Maquetación
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A mis raíces, que
sostienen cada paso.
A quienes me enseñaron la paciencia
del tiempo y la ternura de lo cotidiano.
A los guardianes
de historias, a los cómplices de risas, a los pilares silenciosos
que acompañan sin hacer ruido.
A quienes estuvieron,
están o quizá estén algún día.
Si este viaje ha
despertado una chispa, si la estela de esta obra ha tocado tu
corazón, gracias por estar ahí.
PRÓLOGO
Me llamo
Aurora Romero, al menos así me vas a conocer. No hace falta más: lo
importante es que estés listo para adentrarte conmigo en estas
páginas.
A través de mis experiencias, aprendizajes y
reflexiones, logré dar voz a lo que antes callaba y poner palabras a
lo que ni siquiera sabía que habitaba dentro de mí. Al abrir esa
puerta, descubrí algo esencial: mi propia estela.
Este
libro nació como una forma de mirar hacia adentro y, sin saberlo,
como una manera de encender pequeñas luces en mí. Quizá no veas
nombres, pero hay presencias que atraviesan cada una de mis
palabras.
Espero que tú también te atrevas a mirar
dentro de ti... y encuentres la tuya. Al final del libro te revelaré
un secreto.
Porque, para mí, Estela no es solo una guía:
es luz, eco y origen.
LO
QUE LLEVO EN MI PIEL
Hay cosas que no se
olvidan, pero tampoco se dicen en voz alta.
Cosas que no
hacen ruido, pero están. A veces se vuelven gestos, otras en
palabras y otras, en piel.
He aprendido que el amor se
parece más a una semilla que a un fuego: se planta, se cuida y a
veces tarda en florecer. Pero cuando lo hace, deja raíces invisibles
que siguen creciendo, aunque ya no las mires. Y así, sin darme
Cuenta, fui tatuando momentos, promesas y personas en mi cuerpo, como
si de esa forma pudieran quedarse un poco más cerca.
Hay
una voz que aún me susurra cuando dudo: sé fuerte, conquista tus
miedos.
Algunas veces no la escucho con los oídos, pero
está. Siempre está. Y en los días donde el mundo pesa, también
esa voz me sostiene.
Otras veces pienso en ese eco que
quedó flotando en el aire, que se volvió impulso, palabra,
escritura. Como si lo que se apagó en el mundo se escondiese dentro
de mí.
Tu eco, mi sueño. Así nació todo esto. Hay amor
que trasciende distancias, formas e incluso el tiempo.
Amor
que no necesita cuerpo para seguir. Amor que va hasta el infinito y
más allá, como un juramento secreto entre quienes saben que la
presencia no siempre es física. Amor que no necesita cuerpo para
seguir. Eso también lo llevo conmigo.
Y también están
los días simples, los que ladran alegría. Porque sí, a veces basta
con un solo sonido —gua— para recordar que hay afectos puros, sin
filtro, que se dan enteros, sin esperar nada. Que la lealtad también
puede tener patas.
La familia no es solo una palabra. Es
la base. No es perfecta, pero sí constante. Son quienes estaban
antes que yo, los que caminan conmigo aun en la distancia y los que
llegarán después. Algunos aun no existen, pero ya los pienso con
ternura. A veces me imagino que seremos ramas de un mismo árbol, que
cada historia será una semilla de amor que no se perderá. Que el
legado no siempre es grandioso, pero puede ser honesto. Y en medio de
todo eso, una mariposa. No por ser bonita, sino por lo que simboliza:
cambio, vuelo, fragilidad que resiste. Porque hay cosas que mueren
para convertirse en otra cosa. Y, aun así, siguen siendo. Todo eso
llevo escrito en mi piel. No como una colección de frases sueltas,
sino como una línea continua que une raíz, esencia y voz.
Porque
eso es lo que soy: lo que me dijeron, lo que me dejaron y lo que
elegí guardar.
Y aunque nada de esto diga su nombre, todo
habla de ellos, todo habla de ella.
CAPÍTULO
1 PRIMEROS AMANECERES
No sé por dónde
empezar. Estoy frente al ordenador, con mil ideas dando vueltas en la
cabeza. Son las 16:23 de un 8 de agosto de 2025. Desde los doce años
he soñado con escribir un libro. Escribir sobre ficción nunca me
llenó del todo. En cambio, plasmar algo real, algo que de verdad me
tocara, siempre me pareció un reto más cercano, aunque la falta de
experiencia me hacía difícil encontrar las palabras adecuadas. Hoy
siento que ha llegado el momento. Algo dentro de mí necesita salir,
como un impulso lleno de esperanza que no puede esperar más. Es la
luz que siempre he llevado, aunque a veces oscurecida por la
incertidumbre. Si alguien la lee y consigo inspirarle o sacarle una
sonrisa, ya me sentiré satisfecha. Así que... aquí voy. Nací en
primavera, a finales de los noventa, cerca del mar Mediterráneo. Mi
familia dice que era una niña hermosa, con unos ojos azul verdoso
que parecían de otro mundo.
De pequeña, me decían que
tenía una mirada adulta, como si mi alma fuera más vieja de lo que
me correspondía.
