Lo electoral y lo real
El esfuerzo publicitario que han llevado a cabo todos los partidos con posibles plantea una cuestión grave a la sociedad: los electores han votado con arreglo a una campaña a de imagen, y eso quiere decir que han elegido entre la oferta publicitaria influidos por simpatías, antipatías y el talento de los hombres de las relaciones públicas. ¿Pero hay más socialistas tras las elecciones que antes? ¿Se ha convertido algún nuevo elector a la ideología política que ha votado?
No ha sido así, y eso quiere decir que mayorías y minorías son inestables; tanto al menos como lo es la popularidad. Lo electoral vale para las elecciones, pero no después. Los argumentos electorales quedan sin efecto cuando se trasladan al plano político, y el supuesto apoyo popular al líder no equivale, en modo alguno, a que se apoye su ideología, pues ésa no ha sido votada en realidad.
¿Puede alguien afirmar que la mayoría desea una España socialista? No: han querido a Felipe González de presidente del Gobierno de España; España a secas, sin apellidos, sin ideologías. ¿Están las ideas de España en el Parlamento? ¿Están sus costumbres, sus tradiciones y su cultura? ¿Está en él su visión del mundo? Pues si no están, España no podrá ser gobernada por su mayoría política, y será, como ya es, una nación que se desnacionaliza, que se pierde, que se ignora a sí misma.
La distancia que va entre lo electoral y lo real es la misma que media entre los gobernantes y los gobernados. Pasadas, pues, las elecciones, debieran los políticos averiguar qué quieren los españoles, con qué urgencia y por qué. De lo contrario no gobernarán: alimentarán iras que acabarán por herirlos. La historia, como los ríos, tiende a pasar siempre por el mismo cauce.
18 de julio
El 18 de julio, con su antecedente del 14 de abril, son las dos fechas matrices de todo el siglo XX español, y también su resumen: dos rebeliones, una pacífica y otra armada, en nombre de dos justicias, una teórica y no poco afrancesada, y otra práctica, más española. Entre ambas resumen la soledad española de los últimos trescientos años, con su permanente titubeo entre los modelos extranjeros —homologados— y la búsqueda de lo específico español.
En este sentido el 14 de abril es la Revolución Francesa, y el 18 de de julio, el 2 de mayo, como también son Guadalete y Covadonga, Góngora y Quevedo, Córdoba y Santiago, la acción y la reacción inmediata. El 14 de abril quiere cambiar a España; el 18 de julio quiere recuperarla, y éste es un destino del que España no ha salido: un cauce tallado por la historia y condicionado, más que por nuestro supuesto carácter, por nuestro vecindario.
Si el español no fuera tan confiado, tan amistoso, jamás hubiera llegado a sus muchos 14 de abril y a sus correspondientes 18 de julio. No es necesario cambiar a España, sino desarrollarla como es, hacer de lo pequeño lo grande y no de lo uno lo contrario.
Hoy vivimos en un 14 de abril y, sabiéndolo o no, estamos posibilitando el 18 de julio, que vendrá en su momento. ¿Cuándo? Cuando las fuerzas del cambio, fracasadas en su misión, no puedan llenar la distancia entre lo político y lo necesario. Lo necesario siempre es España; lo innecesario es esto otro: la inutilidad de todo un pueblo para renovar su historia.
El mismo hecho de que hoy se ataque y se oculte lo que fue de verdad el 18 de julio, enemigo permanente de los políticos a los cincuenta años de los hechos, sólo indica que el 18 temido no es aquél, ya histórico, sino el que aguarda como respuesta fija a la invasión política y cultural.
Estado comercial
Trato de acostumbrarme a ver cómo la Dirección General de Tráfico —cuyo director fichó preelectoralmente por el PSOE— hace propaganda del consumo de automóviles. Dice en televisión y en prensa que hay que comprar coches nuevos y enterrar los viejos. A esto le añado la campaña para dar de baja el mayor número de automóviles usados que, por ley, tendrán que pasar abundantísimas revisiones, y trato de prever el efecto que tendrá en una nación con tres millones de parados, ocho de pobres y un número creciente de pensionistas anticipados.
¿Se trata de ayudar a la industria automovilística, toda ella extranjera ya? ¿Es otra de las condiciones secretas que puso la Volkswagen para aceptar, de regalo, la SEAT? Sin embargo, amplios sectores de la población, en dificultades para comprar un coche nuevo, conservan el viejo, y serán estos sectores los que perderán el automóvil y, con él, una de las mejores herramientas de libertad. ¿Es esto lo que se pretende? Lo cierto es que el Estado está entrando en unos terrenos comerciales muy escabrosos y que, además, no le corresponden. O todo lo contrario: lo comercial está condicionando la actuación del Estado y de los políticos que lo dirigen.
Socialismo
Ciertamente las ideologías sirven tanto para un roto como para un zurcido, y más en España, donde socialismo no es otra cosa que lo que hacen los que dicen ser socialistas. Ahora, y en los meses sucesivos, los socialistas están privatizando el sector público. Muchas empresas del INI y casi todas las de RUMASA se están vendiendo a sociedades anónimas, curiosamente extranjeras todas. Se supone que el talante nacionalizador de todos los socialismos ha cedido al impulso de los pactos internacionales que permitieron y forzaron la democratización de España.
En todo caso el objetivo básico del socialismo se cumple igual: liquidar la iniciativa privada española. Además, cuando una nación no puede decidir sobre su economía, porque está en manos de otras naciones, se ha terminado su independencia: queda sólo una apariencia que tanto nuestros políticos como Rockefeller llaman democracia. Ojalá hubiera verdadera democracia y los españoles pudiésemos decidir nuestro destino, porque recuperarlo de quienes nos lo han arrebatado va a ser un largo y peligroso trabajo.
Derecha de siempre
Después de dos intentos de unión de las derechas, fracasados electoralmente, la derecha vuelve a proponer como alternativa electoral para dentro de cuatro años un amplio frente de derechas. Parece que no es capaz de aprender de los errores o, quizá, hay mucho más de lo que se ve en este asunto.
En tanto esta derecha multipartidista y multiideológica siga existiendo o creyendo a sus caciques, la oposición al socialismo correrá a cargo de los que no pueden llevarla a cabo con todas sus consecuencias por haber participado conscientemente en la dominación de España por las internacionales políticas y en su venta a las multinacionales.
Y esta derecha, con sus medios poderosos, con su propaganda más eficaz de lo que se creería, evita una y otra vez la aparición de una fuerza nacional basada en el patriotismo y no en las ideologías extranjeras; una fuerza capaz de despertar el dormido sentimiento patriótico y hablar de España a todos. España: el patrimonio indiviso de ricos y de pobres, de apolíticos, de izquierdas y de derechas.
Nuestra derecha actual, tan internacional como nuestra izquierda, no puede vencer al socialismo y, además, ayuda a que no se consolide la alternativa nacional que le vencería de tener voz y medios, y que volvería a condenar a los caciques al olvido.
Cuando el mismísimo Guerra no quiere que la derecha se disuelva en tres grupos parlamentarios, y se niega a modificar el reglamento, está claro que los especialistas temen la desintegración de su oposición en lugar de deseársela. ¿Por qué? Porque esta derecha significa un tapón para la aparición de una auténtica alternativa al socialismo y al sistema.
Redes de distribución
Uno de los principales enemigos de la libertad es la información falsa y parcial. Tanto es así que este sistema político depende absolutamente de la información que paga, y caería sólo con que televisión dejara de funcionar durante unos meses.
Pero el control de los medios de información no lo es todo. A menudo olvidamos que la red de distribución es fundamental para que esos medios lleguen al lector por lo que hace referencia a la prensa. Pues bien: un partido no es otra cosa que una red de distribución de consignas y tanto más eficaz es cuantos más puntos de distribución tiene.
Si yo quisiera enfrentarme a los medios de distribución y a los partidos en los que el sistema se apoya, meditaría sobre lo anterior y procuraría crear una red de interferencia. Se sabe de antiguo que orden más contraorden equivale a desorden, del mismo modo que dos versiones distintas de lo mismo se anulan entre sí.
Si yo quisiera enfrentarme a los medios de información crearía una gran central de información que distribuyera las antinoticias oportunas, algo así como los antídotos de la mentira.
Lady Li
El cretinismo informativo, además de las campañas de insultos internacionales pensadas por los jerarcas socialistas, nos acaban de traer a Lady Li, la Estatua de la Libertad de Nueva York que cumple cien años, renovada, limpia y esplendorosa. Periodistas canelos parecen descubrir ahora que fue un regalo francés y aún no han dicho que en París está su hermana gemela, pero de un tamaño más reducido.
