El Criticón

Baltasar Gracián


Novela



Primera parte: En la primavera de la niñez y en el estío de la juventud

Censura del padre don Antonio Liperí

Clérigo regular, doctor en Teología y en ambos Derechos. Por comisión del excelentísimo señor conde de Lemos y de Castro, Virrey y Capitán General deste Reyno

He leído con atención, según la orden de V. E., el libro intitulado El Criticón, y su primera parte, En la primavera de la niñez y en el estío de la juventud, compuesto por el licenciado García de Marlones, y en él no he hallado cosa opuesta a las regalías de Su Majestad, ni a las buenas costumbres, ni a la doctrina sana y católica de nuestra santa fe: antes lo en él escrito, muy conforme a todo ello. Contiene muchos y saludables documentos morales, declarados con sutil ingenio y con ingeniosa sutileza, y con un lenguaje gravemente culto y dulcemente picante; y cuanto más picante, más dulce y más provechoso para la buena política y reformación de costumbres, pudiendo preciarse su autor de que miscuit utile dulci, cosas bien dificultosas de juntar. Debajo de una ingeniosa fábula o de una ficción trágica y cómica, introduce a un desdichado padre, a quien muchas y propias desdichas cubrieron anticipadamente de canas de senil prudencia, que sin conocer que fuese hijo suyo propio el con quien dichosamente encontró, atiende a educarle lo más loablemente que puede, enseñándole no sólo a hablar y a estudiar en las ciencias liberales, sino a admirar la bella y armoniosa máquina deste mundo material y su mayor y más bella maravilla, que es el hombre, y la admirable potencia y providencia de su Hacedor. Tras eso, para desviarle de la senda de los vicios en el bivio pitagórico de su edad, los zahiere y muerde con tanta sal y con tan salados, aunque fabulosos, discursos, que la mayor sal y gracia, así de su decir como de su discurrir, demuestra en su más donosa y provechosa mordacidad. Enseña, en fin, a ser una persona en la primavera de su niñez, y a que no se deje abrasar de los ardores sensuales en los estivales incendios de la juventud. Y todo ello, con tan culto y tan claro estilo, y con tan vario artificio y artificiosa y entretenida variedad de cosas, que el que empezare a leer el libro podrá ser que con dificultad le suelte de las manos sin llegar primero a su fin. Así lo siento, y lo firmo de mi mano. En Zaragoza, 6 de Junio de 1651.

Don Antonio Liperi, Clérigo Regular,
Doctor en Teología y en ambos Derechos.

IMPRIMATUR.

Vidit CANALES, Reg.

A don Pablo de Parada

Caballero de Christo, General de la Artillería y Gobernador de Tortosa

Si mi pluma fuera tan bien cortada como la espada de V. S. es cortadora, aun pareciera excusable la ambición del patrocinio: ya que no llegue a tanto, solicita una muy valiente 7defensa. Nació con V. S. el valor en su patria Lisboa, creció en el Brasil entre plausibles bravezas y ha campeado en Cataluña entre célebres victorias. Rechazó V. S. al bravo mariscal de la Mota en los asaltos que dio a Tarragona por el puesto de San Francisco, que V. S. con su tercio y su valor tan bizarramente defendió. Desalojó después al que llamaban el invencible conde de Ancuhurt, sacándole de las trincheras sobre Lérida, acometiendo con su regimiento de la Guarda el fuerte Real, que ocupó y defendió contra el general recelo. Y desta calidad pudiera referir otras muchas facciones, aconsejadas primero de la prudencia militar de V. S. y ejecutadas después de su gran valor. Émula dél la felicidad, le asistió a V. S. siendo general de la flota para que la condujese a España con tanta prosperidad y riqueza: Y de aquí se ha ocasionado aquella altercación entre los grandes Ministros, si es V. S. mejor para las armadas de mar o para las de tierra, siendo eminente en todas. Por no hacer sospechosas estas verdades (aunque tan sabidas) con el afecto de amigo, quisiera hablar por boca de algún enemigo, pero ninguno le hallo a V. S. Sólo uno que, para desconocer obligaciones, quiso afectarlo, no pudo; pues él mismo decía (brava cosa) que quisiera decir mal deste hombre y no halló qué poder decir. Pero lo que yo más celebro es que, siendo V. S. hombre tan sin embeleco se haya hecho lugar en la mayor estimación de nuestro siglo. El cielo la prospere.

B. L. M. de V. S. su más apasionado.

Lorenço Gracian

A quien leyere

Ésta filosofía cortesana, el curso de tu vida en un discurso, te presento hoy, lector juicioso, no malicioso, y aunque el título está ya provocando ceño, espero que todo entendido se ha de dar por desentendido, no sintiendo mal de sí. He procurado juntar lo seco de la filosofía con lo entretenido de la invención, lo picante de la sátira con lo dulce de la épica, por más que el rígido Gracián lo censure juguete de la traza en su más sutil que provechosa Arte de ingenio. En cada uno de los autores de buen genio he atendido a imitar lo que siempre me agradó: las alegorías de Homero, las ficciones de Esopo, lo doctrinal de Séneca, lo juicioso de Luciano, las descripciones de Apuleyo, las moralidades de Plutarco, los empeños de Heliodoro, las suspensiones del Ariosto, las crisis del Boquelino y las mordacidades de Barclayo. Si lo habré conseguido, siquiera en sombras, tú lo has de juzgar. Comienzo por la hermosa naturaleza, paso a la primorosa arte y paro en la útil moralidad. He dividido la obra en dos partes, treta de discurrir lo penado, dejando siempre picado el gusto, no molido; si esta primera te contentare, te ofrezco luego la segunda, ya dibujada, ya colorida, pero no retocada, y tanto más crítica cuanto son más juiciosas las otras dos edades de quienes se filosofa en ella.

Crisi primera

Náufrago Critilo encuentra con Andrenio, que le da prodigiosamente razón de sí

Ya entrambos mundos habían adorado el pie a su universal monarca el católico Filipo, era ya real corona suya la mayor vuelta que el sol gira por el uno y otro hemisferio, brillante círculo en cuyo cristalino centro yace engastada una pequeña isla, o perla del mar o esmeralda de la tierra: diola nombre augusta emperatriz, para que ella lo fuese de las islas, corona del Océano. Sirve, pues, la isla de Santa Elena (en la escala de un mundo al otro) de descanso a la portátil Europa, y ha sido siempre venta franca, mantenida de la divina próvida clemencia en medio de inmesos golfos, a las católicas flotas del Oriente.

Aquí, luchando con las olas, contrastando los vientos y más los desaires de su fortuna, mal sostenido de una tabla, solicitaba puerto un náufrago, monstruo de la naturaleza y de la suerte, cisne en lo ya cano y más en lo canoro, que así exclamaba entre los fatales confines de la vida y de la muerte:

—¡Oh vida, no habías de comenzar, pero ya que comenzaste no habías de acabar! No hay cosa más deseada ni más frágil que tú eres, y el que una vez te pierde, tarde te recupera: desde hoy te estimaría como a perdida. Madrastra se mostró la naturaleza con el hombre, pues lo que le quitó de conocimiento al nacer le restituye al morir: allí porque no se perciban los bienes que se reciben, y aquí porque se sientan los males que se conjuran. ¡Oh tirano mil veces de todo el ser humano aquel primero que con escandalosa temeridad fió su vida en un frágil leño al inconstante elemento! Vestido dicen que tuvo el pecho de aceros, mas yo digo que revestido de yerros. En vano la superior atención separó las naciones con los montes y los mares si la audacia de los hombres halló puentes para trasegar su malicia. Todo cuanto inventó la industria humana ha sido perniciosamente fatal y en daño de sí misma: la pólvora es un horrible estrago de las vidas, instrumento de su mayor ruina, y una nave no es otro que un ataúd anticipado. Parecíale a la muerte teatro angosto de sus tragedias la tierra y buscó modo cómo triunfar en los mares, para que en todos elementos se muriese. ¿Qué otra grada le queda a un desdichado para perecer, después que pisa la tabla de un bajel, cadahalso merecido de su atrevimiento? Con razón censuraba el Catón aun de sí mismo entre las tres necedades de su vida el haberse embarcado por la mayor. ¡Oh suerte oh cielo oh fortuna!, aun creería que soy algo, pues así me persigues; y cuando comienzas no paras hasta que apuras: válgame en esta ocasión el valer nada para repetir de eterno.

Desta suerte hería los aires con suspiros, mientras azotaba las aguas con los brazos, acompañando la industria con Minerva. Pareció ir sobrepujando el riesgo, que a los grandes hombres los mismos peligros o les temen o les respetan; la muerte a veces recela el emprenderlos, y la fortuna les va guardando los aires: perdonaron los áspides a Alcides, las tempestades a César, los aceros a Alejandro y las balas a Carlos Quinto. Mas ¡ay!, que como andan encadenadas las desdichas, unas a otras se introducen, y el acabarse una es de ordinario el engendrarse otra mayor: cuando creyó hallarse en el seguro regazo de aquella madre común, volvió de nuevo a temer que enfurecidas las olas le arrebataban para estrellarle en uno de aquellos escollos, duras entrañas de su fortuna; Tántalo de la tierra, huyéndosele de entre las manos cuando más segura la creía, que un desdichado no sólo no halla agua en el mar, pero ni tierra en la tierra.

Fluctuando estaba entre uno y otro elemento, equívoco entre la muerte y la vida, hecho víctima de su fortuna, cuando un gallardo joven, ángel al parecer y mucho más al obrar, alargó sus brazos para recogerle en ellos, amarras de un secreto imán, si no de hierro, asegurándole la dicha con la vida. En saltando en tierra, selló sus labios en el suelo logrando seguridades, y fijó sus ojos en el cielo rindiendo agradecimientos. Fuese luego con los brazos abiertos para el restaurador de su vida, queriendo desempeñarse en abrazos y razones. No le respondió palabra el que le obligó con las obras: sólo daba demonstraciones de su gran gozo en lo risueño, y de su mucha admiración en lo atónito de el semblante. Repitió abrazos y razones el agradecido náufrago, preguntándole de su salud y fortuna, y a nada respondía el asombrado isleño. Fuele variando idiomas, de algunos que sabía, mas en vano, pues desentendido de todo se remitía a las extraordinarias acciones, no cesando de mirarle y de admirarle, alternando extremos de espanto y de alegría. Dudara con razón el más atento, ser inculto parto de aquellas selvas, si no desmintieran la sospecha lo inhabitado de la isla, lo rubio y tendido de su cabello, lo perfilado de su rostro, que todo lo sobrescribía europeo: del traje no se podían rastrear indicios, pues era sola la librea de su inocencia. Discurrió más el discreto náufrago: si acaso viviría destituido de aquellos dos criados del alma, el uno de traer, y el otro de llevar recados, el oír y el hablar. Desengañóle presto la experiencia, pues al menor ruido prestaba atenciones prontas, sobre el imitar con tanta propriedad los bramidos de las fieras y los cantos de las aves, que parecía entenderse mejor con los brutos que con las personas: tanto pueden la costumbre y la crianza. Entre aquellas bárbaras acciones rayaba como en vislumbres la vivacidad de su espíritu, trabajando el alma por mostrarse: que donde no media el artificio, toda se pervierte la naturaleza.

Crecía en ambos a la par el deseo de saberse las fortunas y las vidas, pero advirtió el entendido náufrago que la falta de un común idioma les tiranizaba esta fruición. Es el hablar efecto grande de la racionalidad, que quien no discurre no conversa. «Habla, dijo el filósofo, para que te conozca». Comunícase el alma noblemente produciendo conceptuosas imágenes de sí en la mente del que oye, que es propriamente el conversar. No están presentes los que no se tratan, ni ausentes los que por escrito se comunican: viven los sabios varones ya pasados y nos hablan cada día en sus eternos escritos, iluminando perenemente los venideros. Participa el hablar de lo necesario y de lo gustoso, que siempre atendió la sabia naturaleza a hermanar ambas cosas en todas las funciones de la vida; consíguense con la conversación, a lo gustoso y a lo presto, las importantes noticias y es el hablar atajo único para el saber: hablando los sabios engendran otros, y por la conversación se conduce al ánimo la sabiduría dulcemente. De aquí es que las personas no pueden estar sin algún idioma común, para la necesidad y para el gusto, que aun dos niños arrojados de industria en una isla se inventaron lenguaje para comunicarse y entenderse. De suerte que es la noble conversación hija del discurso, madre del saber, desahogo del alma, comercio de los corazones, vínculo de la amistad, pasto del contento y ocupación de personas.

Conociendo esto el advertido náufrago, emprendió luego el enseñar a hablar al inculto joven, y púdolo conseguir fácilmente favoreciéndole la docilidad y el deseo. Comenzó por los nombres de ambos, proponiéndole el suyo, que era el de Critilo, y imponiéndole a él el de Andrenio, que llenaron bien el uno en lo juicioso y el otro en lo humano. El deseo de sacar a luz tanto concepto por toda la vida represado y la curiosidad de saber tanta verdad ignorada picaban la docilidad de Andrenio. Ya comenzaba a pronunciar, ya preguntaba y respondía, probábase a razonar ayudándose de palabras y de acciones, y tal vez lo que comenzaba la lengua lo acababa de exprimir el gesto. Fuele dando noticias de su vida a centones y a remiendos, tanto más extraña cuanto menos entendida, y muchas veces se achacaba al no acabar de percibir lo que no se acababa de creer. Mas cuando ya pudo hablar seguidamente y con igual copia de palabras a la grandeza de sus sentimientos, obligado de las vivas instancias de Critilo y ayudado de su industria, comenzó a satisfacerle desta suerte:

—Yo —dijo— ni sé quién soy ni quién me ha dado el ser, ni para qué me lo dio: ¡qué de veces, y sin voces, me lo pregunté a mí mismo, tan necio como curioso! Pues si el preguntar comienza en el ignorar, mal pudiera yo responderme. Argüíame tal vez, para ver si empeñado me excedería a mí mismo; duplicábame, aun no bien singular, por ver si apartado de mi ignorancia podría dar alcance a mis deseos. Tú, Critilo, me preguntas quién soy yo, y yo deseo saberlo de ti. Tú eres el primer hombre que hasta hoy he visto, y en ti me hallo retratado más al vivo que en los mudos cristales de una fuente que muchas veces mi curiosidad solicitaba y mi ignorancia aplaudía. Mas si quieres saber el material suceso de mi vida, yo te lo referiré, que es más prodigioso que prolijo. La vez primera que me reconocí y pude hacer concepto de mí mismo me hallé encerrado dentro de las entrañas de aquel monte que entre los demás se descuella, que aun entre peñascos debe ser estimada la eminencia. Allí me ministró el primer sustento una de estas que tú llamas fieras y yo llamaba madre, creyendo siempre ser ella la que me había parido y dado el ser que tengo: corrido lo refiero de mí mismo.

—Muy proprio es —dijo Critilo— de la ignorancia pueril el llamar a todos los hombres padres y a todas las mujeres madres; y del modo que tú hasta una bestia tenías por tal, creyendo la maternidad en la beneficiencia, así el mundo en aquella su ignorante infancia a cualquier criatura su bienhechora llamaba padre y aun le aclamaba dios.

—Así yo —prosiguió Andrenio—, creía madre la que me alimentaba fiera a sus pechos; me crié entre aquellos sus hijuelos, que yo tenía por hermanos, hecho bruto entre los brutos, ya jugando y ya durmiendo. Diome leche diversas veces que parió, partiendo conmigo de la caza y de las frutas que para ellos traía. A los principios no sentía tanto aquel penoso encerramiento: antes con las interiores tinieblas del ánimo desmentía las exteriores del cuerpo, y con la falta de conocimiento disimulaba la carencia de la luz, si bien algunas veces brujuleaba unas confusas vislumbres que dispensaba el cielo, a tiempos, por lo más alto de aquella infausta caverna. Pero llegando a cierto término de crecer y de vivir, me salteó de repente un tan extraordinario ímpetu de conocimiento, un tan grande golpe de luz y de advertencia, que revolviendo sobre mí comencé a reconocerme haciendo una y otra reflexión sobre mi propio ser: ¿Qué es esto, decía, soy o no soy? Pero pues vivo, pues conozco y advierto, ser tengo. Mas, si soy, ¿quién soy yo? ¿Quién me ha dado este ser y para qué me lo ha dado? Para estar aquí metido grande infelicidad sería. ¿Soy bruto como éstos? Pero no, que observo entre ellos y entre mí palpables diferencias: ellos están vestidos de pieles, yo desabrigado, menos favorecido de quien nos dio el ser; también experimento en mí todo el cuerpo muy de otra suerte proporcionado que en ellos; yo río y yo lloro, cuando ellos aúllan; yo camino derecho, levantando el rostro hacia lo alto, cuando ellos se mueven torcidos y inclinados hacia el suelo. Todas éstas son bien conocidas diferencias, y todas las observaba mi curiosidad y las confería mi atención conmigo mismo. Crecía de cada día el deseo de salir de allí, el conato de ver y de saber; si en todos natural y grande, en mí, como violentado, insufrible. Pero lo que más me atormentaba era ver que aquellos brutos, mis compañeros, con extraña ligereza trepaban por aquellas iniestas paredes, entrando y saliendo libremente siempre que querían, y que para mí fuesen inaccesibles, sintiendo con igual ponderación que aquel gran don de la libertad a mí sólo se me negase. Probé muchas veces a seguir [a] aquellos brutos arañando los peñascos, que pudieran ablandarse con la sangre que de mis dedos corría; valíame también de los dientes; pero todo en vano y con daño, pues era cierto el caer en aquel suelo regado con mis lágrimas y teñido en mi sangre. A mis voces y a mis llantos acudían enternecidas las fieras, cargadas de frutas y de caza, con que se templaba en algo mi sentimiento y me desquitaba en parte de mis penas. ¡Qué de soliloquios hacía tan interiores, que aun este alivio del habla exterior me faltaba! ¡Qué de dificultades y de dudas trabajaban entre sí mi observación y mi curiosidad, que todas se resolvían en admiraciones y en penas! Era para mí un repetido tormento el confuso ruido de esos mares, cuyas olas más rompían en mi corazón que en estas peñas. Pues ¿qué diré cuando sentía el horrísono fragor de los nublados y sus truenos? Ellos se resolvían en lluvia, pero mis ojos en llanto. Lo que llegó ya a ser ansia de reventar y agonía de morir era que a tiempos, aunque para mí de tarde en tarde, percibía acá fuera unas voces como la tuya (al comenzar con grande confusión y estruendo, pero después poco a poco más distintas) que naturalmente me alborozaban y se me quedaban muy impresas en el ánimo. Bien advertía yo que eran muy diferentes de las de los brutos que de ordinario oía, y el deseo de ver y de saber quién era el que las formaba, y no poder conseguirlo, me traía a extremos de morir. Poco era lo que unas y otras veces percibía, pero discurríalo tan mucho como de espacio. Una cosa puedo asegurarte: que con que imaginé muchas veces y de mil modos lo que habría acá fuera, el modo, la disposición, la traza, el sitio, la variedad y máquina de cosas, según lo que yo había concebido, jamás di en el modo, ni atiné con el orden, variedad y grandeza desta gran fábrica que vemos y admiramos.

—Qué mucho —dijo Critilo—, pues si aunque todos los entendimientos de los hombres que ha habido ni habrá se juntaran antes a trazar esta gran máquina del mundo y se les consultara cómo había de ser, jamás pudieran atinar a disponerla; ¡qué digo el universo!: la más mínima flor, un mosquito, no supieran formarlo. Sola la infinita sabiduría de aquel Supremo Hacedor pudo hallar el modo, el orden y el concierto de tan hermosa y perene variedad. Pero, dime, que deseo mucho saberlo de ti y oírtelo contar, ¿cómo pudiste salir de aquella tu penosa cárcel, de aquella supultura anticipada de tu cueva? Y, sobre todo, si es posible el exprimirlo, ¿cuál fue el sentimiento de tu admirado espíritu aquella primera vez que llegaste a descubrir, a ver, a gozar y admirar este plausible teatro del universo?

—Aguarda —dijo Andrenio—, que aquí es menester tomar alimento para relación tan gustosa y peregrina.

Crisi segunda

El gran teatro del Universo

Luego que el Supremo Artífice tuvo acabada esta gran fábrica del mundo, dicen trató repartirla, alojando en sus estancias sus vivientes. Convocólos todos, desde el elefante hasta el mosquito; fuéles mostrando los repartimientos y examinando a cada uno cuál dellos escogía para su morada y vivienda. Respondió el elefante que él se contentaba con una selva, el caballo con un prado, el águila con una de las regiones del aire, la ballena con un golfo, el cisne con un estanque, el barbo con un río y la rana con un charco. Llegó el último el primero, digo el hombre, y examinando de su gusto y de su centro, dijo que él no se contentaba con menos que con todo el universo, y aún le parecía poco. Quedaron atónitos los circunstantes de tan exorbitante ambición, aunque no faltó luego un lisonjero que defendió nacer de la grandeza de su ánimo; pero la más astuta de todos:

—Eso no creeré yo —les dijo— sino que procede de la ruindad de su cuerpo. Corta le parece la superficie de la tierra, y así penetra y mina sus entrañas en busca del oro y de la plata para satisfacer en algo su codicia; ocupa y embaraza el aire con lo empinado de sus edificios, dando algún desahogo a su soberbia; surca los mares y sonda sus más profundos senos solicitando las perlas, los ámbares y los corales para adorno de su bizarro desvanecimiento, obliga todos los elementos a que le tributen cuanto abarcan, el aire sus aves, el mar sus peces, la tierra de sus cazas, el fuego la sazón, para entretener, que no satisfacer, su gula; y aún se queja de que todo es poco: ¡Oh monstruosa codicia de los hombres!

Tomó la mano el soberano dueño y dijo:

—Mirad, advertid, sabed que al hombre le he formado yo con mis manos para criado mío y señor vuestro, y como rey que es pretende señorearlo todo. Pero entiende, ¡oh hombre!, (aquí hablando con él), que esto ha de ser con la mente, no con el vientre, como persona, no como bestia. Señor has de ser de todas las cosas criadas, pero no esclavo de ellas: que te sigan, no te arrastren. Todo lo has de ocupar con el conocimiento tuyo y reconocimiento mío; esto es, reconociendo en todas las maravillas criadas las perfecciones divinas y pasando de las criaturas al Criador.

A este grande espectáculo de prodigios, si ordinario para nuestra acostumbrada vulgaridad, extraordinario hoy para Andrenio, sale atónito a lograrlo en contemplaciones, a aplaudirlo en pasmos y a referirlo de esta suerte:

—Era el sueño —proseguía— el mismo vulgar refugio de mis penas, especial alivio de mi soledad; a él apelaba de mi continuo tormento y a él estaba entregado una noche (aunque para mí siempre lo era) con más dulzura que otras, presagio infalible de alguna infelicidad cercana, y así fue, pues me lo interrumpió un extraordinario ruido que parecía salir de las más profundas entrañas de aquel monte: conmovióse todo él, temblando aquellas firmes paredes, bramaba el furioso viento vomitando en tempestades por la boca de la gruta, comenzaron a desgajarse con horrible fragor aquellos duros peñascos y a caer con tan espantoso estruendo que parecía quererse venir a la nada toda aquella gran máquina de peñas.

—Basta —dijo Critilo— que aun los montes no se libran de la mudanza, expuestos al contraste de un terremoto y sujetos a la violencia de un rayo, contrastando la común instabilidad su firmeza.

—Pero si las mismas peñas temblaban, ¡qué haría yo! —prosiguió Andrenio—. Todas las partes de mi cuerpo parecieron quererse desencajar también, que hasta el corazón, dando saltos, no hice poco en detenerlo: fuéronme destituyendo los sentidos y hálleme perdido de mí mismo, muerto y aun sepultado entre peñas y entre penas. El tiempo que duró aquel eclipse del alma, paréntesis de mi vida, ni pude yo percibirlo ni de otro alguno saberlo. Al fin, ni sé cómo, ni sé cuándo, volví poco a poco a recobrarme de tan mortal deliquio, abrí los ojos a la que comenzaba a abrir el día, día claro, día grande, día felicísimo, el mejor de toda mi vida: nótelo bien con piedras y aun con peñascos. Reconocí luego quebrantada mi penosa cárcel, y fue tan indecible mi contento, que al punto comencé a desenterrarme, para nacer de nuevo a todo un mundo en una bien patente ventana que señoreaba todo aquel espacioso y alegrísimo hemisferio. Fui acercándome dudosamente a ella, violentando mis deseos, pero ya asegurado, llegué a asomarme del todo a aquel rasgado balcón del ver y del vivir, tendí la vista aquella vez primera por este gran teatro de tierra y cielo: toda el alma con extraño ímpetu, entre curiosidad y alegría, acudió a los ojos, dejando como destituidos los demás miembros, de suerte que estuve casi un día insensible, inmoble y como muerto, cuando más vivo. Querer yo aquí exprimirte el intenso sentimiento de mi afecto, el conato de mi mente y de mi espíritu, sería emprender cien imposibles juntos: sólo te digo que aún me dura, y durará siempre, el espanto, la admiración, la suspensión y el pasmo que me ocuparon toda el alma.

—Bien lo creo —dijo Critilo—, que cuando los ojos ven lo que nunca vieron, el corazón siente lo que nunca sintió.

—Miraba el cielo, miraba la tierra, miraba el mar, ya todo junto, ya cada cosa de por sí, y en cada objeto de estos me transportaba sin acertar a salir dél, viendo, observando, advirtiendo, admirando, discurriendo y lográndolo todo con insaciable fruición.

—¡Oh lo que te envidio —exclamó Critilo— tanta felicidad no imaginada, privilegio único del primer hombre y tuyo!: llegar a ver con novedad y con advertencia la grandeza, la hermosura, el concierto, la firmeza y la variedad desta gran máquina criada. Fáltanos la admiración comúnmente a nosotros porque falta la novedad, y con ésta la advertencia. Entramos todos en el mundo con los ojos del ánimo cerrados, y cuando los abrimos al conocimiento ya la costumbre de ver las cosas, por maravillosas que sean, no deja lugar a la admiración. Por eso los varones sabios se valieron siempre de la reflexión, imaginándose llegar de nuevo al mundo, reparando en sus prodigios, que cada cosa lo es, admirando sus perfecciones y filosofando artificiosamente. A la manera que el que paseando por un deliciosísimo jardín pasó divertido por sus calles, sin reparar en lo artificioso de sus plantas ni en lo vario de sus flores, vuelve atrás cuando lo advierte y comienza a gozar otra vez poco a poco y de una en una cada planta y cada flor, así nos acontece a nosotros que vamos pasando desde el nacer al morir sin reparar en la hermosura y perfección de este universo; pero los varones sabios vuelven atrás, renovando el gusto y contemplando cada cosa con novedad en el advertir, si no en el ver.

—La mayor ventaja mía —ponderaba Andrenio— fue llegar a gozar este colmo de perfecciones a deseo y después de una privación tan violenta.

—Felicidad fue tu prisión —dijo Critilo— pues llegaste por ella a gozar todo el bien junto y deseado, que cuando las cosas son grandes y a deseo, dos veces se logran. Los mayores prodigios, si son fáciles y a todo querer, se envilecen; el uso libre hace perder el respeto a la más relevante maravilla, y en el mismo sol fue favor que se ausentase de noche para que fuese deseado a la mañana. ¡Qué concurso de afectos sería el tuyo, qué tropel de sentimiento! ¡Qué ocupada andaría el alma repartiendo atenciones y dispensando afectos! Mucho fue no reventar de admiración, de gozo y de conocimiento.

—Creo yo —respondió Andrenio— que ocupada el alma en ver y en atender, no tuvo lugar de partirse, y atropellándose unos a otros los objetos, al paso que la entretenían la detenían. Pero ya en esto, los alegres mensajeros de ese gran monarca de la luz que tú llamas sol, coronado augustamente de resplandores, ceñido de la guarda de sus rayos, solicitaban mis ojos a rendirle veneraciones de atención y de admiración. Comenzó a ostentarse por ese gran trono de cristalinas espumas, y con una soberana callada majestad se fue señoreando de todo el hemisferio, llenando todas las demás criaturas de su esclarecida presencia. Aquí yo quedé absorto y totalmente enajenado de mí mismo, puesto en él, émulo del águila más atenta.

—¡Oh qué será —alzó aquí la voz Critilo— aquella inmortal y gloriosa vista de aquel infinito sol divino, aquel llegar a ver su infinitamente perfectísima hermosura! ¡Qué gozo, qué fruición, qué dicha, qué felicidad, qué gloria!

—Crecía mi admiración —prosiguió Andrenio— al paso que mi atención desmayaba, porque al que deseé distante ya le temía cercano; y aun observé que a ningún otro prodigio se rindió la vista sino a éste, confesándole inaccesible y con razón sólo.

—Es el sol —ponderó Critilo— la criatura que más ostentosamente retrata la majestuosa grandeza del Criador. Llámase sol, porque en su presencia todas las demás lumbreras se retiran: él sólo campea. Está en medio de los celestes orbes como en su centro, corazón del lucimiento y manantial perene de la luz; es indefectible, siempre el mismo, único en la belleza, él hace que se vean todas las cosas y no permite ser visto, celando su decoro y recatando su decencia; influye y concurre con las demás causas a dar el ser a todas las cosas, hasta el hombre mismo; es afectadamente comunicativo de su luz y de su alegría, esparciéndose por todas partes y penetrando hasta las mismas entrañas de la tierra; todo lo baña, alegra, ilustra, fecunda y influye; es igual, pues nace para todos, a nadie ha menester de sí abajo, y todos le reconocen dependencias: es, al fin, criatura de ostentación, el más luciente espejo en quien las divinas grandezas se representan.

—Todo el día —dijo Andrenio— empleé en él, contemplándole ya en sí, ya en los reflejos de las aguas, olvidado de mí mismo.

—Ahora no me espanto —ponderó Critilo— de lo que dijo aquel otro filósofo: que había nacido para ver el sol. Dijo bien, aunque le entendieron mal y hicieron burla de sus veras. Quiso decir este sabio que en ese sol material contemplaba él aquel divino, realzadamente filosofando que si la sombra es tan esclarecida, ¡cuál será la verdadera luz de aquella infinita increada belleza!

—Mas ¡ay! —dijo lamentándose Andrenio—, que al uso de acá bajo, la grandeza de mi contento se convirtió presto en un exceso de pesar al ver, digo, al no verle, trocóse la alegría del nacer en el horror del morir, el trono de la mañana en el túmulo de la noche: sepultóse el sol en las aguas y quedé yo anegado en otro mar de mi llanto. Creí no verle más, con que quedé muriendo. Pero volví presto a resucitar entre nuevas admiraciones a un cielo coronado de luminarias, haciendo fiesta a mi contento. Aseguróte que no me fue menos agradable vista ésta, antes más entretenida cuanto más varia.

—¡Oh gran saber de Dios! —dijo Critilo—, que halló modo cómo hacer hermosa la noche, que no es menos linda que el día. Impropios nombres la dio la vulgar ignorancia llamándola fea y desaliñada, no habiendo cosa más brillante y serena; injúrianla de triste, siendo descanso del trabajo y alivio de nuestras fatigas. Mejor la celebró uno de sabia, ya por lo que se calla, ya por lo que se piensa en ella, que no sin enseñanza fue celebrada la lechuza en la discreta Atenas por símbolo del saber. No es tanto la noche para que duerman los ignorantes cuanto para que velen los sabios. Y si el día ejecuta, la noche previene.

—En otra gran fruición y más a lo callado me hallaba muy hallado con la noche, metido en aquel laberinto de las estrellas, unas centelleantes, otras lucientes. Íbalas registrando todas, notando su mucha variedad en la grandeza, puestos, movimientos y colores, saliendo unas y ocultándose otras.

—Ideando —dijo Critilo— las humanas, que todas caminan a ponerse.

—En lo que yo mucho reparé —dijo Andrenio— fue en su maravillosa disposición. Porque ya que el Soberano Artífice hermoseó tanto esta artesonada bóveda del mundo con tanto florón y estrella, ¿por qué no las dispuso, decía yo, con orden y concierto, de modo que entretejieran vistosos lazos y formaran primorosas labores? No sé cómo me lo diga ni cómo lo declare.

—Ya te entiendo —acudió Critilo—, quisieras tú que estuvieran dispuestas en forma ya de un artificioso recamado, ya de un vistoso jardín, ya de un precioso joyel, repartidas con arte y correspondencia.

—Sí, sí, eso mismo, porque a más de que campearan otro tanto y fuera un espectáculo muy agradable a la vista, brillantísimo artificio, destruía con eso del todo el divino Hacedor aquel necio escrúpulo de haberse hecho acaso y declaraba de todo punto su divina providencia.

—Reparas bien —dijo Critilo—, pero advierte que la divina sabiduría que las formó y las repartió desta suerte atendió a otra más importante correspondencia, cual lo es la de sus movimientos y aquel templarse las influencias. Porque has de saber que no hay astro alguno en el cielo que no tenga su diferente propriedad, así como las yerbas y las plantas de la tierra: unas de las estrellas causan el calor, otras el frío, unas secan, otras humedecen, y desta suerte alternan otras muchas influencias, y con esa esencial correspondencia unas a otras se corrigen y se templan. La otra disposición artificiosa que tú dices fuera afectada y uniforme: quédese para los juguetes del arte y de la humana niñería. De este modo, se nos hace cada noche nuevo el cielo y nunca enfada el mirarlo, cada uno proporciona las estrellas como quiere; a más que en esta variedad natural y confusión grave parecen tanto más que el vulgo las juzga inumerables, y con esto queda como en enigma la suprema asistencia: si bien para los sabios muy clara y entendida.

—Celebraba yo mucho aquella gran variedad de colores —dijo Andrenio—: unas campean blancas, otras encendidas, doradas y plateadas; sólo eché menos el color verde, siendo el más agradable a la vista.

—Es muy terreno —dijo Critilo—. Quédanse las verduras para la tierra: acá son las esperanzas, allá la feliz posesión. Es contrario ese color a los ardores celestes, por ser hijo de la humedad corruptible. ¿No reparaste en aquella estrellita que hace punto en la gran plana del cielo, objeto de los imanes, blanco de sus saetas? Allí el compás de nuestra atención fija la una punta y con la otra va midiendo los círculos que va dando en vueltas (aunque de ordinario rodando) nuestra vida.

—Confiésote que se me había pasado por pequeña —dijo Andrenio—, a más de que ocupó luego toda mi curiosidad aquella hermosa reina de las estrellas, presidente de la noche, sustituta del sol y no menos admirable, ésa que tú llamas luna. Causóme, si no menos gozo, mucha más admiración con sus uniformes variedades, ya creciente, ya menguante, y poco rato llena.

—Es segunda presidente del tiempo —dijo Critilo—. Tiene a medias el mando con el sol: si él hace el día, ella la noche; si el sol cumple los años, ella los meses; calienta el sol y seca de día la tierra, la luna de noche la refresca y humedece; el sol gobierna los campos, la luna rige los mares: de suerte que son las dos balanzas del tiempo. Pero lo más digno de notarse es que, así como el sol es claro espejo de Dios y de sus divinos atributos, la luna lo es del hombre y de sus humanas imperfecciones: ya crece, ya mengua; ya nace, ya muere; ya está en su lleno, ya en su nada, nunca permaneciendo en un estado; no tiene luz de sí, particípala del sol, eclípsala la tierra cuando se le interpone, muestra más sus manchas, cuando está más lucida; es la ínfima de los planetas en el puesto y en el ser, puede más en la tierra que en el cielo: de modo que es mudable, defectuosa, manchada, inferior, pobre, triste, y todo se le origina de la vecindad con la tierra.

—Toda esta noche y otras muchas —dijo Andrenio— pasé en tan gustoso desvelo, haciéndome tantos ojos como el cielo mismo: yo por mirarle y él para ser visto. Mas ya los clarines de la aurora, en cantos de las aves, comenzaron a hacer salva a la segunda salida del sol, tocando a despejar estrellas y despertar flores. Volvió él a nacer y yo a vivir con verle. Salúdele con afectos ya más tibios.

—Que aun el sol —dijo Critilo— a la segunda vez ya no espanta, ni a la tercera admira.

—Sentí menos viva la curiosidad, cuanto más despierta la hambre. Y así, después de agradecidos aplausos, valiéndome de su luz (en que conocí que era criatura y que como paje de luz me servía), traté de descender a la tierra, obligándome la asistencia del cuerpo a faltar al ánimo, abatiéndome de la más alta contemplación a tan materiales empleos. Fui bajando, digo, humillándome, por aquella mal segura escala que formaron las mismas ruinas, que de otro modo fuera imposible, y ese favor más reconocí al cielo. Pero antes de estampar la primera huella en tierra me falta ya el aliento y aun la voz; y así, te ruego me socorras de palabras para poder exprimir la copia de mis sentimientos, que otra vez te convido a nuevas admiraciones, aunque en maravillas terrenas.

Crisi tercera

La hermosa naturaleza

Condición tiene de linda la varia naturaleza, pues quiere ser atendida y celebrada. Imprimió para ello en nuestros ánimos una viva propensión de escudriñar sus puntuales efectos. Ocupación pésima la llamó el mayor sabio: y de verdad lo es cuando para en sola una inútil curiosidad. Menester es se realce a los divinos aplausos, alternados con agradecimientos; y si la admiración es hija de la ignorancia, también es madre del gusto. El no admirarse procede del saber en los menos, que en los más del no advertir. No hay mayor alabanza de un objeto que la admiración (si calificada), que llega a ser lisonja porque supone excesos de perfección, por más que se retire a su silencio. Pero está ya muy vulgarizada, que nos suspenden las cosas, no por grandes, sino por nuevas; no se repara ya en los superiores empleos por conocidos, y así andamos mendigando niñerías en la novedad para acallar nuestra curiosa solicitud con la extravagancia. Gran hechizo es el de la novedad, que como todo lo tenemos tan visto, pagámonos de juguetes nuevos, así de la naturaleza como del arte, haciendo vulgares agravios a los antiguos prodigios por conocidos: lo que ayer fue un pasmo, hoy viene a ser desprecio, no porque haya perdido de su perfección, sino de nuestra estimación; no porque se haya mudado, antes porque no, y porque se nos hace de nuevo. Redimen esta civilidad del gusto los sabios con hacer reflexiones nuevas sobre las perfecciones antiguas, renovando el gusto con la admiración. Mas si ahora nos admira un diamante por lo extraordinario, una perla pregrina, ¡qué ventaja sería en Andrenio llegar a ver de improviso un lucero, un astro, la luna, el sol mismo, todo el campo matizado de flores y todo el cielo esmaltado de estrellas! Díganoslo él mismo, que así proseguía su gustosa relación:

—En este centro de hermosas variedades, nunca de mí imaginado, me hallé de repente dando más pasos con el espíritu que con el cuerpo, moviendo más los ojos que los pies. En todo reparaba como nunca visto y todo lo aplaudía como tan perfecto; con esta ventaja, que ayer cuando miraba al cielo sólo empleaba la vista, mas aquí todos los sentidos juntos, y aun no eran bastantes para tanta fruición: quisiera tener cien ojos y cien manos para poder satisfacer curiosidades del alma, y no pudieran. Discurría embelesado mirando tanta multitud de criaturas, tan diferentes todas en propriedades y en esencias, en la forma, en el color, efectos y movimientos; cogía una rosa, contemplaba su belleza, percibía su fragancia, no hartándome de mirarla y admirarla; alargaba la otra mano a alguna fruta, empleando de más en más el gusto, ventaja que llevan los frutos a las flores. Hálleme a poco rato tan embarazado de cosas, que hube de dejar unas para lograr otras, repitiendo aplausos y renovando gustos. Lo que yo mucho celebraba era el ver tanta multitud de criaturas con tanta diferencia entre sí, tanta pluralidad con tan rara diversidad, que ni una hoja de una planta, ni una pluma de un pájaro se equivoca con las de otra especie.

—Es que atendió —ponderó Critilo— aquel sabio Hacedor no sólo a la precisa necesidad del hombre, para quien todo esto se criaba, sino a la comodidad y regalo, ostentando en esto su infinita liberalidad para obligarle a él que con la misma generosidad le sirva y le venere.

—Conocí luego —prosiguió Andrenio— muchas de aquellas frutas, por habérmelas traído mis brutos a la cueva, mas tuve especial gusto de ver cómo nacen y se crían en sus ramas, cosa que jamás pude atinar, aunque lo discurrí mucho; burláronme otras no conocidas con su desazón y acedía.

—Ese es otro bien admirable asunto de la divina providencia —dijo Critilo—, pues previno que no todos los frutos se sazonasen juntos, sino que se fuesen dando vez según la variedad de los tiempos y necesidad de los vivientes: unos comienzan en la primavera, primicias más del gusto que del provecho, lisonjeando antes por lo temprano que por lo sazonado; sirven otros, más frescos, para aliviar el abrasado estío, y los secos, como más durables y calientes, para el estéril invierno; las hortalizas frescas templan los ardores del julio y las calientes confortan contra los rigores de el diciembre: de suerte, que acabado un fruto, entra el otro, para que con comodidad puedan recogerse y guardarse, entreteniendo todo el año con abundancia y con regalo. ¡Oh próvida bondad del Criador, y quién puede negar aun en el secreto de su necio corazón tan atenta providencia!

—Hallábame —proseguía Andrenio— en medio de un tan agradable laberinto de prodigios en criaturas gustosamente perdido, cuando más hallado; sin saber dónde acudir, dejábame llevar de mi libre curiosidad siempre hambrienta; cada empleo era para mí un pasmo, cada objeto una nueva maravilla. Cogía esa y aquella flor, solicitado de su fragancia, lisonjeado de su belleza, no me hartaba de verlas y de olerlas, descogiendo sus hojas y haciendo prolija anotomía de su artificiosa composición. Y de aquí pasaba a aplaudir toda junta la belleza que en todo el universo resplandece. De modo, poderaba yo, que si es hermosa una flor, mucho más todo el prado; brillante y linda una estrella, pero más vistoso y lindo todo el cielo: porque ¿quién no admira, quién no celebra tanta hermosura junta con tanto provecho?

—Tienes buen gusto —dijo Critilo—, mas no seas tú uno de aquellos que frecuentan cada año las florestas atentos no más que a recrear los materiales sentidos, sin emplear el alma en la más sublime contemplación. Realza el gusto a reconocer aquella beldad infinita del Criador que en esta terrestre se representa, infiriendo que si la sombra es tal, ¡cuál será su causa y la realidad a quien sigue! Haz el argumento de lo muerto a lo vivo, y de lo pintado a lo verdadero; y advierte que, cual suele el primoroso artífice en la real fábrica de un palacio no sólo atender a su estabilidad y firmeza, a la comodidad de la habitación, sino a la hermosura también y a la elegante sinmetría para que le pueda gozar el más noble de los sentidos, que es la vista, así aquel divino Arquitecto de esta gran casa del orbe no sólo atendió a su comodidad y firmeza, sino a su hermosa proporción. De aquí es que no se contentó con que los árboles rindiesen solos frutos, sino también flores; júntese el provecho con las delicias: fabriquen las abejas sus dulces panales, y para esto soliciten de una en una toda flor; distílense las aguas saludables y odoríferas, que recreen el olfato y conforten el corazón: tengan todos los sentidos su gozo y su empleo.

—Mas, ¡ay! —replicó Andrenio—, que lo que me lisonjearon las flores primero tan fragrantes, me entristecieron después ya marchitas.

—Retrato al fin —ponderó Critilo— de la humana fragilidad. Es la hermosura agradable ostentación del comenzar: nace el año entre las flores de una alegre primavera, amanece el día entre los arreboles de una risueña aurora, y comienza el hombre a vivir entre las risas de la niñez y las lozanías de la juventud; mas todo viene a parar en la tristeza de un marchitarse, en el horror de un ponerse, y en la fealdad de un morir, haciendo continuamente del ojo la inconstancia común al desengaño especial.

—Después de haber solazado la vista deliciosamente —dijo Andrenio— en un tan extraño concurso de beldades, no menos se recreó el oído con la agradable armonía de las aves. Íbame escuchando sus regalados cantos, sus quiebros, trinos, gorjeos, fugas, pausas y melodía, con que hacían en sonora competencia bulla el valle, brega la vega, trisca el risco y los bosques voces, saludando lisonjeras siempre al sol que nace. Aquí noté, con no pequeña admiración, que a solas las aves concedió la naturaleza este privilegio del cantar, alivio grande de la vida, pues no hallé bruto alguno de los terrestres, con que los examiné uno a uno, que tuviese la voz agradable; antes todos las forman, no sólo insuaves, pero positivamente molestas y desapacibles: debe de ser por lo que tienen de bestias.

—Es que a las aves —acudió Critilo—, como moradoras del aire, son más sutiles, no sólo le cortan con sus alas, sino que le animan con sus picos; y es en tanto grado esta sutileza alada, que ellas solas llegan a remedar la voz humana, hablando como personas: si ya no es que digamos, realzando más este reparo, que las aves, como vecinas al cielo, se les pega, aunque materialmente, el entonar las alabanzas divinas. Otra cosa quiero que observes, y es que no se halla ave alguna que tenga el letífero veneno, como muchos de los animales, y aquellos más que andan arrastrando, cosidos con la tierra, que della sin duda se les pega esta venenosa malicia, avisando al hombre se realce y se retire de su proprio cieno.

—Gusté mucho —ponderaba Andrenio— de verlas tan bizarras, tan matizadas de vivos colores, con tan vistosa y vana plumajería.

—Y entre todas —añadió Critilo—, así aves como fieras, notarás siempre que es más galán y más vistoso el macho que la hembra, apoyando lo mismo en el hombre, por más que lo desmienta la femenil inclinación y lo disimule la cortesía.

—Lo que yo mucho admiraba y aún lo celebro —dijo Andrenio— es este tan admirable concierto con que se mueve y se gobierna tanta y tan varia multitud de criaturas sin embarazarse unas a otras: antes bien, dándose lugar y ayudándose todas entre sí.

—Ese es —ponderó Critilo— otro prodigioso efecto de la infinita sabiduría del Criador, con la cual dispuso todas las cosas en peso, con número y medida; porque, si bien se nota, cualquier cosa criada tiene su centro en orden al lugar, su duración en el tiempo y su fin especial en el obrar y en el ser. Por eso verás que están subordinadas unas a otras conforme al grado de su perfección. De los elementos que son los ínfimos en la naturaleza, se componen los mixtos, y entre éstos los inferiores sirven a los superiores. Esas yerbas y esas plantas que están en el más bajo grado de la vida, pues sóla gozan la vegetativa, moviéndose y creciendo hasta un punto fijo de su perfección en el durar y crecer, sin poder pasar de allí, éstas sirven de alimento a los sensibles vivientes, que están en el segundo orden de la vida, gozando de la sensible sobre la vegetante, y son los animales de la tierra, los peces del mar y las aves del aire: ellos pacen la yerba, pueblan los árboles, comen sus frutas, anidan en sus ramas, se defienden entre sus troncos, se cubren con sus hojas y se amparan con su toldo. Pero unos y otros, árboles y animales, se reducen a servir a otro tercer grado de vivientes mucho más perfectos y superiores que sobre el crecer y el sentir añaden el raciocinar, el discurrir y entender; y éste es el hombre, que finalmente se ordena y se dirige para Dios, conociéndole, amándole y sirviéndole. Desta suerte, con tan maravillosa disposición y concierto, está todo ordenado, ayudándose las unas criaturas a las otras para su aumento y conservación. El agua necesita de la tierra que la sustente, la tierra del agua que la fecunde, el aire se aumenta del agua, y del aire se ceba y alienta el fuego. Todo está así ponderado y compasado para la unión de las partes y ellas, en orden a la conservación de todo el universo. Aquí son de considerar también con especial y gustosa observación los raros modos y los convenientes medios de que proveyó a cada criatura la suma providencia para el aumento y conservación de su ser, y con especialidad a los sensibles vivientes, como más importantes y perfectos, dándole a cada uno su natural instinto para conocer el bien y el mal, buscando el uno y evitando el otro donde son más de admirar que de referir las exquisitas habilidades de los unos para engañar y de los otros para escapar el engañoso peligro.

—Aunque todo para mí era una prodigiosa continuada novedad —dijo Andrenio— renové la admiración al explayar el ánimo con la vista por esos inmensos golfos. Parécese que envidioso el mar de la tierra, haciéndose lenguas en sus aguas, me acusaba de tardo y a las voces de sus olas me llamaba atento a que emplease otra gran porción de mi curiosidad en su prodigiosa grandeza. Cansado pues yo de caminar, que no de discurrir, sentéme en una es estas más eminentes rocas, repitiendo tantos pasmos cuantas el mar olas. Ponderaba mucho aquella su maravillosa prisión, el ver un tan horrible y espantoso monstruo reducido a orillas y sujeto al blando freno de la menuda arena. ¿Es posible, decía yo, que no haya otra muralla para defensa de un tan fiero enemigo sino el polvo?

—Aguarda —dijo Critilo—, dos bravos elementos encarceló suavemente fuerte la prevención divina que, a estar sueltos, hubieran ya acabado con la tierra y con todos sus pobladores: encerró el mar dentro de los límites de sus arenas, y el fuego en los duros senos de los pedernales; allí está de tal modo encarcelado que, a dos golpes que le llamen, sale pronto, sirve, y en no siendo menester, se retira o se apaga; que si esto no fuera, no había mundo para dos días, pereciera codo, o sumergido o abrasado.

—No me podía saciar —dijo Andrenio—, volviendo al agua, de mirar su alegre transparencia, aquel su continuo movimiento hidrópica la vista de los líquidos cristales.

—Dicen que los ojos —ponderó Critilo—, se componen de lodos humores ácueo y cristalino, y ésa es la causa por que gustan tanto de mirar las aguas, de suerte que sin cansarse estará embebido un hombre todo un día viéndolas brollar, caer y correr.

—Sobre todo —dijo Andrenio— cuando advertí que iban surcando sus entrañas cristalinas tantos peces tan diversos de las aves y de las fieras. Puedo decir con toda propriedad que quedó mi admiración agotada. Aquí sobre esta roca, a mis solas y a mi ignorancia me estaba contemplando esta armonía tan plausible de todo el universo, compuesta de una tan extraña contrariedad que, según es grande, no parece había de poder mantenerse el mundo un solo día. Esto me tenía suspenso, porque ¿a quién no pasma ver un concierto tan extraño, compuesto de oposiciones?

—Así es —respondió Critilo—, que todo este universo se compone de contrarios y se concierta de desconciertos: Uno contra otro, exclamó el filósofo. No hay cosa que no tenga su contrario con quien pelee, ya con vitoria, ya con rendimiento. Todo es hacer y padecer: Si hay acción, hay repasión. Los elementos, que llevan la vanguardia, comienzan a batallar entre sí; síguenles los mixtos, destruyéndose alternativamente; los males asechan a los bienes, hasta la desdicha a la suerte. Unos tiempos son contrarios a otros, los mismos astros guerrean y se vencen, y aunque entre sí no se dañan a fuer de príncipes, viene a reparar su contienda en daño de los sublunares vasallos: de lo natural pasa la oposición a lo moral; porque ¿qué hombre hay que no tenga su émulo?, ¿dónde irá uno que no guerree? En la edad, se oponen los viejos a los mozos; en la complexión, los flemáticos a los coléricos; en el estado, los ricos a los pobres; en la región, los españoles a los franceses, y así, en todas las demás calidades, los unos son contra los otros. Pero ¿qué mucho, si dentro del mismo hombre, de las puertas a dentro de su terrena casa, está más encendida esta discordia?

—¿Qué dices?, ¿un hombre contra sí mismo?

—Sí, que por lo que tiene de mundo, aunque pequeño, todo él se compone de contrarios. Los humores comienzan la pelea: según sus parciales elementos, resiste el húmido radical al calor nativo, que a la sorda le va limando y a la larga consumiendo. La parte inferior está siempre de ceño con la superior, y a la razón se le atreve el apetito y tal vez la atropella. El mismo inmortal espíritu no está exento de esta tan general discordia, pues combaten entre sí (y en él) muy vivas las pasiones: el temor las ha contra el valor, la tristeza contra la alegría; ya apetece, ya aborrece; la irascible se baraja con la concupiscible; ya vencen los vicios, ya triunfan las virtudes, todo es arma y todo guerra. De suerte que la vida del hombre no es otro que una milicia sobre la haz de la tierra. Mas ¡oh maravillosa, infinitamente sabia providencia de aquel gran moderador de todo lo criado, que con tan continua y varia contrariedad de todas las criaturas entre sí, templa, mantiene y conserva toda esta gran máquina del mundo!

—Ese portento de atención divina —dijo Andrenio— era lo que yo mucho celebraba, viendo tanta mudanza con tanta permanencia, que todas las cosas se van acabando, todas ellas perecen, y el mundo siempre el mismo, siempre permanece.

—Trazó las cosas de modo el Supremo Artífice —dijo Critilo— que ninguna se acabase que no comenzase luego otra; de modo que de las ruinas de la primera se levanta la segunda. Con esto verás que el mismo fin es principio, la destrucción de una criatura es generación de la otra. Cuando parece que se acaba todo, entonces comienza de nuevo: la naturaleza se renueva, el mundo se remoza, la tierra se establece y el divino gobierno es admirado y adorado.

—Más adelante —dijo Andrenio— fui observando con no menor reparo la varia disposición de los tiempos, la alternación de los días con las noches, del invierno con el estío, mediando las primaveras porque no se pasase de un extremo a otro.

—Aquí sí que se declaró bien la divina asistencia —ponderó Critilo— en disponer, no sólo los puestos y los centros de las cosas, sino también los tiempos. Sirve el día para el trabajo, y para el descanso la noche. En el invierno arraigan las plantas, en la primavera florecen, en el estío fructifican y en el otoño se sazonan y se logran. ¿Qué diremos de la maravillosa invención de las lluvias?

—Eso admiré yo mucho —dijo Andrenio—, ver descender el agua tan repartida, con tanta suavidad y provecho.

—Y tan a sazón —añadió Critilo—, en los dos meses que son llaves del año: el octubre para la sementera y el mayo para la cogida. Pues la variedad de las lunas no favorece menos a la abundancia de los frutos y a la salud de los vivientes, porque unas son frías, otras abrasadas, airosas, húmedas y serenas, según los doce meses. Las aguas limpian y fecundan, los vientos purifican y vivifican, la tierra estable donde se sustenten los cuerpos, el aire flexible para que se muevan y diáfano para que puedan verse. De suerte que sola una omnipotencia divina, una eterna providencia, una inmensa bondad pudieran haber dispuesto una tan gran máquina, nunca bastantemente admirada, contemplada y aplaudida.

—Verdaderamente que es así —prosiguió Andrenio—, y así lo ponderaba yo, aunque rudamente. Todos los días y las horas era mi gustoso empleo andarme de un puesto en otro, de una en otra eminencia, repitiendo admiraciones y repasando discursos, volviendo a contemplar una y muchas veces cada objeto, ya el cielo, ya la tierra, esos prados y esos mares, con insaciable entretenimiento. Pero donde mi atención insistía era en las trazas con que la eterna sabiduría supo ejecutar cosas tan dificultosas con tal fácil y primoroso artificio.

—Gran traza suya fue la firmeza de la tierra en el medio, como fundamento estable y seguro de todo el edificio —ponderó Critilo—, ni fue menor invención la de los ríos, admirables por cierto en sus principios y fines: aquellos con perenidad y estos sin redundancia; la variedad de los vientos, que se perciben y no se sabe de dónde nacen y acaban; la hermosura provechosa de los montes, firmes costillas del cuerpo muelle de la tierra, aumentando su hermosa variedad: en ellos se recogen los tesoros de las nieves, se forjan los metales, se detienen las nubes, se originan las fuentes, anidan las fieras, se empinan los árboles para las naves y edificios, y donde se guarecen las gentes de las avenidas de los ríos, se fortalecen contra los enemigos y gozan de salud y de vida. Todos estos prodigios, ¿quién sino una infinita sabiduría puediera ejecutarlos? Así que con razón confiesan todos los sabios que aunque se juntaran todos los entendimientos criados y alambicaran sus discursos, no pudieran enmendar la más mínima circunstancia ni un átomo de la perfecta naturaleza. Y si aquel otro rey aplaudido de sabio, porque conoció cuatro estrellas (tanto se estima en los príncipes el saber) se arrojó a decir que si él hubiera asistido al lado del divino Hacedor en la fábrica del universo, muchas cosas se hubieran dispuesto de otro modo y otras mejorado, no fue tanto efecto de su saber, cuanto defecto de su nación que, en este achaque del presumir, aun con el mismo Dios no se modera.

—Aguarda —dijo Andrenio—, óyeme esta última verdad, la más sublime de cuantas he celebrado: Yo te confieso que aunque reconocí y admiré en esta portentosa fábrica del universo estos cuatro prodigios entre muchos, tanta multitud de criaturas con tanta diferencia, tanta hermosura con tanta utilidad, tanto concierto con tanta contrariedad, tanta mudanza con tanta permanencia, portentos todos dignos de aclamarse y venerarse: con todo esto, lo que a mí más me suspendió fue el conocer un Criador de todo tan manifiesto en sus criaturas y tan escondido en sí, que aunque todos sus divinos atributos se ostentan, su sabiduría en la traza, su omnipotencia en la ejecución, su providencia en el gobierno, su hermosura en la perfección, su inmensidad en la asistencia, su bondad en la comunicación, y así de todos los demás, que, así como ninguno estuvo ocioso entonces, ninguno se esconde ahora: con todo eso, está tan oculto este gran Dios, que es conocido y no visto, escondido y manifiesto, tan lejos y tan cerca; eso es lo que me tiene fuera de mí y todo en él, conociéndole y amándole.

—Es muy connatural —dijo Critilo— en el hombre la inclinación a su Dios, como a su principio y su fin, ya amándole, ya conociéndole. No se ha hallado nación, por bárbara que fuese, que no haya reconocido la divinidad: grande y eficaz argumento de su divina esencia y presencia; porque en la naturaleza no hay cosa de balde ni inclinación que se frustre; si el imán busca el norte, sin duda que le hay donde se quiete; si la planta al sol, el pez al agua, la piedra al centro y el hombre a Dios, Dios hay que es su norte, centro y sol a quien busque, en quien pare y a quien goce. Este gran Señor dio el ser a todo lo criado, más él de sí mismo le tiene, y aun por eso es infinito en todo género de perfección, que nadie le pudo limitar ni el ser, ni el lugar, ni el tiempo. No se ve, pero se conoce, y, como soberano Príncipe, estando retirado a su inaccesible incomprehensibilidad, nos habla por medio de sus criaturas. Así que con razón definió un filósofo este universo espejo grande de Dios. Mi libro, le llamaba el sabio indocto, donde en cifras de criaturas estudió las divinas perfecciones. Convite es, dijo Filón Hebreo, para todo buen gusto donde el espíritu se apacienta. Lira acordada, le apodó Pitágoras, que con la melodía de su gran concierto nos deleita y nos suspende. Pompa de la majestad increada, Tertuliano, y armonía agradable de los divinos atributos, Trismegisto.

—Éstos son —concluyó Andrenio— los rudimentos de mi vida, más bien sentida que relatada; que siempre faltan palabras donde sobran sentimientos. Lo que yo te ruego ahora es que, empeñado de mi obediencia, satisfagas mi deseo contándome quién eres, de dónde y cómo aportaste a estas orillas por tan extraño rumbo. Dime si hay más mundo y más personas, infórmame de todo, que serás tan atendido como deseado. A la gran tragedia de su vida que Critilo refirió a Andrenio, nos convida la siguiente crisi.

Crisi cuarta

El despeñadero de la vida

Cuentan que el Amor fulminó quejas y exageró sentimientos delante de la Fortuna, que esta vez no se apeló como solía a su madre, desengañado de su flaqueza.

—¿Qué tienes, ciego niño?, le dijo la Fortuna. Y él:

—¡Qué bien viene eso con lo que yo pretendo!

—¿Con quién las has?

—Con todo el mundo.

—Mucho me pesa, que es mucho enemigo, y según eso, nadie tendrás de tu parte.

—Tuviésete yo a ti, que eso me bastaría: así me lo enseña mi madre y así me lo repite cada día.

—¿Y te vengas?

—Sí, de mozos y de viejos.

—Pues sepamos qué es el sentimiento.

—Tan grande como justo.

—¿Es acaso el prohijarte a un vil herrero, teniéndote por concebido, nacido y criado entre hierros?

—No, por cierto, que no me amarga la verdad.

—¿Tampoco será el llamarte hijo de tu madre?

—Menos, antes me glorio yo de eso; que ni yo sin ella, ni ella sin mí: ni Venus sin Cupido, ni Cupido sin Venus.

—Ya se lo que es —dijo la Fortuna.

—¿Que?

—Que sientes mucho el hacerte heredero de tu abuelo el Mar en la inconstancia y engaños.

—No, por cierto, que ésas son niñerías.

—Pues si éstas son burlas, ¡qué serán las veras!

—Lo que a mí me irrita es que me levanten testimonios.

—Aguarda, que ya te entiendo. Sin duda es aquello que dicen, que trocaste el arco con la muerte y que desde entonces no se llaman ya amor, de amar, sino de morir: Amor a morte; de modo que amor y muerte todo es uno. Quitas la vida, robas hasta las entrañas, hurtas los corazones, transponiéndolos donde aman más que donde animan.

—Todo eso es verdad.

—Pues si esto es verdad, ¿qué quedará para mentira?

—Ahí verás que no paran hasta sacarme los ojos, a pesar de mi buena vista, que siempre la suelo tener buena; y si no, díganlo mis saetas. Han dado en decir que soy ciego (¿hay tal testimonio, hay tal disparate?), y me pintan muy vendado: no sólo los Apeles, que eso es pintar como querer, y los poetas, que por obligación mienten y por regla fingen, pero que los sabios y los filósofos estén con esta vulgaridad no lo puedo sufrir. ¿Qué pasión hay, dime por tu vida, Fortuna amiga, que no ciegue? ¿Qué, el airado, cuando más furioso, no está ciego de la cólera? ¿Al codicioso, no le ciega el interés? ¿El confiado no va a ciegas, el perezoso no duerme, el desvanecido no es un topo para sus menguas, el hipócrita no trae la viga en los ojos? ¿El soberbio, el jugador, el glotón, el bebedor y cuantos hay, no se ciegan con sus pasiones? Pues ¿por qué a mí más que a los otros me han de vendar los ojos, después de sacármelos, y querer que por antonomasia me entienda el ciego? Y más, siendo esto tan al contrario: que yo me engendro por la vista, viendo crezco, del mirar me alimento y siempre querría estar viendo, haciéndome ojos como el águila al sol, hecho lince de la belleza. Éste es mi sentimiento. ¿Qué te parece?

—Que me pareces —repondió la Fortuna—. Lo mismo me sucede a mí, y así, consolémonos entrambos. A más de que, mira, Amor, tú y los tuyos tenéis una condición bien rara, por la cual con mucha razón y con toda propiedad os llaman ciegos: y es que a todos los demás tenéis por ciegos; creéis que no ven, ni advierten, ni saben. De modo que piensan los enamorados que todos los demás tienen los ojos vendados. Ésta, sin duda, es la causa de llamarte ciego, pagándote con la pena del Talión. Quien quisiere ver esta filosofía confirmada con la experiencia, escuche esta agradable relación que dedica Critilo a los floridos años y más al escarmiento.

—Mándasme renovar —dijo— un dolor que es más para sentido que para dicho. Cuan gustosa ha sido para mi tu relación, tan penosa ha de ser la mía. Dichoso tú que te criaste entre las fieras, y ¡ay de mí!, que entre los hombres, pues cada uno es un lobo para el otro si ya no es peor el ser hombre. Tú me has contado cómo viniste al mundo; yo te diré cómo vengo dél y vengo tal, que aun yo mismo me desconozco; y así, no te diré quién soy, sino quién era. Dicen que nací en el mar, y lo creo, según es la inconstancia de mi fortuna. Al pronunciar esta palabra mar, puso los ojos en él, y al mismo punto se levantó a toda prisa. Estuvo un rato como suspenso, entre dudas de reconocer y no conocer, mas luego, alzando la voz y señalando:

—¿No ves, Andrenio —dijo—, no ves? Mira allá, acullá lejos. ¿Qué ves?

—Veo —dijo éste— unas montañas que vuelan, cuatro alados monstruos marinos, si no son nubes, que navegan.

—No son sino naves —dijo Critilo—, aunque bien dijiste nubes, que llueven oro en España.

Estaba atónito Andrenio mirándoselas venir con tanto gusto como deseo. Mas Critilo comenzó a suspirar, ahogándose entre penas.

—¿Qué es esto? —dijo Andrenio—. ¿No es ésta la deseada flota que me decías?

—Sí.

—¿No vienen allí hombres?

—También.

—¿Pues de qué te entristeces?

—Y aun por eso. Advierte, Andrenio, que ya estamos entre enemigos: y ya es tiempo de abrir los ojos, ya es menester vivir alerta. Procura de ir con cautela en el ver, en el oír y mucha más en el hablar; oye a todos y de ninguno te fíes; tendrás a todos por amigos, pero guardarte has de todos como de enemigos. Estaba admirado Andrenio oyendo estas razones, a su parecer tan sin ella, y arguyóle desta suerte:

—¿Cómo es esto? Viviendo entre las fieras, no me previniste de algún riesgo, ¿y ahora con tanta exageración me cautelas? ¿No era mayor el peligro entre los tigres, y no temíamos, y ahora de los hombres tiemblas?

—Sí —respondió con un gran suspiro Critilo—, que si los hombres no son fieras es porque son más fieros, que de su crueldad aprendieron muchas veces ellas. Nunca mayor peligro hemos tenido que ahora que estamos entre ellos. Y es tanta verdad ésta que hubo rey que temió y resguardó un favorecido suyo de sus cortesanos (¡qué hiciera de villanos!), más que de los hambrientos leones de un lago; y así, selló con su real anillo la leonera para asegurarle de los hombres cuando le dejaba entre las hambrientas fieras. ¡Mira tú cuáles serán estos! Verlos has, experimentarlos has, y dirásmelo algún día.

—Aguarda —dijo Andrenio—, ¿no son todos como tú?

—Sí y no.

—¿Cómo puede ser eso?

—Porque cada uno es hijo de su madre y de su humor, casado con su opinión, y así, todos parecen diferentes: cada uno de su gesto y de su gusto. Verás unos pigmeos en el ser y gigantes de soberbia; verás otros al contrario, en el cuerpo gigantes y en el alma enanos; toparás con vengativos que la guardan toda la vida y la pegan aunque tarde, hiriendo como el escorpión con la cola; oirás, o huirás, los habladores, de ordinario necios, que dejan de cansar y muelen; gustarás que unos se ven, otros se oyen; se tocan, y se gustan, otros de los hombres de burlas, que todo lo hacen cuento sin dar jamás en la cuenta; embarazarte han los maniacos que en todo se embarazan. ¿Qué dirás de los largos en todo, dando siempre largas? Verás hombres más cortos que los mismos navarros; corpulentos sin sustancia; y, finalmente, hallarás muy pocos hombres que lo sean: fieras, sí, y fieros también, horribles monstruos del mundo que no tienen más que el pellejo y todo lo demás borra, y así son hombres borrados.

—Pues dime, ¿con qué hacen tanto mal los hombres, si no les dio la naturaleza armas como a las fieras? Ellos no tienen garras como el león, uñas como el tigre, trompas como el elefante, cuernos como el toro, colmillos como el jabalí, dientes como el perro y boca como el lobo: pues ¿cómo dañan tanto?

—Y aun por eso —dijo Critilo— la próvida naturaleza privó a los hombres de las armas naturales y como a gente sospechosa los desarmó: no se fió de su malicia. Y si esto no hubiera prevenido, ¡qué fuera de su crueldad! Ya hubieran acabado con todo. Aunque no les faltan otras armas mucho más terribles y sangrientas que ésas, porque tienen una lengua más afilada que las navajas de los leones, con que desgarran las personas y despedazan las honras; tienen una mala intención más torcida que los cuernos de un toro y que hiere más a ciegas; tienen unas entrañas más dañadas que las víboras, un aliento venenoso más que el de los dragones, unos ojos invidiosos y malévolos más que los del basilisco, unos dientes que clavan más que los colmillos de un jabalí y que los dientes de un perro, unas narices fisgonas (encubridoras de su irrisión) que exceden a las trompas de los elefantes. De modo que sólo el hombre tiene juntas todas las armas ofensivas que se hallan repartidas entre las fieras, y así, él ofende más que todas. Y, porque lo entiendas, advierte que entre los leones y los tigres no había más de un peligro, que era perder esta vida material y perecedera, pero entre los hombres hay muchos más y mayores: y a de perder la honra, la paz, la hacienda, el contento, la felicidad, la conciencia y aun el alma. ¡Qué de engaños, qué de enredos, traiciones, hurtos, homicidios, adulterios, invidias, injurias, detracciones y falsedades que experimentarás entre ellos! Todo lo cual no se halla ni se conoce entre las fieras. Créeme que no hay lobo, no hay león, no hay tigre, no hay basilisco, que llegue al hombre: a todos excede en fiereza. Y así dicen por cosa cierta, y yo la creo, que habiendo condenado en una república un insigne malhechor a cierto número de tormento muy conforme a sus delitos (que fue sepultarle vivo en una profunda hoya llena de profundas sabandijas, dragones, tigres, serpientes y basiliscos, tapando muy bien la boca porque pereciese sin compasión ni remedio), acertó a pasar por allí un extranjero, bien ignorante de tan atroz castigo, y sintiendo los lamentos de aquel desdichado, fuese llegando compasivo y, movido de sus plegarias, fue apartando la losa que cubría la cueva: al mismo punto saltó fuera el tigre con su acostumbrada ligereza, y cuando el temeroso pasajero creyó ser depedazado, vio que mansamente se le ponía a lamer las manos, que fue más que besárselas. Saltó tras él la serpiente, y cuando la temió enroscada entre sus pies, vio que los adoraba; lo mismo hicieron todos los demás, rindiéndosele humildes y dándole las gracias de haberles hecho una tan buena obra como era librarles de tan mala compañía cual la de un hombre ruin, y añadieron que en pago de tanto beneficio le avisaban huyese luego, antes que el hombre saliese, si no quería perecer allí a manos de su fiereza; y al mismo instante echaron todos ellos a huir, unos volando, otros corriendo. Estábase tan inmoble el pasajero cuan espantado, cuando salió el último el hombre, el cual, concibiendo que su bienhechor llevaría algún dinero, arremetió para él y quitóle la vida para robarle la hacienda, que éste fue el galardón del beneficio. Juzga tú ahora cuáles son los crueles, los hombres o las fieras.

—Más admirado, más atónito estoy de oír esto —dijo Andrenio— que el día que vi todo el mundo.

—Pues aún no haces concepto cómo es —ponderó Critilo—. ¿Y ves cuan malos son los hombres? Pues advierte que aún son peores las mujeres y más de temer: ¡mira tú cuáles serán!

—¿Qué dices?

—La verdad.

—Pues ¿qué serán?

—Son, por ahora, demonios, que después te diré más. Sobre todo te encargo, y aun te juramento, que por ningún caso digas quién somos ni cómo tú saliste a luz ni cómo yo llegué acá: que sería perder no menos que tú la libertad y yo la vida. Y aunque hago agravio a tu fidelidad, huélgome de no haberte acabado de contar mis desdichas, en esto sólo dichosas, asegurando descuidos. Quede doblada la hoja para la primera ocasión, que no faltarán muchas en una navegación tan prolija. Ya en esto se percibían las voces de los navegantes y se divisaban los rostros. Era grande la vocería de la chusma, que en todas partes hay vulgo, y más insolente donde más holgado. Amainaron velas, echaron áncoras, y comenzó a saltar la gente en tierra. Fue recíproco el espanto de los que llegaban y de los que les recibían. Desmintieron sus muchas preguntas con decir se habían quedado descuidados y dormidos cuando se hizo a la vela la otra flota, conciliando compasión y aun agasajo.

Estuvieron allí detenidos algunos días cazando y refrescando, y hecha ya agua y leña, se hicieron a la vela en otras tantas alas para la deseada España. Embarcáronse juntos Critilo y Andrenio hasta en los corazones en una gran carraca, asombro de los enemigos, contraste de los vientos y yugo del Océano. Fue la navegación tan peligrosa cuan larga, pero servía de alivio la narración de sus tragedias, que a ratos hurtados prosiguió Critilo desta suerte:

—En medio destos golfos nací, como te digo, entre riesgos y tormentas. Fue la causa que mis padres, españoles ambos y principales, se embarcaron para la India con un grande cargo, merced del gran Filipo que en todo el mundo manda y premia. Venía mi madre con sospechas de traerme en sus entrañas (que comenzamos a ser faltas de una vil materia), declaróse luego el preñado bien penoso, y cogióla el parto en la misma navegación, entre el horror y la turbación de una horrible tempestad, para que se doblase su tormento con la tormenta. Salí yo al mundo entre tantas aflicciones, presagio de mis infelicidades: tan temprano comenzó a jugar con mi vida la fortuna arrojándome de un cabo del mundo al otro. Aportamos a la rica y famosa ciudad de Goa, corte del imperio católico en el Oriente, silla augusta de sus virreyes, emporio universal de la India y de sus riquezas. Aquí mi padre fue aprisa acaudalando fama y bienes, ayudado de su industria y de su cargo. Mas yo, entre tanto bien, me criaba mal; como rico y como único, cuidaban más mis padres fuese hombre que persona. Pero castigó bien el gusto que recibieron en mis niñeces el pesar que les di con mis mocedades, porque fui entrando de carrera por los verdes prados de la juventud, tan sin freno de razón cuan picado de los viles deleites: cebéme en el juego, perdiendo en un día lo que a mi padre le había costado muchos de adquirir, desperdiciando ciento a ciento lo que él recogió uno a uno; pasé luego a la bizarría, rozando galas y costumbres, engalanando el cuerpo lo que desnudaba el ánimo de los verdaderos arreos, que son la virtud y el saber. Ayudábanme a gastar el dinero y la conciencia malos y falsos amigos, lisonjeros, valientes, terceros y entremetidos, viles sabandijas de las haciendas, polillas de la honra y de la conciencia. Sentía esto mi padre, pronosticando el malogro de su hijo y de su casa; más yo, de sus rigores apelaba a la piadosa impertinencia de una madre que cuando más me amparaba me perdía. Pero donde acabó de perder mi padre las esperanzas, y aun la vida, fue cuando me vio enredado en el obscuro laberinto del amor. Puse ciegamente los ojos en una dama que (aunque noble y con todas las demás prendas de la naturaleza, de hermosa, discreta y de pocos años, pero sin las de la fortuna, que son hoy las que más se estiman), comencé a idolatrar en su gentileza, correspondiéndome ella con favores. Lo que sus padres me deseaban yerno, los míos la aborrecían nuera. Buscaron modos y medios para apartarme de aquella afición, que ellos llamaban perdición; trataron de darme otra esposa más de su conveniencia que de mi gusto. Mas yo, ciego, a todo enmudecía. No pensaba, no hablaba, no soñaba en otra cosa que en Felisinda, que así se llamaba mi dama, llevando ya la mitad de la felicidad en su nombre. Con estos y otros muchos pesares acabé con la vida de mi padre, castigo ordinario de la paternal conivencia: él perdió la vida, y yo amparo, aunque no lo sentí tanto como debía. Llorólo mi madre por entrambos, con tal exceso, que en pocos días acabó los suyos, quedando yo más libre y menos triste; consoléme presto de haber perdido padre por poder lograr esposa, teniéndola por tan cierta como deseada, mas por atender a filiales respetos, hube de violentar mi intento por algunos días, que a mí me parecieron siglos. En este breve ínterin de esposo, ¡oh inconstancia de mi suerte!, se barajaron de modo las materias, que la misma muerte que pareció haber facilitado mis deseos los vino a dificultar más y aun los puso en estado de imposible. Fue el caso, o la desdicha, que en este breve tiempo murió también un hermano de mi dama, mozo galán y único, mayorazgo de su casa, quedando Felisinda heredera de todo. Y fénix a todas luces, juntándose la hacienda y la hermosura, doblaron su estimación, creció mucho en sólo un día, y más su fama, adelantándose a los mejores empleos de esta corte. Con un tan impensado incidente alteráronse mucho las cosas, mudaron de cara las materias: sola Felisinda no se trocó, y si lo fue, en mayor fineza. Sus padres y sus deudos, aspirando a cosas mayores, fueron los primeros que se entibiaron en favorecer mi pretensión, que tanto la habían antes adelantado. Pasaron sus tibiezas a desvíos, encendiendo más con esto recíprocas voluntades. Avisábame ella de cuanto se trataba, haciéndome de amante secretario. Declaráronse luego otros competidores, tan poderosos como muchos, pero amantes heridos más de las saetas que les arrojaba la aljaba de su dote que el arco del amor: con todo, me daban cuidado, que es todo temores el amor. El que acabó de apurarme fue un nuevo rival que, a más de ser mozo, galán y rico, era sobrino del virrey, que allá es decir a par de numen y ramo de divinidad: porque allí, el gustar un virrey es obligar, y sus pensamientos se ejecutan aun antes que se imaginen. Comenzó a declararse pretensor de mi dama, tan confiado como poderoso. Competíamos los dos al descubierto, asistidos cada uno, él del poder, y yo del amor. Parecióle a él y a los suyos que era menester más diligencia para derribar mi pretensión, tan arraigada como antigua, y para esto dispusieron las materias; despertando á quien dormía, prometieron su favor y industria a unos contrarios míos porque me pusiesen pleito en lo más bien parado de mi hacienda, ya para torcedor de mi voluntad, ya para acobardar a los padres de Felisinda. Vime presto solo y enredado en los dificultosos pleitos, del interés y del amor, que era el que más me desvelaba. No fue bastante este temor de la pérdida de mi hacienda para hacer volver un paso atrás mi afición, que como la palma crecía más a más resistencia. Pero lo que en mí no pudo, obró en los padres y deudos de mi dama, que, poniendo los ojos en mayores coveniencias del interés y del honor, trataron… mas ¿cómo lo podré decir?, no sé si acertaré: mejor será dejarlo. Instó Andrenio en que prosiguiese. Y él:

—¿Eh, qué es morir?: pues resolvieron matarme, dando mi vida a mi contrario, que lo era mi dama. Avisóme ella la misma noche desde un balcón, como solía; consultando y pidiéndome el remedio, derramó tantas lágrimas, que encendieron en mi pecho un incendio, un volcán de desesperación y de furia. Con esto, al otro día, sin reparar en inconvenientes ni en riesgos de honra y de vida, guiado de mi pasión ciega, ceñí, no un estoque, sino un rayo penetrante del aljaba del amor, fraguado de celos y de aceros; salí en busca de mi contrario, remitiendo las palabras a las obras y las lenguas a las manos; desnudamos los estoques de la compasión y de la vaina, fuímonos el uno para el otro, y a pocos lances le atravesé el acero por medio del corazón, sacándole el amor con la vida: quedó él tendido, y yo preso, porque el punto dio conmigo un enjambre de ministros, unos picando en la ambición de complacer al virrey, y los más en la codicia de mis riquezas. Dieron luego conmigo en un calabozo, cargándome de hierros, que éste fue el fruto de los míos. Llegó la triste nueva a oídos de sus padres, y mucho más a sus entrañas, deshaciéndose en lágrimas y voces. Gritaban los parientes la venganza, y los más templados justicia; fulminaba el virrey una muerte en cada extremo; no se hablaba de otro, los más condenándome, los menos defendiéndome, y a todos pesaba de nuestra loca desdicha. Sola mi dama se alegró en toda la ciudad, celebrando mi valor y estimando mi fineza. Comenzóse con gran rigor la causa, pero siempre por tela de juicio; y lo primero a título de secresto; dieron saco verdadero a mi casa, cebándose la venganza en mis riquezas como el irritado toro en la capa del que escapó: solas pudieron librarse algunas joyas por retiradas al sagrado de un convento donde me las guardaban. No se dio por contenta mi fortuna en perseguirme tan criminal, sino que, también civil, me dio luego sentencia en contra en el pleito de la hacienda. Perdí bienes, perdí amigos, que siempre corren parejas. Todo esto fuera nada si no me sacudiera el último revés, que fue acabarme de todo punto. Aborrecidos los padres de Felisinda de su desgracia, ecos ya de las mías, habiendo perdido en un año hijo y yerno, determinaron dejar la India y dar la vuelta a la corte, con esperanzas de un gran puesto, por sus servicios merecido y con favores del virrey facilitado. Convirtieron en oro y plata sus haberes, y en la primera flota, con toda su hacienda y casa, se embarcaron para España, llevándoseme…

Aquí interrumpieron las palabras los sollozos, ahogándose la voz en el llanto.

—Lleváronseme dos prendas del alma de una vez, con que fue doblado y mortal mi sentimiento: la una era Felisinda, y otra más que llevaba en sus entrañas, desdichada ya por ser mía. Hiciéronse a la vela, y aumentaban el viento mis suspiros. Engolfados ellos y anegado yo en un mar de llanto, quedé en aquella cárcel eternizado en calabozos, pobre y de todos, si no de mis enemigos, olvidado. Cual suele el que se despeña un monte abajo ir sembrando despojos, aquí deja el sombrero, allá la capa, en una parte los ojos y en otra las narices, hasta perder la vida quedando reventado en el profundo: así yo, luego que deslicé en aquel despeñadero de marfil, tanto más peligroso cuando más agradable, comencé a ir rodando y despeñándome de unas desdichas en otras, dejando en cada tope, aquí la hacienda, allá la honra, la salud, los padres, los amigos y mi libertad, quedando como sepultado en una cárcel, abismo de desdichas. Mas no digo bien, pues lo que me acarreó de males la riqueza, me restituyó en bienes la pobreza. Puédolo decir con verdad, pues que aquí hallé la sabiduría (que hasta entonces no la había conocido), aquí el desengaño, la experiencia y la salud de cuerpo y alma. Viéndome sin amigos vivos, apelé a los muertos. Di en leer, comencé a saber y a ser persona (que hasta entonces no había vivido la vida racional, sino la bestial), fui llenando el alma de verdades y de prendas, conseguí la sabiduría y con ella el bien obrar, que ilustrado una vez el entendimiento, con facilidad endereza la ciega voluntad: él quedó rico de noticias, y ella de virtudes. Bien es verdad que abrí los ojos cuando no hubo ya que ver, que así acontece de ordinario. Estudié las nobles artes y las sublimes ciencias, entregándome con afición especial a la moral filosofía, pasto del juicio, centro de la razón y vida de la cordura. Mejoré de amigos, trocando un mozo liviano por un Catón severo, y un necio por un Séneca: un rato escuchaba a Sócrates y otro al divino Platón. Con esto pasaba con alivio y aun con gusto aquella sepultura de vivos, laberinto de mi libertad. Pasaron años y virreyes y nunca pasaba el rigor de mis contrarios; entretenían mi causa, queriendo, ya que no podían conseguir otro castigo, convertir la prisión en sepultura. Al cabo de un siglo de padecer y sufrir, llegó orden de España (solicitado en secreto de mi esposa) que remitiesen allá mi causa y mi persona. Púsolo en ejecución el nuevo virrey, menos contrario si no más favorable, en la primera flota. Entregáronme con título de preso a un capitán de un navio, encargándole más el cuidado que la asistencia. Salí de la India el primer pobre, pero con tal contento, que los peligros de la mar me parecieron lisonjas. Gané luego amigos, que con el saber se ganan los verdaderos; entre todos, el capitán de la nave: de superior se me hizo confidente, favor que yo estimé mucho, celebrando por verdadero aquel dicho común que con la mudanza del lugar se muda también de fortuna. Más aquí has de admirar un prodigio del humano engaño, un extremo de mal proceder; aquí, la porfía de una contraria fortuna y a donde llegaron mis desdichas. Este capitán y caballero obligado por todas partes a bien proceder, maleado de la ambición, llevado del parentesco con el virrey mi enemigo y sobornado (a lo que yo más creo) de la codicia vil de mi plata y mis alhajas, reliquias de aquella antigua grandeza (¡mas a qué no incitará los humanos pechos la execrable sed del oro!), resolvióse a ejecutar la más civil bajeza que se ha oído. Estando solos una noche en uno de los corredores de popa gozando de la conversación y marea, dio conmigo, tan descuidado como confiado, en aquel profundo de abismos; comenzó él mismo a dar voces, para hacer desgracia de la traición, y aun llorarme, no arrojado sino caído. Al ruido y a las voces, acudieron mis amigos ansiosos por ayudarme, echando cables y sogas; pero en vano, porque en un instante pasó mucho mar el navio, que volaba, dejándome a mí luchando con las olas y con una dos veces amarga muerte. Arrojáronme algunas tablas por último remedio, y fue una dellas sagrada áncora que las mismas olas, lastimadas de mi inocencia y desdicha, me la ofrecieron entre las manos: asíla tan agradecido cuan desesperado, y besándola la dije: ¡Oh despojo último de mi fortuna, leve apoyo de mi vida, refugio de mi última esperanza, serás siquiera un breve ínterin de mi muerte! Desconfiado de poder seguir el navio fugitivo, me dejé llevar de las olas al albedrío de mi desesperada fortuna. Tirana ella una y mil veces, aun no contenta de tenerme en tal punto de desdichas, echando el resto a su fiereza conjuró contra mí los elementos en una horrible tormenta, para acabarme con toda solemnidad de desventuras; ya me arrojaban tan alto las olas, que tal vez temí quedar enganchado en alguna de las puntas de la luna o estrellado en aquel cielo; hundíame luego tan en el centro de los abismos, que llegué a temer más el incendio que el ahogo. Mas ¡ay!, que los que yo lamentaba rigores fueron favores: que a veces llegan tan a los extremos los males, que pasan a ser dichas. Dígolo porque la misma furia de la tempestad y corriente de las aguas me arrojaron en pocas horas a vista de aquella pequeña isla tu patria, y para mí gran cielo, que de otro modo fuera imposible poder llegar a ella, quedando en medio de aquellos mares rendido de hambre y hartando las marinas fieras: en el mal estuvo el bien. Aquí, ayudándome más el ánimo que las fuerzas, llegué a tomar puerto en esos brazos tuyos, que otra vez y otras mil quiero enlazar, confirmando nuestra amistad en eterna. Desta suerte dio fin Critilo a su relación, abrazándose entrambos, renovando aquella primera fruición y experimentando una secreta simpatía de amor y de contento. Emplearon lo restante de su navegación en provechosos ejercicios, porque a más de la agradable conversación, que toda era una bien proseguida enseñanza, le dio noticias de todo el mundo y conocimiento de aquellas artes que más realzan el ánimo y le enriquecen, como la gustosa historia, la cosmografía, la esfera, la erudición y la que hace personas: la moral filosofía. En lo que puso Andrenio especial estudio fue en aprender lenguas: la latina, eterna tesorera de la sabiduría, la española, tan universal como su imperio, la francesa, erudita, y la italiana, elocuente, ya para lograr los muchos tesoros que en ellas están escritos, ya para la necesidad de hablarlas y entenderlas en su jornada del mundo. Era tanta la curiosidad de Andrenio como su docilidad, y así, siempre estaba confiriendo y preguntando de las provincias, repúblicas, reinos y ciudades, de sus reyes, gobiernos y naciones, siempre informándose, filosofando y discurriendo con tanta fruición como novedad, deseando llegar a la perfección de noticias y de prendas. Con tan gustosa ocupación, no se sintieron las penalidades de un viaje tan penoso, y al tiempo acostumbrado aportaron a este nuestro mundo. En qué parte, y lo que en él les sucedió, nos lo ofrece referir la crisi siguiente.

Crisi quinta

Entrada del Mundo

Cauta, si no engañosa, procedió la naturaleza con el hombre al introducirle en este mundo, pues trazó que entrase sin género alguno de conocimiento, para deslumhrar todo reparo: a escuras llega, y aun a ciegas, quien comienza a vivir, sin advertir que vive y sin saber qué es vivir. Críase niño, y tan rapaz, que cuando llora, con cualquier niñería le acalla y con cualquier juguete le contenta. Parece que le introduce en un reino de felicidades, y no es sino un cautiverio de desdichas; que cuando llega a abrir los ojos del alma, dando en la cuenta de su engaño, hállase empeñado sin remedio, vese metido en el lodo de que fue formado: y ya ¿qué pude hacer sino pisarlo, procurando salir dél como mejor pudiere? Persuádome que si no fuera con este universal ardid, ninguno quisiera entrar en un tan engañoso mundo, y que pocos aceptaran la vida después si tuvieran estas noticias antes. Porque ¿quién, sabiéndolo, quisiera meter el pie en un reino mentido y cárcel verdadera a padecer tan muchas como varias penalidades?: en el cuerpo, hambre, sed, frío, calor, cansancio, desnudez, dolores, enfermedades; y en el ánimo, engaños, persecuciones, envidias, desprecios, deshonras, ahogos, tristezas, temores, iras, desesperaciones; y salir al cabo condenado a miserable muerte, con pérdida de todas las cosas, casa, hacienda, bienes, dignidades, amigos, parientes, hermanos, padres y la misma vida cuando más amada. Bien supo la naturaleza lo que hizo, y mal el hombre lo que aceptó. Quien no te conoce, ¡oh vivir!, te estime; pero un desengañado tomara antes haber sido trasladado de la cuna a la urna, del tálamo al túmulo. Presagio común es de miserias el llorar al nacer, que aunque el más dichoso cae de pies, triste posesión toma; y el clarín con que este hombre rey entra en el mundo no es otro que su llanto, señal que su reinado todo ha de ser de penas: pero ¿cuál puede ser una vida que comienza entre los gritos de la madre que la da y los lloros del hijo que la recibe? Por lo menos, ya que le faltó el conocimiento, no el presagio de sus males, y si no los concibe, los adivina.

Ya estamos en el mundo —dijo el sagaz Critilo al incauto Andrenio, al saltar juntos en tierra—. Pésame que entres en él con tanto conocimiento, porque sé que te ha de desagradar mucho. Todo cuanto obró el Supremo Artífice está tan acabado que no se puede mejorar; mas todo cuanto han añadido los hombres es imperfecto. Criólo Dios muy concertado, y el hombre lo ha confundido: digo, lo que ha podido alcanzar; que aun donde no ha llegado con el poder, con la imaginación ha pretendido trabucarlo. Visto has hasta ahora las obras de la naturaleza y admirádolas con razón; verás de hoy adelante las del artificio, que te han de espantar. Contemplado has las obras de Dios; notarás las de los hombres y verás la diferencia. ¡Oh cuán otro te ha de parecer el mundo civil del natural y el humano del divino! Ve prevenido en este punto, para que ni te admires de cuanto vieres, ni te desconsueles de cuanto experimentares.

Comenzaron a discurrir por un camino tan trillado como solo y primero, mas reparó Andrenio que ninguna de las humanas huellas miraba hacia atrás: todas pasaban adelante, señal de que ninguno volvía. Encontraron a poco rato una cosa bien donosa y de harto gusto: era un ejército desconcertado de infantería, un escuadrón de niños de diferentes estados y naciones, como lo mostraban sus diferentes trajes. Todo era confusión y vocería. Íbalos primero recogiendo y después acaudillando una mujer bien rara, de risueño aspecto, alegres ojos, dulces labios y palabras blandas, piadosas manos, y toda ella caricias, halagos y cariños. Traía consigo muchas criadas de su genio y de su empleo para que los asistiesen y sirviesen; y así, llevaban en brazos los pequeñuelos, otros de los andadores, y a los mayorcillos de la mano, procurando siempre pasar adelante. Era increíble el agasajo con que a todos acariciaba aquella madre común, atendiendo a su gusto y regalo, y para esto llevaba mil invenciones de juguetes con que entretenerlos. Había hecho también gran provisión de regalos, y en llorando alguno, al punto acudía afectuosa haciéndole fiestas y caricias, concediéndole cuanto pedía a trueque de que no llorase; con especialidad cuidaba de los que iban mejor vestidos, que parecían hijos de gente principal, dejándoles salir con cuanto querían. Era tal el cariño y agasajo que esta al parecer ama piadosa les hacía, que los mismos padres la traían sus hijuelos y se los entregaban, fiándolos más della que de sí mismos.

Mucho gustó Andrenio de ver tanta y tan donosa infantería, no acabando de admirar y reconocer al hombre niño. Y tomando en sus brazos uno en mantillas, decíale a Critilo:

—¿Es posible que éste es el hombre? ¡Quién tal creyera que este casi insensible, torpe y inútil viviente ha de venir a ser un hombre tan entendido a veces, tan prudente y tan sagaz como un Catón, un Séneca, un conde de Monterrey!

—Todo es extremos el hombre —dijo Critilo—. Ahí verás lo que cuesta el ser persona. Los brutos luego lo saben ser, luego corren, luego saltan; pero al hombre cuéstale mucho porque es mucho.

—Lo que más me admira —ponderó Andrenio— es el indecible afecto desta rara mujer: ¿qué madre como ella?, ¿puédese imaginar tal fineza? Desta felicidad carecí yo, que me crié dentro de las entrañas de un monte y entre fieras; allí lloraba hasta reventar, tendido en el duro suelo, desnudo, hambriento y desamparado, ignorando estas caricias.

—No envidies —dijo Critilo— lo que no conoces, ni la llames felicidad hasta que veas en qué para. Destas cosas toparás muchas en el mundo, que no son lo que parecen, sino muy al contrario. Ahora comienzas a vivir; irás viviendo y viendo.

Caminaban con todo este embarazo sin parar ni un instante, atravesando países; aunque sin hacer estación alguna, y siempre cuesta abajo, atendiendo mucho la que conducía el pigmeo escuadrón a que ninguno se cansase ni lo pasase mal; dábales de comer una vez sola, que era todo el día.

Hallábanse al fin de aquel paraje metidos en un valle profundísimo rodeado a una y otra banda de altísimos montes, que decían ser los más altos puertos deste univeral camino. Era noche, y muy oscura, con propiedad lóbrega. En medio desta horrible profundidad, mandó hacer alto aquella engañosa hembra, y mirando a una y otra parte, hizo la señal usada: con que al mismo punto (¡oh maldad no imaginada!, ¡oh traición nunca oída!), comenzaron a salir de entre aquellas breñas y por las bocas de las grutas ejércitos de fieras, leones, tigres, osos, lobos, serpientes y dragones, que arremetiendo de improviso dieron en aquella tierna manada de flacos y desarmados corderillos, haciendo un horrible estrago y sangrienta carnicería, porque arrastraban a unos, despedazaban a otros, mataban, tragaban y devoraban cuantos podían: mostruo había que de un bocado se tragaba dos niños y, no bien engullidos aquéllos, alargaba las garras a otros dos; fiera había que estaba desmenuzando con los dientes el primero y despedazando con las uñas el segundo, no dando treguas a su fiereza. Discurrían todas por aquel lastimoso teatro, babeando sangre, teñidas las bocas y las garras en ella. Cargaban muchas con dos y con tres de los más pequeños y llevábanlos a sus cuevas para que fuesen pasto de sus ya fieros cachorrillos. Todo era confusión y fiereza, espectáculo verdaderamente fatal y lastimero. Y era tal la candidez o simplicidad de aquellos infantes tiernos, que tenían por caricias el hacer presa en ellos y por fiesta el despedazarlos, convidándolas ellos mismos risueños y provocándolas con abrazos. Quedó atónito, quedó aterrado Andrenio viendo una tan horrible traición, una tan impensada crueldad; y, puesto en lugar seguro, a diligencias de Critilo, lamentándose decía:

—¡Oh traidora, oh bárbara, oh sacrilega mujer, más fiera que las mismas fieras!, ¿es posible que en esto han parado tus caricias?, ¿para esto era tanto cuidado y asistencia?, ¡oh inocentes corderillos, qué temprano fuisteis víctima de la desdicha!, ¡qué presto llegasteis al degüello!, ¡oh mundo engañoso!, ¿y esto se usa en ti?, ¿destas hazañas tienes? Yo he de vengar por mis propias manos una maldad tan increíble.

Diciendo y haciendo, arremetió furioso para despedazar con sus dientes aquella cruel tirana; mas no la pudo hallar, que ya ella, con todas sus criadas, habían dado la vuelta en busca de otros tantos corderillos para traerlos vendidos al matadero: de suerte que ni aquéllas cesaban de traer, ni éstas de despedazar, ni de llorar Andrenio tan irreparable daño. En medio de tan espantosa confusión y cruel matanza, amaneció de la otra parte del valle, por lo más alto de los montes, con rumbos de aurora, una otra mujer (y con razón otra) que, tan cercada de luz como rodeada de criadas, desalada cuando más volando, descendía a librar tanto infante como perecía. Ostentó su rostro muy sereno y grave: que de él y de la mucha pedrería de su recamado ropaje despedía tal inundación de luces, que pudieron muy bien suplir, y aun con ventajas, la ausencia del rey del día. Era hermosa por extremo y coronada por reina entre todas aquellas beldades sus ministras. ¡Oh dicha rara!, al mismo punto que la descubrieron las encarnizadas fieras, cesando de la mantanza, se fueron retirando a todo huir y, dando espantosos aullidos, se hundieron en sus cavernas. Llegó piadosa ella y comenzó a recoger los pocos que habían quedado; y aun esos, muy mal parados de araños y de heridas. Íbanlos buscando con gran solicitud aquellas hermosísimas doncellas, y aun sacaron muchos de las oscuras cuevas y de las mismas gargantas de los monstruos, recogiendo y amparando cuanto pudieron. Y notó Andrenio que eran éstos de los más pobres y de los menos asistidos de aquella maldita hembra; de modo que en los más principales, como más lúcidos, habían hecho las fieras mayor riza. Cuando los tuvo todos juntos, sacólos a toda priesa de aquella tan peligrosa estancia, guiándolos de la otra parte del valle el monte arriba, no parando hasta llegar a lo más alto, que es lo más seguro. Desde allí se pusieron a ver y contemplar con la luz que su gran libertadora les comunicaba el gran peligro en que habían estado, y hasta entonces no conocido. Teniéndolos ya en salvo fue repartiendo preciosísimas piedras, una a cada uno, que, sobre otras virtudes contra cualquier riesgo, arrojaban de sí una luz tan clara y apacible que hacían de la noche día; y lo que más se estimaba era el ser indefectible. Fuelos encomendando al algunos sabios varones, que los apadrinasen y guiasen siempre cuesta arriba hasta la gran ciudad del mundo.

Ya en esto, se oían otros tantos alaridos de otros tantos niños que, acometidos en el funesto valle de las fieras, estaban pereciendo. Al mismo punto, aquella piadosa reina, con todas sus amazonas, marchó volando a socorrerlos.

Estaba atónito Andrenio de lo que había visto, parangonando tan diferentes sucesos, y en ellos la alternación de males y de bienes de esta vida.

—¡Qué dos mujeres éstas tan contrarias! —decía—. ¡Qué asuntos tan diferentes! ¿No me dirás, Critilo, quién es aquella primera, para aborrecerla, y quién esta segunda, para celebrarla?

—¿Qué te parece —dijo— de esta primera entrada del mundo? ¿No es muy conforme a él y a lo que yo te decía? Nota bien lo que acá se usa. ¡Y si tal es el principio, dime cuáles serán sus progresos y sus fines!: para que abras los ojos y vivas siempre alerta entre enemigos. Saber deseas quién es aquella primera y cruel mujer que tú tanto aplaudías: créeme que ni el alabar ni el vituperar ha de ser hasta el fin. Sabrás que aquella primera tirana es nuestra mala inclinación, la propensión al mal. Ésta es la que luego se apodera de un niño, previene a la razón y se adelanta; reina y triunfa en la niñez, tanto que los proprios padres con el intenso amor que tienen a sus hijuelos condescienden con ellos, y porque no llore el rapaz le conceden cuanto quiere, déjanle hacer su voluntad en todo y salir con la suya siempre: y así, se cría vicioso, vengativo, colérico, glotón, terco, mentiroso, desenvuelto, llorón, lleno de amor proprio y de ignorancia, ayudando de todas maneras a la natural, siniestra inclinación. Apodéranse con esto de un muchacho sus pasiones, cobran fuerza con la paternal conivencia, prevalece la depravada propensión al mal, y ésta, con sus caricias, trae un tierno infante al valle de las fieras a ser presa de los vicios y esclavo de sus pasiones. De modo que cuando llega la Razón, que es aquella otra reina de la luz, madre del desengaño, con las virtudes sus compañeras, ya los halla depravados, entregados a los vicios, y muchos de ellos sin remedio; cuéstale mucho sacarlos de las uñas de sus malas inclinaciones, y halla grande dificultad en encaminarlos a lo alto y seguro de la virtud, porque es llevarlos cuesta arriba. Perecen muchos y quedan hechos oprobio de su vicio, y más los ricos, los hijos de señores y de príncipes, en los cuales el criarse con más regalo es ocasión de más vicio; los que se crían con necesidad y tal vez entre los rigores de una madrastra son los que mejor libran, como Hércules, y ahogan estas serpientes de sus pasiones en la misma cuna.

—¿Qué piedra tan preciosa es esta —preguntó Andrenio— que nos ha entregado a todos con tal recomendación?

—Has de saber —le respondió Critilo— que lo que fabulosamente atribuyeron muchos a algunas piedras, aquí se halla ser evidencia, porque ésta es el verdadero carbunclo que resplandece en medio de las tinieblas, así de la ignorancia como del vicio; éste es el diamante finísimo que entre los golpes del padecer y entre los incendios del apetecer está más fuerte y brillante; ésta es la piedra de toque que examina el bien y mal; ésta, la imán atenta al norte de la virtud; finalmente, ésta es la piedra de todas las virtudes que los sabios llaman el dictamen de la razón, el más fiel amigo que tenemos. Así iban confiriendo, cuando llegaron a aquella tan famosa encrucijada donde se divide el camino y se diferencia el vivir: estación célebre por la dificultad que hay, no tanto de parte del saber cuanto del querer, sobre qué senda y a qué mano se ha de echar. Viose aquí Critilo en mayor duda, porque siendo la tradición común ser dos los caminos (el plausible, de la mano izquierda, por lo fácil, entretenido y cuesta abajo, y al contrario el de mano derecha, áspero, desapacible y cuesta arriba), halló con no poca admiración que eran tres los caminos, dificultando más su elección.

—¡Válgame el cielo! —decía—: ¿Y no es éste aquel tan sabido bivio donde el mismo Hércules se halló perplejo sobre cuál de los dos caminos tomaría? Miraba adelante y atrás, preguntándose a sí mismo:

—¿No es ésta aquella docta letra de Pitágoras, en que cifró toda la sabiduría, que hasta aquí procede igual y después se divide en dos ramos, uno espacioso del vicio y otro estrecho de la virtud, pero con diversos fines, que el uno va a parar en el castigo y el otro en la corona? Aguarda —decía—, ¿dónde están aquellos dos aledaños de Epicteto, el abstine en el camino del deleite y el sustine en el de la virtud? Basta que habemos llegado a tiempos que hasta los caminos reales se han mudado.

—¿Qué montón de piedras es aquél —preguntó Andrenio— que está en medio de las sendas?

—Lleguémonos allá —dijo Critilo—, que el índice del numen vial juntamente nos está llamando y dirigiendo. Éste es el misterioro montón de Mercurio, en quien significaron los antiguos que la sabiduría es la que ha de guiar y que por donde nos llama el cielo habemos de correr: eso está voceando aquella mano.

—Pero el montón de piedras ¿a qué propósito? —replicó Andrenio—: ¡Extraño despejo del camino, amontonando tropiezos!

—Estas piedras —respondió suspirando Critilo— las arrojan aquí los viandantes, que en eso pagan la enseñanza: ése es el galardón que se le da a todo maestro, y entiendan los de la verdad y virtud que hasta las piedras se han de levantar contra ellos. Acerquémonos a esta coluna, que ha de ser el oráculo en tanta perplejidad.

Leyó Critilo el primer letrero, que con Horacio decía: Medio hay en las cosas; tú no vayas por los extremos. Estaba toda ella, de alto a bajo, labrada de relieve con extremado artificio, compitiendo los primeros materiales de la simetría con los formales del ingenio; leíanse muchos sentenciosos aforismos, y campeaban historias alusivas. Íbalas admirando Andrenio y comentándolas Critilo con gustoso acierto. Allí vieron al temerario joven montando en la carroza de luces, y su padre le decía: Ve por el medio y correrás seguro.

—Éste fue —declaró Critilo— un mozo que entró muy orgulloso en un gobierno, y por no atender a la mediocridad prudente (como le aconsejaban sus ancianos), perdió los estribos de la razón, y tantos vapores quiso levantar en tributos, que lo abrasó todo, perdiendo el mundo y el mando.

Seguíase Ícaro desalado en caer, pasando de un extremo á otro, de los fuegos a las aguas, por más que le voceaba Dédalo: ¡Vuela por el medio!

—Éste fue otro arrojado —ponderaba Critilo— que no contento con saber lo que basta, que es lo conveniente, dio en sutilezas mal fundadas, y tanto quiso adelgazar, que le mintieron las plumas y dio con sus quimeras en el mar de un común y amargo llanto: que va poco de pennas a penas. Aquél es el célebre Cleóbulo que está escribiendo en tres cartas consecutivas esta palabra sola, Modo, al rey que en otras tres le había pedido un consejo digno de su saber para reinar con acierto. Mira aquel otro de los siete de la Grecia eternizado sabio por sola aquella sentencia: Huye en todo la demasía, porque siempre dañó más lo más que lo menos.

Estaban de relieve todas las virtudes con plausibles empresas en tarjetas y roleos. Comenzaban por orden, puesta cada una en medio de sus dos viciosos extremos y en lo bajo la Fortaleza (asegurando el apoyo a las demás) recostada sobre el cojín de una coluna media entre la Temeridad y la Cobardía. Procediendo así todas las otras, remataba la Prudencia como reina, y en sus manos tenía una preciosa corona con este lema: Para el que ama la mediocridad de oro. Leíanse otras muchas inscripciones que formaban lazos y servían de definiciones al Artificio y al Ingenio. Coronaba toda esta máquina elegante la Felicidad muy serena, recodada en sus varones sabios y valerosos, ladeaba también de sus dos extremos, el Llanto y la Risa, cuyos atlantes eran Heráclito y Demócrito, llorando siempre aquél, y éste riendo.

Mucho gustó Andrenio de ver y de entender aquel maravilloso oráculo de toda la vida. Mas ya en esto se había juntado mucha gente en pocas personas, porque los más, sin consultar otro numen que su gusto, daban por aquellos extremos llevados de su antojo y su deleite. Llegó uno, y sin informarse, muy a lo necio echó por otro extremo bien diferente del que todos creyeron, que fue por el de presumido, con que se perdió luego. Tras éste venía un vano que tan mal y sin preguntar, pero con lindo aire, tomó el camino más alto; y como él estaba vacío de hueco y el viento iba arreciando, vencióle presto y dio con él allí abajo, con venganza de muchos: que, como iba tan alto, el subir y el caer fue a vista y a risa de todo el mundo. Había un camino sembrado de abrojos, y cuando se persuadió Andrenio que ninguno iría por él, vio que muchos se apasionaban y había puñadas sobre cuál sería el primero. El carril de las bestias era el más trillado, y preguntándole a un hombre (que lo parecía) cómo iba por allí, respondió que por no irse solo. Junto a éste estaba otro camino muy breve, y todos los que iban por él hacían gran prevención de manjares y de regalos, mas no caminaban mucho, que más son los que mueren de ahito que de hambre. Pretendían algunos ir por el aire, pero desvanecíaseles la cabeza, con que caían; y éstos de ordinario no daban en cielo ni en tierra. Encarrilaban muchos por un paseo muy ameno y delicioso, íbanse de prado en prado muy entretenidos y placenteros, saltando y bailando, cuando a lo mejor caían rendidos, sudando y gritando, sin poder dar un paso, haciendo malísimas caras por haberlas hecho buenas. De un paso se quejaban todos que era muy peligroso, infestado siempre de ladrones; y con que lo sabían, echaban no pocos por él, diciendo que ellos se entenderían con los otros: y al cabo, todos se hacían ladrones, robándose unos a otros. Preguntaban unos (con no poca admiración de Andrenio y gusto de Critilo, por topar quien reparase y se informase), pedían cuál era el camino de los perdidos: creyeron que para huir dél, y fue al contrario, que en sabiéndolo, tomaron por allí la derrota.

—¿Hay tal necedad? —dijo Andrenio.

Y viendo entre ellos algunos personajes de harta importancia, preguntáronles cómo iban por allí, y respondieron que ellos no iban, sino que los llevaban. No era menos calificada la de otros que todo el día andaban alrededor, moliéndose y moliendo, sin pasar adelante ni llegar jamás al centro. No hallaban el camino otros: todo se les iba en comenzar a caminar; nunca acababan, y luego paraban, no acertando a dar un paso, con las manos en el seno y si pudieran aun metieran los pies: éstos jamás llegaban al cabo con cosa. Dijo uno que él quería ir por donde ningún otro hubiese caminado jamás: nadie le pudo encaminar; tomó el de su capricho y presto se halló perdido.

—¿No adviertes —dijo Critilo— que casi todos toman el camino ajeno y dan por el extremo contrario de lo que se pensaba? El necio da en presumido, y el sabio hace del que no sabe; el cobarde afecta el valor y todo es tratar de armas y pistolas y el valiente las desdeña; el que tiene da en no dar y el que no tiene desperdicia; la hermosa afecta el desaliño y la fea revienta por parecer; el príncipe se humana y el hombre bajo afecta divinidades; el elocuente calla, y el ignorante se lo quiere hablar todo; el diestro no osa obrar, y el zurdo no para. Todos, al fin, verás que van por extremos, errando el camino de la vida de medio a medio. Echemos nosotros por el más seguro, aunque no tan plausible, que es el de una prudente y feliz medianía, no tan dificultoso como el de los extremos por contenerse siempre en un buen medio.

Pocos le quisieron seguir, mas luego que se vieron encaminados sintieron una notable alegría interior y una grande satisfacción de la conciencia. Advirtieron más que aquellas preciosas piedras, ricas prendas de la razón, comenzaron a resplandecer tanto, que cada una parecía un brillante lucero, haciéndose lenguas en rayos y diciendo: «¡Éste es el camino de la verdad, y la verdad de la vida!». Al contrario, todas las de aquellos que siguieron sus antojos se vieron perder su luz; de modo que parecieron quedar de todo punto ofuscadas, y ellos eclipsados: tan errado el dictamen como el camino. Viendo Andrenio que caminaban siempre cuesta arriba, dijo:

—Este camino más parece que nos lleva al cielo que al mundo.

—Así es —le respondió Critilo—, porque son las sendas de la eternidad, y aunque vamos metidos en nuestra tierra, pero muy superiores a ella, señores de los otros y vecinos a las estrellas; ellas nos guíen, que ya estamos engolfados entre Scila y Caribdis del mundo. Esto dijo al entrar en una de sus más célebres ciudades, gran Babilonia de España, emporio de sus riquezas, teatro augusto de las letras y las armas, esfera de la nobleza y gran plaza de la vida humana.

Quedó espantado Andrenio de ver el mundo, que no le conocía; mucho más admirado que allá cuando salió a verlo de su cueva. Pero ¿qué mucho?, si allí lo miraba de lejos y aquí tan de cerca, allí contemplando, aquí experimentando: que todas las cosas se hallan muy trocadas cuando tocadas. Lo que más novedad le causó fue el no topar hombre alguno, aunque los iban buscando con afectación, en una ciudad populosa y al sol de medio día.

—¿Qué es esto —decía Andrenio—, dónde están estos hombres? ¿Qué se han hecho? ¿No es la tierra su patria y tan amada, el mundo su centro, y tan requerido? Pues ¿cómo lo han desamparado, dónde habrán ido que más valgan?

Iban por una y otra aparte solícitamente buscándolos sin poder descubrir uno tan sólo, hasta que… Pero cómo y dónde los hallaron, nos lo contará la otra crisi.

Crisi sexta

Estado del Siglo

Quien oye decir mundo concibe un compuesto de todo lo criado muy concertado y perfecto, y con razón, pues toma el nombre de su misma belleza: mundo quiere decir lindo y limpio; imagínase un palacio muy bien trazado, al fin por la infinita sabiduría, muy bien ejecutado por la omnipotencia, alhajado por la divina bondad para morada del rey hombre, que como partícipe de razón presida en él y le mantenga en aquel primer concierto en que su divino Hacedor le puso. De suerte que mundo no es otra cosa que una casa hecha y derecha por el mismo Dios y para el hombre, ni hay otro modo cómo poder declarar su perfección. Así había de ser, como el mismo nombre lo blasona, su principio lo afianza y su fin lo asegura; pero cuán al contrario sea esto y cuál le haya parado el mismo hombre, cuánto desmienta el hecho al dicho, pondérelo Critilo, que con Andrenio se hallaban ya en el mundo, aunque no bien hallados en fee de tan personas.

En busca iban de los hombres sin poder descubrir uno, cuando al cabo de rato y cansancio toparon con medio, un medio hombre y medio fiera. Holgóse tanto Critilo cuanto se inmutó Andrenio, preguntando:

—¿Qué monstruo es éste tan extraño?

—No temas —respondió Critilo—, que éste es más hombre que los mismos: éste es el maestro de los reyes y rey de los maestros, éste es el sabio Quirón. ¡Oh qué bien nos viene y cuán a la ocasión!, pues él nos guiará en esta primera entrada del mundo y nos enseñará a vivir, que importa mucho a los principios. Fuese para él, saludándole, y correspondió el centauro con doblada humanidad; díjole cómo iban en busca de los hombres y que después de haber dado cien vueltas no habían podido hallar uno tan sólo.

—No me espanto —dijo él—, que no es este siglo de hombres: digo, aquellos famosos de otros tiempos. ¿Qué, pensabais hallar ahora un don Alonso el Magnánimo en Italia, un Gran Capitán en España, un Enrico IV en Francia haciendo corona de su espada y de sus guarniciones lises? Ya no hay tales héroes en el mundo, ni aun memoria dellos.

—¿No se van haciendo? —replicó Andrenio.

—No llevan traza, y para luego es tarde.

—Pues de verdad que ocasiones no han faltado: ¿cómo no se han hecho? —preguntó Critilo.

—Porque se han desecho. Hay mucho que decir en ese punto —ponderó el Quirón—. Unos lo quieren ser todo, y al cabo son menos que nada: valiera más no hubieran sido. Dicen también que corta mucho la envidia con las tijerillas de Torneras; pero yo digo que ni es eso, ni esotro, sino que mientras el vicio prevalezca no campeará la virtud, y sin ella no puede haber grandeza heroica. Creedme que esta Venus tiene arrinconadas a Belona y a Minerva en todas partes, y no trata ella sino con viles herreros que todo lo tiznan y todo lo yerran. Al fin, no nos cansemos, que él no es siglo de hombres eminentes ni en las armas ni en las letras. Pero, decidme, dónde los habéis buscado. Y Critilo:

—¿Dónde los habemos de buscar sino en la tierra? ¿No es ésta su patria y su centro?

—¡Qué bueno es eso! —dijo el centauro—. ¡Mira cómo los habíais de hallar! No los habéis de buscar ya en todo el mundo, que ya han mudado de hito: nunca está quieto el hombre, con nada se contenta.

—Pues menos los hallaremos en el cielo —dijo Andrenio.

—Menos, que no están ya ni en cielo ni en tierra.

—Pues ¿dónde los habemos de buscar?

—¿Dónde?: en el aire.

—¿En el aire?

—Sí, que allí se han fabricado castillos, en el aire, torres de viento, donde están muy encastillados sin querer salir de su quimera.

—Según eso —dijo Critilo—, todas sus torres vendrán a serlo de confusión, y por no ser Janos de prudencia, les picarán las cigüeñas manuales señalándolos con el dedo y diciendo: «Éste ¿no es aquel hijo de aquel otro?». De suerte que con lo que ellos echaron a las espaldas los demás les darán en el rostro.

—Otros muchos —prosiguió el Quirón— se han subido a las nubes, y aun hay quien no levantándose del polvo pretende tocar con la cabeza en las estrellas; paséanse no pocos por los espacios imaginarios, camaranchones de su presunción, pero la mayor parte hallaréis acullá sobre el cuerno de la luna, y aun pretenden subir más alto, si pudieran.

—¡Tiene razón —voceó Andrenio—, acullá están, allá los veo! Y aun allí andan empinándose, tropezando unos y cayendo otros, según las mudanzas suyas y de aquel planeta, que ya les hace una cara, y ya otra; y aun ellos también no cesan entre sí de armarse zancadillas, cayendo todos con más daño que escarmiento.

—¡Hay tal locura! —repetía Critilo—. ¿No es la tierra su lugar proprio del hombre, su principio y su fin? ¿No les fuera mejor conservarse en este medio, y no querer encararmarse con tan evidente riesgo? ¿Hay tal disparate?

—Sí lo es grande —dijo el semihombre—; materia de harta lástima para unos, y de risa para otros, ver que el que ayer no se levantaba de la tierra, ya le parece poco un palacio; ya habla sobre el hombro el que ayer llevaba la carga en él; el que nació entre las malvas pide los artesones de cedro; el desconocido de todos, hoy desconoce a todos; el hijo tiene el puntillo de los muchos que dio su padre; el que ayer no tenía para pasteles, asquea el faisán; blasona de linajes el de conocido solar; el vos es señoría. Todos pretenden subir y ponerse sobre los cuernos de la luna, más peligrosos que los de un toro, pues estando fuera de su lugar es forzoso dar abajo con ejemplar infamia. Fuelos guiando a la Plaza Mayor, donde hallaron paseándose gran multitud de fieras, y todas tan sueltas como libres, con notable peligro de los incautos: había leones, tigres, leopardos, lobos, toros, panteras, muchas vulpejas; ni faltaban sierpes, dragones y basiliscos.

—¿Qué es esto? —dijo turbado Andrenio—, ¿dónde estamos? ¿Es ésta población humana o selva ferina?

—No tienes que temer; que cautelarte, sí —dijo el centauro—. Sin duda que los pocos hombres que habían quedado se han retirado a los montes —ponderó Critilo— por no ver lo que en el mundo pasa, y que las fieras se han venido a las ciudades y se han hecho cortesanas.

—Así es —repondió Quirón—. El león de un poderoso, con quien no hay poderse averiguar, el tigre de un matador, el lobo de un ricazo, la vulpeja de un fingido, la víbora de una ramera, toda bestia y todo bruto han ocupado las ciudades; esas rúan las calles, pasean las plazas y los verdaderos hombres de bien no osan parecer, viviendo retirados dentro de los límites de su moderación y recato.

—¿No nos sentaríamos en aquel alto —dijo Andrenio— para poder ver cuando no gozar, con seguridad y señorío?

—Eso no —respondió Quirón—. No está el mundo para tomarlo de asiento.

—Pues arrimémonos aquí a una de estas colunas —dijo Critilo.

—Tampoco, que todos son falsos los arrimos de esta tierra: Vamos paseando y pasando. Estaba muy desigual el suelo, porque a las puertas de los poderosos, que son los ricos, había unos grandes montones que relucían mucho.

—¡Oh qué de oro! —dijo Andrenio. Y el Quirón:

—Advierte que no lo es todo lo que reluce. Llegaron más cerca y conocieron que era basura dorada. Al contrario, a las puertas de los pobres y desvalidos había unas tan profundas y espantosas simas, que causaban horror a cuantos las miraban; y así, ninguno se acercaba de mil leguas: todos las miraban de lejos. Y es lo bueno que todo el día, sin cesar, muchas y grandes bestias estaban acarreando hediondo estiércol, y lo echaban sobre el otro, amontonando tierra sobre tierra.

—¡Cosa rara —dijo Andrenio—, aun enconomía no hay! ¿No fuera mejor echar toda esta tierra en aquellos grandes hoyos de los pobres, con que se emparejara el suelo y quedara todo muy igual?

—Así había de ser para bien ir —dijo Quirón—. Pero ¿qué cosa va bien en el mundo? Aquí veréis platicado aquel célebre imposible tan disputado de los filósofos, conviniendo todos en que no se puede dar vacío en la naturaleza: he aquí que en la humana esta gran monstruosidad cada día sucede. No se da ya en el mundo a quien no tiene, sino a quien más tiene. A muchos se les quita la hacienda porque son pobres, y se les adjudica a otros porque la tienen. Pues las dádivas, no van sino a donde hay, ni se hacen los presentes a los ausentes. El oro dora la plata; ésta acude al reclamo de otra. Los ricos son los que heredan, que los pobres no tienen parientes; el hambriento no halla un pedazo de pan, y el ahito está cada día convidado; el que una vez es pobre, siempre es pobre: y desta suerte, todo el mundo le hallaréis desigual.

—Pues ¿por dónde iremos? —preguntó Andrenio.

—Echemos por el medio y pasaremos con menos embarazo y más seguridad.

—Paréceme —dijo Critilo— que veo ya algunos hombres: por lo menos, que ellos lo piensan ser.

