Aita Tettauen

Benito Pérez Galdós


Novela



Primera parte

Madrid, Octubre—Noviembre de 1859

I

Antes de que el mundo dejara de ser joven y antes de que la Historia fuese mayor de edad, se pudo advertir y comprobar la decadencia y ruina de todas las cosas humanas, y su derivación lenta desde lo sublime a lo pequeño, desde lo bello a lo vulgar, cayendo las grandezas de hoy para que en su lugar grandezas nuevas se levanten, y desvaneciéndose los ideales más puros en la viciada atmósfera de la realidad. Decaen los imperios, se desmedran las razas, los fuertes se debilitan y la hermosura perece entre arrugas y canas... Mas no suspende la vida su eterna función, y con los caminos que descienden hacia la vejez, se cruzan los caminos de la juventud que van hacia arriba. Siempre hay imperios potentes, razas vigorosas, ideales y bellezas de virginal frescura; que junto al sumidero de la muerte están los manantiales del nacer continuo y fecundo... En fin, echando por delante estas retóricas, os dice el historiador que la hermosura de la sin par Lucila, hija de Ansúrez, se deslucía y marchitaba, no bien cumplidos los treinta años de su existencia.

Quien hubiera visto aquel primoroso renuevo del árbol celtíbero en la edad de su primaveral desarrollo, cuando con ella volvían al mundo las gracias y la donosura de la princesa Illipulicia, secundum Miedes, soberano arqueólogo; quien gozara del aspecto helénico, de la estatuaria majestad de aquella figura transportada de la edad homérica y emigrante de Troya, no la habría reconocido en la dama campesina de 1859, cuyo rostro y talle iban embutiendo sus líneas en la grasa invasora, producto en aquel cuerpo, como en otros, de la vida regalona y descuidada, del comer metódico, del matrimonio sin glorias ni afanes, con cinco alumbramientos y el trajín de labradora rica, que más convida al desgaire que a la compostura... A poco de casarse, dio Lucila en engordar, con gran regocijo de su esposo el buen Halconero, que a menudo la pesaba (en el aparato que le servía para el romaneo de sus carneros, destinados al Matadero de Madrid), y celebraba triunfante las libras que en cada trimestre iba ganando aquel lozano cuerpo. ¡Adiós ideal; adiós, leyenda; clásicas formas, adiós!

Cinco vástagos, reducidos a cuatro por muerte del segundo, componían la prole de Halconero y Lucila en 1859. Sólo en las facciones del primogénito, nacido en Diciembre del 52, se reprodujo la hermosura de la madre; los otros tres, una niña y los dos varoncitos menores, sacaron las narices romas y aplastadas, características de la raza de Halconero, y no apuntaba en sus rostros un tipo de atávica belleza. Más que de la gallarda familia de los autrigones, según Ptolomeo, o allotriges, como los designaron Strabón y don Ventura Miedes, parecían reproducción de los feos y rudos turmodigos, que designa Plinio como pobladores de la comarca llamada conventus cluniensis (hoy Coruña del Condado). El niño mayor, Vicente como su papá, sí que se traía todos los rasgos étnicos de los autrigones; y si viviera el gran anticuario de Atienza, le diputaría por acabado tipo de la tribu de los Segisamunculenses, que habitaron en Osma, no lejos de la ciudad donde hubo de ver la luz Jerónimo Ansúrez el Grande, en quien revivió la más potente y hermosa casta de españoles. Por desgracia suya y de la familia, el gallardo niño, que se criaba como un rollo de manteca hasta cumplir los tres años, desde esta edad dio en encanijarse, sin que acertaran a combatir el raquitismo con sus consumadas artes y buena voluntad el médico y boticario de la Villa del Prado.

Cayendo y levantándose llegó Vicentito al 59, el rostro como de un ángel, torcido y desaplomado el cuerpo, y así estaba cuando, de resultas de la caída de un caballo (de cartón), se le formó un bulto en la pierna, y este se resolvió en tumor, que hubieron de sajarle los doctores del pueblo con éxito equívoco, pues luego se reprodujo con mala traza y acerbos sufrimientos de la criatura. Afligidos los padres, y temerosos de que su primogénito, si curaba, se les quedase cojo, acordaron trasladarse a Madrid para emprender allí nuevo tratamiento con asistencia de los mejores facultativos de la capital. Ved aquí la razón de que en el verano y otoño del 59 les halláramos instalados en Madrid, plazuela de la Concepción Jerónima, atentos marido y mujer a las opiniones de diferentes médicos famosos, y a la probatura de variadas preparaciones farmacéuticas.

El pobre niño, aunque mejoraba de la pierna, padecía en Madrid de aplanamiento y opacidad del ánimo, sin duda por el trasplante desde el ambiente campesino a la estrechez de una rinconada, en la cual ninguna distracción hallaban sus ávidos ojos ni su despabilada mente. Densas melancolías le asaltaron; perdió el apetito, y costaba Dios y ayuda hacerle tomar las medicinas. Imposibilitado de andar, y sujeto a un encierro y quietud tan contrarios a la viveza de la infancia, no podían los padres proporcionar al enfermito más distracción que la que pudiera gozar arrimado a los cristales de un angosto balcón. La plazuela, abierta sólo por un lado, ofrecía la soledad inquietante de un recodo traicionero. Las personas que por allí pasaban se podían contar, y eran siempre las mismas: por la mañana, gentes piadosas, que acudían a las pocas misas celebradas en la Concepción Jerónima; por la tarde, gentes de viso en coche o a pie, visitantes del palacio del Duque de Rivas, frontero a la casa donde habitaban los Halconero. El cascado cimbalillo y las campanas de las monjas entristecían más aquel apartado lugar con su tañer continuo, que marcaba diferentes horas del día y de la noche, haciéndolas odiosas.

Todos se afligían de ver tan mustio al chiquillo; pero sólo su madre, la persona más lista de la casa, dio en el quid de los motivos de aquella turbación, y propuso el remedio más adecuado, según consta en la crónica coetánea que nos ha conservado algunos coloquios familiares entre Lucila y Halconero. «La razón de la tristeza del pobre ángel y de su desgana para todo —dijo Lucila— no es otra que el apartamiento de esta maldita casa en que nos hemos metido, pues aquí no puede distraerse con lo que más le gusta y enamora, que es ver soldados. El Ejército es su delirio: sueña con cazadores y se desvela pensando en los artilleros. En el pueblo, con sólo repasar las aleluyas de tropa que le comprábamos, aprendió a distinguir los uniformes de toditas las armas, y mi padre le enseñó a conocer las insignias de grados y empleos... capitán, comandante, coronel, y de ahí para arriba. El día que entramos en Madrid por la puerta y calle de Toledo, pasaron cuatro lanceros y un cabo, y el pobre niño sacó medio cuerpo por la ventanilla... Creímos que se tiraba del coche... Pues ahora, dime tú si puede estar contento el hijo en esta plazuela encantada, por donde no pasa un soldado ni para un remedio. El alma mía sufre y no se queja; es prudentito y aguanta su tristeza y soledad, pensando que le engañábamos cuando le decíamos: 'En Madrid verás pasar batallones con música, escuadrones de caballería tocando los clarines, y artillería con cañones y todo'. Y nada de esto ha visto; ni podrá verlo en mucho tiempo, porque el médico nos dice que tiene para rato, con la pierna estirada y sin movimiento... Hazte cargo de lo que te digo, Vicente, y considera que necesitamos levantarle los espíritus al niño, para que el alma ayude al cuerpo, y los dos a la medicina... Al médico no le gusta que esté triste: bien nos lo ha dicho... Si mi consejo vale, salgamos pronto de este escondrijo, y vámonos a donde encontremos luz, alegría... y soldados. En la calle Mayor, entre Platerías y la Almudena, ha visto mi padre hoy más de tres y más de cuatro pisos segundos y terceros con papeles... Esos papeles nos están diciendo: 'Lugareños, veníos acá'».

No necesitó el rico labrador que Lucila ampliara sus razonamientos, pues con lo dicho quedó plenamente convencido. «Sí, mujer —fue su respuesta—: has hablado como quien eres, y toda la razón está contigo. Hemos de dar al niño satisfacciones de su gusto militar, para que se le pongan los espíritus en aquel punto de alegría que ha de ayudar a las potencias corporales... Bien dijo quien dijo que alma lleva cuerpo, y que los humores del físico se arreglan o descomponen según el mandamiento de esa gobernadora que llevamos en donde nadie la ve hasta que Dios nos la pide... Sin saber lo que hacíamos, hemos metido al niño en una cárcel...; y a ti, que por estar al cuidado de las criaturas poco o nada callejeas, tampoco te hace provecho esta vivienda. Sólo con mirarte día tras día, y sin necesidad de ponerte en la romana, veo que desde que estamos aquí has perdido tres libras, y mucho será que no pierdas para fin de año mayor peso... Tomaremos una de las casas que ha visto tu padre en la calle Mayor, para que nuestro pobre baldadito tenga un buen miradero en que recrearse con los militares que van y vienen por allí, sueltos o en formación. Y a la cuenta que han de ser muchos, porque, a lo que parece, la Reina ha determinado declararle la guerra al Moro, por no sé qué tropelías, y hemos de tener en la Corte movimiento de tropas; que en Madrid pienso yo que se juntarán las de toda España para ir a esa guerra, debajo de las banderas de los Católicos Reyes doña Isabel y don Francisco. ¡Qué regocijo para nosotros ver que el niño se anima, y animándose suelta el maleficio de la pierna!... Todo ello por la virtud de su entusiasmo, oyendo el redoblar de sin fin de tambores, y viendo pasar cientos de miles de hombres a caballo con las banderas de los diferentes reinos de España... Y por cierto que no llego a comprender de quién saca nuestro hijo tal afición a las armas, pues en tu familia, según me ha dicho Jerónimo, no hubo guerreros, que se sepa, y en la mía lo mismo. Yo apaleo las ramas de mi árbol genealógico, a ver si cae un militar, y no encuentro más que a un don Pierres Jacques, francés de nación, al servicio de España, primo segundo de mi abuela materna, el cual don Pierres perdió un brazo en la defensa de Mahón, allá por los tiempos de Maricastaña. Venga de donde viniere la devoción militar del niño, Dios nos le conserve y nos le cure para que sea un buen soldado de su patria... que en este caso digo yo: 'alférez te vean mis ojos, que general, como tenerlo en la mano'».

Transcurrida una semana después de esta conversación, ya estaba la familia en su nueva casa, calle Mayor, esquina a Milaneses, todos contentos y Vicentito en sus glorias, pues raro era el día, que no veía pasar un batallón de línea o de cazadores atronando la calle con su vibrante música. Le encantaba la infantería, los de a caballo le embelesaban y los artilleros le enloquecían. A poco de vivir allí, pasándose las horas arrimadito al balcón, extendida la pierna sobre cojines, sabía de milicia y de jerarquías militares casi tanto como la guía de forasteros... Y en esto ocurrió que un día de aquel mes y año (Octubre de 1859) entraron de la calle Jerónimo Ansúrez y don Vicente Halconero, este último con el rostro encendido por ráfagas de entusiasmo que de los ojos le salían, la voz balbuciente: «Lucila, hijos míos —exclamó plantado en medio de la sala—, declarada la guerra... la guerra... de... clarada en el Congre... ¿no lo creéis?... greso... Congreso levántase O'Donnell y dice: 'Gue... al Moro, guerra... declarada por O'Donnell...'». Tras de Halconero permanecía rígido y mudo Jerónimo Ansúrez: su rostro castellano, de austera y noble hermosura, que podía dar idea de la resurrección de Diego Porcellos, de Laín Calvo o del caballeresco abad de Cardeña, expresaba un vago renacer de grandezas atávicas.

II

Había sufrido el rico labrador de la Villa del Prado un ataque ligero de parálisis, meses antes de lo que ahora se cuenta. Fue un aviso de su naturaleza apoplética recomendándole que se moderase en el comer. Sujeto a un régimen de sobriedad por su cara esposa, tasaba sus atracones en la comida y particularmente en la cena, con lo que se le compuso aquel desarreglo, quedándole sólo el achaque de tartamudear en los momentos de viva emoción o de coraje, y la inseguridad de piernas... La prudente Lucila le recomendó aquella tarde (22 de Octubre, si no miente la Historia) que no tomase tan a pecho la guerra que se anunciaba, pues él no estaba para bromas, ni podían hacerle provecho los malos ratos que suelen darse los patriotas por saber quién gana o pierde las batallas. No podía someterse el buen señor a este criterio, porque las glorias de su patria le importaban más que la vida, y prefería morir de un reventón de gusto a vivir en la indiferencia de estas glorias ahora refrescadas. Aquella noche, cenando y empinando más de lo determinado por la discreta Lucila, se dejó decir que España entraría en Marruecos por una punta y saldría por otra, no dejando títere ni moro con cabeza en todo el imperio. Y no debían los españoles contentarse con hacer suya toda la tierra de berberiscos, y abatir sus mezquitas y apandar sus tesoros, sino que al volverse para acá victoriosos, debían dejarse caer como al descuido sobre Gibraltar, y apoderarse de la inexpugnable plaza antes que la Inglaterra pudiese traer acá sus navíos. Una vez dueños del famoso peñasco, quedaría bien zurcido aquel jirón de la capa nacional, y ya podíamos los españoles embozarnos muy a gusto en ella.

También en el viejo Ansúrez hervía la efusión patriótica; mas no eran sus demostraciones tan infantiles como las de Halconero. Su espíritu reflexivo, dotado de tanta claridad y agudeza que fácilmente penetraba hasta la entraña de todas las cosas, ponía en el examen de la anunciada guerra el sentido más puro de la realidad. «Buena será esta campaña —decía—, y debemos alabar al señor de O'Donnell por la idea de llevar nuestros soldados al África; que así echamos la vista y el rostro fuera de este patio de Tócame Roque en que vivimos. ¡Con doscientos y el portero, que ya nos apesta la política, siempre el mismo sainete representado en los mismos corredores de vecindad! Bien, muy bien... Pero esta guerra será dura, y nos ha de costar trabajo volver con provecho y gloria. No es el moro enemigo de poca cuenta, y en su tierra cada hombre vale por cuatro... Otra cosa les digo para que se pongan en lo cierto al entender de guerras africanas, y es que el moro y el español son más hermanos de lo que parece. Quiten un poco de religión, quiten otro poco de lengua, y el parentesco y aire de familia saltan a los ojos. ¿Qué es el moro más que un español mahometano? ¿Y cuántos españoles vemos que son moros con disfraz de cristianos? En lo del celo por las mujeres y en tenerlas al por mayor, allá se van unos con otros; que aquí el que más y el que menos no se contenta con la suya, y corre tras la del vecino. Los harenes de aquí se distinguen de los de allá en que están abiertos, y así nuestras moras salen y entran cuando les da la gana, y hacen su santo gusto. No hay cosa más fácil que venir acá un moro, aprender el habla en poco tiempo y hacerse pasar por español neto. Yo he conocido un moro de Larache, que aquí se llamaba Pablo Torres, y ni el diablo conocía el engaño. Las caras y los modos de accionar son los mismos acá y allá; y si se pudiera cambiar fácilmente de lengua como de vestidos, vendría la confusión de pueblos... Yo he visto el parentesco muy cerca de mí. Mi segunda mujer, alpujarreña, me tenía siempre la casa llena de sahumerios, y sabía poner el alcuzcuz. Contábame que su madre se pintaba de amarillo las uñas, y que su padre se sentaba siempre en el suelo con las piernas cruzadas. Era mi señora suegra mujer humilde, y según me contaron, no se incomodaba porque su marido, mi señor suegro, se regalase con otras dos mujeres de añadidura. Con que ya ven... Otros ejemplos sacaré si por lo que he dicho no me confiesan que esta guerra que ahora emprendemos es un poquito guerra civil... Pero civil o de naciones, adelante con ella, y veamos otra vez a Cristo vencedor de Mahoma. Yo digo... oigan esto... yo digo que entre un vascongado que se deja matar por don Carlos y por la Virgen, su Generalísima, y un andaluz de los que por la Libertad se metieron con Torrijos en la trampa de González Moreno, hay más diferencia que entre el malagueño y el berberisco que ahora van a pelearse por una brizna de honor... o por el viceversa de quítate tú, Alcorán, para ponerme yo, Evangelio...».

En este punto le interrumpió su hija, que con cierta inquietud veía las frecuentes libaciones del celtíbero entre bocado y bocado de la cena. «Padre —le dijo—, ha bebido usted más de la cuenta, y ya empieza a desbarrar. Cierre el pico, y váyase a la cama». Pudo más en Halconero el efecto congestivo de la cena que el interés del tema de África, y hundiendo en el pecho la barba y alargando los morros, atronó el comedor con la cadencia de sus ronquidos. El niño Vicente, sentado junto a su madre, se comía con los ojos al abuelo, y no perdía sílaba de las extraordinarias opiniones de este sobre Moros y Cristianos. A todos les levantó Lucila de la mesa, arreando con empujones a su marido, cargando con ayuda de Jerónimo al chiquillo enfermo. Ya los otros dormían... No tardó Halconero en estirar su pesado cuerpo en el lecho matrimonial, bramando con más fuerza y más desahogo de pulmones. Ansúrez se metió en su cuarto. En el próximo a la alcoba principal, desnudaba Lucila a su hijo enfermo para meterle en la cama, y el chiquillo, más despabilado aquella noche que de costumbre, no paraba en su charla candorosa. «Madre —decía—, y ahora, con esta guerra, ¿qué hará mi tío Gonzalo Ansúrez, que se hizo moro antes de que yo naciera, mucho antes, y allá vive como un príncipe? Tú me contaste que tiene palacio de mármol, y muchas criadas moras que le arreglan la cama de seda y le sirven la comida en platos de oro... Tú me dijiste...».

—Cállate, hijo mío: si te calientas ahora la cabeza, te desvelarás, y tú y nosotros pasaremos mala noche.