En Francia, curiosamente, se incubó la revolución de las trece colonias, por lo que la Independencia Americana y la Revolución Francesa son hijas de la misma madre o, si se prefiere, de las mismas logias. En cualquier caso ahí nace el mito ya decrépito de la libertad, libertad entendida como entrega del poder a los burgueses sine nobilitate que, por supuesto, siguieron manteniendo la vieja esclavitud en tanto se inventaban varias otras nuevas.,
El mito de la Libertad, que ahora conmemoran en Estados Unidos, siempre ha olvidado la condición social del hombre. En contra de lo que afirma la Constitución de los Estados Unidos, nadie nace libre, sino sometido a su condición humana y a la relación con los demás. No por tener derecho al voto se es libre; pero para vivir en el propio tiempo uno ha de cuidarse de no ser sometidos a esclavitud. A la esclavitud del mito, a la de la mentira, a la del miedo.
Cambiaría toda la libertad del mundo por cien gramos de justicia, porque la justicia sí libera y, sobre todo, nos pone a salvo de la desvergonzada ambición que hoy degrada a mi patria. No olvido que de Lady Li nacieron los países: son estados asociados, sin esa alma que las patrias tienen. La democracia liberal y materialista necesita naciones sin alma; por eso ha de escribir lo que es en un papel o constitución: porque empiezan desde cero, porque no lo saben, porque no lo sientes, porque no lo tienen. Las patrias no tienen Constitución porque están constituidas por la historia, por su cultura, por sus tradiciones y por su genio peculiar. Las patrias tienen personalidad; los países se fabrican el alma.
E.T.A.
Acaba de declarar: "acosaremos a las fuerzas de ocupación hasta conseguir nuestros objetivos". Por una vez estoy de acuerdo con ellos: también yo quiero acosar a las fuerzas de ocupación tanto como sea preciso. España está ocupada por las sucursales de las internacionales políticas. Los extranjeros mandan en España por delegación, y la tarea fundamental es que todos los españoles lleguen a saberlo. Luego, el acoso y derribo, que es faena española donde las haya. La ETA, por supuesto, también es extranjera; no por vasca sino por comunista.
Prostitución
Como tantos otros españoles tiendo a pensar en la política en términos excesivamente abstractos. Me distraigo en lo programático, en lo ideológico o en la mera gestión, y olvido que la política real es obra del hombre, de unos hombres determinados con nombres y rostros conocidos. Casi nadie ha hecho un estudio psicológico de nuestros políticos o, por lo menos, tal estudio no ha sido difundido.
Sin embargo, a tal hombre tal actuación o tal incapacidad para actuar. Sin conocer la personalidad de los candidatos es pura obstinación votarles. Quizá por eso ellos cuidan de ocultarla lo mejor posible, aparentando ideales, sentimientos y un carácter que, en muchos casos, les son ajenos.
¿Qué clase de hombre hace falta ser para poner el propio retrato en todas las esquinas, para promocionarse a sí mismo como salvador o para ambicionar el poder a la vista de todos, sin sonrojarse, con la sola y endeble excusa de hacerlo en beneficio de los demás? ¿Qué clase de vanidad hace falta para presentarse a uno mismo como solución de casi todo?
Al margen de las ideologías, que hoy en día son excusas o falsedades decimonónicas, sólo puede haber tantas políticas como tipos básicos de hombre, y está claro que ciertas psicologías no se prestarán jamas a la actividad pública, bien por falta de condiciones innatas, bien por exceso de autoestima. ¿Abundan en política los hombres de honoro, por ejemplo? ¿Es imprescindible ser taimado, hipócrita, oportunista, cínico, sofista y demagogo, entre otras cosas, para ser diputado? ¿El político profesional de hoy daría la vida por sus ideas como sucedió en otras épocas?
Quizá un serio estudio psicológico de cada uno de nuestros políticos profesionales equivaldría a una bomba atómica contra el sistema. En principio, se ve claramente que Felipe González es un pícnico y, por lo tanto, sujeto a crisis, depresiones e inseguridades periódicas, y a una permanente inestabilidad. Guerra es un leptosomático, por lo tanto reconcentrado, tímido, insatisfecho y dado al rencor y a crecerse con los débiles. Pero lo notable es que juntos forman el mismo tipo de pareja que Stan Laurel y Oliver Hardy. Quizá pudieran también ser un éxito cinematográfico si no les escribiera Billy Brandt los guiones.
Mientras se resuelven estos graves asuntos sobre la personalidad de nuestros políticos profesionales —que explicarían tantísimos de sus fracasos— me reafirmo en mi idea primera: venderse a cambio de poder también es prostitución, una clase de puterío que prostituye también a la nación entera.
Personalidad
Nada explica mejor el profundo contenido del patriotismo que la idea de la personalidad colectiva, el átomo espiritual presente en la cultura de la que todos los españoles hemos nacido y en la que nos hemos educado; la versión del mundo que compartimos. Las patrias, pues, no son creaciones de circunstancias ni estructuras oportunistas, sino auténticos seres vivos que piensan y reaccionan casi como lo haría un ser humano. Casi como el ser humano pueden pasar por épocas de frustración, de inestabilidad y hasta de locura.
Sin salirnos del símil, resulta evidente que hay patrias con personalidades más marcadas; en una prima lo material, en otras lo místico, en otras la compulsión irracional, y en la nuestra una suerte de necesidad de acción, una clase de conducta de emergencia parecida a la que experimenta un hombre que, de repente, tiene que vivir en el extranjero. España no acaba de entender lo que sucede en España ni por qué. Nada de lo último está sucediendo de acuerdo con nuestros modelos, arquetipos y mitos, y nuestra personalidad colectiva atraviesa una especie de neurosis que, como todas las neurosis produce inestabilidad, irritabilidad, violencia y conductas desarregladas. Padecemos un desajuste mental, un puro conflicto entre realidad e ilusión.
Democracia
No seré yo quien se añada a los muchísimos que cuestionan, con toda la razón del mundo, la legitimidad y eficacia del método democrático, ni su torpe forma de representar cuantitativamente los intereses de los ciudadanos que necesitan un tratamiento cualitativo, de valor.
Hay otra clase de evidencias no políticas que conviene tener presentes: la democracia es un fenómeno contemporáneo que se inicia con la Revolución de las Trece Colonias y que continúa con la Revolución Francesa, indiscutibles creaciones de la masonería ambas, y de su clase social favorita: la burguesía mercantilista. Ambas nacen de una gran variedad de conceptos del materialismo liberal y lógicamente enfrentadas con los valores no materiales de las naciones de entonces.
La democracia, desde 1776, se muestra incapaz de crear patrias y del todo decidida a suplantarlas, a eliminar la personalidad colectiva de los pueblos, a los que considera iguales entre sí, como a los hombres, y susceptibles de compartir la misma cosmología y la misma escala de intereses.
Un sistema materialista, basado en la materialidad más grosera del hombre, que es su número, genera naciones sin alma colectiva, sustituye patriotismo por nacionalismo y crea estructuras políticas y territoriales en función de la oportunidad y del provecho y no en función de lo compartido. En 1776 aparecen los Estados Unidos y, bajo esquemas federales y confederales, se forman otras muchas entidades nacionales, desde los Estados Unidos de Méjico hasta la Unión de Repúblicas Socialistas y la Unión India. No son organismos nacionales y, por lo tanto, no disponen de una verdadera alma colectiva, de esa personalidad específica que es la entraña de una patria.
Democracia y patria son incompatibles. Por eso nuestra lucha contra el patriotismo, estimula las culturas foráneas importadas, los separatismos, y busca denodadamente establecer un estado federal, de las autonomías, como un método más de acabar con el alma colectiva. En suma, los demócratas se comportan como si estuvieran fundando España, como si además de hacer un Estado nuevo tuvieran la necesidad de hacer una nación nueva.
Bajo su presión parte de España se despersonaliza, pero también parte de España bulle y comprende el posible despojo que se le pretende hacer. El mejor consuelo es que, como dice la jota, España es grande en los reveses, y tiene, además, un alma tozuda y persistente que no se entrega jamás. No podrá desmentir esto la historia futura.
Cuando los vencedores son tontos
Un conciudadano, cuya cabeza arde iluminada por el fósforo de la ya talludita democracia, se quejaba ayer en la prensa local porque en mi ciudad aún se conservan calles con nombres tan oprobiosos como José Antonio, Franco, Mola, Goded, Calvo Sotelo y otros hombres que, mal que le pese, hicieron un buen tramo de la historia de España. Argumentaba el genial filósofo que "es vergonzoso que una democracia recuerde a tales personas" y que "la reconciliación exige el cambio de nombre de las calles".
