi último artículo: atribuyen a quien les parece acciones y teorías y todo lo que les sea útil para mantener sus presupuestos de opinión. Además, operan con cierta especialización. Pedro Jódar, el otorrino, se dedica al régimen de Franco y a la Falange. Quintanilla, el notario, al modelo de sociedad democrática; Balancillo, el de turismo, a la modernidad anticonsumista; Tomás Gil, el de las agencias de viajes, a la crítica mundana e incisiva, proponiendo siempre la adopción de nuevas costumbres, generalmente escandalosas. Casas, el hotelero que dice haber asistido al Contubernio de Munich, al capitalismo de rostro humano y a la sociedad internacional postindustrial, y Van der Hell, el abogado, a la religión, el clero y las creencias en general.

—Eres envidiablemente metódico —le alabó Ramón—. Yo les leo y es cierto que cada uno tiene su punto de mira exclusivo, pero no había reparado en ello hasta que tú lo has dicho.

—Eso quiere decir —meditó Julio— que trabajan con arreglo a un plan. ¿No es así, Eduardo?

—Un plan cuya característica fundamental es el nihilismo y la presentación de nuestra sociedad como europea, avanzada, libre, justa y prácticamente idílica.

—¡Masones! —gritó Jesús con aire de perro que hace una muestra—. ¡Naturalmente! He oído algún comentario aislado sobre una logia casera. Dicen, no dicen... Esas cosas. Pero cuando un grupo de individualistas como éstos resulta que trabajan en combinación, ¿qué otra cosa pueden ser?

—Un partido político —explicó Ramón razonablemente.

—Lo dudo —dijo Julio, al que satisfacía mucho más la idea de la masonería suelta.

—Eso es precisamente lo que hay que llegar a saber y la razón de que os llamara —siguió Eduardo—. Varios de los que os he citado, junto con supervivientes de UCD y algún pardillo autonomista, han formado ese nuevo partido, el PRR. Parecen saber que las elecciones se van a anticipar y la idea básica, si hay masones por en medio, es dividir al electorado de centro y de derecha para conseguirse un grupo bisagra.

—Sería muy lógico, pero ¿qué nos importa a nosotros?

—A vosotros, no sé: sois políticamente irrecuperables. Si los partidos fueran seres vivos los iríais colgando de las farolas. Pero yo, que soy un moderado como la copa de un pino, he decidido correr más y fundar mi partido antes.

Le miraron como a un bicho raro.

—¿Tú y cuántos más?

—Yo solo, que soy muy macho. Todos los partidos son una invención. Ninguno surge de forma natural y espontánea, así que también tengo yo derecho a organizar uno, bien democrático además, cuya misión, como la de los otros, sea hacer la puñeta a los demás.

—Pero, hombre de Dios: desde el momento en que la gente sepa que el partido eres tú y, tal vez, alguno de nosotros, ¿quién se va a querer afiliar?

—Desde 1976 los partidos españoles no necesitan afiliados, sino estadísticas. Y, además, nadie sabrá nada, que para eso hay hombres de paja. ¿Quién diablos necesita afiliados? Un partido sólo necesita dos cosas: cargos y votantes, y estoy dispuesto a demostrarlo.

—¿Objetivos? —preguntó Julio, que siempre andaba ahorrando verbos.

—A y B —le respondió Eduardo en el mismo tono—. A) Dividir al electorado y, por lo tanto, contribuir algo más a la descomposición del sistema. B) Comprobar cuántos de esos tipos se nos acercan.

—No es ninguna mala idea —dijo Ramón—. Todo español debe escribir un libro, tener un hijo, plantar un árbol y fundar un partido político.

Jesús era periodista y veía las cosas con otra óptica:

—¿Y el dinero?

—Cuento con tres herramientas —explicó Eduardo—: vuestros bolsillos, vuestras personas y vuestros amigos. Además, nuestro campo de acción es restringido: ¿Habéis visto a algún obrero en un alto cargo de partido? ¿Qué profesiones abundan en las directivas? Abogados, economistas y funcionarios. También hay una mínima representación de otras profesiones liberales, tales como ingenieros y médicos; algún comerciante, algún empresario.

Era más o menos verdad.

—Y, además, estamos enchufados con un periodista. Tengo aquí —señaló una carpeta cerrada— veintitantas cartas al director del periódico, a base de insatisfacción y esperanza. Entre todas dibujas una parcela política clarísima: un centro-derecha progresista, avanzado, moderado y condenadamente democrático, además de municipal. Por un lado solidaridad y, por el otro, derechos individuales, humanos; defensa de lo comarcal o regional, según, futuro utópico y prácticamente una sucursal de los Reyes Magos. Mi amigo Jesús, periodista de pro, archipelota, Espronceda reencarnado, ¿crees que tienes poder para que se vayan insertando?

—¿Las veintitantas?

—Nadie puede ni sospechar que son hijas de la misma pluma. Yo diría que hay alguna analfabeta y todo.

—Diez o doce, quizá.

—Me hubiera conformado hasta con cinco, ya ves. Y, ahora, lo más importante —sacó una fotografía en la que se veían hombres de espaldas levantando la mano, y una mesa con otros hombres lejanos, presidiendo.

—¿Tienes muchos reparos contra las noticias falsas?

—Muchos. Las veo todos los días y me descorazonan.

—"En un conocido restaurante —recitó Eduardo— cincuenta compromisarios se reunieron ayer para poner las bases del nuevo partido reformista, radical, progresista y democrático que viene a llenar el espacio político que queda libre entre el centrismo de izquierda y el centrismo de derecha". ¿Debo poner derecha vergonzante, Jesús?

Ramón, el más ultraderecho de ellos, empezaba a estar interesado:

—Recapitulemos: quieres fundar un partido fantasma para investigar los mecanismos del poder.

—Y ojear masones —advirtió Julio, siempre metódico y siempre conciso.

—Y pretendes que nosotros, los que no creemos en los partidos, ni en que representen nada aparte de los egoísmos, te ayudemos en la aventura.

—Será en bien de la ciencia —se defendió Eduardo Libre de buen humor—. Hasta la fecha han creído todos que basta con dinero para hacer un partido político. Yo opino que no, que hay otros mecanismos más sutiles además de la ambición y el capital y que, tal como está la gente de estupidizada, uno se la lleva al huerto casi gratis.

—¿Y qué más? —preguntó Julio.

Ni Julio, ni Jesús ni Ramón se fiaban de Eduardo: era parte del método necesario para tratar con él. Ninguno discutía que tuviera ideas brillantes, pero todos sabían que en sus planes trataba de meter siempre algo de matute.

El verano pasado, por ejemplo, manipulando un vídeo conectado a la ante del Alcalde de Puebla (D. Fulgencio), le habían hecho creer que se había dado un golpe de Estado durante toda la noche del 18 de julio, y le convencieron para que arrestara a los concejales de su propio partido. Eduardo Libre, por el prurito de hacer trampa, a punto estuvo de pegarle, además, un tiro al desgraciado alcalde.

A primeros de año, con la colaboración de un anciano catedrático, convencieron a varios políticos importantes de Villaciudad, alcalde y delegado del Gobierno incluidos, de que podían rescatar un botín de quinientos millones enterrado durante la guerra, y la plaza de la Constitución había quedado en ruinas. Sólo consiguieron no ir más allá a base de vigilar cuidadosamente a Eduardo Libre, que andaba por entonces experimentando con las teorías de su "Informe sobre la Estupidez" (Stultitia Eduardi).

Inasequible al escarmiento, ahora quería fundar un partido político fantasma, sacar de sus logias o madrigueras a los masones, intoxicar informativamente a cuantos se dejaran y alguna otra cosa que Jesús, Julio y Ramón sabían que ocultaba. Por eso la pregunta de Julio:

—¿Y qué más?

Estaba, por ejemplo, Míriam, pero Eduardo no podía confesar que todo aquello se le había ocurrido por el capricho de conquistar a una muchacha y, también, porque le hizo tilín el lugar donde trabajaba. Otros proyectos, en suma, que a Eduardo no le apetecía anticipar, pero que completaban el conjunto de su artificio. Así es que, a sabiendas de no ser creído, puso cara de decente ofendido y se encogió de hombros:

—Nuestra sociedad ya no se apoya en los pilares clásicos. Ni mucho menos en los que decís los falangistas a base de familia, municipio y sindicato. Puede que una parte de los gilipollas y la gran mayoría de los ilusos crean que la sociedad se basa en lo mismo que hace veinte años y que todo lo que sucede es que se va corrompiendo a marchas forzadas. No es eso, pedazo de camaradas: es que la sociedad ahora toma sus energías de otra parte; es otra sociedad y, por lo tanto, funciona de manera distinta.

—¿Ah, sí? —preguntó Jesús, el periodista y pseudopelota, con evidentes ganas de polemizar—. Todavía no nacemos en probetas.

—Ya, pero la familia no cumple con sus misiones tradicionales, y hasta está dejando de ser unidad de consumo. La ciudad millonaria no es estrictamente un municipio y los sindicatos son una pamema arqueológica. Lo que importa es cómo se trabaja y no en qué, pongo por caso.

—Claro, claro —suspiró Ramón—. Has hecho una brillante improvisación y a lo mejor hasta es cierto lo que dices, pero resulta que en estos momentos pides nuestra ayuda y nosotros queremos saber todo lo que te traes entre manos.

Nieves, la directora del instituto, seguía silenciosa, pero esta vez interesada por todo aquello de la sociedad que había sido suplantada sin que la gente lo advirtiera.

—Nada por aquí, nada por allá —siguió mintiendo Eduardo Libre con desparpajo—. Tengo la sospecha de que no vivimos en la sociedad que creemos y que hemos dilapidado ya las herencias del racionalismo, del liberalismo y del marxismo. Alguien, por puras conveniencias de método, sostiene el telón, pero todo es una cáscara seca. La ciencia vuelve a tomar la apariencia de magia en la frontera misma de lo imposible; la gente formula sus deseos y sus preferencias influenciada por un color, un sonido o una sonrisa: la imagen. El arte deja de ser creación y busca los caminos de lo inútil y de lo feo a la vez. Todo parece ser psicológico o susceptible de una explicación psicológica, desde Dios a las galaxias. ¿Habéis oído hablar del nominalismo de Occam?

—Claro —dijo Nieves, muy rápida.

Jesús y Ramón recordaban vagamente el nominalismo como una de aquellas escuelas medievales, relacionadas con las primitivas universidades.

—Duns Escoto —confirmó Jesús para demostrar los posos de su cultura. En realidad bien poco significaba aquel nombre para él, salvo que también fue nominalista y medieval hasta las agallas.

Julio, que a lo mejor sabía algo más, prefirió ir por lo derecho y ordenó, impasible:

—Di tu idea.

—En la Edad Media tuvo mucha importancia el problema de los universales y los nominalistas se plantearon, entre otras cosas, hasta qué punto las palabras servían para contener las ideas. Salían directamente del platonismo y, por ejemplo, querían saber si decir "mesa" equivalía a describir una mesa y si eso hacía que todos pensaran en la esencia de la mesa o si cada uno se la representaba a su capricho. Aquello, con diferentes extremos, se desarrolló hasta Occam, que vino a concluir que las palabras eran meras emisiones de voz.

—¿Y qué?

—Pues que ahora, gracias al increíble desarrollo de la información escrita y más aún de la hablada, las palabras son lo que conviene que sean en cada momento y muchas de ellas, las más importantes, han sido cuidadosamente vaciadas de contenido racional y recargadas con emociones primarias.

—Y tú, Occam II, el Meditabundo, has llegado a que las palabras no son emisiones de voz, sino bombas sentimentales —dijo Jesús, que, como periodista, sabía muy bien que aquello era cierto.

—Lo que digo es que nuestra sociedad de hoy no es racional; digo que se nos controla a través de excitar nuestros sentimientos más primarios. ¿Os habéis preguntado qué sucede cuando se rompe el equilibrio entre la sensación y el pensamiento? La una manda sobre el otro y ése es el fundamento de la magia. Y lo que es indudable es que el hombre actual está mil veces más sobreestimulado que el de hace cincuenta años. Con lo que os propongo quiero ver hasta qué punto vale todo para la masa; hasta qué punto una colección de majaderías vestidas de chaqué, o de desengaños equipados con silencio pueden generar partidarios y adversario y, además, dividir el electorado de las próximas elecciones.

—Eso sí me parece razonable —suspiró Julio—. Cada nuevo partido es una puñalada al sistema ineficaz.

—Partidos, ruedas de molino, camelos, ¿qué más da? —dijo Jesús—. Haré lo que pueda con tus mentiras desde el periódico.

—Además —añadió Ramón— hasta podemos sacar un diputado, si es que damos con el asno preciso.

Nieves rompió su silencio:

—¿De verdad creéis que podéis fundar un partido vosotros cuatro solos? Puede que las cosas no sean del todo razonables en España, pero hay gente preparada, inteligente, culta...

—¿Cuántos? —preguntó Eduardo con cinismo—. ¿Un millón? Aunque fueran dos, mi querida directora, todavía nos quedarían otros treinta y ocho millones de pardillos. ¿Comprendes ahora lo que significa el sufragio universal? Sencillamente que es más fácil y exitoso engañar que convencer.

Nieves lo pensó en una centésima de segundo:

—No me gusta el mundo. No me gustan los hombres.

—A nadie le gustan las personas en general —la consoló Jesús, tomándole la mano—, pero a todos nos preocupa su destino, quizá porque también es el nuestro. Como en la canción, nos empuja el viento del amor, aunque acabemos pensando que es tiempo perdido amar a la humanidad.

Manejos subrepticios

Ramón y sus amigos no estaban bien organizados, pero el hilo conductor de la amistad hacía de ellos una red, una malla tanto más estrecha cuanto cada uno de ellos trataba con mucha otra gente, en su mayoría apolítica, pero chismosa y envidiosa.

El dispositivo era bien fácil: habían delimitado un núcleo para la investigación: el presidente y el vicepresidente del Ateneo, varios colaboradores asiduos de radios y periódicos, otros tipos en los que se daba la triple coincidencia de ser ateneístas, rotarios y del Club de Leones. También los que más alarde hacían de europeísmo desde posturas pseudoliberales poco definidas. Habían hecho correr la voz de que interesaba saber el máximo sobre ellos.

En una ciudad medianeja estas cosas funcionan. Fulano ve a mengano en un sitio poco habitual y lo comenta. Zutano sabe que Perengano acude a la misma hora a tal otro lugar y lo dice. Otros se enteran de discretas cenas o de aquelarres y el vecino de más allá oye gritos o música en la casa de al lado.

Todo el mundo parece tener una razón para pasar información o para perjudicar a alguien en particular, y muy pocos se resisten al comentario desfavorable, supuestamente desinteresado y gratuito.

Ramón, el cabecilla de los libérrimos falangistas del lugar, contaba con cuarenta y dos hombres tan heterogéneos como la ciudad misma: electricistas, mecánicos, profesores, médicos, estudiantes, cobradores, guardias, comerciantes, albañiles, cada uno con sus oídos abiertos, con sus amigos charlatanes, con sus ojos para ver y mente para ir sumando dos más dos.

Cuando un grupo así decide enterarse de algo, se entera, y no tarda, además, mucho tiempo. Uno pregunta, hace que la conversación se deslice hacia el tema, alerta a los muy amigos, diez o doce, que, a su vez, preguntan o buscan, y pronto hay un millar de personas en la red, facilitando al cabo del día una cantidad de información casi indigerible. El auténtico trabajo está en filtrarla, ordenarla y archivarla; un trabajo que lógicamente recayó en el más ordenado del grupo, el silencioso y metódico Julio Ruiz, que abrió una carpeta para cada uno de los investigados y, después, muchas otras para cada uno de los nuevos personajes que iban saliendo a la luz y que podían estar relacionados con el asunto de la masonería.

Por su parte el periódico iba publicando aquellas cuidadosas cartas de Eduardo Libre que, además de señalar necesidades políticas, reivindicaban soluciones de justicia y libertad. Aunque las cartas no llegaran al pueblo, las leían los enteradillos, espabilados, trepas, acobardados, ambiciosos y ambidextros de la clase política que eran el objetivo primordial de la operación.

Eduardo Libre, en la soledad de su conciencia, o de lo que tuviera en su lugar, buscaba un líder para su movimiento. Debía ser un desconocido, sin mancha política alguna, lo bastante listo para hablar de corrido y para aprenderse el abecé de la desconfianza. Le daría un nombre, unos pensamientos, un carisma y todo lo que fuera necesario, pero necesitaba urgentemente la materia prima, un homo sapiens con carné de identidad y lo que cuelga.

Jesús, el periodista, gastaba horas en la hemeroteca tras las tenues pistas que pudiera haber dejado la masonería en acción, sabiendo que de cada diez posibles masones, nueve serían simples papanatas y que difícilmente hallaría la fórmula para distinguirlos con seguridad del décimo, peligroso de verdad.

La freza que seguía no era fresca, aunque olía mal todavía. Podía tener veinte o treinta años, de manera que navegar por la descuidada hemeroteca de su periódico equivalía a un safari sin porteadores por la selva más espesa. A pesar de todo, mucho es saber lo que uno busca y, en este caso, Eduardo había dado con lo más oportuna: una serie de coincidencias, un buscar y proponer permanentemente el europeísmo, la superación de las naciones, la enemiga hacia lo permanente, el humanitarismo cuasi bonachón y eso que se ha venido llamando amplitud de miras y no es otra cosa que persecución de objetivos.

He aquí un ejemplo: el abogado sesentón, agradable al trato, católico confeso, supuesto amante de la cultura y del arte, conversador, bonachón con ciertos prontos y coces, expolítico ucedero, pariente de un cargo autonómico, convencido de lo vernáculo y de lo típico, tertuliano permanente, cotilla y otras muchas cosas no excesivamente graves, había escrito, casi coincidiendo con la señal de alarma de Eduardo Libre, toda una página (cuatro folios y pico) bajo el título de "¡Viva Europa!".

Un hombre que llevaba lo menos quince años sin escribir ni decir Viva España, de repente se alzaba con aquel florido Viva Europa, de la que dejaba de hablar directamente al segundo párrafo para entrar en la anécdota de 1960. Lugar, el Ateneo. Protagonistas: él, claro está, un notario que, años después, escribiría razonadamente por qué él votaría que no en el referéndum para la sucesión, un terrateniente con empresas inmobiliarias, un médico de mujeres y varios otros que, por lo visto, conspiraban en comandita por una Europa mejor apaciblemente instalados en el franquismo y en los butacones de la sala de tertulias ateneísta.

Cosas como éstas hacen levantar las orejas a cualquiera que ha decidido cazar masones al ojeo. Más aún cuando el mismo autor escribe que "uno de los compañeros, recientemente regresado de Munich, nos informó, esperanzado, del acuerdo que habían llegado Llopis y Gil Robles, por lo que estábamos convencidos de que la unión europea podía contribuir a la evolución española con un proceso democratizador que sería fruto de las células surgidas en el interior del país". En otro lugar citaba a un tal Borret, que había escrito una obra titulada "reacción europeísta", fechada en la finca de Mortvedra, en las cercanías de la ciudad.

Este abogado sesentón, llamado Seny, tenía una curiosísima trayectoria que Jesús pudo sistematizar para los archivos de Julio: hijo de un alcalde republicano de derechas, que fue pasaportado a primeros del 37, pasó por ser jefe del requeté local nada más terminar la guerra, en la que se guardó mucho de participar. Abrazó, entonces, si no la religión, la Acción Católica con sus anejos de la Adoración Nocturna y los Cursillos de Cristiandad.

Supuesto admirador y amigo de Fraga Iribarne, se las compuso para obtener sin examen el título de periodista y dirigir el periódico local, cuyo principal accionista era, entonces como ahora, el obispado; de manera que en los años sesenta, mientras conspiraba por Europa con los ateneístas, escribía nada despreciables loas todos los primeros de abril, los dieciochos de julio, los primeros y veintinueves de octubre y los veintes de noviembre, fechas clave en la apretada agenda de aquellos embriones de demócratas. Santificaba las fiestas, y el Viernes Santo, por ejemplo, el periódico era una especie de esquela dolorosa y negra, mientras que en Navidad tendía a combatir la costumbre extranjera del árbol, a favor del más español (pero italiano) belén católico.

Desde su cargo procuraba conocer y convertirse en confidente de los sucesivos gobernadores civiles, ya en plan de soplón, ya en el de pelota. Se rasgó las vestiduras públicamente el día que mataron a Carrero Blanco y se hizo incondicional del espíritu del 12 de febrero de Carlos Arias Navarro.

Se lanzó por la senda autonomista a poco de morirse Franco y, mientras él se instalaba en la UCD local como prohombre político, colocó a un familiar en el socialismo, para evitar cualquier tipo de sorpresas. Aprovechó entonces para dejar la dirección del periódico y para, desde él, atacar sistemáticamente a todos los órganos del Movimiento Nacional, desde la OJE al Consejo Nacional, como demócrata-tolerante de toda la vida que, por sus propios medios sin duda, había conseguido salir de los terribles cuarenta años de oscurantismo.

Este era el hombre del Viva Europa, antiguo cursillista de cristiandad y, posteriormente, opusdeísta. Seguía teniendo un relativo peso específico en la política a pesar de haberse quedado en barbecho, agazapado como un gato viéndolas venir, cuando la UCD, una vez traicionado todo lo traicionable fuera, empezó a traicionarse desde dentro para morir de estupidez bajo la égida del tristísimo Calvo Sotelo y Bustelo.

Jesús comprobó que, desde 1965, había un denominador común en toda su obra escrita, a excepción de los obligados artículos de lustre al poder que publicaba en las fechas notables: paz y amor universales, no desde un sólido catolicismo, sino desde ese humanitarismo frío y aséptico. Democracia como sinónimo de libertad y como antónimo de patriotismo. Cristo como hombre y nunca como Dios. La exaltación del mito del tiempo que, al transcurrir, conduce al progreso; y, naturalmente, burlas a la famosísima "conjuración judeo-masónica".

Otros articulistas coincidían en el servicio a estas ideas comunes: Pedro Jódar, joven médico otorrino, vicepresidente del Ateneo, señor de la cuchufleta irónica, que se dedicaba permanentemente a hacer, diez años después, la oposición a Franco en nombre de la democracia, la tolerancia, el horror a los absolutos y universales y la entronización de lo subjetivo.

Hermandad general; hombre igual a hombre, con independencia de las fronteras, y otro montón de lindezas, incluido el odio al fascismo, el anticulto a los muertos no democráticos y rabias varias que obligaban a meditar sobre las razones de tan persistente y repetida postura.

En ello coincidía Van der Hell, el abogado, que a todo lo demás añadía su particular ofensiva sobre Ceuta, Melilla, las Canarias y el derecho de autodeterminación de los pueblos o nacionalidades constitucionales, por así decirlo. Era un hombrecillo joven, con la mirada oscurecida a fuerza de maquinar en soledad, y, como en los otros, sus escritos acusaban una línea fija, tozuda, a veces sibilina y a veces burda, repitiendo una y otra vez las mismas argumentaciones como últimos hallazgos de la modernidad.

Tomás Gil, director de una importante agencia de viajes conectada a un tour operator archipoderoso, era otro que tal bailaba, siempre dentro del amor universal, las fronteras obsoletas, la libertad de pensamiento propio, la historia como extorsión y arma arrojadiza, y un auténtico furor contra el Papa y los dogmatismos "en general", a los que culpaba de las guerras, las plagas, el imperialismo y la mala racha del Barça en la liga.

Había más articulistas del mismo calibre, pero Jesús no quiso aventurarse con ellos durante la primera semana. A base de leer quince o veinte trabajos de aquella tropa al día, comprobó que todos podían haber sido escritos por la misma mano, dada la similitud de ideas y argumentaciones, y que aquello no podía ser una coincidencia, sino un proceder organizado, de manera que entregó todos sus datos a Ramón:

—No me cabe duda de que aquí hay algo de lo que Eduardo Libre sospecha, Ramón. Somos tan permeables que vamos absorbiendo ideas y olvidando quien nos las implanta; pero, con pruebas en la mano, hay más de ocho personajes que nos vienen colocando el mismo argumento desde hace años.

—¿No haces tú algo parecido? —le preguntó Ramón, que se sentía algo socrático, irónico y mayéutico.

—No... Yo hablo de todo desde unos principios más o menos falangistas, patrióticos, que en modo alguno oculto. Lo de ellos es distinto: esta gente, pretendiendo hablar de todo, acaban por repetir las mismas ideas, sin decir jamás desde qué concepción del mundo operan.

—¿Pueden ser masones entonces?

—Creo que sí, pero... —Jesús dudó—. Se me hace difícil que lo sean todos. Hay entre el grupo que estoy investigando masones y gilipollas por lo menos al cincuenta por cien: los que saben por qué dicen lo que dicen y los que de verdad se creen esas pamemas universalistas.

—¿Cómo distinguirlos?

—¿Se te ocurre algún método a ti?

—No.

—Eduardo cree que un partido nuevo puede ser un cebo al que no se resistan, y yo empiezo a darle la razón.

—El cebo y los chivatos, claro —añadió Ramón—. Te voy a decir un par de cosas que a lo mejor no significan nada y a lo mejor son buenas pistas:

"Una vez al mes —leyó de sus apuntes—, los viernes primeros, Casas invita a cenar a una serie de personajes en su hotel, tanto en invierno como en verano. Hay algunos que sólo han acudido una vez o dos, pero hay otros inamovibles, como Pedro Jódar, Balancillo, Tomás Gil y Quintanilla. Hay, todos los días, un desayuno-tertulia en el bar Aníbal, en el piso alto, donde Quintanilla lleva la voz cantante. A él acuden con regularidad Balancillo, Van der Hell, Seny, Rial, el arquitecto, Sobrino, el librero y, a menudo, Casas y Pedro Jódar".

—¿No te da la sensación de que estamos muy bien organizados? —preguntó Jesús—. Ya sé que es una tontería, pero eso hace que me sienta más fuerte.

-La ciencia del Bien y del Mal —suspiró Ramón—. La información no deja de ser una de las cien formas de la maledicencia. ¿Te has parado a pensar que a nosotros pueden estar aplicándonos el mismo método?

—¿Y qué, si lo hacen? Digan lo que digan, ¿te van a apartar de tu camino? ¿Te acuerdas de aquella canción de los viejos campamentos? "Nuestras sangre nos lleva a la batalla por la Patria, la Justicia y por el Pan". Eso es lo que hay.

—Eso es lo que hay —confirmó Ramón—. Le ponemos razones al sentimiento, pero es el sentimiento el que nos mueve.

—¿Y no es maravilloso?

—Claro, y preocupante. ¿Cuáles serán nuestros sentimientos cuando hayamos muerto?

—¡Jolín con el optimista! ¿Qué más da vivir que morir? El caso es cómo lo haces. Lo más limpiamente posible, y a mantenella y no enmendalla. Si me equivoco, se trata de una hermosa equivocación, y si acierto, ya me llegará la victoria, porque la Providencia no falla.

Ramón se puso a repasar los papeles de su mesa con una sonrisa tristona:

—No creo que estés convencido de vivir como Dios manda, Jesús. Nadie es justo siempre; nadie es siempre caballeroso; nadie deja de tener malas intenciones alguna vez, aunque las ahogue; nadie, salvo los tontos, está satisfecho de sí mismo.

—¿Te refieres a mi situación con Nieves?
—Me refiero a que una vez me dijo Julia —Julia era la novia de Ramón— que a menudo nos olvidamos de que solamente somos hombres.

—Pues me parece perfecto. ¿De qué serviría ser hombre si uno no soñara en convertirse en otra cosa? No es tan malo querer ser mejor.

—Mira —dijo Ramón—. Además de informaciones más o menos políticas nos están llegando otras cosillas: hijos ilegítimos, camas redondas, amantes, líos, drogas, borracheras, mariconería... Pueden ser verdades o mentiras, malevolencia de un vecino o de un competidor, y te aseguro que me duelen hasta las cosas turbias de mis enemigos.

—¿Porque sientes la tentación de usarlas contra ellos?

—Porque siento la necesidad de perdonarlos. Sus cosas malas hacen que les comprenda mejor, que piense en que pasan momentos de angustia y hasta de terror, y que reconozca de qué frágiles materiales estamos hechos todos.

—Frente a la duda, voluntad, amito.

—Y que nos coja en Zona Nacional.

Busca y captura

Eduardo Libre había avanzado mucho en apenas dos semanas. Picoteaba aquí y allá, en viaje permanente entre el mundo de las ideas y el de los hechos, a su modo entregado a la última misión de hacer con su sola imaginación un movimiento político.

Llevaba un registro de la información que iba sistematizándole Julio, extractándola de sus carpetas en fichas lógicas donde figuraban las coincidencias entre todos los personajes de la farsa. Cuando esas coincidencias eran más de cinco, Julio pasaba a los investigados a la categoría de sospechosos, clase B; y cuando superaban las siete, lo eran de la clase A. Absoluta seguridad sólo la tendrían más adelante, pero bueno era ir despejando el terreno que investigar para cerrar mejor el lazo.

Además, Eduardo llevaba por su cuenta y en secreto otras dos encuestas. La primera, quizá sentimental, cerca de Míriam, la pequeña y espabilada artista; y la segunda, en busca del candidato más oportuno para ser el líder del nuevo partido estropea convivencias.

Las cartas al director y los pequeños artículos de opinión justificaban un cierto interés político por esa postura radical de centro izquierda-derecha, progresista a la bestia y no poco liberal, significara lo que significara. Una seguridad social segura —se postulaba, siempre dentro de lo indefinido—. Menos impuestos, menos cargos, menos inflación y menos carestía; más salarios, más paz, más de todo, y ni cambio ni recambio, sino cultura, porque la cultura siempre adorna un programa. ¡Ahí queda eso! Las siguientes proposiciones políticas prometerían el oro y el moro a toda la escala social, y tendrían que ir firmadas en su mayoría por una sola persona, el líder, en cuyo nombre se pintaría alguna pared y se repartirían octavillas. Quedaba por resolver, sí, la elección del líder en cuestión y la del nombre político, si es que llegaban a necesitarlo, líder y nombre bien confusos a ser posible. El PSEO por ejemplo (Partido Social Español Orgánico) o, quizá, el SPOE (Social Progresismo Orgánico Español).

Alistaría a no pocos desgraciados bajo su bandera; permitiría sueños y hasta esperanzas. Los habituales infiltrados transitarían por él y, por fin, a la hora de las elecciones, tanto si concurría a ellas dividiendo el voto del rebaño como si descubría el pastel de la mangancia, daría un golpe a la confianza de todos, otro ligero empujón a la estupidez reinante, otro puyazo al mito de que la gente aislada puede elegir lo conveniente para todos sin previa documentación, que aunque suene muy bonito no deja de ser un imposible lógico.

Mientras tanto, no olvidaba sus otros fines: aprender, por ejemplo, qué es el poder y si son el dinero o la ambición los que lo precipitan. Conocería, también, el entramado de la nada, la mentira que convence y todas esas otras herramientas con que se maquilla la sociedad corrompida.

Hombre absolutamente meditado, Eduardo Libre no había dejado de presionar sobre Míriam que, si era cierto que le había causado una agradable impresión, también era parte de sus maquinaciones y necesaria para averiguar ciertas cosas interesantes de su empresa.

Su alumno más golfo, ascendido después de Navidad a la categoría de esbirro, y más que comprometido con el resultado de su evaluación final, le sirvió de espía particular, y bien a gusto que lo hizo, sin preguntar demasiado sobre el interés que sentía su profe por aquella Míriam artística y huraña.

Así que, al día siguiente de que la muchacha y Eduardo Libre se hubieran tomado el refresco en el desierto mirador, el esbirro le dio un parte relativamente más completo:

—Estoy convencido de que Míriam es una maniática, pero al menos parece ordenada. Nunca falta al trabajo, y llega siempre a él a la hora en punto. Los que la conocen dicen que tiene a gala ser puntual y que ha dejado plantada a muchísima gente por retrasarse un minuto.

El chaval consultó su cuaderno:

—Gustos: ¡cualquiera sabe! No va a las discotecas, ni siquiera de vez en cuando. Se niega a entrar, como lo oyes, y es capaz de quedarse fuera, sola, sentada en un escalón, mientras su grupo entra, y así se pasa toda una hora, como si no fuera capaz de aburrirse ni de divertirse.

—Vaya —dijo Eduardo—. Tenemos una tímida.

—No tenemos una tímida —le contradijo su alumno—. Baila como una peonza en cualquier fiesta particular y, al menos el verano pasado, tomaba el sol en cueros en la playa: por lo visto sólo se pone el bañador para remojarse, pero se lo quita tan pronto como sale. A lo mejor teme que le muerda un cachalote.

—Amoríos ahora, chaval.

—Nada.

—No me lo creo.

—¿Y qué le voy a hacer yo? Va y viene con ese grupo de artistas y no creas que no tratan de ponerle los puntos, pero la han dejado por imposible. Vive con sus padres, si es que esto ayuda para algo. Tiene veintidós años y, más o menos a los dieciocho, tuvo un novio. Un novio clásico de los de pasear, ir al cine y tomar un aperitivo los domingos. Conozco al personaje y no vale la pena. Entonces tocaba la guitarra y se las daba de cantautor, y ahora es una especie de secretario-para-todo del senador y está habilitado de poeta.

—Ya sé quién es: un maldito gafitas petulante. ¿Qué pasó entre ellos?

—Pues la gente dice que no pasó nada, que él es muy gilipollas. Seguramente se cansó de admirarle o vete tú a saber. La opinión más extendida es que ella es virgen, fíjate, algo romántica, muy soñadora, nerviosa de las que tienen depresiones pero fuerte a su modo, solitaria y frígida.

—Hay opiniones para todo —comentó Eduardo.

—Apenas si hace política, pero debe de ser algo anarquista según se porta. Dicen que dibuja muy bien y que pinta algo peor. Sus compañeros la acusan de hacer arte burgués. Pertenece a ese sótano de arte, que reúne a la única gente con que se trata. Allí va siempre después del trabajo y se pone a hablar, a escuchar o a leer. Sale siempre que se hacen excursiones o acampadas y ahora, desde que está abierta en el Ateneo la exposición de arte joven, va a la sala todos los días a las siete, echa un vistazo y se larga al maldito sótano.

—¿Sola?

—La mayoría de las veces. Es así. Sus padres tienen hija para rato y, además, una casita en la playa, a unos quince kilómetros, y allí pasa las vacaciones de verano. A veces va los fines de semana y, por lo que dicen, sabe un montón de jardines y de flores, pero no vayas a creer que es una cursi. Estudió un par de años lejos de aquí, magisterio, creo, pero luego lo dejó estar. No sé nada más.

—Todos los días a las siete en la exposición, ¿no?

—Es un animalito de costumbres.

—Lo veremos —comentó Eduardo muy sonriente.

Por eso cuando Míriam llegó en su visita diaria a la vacía sala de la exposición, se encontró a Eduardo Libre plantado con mucho interés delante de uno de sus cuadros. Como ignoraba que el filósofo de bolsillo había visto su reflejo en el cristal del dibujo que se exhibía al lado, se quedó en la puerta sin decir nada, gozando de ver en secreto lo que hacía Eduardo frente a su obra.

Era el profesor un premeditado que hubiera mirado la pintura de Míriam con la misma atención aún tratándose de un borrón de tinta, pero encontraba en ella la novedad de un estilo casi clásico, y la dulce y azul nostalgia de algunos sueños infantiles. El cuadro destacaba de los demás precisamente por la independencia que demostraba: abstracto de contenido pero no de formas, revelaba una preocupación por el conjunto escasamente femenina, y una huida (o abstención) tanto del realismo más grosero y a la moda, como del feísmo más o menos doctrinario.

Una adolescente sostenía delicadamente una rosa a punto de marchitarse, en cuyos pétalos se veían nacer unos prometedores capullos. Miraba, sin embargo, a su otra mano, en cuya palma apartada del cuerpo y apenas abierta se veía un montoncito de tierra oscura y fecunda.

Eduardo, que sabía perfectamente que Míriam le observaba, sacó un cuadernillo y tomó nota de algo. miró luego a través del hueco de su puño como por un catalejo, e hizo todavía un par de tonterías más para dar fuerza a su interpretación. Se volvió al fin, decidido en apariencia a irse, y procuró no aparentar sorpresa alguna al mirar de frente a Míriam, que le observaba apoyada en el quicio de la puerta:

—Me has cogido —la saludó— documentándome sobre ti, muchacha. Si se mira convenientemente, siempre se descubre el interior del artista en su obra. Si es que tiene interior —añadió haciendo un gesto hacia varios garabatos multicolores.

—Me preguntaba cuándo te volvería a ver —respondió Míriam.

—La ofensiva estaba prevista para mañana, pero mal general resulta el que no sabe precipitar los acontecimientos —mintió Eduardo.

Aunque no se le trasluciera, Eduardo estaba seguro de que a Míriam le había gustado sorprenderle contemplando sus cuadros, halago al que ningún artista se resiste si es que es humano. Por supuesto que Míriam no haría lo natural: preguntar por la opinión de Eduardo. Era reservada y con Eduardo se obstinaba en estar siempre a la defensiva.

Eduardo Libre, entre las informaciones de su esbirro, sus anteriores conversaciones y el cuadro, se decantaba por ver a Míriam como a una mujer llena de miedo: a la vida, a los demás, y, mucho más aún, a ella misma. Miedo a equivocarse y miedo a ser auténtica. Era una chica con temperamento artístico, luego su apariencia racional y fría residía en el miedo a demostrar su apasionamiento. El arte era, entre otras cosas, su válvula de seguridad y su forma de lamentarse en secreto por el hecho de haber crecido y haber dejado de ser la niña que se asombra.

—¿Esperas que haga una crítica de tu pintura? —le dijo desafiante.

—Ni mucho menos —le respondió ella igual—. Tú no hablarías de mi pintura, sino de lo que mi pintura te hace pensar.

Era una mujer con recursos, acorazada a muchísimas de las triquiñuelas de combate personal que solía usar Eduardo Libre. Pero pertenecía, para su mal, al tipo de las que interesaban al filósofo de bolsillo: reservadas, sentimentales, algo complicadas, quizá frustradas e infantiles, si es que una mujer puede ser infantil.

—¿Por qué no escribes los poemas en lugar de pintarlos? —dijo él como respuesta—. Meditas sobre el tiempo y sobre lo que la vida promete y da... pero, ¿es la pintura la herramienta más adecuada para decir tus conclusiones?

Se trataba de comprobar si ella aceptaba o no hablar sobre sí misma y sobre sus ideas.

—Mala cosa la pintura si hay que explicarla con palabras —dijo ella, todavía reservada—. La pintura se siente o no, pero no hay por qué traducirla a otro lenguaje.

Eduardo le dio la espalda para ir a sentarse y se puso a mirarla como a otro cuadro mientras encendía un cigarrillo. Sonreía con los ojos, absolutamente seguro de dominar la situación. Miraba a Míriam al entrecejo, lo cual hace siempre creer que a un o le leen los pensamientos. ¿Era o no el momento de plantearle un primer cuadro psicológico? No perdería nada probándolo, de manera que se puso a hablar tranquilamente:

—Todo puede ser un ciclo, y hasta la belleza más perfecta de la rosa se marchita para que puedan existir otras rosas. Igual la niña se transforma en mujer, que es otra forma de marchitarse y de dar paso a nuevas realidades. La mujer que fue capullo está destinada a ser tierra nutricia, tal vez sólo matriz, y no siempre es agradable reconocer que el destino biológico nos transforma y nos hace esclavos de los ciclos.

Ella, de momento, le sostenía la mirada con una sonrisa que Eduardo supuso simple máscara educada.

—¿Por qué moverse de la primera visión que has tenido de ti misma? ¿Cómo compaginar los sueños de siempre, el destino maravilloso, con los desengaños de todos los días? Hay un gran misterio en el hecho de ser siempre la misma y, sin embargo, haber cambiado tanto y seguir cambiando siempre. O rebelarse o escaparse, ¿verdad, Míriam? ¿Qué es lo que llegamos a ser sin pretenderlo?

Ella había bajado los ojos, pero Eduardo dudó que estuviera meditando.

—¿Por qué te interesa tanto lo que pienso?

—Tal vez me interese y tal vez no. Lo que sucede es que sé cómo piensas. Uno entiende un idioma y otro, no. Yo entiendo a algunas personas y a otras no, sin que pueda evitarlo, y tú estás hecha de manera que sé cómo eres, te guste o te reviente.

—Creí que ya te había dicho que ese método no vale conmigo, y que no necesito para nada que me comprendas.

—¡Ja! —respondió Eduardo—. ¿Me puedes decir entonces por qué pintas? Pintas, entre otras cosas, porque no hablas. Y detrás de toda esa seguridad, detrás de esa insistencia en pretender ser lo que debes o lo que quieres, ¿qué hay más que angustia, titubeos y miedo de ti misma? Si no te diera miedo intentar vivir de otra forma, ¿lo harías o no? ¿Lo tuyo es soledad o, más bien, incapacidad para comunicarte como lo hacen otras personas?

Ella le miró de frente otra vez, se dio la vuelta con la sonrisa petrificada y salió de la sala con paso lento y meditado:

—Adiós, doctor Freud.

—¿Y si no me levanto y te sigo? —preguntó Eduardo sin moverse para nada.

—Todo eso que me ahorraré —le respondió ella deteniéndose en el pasillo—. ¿Crees que entender a una persona es disparar al azar como en los horóscopos de las revistas?

—Ésa es la cuestión —dijo el filósofo tirando la colilla—. Es más terrible para ti que te vean el alma que el cuerpo. Ni siquiera te disfrazas: simplemente te escondes, Míriam.

—¡Qué sabio!

—Si te propusiera hacer el amor te molestaría menos que si te dijera que sueñas en hacerlo.

—¡Vete a la porra! —exclamó Míriam marchándose de nuevo.

Eduardo esta vez se puso en pie, comprobados algunos extremos sobre la personalidad de la muchacha. Alcanzó a ver cómo bajaba las escaleras y le gritó desde el pasamanos:

—¿Por qué no dejas la dureza para los otros y, por una vez, te confías a alguien?

—¿A ti? ¿Precisamente a ti?

Él la alcanzó:

—¿Y qué sabes en realidad de mí? ¿Qué has visto por ti misma? ¿Que tengo desparpajo? Pues no es así. También yo visto corazas, niña. Y sé lo fastidioso que es y el miedo que da estar siempre tratando de protegerse y procurando ser más listo que los demás.

Le miró sin decir palabra y siguió caminando, obstinada, tratando de tener la apariencia de quien anda a solas.

—Dijiste que habías conocido a muchos como yo —insistió Eduardo—. ¿Lo crees todavía?

—Suelen cansarse antes —confesó Míriam de mala gana—. ¿Por qué no lo dejas estar ya?

—Porque no te gustaría —Eduardo jugaba de farol, como tantas veces—. Cuando los demás se encogen de hombros y dicen "cosas de Míriam", yo entiendo lo que sucede: soy experto en esas murallas que ni dejan entrar ni dejan salir; eres una persona inaccesible, pero yo sé que esa seguridad tuya es sólo apariencia y que ese general desprecio no es otra cosa que pasión dominada y miedo a que alguien vea esos sentimientos tan ricos y dolorosos.

—¿No te parece que te estás pasando con tu psicología barata? ¿Por qué me tienes que perseguir?

—¿No te lo he dicho ya? ¿Sabes lo que cuesta una chica joven y guapa en el mercado? Entre tres y cinco mil pesetas. Pero lo que yo quiero de ti no está a la venta ni abunda tanto: el espíritu, el porqué de tus cosas.

Ella seguía andando, más o menos impasible, pero escuchaba.

—¿Por qué eres como eres? Llevo días haciéndome preguntas sobre ti. Lo que se ve de ti, por ejemplo: tus movimientos son exactos; no estudiados, pero sí controlados al milímetro. ¿Qué es lo que te da esa inseguridad que te obliga a estar siempre despierta? Y, sin embargo, hay en ti un aire de naturalidad en el cuello y en la cintura: ni el cuello ni la cintura se pueden controlar por completo, ¿lo sabías? Tu aspecto es delicado, de soñadora, de mujer un poco débil, y yo sé que tú sabes —se rió para recalcar la frase— que eres débil; mucho más de lo que quisieras. Y, entonces, comprendo que a solas debes de llorar apenas sin motivos, por un recuerdo, por un detalle, por un animalillo. Sabes tan bien como yo que estás hecha para sufrir más que otras, y eso no te gusta. Tampoco te gusta que llegue a saberse.

—¿Sí?

—Pero yo lo sé, y eso no tiene ya remedio. Te da vergüenza lo que estoy diciendo, pero te descansa también. No mucho, lo reconozco, porque si bajas la guardia y me preguntas cómo he descubierto todo eso...

—¿Qué has escrito en tu agenda mientras mirabas el cuadro? —preguntó ella inesperadamente.

—¿Me has visto? —Eduardo pensaba que aquel artificio no le había dado resultado, y ahora se sonrió muy satisfecho—. Si me has cogido, mejor que lo leas tú misma.

Le tendió la agenda y ambos se detuvieron. Allí ponía:

"Extraordinaria sensibilidad. Para esta muchacha el tiempo es una realidad física; para ella el tiempo es la materia de los sueños. ¿Qué extraño duende le hace ver un mundo tan amplio que nunca deja de suceder? ¿Por qué vive en el futuro? Quisiera comprenderme tan claramente como ella se comprende".

—¿Es ése el cuaderno de psicoanalizarme?

Míriam no podía saber que la agenda no era más que un cebo que Eduardo Libre había escrito aquella misma tarde y que él se disponía a representar una de sus mejores comedias.

—Es el cuaderno de psicoanalizarme yo. Y no está escrito para nadie —dijo él tendiendo la mano para recuperarlo: puso la suficiente tensión en el gesto como para que ella lo escondiera tras la falda y se pusiera a sonreír: había tragado el anzuelo.

—¿Te das cuenta ahora de lo que fastidia que te hurguen dentro?

—¡Dámelo de una vez! —exclamó Eduardo aparentando seriedad.

—¿No habrás escrito ahí que soy una tonta más, eh?

—No tengo ganas de jugar.

—¿Y no te parece que me debes un poco de intimidad? —dijo ella con el cuaderno escondido todavía—. Te diré lo que haremos: si me dejas leerlo te contaré luego lo que pienso de ti.

—¿En mi apartamento?

—Quiero que entiendas una cosa, Eduardo: no me das miedo.

El cuadernillo

Cuando llegaron al apartamento Eduardo estaba relativamente desconcertado. Empezaba a tener una idea aproximada de cómo era Míriam, pero la invitación de ir juntos a su casa había sido una salva, una especie de piropo destinado a recordar a la muchacha que estaban empeñados en un combate amoroso. No pensó que ella podía tomárselo como un desafío y, por lo tanto, aceptar para pasarse luego todo el tiempo tensa y vigilándole en lugar de relajada y receptiva.

El cuadernillo contenía, disfrazada entre otras observaciones, una especie de confesión general. En él se dibujaba un Eduardo Libre sensible, apasionado, dolorido, solitario, tierno y, cómo no, en trance de enamorarse de verdad. Lo había escrito según todas las normas del arte y no dudaba que Míriam se lo tomaría como la verdad. Para reforzar esta impresión se mostró airado y algo tímido nada más cerrar la puerta de su casa, e insistió aún en dejar el paz aquel asunto.

—Mira —dijo—: hablemos de otra cosa, Míriam. Eso que quieres hacer... me parece procaz.

Como había previsto, el hecho de mostrarse tímido hizo que ella se sintiera más segura, de manera que bajó las defensas y empezó a ser algo más agradable y algo menos desconfiada. Cuanto más serio estaba él, más alegre parecía ella, de manera que el clima general se volvió favorable a la confidencia. Había en el cuadernillo frases sueltas, más o menos geniales; observaciones curiosas, algún verso desperdigado:

En el centro del corazón no tengo a nadie:
sólo espesa, triste, absurda sangre.

Frases misteriosas que Míriam entendería:

"No la hubiera visto mejor si la hubieran iluminado con un foco. Resaltaba sobre el resto, pero no por ser distinta, sino por ser verdadera. En las auténticas personas hay como un latido que yo sé ver perfectamente".

"No sólo es difícil. También está el hecho de haberla yo desafiado. ¡Qué tontería decirle que sería mi amante al cabo de cuatro semanas! Además, ¿para qué? Hoy hubiera preferido tomarla de la mano y, callando, escuchar su respiración e imaginar que nos conocíamos desde siempre. Me gusta demasiado pasar por un hombre decidido y expeditivo, por eso cuando encuentro a una chica que vale la pena no hago más que enfadarla".

"¿Y con qué se hacen los sueños? Sé que ella sueña, porque todos lo hacemos. ¿Qué clase de mundo quiere? ¿Con quién desearía compartirlo? Con Míriam yo no necesitaría hablar: la miraría a los ojos y sabría todo. Ella también sabría lo suave que puedo tener el silencio y lo dulce que puede ser mi mano".

"¿Por qué no dejar de pensar? Tengo un trabajo. Tengo unos amigos. Tengo también amigas suficientes. Entonces, ¿qué es lo que quiero? ¿Sufrir? ¿Hacer sufrir? Lo dudo. Ella está más allá de esos planteamientos y parece que con Míriam existiera la posibilidad de volver a empezar todas las cosas, esta vez sin agravios".

"Míriam tiene un gran atractivo sexual. Lo sé porque acabo de soñar en ella y estoy convencido de que su cuerpo es tal como lo he visto y que puede murmurar tan dulcemente como la he escuchado hacerlo. Pero, con todo, hay algo más, que está en los ojos o en la boca, o en ninguna parte y que es, sin embargo, lo que tira de mí. Cuando Míriam me llega en sueños quiere decir que desconfío de llegar a ella como yo quiero en la realidad".

Había muchas más frases aún, en un perfecto y premeditado desorden:

"Jamás se creerá que de verdad me importa mucho. Así será mejor. No quiero soñar en cosas hermosas. No me gusta hacerlo. ¿No es la realidad fea, desordenada y decepcionante? Pues dejémoslo así, porque las ilusiones no llevan a ninguna parte".

Mientras ella leía él pareció encerrarse en un silencio hosco, que sólo interrumpió para preguntarle si quería beber algo.

—Cualquier cosa.

Cuando regresó con el refresco la encontró sentada sobre sus piernas y mirando hacia el techo con una sonrisa cómplice.

—No te vayas a creer... —empezó Eduardo.

—No me creo nada.

—Hacer bien. La verdad es que eso lo escribí para que lo leyeras —insistió Eduardo, diciendo la verdad como último recurso maquiavélico.

—"Ciento veinte pesetas por una cocacola —leyó Míriam— cuando el servicio cuesta más que el producto servido, me pregunto en cuánto se estiman los personajes y si creen atenderme o creen que yo tengo la obligación de atenderles a ellos". Nunca he leído unas palabras más insinuantes, Eduardo.

—No te rías —insistió Eduardo—. Todo eso de ahí es mentira. ¿Sabes por qué me fijé en ti?

—Eso sigo sin saberlo.

—Pues porque tengo un plan. Me creas o no, quiero saber cosas de las que suceden en tu mundillo artístico. Saber, por ejemplo, quienes se drogan y quienes comercian con las substancias. También quiero averiguar si en estas movidas artísticas hay manipulación política. Tú parecías la más normal, sensata y despierta, y pensé que, si llegábamos a ser amigos, me podrías explicar todas estas cosas.

Ella se echó a reír.

—Era así de fácil —dijo al fin, pero se notaba que tampoco creía la última versión de Eduardo.

Él notó entonces una cierta simpatía, una especie de broma en los ojos de Míriam, de manera que se acercó lo bastante como para cogerla fuertemente por los hombros:

—Más te valdría creerme.

—Sí —dijo la muchacha, seria ya.

Y Eduardo la besó apretando mucho los labios, muy lejos de la sensualidad y muy cerca de la ira. La soltó de golpe y se la quedó mirando muy fijo:

—¿Entiendes tú algo? —le preguntó.

—¿Y tú? —respondió la chica.

—Maldita sea —dijo él, muy satisfecho del método que ensayaba por primera vez, casi improvisado. Y volvió a besarla, más despacio, dándole la oportunidad de rechazarle. No lo hizo ella ni colaboró gran cosa en el beso, pero Eduardo notó al menos que no estaba envarada.

—¿Quién eres tú exactamente, Eduardo Libre? —le preguntó ella después, con no poco aire de melodrama.

—¿Merece la pena?

—Te dije que, si me dejabas leer la agenda, te explicaría lo que pienso de ti.

—¿Y...?

—Y no sé exactamente lo que pienso. Haces trampas con las personas. Todos las hacemos, pero tú más. ¿Por qué?

—Tal vez las odio —respondió Eduardo abriendo un nuevo campo a la especulación.

—¿A todas? Eso es tan imposible como amarlas a todas.