—Esos lo serán menos —dijo Quirón—, verlo has presto. Asomaban ya por un cabo de la plaza ciertos personajes que caminaban, de tan graves, con las cabezas hacia abajo por el suelo, poniéndose del lodo, y los pies para arriba muy empinados, echando piernas al aire, sin acertar a dar un paso: antes, a cada uno caían, y aunque se maltrataban harto, porfiaban en querer ir de aquel modo tan ridículo como peligroso. Comenzó Andrenio a admirar y Critilo a reír.

—Haced cuenta —dijo el Quirón— que soñáis despiertos. ¡Oh qué bien pintaba el Bosco!; ahora entiendo su capricho. Cosas veréis increíbles. Advertid que los que habían de ser cabezas por su prudencia y saber, esos andan por el suelo, despreciados, olvidados y abatidos; al contrario, los que habían de ser pies por no saber las cosas ni entender las materias, gente incapaz, sin ciencia ni experiencia, esos mandan. Y así va el mundo, cual digan dueñas: mejor fuera dueños. No hallaréis cosa con cosa. Y a un mundo que no tiene pies ni cabeza, de merced se le da el descabezado. No bien pasaron éstos, que todos pasan, cuando venían otros, y eran los más y que se preciaban de muy personas. Caminaban hacia atrás, y a este modo todas sus acciones las hacían al revés.

—¡Qué otro disparate! —dijo Andrenio—. Si tales caprichos hay en el mundo, llámese casa de orates hermanados.

—¿No nos puso —ponderó Critilo— la próvida naturaleza los ojos y los pies hacia delante para ver por dónde andamos y andar por donde vemos con seguridad y firmeza? Pues ¿cómo estos van por donde no ven y no miran por dónde van?

—Advertid —dijo Quirón— que los más de los mortales, en vez de ir adelante en la virtud, en la honra, en el saber, en la prudencia y en todo, vuelven atrás. Y así, muy pocos son los que llegan a ser personas: cual y cual, un conde de Peñaranda. ¿No veis aquella mujer lo que forceja, cejando en la vida? No querría pasar de los veinte, ni aquella otra de los treinta, y en llegando a un cero se hunden allí, como en trampa de los años, sin querer pasar adelante; aún mujeres no quieren ser: siempre niñas. Mas ¡cómo estira dellas aquel vejezuelo coxo, y la fuerza que tiene! ¿No veis cómo las arrastra llevándolas por los cabellos? Con todos los de aquella otra se ha quedado en las manos, todos se los ha arrancado. ¡Qué puñada le ha pegado a la otra! No la ha dejado diente. Hasta las cejas las harta de años. ¡Oh qué mala cara le hacen todas!

—Aguarda, ¿mujeres? —dijo Andrenio—, ¿dónde están? ¿Cuáles son?, que yo no las distingo de los hombres. ¿Tú no me dijiste, ¡oh Critilo!, que los hombres eran los fuertes y las mujeres las flacas, ellos hablaban recio y ellas delicado, ellos vestían calzón y capa, y ellas basquinas? Yo hallo que todo es al contrario, porque, o todos son ya mujeres, o los hombres son los flacos y afeminados; ellas, las poderosas: Ellos tragan saliva, sin osar hablar, y ellas hablan tan alto, que aun los sordos las oyen; ellas mandan el mundo, y todos se les sujetan. Tú me has engañado.

—Tienes razón —aquí suspirando Critilo—, que ya los hombres son menos que mujeres. Más puede una lagrimilla mujeril que toda la sangre que derramó el valor, más alcanza un favor de una mujer que todos los méritos del saber. No hay vivir con ellas, ni sin ellas. Nunca más estimadas que hoy: todo lo pueden y todo lo pierden. Ni vale haberlas privado la atenta naturaleza del decoro de la barba, ya para nota, ya para dar lugar a la vergüenza, y todo no basta.

—Según eso —dijo Andrenio—, ¿el hombre no es el rey del mundo, sino el esclavo de la mujer?

—Mirad —respondió el Quirón—, él es el rey natural, sino que ha hecho a la mujer su valido, que es lo mismo que decir que ella lo puede todo. Con todo eso, para que las conozcáis, aquéllas son que cuando más han de menester el juicio y el valor, entonces les falta más. Pero sean excepción de mujeres las que son más que hombres: la gran Princesa de Rosano y la excelentísima señora Marquesa de Valdueza. Más admiración les causó uno que, yendo a caballo en una vulpeja, caminaba hacia atrás, nunca seguido, sino torciendo y revolviendo a todas partes; y todos los del séquito, que no eran pocos, procedían del mismo modo, hasta un perro viejo que de ordinario le acompañaba.

—¿Veis a éste? —advirtió Quirón—; pues yo os aseguro que no se mueve de necio.

—Yo lo creo —dijo Critilo—, que todos me parece van por extremos en el mundo. ¿Quién es éste, dinos, que pica más en falso que en falto?

—¿No habéis oído nunca nombrar el famoso Caco? Pues éste lo es de la política: digo, un caos de la razón de Estado. De este modo corren hoy los estadistas, al revés de los demás; así proceden en sus cosas para desmentir toda atención ajena, para deslumhrar discursos. No querrían que por las huellas les rastreasen sus fines: señalan a una parte y dan en otra; publican uno y ejecutan otro; para decir no, dicen sí; siempre al contrario, cifrando en las encontradas señales su vencimiento. Para éstos es menester un otro Hércules que, con la maña y la fuerza, averigüe sus pisadas y castigue sus enredos. Observó de buena nota Andrenio que los más hablaban a la boca, y no al oído, y que los que escuchaban, no sólo no se ofendían de semejante grosería, sino que antes bien gustaban tanto de ello que abrían las bocas de par en par, haciendo de los mismos labios orejas, hasta disrilárseles el gusto.

—¿Hay tal abuso? —dijo el mismo—. Las palabras se oyen, que no se comen ni se beben, y éstos todo se lo tragan; verdad es que nacen en los labios, pero mueren en el oído y se sepultan en el pecho. Éstos parece que las mascan y que se relamen con ellas.

—Gran señal —dijo Critilo— de poca verdad, pues no les amargan.

—¡Oh! —dijo Quirón—, ¿no veis que ya se usa hablarle a cada uno al sabor de su paladar? ¿No adviertes, ¡oh Andrenio!, aquel señor cómo se está saboreando con las lisonjas de azúcar? ¡Qué hartazgos se da de adulación! Créeme que no oye, aunque lo parece, porque todo se lo lleva el viento. Repara en aquel otro príncipe que hace de engullir mentiras: todo se lo persuade; mas hay una cosa, que en toda su vida dejó de creer mentira alguna, con que escuchó tantas, ni creyó verdad, aunque oyó tan pocas. Pues aquel otro necio desvanecido ¿de qué piensas tú que está tan hinchado? ¡Eh!, que no es de sustancia: no es sino aire y vanidad.

—Ésta debe ser la causa —ponderó Critilo— que oyen tan pocas verdades los que más debrían: ellas amargan, y como ellos las escuchan con el paladar, o no se las dicen, o no tragan alguna; y la que acierta a pasar les hace tan mal estómago, que no la pueden digerir. Lo que les ofendió mucho fue el ver unos vilísimos esclavos de si mismos arrastrando eslabonados hierros: las manos (no con cuerdas, ni aun con esposas) atadas para toda acción buena, y más para las liberales; el cuello, con la argolla de un continuo, aunque voluntario, ahogo; los pies con grillos, que no les dejaban dar un paso por el camino de la fama; tan cargados de hierros cuan desnudos de aceros. Y con una nota tan descarada, estaban muy entronizados, cortejados y aplaudidos, mandando a hombres muy hombres, ingenuos y principales, gente toda de noble condición; éstos servían a aquéllos, obedeciéndolos en todo, y aun los llevaban en peso, poniendo el hombro a tan vil carga. Aquí ya dio voces Andrenio, sin poderlo tolerar:

—¡Oh quién pudiera llegar —decía— y barajar aquellas suertes! ¡Oh cómo derribara yo a puntillazos aquellas mal empleadas sillas y las trocara en lo que habían de ser y ellos tan bien merecen!

—No grites —dijo Quirón—, que nos perdemos.

—¿Qué importa, si todo va perdido?

—¿No ves tú que son éstos los poderosos, los que etcétera?

—¿Éstos?

—Sí, estos esclavos de sus apetitos, siervos de sus deleites, los Tiberios, los Nerones, los Calígulas, Heliogábalos y Sardanápalos, ésos son los adorados; y al contrario, los que son los verdaderos señores de sí mismos, libres de toda maldad, ésos son los humillados. En consecuencia de esto, mira aquellos muy sanos de corazón tendidos en el suelo, y aquellos otros tan malos muy en pie; los de buen color en todas sus cosas andan descaecidos, y aquellos a quienes su mala conciencia les ha robado el color, por lo que robaron, están empinados; los de buenas entrañas no se pueden tener ni conservar, y los que las tienen dañadas corren; los que les huele mal el aliento están alentados, los cojos tienen pies y manos, todos los ciegos tienen palo: de suerte que todos los buenos van por tierra y los malos andan ensalzados.

—¡Oh qué bueno va el mundo! —dijo Andrenio. Pero lo que les causó gran novedad, y aun risa, fue ver un ciego que no veía gota (aunque sí bebía muchas), con unos ojos más oscuros que la misma vileza, con más nubes que un mayo: con toda esta ceguera, venía hecho guía de muchos que tenían la vista clara; él los guiaba ciego y ellos le seguían mudos, pues en nada le repugnaban.

—¡Esta sí —exclamó Andrenio— que es brava ceguera!

—Y aun torpe también —dijo Critilo—. Que un ciego guíe a otro, gran necedad es, pero ya vista, y caer ambos en una profundidad de males; pero que un ciego de todas maneras, quiera guiar a los que ven, ése es disparate nunca oído.

—Yo —dijo [Andrenio]— no me espanto que el ciego pretenda guiar a los otros, que, como él no ve, piensa que todos los demás son ciegos y que proceden del mismo modo, a tientas y a tontas; mas ellos, que ven y advierten el peligro común, que con todo eso le quieran seguir, tropezando a cada punto y dando de ojos a cada paso hasta despeñarse en un abismo de infelicidades, ésa es una increíble necedad y una monstruosa locura.

—Pues advertid —dijo Quirón— que éste es un error muy común, una desesperación transcendental, necedad de cada día y mucho más de nuestros tiempos. Los que menos saben tratan de enseñar a los otros; unos hombres embriagos intentan leer cátedra de verdades. De suerte que habemos visto que un ciego de la torpe afición de una mujer tan fea cuan infame, llevó infinitas gentes tras sí, despeñándose todos en un profundo de eterna calamidad: y ésta no es la octava maravilla, el octavo monstruo sí, que el primer paso de la ignorancia es presumir saber, y muchos sabrían si no pensasen que saben. Oyeron en esto un gran ruido, como de pendencia, en un rincón de la plaza, entre diluvios del populacho. Era una mujer, origen siempre del ruido, muy fea, pero muy aliñada: mejor fuera prendida. Servíala de adorno todo un mundo, cuando ella le descompone todo. Metía a voces su mal pleito, y a gritos se formaba cuando más se deshacía. Habíalas contra otra mujer muy otra en todo, y aun por eso su contraria. Era ésta tan linda cuan desaliñada, mas no descompuesta. Iba casi desnuda: unos decían que por pobre, otros que por hermosa. No respondía palabra, que ni osaba ni la oían. Todo el mundo la iba en contra, no sólo el vulgo, sino los más principales, y aun…, pero más vale enmudecer con ella: todos se conjuraron en perseguirla. Pasando de las burlas a las veras, de las voces a las manos, comenzaron a maltratarla; y cargó tanta gente, que casi la ahogaban, sin haber persona que osase ni quisiese volver por ella. Aquí, naturalmente compasivo, Andrenio fue a ponérsele al lado, más detúvole el Quirón, diciendo:

—¿Qué haces? ¿Sabes con quién te tomas y por quién vuelves? ¿No adviertes que te declaras contra la plausible Mentira, que es decir contra todo el mundo, y que te han de tener por loco? Quisiéronla vengar los niños con sólo decirla, mas como flacos y contra tantos y tan poderosos, no fue posible prevalecer, con lo cual quedó de todo punto desamparada la hermosísima Verdad, y poco a poco, a empellones, la fueron todos echando tan lejos que aun hoy no parece ni se sabe dónde haya parado.

—Basta que no hay justicia en esta tierra —decía Andrenio.

—¡Cómo no! —le replicó el Quirón—, pues de verdad que hay hartos ministros suyos: justicia hay, y no puede estar muy lejos estando tan cerca la Mentira. Asomó en esto un hombre de aspecto agrio, rodeado de gente de juicio; y así como le vio, se fue para él la Mentira a informarle con muchas razones de la poca que tenía. Respondióla que luego firmara la sentencia en su favor, a tener plumas. Al mismo instante, ella le puso en las manos muchos alados pies, con que volando firmó el destierro de la Verdad, su enemiga, de todo el mundo.

—¿Quién es aquél —preguntó Andrenio— que para andar derecho lleva por apoyo el torcimiento en aquella flexible vara?

—Éste —respondió Quirón— es juez.

—Ya el nombre se equivoca con el vendedor del Justo. Notable cosa, que toca primero para oír después. ¿Qué significa aquella espada desnuda que lleva delante, y para qué la lleva?

—Ésa —dijo Quirón— es la insignia de la dignidad, y juntamente instrumento del castigo; con ella corta la mala yerba del vicio.

—Más valiera arrancarla de cuajo —replicó Critilo—. Peor es a veces segar las maldades, porque luego vuelven a brotar con más pujanza y nunca mueren del todo.

—Así había de ser —respondió Quirón—, pero ya los mismos que habían de acabar los males son los que los conservan, porque viven dellos.

Mandó luego ahorcar, sin más apelación, un mosquito y que lo hiciesen cuartos porque había caído el desdichado en la red de la ley. Pero a un elefante que las había atropellado todas, sin perdonar humanas ni divinas, le hizo una gran bonetada al pasar cargado de armas prohibidas, bocas de fuego, buenas lanzas, ganzúas, chuzones, y aun le dijo que aunque estaba de ronda, si era servido, le irían acompañando todos sus ministros hasta dejarle en su cueva. ¡Qué paso éste para Andrenio! Y no paró aquí, sino que a otro desventurado, que encogiéndose de hombros no osaba hablar alto, lo mandó pasear. Y preguntando unos por qué le azotaban, respondían otros:

—Porque no tiene espaldas; que, a tenerlas, él hombreara como aquellos que van allí cargados dellas, con más cargas a más cargos.

Desapareció el juez, cuando comenzó a llevarse los ojos y los aplausos un valiente hombre que pudiera competir con el mismo Pablo de Parada. Venía armado de un temido peto conjugado por todos tiempos, números y personas; traía dos pistolas, pero muy dormidas en sus fundas, a lo descansado; caballo desorejado, y no por culpas suyas; dorado espadín en sólo el nombre, hembra en los hechos, nunca desnuda por lo recatada; coronábase de plumas, avechucho de la bizarría, que no del valor.

—Éste —preguntó Andrenio—, ¿es hombre o es monstruo?

—Bien dudas —acudió Quirón— que algunas naciones la primera vez que le vieron le imaginaron todo una cosa, caballo y hombre. Éste es soldado; así lo estuviera en las costumbres: no anduviera tan rota la conciencia.

—¿De qué sirven éstos en el mundo?

—¿De qué? Hacen guerra a los enemigos.

—¡No la hagan mayor a los amigos!

—Éstos nos defienden.

—¡Dios nos defienda de ellos!

—Éstos pelean, destrozan, matan y aniquilan nuestros contrarios.

—¿Cómo puede ser eso, si dicen que ellos mismos los conservan?

—Aguarda, yo digo lo que debrían hacer por oficio, pero está ya el mundo tan depravado, que los mismos remediadores de los males los causan en todo género de daños. Éstos, que habían de acabar las guerras, las alargan; su empleo es pelear, que no tienen otros juros ni otra renta, y como acabada la guerra quedarían sin oficio ni beneficio, ellos popan al enemigo, porque papan dél. ¿Para qué han de matar las centinelas al marqués de Pescara, si viven dél? Que hasta el atambor sabe estos primores. Y así, veréis que la guerra que a lo más tirar estas nuestras barras pudiera durar un año, dura doce, y fuera eterna si la felicidad y el valor no se hubieran juntado hoy en un marqués de Mortara. Lo mismo sienten todos de aquel otro que también viene a caballo para acaballo todo. Éste tiene por asunto y aun obligación hacer de los malos, buenos; pero él obra tan al revés, que de los buenos hace malos, y de los malos, peores. Éste trae guerra declarada contra la vida y la muerte, enemigo de entrambas, porque querría a los hombres ni mal muertos ni bien vivos, sino malos, que es un malísimo medio. Para poder él comer, hace de modo que los otros no coman; él engorda cuando ellos enflaquecen; mientras están entre sus manos, no pueden comer; y si escapan de ellas, que sucede pocas veces, no les queda qué comer. De suerte que ellos viven en gloria cuando los demás en pena. Y así, peores son que los verdugos, porque aquéllos ponen toda su industria en no hacer penar y con lindo aire hacen que le falte al que pernea; pero éstos todo su estudio ponen en que pene y viva muriendo el enfermo; y así, aciertan los que les dan los males a estajo. Y es de advertir que donde hay más doctores, hay más dolores. Esto dice de ellos la ojeriza común, pero engáñase en la venganza vulgar, porque yo tengo por cierto que del médico nadie puede decir ni bien ni mal; no antes de ponerse en sus manos, porque aún no tiene experiencia; no después, porque no tiene ya vida. Pero advertid que no hablo del médico material, sino de los morales, de los de la república y costumbres, que en vez de remediar los achaques y indisposiciones por obligación, ellos mismos los conservan y aumentan, haciendo dependencia de lo que había de ser remedio.

—¿Qué será —dijo Andrenio— que no vemos pasar ningún hombre de bien?

—Ésos —acudió Quirón— no pasan, porque eternamente duran, permanece inmortal su fama. Hállanse pocos, y éstos están muy retirados: Oírnoslos nombrar como al unicornio en la Arabia y la fénix en su Oriente. Con todo, si queréis ver alguno, buscad un cardenal Sandoval en Toledo, un conde de Lemos gobernando Aragón, una archiduque Leopoldo en Flandes. Y si queréis ver la integridad, la rectitud, la verdad y todo lo bueno en uno, buscad un don Luis de Haro en el centro que merece.

Estaban en la mayor fuga del ver y extrañar monstruosidades; cuando Andrenio, al hacer un grande extremo alzó los ojos y el grito al cielo como si le hicieran ver las estrellas:

—¿Qué es esto? —dijo—: Yo he perdido el tino de todo punto. ¡Qué cosa es andar entre desatinados! Achaque de contagio: hasta el cielo me parece que está trabucado y que el tiempo anda al revés Pregunto, señores, ¿es día o es noche? Mas no lo metamos en pareceres, que será confundirlo más.

—Espera —dijo el Quirón—, que no está el mal en el cielo, sino en el suelo: que no sólo anda el mundo al revés en orden al lugar, sino al tiempo. Ya los hombres han dado en hacer del día noche, y de la noche día: ahora se levanta aquél, cuando se había de acostar; ahora sale de casa la otra con la estrella de Venus, y volverá cuando se ría della la aurora. Y es lo bueno que los que tan al revés viven, dicen ser la gente más ilustre y la más lúcida. Mas no falta quien afirma que, andando de noche como fieras, vivirán de día como brutos.

—Esto ha sido —dijo Critilo— quedarnos a buenas noches nosotros; y no me pesa, porque no hay cosa de ver.

—¡Que a éste llamen mundo! —Ponderaba Andrenio—. Hasta el nombre miente, calzóselo al revés: llámese inmundo y de todas maneras disparatado.

—Algún día —replicó Quirón— bien le convenía su nombre, en verdad que era definición cuando Dios quería y lo dejó tan concertado.

—Pues ¿de dónde le vino tal desorden? —Preguntó Andrenio—. ¿Quién lo transtornó de alto a bajo como hoy lo vemos?

—En eso hay mucho que decir —repondió Quirón—. Harto lo censuran los sabios y lo lloran los filósofos. Aseguran unos que la Fortuna, como está ciega y aun loca, lo revuelve todo cada día, no dejando cosa en su lugar ni tiempo. Otros dicen que cuando cayó el lucero de la mañana aquel aciago día, dio tal golpe en el mundo que le sacó de sus quicios, trastornándole de alto a bajo. Ni falta quien eche la culpa a la mujer, llamándola el duende universal que todo lo revuelve. Mas yo digo que donde hay hombres no hay que buscar otro achaque: uno solo basta a desconcertar mil mundos, y el no poderlo era lo que lloraba el otro grande inquietador. Mas digo que, si no previniera la divina sabiduría que no pudieran llegar los hombres al primer móvil, ya estuviera todo barajado y anduviera el mismo cielo al revés: un día saliera el sol por el Poniente y caminara al Oriente, y entonces fuera España cabeza del mundo sin contradición alguna, que no hubiera quien viviera con ella. Y es cosa de notar que, siendo el hombre persona de razón, lo primero que ejecuta es hacerla a ella esclava del apetito bestial. Deste principio se originan todas las demás monstruosidades, todo va al revés en consecuencia de aquel desorden capital: la virtud es perseguida, el vicio aplaudido; la verdad muda, la mentira trilingüe; los sabios no tienen libros, y los ignorantes librerías enteras; los libros están sin doctor, y el doctor sin libros; la discreción del pobre es necedad, y la necedad del poderoso es celebrada; los que habrían de dar vida, matan; los mozos se marchitan y los viejos reverdecen; el derecho es tuerto; y ha llegado el hombre a tal punto de desatino, que no sabe cuál es su mano derecha, pues pone el bien a la izquierda, lo que más le importa echa a las espaldas, lleva la virtud entre pies, y en lugar de ir adelante vuelve atrás.

—Pues si esto es así, como lo vemos —dijo Andrenio—, ¿para qué me has traído al mundo?, ¡oh Critilo! ¿No me estaba yo bien a mis solas? Yo resuelvo volverme a la cueva de mi nada. ¡Alto: huigamos de tan insufrible confusión, sentina, que no mundo!

—Eso es lo que ya no se puede —respondió Critilo—. ¡Oh cuántos volvieran atrás si pudieran! No quedaran personas en el mundo. Adviene que vamos subiendo por la escalera de la vida, y las gradas de los días que dejamos atrás, al mismo punto que movemos el pie, desaparecen: no hay por donde volver a bajar, ni otro remedio que pasar adelante.

—Pues ¿cómo hemos de poder vivir en un mundo como éste? —porfiaba afligiéndose Andrenio—, y más para mi condición, si no me mudo, que no puedo sufrir cosas mal hechas: yo habré de reventar sin duda.

—¡Eh, que te harás a ello en cuatro días —dijo Quirón—, y serás tal como los otros!

—Eso no: ¿yo loco, yo necio, yo vulgar?

—Ven acá —dijo Critilo— ¿no podrás tú pasar por donde tantos sabios pasaron, aunque sea tragando saliva?

—Debía estar de otra data el mundo.

—El mismo fue siempre que es: así le hallaron todos y así le dejaron. Vive un entendedor conde de Castrillo y no revienta, un entendido marqués Carreto y pasa.

—Pues ¿cómo hacen para poder vivir, siendo tan cuerdos?

—¿Cómo?: ver, oír y callar.

—Yo no diría de esa suerte, sino ver, oír y reventar.

—No dijera más Heráclito.

—Ahora dime, ¿nunca se ha tratado de adobar el mundo?

—Sí, cada día lo tratan los necios.

—¿Por qué necios?

—Porque es tan imposible como concertar a Castilla y descomponer a Aragón. ¿Quién podrá recabar que unos no tengan nepotes, y otros privados, que los franceses no sean tiranos, los ingleses tan feos en el alma cuan hermosos en el cuerpo, los españoles soberbios y los ginoveses, etc.?

—No hay que tratar, yo me vuelvo a mi cueva y a mis fieras, pues no hay otro remedio.

—Yo te le he de dar —dijo el Quirón— tan fácil como verdadero si me escuchas en la crisi siguiente.

Crisi séptima

La fuente de los Engaños

Declararon todos los males al hombre por su enemigo común, no más de por tener él razón. Estando ya para darle la batalla, dicen que llegó al campo la Discordia, que venía, no del infierno como algunos pensaron, ni de los pabellones militares, como otros creyeron, sino de casa de la hipócrita Ambición. En estando allí, hizo de las suyas: Movió una reñida competencia sobre quién había de llevar la vanguardia, no queriendo ceder ningún vicio esta ventaja del valor y del valer. Pretendía la Gula, por primera pasión del hombre, que comienza a triunfar desde la cuna. La Lascivia llevábalo por valiente, jactándose de las más poderosa pasión, refiriendo sus victorias y favorecíanla muchos. La Codicia alegaba ser la raíz de todo los males. La Soberbia blasonaba su nobleza, haciéndose oriunda del cielo, y ser el vicio más de hombres, cuando los demás son de bestias. La Ira lo tomaba fuertemente. Desta suerte peleaban entre sí, y todo paraba en confusión. Tomó la mano la Malicia y hízoles una pesadamente grave arenga: encargóles sobre todo la unión, aquel ir encadenados todos, y tocando el punto de la dificultad, les dijo:

—Esa bizarría del embestir, sabida cosa es que toca a mi hija primogénita la Mentira: ¿quién dudó jamás en eso? Ella es la autora de toda maldad, fuente de todo vicio, madre del pecado, arpía que todo lo inficiona, fitón que todo lo anda, hidra de muchas cabezas, Proteo de muchas formas, centimano que a todas manos pelea, Caco que a todos desmiente, progenitora al fin del Engaño, aquel poderoso rey que abarca todo el mundo entre engañadores y engañados, unos de ignorancia y otros de malicia. La Mentira, pues, con el Engaño embistan la incauta candidez del hombre cuando mozo y cuando niño valiéndose de sus invenciones, ardides, entratagemas, asechanzas, trazas, ficciones, embustes, enredos, embelecos, dolos, marañas, ilusiones, trampas, fraudes, falacias y todo género de italiano proceder; que de este modo, entrando los demás vicios por su orden, sin duda que tarde o temprano, a la mocedad o a la vejez, se conseguirá la deseada vitoria.

Cuánta verdad sea ésta, confírmelo lo que les sucedió a Critilo y Andrenio a poco rato que se habían despedido del sagaz Quirón; el cual, habiéndolos sacado de aquel confuso Babel, registro de todo el mundo y introducídolos en el camino más derecho, volvióse a encaminar otros, y ellos pasaron adelante en el peregrino viaje de su vida.

Iba muy aconortado Andrenio con el único remedio que le diera para poder vivir, y fue que mirase siempre el mundo, no como ni por donde le suelen mirar todos, sino por donde el buen entendedor conde de Oñate: eso es, al contrario de los demás, por la otra parte de lo que parece; y con eso, como él anda al revés, el que le mira por aquí le ve al derecho, entendiendo todas las cosas al contrarío de lo que muestran. Cuando vieres un presumido de sabio, cree que es un necio; ten al rico por pobre de los verdaderos bienes; el que a todos manda es esclavo común, el grande de cuerpo no es muy hombre, el grueso tiene poca sustancia, el que hace el sordo oye más de lo que querría, el que mira lindamente es ciego o cegará, el que huele mucho huele mal a todos, el hablador no dice cosa, el que ríe regaña, el que murmura se condena, el que come más come menos, el que se burla tal vez se confiesa, el que dice mal de la mercadería la quiere, el que hace el simple sabe mas; al quenada le falta él se falta a sí mismo, al avaro tanto le sirve lo que tiene como lo que no tiene; el que gasta más razones tiene menos, el más sabio suele ser menos entendido; darse buena vida es acabar; el que la ama la aborrece, el que te unta los cascos ése te los quiebra, el que te hace fiestas te ayuna; la necedad la hallarás de ordinario en los buenos pareceres; el muy derecho es tuerto, el mucho bien hace mal, el que excusa pasos da más; por no perder un bocado se pierden ciento; el que gasta poco gasta doblado, el que te hace llorar te quiere bien; y al fin, lo que uno afecta y quiere parecer, eso es menos.

Desta suerte iban discurriendo, cuando interrumpió su filosofar otro monstruo, aunque no lo extrañaron, porque en este mundo no se topa sino una monstruosidad tras otra. Venía hacia ellos una carroza, cosa bien rara en camino tan dificultoso, aunque tan atropellaba toda dificultad. Las pías que la tiraban, más remendadas que pías, eran dos serpientes, y el cochero una vulpeja. Preguntó Critilo si era carroza de Venecia, pero disimuló el cochero, haciendo del desentendido. Venía dentro un monstruo: digo, muchos en uno, porque ya era blanco, ya negro; ya mozo, ya viejo; ya pequeño, ya grande; ya hombre, ya mujer; ya persona y ya fiera: tanto, que dijo Critilo si sería éste el celebrado Proteo. Luego que llegó a ellos, se apeó con más cortesías que un francés novicio, primera especie de engaño, y con más cumplimientos que una despedida aragonesa les dio la bienvenida, ofreciéndoles de parte de su gran dueño su palacio, donde descansasen algunos días del trabajo de tan enfadoso camino. Agradecidos ambos a tan anticipado favor, le preguntaron quién era el tal señor que, sin conocerlo ni conocerlos, así los obligaba.

—Es —dijo— un gran príncipe que, si bien su señorío se extiende por toda la redondez de la tierra, pero aquí al principio del mundo, en esta primera entrada de la vida, tiene su metrópoli. Es un gran rey y con toda propiedad monarca, pues tiene vasallos reyes: que son bien pocos los que no le rinden parias. Su reino es muy florido, donde, a más de que se premian las armas y se estiman las letras, quien quisiere entender de raíz la política, el modo, el artificio, curse esta corte; aquí le enseñarán el tajo para medrar y valer en el mundo, el arte de ganar voluntades y tener amigos: sobre todo el hacer parecer las cosas, que es el arte de las artes.

Picado el gusto, picábanle los pies a Andrenio por ir allá: no veía la hora de hallarse en una corte tan política. Y, obligado del agasajo, estaba ya dentro la carroza, dando la mano a Critilo y estirándole a que entrase; mas éste, como iba con pies de oro, volvió a informarse cómo se nombraba aquel príncipe, que siendo tan grande como decía, no podía dejar de tener gran nombre.

—Muchos tiene —respondió el ministro, mudando a cada palabra su semblante—, nombres y renombres tiene, y aunque en cada provincia el suyo y para cada acción, pero el verdadero, el más propio, pocos le saben: que muy pocos llegan a verle y menos a conocerle. Es príncipe de mucha autoridad, que no es de esos de a docena en provincia; guarda gran recato, no se permite así vulgarmente que consiste su mayor estimación en el retiro y en no ser descubierto. Al cabo de muchos años llegan algunos a verle, y eso por gran ventura; que otros, ni en toda la vida.

Ya en esto les había sacado del camino derecho y metido en otro muy intrincado y torcido. Cuando lo advirtió Critilo, comenzó a malearse, pero ya no era fácil volver atrás y desenredarse, siguiesen, que él les ofrecía sacarlos a lucimiento, y que advirtiesen que casi todos los pasajeros echaban por allí.

—No es eso lo mejor —dijo Critilo—, antes lo trivial le hace sospechoso.

Y previno a Andrenio fuese muy sobre sí y doblase la cautela.

Llegaron ya a la gran fuente de la gran sed, tan nombrada como deseada de todos los fatigados viandantes, famosa por su artificio, injuria de Juanelo, y célebre por la perenidad de sus líquidos cristales. Estaba en medio de un gran campo, y aún no bastante para la mucha gente que concurría solicitando alivio a tanta sed y fatiga. Veíase en aquella ocasión tan coronada de sedientos pasajeros que parecía haberse juntado todo el mundo: que bien pocos de los mortales faltaban. Brollaba el agua por siete caños en gran abundancia, aunque no eran de oro, sino de hierro, circunstancia que la notó bien Critilo, y más cuando vio que, en vez de grifos y leones, eran sierpes y eran canes. No había estanque donde el agua rebalsase, porque no sobraba gota donde se desperdiciaban tantas, asegurando todos cuantos la gustaban era la más dulce que en su vida habían bebido; y con este cebillo, sobre el cansancio, no cesaban de brindarse, hidrópicos de su dulzura. Para la gente de cuenta, que siempre éstos son contados, había cálices de oro, que una agradable ninfa, tabernera de Babilonia, con extremada cortesía les ministraba, y la más veces bailándoles el agua delante. Aquí Andrenio, tan apretado de la sed cuan obligado del agasajo, sin más reparo se precipitó al agua. Poca pudo pasar, que le gritó Critilo:

—¡Aguarda, espera, mira primero si es agua!

—Pues ¿qué ha de ser? —replicó él.

—Bien puede ser veneno, que aquí todo es de temer.

—Agua veo yo que es, y muy clara y bien risueña.

—Eso —replicó Critilo— es lo peor; aun del agua clara ya no hay que fiar, pues con todo ese claro proceder adultera las cosas, representándolas mayores de lo que son, y a veces más altas, y otras las esconde en el profundo: ya ríe y ya murmura, que no hiciera más un áulico.

—Déjame siquiera enjaguar —replicó Andrenio—, que estoy que perezco.

—No hagas tal, que el enjaguar siempre fue reclamo de beber.

—¿Siquiera no podría bañarme estos ojos, limpiándome del polvo que me ciega y del sudor que me ensucia?

—Ni aun eso. Créeme y remítete siempre a la experiencia, con enseñanza tuya y riesgo ajeno: nota el efecto que hará en estos que ahora llegan, míralos bien primero antes que beban, y vuelve a reconocerlos después de haber bebido.

Llegaba en esto una tran tropa de pasajeros, que más sedientos que atentos se lanzaron al agua. Comenzaron a bañarse lo primero y estregarse los ojos blandamente; pero, cosa rara y increíble, al mismo punto que les tocó el agua en ellos se les trocaron de modo que, siendo antes muy naturales y claros, se les volvieron de vidrio de todas colores: a uno, tan azules, que todo cuanto veía le parecía un cielo y que estaba en gloria; éste era un gran necio que vivía muy satisfecho de sus cosas. A otro se le volvieron candidos como la misma leche, todo cuanto veía le parecía bueno, sin género alguno de malicia, de nadie sospechaba mal, y así todos le engañaban todo lo abonaba, y más si eran cosas de sus amigos: hombre más sencillo que un polaco. Al contrario, a otro se le pusieron más amarillos que una hiel, ojos de suegra y cuñada; en todo hallaba dolo y reparo, todo lo echaba a la peor parte, y cuantos veía juzgaba que eran malos y enfermos: éste era uno más malicioso que juicioso. A otros se les volvían verdes, que todo se lo creían y esperaban conseguir, ojos ambiciosos. Los amartelados cegaban de todo punto y de ajenas legañas. A muchos se les paraban sangrientos, que parecían calábreses. Cosa rara que, aunque algunos daba buena vista, veían bien y miraban mal: debían ser envidiosos.

No sólo se les alteraban los ojos en orden a la calidad, sino a la cantidad y figura de los objetos. Y de suerte que a unos todas las cosas les parecían grandes, y más las propias, a lo castellano; a otros todo les parecía poco, gente de mal contentar. Había uno que todas las cosas le parecían estar muy lejos, acullá cien leguas, y más los peligros, la misma muerte: este era un incauto. Al contrario, a otro le parecía que todo lo tenía muy cerca, y los mismos imposibles muy a mano: todo lo facilitaba, pretendiente había de ser. Notable vista era la que les comunicaba a muchos, que todos les parecía reírseles y que todos les hacían fiestas y agasajo: condición de niños. Estaba uno muy contento porque en todo hallaba hermosura, pareciéndole que veía ángeles: éste dijeron que era o portugués o nieto de Macías. Hombre había que en todo se veía a sí mismo, necio antiferonte. A otro se le equivocó la vista de modo que veía lo que no miraba: bizco de intención y de voluntad torcida. Había ojos de amigos y ojos de enemigos muy diferentes; ojos de madre, que los escarabajos le parecían perlas, y ojos de madrastra, mirando siempre de mal ojo; ojos españoles, verdinegros, y azules los franceses.

Todos estos monstruosos efectos causó aquel venenoso licor en los que se lavaron con él; que en otros que llegaron a tomarle en la boca y enjaguarse, ya obró más prodigiosas violencias, pues las lenguas que antes eran de carne sólida y sustancial, las trocó en otras de bien extraordinarias materias: unas de fuego, que abrasaban el mundo, y otras de aguachirle muy a la clara; muchas de viento, que parecían fuelles en llenar las cabezas de mentiras, de soplos y de lisonjas. Algunas que habían sido de seda, las volvía de bayeta, y las de terciopelo en raso. Transformaba otras en lenguas de burlas, nada sustanciales, y las más de borra, que se embarazaban mucho en decir lo que convenía. A muchas mujeres les quitó del todo las lenguas, pero no el habla, que antes hablaban más cuanto más deslenguadas.

Comenzó uno a hablar muy alto.

—Este —dijo Andrenio— español es.

—No es sino un presuntuoso —dijo Critilo—, que los que habían de hablar más quedo, hablan de ordinario más alto.

—Así es —dijo uno con una voz muy afeminada que parecía francés, y no era sino un melindroso. Salióle al encuentro otro que parecía hablar entre boca de noche, y todos creyeron era tudesco, mas él mismo dijo:

—No soy sino uno destos que, por hablar culto, hablo a escuras. Ceceaba uno tanto que hacía rechinar los dientes, y todos convinieron en que era andaluz o gitano. Otros se escuchaban, y eran los que peor decían. Muy alborotado comenzó uno a inquietarlo todo y revolver el mundo, sin saber él mismo porqué: sólo dijo que era su natural; creyeron todos era mallorquín, mas no era sino un bárbaro furioso. Hablaba uno y nadie le entendía; pasó plaza de vizcaíno, mas no lo era, sino uno que pedía. Perdió de todo punto la habla un otro, procurando darse a entender por señas, y todos se reían dél.

—Éste, sin duda —dijo Critilo—, quiere decir la verdad, y no acierta o no se atreve.

Hablaban otros muy ronco y con voz muy baja.

—Éstos —dijo— habían de ser del parlamento, pero no son sino del consejo de sí mismos.

Algunos hablaban gangoso, si bien no faltaba quien les entendía la ganga; tartamudeando, los que negaban, los que ni bien decían de sí, ni bien de no. Muchos no hablaban seguido, y muy pocos se mordían la lengua. Pronunciaban algunos como botijas a lo enfadado, y más a lo enfadoso; éstos entonado, aquéllos mirlado, especialmente cuando querían engañar. Fue de modo que ninguno quedó con su voz, ni buena ni verdadera. No había hombre que hablase llanamente, igual, consiguiente y sin artificio: todos murmuraban, fingían, malsinaban, mentían, engañaban, chismeaban, injuriaban, blasfemaban y ofendían. Desde aquí aseguran que a los franceses, que bebieron más que todos, y les brindaron los italianos, les quedó el no hablar como escriben, ni el obrar lo que dicen; de modo que es menester atenderles mucho a lo que pronuncian y escriben, entendiéndolo todo al revés.

Pero donde mostró su eficacia el licor pestilencial fue en aquellos que bebieron dél, porque al mismo punto que le tragaron (¡cosa lastimosa, pero cierta!), todo el interior se les revolvió y mudó de suerte que no les quedó aquella substancia verdadera que antes tenían, sino que quedaron llenos de aire, rebutidos de borra: hombres de burla, todo mentira y embeleco. Los corazones se les volvieron de corcho, sin jugo de humanidad ni valor de personas, las entrañas se les endurecieron más que de pedernales, los sesos de algodón, sin fondo de juicio, la sangre agua, sin color ni calor, el pecho de cera, no ya de acero, los nervios de estopa, sin bríos, los pies de plomo para lo bueno y de pluma para lo malo, las manos de pez, que todo se les apega, las lenguas de borra, los ojos de papel: Y todos ellos, engaño de engaños y todo vanidad.

Al desdichado Andrenio, una sola gota que tragó (que la demás se la hizo verter Critilo) le hizo tal operación, que quedó vacilando siempre en la virtud.

—¿Qué te parece? —le dijo Critilo.

—¡Qué perenidad ésta de engaños, qué manantial de mentiras en el mundo!

—Mira qué bueno hubieras quedado si hubieras bebido a hartar, como hacen los más.

¿Piensas tú que valen poco unos ojos claros, una lengua verdadera, un hombre sustancial, un duque de Osuna, una persona que lo sea, un príncipe de Conde? Créeme, y estima el serlo, que es un prodigio de fénix.

—¿Ay tal suceso —decía Andrenio—, quién tal creyera de una agua tan mansa?

—Ésa es la peor.

—¿Cómo se llama esta fuente? —preguntó a unos y otros.

Y ninguno supo responderle.

—No tiene nombre —dijo el Proteo—, que en no ser conocida consiste su eficacia.

—Pues llámese —dijo Critilo— la Fuente de los Engaños, donde el que una vez bebe, después todo se lo traga y todo lo trueca. Quisiera volver atrás Critilo, mas no pudo, ni vino en ello Andrenio, ya maleado, instando en pasar adelante el Proteo, y diciendo:

—¡Ea!, que más vale ser necio con todos que cuerdo a solas.

Fuelos desviando, que no guiando, por unos prados amenos donde se estaba dando verdes la juventud. Caminaban a la fresca de árboles frondosos, todos ellos descorazonados, gran señal de infructíferos. Divisábase ya la gran ciudad por los humos, vulgar señal de habitación humana, en que todo se resuelve. Tenía extremada apariencia, y mejor cuanto más de lejos. Era increíble el concurso que de todas las provincias y a todos tiempos acudían a aquel paradero de todos, levantando espesas nubes de polvo que quitaban la vista. Cuando llegaron a ella, hallaron que lo que parecía clara por fuera, era confusa dentro; ninguna calle había derecha ni despejada: modelo de laberintos y centro de minotauros. Fue a meter el pie el arrojado Andrenio, y diole un grito Critilo:

—¡Abre los ojos primero, los interiores digo, y porque adviertas donde entras, mira! Bajóse a tierra y, escarbando en ella, descubrió lazos y más lazos de mil maneras, hasta de hilos de oro y de rubios cabellos; de suerte que todo el suelo estaba sembrado de trampas encubiertas.

—Nota —le dijo— dónde y cómo entras, considera a cada paso que dieres dónde pones el pie y procura asentarlo. No te apartes un punto de mi lado, si no quieres perderte. Nada creas de cuanto te dijeren, nada concedas de cuanto te pidieren, nada hagas de cuanto te mandaren. Y en fee desta lición, echemos por esta calle, que es la del callar y ver para vivir. Eran todas las casas de oficiales: no se veía un labrador, gente que no sabe mentir. Vieron cruzar de una parte a otra muchos cuervos muy domésticos y muy hallados con sus amos. Extrañólo Andrenio, y aun lo tuvo por mal agüero, mas díjole el Proteo:

—No te espantes, que destas malas aves dijo una muy aguda necedad Pitágoras prosiguiendo aquél su opinado disparate de que Dios castigaba los malos, en muerte, trasladando sus almas a los cuerpos de aquellos brutos a quienes habían simbolizado en vida: Las de los crueles metía a tigres, las de los soberbios a leones, las de los deshonestos a jabalíes, y así de todos. Dijo, pues, que las almas de los oficiales, especialmente aquellos que nos dejan en cueros, cuando nos visten, las daba a cuervos; y como siempre habían mentido diciendo: «Mañana, señor, estará acabado: para mañana sin falta», ahora, prosiguiendo en su misma canción, van repitiendo por castigo y por costumbre aquel su ¡cras, cras!, que nunca llega.

En lo más interior ya de la ciudad, vieron muchos y grandes palacios muy ostentosos y magníficos.

—Aquel primero —les dijeron antes de preguntarlo— es de Salomón: allí está embelesado entre más de trescientas mujeres, equivocándose entre el cielo y el infierno. En aquélla que parece fortaleza, y no es sino una casa bien flaca, mora Hércules, hilando con Onfale la camisa o mortaja de su fama. Acullá, Sardanápalo, vestido de mujer y revestido de su flaqueza. Más hacia acá, Marco Antonio el desdichado, por más que le diga la ventura una gitana. En aquel arruinado alcázar no vive, sino que acaba el godo Rodrigo, desde cuyo tiempo quedaron fatales los condes para España. Aquella otra, la mitad de oro y la mitad de lodo amasado con sangre humana, es la casa áurea de Nerón el extremado, comenzando por una prodigiosa clemencia y acabando en una portensosa crueldad. Acullá hace ruido el más cruel de los Pedros: que no sólo los dientes, pero todos los huesos está crujiendo de rabia. Aquellos otros palacios se están fabricando ahora a toda priesa. No se sabe aún para quién son aunque muchos se lo sospechan: lo cierto es que se edificaron para quien no edifica, y estas obras son para los que no las hacen.

—Este lado del mundo embarazan los engañados —les dijo un vestido de verde—; aquel otro lo ocupan los engañadores: aquéllos se ríen de éstos, y éstos de aquéllos, que al cabo del año ninguno queda deudor.

Mostró grandes ganas Andrenio de pasar de la otra banda y verlo todo, no estando siempre entre los engañados. Pero no topaban otro que tiendas de mercaderes, y muy a escuras. Unas vendían borra y más borra para hacer parecer, para suplir faltas, aun de las mismas personas; otras, cartones para hacer figuras. Había una llena de pieles de raposa, y aseguraban eran más estimadas que las martas cebellinas. Creyéronlo cuando vieron entrar, y salir, en ella hombres famosos, como Temístocles y otros más modernos. Vestíanse muchos de ellas, a falta de pieles de león, que no se hallaban, pero los sagaces servíanse dellas por aforro de los mismos armiños. Vieron en una tienda gran cantidad de antojos para no ver o para que no viesen. Compraban muchos los señores para los que los llevan a cuestas, con que los tienen quietos y enfrenados; las casadas los compraban para que no se viesen sus antojos y hacer creer a los maridos se les antojan las cosas. También había para engrandecer y para multiplicar. De modo que había de viejos y de mozos, de hombres y de mujeres, y éstos eran los más caros. Toparon una tienda llena de corchos para hacer personas, y realmente, aunque se empinaban con ellos y parecían más de lo que eran, pero todo era poca sustancia. Lo que le contentó mucho a Andrenio fue una guantería.

—¡Qué gran invención —dijo— ésta de los guantes, para todo tiempo!, contra el calor y contra el frío, defienden del sol y del aire: aunque no sea sino para dar que hacer a algunos que en todo el día no hacen otro que calzárselos y descalzárselos.

—Sobre todo —dijo Critilo—, para que a poca costa echen buen olor las personas; que de otra suerte cuesta mucho y tal vez un ojo de la cara.

—¡Qué bien lo entendéis! —replicó el guantero—. Si dijeradeis que sirven ya para envainar las uñas, que no les puedan mirar a las manos, eso sí; no falta quien se los calza para cazar.

—¿Cómo puede ser eso —dijo Critilo—, si el mismo refrán lo contradice?

—No hagáis caso de eso, señor mío, que ya hasta los refranes mienten, o los desmienten. Lo que yo sé decir es que más monta ahora lo que se da para guantes que en otro tiempo para un vestido.

—Dadme acá uno solo —dijo Critilo—, que yo quiero asentarlo.

Después de haber pasado las calles de la Hipocresía, de la Ostentación y Artificio, llegaron ya a la Plaza Mayor, que era la de Palacio, porque estuviese en su centro. Era espacioso y nada proporcionado, ni estaba a escuadría: todo ángulos y traveses, sin perspectiva ni igualdad. Todas sus puertas eran falsas y ninguna patente; muchas torres, más que en Babilonia, y muy airosas; las ventanas verdes, color alegre, por lo que promete y el que más engaña. Aquí vivía, o aquí yacía, aquel tan grande como escondido monarca, que muy entretenido asistía estos días a unas fiestas dedicadas a engañar el pueblo no dejándole lugar para discurrir en cosas mayores. Estaba el Príncipe viéndolas bajo celosía, ceremonia inviolable, y más este día que hubo unos juegos de manos, obra de gran sutileza, muy de su gusto y genio, toda tropelía.

Estaba la plaza hecha un gran corral del vulgo, enjambre de moscas en el zumbir y en el asentarse en la basura de las costumbres, engordando con lo podrido y hediondo de las morales llagas. A tan mecánico aplauso, subió en puesto superior (más descarado que autorizado, cuales suelen ser todos los que sobresalen en las plazas) un elocuentísimo embustero, que después de una bien paloteada arenga, comenzó a hacer notables prestigios, maravillosas sutilezas, teniendo toda aquella inumerable vulgaridad abobada. Entre otras burlas bien notables, les hacía abrir las bocas y aseguraba les metía en ellas cosas muy dulces y confitadas, y ellos se lo tragaban; pero luego les hacía echar cosas asquerosísimas, inmundicias horribles, con gran desaire dellos y risa de todos los circunstantes. El mismo charlatán daba a entender que comía algodón muy blanco y fino, mas luego, abriendo la boca, lanzaba por ella espeso humo, fuego y más fuego, que aterraba. Tragaba otras veces papel, y luego iba sacando muchas cintas de seda, listones de resplandor: y todo era embeleco, como se usa.

Gustó mucho a Andrenio y comenzó a solemnizarlo.

—Basta —dijo Critilo—, que tú también te pagas de las burlas, no distinguiendo lo falso de lo verdadero. ¿Quién piensas tú que es este valiente embustero? Este es un falso político llamado el Maquiavelo, que quiere dar a beber sus falsos aforismos a los ignorantes. ¿No ves cómo ellos se los tragan, pareciéndoles muy plausibles y verdaderos? Y, bien examinados, no son otro que una confitada inmundicia de vicios y de pecados: razones, no de Estado, sino de establo. Parece que tiene candidez en sus labios, pureza en su lengua, y arroja fuego infernal que abrasa las costumbres y quema las repúblicas. Aquellas que parecen cintas de seda son las políticas leyes con que ata las manos a la virtud y las suelta al vicio; éste es el papel del libro que publica y el que masca, todo falsedad y apariencia, con que tiene embelesados a tantos y tontos. Créeme que aquí todo es engaño; mejor sería desenredarnos presto dél.

Mas Andrenio apelóse al entretenimiento del otro día, que lo publicaron por de mucho deporte.

No bien amaneció (que allí aun el día nunca es claro) cuando se vio ocupada toda la plaza de un gran concurso de gente, con que no faltó quien dijo estaba de bote en bote vacía. La fiesta era una farsa con muchas tramoyas y apariencias, célebre espectáculo en medio de aquel gran teatro de todo el mundo. No faltó Andrenio, de los primeros, para su gusto, ni Critilo, para su provecho. En vez de la música, ensaladilla del gusto, se oyeron pucheros, y en lugar de los acordes instrumentos y voces regaladas, se oyeron lloros, y al cabo dellos (si se acaban) salió un hombrecillo: digo, que comenzaba a ser hombre. Conocióse luego ser extranjero en lo desharrapado. Apenas se enjugó las lágrimas, cuando se adelantó a recibirle un grande cortesano haciéndose muy amigo, dándole la bien venida. Ofrecióle largamente cuanto pudiera el otro desear en tierra ajena, y él no cumplir en la propia, con tal sobra de palabras que el extranjero se prometió las obras. Convidóle lo primero a su casa, que se veía allí a un lado tan llena de tramoyas cuan vacía de realidades. Comenzó a franquearle riquezas en galas, que era de lo que él más necesitaba, por venir desnudo; pero con tal artificio, que lo que con una mano le daba, con la otra se lo quitaba con increíble presteza. Calábase un sombrero coronado de diamantes, y prontamente arrojaban un anzuelo sin saber cómo ni por dónde y pescábanselo con sobrada cortesía; lo mismo hicieron de la capa, dejándole gentilhombre. Poníale delante una riquísima joya, mas luego con gran destreza se la barajaba, suponiéndole otra falsa, que era tirarle piedras. Estrenábale una gala muy costosa, y en un cerrar y abrir de ojos se convertía en una triste mortaja, dejándole en blanco. Y todo esto, con gran risa y entretenimiento de los presentes, que todos gustan de ver el ajeno engaño. Faltándoles el conocimiento para el propio, ni advertían que mientras estaban embelesados mirando lo que al otro le pasaba, les saqueaban a ellos las faldriqueras y tal vez las mismas capas. De suerte que, al cabo, el mirado y los que miraban todos quedaban iguales, pues desnudos en la calle y aun en tierra. Salió en esto otro agasajador, y aunque más humano, hechura del primero. Parecía de buen gusto, y así le dijo tratase de emplearlo. Mandó parar la mesa a quien nunca para. Sacaron muchos platos, aunque los más comen simplato, arrastraron sillas, y al punto que el convidado fue a sentarse en una (que no debiera tomarlo tan de asiento), falseóle a lo mejor; y al caer él, se levantó la risa en todo el teatro. Acudió compasiva una mujer, y por lo joven muy robusta, y ayudándole a levantar, le dijo que se afirmase en su rollizo brazo; con esto pudo proseguir, si no hallara falsificada la vianda, porque al descoronar la empanada hallaba sólo el eco, y del pernil el nihil. Las aves sólo tenían el nombre de perdiganas. Todo crudo y sin sustancia. Al caer, se quebró el salero, con que faltó la sazón, y el agüero no. El pan, que parecía de flor, era con piedras, que aun no tenía salvados. Las frutas, de Sodoma, sin fruto. Sirviéronle la copa de todas maneras penada, y tanto, que más fue papar viento que beber vino que fue. En vez de música, era la vaya que le daban. A lo mejor del banquete, cansóse o quiso cansarse el falso arrimo (al fin, por lo femenil, flaco y falso), dejóle caer, y contó al revés todas las gradas hasta llegar a tierra y ponerse del lodo. Ninguno de cuantos asistían se comidió ayudarle. Miró él a todas partes si alguno se compadecería y vio cerca un viejo cano; rogóle que pues no era hombre de burlas, como lo prometía su madurez, quisiese darle la mano. Respondióle que sí y aun le llevaría en hombros; ejecutólo oficioso, mas él se era coxo cuando no volaba, y no menos falso que los demás. A pocos pasos tropezó en su misma muleta, con que cayó en una encubierta trampa de flores y verduras, gran parte de la fiesta; aquí lo dejó caer, cogiéndole de vuelo la ropa que le había quedado: allí se hundió donde nunca más fue visto ni oído pereciendo su memoria con sonido, pues se levantó la grita de todo aquel mecánico teatro. Hasta Andrenio, dando palmadas, solemnizaba la burla de los unos y la necedad del otro. Volvióse hacia Critilo y hallóle que no sólo no reía como los demás, pero estaba sollozando.

—¿Qué tienes? —le dijo Andrenio—. ¿Es posible que siempre has de ir al revés de los demás? Cuando los otros ríen, tú lloras, y cuando todos se huelgan, tú suspiras.

—Así es —dijo él—. Para mí, ésta no ha sido fiesta, sino duelo; tormento, que no deporte. Y si tú llegases a entenderlo lo que es esto, yo aseguro me acompañarías en el llanto.

—Pues ¿qué es esto —replicó Andrenio— sino un necio que, siendo extranjero, se fía de todos, y todos le engañan, dándole el pago que merece su indiscreta facilidad? De eso, yo más quiero reír con Demócrito que llorar con Heráclito.

—Y dime —le replicó Critilo—, y si fueses tú ése de quien te ríes, ¿qué dirías?

—¿Yo, de qué suerte? ¿Cómo puedo ser él, si estoy aquí vivo y sano, y no tan necio?

—Ése es el mayor engaño —ponderó Critilo—. Sabe, pues, que aquel desdichado extranjero es el hombre de todos, y todos somos él. Entra en este teatro de tragedias llorando, comiénzanle a cantar y encantar con falsedades; desnudo llega y desnudo sale, que nada saca después de haber servido a tan ruines amos. Recíbele aquel primer embustero, que es el Mundo, ofrécele mucho y nada cumple, dale lo que a otros quita para volvérselo a tomar con tal presteza que lo que con una mano le presenta, con la otra se lo ausenta, y todo para nada. Aquel otro que le convida a holgarse es el Gusto, tan falso en sus deleites cuan cierto en sus pesares; su comida es sin sustancia, y su bebida venenos. A lo mejor, falta el fundamento de la Verdad, y da con todo en tierra. Llega la Salud, que cuanto más le asegura más le miente. Aquellos que le dan priesa son los Males; las Penas le dan vaya, y grita los Dolores: vil canalla toda de la Fortuna. Finalmente, aquel viejo peor que todos, de malicia envejecida, es el Tiempo, que le da el traspié y le arroja en la sepultura, donde le deja muerto, solo, desnudo y olvidado. De suerte que, si bien se nota, todo cuanto hay se burla del miserable hombre: el mundo le engaña, la vida le miente, la fortuna le burla, la salud le falta, la edad se pasa, el mal le da priesa, el bien se le ausenta, los años huyen, los contentos no llegan, el tiempo vuela, la vida se acaba, la muerte le coge, la sepultura le traga, la tierra le cubre, la pudrición le deshace, el olvido le aniquila: y el que ayer fue nombre, hoy es polvo, y mañana nada. Pero ¿hasta cuándo perdidos habemos de estar, perdiendo el precioso tiempo? Volvamos ya a nuestro camino derecho, que aquí, según veo, no hay que aguardar sino un engaño tras otro engaño.

Mas Andrenio, hechizado de la vanidad, había hallado gran cabida en Palacio. Entraba y salía en él, idolatrando en la fantástica grandeza de un rey sin nada de realidad: estaba más embelesado cuando más embelecado. Vendíanle los favores, hasta la memoria, con que llegó a prometerse una fortuna extraordinaria. Hacía vivas distancias por verle y besarle los pies, que aún no tenía: ofreciéronle que sí una tarde, que sin llegar siempre lo fue. Volvió Critilo a proponer las conveniencias de su ida, ya persuadiendo, y ya rogando; túvole finalmente, si no convencido, enfadado de tanto «¡Sin falta!» con tantas. Llegaron ya a la puerta de la ciudad con resolución de dejarla; mas, ¡oh desdicha continuada!; hallaron guardas en ella que a nadie dejaban salir, y a todos entrar. Con esto, hubieron de volver atrás: Critilo, apesarado de su poca suerte; y Andrenio, arrepentido de arrepentido. Volvió de nuevo a su necedad en pretensiones; iba y venía a palacio, y aunque para cada día había su excusa, nunca el cumplimiento ni el desengaño. No cesaba Critilo de pensar en su remedio, pero el extraordinario modo como lo consiguió diremos adelante, entretanto que se da noticia de las maravillas de la celebrada Artemia.

Crisi octava

Las maravillas de Artemia

Buen ánimo contra la inconstante fortuna, buena naturaleza contra la rigurosa ley, buena arte contra la imperfecta naturaleza y buen entendimiento para todo. Es el arte complemento de la naturaleza y un otro segundo ser que por extremo la hermosea y aun pretende excederla en sus obras. Preciase de haber añadido un otro mundo artificial al primero, suple de ordinario los descuidos de la naturaleza, perficionándola en todo: que sin este socorro del artificio, quedara inculta y grosera. Éste fue sin duda el empleo del hombre en el paraíso, cuando le revistió el Criador la presidencia de todo el mundo y la asistencia en aquél para que lo cultivase: esto es, que con el arte lo aliñase y puliese. De suerte que es el artificio gala de lo natural, realce de su llaneza; obra siempre milagros. Y si de un páramo puede hacer un paraíso, ¿qué no obrará en el ánimo cuando las buenas artes emprenden su cultura? Pruébelo la romana juventud, y más de cerca nuestro Andrenio, aunque por ahora tan ofuscado en aquella corte de confusiones, cuya libertad solicitaron los desvelos de Critilo con la felicidad que veremos.

Érase una gran reina, muy celebrada por sus prodigiosos hechos, confinante con este primer rey, y por el consiguiente tan contraria suya que de ordinario traían guerra declarada y muy sangrienta. Llamábase aquélla, que no niega su nombre ni sus hechos, la sabia y discreta Artemia, muy nombrada en todos siglos por sus muchas y raras maravillas; si bien se hablaba de ella con grande variedad, porque aunque los entendidos sentían (y, entre ellos, el primero el tan valeroso como discreto duque del Infantado) de sus acciones como quien ellos son y ella merece, pero lo común era decir ser una valiente maga, una grande hechicera, aunque más admirable que espantosa. Muy diferente de la otra Circe, pues no convertía los hombres en bestias, sino al contrario, las fieras en hombres. No encantaba personas, antes las desencantaba.

De los brutos hacía hombres de razón; y había quien aseguraba haber visto entrar en su casa un estólido jumento, y dentro de cuatro días salir hecho persona. De un topo hacer un lince era fácil para ella; convertía los cuervos en candidas palomas, que era ya más dificultoso, así como hacer parecer leones las mismas liebres, y águilas los tagarotes; de un buho hacía un jilguero. Entregábanle un caballo, y cuando salía de sus manos no le faltaba sino hablar, y aun dicen que realmente enseñaba a hablar las bestias; pero mucho mejor a callar, que no era poco recabarlo de ellas.

Daba vida a las estatuas y alma a las pinturas: hacía de todo género de figuras y figurillas, personas de substancia. Y, lo que más admiraba de los titibilicios, cascabeles y esquiroles hacía hombres de asiento y muy de propósito, y a los chisgarabises infundía gravedad. De una personilla hacía un gigante, y convertía las monerías en madureces; de un hombre de burlas formaba un Catón severo. Hacía medrar un enano en pocos días, que llegaba a ser un Tifeo. Los mismos títeres convertía en hombres substanciales y de fondo, que no hiciera más la misma prudencia. Los ciegos del todo transformaba en Argos, y hacía que los interesados no fuesen los postreros en saber las cosas. Los dominguillos de borra, los hombrecillos de paja, convertía en hombres de veras. A las víboras ponzoñosas, no sólo les quitaba todo el veneno, pero hacía triaca muy saludable de ellas.

En las personas ejercitaba su saber y su poder con más admiración cuanto era mayor la dificultad, porque a los más incapaces infundía saber, que casi no ha dejado bobos en el mundo, y sí algunos maliciosos. Daba, no sólo memoria a los entronizados, pero entendimiento a los infelices; de un loco declarado hacía un Séneca, y de un hijo de vecino un gran ministro; de un alfeñique un capitán general tan valiente como un duque de Alburquerque, y de un osado mozo un virrey excelentísimo del mismo Napoles; de un pigmeo un gigantón de las Indias; de unos horribles monstruos hacía ángeles, cosa que estimaban mucho las mujeres.

Viéronla a veces, de repente, hacer de un páramo un pensil, y que prendían los árboles donde no prendieran las varas mismas. Dondequiera que ponía el pie formaba luego una corte y una ciudad tan culta como la misma Florencia; ni le era imposible erigir una triunfante Roma.

Desta suerte y a esta traza, contaban de ella que no acababan cosas tan maravillosas como plausibles. Llegó esta noticia al no sordo Critilo cuando más desahuciado estaba. Informóse muy por menudo de quién era Artemia, dónde y cómo reinaba, y concibió al punto que en hablarla consistía su remedio. No pudo recabar de Andrenio, ni con ruegos ni razones, que le siguiese. Y así él, después de haber velado sobre el caso, trazó huirse; y no tuvo tanta dificultad como imaginaba, que en este orden de cosas el que quiere puede. Rompió con todo, que es el único medio, y saltó por el portillo de dar en la cuenta, aquel que todos cuantos abren los ojos le hallan. Salió, al fin, tan dichoso como contento, y ya libre, metióse en camino para la corte de la deseada Artemia a consultarle el rescate de su amigo, que llevaba más atravesado en su corazón cuando más dél se apañaba.

Encontró por el camino muchos que también iban allá, unos por curiosidad y otros por su provecho, que eran más cuerdos. Contaban todos cosas y casos portentosos: que amansaba los leones y que con dos palabras que les decía los tornaba humanos y sufridos; que desencantaba las serpientes y las hacía andar derechas; tomaba de ojo a los basiliscos, quitándoles las niñas porque no matasen ni miradas ni mirando: que todas eran cosas bien útiles y raras.

—Todo eso es nada —dijo uno— con el prevalecer contra las mismas sirenas y transformarlas en matronas, aquel convenir en tórtolas las lobas; y lo más que puede imaginar, que de una Venus bestial hizo una virgen vestal.

—Eso es gran cosa —dijeron todos.

Campeaba ya su artificioso palacio muy superior a todo, y con estar en puesto tan eminente, hacía subir las aguas de los ríos a dar la obediencia a su poderosa maña con un raro artificio, ejemplar de aquel otro del famoso artífice que al mismo Tajo dio un corte de aguas cristalinas. Estaba todo él coronado de flores en jardines, prodigios también fragrantes, porque las espinas eran rosas, y las maravillas de todo el año; hasta los olmos daban peras, y uvas los espinos; de los más secos corchos sacaba jugo y aun néctar; y los peros, en Aragón tan indigestos, aquí se nacían confitados. Oíanse en los estanques cantar los cisnes en todo tiempo; hízosele muy de nuevo a Critilo, porque en otras partes de tal suerte enmudecen que aun en la hora de la muerte, aunque comúnmente se dice que cantan, ninguno se halla que los haya oído.

—Es —le dijeron— que como son tan candidos, si cantan ha de ser la verdad, y como ésa es tan mal oída, han dado en el arbitrio de enmudecer; sólo en aquel trance, apretados de la conciencia o porque ya no tienen más que perder, cantan alguna verdad. Y de aquí se dijo que tal predicador o tal ministro hablaron claro, el secretario Fulano desbuchó muchas verdades, el otro consejero descubrió su pecho, estando todos para morir. A la puerta estaba un león que le había convertido en una mansísima oveja, y un tigre en un cordero. Por los balcones había muchas parleras, digo aves, en conversación, manteniendo la tela los papagayos, aunque los tordos se picaban de su nombre. Los gatos y los alanos de su casa ya no arañaban apretados ni mordían rabiosos, sino que, reconociendo leales su gran dueño, besaban sus generosas plantas. Estábanles aguardando a la puerta muchas y bien aliñadas doncellas, aunque mecánicas y de escalera abajo; otras más nobles y liberales le subieron arriba y le ensalzaron a la oficina en que la discretísima Artemia, asistida de los varones eminentes (señalándole a cada uno su puesto el grande apreciador de las eminencias, don Vivencio de Lastanosa), estaba actualmente ocupada en hacer personas de unos leños. Tenía un rostro muy compuesto, ojos penetrantes; su hablar, aunque muy medido, muy gustoso; sobre todo, tenía extremadas manos que daban vida a todo aquello en que las ponía; todas sus facciones muy delicadas, su talle muy airoso y bien proporcionado, y en una palabra, toda ella de muy buen arte.

Recibió con agradable bizarría a Critilo, celebrándole por muy de su genio, sacándolo por la pinta, y añadió que con razón se llamó el rostro faz, porque él mismo está diciendo lo que hace y, facies en latín, lo que facíes. Llegó Critilo a saludarla, logrando favores tan agradables. Extrañó ella que un varón discreto viniese, no ya sólo, mas sí tanto; que la conversación, decía, es de entendidos y ha de tener mucho de gracia, y de las gracias, ni más ni menos de tres. Aquí, distilando el corazón en lágrimas, Critilo:

—Otros tantos —repondió— solemos ser un otro camarada que dejo por dejado, y siempre se nos junta otro tercero de la región donde llegamos, que tal vez nos guía, y tal nos pierde, como ahora, que por eso vengo a ti, ¡oh gran remediadora de desdichas!, solicitando tu favor y tu poder para rescatar este otro yo, que queda mal cautivo, sin saber de quién ni cómo.

—Pues si no sabes dónde le dejas, ¿cómo le hemos de hallar?

—Aquí entran tus prodigios —replicó él—: a más de que ahí queda en la corte (juráralo yo que ahí había de ser su perdición) de un rey famoso sin ser nombrado, poderoso por lo universal y singular por lo desconocido.

—¡Tate! —dijo ella—, ya estás entendido (que fue favor substancial): él queda sin duda en la Babilonia, que no corte, de mi grande enemigo Falimundo, porque ahí perece el mundo entero y todos acaban porque no acaban. Pero, mejor ánimo en la peor fortuna, que no nos ha de faltar ardid contra el engaño.

Mandó llamar uno de sus mayores ministros, gran confidente suyo; que acudió tan pronto como voluntario; parecía hombre de propósito, y aun ilustre, por lo claro y verdadero. A éste le confió la empresa, informándole muy bien Critilo de lo pasado y Artemia de lo nacedero. Entrególe juntamente un espejo de purísimo cristal, obra grande de uno de los siete griegos, explicándole su manejo y eficacia. Y él empeñó su industria: vistióse al uso de aquel país, con la misma librea que los criados de Falimundo, que era de muchos dobleces, pliegues, aforros y contraforros, senos, bolsillos, sobrepuestos, alforzas y capa para todas las cosas. Desta suerte se partió pronto a cumplir el preciso mandato. Quedó Critilo tan hallado como favorecido en la corte de Artemia, muy entretenido y aun aprovechado, viéndola cada día obrar mayores prodigios: porque la vio convertir un villano zafio en un cortesano galante, cosa que parecía imposible; de un montañés hizo un gentilhombre, que fue también gran primor del arte, y no menor hacer de un vizcaíno un elocuente secretario. Convertía las capas de bayeta raídas en terciopelos, y aun en felpas, un manteo deslucido de un pobre estudiante en una púrpura eminente, y una gorra en una mitra. Los que servían en una parte hacía mandasen en otra y tal vez el mundo todo, pues de un zagal que guardaba una piara hizo un pastor universal: obrando con más poder a mayor distancia, porque se le vio levantar un mozo de espuelas a Belengabor, y de un lacayo un señor de la Tenza.

Y de tiempos pasados contaban mayores cosas, pues la vieron transformar las aguijadas en cetros y hacer un César de un escribano. Mejoraba los rostros mismos, de modo que de la noche a la mañana se desconocían, mudando los pareceres de malos en buenos, y éstos en mejores. De hombres muy livianos hacía hombres graves, y de otros muy flacos, hombres de mucha substancia. Y era de modo que todos los defectos del cuerpo suplía: hacía espaldas, era pies y manos para unos, y daba ojos a otros, dientes y cabellos; y lo que es más, remendaba corazones, haciéndolos de las mismas tripas: que todos eran milagros de su artificio. Pero lo que más admiró a Critilo fue verla coger entre las manos un palo, un tronco, y irle desbastando hasta hacer dél un hombre que hablaba de modo que se le podía escuchar; discurría y valía, al fin, lo que bastaba para ser persona. Pero dejémosle tan bien entretenido y sigamos un rato al prudente anciano que camina en busca de Andrenio a la corte del famoso rey Falimundo.

Duraban aún los juegos bacanales. Andaban las máscaras más validas que en la misma Barcelona; no hubo hombre ni mujer que no saliese con la suya, y todas eran ajenas. Había de todos modos, no sólo de diablura, pero de santidad y de virtud, con que engañaban a muchos simples: que los sabios claramente les decían se las quitasen. Y es cosa notable que todos tomaban las ajenas y aun contrarias, porque la vulpeja salía con máscara de cordero, la serpiente de paloma, el usurero de limosnero, la ramera de rezadora y siempre en romerías, el adúltero de amigo del marido, la tercera de saludadora, el lobo del que ayuna, el león de cordero, el gato con barba a lo romano, con hechos de tal, el asno de león mientras calla, el perro rabioso de risa por tener falda, y todos de burla y engaño. Comenzó el viejo a buscar a Andrenio por aquellas encrucijadas, que no calles; y, aunque llevaba las señas tan individuales, él estaba tan trocado que no le conociera el mismo Critilo, porque ya los ojos no los tenía ni claros ni abiertos como antes, sino muy oscuros y casi ciegos, que los ministros de Falimundo ponen toda su mira en quitarla; ya no hablaba con su voz, sino con la ajena; no oía bien, y todo iba a mal andar: que si los hombres son otros de la noche a la mañana, ¡qué sería en aquel centro de la mentira! Con todo, valiéndose de su industria, y por otras señales más seguras de la ocasión y del tiempo, vino a tener lengua dél. Hallóle un día perdiendo muchos en mirar cómo otros perdían sus haciendas, y aun las conciencias. Había un gran partido de pelota, propio entretenimiento del mundo, y así, se jugaba en su gran calle a dos bandas muy contrarias, porque los unos de los jugadores unos eran blancos y los otros negros, unos altos y otros bajos, éstos pobres, aquéllos ricos, y todos diestros, como quien no hace otro eternamente. Las pelotas eran de viento, tan grandes como cabezas de hombres, que un pelotero llenaba de viento por ojos y por oídos, dejándolas tan huecas como hinchadas. Cogíalas el que las sacaba a plaza, y diciendo que jugaba con toda verdad (pues todo es burla y todo juego), daba con la pelota por aquellos aires con más presteza cuanto más impulso; rebatíala el otro sin dejarla reposar un instante; todos la sacudían de sí con notable destreza, que en eso consistía su ganancia: ya estaba tan alta que se perdía de vista, ya tan baja que iba rodando por aquellos suelos entre el lodo y la basura; uno la daba del pie y otro de mano, pero los más con unas que parecían lenguas y eran palas: ya andaba entre los de arriba, ya entre los de abajo, padeciendo grandes altibajos. Gritaba uno que ganaba quince, y era así, que a los quince años suele ser la ganancia del vicio y la pérdida de la virtud. Otro decía treinta, y tenía por ganado el juego, cuanto a tanta edad no se sabe. Deste modo la fueron peloteando hasta que cayó en tierra reventada, donde la pisaron: que en esto había de parar, y tan a su costa ganaron unos y se entretenían todos.

—Éstas —dijo Andrenio, volviéndose hacia quien le buscaba— parecen cabezas de hombres.

—Y lo son —respondió el viejo—, y una de ellas es la tuya: de hombres, digo, descabezados, más llenas de viento que de entendimiento, y otras de borra, de enredos y mentiras. Rebútelas el mundo de su vanidad, cógenlas aquellos de arriba, que son los contentos y felicidades, y arrójanlas a los de abajo, que son sus contrarios, los pesares y calamidades con todo género de mal: ya está el hombre miserable entre unos, ya entre otros, ya abatido, ya ensalzado; todos le sacuden y le arrojan, hasta que reventado viene a parar entre la azada y la pala, en el lodo y la hediondez de un sepulcro.

—¿Quién eres tú, que tanto ves?

—¿Quién eres tú, que estás ciego?

Fuésele poco a poco introduciendo, ganóle la voluntad para ganarle el entendimiento. Fuele descubriendo Andrenio sus esperanzas y las grandes promesas de valer. Vista la sazón, díjole el viejo:

—Ten por cierto que por ese camino jamás llegarás a ver este rey, cuanto menos hablarle; dependes de su querer, y él nunca querrá: que le va el ser en no ser conocido. El medio que sus ministros toman para que [no] le veas es cegarte; mira tú cuán poco miras. Hagamos una cosa: ¿qué me darás y yo te lo mostraré esta misma tarde?

—¿Burlas de mí? —le dijo Andrenio.

—No, porque siempre estoy de veras. No quiero otra cosa de ti sino que le mires bien cuando te le mostrare.

—Eso es pedirme lo que deseo.

Señalaron hora y acudieron puntuales, el uno como deseoso y el otro verdadero; y cuando Andrenio creyó le llevaría a Palacio y le introduciría por el favor o por el secreto, vio que le sacaba fuera, apartándole más. Quiso volverse, pareciéndole mayor embuste éste que todos los pasados. Detúvole el Prudente, diciendo:

—Advierte que lo que no se puede ver cara a cara, se procura por indirecta. Subamos a aquella eminencia, que levantados de tierra yo sé que descubriremos mucho. Subieron a lo alto, que caía enfrente de las mismas ventanas de Falimundo. Estando aquí, dijo Andrenio:

—Paréceme que veo mucho más que antes.

De que se holgó harto el compañero, porque en el ver y conocer consistía su total remedio. Hacíase ojos Andrenio mirando hacia Palacio por ver si podía brujulear alguna realidad, más en vano, que estaban las ventanas unas con celosías muy espesas y otras con vidrieras.

—No ha de ser de ese modo —dijo el viejo—, sino al contrario, volviendo las espaldas, que las cosas del mundo todas se han de mirar al revés para verlas al derecho. Sacó en esto el espejo del seno y, desenvolviéndole de un cendal, púsose delante, encarándole muy bien a las ventanas contrarias de Palacio.

—Mire ahora —le dijo—, contempla bien y procura satisfacer tu deseo. ¡Cosa rara y inaudita!, comenzó a espantarse y a temer tanto Andrenio, que casi desmayaba.

—¿Qué tienes, qué ves? —le preguntó el anciano.

—¡Qué he de ver! Lo que no quisiera ni creyera. Veo un monstruo, el más horrible que vi en mi vida, porque no tiene pies ni cabeza; ¡qué cosa tan desproporcionada, no corresponde parte a parte, ni dice uno con otro en todo él!, ¡qué fieras manos tiene, y cada una de su fiera, ni bien carne ni pescado, y todo lo parece! ¡Qué boca tan de lobo, donde jamás se vio verdad! Es niñería la quimera en su cotejo: ¡qué agregado de monstruosidades! ¡Quita, quítamele [de] delante, que moriré de espanto! Pero el prudente compañero le decía:

—Cúmpleme la palabra, nota aquel rostro, que a la primera vista parece verdadero, y no es de hombre, sino de vulpeja; de medio arriba es serpiente; tan torcido tiene el cuerpo y sus entrañas tan revueltas, que basta a revolverlas; el espinazo tiene de camello, y hasta en la nariz tiene corcova; el remate es de sirena, y aun peor, tales son sus dejos. No puede ir derecho; ¿no ves como tuerce el cuello?, anda acorvado, y no de bien inclinado. Las manos tiene gafas, los pies tuertos, la vista atravesada. Y a todo esto, habla en falsete, para no hablar ni proceder bien en cosa alguna.

—¡Basta —dijo Andrenio—, que reviento!

—Y basta que a ti te sucede lo que a todos los otros —dijo el viejo—, que en viéndole una vez tienen harto, nunca más le pueden ver: eso es lo que yo deseaba.

—¿Quién es este monstruo coronado? —preguntó Andrenio—, ¿quién este espantoso rey?

—Éste es —dijo el anciano— aquel tan nombrado y tan desconocido de todos, aquel cuyo es todo el mundo por sola una cosa que le falta; éste es aquel que todos platican y le tratan, y ninguno le queria en su casa, sino en la ajena; éste es aquel gran cazador con una red tan universal que enreda todo el mundo; éste es el señor de la mitad del año, primero, y de la otra mitad después; éste, el poderoso (entre los necios) juez a quien tantos se apelan, condenándose; éste, aquel príncipe universal de todos, no sólo de hombres, pero de las aves, de los peces y de las fieras; éste es, finalmente, el tan famoso, el tan sonado, el tan común Engaño.

—No hay más que aguardar —dijo Andrenio—. Vamonos de aquí, que ya estoy más lejos dél cuanto más cerca.

—Aguarda —dijo el viejo—, que quiero que conozcas toda su parentela.

Ladeó un poco el espejo y apareció una urca más furiosa que la de Orlando, una vieja más embelecadora que la de Sempronio.

—¿Quién es esta meguera? —preguntó Andrenio.

—Ésta es su madre, la que manda y gobierna; ésta es la Mentira.

—¡Qué cosa tan vieja!

—Ha muchos años que nació.

—¡Qué cosa tan fea! Cuando se descubre, parece que cojea.

—Por eso la alcanzan luego.

—¡Qué de gente le acompaña!

—Todo el mundo.

—Y de buen porte.

—Ésos son los más allegados.

—¿Y aquellos dos enanos?

—El Sí y el No, que son sus meninos.

—¡Qué de promesas, qué de ofrecimientos, excusas, cumplimientos, favores! Hasta las alabanzas le acompañan.

Torció el espejo a un lado y a otro, y descubrieron mucha gente honrada, aunque no de bien:

—Aquélla es la Ignorancia su abuela; la otra su esposa la Malicia, la Necedad su hermana; aquellos otros sus hijos y hijas, los Males, las Desdichas, el Pesar, la Vergüenza, el Trabajo, el Arrepentimiento, la Perdición, la Confusión y el Desprecio. Todos aquellos que le están al lado, son sus hermanos y primos, el Embuste, el Embeleco y el Enredo, grandes hijos deste siglo y desta era. ¿Estás contento Andrenio? —Le preguntó el viejo.

—Contento no, pero desengañado sí. Vamos, que los instantes se me hacen siglos: una misma cosa me es dos veces tormento, primero deseada y después aborrecida. Salieron ya por la puerta de la luz de aquel Babel del Engaño. Iba Andrenio a medio gusto, que nunca llega a ser entero. Examinóle el viejo de su nueva pena, y respondióle:

—¡Qué quieres!, que aún no me he hallado todo.

—¿Qué te falta?

—La mitad.

—¿Qué, algún camarada?

—Más.

—¿Algún hermano?

—Aún es poco.

—¿Tu padre?

—Por ahí, por ahí: un otro yo, que lo es un amigo verdadero.

—Tienes razón, mucho has perdido si un amigo perdiste, y será bien dificultoso hallar otro. Pero, dime, ¿era discreto?

—Sí, y mucho.

—Pues no se habrá perdido para sí. ¿No supiste qué se hizo?

—Díjome iba a la corte de una reina, tan sabia como grande, llamada Artemia.

—Si era entendido, como dices, yo lo creo, allá habrá aportado. Consuélate, que allá vamos también, que quien te sacó del Engaño ¿dónde te ha de llevar sino al Saber?, digo, a la corte de tan discreta reina.

—¿Quién es esta gran mujer y tan señora, nombrada en todas partes? —preguntó Andrenio.

Y el anciano:

—Con razón la llamas señora, que no hay señorío sin saber. Comenzando por su nobilísima prosapia, dícense de ella cosas grandes: aseguran unos que desciende del mismo cielo y que salió del cerebro soberano; otros dicen ser hija del Tiempo y de la Observación, hermana de la Experiencia; ni falta quien, por otro extremo, porfía que es hija de la Necesidad, nieta del Vientre; pero yo sé bien que es parto del Entendimiento. Vivió antiguamente (que no es niña, sino muy persona en todo), como tan favorecida de las monarquías, en sus mayores cortes. Comenzó en los asirios, pasó a los egipcios y caldeos, fue muy estimada en Atenas, gran teatro de la Grecia, en Corinto y en Lacedemonia; pasó después a Roma con el imperio, donde, en competencia del valor, la laurearon, cediendo los arneses a las togas. Los godos, gente inculta, la comenzaron a despreciar, desterrándola de todo su distrito; apuróla y aun pretendió acabar con ella la bárbara morisma y húbose de acoger a la famosa tetrarquía de Carlo Magno, donde estuvo muy acreditada. Mas hoy, a la fama de la mayor, la más dilatada y poderosa monarquía española, que ocupa entrambos mundos, se ha mudado a este augusto centro de su estimación.

—¿Cómo no habita en su famosa corte, aplaudida de todas las naciones de tan universal imperio, venerada de sus cultos cortesanos, y no aquí en medio de la intolerable villanía? —replicó Andrenio—; que si son dichosos los que habitan las ciudades, más lo serán ellos cuanto mayores ellas.

—Porque quiere probarlo todo —respondió el anciano—. Íbale muy mal en las cortes, donde tiene más enemigos cuanto mayores vicios; vivió ya entre los cortesanos donde experimentó tan a su costa las persecuciones de la infelicidad y de la malicia, la falta de verdad, la sobra de embeleco, y aun averiguó que había allá más necedad cuanto más presumida. Muchas veces la he oído decir que si allí hay más cultura, aquí más bondad, si allí más puestos, aquí más lugar; allí empleos, aquí tiempo; allí se pasa, aquí se logra: y que esto es vivir y aquello acabar.

—Con todo eso —replicó Andrenio— yo más quisiera haberlas con bellacos que con tontos; malo es todo, pero de verdad que la necedad es intolerable, y más para entendidos: perdóneme la sabia Artemia.

Relumbraba ya su alcázar, cielo equivocado, bordado todo de inscripciones y coronado de vítores. Fueron bien recibidos, con agradecimientos al viejo, y Andrenio con abrazos, asegurándole certezas quien no le regateaba permisiones. Aquí, en honra de sus dos huéspedes, obró Artemia sus más célebres prodigios; y no sólo en los otros, sino en ellos mismos, y más en Andrenio, que necesitaba de sus realces. Viose muy persona en poco tiempo y muy instruido para adelante; que si un buen consejo es bastante para nacer dichosa toda la vida, ¿qué obrarían en él tantos y tan importantes? Comunicáronla su vida y su fortuna, noticia de superior gusto para ella, por lo raro. Alternó, curiosa, muchas preguntas a Andrenio, haciéndole repetir una y muchas veces aquella su primera admiración cuando salió a ver el mundo, la novedad que le causó este gran teatro del universo.

—Una cosa deseo mucho oírte —le dijo a Andrenio— y es, entre tantas maravillas criadas como viste, entre tantos prodigios como admiraste, ¿cuál fue el que más te satisfizo?

Lo que respondió Andrenio nos lo diga la otra crisi.

Crisi nona

Moral anatomía del Hombre

Eternizaron con letras de oro los antiguos en las paredes de Delfos, y mucho más con caracteres de estimación en los ánimos de los sabios, aquel célebre sentimiento de Biante: Conócete a ti mismo. Ninguna de todas las cosas criadas yerra su fin, sino el hombre; él sólo desatina, ocasionándole este achaque la misma nobleza de su albedrío. Y quien comienza ignorándose, mal podrá conocer las demás cosas. Pero ¿de qué sirve conocerlo todo, si a si mismo no se conoce? Tantas veces degenera en esclavo de sus esclavos cuantas se rinde a los vicios. No hay salteadora Esfinge que así oprima al viandante (digno viviente) como la ignorancia de sí, que en muchos se condena estupidez, pues ni aun saben que no saben, ni advierten que no advierten.

De esta común necedad pareció excepción Andrenio cuando asi respondió a la curiosa Artemia:

—Entre tanta maravilla como vi, entre tanto empleo como aquel día logré, el que más me satisfizo (dígolo con recelo, pero con verdad) fui yo mismo, que cuanto más me reconocía más me admiraba.

—Eso era lo que yo deseaba oírte —aplaudió Artemia—, y así lo ponderó el augustísimo de los ingenios cuando dijo que entre todas las maravillas criadas para el hombre, el mismo hombre fue la mayor de todas. Así también lo generaliza el príncipe de los filósofos en su tan asentada máxima que siempre es más aquello por quien otro es tal. De modo que si para el hombre fueron criadas tan preciosas las piedras, tan hermosas las flores y tan brillantes las estrellas, mucho más lo es el mismo hombre para quien fueron destinadas: él es la criatura más noble de cuantas vemos, monarca en este gran palacio del mundo, con posesión de la tierra y con expectativa del cielo, criado de Dios, por Dios y para Dios.

—A los principios —proseguía Andrenio— rudamente me reconocía, pero cuando pude verme a toda luz y por extraña suerte acabé de contemplarme en los reflejos de una fuente, cuando advertí era yo mismo el que creí otro, no podré explicarte la admiración y gusto que allí tuve: remirábame, no tanto necio, cuanto contemplativo. Lo primero que observé fue esta disposición de todo el cuerpo, tan derecha, sin que tuerza a un lado ni a otro.

—Fue el hombre —dijo Artemia— criado para el cielo, y así, crece hacia allá; y en esa material rectitud del cuerpo está simbolizada la del ánimo, con tal correspondencia, que al que le faltó por desgracia la primera sucede con mayor faltarle la segunda.

—Es así —dijo Critilo—, donde quiera que hallamos corvada la disposición recelamos también torcida la intención; en descubriendo ensenadas en el cuerpo, tememos haya dobleces en el ánimo; el otro a quien se le anubló alguno de los ojos, también suele cegarse de pasión, y lo que es digno de más reparo, que no les tenemos lástima como a los ciegos, sino recelo de que no miran derecho; los cojos suelen tropezar en el camino de la virtud, y aun echarse a rodar, cojeando la voluntad en los afectos, faltan los mancos en la perfección de las obras, en hacer bien a los demás. Pero la razón, en los varones sabios, corrige todos estos pronósticos siniestros.

—La cabeza —dijo Andrenio— llamo yo, no sé si me engaño, alcázar del alma, corte de sus potencias.

—Tienes razón —confirmó Artemia—, que así como Dios, aunque asiste en todas panes, pero con especialidad en el cielo, donde se permite su grandeza, así el alma se ostenta en este puesto superior, retrato de los celestes orbes. Quien quisiere verla busquela en los ojos; quien oírla, en la boca; y quien hablarla, en los oídos. Está la cabeza en el más eminente lugar, ya por autoridad, ya por oficio, porque mejor perciba y mande.

—Y aquí he notado yo con especial atención —dijo Critilo— que aunque las partes desta gran república del cuerpo son tantas, que solos los huesos llenan los días del año, y esta numerosidad, con tal armonía que no hay número que no se emplee en ellas, como, digamos, cinco son los sentidos, cuatro los humores, tres las potencias, dos los ojos: todas vienen a reducirse a la unidad de una cabeza, retrato de aquel primer móvil divino a quien viene a reducirse por sus gradas toda esta universal dependencia.

—Ocupa el entendimiento —dijo Artemia— el más puro y sublime retrete, que aun en lo material fue aventajado como mayorazgo de las potencias, rey y señor de las acciones de la vida, que allí se remonta, alcanza, penetra, sutiliza, discurre, atiende y entiende. Estableció su trono en una ilesa candidez, librea propia del alma, extrañando toda oscuridad en el concepto y toda mancha en el afecto, masa suave y flexible, apoyando dotes de docilidad, moderación y prudencia. La memoria atiende a lo pasado y así se hizo tan atrás cuando el entendimiento adelante; no pierde de vista lo que fue, y porque echamos comúnmente atrás lo que más nos importa, previno este descuido haciendo Jano a todo cuerdo.

—Los cabellos me parecieron más para el ornato que para la necesidad —ponderó Andrenio.

—Son raíces deste humano árbol —dijo Artemia—: arráiganle en el cielo y llévanle allá de un cabello; allí han de estar sus cuidados y de allá ha de recibir el sustancial sustento. Son librea de las edades por lo gue tienen de adorno, variando con los colores los afectos. Es la frente cielo del ánimo, ya encapotado, ya sereno, plaza de los sentimientos; allí salen a la vergüenza los delitos, sobran las faltas y placéanse las pasiones, en lo estirado la ira, en lo caído la tristeza, en lo pálido el temor, en lo rojo la vergüenza, la doblez en las arrugas y la candidez en lo terso, la desvergüenza en lo liso y la capacidad en lo espacioso.

—Pero los que a mí —dijo Andrenio— más me llenaron en esta artificiosa fábrica del hombre fueron los ojos.

—¿Sabes —dijo Critilo— cómo los llamó aquel grande restaurador de la salud, entretenedor de la vida, indagador de la naturaleza, Galeno?

—¿Cómo?

—Miembros divinos, que fue bien dicho, porque si bien se nota, ellos se revisten de una majestuosa divinidad que infunde veneración, obran con una cierta universalidad que parece omnipotencia, produciendo en el alma todas cuantas cosas hay en imágines y especies, asisten en todas partes remedando inmensidad, señoreando en un instante todo el hemisferio.

—Con todo, reparé yo mucho en una cosa —dijo Andrenio— y es que, aunque todo lo ven, no se ven a sí mismos, ni aun las vigas que suelen estar en ellos, condición propia de necios: ver todo lo que pasa en las casas ajenas, ciegos para las propias. Y no fuera poca conveniencia que el hombre se mirara a sí mismo, ya para que se temiera y moderara sus pasiones, ya para que reparara sus fealdades.

—Gran cosa fuera —dijo Artemia— que el colérico viera su horrible ceño y se espantara de sí mismo, que un melindroso y un adamado vieran sus afeminados gestillos, y se correrían el altivo con todos los demás necios. Pero atendió la cauta naturaleza a evitar mayores inconvenientes en el verse: temióle necio, no se enamorara de sí (aun el más monstruo) y, todo ocupado en verse, ninguna otra cosa mirara. Basta que se mire a las manos antes que le miren otros, remire sus obras, que es preciso, y atienda a sus acciones, que sean tan muchas como perfectas; mírese también a los pies, hollando su vanidad, y sepa dónde los pone y dónde los tiene, vea en qué pasos anda, que eso es tener ojos.

—Así es —replicó Andrenio—, mas para tanto ver, poco parecen dos ojos, y esos tan juntos; de una alhaja tan preciosa lleno había de estar todo este animado palacio. Pero ya que hayan de ser dos no mas, pudiéranse repartir, y que uno estuviera delante para ver lo que viene y el otro atrás para lo que queda: con eso, nunca perdieran de vista las cosas.

—Ya algunos —repondió Critilo— argüyeron a la naturaleza de tan imaginario descuido y aun fingieron un hombre, a su parecer muy perfecto, con la vista duplicada; y no servía sino de ser hombre de dos caras, doblado más que duplicado. Yo, si hubiera de añadir ojos, antes los pusiera a los lados, encima de los oídos, y muy abiertos, para que viera quién se le pone al lado, quién se le entremete a amigo; y con eso, no parecieran tantos de aquel mortal achaque del costado, viera el hombre con quién habla, con quién se ladea, que es uno de los más importantes puntos de la vida, y vale más estar solo que mal aconsejado. Pero advierte que dos ojos bien empleados, bastante son para todo: ellos miran derechamente lo que viene cara a cara, y de reojo lo que a traición. Al atento bástale una ojeada para descubrir cuanto hay. Y aun por eso fueron formados los ojos en esferas, que es la figura más apta para el ejercicio de ver: no cuadrada, no haya rincones, no se esconda lo que más importa que se vea. Bien están en la cara, porque el hombre siempre ha de mirar adelante y a lo alto. Y si hubiera otros en el celebro, fuera ocasión de que al levantar los unos al cielo, abatiera los otros a la tierra, con cisma de afectos.

—Otra maravilla he observado en ellos —dijo Andrenio—, que es el llorar, y me parece andan muy necios, porque ¿qué remedia los males el llorarlos? No sirve sino de aumentar penas. El reírse de todo el mundo, aquel no dársele cosa de cuanto hay, eso sí que es saber vivir.

—¡Ah!, que como los ojos —dijo Artemia— son los que ven los males, y tantos, ellos son los que los lloran. Siempre verás que quien no siente, no se siente, mas quien añade sabiduría, añade tristeza. Esa vulgaridad del reír quédese para la necia boca, que es la que mucho yerra. Son los ojos puertas fieles por donde entra la verdad, y anduvo tan atentamente escrupulosa la naturaleza que, para no dividirlos, no se contentó con juntarlos en un puesto, sino que los hermanó en el ejercicio: no permite que vea el uno sin el otro, para que sean verídicos contestes; miren juntos una misma cosa, no vea blanco el uno y negro el otro, sean tan parecidos en el color, en el tamaño y en todo, que se equivoquen entre sí y desmientan la pluralidad.

—Al fin —dijo Critilo— los ojos son en el cuerpo lo que las dos lumbreras en el cielo y en entendimiento en el alma: ellos suplen todos los demás sentidos, y todos juntos no bastan a suplir su falta; no sólo ven, sino que escuchan, hablan, vocean, preguntan, responden, riñen, espantan, aficionan, agasajan, ahuyentan, atraen y ponderan, todo lo obran. Y lo que es más de notar, que nunca se cansan de ver, como ni los entendidos de saber, que son los ojos de la república.

—Notablemente anduvo próvida la naturaleza —dijo Andrenio— en señalar su lugar a cada sentido, más o menos eminente según su excelencia: a los más nobles mejoró en los primeros puestos y puso a vista los sublimes ejercicios de la vida; al contrario, los indecentes y viles, aunque necesarios, los desterró a los más ocultos lugares, apartándolos de la vista.

—Mostróse —dijo Critilo— gran celadora de la honestidad y decoro, que aun los femeniles pechos los puso en puesto que pudiesen alimentar los hijos con decencia.

—Después de los ojos, señaló en segundo lugar a los oídos —dijo Andrenio—, y me parece muy bien que le tengan tan eminente: Pero aquello de estar al lado, te confieso me hizo disonancia, y parece fue facilitar la entrada a la mentira; que, así como la verdad viene siempre cara a cara, ella a traición, injiérese de lado. ¿No estuvieran mejor bajo los ojos, y estos examinaran primero lo que se oye, negando la entrada a tanto engaño?

—¡Qué bien lo entiendes! —dijo Artemia—. Lo que menos convenía era que los ojos estuvieran con los oídos: tengo por cierto que no quedara verdad en el mundo. Antes, si yo lo hubiera de disponer de otro modo, los retirara cien dedos de la vista o los pusiera atrás en el celebro, de modo que oyera un hombre lo que detrás dél se dice, que aquello es lo verdadero. ¡Qué buena anduviera la justicia si ella viera la belleza que se excusa, la riqueza que se defiende, la nobleza que ruega, la autoridad que intercede y las demás calidades de los que hablan! Sea ciega, que eso es lo que conviene. Bien están los oídos en un medio, no adelante, porque no oigan antes con antes, ni detrás, porque no perciban tarde.

—Otra cosa dificulté yo mucho —replicó Andrenio—, y es que así como los ojos tienen aquella tan importante cortina de los párpados, que verdaderamente está muy en su lugar para negarse cuando no quieren ser vistos o cuando no gustan de ver muchas cosas que no son para vistas, ¿porqué los oídos no han de tener también otra compuerta, y ésa muy sólida, muy doble y ajustada, para no oír la mitad de lo que se habla? Con esto, excusarseía un hombre necedades y ahorraría pesadumbres, único preservativo de la vida. Aquí, yo no puedo dejar de condenar de descuidada la naturaleza, y más cuando vemos que la lengua la recluyó entre una y otra muralla con razón, porque una fiera bien es que esté entre verjas de dientes y puertas tan ajustadas de los labios. Sepamos porqué los ojos y la boca han de llevar esta ventaja a los oídos, y más estando tan expuestos al engaño.

—Por ningún caso convenía —dijo Artemia— que se le cerrase jamás la puerta al oír: es la de la enseñanza, siempre ha de estar patente. Y no sólo se contentó la atenta naturaleza con quitar esa compuerta que tú dices, pero negó al hombre, entre todos los oyentes, el ejercicio de abatir y levantar las orejas: él solo las tiene inmobles, siempre alerta; que aun le pareció inconveniente aquella poca detención que en aguzarlas se tuviera. A todas horas dan audiencia, aun cuando se retira el alma a su quietud; entonces es más conveniente que velen estas centinelas, y si no, ¿quién avisara de los peligros?; durmiera el alma a lo poltrón; ¿quién bastara a despertarla? Esta diferencia hay entre el ver y el oír, que los ojos buscan las cosas como y cuando quieren, mas al oído ellas le buscan; los objetos del ver permanecen, puédense ver, si no ahora, después; pero los del oír van deprisa, y la ocasión es calva. Bien está dos veces encerrada la lengua y dos veces abiertos los oídos, porque el oír ha de ser al doble que el hablar. Bien veo yo que la mitad, y aun las tres partes de las cosas que se oyen, son impertinentes y aun dañosas; mas para eso hay un gran remedio, que es hacer el sordo, que se puede y es el mejor dellos; esto es, hacer orejas de cuerdo, que es la mayor ganancia. A más de que hay algunas razones tan si ella, que no bastan párpados, y entonces es menester tapiar los oídos con ambas manos; que, pues suelen ayudar a oír, ayuden también a desoír. Préstenos su sagacidad la serpiente, que cosiendo el un oído con la tierra, tapa el otro con el fin, dando a todo buena salida.

—Esto no me puedes negar —insistió Andrenio— que estuviera muy bien un rastillo en cada oído como en guarda, y con eso no entraran tan libremente tantos y tan grandes enemigos, silbos de venenosas serpientes, cantos de engañosas sirenas, lisonjas, chismes, cizañas y discordias, con otros semejantes monstruos escuchados.

—Tienes razón en eso —dijo Artemia— y para eso formó la naturaleza las orejas como coladeros de palabras, embudos del saber. Y si lo notas, ya previno de antemano ese inconveniente disponiendo este órgano en forma de laberinto tan caracoleado, con tantas vueltas y revueltas, que parecen rastillos y traveses de fortaleza, para que deste modo entren coladas las palabras, purificadas las razones y haya tiempo discernir la verdad de la mentira. Luego hay su campanilla muy sonora donde resuenen las voces y se juzgue por el sonido sin son faltas o son falsas. ¿No has notado también que dio la naturaleza despedida por el oído a aquel licor amargo de la cólera? ¿Pensarás tú, a lo vulgar, que fue esto para impedir el paso a algunas sabandijas, que topando con aquella amargura pegajosa se detengan y perezcan? Pues advierte que mucho más pretendió con eso, más alto fin tuvo, contra otras más perniciosas previno aquella defensa: topen las palabras blandas de la Circe con aquella amargura del recatado disgusto, deténganse allí los dulces engaños del lisonjero, hallen el desabrimiento de la cordura con que se templen.

—Y aun porque a muchos se les habían de gastar los oídos de oír dulce —ponderó Critilo—, previno aquel antídoto de amargura. Finalmente, dos son los oídos para que pueda el sabio guardar el uno virgen para la otra parte, haya primera y segunda información, y procure que si se adelantó a ocupar la una oreja la mentira, se conserve la otra intacta para la verdad, que suele ser la postrera.

—No parece —dijo Andrenio— tan útil el olfato cuanto deleitable: más es para el gusto que para el provecho. Y siendo así, ¿porqué ha de ocupar el tercer puesto tan a la vista y aventajándose a otros que son más importantes?

—¡Oh, sí! —replicó Artemia—, que es el sentido de la sagacidad, y aun por eso las narices crecen por toda la vida; coincide con el respirar, que es tan necesario como eso; discierne el buen olor del malo y percibe que la buena fama es el aliento del ánimo: daña mucho un aire corrupto, inficiona las entrañas. Huele, pues, atenta sagacidad de una lengua la fragrancia o la hediondez de las costumbres, porque no se apeste el alma; y aun por eso está en lugar tan eminente. Es guía del ciego, gusto que le avisa del manjar gastado y hace la salva en lo que ha de comer. Goza de la fragrancia de las flores y recrea el celebro con la suavidad que despiden las virtudes, las hazañas y las glorias. Conoce los varones principales y los nobles, no en el olor material del ámbar, sino en el de sus prendas y excelentes hechos, obligados a echar mejor olor de sí que los plebeyos.

—En gran manera anduvo próvida la naturaleza —dijo Andrenio— en dar a cada potencia dos empleos, uno más principal y otro menos, penetrando oficios para no multiplicar instrumentos.

Desta suerte, formó con tal disposición las narices que se pudiesen despedir por ellas con decencia las superfluidades de la cabeza.

—Eso es en los niños —dijo Critilo—, que en los ya varones más se purgan los excesos de las pasiones del ánimo, y así sale por ellas el viento de la vanidad, el desvanecimiento, que suele causar vahídos peligrosos y en algunos llega a trastornar el juicio. Desahógase también el corazón y evapóranse los humos de la fogosidad con mucha espera, y tal vez a su sombra se suele disimular la más picante risa. Ayudan mucho a la proporción del rostro y por poco que se desmanden afean mucho. Son como gnomon del reloj del alma, que señalan el temple de la condición: las leoninas denotan el valor, las aguileñas la generosidad, las prolongadas la mansedumbre, las sutiles la sabiduría y las gruesas la necedad.

—Después del ver, del oír y del oler, dicho se estaba —ponderó Andrenio— que se había de seguir el hablar poco. Paréceme que es la boca la puerta principal desta casa del alma: por las demás entran los objetos, mas por ésta sale ella misma y se manifiesta en sus razones.

—Así es —dijo Artemia— que en esta artificiosa fachata del humano rostro, dividida en sus tres órdenes iguales, la boca es la puerta de la persona real, y por eso tan asistida de la guarda de los dientes y coronada del varonil decoro; aquí asiste lo mejor y lo peor del hombre, que es la lengua: llámase así por estar ligada al corazón.

—Lo que yo no acabo de entender —dijo Andrenio— es a qué propósito juntó en una misma oficina la sabia naturaleza el comer con el hablar. ¿Qué tiene que ver el un ejercicio con el otro? La una es ocupación baja y que se halla en los brutos; la otra es sublime y de solas las personas. A más que de ahí se originan inconvenientes notables; y el primero, que la lengua hable según el sabor que se le pega, ya dulce, ya amargo, agrio o picante; queda muy material de la comida: ya se roza, ya tropieza, habla grueso, se equivoca, se vulgariza y se relaja. ¿No estuviera mejor sola ella, hecha oráculo del espíritu?

—Aguarda —dijo Critilo—, que dificultas bien y casi me haces reparar. Mas con todo eso, apelando a la suma providencia que rige la naturaleza, una gran conveniencia hallo yo en que el gusto coincida con el hablar, para que de esa suerte examine las palabras antes que las pronuncie: másquelas tal vez, pruébelas si son sustanciales, y si advierte que pueden amargar, endúlcelas también; sepa a qué sabe un no y qué estómago le hará al otro: confítelo con el buen modo. Ocúpese la lengua en comer, y aun si pudiera, en otros muchos empleos para que no toda se emplease en el hablar. Siguen a las palabras las obras; en los brazos y en las manos hase de obrar lo que se dice, y mucho más, que si el hablar ha de ser a una lengua, el obrar ha de ser a dos manos.

—¿Por qué se llaman así? —preguntó Andrenio—, que según tú me has enseñado, vienen del verbo latino maneo, que significa quietud, siendo tan al contrario, que ellas nunca han de parar.

—Llamáronlas, así —repondió Critilo—, no porque hayan de estar quietas, sino porque sus obras han de permanecer o porque de ellas ha de manar todo el bien; ellas manan del corazón como ramas encargadas de frutos de famosos hechos, de hazañas inmortales; de sus palmas nacen los frutos victoriosos. Manantiales son del sudor precioso de los héroes y de la tinta eterna de los sabios. ¿No admiras, no ponderas aquella tan acomodada y artificiosa compo sición suya?; que, como fueron formadas para ministras y esclavas de los otros miembros, están hechas de suerte que para todo sirvan; ellas ayudan a oír, son substitutos de la lengua, dan vida con la acción a las palabras, son de la boca ministrando la comida, y al olfato las flores, hacen toldo a los ojos para que vean, hasta ayudar a discurrir, que hay hombres que tienen los ingenios en las manos De modo que todo pasa por ellas: defienden, limpian, visten, curan, componen, llaman y tal vez, rascando, lisonjean.

—Y porque todos estos empleos —dijo Artemia— vayan ajustados a la razón, depositó en ellas la sagaz naturaleza la cuenta, el peso y la medida. En sus diez dedos está el principio y fundamento del número; todas las naciones cuentan hasta diez, y de ahí suben multiplicando. Las medidas todas están en sus dedos, palmo, codo y brazada. Hasta el peso está seguro en la fidelidad de su tiento, sospesando y tanteando. Toda esta puntualidad fue menester para avisar al hombre que obre siempre con cuenta y razón, con peso y con medida. Y realzando más la consideración, advierte que en ese número diez se incluye también el de los preceptos divinos, porque los lleve el hombre entre las manos. Ellas ponen en ejecución los aciertos del alma, encierran en sí la suerte de cada uno, no escrita en aquellas vulgares rayas, ejecutada sí en sus obras. Enseñan también escribiendo, y emplea en esto la diestra sus tres dedos principales, concurriendo cada uno con una especial calidad da la fortaleza el primero y el índice la enseñanza, ajusta el medio, correspondiendo al corazón, para que resplandezcan en los escritos el valor, la sutileza y la verdad. Siendo, pues, las manos las que echan el sello a la virtud, no es de maravillar que, entre todas las demás partes del cuerpo, a ella se les haga cortesía (correspondiendo con estimación) sellando en ella los labios para agradecer y solicitar el bien. Y porque de pies a cabeza contemplemos el hombre tan misterioso, no es menos de observar su movimiento. Son los pies basas de su firmeza, sobre quienes asientan dos columnas, huellan la tierra, despreciándola y tocan della no más de lo preciso para sostener el cuerpo. Van caminando y midiendo su fin, pisan llano y seguro.

—Bien veo yo y aun admiro —dijo Andrenio— la solidez con que atendió a firmar el cuerpo la naturaleza, que en nada se descuida, y para que no cayese hacia delante, donde se arroja, puso toda la planta, y por que no peligrase a un lado ni a otro le apuntaló con ambos pies. Pero no me puedes negar que se descuidó en asegurarle hacia atrás, siendo más peligrosa esta caída, por no poder acudir las manos a exponerse al riesgo con su ordinaria fineza. Remediárase esto con haber igualado el pie de modo que quedara tanto atrás, como adelante, y se aumentaba la proporción.

—No mientes tal cosa —replicó Artemia—, que fuera darle ocasión al hombre para no ir adelante en lo bueno. Sin eso, hay tantos que se retiran de la virtud: ¿qué fuera si tuvieran apoyo en la misma naturaleza? Éste es el hombre por la corteza; que aquella maravillosa composición interior, la armonía de sus potencias, la proporción de sus virtudes, la consonancia de sus afectos y pasiones, ésa quédese para la gran filosofía. Con todo, quiero que conozcas y admires aquella principal parte del hombre, fundamento de todas las demás y fuente de la vida: el corazón.

—¿Corazón? —replicó Andrenio—, ¿qué cosa es y dónde está?

—Es —respondió Artemia— el rey de todos los demás miembros y por eso está en medio del cuerpo como en centro muy conservado, sin permitirse ni aun a los ojos. Llámase así de la palabra latina cura, que significa cuidado, que el que rige y manda siempre fue centro dellos. Tiene también dos empleos: el primero, ser fuente de la vida, ministrando el valor en los espíritus a las demás partes, pero el más principal es el amar, siendo oficina del querer.

—Ahora digo —ponderó Critilo— que con razón se llama corazón, que exprime el cuidadoso; por eso está siempre abrasándose como fénix.

—Su lugar es en el medio —prosiguió Artemia— porque ha de estar en un medio el querer: todo ha de ser con razón, no por extremos. Su forma es en punta hacia la tierra, porque no se roce con ella, sólo la apunte, bástale un indivisible; al contrario, hacia el cielo está muy espacioso, porque de allá reciba el bien, que él sólo puede llenarle. Tiene alas, no tanto para que le refresquen, cuanto para que le realcen. Su color es encendido, gala de la caridad. Críale mejor sangre, para que con el valor se califique la nobleza. Nunca es traidor, necio sí, pues previene antes las desdichas que las felicidades. Pero lo que más es de estimar en él, que no engendra excrementos como las otras partes del cuerpo, porque nació con obligaciones de limpieza, y mucho más en lo formal del vivir; con esto está aspirando siempre a lo más sublime y perfecto.

Desta suerte fue la sabia Artemia filosofando, y ellos aplaudiendo. Pero dejémoslos aquí tan bien empleados, mientras ponderamos los extremos que hizo el engañoso y ya engañado Falimundo.

Picado en lo vivo de que le hubiesen sacado del laberinto de sus enredos (con tanta pérdida de reputación) al perdido Andrenio y algunos otros tan ciegos como él, con tal ardid, de tan mala consecuencia para lo venidero, trató de la venganza y con exceso. Echó mano de la Envidia, gran asesina de buenos y aun mejores, sujeto muy a propósito para cualquier ruindad, que siempre anda entre ruines; comunicóla su sentimiento, exageró el daño y diola orden fuese sembrando cizaña en malicias por toda aquella dilatada villanía. No le fue muy dificultoso, porque aseguran ha siglos que la Vulgaridad maliciosa vive y reina entre villanos desde aquella ocasión en que las dos hermanas, la Lisonja y la Malicia, dejando los patrios lares de su nada, las sacó a volar su madre la ruin Intención con ambiciones de valer en el mundo. La Lisonja, dicen, fue a las cortes, aunque no muy derecha, y que lo acertó para sí, errándolo para todos; porque allí se fue introduciendo tanto, que en pocas horas, no ya días, se levantó con la privanza universal. La Malicia, aunque procuró introducirse, no probó bien ni fue bien vista ni oída; no osaba hablar, que era reventar para ella, andaba sin libertad, y así trató de buscarla; conoció que no era la corte para ella, tomóse la honra (para mejor quitarla) y desterróse voluntariamente. Dio por otro extremo, que fue meterse a villana, y salióle tan bien, que al punto se vio adorada de toda la verídica necedad Allí triunfa porque allí habla, discurre, aunque a lo zonzo, y pega valientes mazadas de necedades, que ella llama verdades. Llegó esto a tanto exceso de crédito y afecto que, porque no se les hurtasen o matasen, trazaron los villanos meterla dentro de sus entrañas, donde la hallan siempre los que menos querrían.

En tan buena sazón, llegó la Envidia y comenzó a sembrar su veneno. Iba dejándose caer recelos en varillas contra Artemia, decía que era otra Circe, si no peor cuanto más encubierta con capa de hacer bien; que había destruido la naturaleza quitándola en su llaneza su verdadera solidez y, con la afectación, aquella natural belleza; ponderaba que se había querido alzar a mayores, arrinconando a la otra y usurpándola el mayorazgo de primera.

—Advertid que después que esta fingida reina se ha introducido en el mundo, no hay verdad, todo está adulterado y fingido, nada es lo que parece, porque su proceder es la mitad del año con arte y engaño, y la otra parte con engaño y arte. De aquí es que los hombres no son ya los que solían, hechos al buen tiempo y a lo antiguo, que fue siempre lo mejor. Ya no hay niños porque no hay candidez. ¿Qué se hicieron aquellos buenos hombres; con aquellos sayos de la inocencia, aquella gente de bien? Ya se han acabado aquellos viejos machuchos, tan sólidos y verdaderos: el sí era sí, y el no era no. Ahora, todo al contrario, no toparéis sino hombrecillos maliciosos y bulliciosos, todo embeleco y fingimiento, y ellos dicen que es artificio. Y el que más tiene desto, vale más, ése se hace lugar en todas partes, medra en armas y aun en letras. Con esto, ya no hay niños: más malicia alcanza hoy uno de siete años que antes uno de setenta. Pues las mujeres, de pies a cabeza una mentira continuada, aliño de cornejas, todo ajeno y el engaño propio. Tiene esta mentida reina arruinadas las repúblicas, destruidas las casas, acabadas las haciendas, porque se gasta el doble en los trajes de las personas y en el adorno de las casas: con lo que hoy se viste una mujer, se vestía antes todo un pueblo. Hasta en el comer nos ha perdido con tanta variedad de manjares y saínetes, que antes todo iba a lo natural y a lo llano. Dice que nos ha hecho personas; yo digo que nos ha deshecho: no es vivir con tanto embeleco, ni es ser hombres el ser fingidos. Todas sus trazas son mentiras y todo su artificio es engañoso. Incitó tanto los ánimos de aquel vulgacho, que en un día se amotinaron todos y dando voces, sin entenderse ni entender, fueron a cercarle el palacio, voceando: «¡Muera la hechicera!». Y aun intentaron pegarla fuego por todas partes.

Aquí conoció la sabia reina cuán su enemiga es la Villanía. Convocó sus valedores; halló que los poderosos ya habían faltado, mas no faltándose a sí mesma, trazó vencer con la maña tanta fuerza. El raro modo con que triunfó de tan vil canalla, el bien ejecutado ardid con que se libró de aquel ejécito villano, léelo en la crisi siguiente.

Crisi décima

El mal paso del salteo

Vulgar desorden es entre los hombres hacer (de los fines) medios y de los medios hacer fines: lo que ha de ser de paso toman de asiento y del camino hacen descanso; comienzan por donde han de acabar, y acaban por el principio. Introdujo la sabia y próvida naturaleza el deleite para que fuese medio de las operaciones de la vida, alivio instrumental de sus más enfadosas funciones: que fue un grande arbitrio para facilitar lo más penoso del vivir. Pero aquí es donde el hombre más se desbarata, pues, más bruto que las bestias, degenerando de sí mismo, hace fin del deleite y de la vida hace medio para el gusto: no come ya para vivir, sino que vive para comer; no descansa para trabajar, sino que no trabaja por dormir; no pretende la propagación de su especie, sino la de su lujuria; no estudia para saberse, sino para desconocerse; ni habla por necesidad, sino por el gusto de la murmuración. De suerte que no gusta de vivir, sino que vive de gustar. De aquí es que todos los vicios han hecho su caudillo al deleite: él es el muñidor de los apetitos, precursor de los antojos, adalid de las pasiones, y el que trae arrastrados los hombres, tirándole a cada uno su deleite. Atienda, pues, el varón sabio a enmendar tan general desconcierto. Y para que estudie en el ajeno daño, oiga lo que le sucedió al sagaz Critilo y al incato Andrenio.

—¿Hasta cuándo, ¡oh canalla inculta!, habéis de abusar de mis atenciones? —dijo enojada Artemia, más constante cuando más arriesgada—. ¿Hasta cuándo ha de burlarse de mi saber vuestra barbaridad? ¿Hasta dónde ha de llegar en despeñarse vuestra ignorante audacia? Júroos que, pues me llamáis encantadora y maga, que esta misma tarde, en castigo de vuestra necedad, he de hacer un conjuro tan poderoso, que el mismo sol me vengue retirando sus lucientes rayos: que no hay mayor castigo que dejaros a escuras en la ceguera de vuestra vulgaridad.

Tratólos como ellos merecían, y conocióse bien que con la gente vil obra más el rigor que la bizarría, pues quedaron tan aterrados cuan persuadidos de su mágica potencia; y ya helados, no trataron de pegar fuego al palacio, como lo intentaban. Acabaron de perderse de ánimo cuando vieron que realmente el mismo sol comenzó a negar su luz eclipsándose por puntos, y temiendo no se conjurase también contra ellos la tierra en terremotos (que a veces todos los elementos suelen mancomunarse contra el perseguido), dieron todos a huir desalentados, achaque ordinario de motines, que si con furor se levantan, con panático terror se desvanecen; corrían a escuras, tropezando unos con otros, como desdichados. Tuvo, con esto, tiempo de salir la sabia Artemia con toda su culta familia; y lo que más ella estimó fue el poder escapar de aquel bárbaro incendio los tesoros de la observación curiosa que ella tanto estima y guarda en libros, papeles, dibujos, tablas, modelos y en instrumentos varios. Fuéronla cortejando y asistiendo nuestros dos viandantes Critilo y Andrenio. Iba éste espantado de un portento semejante, teniendo por averiguado que se extendía su mágico poder hasta las estrellas y que el mismo sol la obedecía; mirábala con más veneración y dobló el aplauso. Pero desengañóle Critilo diciendo cómo el eclipse de sol había sido efecto natural de las celestes vueltas, contigente en aquella sazón, previsto de Artemia por las noticias astronómicas, y que se valió dél en la ocasión, haciendo artificio lo que era natural efecto.

Discurrióse mucho dónde irían a parar, consultándolo Artemia con sus sabios, resuelta de no entrar más en villa alguna: y así lo cumple hasta hoy. Propusiéronse varios puestos. Inclinábase mucho ella a la dos veces buena Lisboa, no tanto por ser la mayor población de España, uno de los tres emporios de la Europa (que si a otras ciudades se les reparten los renombres, ella los tiene juntos, fidalga, rica, sana y abundante), cuando porque jamás se halló portugués necio, en prueba de que fue su fundador el sagaz Ulises. Mas retardóla mucho, no su fantástica nacionalidad, sino su confusión, tan contraria a sus quietas especulaciones. Tirábala después la coronada Madrid, centro de la monarquía, donde concurre todo lo bueno en eminencias, pero desagradábala otro tanto malo, causándola asco, no la inmundicia de sus calles, sino de los corazones, aquel nunca haber podido perder los resabios de villa y el ser una Babilonia de naciones no bien alojadas. De Sevilla no había que tratar, por estar apoderada de ella la vil ganancia, su gran contraria, estómago indigesto de la plata, cuyos moradores ni bien son blancos ni bien negros, donde se habla mucho y se obra poco, achaque de toda Andalucía. A Granada también la hizo la cruz, y a Córdoba un calvario. De Salamanca se dijeron leyes, donde no tanto se trata de hacer personas, cuanto letrados, plaza de armas contra las haciendas. La abundante Zaragoza, cabeza de Aragón, madre de insignes reyes, basa de la mayor columna y columna de la fe católica en santuarios y hermosa de edificios, poblada de buenos, así como todo Aragón de gente sin embeleco, parecíale muy bien, pero echaba mucho de menos la grandeza de los corazones y espantábala aquel proseguir en la primera necedad. Agradábala mucho la alegre, florida y noble Valencia, llena de todo lo que no es sustancia; pero temióse que con la misma facilidad con que la recibirían hoy la echarían mañana. Barcelona, aunque rica cuando Dios quería, escala de Italia, paradero del oro, regida de sabios entre tanta barbaridad, no la juzgó por segura, porque siempre se ha de caminar por ella con la barba sobre el hombro. León y Burgos estaban muy a la montaña, entre más miseria que pobreza. Santiago, cosa de Galicia. Valladolid le pareció muy bien y estuvo determinada de ir allá, porque juzgó se hallaría la verdad en medio de aquella llaneza, pero arrepintióse como la Corte, que huele aún a lo que fue y está muy a lo de Campos. De Pamplona no se hizo mención, por tener más de corta que de corte, y como es un punto, toda es puntos y puntillos Navarra.