Más allá explica que, movido por tal celo, él y algunos otros filósofos como él trataron de corregir el error, "siendo reprimidos por un conocido ultra", que yo bien sé que fue mi amigo Juan. Salía mi amigo de una casa cuando se encontró al demócrata subido a una escalera, aplicando sus teorías brocha en mano, embadurnando una lápida que conmemoraba la construcción de un edificio público "bajo el signo de Franco". Mi amigo chocó con la escalera, de manera que el demócrata, su celo, la brocha y el bote de pintura se vinieron abajo con grandes muestras de contrariedad y escogido vocabulario reconciliador.
Contada la anécdota, conviene meditar en algo más grave: una serie de individuos de poco seso está proclamando lo que otros callan aunque lo piensan exactamente igual: el advenimiento de la democracia con su gobierno del PSOE se entiende como victoria definitiva en la pendencia iniciada en 1936. No son unos pocos, no. Son muchos los que así piensan, aunque sean menos los que lo manifiesten. El de la historieta no pertenece ni a los vencedores ni a los vencidos de entonces, pero ha heredado la guerra aquella. El que esto escribe tampoco participó en tales hechos de armas y todavía se siente libre de odio; lo suficientemente libre como para comprender que aquella sigue siendo la guerra de todos los españoles, y seguramente eso es debido a que se están volviendo a plantear los mismos problemas y los mismos bloques que la hicieron posible.
Si el pobre energúmeno que democratiza a España brocha en mano llega a leer esto, —que sí lo leerá, ya me encargo yo—, que tenga presente una elemental lección de historia: Franco y los demás ganaron la guerra pero no la provocaron. La provocaron las izquierdas y las derechas enfrentadas, encerradas cada una en su particular visión de España y entregadas a la tarea de tachar la España de los demás. Entonces hubo que volver a hacer una España para todos, aunque, ciertamente, no se consiguió por entero. ¿Quién lo intenta ahora? La lección es clara: aquella es la guerra de todos los españoles: si alguien afila las hoces, justo será que alguien vele las espadas.
Chile
Chile, y más después de sus últimos éxitos contra el terrorismo y su mirada atenta hacia nuestra embajada, se habrá convertido en un mito dentro de poco. Y lo será a causa de una de las pocas virtudes políticas del socialismo postmoderno: su decidido empeño en no olvidar ninguna derrota. En esto es socialismo responde a su procedencia germánica y hebraica, y es tenaz. Chile es también muchas otras naciones sobre las que cada año corre la consabida campaña: Sudáfrica (Argentina hasta hace poco y dentro de poco), Paraguay, y Austria y Paquistán por primera vez.
No causa ninguna sorpresa en cambio el telón de silencio pacífico caído sobre el mundo comunista, a pesar de Afganistán, Camboya, Vietnam, Laos, Etiopía, Angola, Mozambique, El Chad, y tantos otros lugares que sufren o la tiranía o el asalto comunista. Tampoco choca la escasa información sobre Filipinas o el Irán, ni el decidido buen trato que se da a naciones que son, todavía hoy, nuestras agresoras: Francia, Marruecos y Portugal. El socialismo, por sus motivos, los protege de nuestra opinión y los enmascara suavemente en un cómodo y poco comprometido olvido.
Más curioso es comprobar la claridad con que esta actitud refleja las filias y las fobias de nuestros políticos profesionales y de sus amos internacionales; no ya porque nos escamoteen una buena parte de la información que el mundo produce y porque nos exageren y nos falsifiquen el resto, sino porque se sienten en la obligación de hacerlo, es decir, de darnos una óptica nueva a través de la cual mirar el universo.
Grave es la suposición de que, sin muchos esfuerzos, nos es imposible conocer lo que pasa en el mundo a pesar de la rapidez y perfección de las comunicaciones. Y más grave aún que se pretenda cambiar nuestra actitud hacia quienes siempre hemos mirado con desconfianza y hasta con odio a causa de una larga experiencia histórica: Francia, Marruecos... Quizá es este uno de los efectos fundamentales de toda revolución: el cambio que da el mundo a nuestro alrededor, siempre mucho más notable que el cambio que da nuestra sociedad. Quizá es también una forma de vencer nuestras resistencias al cambio impuesto: arrebatarnos la visión de mundo que teníamos antes y confundir nuestras opiniones hasta que dejen de ser tales y se conviertan en consignas elementales: Chile-militares-dictadura: malos; democracia-socialismo-pacifismo: buenos.
O blanco o negro. O César o nada. Aterra ver la persistencia con que siguen usando las viejas tácticas de hace setenta años. Me impresiona comprobar lo poco que ha cambiado el socialismo en sus métodos, siguiendo siempre la consigna de Lenin: "contra las almas, la mentira". Venganza y mentira; he aquí el esquema de quienes aspiran a dominar el mundo. Mentira y venganza al servicio de intenciones tan viejas como la historia: el poder universal.
No tenemos el derecho de reconocer ni a nuestros amigos ni a nuestros enemigos: nos los elige el gobierno de acuerdo con los intereses y simpatías de su Internacional. Un día, cunado volvamos a ser independientes, nos llevaremos una gran sorpresa al retirar los filtros informativos y volver a mirar el mundo con nuestros propios ojos. Pero entonces en Francia, en Argentina, en Alemania, quizá en el mismo Chile, alguien nos borrará del mundo civilizado y seremos como hoy es Pinochet y, a lo mejor, hasta felices.
Separatismo
Se nos suele presentar el separatismo bajo la doble óptica del nacionalismo —esto lo usan los partidos "internacionalistas"— y del futuro y necesario federalismo que solucione en una unión en la corona el "viejo problema de las nacionalidades. Súmenle a esto el lenguaje tópico e insistente sobre derechos de autodeterminación, hechos diferenciales, racismo encubierto y porfía lingüística, y tendrán un retrato aproximado de lo que suele aceptarse como razón y origen de nuestros separatismos.
Contra ellos se argumenta en nombre de la unidad de España, de la solidaridad, de la economía y hasta de la sensatez, y llega a presentárseles como un fenómeno forzado por una cierta burguesía ávida de poder. Argumentos ciertos, además, pero no suficientes para explicar este viejo asunto de las nacionalidades históricas, según nuestra Constitución.
Si el separatismo prende en alguien más que en los interesados burgueses que lo patrocinan, es debido a que la patria común deja de portarse como tal. Desde los Austrias —Felipe IV— a los Borbones, los separatismos surgen no sólo a causa de la debilidad del Estado, sino respondiendo a momentos de crisis nacional. Son como una búsqueda "a nivel de aldea", del patriotismo perdido, de la personalidad colectiva perdida, de la misión histórica olvidada.
Pese a todas las críticas, los separatismos, de consolidarse, acabarían reinventando la unidad; descubriendo la unidad como siguiente necesidad de su independencia, y reconstituirían otra vez, en contra de sus promotores, la España necesaria, porque esa es la razón de ser de nuestras diferentes regiones.
Cuando en los próximos años tengamos que enfrentarnos colectivamente al problema de la unidad rota, será forzoso restaurarla desde su origen, desde la misión recuperada por cada región; desde la necesidad de ser más que lo provinciano, precisamente para ser más y mejor lo que se es: catalán, castellano, gallego, vasco o andaluz, que son peculiares formas de ser de lo español.
La patria es el único antídoto contra el separatismo. En su ausencia se recrea la patria pequeña como única defensa ante la desintegración.
Ceuta y Melilla
Los últimos reportajes sobre estas dos ciudades españolas han dejado de manifiesto que la gente, con razón o sin ella, cree que el gobierno socialista es capaz de renunciar a la soberanía española en ellas. La misma forma de abordar sus problemas por televisión, hablando de sector cristiano y de sector musulmán, no hace más que fortalecer estas sospechas, que no pueden ser acalladas por ninguna declaración socialista, dada la escasa fiabilidad de sus promesas.
Ceuta, y Melilla sobre todo, pueden convertirse en una extraordinaria caja de resonancia de lo español, tan olvidado; lo español como verdad previa a cualquier ordenación posterior del Estado; el altavoz de España, precisamente porque allí es España misma la que corre peligro, la que choca con lo extranjero. No son españoles contra españoles, ni opiniones de unos contra opiniones de otros. No es un debate político, sino la necesidad de saber si el gobierno defiende o no a España del extranjero.
Y si España despierta, si vuelve a ser una realidad viva, no habrá dictadura informativa capaz de disimularla, ni política que pueda convertir en lucha de clases la primordial lucha por la independencia y por la soberanía. Ceuta y Melilla somos todos, mientras que el sector musulmán está, como sabemos, en el Parlamento, encima de cada escaño, lejos de lo fundamental.