A veces sentía que esa descripción
encajaba perfectamente conmigo, como si no perteneciera del todo a
este mundo o no supiera bien hacia dónde me dirigía. Mi historia no
empezó como la de todos. Los primeros meses fueron difíciles, un
auténtico desafío. Nací con movilidad reducida, y mis primeros
días fueron en el hospital, lejos de la calidez de casa. Aunque no
recuerdo esos momentos, mis padres sí lo hicieron, y su valentía me
enseñó desde pequeña lo que significa luchar con amor. Gracias a
ellos entendí que la verdadera fortaleza se revela en los momentos
más difíciles.
Las dificultades sumadas a las primeras
veces les obligaron a adaptarse a una nueva realidad. Aun así, nunca
dudaron en cuidarme con todo su amor.
Con el tiempo,
gracias a su valentía, crecí y me convertí en lo que soy hoy.
Ellos me enseñaron lo que significa la verdadera fortaleza. A pesar
de las dificultades, siempre fui feliz. Recuerdo momentos simples que
me marcaron: las tartas que mi padre traía después de trabajar, la
pequeña perra que me acompañó durante la infancia o esos ratos con
mis abuelos que me daban consuelo y alegría. La vida no era fácil,
pero esos pequeños instantes de felicidad eran mi refugio. Así
aprendí a encontrar belleza en lo cotidiano, incluso cuando las
cosas sencillas no eran tan fáciles.
A medida que crecí,
la vida me enseñó nuevas lecciones; solo es parte de lo que somos.
Aunque sentía que mi discapacidad me hacía distinta, mis padres
siempre me enseñaron que la belleza está en nuestras diferencias y
que cada uno tiene una forma única de ser y hacer las cosas. Aceptar
mi singularidad me dio paz y me permitió ver la vida con otros
ojos.
La escuela fue una etapa de aprendizajes, alegrías
y retos. Hice amistades valiosas, pero también enfrenté preguntas
constantes sobre mi discapacidad. Con el tiempo comprendí que ser
diferente no me hacía menos. Mis padres siempre me recordaban que lo
importante es ser uno mismo, no lo que los demás esperan. Hoy sé
que todos somos distintos, y esa diferencia no nos resta valor. Solo
nos hace humanos: cada uno con su historia, sus luchas y sus
victorias.
Encontrar tu lugar, tu tribu. Eso fue lo que me
pasó hasta que crecí y entendí lo que significa ser un “alma
vieja”. Y fue gracias a ciertas presencias en mi vida que todo
cambió. Mis abuelos fueron parte del inicio de la estela, al menos
la que conozco y, por tanto, un faro para mí. A pesar de las
dificultades y los tiempos complicados que les tocó vivir, siempre
lograron salir adelante.
Creo firmemente que, aunque la
vida nos ponga a prueba, lo esencial es encontrar la esperanza,
incluso cuando las circunstancias nos desafían, y valorar lo que
tenemos. Cada día nos ofrece una nueva oportunidad para reconocer
nuestras bendiciones, incluso en medio de las dificultades. A pesar
de las dificultades, siempre encontré razones para seguir adelante.
Pero es fácil olvidarlo y ahogarnos en pequeñeces. Soy afortunada
por haber nacido en esta familia.
Hay algo en el alma que
conecta con ciertas personas, como si nos conociéramos de antes. Mi
familia es mi todo. Aunque ninguno de nosotros es perfecto, me siento
profundamente agradecida por cada momento vivido junto a ellos. Su
apoyo incondicional ha sido mi faro en los momentos más oscuros y mi
luz en los más brillantes. La vida no es perfecta, ni yo sé ser
perfecta, pero eso no significa que no se pueda aprender de sus
imperfecciones. Nadie tiene una vida perfecta, y si alguien lo cree,
probablemente viva en una ilusión.
CAPÍTULO
2 SOMBRAS
La vida está llena de
cambios. Algunos los disfrutamos, otros nos enseñan lecciones que
nunca olvidamos. Con apenas seis años, cuando empecé la educación
primaria, ya sentía la necesidad de buscar mi propio camino. Esos
primeros años fueron un torbellino de emociones. Pronto aprendí que
todos somos diferentes y que nuestras capacidades no son
iguales.
Los niños, aunque no lo hagan con mala
intención, a veces dicen cosas O actúan de formas que hieren.
Muchas veces es por desconocimiento o porque no saben cómo manejar
sus propias emociones. Recuerdo comentarios en la escuela que, aunque
no siempre malintencionados, dejaron huella. Recuerdo un comentario
de un niño en el patio: «¿Por qué no puedes correr como todos?»
Fue un recordatorio de lo que no podía cambiar, pero, al mismo
tiempo, una de las primeras veces que entendí que la gente no
siempre entiende lo que es ser diferente.
Por más que me
esforzaba, no destacaba en todas las materias, y algunas evaluaciones
me parecían injustas. Es curioso cómo, cuando eres pequeño, las
opiniones ajenas parecen verdades absolutas, como si una calificación
o un comentario pudiera definir tu valor. Con el tiempo entendí que
no es así.
Sé que no es fácil dejar ir lo que duele,
pero enfrentarlo me permitió crecer.
Mirar de frente lo
que no nos gusta de nosotros mismos —o de nuestro entorno— a
veces es la forma más liberadora de avanzar. Con los años, lo que
antes me dolía ahora lo veo como una lección que me ha ayudado a
crecer. Muchos de esos comentarios venían de profesores. Siempre
entendí que ser docente no es fácil: atender a tantos alumnos, cada
uno con su historia, es un gran desafío. Pero lo que más me dolió
fue la incomprensión de otros niños.
