Sigue tu estela

Una huella en construcción, una vida en movimiento

Aurora Romero


Autoayuda, Superación personal



Primera edición: octubre de 2025 O 2025, Aurora Romero


Maquetación y diseño: Juan Muñoz

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Licencia: Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND).








A mis raíces, que sostienen cada paso.

A quienes me enseñaron la paciencia del tiempo y la ternura de lo cotidiano.

A los guardianes de historias, a los cómplices de risas, a los pilares silenciosos que acompañan sin hacer ruido.

A quienes estuvieron, están o quizá estén algún día.

Si este viaje ha despertado una chispa, si la estela de esta obra ha tocado tu corazón, gracias por estar ahí.







PRÓLOGO



Me llamo Aurora Romero, al menos así me vas a conocer. No hace falta más: lo importante es que estés listo para adentrarte conmigo en estas páginas.

A través de mis experiencias, aprendizajes y reflexiones, logré dar voz a lo que antes callaba y poner palabras a lo que ni siquiera sabía que habitaba dentro de mí. Al abrir esa puerta, descubrí algo esencial: mi propia estela.

Este libro nació como una forma de mirar hacia adentro y, sin saberlo, como una manera de encender pequeñas luces en mí. Quizá no veas nombres, pero hay presencias que atraviesan cada una de mis palabras.

Espero que tú también te atrevas a mirar dentro de ti... y encuentres la tuya. Al final del libro te revelaré un secreto.

Porque, para mí, Estela no es solo una guía: es luz, eco y origen.





LO QUE LLEVO EN MI PIEL

Hay cosas que no se olvidan, pero tampoco se dicen en voz alta.

Cosas que no hacen ruido, pero están. A veces se vuelven gestos, otras en palabras y otras, en piel.

He aprendido que el amor se parece más a una semilla que a un fuego: se planta, se cuida y a veces tarda en florecer. Pero cuando lo hace, deja raíces invisibles que siguen creciendo, aunque ya no las mires. Y así, sin darme Cuenta, fui tatuando momentos, promesas y personas en mi cuerpo, como si de esa forma pudieran quedarse un poco más cerca.

Hay una voz que aún me susurra cuando dudo: sé fuerte, conquista tus miedos.

Algunas veces no la escucho con los oídos, pero está. Siempre está. Y en los días donde el mundo pesa, también esa voz me sostiene.

Otras veces pienso en ese eco que quedó flotando en el aire, que se volvió impulso, palabra, escritura. Como si lo que se apagó en el mundo se escondiese dentro de mí.

Tu eco, mi sueño. Así nació todo esto. Hay amor que trasciende distancias, formas e incluso el tiempo.

Amor que no necesita cuerpo para seguir. Amor que va hasta el infinito y más allá, como un juramento secreto entre quienes saben que la presencia no siempre es física. Amor que no necesita cuerpo para seguir. Eso también lo llevo conmigo.

Y también están los días simples, los que ladran alegría. Porque sí, a veces basta con un solo sonido —gua— para recordar que hay afectos puros, sin filtro, que se dan enteros, sin esperar nada. Que la lealtad también puede tener patas.

La familia no es solo una palabra. Es la base. No es perfecta, pero sí constante. Son quienes estaban antes que yo, los que caminan conmigo aun en la distancia y los que llegarán después. Algunos aun no existen, pero ya los pienso con ternura. A veces me imagino que seremos ramas de un mismo árbol, que cada historia será una semilla de amor que no se perderá. Que el legado no siempre es grandioso, pero puede ser honesto. Y en medio de todo eso, una mariposa. No por ser bonita, sino por lo que simboliza: cambio, vuelo, fragilidad que resiste. Porque hay cosas que mueren para convertirse en otra cosa. Y, aun así, siguen siendo. Todo eso llevo escrito en mi piel. No como una colección de frases sueltas, sino como una línea continua que une raíz, esencia y voz.

Porque eso es lo que soy: lo que me dijeron, lo que me dejaron y lo que elegí guardar.

Y aunque nada de esto diga su nombre, todo habla de ellos, todo habla de ella.




CAPÍTULO 1 PRIMEROS AMANECERES

No sé por dónde empezar. Estoy frente al ordenador, con mil ideas dando vueltas en la cabeza. Son las 16:23 de un 8 de agosto de 2025. Desde los doce años he soñado con escribir un libro. Escribir sobre ficción nunca me llenó del todo. En cambio, plasmar algo real, algo que de verdad me tocara, siempre me pareció un reto más cercano, aunque la falta de experiencia me hacía difícil encontrar las palabras adecuadas. Hoy siento que ha llegado el momento. Algo dentro de mí necesita salir, como un impulso lleno de esperanza que no puede esperar más. Es la luz que siempre he llevado, aunque a veces oscurecida por la incertidumbre. Si alguien la lee y consigo inspirarle o sacarle una sonrisa, ya me sentiré satisfecha. Así que... aquí voy. Nací en primavera, a finales de los noventa, cerca del mar Mediterráneo. Mi familia dice que era una niña hermosa, con unos ojos azul verdoso que parecían de otro mundo.