P.R.D. = Roca
No podía esperarse otra cosa: tras el fracaso de la operación Roca, del reformismo, del PRD que, sin embargo, ha hecho ganar votos a la Convergencia y Unión de Pujol, Roca ha hecho lo que cumple al espíritu de la burguesía catalanista que representa: tomar la parte por el todo y explicar que su derrota es la de Cataluña: "no me quieren porque soy catalán: ved lo malos que son, ved lo mucho que os odian".
Se trata de una táctica judía y, quizá, masónica, que gusta de presentar a los catalanes como eternas víctimas de la persecución y de la injusticia. Lo que pomposamente llaman la Fiesta Nacional de Cataluña, el 11 de septiembre, conmemora una derrota y es su fiesta. Si el proyecto de un catalán es rechazado, se rechaza a Cataluña; si a Pujol se le procesa por negocios no muy claros, se procesa a Cataluña, siempre a causa del odio exterior.
Después de vivir bastante tiempo en Cataluña comprendí algo fundamental: sus problemas se llaman Barcelona, cuyos jerarcas se sienten la única Cataluña posible. Con toda franqueza: los principales enemigos de Cataluña, los que la han embarcado en revueltas y en guerras, son catalanes, viven en Barcelona y pretenden separarla no de España, sino de Cataluña misma.
Extranjero
Al escuchar a los políticos profesionales se comprende que, gracias a ellos, nos hemos adherido al extranjero; le hemos dado la razón en lo que el extranjero deseaba para nosotros y así hemos conseguido que la división política extranjera sea también nuestra propia división, dando a las internacionales un nuevo campo de batalla para sus maniobras mundiales. Felipe es el hombre de Brandt —y en parte de Moscú—. Fraga el de Reagan; Alzada el de Italia, y así sucesivamente.
Como en la Segunda Guerra Púnica, sobre nuestras espaldas y con nuestra sangre, quizá, aquí siguen luchando romanos contra cartagineses, Este contra Oeste, el Papa contra Lutero, Oriente contra Occidente. Siempre acaban viniendo a guerrear aquí las distintas concepciones del hombre y del mundo. ¿Por qué? ¿Nos es posible concebir a franceses o a ingleses luchando entre ellos en nombre de ideas extranjeras a su cultura?
Nosotros lo hacemos porque nuestra cultura (la nuestra) es de síntesis, y vive y se desarrolla digiriendo o interpretando las versiones enfrentadas. Un sino como otro cualquiera, pero más duro.
Teoría de España
(Este apunte ha dado origen a otro cuaderno titulado de igual forma, donde se desarrollan las ideas embrionarias aquí expresadas)
Perdidos entre castillos ideológicos, todos con su utópica teoría internacional de cómo debería de ser la sociedad perfecta, olvidan muchos sin querer, y adrede los políticos profesionales, que España es obra de los hombres en el tiempo y que, al ser una unidad de convivencia humana, tiene características específicas; tiene una personalidad. Recuerdo, sin acudir a las fichas, unos intentos de psicologías nacionales comparadas de Valbuena Prat y, mucho más recientes, la tanda de los Siete Pecados Capitales de Diaz-Plaja.
Es innegable que tenemos una personalidad como pueblo, unas razones particulares, propias, para nuestra conducta, una especie de cabeza colectiva que se rige con su propia psicología, con su propia escala de valores, y una forma especial de manifestar, entre todos, el alma única de nuestros dos mil años de historia. También disponen de ella los otros pueblos que han llegado a constituirse en patrias —no digo Estados, ni mucho menos Estados Unidos, que no son patrias, personalidades colectivas, sino entes de razón, utilitarios, cuya cultura no es una creación sino una suma indiscriminada de otras culturas no siempre compatibles. Una patria —la nuestra lo es— necesita una gestación de setecientos a novecientos años para tener luego huesos sólidos, vísceras que lo digieren todo, sangre vital y cabeza viva.
Desde España vemos con relativa facilidad el alma colectiva, la personalidad de otras patrias como Alemania, Inglaterra y Francia. Claro es que cosificamos su carácter, que nos valemos del tópico del alemán tozudo, disciplinado y sin imaginación; del inglés arisco, despreciativo e impasible; del francés exuberante, racionalista y algo cochon; pero también está claro que algo hay tras de los estereotipos, tras la fachada tradicional de esos pueblos, y que ese algo que percibimos lo percibimos precisamente porque no es como nosotros, ni participa de nuestra misma realidad.
En cambio, cuando volvemos la vista hacia nosotros mismos somos incapaces de apreciar, aún por la vía del tópico, los rasgos característicos de nuestra personalidad nacional. Algunos españoles se conforman con la visión incompleta que de nosotros tienen en el extranjero y, como no les gusta, o se avergüenzan de España o hacen fuerzas para liquidarla, terminando con sus tradiciones y racionalizando nuestra historia, es decir, dándole un sentido que jamás tuvo. Otros españoles, al contrario, se incorporan a la parte más gloriosa de nuestro pasado —en gran medida al Imperio— y apartan de su síntesis edades más bastardas (como la actual) o más oscuras. Vemos todos lo parcial: los unos al español pordiosero e inculto, digno de ser humillado por los ricos extranjeros. Los otros, al hidalgo altivo, gola, tizona y voto a bríos. Y no es eso. Al menos no es solamente eso. Sintéticos como somos, estamos hoy incapacitados para sintetizar cómodamente, sin maximalismos, lo que somos, nuestra personalidad compartida que, aunque la ignoremos, no solamente existe: también actúa.
La revolución de las masas
¿Qué está pasando con las masas en todo el mundo, sobre todo a partir del final de la II Guerra Mundial? Las masas, que fueron el gran elemento de la política reivindicativa, la base y justificación de los grandes partidos, la teórica esperanza marxista para llegar al poder mediante la huelga general, la razón de ser de los sindicatos, guardan hoy un silencio especial. Y lo hacen, precisamente, en un mundo más poblado que en el que nacieron para la Historia, en unas ciudades sobrecrecidas, en unas naciones donde, desde la enseñanza a la medicina, pasando por el arte y por los espectáculos, está todo mucho más masificado que en los años veinte, treinta o cuarenta.
Parece que las masas, halagadas por tres generaciones de políticos, están entrando en la categoría de los fenómenos históricos ya muertos. Hubo un tiempo en que la economía maquinista y capitalista las creó, las reunió y las contrató como mano de obra; en ese mismo tiempo los partidos las articularon, las organizaron en su beneficio como fuerzas de choque frente a quienes las habían creado.
Posteriormente, aprendiendo de la explotación política, vino una segunda explotación económica, no ya como mano de obra, sino como mercado ideal para el consumo en masa de productos "estándar", y como público para los masivos espectáculos. Naturalmente estas masas fueron instaladas en un medio masificado: ciudades superpobladas administradas por Estados mediocres e informados por medios masivos que, como la tele, tienden a hacerse únicos.
El desempleo creciente de las sociedades industrializadas ha puesto en marcha otro mecanismo económico: el control de la población que, legalizando y popularizando la anticoncepción, con aborto incluido, espera deshacerse del exceso de mano de obra improductiva que amenaza la revolución económica del ocio. Pero, aun cuando esta despoblación programada tenga éxito al aplicarse su segunda y última fase, la de la eutanasia, lo cierto es que hoy nos encontramos con unas masas que, al vivir en un medio masificado, no se compartan como tales: no militan en los clásicos partidos obres, cuya razón de ser pasó hace tiempo, ni se amontonan en manifestaciones gigantes, ni parecen sentir ningún apetito revolucionario.
La actual vida en masa, en un medio masificado, está generando un imprevisto desenlace: el individualismo que se sigue de la quiebra de la sociabilidad. Si la aparición y la posterior utilización de las masas fue posible gracias al instinto gregario del hombre, el exceso de gregarismo, el depender todos de servicios masivos no personalizados —educación, Seguridad Social, Estado de masas—, y del consumo de bienes no diferenciados, en un entorno en el que la intimidad (que es una necesidad territorial del hombre) está provocando una ola creciente de individualismo y de sus lógicas secuelas e insolidaridad, anarquía social, delincuencia y decadencia partidista.
Cada vez más los hombres y mujeres tratan de exagerar y remarcar sus diferencias, mientras evitan aceptar o confesar sus semejanzas. Todos quieren tener "personalidad", su personalidad única, aún a costa de la extravagancia en el pensar, en el actuar y en el vestir o en el desvestir: el nudismo es un síntoma más. Pero estas masas, vueltas individualistas como reacción a la masificación, tienen un parásito que está acabando con ellas aún más rápidamente: el consumismo que rápidamente homologa cualquier conducta individualista, contestataria y hasta original, convirtiéndola en moda negociable y obligando a una nueva y más acelerada búsqueda de conductas originales, individuales, chocantes.