Hubiera querido que
entendieran que yo, como ellos, era solo una niña que aprendía.
Pero mi respeto hacia ellos me llevaba al silencio: no quería herir
ni confrontar. Hoy, con la madurez que da la vida, miro esas
experiencias con otros ojos. Sé que no es fácil dejar ir lo que
duele, pero enfrentarlo me permitió crecer.
Mirar de
frente lo que no nos gusta de nosotros mismos —o de nuestro
entorno— a veces es la forma más liberadora de avanzar. Muchos de
esos comentarios venían de profesores. Siempre entendí que ser
docente no es fácil: atender a tantos alumnos, cada uno con su
historia, es un gran desafío. La incomprensión de los demás era
como un muro invisible entre ellos y yo, y aunque trataba de
acercarme, no podía traspasarlo.
Siempre fui alguien que
prefería ir a mi manera, aunque también buscaba encajar. Todos
necesitamos sentir que pertenecemos a algo, pero no siempre es
sencillo. Sin embargo, nunca pude quedarme en grupos donde reinaban
la injusticia o la falsedad. No era un ambiente en el que pudiera ser
yo misma.
Lo que sí disfrutaba era relacionarme con niños
de diferentes orígenes. Había en eso una conexión especial que no
encontraba con otros. Nos sentíamos distintos, cada uno por sus
propias razones, y esa diferencia nos unía.
Recuerdo
especialmente a una niña croata que llegó nueva al colegio. Era
preciosa, con melena oscura y ojos verdes brillantes. Apenas hablaba
español, pero eso nunca fue un obstáculo. A mí me encantaba
quedarme a comer en el colegio, no solo por la comida, sino porque
podía pasar más tiempo con esos compañeros especiales. Ella fue
una de las personas con las que más conecté. Un día me acerqué y
le pregunté si quería estar conmigo. Su sonrisa al decir que sí
quedó grabada en mi memoria. Desde entonces nos buscábamos en cada
recreo y compartíamos ese tiempo.
Aunque a menudo me
rodeaba de personas distintas, también disfrutaba de un pequeño
grupo de amigos de mi edad. Como suele pasar, llegó un momento en
que aparecieron los juegos de poder, esos en los que todos quieren
mandar. Cuando las relaciones se basan en ese tipo de dinámicas, los
lazos se debilitan. Cuando eso ocurrió, entendí que no todo puede
repararse. Algunas cosas simplemente tienen su tiempo, y forzar lo
roto no tiene sentido.
En casa, pasaba mucho tiempo con
mis primos. Por entonces no tenía hermanos —algo que deseaba
profundamente—, pero ellos fueron como los hermanos que nunca tuve.
Disfrutábamos juntos, compartíamos risas y reuniones familiares que
aún hoy guardo en el corazón.
CAPÍTULO
3 LAZOS INVISIBLES
Desde que era
pequeña, siempre quise tener hermanos. Por eso, cuando un día me
dijeron que pronto llegaría una hermanita, no pude evitar
emocionarme: ese sueño que tanto anhelaba estaba a punto de
cumplirse. Era como si la vida, a través de mis padres, me diera ese
regalo tan esperado.
Aunque adoraba a mis primos, quienes
siempre fueron como hermanos para mí, la llegada de esa niña me
hizo sentir que, por fin, mi familia estaba completa. Desde el primer
momento, me encantaba jugar con ella, ver películas, pintar y ayudar
en lo que podía con sus cuidados. Verla crecer, dar sus primeros
pasos, escuchar sus risas y primeras palabras... todo eso era un
sueño hecho realidad. Cuidarla me hizo madurar rápido. Aunque yo
seguía siendo una niña, sentí que debía ser más responsable,
especialmente porque mis padres trabajaban mucho para sacar adelante
a dos hijas pequeñas.
Como suele ocurrir en la vida, los
momentos felices a veces se ven ensombrecidos por la tristeza. La
alegría por la llegada de mi hermana se mezcló con una experiencia
que cambió mi perspectiva para siempre. No entendía bien qué
significaba.
A veces parece que nos arrebatan lo
irremplazable. Sin embargo, con el tiempo entendí que el amor que
queda en nosotros puede mantenernos conectados y que, quizá, en
algún otro momento nos volveremos a encontrar. Aunque fue un cambio
significativo, siempre creí que la vida no termina aquí, y ese
pensamiento me ayudó a afrontar esa situación. Durante los años
que compartimos, me hizo feliz con su amor y cuidados, y me quedó la
esperanza de un reencuentro en el futuro.
Esa época también
estuvo marcada por mi primera excursión escolar: un viaje de varios
días con mis amigos. Recuerdo el nerviosismo, las risas, los juegos,
los cotilleos durante las comidas y la fiesta que organizamos para
despedirnos. Fue una experiencia enriquecedora que me ayudó a
abrirme más a los demás y a relacionarme de una forma
distinta.
Para cerrar esa etapa llegó un evento muy
esperado: ¡mi primera comunión!
No solo porque ese día
no tuve que ir al colegio, sino porque tenía la ilusión de vestirme
de blanco, como una princesa, y recibir un montón de regalos.