—Tú me decías... ¿ya no te acuerdas?... Fue cuando estuve tan malo, tan malo ¡ay!... parecía que me metían en la carne clavos ardiendo... Para que tomara las medicinas, me decías: «Va a venir tu tío Gonzalo el moro, y te traerá muchos regalos, un vestido verde bordado de oro, espadas muy bonitas, y un caballo... de carne». Dice mi abuelo que los caballos moros son los mejores del mundo... corren como el viento, y no les falta más que hablar para ser como las personas... Pues ni vino mi tío, ni me trajo el caballo, ni nada...

—Cállate... que no podrás coger el sueño, y te entrará calentura.

—Y yo te pregunto ahora: si la Reina de España le declara la guerra al Rey de los moros, ¿qué hará mi tío don Gonzalo? ¿Peleará con los de allá, o se vendrá con los españoles? Contéstame pronto.

—Yo no sé nada... Mañana lo averiguaremos.

—Porque si no pelea con los cristianos, ni es caballero ni español... ¿Cómo quieres tú que yo duerma, pensando que mi tío es traidor a España?... Tú sabrás si se hizo mahometano de verdad, o de comedia, con el aquel de sonsacar los secretos de la morería y contárselo todo al Gobierno español.

—¿Qué sé yo de eso? Ea, niño, a dormir.

—Pues dime que vendrá mi tío a tratar con la Reina del modo de embestir a esos perros... y a traerme el caballo... Mira, madre, armas no quiero, porque yo aquí no voy a matar a nadie... El caballo sí me hace falta... porque la pierna se me va curando... En cuanto que pueda doblar la rodilla, cojo mi caballo, me monto en él, y verás... Te digo que lo manejaré como a los de cartón, y para que sea manso y bueno, le daré terrones de azúcar y alguna mantecada de Astorga... Verás cómo lo hago brincar y correr. Ya sé que tú y Nicasia os pondréis a chiflar de miedo cuando me veáis metiéndole las espuelas para que corra más... No tengáis cuidado, que no me caeré... Sé montar... Soy un gran jinete, madre, un gran jinete...

Tanto hizo Lucila por sosegarle, poniendo una de cariño y otra de autoridad, que el chiquillo se calló... se durmió... Mas no fue su sueño tranquilo: a media noche daba voces... reía, suspiraba... le dolía la pierna... el caballo no quería pararse, y corría por rápida pendiente hacia un despeñadero. Acudió su madre a medio vestir, y no bastando sus caricias para calmarle, se acostó con él. Sacudidas nerviosas interrumpían el sueño del pobre hijo. Lucila no cesaba de pulsarle. «No tiene fiebre —se decía—; no es nada: es tan sólo el talento, que por ser mayor de lo que corresponde a la edad del niño, no le cabe en la cabeza...».

La certera observación hecha por Vicentito respecto al caso de su tío Gonzalo Ansúrez, quedó bien fija en el pensamiento de la madre. ¿Qué partido tomaría, en la guerra de España con Marruecos, el español que había renegado de su pueblo y de su fe, adoptando la religión y patria berberiscas? De esto habló Lucila con su padre al siguiente día, y el celtíbero no se mordió la lengua para contestarle: «Si tu hermano fuese un lameplatos y un roemendrugos, tal vez se aprovecharía de la guerra para decir yo pequé, y arrimarse a los suyos. Pero Gonzalo es allí hombre de riñón bien cubierto; vive considerado de grandes y chicos, y el mismísimo señor Sultán le llama su amigo, toma de él consejo, y le ha obsequiado con algunas cargas de dinero contante... En Tetuán se ha establecido, y su casa, si no la mejor, no es de las peores del pueblo. Comercia en lanas, comercia en almendras, y de un punto que llaman Tafilete le traen sus recuas de camellos, un mes sí y otro no, pieles magníficas, de las que manda una parte a Marsella, y otra parte allí se queda para ese calzado ancho y suelto que llaman babuchas. Todo esto lo sé por aquel señor que de allá vino el año pasado, y me trajo carta de mi hijo, acompañada de las cinco onzas que te di para que me las guardaras. Era el mensajero un señor llamado don Jacob Méndez, que los más de los años viene a España y la recorre de punta a punta, comprando esmeraldas, que ahora están en alza, y aljófar, perlitas menudas, que en la Morería tienen gran salida y precio muy bueno. El tal me pareció hombre corriente y de mundo. Aunque no hablamos palabra de religión, túvele por judío: su nombre, su rostro afilado, su desconfianza y el comercio que traía, así me lo declaraban. Se aposentó en la Posada del Peine; allí le vi dos o tres tardes, y me refirió de mi hijo mil cosas que yo ignoraba, pues sólo dos veces tuve con él correspondencia escrita. Lo que el señor don Jacob me contaba fue para mí de grande admiración, y más que nada me agradó saber que Gonzalo es hombre de cuenta, y que ha labrado su acomodo con el trabajo y el buen cumplimiento comercial. Habla la lengua arábiga tan de corrido como si la mamara con la leche. Y es al modo de literato, porque en romance llano y en copias altas escribe cosas magníficas que suspenden. Es querido y respetado de todos... También tuvo sus quiebras el pobre hijo mío, pues en un pueblo que llaman Alcázar—Quebir tomó partido por un bando de dos o tres que se formaron en no sé qué revuelta, y su cabeza estuvo a dos dedos de ser cortada. Milagro fue que escapara; pero aquello se arregló cortando y salando otras cabezas, y con la paz volvió Gonzalo a la querencia del señor Sultán, lloviendo sobre él riquezas y honores... De estas cosas y otras que sé tocantes a tu hermano, no he hablado contigo todo lo que quisiera, porque rara vez te encuentro sola, y delante de Halconero no nombro yo a mi Gonzalo por nada de este mundo. Ya sabes que a tu marido le hace poca gracia tener un cuñado mahometano, y dice que mayor deshonra no podría caer sobre mi familia».

Requirió Lucila a Jerónimo para que le dijese el nombre arábigo que en su vida musulmana usaba Gonzalo, y Ansúrez dijo que habiendo interrogado sobre ello al buen don Jacob, este pronunció una gran retahíla de voces que eran como si echase fuera el aliento para volverlo a tomar, escupiendo sílabas, una por una, después de enjuagarse con ellas. «Como yo no entendía nada de aquel murmullo —añadió Ansúrez sacando de su bolsillo una mugrienta cartera, y de esta un papel—, le rogué a don Jacob que me lo escribiera con letras castellanas, para ver de aprendérmelo de memoria... Aquí lo tienes. Por más que he trabajado en retener estos terminajos, aún no puedo pronunciarlos de corrido. En el largo rótulo se dice que Gonzalo se llama como Mahoma, que es hijo mío, y que ha estado en la Meca, lo cual es tener como un divino certificado de fiel creyente».

Leyó Lucila en el papel este nombre de nombres, trazado con elegantes rasgos que parecían de cálamo más que de pluma: Sidi El Hach Mohammed Ben Sur El Nasiry.

III

«Madrita, también a ti te gustan los militares... no me digas que no... Bien conozco que te gustan, picarona... No pasa tropa formada, con música, sin que te asomes conmigo a verla...». Esto decía Vicentito a su madre, ambos en el balcón, viendo la cola de un regimiento que desfilaba con marcial ritmo hacia el centro de la Villa. Ya llegaba la banda a la casa de Cordero; ya la vanguardia de chiquillos, fascinados por los graciosos aspavientos que hacía con su bastón de porra el tambor mayor, se espaciaba en la Puerta del Sol; ya la bandera iba más allá de Platerías, replegada, firme como una antena en mar tranquilo; las últimas filas de la formación, semejante a un inmenso anélido, pasaban bajo los balcones de Lucila. Esta respondió a su hijo, acariciándole el cabello: «Miro a los soldados porque te gustan a ti, tontín. Si no fueran tu delirio los soldados, yo ni los miraría siquiera».

—Estos soldados son los más guapos que he visto. Llevan uniformes nuevos. Les he mirado el número, que es un 7.

—El 7 es África.

—¿África el 7? Y luego dices que no entiendes de tropa. Si sabes todos los números de la infantería de Línea y de Cazadores, ¿por qué no me los enseñas?

—Conozco algunos... muy pocos... números sueltos que se aprenden sin saber cómo.

—Yo no sé pasar de los primeros: 1, Inmemorial del Rey; 2, Reina; 3, Príncipe; 4, Princesa; 5, Infante... No has querido enseñarme más.

—Pues sigue la cuenta: 6, Saboya; 7, África...

—Y más, más, madrita... dímelos todos.

—No sé, no sé, hijo... No te pongas pesado. ¿De dónde quieres que sepa yo esas cosas?

—Un día... bien me acuerdo... pasaban Cazadores, y tú dijiste: 11, Arapiles.

—Sí... ese número sé por casualidad... por casualidad sé otros, como 28, Luchana.

—¿Cazadores?

—No, hijo: Luchana es de Línea.

Insistió el gracioso chiquillo; pero su madre tuvo arte para poner punto final a un tema que la mortificaba. Como la mañana estaba fresca, hízole retirar del balcón, acomodándole en el sofá de Vitoria con blanda colchoneta, donde pasaba las lentas horas. Se aproximaba la de la visita del médico, que de día en día hacía más lisonjeros augurios... Llegó el doctor más pronto de lo que se esperaba, y mientras duró el examen de la pierna y se hizo la cura, mortificando grandemente al pobre chico, riñó a este y a la madre porque no se observaba la quietud indispensable para la curación. Debía Vicentito moderarse en sus entusiasmos militares y ecuestres, esperando mejores días para entregarse a ellos. Lloriqueaba el enfermo, no tanto por el dolor de la cura como por ver que se le tasaban los goces de su ardiente afición. Halconero le consolaba con la promesa de traerle una colección de vistas de batallas que, puestas dentro de una caja negra, se miraban por un cristal de aumento, y ello resultaba como si estuviese uno en medio del campo de acción viendo pelear a moros con cristianos. Era la campaña de los franceses en Argel, en láminas iluminadas, que parecían la verdad misma, todo muy propio y con su color natural. Con esto se fue sosegando el chico y resignándose a la quietud. Solo con su madre otro día, al caer de la tarde, le dijo: «Me estaré quieto si tú estás conmigo siempre, y me cuentas cosas, aunque no sean cosas de militares. A ti te quiero más que a nadie, y todo lo que me dices me lo creo, aunque sea mentira...». Entretúvole Lucila con diversas historias, mitad verídicas, mitad inventadas por ella: consejas de animales, de cacerías de leones, de naufragios terribles, de islas que salían del mar y se volvían a meter en él, de milagros estupendos y apariciones de vírgenes en un árbol, en una peña, en una gruta...

«Espérate un poco, madrita —dijo el chico con jovialidad picaresca—, que tengo que hablarte de una cosa. Ahora me acuerdo, por las apariciones que me estás contando. Hace tres noches, aquella noche que saliste con padre a dar el pésame al señor de Centurión porque se le murió su mujer... Pues aquí se quedaron mi abuelo, don Bruno y Juanito, el amigo que yo quiero más, porque lo que dice parece cantado».

—Juanito Santiuste es un magnífico cantor de historias. ¡Lástima que no vaya al Congreso!... A veces llora una oyéndole: no se puede remediar.

—Pues aquella noche habló de ti... Dijo que tú eras, no sé cuándo, la mujer más hermosa que había en el mundo...

—¡Jesús, qué disparate!

—Que él no te había visto; pero que lo había oído... que eras tan guapa como la Virgen, y que en un castillo te apareciste... sin zapatos... quiere decir, con pies como los de las estatuas, y que los que te vieron aparecer se cayeron al suelo encandilados de ver tu hermosura...

—¡Jesús! Hijo mío, no hagas caso. Juanito quería burlarse de los que le escuchaban.

—No, no, que lo decía muy serio, ¡vaya!... Él no lo vio; pero se lo contaron, y en Madrid está quien lo sabe... ¿Fue milagro, madre? Juanito dice que salió en papeles y hasta en un libro... No me lo niegues... Explícame tú cómo te apareciste. ¿Venías del Cielo? ¿Bajaste volando? A mí no me niegues nada. Y si te apareciste por arte del diablo, dímelo, que yo te guardaré el secreto.

—Chiquillo, no sé si enfadarme o reírme —respondió Lucila prefiriendo la demostración de gozo—. Disparates sin pies ni cabeza es lo que os contó Juan. Como que Juan es loco. ¿No lo has conocido? Dicen que tiene mucho talento, y que repite todo lo que habla ese Castelar...

—Es verdad, madrita. Loco parece Juan algunas veces. Aquel día, cuando se puso en medio de la sala, y mirándote a ti, que entrabas de la compra con mantón y dos cebollas en la mano, te soltó aquellos gritos de... ¿Cómo era, madre?

—«¡Virgen democracia, yo te saludo!». Nos moríamos de risa oyéndole, y él, con nuestras risas, se dislocaba más.

La entrada de Jerónimo y de Leoncio Ansúrez, que venían de la calle, desvió la conversación hacia puntos de mayor interés. La guerra empezaría pronto. Ya se habían dado las órdenes para la movilización de fuerzas, concentrando batallones en Cádiz, Málaga y Algeciras. El bueno de Leoncio, aunque domesticado por las dulzuras de la familia, tiraba siempre al monte de las aventuras guerreras, como genuino celtíbero, y ya no pensaba más que en ir a campaña. Su habilidad de armero le aseguraba la incorporación en cualquiera de los Cuerpos de Ejército o en el Cuartel general. Un famoso general le estimaba por su destreza y prontitud en la compostura de toda clase de armas de fuego. Seguiría, pues, la formidable corriente que a todas las actividades españolas arrastraba hacia la tierra berberisca. Lo único que le entorpecía la voluntad era el desconsuelo de separarse de su mujer y de su hijo. Quería que mientras él estuviera en África, Virginia y Lucila viviesen juntas, acompañándose las mujeres y los niños, con lo que la soledad de Mita sería más llevadera. Desde luego accedió Lucila, y Halconero, que a la sazón entró, dijo que su mayor gusto era dar albergue a la mujer de Leoncio, mientras este anduviera en el servicio de la patria. Todo español estaba obligado a prestar su ayuda al glorioso ejército. También él se pondría las botas, si no estuviera tan viejo y achacoso. ¡Qué gusto plantarse en África, a la zaga de la tropa, y allí, si no podía batirse, fregar las cacerolas del rancho, ayudar a la colocación de tiendas, o dar el pienso a los caballos!... El hombre vibraba de entusiasmo, y no quería que se hablase más que de guerra y de las indudables hazañas que, antes de consumadas, ya andaban en lenguas de la gente. La opinión enloquecida escribía la Historia antes que la engendrara el Tiempo.

Cuando acababan de cenar, entró Juanito Santiuste, habitante en casa próxima, amigo de Halconero por la amistad de Leoncio. Solía concurrir a la sobremesa del buen hidalgo campesino, y como por su trato se revelaba excelente muchacho, ameno, decidor y cantor de ideales generosos, Halconero y Lucila veían con gusto su compañía, y le celebraban las gracias oratorias. Conviene decir, ante todo, que Santiuste, después de mil peripecias en su romántica y azarosa vida, había vuelto a las primitivas aficiones literarias. La realidad le hizo ver que no le llamaba Dios por el camino de la herrería mecánica, y que mejor que armas de fuego, construiría poemas, cuentos y artículos de periódico. El mismo Leoncio, que le había tomado grande afecto, le empujó hacia el sendero angosto de las letras, que entonces empalmaba con el ancho camino de la política. Sucedió además que, cuando menos lo esperaba, le cayó un destinillo como llovido del Cielo, que le permitía vivir sin ahogos. Vieron algunos en esto la mano blanca, escondida, de Teresa Villaescusa. Podía ser: sin duda fue ella la deidad bienhechora; mas no dio la cara, y aparecía como protector el Marqués de Beramendi. Ello es que a Juanito le vino Dios a ver: se proveyó de ropa decente; pudo acomodarse en una casa de huéspedes de mediano trato; erigió sobre su cabeza el sombrero de copa, prenda indispensable del empleado y literato; frecuentó círculos donde jamás había puesto los pies, y, en fin, tomó airecillos de importante personalidad. Bien merecía el pobre salir de la tenebrosa obscuridad y miseria en que había vivido, y espaciar en ambiente de cultura su corazón hermoso y su despejada inteligencia. Era colaborador gratuito de más de un periódico, y en uno solo cobraba por sus trabajos míseras cantidades, que a él le parecían los tesoros de Creso; tan hecho estaba el hombre a la pobreza degradante.

Apenas le vio entrar Halconero, le pidió noticias. Él, como periodista, solía llevarlas frescas, y cuando no las tenía, las inventaba, llegando a creer en conciencia que eran la verdad pura: «Ya tenemos plan de campaña. Dividido el ejército de África en tres cuerpos, ya están designados los generales que han de mandarlos. Estos son Echagüe, Ros de Olano y Zabala. Pero hay más, hay más: se dice que irá también Prim».

—¡Prim... Prim! —repitieron con más curiosidad que asombro las bocas de Halconero, de Ansúrez y de don Bruno Carrasco, que a la sobremesa llegó minutos antes que Santiuste.

—Prim ha venido del extranjero a escape y le ha dicho a don Leopoldo: «¿Pero qué es esto? ¿Yo, Prim, no mando tropas en África?». Y dice O'Donnell: «Habéis llegado tarde, General. Los jefes de los tres cuerpos de Ejército están ya nombrados». Y Prim: «Bien. Pero si no hay cuerpo de Ejército, habrá una brigada, un regimiento, un batallón, una compañía que yo pueda mandar». A esta manera de pedir no podía responder O'Donnell más que creando una División de reserva para que al frente de ella luzca el de Reus su bizarría...

—¡Prim!... ¡oh! —repitieron las bocas de todos, expresando con dos monosílabos la admiración dubitativa del héroe inédito, cuya leyenda estaba a medio formar.