Eduardo, con su cara seria y preocupada, se moría de risa por dentro. Estaba calculando cuándo sería el momento de volverla a besar o si, por el contrario, sería más revelador pedirle a ella que lo hiciera. Atendía a las palabras sólo para evitar que la muchacha se diera cuenta de lo poco que le interesaba oír hablar de sí mismo. Luego cambió de opinión y se hizo el distraído, de manera que ella le tocó la mano.

—¿Y ahora?

Eduardo atrapó la mano aquella con firmeza:

—Seriamente ahora, Míriam: hagas lo que hagas te equivocarás conmigo, porque a mí mismo me sucede. No soy de ninguna forma porque no tengo por dentro nada. Hago y pienso cosas. Eso es todo. Eso debe de ser todo.

—Para ser tan inteligente te noto algo confundido.

—No es culpa tuya. Mira: no me gusta equivocarme con las personas. Tú eres una buena chica; te pasa lo que a cualquier artista: tu parte serena y grande crea, y eso te obliga a sentir más intensamente el vacío de tu parte pequeña y miedosa.

—Hablábamos de ti. Además, no entiendo lo que estás diciendo.

—¿Por qué has dejado que te besara?

—¿Y por qué no? Todo lo que está sucediendo lo has planteado de un modo que no me parece nada fácil al dejar que me beses. Ni eres tan cínico como cuando te conocí, ni tan triste como ahora te presentas. Quizá eres un simple bárbaro o quizá también un artista que crea a partir del pensamiento. Pero pareces pertenecer a un mundo más próximo al mío; un mundo complicado que pocas personas perciben.

—Te gusta lo difícil, ¿eh? Tengo amigos que no hacen más que repetir eso.

—¿Me gusta lo difícil? Seguramente. Y lo nuevo. Y lo inútil. Y lo delicado.

—¿Por qué no me besas tú ahora, ya que hablamos de eso?

—¿Sería fácil o difícil, Eduardo?

—Dependerá de cómo lo hagas.

La mujer se rió silenciosamente sin quitarle el ojo de encima, dándole a entender que tramaba algo original. Luego se acercó un poco más a él y le besó en la oreja:

—Por escucharme.

Le besó en la frente:

—Por pensar en mí.

En los párpados:

—Por mirarme así.

Le tomó la mano y besó la palma.

—Por ser obstinado conmigo.

Los labios habían quedado para lo último:

—Por hablarme.

Eduardo, que en otras ocasiones había sido besado un poco por todas partes, no se impresionó gran cosa por aquel beso dividido en cinco extravagancias:

—¿Me puedes decir lo que significa, Míriam?

—Que reconozco que eres un hombre poco habitual, y creo que es la gente distinta la que de verdad llena el mundo.

—No hay gente distinta —respondió él—. Dios hizo al hombre, a la mujer después y, unos años más tarde, a la gente. La gente no es sólo igual, sino que también es la misma desde el principio: los figurantes en esta obra de teatro de la vida, una comadre con millones de bocas pero sin cabeza. Por eso no existe la humanidad, sino seres humanos o, quizá, ni eso. Las naciones son países y las personas, ciudadanos o súbditos, según. Algunos seres humanos saben construir naves espaciales, fabricar ordenadores y escribir hermosos libros, pero, al cabo de los milenios, no hemos descubierto la fórmula perfecta para convivir. Y es porque existe la gente, Míriam, y porque para ser poderoso hay que tener gente; no hombres ni mujeres, sino rebaños.

—Vamos a la luna, dices, pero no sabemos hacer lo necesario para vivir en paz. Y es por la gente, según tú.

—Y por los pacifistas para los que tú has pintado las caricaturas de Reagan, pongo por caso.

—Te retiro el beso.

—Cielos, no. Me retracto. Pero escucha con atención: el hombre no puede vivir aislado porque es gregario, ni puede vivir en manada, porque es individual. El hombre no puede vivir sin analizar su entorno, pero tampoco puede sobrevivir sin trascender de él y sin aspirar a lo grande. Hay muchas otras difíciles contradicciones, incluido el deseo de ser más que los otros mientras se afirma que todos somos iguales. Hay que coger el toro por los cuernos y hacer lo mejor, lo más eficaz, lo que, a la vez, que genere riqueza, la reparta y enfrentarse a los problemas con realismo afirmando realidades superiores a la materia.

—¿Para qué me cuentas todo eso?

—Para fastidiar, supongo, o para demostrarte que ser de uno en uno no es una casualidad: somos responsables de lo que hacemos y no, no es una casualidad: somos responsables de lo que hacemos y debiéramos serlo de lo que pensamos y de cómo lo pensamos. Tenemos (y esto es lo que empalma contigo) unas ataduras de las que no podemos librarnos; unas fronteras de las que humanamente no podemos salir: ni somos capaces de no pensar como hombres, ni de no comer ni de no ambicionar pequeñas cosas. Tú eres mujer para siempre, pero nunca volverás a ser la que fuiste hace diez años o tan solo dos. Aborrezco a la masa porque es lo único que no cambia en el mundo, y aborrezco al individuo porque cambia demasiado deprisa y, no siendo como su vecino, sólo se le ocurre o imitarlo o destruirle.

—De repente —dijo Míriam, que era muy observadora— no quieres hablar de nosotros dos.

—Ajajá.

—¿Estás sorprendido porque ni te llevo la contraria ni me escapo de ti?

Eduardo Libre no se sorprendía por nada, pero si ella prefería pensarlo así, era muy dueña.

—Tú lo has dicho, no yo. Quisiera saber por qué has cambiado de actitud.

—Porque antes creía entenderte y me equivocaba. Ahora no te entiendo en absoluto y, aunque también me debo de estar equivocando, me gusta.

—Me mientes —respondió Eduardo—. Pero siempre que me dan besos dejo que me mientan un poco.

Vade retro

El periódico local, que se titulaba comarcal, en el que trabajaba el semipoeta Jesús, era un engendro informativo de dieciocho páginas que dedicaba una y media a la información nacional, media a la internacional cuando había muertos y el resto al campanario.

Antes de la guerra habían existido dos periódicos: uno para la derecha y uno para la izquierda, ambos en poder de la UGT a partir del 18 de julio de 1936, incautados en defensa de la democracia, de la República y de la legalidad vigente como ahora se dice. El director y tres redactores del papelín de la derecha perdieron con el trabajo la vida, y fueron expedidos al otro mundo desde una cuneta nocturna, se supone que para reforzar la libertad de expresión evitando que semejantes hijos de cura facciosos engañaran al pobre pueblo haciéndole creer que el levantamiento no había sido sofocado.

Ninguno de los dos periódicos sobrevivió a estos democráticos manejos, el rojo por rojo, y el derechista por destrucción general seguida de pillaje e incendio algo antes de ceder la plaza a los nacionales. De manera que en 1939 hubo que empezar de nuevo creando la actual cabecera de "El Ideal Público", con un yugo y unas flechas de superior tamaño que, posteriormente, le permitieron subtitularse Diario Comarcal del Movimiento.

Desde entonces había llovido mucho, como es bien sabido, y antes de que yugo y flechas se cayeran de la portada, una sorda lucha política permitió que el capital privado se hiciera con la mayoría del medio, de donde resultaba que hoy la mayor parte de las acciones pertenecían al Obispado y el resto a individuos de esa crema intelectual que Eduardo y sus amigos pretendían investigar.

Seny, el desventurado que escribiera ¡Viva Europa! como pública manifestación de su impotencia para decir Viva España, había sido el director del periódico durante años y era todavía uno de los principales accionistas al margen del clero. No tenía un pelo de tonto el abogado sesentón, y cuando leyó la quinta carta al director que insistía en las mismas ideas, decidió hacer una visita personal a la redacción.
El director dicen que auténtico, jefe directo de Jesús, nada sabía de la trama de Eduardo Libre y nada pudo explicar:

—Son cartas que se reciben. Están debidamente identificadas y relativamente bien escritas —le dijo al accionista—. ¿Hay algo malo con ellas?

—Vamos a ser francos —Seny empezaba así muchas veces cuando se disponía a decir sólo una parte de la verdad—. Sabe más el diablo por viejo que por diablo, y yo tengo la sensación de que esas cinco cartas persiguen un mismo fin. El mensaje de las cinco se parece: las cosas no van bien; las opciones políticas actuales han fracasado, ya gobernando, ya haciendo la oposición; es hora de usar ideas nuevas, personas nuevas y gestiones nuevas. Uno habla atendiendo al campo, otro al turismo, otro al pequeño empresario, otro como obrero desencantado, pero la idea es la misma, luego estamos delante de un plan.

—¿Usted cree?

Seny hizo un gesto amplio con los dos brazos:

—Aún le voy a decir más: pretenden, quienes sean, que les hagamos propaganda política.

—No me había dado cuenta.

El sesentón se rió con su aire bonachón:

—Ni el director ni los periodistas pueden leer jamás su periódico con los ojos de los lectores. La mayor parte del contenido de nuestro periódico es de información local, y destinamos cuatro o cinco páginas a "opinión" y "cartas al director", que es lo que de verdad se lee la gente. Mi opinión es que tenemos fascistas en marcha.

El director conocía a uno que encajaba con el significado que Seny daba a la palabra fascista: Jesús, un buen redactor que, semanalmente, se permitía el lujo de firmar un artículo de opinión. Aquello consentía el consejo de administración porque daba al periódico un aire de imparcialidad que en modo alguno tenía. En cuanto a las cartas, él las había leído como las demás publicadas y no le llamaron especialmente la atención: se parecían al resto tanto como entre sí, de manera que sospechaba que Seny se había organizado una particular caza de brujas.

—¿Qué cree usted que se pretendería con ellas? —preguntó por pura cortesía.

—No me lo imagino, pero contienen una serie de mensajes que la gente percibe muy bien: desconfianza hacia el futuro y hacia el sistema mismo; intranquilidad en todas las clases sociales; miedo. Aquí hay un manejo político y no me parece conveniente que el periódico se vea mezclado en él.

Claro que no le parecía conveniente. El periódico llevaba seis meses dando noticia diaria y puntual de otro partido regional recién fundado, uno de cuyos líderes y principal promotor era un familiar de Seny, el actual presidente del Ateneo, notario, ex-clérigo y, como se sabe, sometido a vigilancia por la tropa de Julio, Eduardo y Ramón.

Aunque todos los partidos son artificiales, aquel lo era mucho más. Había salido del salón de tertulias del Ateneo y de la ambición personal de seis o siete. Lo habían planteado al público en general con singular agudeza, por etapas, como si se fuera consolidando gracias al interés de su militancia y a las necesidades de la sociedad.

Los más tardíos desertores de la UCD, es decir, los más tontos, asustados por el fracaso del centrismo en las generales, fueron a las elecciones autonómicas y municipales con ropajes de "independientes". El anterior alcalde ucedarra reclutó a otros ambiciosos y, con más soberbia que preparación, planteó una campaña exactamente igual que la de AP, pero con la bandera de la independencia. Él personalmente tuvo un escaño de consejero autonómico, y sus huestes dos plazas en el ayuntamiento de la ciudad y varias otras en las localidades vecinas, donde contribuyeron a formar mayoría con el grupo popular, siempre a cambio de la alcaldía. En dos municipios donde AP no tragó, habían unido sus votos a los socialistas, y tan campantes.

Cuando el Partido Reformista empezó a ser impulsado por la televisión estatal y cierta prensa como fórmula del poder para dividir al electorado de derechas, este hombrecillo, ex-administrativo en el talle de su padre, descubrió su nuevo credo y su auténtica vocación por la justicia, de manera que le faltó tiempo para escribir —o hacer que le escribieran— un par de artículos sobre el reformismo y, luego, en las faldas de un santuario mariano cercano, fundar con los otros independientes y dos periodistas cubriendo el evento, el Partido Reformista Regional.

Hasta aquí las turbias cosas por la amura de estribor. Por babor, ante el peligro, dos empresarios modelnos, progresistas y liberales de medio pelo, habían pedido la presencia de personas honradas en la vida pública para cerrarles el paso a los trepas y a los aprovechados. A las insistentes llamadas respondió otro ex-consejero autonómico de UCD, un ex-senador de UCD también, padre de la Patria a causa de un diploma que le dio Peces Barba, y el presidente ateneístico, hombre culto como notario, algo leguleyo, que se había presentado en solitario para senador y había sido abandonado por su presunto electorado.

Este Quintanilla merece capítulo aparte porque, siendo un hombre inteligente, llevaba a cabo un desconcertante vaivén político. Autonomista convencido; europeísta de tomo y lomo, católico, moderado y todos los demás atributos de la burguesía, excepción hecha de la barba florida, había sido su socio fundador, tres meses después de la muerte de Franco, de uno de esos ciento y pico partidos socialistas que se declaraban marxistas, federalistas y progresistas con la esperanza de hacerse un hueco en el reparto de prebendas o de salvar el cuello de la sangrienta revolución que presagiaban, los cobardes.

Cuando el tierno PSP y el sevillano PSOE se unieron, se desechó aquel socialismo regionalista residual y Quintanilla, con el culo aire, merodeó por las cercanías de UCD, jugando la carta de la moderación burguesa, aunque, por fin, ingresó en el PSOE aspirando a la plaza de capitán por lo menos. Los ya instalados defendieron sus puestos con uñas y dientes y, poco antes de las elecciones, que se presumían triunfales, no tuvieron más remedio que expulsarle del socialismo en legítima defensa de sus futuros cargos, directamente amenazados por el conspirador.

Fue, pues, por libre a las elecciones para senador, independiente que se dice, de nuevo hombre moderado y centro burgués, enemigo del marxismo; pero el populacho empezaba a estar escarmentado a finales del 82, de manera que prefirieron votar a un barbudo fumador de pipa, considerablemente menos culto, pero rojazo de toda la vida.

Así pues, tan pronto como los seis o siete independientes se consolidaron en Partido Reformista, los cuatro o cinco rebotados se unieron en un restaurante cercano al mismo santuario mariano y fundaron el Partido Centrista Autonomista. A partir de aquí empezaron los acercamientos, las cenas, los pre-pactos, los programas electorales, las mesas de estudio conjuntas y un sin fin de garambainas de las que el periódico no sólo se hizo eco sino parte.

Sabiamente exigida por algunos incondicionales y por la crema de la intelectualidad, a la que varios pertenecían, se produjo por fin la fusión con gran alborozo de los medios informativos bajo control de los amiguetes. Si no quedó claro qué cosas se proponía el nuevo partido, sí quedó de manifiesto a qué cargos aspiraban sus caciques y a costa de qué votos: los de la derecha que, por su propia naturaleza, es desdichada a la hora de elegir entre su conveniencia y el futuro.

Como eran modernos y progresistas, bien pronto empezaron a aplicar nuevos métodos a su propaganda; métodos de ignorada eficacia, pero, al menos, chocantes: rifas de vídeos y de televisores entre sus militantes, sorteos de viajes a París, meca del progresismo galopante y afrancesado. Anuncios en los espacios publicitarios de los autobuses, un concurso literario patrocinado por ellos, vía Ateneo, lo mismo que la exposición de arte joven en la que participó Míriam como sabemos. Varias sesiones gratuitas con proyección de películas de estreno (el empresario pertenecía al tinglado) y con discurso político en el entreacto, aunque nunca se supo si con fotogramas de publicidad subliminal incorporados. Patrocinaron también una columna deportiva en el periódico ("por gentileza del Partido Regionalista Reformista", cuyas siglas, PRR, sonaban a pedorreta), un espacio musical en la radio (Los Diez Primeros) y, quincenalmente, un reparto masivo de los tradicionales reclamos: calendarios, bolígrafos, cajas de cerillas, llaveros con la vera efigie de la democracia liberal PRR, agendas, mecheros desechables, y, para los muy amigos, relojitos digitales con las siglas del partido y su emblema, que era la mar de original: una rosa blanca dentro de un buñuelo como el de la UCD, inscritos en el mapa de la región.

Jesús como periodista, Ramón como falangista, Julio como hombre racional y Eduardo como filósofo de la historia, sabían que tal partido, formado por una veintena de futuros cargos, entre conspiradores y trepas, no tenía oportunidad ninguna, y aún sabían más: que los promotores conocían a la perfección su propia debilidad.

—Entonces, ¿por qué juegan a la política y se gastan su buen dinerito? —se preguntaba Jesús.

-Quien les gobierna espera usarlos para dividir a la derecha, que, además, está ansiosa de dividirse —le respondió Ramón—. Saben, además, que el socialismo no les inquietará mientras sólo sean una amenaza para la Coalición Popular. Al contrario: les favorecerá por todos los medios.

—No digo que eso no sea así —meditaba Eduardo— pero estoy seguro de que hay algo más: una vez lanzada a la carrera electoral, la derecha se sentirá con más miedo y, a través de artículos o de lo que sea, acabará proponiendo una coalición al partiducho este, de modo que la veintena de aprovechados irán en buenos sitios de las listas, con probabilidades de ser escogidos por personas que no piensan como ellos.

—Se mire como se mire —remataba Julio— la clase política española es de vergüenza.

—Pero cabalgan.

El precio de la ambición de la gentecilla había sido pagado con la riqueza nacional, con la paz social, con la dignidad y hasta con la sangre de mucho, pero eso no parecía importarles: ni siquiera se sentían responsables de la situación caótica y todavía seguían enredando con su palabrería, su triunfalismo y su modernidad.

Más adelante el director contó a Jesús la visita del accionista Seny y sus sospechas sobre un nuevo movimiento político que quisiera usar subrepticiamente el periódico para sus fines:

—¿Sabes tú algo de eso?

Jesús no sabía algo, sino todo, de modo que no mintió exactamente al decir "algo no".

—Ya sabes tú —añadió— que los partidos políticos me causan vómitos: son la desvergüenza institucionalizada, la licencia para mentir, la entronización de la calumnia, el triunfo del egoísmo, la negación de la igualdad de oportunidad, el...

—¡Alto! —ordenó el director—, que yo no te he pedido un mitin facha.

—El facha lo será Seny, dicho sea con el debido respeto —se quejó Jesús.

—Pero si la cosa es verdad, nos va a coger entre dos fuegos.

—Pues dejemos de publicar la sección de cartas al director, y muerto el perro, se acabó la rabia —propuso Jesús, que sabía que aquello era imposible.

—No sé si con Franco se vivía mejor —dijo el director entonces—, pero desde luego se estaba más a salvo de los caciques. Off the record, claro.

Lo que ninguno de los dos sabía es que en aquel momento Pedro Jódar, otorrinolaringólogo vicepresidente del Ateneo, con sección diaria en el periódico, le decía a su notario presidente (notario, rotario y león) Quintanilla:

—Hay que conseguir que Eduardo Libre acepte un cargo, una vocalía de filosofía o lo que sea. Está desasosegado últimamente, y conviene tenerlo cerca para vigilarlo. Además, no resisto a la gente que no tiene nada que ocultar.

—¿Qué te parecería si le diésemos la organización de una tanda de conferencias? Siempre se puede encontrar un modo para que cobre algún dinero, y entonces...

—Estoy seguro —recalcó Pedro Jódar- que encontraremos el modo.

Un candidato inocente

Eduardo Libre empezó a acechar a un tipo muy particular poco después de convencer a sus amigos de ponerse a trabajar en su partido artificial. Como de costumbre, Eduardo era muchos Eduardos a la vez, distintos personaje según el rol desempeñado, todos ellos con cierta aguda mala uva.

Era Eduardo Profesor, inquisidor de alumnos necios y verdugo del claustro, pero también era Eduardo Galanteador rondando a Míriam; Eduardo Conspirador con sus amigotes patriotas; Eduardo Holmes en sus investigaciones semiclandestinas sobre masonazos y, por último, Eduardo Ojo de Águila acechando al candidato oportuno para la presidencia del nuevo y colosal partido, ya se llamara PSEO o SPOE.

El hombre inteligente —es frase de Eduardo— no sale de su ambiente para buscar lo que necesita, porque es en su ambiente donde mejor y más entrenado juicio tiene. Esto sirve tanto para buscar esposa, enemigo, amigo o confidente: usa lo que conoces, que nunca falta un zurcido para un roto.

Así que Eduardo Libre, filósofo de bolsillo, empezó por tachar del cuadro de profesores a los simples analfabetos, a los barbudos —curas incluidos—, a las señoras, porque sólo los ingleses y los indios les dejan dirigir partidos, y así les va, y a los gilis de diferentes partidos, de modo que sólo le quedaron un extravagante y un majadero. La elección era obvia.

El extravagante se llamaba Paco, amaba a los caracoles de todas las especies, sentía debilidad por los gusanos y era, en consecuencia, uno de los profesores de biología, que es aquello de las ciencias naturales más el ciclo de Krebs y una aproximación al cuerpo humano a través del ácido pirúvico, los caprichosos cromosomas con sus barrocas hélices, y ¡válgame Dios!, el ácido desoxirribonucleico, que le llaman ADN.

No paraba aquí la extravagancia, porque el biólogo Paco era zurdo o zocato y le había cogido gusto al negociado de "epatar". En su casa cada cortina era de distinto color, cada silla de otro modelo, cada taza distinta de su compañera, lo mismo que cada cubierto, cada plato, cada vaso y cualquier otra cosa que necesitara un par. Odiaba las parejas, tanto en los objetos como en las personas, los libros con la misma encuadernación, las ideas usadas más de una vez, la carne y las habas. Era vegetariano, creía en los platillos volantes, practicaba yoga, repetía mantras (especialmente om mani padme hum) y, además, fumaba en pipa.

Y esto, con ser bastante, no es ni la centésima parte de su capacidad para la extravagancia. Por ejemplo, no era político, pero tampoco apolítico: su idea de la representatividad consistía en bombardear con tomates y huevos a su legítimo representante para arrojarle luz sobre sus opiniones íntimas. Sostenía que el parlamento entero, antes de iniciar cualquier sesión, debía dedicar media hora al pranayama, arte hindú de la respiración, para inflarse de prana, que es casi como la energía cósmica pero en místico, y ver de dar con alguna idea, aunque fuera pequeña y tonta.

Odiaba por igual lo alambicado y lo adocenado; huía del tópico de la modernidad; del uniforme, según edad, que imponía el siglo XX; de la religiosidad importada de Oriente y de los dos grandes materialismos, el liberal y el marxista. En tiempos de Franco había sido antifranquista inmoderado, corre que te corre por la universidad, y, en lógica consecuencia, ahora era enemigo personal del sufragio universal, de los partidos políticos y de los pantalones vaqueros, a los que acusaba de enemigos de la hispanidad, vaya usted a saber por qué.

Llevaba el pelo tan corto como se llevó en los años cincuenta, y, como señal de rebeldía, le daba por vestir clásico, casi atildado, con corbata, pero desde luego sin tirantes ni bufandas. También como protesta general, ni tenía coche ni moto ni televisor; ponía los sellos boca abajo en las cartas y, en un arranque, había hecho solemne voto de castidad para todos los viernes de su vida.

Inútil decir que ni bebía ni fumaba (aunque hacía humear su pipa en público) ni se drogaba ni se iba de putas; jamás rellenaba quinielas, ni jugaba a la lotería, al dominó, al bingo o a la brisca. Tampoco leía los periódicos ni los poemas empalagosos de Neruda y, refractario al lenguaje constitucional, decía follar por hacer el amor, jurar por prometer, miedo por moderación, patria por país, canalla por presunto, conspiración por pacto y enchufe por cargo.

En semejante anarco-radical (si es posible la mezcla) había puesto sus ojos Eduardo Libre. Si Eduardo era el verdugo del claustro, el biólogo Paco era el paria, aunque no se sabía muy bien si era la mayoría la que se negaba a hablar con Paco o era Paco el que todavía no se había enterado de que los otros existían. Durante las reuniones de profesores encendía su pipa y miraba a todos al entrecejo sin decir palabra. Ya se ha dicho que no fumaba, pero le encantaba prender su pipa para echar el humo espeso a los más modelnos como recuerdo de la poca consistencia de sus argumentos.

Eduardo, en cambio, se llevaba con él todo lo bien que era posible dadas las circunstancias, de modo que aquel extraño le solía reconocer por la calle saludándole con un levantamiento de cejas y, además, acudía a todas las conferencias que pronunciaba el filósofo de bolsillo.

—Golpéalos —le dijo la primera vez que hablaron con cierta seriedad-. Dales en la cresta de gallinas que tienen y explícales que son ellos los que están acabando con el mundo más de prisa que las guerras, los terroristas, las drogas y la estupidez. Ellos, con su moderación; ellos, con sus modas culturales; ellos, que creen que ser civilizados consiste en no tomar partido y en no defenderse de nada.

—Eres un barbarote de aquí te espero, ¿verdad? —le había respondido Eduardo.

—Según. Me hice profesor de ciencias naturales porque comprendí que el escarabajo pelotero tiene muy buenas razones para hacer pelotas, lo mismo que la rana para croar al atardecer y el perro para dar vueltas antes de echarse. En cambio las razones del hombre son un misterio para muchísimos hombres. Por ejemplo, el sexo sirve para reproducirse, le des las vueltas que le des, pero ahora la tropa te devoraría por antiguo si dijeras eso. El sexo es más que sexo, dicen; cultura tal vez, o arte, o qué sé yo. La palabra es para comunicarse, pero eso tampoco lo aceptan, porque la usan como cortina de humo. La fuerza, ya ves tú, es para usarla, pero eso es pecado, porque ahora lo bueno es ser débil y gritar mucho. En general, cualquier cosa lógica que encuentres verás que la sociedad prefiere usarla en sentido contrario.

—Te capto: nihilismo.

—¿Sí? ¿Qué me dices del pensamiento? ¿Crees que sirve para explicarse el mundo? No: sirve para explicar a los demás el mundo de otros. ¿El cristianismo es amor? No: es libertad, igualdad y fraternidad, ya me entiendes. ¿España es una comunidad? No: son diecisiete y unos cuantos gilipollas supernumerarios. ¿Son pacíficos los pacifistas? ¿Son militares los militaristas? Mira: pertenecemos a una especie despreciable que se supone que se ha pasado diez o quince millones de años evolucionando para adquirir inteligencia y, ahora que la tiene, no sabe qué hacer con ella y se ha inventado al gilipollas como respuesta al problema del conocimiento.

Así las cosas, Eduardo Libre no tuvo más remedio que prestarle su famoso "Informe sobre la estupidez" unos meses antes, curioso trabajo en el que el filósofo de bolsillo pretendía demostrar que la estupidez, nacida de opinar sin conocimiento de causa, era epidémica, se transmitía por contagio capitalista y era usada como herramienta de gobierno.

Cuando el biólogo Paco se la devolvió eran ya amigos del alma, aunque Paco no estaba conforme con toda la teoría. En su opinión, Eduardo Libre había dejado de interpretar fundamentales aspectos biológicos:

—¿Sabes por qué te parece bella una mujer hoy en día?

—Mayormente porque es bella y porque soy un hombre.

—¡Error! ¡Diez puntos menos! Hay varios detalles: el inferior tamaño de las mujeres, su más delicado aspecto, sus patas cortas, su piel sin vello, y muchos otros detalles que puedes buscar tú mismo, explican que nos parecen bellas porque conservan un aire infantil, porque se parecen a los niños. Cuando una mujer se pasa de la edad reproductora, se le endurecen los rasgos, le asoma el mostacho y empieza a ser semejante a un hombre viejo. Adiós belleza.

—¿Y qué?

—Pues que existen otras muchas trampas biológicas para la percepción exacta del mundo. De una ojeada no cuentas más de tres. Nunca más de cinco aún con entrenamiento. El instinto de conservación hace que creamos que es más verdad lo más exitoso y, como posibles primates, tendemos a confundir la idea de comunidad con la de manada.

—Veo por donde vas, miserable ecologista.

—Naturalmente: ¿cuál es el marco biológico del ser humano en nuestros tiempos? La ciudad, lo urbano, con una sobreestimulación artificial y una falta de contacto con las realidades en las que el hombre "inventó" la inteligencia.

—¿Tú eres darwinista?

—¡Qué coño voy a ser! Pero no toda la antropología es una tontería. Los pueblos existen desde hace ocho o diez mil años, y las urbes desde hace cuatro mil; pero las ciudades de hoy existen sólo desde ayer. Madrid y su cinturón tiene más habitantes que la España cristiana de la Reconquista. Barcelona y Madrid contienen más seres humanos que la España imperial. La ciudad actual impone vivir de otra manera para sobrevivir, y resulta que el hombre no sabe hacerlo. No es solamente que no pueda, es que no puede aprender en tan poco tiempo, y por cojones tiene que aplicar conductas antiguas a problemas modernos: surge la agresividad como consecuencia del hacinamiento; el aprovechado se vuelve merodeador, cazador nómada que se apodera de lo que necesita. El bicho humano, preparado para obedecer a tres o cuatro, no sabe obedecer a un millón, que es una cantidad impensable. Y, así, sucesivamente. El nicho ecológico del hombre, al volvérsele incomprensible en su conjunto, desencadena una conducta de emergencia a escala social. Nada es nada y yo, ¿quién sabe? Tanto da lo blanco como lo negro si yo regreso vio y comido a mi cueva. El problema básico de la estupidez continuará hasta hasta que no se responda a esta pregunta: ¿qué hacemos con nuestra inteligencia además de máquinas y jefecillos sin rasgos de jefe?

Eduardo quedó favorablemente impresionado por la crítica del biólogo Paco y más de una vez le hizo merced de su compañía y hasta la presentó a chicas de esas que se interesan por la cultura aunque tenga que ver con los caracoles, y quieren saber el nombre de cada hierbajo del campo.

De aquellos cuatro últimos meses de amistad discutidora y, en ocasiones, peripatética, noctámbula y rebelde, había surgido una teoría formulada por el biólogo Paco, una especie de "manual de superviviencia" en el que catalogaba, como a los caracoles, los vicios más peligrosos del hombre respecto a su entorno y, entre ellos, esa capacidad para aceptar "a nivel de sentimientos" el hecho de ser gobernado por un tipo igual de canijo e igual de piernas que él.

"El jefe —decía el "Manual de Supervivencia"— no puede hacerse ni falsificarse. El ser humano percibe una serie de señales para reconocer a su superior, y ninguna de ellas tiene que ver con los votos, con las urnas ni con los cheques".

Los viernes, que eran su día de castidad según voto solemne, solía estar más agudo y afilado el biólogo Paco. No porque tuviera que prescindir de nada, pues era un tipo solitario durante toda la semana, sino porque el viernes, que lo tenía prohibido, echaba aún más de menos a la mujer de sus sueños que, por supuesto, no existía.

Los viernes, pues, meditaba con más intensidad y hasta hacía visitas a Eduardo Libre siempre y cuando el filósofo de bolsillo le abriera la puerta. Dependía, sobre todo, de si Eduardo tenía ganas de discutir o ganas de salir por ahí a hacer barrabasadas. Pero fue a costa de los viernes como el biólogo Paco, contradicho sistemáticamente por Eduardo, parió su "Teoría del Jefazo" para su "Manual de Supervivencia".

—A excepción de ti y de mi perro, todo el mundo está loco —empezó, tan moderado como siempre—. Coges a Marx (por el cuello, a ser posible) y, ¿qué encuentras? Un método para arreglar la sociedad. ¿Y Lenin? Otro método. ¿Y Montesquieu? Otro. Y me da igual quién nombres, desde Mussolini a la República de Platón, que menudo pájaro era: condenados métodos de organización.

—Se supone que eso es la política.

—Pues mal supuesto. Las cosas no las hacen los métodos, sino las personas: nada es automático salvo el caletre de algunos hombres, y muy pocos se han preguntado por cómo ha de ser el hombre que mande, que es previo al método que use. Maquiavelo no le describe, porque prefiere aconsejarle. Gracián, por ahí, por ahí. Se habla de algunas cualidades, pero son cualidades consideradas en función del método que debe usar después el jefe.

—Oye: muy buena la frase. Cuando tenga gripe te soltaré a mis alumnos: con un poco de suerte no sobrevivirán a la experiencia de la filosofía biológica. Tú estás flotando entre Nietzsche, Stuart Mill y el camarada Schopenhauer, con la ventaja de que sabes que existen los cromosomas.

—La moral de la cosa viene después. Yo me pregunto por lo que debe de ver la gente para reconocer que tiene delante a su jefe o a un intruso. No todos los hombres pueden ser obedecidos; muy pocos pueden ser seguidos y casi ninguno puede ser creído. La pregunta es facilísima: ¿qué señales se tienen que ver para saber que el tipo que nos habla es nuestro jefe o un aprovechado?

—Si te oyera la tribu democrática te excomulgaría.

—Allá ellos si les da por negar la evidencia, como siempre. Ninguna teoría es capaz de modificar al hombre, ¿sabes? Tú oyes en una determinada escala y ves dentro de unas clarísimas longitudes de onda. De la misma forma bostezas cuando ves un bostezo, porque es una antiquísima señal anterior al lenguaje oral y quién sabe si al gruñido. Por eso, más allá de la razón, más allá de la propuesta política, todos los hombres perciben inevitablemente a quien tiene autoridad. Hay señales físicas y otras intelectuales. Nadie conseguirá mandar bien, constructivamente, si no es un jefe nato; y, si lo es, da lo mismo lo que haga, porque le creerán las mayores burradas.

—Tal vez no fuera tan malo: se busca al jefe más jefe de todos los disponibles por un equipo de antropólogos incorruptibles, y se le pone al frente del Estado. Se podría llamar, como variante de la democracia orgánica, la democracia biológica. Lástima que un buen jefe de tribu no siempre funcione como alcalde siquiera.

—Que te crees tú eso. Un jefe siempre es un jefe. Por supuesto que tiene que ser duro, pero no despiadado; y sensible, pero no romántico. Los poetas, por ejemplo, no son buenos jefes. Los hombres de acción, tampoco, aunque el jefe ha de ser activo pero, sobre todo, ha de ser capaz de tomar decisiones rápidas. Pero eso es, otra vez, teoría. Hay otras cosas más claras: un jefe no puede ser gordo ni excesivamente alto: no encontrarás jefes de dos metros, te lo aseguro. Tampoco puede ser un Adonis, ni un monstruo, pero suele tener rasgos regulares, con el mentón marcado, la nariz tirando a grande y buenos arcos supraciliares. Ha de ser un hombre: las masas nunca obedecerían a una mujer, y las mujeres, menos. Las manos largas, nunca gordas. No debe tener gestos demasiado rápidos o nerviosos y, en general, su aspecto ha de destacar por contraste y ser perturbador, pero no llamativo.

Así fue como, cuando Eduardo estuvo seguro de necesitar un secretario general, pensó en el biólogo Paco, porque, sabiendo cómo tenía que ser un jefe, quizá podría imitarlo.

—¿No te has preguntado lo que yo pueda pensar de ti y del obsesivo papel que representas?

—Justamente al afeitarme esta mañana —se burló Eduardo.

—No te hice caso cuando intentaste sorprenderme y llamar mi atención. Comprendí que todo tu objetivo es ése: hacerte ver. Vives de la admiración de los demás.

—No todo ha de ser pan, ¿verdad? Pero también puedo vivir de la ira de los demás o de la incomprensión de los demás —ayudó él.

—Quieres, precisamente, que no te comprendan: unas veces para pasar por genio y otras para protegerte.

—Muy cierto, muy cierto: cuanto menos me entiendan, mejor guardaré mi pureza, pongo por caso.

—Ahora mismo te estás defendiendo con tu cinismo.

—Ahora mismo —corrigió él consultando el reloj— estoy mirando la hora, Míriam, no desbarres. Tú eres poética y no psicológica. No tienes ni idea de por qué hago lo que hago, y eso precisamente hace que aguantes mis manejos.

Míriam se echó a reír. Intuía que Eduardo no era un hombre tan seguro de sí mismo como aparentaba, pero sabía de sobre que, cuando actuaba, sí estaba absolutamente seguro de lo que tenía que hacer.

—Por si te sirve de algo —siguió el filósofo de bolsillo mientras hacía cuentas con los dedos— te diré por qué te he traído al rompeolas y por qué te he enseñado esa casa donde vivían Françoise y Collette: porque tú eres joven y llevas todavía contigo el aire limpio de una hermosa infancia. Si tuviera una hija la querría como tú, lo mismo que si tuviera una amante.

Míriam, algo perpleja, encontró que aquellas palabras la satisfacían:

—A veces me insultas y a veces me halagas y me metes en un mundo poético sólo para expulsarme de él al minuto siguiente.

—Los condenados machistas somos así, como España, señora. Tú, en cambio, eres una chica como el agua con que bautizarse o como la luz con la que iluminarse.

Eduardo se preguntó si Míriam podría reaccionar tomándola tan por sorpresa, y se respondió que difícilmente resistía. Así que se levantó y tiró de ella para ir en dirección hacia la casa que le interesaba por sus oscuras razones de conspirador.

—¿Adónde vamos?

—Al conjuro. Quiero cogerte de la mano y mirarte a los ojos junto a esa casa. La casa, claro, no tiene la culpa —razonó él a la ligera, sin detener su paso—, pero estaba allí cuando yo y cuando Françoise.

No decía, por supuesto, que había visto aproximarse a un coche por la curva del paseo marítimo: tiraba de Míriam y la bombardeaba con alucinaciones para que la chica, golpeada con las emociones, no tuviera tiempo de preguntarse por su extraño comportamiento.

—Al menos, no grites, Eduardo —rogó.

—No gritaré —dijo él, musitando—. Tampoco tú, ¿verdad? Quiero dar la espalda a la puerta de esa casa y mirarte frente a frente.

Y así se pusieron. Eduardo miró aquellos ojos claros tanto como quiso y Míriam sintió la desagradable y falsa sensación de que la desnudaba. Algo le decía que estaba dejándose llevar demasiado aprisa, pero sus amigos barbudos y artísticos jamás hubieran sido capaces de semejantes inspiraciones, y era muy agradable ser musa de lo increíble.

Durante toda la tarde había pensado y temido que Eduardo bajara de lo didáctico a lo estrictamente labial y, puesto que ya se habían besado el día anterior, empalmara las falsas historias con los verdaderos besos y ella tuviera que tomar una decisión, un sí o un no, que en ambos casos la desagradaban.

Cuando sucedió por fin, fue lo más normal de todo el anormal episodio: un momento más de sostener las miradas y sus ojos hubieran echado chispas por el esfuerzo, de modo que fue un alivio el cerrarlos y devolver el beso fuerte, exagerado y poco sensual que le dio Eduardo. Sólo volvió a la realidad cuando el filósofo de bolsillo apartó su boca y pronunció estas extrañas palabras:

—Hola, Pedro Jota.

Pedro Jódar, vicepresidente del Ateneo, otorrino de oficio, y otras cosas que todos sabemos, estaba a su lado y les sonreía un poco confuso.

—Hola, Eduardo. Hola, Míriam —dijo distinguiendo especialmente al uno del otro, que todavía permanecían enredados en el abrazo.

Pedro Jódar veraneaba en aquella casa especial, donde, por cierto, no estuvo ninguna Françoise, aunque Françoise y Collette existieron y, para más datos, una usaba sábanas negras de seda, la muy viciosa. Eduardo, por sus ocultas razones, había acechado su llegada para hacerle obsequio del moderado espectáculo amoroso con Míriam. Sostenía la teoría de que nadie considera a un donjuán un conspirador, ni nadie sospecha que darse besos en la calle sea una forma de hacerse el encontradizo.

—¿De regreso al establo, como quien dice? —preguntó Eduardo muy cortés—. Una ducha para quitarte la sangre y a disfrutar del crepúsculo, ¿eh?

Pedro, que ciertamente operaba a veces, sonrió amistosamente. No se esperaba a Eduardo peligrosamente cerca de su casa, pero, por otro lado, le ahorraba el buscar la oportunidad de hacerse el encontradizo para charlar con él. Seny le había aconsejado que le marcara y eso pensaba hacer.

—¿Por qué no pasáis a tomaros algo? —preguntó muy contento—. Además Míriam me podrá decir lo que opina de unos grabados que compré en Barcelona.

Míriam, que no era tonta, miraba a Eduardo en busca de una señal que le confirmara las sospechas. El filósofo tenía que saber a la fuerza que Pedro Jódar vivía allí y ella no creía, a estas alturas, ni en las casualidades ni en Françoise, que no se arrepintió de cierta noche oscura. Por otro lado, no veía el motivo que Eduardo pudiera tener para besarla y ser besado en presencia del otorrino.

—Debe de ser muy agradable vivir al lado del mar —respondió aportando un punto de vista femenino.

—Tú vives al lado del mar —le respondió Pedro Jódar mientras empujaba a ambos hacia la entrada—. Y en una casa sin vecinos, que eso sí que vale.

—Sólo el mes de vacaciones y algunos fines de semana.

—¿De modo que eres millonaria, de esas que tienen chalés? —se añadió Eduardo, cuyo esbirro principal también le había informado del detalle—. ¿Tienes negros con abanicos también? ¿Jardín, al menos?

—Un jardín muy bonito —respondió Míriam mecánicamente. Pensaba en otras cosas.

—¿Qué os parecerá un güisquito? —preguntó Jódar ya dentro.

—Muy occidental es eso, y yo estoy contra la OTAN, no como Felipe. ¿No tendrás un vodka oriental de esos que acaban en of?... ¿Calabazof?

—¿Y tú, Míriam? —siguió Pedro sin hacer ni caso de la palabrería de Eduardo.

—Una cocacola, por favor.

—En ese caso —concluyó Eduardo— para mí una cocacola: la solidaridad masculina, ya sabes.

Planes ocultos

Julio Ruiz, el que tuvo que soportar de Eduardo la bromita del bote de humo —smoke grenade, en el original—, contemplaba con aire de niño ilusionado la máquina que acababan de instalarle en el cubículo que hacía de oficina en su almacén de mayorista. Incapaz de empezar a juguetear sin testigos, había llamado a Ramón, el maestro que fue aflechado días antes.

Era Julio un hombre metódico y apasionado, una mezcla extraña, tan capaz de hacer con lógica lo más ilógico, como de razonar sobre lo irracional. Falangista desde su más vieja memoria, se sentía heredero del futuro porque no renunciaba al pasado; ni al suyo ni al de sus viejos adversarios. "Todo es bueno —decía— para rescatar a España". E intentaba cumplirlo.

Una semana antes Eduardo le había hecho una pregunta, porque Eduardo solía usar a Julio como mixto de ordenador y de oráculo:

—¿Cuándo crees tú que los tipos nos cerrarán las puertas del periódico?

—En cuanto crean que está promocionándose alguien peligroso. Es decir, en cuanto una misma persona haya firmado dos, quizás tres opiniones dentro de la misma línea de las cartas al director.

Eduardo, que sabía muy bien lo que quería decir a continuación, no renunció sin embargo a hacerse el pensativo: a veces hacía concesiones a la estética.

—Pues hay que estar preparados, ¿no? Hay que tener a punto otro altavoz.

Julio hizo que sí con la cabeza. Tenía sus dudas sobre eso de construir un partido fantasma, y también dudaba de que Eduardo sólo quisiera investigar el fenómeno partidista. Sería muy raro que con un partido entre las manos renunciara a hacer una barrabasada.

—¿Qué se te ocurre? —insistió Eduardo.

—Lo mismo que a ti: hacer un periódico propio, solo que eso no es posible.

—¿O sí? Imagínate que no somos muy ortodoxos. Antes de que salte el disparador y nos echen del periódico organizamos un buen fregado sobre este asuntillo que me he preparado con el vertedero y que los políticos están llevando con tanto sigilo. Luego repartimos ocho o diez mil papelines y ya la hemos liado. Claro que también podemos reeditar sus veintisiete puntos programáticos.

—Déjate de cachondeítos.

—Julio Ruiz, falangista de pro, ¿o ese era Martín Antolínez? —comentó Eduardo distraído—. Luego, octavillas y más tarde, si es necesario un folleto, diciendo siempre la verdad, que no es nada electorera. ¿Te das cuenta de que los amos del panfleto cuando Franco han abandonado el medio? Ya no debe de ser arte popular.

—Hace falta una multicopista —respondió Julio—. Una fotocopiadora iría mejor: ahorra trabajo y, además, reproduce fotos. Pero son más caras.

Eduardo era como era, mayormente fastidioso, pero también desprendido a su modo:

—Tengo trescientas mil pesetas sueltas y me da vergüenza comprar papeles desgravables como un cochino capitalista. ¿Te encargarás de este asunto?

Se encargó, claro, y muy satisfecho. Pero las fotocopiados valían bastante más de trescientas mil, menos las chiquitajas, llamadas también personales, cuya tinta en cartucho era mucho más cara y su velocidad mucho más lenta. La suerte y un chaval que se llevaría comisión, le pusieron en la pista de una de segunda mano para la que sí alcanzaba el presupuesto, y aquella tarde se la acababan de instalar. Gracias a pagarla al contado le habían regalado un paquete con dos mil quinientos folios.

El técnico le había hecho unas demostraciones con el librito de instrucciones japonesas en la mano:

—No es posible equivocarse: si algo se hace mal se enciende el chivato correspondiente. Si se engancha un papel, se abre por aquí. Si falta tinta, por aquí se echa, cuidando de que no vuele demasiado polvillo que ensuciaría la óptica. Aquí se regula la intensidad y aquí el número de copias automáticas. ¿Alguna duda?

—Ninguna —y era verdad: Julio con el libro de instrucciones en la mano era tan técnico como un japonés con gafas y, además, varias veces más pulcro y exacto.

Ahora con Ramón se disponía a hacer la primera impresión de aquel partido fantasma que, a los mejor, acababa llamándose SPOE o PSEO, aunque ya Julio había advertido a la concurrencia en otra ocasión:

—No lo admitirán en el Registro de Asociaciones Políticas, por similitud con el PSOE. Sé de uno que quiso registrar algo llamado Nuevo Socialismo y se lo prohibieron.

—De lo que les va a servir... —comentó Eduardo—. Para mí lo importante es dar con la razón por la que la gente se apunta a los partidos. Ya no es un acto de fe, y ahí están las masas sin militancia cuando antes fueron la fuerza de los partidos. Entonces, ¿es el miedo o la ambición?

La máquina zumbaba suavemente mientras Julio le iba explicando a Ramón los detalles de su funcionamiento. Ramón no necesitaba, en cambio, de otra cabeza para comprender lo que la fotocopiadora significaría en su labor política: multiplicar miles de veces la voz, extender las ideas por las que luchaban y, sobre todo, demostrar que había gente distinta a la que habitualmente pontificaba en tele, radio y prensa.

—Creo que lo que decimos va a resultar sorprendente para muchos.

—Caso de que nos lean y caso de que comprendan lo que decimos —especificó Julio—. Yo sé algo de esto y, como no nos demos mucha maña, nos leerán los nuestros de siempre y los enemigos de siempre: los que están convencidos y los que son imposibles de convencer.

—Eres demasiado pesimista.

—¿Sí, eh? La otra solución es el sensacionalismo. Dejarnos de hablar de generalidades, dejarnos de elucubrar sobre el Estado ideal y decir, por ejemplo, que fulano robó tal y cual cosas y que el otro falsificó un documento público. Entonces nos leerán más, pero se perderá nuestro estricto mensaje político.

—Buena arma, la fotocopiadora.

Julio dijo que sí, pero se había asignado el trabajo de abogado del diablo.

—Para alimentarla harán falta muchas cosas: dinero para tinta y papel. Mucho dinero. Una vez terminada la reproducción, una red de distribución. No podemos tirar las hojas por la calle, como octavillas. Hemos de ser selectivos, y eso quiere decir confeccionar listas con muchísimos nombres y asignar a cada colaborador una zona de la ciudad. Tres, cuatro o cinco mil direcciones. ¿Cuánta gente necesitaremos para distribuir los impresos en un par de días? ¿Y qué me dices de recoger información que sea lo bastante escandalosa y, además, cierta?

A Ramón todo eso no le parecía problema:

—¿Me sacas una fotocopia del carné? —preguntó.

Y, luego, fotocopiaron una hoja de morera, que quedó completamente negra, y el retrato de la novia de Ramón, y la banderita de sobremesa. Muy alegres e ilusionados, dejaron que la tarde fuera pasando por encima de ellos: jugaban como sólo los hombres buenos saben hacerlo: como curiosos niños.

Pedro Jódar

En casa de Pedro, el otorrino, Míriam ya había dado su opinión sobre los grabados barceloneses, convencida de que al médico le traía sin cuidado lo que ella pensara y, terminadas las cocacolas y las cortesías, los dos hombres hablaban más que olvidados de ella.

—¿Qué me dices de Paco? —preguntó, como quien no quiere la cosa, Pedro Jódar.

—¿Qué Paco? ¿De Asís o de Borja? —contratacó Eduardo, que sabía muy bien a qué Paco hacía referencia el otro.

—Paco Grau, tu compañero de claustro.

—Que estoy enfadado contigo y con el Ateneo entero.

Pedro Jódar, que conocía de antiguo al filósofo de bolsillo, sabía que primero decía lo inesperado y después se explicaba, a veces hasta en parábolas.

—No sé si me has entendido, Eduardo.

—¿Cómo no? Paco no era más que un raro que tenía relaciones intelectuales con los caracoles, hasta que le liásteis para poner en orden el museo del Ateneo, y me lo habéis politizado. ¿Leíste lo que decía antesdeayer en el periódico? —Eduardo se reía por dentro no menos que Pedro Jódar por fuera.

—No creo que los fósiles del museíto le hayan despertado una especial conciencia.

—Fósiles de piedra, ideologías fósiles... no creas que no existe relación. Y, además, están vuestras tertulias, que si se parecen a algo es al siglo XIX con su lazo rosa en la cresta.

—Pues tendrías que dejarte ver un poco más en ellas.

—En todo caso con la lógica de Husserl para tirárosla a la cabeza. Sois un puñado de relativos: todo puede ser verdad, de donde se deduce que todo puede ser mentira para vosotros. ¿No recuerdas cuando Sócrates nos explicaba la diferencia que hay entre opinión y sabiduría, doxá y sofía?

—Solamente charlamos sin hacer mal a nadie.

—Pues ahí tienes al biólogo Paco, que ha abandonado a sus caracoles, sumiéndoles en la desesperación, para politiquear como un demonio. El hombre listo deja la política para los tontos.

—Estoy de acuerdo.

—No me cabe duda: los dos somos apolíticos que da asco, ¿verdad? Tú, apolítico democrático burgués de centro izquierda, y yo apolítico activo, sector aristotélico.

Míriam miró a Pedro Jódar antes de reírse abiertamente. El médico era demasiado inteligente para descender a explicaciones detalladas. Él era apolítico porque lo decía, y basta.

—La única política posible —dijo con su bonita máscara de sonrisa— es la política cultural: que la gente se informe y piense por su cuenta.

—Nadie piensa por su cuenta desde Heráclito y Parménides —avisó Eduardo, muy profesional—: o el ser o el cambio. El cambio tuvo diez millones de votos conque ¡a la horca con Santo Tomás de Aquino, por ejemplo!

—Las personas deben decidir por su cuenta qué es verdad y qué es mentira. Tú enseñas a pensar...

—Y no te di clases, lástima.

—...y no estaría mal que lo hicieras a otro público más formado —siguió Pedro Jódar impasible—. Me gustaría que organizaras un ciclo de conferencias sobre el pensamientos contemporáneo en el Ateneo.

Eduardo ya había dado alguna que otra charla escandalosa en aquella sala y no contaba con que le renovasen la invitación.

—Del mismo modo que Luis XIV fue el Estado, yo soy el pensamiento, y es tonto llamar moderno o antiguo a un pensamiento —comentó algo abstraído—. El Ateneo se las dará de abierto a todas las tendencias si acepto, y el presidente Quintanilla se convertirá en un liberal de tomo y lomo, apto para dirigir la operación reformista por estos pagos.

—Dirígela tú, entonces. A mí me es indiferente, Eduardo. Pero no creo que peses tanto como para decidir unas elecciones.

Eduardo se rió más aún por dentro que por fuera:

—Yo sé que la buena política no se hace dentro del partido, sino desde los grupos, ya sean asociaciones de vecinos, juventudes musicales, cineclubs y hasta comunidades de base. ¿Te habías percatado? No quiero saber nada de política.

Naturalmente Pedro Jódar no le creyó la última afirmación y siguió desarrollando su idea:

—¿Por qué nos das una visión de la historia de la filosofía? Todo un curso para despacharte a gusto con tu Parménides y tu Heráclito.

—¿Qué me dices de Zenón, que además de llamarse así y ser de Elea, hacía que Aquiles y una tortuga se echaran carreras?

—Y ganó la tortuga.

—A causa de cuatro copas mal tomadas por el de los ligeros pies, pero luego hubo un cierto affaire con una flecha. Lo cierto es que a Zenón le mataron por morderle la oreja a un tirado, que es un método democrático que nadie ha usado aquí. Hubo otro Zenón, mariquita y fenicio, genial, el tío, que dijo que "si alguno está aquí, ése no está en Rodas". Ya ves que tenía condiciones para llegar a la Moncloa.