Las masas, inútiles ya para la producción y víctimas de los medios que ellas mismas masificaron, están negándose a seguir siendo masas; están luchando por su individualismo y esta lucha ha acelerado, por ejemplo, la aparición de modas, de ismos artísticos, de culturas y contraculturas paralelas, de comportamientos antisociales que no pueden evitar las policías pese a haber aumentado poderosamente sus medios y sus efectivos. Del mismo modo que hubo una Revolución de las Masas que, entre otras cosas, trajo el desarrollo industrial, la concepción económica del hombre y de su vida y el fin de los Estados hechos y dirigidos por élites, estamos inmersos ahora en una Revolución de la Individuos que, cada vez más ricos y más instruidos, aspiran a conseguir una máxima diferenciación.
Las razones económicas multinacionales para la eliminación de la mano de obra sobrante han encontrado —paradójicamente— la ayuda de los Estados de Masas, artificiosamente democráticos (masocráticos) y, en España, del psocialismo, favorable a todo tipo de contracepción y de disolución de los vínculos familiares, lo que, evidentemente, puede en dos generaciones disminuir nuestra población en los cuatro o cinco millones de españoles sobrantes, sin sitio ya en la sociedad saturada y masificada de hoy.
Lo que no parecen haber comprendido los partidos tradicionalmente de masas, ni los conservadores supuestamente progresistas, es que si las masas buscan la diferenciación, si estamos ante un fenómeno de individualismo general, el modelo de Estado que ellos representan y que han impuesto a España, no sirva para una sociedad donde el individualismo conducirá, paso a paso, a la revalorización de la persona y, con ella, a una nueva concepción del hombre.
En otras palabras: la desaparición de las masas a la que asistimos como fenómeno mundial, muy acelerado en España, obliga a la desaparición del Estado de Masas, llamado por algunos cínicos Estado-Providencia, y a la búsqueda de mecanismos que permitan representar en las cámaras a los hombres como tales hombres y no como simples masas adheridas a una u otra teoría general, a una u otra ideología del siglo pasado, del siglo de la masificación.
En breve será preciso devolver al hombre su dimensión de persona en detrimento de su actividad como secuaz o militante de concepciones masivas y económicas. La crisis de los partidos, convertidos ya en verdaderas oligocracias sin masas de seguidores, se debe, más que a la mala publicidad o a su escasa representatividad, a esta cambio social en el que las masas mediocres, alcanzado el poder a través de políticos mediocres, vuelven a necesitar la diferenciación y, con la instrucción y el bienestar, anhelan rescatar la personalidad de cada uno, el concepto antitético de que todos los hombres somos desiguales, no ante la ley, pero sí ante la vida y, sobre todo, ante nosotros mismos.
El Estado Masivo supone al hombre libre por el hecho de poder adherirse a tres o cuatro ideologías, todas centenarias ya, distintas cuando no enemigas. El hombre actual, en cambio, empieza a saber que es libre cuanto más puede organizar su vida con arreglo a su personalidad, a su propio y vivo pensamiento, es decir cuando su razón particular tiene un sitio en la vida social, y no una simple posibilidad de simpatizar o no con las razones de Adam Smith, de Marx, de Lenin o de cualquier otro. El hombre se quiere redimir con la masa.
Con esta nueva Rebelión de la Masa, que ya no quiere ser masa, será forzoso hacer un Estado en el que no sólo las ideologías tengan voz, sino también el hombre, tanto en su entorno como en su función social, como en sus opiniones, como en su mismidad. Por ahí se va al siglo XXI, al tercer milenio y a la libertad. De otro modo, seguiremos embarrancados en el siglo XIX, siervos de un Estado hecho para las masas cuando ya las masas no existen, porque cumplieron su misión transformadora. Las únicas huellas políticas que de ellas quedan son los partidos y su anticuada visión del hombre y de su mundo.
Pobreza
Me interesa hacer notar un hecho fundamental para la comprensión política del mundo: las naciones tradicionalmente ricas tienen y sostienen tres o pocos más partidos, aunque sólo dos suelen ser los que se alternan en el poder y en la oposición. Las naciones pobres —y quizá por eso mismo— suelen acabar con un solo partido o con un dictador.
Las naciones en decadencia, las que se están empobreciendo, las que fueron ricas alguna vez y no lo son ya, suelen tener más partidos de los necesarios, todos ellos convencidos de estar siempre en riesgo de desaparecer tan pronto como la pobreza imponga el partido único o el dictador. Se saben transición. La prueba de su propia conciencia de transitoriedad es su no pedida insistencia en una democracia duradera, casi eterna.
Habrá que preguntarse si el generalizado empobrecimiento del Estado Español, con 14 billones de deuda, y de la sociedad española, con 8 millones de pobres, es fruto de los partidos, o si ciertos partidos —dos, que son dos sindicatos y casi una sola idea— buscan conscientemente esta situación como camino más corto y democrático para llegar al partido único. Ciertamente los costos políticos actuales son demasiado altos en comparación con los resultados, y eso hace sospechar que la pobreza que se extiende es una pobreza programada. Si no lo es —razonemos en dilema— se trata de que vivimos al amparo de un Estado ineficaz, gobernado, además, por incapaces. En cualquiera de los casos, el Gobierno es culpable.
Barbarie
Se oye hablar cada día con más frecuencia de la barbarie, aplicándole el término tanto a la delincuencia vulgar como a la política que, en manifestaciones y otras exhibiciones de libertad se dedica a la destrucción y al vandalismo. En las librerías, novelas y tebeos presentan, como en el cine y en la tele, héroes bárbaros con cascos cornudos, espadones más o menos mágicos y brujos precientíficos que tienen un extraordinario dominio del mundo.
Todo ello, y algún discurso parlamentario plagado de construcciones y palabras extranjeras, entra en ese término de "barbarie", del que a veces pretendemos olvidar su origen menos peyorativo que hoy. Cuando un griego hablaba de lo bárbaro, hacía menos referencia al posible salvajismo del bárbaro en cuestión, y atendía más a lo principal del término: su carácter extranjero. Con él se marcaban una serie de importantes diferencias, culturales las más, que dependían en último término de la diferente concepción del mundo y del hombre.
No hay hombres sólo. No hay hombre sin cosmología; no hay hombre sin entorno social y sin historia colectiva. No hay hombre sin patria. En cada uno va lo suyo íntimo y lo común a todos, el delicado tejido cultural que supone una personalidad accesible al resto de los que comparten esa misma cultura. Por eso cada ser humano lleva, junto a su apellido biológico, su apellido cultural: hombre español, por ejemplo; o francés, inglés, alemán...
Y lo que no le es propio culturalmente, le es extranjero, bárbaro; muchas veces incomprensible por lejano, y siempre, sin apenas ya excepciones, insensible: mitos, arquetipos, símbolos, sensibilidad... He aquí la clave de lo bárbaro, que no tiene por qué ser irrazonable, pero que, al no vibrar con la emotividad propia de la cultura nacional, es inasumible.
Frente a este concepto de lo bárbaro aparece siempre el de lo universal, empleado en política equívocamente a partir de la igualdad del género humano, que lleva a ciertas minorías interesadas y a ciertos idealistas de escasa penetración, a suponer que se puede igualar también a los hombres en fe, creencias, costumbres, tradiciones e idioma, lo que equivale a desarraigar al ser humano. Esta utopía se ha hecho activa en diferentes ocasiones, todas fracasadas, todas inspiradas en un cierto afán de dominio universal. Todas renacidas en el momento en que un grupo se ha sentido tentado por la idea de imperio.
En nuestros tiempos vuelven a soplar, bien que artificialmente, de la mano de internacionales, multinacionales y de sociedades más o menos secretas, los vientos de la utopía universalista. ¿Acaso no somos iguales todos los hombres? —nos dicen— ¿Por qué, entonces, mantener diferencias nacionales, culturales y religiosas?
El esperanto, tan razonable, sincrético y utópico, fracasó. La Sociedad de Naciones, que quiere consagrar el diálogo entre ideologías y culturas, sigue fracasando. Las barreras entre las concepciones del hombre y de su misión, sin analizar si buenas o malas, son tan altas y fuertes que no es posible ignorarlas si se desea actuar prácticamente: existen, sean positivas o negativas. Son como las montañas o como los mares, y sólo podrían eliminarse privando a todos los hombres de sus raíces, de sus tradiciones, de su propia cultura: deshumanizándolos.
Pero eso sería la barbarie absoluta por bonísimas que fueran las intenciones de sus promotores, que, desde luego, no lo son. La democracia universal, las mismas instituciones para toda la humanidad, como confiesa pretender Rockefeller: he aquí un sueño patológico que ha costado mucha sangre, y más que costará. He aquí la barbarie: ser todos extranjeros.