De pequeña, me decían que tenía una mirada adulta, como si mi alma fuera más vieja de lo que me correspondía.

A veces sentía que esa descripción encajaba perfectamente conmigo, como si no perteneciera del todo a este mundo o no supiera bien hacia dónde me dirigía. Mi historia no empezó como la de todos. Los primeros meses fueron difíciles, un auténtico desafío. Nací con movilidad reducida, y mis primeros días fueron en el hospital, lejos de la calidez de casa. Aunque no recuerdo esos momentos, mis padres sí lo hicieron, y su valentía me enseñó desde pequeña lo que significa luchar con amor. Gracias a ellos entendí que la verdadera fortaleza se revela en los momentos más difíciles.

Las dificultades sumadas a las primeras veces les obligaron a adaptarse a una nueva realidad. Aun así, nunca dudaron en cuidarme con todo su amor.



Con el tiempo, gracias a su valentía, crecí y me convertí en lo que soy hoy. Ellos me enseñaron lo que significa la verdadera fortaleza. A pesar de las dificultades, siempre fui feliz. Recuerdo momentos simples que me marcaron: las tartas que mi padre traía después de trabajar, la pequeña perra que me acompañó durante la infancia o esos ratos con mis abuelos que me daban consuelo y alegría. La vida no era fácil, pero esos pequeños instantes de felicidad eran mi refugio. Así aprendí a encontrar belleza en lo cotidiano, incluso cuando las cosas sencillas no eran tan fáciles.

A medida que crecí, la vida me enseñó nuevas lecciones; solo es parte de lo que somos. Aunque sentía que mi discapacidad me hacía distinta, mis padres siempre me enseñaron que la belleza está en nuestras diferencias y que cada uno tiene una forma única de ser y hacer las cosas. Aceptar mi singularidad me dio paz y me permitió ver la vida con otros ojos.

La escuela fue una etapa de aprendizajes, alegrías y retos. Hice amistades valiosas, pero también enfrenté preguntas constantes sobre mi discapacidad. Con el tiempo comprendí que ser diferente no me hacía menos. Mis padres siempre me recordaban que lo importante es ser uno mismo, no lo que los demás esperan. Hoy sé que todos somos distintos, y esa diferencia no nos resta valor. Solo nos hace humanos: cada uno con su historia, sus luchas y sus victorias.

Encontrar tu lugar, tu tribu. Eso fue lo que me pasó hasta que crecí y entendí lo que significa ser un “alma vieja”. Y fue gracias a ciertas presencias en mi vida que todo cambió. Mis abuelos fueron parte del inicio de la estela, al menos la que conozco y, por tanto, un faro para mí. A pesar de las dificultades y los tiempos complicados que les tocó vivir, siempre lograron salir adelante.

Creo firmemente que, aunque la vida nos ponga a prueba, lo esencial es encontrar la esperanza, incluso cuando las circunstancias nos desafían, y valorar lo que tenemos. Cada día nos ofrece una nueva oportunidad para reconocer nuestras bendiciones, incluso en medio de las dificultades. A pesar de las dificultades, siempre encontré razones para seguir adelante. Pero es fácil olvidarlo y ahogarnos en pequeñeces. Soy afortunada por haber nacido en esta familia.

Hay algo en el alma que conecta con ciertas personas, como si nos conociéramos de antes. Mi familia es mi todo. Aunque ninguno de nosotros es perfecto, me siento profundamente agradecida por cada momento vivido junto a ellos. Su apoyo incondicional ha sido mi faro en los momentos más oscuros y mi luz en los más brillantes. La vida no es perfecta, ni yo sé ser perfecta, pero eso no significa que no se pueda aprender de sus imperfecciones. Nadie tiene una vida perfecta, y si alguien lo cree, probablemente viva en una ilusión.




CAPÍTULO 2 SOMBRAS

La vida está llena de cambios. Algunos los disfrutamos, otros nos enseñan lecciones que nunca olvidamos. Con apenas seis años, cuando empecé la educación primaria, ya sentía la necesidad de buscar mi propio camino. Esos primeros años fueron un torbellino de emociones. Pronto aprendí que todos somos diferentes y que nuestras capacidades no son iguales.

Los niños, aunque no lo hagan con mala intención, a veces dicen cosas O actúan de formas que hieren. Muchas veces es por desconocimiento o porque no saben cómo manejar sus propias emociones. Recuerdo comentarios en la escuela que, aunque no siempre malintencionados, dejaron huella. Recuerdo un comentario de un niño en el patio: «¿Por qué no puedes correr como todos?» Fue un recordatorio de lo que no podía cambiar, pero, al mismo tiempo, una de las primeras veces que entendí que la gente no siempre entiende lo que es ser diferente.

Por más que me esforzaba, no destacaba en todas las materias, y algunas evaluaciones me parecían injustas. Es curioso cómo, cuando eres pequeño, las opiniones ajenas parecen verdades absolutas, como si una calificación o un comentario pudiera definir tu valor. Con el tiempo entendí que no es así.

Sé que no es fácil dejar ir lo que duele, pero enfrentarlo me permitió crecer.