Pedro Jódar atendía a medias. Calculaba con la otra mitad de su cabeza por dónde andaría Eduardo preparando su golpe. Sabía de sobra que el filósofo de bolsillo era un conspirador incapaz de estarse quieto, y temía que en lugar de apuntar contra el socialismo rampante, se dedicara a los pacíficos burgueses.

—Explica todo eso a la gente. Estoy seguro de que nadie ha contado la historia de las ideas incluyendo mordiscos en la oreja y sentido del humor.

Eduardo pareció quedarse muy serio:

—¿Pero tú crees que alguien tendrá ganas de oír hablar de Zenón (que hay ocho repetidos) o de Leucipo o del pelirrojo de Stuart Mill (al que nunca he podido ver), de Occam o de aquella extraña cosa que se llamó Feuerbach (se dice Foierbaj), cuyo solo nombre hace sospechar que le enseñó tonterías al crédulo de Marx, don Carlos?

—Sí. Sobre todo si salvas a uno o dos de la quema y les haces ver que los filósofos no perdieron el tiempo. Gracias a ellos nacieron las matemáticas y hasta la música.

—Eso lo dices porque no se ha conservado ninguna canción de Pitágoras. ¿Crees que los de Crotona lo persiguieron campo a través entre las habas por puro capricho? Si yo fuera algo más decidido, haría algo semejante con...

—Te agradecería que pensaras en ello, Eduardo —le interrumpió.

—No. Ya lo he pensado y me atrae ver la cara de alguno cuando le diga que el eterno retorno de Nietzsche es una anticipación mesiánica del constitucionalismo español. ¿Cuándo empiezo?

—Creí que me ibas a decir que no.

—¿Es que no he defendido lo suficiente mi castidad?

—No, no —dijo Pedro Jódar—. Es que eres difícil de tratar.

—Algo he oído sobre este mismo asunto. Como soy de trato dulce y apacible, como te explicaría mi perro, si lo tuviese. ¿Tengo yo la culpa de pensar? ¿Acaso dijo Dios que el mundo fuera exclusivamente para los estúpidos? —miró a Míriam para guiñarle un ojo a escondidas—. Tú crees que soy rebelde porque dijo lo que pienso, mientras que yo opino que no hay rebeldía peor contra la verdad que la de no pensar lo que se dice. ¿Cuándo suelto el primer espiche, Pedro Jota?

—¿Todos los martes?

—Todos los martes vienen después de los lunes, lo que no es poco problema. Ya veo mi nombre anunciado con letras de neón: el conocido filósofo E. Libre, reclamado por más de siete raricomios, disertará sobre el apasionante tema: "¿Por qué Platón fue esclavo y Ortega republicano?". En primer lugar te diré que no había esclavos en Grecia ni en Roma, sino siervos. ¡Qué emoción! —añadió poniéndose en pie—. Como dijo Homero y tú sabes bien, estoy "essímenos polémoio", impaciente por combatir.

A la salida, Míriam le habló muy bajito:

—¿Con tus alumnos eres así de redicho?

—¡Mucho más, por favor! Aquí, como era un invitado, he tenido que tascar el freno.

—Y desde el principio hemos venido aquí para encontrarnos con él, ¿verdad?

—Es como mi segundo padre: el día que no le veo la barba me parece un día perdido.

—¿Y qué pintaba yo en todo esto?

—Justo eso: que eres pintora.

Ella se enfadó:

—¡Habla conmigo, por favor! Deja de admirarte de sus agudezas y háblame.

Eduardo, que no tenía la menor intención de hacerle caso, lanzó una de sus útiles cortinas de humo, o de palabras, de ésas que no fallan. Se la quedó mirando con los ojos quietos y respondió:

—¿Y si te dijera que tengo miedo de ti?

Míriam bajó la mirada, confundida. La levantó de prisa, como espiando, y volvió a ponerla en sus manos:

—¿Por qué? ¿Por qué todo?

Eduardo se encogió de hombros y de sonrisa:

—¿Tienes alguna misión, tú?

—No sé... quizá pintar.

—La mía es pensar. Es casi una obsesión, y cuanto más se piensa, menos se siente. Si el pensamiento manda, la sensación se hace casi falsa, casi increíble. La cabeza es la soledad; el corazón, con sus latidos, la compañía. Y yo deseo tu compañía, Míriam. Aunque no digas nada o aunque no te diga nada yo. Saberte cerca, testigo de mi vida... Y entonces quiero sentir en lugar de pensar.

—Muy bonito, pero, ¿por qué todo?

—¡Si yo tuviera la respuesta!

Manual de supervivencia

Eduardo dejó por fin a la mujer cerca de su casa, cabe la adelfa milagreada y azulenca. No intentó besarla. Ni siquiera le dio la mano, pero se despidió con sus sueltas palabras, que eran su mejor arma:

—Perdóname la tarde. Reconozco que no debí haber empezado esta historia tan tonta. Eres una buena chica, y yo, no.

—Ya sé que no eres una chica.

—Se me nota, ¿verdad? De todos modos, siento la tarde.

Tuvo la despedida un aire de ruptura a medias que dejó muy satisfecho a Eduardo, que silbaba suavemente subiendo las escaleras de su piso. Desde arriba le llegó el eco de la misma canción, pero la silbaban labios mucho más duros que los suyos: los del biólogo Paco que aguardaba sentado en los últimos escalones con su pipa vacía en la mano.

—Helo, helo, por do viene —le saludó.

—Y oliendo a nardo que atufo —citó Eduardo lejanamente—. ¿Cómo no le pediste hora a mi secretaria?

—Déjate de sandeces y abre. ¿Sabes que hace muy poco he hablado con Quintanilla? He ido al Ateneo a devolver un fósil del secundario que me llevé para enseñar a los alumnos del instituto, y me ha tratado como a un hermano. ¿Ves? Son los surcos de las lágrimas. Me quiere. ¿A que no sabes que yo soy un hombre muy noble, todo corazón y excesivamente solitario?

—Y luego te habrá pedido el voto.

—No, que va. Él ignoraba mis inquietudes políticas. ¿Sabes que la gente que se preocupa por los demás es la que hace que el mundo gire?

—Pero, ¿gira? Yo creía que Galileo lo desmintió en su momento.

—Pues gira, como lo oyes. Y Quintanilla, si hay que darle crédito, es de los que empujan con más decisión. Sólo que a mí, tal vez, no se me había ocurrido que la unión hace la fuerza y que lo moderno es trabajar en equipo, ya que los esfuerzos del hombre solo se pierden en el proceloso mar de la sociedad.

—¿Cuándo has aprendido tú lo de "proceloso"?

—Me lo enseñó una chica, muy experta ella.

—Lo importante es que Quintanilla te ha tanteado. Seguramente habrá mencionado tus artículos.

—Sí, sí: los he escrito con un sarcasmo magistral; pero tal vez, quizá, a lo mejor, sin plantearme exactamente lo que pretendía. Los objetivos, que le dicen. La derecha y la izquierda son cosas viejas, decrépitas y, aunque Quintanilla las respeta como a su madre, he sacado la conclusión de que si destilas a la derecha y a la izquierda juntas, sacas su esencia, que es el centro reformista. Entonces yo, muy cándido, le he preguntado que qué hay que reformar antes, ¿la derecha o la izquierda? Él opina que ninguna de las dos, porque sólo así es posible el centro.

—¿Y qué reformará el reformismo entonces?

—Ese debe de ser uno de los famosos misterios de la quinta dimensión —meditó Paco—. Por lo que yo he podido entender, el reformismo no consiste en reformar, sino en consolidar. España, macho, está llena de consolidadores. Y éstos son la derecha del progreso.

—...para que el bien triunfe del mal —remató Eduardo citando mal el himno nacionalsindicalista.

—Y creo yo que hasta se imaginan ser la izquierda del capital. En fin: que les da vergüenza ser una cosa u otra, y pretenden ser las dos a la vez, a lo bestia. Me ha insistido mucho en esto, con eso de que en el centro está la verdad, hasta que yo, muy ignorante (¿a que parece que no he leído un libro en mi vida?), le he preguntado si el reformismo es igual a la Falange, y se me ha puesto lívido. Las gafas le brillan a este hombre cuando se indispone: no sé si las tiene trucadas o si es una especie de simbiosis, pero las gafas le brillan cuando se le recalienta la meninge.

Eduardo se reía, divertido con el relato estrambótico del biólogo Paco, que procuraba permanecer impasible, como si estuviera hablando de verdad en serio. Pura coquetería intelectual.

—Eso es. Ceba la pesquera, Paco. Es seguro que te ha tomado por un hombre de buena fe, semievangélico, y absolutamente ignorante en política.

—¿Y no soy un hombre de buena fe? Eso me recuerda que, hasta ahora, has escrito tú mis ideas políticas, pero se ha terminado. Tú eres un filósofo que es, como quien dice, un charlatán, pero yo soy un biólogo, un científico, por si no lo captas, y he de expresarme con método.

—Con tu método.

—Lo tomas o lo dejas.

Eduardo llevaba preguntándose por esta rebelión desde el momento en que Paco firmó en barbecho el primer artículo. Era, se dijo, la más lógica de las posibilidades: un tipo individualista, chocante más que extravagante, tiene a la fuerza que ser protagonista, y eso era parte del plan, quizá la garantía de que las cosas funcionarían adecuadamente. Eduardo, aunque Paco no lo viera así, había abierto el camino o, mejor, había hecho los planos de la carretera. Aquella noche se fotocopiaban, y por ella, sólo por ella corretearía Paco. Por si las moscas, no dio a entender que le parecía bien: un individualista, y biólogo además, es demasiado proclive a llevar la contraria.

—¿Piensas dar forma política a tu manual de supervivencia?

—¿Y por qué no, Eduardo? ¿Por qué la política tiene que ser cosa exclusiva de economistas y metafísicos? ¿No tratamos con el Zoon Politikón, el político animal?

—Animal político, burrete.

—Invoco la propiedad conmutativa: el orden de los sumandos y todo eso. En tu "Informe sobre la Estupidez", lenguaraz filósofo, hablas sólo de la idea: el que la entiende y el que no. Das la impresión de que el hombre es sólo idea, espíritu puro o impuro. Pero olvidas que tenemos una dimensión física de la que nos es imposible prescindir. Nos relacionamos con el lenguaje oral y, también, con el corporal. El sudor es un mensaje, oye. Nos relacionamos con el mundo a través de nuestros sentidos y, te guste o no, tenemos unos instintos que son obligatorios, que condicionan nuestra conducta y que modifican nuestro pensamiento.

Eduardo no encajaba bien las críticas, y más si no eran del todo tontas:

—Por ese camino llegarás al psicologismo o, lo que es peor, a algún piojo escapado de la barba de Marx.

—¿Qué tienen que ver el materialismo con la materia, filósofo? ¿Acaso el materialismo no es otro sistema de ideas? La antropología es, en cambio, una ciencia.

—Y la filosofía, el juego del parchís.

—No te lo niego, ahora que lo dices —Paco demostraba ser un dialéctico de muchísimo cuidado—. Pero la dimensión física del hombre, lo que supone su territorialidad, su impulso gregario y hasta el bostezo, se os escapa a los políticos.

—¿Yo, político?

—Tú, Maquiavelo. A ti te hablo. Yo no puedo pensar siempre con tu cabeza, aunque sea una de primera división. Miras a la humanidad por encima del hombre porque no tiene excesivo interés en comprender lo que sucede. Yo, en cambio, me preocupo, porque comprender es sobrevivir. Tú piensas que hay hombres listos independientes, y hombres tontos, gregarios. Yo sé que todos somos gregarios salvo escasas excepciones y que todos somos inteligentes, salvo más escasas excepciones todavía. Si no comprendemos el mundo es porque el mundo actual se ha disfrazado: lo hemos hecho incomprensible al transformarlo. El hombre, ya sabes, tiende hacia lo inhumano: el individuo, a dejar de ser, y la especie, a transformarse. Hasta ahora el cambio se realizaba porque el mundo permanecía inerte, casi estático. Ahora, no. La muerte mata menos. ¿Suena raro? Pero es verdad. Y también el amor engendra menos. Y hay mucho más aún.

—Piensas, luego existes, profe.

—Analiza, Sócrates: el hombre se ha ido adaptando al mundo durante milenios porque no podía hacer otra cosa. Ahora sí puede y, por lo tanto, trata de adaptar el mundo al hombre. ¿Lo ves claro? El mundo, lo más, al hombre, lo menos. Y esto, te lo digo de corazón, es imposible; sólo conduce al fracaso, porque el mundo no puede funcionar como el hombre: no está vivo.

Eduardo, orgulloso como un diablo, no era nada tonto y tenía la suficiente honradez intelectual como para darse cuenta de que Paco no estaba diciendo ninguna tontería.

—Lástima —confesó burlón— que con eso no puedes hacer ningún programa político. Puedes hacer un partido verde a favor de ballenas, focas y abedules, si me aprietas; y puedes también escribir un ensayo brillante, pero no puedes convencer a nadie de que vote con el solo fin de comprender mejor la misión del hombre.

—¿Ah, no? ¿Qué motivos tiene el hombre para hacer política?

—La ambición, camarada.

—Ese es el motivo del político. Yo he dicho el hombre, el homo sapiens. Te lo digo: organizarse. El puro método, el necesario orden que le proteja del mundo difícil y del vecino más difícil todavía. Para eso, para poder vivir juntos, hemos desarrollado la inteligencia, pero la inteligencia comprende unas cosas y otras, no. La inteligencia comprende lo posible y lo posible es, normalmente, lo habitual. Por eso tomamos postura ante las cosas y los acontecimientos: los reconocemos o los intentamos reconocer. Cuando hay comprensión, aceptamos el hecho como favorable; cuando no la hay lo interpretamos como desfavorable.

A Eduardo se le había disparado la máquina de cavilar. Él, que presumía de buscar nuevos ángulos, acababa de reconocer un punto de vista original, y lo exploraba a marchas forzadas.

—¿Todo eso lo has pensado tú solito?

—Yo solito con un par de miles de libros.

—Así, por las buenas, ¿sin ración suplementaria de fósforo?

—Ya sé que me elegiste por tonto.

—No: por original, Paco. Sólo que tú no eres original, eres moderno —no se resistió a la tentación de una de sus frases rotundas—. Lo moderno siempre es la inteligencia; lo antiguo, la tontería, el tópico: lo que piensan los tontos es lo que primero desaparece de la historia: la moda, la fama, lo efímero.

—¡Cómo te explicas! Pero sí que todo tiene que ver con la modernidad. Estamos respondiendo con conductas antiguas a los problemas modernos. Y si tiene algo nuestros problemas es que son nuevos, que nos enfrentamos con ellos por primera vez: ciudades con la población de una nación; naciones que no mantienen apenas diferencias; sociedad mundial, máquinas mágicas... ¡Qué sé yo!

—Más que Lepe, por lo que voy leyendo.

—Pues nos enfrentamos a lo nuevo con lo viejo, porque no tenemos, de momento, capacidad natural para asimilar el cambio acelerado. Ahí tienes la raíz de la crisis mundial y, también, la peor amenaza para la supervivencia de la especie.

—A la especie que la zurzan. ¿Para qué me sirve a mí la especie? Yo soy uno; siento a solas, aunque no viva a solas.

—No me seas elemental, que tú mismo ves lo mucho que se parecen los chinos entre sí. Igual nosotros. Tú no eres parte de la especie, Eduardo, eres la especie misma. Todo lo que no han puesto en ti la educación y la cultura en que has nacido, lo ha puesto la especie. Es el pedestal de tu personalidad. No seas elemental.

—Eran ganas de gruñir —se disculpó Eduardo—. Ya sé que no dices ninguna tontería aunque sospecho que exageras alguna verdad.

—Pues pienso que sé cómo explicar esto a la gente y pienso que tengo una respuesta política para el problema de la supervivencia, para el problema de la comprensión del mundo, que es justo lo que necesitamos para sobrevivir.

—Lo mismo es la revolución nacionalsindicalista, que a ti te huele el aliento a José Antonio desde hace un buen rato.

—Aunque no presumo de ello, porque soy modesto de natural, yo me hice bastante en el Frente de Juventudes.

—¿Cómo no me lo dijiste antes? ¿Cómo no lo sospeché yo? —se preguntó Eduardo—. La pipa debió desorientarme. La pipa, desde mediados de los sesenta, es símbolo de rogelio. Pero, vamos: dime la respuesta a ese gravísimo problema de supervivencia.

—Muy sencillo: no podemos dar marcha atrás; la sociedad va por ahí, en la peligrosa dirección, confortablemente subida a sus máquinas y a su riqueza. El crecimiento cero sólo sería una crisis formidable, pero no haría más comprensible el mundo. Sólo cabe crear o potenciar unidades intermedias entre el hombre y el mundo, que es cada vez más pequeño y cada vez más complejo. Unidades intermedias de sobra conocidas y perfectamente naturales para el hombre, incrustar en el mundo moderno datos básicos de otras edades, relaciones más antiguas que den confianza al individuo en este mundo peligroso: que le ayuden a que, en parte, pisa un terreno habitual: hablo, por ejemplo, de familias otra vez amplias, unidas, hogareñas y con propiedades. Hablo de un cierto socialismo municipal, rescatando la propiedad comunal. Hablo de...

En eso llamaron a la puerta. No llevaban más que media hora hablando y eso era muy poco para una conversación entre lumbreras, apenas un segundo si tenemos en cuenta que uno se había amotinado y el otro estaba a punto de unirse al motín que, en teoría, debía sofocar.

—Seguro que te han oído desde la calle y salen a hacerte presidente de la república biológica —dijo Eduardo camino de la puerta—. Yo de ti no aceptaría antes de estar enterado del sueldo.

Pero no era la plebe aclamando al líder, sino una sonrisa triste en forma mortal de mujer; una sonrisa llamada Míriam que miraba hacia sus pies, pasiva y preocupada.

—Sé bienvenida a esta humilde guarida de conspiradores —dijo Eduardo, que encontró el caso, a la vez, halagador y desagradable. La mujer no llegaba para hablar de política sino de sí misma y eso, a solas, podía complicarse con los sentimientos. Eduardo, que no era un pacato ni tampoco un libertino, sí admiraba algo de Míriam era su aire de inocencia, de mujer limpia, de adolescente sin ensuciar, y no tenía deseos de estropear esa imagen.

—Vengo asustada —respondió ella—. Cuando me he quedado en casa no me ha parecido mi casa y me ha costado ver a mi padre y a mi madre. Me ha entrado mucha tristeza, Eduardo.

—Por mi culpa —dijo el filósofo de bolsillo quitándola de la puerta.

—No, no... O, quizá, sí. Es el sentimiento de inutilidad de todo lo que he hecho. Me ha parecido de golpe que estaba mal todo lo mío y que era una completa equivocación.

—Un mal momento solamente, Míriam.

Ella le miró desde muy cerca, de frente, cogiéndose a su cintura. No hacía más que pedir protección, pero para protegerla mejor era que Eduardo se quedase quieto.

—Un mal momento —insistió permaneciendo firme y rígido—. Esta tarde te he dicho que el mundo era más que donde vivías. Ahora es la ocasión de decirte que también es menos. Llena el tuyo propio y te sentirás mejor.

—¿Con qué lo lleno?

—Con una copa que tengo ahí dentro —trató de bromear Eduardo.

—Es como si me hubieran quitado la edad; como si toda la experiencia no fuera mía. Se me ha ocurrido que no entiendo a los demás y que por eso tampoco me entiendo a mí misma.

—Pues pasa, tú misma: está claro que no has desaparecido. Lo único que te sucede es que tienes excitada la sensibilidad artística. Un bajón de la tensión emocional, que diría un médico de almas.

Míriam le soltó y empezó a andar hacia la sala-comedor-lo-que-fuera del pisito.

—Me he vaciado. Te lo cuento y no debiera. Tal vez creo que puedes entenderme porque has entendido otras cosas de mí. Tal vez tú me has vaciado; tú has roto una serie de encierros y dentro resulta que no había nada.

—Había miedo.

—Sí, es verdad: miedo.

A Eduardo no le gustaba un pelo que la muchacha estuviera tan entregada y con tan poca capacidad de reacción. Odiaba la pasividad.

—Y algo más: la niña de siempre que sabe que ya no lo es —dijo.

—Nunca me miré así del todo, pero eso debe de ser.

—Yo me iba ya —dijo el biólogo Paco, que les esperaba de pie en el centro de la sala—. Sólo estaba esperando el autobús, pero tomaré el metro.

Eduardo le atrapó del brazo y le recondujo a su butaca. Sentó también a la muchacha y él lo hizo lejos de ambos:

—Estábamos hablando precisamente del mundo. Paco opina que cuando no se le puede entender del todo hay que aferrarse a algo más cercano y creíble.

—¿Sí? —dijo Paco sorprendido—. Eso he dicho, ¿verdad? Cuando le explicas tú parece más razonable.

—Y Míriam —siguió Eduardo, quizá traicionando con descortesía la confianza de ella— creo ahora que todo su mundo era falso.

—Mal hecho, mal hecho. El mundo siempre es verdadero. El trompazo que te pegas durante un delirio, permanece después. Quien puede no saber lo que es, quien puede no comprenderse a sí mismo es el hombre —la consoló Paco a su modo.

—O la mujer —puntualizó Míriam, entre sorprendida y reservada, mirando seriamente a Eduardo.

—Homo sapiens. La especie, ya sabes. Tú eres tan especie como yo, aunque más atractiva —Paco se acordó de que tres son siempre multitud y se dispuso a huir como un conejo—. Me alegro de que hayas comprendido la clave de mi pensamiento: mundo y especie. Si no puedes con el mundo, carga al menos contigo misma, que es como cargar con el prójimo. ¡Jesús! Se me hace tarde para el pranayama.

Eduardo le detuvo otra vez: no quería soledad a ningún precio.

—¿Has hecho yoga, Míriam? —preguntó sabiendo de sobra que sí.

—¿Tú también, Bruto? —dijo Paco súbitamente interesado—. Muchos buscamos el samadhi, ¿eh? ¿Quién lo supondría sin oírnos hablar en sánscrito?

Míriam se sonrió por primera vez y pareció que entraba un poco más de luz en sus ojos. Padecía, efectivamente, de pena negra, de autocompasión, y lo sabía perfectamente. El problema es que de la pena negra no se sale con sólo querer.

—Soy yogadicta, pero llevo tiempo sin practicar.

—Para las depresiones son muy buenos el halasana, el sarvangasana (que sabes que hace circular la energía kundalini), el shavasana (respirando a tope) y, ¿cómo no?, el padmasana.

—¿Está claro o quieres que te lo repita, aquí, el gurú? —preguntó Eduardo con mucho cachondeíto.

—Ríete lo que quieras, pero el prana existe y se llama energía cósmica. Cuando más prana acumulas, mejor para ti.

—¿A cuánto sale el cuarto y mitad?

—No te burles del yoga, Eduardo —intervino por fin Míriam—. Es de verdad muy útil.

—Sobre todo el lenguaje. Anda, Paco, di algo; que se entere Míriam de lo que vale un peine.

Om tare tutare ture sarva atta siddhi, siddhi kuru soha —respondió Paco sin hacerse de rogar—. Es un mantra para hacer realidad los deseos íntimos.

Om tare tutare ture sarva atta siddhi siddhi kuru soha —repitió Míriam, que debía conocer el mantra de antes—. Siddhi es "poder", ¿no?

—Sí: hay varios siddhis al alcance de un practicante honesto antes de llegar a la iluminación, que debe de ser la repanocha. La telepatía, el dominio de las funciones vitales, la levitación, la profecía.

Oh mani padme om —dijo Eduardo para demostrar que tampoco él era analfabeto—. ¡Señor, dame peces! Y además he leído el Bardo Thodol tibetano y el tercer ojo.

—Eso, eso: he tenido mucho gusto —dijo Paco a traición—. Siempre que te quedes anudada en una postura no dudes en llamarme, pero si no me voy seguro que pierdo el avión.

Eduardo, pues, no tuvo más remedio que permitirle la huida, y más porque no quería confesarle los motivos que tenía para no quedarse a solas con Míriam. Ella, de todas formas, lo había notado, así es que se lo preguntó tan pronto como se cerró la puerta:

—Seguramente te molesto, ¿verdad?

—Me desconciertas, que es cosa muy distinta. Me siento responsable de tu malestar. ¿Es malestar?

—No: es desmoronamiento. Como si nada me importara.

—Pues preferiría sentirme responsable de tu alegría.

—¿Crees que después de una tarde como ésta me podía sentir alegre? Tú, precisamente, querías que me pasara esto.

"Esto sí, pero a solas —se dijo Eduardo—. Esto sí, para que pensaras en mí por la noche y me usaras para interpretar tu mundo caótico. Pero has corrido más de lo que yo creía. Eres más débil de lo que yo creía y varios kilos más inocente".

—Creo que te equivocas —dijo en voz alta—. Te has equivocado al venir a verme. Te equivocas si crees que yo soy comprensión: tal vez te entiendo, pero eso no significa que pueda ayudarte.

Míriam le miró con unos ojos que a él le parecieron dulcísimos cuando en realidad estaban vacíos de expresión. Eran ojos indolentes:

—Siempre eres vanidoso, ¿verdad? Estás convencido de que te necesito.

—No —respondió el filósofo, que pensaba todo lo contrario—. Además, no quiero ser necesario para nadie.

—Eso ya lo sé. Cualquiera puede notártelo. Tú quieres ir solo adonde te convenga. Tú quieres estar en contra de todos sin ninguna atadura, y te imaginas que yo soy esa atadura.

—No —volvió a negar él, decidido a dejar que la mujer dijera su idea sin explicar él nada de nada.

—En el cuadernillo que leí, había dos versos que se me quedaron grabados —meditó ella-:

Si pongo tu recuerdo en este verso
es para hacerte daño, aunque te escondas.

—Pero no me has hecho daño —siguió—, me has hecho el vacío, y ahora siento vergüenza de mí, tanto de lo que he sido como de lo que no. Y tengo miedo. Tengo miedo a no ser nada de verdad.

—No debieras ser tan sincera, Míriam.

—Ya me imagino que tú no desfalleces nunca.

—Nunca después de haberme afeitado, es cierto—suspiró él, comprendiendo que aquellos eran problemas de adolescente.

—Y ahora te escapas porque te pido ayuda. Te dan miedo mis problemas, y los tuyos más. Te imaginas extraños amores cuando lo que me sucede son extraños miedos.

Eduardo alejó su asiento un poco más del de Míriam y se la quedó mirando en silencio. Sabía lo que decir, pero quería dar la impresión exacta de analizar la situación y de dominarse a sí mismo:

—No huyo de ti. Nunca huyo de nada. Al contrario: provoco las cosas y me recreo enfrentando sentimientos. Tú no has descubierto hoy que estabas sola, porque lo sabías hace años. Tú hoy has sentido que estabas sola y ahí está tu miedo. Crees que eres un fracaso, aunque no sabes muy bien por qué.

Pareció que Míriam iba a llorar, pero se rehizo. Levantó los ojos para sostenerle la mirada:

—Siempre sabes lo que pasa, ¿verdad? Lo dominas todo. Lo entiendes todo, pero no participas en nada. Juegas a vivir y no vives. ¿Qué piensas de ti mismo? Nada. Es seguro que no quieres pensar jamás en ti para no asustarte. Por eso eres agresivo.

—Mucho más de lo que supones —respondió él riendo—. Pero me queda algún rastro de honestidad, Míriam. El suficiente para recordarte algo ya dicho: yo no soy tu padre. Tú no tienes derecho alguno a protegerte conmigo, ni a pedirme ayuda. Es tu vida la que te duele y no la mía. Sólo que tu vida, en estos momentos, también me duele a mí —"y si cuela, cuela", añadió para su caletre.

—"Si pongo tu recuerdo de este verso —recitó ella— es para hacerte daño, aunque te escondas". ¿Quieres que confiese que vivía escondida? Pues no es verdad. Tú diste conmigo y lo has perturbado todo. Dudo de demasiadas cosas para intentar no dudar. Creí que era fuerte y de repente, al llegar a casa... No sé lo que me ha pasado. No lo sé.

—Sí lo sabes. Y también saber por qué has venido aquí, aunque no lo digas.

—¿Crees que no soy capaz? He venido a llorar por mí en tu presencia.

—Eso no es cierto, Míriam. Eso no es cierto: has venido aquí porque se te ha ocurrido cambiar tu vida, buscar un contacto más humano, sentir lo que crees que no has sentido. Y porque crees que de verdad me gustas, que de verdad te entiendo.

Ella se encogió de hombros en un gesto que copiaba ya de Eduardo:

—Eres vanidoso, pero seguramente tienes razón. No quiero seguir siendo como soy: eso es todo.

Eduardo podía acercarse a ella, consolarla, acariciarla y, como suelen decir los borricos, dejar que la naturaleza siguiera su curso. Sólo que Eduardo era condenadamente enemigo de la naturaleza y de lo natural, y nada partidario de hacer lo previsible en cada momento.

—Mi consejo es que te vayas a casa y te acostumbres a esta nueva soledad. Tengo que negarte el olvido fácil... Pero debo darte alguna explicación.

—¿Otra de tus historias falsas?

—¿Cómo saberlo? Desde el principio esta es una situación falsa. Te vi entre un grupo de gente hecha a troquel, gente homologada y repetida. Tú resaltabas por un aire de independencia meditabunda al que le prestan tus ojos y tu cara de niña un encanto especial, como de capullo o de promesa. Pero yo no te buscaba a ti: perseguía y persigo a los amos de la política, a los que usan a los tontos, sean jóvenes o viejos; a los que extienden la mentira y viven para mangonear, aunque sólo sea en su aldea. Tú, además de ser distinta, podías servirme para averiguar algo más; para poner nerviosos a tipos como Pedro Jota, como le puse esta tarde aunque disimulara. Pero además, al no hacerme caso despertaste mi instinto de cazador. Te reconocí como igual y quise hacértelo pagar.

—Pero yo no soy distinta, Eduardo. Yo soy más tonta, solamente. Yo lucho por nada.

—Vales más de lo que siempre has creído y mucho más de lo que crees ahora. Y, porque vales, te pido que te vayas. Para que sigas siendo distinta. ¿Crees que esa gentecilla se siente igual, o más tonta o más inútil? Todos ellos son únicos, irrepetibles, geniales, dignos de consideración. Ninguno se critica. Si tú te consideras ahora como ellos es porque no eres como ellos. Si tú ahora te sientes sola es porque sabes que es posible una compañía mejor y más profunda. Y si el mundo se te cae encima es porque eres capaz de verlo en lugar de falsificarlo.

—Me gusta estar contigo, aunque me parece que te odio.

—Porque te hablo de ti: no caigas en la vieja trampa.

—Me hablas de ti, Eduardo. Estoy triste y medio perdida, pero no me has vuelto tonta. A veces te insulto, pero todas esas ideas tuyas y todas esas capacidades para verme como no me veo yo, no son más que un retrato de ti y de lo que buscas. Porque buscas, ¿verdad? Eres tú el que busca una compañía más profunda. Algo que sea más que amor; algo sólo accesible para ti. También yo sé soñar.

—Pues te equivocas —dijo él tranquilamente—. Ahora oscilas entre la pena y el interés. Estás empezando a salir de la crisis y comienzas a preocuparte por mí como mujer. No sueñes, Míriam. Yo no busco lo inaccesible: si llegara, dejaría de ser inaccesible, ¿no? Yo no busco nada.

—¿Lo tienes todo?

Eduardo captó el desafío, teñido con una sutil burla muy femenina. Pensó entonces que ya había hecho una buena demostración de caballerosidad, de modo que fue a sentarse al lado de la muchacha y le levantó la cara hacia la suya mientras la abrazaba por los hombros:

—¿Qué crees tú que me falta? ¿Una mujer? Si sólo es una mujer, no vale nada; como el hombre que sólo es un hombre tampoco vale nada. Hay que ser mujer y mundo para tener importancia; idea y método, acción y palabra. Tal vez tú eres todo eso.

—No tienes derecho... No tienes derecho a pensar lo que piensas. Crees que la mujer, yo misma, es un modelo de todas las mujeres, y sólo Dios sabe lo que alguna te habrá hecho.

—Dios y yo. Y yo no soy Dios. Por eso no juegues a ser mujer conmigo, porque vales más como pintora, como soñadora, como dibujante de poemas y como niña blanca que como mujer. No quieras convertirte.

—He venido a apoyarme en ti, Eduardo —descansó la cabeza en él y cerró los ojos—. Ni tú ni yo nos podemos engañar respecto a eso. Gracias.

Él se echó a reír por lo bajo. Aquella era una chica casi tan rara como él. Había que adivinarla más que analizarla, y eso, sabiendo que un día podía resultar insoportable, le divertía ahora.

—Parece que he ganado la apuesta que te hice el segundo día de conocerte —dijo con malísima intención.

Ambos la recordaban muy bien: "antes de un mes serás mi amante". Sin embargo, algo fallaba. Fallaba en Eduardo, por ejemplo, que ya no encontraba en ello desafío alguno. Y fallaba en Míriam que, de repente, había dejado de defenderse.

—He dicho —repitió— que parece que voy a ganar la apuesta.

Ahora le tocó a Míriam reír suavemente mientras abría dos rendijas en sus ojos. Levantó algo la cabeza y besó a Eduardo que, definitivamente, ya sabía que había dejado de comprender la situación.

—Creo —dijo Míriam— que ya no tienes ganas de vencerme.

No las tenía. Míriam, de verdad, era distinta: ni tonta ni listilla; ni modelna ni tozuda. Había en toda ella un aire de cristal frágil, de recuerdo de juventud lejana, que le quitaba a Eduardo cualquier intención simplemente deshonesta.

—Eres como una estampa —dijo a sabiendas de que no venía a cuento. Ella, de todas formas, le comprendió.

—Y tú, un hombre muy difícil para ti. ¿Sabes cuando he comprendido que no intentarías nada? —era de nuevo un femenino desafío—. Cuando he notado que sentías de verdad que yo estuviera desorientada. Mientras me defendí de ti no me tuviste ninguna compasión. Hasta es posible que, como confesaste, escribieras toda aquella agenda para engañarme. Casi todo vale para ti, menos vencer a la primera.

—Si tú lo dices, debe de ser que eres condenadamente lista.

—Por una vez no te defiendas. Creo que te he dado pena. Si yo hubiera esperado hasta mañana, las cosas hubieran sido distintas, pero he venido precisamente porque no sabía adonde ir y, bueno, creo que ya no te interesa vencerme como a una mujer cualquiera.

—Crees demasiado.

Ella le tomó una mano con un gesto cariñoso y dulce:

—¿Por qué no pruebas a abrirte un poco, Eduardo?

Eduardo era muy difícil de desconcertar, y más reservado que una cuenta en Suiza, pero le atrajo la posibilidad de hablar sinceramente de sí mismo. Quizá aquella chica sí fuera capaz de entender algo más que el tópico. Quizá, claro, le estaba aplicando a él uno de sus propios métodos: el caso era que sentía que podía confiar en ella, así que se entregó medianamente al impulso:

—Tal como están las cosas hoy en día, ser amante no quiere decir ser amado: se refiere sólo a una serie de actividades hedonistas o, peor aún, costumbristas. Tú no eres vulgar y yo intento no serlo. Quiero de verdad lo nuevo, lo más verdadero, lo único.

—Ya lo sabía.

—Cierra el pico, niña: sigo siendo yo el maestro. Me doy cuenta de que no me quieres. Fíjate que uso el verbo querer en su sentido de apetito. Tampoco yo te quiero... —se quedó meditabundo, como dudoso de lanzarse a más profundidades propias de su oficio—. Yo soy un anti-Pigmalión. No puedo amar a mis obras, porque mis obras quedan siempre detrás de mí. En este sentido, cuando hago que una mujer me ame, no la amo yo: se debe a que la engaño y a que ella, conscientemente, se deja engañar. Tú no te has dejado engañar, y cuando has venido a verme no ha sido porque quisieras una aventura o porque pensaras que yo me había enamorado de ti. Has venido porque, a pesar de todos mis embustes y de todos mis manejos, tienes confianza en mí. ¿Qué has visto?

—Tal vez al hombre que mira, de vez en cuando, escondido tras tus ojos, encerrado en una cabeza demasiado llena de conceptos. Al hombre que sueña y que sigue insatisfecho.

—No me gusta hablar de esto. No me gusta hablar de mí. Como tú, siento más pudor por mi alma que por mi cuerpo y, claro, también la tentación del alma es mayor que la del cuerpo: si pudiera desnudarla...

—¿Conmigo?

—Si tú desnudas la tuya —un pensamiento traidor le recordó que aquel diálogo era para una antología de necios—. Pero esto es una tontería.

—No lo es. De ninguna forma es una tontería. ¿Qué te puede dar miedo? ¿Que yo sepa que lo tienes? Yo tengo miedo a las personas —avanzó ella su striptease— y a que me conozcan como soy. Me gusta envolverme en sueños, a veces durante el trabajo y todo. Llevo días fantaseando sobre ti y sobre mí; fantasías eróticas, pero no solamente.

—Yo no tengo fantasías —dijo él sin mentir—. Las tuve hace mucho, pero todo eso lo tiré por la borda.

—He estado haciendo una hermosa novela para ti y para mí. Me enseñabas a unirnos. Unirnos: hacíamos los mismos movimientos para pensarlos a la vez; manteníamos las mismas posturas para aproximarnos a una semejanza. Decíamos las mismas palabras para sentirlas a la vez. En otras ocasiones ponías tu mano en mi frente, y yo hacía igual. Nos dábamos ligeros golpecitos en las sienes... era un largo y metódico aprendizaje de la proximidad.

Eduardo, poco admirador del mundo femenino, aunque decidido partidario de mezclarse en él, escuchaba atentamente. No le sonaba a fantasía la fantasía de Míriam, sino a método, a camino de perfección.

—Hemos de hacer todo eso —exclamó—. Creo que es posible. Creo que sí es una forma de llegar el uno al otro. Gimnasia de la pareja. Aproximación al contacto profundo. ¿Sabes que se podría escribir un buen libro sobre esta idea?

Ella, que había llegado tan triste y solitaria a la casa, se encontraba ahora feliz. Algo se había arreglado, quizá gracias a esa pecaminosa sensación de desnudo que le daba la confidencia. Jamás había contado antes una de sus largas fábulas.

—Yo vivía esas cosas. Las he vivido ya contigo, Eduardo, y al verte me era difícil no tratarte con la misma confianza e intimidad que en mis sueños. He vivido meses míos en apenas horas practicando el arte de conocernos, de invadirnos casi. Cada uno de nosotros, por ejemplo, tocaba su propio pelo: la misma sensación en los dos se convertía en la misma onda de pensamiento. Hacíamos eso como preparación al gran amor, al momento en que sería posible derribar las fronteras individuales y ser lo mismo en dos cuerpos; sentir con el propio y con el del otro. Ser más y más y subir Dios sabe hasta qué alturas.

—Si el amor pudiera ser así... —murmuró Eduardo—. Si con la adecuada gimnasia se pudiera saber todo y comprender del todo al vecino, Míriam,. se trataría de la aventura más apasionante.

—Con los ojos cerrados yo sabía exactamente cómo eras tú. Oía tus pensamientos en cualquier distancia y estaba abierta para ti en todos los momentos. Pensando el uno en el otro de esta forma, nos íbamos acercando completamente. Apenas nos tocábamos: el contacto era de otra clase, más placentero aún, y no queríamos interrumpirlo. Un día, por fin, nos besamos, y oí cómo me hablabas durante el beso: el milagro se había producido y estábamos unidos para siempre, de verdad casados.

—Tentador —dijo Eduardo con envidia—. Mi imaginación es mucho más grosera que la tuya.

—No lo creo. Fantaseando, he llegado a conocerte sin fantasía. Estoy segura de que puedes entrar en mí, de que esa comunión es posible.

—Enséñame —Eduardo se sonrió relajado, y tenía muy poca costumbre de sentirse así. Luego la besó en los labios—. ¿Has oído lo que decía mientras el beso?

—Pedías un milagro —dijo ella seriamente.

—Míriam: por primera vez quiero hacer cosas imposibles. ¿Intentamos hacer verdad tu sueño?

—Puede ser muy largo, ¿sabes?

—Hasta puede ser eterno, niña. Perro si nos ganamos, si somos capaces de traspasarnos, ¡qué premio, Míriam! ¡Y qué descanso!

—¡Y qué descanso! —repitió la chica—. Quiero amarte así.

A punto estuvo Eduardo de volver a su habitual cinismo: la verdad es que no se reconocía convertido en un irredento platónico, pero, al menos, el método de Míriam, además de ser hermoso, le permitiría jugar a parapsicólogo. Casi se avergonzó de este último pensamiento, pero lo combatió con la mejor arma: la franqueza.

—Pero me siento un poco ridículo.

—También yo ahora. ¿Por qué nos avergonzaremos de nuestras ilusiones?

—Nos avergonzamos de no ser capaces de creer en ellas —reaccionó él—. Y a mí no me da la gana de hacer lo que todos. Sólo hay una forma de sentirme bien: Eduardo contra el mundo. Así que, ¿por dónde empezamos?

—En mi sueño empezábamos repitiendo tu nombre: Eduardo.

—Eduardo.

—Más despacio: E-duar-do.

—Eduardo. ¿Te estoy dando mi nombre?

—Míriam —dijo ella.

—Míriam —dijo él y pensó fugazmente en la cara que pondrían sus alumnos si le vieran. En cualquier caso, se advirtió, un filósofo tiene cierto derecho adquirido a hacer el tonto—. Mí-riam.

Trampa y papel

A la hora del recreo de la mañana siguiente, Eduardo perseguía a la directora Nieves, y el biólogo Paco perseguía a Eduardo. Los tres acabaron por coincidir a la puerta de secretaría, donde dos callaron y una habló.

—Os veo excitados, raros hombres.

—Quiero hablar contigo —dijo Eduardo.

—Quiero hablar contigo —dijo Paco a Eduardo.

—Yo lo he dicho antes —se burló el filósofo—. Has perdido, así que espera.

—¿Y si habláis los dos a la vez? —preguntó Nieves—. A lo mejor me entero más de lo que sucede.

—Yo quiero un consejo literario —empezó Eduardo.

—Yo quiero una filosófica excusa —advirtió Paco.

—Te capto, hijo de un zigoto, pero cuando te amotinaste ayer la cosa ya estaba en marcha —respondió Eduardo—. ¿Cómo iba yo a saber que te volverías independiente?

Nieves, la mujer amante de Jesús, periodista poeta y ultraderecho en ambas posturas vitales, sabía los manejos de ambos e incluso había llegado a consolidar la democracia interna del grupo de archiconspiradores, pero de momento seguía sin ver la luz de la conversación, la polar de las palabras como quien dice.

—¿Sabes que no es ético firmar con el nombre de otro, Eduardo-de-las-narices?

—Ética es una parte de la filosofía que estudia la moral. Tu quieres decir que no es moral, analfabeto.

—Ni moral, ni ético, ni presentable.

—¿Qué sucede? —preguntó la directora conduciéndoles al resguardo de su despacho.

Paco exhibió entonces un papel. Un papelín en realidad; un folio escrito por ambas caras y plegado por el centro.

—Toma nota, Nieves: literatura clandestina. Pasquino pasó a la historia por mucho menos. No me pongo furioso, simplemente porque ya lo estoy —especificó—. Este traidor, hijo de una mónada, estuvo ayer hablando conmigo y fue incapaz de advertirme de lo que estaba haciendo en mi nombre. Tú, que además de conocerle eres la directora, debieras haberle hecho degollar por los bedeles hace años.

—Con decir luego que me puse a leer a Lorenz y me accidenté, ¿verdad? —comentó Eduardo.

—¿Es cierto que le has engañado, Eduardo?

—La vida es sueño, como dijo el clásico. Él sueña que le he engañado y yo me imagino que le he hecho un favor.

Paco empezó a respirar por el diafragma y a soplar por su pipa vacía: una variación sui generis de la respiración del yogui que no quiere perder la cabeza antes de haber repartido estopa.

—Ahí donde le ves —siguió Eduardo— rebosa de amor a la humanidad y otras bajezas semejantes. Estaba a punto de hacer un manifiesto ecologista de los que hay cientos en cualquier memoria. La gente, mi directora, no se mueve apenas por ideas generales, bien abstractas y hermosas. Están bien para una tertulia, pero están muy mal para cualquier cosa positiva en política.

—Eso lo dices tú.

—Yo y cuatro mil años de historia, incluyendo a aquel pobre Amenofis IV que perdió el cuello tan pronto como le dio por ser Akenatón: no entendieron a su Dios, Atón, pero comprendieron muy bien que un místico es un político peligroso.

—No discutas con él —advirtió Nieves a Paco—. Hace trampas.

—Entonces —siguió Eduardo— hace ya días que teníamos estudiado nuestro particular caballo de Troya. Tú, que eres yo para la pluma, habías dicho todas las generalidades necesarias para que supieran que ibas a la política: habías divertido. El siguiente paso era procurarte, de verdad, partidarios, gente capaz de pegar cuatro gritos y hasta de tirar una piedra. Teníamos que buscarte una bandera y eso hicimos con Jesús, Julio y Ramón.

—¡Un vertedero de basura! —medio barritó Paco—. Se os ha ocurrido que mi bandera sea un vertedero de basuras.

—¿Jesús intervino? —preguntó Nieves, convencida de que su Jesús, su amor periodístico pero no periódico, no era hombre de hacer las cosas a tontas y a locas... Bueno: a locas quizá sí, pero definitivamente no a tontas.

—Ciertamente, Watson. Ya sé que la basura es cosa vulgar, pero también cosa de todos los días. No hay quien no tenga basura en casa.

—Y algunos en la cabeza, si se me permite decirlo así.

—Legiones de maridos —siguió Eduardo impasible— pululan de noche con sus bolsas de basura mientras los gatos callejeros les vigilan. Es tan ruin el hombre que hasta monta negocios con sus propias basuras, y el organismo autónomo, el consejo, mal aconsejado por el falso brillo del oro, compró hace dos años ya unos terrenos para poner en ellos una planta de compost. En su momento algunos ciudadanos dijeron que estaban a menos de ochocientos metros de los pozos de nuestra agua potable. Todo se ha olvidado ya, pero ni los pozos ni los terrenos se han movido.

—¡Qué burros! —comentó Paco.

—Eso mismo pensará la mayoría y más si se le permite averiguar que hubo dos contratos de venta, uno oficial, autonómico que dijéramos, y otro particular, acorde con el mal olor de la basura.

—¿Es cierto eso?

—Bastante, aunque no del todo. El terreno está justo en el límite de nuestro término municipal y el ayuntamiento, por el aquello de la demagogia, hizo una mínima oposición al proyecto del consejo, sólo que son del mismo partido, los mismos hombres, y apenas si quisieron cubrir las apariencias. Entonces, hace ya más de un año, los autonómicos dijeron que el terreno era de otro término municipal al que le tenía sin cuidado que la basura se filtrara a nuestra próxima agua. Nuestro ayuntamiento PSOE salvaba la cara al no tener que oponerse al proyecto; el ayuntamiento vecino, fastidiando a la ciudad con mucho mérito, ganaba votos pueblerinos, y los del consejo, además de salirse con la suya, se embolsaban unos milloncitos por la venta y, muy posiblemente, algún regalo de la compañía de limpieza urbana.

—¡Qué tíos! El precio de la democracia para algunos es un buen precio.

—Y tú, biólogo, profe de ciencias naturales, eres una autoridad en la materia: puedes hablar de hierbajos y de ratas, de filtraciones, de acuíferos con terrenos permeables o como los prefieras, y hasta de condenados microbios del cólera o del tifus, pongo por caso.

—¡Claro que puedo!

—Y, además, has puesto orden en el museo del Ateneo, has publicado tres o cuatro chorradas en revistas complicadas que nadie lee y, si te aplaudimos unos cuantos, todos dirán que eres un experto, una autoridad en la materia.

—¿Sois así de maquiavélicos o es que os sale rodado? —preguntó Paco con admiración.

—Es como un don —respondió Eduardo quitándose importancia—. ¿Tienes todavía motivos para estar enfadado? Ahora puedes decir lo que quieras de tu socialismo municipal y de la supervivencia animal con sólo recordar al final aquello de delenda est Carthago. Di lo que te parezca y, cada veinte frases, garrotazo al basurero. La gente delirará por ti. Además, queda el último detalle: para que nuestro ayuntamiento se inhibiera legalmente, los muy burros trasladaron los mojones. Esto, claro, lo supo Ramón, que da clases allí, por el comentario de un campesino que no entendía el por qué de aquello. Lo hemos comprobado con un plano catastral.

—¡Qué asnos! —comentó Nieves—. Creo que los políticos están todos locos.

—Paco incluido: mírale qué cara de caracol se le ha quedado.

—¿Sabes que me has dado un arma, Eduardo?

—Alguna ligera idea me hago.

—¿Y que les voy a denunciar a todos? Irán a la cárcel.

—No irán a la cárcel, porque ellos mandan y tú, no. A mucho tirar, y con los dioses propicios, echarán a un secretario de secretario y se harán los suecos.

—¿Tú crees?

—La ley, canelo, no les importa a ellos y tampoco de importarte a ti. La gente, en cambio, se enfadará, no por la ley, claro, sino porque se les toma el pelo y porque beben un agua que puede ponerles en peligro. Asusta al público y conseguirás que te voten sin prometerles nada a cambio.

—Eres un cínico.

—Quizá, pero tú mételes miedo. El miedo, la rabia y la envidia unen a las personas más que cualquier pensamiento político. Cuanto más miedo metas a la ciudad, más miedo tendrán los políticos a los que siempre les pueden abandonar sus votantes. Ya verás qué pronto te hacen ofertas.

—Y, entonces, les denuncio.

—Y entonces ellos dicen que te lo has inventado, y es su palabra contra la tuya, sólo que ellos son más.

—¿Pues qué hago?

—Aceptas lo que te echen, naturalmente. Ya te explicaré en otro momento.

Paco se sumió en honestos pensamientos, repasando roedores que abundaban en la zona, y la cadena trófica que podía romperse, y preguntándose si los terrenos de la zona serían arcillosos, porque si lo eran, ¿cómo diablos podía hablar de filtraciones? Nieves, después de consultar el reloj se encaró con Eduardo:

—¿Y qué querías contarme tú?

—Era una conversación de mujer a mujer, pero no sé cómo empezarla.

—No quiero ayudarte a hacer otra víctima, Eduardo. Tú solo sabes más que suficiente.

—Pero suponte que una chica lo que quiere es sentarse a tu lado y que te toques el pelo cuando ella se lo toca; que mires la luz cuando ella la mira; que digas lo que ella dice o que no digas nada cuando ella calla, por ejemplo. Suponte que eso, según ella, sirve para acercarse más antes de empezar a acercarse, y unas cuantas cosas más por el estilo. ¿Qué pensarías?

—Que no es una chica de las de tu estilo. A ti te gustan tontas.

—O necias, sí. Pero, ¿no pensarías algo más?

Nieves meditó para acabar sonriendo:

—Que estás haciendo cosas raras. Y déjame que te haga una pregunta: ¿por qué no te has casado todavía?

—¿Y tú me lo preguntas mientras clavas en mi pupila tu pupila azul? —Nieves estaba divorciada y, ahora, juntada con Jesús, el semi poeta—. Bécquer y yo sabemos lo que nos decimos: no sé qué objeto tiene regañar siempre con la misma persona. Además de machista, también tengo corazoncito.

—Pero, ¿por qué no te has casado?

—Por dos serias razones: porque soporto muy mal la compañía, y porque me consta que es muy difícil soportarme a mí.

—Por miedo, vamos.

—Y, porque, a partir de una edad, es más difícil ser soltero que casado y, ante la duda, prefiero hacer lo que los menos hacen.

—Pues esa chica, si es cierto que dice cosas así, te dará un disgusto.

Eduardo miró con burla a Nieves:

—También los filósofos tenemos derecho a sufrir; sé de uno que hasta se empapó en cicuta por haber corrompido a media Atenas, y yo llevo años infinitos dando clase.

El movimiento

El secretario de organización de la coalición conservadora era un hombre joven, de cierto empuje, que a veces decía por lo bajini a sus amigos falangistas que él llevaba la camisa azul en el corazón, peculiaridad anatómica que no siempre era creída. Se había hecho, como tantísimos, en el segundo Frente de Juventudes, aquel que se llamó Delegación de la Juventud y que tuvo en la OJE su responsabilidad con el futuro.

Ramón, el falangista casi absoluto, extrañísimo superviviente de malhadadas ilusiones, había caminado mucho con él por esos caminos, cantando coplillas que les refrescaban el sudor en verano y les aliviaban el frío en invierno:


Unos fuman chester,
otros ideales,
y los de la OJE
colillas de los bares.
Unos van en coche,
otros van en moto
y los de la OJE
uno tras de otro.