Luego tomó Santiuste la flauta, y dijo: «¡Qué hermoso espectáculo el de un pueblo que antes de ver realizadas las hazañas ya las da por hechas! Lo que la Historia no ha escrito aún, lo ve la Fe con sus ojos vendados. Creer ciegamente en el fin glorioso de la campaña, equivale a la realidad de ese fin. Ved cómo las madres pobres de las aldeas no se afligen de ver partir a sus hijos para el África. Oíd a los viejos, que, como Horario, pronuncian el terrible ¡que mueran!... si muertos sellan con su sangre el honor de España. Ved cómo la Nación entrega cuanto posee, para que nada falte al soldado. Aquí dan dinero, allá provisiones, acullá las damas destejen con sus finos dedos las telas... quiero decir que sacan hilas para curar a los heridos. Quién da caballos, quién mulas... Los pueblos ricos dan zapatos; los pobres, alpargatas. Los obispos empeñan la mitra, y los catedráticos sacrifican parte de sus míseras pagas... ¡Espectáculo admirable, sublime, que nos consuela de las vulgaridades y miserias de la política!».

El sagaz Ansúrez agregó a los toques de flauta estas prosaicas observaciones: «Aún no sabemos lo que será O'Donnell como General en Jefe del ejército de África: es de creer que sepa conducirlo y acaudillarlo con la mayor ventaja nuestra y daño grande del enemigo. Esto lo veremos. Lo que no tiene duda es que el buen señor se acredita con esta guerra de político muy ladino, de los de vista larga, pues levantando al país para la guerra y encendiendo el patriotismo, consigue que todos los españoles, sin faltar uno, piensen una misma cosa, y sientan lo mismo, como si un solo corazón existiera para tantos pechos, y con una sola idea se alumbraran todos los caletres. ¿Les parece a ustedes poco? Esto es lo más grande que se ha hecho en España desde que yo nací, y me alegro, pues en mi larga vida no he visto más que trifulcas entre españoles, guerra de sangre, de discursos, motines, y persecuciones de estos contra los otros...».

—El Progreso —afirmó don Bruno Carrasco poniendo en la declaración toda su seriedad de paquidermo—, ha plegado su bandera política y ha enfundado sus agravios ante la declaración de guerra, hecho que a todos los partidos impone un silencio patriótico y una expectación patriótica...

Puesta a un lado la flauta, cogió Santiuste el cornetín, y tocó estas cláusulas vibrantes: «El ideal de la patria se sobrepone a todos los ideales cuando el honor de la Nación está en peligro. Puede la Nación vivir sin riquezas, sin paz, y aun privada de los bienes del progreso puede vivir; pero sin honor nunca vivirá. O lava con sangre los ultrajes hechos a su nombre y representación, o arrastrará una existencia de vilipendio, despreciada de todo el mundo».

Así siguió un rato; pero como no hiciera su música el efecto que buscaba, soltó el cornetín, cogió la trompa, y soplando en ella con toda su fuerza, produjo estos bélicos sonidos: «¡Qué gloria ver resucitado en nuestra época el soldado de Castilla, el castellano Cid, verle junto a nosotros y tocar con nuestra mano la suya, y poder abrazarle y bendecirle en la realidad, no en libros y papeles! Reviven en la edad presente las pasadas. Vemos en manos del valiente O'Donnell la cruz de las Navas, y en las manos de los otros caudillos, la espada de Cortés, el mandoble de Pizarro y el bastón glorioso del Gran Capitán. Las sombras augustas del emperador Carlos V y del gran Cisneros, nos hablan desde los negros muros de Túnez y de Orán. La epopeya, que habíamos relegado al Romancero, vuelve a nosotros trayendo de la mano la figura de aquella excelsa y santa Reina que elevó su espíritu más alto que cuantos soberanos reinaron en esta tierra, la que al clavar la cruz en los adarves de Granada, no creyó cumplida con tan grande hazaña su histórica empresa, y con gallardo atrevimiento y ambición religiosa y política nos señaló el África como remate y complemento del solar español. Al volar desde este mundo al Cielo, donde la esperaba el premio de sus virtudes, Isabel ordenó a sus herederos que arrebatasen a la Media Luna el suelo mauritano, español suelo, y formasen el futuro reino de España con los extremos de los dos continentes. El bravo mar que entre ellos corre no los enemista y separa, sino, antes bien los une y acaricia, besando ambas orillas con alternados ósculos, y cambiando entre una y otra signos de paz y amor. Del Pirineo al Atlas, todo será España».

IV

Vibraban todos los presentes al son de estos roncos trompetazos. Lucila, sin poder impedir que se le saltaran las lágrimas, decía: «Este Juan es un loco, que dice tonterías bonitas». Halconero, deshaciéndose en entusiasmo que le mantenía rebelde al sueño, mandó traer Jerez para festejar al trompista y regalarse todos. Cogiéndole un momento aparte, Lucila dijo a Santiuste: «Hágame el favor, Juanito, de no contar estas cosas tan rimbombéricas cuando esté mi niño delante. Yo quise acostarle; pero cualquiera le arranca de aquí cuando viene usted con estas tocatas. Mírele allí junto a su padre, comiéndosele a usted con los ojos... Se trastorna, se desvela, y luego las malas noches me tocan a mí: no es usted quien las pasa. Ya tenemos jaqueca para toda la noche con lo que usted ha dicho del Cid, de Cortés, de Pizarro y del Gran Capitán o del Gran Teniente... Buena la hemos hecho. Acostadito el niño y sin poder dormir, empiezan las preguntas; y yo, que soy tan ignorante, me veo negra para responderle. Con que hágame el favor de dejar la trompa cuando esté aquí mi hijo; coja el flautín o la zambomba, y cuéntenos algo que nos entretenga y nos haga reír».

El buen Jerez prodigado por Halconero avivó los fuegos patrióticos de la tertulia, cuidando el amo de la casa de ser el primero en las alegres expansiones. Alborotadamente trataron de diversos puntos relacionados con la guerra, y Carrasco y Santiuste afirmaron que Moros y Cristianos son en alma y cuerpo diferentes, como el día y la noche. Ansúrez, cuya natural capacidad ilustraba todas las cuestiones, sostuvo que las apariencias de desemejanza las daba, más que la religión y el lenguaje, el hecho de no existir en la Morería lo que aquí llamamos modas. El moro no sabe lo que es esto. Sus armas, sus vestidos, sus hábitos, sus alimentos, se perpetúan al través de los siglos, y lo mismo se eternizan sus modos de sentir y de pensar. Aquí, por el contrario, tenemos la continua mudanza en todo: modas en el vestir, modas de política, modas de religión, modas de filosofía, modas de poesía. Ideas y artes sufren los efectos del delirio de variedad... Hoy se llevan estas corbatas; mañana serán otras. Hoy se gobierna por este sistema; mañana será por el contrario. Filósofos y sombrereros, poetas y peinadoras, tienen su figurín distinto para cada quince años. Al otro lado del Estrecho les dura un figurín, para todo, la friolera de diez o doce siglos... Y así, hemos dado en creer que esta permanencia es señal de poca o ninguna civilización, lo cual no es justo, pues ni ellos son bárbaros por no conocer las modas, ni nosotros civilizados por tenerlas y seguirlas tan locamente. La civilización consiste en ser buenos, humanos y tolerantes, en hacer buenas leyes y en cumplirlas...

No expresó el agudo celtíbero estas ideas en la forma que aquí se les da, sino con la frase seca, desnuda y categórica que usar solía. Las presentes páginas sólo transmiten textualmente el final, que fue de este modo: «Entre las cosas santas y buenas que nos recomendó Jesucristo al fundar nuestra doctrina, yo no he podido encontrar nada que sea recomendación de las modas. Dijo: «amaos los unos a los otros»; pero no dijo: «sed veletas en el pensar y en el vestir, en el comer y en el edificar». Y aunque nada dijo de estas veleidades de los hombres, entiendo que las condenó en el Desierto cuando el Demonio quiso tentarle. Sabéis que le llevó a un alto, y mostrándole toda la tierra, se la ofreció en dominio si le adoraba. Para mí que le dijo: «Ahí tienes el mundo de las modas: adórame y será tuyo». El Señor, a mi parecer, contestó: «Vete al infierno tú y tus modas, y no tientes al Señor tu Dios».

Sin comprender la sutil argumentación del viejo Ansúrez, los amigos la tomaron a chacota, y por divertida más que por razonable la celebraron... Y a otra cosa. Aunque Lucila llamaba disparates a las huecas declamaciones del joven de la trompa, y se burlaba de él por disimular su devoción de las cosas guerreras, se alegraba de verle entrar, y no perdía sílaba de sus peroratas, exuberantes de elocuencia y de histórica poesía. Clavijo, Santiago, los Alfonsos, el Cid, la cruz de las Navas, la cruz del Cardenal Mendoza, la cruz de Lepanto y otras famosas cruces; las torres de Granada, las carabelas de Colón, los tercios de Flandes y demás estrofas sublimes del gran poema, conmovían todo su ser, y le disparaban el corazón a un palpitar loco; de su pecho irradiaba un calorcillo que encendía en su rostro matices de embriaguez dulce. Cierto que procuraba repeler hacia adentro la emoción; pero no siempre lo conseguía, pues la viveza y humedad de los ojos desmentían las burlonas palabras.

Una noche, acostando a Vicente, después de curarle la pierna con amoroso cuidado, el chiquillo le dijo: «Madrita, estoy enfadado contigo... pero muy enfadado...».

—Yo te desenfadaré, si me dices pronto en qué ha podido ofenderte tu madre.

—¡Zalamera! Estoy enfadado por tres cosas... tres perradas me has hecho...

—¿La primera...?

—Que le dices a Juanito que no nos cuente cosas de guerra... para que yo no me despabile... Pues bien te gustan a ti las cosas de guerra. ¿Crees que no te he visto llorando cuando Juan contaba lo que hizo Hernán Cortés en la Habana... o en otro punto de las Américas, no sé...? El hombre quemó sus navíos para que los hombres que iban con él no pudieran volverse acá, y luego se metió, espada en mano, por un río arriba, y conquistó un imperio de negros más grande que de aquí a la Villa del Prado... Luego te pregunto yo: «Madre, ¿quién era ese Hernán Cortés?». Y tú me respondes: «Un vago, un perdido...».

—Tiempo tienes de saber esas cosas, hijo del alma. Ahora estás enfermito, y no conviene que te calientes la cabeza, ni que pierdas el sueño. ¿Y de dónde sacas tú que soy yo guerrera? ¡Vaya una tontería! Yo no estoy en el mundo más que para cuidar a tu padre, a ti y a tus hermanitos, y las guerras de hoy, como las de tiempos pasados, me importan un bledo. Naturalmente, una es española, y cuando tocan el chin chin de las glorias de esta tierra, el corazón baila un poquito... Segunda cosa...

—Que tú, por llevarme la contraria, y porque se te ha metido en la cabeza que yo no sé montar, has escrito al tío Gonzalo... o será mi abuelo el que ha escrito, no sé... habéis escrito para que el tío no me traiga el caballo que me prometió. ¡Y yo aquí con esta pierna tiesa!... Pues te digo que así no me curaré nunca. Ya puedo doblar la rodilla sin que me duela mucho... ¿Ves cómo la doblo? Yo te digo que no me ha de costar trabajo apretar los muslos para agarrarme bien, ni meter espuelas con gana para correr... ¡hala!... correr como el viento.

—¡Ay, bobito mío... pues no estás poco avispado con tu caballo árabe!... Espera, espera un poco. La semana que entra, dice el médico que podrás andar con muletas... Lo que hemos escrito a mi hermano el moro, es que tenga preparado el caballo, y la silla, y todo, para cuando se le avise... Ahora, la tercera cosa.

—Pues... no quería decírtelo... pero te lo digo... Ya sabes que una noche contó Juanito que tú te apareciste en un castillo, y que al verte aparecer, los que allí estaban se cayeron al suelo del susto y de... de... de ver lo guapa que eras... Eras como la Virgen, o como otras vírgenes que hubo antes de la del Pilar y la del Rosario... Yo no sé... Juanito te comparó con unas vírgenes, santas o no sé qué... Para que se vea si eres mala. ¡Aquellos que estaban en el castillo te vieron aparecerte, y no quieres que te vea tu hijo! Si tú te desapareces y vuelves a salir cuando te da la gana, ¿por qué no lo haces delante de mí para que yo te vea? Todas las noches te pido este favor, y tú te ríes y me mandas a paseo.

—Y ahora también me río, bobito, porque esas apariciones son cuentos y desvaríos de Juan. Yo me aparezco... cuando entro por esa puerta. No he aprendido otra manera de hacer mi aparición.

—Bueno, bueno... Sigo muy enfadado, madrita... No creas que me desenfado con tus besos, con tus carantoñas... Y para que veas si soy bueno, me voy a dormir... No tendrás que chillarme, ni decirme que te estoy martirizando... Me dormiré ahora mismo... ya me estoy durmiendo... y no soñaré nada, no quiero... Dijo don Bruno que mañana, mañana... pasará mucha tropa... mucha tropa... Salen para la guerra... de aquí van a la guerra... Va el tío Leoncio... esta tarde lo dijo... Yo me asomaré a ver la guerra... la tropa que va a la guerra... pum, pum; chan, charanchán...

Se durmió como un ángel, a quien Marte arrullara en sus brazos. No fue tan dichosa Lucila, que padeció inquietud y desvelo hasta muy alta la noche, mortificada por visiones y pensamientos lastimosos, y por el desasosiego de su marido, con quien compartía el no muy ancho tálamo. Daba vueltas sin cesar sobre sí mismo el buen don Vicente, llevándose tras sí sábanas y mantas, con lo que quedaba desamparada de abrigo la dama celtíbera. Y sobre tantas molestias, el rico labrador pronunciaba frases incoherentes, cortadas por estruendosos regüeldos; cantaba el himno de Riego y la Marcha fusilera, dejando oír entre estas músicas alguna vaga modulación de alarido patriótico, como ecos lejanos de un tumulto callejero.

Con paciencia sufría la esposa estas incomodidades, y en la cavidad verdinegra del insomnio revolvía historias pasadas y presentes. La mirada de su hijo, dulce y quejumbrosa, con que expresaba su ardimiento militar cohibido por la cojera, permanecía estampada en la retina de la madre. Eran los ojos de Vicentín negros como los de ella, luminosos, bañados en esa tristeza cósmica que envuelve las estrellas, así en las claras como en las obscuras noches. En los ojos del niño guerrero veía Lucila algo como la regresión de un ideal que ella tenía por muerto y desvanecido; ideal que salía de su tumba para volver a la realidad viviente. También Lucila había sido guerrera, y la gallardía militar, así en los hechos como en las personas, fue objeto de su culto. Llevose el diablo estas aficiones; cambió el teatro de la vida de la joven celtíbera, y desgarrada una decoración, pusieron otra que hizo olvidar la pasada idolatría... Pues ahora, un niño inocente, precoz, enfermo, imposibilitado hasta de jugar con cosas guerreras, hacía que por la decoración nueva se transparentasen las líneas y colores de la antigua...

Otra cosa: no eran estas reapariciones de lo pasado el único suplicio de Lucila en sus horas de insomnio. Debe decirse con claridad que, desde su casamiento, ningún hombre, fuera de su buen marido, cautivó su corazón. Pero en mal hora vino el espiritual Santiuste a desmentir la regla general. No le quería, no hacía ningún cálculo de amor referente a él; pero posaba con harta frecuencia su pensamiento en la persona del desgraciado joven, como un ave cansada de volar por los espacios altos del deber. Por su cuñada Virginia conoció a Santiuste; por Leoncio supo su miseria y desamparo, y la dignidad con que el muchacho soportaba tantas desventuras. A menudo se decía: «¿Pero cómo se arreglará ese hombre para vivir con tanto apuro?... ¿Será verdad que le quería una mujer del mundo llamada Teresa? Y si le quiso y le quiere, ¿cómo le consiente tan destrozadito de ropa y tan vacío de alimento?».

El cambio de fortuna del cantor de la edad heroica colmó de satisfacción a Lucila... ¡Gracias a Dios que el pobre chico podía vivir, aunque modestamente! ¡De buena gana le habría ella cosido y arreglado la ropa, y regalado unas botas decentes para entrar con pie seguro en la nueva vida! Si le gustaba por pobre desvalido, más le agradó por las bondades de su corazón, que claramente en toda ocasión se manifestaban, y por la rectitud inflexible que movía sus acciones. Su inteligencia y saber, su facundia prodigiosa, descollaban en aquella sociedad vulgarísima como el águila caudal entre humildes y rastreros patos. Y cuando, por la declaración de guerra, desenfundó Santiuste la trompa y empezó a soltar notas de epopeya, si todos le oían con admiración, Lucila se arrebataba interiormente en un fuego de entusiasmo, que en su seno escondía con violentos disimulos. El ideal guerrero tan pronto revivía en los ojos del niño doliente, como en los labios de aquel otro niño grande que jugaba con el Romancero.

Interrumpió estas cavilaciones de la celtíbera la claridad del día que por las rendijas de la ventana se colaba, y ante ella puso la señora término a su mental suplicio, y se lanzó del lecho, dejando al esposo en postura de tranquilidad, panza arriba, estiradas las extremidades, y echando de su abierta boca los ronquidos como el resoplar cadencioso de una máquina de vapor. Vistiose a prisa la hija de Ansúrez, ávida de lanzarse al trajín casero, que era como el organismo supletorio de su ser moral... Ya no pensaba más que en despertar a la muchacha, sacándola a tirones de su camastro, y en encender lumbre. Luego prepararía el desayuno de Jerónimo, que era el primero en dejar las ociosas lanas; el de los niños, que aún dormían como pajaritos apegados al calor del nido. Pronto llegaría el panadero... Ya se sentían en la escalera los pasos de plomo del aguador... Empezaba el día, la rutina normal y fácil, el conjunto de menudas obligaciones que, al modo de tejidos de mimbres, forman el armadijo consistente de una existencia mediocre, honrada, sin luchas.