Mirar de frente lo que no nos gusta de nosotros mismos —o de nuestro entorno— a veces es la forma más liberadora de avanzar. Con los años, lo que antes me dolía ahora lo veo como una lección que me ha ayudado a crecer. Muchos de esos comentarios venían de profesores. Siempre entendí que ser docente no es fácil: atender a tantos alumnos, cada uno con su historia, es un gran desafío. Pero lo que más me dolió fue la incomprensión de otros niños.


Hubiera querido que entendieran que yo, como ellos, era solo una niña que aprendía. Pero mi respeto hacia ellos me llevaba al silencio: no quería herir ni confrontar. Hoy, con la madurez que da la vida, miro esas experiencias con otros ojos. Sé que no es fácil dejar ir lo que duele, pero enfrentarlo me permitió crecer.

Mirar de frente lo que no nos gusta de nosotros mismos —o de nuestro entorno— a veces es la forma más liberadora de avanzar. Muchos de esos comentarios venían de profesores. Siempre entendí que ser docente no es fácil: atender a tantos alumnos, cada uno con su historia, es un gran desafío. La incomprensión de los demás era como un muro invisible entre ellos y yo, y aunque trataba de acercarme, no podía traspasarlo.

Siempre fui alguien que prefería ir a mi manera, aunque también buscaba encajar. Todos necesitamos sentir que pertenecemos a algo, pero no siempre es sencillo. Sin embargo, nunca pude quedarme en grupos donde reinaban la injusticia o la falsedad. No era un ambiente en el que pudiera ser yo misma.

Lo que sí disfrutaba era relacionarme con niños de diferentes orígenes. Había en eso una conexión especial que no encontraba con otros. Nos sentíamos distintos, cada uno por sus propias razones, y esa diferencia nos unía.

Recuerdo especialmente a una niña croata que llegó nueva al colegio. Era preciosa, con melena oscura y ojos verdes brillantes. Apenas hablaba español, pero eso nunca fue un obstáculo. A mí me encantaba quedarme a comer en el colegio, no solo por la comida, sino porque podía pasar más tiempo con esos compañeros especiales. Ella fue una de las personas con las que más conecté. Un día me acerqué y le pregunté si quería estar conmigo. Su sonrisa al decir que sí quedó grabada en mi memoria. Desde entonces nos buscábamos en cada recreo y compartíamos ese tiempo.

Aunque a menudo me rodeaba de personas distintas, también disfrutaba de un pequeño grupo de amigos de mi edad. Como suele pasar, llegó un momento en que aparecieron los juegos de poder, esos en los que todos quieren mandar. Cuando las relaciones se basan en ese tipo de dinámicas, los lazos se debilitan. Cuando eso ocurrió, entendí que no todo puede repararse. Algunas cosas simplemente tienen su tiempo, y forzar lo roto no tiene sentido.

En casa, pasaba mucho tiempo con mis primos. Por entonces no tenía hermanos —algo que deseaba profundamente—, pero ellos fueron como los hermanos que nunca tuve. Disfrutábamos juntos, compartíamos risas y reuniones familiares que aún hoy guardo en el corazón.



CAPÍTULO 3 LAZOS INVISIBLES

Desde que era pequeña, siempre quise tener hermanos. Por eso, cuando un día me dijeron que pronto llegaría una hermanita, no pude evitar emocionarme: ese sueño que tanto anhelaba estaba a punto de cumplirse. Era como si la vida, a través de mis padres, me diera ese regalo tan esperado.

Aunque adoraba a mis primos, quienes siempre fueron como hermanos para mí, la llegada de esa niña me hizo sentir que, por fin, mi familia estaba completa. Desde el primer momento, me encantaba jugar con ella, ver películas, pintar y ayudar en lo que podía con sus cuidados. Verla crecer, dar sus primeros pasos, escuchar sus risas y primeras palabras... todo eso era un sueño hecho realidad. Cuidarla me hizo madurar rápido. Aunque yo seguía siendo una niña, sentí que debía ser más responsable, especialmente porque mis padres trabajaban mucho para sacar adelante a dos hijas pequeñas.

Como suele ocurrir en la vida, los momentos felices a veces se ven ensombrecidos por la tristeza. La alegría por la llegada de mi hermana se mezcló con una experiencia que cambió mi perspectiva para siempre. No entendía bien qué significaba.

A veces parece que nos arrebatan lo irremplazable. Sin embargo, con el tiempo entendí que el amor que queda en nosotros puede mantenernos conectados y que, quizá, en algún otro momento nos volveremos a encontrar. Aunque fue un cambio significativo, siempre creí que la vida no termina aquí, y ese pensamiento me ayudó a afrontar esa situación. Durante los años que compartimos, me hizo feliz con su amor y cuidados, y me quedó la esperanza de un reencuentro en el futuro.


Esa época también estuvo marcada por mi primera excursión escolar: un viaje de varios días con mis amigos. Recuerdo el nerviosismo, las risas, los juegos, los cotilleos durante las comidas y la fiesta que organizamos para despedirnos. Fue una experiencia enriquecedora que me ayudó a abrirme más a los demás y a relacionarme de una forma distinta.

Para cerrar esa etapa llegó un evento muy esperado: ¡mi primera comunión!