Cada vez que se veían acababan recordando cosas así, poniéndose de acuerdo en el pasado porque ya no podían hacerlo sobre el futuro. El secretario de organización de la derecha era, lógicamente, de derechas. Dirigía el departamento de compras de un hotel, pero tanto Ramón como él sabían que se trataba de una tapadera. Alejandro se llamaba y justificaba así su sueldo porque, de paso, justificaba su presencia en un hotel donde todos acababan por reunirse a cenar, a hacer sus convenciones y, de madrugada electoral, a hacer sumas con güisqui y cálculos ilusos con café caliente.

Por lo demás, jugaba al tenis un día por semana, era socio de cinco clubs, tenía buena pluma y mejor palabra, y conservaba de mejores tiempos una agresividad honrada, muy poco abundante entre sus conmilitones, que solían preferir ser espectadores que protagonistas.

Por todo eso, y por su sonrisa, que tan bien entraba por los ojos de las señoras, tenía su influencia en el partido y fuera de él. Convivía con los náufragos del centro, con los compañeros socialistas, que nunca lo fueron del todo hasta recibir su cargo, y, en general, estaba bien instalado en la sociedad burguesa y política de los actos con vino español, de las presentaciones y de las conferencias de personalidades.

Ramón, en cambio, era un paria político, por falangista y por enemigo de saraos y mentideros. Los viejos amigos trasplantados a la política procuraban no ser vistos hablando con él, y aunque no le regateaban el saludo, jamás se detenían a su lado a comentar el tiempo, el último artículo del periódico, el rumor malévolo, o cualquier otro detalle ciudadano. Alejandro era en esto la excepción, y, como explicaba a quien le recordaba lo inconveniente de esa amistad, no le daba la gana de olvidar la agradable adolescencia en que compartieron caminos, tiendas de campaña, guateques y hasta estuvieron medio enamorados de la misma cría.

Alejandro, generoso a su modo e indudablemente hábil, siempre tuvo la esperanza de incorporar a Ramón a las filas de AP. Muchos de aquella vieja centuria lo habían hecho ya, no por ser liberal-conservadores, sino por combatir unidos tanto al rojo como al sinvergüenza, que coincidían en la misma persona muy a menudo.

Ramón, a fuerza de invitaciones, llegó incluso a asistir a una reunión de militantes de AP. Escuchó con interés y con interés hizo un par de preguntas que no fueron ni bien recibidas ni contestadas. Todas aquellas gentes llevaban la camisa azul en el corazón posiblemente, pero en la cabeza tenían cosas bien distintas, con el miedo presidiéndolas. Ramón, pues, no fue más allá en sus contactos y comprendió, como antes los falangistas primeros, que aquella derecha supuestamente civilizada consideraba a la Falange una especie de sucursal de choque y, también, que no sólo unos y otros eran incompatibles, sino enemigos peligrosos.

Alejandro entendió la postura, máxima cuando había sido interrogado por los derechistas sobre la insólita presencia de un reconocido "fascista" en su reunión. "Estas cosas nos perjudican, Alejandro —le habían dicho—. Mientras no nos separemos claramente de ellos nadie creerá que somos demócratas".

—¿Y lo somos? —había preguntado Alejandro—. ¿Hacemos lo que nuestros votantes quieren que hagamos?

La misma mañana en que se repartieron los folletos firmados por el biólogo Paco (D. Francisco Grau), Ramón se dejó caer por el hotel de Alejandro a tomar el aperitivo. El derechista se le acercó desde lejos al verle y tres minutos después hablaban ya de Paco:

—¿Tú le conoces? Acabo de hablar con unos que me dicen que este hombre nunca se había metido en política, y que pasaba por ser un bicho raro, medio hippie, medio anarquista.

—No le conozco —respondió Ramón que, efectivamente, no le conocía a pesar de ir en el mismo barco. Ramón procuraba no mentir nunca—. Pero, ¿por qué ese interés, Alejandro?

—¿No has visto ninguna de estas hojas? —respondió el derechista sacándose una del bolsillo—. Últimamente ha escrito unas cuantas cosas en el periódico y ahora se lanza con esto: ataca al consejo autonómico, al ayuntamiento y a quien se le pone por delante.

—Vamos, que hace lo que vosotros no habéis hecho: la oposición.

Alejandro se echó a reír, que siempre es un buen modo de dar una larga cambiada. Luego siguió con el asunto.

—Este hombre acaba de causar un pequeño revuelo político.

—¿Es que no se sabía eso que él dice?

—Como saberse, se sabía, pero no se decía.

—¿Por qué?

—Porque, a pesar del método extraño, sigue siendo necesaria una planta de compost y también unos nuevos vertederos de basura. Además... Sé que puedo confiar en ti: nadie pensó que la basura fuera interesante.

—Intereses políticos.

Alejandro hizo un gesto de paciencia y sonrió:

—Aunque tú no me entiendas y aunque yo mismo no lo entendiera hace años, Ramón, a la gente los grandes ideales la dejan fría.

—Ya sabes que no me creeré eso.

—De acuerdo, pero si un día te metes en política, recuerda que no debes hablar al pueblo de doctrina directamente. Háblales del precio de la carne, de los baches de una carretera o de tal señor que es un sinvergüenza. Por eso la oposición no es, no puede ser, una oposición frontal. El antimarxismo siempre minoritario, porque pocos votantes socialistas saben lo que es el marxismo. El anti-liberalismo —añadió zumbón— tres cuartos de lo mismo. Los socialistas no dijeron sus fundamentos filosóficos en su campaña electoral; dijeron que darían empleo y que no estaríamos en la OTAN.

—¿Y qué?

—Que ganaron. Para combatir algo, lo que sea, tienes que calcular primero cuántos te seguirán. No puedes luchar por uno o dos, o por nadie.

—Ya veo que la política es como una guerra.

—Más o menos: hay que elegir cuidadosamente el campo de batalla. Y nosotros no pensamos entonces que el vertedero fuera un buen terreno para batirse. Cuando cambiaron los nombres de las calles, ¿recuerdas?, creímos que sería algo que movilizaría, pero nadie nos hizo caso. Resultó que a la gente el nombre de la calle en la que vive le importa poco. Acertamos cuando el ayuntamiento quiso cobrar a los vecinos el arreglo de las aceras.

—¿Y las cobró?

—¿Qué más da? La gente estuvo de nuestro lado e hicimos una buena labor de cara al pueblo. Esta vez creímos que las basuras serían uno de tantos problemas que pasan sin pena ni gloria, y parece ser que no ha sido así. La gente se considera atacada por los del pueblo vecino que, además, son pueblerinos. La gente se considera amenazada en su salud, y quién sabe cuántas cosas más.

—¿Quiere decir que vais a ocuparos de las basuras ahora?

—Tienes mucho que aprender. Eres un falangista antiguo. ¿Cómo vamos a confesar que sabiendo el asunto nos lo callábamos? Hay más cosas, demás: la compañía que explotaría la planta de compost es la misma que tiene contratado el servicio de basuras y la misma que ya lo cubría con la UCD, algunos de cuyos concejales son nuestros ahora. Esa compañía es una de las varias empresas españolas con capital alemán, con capital de los sindicatos alemanes, según dicen.

—¿Por qué me explicas eso?

—Porque no se lo puedo explicar a otro y porque tengo la sensación de que conocerás pronto a ese tal Paco, ¿o no?

Ramón llevaba algún tiempo aguardando a que la conversación le permitiera dar el recado. No le hacía ninguna gracia que Alejandro le tratara como a un ignorante de la política, pero ése era el papel que su amigo se obstinaba en asignarle siempre, a pesar del velado mensaje para Paco.

—Yo te diré, a cambio, algo que tal vez no sabes: Quintanilla ya ha hablado con él, me temo que catequizándole. Si vosotros no vais a mojaros en este asunto por las razones que me das, o por otras, esos reformistas parecen no tener vuestros complejos.

Alejandro sonrió con cierta tristeza:

—Los partidos atan mucho, Ramón: conserva la independencia mientras puedas.

—¿Sólo por curiosidad, pensáis pactar con los reformistas?

—Cabe la posibilidad.

—Pero, ¡si son siete u ocho!

—Cuentas muy mal: son siete u ocho hombres y un periódico. Puede que el periódico a ellos no les haga un gran bien, pero es seguro que a nosotros nos puede hacer un gran mal. ¿Estás de acuerdo?

Ramón terminó su vaso de un solo trago y, ya enfadado, preguntó:

—¿Y España?

—¿A qué España te refieres? Me suena el nombre.

—¿Por qué ayudas en todo esto? ¿No te marea el olor?

—Yo te comprendo a ti, Ramón, pero tú no me comprendes a mí: estoy convencido de que somos menos malos que los otros. Estoy seguro de que podemos solucionar muchos problemas. Pero para poder hacer algo necesitamos gobernar y, para eso, hay que ganar las próximas elecciones. Para ganar elecciones, buen hombre, hay que maniobrar mejor que el adversario. Eso es todo.

—No he querido ofenderte, Alejandro.

—Ya lo sé. Pero entre la tiranía y España sólo estamos nosotros. Esto es lo que hay y debemos usarlo.

Ramón no quería discutir, de manera que le estrechó la mano a su amigo para despedirse:

—Dime —le preguntó Alejandro—: ¿entraste para verme o ha sido una de esas increíbles casualidades?

—Entré a verte.

—¿Para hablar de qué?

—Cada día eres un poco más desconfiado. No era cosa política y, al oírte, preferí callarme. Como este 18 de julio puede ser el último, quería saber si te gustaría cenar con nosotros. Conviene ir pensando en la fecha: sólo faltan dos meses.

—¿Por qué va a ser el último?

—Si el año que viene han vuelto a ganar los socialistas, no creo que lo toleres; y si ganáis vosotros, estoy seguro de que lo prohibiréis para demostrar lo demócratas que sois.

—¿No pensáis ganar vosotros alguna vez?

—Ganar no tiene más mérito que decir la verdad, y la verdad, Alejandro, sólo puede perjudicaros a vosotros.

El derechista había adoptado un aire superior y condescendiente, confiado todo él a una sonrisa que, también, era un poco triste. Con ella todavía en la boca llamó a Ramón cuando ya salía:

—¿No se te olvidará lo que te he dicho de los sindicatos alemanes?

Ramón le miró seriamente desde la puerta y seriamente pensó en el corazón encamisado de su amigo. Por eso le guiñó alegremente un ojo, el izquierdo.

Depósito legal

Julio, a primera hora, se dirigió a la sede del consejo autonómico con una carpeta rellena con las hojitas que firmaba el biólogo Paco. Según la Constitución, cualquier ciudadano tiene derecho a expresar sus opiniones y a reproducirlas con cualquier medio, siempre sujeto a las leyes penales. Pero, además, sigue siendo obligatorio hacer un depósito legal de cuatro ejemplares con fines de archivo y conservación, y Julio, que era meticuloso, quería cumplir el trámite que normalmente no cumple ningún partido al hacer sus octavillas ni cumplía el mismo consejo autonómico en sus publicaciones.

Había, además, otro atractivo para el hombre tozudo y luchador que era Julio Ruiz, falangista de pro: las hojitas que firmaba el biólogo Paco arremetían firmemente contra el consejo autonómico, y justamente, era necesario hacer el depósito legal en la sede de semejante organismo. Había, pues, un no sé qué de desafío en su presencia, por más que el día antes, por teléfono, había pedido el número correspondiente para incluirlo en la impresión:

—¿A nombre de quien?

—A nombre de Julio Ruiz.

—No me suena esa imprenta —le había dicho el funcionario.

—No soy una imprenta: soy un señor.

Julio percibió una apresurada conversación al otro lado del teléfono tapado con la mano pecadora del funcionario.

—Creo que tiene que ser una imprenta la que pida el número.

—Y yo creo que no —respondió Julio muy divertido—. Compruébelo, por favor.

Pasó el tiempo lentamente. El teléfono, abandonado sobre la mesa de despacho, trasmitía ruidos varios, voces lejanas, cajones cerrándose, pasos y el timbre de otro teléfono.

—¿Oiga? Mire: el treinta y siete.

—Gracias.

Por la mañana, como un buen ciudadano, iba a hacer efectivo el depósito y a rellenar los impresos como impresor y editor. El funcionario le pasó dos modelos distintos, uno rosado, autocopiable, y otro con tres páginas de colorines. Don Fulano, como impresor establecido en tal parte, publicaba un (libro, folleto, hoja, etc.) de tal autor. Nombre del editor. Nombre del impresor. Número de ejemplares. Pseudónimo. Fecha de terminación. Fecha de distribución. Precio. Formato en centímetros...

Ya cumplimentados, Julio exhibió los cuatro ejemplares que debía entregar y supo en el acto que el funcionario ya los conocía. Le dieron, sin más comentarios, un recibo con el sello del organismo, y le desearon los buenos días.

—¿Hay que pagar algo? ¿Una póliza, quizá? —preguntó.

—Nada. Es un servicio gratuito.

—Pues muchas gracias, y ojalá que el ayuntamiento siga el ejemplo de ustedes —dijo zumbón, y salió despacio.

No tenía prisa; al contrario, pretendía hacer tiempo para la segunda parte de su actuación. Seis, ocho minutos serían suficientes, así es que se acercó paseando al estando próximo, compró de fumar, pagó, sonrió y, como quien dice, se involucró en el edificio autonómico, y autonomizado por la vía patrimonial.

Despacito, procurando que la sonrisa se le extendiera bien de oreja a oreja, se llegó hasta la puerta de la dependencia y, muy castrense, dio dos golpes en el paño y entró. Allí, frente al funcionario, sentado de lado, el consejero de urbanismo leía con interés los impresos que julio acababa de rellenar. Al verle ambos autonómicos pegaron un respingo. Uno hasta exclamó ¡hombre!, como si acabara de ser víctima de una jugarreta, lo cual, bien mirado, era una verdad como un templo.

—Me debo de haber dejado las llaves aquí —comentó Julio levantando unos papeles y extrayendo el llavero que, previa y cuidadosamente, allí extravió—. Menos mal: si no hubiera tenido que dejar el coche.

Alargó un poco más, si cabe, su tranquila y burlona sonrisa, y salió muy despacito, como los pistoleros cuando se dirigen al tiroteo de la calle central del poblado minero. Había sido, según Julio explicó después, una forma civilizada de demostrar a los autonómicos que no trataban con idiotas.

—¿Quién es ése? —preguntó el consejero de urbanismo al funcionario que había sido de la OJE, de la ORT, del PC (ml) y, vista la luz, del PSOE ahora.

—Se llama Julio Ruiz —respondió el otro leyendo el impreso.

—Eso ya lo he leído yo, pero, ¿qué pito toca en estas hojas?

—Es el impresor, según dice. o no le conozco y no sé de dónde sale. No me parece de aquí.

El consejero de urbanismo decidió que el camino hacia el éxito tiene siempre altibajos, pero que mejor sería conocer con quién se juega uno los cuartos.

—Llama al ayuntamiento. Dales sus datos, la dirección, lo que tengas y que averigüen lo que sea posible. Que envíen a alguien a mirar a su casa... ¡En fin! Quiero saber qué tiene que ver este tío con Paco Grau y cómo demonios se han enterado de las cosas que cuentan aquí.

Por eso una hora después, cuando el consejero de urbanismo, el presidente del consejo y el secretario particular se tomaban un café con puro suave, llegaron las primeras noticias:

—Es un mediano mayorista este Julio Ruiz. Parece ser que está muy metido en la ultraderecha, con ese Ramón que ha montado varios zafarranchos y, seguramente, con el loco de Eduardo Libre.

—Sea maldito su nombre —dijo humorística y suavemente el secretario particular, que usufructuaba una cierta cultura.

—¡La jodía ultraderecha otra vez! —dijo el presidente—. Ya podían haberla prohibido en lugar de guardarle tantos respetos. Están en contra de la democracia, ¿no?

—El caso —gruñó el consejero de urbanismo— es que la gente, por lo que he oído, está dando crédito a este panfleto. Lo único que podemos hacer es negarlo.

—Pues lo negamos.

—¿Y si él se reafirma en lo que dice? —avisó el secretario particular—. ¿Y si nos desafía a que demostremos que no es cierto? ¿No interesa que esto llegue a los jueces?

—¡Claro que no nos interesa!

—Entonces, señores, creo que mejor es fingir que no hacemos caso, que no nos hemos enterado. Como se decía hace trescientos años, pero es meneallo.

—No es justo —exclamó el presidente—. No está bien que un particular haga oposición. Debiera ser anticonstitucional.

Quizá

Eduardo, el filósofo de bolsillo, picando sobre el motor de babor, cayó sobre Ramón cuando éste salía del hotel donde trabajaba su amigo Alejandro. Sentado en un banco cercano había esperado a Ramón con un cigarrillo y una sonrisa. No tenía mérito, pues ambos habían estudiado la forma de inquietar a la derecha tradicional con la sospecha de que los reformistas podían intentar pactar con el biólogo Paco, pactistas que eran, los tíos.

—Camarada-compañero: ¿cómo ha ido la cosa?

—Sindicatos alemanes, filósofo.

—Menos mal que no soy hegeliano —se alivió Eduardo—. ¿Quieres decir que el dinero alemán no paró con aquello del Flick y del Flock que fastidió tanto a nuestro amado presidente Felipe?

Ramón empezó a andar rumbo al restaurante económico donde, como buen soltero poco rico, entretenía el estómago los días laborables y las fiestas de media gala. Eduardo también comía allí a veces, y a veces solo bebía agua por algún curioso misterio de su filosófico metabolismo o quizá por su concepto de la solidaridad.

—Hace años que es cosa sabida —empezó a explicar—. En algunas naciones metódicas los sindicatos tienen dinero y, para tener más, lo invierten. Los sindicatos americanos, que han financiado hasta a la UGT metal para encarecer los costes europeos, compran negocios o los crean de nueva planta. También tienen negocios en España los sindicatos alemanes, del mismo modo que los partidos, tanto el comunista como el socialista, parecen tener empresas, clásicas sociedades anónimas bien capitalistas, bajo su control. Una de esas empresas es Limpieza Urbana S.A., que lleva trabajando en nuestra patria desde antes de la transición.

—Muy bien explicado eso. Debieras dedicarte al periodismo, maestrillo, y dejarte de librillos. Eso me lleva directamente al problema, al nudo gordiano, al quid de la cuestión.

—No te hagas el asno, Eduardo. Modérate por una vez y habla normalmente.

—¿A palo seco? Quizá tengas razón. ¿Te he hablado de Míriam?

—No. Pero ya sé quién es y que andas revoloteando cerca de ella. Lo que quisiera saber es si cuando nos propusiste esta mascarada sabías ya todos estos detalles del vertedero aunque nos hicieras el favor de ocultárnoslos, y si, por eso mismo, empezaste a incordiar a esa chica, que trabaja de secretaria en Limpieza Urbana.

—No se te escapa nada, ojo de águila. Eso también quiere decir que, entre masón y masón, los zagalillos azules me han vigilado a mí. Me entristece tanta desconfianza.

—Es puro método —se rió Ramón—. Tú, por sistema, nos escondes lo que de verdad persigues, y nosotros, porque lo sabemos, procuramos averiguarlo antes de que sea demasiado tarde.

—¿Quién dijo que los españoles no somos metódicos? Todo lo más, lo disimulamos, ¿eh? Da gusto tratar con hombres así de listos —siguió Eduardo, que no era vulnerable a las críticas de los amigos.

—¿Te dio la chica alguna información?

Eduardo se detuvo y tiró del brazo de Ramón:

—No. Me importa poco si me crees, pero no hemos hablado de su trabajo para nada. Es cierto que cuando me acerqué a ella iba detrás de Limpieza Urbana, y también es cierto que le confesé tener interés por averiguar algo del grupo de artistas de brocha con el que se relaciona.

—¿Y qué?

—Dos cosas: sus jefes la van a tomar con ella, porque no saben que no me ha dicho nada. Y, además, ella la va a tomar conmigo.

—Dos cosas entonces: sus jefes, de momento, no pueden saber que tú seas el biólogo Paco en una de tus caracterizaciones literarias. Ella, en cambio, puede sospecharlo y, en ese caso, no te queda más remedio que cambiar de amiguita.

—¡Ella no es mi amiguita!

Ramón se detuvo esta vez por propia voluntad para mirar en detalle a Eduardo. Una larga amistad le permitía percibir las verdaderas rarezas del filósofo de bolsillo. Eduardo, por ejemplo, jamás se había preocupado por la fama de las mujeres que frecuentaba o, más bien, había hecho lo posible para dañarla. Que, de repente, negara con vehemencia que Míriam era su amiguita, era más que chocante.

—¿Te estás volviendo caballeroso, Eduardo?

—Puede: será cosa de la edad, que no perdona.

—Será —consintió Ramón, que volvía a pensar en la comida—. Tu vida privada ha sido siempre un gran cubo de basura, pero Dios me libre de meterme en ella.

—¡Si yo te contara!

—Barrunto lo que me contarás. Lo que no puedo asegurar es que te crea.

—Es triste la vida de los filósofos provincianos que todavía no hemos escrito alguna "Breve introducción al problema de los universales a la última luz del pensamiento felipista".

—Déjate de poses.

—Ayer me pasé dos horas tocándome una oreja cuando ella se la tocaba, o rozándome la nariz o diciendo mi nombre o guiñando un ojo. Hacíamos los mismos movimientos, tocábamos las mismas cosas, mirábamos lo mismo... La idea es que provocándonos las mismas sensaciones básicas se crea entre nosotros una corriente simpática que nos permite aproximarnos en profundidad. ¿Está claro o lo repito?

—Es original y, ya que lo dices, no es ninguna tontería. ¿Se te ha ocurrido a ti?

—¿Crees que te lo contaría? Te lo cuento porque me gusta mientras lo llevo a cabo, pero también porque ofende mi espíritu racionalista: me da algo de vergüenza hacer estas cosas después de cumplidos los dieciséis.

—¿Y por vergüenza me insistes en que Míriam no es tu amiguita?

—Es una buena chica. Ya sé que no existen las buenas chicas, pero ella lo es. No me parece bien tomarle el pelo.

—Pero tú sueles opinar que sólo le toman el pelo a quien se deja. Otra cosa es que, en esta ocasión, a ti te haya aparecido un simulacro de conciencia; y me alegro, porque empezaba a ser hora.

—¿Concien...qué? Déjate de conciencias, que no es eso. Yo la elegí para sacar información, pero luego no lo hice. En el momento en que preparábamos lo que tenía que salir en la primera hoja del biólogo Paco, no me importaba excesivamente lo que sucediera entre ella y yo. Pero ayer, cuando hacíamos cosas tan limpias e interesantes, pensaba en la jugarreta que le estaba gastando. Hubiera podido llamaros por teléfono y parar la edición, ¿verdad? Pero no lo hice. ¿Qué puede pensar la chica?

—¿Me quieres decir —preguntó Ramón cada vez más admirado— que te importa lo que ella pueda pensar de ti? Y no pareces enfermo, chico.

—¿Verdad que no? —Eduardo, aunque débilmente, seguía combatiendo con su habitual sarcasmo—. Lo que piensen los demás de mí, es de los demás y no mío. ¡Cuántas veces lo habré dicho! Pero tengo la esperanza de que lo que piensa Míriam pueda ser mío algún día.

—Eduardo: prepárate para una mala noticia.

—No es verdadera. Ya me la sé, e insisto en que es una calumnia.

—Estás enamorado.

—¿Ves cómo te veo venir? No estoy enamorado. Es muy distinto de lo que tú dices. Es más ancho. No se trata de lo que yo sienta, borrico maestro, sino de la posibilidad de sentir lo que ella. No es amor, definitivamente.

—Pues, ¿qué es?

Eduardo se zambulló por la puerta del restaurante y así se concedió un tiempo para reflexionar. Sentado ya en la mesa, comunicó su hallazgo:

—Es soberbia. Sin duda es soberbia.

—¿Te has parado a pensar por qué haces todo lo que haces; por qué a veces cazas estúpidas, otras masones y, otras, simples trepas?

—Por filosofía, sin duda; por amor hacia la sabiduría; por buscar la verdad. Ésa, con la soberbia, es mi pasión. Ser más que un hombre es soberbia; hacer cosas difíciles para un hombre es mi soberbia. Ser un hombre-hombre, como el café-café, es mi soberbia.

—Míriam es tu soberbia.

—Míriam puede ser yo.

Eduardo estaba entrando donde no quería: en los sentimientos que, por definición, son poco duraderos. Se le estaba mezclando la realidad con la fantasía y, encima, Ramón haciendo de confesor paciente, o de psicoanalista aficionado.

—El caso es —dijo intentando volver al mundo sensible— que la chica se sentirá utilizada, engañada o cualquier otra cosa terminada en ada, y tendrá más razón que un santo. Y el caso es, también, que me interesa lo que piense, ya sea porque es un inesperado experimento haber encontrado un carácter como el suyo, ya sea porque no acabo de entender por qué me acerco a ella. No es el amor, Ramón, sino la fantasía. ¿No has soñado tú en todo eso de ser dos en uno, uno en dos, admirar y ser admirado y tal?

—Lo explicas con rabia, ¿eh? Creo que todos hemos soñado con ser absolutamente comprendidos y en comprender absolutamente a la mujer. Todos pensamos que algún día nos llegará la suerte y malo cuando dejamos de esperarlo.

—Pero eso no es amor. Me da rabia que se pueda confundir con el amor, porque el amor es una lucha por la supervivencia y una guerra contra el miedo. Si la vida no fuera misteriosa y breve, nadie amaría. Yo hablo de negar el miedo. Yo hablo de meterme en la soledad en lugar de recurrir a la compañía.

—Llámalo como quieras: eso también es amor y tú, por primera vez, estás hecho un lío. Me alegro además. Te voy a decir unos versos de Amado Nervo: haz el favor de no huir:


Yo también, cual los héroes medioevales,
que viven con la vida de la fama,
luché por tres divinos ideales:
por mi Dios, por mi Patria y por mi Dama.


—Tú andas buscando una dama —siguió Ramón— y puede que no te lo sepas explicar. Una dama es mucho más que una mujer: es, también, misión, doctrina y medida del valor. Por la dama hay que luchar. Por la dama hay que cumplir. A mucha gente esto le suena a música celestial, pero las damas no son hoy menos necesarias que en tiempos del Cid.

—Dios, Patria, Dama... —recapacitó Eduardo—. ¿No es un poquito cursi? ¿Qué clase de mundo os hacéis los falangistas?

—Un mundo en el que no nos avergonzamos de las realidades superiores. Si tú has acabado creyendo, con el Gobierno, que el amor es sexo, es imprescindible que yo diga que el amor es entrega y servicio; la síntesis, pero no resumen, de lo mejor del hombre y de la mujer y, además, accesible a ambos.

—Los cuerpos son accesibles; las almas, no. Claro que si el amor es una herramienta capaz de abrir la conciencia secreta...

—¿Ves cómo andas confundido?

Eduardo no soportaba que le creyeran desorientado o incapaz de comprender: aquel era el peor de los insultos para quien, como él, se sintió siempre clarividente.

—Entiendo lo que dices, gran asno —saltó—. Lo que trato es de averiguar si pertenece a la realidad o es uno más de vuestros caballerescos sueños, uno de esos juegos con los que os hacéis la ilusión de resucitar el código del honor.

—El código del honor se resume en un solo mandamiento, chato: no mentirás.

—Me suena, aunque no sé de dónde —se burló el otro—. En la boca de un falangista, y creo que tú eres un buen falangista, todo se convierte en síntesis, en reunión, en resumen. El amor es el resumen de la pareja; la ley, la síntesis práctica de la justicia; la patria, el resumen de los individuos; el futuro, la síntesis de las ideologías. ¿Tú mismo te das cuenta de ese proceso obsesivo?

—Proceso necesario para el nuevo tiempo. Vivir es luchar, y lucho, pero también es creer, un proceso de fe: el hombre que no cree es como el hombre que no piensa o que no quiere: un tonto absoluto; un enfermo. Sólo creyendo se tiene derecho a la esperanza.

—¿Creyendo en qué?

—En tu Dios, en tu Patria y en tu Dama, por ejemplo. Son tres muestras que abarcan al mundo metafísico, al físico y al individual.

—O microcosmos. Ahora todos dicen microcosmos, todos tienen microcosmos, incluso los biólogos que hablan del paramecio. Mis relaciones con la vida y con la muerte; mis relaciones con el mundo y mis relaciones con mi conciencia: mi Dios, mi Patria y mi Dama. ¿Cómo sigue el poema de Amado Nervo?

—Termina mal: Nervo, además de no ser un falangista, era un místico algo desfondado y triste:


Rendido bajo el peso del destino,
esquivando el combate, siempre rudo,
heme puesto a la vera del camino,
resuelto a descansar sobre mi escudo.


Eduardo se echó a reír suavemente: descansar sobre escudos no entraba en sus cálculos, y era incapaz de imaginarse a sí mismo dejando en paz a la pobre gente.

—O sea que busco Dama. No me lo digas, no, que ya te he captado: para encontrar una dama es necesario primero un caballero. Ergo, si me hago un hombre de honor, recto y limpio, dejaré atrás cualquier desasosiego que pueda sentir. Dime: ¿dónde toman medidas para las armaduras?

—No las gastamos ya. Últimamente pensamos que la mejor coraza es un corazón abierto, y hemos cambiado la espada de acero por la espada serena de la voz segura.

—Una Dama... —rumió entre dientes Eduardo todavía—. Un día debes escribir un libro con toda esta doctrina. Yo te haré el prólogo: "Lector amigo, Dios te ampare. Olvida lo que sabes y abandona la esperanza, porque Ramón opina que las edades no han pasado: las edades se han quedado y aquí, con nosotros, están todas, la Antigua pagana y la Media cristiana, el Renacimiento, desnudo y comercial, y la Modernidad, con nuevos mundos y empresas...". Y, encima, casi estoy a punto de creerte. Empiezo a admitir que el pensamiento sin fe es un barco sin rumbo. Si tuviera un psicoanalista se lo contaría para reventarle la cosa sexual de los complejos: Dios, Patria, Dama.

—Pero te falta otro punto del poema de Amado Nervo, que es el que nos interesa a ti y a mí, a ver si nos hacemos hombrecitos:


Quizá mañana, con afán contrario,
ajustándome el casco y la loriga,
de nuevo iré tras el combate diario,
exclamando: ¡Quien me ame, que me siga!


—Y eso —terminó Ramón— es lo que te pasa: necesitas que te sigan por amor. No que te amen: que te sigan.

Eduardo echó una malévola mirada a los pálidos entremeses que acababan de servirles, y luego la subió, algo más divertida, hasta los ojos de Ramón.

—Los poetas —le dijo empuñando cuchillo y tenedor— tenéis la culpa de casi todo. Si Felipe me escuchara, os cortarían la lengua: el mundo marxista-capitalista y vosotros sois incompatibles y, la verdad, yo no apostaría por el mundo.

—¿Por qué?

—Porque lo lógico sería que el mundo, y si quieres el demonio y la carne, vencieran, pero a la poesía no la derrota un partido, ni cien: porque la poesía es, siempre, la voz de la edad que viene. He dicho.

—Dios —dijo Ramón seccionando algo que bien pudiera ser una loncha de salchichón— te lo pague con buenos desafíos.

—Amén. Así sea.

Simulacro de imprenta

En las alas de la dorada brisa del mediodía —si es que puede expresarse así— el biólogo Paco llegó adónde Julio, y llegó sin querer y queriendo, puro titubeo, timidez y curiosidad, para echar un vistazo a la fábrica de sus ideas.

—Lo que me cabrea de todo esto —dijo cuando Julio le hubo enseñado la fotocopiadora— es que Eduardo me ha encajonado, me ha trazado un cauce: me ha quitado libertad.

Julio no era hombre de añorar libertades: él se las quitaba todas y se señoreaba como un tirano. En consecuencia, la libertad de Paco frente al pensamiento de Paco le traía al fresco: las personas nunca se libran de ellas mismas, a no ser que enloquezcan; si se niegan, hacen el tonto; si no aceptan el tiempo, el cuerpo y la razón que recibieron, son morralla. Sólo aceptándose uno puede perfeccionarse y avanzar; nunca disfrazándose.

Así se lo dijo en corto y por derecho, advirtiéndole que todos trabajaban, corazón y método, en un proyecto.

—¿En cual?

—En demostrar que la política, cualquier política con partidos, es una conspiración y sólo una conspiración: jamás se recogen las ideas del pueblo, sino que se intenta imponer al pueblo las ideas propias.

—¿También los ultraderechos?

—Esa es la diferencia —dijo Julio Ruiz, falangista de pro, con absoluta seguridad—. Nosotros no imponemos ni recogemos ideas, sino aspiraciones o, si lo prefieres, intentamos averiguar la fe de España. Por eso ha llegado nuestro tiempo.

Paco no era mesiánico por incapacidad constitucional, pero, dado su estudio de los plegamientos orogénicos, sabía que un valle puede llegar a montaña y un continente convertirse en isla. Había visto también cómo el Estado nacional moría sin descendencia legítima, lo cual le hacía sospechar que el Estado nacional fue un híbrido, no la síntesis que, en teoría, se propuso ser.

—Lo que tenga que ser en este tiempo o en el próximo, no saldrá nunca del poder, porque nacerá para conquistarlo y no para servirlo —dijo, resumiéndose en la línea de pensamiento de Julio Ruiz— y por eso acepto que participamos en el mismo proyecto, que es lucha contra la conspiración. Para ver la verdad hay primero que apartar a los mentirosos.

—Ah, bueno —dijo Julio, para quien la frase no expresaba ninguna idea original.

—Pero insisto en que Eduardo debiera haberme dejado un margen mayor de libertad.

—Te ha dado, en cambio, un asunto formidable del que la gente puede sacar muchas enseñanzas. Y, encima, una fotocopiadora. Tal vez no sepas que la ha comprado él con su dinerito.

—No sabía nada. Parece que se lo ha tomado muy en serio.

—Todos hacemos esto seriamente, Paco. Todos hemos trabajado averiguándote cosas. Las relaciones entre unos conspiradores y otros, por ejemplo; la diferencia que hay entre los políticos activos y los que maquinan la política. Tu trabajo ahora no es más que atacar con la verdad; contar a todos lo que hemos descubierto, tal como ya lo cuentas en la hojita que aún sigue repartiéndose, y esperar las reacciones.

—¿Cuáles serán?

Julio se puso una sonriente duda en la cara:

—Eduardo cree que algunos tratarán de pactar contigo y con tus supuestos partidarios. Yo, personalmente, creo que intentarán aislarte, secarte que se dice, pero eso es, precisamente, lo que está por ver. Si fingen olvidarse de ti, siempre queda el recurso de presentar tu candidatura a las elecciones y quitarles votos a todos con tu postura decente y superadora. Si, en cambio, pactan, entonces el plan saldrá como Eduardo quiere.

—¿Y cómo quiere Eduardo? Porque no estoy nada seguro de lo que pretende.

—Eduardo quiere demostrar a todos que la política es falsa, que es un mercado, un tira y afloja en el que apenas cuenta lo que deseamos los ciudadanos.

—Eso ya lo sabe todo el mundo.

—¿Tú crees? Algunos lo sospechan y otros pretenden ignorarlo. No: Eduardo y los demás queremos que se demuestre públicamente y, con ello, dejar fuera de combate a la totalidad de la clase política de la ciudad y de la región.

—Eso es imposible.

—Depende —murmuró Julio—. Depende. También yo lo pensé al principio, pero ya no estoy tan seguro. Tienes que saber algo fundamental sobre Eduardo: es muy puñetero.

—¿Sólo puñetero? Es sucio, tramposo, mentiroso, precavido, desconfiado y tiene una cabeza mitad computador, mitad sonajero.

—¿Qué te parece tu imprenta particular? —cambió de tema Julio, que no gustaba de hablar de los ausentes.

—Maravillosa: un montón de paquetes de folios y un aparato japonés con lucecicas... ¿A esto se reduce el poder político? Es como para meditar.

Julio hizo que no con la cabeza:

—Si tuvieras que engañar a la gente, necesitarías mucho más: emisoras, tele, periódicos. Pero tienes que desengañarla y eso, diciendo la verdad, es mucho más fácil. En ese montón de folios y en ese cacharro japonés está el servicio y no el poder político.

—Si tú le llamas así... También podemos continuar hablando hasta descubrir que una fotocopiadora es la esencia de la democracia, o que esta democracia es de tal modo que depende más del silencio que provoca el griterío que del gritería parlamentario mismo.

—Puede que Eduardo escogiera bien contigo —dijo Julio—. No hagas caso, pero yo soy desconfiado por puro método y no porque tengas pinta de hippie a medio terminar a pesar de tu trajecito. ¿Te importa el asunto del vertedero de basuras?

—Sí, me importa. Ni me había enterado de este asunto, pero, si es verdad que está cerca de los pozos y si, encima, han cambiado los mojones para que la decisión favorable no perjudique a los políticos de este municipio, pues creo que vale la pena luchar.

—A estas horas hay varias personas —le informó Julio— que están recogiendo firmas en contra del proyecto. Empezaron por la mañana unos que están en el paro, y otros lo hacen en su centro de trabajo. Mañana empezaremos a saber si hay apoyo.

—Lo habrá, seguro.

—No te fíes: lo que tú creas no significa nada. Mira a Eduardo, por ejemplo: a él el vertedero le tiene sin cuidado; quiere, simplemente, hacer más apasionante la caza, cebar la pesquera, darte un arma, una bandera para que resultes peligroso, que la gentecilla de siempre empiece a actuar.

Paco no se extrañó. Sentía cierto respeto por la curiosa y ordenada inteligencia de Eduardo, pero, desde luego, no le suponía pasión ecologista. Era un misterio para Paco el por qué Eduardo organizaba sus luchas, una especie de guerra particular, de cruzada íntima contra los demás. "Eduardo contra todos" le había oído más de una vez.

—¿Y te preocupa a ti el vertedero? —preguntó a Julio para saber definitivamente el terreno que pisaba.

—Sí —respondió el metódico Julio muy conciso—. Me preocupa porque es peligroso para la población. Me preocupa porque demuestra que las autoridades no toman en cuenta los intereses de la gente. Y me preocupa por último, y más si cabe, porque las autoridades encargadas de hacer cumplir las leyes no tienen reparo en saltárselas. Estamos en el umbral de la tribu, Paco.

—La tribu, perdona, también tiene leyes. Estamos, en todo caso, al borde de la horda.

Julio abrió un cajón para exhibir unos papeles:

—Aquí hay una serie de noticias y opiniones. Mañana toca folleto otra vez para apoyar la recogida de firmas y, también, para denunciar los otros detalles que nos hemos reservado, incluida una reducción del plano catastral que demuestra que los terrenos son de este municipio. Está casi todo escrito, pero llevas tú razón: también es tu batalla. Siéntate en la mesa, lee con detalle y redáctalo con tus palabras y con tu pasión.

Paco tomó las hojas y se preguntó por qué aquel Julio y los otros le ayudaban. Eduardo quería demostrar, una vez más, sus teorías y, además, vivía para enfrentarse a su prójimo. Julio, en cambio, tenía toda la apariencia de un hombre sensato y pacífico. Le constaba que nadie sacaría provecho personal y que todos aumentaban sus trabajos habituales por aquella lucha. Se lo dijo.

—¿Por qué lo hacemos? —meditó Julio—. Por ser dignos de nosotros mismos y de la herencia de España. Queremos una patria decente y limpia tanto como la queremos unida e independiente. Ahora nos han invadido, no sólo los ineptos y los sinvergüenzas, sino los que, por sus razones, quieren una España sin pulso, acobardada, que renuncie al futuro. Somos pocos, nosotros, y nunca seremos muchos. Además, la misión es para pocos y la obra para todos. Hemos decidido hacer de despertador de un pueblo y de una época.

—¿Y cuando todos hayan abierto los ojos?

—Entonces, que decidan ellos mismos.

Paco se sentó y extendió los papeles sobre la mesa. Julio le alcanzó folios blancos y un bolígrafo:

—Si lo haces mal —le advirtió— te lo corregiré sin el menor reparo.

Paco se rió: aquel era un ambiente de compañerismo. Uno de sus viejos profesores no hubiera sido más escueto.

—Gracias —dijo—. Esto es como estar en casa.

Limpieza urbana

Cuando Míriam entró a las cuatro en su oficina se encontró al jefe en la puerta hablando con un político del consejo autonómico. Luego les vio meterse en el despacho y, aunque no le dio importancia, supo que sucedía algo anormal. Su jefe sólo era director de la sucursal y había otras sucursales desparramadas por España, dependientes todas de la poderosa Madrid, que enviaba télex y otras órdenes a su conveniencia.

El jefe iba en persona al ayuntamiento y a los demás de la región cada fin de mes, con las diferentes facturas, y volvía con el recibo del ingreso en el banco. Por la oficina no pasaba gente distinta, salvo algún presidente de comunidades de propietarios de las urbanizaciones, generalmente con quejas, y los hombres que conducían y cargaban los camiones, a recoger el talón de su nómina.

La otra chica, contratada como auxiliar, y simple mecanógrafa a duras penas, empezó a transmitirle información.

—Parece que hay algo de tormenta. Seguro que es a causa de las hojas esas.

—¿Cuáles?

—¿No has visto ninguna? —preguntó la otra medio escandalizada—. Pues acusan a Limpieza Urbana de sabe Dios cuántas cosas. Las han repartido por toda la ciudad y creo que siguen repartiéndose: dicen que nosotros y los políticos vamos a contaminar el agua con la planta de compost y el vertedero. ¿Crees que es posible?

Míriam sabía que existía el proyecto de obras y sabía también que hacía algún tiempo que se había discutido; justo cuando vino un ejecutivo de la central, en Madrid, y dijo que reciclando las basuras se podía obtener un beneficio superior, siempre y cuando los municipios de la región se mancomunaran y pagaran los gastos de las instalaciones. De eso hacía algo más de un año y ella siempre creyó que las cosas seguían adelante con normalidad. Ni se le ocurrió la posibilidad de que la basura, se ponga donde se ponga, contamina siempre. Su oficina era un local limpio y luminoso, con aire acondicionado, y recordaba más a la recepción de un hotel, coquetona y enmoquetada, con muebles de tonos claros, que al cubil de una empresa de basureros.

—No entiendo de política —respondió a su compañera— y creo que tengo pocas ganas de entender. Me parece bastante sucia.

—¿Y qué no es sucio? —preguntó la otra, realista empleada de una compañía de basuras—. Creí que ya estabas acostumbrada a fuerza de tratar con esos del Sótano del Arte.

Míriam sintió que enrojecía. No tenía intención de dar explicaciones por aquella gente, en la que no buscó nunca moral, sino compartir un impulso creador muy importante para ella. Claro que aquellos artistas no eran exactamente creadores, sino teóricos de la sociedad o sociólogos analfabetos. Hablaban de la libertad como cuestión imprescindible, previa, por ejemplo, al dibujo, y barajaban tristísimos tópicos acerca del hombre esclavizado y del arte "oficial" —fuera cual fuera— como fenómeno capitalista. Para desacreditar una obra solían decir "es bonita", y para alabar a otra "es dura" o, "hiere, golpea". Además, pocos de ellos sabían realmente dibujar y todos despreciaban el dibujo porque deseaban expresar lo que fuera sin acogerse a normas, de manera que Míriam sospechaba que creían que el talento tenía que ver más con la palabrería que con la capacidad creadora.

—Los artistas a veces son raros —les disculpó—. Ellos creen que hay que cambiar el mundo.

—Ya —dijo, escéptica, su compañera—. Los políticos, los curas, los artistas, los sindicatos, los empresarios, todos dicen lo mismo, que hay que cambiar el mundo, y todos buscan lo mismo también: dinero, poder y sexo. Me sé la historia. También a mí me gustan esas tres cosas, pero no ando presumiendo por ello.

Míriam volvió a recordar a la tropa artística de sus amigos, siempre quejándose de ser incomprendidos, y se dijo que ella les iba comprendiendo muy bien: en una tarde con Eduardo había oído más ideas nuevas que en dos años de tertulias. Odiaban, por ejemplo, el dinero de los demás, pero siempre lloriqueaban porque no les compraban sus obras. "Un artista —decían— tiene necesidades: tiene incluso más necesidades que un simple mortal, porque debe de evadirse del mundo y, también, porque debe expresarse a todos los niveles". El sexo, claro, cuando pasaba por sus bocas y por sus manos, era también expresión, comunicación, cultura; pero en realidad el sexo en ellos era como una huida, como una manifestación de miedo.

Míriam les había acompañado a alguna fiesta y sabía de lo que eran capaces: hablaban aburridamente de lo de siempre, pero con alcohol, hachís e ínfulas, para liberarse. Pretendían que todo era importante y, sin embargo, no daban importancia al amor; ni siquiera al placer. Lo moderno era hacer el amor, tal decían ellos, como si no se hiciera nada distinto, como si no se estuviera prolongando una conversación tópica. Tal vez, en efecto, no eran tan distintos, ni tan especiales, ni otra cosa que pequeñas basuras de soberbia capaces de contaminar aguas limpias.

—Toma —dijo su amiga poniéndole delante el folio plegado por la mitad—. Ahí tienes la hoja que ha hecho que el dire y el político ese se reúnan. Yo creo que es verdad lo que cuentan ahí. Se nota que dice la verdad el que lo escribe y, aunque no esté bien en una empleada de Limpieza Urbana, me gustaría que, por una vez, los políticos no se salieran con la suya. Va siendo hora de pararles los pies.

Míriam se puso a leer mientras su amiga se ponía a darle a la máquina comentando, por lo bajo, que era un fastidio que el humo de los cigarrillos le fuera siempre al ojo izquierdo al escribir, y que había que inventar algo para evitarlo, por ejemplo un ventilador pinzado en la nariz o en una patilla de las gafas.

Así fue como se enteró Míriam de todo aquel asunto y cómo llegó, diez minutos después, a la firma: Francisco Grau. Recordó enseguida la conversación entre Pedro Jódar y Eduardo, y luego, al mismo biólogo Paco, alto y extraño, escapándose una y otra vez del piso del filósofo cuando ella llegó.

Míriam era una biempensada, pero en modo alguno era tonta, de manera que reconoció de repente frases enteras, ideas enteras y enteras agudezas. El biólogo Paco, con caracoles y con yoga, con pranayama y mantras, era un trasunto de Eduardo Libre, pensamiento en acción y, seguramente, desconocedor de cualquier escrúpulo. Era también Eduardo el que atacaba a Limpieza Urbana y, como nunca creyó en las consecuencias, se convenció de que fue Limpieza Urbana la que le acercó a ella.

Se sintió absolutamente desfondada, pero que el día anterior cuando Eduardo la dejó y ella sintió que se le caían encima la casa, la familia, los recuerdos y, en general, el mundo. ¿Era eso lo que el filósofo pretendió desde el primer momento? ¿Por qué la había pretendido utilizar? Tenía presente que en ningún momento el hombre le había preguntado por su trabajo, ni había manifestado interés por la empresa y por sus jefes. Sí, pero... ¿acaso no había confesado en varias ocasiones que pretendía averiguar por ella cosas sobre el grupo de artistas=

Estaba confusa y, quizá, se gozaba en la confusión. La pena es un delicado placer, una dulce angustia que cosquillea en el abdomen, y en Míriam tenía algo de básica sexualidad. Había puesto demasiadas fantasías en aquel hombre extraño; por un momento creyó ser comprendida por él y estar en trance de írsele entregando de forma tan hermosa y completa como en sus sueños.

¿Qué debía hacer? Deseaba huir y, por lo tanto, sería lo último que hiciera. Deseaba también abrazarse a Eduardo y llorar, y llorando entregarse a él para repetir la pena, la excitante sensación de finitud, de tiempo inútil, de esperanza frustrada. La asustaron estas fantasías que se iban volviendo eróticas por momentos, y se preguntó por su salud mental: ¿sería aquella tensión una señal de desequilibrio sexual?

Por la tarde, decidió, iría a verle. Sabía ya lo suficiente del filósofo para estar casi segura de que él no la llamaría. Estaba excesivamente pagado de sí mismo o, al menos, absolutamente concentrado en sus ideas y en sus planes. Así pues ella iría a su casa y no le diría nada: miraría con más agudeza; buscaría en cada palabra del hombre una señal de traición y, presintiéndola en cada gesto, le besaría, le acariciaría con la mente muy lejos, puesta en un mundo mejor en el que Eduardo era de verdad como ella le suponía y Míriam tenía todo el aspecto de una sacerdotisa mágica de la madre nutricia.

De todas formas le admiró que experimentara placer con la idea de haber sido engañada, y que con la pena su cuerpo lánguido se hubiera vuelto tan sensible. Ahora tendría que hacer un gran esfuerzo para volver a la oficina, para leer su trabajo, apartando de su cabeza el torrente de palabras que diría a Eduardo de tenerle a su lado.

—¿Te has enterado ya de todo? —le preguntó la otra chica—. Tienes cara de estar en otro mundo, Míriam.

—Pensaba.

—Todas pensamos, pero tú estabas muy distraída.

—¿Será verdad lo que pone aquí?

—Pues eso mismo te he preguntado yo en cuanto has llegado: ¿será verdad? Oye: ¿quién es ese Francisco Grau?

—Un profesor de ciencias naturales.

—¿Le conoces? ¿Cómo es?

—Me lo presentaron ayer. Es alto y como distraído. Hace yoga y es un poco raro: habla mucho, como riéndose de lo que dice, pero no es risa: es que se lo cree tanto que trata de disimularlo.

—¿Y está bien?

—No para ti.

—¿Y para ti, entonces?

Míriam se hizo también la pregunta, pero pensando en Eduardo. Había dos Eduardos: el real, medio pirata, medio iluminado, y el de sus sueños, príncipe azul que comprendía sus pensamientos secretos. ¿Estaba bien para ella?

—No estoy segura.

En ese momento el interfono llamó: el interfono sólo se usaba con las visitas porque, a solas, el jefe prefería salir y charlar un rato: la verdad es que no se hacía un trabajo agotador en aquella sucursal de Limpieza Urbana.

—Dígame, Don Sabino.

—¿Quiere hacer el favor de pasar?

Míriam, a pesar de su conciencia limpia, tuvo miedo. Podían haberla visto en compañía de Eduardo.

—Inmediatamente.

Don Sabino

Don Sabino no era don, pero, a cambio, era gallego, y disponía de viejas sabidurías que no se aprenden en los libros. Don Sabino, once años antes, no era tampoco don, ni nadie le hubiera llamado así gracias a una barbita progre y a unas amistades muy modernas con las que tomaba copas en vaso alto, hablaba en bajo de política futura, y hacía de vero intelectual con sólo decir suavemente nombres supuestamente prohibidos. Alberti, ¡ah!, ¡oh!, aunque lo único que sabía de él es que vivía en Roma. Neruda, oh, ah, amigo de García Lorca, ahí es nada. Buero, al que quitaba el Vallejo como símbolo de amistosa proximidad. Y León Felipe. Hasta Quevedo, gracias a la cancioncilla de Paco Ibáñez, resultaba venerable antifranquista y demócrata con la roja cruz de Santiago al pecho.

¿Quién se acordaba ya de todo aquello? ¿Quién se acordaba ya de todos aquellos? El Sabino de la voz bajita y la alta copa se había quedado atrás en el tiempo, capullo que se abrió en la flor de don Sabino, Sr. director de Limpieza Urbana, hombre casi de provecho al que se debían algunos favores que él personalmente cobraba sin darse tono.

Sabino, como recordaban bien algunos políticos de cierto renombre regional, había sido una especie mixta de altavoz y banco. Porque Sabino, por entonces invertía dinero de la compañía. Sabino había pagado billetes a Francia, tal vez a Suresnes y, desde luego, muchas facturas extrañas, como un piso alquilado en el 74 para que en él vivieran unos chicos vascos, de muy buena familia, pero con problemas. También hizo posibles ciertos gastos en las primeras elecciones democráticas, y parece que nadie quiso preguntarse de dónde salían las pesetas para la campaña de un partido recién "desclandestinizado", por decirlo en plan parlamentario y constitucional, sin afiliados, sin cuotas y, por supuesto, sin ideas.

Fueron hermosos tiempos de los que guardaba secretos recuerdos, y un modesto archivo no menos secreto. Él, claro, era ahora amigo de la élite y trataba de tú a los señores, pero al principio no fue más que un forastero, un desconocido gestor de una empresa de basureros, que llamaba poquísimo la atención, vivía de pensión barata, soltero y sin compromiso, pero dadivoso y eficaz como demostraba la foto del 20-N, en que él, con el actual presidente del consejo autonómico y algunos más, descorchaban champán después de remover las botellas como si fueran maracas mientras se llamaban unos a otros compañeros.

Sabino, bien de mañana, se encontró el papelín molesto debajo de su puerta y, al primer vistazo, sus ojos entrenados descubrieron a Limpieza Urbana citada varias veces, lo cual le removió un poco el desayuno.

—¿Qué es esto?

Era Francisco Grau que explicaba con cierta exactitud la historia del vertedero, que Sabino consideraba ya pasada a la historia, y fuera de toda especulación. No era bueno llamar la atención, aun siendo su empresa absolutamente legal y teniendo él sus libros hechos una tacita de plata. No era bueno.