V

Los niños menores, Pilarita y sus hermanillos Bonifacio y Manolo, contagiados de los gustos del primogénito, despreciaban toda clase de juguetes para consagrarse al militar juego, aprovechando el material de guerra desechado por Vicente: cañones, tropa y oficialidad de cartón o de estaño, banderolas, espadas de palo y morriones de papel. La niña, desmintiendo su sexo apacible, era la más brava en las marchas, en las escaramuzas y refriegas, que algún día le valieron solfas de Lucila en semejante parte. Empezó figurándose cantinera, por algo que había oído a su hermano mayor: aguardiente vendía en un cacharrito de lata, y cigarros de papel torcidos por ella misma. Mas pronto se cansó de estos femeninos menesteres de guerra, y arrollando a sus hermanos pequeños y arrebatándoles espada y casco, se puso al frente de ellos, y les condujo más de una vez a la victoria, o a nuevas solfas de la madre, que no podía resistir tanta batahola y entorpecimientos en las habitaciones y pasillos de la casa. Con sillas armaban plazas fuertes, bajo la dirección técnica de Vicente, y en la última torre de ella se colocaba Pilarita dando voces, atribuyéndose, no sólo entidad militar de plaza sitiada, sino la divina entidad de Virgen del Pilar, y clamaba: «¡Yo no quiero ser francesa... francesa no... Aragoneses, defendisme...!». Adoptaba Bonifacio para embestir la plaza el ariete romano, y Manolo imitaba la artillería con los más fuertes zumbidos que articular podía su gran boca. En el asalto eran tan fieros, que los muros y bastiones se desplomaban, y entre el deshecho montón de sillas caía la Pilarica con chichones en la frente... Inmediatamente venía la zurribanda, y con ella los gritos, ayes, lamentos y otras voces guerreras.

«Por Dios, Vicente, no les azuces a estas diabluras. Ten juicio tú, ya que ellos no pueden tenerlo. Y a esta mocosa la voy a mandar a la escuela, para que allí me la sujeten y me le quiten sus mañas hombrunas...».

Entrado Noviembre, todo Madrid repetía en variedad de formas el juego de guerra de los niños de Halconero. Los señores mayores, las damas de viso, hombres y mujeres de las clases inferiores, procedían y hablaban, poco más o menos, como los chiquillos que esgrimen espadas de caña en medio de la calle y se agrandan la estatura con morriones de papel. Guerra clamaban las verduleras; venganza y guerra los obispos. No había español ni española que no sintiera en su alma el ultraje, y en su propio rostro la bofetada que a España dio la kabila de Anyera, profanando unas piedras y destruyendo nuestras garitas en el campo de Ceuta.

El agravio no era de los que piden reparación de sangre. Fueron los españoles a la guerra porque necesitaban gallear un poquito ante Europa, y dar al sentimiento público, en el interior, un alimento sano y reconstituyente. Demostró el general O'Donnell gran sagacidad política, inventando aquel ingenioso saneamiento de la psicología española. Imitador de Napoleón III, buscaba en la gloria militar un medio de integración de la nacionalidad, un dogmatismo patrio que disciplinara las almas y las hiciera más dóciles a la acción política. Con las victorias de Crimea y de Italia fabricó Napoleón patriotismo más o menos de ley, que hubo de servirle para consolidar su imperio. Francia nos daba las modas del vestir, las modas del pensar y del sentir artístico: nos hacía los ferrocarriles; nos ponía, con mano de niñera ilustrada, en los andadores del progreso; de Francia trajimos también una remesa de imperialismo casero y modestito, que refrescó nuestro ambiente y limpió nuestra sangre viciada por las facciones.

Los partidos de oposición, deslumbrados por el espejismo histórico, cayeron en el artificio. Olózaga y Calvo Asensio cantaron en el Congreso las mismas odas que en sus púlpitos entonaban los obispos... Decía Calvo Asensio que el dedo de Dios nos marcaba el camino que debíamos seguir para aniquilar al agareno. Estas y otras elocuentes pamplinas arrebataban al auditorio y encendían más la hoguera patriótica. Un representante de la nobleza, ofreciendo al Trono el concurso de sus iguales, decía, mutatis mutandis, lo mismo que la ínfima plebe en tabernas y mercados. Contra el pobre agareno iba el furor de pobres y ricos, de Clero y Nobleza, de niños pequeños y niños grandes. La Reina, al despedir a O'Donnell con frases de sincera emoción, le echaba al cuello medallitas que tenía por milagrosas. Sentía Isabel no ser hombre para coger un arma y acudir a tan santa guerra; y era verdad lo que expresaba, pues nadie como ella sintió el intenso amor de las aventuras españolas, mezcla de fe religiosa, de locura caballeresca y de gallarda superstición. El efecto de unanimidad y de embriaguez sintética estaba conseguido. Gran triunfo del irlandés, de intención honrada y vista penetrante.

En cada mesa de cada café funcionaba un consejo de grandes tácticos y peritos estrategas. Eran, por lo común, empleados de mediano sueldo, retirados del ejército, o cesantes que llevaban su abnegación hasta el punto de alabar al Gobierno, de posponer su hambre a las altas miras de la patria y a la gloria del ejército. Allí se vio la grande generosidad de este pueblo, que olvidaba sus miserias, resignándose a comer entusiasmo y glorias, mal aderezadas con pan seco. Las madres ofrecían todos sus hijos, y los viejos querían alargar su vida para presenciar tantas victorias; los curas tocaban el clarín, y salpicaban de agua bendita los roses de los soldados, incitándoles a no volver sin dejar destruido el islamismo, arrasadas las mezquitas, y clavada la cruz en todos los alcázares agarenos. Gentes había mal nutridas, que lloraban oyendo hablar del próximo embarque de tropas, y darían su última pitanza por que nada faltase a nuestros valientes soldados. Nunca habían visto los nacidos un movimiento de opinión tan poderoso y unánime... De este sentimiento y convicciones salían tantos planes de guerra como bocas había en cada círculo de café. «Es indudable que nosotros desembarcaremos en Malabatah, cerca de Tánger... Tomamos Tánger, no sin pérdidas, y en seguida vamos a ocupar el monte de las Monas...».

Esto decía Leovigildo Rodríguez. Le cortaba la palabra Federico Nieto (alias don Frenético), diciendo con airadas voces: «Cállese usted y no extravíe la opinión. Tánger no puede ser el objetivo... Mi primo Joaquín, que ha estado en Ceuta y conoce aquello palmo a palmo, me ha dicho que todo lo que no sea tomar tierra en aquella plaza y subir derechitos a lo que llaman Sierra Bullones, es andarse por las ramas...».

—¡Oh, eso no puede ser! —aseguró Agustín Fajardo, pasando su dedo por la mesa como por un plano imaginario—. Fijarse bien, señores. Aquí está Tánger... aquí está Ceuta... aquí Tetuán... Unamos por tres líneas estos tres puntos. Resulta un triángulo de lados desiguales... ¿El lado más corto cuál es? El que une a Tetuán con Ceuta... Pues mi teoría es esta: Otras naciones irán a su objetivo por el camino más largo. España debe ir siempre por el más corto. Si no lo hiciera, no sería España... Esta es mi teoría, señores; es mi teoría.

Con estos desatinos fantásticos iba la gente alimentando la pasión patriótica, que a todos sostenía en un cierto estado de iluminismo alegre. Nadie dudaba del triunfo: el esplendor de nuestras armas traería después bienes sin cuento, que cada cual se imaginaba conforme a sus gustos y necesidades. El buen Halconero, que en patriótico fanatismo daba quince y raya a todos los españoles, pensaba que después de la guerra los laureles nos abrumarían. Probablemente, tras la campaña en África vendrían otras marimorenas con diferentes naciones europeas o asiáticas, y de este continuo pelear resultaría mucha, muchísima gloria y poco dinero, porque los brazos abandonaban la cosecha del trigo por la de laureles. ¿Pero qué importaba? Con tal de ver a España tosiendo fuerte, escupiendo por el colmillo en el ruedo de las naciones europeas, nos allanaríamos a sustentarnos con piruétanos y tagarninas.

Obligado el insigne paquidermo don Bruno Carrasco a tocar su pito en la orquesta patriótica conforme a la tregua concedida por el Progreso, no podía saciarse de política, su comidilla sabrosa y constante. Los temas desde la subida de O'Donnell hasta el Otoño del 59 habían pasado a la Historia. Ya Carrasco no podía poner en su púlpito más que el paño de gala para cantar himnos al Ejército y al Dios de las Batallas. Era ya fiambre manido el asunto de los Cargos de piedra, y la acusación y proceso contra Esteban Collantes, farsa de justicia que encubría el propósito de inutilizar a los moderados por la difamación. No era culpable el ex—ministro de Fomento en el Gabinete Sartorius: la culpa venía de arriba y de peticiones de dinero que el Gobierno no podía desatender. Fue verdad que el valor de los ciento treinta mil cargos de piedra se aplicó a objeto distinto de la reparación de carreteras; cierto que la cantidad fue sustituida por otra igual dada por Salamanca; indudable que don Agustín Esteban Collantes, días antes de la caída de San Luis, ordenó que el milloncejo se reintegrase a su primitivo destino; verdad fue que en el camino hacia la casilla del presupuesto, se perdieron los cuartos, y que la responsabilidad de tal extravío recaía exclusivamente sobre el Director General de Obras Públicas, y que este trasladó a Londres su residencia. Ruidoso escándalo trajo la grave acusación, una de las mayores torpezas de la Unión Liberal, porque en el proceso salieron a relucir infinidad de suciedades de nuestra administración, y nadie a la postre fue castigado. El ex—ministro se defendió con maestría y sutileza grandes. Inmensa labor fue, para el que se sentía inocente, demostrarlo sin dirigir un solo golpe al punto delicado de donde procedía la infracción de ley...

Pues sobre este embrollo y sobre los incidentes del dramático proceso, habló don Bruno tres meses, sin descanso de su lengua ni agotamiento de su saliva. Él lo sabía todo: la inocencia de Collantes, la dudosa conducta de Mora, el origen palatino de aquella irregularidad. Las relaciones entre los partidos de gobierno quedaron rotas y envenenado el ambiente político. Si no inventa O'Donnell la guerra de África, sabe Dios lo que habría pasado. Fue la guerra un colosal sahumerio... Casi tanto como los Cargos de piedra, sacó de quicio a don Bruno la intentona republicana que estalló y fue sofocada en el curso del estío. En aquella locura pereció el más loco de nuestros demócratas, Sixto Cámara, joven, apuesto, de rostro interesante y algo místico. Trató de sublevar a la guarnición de Olivenza: no pudo conseguirlo; huyó, y perseguido por la Guardia Civil en los campos extremeños, murió de calor y de sed. Místico fue el martirio de aquel visionario que padeció la generosa demencia de querer implantar la República con tres republicanos.

En los claros que dejaban estos asuntos de real importancia, subía don Bruno a su púlpito para condenar los resellamientos y pasar revista a los nuevos periódicos, La Discusión, inspirado por Rivero; El Estado, dirigido por el poeta Campoamor; El Horizonte, hechura de don Luis González Bravo, papel impulsivo y un tanto burlesco con remembranzas de El Guirigay... De El Contemporáneo, el periódico elegante, órgano de la fracción más europeizada del moderantismo, hablaba pestes el buen don Bruno; odiaba con toda su alma a los caballeros del guante blanco, que derramaban sus luces en aquel diario, dándole la nota de la distinción y del saborete inglés, a los que llamaban Sincretismo a la Unión Liberal, y a cada momento empleaban términos tan estrambóticos como el Self—government y el Habeas Corpus... ¡Qué tendría que ver con la política el Santísimo Corpus Christi!

Una mañana de Noviembre, hallándose don Bruno y Halconero en casa de este charlando de la movilización de tropas, entró jadeante Juanito Santiuste con la noticia de que él, también él, ¡feliz mortal!, iría... «¿A dónde, hijo mío?». ¡A la guerra! Por el Marqués de Beramendi, su amigo, había conseguido una plaza en la Sección Volante de la Imprenta de Campaña. Ya tenía preparado su equipaje, que era de los más exiguos, y aquella misma tarde... ¡Cielo santo, Juanico a la guerra! ¡Y él también sería héroe, y a más de ser héroe, tendría la gloria de ver tantas grandezas...! Y andando el tiempo, dentro de un siglo, sus inocentes biznietos dirían: «Mi abuelo estuvo en la más alta acción, etcétera...». Fuese porque aquel día estuviera don Vicente amagado de un nuevo ataque de su mal, fuese porque la noticia de la partida del trovador colmara su exaltación, ello es que el hombre rompió en llanto. Su trabada lengua decía: «Tú vas, Juan, y yo no... Yo inútil, yo... trasto viejo... tú gloria, yo estropajo... Abrázame... te quiero... ¡Viva España...! Hijos míos... Lucila, venid... ¡Que me traigan a Donnell... que me traigan a Prim!». Dichos estos y otros desatinos, salió disparado por el pasillo, los brazos en alto, el andar tan inseguro que daba encontronazos en los tabiques, rebotando de uno en otro. Seguíanle todos asustados de aquel delirio. Al volver a la sala, su rostro amoratado indicaba fuerte congestión; su voz, ya ronca y casi ininteligible, repetía: «¡Prim... ejército... march...!». Para mayor duelo, los chicos menores, que aquel día tuvieron la humorada de disfrazarse de moros, se habían ennegrecido la cara con tizne de la cocina, y haciendo pucheros marchaban detrás de su padre, dando al cuadro, con la mayor inocencia, un tono de trágica burla. Halconero, girando sobre la pierna derecha que de improviso se le quedó como si fuera de palo, cayó al suelo sin que Lucila ni los demás pudieran contener la caída. Pesaba mucho: la palabra escapaba mugiendo de su boca torcida, como escapan los habitantes de una casa que se desploma. Con gran dificultad, entre Lucila, don Bruno y Santiuste, levantaron en vilo el pesado cuerpo, y lo tendieron en la cama.

VI

El médico, llamado a toda prisa, no recetó más que la Extremaunción. Acudieron a la casa Virginia y Leoncio; pero este, como Santiuste, no tardó en salir, pues ambos debían prepararse para partir aquella misma tarde. El niño cojo, que arrimado al balcón había presenciado el accidente y caída de su padre, recibió tan fuerte impresión, que en largo rato no pudo moverse ni pronunciar palabra. Los pequeños, que a la cocina huyeron aterrorizados, mojaron con sus lágrimas el tizne, y diluido este en las caras como pintura de acuarela, se convirtieron en mulatos. En su aflicción y espanto encontró Lucila una ligera pausa para salir a consolar a Vicente, que junto al balcón permanecía. «Tu padre está malito... pero no te asustes... Ha sido un ahogo. Dios querrá que se le pase pronto... Me parece, hijo mío, que tú quieres llorar y no puedes. Llora un poquito, sí; aunque... ya te digo... tu padre está mejor... Ya he mandado a la Nicasia que te ponga tu silla en el comedor... Me vuelvo al lado de tu padre; pero ya saldré un ratito... te haré compañía y te contaré cosas... Tus hermanos, que hoy están muy mañosos y pintados de negro, se meterán contigo en el comedor. Tú cuidarás de que guarden silencio... Entretenles enseñándoles las vistas de batallas... Adiós, Vicente: llora un poquito... no te importe llorar...». Volvió la madre a su obligación. Durante la breve ausencia, el enfermo había recobrado el sentido, aunque sólo de una manera borrosa, crepuscular, pronunciando palabras confusas. Don Bruno Carrasco a gritos le interrogaba, creyendo que de este modo sería mejor entendido. Conoció don Vicente a su mujer, y haciendo por cogerle una mano, intento que no pudo realizar, le dijo: «Luci... di... dile a Prim que... que pase... a Donnell que... pase... a Chagüe... pase...». A esto siguieron mugidos, como una recriminación a su propio cuerpo por aquella mala partida de no querer moverse... Sólo el brazo derecho tenía un resto de vida, estirándose y encogiéndose como el alón de un ave moribunda.

Entró de la calle Jerónimo Ansúrez, que, ignorante del grave suceso, tuvo más palabras para el estupor que para el remedio, y con penetración clínica de hombre tan ducho en vidas como en muertes, juzgó desesperado el caso. Ayudó a su hija en la aplicación de sinapismos, y viendo que a las quemaduras de la mostaza no respondía ni con vibraciones de dolor aquel madero que había sido cuerpo humano, propuso que, conforme al dicho del médico, se mandara al diablo la Medicina y se llamase a la Religión. Él mismo llevó el aviso a la parroquia, y a eso de la una dieron la Extremaunción a don Vicente, pues para otros auxilios del alma no tenía el enfermo la necesaria lucidez. No obstante, cuando sonaron en la sala los pasos del sacerdote, la consternada Lucila creyó descubrir en el moribundo una chispa de conocimiento... Cariñosa atención puso en aquellos mugidos, y hasta llegó a traducirlos libremente de este modo: «Luci... di... dile a Dios que... pase».

Las tres serían cuando entregó a Dios su alma el bueno, el honrado, el sencillo labrador don Vicente Halconero, que jamás hizo mal a nadie, y a muchos bien sin tasa; varón de grande utilidad en la República, o por mejor decir, en el Reino, porque no devoraba porción ninguna del Tesoro Nacional, sino que creaba, con su labor de la tierra, nueva riqueza cada año. No aumentaba la confusión de opiniones, sino que tendía con su patriótica fe a simplificar las ideas, y a buscar la síntesis que pudiera traer a nuestro país positivas grandezas. Su trabajo agrícola era un beneficio para España, y otro su inocencia, virtud preciada contra la invasión de maliciosos. Fecundaba la tierra, fecundaba el ambiente.