Además, fui la encargada de leer en la iglesia. Todo el mundo en
silencio, y yo allí, con el micrófono en la mano. En esos dos
minutos me sentí verdaderamente importante. Fue un día muy emotivo,
no solo por los regalos, sino porque toda mi familia se reunió,
incluso aquellos que vivían lejos y a quienes hacía tiempo que no
veía. Y aunque los obsequios me hicieron ilusión, lo que más me
alegró fue ver a todos juntos, disfrutando de ese momento
único.
Meses después, los médicos recomendaron que me
tomara un descanso, y mi familia y yo regresamos al mismo hotel donde
habíamos estado cuando era pequeña. Ya sabéis: la cama incómoda,
la comida diferente, el ruido por todas partes. La razón era una
operación que necesitaba. Mi columna ya se parecía a la torre de
Pisa, para que os hagáis una idea.
Aunque la operación
era un reto, sabía que todo lo que vivía formaba parte de mi
crecimiento. Esa operación, aunque dolorosa, fue un recordatorio de
que no todo lo que parece una carga lo es realmente. A veces, las
pruebas más difíciles son las que nos enseñan a ser más fuertes.
Lo que más me causaba dolor en mi interior, más que estar
hospitalizada, era la distancia con muchos de mis seres
queridos.
Guardo un recuerdo especial hacia los
voluntarios que venían vestidos de payasos para hacernos reír. Era
una labor maravillosa, y los niños del hospital siempre esperábamos
con ilusión esos ratos de diversión.
También recuerdo a
un profesor que nos enseñaba a pintar y dibujar, siempre con una
sonrisa y palabras amables. Esos momentos de juego y risa me ayudaban
a olvidar, aunque fuera por un rato, que estaba en un hospital.
Curiosamente, me parecía divertido cuando me ponían el
pulsioxímetro en el dedo. Me decían que la luz era mágica. Y las
transfusiones de sangre... yo creía que me hacían más fuerte.
En
aquel momento no era del todo consciente, pero hoy estoy
profundamente agradecida al equipo médico que me cuidó. No guardo
malos recuerdos de esa experiencia. Aquella operación fue un desafío
superado gracias a mi familia, a los médicos y a la vida misma.
CAPÍTULO
4 LUCES Y SOMBRAS
Recuerdo que, al
conocer a algunos chicos y chicas, me sentí menos sola. Hice
amistades con facilidad, pero, aun así, algo en mí seguía
sintiéndose fuera de lugar. Veía injusticias hacia otros niños: el
maldito acoso, ese intento absurdo de aplastar a los demás.
Los
niños que hacen daño a otros muchas veces lo hacen porque no saben
cómo lidiar con sus propias inseguridades. Aunque nunca fui víctima
directa de sus ataques, a veces me preguntaba qué les impulsaba a
querer herir a los demás. Quizás, al igual que yo, necesitaban
aprender a sanar sus propias sombras.
Si te sientes
identificado como víctima, quiero que sepas que no hay nada malo en
ti. Tienes todo mi apoyo. Y si alguna vez estuviste del otro lado,
reflexiona: hay mejores formas de enfrentarte a tus sombras. Herir a
otros no aliviará las tuyas.
Por suerte, no fui víctima
directa, pero sí me enfrenté a quienes actuaban de forma injusta.
También me frustraban los profesores que mandaban deberes eternos y
parecían creer que el día tenía 48 horas.
Me estresaba
muchísimo, sobre todo porque aún no había trabajado con mis
propias sombras: la autoexigencia, la inseguridad ante las
críticas... Con el tiempo entendí que la perfección no existe y
que no puedo perseguir lo que no está allí.
También
veía a compañeros obsesionados con su aspecto, la ropa o el
maquillaje, como si esas fueran las únicas formas de validarse. Nos
envolvían modas absurdas, rivalidades por las notas,
comparaciones...
Había tantas cosas que no comprendía.
Una voz dentro de mí insistía: “Este no es tu lugar.” ¿Dónde
estaba mi sitio? ¿Por qué me sentía así? ¿Había algo malo en
mí? ¿Por qué esa voz interior repetía siempre el mismo mensaje? Y
claro... con las hormonas desatadas, había momentos en los que ni yo
misma me entendía.
Aun así, me llevé lecciones
valiosas: dejé que el tiempo hiciera su trabajo, sin presionarme por
encajar. A darme tiempo. Entendí que no vale la pena estar con
alguien a costa de traicionar tu esencia. Muchos se apresuran a
encajar, pero lo primero es aprender a estar con uno mismo. La
soledad elegida puede ser una gran aliada. No por pertenecer a un
grupo serás más feliz. Hay lugares a los que puedes llegar, pero no
todos son sitios donde puedas ser tú mismo. Esos, precisamente, son
los que debes encontrar. Ser fiel a ti mismo abre más puertas que
cualquier sonrisa fingida.
CAPÍTULO
5 EL SONIDO DEL ALMA
Para muchos
adolescentes, cumplir la mayoría de edad es un sueño. Para mí,
aunque me hacía ilusión celebrar esa edad que socialmente se
considera especial, en realidad todo seguía siendo igual. Siempre
sentí que esa “mayoría de edad” idealizada no era más que eso:
una idea preconcebida sobre lo que significa ser adulto, con todos
los aspectos positivos que la gente suele asociar... pero nada
más.