No solo porque ese día no tuve que ir al colegio, sino porque tenía la ilusión de vestirme de blanco, como una princesa, y recibir un montón de regalos. Además, fui la encargada de leer en la iglesia. Todo el mundo en silencio, y yo allí, con el micrófono en la mano. En esos dos minutos me sentí verdaderamente importante. Fue un día muy emotivo, no solo por los regalos, sino porque toda mi familia se reunió, incluso aquellos que vivían lejos y a quienes hacía tiempo que no veía. Y aunque los obsequios me hicieron ilusión, lo que más me alegró fue ver a todos juntos, disfrutando de ese momento único.

Meses después, los médicos recomendaron que me tomara un descanso, y mi familia y yo regresamos al mismo hotel donde habíamos estado cuando era pequeña. Ya sabéis: la cama incómoda, la comida diferente, el ruido por todas partes. La razón era una operación que necesitaba. Mi columna ya se parecía a la torre de Pisa, para que os hagáis una idea.

Aunque la operación era un reto, sabía que todo lo que vivía formaba parte de mi crecimiento. Esa operación, aunque dolorosa, fue un recordatorio de que no todo lo que parece una carga lo es realmente. A veces, las pruebas más difíciles son las que nos enseñan a ser más fuertes. Lo que más me causaba dolor en mi interior, más que estar hospitalizada, era la distancia con muchos de mis seres queridos.

Guardo un recuerdo especial hacia los voluntarios que venían vestidos de payasos para hacernos reír. Era una labor maravillosa, y los niños del hospital siempre esperábamos con ilusión esos ratos de diversión.

También recuerdo a un profesor que nos enseñaba a pintar y dibujar, siempre con una sonrisa y palabras amables. Esos momentos de juego y risa me ayudaban a olvidar, aunque fuera por un rato, que estaba en un hospital. Curiosamente, me parecía divertido cuando me ponían el pulsioxímetro en el dedo. Me decían que la luz era mágica. Y las transfusiones de sangre... yo creía que me hacían más fuerte.

En aquel momento no era del todo consciente, pero hoy estoy profundamente agradecida al equipo médico que me cuidó. No guardo malos recuerdos de esa experiencia. Aquella operación fue un desafío superado gracias a mi familia, a los médicos y a la vida misma.




CAPÍTULO 4 LUCES Y SOMBRAS

Recuerdo que, al conocer a algunos chicos y chicas, me sentí menos sola. Hice amistades con facilidad, pero, aun así, algo en mí seguía sintiéndose fuera de lugar. Veía injusticias hacia otros niños: el maldito acoso, ese intento absurdo de aplastar a los demás.

Los niños que hacen daño a otros muchas veces lo hacen porque no saben cómo lidiar con sus propias inseguridades. Aunque nunca fui víctima directa de sus ataques, a veces me preguntaba qué les impulsaba a querer herir a los demás. Quizás, al igual que yo, necesitaban aprender a sanar sus propias sombras.

Si te sientes identificado como víctima, quiero que sepas que no hay nada malo en ti. Tienes todo mi apoyo. Y si alguna vez estuviste del otro lado, reflexiona: hay mejores formas de enfrentarte a tus sombras. Herir a otros no aliviará las tuyas.

Por suerte, no fui víctima directa, pero sí me enfrenté a quienes actuaban de forma injusta. También me frustraban los profesores que mandaban deberes eternos y parecían creer que el día tenía 48 horas.

Me estresaba muchísimo, sobre todo porque aún no había trabajado con mis propias sombras: la autoexigencia, la inseguridad ante las críticas... Con el tiempo entendí que la perfección no existe y que no puedo perseguir lo que no está allí.

También veía a compañeros obsesionados con su aspecto, la ropa o el maquillaje, como si esas fueran las únicas formas de validarse. Nos envolvían modas absurdas, rivalidades por las notas, comparaciones...

Había tantas cosas que no comprendía. Una voz dentro de mí insistía: “Este no es tu lugar.” ¿Dónde estaba mi sitio? ¿Por qué me sentía así? ¿Había algo malo en mí? ¿Por qué esa voz interior repetía siempre el mismo mensaje? Y claro... con las hormonas desatadas, había momentos en los que ni yo misma me entendía.

Aun así, me llevé lecciones valiosas: dejé que el tiempo hiciera su trabajo, sin presionarme por encajar. A darme tiempo. Entendí que no vale la pena estar con alguien a costa de traicionar tu esencia. Muchos se apresuran a encajar, pero lo primero es aprender a estar con uno mismo. La soledad elegida puede ser una gran aliada. No por pertenecer a un grupo serás más feliz. Hay lugares a los que puedes llegar, pero no todos son sitios donde puedas ser tú mismo. Esos, precisamente, son los que debes encontrar. Ser fiel a ti mismo abre más puertas que cualquier sonrisa fingida.




CAPÍTULO 5 EL SONIDO DEL ALMA

Para muchos adolescentes, cumplir la mayoría de edad es un sueño. Para mí, aunque me hacía ilusión celebrar esa edad que socialmente se considera especial, en realidad todo seguía siendo igual. Siempre sentí que esa “mayoría de edad” idealizada no era más que eso: una idea preconcebida sobre lo que significa ser adulto, con todos los aspectos positivos que la gente suele asociar... pero nada más.