Al fin fue preferida la imperial Toledo, a voto de la Católica Reina, cuando decía que nunca se hallaba necia sino en esta oficina de personas, taller de la discreción, escuela del bien hablar, toda Corte, ciudad toda, y más después que la esponja de Madrid le ha chupado las heces, donde aunque entre, pero no duerme la villanía. En otras partes tienen el ingenio en las manos, aquí en el pico: si bien censuraron algunos que sin fondo y que se conocen pocos ingenios toledanos de profundidad y de sustancia. Con todo, estuvo firme Artemia, diciendo:

—¡Ea!, qué más dice aquí una mujer en una palabra, que en Atenas un filósofo en todo un libro. Vamos a este centro, no tanto material, cuanto formal de España. Fuese encaminando allá con toda su cultura. Siguiéronla Critilo y Andrenio, con no poco provecho suyo, hasta aquel puesto donde se parte camino para Madrid. Comunicáronla aquí su precisa conveniencia de ir a la Corte en busca de Felisinda, redimiendo su licencia a precio de agradecimientos. Concediósela Artemia en bien importantes instrucciones, diciéndoles:

—Pues os es preciso el ir allá, que no conviene de otra suerte, atended mucho a no errar el camino, porque hay muchos que llevan allá.

—Según eso, no nos podemos perder —replicó Andrenio.

—Antes sí, y aun por eso, que en el mismo camino real se perdieron no pocos; y así, no vais por el vulgar de ver, que es el de la Necedad, ni por el de la Pretensión, que es muy largo, nunca acabar; el del Litigio es muy costoso, a más de ser prolijo; el de la Soberbia es desconocido, y allí de nadie se hace caso y de todos casa; el del Interés es de pocos, y ésos extranjeros; el de la Necesidad es peligroso, que hay gran multitud de halcones en alcándaras de varas; el del Gusto está tan sucio, que pasa de barros y llega el lodo a las narices, de modo que en él se anda apenas; el de Vivir va de priesa, y llégase presto al fin; por el del Servir es morir; por el del Comer nunca se llega; el de la Virtud no se halla, y aun se duda: sólo queda el de la Urgencia, mientras durare. Y creedme que allí ni bien se vive ni bien se muere. Atended también por dónde entráis, que va no poco en esto; porque los más entran por Santa Bárbara y los menos por la calle de Toledo; algunos refinos por la Puente; entran otros y otras por la Puerta del Sol y paran en Antón Martín; pocos por lava pies y muchos por untamanos. Y lo ordinario es no entrar por las puertas, que hay pocas y ésas cerradas, sino entremetiéndose.

Con esto se dividieron: la sabia Artemia al trono de su estimación, y nuestros dos viandantes para el laberinto en la Corte.

Iban celebrando en agradable conferencia las muchas y excelentes prendas de la discreta Artemia, muy fundados en repetir los prodigios que habían visto, ponderando su felicidad en haberla tratado, la utilidad que habían conseguido. En esta conversación iban muy metidos, cuando sin advertirlo dieron en el riesgo de todos uno de los peores pasos de la vida. Vieron que allí cerca había mucha gente detenida, así hombres como mujeres todos maniatados, sin osar rebullirse viéndose despojar de sus bienes.

—Perdidos somos —dijo Critilo—. Aguarda, que habemos dado en uñas de salteadores; que los suele haber crueles en estos curiales caminos. Aquí están robando sin duda, y aun si con eso se contentasen, ventura sería en la desdicha, pero suelen ser tan desalmados, que quitan las vidas y llegan a desollar los rostros a los pasajeros, dejándolos del todo desconocidos.

Quedó helado Andrenio, anticipándose el temor a robarle el color y aun el aliento. Cuando ya pudo hablar:

—¿Qué hacemos —dijo—, que no huimos? Escondámonos, que no nos vean.

—Ya es tarde a lo de Frigia, que es lo necio —respondió Critilo—, que nos han descubierto y nos vocean. Con esto, pasaron adelante a meterse ellos mismos en la trampa de su libertad y en el lazo de su cuello. Miraron a una y otra banda, y vieron una infinidad de pasajeros de todo porte, nobles, plebeyos, ricos, pobres, que ni perdonaban a las mujeres, toda gente moza y todos amarrados a los troncos de sí mesmos. Aquí, suspirando Critilo y gimiendo Andrenio, fueron mirando por todo aquel horrible espectáculo quiénes eran los crueles salteadores, que no podían atinar con ellos; miraban a unos y a otros, y todos los hallaban enlazados. Pues ¿quién ata? En viendo alguno de mal gesto, que eran los más, sospechaban dél.

—¿Si será éste —dijo Andrenio— que mira atravesado, que así tiene el alma?

—Todo se puede creer de un mirar equívoco —respondió Criti lo—, pero más temo yo de aquel tuerto, que nunca suelen hacer éstos cosa a derechas a juicio de la Reina Católica, y era grande. Guárdate de aquel, muchos labios y mala labia, que nos hacen morro siempre. Pues aquel otro de las narices remachadas, tan cruel como iracundo, y si de color de membrillo, cómitre amulatado.

—No será sino aquel del ojo regañado, que tiene andado mucho para verdugo.

—¿Y qué le falta [a] aquel encapotado que mira hosco, amenazando a todos de tempestad?

Oyeron uno que ceceaba y dijeron:

—Éste es, sin duda, que a todos va avisando con su ce ce a que se guarden dél. Pero no, sino aquel que habla aspirando, que parece se traga los hombres cuando alienta. Oyeron a uno hablar gangoso y dieron a huir, entendiéndole la ganga por valiente de Baco y Venus. Toparon con otro peor, que hablaba tan ronco, que sólo se entendía con los jarros. En hablando alguno alterado, presumían dél, y si en catalán, con evidencia. Desta suerte, fueron reconociendo a unos y otros, y a todos los veían rendidos, ninguno delincuente.

—¿Qué es esto —decían—, dónde están los robadores de tantos robados? Pues aquí no hay de aquellos que hurtan a repique de tijera, ni los que nos dejan en cueros cuando nos calzan, los que nos despluman con plumas, los que se descomiden cuando miden ni los que pesan tan pesados. ¿Quién embiste aquí, quién pide prestado, quién cobra, quién ejecuta? Nadie encubre, nadie lisonjea, no hay ministros, no hay de la pluma: pues ¿quién roba? ¿Dónde están los tiranos de tanta libertad?

Esto decía Critilo, cuando respondió una gallarda hembra, entre mujer y entre ángel:

—Ya voy, aguardaos mientras acabo de atar estos dos presumidos que llegaron antes. Era, como digo, una bellísima mujer, nada villana y toda cortesana: hacía buena cara a todos y muy malas obras. Su frente era más rasa que serena; no miraba de mal ojo y a todos hacía dél; las narices tenía blancas, señal de que no se le subía el humo a ellas; sus mejillas eran rosas sin espinas, ni mostraba los dientes, sino otros tantos aljófares al reírse de todos. Tan agradable, que era ocioso el atar, pues con sola su vista cautivaba. Su lengua era sin duda de azúcar, porque sus palabras eran de néctar, y las dos manos hacían un blanco de los afectos, y con tenerlas tan buenas, a nadie daba buena mano ni de mano; y aunque tenía brazo fuerte, de ordinario lo daba a torcer, equivocando el abrazar con el enlazar. De suerte que de ningún modo parecía salteadora quien tan buen parecer tenía. No estaba sola, antes muy asistida de un escuadrón volante de amazonas, igualmente agradables, gustosas y entretenidas, que no cesaban de atar a unos y a otros, ejecutando lo que su capitana les mandaba.

Era de reparar que a cada uno le aprisionaban con las mismas ataduras que él quería, y muchos se las traían consigo y las prevenían para que los atasen. Así, que a unos aprisionaban con cadenas de oro, que era una fuerte atadura; a otros, con esposas de diamantes, que era mayor. Ataron a muchos con guirnaldas de flores y otros pedían que con rosas, imaginando era más coronarles las frentes y las manos. Vieron uno que le ataron con un cabello rubio y delicado, y aunque él se burlaba al principio, conoció después era más fuerte que una gúmena. A las mujeres, de ordinario las ataban, no con cuerdas, sino con hilos de perlas, sartas de corales, listones de resplandor, que parecían algo y valían nada. A los valientes, al mismo Bernardo le aprisionaron después de muchas bravatas, con una banda, quedando él muy ufano. Y lo que más admiró fue que a otros sus camaradas los atraillaron con plumajes y fue una prisión muy segura. Ciertos grandes personajes pretendieron los atasen con unos cordoncillos de que pendían veneras, llaves y eslabones, y porfiaban hasta reventar. Había grillos de oro para unos y de hierro para otros, y todos quedaban igualmente contentos y aprisionados. Lo que más admiró fue que, faltando lazos con que maniatar a tantos, los enlazaban con brazos de mujeres, y muy flacas, a hombres muy robustos; al mismo Hércules, con un hilo delgado y muy al uso, y a Sansón con unos cabellos que le cortaron de su cabeza. Querían ligar a uno con una cadena de oro que él mismo traía, y les rogó no hiciesen tal, sino con una soga de esparto crudo, extremo raro de avaricia. A otro camarada déste le apretaron las manos con los cerraderos de su bolsa, y aseguraron eran de hierro. Añudaron a uno con su propio cuello, que era de cigüeña; a otro, con un estómago de avestruz; hasta con sartas de salados, sabrosos eslabones, ataban algunos, y gustaban tanto de su prisión, que se chupaban los dedos. Salían otros de juicio, de contento de verse atados por las frentes con laureles y con yedras, pero ¿qué mucho, si otros se volvieron locos en tocando las cuerdas?

Desta suerte iban aprisionando aquellas agradables salteadoras a cuantos pasaban por aquel camino de todos, echando lazos a unos a los pies, a otros al cuello, atábanles las manos, vendábanles los ojos y llevábanlos atados tirándoles del corazón. Con todo eso, había una muy desagradable entre todas, que cuantos ataba, se mordían las manos, bocadeándose las carnes hasta roerse las entrañas; atormentábalos a éstos con lo que otros se holgaban, y de la ajena gloria hacían infierno. Otra había bizarramente furiosa, que apretaba los cordeles hasta sacar sangre, y ellos gustaban tanto desto, que se la bebían unos a otros. Y es lo bueno que después de haber maniatado a tantos, aseguraban ellas que no habían atado persona.

Llegaron ya a querer hacer lo mismo de Critilo y de Andrenio. Preguntáronles con qué género de atadura querían ser maniatados. Andrenio, como mozo, resolvióse presto y pidió le atasen con flores, pareciéndole sería más guirnalda que lazo; mas Critilo, viendo que no podía pasar por otro, dijo que le atasen a él con cintas de libros, que pareció bien extraordinaria atadura, pero al fin lo era, y así se ejecutó.

Mandó luego tocar a marchar aquella dulce tirana, y aunque parecía que los llevaban a todos arrastrando de unas cadenillas asidas a los corazones, pero de verdad ellos se iban: que no era menester tirarles mucho. Volaban algunos llevados del viento, casi todos con buen aire, deslizándose muchos, tropezando los más y despeñándose todos. Halláronse presto a las puertas de uno que ni bien era palacio ni bien cueva, y los que mejor lo entendían dijeron era venta, porque nada se da de balde y todo es de paso. Estaba fabricada de unas piedras tan atractivas, que atraían a sí las manos y los pies, los ojos, las lenguas y los corazones como si fueran de hierro, con lo cual se conoció eran imanes del gusto, trabadas con una unión tan fuerte, que les venía de perlas. Era sin duda la agradable posada tan centro del gusto cuan páramo del provecho y un agregado de cuantas delicias se pueden imaginar: dejaba muy atrás la casa de oro de Nerón, con que quiso dorar los hierros de sus aceros; escurecía tanto el palacio de Heliogábalo, que lo dejó a malas noches; y el mismo alcázar de Sardanápalo parecía una zahurda de sus inmundicias. Había a la puerta un gran letrero que decía: El bien deleitable, útil y honesto. Reparó Critilo y dijo:

—Este letrero está al revés.

—¿Cómo al revés? —replicó Andrenio—. Yo al derecho lo leo.

—Sí, que había de decir al contrario: El bien honesto, útil y deleitable.

—No me pongo en eso; lo que sé decir es que ella es la casa más deliciosa que hasta hoy he visto: ¡qué buen gusto tuvo el que la hizo!

Tenía en la fachada siete columnas, que aunque parecía desproporción, no era sino emulación de la que erigió la sabiduría. Éstas daban entrada a otras siete estancias y habitaciones de otros tantos príncipes de quienes era agente la bella salteadora; y así, todos cuantos cautivaba con sumo gusto los iba remitiendo allá, a elección de los mismos prisioneros. Entraban muchos por el cuarto del oro, y llamábase así porque estaba todo enladrillado de tejos de oro, barras de plata, las paredes de piedras preciosas; costaba mucho de subir, y al cabo era gusto con piedras. El más eminente y superior a todos era el más arriesgado, y no obstante eso, la gente más grave quería subir a él. El más bajo era el más gustoso, tanto, que tenía las paredes comidas: que decían eran de azúcar sus piedras, la argamasa amerada con exquisitos vinos y el yeso tan cocido que era un bizcocho. Muchos gustaban de entrar en éste y se preciaban ser gente de buen gusto. Al contrario, había otro que campeaba rojo, empedrado de puñales, las paredes de acero, sus puertas eran bocas de fuego y sus ventanas troneras, los pasamanos de las escaleras eran pasadores, y de los techos, en vez de florones, pendían montantes; y con todo eso, no faltaban algunos que se alojaban en él tan a costa de su sangre. Otro se veía de color azul cuya hermosura consistía en deslucir los demás y desdorar ajenas perfecciones; adornábase su arquitectura de canes, grifos y dentellones; su materia eran dientes, no de elefante, sino de víboras, y aunque por fuera tenía muy buena vista, pero por dentro aseguraban tenían roídas las entrañas de las paredes; mordíanse por entrar en él unos a otros. El más cómodo de todos era el más llano, y aunque no había en todo él escalera que subir, estaba lleno de rellanos y descansos, muy alhajado de sillas, y todas poltronas; parecía casa de la China, sin ningún alto; su materia era de conchas de tortuga; todo el mundo se acomodaba en él, tomándolo muy de asiento: Con esto, iban tan poco a poco, y él era tan largo, que nunca llegaban al cabo, con ser todo paraderos. El más hermoso era el verde, estancia de la primavera, donde campeaba la belleza; llamábase el de las flores, y todo era flor en él, hasta la valentía y la de la edad, ni faltaba la del berro; había muchos Narcisos, alternados con las violas; coronábanse todos, en entrando, de rosas, que bien presto se marchitaban, quedando las espinas, y aun todas sus flores paraban en zarzas y sus verduras en palo; con todo era una estancia muy requerida, donde todos los que entraban se divertían harto.

Obligábanles a Critilo y Andrenio a entrar en algunas de aquellas estancias, la que más fuese de su gusto. Éste, como tan lozano y en la flor de su vida, encaminóse a la de las flores, diciendo a Critilo:

—Entra tú por donde gustares, que al cabo de la jornada todos vendremos a un mismo paradero.

Instábanle a Critilo que escogiese, cuando dijo:

—Yo nunca voy por donde los demás, sino al revés. No me excuso de entrar, pero ha de ser por donde ninguno entra.

—¿Cómo puede ser eso —le replicaron—, si no hay puerta por donde no entren muchos cada instante?

Reíanse otros de su singularidad, y preguntaban:

—¿Qué hombre es éste, hecho al revés de todos?

—Y aun por eso pienso serlo —respondió él—; yo he de entrar por donde los otros salen, haciendo entrada de la salida: nunca pongo mira en los principios, sino en los fines. Dio la vuelta a la casa, y ella la dio tal, que no la conocía, pues toda aquella grandeza de la fachada se había trocado en vileza, la hermosura en fealdad y el agrado en horror, y tal, que parecía por esta parte, no fachada, sino echada, amenazando por instantes su ruina. No sólo no atraían las piedras a los huéspedes, sino que se iban tras ellos, sacudiéndoles, que hasta las del suelo se levantaban contra ellos. No se veían jardines por esta acera tan azar, campos sí de espinas y de malezas.

Advirtió Critilo, con no poco espanto suyo, que todos cuantos viera entrar antes riendo, ahora salían llorando. Y es bien de notar cómo salían: arrojaban a unos por las ventanas que correspondían al cuarto de los jardines, y daban en aquellas espinas tal golpe, que se les clavaban por todas las coyunturas, quedando llenos de dolores, tan agudos que estando en un infierno levantaban el grito hasta el cielo. Los que habían subido más altos daban mayor caída. Uno déstos cayó de lo más alto de palacio, con tanta fruición de los demás como pena suya, que todos estaban aguardando cuándo cairía; quedó tan mal parado, que no fue más persona ni pudo hacer del hombre.

—¡Bien merece —decían todos los de dentro y fuera— tanto mal quien a nadie hizo bien!

El que causó gran lástima fue uno que tuvo más de luna que de estrella; éste, al caer, se clavó un cuchillo por la garganta, escribiendo con su sangre el escarmiento sin segundo. Vio Critilo que por la ventana antes del oro y ya del lodo, despeñaban a muchos desnudos y tan abrumados que parecían haberles molido las espaldas con saquillos de arenas de oro; otros, por las ventanas de la cocina, caían en cueros; y todos daban de vientre en aquel suelo abominando tales crudezas. Sólo uno vio salir por la puerta, y admirado Critilo únicamente, se fue para él, dándole la singular norabuena; al saludarle, reparó que quería conocerle.

—¡Válgame el cielo! —decía—, ¿dónde he visto yo este hombre? Pues yo le he visto, y no me acuerdo.

—¿No es Critilo? —preguntó él.

—Sí, y tú, ¿quién eres?

—¿No te acuerdas que estuvimos juntos en casa de la sabia Artemia?

—Ya doy en la cuenta: ¿tú eres aquel de Omnia mea mecum porto?

—El mismo, y aun eso me ha librado deste encanto.

—¿Cómo pudiste escapar una vez dentro?

—Fácilmente —respondió—, y con la misma facilidad te desataré a ti, si quieres. ¿Ves todos aquellos ciegos nudos que echa la voluntad con un sí? Pues todos los vuelve a deshacer con un no; todo está en que ella quiera. Quiso Critilo, y así, se vio luego libre de libros.

—Mas, dime, ¡oh Critilo!, y tú ¿cómo no entraste en este común cautiverio?

—Porque, siguiendo otro consejo de la misma Artemia, no puse el pie en el principio hasta tocar con las manos el fin.

—¡Oh dichoso hombre!, pero mal dije hombre, que no eres sino entendido. ¿Qué se hizo aquél tu compañero más mozo y menos cauto?

—Ahora te quería preguntar dél si le viste allá dentro, que sin freno de razón se abalanzó allá, y temo que como tal será arrojado.

—¿Por qué puerta entró?

—Por la de su gusto.

—Es la peor de todas: saldrá tarde, echarle ha el tiempo consumido de todas maneras.

—¿No habría algún medio para su remedio? —replicó Critilo.

—Sólo uno, y ése fácilmente dificultoso.

—¿Cómo es eso?

—Queriendo: que haga como yo, que no aguarde a que le echen, sino tomándose la honra, y más el provecho, salir él, que será por la Puerta, despenado, y no por las ventanas, despeñado.

—Una cosa te quisiera suplicar, y no me atrevo, porque parece más necedad que favor.

—¿Qué es?

—Que pues tienes ya tomado el tino a la casa, volvieses a entrar, y como sabio lo desengañases y librases.

—No será de provecho, porque aunque le halle y le hable, no me dará crédito sin el afecto. Mejor se moverá por ti, y pues te ves obligado, que te pedirán la palabra, mejor es que tú entres y le saques.

—Bien entraría —dijo Critilo—, aunque lo siento, pero temo que como me falta la experiencia, me he de cansar en balde y no lo podré hallar, corriendo riesgo de ahogarnos todos. Hagamos una cosa: vamos los dos juntos, que bien es menester la industria doblada; tú, como noticioso, me guiarás, y yo, como amigo, le convenceré, y saldremos todos con vitoria.

Parecióle bien el ardid; fueron a ejecutarlo, mas la guarda, que la hay a la salida, teniendo por sosprechoso al Sabio, le detuvo.

—Aquél, sí —dijo señalando a Critilo—, que tengo orden de que entre y que le inste.

Mas él, volviendo atrás, se retiró con el Sabio al reconsejo. Fuese informando de las entradas y salidas de la casa, de sus vueltas y revueltas; y ya muy determinado iba a entrar, cuando de medio camino volvió atrás y dijo al Sabio:

—Una cosa se me ha ofrecido, y es que troquemos de vestidos ambos: toma el mío, conocido de Andrenio, que será recomendación, y así disfrazado podrás desmentir la guarda entre dos luces; quedaré yo con el tuyo, ayudando al disimulo y aguardando por instantes siglos.

No le desagradó al sabio la invención. Vistióse a lo de Critilo, con que pudo entrar rogado. Quedóse éste viendo caer unos y otros, que no paraban un punto por aquellos despeñaderos del dejo. Vio un pródigo, que lo despeñaban mujeres por el ventanaje de las rosas en las espinas, y como venía en carnes el desdichado, maltratóse mucho, hízose las narices, cuando más se las deshizo: comenzó a hablar gangoso y duróle toda la vida, diciendo todos los que le oían:

—No es cosa rara que éste hable con las narices, por no tenerlas, justo castigo es de sus imprudentes mocedades.

Fue tal el asco que éste y todos los de su séquito tuvieron de su misma inmundicia, que no paraban de escupir al vil deleite en venganza y por remedio; que hubiera sido mejor antes. Los que rodaban por las espaldas del descanso tardaban en el mismo caer, pero mucho más en el levantarse, que de pereza aun no vivían; gente muy para nada, sólo sirven para hacer número y gastar los víveres; nada hacen con buen aire, y en él se paraban al caer, apoyando mórulas a Zenón, pero una vez caídos, siempre quedaban por tierra. Daban fieros gritos los que rodaban por el cuarto de las armas, que parecía el de los locos; venían muy maltratados, y eran tales los golpes que daban y recibían, que escupían luego sangre de sus valientes pechos, vomitando la que habían bebido antes a sus enemigos: que es bravo quebradero de cabeza una venganza. Solos los del cuarto del veneno se estaban a la mira, holgándose de lo que los demás se lamentaban; y había hombres de éstos que, porque se quebrase el otro un brazo y se sacase un ojo, perdía él los dos; reían de lo que los otros lloraban y lloraban de lo que reían; y era cosa rara que lo que a la entrada enflaquecieron, engordaban a la salida, gustando mucho de hacer aplauso de desdichas y campanear ajenas desventuras.

Estaba Critilo mirando aquel mal paradero de todos. Al cabo de un día de siglos, vio asomar a Andrenio a la ventana de las flores en espinas; asustóse mucho, temiendo su despeño; no le osaba llamar, por no descubrirse, pero ceñábale acordándole el desengaño. Cómo bajó y por dónde, adelante lo veremos.

Crisi undécima

El golfo cortesano

Visto un león, están visto todos, y vista una oveja, todas; pero visto un hombre, no está visto sino uno, y aun ése no bien conocido. Todos los tigres son crueles, las palomas sencillas, y cada hombre de su naturaleza diferente. Las generosas águilas siempre engendran águilas generosas, mas los hombres famosos no siempre engendran hijos grandes, como ni los pequeños, pequeños. Cada uno tiene su gusto y su gesto, que no se vive con sólo parecer. Proveyó la sagaz naturaleza de diversos rostros, para que fuesen los hombres conocidos, sus dichos y sus hechos, no se equivocasen los buenos con los ruines, los varones se distinguiesen de las hembras, y nadie pretendiese solapar sus maldades con el semblante ajeno. Gastan algunos mucho estudio en averiguar las propiedades de las hierbas: ¡cuánto más importaría conocer las de los hombres, con quienes se ha de vivir o morir! Y no son todos hombres los que vemos, que hay horribles monstruos y aun acroceraunios en los golfos de las grandes poblaciones: sabios sin obras, viejos sin prudencia, mozos sin sujeción, mujeres sin vergüenza, ricos sin misericordia, pobres sin humildad, señores sin nobleza, pueblo[s] sin apremio, méritos sin premio, hombres sin humanidad, personas sin subsistencia.

Esto ponderaba el Sabio a vista de la corte, después de haber rescatado a Andrenio con un tan ejemplar arbitrio. Cuando Critilo le aguardaba a la puerta libre, le atendió a la ventana empeñado en el común despeño. Mas consolóse con que nadie le impelía, antes, quitándose la guirnalda de la frente, la fue destejiendo, y atando unas ramas con otras, hizo soga, por la cual se guindó y, sin daño alguno, se halló en tierra por gran felicidad. Al mismo tiempo asomó por la puerta el Sabio, doblándole a Critilo el contento; pero sin detenerse ni aun para abrazarse, picaron, como tan picados; sólo Andrenio, volviendo la cabeza a la ventana dijo:

—Quede ahí pendiente ese lazo, escala ya de mi libertad, despojo eternizado del desengaño.

Tomaron su derrota para la corte a dar, decía el Sabio, de Caribdis en Scila; acompañóles hasta la puerta, llevado de la dulce conversación, el mejor viático del camino de la vida.

—¿Qué cosa y qué casa ha sido ésta? —decía Critilo—. Contadme lo que en ella os ha pasado.

Tomó la mano el Sabio, a cortesía de Andrenio, y dijo:

—Sabed, que aquella engañosa casa, al fin venta del mundo, por la parte que se entra en ella es el gusto, y por la que se sale, del gasto. Aquella agradable salteadora es la famosa Volusia, aquien llamamos nosotros delectación y los latinos voluptas, gran muñidora de los vicios, que a cada uno de los mortales le lleva arrastrado su deleite. Ésta los cautiva, los aloja (o los aleja) unos en el cuarto más alto de la soberbia, otros en el más bajo de la desidia, pero ninguno en el medio, que en los vicios no le hay. Todos entran como visteis, cantando, y después salen sollozando, si no son los envidiosos, que proceden al revés. El remedio para no despeñarse al fin es caer en la cuenta al principio: gran consejo de la sabia Artemia que a mí me valió harto para salir bien.

—Y a mí mejor para no entrar —replicó Critilo—, que yo con más gusto voy a la casa del llanto que de la risa, porque sé que las fiestas del contento fueron siempre vigilias del pesar. Créeme, Andrenio, que quien comienza por los gustos acaba por los pesares.

—Basta con este nuestro camino —dijo él— todo está lleno de trampas encubiertas, que no sin causa estaba el Engaño a la entrada. ¡Oh casa de locos, y cómo lo es quien hace de ti caso! ¡Oh encanto de cantos imanes, que al principio atraen y a la postre despeñan!

—Dios os libre —ponderaba el Sabio— de todo lo que comienza por el contento, nunca os paguéis de los principios fáciles; atended siempre a los fines dificultosos y al contrario. La razón desto supe yo en aquella venta de Volusia en este sueño que os ha de hacer despertar. Contáronme tenía dos hijos la Fortuna muy diferentes en todo, pues el mayor era tan agradablemente lindo cuanto el segundo desapaciblemente feo; eran sus condiciones y propiedades muy conformes a sus caras, como suele acontecer. Hízoles su madre dos vaquerillos con la misma atención: al primero, de una rica tela que tejió la Primavera sembrada de rosas y de claveles, y entre flor y flor alternó un G, tantas como flores, sirviendo de ingeniosas cifras en que unos leían gracioso, otros galán, gustoso, gallardo, grato y grande, aforrado en candidos armiños, todo gala, todo gusto, gallardía y gracia; vistió al segundo muy de otro genio, pues de un bocací funesto recamado de espinas y entre ellas otras tantas efes donde cada uno leía lo que no quisiera, feo, fiero, furioso, falto y falso, todo horror, todo fiereza. Salían de casa de su madre a la plaza o a la escuela, y al primero en todo, todos cuantos le veían le llamaban, abríanle las puertas de sus corazones, todo el mundo se iba tras él, teniéndose por dichosos los que le podían ver, cuanto más haber. El otro desvalido no hallaba puerta abierta, y así andaba a sombra de tejados, todos huían dél; si quería entrar en alguna casa, dábanle con la puerta en los ojos, y si porfiaba, muchos golpes, con lo cual no hallaba dónde parar: vivía (o moría) quien tan triste llegó al no poderse sufrir él a sí mismo, y así tomó por partido despeñarse para despenarse, escogiendo antes morir para vivir, que vivir para morir. Mas como la discreción es pasto de la melancolía, pensó una traza, que siempre valió más que la fuerza: conociendo cuán poderoso es el Engaño y los prodigios que obra cada día, determinó ir en busca suya una noche, que hasta la luz y él se aborrecían. Comenzó a buscarle, mas no le podía descubrir: en mil partes le decían estaría, y en ninguna le topaba. Persuadióse le hallaría en casa de los engañadores, y así fue primero a la del Tiempo. Éste le dijo que no, que antes él procuraba desengañar a todos, sino que le creen tarde. Pasó a la del Mundo, tenido por embustero, y respondióle que por ningún caso, que él a nadie engaña, aunque lo desea: que los mismos hombres son los que se engañan a sí mismos, se ciegan y se quieren engañar. Fue a la misma Mentira, que la halló en todas partes; díjola a quién buscaba, y respondióle ella:

—Anda, necio, ¿cómo te tengo yo de decir la verdad?

—Según eso, la Verdad me lo dirá —dijo él—; pero ¿dónde la hallaré? Más dificultoso será eso, que si al Engaño no le puedo descubrir en todo el mundo, ¡cuánto menos la Verdad!

Fuese a casa la Hipocresía teniendo por cierto estaría allí; mas ésta le engañó con el mismo engaño, porque torciendo el cuello a par de la intención, encogiéndose de hombros, frunciendo los labios, arqueando las cejas, levantando los ojos al cielo que todo un hombre ocupa, con la voz muy mirlada le aseguró no conocía tal personaje ni le había hablado en su vida, cuando estaba amigada con él. Partió a casa de la Adulación, que era un palacio, y ésta le dijo:

—Yo, aunque miento, no engaño, porque echo las mentiras tan grandes y tan claras, que el más simple las conocerá: bien saben ellos que yo miento, pero dicen que con todo eso se huelgan, y me pagan.

—¡Que es posible, se lamentaba, que esté el mundo lleno de engaños y que yo no le halle! Parece ésta pesquisa de Aragón. Sin duda estará en algún casamiento: vamos allá. Preguntó al marido, preguntó a la mujer, y respondiéronle ambos habían sido tantas y tan recíprocas de una y otra parte las mentiras, que ninguno podía quejarse de ser el engañado. ¿Si estaría en casa los mercaderes, entre mohatras paliadas y desnudos acreedores? Respondiéronle que no, porque no hay engaño donde ya se sabe que le hay. Lo mismo dijeron los oficiales, que fue de botica en botica, asegurándole en todas que al que ya lo sabe y quiere, no se le hace agravio. Estaba desesperado sin saber ya dónde ir.

—Pues yo le he de buscar —dijo—, aunque sea en casa del diablo.

Fuese allá, que era una Genova, digo una Ginebra. Mas éste se enojó fieramente, y dando voces endiabladas decía:

—¿Yo engaño, yo engaño? ¡Qué bueno es eso para mí! Antes yo hablo claro a todo el mundo, yo no prometo cielos, sino infiernos acá, y allá fuegos, que no paraísos; y con todo eso, los más me siguen y hacen mi voluntad; pues ¿en qué está el engaño?

—Conoció decía esta vez la verdad, y quitósele delante. Echó por otro rumbo, determinó ir a buscarle a casa los engañados, los buenos hombres, los crédulos y candidos, gente toda fácil de engañar. Mas todos ellos le dijeron que por ningún caso estaba allí, sino en casa de los engañadores; que aquellos son los verdaderos necios, porque el que engaña a otro, siempre se engaña y daña más a sí mismo.

—¿Qué es esto? —decía—; los engañadores me dicen que los engañados se los llevaron; estos me responden que aquellos se quedan con él. Yo creo que unos y otros le tienen en su casa, y ninguno se lo piensa.

Yendo desta suerte, le topó a él la Sabiduría, que no él a ella, y como sabedora de todo, le dijo:

—Perdido, qué buscas otro que a ti mismo, ¿no ves tú que el Engaño no le halla quien le busca, y que en descubriéndole ya no es él? Ve a casa alguno de aquellos que se engañan a sí mismos, que allí no puede faltar.

Entró en casa de un confiado, de un presumido, de un avaro, de un envidioso, y hallóle muy disimulado con afeites de verdad. Comunicóle sus desdichas y consultóle su remedio. Míroselo el Engaño muy bien, cuanto peor, y díjole:

—Tú eres el Mal, que tu mala catadura te lo dice; tú eres la maldad, más fea aún de lo que pareces. Pero ten buen ánimo, que no faltará diligencia ni inteligencia. Huélgome se ofrezcan ocasiones como ésta para que luzga mi poder. ¡Oh qué par haremos ambos! Anímate, que si el primer paso en la medicina es conocer la raíz del mal, yo la descubro en tu dolencia, como si la tocase con las manos. Yo conozco muy bien los hombres, aunque ellos no me conocen a mí; yo sé bien de qué pie cojea su mala voluntad, y advierte que no te aborrecen a ti por ser malo, que no por cierto, sino porque lo pareces por ese mal vestido que tú llevas; esos abrojos son los que les lastiman, que si tú fueras cubierto de flores, yo sé te quisieran. Pero déjame hacer, que yo barajaré las cosas de modo que tú seas el adorado de todo el mundo y tu hermano aborrecido; ya la tengo pensada, que no será la primera ni la última.

Asiéndole de la mano, se fueron pareados a casa de la Fortuna. Saludóla con todo el cumplimiento que él suele y encandilóla tan bien, que fue menester poco para una ciega. Ofreciósele por mozo, de guía, representándola su necesidad y las muchas conveniencias; abonóle el hijuelo de fiel y de entendido (pues sabe muchos puntos más que el diablo su discípulo); sobre todo, que no quería otra paga sino sus venturas. Y no se engañaba, que no hay renta como la puerta falsa de la ambición. Calidades eran todas muy a cuento, si no muy a propósito para mozo de ciego, y así le admitió la Fortuna en su casa, que es todo el mundo. Comenzó al mismo instante a revolverlo todo, sin dejar cosa en su lugar, ni aun tiempo. Guíala siempre al revés: si ella quiere ir a casa un virtuoso, él la lleva a la de un malo y otro peor; cuando había de correr, la detiene, y cuando había de ir con tiento, vuela; barájale las acciones, trueca todo cuanto da; el bien que ella quería dar al sabio, hace lo dé al ignorante; el favor que va a hacer al valiente, lo encamina al cobarde. Equivócale las manos cada punto para que reparta las felicidades y desdichas en quien no las merece; incítala a que esgrima el palo sin razón, y a tontas y a ciegas la hace sacudir palos de ciego en los buenos y virtuosos; pega un revés de pobreza al hombre más entendido, y da la mano a un embustero, que por eso están hoy tan validos. ¡Qué de golpes la ha hecho errar! Acabó de uno con un don Baltasar de Zúñiga, cuando había de comenzar a vivir; acabó con un duque del Infantado, un marqués de Aitona y otros semejantes cuando más era menester. Dio un revés de pobreza a un don Luis de Góngora, a un Agustín de Barbosa y otros hombres eminentes. Cuando debiera hacerles muchas mercedes, erró el golpe también. Y excusábase el bellacón diciendo:

—Vivieran ésos en tiempo de un León Décimo, de un rey Francisco de Francia, que éste no es su siglo.

¡Qué disfavores no hizo un marqués de Torrecuso! Y jactábase dello diciendo:

—¿Qué hiciéramos sin guerra? Ya estuviera olvidada.

También fue errar el golpe darle un balazo a don Martín de Aragón, conociéndose bien presto su falta. Iba a dar la Fortuna un capelo a un Azpilcueta Navarro, que hubiera honrado el Sacro Colegio, mas pególa en la mano un tal golpazo, que lo echó en tierra, acudiendo a recogerlo un clerizón, y riéndose el picarón, decía:

—¡Eh!, que no pudiéramos vivir con estos tales; bástales su fama. Estos otros sí, que lo reciben humildes y lo pagan agradecidos.

Fue a dar a la monarquía de España muchas felicidades por verla tan católica, como había hecho siempre dándole las Indias y otros muchos reinos y victorias, y el belitre, la dio tal encontrón, que saltaron acullá a Francia con espanto de todo el mundo. Él se excusaba con decir que se había acabado ya la semilla de los cuerdos en España y de los temerarios en Francia. Y por desmentir el odio que le acumulaba ya su malicia, dio algunas vitorias a la república de Venecia contra el poder otomano, y sola, sin Liga, cosa que ha admirado al mundo: excusándose con el Tiempo, que se cansa ya de llevar a cuestas la felicidad otomana más a fuerza que de industria. Desta suerte fue barajando todas las cosas y casos, tanto, que así las dichas como las desdichas se hallaban en los que menos las merecían. Llegando ya a ejecutar su primer intento, observó allá a la noche, cuando la Fortuna desnudaba sus dos hijos (que de nadie los fiaba), dónde ponía los vestidos de cada uno: que eso siempre era con cuidado en diferentes puestos, porque no se confundiesen; acudió, pues, el Engaño y sin ser sentido trocó los vestidos, mudó los del Bien al puesto del Mal y los del Mal al del Bien. A la mañana, la Fortuna, tan descuidada como ciega, vistió a la Virtud del vaquerillo de las espinas sin más reparar, y al contrario, el de las flores púsoselo al Vicio, con que quedó éste muy galán, y él que se ayudó con afeites del Engaño. No había quien lo conociese, todos se iban tras él, metíanle en sus casas, creyendo llevaban el Bien. Algunos lo advinieron a costa de la experiencia, y dijéronlo a los otros; pocos lo creyeron, y como le veían tan agradable y florido, prosiguieron en su engaño. Desde aquel día la Virtud y la Maldad andan trocadas y todo el mundo engañado o engañándose: los que abrazan la Maldad por aquel cebillo del deleite, hállanse después burlados, dan tarde en la cuenta y dicen arrepentidos:

—No está aquí el verdadero bien, éste es el mal de los males: luego errado habemos el camino.

Al contrario, los que desengañados apechugan con la Virtud, aunque al principio les parece áspera y sembrada de espinas, pero al fin hallan el verdadero contento y alégranse de tener tanto bien en sus conciencias. ¡Qué florida le parece a éste la hermosura, y qué lastimado queda después con mil achaques! ¡Qué lozana al otro la mocedad, pero cuán presto se marchita! ¡Qué plausible se le representa al ambicioso la dignidad, vestido viene el cargo de estimación, mas qué pesado le halla después gimiendo so la carga! ¡Qué gustosa imagina el sanguinario la venganza, cómo se relame en la sangre del enemigo, y después, si le dejan, toda la vida anda basqueando lo que los agraviados no pueden digerir! Hasta el agua hurtada es más sabrosa. Chupa la sangre del pobrecillo ricazo de rapiña, mas después, ¡con qué violencia la trueca al restituirla!: dígalo la madre del milano. Traga el glotón exquisitos manjares, saboréase con los preciosos vinos, y después ¡cómo lo grita en la gota! No pierde el deshonesto coyuntura en su bestial deleite y pagólo con dolor de todas las de su flaco cuerpo. Abraza espinas en riquezas el avaro, pues no le dejan dormir, y sin poderlas gozar deja en ellas lastimado el corazón. Todos éstos pensaron traer a su casa el Bien vestido del Gusto, y de verdad que no es sino el Mal solapado; no el contento, sino el tormento tan bien merecido de su engaño. Pero, al contrario, ¡qué dificultosa y cuesta arriba se le hace al otro la virtud, y después qué satisfacción la de la buena conciencia! ¡Qué horror el de la abstinencia!, y en ella consiste la salud del cuerpo y alma. Intolerable se le representa la continencia, y en ella se halla el contento verdadero, la vida, la salud y la libertad. El que se contenta con una medianía, ése vive. El manso de corazón, posee la tierra: desabrido se le propone el perdón del enemigo pero ¡qué paz se le sigue y qué honra se consigue! ¡Qué frutos tan dulces se cogen de la raíz amarga de la mortificación! Melancólico parece el silencio, mas al sabio nunca le pesó de haber callado. De suerte que desde entonces la Virtud anda vestida de espinas por fuera, y de flores por dentro, al contrario del Vicio. Conozcámoslos y abracémonos con aquélla a pesar del engaño tan común cuan vulgar.

A vistas estaba[n] ya de la Corte, y mirando Andrenio a Madrid con fruición grande, preguntóle el Sabio:

—¿Qué ves en cuanto miras?

—Veo —dijo él— una real madre de tantas naciones, una corona de dos mundos, un centro de tantos reinos, un joyel de entrambas Indias, un nido del mismo fénix y una esfera del Sol Católico, coronado de prendas en rayos y de blasones en luces.

—Pues yo veo —dijo Critilo— una Babilonia de confusiones, una Lutecia de inmundicias, una Roma de mutaciones, un Palermo de volcanes, una Constantinopla de nieblas, un Londres de pestilencias y un Argel de cautiverios.

—Yo veo —dijo el Sabio— a Madrid, madre de todo lo bueno, mirada por una parte, y madrastra por la otra, que así como en la Corte acuden todas las perfecciones del mundo, mucho más todos los vicios, pues los que vienen a ella nunca traen lo bueno, sino lo malo, de sus patrias. Aquí yo no entro aunque se diga que me volví del puente Milvio. Y con esto, despidióse. Fueron entrando Critilo y Andrenio, como industriados, por la espaciosa calle de Toledo. Toparon luego una de aquellas tiendas donde se feria el saber. Encaminóse Critilo a ella y pidió al librero si tendría un Ovillo de oro que venderles. No le entendió, que leer libros por los títulos no hace entendidos, pero sí un otro, que allí estaba de asiento, graduado cortesano por años y suficiencia:

—¡Eh!, que no piden —le dijo— sino una aguja de marear en este golfo de Circes.

—Menos lo entiendo ahora —respondió el librero—. Aquí no se vende oro ni plata, sino libros, que son mucho más preciosos.

—Eso, pues, buscamos —dijo Critilo—, y entre ellos alguno que nos dé avisos para no perdernos en este laberinto cortesano.

—De suerte, señores, que ahora llegáis nuevos. Pues aquí os tengo ese librillo, no tomo, sino átomo, pero que os guiará al norte de la misma felicidad.

—Esa buscamos.

—Aquí la tenéis; a éste le he visto yo hacer prodigios, porque es arte de ser personas y de tratar con ellas.

Tomóle Critilo, leyó el título, que decía: El Galateo Cortesano.

—¿Qué vale? —preguntó.

—Señor —respondió el librero—, no tiene precio: mucho le vale al que le lleva. Estos libros no los vendemos, sino que los empeñamos por un par de reales, que no hay bastante oro ni plata para apreciarlos. Oyendo esto el cortesano, dio una tan descompuesta risada, que causó no poca admiración a Critilo y mucho enfado al librero. Y preguntóle la causa.

—Porque es digno de risa lo que decís —respondió él— y cuanto este libro enseña.

—Ya veo yo —dijo el librero— que el Galateo no es más que la cartilla del arte de ser personas y que no enseña más del ab, pero no se puede negar que sea un brinquiño de oro, tan plausible como importante; y aunque pequeño, hace grandes hombres, pues enseña a serlo.

—Lo que menos hace es eso —replicó el cortesano—. Este libro (dijo tomándole en las manos) aún valdría algo si se practicase todo al revés de lo que enseña. En aquel buen tiempo cuando los hombres lo eran, digo buenos hombres, fueran admirables estas reglas; pero ahora en los tiempos que alcanzamos, no valen cosa. Todas las liciones que aquí encarga eran del tiempo de las ballestas, mas ahora, que es el de las gafas, creedme que no aprovechan, Y para que os desengañéis, oíd ésta de las primeras: dice, pues, que el discreto cortesano, cuando esté hablando con alguno, no le mire al rostro y mucho menos de hito en hito como si viese misterios en los ojos. ¡Mirad qué buena regla ésta para estos tiempos, cuando no están ya las lenguas asidas al corazón! Pues ¿dónde le ha de mirar? ¿Al pecho? Eso fuera, si tuviera en él la ventanilla que deseaba Momo. Si aun mirándole a la cara que hace, al semblante que muda, no puede el más atento sacar traslado del interior, ¿qué seria si no le mirase? Mírele y remírele, y de hito en hito, y aun plegue a Dios que dé en el hito de la intención y crea que ve misterios; léale el alma en el semblante, note si muda colores, si arquea las cejas: brujuléele el corazón. Esta regla, como digo, quédese para aquella cortesía del buen tiempo, si ya no la entiende algún discreto por activa, procurando conseguir aquella inestimable felicidad de no tener que mirar a otro a la cara. Oíd esta otra, que a mí me da gran gusto siempre que la leo: pondera el autor que es una bárbara asquerosidad, después de haberse sonado las narices, ponerse a mirar en el lienzo la inmundicia, como si echasen perlas o diamante del celebro.

—Pues ésa, señor mío —dijo Critilo— es una advertencia tan cortesana cuan precisa, si ya no prolija, mas para la necedad nunca sobran avisos.

—Que no —replicó el cortesano—, que no lo entendéis. Perdoneme el autor, y enseñe todo lo contrario. Diga que sí, que miren todos y vean lo que son en lo que echan; advierte el otro presumido de bachiller y conózcase que es un rapaz mocoso que aún no discurre ni sabe su mano derecha, no se desvanezca; entienda el otro que se estima de nasudo y de sagaz que no son sentencias ni sutilezas las que piensa, sino crasicies que distila del alambique de su nariz aguileña; persuádase la otra linda que no es tan ángel como la mienten ni es ámbar lo que alienta, sino que es un albañar afeitado; desengáñese Alejandro que no es hijo de Júpiter, sino de la pudrición y nieto de la nada; entienda todo divino que es muy humano, y todo desvanecido que por más viento que tenga en ella cabeza, y por más humo, todo viene a resolverse en asco, y cuando más sonado, más mocoso. ¡Eh!, conozcamos todos y entendamos que somos unos sacos de hediondez: cuando niños mocos; cuando viejos flemas, y cuando hombres postemas. Esta otra que se sigue, es totalmente superflua. Dice que por ningún caso el cortesano, estando con otros, se saque la cera de los oídos, ni la esté retorciendo con los dedos, como quien hace fideos. Pregunto, señores, ¿quién hay que pueda hacer esto? ¿A quién han dejado ya cera en los oídos unos y otras, aquéllos y éstas, cuanto menos, que sobre para hacer fideos? Mas sin cera está la era. Lo que él había de encargar es que no nos la sacasen tanto embestidor, tanta arpía, tanto agarrador, tanto escribano, y otros que callo. Pero con la que estoy muy mal es con aquella otra que enseña que es grande vulgaridad, estando en un corrillo o conversación, sacar las tijerillas del estuche y ponerse muy de propósito a cortar las uñas. Esta la tengo por muy perniciosa doctrina, porque a más de que ellos se tienen buen cuidado de no cortárselas ni aun en secreto, cuanto menos en público, fuera mejor que mandara se las cortaran delante de todo el mundo, como hizo el almirante en Napoles, pues todo él está escandalizado de ver algunos cuán largas las tienen. Que sí, sí, saquen tijeras, aunque sean de tundir, mas no de trasquilar, y córtense esas uñas de rapiña y atúsenlas hasta las mismas manos cuando las tienen tan largas. Algunos hombres hay caritativos, que suelen acudir a los hospitales a cortarles las uñas a los pobres enfermos: gran caridad es por cierto, pero no fuera malo ir a las casas de los ricos y cortarles aquellas uñas gavilanes con que se hicieron hidalgos de rapiña y desnudaron a estos pobrecitos y los pusieron por puertas y aun los echaron en el hospital. Tampoco tenía que encargar aquello de quitar el sombrero con tiempo: gran liberalidad de cortesía es ésta; no sólo quitan ya el sombrero, sino la capa y la ropilla, hasta la camisa, hasta el pellejo, pues desuellan al más hombre de bien, y dicen que le hacen mucha cortesía; guardan otros tanto esta regla, que se entran de gorra en todas partes. A esta traza, os aseguro que no hay regla con regla. Ésta que leo aquí es sin duda contra toda buena moralidad: yo no sé cómo no la han prohibido. Dice que cuando uno se pasea, no vaya con cuidado a no pisar las rayas, ni atienda a poner el pie en medio, sino donde se cayere. ¡No digo yo! En lugar de aconsejar al cortesano que atienda mucho a no pisar la raya de la razón ni a pasarla, que esté muy a la raya de la ley de Dios, que lo contrario es quemarse, y que no pase los límites de su estado, que por eso tantos han caído; que no pise la regla, sino en espacio, que eso es compasarse y medirse; que no alargue más el brazo ni el pie de lo que puede. Todo esto le aconsejaría yo. Que mire dónde pone el pie y cómo lo asienta, vea dónde entra y dónde sale, pise firme siempre en el medio y no vaya por extremos, que son peligrosos en todo: y eso es andar bien. Señor, que no vaya hablando consigo, que es necedad. Pues ¿con quién mejor puede hablar que consigo mismo? ¿Qué amigo más fiel? Háblese a sí y dígase la verdad, que ningún otro se la dirá; pregúntese y oiga lo que le dice su conciencia, aconséjese bien, dé y tome consigo, y crea que todos los demás le engañan y que ningún otro le guardará secreto, ni aun la camisa al rey don Pedro. Que no pegue de golpes hablando, que es aporrear alma y cuerpo. Dice bien, si el otro escucha; pero ¿si hace el sordo, y a veces a lo que más importa? Pues ¿qué si duerme? Menester es despertarle. Y hay algunos que aun a mazadas no les entran las cosas, ni se hacen capaces de la razón. ¿Qué ha de hacer un hombre, si no le entienden ni le atienden? Por fuerza ha de haber mazos en el hablar, ya que los hay en el entender. Que no hable recio ni muy alto, que desdice de la gravedad. Según con quien habla. Crea que no son buenas palabras de seda para orejas de buriel. Pues qué otra está que no haga acciones con las manos cuando habla, ni bracee, que parece que nada, ni saque el índice, que parece que pesca. No fuera malo aquí distinguir de los que las tienen malas a los que buenas; y las que se precian de ellas toman aquí el cielo con las manos. Con licencia deste autor, yo diría lo contrario, que haga y diga, no sea todo palabras, haya acción y ejecución también, hable de veras; si tiene buena mano, póngala en todo. Así, como tiene algunas reglas superfluas, otras tiene muy frías, como lo es ésta: que no se acerque mucho cuando hablare, ni salpique, que verdaderamente hay algunos poco atentos en esto que deberían avisar antes de abrir la boca y decir: ¡Agua va!, para que se apartasen los oyentes o se vistiesen los albornoces; y de ordinario, éstos hablan sin escampar. Yo, señores, por más dañoso tengo el echar fuego por la boca que agua, y más son los que arrojan llamas de malignidad, de murmuración, de cizaña, de torpeza y aun de escándalo: harto peor es echar espumajos sin decir primero: ¡cólera va! Reprehenda el vomitar veneno, que ya niñería es el escupir: poco mal puede hacer una rociada de perdigones; Dios nos libre de la bala rasa de la injuria, de la jara de una varilla, de la bomba de una traición, de las picas en picones y de la artillería del artificio maldiciente. También hay algunas muy ridiculas, como aquella otra que cuando hablare con alguno, no le esté pasando la mano por el pecho ni madurando los botones de la ropilla, hasta hacerlos caer apuro retorcerlos. ¡Eh, que sí! Déjeles tomar el pulso en el pecho y dar un tiento al corazón, déjeles examinar si palpita, tienten también si tienen almilla en los botones, que hay hombres que aun allí no la tienen; tírenle de la manga al que se desmanda y de la aldilla al que se estira, porque no salga de sí. Ésta que se sigue, en ninguna república se platica, ni aun en la de Venecia; era del tiempo antiguo: que no coma a dos carrillos, que es una grande fealdad. Veis aquí una lición que las más lindas la platican menos, antes dicen que están más hermosas de la otra suerte y se les luce más. Que no ría mucho ni muy alto dando grandes risadas. Hay tantas y tales monstruosidades en el mundo, que no basta ya reír debajo de la nariz, aunque frescamente a su sombra. Va otra semejante, que no coma con la boca cerrada. Por cierto sí. ¡Qué buena regla ésta para este tiempo, cuando andan tantos a la sopa! Aun de ese modo no está seguro el bocado, que nos lo quitan de la misma boca: ¡qué sería a boca abierta! No habría menester más el otro que come y bebe de cortesía. A más de que en ninguna ocasión importa tanto tenerla cerrada y con candados que cuando se come y se bebe. Así lo observó el célebre marqués Espínola, cuando le convidó a su mesa el atento Henrico. Y para ser nimio y menudo de todas maneras, encarga ahora que su cortesano de ningún modo regüelde, que aunque es salud, es grosería. Créame y déjelos que echen fuera el viento de que están ahitos, y más llenos, cuando más vacíos. ¡Ojalá acabaran de despedir de una vez todo el que tienen en aquellas cabezas!, que tengo para mí que por eso al que estornuda le ayuda Dios a echar el viento de su vanidad y le damos la norabuena. Conozcan en la hediondez del aliento cómo se gasta el aire, cuando no está en su lugar. Sólo un consejo me contentó mucho del Galateo y me pareció muy sustancial, para que se verifique aquel dicho común que no hay libro sin algo bueno: encarga, pues, por capital precepto y como el fundamento de toda su obra cortesana que el galante Galateo procure tener los bienes de fortuna para vivir con lucimiento, que sobre esta basa de oro le han de levantar la estatua de cortesía, discreción, galantería, despejo y todas las demás prendas de un varón culto y perfecto, y advierta que si fuere pobre jamás será ni entendido, ni cortés, ni galante, ni gustoso. Y esto es lo que yo siento del Galateo.

—Pues si ése no os contenta —dijo el librero—, porque no instruye sino en la cortesía material, no da más de una capa de personas, una corteza de hombres, aquí está la juiciosa y grave instrucción del prudente Juan de Vega a su hijo cuando le enviaba a la Corte. Realzó esa misma instrucción, que no la comentó, muy a lo señor y portugués, que es cuanto decir se puede, el conde de Portalegre en semejante ocasión de enviar otro hijo a la Corte.

—Es grande obra —dijo el Cortesano—, y sobrado grande, pues es sólo para grandes personajes, y yo no tengo por buen oficial al que quiere calzar a un enano el zapato de un gigante.

—Creedme que no hay otro libro ni arte más a propósito, que parece la escribió viendo lo que en Madrid pasa.

—Ya sé que me tendréis por paradojo y aun estoico, pero más importa la verdad: digo que el libro que habéis de buscar y leerlo de cabo a cabo, es la célebre Ulisiada de Homero. Aguarda, no os admiréis hasta que me declare. ¿Qué, pensáis que el peligroso golfo que él describe, es aquel de Sicilia, y que las sirenas están acullá en aquellas Sirtes con sus caras de mujeres y sus colas de pescados, la Circe encantadora en su isla y el soberbio cíclope en su cueva? Sabed que el peligroso mar es la Corte, con la Scila de sus engaños y la Caribdis de sus mentiras. ¿Veis esas mujeres que pasan tan prendidas de libres y tan compuestas de disolutas? Pues ésas son las verdaderas sirenas y falsas hembras con sus fines monstruosos y amargos dejos; ni basta que el cauto Ulises se tapie los oídos; menester es que se ate al firme mástil de la virtud y encamine la proa del saber al puerto de la seguridad, huyendo de sus encantos. Hay encantadoras Circes, que a muchos que entraron hombres los han convertido en brutos. ¿Qué diré de tantos cíclopes, tan necios como arrogantes, con sólo un ojo, puesta la mira en su gusto y presunción? Este libro os digo que repaséis, que él os ha de encaminar para que como Ulises escapéis de tanto escollo como os espera y tanto monstruo como os amenaza.

Tomaron su consejo y fueron entrando en la Corte, experimentando al pie de la letra lo que el Cortesano les había prevenido y Ulises enseñado. No encontraron pariente, ni amigo, ni conocido, por lo pobre. No podían descubrir su deseada Felisinda. Viéndose, pues, tan solos y tan desfavorecidos, determinó Critilo probar la virtud de ciertas piedras orientales muy preciosas, que había escapado de sus naufragios; sobre todo quiso hacer experiencia de un finísimo diamante, por ver si vencería tan grandes dificultades su firmeza, y una rica esmeralda, si conciliaba las voluntades, como escriben los filósofos. Sacólas a luz, mostrólas, y al mismo punto obraron maravillosos efectos, porque comenzaron a ganar amigos: todos se les hacían parientes y aun había quien decía eran de la mejor sangre de España, galanes, entendidos y discretos. Fue tal el ruido que hizo un diamante que se les cayó en su empeño de algunos centenares, que se oyó por todo Madrid, con que los embistieron enjambres de amigos, de conocidos y de parientes, más primos que un rey, más sobrinos que un papa.

Pero el caso más agradablemente raro fue el que le sucedió a Andrenio desde la calle Mayor a Palacio. Llegóse a él un pajecillo, galán de librea y libre de desenfado, que desenvainando una hoja en un billete le dejó tan cortado, que no acertó a descartarse Andrenio; antes, brujuleándole, descubrió una prima su servidora en la firma; dábale la bienvenida a la Corte y muchas quejas de que siendo tan propio se hubiese portado tan extraño; suplicábale se dejase ver, que allí estaba aquel paje para que le guiase y le sirviese. Quedó atónito Andrenio, oyendo el reclamo de prima, cuando él no creía tener madre. Y llevado más de su curioso deseo que del ajeno agasajo, asistido del pajecillo, tomó el rumbo para la casa. Lo que aquí vio en maravillas y le sucedió en portentos, dirá la siguiente crisi.

Crisi duodécima

Los encantos de Falsirena

Fue Salomón el más sabio de los hombres, y fue el hombre a quien más engañaron las mujeres; y con haber sido el que más las amó, fue el que más mal dijo dellas: argumento de cuán gran mal es del hombre la mujer mala, y su mayor enemigo. Más fuerte es que el vino, más poderosa que el rey, y que compite con la verdad, siendo toda mentira. Más vale la maldad del varón que el bien de la mujer, dijo quien más bien dijo, porque menos mal te hará un hombre que te persiga que una mujer que te siga. Mas no es un enemigo sólo, sino todos en uno, que todos han hecho plaza de armas en ella: de carne se compone, para descomponerle; el mundo la viste, que para poder vencerle a él, se hizo mundo della; y la que del mundo se viste, de demonio se reviste en sus engañosas caricias: Gerión de los enemigos, triplicado lazo de la libertad que difícilmente se rompe. De aquí, sin duda, procedió el apellidarse todos los males hembras, las furias, las parcas, las sirenas y las arpías, que todo lo es una mujer mala. Hácenle guerra al hombre diferentes tentaciones en sus edades diferentes, unas en la mocedad y otras en la vejez, pero la mujer en todas. Nunca está seguro de ellas, ni mozo, ni varón, ni viejo, ni sabio, ni valiente, ni aun santo; siempre está tocando al arma este enemigo común y tan casero, que los mismos criados del alma la ayudan: los ojos franquean la entrada a su belleza, los oídos escuchan su dulzura, las manos la atraen, los labios la pronuncian, la lengua la vocea, los pies la buscan, el pecho la suspira y el corazón la abraza. Si es hermosa, es buscada; si fea, ella busca. Y si el cielo no hubiera prevenido que la hermosura de ordinario fuera trono de la necedad, no quedara hombre a vida que la libertad lo es.

¡Oh cómo le previno el escarmentado Critilo al engañado Andrenio, mas qué poco le aprovechó! Partió ciego a buscar luz a la casa de los incendios; no consultó a Critilo, temiéndosele severo; y así, solo y mal guiado de un pajecillo, que suelen ser las pajuelas de encender el amoroso fuego, caminó un gran rato, torciendo calles y doblando esquinas.

—Mi señora —decía el rapaz—, la honestísima Falsirena, vive muy fuera del mundo, ajena del bullicio cortesano, ya por natural recato, haciendo desierto de la Corte, ya por poder gozar de la campaña en sus alegres jardines.

Llegaron a una casa que en la apariencia aún no prometía comodidad, cuanto menos magnificiencia, extrañándolo harto Andrenio. Mas luego que fue entrando, parecióle haber topado el mismo alcázar de la autora, porque tenía las entradas buenas a un patio muy desahogado, teatro capaz de maravillosas apariencias, y aun toda la casa era harto desenfadada. En vez de firmes Atlantes en columnas, coronaban el atrio hermosas ninfas, por la materia y por el arte raras, asegurando sobre sus delicados hombros firmeza a un cielo alternado de serafines, pero sin estrella. Señoreaba el centro una agradable fuente, equívoca de aguas y fuegos, pues era un Cupidillo que cortejado de las Gracias, ministrándole arpones todas ellas, estaba flechando cristales abrasadores, ya llamas, y ya linfas; íbanse despeñando por aquellos nevados tazones de alabastro, deslizándose siempre y huyendo de los que las seguían y murmurando después de los mismos que lisonjearon antes.

Donde acababa el patio comenzaba un Chipre tan verde, que pudiera darlo al más buen gusto, si bien todas sus plantas eran mas lozanas que frutíferas, todo flor y nada fruto. Coronábase de flores vistosamente odoríferas, parando todo en espirar humos fragantes. El vulgo de las aves le recibió con salva de armonía, si ya no fue darle la vaya, silbándole a porfía el Céfiro y Favonio, que él lo tuvo por donaire. Era el jardín con toda propiedad un pensil, pues a cuantos le lograban suspendía. Fuese acercando Andrenio al mejor centro de su amenidad, donde estaba la Primavera deshilando copos en jazmines, digo la vana Venus deste Chipre, que nunca hay Chipre sin Venus. Salió Falsirena a recibirle hecha un sol muerto de risa, y formando de sus brazos la media luna, le puso entre las puntas de su cielo. Mezcló favores con quejas, repitiendo algunas veces:

—¡Oh primo mío sin segundo! ¡Oh señor Andrenio! Seáis tan bien venido como deseado. Mas ¿cómo? —decía, mudando a cada palabra su afecto, ensartando perlas hilo a hilo y mentiras en cadena—, ¿cómo os lo ha permitido el corazón, que estando aquí esta casa tan vuestra, os hayáis desterrado a una posada? Siquiera por las obligaciones de parentesco, cuando no por la conveniencia del regalo. Viéndoos estoy, y no lo creo: ¡qué retrato tan al vivo de vuestra hermosa madre! A fe que no la desmentís en cosa; no me harto de miraros. ¿De qué estáis tan encogido? Al fin, como tan fresco cortesano.

—Señora —respondió—, yo os confieso que estoy turbadamente admirado de oíros decir que seáis mi prima cuando yo ignoro madre, desconociendo a quien tanto me ha desconocido. Yo no sé que tenga pariente alguno, tan hijo soy de la nada. Mirad bien no os hayáis equivocado con algún otro más dichoso.

—Que no —dijo—, señor Andrenio, no por cierto. Muy bien os conozco y sé quién sois, y cómo nacisteis en una isla en medio de los mares. Muy bien sé que vuestra madre, mi tía y señora… ¡Ah qué linda era, y, aunque por eso tan poco venturosa! ¡Oh qué gran mujer y qué discreta! Pero ¿qué Dánae escapó de un engaño? ¿Qué Elena de una fuga? ¿Qué Lucrecia de una violencia y qué Europa de un robo? Viniendo, pues, Felisinda, que éste es su dichoso nombre…

Aquí Andrenio se conmovió entrañablemente oyendo nombrar por madre suya la repetida esposa de Critilo. Notólo luego Falsirena y porfió en saber la causa.

—Porque he oído hartas veces ese nombre —dijo Andrenio.

Y ella:

—Ahí veréis que no os miento en cuanto digo. Estaba, pues, Felisinda casada en secreto con un tan discreto cuan amante caballero que quedaba preso en Goa, si bien en su corazón le traía, y a vos por prenda suya en sus entrañas. Ejecutáronla los dolores del parto en una isla, debiendo al cielo dobladas las providencias, con que pudo salvar su crédito, no fiándolo ni de sus mismas criadas, enemigas mayores de un secreto. Sola, pues, aunque tan asistida de su valor y su honra, os echó a luz cuando os arrojó de sus entrañas al suelo, más blando que ellas; allí, mal envuelto entre unas martas, que le servían a ella de galán abrigo, os encomendó en la cuna de la hierba al piadoso cielo, que no se hizo sordo, pues os proveyó de ama en una fiera; que no fue la primera vez, ni será la última, que substituyeron maternas ausencias. ¡Oh cómo me lo contaba ella muchas veces, y con más lágrimas que palabras me ponderaba su sentimiento! ¡Lo que se ha de alegrar cuando os vea! Ahora os restituirá las caricias en abrazos que allí os negó, violentada de su honor. Estaba atónito Andrenio escuchando el suceso de su vida y careando tan individuales circunstancias con las noticias que él tenía; reventando en lágrimas de ternura, comenzó a distilar el corazón en líquidos pedazos por los ojos.

—Dejemos —dijo ella—, dejemos tristezas ya pasadas, no vuelvan en llanto a moler el corazón. Subamos arriba, veréis mi pobre y ya dichoso albergue. ¡Hola!, prevenid dulces, que nunca faltan en esta casa.

Fueron subiendo por unas gradas de pórfidos (ya pérfidos, que al bajar serían ágatas), a la esfera del sol en lo brillante y de la luna en lo vario. Registraron muchas cuadras, muy desenfadadas todas, tan artesonados los techos, que remedando cielos, hicieron a tantos ver a su despecho las estrellas. Había viviendas para todos tiempos, si no para el pasado, y todas era muy buenas piezas, repitiendo ella:

—Todo es tan vuestro como mío. Mientras duró la dulcísima merienda le cantaron Gracias y le encantaron Circes.

—En todo caso habéis de quedar aquí —dijo la prima—, aunque tan a costa de vuestro gusto. Dispóngase luego el traeros la ropa, que aunque aquí no os hará falta, pero basta ser vuestra. No tenéis que salir para ello, que mis criados, con una señal, la cobrarán y pagarán lo que se debiere.

—Será preciso —replicó Andrenio— que yo vaya, porque habéis de saber que no soy solo y que la merced que me hacéis ha de ser doblada. Daré razón a Critilo mi padre.

—¿Cómo es eso de padre? —dijo asustada Falsirena.

Y él:

—Llamo padre a quien me hace obras de tal, y tengo por cierto, según vuestras noticias, que es mi padre verdadero, porque es el esposo de Felisinda, aquel caballero que en Goa quedó preso.

—¿Eso más? —dijo Falsirena—. Id luego al punto y volved al mismo con Critilo y traed la ropa en todo caso. Mirad, primo, que no comeré un solo bocado ni reposaré un instante hasta volver a veros.

Partió Andrenio, seguido del mismo pajecillo, della espía y del recuerdo. Halló a Critilo, ya cuidadoso, fuese a echar a sus pies, besándole apretadamente las manos, repitiendo muchas veces:

—¡Oh padre!, ¡oh señor mío!, que ya el corazón me lo decía.

—¿Qué novedad es ésta? —preguntó Critilo.

—Que no es nuevo en mí —respondió— el teneros por padre, que la misma sangre me lo estaba voceando en las venas. Sabed, señor, que vos sois quien me ha engendrado y después hecho persona: mi madre es vuestra esposa Felisinda; que todo me lo ha contado una prima mía, hija de una hermana de mi madre, que ahora vengo de verla.

—¿Cómo es eso de prima? —preguntó Critilo—. Ese nombre de prima no me suena bien.

—Sí hará, porque es muy cuerda. Venid, señor, a su casa, que allí volveremos a oír esta novedad siempre gustosa.

Estaba suspenso Critilo entre el oír tan individuales circunstancias y el temer tantos engaños en la Corte, pero como es fácil creer lo que se desea, dejóse convencer a título de informarse, y así se fueron juntos a casa de Falsirena. Parecía ya otra, siempre mejorada, y aunque ahora muy a lo grave y autorizado, pero siempre con apariencias de un cielo.

—Seáis muy bien llegado —dijo ella—, señor Critilo, a esta vuestra casa, que sólo ignorarla os ha podido excusar de no haberla honrado antes. Ya os habrá referido mi primo las obligaciones recíprocas de nuestro parentesco, y cómo su madre y vuestra esposa la hermosa Felisinda era mi tía y mi señora, y mucho más amiga que parienta. Harto sentí yo su falta, y aún la lloro.

Aquí, sobresaltado Critilo:

—Pues ¿cómo —dijo— es muerta?

—Que no, señor —respondió—, no tanto mal; basta la ausencia. Sus padres sí murieron, y aun de pena de ver que nunca quiso elegir esposo entre ciento que la competían. Quedó a la sombra y tutela de aquel gran príncipe que hoy asiste en Alemania embajador del Católico; allá pasó con la marquesa, como parienta y encomendada, donde sé que vive y muy contenta: así Dios nos la vuelva, como espero. Quedé yo aquí con mi madre, hermana suya, y aunque solas, muy acomodadas de honra y hacienda; mas como no vienen solas las desdichas, de cobardes, faltóme también mi madre, sin duda del sentimiento de su ausencia. Asístenme los parientes y a todo el mundo debo harto. Es la virtud mi empleo, procuro conservar la honra heredada, que deben más unas personas que otras a sus antepasados. Esta, señores, es mi casa; de hoy adelante vuestra para toda la vida, y sea la de Néstor. Ahora quiero que veáis lo mejor de mis galerías.

Y fuelos conduciendo hasta desembarcar en un puerto de rosas y de claveles. Aquí les fue mostrando en valientes tablas, obra de prodigiosos pinceles, todo el suceso de su vida y sus tragedias, con no poco espanto de ambos, correspondiendo a extremos del arte con extremos de admiración. No ya sólo Andrenio, pero el mismo Critilo quedó vencido de su agasajo y convencido de su información. Después de alternar disculpas con agradecimientos, trató de traer su ropa, y entre ella algunas piedras muy preciosas, ruinas ya de aquella su rica casa. Hizo alarde dellas, y como fruta de damas, brindó con todas las de su buen gusto a Falsirena; aquí ella, aunque las celebró mucho, mandó sacar otras tantas y muy a lo bizarro dijo que las gozase todas; replicó Critilo fuese servida de guardarlas, y ella lo cumplió bien.

Suspiraba Critilo por su deseada Felisinda, y así un día, sobre mesa, propuso su jornada para Alemania, donde estaba; mas Andrenio, cautivo ya de la afición de su prima, divirtió la plática, disgustando mucho de la ausencia. Ella, más a lo sagaz, habiendo alabado la resolución, puso largas a título de conveniencia. Mas ofrecióse luego ocasión y sazón de ir sirviendo a la gran Fénix de España, que iba a coronarse de águila al imperio. No tuvo excusa Andrenio, y entre tanto que disponía la partida, propuso Falsirena el preciso lance de ir a ver aquellos dos milagros del mundo, el Escurial del arte y el Aranjuez de la naturaleza, paralelos del Sol de Austria según gustos y tiempos. Pero estaba tan ciego de su pasión Andrenio, que no le quedaba vista para ver otro, aunque fuesen prodigios. Hacía instancias Falsirena, y Critilo esfuerzos, mas en vano, que él dio en sordo, de ciego. Resolvióse al fin Critilo, aunque fuese solo, en pagar a la curiosidad una tan justa deuda, que después ejecuta en tormento de no haber visto lo que todos celebran y aun la propia imaginación castiga toda la vida representando por lo mejor aquello que se dejó de ver. Partióse solo para admirar por muchos. Halló en aquel gran templo del Salomón Católico, asombro del hebreo, no sólo satisfacción a lo concebido, sino pasmo en el exceso; allí vio la ostentación de un real poder, un triunfo de la piedad católica, un desempeño de la arquitectura, pompa de la curiosidad, ya antigua, ya moderna, el último esfuerzo de las artes, y donde la grandeza, la riqueza y la magnificencia llegaron una vez a echar el resto. De aquí pasó a Aranjuez, estancia perpetua de la Primavera, patria de Flora, retiro de su amenidad en todos los meses del año, guardajoyas de las flores y centro de las delicias a todo gusto y contento. Dejó en ambas maravillas empeñada la admiración para toda la vida. Volvió a Madrid muy satisfecho de prodigios. Fuese a hospedar a casa de Falsirena, pero hallóla más cerrada que un tesoro y más sorda que un desierto; repitió aldabadas el impaciente criado, resonando el eco de cada una en el corazón de Critilo. Enfadados los vecinos, le dijeron:

—No se canse, ni nos muela, que ahí nadie vive, todos mueren. Asustado Critilo, replicó:

—¿No vive aquí una señora principal, que pocos días ha dejé yo sana y buena?

—Eso de buena —dijo uno riéndose— perdonadme que no lo crea.

—Ni señora —añadió otro— quien toda su vida gasta en mocedades.

—Ni aun mujer —dijo el tercero— quien es una arpía, si ya no es peor mujer de estos tiempos.

No acababa de persuadirse Critilo lo que no deseaba; volvió a instar:

—Señores, ¿no vive aquí Falsirena?

Llegóse en esto uno y díjole:

—No os canséis ni recibáis enfado. Es verdad que ha vivido ahí algunos días una Circe en el zurcir y una sirena en el encantar, causa de tantas tempestades, tormentos y tormentas, porque a más de ser ruin, aseguran que es una famosa hechicera, una célebre encantadora, pues convierte los hombres en bestias; y no los transforma en asnos de oro, no, sino de su necedad y pobreza. Por esa corte andan a millares convertidos (después de divertidos) en todo género de brutos. Lo que yo sé decir es que, en pocos días que aquí na estado, he visto entrar muchos hombres y no he visto salir uno tan sólo que lo fuese. Y por lo que esta sirena tiene de pescado, les pesca a todos el dinero, las joyas, los vestidos, la libertad y la honra; y para no ser descubierta, se muda cada día, no en la condición ni en las costumbres, sino de puestos: del un cabo en la villa salta al otro, con lo cual es imposible hallarla, de tan perdida. Tiene otra igual astucia la brújula con que se rige en este golfo de sus enredos, y es que en llegando un forastero rico, al punto se informa de quién es, de dónde y a qué viene, procurando saber lo más íntimo, estudia el nombre, averigúale la parentela. Con esto, a unos se les miente prima, a otros sobrina, y a todos por un cabo o por otro parienta. Muda tantos nombres, como puestos. En una parte es Cecilia, por lo cila, en otra Serena por lo sirena, Inés porque ya no es, Teresa por lo traviesa, Tomasa por lo que toma y Quiteria por lo que quita. Con estas artes los pierde a todos, y ella gana y ella reina.

No acababa de satisfacerse Critilo, y deseando entrar en la casa, preguntó si estaría a mano la llave.

—Sí —dijo uno—, yo la tengo encomendada por si llegan a verla. Abrió, y al punto que entraron, dijo Critilo:

—Señores, que no es ésta la casa, o yo estoy ciego; porque la otra era un palacio por lo encantado.

—Tenéis razón, que los más son de esa suerte.

—Aquí no hay jardines, no, sino montones de moral basura; las fuentes son albañares y los salones zahúrdas.

—¿Haos pescado algo esta sirena? Decidnos la verdad.

—Sí, y mucho, joyas, perlas y diamante, pero lo que más siento es haber perdido un amigo.

—No se habrá perdido para ella, sino para sí mismo: habrálo transformado en bestia, con que andará por esa Corte vendido.

—¡Oh Andrenio mío —dijo suspirando—, dónde estarás! ¡Dónde te podré yo hallar! ¡En qué habrás parado!

Buscóle por toda la casa, que fue paso de risa para los otros, y para él de llanto; y despidiéndose dellos, tomó la derrota para su antigua posada. Dio mil vueltas a la Corte preguntando a unos y a otros, y nadie le supo dar razón, que de bien pocos se da en ella. Perdía el juicio alambicándole en pensar trazas cómo descubrirle. Resolvió al cabo volver a consultar a Artemia.

Salió de Madrid como se suele, pobre, engañado, arrepentido y melancólico. A poco trecho que hubo andado, encontró con un hombre bien diferente de los que dejaba: era un nuevo prodigio, porque tenía seis sentidos, uno más de lo ordinario. Hízole harta novedad a Critilo, porque hombres con menos de cinco ya los había visto, y muchos, pero con más, ninguno: unos sin ojos, que no ven las cosas más claras, siempre a ciegas y a tienta paredes, y con todo eso nunca paran, sin saber por dónde van; otros que no oyen palabra, todo aire, ruido, lisonja, vanidad y mentira; muchos que no huelen poco ni mucho, y menos lo que pasa en sus casas, con que arroja harto mal olor a todo el mundo, y de lejos huelen lo que no les importa; éstos no perciben el olor de la buena fama, ni quieren ver ni a oler a sus contrarios, y teniendo narices para el negro humo de la honrilla, no las tienen para la fragancia de la virtud. También había encontrado no pocos sin género alguno de gusto, perdido para todo lo bueno, sin arrostrar jamás a cosa de substancia, hombres desabridos en su trato, enfadados y enfadosos; otros de mal gusto, siempre aniñado, escogiendo lo peor en todo; y aun otros muy de su gusto, y nada del ajeno. Otra cosa aseguraba más notable, que había topado hombres (si así pueden nombrarse) que no tenían tacto, y menos en las manos, donde más suele prevalecer, y así proceden sin tiento en todas sus cosas, aun las más importantes; éstos de ordinario todo lo yerran apriesa, porque no tocan las cosas con las manos ni las experimentan.

Éste de Critilo era todo al contrario, que a más de los cinco sentidos muy despiertos, tenía otro sexto mejor que todos, que aviva mucho los demás y aun hace discurrir y hallar las cosas, por recónditas que estén; halla trazas, inventa modos, da remedios, enseña a hablar, hace correr y aun volar y adivinar lo por venir: y era la necesidad. ¡Cosa bien rara, que la falta de los objetos sea sobra de inteligencia! Es ingeniosa, inventiva, cauta, activa, perspicaz y un sentido de sentidos.

En reconociéndole, dijo Critilo:

—¡Oh cómo nos podemos juntar ambos! Huélgome de haberte topado, que aunque todo me suele venir mal, esta vez estoy de día.

Contóle su tragedia en la Corte.

—Eso creeré yo muy bien —dijo Egenio, que éste era su nombre, ya definición—, y aunque yo iba a la gran feria del mundo publicada en los confines de la juventud y edad varonil, a aquel gran puerto de la vida, con todo, por servirte, vamos a la Corte, que te aseguro de poner todos mis seis sentidos en buscarle, y que hombre o bestia (que será lo más seguro), le hemos de descubrir.

Entraron con toda atención buscándole lo primero en aquellos cómicos corrales, vulgares plazas, patios y mentideros. Encontraron luego unas grandes acémilas atadas unas a otras, siguiendo la que venía detrás las mismas huellas de la que iba delante, sucediéndola en todo, muy cargadas de oro y plata, pero gimiendo bajo la carga, cubiertas con reposteros bordados de oro y seda, y aun algunas de brocados; tremolaban en las testeras muchas plumas, que hasta las bestias se honran con ellas; movían gran ruido de petrales.

—¿Si sería alguna déstas? —dijo Critilo.

—De ningún modo —respondió Egenio—. Éstos son, digo eran, grandes hombres, gente de cargo y de carga, y aunque los ves tan bizarros, en quitándoles aquellos ricos jaeces parecen llenos de feísimas llagas de sus grandes vicios, que los cubría aquella argentería brillante.

—Aguarda, ¿si sería alguno de estos otros que van arrastrando carretas gruñidoras, por lo villanas?

—Tampoco, ésos tienen los ojos bajo las puntas, y por eso sufren tanto.

—Allí parece que nos ha llamado un papagayo: ¿si sería él?

—No lo creas, ése será algún lisonjero que jamás dijo lo que sentía, algún político déstos que tienen uno en el pico y otro en el corazón, algún hablador que repite lo que le dijeron, déstos que hacen del hombre y no lo son: todos se visten de verde, esperando el premio de sus mentiras, y lo consiguen de verdad.

—¿Tampoco será aquel compuesto mojigato que esconde uñas y ostenta barbas?

—Déstos hay muchos —dijo Egenio— que cazan a lo beato, no sólo cogen lo mal alzado, sino lo más guardado; pero no juzguemos tan temerariamente, digamos que son gente de pluma.

—¿Y aquel perro viejo que está allí ladrando?

—Aquél es un mal vecino, algún maldiciente, un émulo, un mal intencionado, un melancólico, uno de los que pasan de los sesenta.

—Sé que no sería aquel jimio que nos está haciendo gestos en aquel balcón.

—¡Oh gran hipócrita!, que quiere parecer hombre de bien, y no lo es. Algún hazañero, que suelen hacer mucho del hombre, y son nada; el maestro de cuentos, licenciado del chiste, que como siempre están de burlas, nunca son hombres de veras: gente toda ésta de chanza y de poca sustancia.

—¿Qué tal sería que estuviese entre los leones y tigres del Retiro?

—Dudólo, que aquélla toda es gente de arbitrios y ejecuciones.

—¿Ni entre los cisnes de los estanques?

—Tampoco, que ésos son secretarios y consejeros que, en cantando bien, acaban.

—Allí veo un animal inmundo que pródigamente se está revolcando en la hediondez de un asquerosísimo cenagal, y él piensa que son flores.

—Si alguno había de ser, era ése —respondió Egenio—, que estos torpes y lascivos anegados en la inmundicia de sus viles deleites, causan asco a cuantos hay; y ellos tienen el cieno por el cielo, y oliendo mal a todo el mundo, no lo advierten; antes tienen la hediondez por fragrancia y el más sucio albañar por paraíso. Déjamelo reconocer de lejos. Ahora digo que no es él, sino un ricazo que con su muerte ha de dar un buen día a herederos y gusanos.

—¿Qué es posible —se lamentaba Critilo— que no le podamos hallar entre tantos brutos como vemos, entre tanta bestia como topamos?: ni arrastrando el coche de la ramera, ni llevando en andas al que es más grande que él, ni a cuestas al más pesado, ni al que va dentro la litera en mal latín y tan fuera de ella en buen romance, ni acarreando inmundicia de costumbres. ¿Qué es posible que tanto desfiguren un hombre estas cortesanas Circes?, ¿que así puedan dementar los hijos, haciendo perder el juicio a sus padres?, ¿qué no se contentan con despojarlos de los arreos del cuerpo, sino de los del ánimo, quitándoles el mismo ser de personas? Y dime, Egenio amigo, cuando le hallásemos hecho un bruto, ¿cómo le podríamos restituir a su primer ser de hombre?

—Ya que le topásemos —respondió—, que eso no sería muy dificultoso. Muchos han vuelto en sí perfectamente, aunque a otros siempre les queda algún resabio de lo que fueron. Apuleyo estuvo peor que todos, y con la rosa del silencio curó: gran remedio de necios, si ya no es que rumiados los materiales gustos y considerada su vileza, desengañan mucho al que los masca. Las camaradas de Ulises estaban rematadas fieras, y comiendo las raíces amargas de árbol de la virtud cogieron el dulce fruto de ser personas. Daríamosle a comer algunas hojas del árbol de Minerva, que se halla muy estimado en los jardines del culto y erudito duque de Orleáns; y si no, las del moral prudente, que yo sé que presto volvería en sí y sería muy hombre.

Habían dado cien vueltas con más fatiga que fruto, cuando dijo Egenio:

—¿Sabes qué he pensado? Que vamos a la casa donde se perdió, que entre aquel estiércol habemos de hallar esta joya perdida.

Fueron allá, entraron y buscaron.

—¡Eh!, que es tiempo perdido —decía [Critilo]—, que ya yo le busqué por toda ella.

—Aguarda —dijo Egenio—, déjame aplicar mi sexto sentido, que es único remedio contra este sexto achaque. Advirtió que de un gran montón de suciedad lasciva salía un humo muy espeso.

—Aquí —dijo— fuego hay.

Y apartando toda aquella inmundicia moral, apareció una puerta de una horrible cueva. Abriéronla, no sin dificultad, y divisaron dentro, a la confusa vislumbre de un infernal fuego, muchos desalmados cuerpos tendidos por aquellos suelos. Había mozos galanes de tan corto seso cuan largo cabello; hombres de letras, pero necios; hasta viejos ricos. Tenían los ojos abiertos, mas no veían. Otros los tenían vendados con mal piadosos lienzos. En los más no se percibía otro que algún suspiro: todos estaban dementados y adormecidos, y tan desnudos, que aun una sabanilla no les habían dejado siquiera para mortaja. Yacía en medio Andrenio, tan trocado, que el mismo Critilo su padre le desconocía. Arrojóse sobre él llorando y voceándole, pero nada oía; apretábale la mano, mas no le hallaba ni pulso ni brío. Advirtió entre tanto Egenio que aquella confusa luz no era de antorcha, sino de una mano que de la misma pared nacía, blanca y fresca, adornada de hilos de perlas que costaron lágrimas a muchos, coronados los dedos de diamantes muy finos, a precio de falsedades; ardían los dedos como candelas, aunque no tanto daban luz cuanto fuego que abrasaba las entrañas.

—¿Qué mano de ahorcado es ésta? —dijo Critilo.

—No es sino del verdugo —respondió Egenio—, pues ahoga y mata.

Removióla un poco y al mismo punto comenzaron a rebullir ellos.

—Mientras ésta ardiere, no despertarán. Probóse a apagarla alentando fuertemente, mas no pudo, que éste es el fuego de alquitrán, que con viento de amorosos suspiros y con agua de lágrimas más se aviva. El remedio fue echar polvo y poner tierra en medio; con esto se extinguió aquel fuego más que infernal y al punto despertaron los que dormían valientemente, digo aquellos que por ser hijos de Marte son hermanos de Cupido; los ancianos muy corridos, diciendo:

—¡Basta que este vil fuego de la torpeza no perdona ni verde ni seco! Los sabios, execrando su necedad, decían:

—Que Paris afrente a Palas, era mozo y ignorante; pero los entendidos, ésa es doblada demencia.

Andrenio, entre los Benjamines de Venus mal heridos, atravesado el corazón de medio a medio, en reconociendo a Critilo se fue para él.

—¿Qué te parece —le dijo éste—, cuál te ha parado una tan mala hembra? Sin hacienda, sin salud, sin honra y sin conciencia te ha dejado: ahora conocerás lo que es. Aquí todos a porfía comenzaron a execrarla: Uno la llamaba Scila de marfil, otro Caribdis de esmeralda, peste afeitada, veneno en néctar.

—Donde hay juncos —decía uno— hay agua, donde humo fuego y donde mujeres demonios.

—¿Cuál es mayor mal que una mujer —decía un viejo— sino dos, porque es doblado?

—Basta que no tiene ingenio, sino para mal —decía Critilo.

Pero Andrenio:

—Callad —les dijo—, que con todo el mal que me ha causado, confieso que no las puedo aborrecer, ni aun olvidar. Y os aseguro que de todo cuanto en el mundo he visto, oro, plata, perlas, piedras, palacios, edificios, jardines, flores, aves, astros, luna y el sol mismo, lo que más me ha contentado es la mujer.

—¡Alto! —dijo Egenio—, vamos de aquí, que ésta es locura sin cura, y el mal que yo tengo que decir de la mujer mala es mucho. Doblemos la hoja para el camino.

Salieron todos a la luz de dar en la cuenta, desconocidos de los otros, pero conocidos de sí. Encaminóse cada uno al templo de su escarmiento a dar gracias al noble desengaño, colgando en sus paredes los despojos del naufragio y las cadenas de su cautiverio.

Crisi decimatercia

La feria de todo el Mundo

Contaban los antiguos que cuando Dios crió al hombre encarceló todos los males en una profunda cueva acullá lejos, y aun quieren decir que en una de las islas Fortunadas de donde tomaron su apellido; allí encerró las culpas y las penas, los vicios y los castigos, la guerra, la hambre, la peste, la infamia, la tristeza, los dolores, hasta la misma muerte, encadenados todos entre sí. Y no fiando de tan horrible canalla, echó puertas de diamante con sus candados de acero. Entregó la llave al albedrío del hombre, para que estuviese más asegurado de sus enemigos y advirtiese que, si él no les abría, no podrían salir eternamente. Dejó, al contrario, libres por el mundo todos los bienes, las virtudes y los premios, las felicidades y contentos, la paz, la honra, la salud, la riqueza y la misma vida. Vivía con esto el hombre felicísimo. Pero duróle poco esta dicha; que la mujer, llevada de su curiosa ligereza, no podía sosegar hasta ver lo que había dentro la fatal caverna. Cogióle un día bien aciago para ella y para todos el corazón al hombre, y después la llave; y sin más pensarlo, que la mujer primero ejecuta y después piensa, se fue resuelta a abrirla. Al poner la llave aseguran se estremeció el universo; corrió el cerrojo y al instante salieron de tropel todos los males, apoderándose a porfía de toda la redondez de la tierra. La Soberbia, como primera en todo lo malo, cogió la delantera, topó con España, primera provincia de la Europa. Parecióla tan de su genio, que se perpetuó en ella, allí vive y allí reina con todos sus aliados: la estimación propia, el desprecio ajeno, el querer mandarlo todo y servir a nadie, hacer del don Diego y vengo de los godos, el lucir, el campear, el alabarse, el hablar mucho, alto y hueco, la gravedad, el fausto, el brío, con todo género de presunción; y todo esto desde el noble hasta el más plebeyo. La Codicia, que la venía a los alcances, hallando desocupada la Francia, se apoderó de toda ella, desde la Gascuña hasta la Picardía, distribuyó su humilde familia por todas partes: la miseria, el abatimiento de ánimo, la poquedad, el ser esclavos de todas las demás naciones aplicándose a los más viles oficios, el alquilarse por un vil interés, la mercancía laboriosa, el andar desnudos y descalzos con los zapatos bajo el brazo, el ir todo barato con tanta multitud; finalmente, el cometer cualquier bajeza por el dinero; si bien dicen que la Fortuna, compadecida, para realzar tanta vileza introdujo su nobleza, pero tan bizarra, que hacen dos extremos sin medio. El Engaño trascendió toda la Italia, echando hondas raíces en los italianos pechos; en Napoles hablando y en Genova tratando, en toda aquella provincia está muy valido, con toda su parentela: la mentira, el embuste y el enredo, las invenciones, trazas, tramoyas, y todo ello dicen es política y tener brava testa. La Ira echó por otro rumbo. Pasó al África y a sus islas adyacentes, gustando vivir entre alarbes y entre fieras. La Gula, con su hermana la Embriaguez, asegura la preciosa Margarita de Valois, se sorbió toda la Alemania alta y baja, gustando y gastando en banquetes los días y las noches, las haciendas y las conciencias; y aunque algunos no se han emborrachado sino una sola vez, pero les ha durado toda la vida; devoran en la guerra las provincias, abastecen los campos, y aun por eso formaba el emperador Carlos Quinto de los alemanes el vientre de su ejército. La Inconstancia aportó a la Inglaterra, la Simplicidad a Polonia, la Infidelidad a Grecia, la Barbaridad a Turquía, la Astucia a Moscovia, la Atrocidad a Suecia, la Injusticia a la Tartaria, las Delicias a la Persia, la Cobardía a la China, la Temeridad al Japón, la Pereza aun esta vez llegó tarde, y hallándolo todo embarazado, hubo de pasar a la América a morar entre los indios. La Lujuria, la nombrada, la famosa, la gentil pieza, como tan grande y tan poderosa, pareciéndola corta una sola provincia, se extendió por todo el mundo, ocupándolo de cabo a cabo; concertóse con los demás vicios, aviniéndose tanto con ellos, que en todas partes está tan valida, que no es fácil averiguar en cuál más: todo lo llena y todo lo inficiona. Pero como la mujer fue la primera con quien embistieron los males, todos hicieron presa en ella, quedando rebutida de malicia de pies a cabeza.

Esto les contaba Egenio a sus dos camaradas cuando habiéndolos sacado de la Corte por la puerta de la luz, que es el sol mismo, les conducía a la gran feria del mundo publicada para aquel grande emporio que divide los amenos prados de la juventud de las ásperas montañas de la edad varonil, y donde de una y otra parte acudían ríos de gente, unos a vender, otros a comprar, y otros a estarse a la mira, como más cuerdos. Entraron ya por aquella gran plaza de la conveniencia, emporio universal de gustos y de empleos, alabando unos lo que abominaron otros. Así como asomaron por una de sus muchas entradas, acudieron a ellos dos corredores de oreja, que dijeron ser filósofos, el uno de la una banda, y el otro de la otra, que todo está dividido en pareceres. Díjoles Sócrates, así se llamaba el primero:

—Venid a esta parte de la feria y hallaréis todo lo que hace el propósito para ser personas.

Mas Simónides, que así se llamaba el contrario, les dijo:

—Dos estancias hay en el mundo, la una de la honra y la otra del provecho: aquélla yo siempre la he hallado llena de viento y humo, y vacía de todo lo demás; esta otra, llena de oro y plata, aquí hallaréis el dinero, que es un compendio de todas las cosas. Según esto, ved a quién habéis de seguir.

Quedaron perplejos, altercando a qué mano echarían, dividiéronse en pareceres así como en afectos, cuando llegó un hombre que lo parecía, aunque traía un tejo de oro en las manos, y llegándose a ellos, les fue asiendo de las suyas y refregándoselas en el oro, reconociéndolas después.

—¿Qué pretende este hombre? —dijo Andrenio.

—Yo soy —respondió— el contraste de las personas, el quilatador de su fineza.

—Pues ¿qué es de la piedra de toque?

—Ésta es —dijo, señalando el oro.

—¿Quién tal vio? —replicó Andrenio—. Antes el oro es el que se toca y se examina en la piedra lidia.

—Así es, pero la piedra de toque de los mismos hombres es el oro: a los que se les pega a las manos, no son hombres verdaderos, sino falsos. Y así, al juez que le hallamos las manos untadas, luego le condenamos de oidor a tocador; el prelado que atesora los cincuenta mil pesos de renta, por bien que lo hable no será el boca de oro, sino el bolsa de oro; el cabo con cabos bordados y mucha plumajería, señal que despluma a los soldados y no los socorre como el valiente borgoñón don Claudio San Mauricio; el caballero que rubrica su ejecutoria con sangre de pobres en usuras, de verdad que no es hidalgo; la otra que sale muy bizarra cuando el marido anda deslucido, muy mal parece: y en una palabra, todos aquellos que yo hallo que no son limpios de manos, digo que no son hombres de bien. Y así, tú, a quien se te ha pegado el oro, dejando el rastro en ellas (dijo a Andrenio), cree que no lo eres; echa por la otra banda. Pero éste (señalando a Critilo), que no se le ha pegado ni queda señalado con el dedo, éste persona es: eche por la banda de la entereza.

—Antes —replicó Critilo—, para que él lo sea también, importará me siga.

Comenzaron a discurrir por aquellas ricas tiendas de la mano derecha. Leyeron un letrero que decía: Aquí se vende lo mejor y lo peor. Entraron dentro y hallaron se vendían lenguas: para callar las mejores, para mordérselas, y que se pegaban al paladar. Un poco más adelante estaba un hombre ceñando que callasen, tan lejos de pregonar su mercadería.

—¿Qué vende éste? —dijo Andrenio.

Y él al punto le puso en boca.

—Pues deste modo, ¿cómo sabremos lo que vendes?

—Sin duda —dijo Egenio— que vende el callar.

—Mercadería es bien rara y bien importante —dijo Critilo—. Yo creí se había acabado en el mundo. Ésta la deben traer de Venecia, especialmente el secreto, que acá no se coge.

¿Y quién le gasta?

—Eso estáse dicho —respondió Andrenio—, los anacoretas, los monjes (con e digo), porque ellos saben lo que vale y aprovecha.

—Pues yo creo —dijo Critilo— que los más que lo usan no son los buenos, sin[o] los malos: los deshonestos callan, las adúlteras disimulan, los asesinos punto en boca, los ladrones entran con zapato de fieltro, y así todos los malhechores.

—Ni aun esos —replicó Egenio—, que está ya el mundo tan rematado que los que habían de callar hablan más y hacen gala de sus ruindades. Veréis el otro que funda su caballería en bellaquería, que no le agrada la torpeza si no es descarada; el acuchillador se precia de que sus valentías den en rostro, el lindo que se hable de sus cabellos; la otra que se descuida de sus obligaciones y sólo cuida de su cara cara, placea las galas cuando más la descomponen; el mal ladrón pretende cruz, y el otro pide el título que sea sobreescrito de sus bajezas: desde modo, todos los ruines son los más miedosos.

—Pues, señores, ¿quién compra?

—El que apaña piedras, el que hace y no dice, el que hace su negocio y Harpócrates a quien nadie reprehende.

—Sepamos el precio —dijo Critilo— que querría comprar cantidad, que no sé si lo hallaremos en otra parte.

—El precio del silencio —les respondieron— es silencio también.

—¿Cómo puede ser eso? Si lo que se vende es callar, ¿la paga cómo ha de ser callar?

—Muy bien, que un buen callar se paga con otro; éste calla porque aquél calle, y todo dicen callar, y callemos.

Pasaron a una botica cuyo letrero decía: Aquí se vende una quinta esencia de salud.

—¡Gran cosa! —dijo Critilo.

Quiso saber qué era, y dijéronle que la saliva del enemigo.

—Ésa —dijo Andrenio— llamóla yo quinta esencia de veneno, más letal que el de los basiliscos; más quisiera que me escupiera un sapo, que me picara un escorpión, que me mordiese una víbora; saliva del enemigo, ¿quién tal oyó? Si dijera del amigo fiel y verdadero, esa sí que es remedio único de males.

—¡Eh!, que no lo entendéis —dijo Egenio—. Harto más mal hace la lisonja de los amigos, aquella pasión con que todo lo hacen bueno, aquel afecto con que todo lo disimulan, hasta dar con un amigo enfermo de sus culpas en la sepultura de su perdición. Creedme que el varón sabio más se aprovecha del licor amargo del enemigo bien alambicado, pues con él saca las manchas de su honra y los borrones de su fama; aquel temor de que no lo sepan los émulos, que no se huelguen, hace a muchos contenerse a la raya de la razón.

Llamáronlos de otra tienda a gran priesa que se acababa la mercadería, y era verdad, porque era la ocasión. Y pidiendo el valor, dijeron:

—Ahora va dada, pero después no se hallará un solo cabello por un ojo de la cara, y menos la que más importa.

Gritaba otro:

—¡Daos priesa a comprar, que mientras más tardáis, más perdéis, y no podréis recuperarlo por ningún precio!

Éste redimía tiempo.

—Aquí —decía otro— se da de balde lo que vale mucho.

—¿Y qué es?

—El escarmiento.

—¡Gran cosa! ¿Y qué cuesta?

—Los necios le compran a su costa; los sabios, a la ajena.

—¿Dónde se vende la experiencia? —preguntó Critilo—, que también vale mucho. Y señaláronle acullá lejos en la botica de los años.

—¿Y la amistad? —preguntó Andrenio.

—Esa, señor, no se compra, aunque muchos la venden: que los amigos comprados no lo son y valen poco.

Con letras de oro decía en una: Aquí se vende todo y sin precio.

—Aquí entro yo —dijo Critilo.

Hallaron tan pobre al vendedor, que estaba desnudo, y toda la tienda desierta: no se veía cosa en ella.

—¿Cómo dice esto con el letrero?

—Muy bien —repondió el mercader.

—Pues ¿qué vendéis?

—Todo cuanto hay en el mundo.

—¿Y sin precio?

—Sí, porque con desprecio: despreciando cuando hay, seréis señor de todo. Y al contrario, el que estima las cosas no es señor dellas, sino ellas dél. Aquí el que da se queda con la cosa dada, y le vale mucho, y los que la reciben quedan muy pagados con ella. Averiguaron era la cortesía y el honrar a todo el mundo.

—¡Aquí se vende —pregonaba uno— lo que es proprio, no lo ajeno!

—¿Qué mucho es eso? —dijo Andrenio.

—Sí, es, que muchos os venderán la diligencia que no hacen, el favor que no pueden y, aunque pudieran, no le hicieran.

Fuéronse encaminando a una tienda, donde con gran cuidado los mercaderes les hicieron retirar, y con cuantos se allegaban hacían lo mismo.

—¿O vendéis, o no? —dijo Andrenio—. Nunca tal se ha visto, que el mismo mercader desvíe los compradores de su tienda. ¿Qué pretendéis con eso? Gritáronles otra vez se apartasen y que comprasen de lejos.

—¿Pues qué vendéis aquí? O es engaño, o es veneno.

—Ni uno ni otro; antes la cosa más estimada de cuantas hay, pues es la misma estimación, que en rozándose se pierde, la familiaridad la gasta y la mucha conversación la envilece.

—Según eso —dijo Critilo—, la honra de lejos, ningún profeta en su patria, y si las mismas estrellas vivieran entre nosotros, a dos días perdieran su lucimiento; por eso los pasados son estimados de los presentes, y los presentes de los venideros.

—Aquélla es una rica joyería —dijo Egenio—. Vamos allá, feriaremos algunas piedras preciosas, que ya en ellas solas se hallan las virtudes y la fineza. Entraron y hallaron en ella al discretísimo duque de Villahermosa, que estaba actualmente pidiendo al lapidario le sacase algunas de las más finas y de más estimación. Dijo que sí, que tenía algunas bien preciosas. Y cuando aguardaban todos algún valax oriental, los diamantes al tope, la esmeralda, que alegra por lo que promete, y todas por lo que dan, sacó un pedazo de azabache, tan negro y tan melancólico como él es, diciendo:

—Ésta, señor excelentísimo, es la piedra más digna de estimación de cuantas hay, ésta la de mayor valor; aquí echó la naturaleza el resto, aquí el sol, los astros y los elementos se unieron en influir fineza.

Quedaron admirados de oír tales exageraciones nuestros feriantes, pero callaban donde el discreto Duque estaba, y él les dijo:

—Señores, ¿qué es esto? ¿Éste no es un pedazo de azabache? Pues ¿qué pretende este lapidario con esto? ¿Tiénenos por indios?

—Ésta —volvió a decir el mercader— es más preciosa que el oro, más provechosa que los rubíes, más brillante que el carbunclo; ¡qué tienen que ver con ella las margaritas! ¡Esta es la piedra de las piedras!

Aquí, no pudiéndolo ya sufrir el de Villahermosa, le dijo:

—Señor mío, ¿éste no es un trozo de azabache?

—Sí, señor —respondió él.

—Pues ¿para qué tan exorbitantes encarecimientos? ¿De qué sirve esta piedra en el mundo? ¿Qué virtudes le han hallado hasta hoy? Ella no vale para alegrar la vista como las brillantes y transparentes, ni aprovecha para la salud, porque no alegra como la esmeralda, ni conforta como el diamante, ni purifica como el zafir; no es contraveneno como el bezar, ni facilita el parto como la del águila, ni quita dolor alguno. Pues ¿de qué sirve sino para hacer juguetes de niños?

—¡Oh señor! —dijo el lapidario—, perdone vuestra excelencia, que no es sino para hombres, y muy hombres, porque es la piedra filosofal, que enseña la mayor sabiduría y en una palabra muestra a vivir, que es lo que más importa.

—¿De qué modo?

—Echando una higa a todo el mundo y no dándosele nada de cuanto hay, no perdiendo el comer ni el sueño, no siendo tontos: y eso es vivir como un rey, que es lo que aun no se sabe.

—Dádmela acá —dijo el duque—, que la he de vincular en mí casa.

—¡Aquí se vende —gritaba uno— un remedio único para cuantos males hay!

Acudía tanta gente, que no cabían de pies, aunque sí de cabezas. Llegó impaciente Andrenio y pidió le diesen de la mercadería presto.

—Sí, señor —le respondieron—, que se conoce bien la habéis menester: tened paciencia.

Volvió de allí a poco a instar le diesen lo que pedía.

—Pues, señor —le dijo el mercader—, ¿ya no se os ha dado?

—¿Cómo dado?

—Sí, que yo le he visto por mis ojos —dijo otro.

Enfurecíase Andrenio negando.

—Dice verdad, aunque no tiene razón —respondió el merca der—, que aunque se le han dado, él no la ha tomado: tened espera.

Iba cargando la gente, y el amo les dijo:

—Señores, servíos de despejar y dar lugar a los que vienen, pues ya tenéis recado.

—¿Qué es esto —replicó Andrenio—, burlaisos de nosotros? ¡Qué linda flema, por cierto! Dadnos lo que pedimos y nos iremos.

—Señor mío —dijo el mercader—, andad con Dios, que ya os han dado recado, y aun dos veces.

—¿A mí?

—Sí, a vos.

—No me han dicho sino que tuviese paciencia.

—¡Oh qué lindo! —dijo el mercader, dando una gran risada—, pues, señor mío, ésa es la preciosa mercadería, ésa es la que prestamos y ésa es el remedio único para cuantos males hay; y quien no la tuviere, desde el rey hasta el roque, vayase del mundo: tanto valí cuanto sufrí.

—Aquí lo que se vende —decía otro—, no hay bastante oro ni plata en el mundo para comprarlo.

—Pues ¿quién feriará?

—Quien no la pierda —respondieron.

—¿Y qué cosa es?

—La libertad: gran cosa aquello de no depender de voluntad ajena, y más de un necio, de un modorro, que no hay tormento como la imposición de hombres sobre las cabezas.

Entró un feriante en una tienda y díjole al mercader le vendiese sus orejas. Riéronlo mucho todos, si no Egenio, que dijo:

—Es lo primero que se ha de comprar; no hay mercadería más importante; y pues habemos feriado lenguas para no hablar, compremos aquí orejas para no oír y unas espaldas de ganapán o molinero.

Hasta el mismo vender hallaron se feriaba, porque saber uno vender sus cosas vale mucho, que ya no se estiman por lo que son, sino por lo que parecen; los más de los hombres ven y oyen con ojos y oídos prestados, viven de información de ajeno gusto y juicio.

Repararon mucho en que todos los famosos hombres del mundo, el mismo Alejandro en persona, que lo era, los dos Césares Julio y Augusto, y otros deste porte, y de los modernos el invicto señor don Juan de Austria, frecuentaban mucho una botica en que no había letrero. Llevólos a ella su mucha curiosidad. Preguntaron a unos y a otros qué era lo que allí se vendía, y nadie lo confesaba; creció más su deseo. Advirtieron que los sabios y entendidos eran los mercaderes.

—Aquí gran misterio hay —dijo Critilo.

Llegóse a uno y muy en secreto le pidió qué era lo que allí se vendía. Respondióle:

—No se vende, sino que se da por gran precio.

—¿Qué cosa es?

—Aquel inestimable licor que hace inmortales a los hombres, y entre tantos millares como ha habido y habrá los hace conocidos, quedando los demás sepultados en el perpetuo olvido, como si nunca hubiera habido tales hombres en el mundo.

—¡Preciosísima cosa! —exclamaron todos—. ¡Oh qué buen gusto tuvieron Francisco Primero de Francia, Matías Corvino y otros! Decidnos, señor, ¿no habría para nosotros siquiera una gota?

—Sí la habrá, con que deis otra.

—¿Otra de qué?

—De sudor propio, que tanto cuanto uno suda y trabaja, tanto se le da de fama y de inmortalidad.

Pudo bien Critilo feriarla, y así les dieron una redomilla de aquel eterno licor. Miróla con curiosidad, y cuando creyó sería alguna confección de estrellas o alguna quinta esencia del lucimiento del sol, de trozos de cielo alambicados, halló era una poca tinta mezclada con aceite; quiso arrojarla, pero Egenio le dijo:

—No hagas tal, y advierte que el aceite de las vigilias de los estudiosos y la tinta de los escritores, juntándose con el sudor de los varones hazañosos y tal vez con la sangre de las heridas, fabrican la inmortalidad de su fama. Desta suerte la tinta de Homero hizo inmortal a Aquiles, la de Virgilio a Augusto, la propia a César, la de Horacio a Mecenas, la del Jovio al Gran Capitán, la de Pedro Mateo a Enrique Cuarto de Francia.

—Pues ¿cómo todos no procuran una excelencia como ésta?

—Porque no todos tienen esa dicha ni ese conocimiento.

Vendía Tales Milesio obras sin palabras y decía que los hechos son varones y las palabras hembras. Horacio carecía especialmente de ignorancia y aseguraba ser la sabiduría primera. Pitaco, aquel otro sabio de la Grecia, andaba poniendo precios a todo, y muy moderados, igualando las balanzas, y en todas partes encargaba su ne quid nimis. Estaban muchos leyendo un gran letrero en una tienda que decía: Aquí se vende el bien a mal precio. Entraban pocos.

—No os espantéis —dijo Egenio—, que es mercadería poco estimada en el mundo.

—Entre los sabios —decía el mercader—, que vuelven bien por mal, y negocian con eso cuanto quieren.

—Aquí hoy no se fía —decía otro— ni aun del mayor amigo, porque mañana será enemigo.

—Ni se porfía —decía otro.

Y aquí entraban poquísimos valencianos, como ni en las del secreto. Había al fin una tienda común donde de todas las demás acudían a saber el valor y la estimación de todas las cosas. Y el modo de apreciarlas era bien raro, porque era hacerlas piezas, arrojarlas en un pozo, quemarlas, y al fin perderlas; y esto hacían aun de las más preciosas, como la salud, la hacienda, la honra, y en una palabra, cuanto vale.

—¿Esto es dar valor? —dijo Andrenio.

—Señor, sí —le respondieron—, que hasta que se pierden las cosas no se conoce lo que valen.

Pasaron ya a la otra acera desta gran feria de la vida humana a instancias de Andrenio y despechos de Critilo, pero muchas veces los sabios yerran para que no revienten los necios. Había también muchas tiendas, pero muy diferentes, correspondiendo en emulación una desta parte a la de la otra. Y así, decía en la primera un letrero: Aquí se vende el que compra.

—Primera necedad —dijo Critilo.

—¡No sea maldad! —replicó Egenio.

Iba ya a entrar Andrenio, y detúvole diciendo:

—¿Dónde vas?, que vas vendido.

Miraron de lejos y vieron cómo se vendían unos a otros, hasta los mayores amigos. Decía en otra: Aquí se vende lo que se da. Unos decían eran mercaderes, otros que presentes destos tiempos.

—Sin duda —dijo Andrenio— que aquí se da tarde, que es tanto como no dar.

—No será sino que se pide lo que se da —replicó Critilo—, que es muy caro lo que cuesta la vergüenza de pedir, y mucho más el exponerse a un no quiero. Pero Egenio averiguó eran dádivas del villano mundo.

—¡Oh qué mala mercadería! —gritaba uno a una puerta. Y con todo eso, no cesaban de entrar a porfía; y los que salían, todos decían:

—¡Oh maldita hacienda! Si no la tenéis causa deseo, si la tenéis cuidado, si la perdéis tristeza.

Pero advirtieron había otra botica llena de redomas vacías, cajas desiertas, y con todo eso, muy embarazada de gente y de ruido. A este reclamo acudió luego Andrenio, preguntó qué se vendía allí, porque no se veía cosa, y respondiéronle que viento, aire, y aun menos.

—¿Y hay quien lo compre?

—Y quien gasta en ello todas sus rentas. Aquella caja está llena de lisonjas, que se pagan muy bien; en aquella redoma hay palabras que se estiman mucho; aquel bote es de favores, de que se pagan no Pocos; aquella arca grande está rellena de mentiras, que se despachan harto mejor que las verdades, y más las que se pueden mantener por tres días y en tempo de guerra, dice el italiano, bugía como terra.

—¿Hay tal cosa? —Ponderaba Critilo—. ¡Que haya quien compre el aire y se pague dél!

—¿Deso os espantáis? —le dijeron—. Pues en el mundo ¿qué hay sino viento? El mismo hombre, quitadle el aire y veréis lo que queda. Aun menos que aire se vende aquí, y muy bien que se paga.

Vieron que actualmente estaba un boquirrubio dando muchas y muy ricas joyas, galas y regalos, que siempre andan juntos, a un demonio de una fea por quien andaba perdido. Y preguntando qué le agradaba en ella, respondió que el airecillo.

—De modo, señor mío —dijo Critilo—, ¿qué aún no llega a ser aire y enciende tanto fuego?

Estaba otro dando largos ducados porque le matasen un contrario.

—Señor, ¿qué os ha hecho?

—No ha llegado a tanto; hame dicho de suerte que por una palabrilla…

—¿Y era afrentosa?

—No, pero el airecillo con que lo dijo me ofendió mucho.

—¡De modo, que aún no llega a ser aire lo que os cuesta tan caro a vos y a él! Gastaba un gran príncipe sus rentas en truhanes y bufones, y decía que gustaba mucho de sus gracias y donaires. Desta suerte se vendían tan caros puntillos de honra, el modillo, el airecillo y el donaire. Pero lo que les espantó mucho fue ver una mujer tan fiera que pasaba plaza de furia infernal y de arpía en arañar a cuantos llegaban a su tienda, y gritaba:

—¿Quién compra, quién compra pesares, quebraderos de cabeza, quita sueños, rejalgares, malas comidas y peores cenas?

Entraban ejércitos enteros, y era lo malo que haciendo alarde; y salían pasando crujía; y los que vivos, que eran bien pocos, salían corriendo sangre, más acribillados de heridas que un marqués del Borro. Y con verlos, no cesaban de entrar los que de nuevo venían. Estábase Critilo espantado mirando tal atrocidad, y díjole Egenio:

—Sabe que cuantos males hay le ponen algún cebillo al hombre para pescarle: la codicia oro, la lujuria deleites, la soberbia honras, la gula comidas, la pereza descansos; sólo la ira no da sino golpes, heridas y muertes, y con todo eso, tantos y tontos la compran tan cara.

Pregonaba uno:

—¡Aquí se venden esposas!

Llegaban unos y otros, preguntando si eran de hierro o mujeres.

—Todo es uno, que todas son prisiones.

—¿Y el precio?

—De balde, y aun menos.

—¿Cómo puede ser menos?

—Sí, pues se paga porque las lleven.

—Sospechosa mercadería: ¿mujeres y pregonadas? —Ponderó uno—. Ésa no llevaré yo; la mujer, ni vista ni conocida.

—Pero también será desconocida.

Llegó uno y pidió la más hermosa. Diéronsela a precio de gran dolor de cabeza, y añadió el casamentero:

—El primer día os parecerá bien a vos; todos los demás, a los otros.

Escarmentado otro, pidió la más fea.

—Vos la pagaréis con un continuo enfado.

Convidábanle a un mozo que tomase esposa, y respondió:

—Aún es temprano.

Y un viejo:

—Ya es tarde.

Otro que se picaba de discreción pidió una que fuese entendida. Bascáronle una feísima, toda huesos y que todos le hablaban.

—Venga una, señor mío, que sea mi igual en todo —dijo un cuerdo—, porque la mujer, me aseguran es la otra mitad del hombre y que realmente antes eran una misma cosa entrambos, mas que Dios los separó porque no se acordaban de su divina providencia: y que ésta es la causa de aquella tan vehemente propensión que tiene el hombre a la mujer, buscando su otra mitad.

—Casi tiene razón —dijeron—, pero es cosa dificultosa hallarle a cada uno su otra mitad: todas andan barajadas comúnmente; la del colérico damos al flemático, la del triste al alegre, la del hermoso al feo, y tal vez la del mozo de veinte años al caduco de setenta, ocasión de que los más viven arrepentidos.

—Pues eso, señor casamentero —dijo Critilo—, no tiene disculpa, que bien conocida es la desigualdad de quince años a setenta.

—¡Qué queréis! Ellos se ciegan y lo quieren así.

—Pero ellas ¿cómo pasan por eso?

—Es, señor, que son niñas y desean ser mujeres, y si ellos caducan, ellas niñean. El mal es que, en no teniendo mocos, no gustan de gargajos; mas eso no tiene remedio. Tomad ésta conforme lo deseáis.

Miróla y halló que en todo era dos o tres puntos más corta; en la edad, en la calidad, en la riqueza, en todo; y reclamando no era tan ajustada como deseaba:

—Llevadla —dijo—, que con el tiempo vendrá a ajustarse; que de otra manera pasaría y sería mucho peor. Y tened cuidado de no darla todo lo necesario, porque, en teniéndolo, querrá lo superfluo.

Fue alabado mucho uno que, diciéndole viese la que había de ser su mujer, respondió que él no se casaba por los ojos, sino por los oídos. Y así llevó en dote la buena fama. Convidáronlos a la casa del Buen Gusto, donde había convitón.

—Será casa de gula —dijo Andrenio.

—Sí será —respondió Critilo—, pero los que entran parecen comedores, y los que salen, comidos.

Vieron cosas raras. Había sentado un gran señor rodeado de gentilhombres, enanos, entremetidos, truhanes, valientes y lisonjeros, que parecía el arca de las sabandijas. Comió bien, pero echáronle la cuenta muy larga, porque dijeron comía cien mil ducados de renta; él, sin réplica, pasaba por ello. Reparó Critilo y dijo:

—¿Cómo puede ser esto? No ha comido la centésima parte de lo que dicen.

—Es verdad —dijo Egenio— que no los come, sino éstos que le van alrededor.

—Pues, según eso, no digan que tiene el Duque cien mil de renta, sino mil, y los demás de dolor de cabeza.

Había bravos papasales, otros que papaban viento y decían que engordaban, pero al cabo de todo paraba en aire. Todo se lo tragaban algunos, y otros todo se lo bebían; muchos tragaban saliva, y los más mordían cebolla; y al cabo, todos los que comían quedaban comidos hasta de los gusanos.

En todas estas tiendas no feriaron cosa de provecho; sí, en las otras de mano derecha, preciosos bienes, verdades de finísimos quilates, y sobre todo a sí mismos: que el sabio, consigo y Dios, tiene lo que basta. Desta suerte, salieron de la feria hablando cómo les había ido. Egenio, ya otro, porque rico, trató de volver a su alojamiento, que en esta vida no hay casa propia. Critilo y Andrenio se encaminaron a pasar los puertos de la edad varonil en Aragón, de quien decía aquel su famoso rey que en naciendo fue asortado para dar tantos Santiagos, para ser conquistador de tantos reinos, comparando las naciones de España a las edades, que los aragoneses eran los varones.

Parte segunda en el Otoño de la edad varonil, y en el invierno de la vejez

Segunda parte: En el otoño de la varonil edad

Al serenísimo señor don Juan de Austria

Señor:

Arco vistoso y bien visto el que tantas tempestades serena, brillante rayo del Planeta Cuarto y raro ardiente de la guerra: hoy, en emulación de las aceradas hojas de Belona, siempre augustas, siempre vitoriosas en la hercúlea mano de V. A., llegan a tan florecientes plantas éstas de Minerva, prometiéndose eternidades de seguridad a sombra de tan inmortal plausible lucimiento. De hojas a hojas va la competencia, y no extraña, pues con igual felicidad suelen alternarse las fatigas de Palas valiente y las delicias de Palas estudiosa, y más en un césar novel, gloria de Austria y blasón de España. La edad, Señor, varonil, mal delineada en estos borrones, bien ideada en los aciertos de la anciana juventud de V. A., vincula su patrocinio en quien toda la Monarquía Católica, su desempeño, inaugurando que quien, cuando había de ser joven es tanto hombre, cuando llegue a ser hombre, será un jayán del valor, un héroe de la virtud y un fénix de la fama.

B. L. P. de V. A.

Lorenzo Gracián

Damos licencia para que se imprima, en Zaragoza, a 24 de febrero de 1653

D. Sala, Offi. y Reg. el V. G.

Censura del doctor Juan Francisco Andrés

Cronista de Su Majestad y del Reino de Aragón, por comisión del ilustre señor don Luis de Ejea y Talayero, del Consejo de Su Majestad, y su Regente la Real Concellería en el mismo Reino

La juiciosa cortesana filosofía de García de Mariones, que es la que continúa la Segunda Parte del Criticón, no la comprehende ni censura, porque en ella no se encuentran obscuridades que mancillen el resplandor real ni enturbien las luces claras de la virtud; antes bien, debajo de metáforas ingeniosísimas, enseña y deleita juntamente a los lectores: trayéndolos suspensos la gustosa peregrinación de los héroes que introduce, deja burlados sus deseos dilatándoles el fin de jornada tan peregrina, útil y provechosa. Mas cerrará esta invectiva la Tercera Parte con llave de oro, aunque sea con las canas de la vejez, que el desengaño de las cosas de la vida, aunque tenga vislumbres y apariencias de plata, lo interior es de purísimo y muy acendrado oro.