Lo celebré con dos pequeñas fiestas: una con mi
familia y otra con las personas con las que me sentía cómoda. La
velada se me hizo corta, pero me divertí muchísimo. Las risas, las
anécdotas, las miradas cómplices... momentos que se graban en la
memoria, esos que sabes que siempre llevarás contigo.
Sin
embargo, tras la celebración, llegaron los sueños, pero también se
colaron las inseguridades. Salir finalmente del instituto —ese
lugar que tantos quebraderos de cabeza me dio— y empezar a estudiar
lo que siempre había deseado. Se acabó estudiar por obligación:
¡por fin iba a aprender sobre lo que me apasionaba! No me creía que
esa etapa estuviera a punto de comenzar. Tenía una sensación
profunda de ansiedad. Y mirad que ya había pasado por muchos cambios
y desafíos; aun así, ese miedo era real. Aunque sabía cómo
gestionarlo, la ansiedad estaba muy presente. Había días en que
esta se apoderaba de mí como una niebla espesa, oscureciendo mi
visión. La sensación de no saber qué hacer con mi título me hacía
entrar en un torbellino de pensamientos que no lograba detener.
Otro
cambio de centro, nuevos profesores, nuevos compañeros... Pero esta
vez encontré a los mejores docentes que había tenido nunca.
Personas que realmente amaban lo que hacían, con vocación,
dedicación y un amor sincero por el alumnado. Ellos me motivaron a
seguir adelante, a luchar por mis sueños.
Y... ¡lo
logré! Tiempo después, me gradué y pude poner en práctica lo
aprendido: ayudar a los demás. Quienes pertenecéis al mismo gremio
sabéis la satisfacción que se siente no solo al terminar una
formación, sino al poder hacer algo tan valioso como apoyar a
otros.
Esas sonrisas de agradecimiento, a cambio
simplemente de nuestro tiempo, no tienen precio. Por primera vez,
fuera de casa, sentí que había encontrado un lugar y unas personas
con las que encajaba. Aun así, no fue fácil abrirse paso en el
ámbito laboral. Por increíble que parezca, no solo en lo social,
sino en muchos gremios, abrir puertas es complicado.
Esa
sensación de tener un título, pero no saber qué hacer con él, de
que te cierren puertas una tras otra, es frustrante. Había estudiado
tanto, luchado tanto, para llegar hasta aquí. Pero al obtener el
título, me sentí vacía, como si el logro en sí no fuera
suficiente. El trabajo todavía no llegaba, las puertas seguían
cerradas, y mi alma aún estaba por aprender a disfrutar del camino,
de aquello que ya tenía.
Los que habéis vivido algo así
—o quienes os habéis mudado a otro país o trabajado en algo
distinto a lo que estudiasteis— sabréis de lo que hablo. Yo sentía
que había estudiado lo que siempre quise, que por fin podía ayudar
a los demás con un título en la mano. Había cumplido el sueño de
formarme y ponerlo en práctica con niños. Esas almas inocentes me
aportaron más de lo que imaginé, incluso en tan poco tiempo. Pero
la realidad era otra: las puertas no se abrían.
Y, sin
embargo, esa voz interna de la que os hablé antes seguía
repitiéndome que ese no era aún mi lugar, aunque todo pareciera
encajar. Me quedó claro: no era mi momento.
Pero, por
increíble que parezca, también me dejó aprendizajes. El más
valioso: aprovechar al máximo el tiempo con los nuestros. Intenté
aceptar la realidad, pero me costaba.
Aunque el camino no
fue fácil y las puertas parecían cerradas, seguía creyendo que
encontraría mi lugar en el mundo de los niños. Lo que sí me ayudó
a sobrellevar todo fue mi hermanito de cuatro patas.
Tener a ese amigo fiel a mi lado me hizo muchísimo bien. Fue como cumplir ese deseo de compañía, aunque de una forma diferente. Así que decidí dejar pasar el tiempo, confiando en que esa voz, esa intuición, en algún momento me revelaría el motivo por el cual insistía en decirme que aquel no era mi lugar.
CAPÍTULO
6 ABISMO
La frustración se
intensificaba al compararme constantemente con los demás. Algunos de
mis conocidos ya tenían pareja; otros habían encontrado trabajo
nada más terminar sus estudios; algunos se habían independizado; y
otros, incluso, ya estaban pensando en tener hijos... si es que no
los tenían ya.
Y claro, yo me comparaba. Pero lo hacía
de una forma errónea: valoraba únicamente lo que ellos tenían, sin
ver lo que no tenían o lo que habían perdido. La independencia
suena bien, pero también trae responsabilidades y sacrificios. Yo
deseaba todo eso, y me frustraba, sin darme cuenta de que, en
realidad, aún no tenía esas responsabilidades. Mi tiempo era mío,
pero entendí que no todo lo que deseaba estaba relacionado con la
libertad.
Lo que realmente entendí fue que, en ese
momento, lo más valioso era el tiempo. Eso no significa que ahora
renuncie a la libertad, para nada. Solo quiero decir que todo llega
cuando tiene que llegar.