Aunque el papel no lo decía, los terrenos había sido adquiridos por el consejo autonómico y pagados por el organismo en cuestión y una mancomunidad de los municipios que se beneficiarían con la recogida de sus basuras. Pero las instalaciones, cuando estuvieran terminadas, serían vendidas, vendidas sin más trámites, a Limpieza Urbana.

Por lo poco que se explica en ese papel era fácil deducir que habría nuevas entregas del folletín, y Sabino sabía de sobre que a Limpieza Urbana no le interesaba el compost ni sus posibles beneficios. Era sólo cuestión de tiempo que alguien empezara a pensar en los otros dos vertederos abiertos y abandonados en los últimos doce años. Uno había sido vendido, curiosamente, para las obras de ampliación del aeropuerto y espléndidamente pagado. El otro, para la creación de un polígono militar y también pagado con largueza. El tercero, supuestamente provisional, sería dentro de dos años, cuando se adquirieran dos fincas más devaluadas a causa de la proximidad, una urbanización residencial a seis kilómetros escasos de la ciudad. Y si eso se removía sí que sería peligroso, como el descubrimiento de que el próximo vertedero estaba calculado para usarse sólo durante cuatro años, el tiempo necesario para depreciar el resto del valle en que se enclavaría, terreno agrícola rico ahora, pero ideal, una vez construidas nuevas y anchas comunicaciones, para más rentables e industriales usos.

Eso mismo pensaba el consejero de urbanismo, que había ido a visitarle con la mosca detrás de la oreja y con la oreja detrás de cualquier explicación de las muchas filtraciones que significaban los papelines que Paco Grau había firmado y Julio Ruiz había llevado al depósito legal. El consejero de urbanismo no era tonto para la media de inteligencia de sus conmilitones, pero se negaba a aceptar que los grotescos manejos de cambiar de sitio los mojones del término municipal hubieran podido ser vistos por alguien no comprometido.

—Estamos rodeados de traidores —opinaba—. Detrás de cada funcionario que trata con nosotros puede haber una oreja de AP o un oído fascista.

—Creo que exageras —le avisó Sabino, que antes había hecho negocios con franquistas y ucederos y, caso de que las cosas se torcieran, estaba convencido de llegar a hacerlos con la coalición popular o con quien fuera.

—Cuando se acercan las elecciones, por gordo que sea lo que digas, nunca es exagerado. Tú y yo nos conocemos desde hace mucho y te puedo hablar sin reparos: dentro del partido hay tantos enemigos como fuera. Los de fuera quieren que tu partido pierda y buscan sus fallos, tus defectos y tus debilidades para desprestigiar al partido. Pero los de dentro quieren hacerse un sitio con futuro en las listas y buscan con más empeño todavía tus asuntos para desprestigiarte a los ojos del partido. Desde un año antes de las elecciones vale todo, y no conviene fiarse de ningún compañero, de ningún jefe, de ningún ordenanza siquiera.

—Ya se olvidarán.

El consejero de urbanismo resopló: la gente que no tenía cargo solía mostrarse incapaz de comprender los padecimientos de un político colocado, para nada comparables con la angustia de un político aún sin colocación.

—En este último año de legislatura nada se olvida, Sabino. Nadie duda en tirar a un consejero para salvar a un presidente, ni en sacrificar a éste para que sobreviva un diputado, y así sucesivamente. De manera que no creas que mi situación es cómoda. Sólo tengo dos oportunidades: demostrar sin lugar a dudas que lo que se dice es falso, cosa que, aunque fuera posible, nadie me creería, porque prefieren imaginar lo peor; o, por el contrario, repartir la responsabilidad.

—Pringar a otros. ¿Has pensado en mí? —preguntó Sabino, súbitamente alarmado.

—Tú estás pringado ya y, además, no vas a ir a las elecciones. Me refiero al presidente mismo que, a fin de cuentas, firmó los contratos. Me refiero a los alcaldes de la mancomunidad que te han dado a ti el trabajo hecho. Me refiero a quien te vendió los terrenos, que pesa lo suyo en Coalición Popular, y los vendió porque aquella finca era "manifiestamente mejorable". Y también me refiero a quienes han hecho las hojas.

—¿Vas a llamarles fascistas?

—¿Fascistas? ¡Dios me libre! Hace ya un año que hay que llamarles nazis, hombre de Dios. Lo de fascista ya no hace erecto y solo lo usan nuestros indocumentados nostálgicos, la gente que hizo la guerra y algún comunista desorientado.

—Bueno: nazis. ¿Imaginas que eso hará que no les crea la gente?

—Hombre: si yo me suyo a un balcón o voy a la emisora y sólo digo que son unos nazis, no me tomarán del todo en serio. Pero si cuento la historia a base de trama, si descubro que fulano es amigo de mengano que, a su vez, trabaja con zutano, y todo queda muy de conspiración, pues a lo mejor hasta gano puntos: la simple sospecha se cree mejor que el hecho probado, porque uno sospecha lo que le da la gana, mientras que los hechos sólo son lo que son.

—Eres un filósofo.

—Filósofo, ¿eh? Pues casi es la cuestión: el hombre que vino esta mañana al consejo autonómico es un conocido ultraderechista: siempre estás a vueltas con España y con la justicia en lugar de hablar de Europa y de la libertad.

—Un antiguo, vamos.

—Lo malo es que están a punto de ser modernos otra vez y volvernos antiguos a nosotros. No sabía nadie que Paco Grau, que es un desconocido, tuviera inquietudes políticas, ni mucho menos que se relacionara con la ultraderecha. Este Julio Ruiz, a su vez, es muy amigo de Ramón, que se supone que es el jefe de los escuadristas, y todos se tratan con Eduardo Libre, ese filósofo majareta que da clases en el mismo instituto que el biólogo. ¿Ves el panorama?

—Claro que lo veo. No tienes que preocuparte entonces.

—¿Ah, no? Si el tal Grau estuviera solo no me preocuparía, pero estos otros saben muy bien lo que hacen y están enterados de cómo funciona el sistema. Tienen or-ga-ni-za-ción.

—Ya pronuncias como Felipe: or-ga-ni-za-ción. ¡Qué tío!

—A estos no les asustaremos llamándoles nazis, ¿sabes, gracioso? Además la gente dirá: ya lo sabíamos, pero el vertedero sigue siendo una vergüenza. Tampoco se les puede ofrecer un pacto: no aceptarían nada de nosotros, porque quieren nuestro pellejo.

—¿Qué harás entonces?

—Por eso estoy aquí, Sabino. Para contarte algo más que no sabes tú. ¿Cómo se llama esa chica guapa de la oficina?

—Míriam. ¿Qué pinta ella en esto?

—Eduardo Libre, el jodío filósofo ese, lleva casi un mes saliendo con ella. Sé tan bien como tú que Míriam no puede haberle dicho nada porque no sabe nada, o sea que no quiero que la despidas. Pero, de momento, es posible que Eduardo Libre crea que puede estar enterada de algo. ¿Me sigues? La idea que tengo se llama "intoxicación" en las películas de espías.

—Que Míriam nos ayude a hacerle creer algo a Eduardo, ya veo. ¿Y si no quiere?

—No tiene por qué querer. Bastará con que la informes accidentalmente de algo. Conozco lo suficiente a Libre: acabará sacándoselo de una forma u otra y, si se lo cree... ¿Quién sabe? A lo mejor le sale el tiro por la culata. ¿Me quieres hacer ese favor?

—¿Qué piensas decirle?

—Yo, no: tú. Aquí tienes una carta que debes mandarle pasar a máquina, supuestamente destinada al presidente local de AP: si la chica no es tonta comprenderá que es ese partido el que tiene más interés en lo del vertedero, porque algunos de sus hombres son accionistas de la urbanización que se empezará a construir en el antiguo.

—¿Y entonces?

—Y entonces, pobre analfabeto, yo puedo intentar pactar con ese Paco el biólogo; los ultras nos tienen rabia a nosotros, pero, créeme: saben perfectamente que fue la derecha la que se cargó el Estado de Franco; la que, antes aún, desnaturalizó la Falange, y la que en estos momentos impide que surja un partido nacional que es el que ellos necesitan: preferirán pagarles a ellos antes que a nosotros, te lo aseguro.

Fue entonces cuando Sabino hizo sonar el interfono:

—Dígame, don Sabino —respondió la voz de Míriam.

—¿Quiere hacerme el favor de pasar?

—Inmediatamente.

—¡Asno! —gritó el consejero autonómico—. ¿No ves que yo estoy todavía aquí? Encárgale cualquier cosa y, cuando me haya ido yo, me pones un poco verde y le haces copiar la carta. Dios me libre de los tontos.

Míriam entró a tiempo de ver cómo el consejero estrechaba la mano de su jefe:

—En fin, Sabino —decía—. Será difícil que el consejo acepte una nueva subida de tarifas. Se estudiará, pero no te prometo nada. Adiós. Adiós, señorita.

La política no sólo hace extraños compañeros de cama, sino extrañas cortesías.

Investigadores investigados

Seny, viejo emperador de la conspiración sistemática, reunió en su despacho de abogado retirado a Balancillo, fomentador de turismos locales, a Tomás Gil, del mismo gremio en el ramo de las agencias, y a Van der Hell, abogado en ejercicio, ex-comunista, ex-socialista y decididamente reconvertido en trepa. Quintanilla, presidente del engendro reformista regional y Pedro Jódar otorrinoetcétera, tenían actividades ateneísticas y el hotelero Casas, conspirar en Munich, excusaba su presencia a causa de una posible inspección de Hacienda.

Las combativas y combatientes hojas les habían llegado hasta el centro de sus corazoncitos negros. Como Seny previera, algo estaba preparándose, algo que iba a suceder, si no se daban prisa, al margen de sus manejos, fuera de su tutela. Bien poca cosa es un basurero mientras sólo contiene basura, pero un basurero por escrito, con locos que lo pregonan y que lo incendian, con locos que esparcen sus malos olores hacia la clase política, es una peligrosa bomba democrática.

La operación reformista de todos ellos en la sombra contaba, sí, con el periódico y, también, con la obsesiva derecha que deseaba formalizar un frente electoral a costa de cualquier doctrina. Ellos, gente sabia, habían puesto los cimientos del pacto y la casi seguridad de tener acceso a las listas de compromiso que se convertirían en cargos y en voz a costa de los votos de gente que, yendo solos, jamás les hubiera votado.

Ahora las cosas empezaban a cambiar: un tercero en discordia, quizá un simple testaferro, se ponía al frente del descontento y lo concentraba en un hecho de escasa importancia política, pero de "gran pegada" popular y demagógica: agua contaminada, trampas administrativas, posible corrupción. Este hombre y su grupo eran capaces de llegar enteros a las elecciones y contar, gracias a su combatividad no partidista, con los votos de los airados y también con los votos de los desengañados; casi una mayoría, casi, pues, la imposibilidad de que el reformismo burguesote fuera tomado en cuenta.

—¿Con quién nos las estamos viendo? —preguntaba Seny una y otra vez—. Alguien está haciendo trampas a las trampas políticas, si es que me explico. Alguien que, como no tiene nada que perder, es capaz de tener mucho que ganar.

Los otros decían que sí, con algún reparo aquí y allá, pero que sí. Tal parecía que, de consolidarse ese populismo que no reparaba ni en izquierdas ni en derechas, sería imposible recomponer la UCD, coalición ahora en lugar de unión, con lo que habría que recurrir a los pactos post-electorales en función de los votos alcanzados, en cuyo caso ellos no tendrían porción de pastel.

—Está por ver —advirtió Van der Hell— si ese biólogo y quienes le apoyan irán a las elecciones.

—¿Adónde iban a ir si no? —preguntó Tomás Gil, desabrido.

Balancillo algo tonto era, pero se le había pegado la costumbre del método:

—Creo que hablamos por hablar —dijo—. Lo primero es saber qué tenemos delante. Según Quintanilla ese Paco Grau es un desconocido político del que nadie puede decir de dónde viene y qué piensa, salvo que no le gusta la política. Pero la hace, y no la hace mal. Entonces, ¿quién está con él?

Seny asintió lentamente con la cabeza, gordo y silencioso como un buda chino. Él siempre había insistido en lo mismo. Él había visto en las cartas al director el inicio de la maniobra que ahora estallaba en los panfletos firmados por Paco Grau, y eso significaba gente, varias cabezas por lo menos, y varios repartidores.

—En primer lugar —siguió Balancillo—, ¿de quién es la multicopista que se ha usado para la impresión? ¿Es la del instituto? ¿Es la de alguna empresa particular? ¿Es de algún organismo oficial? No sabemos nada de eso.

—Sabemos —dijo Tomás Gil— que, fiándonos del periódico, hemos descuidado la propaganda directa y callejera: esto, contra Franco, no nos pasaba. Nos hemos aburguesado.

—Y aún hay más: ¿quiénes han repartido los papeles? Porque no son cien o doscientos. Parece que todos hayan recibido el suyo. ¿Han contratado repartidores? Y, si no, ¿ha usado a sus alumnos? No creo. Luego detrás de Paco Grau existe un grupo más o menos organizado: ¿la izquierda o la derecha?

—No seas tonto —le regañó Seny—. Es la ultraderecha con toda seguridad. Hablan de unión, hablan mal de la política de todos los partidos y son contrarios a lo autonómico. Apesta a ultraderecha.

—¿Has visto alguna vez un papel ultra que no lleve el viejo escudo nacional o, al menos, un yugo con sus flechas? —preguntó Van der Hell.

—No —dijo Seny—. Pero son ellos. Aunque firmaran UHP o cualquier otra cosa así, seguirían siendo ultraderechos hasta la médula.

—Averigüémoslo de todos modos —opinó Balancillo.

Tomás Gil se echó a reír:

—¿Y qué diablos conseguiremos con eso? La gente está cansada de oírnos gritar que viene la ultraderecha. Tal como yo lo veo, su mensaje empieza a tener audiencia. Lo que decían en el setenta y cinco empieza a quererse escuchar en el ochenta y cinco, porque resulta que llevaban bastante razón. Hemos de ser realistas.

—¿Entonces? —preguntó Seny.

—Averigüemos quiénes son, pero pensemos con claridad —aprobó Tomás Gil—. Yo creo que han decidido participar con las armas del sistema y eso, en parte, es buena señal para nosotros. Cuando sepamos quienes son, ofrezcámosles una solución de compromiso: el periódico, por ejemplo... Lo que ellos dicen la gente no nos los creería a nosotros, pero con nosotros ellos podrían llegar más lejos. Si de verdad buscan la participación electoral, seguramente podremos entendernos en algo.

—¿Y cómo averiguamos quiénes son? —preguntó Balancillo.

—Yo sé quienes son —pontificó Seny—: el tal Ramón, y ese periodista poeta, medio loco él, Jesús, y toda la patulea de jovencitos que se encandilan con la justicia y el servicio. Son los de siempre y no veo por qué nos hemos de calentar la cabeza averiguándolo.

—¿Y si no son?

—¿Quién va a ser? ¿A.P.?

—Sabemos que hay un gran sector de AP que es franquista hasta la médula, y no sería raro que estuvieran haciendo su trabajo. No están conformes con que se haya acogido a liberales ni náufragos de la UCD, ni con que se pueda llegar a un pacto con nosotros: pueden perfectamente apoyar soluciones más firmes y haber llegado a un acuerdo con los de ultraderecha.

—No lo creo. O mucho me equivoco o estos falangistas no pueden ver a esa clase de derecha. Les consideran culpables de todo, aunque sólo sea por dejación.

—¿Y si averiguamos de quién es la multicopista? —volvió a preguntar Balancillo.

—Es una fotocopiadora —dijo Van der Hell, mirando en detalle una de las hojas—. Y las fotocopiadoras son más fáciles de localizar. Propongo que miremos en copisterías, por si se hizo en alguna el trabajo, y en las tres casas oficiales que venden aparatos de esos. Algo encontraremos.

—Una camisa azul —se burló Tomás Gil—. Eso es lo que encontraremos. Y os diré más: o cambiamos de táctica con los azules o van a acabar haciéndose oír en toda España. Tienen un mérito más que cualquiera.

—¿La porra? —preguntó Balancillo, sarcástico a su modo, el pobre.

—Sabes como yo que no gastan porra: consulta a tu propio lomo, si lo dudas, después de haberles insultado tantas veces. Su mérito es que son lo que dicen ser y que saben exactamente lo que son.

—Macho, cómo te explicas.

—Reíd, reíd, pero acordaos que no nos conviene ser listos antes que sarcásticos. Hay algo que no marcha, y sería de estúpidos ignorarlo.

Ponga amor en su vida

Nieves, la directora del instituto, y Jesús, el semipoeta y periodista de tercera división, llevaban una poco común vida en común, con lo que el hecho de estar liados se disimulaba con el hecho de parecer novios. Los horarios dispares les privaban del largo tedio en compañía y aprovechaban muy bien los momentos en que sus soledades o sus ocios coincidían.

Jesús trabajaba de noche y Nieves de día. Jesús empezaba a brujulear a la hora de la comida, y Nieves disponía de sí misma más tarde de la merienda, menos los días (tres a la semana) en que daba sus clases a los alumnos de nocturno.

Pocas veces comían juntos porque Jesús huía a charlar en las esquinas con el pueblo que se dejaba sorprender en las esquinas, y a leer los periódicos de balde en los bares, siempre en orden: el primer aperitivo lo tomaba con el ABC; la copa de aclarar las ideas, con El País y así compensaba; por último, Vanguardia y Ya en dos lugares de cierto cómodo lujo en el que los autonomistas no eran exagerados y los clericales eran semiprogresistas. Luego, ya entonado, pedía con voz alta, muy alta, El Alcázar al kiosquero de su confianza, y lo saboreaba poco a poco hacia las tres y pico, de regreso a casa y a la comida fría que Nieves le dejaba con un plato lleno de vaho haciendo de tapadera.

Merendar, en cambio, merendaban juntos, siempre en una cafetería que había delante del instituto y donde ellos habían empezado a tratarse entre sonrisas y agudezas dialécticas. Eran momentos cómodos, íntimos en medio de la multitud, en que los ojos decían lo que las palabras silenciaban. Al año de ser parece que se dice ahora, aún sentían el placer de cogerse de las manos y juguetear con los dedos; aún notaban breves calambres al rozarse los hombros o al aproximarse las mejillas porque, según Jesús, sucedía que carecían de tiempo para vigilarse mutuamente los defectos.

Jesús había oído ya suficientes comentarios sobre las hojitas del biólogo Paco e incluso en su momento ejerció de asesor literario-periodístico para pulir la redacción de Eduardo Libre, demasiado proclive a entregarse a metafísicas de urgencia que terminaban por interpretar las noticias desde los universales, en lugar de darlas simplemente.

—Sabía que se iban a repartir —afirmó cuando Nieves le explicó la reacción del biólogo Paco, celoso de su libertad intelectual y política—. No me planteé si estaba bien o mal hacerlo, ni llegué a enterarme de si Paco leería el contenido antes del reparto.

—Pues está mal.

—También Paco por venir ahora con chiquillerías. Eduardo, según lo veo, ha puesto una bonita trampa bien cebada para cazar sinvergüenzas de todos los colores y, encima, podría convertir toda esta agitación en un partido electorero. Es importante que la gente llegue a comprender qué clase de mangantes deciden por ella, y, desde luego, un ejemplo vale por mil palabras.

—Sí, pero todavía no sé cómo os las vais a arreglar para que la gente se entere de todo. Y me temo que Paco Grau tampoco.

—Hay cosas —dijo el poeta que había jurado guardar discreción— que un día están en la mente de Dios y al siguiente son de dominio público.

—Vamos, que no te fías de mí.

Jesús le cogió la mano, le volvió la palma hacia arriba y la besó suavemente en la sensible piel de la muñeca. Se puso a hablar de la parte que podía:

—Es cosa de Julio Ruiz, que es el más científico de nosotros. Desde luego que la idea la tuvo Eduardo, pero ya sabes cómo es: dice lo que conviene hacer, pero nunca sabe cómo hay que hacerlo.

—¿Tampoco sabes tú nada?

—¿Cómo se te ocurre estar tan curiosa hoy? Mejor no saber nada por ahora, porque el método puede que figure tipificado en un código u otro.

—¿Tendrás problemas en el periódico, Jesús?

—Sí. Sólo es cuestión de tiempo que Seny empiece a atar cabos y me eche a mí las culpas de haber publicado aquellas cartas al director y de los primeros escritos firmados por Paco.

—Pero el director te defenderá.

Jesús puso cara de no estar muy convencido:

—El director se defenderá a sí mismo. Si de paso me defiende a mí, bien; si, al contrario, le da por descargarse en mí con el cuento de la extrema derecha... Siempre podré recurrir al Defensor del Pueblo, Sor Intrépida que le dicen.

—No debieras arriesgarte a que te despidieran.

—Tú me darás pan y agua, ¿verdad? Sólo hasta el siglo que viene, claro: no me gusta abusar de una mujer.

—Esta mañana no pensabas así sobre abusar o no de una mujer: he llegado cuando sonaba la sirena.

—No soy muy riguroso con mi moral, ya sabes, porque la carne es débil, el colchón, blando; tu piel, suave, y yo no soy un santo de primera división.

Nieves recordó entonces a otro que era aún mucho menos santo que el buen Jesús:

—¿Has notado algo raro a Eduardo?

—A Eduardo es imposible notarle algo raro porque es raro todo él. Y tampoco se le puede notar algo distinto (que debe de ser lo que me preguntas). De Eduardo y de los osos polares no se puede saber nunca lo que piensan.

—¿Qué sabes de esa chica, Míriam?

—Nada que valga la pena —respondió, discreto.

—No es de las que acostumbra a tratar Eduardo. Él siempre dice que le gustan las mujeres tontas.

—Pues Míriam debe de serlo, aunque sólo sea por dejarse engatusar por semejante filósofo enloquecido. De todas formas, Nieves, tú no conoces a Eduardo Libre. Tampoco yo, claro, pero tengo la impresión de que Míriam coincide precisamente con su preferencias. Es lista y creadora, y algo tristona y pensativa. Eduardo detecta la sensibilidad y la angustia, y te aseguro que caza mujeres angustiadas. Si no estuviera severamente prohibido, pondría sus cabezas como trofeo sobre la chimenea de su casa.

—¿Míriam es triste?

—Míriam es reservada. Y las personas reservadas son soñadoras, y por los sueños las embolica Eduardo, que en este aspecto da sopas con honda a don Sigmundo o Segismundo. ¿Cuál es la traducción exacta, profesora?

—Se pronuncia "Froit", se escriba como se escriba —se burló ella, que sabía seguir bien el humor ligero del poeta—. Pero yo creo que el "embolicado", como dices tú, es Eduardo, y permíteme cierta intuición.

—¿Femenina o literaria?

—Dice Eduardo que hacen juntos una especie de ejercicios de aproximación. Piensan a la vez en la mima cosa; adoptan la misma postura; miran hacia el mismo objeto, de modo que comparten sensaciones, percepciones, qué sé yo, pero eso les aproxima.

—Otras cosas compartidas aproximan más —confesó Jesús, avieso—. Me extraña que no se le haya ocurrido precisamente a Eduardo, que algo sabe de toqueteos y mordiscos, por quedarme en lo puramente externo.

—Pues eso: debe de estar buscando otra cosa, algo distinto que compartir.

—Tal vez quiera compartir a Kant, a Hegel, a todo el idealismo alemán, izquierda y derecha, Engels y Nietzsche. Es muy capaz.

—Hoy le he visto poco cínico.

Jesús se puso a acariciar el pelo rubio de Nieves:

—Saldrá de ésta. Además, es mayorcito ya. Si de verdad es capaz de sentirse como un adolescente platónico, todo eso que sale ganando: sea bienvenida la juventud.

—Ahí está la clave: no quiere sentirse así. Y, como se convenza de que está enamorado, hará todo lo contrario a lo habitual, cualquier cosa antes que aceptarlo, porque es posible que sólo esté dispuesto a compartir a Hegel y a sus ideales, pero no creo que quiera compartirse él mismo.

—¿Tan egoísta le ves?

—Egoísta, desconfiado, celoso de su intimidad, hermético... ¿cómo explicarlo? Eduardo no quiere tener alma, y no estoy segura de que le guste tener cuerpo.

—Pues yo tengo uno muy serrano. ¿Te interesa?

—¿A cuánto va?

—A un millón el suspiro.

Admirador primero

El biólogo Paco, muy desorientado al terminar las clases, fue hacia su casa dando un paseo. No estaba muy seguro de si sentía timidez, vergüenza o simple miedo. Pensaba, por ejemplo, que muchas de aquellas personas desconocidas que se le cruzaban, habían leído los papelitos y estaban enjuiciándole.

El biólogo Paco, claro, era un primerizo de la opinión. Creía que por el simple hecho de haber escrito cuatro cosas en un periódico y en un panfleto, todos reparaban en él y todos habían encontrado una especie de retrato de su carácter. Claro que, hasta ahora, lo único suyo publicado era el nombre, pero eso no disminuía la sensación de ir andando desnudo por la calle.

Se preguntaba por lo que debería decir su "Manual de Supervivencia" para casos así. ¿Estaba o no el hombre preparado para sentirse centro de la atención general? En principio —se decía— el hombre busca algo en lo que sustentar sus diferencias y hacerlas notables. Ahí están, por ejemplo, el vestido, las crestas de los punks y todo eso. Por otro lado, actores famosos, artistas laureados y políticos, vivían como blanco de millones de ojos... ¿Cuántos observadores directos necesita un hombre para transformarse? Uno, se dijo, no cambia cuando le atienden dos o tres. Cuando le miran cuarenta —mis alumnos, por ejemplo— necesita un aprendizaje y una herramienta: la tarima, la mesa, la pizarra o el cigarrillo: un algo que haga las veces de escudo. ¿Y si fueran quinientos? Cuando di la lección inaugural el año pasado, hubo un momento en que olvidé el nombre de la Venus Verrugosa... pero en cambio dejé de gritar como al principio, me sentí más relajado: seguramente alteré mi respiración.

El biólogo Paco era aficionado a soliloquos de esta índole, y era curioso verle andar haciendo ruiditos confusos con la garganta, ruidos que él catalogaba como subvocalizaciones, y el prójimo inexperto que se le cruzaba, como chaladura inofensiva. Murmurando por lo bajini se contaba sus propias teorías y se convencía a sí mismo con la historia de que el ser humano se había creado un medio artificial, incomprensible, que ya no podía transformar a su antojo. El hombre —se comentaba— puede cortar el árbol que le molesta, romper la piedra que le obstruye el paso, cazar al animal que se come o desviar el río para regar sus campos secos. Puede hacer la guerra para robar, pero ya no puede sacudirse los sistemas sociales que le impiden hacer la vida para la que la naturaleza le ha preparado. El hombre tiene fuerza contra los objetos, pero no contra las normas. El hombre resiste la intemperie o la tormenta, pero no resiste la gran ciudad. El hombre resiste el tiroteo, pero no resiste la información amañada. El homo sapiens está hecho para transformar su medio, pero sólo se puede transformar el medio que se conoce: cuando no comprende su entorno, el hombre deja de actuar sobre él, y eso significa que el hombre abandona cualquier posibilidad de sobrevivir.

Él mismo se asustaba de las conclusiones de sus murmullos callejeros. ¿Y entonces? —se preguntaba con urgencia—. ¿Y entonces? Es preciso hacer una revolución para sobrevivir. Y la única posible es aquella que haga comprensible la sociedad, la que permita al hombre entender su medio y las fuerzas que le atan a él. ¿La verdad como revolución inaplazable? Quizá sí. Tal vez, sí. A lo mejor, sí. La verdad que libra como el fuego abrasa.

No se murmuraba cosas feas del todo. Estaría muy bien podérselo colocar a todo un público de conocidos: "en mi opinión el hombre no puede comportarse como hombre porque le faltan elementos de juicio sobre el mundo en que se ve obligado a vivir". ¿Qué tal? La gente abriría la boca ante frases tan concluyentes, y entonces Paco les daría la respuesta: "hay que hacer bien el análisis de los fines de la sociedad actual. Hay que dar con su razón interna. ¿Explotación del hombre por el Estado y del Estado por la cuadrilla o el partido? ¿Acaso se asignan al hombre objetivos sociales poco humanos? ¿No se nos arrebata la territorialidad? ¿No se nos impide el dominio sobre nuestra familia? ¿No se ha cambiado a la familia misma, extensa, complicada y autárquica, por la familia nuclear, con individuos que coexisten pero que no tienen fines comunes como familia, como grupo distinto de los otros grupos? No será una tontería volver a mirar al hombre como lo que es y no como lo que tiene que ser según las ideologías".

Se sentía observado y, aunque la razón le informaba con cierto realismo, seguía creyendo profundamente que todos los seres humanos habían leído sus escritos y que todos, en consecuencia, tenían la clave de su personalidad y conocían sus íntimos pensamientos. Sensación agradable y desagradable, donde la vanidad se alternaba con la timidez y la seguridad con el miedo.

Por eso se quedó de un aire cuando un hombre más bajo que él, pero infinitamente más recio, se le plantó delante y le miró directamente a los ojos:

—¿Es usted Francisco Grau, el que ha escrito eso del vertedero de basuras y el que ha puesto a caldo a ese senador y a ese diputado?

Qué más quisiera Paco que no serlo, por si las moscas, pero no es decente renegar de uno mismo a la primera:

—Yo soy —dijo eligiendo la misma frase de Jesús al identificarse ante los que le iban a prender.

El otro sonrió y le tendió una mano ancha, caliente y franca:

—¡Choque esos cinco, si no le molesta! Me lo han señalado de lejos, pero quería asegurarme. ¿Sabe usted que iba haciendo falta que alguien tomara una postura valiente?

—Gracias —respondió Paco, que poco valiente se sentía, pero que recobraba la confianza—. No es para tanto.

—Pues a mí me ha hecho pasar vergüenza con su ejemplo. Al leer esta mañana esa hoja combativa, me he dicho: ¿por qué no lo has escrito tú, cobarde? Y es verdad: ¿por qué no lo he hecho yo, o mi vecino o aquel tipo que pasa por allí?

—Supongo que porque lo he hecho yo —murmuró Paco con cierta lógica—. Digamos que he sido oportuno y olvidémonos de lo de valiente, ¿eh?

—Todavía no me he presentado: me llamo José Luis Raigada, y soy realista, raro, republicano, reactivo, regeneracionista, racista y un pelo farmacéutico.

—Comunicativo, al menos. Encantado. Yo soy Paco, el amigo de los caracoles, por así decirlo —siguió el biólogo el humor abierto y amistoso de Raigada, volviéndole a estrechar la mano—; genético, biológico, antropocéntrico, inconformista, discutidor y de mala leche.

Usando jergas semejantes es fácil hacer nuevos amigos, sobre todo cuando uno de los dos dice al otro que le admira.

—Pues me ha dolido tu coraje —insistió José Luis Raigada, un pelo farmacéutico—. ¿Tienes idea de la enorme cantidad de hombres callados que hay en España? Casi todos los que no tienen sueldo político: ésa es la clave. Y me gustaría saber por qué.

Paco lo sabía o creía saberlo: no era solamente el miedo, sino la inexistencia de cauces orgánicos para la rebelión.

—¿Crees que es por miedo? —preguntó a su nuevo amigo.

—Puedes llamarlo canguelo también.

—¿Tienes miedo tú?

—No el suficiente. Más bien tengo dos miedos en la balanza: el miedo al presente que se enfrenta con el miedo al futuro. Pero, además, ¿a quién unirse? ¿Con quién contar? Todos estamos solos, ¿no es eso?

Era eso.

—¿Te has preguntado por qué estamos solos? Yo sí: porque hemos confiado en las instituciones; porque el poder ahora no es poder, sino cadena: cadena de mando o de esclavo, ¡qué sé yo! En España no queda nada fuerte que funcione de abajo hacia arriba, de manera que estamos...

—No me lo digas, no me lo digas, que lo tengo en la punta de la lengua: ¡invertebrados! Leí a Ortega —se disculpó el farmacéutico flamenco— en el bachillerato, y en la universidad a Marcuse, que fue moda.

—¡Qué me vas a contar a mí de invertebrados! —dijo el profesor de ciencias naturales, cansado de explicar la lombriz—. Pero si no existe el organismo social es porque ha sido suplantado por organizaciones que no recogen la inquietud de la gente, sino que la provocan o la falsifican: tratan de que perdamos de vista la realidad.

—Oye: ¿no serás tú demócrata, eh? —preguntó el otro, súbitamente escamado.

—La democracia no existe —pontificó Paco, al que se le había pegado de Eduardo Libre el gesto por las frases rotundas: la democracia no existe, my tailor is rich, alabí, alabá, etcétera—. El hombre no es demócrata porque es territorial o, si lo prefieres, el hombre no puede ser demócrata porque ni es herbívoro ni nómada.

—La cosa viene que arde —le animó José Luis Raigada, no supo bien Paco si de veras o de bromas—. Lo podemos refrigerar en ese bar, que me conocen y me prestarán papel para tomar apuntes.

Ya en el bar, efectivamente, Raigada pidió recado de escribir junto con remedio para la sed, y azuzó a Paco:

—En farmacia llamaban antes cordiales a los bebedizos que entonaban. No cabe duda de que alegran el corazón algo, ¿verdad? Hala, cuéntame eso de los herbívoros, que ya me imagino a la felipancia pastando y me entra un no sé qué.

—Creo que los políticos y los pensadores políticos (si los hay, claro) profundizan como barrenas en sus ideologías, que son meros cuadros sinópticos de lo irreal, y, dogma va, dogma viene, se olvidan de que tratan con hombres, y que el hombre tiene una parte modificable, maniobrera que dijéramos, y otra parte inevitable, la masa de la sangre, la casta, el moderno cromosoma, aquello que nos hace con pelo aquí y sin pelo allá, y nos pone los ojos en el mismo plano y nos da dientes modificados para comer carne.

—¿Quieres pinchar algo? —le interrumpió el otro—. Debe de ser una asociación de ideas.

—Gracias. No pincho más que a los enemigos. Digo que se olvidan los políticos de cómo es en realidad el hombre y de que lo razonable que hay en nosotros, con ser mucho, no es lo que condiciona toda nuestra conducta social, ni el amor, el odio, la codicia y lo demás. Un hombre todo intelecto sería un ciudadano perfecto, pero desde luego no sería un hombre.

—Igual que un tipo todo instinto. ¿No es eso?

—La democracia que da nombre a todo esto de hoy fue una real aristocracia donde todos tenían muy claro su puesto social y, con el truco de la libertad, veinte mil ciudadanos atenienses, se trajinaban a un millón y pico de comerciantes, artesanos y esclavos sin derechos.

—¡Culta Atenas!

—Pues ahora, igual, sólo que sin Pericles y sin Sócrates, y sin Fidias y sin Apeles, a lo bestia. Y si la sociedad requiere una jerarquía que la teoría democrática niega, la entera sociedad coge esquizofrenia como poco.

José Luis Raigada, entre bromas y veras, iba analizando al biólogo Paco. Tuvo, por la mañana, ganas de conocerle, de catar su estilo y ahora le encontraba hombre abierto, franco (sin segundas) y, en cierto modo, sincero y decidido. No le veía genial pero, a cambio, le notaba compañero desinteresado, y se preguntaba si podría ayudarle; si juntos conseguirían más que separados, aunque el éxito sólo consistiera en no continuar con el pico cerrado.

—A mí —dijo— me sigue picando la relación que pueda existir entre los herbívoros y la democracia.

—A eso voy: el hombre se hizo en la caza, que es lo mismo que el nomadeo. La caza, como la guerra, requiere unas virtudes básicas de valor, inteligencia práctica y, sobre todo, una clarísima jerarquía. El nómada lleva su territorialidad consigo. Al hacerse campesino, hace cinco, ocho mil años, decide que el territorio que antes marcaba temporalmente lo marca a él definitivamente y que son una misma cosa territorio, libertad y sociedad. Por lo tanto, mientras decide conservar por todos los medios, renuncia a meter mano a lo del vecino.

—¿En suma?

—Que el hombre cazador vuelto sedentario sigue necesitando, por puros motivos prácticos, diferenciarse del que está sobre él y del que está por debajo, y, también, de sus vecinos: sigue siendo, guste o no a los psicólogos, una máquina para competir. Animales democráticos pueden ser los corderos y, aún así, los carneros rivales se sacuden de lo lindo. Animales democráticos, iguales los unos a los otros, hay muy pocos, pero son mayormente herbívoros, con poco armamento natural, que tienen que confiar más en el número que en la virtud.

—El hombre, también.

—Nanay. El hombre, individualmente, es el ser más peligroso. El hombre no se une para protegerse de otros animales —caso de antílopes, cebras y chimpancés— sino para atacar a los animales y para protegerse del hombre, sea éste el extranjero vecino o el vecino que, sino existiera coacción, podría ser por sorpresa, ambición o codicia, el enemigo más difícil. La sociedad sirve para protegernos de nosotros mismos, y eso equivale a reconocernos no sólo desiguales, sino condenadamente totalitarios.

—Homo homini lupus.

—¿Verdad que sí? —asintió Paco—. El hombre no está hecho para vivir en el mundo que hizo el hombre sino en el que hizo Dios. Pero también necesita transformar su entorno; ése es el drama: cuanto más transforma menos comprende y tiene que ir renunciando a comportamientos básicos, que son justo aquellos que le permiten transformar la naturaleza... Si llega un día en que la transformación del mundo se le hace imposible, el hombre desaparece. Y la democracia exige seguir siempre en democracia, ¿no?

—¡Jolín, la vuelta que has dado para cornearla! Claro que explicar eso a partir del problema del vertedero de basuras te va a resultar difícil, ¿eh?

—¿Y cuál es su teoría del mundo? No hay hombre que no tenga una y, si además es farmacéutico, la teoría debe de pretender la salud del hombre. ¿No?

—Ni que me hubieras leído el pensamiento. La sociedad está enferma; no de ahora, sino desde siempre. Hay algo en ella enfermizo y perverso. Muchos creen que la pieza enferma es el hombre y yo creo que es el plural de hombres. Somos demasiados en poco espacio.

—Esa es una.

—Pero hay más: lo enfermizo no está tanto en el individuo como en las relaciones interpersonales: no son amplias; no son, al menos, tan amplias como hace un siglo o dos. La información social no se adquiere ya de primera mano. Los entretenimientos, al ser negociables, están masificados. La familia no es centro de la convivencia, sino alojamiento de la coexistencia.

—¡Olé!

—Y ahora la enfermedad está haciendo crisis. Todos queremos otra cosa, menos lo que sacan tajada del poder. Es hora ya de hacer algo que no sea la derecha ni la izquierda, algo que sea humano y que atienda al hombre más que a sus circunstancias económicas. Pensaba en eso desde hacía tiempo y, de repente, tú te lanzas a decir cosas con un estilo que no es de unos ni de otros y, además, convencido de tu postura. Por eso he querido conocerte, y por eso quiero que me hagas un hueco en la aventura. Ya está bien de silencio. Me hago prosélito y listo.

Paco le notó tan sincero que a punto estuvo de confesarle la maquinación entera, pero se abstuvo porque la política es rara y siempre podían estar engañándole. Perro mundo, que se dice.

Instrucciones

Julio Ruiz (a) El Cebrero, llevaba un buen rato explicando a los dos jóvenes lo que deseaba exactamente. Uno trabajaba en una casa de electricidad, arreglando aparatos de televisión y componiendo otros artilugios más complicados todavía. El otro era un telefónico, manitas como el que más, que no salía de casa sin su destornillador y un puñado de cables de colorines, por lo que se pudiera presentar.

Alberto, el electrónico, ya se había hecho su composición de lugar, pero seguía teniendo su qué:

—Eres cojonudo —regruñía—. Quiero esto así o asá, y hala, a lo bestia. ¿Tú sabes las dificultades que hay? Además, no sé si seremos capaces. ¿Qué crees tú, Joaquín?

Joaquín, el telefónico, creía en España y, a título personal, en la Falange, pero la electricidad no era para él cuestión de fe, sino de método:

—¿Y cuánto tiempo tenemos para dejarlo todo listo? Porque en un mes suele ser posible lo que no lo es en un día. Vaya frase, ¿eh? A alguien se la habré oído.

Julio no sabía el tiempo de que disponían. Muchas personas —Joaquín y Alberto incluidos— estaban recolectando firmas, y era sorprendente lo mucho que la gente aceptaba poner su nombre, número de documento y dirección en la lista de enemigos del basurero.

—Si esto sigue así, es muy probable que todo se precipite, y no es cosa de que nos coja en calzoncillos. A mucho tirar disponemos de una semana para la grabación, y de diez o de doce días para la emisión.

—¿Verdad que tú no tienes ni idea de electrónica?

—Leí cinco libros de un tal Roberjot y, gracias a ellos, con apuros enrosco una bombilla.

—Y por eso crees que nosotros somos mágicos. "Quiero que hagáis esto", y ya está.

—Y ya está —confirmó Julio con mucha seriedad—. Sé que es posible y sé que no os pido la luna. Sólo quiero que ayudéis a hacer un poco de juego sucio con un noble fin.

—No vayas a creer que tenemos reparos en hacer la puñeta a cierta gente —se disculpó Joaquín—. Es solamente que no somos genios.

—Además —añadió Alberto— habrá que pedir prestado o distraído bastante material. Material caro que no abunda donde trabajamos.

—Sé que podéis —insistió Julio, tozudo—. Os sobran recursos.

—Como frase no está mal, pero habría que discutirlo un poco más.

—Yo aún diría más —añadió Joaquín—: si no vamos a la cárcel, espero que nos hagáis un homenaje.

—¿Cárcel? —preguntó Julio.

—No sólo está prohibido lo que nos pides, sino que es muy posible que, para la segunda parte, tengamos que meternos en algún sabotaje que otro.

—¿Piensas en la carta de ajuste profesional? —preguntó Alberto, rápido como el rayo.

—¿En qué si no? Claro que también están esos chalados de las crestas, pero son apolíticos de nacimiento.

Julio renunció a entender las sutilezas electrónicas: ignoraba todo, menos que los dos chavales eran de absoluta confianza.

Noche-noche

Míriam llegó a la casa de Eduardo Libre un poco después que la noche, un poco menos oscura que la noche y un poco menos tranquila que la noche. Creía haber sido utilizada o, mejor, haber estado a punto de ello. Si Eduardo se acercó a ella en busca de información sobre Limpieza Urbana, ¿por qué no le había hecho ninguna pregunta sobre la empresa? ¿Esperaba a que ella hablara por su cuenta? Y ella hubiera hablado. Es normal que una chica hable de su trabajo y de sus jefes. Además, si Míriam no hubiera sospechado de Eduardo —lo cual podía haber sucedido— después de los folletos aquellos, ella hubiera hecho comentarios, ¿o no? ¿Acaso no fue casualidad que conociera al biólogo Paco? Nadie la esperaba cuando ella se presentó en el piso y les sorprendió juntos.

Pero no podía estar segura. Tampoco lo quería, porque comprendía que se le habían despertado muchas ilusiones en los últimos días, incluida la de hacer verdad sus larguísimos sueños de comprender perfectamente a otra persona y unirse a ella por encima de las fronteras de la piel y del silencio.

¿Y si llegara a discutir con Eduardo Libre? ¿Y si llegara a confiar en Eduardo Libre? Era un hombre gato, sin duda: reservado, extraño, pensativo, al acecho. ¿Qué piensa en realidad un gato detrás de sus ojos fríos? ¿Qué pensaba Eduardo Libre detrás de sus teorías y sus enredos?

Al verle no aclaró nada. Vestía su sonrisa de siempre, entre sarcástica y zumbona, y se movía con su lenta agilidad, que hablaba de una ilimitada y a veces desagradable confianza en sí mismo. Seguramente si Míriam llegara a conocerle mejor notaría otras cosas, algunas diferencias, pero de momento se le escapaban.

—He tenido un sueño yo —dijo Eduardo casi como saludo—. Te daba un papel escrito y tú lo intentabas leer, pero te equivocabas siempre con la primera frase. Al final te desmayabas.

—¿Qué frase era?

—¿Cómo me la maravillaría yo? —replicó él, perfectamente serio.

—No la voy a repetir —dijo ella, algo chasqueada.

—Pero, aunque no haya soñado, sí he pensado en ti mucho. Con el pensamiento consciente te creo y te recreo, te construyo con la precisión de un relojero y, aunque también te entiendo a ti, lo principal es que empiezo a entenderme a mí cuando te pienso. ¿Es muy complicado?

—No —respondió Míriam, halagada hasta cierto punto: aquel era un elemento de aproximación de los que figuraban en su sueño—. Yo también me explico a través de ti.

—¡Vaya pareja de complicados!

Míriam se preguntaba si debía hablarle o no de la carta que había copiado en la oficina y de la visita que hizo a su jefe el consejero de Urbanismo. Se daba cuenta de que, si lo hacía, equivaldría a una trampa: si Eduardo se interesaba, algunas cosas quedarían excesivamente claras; pero si fingía no hacer caso, ¿qué sacaría ella en claro?

—Míriam... —empezó él con voz muy seria, pero se detuvo cambiando de idea.

—¿Qué, Eduardo?

—Que estás muy guapa —murmuró él, tratando de achacar su titubeo a la emoción estética—. A veces me cuesta comprender lo atractiva que eres y en qué parte de ti reside el secreto. Unas veces me parece que está en el matiz de la voz, otras en los ojos, cuando los bajas; otras en el cuello, que es tentador...

Se dio cuenta de que no había salido muy bien del asunto, y que el recurso del piropo se quedaba en recurso. Lo malo era que aquella chica le turbaba: su aire inocente y limpio le debilitaba a la vez que le causaba ira. Un filósofo de presa como él no tiene derecho a dejarse llevar por la fantasía, porque se ha quedado demasiado cerca de los anuncios de televisión donde chicas jovencitas, que parecen vírgenes, juguetean y miran intensamente empapadas en el agua increíblemente azul del mar.

"A una mujer o la tratas como mujer, o la despachas —le decía su parte racional—. Lo que no debes hacer nunca es tomarla por un símbolo, porque no son como tus sueños, sino como son: de carne y de capricho".

—Estás muy guapa —repitió desangeladamente. Por desgracia, se preguntaba sinceramente por su mundo femenino, quizá dulce, quizá tierno, y eso era más que malo según él—. Me gusta que estés aquí, entre mi soledad y mis cosas.

Eduardo, que no era nada tonto, daba por seguro que Míriam, empleada de Limpieza Urbana, había leído las hojitas firmadas por el biólogo Paco y que, lógicamente, les habría relacionado. Quizá la mujer no decía nada por timidez o quizá estaba esperando a que le dieran el pie. También cabía una última posibilidad: quizá Míriam le quería y por eso había decidido hacerse la tonta.

En otros tiempos no hubiera dudado Eduardo ni un segundo sobre la conducta a seguir. Se hubiera burlado de las dudas que pudiera tener la mujer y hubiera procurado someterla, convertirla en esbirra, si es que no suena demasiado mal, y, tal vez, en querida, en juego sabanero y tibio de los que luego terminan con un cigarrillo y nostalgia. Pero ahora era distinto, y eso le irritaba: Míriam le parecía frágil, la esencia de la fragilidad, y demasiado delicada para ciertos manejos que, a la fuerza, la ensuciarían; y a él le gustaba, precisamente, la limpieza de Míriam.

"Sería bien desagradable que me hubiera enamorado —se dijo— y eso sí que no: yo mando".

—¿Sigues teniendo ganas de que hagamos juntos los ejercicios de aproximación?

—Estamos bastante próximos —respondió ella sin excesiva segunda intención—. Sabes que he pensado en ti del mismo modo que yo sé que has pensado en mí.

—Del mismo modo —repitió él—. Y sé, además, por qué me has recordado. Primero, porque trabajas en Limpieza Urbana- Segundo, porque has leído unas ciertas hojitas firmadas por Paco Grau. Tercero, porque le conociste ayer en esta casa. Y cuarto y último, porque cabe la posibilidad de que a mí me interese más Limpieza Urbana que tu persona.

—¿Y sabe? —Míriam notaba una gran debilidad: era miedo.

—Cupo. Si seguimos así, conjugaremos todo el verbo. No tengo gran respeto por las personas y, evidentemente, cupo —se sonrió— la posibilidad de aproximarme a ti en busca de algún secretillo.

—¿Por qué no me preguntaste nada, entonces?

—Original que soy —Eduardo se sentía a punto de dar una exhibición sentimental y se sublevaba contra la posibilidad—. Malévolo, cuco... También es posible que, ahora que te cuento esto, tú, voluntariamente, me hagas confidencias.

Ella se arrodilló en la alfombra, sentándose sobre sus pies, y le miró intensamente desde abajo. Él vio su cara como una pequeña estrella y tuvo también un ramalazo de miedo: le gustaba.

—Ponte a mi lado. Dame la mano.

El hombre obedeció, protegido en su silencio.

—¿Crees que puedo contarte algo, Eduardo?

—Lo creo, y antes de ayer te hubiera dejado hacerlo. Ahora no. No quiero saber nada, Míriam. En el fondo esto es una equivocación.

—¿Te arrepientes de mí?

—Me arrepiento de mí, si es que sirve de algo.

Ella le puso una ligera mano en la garganta y se llevó la diestra de Eduardo a la suya.

—Así sentiremos la voz de otra forma —dijo—. Esta tarde he pasado a máquina una carta del director.

—Pues qué bien. Cállatela.

—No quiero —Míriam sabía que estaba desafiando a Eduardo en muchos aspectos—. ¿Sabes que el vicepresidente de los conservadores es el principal accionista de la urbanización que se hará en el viejo vertedero cuando el nuevo funcione? ¿Sabes que quien vendió los terrenos al Consejo Autonómico es también de AP?

A Eduardo, lógicamente, se le enderezaron las orejas: aquello significaba muchas cosas, incluido un manejo muy extraño. Así que guardó silencio y se quedó mirando a los ojos limpios de Míriam.

—Limpieza Urbana —siguió ella— recibió una oferta para adquirir terrenos para un nuevo vertedero que, al permitir una planta de compost aneja, harían posible el tratamiento de los residuos con ciertos beneficios. Esto era interesante e incluso el Consejo Autonómico creyó en su viabilidad. Luego una sociedad anónima se ha interesado por el viejo y contaminado vertedero y por las tierras cercanas que perdieron parte de su valor. Y en esa sociedad anónima están muchos hombres de la derecha. Eso es lo que sé.

Eduardo Libre notaba la suave mano de la mujer en la garganta, y en la cara la suave mirada, y en la mano la suave piel de Míriam, de manera que empezaba a sentir asco por todo aquel juego de intereses. Permaneció callado mirando los ojos de Míriam y preguntándose si había en ellos algo que no hubiera visto ya en cientos de ojos.

—Estás jugando con fuego —dijo al fin.

—Pero he querido contártelo.

—No es ese el fuego. No es ese el juego. Casi no te pareces a la chica que conocí hace poco.

—Porque te hablo. Porque no me defiendo de ti.

—Debieras.

—¿Para qué? No tendría sentido huir de lo que me gusta.

Míriam no quería guardar reserva alguna. Confiaba en ser entendida y apreciada y quería que Eduardo llegara a ella de la misma forma.

—Tienes la suerte de que no estás a solas conmigo. Estás tan llena de ti que eres una multitud. Pero igualmente te deseo. Siento la tentación de comerte como si fueras uva; las ganas de vestirme con tu piel; la premura de romperte como si fueras un encanto.

—Eso es muy bonito.

—No es nada bonito. Nada —añadió Eduardo. Seguían cada uno con la mano en la garganta del otro—. Eres una joven mujer y yo no veo en ti eso. Veo un montón de ilusiones y de sueños: reflejas mis frustraciones como un espejo limpio. Haces que me engañe. Haces que piense en mí en vez de en ti; haces que me sienta distinto por mirarte o por tocarte. Y eso es malo.

—No es malo. Sales de ti, y sales de tu mundo. También me sucede a mí.

—¿Y qué quieres de mí?

Míriam se quedó algo desconcertada con la pregunta. ¿Quería algo de Eduardo Libre, filósofo de bolsillo? En cualquier caso no precisaba de él lo que cualquier otro hombre podía dar, sino precisamente lo que de único llevaba; lo imposible de Eduardo; lo increíble de Eduardo: una comprensión superior a todas las comprensiones. ¿Un padre? Freud —se dijo— había contaminado todos los pensamientos. Ni un padre, ni un hermano.. quería un luchador y, a la vez, esos chispazos de ternura.

—No lo sé —respondió al fin con cierta prevención—. Quiero todo lo que sea increíble. Tal vez quiero magia, y tiempo y eternidad.

—Complicada —masculló él—. Cuanto más especial es una mujer, más complicada, claro que tampoco yo me quedo atrás.

Se echó a reír sordamente:

—Mi Dios, mi patria y mi dama —añadió misteriosamente.