La acrimonia deste libro censura, a mi entender, a algunos sujetos severamente (pero en algún modo tiene excusa la especulación rígida de un ceño crítico), pues todo lo que no es breve y muy picante le juzga por disgustado: estilo en que han dado algunos ingenios modernos, procurando introducir el laconismo, pareciéndoles que sólo es plausible la concisión. Y de aquí se origina tener por prolijos a los historiadores abundantes, como lo significo el padre Antonio Posevino, hablando del Secretario Jerónimo Zurita, cuya copia la tuvo por exceso; y el Padre Juan de Mariana, por afectar esta brevedad, despreció a todos los historiadores que le precedieron, sin advertir que le habían servido de pauta para sus escritos. Empero yo tendría por más acertado el estilo que usa Zurita en sus Anales, porque es propio para referir las hazañas; que si éstas se cifran en cláusulas breves, tal vez se confunden y quedan defraudados los hechos dignos de memoria, que la brevedad está muy cerca de la lobreguez. Demás, que fue de este sentir Cayo Plinio Cecilio Segundo; escribiendo a Tácito, dijo que de los libros buenos el mejor era el de más volumen: Ita bonus liber quisque milior est quo maior. Teniendo tan elocuente apoyo, tendrá alguna eficacia esta opinión, pues no se puede negar sino que Plinio en el elocuente y sentencioso excedió a muchos, y que pocos le aventajan, cuyo testimonio irrefragable es aquel gran Panegírico a Trajano, idea de elogios y admiración de los ingenios sutiles.

El cariño que tengo a estos escritores que se censuran en este escrito me ha dado ocasión de dilatarme más de lo que permite la brevedad de una Aprobación, pero no cumpliera con las obligaciones de mi oficio si no dijera libremente mi sentir, salvando siempre el más acertado.

Pero esta obra contiene tan primorosos desvelos y tantas ingeniosidades, que merece que a su autor se le dé licencia para que se publique. Éste es mi sentir. En Zaragoza, 9 de marzo, 1653.

El D. Juan Francisco Andrés

IMPRIMATUR,

Exea, Reg.

Censura crítica del Criticón del licenciado Josef Longo

Habiendo visto esta Segunda Parte del Criticón, sin otra comisión que haberme franqueado el impresor su original, le he leído, llevado primero de mi curiosidad y luego del gusto, cebado en la golosina de su lectura. Y porque leyéndole hallaba que sabía a la mano de quien ha hecho otros libros que han corrido por el mundo con grande aplauso y se han visto en la librería del mayor príncipe con mucho agrado, hice concepto cumplía bien con el precepto de Horacio: Omne tulit punctum, qui miscuit utile dulci, como advirtió doctamente el P. don Antonio Liperi en la Aprobación de la Primera Parte, y quedé gozoso de ver trocado por éste el primero bilbilitano. ¡Dichosas aguas, que si hacéis cortadoras las espadas, no menos bien cortadas las plumas!

Marcial, en su Epig. 17, lib. I: Sunt bona, sunt quaedam meliora, sunt optima plura; y en el lugar del último verso, otro del libro segundo: Nihil est quod demere possis. Digo aquí lo mismo, y más con Erasmo, hablando de su Luciano: Sic riderns vera dicit, vera dicendo videt. Tan igualmente parece que ríe con Demócrito los devaneos de la criatura, como [llora] con Heráclito la ingratitud a su Criador, y no sé si admiré más la acrimonia, energía y vivacidad de su ingenio, o la prudencia, cordura y sagacidad de su juicio, todo con eminencia y en la más alta categoría de plausibilidad. Así ponderaba una docta pluma del Orden de San Bernardo en el Estado de Milán a un gran sujeto, senador de aquel areópago comparándole su ingenio a un caballo castizo y generoso bien dotrinado, y el juicio a un diestro jinete o birdón que con el amago, con la sombra de la vara, sin acicate ni rienda, le mete ya al paso, ya al paseo, ya a los tornos, ya a las corbetas, ya a la carrera, ya al salto, ya a la escaramuza, ya a la pelea, ágil y suelto, versátil y dócil. Ya se remonta águila real a investigarle al sol sus rayos, registrándoselos en su eclíptica, y todas sus acciones en [su] esfera, cuando se abate al más profundo centro de la tierra a averiguarle sus pactos en los más escondidos minerales. Y no he encontrado en él un tilde ajeno de la pureza católica ni de la real christiana política. Mas ¿qué podía hallar yo, habiendo pasado por la censura del gran Tito Livio aragonés, nuestro cronista el D. Juan Francisco Andrés, sucesor del grande jerónimo Zurita y grande Homero suyo, en quienes podrán los Alejandros (si hubiese Alejandros), envidiar al primero y admirar al segundo? ¿Qué podía hallar, dije, sino riqueza de conceptos, tesoro de sutilezas y aseado camarín de realces de un sublime pensamiento, de un pensar sublimado? En la materia más estéril que se le ofrece y al parecer no tiene sino la corteza, desentrañándola, saca con primorosa moralidad el más útil aprovechamiento del hombre: dígalo el azabache del duque de Villahermosa, en la Primera Parte, y díganos Barclayo si el lapidario que engañó a Euformión le dio piedra semejante. Nada se le pasa por alto, sin hallársele descuido, porque el que lo parece es su mayor cuidado.

Todo entra en la variedad deste libro, mordiendo el áspid al vicio sin sacarle sangre al vicioso, campeando en el laconismo de las palabras la difusión de las sentencias, a imitación de lo conciso de Tácito y lo difuso de Livio; y no es vestir de ajenas plumas el hurtar versos a Homero, sino arrebatarle al mismo Hércules la clava, como lo dijo Virgilio Marón a su Zoilo, referido por el Petrarca. Aquí no echará menos el lector en el ocio de palacio la sátira en Persio y en Juvenal, como en el empleo del palaciego; a Claudiano, para su panegírico Plaza Universal, donde el juicioso Andrenio así hace reparo con la vulgaridad en la más vulgar tienda de Baco, cuanto con la singularidad en el más singular escaparate de los prodigios de Salastano. Tan liberado está el sastre que viste como sobresaltado el tirano que desnuda, el artista mecánico como el liberal; al César se le da lo que es del César, muy conforme todo a entrambas regalías, eclesiástica y secular. Y del alpha hasta el omega, una seria cartilla de la moral y estoica filosofía, teniendo por guía en la épica a Platón y Aristóteles, y por doctrina la del mayor maestro de los estoicos morales, Séneca, y antes de Focílides y Epicteto; ejecutada la eutropelia sin reprensión y vencida con maestría grande la mayor dificultad en el camino de la vida humana, en el reventón como dice este autor. Nosce te ipsum, habiendo hecho senda tan apacible con aquella su anotomía moral de la Primera Parte y con los cien ojos de Argos en esta Segunda, que las faltas propias de las espaldas (como maliciaba en sus apólogos del burlón griego) las pasa el hombre a los ojos, donde tenia las ajenas, para enmendarse a pesar de su filaucia. ¿Qué dijera el Ariosto, cuando nos pintó a Falerina, si viera a Falsirena en la Primera Parte, y Luciano, por Timón o por Damis, si hubiera visto en esta Segunda los cargos y descargos de la Fortuna? Y calle Jenofonte en su Ciropedia, que si allí quiso pintar en aquel monarca de los persas cuál ha de ser un grande rey, con más felicidad consigue El Criticón dibujándonos en Critilo lo que ha de ser un hombre para preciarse de ser hombre. Y si ha sido tan aplaudido el Boquelino por haber sacado a plaza las faltas del hombre en su nación, en su individuo, en Pedro, Juan y Francisco, con más razón debe serlo éste llevando por idea antes su corrección que su corrimiento, disimulando el oprobio al que incurrió en él y no faltando al elogio del que lo mereció: testigos son muchos beneméritos a quienes ha dado lo más que puede ver un escritor, que es la inmortalidad.

Finalmente, en la dulzura desta bien compuesta filosofía, que es dulce sin duda, como lo dice el Espíritu Santo, Favus mellis, verba composita, y por dulce, según Plinio, símbolo de la máquina celestial, el más desabrido y resabio gusto se ha de abrir el apetito con este Kempis cortesano, con este ramillete de apotegmas morales y con esta poliantea manual, sin el peligro de encontrar en este plantel de agudezas y pancarpia de Amaltea flor plebeya que le haga estorbo a la vista, disonancia al oído, ofensa al olfato, disgusto al gusto, ni embarazo a la mano: porque, ingeniosa abeja, así liba para la amargura de la repreensión en la morisca retama como para la candidez de su intención de la católica azucena, dejándole a la rosa lo medicinal y quitándole las espinas para poderle manosear.

Yo no conozco al autor desta Segunda Parte, y acuerdóme le tuve (viendo el Prólogo de la Primera) por ingenio solapado y que era arte mayor el quererse encubrir con el Arte de Ingenios; y así, no querría decir absolutamente que le desconozco en esta Segunda, porque en lo heroico de la obra (aun sin el cuidado de Fidias en su Minerva) se retrata como en espejo el héroe que la hizo y me le señala el Sabio con el dedo de los Proverbios: Doctrina sua noscitur vir. Y si por el primor de su línea se dio a conocer Apeles, por las deste libro se deja rastrear el autor. Sea anónimo, sea anagrama o sea enigma, yo fiador que no le costara a Homero lo que el de los pescadores, ni a mí para este Criticón la llave del Satiricón de Barclayo, y bastaría Davo sin ser necesario Edipo. Concluyo diciendo: Nihil non laudabile vide y que omnia quae legi, redolent leporem et Gratiam. En Zaragoza y marzo, a 20 de 1653.

Josef Longo

Crisi primera

Reforma universal

Renuncia el hombre inclinaciones de siete en siete años: ¡cuánto más alternará genios en cada una de sus cuatro edades! Comienza a medio vivir quien poco o nada percibe: ociosas pasan las potencias en la niñez, aun las vulgares (que las nobles, sepultadas yacen en una puerilidad insensible), punto menos que bruto, aumentándose con las plantas y vegetándose con las flores. Pero llega el tiempo en que también el alma sale de mantillas, ejerce ya la vida sensitiva, entra en la jovial juventud, que de allí tomó apellido: ¡Qué sensual, qué delicioso!, no atiende sino a holgarse el que nada entiende, no vaca al noble ingenio, sino al delicioso genio: Sigue sus gustos, cuando tan malo le tiene. Llega al fin, pues siempre tarde, a la vida racional y muy de hombre, ya discurre y se desvela; y porque se reconoce hombre, trata de ser persona, estima el ser estimado, anhela al valer, abraza la virtud, logra la amistad, solicita el saber, atesora noticias y atiende a todo sublime empleo. Acertadamente discurría quien comparaba el vivir del hombre al correr del agua, cuando todos morimos y como ella nos vamos deslizando. Es la niñez fuente risueña: nace entre menudas arenas, que de los polvos de la nada salen los lodos del cuerpo, brolla tan clara como sencilla, ríe lo que no murmura, bulle entre campanillas de viento, arrúllase entre pucheros y cíñese de verduras que la fajan. Precipítase ya la mocedad en un impetuoso torrente, corre, salta, se arroja y se despeña, tropezando con las guijas, rifando con las flores, va echando espumas, se enturbia y se enfurece. Sosiégase, ya río, en la varonil edad. Va pasando tan callado cuan profundo, caudalosamente vagoroso, todo es fondo, sin ruido; dilátase espaciosamente grave, fertiliza los campos, fortalece las ciudades, enriquece las provincias y de todas maneras aprovecha. Mas ¡ay!, que al cabo viene a parar en el amargo mar de la vejez, abismo de achaques, sin que le falte una gota; allí pierden los ríos sus bríos, su nombre y su dulzura; va a orza el carcomido bajel, haciendo agua por cien partes y a cada instante zozobrando entre borrascas tan deshechas que le deshacen, hasta dar al través con dolor y con dolores en el abismo de un sepulcro, quedando encallado en perpetuo olvido.

Hallábanse ya nuestros dos peregrinos del vivir, Critilo y Andrenio, en Aragón, que los extranjeros llaman la buena España, empeñados en el mayor reventón de la vida. Acababan de pasar sin sentir, cuando con mayor sentimiento, los alegres prados de la juventud, lo ameno de sus verduras, lo florido de sus lozanías, y iban subiendo la trabajosa cuesta de la edad varonil, llena de asperezas, si no malezas: emprendían una montaña de dificultades. Hacíasele muy cuesta arriba a Andrenio, como a todos los que suben a la virtud, que nunca hubo altura sin cuesta; iba acezando y aun sudando; animábale Critilo con prudentes recuerdos y consolábale en aquella esterilidad de flores con la gran copia de frutos, de que se veían cargados los árboles, pues tenían más que hojas, contando las de los libros. Subían tan altos que les pareció señoreaban cuanto contiene el mundo, muy superiores a todo.

—¿Qué te parece desta nueva región? —dijo Critilo—. ¿No percibes qué aires éstos tan puros?

—Así es —respondió Andrenio—. Paréceme que ya llevamos otros aires. ¡Qué buen puesto éste para tomar aliento y asiento!

—Sí, que ya es tiempo de tenerle.

Pusiéronse a contemplar lo que habían caminado hasta hoy.

—¿No atiendes qué de verduras dejamos atrás, tan pisadas como pasadas? ¡Cuán bajo y cuán vil parece todo lo que habemos andado hasta aquí! Todo es niñería respecto de la gran provincia que emprendemos. ¡Qué humildes y qué bajas se reconocen todas las cosas pasadas! ¡Qué profundidad tan notable se advierte de aqui allá! Despeño sería querer volver a ellas. ¡Qué pasos tan sin provecho cuantos habemos dado hasta hoy!

Esto estaban filosofando, cuando descubrieron un hombre muy otro de cuantos habían topado hasta aquí, pues se estaba haciendo ojos para notarlos, que ya poco es ver. Fuese acercando, y ellos advirtiendo que realmente venía todo rebutido de ojos de pies a cabeza, y todos suyos y muy despiertos.

—¡Qué gran mirón éste! —dijo Andrenio.

—No, sino prodigio de atenciones —respondió Critilo—. Si él es hombre, no es destos tiempos; y si lo es, no es marido ni aun pastor, ni trae cetro ni cayado. Mas ¿si sería Argos? Pero no, que ése fue del tiempo antiguo, y ya no se usan semejantes desvelos.

—Antes sí —respondió el mismo—, que estamos en tiempos que es menester abrir el ojo, y aun no basta, sino andar con cien ojos; nunca fueron menester más atenciones que cuando hay tantas intenciones, que ya ninguno obra de primera. Y advertid que de aquí adelante ha de ser el andar despabilados, que hasta ahora todos habéis vivido a ciegas, y aun a dormidas.

—Dinos por tu vida, tú que ves por ciento y vives por otros tantos, ¿guardas aún bellezas?

—¡Qué vulgaridad tan rancia! —respondió él—. ¿Y quién me mete a mí en imposibles? Antes me guardo yo dellas y guardo a otros bien entendidos.

Estaba atónito Andrenio, haciéndose ojos también, o en desquite o en imitación; y reparando en ello Argos, le dijo:

—¿Ves o miras?, que no todos miran lo que ven.

—Estoy —respondió— pensando de qué te pueden servir tantos ojos; porque en la cara están en su lugar, para ver lo que pasa, y aun en el colodrillo para ver lo que pasó; pero en los hombros ¿a qué propósito?

—¡Qué bien lo entiendes! —dijo Argos—. Éstos son más importantes, los que más estimaba don Fadrique de Toledo.

—¿Pues para qué valen?

—Para mirar un hombre la carga que se echa a cuestas, y más si se casa o se arrasa, al acetar el cargo y entrar en el empleo: ahí es el ver y tantear la carga, mirando y remirando, midiéndola con sus fuerzas, viendo lo que pueden sus hombros; que el que no es un Atlante, ¿para qué se ha de meter a sostener las estrellas? Y el otro, que no es un Hércules, ¿para qué se entremete a sustituto del peso de un mundo? Él dará con todo en tierra. ¡Oh!, si todos los mortales tuviesen destos ojos, yo sé que no se echarían tan a carga cerrada las obligaciones que después no pueden cumplir. Y así andan toda la vida gimiendo so la carga incomportable: el uno, de un matrimonio sin patrimonio; el otro, del demasiado punto sin coma; éste, con el empeño en que se despeña; y aquél, con el honor que es horror. Estos ojos humerales abro yo primero muy bien antes de echarme la carga a cuestas, que el abrirlos después no sirve sino para la desesperación o para el llanto.

—¡Oh!, cómo tomaría yo otros dos —dijo Critilo—, no sólo para no cargar de obligaciones, pero ni aun encargarme de cosa alguna que abrume la vida y haga sudar la conciencia.

—Yo confieso que tienes razón —dijo Andrenio—, y que están bien los ojos en los hombros, pues todo hombre nació para la carga Pero dime: esos que llevas en las espaldas, ¿para qué pueden ser buenos? Si ellas de ordinario están arrimadas, ¿de qué sirven?

Y aun por eso —respondió Argos—, para que miren bien dónde se arriman. ¿No sabes tú que casi todos los arrimos del mundo son falsos, chimeneas tras tapiz, que hasta los parientes falsean y se halla peligro en los mismos hermanos? Maldito el hombre que confía en otro, y sea quien fuere. ¿Qué digo, amigos y hermanos?: de los mismos hijos no hay que asegurarse, y necio del padre que en vida se despoja. No decía del todo mal quien decía que vale más tener que dejar en muerte a los enemigos que pedir en vida a mis amigos. Ni aun en los mismos padres hay que confiar, que algunos han echado dado falso a los hijos; ¡y cuántas madres hoy venden las hijas! Hay gran cogida de falsos amigos y poca acogida en ellos, ni hay otra amistad que dependencia: a lo mejor falsean y dejan a un hombre en el lodo en que ellos le metieron. ¿Qué importa que el otro os haga espaldas en el delito, si no os hace cuello después en el degüello?

—Buen remedio —dijo Critilo— no arrimarse a cabo alguno, estarse solo, vivir a lo filósofo y a lo feliz.

Rióse Argos y dijo:

—Si un hombre no se busca algún arrimo, todos le dejarán estar, y no vivir. Ningunos más arrimados hoy que los que no se arriman: aunque sea un gigante en méritos, le echarán a un rincón; así puede ser más benemérito que nuestro obispo de Barbastro, más hombre de bien que el mismo de Patriarca, más valiente que Domingo de Eguía, más docto que el cardenal de Lugo, nadie se acordará dél. Y aun por eso, toda conclusión se arrima a buen poste y todo jubileo a buena esquina. Creedme que importan mucho estas atenciones respaldares.

—Ésos sean los míos —dijo Andrenio—, y no los de las rodillas; desde ahora los renuncio allí: ¿y para qué sino para cegarse con el polvo y quedar estrujados en el suelo?

—¡Qué mal lo discurres! —respondió Argos—. Ésos son hoy los más pláticos, porque más políticos. ¿Es poco mirar un hombre a quien se dobla, a quien hinca la rodilla, que numen adora, quien ha de hacer el milagro? Que hay imágenes viejas, de adoración pasada, que no se les hace ya fiesta, figuras del descarte barajadas de la fortuna. Estos ojos son para brujulear quién triunfa, para hacerse hombre, ver quién vale y ha de valer.

—De verdad que no me desagradan —dijo Critilo—, y que en las Cortes me dicen se estiman harto. Por no tener ya otros como ellos, voy siempre rodando; hasta mi entereza me pierde.

—Una cosa no me puedes negar —replicó Andrenio—, que los ojos en las espinillas no sirven sino para lastimarse. Señor, en los países están en su lugar, para ver un hombre donde los tiene, dónde entra y sale, en qué pasos anda; pero en las piernas ¿para qué?

—¡Oh, sí!, para no echarlas ni hacerlas con el poderoso, con el superior. Atienda el sagaz con quién se toma, mira con quien las ha, y en reconociéndole la cuesta, no parta peras con él, cuanto menos piedras. Si éstos hubiera tenido aquel hijo del polvo, no se hubiera metido entre los brazos de Hércules, nunca hubiera luchado con él, ni los rebeldes titanes se hubieran atrevido a descomponerse con el Júpiter de España; que estas necias ternillas tienen abrumados a muchos. Prométoos que para poder vivir es menester armarse un hombre de pie a cabeza, no de ojetes, sino de ojazos muy despiertos: ojos en las orejas, para descubrir tanta falsedad y mentira; ojos en las manos, para ver lo que da y mucho más lo que toma; ojos en los brazos, para no abarcar mucho y apretar poco; ojos en la misma lengua, para mirar muchas veces lo que ha de decir una; ojos en el pecho, para ver en qué lo ha de tener; ojos en el corazón, atendiendo a quién le tira o le hace tiro; ojos en los mismos ojos, para mirar cómo miran; ojos y más ojos y reojos, procurando ser elmirante en un siglo tan adelantado.

—¿Qué hará —ponderaba Critilo— quien no tiene sino dos, y esos nunca bien abiertos, llenos de légañas y mirando aniñadamente con dos niñas? ¿No nos venderías (ya que nadie da, si no es el señor don Juan de Austria) un par de esos que te sobran?

—¿Qué es sobrar? —dijo Argos—. De mirar nunca hay harto. A más de que no hay precio para ellos: sólo uno, y ése es un ojo de la cara.

—Pues ¿que ganaría yo en eso? —replicó Critilo.

—Mucho —respondió Argos—, el mirar con ojos ajenos, que es una gran ventaja, sin pasión y sin engaño, que es el verdadero mirar. Pero vamos, que yo os ofrezco que antes que nos dividamos habéis de lograr otros tantos como yo; que también se pegan, como el entendimiento cuando se trata con quien le tiene.

—¿Dónde nos quieres llevar —preguntó Critilo—, y qué haces aquí en esta plaga del mundo?, que todo él se compone de plagas.

—Soy guarda —respondió— en este puerto de la vida tan dificultoso cuan realzado, pues comenzándote todos a pasar mozos, se hallan al cabo hombres, aunque no lo sienten tanto como las hembras, con que de mozas que antes eran, se hallan después dueñas; mas ellas reniegan de tanta autoridad, y ya que no tienen remedio buscan consuelo en negar; y es tal su pertinacia, que estarán muchas canas de la otra parte y porfían que comienzan ahora a vivir. Pero callemos, que lo han hecho crimen de descortesía y dicen: «Más querríamos nos desafiasen que desengañasen».

—¿De modo —dijo Critilo— que eres guarda de hombres?

—Sí, y muy hombres, de los viandantes, porque ninguno pase mercaderías de contra bando de la una provincia a la otra. Hay muchas cosas prohibidas que no se pueden pasar de la juventud a la virilidad; permítense en aquélla, y en ésta están vedadas so graves penas. A más de ser toda mala mercadería y perdida por ser mala hacienda, cuéstales a algunos muy cara la niñería, porque hay pena de infamia y tal vez de la vida, especialmente si pasan deleites y mocedades. Para oviar este daño tan pernicioso al género humano, hay guardas muy atentas que corren todos estos parajes cogiendo los que andan descaminados. Yo soy sobre todos, y así os aviso que miréis si lleváis alguna cosa que no sea muy de hombres y la depongáis, porque como digo, a más de ser cosa perdida, quedaréis afrentados cuando seáis reconocidos; y advertid que por más escondida que la llevéis, os la han de hallar: que del mismo corazón redundará luego a la boca, y los colores al rostro.

Demudóse Andrenio, mas Critilo, por desmentir indicios, mudó de plática y dijo:

—En verdad que no es tan áspera la subida como habíamos concebido: Siempre se adelanta la imaginación a la realidad. ¡Qué sazonados están todos estos frutos!

—Sí —respondió Argos—, que aquí todo es madurez; no tienen aquella acedia de la juventud, aquel desabrimiento de la ignorancia, lo insulso de su conversación, lo crudo de su mal gusto. Aquí ya están en su punto, ni tan pasados como en la vejez ni tan crudos como en la mocedad, sino en un buen medio.

Topaban muchos descansos con sus asientos bajo de frondosos morales muy copados, cuyas hojas, según decía Argos, hacen sombra saludable y de gran virtud para las cabezas, quitándoles a muchos el dolor de ella; y aseguraba haberlos plantado algunos célebres sabios para alivio en el cansado viaje de la vida. Pero lo más importante era que a trechos hallaban algún refresco de saber, confortativos de valor, que se decía haberlos fundado allí a costa de su sudor algunos varones singulares, dotándolos de renta de doctrina. Y así, en una parte les brindaron quintas esencias de Séneca, en otra divinidades de Platón, néctares de Epicuro, y ambrosías de Demócrito y de otros muchos autores sacros y profanos, con que cobraban, no sólo aliento, pero mucho ser de personas, adelantándose a todos los demás.

Al sublime centro habían llegado de aquellas eminencias, cuando descubrieron una gran casa labrada, más de provecho que de artificio, y aunque muy capaz, nada suntuosa; de profundos cimientos, asegurando con firmes estribos las fuertes paredes; mas no por eso se empinaba, ni poblaba el aire de castillos ni de torres; no brillaban chapiteles, ni andaban rodando las giraldas. Todo era a lo macizo, de piedras sólidas y cuadradas, muy a macha martillo. Y aunque tenía muchas vistas con ventanas y claraboyas a todas luces, pero no tenía reja alguna ni balcón: porque entre hierros, aunque dorados, se suelen forjar los mayores y aun ablandarse los pechos más de bronce. El sitio era muy exento, señoreando cuanto hay a todas partes y participando de todas luces, que ninguna aborrece. Lo que más la ilustraba eran dos puertas grandes y siempre patentes: la una al oriente, de donde se viene, y la otra al ocaso, de donde se va. Y aunque ésta parecía falsa, era la más verdadera y la principal. Por aquélla entraban todos, y por ésta salían algunos.

Causóles aquí extraña admiración ver cuán mudados salían los pasajeros y cuán otros de lo que entraban, pues totalmente diferentes de sí mismos. Así lo confesó uno a la que le decía: «Yo soy aquélla», respondiéndole: «Yo soy aquél». Los que entraban risueños salían muy pensativos; los alegres, melancólicos; ninguno se reía, todo era autoridad. Y así, los muy ligeros antes, agora procedían graves; los bulliciosos, pausados; los flacos, que en cada ocasión daban de ojos, ahora en la cuenta, pisando firme los que antes de pie quebrado; los livianos, muy substanciales. Estaba atónito Andrenio viendo tal novedad y tan impensada mudanza.

—Aguarda —dijo—, aquel que sale hecho un Catón, ¿no era poco ha un chisgarabís?

—El mismo.

—¿Hay tal transformación?

—¿No veis aquel que entraba saltando y bailando a la francesa cómo sale muy tétrico y muy grave a la española? Pues aquel otro, sencillo, ¿no notáis qué doblado y qué cauto se muestra?

—Aquí —dijo Andrenio— alguna Circe habita que así transforma las gentes. ¿Qué tienen que ver con éstas todas las metarmorfosis que celebra Ovidio? Mirad aquel que entró echo un Claudio emperador cuál sale hecho un Ulises. Todos se movían antes con ligera facilidad, y ahora proceden con maduro juicio. Hasta el color sacan, no sólo alterado, pero mudado.

Y realmente era así, porque vieron entrar un boquirrubio, y salió luego barbinegro; los colorados, pálidos, convertidas las rosas en retamas; y en una palabra, todos trocados de pie a cabeza, pues ya no movían ésta con ligereza a un lado ni a otro, sino que la tenían tan quieta, que parecía haberles echado a cada uno una libra de plomo en ella; los ojos altaneros, muy mesurados; asentaban el pie, no jugando del brazo, la capa sobre los hombros, muy a lo chapado.

—No es posible sino que aquí hay algún encanto —repetía Andrenio—; aquí algún misterio hay, o esos hombres se han casado, según salen pensativos.

—¿Qué mayor encanto —dijo Argos— que treinta años a cuestas? Esta es la transformación de la edad. Advertid que en tan poca distancia como hay de una puerta a la otra, hay treinta leguas de diferencia, no menos que de ser mozo a ser hombre. Éste es el pasadizo de la juventud a la varonil edad. En aquella primera puerta deja la locura, la liviandad, la ligereza, la facilidad, la inquietud, la risa, la desatención, el descuido, con la mocedad; y en esta otra cobran el seso, la gravedad, la severidad, el sosiego, la pausa, la espera, la atención y los cuidados, con la virilidad. Y así veréis que aquél que hablaba de taravilla, ahora tan espacio que parece que da audiencia. Pues aquel otro, que le iba chapeando el seso, mirad qué chapado que sale; el otro con sus cascos de corcho, qué substancial se muestra. ¿No atendéis a aquél tan medido en sus acciones, tan comedido en sus palabras? Éste era aquel casquilucio. Tené cuenta cuál entra aquél con sus pies de pluma; veréis luego cuál saldrá con pies de plomo. ¿No veis cuántos valencianos entran y qué aragoneses salen? Al fin, todos muy otros de sí mismos, cuando más vuelven en sí: su andar pausado, su hablar grave, su mirar compuesto y que compone, y su proceder concertado, que cada uno parece un Chumacero.

Dábales ya prisa Argos que entrasen, y ellos:

—Dinos primero qué casa es ésta tan rara.

—Ésta es —respondió— la aduana general de las edades y aquí manifiestan la mercadería que pasan: averiguase de dónde vienen y dónde van a parar. Entraron dentro y hallaron un aerópago, porque era presidente el Juicio, un gran sujeto, asistiéndole el Consejo, muy hombre, el Modo, muy bien hablado, el Tiempo, de grande autoridad, el Concierto, de mucha cuenta, el Valor, muy ejecutivo, y así otros grandes personajes. Tenía delante un libro abierto de cuenta y razón, cosa que se le hizo muy nueva a Andrenio, como a todos los de su edad y que pasan a ser gente de veras. Llegaron a tiempo que actualmente estaban examinando a unos viandantes de qué tierra venían.

—Con razón —dijo Critilo—, porque della venimos y a ella volvemos.

—Sí —dijo otro—, que sabiendo de dónde venimos, sabremos mejor dónde vamos. Muchos no atinaban a responder, que los más no daban razón de sí mismos. Y así, preguntándole a uno dónde caminaba, respondió que a donde le llevaba el tiempo, sin cuidarse más que de pasar y hacer tiempo.

—Vos le hacéis y él os deshace —dijo el presidente. Y remitióle a la reforma de los que hacen número en el mundo. Respondió otro que él pasaba adelante por no poder volver atrás. Los más decían que porque los otros habían echado, con harto dolor de su corazón, de los floridos países de su mocedad; que si eso no fuera, toda la vida se estuvieran con gusto, dándose verdes de mocedades. Y a éstos los remitieron a la reforma de añadidos. Estábase lamentando un príncipe de verse así tan adelante y, a su antecedente tan atrás, porque hasta entonces, divertido con los pasatiempos de la mocedad, no había pensado en ser algo; pero aquéllos ya acabados, le daba gran pena ver que le sobraban años y le faltaban empleos. Remetiéronle la reforma de la espera, si no quería reinar por salto, que era despeñarse. En busca de la honra dijeron algunos que iban; muchos tras el interés, y muy pocos los que a ser personas, aunque fueron oídos de todos con aplauso y de Critilo con observación.

Llegaron en esto las guardas con una gran tropa de pasajeros, que los habían cogido descaminados. Mandaron fuesen luego reconocidos por la Atención y el Recato, y que les escudriñasen cuanto llevaban. Topáronle al primero no sé qué libros, y algunos muy metidos en los senos. Leyeron los títulos y dijeron ser todos prohibidos por el Juicio, contra las premáticas de la prudente Gravedad, pues eran de novelas y comedias. Condenáronlos a la reforma de los que sueñan despiertos, y los libros mandaron se les quitasen a hombres que lo son y se relajasen a los pajes y doncellas de labor; y generalmente todo género de poesía en lengua vulgar, especialmente burlesca y amorosa, letrillas, jácaras, entremeses, follaje de primavera, se entregaron a los pisaverdes. Lo que más admiró a todos, fue que la misma Gravedad en persona ordenó seriamente que de treinta años arriba ninguno leyese ni recitase coplas ajenas, mucho menos propias o como suyas, so pena de ser tenidos por ligeros, desatentos o versificantes. Lo que es leer algún poeta sentencioso, heroico, moral y aun satírico en verso grave, se les permitió a algunos de mejor gusto que autoridad, y esto en sus retretes, sin testigos, haciendo el descomedido de tales niñerías; pero allá a escondidas chupándose los dedos. El que quedó muy corrido fue uno a quien le hallaron un libro de caballerías.

—Trasto viejo —dijo la Atención— de alguna barbería.

Afeáronsele mucho y le constriñeron lo restituyese a los escuderos y boticarios; mas los autores de semejantes disparates, a locos estampados. Replicaron algunos que para pasar el tiempo se les diese facultad de leer las obras de algunos otros autores que habían escrito contra estos primeros, burlándose de su quimérico trabajo. Y respondióles la Cordura que de ningún modo, porque era dar del lodo en el cieno, y había sido querer sacar del mundo una necedad con otra mayor. En lugar de tanto libro inútil (¡Dios se lo perdone al inventor de la estampa!), ripio de tiendas y ocupación de legos, les entregaron algunos Sénecas, Plutarcos, Epictetos y otros, que supieron hermanar la utilidad con la dulzura. Acusaron éstos a otros que no menos ociosos, y más perniciosos, se habían jugado el sol y quedado a la luna diciendo que para pasar el tiempo, como si él no los pasase a ellos y como si el perderlo fuera pasarlo: de hecho, le hallaron a uno una baraja. Mandaron al punto quemar las cartas por el peligro del contagio, sabiendo que barajas ocasionan barajas y de todas maneras empeños, barajando la atención, la reputación, la modestia, la gravedad y tal vez la alma. Mas al que se los hallaron, con todos los tahúres, hasta los cuartos, que es la cuarta generación, les barajaron las haciendas, las casas, la honra, el sosiego para toda la vida.

En medio de esta suspensión y silencio se le oyó silbar a uno, cosa que escandalizó mucho a todos los circunstantes, y más a los españoles. Y averiguada la desatención, hallaron había sido un francés, y le condenaron a nunca estar entre personas. Mas les ofendió un sonsonete como de guitarra, instrumento vedado so graves penas de la Cordura, y así refieren que dijo el Juicio en sintiendo las cuerdas:

—¿Qué locura es ésta? ¿Estamos entre hombres o entre barberos?

Hízose averiguación de quién la tañía, y hallaron era un portugués; y cuando creyeron todos le mandarían dar un trato de cuerda, oyeron que le rogaban (que a los tales se les ruega) tañese algún son moderno y lo acompañase con alguna tonadilla. Con harta dificultad lo recabaron, y con mayor después que cesase Gustaron mucho, aun los más serios ministros de la reforma humana, y generalmente se les mandó a todos los que pasaban de mozos a hombres que de allí adelante ninguno tañese instrumento ni cantase, pero que bien podían oír tañer y cantar, que es más gusto y más decoro.

Iban con tanto rigor en esto de reconocer los humanos pasajeros, que llegaron las guardas a desnudar algunos de los sospechosos. Cogiéronle a uno un retrato de una dama, ahorcado de un dogal de nácar. Quedó él tan perdido cuan escandalizados todos los cuerdos, que aun de mirar el retrato no se dignaron sino lo que bastó para dudar cuál era la pintada, ésta o aquélla. Reparó una de las guardas y dijo:

—Éste ya yo le he quitado a otro y no ha muchos días.

Mandáronlo sacar y hallaron una docena de ellos.

—Basta —dijo el presidente—, que una loca hace ciento. Recójanlos como moneda falsa, doblones de muchas caras.

Y a él le intimaron que, o menos barbas, o menos figurerías; y que esto de trillar la calle, dar vueltas, comer hierros, apuntalar esquinas, deshollinar balcones, lo dejasen para los Adonis boquirrubios. El que causó mucha risa fue uno que llegó con un ramo en la mano, y averiguado que no era médico ni valenciano, sino pisaverde, le atropello la Atención, diciéndole era ramo de locura, tablilla de mesón, vacío de seso. Vieron uno que no miraba a los otros, y sin ser tosco, tenía fijos los ojos en el sombrero.

—Pues no será de corrido —dijo la Sagacidad.

Y en sospechas de liviandad, llegaron a reconocerle y le hallaron un espejillo clavado en la copa del sombrero. Y por cosa cierta averiguaron era primo loco, sucesor de Narciso. No se admiraron tanto déstos cuanto de un otro que repetía para Catón en la severidad y aun se emperdigaba para repúblico. Miráronle de pie a cabeza y brujuleáronle una faldilla de un jubón verde: color muy mal visto de la Autoridad.

—¡Oh qué bien merecía otro! —Votaron todos.

Pero por no escandalizar el populacho, muy a lo callado le remitieron al Nuncio de Toledo, que le absolviese de juicio. A otro que debajo una sotanilla negra traía un calzón acuchillado le condenaron a que terciase la falda prendiéndola de la pretina, para que todo el mundo viese su desgarro. Intimaron a otros seriamente que en adelante ninguno llevase arremangada la falda del sombrero a la copa, sino es yendo a caballo, cuando ninguno es cuerdo; ni decantado el sombrero a un lado de la cabeza, dejando desabrigado el seso del otro; que no se vayan mirando a sí mismos ni por sombra, so pena de mal vistos, ni los pies, que no es bien pavonearse. Plumas y cintas de colores, se les vedaron, si no a los soldados bisoños mientras van o vuelven de la campaña; que todos los anillos se entregasen a los médicos y abades; a éstos porque entierran los que aquéllos destierran.

Pasaron ya los ministros de aquella gran aduana del Tiempo a la reforma general de todos cuantos pasan de pajes de la juventud a gentileshombres de la virilidad. Y lo primero que se ejecutó fue desnudarles a todos la librea de la mocedad, el pelo rubio y dorado, y cubrirles de pelo negro, luto en lo melancólico y lo largo, pues cerrando las sienes llega a ser pelo en pecho. Ordenáronles seriamente que nunca más peinasen pelo rubio, y menos hacia la boca y los labios, color profano y mal visto en adelante: vedándoles todo género de bozo y de guedejas rizadas, para excusar las risadas de los cuerdos. Toda color material, que no la formal, les prohibieron, no permitiéndoles aun el volverse colorados, sino pálidos, en señal de sus cuidados. Convirtiéronles las rosas de las mejillas en espinas de la barba. De suerte que de pies a cabeza los reformaban. Echábanles a todos un candado en la boca, un ojo en cada mano y otra cara janual, pierna de grulla, pie de buey, oreja de gato, ojo de lince, espalda de camello, nariz de rinoceronte y de culebra el pellejo.

Hasta el material gusto les reformaban, ordenándoles que en adelante no mostrasen apetecer las cosas dulces, so pena de niños, sino las picantes y agrias y algunas saladas. Y porque a uno le hallaron unos confites, le fue intimado se pusiese el babador, siempre que los hubiese de comer; y así, todos se guardaban de trocar el cardo por las pasas y todos comían la ensalada. Cogieron a otro comiendo unas cerezas y volvióse de su color: saltáronle a la cara. Mandáronle que las trocase en guindas. De modo que aquí no está vedada la pimienta, antes se estima más que el azúcar; mercadería muy acreditada, que algunos hasta en el entendimiento la usan, y más si se junta con la naranja. La sal también está muy valida y hay quien la come a puñados, pero sin lo útil no entra en provecho: salan muchos los cuerpos de sus obras porque nunca se corrompan: ni hay tales aromas para embalsamar libros, libres de los gusanos roedores, como los picantes y las sales. Están tan desacreditados los dulces, que aun la misma Panegiri de Plinio, a cuatro bocados enfada, ni hay hartazgo de zanahorias como unos cuantos sonetos del Petrarca y otros tantos de Boscán; que aun a Tito Livio hay quien le llama tocino gordo, y de nuestro Zurita no le falta quien luego se empalaga.

—Tenga ya gusto y voto, no siempre viva del ajeno; que los más en el mundo gustan de lo que ven gustar a otros y alaban lo que oyeron alabar; y si les preguntáis en qué está lo bueno de lo que celebran, no saben decirlo; de modo que viven por otros y se guían por entendimientos ajenos. Tenga, pues, juicio propio y tendrá voto en su censura; guste de tratar con hombres, que no todos los que lo parecen lo son; razone más que hable, converse con los varones noticiosos, y podrá tal vez contar algún chiste encaminando a la gustosa enseñanza, pero con tal moderación, que no sea tenido por masecuentos, el licenciado del chiste y truhán de balde. Podrá tal vez acompañado de sí mismo pasearse, pensando, no hablando. Sea hombre de museo, aunque ciña espada, y tenga delecto con los libros, que son amigos manuales; no embuta de borra los estantes, que no está bien un picaro al lado de un noble ingenio, y si ha de preferir, sean los juiciosos a los ingeniosos. Muestre ser persona en todo, en sus dichos y en sus hechos, procediendo con gravedad apacible, hablando con madurez tratable, obrando con entereza cortés, viviendo con atención en todo y apreciándose más de tener buena testa que talle. Advierta que el proporcional Euclides dio el punto a los niños, a los muchachos la línea, a los mozos la superficie y a los varones la profundidad y el centro.

Éste fue el arancel de preceptos de ser hombres, la tarifa de la estimación, los estatutos de ser personas, que en voz ni muy alta ni muy caída les leyó la Atención, a instancia del Juicio.

Después, Argos, con un extraordinario licor alambicado de ojos de águilas y de linces, de corazones grandes y de celebros, les dio un baño tan eficaz, que a más de fortalecer mucho, haciéndolos más impenetrables por la cordura que un Roldán por el encanto, al mismo punto se les fueron abriendo muchos y varios ojos por todo el cuerpo, de cabeza a pies; que habían estado ciegos con las lagañas de la niñez y con las inadvertidas pasiones de la mocedad; y todos ellos tan perspicaces y tan despiertos, que ya nada se les pasaba por alto: todo lo advertían y lo notaban.

Con esto, les dieron la licencia de pasar adelante a ser personas, y fueron saliendo todos de sí mismos, lo primero para más volver en sí. Fuelos, no guiando, que de aquí adelante ni se llama médico ni se busca guía, sino conduciéndolos Argos a lo más alto de aquel puerto, puerta ya de un otro mundo, donde hicieron alto para lograr la mayor vista que se topa en el viaje de toda la vida. Los muchos y maravillosos objetos que desde aquí vieron, todos ellos grandes y plausibles, referirá la siguiente crisi.

Crisi segunda

Los prodigios de Salastano

Tres soles, digo tres Gracias, en fe de su belleza, discreción y garbo (contaba un cortesano verídico, ya prodigio), intentaron entrar en el palacio de un gran príncipe, y aun de todos. Coronába[se] la primera, brillantemente gallarda, de fragantes flores, rubias trenzas y recamaba su verde ropaje de líquidos aljófares, tan risueña, que alegraba un mundo entero. Pero en injuria de su gran belleza, la cerraron tan anticipadamente las puertas y ventanas, que aunque se probó a entrar por cien partes, no pudo: que teniéndola por entretenida, hasta los más sutiles resquicios la habían entredicho, y así hubo de pasar adelante, convirtiendo su risa en llanto. Fuese acercando la segunda, tan hermosa cuan discreta, y chanceándose con la primera a lo Zapata, la decía:

—Anda tú, que no tienes arte ni la conoces. Verás cómo yo, en fe de mi buen modo, tengo de hallar entrada.

Comenzó a introducirse, buscando medios y inventando trazas; pero ninguna la salía, pues al mismo punto que brujuleaban su buena cara, todos se la hacían muy mala. Y ya, no solas las puertas y ventanas la cerraban, pero aun los ojos por no verla y los oídos por no sentirla.

—¡Eh, que no tenéis dicha! —dijo la tercera, agradablemente linda—. Atendé cómo yo por la puerta del favor me introduzgo en Palacio, que ya no se entra por otras. Fuese entremetiendo con mucho agrado; mas aunque a los principios halló cabida, fue engañosa y de apariencia, y al cabo hubo de retirarse mucho más desairada. Estaban tripuladas todas tres, ponderando, como se usa, sus muchos méritos y su poca dicha, cuando llevado de su curiosidad el cortesano, se fue acercando lisonjero; y habiéndolas celebrado, significó su deseo de leer quiénes eran, que lo que es el palacio bien conocido lo tenía, como tan pateado.

—Yo soy —dijo la primera— la que voy dando a todos los buenos días, mas ellos se los toman malos y los dan peores; yo, la que hago abrir los ojos, y a todo hombre que recuerde; yo la deseada de los enfermos y temida de los malos, la madre de la vividora alegría; yo aquella tan decantada esposa de Titón, que en este punto dejo el carmín de nácar.

—Pues, señora Aurora —dijo el cortesano—, ahora no me espanto de que no tengáis cabida en los palacios, donde no hay hora de oro con ser todas tan pesadas. Ahí no hay mañana, todo es tarde: díganlo las esperanzas. Y con ser así, nada es hoy, todo mañana. Así, que no os canséis, que ahí nunca amanece, aun para vos, por tan clara.

Volvióse a la segunda, que ya decía:

—¿Nunca oíste nombrar aquella buena madre de un mal hijo? Pues yo soy, y él es Odio: yo, la que siendo tan buena, todos me quieren mal: cuando niños, me babean, y como no les entro de los dientes adentro, me escupen cuando grandes. Tan esclarecida soy como la misma luz; que si no miente Luciano, hija soy, no ya del tiempo, sino del mismo Dios.

—Pues, señora mía —dijo el cortesano—, si vos sois la Verdad, ¿cómo prentendéis imposibles? ¿Vos en los palacios? ¡Ni de mil leguas! ¿De qué pensáis que sirven tanta afilada cuchilla? Que no aseguran tanto de traiciones no por cierto, cuanto de… de… Bien podéis por ahora, y aun para siempre, desistir de la empresa.

Ya en esto, la tercera, dulcísimamente linda, robando corazones dijo:

—Aquélla soy sin quien no hay felicidad en el mundo, y con quien toda infelicidad se pasa. En las demás dichas de la vida se hallan muy divididas las ventajas del bien, pero en mí, todas concurren: la honra, el gusto y el provecho. No tengo lugar sino entre los buenos; que entre los malos, como dice Séneca, ni soy verdadera ni constante. Denomínome del amor, y así a mí no me han de buscar en el vientre, sino en el corazón, centro de la benevolencia.

—Ahora digo que eres la amistad —aclamó el cortesano—, tan dulce tú cuan amarga la Verdad. Pero aunque lisonjera, no te conocen los príncipes, que sus amigos todos son del rey y ninguno de Alejandro: así lo decía él mismo. Tú haces de dos uno, y es imposible poder ajustar el amor a la majestad. Paréceme, mis señoras, que todas tres podéis pasar adelante: tú, Aurora, a los trabajadores; tú Amistad, a los semejantes, y tú, Verdad, yo no sé adónde.

Este crítico suceso les iba contando el noticioso Argos a nuestros dos peregrinos del mundo, y les aseguró habérselo oído ponderar al mismo cortesano:

—Aquí, en este puesto —decía—, que por eso me he acordado. Hallábanse ya en lo más eminente de aquel puerto de la varonil edad, corona de la vida, tan superior, que pudieron señorear desde allí toda la humana: espectáculo tan importante cuan agradable, porque descubrían países nunca andados, regiones nunca vistas, como la del Valor y del Saber, las dos grandes provincias de la Virtud y la Honra, los países del Tener y del Poder, con el dilatado reino de la Fortuna y del Mando; estancias todas muy de hombres y que a Andrenio se le hicieron bien extrañas. Mucho les valieron aquí sus cien ojos, que todos los emplearon. Vieron ya muchas personas, que es la mejor vista de cuantas hay, perdóneme hoy la belleza. Pero, cosa rara, que lo que a unos parecía blanco, a otros negro, tal es la variedad de los juicios y gustos; ni hay antojos de colores, que así alteren los ojetos como los afectos.

—Veamos de una cuanto hay —decía Critilo—, que todo se ha de ver y en lo más raro reparar.

Y comenzando por lo más lejos, que como digo se descubría no sólo desde el un cabo del mundo al otro, pero desde el primer siglo hasta éste:

—¿Qué insanos edificios son aquéllos (hablando con la propiedad mariana) que acullá lejos apenas se divisan y a glorias campean?

—Aquéllas —respondió Argos, que de todo daba razón en desengaños—, son las siete maravillas del orbe.

—¿Aquéllas —replicó Andrenio—, maravillas? ¿Cómo es posible? Una estatua, que se ve entre ellas, ¿pudo serlo?

—¡Oh, sí!, que fue coloso de un sol.

—Aunque sea el sol mismo, si es una estatua a mí no me maravilla.

—No fue tan estatua, que no fuese una bien política atención adorando el sol que sale y levantando estatua al poder que amanece.

—Desde ahora la venero. Aquel otro parece sepulcro:

—Y bien extraña.

—¿Cómo puede, siendo sepultura de un mortal?

—¡Oh!, que fue de mármoles y jaspes.

—Aunque fuera el mismo Panteón.

—¿No veis que lo erigió una mujer a su marido?

—¡Oh qué bueno! A trueque de enterrarle, no digo yo de pórfidos, pero diamantes, de perlas, sino lágrimas, habría mujer que le construyese pira.

—Sí, pero aquello de ser Mausolo, que dice permanecer sola, convertida en tortolilla, creedme que fue un prodigio de fe.

—¡Eh!, dejemos maravillas que caducan —dijo Andrenio—. ¿No hay alguna moderna? ¿No hace ya milagros el mundo?

—Sin duda que así como dicen que van degenerando los hombres y siendo más pequeños cuanto más va (de suerte que cada siglo merman un dedo, y a este paso vendrán a parar en títeres y figurillas, que ya poco les falta a algunos), sospecho que también los corazones se les van achicando; y así, se halla tanta falta de aquellos grandes sujetos que conquistaban mundos, que fundaban ciudades, dándolas sus nombres, que era su real faciebat.

—¿Ya no hay Rómulos, ni Alejandros, ni Constantinos?

—También se hallan algunas maravillas flamantes —respondió Argos—, sino que como se miran de cerca, no parecen.

—Antes, habían de verse más, que cuanto más de cerca se miran las cosas mucho mayores parecen.

—¡Oh no! —dijo Argos—, que la vista de la estimación es muy diferente de la de los ojos en esto del aprecio. Con todo eso, atención a aquellas sublimes agujas que campean en la gran cabeza del orbe.

—Aguarda —dijo Critilo—, ¿aquélla tan señalada es la cabeza del mundo? ¿Cómo puede ser si está entre pies de Europa, a pierna tendida de Italia por medio del Mediterráneo, y Napoles su pie?

—Ésa que te parece a ti andar entre pies de la tierra, es el cielo, la coronada cabeza del mundo y muy señora de todo él, la sacra y triunfante Roma, por su valor, saber, grandeza, mando y religión; corte de personas, oficina de hombres, pues restituyéndolos a todo el mundo, todas las demás ciudades la son colonias de policía. Aquellos empinados obeliscos, que en sus plazas majestuosamente se ostentan, son plausibles maravillas modernas. Y advertí una cosa, que con ser tan gigantes, aun no llegan con mucho a la superioridad de prendas de sus santísimos dueños.

—Ora ¿no me dirás una verdad?: ¿qué pretendieron estos sacros héroes con estas agujas tan excelsas?, que aquí algún misterio apuntan digno de su piadosa grandeza.

—¡Oh, sí! —respondió Argos—, lo que pretendieron fue coser la tierra con el cielo, empresa que pareció imposible a los mismos Césares, y éstos la consiguieron. ¿Qué estás mirando tú con tan juicioso reparo?

—Miro —dijo Andrenio—, que en cada provincia hay que notar aquel murciélago de ciudades, anfibia corte, que ni bien está en el mar ni bien en tierra y siempre a dos vertientes.

—¡Oh qué política —exclamó Argos—, que tan de sus principios le viene, tan fundamentalmente comienza! Y deste su raro modo de estar, celebraba el bravo duque de Osuna la razón de su estado. Aquélla es la nombrada canal con que el mismo mar saben traer acanalado a su con Venecia.

—¿No hay maravillas en España? —dijo Critilo, volviendo la mira a su centro—. ¿Qué ciudad es aquélla que tan en punta parece que amenaza al cielo?

—Será Toledo, que a fianzas de sus discreciones, aspira a taladrar las estrellas, si bien ahora no la tiene.

—¿Qué edificio tan raro es aquél que desde el Tajo sube escalando su alcázar, encaramando cristales?

—Ése es el tan celebrado artificio de Juanelo, una de las maravillas modernas.

—No sé yo por qué —replicó Andrenio—, si al uso de las cosas muy artificiosas tuvo más de gasto que de provecho.

—No discurría así —dijo Argos—, cuando lo vio, el eminentemente discreto cardenal Tribulcio, pues dijo que no había habido en el mundo artificio de más utilidad.

—¿Cómo pudo decir eso quien tan al caso discurría?

—Ahí veréis —dijo Argos—, enseñando a traer el agua a su molino desde sus principios, haciendo venir de un cauce en otro al palacio del Católico Monarca el mismo río de la plata, las pesquerías de las perlas, el uno y otro mar, con la inmensa riqueza de ambas Indias.

—¿Qué palacio será aquel —preguntó Critilo—, que entre todos los de la Francia se corona de las flores de oro?

—Gran casa y gran cosa —respondió Argos—. Ése es el trono real, ése la más brillante esfera, ése el primer palacio del Rey Christianísimo en su gran corte de París, y se llama el Lobero.

—¿El Lobero? ¡Qué nombre tan poco cortesano, qué sonsonete de grosería! Por cualquier parte que le busquéis la denominación, suena poco y nada bien. Llamárase el jardín de los más fragantes lilios, el quinto cielo de tanto christanísimo Marte, la popa de los soplos de la fortuna; pero el Lobero no es nombre decente a tanta majestad.

—¡Eh!, que no lo entendéis —dijo Argos—. Creedme que dice más de lo que suena y que encierra gran profundidad. Llámase el Lobero (y no voy con vuestra malicia) porque ahí se les ha armado siempre la trampa a los rebeldes lobos con piel de ovejas; digo, aquellas horribles fieras hugonotas.

—¡Oh qué brillante alcázar aquel otro —dijo Andrenio—, corona de los demás edificios, fuente del lucimiento, comunicándoles a todos las luces de su permanente esplendor! ¿Si sería del augusto Ferdinando Tercero, aquel gran César que está hoy esparciendo por todo el orbe el resplandor de sus ejemplos? También podría ser de aquel tan valerosamente religioso monarca, Juan Casimiro de Polonia, vitorioso primero de sí mismo y triunfante después de tanto monstruo rebelde. ¡Oh qué claridad de alcázar y qué rayos está esparciendo a todas partes! Merece serlo del mismo sol.

—Y lo es —respondió Argos—, digo de aquella sola reina entre cuantas hay, la inmortal Virtelia. Mas por allí habéis de encaminaros para bien ir.

—Yo allá voy, desde luego —dijo Critilo.

—Y allí veréis —añadió Argos— que aunque es tan majestuoso y brillante, aún no es digno epiciclo de tanta belleza. Estando en esta divertida fruición de grandezas, vieron venir hacia sí cierta maravilla corriente: era un criado pronto. Y lo que más les admiró fue que decía bien de su amo. Preguntó, en llegando, cuál era el Argos verdadero, cuando todos por industria lo parecían.

—¿Qué me quieres? —respondió el mismo.

—A ti me envía un caballero, cuyo nombre, ya fama, es Salastano, cuya casa es un teatro de prodigios, cuyo discreto empleo es lograr todas las maravillas, no sólo de la naturaleza y arte, pero más las de la fama, no olvidando las de la fortuna. Y con tener hoy atesoradas todas las más plausibles, así antiguas como modernas, nada le satisface hasta tener alguno de tus muchos ojos, para la admiración y para la enseñanza.

—Toma éste de mi mano —dijo Argos— y llévaselo depositado en este cofrecillo de cristal; y dirásle que lo emplee en tocar con ocular mano todas las cosas antes de creerlas. Partíase tan diligente como gustoso, cuando dijo Andrenio:

—Aguarda, que me ha salteado una curiosa pasión de ver esa casa de Salastano y lograr tanto prodigio.

—Y a mí, de procurar su amistad —añadió Critilo—, ventajosa felicidad de la vida.

—Id —confirmó Argos—, y en tan buena hora, que no os pesará en toda la vida. Fue el viaje peregrino oyéndole referir cosas bien raras.

—Solas las que yo le he diligenciado —decía— pudieran admirar al mismo Plinio, a Gesnero y Aldobrando. Y dejando los materiales portentos de la naturaleza, allí veréis en fieles retratos todas las personas insignes de los siglos, así hombres como mujeres, que de verdad las hay; los sabios y los valerosos, los césares y las emperatrices, no ya en oro, que ésa es curiosidad ordinaria, sino en piedras preciosas y en camafeos.

—Ésa —dijo Critilo—, con vuestra licencia, la tengo por una diligencia inútil, porque yo más querría ver retratados sus relevantes espíritus que el material gesto, que comúnmente en los grandes hombres carece de belleza.

—Uno y otro lograréis en caracteres de sus hazañas, en libros de su doctrina, y sus retratos también; que suele decir mi amo que, después de la noticia de los ánimos, es parte del gusto ver el gesto, que de ordinario suele corresponder con los hechos. Y si por ver un hombre eminente, un duque de Alba los entendidos, un Lope de Vega los vulgares, caminaban muchas leguas, apreciando las eminencias, aquí se caminan siglos.

—Primor fue siempre de acertada política —ponderó Critilo— eternizar los varones insignes en estatuas, en sellos y en medallas, ya para ideas a los venideros, ya para premio a los pasados: véase que fueron hombres y que no son imposibles sus ejemplos.

—Al fin —dijo el criado—, háselos entregado la antigüedad a mi amo, que ya que no los pudo eternizar en sí mismos, se consuela de conservarlos en imágenes. Pero las que muchos celebran y las miran y aun llegan a tocarlas con las manos son las mismas cadenillas de Hércules, que procediéndole a él de la lengua, aprisionaban a los demás de los oídos; y quieren decir las hubo de Antonio Pérez.

—Ésa es una gran curiosidad —ponderó Critilo—, garabato para llevarse el mundo tras sí. ¡Oh gran gracia la de las gentes!

—¿Y de qué son? —preguntó Andrenio—, porque de hierro, cierto es que no serán.

—En el sonido parecen de plata y en la estimación de perlas de una muy cortesana elocuencia.

A este modo les fue refiriendo raras curiosidades, cuando descubrieron desde un puesto bien picante, en el centro de un gran llano, una ciudad siempre vitoriosa.

—Aquel ostentoso edificio con rumbos de palacio —dijo— es la noble casa de Salastano, y éstos que ya gozamos sus jardines.

Fuelos introduciendo por un tan delicioso cuan dilatado parque que coronaban frondosas plantas de Alcides, prometiéndole en sus hojas, por símbolos de los días, eternidades de fama. Comenzaron a registrar fragantes maravillas, toparon luego con el mismo laberinto de azares, cárcel del secreto, amenazando riesgos al que le halla y evidentes al que le descubre. Más adelante se veía un estanque, gran espejo, del cielo, surcado de canoros cisnes y aislado en medio de él un florido peñón, ya culto Pindo. Paseábase la vista por aquellas calles entapizadas de rosas y mosquetas, alfombradas de amaranto, la yerba de los héroes, cuya propiedad es inmortalizarlos. Admiraron el lotos, planta también ilustre, que de raíces amargas de la virtud rinde los sabrosos frutos del honor. Gozaron flores a toda variedad, y todas raras, unas para la vista, otras para el olfato, y otras hermosamente fragantes, acordando misteriosas transformaciones. No registraban cosa que no fuese rara, hasta las sabandijas, tan comunes en otras huertas, aquí eran extraordinarias, porque estaban los camaleones en alcándaras de laureles, dándose hartazgos de vanidad. Volaban sin parar las efímeras, traídas del Bósforo, con sus cuatro alas, solicitando la comodidad para siglos, no habiendo de vivir sino un día: viva imagen de la necia codicia. Aquí se oían cantar, y las más veces gemir, las pintadas avecillas del paraíso con picos de marfil, pero sin pies, porque no le han de hacer en cosa terrena. Sintieron un ruido como de campanilla, y al mismo instante apretó a huir el criado, voceándoles su riesgo al ver el venenoso ceraste, que él mismo cecea para que todo entendido huya de su lascivo aliento. Entraron con esto dentro de la casa, donde parecía haber desembarcado la de Noé, teatro de prodigios tan a sazón, que estaba actualmente el discreto Salastano haciendo ostentación de maravillas a la curiosidad de ciertos caballeros, de los muchos que frecuentan sus camarines. Hallábase allí don Juan de Balboa, teniente de maese de campo general, y don Alonso de Mercado, capitán de corazas españolas, ambos muy bien hablados, tan alumnos de Minerva como de Belona, con otros de su discreción bizarra. Tenía uno en la mano, celebrando con lindo gusto una redomilla llena de las lágrimas y suspiros de aquel filósofo llorón, que más abría los ojos para llorar que para ver, cuando de todo se lamentaba.

—¡Qué hiciera éste si hubiera alcanzado estos nuestros tiempos! —Ponderaba don Francisco de Araujo, capitán también de corazas, basta decir portugués para galante y entendido—. Si él hubiera visto lo que nosotros pasado, tal fatalidad de sucesos y tan conjuración de monstruosidades, sin duda que hubiera llenado cien redomas, o se hubiera podrido de todo punto.

—Yo —dijo Balboa— más estimara un otro frasquillo de las carcajadas de aquel otro socarrón su antípoda, que de todo se reía.

—Ése, señor mío, de la risa —respondió Salastano— yo le gasto, y el otro le guardo.

—¡Oh!, cómo llegamos a buen punto —dijo el criado, presentándoles el nuevo ocular portento— para que se desengañe Critilo, que no acaba de creer haya en el mundo muchas de las cosas raras que ha de ver esta tarde. Suplícote, me desempeñes a excesos.

—Pues ¿en qué dudáis? —dijo Salastano, después de haber hecho la salva a su venida—. ¿Qué os puede ya parecer imposible, viendo lo que pasa? ¿Qué queda ya que dudar en los ensanches de la fortuna que ya los prodigios de la naturaleza y arte no suponen?

—Yo os confieso —dijo Critilo— que he tenido siempre por un ingenioso embeleco el basilisco, y no soy tan solo que sea necio; porque aquello de matar en viendo parece una exageración repugnante, en que el lecho está desmintiendo el testigo de vista.

—¿En eso ponéis duda? —replicó Salastano—. Pues advertid que ése no le tengo yo por prodigio, sino por un mal cotidiano. ¡Pluguiera al cielo no fuera tanta verdad! Y si no, decime; un médico en viendo un enfermo, ¿no le mata? ¿Qué veneno como el de su tinta en un récipe?, ¿qué basilisco más criminal y pagado que un Hermócrates, que aun soñando mató a Andrágoras? Dígoos que dejan atrás a los mismos basiliscos, pues aquéllos poniéndoles un cristal delante, ellos se matan a sí mismos; y éstos, poniéndoles un vidrio que trajeron de un enfermo, con sólo mirarle, le echaban en la sepultura estando cien leguas distante. «Déjenme ver el proceso, dice el abogado, quiero ver el testamento, veamos papeles», y tal es el ver, que acaba con la hacienda y con la substancia del desdichado litigante, que en ir a él ya fue mal aconsejado. Pues qué, un príncipe, con sólo decir: «Yo lo veré», ¿no deja consumido a un pretendiente? ¿No es basilisco mortal una belleza, que si la miráis, mal, y si ella os mira, peor? ¡Con cuántos ha acabado aquel vulgar veremos, el pesado veámonos, el prolijo verse ha y el necio ya lo tengo visto! Y todo, malmirado, ¿no mata? Creedme, señores, que está el mundo lleno de basiliscos del ver y aun del no ver, por no ver y no mirar. Así estuvieran todos como éste.

Y mostróles uno embalsamado.

—Yo también —prosiguió Andrenio—, siempre he tenido por un encarecimiento ingenioso el unicornio, aquello de que en bañando él su punta, al punto purifica las emponzoñadas aguas, está bien inventado, mas no experimentado.

—Más dificultoso es eso —respondió Salastano—, porque hacer bien, más raro es en el mundo que hacer mal; más usado el matar que el dar vida. Con todo, veneramos algunos destos prodigios salutíferos que con la eficacia de su buen celo, han ahuyentado los pestilenciales venenos y purificado las aguas populosas. Y si no, decidme, aquel nuestro inmortal héroe el rey católico don Fernando, ¿no purificó a España de los moros y de judíos, siendo hoy el reino más católico que reconoce la Iglesia? El rey don Felipe el Dichoso, porque bueno, ¿no purgó otra vez a España del veneno de los moriscos en nuestros días? ¿No fueron éstos, salutíferos unicornios? Bien es verdad que en otras provincias no se hallan así frecuentes ni tan eficaces como en ésta; que si eso fuera, no hubiera ya ateísmos donde yo sé, ni herejías donde yo callo, cismas, gentilismos, perfidias, sodomías y otros mil géneros de monstruosidades.

—¡Oh!, señor Salastano —replicó Critilo—, que ya hemos visto algunos déstos en otras partes, que han procurado con christianísimo valor debelar las oficinas del veneno rebelde a Dios y al rey, donde se habían hecho fuertes estas ponzoñozas sabandijas.

—Yo lo confieso —dijo Salastano—, pero temo no fuese más por razón de Estado; digo, no tanto por ser rebeldes al cielo cuanto a la tierra. Y si no, decidme, ¿a qué otros reinos extraños los desterraron? ¿Qué Áfricas poblaron de herejes, como Filipo de moriscos? ¿Qué tributos a millones perdieron, como Fernando? ¿Qué Ginebras han arrasado, que Moravias despoblado, como hoy día el piadoso Ferdinando?

—No os canséis, que esa pureza de fe —ponderó Balboa—, sin consentir mezcla, sin sufrir un átomo de veneno infiel, creedme que es felicidad de los Estados de la casa de España y de Austria, debida a sus coronados unicornios.

—A cuyo real ejemplo —prosiguió Salastano—, vemos sus cristianos generales y virreyes limpiar las provincias que gobiernan y los ejércitos que conducen del veneno de los vicios. Don Álvaro de Sande, tan religioso como valiente, ¿no desterró los juramentos de la católica milicia, condenándolos a infamia? Don Gonzalo de Córdoba, ¿no purificó los ejércitos de insultos y de torpezas? El duque de Alburquerque en Cataluña y el conde de Oropesa en Valencia, ¿no libraron aquellos dos reinos, siendo justicieros presidentes, del veneno sanguinario y bandolero? ¿Qué tóxico de vicios no ha ahuyentado desde nuestro reino de Aragón con su ejemplo y con su celo el inmortal conde de Lemos? Llegaos a este camarín, que os quiero franquear los muchos preservativos y contravenenos que yo guardo. En este rico vaso de unicornio han brindado la pureza de la fe los Católicos Reyes de España. Estas arracadas, también de unicornio, traía la señora reina doña Isabel para guardar el oído de la ponzoña de las informaciones malévolas. Con este anillo confortaba su invicto corazón el emperador Carlos Quinto. En esta caja, conficionada de aromas, llegaos y percibid su fragancia, han conservado siempre el buen nombre de su honestidad y recato las señoras reinas de España.

Fueles mostrando otras muchas piezas muy preciosas, haciendo la prueba y confesando todos su virtud eficaz.

—¿Qué dos puñales son aquellos que están en el suelo? —preguntó Araujo—, que aunque van por tierra, no carecen de misterio.

—Ésos fueron —respondió Salastano— los puñales de ambos Brutos.

Y dándoles del pie, sin quererlos tocar con su leal mano.

—Éste —dijo— fue de Junio, y este otro de Marco.

—Con razón los tenéis en tan despreciable lugar, que no merecen otro las traiciones, y más contra su rey y señor, aunque sea el monstruo Tarquinado.

—Decís bien —respondió Salastano—, pero no es ésa la razón principal por que los he arrojado en el suelo.

—Pues ¿cuál?, que será juiciosa.

—Porque ya no admiran. En otro tiempo, por singulares se podían guardar. Mas ya no suponen, no espantan ya; antes son niñería después que un cuchillo infame en la mano de un verdugo, mandado de la mal ajustada justicia, llegó a la real garganta. Pero no me atrevo yo a referir lo que ellos ejecutar; erizáronseles los cabellos a cuantos lo oyeron, oyen y oirán; único, no ejemplar, sino monstruo: sólo digo que ya los brutos se han quedado muy atrás.

—Algunas cosas tenéis aquí, señor Salastano, que no merecen estar entre las demás —dijo Critilo—. Mucha desigualdad hay; porque ¿de qué sirve aquel retorcido caracol que allí tenéis?, una alhaja tan vil que anda ya en bocas de villanos para recoger bestias. ¡Eh, sacadle de ahí, que no vale un caracol! Aquí, suspirando, Salastano dijo:

—¡Oh tiempos, oh costumbres! Este mismo, ahora tan profanado, en aquel dorado siglo resonaba por todo el orbe en la boca de un Tritón pregonando las hazañas, llamando a ser personas y convocando los hombres a ser héroes. Mas si eso os parece civil reparo, quiero mostraros el prodigio que yo más estimo: hoy habéis de ver los bizarrísimos airones, los encrespados penachos de la misma fénix.

Aquí, sonriéndose todos:

—¿Qué otro ingenioso imposible es ése? —dijeron. Pero Salastano:

—Ya sé que muchos la niegan y los más la dudan, y que no lo habéis de creer; mas yo quedaré satisfecho con mi verdad. Yo, también, a los principios la dudé, y más que en nuestro siglo la hubiese. Con esta curiosidad, no perdoné ni a diligencia ni a dinero. Y como éste dé alcance a cuanto hay, aun los mismos imposibles, haciendo reales los entes de razón, hallé que verdaderamente las hay y las ha habido: bien que raras y una sola en cada siglo. Y si no, decidme, ¿cuántos Alejandros Magnos ha habido en el mundo, cuántos Julios en tantos Agostos, qué Teodosios, qué Trajanos? En cada familia, si bien lo censuráis, no hallaréis sino una Fénix. Y si no, pregunto, ¿cuántos don Hernandos de Toledo ha habido, duques de Alba? ¿Cuántos Anas de Memoransi? ¿Cuántos Álvaros Bazanes, marqueses de Santa Cruz? Un solo marqués del Valle admiramos, un Gran Capitán, duque de Sessa, aplaudimos, un Vasco de Gama y un Alburquerque celebramos. Hasta de un nombre no oiréis dos famosos: sólo un don Manuel rey de Portugal; un solo Carlos Quinto y un Francisco Primero de Francia. En cada linaje no suele haber sino un hombre docto, un valiente y un rico; y éste yo lo creo, que las riquezas no envejecen. En cada siglo no se ha conocido sino un orador perfecto, confiesa el mismo Tulio, un filósofo, un gran poeta. Una sola Fénix ha habido en muchas provincias, como un Carlos en Borgoña, Castrioto en Chipre, Cosme en Florencia y don Alfonso el Magnánimo en Nápoles. Y aunque este nuestro siglo ha sido tan pobre de eminencias en la realidad, con todo esto, quiero ostentar las plumas de algunos inmortales fénix. Ésta es (y sacó una bellísimamente coronada) la pluma de la fama de la reina nuestra señora doña Isabel de Borbón, que siempre lo han sido las Isabeles en España, con excepción de la singularidad. Con esta otra voló a la esfera de la inmortalidad la más preciosa y más fecunda Margarita. Con éstas coronaban sus celadas el marqués Espinóla, Galaso, Picolomini, don Felipe de Silva y hoy el de Mortara. Con estas otras escribieron Baronio, Belarmino, Borbosa, Lugo y Diana y con ésta el marqués Virgilio Malveci.

Confesaron todos la enterísima verdad y convirtieron sus incredulidades en aplausos.

—Todo eso está bien —replicó Critilo—. Sólo una cosa yo no puedo acabar de creer, aunque muchos la afirman.

—¿Y qué es? —preguntó Salastano.

—No hay que tratar, que yo no la he de conceder: ¡Eh, que no es posible! Nos os canséis, que no lleva camino.

—¿Es acaso aquel pescadillo tan vil y tan sin jugo, sin sabor y sin ser, que en fe de su flaqueza ha detenido tantas veces los navios de alto bordo, las mismas capitanas reales, que iban viento en popa al puerto de su fama? Porque éste aquí le tengo yo acecinado.

—No es sino aquel prodigio de la mentira, aquel superlativo embeleco, aquel mayor imposible: el pelicano. Yo confieso que hay basilisco, yo creo el unicornio, yo celebro la fénix; yo paso por todo, pero el pelicano no le puedo tragar.

—Pues ¿en qué reparáis? ¿Por ventura, en el picarse el pecho, alimentando con sus entrañas los polluelos?

—No, por cierto, ya yo veo que es padre y que el amor obra tales excesos.

—¿Dudáis acaso en que, ahogados de la envidia, los resucite?

—Menos, que si la sangre hierve, obra milagros.

—Pues ¿en qué reparáis?

—Yo os lo diré, en que haya en el mundo quien no sea entremetido, que se halle uno que no guste de hablar, que no mienta, no murmure, no enrede, que viva sin embeleco: eso yo no lo he de creer.

—Pues advertid que ese pájaro solitario, en nuestros días lo vimos en el Retiro entre otras aladas maravillas.

—Si eso es así —dijo Critilo—, él dejó de ser ermitaño y se puso a entremetido.

—¿Qué arma tan extraordinaria es aquélla? —preguntó, como tan soldado, don Alonso.

—Estorea —respondió Salastano—, y fue de la reina de las amazonas, trofeos de Hércules, con el Balteo, que pudo entrar en docena.

—¿Y es preciso —replicó Mercado— creer que hubo amazonas?

—No sólo que las hubo, sino que las hay de hecho y en hechos. ¿Y qué, no lo es hoy la serenísima señora doña Ana de Austria, florida reina de Francia, así como lo fueron siempre todas las señoras infantas de España que coronaron de felicidades y de sucesión aquel reino? ¿Qué es sino una valerosa amazona la esclarecida reina Polona, Belona digo christiana, siempre al lado de su valeroso Marte en las campañas? Y la excelentísima duquesa de Cardona, ¿no se portó muy como tal, encarcelada donde había sido virreina? Pero venerando, que no olvidando tantos plausibles prodigios, quiero que veáis otro género dellos tenidos por increíbles.

Y al mismo punto les fue mostrando con el dedo un hombre de bien en estos tiempos, un oidor sin manos, pero con palmas, y lo que más es, su mujer; un grande de España desempeñado, un príncipe en esta era dichoso, una reina fea, un príncipe oyendo verdades, un letrado pobre, un poeta rico, una persona real que murió sin que se dijese que de veneno, un español humilde, un francés grave y quieto, un alemán agudo (y juró Balboa era el Barón de Sabac), un privado no murmurado, un príncipe christiano en paz, un docto premiado, una viuda de Zaragoza flaca, un necio descontento, un casamiento sin mentiras, un indiano liberal, una mujer sin enredo, uno de Calatayud en el limbo, un portugués necio, un real de a ocho en Castilla, Francia pacífica, el septentrión sin herejes, el mar constante, la tierra igual, y el mundo mundo.

En medio de esta folla de maravillas, entró un otro criado que en aquel punto llegaba de muy lejos, y recibióle Salastano con extraordinarias demostraciones de gusto.

—Seas tan bien llegado como esperado. ¿Hallaste, dime, aquel portento tan dudado?

—Señor, sí.

—¿Y tú le viste?

—Y le hablé.

—¡Que tal preciosidad se halla en la tierra, que es verdad! Ahora digo, señores, que es nada cuanto habéis visto; ciegue el basilisco, retírese la fénix, enmudezca el pelicano. Estaban tan atónitos cuan atentos los discretos huéspedes oyendo tales exageraciones, muy deseosos de saber cuál fuese el objeto de tan grande aplauso.

—Dinos presto lo que viste —instó Salastano—, no nos atormentes con suspensiones.

—Oíd, señores —comenzó el criado—, la más portentosa maravilla de cuantas habéis visto ni oído.

Pero lo que él les refirió diremos fielmente después de haber contado lo que le pasó a la Fortuna con los Bragados y Comados.

Crisi tercera

La cárcel de oro y calabozos de plata

Cuentan, y yo lo creo, que una vez, entre otras, tumultuaron los franceses y con la ligereza que suelen se presentaron delante de la Fortuna, tragando saliva y vomitando saña.

—¿Qué murmuráis de mí —dijo ella misma—, que me he vuelto española? Sed vosotros cuerdos, que nunca para mi rueda; por eso lo es; ni a vosotros os para cosa en las manos; todo se os rueda dellas. Será, sin duda, algún antojo (y por lo envidioso, de larga vista) de la felicidad de España.

—¡Oh madrastra nuestra —respondieron ellos— y madre de los españoles, cómo te sangras en salud! ¿Es posible que siendo la Francia la flor de los reinos por haber florecido siempre en todo lo bueno, desde el primer siglo hasta hoy, coronada de reyes santos, sabios y valerosos, silla un tiempo de los romanos pontífices, trono de la tetrarquía, teatro de las verdaderas hazañas, escuela de la sabiduría, engaste de la nobleza y centro de toda virtud, méritos todos dignos de los primeros favores y de inmortales premios: es posible que, dejándonos a nosotros con las flores, les des a los españoles los frutos? ¿Qué mucho hagamos extremos de sentimiento contigo, si tú con ellos haces excesos de favor? Dísteles las unas y las otras Indias, cuando a nosotros una Florida en el nombre, que en la realidad muy seca. Y como cuando tú comienzas a perseguir a unos y favorecer a otros, no paras hasta que apuras, has llegado a verificar con ellos los que antes se tenían por entes de quimera, haciendo plásticos los mismos imposibles, como son ríos de plata, montes de oro, golfos de perlas, bosques de aromas, islas de ámbares; y sobre todo, los has hecho señores de aquella verdadera cucaña donde los ríos son de miel, los peñascos de azúcar, los terrones de bizcochos: y con tantos y tan sabrosos dulces, dicen que es el Brasil un paraíso confitado. Todo para ellos y nada para nosotros. ¿Cómo se puede tolerar?

—¡No digo yo —exclamó la Fortuna— que vosotros sois unos ingratos, sobre necios! ¿Cómo que no os he dado las Indias, eso podéis negar con verdad? Indias os he dado y bien baratas, y aun de mogollón, como dicen, pues sin costaros nada. Y si no, decidme, ¿qué Indias para Francia como la misma España? Venid acá: lo que los españoles ejecutan con los indios, ¿no lo desquitáis vosotros con los españoles? Si ellos los engañan con espejillos, cascabeles y alfileres, sacándoles con cuentas los tesoros sin cuento, vosotros con lo mismo, con peines, con estuchitos y con trompas de París, ¿no les volvéis a chupar a los españoles toda la plata y todo el oro? Y esto, sin gastos de flotas, sin disparar una bala, sin derramar una gota de sangre, sin labrar minas, sin penetrar abismos, sin despoblar vuestros reinos, sin atravesar mares. Anda y acaba de conocer esta certísima verdad y estimadme este favor. Creedme que los españoles son vuestros indios y aun más desatentos, pues que con sus flotas os traen a vuestras casas la plata ya acendrada y ya acuñada, quedándose ellos con el vellón cuando más trasquilados.

No pudieron negar esta verdad tan clara. Con todo eso, no parecían quedar satisfechos, antes andaban murmurando allá entre dientes.

—¿Qué es eso? —dijo la Fortuna—. Hablad claro, acabá, decí.

—Quisiéramos, madama, que ese favor fuera cumplido y que así como nos has dado el provecho, nos dieses también la honra, para que no trajésemos a casa la plata, sirviendo a los españoles con la vileza que sabemos y la esclavitud que callamos.

—¡Oh qué lindo —alzó la voz de la Fortuna—, bueno por mi vida! Mosiures, honra y doblones no caben en un saco. ¿No sabéis que allá, cuando se repartieron los bienes, a los españoles les cupo la honra, a los franceses el provecho, a los ingleses el gusto y a los italianos el mando?

Cuán incurable sea esta hidropesía del oro, intenta ponderar esta crisi después de haberse desempeñado de aquel plausible portento que el criado de Salastano, con gran gusto de todos, refirió desta suerte:

—Partí, señor, en virtud de un precepto, en busca de aquel raro Prodigio: el amigo verdadero. Fui preguntando por él a unos y a otros, y todos me respondían con más risa que palabras; a unos se les hacía nuevo, a otros inaudito, y a todos imposible:

—Amigo fiel y verdadero, ¿y cómo ha de ser, y en estos tiempos y en este país? Mas lo extrañaban que el fénix.

—Amigos de la mesa, del coche, de la comedia, de la merienda, de la huelga, del paseo, el día de la boda, en la privanza y en la prosperidad —me respondió Timón el de Luciano— de ésos bien hallaréis hartos, y más cuando más hartos, que a la hora del comer son sabañones y a la de ayunar son callos.

—Amigos, mientras me duró el valimiento, bien tenía yo —dijo un caído—. No tenían número por muchos, ni agora por ninguno.

Pasé adelante, y díjome un discreto:

—¿Cómo es eso? ¿De modo que buscáis un otro yo? Ese misterio sólo en el cielo se halla.

—Yo he visto cerca de cien vendimias —me respondió uno, y diría verdad, porque parecía del buen tiempo—, y conque toda la vida he buscado un amigo verdadero, no he podido hallar sino medio, y ése a prueba.

—Allá en tiempo que rabiaban los reyes, digo, cuando se enojaban, oí contar —dijo una vieja— de un cierto Pilades y Orestes una cosa como ésa. Pero a fe, fijo, yo siempre lo he tenido más por conseja que por consejo.

—No os canséis en eso —me juró y votó un soldado español—, porque yo he rodeado y aun rodado todo el mundo, y siempre por tierras de mi rey, y con que he visto cosas bien raras, como los gigantes en la tierra del fuego, los pigmeos en el aire, las amazonas en el agua de su río, los que no tienen cabeza, que son muchos, y los de sólo un ojo y ése en el estómago, los de un solo pie a lo grullo sirviéndoles de tejado, los sátiros y los faunos, batuecos y chichimecos, sabandijas todas que caben en la gran monarquía española, yo no he topado ese gran prodigio que ahora oigo. Sola dejé de ver la isla Atlántida, por incógnita: podría ser que allí estuviese, como otras cien mil cosas buenas, que no se hallan.

—Que no está tan lejos como eso —le dije—, antes me aseguran le he de hallar dentro de España.

—Eso no creeré yo —replicó un crítico—, porque primeramente él no estará donde hincan el clavo por la cabeza, nunca cediendo al ajeno dictamen aun del más acertado amigo. Menos donde, de cuatro partes, las cinco son palabras: y amistad es obras, y obras son amores. Pues donde no se dejan falar, sino por serviles farautes, tampoco, que aun de sí mesmos no se dignan aquellos señores fidalgos. En tierra corta, donde todo es poca cosa, yo lo dudo: y hablemos quedo, no nos oigan, que harán punto de esto mismo. Pues donde todo se va en flor, sin fruto, es cosa de risa y allí todos los hidalgos, aunque muchos, corren a lo de Guadalajara.

—¿Y en Cataluña?, señor mío —repliqué yo.

—Ahí aún podría ser, que los catalanes saben ser amigos de sus amigos.

—También son malos para enemigos.

—Bien se ve, piénsanlo mucho antes de comenzar una amistad, pero una vez confirmada, hasta las aras.

—¿Cómo puede ser eso —instó un forastero—, si allí se hereda la enemistad y llega más allá del caducar la venganza, siendo fruta de la tierra la bandolina?

—Y aun por eso —respondió—, que quien no tiene enemigos tampoco suele tener amigos.

Con estas noticias me fui empeñando la Cataluña adentro; corríla toda, que bien poco me faltaba, cuando me sentí atraer el corazón de los imanes de una agradable estancia, antigua casa, pero no caduca. Fuime entrando por ella, como Pedro por ésta, y notando a toda observación cuanto veía: que de las alhajas de una casa se colige el genio de su dueño. No encontré en toda ella ni con niños ni con mujeres; hombres, sí, y mucho, aunque no muchos, que a prueba me introdujeron allá; criados, pocos, que de los enemigos, los menos. Estaban cubiertas las paredes de retratos, en memoria de los ausentes, alternados con unos grandes espejos, y ninguno de cristal, por excusar toda quiebra; de acero, sí, y de plata, tan tersos y tan claros como fieles. Todas las ventanas, con sus cortinillas, no tanto defensivo contra el calor, cuanto contra las moscas, que aquí no se toleran ni enfadosos ni entremetidos. Penetramos al corazón de la casa, al último retrete, donde estaba un prodigio triplicado, un hombre compuesto de tres, digo tres que hacían uno, porque tenía tres cabezas, seis brazos y seis pies. Luego que me brujuleó, me dijo:

—¿Búscasme a mí o a ti mismo? ¿Vienes al uso de todos, que es buscarse a sí mismos cuando más parece que buscan un amigo? Y si no se advierte antes, se experimenta después que no los trae otro que su provecho o su honra o su deleite.

—¿Quién eres tú —le dije—, para saber si te busco?; aunque por lo raro ya podría.

—Yo soy —me respondió— el de tres uno, aquel otro yo, idea de la amistad, norma de cómo han de ser los amigos; yo soy el tan nombrado Gerión. Tres somos y un solo corazón tenemos, que el que tiene amigos buenos y verdaderos, tantos entendimientos logra: Sabe por muchos, obra por todos, conoce y discurre con los entendimientos de todos, ve por tantos ojos, oye por tantos oídos, obra por tantas manos y diligencia con tantos pies; tantos pasos da en su conveniencia como dan todos los otros; mas entre todos, sólo un querer tenemos, que la amistad es un alma en muchos cuerpos.

El que no tiene amigos no tiene pies ni manos, manco vive, a ciegas camina. Y ¡ay del solo!, que si cayere no tendrá quien le ayude a levantar.

Luego que le oí, exclamé:

—¡Oh gran prodigio de la amistad verdadera, aquella gran felicidad de la vida, empleo digno de la edad varonil, ventaja única del ya hombre!: a ti te busco, criado soy de quien tan bien te estima cuan bien te conoce y hoy solicita tu correspondencia, porque dice que sin amigos del genio y del ingenio no vive un entendido, ni se logran las felicidades, que hasta el saber es nada si los demás no saben que tú sabes.

—Ahora digo —me respondió el Gerión— que es bueno para mi amigo Salastano. Buen gusto tiene en tenerlos, que lo demás es envidiarse los bienes con necia infelicidad. ¡Oh qué bien decía aquel grande amigo de sus amigos y que tan bien lo sabía ser, el duque de Nochera!: «No me habéis de preguntar qué quiero comer hoy, sino con quién», que del convivir se llamó convite.

Desta suerte fue celebrando las excelencias de la amistad, y a lo último:

—Quiero —dijo— que resgistres mis tesoros, que para los amigos siempre están patentes y aun ellos son los mayores.

Mostróme lo primero la granada de Dario, ponderando que los tesoros del sabio no son los rubíes ni los zafiros, sino los Zopiros.

—Mira bien esta sortija, que el amigo ha de venir como anillo en dedo: ni tan apretado que lastime, ni tan holgado que no ajuste, con riesgo de perderse. Atiende mucho a este diamante, no falso, sí al tope cuando conviene y aun haciendo punta, otras veces cuadrado y en almohada del consejo, con muchos fondos y quilates de fineza, tan firme que ni en el ayunque quiebra expuesto a los golpes de la fortuna, ni con las llamas de la cólera falta, ni con el unto de la lisonja ni del soborno se ablanda: sólo el veneno de la sospecha le puede hacer mella.

Fue haciendo erudito alarde de preciosísimos símbolos de la amistad. A lo último, sacó una bugetilla de olor que despedía confortativa fragancia; y cuando yo creí ser alguna quinta esencia de ámbar realzado del almizcle, me dijo:

—No es sino de un rancio néctar de un vino, aunque viejo más jubilante que jubilado; bueno para amigo, que conforte el corazón, que le alivie y le alegre y juntamente sane las morales llagas.

Entregóme al despedirme esta lámina preciosa con este su retrato dedicado a la amigable fineza.

Miráronle todos con admiración y aun repararon en que aquellos rostros eran sus verdaderos retratos, ocasión de quedar declarada y confirmada la amistad entre todos muy a la enseñanza del Gerión: feliz empleo de la varonil edad.

Despidiéronse ya, sin partirse, los soldados para sus alojamientos, que en esta vida no hay cosa propia. Nuestros dos peregrinos del mundo, no pudiendo hacer alto en el viaje de vivir, salieron a proseguirle por la Francia.

Vencieron las asperezas del hipócrita Pirineo, desmentidor de su nombre a tanta nieve, donde muy temprano el invierno tiende sus blancas sábanas y se acuesta. Admiraron con observación aquellas gigantes murallas con que la atenta naturaleza afectó dividir estas dos primeras provincias de la Europa, a España de la Francia, fortificando la una contra la otra con murallas de rigores, dejándolas tan distantes en lo político cuando tan confinantes en lo material. Y ahora conocieron con cuánto fundamento de verdad aquel otro cosmógrafo había delineado en un mapa estas dos provincias en los dos extremos del orbe; caso bien reído de todos: de unos, por no entendido, y de otros por aplaudido. Al mismo punto que metieron el pie en Francia conocieron sensiblemente la diferencia en todo, en el temple, clima, aire, cielo y tierra, pero mucho más la total oposición de sus moradores en genios, ingenios, costumbres, inclinaciones, naturales, lengua y trajes.

—¿Qué te ha parecido de España? —dijo Andrenio—. Murmuremos un rato della aquí donde no nos oyen.

—Y aunque nos oyeran —ponderó Critilo—, son tan galantes los españoles, que no hicieran crimen de nuestra civilidad. No son tan sospechosos como los franceses; más generosos corazones tienen.

—Pues, dime, ¿qué concepto has hecho de España?

—No malo.

—¿Luego bueno?

—Tampoco.

—Según eso, ¿ni bueno ni malo?

—No digo eso.

—¿Pues qué?

—Agridulce.

—¿No te parece muy seca, y que de ahí les viene a los españoles aquella su sequedad de condición y melancólica gravedad?

—Sí, pero también es sazonada en sus frutos y todas sus cosas son muy substanciales. De tres cosas dicen se han de guardar mucho en ella, y más los extranjeros.

—¿De tres solas? ¿Y qué son?

—De sus vinos, que dementan; de sus soles, que abrasan; y de sus femeniles lunas, que enloquecen.

—¿No te parece que es muy montuosa, y aun por eso poco fértil?

—Así es, pero muy sana y templada; que si fuera llana, los veranos fuera inhabitable.

—Está muy despoblada.

—También vale uno de ella por ciento de otras naciones.

—Es poco amena.

—No la faltan vegas muy deliciosas.

—Está aislada entre ambos mares.

—También está defendida y coronada de capaces puertos y muy regalada de pescados.

—Parece que está muy apartada del comercio de las demás provincias y al cabo del mundo.

—Aún había de estarlo más, pues todos la buscan y la chupan lo mejor que tiene: sus generosos vinos Inglaterra, sus finas lanas Holanda, su vidrio Venecia, su azafrán Alemania, sus sedas Nápoles, sus azúcares Génova, sus caballos Francia, y sus patacones todo el mundo.

—Dime, y de sus naturales ¿qué juicio has hecho?

—Ahí hay más que decir, que tienen tales virtudes como si no tuviesen vicios, y tienen tales vicios como si no tuviesen tan relevantes virtudes.

—No me puedes negar que son los españoles muy bizarros.

—Sí, pero de ahí les nace el ser altivos. Son muy juiciosos, no tan ingeniosos. Son valientes, pero tardos; son leones, mas con cuartana. Muy generosos, y aun perdidos, parcos en el comer y sobrios en el beber, pero superfluos en el vestir. Abrazan todos los extranjeros, pero no estiman los propios. No son muy crecidos de cuerpo, pero de grande ánimo. Son poco apasionados por su patria, y trasplantados son mejores; son muy allegados a la sazón, pero arrimados a su dictamen. No son muy devotos, pero tenaces de su religión. Y absolutamente es la primer nación de Europa: odiada, porque envidiada.

Más dijeran si no les interrumpiera su vulgar murmuración un otro pasajero, que con serlo y tan de priesa, tomaba muy de veras el vivir. Veníase encaminando hacia ellos. Y Critilo:

—Éste —dijo— es el primer francés que topamos. Notemos bien su genio, su hablar y su proceder, para saber cómo nos habemos de portar con los otros.

—¿Pues qué, visto uno, estarán vistos todos?

—Sí, que hay genio común en las naciones, y más en ésta. Y la primera treta del trato es no vivir en Roma a lo húngaro, como algunos, que en todas partes viven al revés.

La primera pregunta que el francés les hizo, aun antes de saludarlos, viendo que iban de España, fue si había llegado la flota. Respondiéronle que sí, y muy rica. Y cuando creyeron se había de desazonar mucho con la nueva, fue tan al contrario que comenzó a dar saltos de placer, haciéndose son a sí mismo. Admirado Andrenio, le preguntó:

—Pues, ¿de eso te alegras tú, siendo francés?

Y él:

—¿Por qué no, cuando las más remotas naciones la festejan?

—¿Pues de qué provecho le es a Francia que enriquezca España y se le aumente su potencia?

—¡Oh, qué bueno está eso! —dijo el mosiur—. ¿No sabéis vosotros que un año que no vino la flota por cierto incidente, no le pudieran hacer guerra al Rey Católico ninguno de sus enemigos? Y ahora frescamente, cuando se ha alterado algo la plata del Pirú, ¿no se han turbado todos los príncipes de Europa, y todos sus reinos con ellos? Creedme que los españoles brindan flotas de oro y plata a la sed de todo el mundo. Y pues venís de España, muchos doblones trairéis.

—No, por cierto —respondió Critilo—, de lo que menos nos habemos curado.

—¡Pobres de vosotros, qué perdidos venís! —exclamó el francés—. Basta que aun no sabéis vivir con ir tan adelante, que hay muchos que aun a la vejez no han comenzado a vivir. ¿No sabéis que el hombre da principio a la vida por el deleite cuando mozo, pasa al provecho ya hombre, y acaba viejo por la honra?

—Venimos —le dijeron— en busca de una reina que si por gran dicha nuestra la topamos, nos han asegurado que con ella hallaremos cuanto bien se puede desear. Y aun decía uno que todos los bienes le habían entrado a la par con ella.

—¿Cómo decís que se nombra?

—Sí, que bien nombrada es: la plausible Sofisbella.

—Ya sé quién decís. Ésa, en otro tiempo, bien estimada era en todo el mundo por su mucha discreción y prendas; mas ya, por pobre, no hay quien haga caso ni casa della: en viéndola sin dote en oro y plata, muchos la tienen por necia y todos por infeliz. Es cosa de cuento todo lo que no es de cuenta. Entended una cosa, que no hay otro saber como el tener, y el que tiene es sabio, es galán, valiente, noble, discreto y poderoso: es príncipe, es rey y será cuanto él quisiere. Lástima me hacéis de veros tan hombres y tan poco personas. Ora venid conmigo, echaremos por el atajo del valer, que aún tendréis remedio.

—¿Dónde nos piensas llevar?

—Donde halléis, hombres, lo que mozos desperdiciastes. ¡Cómo se echa de ver que no sabéis vosotros en qué siglo vivís! Vamos andando, que yo os lo diré.

Y preguntó:

—¿En cuál pensáis vivir?, ¿en el del oro o en el del lodo?

—Yo diría —respondió Critilo— que en el de hierro: con tantos, todo anda errado en el mundo y todo al revés; si ya no es el de bronce, que es peor, con tanto cañón y bombarda, todo ardiendo en guerras; no se oye otro que sitios, asaltos, batallas, degüellos, que hasta las mismas entrañas parece se han vuelto de bronce.

—No faltará quien diga —respondió Andrenio— que es el siglo de cobre, y no de pague. Mas yo digo que el de lodo cuando todo lo veo puesto dél: tanta inmundicia de costumbres, todo lo bueno por tierra, la virtud dio en el suelo con su letrero ¡Aquí yace!, la basura a caballo, los muladares dorados, y al cabo al cabo, todo hombre es barro.

—No decís cosa —replicó el francés—. Asegúroos que no es sino el siglo de oro.

—¡Mira, quién tal creyera!

—Sólo el oro es el estimado, el buscado, el adorado y querido. No se hace caso de otro, todo va a parar en él y por él; y así dice bien, cuando más mal, aquel público maldiciente: Tuti tiramo a questo diavolo di argento.

Relucía ya, de muy lejos, uno como palacio grande, pero no magnífico, y tan lindo como un oro. Reparó luego Andrenio y dijo:

—¡Qué rica cosa y casa! Parece una ascua de oro: así luce y así quema.

—¿Qué mucho, si lo es? —respondió el mosiur, bailando de contento, que como al dar llaman ellos bailar siempre andan bailando.

—¿Todo el palacio es de oro? —preguntó Critilo.

—Todo, desde el plinto hasta la cima, por dentro y fuera, y cuanto hay en él todo es oro y todo plata.

—Muy sospechoso se me hace —dijo Critilo—, que la riqueza es gran comadre del vicio, y aun se dice vive mal con él. Pero, ¿de dónde han podido juntar tanto oro y tanta plata?, que parece imposible.

—¿Cómo de dónde? Pues si España no hubiera tenido los desaguaderos de Flandes, las sangrías de Italia, los sumideros de Francia, la sanguisuelas de Génova, ¿no estuvieran hoy todas sus ciudades enladrilladas de oro y muradas de plata? ¿Qué duda hay en eso? A más de que el poderoso dueño que en este palacio mora tiene tal virtud, no sé yo si dada del cielo o tomada de la tierra, que todo cuanto toca, si con la mano izquierda, lo convierte en plata, y si con la derecha en oro.

—¡Eh, mosiur! —dijo Critilo—, que ésa fue una novela, tan antigua como necia, de cierto rey llamado Midas, tan sin medida ni casa en su codicia que al cabo, como suelen todos los ricos, murió de hambre, si enfermó de ahito.

—¿Cómo que es fábula? —dijo el francés—. No es sino verdad tan cierta como platicada hoy en el mundo. ¿Pues que, es nuevo convertir un hombre en oro cuanto toca? Con un palmada que da un letrado en un Bártulo, cuyo eco resuena allá en el bartolómico del pleiteante, ¿no hace saltar los ciento y los docientos al punto, y no de la dificultad? Advertid que jamás da palmada en vacío y aunque estudia en Baldo, no es de balde su ciencia. Un médico, pulsando, ¿no se hace él de oro, y a los otros de tierra? ¿Hay vara de virtudes como la del alguacil, y la pluma del escribano, y más de un secretario, que por encantado que esté el tesoro, por más guardado, lo sacan bajo tierra? Las vanas Venus de la belleza, cuando más tocadas y prendidas, ¿no convierten en oro la inmundicia de su torpeza? Hombre hay que con sola una pulgarada que da convierte en el oro más pesado el hierro mal pesado. Al tocar de las cejas, ¿no anda la milicia más a la rebatiña que al rebato? Las pulgaradas del mercader, ¿no convierten en oro la seda y la holanda? Creedme que hay muchos Midas en el mundo; así los llama él cuando más desmedidos andan, que todo se ha de entender al contrario. El interés es el rey de los vicios, a quien todos sirven y le obedecen. Y así, no os admiréis que yo diga que el príncipe que allí vive convierte en oro cuanto toca; y una de las causas por que yo voy allá es para que me toque también y me haga de oro.

—Mosiur —instó Andrenio—, ¿cómo puede vivir de ese modo?

—Muy bien.

—Pues, dime, ¿no se le convierte en oro el manjar así como le toca?

—Buen remedio calzarse unos buenos guantes, que muchos hoy comen de ellos y con ellos.

—Sí, pero en llegando a la boca el manjar, en comenzándole a mascar, ¿no se le ha de volver todo oro, sin poderlo tragar?

—¡Oh qué mal discurres! —dijo el francés—. Ese melindre fue allá en otro tiempo; no se embarazan tanto ya las gentes. Ya se ha hallado traza como hacer el oro potable y comestible, ya dél se conficionan bebidas que confortan el corazón y alegran grandemente; ni falta quien ha inventado el hacer caldo de doblones, y dicen es tan substancial que basta a resucitar un muerto: que eso de alargar la vida es niñería. Demás de que hoy viven millares de miserables de no querer comer: todo lo que no comen ni beben ni visten, dicen que lo convierten en oro; ahorran porque no se aforran, mátense de hambre a sí y a sus familias, y de matarse viven.

Con esto, se fueron acercando y descubrieron a las puertas muchas guardas que, a más de estar armadas todas con espaldares castellanos contra los petos gallegos, eran inexorables que no dejaban llegar a ninguno ni de cien leguas; y si alguno porfiaba en querer entrar, arrojábanle un ¡no!, salido de una cara de hierro, que no hay bala que así atraviese y deje sin habla al más osado.

—¿Cómo haremos para entrar? —dijo Andrenio—; que cada guarda de éstas parece un Nerón sincopado, y aun más cruel.

—No os embarace eso —dijo el francés—, que esta guarda sólo guarda de la juventud; no dejan entrar los mozos.

Y asi era, que por ningún caso los dejaban entrar en la hacienda: a todos se les vinculaban hasta ser hombres, pero de treinta años arriba las franqueaban a todo hombre, si ya no fuese algún jugador, descuidado, gastador o castellano, gente toda de la cofadría del hijo pródigo. Mas a los viejos, a los franceses y catalanes, puerta franca y aun les convidaban con el manejo. Con esto, viéndolos ya tan hombres y tan a la francesa, sin dificultad alguna los dejaron pasar. Pero luego hubo otro tope, y mayor: que a más de ser las puertas de bronce y más duras que las entrañas de un rico, de un cómitre, de una madrastra, de un genovés, que es más que todo, estaban cerradas y muy atrancadas con barras catalanas y condados vizcaínos. Y aunque llegaban unos y otros a llamar, nadie respondía, ni a propósito mucho menos correspondía.

—Mira —decía uno— que soy tu pariente.

Y respondía el de adentro:

—Más quiero mis dientes que mis parientes. Cuando yo era pobre no tenía parientes ni conocidos, que quien no tiene sangre no tiene consanguíneos, y ahora me nacen como hongos y se pegan como lapa.

—¿No me conoces que soy tu amigo? —gritaba otro.

Y respondíanle:

—En tiempo de higos, higas.

Con mucha cortesía rogaba un gentilhombre, y respondía un villano:

—Ahora que tengo, todos me dicen: «Norabuena estéis, Pedro».

—¿Pues a tu padre? —decía un buen viejo.

Y el hijo respondía:

—En esta casa no se tiene ley con nadie.

Al contrario, rogaba a su padre un hijo le dejase entrar, y él respondía:

—Eso no, mientras yo viva.

Ninguno se ahorraba con el otro, ni hermanos con hermanos, ni padres con hijos; pues ¡qué sería suegras con nueras! Oyendo esto, desconfiaron de todo punto de poder entrar. Trataban de tomarse la honra, si no el provecho, cuando el francés les dijo:

—¡Qué presto desmayáis! ¿No entraron los que están dentro?

Pues no nos faltará traza a nosotros. Dinero no falte y trampa adelante.

Mostróle una valiente maza que estaba pendiente de una dorada cencerra:

—Miradla bien —dijo—, que en ella consiste nuestro remedio. ¿Cúya pensáis que es?

—Si fuera de hierro y con sus puntas aceradas —dijo Critilo—, aun creyera yo era la clava de Hércules.

—¿Cómo de Hércules? —dijo el francés—. Fue juguete aquélla, fue un melindre respecto désta, y todo cuanto el entenado de Juno obró con ella fue niñería.

—¿Cómo hablas así, monsiur, de una tan famosa y tan celebrada clava?

—Dígote que no valió un clavo respeto désta, ni supo Hércules lo que se hizo, ni supo vivir, ni entendió el modo de hacer la guerra.

—¿Cómo no, si con aquélla triunfó de todos los monstruos del mundo, con ser tantos?

—Pues con ésta se vencen los mismos imposibles. Creedme que es mucho más ejecutiva, y sería nunca acabar querer yo relataros los portentos de dificultades que se han allanado con ésta.

—Será encantada —dijo Andrenio—, no es posible otra cosa, obra grande de algún poderoso nigromántico.

—Que no está encantada —dijo el francés—, aunque sí hechiza a todos. Más os digo, que aquélla sólo en la diestra de Hércules valía algo; mas ésta en cualquier mano, aunque sea en la de un enano, de una mujer, de un niño, obra prodigios.

—¡Eh, mosiur —dijo Andrenio—, no tanto encarecimiento! ¿Cómo puede ser eso?

—¿Cómo? Yo os lo diré: porque es toda ella de oro macizo, aquel poderoso metal que todo lo riñe y todo lo rinde. ¿Qué, pensáis vosotros que los reyes hacen la guerra con el bronce de las bombardas, con el hierro de los mosquetes y con el plomo de las balas? Que no, por cierto, sino con dinari, y dinarie più dinari. Mal año para la tizona del Cid y para la encantada de Roldán, respeto de una maza preñada de doblones. Y porque lo veáis, aguarda.

Descolgóla y pegó con ella en las puertas un ligerísimo golpecillo, pero tan eficaz, que al punto se abrieron de par en par, quedando atónitos ambos peregrinos y blasonando del mosiur:

—¡Aunque fueran las de la torre de Dánae! Pero son de Dame, que es más.

Cuando todo estuvo llano, ya no lo estaba la voluntad de Critilo; antes, dudaba mucho en entrar, porque dudaba el poder salir. Hallaba como prudente grandes dificultades, mas al retintín de un dinero que oyó contar, que por eso se llamó moneda a monendo, porque todo lo persuade y recaba y a todos convence, se dejó vencer: atrájole el reclamo del oro y de la plata, que no hay armonía de Orfeo que así arrebate. En estando dentro, se volvieron a cerrar las puertas con otror tantos cerrojos de diamante. Mas ¡oh espectáculo tan raro como increíble!, donde creyeron hallar un palacio, centro de libertades, hallaron una cárcel, llena de prisiones, pues a cuantos entraban los aherrojaban, y es lo bueno que a título de hacerles muchos favores. Estaban persuadiendo a una hermosa mujer que la enriquecían y engalanaban, y echábanla al cuello una cadena de una esclavitud de por vida y aun por muerte, la argolla de rico collar, las esposas de unos preciosos brazaletes, que paran en ajorcas, el apretador de sus obligaciones, el esmaltado lazo de un ñudo ciego, la gargantilla de un ahogo: ello fue casa y miento, y cárcel verdadera. Echáronle a un cortesano unos pesados grillos de oro que no le dejaban mover, y persuadíanle que podía cuanto quería. Los que imaginaron salones, eran calabozos poblados de cautivos voluntarios, y todos ellos cargados de prisiones, argollas y cadenas de oro, pero todos tan contentos como engañados. Toparon entre otros un cierto sujeto rodeado de gatos, poniendo toda su fruición en oírlos maullar.

—¿Hay tan mal gusto en el mundo como el tuyo? —dijo Andrenio—. ¿No fueran mejores algunos pajarillos enjaulados que con sus dulces cantos te aliviaran las prisiones? ¿Pero gatos, y vivos, y que gustes de oír sus enfadosos maullidos, que a todos los demás atormentan?

—Quita, que no lo entiendes —respondió él—. Para mí es la más regalada música de cuantas hay, éstas las voces más dulces y más suaves del mundo: ¿qué tienen que ver los gorjeos del pintado jilguerillo, los quiebros del canario, las melodías del dulce ruiseñor, con los maullidos de un gato? Cada vez que los oigo, se regocija mi corazón y se albozora mi espíritu. Mal año para Orfeo y su lira, para el gustoso Correa y su destreza. ¿Qué tiene que ver toda la armonía de los instrumentos músicos con el maullido de mis gatos?

—Si fueran muertos —replicó Andrenio—, aun me tentara, ¡pero vivos!

—Sí, vivos, y después muertos; y vuelvo a decir que no hay más regalada voz en cuantas hay.

—Pues, dinos, ¿qué hallas de suavidad en ella?

—¿Qué? Aquel decir mío, mío y todo es mío y siempre mío y nada para vos; ésa es la voz más dulce para mí de cuantas hay.

Hallaron cosas a este tono bien notables. Mostráronles algunos, y aun los más, que se decía no tener corazones ni entrañas, no sólo para con los otros, pero ni aun para consigo mismos; y con todo eso vivían.

—¿Cómo se sabe —preguntó Andrenio— que estén descorazonados?

—Muy bien —le respondieron—, en no dar fruto alguno; a más de que buscándoseles a algunos, se les han hallado enterrados en sepulcros de oro y amortajados en sus talegos.

—¡Desdichada suerte —exclamó Critilo— la de un avaro, que nadie se alegra con su vida ni se entristece en su muerte! Todos bailan en ella al son de las campanas: la viuda rica con un ojo llora y con el otro repica; la hija, desmintiendo sus ojos hechos fuentes, dice: «Río de las lágrimas que lloro»; el hijo, porque hereda, el pariente, porque se va acercando a la herencia, el criado, por la manda y por lo que se desmanda, el médico, por su paga y no por su pago, el sacristán, porque dobla, el mercader, porque vende sus bayetas, el oficial, porque las cose, el pobre, porque las arrastra. Miserable suerte la del miserable: mal si vive y peor si muere.

En un gran salón vieron un grande personaje; quedaron espantados de cosa tan nueva y tan extraña en semejantes puestos.

—¿Qué hace aquí este señor? —preguntó Critilo a uno de sus enemigos, no excusados. Y él:

—¿Qué? Adorar.

—¿Pues qué, es gentil?

—Lo que menos tiene es de gentil y de hombre.

—¿Pues qué adora?

—Dora y adora una arca.

—¿Qué, sería judío?

—En la condición ya podría, pero en la sangre no, que es muy noble, de los ricos hombres de España.

—Y con todo eso, ¿no es hidalgo?

—Antes, porque no lo es, es hombre rico.

—¿Qué arca es ésta que adora?

—La de su testamento.

—¿Y es de oro?

—Dentro sí, mas por fuera de hierro, pues no sabe qué, ni por qué, ni para qué, ni para quién.

Aquí vieron ejecutada aquella exagerada crueldad que cuentan de las víboras (cómo la hembra al concebir corta la cabeza al macho, y después los hijuelos vengan la muerte de su padre agujereándola el vientre y rasgándola las entrañas por salir y campear), cuando vieron que la mujer, por quedar rica y desahogada, ahoga al marido; luego el heredero, pareciéndole vive sobrado la madre y él no vive sobrado, la mata a pesares; a él, por heredarle su otro hermano segundo le despacha. De suerte que unos a otros como víboras crueles se emponzoñan y se matan. El hijo procura la muerte del padre y de la madre, pareciéndole que viven mucho y que él se hará senior antes de llegar a ser señor; el padre teme al hijo, y cuando todos festejan el nacimiento del heredero, él enluta su corazón, temiéndole como a su más cercano enemigo; pero el abuelo se alegra y dice: «¡Seáis bien venido, oh, enemigo de mi enemigo!».

Fueles materia de risa, entre las muchachas de pena, lo que le aconteció a uno destos guardadores: que un ladrón de otro ladrón, que hay ladrones de ladrones, con tal sutileza le engañó, que le persuadió se robase a si mismo; de modo que le ayudó a quitarse cuanto tenía; él mismo llevó a cuestas toda la ropa, el oro y plata de su casa, transportándola y escondiéndola donde jamás la vio ni la gozó. Lamentábase después doblando el sentimiento de ver que él había sido el ladrón de sí mismo, el robador y el robado.

—¡Oh lo que puede el interés! —Ponderaba Critilo—; que le persuada a un desdichado que él se robe, que esconda su dinero, que atesore para ingratos, jugadores y perdidos, y que él ni coma ni beba, ni vista, ni duerma, ni descanse, ni goce de su hacienda ni de su vida: ladrón de sí mismo, merece muy bien los ciento, contados al revés, y que le destierre el discreto Horacio a par de un Tántalo necio.

Habían dado una vuelta entera a todo aquel palacio de calabozos sin haber podido descubrir el coronado necio, su dueño, cuando a lo último, imaginándole en algún salón dorado ocupando rico trono a toda majestad, vestido de brocados rozagantes, con su ropón imperial, le hallaron muy al contrario metido en el más estrecho calabozo, que aun luz no gastaba por no gastar ni aun de día, por no ser visto para dar ni prestar. Con todo, brujulearon su mala catadura, cara de pocos amigos y menos parientes, aborreciendo por igual deudos y deudas, la barba crecidamente descompuesta, que aun el regalo de quitársela se envidiaba; mostraba unas grandes ojeras de rico trasnochado. Siendo tan horrible en su aspecto, nada se ayudaba con el vestido, que de viejo la mitad era ido y la otra se iba aborreciendo todo lo que cuesta. Estaba solo quien de nadie se fiaba, y todos le dejaban estar, rodeado de gatos con almas de doblones, propias de desalmados, que aun muertos no olvidan las mañas del agarro. Parecía en lo crudo un Radamanto.

Así como entraron, con que a nadie puede ver, fue a abrazarlos, que los quisiera de oro, mas ellos, temiendo tanta preciosidad, se retiraron buscando ya por dónde salir de aquella dorada cárcel, palacio de Plutón, que toda casa de avaro es infierno en lo penoso y limbo en lo necio. Con este deseo, apelándose al desengaño de todo vicio, en especial de la tiranía codiciosa, buscaban a toda priesa por dónde escapar. Mas como en casa de desdichado se tropieza con los azares yendo en fuga cayeron en una disimulada trampa cubierta con las limaduras de oro de la misma cadena, tan apretado lazo, que cuanto más forcejeaban por librarse más le añudaban. Lamentaba Critilo su inconsiderada ceguera, suspiraba Andrenio su mal vendida libertad. Cómo la consiguieron, contará la otra crisi.

Crisi cuarta

El museo del Discreto

Solicitaba un entendido por todo un ciudadano emporio, y aun dicen Corte, una casa que fuese de personas; mas en vano, porque aunque entró en muchas curioso, de todas salió desagradado, por hallarlas cuanto más llenas de ricas alhajas tanto más vacías de las preciosas virtudes. Guióle ya su dicha a entrar en una, y aun única; y al punto, volviéndose a sus discretos, les dijo;

—Ya estamos entre personas: esta casa huele a hombres.

—¿En qué lo conoces? —le preguntaron.

Y él:

—¿No veis aquellos vestigios de discreción?

Y mostróles algunos libros que estaban a mano:

—Éstas —ponderaba— son las preciosas alhajas de los entendidos. ¿Qué jardín del Abril, qué Aranjuez del Mayo como una librería selecta? ¿Qué convite más delicioso para el gusto de un discreto como un culto museo donde se recrea el entendimiento, se enriquece la memoria, se alimenta la voluntad, se dilata el corazón y el espíritu se satisface? No hay lisonja, no hay fullería para un ingenio, como un libro nuevo cada día. Las pirámides de Egipto ya acabaron, las torres de Babilonia cayeron, el romano coliseo pereció, los palacios dorados de Nerón caducaron, todos los milagros del mundo desaparecieron, y solos permanecen los inmortales escritos de los sabios que entonces florecieron y los insignes varones que celebraron. ¡Oh!, gran gusto el leer, empleo de personas que si no las halla, las hace. Poco vale la riqueza sin la sabiduría, y de ordinario andan reñidas; los que más tienen menos saben, y los que más saben menos tienen, que siempre conduce la ignorancia borregos con vellocino de oro.

Esto les estaba ponderando, ya para consuelo, ya para enseñanza, a los dos presos en la cárcel del interés, en el brete de su codicia, un hombre, y aun más, pues en vez de brazos, batía alas, tan volantes que se remontaba a las estrellas y en un instante se hallaba donde quería. Fue cosa notable que cuando a otros, en llegando, les amarraban fuertemente, sin dejarles libertad ni para dar un paso, cargándoles de grillos y de cadenas, a éste al punto que llegó le jubilaron de una que al pie arrastraba y le apesgaba de modo que no le permitía echar un vuelo. Admirado Andrenio, le dijo:

—Hombre o prodigio, ¿quién eres?

Y él prontamente:

—Ayer nada, hoy poco más, y mañana menos.

—¿Cómo menos?

—Sí, que a veces más valiera no haber sido.

—¿De dónde vienes?

—De la nada.

—¿Y dónde vas?

—Al todo.

—¿Cómo vienes tan solo?

—Aun la mitad me sobra.

—Ahora digo que eres sabio.

—Sabio, no; deseoso de saber, sí.

—¿Pues con qué ocasión viniste acá?

—Vino a tomar el vuelo, que pudiendo levantarme a las más altas regiones en alas de mi ingenio, la envidiosa pobreza me tenía apesgado.

—Según eso, ¿no piensas en quedarte aquí?

—De ningún modo, que no se permuta bien un adarme de libertad por todo el oro del mundo; antes, en tomando lo preciso de lo precioso, volaré.

—¿Y podrás?

—Siempre que quiera.

—¿Podríasnos librar a nosotros?

—Todo es que queráis.

—¡Pues no habíamos de querer!

—No sé, que es tal el encanto de los mortales, que están con gusto en sus cárceles y muy hallados cuando más perdidos. Ésta, con ser un encanto, es la que más aprisionados les tiene, porque más apasionados.

—¿Cómo es eso de encanto? —dijo Andrenio—. Pues ¿no es éste que vemos tesoro verdadero?

—De ningún modo, sino fantástico.

—Éste que reluce, ¿no es oro?

—Dígole lodo.

—¿Y tanta riqueza?

—Vileza.

—¿Éstos no son montones de reales?

—No hay una realidad en todos ellos.

—Pues estos que tocamos ¿no son doblones?

—Sí, en lo doblado.

—¿Y tanto aparador?

—No es sino parador, pues al cabo para en nada. Y porque os desengañéis que todo esto es apariencia, advertid que en boqueando cualquiere, el más rico, el más poderoso, en nombrando «¡Cielo!», en diciendo «¡Dios, valme!», al mismo punto desaparece todo y se convierte en carbones y aun cenizas.

Así fue, que en diciendo uno «¡Jesús!», dando la última boqueada, se desvaneció toda su pompa, como si fuera sueño, tanto, que despertando los varones de las riquezas y mirándose a las manos, las hallaron vacias: todo paró en sombra y en asombro. Y fue un espectáculo bien horrible ver que los que antes eran estimados por reyes, ahora fueron reídos; los monarcas arrastrando púrpuras, las reinas y las damas rozando galas, los señores recamados, todos se quedaron en blanco, y no por haber dado en él; no ya ocupaban tronos de marfil, sino tumbas de luto; de sus joyas sólo quedó el eco en hoyas y sepulcros, las sedas y damascos fueron ascos, las piedras finas se trocaron en losas frías, las sartas de perlas en lágrimas, los cabellos tan rizados ya erizados, los olores hedores, los perfumes humos. Todo aquel encanto paró en canto y en responso, y los ecos de la vida en huecos de la muerte, las alegrías fueron pésames, porque no les pesa más la herencia a los que quedan; y toda aquella máquina de viento, en un cerrar y abrir de ojos se resolvió en nada. Quedaron nuestros dos peregrinos más vivos cuando más muertos, pues desengañados. Preguntáronle a su remediador alado dónde estaban, y él les dijo que muy hallados, pues en sí mismos. Propúsoles si les querían seguir al palacio de la discreta Sofisbella, donde él iba y donde hallarían la perfecta libertad. Ellos, que no deseaban otro, le rogaron que pues había sido su libertador, les fuese guía. Preguntáronle si conocía aquella sabia reina.

—Luego que me vi con alas —respondió—, y vamos caminando, determiné ser suyo. Son pocos los que la buscaban y menos los que la hallaban. Discurrí por todas las más celebres Universidades sin poder descubrirla, que aunque muchos son sabios en latín, suelen ser grandes necios en romance. Pasé por las casas de algunos que el vulgo llama letrados, pero como me veían sin dinero decíanme leyes; hablé con muchos tenidos por sabios, mas entre muchos doctores no hallé un docto. Finalmente conocí que iba perdido y me desengañé que de sabiduría y de bondad no hay sino la mitad de la mitad, y aun de todo lo bueno. Mas como voy volando por todas partes, he descubierto un palacio fabricado de cristales, bañado de resplandores, cambiando luces. Si en alguna estancia se ha de hallar esta gran reina, ha de ser en este centro, porque ya acabó la docta Atenas y pereció la culta Corinto.

Oyóse en esto una confusa vocería, vulgar aplauso de una insolente turba que asomaba. Pararon al punto y repararon en un chabacano monstruo que venía atrancando sendas, seguido de innumerable turba: extraña catadura, la primera metad de hombre y la otra de serpiente; de modo que de medio arriba miraba al cielo y de medio abajo iba rastrando por tierra. Conocióle luego el varón alado y previno a sus camaradas le dejasen pasar sin hacer caso ni preguntar cosa. Mas Andrenio no pudo contenerse que no preguntase a uno del gran séquito quién era aquel serpihombre.