Aprendí que, al igual que no hay
personas “buenas” o “malas”, sino luces y sombras, también
las circunstancias tienen su lado positivo y el lado del cual podemos
aprender mucho. Pero en esa época era fácil pensar que los demás
tenían su vida más resuelta que yo, y esos pensamientos solo me
hacían sentir peor. Después de tanto pensar demasiado acerca de
estos aspectos, mi cabeza hizo “clic” y empecé a ver las cosas
desde otro punto de vista. Uno de los mayores aprendizajes fue
aprovechar las oportunidades inesperadas. A veces, las circunstancias
nos llevan a algo que no entendemos de inmediato, pero con el tiempo
todo toma su lugar.
Siempre ocurren como deben ocurrir,
aunque en el momento no lo entendamos. Poco a poco, comprendí que no
necesitaba a nadie a mi lado.
Que, aunque
estuviera sola en el mundo, siempre debía ser mi mejor amiga.
Las
personas correctas llegarían cuando tuvieran que llegar. Y si una
puerta se cerraba, era porque otra —mejor— se abriría. Así fue
como descubrí que ya era libre. Y que, de alguna manera, la paz que
tanto buscaba fuera de mí estaba, en realidad, dentro de mí.
Es
fácil centrarse en lo que no tenemos, en lo que nos falta o en lo
que hemos perdido, sin darnos cuenta del valor de lo que ya poseemos
y de todo lo que hemos logrado en la vida. Si eres como yo, que
tendías a enfocarte en lo que faltaba, te propongo un ejercicio
sencillo: toma un papel y apunta todo lo que tienes o has conseguido,
por más simple o banal que te parezca.
Tienes una
familia. Tienes salud. Tienes un hogar. Tienes comida. Tienes
amigos... ¿Qué más añadirías tú a esa lista de cosas que
realmente importan? Créeme: si lo piensas bien, descubrirás que
eres más afortunado de lo que crees.
CAPÍTULO
7 LA BRÚJULA
Cuando por fin logré
meterme en la cabeza que lo esencial residía en lo simple —o, al
menos, en mantenerlo presente el mayor tiempo posible—, la vida
decidió cambiarme una vez más. Esta vez, de forma definitiva. Y,
por lo tanto, cambié yo también.
Las pérdidas
personales hacen que se valore aún más el tiempo de calidad y a las
personas importantes, a menudo de manera irreversible. Me tocó a mí
empezar a buscar mi estela: valorar lo importante, aceptar las cosas
tal como eran, exprimir cada momento con las personas que
significaban algo para mí y ser fiel a mí misma.
Sin
embargo, algo pasó después. Algo dentro de mí despertó con una
fuerza inesperada, a pesar de estar devastada por la pérdida.
Aquella voz que años atrás había escuchado —esa voz que me decía
que no era mi momento, que no era mi lugar, que no eran esas
personas— volvió a mí.
Entonces... Este secreto era
algo que pocos conocían hasta ahora, pero es momento de compartirlo.
A partir de este momento, tú también vas a ser partícipe de él.
Probablemente te rías o te parezca increíble, pero te aseguro que
fue completamente real.
Hace unos años, esa voz que antes
escuchaba en mi interior se transformó. Pasé de oírla a soñar con
ella y, poco a poco, esa voz cobró vida. Soñaba con ella en
distintos lugares: en mi casa, paseando por un parque con mi perro,
rodeada de niños.
Y lo más extraño de todo: esa voz,
que había sido tenue y distante, se volvió cada vez más nítida,
más clara. Incluso una noche me despertó porque, en mi sueño,
descubrí de dónde provenía. Esa voz... sin época ni nombre. Era
real.
Y lo más
sorprendente fue darme cuenta de que esa voz pertenecía a alguien
muy especial: un símbolo de esperanza y renacer. No podéis imaginar
mi reacción en el sueño. Sentí que estaba soñando, pero, al mismo
tiempo, aquella niña parecía tan real, tan palpable.
Ojalá
no hubiera sido solo un sueño, porque, para entonces, mis hormonas
estaban completamente revolucionadas. Comencé a sentir una fuerte
necesidad de abrazar la maternidad, uno de mis más grandes sueños,
uno de los grandes sueños de mi vida.
Sabía que era una
locura. No reunía las condiciones para sacar adelante a un bebé,
mucho menos hacerlo sola. Aun así, me aventuré a preguntar a los
médicos si eso sería posible dadas mis circunstancias físicas.
Ellos me dijeron que sí, que técnicamente era posible, pero que el
embarazo sería de alto riesgo y que, por mi salud, lo mejor sería
cumplir ese sueño por otros medios.
Era una época
complicada. Las puertas en lo laboral seguían cerradas. Mi sueño de
trabajar con niños aún parecía inalcanzable.
Recuerdo a
esa niña como si la hubiese visto ayer. Era preciosa, como un ángel.
Debería tener unos tres años. Su cabello liso y rubio caía en una
coleta con una goma blanca. Tenía unos ojos grandes y verdes que me
cautivaron, una mirada que me transmitía ternura y paz. Sentía como
si la conociera de antes, como si ya formara parte de mi vida, aunque
no sabría explicar por qué. Llevaba una camiseta blanca con un
dibujo de Winnie, un pantalón corto de pana rosa y unas zapatillas
blancas de Barbie. Nunca se separaba de su peluche: un conejito gris
de orejas largas.