Pero Míriam no hacía en vano los ejercicios de aproximación y comprendió algo entre el misterio: tenía delante a un hombre que no se conformaría con anda; tal vez ni siquiera con ella, y eso era un desafío.

—Un mundo mejor —tradujo, pues, Míriam.

—Me ponen nervioso estas conversaciones. No son brillantes ni sarcásticas y, por lo tanto, tengo la sensación de hacer el ridículo. ¿De qué crees tú que sirven los sentimientos? De cortina de humo o de muralla. Las verdades elementales siguen teniendo valor. Tú eres una mujer; yo soy un hombre, pero ¿nos portamos como tales?

—Creo que sí.

Él reconoció que era así. El hecho de que otros hombres y otras mujeres se conformaran con el lugar común del sexo, con el tópico del abrazo o con el tradicional "te quiero", no quería decir que fuera menos real esa insistencia en penetrar las almas y poseerlas.

—Creo que no —mintió por pura necesidad de llevar la contraria—. No estamos hechos más que para coincidir en lo físico. Cualquier otra cosa es imaginación, sueño, misterio falso. Si yo fuera capaz de verte como a cualquier otra mujer, me tranquilizaría; pero te veo distinta y eso me preocupa, porque en realidad estoy viendo en ti a mis carencias.

—Debe de ser la primera vez que reconoces delante de alguien que te falta algo.

—Debe de ser —suspiró él—. También tú ves en mí lo que te falta. ¡Quién sabe cuántas cosas extrañas me atribuyes! Cosas que están en ti y no en mí; cosas que buscas, pero que yo no tengo. ¿Por qué no comportarnos como un simple hombre y una simple mujer?

—¿Por qué no? —dijo ella con el rostro serio y brillante, y una especie de sonrisa bailándole en la voz—. ¿Me querrías sólo mujer?

—¿Me querrías sólo hombre? —preguntó él complicándolo aún más.

Míriam, casi impasible, retiró su mano de Eduardo y se quitó la chaquetita de punto y la blusa después, mirando fijamente al hombre. Se asombraba de su arrojo, pero no tenía la sensación de estar acompañada, sino a solas: no luchaba contra ningún pudor. Eduardo no dejó de mirarle a los ojos, como si no reparara en sus pechos suaves ni en su piel de rosa.

—Sólo mujer —insistió ella—. No soy otra cosa.

Eduardo hizo ademán de alargar la mano, pero se detuvo. Sólo entonces miró el cuerpo de la muchacha con cierta curiosidad:

—Todo es fácil y todo es difícil —dijo con calma—. Incluido esto de jugar la carta de la carne para saber si la carne es fuerte y manda.

—Acércate a mí —pidió ella.

Él intentó reír gravemente:

—Acércate tú —dijo—. No sé lo que piensas, pero sé lo que no quiero que pienses. Yo no me someto a nada, y menos a tus pechos, que son hermosos, pero que son lo que menos eres tú.

Ella se notaba lejana y satisfecha; sentía una especie de hipnosis escuchando la voz de Eduardo, y sabía que estaban llevando a cabo un complicado juego de desafíos. Avanzó, pues, hasta quedar rozándole.

Eduardo la besó entonces y rozó, despacio, sus pechos tibios, algo pequeños quizá. Apartó su cabeza para mirarla un momento y volvió a besarla con más dureza. Ella se mantuvo pasiva, quieta, pero cercana y cálida.

—Estás detrás de tus labios; por debajo de tus pechos. Esto solamente no eres tú.

—¿Quiénes más? —preguntó Míriam.

—Sé que sigues haciendo tu fantasía —confesó él—. Sé que estás reproduciendo tu sueño porque te mueves y hablas como en un sueño. Puedo hacer una cosa fácil y una difícil, ¿no te parece?

Ella creía que la fácil era no detenerse en los simples besos y en las simples caricias, porque Míriam también deseaba seguir; la difícil sería suspender el deseo y obligar al instinto. Pero para Eduardo era distinto todo, porque de la muchacha amaba su aire virginal y limpio, su aspecto inocente aún cuando se le ofrecía. Lo difícil, pues, para Eduardo, era continuar, jugar a los cuerpos cuando en realidad deseaba otra cosa, otro silencio, otra soledad que no fuera la del tacto.

Pero eso ella creyó que Eduardo el filósofo elegía lo fácil en vez de lo difícil al besarla nuevamente, violentamente, arrastrándola contra él a la alfombra. Creyó también que el hombre había dado el paso hacia la intimidad cuando daba el salto hacia el olvido, y, equivocada, se concentró en las sensaciones en lugar de atender a las manos del filósofo, que se volvían mecánicas y duras.

Así estuvieron durante un rato hasta que ella, desnuda ya, suspiró. Fue como una señal que Eduardo aprovechó para romper a hablar.

—Mi dama —dijo con clarísimo sarcasmo—. Hay cosas que debes entender y una es que te quiero para lo especial y no para lo vulgar. Tal vez tú estás realizando un sueño, pero yo no estoy, por una vez, representando un papel. Es la hora de que Eduardo sea Eduardo sin atenerse a planes.

Ella descubrió entonces que él seguía completamente vestido y, sin poderlo evitar, se cubrió el pecho con las manos.

—Tuve una vez un primer amor, de esos muchos primeros amores que te he ido contando. Era una chica como una sonrisa, blanca y rosa; como un labio húmedo; como el sol en la cara.

Ella le miraba sin expresión ninguna.

—A estas alturas todavía no he llegado a saber si era estúpida o muy lista, pero era siempre muy bella; era lo que un adolescente sueña de día y no lo que anhela de noche, para que me entiendas, y disfrutaba tanto con su forma de mirar como con el aroma de su pelo. Después de algún tiempo, una tarde de invierno en una plaza, la toqué. La besé, ya sabes, y la acaricié. Hice posible lo que imposible era más bello. No sé lo que esperaba: quizá una hermosa frase o que ella fuera como una estatua. Pero ella era una chica normal que, quizá, también esperaba un milagro a través de aquellos torpes manejos a oscuras. Y no hubo milagro, sino el conocimiento de lo que puede suceder y de lo que no puede suceder: y los sueños maravillosos no suceden.

Míriam no sabía si Eduardo volvía a mentirle en uno de sus caprichos, pero tampoco se sentía ni olvidada ni rechazada:

—No tuviste tu milagro. ¿Crees que yo puedo ser aquella chica?

—Sé que eres aquella chica y todas las demás. Sé que si tienes algo distinto es precisamente que las resumen a todas y, además, me resumes a mí. Y no sé, en cambio, en qué te puedes convertir si te trato como a una sola, como a la primera o como a la última.

A Míriam le gustaba la situación, ya por ambivalente, ya por desproporcionada, y se sentía más deseada que cuando era abrazada con fuerza unos minutos antes.

—¿Me ves como un símbolo, verdad? También yo te veo como algo más que el hombre que quiero que me abrace. Puede que no lo comprenda todo, pero sé al menos que me quieres tener pero no me quieres usar. Yo, en cambio, quiero darte lo que más soy para ti: la paz.

Eduardo se reía por dentro: aquello sería demencial si no fuera absurdo. Todo sucedía, en efecto, a ritmo de sueño, y no había nada comparable a la sensación de fatalidad que sentía contemplando a Míriam vestida con su propia desnudez, amplia a causa de su pequeñez y limpia por la gracia de sus ojos pensativos.

—¿Debemos de estar un poco locos, verdad?

—No me importa nada. En estos momentos no me importa nada.

Eduardo se echó entonces a su lado y la besó en el cuello:

—Hoy me han enseñado un curioso verso:


Yo también, cual los héroes medioevales,
que viven con la vida de la fama,
luché por tres divinos ideales:
por mi Dios, por mi Patria y por mi Dama.


Por su parte Míriam comprendió que Eduardo necesitaba hacer cosas limpias y maravillosas, cosas nuevas y desinteresadas, a la vez que ella necesitaba ser la imagen en que Eduardo soñaba desde su adolescencia, ser el ideal cuando nadie lo buscaba ya. Supo, pues, lo que hacer, y lo hizo:

—Soy tuya porque soy la que piensas desde hace tanto.

—No quiero a nadie mío —dijo, pero pensaba lo contrario: quería una persona de su propiedad, una compañía de su propiedad, una segunda conciencia de su propiedad, una honestidad de su propiedad—. Quiero que seas libre para sentirme libre yo; y por eso mismo te quiero distinta: para ser distinto yo.

Ella se reclinó sobre él; le envolvió con sus brazos, con su cabello, con su cuello perfecto, y le murmuró al oído siguiendo el ritmo de sus sueño con la voz tibia y pequeña:

—No necesito el cuerpo para entregarme; no necesito el cuerpo para recibirte.

Él se escapó del abrazo sin brusquedad:

—No me quieras —advirtió.

—No me quieras —dijo también Míriam—. Deseo otra cosa de ti que no es cariño.

Se puso en pie, todavía desnuda, sabiendo que Eduardo no veía su desnudez, pues la vestía con tiempo pasado y futuro, con recuerdos y con ilusiones, como portadora de algún extraño sacramento.

—Es suficiente por hoy —decidió terminar Eduardo—. Ya hemos complicado las cosas cuanto hemos podido, y ni tú te has portado sólo como mujer ni yo sólo como hombre. Márchate, por favor.

—¿No quieres que estemos juntos un rato más?

—¿Pero es que no te das cuenta de que estamos sufriendo? ¿Es que no ves que todo esto es un imposible? Tenemos fronteras y no las pasaremos. Si no te trato como a una mujer, ¿cómo te voy a tratar?

—Pues trátame como a una mujer —le desafió Míriam.

—Es justo lo que no quiero.

Ella le puso, suave y ligera, una mano fresca sobre la frente:

—¿Por qué?

—Porque soy raro; porque no quiero ni rozarte ya. Porque ahora me pareces infinitamente superior a como serías después, y porque mando sobre mí absolutamente. Así que vístete y, cuando mañana nos veamos, finjamos que todo esto se nos ha olvidado.

Ella seguía siendo pasiva, como lo era en su sueño: las cosas le sucedían inevitablemente, sin que pudiera interrumpirlas o cambiarlas. Por eso tampoco se sentía decepcionada ni rechazada ni nada más que una mujer cumpliendo con su destino. Estaba convencida de saber todo lo que iba a pasar después y eso la hacía sonreír con calma.

—Nunca volverás a decir que me quieres, ¿verdad?

—Verdad, Míriam.

—Me lo decías, en cambio, cuando no me querías. Si ahora te callas es porque no eres capaz de decir la verdad.

—Basta de complicaciones, niña. Por donde vamos no llegaremos al amor sino al budismo como mínimo. Me gustas así, y así has llegado a ser sin mi intervención: si actúo sobre ti, algo destruiré.

—Un extraño miedo —suspiró Míriam—. Y un insulto.

—No me temo más que a mí, y me sobra. Soy egoísta y me gusta la libertad. Soy falsario y cínico y soberbio; algo cruel y algo loco. Tengo defectos en la afectividad y me gusta engañar a las mujeres: haciéndolo no soy feliz, pero, al menos, no me engañan a mí.

—Engáñame entonces.

Se echó a reír medio enfadado:

—No te dejas. Tal vez eres más lista que yo o tal vez es cierto que entiendes algo de mí. Pero no quiero que me entienda la gente, sino que me padezca o que me admire. Quien me entiende me arrebata el mérito de hacer cosas difíciles y extrañas. Me gusta ser complicado.

Míriam empezó a vestirse:

—Ahora no eres complicado, sino sincero.

—Psicológico, que se dice.

—Psicológico. Pienso en los momentos en que has sido amable conmigo ahora que pretendes ser desagradable. Me parece comprender que es ahora cuando me deseas con más intensidad, porque es ahora cuando me das importancia.

—Muy bien comprendido. Te deseo y eso es muy desagradable, porque me pondría a tu merced y eso no puede suceder.

Ella se le acercó de golpe, con los ojos muy brillantes presagiando lágrimas fugaces. Se abrazó a él muy fuerte, con la cabeza en el hueco del cuello masculino. Él la separó tirándole del pelo y miró, rabioso, la cara emocionada: la besó y luego la apartó con fuerza, levantando la mano para abofetearla. Se detuvo en el último momento, cansado ya del juego.

—¿Verdad que no vale la pena? —preguntó despacito—. Luchar contra lo femenino es tan inútil como luchar contra el mundo o evitar que llegue la primavera. ¿Quieres pasar al dormitorio?

—No —dijo Míriam, tal vez herida—. No quiero.

Eduardo Libre la cogió inesperadamente en brazos. Estaba rabioso y se arrepentía de las necias conversaciones anteriores, de los escrúpulos y de los dulces sueños. Con la muchacha apretada con él anduvo hasta el borde de la cama.

—Te quiero —le dijo al dejarla.

—Ahora no es cierto.

—¿Cómo lo sabes?

—¿Comprendes que quieres violarme, Eduardo?

—Claro, claro. La violencia nos hará entrar en razón, Míriam.

—Déjame, por favor —lo dijo con seguridad, pero sin hacer ninguna fuerza.

—Hago siempre lo que quiero —avisó él, abrazándola—. O, lo que es lo mismo, hago siempre lo que no quiero.

Apenas hora y media después, algo antes de las diez de la noche, Eduardo Libre, filósofo de presa, había dejado a Míriam en su casa. Recordaba que, al despedirla, tenía algo rojiza la nariz, los labios flojos, relajados o cansados, quién sabe, y los ojos como lagos en la sombra, sin ondas y sin movimiento.

Él no había conseguido librarse de la rabia, de esa rabia de ser un hombre, y de tener que serlo incluso a contrapelo.

—Si hubiera nacido ángel —le había dicho a Míriam— hubiera estado libre de las incongruencias, pero, de los dos, tú eres quien más se parece a un ángel y es justo que yo trate de parecer demonio.

—Sal de donde estás, Eduardo. Tú y yo somos importantes.

—Sí, pero, ahora mismo, tú no estás satisfecha de mí, y yo, tampoco. Hagamos lo que hagamos, nosotros los locos nunca estamos satisfechos con nuestras acciones.

Ella hubiera querido decirle "te quiero" o besarle en la mejilla, pero no se atrevió: había tormenta en el corazón de Eduardo. Se estrecharon las manos, pues, en el interior del coche y, luego, Eduardo la cambió por la distancia, por el camino de un bar lejano donde pensó en beber aunque prefirió, en su lugar, llamar por teléfono:

—¿Manoli? Soy Eduardo, guapa. ¿Que haces tonight? Que es como decir ¿quepo?

—¿Dónde estás?

—Donde estén tus deseos secretos. Y, además, en el bar de ahí al lado. Me aburro, ¿sabes?

—Sé que nunca te aburres —respondió Manoli, que algunas cosas había aprendido de Eduardo—. Pero me gusta que te acuerdes de mí: así tengo la oportunidad de enviarte a la porra.

—Ya será menos. Digamos que no quiero lo que tú crees que quiero —Eduardo volvía a ser el mismo frío y calculador lioso de siempre, y sabía que tenía que apelar al morbo de la muy tonta de Manoli.

—¿No quieres divertirte, eh?

—Quiero aburrirme. Quiero hablar contigo de otra mujer. Un curioso caso de amor al primer toqueteo.

—Eres un cínico.

—Y busco un hombre —se burló él, seguro de no ser entendido—. Tú, en cambio, no eres cínica porque eres sentimental, aunque tampoco te vendría mal buscar a un hombre.

—¿Y sólo quieres hablar? —preguntó Manoli, coqueteando ya.

—Quiero hablar "antes" y "después", si no tienes inconveniente.

—¡Cómo eres!

—Como una rosita de mayo.

Datos viejos

La redacción de un periódico supuestamente regional pero definitivamente local, no es un lugar ni estruendoso ni entregado a una actividad incesante. Al contrario: es un espacio reducido, algo aburrido, casi silencioso, donde se agradecer las visitas y donde cualquier excusa sirve para charlar de los ausentes en primorosa combinación del cotilleo y la maledicencia.

Aún así, el personal deportivo, que es el más numeroso, tiende a hacer rancho aparte y a ensayar su florido lenguaje descriptivo, mientras que el personal de sucesos, un solo hombre, hace buenas migas con el jefe de redacción, que aquí es quien soluciona la información nacional e internacional a base de depurar los rollos mecánicos del teletipo.

A veces se empieza la jornada nocturna con una conversación general abajo, a la vera de las máquinas, en torno a la mesa grande donde el tipo de la bata recorta y pega. Charlar de esto y de lo otro y, además, impedir el trabajo de un amigo no es poco placer ante el testimonio mudo de los rollos de papel y de la rotativa que, inmóvil, medio en sombras, agota las últimas horas de descanso.

Luego los redactores, pocos y mal pagados, abandonan a los maquinistas y continúan con algún café y algún chiste, recibiendo bienvenidas visitas o charlando por teléfono. A veces se cuela en la redacción algún borracho, a veces algún ciudadano enfadado por una información, o barbudos sindicales, barbudos pacifistas, barbudos clericales o de asociaciones de vecinos, cada uno con su papel redentor, cada uno con su mensaje futurista.

A los visitantes de peso como, por ejemplo, los accionistas, se les instala en el despacho del director, donde hay un timbre para enviar a alguien al café de la esquina siempre que no sean más de las doce y media.

Aquella noche, mientras Eduardo interpretaba sus curiosísimos amores, Jesús, el periodista-poeta al que el filósofo plagiaba, no tuvo apenas tiempo de iniciar la habitual tertulia con la buena gente de talleres porque por allí se filtró, como un fantasma, el bueno y gordito Seny, accionista de pro, ex-director de la casa y, quieras que no, hombre de cuidado para cualquiera que aspirara a conservar su empleo hasta que Dios le diera nietos.

El dire no había llegado todavía, porque para eso era director, con el privilegio de empezar la jornada con una copa y el telediario en el bar de la esquina que, curiosamente, no hacía esquina ni era bar sino el local social de un club deportivo. Por eso Jesús tuvo que ponerse en funciones de huésped, sonreír como en un spot y estar contentísimo acompañando a Seny hasta el despacho del timbre.

—Bien, bien. No tardará en llegar el director —comentó una vez que Seny depositó su humanidad gafuda en un sillón recién tapizado—. ¿Quiere tomarse algo?

—No, gracias —respondió el pez gordo con su falso aire bonachón—. También tengo ganas de hablar contigo.

Jesús, que se las daba de bregado, sintió un calambre frío bailándole en el estómago y otro caliente correteándole columna abajo, columna arriba. Nadie que conociera medianamente a Seny podía suponerse tan bonachón como se obstinaba en aparentar, ni mucho menos hombre casual y despreocupado.

—Tengo la impresión —siguió Seny— de que tus amigos fascistas y tú habéis usado el periódico para vuestros fines, que no sé cuáles son ni me importan.

—Si no le importan, ¿por qué le preocupan? Además, ¿a qué amigos se refiere? No conozco a ningún fascista que sea amigo mío —dijo mirando fijamente al gordo abogado retirado.

—No hagas de esto un asunto personal, porque no lo es. Es un problema de lógica: unas cartas al director, preparando el terreno como quien dice, y, luego, el nacimiento a la política de un desconocido del que, además, me consta que nunca tuvo inquietudes, excepción hecha de los caracoles hermafroditas. No te lo tomes a mal, pero es un modelo clásico de maniobra pueblerina.

—Como la de los reformistas, más o menos.

—Más o menos — concedió Seny, que cuanto más sonreía, más se preparaba para morder—. ¿No os dais cuenta de que, todo lo más, sólo dividiréis a un electorado de derechas que necesita ir junto?

—Más o menos como los reformistas —se obstinó Jesús, que no tenía intención de achantarse, pero al que la imaginación florida había abandonado—. Me parece que usted y yo no vemos los fines de la política del mismo modo. Yo creo que hay que servir a la comunidad.

—Y yo también, Jesús. ¡Vaya novedad! Pero hay que servirla bien, sin demagogias y sin tozudeces. Tú, por ejemplo, no eres de izquierdas, pero no te gustan los reformistas. Sin embargo, la derecha necesita un contrapeso, un centro que la haga menos monolítica y tradicional. Hay que luchar para unir esas dos tendencias que sólo compartiendo sus votos podrán batir a los socialistas.

—¿Con qué objeto?

—Con objeto de llegar a hacer una política más adecuada a las necesidades del país.

—Si usted lo dice...

—No son buenos los enfrentamientos, y vosotros estáis enfrentando a la gente, y no os discuto la habilidad.

—¿Nosotros? Se confunde. Yo no he hecho nada que tenga que ver con eso —explicó Jesús—. Conozco a Paco, pero nada más.

—¿Quién le apoya entonces?

—Pregúnteselo a él, ¿no le parece? Debe de saberlo mejor que yo.

Seny se puso colorado y, de resultas del aumento de temperatura, se incorporó, sin rastro ya de su habitual cachaza:

—¡Basta de palabrería! Lo hecho ya no tiene remedio, pero no me tomes, encima, por tonto. Es preciso llegar a una postura constructiva porque, si no, volveremos a permitir que ganen los socialistas. ¿Es que no puedes comprenderlo? Fascistas o falangistas, lo mismo me da, pero no tenéis ningún derecho a portaros como imbéciles.

—Que yo sepa, Paco no ha dicho que quiera hacer la competencia a nadie.

—Pero la hace y estoy seguro de que tú le ayudas y, contigo, ese Ramón que está en todos los líos, y los pobres chavales insensatos que os siguen.

—No quiero discutir con usted, Seny: está en superioridad de condiciones. Pero, al menos, déjeme que le diga una cosa muy corta: cacique.

El cacique en cuestión le pegó una patada al sillón y enrojeció un poco más, si es que eso era posible aún:

—¡Insensatos! ¿Es que no ves que me parece bien la jugada que habéis hecho? Lo que me preocupa es el partido que podéis sacar de ella. ¿No sería mejor luchar unidos, bloquear unidos ese asunto del vertedero usando, además, el periódico al máximo? ¿No saldríamos todos ganando y sin dividir a los votantes?

—Los reformistas no tienen votantes, Seny.

—Todavía, pero tenemos prensa y eso no está nada mal. Mira —sacó dos papeles del bolsillo interior—: aquí se dice que la ultraderecha pretende politizar un problema que a todos nos incumbe. En este otro, que hemos de superar las diferencias para conseguir un futuro mejor. Tú decides.

—No. Yo no puedo decidir. Tiene usted que hablar con Paco. Es su batallita.

Seny se guardó los papeles con gesto de aburrimiento:

—Es una oportunidad de oro para vosotros.

—Mire, Seny: Paco hará lo que le parezca, que yo no sé lo que será. Yo no paso de conocerle y, desde luego, no soy su consejero.

—¿Quién lo es, entonces?

—Pregúnteselo a él.

—Lo haré, pero estoy seguro de que tú le explicarás antes esta conversación —dijo el hombre relajándose—. Dile de mi parte que la unión hace la fuerza y tú, por tu cuenta, piensa en que nadie acostumbra a tener enemigos dentro de su empresa.

—Comprendido el mensaje.

Fue ese el momento que el director escogió para incorporarse a la faena nocturna. Saludó a Seny la mar de simpático y volvió a ofrecerse para tocar el timbre y encargar bebercio de calidad y distinción.

—Hablábamos de política —explicó Seny—. ¿Has leído esas hojitas contra el vertedero? ¿Piensas hacer algún comentario sobre ellas?

El director era un buen hombre, amigo relativo de Jesús, pero procuraba no jugar a la política más que por orden, de manera que se puso en guardia diplomática y aguardó.

—Es un asunto de interés —siguió Seny—. Trataba de explicarle a Jesús que la única forma de vencer a la izquierda es, en pura lógica, hacer una política de derechas y que, para eso, hay que unir a la derecha en lugar de separarla.

—Y yo trataba de explicar al señor Seny que mientras se haga una política de derechas o de izquierdas, no habrá forma de unir a las personas ni de hacer lo que necesitamos todos a la vez: justicia, dignidad, trabajo, información sin manipular.

—Ya ves —se sonrió Seny—: parece que la partida vaya a terminar en tablas. Por cierto (y a eso es a lo que venía), ¿hay alguna réplica de Francisco Grau a lo que han dicho el senador y el diputado?

La había y recién llegada, sólo que el director la había escondido en su cajón en tanto averiguaba lo que era conveniente publicar. No era tonto y sabía muy bien que Paco Grau se había convertido en competidor político del consejo de administración.

—Sí: ha llegado al mediodía.

—Como si ya estuviera escrita, ¿verdad? —se burló Seny—. Jesús dice que no sabe quién ayuda a Grau, y yo opino que lo hace gente bastante inteligente y metódica.

—¿No había dicho que fascistas?

—No veo por qué los fascistas tienen que ser también tontos. En fin, señor director: no quiero inmiscuirme en tu trabajo, pero me encantaría poder leer mañana lo que tenga que decir ese biólogo Paco: no cabe duda de que vale. Solo por curiosidad: ¿habla del vertedero?

—Viene a decir —suspiró el director con la boca pequeña— que el vertedero es a la ciudad lo que el parlamento a la nación, puesto que el uno aloja basura y el otro, partidos. Opina que el coste de la basura sale muy caro al municipio y al Estado y que, a fin de cuentas, lo importante de la basura no es su valor sino dónde se amontona y con qué fin.

—Muy inteligente, ¿verdad? Hay un regusto por la paradoja que no me resulta desconocido —dijo Seny mirando inocentemente a Jesús—. Pero, ¿qué hay del diputado y del senador?

—Les pregunta que cuántas veces han hablado en el parlamento o en el Senado y cuánto ha costado a todos cada minuto suyo de parloteo. Luego les propone comprarse un loro para aprender de él a repetir consignas y exhorta al pueblo a regalarles a los dos un canuto de oro para hacer la O falsa de su partido socialista-burgués.

—Conoce más que simples rudimentos de la demagogia. En fin: mañana espero enterarme del resto.

Seny se fue, dejando tras él un perfume entre maquiavélico y napoleónico. El director exhumó el escrito del biólogo renunciando a explicarse el repentino interés del sesudo Seny, y Jesús, como quien no quiere la cosa, se agarró al teléfono. Eduardo no contestó, pero eso podía ser tanto que estaba como que no estaba en su casa: odiaba los teléfonos. Con Ramón tuvo más suerte:

—Seny me ha regañado. Se imagina o sabe que estoy en el ajo, pero en lugar de prohibir que Paco publique sus cosas, ha ordenado al director que le dé cancha.

—Esta gente es peligrosa porque es lista, y cree serlo mucho más aún. ¿Tú qué crees que significa?

—Que han decidido negociar con Paco: al menos él no está ni con los rojos ni con los conservadores y puede ser usado como palanca para que el grueso de la derecha haga hueco en sus listas.

—¿Verdad que sí? Tengo que hablar con Julio Ruiz para que disponga todo con los chavales. Como en algunas novelas, los acontecimientos se precipitan.

—No sé adónde iremos a parar con tantos adelantos.

—Al vertedero, Jesús. Entre la ratas.

Teléfonos

La mañana siguiente fue, además de soleada, telefónica. Unos minutos antes de empezar las clases, un bedel sacó al biólogo Paco de su sopor matinal, causado por media hora de intenso pranayama, y le condujo hasta el teléfono del pasillo. Era Julio, el jefe de prensa, por así decirlo.

—Ha salido un artículo tuyo en el periódico —telegrafió el hombre práctico y ordenado de los conspiradores—. Se están repartiendo las nuevas hojitas con todas las correcciones que les añadiste. Ramón me llamó ayer: hay síntomas de que los reformistas van a acercarse a ti muy pronto y será conveniente que vayas a la hora del recreo a tu casa para que puedan pasar nuestros electrónicos a hacerte unos apaños rápidos.

—¿No son esas demasiadas cosas para sólo las nueve de la madrugada?

—Llevamos cincuenta y tres años empezando a amanecer, macho: ya podrías haberte acostumbrado. Por cierto: ¿sabes con quién estuviste tomando copas ayer por la noche?

Paco tuvo la desagradable impresión de estar sometido a vigilancia y se lo dijo así.

—Y además es un admirador un pelo farmacéutico —terminó.

—Tienes que saber que el camarero que os trajo papel y bolígrafo es un falangista de la cosecha del sesenta y tres y que, además, tu admirador es viejo conocido nuestro y fue, en el 75 y en el 76, afiliado de la UGT.

—Pues no lo parece.

—Tienes razón: no lo parece y no creo que sea una especie de infiltrado. Por otro lado, es amigo de Pedro Jódar, porque trabajan juntos en la Seguridad Social, y compañero de estudios o, mejor, compañero de colegio durante los estudios, de Quintanilla. No suele perderse las conferencias del Ateneo, y allí estuvo tanto cuando Areilza como cuando Carrillo y Unaindía.

—¿Qué quieres darme a entender?

—¿Qué quiso éste darte a entender?

—Que quiere ayudarme.

—Pues, simplemente, medita. Y estate en casa a la hora del recreo. Oye, por si no te habías percatado: la política es cosa muy puerca y de ésta, pase lo que pase, tampoco tú saldrás limpio.

—Muy amable, pero mi vecina ya me ha recomendado su detergente: el Biocoñón o algo así, que lo usan nueve de cada diez comisiones parlamentarias.

Pero no estaba tranquilo ya, de manera que rebuscó en las tinieblas de sus bolsillos de ecologista hasta que alumbró la arrugada tarjeta de José Luis Raigada, realista, raro, republicano, reactivo, regeneracionista y un pelo farmacéutico, y le explicó, tras manipular en el telefónico disco, que su servicio de información le había calado.

—Bah —respondió el otro muy divertido—. Si no han averiguado que tengo un loro, no son más que unos aficionados. ¿Te han hablado del loro? Se sabe el principio de la "Internacional" y un trocito del "Prietas las filas", ése en el que las banderas van por ahí cantando victoria al paso.

—No sé si te molesto preguntando.

—Me molestas; claro que me molestas, pero no tengo más remedio que aguantarme, porque fui de la UGT y conozco a Quintanilla de toda la vida y voy a las conferencias del Ateneo. Además tengo un loro, un libro de Proudhome ("De la creación del orden en la humanidad", se llama), y una vez le di una patada a un perro callejero, claro que él antes me había mordido en el zapato izquierdo. A pesar de eso soy español y estoy avergonzado de que nos dejemos mandar por quienes nos mandan. Tengo algo de médico, de profeta y de loco y, por si fuera poco, soy semianarquista y una vez traduje, bien que a mi pesar, al camarada Cicerón en aquello de "quo usque tandem abutere Catilina". ¿Me crees?

—Claro que sí.

—Pues eres un crédulo. Por cierto: que hoy también toca conferencia en el Ateneo. Tu compañero de claustro, Eduardo Libre, parece que va a dar un curso de Historia de la Filosofía. La confidencia, además de venir en el periódico cerca de tu artículo (¡Muy bueno! como le dijo una gallina a no sé quién) me la hizo Pedro Jódar, el sacaamígdalas, yo creo que para animarme a llevar un pito.

—¿Conoces a Eduardo?

—No, pero tiene fama de pintoresco, ¿verdad? Espero que me lo presentes... Por cierto: ése sí que sería todo un tipo para echarte una manita.

—No es ecológico, él —medio mintió Paco.

—Ni ecuménico ni pacífico, pero es un tipo que puede llegar lejos si no lo asesinan sus fans.

Paco todavía hizo otra llamada, esta vez a Ramón, que ya había entrado en clase con sus zagales de EGB, básicos, generales y, evidentemente, por educar aún: el biólogo oía sus bramidos a través del teléfono mientras le contaba todo, la llamada de Julio y la conversación con José Luis, el farmacéutico.

—¿Tú crees que ese José Luis es buena persona? —le preguntó Ramón al final.

—Sí, lo creo.

—Pues fíate de él. Es bueno fiarse de la gente y es bueno fiarse de las simpatías naturales. Julio cumple con decirte lo que sabe y tú cumples con dejarte llevar de tu criterio. No hagas nada que no quieras hacer.

—Ni siquiera hago casi nada de lo que quiero. ¡Figúrate! La verdad es que ésta es la primera vez que conspiro y tengo el papel prendido con alfileres.

—Pues apréndete esto: no importa lo que pasa si uno sabe por qué. En todo caso, procura hablar con Eduardo. Como es un genio, seguro que no perderá la ocasión de hacerte una aproximación fenomenológico a la mentira o algo por el estilo. Por cierto: he leído tu artículo en el periódico: enhorabuena.

—Siempre juego con desventaja: yo ni lo he leído ni lo he "escribido". ¿Salgo favorecido?

—Muy especialmente cuando dices que la madre del cordero suele ser también la madre de la oveja y que el único río que no suena es el que baja seco. Quevedesco. Tal vez el senador o tal vez el diputado te peguen una pedrada. No te digo más: el éxito te aguarda.

—¿Quieres asustarme o aterrorizarme?

—Templarte el ánimo, que para eso estamos. Por cierto: ¿te veré en ese curso de historia de la filosofía que va a dictar Eduardo? Nosotros vamos más por solidaridad con Sócrates que con nuestro filósofo de bolsillo, pero vamos para evitar que lo linchen los biempensantes.

—Le he oído varias veces y, también al público: es general la opinión de su irreverencia cultural. ¿Por qué insiste en conferenciar?

—Se lo toma como un acto de servicio, pero esta vez se lo ha ofrecido Pedro Jódar. Por lo visto tienen todos ganas de incorporarle al Ateneo, ya sea para neutralizarle, ya como elemento de unión: el Ateneo, el periódico y el Partido Reformista Regional (PRR) son una misma cosa y este es un baile de prestigios.

—Pues apañados van con Eduardo.

—Ellos —le advirtió Ramón— todavía no saben que Eduardo, tú y el vertedero sois la misma persona. Deja que se enteren y verás qué espumitas les salen por la boca.

Pero aún hubo más intensos manejos a través del teléfono en aquella mañana de sol e impaciencia. Jesús, que tan tarde se acostaba después de las labores propias de su pluma, pudo por fin comunicar con Eduardo Libre a las diez para explicarle detalladamente su conversación con el viejo y retorcido Seny.

—No sé si se malicia algo de ti, terminó, pero no me extrañaría nada.

—Sí —meditó el filósofo—. Saben por experiencia que nunca estoy muy lejos de los líos. Me es igual. Aquí lo curioso es que somos los mismos de siempre pero la actitud de esta gentecilla ha cambiado en cuanto les hemos hecho sospechar que podemos tener aspiraciones electorales.

—Tal vez no digas ninguna tontería. Mientras hemos hecho nuestras cosas y nuestras críticas frontales, han estado muy seguros de que no éramos amenaza, pero si sospechan que vamos a competir cara a cara por los electores, resulta que somos mucho más peligrosos.

—Es muy especial el mundo, cándido bebé. Ellos y los otros creían que jamás descenderíamos a su juego. Ten por seguro que ahora nos respetan más, sobre todo porque ignoran nuestra fuerza real, pero conocen perfectamente la suya. Ningún partido tiene más fuerza que la del dinero que está dispuesto a gastarse. Los fervorosos entusiastas, sin cargo y sin suelo, son más bien escasos.

—¿No estarás pensando en seguir con la farsa y llegar hasta las elecciones, verdad? —preguntó Jesús, con la mosca detrás de la oreja.

—Te responda lo que te responda, no acabarás de creerme, pero te recuerdo que no tenemos dinero y que nuestras razones, aunque buenas, necesitan no sólo del coraje, sino de la perseverancia, y perseverar es hoy gastar pasta y no otra cosa.

—O sea que sigues siendo un revolucionario.

—En España no es posible ninguna revolución; nunca lo ha sido. En España sólo suceden rebeliones. Así que rebelde sigo, pero no revolucionario. Las revoluciones sólo las hacen los pueblos-rebaño o los pueblos que se olvidan absolutamente de sí mismos. No es nuestro caso.

A la hora del recreo Eduardo interceptó en los pasillos al apresurado biólogo Paco, que correteaba hacia la salida. Por el camino le contó que unos chicos, llamados "los electrónicos" por algún complicado misterio, tenían que entrar en su casa según palabras de Julio Ruiz.

—Son dos chispas de mucho cuidado —les alabó Eduardo, que parecía tener un día simpático—. No dudes que harán muy bien su trabajo.

—Sólo que no sé cuál es su trabajo y estoy convencido de que tú sí. Incluso juraría que se te ha ocurrido a ti. ¿Tan difícil sería contar conmigo?

—Fe ciega en la victoria —le aconsejó Eduardo con una sonrisita—. Ellos te darán la fuerza de un gigante. Cuando desfallezcas, recuerda estas palabras mías: te consolarán.

—¡Vete por ahí! —respondió el otro descendiendo ya las escaleras exteriores—. Los caracoles, aunque las apariencias estén en su contra, son mucho menos reservados que tú.

Eduardo agitó la patita en señal de despedida, sonriente como siempre, pero, como siempre, preocupado. Llevaba desde la amanecida pasando revista a sus recuerdos de la noche anterior y acercándose y retirándose del teléfono, según le venían y se le iban las tentaciones de llamar a Míriam.

Le divertía, muy relativamente, claro, la ambivalencia de sus sentimientos hacia ella. Y la buscaría, sin duda, si no fuera por el muro de su orgullo y la cadena de su egoísta libertad. No era Míriam una mujer común, y eso le gustaba, pero, claro, tampoco era fácil de manejar, aunque Eduardo sospechaba que era él quien no sabía hacerlo precisamente porque se sentía moral a su lado.

Le avergonzaba lo sucedido la noche anterior. Le dolía el haber terminado tratándola como a cualquier otra y más aún el no haber querido expresar, después, la ternura que sentía, cuando siempre estuvo dispuesto a fingirla en lances semejantes. A Eduardo le gustaba mentir y le desagradaba explicar claramente sus auténticos sentimientos. Por eso esta mañana, ansioso por hablar con ella, no lo hacía. Tampoco le dijo por la noche que la quería: se sintió incapaz de ello y, sin embargo, se le repitió a Manoli hasta la saciedad, claro que Manoli era una tonta y Míriam, no, aparte de que Manoli no le quería a él y Míriam, sí.

—EL hombre —se dijo para tranquilizarse— es el único ser capaz de crear problemas y, encima, dejarse dominar por ellos.

Aún así acabó telefoneando a la empresa Limpieza Urbana, casi en la seguridad de que Míriam se pondría directamente al aparato. Así fue:

—Soy el filósofo enmascarado —le dijo dentro de su línea de negar las evidencias sentimentales—. Me ha pasado la noche cogido en tus brazos.

"Y si se entera algún día que la he pasado con Manoli para librarme de su recuerdo, pero para ella".

—Hola —dijo ella lacónica.

—¿Es que hay gente cerca del teléfono?

—No hay nadie.

—Pues pon un poco más de alegría juvenil.

Míriam no estaba ni alegre ni triste. Esta extraña solamente, y también había pasado mucho tiempo dándole vueltas a la cabeza, desde la noche antes en que se puso desnuda frente a su espejo y se preguntó qué era en realidad ella, qué demonios significaba el mundo y qué merecía la pena hacer con su puñado de sentimientos intransmisibles. Luego pensó con mucha lógica y decidió que, a partir de entonces, obligaría a Eduardo a pedir, a insistir, a preocuparse. Por eso procuraba hablar poco y seriamente.

—No estoy alegre.

—Pues yo no estoy dispuesto a que me traspases culpabilidades —respondió el filósofo, rebelde como siempre—. Sin embargo sé que existes porque mi almohada huele a ti, a juventud y a emocionado y oscuro silencio ("¡toma ya!"). Y sé demasiadas cosas más de ti, tantas, que llenan la mitad de mi cabeza.

—No sabía eso. ¿Te molesta?

—No, no, pero, ¿qué puede hacer un hombre con la mitad de la cabeza vacía y la otra mitad llena, eh?

—No lo sé.

—Pues es bien sencillo: llamarte y pedirte que me ayudes a llenar la otra media.

—Tengo trabajo.

—Eso me parecía —respondió Eduardo burlón—, pero como la sociedad es como es, quizá lo termines en un momento u otro; a las doce, según Greenwich, la una en Madrid, pelo más o menos.

—Tengo que ir enseguida a mi casa. Mi madre está un poco enferma, y tengo que ocuparme de la comida.

—Eduardo se enfadó como un demonio. ¡Que le hicieran eso a él! ¡A él! Era como para morirse de risa si no se moría uno antes de rabia.

—Oye, niña —saltó airado—, que no te estoy pidiendo un favor ni mi vida depende de verte. ¿Es tu forma de decirme que ayer no fui cortés? ¿Es tu modo de empezar a dominarme? Eres una mujer muy especial, la que más, pero has de tener algo muy claro: jamás he necesitado a nadie. Jamás necesitaré a nadie.

—Muy bien —respondió ella impasible.

—Pues aún hay más: todos tus sueños revividos, todos tus ejercicios de aproximación, sólo significan una cosa: quieres tener a alguien tuyo, exclusivamente tuyo; del todo tuyo. Lo sé desde el principio.

—Es verdad, pero también tú quieres algo así, sólo que a ti te da miedo.

—Sólo que yo no soy un cursi de tu categoría.

—¿Has terminado?

—Teniendo en cuenta que a tu edad ya debes saberte tantas palabrotas como yo, sí.

—Bien.

—¿Ni siquiera vas a gritar un poco? —preguntó Eduardo, zumbón.

—No vale la pena.

Eduardo carraspeó, de nuevo sometido a lo que él llamaba ambivalencia y puede que fuera simple inmadurez sentimental:

—Oye: lo siento mucho. No debiera hablar así... Querría estar a tu lado para explicártelo de otro modo, para decirte lo cercana que estás y la importancia que tienes.

Míriam medio sonrió, aprovechándose de que no podía ser vista por el filósofo.

—¿Cómo me lo explicarías?

—Si fuera menos burro, pidiéndote perdón.

"¿Y por qué pedir perdón, asno? —le dijo su maltrecha conciencia—. ¿Por qué le das ventajas?"

—A veces —añadió para salvaguardar su orgullo— te abofetearía, pero a veces no sabría pasar sin tus ojos.

—Gracias.

—No quiero las gracias. No quiero nada. Te he dicho eso porque sí, pero no voy a pedirte que nos veamos. Me gustas y me dueles y muchas cosas más que deben venir en las novelas rosa, pero puedes tener algo seguro: no volveré a pedirte que nos veamos. El próximo movimiento, mi querida reina del ajedrez, es tuyo.

Y colgó, satisfecho y triste. ¿Por qué estas reacciones? No valía la pena preocuparse. Él era así de inevitable y no tenía objeto hacerse preguntas íntimas. Al contrario: lo único oportuno era pasar a la acción, y de nuevo volvió a juguetear con el disco del teléfono.

—Manoli —dijo—. No he dormido, como sabes muy bien, pero llevo toda la mañana soñando. En ti, claro.

—Eres un falsario.

—¿Y qué le voy a hacer si hoy corren las liebres por el mar? Verás: estaba yo acabando de desollar a un alumno que confundió un epiquerema con un dilema cuando me dije, digo: Manoli está bárbara, pero no sabe lo que es un silogismo en Bárbara, ¿por qué no la desasnas? Y como resulta que doy una semiconferencia esta tarde en el Ateneo, ¿por qué no vas y te lo explico y luego nos vamos a pasear bajo las estrella que tiritan, azules, a lo lejos?

—Tú eres todo un espectáculo. Lástima que se te entiende poco.

—Lo hago adrede, pero guárdame el secreto.

Pre-Ateneo

Pedro Jódar, vicepresidente, y Quintanilla, presidente, conspiraban al amor de dos grandes butacones en el despacho de éste último, cuya puerta excusada daba a la sala de conferencias donde Eduardo Libre, unas horas después, cometería su tanda de charlas sobre la historia de la filosofía.

—Sigo sin entender cómo Eduardo Libre ha querido dar este curso —decía Quintanilla—. Primero: sabe que no le queremos. Segundo: sabe también que a nadie le interesa la historia de la filosofía. Tercero: también sabe que el prestigio que pueda dar el Ateneo se cotiza en acciones del PRR.

—Pero te olvidas de lo fundamental: Eduardo se muere por ir contra todos, y eso es una suerte. Si fuera más metódico y capaz de encuadrarse en un grupo, habría que tenerle miedo, porque el jodía es capaz de convencer a un sordo y soliviantar a un catatónico. Ya sabes que los de AP le han querido tener con ellos, y más aún ese puñado de falangistas, y no ha tragado con nadie.

—Sí: Eduardo es un gran canalla, pero no es ni derechista ni fascista. No sé cuándo le oí decir que él era un lirio del campo. "Fijaos en los lirios del campo, que ni hilan ni tejen...", ya sabes.

—Deja a Eduardo: jamás se unirá a alguien; le gusta demasiado ir solo contra todos. El que es más serio es el biólogo Paco.

—Tan calladito y poquita cosa, él.

—Sí, pero Ramón y la ultraderecha le han sabido "motivar" o cualquier otra cosa por el estilo, y ha organizado un buen guirigay. Si tú y yo hubiéramos hablado del vertedero nadie nos hubiera hecho caso, ¿te das cuenta? Pero él ha armado un revuelo. ¿Te imaginas por qué?

—No creo que por su inteligencia; quizá porque le han ayudado esos locos falangistas.

—Perdona, Quintanilla, pero yo he pensado en eso durante todo el telediario, y creo que sólo hay una explicación: porque la gente está dispuesta a creerle a él.

—¿Por qué creerle a él y no a nosotros?

—Ahí está la clave: porque él es nuevo; él es un desconocido político; él no tiene, en apariencia, nada que ver con todo lo que hay.

—O sea que nosotros estamos quemados.

—Más que una sartén. Incluso los que, como yo, no hemos hecho política al descubierto. La gente creerá a tipos como Paco precisamente porque Paco no pide nada a nadie. Dice lo que le parece y, encima, lo dice muy comprensible. ¿Hace falta que te hable de nuestra propia falta de sinceridad?

—Yo siempre había creído que en política no hay que decir lo que uno piensa sino lo que piensan los demás. Esto ya lo sabía Proust.

—Y está muerto. Mira la cosa así: el gran valor del biólogo Paco es que no está con nadie. Nuestra ayuda no le serviría más que para que dejara de tener influencia. Y lo mismo si se volcara hacia la izquierda o hacia los conservadores. Si pactamos con él, perderemos su prestigio, pero, al menos, le eliminaremos como competidor.

—Te pasas de sutil, Pedro.

—¿Sí? Lo malo es que si la derecha le convence, nosotros nos quedaremos sin pacto con la derecha, de manera que hemos de conseguir que se incline algo hacia la izquierda: después diremos que le han comprado o cualquier cosa así, y la derecha sólo tendrá que venir a nosotros para volver a equilibrar fuerzas.

—Paco no es un genio, desde luego, pero dime: ¿cómo harás que vaya hacia la izquierda?

—Hay un truco: el consejero de Urbanismo me ha explicado que pretende explicar a Paco que algunos personajes conservadores se lucrarán con el abandono del viejo vertedero. Nosotros, frente a esto, no tenemos más que embarullar un poco la cuestión. ¿Sabes lo que es un pacto doble?

—Sé lo que puede ser, pero no me imagino el significado que le puedes dar.

—Muy sencillo: nosotros pactamos con él para que él no pacte con la derecha. Si realmente están los ultras metidos en el ajo, no olvides que ven a la derecha como a la traición andante.

—Esto no es sutileza: esto es pasarse de listo, Pedro.

—¡Qué va! Si los socialistas les hacen creer o sospechar que la derecha también saca tajada en esto del vertedero, su tendencia natural será ir contra ellos. Si nosotros, además, les ofrecemos el periódico y hasta la sala de conferencias a cambio de no pactar con los conservadores, no dudes que aceptarán encantados sin más. Luego podemos ofrecer a la derecha la posibilidad de evitar los ataques que le van a caer encima. ¿Está claro?

—¿Y qué sacamos nosotros? —preguntó Quintanilla, que no pasaba de la política de las grandes ideas y que, por lo tanto, ignoraba la de los pequeños hechos.

—Primero: que la gente de derechas deje de apoyar al biólogo Paco y los suyos —dijo Pedro Jódar—. Segundo: los conservadores, al sentirse amenazados por un cuarto en discordia, necesitarán apoyarse en nosotros y será más fácil que accedan a pactar con el PRR y nos hagan hueco en las listas. Y tercero: que ese movimiento integrador, al ceder a la tentación de arrear a las derechas, se perciba como izquierda y pierda su peligro: la capacidad de plantear la actividad política en un campo apartidista. Por si fuera poco, siempre podremos vetarlos en el periódico una vez que nos hayan ayudado involuntariamente.

—Tendrías que ser presidente autonómico por lo menos, Pedro.

—¿Verdad que sí? En el fondo el mundo es muy sencillo y por eso es necesario disimular su sencillez y embrollarlo: si no apenas sí sería posible convertir la política en algo distinto a la administración de fincas, Quintanilla. El biólogo Paco, si de verdad cree en el medio ambiente, no está capacitado para descubrir el truco del doble pacto.

—¿Y los otros que pueden estar con él? Imagínate que nos ven venir.

—Insisto en que si son ultras les importará un pito sospechar que nosotros acabaremos pactando con los conservadores si ellos tienen la oportunidad de atacarles. Les parecerá que estamos locos por darnos las herramientas para sacudirnos también a nosotros: la tentación será demasiado grande.

—La pega está en que los nuestros, mi suegro, Seny por ejemplo, no estén de acuerdo.

—Seny lo está. ¿Quién crees que autorizó la publicación del artículo de Paco en el periódico de hoy? Tu suegro del alma, que no tiene un pelo de tonto. Claro que él, en principio, lo planteó como un inicio de negociación entre ellos y nosotros, de cara al pacto. Cuando me lo contó, a mí se me ocurrió lo del doble pacto: tenemos su bendición.

—Según como se mire —comentó Quintanilla que se había educado a los pechos de un seminario—, lo que no tenemos es vergüenza.

—Mira, señor presidente del Ateneo: la política no entra en el orden moral; no es una realidad moral, sino práctica. Lo que puede medirse en unidades morales es, quizá, el efecto de la política, el bien o el mal que genere. Pero en modo alguno el método. Los métodos, los pactos, son máquinas, sistemas absolutamente inmunes a los juicios de valor.

—Eso es un sofisma como una casa, Pedro.

—Sí, ya, pero queda la mar de bien, ¿verdad?

Philo Sophia

Eduardo se presentó veinte minutos antes de la hora de su charla instructiva, como la llamaba, con una impresionante carpeta debajo del brazo, peligrosa amenaza para su presunto auditorio, pero más aún disfraz de intelectual, coraza papelera de un filósofo consciente del escasísimo interés que podía sentir su público.

—A priori, por supuesto —añadió cuando hubo explicado la razón de la carpeta bajo su brazo—. Luego estoy seguro de que todos quedarán cautivados por mi cálido verbo, y más aún porque pienso avisar que despertaré de un carpetazo a quien se me duerma —meditó un poco al respecto y se sintió en la necesidad de dar nueva información—. Y tengo buena puntería.

Pedro Jódar, vicepresidente, y Quintanilla, presidente, sonrieron como hombres de mundo sagaces y cultos que eran, manifestando que entendían la broma, aunque ambos sabían muy bien que Eduardo podía cumplir sus amenazas.

[faltan dos páginas en el manuscrito localizado]

(...) forman el Senado? ¿Cuántos diputados disputan? Creemos saber. Damos casi todo por supuesto y es aquí donde reside el engaño: la filosofía acostumbra a dar más preguntas que respuestas, y yo propongo al distinguido público que convenga conmigo en definir a la filosofía como, en todo caso, amor a las preguntas o, en vulgata, curiosidad.

Hubo algunas risas. Lo evidente es que la gente atendía con curiosidad e interés a Eduardo, que se los iba metiendo en el bolsillo con su aire desenvuelto e irrespetuoso. Solamente Manoli perserveraba haciendo señas con la mano, todo lo contrario de Míriam, que, al fondo, estaba segura de ser observada por el conferenciante.

—¿Qué podemos responder a una pregunta? —siguió él—. ¿La verdad o la mentira? No: la pregunta implica su respuesta, de manera que sólo las preguntas bien formuladas pueden obtener la verdad. Por ejemplo, si yo preguntara a alguien aquí presente a qué hora iba a terminar la charla, nadie podría darme una respuesta exacta, porque esto terminará cuando se me termine a mí la cuerda y va para largo. Pero si yo preguntara qué cosas sucedieron tal día como hoy hace un año, quizá alguien podría darme una respuesta.

Dirigió una mirada circular y descarada al auditorio y siguió:

—He dicho quizá cuando estoy seguro de que nadie recuerda que hoy hace un año el general Laguna fue asesinado de tres tiros en Portugalete, y que hace dos se publicó en el Boletín Oficial del Estado una ley que autoriza a los jueces a privar de la patria potestad a los progenitores que no perciban rentas iguales o superiores al salario mínimo; con la misma fecha explotó una bomba en el Hostal Segorbe, de Barcelona, al principio atribuida a un escape de gas. Y hace apenas ocho años, tal día como hoy parecía Eduardo Ibarzazua en un enfrentamiento con dos artificieros de la Policía Nacional. Son hechos que alguna vez hemos oído o leído, pero que habían huido de nuestra conciencia y se nos habían perdido en la temporalidad de nuestro conocimiento.