—¿Quién ha de ser —le respondió— sino quien sabe más que las culebras? Éste es el sabio de todos, el milagro del vulgo, y éste es el pozo de ciencia.

—Tú te engañas y le engañas —replicó el alado—, que no es sino uno que sabe al uso del mundo; que todo su saber es estulticia del cielo. Éste es de aquellos que saben para todos y no para sí, pues siempre andan arrastrados; éste es el que habla más y sabe menos, y éste es el necio que sabe todas las cosas mal sabidas.

—¿Y dónde os lleva? —preguntó Andrenio.

—¿Dónde? A ser sabios de fortuna.

Extrañó mucho el término y replicóle:

—¿Qué cosa es ser sabio de ventura?

—Uno que sin haber estudiado es tenido por docto, sin cansarse es sabio, sin haberse quemado las cejas trae barba autorizada, sin haber sacudido el polvo a los libros levanta polvaredas, sin haberse desvelado es muy lucido, sin haber trasnochado ni madrugado ha cobrado buena fama; al fin, él es un oráculo del vulgo y que todos han dado en decir que sabe sin saberlo. ¿Nunca has oído decir: «Ventura te dé Dios, hijo…?». Pues éste es el mismo, y nosotros lo pensamos también ser.

Mucho le contentó a Andrenio aquello de saber sin estudiar, letras sin sangre, fama sin sudor, atajo sin trabajo, valer de balde. Y atraído del gran séquito que el plausible sabio arrastraba, hasta de carrozas, literas y caballos, ceñándole todos y brindándole con el descanso, volviéndose a sus compañeros les dijo:

—¡Amigos, vivir un poco más y saber un poco menos!

Y metióse entre sus tropas, que al punto desaparecieron.

—Basta —dijo el varón alado al atónito Critilo— que el verdadero saber es de pocos. Consuélate, que más presto le hallarás tú a él que él a ti, con que tú serás el hallado y él el perdido.

Quisiera ir en busca suya Critilo, mas viendo ya brillar el gran palacio que buscaban, olvidado aun de sí mismo y sin poder apartar los ojos del camino allá embelesado. Campeaba, sin poder esconderse, en una clarísima eminencia, señoreando cuanto hay. Era su arquitectura extremo del artificio de la belleza, engolfado en luces y a todas ellas, que para recibirlas bien, a más de ser diáfanas sus paredes y toda su materia transparente, tenía muchas claraboyas, balcones rasgados y ventanas patentes: todo era luz y todo claridad. Cuando llegaron cerca, vieron algunos hombres que lo eran, que estaban como adorando y besando sus paredes; pero, mirándolo mejor, advirtieron que las lamían y sacando algunas cortezas las mascaban y se paladeaban con ellas.

—¿De qué provecho puede ser eso? —dijo Critilo.

Y uno de ellos:

—Por lo menos es de sumo gusto.

Y convidóle con un terrón limpio y transparente que, en llegándole a la boca, conoció era sal y muy sabrosa, y los que imaginaron cristales no lo eran, sino sales gustosísimas. Estaba la puerta siempre patente, con que no entraban sino personas, y ésas bien raras; vestíanla yedras y coronábanla laureles, con muchas inscripciones ingeniosas por toda la majestuosa fachada. Entraron dentro y admiraron un espacioso patio muy a lo señor, coronado de columnas tan firmes y tan eternas que les aseguró el varón alado podían sustentar el mundo, y algunas de ellas el cielo, siendo cada una un non plus ultra de su siglo. Percibieron luego una armonía tan dulce que tiranizaba no sólo los ánimos, pero las mismas cosas inanimadas, atrayendo a sí los peñascos y las fieras. Dudaron si sería su autor el mismo Orfeo, y con esa curiosidad fueron entrando por un majestuoso salón y muy capaz, en quien los copos de la nieve en marfiles y las ascuas de oro en piñas maravillosamente se atemperaban para construir su belleza. Aquí los recibieron y aun cortejaron el buen gusto y el buen genio, con el agrado que suelen los condujeron a la agradable presencia de un sol humano que parecía mujer divina. Estaba animando un tan suave plectro, que les aseguraron no sólo hacía inmortales los vivos, pero que daba vida a los muertos, componía los ánimos, sosegaba los espíritus, aunque tal vez los encendía en el furor bélico, que no hiciera más el mismo Homero. Llegaron ya a saludarla entre fruiciones de verla, pero más de oírla, y ella en honra de sus peregrinos huéspedes hizo alarde de armonía. Estaba rodeada de varios instrumentos, todos ellos muy sonoros, mas suspendiendo los antiguos, aunque tan suaves, fue echando mano de los modernos. El primero que pulsó fue una culta cítara, haciendo extremada armonía, aunque la percibían pocos, que no era para muchos; con todo, notaron en ella una desproporción harto considerable, que aunque sus cuerdas eran de oro finísimo y muy sutiles, la materia de que se componía, debiendo ser de un marfil terso, de un ébano bruñido, era de haya y aun más común. Advirtió el reparo la concentuosa ninfa y con un regalado suspiro, les dijo:

—Si en este culto plectro cordobés hubiera correspondido la moral enseñanza a la heroica composición, los asuntos graves a la cultura de su estilo, la materia a la bizarría del verso, a la sutileza de sus conceptos, no digo yo de marfil, pero de un finísimo diamante merecía formarse su concha.

Tomó ya un italiano rabelejo, tan dulce, que al pasar el arco pareció suspender la misma armonía de los cielos, si bien para ser pastoril y tan fido pareció sobradamente conceptuoso. Tenía muy a mano dos laúdes tan igualmente acordes que parecían hermanos.

—Éstos —dijo— son graves por lo aragoneses, puédelos oír el más severo Catón sin nota de liviandad. En el metro tercero son los primeros del mundo, pero en el cuarto, ni aun quintos.

Vieron una arquicítara de extremada composición, de maravillosa traza, y aunque estaba bajo de otra, pero en el material artificio ni ésta la cedía, ni aquélla en la invención la excedía; y así, dijo el alma de los instrumentos:

—Si el Ariosto hubiera atendido a las morales alegorías como Homero, de verdad que no le fuera inferior.

Resonaba mucho y embarazaba a muchos un instrumento que unieron cáñamo y cera. Parecía órgano por lo desigual y era compuesto de las cañas de Siringa cogidas en la más fértil vega; llenábanse de viento popular, mas con todo este aplauso, no les satisfizo y dijo entonces la poética belleza:

—Pues sabed que éste, en aquel tiempo desaliñado, fue bien oído y llenó por lo plausible todos los teatros de España.

Descolgó una vihuela, tan de marfil, que afrentaba la misma nieve, pero tan fría, que al punto se le helaron los dedos y hubo de dejarla, diciendo:

—En estas rimas del Petrarca se ven unidos dos extremos, que son su mucha frialdad con el amoroso fuego.

Colgóla junto a otras dos muy sus semejantes, de quienes dijo:

—Éstas más se suspenden que suspenden.

Y en secreto confesóles eran del Dante Alígero y del español Boscán. Pero entre tan graves plectros, vinieron unas tejuelas picariles, de que se escandalizaron mucho.

—No las extrañéis —les dijo—, que son muy donosas; con éstas espantaba sus dolores Marica en el hospital.

Tañó con indecible melodía unas folias a una lira conceptuosa, que todos celebraron mucho y con razón:

—Bástele —dijo— ser plectro portugués, tiernamente regalado, que él mismo se está diciendo: «El que amo es».

Gustaron no poco de ver una gaita, y aun ella la animó con lindo gusto, aunque descompuso algo qué su gran belleza, y dijo:

—Pues es verdad que fue de una musa princesa, a cuyo son solía bailar Gila en la noche de aquel santo.

Grande asco les causó ver una tiorba italiana llena de suciedad y que frescamente parecía haber caído en algún cieno, y sin osarla tocar, cuanto menos tañer, la recatada ninfa dijo:

—Lástima es que este cuito plectro del Marino haya dado en tanta inmundicia lasciva. Estaba un laúd real artificiosamente fabricado en un puesto oscuro; con todo, despedía gran resplandor de sí y de muchas piedras preciosas de que estaba todo él esmaltado:

—Este —ponderó— solía hacer un tan regalado son, que los mismos reyes se dignaban de escucharle, y aunque no ha salido a la luz en estampa, luce tanto, que de él se puede decir: «¡El alba es que sale!».

Allí vieron un culto instrumento coronado del mismo laurel de Apolo aunque algunos no lo creían. Oyeron una muy gustosa zampoña, mas por tener cáncer la musa que la tocaba, a cada concento se le equivocaban las voces. Hacíase bien de sentir una lira, aunque mediana, mas en lo satírico superior, y dábase a entender latinizando. Otro oyeron de feliz arte, mas dudaron si su prosa era verso y si su verso prosa. Vinieron en un rincón muchos otros instrumentos que, con ser nuevos y acabados de hacer, estaban ya acabados y cubiertos de polvo. Admirado, Critilo dijo:

—¿Por qué, ¡oh gran reina del Parnaso!, éstos tan presto los arrimas?

Y ella:

—Porque rimas, todos se arriman a ellas, como más fáciles; pocos imitan a Homero y a Virgilio en los graves y heroicos poemas.

—Para mí tengo —dijo Critilo— que Horacio los perdió cuando más los quiso ganar, desanimándolos con sus rigurosos preceptos.

—Aun no es eso —respondió la gloria de los cisnes—, que son tan romancistas algunos, que no entienden el arte, sino que para las obras grandes son menester ingenios agigantados. Aquí está el Tasso, que es un otro Virgilio christiano, y tanto, que siempre se desempeña con ángeles y con milagros.

Había un vacío en buen lugar, y notándolo, Critilo dijo:

—De aquí algún gran plectro han robado.

—No será eso, sino que estará destinado para algún moderno.

—¿Si sería —dijo Critilo— uno que yo conozco y estimo por bueno, no por ser mi amigo, antes mi amigo por ser bueno?

No pudieron detenerse más, porque la Edad les daba priesa, y así hubieron de dejar esta primera estancia de un tan culto Parnaso, si en lo fragante paraíso. Llamóles el Tiempo a un otro salón más dilatado, pues no se le veía fin. Introdújoles en él la Memoria, y aquí hallaron otra bien extremada ninfa, que tenía la metad del rostro arrugado, muy de vieja, y la otra metad fresco, muy de joven. Estaba mirando a dos haces, a lo presente y a lo pasado, que lo porvenir remitíalo a la providencia. En viéndola, dijo Critilo:

—Ésta es la gustosa Historia.

Mas el varón alado:

—No es sino la maestra de la vida, la vida de la fama, la fama de la verdad y la verdad de los hechos.

Estaba rodeada de varones y mujeres, señalados unos por insignes y otros por ruines, grandes y pequeños valerosos y cobardes, políticos y temerarios, sabios y ignorantes, héroes y viles, gigantes y enanos, sin olvidar ningún extremo. Tenía en la mano algunas plumas, no muchas, pero tan prodigiosas, que con una sola que entregó a uno le hizo volar y remontarse hasta los dos coluros; no sólo daba vida con el licor que destilaban, sino que eternizaba, ni dejando envejecer jamás los famosos hechos. Íbalas repartiendo con notable atención, porque a ninguno daba la que él quería, y esto a petición de la Verdad y de la Entereza. Y así, notaron que llegó un gran personaje, ofreciendo por una gran suma de dinero, y no sólo no se la concedió, sino que le cargó la mano, diciéndole que estos libros para ser buenos han de ser libres, ni se vuela a la eternidad en plumas alquiladas. Replicaron otros se la diese, que antes sería para más ignominia suya.

—Eso, no —respondió la eterna Historia—, no conviene, porque aunque agora sería reída, de aquí a cien años será creída.

Con esta misma atención a ninguno daba pluma que no fuese después de cincuenta años de muerto, y a todo muerto pluma viva; con lo cual ni Tiberio el astuto, ni Nerón el inhumano pudieron escaparse de lo Cornelio de Tácito. Fue a sacar una buena para que un escritor grande escribiese de un gran príncipe, y porque la vio algo qué untada de oro la arrojó con desaire, con que había escrito aquella misma otras cosas harto plausiblemente, y dijo:

—Creedme que toda pluma de oro escribe yerros.

Solicitaba un otro a grandes diligencias alguna que escribiese bien dél. Informóse la ninfa si era benemérito, averiguó que no; replicó él que para serlo; no se la quiso conceder, aunque alabó su honrado deseo, diciéndole que las palabras ajenas no pueden hacer insignes los hombres, sino sus hechos propios, bien ejecutados primero y bien escritos después. Al contrario, un otro famoso varón pidió le mejorase, porque la que le había dado era llana y sencilla; y consolóle con que sus grandes hechos campeaban más en aquel mal estilo que los de otros, no tales, entre mucha elocuencia. Quejáronse algunos célebres modernos de que sus inmortales hechos se pasaban en silencio, habiendo habido elogios plausibles del Jovio para otros no tan esclarecidos. Aquí se enojó mucho la noticiosa ninfa, y aun con escandescencia dijo:

—Si vosotros los despreciáis, los perseguís y tal vez los encarceláis a mis dilectísimos escritores, no haciendo caso de ellos, ¿cómo queréis que os celebren? La pluma, príncipes míos, no ha de ser apreciada, pero sí preciada.

Daban en rostro las demás naciones a la española el no haberse hallado en ella una pluma latina que con satisfación la ilustrase. Respondía que los españoles más atendían a manejar la espada que la pluma, a obrar las hazañas que a placearlas, y que aquello de tanto cacarearlas más parecía de gallinas. No le valió, antes la arguyeron de poco política y muy bárbara, poniéndola por ejemplo los romanos, que en todo florecieron, y un César cabal pluma y espada rige. Oyendo esto y viéndose señora del mundo, determinó llegar a pedir pluma. Juzgó la reina de los tiempos tenía razón, mas reparó en cuál la daría que la desempeñase bien después de tanto silencio, y aunque tiene por ley general no dar jamás a provincia alguna escritor natural, so pena de no ser creído, con todo, viéndola tan odiada de todas las demás naciones, se resolvió en darla una pluma propia. Comenzaron luego a murmurarlo las demás naciones y a mostrar sentimiento, mas la verdadera ninfa las procuró quietar, diciendo:

—Dejad, que el Mariana, aunque es español de cuatro cuartos, si bien algunos lo han afectado dudar, pero él es tan tétrico y escribirá con tanto rigor que los mismos españoles han de ser los que queden menos contentos de su entereza. Esto no le fiaron a la Francia, y así entregó la pluma de sus últimos sucesos y de sus reyes a un italiano; y no contenta aún con esto, le mandó salir de aquel reino y que se fuese a Italia a escribir libremente; y así ha historiado tan acertadamente Henrico Catarino, que ha escurecido al Guicciardino y aun causado recelo a Tácito. Con esto, cada uno llevaba la que menos pensaba y quisiera: las que parecían de unas aves, eran de otras, como la que pasó plaza del Conestagio en La unión de Portugal con Castilla, que bien mirada se halló no ser suya, sino del conde de Portalegre, para deslumbrar la más eterna prudencia. Pidió uno las de la fénix para escribir della, y encargósele seriamente no las gastase sino en las de la fama. La que se conoció con toda realidad ser de fénix fue la de aquella princesa excepción de la hermosura, no ya necia, aunque sí desgraciada, la inestimable Margarita de Valois, a quien y al César solos se les permitió escribir con acierto de sí mismos. Pidió un príncipe soldado una pluma, la más bien cortada de todas; por el mismo caso se la dio sin cortar, diciéndole:

—Vuestra misma espada le ha de dar el corte, que si ella cortare bien, la pluma escribirá mejor.

Otro gran príncipe, y aun monarca, pretendió la mejor de todas por lo menos la más plausible, porque él quería inmortalizarse con ella. Y viendo que realmente la merecía, escogió entre todas y diole una entresacada de las alas de un cuervo. No quedó contento, antes murmuraba que cuando pensó le daría la de alguna águila real, que levantase el vuelo hasta el sol, le daba aquella tan infausta.

—¡Eh, señor, que no lo entendéis! —dijo la Historia— [que éstas] son de cuervo en el picar, en el adevinar las intenciones, en desentrañar los más profundos secretos. Ésta del Comines es la más plausible de todas.

Trataba un gran personaje de mandar quemar una déstas. Desengañáronle no lo intentase, porque son como las de la fénix, que en el fuego se eternizan, y en prohibiéndolas vuelan por todo el mundo. La que celebró mucho, y por eso la dio a Aragón, fue una cortada de un girasol.

—Ésta —dijo— siempre mirará a los rayos de la verdad.

Admirándose mucho de ver que, habiendo tanta copia de historiadores modernos, no tenía sus plumas la inmortal ninfa en su mano, ni las ostentaba, sino cual y cual, la de Pedro Mateo, del Santoro, Babia, del conde de la Roca, Fuenmayor y otros. Mas desgañáronse cuando advirtieron eran de simplicísimas palomas, sin la hiél de Tácito, sin la sal de Curcio, sin el picante de Suetonio, sin la atención de Justino, sin la mordacidad del Platina.

—Que no todas las naciones —decía la gran reina de la verdad— tienen un numen para la historia: aquéllos por ligeros fingen, estos otros porque llanos descaecen, y así las más destas plumas modernas son chabacanas, insulsas, y en nada eminentes. Veréis muchas maneras de historiadores: unos gramaticales, que no atienden sino al vocablo y a la colocación de las palabras, olvidándose del alma de la historia; otros cuestionarios, todo se les va en disputar y averiguar puntos y tiempos; hay anticuarios, gaceteros y relacioneros, todos materiaies y mecánicos, sin fondo de juicio ni altanería de ingenio.

Topó una pluma de caña dulce distilando néctar, y al punto la sacudió de sí, diciendo:

—Estas no tanto eternizan las hazañas cuanto confitan los desaciertos.

Aborrecía sumamente toda pluma teñida, por apasionada, decantándose siempre ya al lado del odio, ya de la afición. Fue a sacar una y reparó:

—Ésta ya ha salido otra vez, ya la di a otro primero, y si mal no me acuerdo fue a Illescas, a quien le traslada capítulos enteros el Sandoval: basta que yo me he equivocado. Mucho se detuvieron aquí, y aun se estuvieran: tan entretenida es la mansión de la Historia.

Pasaron ya, cortejados del Ingenio, por la de la Humanidad. Lograron muchas y fragantes flores, delicias de la Agudeza, que aquí asistía tan aliñada cuan hermosa, leyéndolas en latín Erasmo, el Evorense y otros, y escogiéndolas en romance las florestas españolas, las facecias italianas, las recreaciones del Guicciardino, hechos y dichos modernos del Botero, de solo Rufo seiscientas flores, los gustosos Palmirenos, las librerías del Doni, sentencias, dichos y hechos de varios, elogios, teatros, plazas, silvas, oficinas, jeroglíficos, empresas, geniales, polianteas y fárragos.

No fue menos de admirar la ninfa Anticuaría, de más curiosidad que sutileza. Tenía por estancia un erario enriquecido de estatuas, piedras, inscripciones, sellos, monedas, medallas, insignias, urnas, barros, láminas, con todos los libros que tratan desta noticiosa antigüedad, tan acreditada con los eruditos diálogos de don Antonio Agustín, ilustrada de los Golzios y últimamente enriquecida con las noticias de las monedas antiguas españolas del Lastanosa.

Al lado déste hallaron otro tan embarazado de materialidades, que a la primera vista creyeron sería algún obrador mecánico; mas cuando vieron globos celestes y terrestres, esferas, astrolabios, brújulas, dioptras, cilindros, compases y pantómetras, conocieron ser los desvanes del entendimiento y el taller de las matemáticas, sirviendo de alma muchos libros de todas estas artes y aun de las vulgares, pero de la noble pintura y arquitectura había tratados superiores.

Fueron registrando todos estos nichos de paso, lo que basta para no ignorar, así como el de la indagadora Natural Filosofía, levantando mil testimonios a la naturaleza. Servían de estantes a sus curiosos tratados los cuatro elementos, y en cada uno los libros que tratan de sus pobladores, como de las aves, peces, brutos, plantas, flores, piedras preciosas, minerales; y en el fuego, de sus meteoros, fenómenos y de la artillería. Pero enfadados de tan desabrida materialidad, los sacó de allí el Juicio para meterlos en sí. Veneraron ya una semideidad en lo grave y lo sereno, que en la más profunda estancia y más compuesta estaba entresacando las saludables hojas de algunas plantas, para conficionar medicinas y distilar quintas esencias con que curar el ánimo y en que conocieron luego era la Moral Filosofía. Cortejaron de propósito, y ella les dio asiento entre sus venerables sujetos. Sacó en primer lugar unas hojas, que parecían del díctamo, gran contra veneno, y mostró estimarlas mucho, si bien a algunos les parecieron algo secas y aun frías, de más provecho que de gusto; pero de verdad muy eficaces. Y aseguró haberlas cogido por su mano de los huertos de Séneca. En un plato, que pudo ser fuente de doctrina, puso otras, diciendo:

—Éstas, aunque más desabridas, son divinas.

Allí vieron el ruibarbaro de Epicteto y otras purgativas de todo exceso de humor para aliviar el ánimo. Para apetito y regalo, hizo una ensalada de los diálogos de Luciano, tan sabrosa, que a los más descomidos les abrió el gusto no sólo de comer, pero de rumiar los grandes preceptos de la prudencia. Después déstos, echó mano de unas hojas muy comunes, mas ella las comenzó a celebrar con exageraciones; estaban admirados los circunstantes, cuando las habían tenido más por pasto de bestias que de personas.

—No tenéis razón —dijo, que en estas fábulas de Esopo hablan las bestias para que entiendan los hombres.

Y haciendo una guirnalda, se coronó con ellas. Para sacar una quinta esencia general recogió todas las de Alciato, sin desechar una, y aunque las vio imitadas en algunos, pero eran contrahechas y sin la eficaz virtud de la moralidad ingeniosa. De los Morales de Plutarco se valía para comunes remedios. Echaban gran fragancia todo género de apostemas y sentencias; pero, no haciéndose mucho caso de sus recopiladores, mandó fuesen algunos de ellos premiados con estimación por haberles ayudado mucho y aún, como Lucinas, haberles dado forma de una aguda donosidad. Topó unas grandes hojazas, muy extendidas, no de mucha eficacia, y así dijo:

—Éstas del Petrarca, Justo Lipsio y otros, si tuvieran tanto de intensión como tienen de cantidad, no hubiera precio bastante para ellas.

Acertó a sacar unas de tal calidad, que al mismo punto los circunstantes las apetecieron, y unos las mascaban, otros las molían y estaban todo el día sin parar aplicando el polvo a las narices.

—Basta —dijo— que estas hojas de Quevedo son como las del tabaco, de más vicio que provecho, más para reír que aprovechar.

De la Celestina y otros tales, aunque ingeniosos, comparó sus hojas a las del perejil, para poder pasar sin asco la carnal grosería.

—Estas otras, aunque vulgares, son picantes, y tal señor hay que gasta su renta en ellas. Éstas de Barclayo y otros son como las de la mostaza, que aunque irritan las narices, dan gusto con su picante.

Al contrario, otras muy dulces, así en el estilo como en los sentimientos, las remitió más para paladear niños y mujeres que para pasto de hombres. Las empresas del Jovio puso entre las olorosas y fragantes, que con su buen olor recrean el celebro. Ostentó mucho unas hojas, aunque mal aliñadas, y tan feas que les causaron horror, mas la prudente ninfa dijo:

—No se ha de atender al estilo del infante Don Manuel, sino a la extremada moralidad y al artificio con que enseña.

Por buen dejo sacó una alcarchofa y con lindo gusto la fue deshojando, y dijo:

—Estos raguallos del Boquelino son muy apetitosos, pero de toda una hoja sólo se come el cabo con su sal y su vinagre.

Muy gustosos y muy cebados se hallaban aquí, sin tratar de dejar jamás estancia tan de hombres. Sola la Conveniencia pudo arrancarlos, que a la puerta de un otro gran salón y muy su semejante, aunque más majestuoso, les estaba convidando y decía:

—Aquí es donde habéis de hallar la sabiduría más importante, la que enseña a saber vivir.

Entraron por razón de Estado y hallaron una coronada ninfa que parecía atender más a la comodidad que a la hermosura, porque decía ser bien ajeno, y aun se le oyó decir tal vez:

—Dadme grosura y os daré hermosura.

A lo que se conocía, todo su cuidado ponía en estar bien acomodada; mas aunque muy disimulada y de rebozo, la conoció Critilo y dijo:

—Ésta, sin más ver, es la Política.

—¡Qué presto la has conocido! No suele ella darse a entender tan fácilmente. Era su ocupación, que no hay sabiduría ociosa, fabricar coronas, unas de nuevo, otras de remiendo, y perficionábalas mucho. Había de todas materias y formas, de plata, de oro y de cobre, de palo, de robre, de frutos y de flores. Y todas las estaba repartiendo con mucha atención y razón. Ostentó la primera muy artificiosa, sin defecto alguno ni quiebra, pero más para vista que platicada; y dijeron todos era la República de Platón, nada a propósito para tiempos de tanta malicia. Al contrario, vieron otras dos, aunque de oro, pero muy descompuestas y de tan mal arte, aunque buena apariencia, que al punto las arrojó en el suelo y las pisó, diciendo:

—Este Príncipe del Maquiavelo y esta República del Bodino no pueden parecer entre gentes; no se llamen de razón, pues son tan contrarias a ella. Y advertid cuánto denotan ambas políticas la ruindad destos tiempos, la malignidad destos siglos y cuán acabado está el mundo.

La de Aristóteles fue una buena vieja. A un príncipe, tan católico como prudente, encomendó una toda embutida de perlas y de piedras preciosas: era la Razón de Estado de Juan Botero. Estimóla mucho y se le lució bien.

Aquí vieron una cosa harto extraña: que habiendo salido a luz una otra muy perfecta y labrada conforme a las verdaderas reglas de la policía christiana, alabándola todos con mucho fundamento, llegó un gran personaje mostrando grandes ganas de haberla a su mano, trató de comprar todos los ejemplares y dijo cuanto le pidieron por ellos; y cuando todos creían nacía de estimación, para presentársela a su príncipe, fue tan al revés, que porque no llegase a sus manos, mandó hacer un gran fuego y quemar todos los ejemplares, esparciendo al aire sus cenizas. Mas, aunque fue en secreto, llegó a noticia de la atenta ninfa, que, como tan política, se las entiende a todo el mundo, y al punto mandó al mismo autor la volviese a estampar, sin que faltase un tilde, y repartióla por toda Europa, con estimación universal, cuidando que no volviese ningún ejemplar a manos de aquel político contra política.

Sacó del seno una caja tan preciosa como odorífera y, rogándole todos la abriese y les mostrase lo que contenía, dijo:

—Es una riquísima joya, ésta no sale a luz, con que da tanta: son las instrucciones que dio la experiencia de Carlos V a la gran capacidad de su prudente hijo.

Estaba allí apartada una que aspiraba a eterna, más en la cantidad que en la calidad, obra de tomo. Nadie se atrevía a emprenderla.

—Sin duda —dijo Critilo—, que es la de Bobadilla, que todos, cansados, la dejan descansar.

—Esta otra, aunque pequeña, sí que es preciosa —dijo la sagaz ninfa—. No tiene otra falta esta Política sino de autor autorizado.

Estaban hacinadas muchas coronas, unas sobre otras, que en el poco aliño se conoció su poca estimación. Reconociéronlas y hallaron estaban huecas, sin rastro de substancia.

—Éstas —dijo— son las Repúblicas del mundo, que no dan razón más que de las cosas superficiales de cada reino. No desentrañan lo recóndito; contentanse con la corteza. Conocieron el Galateo y otros sus semejantes, y pareciéndoles no era éste su lugar, ella porfió que sí, pues pertenecían a la política de cada uno, a la razón especial de ser personas. Lograron muchas maneras de instrucciones de hombres grandes a sus hijos, varios aforismos políticos sacados del Tácito y de otros sus secuaces, si bien había muchos por el suelo. Y dijo:

—Éstos son varios discursos de arbitrios en quimeras, que todos son aire y vienen a dar en tierra.

Coronaba todas estas mansiones eternas uno, no ya camarín, sino sacrario, inmortal centro del espíritu, donde presidía el arte de las artes, la que enseña la divina policía, y estaba repartiendo estrellas en libros santos, tratados devotos, obras ascéticas y espirituales.

—Éste —dijo el varón alado— advierte que no tanto es estante de libros, cuanto Atlante de un cielo.

Aquí exclamó Critilo:

—¡Oh fruición del entendimiento! ¡Oh tesoro de la memoria, realce de la voluntad, satisfación del alma, paraíso de la vida! Gusten unos de jardines, hagan otros banquetes, sigan éstos la caza, cébense aquéllos en el juego, rocen galas, traten de amores, atesoren riquezas, con todo género de gustos y de pasatiempos: que para mí no hay gusto como el leer, ni centro como una selecta librería.

Hizo señal de leva el varón alado, mas Critilo:

—Eso no —dijo— sin ver primero en persona la hermosa Sofísbella, que un tal cielo como éste no puede dejar de tener por dueño al mismo sol. Suplicóte, ¡oh condutor alado!, quieras introducirme ante su divina presencia. Que ya me la imagino idea de beldades, ejemplar de perfecciones, ya me parece que admiro la serenidad de su frente, la perspicacia de sus ojos, la sutileza de sus cabellos, la dulzura de sus labios, la fragancia de su aliento, lo divino de su mirar, lo humano de su reír, el acierto con que discurre, la discreción con que conversa, la sublimidad de su talle, el decoro de su persona, la gravedad de su trato, la majestad de su presencia. Ea, acaba, ¿en qué te detienes?; que cada instante que tardas se me vuelve eternidades de pena.

Cómo se desempeñó el varón alado, cómo logró Critilo su dicha, veremos, después de dar noticia de lo que le aconteció a Andrenio en la gran plaza del Vulgo.

Crisi quinta

Plaza del populacho y corral del Vulgo

Estábase la Fortuna, según cuentan, bajo su soberano dosel, más asistida de sus cortesanos que asistiéndoles, cuando llegaron dos pretendientes de dicha a solicitar sus favores. Suplicó el primero le hiciese dichoso entre personas, que le diese cabida con los varones sabios y prudentes. Mirándose unos a otros los curiales y dijeron:

—Éste se alzará con el mundo.

Mas la Fortuna, con semblante mesurado y aun triste, le otorgó la gracia pretendida. Llegó el segundo y pidió, al contrario, que le hiciese venturoso con todos los ignorantes, y necios. Riéronlo mucho los del cortejo, solemnizando gustosamente una petición tan extraña. Mas la Fortuna, con rostro muy agradable, le concedió la suplicada merced. Partiéronse ya entrambos tan contentos como agradecidos, abundando cada uno en su sentir. Mas los áulicos, como siempre están contemplando el rostro de su príncipe y brujuleándole los afectos, notaron mucho aquel tan extravagante cambiar semblantes de su reina. Reparó también ella en su reparo y muy galante le dijo:

—¿Cuál de estos dos, pensáis vosotros, ¡oh cortesanos míos!, que ha sido el entendido? Creeréis que el primero. Pues sabed que os engañáis de medio a medio, sabed que fue un necio: no supo lo que pidió, nada valdrá en el mundo. Este segundo sí que supo negociar: éste se alzará con todo.

Admiráronse mucho, y con razón, oyendo tan paradojo sentir, mas desempeñóse ella diciendo:

—Mirá, los sabios son pocos, no hay cuatro en una ciudad; ¡qué digo cuatro!, ni dos en todo un reino. Los ignorantes son los muchos, los necios son los infinitos; y así, el que los tuviere a ellos de su parte, ése será señor de un mundo entero.

Sin duda que estos dos fueron Critilo y Andrenio, cuando éste, guiado del Cecrope, fue a ser necio con todos. Era increíble el séquito que arrastraba el que todo lo presume y todo lo ignora. Entraron ya en la plaza mayor del universo, pero nada capaz, llena de gentes, pero sin persona, a dicho de un sabio que con la antorcha en la mano, al medio día iba buscando un hombre que lo fuese y no había podido hallar uno entero: todos lo eran a medias; porque el que tenía cabeza de hombre, tenía cola de serpiente, y las mujeres de pescado; al contrario, el que tenía pies no tenía cabeza. Allí vieron muchos Acteones que luego que cegaron se convirtieron en ciervos. Tenían otros cabezas de camellos, gente de cargo y de carga; muchos, de bueyes en lo pesado, que no en lo seguro; no pocos, de lobos, siempre en la fábula del pueblo; pero los más, de estólidos jumentos, muy a lo simple malicioso.

—Rara cosa —dijo Andrenio—, que ninguno tiene cabeza de serpiente ni de elefante, ni aun de vulpeja.

—No, amigo —dijo el Filósofo—, que aun en ser bestias no alcanzan esa ventaja. Todos eran hombres a remiendos, y así, cual tenía garra de león, y cual de oso el pie; hablaba uno por boca de ganso, y otro murmuraba con hocico de puerco; éste tenía pies de cabra, y aquél orejas de Midas; algunos tenían ojos de lechuza, y los más de topo; risa de perro, quien yo sé, mostrando entonces los dientes.

Estaban divididos en varios corrillos hablando, que no razonando, y así oyeron en uno que estaban peleando: a toda furia ponían sitio a Barcelona y la tomaban en cuatro días por ataques, sin perder dinero ni gente; pasaban a Perpiñán, mientras duraban las guerras civiles de Francia; restauraban toda España, marchaban a Flandes, que no había para dos días; daban la vuelta a Francia, dividíanla en cuatro potentados, contrarios entre sí, como los elementos; y finalmente venían a parar en ganar la Casa Santa.

—¿Quién son éstos —preguntó Andrenio— que tan bizarramente pelean? ¿Si estaría aquí el bravo Picolomini? ¿Es por ventura aquél el conde de Fuensaldaña, y aquel otro Totavila?

—Ninguno déstos es soldado —respondió el Sabio—, ni han visto jamás la guerra. ¿No ves tú que son cuatro villanos de una aldea? Sólo aquel que habla más que todos juntos es el que lee las cartas, el que compone los razonamientos, el que le va a los alcances al cura: digo, el barbero.

Impaciente, Andrenio, dijo:

—Pues si éstos no saben otro que destripar terrones, ¿por qué tratan de allanar reinos y conquistar provincias?

—¡Eh! —dijo el Cecrope—, que aquí todo se sabe.

—No digas se sabe —replicó el Sabio—, sino que todo se habla.

Toparon en otro que estaban gobernando el mundo: uno daba arbitrios, otro publicaba premáticas, adelantaban los comercios y reformaban los gastos.

—Éstos —dijo Andrenio— serán del parlamento; no pueden ser otro, según hablan.

—Lo que menos tienen —dijo el Sabio— es de consejo. Toda es gente que, habiendo perdido sus casas, tratan de restaurar las repúblicas.

—¡Oh vil canalla! —exclamó Andrenio—. ¿Y de dónde les vino a éstos meterse a gobernar?

—Ahí verás —respondió el Serpihombre— que aquí todos dan su voto.

—Y aun su cuero —replicó el Sabio.

Y acercándose a un herrero:

—Advertí —le dijo— que vuestro oficio es herrar bestias; dad alguna en el clavo. Y a un zapatero lo metió en un zapato, pues le mandó no saliese dél. Más adelante estaban otros altercando de linajes, cuál sangre era la mejor de España; si el otro era gran soldado de más ventura que valor, y que toda su dicha había consistido en no haber tenido enemigo; ni perdonaban a los mismos príncipes, definiendo y calificándolos si tenían más vicios de hombres que prendas de reyes. De modo que todo lo llevaban por un rasero.

—¿Qué te parece? —dijo el Cecrope—. ¿Pudieran discurrir mejor los siete sabios de Grecia? Pues advierte que todos son mecánicos, y los más sastres.

—Eso creeré yo, que de sastres siempre hay muchos.

Y Andrenio:

—¿Pues quién los mete a ellos en esos puntos?

—¡Oh sí!, que es su oficio tomar medida a cada uno y cortarle de vestir. Y aun todos en el mundo son ya sastres en descoser vidas ajenas y dar cuchilladas en la más rica tela de la fama.

Aunque era tan ordinario aquí el ruido y tan común la vocería, sintieron que hablaban más alto allí cerca en una ni bien casa ni mal zahurda, aunque muy enramada, que en habiendo riego hay ramos.

—¿Qué estancia o qué estante es éste? —preguntó Andrenio.

Y el Cecrope, agestándose de misterio:

—Este es —dijo— el Areópago; aquí se tiene el Consejo de Estado de todo el mundo.

—Bueno irá él si por aquí se gobierna. Ésta más parece taberna.

—Así como lo es —respondió el Sabio—, que como se les suben los humos a las cabezas, todos dan en quererlo ser.

—Por lo menos —replicó el Cecrope—, no pueden dejar de dar en el blanco.

—Y aun en el tinto —respondió el Sabio.

—Pues de verdad —volvió a instar— que han salido de aquí hombres bien famosos y que dieron harto que decir de sí.

—¿Quiénes fueron éstos?

—¿Cómo quiénes? ¿Pues no salió de aquí el tundidor de Segovia, el cardador de Valencia, el segador de Barcelona y el carnicero de Nápoles?: que todos salieron a ser cabezas y fueron bien descabezados.

Escucharon un poco y oyeron que unos en español, otros en francés, en irlandés algunos, y todos en tudesco estaban disputando cuál era más poderoso de sus reyes, cuál tenía más rentas, qué gente podían meter en campo, quién tenía más estados, brindándose a la salud de ellos y a su gusto.

—De aquí, sin duda —dijo Andrenio—, salen tantos como andan rodando por esa gran vulgaridad, dando su voto en todo. Yo creí procedía de estar tan acabados los hombres, que andaban ya en cueros; mas ahora veo que todos los cueros andan en ellos.

—Así es —ponderó el Sabio—. No verás a otro por ahí sino pellejos rebutidos de poca substancia. Mira aquél, cuanto más hinchado más vacío; aquel otro está lleno de vinagre a lo ministro; aquellos botillos pequeños son de agua de azahar, que con poco tienen harto, luego se llenan; aquellos muchos son de vino, y por eso en tierra; aquellos otros, los que en siendo de voto, son de bota; muchos están embutidos de paja, que la merecen; colgados otros, por ser de hombres fieros, que hasta del pellejo de un bárbaro están acullá haciendo un tambor para espantar, muerto, sus contrarios: tan allá resuena la fiereza déstos. De la mucha canalla que de adentro redundaba, se descomponían por allí cerca muchos otros corrillos, y en todos estaban murmurando del gobierno, y esto siempre y en todos los reinos, aun en el siglo de oro y de la paz. Era cosa ridicula oír los soldados tratar de los Consejos, dar priesa al despacho, reformar los cohechos, residenciar los oidores, visitar los tribunales. Al contrario, los letrados era cosa graciosa verles pelear, manejar las armas, dar asaltos y tomar plazas; el labrador hablando de los tratos y contratos, el mercader de la agricultura; el estudiante de los ejércitos, y el soldado de las escuelas; el seglar ponderando las obligaciones del eclesiástico, y el eclesiástico las desatenciones del seglar; barajados los estados, metiéndose los del uno en el otro, saltando cada uno de su coro y hablando todos de lo que menos entienden. Estaban unos viejos diciendo mucho mal de los tiempos presentes y mucho bien de los pasados, exagerando la insolencia de los mozos, la libertad de las mujeres, el estrago de las costumbres y la perdición de todo.

—Yo, menos entiendo el mundo —decía éste— cuanto más va.

—Y yo lo desconozco del todo —decía aquél—. Otro mundo es éste del que nosotros hallamos.

Llegóse en esto el Sabio y díjoles volviesen la mira atrás y viesen otros tantos viejos que estaban diciendo mucho más mal del tiempo que ellos tanto alababan; y detrás de aquéllos, otros y otros, encadenándose hasta el primer viejo su vulgaridad. Media docena de hombres muy autorizados, con más barbas que dientes, mucho ocio y poca renta, estaban en otro corro allí cerca tratando de desempeñar las casas de los señores y restituirlas a aquel su antiguo ilustre.

—¡Qué casa —decía uno— la del duque del Infantado cuando se hospedó en ella el rey de Francia prisionero! Y lo que Francisco la celebró.

—¿Pues qué la debía —dijo otro— la del marqués de Villena cuando hacía y deshacía?

—¿Y la del Almirante en tiempo de los Reyes Católicos, púdose imaginar mayor grandeza?

—¿Quién son éstos? —preguntó Andrenio.

—Éstos —respondió el hombre sierpe— son hombres de honor en los palacios: llámanse gentil hombres o escuderos.

—Y en buen romance —dijo el Sabio— son gente que después de haber perdido la hacienda, están perdiendo el tiempo, y los que habiendo sido la polilla de sus casas, vienen a ser la honra de las ajenas; que siempre verás que los que no supieron para sí, quieren saber para los otros.

—Nunca pensé ver —ponderaba Andrenio— tanto necidiscreto junto, y aquí veo de todos estados y géneros, hasta legos.

—¡Oh sí! —dijo el Sabio—, que en todas partes hay vulgo, y por atildada que sea una comunidad hay ignorantes en ella que quieren hablar de todo y se meten a juzgar de las cosas sin tener punto de juicio.

Pero lo que extrañó mucho Andrenio fue ver entre tales heces la república, en medio de aquella sentina vulgar, algunos hombres lucidos y que se decía eran grandes personajes.

—¿Qué hacen aquí éstos? Señor, que se hallen aquí más esportilleros que en Madrid, más aguadores que en Toledo, más gorrones que en Salamanca, más pescadores que en Valencia, más segadores que en Barcelona, más palenquines que en Sevilla, más cavadores que en Zaragoza, más mochilleros que en Milán, no me espanta; pero ¡gente de porte, el caballero, el título, el señor, no sé qué diga!

—¿Qué piensas tú —dijo el Sabio—, que en yendo uno en litera, ya por eso es sabio, que en yendo bien vestido, es entendido? Tan vulgares hay algunos y tan ignorantes como sus mismos lacayos. Y advierte que aunque sea un príncipe, en no sabiendo las cosas y queriéndose meter a hablar de ellas, a dar su voto en lo que no sabe ni entiende, al punto se declara hombre vulgar y plebeyo; porque vulgo no es otra cosa que una sinagoga de ignorantes presumidos y que hablan más de las cosas cuanto menos las entienden. Volvieron los rostros a uno que estaba diciendo:

—Si yo fuera rey…

Y un mochillero.

—Y si yo fuera papa… —decía un gorrón.

—¿Qué habíais de hacer vos si fuérades rey?

—¿Qué? Lo primero me había de teñir los bigotes a la española, luego me había de enojar y ¡voto!…

—No, no juréis, que todos éstos que echan votos huelen a cueros.

—Digo que había de hacer colgar media docena; yo sé que oliera la casa a hombre y que mirarían algunos cómo perdían las vitorias y los ejércitos, cómo entregaban las fortalezas al enemigo. No me había de llevar encomienda quien no fuese soldado, y de reputación, pues para ellos se instituyeron, y no de estos de las plumicas, sino un sargento mayor Soto, un Pedro Estélez, que se han hallado en cien batallas y en mil sitios. ¡Qué virreyes, qué generales hiciera yo, qué ministros! Todos habían de ser Oñates y Caracenas. ¡Qué embajadores que no hiciera!

—¡Oh, no me viera yo un mes papa! —decía el estudiante—. Yo sé que de otra manera irían las cosas; no se había de proveer dignidad ni prebenda sino por oposición, todo por méritos; yo examinara quién venía con más letras que favores, quién traía quemadas las cejas.

Abrióse en esto la portería de un convento y metiéronse a la sopa. Topaban varias y desvariadas oficinas por toda aquella gran plaza mecánica. Los pasteleros hacían valientes empanadas de perro; ni faltaba aquí tantas moscas como allá mosquitos; los calderos siempre tenían calderas que adobar; los olleros alabando lo quebrado; los zapateros a todo hombre buscándole horma de su zapato, y los barberos haciendo las barbas.

—¿Es posible —dijo Andrenio— que entre tanta botica mecánica no topemos una de medicinas?

—Basta que hay hartas barberías —dijo Cecrope.

—Y hartos en ellas —respondió el Sabio— que como bárbaros hablan de todo; mas lo que ellos saben ¿quién lo ignora?

—Con todo eso —dijo Andrenio—, en una vulgaridad tan común es mucho que no haya un médico que recete; por lo menos, no había de faltar la murmuración civil.

—No hacen falta —replicó el Sabio.

—¿Cómo no?

—Porque, aunque todos los males tienen remedio (hasta la misma locura tiene cura en Zaragoza o en Toledo y en cien partes), pero la necedad no la tiene, ni ha habido jamás hombres que curasen de tonto.

—Con todo eso, veis allí unos que lo parecen. Venían dándose a las furias de que todos se les entremeten en su oficio y quieren curar a todos con un remedio. Y eso sería nada si algunos no se metiesen a quererles dar doctrina a ellos mismos, disputando con el médico los jarabes y las sangrías.

—¡Eh! —decían—, déjense matar sin hablar palabra. Pero los herreros llevaban brava herrería, y aun todos parecían calderos. Enfadados los sastres, les dijeron que callasen y dejasen oír, si no entender. Sobre esto armaron una pendencia, aunque no nueva en tales puestos; tratáronse muy mal, pero no se maltrataron, y dijéronles los herreros a los sastres, después de encomios solemnes:

—¡Quita de ahí, que sois gente sin Dios!

—¿Cómo sin Dios? —replicaron ellos enfurecidos—. Si dijérades sin conciencia, pase, pero sin Dios, ¿qué quiere decir eso?

—Sí —repitieron los herreros—, que no tenéis un dios sastre, como nosotros un herrero, y cuando todos le tienen, los taberneros a Baco, aunque anda en celos con Tetis, los mercaderes a Mercurio, de quien tomaron las trampas con el nombre, los panaderos a Ceres, los soldados a Marte, los boticarios a Esculapio. ¡Mirá qué tales sois vosotros, que ningún dios os quiere!

—¡Anda de ahí —respondieron los sastres—, que sois unos gentiles!

—¡Vosotros sí lo sois, que a todos queréis hacer gentiles hombres! Llegó en esto el Sabio y metió paz, consolando a los sastres con que ya que no tenían dios, todos los daban al diablo.

—¡Prodigiosa cosa —dijo Andrenio— que, con meter tanto ruido, no tengan habla!

—¿Cómo que no? —replicó el Cecrope—. Antes jamás cesan de hablar ni tienen otro que palabras.

—Pues yo —replicó Andrenio— no he percibido aún habla que lo sea.

—Tienen razón —dijo el Sabio—, que todas son hablillas y todas falsas. Corrían actualmente algunas bien desatinadas: que habían de caerse muertos muchos cierto día, y lo señalaban, y hubo quien murió de espanto dos días antes; que había de venir un terremoto y habían de quedar todas las casas por tierra. ¡Pues ver lo que se iba extendiendo un disparate déstos, y los muchos que se lo tragaban y bebían y lo contaban unos a otros! Y si algún cuerdo reparaba, se enfurecían. Sin saber de dónde ni cómo nacía, resucitaba cada año un desatino, sin ser bastante el desengaño fresco, corriendo grasa. Y era de advertir que las cosas importantes y verdaderas luego se les olvidaban, y un disparate lo iban heredando de abuelas a nietas y de tías a sobrinas, haciéndose eterno por tradición.

—No sólo no tienen habla —añadió Andrenio—, pero ni voz.

—¿Cómo que no? —replicó el Cecrope—. Voz tiene el pueblo, y aun dicen que su voz es la de Dios.

—Sí, del dios Baco —respondió el Sabio—; y si no, escuchadla un poco y oiréis todos los imposibles no sólo imaginados, pero aplaudidos: oíd aquel español lo que está contando del Cid, cómo de un papirote derribó una torre y de un soplo un gigante; atendé aquel otro francés lo que refiere, y con qué credulidad, de Roldán y cómo de un revés rebanó caballo y caballero armados; pues yo os aseguro que el portugués no se olvide tan presto de la pala de la vitoriosa forneira.

Pretendió entrar en la bestial plaza un gran filósofo y poner tienda de ser personas, feriando algunas verdades bien importantes, aforismos convenientes, pero jamás pudo introducirse ni despachó una tan sola verdad, ni el más mínimo desengaño; con que se hubo de retirar. Al contrario, llegó un embustero sembrando cien mil desatinos, vendiendo pronósticos llenos de disparates como que se había de perder España otra vez, que había acabado ya la casa otomana, leía profecías de moros y de Nostradamus, y al punto se llenó la tienda de gente y comenzó a despachar sus embustes con tanto crédito, que no se hablaba de otro, y con tal aseveración como si fueran evidencias. De modo que aquí más supone un adevino que Séneca, un embustero que un sabio.

Vieron en esto una monstrimujer, con tanto séquito, que muchos de los pasados y los más de los presentes la cortejaban, y todos con las bocas abiertas escuchándola. Era tan gruesa y tan asquerosa, que por doquiera que pasaba dejaba el aire tan espeso que le podían cortar. Revolvióle las entrañas al Sabio; comenzó a dar arcadas.

—¡Qué cosa tan sucia! —dijo Andrenio—. ¿Y quién es ésta?

—Ésta es —dijo el Cecrope— la Minerva de esta Atenas.

—Ésta la invencible y aun la crasa —dijo el Filósofo—. Ella puede ser Minerva, mas a fe que es pingüe. Y a quien tanto engorda, quién puede ser sino la ignorante satisfacción. Veamos dónde va a parar.

Pasó de las vendederas a sentarse en el banco del Cid.

—Aquélla —dijo el Cecrope— es la sapiencia de tanto lego. Allí están graduando a todos y calificando los méritos a cada uno; allí se dice el que sabe y el que no sabe, si el argumento fue grande, si el sermón docto, si tan bien discurrido como razonado, si el discurso fue cabal, si magistral la lición.

—¿Y quién son los que juzgan —preguntó Andrenio— los que dan el grado?

—¿Quiénes han de ser sino un ignorante y otro mayor, uno que ni ha estudiado ni visto libro en su vida, cuando mucho una Silva de varia Lición y el que más más, un Para todos?

—¡Oh! —dijo el Cecrope—, ¿no veis que éstos son los más plausibles personajes del mundo? Todos son bachilleres: aquél que veis allí muy grave es el que en la corte anda diciendo chistes, hace cuento de todo, muerde sin sal cuanto hay, saca sátiras, vomita pasquines, el duende de los corrillos; aquel otro es el que todo lo sabía ya, nada le cuentan de nuevo, saca gacetas y se escribe con todo el mundo, y no cabiendo en todo él, se entremete en cualquier parte; aquel licenciado es el que en las Universidades cobra las patentes, hace coplas, mantiene los corrillos, soborna votos, habla por todos, y en habiendo conclusiones, ni visto ni oído; aquel soldado nunca falta en las campañas, habla de Flandes, hallóse en el sitio de Ostende, conoció al duque de Alba, acude a la tienda del general, el demonio del mediodía, mantiene la conversación, cobra el primero, y el día de la pelea se hace invisible.

—Paréceme que todos ellos son zánganos del mundo —ponderó Andrenio—. ¿Y éstos son los que gradúan de valientes y de sabios?

—Y es de modo —respondió el Cecrope— que el que ellos una vez dan por docto, ése lo es, sepa o no sepa. Ellos hacen teólogos y predicadores buenos médicos y grandes letrados, y bastan a desacreditar un príncipe: dígalo el rey don Pedro. Mas, ¿qué?, si el barbero del lugar no quiere, nada valdrá el sermón más docto, ni será tenido por orador el mismo Tulio. A éstos están esperando que hablen los demás, sin osar decir blanco ni negro hasta que éstos se declaran, y al punto gritan: «¡Grande hombre, gran sujeto!». Y dan en alabar a uno sin saber en qué ni por qué; celebran lo que menos entienden y vituperan lo que no conocen, sin más entender ni saber. Por eso, el buen político suele echar buena esquila que guíe el vulgo a donde él quiere.

—¿Y hay —preguntó Andrenio— quien se paga de tan vulgar aplauso?

—¿Cómo si hay? —respondió el Sabio—; y muchos, hombres vulgares, chabacanos, amigos de la popularidad y que la solicitan con milagrones que llamamos «pasmasimples» y «espantavillanos», obras gruesas y plausibles, porque aquí no tienen lugar los primores ni los realces. Páganse mucho otros de la gracia de las gentes, del favor del populacho; pero no hay que fiar en su gracia, que hay gran distancia de sus lenguas a sus manos: ¡qué fue verlos bravear ayer en un motín en Sevilla y enmudecer hoy en el castigo!; ¿qué se hicieron las manos de aquellas lenguas y las obras de aquellas palabras? Son sus ímpetus como los del viento, que cuando más furioso, calma.

Encontraron con unos que estaban durmiendo, y no apriesa, como encargaba el otro a su criado; no movían pie ni mano. Y era tal la vulgaridad, que los despiertos soñaban lo que los otros dormían, imaginando que hacían grandes cosas; y era de modo, que no corría otro en toda la plaza sino que estaban peleando y triunfando de los enemigos. Dormía uno a pierna tendida, y decían ellos estaba desvelándose, estudiando noche y día y quemándose las cejas. De esta suerte publicaban que eran los mayores hombres del mundo y gente de gran gobierno.

—¿Cómo es esto —dijo Andrenio—, hay tamaña vulgaridad?

—Mira —dijo el Sabio—, aquí si dan en alabar a uno, si una vez cobra buena fama, aunque se eche después a dormir, él ha de ser un gran hombre; aunque ensarte después cien mil disparates, dicen que son sutilezas, y que es la primera cosa del mundo: todo es que den en celebrarle. Y por el contrario, a otros que estarán muy despiertos haciendo cosas grandes, dicen que duermen y que nada valen. ¿Sabes tú lo que le sucedió aquí al mismo Apolo con su divina lira?: que desafiándole a tañer un zafio gañán con una pastoril zampona, nunca quiso el culto numen salir, con que se lo rogaron las musas; y el salvajaz le zahería su temor y se jactaba de la vitoria. No hubo remedio: no más de porque había de ser juez el vulgacho, no queriendo arriesgar su gran reputación a un juicio tan sin él. Y por no haber querido hacer otro tanto, fue condenada la dulcísima filomena en competencia del jumento. Y aun la rosa dicen estuvo a pique de ser vencida de la adelfa, que desde entonces, por su indigno atrevimiento, quedó letal a los suyos. Ni el pavón se atrevió a competir de belleza con el cuervo, ni el diamante con el guijarro, ni el mismo sol con el escarabajo, con tener tan asegurado su partido, por no sujetarse a la censura de un vulgo tan desatinado. Mal señal, decía un discreto, cuando mis cosas agradan a todos; que lo muy bueno es de pocos, y el que agrada al vulgo, por consiguiente, ha de desagradar a los pocos, que son los entendidos. Asomó en esto por la plaza, haciéndola, un raro ente. Todos le recibieron con plausible novedad. Seguíale la turba, diciendo:

—Ahora en este punto llega del Jordán; más tiene ya de Cuatrocientos años.

—Mucho es —decía uno— que no le acompañen ejércitos de mujeres, cuando va a desarrugarse.

—¡Oh no! —decía otro—. ¿No veis que va en secreto? Pues si eso no fuera, ¡qué fuera!

—Por lo menos, ¿no se pudiera traer por acá botija de aquella agua?; que yo sé que vendiera cada gota a doblón de oro.

—No tiene él necesidad de dinero, pues cada vez que echa mano a la bolsa topa un patacón.

—¡Qué otra felicidad esa! No sé yo cuál me escogiera de las dos.

—¿Quién es éste? —preguntó Andrenio.

Y el Sabio:

—Éste es Juan de Para Siempre, que Juan había de ser. Brollaban destas donosísimas vulgaridades, y todas muy creídas, levantando mil testimonios a la naturaleza y aun a la misma posibilidad. Sobre todo, estaban muy acreditados los duendes; había pasa de ellos, como de hechizadas; no había palacio viejo donde no hubiese dos por lo menos. Unos los veían vestidos de verde, otros de colorado, y lo más cierto de amarillo; y todos eran tamañicos, y tal vez con su capuchito, inquietando las casas; y nunca se aparecían a las viejas, que no dicen trasgos con trasgos. No moría mercader que no fuese rodeado de monas y de micos. Había brujas, tantas como viejas, y todas las malcontentas endiabladas; tesoros encantados y escondidos sin cuenta y con cuento, cavando muchos tontos por hallarlos; minas de oro y de plata riquísimas, pero tapiadas hasta que se acaben las Indias, las cuevas de Salamanca y Toledo: ¡mal año para quien se atreviera a dudarlas!

Mas he aquí que en un instante se comovió toda aquella acorralada necedad, sin saber cómo ni por qué, que es tan ordinario como fácil alborotarse un vulgo, y más si es tan crédulo como el de Valencia, tan bárbaro como el de Barcelona, tan necio como el de Valladolid, tan libre como el de Zaragoza, tan novelero como el de Toledo, tan insolente como el de Lisboa, tan hablador como el de Sevilla, tan sucio como el de Madrid, tan vocinglero como el de Salamanca, tan embustero como el de Córdoba y tan vil como el de Granada. Fue el caso que asomó por una de sus entradas, no la principal, donde todas son comunes, un monstruo, aunque raro muy vulgar: no tenía cabeza y tenía lengua, sin brazos y con hombros para la carga, no tenía pecho con llevar tantos, ni mano en cosa alguna; dedos sí, para señalar. Era su cuerpo en todo disforme, y como no tenía ojos, daba grandes caídas: era furioso en acometer, y luego se acobardaba. Hízose en un instante señor de la plaza, llenándola toda de tan horrible escuridad que no vieron más el sol de la verdad.

—¿Qué horrible trasgo es éste —preguntó Andrenio—, que así lo ha eclipsado todo?

—Éste es —respondió el Sabio— el hijo primogénito de la ignorancia, el padre de la mentira, hermano de la necedad, casado con su malicia: éste es el tan nombrado Vulgacho. Al decir esto, descolgó el rey de los cíclopes de la cinta un retorcido caracol que hurtara a un fauno, y alentándolo de vanidad, fue tal su ruido y tan grande el horror que les causó, que agitados todos de un terror fanático, dieron a huir por cosa que no montaba un caracol. No fue posible ponerlos en razón, ni detenerlos, que no se desgalgasen muchos por las ventanas y balcones más a ciegas que pudieran en la plaza de Madrid. Huían los soldados gritando:

—¡Que nos cortan, que nos cortan!

Comenzaron algunos a herirse y a matarse más bárbaramente que gentílicos bacanales. Fuele forzoso a Andrenio retirarse a toda fuga, tan arrepentido como desengañado. Echaba mucho menos a Critilo, pero valióle la asistencia de aquel Sabio y la luz que la antorcha de su saber le comunicaba. Dónde fue aparar, dirá la crisi siguiente.

Crisi sexta

Cargos y descargos de la Fortuna

Comparecieron ante el divino trono de luceros el hombre y la mujer a pedir nuevas mercedes: que a Dios y al rey, pedir y volver. Solicitaban su perfección de manos de quien habían recibido el ser. Habló allí el hombre en primer lugar y pidió como quien era, porque viéndose cabeza, suplicó le fuese otorgada la inestimable prenda de la sabiduría. Pareció bien su petición, y decretósele luego la merced, con tal que pagase en agradecimientos la media anata. Llegó ya la mujer y, atendiendo a que, si no es cabeza, tampoco es pies, sino la cara, suplicó con mucho agrado al Hacedor divino que la dotase en belleza.

—Fata la gracia —dijo el gran Padre celestial—; serás hermosa, Pero con la pensión de tu flaqueza.

Partiéronse muy contentos de la divina presencia, que de ella nadie sale descontento, estimando el hombre por su mayor prenda el entendimiento, y la mujer la hermosura: él la testa y ella el rostro. Llegó esto a oídos de la Fortuna, y dicen quimereó agravios, dando quejas de que no hubiesen hecho caso de la ventura.

—¿Es posible —decía con profundo sentimiento— que nunca haya él oído decir: «Ventura te dé Dios, hijo…», ni ella: «Ventura de fea…»? Dejadles y veremos qué hará él con su sabiduría y ella con su lindeza, si no tienen ventura. Sepa, sabio él y linda ella, que de hoy adelante me han de tener por contraria: desde aquí me declaro contra el saber y la belleza. Yo les he de malograr sus prendas; ni él será dichoso, ni ella venturosa. Desde este día aseguran que los sabios y entendidos quedaron desgraciados, todo les sale mal, todo se les despinta; los necios son los venturosos, los ignorantes favorecidos y premiados. Desde entonces se dijo: «Ventura de fea…». Poco vale el saber, el tener, los amigos y cuanto hay, si no tiene un hombre dicha; y poco le importa ser un sol a la que no tiene estrella.

Esto le ponderaba un enano al melancólico Critilo, desengañándole de su porfía en querer ver en persona la misma Sofisbella, empeño en que le había puesto el varón alado; el cual, sin poderle satisfacer, se le había desaparecido.

—Créeme —decía el enano— que todo pasa en imagen, y aun en imaginación, en esta vida: hasta esa casa del saber toda ella es apariencia. ¿Qué, pensabas tú ver y tocar con las manos la misma sabiduría? Muchos años ha que se huyó al cielo con las demás virtudes en aquella fuga general de Astrea. No han quedado en el mundo sino unos borrones de ella en estos escritos que aquí se eternizan. Bien es verdad que solía estar metida en las profundas mentes de sus sabios, mas ya aun ésos acabaron; no hay otro saber sino el que se halla en los inmortales caracteres de los libros: ahí la has de buscar y aprender.

—¿Quién, pues, fue —preguntó Critilo— el hombre de tan bizarro gusto, que juntó tanto precioso libro y tan selecto? ¿Cúyo es un tan erudito museo?

—Si estuviéramos en Aragón —dijo el Pigmeo—, yo creyera ser del duque de Villahermosa, don Fernando; si en París, del erudito duque de Orliens; si en Madrid, del gran Filipo; y si en Constantinopla, del discreto Osmán, conservado entre cristales. Mas, como digo, ven conmigo en busca de la Ventura, que sin ella ni vale el saber ni el tener, y todas las prendas se malogran.

—Quisiera hallar primero —replicó Critilo— aquel mi camarada que te he dicho que echó por la vereda de la Necedad.

—Si por ahí fue —ponderó el enano—, sin duda restará ya en casa de la Dicha, que antes llegan ésos que los sabios; ten por cierto que le hallaremos en aventajado puesto.

—¿Y sabes tú el camino de la Dicha? —preguntó Critilo.

—Ahí consiste la mayor dificultad; que una vez puestos en él, nos llevará al colmo de toda felicidad. Con todo, paréceme que es éste en lo desigual; demás que me dieron por señal esas yedras que arrimadas se empinan y entremetidas medran. Llegó en eso un soldado muy de leva, que es gente que vive apriesa, y preguntó si iba bien para la Ventura.

—¿Cuál buscáis —dijo el enano—, la falsa o la verdadera?

—¿Pues qué, hay Ventura falsa? Nunca tal oí.

—¡Y cómo si la hay, Ventura hipócrita! Antes es la que hoy más corre; tiénese por dichoso uno en ser rico, y es de ordinario un desventurado; cuenta el otro por gran dicha el haber escapado en mil insultos de las manos de la justicia, y es ése su mayor castigo; «un ángel fue para mí aquel hombre», dice éste, y no fue sino un demonio que le perdió; tiene aquél por gran suerte el no haber padecido jamás ni un revés de la Fortuna, y no es sino un bofetón de que no le ha tenido por hombre el cielo para fiarle un acto de valor; tal dice: «Dios me vino a ver», y no fue sino el mismo Satanás en sus logros, cuenta el otro por gran felicidad el no haber estado en su vida indispuesto, y hubiera sido su único remedio para sanar en el ánimo; alábase el lascivo de haber sido siempre venturoso con mujeres, y ésa es su mayor desventura; estima la otra desvanecida por su mayor dicha su buena gracia, y ésa fue su mayor desgracia. Así que los más de los mortales yerran en este punto, teniendo por felicidad la desdicha; que en errando los principios, todas salen falsas las consecuencias. Entremetióseles un pretendiente (¡qué otro trasto éste del enfado!), y al punto comenzó a quejarse y murmurar, y un estudiante a contradecirle: que todos cuantos piensan saber algo, dan en espíritus de contradición. Pasaron de una en otra a burlarse del enano.

—Y tú —dijo el estudiante— ¿qué vas a buscar?

—Voy —dijo— a ser gigante.

—¡Bravo aliento! Pero ¿cómo podrá ser eso?

—Muy bien, como quisiere mi señora la Fortuna; que si ella favorece, los pigmeos son gigantes, y si no, los gigantes son pigmeos. Otros más ruines que yo están hoy bien encaramados; que no hay prendas que tengan, ni hay sabiduría ni ignorancia, ni valor ni cobardía, ni hermosura ni fealdad, sino ventura o desdicha, tener lunar o estrella: todo es risa lo demás. Al fin, ella se dará maña cómo yo sea grande o lo parezca, que todo es uno.

—¡Voto a tal —dijo el soldado—, que quiera o no, ella habrá de hacer la razón!

—No tan alto, señor soldado —dijo el estudiante—, más bajo.

—¡Éste es mi bajo, y mucho más he de alzar la voz, aunque sea en la sala de don Fernando Ruiz de Contreras! Peor es acobardarse con la Fortuna: sino mostrarla dientes, que sólo se burla con los sufridos; y así veréis que unos socarronazos, cuatro bellacones atrevidos se salen con cuanto quieren y se burlan de todo el mundo; ellos son los medrados, que de los hombres de bien no hay quien se acuerde. ¡Juro, voto que hemos de andar a mojicones y que ha de hacerme favor, aunque reviente!

—No sé yo cómo será eso —replicó el licenciado—, que la Fortuna no hay entenderla: tiene bravos reveses. A otros más estirados he oído ponderar que no hay tomarla el tino.

—Yo, por lo menos —dijo el cortesano— de mis zalemas pienso valerme y mil veces hacerla el buz.

—¡Buz de arca —dijo el soldado— ha de ser el mío! ¿Yo besarla la mano? Si me hiciese merced, eso bien; y si no, lo dicho, dicho.

—Ya me parece que me la veo —decía el enano— y que ella no me ve a mí, por ser pequeño, que sólo son visibles los bien vistos.

—Menos me verá a mí —dijo el estudiante—, por ser pobre; que a los deslucidos nadie los puede ver, aunque les salten al rostro los colores.

—¿Cómo os ha de ver —dijo el cortesano—, si es ciega?

—¿Y eso más? —Ponderó Critilo—. ¿De cuándo acá ha cegado?

—No corre otro en la Corte.

—Pues ¿cómo podrá repartir los bienes?

—¿Cómo? A ciegas.

—Así es —dijo el estudiante—, y así la vio un sabio entronizada en un árbol muy copado, de cuyas ramas, en vez de frutos, pendían coronas, tiaras, cidaris, mitras, capelos, bastones, hábitos, borlas y otros mil géneros de insignias, alternados con cuchillos, dogales, remos, grillos y corazas. Estaban bajo el árbol confundidos hombres y brutos, un bueno y otro malo, un sabio y un jumento, un lobo y un cordero, una sierpe y una paloma. Sacudía ella a ciegas, esgrimiendo su palo, dé donde diere, y Dios te la depare buena; caía sobre la cabeza de uno una corona, y sobre el cuello del otro un cuchillo, sin más averiguar que la suerte; y las más veces se encontraban, pues daba en manos de uno un bastón, que estuviera mejor un remo; a un docto le caía una mitra allá en Cerdeña o acá en Jaca, y a un idiota bien cerca; todo a ciegas.

—Y aun a locas —añadió el estudiante.

—¿Cómo es eso? —replicó Critilo.

—Todos lo dicen que ha enloquecido, y se conoce, pues no va cosa con concierto.

—¿Y de qué enloqueció?

—Cuéntanse varias cosas. La más constante opinión es que la Malicia la ha dado bebedizos, y a título de descansarla, se la [ha] alzado con el mando y así da a sus favoridos cuanto quiere; a los ladrones las riquezas, a los soberbios las honras, a los ambiciosos las dignidades, a los menguados las dichas, a las necias la hermosura, a los cobardes las vitorias, a los ignorantes los aplausos y a los embusteros todo; el más ruin jabalí se come la mejor bellota y así no van ya por méritos los premios ni por culpas los castigos; unos yerran y otros lo murmuran: al fin, todo va a locas, como digo.

—¿Y por qué no a malas también? —añadió el soldado—, pues la hacen fama de ruin, amiga de los jóvenes, siempre favoreciéndoles, y contraria de los varones ancianos y maduros, madrastra de los buenos, envidiosa con los sabios, tirana con los insignes, cruel con los afligidos, inconstante con todos.

—¿Es posible —ponderó Critilo— que de tantos azares se compone, y con todo eso, la vamos a buscar desde que nacimos, y más ciegos y más locos nos vamos tras ella? Ya en esto se descubría un extravagante palacio que por una parte parecía edificio y por la otra ruina, torres de viento sobre arena, soberbia máquina sin fundamentos. Y de todo el que imaginaron edificio, no había sino la escalera; que en esta gran casa de la Fortuna no hay otro que subir y caer. Las gradas parecían de vidrio, más quebradizas cuanto más dobles, y todas llenas de deslizaderos. No había barandillas para tenerse, riesgos sí para rodar. El primer escalón era más dificultoso de subir que una montaña, pero una vez puestos en él, las demás gradas eran facilísimas. Al contrario sucedía en las de la otra banda para bajar, procediendo con tal correspondencia que, así como comenzaba uno a subir por esta parte, al punto caía otro por la otra, aunque más apriesa.

Llegaron cuando actualmente rodaba uno con aplauso universal, porque al punto que comenzó a tumbar, soltó de las manos la gran presa que había hecho de oficios y represa de beneficios: cargos, dignidades, riquezas, encomiendas, títulos, todo iba rodando allí abajo; daba aquí un bote una encomienda, y saltaba acullá a manos de un enemigo suyo; agarraba otro de vuelo del oficio, y todos andaban a la rebatiña, haciendo grande fiesta al trabajo ajeno: mas así se usa. Solemnizólo mucho Critilo y riéronlo todos, diciendo:

—¡Qué bravo chasco de la Fortuna!

—¡Pues si hubiérades visto rodar a Alejandro el Magno, aquel verle soltar un mundo entero y saltar tantas coronas, reinos y provincias como nueces cuesta abajo, y coja quien pudiere! Asegúroos que fue una Babilonia.

Acercóse Critilo a la primer grada con sus camaradas donde estaba toda la dificultad del subir, porque aquí asistía el Favor, primer ministro de la Fortuna y muy su confidente. Éste alargaba la mano a quien se le antojaba para ayudarle a subir, y esto sin más atendencia que su gusto, que debía ser muy malo, pues por maravilla daba la mano a ningún bueno, a ninguno que lo mereciese. Siempre escogía lo peor: en viendo un ignorante, le llamaba, y dejaba mil sabios. Y aunque todo el mundo le murmuraba, nada se le daba, que de sus temeridades tenía hechos callos en el qué dirán. De una legua columbraba un embustero, y a los hombres de substancia y de entereza no los podía ver, porque le parecía le notaban sus locuras y abominaban de sus quimeras. Pues un adulador, un mentiroso, no ya la mano, entrambos brazos le echaba; y para los hombres de veras y de su palabra era un topo, que jamás topó con un hombre de verdad. Siempre echaba mano de tales como él. Perdíase naturalmente por los hombres de tronera entregándolos cuanto hay, y así todo lo confundían. Había millares de hombres por aquel suelo aguardando los favoreciese: pero él, en viendo un entendido, un varón de prendas, decía:

—¡Oxte puto, quién [a] tal le ayudase! Es muy hombre, no conviene. Sujeto, al fin, de bravo capricho. Era de modo que acababa con todos los hombres eminentes en gobierno, en armas, en letras, en grandeza y en nobleza: que había muchos y muy a propósito. Pero ¿qué mucho?, si descubrieron que estaba ciego de todas pasiones y andaba a ciegas topando con las paredes del mundo, acabando con todo él. Ésta, como digo, era una escala para subir a lo alto. No tenía remedio Critilo por desconocido, ni el cortesano por conocido ni el estudiante ni el soldado por merecerlo; sólo el enano tuvo ventura, porque se le hizo pariente, y así luego estuvo arriba. Apurábase el soldado de ver que las gallinas volaban, y el estudiante de que los bestias corrían. Estando en esta dificultad, asomóse acullá en lo más alto Andrenio, que por lo vulgar había subido tan arriba y estaba muy adelantado en el valor. Conoció a Critilo, que no fue poco desde tan alto y de donde muchos desconocieron a sus padres y hijos; mas fue llamada de la sangre. Diole luego la mano y levantóle, y entre los dos pudieron ayudar a subir los demás. Iban trepando por aquellas gradas con harta facilidad de una en otra, ganada la primera, de un cargo en otro y de un premio en muchos. Notaron una cosa bien advertida estando a media escalera, y fue que todos cuantos miraban de la parte de arriba y que subían adelante les parecían grandes hombres, unos gigantes, y gritaban:

—¡Qué gran rey el pasado! ¡Qué capitán aquél que fue! ¡Qué sabio el que murió!

Y al revés, todos cuantos venían atrás les parecían poca cosa y unos enanos.

—¡Qué cosa es —dijo Critilo— ir un hombre delante, aquello de ser primero, o venir detrás! Todos los pasados nos parece que fueron grandes hombres, y todos los presentes y los que vienen nos parecen nada; que hay gran diferencia en el mirar a uno como superior o inferior, desde arriba u desde abajo.

Llegaron ya a la última grada, donde estaba la Fortuna. Pero, ¡oh cosa rara!, ¡oh prodigio nunca creído, y de que quedaron atónitos y aun pasmados!, digo cuando vieron a una reina totalmente diversa de lo que habían concebido y muy otra de lo que todo el mundo publicaba, porque no sólo no era ciega como se decía, pero tenía en una cara de cielo al medio día, unos ojos más perspicaces que una águila, más penetrantes que un lince; su semblante, aunque grave, muy sereno, sin ceños de madrastra, y toda ella muy compuesta. No estaba sentada, porque siempre de leva y en continuo movimiento. Calzaba ruedecillas por chapines; su vestir era la mitad de luto y la otra mitad de gala. Mirándola y mirándose unos a otros, encogiéndose de hombros y arqueando las cejas, admirados de tal novedad, y aun dudaron si era ella.

—Pues ¿quién había de ser? —respondió la Equidad, que la asitía con unas balanzas en la mano.

Oyólo la misma Fortuna, que ya había notado de reojo los ademanes de su espanto, y con voz harto agradable les dijo:

—Llegáos acá, decí qué os habéis turbado. No reparéis en decir la verdad, que yo gusto mucho de los audaces.

Estaban todos tan mudos como encogidos. Sólo el soldado, con valentía en el desahogo y desahogo en el hablar, alzando la voz de modo que pudo oírle todo el mundo, dijo:

—Gran señora de los favores, reina poderosa de las dichas, yo te he de decir hoy las verdades. Todo el mundo, de cabo a cabo, desde la corona a la abarca, está murmurando de ti y de tus procederes. Yo te hablo claro, que los príncipes nunca estáis al cabo de las nuevas, siempre ajenos de lo que se dice.

—Ya sé que todos se quejan de mí —dijo ella misma—, pero ¿de qué y por qué? ¿Qué es lo que dicen?

—Mas ¡qué no dicen! —respondió el soldado—. Al fin, yo comienzo con tu licencia, si no con tu agrado. Dicen, lo primero, que eres ciega; lo segundo, que eres loca; lo tercero, necia; lo cuarto…

—Aguarda, aguarda. Basta, vete poco a poco —dijo—, que hoy quiero dar satisfación al universo. Protesto, lo primero, que soy hija de buenos, pues de Dios y de su divina providencia, y tan obediente a sus órdenes, que no se mueve una hoja de un árbol ni una paja del suelo sin su sabiduría y dirección. Hijos, es verdad que no los tengo, porque no se heredan ni las dichas ni las desdichas. El mayor cargo que me hacen los mortales, y el que yo más siento, es decir que favorezco a los ruines; que aquello de ser ciega, seréis vosotros testigos. Pues yo digo que ellos son los malos y de ruines procederes, que dan las cosas a otros tales como ellos. El ricazo da su hacienda al asesino, al valentón, al truhán, los cientos y los ducientos a la ramera, y trairá desnuda el ángel de una hija y el serafín de una virtuosa consorte: es esto emplean sus grandes rentas. Los poderosos dan los cargos y se apasionan por los que menos los merecen y positivamente los desmerecen, favorecen al ignorante, premian al adulador, ayudan al embustero, siempre adelantando los peores; y del más merecedor, ni memoria, cuanto menos voluntad. El padre se apasiona por el peor hijo, y la madre por la hija más loca, el príncipe por el ministro más temerario, el maestro por el discípulo incapaz, el pastor por la oveja roñosa, el prelado por el subdito relajado, el capitán por el soldado más cobarde, Y si no, mirad, cuando gobiernan hombres de entereza y de virtud, como ahora, si son estimados los buenos, si son premiados los sabios. Escoge el otro por amigo al enemigo de su honra, y por confidente al más ruin; con ése se acompaña, ése que le gasta la hacienda. Creedme que en los mismos hombres está el mal, ellos son los malos y los peores, ellos ensalzan el vicio y desprecian la virtud, que no hay cosa hoy más aborrecida. Favorezcan ellos los hombres de bien, que yo deseo otro. Veis aquí mis manos: miradlas, reconocedlas, que no son mías; ésta es de un príncipe eclesiástico, y esta otra de un seglar; con éstas reparto los bienes, con éstas hago mercedes, con éstas dispenso las felicidades. Ved a quien dan estas manos, a quién medran, a quién levantan; que yo siempre doy las cosas por manos de los mismos hombres, ni tengo otras. Y para que veáis cuánta verdad es ésta: ¡Hola!, ¡hola!, llamadme aquí luego el Dinero, venga la Honra, los Cargos, Premios y Felicidades, venga acá cuanto vale y se estima en el mundo, comparezcan aquí todos cuantos se nombran bienes míos.

Concurrieron luego todos, y comenzó a alborotarlos cuerdamente.

—Venid acá —decía—; ruin canalla, gente baja y soez, que vosotros infames, me tenéis sin honra. Di, tú, bellacón, di, tú, Dinero, por qué estás reñido con los hombres de bien, por qué no vas a casa de los buenos y virtuosos. ¿Es posible que me digan que siempre andas con gente ruin, haciendo camarada con los peores del mundo, y me aseguran que nunca sales de sus casas? ¿Esto se puede tolerar?

—Señora —respondió el Dinero— primeramente, todos los ruines, como son rufianes, farsantes, espadachines y rameras, jamás tienen un real, ni para en su poder. Y si los buenos tampoco le tienen, no tengo yo la culpa.

—Pues ¿quién la tiene?

—Ellos mismos.

—¿Ellos, de qué suerte?

—Porque no me saben buscar: ellos no roban, no trampean, no mienten, no estafan, no se dejan cohechar, no desuellan al pobre, no chupan la sangre ajena, no viven de embeleco, no adulan, no son terceros, no engañan, ¿cómo han de enriquecer si no me buscan?

—¿Qué, es menester buscarle? Vayase él, pues corre tanto, a sus casas mismas y ruégueles y sírvales.

—Señora, ya voy tal vez, o por premio o por herencia, y no me saben guardar: luego me echan la puerta afuera, haciendo limosnas, remediando necesidades, más que el arcipreste de Daroca; pagan luego todo lo que deben, prestan, son caritativos, no saben hacer una ruindad, y así luego me echan la puerta afuera.

—No es eso echarte a rodar, sino bien alto, pues en el cielo. Y tú, Honra, ¿qué respondes?

—Lo mismo, que los buenos no son ambiciosos, no pretenden, no se alaban, no se entremeten; antes, se humillan, se retiran del bullicio, no multiplican cartas, no presentan, y así, ni me saben buscar, ni a ellos los buscan.

—¿Y tú?, Hermosura.

—Que tengo muchos enemigos, todos me persiguen cuando más me siguen; quiérenme para el mundo, nadie para el cielo. Siempre ando entre locas y necias; las vanas me placean, me sacan a vistas; las cuerdas me encierran, me esconden, no se dejan ver. Y así, siempre me topan con gente ruin, a tontas y a locas.

—Habla tú, Ventura.

—Yo, señora, siempre voy con los mozos, porque los viejos no son atrevidos. Los prudentes, como piensan mucho, hallan grandes dificultades; los locos son arrojados, los temerarios no reparan, los desesperados no tienen qué perder: ¿qué quieres tú que diga?

—¿No veis —exclamó la Fortuna— lo que pasa?

Conocieron todos la verdad, y valióle. Sólo el soldado volvió a replicar, y dijo:

—Muchas cosas hay que no dependen de los hombres, sino que tú absolutamente las dispensas, las repartes como quieres, y se quejan que con notable desigualdad. Al fin, yo no sé cómo se es que todos viven descontentos: las discretas porque las hiciste feas, las hermosas porque necias, los ricos porque ignorantes, los sabios porque pobres, los poderosos sin salud, los sanos sin hacienda, los hacendados sin hijos, los pobres cargados dellos, los valientes porque desdichados, los dichosos viven poco, los desdichados son eternos. Así que a nadie tienes contento. No hay ventura cumplida ni contento puro, todos son aguados. Hasta la misma Naturaleza se queja o se excusa con que en todo te le opones. Siempre andáis las dos de punta, que tenéis escandalizado el mundo: si la una echa por un cabo, la otra por el otro. Por el mismo caso que la Naturaleza favorece a uno, tú le persigues; si ella da prendas, tú las desluces y las malogras, que vemos infinitos perdidos por esto, grandes ingenios sin ventura, valentías prodigiosas sin aplauso, un Gran Capitán retirado, un rey Francisco de Francia preso, un Enrique Cuarto muerto a puñaladas, un marqués del Valle pleiteando, un rey don Sebastián vencido, un Belisario ciego, un duque de Alba encarcelado, un don Lope de Hoces abrasado, un Infante Cardenal antecogido, un príncipe don Baltasar, sol de España, eclipsado. Dígoos que traéis revuelto el mundo.

—Basta —dijo la Fortuna—, que lo que más me habían de estimar los hombres, eso me calumnian. ¡Hola, Equidad!, vengan las balanzas. ¿Véislas, véislas? Pues sabed que no doy cosa que no la pese y contrapese primero, igualando muy bien estas balanzas. Venid acá, necios, inconsiderados: si todo lo diera a los sabios, ¿qué hiciérades vosotros? ¿Habíais de quedar destituidos de todo? ¿Qué había de hacer una mujer si fuera necia y fea y desdichada?: desesperarse. ¿Y quién se pudiera averiguar con una hermosa, si fuera venturosa y entendida? Y si no, hagamos una cosa. Traigan acá todas mis dádivas; vengan las lindas: si tan desgraciadas son, truequen con las feas; vengan los discretos: si tan descontentos viven, truequen con los ricos necios, que todo no se puede tener. Fue luego pesando sus dádivas y disfavores, coronas, cetros, tiaras, riquezas, oro, plata, dignidades y venturas. Y fue tal el contrapeso de cuidados a las honras, de dolores a los gustos, de descréditos a los vicios, de achaques a los deleites, de pensiones a las dignidades, de ocupaciones a los cargos, de desvelos a las riquezas, de trabajos a la salud, de crudezas al regalo, de riesgos a la valentía, de desdoros a la hermosura, de pobreza a las letras, que cada uno decía:

—Démonos por buenos.

—Estas dos balanzas —proseguía la Fortuna— somos la Naturaleza y yo, que igualamos la sangre: si ella se decanta a la una parte, yo a la otra; si ella favorece al sabio, yo al necio; si ella a la hermosa, yo a la fea; siempre al contrario, contrapesando los bienes.

—Todo eso está bien —replicó el soldado—, pero ¿porqué no has de ser constante en una cosa, y no andar variando cada día? ¿Para qué es buena tanta mudanza?

—¿Qué más quisieran los dichosos? —respondió la Fortuna—. ¡Bueno, por cierto, que siempre gozasen unos mismos los bienes, y que nunca les llegase su vez a los desdichados! De eso me guardaré yo muy bien. ¡Hola, Tiempo!, ande la rueda, dé una vuelta y otra vuelta, y nunca pare. Abátanse los soberbios y sean ensalzados los humildes, vayan a veces: sepan unos qué cosa es padecer y los otros gozar. Pues si aun con saber esto y llamarme la Mudable, no se dan por entendidos los poderosos, los entronizados, ninguno se acuerda de mañana, despreciando los inferiores, atrepellando los desvalidos. ¿Qué hicieran si ellos supieran que no había de haber mudanza? ¡Hola, Tiempo!, ande la rueda. Si aun deste modo son intolerables los ricos, los mandones, ¿qué fuera si se aseguraran echando un clavo y su felicidad? Éste sí que fuera yerro. ¡Hola, Tiempo!, ande la rueda, y desengáñese todo el mundo que nada permanece sino la virtud.

No tuvo más que replicar el soldado; antes, volviéndose al estudiante, le dijo:

—Pues vosotros, los bachilleres, sois los que más satirizáis la Fortuna, ¿cómo calláis ahora? Decid algo, que en las ocasiones es el tiempo del hablar.

Confesó él que no era, sólo venía a pretender un beneficio bobo. Mas la Fortuna:

—Ya sé —dijo— que los sabios son los que hablan más mal de mí, y en eso muestran serlo.

Escandalizáronse todos mucho de oír esto. Y ella:

—Yo me desempeñaré. No es porque ellos así lo sientan, sino porque lo sienta el vulgo, para tener, a raya los soberbios: yo soy el coco de los poderosos, conmigo les hacen miedo. Teman los ricos, tiemblen los afortunados, escarmienten los validos, enfrénense todos. Una cosa os quiero confesar, y es que los verdaderos sabios, que son los prudentes y virtuosos, son muy superiores a las estrellas. Bien es verdad que tengo cuidado no engorden, porque no duerman; que el enjaulado jilguero, en teniendo qué comer, no canta. Y porque veáis que ellos saben ser dichosos. ¡Hola!, arrastrad aquella mesa.

Era redonda y capaz de todos lo siglos. En medio de ella se ostentaban muchas venturas en bienes, digo, cetros, tiaras, coronas, mitras, bastones, varas, laureles, púrpuras, capelos, tusones, hábitos, borlas, oro, plata, joyas, y todas sobre un riquísimo tapete. Mandó luego llamar todos los pretendientes de ventura, que fueron todos los vivientes: que ¿quién hay que no desee? Coronaron la gran mesa, y teniéndolos así juntos, les dijo:

—Mortales, todos estos bienes son para vosotros. ¡Alto!, disponeos para conseguirlos, que yo nada quiero repartir, por no tener quejosos; cada uno escoja lo que quisiere y coja lo que pudiere.

Hizo señal de agarrar, y al punto comenzaron todos a porfía a alargar los brazos y estirarse para alcanzar cada uno lo que deseaba, pero ninguno podía conseguirlo. Estaba ya uno muy cerca de alcanzar una mitra, aunque no la merecía tanto como un vicario general, y sea el doctor Sala; anduvo porfiando toda la vida tras ella, mas nunca la pudo asir, y murió con aquel buen deseo. Daba saltos un otro por una llave dorada, y aunque se fatigó y fatigó a los otros, como tenía dientes se le defendía. Empinábanse algunos al rojo y al cabo se quedaban en blanco. Anhelaba otro y aun sudaba tras un bastón, mas vino una bala y derribóle a la que le iba a empuñar. Cogían unos la carrera y muy de atrás, y a veces por rodeos y indirectas, daban valientes saltos por alcanzar alguna cosa, y quedábanse burlados. Andaba cierto personaje, aunque a lo disimulado, por alcanzar una corona, cansábase de ser príncipe de retén, mas quedóse con estas esperanzas. Llegó un bravo gigantón, un castillo de huesos, que ya está dicho de carne; no se dignó de mirar a los demás, burlándose de todos.

—Éste sí —dijeron— que se ha de alzar con todo, y más que tiene cien garras. Alzó el brazo, que fue izar una entena, hizo temblar todos los bienes de la Fortuna, mas aunque le alargó mucho y le estiró cuanto pudo y casi casi llegó a rozarse con una corona, no la pudo asir; de que quedó hostigadísimo, maldiciendo y blasfemando su fortuna. Probábanse, ya por una parte y ya por otra, porfiaban, anhelaban y al cabo de todos se rendían.

—¿No hay algún sabio? —gritó la Fortuna—. Venga un entendido y pruébese. Salió al punto un hombre muy pequeño de cuerpo, que los largos raras veces fueron sabios. Riéronse todos en viéndole, y decían:

—¿Cómo ha de conseguir un enano lo que tantos gigantes no han podido? Mas él, sin hacer del hacendado, sin correr ni correrse, sin matarse ni matar, con linda maña, asiendo del tapete, lo fue tirando hacia sí y trayendo con él todos los bienes juntos. Aquí alzaron, todos el aplauso, y la Fortuna dijo:

—Ahora veréis el triunfo del saber.

Hallóse en un punto con todos los bienes en su mano, señor de todos ellos, fuelos tanteando, y habiéndolos sopesado, ni tomó la corona, ni la tiara, ni el capelo, ni la mitra sino una medianía, teniéndola por única felicidad. Viendo esto el soldado, llegóse a él y rogóle le alcanzase un bastón de aquéllos, y el cortesano un oficio. Preguntóle si quería ser ayuda de cámara, y él dijo:

—De cámara, no; de mesa, sí.

Mas no se halló tal plaza, que era muerta. Dábale una tenencia de la guarda; tampoco la acetó, por ser oficio de coscorrones, de más ruido que provecho.

—Toma, pues, esta llave capona.

—¿Y cómo comeré yo sin dientes? No te canses en buscarme oficio en palacio, que todo es ser mozo. Búscame un gobierno allá en Indias, y mejor cuanto más lejos.

Al estudiante le alcanzó su beneficio. Para Critilo y Andrenio un espejo de desengaños. Mas ya en esto, tocaron a despejar, el Tiempo con su muleta, la Muerte con su guadaña, el Olvido con su pala, la Mudanza dando temerarios empellones, el Disfavor puntapiés, la Venganza mojicones. Comenzaron a rodar unos y otros, por una y otra parte, que para el caer no había sino una grada, y ésa deslizadero; todo lo demás era un despeño. Cómo salieron deste común riesgo nuestros dos peregrinos de la vida, que lo mejor del correr es un parar bien, y lo más dificultoso de la ventura es el buen dejo, ése será el principio de la crisi siguiente.

Crisi séptima

El hiermo de Hipocrinda

Componían al hombre todas las demás criaturas tributándole perfecciones, pero de prestado; iban a porfía amontonando bienes sobre él, mas todos al quitar: el cielo le dio la alma, la tierra el cuerpo, el fuego el calor, el agua los humores, el aire la respiración, las estrellas ojos, el sol cara, la fortuna haberes, la fama honores, el tiempo edades, el mundo casa, los amigos compañía, los padres naturaleza y los maestros la sabiduría. Mas viendo él que todos eran bienes muebles, no raíces, prestados todos y al quitar, dicen que preguntó:

—Pues ¿qué será mío? Si todo es de prestado, ¿qué me quedará?

Respondiéronle que la virtud. Ésa es bien propio del hombre, nadie se la puede repetir. Todo es nada sin ella, y ella lo es todo; los demás bienes son de burlas, ella sola es de veras. Es alma de la alma, vida de la vida, realce de todas las prendas, corona de las perfecciones y perfección de todo el ser; centro es de la felicidad, trono de la honra, gozo de la vida, satisfación de la conciencia, respiración del alma, banquete de las potencias, fuente del contento, manantial de la alegría. Es rara porque dificultosa, y donde quiera que se halla es hermosa, y por eso tan estimada. Todos querrían parecer tenerla, pocos de verdad la procuran. Hasta los vicios se cubren con su buena capa y mienten sus apariencias; los más malos querrían ser tenidos por buenos. Todos la querrían en los otros, mas no en sí mismos: pretende éste que aquél le guarde fidelidad en el trato, que no le murmure, ni le mienta, ni le engañe, trate siempre verdad, que en nada le ofenda ni agravie, y él obra todo lo contrario. Con ser tan hermosa, noble y apacible, todo el mundo se ha mancomunado contra ella; y es de modo que la verdadera virtud ya no se ve ni parece, sino la que le parece: cuando pensamos está en alguna parte, topamos con sola su sombra, que es la hipocresía. De suerte que un bueno, un justo, un virtuoso florece como la fénix, que por único se lleva la palma.

Esto les iba ponderando a Critilo y Andrenio una agradable doncella, ministra de la Fortuna, de sus más allegadas, que compadecida de verlos en el común riesgo, estando ya para despeñarse, los asió del copete de la ocasión y los detuvo, y dando una voz al Acaso, le mandó echar la puente levadiza, con que los transpuso de la otra parte de un alto al otro, de la Fortuna a la Virtud, con que se libraron del fatal despeño.

—Ya estáis en salvo —les dijo—, dicha de pocos lograda, pues vistes caer mil a vuestro lado y diez mil a vuestra diestra. Seguid ese camino sin torcer a un lado ni a otro, aunque un ángel os dijese lo contrario, que él os llevará al palacio de la hermosa Virtelia, aquella gran reina de las felicidades. Presto le divisaréis encumbrado en las coronillas de los montes. Porfiad en el ascenso, aunque sea con violencias, que de los valientes es la corona; y aunque sea áspera la subida, no desmayéis, poniendo siempre la mira en el fin premiado. Despidióse con mucho agrado, echándoles los brazos, volvióse a pasar de la otra parte, y al mismo punto levantaron la puente.

—¡Oh! —dijo Critilo—, ¡qué cortos hemos andado en no preguntarla quién era! ¿Es posible que no hayamos conocido una tan gran bien hechora?

—Aún estamos a tiempo —dijo Andrenio—, que aún no la habemos perdido ni de vista ni de oída.

Diéronla voces, y ella volvió un cielo en su cara y dos soles en su cielo, esparciendo favorables influencias.

—Perdona, señora —dijo Critilo—, nuestra inadvertencia, no grosería, y así te favorezca tu reina más que a todas que nos digas quién eres.

Aquí ella, sonriéndose:

—No lo queráis saber —dijo—, que os pesará.

Pero ellos, más deseosos con esto, porfiaron en saberlo, y así les dijo:

—Yo soy la hija mayor de la Fortuna, yo la pretendida de todos, yo la buscada, la deseada, la requerida: yo soy la Ventura. Y al momento se traspuso.

—Juráralo yo —dijo suspirando Critilo— que, en conociéndote, habías de desaparecer. ¡Hase visto más poca suerte en la dicha! Así acontece a muchos cada día. ¡Oh cuántos, teniendo la dicha entre manos, no la supieron conocer, y después la desearon! Pierde uno los cincuenta, los cien mil de hacienda, y después guarda un real; no estima el otro la consorte casta y prudente que le dio el cielo y después la suspira muerta y adorada en la segunda; pierde éste el puesto, la dignidad, la paz, el contento, el estado, y después anda mendigando mucho menos.

—Verdaderamente que nos ha sucedido —dijo Andrenio— lo que a un galán apasionado que, no conociendo su dama, la desprecia, y después, perdida la ocasión, pierde el juicio.

—Desta suerte malograron muchos el tiempo, la ocasión, la felicidad, la comodidad, el empleo, el reino, que después lo lamentaron harto: así sollozaba el rey navarro pasando el Pirineo y Rodrigo en el río de su llanto. ¡Pero desdichado, sobre todo, quien pierda el cielo! Así se iban lamentando, prosiguiendo su viaje, cuando se les hizo encontradizo un hombre venerable por su aspecto, muy autorizado de barba, el rostro ya pasado y todas sus facciones desterradas, hundidos los ojos, la color robada, chupadas las mejillas, la boca despoblada, ahiladas las narices, la alegría entredicha, el cuello de azucena lánguido, la frente encapotada; su vestido, por lo pío, remendado, colgando de la cinta unas disciplinas, lastimando más los ojos del que las mira que las espaldas del que las afecta, zapatos doblados a remiendos, de más comodidad que gala: al fin, él parecía semilla de ermitaños. Saludóles muy a lo del cielo, para ganar más tierra, y preguntóles para dónde caminaban.

—Vamos —respondió Critilo— en busca de aquella flor de reinas, la hermosa Virtelia, que nos dicen mora aquí en lo alto de un monte, en los confines del cielo. Y si tú eres de su casa y de su familia, como lo pareces, suplícote que nos guíes.

Aquí él, después de una gran tronada de suspiros, prorrumpió en una copiosa lluvia de lágrimas.

—¡Oh cómo vais engañados —les dijo—, y qué lástima que os tengo! Porque esa Virtelia, que buscáis, reina es, pero encantada. Vive, aunque más muere, en un monte de dificultades, poblado de fieras, serpientes que emponzoñan, dragones que tragan, y sobre todo hay un león en el camino que desgarra a cuantos pasan; a más de que la subida es inaccesible, al fin cuesta arriba, llena de malezas y deslizaderos donde los más caen, haciéndose pedazos. Bien pocos son y bien raros los que llegan a lo alto. Y cuando toda esa montaña de rigores hayáis sobrepujado, queda lo más dificultoso, que es su palacio encantado, guardadas sus puertas de horribles gigantes que, con mazas aceradas en las manos, defienden la entrada, y son tan espantosos, que sólo el imaginarlos arredra. Verdaderamente me hacéis duelo de veros tan necios que queráis emprender tanto imposible junto. Un consejo os daría yo, y es que echéis por el atajo, por donde hoy todos los entendidos y que saben vivir caminan. Porque habéis de saber que aquí más cerca, en lo fácil, en lo llano, mora otra gran reina muy parecida en todo a Virtelia en el aspecto, en el buen modo, hasta en el andar, que la ha cogido los aires: al fin, un retrato suyo; sólo que no es ella, pero más agradable y más plausible, tan poderosa como ella y que también hace milagros. Para el efecto es la misma, porque, decidme, vosotros ¿qué pretendéis en buscar a Virtelia y tratarla?, ¿que os honre, que os califique, que os abone para conseguir cuanto hay, la dignidad, el mando, la estimación, la felicidad, el contento? Pues sin tanto cansancio, sin costaros nada, a pierna tendida, lo podéis aquí conseguir; no es menester sudar, ni afanar, ni reventar como allá. Dígoos que éste es el camino de los que bien saben; todos los entendidos echan por este atajo, y así está hoy tan valido en el mundo que no se usa otro modo de vida.

—¿De suerte —preguntó Andrenio, ya vacilando— que esa otra reina que tú dices es tan poderosa como Virtelia?

—Y que no la debe nada —respondió el Ermitaño—. Lo que es el parecer, tan bueno le tiene y aun mejor, y se precia dello y procura mostrarlo.

—¿Qué, puede tanto?

—Ya os digo que obra prodigios. Otra ventaja más, y no la menos codiciable, que podréis gozar de los contentos, de los gustos desta vida, del regalo, de la comodidad, de la riqueza, juntamente con este modo de virtud; que aquella otra, por ningún caso los consiente. Ésta en nada escrupulea, tiene buen estómago, con tal que no haya nota ni se sepa: todo ha de ser en secreto. Aquí veréis juntos aquellos dos imposibles de cielo y tierra juntos, que los sabe lindamente hermanar.

No fue menester más para que se diese por convencido Andrenio; hízose al punto de su banda, ya le seguía, ya volaban.

—¡Aguarda —decía Critilo—, que te vas a perder!

Mas él respondía:

—¡No quiero montes! ¡Quita allá gigantes, leones, guarda! Iban ya de carrera arrancada, seguíales Critilo voceando:

—Mira que vas engañado.

Y él respondía:

—¡Vivir, vivir! ¡Virtud holgada, bondad al uso!

—Seguidme, seguidme —repetía el falso Ermitaño—, que éste es el atajo del vivir; que lo demás es un morir continuado.

Fuelos introduciendo por un camino encubierto y aun solapado entre arboledas y ensenadas, y al cabo de un laberinto con mil vueltas y revueltas dieron en una gran casa harto artificiosa que no fue vista hasta que estuvieron en ella. Parecía convento en el silencio y todo el mundo en la multitud: todo era callar y obrar, hacer y no decir, que aun campana no se tañía por no hacer ruido: no se dé campanada. Era tan espaciosa y había tanta anchura, que cabrían en ella más de las tres partes del mundo, y bien holgadas. Estaba entre unos montes que la impedían el sol, coronada de árboles tan crecidos y tan espesos, que la quitaban la luz con sus verduras.

—¡Qué poca luz tiene este convento! —dijo Andrenio.

—Así conviene —respondió el Ermitaño—, que donde se profesa tal virtud no conviene lucimientos.

Estaba la puerta patente, y el portero muy sentado, por no cansarse en abrir. Tenía calzados unos zuecos de conchas de tartugas, desaliñadamente sucio y remendado.

—Este —dijo Critilo—, a ser hembra, fuera la Pereza.

—¡Oh no! —dijo el Ermitaño—, no es sino el Sosiego; no hace aquello de dejamiento, sino de pobreza; no es suciedad, sino desprecio del mundo. Saludóles, dando gracias de su linda vida; intimóles luego sin moverse, con un gancho, un letrero que estaba encima de la puerta y decía con unas letras góticas: Silencio. Y comentóseles el Ermitaño:

—Quiere decir que de aquí adentro, no se dice lo que se siente, nadie habla claro, todos se entienden por señas: aquí callar, y callemos. Entraron en el claustro, pero muy cerrado, que es lo más cómodo para todos tiempos. Iban ya encontrando algunos que en el hábito parecían monjes y era (aunque al uso) bien extraño: por defuera lo que se veía era de piel de oveja, mas por dentro lo que no se parecía era de lobos novicios, que quiere decir rapaces. Notó Critilo que todos llevaban capa, y buena.

—Es instituto —dijo el Ermitaño—. No se puede deponer jamás, ni hacer cosa que no sea con capa de santidad.

—Yo lo creo —dijo Critilo—, y aun con capa de lastimarse está aquél murmurando de todo, con capa de corregir se venga el otro, con capa de disimular permite éste que todo se relaje, con capa de necesidad hay quien se regala y está bien gordo, con capa de justicia es el juez un sanguinario, con capa de celo todo lo malea el envidioso, con capa de galantería anda la otra libertada.

—Aguarda —dijo Andrenio—, ¿quién es aquélla que pasa con capa de agradecimiento?

—¿Quién ha de ser sino la Simonía? Y aquella otra, la Usura paliada. Con capa de servir a la república y al bien público se encubre la ambición.

—¿Quien sera aquél que toma la capa o el manto para ir al sermón, a visitar el santuario, y parece el Festejo?

—El mismo.

—¡Oh maldito sacrilego!

—Con capa de ayuno ahorra la avaricia, con capa de gravedad nos quiere desmentir la grosería. Aquél que entra allí parece que lleva capa de amigo, y realmente lo es, y aun con la de pariente se introduce el adulterio.

—Éstos —dijo el Ermitaño— son de los milagros que obra cada día esta superiora, haciendo que los mismos vicios pasen plaza de virtudes y que los malos sean tenidos por buenos y aun por mejores; los que son unos demonios, hace que parezcan unos angelitos, y todo con capa de virtud.

—Basta —dijo Critilo— que desde que al mismo Justo le sortearon la capa los malos, ya la tienen por suerte: andan con capa de virtud, queriendo parecer al mismo Dios y a los suyos.

—¿No notáis —dijo el falso Ermitaño y verdadero embustero— qué ceñidos andan todos cuando menos ajustados?

—Sí —dijo Critilo—, pero con cuerda.

—Eso es lo bueno —respondió—, para hacer bajo cuerda cuanto quieren, y todo va bajo manga: no se les ven las manos, tanto es su recato.

—No sea —replicó Critilo— que tiren la piedra y escondan la mano.

—¿No veis aquel bendito qué fuera del mundo anda, qué metido va? Pues no piensa en cosa suya, sino en las ajenas, que no tiene cosa propia. No se le ve la cara: no es lo mejor lo descarado. A nadie mira a la cara, y a todos quita el sombrero; anda descalzo por no ser sentido, tan enemigo es de buscar ruido.

—¿Quién es el tal? —preguntó Andrenio—. ¿Es profeso?

—Sí, con que cada día toma el hábito y es muy bien disciplinado. Dicen que es un arrapa-altares por tener mucho de Dios. Hace una vida extravagante: toda la noche vela, nunca reposa. No tiene cosa ni casa suya, y así es dueño de todas las ajenas; y sin saber cómo ni por dónde, se entra en todas y se hace luego dueño dellas. Es tan caritativo, que todos ayuda a llevar la ropa, y a cuantos topa las capas; y así le quieren de modo que, cuando ni parte de alguna, todos quedan llorando y nunca se olvidan dél.

—Éste —dijo Adrenio—, con tantas prendas ajenas, más me huele a ladrón que a monje.

—Ahí verás el milagro de nuestra Hipocrinda, que siendo lo que tú dices, le hace parecer un bendito: tanto que está ya consultado en un gran cargo, en competencia de otro de casa de Virtelia, y se tiene por cierto que le ha de hurtar la bendición; y cuando no, trata de irse a Aragón, donde muera de viejo.

—¡Qué lucido está aquel otro! —dijo Critilo.

—Es honra de penitencia —respondió el Ermitaño—, y aunque tan bueno, no puede tenerse en pie ni acierta a dar un paso.

—Bien lo creo, que no andará muy derecho.

—Pues sabed que es un hombre muy mortificado: nadie le ha visto comer jamás. Eso creeré yo, que a nadie convida, con ninguno parte: todo es predicar ayuno, y no miente, que en habiéndose comido un capón, con la verdad dice: «Hay uno».

—Yo juraré por él que en muchos años no se ha visto un pecho de perdiz en la boca.

—¡Y yo también!

—Y tras toda esta austeridad que usa consigo, es muy suave.

—Así lo entiendo, suave de día y suave de noche; mas ¿cómo está tan lucido?

—Ahí verás la buena conciencia, tiene buen buche, no se ahoga con poco ni se ahita con cosillas; engorda con la merced de Dios, y así todos le echan mil bendiciones. Pero entremos en su celda, que es muy devota. Recibiólos con mucha caridad y franqueóles una alacena, no tan a secas, que no fuese de regadío, dando fruto de dulces, perniles y otros regalos.

—¿Así se ayuna? —dijo Critilo.

—Y así hay una gentil bota —respondió el Ermitaño—. Éstos son los milagros desta casa: que siendo éste antes tenido por un Epicuro, en tomando tan buena capa se ha trocado de modo que compite con un Macario. Y es tanta verdad ésta, que antes de mucho le veréis con una dignidad.

—¿También hay soldados cofadres de la apariencia? —pregunto Andrenio.

—Y son los mejores —respondió el Ermitaño—: tan buenos christianos, que aun al enemigo no le quieren hacer mala cara, con que no lo querrían ver. ¿No ves aquél? Pues en dando un Santiago, se mete a peregrino. En su vida se sabe que haya hecho mal a nadie; no tengan miedo que él beba la sangre de su contrario. Aquellas plumas que tremola, yo juraría que son más de Santo Domingo de la Calzada que de Santiago. El día de la muestra es soldado, y el de la batalla, Ermitaño; más hace él con un lanzón que otros con una pica; sus armas siempre fueron dobles; desde que tomó capa de valiente es un Ruy Díaz atildado. Es de tan sano corazón, que siempre le hallarán en el cuartel de la salud; no es nada vanaglorioso, y así suele decir que más quiere escudos que armas; en dando un espaldar al enemigo, acude al consejo con un peto. Y así es tenido por un buen soldado, muy aplaudido, y en competencia de dos Bernardos está consultado en un generalato, y dicen que él será el hombre y los otros se lo jugarán; que aquí más importa el parecer que el ser. Aquel otro es tenido por un pozo de sabiduría, más honda que profunda, y él dice que en eso está su gozo. Aquí más valen textos que testa. Nunca se cansa de estudiar, su mayor conceto dice ser el que dél se tiene, y aun todos los ajenos nos vende por suyos, que para eso compra los libros. De letras, menos de la mitad basta, y lo demás de fortuna, que el aplauso más ruido hace en vacío. Y al fin, más fácil es y menos cuesta el ser tenido por docto, por valiente y por bueno, que el serlo.

—¿De qué sirven —preguntó Andrenio— tantas estatuas como aquí tenéis?

—¡Oh! —dijo el Ermitaño—, son ídolos de la imaginación, fantasmas de la apariencia: todas están vacías, y hacemos creer que están llenas de substancia y solidez. Métese uno por dentro en la de un sabio, y húrtale la voz y las palabras; otro en la de un señor, y a todos manda y todos sin réplica le obedecen, pensando que habla el poderoso, y no es sino un bergante. Ésta tiene la nariz de cera, que se la tuercen y retuercen como quieren la información y la pasión, ya al derecho, ya al siniestro, y ella pasa por todo. Mirá bien, reparad en aquel ministro de justicia qué celoso, qué justiciero se muestra; no hay alcalde Ronquillo rancio ni fresco Quiñones que le llegue; con nadie se ahorra y con todos se viste; a todos les va quitando las ocasiones del mal, para quedarse con ellas; siempre va en busca de ruindades, y con ese título entra en todas las casas ruines libremente, desarma los valientes y hace en su casa una armería, destierra los ladrones por quedar él solo. Siempre va repitiendo «¡Justicia!», mas no por su casa. Y todo esto, con buen título, y aun colorado. Vieron otros dos que, con nombre de celosos, eran dos grandísimos impertinentes: todo lo querían remediar, y todo lo inquietaban, sin dejar vivir a nadie, diciendo se perdía el mundo, y ellos eran los más perdidos. A esta traza iban encontrando raros milagros de apariencia, extrañas maravillas de la hipocresía, que engañaran a un Ulises.

—Cada día acontece —pondera el Ermitaño— salir de aquí un sujeto amoldado en esta oficina, instruido en esta escuela, en competencia de otro de aquélla de arriba, de la verdadera y sólida virtud, pretendiendo ambos una dignidad, y parecer éste mil veces mejor, hallar más favor, tener más amigos, y quedarse el otro corrido y aun cansado; porque los más en el mundo no conocen ni examinan lo que cada uno es, sino lo que parece. Y creedme que de lejos tanto brilla un claveque como un diamante, pocos conocen las finas virtudes, ni saben distinguirlas de las falsas. Veis allí un hombre más liviano que un bofe, y parece en lo exterior más grave que un presidente.

—¿Cómo es eso? —dijo Andrenio—, que querría aprender esta arte de hacer parecer.

¿Cómo se hacen esos plausibles milagros?

—Yo os lo diré. Aquí tenemos variedad de formas para amoldar cualquier sujeto por incapaz que sea, y ajustarle de pies a cabeza. Si pretende alguna dignidad, le hacemos luego cargado de espaldas; si casamiento, que ande más derecho que un huso; y aunque sea un chisgarabís, le hacemos que muestre autoridad, que ande a espacio, hable pausado, arquee las cejas, pare gesto de ministro y de misterio, y para subir alto, que hable bajo; ponémosle unos antojos, aunque vea más que un lince, que autorizan grandemente; y más, cuando los desenvaina y se los calza en una gran nariz y se pone a mirar de a caballo, hace estremecer los mirados. A más desto tenemos muchas maneras de tintes que de la noche a la mañana transfiguran las personas de un cuervo en un cisne callado, y que si hablare, sea dulcemente palabras confitadas; si tenía piel de víbora, le damos un baño de paloma, de modo que no muestre la hiel, aunque la tenga, ni se enoje jamás, porque se pierde en un instante de cólera cuanto se ha ganado de crédito de juicio en toda la vida, mucho menos muestre asomo de liviandad ni en el dicho ni en el hecho.

Vieron uno, que estaba escupiendo y haciendo grandes ascos.

—¿Qué tiene éste? —preguntó Andrenio.

—Acércate y le oirás decir mucho mal de las mujeres y de sus trajes.

Cerraba los ojos por no verlas.

—Éste sí —dijo el Ermitaño— que es cauto.

—Más valiera casto —replicó Critilo—, que desta suerte abrasan muchos el mundo en fuego de secreta lujuria; introdúcense en las casas como golondrinas, que entran dos y salen seis. Mas ahora que hemos nombrado mujeres, dime, ¿no hay clausura para ellas? Pues, de verdad, que pueden profesar de enredo.

—Sí le hay —dijo el Ermitaño—, convento hay y bien malignante: ¡Dios nos defienda de su multitud! Aquí están desta parte. Y asomóles a una ventana para que viesen de paso, no de propósito, su proceder. Vieron ya unas muy devotas, aunque no de San Lino ni de San Hilario, que no gustan de devociones al uso: sí de San Alejos y de toda romería.

—Aquélla, que allí se parece —dijo el Ermitaño—, es la viuda recatada, que cierra su puerta al Ave María. Mira la doncella que puesta en pretina.

—No sea en cinta.

—Aquella otra es una bella casada; tiénela su marido por una santa.

—Y ella le hace fiestas, cuando menos de guardar.

—A esta otra nunca le faltan joyas.

—Porque ella lo es buena.

—A aquélla la adora su marido.

—Será porque lo dora.

—No gusta de galas, por no gastar la hacienda.

—Y gástale la honra.

—De aquélla dice su marido que metería las manos en un fuego por ella.

—Más valiera que las pusiera en ella y apagara el de su lujuria. Estaba una riñendo unas criadas pequeñas porque brujuleó no sé qué ceños, y ella con mayor decía:

—¡En esta casa no se consiente ni aun el pensamiento! Y repetía entre dientes la criada el eco.

—Desta otra anda siempre predicando su madre lo que ella no se confiesa. Decía otra buena madre de su hija.

—Es una bienaventurada. Y era así, que siempre quisiera estar en gloria.

—¿Cómo están tan descoloridas aquéllas? —reparó Andrenio.

Y el Ermitaño:

—Pues no es de malas, sino de puro buenas: son tan mortificadas, que echan tierra en lo que comen.

—No sea barro.

—Mira qué celosas se muestran éstas.

—Más valiera celadas.

—¿Nunca llegamos —dijo Critilo— a ver esta virtud acomodada, esta prelada suave, esta plática bondad?

—No tardaremos mucho —respondió el Ermitaño—, que ya entramos en el refitorio, donde estará sin duda haciendo penitencia.

Fueron entrando y descubriendo cuerpo y cuerpo, y más cuerpo: al fin, una mujer toda carne y nada espíritu. Tenía el gesto estragado (mas no el gusto), desmentidor del regalo; y cuanto más amarillo, dice que tiene mejor color. Hasta el rosario era de palo santo, y tenía por extremo (que siempre anda por ellos) una muerte, para darse mejor vida. Estaba sentada, que no podía tenerse en pie, equivocando regüeldos con suspiros, muy rodeada de novicios del mundo, dándoles liciones de saber vivir.

—No me seáis simples —les decía—, aunque lo podéis mostrar, que es gran ciencia mostrar no saber. Sobretodo, os encomiendo el recato y el no escandalizar. Ponderábales la eficacia de la apariencia.

—Aquí está todo en el bien parecer, que ya en el mundo no se atiende a lo que son las cosas, sino a los que parecen; porque, mirad —decía—, unas cosas hay que ni son ni lo parecen, y ésa es ya necedad: que aunque no sea de ley, procure parecerlo; otras hay que son y lo parecen, y eso no es mucho; otras que son y no parecen, y ésa es la suma necedad. Pero el gran primor es no ser y parecerlo, eso sí que es saber. Cobrad opinión y conservadla, que es fácil, que los más viven de crédito. No os matéis en estudiar, pero alabaos con arte; todo médico y letrado han de ser ostentación; mucho vale el pico, que hasta un papagayo, porque le tiene, halla cabida en los palacios y ocupa el mejor balcón. Mira que os digo que si sabéis vivir, os sabréis acomodar; y sin trabajo alguno, sin que os cueste cosa, sin sudar ni reventar, os he de sacar personas: por lo menos, que lo parezcáis de modo que podáis ladearos con los más verdaderos virtuosos, con el más nombre de bien. Y si no, tomad ejemplo en la gente de autoridad y de experiencia, y veréis lo que han aprovechado con mis reglas y en cuán gran predicamento están hoy en el mundo ocupando los mayores puestos.

Estaba tan admirado Andrenio cuan pagado de tan barata felicidad, de una virtud tan de balde, sin violencias, sin escalar montañas de dificultades, sin pelear con fieras, sin correr agua arriba, sin remar ni sudar. Trataba ya de tomar el hábito de una buena capa para toda libertad y profesar de hipócrita, cuando Critilo, volviéndose a su Ermitaño, le preguntó:

—Dime, por tu vida larga, si no buena, con esta virtud fingida ¿podremos nosotros conseguir la felicidad verdadera?

—¡Oh pobre de mí! —respondió el Ermitaño—, en eso hay mucho que decir: quédese para otra sitiada.

Crisi octava

Armería del Valor

Estando ya sin virtud el Valor, sin fuerzas, sin vigor, sin brío y a punto de expirar, dícese que acudieron allá todas las naciones, instándole hiciese testamento en su favor y les dejase sus bienes.

—No tengo otros que a mí mismo —les respondió—. Lo que yo os podré dejar será este mi lastimoso cadáver, este esqueleto de lo que fui. Id llegando, que yo os lo iré repartiendo. Fueron los primeros los italianos, porque llegaron primeros, y pidieron la testa.

—Yo os la mando —dijo—. Seréis gente de gobierno, mandaréis el mundo a entrambas manos.

Inquietos los franceses, fuéronse entremetiendo, y deseosos de tener mano en todo, pidieron los brazos.

—Temo —dijo— que si os los doy, habéis de inquietar todo el mundo. Seréis activos, gente de brazo, no pararéis un punto: malos sois para vecinos. Pero los genoveses, de paso, les quitaron las uñas, no dejándoles ni con qué asir ni con qué detener las cosas; pero a los españoles les han dado tan valientes pellizcos en su plata, que no hiciera más una bruja, chupándoles la sangre cuando más dormidos.

—Item más, dejo el rostro a los ingleses. Seréis lindos, unos ángeles; mas temo que, como las hermosas, habéis de ser fáciles en hacer cara a un Calvino, a un Lutero y al mismo diablo. Sobre todo, guardaos no os vea la vulpeja, que dirá luego aquello de «hermosa fachata, mas sin celebro».

Muy antentos, los venecianos pidieron los carrillos. Riéronse los demás, pero el Valor:

—No lo entendéis —les dijo—. Dejad, que ellos comerán con ambos, y con todos. Mandó la lengua a los sicilianos, y habiendo duda entre ellos y los napolitanos, declaró que a las dos Sicilias; a los irlandeses, el hígado; el talle, a los alemanes.

—Seréis hombres de gentil cuerpo, pero mira que no lo estiméis más que el alma. La melsa a los polacos; el liviano, a los moscovitas, todo el vientre a los flamencos y holandeses:

—Con tal que no sea vuestro Dios.

El pecho a los suecos, las piernas, a los turcos, que con todos pretenden hacerlas, y donde una vez mete el pie, nunca más lo levantan; las entrañas, a los persas, gente de buenas entrañas; a los africanos, los huesos, que tengan que roer, como quien son; las espaldas a los chinas, el corazón a los japones, que son los españoles del Asia, y el espinazo a los negros.

Llegaron los últimos los españoles, que habían estado ocupados en sacar huéspedes de su casa que vinieron de allende a echarlos de ella.

—¿Qué nos dejas a nosotros? —le dijeron.

Y él:

—Tarde llegáis, ya está todo repartido.

—Pues a nosotros —replicaron—, que somos tus primogénitos, ¿qué menos que un mayorazgo nos has de dejar?

—No sé ya qué daros. Si tuviera dos corazones, vuestro fuera el primero. Pero mirá, lo que podéis hacer es que, pues todas las naciones os han inquietado, revolved contra ellas, y lo que Roma hizo antes, haced vosotros después: dad contra todas, repelad cuanto pudiéredes, en fe de mi permisión.

No lo dijo a los sordos; hanse dado tan buena maña, que apenas hay nación en el mundo que no la hayan dado su pellizco, y a pocos repelones se hubieran alzado con todo el Valor de pies a cabeza.

Esto les iba exagerando a Critilo y Andrenio a la salida de Francia por la Picardía, un hombre que lo era, y mucho, pues así como tienen unos cien ojos para ver y otras cien manos para obrar, éste tenía cien corazones para sufrir, y todo él era corazón.

—¿Saldréis —decía— con cariño de la Francia?

—No, por cierto —le respondieron—, cuando sus mismos naturales la dejan y los extranjeros no la buscan.

—¡Gran provincia! —dijo el de los cien corazones.

—Sí —respondió Critilo—, si se contentase con sí misma.

—¡Qué poblada de gentes!

—Pero no de hombres.