Lo celebré con dos pequeñas fiestas: una con mi familia y otra con las personas con las que me sentía cómoda. La velada se me hizo corta, pero me divertí muchísimo. Las risas, las anécdotas, las miradas cómplices... momentos que se graban en la memoria, esos que sabes que siempre llevarás contigo.

Sin embargo, tras la celebración, llegaron los sueños, pero también se colaron las inseguridades. Salir finalmente del instituto —ese lugar que tantos quebraderos de cabeza me dio— y empezar a estudiar lo que siempre había deseado. Se acabó estudiar por obligación: ¡por fin iba a aprender sobre lo que me apasionaba! No me creía que esa etapa estuviera a punto de comenzar. Tenía una sensación profunda de ansiedad. Y mirad que ya había pasado por muchos cambios y desafíos; aun así, ese miedo era real. Aunque sabía cómo gestionarlo, la ansiedad estaba muy presente. Había días en que esta se apoderaba de mí como una niebla espesa, oscureciendo mi visión. La sensación de no saber qué hacer con mi título me hacía entrar en un torbellino de pensamientos que no lograba detener.

Otro cambio de centro, nuevos profesores, nuevos compañeros... Pero esta vez encontré a los mejores docentes que había tenido nunca. Personas que realmente amaban lo que hacían, con vocación, dedicación y un amor sincero por el alumnado. Ellos me motivaron a seguir adelante, a luchar por mis sueños.

Y... ¡lo logré! Tiempo después, me gradué y pude poner en práctica lo aprendido: ayudar a los demás. Quienes pertenecéis al mismo gremio sabéis la satisfacción que se siente no solo al terminar una formación, sino al poder hacer algo tan valioso como apoyar a otros.

Esas sonrisas de agradecimiento, a cambio simplemente de nuestro tiempo, no tienen precio. Por primera vez, fuera de casa, sentí que había encontrado un lugar y unas personas con las que encajaba. Aun así, no fue fácil abrirse paso en el ámbito laboral. Por increíble que parezca, no solo en lo social, sino en muchos gremios, abrir puertas es complicado.

Esa sensación de tener un título, pero no saber qué hacer con él, de que te cierren puertas una tras otra, es frustrante. Había estudiado tanto, luchado tanto, para llegar hasta aquí. Pero al obtener el título, me sentí vacía, como si el logro en sí no fuera suficiente. El trabajo todavía no llegaba, las puertas seguían cerradas, y mi alma aún estaba por aprender a disfrutar del camino, de aquello que ya tenía.

Los que habéis vivido algo así —o quienes os habéis mudado a otro país o trabajado en algo distinto a lo que estudiasteis— sabréis de lo que hablo. Yo sentía que había estudiado lo que siempre quise, que por fin podía ayudar a los demás con un título en la mano. Había cumplido el sueño de formarme y ponerlo en práctica con niños. Esas almas inocentes me aportaron más de lo que imaginé, incluso en tan poco tiempo. Pero la realidad era otra: las puertas no se abrían.

Y, sin embargo, esa voz interna de la que os hablé antes seguía repitiéndome que ese no era aún mi lugar, aunque todo pareciera encajar. Me quedó claro: no era mi momento.

Pero, por increíble que parezca, también me dejó aprendizajes. El más valioso: aprovechar al máximo el tiempo con los nuestros. Intenté aceptar la realidad, pero me costaba.

Aunque el camino no fue fácil y las puertas parecían cerradas, seguía creyendo que encontraría mi lugar en el mundo de los niños. Lo que sí me ayudó a sobrellevar todo fue mi hermanito de cuatro patas.


Tener a ese amigo fiel a mi lado me hizo muchísimo bien. Fue como cumplir ese deseo de compañía, aunque de una forma diferente. Así que decidí dejar pasar el tiempo, confiando en que esa voz, esa intuición, en algún momento me revelaría el motivo por el cual insistía en decirme que aquel no era mi lugar.




CAPÍTULO 6 ABISMO

La frustración se intensificaba al compararme constantemente con los demás. Algunos de mis conocidos ya tenían pareja; otros habían encontrado trabajo nada más terminar sus estudios; algunos se habían independizado; y otros, incluso, ya estaban pensando en tener hijos... si es que no los tenían ya.

Y claro, yo me comparaba. Pero lo hacía de una forma errónea: valoraba únicamente lo que ellos tenían, sin ver lo que no tenían o lo que habían perdido. La independencia suena bien, pero también trae responsabilidades y sacrificios. Yo deseaba todo eso, y me frustraba, sin darme cuenta de que, en realidad, aún no tenía esas responsabilidades. Mi tiempo era mío, pero entendí que no todo lo que deseaba estaba relacionado con la libertad.

Lo que realmente entendí fue que, en ese momento, lo más valioso era el tiempo. Eso no significa que ahora renuncie a la libertad, para nada. Solo quiero decir que todo llega cuando tiene que llegar.