Nueva pausa. Nuevo guiño a Manoli. Nueva mirada a Pedro Jódar, que empezaba a creer que la charla se iba a escorar hacia la política. Sonrisa desenfadada y tranquilizadora de Eduardo.

—Ustedes acaban de dar por buenas las últimas informaciones, no porque les conste su autenticidad, sino porque suponen que yo me he molestado en consultar algún manual de efemérides o una hemeroteca. Suponen, también, que no voy a mentir sobre algo que se puede comprobar fácilmente y, sin más, tienden a creer en mis afirmaciones. Bien: falsas todas sin excepción. Pero eran percibidas como verdad hasta hace un momento porque "les sonaban". Su propia mente ha sido para ustedes un impedimento a la hora de aproximarse a la verdad. Y ése es el problema básico: ¿podemos conocer algo? ¿es? —se quedó quieto y serio—. Este es, puesto al día, el método socrático: pregunta tras pregunta, buscar la verdad, cercándola, acosándola, usando la ironía y la mayéutica. Pero antes de Sócrates, señores míos, ya se había puesto la primera piedra de la desconfianza. Los físicos jonios, Tales, Anaximandro y Anaxímenes, mirando estrellas y cosas así, se preguntaron por la materia y sus orígenes y dieron con cuatro o cinco principios, según su caletre. No dudaron de que la materia fuese real, aunque la definían sospechosamente disfrazada, aunque el mismo Anaximandro, con su To Apeiron, explica la materia con la metafísica, con un "algo indeterminado", que bien poco de material tiene. A las segunda generación, por así decirlo, la filosofía ya es dos filosofías distintas, enemigas, y, encima, basadas en ideas abstractas e indemostrables. Heráclito y Parménides. Desde entonces, me duele confesarlo, no hemos encontrado nada mejor. El ser, es; el no-ser, no es: he aquí a Pero Grullo, pero eso es filosofía. Todo cambia, todo fluye, nada es. Nada es —se entiende— para siempre. Otra filosofía, otra forma de ver irrealmente la realidad. El gran tinglado de la inteligencia humana reposa en creer o no creer en la realidad, problema que un perro tiene resuelto a los quince días de haber nacido.

Míriam

Había subido al salón de actos del Ateneo no muy segura de la oportunidad de su decisión. Ahora escuchaba el desenfado con que Eduardo se enfrentaba a la historia del pensamiento y, sin discutirle el mérito de la amenidad, se decía que había algo muerto en el filósofo de bolsillo. Comprendía que Eduardo era incapaz de creer en algo pequeño, en algo vulgar, en una persona, por ejemplo. Se movía a años-luz de lo cotidiano y, según Míriam, había sacrificado sus sentimientos a la tenaz voluntad de hacer en cada momento lo que le diera la gana.

Mirándole a través de varias filas de cabezas, se daba cuenta de la distancia verdadera de aquel hombre que mezclaba, a partes iguales, una increíble madurez intelectual y una insoportable inmadurez sentimental. Creía comprender que a Eduardo le causaban pavor los sentimientos duraderos, como comprendía que empezó a esquivarla en cuanto empezó a amarla, quizá por celos de su independencia, quizá por perseguir un amor ideal inalcanzable.

Tampoco Míriam estaba segura de lo que le sucedía a ella, porque Eduardo evitaba cualquier posibilidad de seguridad. Míriam había fantaseado, y a sus fantasías anónimas les puso el nombre de Eduardo Libre. Creyó, y seguía creyendo, que Eduardo veía claro en su interior, pero le había costado más comprender que Eduardo no quería amor y ni siquiera esperaba amor de quien le amara. Eduardo no quería nada de nadie; no pedía nada; no aceptaba nada, ni siquiera la devoción. Y, suponiendo que la hubiera llegado a amar un poco, era evidente que la quería como a una imagen o como a un recuerdo.

Se daba cuenta, escuchándole entre muchos otros, que Eduardo Libre era un hombre profundamente desdichado; tanto, que ni siquiera lo comprendía, ni comprendía, con toda su filosofía a cuestas, el significado de la felicidad; o le daba un contenido literario e inalcanzable.

Cuando Míriam llegó a la sala de conferencias, el desgarbado biólogo Paco le había hecho señas para compartir asientos y presentarle a José Luis Raigada, "un pelo farmacéutico", que pasaba por ser la nueva adquisición del equipo de rebeldes.

—La claque —le explicó el biólogo Paco sobre la marcha, es también una opinión.

—Eso —dijo José Luis Raigada—. La misión del hombre, tal y como yo la veo, es adherirse: a una mujer, por ejemplo, con lo que tenemos la familia; a una idea, con lo que tenemos un movimiento; a unos problemas, con lo que tenemos una comunidad.

—O a una estupidez —intervino Paco.

—Con lo que tenemos un partido político.

—O rebaño, José Luis.

—O rebaño. Y un rebaño necesita cabestros.

—O secretarios generales.

Míriam no soportó fácilmente el bombardeo, pero se parapetó en una sonrisa cómoda y un tanto ausente mientras sus acompañantes se lo pasaban tan ricamente.

—Es la novia de Eduardo Libre —informaba ya Paco.

—O la fiancée. Las novias jóvenes, dóciles y enamoradas, son la edad de oro del amor, el paraíso perdido, si es que puedo expresarlo así; la mujer en su estado puro, no atada por ceremonias ni por maternidades, ni por hogares, ni por trabajos domésticos y, si me aprietas, limpia aún del polvo de la convivencia.

—Yo no soy la novia de Eduardo Libre.

Paco parpadeó desconcertado. Él les había visto juntos y había escuchado a Eduardo hablar en términos inequívocos. Temió haber metido la pata.

—¿Eso lo sabe Eduardo? Porque es opinión de quienes le conocen y le estiman (je, je) que está archienamorado y semiestupidizado.

—El amor es todo él contrastes —intervino Raigada, difícil de callar—. Es un sí y un no a la vez, mezclados, en guerra. ¿Acaso el miedo no es el primer componente de toda pasión?

—¿Lo es? —preguntó Míriam.

—La frase, al menos, es buena —gruñó Raigada, que no era puntilloso con sus palabras—. "El miedo es el primer componente de la pasión". ¿Eh? Yo, cuando tuve novia, tuve también muchos miedos: a no verla, a que se me escapara, a que no me entendiera, a que me dijera que sí o que no... según.

—Eduardo no me necesita.

Paco le cogió una mano, paternal o, tal vez, maternal a su estilo:

—Yo conozco a Eduardo como tú nunca le conocerás, porque soy un hombre, y las molleras de los hombres tienen afinidades que te están vedadas. La pregunta que quiero hacerte es distinta: ¿le necesitas tú a él?

—No lo sé.

—¿Te gusta su compañía? ¿Piensas en él durante su ausencia? ¿Dices su nombre a escondidas? ¿Sonríes para él al mirarte al espejo a solas? —José Luis Raigada fingió tomar aire—. ¿Piensas cosas que decirle? ¿Consideras que habría que decorar su casa de un modo distinto? ¿Le criticas a menudo? Si respondes sí a todo, le necesitas con urgencia. Lo demás son detallitos sin importancia.

Paco hizo el gesto de "ya lo ves", y, reparando en la mano de la chica, aún cogida, la soltó:

—Lo peor que puede hacer un amigo es meterse en la vida privada de otro, pero como Eduardo me hace eso siempre que se le ocurre, ahí voy yo: Eduardo, si es que yo oí bien, tiene miedo a perder libertad y, también, a ser comprendido. Vamos a suponer...

—Y es una suposición solamente o, si te gusta más, una hipótesis... —ayudó José Luis muy divertido.

—Vamos a suponer que tú le quieres.

—¿Y él a mí?

—Él te quiere. A su modo, de acuerdo, pero todo el mundo quiere a su modo, ¿o no? SI le quieres, y deseas tenerle rondándote, haz lo contrario: si hasta ahora le has dado a entender que le comprendías, finge ahora que no. Déjale que se haga el misterioso.

—No conozco a Eduardo más que de oídas, pero cree a Paco: comerá en tu mano.

Ella les sonrió preguntándose si valía la pena hacer todo aquello y acercar su vida a la de un extravagante. Sí: sin duda.

—Tal vez sea lo...

—¡Chis! Ya sale nuestro ídolo —le advirtieron.

Calló, pues, y escuchó a aquel hombre con el que se sentía unida de un modo muy especial y con el que compartía el recuerdo de la última y extraña noche donde el amor, si eso lo fue, resultaba secundario. Comprendió que vivía para representar sus papeles: el de filósofo escandaloso, el de intelectual rebelde, el de conspirador maquiavélico o, como resumen, el de Eduardo Libre, sonriendo, contra todos.

—Uno de los mayores errores de la humanidad actual, seguramente influida por Berkeley y, más tarde y peor aún, por el pelirrojo de Stuart Mill, es la suposición de que vivimos en el presente —afirmó entonces Eduardo Libre, guiñando un ojo a que Míriam supuso en su honor—. Vivimos a la vez con todas las edades; vivimos, porque lo conocemos, en el siglo de Pericles y en las cruzadas y con el tomismo a cuestas, y, también, en pleno descubrimiento de América. Platón está pensando en este momento y Cristo sigue predicando, lo mismo que Einstein considerando su teoría de la relatividad. Los pasados son activos y empujan, y la historia del pensamiento no es historia: es el pensamiento. Yo, que estoy ahora hablándoles, soy el que ayer no les hablaba. ¿Cuál es la diferencia?

Míriam pensó que se refería a ella y que le enviaba un mensaje por encima del público. Volvió a quedarse pensativa.

Ramón

Había preferido estar a solas en la conferencia de su amigo, y evitó sentarse con su gente a la espera de poder trabajar un poco más en la conspiración. La suerte le acompañó cuando, en forma de Alejandro, se le presentó a la puerta de la sala. Alejandro venía con uno de los consejeros autonómicos de su grupo conservador.

Los conservadores, se dijo Ramón, eran una extraña fauna integrista y extremista que consideraban propios a todos los que no eran socialistas o comunistas. Al mismo Eduardo Libre, que tantas pruebas de no ser rojo ni conservador había dado, le seguían tomando por amigo, por "elemento" aprovechable que "compartía con ellos un mismo modelo de sociedad".

—Como no sea la Sociedad Protectora de Animales —había respondido el filósofo en cierta ocasión.

Alejandro echó un vistazo al interior de la sala mientras estrechaba la mano de Ramón.

—No sabía yo —comentó— que la historia de la filosofía contase con tantos adeptos entre la clase política.

—Lo que sucede —dijo el consejero autonómico, que también se las daba de amigo de Eduardo— es que quien más y quien menos tiene miedo a la lengua de Libre, y prefieren estar en primera fila, por lo que pueda suceder.

—¿Aquel es el famoso biólogo? —preguntó Alejandro señalando al amigo de los caracoles—. Muy bien acompañado está.

—Es una medio novia de Eduardo —explicó Ramón.

—Me refiero al otro. ¿No era rojo o algo así ese farmacéutico?

—Algo así —confirmó el consejero autonómico.

Alejandro miró a Ramón enarcando las cejas.

—Me parece —respondió Ramón con cierta sutileza— que la postura del biólogo Paco tiene no pocos simpatizantes en la izquierda.

—Y en la ultraderecha, ¿verdad?

—Y entre vuestro electorado, ¿no es eso? —siguió jugando Ramón a la contra—. Cada vez que sale un señor dispuesto a combatir, todos le queréis captar. Lo malo es que luego le anuláis con la disciplina de partido.

—Son las normas. Los líderes los nombra el partido.

—Pero tú sabes que eso no es cierto. Los "otros" también deben de saberlo, porque están la mar de interesados por Paco, por no hablarte de los del PRR, que ya le han dado vía libre en el periódico.

—Lamentable —dijo el consejero—. Porque ese hombre parece que va de buena fe.

—Sí: sería una lástima que le engañaran —suspiró Ramón—. Me parece que Eduardo opina igual, y tiene intención de ayudarle.

—¿Eduardo? —Alejandro demostró cierta alarma por espacio de unos nanosegundos—. Eduardo, en todo caso, querrá embarullar el asunto a su modo y, sin duda, tú estarás dispuesto a ayudarle.

—¿Por qué no? Tal vez sea hora de que juguemos vuestro juego y que vayamos a las elecciones independientemente, con la verdad por delante.

—Je, je —hijo Alejandro—. Sabes tan bien como yo que fracasaríais. La gente no quiere oír la verdad: quiere oír a quien le dé la razón.

—Bueno —concedió Ramón, sonriendo feliz—. Me encanta que los partidos penséis así. Sencillamente ésa es la garantía de que el futuro no será vuestro. Ya ves.

Como viejos amigos, podían decirse cosas así sin que la sangre llegase al río o, al menos, sin que llegase a la cabeza y la inflamara. El consejero autonómico, menos amigo, frunció en cambio el ceño.

—España —dijo— es un país de derechas.

—España —respondió Ramón a cara de perro— no es un país. La parte de España que, de verdad, es país, son los políticos, payeses ellos, y, en este sentido, es un país de izquierdas. ¿O no?

—De amigo a amigo —interrumpió Alejandro, que seguía mirando hacia el biólogo Paco—, ¿qué sabes tú de los proyectos de Paco Grau?

—Ha sido el primer sorprendido por la atención que todos le hemos prestado. No sé si se da cuenta de que se repara en él precisamente porque representa una bocanada de aire fresco. Pretendía hacer su propia cruzada ecológica —pidió a Dios perdón por la mentira— pero, vistos los apoyos, me parece que quiere aguantar en el machito hasta las elecciones.

—¿Él solo?

—Tengo la impresión de que hay varios dispuestos a ayudarle.

—¿Incluido Eduardo Libre?

Ramón se echó a reír mientras les invitaba a pasar ya a la sala:

—¿Ha ayudado a alguien Eduardo en toda su vida?

Hubo consenso: Eduardo jamás había echado a nadie una mano. Piedras, sí; manos, nunca.

Julio

El joven esbirro, alumno de pro y soplón amistoso de Eduardo Libre, había acudido a la conferencia de su amito, pero no para hacer méritos: tenía seguro el sobresaliente, no sólo por su despejada inteligencia, sino porque sabía muy bien que Eduardo Libre sentía predilección por los sinvergüenzas, en los que veía la esperanza de un mundo, si no mejor, más divertido y realista.

El esbirro principal se había dejado caer por el Ateneo por otros motivos. Sabía, por ejemplo, que su profe había caído como un halcón sobre la tal Míriam y que Míriam, contra todo pronóstico, había aceptado el juego y quién sabe si mucho más que el juego, lo que era un punto a favor del filósofo de presa. Un día el joven sería también un filósofo de aquí te espero, y no se le escaparía ni una viva o, al menos, sin desplumar.

Sentía fidelidad además de admiración por su jefe, y estaba agradecido porque, siendo tan mentiroso como solía el gran Eduardo, a él jamás le mintió. Como los buenos jugadores de billar, le iba diciendo: la bola siete por el agujero de la derecha, la doce por el de la esquina de arriba, y, sin preguntarle por sus lealtades ideológicas, le había explicado el jueguecito del falso partido político.

El chaval conocía, además, a Joaquín y a Alberto, los electrónicos, con los que había hecho comentarios sabrosones a espaldas de la jerarquía y, dispuesto a servir a la causa de su amito, había dado con un cabroncete radioaficionado y anarquista que, con otros peludos y tipos de cresta, se estaba preparando para organizar una emisora pirata de televisión. Eran un grupo de roqueros auténticos, —no de la operación Roca— que pretendían invadir los hogares con sus ritmos y sus metafísicas guitarras.

—En Barcelona y en Madrid está lleno de emisoras así —le habían contado—. El mismo Garrigues, cuando las elecciones, tuvo su emisora, ¿y le has visto tú pisar la cárcel? No pasa nada, tío y, si pasa, más guapo todo, ¿no, tronco?

Había que hacer, eso sí, un toma y daca. Los roqueros eran "tíos legales" y tal, libres, libérrimos, pero no les vendrían mal unos duros para la reconversión tecnológica. Pero si esos duros eran ultraderechos, como quien dice, ellos hacían una versión del Cara al Sol en rock duro o, mejor, y por aquello de la chanza, una versión de la Internacional para guitarra de púa y batería de la buena.

Con estas noticias, el buen bribón derivó hacia Julio hasta abordarle por la amura de estribor, dándole las buenas tardes, muy bajito, con un "salud, camarada", muy puesto en los ideológico de la cuestión.

—Si yo fuera tu padre —le devolvió Julio el saludo— no te quedaría ya piel en el lomo. Eduardo te alienta porque eres listo, pero los truhanes no suelen ser tontos.

—Calama, que soy un aliado. He venido a aplaudir al jefe y a percatarme del ambiente del gallinero. ¡Hasta los topes! —comentó satisfecho—. ¡Cómo se nota que le tienen miedo!

Luego le explicó el asunto de la emisora pirata que, tal vez, viniera al pelo para los planes. Lo otro, lo de meter mano clandestina al chisme que emitía la carta de ajuste para los reparadores de televisión, podía ser más peligroso y complicado.

—¿Es cierto eso?

—Los tipos por cincuenta mil cucas emiten lo que les echemos a la hora de la sesión de tarde de los sábados, o cuando la gimnasia de las chicas.

—¿Sólo por dinero?

El chaval se repinó en su asiento, meditabundo en parte.

—A mí —empezó— la política me parece una chorrada y, a veces, una salvajada. No es que pase de ella, qué va, sino que me da vómitos, y está claro que tantas mentiras sólo quieren decir que nos toman por tontos. Ustedes tienen, a mi juicio, una cosa mala: creen que puede hacerse una política buena. Yo lo dudo, pero me gusta que les hagan la guerra a los sinvergüenzas. Los tipos de la emisora pirata quieren hacérsela también, a base de ruido de guitarras y aullidos. Una vez que les he explicado las concomitancias —se rio para subrayar la palabreja— han sido como cera en mis manos. Como dice el jefe, no importa lo que pase si uno sabe por qué.

Eduardo llevaba ya un tiempo hablando cuando el joven terminó de explicar todos sus asuntos, momento que aprovecharon para prestar atención al discurso.

—Le veo venir —dijo al fin el estudiante de COU—. Le apuesto a que demuestra primero que la filosofía no sirve para nada y, después, que sólo se puede vivir filosofando. "El que no filosofa —citó— no tiene forma de saber si habla o si bala".

—Calla.

—En clase nos la juega siempre —siguió aún el joven por lo bajito, muy orgulloso de su jefe—. Cuando habló del mito como forma de pensamiento pre-filosófico, preguntó si alguien conocía alguna forma de pensamiento post-filosófico. ¿Sabe qué respondió él mismo?

—El rock. El marxismo. La estupidez.

—Frío, frío: el libro de texto de filosofía. Por cierto, ¿no le está guiñando el ojo a aquella?

—Es Manoli.

—Claro que lo es. ¿Quién no la conoce? —se volvió a medias para mirar a Míriam—. ¡Este tío es un genio! Las ha juntado y seguro que las presentará: A y A prima, o algo por el estilo. Me gusta el profe porque es malo a cosa hecha.

Julio no creía que aquello fuera más que una coincidencia, pero vista la unción del muchachuelo, sospechó que Eduardo las había convocado a mala idea aquella tarde. Le dio un codazo al chico:

—No le admires tanto —le dijo—. Cuando un hombre hace cosas así, lo único que indica es que es bastante desgraciado.

—Quizá. Pero con clase.

Jesús

Visto que los jerarcas de su periódico habían dado, momentáneamente, permiso al biólogo Paco para existir, Jesús decidió cubrir, por propia iniciativa, la primera lección del curso de filosofía que comenzaba Eduardo Libre en el aula magna (como decía siempre su tebeo) del Ateneo científico, literario y artístico que, claro está, no contaba con ningún científico ni con ningún literato, y sí con una pléyade de artistas autoascendidos gracias a que hoy cualquier cosa de colorines puede ser arte y cualquier panoli cursi y engreído un creador fuera de serie.

Tenía ya escrita una "Charla con E. Libre, filósofo", porque Jesús era alérgico a la entrevista: no quería entrever nada, sino verlo directamente, cara a cara y, a ser posible, a los ojos la mirada y a la nariz el primer puñetazo. La habían confeccionado al mediodía entre Nieves, la directora, Libre, el filósofo y el mismo Jesús, que alguna pluma de poeta tenía, de manera que les había salido una charla la mar de culta.

—Me pregunto para qué se hace todo este trabajo —comentó Jesús en un aparte, justo después de que Eduardo declarara que la sociedad española era impermeable a determinadas ideas—. Casi nadie lee, y de ese "casi nadie" lector, la mayoría se conforma con el titular; los cultos leen también la firma, y tienden a imaginarse el resto.

—Doxá —dijo Eduardo extrañamente lacónico—. Opinión.

—Pero este mundo vive de la falsedad; vade por la falsedad.

—Pero sobrevive, ¿no? —insistió Eduardo que había adoptado momentáneamente claro, la personalidad de Sócrates.

—¿Sobrevive de veras? —preguntó Nieves, catedrática de literatura muy dada a enfangarse en los sentimientos.

—¿Has oído hablar del innatismo de las ideas?

—Naturalmente —dijeron a coro Nieves y Jesús.

—Pero no lo recordáis, así que os lo resumo en pedestre: aunque no lo crean algunas señoras, soy un platónico y estoy convencido de que la razón descubre ideas en lugar de generarlas. Hay muchas ideas, pero no tantas como para que cada hombre o mujer tenga una sola de su propiedad. Y, lo que es más, hasta el más asno es capaz de reconocer una auténtica idea, entre otras cosas porque la idea —con mayúscula— no sólo se piensa sino que se siente. Y una mentira tanto es la negación de una idea como el camuflaje de que no hay ninguna. La falsedad, para ser, ha de ser permanente, continuada y masiva si quiere tener mayoría de adeptos, pero cualquier idea real, innata, se la carga. El que quiera triunfar, hijitos, que pregunte por la verdad. No tengáis miedo, que diría el Papa.

—Pero esta época —empezó Nieves— es peor. Se trata de destruir cualquier tipo de fe, cualquier criterio, y...

—Esta época es, además, todas las épocas anteriores trabajando juntas, pensando juntas y actuando juntas. Hasta la gente mentirosa tiende a buscar la verdad. Con tele y con prensa, con discursos y programas electorales, la gente piensa, y eso es inevitable. Dale a la gente respuestas a sus preguntas y preguntas a sus respuestas, y todo puede cambiar.

—Repito eso, que lo pondré subrayado fuera de texto:

—En otras palabras: averigua lo que la gente sueña en vez de lo que la gente hace. Si tú, como tanta prensa y tanto político, dices a los hombres lo que deben pensar, vas al fracaso: no romperás la coraza de indiferencia. Pero —y a eso iba desde el principio— si le dices lo que ya sabe, la idea innata, te la entenderá. La gente que te entiende, te sigue. Esa es la clave para el próximo mundo: averiguar qué puede entenderse y qué no.

—¡Eres tan optimista!

—¡Qué remedio! Los pesimistas son tontos. Los pesimistas creen que nada puede cambiar. Los optimistas, en cambio, sabemos que nada cambia en realidad. ¡Qué jodío paradójico soy!

—¿Dirás todo eso en la charla de esta tarde?

—¡Bah! Esas no son ideas, sino doxá, opinión y va que chuta. Esta tarde y las siguientes voy a transmitir una auténtica idea, antigua y casi eterna que todos entenderán aunque nadie la predica de un semejante. Una idea genial para que el mundo se subleve contra los falsarios; el botón rojo de la bomba humana: el hombre —diré— es inteligente. Cada hombre piensa. Y, si no piensa por su cuenta, no es hombre. Confiemos en la inteligencia —que no es la instrucción, ojo— y desafiemos a todos a pensar. Te lo brindo, Jesús: Falange Española Pensadora y de las Jons. Recuerda a las tribus que son listas antes que tribus, y confía.

—Dios te oiga.

—Ya me oyó. ¿Tú piensas? ¿Y tú, Nieves? Pues igual los demás: en ello se basa la hermandad del género humano: todos podemos llegar igualmente a las ideas, pero a muy pocos les convencen las falsedades. He dicho.

—Eso también lo pondré.

—Claro, claro. Y por también de mi parte: tonto el que lo lea. Es para motivar, ¿sabes?

—Innatismo —dijo Nieves otra vez—. Platonismo. ¿En qué parte cabe esa chica?

—No hay chicas. No existen las chicas —respondió Eduardo como un rayo—. Niego su realidad. Hay seres humanos hembras. Es un mensaje de la Dirección General de Viragos.

—No existe, pero se llama Míriam —ayudó Jesús—. Y, como decías hace un momento, piensa. Piensa de lo lindo y es tu hermana.

—Todos los hombres piensan. Míriam piensa, ergo Míriam es un hombre. ¡Toma castaña! —respondió Eduardo (a) el sofista—. ¿Y qué me dices de este otro? Todos los hombres piensan, pero Eduardo Libre no quiere ser pensado, ergo...

—Eduardo es un desgraciado —coronó Nieves el esfuerzo intelectual.

—Y tú una casamentera por no llamarte Celestina —se revolvió Eduardo—. Y perdonad: vosotros sois una pareja casi feliz, mientras yo soy un uno casi feliz. No necesito Míriams ni otros personajes que quieran metérseme dentro.

—¿Lo pongo también en subrayado? —preguntó Jesús—. El conocido filósofo cree que él es único.

—Y lo soy —se jactó Eduardo, burlón.

—Pero un día descubrirá que los demás existen —siguió Nieves— y que no se pasan la vida analizándole.

—Mal hecho por su parte: se puede aprender mucho de mí.

—Por ejemplo, que aún no sabes cómo acercarte a los demás.

Eduardo hizo un gesto de impotencia:

—Yo sé hacerlo todo. Pero eso que dices, si es cierto, se deberá a que tengo alguna mónada desajustada.

—Yo de ti no me andaría con el bolo colgando, forastero —le recordó Jesús—. Que sepas que yo, el poeta, lo sé también: tus sueños de adolescencia son mujeres transparentes, de vitrina, esculturas y arte para los ojos y el pensamiento. Pero hay mujeres reales que, además, dan lo que necesitas para darte tú.

—Encárgame una docena.

Luego, en la conferencia, Eduardo fue embarullando a su gusto la historia del pensamiento; eso sí, insistiendo en que pensar era cosa obligatoria, impuesta por el hecho de nacer hombre. Jesús, que conocía casi todo lo que Eduardo expresaba y que se divertía al oír hablar de innatismo, hilemorfismo —que ya son ganas— y hasta de que los primeros cínicos no eran nada "cínicos", tenía la otra mitad de su cabeza presente en el pequeño encuentro que tuvo con el consejero de urbanismo, urbanismo de izquierdas, se entiende, y en la metafísica de la basura que le había expuesto cuando le preguntó, para el diario, su opinión sobre el biólogo Paco, el vengador de los vertederos.

—Pero, por muchas palabras que se le añadan, la basura sigue existiendo —le respondió el consejero que, además, le sabía ya del bando del biólogo—. Sólo me extraña que el periódico preste atención ahora a un tema tan viejo y agotado.

—El periódico —le corrigió Jesús con el debido respeto— presta atención a lo que le interesa a la gente, dentro de lo que cabe. Y es todo un fenómeno que un recién llegado a la política cuente con tantísmas simpatías.

—¿Simpatías? Los verdes no son políticos. Puedes decir que el progreso genera basura y que, forzosamente, hay que depositarla en alguna parte.

—Más o menos que hay que cascar los huevos para hacer una tortilla y que el progresismo sin basura no es progresismo ni nada. ¿Es conservadurismo?

—¿Eso es una pregunta o una broma?

—Las dos cosas. ¿Sabes que corren por ahí unos pliegos de firmas adhiriéndose al biólogo Paco?

El consejero lo sabía de sobra, pero tenía una decidida vocación política por hacerse el sueco.

—¿Y qué son las firmas? Aquí lo que cuentan son los votos.

—Yo creo, en mi modestia, que son una forma de votar en tanto volvéis a poner las urnas y los ordenadores. Por la mañana había más de cuatro mil firmas con su correspondiente "deeneí": eso es, por lo menos, un puesto de concejal.

—¿Cuatro mil? Alguien está mal de la cabeza en este país. Y vosotros, los periodistas, tenéis la culpa. Azuzáis a todos contra nosotros.

—Oye: que yo te he preguntado sobre lo que opinabas del vertedero, no sobre el departamento de agit-prop.

—Habrá que volverlo a estudiar: quizá se nos pasó algo por alto.

—¿Es cierto que se cambiaron de emplazamiento los mojones del límite entre términos?

—¡Cómo va a ser cierto!

—Entonces, ¿por qué están lejos de donde los sitúa el plano catastral?

—Son planos antiguos. De la época de Franco, por si te interesa.

—También tú eres de la época de Franco, y ya ves.

—En cualquier caso... —no supo qué añadir después y se quedó en vilo un momento—. En cualquier caso un vertedero sólo es un vertedero.

—¿Lo pongo tal cual, sin adornos? —se burló Jesús—. Paco opina como tú: un vertedero es un vertedero. Pero él añade que ha de estar lejos de los pozos de agua y hasta cita no sé qué artículo de la ley. ¿Cambiaréis de sitio los pozos, por un casual?

—¡No digas memeces!

—¿Cambiaréis de sitio el vertedero?

—Ya está aprobado así.

—¿Cambiaréis de ideas a la gente?

—No te quedes conmigo, Jesús.

—¿Cambiaréis, entonces, de criterio a Paco Grau?

En eso mismo estaba pensando el compañero consejero de Urbanismo, pero, claro, no podía confesárselo a un periodista.

—¿Te crees que la política es cosa de blanco o de negro? No es tan fácil como parece desde fuera.

—Ya os lo avisaron los de UCD. Como si dijéramos, la mano ha de ser más rápida que la vista.

—Di eso en el periódico y acabarás sentadito delante del juez.

—Y tú hazlo, y te sucederá tres cuartos de lo mismo.

"La clave de la historia de las ideas —estaba diciendo Eduardo desde su podio de la sala— está en las preguntas que los hombres nos dirigimos. ¿Para qué sirve pensar? Los filósofos clásicos opinaron que servía para buscar la verdad; los comerciantes protestantes que para lucrarse, y los españoles actuales, con todas las excepciones que se quiera, que para torear al vecino. En realidad habría que hacer la pregunta de otra forma: ¿Qué se puede hacer sin pesar?"

—¡El amor! —respondió una voz anónima que Eduardo reconoció como la de su esbirro.

—Sí: se puede hacer casi todo sin pensar, hasta la política; lo que es imposible es hacerlo, además, bien.

Apoteosis

Pedro Jódar supo que se acercaba el fin de la charla porque Eduardo empezó a bailotear de impaciencia en su asiento y porque le echó un par de miradas zumbonas que no presagiaban nada bueno. Ignoraba, claro está, que el filósofo llevaba un rato deshojando una margarita presuntamente intelectual, que tenía en los pétalos alternos los rostros de Manoli y de Míriam, y que, carne por carne, acababa de decidir que prefería la carne poética, sensitiva, inteligente y pensativa de Míriam, recién rebasada la frontera de la inocencia, a la carne sabia, despreocupada y maquinal de Manoli, más placentera, sin duda, pero infinitamente más zafia.

—Querer o no querer —decía Eduardo Libre compaginando sus meditaciones con su lección—. Pensar o no pesar. Creer o no creer. Ser o no ser... La opción es la misma en cada instante: el amor, el pensamiento, la fe y el ser o, por el contrario, la dictadura de la oportunidad: de nuevo Heráclito y Parménides. La dictadura de la oportunidad, que es la dictadura de los oportunistas.

Pedro Jódar se levantó un palmo de la silla. Esperaba, claro, alguna puñalada política, pero no afirmaciones tajantes de ese calibre.

—Como decía un amigo aquí presente, biólogo que ha adquirido cierta notoriedad en los últimos días, el problema básico del hombre no es la supervivencia, ni la comunidad ni el individuos: es la inteligencia. ¿Qué hacemos con ella? Evidentemente lo positivo. Y lo positivo es, al margen de consideraciones morales, lo que ha venido teniendo éxito: la familia, el pensamiento individual, la fe en Dios y tantas cosas que muchos cretinos pretenden superar con una simple palabrería cavernaria, mucho más antigua, deslavazada e ilógica que la prostitución.

Pedro Jódar, pillado contra la pared, sonreía estúpidamente hacia el público, los labios húmedos de saliva, quizá de baba. El público, por su parte, lo pasaba divinamente, puesto que todos habían acudido para no perderse la faena que Eduardo pudiera hacer. El pensamiento filosófico les importaba mucho menos que la mala uva de Libre.

—Y eso no es todo —añadía Eduardo, ya alegremente descolocado y al borde de la carcajada—. Tengo sólidos antecedes, desde Pitágoras a Platón, con Diógenes, Plotino y, si me aprietan, Séneca y Anneo Floro, para afirmar que mientras el hombre no sea herbívoro no será posible la democracia burguesa: sólo la esclavitud, burguesa o proletaria, tanto me da. ¿Verdad, Paco?

—Verdad —respondió Paco muy serio desde el fondo.

—Modérate, Eduardo —intervino Pedro Jódar.

—Modérame tú, si puedes, moderador.

—¡Pranayama, pranayama! —le aconsejó el biólogo Paco mientras algunos jóvenes incondicionales intentaban aplaudir a su profe favorito.

—¡Chis, chis! —hacían biempensantes de las primeras filas y algunas señoras de las que hablan bajito en las exposiciones.

Eduardo se puso de pie y se las apañó para calmar las cosas moviendo suavemente las manos.

—Entender, señorear, dar a cada cosa su valor y quitarle la cáscara a lo que está hueco... Ése fue el principio del filosofar: encontrar el modo de explicar a todos los hombres que somos mucho, que somos más, que la inteligencia no es una costumbre ni mucho menos un mérito, sino la herramienta de la humanidad, la razón de nuestro señorío.

Se volvió con una ligera inclinación a Pedro Jódar, moderador que seguía sonriendo de impotencia, con cierta tonalidad biliosa en el blanco de los dientes, y otra al presidente, Quintanilla, que, del mal el menos, calculaba que el Ateneo volvía a dar ejemplo de tolerancia democrática y libertad de cátedra.

—No sé si, tal como ha evolucionado esta primera charla, será posible dar una segunda, en la que trataría de la frustración en el pensamiento, es decir de la larga e inútil búsqueda de un solo principio que lo explique todo, sea el átomo de Leucipo, sea el To Apeiron, los cinco elementos, las homeomerías (que ya les diré qué dice Anaxágoras que son), las Mónadas o la relatividad.

—Naturalmente, naturalmente —asintió Quintanilla, moviendo la mano como si espantase moscas.

—La realidad no es una, ni dos ni cinco: es toda y toda se la ha de ver. Por partes no es nada, como deberían saber marxistas y liberales por propia experiencia. Por eso, porque la realidad es toda y todo cabe en ella, quiero cerrar esta pequeña introducción a la historia del pensamiento con algo que vengo pensando, a solas, durante toda la charla: una vez una mujer joven, poética y poesía ella misma, me habló de un método para aproximarse a las personas, de unos ejercicios de imaginación para llegar a entender totalmente a la persona próxima y ser entendido por ella. A esa mujer no le dije entonces dos cosas fundamentales: todo se puede entender si uno lo desea así, porque todo lo bueno es verdad, aunque solo sea una verdad íntima del corazón voluntarioso. Y, también, que nada se entiende mejor que una mano abierta y tendida —extendió la suya, casi emocionado, serio, firme y algo triste, dejándola que la viera todo el público—. La mano abierta que no sólo es señal de paz, sino de oferta; que no sólo es amistad, sino que pide lo que cada uno puede dar: caridad, justicia, simpatía, amor.

Dejó que un corto silencio se hiciera sólida vibración sentimental.

—No hay nada tan humano como el pensamiento, y no hay pensamiento mejor que el que sostiene a un hombre en el difícil equilibrio entre su miedo a la muerte y su afán de eternidad: que la vida es justa porque nos eligió a todos para vivirla. Gracias.

El agudo desenlace sentimental de la serie anterior de velados insultos, puyas y sarcasmos, sabiamente dirigido por Eduardo y su mano larga abierta y amistosa, le valió el más ruidoso, cerrado y duradero aplauso que jamás se escuchara en la sala de conferencias del Ateneo Científico, Literario y Artístico, benemérita institución frecuentada por filatélicos, retirados y políticos de campanario.

Copa en mano

La biblioteca había sido habilitada como ambigú por la junta directiva para inaugurar a Eduardo Libre como si se tratase de una exposición de garabatos. Y a ella se dirigieron el maestro, que había cuajado una gran faena, el moderador, el presidente, los amigos, los enemigos y muchas señoras que estrechaban la mano del filósofo para recordarle un hijo que había pasado por sus metafísicas zarpas, o para suspirar, sonrientes, algo sobre lo malo que era y lo muy en vilo que les ponía la conciencia, el corazón o ambos.

Pedro Jódar, con el labio aún húmedo y la sonrisa ya relajada, había sido el primero en regañarle amistosamente:

—No es que no contara con que ibas a colocar algunas banderillas aquí y allá, por eso mismo había venido la gente, pero, ¿no vales tú más que una simple crítica a derechas e izquierdas?

—¿He hablado de derechas e izquierdas? —se asombró Eduardo—. Sólo hablé del ser y de la nada; de que el pensamiento es, y lo que no es pensamiento, no es; es mentira.

Quintanilla, diplomático él, hasta la palmeó en el hombro, llevándole a abarloarse al jerez dorado:

—Eres toda una atracción, amigo. ¡Y qué forma de metértelos en el bolsillo!

—Sí, soy un tipo peculiar —concedió Eduardo modesto—. ¿Eres aristotélico-tomista, neo-agustinista, behaviorista, existencialista o notario?

—Ése es el humor que me gusta. Ese —le respondió Quintanilla.

Alejandro, derivando a sotavento de Ramón, se le acercó con sus parabienes y un canapé de foie-gras:

—Sólo con que Dios te hubiera dado un poco más de sentido común y te hubiera quitado dos quintales de vanidad, serías ya senador, Eduardo. Lo tuyo es un arte.

—Un arte sano, muy sano, Alejandro. Y, encima, no pido votos.

Ramón le estrechó la mano y le murmuró que la cosa iba.

—Todos quieren silenciar a Paco y sospechan que, de paso, te callarán a ti. Se acerca el día D.

—Ese día me suena.

Manoli, muy sonriente, le preguntó que "si aquella chica del rincón" era la que ayer le tenía tan desasosegado.

—¿Hay alguna chica en el rincón? No es una chica, es Míriam.

—No he entendido —siguió Manoli— nada de lo que has dicho, pero me ha gustado. La gente te hace caso. También yo te hago caso, aunque tú no me lo haces a mí. Es muy probable que quieras dar celos a esa chica conmigo, ¿verdad?

—¿Quieres que te la presente?

—He quedado —mintió ella— con unos amigos.

—¡Qué lástima! —mintió él.

Entre la bruma de los cigarrillos distinguió a Paco, Míriam y a José Luis Raigada, y prefirió ser él quien se aproximara: debían ver todos como el biólogo y él se hermanaban con un copazo, y que sacaran sus propias conclusiones. De paso le presentaron a Raigada, insistiendo en que era un pelo farmacéutico y más radical que un OH.

—Me gusta la confianza que tienes en la inteligencia del hombre. Pero, ¿y la evidencia de los tontos, asnos, zotes y cretinos? —le preguntó Raigada.

—Quizá no son una evidencia, sino un presagio —respondió mirando fijamente a Míriam—. Paco te puede explicar todo eso de que no está claro si la función crea el órgano o el órgano la función. ¿Piensas porque tienes sesos o tienes sesos porque necesitas pensar?

—Yo creo... —empezó Paco.

—Me parece bien; estoy contigo. También yo creo. Por cierto, Paco, ¿por qué no me presentas a esta chica en lugar de hablarme de tu fe? ¿Te has creído que soy tu confesor?

—¿Presentarte? ¡Ah, claro! Mi querida Eva: te presento a Adán.

—¿Te apetece una manzana, Eva? —dijo Eduardo, tirando de la muchacha hacia un extremo más neblinoso aún.

Míriam no esperó nada para probar el consejo de Paco, si bien es probable que no lo hiciera conscientemente.

—No te entiendo, Eduardo.

—¡A mí con ésas! —respondió el otro mientras seguía empujándola—. Alguien te habrá hablado del polen y de las abejas y de que al camarada Eduardo hay que dejarle que se haga la impresión de ser un genio incomprendido. ¡Vaya!

Míriam no supo qué decir, pero su memoria seguía conmovida por la mano abierta y amistosa de Eduardo en la conferencia, y por su voz amiga contando la experiencia de la aproximación y confesando, a su aire, que la amaba.

—No hagas caso ni de mí ni de nadie —le aconsejó él llevándola definitivamente hacia un rincón y acorralándola allí—. Me parece maravilloso que unas veces sepas qué pasa dentro de mí, y es encantador que otras veces pongas esos ojos de ahora: no son de sorpresa; son de infancia y primavera.

—Pero algo tengo que decir —se defendió ella—. ¿Sabes que te admiro?

—Mal hecho, porque reboso de malos pensamientos. Dentro de unos segundos los amantes del cáncer habrán hecho tal cortina de humo que... ¿ves? Me muero de ganas de besarte y de cogerte por la cintura.

La besó como a escondidas, como si estuviera mal, que siempre es más divertido, y se sonrió como un pícaro robabesos:

—No me debo a mi público por mucho que insistas. Si te fijas, en todos los grupitos me estarán poniendo verde; con estilo, eso sí. Creo que me puedo dar el lujo de darles la espalda para darte el frente a ti.

—Gracias.

Eduardo, siempre lúcido, se rio pensando en las inglesas, tan corteses que siempre daban las gracias después de un tumulto camero y se dijo que tenía derecho a jugar con una ilusión mientras pensaba que un rostro tan limpio como el de Míriam podía sugerirle hasta toda una escuela filosófica: la filosofía del cutis de melocotón; la metafísica del ojo transparente y celeste; la ética del talle elástico.

—No me des la gracias, niña: dame una cita.

—Eso es muy poco original, Eduardo.

Eduardo vio como se aproximaban, quizá sorprendidos, quizá falsamente escandalizados, Quintanilla y Jódar con Seny, rojizo, rollizo y sonriente:

—No se puede inventar nada nuevo entre un hombre y una mujer —dijo apresuradamente—. Es el sino de la especie, que deben de decir las escorpionas al comerse al escorpión. Nuestra especie, gracias a Dios, no sabe amar sin soñar. Te sueño, niña.

La abandonó en su rincón y cargó contra el trío de caciques con el brazo extendido y la mano presta a estrechar lo que pillara, que fue una mano ajamonada y floja de Seny.

—Un tanto iconoclasta —le criticó el sesentón—, pero muy atractiva la charla. Acabo de felicitar a la directora del instituto por tener un profesor tan brillante como usted. ¿Nos hablará próximamente de la República de Platón y de la Utopía de Moro?

Eduardo no se fiaba nada de Seny:

—De todo un poco; del fenómeno ateneístico y de sus orígenes libertarios, ahora cubiertos por la costra pequeño-burguesa. Hablar, Seny, se puede hablar sobre todo; pensar, no. O se piensa sobre lo real o se piensa en torno a la nada. Por ejemplo, ¿no es rizar el rizo llamar a Dios arquitecto sin llamarle, también, biólogo o topógrafo, y tratar de transformar el triángulo, símbolo sexual donde los haya, en imagen del universo?

Seny se quedó frío. Según las previas investigaciones del grupo rebelde, era un masón como la copa de un pino y lo que acababa de decirle Eduardo equivalía a un banderillazo en pleno morrillo.

—Pero —siguió— salvo conspiraciones y turbulencias, ¿ha aportado algo la masonería al pensamiento filosófico?

—¿Cómo voy a saberlo? —respondió Seny en lugar de callarse.

—¿No lo sabe usted? ¿Y tú, Pedro? ¿Quién me diría a mí que ustedes eran de la logia? Debo de haberme confundido.

Jesús se acercó después de oír los últimos disparos de la artillería eduardiana o eduardil:

—Prensa —dijo—. Aquí está la prensa, y la prensa dice que la filosofía no es un tema de actualidad. Es una barbaridad, señor profesor Libre, pero, ¿cómo hablarle del hilemorfismo, por poner un caso, a un fontanero?

El trío masónico se rio. Salió una risa artificial y algo chirriante, pero risa al fin y al cabo.

—Metiéndoselo en una tubería —gruñó Eduardo—. Además, yo no pretendo que la gente hable de la filosofía, sino que hable y piense con filosofía, es decir, bien.

Orzó sobre la amura de babor y, con una sonrisa de anuncio, se dirigió hacia Nieves, en franca huida del terceto, que podía soliviantarse en cualquier momento.

—Mi directora del alma: ¿crees que estas charlas colarían como horas extras o actividades extraescolares? ¿Y crees, también, que este distinguido público pasaría por ser un alumnado con nivel de primero de BUP?

—No digas BUP en mi presencia: siempre me ha sonado a ladrido, Eduardo.

—El ladrido no deja de ser la expresión de unos sentimientos muy populares entre el gremio de los perros.

—He visto, en un rincón que casi no recuerdo, otra expresión de sentimientos.

—Exclusivamente filosóficos, mi directora.

—¿Se puede saber por qué has cambiado de opinión? Por la mañana parecías dispuesto a no enfangarte en el sentimentalismo.

—Quizá el fatus, quizás las gónadas, que son como son, dicho sea con pudor. Quizá, y entre nosotros, que no vale la pena razonar sobre la belleza, sino sentirla. ¿No te parece guapa Míriam?

—Sí lo es, pero estoy segura de que tampoco ha sido la belleza.

—¡Cielos! ¿Me habrá dado un filtro?

—Y de los buenos —intervino Jesús, que volvía a estar a su lado.

—Te ha dado una nueva versión de la compañía —terminó Nieves—- ¿Por qué la tienes sola?

Eduardo miró hacia Míriam por encima del hombro:

—No está sola. No creo que vuelva a estar sola.

—Eso te ha quedado muy bonito, Eduardo.

—¿A que sí? Me voy a hacer vicepoeta en un "jesús" y le cantará a Míriam que es mi barco mi tesoro.

—Y tu Dios, la libertad —dijo Nieves mirándole fijamente a los ojos—. He conocido a pocas personas con un ansia mayor de libertad, Eduardo. Debes de ser bastante desgraciado detrás de tu sonrisa permanente.

—Sólo lloro de dos a tres, y antes del té los domingos. No es para tanto. ¿Me queréis guardar a la moza mientras voy a insultar a dos o tres que me faltan todavía? El protocolo, ya sabéis.

No insultó. Presentó al biólogo Paco a Alejandro; puso en contacto a Raigada con Seny y luego, con todos juntos, comentó al consejero autonómico de Urbanismo:

—Este pedazo de biólogo está poniendo los huevos de un nuevo partido. Tiene que decidir todavía si es de derechas o de izquierdas, ¿eh, tú?

—Lo voy a hacer de cénit. O, quizá, de nadir. Oh, las dudas... Claro que no quedaría mal un partido de norte —se burló Paco—. Un partido para el gurú y la chacha, para el amante del fútbol y el ajedrecista.

—Si te sale de norte, pero de norte legítimo, me apunto. Quiero el carné 007 —siguió Eduardo en festivo.

—Yo quiero el cargo de envenenador oficial —dijo José Luis Raigada—. No sólo me gustó siempre la toxicología, sino que Lucrecia Borgia me fascina y creo que el veneno de la política es acumulativo.

—Un nuevo partido político es inviable hoy en día —aconsejó Alejandro, mirando también a Quintanilla el reformista—. Los campos están perfectamente delimitados.

—Sí, ya sé —gruñó el biólogo—. El centro-derecha o el centro-izquierda. ¿A que sí?

—Y los ultras —advirtió Ramón a la concurrencia—. Aquí donde me veis, yo soy ultra hasta el tuétano, oye, y no duele apenas.

Seny se iba enfadando por momentos entre sonrisas supuestamente bonachonas.

—La política es algo más serio, señores —dijo al fin—. Es tarea de futuro.

—Yo conspiro, tú intrigas, él trama, nosotros enredamos, vosotros maniobráis y ellos traicionan. Un curioso verbo polimorfo, ¿verdad? —dijo Eduardo, ligero y despreocupado.

—Por desgracia, la política sigue siendo necesaria —soltó Quintanilla el tópico.

—Para los políticos, sin duda.

—Y para planificar el futuro.

—Una vez consultado el Fedón, e hinchadas las medidas con León Hebreo —arrancó Eduardo—, me atrevo a hacer un futuro: estoy enamorado.

—"Y sin amor no se pudiera ni aún el mundo sostener" —citó José Luis Raigada—. Lo dijo Lope, no yo. De todas formas, amor, norte, cénit... ese es también mi partido, porque suena a entero. Y si encima le ponemos un nombre esdrújulo, imposible para tartamudos lingüísticos y mentales, miel sobre hojuelas.

—Sois frívolos, muchachos —dijo Seny.

—Pero cuatro mil frívolos con sus firmas me acaban de decir: adelante. ¡Guerra a las ratas!

—Se dice: "guerra a las ratas, con perdón".

—Bueno: guerra al vertedero; guerra a los desechos; guerra a lo viejo, a lo usado, a lo tirado. Y no crean ustedes que hablo con doble sentido —avisó por si alguien no había reparado en ello.

—No, qué va —remató Raigada—. Los he contado y habla con siete, lo menos.

Eduardo

Era un hombre de sorpresas y de trucos, pero algunos, por así decirlo, los hacía de buena fe. Por eso se desbandó, estrechó tantas manos como le salieron al paso, besó a Nieves, abrazó a Paco, recordándole que quería el carné 007, "aunque le puedes añadir dos o tres ceros delante, que no soy caprichoso", y se fue con Míriam pasillo adelante, escalera abajo, calle arriba, en una especie de trote amistoso y descansado que le condujo a su casa grande, la que había heredado de su tío solterón, naturalista y dicen que algo crápula y bibliófilo; casa en la que sólo hacía cosas importantes, muy metafísicas todas, y, ciertamente conspiratorias.

Encendió sin muchas explicaciones treinta velas y colocó a Míriam sobre una alfombra dorada donde se amontonaban cojines rojos.

—No quiero —le dijo— hablar más de ti ni de mí. Ahora somos nosotros, y eso es muy distinto. También quiero añadir algo: tengo un papel en el bolsillo y lo he escrito en el amanecer de este día que se ha marchado ya. No está terminado lo que en él se dice, y no está terminado porque ni tú ni yo lo estamos todavía.

Era un poema. Ella lo recogió de la mano, hoy amiga, de Eduardo, y lo leyó en silencio. Luego, con la voz ronca, lo repitió muy despacio y a Eduardo le pareció descubrirse nuevo, bautizado y limpio, en las palabras de hombre que una mujer emocionada decía:


Me has abierto dulcemente
la ancha puerta de tus años
con la puerta de tu carne
y el despertar de tus manos.
Sobre ti cabalgan sueños
generales y lejanos
y en tu piel de joven nueva
un temblor enamorado
te protege del silencio;
me llevan tus ojos alto,
me llevan tus beses vivo
y en la quietud de tus labios
me guarda tu voz callada
para decirme despacio
el nombre, el amor, el cuerpo,
el beso, la luz y el tacto.
Me has abierto con sonrisas
el manantial de tus años,
la soledad de tu carne
y el talento de tus manos
que te definen, entera,
como mujer para Eduardo.


Eduardo, poeta por una noche, acarició el pelo de Míriam a la luz rojiza de las velas.

—Me has abierto a mi tiempo y a mi vida, Míriam. Puede dolernos mucho a los dos. Gracias. Tienes valor.

La chica estaba emocionada y callaba. No quería añadir nada que transformara el último minuto, pero una lágrima caliente, casi dulce, jugaba en el borde de sus ojos muy abiertos.

—¿Sabes que no tengo miedo? —preguntó al fin con una sonrisa —. Siempre he temido algo. Siempre he creído que algo malo estaba a punto de suceder. Pero no tengo ya miedo y estoy desnuda delante de ti a pesar de toda esta ropa. Te siento dentro de mí aunque ni siquiera me tocas. Y esto que tengo ni es alegría ni es pena: es todo lo que puedo tener, porque estoy entera en este sitio y no puedo alejar de aquí ni un pensamiento ni distraer un parpadeo. Aún no te he dicho si te quiero o no.

—Ni me lo digas. ¿Qué falta hace? Me tienes. ¡Dios mío, cómo me tiene!