—¡Qué fértil!

—Mas no de cosas substanciales.

—¡Qué llana y qué agradable!

—Pero combatida de los vientos, de donde se les origina a sus naturales la ligereza.

—¡Qué industriosa!

—Pero mecánica.

—¡Qué laboriosa!

—Pero vulgar, la provincia más popular que se conoce.

—¡Qué belicosos y gallardos sus naturales!

—Pero inquietos, los duendes de la Europa en mar y tierra.

—Son un rayo en los primeros acontecimientos.

—Y un desmayo en los segundos.

—Son dóciles.

—Sí, pero fáciles.

—Oficiosos.

—Pero despreciables y esclavos de las otras naciones.

—Emprenden mucho.

—Y ejecutan poco y conservan nada; todo lo emprenden y todo lo pierden.

—¡Qué ingeniosos, qué vivos y qué prontos!

—Pero sin fondo.

—No se conocen tontos entre ellos.

—Ni doctos, que nunca pasan de una medianía.

—Es gente de gran cortesía.

—Mas de poca fe, que hasta sus mismos Enricos no viven exentos de sus alevosos cuchillos.

—Son laboriosos.

—Así es, al paso que codiciosos.

—No me podéis negar que han tenido grandes reyes.

—Pero los más, de poquísimo provecho.

—Tienen bizarras entradas para hacerse señores del mundo.

—Pero, ¡qué desairadas salidas!; que si entran a laudes, salen a vísperas.

—Acuden con sus armas a amparar cuantos se socorren de ellas.

—Es que son los rufianes de las pronvincias adúlteras.

—Son aprovechados.

—Sí, y tanto, que estiman más una onza de plata que un quintal de honra; el primer día son esclavos, pero el segundo amos, el tercero tiranos insufribles: pasan de extremo a extremo sin medio, de humanos a insolentísimos.

—Tienen grandes virtudes.

—Y tan grandes vicios, que no se puede fácilmente averiguar cuál sea el rey. Y al fin, ellos son antípodas de los españoles.

—Pero, decidme, cómo fue aquello del Ermitaño, qué salida dio a la sagaz pregunta de Critilo.

—Confesóme que a la virtud aparente no le corresponde premio sólido ni verdadero; que bien se les puede echar dado falso a los hombres, pero que Dios no es reído. Oyendo esto, hicímonos del ojo, y en viendo la nuestra, tratamos de colgar el mal hábito de fingidos y saltar las bardas de la vil Hipocresía.

—¡Oh qué bien hicistes! Porque el gozo del hipócrita no dura un instante entero: es como un punto. Entended una verdad, que de cien leguas se conoce la que es verdadera virtud o falsa; está ya muy despabilada la advertencia: luego le conocen a uno de qué pie se mueve y de cuál cojea. Al paso que el engaño anda metafísico, también la cautela sutil vale a los alcances y, por más capa que tome de bondad, no se le escapa de vicio. La virtud sólida y perfecta es la que puede salir a vistas del cielo y de la tierra, ésa la que vale y dura, que es tenida por clara y por eterna. La bellísima Virtelia es la que importa buscar, y no parar hasta hallarla, aunque sea pasando por picas y por puñales; que ella os encaminará a vuestra Felisinda, en cuya busca toda la vida vais peregrinando. Animábales mucho a emprender aquel monte de dificultades que tan acobardado tenía a Andrenio.

—¡Ea, acaba! —le decía—, que esa tu cobarde imaginación te pinta aquel leonazo del camino muy más bravo de lo que es. Advierte que muchos tiernos mancebos y delicadas doncellitas le han desquijarado.

—¿De qué suerte? —preguntó Andrenio.

—Armándose primero muy bien, y peleando mejor después: que todo lo vence una resolución gallarda.

—¿Qué armas son ésas, y dónde las hallaremos?

—Venid conmigo, que yo os llevaré donde las podréis escoger, si no al gusto, al provecho.

Íbanle ya siguiendo y razonando.

—¿Qué importa —decía— sobren armas, si falta el valor? Eso más sería llevarlas para el enemigo.

—¿De modo, que ya finó el Valor? —preguntó Critilo.

—Sí, ya acabó —respondió él—, ya no hay Hércules en el mundo que sujeten monstruos, que deshagan tuertos, agravios y tiranías; que las hagan, sí, que las conserven también, obrando cien mil monstruosidades cada día. Un solo Caco había entonces, un embustero solo, un ladrón en toda una ciudad; y ahora en cada esquina hay el suyo, y cada casa es su cueva: muchos Anteos hijos del siglo, nacidos del polvo de la tierra. ¡Pues, arpías agarradoras, hidras de siete cabezas y de siete mil caprichos, jabalís de su torpeza, leones de su soberbia! Todo está hirviendo de monstruos adocenados, sin hallarse ya quien tenga valor para pasar las columnas de la fortaleza y fijarlas en los fines de los humanos intentos, poniendo término a sus quimeras.

—¡Qué poco duró el Valor en el mundo! —dijo Andrenio.

—Poco, que el hombre valiente y aquellas sus camaradas nunca duran mucho.

—¿Y de qué murió?

—De veneno.

—¡Qué lástima! Si fuera en una inmortal, por tan mortal, batalla de Norlinguen, en un sitio de Barcelona, pase, que un buen fin toda la vida corona, ¡pero de veneno! ¿Hay tal fatalidad? ¿Y en qué se le dieron?

—En unos polvos más letíferos que los de Milán; más pestilentes que los de un royo, de un malsín, de un traidor, de una madrastra, de un cuñado y de una suegra.

—Diráslo porque estos valientes siempre acaban levantando polvaredas que paran en lodos de sangre.

—No; sino con toda realidad; digo que la malicia humana se ha adelantado, de modo que no deja qué obrar a los venideros. Ella ha inventado ciertos polvos tan venenosos y tan eficaces, que han sido la peste y la ruina de todos los grandes hombres, y desde que éstos corren y aun vuelan no ha quedado hombre de valor en el mundo: con todos los famosos han acabado. No hay que tratar ya de Cides ni de Roldanes, como en otros tiempos. Fuera ahora Hércules juguete, viviera Sansón de milagro. Dígoos que han desterrado del mundo la valentía y la braveza.

—¿Y qué polvos son esos tan traidores? —preguntó Critilo—. ¿Son acaso de basiliscos molidos, de entrañas de víboras destiladas, de colas de escorpiones, de ojos envidiosos o lascivos, de intenciones torcidas, de voluntades malévolas, de lenguas maldicientes? ¿Hase vuelto a quebrar otra redomilla en Delfos, apestando toda la Asia?

—Aún son peores. Y aunque dicen componerse de aquel alcrebite infernal, del salitre estigio y de carbones alentados a esternudos del demonio, pero yo digo que del corazón humano, que excede a la intratabilidad de las Furias, a la inexorabilidad de las Parcas, a la crueldad de la guerra, a la tiranía de la muerte; que no puede ser otra una invención tan sacrilega, tan execrable, tan impía y tan fatal como es la pólvora, dicha así porque convierte en polvo el género humano. Ésta ha acabado con los Héctores de Troya, con los Aquiles de Grecia, con los Bernardos de España; ya no hay corazón, ni valen fuerzas, ni aprovecha la destreza: un niño derriba un gigante, un gallina hace tiro a un león, y el más valiente el cobarde, con que ya ninguno puede lucir ni campear.

—Antes, ahora —dijo Critilo— he oído ponderar que está más adelantado el valor que antes, porque ¿cuánto más corazón es menester para meterse un hombre por cien mil bocas de fuego, cuánto más ánimo para esperar un torbellino de bombardas hecho terreno de rayos? Ése sí que es valor, que todo lo antiguo fue niñería; ahora está el valor en su punto, que es en un corazón intrépido; que entonces, en un buen brazo, en tener más fuerza que un gañán, en los jarretes de un salvaje.

—Engáñase de barra a barra quien tal dice: ¡qué dictamen tan exótico y errado! Pues ése que él celebra no es valor, ni lo conoce; no es sino temeridad y locura, que es muy diferente.

—Ahora digo —confirmó Andrenio— que ya la guerra es para temerarios, y aun por eso diría aquel gran hombre tan celebrado de prudente en España, en la primera batalla y la última en que se halló, oyendo zumbir las balas: «¿Es posible que desto gustaba mi padre?». Y hanle seguido muchos, confirmándose en su opinión tan segura. Siempre oí decir que desde que riñeron la Valentía y la Cordura, nunca más han hecho paz: aquélla salió de sus casillas a campaña, y ésta se apeló al Juicio.

—No tienes razón —dijo el Valeroso—. ¿Qué hiciera la fortaleza sin la prudencia?; que por eso en la varonil edad está en su sazón, y del valor tomó el renombre de varonil; es en ella valor lo que en la mocedad audacia y en la vejez recelo: aquí está en un medio muy proporcionado.

Llegaron ya a una gran casa, tan fuerte como capaz. Dieron y tomaron el nombre que aquí se cobra la fama, entraron dentro y vieron un espectáculo de muchas maravillas del valor, de instrumentos prodigiosos de la fortaleza. Era una armería general de todas armas antiguas y modernas, calificadas por la experiencia y a prueba de esforzados brazos, de los más valientes hombres que siguieron los pendones marciales. Fue gran vista lograr juntos todos los trofeos del valor, espectáculo bien gustoso y gran empleo de la admiración.

—Acercaos —decía—, reconocé y estimá tanto y tan ejecutivo portento de la fama. Pero salteóle de pronto un intensísimo sentimiento a Critilo que le apretó el corazón hasta exprimirle por los ojos. Reparando en ello el valeroso, solicitó la causa de su pena. Y él:

—¿Es posible —dijo— que todos estos fatales instrumentos se forjaron contra una tan frágil vida? Si fuera para conservarla, estuviera bien, merecían toda recomendación; pero para ofendella y destruilla, contra una hoja que se la lleva el viento, ¿tantas hojas afiladas ostentan su potencia? ¡Oh infelicidad humana, que haces trofeo de tu misma miseria!

—Señor, los filos deste alfanje cortaron el hilo de la vida a un famoso rey don Sebastián, digno de la vida de cien Néstores; este otro, la del desdichado Ciro, rey de Persia; esta saeta fue la que atravesó el lado al famoso rey Sancho de Aragón, y esta otra al de Castilla.

—¡Malditos sean tales instrumentos y execrable su memoria! No los vea yo de mis ojos: pasemos adelante.

—Esta tan luciente espada —dijo el Valeroso— fue la celebrada de Jorge Castrioto, y esta otra del marqués de Pescara.

—Déjamelas ver muy a mi gusto.

Y después de bien miradas, dijo:

—No me parecen tan raras como yo pensaba. Poco se diferencian de las otras. Muchas he visto yo de mejor temple y no de tanta fama.

—Es que no ves los dos brazos que las movían, que en ellos consistía la braveza.

Vieron otras dos todas tintas en sangre desde la punta al pomo, muy parecidas.

—Estas dos están de competencia cuál venció más batallas campales.

—¿Y cúyas son?

—Esta es del rey don Jaime el Conquistador, y esta otra del Cid castellano.

—Yo me atengo a la primera, como más provechosa, y quédese el aplauso para la segunda, más fabulosa. ¿Dónde está la de Alexandro Magno?; que deseo mucho verla.

—No os canséis en buscarla, que no está aquí.

—¿Cómo no, habiendo conquistado todo un mundo?

—Porque no tuvo valor para vencerse a sí, mundo pequeño: sujetó toda la India, mas no su ira. Tampoco hallaréis la de César.

—¿Ésa no, cuando yo creí fuera la primera?

—Tampoco, porque gastó más sus aceros contra los amigos, y segó las cabezas más dignas de vida.

—Algunas hay aquí que, aunque buenas, parecen quedar cortas.

—No dijera eso el conde de Fuentes a quien ninguna le pareció corta con avanzarse, decía, un paso más al contrario. Estas tres son de los famosos franceses Pepino, Carlo Magno y Luis Nono.

—¿No hay más francesas? —preguntó Critilo.

—No sé yo que haya más.

—¿Pues habiendo habido en Francia tan insignes reyes, tantos Pares sin par y tan valerosos mariscales? ¿Dónde están las de los dos Birones, la del grande Enrico Cuarto? ¿Cómo no más de tres?

—Porque esas tres solas emplearon su valor contra los moros; todas las demás contra los christianos.

Muy metida en su vaina vieron una, cuando todas las otras estaban desnudas, ya brillantes, ya sangrientas. Riéronlo mucho, mas el Valeroso:

—De verdad —dijo— que es heroica y llamada por antonomasia la Grande.

—¿Cómo no está desnuda?

—Porque el Gran Capitán, su gran dueño, decía que la mayor valentía de un hombre consistía en no empeñarse ni verse obligado a sacarla. Tenía otra una muy brillante contera de oro fino. Y dijo:

—Ésta fue la que echó a su vitoriosa espada el Marqués de Leganés, derrotando al Invencible vencido.

Deseó Andrenio saber cuál había sido la mejor espada del mundo.

—No es fácil de averiguar —dijo el Valeroso—, pero yo diría que la del Rey Católico don Fernando.

—¿Y por qué no la de un Héctor, de un Aquiles —replicó Critilo—, más célebres y plausibles, tan decantadas de los poetas?

—Yo lo confieso —respondió—, pero ésta no tan ruidosa fue más provechosa y la que conquistó la mayor monarquía que reconocieron los siglos. Esta hoja del Rey Católico y aquel arnés del rey Filipo el Tercero pueden salir donde quiera que haya armas: aquélla para adquirir, y éste para conservar.

—¿Cuál es ese arnés tan heroico de Filipo?

Mostróles un todo escamado de doblones y reales de a ocho alternados y ajustados unos sobre otros como escamas, haciendo una ricamente hermosa vista.

—Éste —dijo el Valeroso— fue el más eficaz, el más defensivo de cuantos hubo en el mundo.

—¿En qué guerra lo vistió su gran dueño, que nunca tuvo ocasión de armarse ni se vio jamás obligado a pelear?

—Antes fue para no pelear, para no tener ocasión. En fe déste, después de la asistencia del cielo, conservó su grande y dichosa monarquía, sin perder una almena; que es mucho más el conservar que el conquistar. Y así decía uno de sus mayores ministros: «Quien posee no pleitee, y quien está de ganancia no baraje».

Entre tantos y tan lucientes aceros, campeaba un bastón muy basto, pero muy fuerte. Hízole novedad a Andrenio, y dijo:

—¿Quién metió aquí este ñudoso palo?

—Su fama —respondió el Valeroso—. No fue de algún gañán, como tú piensas, sino de un rey de Aragón, llamado el Grande, aquel que fue bastón de franceses, porque los abrumó a palos.

Extrañaron mucho ver dos espadas negras y cruzadas entre tantas blancas tan matantes.

—¿De qué sirven aquí éstas —dijo Critilo—, donde todo va de veras? Y aunque fuesen del bravo Carranza y del diestro Narváez, no merecen este puesto.

—No son —dijo— sino de dos grandes príncipes y muy poderosos que, después de muchos años de guerra y haberse quebrado las cabezas con harta pérdida de dinero y gente, se quedan como antes, sin haberse ganado el uno al otro un palmo de tierra. De modo que al cabo más fue juego de esgrima que guerra verdadera.

—Aquí echo menos —dijo Andrenio— las de muchos capitanes muy celebrados por haber subido de soldados ordinarios a gran fortuna.

—¡Oh! —dijo el Valeroso—, aquí se hallan y se estiman algunas de ésas: aquélla es del conde Pedro Navarro, la otra de García de Paredes; allí está la del Capitán de las Nueces, que fueron más que el ruido de la fama. Y si faltan algunas es porque fueron más ganchos que estoques; que algunos más han triunfado con los oros que con las espadas.

—¿Qué se hizo la de Marco Antonio, aquel famoso romano competidor de Augusto?

—Ésa y otras sus iguales andan por esos suelos hechas pedazos a manos tan flacas como femeniles. La de Aníbal la hallaréis en Capua, que habiendo sido de acero, las delicias la ablandaron como de cera.

—¿Qué espada es aquélla tan derecha y tan valiente, sin torcer a un lado ni a otro, que parece el fiel a las balanzas de la Equidad?

—Ésa —dijo— siempre hirió por línea recta. Fue del non plus ultra de los Césares, Carlos Quinto, que siempre la desenvainó por la razón y justicia. Al contrario, aquellos corvos alfanjes del bravo Mahometo, de Solimán y Selim, como siempre pelearon contra la fe, justicia, derecho y verdad, ocupando tiránicamente los ajenos estados, por eso están tan torcidos.

—Aguarda, ¿qué espada tan dorada es aquella que tiene por pomo una esmeralda y toda ella está esmaltada de perlas? ¡Qué cosa tan rica! ¿No sabríamos cúya fue?

—Ésta —respondió alzando la voz el Valeroso— fue del tan celebrado después como emulado antes, pero nunca bastantemente estimado ni premiado, don Fernando Cortés, marqués del Valle.

—¿Que ésta es? —dijo Andrenio—. ¡Cómo me alegro de verla! ¿Y es de acero?

—¿Pues de qué había de ser?

—Es que yo había oído decir que era de caña, por haber peleado contra indios, que esgrimían espadas de palo y vibraban lanzas de caña.

—¡Eh!, que la entereza de la fama siempre venció la emulación, digan lo que quisieren éstos y aquéllos; que ésta con su oro dio aceros a todas las de España, y en virtud de ella han cortado las demás en Flandes y en Lombardía.

Vieron ya una, tan nueva como lucida, atravesando tres coronas y amagando a otras.

—¡Qué espada tan heroicamente coronada! —Ponderó Critilo—. ¿Y quién es el valeroso y dichoso dueño de ella?

—¿Quién ha de ser sino el moderno Hércules, hijo del Júpiter de España, que va restaurando la monarquía a corona por año?

—¿Qué tridente es aquel que en medio de las aguas está fulminando fuego?

—Es del valeroso Duque de Alburquerque, que quiere igualar por la valentía la fama de su gran padre conseguida en Cataluña por gobierno.

—¿Qué arco sería aquel que está hecho pedazos en el suelo, y todos sus arpones botos y despuntados? En lo pequeño parece juguete de algún rapaz, mas en lo fuerte de algún gigante.

—Ése —respondió— es uno de los más heroicos trofeos del Valor.

—Pues ¿qué gran cosa —replicó Andrenio— rendir un niño y desarmarle? Ésa no la llames hazaña, sino melindre. ¡Miren qué clava de Hércules rompida, qué rayo de Júpiter desmenuzado, qué espada de Pablo de Parada hecha trozos!

—¡Oh, sí!, que es muy orgulloso el rapaz, y cuanto más desnudo más armado, más fuerte cuando más flaco, más cruel cuando llorando, más certero cuando ciego: creedme que es gran triunfo vencer al que a todos vence.

—Y, dinos, ¿quién le rindió?

—¿Quién? De mil, uno: aquel fénix de la castidad, un Alfonso, un Filipo, un Luis de Francia. ¿Qué diréis de aquella copa hecha también pedazos, sembrados todos por tierra?

—¡Qué otro blasón ése —dijo Andrenio— y más siendo de vidrio! ¡Qué gran cosa! Ésas más son hazañas de pajes, de que hacen ciento al día.

—Pues, de verdad —ponderó el Valeroso—, que era bien fuerte el que hacía la guerra con ella y que derribó a muchos: del más bravo no hacía él más caso que de un mosquito.

—¿Qué, estaría hechizada?

—No, sino que hechizaba y les trastornaba a muchos el juicio. No dio Circe más bebedizos, que brindó con ésta un viejo.

—¿Y en qué transformaba las gentes?

—Los hombres en jimios, y las mujeres en lobas. Él era un raro veneno que apuntaba al cuerpo y hería el alma, al vientre y pegaba en la mente. ¡Oh cuántos sabios hizo prevaricar! Y es lo bueno que todos los vencidos quedaban muy alegres.

—Pues bien está por tierra la que a tantos derribó, y éste sea el blasón de los españoles.

—¿Qué otras armas son aquéllas —preguntó Critilo—; se conoce bien su valor en su estimación, pues están conservadas en armarios de oro?

—Éstas —respondió el Valeroso— son las mejores, porque son defensivas.

—¡Qué escudos tan bizarros!

—Y aun los más son escudos.

—Este primero parece de cristal.

—Sí, y al punto que se carea con el enemigo le deslumbra y le rinde: es de la razón y verdad, con que el buen emperador Ferdinando Segundo triunfó del orgullo de Gustavo Adolfo y de otros muchos.

—Estos otros tan cortos y tan lunados, ¿de quién son?; que parecen de algún alunado capricho.

—Éstos fueron de mujeres.

—¿De mujeres —replicó Andrenio—, y aquí, entre tanta valentía?

—Sí, que las amazonas, sin hombres fueron más que hombres; y los hombres, entre mujeres, son menos que mujeres. Éste que aquí veis dicen está encantado, que por más golpes que le den, por más tiros que le hagan, no le hacen mella ni los mismos reveses de la fortuna; y esto, a prueba de la paciencia del mismo don Gonzalo de Córdoba. Repara en aquél tan brillante.

—Parece moderno.

—Y es impenetrable, del sagaz y valeroso marqués de Mortara, que con su mucha espera y valor ha restaurado a Cataluña. Esta rodela acerada, grabada de tantas hazañas y trofeos, fue del primer conde de Ribagorza, cuyo valor prudente pudo hacerse lugar y aun campear al lado de tal padre y de un tal hermano. D ioles curiosidad de entender una letra, que en un escudo decía: O con éste o en éste.

—Ésa fue la noble empresa de aquel gran vencedor de reyes, en que quiso decir que, o con el escudo vitorioso, o en él muerto. Dioles mucho gusto ver en uno pintado un grano de pimienta por empresa.

—¿Cómo lo podrá divisar el enemigo? —dijo Andrenio.

—¡Oh, sí! —dijo—, que el famoso general Francisco González Pimienta se avanza tanto al enemigo que le hace ver y aun probar su picante braveza.

Vieron ya uno en forma de corazón.

—Éste debía ser de algún grande amartelado —dijo Andrenio.

—No fue sino de quien todo es corazón, hasta el mismo escudo; digo aquel gran descendiente del Cid, heredero de su ínclito valor, el duque del Infantado.

Había una rodela hecha de una materia bien extraordinaria, ni usada ni conocida.

—Es —dijo— de la oreja de un elefante. Con ésta se armaba de igual valor a su mucha prudencia el Marqués de Caracena.

—¡Qué brillante celada aquélla! —Celebró Critilo.

—Sí, lo es —dijo el Valeroso— y que celaba bien con ella sus intentos del rey don Pedro de Aragón, de tal arte, que si su misma camisa llegara a rastrearlos, al punto la abrasara.

—¿Qué casco es aquél, tan capaz y tan fuerte?

—Este fue para una gran testa, no menos que del Duque de Alba, hombre de superlativo juicio y que no se dejaba vencer, no sólo de los enemigos, pero ni de los suyos, como Pompeyo en dar la batalla al César contra su propio dictamen.

—¿Es por dicha, aquel relumbrante yelmo el de Mambrino?

—Por lo impenetrable, ya pudiera. Fue de don Felipe de Silva, de cuya gran cabeza dijo el bravo Mariscal de la Mota le daba más cuidado que seguridad sus pies impedidos de la gota. Mira aquel morrión del Marqués Espínola qué defendido está con el guardanaso de su gran sagacidad, que con la misma verdad deslumbró la atención del vivaz Enrico Cuarto. Todas estas armas son para la cabeza, y más de hombres sagaces que de mancebos audaces: tan importantes, que por eso este archivo es llamado con especialidad el Retrete del Valor.

Aquí vieron muchas cartas hechas pedazos, esparcidas por el suelo, y pisados sus caballos y sus reyes.

—Ya me parece —dijo Andrenio— que te oigo exagerar una gran batalla que aquí se dio y la gran vitoria conseguida.

—Por lo menos, no me negarás —replicó el Valeroso— que hubo barajas, que siempre se componen de espadas y oros, y luego andan los palos. ¿No te parece que fue gran valor el de aquel que, cogiendo entre sus dos manos una baraja, toda junta, la tronchó de una vez?

—Ése —respondió Andrenio—, más parece efecto de las grandes fuerzas de don Jerónimo de Ayanzo que de un heroico valor.

—Por lo menos, sería el día de su mayor ganancia. Y ten por cierto que no hay valor igual como excusar las barajas, ni hay mejor salida de los empeños que no empeñarse. ¿Quieres ver la mayor valentía del mundo? Llega y mira esas joyas, esas galas, esa bizarría pisada y hollada en ese duro suelo.

—Éste —replicó Andrenio— parece adrezo mujeril; pues ¿qué gran vitoria fue despojar una femenil flaqueza, triunfar de una bellísima ternura? ¿Qué arneses vemos aquí deshechos, qué yelmos abollados?

—¡Oh sí! —dijo—, que esto fue triunfar de un mundo entero y retirarse al cielo la más aplaudida belleza de una serenísima señora Infanta, Sor Margarita de la Cruz, seguida después de Sor Dorotea, gloria mayor de Austria, que dejando de ser ángeles pasaron a ser serafines en la religión de ellos. También son trofeo de un gran valor esas plumas de pavón esparcidas y esos airones de una altanera garza, penachos de su soberbia, ya despojos de una loca vanidad rendida.

Pero lo que más les satisfizo fue ver hecha pedazos una afilada guadaña.

—¡Éste sí que es triunfo! —exclamaron—: Que haya valor en un moro christiano y en una reina María Estuarda para despreciar la misma muerte. Trataron ya de armarse los dos conquistadores del monte de Virtelia; iban escogiendo armas, valientes espadas de luz y de verdad, que a fuer de eslabones fulminasen rayos, escudos impenetrables de sufrimiento, yelmos de prudencia, arneses de fortaleza invencible. Y, sobre todo, el cuerdamente Valeroso les revistió muchos y generosos corazones, que no hay mayor compañía en los aprietos. Viéndose Andrenio bien armado, dijo:

—Ya no hay que temer.

—Sólo lo malo —le respondió— y lo injusto.

Daba demostraciones de su gran gozo Critilo.

—Con razón —le dijo— te alegras, pues aunque concurran en un varón todas las demás ventajas de sabiduría, nobleza, gracia de las gentes, riqueza, amistad, inteligencia, si el valor no las acompaña, todas quedan estériles y frustradas. Sin valor, nada vale, todo es sin fruto; poco importa que el consejo dicte, la prudencia prevenga, si el valor no ejecuta. Por eso la sabia naturaleza dispuso que el corazón y el celebro en la formación del hombre comenzasen a la par, para que fuesen juntos el pensar y el obrar.

Esto les estaba ponderando, cuando de repente interrumpió su discurso una viva arma que se comenzó a tocar por todas partes. Acudieron prontos a tomar las armas y a ocupar sus puestos. Lo que fue, y lo que les sucedió, nos dirá la crisi siguiente.

Crisi nona

Anfiteatro de monstruosidades

Pasaba un río (y río de lo que pasa) entre márgenes opuestas, coronada de flores la una, y de frutos la otra; prado aquélla de deleites, asilo ésta de seguridades. Escondíanse allí entre las rosas las serpientes, entre los claveles los áspides, y bramaban las hambrientas fieras, rodeando a quién tragarse. En medio de tan evidentes riesgos estaba descansando un hombre, si lo es un necio; pues pudiendo pasar el río y meterse en salvo de la otra parte, se estaba muy descuidado, cogiendo flores, coronándose de rosas, y de cuando en cuando volviendo la mira a contemplar el río y ver correr sus cristales. Dábale voces un cuerdo, acordándole su peligro y convidándole a pasarse de la otra banda con menos dificultad hoy que mañana. Mas él, muy a lo necio, respondía que estaba esperando acabase de correr el río para poderle pasar sin mojarse.

¡Oh tú, que haces mofa del fabulosamente necio, advierte que eres el verdadero, tú eres el mismo de quien te ríes, tanta y tan solemne es tu demencia! Pues, instándote que dejes los riesgos del vicio y te acojas a la banda de la virtud, respondes que aguardas acabe de pasar la corriente de los males. Si le preguntáis al otro por qué no acaba de ajustarse con la razón, responde que está aguardando pase el arrebatado torrente de sus pasiones, que no quiere comenzar el camino de la virtud hoy, si ha de volver al vicio de mañana. Si le acordáis a la otra sus obligaciones, la afrenta que causa a los propios y la murmuración a los extraños, dice que corre con todas, que así se usa, que con más edad tendrá más cordura. Consuélase aquél de no estudiar y dice que no piensa cansarse, pues no se premian letras ni se estiman méritos. Excúsese éste de no ser hombre de substancia diciendo que no hay quien lo sea, todo está perdido, que no se usa la virtud, todos engañan, adulan, mienten, roban y viven de artificio, y déjase arrebatar de la corriente de la frialdad. El juez se lava las manos de que no hace justicia con que todo está rematado y no sabe por dónde comenzar. Así, que todos aguardan a que amaine el ímpetu de los vicios para pasarse a la banda de la virtud. Mas es tan imposible el cesar los males, el acabarse los escándalos en el mundo mientras haya hombres, como el parar los ríos. Lo acertado es poner el pecho al agua y con denodado valor pasar de la otra banda al puerto de una seguridad dichosa.

Peleando estaban ya los dos valerosos guerreros (que no es otra cosa la vida humana que una milicia a la malicia), y a esto les habían tocado arma, trescientos monstruos, causa deste rebato; que con los rayos de la razón descubrieron sus ardides, las atalayas en atenciones avisaron a los fuegos de su celo, y éste al valor de ambos, que denodadamente los fueron persiguiendo y retirando, tanto, que llevados de su ardor en el alcance, se hallaron a las puertas de un hermosísimo palacio, primer fábrica del mundo, el más artificioso y bien labrado que jamás vieran, aunque habían admirado tantos. Ocupaba el centro de un ameno prado con ambiciones de paraíso, de aquellos que no perdona el gusto; su materia, aunque tierra, desmentida de los primores del arte, dejaba muy atrás la misma solar esfera: obra, al fin, de grande artífice y fabricada para un príncipe grande.

—¿Si sería éste —dijo Andrenio— el tan alabado alcázar de Virtelia?; que una cosa tan perfecta no puede ser estancia sino de su grande perfección; que tal suele ser el epiciclo cual la estrella.

—¡Oh no! —dijo Critilo—, que éste está a los pies del monte, y aquél sobre su cabeza; aquél se empina hasta el cielo, y éste se roza con el abismo; aquél entre austeridades, y éste entre delicias.

Esto ponderaban, cuando vieron asomar por su majestuosa puerta, al cabo de muchas varas de nariz, un hombrecillo de media, que viéndolos admirados, les dijo:

—Yo no sé de qué, pues así como hay hombres de gran corazón y de gran pecho, yo lo soy de grandes narices.

—Toda gran trompa —dijo Critilo— siempre fue para mí señal de grande trampa.

—¿Y por qué no de sagacidad? —replicó él—. Pues advertí que con ésta os he de abrir camino: seguidme.

Lo primero que encontraron en el mismo atrio fue un establo, nada estable, aunque lleno de gente lucida, hombres de mucho porte y de más cuenta muy hallados todos con los brutos, sin asquear el mal olor de tan inmunda estancia.

—¿Qué es esto? —dijo Critilo—. ¿Cómo éstos, que parecen personas, están en tan vil lugar?

—Por su gusto —respondió el Sátiro.

—Pues ¿desto gustan?

—Sí, que los más de los hombres eligen antes vivir en la hedionda pocilga de sus bestiales apetitos que arriba en el salón dorado de la razón.

No se sentía otro dentro que malas voces y bramidos de fieras, ni se oían sino monstruosidades. Era intolerable la hediondez que despedía.

—¡Oh casa engañosa —exclamó Andrenio—, por fuera toda maravillas y por dentro monstruosidades!

—Sabed —dijo el Sátiro— que este hermoso palacio se fabricó para la Virtud, mas el Vicio se ha levantado con él, hale tiranizado. Y así, de ordinario, veréis que hace su morada en la mayor hermosura y gentileza: el cuerpo más lindo y agraciado, criado para estancia hermosa de la Virtud, le toparéis lleno de torpezas; la mayor nobleza, de infamias; la riqueza, de ruindades.

Comenzaron con esto a rehusar el empeñarse, temiendo el despeño, cuando uno de aquellos monstruos les dijo:

—En eso no reparéis, que aquí siempre hay salida para todo, y yo soy el que a cuantos se empeñan la hallo: a la doncellita la persuado su deshonra diciéndola que no la faltará una amiga o una piadosa tía de quien fiarse; el asesino, que mate, que ya habrá quien le haga espaldas; al ladrón, que robe; al salteador, que desuelle, que ya se hará un simple compasivo que interceda por él a la justicia; al tahur, que juegue, que no faltará un amigo enemigo que le preste. De suerte que por grande que sea el despeño, le pinto fácil el salto: por entrincado que sea el laberinto, le hallo el ovillo de oro, y a toda la dificultad la solución. Así que bien podéis entrar: fiaos de mí, que yo os desempeñaré.

Fue a meter el pie Critilo y al punto encontró con un monstruo horrible; porque tenía las orejas de abogado, la lengua de procurador, las manos de escribano, los pies de alguacil.

—¡Escápate —gritó el Sátiro— de todo pleito, aunque sea dejándoles la capa!

Íbanse retirando con recelo, cuando con mucho agrado se llegó a ellos otro monstruo muy cortés, suplicándoles fuesen servidos de entrar por cortesía, que no serían los primeros que se habían perdido de puro corteses.

—Y si no, preguntadle a aquél, que parece hombre circunspecto y de juicio, cómo se jugó la hacienda, y tras ella la honra y el descanso de su casa.

Y respondióles:

—Señor, rogáronme que hiciese un cuarto que les faltaba, y deshice todos los de mi casa porque no me tuviesen por grosero: púseme a jugar, piquéme y lastiméme a mí mismo, pensé desquitarme y acabé con todo por cortesía.

—Preguntadle aquel otro, que se pica de entendido, cómo perdió la salud, la honra y la hacienda con la otra loquilla.

Y respondióles que, por no parecer descortés, mantuvo la conversación, de allí paso a la correspondencia, hasta hallarse perdido por cortesía. La otra, porque no la tuviesen por necia, respondió al dicho y luego al billete; el marido, por no parecer grosero, disimuló con los muchos yentes y vinientes a su casa; el juez, obligado de la intercesión del poderoso, hizo la injusticia.

—De suerte que son infinitos los que se han perdido en el mundo por cortesía. Y con esto y mil zalemas que les hizo, les obligó a entrar. Érase un tan espacioso atrio, que tomaba todo un mundo, célebre anfiteatro de monstruosidades, tan grandes como muchas, donde tuvieron más que abominar que admirar y vieron cosas, aunque muchas veces vistas, que no se podían ver. Estaba en el primero y último lugar una horrible serpiente, coco de la misma hidra, tan envejecida en el veneno, que la habían nacido alas y se iba convirtiendo en un dragón, inficionando con su aliento el mundo.

—¡Terrible cosa —dijo Critilo—, que de la cola de la culebra nazca el basilisco, y de los dejos de la víbora el dragón! ¿Qué monstruosidad es ésta?

—Como déstas se ven en el mundo cada día —respondió el Sátiro—. Veréis que acaba la otra con su deshonestidad propia, y comienza la ajena; no hace cara ya al vicio, por no tenella; da alas a la otra que comienza a volar y hace sombra a los soles que amanecen. Pierde el tahur su grande herencia, y pone casa de juego; da naipes, despabila las velas abrasadoras, corta tantos para tontos. El farsante para en charlatán y saltimbanco; el acuchillador, en maestro de esgrima; el murmurador, cuando viejo, en testigo falso; el holgazán, en escudero; el malsín, en catedrático del duelo; el infame, en libro verde; y el bebedor en tabernero, aguándoles el vino a los otros.

Iban dando la vuelta y viendo portentosas fealdades. Fuelo harto ver una mujer que de dos ángeles hacía dos demonios, digo, dos rapazas endiabladas; y teniéndolas desolladas, las metió a asar a un gran fuego, y comenzó a comer dellas sin ningún horror, tragando muy buenos bocados.

—¡Qué fiereza es ésta tan inhumana! —Ponderó Andrenio—. ¿No me dirás quién es ésta que deja atrás los mismos trogloditas?

—Pues advierte que es su madre.

—¿La misma que las echó a luz?

—Y hoy las escurece. Ésta es la que teniendo dos hijas tan hermosas como viste, las mete en el fuego de su lascivia; dellas come y traga los buenos bocados.

Salióles de través un otro monstruo no menos raro. Era de tan exótica condición, de un humor tan desproporcionado, que si le pegaban con un garrote de encima y le quebraban las costillas o un brazo, no hacía sentimiento; pero si le daban con una caña, aunque levemente, sin hacerle ningún daño, era tal su sentimiento que alborotaba el mundo. Llegó uno y diole una penetrante puñalada, y la tuvo por mucha honra; y porque llegó otro y le pegó un ligero espaldarazo con la espada envainada, sin sacarle una gota de sangre, lo sintió de manera que revolvió toda su parentela para la venganza. Pególe uno a puño cerrado un tal fiero mojicón, que le ensangrentó la boca y le derribó los dientes, y no se alteró; y porque otro le asentó la mano extendida, coloreándole el rostro, fue tal su rabia, que hundía el mundo, haciendo extremos. ¡Pues qué si le arrojaban un sombrero!: no sentía tanto que le tirasen un ladrillo y le polvoreasen los sesos. No tenía por afrenta el mentir, el no cumplir su palabra, el engañar, el decir mil falsedades; y porque uno le dijo Mentís pensó reventar de cólera y no quiso comer hasta tomar venganza.

—¡Qué raro humor de monstruo éste —celebró Critilo—, entreverado de necedad y locura!

—Así es —dijo el Sagaz—. ¿Y quién creerá que está hoy muy valido en el mundo?

—Será entre bárbaros.

—No, sino entre cortesanos, entre la gente más ladina.

—¿Y no sabríamos quién es?

—Este es el tan sonado Duelo; dígole, el descabezado tan civil como criminal. Pasaron a la otra banda y registraron las monstruosidades de la necedad, que eran otras tantas. Vieron que no osaba comer un camaleón por ahorrar, para que tragase después el puerco de su heredero; un melancólico pudriéndose del buen humor de los otros; muchos que porfiaban sin estrella; el de todos si no de sí mismo. Admiráronse de uno que pretendía por mujer la que había muerto a su marido, y él quería ser el marivenido; un soldado muriendo en un barranco, muy consolado de no gastar con médicos ni sacristanes; un señor que encomendaba a otros el mandar. Estaba uno encendiendo fuego de canela para asar un rábano, un rico pretendiendo, y un caduco enamorando. Aquí toparon con el de cien pleitos, y un prelado huyendo dél porque no le metiese pleito en la mitra. Vieron uno que, habiéndole dicho fuese a descansar a su casa, se equivocó y se iba a la sepultura. Aquí estaba también el que hacía almohada del chapín de la Fortuna, y a su lado el que del cogote de la Ocasión pretendía hacerse la barba; el que llevaba descubiertas las perdices, y no las vendía. Íbase uno a la cárcel por otro. Pero el más aborrecido era un hombre bajo, descortés. Estaba uno parando lazos a los raposos viejos, y otro pasando del dar al pedir; el que compraba caro lo que era suyo; y estaba otro papando lisonjas de sus convidados; el juglar de las casas ajenas, y en la suya cantimplora; el que decía que no es de príncipes el saber; el que todas las cosas hacía con eminencia si no su empleo. Entraba en el lugar del que vivía de necio el que moría de sabio; el que pudiendo ver sol en su esfera, no era constelación en la ajena; el que fundía en balas sus doblones. Estaban dos, el uno jugando bien y siempre perdiendo, y el otro, sin saberse dejar, ganando; un presumido con cuatro letras garrofales; y el que conociendo un temerario, le fiaba todo su ser; y sobre todo uno, que, viviendo de burlas, se iba al infierno de veras.

Todas estas monstruosidades, y otras más, estaban admirando, cuando arrebató de nuevo su atención un monstruo que, huyendo de un ángel, se iba tras un demonio, ciego y perdido por él.

—¡Ésta sí que es portentosa necedad! —dijeron—. Nada son las pasadas.

—Éste es —dijo el Sagaz— un hombre que, teniendo una consorte que le dio Dios discreta, noble, rica, hermosa y virtuosa, anda perdido por otra, que le atrazó el diablo, por una moza de cántaro, por una vil y asquerosa ramera, por una fea, por una loca insufrible con quien gasta lo que no tiene. Para su mujer no saca el honesto vestido, y para la amiga, la costosa gala; no halla un real para dar limosna, y gasta con la ramera a millares; la hija trae desnuda, y la amiga rozando lamas. ¡Oh fiero monstruo, casado con hermosa y amigado con fea! Veréis que unos vicios, aunque destruyen la honra, dejan la hacienda; consumen otros la hacienda, y perdonan la salud; pero éste de la torpeza con todo acaba, honra, hacienda, salud y vida.

Lado por lado, estaban otros dos monstruos tan confinantes cuan diferentes, para que campeasen más los extremos. El primero tenía más malos ojos que un bizco, siempre miraba de mal ojo: si uno callaba, decía que era un necio, si hablaba, que un bachiller; si se humillaba, apocado, si se mesuraba, altivo; si sufrido, cobarde, y si áspero, furioso; si grave, le tenía por soberbio, si afable por liviano; si liberal, por pródigo si detenido, por avaro; si ajustado, por hipócrita; si desahogado, por profano; si modesto, por tosco; si cortés, por ligero: ¡oh maligno mirar! Al contrario, el otro se gloriaba de tener buena vista, todo lo miraba con buenos ojos; con tal extremo de afición, que a la desvergüenza llamaba galantería, a la deshonestidad buen gusto; la mentira decía que era ingenio; la temeridad, valentía; la venganza, pundonor; la lisonja, cortejo; la murmuración, donaire; la astucia, sagacidad; y el artificio, prudencia.

—¡Qué dos monstruosidades —dijo Andrenio— tan necias! Siempre van los mortales por extremos, nunca hallan el medio de la razón, y se llaman racionales. ¿No sabríamos qué dos monstruos son éstos?

—Sí —dijo el Sagaz—, aquella primera es la Mala Intención, que toma de ojo todo lo bueno; esta otra al contrario, es la Afición, que siempre va diciendo: «Todo mi amigo es buen hombre». Éstos son los antojos del mundo. Ya no se mira de otro modo. Y así, tanto se ha de atender a quién alaba o a quién vitupera, como al alabado o vituperado.

Ruaba un otro bien monstruoso muy atapado.

—Éste —dijo Andrenio— parece monstruo vergonzante.

—Antes —respondió el Sátiro—, es el de la desvergüenza.

—Pues, una mujer sin ella, ¿cómo va atapada, contra su natural inclinación de ser vistas?

—Ahí verás, que cuando más descaradas esconden la cara.

—¡Eh!, que será recato.

—No es sino correr el velo a sus obligaciones; ayer iba al contrario, tan escotada, que parece que descubriera más, si más pudiera; siempre van por extremos. Venía ya un monstruo muy humano haciendo reverencias a los mismos lacayos, besando los pies aun a los mozos de cocina; llamaba señoría a quien no merecía merced, a todo el mundo con la gorra en la mano, previniendo de una legua la cortesía; a unos se ofrecía por su mayor afecto, a otros por su menor criado.

—¡Qué monstruo tan comedido éste! —Ponderaba Andrenio—, ¡qué humano! No he visto monstruo humilde hasta hoy.

—¡Qué bien lo entiendes! —dijo el Sátiro—. No hay otro más soberbio. ¿No ves tú que, cuanto más se abate, quiere subir más alto? Para poder mandar a los amos, se humilla a los criados. Estas reverencias hasta el suelo son botes y rebotes de pelota, que da en tierra para subir al aire de su vanidad.

Al fin, si es que las necedades le tienen, apareció ya la más rara figura, un monstruo por lo viejo decano. Descubría la cabeza toda pelada, sin cabellos de altos pensamientos, ni negros por lo profundo ni blancos por lo cuerdo, sin un pelo de sustancia; movíasele a un lado y a otro, sin consistencia alguna. Los ojos, en otro tiempo tan claros y perspicaces, ahora tan flacos y lagañosos no veían lo que más importaba, y de lejos poco o nada, para prevenir los males; los oídos, algún día muy oidores, tan sordos y tan atapados, que no percibían la voz flaca del pobre, sino la del ricazo, la del poderoso, que hablan alto; la boca, desierta, que no sólo no gritaba con la eficacia que debía, pero ni osaba hablar, y si algo, entre los dientes, que no tenía; las manos, antes grandes ministras y obradoras de grandes cosas, se veían gafas, un gancho en cada dedo, con que de todo se asían y nada soltaban; los humildes y plebeyos pies, tan gotosos y torcidos que no acertaban a dar un paso. De suerte que en todo él no había cosa buena ni parte sana. Él se dolía y todos se quejaban, pero nadie se lastimaba, ninguno trataba de poner remedio. Seguíanle otros tres, altercando entre sí la tiranía universal de los mortales. Traía el primero cara de veneno dulce, y era escollo de marfil, hermosa muerte, despeño deseado, engaño agradable, mujer fingida y sirena verdadera, loca, necia, atrevida, cruel, altiva y engañosa; pedía, mandaba, presumía, violentaba, tiranizaba y antojábansele bravos desvaríos.

—¿Qué cosa puede haber en el mundo —decía— que para mí no sea? Todo cuanto hay, al cabo se viene a reducir a mi gusto; si se hurta, es para mí; si se mata, por mí; si se habla, es de mí; si se desea, es a mí; si se vive, conmigo: de suerte que cuantas monstruosidades hay en el mundo.

—Eso no concederé yo —dijo el mismo, tan bizarro como vano, rico pero necio, altivo pero ruin—. Todo cuanto hay y luce, todo es para mí, todo sirve a mi pompa y ostentación: si el mercader roba, es para vivir en el mundo; si el caballero se empeña, es para cumplir con el mundo; si la mujer se engalana, es para parecer en el mundo. Todos los vicios dan treguas, el glotón se ahita, el deshonesto se enfada, el bebedor duerme, el cruel se cansa, pero la vanidad del mundo nunca dice basta, siempre locura y más locura. Y no me enojéis, que lo daré todo al diablo.

—Aquí estoy yo —dijo éste— tomándolo todo, que no hay cosa que no sea mía, por habérmela dado muchas veces: en enojándose el marido, dice luego: «¡Mujer de Bercebú!», y ella responde: «¡Hombre del diablo!». «¡Llévete Satanás!», dice la madre al hijo. Y el amo: «¡Válgante mil diablos!». «¡Válganle a él!», responde el criado. Y hombre hay tan monstruoso, que dice: «¡Válgame una región de demonios!». De suerte que no se hallará cosa en el mundo que no se me halla dado ella a mí, o me la hayan dado muchas veces. Y tú mismo, ¡oh mundo!, ¿puedes negar que no seas todo mío?

—¿Yo, de qué modo? ¡Maldito seas tú, y qué poca vergüenza que tienes!

—Y aun por eso —replicó él—, que quien no tiene vergüenza todo el mundo es suyo.

Apelaron de su porfía para el monstruo coronado, príncipe de la Babilonia común. Éste, oída su altercación, les dijo:

—¡Ea, acaba, dejaos de pesares! Venid, holguémonos, logremos la vida, gocemos de sus gustos, de los olores y ungüentos preciosos, de los banquetes y comidas, de los lascivos deleites. Mira que se nos pasa la flor de la edad; pasemos la edad en flor, comamos y bebamos, que mañana moriremos; andémonos de prado en prado, dando verdes a nuestros apetitos. Yo os quiero repartir las jurisdiciones y vasallos para que no estéis pleiteando cada día. Tú, ¡oh Carne!, llevarás tras ti todos los flacos, ociosos, regalones y destemplados, reinarás sobre la hermosura, el ocio y el vino, serás señora de la voluntad. Y tú, ¡oh Mundo!, arrastrarás todos los soberbios, ambiciosos, ricos y potentados, reinarás en la fantasía. Mas tú, Demonio, serás el rey de los mentirosos, de los que se pican de entendidos, todo el distrito del ingenio será tuyo. Veamos ahora en qué pecan estos dos peregrinos de la vida —dijo señalando a Critilo y Andrenio—, para que rindan vasallaje de monstruosidad; que ni hay bestia sin tacha ni hombre sin crimen.

Lo que averiguaron de ellos se quedará para la siguiente crisi.

Crisi décima

Virtelia encantada

Aquel antípoda del cielo, redondo, siempre rodando, jaula de fieras, palacio en el aire, albergue de la iniquidad, casa a toda malicia, niño caducando, llegó ya el Mundo a tal extremo de inmundo, y sus mundanos a tal remate de desvergonzada locura, que se atrevieron con públicos edictos a prohibir toda virtud, y esto so graves penas: que ninguno dijese verdades, menos de ser tenido por loco; que ninguno hiciese cortesía, so pena de hombre bajo; que ninguno estudiase ni supiese, porque sería llamado el estoico o el filósofo; que ninguno fuese recatado, so pena de ser tenido por simple. Y así de todas las demás virtudes. Al contrario, dieron a los vicios campo franco y pasaporte general para toda la vida. Pregonóse un tan bárbaro desafuero por las anchuras de la tierra, siendo tan bien recibido hoy como ejecutado ayer, dando una gran campanada. Mas, ¡oh caso raro e increíble!, cuando se tuvo por cierto que todas las virtudes habían de dar una extraordinaria demostración de su sentimiento, fue tan al contrario, que recibieron la nueva con extraordinario aplauso, dándose unas a otras la norabuena y ostentando indecible gozo. Al revés, los vicios andaban cabizbajos y corridos, sin poder disimular su tristeza. Admirado un discreto de tan impensados efectos, comunicó su reparo con la Sabiduría su señora. Y ella:

—No te admires —le dijo— de nuestro especial contento, porque este desafuero vulgar está tan lejos de causarnos algún perjuicio, que antes bien le tenemos por conveniencia. No ha sido agravio, sino favor, ni se nos podía haber hecho mayor bien. Los vicios sí quedan destruidos desta vez, bien pueden esconderse; y así, con justa causa se entristecen. Éste es el día en que nosotras nos introducimos en todas partes y nos levantamos con el mundo.

—¿Pues en qué lo fundas? —replicó el Curioso.

—Yo te lo diré: porque son de tal condición los mortales, tienen tan extraña inclinación a lo vedado, que en prohibiéndoles alguna cosa, por el mismo caso la apetecen y mueren por conseguirla. No es menester más para que una cosa sea buscada sino que sea prohibida. Y es esto tan probado, que la mayor fealdad vedada es más codiciada que la mayor belleza concedida. Verás que, en vedando el ayuno, se dejarán morir de hambre el mismo Epicuro y Heliogábalo; en prohibiendo el recato, dejará Venus a Chipre y se meterá entre las vestales. Buen ánimo, que ya no habrá embustes, ruines correspondencias, malos procederes, agarros ni traiciones; cerrarse han los públicos teatros y garitos, todo será virtud, volverá el buen tiempo y los hombres hechos a él, las mujeres estarán muy casadas con sus maridos, y las doncellas lo serán de honor; obedecerán los vasallos a sus reyes, y ellos mandarán; no se mentirá en la corte ni se murmurará en la aldea; verse ha desagraviado el sexto de todo sexo. Gran felicidad se nos promete: ¡éste sí que será el siglo dorado!

Cuánta verdad fuese ésta, presto lo experimentaron Critilo y Andrenio, que habiéndose hurtado a los tres competidores de su libertad, mientras aquellos estaban entre sí compitiendo, marchaban éstos cuesta arriba al encantado palacio de Virtelia. Hallaron aquel áspero camino, que tan solitario se les habían pintado, lleno de personas corriendo a porfía en busca della. Acudían de todos estados, sexos, edades, naciones y condiciones, hombres y mujeres; no digo ya los pobres, sino los ricos, hasta los magnates, que les causó extraña admiración. El primero con quien encontraron a gran dicha fue un varón prodigioso, pues tenía tal propiedad que arrojaba luz de sí siempre que quería, y cuanta era menester, especialmente en medio de las mayores tinieblas. De la suerte que aquellos maravillosos peces del mar y gusanos de la tierra a quienes la varia naturaleza concedió el don de luz la tienen reconcentrada en sus entrañas cuando no necesitan della, y llegada la ocasión la avivan y sacan fuera, así este portentoso personaje tenía cierta luz interior, gran don del cielo, allá en los más íntimos senos del celebro, que siempre que necesitaba della la sacaba por los ojos y por la boca, fuente perene de luz clarificante. Éste, pues, varón lucido, esparciendo rayos de inteligencia, los comenzó a guiar a toda felicidad por el camino verdadero. Era muy agria la subida, sobre la dificultad de principio. Dio muestra de cansarse Andrenio y comenzó a desmayar, y tuvo luego muchos compañeros. Pidió que dejasen aquella empresa para otra ocasión.

—Eso no —dijo el varón de luces—, por ningún caso; que si ahora no te atreves en lo mejor de la edad, menos podrás después.

—¡Eh! —replicaba un joven—, que nosotros ahora venimos al mundo y comenzamos a gustar dél. Demos a la edad lo que es suyo, tiempo queda para la virtud. Al contrario ponderaba un viejo:

—¡Oh si a mí me cogiera esta áspera subida con los bríos de mozo, con qué valor la pasara, con qué ánimo la subiera! Ya no me puedo mover, fáltanme las fuerzas para todo lo bueno; no hay ya que tratar de ayunar ni hacer penitencia, harto haré de vivir con tanto achaque; no son ya para mí las vigilias.

Decía el noble:

—Yo soy delicado, hanme criado con regalo. ¿Yo, ayunar? Bien podrían enterrarme al otro día. No puedo sufrir las costuras del cambray: ¡qué sería el saco de cerdas! El pobre, por lo contrario, decía:

—Bien ayuna quien mal come, harto haré en buscar la vida para mí y para mi familia. El ricazo sí que las come holgadas; ése que ayune, dé limosna, trate de hacer buenas obras. De suerte que todos echaban la carga de la virtud a otros, pareciéndoles muy fácil en tercera persona, y aun obligación. Pero el guión luciente:

—Nadie se me exima —decía—, que no hay más de un camino. ¡Ea, qué buen día se nos aguarda!

Y echaba un rayo de luz, con que los animaba eficazmente.

Comenzaron a tocarles arma las horribles fieras pobladoras del monte. Sentíanlas bramar rabiando y murmurando, y tras cada mata les salteaba una, que tiene muchos enemigos lo bueno: los mismos padres, los hermanos, los amigos, los parientes, todos son contrarios de la virtud, y los domésticos los mayores.

—¡Anda, que estáis loco! —decían los amigos—. Dejaos de tanto rezar, de tanta misa y rosario; vamos al paseo, a la comedia.

—Si no vengáis este agravio —decía un pariente—, no os hemos de tener por tal. Vos afrentáis vuestro linaje: ¡eh!, que no cumplís con vuestras obligaciones.

—No ayunes —decía la madre a la hija—, que estás de mal color, mira que te caes muerta.

De modo que todos cuantos hay son enemigos declarados de la virtud. Salióles ya al opósito aquel león tan formidable a los cobardes. Arredrábase Andrenio, y gritóle Lucindo echase mano a la espada de fuego, y al mismo punto que la coronada fiera vio brillar la luz entre los aceros echó a huir; que tal vez piensa hallar uno un león, y topa un panal de miel.

—¡Qué presto se retiró! —Ponderaba Critilo.

—Son éstas un género de fieras —respondió Lucindo— que, en siendo descubiertas, se acobardan; en siendo conocidas, huyen. Esto es ser persona, dice uno, y no es sino ser un bruto; aquí está el valer y el medrar, y no es sino perderse, que las más veces entra el viento de la vanidad por los resquicios por donde debiera salir.

Llegaron a un paso de los más dificultosos, donde todos sentían gran repugnancia.

Causóle grima a Andrenio, y propúsole a Lucindo:

—¿No pudiera pasar otro por mí esta dificultad?

—No eres tú el primero que ha dicho otro tanto. ¡Oh!, cuántos malos llegan a los buenos y les dicen que los encomienden a Dios, y ellos se encomiendan al diablo; piden que ayunen por ellos, y ellos se hartan y embriagan; que se deciplinen y duerman en una tabla, y estánse ellos revolcando en el cieno de sus deleites. ¡Qué bien le respondió a uno destos aquel moderno apóstol de la Andalucía!: «Señor mío, si yo rezo por vos y ayuno por vos, también me iré al cielo por vos».

Estando emperezando Andrenio, adelantóse Critilo, y tomando de atrás la corrida, saltó felizmente. Volviósele a mirar y dijo:

—¡Ea, resuélvete!, que harto mayores dificultades se topan en el camino ancho y cuesta abajo del vicio.

—¿Qué duda tiene eso? —respondió Lucindo—. Y si no, decime, si la virtud mandara los intolerables rigores del vicio, ¿qué dijeran los mundanos, cómo lo exageran? ¿Qué cosa más dura que prohibirle al avaro sus mismos bienes, mandándole que no coma ni beba, ni se vista, ni goce de una hacienda adquirida con tanto sudor? ¿Qué dijera el mundano si esto mandara la ley de Dios? ¿Pues qué, si al deshonesto que estuviese toda una noche de invierno al hielo y al sereno, rodeado de peligros, por oír cuatro necedades que él llama favores, pudiéndose estar en su cama seguro y descansado? ¿Si al ambicioso que no pare un punto ni descanse, ni sea suyo una hora? ¿Si al vengativo que anduviese siempre cargado de hierro y de miedo? ¡Qué dijeran desto los mundanos, cómo lo ponderaran! Y ahora, porque se les manda su antojo, sin réplica obedecen.

—¡Ea, Andrenio, anímate! —decía Critilo—, y advierte que el más mal día deste camino de la virtud es de primavera en cotejo de los caniculares del vicio.

Diéronle la mano, con que pudo vencer la dificultad.

Dos veces fiero les acometió un tigre en condición y en su mal modo, mas el único remedio fue no alborotarse ni inquietarse, sino esperalle mansamente: a gran cólera, gran sosiego, y a una furia, una espera. Trató Critilo de desenvolver su escudo de cristal, espejo fiel del semblante, y así como la fiera se vio en él tan feamente descompuesta, espantada de sí misma echó a huir, con harto corrimieno de su necio exceso. De las serpientes, que eran muchas, dragones, víboras y basiliscos, fue singular defensivo el retirarse y huir las ocasiones. A los voraces lobos con látigos de cotidiana disciplina los pudieron rechazar. Contra los tiros y golpes de toda arma ofensiva, se valieron del célebre escudo encantado, hecho de una pasta real, cuanto más blanda, más fuerte, forjado con influjo celeste, de todas maneras impenetrable: y era, sin duda, el de la paciencia.

Llegaron ya a la superioridad de aquella dificultosa montaña, tan eminente, que les pareció estaban en los mismos azaguanes del cielo, convecinos de las estrellas. Dejóse ver bien el deseado palacio de Virtelia campeando en medio de aquella sublime corona, teatro insigne de prodigiosas felicidades. Mas cuando se esperó que nuestros agradecidos peregrinos le saludaran con incesables aplausos y le veneraran con afectos de admiración, fue tan al contrario, que antes bien se vieron enmudecer, llevados de una impensada tristeza, nacida de extraña novedad. Y fue, sin duda, que cuando le imaginaron fabricado de preciosos jaspes embutidos de rubíes y esmeraldas, cambiando visos y centellando a rayos, sus puertas de zafir con clavazón de estrellas, vieron se componía de unas piedras pardas y cenicientas, nada vistosas, antes muy melancólicas.

—¡Qué cosa y qué casa es ésta! —Ponderaba Andrenio—. ¿Por ella habemos sudado y reventado? ¡Qué triste apariencia tiene! ¿Qué será allá dentro? ¡Cuánto mejor exterior ostentaba la de los monstruos! Engañados venimos.

Aquí Lucindo, suspirando —sabed— les dijo— que los mortales todo lo peor de la tierra quieren para el cielo: elmás trabajado tercio de la vida, allá la achacosa vejez, dedican para la virtud, la hija fea para el convento, el hijo contrahecho sea de iglesia, el real malo a la limosna, el redrojo para el diezmo; y después querrían lo mejor de la gloria. Demás que juzgáis vosotros el fruto por la corteza. Aquí todo va al revés del mundo: si por fuera está la fealdad, por dentro la belleza; la pobreza en lo exterior, la riqueza en lo interior; lejos la tristeza, la alegría en el centro, que eso es entrar en el gozo del Señor. Estas piedras, tan tristes a la vista, son preciosas a la experiencia, porque todas ellas son bezares, ahuyentando ponzoñas; y todo el palacio está compuesto de pítimas y contra venenos, con lo cual no pueden empecerle ni las serpientes, ni los dragones, de que está por todas partes sitiado. Estaban sus puertas patentes noche y día, aunque allí siempre lo es, franqueando la entrada en el cielo a todo el mundo. Pero asistían en ella dos disformes gigantes, jayanes de la soberbia, enarbolando a los hombros sendas clavas muy herradas, sembradas de puntas para hacerla. Estaban amenazando a cuantos intentaban entrar, fulminando en cada golpe una muerte. En viéndolos, dijo Andrenio:

—Todas las dificultades pasadas han sido enanas en parangón désta. Basta que hasta ahora habíamos peleado con bestias de brutos apetitos, mas éstos son muy hombres.

—Así es —dijo Lucindo—, que ésta ya es pelea de personas. Sabed que cuando todo va de vencida, salen de refresco estos monstruos de la altivez, tan llenos de presunción, que hacen desvanecer todos los triunfos de la vida. Pero no hay que desconfiar de la vitoria, que no han de faltar estratagemas para vencerlos. Advertid que de los mayores gigantes triunfan los enanos, y de los mayores los pequeños, los menores y aun los mínimos. El modo de hacer la guerra ha de ser muy al revés de lo que se piensa: aquí no vale el hacer piernas ni querer hombrear; no se trate de hacer del hombre, sino humillarse y encogerse, y cuando ellos estuvieren más arrogantes amenazando al cielo, entonces nosotros, transformados en gusanos y cosidos con la tierra, hemos de entrar por entre pies; que así han entrado los mayores adalides.

Ejecutáronlo tan felizmente, que sin saber cómo ni por dónde, sin ser vistos ni oídos, se hallaron dentro del encantado palacio con realidades de un cielo. Apenas (digo, a glorias) estuvieron dentro, cuando sintieron embargar todos sus sentidos de bellísimos empleos en folla de fruición, confortando el corazón y elevando los espíritus: embistióles lo primero una tan suave marea, exhalando inundaciones de fragancia, que pareció haberse rasgado de par en par los caminares de la primavera, las estancias de Flora, o que se había abierto brecha en el paraíso: oyóse una dulcísima armonía, alternada de voces y instrumentos, que pudiera suspender la celestial por media hora. Pero ¡oh cosa extraña!, que no se veía quién gorjeaba ni quién tañía; con ninguno topaban, nadie descubrían.

—Bien parece encantado este palacio —dijo Critilo—. Sin duda que aquí todos son espíritus; no se parecen cuerpos. ¿Dónde estará esta celestial reina?

—Siquiera —decía Andrenio—, permitiérasenos alguna de sus muchas bellísimas doncellas: ¿dónde estás?, ¡oh Justicia! —dijo en grito.

Y respondióle al punto Eco vaticinante desde un escollo de flores:

—En la casa ajena.

—¿Y la verdad?

—Con los niños.

—¿La castidad?

—Huyendo.

—¿La sabiduría?

—En la mitad, y aún…

—¿La providencia?

—Antes.

—¿El arrepentimiento?

—Después.

—¿La cortesía?

—En la honra.

—¿Y la honra?

—En quien la da.

—¿La fidelidad?

—En el pecho de un rey.

—¿La amistad?

—No entre idos.

—¿El consejo?

—En los viejos.

—¿El valor?

—En los varones.

—¿La ventura?

—En las feas.

—¿El callar?

—Con callemos.

—¿Y el dar?

—Con el recibir.

—¿La bondad?

—En el buen tiempo.

—¿El escarmiento?

—En cabeza ajena.

—¿La pobreza?

—Por puertas.

—¿La buena fama?

—Durmiendo.

—¿La osadía?

—En la dicha.

—¿La salud?

—En la templanza.

—¿La esperanza?

—Siempre.

—¿El ayuno?

—En quien mal come.

—¿La cordura?

—Adevinando.

—¿El desengaño?

—Tarde.

—¿La vergüenza?

—Si perdida, nunca más hallada.

—¿Y toda virtud?

—En el medio.

—Es decir —declaró Lucindo—, que nos encaminemos al centro y no andemos como los impíos rodando.

Fue acertado, porque en medio de aquel palacio de perfecciones, en una majestuosa cuadra, ocupando augusto trono, descubrieron por gran dicha única divina reina, muy más linda y agradable de lo que supieron pensar, dejando muy atrás su adelantada imaginación: que si donde quiera y siempre pareció bien, ¿qué sería en su sazón y su centro? Hacía a todos buena cara, aun a sus mayores enemigos: miraba con buenos ojos, y aun divinos, oía bien y hablaba mejor; y aunque siempre con boca de risa, jamás mostraba dientes; hablaba por labios de grana palabras de seda, nunca se le oyó echar mala voz. Tenía lindas manos, y aun de reina en lo liberal, y en cuanto las ponía salía todo perfecto; dispuesto talle y muy derecho, y todo su aspecto divinamente humano y humanamente divino. Era su gala conforme a su belleza, y ella era la gala de todo; vestía armiños, que es su color la candidez, enlazaba en sus cabellos otros tantos rayos de la aurora con cinta de estrellas. Al fin, ella era todo un cielo de beldades, retrato al vivo de la hermosura de su celestial Padre, copiándole sus muchas perfecciones.

Estaba actualmente dando audiencia a los muchos que frecuentaban sus sitiales después de prohibida. Llegó entre otros un padre a pretenderla para su hijo, siendo él muy vicioso, y respondióle que comenzase por sí mismo y le fuese ejemplar idea. Venía otra madre en busca de la honestidad para una hija, y contóla lo que le sucedió a la culebra madre con la culebrilla su hija: que, viéndola andar torcida, la riñó mucho y mandó que caminase derecha: «Madre mía, respondió ella, enseñadme vos a proceder; vemos cómo camináis». Probóse, y viendo que andaba muy más torcida: «En verdad, madre, la dijo, que si las mías son vueltas, que las vuestras son revueltas». Pidió un eclesiástico la virtud del valor, y a la par un virrey la devoción con muchas ganas de rezar. Respondióles a entrambos que procurase cada uno la virtud competente a su estado:

—Préciese el juez de justiciero, y el eclesiástico de rezador, el príncipe del gobierno, el labrador del trabajo, el padre de familias del cuidado de su casa, el prelado de la limosna y desvelo: cada uno se adelante en la virtud que le compete.

—Según eso —dijo una casada—, a mí bástame la honestidad conjugal; no tengo que cuidar de otras virtudes.

—Eso no —dijo Virtelia—, no basta esa sola, que os haréis insufrible de soberbia, y más ahora. Poco importa que el otro sea limosnero, si no es casto; que éste sea sabio, si a todos desprecia; que aquél sea gran letrado, si da lugar a los cohechos; que el otro sea gran soldado, si es un impío: son muy hermanas las virtudes y es menester que vayan encadenadas.

Llegó una gentil dama galanteando melindres, y dijo que ella también quería ir al cielo, pero que había de ser por el camino de las damas. Hízoseles muy de nuevo a los circundantes, y preguntóla Virtelia:

—¿Qué camino es ése?; que hasta hoy yo no he tenido noticia de él.

—¿Pues no está claro —replicó ella— que una mujer delicada como yo ha de ir por el del regalo, entre martas y entre felpas, no ayunando ni haciendo penitencia?

—¡Bueno, por cierto! —exclamó la reina de la entereza—. Así se os concederá, reina mía, lo que pedís como a aquel príncipe que allí entra.

Era un poderoso que, muy a lo grave, tomando asiento, dijo que él quería las virtudes, pero no las ordinarias de la gente común y plebeya, sino muy a lo señor, una virtud allá exquisita; hasta los nombres de los santos conocidos no los quería por comunes, como el de Juan y Pedro, sino tan extravagantes que no se hallen en ningún calendario.

—¡Gran cosa —decía— el de Gastón!, ¡qué bien suena el Perafán!, ¡pues un Claquín, Nuño, Sancho y Suero!

Pedía una teología extravagante. Preguntóle Virtelia si quería ir al cielo de los demás. Pensólo y respondió que si no había otro, que sí.

—Pues, señor mío, no hay otra escalera para allá sino la de los diez mandamientos. Por esos habéis de subir, que yo no he hallado hasta hoy un camino para los ricos y otro para los pobres, uno para las señoras y otro para las criadas: una es la ley y un mismo Dios de todos.

Replicó un moderno Epicuro, gran hombre de su comodidad, diciendo:

—De diciplina abajo cualquier cosa; de oración, yo no me entiendo; para ayunos, no tengo salud. Ved cómo ha de ser, que yo he de entrar en el cielo.

—Paréceme —respondió Virtelia— que vos queréis entrar calzado y vestido, y no puede ser.

Porfiaba que sí, y que ya se usa una virtud muy acomodada y llevadera, y aun le parecía la más ajustada a la ley de Dios. Preguntóle Virtelia en qué lo fundaba. Y él:

—Porque de esa suerte se cumple a la letra aquello de «así en la tierra como en el cielo», porque allá no se ayuna, no hay diciplina ni silicio, no se trata de penitencia; y así, yo querría vivir como un bienaventurado.

Enojóse mucho Virtelia oyendo esto, y díjole con escandecencia:

—¡Oh casi hereje!, ¡oh mal entendedor! ¿Dos cielos queríais? No es cosa que se usa. Mirad por vos, que todos estos que pretenden dos cielos suelen tener dos infiernos.

—Yo vengo —dijo uno— en busca del silencio bueno.

Riéronlo todos, diciendo:

—¿Qué callar hay malo?

—¡Oh sí! —respondió Virtelia—, y muy perjudicial: calla el juez la justicia, calla el padre y no corrige al hijo travieso, calla el predicador y no reprehende los vicios, calla el confesor y no pondera la gravedad de la culpa, calla el malo y no se confiesa ni se enmienda, calla el deudor y niega el crédito, calla el testigo y no se averigua el delito: callan unos y otros, y encúbrense los males. De suerte que si al buen callar llaman santo, al mal callar llámenle diablo.

—Estoy admirado —dijo Critilo— que ninguno viene en busca de la limosna: ¿qué será de la libertad?

—Es que todos se excusan de hacerla: el oficial porque no le pagan, el labrador porque no coge; el caballero, que está empeñado; el príncipe, que no hay mayor pobre que él; el eclesiástico, que buenos pobres son los parientes. ¡Oh engañosa excusa! —Ponderaba Virtelia—. Dad al pobre si quiera el desecho, lo que ya no os puede servir: tampoco, que la codicia ha dado en arbitrista, y el sombrero traído que se había de dar al pobre, persuade se guarde para brahones, la capa raída para contra aforros, el manto deslucido para la criada. De modo que nada dejan para el pobre.

Llegaron unos rematadamente malos y pidieron un extremo de virtud. Tuviéronles todos por necios, diciendo que comenzasen por lo fácil y fuesen subiendo de virtud en virtud. Mas ella:

—¡Eh, dejadlos que asesten ahora muchos puntos más alto, que ellos bajarán harto después! Y sabed que de mis mayores enemigos suelo yo hacer mis mayores apasionados.

Venía una mujer con más años que cabellos, menos dientes y más arrugas, en busca de la Virtud.

—¡Tan tarde! —exclamó Andrenio—. Éstas yo juraría que vienen más porque las echa el mundo que por buscar el cielo.

—Déjala —dijo Virtelia—, y estímesele el no haber abierto escuela de maldad con cátedra de pestilencia. Yo aseguro que, por viejos que sean, que no vengan el tahúr, ni el ambicioso, ni el avaro, ni el bebedor: son bestias alquiladas del vicio, que todas caen muertas en el camino de su ruindad.

Al contrario le sucedió a uno, que llegó en busca de la Castidad, ahito de la torpeza, gran gentilhombre de Venus, idólatra de su hijuelo. Pidió ser admitido en la cofadría de la continencia, pero no fue escuchado, por más que él abominaba de la lujuria, escupiendo y asqueando su inmundicia. Y aunque muchos de los presentes rogaron por él:

—No haré tal —decía la Honestidad—. No hay que fiar en éstos; bien se ayuna después de harto. Creedme que estos torpes son como los gatos de algalia, que en volviéndoseles a llenar el senillo, se revuelcan.

Venían unos al parecer muy puestos en el cielo, pues mirando a él.

—Éstos sí —dijo Andrenio— que con el cuerpo están en la tierra y con el espíritu en el cielo.

—¡Oh cómo te engañas! —dijo la Sagacidad, gran ministra de Virtelia—. Advierte que hay algunos que cuando más miran al cielo entonces están más puestos en la tierra. Aquel primero es un mercader que tiene gran cantidad de trigo para vender y anda conjurando las nubes a los ojos de sus enemigos. Al contrario, aquel otro es un labrador hidrópico de la lluvia, que jamás se vio harto de agua, y anda conciliando nublados. Éste de aquí es un blasfemo que nunca se acuerda del cielo sino para jurarle. Aquél pide venganza, y el otro es un rondante, lechuzo de las tinieblas, que desea la noche más escura para capa de sus ruindades.

Pidió uno si le querían alquilar algunas virtudes, suspiros, torcimiento de cuello, arquear de cejas y otros modillos de modestia. Enojóse mucho Virtelia, diciendo:

—¿Pues qué, es mi palacio casa de negociación?

Excusábase él diciendo que ya muchos y muchas con la virtud ganan la comida, y a título de eso la señora las introduce en el estrado, la otra las asienta a su mesa, el enfermo las llama, el pretendiente se les encomienda, el ministro las consultará, ándanse de casa en casa comiendo y bebiendo y regalándose; de modo que ya la virtud es arbitrio del regalo.

—Quitáosme de ahí —dijo Virtelia—, que esas tales tienen tan poca virtud como los que las llaman mucha simplicidad.

—¿Quién es aquel gran personaje, héroe de la virtud, que en toda ocasión de lucimiento le encontraremos?: si en casa de la Sabiduría, allí está; si en la del Valor, allí asiste; en todas partes le vemos y admiramos.

—¿No conocéis —dijo Lucindo— al Santísimo Padre de todos? Veneradle y deprecadle siglos de vida tan heroica.

Estaban aguardando los circunstantes que tratase de coronar algunos la gran reina de la Equidad y que premiase sus hazañas, mas fueles respondido que no hay mayor premio que ella misma, que sus brazos son la corona de los buenos. Y así, a nuestros dos peregrinos que estaban encogidos venerando tan majestuosa belleza, los animó Lucindo a que se llegasen cerca y se abrazasen con ella, logrando una ocasión de tanta dicha. Y así fue, que coronándolos con sus reales brazos, los transformó de hombres en ángeles, candidados de la eterna felicidad. Quisieran muchos hacer allí mansión, mas ella les dijo:

—Siempre se ha de pasar adelante en la virtud, que el parar es volver atrás. Suplicáronla, pues, los dos coronados peregrinos les mandase encaminar a su deseada Felisinda. Ella entonces, llamando cuatro de sus mayores ministras, y teniéndolas delante, dijo señalando la primera:

—Ésta, que es la Justicia, os dirá dónde y cómo habéis de buscar; esta segunda, que es la Prudencia, os la descubrirá; con la tercera, que es la Fortaleza, la habéis de conseguir; y con la cuarta, que es la Templanza, la habéis de lograr.

Resonaron en esto armoniosos clarines, folla acorde de instrumentos, alborozando los ánimos y realzando sus nobles espíritus. Despertóse un céfiro fragante y bañóse todo aquel vistuosísimo teatro de lucimiento. Sintiéronse tirar de las estrellas con fuertes y suaves influjos, fue reforzando el viento y levantándolos a lo alto tirándoles para sí el cielo a ser coronados de estrellas. Subieron muy altos, tanto que se perdieron de vista. Quien quisiere saber dónde pararon, adelante los ha de buscar.

Crisi undécima

El tejado de vidrio y Momo tirando piedras

Llegó la Vanidad a tal extremo de quien ella es que pretendió lugar, y no el postrero, entre las Virtudes. Dio para esto memorial en que representaba ser ella alma de las acciones, vida de las hazañas, aliento de la virtud y alimento del espíritu.

—No vive —decía— la vida material quien no respira, ni la formal quien no aspira. No hay aura más fragante ni que más vivifique que la Fama, que tan bien alienta el alma como el cuerpo, y es su purísimo elemento el airecillo de la honrilla. No sale obra perfecta sin algo de vanidad, ni se ejecuta acción bien sin esta atención del aplauso; parto suyo son las mayores hazañas, y nobles hijos los heroicos hechos. De suerte que sin un grano de vanidad, sin un punto de honrilla, nada está en su punto, y sin estos humillos, nada luce. No pareció del todo mal la paradoja, especialmente algunos de primera impresión, y a otros de capricho. Pero la Razón, con todo su maduro parlamento, abominando una pretensión tan atrevida:

—Sabed —dijo— que a todas las pasiones se les ha concedido algún ensanche, un desahogo en favor de la violentada naturaleza: a la Lujuria el matrimonio, a la Ira la corrección, a la Gula el sustento, a la Envidia la emulación, a la Codicia la providencia, a la Pereza la recreación, y así a todas las otras demasías. Pero a la Soberbia, mirad qué tal es ella, que jamás se la [ha] permitido el más mínimo ensanche; no hay que fiar, toda es execrable: ¡vaya fuera, lejos, lejos! Bien es verdad que el cuidado del buen nombre es una atención loable, porque la buena fama es esmalte de la virtud, premio que no precio; hase de estimar la honra, pero no afectar. Más precioso es el buen nombre que todas las riquezas; en no estando la virtud en su buen crédito, está fuera de su centro, y quien no está en la gloria de su buena fama, forzoso es que esté condenado al infierno de su infamia, al tormento de la desestimación, más insufrible a más conocimiento. Es la honra sombra de la virtud, que la sigue y no se consigue, huye del que la busca y busca a quien la huye; es efeto del bien obrar, pero no afecto; decorosa, al fin, diadema de la hermosísima virtud. Célebre puente, como tan temida, daba paso a la gran ciudad, ilustre corte de la heroica Honoria, aquella plausible reina de la estimación, y por eso tan venerada de todos. Era un paso muy peligroso, por estar todo él sembrado de perinquinosos peros en que muchos tropezaban y los más caían en el río del reír, quedando muy mojados y aun poniéndose de lodo, con mucha risa de la inumerable vulgaridad que estaba a la mira de sus desaires. Era de ponderar la intrepidez con que algunos, confiados, y otros, presumidos, se arrojaban (y los más se despeñaban) anhelando a pasar de un extremo de bajeza a otro de ensalzamiento, y tal vez de la mayor deshonra a la mayor grandeza, de lo negro a lo blanco, y aun de lo amarillo a lo rojo; pero todos ellos caían con harta nota suya y risa de los sabidores. Así le sucedió a uno que pretendió pasar de villano a noble, otro de manchado a limpio, diciendo que tras el sábado se sigue el domingo, pero él fue de guardar; no faltó quien del mandil a mandarín, y de mozo de ciego a don Gonzalo, y una otra muy desvanecida, de la verdura al verdugado. Quería una pasar por doncella, mas riéronse de su caída, como otro que quiso ser tenido por un pozo de ciencia, y fue un pozo de cieno.

No había hombre que no tropezase en su pero, y para cada uno había un sino. «Gran príncipe tal, pero buen hombre; ilustre prelado aquél, si fuera tan limosnero como nuestro arzobispo; gran letrado, si no fuera malintencionado. ¡Qué valiente soldado!, pero gran ladrón; ¡qué honrado caballero éste!, sino que es pobre; ¡qué docto aquél!, si no fuera soberbio. Fulano santo, pero simple. ¡Qué buen sujeto aquel otro y qué prudente!, pero es embarazado, muy bien entiende las materias, mas no tiene resolución. Diligente ministro, pero no es inteligente. Gran entendimiento, pero ¡qué mal empleado! ¡Qué gran mujer aquélla!, sino que se descuida; ¡qué hermosa dama!, si no fuera necia. Grandes prendas las de tal sujeto, pero ¡qué desdichado! Gran médico, [pero] poco afortunado: todos se le mueren. Lindo ingenio, pero sin juicio: no tiene sindéresis». Así, que todos tropezaban en su pero; raro era el que se escapaba, y único el que pasaba sin mojarse. Topaba uno con un pero de un antepasado, y aunque tan pasado (nunca maduro), jamás se pudo digerir. Al contrario, otro daba de hocicos en el de sus presentes. Y caían todos en el río de la risa común.

—Bien lo merece —decía un émulo—: ¿quién le metía al peón en caballerías?

—Lástima es —decía otro— que los de tal cepa no sean puros, siendo tan hombres de bien.

Las mujeres tropezaban en una chinita, en un diamante; terribles peros las perlas para ellas. El airecillo las hacía bambanear, y el donaire caer con mucha nota, y es lo bueno que, para levantarse, nadie las daba la mano, sí de mano. De verdad que un gran personaje tropezó en una mota, quedando muy desairado, y aseguraban fue notable desorden. Toda la puente estaba sembrada, de cabo a cabo, destos indigestos peros en que los más de los viandantes tropezaban; y si no en uno, daban de ojos en otro, aun en los pasados. Lamentábase un discreto, diciendo:

—Señores, que tropiece uno en el propio y personal, merécelo, mas en el ajeno ¿por qué?; que haya de tropezar un marido en un cabello de su mujer, en un pelillo de su hermana, ¿qué ley es ésta?

Llegó uno jurando a fe de caballero: tan bueno, decía, como el rey. No faltó quien le arrojó una erre, con que de rey se hizo de reír. A un cierto Ruy, le echó un malicioso una tilde, y bastó para que rodase. Tropezó otro en un cuarto, y quedóse en blanco. Rodábales a algunos la cabeza, y quedaban hechos equis, por haber deslizado en los brindis. Comenzó a pasar cierta dama muy airosa; hiciéronla unos y otros paso con plausible cortesía, pero el más liviano descuido dio en el lodo con toda su bizarría, que fue barro. Tropezaban las más en piedras preciosas, y eran muy despreciadas. Llegó a pasar un gran príncipe, y muy adulado.

—Éste sí —dijeron todos— que pasará sin riesgo, no tiene que temer: los mismos peros le temerán a él.

Mas ¡oh caso trágico!, deslizó en una pluma y tumbó al río, quedando muy mojado. En una aguja de coser tropezó alguno, y en una lezna otro, y era título; en una pluma de gallina, un bizarro general. ¿Pues qué, si alguno entraba cojeando de mal pie?: era cierto el rodar, y en duda de tropiezo estaba la malicia por la deshonra. Creyó uno le valdría aquí su riqueza, que en todos los demás pasos, por peligrosos que sean, suele sacar a su dueño de trabajo; mas al primer paso se desengañó que no vale aquí ni la espuela de oro ni la vira de plata.

—¡Cruel paso —decían todos— el de la honra entre tropiezos de la malicia! ¡Oh qué delicada es la fama, pues una mota es ya nota!

Aquí llegaron nuestros dos peregrinos a serlo, encaminados de Virtelia a Honoria, su gran cara: aunque confinante, tan querida, que la llamaba su gozo y su corona. Deseaban pasar a su gran corte, pero temían con razón el azar paso de los peros, y era preciso porque no había otro: estaban pasmados viendo rodar a tantos y temblábales la barba viendo las de sus vecinos tan remojadas. Asomó en esta sazón a querer pasar un ciego. Levantaron todos el alarido viéndole comenzar tentando, y tuvieron por cierto había de tumbar al primer paso, mas fue tan al contrario, que el ciego pasó muy derecho: valióle el hacerse sordo, porque aunque unos y otros le silbaban y aun le señalaban con el dedo, él, como no veía ni oía, no se cuidaba de dichos ajenos, sino de obras propias y pasar adelante con gran quietud de ánimo; y así, sin tropezar ni en un átomo, llegó al cabo de lo que quería con dicha harto envidiada. Al punto dijo Critilo:

—Este ciego ha de ser nuestra guía, que solos los ciegos, sordos y mudos pueden ya vivir en el mundo. Tomemos esta lición, seamos ciegos para los desdoros ajenos, mudos para no zaherirlos ni jactarnos, conciliando odio con la murmuración en la recíproca venganza; seamos sordos para no hacer caso de lo que dirán.

Con esta lición pudieron pasar; por lo menos, fueron pasaderos, con admiración de muchos y imitación de pocos. Entraron ya por aquel célebre emporio de la honra, poblado de majestuosos edificios, magníficos palacios, soberbias torres, arcos, pirámides y obeliscos, que cuestan mucho de erigir, pero después eternamente duran. Repararon luego que todos los tejados de las casas, hasta de los mismos palacios, eran de vidrio tan delicado como sencillo, muy brillantes, pero muy quebradizos; y así, pocos se veían sanos y casi ninguno entero. Descubrieron presto la causa, y era un hombrecillo tan no nada, que aun de ruin jamás se veía harto; tenía cara de pocos amigos y a todos la torcía, mal gesto y peor parecer, los ojos más asquerosos que los de un médico, y sea de la cámara, brazos de acribador que se queda con la basura, carrillos de catalán, y aún más chupados, que no sólo no come a dos, pero a ninguno. De puro flaco, consumido, aunque todo lo mordía; robado de color, y quitándola a todo lo bueno. Su hablar era zumbir de moscón, que en las más lindas manos, despreciando el nácar y la nieve, se asienta en el venino; nariz de sátiro, y aun más fisgona, espalda doble, aliento insufrible, señal de entrañas gastadas. Tomaba de ojo todo lo bueno y hincaba el diente en todo lo malo; él mismo se jactaba de tener mala vista y decía: «Maldito lo que veo», y miraba a todos.

Éste, pues, que por no tener cosa buena en sí, todo lo hallaba malo en los otros, había tomado por gusto el dar disgusto, andábase todo el día (y no santo) tirando peros y piedras, y escondiendo la mano, sin perdonar tejado. Persuadíase cada uno que su vecino se les tiraba, y arrojábale otras tantas: éste creía que le hacía el tiro aquél, y aquél que el otro, sospechando unos de otros y tirándose piedras, y escondiendo todos la mano. En duda, arrojaba muchas por acertar con alguna, y todo era confusión y popular pedrisco, de tal modo, o tan sin él, que no se podía vivir ni había quien pudiese parar; venían por el aire volando piedras y tiros, sin saberse de dónde ni por qué. Así, que no quedaba tejado sano, ni honra segura, ni vida inculpable: todo era malas voces, hablillas, famas echadizas, y los duendes de los chismes no paraban.

—Yo no lo creo —decía uno— pero esto dicen de fulano.

—Lástima es —decía otro— que de fulana se diga esto.

Y con esta capa de compasión hacía un tiro que quebraba todo un tejado. Pero no faltaba quien, de retorno, les rompía a ellos las cabezas. Y a todo esto, andaba revolviendo el mundo aquel duendecillo universal. Había tomado otro más perjudicial deporte, y era arrojar a los rostros, en vez de piedras, carbones que tiznaban feamente; y así, andaban casi todos mascarados, haciendo ridiculas visiones, uno con un tizne en la frente, otro en la mejilla, y tal que le cruzaba la cara, riéndose unos de otros sin mirarse a sí mismos ni advertir cada uno su fealdad, sino la ajena. Era de ver, y aun de reír, cómo todos andaban tiznados haciendo burla unos de otros.

—¿No veis —decía uno— qué mancha tan fea tiene fulano en su linaje? ¡Y que ose hablar de los otros!

—¡Pues él —decía otro—, que no vea su infamia tan notoria y se meta a hablar de las ajenas! ¡Que no haya ninguno con honra en su lengua!

—¡Mira quién habla —saltaba otro—, teniendo la mujer que tiene! Cuánto mejor fuera cuidara él de su casa, y supiera de dónde sale la gala.

Estando diciendo esto, estaba actualmente otro santiguándose:

—¡Que éste no advierta que tiene él por qué callar, teniendo una hermana cual sabemos! Pero déste añadía otro:

—¡Harto mejor fuera que se acordara él de su abuelo y quién fue! Siempre lo veréis, que hablan más los que debrían menos.

—¿Hay tal desvergüenza en el mundo, que ose hablar aquél?

—¿Hay tal descoco de mujer, que se adelante ella a decir y quitarle a la otra la palabra de la lengua?

Desta suerte andaba el juego y la risa de todo el mundo, que siempre la mitad dél se está riendo de la otra, burlándose unos de otros, y todos mascarados; éstos se fisgaban de aquéllos y aquéllos déstos, y todo era risa, ignorancia, murmuración, desprecio, presunción y necedad, y triunfaba el ruincillo. Reparaban algunos más advertidos, si no más felices, en que se reían dellos y acudían a una fuente, espejo común en medio de una plaza, a examinarse de rostro en sus cristales, y reconociendo sus tiznes, alargaban la mano al agua, que después de haber avisado del defeto, da el remedio y limpia; pero cuanto más porfiaban en lavarse y alabarse, peores se ponían, pues, enfadados los otros de su afectado desvanecimiento, decían:

—¿No es éste aquel que vendía y compraba? ¿Pues qué nos viene aquí vendiendo honras?

—Aguarda, ¿no es aquél hijo de aquel otro? Pues, por cuatro reales que tiene, ¿anda tan deslavado, no siendo su hidalguía tanto al uso cuanto al aspa? Lo peor era que la misma agua clara sacaba a luz muchas manchas que estaban ya olvidadas. Y así, a uno que trató de alabarse de ingenuo le salió una ese, que era decir: «Ese es ése».

—Yo lo sé de buena tinta —decía uno— que fulano es un tal. Y no era sino harto mala, pues echaba tales borrones. Sentía mucho cierta señora, que blasonaba de la más roja sangre del reino, se le atreviese la murmuración, y no advertía que la mancha de un descuido sale más en el brocado, como la roncha en la belleza. Estaba otra muy corrida de que siendo ya matrona, le echaban en la cara no sé qué niñería de allá cuando rapaza. Estaba el otro para conseguir una dignidad, y salíale al rostro un tizne de no sé qué travesura de su mocedad. Pero el que se sintió mucho fue un príncipe, en cuya esclarecida frente echó un historiador un borrón sacudiendo la pluma. Aquello de haber sido, no podía uno tolerar:

—Que el ser ahora salga a la cara, pase; pero ¡por qué allá mi tartarabuelo lo fue!

—¿Qué razón hay que por lo que pasó en tiempo del rey que rabió —ponderaba otro— me hagan a mí rabiar?

Lo más acertado, era callar y callemos, y no alabarse, porque de los blasones de las armas hacían los otros baldones; y aun desde que dieron en lavarse en la fuente de la presunción y desvanecimiento, les salieron más manchas a la cara. Y unos y otros se daban en el rostro con las fealdades de allá de mil años. Y fue de suerte (digo, desdicha), que no quedó rostro sin lunar, ojo sin lagaña, lengua sin pelo, frente sin arruga, mano sin verruga, pie sin callo, espalda sin giba, cuello sin papera, pecho sin tos, nariz sin romadizo, uña sin enemigo, niña sin nube, cabeza sin remolino, ni pelo sin repelo: en todos había algo que señalase con el dedo aquel malsín y de que se recelasen los otros. Y aun todos iban huyendo dél, diciendo a voces:

—¡Guarda, el ruincillo! ¡Guarda, el maldiciente! ¡Oh maldita lengua!

Conocieron con esto que era Momo, y huyeran también si no les emprendiera él mismo preguntándoles qué buscaban, que parecían extraños en lo perdido. Respondiéronle venían en busca de la buena reina Honoria. Y él al punto:

—¿Mujer y buena, y en esta era?: yo lo dudo. En mi boca, por lo menos, no lo será. Yo las conozco todas, y a todos, y no hallo cosa buena. El buen tiempo ya pasó, y con él todo lo bueno. (En boca del viejo, todo lo bueno fue, y todo lo malo es). Con todo eso, yo os quiero hoy servir de brújula: vamos discurriendo por la ciudad, probemos ventura, que no será poca hallarla, siendo una de aquellas cosas de que piensa estar lleno el mundo, cuando más vacío.

Oyeron que estaba uno persuadiendo a otro perdonase a su amigo y se quietase, y respondía él:

—¿Y la honra?

Decíanle a otro que dejase la manceba y el escándalo de tantos años. Y él:

—No sería honra ahora.

A un blasfemo, que no jurase ni perjurase, y respondía:

—¿En qué estaría la honra?

A un pródigo, que mirase a mañana, que no tendría hacienda para cuatro días:

—No es mi honra.

A un poderoso, que no hiciese sombra al rufián y al asesino:

—No es mi honra.

—Pues, hombres de Barrabás —dijo Momo—, ¿en qué está la honra? ¡No digo yo!

A otro lado oyeron decir a uno:

—Mira fulano en qué pone su honra.

Y respondía éste:

—¿Y él, en qué la pone?

—¡Mira éste, mira aquél, y miradlos a todos en qué la ponen! Decía un linajudo, muy preciado de honrado, que a él le venía muy de atrás, allá de sus antepasados, de cuyas hazañas vivía.

—Esa honra, señor mío —le dijo Momo—, ya no huele bien, rancia está. Tratad de buscar otra más plática. Poco importa la honra antigua, si la infamia es moderna. Y si no os vestís de las ropas de vuestros antepasados porque no son al uso, ni salís un día con la martingala de vuestro abuelo, porque se reinan de tal vejedad, no pretendáis tampoco arrear el ánimo de sus honores: Buscad en nuevas hazañas la honra al uso.

No faltó quien les dijo hallarían la honra en la riqueza.

—No puede ser —dijo Momo—, que honra y provecho no caben en ese saco.

Encamináronse a casa de los hombres famosos y plausibles, y hallaron se habían echado a dormir. Encontraron un caballero nuevo corriendo ilustre sangre, y al punto dijeron:

—Éste sí que sabrá della.

Halláronle que estaba sudando y reventando, más que si llevara un mundo a cuestas; gemía y suspiraba sin cesar.

—¿Qué tiene este hombre? —dijo Andrenio—. ¿De qué trasuda?

—¿No ves —dijo Momo— aquel punto indivisible que carga sobre sus hombros? Pues ése es el que le abruma.

—¡Mira ahora —replicó Andrenio— qué Atlante parando espaldas a un cielo! ¡Qué Hércules apuntalando la monarquía de todo el mundo!

—Pues ese puntillo —ponderó Momo— les hace a muchos sudar y tal vez reventar; por conservar aquel punto en que se metió o le metieron, anda toda la vida gimiendo, fáltanle las fuerzas, añádense las cargas, crecen los gastos, menguan las haciendas: y el punto no ha de faltar.

—Si la habéis de hallar —les dijo uno— ha de ser en lo que arrastra.

—Honra que va por tierra, ponerse ha de lodo —dijo Critilo.

—Digo que sí, que lo que arrastra honra.

—Eso no —saltó Momo—, yo digo al revés, que lo que honra arrastra, y esta negra honrilla trae arrastrados a muchos. ¡Oh, a cuántos traen arrastrados las galas y cadenas de las mujeres, las libreas de los pajes, y andan corridos cuando más honrados! Dicen que hacen lo que deben; yo digo al revés, que deben lo que hacen, y dígalo el mercader y el oficial y los criados.

Hallaron otro y otros muchos que estaban echando los bofes y la misma hiel por la boca.

—Peor es esto —dijo Andrenio.

—Pues si en algunos se ha de hallar la honra —dijo Momo— ha de ser en éstos.

—¿Y por qué?

—Porque revientan de honrados.

—Cara les cuesta la negra de la honrilla.

—Y lo peor es que cuando más la piensan conseguir, entonces la alcanzan menos, perdiendo tal vez la vida y cuanto hay.

—No os canséis —dijo uno—, que no la hallaréis en toda la vida, sino en la muerte.

—¿Cómo en la muerte?

—Sí, que aquel día es el de las alabanzas, y tras la muerte le hacen las honras.

—¡Oh, qué donosa cosa! —dijo Andrenio—. En un saco de tierra, poca honra cabrá. Cara es la honra que cuesta el morir; y si un muerto es tierra y nada, toda su honra será no nada.

—Mucho es —ponderaba Critilo— que ni hallemos a Honoria en su corte, ni la honra en una tan populosa ciudad.

—Honra y en ciudad grande —dijo Momo— muy mal se encuadernan. En otro tiempo aun se hallara la honra en las ciudades, pero ya está desterrada de todas. Asegúroos que todo lo bueno se perdió en ésta el día que echaron della aquel gran personaje tan digno de eterna observación y conservación a quien todos respetaban por su gran caudal y gobierno: él salía por una puerta, ¡qué lástima!, y todas las ruindades entraban por otra, ¡qué desdicha!

—¿Qué varón fue éste —preguntaron— de tanta importancia y autoridad?

—Era el gobernador de la ciudad, y aun dicen hijo de la misma reina Honoria. No había Licurgo como él, ni hubo jamás república de Platón tan concertada como ésta; todo el tiempo que él la asistió no se conocían vicios ni se sonaba un escándalo, no paraba malhechor ni ruin, porque todos le temían más que al mismo gobernador de Aragón. Mas recababa su respeto que las mismas leyes, y más le temían a él que a las dos columnas del suplicio. Pero luego que él faltó se acabó todo lo bueno.

—¿No nos dirías quién fue un personaje tan insigne y tan cabal?

—De verdad que era bien nombrado, y me espanto mucho no deis en la cuenta. Este era el prudente, el tentó, el temido ¿Qué dirán?, sujeto bien conocido, que los mismos príncipes le respetaban y aun le temían, diciendo: ¿Qué dirán de un príncipe como yo?, que debiendo ser el espejo, que compone todo el mundo, soy el escándalo que lo descompone. ¿Qué dirán?, decía el título, que no cumplo con mis obligaciones, siendo tantas, que degenero de mis antepasados, famosos héroes, que me dejaron tan empeñado en hazañas y yo me empeño en bajezas. ¿Qué dirán de mí?, decía el juez, que atropello la justicia, debiéndola yo amparar, y de juez me hago reo. ¡Eso no dirán de mí! Cuando más acosada la casada, acordábase dél y decía: ¿Qué dirán de mí?, que una matrona como yo, de Penélope me trueco en Elena, que pago mal el buen proceder de mi marido con mi mal parecer. ¡Eso no, líbreme Dios de tan mal gusto! Hasta la recatada doncellita se conservaba en el jardín de su retiro, diciendo: Yo, que soy una fragante flor, ¿había de dar tan mal fruto? ¿Yo, siendo una rosa, ser risa del mundo? ¿Yo, ver ni ser vista? ¿Yo, por hablar, dar qué decir? ¡De eso me guardaré ya muy bien! ¿Qué dirán, decía la viuda, que a muerto marido, amigo venido, que del riego de mi llanto nace el verde de mis gustos, que tan presto trueco el requiem en aleluya? No dirán tal, decía el soldado, que yo me calcé botas de fuina. ¿Qué dirán de un español, que entre galos soy gallina? ¿Qué dirían de un hombre de mis prendas?, decía el sabio, que de alumno de Minerva me hago vil esclavo de Venus. ¿Qué dirán los mozos?, decía el viejo, y ¿qué dirán los vecinos?, decía el hombre de bien. Y con esto, todos se recataban. ¿Qué dirían mis émulos?, decía el cuerdo; ¡qué buen día para ellos y qué mala noche para mí! ¿Qué dirían los subditos?, decía el superior, y ¿qué diría el superior?, decían los subditos. Desta suerte todo el mundo le temía y le respetaba, y todo iba, no de concierto, pero muy concertado. Faltó él, y faltó todo lo bueno ese mismo día: todo está ya perdido, todo rematado.

—¿Pues qué se hizo un Catón tan severo, un Licurgo tan regular?

—¿Qué se hizo?; que no pudiéndolo sufrir unos y otros, no pararon hasta echarle.

Bárbaro vulgar Ostracismo se conjuró contra él, y por ser bueno, le desterraron al uso de hoy. Sabed que con el tiempo, que todo lo trastorna, fue creciendo esta ciudad, aumentándose en gente y confusión, que toda gran corte es Babilonia; no se conocían ya unos a otros, achaque de poblaciones grandes; comenzaron con esto poco a poco a desestimar su gran gobierno, de ahí a no hacer caso dél, luego a atrevérsele. Como todos eran malos, no se espantaban unos de otros, no decían éstos de aquéllos; cada uno se miraba a sí y enmudecía, metía la mano en el seno y sacábala tan sarnosa, que no se picaba de la ajena. No decían ya ¿qué dirán?, sino ¿qué diré yo dél que no diga él de mí y mucho más? Desta suerte, mancomunados todos, echaron fuera el ¿Qué dirán?, y al punto se perdió la vergüenza, faltó la honra, retiróse el recato, huyó el pundonor; ya no se atendía a obligaciones, con que todo se asoló; al otro día, la matrona dio en matrera, la doncella de vestal en bestial, el mercader a escuras para dejar a ciegas, el juez se hizo parte con el que parte, los sabios con resabios, el soldado quebrado, hasta el espejo universal se hizo común. Así, que ya no nay honra ni se parece. ¡Eh!, no nos cansemos en buscar tarde lo que otros no pudieron hallar ni al medio día.

—¿Pues en una ciudad tan famosa? —Ponderaba Critilo.

—Trocóse en fumosa —dijo Momo—, con tanto humo y tanto hollín, y todo confusión.

—Tú te engañas —replicó en alta voz un otro personaje que allí se dejó ver, por ser bien visible en lo grueso y bien visto en lo agradable, muy diferente de Momo, y aun su antagonista, en su aspecto, trato, genio, traje, hechos y dichos.

—¿Qué sujeto es éste? —preguntó Andrenio a uno de los del séquito, que era tan mucho como popular.

Y respondióle:

—Bien dijiste, sujeto a todos y de todos.

—¡Qué colorado que está!

—Como el que de nada se pudre.

—¡Qué aprovechado!

—Trata de vivir.

—Parece hombre de lindos hígados y mejor melsa. ¿Cómo ha engordado tanto en estos tiempos?

—Come el pan de todos.

—Parece simple.

—Es conveniencia, porque en siendo uno entendido es temido y luego aborrecido.

—No muestra saber de la misa la media.

—Harto sabe, pues sabe decir amén.

—¿Y cómo se llama?

—Tiene muchos nombres, y todos buenos: unos le llaman el buen hombre, otros el buen Juan, escolán de amén, manja con tuti el buen pan, pasta real. Pero su propio nombre en español es sí, sí, y en italiano bono, bono. Y así como a Momo se le dio el nombre de no, no, que corrompida la ene por ignorancia o malicia, quedó en mo, mo, así a éste, de bono, bono le quedó el bo, bo, porque todo lo abona y todo lo alaba. Pues, aunque sea la más alta necedad, dice: «Bueno, bueno»; al más solemne disparate: «¡Qué bien!»; la mayor mentira: «¡Sí, sí!»; al peor desacierto: «¡Está bien!»; a la más calificada bobería: «¡Lindamente!». Desta suerte, vive y bebe con todos, y de todo engorda, que tiene linda renta en la ajena bobería.

—Pues si eso es, llamáranle Eco de la necedad. Pero, dime: ¿cómo no le tuvieron por dios los antiguos, así como a Momo, y con más razón, por ser más plausible y más agradable?

—Hay mucho que decir en eso. Sienten unos que, aunque siempre trata de lisonjear, como cada uno piensa que se le debe lo que se le dice, ninguno lo agradece; sirve a muchos y ninguno le paga, y morirá comido de lobos. Otros dicen que realmente no es de provecho en el mundo, antes de mucho daño. Lo cierto es que la malicia humana no ha estimado tanto sus simplicidades cuanto temido las quemazones de Momo.

Alborotóse mucho éste luego que le vio; trabóse entre los dos una reñida pendencia. Acudieron todos los apasionados de ambos, haciéndose a dos bandas: los sátrapas, los críticos, entendidos, bachilleres, podridos, caprichosos, satíricos y maldicientes se empeñaron por Momo; al contrario, los panarras, buenos hombres, amenistas, lisonjeros, sencillos y buenas pastas se hicieron a la banda de Bobo. Critilo y Andrenio se estaban a la mira, cuando se llegó a ellos un prodigioso sujeto y les dijo:

—No hay mayor necedad que estárselas oyendo. Si venís en busca de la Honra, seguidme, que yo os guiaré a donde está la honra del mundo entero.

Dónde los llevó, y dónde realmente la hallaron, se queda para otra crisi.

Crisi duodécima

El trono del Mando

Competían las Artes y las Ciencias el soberano título de reina, sol del entendimiento y augusta emperatriz de las letras. Después de haber hecho la salva a la sagrada Teología (verdaderamente divina, pues toda se consagra a conocer a Dios y rastrear sus infinitos atributos), habiéndola sublimado sobre sus cabezas y aun sobre las estrellas, que fuera indecencia adocenarla, prosiguióse la competencia entre todas las demás que se nombran, de las tejas abajo, luceros de la verdad y nortes seguros del entendimiento. Viéronse luego hacer de parte de ambas Filosofías todos los mayores sujetos, los ingeniosos a la banda de la Natural y los juiciosos de la Moral, señalándose entre todos Platón eternizando divinidades, y Séneca sentencias. No fue menos numeroso ni lucido el séquito de la Humanidad, gente toda de buen genio; y, entre todos, un discreto de capa y espada, habiendo arengado por ella, concluyó diciendo:

—¡Oh plausible Enciclopedia!, que a ti se reduce todo el plático saber, tu mismo nombre de Humanidad dice cuán digna eres del hombre; con razón los entendidos te dieron el apellido de las Buenas Letras, que entre todas las Artes tú te nombras en pluralidad la Buena.

Pero ya Bartulo y Baldo comenzaron a alegar por la Jurisprudencia; acotando entre los dos docientos textos con memoriosa ostentación, probaron con evidencia que ella había hallado aquel maravilloso secreto de juntar honra y provecho, levantando los hombres a las mayores dignidades, hasta la suprema.

Riéronse desto Hipócrates y Galeno, diciendo:

—Señores míos, aquí no va menos que la vida: ¿qué vale todo sin salud?

Y el complutense Pedro García, que desmintió lo vulgar de su renombre con su fama, ponderaba mucho aquel haber encargado el divino sabio el honrar los médicos, no los letrados ni los poetas.

—¡Aquí de la Honra y de la Fama! —Blasonaba un historiador—. ¡Esto sí que es dar vida y hacer inmortales las personas!

—¡Eh!, que para el gusto no hay cosa como la Poesía —glosaba un poeta—. Bien concederé yo que la Jurisprudencia se ha alzado con la honra, la Medicina con el provecho. Pero lo gustoso, lo deleitable quédese para los canoros cisnes.

—¿Pues qué, y la Astrología —decía un matemático—, no ha de tener estrella, cuando se carea con todas y se roza con el mismo sol?

—¡Eh!, que para vivir y para valer —decía un ateísta, digo un estadista— a la Política me atengo; ésta es la ciencia de los príncipes, y así ella es la princesa de las ciencias. Desta suerte corría la pretensión a todo discurrir, cuando el gran canceller de las Letras, digno presidente de la docta Academia, oídas las partes y bien ponderadas sus eficacísimas razones dio muestras de pronunciar sentencia. Calmó en un punto el confuso murmullo y fue tanta la atención cuanta la expectación; allí se vio todo pedante sacar el cuello de cigüeña, plantar de grulla, atisbar de mochuelo y parar oreja de liebre. En medio de tan antonina suspensión, que ni una mosca se oía, desabrochando el pecho, el severo presidente sacó del seno un libro enano, no tomo, sino átomo, de pocas más que doce hojas, y levantándole en alto a toda ostentación, dijo:

—Ésta sí que es la corona del saber, ésta la ciencia de ciencias, ésta la brújula de los entendidos.

Estaban todos suspensos, admirándose y mirándose unos a otros de saber qué arte fuese aquélla, que según parecía no se parecía, y dudaban del desempeño. Volvió él segunda vez a exagerar:

—Éste sí que es el plático saber, ésta es la arte de todo discreto, la que da pies y manos, y aun hace espaldas a un hombre: ésta la que del polvo de la tierra levanta un pigmeo al trono del mando. Cedan las Auténticas del César, retírense los Aforismos del médico, llamados así ya por lo desaforado, ya porque echan fuera del mundo a todo viviente. ¡Oh qué lición ésta del valer y del medrar! Ni la Política, ni la Filosofía, ni todas juntas alcanzan lo que ésta con sola una letra.

Crecía a varas el deseo con tanta exageración, y más por extrañarse en la boca de un atento.

—Finalmente —dijo— este librito de oro fue parto noble de aquel célebre gramático, prodigioso desvelo de Luís Vives, y se intitula: De conscribendis epistolis: Arte de escribir…

No pudo acabar de pronunciar cartas, porque fue tal la risa de todo aquel erudito teatro, tanta la tempestad de carcajadas, que no pudo en mucho rato tomar la vez ni la voz para desempeñarse. Volvía ya a esconder el librillo en el seno con tal severidad, que bastó a serenarlos, y muy compuesto le dijo:

—Mucho he sentido el veros hoy tan vulgarizantes. Sólo puede ser satisfación el reconoceros desengañados. Advertí que no hay otro saber en el mundo todo como el saber escribir una carta; y quien quisiere mandar, platique aquel importante aforismo: Qui vult regnare, scribat, quien quiere reinar, escriba.

Este ponderativo suceso les refirió un ni persona ni aun hombre, sino sombra de hombre, rara visión, y al cabo nada; porque ni tenía mano en cosa, ni voz, ni espaldas, ni piernas que hacer, ni podía hombrear, ni en toda su vida se vio hecha la barba: tanto que, admirado Andrenio, le preguntó:

—¿Eres o no eres? Y si eres, ¿de qué vives?

—Yo —dijo— soy sombra, y así, siempre ando a sombra de tejado. Y no te espantes, que los más en el mundo no nacieron más que para ser sombras de la pintura, no luces ni realces; porque un hermano segundo, ¿qué otra cosa es sino sombra del mayorazgo?; el que nació para servir, el que imita, el que se deja llevar, el que no tiene sí ni no, el que no tiene voto propio, cualquiera que depende, ¿qué son todos sino sombras de otros? Creedme que los más son sombras, que aquéllos las hacen y éstos les siguen. La ventura consiste en arrimarse a buen árbol, para no ser sombra de un espino, de un alcornoque, de un quejigo. Por eso, yo voy en busca de algún gran hombre, para ser sombra suya y poder mandar el mundo.

—¿Tú —replicó Andrenio—, mandar?

—Sí, pues muchos que fueron menos, y aun nada, han llegado a mandarlo todo. Yo sé que me veréis bien presto entronizado; dejá que lleguemos a la Corte, que si ahora soy sombra, algún día seré asombro. Vamos allá, y allí veréis la honra del mundo en el ínclito, justo y valeroso Ferdinando Augusto: él es la honra de nuestro siglo, la otra columna del non plus ultra de la fe, trono de la justicia, basa de la fortaleza y centro de toda virtud. Y creedme que no hay otra honra sino la que se apoya en la virtud, que en el vicio no puede haber cosa grande.

Alegráronse mucho ambos peregrinos viendo se acercaban a aquella ciudad, estancia de su buscada prenda y término de su felicidad deseada. Vieron ya campear en la superioridad de la más alta eminencia una imperial ciudad, la primera que los solares rayos coronan. Fuéronse acercando y admirando un número sin cuenta de gentes, anhelando todos en su falda por subir a su corona. Para más satisfacerse ambos peregrinos, preguntaron si era aquélla la Corte.

—¿Pues no se da bien a conocer —les respondieron— en la muchedumbre de impertinentes? Ésta es la Corte y aun todas las cortes en ella; éste es el trono del mando, donde todos revientan por subir, y así llegan reventados, unos a ser primeros, otros a ser segundos, y ningún a ser postrero.

Vieron que echaban algunos, bien pocos, por el rodeo de los méritos, mas era un acabar de nunca acabar. El más manual, más que el de las letras, del valor y virtud, era el del oro, pero la dificultad consistía en fabricarse escala; que de ordinario los más beneméritos suelen ser los más imposibilitados. Echáronle a uno por favor, más que por elección, una escala de lo alto, y él, en estando arriba, la retiró porque ningún otro subiese. Al contrario, otro arrojó desde abajo un gancho de oro, y enganchóse en las manos de dos o tres que estaban arriba, con que pudo trepar ligero. Y déstos había raros volatines de la ambición que por maromas de oro volaban ligerísimos. Estaban votando uno y blasfemando.

—¿Qué tiene éste? —preguntó Andrenio.

Y respondiéronle:

—Echa votos por los que le han faltado.

Lo que más admiraron fue que, siendo la subida muy resbaladiza y llena de deslizaderos, llegó uno y comenzó a untarlos con un unto que en lo blanco parecía jabón y en lo brillante plata.

—¡Hay más calificada necedad! —decían.

Pero el Asombrado:

—Aguarda —dijo—, y veréis el maravilloso efeto. Fuelo harto, pues en virtud desta diligencia pudo subir con ligereza y seguridad, sin amagar el menor vaivén.

—¡Oh gran secreto —exclamó Critilo— untar las manos a otros para que no se le deslicen a él los pies! Ostentaban algunos prolijas barbas, torrentes de la autoridad, que cuando más afectan ciencia, descubren mayor legalidad.

—¿Por qué éstos —preguntó Andrenio— no se hacen la barba?

—¡Oh! —respondió el Asombrado—, porque se la hagan.

Reconocieron uno que parecía necio, y realmente lo era, según aquel constante aforismo: que son tontos todos los que lo parecen y la metad de los que no lo parecen. Y con ser incapaz, había muchos entendidos que le ayudaban a subir y lo diligenciaban por todas las vías posibles, no cesando de acreditarle de hombre de gran testa (contra todo su dictamen), de gran valor y muy cabal para qualquier empleo.

—¿Qué pretenden estos sabios —reparó Critilo— con favorecer a este tonto, procurando con tantas veras entronizarle?

—¡Oh! —dijo el Asombro, ya espanto—, ¿no veis que si éste sube una vez al mando, que ellos le han de mandar a él? Es testa de ferro en quien afianzan ellos en tenerlo todo a su mano.

¡Oh lo que valía aquí una onza de pía afición, y un amigo un Perú, sobre todo un pariente, aunque sea cuñado! Porque decían:

—De los tuyos hayas.

Mas Critilo, anteviendo tantas y tan inaccesibles dificultades, trataba de retirarse, consolándose a lo zorro de los racimos y diciendo:

—¡Eh, que el mandar, aunque es empleo de hombres, pero no felicidad! Y cierto —ponderaba— que para gobernar locos es menester gran seso, y para regir necios gran saber. Yo renuncio a los cargos por sus cargas.

Y encogiendo los hombros, volvía las espaldas. Detúvole el Asombro con aquella paradoja sentencia, para unos de vida, y de muerte para otros: Que un hombre había de nacer o rey o loco; no hay medio, o César o nada.

—¿Qué sabio —decía— puede vivir sujeto a otro, y más a un necio? Más le vale ser loco, no tanto para no sentir los desprecios cuanto para dar luego en rey de imaginación y mandar de fantasía. Yo, con ser sombra, no me tengo por desahuciado de llegar al mando.

—¿Pues en qué confías? —dijo Andrenio, cuando se oyó una voz que desde lo más alto decía:

—¡Allá va, allá va!

Estaban todos suspensos en expectación de qué vendría, cuando vieron caer a los pies de la Sombra unas espaldas de hombre, y muy hombre, fuertes hombros y trabadas costillas.

Segundó el grito:

—¡Allá van!

Y cayeron dos manos con sus brazos tan rollizos, que parecía cada uno un brazó de hierro. Desta suerte fueron cayendo todas las prendas de un varón grande. Estaban los circunstantes atónitos de ver el suelo poblado de humanos miembros, mas la Sombra los fue recogiendo todos y revistiéndoselos de uno en uno, con que quedó muy persona, hombre de poder y valer; y el que antes parecía nada, y podía nada, y era tenido en nada, se mostró ahora un tan estirado gigante, que todo lo podía. De modo que uno le hizo espaldas, otro la barba, no faltó quien le dio la mano, ni quien le fuese pies, con que pudo hacer piernas y hombrear; hasta entendimiento tuvo quien le diese. En viéndose hombre, trató de subirse a mayores, y pudo, y aun prestar favor a sus camaradas, a quienes hizo espaldas para su mayor ascenso.

Toparon en la primera grada del medrar una fuente rara donde todos se prevenían para la gran sed de la ambición, y causaba contrarios efectos: uno de los más notables era un olvido tan extraño de todo lo pasado, que no sólo se olvidaban de los amigos y conocidos de antes, causándoles increíble pesadumbre ver testigos de su antigua bajeza, pero de sus mismos hermanos, y aun hubo hombre tan bárbaramente soberbio, que desconoció el padre que le engendró, borrando de su memoria todas las obligaciones pasadas, los beneficios recibidos, favoreciendo hechuras nuevas, queriendo antes ser acreedores que obligados: más estimaban fiar que pagar. Pero ¡qué mucho!, si llegaron los más a olvidarse de sí mismos y de lo que habían sido, de aquellos principios de charcos, en viéndose en alta mar, y de todo cuanto les pudiera acordar su basura, obligándoles a deshacer la rueda. Infundía una ingratitud increíble, una tesura enfadosísima, una extrañez notable, y al fin, mudaba un entronizado totalmente, dejándole como elevado, que ni él se conocía ni los otros le acababan de conocer: tanto mudan las honras las costumbres.

Llegaron a lo alto en ocasión que todos andaban turbados y la corte alborotada, por haber desaparecido uno de los mayores monarcas de la Europa, y habiéndole buscado por cien partes, no le podían descubrir. Sospechaban algunos se habría perdido en la caza (que no sería el primero), que en casa de algún villano habría hecho noche, despertando de su gran sueño y cenando desengaños el que tan ayuno vivía de verdades. Mas llegó el día, y no pareció. Era grande y general el sentimiento, porque era amado de todos por sus grandes prendas; príncipe de estrella, que no es poco. No quedó Yuste, San Dionís, Casa de Campo, bosque ni jardín donde no le buscasen, hasta que finalmente le hallaron donde menos pensaban ni pudiera imaginarse, pues en un mercado, entre los ganapanes y esportilleros, vestido como uno dellos, porteando tercios y alquilando sus hombros por un real. Quedaron atónitos de verle tan trocado, comiendo un pedazo de pan con más gusto que en su palacio los faisanes. Estuvieron por un gran rato suspensos, sin acertar a decir palabra, no acabando de creer lo que veían. Quejáronsele con el debido sentimiento de que hubiese dejado su real trono y se hubiese abatido a un empleo tan soez: mas él les respondió:

—En mi palabra, que es menos pesada la mayor carga déstas, aunque sea de muchas arrobas de plomo, que la que he dejado; el tercio más cantioso me parece una paja respeto de un mundo a cuestas, y que me lo han agradecido mis hombros. ¿Qué cama de brocado como este suelo sin cuidados, donde he dormido más estas cuatro noches que en toda mi vida?

Suplicábanle volviese a su grandeza, mas él:

—Dejadme estar —respondió—, que ahora comienzo a vivir; ya me gozo y soy rey de mí mismo.

—Pues, señor —volviéronle a hacer instancia—, ¿cómo un príncipe de tan alto genio ha podido humanarse a conversar con tan vil canalla, horrura mayor del vulgo?

—¡Eh!, que no se me ha hecho de nuevo. ¿No andaba yo en el palacio rodeado de truhanes, simples, enanos y lisonjeros, peores sabandijas, a dicho de un rey Magnánimo? Rogáronle unos y otros volviese al mando, y él por última resolución les dijo:

—Andad, que habiendo probado ya esta vida, gran locura sería volver a la pasada. Trataron de elegir otro (que debía ser en Polonia), y pusieron la mira en uno nada niño y mucho hombre, de gran capacidad y valor, de gran inteligencia y ejecución, con otras mil prendas majestuosas, así de hombre como de rey; presentáronle la corona, mas él, tomándola en sus manos y sospesándola, decía:

—A gran peso, gran pesar. ¿Quién podrá sufrir un dolor de cabeza de por vida, tú pesando y yo pensando?

Pidió que, por lo menos, se la sustentase con dos manos un hombre de valor, porque no cargase todo el peso sobre su cabeza, mas díjole el venerable presidente del Parlamento:

—Eso, Sire, más sería tener el otro la corona en su mano que vos en la cabeza.