Por desgracias muchos, si no todos nuestros políticos, secuaces de ideologías extranjeras y bárbaros por lo tanto, creen en este mito de la universalidad; creen que la unidad biológica de la especie puede transformarse en igualdad cultural y social, en beneficio de algún imperio soñado. Ignoran que civilización es mismidad, capacidad de ser en plenitud lo que se es. El resto es barbarie.
Terror
Me sigue sorprendiendo la palabra terrorismo cuando se usa para señalar una serie de actividades guerrilleras y de bandidaje. Y me sorprende porque de su uso equívoco suele desprenderse la conclusión de su inevitabilidad y su aceptación como lacra social. Los gobernantes prefieren pensar que la paz sigue existiendo, cosa que viene a permitir la palabra terrorismo y que impediría la palabra guerrilla. Se trata, pues, de una pudorosa reacción muy popular entre los avestruces: no ver lo que no se desea.
En España es muy arriesgado y casi peligroso atenerse a lo que parece evidente, tanto porque la mentira es el argumento político por excelencia cuanto porque no siempre nos molestamos en insistir, ojo atento, en los hechos, instalándonos con mayor comodidad en su cáscara, en su apariencia. Así, para unos el terrorismo pretende desestabilizar la democracia, lo que equivale a confesar el equilibrio inestable en que ha sido fabricada. Para otros, entre los que alguna vez me he incluido, el terrorismo va contra la unidad de España y contra la misma España, o sea su independencia.
Pero hay que confesarse con seriedad que mil jóvenes armados, pero sin material pesado, dos mil jóvenes o hasta diez mil, por dar un número imposible, no pueden vencer a cien mil policías nacionales, otros tantos guardias civiles, más los de paisano y los efectivos de los tres ejércitos. No pueden, siquiera, aterrorizarlos. Tampoco puede uno suponerse al Estado Mayor Etarrata imaginando, en permanente delirio, que con semejantes fuerzas pueden conseguir, a tiro limpio, ni la secesión de las provincias afectadas, ni, caso de conseguirlo en un descuido, mantenerla siquiera durante 48 horas.
Dicho esto, preguntémonos entonces si las cosas se hacen porque sí; si los asesinatos y las bombas son pura vesania, salvajismo visceral y odio, hipótesis todas desmentidas por su cautelosa, organizada y lógica forma de actuar. Los etarratas y sus jefes no están locos, ni son tontos, ni se engañan en cuanto a sus posibilidades de conseguir con sus débiles fuerzas los objetivos que publican.
Una tercera versión del verdadero fin de la ETA la dan quienes insisten en que quieren forzar la involución y obligar al ejército a dar un golpe de Estado. Si los ejércitos tuvieran que cambiar el Estado cada vez que se ven forzados a actuar en una guerra, o no existirían los Estados o no existirían los ejércitos. Entonces, ¿para qué sirve la ETA? ¿Qué objetivos, que estén de verdad a su alcance, pretende alcanzar?
Si fuera contra el Estado o contra su método, la democracia más o menos chapucera, evidentemente atacaría a los artífices de la democracia: significados hombres de partido y comprometidos hombres políticos del Gobierno. Pero no hace nada de eso. Ataca a militares, guardias, policías y personas políticas del franquismo, estamentos todos que, por sí solos, no tienen capacidad de decisión para devolver el golpe y defenderse de la mejor forma posible: con un ataque.
Clausewitz ("vam Kriege"), que era muy agudo, percibió que la guerra es la continuación de la política por otros medios. El terrorismo, guerrilla semiurbana, también. Hay que decirlo ya: nada interesa menos a los estrategas de la ETA que la desestabilización de la democracia, llámese involución, golpe de Estado o simple estado de guerra: ése sería el fin de sus aspiraciones y de sus actividades, pues ni ellos ni nadie resistirían una guerra sin cuartel ni una auténtica ocupación militar de los territorios donde se mueven con evidente facilidad.
Ellos hacen política a tiros, nada más, dentro de la ya vieja tradición marxista. El marxismo encubierto, el solapado y el confeso, más algunos asnos liberal-conservadores les aplaudieron como luchadores por la libertad y los amnistiaron. Hacen política en tanto confiesan hacer la guerra: sería incongruente que un grupo político dijera verdad. Hacen política, en fin, pues se cuidan de no herir a políticos, a hombres que podrían, de sentirse víctimas absolutas, tomar decisiones absolutas.
El objetivo del terrorismo es negociar con una clase política tal vez asustada por ella misma, pero, sobre todo, presionada por la opinión pública que quiere que el terrorismo cese. Si los políticos ceden, como vienen haciendo, si legalizan, si conversan, si excarcelan, indultan, amnistían, delegan funciones del Estado, y lo demás que hemos visto, en aras de una solución "política", el terrorismo aumenta y crece, como también hemos podido comprobar desde el 76 acá.
Pero cuando el terrorismo pide a tiros lo que el socialismo decía tranquilamente en sus congresos, autodeterminación, estado federal, reinserción, suspensión de los proyectos nucleares y muchas otras coincidencias, resulta que el terrorismo se convierte en una excusa, en una previa preparación del terreno, en un cuerpo de exploradores, en unas guerrillas que, tras las líneas enemigas, van acabando con las vías de comunicación, con las redes de abastecimiento y hasta con la moral de victoria.
Si no fuera así, si el terrorismo etarrata fuera contra el tinglado democrático, contra las poltronas y los sueldos y las vidas de quienes lo usufructúan, ¿alguien supone a los políticos tan tontos como para no defenderse? Unos, sólo unos, fueron de tan directa forma contra los políticos: los hombres del 23-F, y no serán ni perdonados ni reinsertados. Si los etarratas intentaran verdaderamente lo mismo, les sucedería igual.
Pero no es así. No luchan contra esta democracia. No quieren desestabilizar nada. Son batidores encargados, en cada momento, de preparar el terreno para nuevas medidas políticas, bien estudiadas desde hace muchos años y ejecutadas lenta y minuciosamente. Por eso mismo, si hay una verdad entre todos los tópicos que se dicen sobre esta guerra de guerrillas, y es que el terrorismo tiene una solución política fundamental, que lo haría definitivamente inútil: legislar a favor de la unidad e independencia de España; recuperar, legislativamente, el terreno cedido, y detener o condenar a todos los políticos que hayan pactado, usado o representado a los terroristas.
Por desgracia no será así. Al final tendremos que aceptar la guerra.
La bandera
Leo como titular: "la bandera de España ondeó en el Ayuntamiento de Bilbao". Es noticia que la bandera ondee en según qué lugares de España, de donde infiero que también es noticia que España siga existiendo, a pesar de las apariencias. De ahí que algunos pronuncien, entre bromas y veras, Expaña, y otros empiecen a hablar de Nespaña, que vendría a ser la España en polvo y, posiblemente, descafeinada.
Donde yo vivo, pequeña ciudad con fama de tranquila, acaban de quemar seis banderas españolas y, siguiendo la consigna de Pujol, no debemos hacer caso de ello porque los pirómanos son tipejos minoritarios, que no reflejan la voluntad popular. Ya. Pero el Estado sí debiera y el Estado no reacciona, lo mismo que los gobernadores y que los alcaldes. Lo grave, con serlo, no es que quemen las banderas, sino que las autoridades lo disimulen, pues renuncian a los símbolos, y un pueblo sin ellos no es tal: para a la categoría de rebaño.
Aún es más grave que las mismas autoridades que no persiguen a los incendiarios califiquen de ultras a quienes usan la bandera nacional en la solapa, en el reloj o en el coche. Se conoce que ser español es ser ultra, o sea, enemigo del Estado, de donde yo deduzco que el Estado se siente enemigo de la bandera y de España.
De deducción en deducción, sólo se me ocurre una conclusión final: estamos todos en manos de nuestros enemigos y, frente a eso, ni siquiera podemos contar con el alcalde de Móstoles. Sólo con nuestra vergüenza.
AÑAPSE
Dice G. Campanal, agudísimo Casero de Cristal de El Alcázar, que anda España del revés, o sea invertida. Colgada como un cuadro boca abajo, con unas instituciones también boca abajo que, en lugar de representar a la gente ante el poder, representan al poder ante la gente. Con unos diputados que, en lugar de defender la libertad de sus electores, aceptan la esclavitud del grupo parlamentario y la mordaza de la ideología que los eligió antes que los votantes. Con un ejército que muere a tiros y a cañonazos en ninguna guerra, guerra negada y de tapadillo. Con unos políticos que no aceptan responsabilidad alguna por sus errores, y con unos partidos ahorcados en unas ideologías que, desde luego, no aplican.