Soltó Lucila las exclamaciones de su duelo con afluencia que del corazón y del alma le salía. Era un poema de gratitud, tributo al hombre que la sacó de la soledad triste, ignominiosa, y que, al dignificar su persona, le dio paz, bienestar, honor, y cuanto pudiera ambicionar la mujer menos humilde. Había sido Halconero el maravilloso príncipe de los cuentos orientales, que ofrecen su mano y su reino a la niña despreciada, víctima de las brutalidades de un genio maléfico. El buen caballero labrador, que tenía por blasón su arado y podadera, y por leyenda el Super omnia rura, la hizo reina de su casa, de sus abundantes cosechas, de sus ganados, que poblaban praderas y montes. En este trono, al que subió la celtíbera como por milagro, quedaron borradas las sombras de un pasado triste, y hasta los amargos dejos de sus desdichas se extinguieron en tantas dulzuras. Luego vino su coronación de reina, los hijos, las sagradas prendas de aquella unión bendita. Con los frutos de ella, la casa labradora se perpetuaba y prometía mayores bienandanzas en edades futuras...

Por las notas agudas del llanto de Lucila, que hasta el comedor llegaban, comprendió Vicentito que su padre no existía ya. Era un niño de conocimiento y alcances superiores a su edad. Su misma dolencia, que a forzosa quietud le sometía, daba mayor lucidez a su mente para las cosas graves. La falta de ejercicio corporal, entorpeciendo la acción del niño, permitía un precoz desarrollo de las facultades del hombre... Como se ha dicho, los ecos de la voz plañidera de su madre, difundidos por la casa muda, dieron al chiquillo la idea y sensación del gran infortunio de la familia: sintió el vacío de padre, la repentina ausencia de una suprema autoridad y custodia... Viéndole llorar, también lloraron sus hermanitos. Pero él les dijo: «No lloremos todos a un tiempo, que haremos demasiado ruido... Si la madrita nos oye llorar, se pondrá más triste... No es más sino que el padre está malo... pero ahora viene el médico y se pondrá bueno». Con estas y otras exhortaciones les hizo callar, y él, sin limpiarse las lágrimas, dio algunas vueltas, con sus muletas, en torno a la mesa del comedor, aún sin manteles ni preparativo alguno de comida, aunque había pasado la hora. Después se sentó, estirando su pierna sobre otra silla, y permaneció pensativo un buen rato, mientras Pilarita y los pequeños, sentados en ruedo casi debajo de la mesa, repasaban las vistas de batallas, agregándoles innumerables detalles, ya con trazos de lápiz gordo, ya con la impresión de sus manos puercas... Entró en esto Nicasia llorosa. Vicente no le dijo nada, ni necesitó que ella le contase lo ocurrido. Venía, por orden de la señora, no más que a darles de comer, y a recomendarles que no hiciesen ruido, y que fuesen aquel día los niños más buenos del mundo. Puesto un mantel en media mesa, en un santiamén les dio de comer la moza, sirviéndoles sopa fría, carne y garbanzos del cocido a medio hacer, tortilla improvisada, como remedión, higos y nueces de postre. Vicentito fue excesivamente parco con el comer. Entró Jerónimo Ansúrez con rostro grave cuando aún no habían concluido, y a todos les acarició diciéndoles: «¡Qué guapos son estos niños, y qué bien se portan hoy! Les voy a traer almendras confitadas y unos candeleritos con velas de colores, con su Virgen de la Paloma y todo. Luego vendrá Virginia con su nene, y jugaréis a los altaricos». Se fue a tratar del féretro y demás, en una tienda de la Concepción Jerónima. Vicente se puso a repasar un librillo de estampas de animales, y aún estaba en las primeras hojas, cuando vio entrar a Juan Santiuste, de puntillas, la consternación pintada en su rostro estatuario, que si era comúnmente fiel intérprete de la alegría, mejor expresaba el dolor. Llegose derecho al cojito y le estrechó las manos... Se sentó a su lado... No habló del padre muerto, ni había para qué. Había venido Juan a ver cómo seguía don Vicente. Los porteros confirmaron lo que él temía. Subió desolado. Nicasia, enterándole en breves palabras de la muerte, le dijo: «Pase, don Juan, al comedor: allí están los niños».

No acertó el chico a decirle palabra. Dejándose acariciar de él, le miraba con arrobamiento. Juan le pasó la mano por los cabellos negros, sedosos, atusándoselos con gracia... «Vicente —le dijo—, te quiero tanto, que no siento irme a la guerra más que por no poder estar contigo y verte todos los días».

—¡Te vas a la guerra, Juan...! Verás: antes quería yo que fueses a la guerra, y hoy me da pena de que te vayas... ¡Tanto tiempo sin verte; tanto tiempo solo!... ¿Y si cuando vengas me encuentras más cojo que ahora? No: yo no quiero estar cojo.

Oyéndole sintió Santiuste un arrebato de amor tan grande por aquel niño enfermo, prodigio de graciosa inteligencia, que no pudo reprimirse, y cogiéndole la cabeza le besó con ardor en los cabellos, en la frente, en las mejillas, y no paró en sus demostraciones hasta que el chiquillo protestó con cariñosa queja: «¡Juan, que me ahogas!». Santiuste oprimía contra su pecho la cabeza del niño, diciéndole: «No sabes cuánto te quiero, hijo mío... No te lo había dicho nunca... Ahora te lo digo, porque sí; porque quiero que lo sepas... Eres muy bueno, Vicente, y por bueno te quiero yo...».

—Pues si me quieres —replicó el chico—, escríbeme de allí todo lo que vaya pasando en la guerra, para que yo me entere. Escribes y le mandas las cartas a mi madre, y ella y yo las leeremos juntos, y nos acordaremos de ti. Mi madre también te quiere: se lo he conocido; te quiere como si fueras mi hermano, y me parece que no le hace mucha gracia que te vayas a la guerra. Podría cogerte una bala, y matarte o dejarte derrengado... o con la cara rota, sin tu guapeza natural.

—Ya cuidaré yo de que no me cojan balas; y en lo de escribiros cartas a tu madre y a ti, estad tranquilos. Todo, todito lo que vaya pasando, batallas, victorias, lo sabréis ella y tú tan pronto como el Gobierno... Déjame que te bese otra vez, criatura... La idea de que estaré tanto tiempo sin verte me vuelve loco...

En el nuevo arrebato de su cariño ardiente, no pudo Santiuste contener sus lágrimas; y viéndole llorar, Vicente también lloró. «Hoy estoy triste, Juan —le dijo—. La verdad, no debieras marcharte... voy a quedarme muy solo... Si no tienes prisa y esperas a que salga mi madre, verás cómo ella te dice también que no te vayas...». Acongojado y con un nudo en la garganta, Santiuste no sabía qué decir... «No, no estaré hasta que tu madre venga —murmuró al fin, mirando con pavor a la puerta—: tengo mucha prisa...». La presencia de Lucila le infundía miedo en aquella fúnebre ocasión. Verla y oírla era ordinariamente su encanto; mas aquel día la imagen y la voz de la celtíbera debían ser guardadas en arqueta de oro, de donde se sacarían a su debido tiempo... Tal era su temor de verla, que con súbito movimiento cogió el sombrero para marcharse. Quiso detenerle Vicentillo. «¿Quieres que llame a Nicasia para que le diga a madrita que estás aquí?».

—No, no, no —replicó Juan con mayor espanto—; madrita no puede venir ahora... Yo me voy... Déjame darte muchos besos... y también a tus hermanitos... Tú, Vicente, no te olvides de mí. ¡Mira que te quiero mucho, y pensaré en ti a todas horas...! En el corazón me llevo tu cara, que es la cara de tu madre... quiero decir, que te pareces a ella... Adiós... Recibiréis cartas, y hoy os contaré una batalla, mañana otra. No perderé ninguna, para que toda la guerra quede bien referida. Hoy sale O'Donnell; yo también. Vamos juntos a Cádiz, y allí nos embarcamos... Ya te dije que Cádiz es puerto de mar...

—Tú, que sabes tanto, le dirás a O'Donnell lo que tiene que hacer... Y tú llevarás tu fusil... Pongo que te encuentras por delante a un moro: te matará si no le matas a él...

—Naturalmente, allí me darán armas... Y yo te aseguro que si algún morazo se me pone a tiro, lo mando al otro mundo con un recadito para Mahoma.

—Dice mi abuelo Jerónimo que los moros tienen su cielo separado del nuestro, donde está Majoma con muchísimas mujeres, bailando y divirtiéndose. ¿Será verdad eso, Juan?

«Debe de ser verdad... Cuando yo vuelva te daré noticias de la tierra y del cielo moro... Adiós, niño mío; no puedo detenerme más». El temor de que Lucila entrase, singular ejemplo de delicadeza llevada a un extremo increíble, le hacía temblar. Besó de nuevo al chiquillo con ardiente ternura, repartió besos entre los demás, y salió con pisar blando.

VII

Pero al bajar vio que subían el ataúd, y como era tan angosta la escalera, hubo de volver hacia arriba y meterse en la casa, única manera de dar paso al fúnebre cajón. En aquel instante, gran estrépito militar venía de la calle, por la cual marchaba un batallón con música, y bullicio y vítores de la gente. Favorecido de aquel estruendo, pudo Santiuste escabullirse hacia el interior de la casa mortuoria, y volvió a meterse en el comedor, después de cerciorarse por Nicasia de que los chicos continuaban solos en aquella pieza. Fascinado Vicentito por la bullanga marcial que atronaba la calle, creyó que su amigo Juan volvía para echar con él otro parrafito de cosas de la guerra.

«¿Qué tropa es esa, Juan?».

—Cazadores de Ciudad—Rodrigo, que van a la estación.

Ciudad—Rodrigo, número 9... ¡Y no puedo asomarme!

—No, hijo mío; no te muevas de aquí. Verás a los cazadores de Ciudad—Rodrigo cuando vuelvan de África vencedores... Estoy aquí otra vez porque no he podido pasar... Y me alegro de volver, porque se me olvidó decirte que... Vicente, dirás a tu madre que siento mucho no despedirme de ella; que...

—Que nos escribirás, que nos quieres...

—Que siento no despedirme, Vicente: no le digas más que eso... por ahora. Y cuando llegue mi primera carta, le dirás... eso... que os quiero mucho, que os llevo en el alma... No, no digas nada de esto... Adiós, hijo mío... Si me detengo más, me quedo en tierra. Adiós. Otro beso, otro...

Salió como un cohete, y no hallando obstáculo en la escalera, pronto pisó la calle, donde no era fácil el tránsito por la muchedumbre que al batallón aclamaba y en su marcha le seguía. Ventanas y balcones rebosaban de gente: lo que esta no podía expresar con la boca, lo expresaba con los pañuelos desplegados al viento. Subió Santiuste en cuatro brincos a su casa, cerró la maletilla en que metido había todo su ajuar, envolvió en un papel algunos objetos que en la maleta no cabían, y acompañado de un chico de la patrona que se brindó por patriotismo a llevarle el equipaje, se metió por la Plaza Mayor, para coger la calle de Atocha, que a la estación del mismo nombre debía conducirle. Apretando el paso llegaron el viajero y su ayudante de carga al crucero de Atocha, donde era tan grande el tropel de gente, que no había medio de romperlo para pasar al embarcadero del ferrocarril. La multitud no cabía en el suelo, y se extendía por alto: los chicos, encaramados en la fuente de la Alcachofa y en los árboles; las mujeres del pueblo, subidas al cerrillo de San Blas y al techo de la ermita. Coches de lujo, con señoras y caballeros de la mejor sociedad, trataban de navegar en la masa humana, que se movía como el mar, con oleaje de estrujones y espuma de gritos. Era felizmente un mar alegre. Nadie se quejaba de las apreturas: la molestia y el vaivén penoso eran motivo de risa, de graciosos dicharachos. Poco terreno habían ganado Santiuste y la compañía, abriéndose hueco a fuerza de vigorosos codazos, cuando vieron un coche abierto en que venía O'Donnell con Posada Herrera y Armero. Apenas se dibujó sobre las olas la figura del General, los vivas a España, a O'Donnell y al Ejército formaron un ruido de huracán. Miles de manos se agitaban por encima de las cabezas. Navegaba el coche con suma dificultad, y el cochero entraba en familiar conferencia con la multitud. «Pero dejen pasar... No puedo ir por otro lado... Hagan el favor... despejen». Y una mujer del pueblo: «Atrás todo el mundo. Pase, Leopoldo...».

Con esfuerzo de brazos y suprema inspiración, Santiuste y su compañero levantaron en alto, el uno la maletilla, el otro su envoltorio de papeles, gritando: «Señores, que yo también voy a la guerra... déjenme paso...». «¿Y a qué vais vosotros allá, lambiones?». Las burlas y chirigotas que oyeron no les acobardaron: entre risas y algún trastazo llegaron a poner la mano en la capota del coche del General, y con tal arrimo, náugrafos asidos a una lancha, llegaron al puerto de la estación. El gabancillo de Santiuste no salió de aquel mal paso sin lastimosos desgarrones, y del envoltorio de papel, chafado y roto, se escaparon una zapatilla, una pistola y un tintero de bolsillo.

En la plazoleta de la estación, vio Santiuste más coches, y en ellos damas que lloraban y señores que hacían pucheros. La patriótica ternura se desbordaba en todas las almas. Allí los vivas eran más cultos, y nadie pedía orejas de moros, mas no era menor el estruendo. Entre mil caras, distinguió Juan el interesante rostro de Teresa Villaescusa... También lloraba, pues aunque mala mujer, era una furibunda patriota. Iría de cantinera si la dejaran.

Santiuste la vio, mas no fue visto de ella. Atendía la guapa mujer a un señor viejo que en el coche la acompañaba, y que sin duda le decía: «No es propio de las señoras llorar tanto por cosas de patriotismo, ni dar vivas. Para dar vivas estamos los hombres, y para llorar, los niños y las mujeres de pueblo. Las hembras que no son de pueblo, deben entusiasmarse con dignidad, sin lágrimas ni voces descompuestas... Pon tú cara risueña, que es lo que te corresponde, y yo grito, como vas a oír: '¡Viva España, viva la Reina!'».

Alelado, primero con la visión de Teresa, después entristecido por otras añoranzas de mayor intensidad en su espíritu, Santiuste pudo sobreponer fácilmente a estas flaquezas la grande ilusión de África: este manantial de felicidad era entonces abundante y puro, y en él encontraba el alma todos los consuelos que pudiera necesitar... Despidiose de su machacante el expedicionario, y penetró en la estación. Entre el barullo que allí había, no tardó en encontrar amigos: el Marqués de Beramendi, que le había proporcionado la dicha de acompañar al ejército en calidad de cronista; Manolo Tarfe, el mayor entusiasta de O'Donnell, que a todos embarcaba para la guerra y se quedaba en Madrid; el Capitán Navascués, que iba en la escolta del General en Jefe; O'Lean, Gallo, Pulpis, y por fin, Rinaldi, el prodigioso políglota a quien O'Donnell llevaba de intérprete. Era Aníbal Rinaldi joven de lenguas, más bien niño, nacido en Damasco, recriado en Granada; hablaba con perfección el árabe, su idioma natal, y otros doce de añadidura. Con este simpático mozo trabó amistad Santiuste, días antes de la partida, cautivado por su saber filológico y por la dulzura y franqueza de su trato. Concertáronse para ir juntos en uno de los coches destinados a intérpretes, cronistas y demás elemento auxiliar, y colocadas las maletas de uno y otro en dos extremos del departamento, Santiuste ocupó su sitio. Tan nervioso estaba, que temía que el tren partiera sin él si se entretenía en despedidas y salutaciones. Los minutos que faltaban para la salida se le hacían años en que todos los días fueran Cuaresma. Quería partir, correr, volar... Por fin, un clamoreo de vivas expresó la salida, y el tren dio los primeros pasos, hiriendo la calzada de hierro con las suelas del mismo metal.

«Gracias a Dios —dijo Santiuste a Rinaldi, sentado frente a él—; ya partimos, ya vamos... Será un sueño llegar al África; pero ya no lo es salir de Madrid, y salir con O'Donnell. Si él llega, llegaremos nosotros».

—Dormiremos —dijo Aníbal requiriendo las blanduras del rincón junto a la ventanilla.

—Yo no duermo —replicó Santiuste—. No quiero dormir. Temo soñar que no he salido, que me he quedado en Madrid. Pasaré la noche mirando los fantasmas del campo, el suelo de España que corre hacia atrás, como formas yacentes y líneas acostadas...

Bufaba el tren en las cortas pendientes, echando fuego por las narices... A lo largo de las planicies fáciles, se dormía en un ritmo ternario, imitando el trote del Clavileño.

Segunda parte

África.— De Ceuta al Valle de Tetuán: Noviembre y Diciembre de 1859.— Enero de 1860

I

Seis días tardó de Madrid a Cádiz el Clavileño, que sólo era ferrocarril hasta Tembleque; lo demás lo anduvo por caminos carreteros. El 14 se embarcó O'Donnell en el vapor Vulcano para hacer un reconocimiento de la costa africana. En Cádiz esperaban orden de embarque las tropas del Segundo Cuerpo al mando de Zabala, y allí quedó también Santiuste, quien, si por una parte se alegró de aquel descanso junto a sus buenas tías, por otra renegaba de la tardanza en pisar la tierra berberisca, objeto de sus más ardientes ansias. Por fin, regresó a Cádiz el General en Jefe, pasó revista a las tropas el 19, santo de S. M., y a los pocos días partió con el Segundo Cuerpo, desembarcando en Ceuta casi al mismo tiempo que lo hacía Prim con la división de Reserva, procedente de San Roque y Algeciras. Dura fue la travesía por causa del maldito Levante, que en los meses de erre suele jugar con las aguas del Estrecho, alborotándolas furiosamente. El pobre Santiuste, que era el hombre menos marinero del mundo, pasó fatigas de muerte, tumbado en la cubierta del vapor, sin más consuelo de aquel terrible sufrimiento que lanzar maldiciones contra Neptuno y Eolo... Llegó a sentirse como un pellejo vacío que no podría jamás tenerse en pie... Por fin, oyó decir que ya se veía Ceuta. Transcurrido un lapso de tiempo que a él le pareció de muchas horas, oyó decir que el vapor fondeaba. Los tremendos balances no amenguaban por esto, y el pobre mareante, incorporándose con supremo esfuerzo para mirar por encima de la borda, vio el Hacho, vio la ciudad tendida en el istmo, como un gran telón que por el cielo arriba se encaramaba, después se hundía en los abismos profundos...