Llegó a vestirse la rica y vistosa púrpura, y hallándola forrada, no en martas de piedad, sino en erizos de pena, vestíasela algo holgada. Mas, diciéndole el maestro de ceremonias se la había de ceñir de modo que quedase bien ajustada, comenzó a suspirar por un pellico. Pusiéronle el cetro en la mano, y fue tal el peso, que preguntó si era remo, teniendo más tempestades que en el golfo de León; era cuando más precioso más pesado, y tenía por remate, no las hojas de una flor, sino los ojos en frutos: un ojo muy vigilante que valía por muchos. Preguntó qué significaba, y el gran canciller le dijo:

—Está haciéndoos del ojo y diciendo: «Sire, ojo a Dios y a los hombres, ojo a la adulación y a la entereza, ojo a conservar la paz y acabar la guerra, ojo al premio de unos y al apremio de los otros, ojo a los que están lejos, y más a los que están cerca, ojo al rico y oreja al pobre, ojo a todo y a todas partes, mirad al cielo y a la tierra, mirad por vos y por vuestros vasallos». Todo esto y mucho más está avisando este ojo tan despierto. Y advertí que si tiene ojos el cetro, también tiene alma, como lo experimentaréis tirando de la parte inferior.

Ejecutólo y desenvainó un acicalado estoque, que es la justicia el alma del reinar. Leyéronle las leyes y pensiones de su cargo, que decían: la primera, no ser suyo, sino de todos, no tener hora propia, todas ajenas, ser esclavo común, no tener amigo personal, no oír verdades (lo que sintió mucho), haber de dar gusto a todos, contentar a Dios y a los hombres, morir en pie y despachando.

—Basta —dijo—, que yo también me acojo al sagrado de la libertad, y desde ahora renuncio una corona, que se llamó así del corazón y sus cuidados, una púrpura felpada de cambrones, un cetro remo, y un trono potro de dar tormento.

Acercósele un monstruo o ministro, y díjole al oído que tratase de tomar los cargos, y no las cargas.

—Reine —decía su madre—, aunque me cueste la vida.

Tocaron a aplauso los coribantes, embelesándole con ruidosa pompa, en que salió cortejado de la noble bizarría y aclamado de la populosa vulgaridad. En medio della estaba Andrenio, ponderando la majestuosa felicidad del nuevo príncipe, cuando un extremado varón, llegándose a él, le dijo:

—¿Crees tú que éste que ves es el príncipe que manda?

—¿Cuál, pues, si éste no? —respondió Andrenio.

Y él:

—¡Oh, cómo te engañas de barra a barra!

Y mostrándole un esclavo vil con su argolla al cuello, cadena al pie, arrastrando un grande globo:

—Éste es —le dijo— el que manda el mundo. Túvolo o por necedad, o por chiste, y comenzóle a solemnizar. Mas él se fue desempeñando a toda seriedad:

—Porque, mira —le dijo—, aquella gran bola de hierros, ¿qué puede ser sino el mundo, que él le trae al retortero? ¿Ves aquellos eslabones? Pues aquélla es la dependencia: aquel primero es el príncipe, aunque tal vez, sacando bien la cuenta, es el tercero, el quinto y tal vez el décimo tercio; el segundo es un favorecido; a éste le manda su mujer; ella tiene un hijuelo en quien idolatra; el niño está aficionado a un esclavo, que pide al rapaz lo que se le antoja; éste llora a su madre, ella importuna a su esposo, él aconseja al príncipe, que decreta. De suerte que, de eslabón en eslabón, viene el mundo a andar rodando entre los pies de un esclavo errado de sus pasiones.

Pasó el triunfo, que de todo triunfa el tiempo, y guiándoles el varón de extremos, haciéndolos, llegaron a una gran plaza donde cuatro o seis personajes muy ahorrados, sin ahorrarse con ninguno y aforrándose de todos, estaban jugando a la pelota; éste le arrojaba a aquél, y aquél al otro, hasta que volvía al primero, pasando círculo político, que es el más vicioso, rodando siempre entre unos mismos, sin salir jamás de sus manos. Todos los demás estaban mirando, que no hacían otro que ver jugar. Reparó Critilo y dijo:

—Ésta parece la pelota del mundo: entre cuero y viento o borra.

—Y éste es —respondió el Extremado— el juego del mando, éste el gobierno de todas las comunidades y repúblicas. Unos mismos son los que mandan siempre, sin dejar tocar pelota a los demás, que no hay política que no tenga sus faltas y sus azares. Pero, si me creéis, dejaos de todo mentido mando y seguidme, que yo os prometo mostrar el señorío real, que es el verdadero.

—Aquí hacemos alto —respondió Critilo—. El mayor favor sería guiarnos a casa de aquel ínclito marqués embajador de España cuya casa es nuestro centro, dónde pensamos poner término a nuestra prolija peregrinación hallando nuestra felicidad deseada.

Lo que les respondió y sucedió aquí, relatará la crisi siguiente.

Crisi decimatercia

La jaula de todos

Crece el cuerpo hasta los veinte y cinco, y el corazón hasta los cincuenta, mas el ánimo siempre: gran argumento de su inmortalidad. Es la edad varonil el mejor tercio de la vida, como la que está en el medio; llega ya el hombre a su punto, el espíritu a su sazón, el discurso es substancial, el valor cumplido y dictamen de la razón muy ajustado a ella; al fin, todo es madurez y corduda. Desde este punto se había de comenzar a vivir, mas algunos nunca comenzaron y otros cada día comienzan. Esta es la reina de las edades, y si no perfecta absolutamente, con menos imperfecciones, pues no ignorante como la niñez, ni loca como la mocedad, ni pesada ni pasada como la vejez; que el mismo sol campa de luces al medio día. Tres libreas de tres diferentes colores da en diversas edades la naturaleza a sus criados: comienza por el rubio y purpurante en la aurora de la niñez, al salir del sol de la juventud, gala de color y de colores; pero viste de negro y de decencia la barba y el cabello en la edad varonil, señal de profundos pensamientos y de cuidados cuerdos; fenece con el blanco, quedándose en él la vida, que es el buen porte de la virtud, librea de la vejez lo cándido.

Había Andrenio llegado a la cumbre de la varonil edad cuando ya Critilo iba descaeciendo cuesta abajo de la vida y aun rodando de achaque en achaque. Íbales convoyando aquel varón raro, muy de la ocasión, porque, aunque habían topado otros bien prodigiosos en el discurso de tan varia vida (que quien mucho vive, mucho experimenta), mas éste les causó harta novedad, porque crecía y menguaba como él quería, estirábase cuando era menester y iba sacando el cuerpo, alzaba cabeza, levantaba la voz y hombreabase de modo que parecía un gigante, tan descomunal, que hiciera cara al mismo capitán Plaza y aun a Pepo; por otro extremo, cuando a él le parecía se volvía a encoger y se empequeñecía de modo que parecía un pigmeo en lo poco y un niño en lo tratable. Estaba atónito Andrenio de ver una virtud tan variable.

—No te admires —le dijo él mismo—, que yo, con los que tratan de empinarse y levantarse a mayores, con los que quieren llevar las cosas de mal a mal, también sé hacer piernas; pero, con los que se humillan y llevan las cosas de bien a bien, me allano de modo que de mi condición harán cera, cuando más sincera: que tengo por blasón perdonar a los humildes y contrastar los soberbios.

Este, pues, hombre por extremos, habiéndoles desengañado de que el marqués embajador, que ellos buscaban, no asistía ya en la corte imperial, sino en la romana, con negocios de extraordinaria grandeza, y habiendo ellos resuelto, después de mucha desazón y sentimiento, proseguir el viaje de su vida hasta conseguir su alejada felicidad y marchar a la astuta Italia, ofrecióles el voluntario gigante su compaña hasta los Alpes canos, distrito ya de la sonada Vejecia.

—Y porque me empeñé —decía— en mostraros el señorío verdadero, sabed que no consiste en mandar a otros, sino a sí mismo. ¿Qué importa sujete uno todo el mundo, si él no se sujeta a la razón? Y por la mayor parte, los que son señores de más, suelen serlo menos de sí mismos, y tal vez el que más manda más se desmanda. El imperio no es felicidad, sino pensión, pero el ser señor de sus apetitos es una inestimable superioridad. Asegúroos que no hay tiranía como la de una pasión, y sea cualquiera, ni hay esclavo sujeto al más bárbaro africano como el que se cautiva de un apetito. ¡Cuántas veces querría dormir a sueño suelto el necio amante!, y dícele su pasión: «¡Quita, perro, que no se hizo para ti ese cielo, sino un infierno de estar suspirando toda la noche a los umbrales de la desvanecida belleza!». Quisiera el mísero engañar, si no satisfacer, su hambre canina, y dícele su codicia: «¡Anda, perro, ni una sed de agua, y siempre de dinero!». Suspira el ambicioso por la quietud dichosa, y grítale el deseo de valer: «¡Hola, perro, anda aperreado toda la vida!». ¿Hay Berbería tan bárbara cual ésta? ¡Eh!, que no hay en el mundo señorío como la libertad del corazón; eso sí que es ser señor, príncipe, rey y monarca de sí mismo. Esta sola ventaja os faltaba para llegar al colmo de una inmortal perfección; todo lo demás habíais conseguido, el honroso saber, el acomodado tener, la dulce amistad, el importante valor, la aventura deseada, la virtud hermosa, la honra autorizada, y desta vez el mando verdadero, ¿qué os ha parecido —preguntó el agigantado camarada— de los bravos alemanes?

—Grandes hombres —iba a decir Critilo, cuando perturbó su definición uno que parecía venir huyendo en lo desalentado y a gritos mal distintos repetía:

—¡Guarda, la fiera! ¡Guarda, la mala bestia!

No dejaron de asustarse, y más cuando oyeron repetir lo mismo a otro y a otros, que todos volvían atrás de espanto.

—¿Es posible —dijo Andrenio— que jamás nos hemos de ver libres de monstruos ni de fieras, que toda la vida ha de ser arma?

Trataban de huir y ponerse en cobro, cuando volviéndose hacia su camarada el Gigante, no le vieron, pero le sintieron metido en uno de sus zapatos, tamañito. Creció su espanto, creyendo fuese efeto del miedo, mas él, con voz intrépida, les animó, diciendo:

—¡No temáis, no, que ésta no es desdicha, sino suerte!

—¿Cómo suerte —gritó uno de los fugitivos—, si está ahí una fiera tan cruel que no perdona al hombre más persona?

—¿Cómo nos guías por aquí? —instó Critilo.

Y él:

—Porque es el camino de más ventajas, el de los grandes hombres, y esa fiera tan temida no es para mí asombro, sino trofeo.

Dábase a las furias, oyendo esto, Andrenio, y preguntóle a uno de los menos asustados:

—¿No me dirías qué fiera es ésta? ¿Vístela tú?

—Y aun he experimentado —respondió—, por desgraciada dicha, su fiereza. Éste es un monstruo tan ruin como despiadado, que sólo se sustenta de hombres muy personas. Cada día le han de echar, para su pasto, el mejor hombre que se conoce, un héroe, y por el mismo caso que es conocido y nombrado, el sujeto más eminente, ya en armas, ya en letras, ya en gobierno; y, si mujer, la más linda, la más bella, y luego la despedaza rosa a rosa, estrella a estrella y se la traga, que de las feas y fieras como él no hace caso. Todos los famosos hombres peligran: en habiendo un sabio, un entendido, al punto le huele de mil leguas y hace tales estragos, que sus mismos conocidos se le traen, y tal vez sus propios hermanos, que el primer hombre que despedazó, un hermano suyo le condujo. Es cosa lastimosa ver un gran soldado cuanto más valiente y hazañoso cómo perece hecho víctima de su vilísima rabia.

—¿Pues qué, a los valientes se atreve?

—¿Cómo si se atreve? Al mismo Torrecuso, al animoso Cantelmo, al mismo duque de Feria, y otros tan excelentes: fiero monstruo de deshacer todo lo bueno. ¡Pues ve cómo lo malea con dientes, con la lengua, hasta con el gestillo, con el modillo y de todas maneras!

—¡Qué buen gusto debe tener! —dijo Critilo.

—Antes no, pues todo lo bueno le sabe mal y no lo puede tragar, aunque muerde lo mejor. Y si tal vez se lo traga, porque lo cree, no lo puede digerir, porque no se le cuece. Tiene malísimo gusto y peor olfato, oliendo de cien leguas una eminencia, y rabia por deshacerla. Y así, yo doy voces: «¡Afuera, lindas! ¡A huir, sabios! ¡Guardaos, valientes! ¡Alerta, príncipe! ¡Que viene, que llega rabiando la apocada bestia! ¡Guarda, guarda!».

—¡Eh, aguarda! —dijo el ya enano Gigante—. Por lo menos, no puedes negar que es grande quien así se ceba en todas las cosas grandes.

—Antes, es muy poca cosa, y aunque no hinca el diente venenoso sino en lo que sobresale, es de todas maneras ruin y revienta cada día. No hay cosa más pestilente que su aliento, como salido de tan fatal boca, mala lengua y peores entrañas. Yo la he visto eclipsar el sol y deslucir las mismas estrellas: los cristales empaña y la plata más brillante desdora. De suerte que, en viendo alguna cosa excelente y rara, la toma de ojo y de tema.

—¿No hay un paladín que degüelle esa orca tan perjudicial? —preguntó Andrenio.

—¿Quién la ha de matar? No los pequeños, que no les hace daño, antes los venga y consuela; no los grandes hombres, porque ella acaba con todos: ¿pues quién le ha de emprender?

—¿Es bruto o persona?

—Algo, aunque poco, tiene de hombre; de mujer mucho, y de fiera todo.

Ya en esto, venía para ellos un rayo en monstruo dando crueles dentelladas, espumando veneno:

—¡Aquí el remedio es —gritó el ya Enano, y mucho menos— no sobresalir en cosa, no lucir ni campear, no ostentar prenda alguna!

Así lo platicaron, y la que venía rechinando colmillos y relamiéndose en espumajos de veneno, viéndoles que tan poco sobresalían y que el imaginado gigante era un pigmeo, no dignándose ni aun de mirarles, los despreció dando la vuelta a su poquedad y vileza.

—¿Qué os ha parecido de la monstruosa vieja? —preguntó el ya otra vez Gigante.

Y Critilo:

—Yo dudé si era el Ostracismo moderno, que a todos los insignes varones destierra y querría echar del mundo no más de porque lo son. En oliendo un docto, le hace proceso de excelente hombre y le condena a no ser oído; al esclarecido, a deslucido; al valiente le hace cargos, transformándole las proezas en deméritos; al mayor ministro y de mejor gobierno le publica por insufrible; la hermosura mayor, a no ser vista; y al fin, toda eminencia, que vaya fuera y se le quite delante.

—¿Y eso ejecutaban hombres de juicio en Atenas? —replicó Andrenio.

—Y hoy pasa en hecho de verdad —le respondió.

—¿Y dónde van a parar tantos buenos?

—¿Dónde? Los valientes a Extremadura y la Mancha, los buenos ingenios a Portugal, los cuerdos a Aragón, los hombres de bien a Castilla, las discretas a Toledo, las hermosas a Granada, los bellos decidores a Sevilla, los varones eminentes a Córdoba, los generosos a Castilla la Nueva, las mujeres honestas y recatadas a Cataluña, y todo lo lucido a parar en la Corte.

—A mí me pareció —dijo Andrenio— en aquel mirar de mal ojo, en el torcer de la boca, en el hacer gestillos, en el modillo de hablar y en el enfadillo, que era la Envidia.

—La misma —respondió el Gigante—, aunque ella lo niega.

Libres ya de envidiados y envidiosos, llegaron a un paso inevitable donde asistía muy de asiento un varón muy de propósito. Éste era el que tenía en su mano la justa medida de los entendimientos de cómo han de ser. Y era cosa rara que, llegando cada instante unos y otros a medirse, ninguno se ajustaba de todo punto. Unos se quedaban muy cortos, a tres o cuatro dedos de necios, ya por esto, ya por lo otro: uno porque, aunque en unas materias discurría, en otras no acertaba; éste era ingenioso, pero candido; aquél docto, pero rústico. De modo que ninguno venía al cabal del todo. Al contrario, otros pasaban del coto y eran bachilleres, resabidos, sabihondos y aun casi locos: hablaban unos bien, pero se escuchaban; sabían otros, pero se lo presumían; y todos estos enfadaban. Así, que unos por cortos, otros por largos, unos por carta de más, otros de menos, todos perdían; a unos les faltaba un pedazo de entendimiento, y a otros les sobraba. Cuál y cuál, uno entre mil, venía a ser de la medida, y aun quedaba en opiniones. En viendo el juicioso varón que uno no llegaba, o un otro se pasaba, los mandaba meter en la gran jaula de todos, llamada así por los infinitos de que siempre estaba llena; que de loco o simple raro es el que se escapa, los unos porque no llegan, los otros porque se pasan, condenándose todos, unos por tontos, otros por locos.

Comenzó a vocearles uno de los que ya estaban dentro, y decía:

—¡Entrad acá, no tenéis que mediros, que todos somos locos, los muchos y los pocos! Tomáronse la honra, que en la tierra de los necios, el loco es rey, y guiados de su gran hombre entraron allá. Vieron cómo los más andaban, pero no discurrían, cada uno con su tema, y alguno con dos, y tal con cuatro. Había caprichosas setas, y cada uno celebraba la suya: el uno de entendido, el otro de decidor, éste de galán, aquél de bravo, tal de linajudo, y cuál de afectado, de enamorados muchos, de descontentos de todo algunos; los graciosos muy desgraciados; los dejados muy fríos; los porfiados insufribles, los singulares señalados, los valientes furiosos, los muy voluntarios fáciles, los vulgares desestimados, los juradores aborrecidos, los descorteses abominados, los rencillosos malquistos, los artificiosos temidos. Admirado Andrenio de ver tan trascendente locura, quiso saber la causa y dijéronle:

—Advertí que ésta es la semilla que más cunde hoy en la tierra, pues da a ciento por uno, y en partes a mil; cada loco hace ciento, y cada uno déstos otros tantos, y así en cuatro días se llena una ciudad. Yo he visto llegar hoy una loca a un pueblo, y mañana haber cien imitadoras de sus profanos trajes. Y es cosa rara que cien cuerdos no bastan [a] hacer cuerdo un loco, y un loco vuelve orates a cien cuerdos. De nada sieven los cuerdos a los locos; éstos sí hacen gran daño [a] aquéllos; es en tanto grado, que ha acontecido poner un loco entre muchos y muy cuerdos, por ver si se remediaría, y como en todo cuanto hablaba y hacía le repugnaban, comenzó a dar gritos, diciendo que le sacasen de entre aquellos locos si no querían que perdiese el juicio en cuatro días.

Era de ponderar cuáles procedían sin parar un punto ni reparar en cosa, y todos fuera de sí metidos en otro de lo que eran, y tal vez todo lo contrario: porque el ignorante se imaginaba sabio, con que no estaba en sí, el nonadilla se creía gran hombre, el vil gran caballero, la fea se soñaba hermosa, la vieja niña, el necio muy discreto. De suerte que ninguno está en sí, ni se conoce ninguno en el caso ni en casa. Y era lo bueno que cada uno preguntaba al otro si estaba en su juicio:

—Hombre del diablo, ¿estáis loco?

—¿Estamos en casa? —decía uno.

—¿Estáis conmigo? —decía otro.

Y a fe estuviera bien apañado si con él. A todos los otros imaginaban sus antípodas y que andaban al revés, persuadiéndose cada uno que él iba derecho y el otro cabeza abajo, dando de colodrillo por esos cielos, él muy tieso y los otros rodando.

—¡Qué errado anda fulano! —decía éste.

Y respondía el otro:

—¡Qué calzado por agua va él!

Todos se burlaban, unos de otros: el avaro del deshonesto y éste de aquél, el español del francés y el francés del español.

—Hay locura de todo el mundo —filosofaba Critilo—. ¡Y con cuánta razón se llamó jaula de todos!

Iban discurriendo, y toparon los ingleses metidos en una muy alegre jaula.

—¡Qué alegremente se condenan éstos! —dijo Andrenio.

Y respondiéronle estaban allí por vanos:

—Es achaque de la belleza.

Vieron los españoles en otra por maliciosos, los italianos por invencioneros, los alemanes por furiosos, los franceses por cien cosas, y los polacos a la otra banda. Había sabandijas de todo elemento: locos del aire los soberbios, del fuego los coléricos, de la tierra los avaros, y del agua, los Narcisos, y éste era simplicísimo elemento; en el quinto los lisonjeros, diciendo que sin él no se puede vivir en la corte ni en el mundo. Topaban extremadas locuras, bravos caprichos. Había dado uno en no hacer bien a nadie, y podía.

Preguntóle Andrenio la causa, y respondióle:

—Señor mío, por no morirme luego.

—Antes, no —le replicaron—, que haciendo bien a todos, todos os desearán la vida.

—Engañáisos —respondió él—, que ya el hacer bien sale mal. Y si no, prestá vuestro dinero y veréis lo que pasa; los más ingratos son los más beneficiados.

—¡Eh!, que ésos son cuatro ruines, y por ellos no han de perder tantos buenos que lo reconocen y agradecen.

—¿Quién son éstos? —dijo él—, y harémosles un elogio. Al fin, señor, no os canséis, que yo no me quiero morir tan presto, que ya sabéis que quien bien te hará, o se te irá, o se te morirá.

A par déste estaba otro gran agorero, y era hombre de porte; en encontrando un bizco, se volvía a casa y no salía en quince días; que si tuerto, en todo un año. No había remedio que comiese, melancólico perdido.

—¿Qué tenéis? —le preguntó un amigo—. ¿Qué os ha sucedido?

Y él:

—Un grande azar.

—¿Qué?

—Que se volcó el salero en la mesa.

Riólo mucho el otro y díjole:

—Dios os libre no se vuelque la olla, que para mí no hay otro peor agüero que salir ella güera.

Hízoles gran novedad ver una jaula llena de hombres tenidos por sabios y muy ingeniosos, y decía Critilo:

—Señor, que estén aquí los amantes, vaya, que no va sino una letra para amentes; que estén los músicos en su traste, bien; ¡pero hombres de entendimiento!

—¡Oh, sí! —respondía Séneca—, que no hay entendimiento grande sin vena.

Trabáronse de palabras, que no de razones, un alemán y un francés; llegaron a términos de perdérselos, y el francés trató al alemán de borracho y éste le llamó loco; diose por muy agraviado el francés, y arremetiendo para él (que siempre procuran ser los agresores, y con eso ganan), juraba le había de sacar la sangre pura, que no fuera poco, y el alemán, que le había de hacer saltar los sesos, que no tenía. Púsose de por medio un español, mas aunque echó algunos votos, no podía aplacar al francés.

—No tenéis razón —le dijo—, que si él os ha tratado de loco, vos a él de borracho, con que sois iguales.

—No, mosiur —decía el francés—, más cargado quedo yo: peor es loco que borracho.

—Malo es lo uno y lo otro —replicó el español—, pero la locura es falta y la embriaguez es sobra.

—Así es —dijo el francés—, pero aquello de ser mentecato de alegría es una gran ventaja, es tacha de gusto.

—¡Eh!, que también un loco, si da en rey o papa, pasa una linda vida. Así que no sé yo de qué os dais por tan sentido.

—Siempre estoy en mis trece —dijo el francés—, que yo hallo gran diferencia de loco a borracho.

—¡Porque el uno es mentecato de secano, y el otro de regadío! Estaba una mujer loca rematada de su hermosura, que las más déstas no tienen un adarme de juicio.

—Ésta sí —dijo Critilo— que volverá locos a ciento.

—Y aun a más —dijo Andrenio.

Y fue así, que ella estaba loca, y loca su madre con ella, y loco el marido de celos, y locos cuantos la miraban.

Daba voces un gran personaje, y decía:

—¿A mí, a un hombre como yo, de mi calidad, a un magnate intentar meterlo aquí? ¡Eso no! Si es por esto y esto, yo tuve mi razón; no se ha de dar cuenta de las acciones a todos. Si es por aquello, engáñanse. ¿Qué saben ellos de las ejecuciones de los grandes personajes, que no las alcanzan? ¿Por qué se meten a censurarlas?; que hay historiador, y aun los más, que no tocan en cielo ni en tierra.

Defendíase todo lo posible, mas los superintendentes de la jaula, tratándole muy mal, hasta ajarle, le llevaban muy contra su voluntad, diciendo:

—Aquí no se juzga de la cordura interna, sino de la locura externa. Vaya a la jaula drecho quien hizo tantos tuertos.

Llegó Critilo, y viendo era un gran personaje bien conocido, díjoles no tenían razón de meterle allí un hombre semejante.

—¡Eh!, sí, señor —dijeron ellos—, que estos hombres grandes hacen siempre locuras de su tamaño, y mayores cuanto mayores.

—Por lo menos —replicó Critilo—, no le pongáis en el común, sino aparte; haya una jaula retirada para los tales.

Riéronio mucho ellos, y dijeron:

—Señor mío, a quien perdió el mundo entero, todo él sea su jaula.

Al contrario, otro suplicaba con grande instancia le honrasen con una jaula de loco, más los del gobierno no quisieron; antes, le llevaron a las de los simples, que estaban de otra banda, y fue porque pretendía mandar; que a todos los pretendientes de mando los metían a un dedo del limbo. Había locos de memoria, que era cosa nueva y nunca vista (que de voluntad y entendimiento, ya es ordinario), y éstos eran los prósperos, los hartos, no acordándose de los hambrientos, los presentes de los ausentes, los de hoy de los de ayer, los que dos veces tropezaron en un mismo paso, los que se engolfaron segunda vez, y los que se casaron dos, los engañados entre los bobos, y el que dos veces, jaula doble; señalaron pienso a los de penseque. Estaban altercando dos cuál había sido el mayor loco del mundo, que el primero ya se sabe; nombraron muchos y bien solemnes, antiguos y modernos, en Francia a pares, y en España a nones. Concluyeron la disputa concluyendo el poema del galán Medoro.

Preguntó Andrenio por qué ponían los alegres junto a los tristes, los consolados a par de los podridos, los satisfechos de los confiados. Respondió uno que para igualar el peso y el pesar; pero otro, mejor, para que los unos curen con los otros.

—¿Pues qué, sanan algunos?

—Sí, alguno y aun ése por fuerza, como se vio en aquel que, habiéndole sanado un gran médico, no le quería después pagar. Citóle ante el juez, que admirado de tal ingratitud, dudó si había vuelto a estar loco. Respondía que ni con él se había hecho el concierto, ni le había hecho buena obra, sino muy mala, en haberle vuelto a su juicio, diciendo que no había tenido mejor vida que cuando estaba loco, pues no sentía los agravios ni advertía los desprecios, de nada se pudría: un día se imaginaba rey, otro papa, ya rico, ya valiente y vitorioso, ya en el mundo, ya en el paraíso, y siempre en gloria; pero ahora, sano, de todo se consumía, de todo se pudría, viendo cuál anda todo. Intimóle que pagase o volviese a ser loco y el escogió esto último.

Llamóles uno con grande instancia que estaba en la jaula de los descontentos. Comenzóles a hablar con grande consecuencia, quejándose de que le tenían allí sin causa. Daba tan buenas razones que les hizo dudar si la tendría, porque decía:

—Señores míos, ¿quién puede vivir contento con su suerte? Si es pobre, padece mil miserias; si rico, cuidados; si casado, enfados; si soltero, soledad; si sabio, impaciencias; si ignorante, engaños; si honrado, penas; si vil, injurias; si mozo, pasiones; si viejo, achaques; si solo, desamparos; si emparentado, pesares; si superior, murmuraciones; si vasallo, cargas; si retirado, melancolías; si tratable, menosprecios. Pues ¿qué ha de hacer un hombre, y más si es persona? ¿Quién puede vivir contento sino algún tonto? ¿No os parece que tengo razón? Así tuviese yo ventura, que entendimiento no me falta.

Aquí se la conocieron, y grande: mal de muchos, vivir tan satisfechos de su entendimiento cuan descontentos de su poca dicha.

—¡Oh, cuántos —dijo Critilo— echan la culpa de la sobra de su locura a la falta de su ventura!

Muy confiado, uno llegó a entretenerse y a ver las gavias, mas al punto agarraron dél para revestirle la librea. Defendíase, preguntando que por qué, pues él ni era músico, ni enamorado, ni desvanecido, ni salía fianza por el mismo Creso, ni había confiado en hombres ni fiado de mujeres, mucho menos de franceses, ni se había casado por los ojos a lo antiguo, ni por los dedos a lo moderno, contando el dinero, ni había llevado plumaje ni ramo, ni se mataba de lo que otros vivían, ni suspiraba de lo que otros daban carcajadas, ni por decir un dicho había perdido un amigo, ni era de alguna de las cuatro naciones, y así que a ningún traste pertenecía. Nada le valió.

—¡Engavíenle! —gritaba el regidor mayor.

Y él:

—¿Por qué?

—Porque él solo se tiene por cuerdo, y aunque no sea loco, puede ser tenido por tal, como acontece cada día. Y entiendan todos que, por cuerdos que sean, si dan los otros en decirles: «¡Al loco, al loco!», o le han de sacar de tino u de crédito.

Ponderaba Andrenio que casi todos era hombres; no había niños ni muchachos.

—Es que aún no se han enamorado —le respondió uno.

Mas otro:

—¿Cómo han de perder lo que aún no tienen?

Defendía un físico que por ser húmedos de celebro, pero mejor un filósofo, que por vivir sin penas. Trajeron los esbirros un tudesco, y él decía que por yerro de cuenta, que su mal no procedía de sequedad de celebro, sino de sobrada humedad, y aseguraba que nunca más en su juicio que cuando estaba borracho. Dijéronle que en qué se fundaba, y él con toda puridad decía que cuando estaba de aquel modo, todo cuanto miraba le parecía andar al revés, todo al trocado, lo de arriba abajo, y como en realidad de verdad así va el mundo y todas sus cosas, al revés, nunca más acertado iba él ni mejor le conocía que cuando le miraba al revés, pues entonces le veía al drecho y como se había de mirar. Con todo, cayó de su casa, y le dijeron que, aunque le veía al revés, no era por andar él drecho; y así, le metieron entre los alegres.

Donde quiera que se volvían topaban, o locos o mentecatos, todo el mundo lleno de vacío.

—Yo creí —dijo Andrenio— que todos los locos cabían en un rincón del mundo y que estaban recogidos allá en su Nuncio, y ahora veo que ocupan toda la redondez de la tierra.

—Podíamos responder a eso —dijo uno— lo que el otro en cierta ciudad bien noble y bien florida, que habiéndola paseado con un extranjero y habiéndole mostrado todas las cosas más célebres y más de ver (que eran tan muchas como grandes, soberbios edificios, plazas abundantes, jardines amenísimos y magníficos templos), reparó el huésped que no le había llevado a una casa de que él gustaba mucho. «¿Cuáles?, que al punto os llevaré allá». «La casa de los que no están en ella». «¡Oh señor!, respondió, aquí no hay casa especial: toda la ciudad lo es».

De lo que mucho se maravillaba Andrenio era de ver locos de buen entendimiento.

—Éstos —le dijo uno— son los peores, porque no tienen cura. He allí uno que tiene el mayor entendimiento que se conoce, pero entendimiento que menos sirva a su dueño, yo dudo que le haya.

—¡Oh casa de Dios —exclamó Critilo—, poblada de orates!

Mas, al decir esto, se enferecieron todos y arremetieron contra ellos de todas partes y naciones. Viéronse rodeados en un instante de mentecatos, sin poderse defender dellos ni ponerles en razón. Aquí el Gigante, echando mano a la cinta, descolgó una bocina de marfil terso y puro, y aplicándola a la boca, comenzó a hacer un son tan desapacible para ellos, que todos al punto, volviendo las espaldas, se echaron a huir y se retiraron, aunque no con buen orden. Con esto se vieron libres de su furia, quedándoles el paso desembarazado.

Admirado Andrenio, le preguntó si era acaso aquél el cuerno de Astolfo tan celebrado.

—Primo hermano dél, aunque más moral es éste. Lo que yo puedo decir es que me lo dio la misma Verdad. Con él me he librado muchas veces, y de terribles trances, porque como habéis visto, en oyendo cada uno la verdad, luego vuelve las espaldas, unos tras otros se van y me dejan estar. Todos veréis que enmudecen en oyendo que les dicen las verdades y se van más que de paso; en diciéndole al otro desvanecido que advierta que no tiene de qué, que se acuerde de su abuelo, al punto se yela; si le decís al magnate que no adjetive lo grande con lo vicioso, luego os tuerce el rostro; si le decís a la otra que no parece tan bien como se pinta, aunque sea un ángel os para un gesto de un demonio; si le acordáis al rico la limosna y que todos los pobres le echan maldiciones, luego se sacude la capa y os sacude de sí; si al soldado, que lo sea en la conciencia y no la tendrá tan rota; si a Baldo que no sea venal ni admita todas las causas; si al marido que no sea siempre novio; si al médico que no se mate por matar; si al juez que no se equivoque con Judas; si a la doncella que no comienza ya bien con el don, ni la dama con el dar; si a la bella casada que excuse el vella, todos vuelven las espaldas. De modo que en resonando el odioso cuerno de la verdad, veréis que el pariente os niega, el amigo se retira, el señor desfavorece, todo el mundo os deja, y todos van gritando: «¡A huir, a huir!», por no oír.

Despejado el paso de la vida, fuéronse encaminando a los canos Alpes, distrito de la temida Vejecia. Lo que por allá les sucedió, ofrece referir la tercera parte, en el erizado Invierno de la Vejez.

Tercera parte: En el invierno de la vejez

A don Lorenzo Francés de Urritigoyti

Dignísimo Deán de la Santa Iglesia de Sigüenza

Esta Tercera Parte del discurso de la vida humana, que retrata la vejez, ¿a quién mejor la pudiera yo dirigir que a un señor anciano tan grave, entendido y prudente? Y está tan lejos de ser inadvertencia esta dirección, que blasona de industrioso obsequio. Mucho ha que comenzó v. m. a lograr madureces. Suelen alterarse los tiempos y entrarse unos en la jurisdicción de los otros: el otoño se muda en invierno, y la primavera usurpa porción del estío. Así, en algunos, la vejez se suele adelantar y tomar gran parte de la varonil, y ésta de la mocedad.

Describe este último de mis Críticos una sazonada vejez sin decrepitud, copiada de la perfecta de v. m. Ésta es la idea de prendas autorizadas bien conocidas, no bastantemente estimadas. Mas desconfiando mi pluma de poder sacar el cumplido retrato de las muchas partes, de los heroicos talentos que en v. m. depositaron con emulación la naturaleza favorable y la industria diligente, he determinado valerme de la traza de aquel ingenioso pintor que, empeñado en retratar una perfección a todas luces grande y viendo que los mayores esfuerzos del pincel no alcanzaban a poderla copiar toda junta con los cuatro perfiles (pues si la pintaba del un lado se perdían las perfecciones de los otros), discurrió modo cómo poder expresarla enteramente. Pintó, pues, el aspecto con la debida valentía, y fingió a las espaldas una clara fuente en cuyos cristalinos reflejos se veía la otra parte contraria con toda su graciosa gentileza; puso al un lado un grande y lucido espejo en cuyos fondos se lograba el perfil de la mano derecha, y al otro un brillante coselete donde se representaba el de la izquierda. Y con tan bella invención pudo ofrecer a la vista todo aquel relevante agregado de bellezas; que tal vez la grandeza del objeto suele adelantar la valentía del concepto.

Así yo, por no perder perfecciones, por no malograr realces, y tantos como en v. m. admiro (unos propios, otros ajenos, aunque ninguno extranjero), después de haber copiado lo virtuoso, lo prudente, lo docto, lo entendido, lo apacible, lo generoso, lo plausible, lo noble, lo ilustre que en v. m. luce y no se afecta, quiero carearle con una no fingida, sino verdadera fuente de sus esclarecidos padres, el señor Martín Francés, ornamento de su casa, esplendor de esta imperial ciudad de Zaragoza por su virtud, generosidad, cordura y capacidad, que todo en él fue grande, y de una madre ejemplo de christianas y nobles matronas, cuya bondad se conoció bien en el fruto que dio de tantos y tan insignes hijos, que pudo con más razón decir lo que la otra romana: Mis galas, mis joyas, mis arreos, son mis hijos.

Pondré luego al lado derecho, no un espejo sólo, sino cuatro, de cuatro hermanos dedicados todos a Dios en las más ilustres iglesias catedrales de España: el ilustrísimo señor don Diego Francés, obispo de Barbastro, espejo de ilustrísimos prelados en lo santo de su vida, en lo vigilante de su celo, en lo docto de sus estampados escritos y en lo caritativo de sus muchas limosnas; sea el segundo el señor arcipreste de Valpuesta, en la santa iglesia de Burgos, espejo también de prebendados, ya en la cátedra, ya en el púlpito, ya en la silla, asistiendo con ejemplar puntualidad al divino culto sin perdonar día, no perdonándole sus achaques una hora de alivio; el tercero (que pudiera ser primero) es el señor arcediano de Zaragoza, aquel gran bienhechor de todos, de nobles con consejos, de pobres con limosnas y asistencias de regidor mayor del Hospital General, de eclasiásticos con ejemplos, de sabios con libros que publican las prensas, con las suntuosas iglesias que les ha erigido, con capillas que ha ilustrado y fundado, nacido al fin para bien de todos, y de todas maneras venerable; sea corona religiosa el muy reverendo padre fray Tomás Francés, antorcha brillante de la religión seráfica, esparciendo rayos, ya de su mucha doctrina en los púlpitos (de que dan testimonio dos Cuaresmas, que predicó en este Hospital Real de Zaragoza, palenque de los mayores talentos), ya de su mucha teología en tantos años de cátedra, ya de su erudición en sus impresos libros, ya de su prudencia en los cargos y prelacias que ha obtenido, y secretario que fue de dos generales de su orden, doblada prueba de sus muchos méritos.

Al otro lado fijaré un coselete de otros tres hermanos seglares, nobles caballeros: don Martín y don Marcial y don Pablo, que también supieron hermanar lo lucido con lo christiano. Ni son menos de ver los lejos de sobrinos canónigos y seglares caballeros. Pero lo que yo más suelo celebrar es que todos, por lo christiano y por lo caballeroso, han sido los más plausibles héroes de su patria y de su siglo.

Con esto queda coronado el retrato de blasones y de prendas, que todas van a parar en v. m. como en su primer centro, a quien el cielo lo espere y prospere.

De v. m. su más afecto estimador,

Lorenço Gracián

Censura

Del P. Predicador Esteban Sanz

Este libro intitulado el Criticón, Tercera parte, que ha compuesto Lorenzo Gracián y v. m. me remite para la censura, he visto con particular atención y hallo que se exime de toda por el concepto grande que tiene adquirido el autor en la estimación de los más doctos con sus ingeniosos escritos, que son el Héroe, el Político, el Discreto, el Arte de Ingenio, la Primera y Segunda parte del Criticón y ésta, que es la Tercera, en que se excede a sí mismo en las metáforas, símiles, ejemplos, transformaciones, moralidades y alusiones de que usa diestramente para la reprehensión de los vicios y séquito de la virtud, objeto a que se dirigen las doce Crisis que construyen la primorosa fábrica deste cuerpo escrito, en quien soñando diestramente, deleita con dulzura, imitando al médico perito que, no pudiendo con remedios agrios restituir la sanidad al enfermo, recurre a los dulces para atraer con lo suave a la ejecución de lo útil: tal vez vale el arte donde la fuerza no vale. En fin, es tanto el acierto con que escribe, que cada letra parece un parto estudioso de su mayor atención, con que se asegura de lapso culpable en la enseñanza christiana. Y así le juzgo por digno de la licencia que pide, salvo, etc. En este Convento de la Vitoria de Madrid, en 6 de mayo de 1657

Firmado: Estevan Sanz

Nos el Doct. D. Pedro Fernández de Parga y Gayoso, Canónigo Lectoral de la S. Iglesia Apostólica Metropolitana de Santiago y Vicario desta Villa de Madrid y su partido, etc., por la presente y por lo que a Nos toca, damos licencia para que se imprima y venda un libro intitulado Tercera Parte del Criticón, compuesto por Lorenzo Gracián, atento que de la censura del P. F. Estevan Sánchez, a quien le remitimos, parece que no contiene cosa contra nuestra santa fe católica y buenas costumbres. Dado en Madrid, a 5 de mayo de 1657

Doctor Parga

Por su mandado, Juan Bapt. Bravo

Aprobación

Del P. Alonso Muñoz de Otalora, de los Clérigos Menores, calificador de la Suprema Inquisición

La Tercer Parte del Criticón, de Lorenzo Gracián, hermoso remate de esta obra y aseado aliño de su ingenio, he visto de orden de V. A., y aunque el nombre del autor bastaba para su crédito, hallo que la mayor calificación es lo que en ella enseña, graduando las edades y dando lo que toca a los tiernos años, a la lozana juventud, a la varonil bizarría, a la soberanía del imperio, y en ésta la madurez en el pensar, el peso en el hablar, lo grave en el discurrir y lo sentencioso en el razonar; pues en disfraces curiosos aplaude la virtud, condena el vicio, da lugar a la verdad, destierra el engaño, favorece el desinterés, reprehende la lisonja, y dando lucido principio a la vida, la esmalta peregrinamente con el feliz suceso que pone a la muerte, comprehendiendo la variedad del hombre desde el nacer al morir. Y como los siglos hacen hermanarse los fines con los principios, sin quitar la dicha del nacer le dio por la inmortalidad la gloria al morir, conformándose a la inconstancia que goza la carrera del siglo en que tiene su duración. Y con ser doce los capítulos, parece se ciñen todos a la sentencia de Séneca en el libro 5 de Benefic., cap. 8: Ut in orbe ac pila nil [imum est], nil summum, nil extremum, nil primum quia motu ordo mutatur et quae sequebantur praecedunt et quae occidebant oriuntur, omnia, quomo do ier[u]nt dunque, in idem revertuntur, ita in homine existima fieri; cum illum in multa nutaveris [unus] est. (En este globo del mundo no hay extremo ni primero, ínfimo ni supremo, porque el movimiento desta rueda todo lo baña, haciendo que el que era último preceda, y el que precedía se siga; que a quien dichosamente había soplado la fortuna hasta ponerle en la punta de la luna, a su mudanza caiga, y el que se veía caído suba hasta encumbrarse en el trono más realzado; que las cosas que iban a morir vuelvan a renacer, y las que estaban en el oriente, sin imaginar se topen en el ocaso; y aunque al hombre le veas vestirse desta variedad de colores que le hacen diverso a la vista, como desigual a la estimación, siempre es uno).

Y así, en metáforas curiosamente disfrazadas, da a entender esta verdad el autor, con que dulcemente dispone para abrazarla, sin que pueda el presumido desvanecerse en la cumbre, ni el humilde desconsolarse en el valle, pues la rueda de la Fortuna, haciéndose deschasco a la del tiempo, en cuya variedad no hay cosa estable, ya hace al primero último, ya el último es primero. Y aun al galardonar, cuando el premio parece se había de aventajar según el mayor o menor realce del mérito, el más prudente padre de familias, el gobernador más sabio, el legislador más recto, el juez más desinteresado (al cap. 20 de San Mateo), a los primeros hace postreros, y a los postreros, primeros: Et erunt novissimi primi, et primi novissimi. Y así, en las metáforas ingeniosas y en los disfraces curiosos de los capítulos y lo que en ellos se discurre, hallará el curioso cómo se ha de gobernar para ni desvanecerse en el trono ni desconsolarse en lo bajo, porque aquel oriente tiene ocaso, y este ocaso suele parar en oriente. Y aunque se queda siempre hombre, el movimiento desta rueda trae estos vaivenes, con que el que pretende fijar el clavo a su fortuna felizmente aquí verá alicionado cómo (siendo esto cierto en lo humano), poniendo la vista más alta, podrá pasar de un oriente a otro sin dar en el abismo del ocaso; pues infundiéndole una alma inmortal en el gozo de la bienaventuranza, la puede hacer eterna en felicidades. Y así, el interés de imprimirse es grande para nivelar las acciones ajustadamente a la razón y asegurar el puerto en la mayor borrasca, que es el principal intento de nuestra santa fe, y muy conforme a ella lo que se discurre en los capítulos. Así lo siento. En nuestra Casa del Espíritu Santo, de los Clérigos Menores, a 10 de junio de 1657.

Alonso Muñoz de Otalora

Suma de privilegio y tasa

Tiene privilegio Francisco Lamberto, mercader de libros, para imprimir las Obras de Lorenzo Gracián, como más largamente consta de su original. Y le tasaron los señores del Consejo a cuatro maravedís cada pliego. Despachado en el oficio de Pedro Hurtiz de Ipiña.

Al que leyere

A los grandes hombres nada les satisface sino lo mucho; por eso no depreco yo lectores grandes, convido sólo al benigno y gustoso, y le presento este tratado de la senectud con particular novedad. Nadie censura que las cosas no se hagan, pero sí que no se hagan bien; pocos dicen por qué no se hizo esto o aquello, pero sí por qué se ha hecho mal. Confieso que hubiera sido mayor acierto el no emprender esta obra, pero no lo fuera ya el no acabarla: eche el sello esta tercera parte a las otras.

Muchos borrones toparás, sí lo quisieres acertar: haz de todos uno. Para su enmienda te dejo las márgenes desembarazadas, que suelo yo decir que se introdujeron para que el sabio letor las vaya llenando de lo que olvidó o no supo el autor, para que corrija él lo que erró éste. Sola una cosa quisiera que me estimases, y sea el haber procurado observar en esta obra aquel magistral precepto de Horacio, en su inmortal Arte de todo discurrir, que dice: Denique sit quod vis simplex dumtaxat et unum. Cualquier empleo del discurso y la invención, sea lo que quisieres, o épica o cómica u oratoria, se ha de procurar que sea una, que haga un cuerpo, y no cada cosa de por sí, que vaya unida, haciendo un todo perfecto. También he atendido en esta tercera parte huir del ordinario tope de los más autores, cuyas primeras partes suelen ser buenas, las segundas ya flaquean, y las terceras de todo punto descaecen. Yo he afectado lo contrario, no sé si lo habré conseguido: que la segunda fuese menos mala que la primera, y esta tercera que la segunda.

Dijo un grande lector de una obra grande que sólo le hallaba una falta, y era el no ser o tan breve que se pudiera tomar de memoria, o tan larga que nunca se acabara de leer: si no se me permitiere lo último por lo eminente, sea por lo cansado y prolijo. Otras más breves obras te ofrezco, y aunque no puedo lo que franqueaba a sus apasionados el erudito humanista y insigne jurisperito Tiraquelo sí aquello de un librillo en cada un año redituará mi agradecimiento. Vale.

Crisi primera

Honores y horrores de Vejecia

No hay error sin autor, ni necedad sin padrino, y de la mayor el más apasionado: cuantas son las cabezas tantos son los caprichos, que no las llamo ya sentencias. Murmuraban de la atenta Naturaleza los reagudos (entremetiéndose a procuradores del género humano) el haber dado principio a la vida por la niñez:

—La más inútil —decían— y la menos a propósito de sus cuatro edades: que aunque se comienza a vivir a lo gustoso y lo fácil, pero muy a lo necio. Y si toda ignorancia es peligrosa, ¡cuánto más en los principios! Gentil modo de meter el pie en un mundo, laberinto común, forjado de malicias y mentiras, donde cien atenciones no bastan. ¡Eh!, que no estuvo esto bien dispuesto, llamémonos a engaño y procúrese el remedio.

Llegó presto el descontento humano al consistorio supremo, que oyen mucho las orejas de los reyes. Mandólos comparecer ante su soberano acatamiento, y dicen oyó benignamente su querella, concediéndoles que ellos mismos eligiesen la edad que mejor les estuviese para comenzar a vivir, con que se hubiese de acabar por la contraria: de modo que si se daba principio por la alegre primavera de la niñez, el dejo había de ser por el triste invierno de la senectud; o al otoño de la varonil edad habían de salir por el contrario; y si por el sazonado, [por el] destemplado estío de la juventud. Dioles tiempo para que lo pensasen y confiriesen entre sí, y que en estando ajustados volviesen con la resolución, que al punto se ejecutaría Mas aquí fue la confusión de pareceres, aquí el Babel de opiniones, ofreciéndoseles cien mil inconvenientes por todas partes. Proponían unos se comenzase a vivir por la mocedad, que dé dos extremos, más valdría loco que tonto.

—¡Calificada necedad! —replicaban otros—. No sería eso entrar a vivir, sino a despeñarse; no comenzar la vida, sino su ruina, cuando no por la puerta de la virtud, sino del vicio; y apoderado; éstos una vez de los homenajes del alma, ¿quién bastará a desencastillarlos después? Advertid que es un niño planta tierna que, en declinando a la siniestra mano, con facilidad se endereza a la diestra, mas un mozo absoluto y disoluto no admite consejos, no sufre preceptos, todo lo atropella y todo lo yerra. Creed que entre dos extremos, más arriesgada corre la locura que la ignorancia.

Sobre la achacosa vejez no tuvieron mucho que altercar, con que no faltó quien la propusiese porque no quedase piedra por mover y todo se alterase.

—¡Eh! —dijeron los menos necios—, que ésa no es edad, sino tempestad, más a propósito para dejar la vida que para comenzarla, cuyos multiplicados achaques facilitan la muerte y la hacen tolerable. Yacen dormidas las pasiones, cuando más despierto el desengaño, cáese el fruto de maduro y aun de pasado.

El que llegó a estar más adelantado fue el partido de la edad varonil.

—¡Ése sí —ponderaban los resabidos— que es gran comenzar, el medio día de la razón y a toda luz del juicio! Ventaja única, entrar a entero sol en el confuso laberinto de la vida. Ésa es la reina de las edades y lo mejor del vivir. Por ahí comenzó el primero de los hombres, así le introdujo en el mundo el soberano Hacedor, ya perfecto, ya consumado, hecho y derecho. ¡Alto!, pídasele al divino Autor sin más altercación esta excelencia.

—Aguardá —les dijo un cuerdo—. ¿Y quién vio jamás comenzar por lo más dificultoso? Esto ni lo enseña el arte ni lo platica la naturaleza; antes bien, ambas a dos proceden en todas sus obras haciendo ascenso de lo fácil a lo dificultoso, de lo poco a lo mucho, hasta llegar a lo muy perfecto. ¿Quién jamás comenzó a subir por el reventón de una cuesta? Apenas comenzaría a vivir el hombre y bien a penas, cuando se hallaría abrumado de cuidados, ahogado de obligaciones, consumido antes que consumado, empeñado en ser persona, que es lo más difícil de la vida. Y si no son a propósito para comenzar los achaques de viejo, menos lo serán los afanes de hombre. ¿Quién querrá la vida si sabe lo que es, y quién meterá el pie en el mundo si le conoce? ¡Eh!, dejadle vivir al hombre para sí algún tiempo, que toda es suya la niñez y la mitad de la juventud, ni tiene menores días en toda la carrera de sus años.

De ese modo ha sido tan ventilada la disputa, que aun dura y durará, sin haberse podido convenir jamás ni vuelto con la respuesta al Hacedor soberano, el cual prosigue en que comience el hombre a vivir por la niñez ignorante y acabe por la vejez sabia. Estaban ya nuestros dos peregrinos del mundo, los andantes de la vida, al pie de los Alpes canos, comenzando Andrenio a dar en el blanco, cuando Critilo en los dejos de cisne. Era la región tan destemplada y tan triste que, entrados en ella, a todos se les heló la sangre.

—Éstas —decía Andrenio— más parecen puertas de la muerte que puertos de la vida. Y era muy de observar que los que antes pasaron los Pirineos sudando, ahora los Alpes tosiendo; que lo que en la juventud se suda, en la vejez se tose. Veían blanquear algunos de aquellos cabezos, cuando otros muy pelados, cayéndoseles los dientes de los riscos. No discurrían bulliciosas las venas de los arroyuelos, porque la mucha frialdad los había embargado la risa y el bullicio. De modo que todo estaba helado y casi muerto. Aparecían desnudas las plantas de sus primeras locuras y verdores, y desabrigadas de su vistoso follaje; y si algunas hojas les habían quedado, eran tan nocivas que mataban no pocos al caer, aunque decía la amenazada vieja: «A la de mi naranjo me apelo». No se veían ya reír las aguas como solían; llorar sí, y aun crujir los carámbanos. No cantaba el ruiseñor enamorado; gemía sí, desengañado.

—¡Qué región tan malhumorada es ésta! —se lamentaba Andrenio.

—¡Y qué malsana! —añadió Critilo—. Trocáronse los fervores de la sangre en horrores de la melancolía, las carcajadas en ayes: todo es frialdad y tristeza.

Esto iban melancólicamente discurriendo, cuando entre los pocos que llegaban a estampar el pie en aquel polvo de nieve descubrieron uno de tan extraño proceder, que dudaron ambos a la par si iba o si venía, equivocándose con harto fundamento, porque su aspecto no decía con su paso: traía el rostro hacia ellos y caminaba al contrario. Porfiaba Andrenio que venía, y Critilo que iba, que aun de lo que dos están viendo a una misma luz hay diversidad de pareceres. Apretó la curiosidad los acicates a su diligencia, con que le dieron alcance muy en breve y hallaron que realmente tenía dos rostros, con tan dudoso proceder que cuando parecía venir hacia ellos se huía dellos, y cuando le imaginaban más cerca estaba más lejos.

—No os espantéis —dijo él mismo advirtiendo su reparo—, que en este remate de la vida todos discurrimos a dos luces y andamos a dos haces; ni se puede vivir de otro modo que a dos caras: con la una nos reíamos cuando con la otra regañamos, con la una boca decimos de sí y con la otra de no, y hacemos nuestro negocio. Y si alguno nos pide la palabra, de que no nos está bien la obra, apelamos del decir al hacer, de la facilidad del prometer a la imposibilidad del cumplir, de la lengua a las manos: que hay dos leguas de distancia, y catalanas. Estaremos asegurando una cosa a la española y desmintiéndola a la francesa, a fuer de Enrico, que de un rasgo firmó las dos paces contrarias sin refrescar la pluma ni tomar tinta de nuevo. Hablamos en dos lenguas a la par, y al que dice que no nos entiende, que nosotros no entendemos. Hay primero y segundo semblante: el uno de cumple y el otro de miento: con el primero contentamos a todos, y con el segundo a ninguno. ¡Cuántas veces lloramos con el que llora y a un mismo tiempo nos estamos riendo de su necedad!; que con el un brazo estaba agasajando aquel gran personaje que todos conocimos al que llegaba a hablarle, y con la otra mano se la estaba jurando al paje que le había dado entrada. Así que no os fiéis de caricas ni os paguéis de gustillos. Pasad adelante a ver la otra cara, la verdadera, la de hablas; la de después, la de sobras; que si bien reparáis, hallaréis la una frente muy serena y la otra borrascosa. Blasfema esta boca de lo que aquélla aplaude. Si los ojos de la una son azules y de cielo, los de la otra muy negros y de infierno; si aquéllos quietos, éstos otros guiñando. Veréis la una faz muy humana, cuando la otra muy grave; tan jovial ésta cuan saturnina aquélla. Y, en una palabra, todos en la vejez somos Janos, si en la mocedad fuimos Juanes. Sea ésta la primera lición y la que más encargada nos tiene la célebre tirana deste distrito y la que ella más platica.

—¿Qué tirana es ésa? —preguntó asustado Andrenio.

Y el Jano:

—¿Nueva se te hace? Pues de verdad que es bien vieja y bien sonada, conocida de todos, y ella desconocida con todos. Témenla los nacidos por su crueldad, huyendo deste su caduco imperio, procurando cejar en la vida y echando borrones de mala tinta sobre el papel blanco de las canas; y si alguno llega por acá, es a empellones del tiempo y muy contra su buen gusto. Mirad aquella hembra qué mala cara hace, y cuanto más va, peor, viéndose ya prendida de más años que alfileres. Aquí cautivan los fieros ministros de la fea Vejecia a todo pasajero, sin que se les escape ni el rico, ni el poderoso, ni el galán, ni el valiente; cuando mucho, alguno de los que saben vivir. Tráenlos a todos como por los cabellos, dejándolos tal vez más rotos que una ocasión venturosa.

Unos veréis que vienen llorando, otros tosiendo, y todos en un continuo ¡ay! Ni hay que admirar, que es indecible el mal tratamiento que les hace, increíbles las atrocidades que en ellos ejecuta, tratándolos al fin como a cautivos, y ella tirana. Y aun quieren decir que tiene de bruja, ella y todas las de su séquito, lo que les falta de hechiceras: chúpales la sangre y las mejillas, hártelos de palos, dándoles más que del pan, y dice que es su sustento. Aseguran ser parienta tan allegada a la muerte, que están en segundo grado; y con todo, no son sanguíneas ni cercanas en sangre, sino en huesos. Más amigas aún que parientas, viven pared en medio, teniendo puerta abierta a todas horas, y así dicen que el viejo ya come las sopas en la sepultura, que de los mozos mueren muchos y de los viejos no escapa ninguno. No os la pinto porque la veréis presto, y por gran dicha.

Y decía una linda:

—¡Primero me caiga muerta!

Esto le estaba ponderando [a] Andrenio, cuando advirtió que con la otra boca se estaba haciendo lenguas en alabanza de Vejecia, informando de todo lo contrario a Critilo: celebrábala de sabia, apacible y discreta, estimadora de sus vasallos, asegurando que los premiaba con las primeras dignidades del mundo, procurándoles las mayores honras y concediéndoles grandes privilegios. No acababa de exagerar por superlativos el magnífico agasajo y el buen pasaje que les hacía. ¡Oh, con cuánta razón el otro sátiro de Esopo abominaba de semejantes sujetos que con la misma boca ya calientan, ya resfrían, alaban y vituperan una misma cosa!

—¡Líbreme Dios de semejante gente! —dijo Andrenio.

Y el Jano:

—Esto es tener dos bocas, y advierte que ambas dicen verdad: remítome a la experiencia.

Ya en esto vieron discurrir por todas partes, honras y coyunturas, los desapiadados verdugos de Vejecia. Y aunque procedían a traición y a lo de mátalas callando, se hacían después bien de sentir, donde quiera que una vez entraban: espiones de la muerte que con unas muletillas dejaban de correr y volaban hacia la sepultura. Iban de camarada de sesenta en setenta; tropa había de ochenta, y éstos eran los peores, que de allí adelante todo era trabajo y dolor. En agarrando alguno, con bien poco asidero le llevaban a la posta de una muletilla a padecer y podrecer. A los que huían, que eran los más, les perseguían fieramente tirándoles piedras, tan certeros, que se las clavaban en las ijadas y ríñones, y a muchos les derribaban los dientes y las muelas. Resonaban por todas aquellas soledades los ecos de un ¡ay!, tras otro. Y ponderaba el Jano para buen consuelo:

—Aquí tantos son los ayes como los ages, que el viejo cada día amanece con un achaque nuevo.

Estaban actualmente setenta de aquellos verdugos (peores que los mismos diablos, a dicho del Zapata, pues no bastan conjuros para sacarlos) batallando con una abuela que habían cautivado sin más averiguación que serlo; aunque pasaba muy de rebozo en un manto de humo, que en humo del diablo vienen a parar de ordinario los dejos del mundo y carne, venía muy desenvuelta, cuando más envuelta; porfiaba que aún no había salido del cascarón, y ellos con mucha risa decían:

—¿Pues cómo entraste tan presto en el mascarón?

Ceceaba con enfadoso melindre, y desmentíalo su porfiado toser. Tiráronla del manto, con que la que negaba un achaque manifestó tres o cuatro: cayósele la cabellera y quedó monstruo la que fue prodigio, y la que había atraído tantos, sirena, ahora los ahuyentaba, coco.

Pasaba un cierto personaje muy a lo estirado, echando piernas que no tenía. Púsoselo a mirar uno de aquellos legañosos linces y reparó en que no llevaba criado, y con linda chanza dijo:

—Éste es el del criado.

—¿Cómo, si no le lleva? —replicó otro.

—Y aun por eso. Habéis de saber que la primer noche que entró a servirle, llegando a desnudarle, comenzó el tal amo a despojarse de vestidos y de miembros: «Toma allá, le dijo, esa cabellera». Y quedóse en calavera. Desatóse luego dos ristras de dientes, dejando un páramo la boca; ni pararon aquí los remiendos de su talle: antes, removiendo con dos dedos uno de los ojos, se lo arrancó y entregósele para que lo pusiese sobre la mesa, donde estaba ya la mitad del tal amo; y el criado, fuera de sí, diciendo: «¿Eres amo o eres fantasma? ¿Qué diablo eres?». Sentóse en esto para que le descalzase, y habiendo desatado unos correones: «Estira, le dijo, de esa bota». Y fue de modo que se salió con bota y pierna, quedando de todo punto perdido, viendo su amo tan acabado. Mas éste, que debía tener mejor humor que humores, viéndole así turbado: «De poco te espantas, le dijo. Deja esa pierna y ase de esa cabeza». Y al mismo punto, como si fuera de tornillo, amagó con ambas manos a retorcer y a tirársela. El mozo no bastándole ya el ánimo, echó a huir con tal espanto, creyendo que venía rodando la cabeza de su amo tras él, que no paró en toda la casa ni en cuatro calles alrededor. Y con todo esto, se agravia de que le tengan por viejo, que todos desean llegar, y en siéndolo no lo quieren parecer: todos lo niegan y con semejantes engaños lo desmienten.

Ya, a los ecos del toser, al asqueroso estruendo del gargajear, alargaron la vista y descubrieron un edificio caduco cuya mitad estaba caída y la otra para caer, amenazando por momentos su total ruina, palpitándole los corazones a las arrimadas hiedras de los nepotes, validos y dependientes. Era de mármol en lo blanco y frío, y aunque muy apuntalado de Cipiones en vez de Atlantes, nada seguro; y con tener fosos abiertos y cerradas barbacanas, lo que menos tenía era de fortaleza. Pero ¿qué mucho se estuviese derruyendo, si se veía lleno de hendrijas y goteras?

—He allí —dijo el Jano— el antiguo palacio de Vejecia.

—Bien se da a conocer —le respondieron— en lo melancólico y desapacible.

—¡Qué desterrada estará de aquí la risa! —dijo Andrenio.

—Sí, que ha días andan reñidas, y tanto, que ni se ven ni se hablan.

—Pues, de verdad, que si una vejez es triste, que es mal doblado. No deben faltar la murmuración y la malicia, sus grandes camaradas.

—Así es, que allí están, y muy de asiento, entre aquellos Matusalenes, sin faltarles jamás que contar y que morder, ya al sol, ya al fuego; y es cosa donosa que, no acertando a pronunciar las palabras, clavan con ellas: los callos se les han bajado de las lenguas a los pies.

Ostentábase lo que había quedado del derruido frontispicio muy autorizado y grave, con dos puertas antiguas guardadas de perros viejos, siempre gruñendo, al humor de su dueño; estaban ambas cercanamente distantes; en la una había un portero para no dejar entrar, y en la otra, para que entrasen. En llegando cualquiera, le desarmaban, aunque fuese el mismo Cid, y esto con tanto rigor que al Duque de Alba, el célebre, le trocaron la dura espada en una banda de seda. A unos les hacían perder los aceros, y a otros los estribos, que los hubo de suplir tal vez con una banda de tafetán el César; y al inventor de los mosquetes, Antonio de Leiva, le obligaron a desmontar y meterse en una silla de manos, que solían llevar dos negros; y él, con gran cólera en medio del calor de una batalla, gritaba:

—¡Llevadme, diablos, a tal y tal parte! ¡Demonios, acabad de llevarme allá!

Estaban en aquel punto despojando a cierto general del bastón con que había hecho temblar el mundo, dándole en su lugar un báculo, que temblaba con mucha repugnancia suya, porque decía que aún estaba de provecho.

—¡Para sí! —decían los soldados.

Al fin, le persuadieron con buenas palabras tratase de hacer buenas obras, no ya de matar, sino de prevenirse para morir.

Solos les dejaban los cetros y los cayados a los que llegaban con ellos, asegurando eran, cuanto más carcomidos, los más firmes puntales del bien común. A los otros les iban repartiendo báculos, que ellos decían darles palos, y muchos se vieron llevarlos en el aire sin afirmarse ni tocar en tierra; y discurrió un malicioso era por no hacer ruido ni llamar a la puerta de la otra vida.

Pero para que se vea cuán diferentes son los modos de concebir en el mundo y la variedad de caprichos, vieron no pocos que ellos mismos se venían a dejarse cautivar de Vejecia sin aguardar a que los trajesen sus achacosos ministros. Buscábanse ellos de buena gana la mala, y pedían con instancia les diesen báculos; pero por ningún caso se les permitían; menos los admitían dentro de la horrible posada, tan deseada dellos cuan temida de los otros. Admirados los circunstantes de tan recíproca impertinencia, les decían:

—¿Qué pretendéis con eso?

Y ellos:

—Dejadnos, que nosotros nos entendemos.

Y rogaban a las guardas les dejasen entrar, diciendo:

—Siquiera en lugar vuestro.

—¡Mirad ahora qué prebenda!

—¡Oh, sí lo es! —respondieron los porteros—, que para ésos lo es y acomodada, y aun beneficio, ni otro sino zonzo. No los entendéis vosotros; no buscan el báculo por necesidad, sino por comodidad; no para llamar a las puertas de la muerte, sino de más vida, de la autoridad, de la dignidad, de la estimación y del regalo.

En consecuencia desto llegó uno bien lucio de tozuelo pretendiendo ser admitido en el ancianismo y pasar plaza de achacoso, y para esto se ayudaba del toser y del quejarse. A éste le retiraron diez leguas lejos, digo diez años atrás, diciendo:

—Éstos, por no trabajar, se hacen viejos antes con antes; añádense años y achaques. Y realmente era así, porque se dejó caer uno:

—Si quieres vivir mucho y sano, hazte viejo temprano, esto es, vive a la italiana.

—Así que de todo hay en el mundo: unos que siendo viejos quieren parecer mozos, y otros que siendo mozos quieren parecer viejos. Así fue, que tenía ya uno los ochenta (o no los podía tener): porfiaba que ni era viejo ni se tenía por tal. Atendiéronle y notaron que ocupaba uno de los más superiores puestos. Y así dijo otro:

—A éstos siempre les parece que han vivido poco, y a los que esperan, que mucho. Acusaron a otro que, cuando mozo, había afectado el parecer viejo, y cuando viejo, mozo; y averiguóse que antes pretendía conseguir cierta dignidad, y después conservarse en ella. Porfiaba otro decrépito que él probaría con evidencia no ser viejo, y decía:

—Las pensiones del viejo son ver poco, andar menos, mandar nada. Yo, al contrario, veo más, pues si antes no vía sino una en cada cosa, ahora se me hacen dos, un hombre me parecen cuatro y un mosquito un elefante. Camino doblado, pues he de dar cien pasos para conseguir cualquier cosa, que antes con uno alcanzaba cuanto quería. Pues mando tres y cuatro veces la cosa, y no se hace: que en otro tiempo, a la primera palabra me obedecían. Experimento dobladas fuerzas, que si antes desmontaba de un caballo mi persona sola, ahora me traigo la silla tras mí. Hágome más de sentir arrastrando el mundo con los pies y haciendo ruido con la tos y con el báculo.

—Todo eso tenéis más de viejo —le dijeron—, pero sírvaos de consuelo.

Fuéronse ya acercando a la palaciega antigualla y descubrieron dos grandes letreros sobre ambas puertas. El de la primera decía: Ésta es la puerta de los honores. Y el de la segunda: Esta es la de los horrores. Y de verdad lo mostraban, ésta en lo deslucido y aquélla en lo majestuoso. Examinaban los porteros con grande rigor a cuantos llegaban, y en topando alguno que venía de los verdes prados de sus gustos, regoldando a obscenidades, al punto le encaminaban a la puerta de los horrores y le introducían en dolores, asegurando que la mocedad liviana entrega cansado el cuerpo a la vejez.

—Entren los livianos —decían— por la puerta de la pesadumbre, que no de la gravedad. Y ellos, sin réplica, obedecían; que se tiene observado que todos estos livianos son gente de pocos hígados. Al contrario, a todos cuantos hallaban venir de las sublimes asperezas de la virtud, del saber y del valor, les abrían de par en par las puertas de los favores; que una misma vejez, para unos es premio y para otros apremio, a unos autoriza, a otros atormenta. En reconociendo a Critilo, los vigilantes porteros le franquearon la entrada de las honras, mas a Andrenio le obligaron a entrar por la de las penas. Tropezó en el mismo umbral y gritáronle:

—¡Guarda de caer, que aquí, u de comida u de caída!

Iban caminando ambos por muy diferentes rumbos, pues apenas entró Andrenio cuando vio y oyó lo que él nunca quisiera, representaciones trágicas, visiones espantosas; pero entre todas, la mayor fue una furia o una fiera, prototipo de monstruos, [engendro] de fantasmas, idea de trasgos, y lo que es más que todo, una vieja. Ocupaba una silla de costillas pálidas, un tiempo ya marfiles, embarazando un trono de ecúleos, potros y catastas como presidenta de tormentos donde todos los días son aciagos martes. Rodeábanla innumerables verdugos, enemigos declarados de la vida y muñidores de la muerte, y ninguno desocupado; todos se empleaban en hacer confesar a los envejecidos delincuentes, a cuestión de tormentos, que eran vasallos de aquella tirana reina, y en declarándolo, les cargaban de villanos pechos que les hacían toser y tragar saliva. Y aunque el paraje era tan molesto, y las camas tan duras, emperezaban en ellas con mucha flema, y aun flemas. Tenían a uno entre sus garras, dándole muy malos ratos en el potro de sus pasadas mocedades, y ya muy pesadas, cruel tortura de una prolongada muerte. Y él estaba siempre negativo, meneando a un lado y a otro la cabeza y diciendo a todo de no, que es de viejos el negar, así como de niños el conceder: en la boca del viejo siempre hallaréis el no, y en la del niño el sí. Preguntábanle de dónde venía, y él, dos veces sordo (porque lo afectaba y lo era), todo lo entendía al revés y respondía:

—¿Que estoy muy viejo? Eso niego.

Y meneaba la cabeza. Daban otro apretón a los cordeles y volvíanle a preguntar:

—¿Adonde irá?

Y decía:

—¿Que me muero? No hay tal.

Y sacudía ambas orejas. A sus mismos hijos, si le interrogaban, respondía:

—¿Que os entregue la hacienda? Aún es presto.

Y movía a toda prisa la cabeza.

—Yo dejaré el mando con el mundo.

Defendíase otro diciendo que él se sentía aún mozo, pues tenía el estómago de francés, cabeza de español y pies de italiano. Trataron de convencerle de todo lo contrario con hartos testigos: replicaba él no ser de vista, y respondíanle:

—Aquí, abuelo, los ausentes son los concluyentes: la vista que os falta, los dientes que se os cayeron, los cabellos que volaron, las fuerzas que descaecieron y el brío que se acabó. Y dio Vejecia sentencia contra él casi de muerte. Excusábase un podrido rancio que no estaba en él la falta, sino en los otros, porque decía:

—Señores, han dado ahora los hombres en hablar bajo, como a traición, que ni se oyen ni se dan a entender; en mi tiempo todos hablaban alto porque decían verdad. Hasta los espejos se han falsificado, pues hacían antes unas caras frescas, alegres y coloradas, que era un contento el mirarse. Los usos se van de cada día empeorando, cálzase apretado y corto, vístese estrecho y tan justo que no se puede valer un hombre; las tierras se han deteriorado, que no dan los frutos tan sustanciales y sabrosos como solían ni las viandas tan gustosas; hasta los climas se han mudado en peor, pues siendo este nuestro antes muy sano, de lindos aires, el cielo claro y despejado, ahora es todo lo contrario, enfermizo y tan achacoso, que no corren otro que catarros, romadizos, distilaciones, mal de ojos, dolores de cabeza y otros cien ages. Y lo que yo más siento es que el servicio está tan maleado, que no hacen cosa bien: los criados, malmandados, mentirosos, gasta recados; las criadas, perezosas, desaliñadas, bachilleras, que no hacen cosa a derechas, pues la olla desazonada, la cama dura y mal pareja, la mesa mal compuesta, la casa mal barrida, todo sucio y todo mal. De modo que ya un hombre oye mal, come peor, ni viste, ni duerme, ni puede vivir. Y si se queja, dicen que está viejo, lleno de manía y caduquez.

Causaba entre risa y lástima ver cuáles llegaban a este pasaje los que ya se preciaron de galanes y pulidos, los Narcisos y los Adonis, que no se podían mirar sin grande horror; las que ya fueron Floras y aun Elenas, y la misma Venus, verlas ahora descabelladas y sin dientes; que cual suele rústica, grosera mano esgrimar el villano acero contra el más copado y frondoso árbol, pompa vistosa de la campaña, alegría del año, bizarro aliño de la primavera, cortándole sus más lozanas ramas, tronchándole sus verdes pimpollos, malográndole sus frescos renuevos, dando con todo en tierra hasta dejarle tronco inútil, fantasma de las flores y esqueleto del prado: tal es el Tiempo, con propiedad tirano, pues que de todo tira; haja y deshoja la mayor belleza, marchita el rosicler de las mejillas, los claveles de los labios, los jazmines de la frente, sacude el menudo aljófar de los dientes que lloró risueña aurora de la mocedad, vuela la frondosa hojarasca del cabello, corta el brío, troncha el garbo, descompone la bizarría, derriba la gentileza, da con todo en tierra. De un cierto personaje se dudaba si realmente era anciano, porque le sobraba tiempo y le faltaba seso, y todos convinieron en que estaba muy verde, mas Vejecia:

—Éstos —dijo— son de casta de higueras locas, que nunca llega a madurar el fruto; hacen higa a la prudencia.

Apelábase un calvo, y otro cano, a sus pocos años.

—Eso tiene el vivir aprisa —les respondieron—, que las tempranas mocedades ocasionan anticipadas vejeces; no hubiérades sido tan mozos y no estuviérades tan viejos.

—¡Qué pocas canas llegan de la Corte! —reparó Andrenio.

Y respondióle Marcial en dos palabras y un verso:

—Miradlos de noche y hallaréislos cisnes los que todo el día cuervos.

Llegó uno cojeando y juraba que no era ni una gota de mal humor, sino haber tropezado; y díjole otro riendo:

—Guardaos mucho de tales tropiezos, porque cada vez que los dais, si no caéis, avanzáis mucho a la sepultura.

No fue tan mal visto ni maltratado otro que realmente tenía años, y no canas, averiguado el secreto, que era sabérselas quitar con las ocasiones que quitaba. Concediósele gozase de los privilegios de viejo y de las exenciones de mozo, diciendo Vejecia:

—Viva quien sabe vivir.

Al contrario, llegó otro con pocos años y muchas canas, y bien miradas, hallaron que eran verdes o amarillas.

—No le han salido ellas —dijo uno—, sino que se las han sacado. Vos, sin duda, venís de alguna comunidad (no digo comodidad), donde hijos de muchas madres bastan a sacar canas a un embrión.

Llamaron a una abuela, y ella enfurecida dijo:

—¡Nieta y muy nieta!

Y Marcial, que acertó a estar allí, o su malicia, dijo:

—Si ella no tiene más años que cabellos, yo juraré que no llegan a cuatro.

Porfiaba otra era suyo el oro de la madeja y la nieve de sus dientes, y ninguno lo creía. Volvió por ella el mismo poeta, como tan cortesano, diciendo:

—Sí, sí, suyos son, pues le cuestan su dinero.

Correspondían lastimeros gritos a los insufribles tormentos. Los glotones y bebedores no podían agora pasar una gota, y hacíanles beber la toca y aun morder la sábana, aunque se notó que raros de los regalones llegaron tan adelante. Era tan general el sentimiento, que [a] los más tenían hechos lágrima del continuo llanto; y, del maltratamiento de Vejecia, andaban contrechos y agobiados, cojos y desdentados y semiciegos, tratándolos como a villanos, cargándolos de nuevos pechos sobre los viejos.

Encontraron ya los crudos criados con el no bien maduro Andrenio: agarraron dél. Pero antes de decir lo que con ellos le pasó o le hicieron pasar, demos una vista a Critilo, que habiendo entrado por la puerta de los honores, había llegado a la mayor estimación. Introdujéronle la Cordura y la Autoridad en un teatro muy capaz y muy señor, pues lleno de seniores y de varones muy capaces. Presidía en majestuoso trono una venerable matrona con todas las circunstancias de grande. No mostraba semblante fiero, sino muy sereno, no desapacible, sino autorizado, coronada del metal cano por reina de las edades; y como tal, estaba haciendo grandes mercedes a sus cortesanos y concediéndoles singulares privilegios. Estaba en aquella sazón honrando a un grande personaje, tan cargado de espaldas como prudencia, haciéndole todos acatamiento. Y preguntó Critilo a su colateral, que nunca le desamparó, quién era aquel varón de estimaciones.

—Éste es —le respondió— un Atlante político. ¿De qué piensas tú que está así, tan agobiado? De sostener un mundo entero.

—¿Cómo puede ser —le replicó— si no se puede tener él a sí mismo?

—Pues advierte que éstos, cuanto más viejos son más firmes, y cuanto más años más fuerzas sustentan, más y mejor que los mozos, que luego dan con el cargo y con su carga en tierra.

Vieron otro que llegaba y arrimando su báculo a una montaña de dificultades, la alzaprimaba, no habiendo podido muchos y muy robustos mancebos ni aun moverla.

—Nota —le dijo Jano— lo que puede la maña de un sagaz viejo. ¿No reparas en aquel otro que, estando para caer aquella gran máquina de coronas, llega él y arrima su carcomido báculo y con segura firmeza las sustenta? Las manos le tiemblan al que allí miras, y están temblando dél los ejércitos armados; que eso le dijo el trompeta francés a don Felipe de Silva: «No teme mi señor el mariscal de la Mota, esos vuestros pies gotosos, sino esa vuestra testa desembarazada».

—¡Qué gafos tiene los dedos aquél que llaman el Rey Viejo!

—Pues te aseguro que están colgados dellos dos mundos.

—¡Qué palos sacude aquel coronado ciego aragonés, y cómo que hace pedazos tanta espada y tanta lanza rebelde!

Salían al mismo punto seis varones de canas, que cuanto más alto un monte más se cubre de nieve, y le dijo iban despachados de Vejecia al Areópago real, y otros cuatro más a ladear a un gran príncipe que entraba mozo a reinar, y viéndole sin barbas le rodeaban de canas.

Allí toparon y conocieron los clarísimos de noche y escurísimos de secreto, gran profundidad con tanta claridad.

—Repara —dijo el Jano— en aquel semiciego: pues más descubre él en una ojeada que echa que muchos garzones que se precian de tener buena vista, que al paso que van perdiendo éstos los sentidos van ganando el entendimiento: tienen el corazón sin pasiones y la cabeza sin ignorancias. Aquél que está sentado, porque no puede estar de otro modo, camina medio mundo en un instante y aun dicen que le trae en pie, y con aquel báculo le lleva al retortero: que se hacen mucho de sentir en él cuando los viejos le mandan. Aquel otro asmático y balbuciente dice más en una palabra que otros con ciento. No pases por alto aquel lleno de achaques, que no se le ve parte sana en todo su cuerpo; pues de verdad que tiene el seso muy entero y el juicio muy sano. Aquellos de los malos pies pisan muy firme, y cojeando ellos, hacen asentar el pie a muchos. No son flemas las que arrancan aquellos senadores de sus cerrados pechos, no son sino secretos podridos de callados.

—Una cosa admiro yo mucho —dijo Critilo—, que no se oye aquí vulgo ni se parece.

—¡Oh!, ¿no ves tú —le dijo el Jano— que entre viejos no le hay, porque entre ellos no reina la ignorancia? Saben mucho porque han visto y leído mucho.

—¡Qué pausado se mueve aquél!

—Pero ¡qué a priesa va restaurando, viejo, lo que desperdició mozo!

—¡Qué magistral conversación la de aquellos rancios que ocupan el banco del Cid! Cada uno parece un oráculo.

—Es un gran rato el escucharlos, de gran gusto y enseñanza para la juventud.

—¡Qué quietud tan feliz! —Ponderaba Critilo.

—Es que asisten aquí —decía el Jano— el reposo, el asiento, la madurez, con la prudencia, con la gravedad y la entereza. No se oyen aquí jamás desatenciones, mucho menos arrojos ni empeños; no resuena instrumento músico ni bélico, que están prohibidos por la Cordura y el Sosiego.

Trató ya de conducir el sagaz Jano a su maduro Critilo ante la venerable Vejecia. Llegó él muy de su grado, y así le recibió ella con mucho agrado. Mas fue mucho de ver que al mismo punto que se postró a sus pies, corrieron de improviso ambas cortinas, que estaban a los dos lados del majestuoso trono, con que a un mismo tiempo se vieron y se conocieron, de la otra parte Andrenio entre horrores, y desta otra, Critilo entre honores, asistiendo entrambos ante la duplicada presencia de Vejecia, que como tenía dos caras januales, podía muy bien presidir a entrambos puestos, premiando en uno y apremiando en otro. Ordenó luego se leyesen en voz alta y clara los nuevos privilegios que, en atenciones de méritos de sus concertadas vidas, se les concedían a éstos; y al contrario, los agravados pechos que se les imponían a aquéllos: a unos cargos, a otros cargas, muy dignos de ser sabidos y escuchados. Quien los quisiere lograr, extienda el gusto a la crisi siguiente.

Crisi segunda

El estanco de los Vicios

Llamó acertadamente el filósofo divino al compuesto humano, sonoro, animado instrumento, que cuando está bien templado hace maravillosa armonía; mas cuando no, todo es confusión y disonancia. Compónese de muchos y muy diferentes trastes que con dificultad grande se ajustan y con grande facilidad se desconciertan. La lengua dijeron algunos ser la más dificultosa de templar; otros, que la codiciosa mano. Éste dice que los ojos, que nunca se sacian de ver la vanidad; aquél, que las orejas, que jamás se ven hartas de oír lisonjas propias y murmuraciones ajenas. Tal dice que la loca fantasía, y cuál que el apetito insaciable. No falta quien diga que el profundo corazón, ni quien sienta que las maleadas entrañas. Mas yo, con licencia de todos éstos, diría que el vientre, y esto en todas las edades: en la niñez por la golosina, en la mocedad por la lascivia, en la varonil edad por la voracidad, y en la vejez por la vinolencia. Es el vientre el bajo, y aun el vil, desta humana consonancia: y esto no obstante, no hay otro Dios para algunos. Hizo siempre apóstatas los sabios; no digo cuántos, porque los más, y con menos razón, hacen mayor guerra a la razón. Es la embriaguez fuente de todos los males, reclamo de todo vicio, origen de toda monstruosidad, manantial de toda abominación, procediendo tan anómala que cuando todos los otros vicios caducan y se despiden en la vejez, ella entonces comienza y, sepultados ya, los aviva: con que no hay un vicio sólo, sino todos de mancomún; gran comadre de la herejía: dígalo el Septentrión, llamado así, no tanto por las siete estrellas que le ilustran, cuanto por los siete capitales vicios que le deslucen; amiga de la discordia: vocéenlo ambas Alemanias, siempre turbulentas; camarada de la crueldad: llórelo Inglaterra en sus degollados reyes y reinas; paisana de la ferocidad: publíquelo Suecia, inquietando muy de atrás toda la Europa; compañera inseparable de la lujuria: confiéselo todo el mundo; y finalmente, tercera de toda maldad, muñidora de todo vicio, escollo fatal de la vejez, donde zozobra el carcomido bajel humano, yéndose a pique cuando había de tomar puerto. El desempeño desta verdad será después de haber referido las severas leyes que mandó promulgar Vejecia por todo el ancianismo, que para unos fueron favores, si rigores para otros.

Subido en lugar eminente, el Secretario intimó desta suerte:

A nuestros muy amados seniores y hombres buenos, a los beneméritos de la vida y despreciadores de la muerte, ordenamos, mandamos y encargamos:

Primeramente, que no sólo puedan, sino que deban decir las verdades sin escrúpulo de necedades, que si la verdad tiene muchos enemigos, también ellos muchos años y poca vida que perder. Al contrario, se les prohiben severamente las lisonjas activas y positivas, esto es, que ni las digan ni las escuchen, porque desdice mucho de su entereza un tan civil artificio de engañar y una tan vulgar simplicidad de ser engañados.

Item que den consejos por oficio, como maestros de prudencia y catedráticos de experiencia; y esto, sin aguardar a que se les pidan, que ya no lo platica la necia presunción. Pero, atento a que suelen ser estériles las palabras sin las obras, se les amonesta que procedan de modo que siempre precedan los ejemplos a los consejos. Darán su voto en todo, aunque no les sea demandado, que monta más el de un solo viejo chapado que los de cien mozos caprichosos. Dirán mal de lo que parece mal, mucho más de lo que es malo, que esto no es murmurar, sino hacer justicia; y lo que en ellos sería recatado silencio, entre la gente moza pasaría por declarada aprobación. Alabarán siempre lo pasado, que de verdad lo bueno fue y lo malo es, el bien se acaba y el mal dura. Podrán ser malcontentadizos, por cuanto conocen lo bueno y se les debe lo mejor. Premíteseles el dormirse en medio de la conversación, y aun roncar, cuando no les contentare, que será las más veces. Corregirán a los mozos de continuo, no por condición, sino por obligación, teniéndoles siempre tirante la brida, ya para que no se despeñen en el vicio, ya para que no atollen en la ignorancia. Dáseles licencia para gritar y reñir, porque se ha advertido que luego anda perdida una casa donde no hay viejo que riña, y una suegra que gruña.

Item más, se les permite el olvidarse de las cosas, que las más del mundo son para olvidadas. Podrán entrarse libremente por las casas ajenas, acercarse al fuego, pedir de beber, alargar la mano al plato, que a canas honradas nunca ha de haber puertas cerradas. Permíteseles el encolerizarse tal vez con moderación, no dañando a la salud, por cuanto el nunca enojarse es de bestias.

Item que puedan hablar mucho, porque bien; aun entre los muchos, porque mejor que todos. Súfreseles el repetir los dichos y los cuentos que siete veces agradan y otras tantas enseñan, hiriendo de casera filosofía. Cuiden de no ser muy liberales, atendiendo a que no les falte la hacienda y les sobre la vida. Excusarse han del no hacer cortesías, no tanto por conservarse, cuanto porque no ven ya las personas como solían y que desconocen los hombres de agora. Harán repetir dos y tres veces lo que les dicen, para que todos miren cómo y lo que hablan. Háganse dificultosos de creer, como escarmentados de tanto engaño y mentira. No darán cuenta a nadie de lo que hacen, ni tendrán que pedir consejo sino para aprobación. No sufran que otro alguno mande más que ellos en su casa, que sería querer mandar los pies donde hay cabeza. No tendrán obligación de vestir al uso, sino a su comodidad, calzando holgado, por cuanto se ha advertido que todos cuantos calzan muy justo no pisan muy firme.

Item más, podrán comer y beber muchas veces al día poco y bueno, y tratar de su regalo, sin nota de gula, para conservar una vida que vale más que las de cien mozos juntas, y podrán decir lo que el otro: Yo soy largo en la Iglesia y en la mesa, y no me pesa. Ocuparán los primeros asientos en todo lugar y puesto, aunque lleguen tarde, pues llegaron al mundo primero, y podrán tomárselos cuando los otros se descuidaren en ofrecérselos: que si las canas honran las comunidades, justo es que sean honradas de todos. Mándaseles que en todas sus cosas procedan con espera, y así podrán ser flemáticos: que no procederá de cansados, sino de pausados y prudentes. No tendrán que ceñir acero los que han de caminar con pies de plomo, pero llevarán báculo, no sólo para su descanso, sino para las correcciones prontas, aunque no gusten los mozos de tales besamanos. Podrán ir tosiendo, arrastrando los pies y hiriendo fuerte con los báculos, como gente que hace ruido en el mundo, atento a que todos en la casa se irán recatando dellos, ocultándoles las cosas. Podrán, por el mismo caso, ser amigos de saberlo todo y preguntarlo, y atendiendo también a que si se descuidan en saber los sucesos se irían ayunos de muchas cosas ala otra vida, podrán informarse qué hay de nuevo, qué se dice y qué se hace; demás, que es muy de personas el querer saber lo que en el mundo pasa. Excúsese de su seca condición en achaque de su seco temperamento, templando con su austeridad el demasiado bullicio y la necia risa de la gente joven. Que puedan quitarse años, ya por los que les impondrán, ya por los que ellos en su juventud se impusieron. Tendrán licencia para no sufrir, y quejarse con razón, viéndose mal asistidos de criados perezosos, enemigos suyos dos veces, por amos y por viejos: que todos vuelven las espaldas al sol que se pone y la cara hacia el que sale; sobre todo, viéndose odiados de ingratos yernos y de nueras viejas. Haránse estimar y escuchar, diciendo: «Oíd, mozos, a un viejo que cuando era mozo los viejos le escuchaban». Finalmente, se les encarga que no sean chanceros, sino severos, estando siempre de veras atentos a su madurez y entereza.

Estas leyes en lo público, y otras de mayor arte en lo secreto, les fueron intimadas, que ellos aceptaron por obligaciones, aunque otros las calificaron privilegios. Aquí, volviendo la hoja y teniendo el rostro hacia la contraria banda, esforzando la voz, leyó desta suerte:

—Intimamos a los viejos por fuerza, a los podridos y no maduros, a los caducos y no ancianos, a los que en muchos años han vivido poco: Primeramente, que entiendan y se lo persuadan que realmente están viejos, si no en la madurez, en la caduquez; si no en ciencia, en impertinencia; si no en prendas, en achaques.

Item más, que así como a los jóvenes se les prohibe el casar hasta cierta edad, así también a los viejos se les vede de tal edad en adelante: y esto, en pena de la vida si con mujer moza, y hermosa en costas de la hacienda y de la honra. Que no puedan enamorarse, y mucho menos darlo a entender, ni asentar plaza de galanes, en pena de risa de todos; podrán, empero, pasear los cimenterios, donde envió a uno cierta gentil dama como apalabrado con la muerte.

Item se les prohibe el añadirse años en llegando a perderles la vergüenza, echando a noventa y a ciento, porque demás de engañar a algunos simples, dan ocasión a que muchos ruines se confíen y sientan largo el enmendar su perversa vida. No vistan de gala los que huelen a mortaja, y entiendan que el traje que para un joven sería decente, para ellos es gaitería. Ni por eso han de andar vestidos de figura con monterillas o sombrerillos chiquitos y puntiagudos, ni con lechuguillas y calzas afolladas haciendo los matachines. Que no quieran ser agora enfadosos los que algún tiempo muy desenfadados, ni como el lobo prediquen ayuno después de hartos. Sobre todo, no sean avaros y miserables, viviendo pobres para morir ricos, y se persuadan que es una necia crueldad contra sí mismos tratarse ellos mal para que se regalen después sus ingratos herederos: vestirse de ropas viejas para guardarles a ellos las nuevas en las arcas.

Más, los condenamos cada día a nuevos achaques, con retención de los que ya tenían. Que sean sus ayes ecos de sus pasados gustos, que si aquéllos dieron al quitar estos al durar: y así como los placeres fueron bienes muebles, los pesares serán males fijos. Que vayan de continuo cabeceando, no tanto para negar los años, cuanto para ceñar a la muerte, temblando siempre, ya de su horrible catadura, ya pagando censo de asquerosidades a sus pasadas liviandades; y adviertan que viven afianzados, no para gozar del mundo, sino para poblar las sepulturas. Que anden llorando por fuerza los que rieron muy de grado, y sean Heráclitos en la vejez los que Demócritos en la mocedad.

Item que hayan de llevar en paciencia el burlarse de ellos y de sus cosas los jóvenes, llamándolas caduqueces, manías y vejeces, por cuanto dellos mismos lo aprendieron y desquitan a los pasados. No se espanten de ser tratados como niños los que jamás acabaron de ser hombres, ni se quejen de que no hagan caso sus propios hijos de los que no supieron hacer casa. Que los que tienen ya el un pie en la sepultura no tengan el otro en los verdes prados de sus gustos ni sean verdes en la condición los que tan secos de complisión; y en todo caso, eviten de parecer pisaverdes los amarillos y pisasecos. Finalmente, que procedan como parecen, agobiados, inclinándose a la tierra como a su paradero, cargados de espaldas, mas no de cabeza, pagando pecho en toser a su envejecer.

Impónenseles todas estas obligaciones, y otras muchas más, acompañadas de maldiciones de sus familiares y dobladas de sus nueras.

Acabado un tan solemne auto, mandó la arrugada reina se fuesen acercando a su caduco trono Critilo y Andrenio, cada cual por su puesto, bien opuesto, y así a Critilo le dio la mano, mas a Andrenio se la asentó. Entregó un báculo a Critilo, que pareció cetro, y a Andrenio otro, que fue palo. A aquél le coronó de canas, y a éste le amortajó en ellas. Diole a aquél el renombre de senior y a éste de viejo y, más adelante, de decrépito. Con esto, los despachó para pasar a la última jornada de la tragicomedia de su vida, Critilo guiando y Andrenio siguiendo. Volvióse Vejecia hacia el Tiempo, su más confidente ministro, haciéndole señas de despejar; que con ser intolerables sus calabozos, los tuvieran muchos por paraísos, a trueque de no pasar adelante y llegar al matadero.

A pocos pasos, bien pausados, tropezaron con un sabandijón de los de a cada esquina, en el vulgo, o a un personaje del enfado, que bien atendido de Andrenio y mejor entendido de Critilo, hallaron ser de aquellos que tienen la lengua agujereada, con flujo de palabras y estitiquez de razones; que hay sujetos peores de aquellos que lo que por una oreja les entra por otra les sale, pues a éstos lo que por ambas orejas les entra por la lengua al mismo punto se les va, con tal facilidad de boca que no les para cosa en el buche, por importante que sea, ni el secreto más recomendado ni la interioridad más reservada, no sabiendo callar ni su mal ni el ajeno: singularmente cuando llega a calentárseles la boca con alguna pasión de cólera o alegría, sin ser necesario darles el remitivo político de la afectada ignorancia ni el único torcedor de la mañosa contradición. Porque éste no tenía retentivo en cosa, confesando él mismo que no podía más con su estómago ni recabarlo con su lengua. Jamás pudo llegar a retener un secreto medio día, y por esto era llamado comúnmente don Fulano el de la lengua horadada. Todos cuantos querían se supiese algo y que se fuese extendiendo a toda prisa, acudían a él como a trompeta sin juicio. ¡Pues qué si le encomendaban el secreto! Reventaba por irlo al punto a hacer público. Desgraciado del que, o por desatención o por inadvertencia se le confiaba, que luego le topaba en medio de las plazas a la vergüenza y aun hecho cuartos. Al contrario, los que ya le conocían, se valían dél para hacerle autor de lo que a ellos no les estaba bien serlo. Y en una palabra, él era faraute universal, lengua de ferro, si no testa; no el bello dezitore, sino el feo palabrista. Éste, pues, o andaluz por lo locuaz, o valenciano por lo fácil, o chichilani por lo chacharroni, los comenzó a conducir sin pararle un punto la taravilla de necedades. ¿Quién podrá contar las que ensartó por todo el discurso de su vida? Nunca escupía porque no le tomasen la vez, ni preguntaba por no dar lugar a que otro le respondiese: si bien, a los tales se cree que se les convierte toda la saliva en palabras, porque todo cuanto hablan es broma.

—Seguidme —les decía—, que hoy os he de introducir en el palacio mayor del mundo, de muchos oído, de venturosos visto, de todos deseado y de raros hallado. ¿Qué palacio será éste? —se preguntaba él mismo, y después de muchos misterios, ponderaciones y hazañerías, les dijo muy en secreto—: Éste es el de la Alegría.

Hízoles notable armonía y dijeron:

—¡No sea el de la Risa! ¿Quién jamás vio tal cosa ni tal casa de la alegría? Hasta hoy no hemos topado quien nos diese noticia de semejante palacio, aunque de otros, encantados los más y llenos de soñados tesoros.

—No os espantéis deso —les dijo—, porque el que una vez entra allá, por maravilla sale: bobo sería en dejar el contento y volver a los pesares de por acá.

—¿Y tú? —le replicaron.

—Yo soy excepción: Salgo por no reventar, a parlarlo y a conducir allá los venturosos pasajeros. Vamos, vamos, que allí habéis de ver la misma alegría en persona, que lo es mucho, con su cara redonda a lo de sol; que aseguran durarles a las carirredondas diez años más la hermosura que a las aguileñas y carilargas. De allí amanece la Aurora, cuando más arrebolada y risueña. Todos cuantos moran en aquel serrallo, que allí se vive porque se bebe, andan colorados, lucidos y risueños; gente de lindo humor y de buen gusto, gentilhombres de la boca.

—Y aun gentiles —añadía Critilo—. Pero, dinos, ¿para cada día hay su placer y buenas nuevas?

—¡Oh, sí!, porque no se cuidan de las malas, ni las oyen ni las escuchan; está vedado el darlas. Desdichado del paje que en esto se descuida, que al mismo punto se despiden. Todos son buenos ratos, comedias nuevas, para cada día hay su placer, y aun dos, y todo al cabo viene a parar en placheri y placheri y más placheri.

—Pues ¿no hace de las suyas la fortuna, y de sus mudanzas el tiempo? ¿Siempre está en él llena la luna? ¿No se barajan los contentos con las penas, las copas con los bastos, los oros con las espadas, como por acá?

—De ningún modo, porque allí no hay podridos ni porfiados, ni temáticos, desabridos, desazonados, malcontentos, desesperados, maliciosos, punchoneros, celosos, impertinentes, y lo que es más que todo eso, vecinos. No hay espíritus de tristeza ni de contradición, ni atribulados, ni fatiguillas, ni agonizados. Nunca veréis malas comidas por ningún caso, aunque se hunda el mundo, ni peores cenas: nunca ha de faltar el capón, el perdigón, que están muy validos. No se conocen sinsabores ni quemazones; y, en una palabra, todos allí son buenos tragos, que de verdad no hay otra Jaula, ni más cierta cucaña en el mundo que no pillar fastidio de niente.

—Mucho es eso —ponderaba Critilo—, que tenga raíces el placer y amarras el contento.

—Dígoos que sí, porque es manantial el gusto; ni se marchita el gozo que nace en tierra de regadío. Y habéis de saber, como lo veréis y aun lo probaréis, que en medio de aquel gran patio de su placentero alcázar brota una tan dulce cuan perene fuente, brindándose a todos sin distinción en bellísimos tazones (unos de oro, los más altos; otros de plata, los del medio; y los más bajos, aunque no los menos gustosos, de cristales transparentes) con donosa figurería: por ellos baja despeñándose con agradable ruido (¡malos años para la mejor música, aunque sean las melodías de Florián!), un tan sabroso licor, y tan regalado, que aseguran unos viene por secretos condutos de allá de los mismos campos Elisios; otros dicen se destila de aquel divino néctar. Y lo creo, porque a cuantos le beben los vuelve luego unos bienaventurados a lo humano; aunque no falta quien diga ser vena de Helicona, y con harto fundamento, pues Horacio, Marcial, Ariosto y Quevedo, en bebiéndole, hacían versos superiores. Mas, porque todo se diga y no me quede con escrúpulos de estómago, no pocos se persuaden y lo andan mascando entre dientes, que son verídicos, y un alegre, eficaz veneno. Sea lo que fuere, lo que yo sé es que causa prodigiosos efectos, y todos de consuelo, porque yo vi un día traer no menos que una gran princesa (se dijera lansgravia o palatina) perdida de melancolía, sin saber ella misma de qué ni por qué, que a no ser eso no fuera necia. Habíanle aplicado dos mil remedios, como son galas, regalos, saraos, paseos y comedias, hasta llegar a los más eficaces, cuales son fuentes de oro potable, digo de doblones, tabaquillos de joyas, cestillos de perlas; y ella, siempre triste que necia, enfadada de todo y enfadando a todos, que ni vivía ni dejaba vivir, de modo que llegó rematada de impertinente. Pues os aseguro que luego que bebió del eficacísimo néctar, depuesta la ceremoniosa autoridad regia, se puso a bailar, a reír y cantar, diciendo que se iba hacia las alturas. Reniego, dije yo, de todos sus sitiales y doseles, y aténgome a un valiente cangilón. Y eso es nada, que yo le vi al más severo Catón, al español más tétrico, dar carcajadas en bebiéndole, que por eso le llamaron los italianos alegra core.

Encontraban muchos peregrinos con sus esclavinas de cuero, que todos se encaminaban allá. Los más eran del tercio viejo, que como el paraje era áspero y seco, y ellos venían fatigados y sedientos, encarrilaban en ristra y, muertos de sed, venían como vivos.

—Éste es —decía su farsante guión— el Jordán de los viejos: aquí se remozan y se alegran, refrescan la sangre y cobran los perdidos colores.

Mas ya, a los ecos de una gran bulla placentera, licenciaron la vista y descubrieron una casa no sublime, pero bien empinada, propia estación del gusto y palacio del placer, coronado, en vez de jazmines y laureles, de pámpanos frondosos, y todas sus paredes felpadas de hiedras; que, aunque suelen decir que echan a perder las casas donde se arriman, yo digo que hace harto más daño una cepa, pues de todo punto las arruina.

—Mirad —les decía— qué alegre vista de colgaduras naturales. ¿Qué tienen que ver con ellas las más ricas y bordadas del célebre duque de Medina de las Torres, las más finas tapicerías de Flandes, aunque sean dibujos del Rubens? Creedme que todo lo artificial es sombra con lo natural, y no más de un remedo.

—Deliciosa amenidad, por cierto —decía Andrenio—. Ya no me pesa de haber venido. Y dime, ¿siempre dura, nunca se marchita? —Dígoos que es perpetua, porque jamás le falta el riego; bien puede secarse Chipre y ahorcarse los pensiles: con que no falta aquí su Babilonia.

Íbanse acercando a la gran puerta, siempre de par en par, así como la casa de bote en bote, y notaron que así como a la del furor suelen estar encadenados tigres, a la del valor leones, a la del saber águilas, a la de la prudencia elefantes, en ésta asistían lobos soñolientos y tahonas entretenidas. Resonaban muchos juglares y todos hacían buen son: debían de ser forasteros. Bullían ninfas nada adamadas, pero muy coloradas y fresconas, a la flamenca; blandían vistosos cristales en sus mal seguras manos, llenas del generoso néctar, brindando a porfía a todo sediento pasajero, por estar esta casa de recreación en medio del pasaje de la vida. Llegaban ellos muy secos, cuando más ahogados de reumas, apurados de la sed, a apurar los cangilones, que ellos les bailaban delante; bebían sin tasa, como gente sin cuenta, y era bien de reír cómo fundaban crédito en hacer la razón, cuando más la deshacían. Y si alguno más templado se detenía, comenzaban a hacerle cocos, bautizando su atención por melindre y figurería, haciéndole muchos brindis con su templanza el licor brillante, que de verdad les saltaba a los ojos, provocábanlos diciendo:

—¡Ea!, que en vuestra edad no la hay: la sequedad de la complexión os excusa. Ésta es la leche de los viejos.

Y mentían, que no era sino el veneno.

—Vaya otra vez, que el licor es apetecible, pues ningún saínete le falta: él tiene buen color para la hermosura, mejor sabor para el gusto y extremado olor para la fragancia, lisonjeando todos los sentidos. Arrojad el agua tan necia como desabrida, muy preciada de no tener nada de gusto, ni color, ni olor, ni sabor. Éste sí que se precia de todo lo contrario, y lo que más es, que ayuda a la salud y aun es su único remedio, pues aseguraba Mesue no haber hallado confección más eficaz y que más presto acudiese a remediar el corazón ni las bebidas de jacintos, y de perlas.

Picábanle el gusto cambiando licores y colores, ya el rojo encendido, combinándose con la sangre, ya dorado, pasando plaza de oro potable, ya de color del sol, hijo ardiente de sus rayos, ya de finos granates y aun de preciosos rubíes, en fe de su preciosa simpatía. Contentábanse los cuerdos con una taza sola para satisfacer a la necesidad, que lo demás decían ser una gran necedad: con eso refrescaban la sangre, confortaban el corazón y se alentaban para poder proseguir su camino a las derechas. Pero los más no acababan de consolarse con una sola taza, ni aun con dos, sino que en trepa de brutos se metían muy adentro, no parando hasta encontrar con el mayor estanque, y allí se arrojaban de bruces. Destos fue uno Andrenio, sin que bastase a detenerle ni el consejo ni el ejemplo de Critilo. Tendíanse luego en son de bestias por aquellos suelos, que todo vicio lleva a parar en tierra, así como toda virtud al cielo.

En el entretanto que dormía Andrenio al ser de hombre, privado de la principal de sus tres vidas, quiso Critilo registrar aquel palacio tudesco, donde vio cosas de mucho escarnio, que él encomendó al escarmiento. Halló lo primero que la bacanal estancia no se componía de doradas salas, sino de ahumadas zahurdas, no de cuadras de respeto, sí de ranchos de vileza. Topó uno donde todos se metían a bailar luego que entraban, con tal propensión que, queriendo una dueña entrar con un palo a sacar su criada, con gran priesa se había puesto a bailar; en el mismo punto, depuesto el enojo con el palo, se calzó las castañetas y comenzó a repicarlas; hizo lo mismo el marido, cuando entraba más colérico a llevar el compás con un garrote. Y todos cuantos metían el pie en aquel gustoso rancho del mesón del mundo, al mismo punto, olvidados de todo, se hacían piezas bailando. Decían algunos ser burlesco hechizo que había dejado un entretenido pasajero que allí había hecho noche, mas Critilo túvolo por borrachera y trató de pasar adelante.

Encontró con otro donde todos cuantos allá entraban, al punto enfurecían con tal fiereza que, echando unos mano a los puñales y arrancando otros de las espadas, comenzaban a herirse como fieras y a matarse como bestias, olvidados de la razón, como gente sin juicio. Aquí vio un gran personaje con una muy buena capa de púrpura, y díjole su farsante guía:

—No te admires que por éste se dijo: «Debajo de una buena capa hay un mal bebedor».

—¿Quién es éste?

—Quien fue señor del mundo, mas este licor lo fue de él.

—Retirémonos —dijo Critilo—, que tiene en la mano un sangriento puñal.

—Con ese mató a su mayor amigo sobre mesa.

—¿Y con todo eso, fue aclamado el Magno?

—Sí, por lo soldado, que no por lo rey. De otro más moderno, y aun corriendo vino, aseguraban que no se había embriagado sino sola una vez en su vida, pero que le duró por toda ella, en quien hicieron gran maridaje el vino y la herejía.

Aquí les mostraron el mismo tazón que tomó en la mano el octavo de los ingleses Enriques en el trance de su infeliz muerte, en vez del santo crucifijo con que suelen morir los buenos católicos, y echándosele a pechos, dijo: «¡Todo lo perdimos junto, el reino, el cielo y la vida!».

—¿Y todos ésos fueron reyes? —preguntó Critilo.

—Sí, todos, que aunque en España nunca llegó la borrachera a ser merced, en Francia sí a ser señoría, en Flandes excelencia, en Alemania serenísima, en Suecia alteza, pero en Inglaterra majestad. Decíanle a uno que dejase el beber, si no quería despedirse del ver, mas él, incorregible, respondía:

—Decidme, estos ojos ¿no se los han de comer los gusanos?

—Sí.

—Pues más vale que me los beba yo.

Otro tal respondió:

—Lo que hay que ver, ya lo tengo visto; lo que he de beber, no está bebido. Pues bebamos, aunque nunca veamos.

—Y catad la diferencia de los licores: éstos que están tristes y tan adormecidos cargaron del tinto, estos otros tan alegres y risueños del blanco.

Mas ya en esto habían llegado, no al más reservado retrete, que aquí no se conocen interioridades, sino a la estancia mayor de la risa, a la cueva del placer, donde hallaron que presidía sobre un eminente trono de cercillos una amplísima reina, sin género de autoridad, muy grave. Y con estar muy gruesa, decía no tener más que los pellejos, tan pobre y desamparada cuan en cueros. Parecíase una cuba sobre otra, de fresco y alegre rostro, aunque tenía más de viña que de jardín. Vestía de otoño, en vez de primavera, coronada de rubíes arracimados; chispeábanle los ojos, vertiendo centellas líquidas, hidrópicos los labios del suavísimo néctar; blandía, en vez de palma, en la una mano un verde y frondoso tirso, y brindaba con la otra un bernegal de buen tamaño a todos cuantos llegaban, observando con inviolable puntualidad la alternativa en los brindis. Notaron que mudaba semblantes a cada trago, ya festivo, ya lascivo, y ya furioso, verificando el común sentir, que la primera vez es necesidad, la segunda deleite, la tercera vicio, y de ahí adelante brutalidad. En viendo a Critilo, licenció la risa en carcajadas y comenzó a propinarle con instancia el enojoso licor.

Rehusaba Critilo el empeño.

—¡Eh!, que no se puede pasar por otro —le decía, sí, su farsante camarada— en ley de cortesano.

Viose obligado a probarlo, y en gustándole exclamó:

—Éste es el veneno de la razón, éste el tóxico del juicio, éste es el vino. ¡Oh, tiempos!, ¡oh, costumbres! El vino, antes, en aquel siglo de oro (pues de la verdad y aun de perlas, pues de las virtudes), cuentan que se vendía en las boticas como medicina a par de las drogas del Oriente. Recetábanle los médicos entre los cordiales. «Récipe, decían: una onza de vino, y mézclese con una libra de agua». Y así se hacían maravillosos efectos. Otros refieren que no se permitía vender sino en los más ocultos rincones de las ciudades, allá lejos en los arrabales, porque no inficionase las gentes, y se tenía por infamia ver entrar un hombre allá. Mas ya se profanó este buen uso, ya se vende en las muy públicas esquinas y están llenas las ciudades de tabernas; ya no se pide licencia al médico para beberle, habiéndose convertido en tóxico el que fue singular remedio.

—Antes, hoy —le replicó un aprisionado— es medicina universal: díganlo tantos aforismos como corren en su favor.

—¡Eh!, que son de viejas.

—No por eso peores. Él es el común remedio contra el daño, que hacen todas las frutas, y así dicen: Tras las peras, vino bebas; el melón maduro quiere el vino puro; al higo vino, y a la agua higa; el arroz, el pez y el tocino nacen en el agua y mueren en el vino. La leche, ya se sabe lo que le dijo al vino: Bien seáis venido, amigo. El vino tras la miel, sabe mal, pero hace bien. Así que donde no hay vino y sobra el agua, la salud falta. En todos tiempos es medicina, como lo dice el texto: En el verano por el calor y en el invierno por el frío, es saludable el vino. Y otro dice: Pan de ayer y vino de antaño traen al hombre sano. No sólo remedia el cuerpo, pero es el mayor consuelo del ánimo, alivio de las penas, que lo que no va en vino, va en lágrimas y suspiros. Es aforro de los pobres, que al desnudo le es abrigo. Bebida real, cuando el agua para los bueyes y el vino para los reyes. Leche de los viejos, pues cuando el viejo no puede beber, la sepultura le pueden hacer. Y en él consiste la media de la vida, que media vida es la candela, y el vino la otra media. De modo que es medicina de todos los males, porque sangraos, vecina…, y responde, el buen vino es medicina, y con mucha razón, pues son siete los provechosos frutos de ella: purga el vientre, limpia el diente, mata la hambre, apaga la sed, cría buenos colores, alegra el corazón y concilia el sueño.

—A todos ésos —dijo Critilo— responderé yo con éste sólo: Quien es amigo del vino es enemigo de sí mismo. Y advertid que otros tantos como habéis referido en su favor, pudiera yo decir en contra, pero baste éste por ahora, con este otro: El vino con agua es salud de cuerpo y alma.

—¡Oh! —replicó el apasionado—, ¿no veis que el vino, si le echáis agua, le echáis a perder, especialmente si fuere blanco?

—También, si no se la echáis, os echa él a perder a vos.

—Pues ¿qué remedio?

—No beberle.

Otras muchas verdades dijo Critilo contra la embriaguez, de que los circunstantes hicieron cuento y él escarmiento. Reparó Critilo en que asistían pocos españoles al cortejo de la dionisia reina, habiendo sin duda para cada uno cien franceses y cuatrocientos tudescos.

—¡Oh! —dijo el hablador—, ¿no sabes tú lo que pasó en los principios desta bella invenchione del vino?

—¿Y qué fue?

—Que un recuero atento a su ganancia cargó de la nueva mercadería y dio con ella en Alemania, y como fuese el precioso licor en toda su generosidad, gustaron mucho dél los tudescos: hízoles valiente impresión, rindiéndolos de todo punto. Pasó adelante a la Francia, mas porque no fuesen comenzados los cueros, acabólos de llenar en la Esquelda, con que no iba ya el vino tan fuerte, y así no hizo más que alegrar los franceses, haciéndoles bailar, silbar y dar algunas cabriolas y rascarse atrás en un corrillo de mesurados españoles, como se vio ya en Barcelona. Quedábale ya muy poco, cuando pasó a España, y llenóle de agua, de tal suerte que no era ya vino, sino enjaguaduras de bota; con esto, no les hizo efecto a los españoles, antes los dejó muy en sí y tan graves como siempre, con que ellos a todos los demás llaman borrachos. Deste modo han proseguido todas estas naciones en beberle: los tudescos puro, imitándoles los suecos y los ingleses; los franceses ya enjaguan la taza, mas los españoles aguachirle, aunque los demás lo atribuyen a malicia y que lo hacen por no descubrir con la fuerza del vino lo secreto de su corazón.

—Ésa ha sido sin duda la causa —ponderaba Critilo— de no haber hecho pie la herejía en España como en otras provincias, por no haber entrado en ella la borrachera, que son camaradas inseparables: nunca veréis la una sin la otra.

Pero ¡qué cosa, aunque no rara, sí espantosa! Aquella embriaga reina, anegada en abismos de horrores, comenzó a arrojar de aquella ferviente cuba de su vientre tal tempestad de regüeldos, que inundó toda la bacanal estancia de monstruosidades; porque, bien notado, no eran otro sus bostezos que reclamos de otros tantos monstruos de abominables vicios. Volvía el feroz aspecto a una y otra parte, y en arrojando un regüeldo, saltaba el punto de aquel turbulento estanque del vino una horrible fiera, un infame acroceraunio, que aterraba a todo varón cuerdo. Salió de los primeros la Herejía, monstruo primogénito de la Borrachera, confundiendo los reinos y las ciudades, repúblicas y monarquías, causando desobediencias a sus verdaderos señores: pero ¿qué mucho, si primero negaron la fe debida a su Dios y Señor, mezclando lo sagrado con lo profano y trastornando de alto a bajo cuanto hay? Sacaron luego las cabezas a otro regüeldo las Arpías, digo la Murmuración, manchando con su nefando aliento las honras y las famas, la despiadada Avaricia, chupándoles la sangre a los pobres, desollando los súbditos, la Joel Envidia, vomitando venenos, inficionando las ajenas prendas y disminuyendo las heroicas hazañas. Allí apareció, llamado de un gran bostezo, el Minotauro embustero, la bachillera Esfinge, presumiendo de entendida y ignorando de necia. No faltaron las tres infernales Furias, convocadas de otro valiente regüeldo que metió en los infiernos mismos la guerra, la discordia y la crueldad, que bastan a hacer infierno del mismo paraíso; las engañosas Sirenas, brindando vidas y ejecutando muertes; la Scila y la Caribdis, aquellos dos vicios extremos donde chocaron los necios, dando en el uno por huir del otro; allí se vieron los Sátiros y los Faunos, con apariencias de hombres y realidades de bestias.

Así que en poco rato hizo estanco de vicios de un estanque de monstruos, hijos todos de la violenta Vinolencia. Y lo que más es de reparar y aun de sentir, que con ser éstas otras tantas fieras y harto feas, a sus beodos amadores les parecieron otras tantas beldades, llamando a las Sirenas lascivas unos ángeles; al furioso y ciego de cólera, Ciclope valiente; a las Arpías, discretas; a las Furias, gallardas; al Minotauro, ingenioso; a la Esfinge, entendida; a los Faunos, galanes; a los Sátiros, cortesanos, y a todo monstruo, un prodigio. Veníasele acercando a Critilo uno de los más perniciosos, pero él al mismo punto, despavorido, intentó la fuga. Quísole detener el farsante, diciéndole:

—¡Aguarda, no temas, que no te hará mal, sino mucho bien!

—¿Quién es éste? —le preguntó.

Y él:

—Ésta es aquella tan celebrada cuan conocida en todo el mundo, y más en las cortes, sin quien ya no se puede vivir; por lo menos, sin su poquito de ella, por cuanto es empleo de los desocupados y ocupación de los entendidos, aquella gran cortesana.

—¿Y cómo la nombran?

Lo que le respondió, y qué monstruo fuese éste, nos lo dirá la otra crisi.

Crisi tercera

La Verdad de parto

Enfermó el hombre de achaque de sí mismo: despertósele una fiebre maligna de concupiscencias, adelantándosele cada día los crecimientos de sus desordenadas pasiones; sobrevínole un agudo dolor de agravios y sentimientos. Tenía postrado el apetito para todo lo bueno, y el pulso con intercadencias en la virtud; abrasábase en lo interior de malos afectos, y tenía los extremos fríos para toda obra buena; rabiaba de sed de sus desreglados apetitos, con grande amargura de murmuración, secábasele la lengua para la verdad: síntomas todos mortales. Viéndole en tanto aprieto, dicen que le envió sus médicos el cielo, y también el mundo los suyos, a competencia; y así, muy diferentes los unos de los otros y muy encontrados en la curación, porque los del cielo en nada condecendían con el gusto del enfermo, y los mundanos en todo le complacían: con lo cual, éstos se hicieron tan plausibles cuan aborrecibles aquéllos. Ordenábanle los de arriba muchos y buenos remedios, y los de abajo ninguno, diciendo:

—¡Eh!, que tanto es menester haber estudiado para no recetar como para recetar. Citaban los eternos magistrales textos; y los terrenos, ninguno, y decían:

—Más vale testa que texto.

—Guarde la boca —decían unos.

—Coma y beba cuanto apeteciere —los otros.

—Tome un vomitivo de deleites, que le será de mucho provecho.

—No haga tal, que le inquietará las entrañas y le postrará el gusto.

—Denle minorativos de concupiscencia.

—Ni lo piense, sino valientes tiradas de gustos que le vayan refrescando la sangre.

—¡Dieta, dieta! —repetían aquéllos.

—¡Regalo y más regalo! —replicaban éstos, y asentábasele muy bien al enfermo.

—Púrguese —le recetaron los celestiales—, porque vamos a la raíz del mal y a derribar el humor vicioso que predomina.

—Eso no —salían los mundanos—. Tome, sí, cosas suaves con que se entretenga y alegre.

Oyendo tal variedad, decía el enfermo:

—Aténgome al aforismo que dice: «Si de cuatro médicos, los tres dijesen que te purgues, y uno que no, no te purgues».

Replicábanle los del cielo:

—También dice otro: «Si de cuatro médicos, los tres te dijeren que no te sangres, y uno sólo que sí, sángrate». Luego te debes sangrar, y de la vena del arca, restituyendo lo ajeno.

—Eso no —salían los otros—, que sería quitarle las fuerzas y aun de todo punto desjarretarle.

Y él, en confirmación, añadía:

—¡Qué poco estiman ellos mi sangre! No saben otro que sangrar la costilla de los zurdos.

—No duerma con el mal —encargaban aquéllos.

—Repose y descanse en él —decían éstos.

Viendo, pues, los del cielo que no se le aplicaba remedio alguno de cuantos ellos ordenaban y que el enfermo iba por la posta caminando a la sepultura, entraron a él y con toda claridad le dijeron que moría. Ni por ésas se dio por entendido; antes, llamando un criado, le dijo:

—¡Hola!, ¿hanles pagado a estos médicos?

—Señor, no.

—Y aun por eso me dan ya por desahuciado. Pagadles y despedidles.

Lo segundo cumplieron, Fuéronse, con tanto, las virtudes; quedáronse los vicios, y él muy en ellos, que presto acabaron con él, aunque no él con ellos: murió el hombre de todos y fue sepultado más abajo de la tierra.

Íbale ponderando a Critilo este suceso de cada día un varón de ha mil siglos.

—¡Oh!, cómo es verdad —decía Critilo— que los vicios no sanan, sino que matan, y las virtudes remedian. No se cura la codicia con amontonar riquezas, ni la gula con los manjares, la sensualidad con los bestiales deleites, la sed con las bebidas, la ambición con los cargos y dignidades; antes, se ceban más y cada día se aumentan. De ese achaque le vino a la torpe Vinolencia hacer estanco de vicios: ¡y qué feos, qué abominables! Pero, entre todos, aquel que se me venía acercando y pegándoseme, que no hice poco en rebatirle: ¿cuál de ellos era?

—Es más cortesano, cuanto más civil; común, cuando más extraño.

—¿Cómo se llamaba el tal monstruo?

—Bien nombrado es y aun aplaudido, entremetido y bien admitido: todo lo anda y todo lo confunde, entra y sale en los palacios, teniendo en las cortes su guarida.

—Menos te entiendo por eso; aun no doy en la cuenta, que hay muchos a esta traza y bulle la corte dellos.