Pero esta España del Revés es la España pública y, encima, no está ni al revés ni al derecho: simplemente no existe en nuestra realidad. Se ha fabricado su realidad propia; su AÑAPSE, y sobre ella analiza, decide y gobierna nuestra clase política. Su incapacidad para adaptarse al medio es síntoma evidente de su inutilidad, y la señal de su pronta desaparición, desbordada por las gravísimas necesidades que no soluciona.
La verdadera España al Revés es la auténtica, la de todos los días, que va en otra dirección que la España Oficial, que la AÑAPSE. Una España que sólo espera dos cosas para agitarse: un proyecto realista y la seguridad de que no queda ya otro camino que la acción de autodefensa.
Ganapierde
En la revista Época, creo que firmado por Ramón Pi, he leído que los socialistas, tras las elecciones del 86, se comportan como si hubieran ganado una guerra. El tópico articulista acierta por donde amargan los pepinos, sobre todo cuando razona que el PSOE distribuye administraciones de lotería como Franco lo hizo con los estancos entre las viudas de los caídos.
Sin embargo, no es la primera vez que me tropiezo, entre gente de la dócil derecha, con el pálpito de que el PSOE se siente en realidad definitivo vencedor de la contienda iniciada en 1934 o en 1936, según se mire. Lo democrático, lo cameral, lo legislativo, ocupan la simple categoría del armamento y de la munición, pero el hecho claro, tajante, refrendado por cambios en el callejero, destrucciones de monumentos públicos y actitudes de perdonavidas hacia quienes supone representantes de los presuntos vencedores del 39, parece refrendar la idea de un PSOE que se alza con la victoria de una guerra cincuentenaria.
Mi admirado Juan Blanco, que moja su pluma en valor y en ira para escribir la Crónica de España en El Alcázar, advertía, sin necesidad de recurrir al ejemplo de los estancos y las loterías, que el revanchismo y la venganza han sido claves en la victoria socialista y aconsejaba, para el futuro, tomar ejemplo y esforzarse en no olvidar nada. En cualquier caso, dejaba bien sentado que él no creía en la victoria definitiva del socialismo "rampante, dante y tomante", y que está por venir el tiempo de las grandes batallas, que ganarán las mejores ideas y los hombres más esforzados.
Pero, vamos, hay suficientes antecedentes para echar un vistazo a la actitud del PSOE, por si verdaderamente es tan asno como para creerse victorioso de la guerra del 36, tan astutamente falsificada con la colaboración de ciertas asustadizas derechas, de ésas que andan siempre con el tupido velo a punto para correrlo sobre lo que les da miedo, vergüenza o mala conciencia. Echado, pues, el vistazo, el PSOE no ignora, ciertamente, que la guerra está por resolverse, pero se comporta como si fuera a perderla de nuevo, es decir, con una actitud de absoluta desconfianza hacia sí mismo, hacia sus militantes, hacia el sistema que monopoliza y hacia los tópicos de paz y de estabilidad que avienta su correveidile Calviño.
Si el PSOE, heredero de la derrota que ayudó a fabricar, se sintiera definitivamente vencedor, seguro de sus posiciones y hasta de la justicia de su éxito, o sea, con amplio respaldo popular, en modo alguno andaría atrincherándose con la precipitación con que lo hace. Si el PSOE se sintiera vencedor no daría tan cautelosamente ciertos pasos federalistas, ni intentaría conseguirse alianzas internacionales, ya militares, ya multinacionales, susceptibles de sostenerle cuando empiecen a venirle mal dadas, que le vienen.
Si el PSOE no temiera por su presunta victoria, ¿por qué iba a apoderarse del poder judicial, del Tribunal Constitucional, de la Administración del Estado, de ciertas policías y de otras no menos ciertas cúpulas civiles, económicas y militares? ¿Por qué iba a hacer regalos a los extranjeros, tales como todas las reprivatizaciones de RUMASA y del INI, SEAT incluida? ¿Por qué iba a apuntarse al capitalismo más exagerado, tal el M.C., tanto como a los revolucionarios más clásicos, como Gadafi y Ortega? ¿Por qué iba a rodearse de escoltas y cortes de pelotas? ¿Por qué iba a ir con tanta lentitud en sus ataques a la Iglesia y a la unidad nacional, y con tanta prisa contra la familia, la juventud y la educación?
¿Por qué no termina, disponiendo de todo el poder del Estado, con la delincuencia, con los tráficos de droga y con el paro, si no es porque le conviene la creación de un amplio sector de marginados, de los que siempre se pueden hacer levas de desesperados?
No, no: el PSOE, incluso cuando saca la plata y se crea poderosas amistades internacionales; incluso cuando mete a secuaces fieles en la trilateral archicapitalista, se prepara para la guerra, por motivos que él debe conocer y que yo desconozco. Y es más: se prepara para perderla por varios motivos fundamentales:
1º.-Porque no sabe modificar la realidad, sino falsificarla.
2º.-Porque no actúa con independencia, sino ciega e irremisiblemente sometido a un plan internacional que no puede modificar unilateralmente.
3º.-Porque no tiene nada nuevo que le haga superior al PSOE de la derrota y sí, en cambio, peores hombres y menos fe en lo que es y en lo que dice defender.
4º.-Porque no respeta ni conoce al presunto enemigo. Para él tal enemigo sigue siendo el de 1936, cuando el PSOE era un partido de masas y España una nación sin la experiencia enriquecedora de cuarenta años sin partidos y sin políticos. Hoy su enemigo no es una formación política: es la sociedad entera que puede reaccionar imprevisiblemente de un momento a otro, a pesar de la dictadura informativa.
5º.-Para terminar, porque el PSOE, para existir, ha recurrido al apoyo de amos extranjeros y al sostén de corruptos, aprovechados, trepas y el resto de la tropa de chupópteros que se mueven siempre en torno al poder. Dudo que cuente, frente a un peligro cierto, con la fidelidad "usque
ad mortem" de quienes viven y prosperan con él.
El poder
Hay, siempre lo ha habido, un terrible desajuste entre lo que es poder es y lo que dice ser; un abismo entre la teoría filosófica y ética, y la realidad social del poder. La potencia, capacidad de hacer, e activa siempre, sin excepciones, tanto si se usa para el bien como si se usa para el mal.
Los últimos dos siglos españoles, sin la solución popular y burguesa que significó la Revolución Francesa en Francia, están ocupados por un debate único: ¿quién debe ejercer el poder? Y, una vez entregado al elegido, ¿cómo moderarlo, cómo evitar que ese poder se crezca? Las soluciones, como sabemos desde 1812, han sido de escasa eficacia y de corta duración, salvo en la época de Franco, cuyo poder, en cualquier caso, no fue político.
Hoy hemos vuelto a abrir el debate. Lógicamente, cuando el poder es electivo, aparecen candidatos poderosos a él. Si la sociedad pretende moderarlo o recortarlo, el poder tiende a hacer todo lo contrario: recortar la sociedad. Así es como los tres clásicos poderes, en nombre del gobierno del pueblo, han caído en manos no de uno de los tres, del Ejecutivo como se cree, sino de un ente extra-estatal y privado, de una sucursal del poder internacional: el Partido Socialista, que se coloca al margen y por encima de los tres poderes moderados por la Constitución y se convierte en un nuevo poder absoluto, en una oligocracia.
No importan las justificaciones más o menos moderadas que use: el poder está en el partido y no en el Estado en estos momentos. Y es el partido quien lo ejerce para sus fines de grupo y no para los fines generales del Estado. Es de suponer que no soltará las riendas si no es por causa de graves acontecimientos que yo no llamaría golpe de Estado, sino golpe de partido.
Si los partidos cambian las instituciones, será preciso cambiar a los partidos antes para poder reformar el Estado, que no cumple ya con su misión de ser la creación colectiva de un pueblo y, también, la colectiva garantía de su seguridad y de su soberanía.
Su seguro enemigo
Oigo a un político amateur, a punto de pasar al grupo profesional, concluido el meritoriaje: "nosotros, la izquierda... la izquierda sabe...". Le pregunto después qué es la izquierda y me responde, sin duda alguna, que "el pueblo", "los oprimidos", "el progreso". No quiero parecer un provocador insistiendo en si el pueblo, por definición, está oprimido todo él y si al opresor hay que buscarlo en el Gobierno. Sé la respuesta, así que me la ahorro.
Oigo después a un político de la derecha, más joven que el de la izquierda. Ni una sola vez dice "nosotros, la derecha" o "la derecha piensa...". Habla, cómo no, del progreso también. Le pregunto como al otro qué es la derecha, y me cuenta la historia de los escaños de un lado y de otro según se mira desde la presidencia, dando interesadamente al término un contenido topográfico. Le recuerdo, no sin cierta mala fe, que las ideologías de aquellos dos partidos que inauguraron la nomenclatura izquierda-derecha, son hoy de derechas de toda la vida: liberales y conservadores.