Aprendí que, al igual que no hay personas “buenas” o “malas”, sino luces y sombras, también las circunstancias tienen su lado positivo y el lado del cual podemos aprender mucho. Pero en esa época era fácil pensar que los demás tenían su vida más resuelta que yo, y esos pensamientos solo me hacían sentir peor. Después de tanto pensar demasiado acerca de estos aspectos, mi cabeza hizo “clic” y empecé a ver las cosas desde otro punto de vista. Uno de los mayores aprendizajes fue aprovechar las oportunidades inesperadas. A veces, las circunstancias nos llevan a algo que no entendemos de inmediato, pero con el tiempo todo toma su lugar.

Siempre ocurren como deben ocurrir, aunque en el momento no lo entendamos. Poco a poco, comprendí que no necesitaba a nadie a mi lado.


Que, aunque estuviera sola en el mundo, siempre debía ser mi mejor amiga.

Las personas correctas llegarían cuando tuvieran que llegar. Y si una puerta se cerraba, era porque otra —mejor— se abriría. Así fue como descubrí que ya era libre. Y que, de alguna manera, la paz que tanto buscaba fuera de mí estaba, en realidad, dentro de mí.

Es fácil centrarse en lo que no tenemos, en lo que nos falta o en lo que hemos perdido, sin darnos cuenta del valor de lo que ya poseemos y de todo lo que hemos logrado en la vida. Si eres como yo, que tendías a enfocarte en lo que faltaba, te propongo un ejercicio sencillo: toma un papel y apunta todo lo que tienes o has conseguido, por más simple o banal que te parezca.

Tienes una familia. Tienes salud. Tienes un hogar. Tienes comida. Tienes amigos... ¿Qué más añadirías tú a esa lista de cosas que realmente importan? Créeme: si lo piensas bien, descubrirás que eres más afortunado de lo que crees.



CAPÍTULO 7 LA BRÚJULA

Cuando por fin logré meterme en la cabeza que lo esencial residía en lo simple —o, al menos, en mantenerlo presente el mayor tiempo posible—, la vida decidió cambiarme una vez más. Esta vez, de forma definitiva. Y, por lo tanto, cambié yo también.

Las pérdidas personales hacen que se valore aún más el tiempo de calidad y a las personas importantes, a menudo de manera irreversible. Me tocó a mí empezar a buscar mi estela: valorar lo importante, aceptar las cosas tal como eran, exprimir cada momento con las personas que significaban algo para mí y ser fiel a mí misma.

Sin embargo, algo pasó después. Algo dentro de mí despertó con una fuerza inesperada, a pesar de estar devastada por la pérdida. Aquella voz que años atrás había escuchado —esa voz que me decía que no era mi momento, que no era mi lugar, que no eran esas personas— volvió a mí.

Entonces... Este secreto era algo que pocos conocían hasta ahora, pero es momento de compartirlo. A partir de este momento, tú también vas a ser partícipe de él. Probablemente te rías o te parezca increíble, pero te aseguro que fue completamente real.

Hace unos años, esa voz que antes escuchaba en mi interior se transformó. Pasé de oírla a soñar con ella y, poco a poco, esa voz cobró vida. Soñaba con ella en distintos lugares: en mi casa, paseando por un parque con mi perro, rodeada de niños.

Y lo más extraño de todo: esa voz, que había sido tenue y distante, se volvió cada vez más nítida, más clara. Incluso una noche me despertó porque, en mi sueño, descubrí de dónde provenía. Esa voz... sin época ni nombre. Era real.


Y lo más sorprendente fue darme cuenta de que esa voz pertenecía a alguien muy especial: un símbolo de esperanza y renacer. No podéis imaginar mi reacción en el sueño. Sentí que estaba soñando, pero, al mismo tiempo, aquella niña parecía tan real, tan palpable.

Ojalá no hubiera sido solo un sueño, porque, para entonces, mis hormonas estaban completamente revolucionadas. Comencé a sentir una fuerte necesidad de abrazar la maternidad, uno de mis más grandes sueños, uno de los grandes sueños de mi vida.

Sabía que era una locura. No reunía las condiciones para sacar adelante a un bebé, mucho menos hacerlo sola. Aun así, me aventuré a preguntar a los médicos si eso sería posible dadas mis circunstancias físicas. Ellos me dijeron que sí, que técnicamente era posible, pero que el embarazo sería de alto riesgo y que, por mi salud, lo mejor sería cumplir ese sueño por otros medios.

Era una época complicada. Las puertas en lo laboral seguían cerradas. Mi sueño de trabajar con niños aún parecía inalcanzable.

Recuerdo a esa niña como si la hubiese visto ayer. Era preciosa, como un ángel. Debería tener unos tres años. Su cabello liso y rubio caía en una coleta con una goma blanca. Tenía unos ojos grandes y verdes que me cautivaron, una mirada que me transmitía ternura y paz. Sentía como si la conociera de antes, como si ya formara parte de mi vida, aunque no sabría explicar por qué. Llevaba una camiseta blanca con un dibujo de Winnie, un pantalón corto de pana rosa y unas zapatillas blancas de Barbie. Nunca se separaba de su peluche: un conejito gris de orejas largas.