Las maniobras y el barullo del desembarco diéronle algún aliento. Deseaba ser de los primeros en tomar tierra; pero fue de los últimos. Con dificultad podía tenerse en pie, y el uniforme que le habían dado antes de salir de Cádiz le pesaba y estorbaba horriblemente, no acertando ni a meter los botones en sus ojales respectivos para conservar la dignidad de la persona y del traje; el ros se le perdió en las fatigas del mareo: pusiéronle otro, que se le encasquetaba hasta las orejas. Con tal facha, y viendo que cielo, mar, barco y tierra continuaban en angustioso sube y baja delante de su vista, obligándole a cerrar los ojos para reconstruir en su retina las líneas fijas del Universo, fue llevado como en vilo hacia la escala, y de allí le bajaron a un bote, que también se hundía y se encaramaba... No pudo decir lo que le pasó hasta sentirse arrojado como un fardo sobre los losetones del muelle. Su amigo el Capitán Pulpis vino a darle ánimos. Sacó Santiuste fuerzas de su extenuación, y evocando su dignidad y mirándose el uniforme que vestía, se puso en pie, anduvo... Entre soldados que se reían de su facha y desaliento, llegó a un sitio donde le dieron vino y pan. Habría preferido café, caldo, cualquier bebida caliente; pero hubo de conformarse, pues no estaba el tiempo para pedir cotufas en el golfo. Vio mujeres que, al paso de la tropa, le miraron compasivas. La mirada de las hembras levantó un poco su espíritu y le entonó el desmayado cuerpo.

Oyó salutaciones, clamor de vítores. Con decir ¡viva la Reina!, lo decían todo pueblo y soldados. Llegaba la hora del sacrificio por la patria, y era indecoroso pensar en comer. Adelante, adelante. La muchedumbre militar, en cuya retaguardia iba el mísero poeta y orador Santiuste, marchaba por la población ante un abigarrado gentío. Vio casas de desigual altura, unas con tejado, otras con azoteas; vio que por encima de algunas tapias asomaban palmeras y naranjos... vio caras compungidas y caras risueñas... Luego pasó por un conducto obscuro y estrecho, semejante a los túneles del ferrocarril; pasó por un puente levadizo, bajo el cual se extendía profundo foso vestido de hierba; vio bastiones, plazas de armas con pirámides de balas negras junto a los cañones verdes, inválidos; franqueó puertas rematadas con el escudo nacional, y, por fin, vio campo, terreno inculto a derecha e izquierda, lomas áridas con algunos grupos de chumberas o palmitos, entre peñas, y ya no veía mujeres ni paisanos. La tropa, en cuyas filas iba, avanzaba silenciosa: a lo lejos, a medida que el paisaje se abría, divisó el cronista soldados de todas armas, en grupos, no en actitud de combatir, sino de descanso; acémilas que volvían descargadas, camillas que aún no transportaban heridos. De moros no veía Juan ni rastro por ninguna parte.

Agradeció mucho el poeta militar que la masa de tropa, dentro de la cual era como gota de agua en la ola movible, suspendiera su marcha, alcanzado quizás el término de ella. Difícilmente se tenía ya en pie, y necesitaba evocar toda su dignidad y todo su patriotismo para no tumbarse a un lado del sendero. Algo le consoló ver que los soldados reconocían los sitios en que debían armar sus tiendas, y observó con gozo todos los indicios de esta función doméstica que aun en la vida de campaña es indispensable. Oyó que aquel lugar se llamaba El Otero; le animó mucho el notar que los soldados, alegres y activos, no se recataban para manifestar su horroroso apetito. Desde la salida de Cádiz no había vuelto a ver a su amigo Rinaldi: le suponía junto al General en Jefe, y a este se le figuraba en Ceuta, ordenando la situación de las fuerzas en los puntos convenientes para comenzar la campaña. La atenuación física desmedraba de tal modo las facultades mentales de Santiuste, que apenas podía discurrir, y al intentarlo no lograba traer a sus juicios la lógica fugitiva. No sabía en qué Cuerpo de Ejército se encontraba, ni si era su Jefe Prim o Zabala.

El capitán Pulpis, única persona con quien hablar podía, pues los demás no paraban mientes en él ni le hacían ningún caso, le dijo que más adentro, fuera ya del campo neutral, había un caseretón llamado El Serrallo, que fácilmente ocupó Echagüe días antes. Rodeado aquel sitio de cerros eminentes, en estos se levantaron fuertes. Atacaron los moros; se les rechazó en cuantas embestidas dieron. Habíamos tenido pérdidas; ellos muchas más... Ya que pisaban territorio marroquí dos Cuerpos de Ejército, y el Tercero no tardaría, pronto veríamos formidables batallas... Todo esto le hubiera parecido muy bien al amigo Santiuste, si se encontrara en el estado de equilibrio fisiológico que permite la fácil apreciación de los planes guerreros, pues los estómagos vacíos obscurecen las facultades del alma, y esta no puede darse cuenta de cosa alguna referente a la gloria y al patriotismo. Más que las noticias de los encuentros, honrosamente sostenidos por Echagüe, agradeció Santiuste que Pulpis le brindara el abrigo de la tienda, acabada de armar por los soldados; allí esperaría la comida que les diesen, la cual no había de ser mucha, pues las raciones venían escasas por no poderse transportar desde Cádiz, Málaga y Algeciras todo lo necesario.

Iba cayendo la tarde. El machacante de un sargento, de la compañía de Pulpis, dio pan al extenuado cronista; este se reanimó; fue recobrando su ser, desvirtuado por el mareo, el cansancio y el ayuno, y pudo esperar, con relativa paciencia, la hora feliz en que repartieran algo caliente y sabroso. Esto llegó al fin, y devorado fue sin que nadie pusiese el menor reparo. Dio Santiuste gracias a Dios y a Pulpis por la reparación de su cuerpo, que le devolvía gradualmente las luces y el vigor del alma. Un poco de café, mal colado y caliente, iluminó más el cerebro del héroe por fuerza, poniéndole en condiciones de enterarse de todo, de apreciar los juicios que oía referentes a hechos y a personas. Recostado en la parte de la tienda donde menos estorbo podía causar su cuerpo, escuchó comentarios que los oficiales hacían de la situación y objetivos del Ejército, y pudo entender que aún no se sabía con certeza si iríamos sobre Tánger o sobre Tetuán. Dominaba entre los contendientes la opinión de que lo segundo era difícil, y lo primero imposible.

El comandante don Luis de Castillejo, hombre de historia militar y social muy cuajada de peripecias, y además despejadísimo, aseguró que si el objetivo era Tetuán, el Ejército debió tomar tierra africana en la desembocadura del Río Martín. Él conocía palmo a palmo toda la costa, por haberla recorrido a pie o en lancha, en ocasiones dramáticas de su vida. Además, había servido en Ceuta, en Alhucemas y en Chafarinas; conocía también parte del territorio de Anyera, y podía resueltamente asegurar que el mejor punto de desembarco para contener a los anyerinos y expugnar a Tetuán era el Río Martín. ¿Cómo no lo vio así el General en Jefe cuando salió en el Vulcano a recorrer la costa? O no pudo acercarse bastante por causa del ventarrón que aquel día reinaba, o los técnicos que llevó consigo no pudieron asesorarle bien, por no haber estudiado previamente la costa entre Cabo Negro y Cabo Mazari, ni las débiles defensas que tienen los moros en la boca del río.

El sueño cerró las bocas de los oficiales, y Santiuste se adormeció pensando en su compromiso de referir puntual y rectamente cuanto viese. Su amigo y protector Beramendi le había dicho: «Hágase cuenta de que escribe para mí solo, y sea esclavo de la verdad». Ajustando sus ideas al recuerdo de la voluntad del Marqués, se durmió con este propósito: «Mañana escribiré que todavía no sabemos a dónde vamos... que quizás el Estado Mayor tampoco lo sabe... que el desembarco en Ceuta es un disparate estratégico...».

Y despertando al toque de diana, que en el campamento sonaba como himno religioso, pensó que si debía ser estrictamente sincero con el simpático Fajardo, a su amiguito Vicente Halconero, hijo de Lucila, escribiría en tonos de patriotismo infantil y sonrosado, así, por ejemplo: «Todo admirable, todo conforme al ensueño... los generales acertadísimos... los soldados alegres, deseando batirse, batiéndose como leones... como españoles bien comidos... la pitanza pronta en todo caso, y abundante... los moros iracundos en el ataque... cayendo como moscas... el país precioso, con oasis, palmeras, camellos... higos chumbos por todas partes... las mezquitas arrasadas por los nuestros... la Cruz triunfante, y ¡viva España!».

Medio repuesto ya del gran quebranto del viaje, salió Juan a pasear por el campamento, y no fue poco su asombro al ver que, recorriendo un gran espacio de terreno, no dejaba de ver tropas y más tropas. Queriendo llegar al fin de aquel humano enjambre, siguió laderas abajo y laderas arriba hasta dar en un cerro que llamaban del Renegado. Desde allí se veía el mar por una parte, por otra las alturas en que se alzaban los fuertes que mandó levantar Echagüe. Internándose un poco, vio el Serrallo, construcción vieja, almenada, y en torno a ella más tropas... Aunque no conocía, como Vicentito, los números de los Cuerpos, pudo apreciar, por la variedad de cifras, la muchedumbre de aquellos. Cuarenta y un batallones, según alguien le dijo, ocupaban aquel territorio. Los soldados, alegres y bulliciosos, deseaban que les echaran moros para dar cuenta de ellos.

Volvió a su tienda el trovador, y se ocupó en escribir sus primeras cartas, lo que hizo con la prolijidad y cuidado de un primerizo en tales obligaciones. Aún conservaba el sentimiento de su deber, no turbado por el cansancio; aún hervía en su mente la ilusión de grandezas épicas, anunciadas por la voz inequívoca de los corazones, así como por la profética voz de los vates políticos y literarios. Dio Santiuste, en sus dos cartas, noticias desacordes: en una pintaba la realidad; en otra dejaba correr su loca fantasía. Pero ya porque no tuviese costumbre de poner la debida atención en las cosas prácticas, ya porque su cerebro no estaba aún bien firme, equivocó los sobrescritos de los pliegos, enviando a Beramendi la carta imaginativa, la real a Lucila y su niño... El cantor de glorias no se enteró del trueco hasta muchos días después, cuando vio en un periódico las lindas parrafadas poéticas que dirigió al adorado hijo de la celtíbera.

Ansiaba Santiuste ver moros, y presenciar una gallarda pelea. Poco hubo de esperar para la satisfacción de su anhelo, porque a mediodía del 30 vomitó Sierra—Bullones gran morisma. Bajaban y se escondían entre matorrales, rompiendo el fuego contra los españoles. Estos acudían hacia ellos; daban el cuerpo los berberiscos con espantosa gritería; cundía el fuego en extensión considerable. Desde la vertiente sur de la hondonada del Serrallo, donde se hallaba Juan, no podía ver este sino una parte de la acción. Subiendo un poco para ver mejor, sin cuidado de mayor riesgo, encontrose a unos cuantos mirones junto a un peñasco guarnecido de chumberas. Arrimose también allí. Un amigo le cogió por el brazo: era Enrique Clavería, de Administración militar, jovenzuelo muy simpático, hijo del Coronel de un regimiento que había quedado en la Península. Santiuste y el joven Clavería, que también era un poco literato y enjaretaba versos como todo buen español de veinte años, pusieron toda su atención en el espectáculo que delante tenían. Vueltos de cara al Oeste, por donde se columbraba la angostura llamada boquete de Anyera, vieron que los moros salían por aquella parte como nube de moscas. Admiraba el cronista su agilidad de saltamontes; las burdas chilabas, del color de la tierra, les confundían con esta; se les veía perderse entre matorrales y salir de ellos saltando, con rápida flexión de sus zancas obscuras.

Todo lo que Santiuste ignoraba respecto a Cuerpos y personal del Ejército, lo sabía Clavería. Este le designaba los movimientos, y qué fuerzas los efectuaban. «¿Ves cómo se despliegan en línea? Allí está la izquierda; la derecha nos la tapa esa loma, que no nos deja ver el barranco del Infierno».

—¿Y tu General dónde está?

—¿Echagüe? ¿Dónde ha de estar sino en el sitio de mayor peligro? Allí, en la derecha le tienes: no podemos verlo. Fíjate ahora en el ala izquierda... Enfila tu vista por aquel pedazo de muralla con dientes, que parece ruina de una mezquita... ¿Ves de dónde sale tanto humo? Pues allí está Lassausaye, ese inglés valiente como un gallo de pelea... Es de los que no retroceden así les parta un rayo...

—¿O'Donnell dónde está? Se habrá quedado en el Otero dando sus disposiciones.

—¡Quia!... le tienes aquí... ¿Ves el Serrallo?... Enfílate por la torre del Este... un poquito más allá...

—Ya, ya veo... distingo la escolta... Ahora pica espuelas, sube hacia la línea de combate. ¿Será que la cosa anda mal?

—El General en Jefe avanza... Va en busca de Zabala. ¿No ves a Zabala?... Allí, junto a la loma que nos tapa la vista del ala derecha.

Los otros mirones, que eran acemileros del Primer Cuerpo, y un médico del Segundo, prorrumpieron en exclamaciones de júbilo al ver la gran polvareda y el humazo que marcaban una tenacísima refriega en el ala izquierda. Aseguró uno que veía moros sin cuento cayendo patas arriba; otros, con bárbara temeridad, se aproximaban a los españoles, disparando sus espingardas casi a boca de jarro. «Ese Lassausaye es de hielo por de fuera, y por dentro todo fuego —exclamaban—. ¡Bien por Simancas, bien por Las Navas!... ¡Vaya una muestra de cazadores!...». Loco de entusiasmo, un acemilero se puso las manos en la boca formando caracol, con el vano intento de llevar su voz a tanta distancia, y con toda la fuerza de sus pulmones gritó: «Simancas, hijo mío, ¡bravo!... Aquí está España mirándote... ¡Bravo, Simancas, hijo!».

II

«¿Y Talavera?» preguntaba el médico.

Talavera está con Echagüe... allá... detrás de la loma. No podemos verlo... Pero los tiros y el humo dicen que los moros cargan por aquella parte.

En efecto, los moros se corrían hacia las alturas del Renegado: querían envolver a Echagüe. Pero allí tenían la peor de las posiciones, por causa de los cantiles que precipitaban el suelo hacia la mar. Con todo su valor insensato, nada lograron a la postre. Talavera y Borbón les sacudieron de firme en todo el resto de la tarde, y al fin, los que no pudieron ganar el monte se arrojaron por el cantil abajo, para esconderse entre las peñas donde reventaban las olas. Ya anochecía cuando Santiuste y los demás vieron regresar a O'Donnell con Zabala hacia el Serrallo; después bajó Echagüe. Todos traían cara de haber cumplido su deber con fruto. El llamado Dios de las Batallas les había dado el éxito de cada día... No fue ciertamente victoria sin quebrantos, pues muertos quedaron siete oficiales y cuarenta y tres soldados. Los heridos fueron doscientos sesenta, contándose entre ellos tres jefes y catorce oficiales.

En marcha hacia su campamento, situado entre el Otero y la Veguilla, no lejos del Cuartel general, Juan sintió el descenso de su entusiasmo, al ver que en una camilla traían al pobre Pulpis gravemente herido. Metiose con él en la tienda, decidido a ser el primero en asistirle, y pasó una noche tristísima oyendo los lamentos del capitán, acribillado a balazos y con una grave herida en la cabeza. Aunque el médico aseguró que no había peligro de muerte, no se calmaba el afán de Santiuste ante el lastimoso estado de su amigo, ni este se conformaba con que le enviaran, como cuerpo inútil, a los hospitales de Ceuta, privándole de compartir las glorias de Simancas en los restantes lances de la guerra... Pero el descorazonamiento del cronista no llegó a las frialdades más negras hasta la siguiente mañana, cuando le dio por recorrer todo el lugar de la acción del 30. Los heridos que en las tiendas de sanidad veían eran cientos, y a él le parecieron miles. Los muertos que vio recoger y conducir a las sepulturas, formaban en su mente fúnebre legión. Iba el capellán castrense de un lado para otro echando responsos con militar presteza, y a su paso desaparecían bajo la tierra tantos y tantos jóvenes que horas antes fueron vigorosos, sentían intensamente la alegría de vivir, y se juzgaban mantenedores del honor de su patria. Por esta caían en el hoyo, como los musulmanes perecían también por el honor de la suya, juntándose debajo de la tierra los dos honores, que en la descomposición de la carne quedarían reducidos a un honor solo.

El noble corazón del orador y poeta sintió la misma lástima ante los muertos berberiscos que ante los cristianos. Estos eran enterrados con mayor respeto; los otros por simple ley de sanidad, para que no corrompieran el aire. Vio en los moros caras muertas de pavorosa hermosura. Muchos contraían los labios con sonrisa de burla o de orgullo desdeñoso. Las cabezas rapadas, oprimidas por el lío de cuerdas de pelo de camello, al modo de turbante, tenían el color de las calabazas de peregrino; las manos, por fuera negras, amarillas por la palma, ofrecían con sus crispados dedos las más extrañas formas... las piernas flacas y de color terroso, en algunos teñidas de sangre, mostraban, como los brazos, inverosímiles contorsiones y posturas de una gimnasia fantástica. Todo esto lo vio y pensó Juan, observando cómo los vivos se desembarazaban de los muertos. Los cadáveres moros, que yacían no lejos del mar, eran arrojados por el cantil abajo, y algunos quedaban con medio cuerpo en el agua y medio en las rocas, para el equitativo reparto entre aves y peces.