—¿Qué pasa con la derecha? —me pregunta al fin—. ¿Es que es pecado?
Pues sí: es pecado, a juzgar por lo mucho que les cuesta confesarse de derechas siéndolo. No está de moda. No es ni "joven" ni "modelno". Tienen un evidente complejo y ni sueñan en afirmar que son el pueblo o los oprimidos. Lo son tan poco como los socialistas, pero tienen más sentido del ridículo. Pero, entonces, el misterio se me hace insoportable: ¿por qué es de derechas cierta gente semiavergonzada de serlo?
Y prueba usted, lector, a llamar derechista a un socialista, so pretexto, por ejemplo, del aumento del paro, de la privatización del sector público, de la "reflotación" de ciertos bancos, de la política de retiros anticipados o de la autorización para la libe circulación de capitales extranjeros. ¡Troya Derechista es un insulto.
Así funcionan los tópicos en nuestra tierra, y así de vergonzosa es la supuesta oposición que, por lo que parece, quisiera no serlo; quisiera parecer socialista, por lo menos. ¿Acaso ciertas medidas del PSOE son de izquierdas? ¿No es cierto que basta con criar la fama de obrero para echarse a dormir con toda tranquilidad? Y si España languidece entre tanta contradicción, ¿qué le vamos a hacer? El populacho, dicen, necesita las cosas claras: lo que no es derecha es izquierda y viceversa, aunque más que oposición haya una serie de complejos, y más que Gobierno unos cuantos telediarios desproporcionados y, a veces, surrealistas.
Mientras tanto, la derecha (unidad y todo) siempre será vencida, aunque sólo sea porque no quiere ser lo que es, o no quiere confesarlo. La izquierda, que se confiese obrera, obtiene la mayor parte de sus votos de la clase media, y no pasa nada. Pero es que aquí no se puede andar por la vida sin ser ni chicha ni limoná: hay que ser algo, bueno o malo, y dejarlo claro desde el principio.
Yo, por si las moscas, no soy de izquierdas ni soy de derechas. Me quedo en español, o sea, enemigo jurado de las bandas. Su seguro enemigo.
Venganzas
No pocos van aireando sus sospechas de que el socialismo en el poder está tomándose lenta pero inexorable venganza. Franco, su nombre, su historia, sus realizaciones, son ejecutados varias veces al día. El ejército que le combatió es ascendido masivamente y masivamente pagado. Pero también entra en la venganza la sociedad que Franco creó, la riqueza que disfrutó y la poca acogida que tuvo en ella el socialismo hasta que nos fue impuesto desde el extranjero.
Pero sería larguísimo enumerar los actos que responden a un motivo vengativo: cada español —esté a favor o en contra de ellos— conoce varios, desde la complacencia en ciertas muertes al recochineo en ciertas ruinas, pasando por el callejero, los monumentos, los funcionarios y los agravios comparativos. Lo que de verdad importa es ver si esta venganza tan pausada sirve para algo a España o tan siquiera al Estado. ¿Se está haciendo lo urgente o lo secundario?
Cuando hay venganza de por medio, el motivo de los proyectos y de las acciones está en el pasado; no se actúa hacia el mañana ni sobre el mañana, sino hacia atrás, hacia el olvido. Y cuando la venganza se ha cumplido, empieza la venganza: igual, pero de signo contrario. La termodinámica lo dice bien claro.
Golpe de Estado
Leo algo sobre un ultimátum militar al Gobierno. Me hablan en la calle de lo mismo: si para enero no se ha acabado con ETA el ejército hará algo, por supuesto que cumpliendo con el mandato de defender el orden constitucional además de la integridad de España. ¿Qué le voy a hacer si no me creo estas informaciones? Si uno pretende ajustarles las cuentas a los políticos parece elemental guardar cierta reserva sobre esta clase de propósitos, como lo es también no poner sobre aviso a quienes pueden abortar los proyectos.
Con los golpes de Estado suceden cosas difíciles de encajar, como por ejemplo que se equiparen aquí exclusivamente a los pronunciamientos militares que, en todo caso, serían golpes de Gobierno. Como el Estado es un ente administrativo que unos políticos dirigen con preferencia a otros, su éxito se ha de medir con criterios administrativos y no políticos. ¿El Estado tiene ahora más dinero que administrar que hace diez o quince años? ¿Da más a cambio de él? ¿Arbitra mejor los conflictos entre clases y entre individuos? ¿Hace más justicia? ¿Garantiza efectivamente la vida, las propiedades y la cultura de sus administrados?
Con estas preguntas se puede conseguir una escala de síes y noes respecto a un momento tomado como punto de comparación. Otra clase de preguntas carecen de contenido real: ¿es más libre el hombre hoy? No, en ninguna parte. Libres fueron los nómadas, pero las sociedades complejas se cobran en libertad la seguridad. ¿Es más feliz el hombre hoy? No son preguntas que se le puedan hacer al Estado.
El golpe de Estado no tiene por qué responder a criterios ni a valoraciones emotivas. Se trata de estudiar objetivamente su eficacia administrativa y su economía de medios. ¿Cuesta más de lo que vale? ¿Protege mejor los intereses de todos? Y así sucesivamente. Si el Estado no pasa el test, urge cambiarlo, pero sin rumores, sin conciliábulos, sin odios y sin pataletas. Hacemos igual con los coches viejos que nos cuestan demasiado en mecánicos, chapistas y combustibles.
Sólo si el Estado se confunde con el Partido, la ideología se convierte en razón de su existencia y ante ella, bien lo vemos, no vale razonar, no tiene fuerza la lógica. Por eso se mantienen Estados ineficaces que empobrecen, que privan, que coartan, que no sirven para lo que fueron creados: es el fanatismo de siempre empeñado en hacer reales sus alucionaciones.
Izquierda única
La izquierda española es una curiosa entelequia desde que comenzó siendo liberalismo con Fernando VII y ha acabado siendo multinacionalismo y ecologismo con Felipe el Macareno. Pero la penúltima vez que media España se apuntó contra la otra media, la izquierda era un mosaico multicolor que, mal que bien, reflejaba múltiples tendencias sociales: desde la izquierda republicana, burguesa e intelectual, al PSOE de Indalecio Prieto y de Largo, con el comunismo y con el vigoroso anarquismo, la izquierda tenía al menos tres raíces: la marxista, más teórica en el PSOE y más práctica en el PC, y la anarquista, utópica pero tremendamente popular y carpetovetónica.
Hoy, cincuenta años después, la izquierda que se ha reconstituido, la izquierda que ha encontrado el dinero y la información necesarios para volver a ser, es sólo marxista y, por si fuera poco, marxista apóstata, tanto en el comunismo "euro" y ecológico como en el PSOE, que retiró la palabra marxismo de sus estatutos entre grandes alharacas y sonrisas. Hay dos partidos aún en el parlamento, pero ciertamente hay una sola izquierda en España, la que viene de la pata izquierda de Marx; la que ejerce dominio de sátrapa en más de medio mundo y está asaltando permanentemente al otro medio.
De un modo u otro el marxismo ha eliminado su competencia por la izquierda o, si se prefiere, la única forma de oponerse hoy a la derecha es a través del marxismo. Yo no sé si la multitud de derechas ha analizado el peligro que esto supone para ellas. Prefiero hacer otra lectura: con una sola "alternativa" es evidente que gran parte de la izquierda natural no se siente a gusto, ni mucho menos identificada, y ello hará tanto más fácil que el PSOE, en manos de burgueses, acabe de perder su mejor baza electoral: "es la única izquierda que tenemos". No: es la única mordaza que tiene la verdadera izquierda.
Adiós
Leo, estremecido, lo que le dice Diego Boscán a Martín Silbereier: "hablaremos un día del mar, bajo las banderas rojinegra y rojigualda, en un soto florido, el paraíso de los falangistas muertos al servicio de la gesta redentora de hombres, cuando España haya vuelto a ser joven y toda ella cante con su trabajo la gloria de Dios". El mismo día Martín Silbereier comenta: "¿esperas lo inesperado? Si no es así, no se es joven".
Creo firmemente que las inexistentes Españas de derechas y de izquierdas son, en realidad dos Españas distintas: la de la fatalidad y la de lo inesperado. El que quiera resumirlas en sí mismo tendrá que saber del destino y de la esperanza, comprender lo que es inevitable y lo que, inevitablemente, es ilusión. Entregarse a ambos.
Equilibrar fatalismo y juventud es la tarea para que el futuro y la historia pesen tanto como el presente que nos arrastra. Malditos los que se sientan satisfechos.
Menorca. Día de la Virgen de Gracia. 1986