Lo que más me llamó la atención fue que, a pesar de ser tan pequeña, no parecía sentirse insegura ni perdida en ningún momento. Estaba siempre sola, pero, de alguna forma, parecía estar en completa paz consigo misma. A veces dudaba si esa niña era real.



CAPÍTULO 8 VOCES

Durante meses, aquella niña siguió apareciendo en mis sueños. No siempre con la misma intensidad, pero lo suficiente como para que no pudiera ignorarla. Era como un eco persistente, una llamada que se repetía una y otra vez, recordándome que había algo más allá de lo que estaba viviendo.

Sin embargo, cuanto más intentaba convencerme de eso, más real parecía. Cada detalle de sus gestos, su mirada y su peluche era tan vívido que ya no podía ignorarlo. Lo que sentía era más que un sueño, algo más profundo, algo que no podía ignorar.

Había noches en las que la niña no aparecía, y me invadía un vacío difícil de describir. Era como si me faltara algo, como si me hubieran arrebatado una parte de mí. Otras veces, su presencia era tan cercana que me despertaba con el corazón acelerado, convencida de que, al abrir los ojos, la encontraría a mi lado.

Durante los últimos meses, la presencia de la niña fue constante en mis sueños. A veces me despertaba con la sensación de que había algo más en ella, algo que no entendía. Aunque al principio me aferraba a la idea de que era solo un sueño, algo en su mirada me decía que Estela representaba algo mucho más profundo.

Quizá no solo era una manifestación de mis deseos, sino también de lo que necesitaba reconocer dentro de mí misma. Quizá, solo quizá, ella era mi alma pidiendo ser escuchada. ¿Es una señal? Nunca encontré la respuesta.

Al principio, pensaba que era solo un sueño, una fantasía. Pero cuanto más la veía, más sentía que esa niña representaba algo mucho más profundo. Algo que llevaba guardado en mi corazón durante años, pero que no me atrevía a escuchar.


Con el tiempo, entendí que ella simbolizaba mi propia voz interior. Esa parte de mí que me pide ser escuchada, una esencia que había callado tantas veces por sentirme confusa, por inseguridad o por las circunstancias. Era como si esa figura se hubiera manifestado de alguna manera para ayudarme a reconectar conmigo misma, para recordarme que debía volver a mi origen, a lo esencial, a mi verdadera naturaleza.

Fue entonces cuando comprendí que no tenía todas las respuestas de inmediato. No hacía falta saber si esa niña era real o no, ni tampoco entender por qué estaba ahí. Lo fundamental era lo que me transmitía: paz, ternura, esperanza y, sobre todo, una profunda confianza.

Porque, al fin y al cabo, todos llevamos dentro de esa voz, ese eco que nos recuerda quiénes somos realmente, aunque a veces lo olvidemos.

A medida que Estela se aparecía una y otra vez en mis sueños, comencé a preguntarme si todo aquello era solo mi mente jugando conmigo o si había algo más allá de lo que entendía. Había algo en su mirada, en su serenidad, que me decía que debía prestarle atención. A pesar de mis dudas, no podía dejar de pensar en ella.



CAPÍTULO 9 RAÍCES

Cuando era niña, los mismos pensamientos y reflexiones que la niña del sueño me susurraba también habitaban en mí. Claro que, siendo tan pequeña, no sabía acabar de comprender su profundidad. Solo me rondaban la cabeza una y otra vez, sin encontrar salida, hasta que, con el paso del tiempo, cobraron sentido.

Fue al encontrar mi estela que comprendí su verdadero significado. Sí, a través de ella. Tras los tropiezos, algo mágico ocurrió: finalmente entendí mi propósito y, sin forzarlo, comencé a fluir. Encontré mi estela.

Hoy entiendo que Estela no solo fue una inspiración para escribir, sino la clave para encontrar el propósito detrás de cada paso que di. Este libro ha sido, en cierto modo, una tabla de salvación: un refugio donde pude plasmar todo aquello que me atravesaba por dentro y que desde pequeña soñaba con escribir.

Pero ahora sé que no ha sido solo eso. Estela no es únicamente mi guía interna, ni la chispa que me impulsó a escribir. Estela es mucho más. Cuando descubrí el verdadero significado de su presencia, todo tomó forma, todo cobró sentido.

Es el momento de compartir algo que he guardado con celo hasta hoy, algo que hasta ahora había mantenido en silencio: no todo lo que te he contado es completamente literal, pero sí es la esencia de lo vivido.

¿Preparado para el gran secreto?




CAPÍTULO 10 SIGUE TU ESTELA

Si has llegado hasta aquí, mereces conocer la verdad... El nombre que elegí para contar mi historia no es el mío real, pero es el que mejor refleja mi camino. Aunque nací al amanecer y el romero es una planta que me encanta por su aroma y simbolismo personal, elegí este seudónimo para contarte mi historia desde un lugar seguro, sin máscaras, pero también con cierta protección.

Aurora representa un nuevo comienzo, la luz tras la oscuridad. Romero evoca raíces, sanación y memoria; una forma de honrar a quienes estuvieron antes que yo, a esos familiares que soñaron con dejar huella en el mundo. Me sentía en busca de señales, sin saber hacia dónde ir. Estaba llena de dudas.