Empezó a soplar aquel día Levante furioso, que por la noche trajo abundante lluvia. Vio Santiuste que el África se envolvía en nube de tristeza, y que los vivos colores de su suelo se desleían en un medio fangoso y opaco. Del mismo modo, en el alma del solitario joven se iba marchitando y desluciendo la ilusión de guerra. Quizás, pensó, no había visto aún bastante guerra para conocer y juzgar fríamente este aspecto de la acción humana, tan antiguo como el mundo... Quizás influía en su ánimo el feísimo cariz del tiempo, la lluvia constante, la suciedad del piso y la consiguiente inacción del Ejército, que además de aburrirse, sufría escasez por no andar muy corriente el servicio de bucólica. Las operaciones, en aquellos húmedos días, de suelo enfangado y pardo cielo, no tuvieron importancia: redujéronse a tentativas aisladas de los moros contra los fuertes que dominaban el Serrallo.

Trasladado a Ceuta el capitán Pulpis con todos los remiendos que en su agujereado cuerpo pudo hacer la Facultad, quedó Juan más desconsolado y triste. Asistir y curar al herido, charlar con él, más en broma que en serio, cuando le veía en buena disposición mental, era inefable consuelo para el alma de Santiuste, encendida siempre en fuego de amor al prójimo... Pero Dios, que miraba por el hombre bueno y piadoso, le deparó, a cambio de la amistad perdida, otra de bastante precio; y fue que a punto de ver partir a Pulpis, hizo conocimiento con un clérigo castrense, llamado don Toribio Godino, el cual, desde las primeras palabras, se le reveló como varón sencillísimo, de corazón generoso y ameno trato.

Grandes coloquios tuvieron el cura y el desengañado poeta en aquellos días de calma tediosa, arrimados al hueco menos frío de una tienda. Franqueándose uno y otro, como si toda la vida se hubieran conocido, resultó que el señor Godino era primo de doña Celia, la señora de Centurión; que había sido muy amigo del coronel Villaescusa, padre de la famosa Teresita; que a esta y a la Manuela, su madre, las conocía como si las hubiera... dado a luz... Peor era la madre que la hija, pues esta tenía buen corazón, y si pecaba era por despojar a los ricos para dar a los pobres. Gracias a ella don Toribio no se había muerto de hambre en el invierno del 57, que fue de los más crudos. Teresa robaba a los ángeles su figura y modos para meterse en líos de caridad. Era un contrasentido, un disparate moral... De confianza en confianza, hizo don Toribio historia de los hechos culminantes de su vida, ya bastante larga, pues andaba al ras de los setenta. En su juventud había conocido y tratado a famosos clérigos, como Ruiz Padrón, Muñoz Torrero y otros, de quienes se le pegó el tufillo liberal, que no pudo echar fuera de sí en sucesivos años. Fue perseguido el 24 con tal encarnizamiento, que si no se refugiara en Portugal, le habrían quitado la vida. Repatriado en tiempos de la Regencia, vivió gracias a la protección del señor Garelly, y de don Javier de Burgos, que si no le estimaba mucho como sacerdote, apreciábale como latinista... Míseramente pudo sostenerse en curatos rurales, luchando con la malquerencia de facciosos más o menos encubiertos. Siguió hasta el 50 amparado de la obscuridad, sin poder aspirar a mejor acomodo; pero en aquella fecha se desencadenó contra él furioso viento de persecución, sin saber de dónde venía, y obligado a trasladarse a Madrid, se le acusó de masonismo y se le retiraron las licencias. Tales injusticias y crueldades indujeron al don Toribio a ser poco discreto en la manifestación de sus ideas, un tanto libres en todo lo que no perteneciese al dogma. Siempre fue ortodoxo; mas no lo creían así sus colegas, sin duda por ser hombre que al pie de la letra practicaba el in dubiis libertas. Por fin le vino Dios a ver en la persona del General Zabala, el cual, apiadado de él y juzgándole sin prejuicios ni malquerencias, le sacó de aquel anticipado Purgatorio y le trajo al clero castrense, donde el pobre señor respiró viéndose rodeado de compañeros buenos y tolerantes. En su ardiente gratitud, aplicaba al digno General el Deus nobis haec otia fecit, y se sentía capaz de dar la vida, si necesario fuese, por la de su noble bienhechor.

En sucesivas conversaciones, cuando lo permitía el ocio del campamento, Santiuste confió al buen clérigo algunos particulares de su vida; y una tarde, viniendo a parar a sus recientes dudas o desfallecimientos en la fe y devoción de la guerra, le dijo: «¿Cree usted, amigo don Toribio, que existe el llamado Dios de las Batallas? ¿Cree usted en esa confusión del Marte pagano con nuestro Cristo Redentor, que jamás cogió una espada? ¿Qué piensa usted de la Virgen, como dispensadora del triunfo en las guerras, al modo de aquellas diosas que tomaban partido por los griegos o por los troyanos? ¿Al Apóstol Santiago le tiene usted por verdadero general de españoles y matador de moros? ¿Dónde está el texto de Cristo en que dijera a sus discípulos: 'montad a caballo y cortadme cabezas de los hijos de Agar?'».

Sonrió el castrense mirando al suelo, y rascándose la barba, no afeitada en seis días, respondió de este modo a la consulta: «Hijo mío, nos hemos encontrado esas tradiciones de fe, y tenemos que respetarlas sin meternos en libros de Teologías. A mí, la verdad, no me caben en la cabeza Dios guerrero, ni Jesucristo militar, ni Nuestra Señora con bastón de Capitana Generala; pero eso pertenece al conjunto de creencias y de actos sacramentales que me dan de comer. De todo ese conjunto como, y el alimento es cosa capital, hijo mío; pues si yo observo los ayunos y abstinencias que la Iglesia me manda, no estoy por pasar hambre todo el año. Ya sabes que el abad de lo que canta yanta. Yo canto todo lo que sea preciso para un yantar moderado y sin gula. Y no te digo más, que con lo dicho basta para que sepas la opinión de un capellán de tropa que sabe cumplir sus deberes... Y ya que de comer tratamos, sabrás que nos esperan fatigas y no pocos ayunos, fuera de los días de rúbrica, porque vamos hacia el Sur. ¿No lo sabías? Sí: de esta ratonera en que estamos no podemos salir más que escabulléndonos por la costa. Ya tienes al Tercer Cuerpo, que manda el general Ros, acampado en esa parte del Tarajar: ya han empezado allá las obras que han de proteger nuestro camino. Hacia Río Martín vamos, de donde subiremos a Tetuán, si Dios lo quiere, pues aunque no exista el de las Batallas, Dios hay que sobre todos los actos de los hombres impera, así moros como cristianos...».

Recluido Juan en el campamento del Otero, apenas se dio cuenta de la acción del 12, en que Prim, con los regimientos del Príncipe, de Granada, cuatro compañías de Almansa, cazadores de Vergara y otras fuerzas, acudió a la defensa del camino que abrían los ingenieros junto al reducto del Príncipe Alfonso, para franquear la marcha a lo largo de la costa. Atacaron los moros con fiereza; pero pudo más Prim, que los destrozó y dispersó, secundado por el coronel del Príncipe, don Cándido Pieltaín, y el coronel de Granada, don Miguel Trillo... En esta rápida y vigorosa acción, murió el coronel de Artillería don Juan Molíns. Gran duelo hizo todo el Ejército a este ilustrado y valiente militar... La acción del 15, parte por lo que pudo ver, parte por lo que le contaron, la relató Santiuste en las dos cartas que escribió a Madrid, con corta diferencia en el sentido y tono de una y otra. El nubarrón de moros que descargó por el boquete de Anyera parecía como un diluvio de hombres. Tras los de a pie, que no bajarían de catorce mil, se desgajaron de la altura como unos mil de caballo, turbamulta vistosa, pintoresca, de pasmosa agilidad y gallardía en sus movimientos. Se creyó, y luego quedó plenamente confirmado, que al frente de los gallardos jinetes venía Muley el Abbás, hermano del Emperador y caudillo de su Ejército.

El incansable inglés Lassausaye y el General Gasset, con fuerzas del primer Cuerpo, reciben dignamente a toda aquella caterva; mientras avanza O'Donnell hasta el centro de la línea de combate, el General García desbarata la falange mora, haciéndola retirar hacia el mismo boquete por donde había entrado en escena; hasta muy cerca de la bahía de Benzú persigue Lassausaye a los jinetes, que huyen, con la fantástica presteza que ponían en todos sus movimientos: se les ve como una nube de saltamontes que levanta el vuelo... Tendidos sobre el cuello de sus veloces caballos, al viento los alquiceles blancos, parecían visiones de hipogrifos que tornan a sus cuadras mitológicas, entre el cielo y la tierra. ¡Hermosa y teatral acción, tan decisiva y brillante para los españoles, que algunos pudieron creer reproducida la milagrosa intervención del Apóstol Santiago! Por esto decía Santiuste en su carta a Lucila y Vicentito: «No vimos a Santiago; pero allí estaba... yo sentí estremecido el suelo por las herraduras de su caballo».

III

En las acciones del 20, 22 y 25 de Diciembre, repitieron los moros su intento de interrumpir los trabajos del camino de Tetuán. Pero en el espacio que mediaba desde el boquete de Anyera al campamento del Tercer Cuerpo, no lejos de los bosques donde aquellos se guarecían, O'Donnell puso doce piezas de montaña, y ocho de artillería rodada. Decir que los pobres hijos de Mahoma fueron barridos, no expresa bien la rapidez pavorosa de su fuga. Otros intentaron atacar el frente del Tercer Cuerpo; pero Ros de Olano, que les aguardaba prevenido, mandó avanzar su vanguardia, protegida por cuatro cañones de montaña, y no fue menester más para que los enemigos tornaran con pie ligero a los altos de Sierra—Bullones. Del reconocimiento que hizo Prim el día 22 en el camino de Tetuán, habló también Santiuste en sus cartas, ateniéndose a lo que le contaron, pues nada vio de aquel suceso. Ello fue que Prim batió y dispersó a la caballería mora, en la entrada del Valle de los Castillejos. Fiados en la ligereza de sus caballos, los árabes hacían simulacro de retiradas, volaban hacia los montes, volvían de improviso con veloz carrera y vocerío formidable...

De la prodigiosa táctica de los jinetes berberiscos, que suplían la fuerza con la agilidad, habló Santiuste a su amigo Vicentito Halconero, añadiendo teorías militares impropias de la débil comprensión de un niño. Pero el triste poeta no sabía lo que hacía: sin equivocarse en los sobrescritos, trocaba los asuntos, transmitiendo a Beramendi relatos e ideas infantiles, mientras al amado nieto de Ansúrez endilgaba las consideraciones más sutiles que la campaña sugerían. A uno y otro amigo les contó que O'Donnell había mandado repartir a la tropa castañas y batatas, para que el 24 celebraran el Nacimiento del Niño Dios. Concedió asimismo dos horas de esparcimiento, después del toque de retreta, para que los soldados se divirtieran, recordando el bullicio y alegría de sus hogares en tan memorable noche. Era quizás la primera vez que en la casa misma del Islamismo sonaba el Gloria a Dios en las alturas, transformado en rudas coplas por diez y ocho siglos de poesía cristiana. Se permitió a los soldados que encendiesen hogueras; tocaron las músicas, y el campamento español, en toda su largura, desde el Otero hasta la Concepción, resplandecía con rojas luminarias, que lo mismo que las alegres voces eran expresión del regocijo familiar. Reían, bailaban y se divertían los pobres soldados a dos pasos de un enemigo feroz, y sobre un terreno por conquistar.

Con forzado júbilo disimulaban los españoles la tristeza de la patria ausente, y así, cuando las cornetas, a las diez en punto, tocaron a silencio y se dio por terminada la huelga, los más divertidos cayeron en opacas añoranzas. La Noche—Buena prosiguió dentro de las tiendas, ya en meditaciones sobre la suerte que Dios nos depararía en Marruecos, ya en apagados coloquios que traían a los labios de los combatientes nombres y dichos de seres amados... Y no bien apuntó el día, vinieron los moros a despertar a los durmientes y a sacudir de su modorra a los cavilosos. El tiroteo de las trincheras anunció batalla; el enemigo, que creía habérselas con un Ejército embriagado, lo halló bien prevenido. Toda la mañana se tirotearon españoles y marroquíes, empeñando hacia la mitad del día combates encarnizados. Repetían los moros su táctica de sorpresa y fingida retirada; mas el juego, descubierto por los de acá, era completamente ineficaz... Acababan desbandándose, sin ganar una pulgada de terreno... Escasas pérdidas tuvo España el día de la Natividad; los moros cayeron en gran número, unos acribillados por las bayonetas, otros despeñados en los cantiles. En su azorada fuga corrían hacia el mar, y en las peñas o en medio de las olas encontraban los más de aquellos infelices la muerte, los menos su salvación.

El día 29 de Diciembre, hallándose el trovador con ganas de sacudir la inacción en que le tenían sus murrias, montó en el caballejo que le habían destinado, y después de subir a las alturas para ver trincheras y fortines, dirigiose al campamento del Tercer Cuerpo, donde tenía buenos amigos, que no había visto desde que pisara el suelo africano. No era mal jinete Juan, y su figura escueta, en un caballo de pocas carnes como el que montaba, no carecía de donaire estético. Podía pasar por un Don Quijote en la flor de su edad (veinticinco años), caballero en un Rocinante desmedrado por la mala vida más que por los años... Salió mi hombre del Otero, y faldeando el cerro que divide las alturas del Serrallo del arroyo de Anyera, se dirigió al campamento de la Concepción con ánimo de seguir adelante, para enterarse de las obras del camino de Tetuán. El día era espléndido: un sol brillante pintaba de oro y siena los montes; cielo y mar sonreían ante las alegrías de la Naturaleza. Sintió el poeta en su alma como una disipación de las nieblas que la envolvían, y esta claridad se le convirtió en regocijo cuando vio venir por el cerro abajo a Leoncio Ansúrez. Este le llamaba con fuertes voces, adelantándose a los soldados con quienes venía... Paró Juan su caballo al reconocer a su amigo; hizo por abrazarle desde la altura de la silla; el armero le echó los brazos a la cintura. ¡Qué feliz encuentro! No se habían visto desde que llegaron al África. «¿Pero qué es de ti?... ¿Cómo te prueba esto? ¿Estás contento? ¿Qué noticias tienes de Madrid?...». Estas y otras preguntas fueron el exordio de una conversación que de lo familiar pasó a las cosas de interés militar y público.

«Dime, Juan, ¿te has batido?».

—Yo no, Leoncio. Mi misión aquí no es hacer la Historia, sino contarla. Soy español de paz, por no decir moro de paz. ¿Y tú? No habrás matado sólo conejos.

—He matado moros... no creas que uno ni dos...

—Como eres gran tirador, te habrán dejado meter baza...

—Tú lo has dicho. Me arrimo a Cazadores de Baza, que son mis amigos... ¡y qué quieres!... doy gusto al dedo. Muchísimos moros me deben el encontrarse ya en el paraíso del señor Mahoma... Por cierto que esos perros tienen amigos que les han traído armas mejores que la espingarda... mejores para ellos; para nosotros, todo lo contrario. Mira.

—¿Qué es eso?

—Balas que he recogido en el campo de las acciones últimas. Veníamos notando en sus tiros mayor alcance. El General me ha mandado recoger balas, y aquí llevo las que he podido encontrar... Por el hilo se saca el ovillo, y por el proyectil el arma... Yo digo y sostengo que el nuevo armamento de algunos moros es el rifle inglés de espiga. Ya verá el General Ros, ya verá el General en Jefe, ya verá España que hay aquí mano oculta...

—El oro inglés, como solemos decir...

—Pero no les vale, no... En Tetuán hablaremos, señores ingleses.

—¿Crees tú que llegaremos a Tetuán?

—Como creo que llegamos a mi campamento... Ya estamos en él... Entremos por allí, que es la puerta más próxima. Llamamos a esa entrada la Puerta de Alcalá.

Era el fortificado campamento como un pueblo con calles de tiendas, en líneas cruzadas a escuadra. Gran animación había en la ciudad de lona. Todo el vecindario estaba en las avenidas y calles, gozando de la hermosura del día y del calorcillo del sol. Unos ponían a secar ropas recién lavadas; otros se fregoteaban el cuerpo, desnudos de la cintura arriba. En el barrio de provisiones humeaban los peroles sobre las trébedes; en estos ardía la leña verde con alegre estallido. Más allá, los caballos comían su ración en sacos colgados de su propio cuello... Monturas, camas, mantas, todo salía en busca del beneficio del sol...

Se apeó Santiuste, entregando su rocín a unos ordenanzas, amigos de Leoncio, y dijo a este: «Quiero estirar mis piernas ateridas. Te participo que no me voy de tu campamento sin ver a Perico Alarcón. Tú me dirás dónde puedo encontrarle». Respondiole Ansúrez que Alarcón, si no estaba en su tienda, estaría en la del General o en la del Duque de Gor. Siguieron andando, y en esto observaron que las alturas que dominaban la costa, sobre la ensenada llamada Uad Arrial, estaban pobladas de curiosos, oficiales en su mayor parte, vueltos hacia el mar, algunos provistos de anteojos. ¿Qué pasaba en el mar? Corrieron hacia allá los dos amigos, y antes de que llegaran a las alturas, voces alegres de los que volvían les enteraron del caso. ¡Era la escuadra, la escuadra española, que navegaba hacia el Sur para bombardear los fuertes moros de Cabo Negro y Río Martín! Se veían perfectamente, sin anteojos, las gallardas naves... Por allí, por allí... ¿Cuántos buques son?... ¡Seis, siete... son nueve, entre vapores y de vela!... Ya se veía la nave delantera desaparecer tras la punta del Cabo; ya iban entrando una tras otra en la ensenada de Río Martín; pronto se oirían cañonazos...