Lo que más me llamó la atención fue
que, a pesar de ser tan pequeña, no parecía sentirse insegura ni
perdida en ningún momento. Estaba siempre sola, pero, de alguna
forma, parecía estar en completa paz consigo misma. A veces dudaba
si esa niña era real.
CAPÍTULO
8 VOCES
Durante meses, aquella niña
siguió apareciendo en mis sueños. No siempre con la misma
intensidad, pero lo suficiente como para que no pudiera ignorarla.
Era como un eco persistente, una llamada que se repetía una y otra
vez, recordándome que había algo más allá de lo que estaba
viviendo.
Sin embargo, cuanto más intentaba convencerme
de eso, más real parecía. Cada detalle de sus gestos, su mirada y
su peluche era tan vívido que ya no podía ignorarlo. Lo que sentía
era más que un sueño, algo más profundo, algo que no podía
ignorar.
Había noches en las que la niña no aparecía, y
me invadía un vacío difícil de describir. Era como si me faltara
algo, como si me hubieran arrebatado una parte de mí. Otras veces,
su presencia era tan cercana que me despertaba con el corazón
acelerado, convencida de que, al abrir los ojos, la encontraría a mi
lado.
Durante los últimos meses, la presencia de la niña
fue constante en mis sueños. A veces me despertaba con la sensación
de que había algo más en ella, algo que no entendía. Aunque al
principio me aferraba a la idea de que era solo un sueño, algo en su
mirada me decía que Estela representaba algo mucho más
profundo.
Quizá no solo era una manifestación de mis
deseos, sino también de lo que necesitaba reconocer dentro de mí
misma. Quizá, solo quizá, ella era mi alma pidiendo ser escuchada.
¿Es una señal? Nunca encontré la respuesta.
Al
principio, pensaba que era solo un sueño, una fantasía. Pero cuanto
más la veía, más sentía que esa niña representaba algo mucho más
profundo. Algo que llevaba guardado en mi corazón durante años,
pero que no me atrevía a escuchar.
Con el tiempo,
entendí que ella simbolizaba mi propia voz interior. Esa parte de mí
que me pide ser escuchada, una esencia que había callado tantas
veces por sentirme confusa, por inseguridad o por las circunstancias.
Era como si esa figura se hubiera manifestado de alguna manera para
ayudarme a reconectar conmigo misma, para recordarme que debía
volver a mi origen, a lo esencial, a mi verdadera naturaleza.
Fue
entonces cuando comprendí que no tenía todas las respuestas de
inmediato. No hacía falta saber si esa niña era real o no, ni
tampoco entender por qué estaba ahí. Lo fundamental era lo que me
transmitía: paz, ternura, esperanza y, sobre todo, una profunda
confianza.
Porque, al fin y al cabo, todos llevamos dentro
de esa voz, ese eco que nos recuerda quiénes somos realmente, aunque
a veces lo olvidemos.
A medida que Estela se aparecía una
y otra vez en mis sueños, comencé a preguntarme si todo aquello era
solo mi mente jugando conmigo o si había algo más allá de lo que
entendía. Había algo en su mirada, en su serenidad, que me decía
que debía prestarle atención. A pesar de mis dudas, no podía dejar
de pensar en ella.
CAPÍTULO
9 RAÍCES
Cuando era niña, los mismos
pensamientos y reflexiones que la niña del sueño me susurraba
también habitaban en mí. Claro que, siendo tan pequeña, no sabía
acabar de comprender su profundidad. Solo me rondaban la cabeza una y
otra vez, sin encontrar salida, hasta que, con el paso del tiempo,
cobraron sentido.
Fue al encontrar mi estela que comprendí
su verdadero significado. Sí, a través de ella. Tras los tropiezos,
algo mágico ocurrió: finalmente entendí mi propósito y, sin
forzarlo, comencé a fluir. Encontré mi estela.
Hoy
entiendo que Estela no solo fue una inspiración para escribir, sino
la clave para encontrar el propósito detrás de cada paso que di.
Este libro ha sido, en cierto modo, una tabla de salvación: un
refugio donde pude plasmar todo aquello que me atravesaba por dentro
y que desde pequeña soñaba con escribir.
Pero ahora sé
que no ha sido solo eso. Estela no es únicamente mi guía interna,
ni la chispa que me impulsó a escribir. Estela es mucho más. Cuando
descubrí el verdadero significado de su presencia, todo tomó forma,
todo cobró sentido.
Es el momento de compartir algo que
he guardado con celo hasta hoy, algo que hasta ahora había mantenido
en silencio: no todo lo que te he contado es completamente literal,
pero sí es la esencia de lo vivido.
¿Preparado para el
gran secreto?
CAPÍTULO
10 SIGUE TU ESTELA
Si has llegado hasta
aquí, mereces conocer la verdad... El nombre que elegí para contar
mi historia no es el mío real, pero es el que mejor refleja mi
camino. Aunque nací al amanecer y el romero es una planta que me
encanta por su aroma y simbolismo personal, elegí este seudónimo
para contarte mi historia desde un lugar seguro, sin máscaras, pero
también con cierta protección.
Aurora representa un
nuevo comienzo, la luz tras la oscuridad. Romero evoca raíces,
sanación y memoria; una forma de honrar a quienes estuvieron antes
que yo, a esos familiares que soñaron con dejar huella en el mundo.
Me sentía en busca de señales, sin saber hacia dónde ir. Estaba
llena de dudas.