Sin embargo, este viaje interior —a veces vertiginoso, otras profundamente revelador— me enseñó que este era el camino que debía seguir. Todo lo vivido tenía un propósito, que no había sido en vano. Las palabras de la niña fueron la guía que necesitaba: “Ya llegará tu momento”.

Descubrí que no encajaba en algunos entornos porque estaba destinada a experiencias distintas; que mi sensibilidad no era debilidad, sino una fortaleza especial; que mis ganas de dar amor no eran excesivas, sino que simplemente no lo había entregado a las personas correctas; que mis sueños no estaban rotos: se estaban cumpliendo, aunque de formas inesperadas.

Y ahí estaba ella.

ESTELA

No solo como una luz que me acompañó en la oscuridad, sino como algo más profundo. Poco a poco, me di cuenta de que Estela no estaba solo en mis sueños. Estela no era solo una niña que apareció en ellos. Estela era mi alma, mi propósito, mi fuerza interior, todo lo que había estado buscando sin saberlo.

En ella encontré la maternidad no biológica, la creación literaria y el amor que había estado esperando. Estela nació dentro de mí, a través de mi corazón y mis palabras. Y, en ese momento, entendí que mi verdadera misión no era solo vivir, sino también escribir, crear, dejar un legado. A través de Estela, pude dar a luz a mi libro, a mi voz, a mi verdad.

Y así, finalmente, entendí que dejar huella no siempre significa lo que pensamos. A veces, la huella está en las palabras, en los sueños, en lo que creamos. Ella era una manifestación de lo que mi alma había estado buscando. No era solo una niña de mi imaginación; era una parte de mí misma que había estado perdida, olvidada, esperando ser escuchada.

Entendí entonces que, a través de ella, estaba descubriendo mi propósito, lo que me faltaba para sanar y seguir adelante. Estela era la luz que me guiaba. Porque Estela es mi hija anhelada: esa niña que no existe en el plano físico, pero que nació dentro de mí para guiarme, para mostrarme el sentido de mi vida, para enseñarme que también se puede gestar desde el alma.

Pero, en el fondo, Estela es también un homenaje, un tributo a quien me enseñó a ser fuerte, a quien me mostró el verdadero valor de la vida y del amor incondicional. Ella fue, y siempre será, la brújula que me impulsó a seguir adelante. Gracias a ella cumplí dos de mis mayores sueños: ser madre y escribir un libro.

Aunque no tenga carne ni hueso, a través de Estela encontré un propósito. Y entendí que dejar huella no siempre significa lo que imaginamos. A veces basta con compartir nuestra verdad, ser auténticos y ofrecer apoyo a quienes también buscan su camino. Porque, al final, todo llega. No de la forma que planeamos ni en el tiempo que esperábamos, pero llega; y cuando llega, nos transforma.

Hoy, Estela vive dentro de mí, en cada palabra de este libro y en cada paso

que doy hacia adelante. Y tú, querido lector, has sido parte de este viaje, acompañándome en cada paso y en cada descubrimiento.




EPÍLOGO

El camino de la vida nunca es recto ni fácil. Es una serie de giros inesperados, de incertidumbres y de destellos de claridad. Y, sin embargo, es en la incertidumbre donde realmente descubrimos quiénes somos y de qué estamos hechos.

Al mirar atrás, comprendo que todo sucedió como debía. Las respuestas no siempre llegan de inmediato ni de la forma que imaginamos; a veces se revelan en susurros: en un sueño, en las huellas de quienes nos han guiado o en el eco de nuestra propia voz.

Como Estela, todos llevamos dentro una guía, una luz que, aunque se esconda, nunca deja de brillar. Hoy miro hacia adelante con confianza. No tengo todas las respuestas, pero sé que el viaje continúa. Mi historia no termina aquí, y la tuya tampoco.

Sigue tu estela, confía en tu propio camino y nunca dejes de buscar la luz que te espera. Porque el viaje no consiste solo en llegar a un destino, sino en disfrutar cada paso, cada lección y cada instante de crecimiento.

TE AMO, OS AMO





AGRADECIMIENTOS

A todo aquel que, desde la distancia o el encuentro cercano, acompañó esta historia con paciencia y fe. A cada persona que aportó un gesto, una palabra o un silencio que empujó la curiosidad y sostuvo la esperanza. A quienes creyeron en la estela de este viaje, incluso cuando el camino parecía difuso, y a quienes me dejaron descubrir que la lectura puede ser un refugio y una brújula.

Si estas páginas lograron despertar una chispa o tocar de alguna forma un corazón, mi agradecimiento es sincero y quieto, como un latido que sigue el ritmo de la propia historia. A veces, la vida nos pone en el camino señales invisibles que solo se revelan cuando estamos listos para verlas.

Este libro es un homenaje a las huellas que nos atraviesan y nos guían, a los vínculos que nos sostienen y a las voces que permanecen cuando todo cambia. A través de experiencias intensas, aprendizajes profundos y momentos de luz, descubrirás que cada paso tiene un propósito oculto y que el amor puede renacer en formas inesperadas.


Publicado el 31 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.
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