—Pues has de saber que era el capitán de todos, digo la plausible Quimera: ¡oh monstruo al uso!, ¡oh vicio de todos!, ¡oh peste del siglo, necedad a la moda! —exclamó el nuevo camarada.

—Por eso yo —añadió Critilo—, luego que me la vi tan cerca, la conjuré, diciendo: ¡Oh monstruo cortesano! ¿Qué me buscas a mí? Anda, vete a tu Babilonia común, donde tantos y tontos pasan de ti y viven contigo, todo embuste, mentira, engaño, enredo, invenciones y quimeras. Anda, vete a los que se sueñan grandes, y son fantasmas, hombres vacíos de sustancia y rebutidos de impertinencia, huecos de sabiduría y atestados de fantasía, todo presunción, locura, fausto, hinchazón y quimera. Vete a unos aduladores falsos, desvergonzados, lisonjeros, que todo lo alaban y todo lo mienten, y a los simples que se los creen, pagando el humor y el viento, todo mentira, engaño, necedad y quimera. Vete a unos pretendientes engañados y a unos mandarines engañadores, aquéllos pretendiéndolo todo y éstos cumpliendo nada, dando largas, excusas, esperanzas bobas, todo cumplimiento y quimera. Vete a unos desdichados arbitristas, inventores de felicidades ajenas, trazando de hacer Cresos a los otros cuando ellos son unos Iros, discurriendo trazas para que los otros coman cuando ellos más ayunan, todo embeleco, devaneo de cabeza, necedad y quimera. Vete a unos caprichosos políticos, amigos de peligrosas novedades, inventores de sutilezas mal fundadas, trastornándolo todo, no sólo no adquiriendo de nuevo ni conservando de viejo, pero perdiendo cuanto hay, dando al traste con un mundo, y aun con dos, todo perdición y quimera. Vete al Babel moderno de los cultos y afectados escritos, y cuyas obras son de tramoya, frases sin concepto, hojas sin fruto, tomos sin lomo, cuerpos sin alma, todo confusión y quimera. Vete a los tribunales, donde no se oyen sino mentiras; en las escuelas sofisterías, en las lonjas trampas, y en los palacios quimeras. Vete a los prometedores falsos, noveleros crédulos, entremetidos desahogados, linajudos desvanecidos, casamenteros mentirosos, pleiteantes necios, sabios aparentes, todo mentira y quimera. Vete a los hombres de hogaño, llenos todos de engaño, mujeres de embeleco; los niños mienten, los viejos engañan, los parientes faltan y los amigos falsean. Vete a todo lo que dejamos atrás de un mundo inmundo, laberinto de enredos, falsedades y quimeras. —Con esto traté de huir de ella, que fue del mundo todo, y eché por este camino de la verdad, en tan buen punto que tuve dicha de encontrarte.

—Harto fue —dijo el Acertador, que así oyó le llamaban— que todo tú pudieses salir.

—No tan todo —respondió Critilo— que no me dejase la mitad, pues otro yo allá queda, Andrenio, aun más amigo que hijo, nada suyo y todo ajeno, rendido a una brutal vinolencia. Mas aquí, no pudiendo articular las palabras, prosiguió haciendo extremos.

—Ora bien, no te pudras tú —le dijo— de lo que otros engordan. Quiero, por consolarte y remediarte, que volvamos allá y que experimentes el eficacísimo contraveneno del vino que conmigo llevo. Es la embriaguez (iba ponderando), el último asalto que dan al hombre los vicios, es el mayor esfuerzo que ellos hacen contra la razón. Y así cuentan que, habiéndose coligado todos estos monstruosos enemigos contra un hombre luego que naciera, embistiéndole ya uno, ya otro, por su orden, para más desordenarle, la voracidad cuando más rapaz, la mancebía cuando mancebo, la avaricia cuando varón y la vanidad cuando viejo, viéndole pasar de edad en edad vitorioso y que ya entraba en la vejez triunfando de todos ellos, no pudiéndolo sufrir que así se les escapase e hiciese burla dellos, acudieron a la embriaguez, afianzando en ella su despique. No se engañaron, pues acometiéndole ésta con capa de necesidad, llamando al vino su leche, su abrigo y su consuelo, poco a poco y trago a trago se fue entrando y apoderándose dél hasta rendirle de todo punto: hízole cerrar los ojos a la razón, abrir puerta a todo vicio, y de modo que, con lastimosa infelicidad, aquel que toda la vida se había conservado en su virtud y entereza se halló de repente a la vejez glotón, lascivo, iracundo, maldiciente, locuaz, vano, avaro, ridículo, imprudente, y todo esto porque vinolento.

Mas ya habían llegado, no al estanque, sino al cenagal de los vicios. Entraron ambos y hallaron a Andrenio, que aun estaba por tierra, sepultado en sueño y vino. Comenzaron a llamarle por su nombre, mas él, impaciente, respondía:

—¡Dejadme, que estoy soñando cosas grandes!

—No puede ser —dijo el Acertador—, que los hombres grandes sólo tienen sueños grandes.

—¡Eh, dejadme!, que estoy viendo cosas prodigiosas.

—No sean monstruosas. ¿Qué puedes ver sin vista?

—Veo —dijo— que el mundo no es ya redondo, cuando todo va a la larga; que la tierra no es ya firme, cuando todo anda rodando; que el cieno es cielo para los más, pues los menos son personas; que todo es aire en el mundo, y así todo se lo lleva el viento; el agua que fue y el vino que vino, el sol no es solo ni la luna es una, los luceros sin estrellas y el norte no guía, la luz da enojos y el alba llora cuando ríe; las flores son delirios y los lirios espinan; los derechos andan tuertos y los tuertos a las claras, las paredes oyen cuando las orejas se rascan, los postres son antes y muchos fines sin medios; que el oro no es pesado y las plumas mucho, los mayores alcanzan menos y hablan gordo los más flacos y alto los más bajos; no son ladrados los ladrones, con que ninguno tiene cosa suya; los amos son mozos, y las mozas las que mandan; más pueden espaldas que pechos, y quien tiene yerro, no tiene aceros; los servicios se miran de mal ojo, y los proveídos son premiados; la vergüenza es corrimiento, y los buenos no hacen llorar, sino reír; del mentís se hace caso, y del mentir casas; no son sabios los entendidos ni oídos los que hablan claro; el tiempo hecho cuartos y el día enhoramalas; los relojes quitan dando, y de los buenos días se hacen los malos años; tras la tercera va la primera, y las desgracias son gracias; las diademas en París, y los galanes en Francia.

—¡Calla ya! —le dijo el Acertador—, que sin duda se dijo diablo del que noche y día habla.

—Mas en cantar mal y porfiar. Digo que todo anda al revés y todo trocado de alto abajo: los buenos ya valen poco y los muy buenos para nada, y los sin honra son honrados; los bestias hacen del hombre y los hombres hacen la bestia, el que tiene es tenido y el que no tiene es dejado; el de más cabal es sabio, que no el de más caudal; las niñas lloran y las viejas ríen, los leones dan balidos y los ciervos cazan, los gallinas cacarean y no despiertan los gallos; no caben en el mundo los que tienen más lugar, y muchos hijos de algo valen nada; muchos por tener antojos no ven, y no se usan los husos; ya no nacen niños, ni los mozos bien criados; las que valen menos son buenas joyas, y los más errados buenas lanzas; veo unos desdichados antes de nacidos y otros venturosos después de muertos; hablan a dos luces los que a oscuras, y todo a hora es a deshora.

Prosiguiera en sus dislates, si el Acertador no tratara de aplicarle el eficaz remedio, que fue echarle en la vasija del vino, no una anguila (como el vulgo ignorante sueña), sino una serpiente sabia, que al punto le hizo volver a ser persona y aborrecer aquel tóxico del juicio y veneno letal de la razón. Sacólos con esto el Acertador de aquel estanco de los vicios, y estanque de monstruos, al de prodigios. Era éste uno de los raros personajes que se encuentran en el vario viaje de la vida, de tan extraña habilidad, que a todos cuantos encontraban les iba adivinando el suceso de su vida y el paradero della. Iban atónitos nuestros peregrinos oyéndole adevinar con tanto acierto. Toparon, de los primeros, uno de muy mal gesto, y al punto dijo:

—Déste no hay que aguardar buen hecho.

Y no se engañó. De un tuerto pronosticó que no haría cosa a buen ojo, y acertó. A un corcovado le adevinó sus malas inclinaciones, a un cojo los malos pasos en que andaba, y a un zurdo sus malas mañas, a un calvo lo pelón, y a un ceceoso lo mal hablado. A todo hombre señalado de la naturaleza señalaba él con el dedo, diciéndoles que guardasen. Encontraron ya un grande perdigón que iba perdiendo a toda prisa lo que muy poco a poco se había ganado, y al punto dijo:

—No hizo él la hacienda, no, que quien no la gana no la guarda.

Pero esto es nada: cosas más raras y más recónditas adevinaba como si las viera, y así, encontrando un coche que traía tan arrastrado a su dueño cuan desvanecida a su ama, dijo:

—¿Veis aquel coche? Pues antes de muchos años será carreta.

Y realmente fue así. Viendo edificar una cárcel muy suntuosa y fanfarrona, con muchos dorados hierros, que pudiera sustituir un palacio, dijo:

—¿Quién creerá que ha de venir a ser hospital?

Y de verdad lo fue, porque vinieron a parar en ella pobres desvalidos y desdichados. De un cierto personaje que tenía muchos y buenos amigos dijo que danzaba muy bien, y acertó, porque todos le alabaron. Al contrario, de otro que tenía cara de pocos amigos:

—Éste no hará cosa bien, ni saldrá con lo que emprendiere.

Esto es más: que llegó uno y le preguntó cuánto tiempo viviría; miróle a la cara y dijo que cien años, y que si le bobeara un poco más, dijera que docientos. A otro, inútil para todo, aseguró que sacaría de la puja al mismo Matusalén. Pero lo más es que, en viendo a cualquiera, le atinaba la nación; y así, de un invencionero dijo:

—Éste, sin más ver, es italiano.

De un desvanecido, inglés; de un desmazalado, alemán; de un sencillo, vizcaíno; de un altivo, castellano; de un cuitado, gallego; de un bárbaro, catalán; de un poca cosa, valenciano; de un alborotado alborotador, mallorquín; de un desdichado, sardo; de un tozudo, aragonés; de un crédulo, francés; de un encantado, danao; y así de todos los otros. No sólo la nación, pero el estado y el empleo adevinaba. Vio un personaje muy cortés, siempre con el sombrero en la mano, y dijo:

—¿Quién dirá que éste es hechicero?

Y realmente fue así, que a todos hechizaba. De un embelesado, que era astrólogo; de un soberbio, cochero; de un descortés, ujier de saleta; de un desharrapado y arrapador, soldado; de un lascivo, viudo; de un peludo, hidalgo. De un hombre de puesto que prometía mucho y a todos daba buenas palabras, dijo:

—Éste contentará a muchos necios.

De otro que no tenía palabra mala, adevinó que no tendría obra buena; y al que mucha miel en la boca, mucha hiel en la bolsa. Vio a uno ir y venir a una casa, y dijo:

—Éste anda por cobrar.

A cierto hombre que dio en decir verdades, le pronosticó muchos pesares; y al de gran lengua, gran dolor de cabeza. A cada uno le adevinaba su paradero como si lo viera, sin discrepar un tilde: a los liberales, el hospital; a los interesados, el infierno; a los inquietos, la cárcel, y a los revoltosos, el rollo; a los maldicientes, palos, y a los descarados, redomas; a los capeadores, jubones, y a los escaladores, la escalera; a las malas, palo santo; a los famosos, clarín; a los sonados, paseo; a los perdidos, pregones; a los entremetidos, desprecio; a los que les prueba la tierra, el mar; a los buenos pájaros, el aire; a los gavilanes, pigüelas, y a los lagartos, culebra; a los cuerdos, felicidades; a los sabios, honras, y a los buenos, dichas y premios.

—¡Qué rara habilidad ésta! —Ponderaba Andrenio—. No sé qué me diera por tenerla.

¿No me enseñarías esta tu astrología?

—Paréceme a mí —dijo Critilo— que no es menester muchos astrolabios para esto, ni consultar muchas estrellas.

—Así lo creo —dijo el Adevino—, pero pasemos adelante, que yo te ofrezco, ¡oh Andrenio!, de sacarte tan adevino como yo con la experiencia y el tiempo.

—¿Dónde nos llevas?

—Donde todos huyen.

—Pues si huyen, ¿para qué vamos nosotros?

—Y aun por eso, para huir de todos ellos, aunque primero quería de introduciros en la famosa Italia, la más célebre provincia de la Europa.

—Dicen que es país de personas.

—Y personadas también.

—Extraño dejo ha sido el de Alemania —decía Andrenio.

Y Critilo:

—Sí, cual yo me lo imaginaba.

—¿Qué os ha parecido de aquella tan extendida provincia, la mayor sin duda de Europa? Decidlo en puridad.

—A mí —respondió Andrenio—, lo que más me ha contentado hasta hoy.

Y Critilo:

—A mí, la que menos.

—Por eso no se vive en el mundo con un solo voto.

—¿Qué te ha agradado a ti más en ella?

—Toda, de alto a bajo.

—Querrás decir Alta y Baja.

—Eso mismo.

—Sin duda que su nombre fue su definición, llamándose Germania, a germinando, la que todo lo produce y engendra, siendo fecunda madre de vivientes y de víveres y de todo cuanto se puede imaginar para la vida humana.

—Sí —replicó Critilo—, mucho de extensión y nada de intención, mucha cantidad y poca calidad.

—¡Eh!, que no es una provincia sola —proseguía Andrenio—, sino muchas que hacen una; porque si bien se nota, cada potentado es casi un casi rey y cada ciudad una corte, cada casa un palacio, cada castillo una ciudadela, y toda ella un compuesto de populosas ciudades, ilustres cortes, suntuosos templos, hermosos edificios y inexpugnables fortalezas.

—Eso mismo hallo yo —dijo Critilo— que la ocasiona su mayor ruina y su total perdición, porque cuantos más potentados, más cabezas; cuantas más cabezas, más caprichos, y cuantos más caprichos, más disensiones; y como dijo Horacio, lo que los príncipes deliran, los vasallos lo suspiran.

—No me puedes negar —dijo Andrenio— su abundancia y su opulencia. Mira qué abastecida de todo, que si dicen España la rica, Italia la noble, también Alemania la harta. ¡Qué abundante de granos, de ganados, pescas, cazas, frutos y frutas! ¡Qué rica de minerales! ¡Qué vestida de arboledas! ¡Qué adornada de bosques, hermoseada de prados! ¡Qué surcada de caudalosos ríos, y todos navegables! De tal suerte que tiene más ríos Alemania que las otras provincias arroyos, más lagos que las otras fuentes, más palacios que las otras casas, y más cortes que las otras ciudades.

—Así es —dijo Critilo—, yo lo confieso, mas en eso mismo hallo yo su destruición y que su misma abundancia la arruina, pues no hace otro que ministrar leña al fuego de sus continuas guerras en que se abrasa, sustentando contra sí muchos y numerosos ejércitos: lo que no pueden otras provincias, especialmente España, que no sufre ancas.

—Pero viniendo ya a sus bellos habitadores —dijo el Acertador—, ¿cómo quedáis con los alemanes?

—Yo muy bien —dijo Andrenio—. Hanme parecido muy lindamente, son de mi genio; engáñanse las demás naciones en llamar a los alemanes los animales, y me atrevo a decir que son los más grandes hombres de la Europa.

—Sí —dijo Critilo—, pero no los mayores.

—Tiene dos cuerpos de un español cada alemán.

—Sí, pero no medio corazón.

—¡Qué corpulentos!

—Pero sin alma.

—¡Qué frescos!

—Y aun fríos.

—¡Qué bravos!

—Y aun feroces.

—¡Qué hermosos!

—Nada bizarros.

—¡Qué altos!

—Nada altivos.

—¡Qué rubios!

—Hasta en la boca.

—¡Qué fuerzas las suyas!

—Mas sin bríos: son de cuerpos gigantes y de almas enanas.

—Son moderados en el vestir.

—No así en el comer.

—Son parcos en el regalo de sus camas y menaje de sus casas.

—Pero destemplados en el beber.

—¡Eh!, que ése en ellos no es vicio, sino necesidad: ¿qué había de hacer un corpacho de un alemán sin vino?

—Fuera un cuerpo sin alma: él les da alma y vida.

—Hablan la lengua más antigua de todas.

—Y la más bárbara también.

—Son curiosos de ver mundo.

—Y si no, serían dél.

—Hay grandes artífices.

—Pero no grandes doctos.

—Hasta en los dedos tienen la sutileza.

—Más valiera en el celebro.

—No pueden pasar sin ellos los ejércitos.

—Así como ni el cuerpo sin el vientre.

—Resplandece su nobleza.

—¡Ojalá su piedad! Pero su infelicidad es que, así como otras provincias de Europa han sido ilustres madres de insignes patriarcas, de fundadores de las Sagradas Órdenes, ésta al contrario, de &c.

Estorbóles el proseguir un confuso tropel de gentes que, a todo correr, venían haciendo por aquellos caminos, harto descaminados, al derecho y al través, atropellándose unos a otros, y todos desalentados. Y lo que más admiración les causó fue ver que los mayores hombres eran los primeros en la fuga y que los más grandes alargaban más el paso, y echaban valientes trancos los gigantes, y aun los cojos no eran los postreros. Atónitos nuestros flemáticos peregrinos, comenzaron a preguntar la causa de una tan fanática retirada, y nadie les respondió: que aun para eso no se daban vagar.

—¿Hay tal confusión? ¿Viose semejante locura? —decían.

Cuando más admirado uno de su admiración dellos, les dijo:

—O vosotros sois unos grandes sabios, o unos grandes necios, en ir contra la corriente de todos.

—Sabios no —le respondieron—, pero sí que lo deseamos ser.

—Pues mirad que no muráis con ese deseo.

Y atrancó cien pasos.

—¡A huir, a huir! —Venía voceando otro—, que ya parece que desbucha.

Y pasó como un regañón.

—¿Quién es ésta que anda de parto? —preguntó Andrenio.

Y el Acertador:

—Poco más o menos, ya yo adiveno lo que es.

—¿Qué cosa?

—Yo os lo diré: éstos sin duda vienen huyendo del reino de la Verdad, donde nosotros vamos.

—No le llames reino —replicó uno de los tránsfugas—, sino plaga, y con razón, pues así lastima; y más hoy que tiene alborotado el mundo, solicitándose la ojeriza universal.

—¿Y qué es la causa? —le preguntaron—. ¿Hay alguna novedad?

—Y bien grande. ¿Eso ignoráis ahora? ¡Qué tarde llegan a vosotros las cosas! ¿No sabéis que la Verdad va de parto estos días?

—¿Cómo de parto?

—Sí, aun con la barriga en la boca, reventando por reventar.

—Pues, ¿qué importa que para? —replicó Critilo—. ¿Por eso se inquieta el mundo? Haced que para en buen hora, y el cielo que la alumbre.

—¿Cómo que qué importa? —Levantó la voz el cortesano—. ¡Qué linda flema la vuestra! Mucha Alemania gastáis. Si agora con una verdad sólo no hay quien viva, ni hay hombre que la pueda tolerar, ¿qué será si da en parir otras verdades, y éstas otras, y todas paren? Llenarse ha el mundo de verdades, y después buscarán quien le habite: dígoos que se vendrá a despoblar.

—¿Por qué?

—Porque no habrá quien viva, ni el caballero, ni el oficial, ni el mercader, ni el amo, ni el criado: en diciendo verdad, nadie podrá vivir. Dígoos que no vendrán a quedar de cuatro partes la media. Con una verdad que le digan a un hombre tiene para toda la vida: ¿qué será con tantas? Bien pueden cerrar los palacios y alquilar los alcázares; no quedarán cortes ni cortijos. Con tantica verdad hay hombre que se ahita, y no es posible digerirla; ¿qué hará con un hartazgo de verdades? Gran buche será menester para cada día su verdad a secas. ¡Bien amargarán!

—¡Eh!, que muchos habrá —dijo Critilo— que no temerán las verdades; antes, les vendrán nacidas.

—¿Y quién será ése? Decidlo, le levantaremos una estatua. ¿Cuál será el confiado que no le puedan estrellar una verdad entre ceja y ceja, y aun darle muchas por la cara? Y a fe que escuecen mucho y por muchos días. Líbreos Dios de una valiente zurra de verdades; pican que abrasan. Y si no, veamos. Díganle a la otra lo que le dijo don Pedro de Toledo: «Mire que le diré peor que tal». Y replicando ella: «¿Qué me dirá?». «¡Peor, que vieja!». Plántenle al otro lucifer una verdad en un cedulón, y veréis lo que se endiabla. Acuérdenle al más estirado lo que él más olvida, al más pintado sus borroncillos; píquenle con la lezna al desvanecido; díganle al otro rico que lo ganó por su pico su abuelo, que vuelva la mira atrás al que se hace tan adelante; acuérdenle lo que los pasteles al que hoy asquea los faisanes, de su cuartana al león, y a la fénix de lo gusano. No os admiréis que huygamos de la verdad, que es traviesa y atraviesa el corazón. Veis allí tendido un gigante de la hinchazón que le mató un niño y con un alfiler, y hay quien dice se lo vendió su abuelo; más él se tiene la culpa: que hiciera orejas de mercader. Digo, pues, que no hagáis admiraciones de que todos corran de corridos.

—¿De qué huyen aquellos soldados? —decía Andrenio.

—Porque no les digan que huyeron y que son de los de fugerunt fugerunt. Venía uno gritando.

—¡Verdad, verdad! Pero no por mi boca, menos por mis orejas.

—Destos toparéis muchos. Todos querrían les tratasen verdad, y ellos no tomarla en la boca.

—Ora, señores —ponderaba Andrenio—, que los trasgos huyan, vayan con Bercebú, nunca acá vuelvan: pero ¿los soles?

—Sí, porque no les den en rostro con sus lunares.

Venía por puntos reforzando la voz:

—¡Ya pare! ¡Afuera, que desbucha! ¡A huir, príncipes! ¡A correr, poderosos!

Y a este grito había hombre que tomaba postas. No había monta a caballo como éste; potentado hubo que reventó los seis caballos de la carroza. Pero es de advertir que esto pasaba en Italia, donde se teme más una verdad que una bala de un basilisco otomano; que por eso corren tan pocas, le usan raras.

—¿De cuándo acá está preñada esta Verdad —preguntó Andrenio—, que yo la tenía por decrépita, y aun caduca, y ahora sale con parir?

—Días ha que lo está, y aun años, y dicen que del Tiempo.

—Según eso, mucho tendrá que echar a luz.

—Por lo menos, cosas bien raras.

—¿Y todas serán verdades?

—Todas.

—Ahora vendrá bien aquello de noche mala y parir hija. ¿Por qué no pare cada año, y no hacer tripa de verdades?

—¡Oh sí, no hay más que desbuchar! Antes, concibe en un siglo para parir en otro.

—Pues serán ya verdades rancias.

—No, a fe, sino eternas. ¿No sabes tú que las verdades son de casta de azarolas, que las podridas son las maduras y más suaves, y las crudas las coloradas? Aquéllas que hacen saltar los colores al rostro son intratables, sólo las puede tragar un vizcaíno.

—Sin duda que allá en aquellos dorados siglos debía parir esta Verdad cada día.

—Menos, porque no había que decir: no concebía, todo se estaba dicho. Mas agora no puede hablar y revienta; vase deteniendo, como la preñada erizo, que cuanto más tarda más siente las punzas de los hijuelos y teme más el echarlos a luz. Ora ¡qué de cosas raras tendrá guardadas en aquellas ensenadas de su notar y advertir! Por eso decía un atento: casar y callar. ¡Qué hermosos partos! ¡Qué de bellezas desbuchará!

—Antes, sospecho yo —dijo Critilo— que han de ser horribles monstruosidades, desaciertos increíbles, valientes desatinos, cosas al fin sin pies ni cabeza; que si fueran aciertos, bulleran panegíricos.

—Sean lo que fueren —decía el Adevino—, ellas han de salir. Ella no conciba, que si una vez se empreña, o reventar o parir; que, como dijo el mayor de los sabios, ¿quién podrá detener la palabra concebida?

—¿Dime —preguntó Andrenio—, nunca se ha rezumado, siquiera discurrido lo que parirá esta Verdad? ¿Será hijo o hija? ¿Qué mienten las comadres, qué adulan los físicos? ¿No corre algún disparate claro de un tan sellado secreto?

—En esto hay mucho que decir, y más que callar. Luego que se tuvo por cierto este preñado, viérades asustados los interesados, cuidadosos los que se quemaban, que fueron casi todos los mortales. Trataron luego de consultar los oráculos sobre el caso. Respondióles el primero que pariría un fiero monstruo, tan aborrecible cuan feo: considerad ahora el mortal susto de los mortales. Acudieron a otro por consuelo, y le hallaron, porque les respondió todo lo contrario, que pariría un pasmo de belleza, un hijo tan lindo cuan amable. Quedaron con esto más confusos, y por sí o por no, intentaron ahogarle; mas en vano, que aseguran es inmortal, y sépalo todo el mundo. Dicen que la Verdad es como el río Guadiana, que aquí se hunde y acullá sale; hoy no osa chistar, parece que anda sepultada, y mañana resucita, un día por rincones y al otro por corrillos y por plazas. Llegará el día del parto y veremos este secreto, saldremos desta suspensión.

—Y tú, que te picas de adivinarlo todo, ¿qué sientes de esto, qué rastreas? ¿No das en quién será este monstruo y este prodigio?

—Sí —dijo él—, por lo menos lo que podrían ser el primero para los necios y el segundo para los cuerdos; yo diría que el primero es… Pero asomó en éstas un raro ente que venía, no tanto huyendo, cuanto haciendo huir; hacíase no sólo calle, pero plaza; daba desaforados gritos y decía:

—¿A mí el loco, cuando hago tantos cuerdos? ¿A mí el desatinado, que hago acertar? ¿A mí, a mí el sin juicio, que a muchos doy entendimiento?

—¿Quién es éste? —preguntó Critilo.

Y respondióle:

—Ése es un ablativo absoluto, que ni rige ni es regido; éste es el loco del príncipe tal.

—¿Cómo es posible —replicó— que un señor tan cuerdo, llamado por antonomasia el Prudente (y no el Séneca de España, como si el otro hubiera sido de Etiopía), cómo es creíble lleve consigo un perenal?

—Y aun por eso, porque él es prudente.

—Pues ¿qué pretende?

—Oír la verdad alguna vez, que ninguno otro se la dirá ni la oirá de otra boca. No os admiréis cuando viéredes los reyes rodeados de locos y de inocentes, que no lo hacen sin misterio. No es por divertirle, sino por advertirle, que ya la verdad se oye por boca de ganso. Ora caminemos, que no podemos estar ya muy lejos de la corte.

—Eso de corte, excusadlo —respondió un gran contrario suyo.

—¿Y por qué no?

—Porque si no se oyó jamás verdad en corte, ¿cómo habrá corte de la Verdad? ¿Cómo puede llamarse corte donde no se miente ni se finge, donde no hay mentidero, donde no corren cada día cien mentiras como el puño?

—Pues ¿qué? —preguntó Andrenio—, ¿no se puede mentir en esa corte?

—¿Cómo, si es de la Verdad?

—¿Ni una mentirilla?

—Ni media.

—¿Ni en su ocasión, que es gran socorro?

—No, por cierto.

—¿Ni sustentada por tres días, a la francesa, que vale mucho?

—Ni por uno.

—¡Eh, vaya, que por un cuarto…! —Ni por un instante.

—¿Ni una equivocación a lo hipócrita?

—Tampoco.

—¿Ni un disimular la verdad, que no es mentira? Pero, ¿ni decir todas las verdades?

—Ni aun eso.

—¡Válgate Dios por verdad, y qué puntual que eres! Casi casi voy tratando de huir también. ¿Qué, ni una excusa con el embestidor, ni una lisonja con el príncipe, ni un cumplimiento con el cortesano?

—Nada, nada de todo eso; todo liso, todo claro.

—Ahora digo que no entro yo allá. No me atrevo a pasar por una tan estrecha religión. ¿Yo, vivir sin el desempeño ordinario?: será imposible. Desde ahora me despido de tal corte, y a fe que no seré solo. No hay embustes: pues digo que no es corte. No hay engañadores ni lisonjas, ni lisonjeros ni encarecedores: pues no habrá cortesanos. No hay caballeros sin palabra ni grandes sin obra: pues digo que ni es corte. No hay casas a la malicia y calles a la pena: vuelvo a decir que no puede ser corte. Señores, ¿quién vive en este París, en este Stocolmo? ¿Quién es esta Cracovia? ¿Quién corteja a esta reina? Sola debe andarse como la fénix.

—No falta quien la asista y la corteje —respondió el Acertador—. Porque sabrás ¡oh Andrenio!, que cuando los mundanos echaron la Verdad del mundo y metieron en su trono la Mentira, según refiere un amigo de Luciano, trató el Supremo Parlamento de volverla a introducir en el mundo a petición de los mismos hombres, a instancias de los mundanos, que no podían vivir sin ella: no podían averiguarse ni con criados ni oficiales, ni con las propias mujeres: todo era mentira, enredo y confusión. Parecía un Babel todo el mundo, sin poderse entender unos a otros: cuando decían sí, decían no; y cuando blanco, negro; conque no había cosa cierta ni segura. Todos andaban perdidos y gritando: «¡Vuelva, vuelva la Verdad!». Era dificultosa la empresa y temíase mucho el poder salir della, porque no se hallaba quien quisiese ser el primero en decirla: ¿quién dirá la primera verdad?

Ofreciéronse grandes premios al que quisiese decir la primera, y no se hallaba ninguno; no había hombre que quisiese comenzar. Buscáronse varios medios, discurriéronse muchos arbitrios, y no aprovechaban. «¡Pues ella se ha de introducir, ella ha de volver a los humanos pechos y a arraigarse en los corazones! Véase el cómo». Teníanlo por imposible los políticos, y decían: «¿Por dónde se ha de comenzar? Por Italia es cosa de risa, por Francia es cuento, por Inglaterra no hay que tratar, por España, aún, aún, pero será dificultoso». Al fin, después de muchas juntas, se resolvió que la desliesen con mucho azúcar para desmentir su amargura y le echasen mucho ámbar contra la fortaleza que de sí arrojaba. Y deste modo dorada y azucarada, en un tazón de oro (no de vidrio, por ningún caso, que se trasluciría), luego la fuesen brindando a todos los mortales, diciendo ser [la] más exquisita confección, una rara bebida venida de allá de la China, y aun más lejos, más preciosa que el chocolate ni que el chá ni que el sorbete, para que con eso hiciesen vanidad de beberle. Comenzaron, pues, a mandarla a unos y a otros por su orden. Llegaron a los príncipes los primeros, para que con su ejemplo se animasen a pasarla los demás y se compusiese el orbe todo, mas ellos de una legua sintieron su amargura (que tienen muy despiertos los sentidos, tanto huelen como oyen), y comenzaron a dar arcadas; alguno hubo que por una sola gota que pasó, comenzó luego a escupir, que aun le dura. En probándola, decían todos: «¡Qué cosa tan amarga!», y respondían otros: «Es la Verdad». Pasaron con tanto a los sabios: «Éstos, sí, decían, que toda su vida hacen estudio de averiguarla». Mas ellos tan presto como la comieron, la arrimaron, diciendo que tenían harto con la teórica, que no querían la plática: en especulación, no en ejecución. «Ora vamos a los varones ancianos, y muchachos, que suelen hacer pasto de ella». Engañáronse, porque en sintiéndola, cerraron los labios y apretaron los dientes, diciendo: «Por mi boca, no; por la de otro, a la de mi vecino». Convidaron a los oficiales. Menos, antes dijeron que morirían de hambre en cuatro días si en la boca la tomasen, especialmente los sastres. Los mercaderes, ni verla, que por eso tienen las tiendas a escuras y aborrecen sus cajones la luz; los cortesanos, ni oírla. No se halló mujer que la quisiese probar, y decía una: «¡Anda allá!, que mujer sin enredo, bolsa sin dinero». Desta suerte fueron pasando por todos los estados y empleos, y no se halló quien quisiese arrostrar a la verdad. Viendo esto, se resolvieron de probar con los niños, para que tan temprano la mamasen con la leche y se hiciesen a ella; y fue menester buscarlos muy pequeñuelos, porque los grandecillos ya la conocían, y la aborrecían a imitación de sus padres. Fueron a los locos perenales, a los simples solemnes, que todos la bebieron: los niños, engañados con aquella primera dulzura, los simples porque no dieron en la cuenta, apechugaron con el vaso hasta agotarle, llenaron el buche de verdades, comenzando al punto a regoldarlas: amargue o no amargue, ellos la dicen; pique o no pique, ellos la estrellan; unos la hablan, otros la vocean. Ellos no la sepan, que si la saben no dejarán de decirla. Así que los niños y los locos son hoy los cortesanos de esta reina, ellos los que la asisten y la cortejan.

Hallábanse ya a la entrada de una ciudad por todas partes abierta; veíanse sus calles exentas, anchas y muy derechas, sin vueltas, revueltas ni encrucijadas, y todas tenían salida. Las casas eran de cristal, con puertas abiertas y ventanas patentes; no había celosías traidoras, ni tejados encubridores. Hasta el cielo estaba muy claro y muy sereno, sin nieves de emboscadas, y todo el hemisferio muy despejado.

—¡Qué diferente región ésta —ponderaba Critilo— de todo lo restante del mundo!

—Pero, ¡qué corta corte ésta! —decía Andrenio.

Y el Acertador:

—Por eso defendía uno que la mayor corte hasta hoy había sido la de Babilonia: perdone la triunfante Roma, con sus seis millones de habitadores, y Panquín en la China, en cuyo centro, puesto en alto un hombre, no descubre sino casas, con ser tan llano su hemisferio. Estaban ya para entrar, cuando repararon en que muchos, y gente de autoridad, antes de meter el pie hacían una acción bien notable, y era calafatearse muy bien las orejas con algodones; y aun no satisfechos con esto, se ponían ambas manos en ellas y muy apretadas.

—¿Qué significa esto? —preguntó Critilo—. Sin duda que éstos no gustan mucho de la verdad.

—Antes, no hallan otra cosa —respondió el Acertador.

—Pues ¿para qué es esta diligencia?

—Hay un gran misterio en esto —dijo uno de ellos mismos, que lo oyó.

—Y aun una gran malicia —replicó otro—, si es cautela.

—¡No es cautela!

Conque se trabó entre los dos una gran altercación.

—De necios es el porfiar —decía el primero.

—Y de discretos el disputar —replicó el segundo.

—Digo que la verdad es la cosa más dulce de cuantas hay.

—Y yo digo que la más amarga.

—Los niños son amigos de lo dulce, y la dicen: luego dulce es.

—Los príncipes son enemigos de lo que amarga, y la escupen: luegos amarga es. Loco es el que la dice.

—Y sabio el que la oye.

—No es política tampoco; es embustera, es muy pesada.

—También es preciosa como el oro.

—Es desaliñada.

—Achaque de linda.

—Todos la maltratan.

—Ella hace bien a todos.

Desta suerte discurrían por extremos, sin topar el medio, cuando el Acertador se puso en él y les dijo:

—Amigos, menos voces y más razones, distinguid textos y concordaréis derechos. Advertid que la verdad en la boca es muy dulce, pero en el oído es muy amarga; para dicha no hay cosa más gustosa, pero para oída no hay cosa más desabrida. No está el primor en decir las verdades, sino en el escucharlas, y así veréis que a verdad murmurada es todo el entretenimiento de los viejos: en esto gastan días y noches, gustan mucho de decirla, pero no que se les digan. Y en conclusión, la verdad por activa es muy agradable, pero por pasiva la quinta esencia de lo aborrecible: esto es, en murmuración, no en desengaño. Comenzaron ya a discurrir por aquellas calles, si bien no acertaba Andrenio a dar paso, y de todo temía: en viendo un niño, se ponía a temblar, y en descubriendo un orate, desmayaba. Toparon y oyeron cosas nunca dichas ni oídas, hombres nunca vistos ni conocidos. Aquí hallaron el sí y el no no, que aunque tan viejos nunca los habían topado; aquí el hombre de su palabra, que casi no le conocían; viéndolo estaban y no lo creían, como ni al hombre de verdad y de entereza, el de andemos claros, vamos con cuenta y razón, el de la verdad por un moro, que todos eran personajes prodigiosos.

—Y aun por eso no los hemos encontrado en otras partes —decía Critilo—, porque están aquí juntos.

Aquí hallaron los hombres sin artificio, las mujeres sin enredo, gente sin tramoya.

—¿Qué hombres son estos —decía Critilo— y de dónde han salido, tan opuestos con los que por allá corren? No me harto de verlos, tratarlos y conocerlos; esto sí que es vivir. Este, cielo es, que no mundo. Ya creo agora todo cuanto me dicen, sin escrúpulo alguno ni temor de engaño, que antes no hacía más que suspender el juicio y tomar un año para creer las cosas. ¿Hay mayor felicidad que vivir entre hombres de bien, de verdad, de conciencia y entereza? ¡Dios me libre de volver a los otros que por allá se usan!

Pero duróle poco el contento, porque yéndose encaminando hacia la Plaza Mayor, donde se lograba el transparente alcázar de la Verdad triunfante, oyeron antes de llegar allá unas descomunales voces, como salidas de las gargantas de algún gigante, que decían:

—¡Guarda el monstruo, huye el coco! ¡A huir todo el mundo, que ha parido ya la Verdad el hijo feo, el odioso, el abominable! ¡Qué viene, qué vuela, qué llega! A esta espantosa voz echaron todos a huir, sin aguardarse unos a otros, a necio el postrero. Hasta el mismo Critilo, ¿quién tal creyera?, llevado del vulgar escándalo, cuando no ejemplo, se metió en fuga, por más que el Acertador le procuró detener con razones y con ruegos:

—¿Dónde vas? —le gritaba.

—Donde me llevan.

—¡Mira que huyes de un cielo!

—Pongamos cielo en medio.

Quien quisiere saber qué monstruo, qué espantoso fuese aquel feo hijo de una tan hermosa madre, y dónde fueron a parar nuestros asustados peregrinos, trate de seguirlos hasta la otra crisi.

Crisi cuarta

El Mundo descifrado

Es Europa vistosa cara del mundo, grave en España, linda en Inglaterra, gallarda en Francia, discreta en Italia, fresca en Alemania, rizada en Suecia, apacible en Polonia, adamada en Grecia y ceñuda en Moscovia.

Esto les decía a nuestros dos fugitivos peregrinos un otro en lo raro, que le habían ganado cuando perdido él a su Adevino.

—Tenéis buen gusto —les decía—, nacido de un buen capricho, en andaros viendo mundo y más en sus cortes, que son escuelas de toda discreta gentileza. Seréis hombres tratando con los que lo son, que eso es propiamente ver mundo; porque advertid que va grande diferencia del ver al mirar, que quien no entiende no atiende: poco importa ver mucho con los ojos si con el entendimiento nada, ni vale el ver sin el notar. Discurrió bien quien dijo que el mejor libro del mundo era el mismo mundo, cerrado cuando más abierto; pieles extendidas, esto es, pergaminos escritos llamó el mayor de los sabios a esos cielos, iluminados de luces en vez de rasgos, y de estrellas por letras. Fáciles son de entender esos brillantes caracteres, por más que algunos los llamen dificultosos enigmas. La dificultad la hallo yo en leer y entender lo que está de las tejas abajo, porque como todo ande en cifra y los humanos corazones estén tan sellados e inescrutables, Asegúroos que el mejor letor se pierde. Y otra cosa, que si no lleváis bien estudiada y bien sabida la contracifra de todo, os habréis de hallar perdidos, sin acertar a leer palabra ni conocer letra, ni un rasgo ni un tilde.

—¿Cómo es eso —replicó Andrenio—, que el mundo todo está cifrado?

—Pues ¿agora recuerdas con eso? ¿Agora te desayunas de una tan importante verdad, después de haberle andado todo? ¡Qué buen concepto habrás hecho de las cosas!

—¿De modo que todas están en cifra?

—Dígote que sí, sin exceptuar un ápice. Y para que lo entiendas, ¿quién piensas tú que era aquel primer hijo de la Verdad de quien todos huían, y vosotros de los primeros?

—¿Quién había de ser —respondió Andrenio— sino un monstruo tan fiero, un trasgo tan aborrecible, que aun me dura el espanto de haberle visto?

—Pues hágote saber que era el Odio, el primogénito de la Verdad: ella le engendra, cuando los otros le conciben, y ella le pare con dolor ajeno.

—Aguarda —dijo Critilo—, y aquel otro hijo también de la Verdad tan celebrado de lindo, que no tuvimos suerte de verle ni tratarle, ¿quién era?

—Ése es el postrero, el que llega tarde. A ése os quiero yo llevar agora para que le conozcáis y gocéis de su buen trato, discreción y respeto.

—¡Pero, qué no tuviésemos suerte de ver la Verdad —se lamentaba Andrenio— ni aun esta vez, estando tan cerca especialmente en su elemento, que dicen es muy hermosa, no me puedo consolar!

—¿Cómo que no la viste? —replicó el Descifrador, que así dijo se llamaba—. Ése es el engaño de muchos, que nunca conocen la Verdad en sí mismos, sino en los otros; y así verás que alcanzan lo que le está mal al vecino, al amigo, lo que debieran hacer, y lo dicen y lo hablan; y para sí mismos, ni saben ni entienden. En llegando a sus cosas, desatinan; de modo que en las cosas ajenas son unos linces y en las suyas unos topos: saben cómo vive la hija del otro y en qué pasos anda la mujer del vecino, y de la suya propia están muy ajenos. Pero ¿no viste alguna de tantas bellísimas hembras que por allí discurrían?

—Sí, muchas, y bien lindas.

—Pues todas ésas eran Verdades, cuanto más ancianas más hermosas, que el tiempo, que todo lo desluce, a la Verdad la embellece.

—Sin duda —añadió Critilo— que aquella coronada de álamo, como reina de los tiempos, con hojas blancas de los días y negras de las noches, era la Verdad.

—La misma.

—Yo la besé —dijo Andrenio— la una de sus blancas manos, y la sentí tan amarga que aún me dura el sinsabor.

—Pues yo —dijo Critilo— la besé la otra al mismo tiempo y la hallé de azúcar. Mas qué linda estaba y muy de día; todos los treinta y tres treses de hermosura se los conté uno por uno: ella era blanca en tres cosas, colorada en otras tres, crecida en tres, y así de los demás. Pero, entre todas estas perfecciones, excedía la de la pequeña y dulce boca, brollador de ámbar.

—Pues a mí —replicó Andrenio— me pareció toda al contrario, y aunque pocas cosas me suelen desagradar, ésta por extremo.

—Paréceme —dijo el Descifrador— que vivís ambos muy opuestos en genio; lo que al uno le agrada, al otro le descontenta.

—A mí —dijo Critilo— pocas cosas me satisfacen del todo.

—Pues a mí —dijo Andrenio— pocas dejan de contentarme, porque en todas hallo yo mucho bueno, y procuro gozar dellas, tales cuales son, mientras no se topan otras mejores. Y éste es mi vivir, al uso de los acomodados.

—Y aun necios —replicó Critilo.

Interpúsose el Descifrador:

—Ya os dije que todo cuanto hay en el mundo pasa en cifra: el bueno, el malo, el ignorante y el sabio. El amigo le toparéis en cifra, y aun el pariente y el hermano, hasta los padres y hijos, que las mujeres y los maridos es cosa cierta, cuanto más los suegros y cuñados: el dote fiado y la suegra de contado. Las más de las cosas no son las que se leen: ya no hay entender pan por pan, sino por tierra, ni vino por vino, sino por agua, que hasta los elementos están cifrados en los elementos: ¡qué serán los hombres! Donde pensaréis que hay sustancia, todo es circunstancia, y lo que parece más sólido es más hueco, y toda cosa hueca, vacía. Solas las mujeres parecen lo que son, y son lo que parecen.

—¿Cómo puede ser eso —replicó Andrenio—, si todas ellas de pies a cabeza, no son otro que una mentirosa lisonja?

—Yo te lo diré: porque las más parecen malas, y realmente que lo son. De modo que es menester ser uno muy buen letor para no leerlo todo al revés, llevando muy manual la contracifra para ver si el que os hace mucha cortesía quiere engañaros, si el que besa la mano, querría morderla, si el que gasta mejor prosa os hace la copla, si el que promete mucho cumplirá nada, si el que ofrece ayudar tira a descuidar, para salir él con la pretensión. La lástima es que hay malísimos letores, que entienden C por B, y fuera mejor D por C. No están al cabo de las cifras ni las entienden, no han estudiado la materia de intenciones, que es la más dificultosa de cuantas hay. Yo os confieso ingenuamente que anduve muchos años tan a ciegas como vosotros, hasta que tuve suerte de topar con este nuevo arte de descifrar, que llaman de discurrir los entendidos.

—Pues, dime —preguntó Andrenio—, éstos que vamos encontrando ¿no son hombres en todo el mundo, y aquellas otras no son bestias?

—¡Qué bien lo entiendes! —le respondió en pocas palabras y mucha risa—. ¡Eh!, que no lees cosa a derechas. Advierte que los más, que parecen hombres, no lo son, sino diptongos.

—¿Qué cosa es diptongo?

—Una rara mezcla. Diptongo es un hombre con voz de mujer, y una mujer que habla como hombre; diptongo es un marido con melindres, y la mujer con calzones; diptongo es un niño de sesenta años, y uno sin camisa crujiendo seda; diptongo es un francés inserto en español, que es la peor mezcla de cuantas hay; diptongo hay de amo y mozo.

—¿Cómo puede ser eso?

—Bien mal, un señor en servicio de su mismo criado. Hasta de ángel y de demonio le hay, serafín en la cara y duende en el alma. Diptongo hay de sol y de luna en la variedad y belleza; diptongo toparéis de sí y de no, y diptongo es un monjil forrado de verde. Los más son diptongos en el mundo, unos compuestos de fieras y hombres, otros de hombres y bestias; cuál de político y raposo, y cuál de lobo y avaro; de hombre y gallina muchos bravos, de hipógrifos muchas tías, y de lobas las sobrinas, de micos y de hombres los pequeños, y los agigantados de la gran bestia. Hallaréis los más vacíos de sustancia y rebutidos de impertinencia, que conversar con un necio no es otro que estar toda una tarde sacando pajas de una albarda. Los indoctos afectados son buñuelos sin miel, y los podridos, bizcochos de galera. Aquel tan tieso cuan enfadoso es diptongo de hombre y estatua, y destos toparéis muchos; aquel otro que os parece un Hércules con clava no es sino con rueca, que son muchos los diptongos afeminados. Los peores son los caricompuestos de virtud y de vicio, que abrasan el mundo (pues no hay mayor enemigo de la verdad, que la verisimilitud), así como los de hipócrita malicia. Veréis hombres comunes injertos en particulares, y mecánicos en nobles. Aunque veáis algunos con vellocino de oro, advertid que son borregos, y que los Cornelios son ya Tácitos, y los Lucios, Apuleyos. Pero ¿qué mucho?, si aun en las mismas frutas hay diptongos, que compraréis peras y comeréis manzanas, y compraréis manzanas y os dirán que son peras. ¿Qué os diré de las paréntesis aquellas que ni hacen ni deshacen en la oración, hombres que ni atan ni desatan? No sirven sino de embarazar el mundo. Hacen algunos número de cuarto conde y quinto duque en sus ilustres casas, añadiendo cantidad, no calidad, que hay paréntesis del valor y digresiones de la fama. ¡Oh cuántos destos no vinieron a propósito ni a tiempo!

—De verdad —dijo Critilo— que me va contentando este arte de descifrar, y aun digo que no se puede dar un paso sin él.

—¿Cuantas cifras habrá en el mundo? —preguntó Andrenio.

—Infinitas, y muy dificultosas de conocer, mas yo prometo declararos algunas, digo las corrientes, que todas sería imposible. La mas universal entre ellas y que ahorca medio mundo, es el &c.

—Ya la he oído usar algunas veces —dijo Andrenio—, pero nunca había reparado como ahora ni me daba por entendido.

—¡Oh que dice mucho y se explica poco! No habéis visto estar hablando dos y pasar otro: «¿Quien es aquél?». «¿Quién? Fulano». «No lo entiendo». «¡Oh válgame Dios!, dice el otro: aquel que… etcétera». «¡Oh!, sí, sí ya lo entiendo». Pues eso es el etcétera. «¿Aquella otra quien es?». «¿Qué, no la conocéis?». «Aquélla es la que… etcétera». «Sí, sí ya doy en la cuenta». «Aquél es cuya hermana… etcétera». «No digáis mas, que ya esto al cabo». Pues eso es el etcétera Enfadase uno con otro y dícele: «¡Quite allá, que es un… etcétera! ¡Vayase para una… etcétera!». Entiéndense mil cosas con ella, y todas notables. Reparad en aquel monstruo casado con aquel ángel. ¿Pensareis que es su marido?

—¿Pues qué había de ser?

—¡Oh qué lindo! Sabed que no lo es.

—¿Pues qué?

—No se puede decir: es ¡un etcétera!

—¡Válgate por la cifra, y quién había de dar con ella!

—Aquella otra, que se nombra tía, no lo es.

—¿Pues qué?

—Etcétera. La otra por doncella, el primo de la prima, el amigo del marido; ¡eh, que no lo son, por ningún caso! No son sino etcétera. El sobrino del tío, que no lo es, sino etcétera, digo sobrino de su hermano. Hay cien cosas a esta traza que no se pueden explicar de otra manera, y así echamos un etcétera cuando queremos que nos entiendan sin acabarnos de declarar. Y os aseguro que siempre dice mucho mas de lo que se pudiera expresar. Hombre hay que habla siempre por etcétera y que llena carta de ellas; pero si no van preñadas, son sencillas y otras tantas necedades. Por eso conocí yo uno, que le llamaron el Licenciado de etcétera, así como a otro el licenciado del chiste. Reparad bien, que os prometo que casi todo el mundo es un etcétera.

—Gran cifra es ésta —decía Andrenio—, abreviatura de todo lo malo y lo_peor. Dios nos libre de ella y de que caiga sobre nosotros. ¡Que preñada y que llena de alusiones! ¡Qué de historias que toca, y todas raras! Yo la repasare muy bien.

—Pues pasemos adelante —dijo el Descifrador—. Otra os quiero enseñar que es más dificultosa, y por no ser tan universal, no es tan común, pero muy importante.

—¿Y cómo la llaman?

—Qutildeque. Es menester gran sutileza para entenderla, porque incluye muchas y muy enfadosas impertinencias, y se descifra por ella la necia afectación. ¿No oís aquel que habla con eco, escuchándose las palabras con pocas razones?

—Sí, y aun parece hombre discreto.

—Pues no lo es, sino un afectado, un presumido, y, en una palabra, él es un qutildeque. Notad aquel otro que se compone y hace los graves y los tiesos, aquel otro que afecta misterios y habla por sacramentos, aquél que va vendiendo secretos.

—Parecen grandes hombres.

—Pues no lo son, sino que lo querrían parecer; no son sino figuras en cifra de qutildeque. Reparad en aquel atusadillo que se va paseando la mano por el pecho, y diciendo: «¡Qué gran hombre se cría aquí, qué prelado, qué presidente!». Pues aquel otro que no le pesa haber nacido, también es qutildeque. El atildado, estáse dicho, el mirlado, el abemolado y que habla con la voz flautada, con tonillo de falsete, el ceremonioso, el espetado, el acartonado, y otros muchos de la categoría del enfado, todos estos se descifran por la qutildeque.

—¡Qué docto se quiere ostentar aquél! —dijo Andrenio—. ¡Qué bien vende lo que sabe!

—Señal que es ciencia comprada, y no inventada. Y advierte que no es letrado; más tiene de qutildeque, que de otras letras. Todos estos atildados afectan parecer algo, y al cabo son nada. Y si acertáis a descifrarlos, hallaréis que no son otro que figuras en cifra de qutildeque.

—¡Aguarda!, ¿y aquellos otros —dijo Andrenio—, tan alzados y dispuestos, que parece los puso en zancos la misma naturaleza o que su estrella los aventajó a los demás, y así los miran por encima del hombro y dicen?: «¡Ah de abajo!, ¿quién anda por esos suelos?», éstos sí que serán muy hombres, pues hay tres y cuatro de los otros en cada uno dellos.

—¡Oh qué mal que lees! —le dijo el Descifrador—. Advierte que lo que menos tienen es de hombres. Nunca verás que los muy alzados sean realzados, y aunque crecieron tanto, no llegaron a ser personas. Lo cierto es que no son letras ni hay que saber en ellos, según aquel refrán: «Hombre largo, pocas veces sabio».

—Pues ¿de qué sirven en el mundo?

—¿De qué? De embarazar. Éstos son una cierta cifra, que llaman zancón, y es decir que no se ha de medir uno por las zancas, no por cierto, sino por la testa; que de ordinario lo que echó en éstos la naturaleza en gambas, les quitó de cerbelo; lo que les sobra de cuerpo, les hace falta de alma. Levantan los desproporcionados tercios el cuerpo, mas no el espíritu; quédaseles del cuello abajo, no pasa tan arriba; y así veréis que por maravilla les llega a la boca, y se les conoce en la poca sustancia con que hablan. Mira qué trancos da aquel zancón que por allí pasa, las calles y plazas anexia, y con todo eso, anda mucho y discurre poco.

—¡Oh lo que abarca aquel otro de suelo! —Ponderaba Andrenio.

—Sí, pero cuán poquito de cielo, y aunque tal alto, muy lejos está de tocar con la coronilla en las estrellas. Destos tales zancones toparéis muchos en el mundo; tendréislos en lo que son llevando la contracifra. Por otra parte, veréis que se paga mucho el vulgo de ellos, y más cuanto más corpulentos. Creyendo que consiste en la gordura la sustancia, miden la calidad por la cantidad, y como los ven hombres de fachada, conciben dellos altamente; llena mucho una gentil presencia; por poco que favorezca el espíritu, parece uno doblado, y más si es hombre de puesto. Pero ya digo, por lo común ellos, bien descifrados, no son otro que zancones.

—Según eso —dijo Andrenio—, aquellos otros sus antípodas, aquellos pequeños, y por otro nombre ruincillos (que por maravilla escapan de ahí), aquellos que hacen del hombre porque no lo son, siquiera por parecerlo, semilla de títeres, moviéndose todos, que ni paran ni dejan parar, amasados con azogue, que todos se mueven, hechos de goznes, gente de polvorín, picantes granos; aquel que se estira porque no le cabe el alma en la vaina; el otro gravecillo que afecta el ser persona y nunca sale de personilla, con poco se llena; chimenea baja y angosta toda es humos; todos estos sí que serán letras.

—De ningún modo, digo que no lo son.

—¿Pues qué?

—Añadiduras de letras, puntillos de íes y tildes de enes. Por eso es menester guardarles los aires, que siempre andan en puntillos y de puntillas; ni hay mucho que fiar ni que confiar de personeta, ni de sus otros consonantes. Son chiquitos y poquitos y menuditos, y así dice el catalán: Poca cosa para forsa. Yo conocí un gran ministro, que jamás quiso hablar con ningún hombre muy pequeño, ni les escuchaba. Llevan el alma en pena: si andan, no tocan en tierra, porque van de puntillas, y si se sientan, ni tocan ni en cielo ni en tierra. Tienen reconcentrada la malicia, y así tienen malas entrañuelas; son de casta de sabandijas pequeñas, que todas pican que matan. Al fin, ellos son abreviaturas de hombres y cifra de personillas. Otra cifra me olvidaba que os importará mucho el conocerla, la más platicada y la menos sabida; entiéndense mil cosas en ella, y todas muy al contrario de lo que pintan, y por eso se han de leer al revés. ¿No veis aquél del cuello torcido? ¿Pensaréis que tiene muy recta la intención?

—Claro es eso —respondió Andrenio.

—¿Creeréis que es un beato?

—Y con razón.

—Pues sabed que no lo es.

—¿Pues qué?

—Un alterutrum.

—¿Qué cosa es alterutrum?

—Una gran cifra que abrevia el mundo entero, y todo muy al contrario de lo que parece. Aquel de las grandes melenas ¿bien pensaréis que es un león?

—Yo por tal le tengo.

—En lo rapante ya podría, pero aténgome más a las plumas de gallina que tremola que a las guedejas que ondea. Aquel otro de la barba ancha y autorizada, ¿creerás tú que tiene de mente lo que de mentón?

—Téngole por un Bártulo moderno.

—Pues no es sino un alterutrum, un semicapro lego, de quien decía un mecánico: «Pruébeme el señor licenciado que es letrado, que al punto sacaré de la vecindad mi herrería». ¡Qué brava hazañería hace aquel otro de ministro! Y cuando más celoso del servicio real, entonces hace el suyo de plata, que no es sino un alterutrum que, de achaque de gorrón de Salamanca, come hoy lo que entonces ayunó, los veinte mil de renta, cuando se están comiendo de sarna los mayores soldados y los primogénitos de la fama la delinean. Prométoos que está lleno el mundo de estos alterutrunes, muy otros de lo que se muestran, que todo pasa en representación: para unos comedia, cuando para otros tragedia. El que parece sabio, el que valiente, el entendido, el celoso, el beato, el cauto más que casto, todos pasan en cifra de alterutrum. Observadle bien, que si no, a cada paso tropezaréis en ella: estudiad la contracifra de suerte que no a todo vestido de sayal tengáis por monje, ni el otro porque roce seda dejará de ser mico. Toparéis brutos en doradas salas y bestias que volvieron de Roma borregos felpados de oro; al oficial veréis en cifra de caballero, al caballero de título, al título, de grande, al grande, en la de príncipe. Cubre hoy el pecho con la espada roja el que ayer con el mandil; lleva el nieto la insignia verde, y llevó el abuelo el babador amarillo; jura éste a fe de caballero, y pudiera de gentil. Cuando oigáis a uno prometerlo todo, entended alterutrum, que dará nada; y cuando responda el otro a vuestra súplica un sí, sí duplicado, creed alterutrum, que dos afirmaciones niegan, así como dos negaciones afirman; esperad más de un no, no, que de un doblado sí, sí. Cuando al pagar dice el médico no, no, habla en cifra y toma en realidad. Cuando os dijere el otro: «Señor, veámonos» es decir que no os le pongáis delante. El «Yo iré a vuestra casa» es lo mismo que no pondrá los pies en ella. «Aquí está mi casa» es atrancar las puertas. Y cuando el otro dice: «¿Habéis menester algo?», bien descifrado es lo mismo que decir: «Pues idlo a buscar». Y cuando dice: «Mirad si se os ofrece alguna cosa», entonces echa otro ñudo a la bolsa. A esta traza habéis de descifrar los más apretados cumplimientos: «Todo soy vuestro», entended que es muy suyo. «¡Oh lo que me alegro de veros!», y más de aquí a veinte años. «Mandadme algo», entended que en testamento. Créeselo todo el otro necio, y en llegando la contracifra de la ocasión se halla engañado. Otras muchas hay que llaman de arte mayor: ésas son muy dificultosas, quedarán para otra ocasión.

—Ésas —replicó Critilo, que a todo había callado— me holgara yo saber en primer lugar; porque estas otras que nos has dicho, los niños las aprenden en la cartilla.

—Ahí verás —dijo el Descifrador— que aun comenzando tan temprano a estudiarlas, tarde llegan a entenderlas; a los niños los destetan con ellas, y los hombres las ignoran. Estudiad por agora éstas y platicad las contracifras, que esas otras yo os ofrezco explicároslas en el arte de discurrir para que haga pareja con la de concebir. Desta suerte divertidos, se hallaron sin advertir en medio de una gran plaza, emporio célebre de la apariencia y teatro espacioso de la ostentación, del hacer parecer las cosas, muy frecuentado en esta era para ver las humanas tropelías y las tramoyas tan introducidas. Hoy vieron a la una y otra acera a varias oficinas, aunque tenidas por mecánicas, nada vulgares, y más para los entendidos y entendedores. En una estaban dorando cosas varias, yerros de necedades, con tal sutileza que pasaban plaza de aciertos: doraban albardas, estatuas, terrones, guijarros y maderos, hasta muladares y albañales. Parecían muy bien de luego, pero con el tiempo caíaseles el oro y descubríase el lodo.

—Basta —dijo Critilo— que no es todo oro lo que reluce.

—Aquí sí —respondió el Descifrador— que hay que discurrir y bien que descifrar.

Creedme que por más que se quieran dorar los desaciertos, ellos son yerros y lo parecerán después. Querernos persuadir que el matar un príncipe, y por su mano, ¡horrible hazaña!, a sus nobilísimos cuñados, por solas vanas sospechas, entristeciendo todo el reino, que fue celo de justicia: díganle al que tal escribe que es querer dorar un yerro. Defender que el otro rey no fue cruel ni se ha de llamar así, sino el justiciero: díganle al que tal estampa que tiene pequeña mano para tapar la boca a todo el mundo. Decir que el perseguir los propios hijos y hacerles guerra, encarcelarlos y quitarles la vida, que fue obligación y no pasión: respóndaseles que por más que los quieran dorar con capa de justicia, siempre serán yerros. Publicar que el dejamiento y remisión que ocasionó más muertes de grandes y de señores que la misma crueldad, que eso nació de bondad y de clemencia: díganle al que eso escribe que es querer dorar un yerro. Pero poco importa, que el tiempo deslucirá el oro y sobresaldrá el hierro y triunfará la verdad.

Confitaban en otra varias frutas ásperas, acedas y desabridas, procurando con el artificio desmentir lo insulso y lo amargo. Sacáronles una gran fuente destos dulces, que no sólo no recusaron, pero la lograron, diciendo era debido a su vejez; cebóse en ellos Andrenio, celebrándolos mucho, mas el Descifrador, tomando uno en la mano:

—¿Veis —dijo— qué bocado tan regalado éste? ¡Pues si supiésedes lo que es!

—¿Qué ha de ser —dijo Andrenio— sino un terrón de azúcar de Candia?

—Pues sabed que fue un pedazo de una insulsa calabaza, sin el picante moral y sin el agrio satírico. Este otro que cruje entre los dientes era un troncho de lechuga. Mirad lo que puede el artificio y qué de hombres sin sabor y sin saber se disfrazan desta suerte, y tan celebrados por grandes hombres: confitan su agria condición y su aspereza a los principios, azucaran otros el no y el mal despacho, enviando al pretendiente, si no despachado, no despechado. Esta otra era una naranja palaciega, tan amarga en la corteza como agria en lo interior; atended qué dulce se vende con el buen modo: ¡quién tal creyera! Éstas eran guindas intratables, y hanlas conficionado de suerte que son regalo. Ésta era flor de azahar, que ya hasta los azares se confitan y son golosina, y hay hombres tan hallados con ellos como Mitrídates con el veneno. Aquel tan apetitoso era un pepino, escándalo de la salud, y aquel otro un almendruco, que hay gustos que se ceban en un poco de madera. De modo que andan unos a cifrar, y otros a descifrar y dar a entender.

Junto a éstos estaban los tintoreros, dando raros colores a los hechos. Usaban de diferentes tintas para teñir del color que querían los sucesos, y así daban muy bien color a lo más mal hecho y echaban a la buena parte lo mal dicho, haciendo pasar negro por blanco y malo por bueno: historiadores de pincel, no de pluma, dando buena o mala cara a todo lo que querían. Trabajaban los contraolores, dándole bueno al mismo cieno y desmintiendo la hediondez de sus costumbres y el mal aliento de la boca con el almizcle y el ámbar. Solos a los sogueros celebró mucho el Descifrador, por andar al revés de todos.

En llegando aquí se sintieron tirar del oído, y aun arrebatarles la atención. Miraron a un lado y a otro, y vieron sobre un vulgar teatro un valiente decitore rodeado de una gran muela de gente, y ellos eran los molidos; teníalos en son de presos aherrojados de las orejas, no con las cadenillas de oro del Tebano, sino con bridas de hierro. Éste pues, con valiente parola, que importa el saberla bornear, estaba vendiendo maravillas.

—¡Agora quiero mostraros —les decía— un alado prodigio, un portento del entender! Huélgome de tratar con personas entendidas, con hombres que lo son; pero también sé decir que el que no tuviere un prodigioso entendimiento, bien puede despedirse desde luego, que no hará concepto de cosas tan altas y sutiles. ¡Alerta, pues, mis entendidos!, que sale un águila de Júpiter que habla y discurre como tal, que se ríe a lo Zoilo y pica a lo Aristarco; no dirá palabra que no encierre un misterio, que no contenga un concepto con cien alusiones a cien cosas: todo cuanto dirá serán profundidades y sentencias.

—Éste —dijo Critilo—, sin duda, será algún rico, algún poderoso, que si él fuera pobre nada valiera cuanto dijera: que se canta bien con voz de plata y se habla mejor con pico de oro.

—¡Ea! —decía el Charlatán—, tómense la honra los que no fueren águilas en el entender, que no tienen que atender. ¿Qué es esto? ¿Ninguno se va, nadie se mueve? El caso fue que ninguno se dio por entendido, de desentendido; antes, todos, por muy entendedores; todos mostraron estimarse mucho y concebir altamente de sí. Comenzó ya a tirar de una grosera brida y asomó el más estólido de los brutos, que aun el nombrarle ofende.

—¡He aquí —exclamó el Embustero— un águila a todas luces en el pensar, en el discurrir! Y ninguno se atreva a decir lo contrario, que sería no darse por discreto.

—Sí, ¡juro a tal! —dijo uno—, que yo le veo las alas, y ¡qué altaneras!; yo le cuento las plumas, y ¡qué sutiles que son! ¿No las veis vos? —le decía al del lado.

—¡Pues no —respondía él—, y muy bien!

Mas otro hombre de verdad y de juicio decía:

—Juro como hombre de bien que yo no veo que sea águila ni que tenga plumas, sino cuatro pies zompos y una cola muy reverenda.

—¡Ta, ta!, no digáis eso —le replicó un amigo—, que os echáis a perder, que os tendrán por un gran etcétera. ¿No advertís lo que los otros dicen y hacen? Pues seguid el corriente.

—¡Juro a tal —proseguía otro varón también de entereza—, que no sólo no es águila, sino antípoda de ella! Digo que es un grande etcétera.

—Calla, calla —le dio del codo otro amigo—, ¿queréis que todos se rían de vos? No habéis de decir sino que es águila, aunque sintáis todo lo contrario, que así hacemos nosotros.

—¿No notáis —gritaba el Charlatán— las sutilezas que dice? No tendrá ingenio quien no las note y observe.

Y al punto saltó un bachiller diciendo:

—¡Qué bien, qué gran pensar! ¡La primera cosa del mundo! ¡Oh qué sentencia! Déjenmela escribir: lástima es que se les pierda un ápice. Disparó en esto la portentosa bestia aquel su desapacible canto, bastante a confundir un concejo, con tal torrente de necedades que quedaron todos aturdidos, mirándose unos a otros.

—¡Aquí, aquí, mis entendidos! —Acudió al punto el ridículo Embustero—, ¡aquí de puntillas! ¡Esto sí que es decir! ¿Hay Apolo como éste? ¿Qué os ha parecido de la delgadeza en el pensar, de la elocuencia en el decir? ¿Hay más discreción en el mundo? Mirábanse los circunstantes, y ninguno osaba chistar ni manifestar lo que sentía y lo que de verdad era, porque no le tuviesen por un necio; antes, todos comenzaron a una voz a celebrarle y aplaudirle.

—A mí —decía una muy ridicula bachillera— aquel su pico me arrebata, no le perderé día.

—Voto a tal —decía un cuerdo, así, bajito— que es un asno en todo el mundo, pero yo me guardaré muy bien de decirlo.

—¡Pardiez —decía otro—, que aquello no es razonar, sino rebuznar! Pero mal año para quien tal dijese. Esto corre por agora, el topo pasa por lince, la rana por canario, la gallina pasa plaza de león, el grillo de jilguero, el jumento de aguilucho ¿Qué me va a mí en lo contrario? Sienta yo conmigo y hable yo con todos, y vivamos, que es lo que importa. Estaba apurado Critilo de ver semejante vulgaridad de unos y artificio de otros.

—¿Hay tal dar en una necedad? —Ponderaba.

Y el socarrón del Embustero, a sombra de su nariz de buen tamaño, se estaba riendo de todos y solemnizaba a parte, como paso de comedia:

—¡Cómo que te los engaño a todos éstos! ¿Qué más hiciera la encandiladora? Y les hago tragar cien disparates.

Y volvía a gritar:

—¡Ninguno diga que no es así, que sería calificarse de necio!

Con esto se iba reforzando más el mecánico aplauso. Y hacía lo que todos Andrenio; pero Critilo, no pudiéndolo sufrir, estaba que reventaba, y volviéndose a su mudo Descifrador le dijo:

—¿Hasta cuándo éste ha de abusar de nuestra paciencia, y hasta cuándo tú has de callar?

¿Qué desvergonzada vulgaridad es ésta?

—¡Eh!, ten espera —le respondió— hasta que el tiempo lo diga; él volverá por la verdad, como suele. Aguarda que este monstruo vuelva la grupa, y entonces oirás lo que abominarán dél estos mismos que le admiran. Sucedió puntualmente que al retirarse el Embustero [con] aquel su diptongo de águila y bestia, tan mentida aquélla cuan cierta ésta, al mismo instante comenzaron unos y otros a hablar claro:

—¡Juro —decía uno— que no era ingenio, sino un bruto!

—¡Qué brava necedad la nuestra! —dijo otro.

Conque se fueron animando todos y decían.

—¿Hay tal embuste?

—De verdad que no le oímos decir cosa que valiese, y le aplaudíamos: al fin, él era un jumento, y nosotros merecemos la albarda.

Mas ya en esto volvía a salir el Charlatán prometiendo otro mayor portento:

—¡Agora sí —decía— que os propongo no menos que un famoso gigante, un prodigio de la fama! ¡Fueron sombra con él Encelado y Tifeo! Pero también digo que el que le aclamare gigante será de buena ventura, porque le hará grandes honras y amontonará sobre él riquezas, los mil y los diez mil de renta, la dignidad, el cargo, el empleo. Mas el que no le reconociere jayán, desdichado dél; no sólo no alcanzará merced alguna, pero le alcanzarán rayos y castigos. ¡Alerta todo el mundo, que sale, que se ostenta! ¡Oh cómo se descuella!

Corrió una cortina y apareció un hombrecillo que aun encima de una grulla no se divisara. Era como del codo a la mano, una nonada, pigmeo en todo, en el ser y en el proceder.

—¿Qué hacéis que no gritáis?, ¿cómo no le aplaudís? Vocead, oradores; cantad, poetas; escribid, ingenios; decid todos: ¡el famoso, el eminente, el gran hombre! Estaban todos atónitos y preguntábanse con los ojos: «Señores, ¿qué tiene éste de gigante? ¿Qué le veis de héroe?».

Mas ya la runfla de los lisonjeros comenzó a voz en grito a decir:

—¡Sí, sí, el gigante, el gigante, el primer hombre del mundo! ¡Qué gran principe tal! ¡Qué bravo mariscal aquél! ¡Qué gran ministro fulano!

Llovieron al punto doblones sobre ellos. Componían los autores, no ya historias, sino panegíricos, hasta el mismo Pedro Mateo; comíanse los poetas las uñas para hacer pico. No había hombre que se atreviese a decir lo contrario; antes, todos, al que más podía, gritaban:

—¡El gigante, el máximo, el mayor! —Esperando cada uno un oficio y un beneficio, y decían en secreto, allá en sus interioridades—: ¡Qué bravamente que miento, que no es crecido, sino un enano! Pero, ¿qué he de hacer? ¡Mas no sino andaos a decir lo que sentís, y medraréis! Deste modo visto yo, y como y bebo y campo, y me hago gran hombre, mas que sea él lo que quisiere. Y aunque pese a todo el mundo, él ha de ser gigante.

Trató Andrenio de seguir el corriente y comenzó a gritar:

—¡El gigante, el gigante, el gigantazo!

Y al punto granizaron sobre él dones y doblones, y decía:

—¡Esto sí que es saber vivir!

Estaba deshaciéndose Critilo y decía:

—Yo reventaré si no hablo.

—No hagas tal —le dijo el Descifrador—, que te pierdes. Aguarda a que vuelva las espaldas el tal gigante y verás lo que pasa. Así fue, que al mismo punto que acabó de hacer su papel de gigante y se retiró al vestuario de las mortajas, comenzaron todos a decir:

—¡Qué bobería la nuestra! ¡Eh, que no era gigante, sino un pigmeo, que ni fue cosa ni valió nada!

Y dábanse el cómo unos a otros.

—¡Qué cosa es —dijo Critilo— hablar de uno en vida, o después de muerto! ¡Qué diferente lenguaje es el de las ausencias! ¡Qué gran distancia hay del estar sobre las cabezas o bajo los pies!

No pararon aquí los embustes del Sinón moderno; antes, echando por la contraria, sacaba hombres eminentes, gigantes verdaderos, y los vendía por enanos y que no valían cosa, que eran nada y menos que nada. Y todos daban en que sí, y habían de pasar por tales, sin que osasen chistar los hombres de juicio y de censura. Sacó la fénix y dio en decir que era un escarabajo, y todos que sí, que lo era, y hubo de pasar por tal. Pero donde se acabó de apurar Critilo fue cuando le vio sacar un grande espejo y decir con desvergonzado despejo:

—¡Veis aquí el cristal de las maravillas! ¿Qué tenía que ver con éste el del Faro? Si ya no es el mismo, pues hay tradición que sí y lo atestiguó el célebre don Juan de Espina, que le compró en diez mil ducados y le metió al lado del ayunque de Vulcano. Aquí os le pongo delante, no tanto para fiscal de vuestras fealdades cuanto para espectáculo de maravillas. Pero es de advertir que el que fuere villano, mal nacido, de mala raza, hombre vil, hijo de ruin madre, el que tuviere alguna mancha en su sangre, el que le hiciere feeza su esposa bella (que las más lindas suelen salir con tales fealdades), aunque él no lo supiera, pues basta que todos le miren como al toro, ni los simples ni los necios, no tienen que llegarse a mirar, porque no verán cosa. ¡Alto, que le descubro, que le careo! ¿Quien mira? ¿Quién ve? Comenzaron unos y otros a mirar, y todos a remirar, y ninguno veía cosa. Mas, ¡oh fuerza del embuste!, ¡oh tiranía del artificio!, por no desacreditarse cada uno, porque no le tuviesen por villano, mal nacido, hijo de etcétera, o tonto o mentecato, comenzaron a decir mil necedades de marca:

—¡Yo veo, yo veo! —decía uno.

—¿Qué ves?

—La misma fénix con sus plumas de oro y su pico de perlas.

—Yo veo —decía otro— resplandecer el carbunclo en una noche de diciembre.

—Yo oigo —decía otro— cantar el cisne.

—Yo —dijo un filósofo— la armonía de los cielos al moverse.

Y se lo creyeron algunos simples. Hombre hubo que dijo que veía el mismo ente de razón, tan claro que le podía tocar con las manos.

—Yo veo el punto fijo de la longitud del orbe.

—Yo las partes proporcionales.

—Y yo las indivisibles —dijo un secuaz de Zenón.

—Pues yo la cuadratura del círculo.

—¡Más veo yo! —gritaba otro.

—¿Qué cosa?

—¿Qué cosa? El alma en la palma, por señas, que es sencillísima.

—Nada es todo eso, cuando yo estoy viendo un hombre de bien en este siglo, quien hable verdad, quien tenga conciencia, quien obre con entereza, quien mire más por el bien público que por el privado.

A esta traza decían cien imposibles. Y con que todos sabían que no sabían, y creían que no veían ni decían verdad, ninguno osaba declararse por no ser el primero a romper el yelo. Todos agraviaban la verdad y ayudaban al triunfo de la mentira.

—¿Para cuándo aguardas tú —le dijo Critilo a su Descifrador— esa tu habilidad, si aquí no la sacas? ¡Ea!, acaba ya de descifrarnos este embeleco al uso: dinos, por tu vida, ¿quién es este insigne embustero?

—Éste es… —le respondió.

Mas al pronunciar esta sola palabra, al mismo punto que le vio mover los labios el famoso Tropelista (que en todo aquel rato no había apartado los ojos dél, temiendo se les descifrase sus embustes y diese con todo su artificio al traste), comenzó a echar por la boca espeso humo, habiendo antes engullido grosera estopa, y vomitó tanto que llenó todo aquel claro hemisferio de confusión; y cual suele la jibia, notable pececillo, cuando se ve a riesgo de ser pescado, arrojar gran cantidad de tinta que tiene recogida en sus senillos y muy guardada para su ocasión, con que enturbia las aguas y oscurece los cristales y escapa del peligro, así éste comenzó a esparcir tinta de fabulosos escritores, de historiadores manifiestamente mentirosos: tanto, que hubo un autor francés entre éstos que se atrevió a negar la prisión del rey Francisco en Pavía, y diciéndole cómo escribía una tan desvergonzada mentira, respondió:

—¡Eh!, que de aquí a docientos años tan creído seré yo como ellos. Por lo menos, causaré razón de dudar y pondré la verdad en disputa, que desta suerte se confunden las materias.

No paraba de arrojar tinta de mentiras y fealdades, espeso humo de confusión, llenándolo todo de opiniones y pareceres, con que todos perdieron el tino. Y sin saber a quién seguir ni quién era el que decía la verdad, sin hallar a quién arrimarse con seguridad, echó cada uno por su vereda de opinar, y quedó el mundo bullendo de sofisterías y caprichos. Pero el que quisiere saber quién fuese este embustero político, prosiga en leer la crisi siguiente.

Crisi quinta

El palacio sin puertas

Varias y grandes son las monstruosidades que se van descubriendo de nuevo cada día en la arriesgada peregrinación de la vida humana. Entre todas, la más portentosa es el estar el Engaño en la entrada del mundo y el Desengaño a la salida: inconveniente tan perjudicial que basta a echar a perder todo el vivir, porque si son fatales los yerros en los principios de las empresas (por ir creciendo siempre y aumentándose cuanto más va, hasta llegar en el fin a un exorbitante exceso de perdición), errar pues los principios de la vida ¿qué será sino un irse despeñando con mayor precipitación de cada día, hasta venir a dar al cabo en un irremediable abismo de perdición y desdicha? ¿Quién tal dispuso, y desta suerte? ¿Quién así lo ordenó? Ahora me confirmo en que todo el mundo anda al revés, y todo cuanto hay en él es a la trocada. El Desengaño, para bien ir, había de estar en la misma entrada del mundo, en el umbral de la vida, para que al mismo punto que el hombre metiera el pie en ella se le pusiera al lado y le guiara, librándole de tanto lazo y peligro como le está armado; fuera un ayo puntual que siempre le asistiera, sin perderle ni un solo instante de vista; fuera el numen vial que le encaminara por las sendas de la virtud al centro de su felicidad destinada. Pero como, al contrario, topa luego con el Engaño, el primero que le informa de todo al revés, hácele desatinar y le conduce por el camino de la mano izquierda al paradero de su perdición.

Así se lamentaba Critilo, mirando a una y otra parte en busca de su Descifrador, que en aquella confusión universal de humo y de ignorancia le habían perdido. Mas fue su suerte que otro que les estaba oyendo y percibió los extremos de su sentimiento, se fue llegando a ellos y les dijo:

—Razón tenéis de quejaros del desconcierto del mundo, mas no habéis de preguntar quién así lo ordenó, sino quién lo ha desordenado; no quién lo ha dispuesto, sino quién lo ha descompuesto. Porque habéis de saber que el artífice supremo muy al contrario lo trazó de como hoy está, pues colocó el Desengaño en el mismo umbral del mundo y echó el Engaño acullá lejos donde nunca fuera visto ni oído, donde jamás los hombres le encontraran.

—Pues ¿quién los ha barajado deste modo? ¿Quién fue aquel tan atrevido hijo de Jafet que así los ha trastocado?

—¿Quién? Los mismos hombres, que no han dejado cosa en su lugar; todo lo han revuelto de alto abajo, con el desconcierto que hoy le vemos y lamentamos. Digo, pues, que estaba el bueno del Desengaño en la primera grada de la vida, en el zaguán desta casa común del orbe, con tal atención que en entrando alguno, al punto se le ponía al lado y comenzaba a hablarle claro y desengañarle: «Mira, le decía, que no naciste para el mundo, sino para el cielo; los halagos de los vicios matan, y los rigores de las virtudes dan vida; no te fíes en la mocedad, que es de vidrio. No tienes de qué desvanecerte, le decía al presumido, por tus presentes; vuelve los ojos a tus pasados, reconócelos bien a ellos para que no te desconozcas a ti. Advierte, le decía al tahúr, que pierdes tres cosas: el precioso tiempo, la hacienda y la conciencia». Avisábala de su fealdad a la resabida, y de su [necedad] a la bella; a los varones de prendas, de su corta ventura, y a los venturosos, de sus pocos méritos; al sabio, de su desestimación, y de su incapacidad al poderoso. Al pavón le acordaba el potro de sus pies, y al mismo sol sus eclipses; a unos su principio, a otros su paradero; a los empinados su caída, y a los caídos su merecido. Andábase de unos en otros estrellando verdades: decíale al viejo que tenía todos los sentidos consentidos, y al mozo que sin sentir; al español que no fuese tan tardo, y al francés que no se moviese tan de ligero; al villano que no fuese malicioso, y al cortesano adulador. No se ahorraba con ninguno, pues aunque fuera un gran señor, le avisaba que no le caía bien el vos con todos, que podría tal vez descuidarse con su príncipe y hablarle del mismo modo, o tan sin él; y a otro, que siempre estaba de chanza, le advirtió que podría ser le llamasen el duque de Bernardina. Traía el espejo cristalino del propio conocimiento muy a mano y plantábasele delante a todos: no gustaba desto el mal carado y menos el mascarado, ni el tuerto ni el boquituerto, el cano, el calvo. Decíale a uno que le bobeaba el gesto, y al otro que tenía ruin fachada. Las feas le hacían malísima cara, y las viejas le paraban arrugado ceño. Hízose con esto mal quisto en cuatro días; y a cuatro verdades, tan aborrecible que no le podían ver. Comenzaron a darle de mano y aun del pie. Buenos porrazos asentó él de verdades, pero también se llevó malos empellones de enfados: éste le arrojaba a aquél, y aquél al otro de más allá, hasta venir a dar con él en la vejez, acullá en el remate de la vida; y si pudieran más lejos, aun allí no le dejaran parar. Al contrario, lisonjeados grandemente del Engaño, aquel plausible hechicero, comenzaron a tirar dél cada uno hacia sí, hasta traerlo al medio de la vida, y de allí, poco a poco, a los principios de ella: con él comienzan, con él prosiguen. A todos les venda los ojos, jugando con ellos a la gallina ciega, que no hay hoy juego más introducido. Todos andan desatinados, dando de ojos de vicio en vicio, unos ciegos de amor, otros de codicia, éste de venganza, aquél de su ambición, y todos de sus antojos, hasta que llegan a la vejez, donde topan con el Desengaño. [Él] los halla a ellos, quítales las vendas, y abren los ojos cuando ya no hay qué ver, porque con todo acabaron: hacienda, honra, salud y vida, y lo que es peor, con la conciencia. Ésta es la causa de estar hoy el Engaño a la entrada del mundo y el Desengaño a la salida, la mentira al principio, la verdad al fin, aquí la ignorancia y acullá la ya inútil experiencia. Pero lo que más es de ponderar y de sentir, que aun llegando tan tarde el Desengaño, ni es conocido ni estimado; como os ha sucedido a vosotros, que habiendo tratado, conversado y comunicado con él, no le habéis conocido.

—¿Qué dices, hombre? ¿Nosotros vístole, hablado y comunicado con él? ¿Cuándo y dónde?

—Yo os lo diré. ¿No os acordáis de aquel que todo lo iba descifrando y no se descifró a sí mismo? ¿Aquel que os dio a entender todas las cosas, y a él no le conocisteis?

—Sí, y harto que yo le suspiro —dijo Critilo.

—Pues ése era el Desengaño, el querido hijo de la Verdad, por lo hermoso y lo lucido; ése el que causa los dolores después de haberle sacado a luz. Aquí hizo extremos de sentimiento Critilo, lamentándose agriamente de que todo lo que más importa no se conoce cuando se tiene ni se estima cuando se goza, y después, pasada la ocasión, se suspira y se desea: la verdad, la virtud, la dicha, la sabiduría, la paz, y agora el desengaño. Al contrario, Andrenio, no sólo no mostró sentimiento, sino positivo gozo, diciendo:

—¡Eh, que ya nos enfadaba y aun tenía muy hartos de tanta verdad a las claras! ¡Qué buen gusto tuvieron los que supieron sacudir de sí al aborrecible entremetido, mosca importuna! Él podía ser hijo de la Verdad, mas a mí me pareció padrastro de la vida. ¡Qué enfado tan continuo, qué cosa tan pesada su desengaño cada día, aquello de desayunarse con un desengaño a secas! No paraba de ir diciendo necedades a título de verdades. «Tú eres un desatinado», le decía al uno sin más ni más, y al otro: «Tú eres un simple», en seco y sin llover. «Tú una necia, y tú una fea». ¡Mira quién le había de esperar, cuando no hay cosa más pesada que una verdad no pensada! Siempre andaba diciendo: «¡Qué mal hiciste, qué mal lo pensaste, qué mala resolución la tuya!». ¡Eh, quitádmelo delante, no le vea más de mis ojos!

—Lo que yo más siento —ponderaba Critilo— fue el perderle cuando más le deseaba, cuando había de descifrarnos al mismo descifrador que estaba leyendo cátedra de embustes en medio la gran plaza de las apariencias.

—Pues ¿qué os pareció de aquella afectación de unos en acreditar las cosas y los sujetos, y la vulgaridad de los otros en creerlo, aquel dar en una opinión tanto necio? Aquélla es la tiranía de la fama hechiza, el monopolio de la alabanza. Apodéranse del crédito cuatro o cinco embusteros aduladores y cierran el paso a la verdad con el afectado artificio de que no lo entienden los otros y que es necio el que dice lo contrario. Y así veréis que los ignorantes se lo beben, los lisonjeros lo aplauden y los sabios no osan chistar, conque triunfa Aragne contra Palas, Marsias contra Apolo, y pasa la necedad por sutileza y la ignorancia por sabiduría. ¡Oh cuántos autores hay hoy muy acreditados por esta opinión común, sin haber hombre que se les atreva! ¡Cuántos libros y cuántas obras en gran predicamento que, bien examinados, no merecen el crédito que gozan! Pero yo me guardaré muy bien de poner nota en quien tiene estrella. ¡Cuántos sujetos sin valor y sin saber son celebrados a esta traza, sin haber hombre que ose hablar, sino algún desesperado Bocalini! Si dan en decir que una es linda, lo ha de ser, aunque sea un trasgo; si dan en que uno es sabio, se saldrá con ello, aunque sea un idiota; si en que es gran pintura, aunque sea un borrón. Y de éstas toparéis mil vulgaridades: tal es la tiranía de la afectada fama, la violencia del dar a entender todo lo contrario de lo que las cosas son. De suerte que hoy todo está en opinión y según como se toman las cosas.

—Pero, ¡qué gran arte aquella del descifrar! —Ponderaba Critilo—. No sé qué me diera por saberla, que me pareció de las más importantes para la humana vida.

Sonrióse aquí el nuevo camarada, y añadió:

—Otra me atrevo yo a comunicaros, harto más sutil y de mayor maestría.

—¿Qué dices? —le replicó Critilo—. ¿Otra mayor puede hallarse en el mundo?

—Sí —respondió—, que de cada día se van adelantando las materias y sutilizando las formas: mucho más personas son los de hoy que los de ayer, y lo serán mañana.

—¿Cómo puedes decir eso, cuando todos convienen en que ya todo ha llegado a lo sumo y que está en su mayor pujanza, tan adelantadas todas las cosas de naturaleza y arte que no se pueden mejorar?

—Engáñase de medio a medio quien tal dice, cuando todo lo que discurrieron los antiguos es niñería respeto de lo que se piensa hoy, y mucho más será mañana. Nada es cuanto se ha dicho con lo que queda por decir, y creedme, que todo cuanto hay escrito en todas las artes y ciencias no ha sido más que sacar una gota de agua del océano del saber. ¡Bueno estuviera el mundo, si ya los ingenios hubieran agotado la industria, la invención y la sabiduría! No sólo no han llegado las cosas al colmo de su perfección, pero ni aun a la mitad de lo que pueden subir.

—Dinos por tu vida, así llegue a ser más rancia que la de Néstor, ¿qué arte puede ser esa tuya, qué habilidad, que sobrepuje al ver con cien ojos, al oír con cien orejas, al obrar con cien manos, proceder con dos rostros, doblando la atención al adevinar cuánto ha de ser y al descifrar un mundo entero?

—Todo eso que exageras es niñería, pues no pasa de la corteza; es un discurrir de las puertas afuera. Aquello de llegar a escudriñar los senos de los pechos humanos, a descoser las entretelas del corazón, a dar fondo a la mayor capacidad, a medir un celebro por capaz que sea, a sondar el más profundo interior: eso sí que es algo, ésa sí que es fullería y que merece la tal habilidad ser estimada y codiciada.

Estaban atónitos ambos peregrinos oyendo tal destreza del discurrir, cuando prorrumpió Andrenio y le dijo:

—¿Quién eres, hombre o prodigio, si ya no eres algún malicioso, algún malintencionado o algún vecino, que es el que ve más?

—Nada de eso soy.

—Pues ¿qué eres?, que no te queda ya que ser sino algún político o un veneciano estadista.

—Yo soy —dijo— el Veedor de todo.

—Explícate, que menos te entiendo.

—¿Nunca habéis oido nombrar los zahoríes?

—Aguarda, ¿aquel disparate vulgar, aquella necedad celebrada?

—¿Cómo necedad? —les replicó—. Zahoríes hay tan ciertos como perspicaces: por señas, que yo soy uno de ellos. Yo veo clarísimamente los corazones de todos, aun los más cerrados, como si fuesen de cristal, y lo que por ellos pasa, como si lo tocase con las manos; que todos para mí llevan el alma en la palma. Vosotros, los que no gozáis de esta eminencia, Asegúroos que no veis la mitad de las cosas, ni la centésima parte de lo que hay que ver en el mundo; no veis sino la superficie, no ahondáis con la vista, y así os engañáis siete veces al día: hombres, al fin, superficiales. Pero a los que descubrimos cuanto pasa allá en las ensenadas de una interioridad, acullá dentro en el fondón de las intenciones, no hay echarnos dado falso. Somos tan tahures del discurrir que brujuleamos por el semblante lo más delicado del pensar; con sólo un ademán tenemos harto.

—¿Qué puedes tú ver —replicó Andrenio— más de lo que vemos nosotros?

—Sí, y mucho. Yo llego a ver la misma sustancia de las cosas en una ojeada, y no solos los accidentes y las apariencias, como vosotros; yo conozco luego si hay sustancia en un sujeto, mido el fondo que tiene, descubro lo que tira y dónde alcanza, hasta dónde se extiende la esfera de su actividad, dónde llega su saber y su entender, cuánto ahonda su prudencia: veo si tiene corazoncillo, y el que bravos hígados, y si se le han convertido en bazo. Pues el seso yo le veo con tanta distinción, como si estuviese en un vidrio, si está en su lugar (que algunos lo tienen a un lado), si maduro o verde: en viendo un sujeto conozco lo que pesa y lo que piensa. Otra cosa más, que he topado muchos que no tenían la lengua trabada con el corazón, ni los ojos unidos con el seso, con dependencia dél; otros, que no tienen hiel.

—¡Qué linda vida pasarán ésos! —dijo Critilo.

—Sí, porque nada sienten, de nada se consumen ni melancolizan. Pero lo que es más de admirar, que hay algunos que no tienen corazón.

—Pues ¿cómo pueden vivir?

—Antes, más y mejor, sin cuidados: que corazón se dijo del curarse y tener cuidados. A los tales nada les da pena, no se les viene a consumir como el célebre duque de Feria, que cuando llegaron a embalsamarle le hallaron el corazón todo arrugado y consumido, conque le tenía grande. Yo veo si está sano y de qué color, si amarillo de envidia, y si negro de malicia; percibo su movimiento y me estoy mirando hacia dónde se inclina. Las más cerradas entrañas están a mis ojos muy patentes y descubro si están gastadas o enteras; la sangre veo en sus venas y advierto el que la tiene limpia, noble y generosa. Lo mismo puedo decir del estómago: luego conozco qué estómago le hacen a cualquiera los sucesos, si puede digerir las cosas. Y me río las más veces de los médicos, que estará el mal en las entrañas y ellos aplican los remedios al tobillo, procede el mal de la cabeza y recetan el untar los pies. Veo y distingo clarísimamente los humores, y el de cada uno, si está o no de buen humor, observándolo para la hora del despacho y conveniencia; si reina la melancolía, para remitirlo a mejor sazón; si gasta cólera o flema.

—¡Válgate Dios por zahorí —dijo Andrenio—, y lo que penetras! —Pues aguarda, que eso es nada. Yo veo, yo conozco si uno tiene alma o no.

—Pues ¿hay quien no la tenga?

—Sí, y muchos, y por varios modos.

—¿Y cómo viven?

—En diptongo de vida y muerte; andan sin alma como cántaros, y sin corazón como hurones. Y en una palabra, de pies a cabeza comprehendo un sujeto, por dentro y fuera le reconozco y le defino, con que a muchos no les hallo definición. ¿Qué os parece la habilidad?

—Que es cosa grande.

—Mas pregunto —dijo Critilo—, ¿procede de arte o naturaleza?

—Mi industria me cuesta, y advierte que todas estas artes son de calidad que se pegan platicando con quien las tiene.

—Yo la renuncio desde luego —dijo Andrenio—: no trato de ser zahorí.

—¿Por qué no?

—Porque tú no has dicho lo malo que tiene.

—¿Qué le hallas tú de malo?

—¿No es harto aquello de ver los muertos en sus sepulcros, aunque estén metidos entre mármoles o siete estados bajo tierra, aquellas horribles cataduras, hormigueros de sabandijas, visiones de corrupción? ¡Quita allá, y líbreme Dios de tan trágico espectáculo, aunque sea de un rey! Dígote que no podría comer ni dormir en un mes.

—¡Qué bien lo entiendes! Esos nosotros no los vemos, que allí no hay que ver, pues todo paró en tierra, en polvo, en nada. Los vivos son los que a mí me espantan, que los muertos nunca me dieron pena. Los verdaderos muertos que nosotros vemos y huímos son los que andan por su pie.

—Si muertos, ¿cómo andan?

—Ahí verás, que andan entre nosotros y arrojan pestilencial olor de su hedionda rama, de sus gastadas costumbres. Hay muchos, ya podridos, que les huele mal el aliento; otros que tienen roídas las entrañas, hombres sin conciencia, hembras sin vergüenza, gente sin alma; muchos, que parecen personas y son plazas muertas. Todos estos sí que me causan a mí grande horror, y tal vez se me espeluzan los cabellos.

—Según esto —replicó Critilo—, también debes de ver lo que se cocina en cada casa.

—Sí, y a fe muchos malos guisados: veo maldades emparedadas que se cometen en los más escondidos retretes, fealdades arrinconadas que se echan luego a volar por las ventanas y andan de corrillo en corrillo, corriendo a sus avergonzados dueños. Sobre todo, yo veo si uno tiene dinero, y me río muchas veces de ver que a algunos los tienen por ricos, por hombres adinerados y poderosos, y yo sé que es su tesoro de duendes y sus baúles como los del Gran Capitán, y aun sus cuentas. A otros veo tenerlos por unos pozos de ciencia, y yo llego y miro, y veo que son secos. Pues de bondad, asegúroos que no veo la mitad. Así que no hay para mi vista cosa reservada ni escondida; los billetes y las cartas, por selladas que estén, las leo y atino lo que contienen, en viendo para quién van y de quién vienen.

—Agora no me espanto —decía Critilo— que oigan las paredes, y más las de palacio, entapizadas de orejas. Al fin, todo se sabe y se huele.

—¿Qué ves en mí? —le pregunó Andrenio—: ¿Hay algo de sustancia?

—Eso no diré yo —respondió el Zahorí—, porque aunque todo lo veo, todo lo callo; que quien más sabe suele hablar menos. Procedían gustosamente embelesados, viéndole hacer maravillosas experiencias, cuando descubrieron a un lado del camino un extraño edificio que en lo encantado parecía palacio, y en lo ruidoso casa de contratación, y en lo cerrado brete: no se le veían ventanas, ni puertas.

—¿Qué diptongo de estancia es ésta? —preguntaron.

Y el Zahorí:

—Éste es el escándalo mayor. Pero al decir esto salió dél, sin que advirtiesen cómo ni por dónde, un monstruo sobre raro formidable, mezcla de hombre y caballo, de aquellos que los antiguos llamaban centauros. Éste, en dos brincos, estuvo sobre ellos, y formando algunos caracoles se fue arrimando a Andrenio, y asiéndole de un cabello, que para ocasión basta y para afición sobra, metióle a las ancas de aquel su semicaballo con alas (que todos los males vuelan) y en un instante dio la vuelta para su laberinto corriente y confusión al uso. Dieron voces los camaradas, mas en vano, porque dejaba atrás el viento, y del mismo modo que saliera, sin saberse cómo ni por dónde, le metió allá, dejándole muy encastillado en nuevas monstruosidades.

—¿Hay tal violencia? —se lamentaba Critilo—. ¿Qué casa o qué ruina es ésta?

Y el Zahorí, suspirando, le respondió:

—No es edificio, sino desedificación de tanto pasajero, casa hecha a cien malicias, bajío de la vejez, seminario de embustes, y para decirlo de una vez, éste es el palacio de Caco y de sus secuaces, que ya no habitan en cuevas. Diéronle muchas vueltas, sin poder distinguir la frente del envés; rodeáronle todo muchas veces sin poderle hallar entrada ni salida. Sonaban y aun tonaban los de dentro, y aseguraba Critilo que sentía la voz [de] Andrenio, mas no percibía lo que decía ni descubría por dónde podía haber entrado, afligiéndose en gran manera y desconfiando de poder penetrar allá.

—Ten pecho y espera —le dijo el Zahorí—, y advierte que con gran facilidad hemos de entrar bien presto.

—¿Cómo, si no se le conocen entradas ni salidas ni un resquicio ni una rendrija?

—Ahí verás el primor de la industria cortesana. ¿No has visto tú entrar a muchos en los palacios sin saberse cómo ni por dónde, y apoderarse de ellos y llegar a mandarlo todo? ¿No viste en Inglaterra introducirse un hijo de un carnicero a hacer carnicería de sangre noble? ¿En Francia un cierto Nones a llevar al retortero los mismos Pares? ¿Nunca has oído preguntar a algunos simples: «Señores, ¿cómo entró aquél en Palacio, cómo consiguió el puesto y el empleo, con qué méritos, por qué servicios?»?. Y todo hombre encoge los hombros, cuando ellos se desencogen y hombrean. Yo tengo de introducirte en él.

—¿Cómo, no siendo mozo vergonzoso ni venturoso?

—Pues tú has de entrar como Pedro por Huesca.

—¿Qué Pedro fue ése?

—El famoso que la ganó.

—¡Eh!, que no veo puerta ni ventana.

—No faltará alguna, que los que no pueden por las principales, entran por las excusadas.

—Aun ésas no descubro.

—Alto, entra por la de los entremetidos, que son las más. Y realmente fue así, que entraron allá con grande facilidad entremetiéndose. Luego que se vieron dentro, comenzaron a discurrir por el embustero palacio, notando cosas bien raras, aunque muy usadas en el mundo; oían a muchos, y a ninguno veían ni sabían con quién hablaban.

—¡Extraño encamo! —Ponderaba Critilo.

—Has de saber —le dijo el Zahorí—, que en entrando acá, los más se vuelven invisibles, todos los que quieren, y obran sin ser vistos. Verás cada día hacerse malos tiros y esconder la mano, tirar guijarros sin atinar de dónde vienen, y echar voz que son duendes; lo más se obra bajo manga: hacen la copla y no la dicen. Mas como yo tengo en estos ojos un par de viejas en vez de niñas, todo lo descubro, que en eso consiste mucho el ser zahorí. Sigueme, que has de ver bravas tramoyas y raros modos de vivir, no olvidando el descubrir a Andrenio.

Introdújole en el primer salón, desahogadamente capaz. Tendría cuatrocientos pasos de ancho, como dijo aquel otro duque exagerando uno de sus palacios, y riéndose los otros señores que le escuchaban le preguntaron: «Pues ¿cuánto tendrá de largo?». Aquí él, queriendo reparar su empeño, respondió. «Tendrá algunos ciento y cincuenta». Estaba todo él coronado de mesas francesas, con manteles alemanes y viandas españolas, muchas y muy regaladas, sin que se viese ni supiese de dónde salían ni cómo venían; sólo se veían de cuando en cuando unas blancas y hermosas manos, con sus dedos coronados de anillos, con macetas de diamantes, muchos finos, los más falsos, que por el aire de su donaire servían a las mesas los regalados platos. Íbanse sentando a las mesas los convidados o los comedores; descogían los paños de mesa, mas no desplegaban sus labios, comían y callaban, ya el capón, ya la perdiz, el pavo y el faisán, a costa de su fénix, sin costarles un maravedí, y cuando más una blanca, sin meterse en averiguar de dónde salía el regalo ni quien lo enviaba.

—¿Quién son éstos —preguntó Critilo— que comen como unos lobos y callan como unos borregos?

—Éstos —le respondió su veedor Zahorí— son los que de nada tienen asco, los que sufren mucho.

—Pues ¡moscas en la delicada honra!, ¿qué tienen que sufrir los que están tan regalados?

—Y aun por eso.

—¿De dónde sale tanta abundancia, Zahorí mío?

—De la copia de Amaltea. Pero déjalos, que todo esto es un encanto de mediterráneas sirenas.

Pasaron a otra mesa y allí vieron comer a otros muy buenos bocados, lo mejor que llegaba a la plaza o a las despensas, la caza reciente, el pescado fresco y exquisito; y esto sin tener rentas ni juros, aunque sí votos.

—Este sí que es raro encanto —decía Critilo—, que coman estos como unos príncipes, siendo unos desdichados, y lo que es más, sin tener hacienda, sin censos, sin conocérseles cosa sobre que llueva Dios, sin trabajar ni cansarse, antes holgándose y paseando todos los días. ¿De dónde sale esto, señor Zahorí, vos que lo veis todo?

—Aguarda —le respondió— y verás el misterio.

Asomaron en esto unas garras, no de nieve como las primeras, sino de neblí, y todas de rapiña, que traían volando, esto es, por el aire, el pichón y el gazapo. Quedó atónito Critilo, y decía:

—¡Esto sí que es cazar! Ya echan piernas los que uñas, y todo es comer por encanto.

—¿No has oído contar —le decía el Zahorí— que a algunos les traían de comer los cuervos y los perros?

—Sí, pero eran santos, y éstos son diablos: aquello era por milagro.

—Pues esto es por misterio. Mas esto es niñería respeto de lo que tragan aquellos otros que están acullá más altos. Acerquémonos y verás los prodigios del encanto. Allí hay hombre que come los diez mil y los veinte mil de renta, que cuando llegó a meter la mano en la masa y en la mesa, no traía más que su capa, y bien raída.

—¡Bravo encanto!

—Pues esos son migajuelas reales. Mira aquellos otros —y señalóle unos bien señalados—, aquéllos sí que tragan, pues millones enteros.

—¡Qué bravos estómagos! ¡Oh avestruces de plata!

Dejaron ésta y pasaron a otra sala que parecía el vestuario, y aquí vieron sobre bufetes moscovitas muchos tabaques indianos con ricas y vistosas galas, lamas de Milán, telas de Nápoles, brocados y bordados, sin saberse quién los cosió, ni de dónde venían. Echábase voz que eran para la casta Penélope, y servían después para la Tais y la Flora; decíase que para la honesta consorte, y rozábalas la ramera; todo se hacía invisible, todo noche y todo encanto. Había unas grandes fuentes que brindaban hilos de perlas a unas y hacían saltar hilo a hilo las lágrimas a otras, a la mujer legítima y a la recatada hija: chorrillos de diamantes, dichos así con propiedad, porque ya se ha hecho chorrillo del pedir. Salía la otra transformada de Guinea en una India de rubíes y esmeraldas, sin costarle al marido o al hermano ni aun una palabra.

—¿De dónde tanta riqueza, Zahorí mío?

Y él:

—¿De dónde? De esas fuentes, ahí mismo manan, que por eso se llamaron fuentes, porque son brolladores de perlas, entre arenas de oro, riéndose de tanto necio. Llegaban los maridos y vestían muy a lo príncipe; calzábanse el sombrero de castor a costa del menos casto; sacaban ellas las randas al aire de su loca vanidad, y todo paraba en aire. Aquí toparon el caballero del milagro, y no uno sólo, sino muchos de aquellos que visten y comen, pasean y campan, sin saberse cómo ni de qué.

—¿Qué es esto? —decía Critilo—. ¿Al que tiene lucida hacienda, rentas pingües, juros y posesiones le pone grima el vivir, el poder pasar, y éstos, que no tienen dónde caer muertos, lucen, campan y triunfan?

—¿No ves tú —respondía el Zahorí— que a estos nunca se les apedrean las viñas, jamás se les anieblan las hazas, no les llevan las avenidas los molínos, no se les mueren los ganados, por maravilla tienen desgracia alguna, y así viven de gracia y chanza? Lo que Fue mucho de ver, la sala de los presentes, que no de los pasados; y aquí notaron los raros modos por donde venían los sobornos, los varios caminos por do llegaban los cohechos, la lámina preciosa por devoción, la pieza rica por cosa de gusto, la vajilla de oro por agradecimiento, el cestillo de perlas por cortesía, la fuente de doblones para alegrar la sangría, vaciando las venas y llenando la bolsa, los perniles para el unto, los capones para regalo y los dulces por chuchería.

—Señor Zahorí —decía Critilo—, ¿cómo es esto, que los presentes antes estaban helados y agora vienen llovidos?

—¡Eh! —le respondía—, ¿no veis que las cargas siguen a los cargos?

Y es de notar que todo venía por el aire y en el aire.

—Raro palacio es éste —censuraba Andrenio—, que sin cansarse los hombres, coman y beban, vistan y luzgan a pie quedo y a manos holgadas: ¡valiente encanto! Y porfiaban algunos que no hay palacios encantados y se burlan y ríen cuando los oyen pintar. De ellos me río yo; aquí los quisiera ver.

—Lo que a mí más me admira —decía Critilo— es ver cómo se hacen las personas invisibles, no sólo los pequeños y los flacos, que eso no sería mucho, pero los muy grandes y que lo son mucho para escondidos; no sólo los flacos y exprimidos, pero los gordos y los godos, que no se dejan ver ni hablar, ni parecen.

—En habiendo menester alguno que os importe, no le toparéis, ni hay darle alcance: nunca están en casa. Y así decía uno: «¿No come ni duerme este hombre, que a ninguna hora le topo?». Pues ¿qué, si ha de pagar o prestar? No le hallaréis en todo el año. Hombre había que se le sentía hablar y se negaba, y él mismo decía:

—Decidle que no estoy en casa.

Las mujeres, entre mantos de humo, envolvían mucha confusión y se hacían tan invisibles que sus mismos maridos las desconocían, y los propios hermanos, cuando las encontraban callejeando. Corrían voces, dejando a muchos muy corridos, y no se sabía quién las echaba ni de dónde salían; antes, decían todos:

—Esto se dice; no me deis a mí por autor.

Publicábanse libros y libelos, pasando de mano en mano sin saberse el original, y había autor que, después de muchos años enterrado, componía libros, y con harto ingenio, cuando no había ya ni memoria dél. Entremetiéronse en los más íntimos retretes, alcobas y camarines, donde toparon varias sombras de trasgos y de duendes, nocturnas visiones, que aunque se decía no hacían daño, no era pequeño el robar la fama y descalabrar la honra; andaban a escuras buscando los soles, los trasgos tras los ángeles, aunque decía bien uno que las hermosas son diablos con caras de mujeres y las feas son mujeres con caras de diablos. Mas en esto de duendes, los había extremados, que arrojaban piedras crueles, tirando al aire y aun al desaire, que abrían una honra de medio a medio. Y era de notar que las mas locas acciones se obraban bajo cuerda, sin poder atinar con el intento ni el brazo: que fueron siempre muy otros los títulos que se dan a las cosas, de los verdaderos motivos porque se hacían. Caían muchas habas negras, que mascaban mucho a muchos, sin atinar quién las echaba, y tal vez salían de la mano del más confidente; y así aconsejaba bien el sabio a no comerlas, por ser de perversa digestión y mal alimento.

—Agora verás —le dijo el Zahorí, a vista de tal confusión de invisibilidades— si tuvo razón aquel otro filósofo, aunque se burlaron dél e hicieron fisga los más bachilleres.

—¿Y qué decía el tal estoico?

—Que no había verdaderos colores en los objetos, que el verde no es verde, ni el colorado colorado, sino que todo consiste en las diferentes disposiciones de las superficies y en la luz que las baña.

—¡Rara paradoja! —dijo Critilo.

Y el Veedor:

—Pues advierte que es la misma verdad, y así verás cada día que, de una misma cosa, uno dice blanco y otro negro; según concibe cada uno o según percibe, así le da el color que quiere, conforme al afecto, y no al efecto. No son las cosas más de como se toman, que de lo que hizo admiración Roma, hizo donaire Grecia. Los más en el mundo son tintoreros y dan el color que les está bien al negocio, a la hazaña, a la empresa y al suceso. Informa cada uno a su modo, que según es la afición así es la afectación; habla cada uno de la feria según le fue en ella: pintar como querer; que tanto es menester atender a la cosa alabada o vituperada como al que alaba o vitupera. Ésta es la causa que de una hora para otra están las cosas de diferente data y muy de otro color. Pues ¿qué es menester ya para hacer verbo de lo que se habla y de lo que se dice y de lo que corre? Aquí es el mayor encanto; no hay poder averiguar cosa de cierto. Así que es menester valerse del arte de discurrir y aun adivinar, y no porque se hable en otra lengua que la del mismo país, pero con el artificio del hacer correr la voz y pasar la palabra parece todo algarabía.

Había, al revés, otros que se hacían invisibles a ratos, el día que más eran menester en el trabajo, en la enfermedad, en la prisión, en la hora de hacer la fianza. Olían los males de cien leguas y huían de ellos otras tantas; pero, pasada la borrasca, se aparecían como Santelmos. A la hora del comer se hacían muy visibles, y más si olían al capón de leche o de Caspe, en la huelga, en el merendón, al dar barato, que no había librarse dellos; al punto se los hallaba un hombre al lado y en todas partes.

—Sin duda —decía Critilo— que éstos son demonios meridianos, pues todo el día andan asombrados y a la hora del comer se nos comen por pies. Cuando más son menester se ocultan, y cuando menos se aparecen.

Sentían gorjear a Andrenio, mas sin verle, que en entrando allí se había hecho invisible, muy hallado con el encanto cuando más perdido en el común embeleco. Sentía Critilo el no atinar con él, ni percibir de qué color estaba ni en qué pasos andaba, porque todos afectaban el negarse al conocimiento ajeno, que es tahurería el no jugar a juego descubierto; hasta el hijo se celaba al padre y la mujer se recelaba del marido; el amigo no se concedía todo al mayor amigo. Ninguno había, que en todo procediese liso, ni aun con el más confidente. Era muy aborrecida la luz, de unos por lo hipócrita, de otros por lo político, por lo vicioso y maligno. Maleábase Critilo de no poder dar alcance a su buscado Andrenio, descubriendo su nuevo modo de vivir de tramoya.

—¿De qué sirve —le decía a su camarada perspicaz— el ser zahorí toda la vida, si en la ocasión no nos vale? ¿Qué haces, si aquí no penetras?

Pero consolóle ofreciéndose a descubrirle bien presto y aun a dar en tierra con todo aquel encanto embustero. Pero quien quisiere ver el cómo y aprender a desencantar casas y sujetos, que lo habrá tal vez menester y le valdrá mucho, extienda la paciencia, si no el gusto, hasta la otra crisi.

Crisi sexta

El Saber reinando

No hay maestro que no pueda ser discípulo; no hay belleza que no pueda ser vencida; el mismo sol reconoce a un escarabajo la ventaja del vivir. Excédenle, pues, al hombre en la perspicacia el lince, en el oído el ciervo, en la agilidad el gamo, en el olfato el perro, en el gusto el jimio y en lo vivaz la fénix. Pero, entre todas estas ventajas, la que él más codició fue aquella del rumiar que en algunos de los brutos se admira y no se imita. «¡Qué gran cosa, decía, aquello de volver a repasar segunda vez lo que la primera a medio mascar se tragó, aquel desmenuzar de espacio lo que se devoró apriesa!». Juzgaba ésta por una singular conveniencia (y no se engañaba), ya para el gusto, ya para el provecho; contentóle de modo que aseguran llegó a dar súplica al soberano Hacedor representándole que, pues le había hecho uno como epílogo de todas las criadas perfecciones, no le quisiese privar de ésta, que él la estimaría al paso que la deseaba. Viose la petición humana en el consistorio divino, y fuele respondido que aquel don por que suplicaba ya se le había concedido anticipadamente desde que naciera. Quedó confuso con semejante respuesta y replicó cómo podía ser, pues nunca tal cosa había experimentado en sí ni platicado. Volviósele a responder advirtiese que con mayores realces la lograba, no en rumiar el pasto material de que se sustenta el cuerpo, sino el espiritual de que se alimenta el ánimo; que realzase más los pensamientos y entendiese que el saber era su comer y las nobles noticias su alimento; que fuese sacando de los senos de la memoria las cosas y pasándolas al entendimiento; que rumiase bien lo que sin averiguar ni discurrir había tragado; que repasase muy de espacio lo que de ligero concibió. Piense, medite, cave, ahonde y pondere, vuelva una y otra vez a repasar y repensar las cosas, consulte lo que ha de decir y mucho más lo que ha de obrar. Así que su rumiar ha de ser el repensar, viviendo del reconsejo muy a lo racional y discursivo.

Esto le ponderaba el Zahorí a Critilo cuando más desesperado andaba de poder dar alcance a su disimulado Andrenio.

—¡Eh!, no te apures —le decía—, que así como pensando hallamos la entrada en este encanto, así repensando hemos de topar la salida.

Discurrió luego en abrir algún resquicio por donde pudiese entrar un rayo de luz, una vislumbre de verdad. Y al mismo instante, ¡oh cosa rara!, que comenzó a rayar la claridad, dio en tierra toda aquella máquina de confusiones: que toda artimaña, en pareciendo, desaparece. Deshízose el encanto, cayeron aquellas encubridoras paredes, quedando todo patente y desenmarañado; viéronse las caras unos a otros y las manos tan escondidas a los tiros; constó del modo de proceder de cada uno. Así, que en amaneciendo la luz del desengaño, anocheció todo artificio. Mas para que se vea cuán hallados están los más con el embuste, especialmente cuando viven dél, al mismo punto que se vieron desencastillados de aquel su Babel común y que habían dado en tierra con aquel su engañoso modo de pasar, que ya no llegaban a mesa puesta como solían, con sus manos lavadas y la honra no limpia; luego que comenzaron a echar menos la gala y la gula, el vestido guisado de buen gusto, sin costarles más que una gorra: enfurecidos contra el que había ocasionado tanta infelicidad, arremetieron contra el Zahorí, descubridor de su artificio, llamándole enemigo común. Mas él, viéndose en tal aprieto, apretó los pies, digo las alas, y huyóse al sagrado de mirar y callar, voceándoles a los dos camaradas, que ya se habían abrazado y reconocido, tratasen de hacer lo mismo, prosiguiendo el viaje de su vida hacia la corte del Saber coronado, tan encomendada dél, y de todos los sabios aplaudida.

—¡Qué entrada de Italia ésta! —Ponderaba Critilo—. ¡Que laberintos a esta traza se nos aguardan en ella! Conviene prevenirnos de cautela, así como hacen los atentos en las entradas de las provincias donde llegan, en España contra las malicias, en Francia contra las vilezas, en Inglaterra las perfidias, en Alemania las groserías y en Italia los embustes. No les salió vana su presunción, pues a pocos pasos dieron en raro bivio, dudosa encrucijada donde se partía el camino en otros dos, con ocasionado riesgo de perderse muy al uso del mundo.

Comenzaron luego a dificultar cuál de las dos sendas tomarían, que parecían extremos. Estaban altercando al principio con encuentro de pareceres, y después de afectos, cuando descubrieron una banda de candidas palomas por el aire y otra de serpientes por la tierra. Parecieron aquéllas con su manso y sosegado vuelo venir a pacificarlos y mostrarles el verdadero camino con tan fausto agüero, quedando ambos en curiosa expectación de ver por cuál de las dos sendas echarían. Aquí ellas, dejada la de mano derecha, volaron por la siniestra.

—Esto está decidido —dijo Andrenio—, no nos queda que dudar.

—¡Oh, sí! —respondió Critilo—. Veamos por dónde se defilan las serpientes, porque advierte que la paloma no tanto guía a la prudencia cuanto a la simplicidad.

—Eso no —replicó Andrenio—; antes suelo yo decir que no hay ave ni más sagaz ni más política que la paloma.

—¿En qué lo fundas?

—En que ella es la que mejor sabe vivir, pues en fe de que no tiene hiel, donde quiera halla cabida; todos la miran con afecto y la acogen con regalo. No sólo no es temida como las de rapiña, ni odiada como la serpiente, sino acariciada de todos, alzándose con el agrado de las gentes. Otra atención suya, que nunca vuela sino a las casas blancas y nuevas y a las torres más lucidas. Pero ¿qué mayor política que aquella de la hembra? Pues, con cuatro caricias que le hace al palomo, le obliga a partirse el trabajo de empollar y sacar los hijuelos, aviniéndose muy bien con el esposo y enseñando a las mujeres bravas y fuertes a templarse y saberse avenir con los maridos. Mas donde ella juega de arte mayor es en lo de sus polluelos, que aunque se los hurten y delante de sus ojos se los maten, no por eso se mata ella ni se mete en guerra por defenderlos; no pasa pena alguna, sino que come y vive de ellos. Pues ¿qué diré de aquella especiosa ostentación que suele hacer de sus plumas cambiando visos y brillando argentería? Así que no hay otra razón de estado como la sinceridad y la mansedumbre de la paloma y que ella es la mayor estadista.

Vieron en esto que la otra tropa de serpientes se fue desfilando por la senda contraria de la mano derecha, con lo que se aumentó su perplejidad.

—Éstas sí —decía Critilo— que son maestras de toda sagacidad. Ellas nos muestran el camino de la prudencia; sigámoslas, que sin duda nos llevarán al Saber reinando.

—No haré yo tal —decía Andrenio—, porque yo no sé que pare en otro todo el saber de las culebras que en ir rastrando toda la vida entre los pies de todos. Resolviéronse al fin en seguir cada uno su vereda: éste de la astucia de la serpiente, y aquél de la sinceridad de la paloma, con cargo de que el primero que descubriese la corte del Saber triunfante avisase al otro y le comunicase el bien hallado. A poco rato que se perdieron de vista, no de afecto, encontró cada uno con su paraje bien diferente, habitado de gentes totalmente opuestas y que vivían muy bien al revés unos de otros. Hallóse Critilo entre aquellos que llaman los reagudos, gente toda de alerta, hombres de ensenadas, de reflejas y de segundas intenciones, de trato nada liso, sino doblado. Fuesele apegando luego un grande narigudo, digo narigudo, no tanto para conducirle cuanto para explorarle, y comenzó a tentarle el vado y querer sondearle el fondo con rara destreza: hombre, al fin, de atención y de intención. Hízosele amigo de los que llaman hechizos o echadizos, afectando agasajos y mostrándosele muy oficioso, con que ambos se miraron con cautela y procedían con resguardo. Lo primero en que reparó Critilo fue que, encontrando muchos que parecían muy personas, ellos no reparaban en él ni le hacían cortesía. Calificóla o por grosería o por insolencia.

—Ni uno ni otro —le respondió el nuevo camarada.

—¿Pues qué?

—Yo te lo diré, que todos éstos son gente de su negocio y no atienden a otro; no hacen caso sino de quien pueden hacer fortuna; no se cuidan sino de quien dependen, y toda la cortesía que hurtan a los demás la gastan con éstos. Aquellos del otro lado son hijos deste siglo, y aun por eso tan metidos en él, todos puestos en acomodarse como si se hubiesen de perpetuar acá.

Toparon luego un raro sujeto que, no contentándose con una ojeada, les echó media docena. Y aunque aquí todos andaban muy despiertos, éste les pareció desvelado.

—¿Quién es éste? —preguntó Crit