Sin embargo, este viaje interior —a
veces vertiginoso, otras profundamente revelador— me enseñó que
este era el camino que debía seguir. Todo lo vivido tenía un
propósito, que no había sido en vano. Las palabras de la niña
fueron la guía que necesitaba: “Ya llegará tu momento”.
Descubrí
que no encajaba en algunos entornos porque estaba destinada a
experiencias distintas; que mi sensibilidad no era debilidad, sino
una fortaleza especial; que mis ganas de dar amor no eran excesivas,
sino que simplemente no lo había entregado a las personas correctas;
que mis sueños no estaban rotos: se estaban cumpliendo, aunque de
formas inesperadas.
Y ahí estaba ella.
ESTELA
No
solo como una luz que me acompañó en la oscuridad, sino como algo
más profundo. Poco a poco, me di cuenta de que Estela no estaba solo
en mis sueños. Estela no era solo una niña que apareció en ellos.
Estela era mi alma, mi propósito, mi fuerza interior, todo lo que
había estado buscando sin saberlo.
En ella encontré la
maternidad no biológica, la creación literaria y el amor que había
estado esperando. Estela nació dentro de mí, a través de mi
corazón y mis palabras. Y, en ese momento, entendí que mi verdadera
misión no era solo vivir, sino también escribir, crear, dejar un
legado. A través de Estela, pude dar a luz a mi libro, a mi voz, a
mi verdad.
Y así, finalmente, entendí que dejar huella
no siempre significa lo que pensamos. A veces, la huella está en las
palabras, en los sueños, en lo que creamos. Ella era una
manifestación de lo que mi alma había estado buscando. No era solo
una niña de mi imaginación; era una parte de mí misma que había
estado perdida, olvidada, esperando ser escuchada.
Entendí
entonces que, a través de ella, estaba descubriendo mi propósito,
lo que me faltaba para sanar y seguir adelante. Estela era la luz que
me guiaba. Porque Estela es mi hija anhelada: esa niña que no existe
en el plano físico, pero que nació dentro de mí para guiarme, para
mostrarme el sentido de mi vida, para enseñarme que también se
puede gestar desde el alma.
Pero, en el fondo, Estela es
también un homenaje, un tributo a quien me enseñó a ser fuerte, a
quien me mostró el verdadero valor de la vida y del amor
incondicional. Ella fue, y siempre será, la brújula que me impulsó
a seguir adelante. Gracias a ella cumplí dos de mis mayores sueños:
ser madre y escribir un libro.
Aunque no tenga carne ni
hueso, a través de Estela encontré un propósito. Y entendí que
dejar huella no siempre significa lo que imaginamos. A veces basta
con compartir nuestra verdad, ser auténticos y ofrecer apoyo a
quienes también buscan su camino. Porque, al final, todo llega. No
de la forma que planeamos ni en el tiempo que esperábamos, pero
llega; y cuando llega, nos transforma.
Hoy, Estela vive
dentro de mí, en cada palabra de este libro y en cada paso
que
doy hacia adelante. Y tú, querido lector, has sido parte de este
viaje, acompañándome en cada paso y en cada descubrimiento.
EPÍLOGO
El
camino de la vida nunca es recto ni fácil. Es una serie de giros
inesperados, de incertidumbres y de destellos de claridad. Y, sin
embargo, es en la incertidumbre donde realmente descubrimos quiénes
somos y de qué estamos hechos.
Al mirar atrás, comprendo
que todo sucedió como debía. Las respuestas no siempre llegan de
inmediato ni de la forma que imaginamos; a veces se revelan en
susurros: en un sueño, en las huellas de quienes nos han guiado o en
el eco de nuestra propia voz.
Como Estela, todos llevamos
dentro una guía, una luz que, aunque se esconda, nunca deja de
brillar. Hoy miro hacia adelante con confianza. No tengo todas las
respuestas, pero sé que el viaje continúa. Mi historia no termina
aquí, y la tuya tampoco.
Sigue tu estela, confía en tu
propio camino y nunca dejes de buscar la luz que te espera. Porque el
viaje no consiste solo en llegar a un destino, sino en disfrutar cada
paso, cada lección y cada instante de crecimiento.
TE
AMO, OS AMO
AGRADECIMIENTOS
A
todo aquel que, desde la distancia o el encuentro cercano, acompañó
esta historia con paciencia y fe. A cada persona que aportó un
gesto, una palabra o un silencio que empujó la curiosidad y sostuvo
la esperanza. A quienes creyeron en la estela de este viaje, incluso
cuando el camino parecía difuso, y a quienes me dejaron descubrir
que la lectura puede ser un refugio y una brújula.
Si
estas páginas lograron despertar una chispa o tocar de alguna forma
un corazón, mi agradecimiento es sincero y quieto, como un latido
que sigue el ritmo de la propia historia. A veces, la vida nos pone
en el camino señales invisibles que solo se revelan cuando estamos
listos para verlas.
Este libro es un homenaje a las
huellas que nos atraviesan y nos guían, a los vínculos que nos
sostienen y a las voces que permanecen cuando todo cambia. A través
de experiencias intensas, aprendizajes profundos y momentos de luz,
descubrirás que cada paso tiene un propósito oculto y que el amor
puede renacer en formas inesperadas.