Eduardo no era un poeta, pero sabía mucho de mística, así que, sin decir palabra, se entregó a extraños ritos: colocó siete candelabros en torno a la mujer y puso junto al de en medio un reloj de arena roja. Se arrodilló frente a Míriam, que estaba sentada y, dominándola, apoyó en su cabeza las dos manos abiertas:

—Te hago mujer para la vida y para la muerte; te nombre mujer en el silencio y en la voz. Te siento mujer para el sueño por los sueños, y eres más que una mujer, porque eres tú conmigo. Quiero, por eso, velarte; velar tu presencia; velar tu mano para que sea mi mano.

Esta vez no pensó siquiera en la cara que podría poner cualquier extraño que les viera. Él hablaba para lo imposible y, también, para lo eterno que sobreviviría hasta al recuerdo. Se levantó con Míriam cogida por los hombros y las piernas y la presentó a las cuatro direcciones del mundo, consciente de realizar un acto sacramental y casi perfecto. Luego la depositó, extendida, sobre la alfombra, con la cabeza hacia las velas, y él mismo se echó a su lado. Cogió la mano derecha de la mujer, la apoyó sobre su corazón centrado y la cubrió con las dos suyas, calientes y sensibles como nunca.

—Dios nos bendiga —dijo.

Y ambos se apartaron del tiempo, del transcurso, de las cosas y de los recuerdos, y se fueron haciendo una cadena de horas en torno a su profundo tacto.

El arte de escuchar

A pesar de que a Paco Grau, el amigo de los caracoles, le habían dado las instrucciones adecuadas ("basta con encender la luz del comedor y, sobre todo, sentáos a la mesa) tuvo su momento de nerviosismo: quizá se oyera algo; quizá le leyeran el pensamiento o cualquier otra cosa imposible por el estilo. El caso es que a punto estuvo de dejar que se le sentaran en los sillones de la televisión, pero no llegaron ni la sangre al río ni las asentaderas al tapizado.

Le había sacado el bedel de la primera clase, a la orden del teléfono que le reclamaba desde el claustro. Aquella madrugada habían empezado a repartirse las terceras hojitas remachando el torcido clavo del vertedero, el amenazado acuífero ciudadano, y ciertas turbiedades urbanísticas. El biólogo Paco, que no creía para nada ni en el Estado de derecho ni en el artículo 20 de la Constitución, bajó al aparato no sin cierta prevención y con un hormigueo extraño del estómago a la nuez.

Era el poder, nada más y, también, nada menos. El consejero autonómico de urbanismo, en nombre también del concejal de Urbanismo, el sumo presidente de la taifa y el vero secretario de la federación regional, bien revueltos, unificados y en comandita, querían decirle cuatro palabritas amables, posiblemente instructivas y tal vez provechosas.

Según el consejero de Urbanismo, era lástima que, por desinformación quizá, los que negociaban con la basura y con las tierras basureadas día tras día, fueran a beneficiarse del esfuerzo noble y honrado, pero cándido, de Paco, que, definitivamente, formaba del lado del pueblo, y eso enorgullecía al sumo presidente, al vero secretario regional y al resto de semipachás del cónclave progresista. ¿Sería posible tener un contacto más profundo y esclarecedor?

—A las doce y media, en mi casa —dijo Paco somo si fuera don Juan dando la hora de ir al convento.

Durante el llamado recreo, como el efecto mágico de las hojitas y de las lecciones de filosofía seguía obrando, un amistoso y conservador Alejandro se dejó caer por el bar del otro lado de la calle, donde profesores y alumnos entretenían sus ocios con cigarrillos, copichuelas y chismes.

—No te vuelvas ahora —dijo Eduardo a Paco cuando Alejandro estuvo sobre ellos, ya al alcance de la voz—, pero me parece que un ojo de don Manuel Fraga me está vigilando.

Alejandro saludó, enredó, hizo la cortesía de parecer casual y, por fin, dijo algo como "ejem", que significaba "¿por qué no entramos en harina?". Eduardo, que lo interpretó bien, le dio una de sus habituales respuestas torcidas:

—Yo ya tengo el número 007, Alejandro; te tendrás que conformar con el 86, que es el de Maxwell Smart, el superagente; Máximo Listo es como se traduce su nombre.

—Me gustaría hablar con Paco.

—Tanto montan, montan tanto Eduardo como Paco —argumentó Paco.

—Me lo imagino perfectamente, pero no soy yo el único, y ha de ser una conversación más reservada.

—¿Paco para el Senado? ¿Paco para el Congreso? ¿Paco para alcalde? —preguntó Eduardo—. Tú sabes que eso no es posible, Alejandro, así que dinos de quién ha sido la idea. Siempre sospeché que os interesaba el PRR (la pedorreta regionalista, como quien dice) y no un pobre caracolero que tiene el vicio de guardar animalitos en formol.

—Y en la luna llena me lo bebo a bidones —corroboró Paco muy satisfecho—. Tendré que hacerme de los Formoleros Anónimos un año de estos.

—Yo no decido. Pero Paco escribe bien; tiene abierta —no sé por qué misericordia— la puerta del periódico local y cuenta con cuatro mil firmas de cuatro mil pardillos. Me imagino que es una maquinación tuya, Eduardo, o de los dos, pero en mi partido también hay tontos-listos que creen que los votos justifican a las personas.

—Eres sabio, Alejandro.

—Re-sabio. Tal vez resabiado a causa de no haber cantado el Cara al Sol en los últimos diez años —diagnosticó Eduardo—. No obstante, mataremos un cabrito cuando regreses al hogar paterno.

Alejandro se rio y luego enarcó las cejas en plan expresivo, según recomiendan agudos consejeros de imagen.

—No soy un hijo pródigo. Y, además, mejor que me guardéis un cabrón. Pero insisto en que yo no decido: ¿qué me contestas, Paco?

—A las siete en casa. Ya sabes: la que tiene en el tarjetero la foto de un caimán o aligator.

—Macho —le dijo Eduardo cuando regresaban al Instituto muy contentos los dos—. Los vamos a tener a tiro mucho antes de lo que pensábamos.

—Tengo que sentarlos en la mesa. El conmutador de la luz del comedor lo pone todo en marcha —recitó Paco.

—Olvida la tecnología, político de mi campanario. Refocílate conmigo y ve gritando ¡Aleluya, aleluya! hasta que te venga el carraspeo. Todos quieren pactar contigo. Todos quieren al biólogo Paco. ¿Por qué? Porque ninguno tiene fuerza real ni está seguro de sí mismo.

—Yo estoy seguro de mí: odio la política. Es, ¿cómo lo diría yo? Una superestructura de inactividad, un impuesto que paga la inteligencia a la ineficacia.

—Escribe eso y te darán el Nobel un día u otro.

—Pero vamos a ver: ¿es que no hay otra forma de gobernar una sociedad que ponerla en manos de los ambiciosos?

—Los ambiciosos dicen que no la hay, que eso es lo moderno.

—Según ellos, hay que hacer despacio lo que se puede hacer deprisa; hacer deprisa lo que debe de hacerse con cautela y mediado; hay que discutir lo indiscutible y hay que aplazar lo urgente mientras se resuelve lo anecdótico.

—Pero lo hacen en el santo nombre del pueblo.

—¿Y por qué el pueblo no les parte las narices?

—Eso mismo vas a hacer tú.

—Sentarse a la mesa, no en las butacas. Encender la luz del centro —repitió Paco las instrucciones—. Oye: ¿crees que me meterán en la cárcel?

—Y con la Constitución entre los dientes, para que aprendas.

—¿Te has parado a pensar en por qué hacemos esto?

—Sí, mucho. Y he dado con la mejor de las razones: porque nos da la gana.

—Es cierto, pero, ¿por qué nos da la gana?

—Supongo que porque somos hombres y tenemos memoria, entendimiento y voluntad. Y, además, porque nos empuja la historia: cuando alguien levanta un muro, una cerca o pone una barrera, es preciso que alguien derribe el muro, rompa la cerca y salte la barrera. Es pura termodinámica.

—A toda acción corresponde una reacción igual y en sentido contrario... Mira: prefiero pensar que hago estas cosas porque soy un filántropo.

—Allá tú.

Así fue como el filántropo recibió al sumo consejero autonómico, que había estudiado con beca del SEU; al vero secretario regional, que tocó en una banda de cornetas y tambores de la OJE; al consejero de Urbanismo, que aprendió el cargo como consejero local del Movimiento, acompañados ellos por tres vicepachás, claque política, asentidores ejecutivos. Los sentó en torno a la mesa redonda de su comedor y encendió la luz, anormalmente fuerte.

—Creo —les dijo sentándose a su lado— que quieren ustedes hablarme de política, y yo no soy político.

—Sabemos que no es usted político —dijo el sumo consejero.

—Pero sabemos también que, para defender el auténtico problema ciudadano del vertedero, está mezclado usted con hombres muy políticos de la ultraderecha —dijo el vero secretario regional.

—Ramón, Julio, Eduardo Libre, Jesús... -citó el consejero de Urbanismo sin menester de adornos.

—Ellos, en este caso, luchan por lo mismo que yo, y no me importa su filiación.

—¿Le importa entonces la nuestra? —preguntó el sumo consejero mientras los subpachás asentidores hacían que sí con la cabeza.

—Me importa que ustedes son gobierno y han consentido en la barbaridad del vertedero y en todas las demás trampas.

—¿Y si eso se arreglara? —preguntó el vero secretario regional.

—Podemos —siguió el consejero de Urbanismo— encontrar otro lugar; un lugar que no despierte comentarios.

—¿Y por qué no lo han hecho antes?

—Porque nos equivocamos. Sabemos reconocer nuestros fallos.

—Entonces, ¿qué quieren de mí?

—Que aguarde. Que no haga política. Nosotros cambiamos de lugar el vertedero y usted, por su parte, reconoce que es así.

Paco se sonrió: si ellos supieran lo que estaba sucediendo en realidad, no se mostrarían tan satisfechos de sí mismos.

—Pero, ¿por qué todo esto?

—Mire —dijo el sumo consejero—: la política es delicada y cada partido tiene su parcela, su gente. Si gente nuestra se siente defraudada, no pasa nada porque, en suma, nos vuelve a votar: no se va a los contrarios de la derecha. Pero irse con usted no sería pasarse al enemigo, y ese es un riesgo tonto. Insisto en que hubo una equivocación y estamos dispuestos a arreglarla.

—¿Y lo de los mojones?

—Alguien —gruñó el vero secretario—, creyendo ayudarnos, se tomó la libertad de hacer algo tan burdo. Se devolverán a su emplazamiento.

—Sí, sí —dijeron los de la claque.

—Sólo a cambio de que yo me calle.

—No: a cambio de que usted reconozca que las cosas se hacen bien esta vez.

—¿Y si no estoy de acuerdo con este manejo?

El sumo consejero sonrió amigablemente:

—Mire, Francisco: a usted, como a todos, le pueden destinar lejos de aquí, o hacer una inspección, o multar por pequeñas infracciones o sufrir equivocaciones administrativas con la nómina: es siempre un riesgo que todos corremos. También, claro está, se le pueden atribuir costumbres que no tiene, hechos que no ha realizado y quién sabe cuántos problemas más.

—Eso se parece a una coacción.

—¡Dios nos libre de ello! Nosotros somos la izquierda y queremos el bien del pueblo: por eso vamos a remediar lo del vertedero. Usted también quiere el bien del pueblo, así que no tenemos por qué discutir. Lo terrible sería que usted, sin querer, le hiciera el juego a la derecha de los privilegios, que no dudaría en poner el vertedero en el campo de deportes del instituto si con ello sacara beneficios. Sólo por eso le invitamos a ayudarnos: juntos conseguiremos lo que a todos nos importa: un vertedero eficaz y en lugar poco peligroso. Usted gana, porque consigue sus objetivos, y nosotros reconocemos que ha sido usted un válido portavoz popular. Sólo le pedimos que nos devuelva el crédito.

—Y que luego me calle.

—¡Al contrario! —exclamó el consejero de Urbanismo—. Luego, si quiere usted, le ayudaremos a seguir cumpliendo con su actividad ciudadana y le facilitaremos documentos sobre ciertas urbanizaciones y ciertos permisos falseados que se dieron en tiempos de la UCD.

—Pues lo pensaré —dijo por fin Paco—. Pero, en principio, me parece bien que vuelvan a estudiar el asunto del vertedero.

—Hablando se entiende la gente —confirmó el vero secretario.

—¿Verdad que sí? —sonrió Paco.

—Recuérdelo usted: la derecha quiere aprovecharse de su honestidad, y la ultraderecha...

—No es la ultraderecha: son mis amigos.

—¿Sabía usted que Eduardo Libre es el propietario de unos terrenos cercanos al vertedero contra el que lucha usted? —le preguntó como despedida el sumo consejero.

—No —respondió Paco, descorazonado—. No tenía ni idea.

—Pues, créame: no se deje usted manipular.

Tras la despedida, el biólogo Paco apagó la luz y se quedó muy pensativo. Tanto, que se puso a fumar sin llenar siquiera su pipa con tabaco.

Es verdad

Poco más tarde de la una y media, cuando el biólogo Paco empezaba a sospechar que la pipa tiraba raro y a preguntarse por el tabaco ausente, llamaron a su puerta. Era Míriam, sola, que le sonrió:

—¿Estás solo ya? —preguntó con todo el aire de haberse integrado plenamente, vía amor, en la conspiración.

—Sí, ¿por qué?

La muchacha se inclinó entonces sobre la barandilla de la escalera y gritó algo como "sube", tras lo cual se escuchó un trote sólido avanzando por los escalones: era Eduardo Libre, sonriente y algo jadeante.

—No podía presentarme sin estar seguro de que no tenías ya visitas, discípulo de Lorenz.

—No soy discípulo de Lorenz.

—No sufras por ello: tampoco yo. Tengo ahí abajo el coche y vas a hacerte una excursión con nosotros. Si eres bueno, también te daré un bocadillo para que roas.

—No quiero hacer ninguna excursión ahora.

—Sí, hombre, sí: tienes que venir a ver mis terrenos.

—¿Tus terrenos? —dijo Paco intentando parecer aún más distraído de lo normal en él.

—¿No me digas que la banda autonómica no te ha hablado de mis fabulosos terrenos próximos a su inmejorable vertedero? Me extrañaría muchísimo: las serpientes son aprendices a su lado. Por eso tengo el coche abajo y en el coche, en lugar seguro y secreto, bocadillos.

—No quiero verlos.

—Claro que quieres. Todos desconfían de mí porque soy un chico alegre y despreocupado. ¿Cómo lo diría yo? Es mi sino. Mi faus. Si Eduardo dice algo, ojo, que seguramente es una mentira. Y, por una vez que no lo digo, ¡zas!, puedo haberte manipulado.

—Pero reconoce que es muy natural que tú, aún diciendo la verdad, tengas interés en que tus tierras no se devalúen ni se llenen de ratas y de gaviotas.

—Je, je —hizo Eduardo, tirando de Paco hacia las escaleras—. La pregunta no es así: si yo te hubiera dicho que era "terrateniente" y que, justamente, mi finca lindaba con el futuro vertedero, ¿tú te hubieras lanzado a la lucha?

—Probablemente, no.

—Ahora, en cambio, has luchado y puedes permitirte el lujo de venirte de excursión a mi cortijo.

Y se lo llevaron. Por el camino el filósofo de bolsillo empezó a hablar de su difunto tío Eduardo, solterón y semi-intelectual que había sido casi rico y supo dejar de serlo con alegría, humildad y constancia de caprichoso.

—Y sucedió en aquel tiempo de prueba —siguió Eduardo— que mi tío, como tantos anarquistas aficionados, se convirtió al naturalismo, régimen ovo-lácteo-vegetariano, por supuesto, y como era remilgado, caprichoso y casi rico, decidió tener las gallinas, dos o tres cabras y una vaca en el campo en lugar de en el recibidos, de manera que se compró mil setecientos metros de pasto con una cabaña que él llamaba establo.

—¿Mil setecientos metros?

—Ni uno menos. Él tenía una verdadera finca, o quizá dos, una al lado de la otra, a unos veintitantos kilómetros, y no estaba para ir allí todos los días. En cambio le encantaba hacerse en bicicleta los cinco kilómetros por llano hasta ese sitio.

—Mil setecientos metros —repitió Paco.

—La chaladura de conocer personalmente a los artífices de los huevos y la leche y llamarlos por su nombre de pila le duró meses, y el vegetarianismo apenas año y medio, porque el esperanto reclamó sus mejores desvelos antes de que le preocupara sobremanera el espiritismo, lo de la copa boca abajo que corretea, y se empapara de los libros de Allan Kardec. Las fincas no les sobrevivieron, pero sí el gallinero y a él estamos llegando.

Pasaron unas viejas barreras y entraron en un cercado en el más desastroso abandono, casi selva virgen, casi amazonía los días de lluvia, merced a una cacera que corría por allí de suroeste a noreste.

—Al fondo está la principal riqueza: unas cuantas piedras que, seguramente, son restos de una calzada romana. Y ahora que lo ves, Paco, ¿qué opinión te merece el sumo consejero?

—Es un cabrón. Quería que sospechara de ti.

—Debes sospechar de mí, pero por otros motivos, muchachuelo: nunca por dinero, que me importa un rábano. Pero si un día te pega por la filosofía y das olés a Feuerbach, pongo por caso, más vale que vigiles tu espalda y mires debajo de la cama cada noche.

Paco, muy contento, pisaba la hierba y se sonreía:

—Tu tío debió de ser todo un personaje.

—Digamos que los cromosomas familiares hicieron con él las prácticas antes de emprender mi construcción definitiva. Y, hablando de cromosomas, ¿qué te parece esta silenciosa señorita?

—¿También conspira?

—Y muy bien, por cierto —respondió Míriam—. Quiero un mundo mejor.

—Yo, no —dijo Eduardo—. Yo simplemente quiero un mundo y no una verbena.

A las 7 de la tarde

Tal vez vaya en la masa de la sangre derechista, pero lo cierto es que el comité conservador no fue puntual y se hizo esperar sus buenos quince minutos. Luego, en cambio, resultó ser mucho más brillante que la comisión izquierdosa. La secretaria general era, como se desprende de su título, hembra; hembra cuarentona, teñida en rubio, casi sobredorada, ojigarza, casi bella, semimajestuosa y con lo que se llama pliegue militar, esos surcos que salen de las comisuras de los labios y avanzan, resueltos, hacia la papada.

Alejandro era el introductor y nada más. Venía también un señor calvo, orondo, bien anillado como un palomo de raza, y con una mirada suspicaz, pero algo estólida. Y un chaval que era, él solito, las Nuevas Generaciones, junto con una chica más que guapa, apenas cursi, algo lenguaraz, que algún cargo faldicorto ostentaría. Lo cierto es que, entre todos, daban un aire europeo y postindustrial al comedor desparejado, ecléctico, algo tosco y celtibérico de Paco.

Hecho el besamanos, los sentó a la mesa y encendió la luz central que, para lo avanzado de la primavera, daba un calor de todos los demonios.

—Luz y taquífragos —comentó en un auténtico lapsus que los demás tomaron por juego de palabras y rieron en consecuencia.

Era, por lo visto, gente más tímida que necesitaba dar varias vueltas antes de echarse, y hacer prolegómenos, preámbulos, circunloquios y hasta gambitos antes de llegar a la cuestión principal y ponerla sobre la mesa:

—Es forzoso unir todas las fuerzas contra los socialistas.

—¿Unirlas con quién?

—Todas, unas con otras —aclaró la secretaria general regional, empezando a sospechar que Paco era algo bobo—. Divididos no podemos vencerles nunca, y destrozan todo lo que tocan.

—Pero unidos con según quien no creo que haya mucho que hacer.

—Se refiere —aclaró Alejandro— al PRR.

—¿Se refiere a eso? —preguntó la chica guapa.

—Y al PDP y a los liberales, y mucho más todavía a que el señor que vendió los terrenos para hacer el vertedero era, si no me han engañado, un afiliado a su grupo.

—Pero eso es legal —dijo el señor calvo—. Es la libertad de empresa. Cualquier propietario puede vender: es su derecho. No se puede confundir una cosa con otra.

—Creo que no entiendo.

—Digo que el propietario, por el hecho de vender, no es responsable de los fines que dé el comprador a lo adquirido.

—Pero él sabía que era para un vertedero. Y ustedes también. Es chocante que ahora consideren que la responsabilidad es sólo de un bando.

—Señor Grau —dijo la gran señora—: nosotros no hemos hecho el proyecto. Nosotros no hemos cambiado los mojones. Nos conviene ser objetivos.

—¿Y en qué puedo ayudarles yo?

—A evitar que el socialismo vuelva a ganar —respondió Alejandro por todos—. Hemos de hacer un frente común.

El biólogo Paco cabeceó un poco:

—No me gusta la política ni quiero hacerla. Si ustedes ganan las próximas elecciones, es seguro que las siguientes las ganan otra vez los socialistas, y yo quiero un futuro para todos en lugar de una lucha por el poder. Unos y otros sólo representan a quinientos mil españoles. A mí me interesa más el resto de mis compatriotas. Por otro lado, ¿qué tengo yo que les interese a ustedes?

—A usted le creen hoy —dijo el calvo—. Lo cual no quiere decir que le crean mañana. Usted habla a ciertos desengañados que pueden no votar pero que, a lo mejor, le votaban a usted.

—Me ofrecen ser candidato, ¿no?

—Sí —dijo la gran señora—. Autonómico, por supuesto.

—Pero yo no soy ni liberal ni conservador.

—Yo, tampoco —dijo el jovencito.

—Ni yo —mintió el calvo—. Pero este partido es el único posible y hemos de ser realistas. Los socialistas son disciplinados y, aunque discutan, votarán juntos. La derecha, no. Los reformistas aquí no tienen clientela, pero usted tiene hoy una virtud: una cierta izquierda le escucha y le cree; la ultraderecha le apoya y, probablemente le vote el franquismo.

—¿Quién queda para votarles a ustedes?

—El miedo —dijo Alejandro espontáneamente y se ganó una mala mirada de la gran señora.

—¿Por qué le permiten seguir escribiendo en el periódico? —le preguntó la mujer.

—No lo sé. Por lo que me imagino, ellos quisieran que ustedes les propusieran lo que a mí.

—No, no —explicó Alejandro—. Ellos quieren decidir sobre nuestros votantes: imponernos su criterio.

—Pues uníos.

—No podemos —dijo la gran señora.

—Esta gente —añadió el calvo— no pararía hasta dejarnos fuera y suplantarnos. Quieren mandar en todo el partido.

—Miren: yo debo de ser tonto, pero... si ellos tienen la prensa, que es lo que a ustedes les interesa, ¿por qué me ofrecen un puesto en sus listas, sabiendo que a mí puede no votarme nadie?

—Ahora viene lo bueno —dijo el de Jóvenes Generaciones.

—Lo que nosotros queremos —explicó Alejandro— no es que hagas propaganda por nosotros, sino que seas independiente hasta el momento de las elecciones. Hasta ese momento usa a los del PRR. Queremos, en otras palabras, que crean que les vas a apoyar.

—¿Y que luego les deje en la estacada?

—No me parece una frase afortunada —comentó la gran señora—. Lo importante es que el centro que se reconstruya no lo ocupe uno solo.

—¿Qué es el centro?

—Una mentira —dijo el señor calvo—, aunque algunos opinan que es necesario tenerlo para ganar cualquier elección. Si el centro es independiente, será un tercer partido, una bisagra, y España será gobernada por los caprichos de una minoría.

—Como hasta ahora, ¿no?

—No como hasta ahora: peor.

A las 10

Se estaba recuperando el biólogo Paco de su "apretada agenda", en el más o menos incomparable marco de su casa destartalada, cuando, por el aquello de que no hay dos sin tres, el PRR en pleno llamó a su puerta. Eran los más discretos, los más cobardes o los más misteriosos y elegían horas conspiratorias y nocturnas, oscuridades y misterios, que quizá son la raíz del partidismo, como lo son al menos de la traición.

La proposición era bien simple: estaban con Paco porque era loable el intento de poner en ridículo a los socialistas y, sobre todo, movilizar a los apolíticos en pro de una sociedad más de todos y, por lo tanto, más libre.

—¿Ah, sí?

Pero Paco no era lo que se dice un político. Desde luego, podía ser que su éxito residiera en ello: al no llevar el agua a su molino resultaba ser de todos, y eso es un detalle simpático, pero desgraciadamente inútil. Se enfrentaba Paco con intereses económicos muy fuertes, en especial los de la derecha conservadora. Ellos, los del PRR, querían que Paco hiciera su trabajo y, sobre todo, que no se dejara manipular políticamente.

—¿Ah, no?

Claro que no: sus visitantes no eran exactamente políticos; les interesaba la sociedad en su conjunto y que las cosas se hicieran bien. Por eso le ofrecían el periódico para seguir con su labor, y el aula del Ateneo además de su personal apoyo moral. Querían amistad a cambio de amistad y que no se convirtiera en política lo que no era más que basura. Al menos, que no se convirtiera en herramienta política ni para la izquierda ni para la derecha.

El biólogo Paco estaba impresionado. Dijo, pues, que lo estaba y emitió varias sonrisas con la periodicidad de un faro en la noche. Estaban allí, contemplándolas, Quintanilla, presidente del PRR, Balancillo, Tomás Gil, Casas y Van der Hell, del mismo partido. Seny y, recién salido a la luz, el muchijefe de todos, el dueño de la finca Morvedra donde se escribían libros europeístas, conspirador de primera, muchimillonario y mecenas, y Jódar que no eran, en cambio, piezas de partido alguno. De ellos y de los otros decían Julio y Eduardo Libre que eran unos masonazos mandileros, todo el día toqueteando con la escuadra y el compás y haciéndose señas secretas.

—¿Usted —dijo al muchijefe y mecenas— es del PRR? Porque no le tengo yo ni visto ni leído.

El tipo sonrió como lo haría a un niño preguntón:

—Hay varias políticas, don Francisco: las activas, que se concretan en partidos y elecciones, y las intelectuales, que tratan de ser la "información", el pensamiento de la creatividad social. Por eso Seny, Jódar y yo, entre otros, no pertenecemos a ningún partido pero sí hacemos una política de concordia con mayores alcances.

—¿Son ustedes masones? —preguntó el biólogo Paco, paradigma de la inocencia.

Sobrevino un silencio tan grande que Paco temió que se oyeran las carcajadas de su flamenco magín.

—La masonería —dijo el gran señor— suele ser muy mal interpretada.

—Pero es legal, ¿no?

—Claro que es legal —gruñó Seny, pero el gran señor le detuvo con un gesto:

—Es como una tertulia. Gente altruista que trata de que todo vaya mejor. De todas formas, los masones prefieren ser humildes. Nosotros, claro, no lo somos, pero tampoco tenemos nada en su contra.

—¡Ah, ya! Resumiendo: ustedes me ofrecen medios de comunicación, cancha que se dice, a cambio de nada.

—A cambio de que hagas tu labor social —puntualizó Quintanilla— sin confundirte con la política.

—Es probable —siguió Pedro Jódar— que la derecha de siempre intente sorprender tu buena fe.

—Ya lo ha hecho —confesó Paco—. ¿Qué opináis de los conservadores?

—Antiguos —dijo Seny.

—Se resisten a caminar con los tiempos —ayudó Quintanilla.

—Confunden sus intereses económicos con los de España —remató Van der Hell.

—Y no consideran que democracia es libertad para elegir no importa entre qué opciones —abrió Tomás Gil otra nueva línea de pensamiento.

—Los conservadores —dijo el gran señor— son el lastre de toda nación que intenta superar su aislamiento: no son ecuménicos.

—Ya: ecuménicos —repitió Paco—. Pero yo creía que el PRR es también una derecha.

—Si se fija —dijo Seny— aquí hay gente que procede del PSOE, del comunismo y de los conservadores. Digamos que nosotros somos una nueva conciencia, una avanzadilla de la Europa del siglo veintiuno.

—¿Y de verdad quieren ayudarme a resolver el problema del vertedero? Se lo agradezco de veras.

El gran señor se puso en pie:

—No se deje usted influir ni por derechas ni por izquierdas. Diga siempre la verdad, como hasta ahora.

—Eso pienso hacer, sí señor, porque la verdad nos hará libres —terminó Paco con aire místico.

—Exactamente, exactamente.

—¿Y por qué no atacan ustedes mismos ese problema?

—Lo hacemos ayudándole a usted, ¿no cree?

—Si es así...

Piratas hertzianos

Al día siguiente, sábado y soleado, la impar casa del biólogo Paco estuvo a punto de enloquecer un poco más. En todos los rincones abundaban los Julios, los Ramones, los Jesuses, los Albertos, los Joaquines, el también impar Eduardo, vasos de papel y de barro, botellas que acababan apareciendo junto a las patas de las sillas, y unos curiosos individuos, entre encorvados y calmosos, que decían poco y sonreían con algo parecido al desprecio.

—Tú haz como que no se lo tienes en cuenta —le había avisado Jesús—. Es que son rebeldes y creen ser los únicos.

—¿Sois rebeldes? —les preguntó el biólogo Paco en una clarita, mientras los tipos rebobinaban la cinta de vídeo que contenía la clandestina grabación de las tres entrevistas políticas.

—¡Joé, éste! —dijo uno—. Y no tenemos ni oficio ni beneficio.

—Pero tenemos guitarras y mala leche —apostilló otro.

—La verdad es que una cámara fija no cuenta la historia nada bien. Esto que se ve es muy aburrido —regañó otro a los electrónicos Joaquín y Alberto, que habían escondido la cámara de vídeo conectada con el interruptor de la luz central.

—Pero lo que dicen, ¿qué te parece lo que dicen? —preguntó Joaquín.

—¡Psé! Teniendo el problema de la vida y de la muerte por resolver, y el de la felicidad y el del amor, no me explico por qué se enrollan los políticos con sus chorradas de todos los días.

Julio se lo explicaba a Ramón, Eduardo, Jesús y Paco:

—Por lo visto un plano fijo es muy poco expresivo. El ritmo del relato lo tienen que dar los cambios de plano, los acercamientos, el zoom, que es lo que mola. Un plano fijo es como escribir con faltas de ortografía.

—¿Por qué nos ayudan, además de por las cincuenta mil pesetas?

—O pelas, o cucas —tradujo Julio, que se encontraba de muy buen humor—. Por el placer de lo prohibido; porque somos los menos, y eso a ellos les parece garantía de que obramos bien. Porque sus padres, a lo mejor, votaron socialista, y porque quieren meter tanto ruido como puedan.

—¡Chis! —hizo uno armado con una cámara magnética—. ¡Se rueda!

El de la cresta más alta y más roja se había sentado en la misma mesa de las anteriores entrevistas. Le alumbraban con algo eléctrico llamado "antorcha" que enfocaba a una sábana blanca, y le apuntaban con dos cámaras distintas. Eduardo, con mayúsculas, había escrito un texto que otros sostenían fuera de campo.

—Troncos y padres de troncos —empezó el animal de cresta—: esta es una interrupción pirata de la emisora corsaria de este poblado. No cambien de canal, porque terminaremos antes de que empiece la película, y, de todos modos, les interesa esto. Iniciamos nuestras emisiones libres con la maldita política: nuestros reporteros fantasmas consiguieron rodar, con riesgo de su vida, un asqueroso reportaje sobre la corrupción y la desvergüenza de los hombres públicos.

Cortaron nadie supo muy bien por qué clase de necesidades. Jesús aprovechó para comentar a Eduardo:

—Lenguaje casi postmoderno. Lo de "troncos" te ha quedado bordado.

—Todos ustedes saben de la movida que hay en torno al vertedero de basuras —siguió el tipo raro de la cresta— y del interés que la gente normal ha sentido por ello. Lo que no saben es que tres partidos políticos, a espaldas del pueblo, han intentado corromper al hombre que ha luchado por mantener incontaminadas nuestras aguas potables, o sea los grifos. Vean ustedes lo que se dijo en estas reuniones secretas y lo poco que les importan ustedes a sus políticos. Si después todavía les quedan ganas de hacerles el caldo gordo, o sea de pagar encima la cama, vótenles otra vez. Total, tampoco saldrán de pobres.

¡Vaya!

Esto fue lo que vieron y oyeron los mirones televisivos que el siguiente sábado por la tarde soportaban los dibujos animados haciendo tiempo para ver, después, la sesión de tarde, que era de tiros y jarana de la buena. Luego, una tras otra, las tres entrevistas que el biólogo Paco había mantenido con las fuerzas políticas.

Los teléfonos empezaron a sonar y a recalentarse. ¿Ves la tele? Enchúfala. ¿Qué te parece? ¡Esto es de locos! Una gran sorpresa. Una gran carcajada y un gran susto se iban extendiendo por la ciudad, produciendo, según los casos y las personas, indignación, risa, pataletas y hasta lágrimas, que la fortaleza de ánimo no siempre se corresponde con las intenciones aviesas.

Alejandro, el derecho que decía haber vestido de azul a su corazón, se impuso como ejercicio mantener la cara impasible y no coger el teléfono que zumbaba, manipulado sin duda por la gran señora, al borde de algún patatús histérico.

Balancillo, en la intimidad de su hogar, decía "diablos, diablos, diablos" y pensaba en cómo le miraría el vecino aquella misma tarde, un vecino, además, que leía "El Alcázar" y le sonreía de oreja a oreja en las escaleras, como diciéndole "ya, ya verás tú algún día".

El sumo consejero autonómico y su secretario fueron alertados de la barbaridad por un atento camarero de su restaurante favorito. El dueño les invitó a entrar en la vivienda y, estupefactos, no daban crédito a sus ojos:

—No pueden jugar tan sucio —decía el sumo consejero.

—¿Llamo a la policía? —preguntaba el esbirro.

—¿Cómo se habrán atrevido?

—¿Llamo a la policía? —insistía el pequeño.

—¿Habrase visto mala fe?

—¿Llamo a la policía?

Pedro Jódar, que había visto la actuación de los socialistas, y se recreaba ahora con la de los conservadores, sabía muy bien que luego vendría la suya, y disipaba el miedo con una sonrisa, mientras comentaba con su mujer:

—El lunes tendré muchos más enfermos en la consulta, puedes estar segura.

—¿Y qué vais a hacer sobre esto?

—Supongo que reír. Yo, de todas formas, no pensaba presentarme a ninguna elección, de modo que dentro de un año esto no será más que una anécdota.

—¿Y Quintanilla, por ejemplo?

Quintanilla acababa de telefonear a Seny, su pariente, entre desesperado y suicida. Le parecía la mayor de las posibles catástrofes, con excepción de su hernia de escroto. Su futuro político se evaporaba una vez más, y era ya la cuarta ocasión en que le sucedía esto durante los últimos diez años. Era gafe.

Seny, sentado frente al televisor, le hacía comentarios por teléfono: repara en cómo querían jugárnosla los conservadores. ¡Vaya! Cuando me dijeron que Eduardo Libre había pagado la fotocopiadora debí de esperar algo de esto.

—Pero, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Quintanilla.

—¿Qué puedes hacer ahora, eh? Nada. Hazte a la idea de que no ha sucedido esto. Mañana hablaré con el director del periódico para que no haya sucedido.

—¿Sólo nos callaremos?

—¿Quieres removerlo aún más? Confía en la gente: la prensa está llena de Suárez y Fraga con la camisa azul, jurando como santos, y ya ves dónde han llegado.

—No sé...

—Claro que no sabes. Pero, cuando lleguen las elecciones, la gente volverá a votar, y sólo podrá elegir entre nosotros. Si sólo hubieran emitido nuestra entrevista, estaríamos perdidos. Me extraña.

—¿Qué te extraña?

—Que siendo Eduardo Libre tan listísimo no haya comprendido que hubiera hecho mucho más daño atacando a uno solo que a todos. Así sólo nos ha puesto en un empate. Ha perdido el tiempo.

—Si tú lo dices...

El señor gordo, que tal vez fuera conservador por ser previamente calvo, sudaba más de lo habitual en primavera. Su mujer con un ojo miraba la pantalla y con el otro le taladraba:

—Siempre te dije que no te metieras en política.

—Todas las mañanas.

—¿Y quién tenía razón, eh?

—Pero ese biólogo es un desaprensivo.

—¿Sí? Pues eso es lo que sois todos en política. ¡Cuántas veces te lo habré dicho!


* * *


Nieves, Jesús, Julio y Ramón, en el apartamento del periodista y poeta, celebraban la emisión como un guateque, con almendritas, copichuelas y hasta con un puro pequeño.

—Algo falla —dijo Julio en un momento dado—. Creo que Eduardo nos ha engañado.

—Esta vez, no, Julio —le defendió Ramón.

—¿No? ¡Cómo no se me ocurriría antes! ¿Qué sucede cuando divides por el mismo número una igualdad? Aparece otra igualdad. Al descalificar a todos no hemos hecho nada apenas. Los derechos seguirán con la derecha; los izquierdos con la izquierda, los conspiradores con el PRR-pedorreta. ¿Sabéis quién ha recibido la puntilla?

Jesús casi empalideció de ira:

—¡El biólogo Paco! Es el único que no se quedará como está. Me juego cualquier cosa a que lo trasladan. Además, se le terminó el crédito político.

—¡Exacto!

Ramón se echó a reír:

—No creo que a Paco le importe. Y a mí, tampoco. Recuerdo muy bien que Eduardo quería investigar los mecanismos del poder. Eduardo, pues, no quería que nuestro tinglado sobreviviera, sino decir a todos con qué clase de gente contaban para gobernar. Cuando lleguen las elecciones, el condenado tomará nota de la abstención, la comparará con la del 82 y nos contará una bonita teoría.

—Ya la sé yo —gruñó Julio—: que la sociedad es impenetrable y que el poder no es otra cosa que organización. En democracia ganan los mejor organizados, que no son nunca los más numerosos.

—Pero, aunque muchos no voten, todo seguirá igual —dijo Nieves.

—Por los siglos de los siglos —concluyó Ramón—. Hasta que, el año que viene, nadie crea en nada ni en nadie. Entonces (y esto lo sabe Eduardo) será el momento de hablarle a España de España y de organizar la explicación de la verdad.

—¿Y cuál es esa verdad? —preguntó Nieves aún.

—Que necesitamos volver a ser independientes.


* * *


El biólogo Paco, que no tenía televisor, había ido a ver su programa estelar a casa de José Luis Raigada, un pelín farmacéutico, que le había recibido a la cabeza de su mujer y de sus hijos. Era un padre casi tradicional, que no es poco piropo hoy en día.

—¿Temes represalias? —le preguntó.

—No se me había ocurrido. La verdad es que ahora mismo me siento vacío, defraudado, y es culpa mía: hubiera querido más.

—¿Una buena lucha electoral, por ejemplo?

—Quizá sea mejor así: me estaba empezando a tentar esta cosa de recibir gentuza en mi casa y de que todos me tomaran por un tipo importante.

—Eso es supervivencia: ser tenido en cuenta.

El biólogo Paco volvía a sentirse como el paria del claustro de profesores, pero no había perdido la fe en sus teorías:

—¿Y si me hubieran votado? Mira, José Luis: sobrevivir supongo que significa vivir por encima; por encima de la ambición, quizá; por encima de lo cotidiano y más allá de los intrascendente. Hoy impera todo lo contrario: lo vulgar, lo pequeño, lo común, lo adocenado, y nada hay más falso que lo que parece normal. La normalidad significa que todos los hechos están sujetos a norma, que no sucede nada imprevisto, y eso acaba con el instinto de supervivencia.

—Por lo menos lo oxida. ¿Quieres tomarte algo, para entonar?

—Si no es mucha molestia, una infusión de brecina. Es diurética, ¿sabes?

Raigada se rió de lo lindo:

—Esta mañana mismo se me ha terminado —dijo socarrón—. Tendrás que conformarte con un coñac.

Paco pareció despertar de su letargo:

—Creo que ya sé cuál es el futuro —dijo—. El hombre vive cada vez en mayor soledad, no sólo porque el entorno ciudadano se lo exige, sino porque ha perdido la enorme compañía de su fe en Dios, en la eternidad y en el mismo hombre.

—¿Todos al convento? —se interesó Raigada.

—No, no. El futuro será otra cosa: consistirá en rescatar el pasado, en descubrir que no somos distintos a nuestros bisabuelos.

—No lo veo claro.

Paco bajó la nariz:

—Yo tampoco, pero algo hay que decir, ¿no? ¿Podemos conformarnos para siempre con ser dirigidos por los menos decentes? Ahora que he visto todo esto, me muero de vergüenza, José Luis.

—También yo.


* * *


Míriam había llevado a Eduardo al chalé de sus padres. Por la mañana fueron juntos al mercado a hacer la compra: era divertido para el filósofo de bolsillo ver a la muchacha asomarse a los puestos, observar, retroceder, encargar. Le daba una curiosísima sensación de intimidad.

Se trataba de preparar una comida en el campo, a solas, reducidos a ellos mismos y a su compañía.

—¿Qué dicen tus padres de que te vengas aquí sola con un hombre? —le preguntó Eduardo mientras intentaba pelar una patata sacando la piel fina, como le aconsejó Míriam.

—¿Qué van a decir, si te llamas Margarita? Yo, al menos, he dicho que comería aquí con Margarita.

—Hija malvada y mentirosa.

—Sí —dijo ella.

Comieron con calma. Después, sentados en la terraza, Míriam intentó fumar mientras Eduardo se adormecía con la vista en el jardín. La primavera olía a miel y el aire parecía vibrar como el ala azulada de un insecto.

—¿En qué piensas?

—En pocas cosas —dijo el hombre—. ¿Es justo vivir tan bien?

—¿Eres feliz entonces?

—No sé lo que soy. Hoy se termina toda la historia de las últimas semanas o, quizá, empieza de verdad. ¿Crees que desenmascarar a esos pequeñuelos servirá de algo?

—Naturalmente.

—Nada de eso. Si sólo hubiera desprestigiado a los del PRR, evidentemente quedarían eliminados de la política. En principio, era eso lo que deseaba hacer. Luego me di cuenta de que no debía alterar los equilibrios si no deseaba dar ventaja a nadie. Así que, cuando hoy todos se enteren de los manejos de sus políticos de campanario, lo que sucederá es que se verán insultados por igual. Es insultante para todos los electores. Es decirles: ¿veis? Si estos os engañan es porque sois tontos. Compartirán vergüenza y nadie podrá criticar a su contrario político.

—No los votarán la próxima vez.

—¡Qué va, Míriam! Les votarán la próxima vez todavía, porque no hay otra cosa que se pueda hacer. La gente es impermeable y hay que darle tiempo para que deje de creer con hechos en aquello en que ya no cree con palabras. En la gente no puede entrar de golpe la sospecha del error en tanto hagan lo que suelen hacer. Nadie se equivoca haciendo lo que hacen todos, ¿comprendes?

—Sí. Comprendo que te sientes desengañado. ¿No confías ya en la inteligencia del hombre?

—Claro que sí, y ese es el problema: que los políticos también la tienen y lucharán por conservar su poder tanto como sea necesario. Pueden vencer, porque están organizados y tienen partidos. Los estafados, los empobrecidos, los humillados lo son a título personal; no están unidos ni organizados y, aún siendo más, pueden hacer menos. Suelo decir que los pesimistas son tontos, pero la verdad es que hoy empiezo a parecerlo yo.

Ella le pasó la mano por el pelo, como a un niño:

—No tienes motivos. Es indudable que les has dado a todos una lección. Poco a poco entenderán.

—Claro que sí, pero la lección puede que esté completamente olvidada cuando lleguen las elecciones. Quería averiguar los mecanismos del poder, del que pensé, por un momento, que era organización y dinero solamente. No: el poder es simple inercia. El poder es decir: "yo soy" y que alguien dé ejemplo obedeciéndote.

—¿No hay solución entonces?

—Razonable, ninguna. Irracionales, muchas. En las próximas elecciones votarán los mismos a los mismos y abriremos un poco más el foso que nos separa, porque las elecciones sirven para diferenciarnos y todos queremos ser diferentes.

—Habrá desengaños.

—El desengañado ya estuvo engañado una vez, y nada garantiza que no le vuelvan a engañar. Al poder, Míriam, sólo se le vence con otro poder mayor. ¿Cuál? Quizá la magia del aburrimiento, del cansancio, de la soledad o de la miseria.

Ella se levantó para ir a encender la tele mientras él continuaba mirando con suavidad el jardín, el color de la tierra, el vaivén de la hierba y de las hojas en la brisa y la infinidad de pequeñas cosas que suceden en una tarde de primavera.

"Mucho he cambiado" —se dijo—. "Pero la gente no cambia; en todo caso se descubre rincones". Acababa de hablar de magia, por ejemplo, y empezaba a creer en ella: "hay más cosas entre el cielo y la tierra de las que sueña tu sabiduría" —su memoria de lector se le disparaba—. "Sólo sé que no sé nada".

Pero Eduardo sí sabía mucho de lo elemental, mucho de lo pequeño, de lo sencillo e importante aunque siempre lo hubiera negado. El cielo estrellado, por ejemplo, era una gran sabiduría. Y la patria también cuando llegaba a ser un dolor en el alma.

La primavera, sin embargo, no invitaba a la tristeza. El mundo, afortunadamente, seguiría girando durante mucho tiempo, mientras el polvo de los hombres muertos daba lugar a nuevos hombres vivos y el vaso de los pensamientos humanos seguía llenándose gota a gota.

La constancia de vivir se parecía a la constancia de las estaciones y a la de los amaneceres. Él, racional a fin de cuentas, podía permitirse el lujo de confiar también en la magia y de soñar en espadas clavadas en la roca viva aguardando la mano que las desenfundara de su vaina terrestre. El filo del alma saliendo de la tierra.

—Eduardo —le llamó desde dentro Míriam con la voz apresurada—. Acaban de cortar el programa nacional. Ya emiten los piratas.

El filósofo arrancó una rosa pequeña aún y llegó a la habitación mientras el tipo de la cresta hacía todavía su prólogo. Con una especie de sonrisa sarcástica, desconectó el aparato y le entregó a Míriam la flor.

—¿No quieres verlo?

Él la miraba suavemente:

—Veo ya cuanto deseo —señaló hacia el aparato oscuro—. Cada uno debe de buscar su luz, y el hombre que no quiera ver en la oscuridad, en su oscuridad propia, no llegará a ninguna parte.

Tocó con un dedo lento el cáliz de la flor:

—Una vez pintaste una rosa mustia en cuyos pétalos aparecían rosas frescas. Las manos son como tus pétalos y es justo que tengan ahora también su flor. Me importa el mundo que ha sido capaz de hacerte de ponerte en mí; por eso no me importan esos tipos sórdidos —señaló otra vez al televisor— que se obstinan en negarlo.

Míriam trataba de comprender lo más por lo menos: miraba los ojos del hombre, vivos como no los recordaba, y las manos del hombre, ágiles como su voz.

—Tengo necesidad de un mundo mejor, Míriam. El mundo entero necesita un mundo mejor. Mucha esperanza.

Ella sabiendo muy bien el valor de su gesto, se puso la rosa en el regazo. Luego le cogió suavemente la cara con ambas manos sin decir una palabra.

—Tienes razón —respondió Eduardo al símbolo—. Somos fecundos. Eres fecunda. Siempre pueden nacer cosas hermosas.


* * *


El consejero de Urbanismo hablaba por teléfono con don Sabino, director gerente de Limpieza Urbana:

—No han sido más listos que nosotros, Sabino: han sido más sucios.


* * *


Alejandro confesaba por teléfono al señor calvo de su partido:

—Debiéramos haber aprendido mucho de esto. Creo que la política es poco humana.

—Al contrario, Alejandro: lo es demasiado.


* * *


Seny sonreía a Quintanilla por teléfono:

—Algo es seguro: Eduardo Libre no irá al paraíso.

Quintanilla, fosco, respondía:

—Eduardo Libre tampoco irá al paraíso.


* * *


Pedro Jódar había cogido la mano de su mujer:

—El mundo sigue, chata. Lo más terrible es eso precisamente: que hagamos lo que hagamos el mundo sigue. Aunque esté bien. Aunque esté mal.


* * *


El biólogo Paco se había conformado con una manzanilla en casa de José Luis Raigada:

—Si yo fuera Dios, José Luis, hubiera dado al hombre inteligencia o manos; nunca ambas cosas.

Raigada era persona bastante feliz y alegre:

—Lo que habéis hecho, Paco, es importante, tenga o no renta política. Hoy habéis conseguido que mucha gente, en lugar de seguir matando el tiempo, lo haya parado y piense.


* * *


Nieves miraba todavía la pantalla luminosa del televisor, como hipnotizada:

—No penséis en la política ni en los resultados: ¿es que no lo entendéis todavía? Eduardo ha hecho lo mejor: demostrar que somos dignos de risa.

—No es lo mejor —dijo Jesús—. Porque también ha demostrado que se portan como tontos todos los listos.

—Y a todos los tontos —remató Ramón— que no tienen que avergonzarse.


* * *


Eduardo y Míriam se habían acercado al mar azul de la primavera. El filósofo de bolsillo se sentía como la línea apenas curva del horizonte. Desde una gran piedra veía como el sol parpadeaba en los rizos del agua. Le pareció bien saltar tras la brillante luz, al centro mismo de los reflejos, así que se zambulló de un salto.

—No hagas mucho caso —dijo a Míriam al ganar la superficie de nuevo—. Era el momento de hacer algo ritual. Ven a la orilla.

Ella descendió. La costa era de rocas más bajas en aquel lugar, y Eduardo, cogido con una mano, la aguardaba flotando apaciblemente.

—Échame un poco de agua sobre la cabeza —le pidió a la chica—. Hoy me bautizo en el nombre de todas las cosas y de todo lo que ignoro. Hoy me lavo de lo antiguo y quiero renacer. Ansío, sobre todo, la claridad de este agua, la limpieza de este agua y la luz de esa tarde que vivimos.

Míriam le miraba con los dulces ojos abiertos. Eran estos momentos dignos de sus sueños y dignos también del mundo en que creía. Muy contenta se dejó caer también al mar y allí se abrazó al hombre a quien quería.

—También quiero lavarme y bautizarme.

Eduardo la acunó, ligerísima en el agua, y la hundió durante un momento:

—Bienvenida a la luz —le dijo al levantarla— ¡Qué grande es la vida cuando la tratas de mirar! Compartir lo que permanece y no la apariencia. Cuando salgas del mar serás Venus, sin duda, pero serás también la madre virgen del tiempo, y la rosa vieja y la rosa nueva.

—Y tú serás un hombre. La acción cubierta de mar y de razón y de fuerza. Te quiero.

Eduardo la ayudó a salir. El mar estaba todavía frío en aquella época y los dos tenían la cara pálida y contraída. Él se sentía casi humilde y por eso le dijo lo impensable:

—Te pido perdón por todos los días pasados mal. Te pido perdón por mí mismo.

Luego la besó y volvió a la roca grande desde la que había saltado:

—Un hombre —le dijo a la peña.

—Un hombre —le dijo, más alto, al mar tranquilo.

—¡Un hombre! —gritó al cielo azul, que sonreía.

Cuando al anochecer Venus se encendió, también azul, desde el levante, después de haber soñado junto a Míriam toda la tarde, Eduardo se encaró con el lucero para darle la buena nueva:

—¡Un hombre con una mujer!


* * *


Seny, muy satisfecho de su frase, se la estaba repitiendo a Pedro Jódar en aquel instante:

—Eduardo Libre no irá al paraíso.

—Me extrañaría que fuera alguien.

Pero la verdad es que los ángeles con espadas ya no guardan la puerta del paraíso. Los ángeles sonríen porque les gusta ver cuando los hombres vuelan. Eduardo cree habérselo notado.


Menorca, 31 de diciembre de 1985.


(Míriam hizo este prólogo cuando hubo leído por primera vez toda la historia)


Ya sé que todo esto es verdad, pero no por ello deja de ser un sueño. Yo pinté a una mujer que sostenía un montoncito de tierra en su mano y Eduardo me hizo ver que no era tierra, sino trigo. La tierra, el mundo, no son nada sin la semilla.

Quiera Dios que quien llegue hasta aquí lo haya comprendido: él es la semilla de este mundo y sólo él es la esperanza, hombre que no quiere seguir a la deriva.


"Quizá mañana, con afán contrario,
ajustándose el caso y la loriga,
de nuevo iré tras el combate diario,
exclamando: ¡Quien me ame, que me siga!"


Eduardo no está solo contra todo. Tampoco yo soy un símbolo, pero juntos estamos unidos a todos y somos el símbolo del tiempo, que nunca se va, como otras creen. El tiempo siempre se queda en el corazón y, allí, es la fuerza de la vida.

Nada me ha herido en mi historia porque ahora, por fin, sé para qué me ha sucedido: para saber que no existe el miedo cuando existe la esperanza.


POST DATA DE EDUARDO LIBRE:

Como es notorio, la verdad hace algo más que liberarnos: la verdad nos forja.


Publicado el 14 de julio de 2026 por Edu Robsy.
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