Pasó algún tiempo, y un silencio religioso se cernía como nube sobre los grupos de mirones. Entre ellos estaba el General del Tercer Cuerpo, el Coronel Duque de Gor, los Brigadieres Cervino y Mogrovejo: allí multitud de jefes y oficiales; pero Alarcón no parecía. Después de mirar detenidamente en todos los grupos, supieron, por referencias de un amigo de Enrique Clavería, que el cronista del Tercer Cuerpo había ido al Cuartel general, a que don Leopoldo le diera informes oficiales de aquel movimiento de la escuadra, para poder escribir su próxima carta De un testigo con el debido conocimiento de las operaciones proyectadas... En esto sonó tiroteo próximo... De improviso todos los curiosos volvieron más que de prisa al campamento. Sonaron las cornetas llamando a formación. Con rapidez eléctrica, los hombres dispersos en las calles de la ciudad de lona se agruparon en haces guerreros. Oyó Santiuste que gritaban: ¡Baza, Baza! Iban a salir los Cazadores de este nombre para rechazar a los moros, que ya zancajeaban dando alaridos de peña en peña. El enjambre corría no lejos del campamento, extendiéndose por las alturas que descienden hasta el mar, cerca ya de los Castillejos... Sale Baza con mágica presteza; le siguen fuerzas de Llerena, Granada y Zamora... El enemigo embiste a los soldados de Vergara que protegían los trabajos del camino... Y cuando el tiroteo es más sonoro, óyense los zambombazos de los barcos de guerra, hacia el Sur, repercutiendo en los aires como truenos lejanos...

Fascinado Leoncio por la marcha de los de Baza, corrió tras ellos, dejando solo a su amigo. Pensaba este retirarse, y cuando iba en requerimiento de su caballo, que pastaba en un padrillo del Tarajar con otros jamelgos y dos burros de los cantineros, vio venir a Perico Alarcón presuroso, en dirección a su campamento. Los dos amigos se reconocieron y gozosos se juntaron. No se habían visto desde Madrid; anhelaban referirse mutuamente sus impresiones de la guerra... Mas la ocasión de charlar no era la más propicia, porque el uno quería volverse a su campamento; el otro, ardiendo en curiosidad, se iba con el alma y con los ojos hacia el camino de Tetuán, donde sonaba el vivo tiroteo. «Déjame aquí, Pedro —dijo Santiuste, oponiendo su pesada inercia a la viveza de su amigo—. Estoy enfermo. Vete tú, y si no tardas en volver, te aguardaré donde me indiques». No necesitó Alarcón más licencia para salir disparado, diciendo a Juan que le esperase en tal tienda de Ciudad—Rodrigo, una de las más próximas al sitio donde se separaron.

En cuanto estuvo solo Santiuste, dejó al Acaso que guiara su ambulación incierta: lleváronle sus pasos ante una gran tienda, que al punto reconoció como Hospital de Sangre, por el número de camillas que en su interior desde fuera se veían y por los olores farmacéuticos envueltos en exclamaciones de dolor que en la puerta recibían al visitante. Entró Juan, a punto que sacaban en parihuelas un soldado muerto para llevarle a enterrar. Tres heridos graves yacían sobre colchonetas, rígidos, en posición supina, alguno de ellos con la cara tan cruzada de vendajes, que no se le veían las facciones, y más parecía envoltorio que ser humano. Hacia el fondo de la tienda, un oficial agonizaba: tenía puesto el ros, desnudo el pecho de ropa, mas no de bizmas y vendajes, pues toda la región torácica era una criba. Además, le habían amputado un brazo. A una señal del médico, un auxiliar sanitario quitó el ros al moribundo y le cubrió con sábana y manta hasta la boca. Los ojos tenía muy abiertos... El cura, después de mascullar latines para encomendar el alma, rezaba en silencio... Retirose el médico para arrimarse a otros en quienes aún podía ser eficaz la ciencia. Aproximándose al expirante, Juan le vio dar las boqueadas, con que pasó de la vida a la muerte. El castrense dijo a Santiuste: «¡Lástima de chico! Es hijo del coronel Gallo, y acabadito de salir de la Academia de Toledo le trajeron a esta campaña».

Acongojado estaba Juan ante el espectáculo de aquellos martirios; pero no sabía salir del hospital. Viendo a un herido que en su delirar ardiente cantaba coplas obscenas, a otro que se condolía de su suerte con ahogados acentos, observándolos a todos, y el entrar y salir de médicos o asistentes de Sanidad, se le pasaba el tiempo sin sentirlo. Menos espanto le causaban aquellas lástimas que el horrible tiroteo, a cada instante más nutrido y cercano... Cuando ya la tarde declinaba y los sirvientes del hospital encendieron velas, el ruido de tiros se iba apagando, perdiéndose en invisibles lejanías. De pronto vio Juan que llegaban a la tienda camillas con nuevas víctimas, en número tal, que tuvo que echarse fuera para hacerles hueco. Heridos llegaron silenciosos, que parecían muertos; otros blasfemaban, increpando al cielo y a la tierra; algunos bromeaban, comentando su mala estrella con picantes dicharachos... La sangre derramada y las vidas en peligro, de sí mismas se burlaban.

Fue y vino Santiuste un rato entre las tiendas próximas, viendo soldados ilesos que en grupos alegres volvían al campamento, hasta que tuvo la suerte de ser encontrado y detenido por Pedro Antonio de Alarcón, que haciendo presa en su brazo le dijo: «Palomino atontado, ya te cogí: pensé que te habías ido... ¡Vaya un julepe que se han ganado los moritos!... Ven y te contaré. Esta noche la pasas conmigo. Cenaremos juntos... tengo provisiones muy ricas... Ven... No chistes; no te me escapas... Eres mi prisionero».

IV

Aunque era de soldados la tienda de Perico Alarcón, ofrecía dentro de sus paredes de lona refinamientos epicúreos. Dos velas podían lucir colocadas en botellas vacías; había mesa de tijera, como un catre, para comer; dos y hasta tres sillas del mismo sistema de abre y cierra. Las latas que contuvieron sardinas o carne salada de buey hacían veces de vajilla para servir diferentes manjares; las camas de dos dobleces eran muy cómodas, con grupas de cabalgaduras por almohadas y buenas mantas de abrigo. Del mástil que sustentaba todo el artificio de la tienda pendían objetos de puro lujo en campaña: estuche de afeitarse, abrigos impermeables, gorros para dormir, un saquito con castañas y nueces, la máquina de daguerrotipo, un manojo de chorizos y otras cosas de uso común en la vida. En una cesta, cariñosamente colocada entre dos camas, se guardaban botellas de Jerez y algunas de champagne, obsequio del General del Tercer Cuerpo al amigo que ilustraba la guerra con sus admirables narraciones y comentarios.

En el compañerismo más ecualitario descansaban allí vanos soldados y un oficial, a más de Pedro Alarcón. Todo era común, la comida y los avíos domésticos. Apenas entró el oficial, acostose rendido: no era para menos la acción de aquella tarde, después de doce horas en el servicio de trinchera. Se quitó el uniforme, quedándose con la camiseta de tartán rojo y los calzones interiores de lo mismo; se lió a la cabeza un pañuelo de hierbas; se comió un chorizo; luego bebió del café caliente que de la hoguera próxima trajeron los soldados, y tartamudeando las buenas noches se entregó a un sueño profundo. Alarcón y su amigo, decididos a regalarse con una cena opípara, se sentaron junto a la mesa: comieron carne de lata, huevos duros, almendras, pasas, y polvorones de Ceuta. De todo partían con los soldados. A estos les tiraba más la sociedad de sus compañeros que la de personas de superior clase, y se fueron al amor de la hoguera, donde asaron batatas y se regalaron con café y charla sabrosa, hasta que el sueño les llevó a la querencia de sus camastros.

«No sabes, Perico, cuánto me alegro de verte —dijo Santiuste—, ni qué ganas tenía de charlar contigo. Sólo con oírte me siento animado y se me abre un poco esa puerta de la nutrición que llamamos apetito, y se me cierra la de esos desvanes que llamamos melancolías».

—Tú estás enfermo, Juan —contestó el otro—; tienes la malaria de los campamentos, quizás nostalgia de personas y afectos que has dejado allá, en esa Berbería bautizada que llamamos España. La malaria castrense es achaque de los que no tienen costumbre de dormir al raso, o en estos palacios de lona con pavimentos de tierra húmeda. Pero te aclimatarás, y como no te dé el cólera, te harás una naturaleza militar y un temple guerrero. No te creas: más confort hay aquí que en las buhardillas donde tú has vivido... y por mi parte, juro en Dios y en mi ánima que Granada la morisca y Madrid la cortesana han sido para mí más esquivas en la cuestión de bucólica... en ciertas épocas, Juan, en ciertas épocas... más esquivas, digo, que este campamento, donde no sólo comemos gloria, sino longanizas, batatas de Málaga y hasta jamón de Trevélez... como lo oyes... En fin, cuéntame, Juan, cuéntame...

—En pocas palabras te lo cuento todo, Perico. Estoy desilusionado de la guerra. Te reirás de mí, acordándote de aquel entusiasmo mío que más parecía locura... Pues sí, en mi espíritu se han marchitado todas aquellas flores que fueron mi encanto... ya sabes... Yo me adornaba con ellas, yo me tragaba su aroma y lo echaba por los ojos, por la boca... Me servían para hacerme pasar por elocuente y para que lloraran oyéndome las mujeres y los chiquillos... Esas flores eran el Cid, Fernán González, Toledo, Granada, Flandes, Ceriñola, Pavía, San Quintín, Otumba... Pues bien, Pedro: de esas flores no queda en mi espíritu más que una hojarasca que huele a cosa rancia y descompuesta... Vine a esta guerra con ilusiones de amor. La guerra era mi novia, y yo el novio compuesto y lleno de esperanzas. Imagínate lo que habré sufrido al ver que mi amada se me vuelve fea y hombruna, que sus azahares apestan tanto como su boca... ¿Casarme yo con esa visión?, ¡quia! En vez de decir , he dicho no, y he vuelto la espalda. La guerra, vista en la realidad, se me ha hecho tan odiosa como bella se me representaba cuando de ella me enamoré por las lecturas... ¡Ay!, querido Pedro, ese mundo vivido en los libros, en páginas de verso y prosa, ¡cuán distinto es del mundo real! Es aquel un mundo que parece haber nacido en los libros mismos, por virtud de los caracteres de imprenta. Lo que ahora me parece sueño, ¿fue verdad alguna vez? Voy creyendo que no... ¿Y cómo me explico que siendo para mí tan antipático y repulsivo el ver a hombres matando sin piedad a otros hombres, me hayan encantado las carnicerías de Clavijo, Calatañazor y las Navas de Tolosa? ¡Matar hombre a hombre! ¿Y yo adoré esto, y yo rendí culto a tales brutalidades y las llamé glorias? ¡Glorias! ¿No es verdad, amigo mío, que muchas palabras de constante uso no son más que falsificaciones de las ideas? El lenguaje es el gran encubridor de las corruptelas del sentido moral, que desvían a la humanidad de sus verdaderos fines... ¿Te ríes, Perico? ¿Me tienes por loco?

—¡Con cien mil de a caballo!, como diría Manolo Fernández y González —replicó el granadino—, si no estás loco, lo pareces. Juraría yo que tus facultades están alteradas por el no comer. Si te alimentaras como yo, no padecerías esos desmayos del pensamiento... Come más carne, Juan: tengo otras dos latas... y bebe de este Jerez que limpia los cerebros mohosos... Vamos a cuentas. Cierto que el hombre no debe matar al hombre por el gusto de matarlo... ¿Pero qué harás tú, mi querido Santiuste, si viene alguno contra ti con intenciones de quitarte la vida? ¿Te cruzarás de brazos?... Digan lo que quieran los primitivos legisladores de la humanidad, nos vemos obligados a matar a los que quieren ser nuestros matadores... Muy bonito, muy bonito es eso de no derramar sangre humana. Pero los hombres, por ley natural, se han congregado en familias; las familias en pueblos; los pueblos en naciones, y estas tienen sus territorios, sus intereses... Surge la lucha por los dones de la Naturaleza, la lucha por los caminos de la tierra o del mar, ¿y cómo se han de ver y sentenciar estos pleitos, señor Don Pacífico? ¿Por asambleas de filósofos?... Me maravilla que tú, que das ahora en no creer en la guerra ni en la gloria militar, creas en la Edad de oro. Bueno: pongámonos en la Edad de oro. Figurémonos que no hay tuyo y mío, que comemos bellotas y nos vestimos de verdes lampazos... ¡Muy bonito, señor, muy bonito! Pero un día, en pleno éxtasis paradisiaco, dos hombres de mal genio o dos grupos de hombres se disputan el fruto de una encina o el chorro de una fuente. Pues ya tienes en planta la guerra: o los hombres riñen, o dejan de ser hombres; ya tienes un vencedor y un vencido. Adiós, Edad de oro... El hombre no se contenta con vivir de bellotas: inventa el pan, el vino, el azúcar, y de invención en invención llega hasta el Pavo en galantina con trufas, o el Pastel inglés con pasas de Corinto, ron de Jamaica, canela de Ceilán y nuez moscada de Madagascar. Figúrate tú las guerras y conquistas que hay debajo de estos sabrosos ingredientes alimenticios...

—Ya sabía yo —dijo Santiuste triste, pero comiendo y bebiendo de lo que Perico le ofrecía—, que ibas a tocar esa cuerda... Es la única que los cantores de la guerra tienen en su lira.

—También te digo que en principio, fíjate bien, en principio, creo que la guerra es un mal, y que sería muy bueno que llegáramos a la paz universal y perpetua... Pero hay que esperar un poco, Juan. Cántame esa canción de la paz dentro de veinticuatro siglos, y me tendrás resueltamente a tu lado... dentro de veinticuatro siglos; que no ha de pasar menos tiempo de aquí a que los pueblos y las razas ventilen sus diferencias en consejo de ancianos o en cátedras de filósofos... La Humanidad es joven. ¿Qué te crees tú?, ¿que es vieja? Está casi en la infancia todavía... Para verla en la mayor edad y en estado de plena razón y juicio sereno, hemos de esperar hasta el siglo Cuarenta y tres, que es, como quien dice, pasado mañana por la tarde.

—Pues en el Siglo nuestro, Perico, y sin necesidad de dar un brinco hasta el Cuarenta y tres, yo sostengo que la guerra es un juego estúpido, contrario a la ley de Dios y a la misma Naturaleza. Yo te aseguro que al ver en estos días el sinnúmero de muertos destrozados por las balas, no he sentido más lástima de los españoles que de los moros. Mi piedad borra las nacionalidades y el abolengo, que no son más que artificios. Igual lástima he sentido de los españoles que de los africanos, y si pudiera devolverles la vida, lo haría sin distinguir de castas ni de nombres... Y más te digo... Creo que has sentido tú lo mismo que yo: creo que en el moro muerto has visto el prójimo, el hermano. Sin quererlo, tu piedad ingénita ha reconocido el gran principio humanitario y la ley soberana que dice: «no matar».

—Cierto, Juan, que llevamos dentro el principio; y que este principio asoma la cabeza cuando menos lo pensamos, no lo puedo negar; pero luego salen los hechos, la historia, el concepto de patria y de nación, y aquel principio vuelve a meterse para dentro y se agazapa en el fondo del alma, donde vivirá, esperando que pasen los veinticuatro siglos... Te confieso ingenuamente que ante los cadáveres moros veo la Humanidad; pero ante los moros vivos, que brincando y aullando vienen contra nosotros, veo las naciones, veo las razas, el Cristianismo y Mahoma frente a frente... Celebro, pues, con toda el alma que nuestros soldados les maten, único medio de impedir que ellos nos maten a nosotros... Ahora tomemos café, Juan, y luego te voy a dar un cigarro habano, que ha de saberte a gloria...

—Eres aquí el poeta de la guerra. España trae artilleros para los cañones, y poetas que conviertan en estrofas sonoras los hechos militares, para fascinar al pueblo... Porque en el fondo de todo esto no hay más que un plan político: dar sonoridad, empaque y fuerza al partido de O'Donnell. Yo respeto esa idea; pero digo y repito que no amo la guerra, que me es odiosa, y me planto en el principio de no matar. Ya sé que voy contra el pensar y el sentir de mi país... ya sé que me gano el desprecio o el desvío de cuantos me conocen. Perderé mis amistades; seré un solitario, un extravagante, un loco... Mi destino lo quiere así. De dentro de mi alma ha salido este movimiento, que al modo de terremoto ha trabucado mis ideas, poniendo arriba las que estaban debajo. Me siento hombre distinto del hombre que yo era. ¿Debo entristecerme o alegrarme?

—Ahora fumemos... Pues te diré, querido Juan. No sé si tu cataclismo debe alegrarte o entristecerte. Eso el tiempo te lo dirá. En ti veo una cosa, y es que, a mi parecer, en este quiebro repentino que das ahora, vas para San Francisco de Asís. Tienes mucho talento, Juan, y un alma que quiere elevarse a las alturas. Antes de ahora te he dicho: «Juan, en ti hay algo extraordinario que no sé lo que es. Ya veremos por dónde sales». Como tu maestro Castelar, tienes dentro un pedazo muy grande de la divinidad. En Castelar esa divinidad es la elocuencia, un poder de palabra que sube por encima de toda realidad y se mece en los serenos espacios ideales... Pues ahora veo que tú también te remontas, y tengo que decirte lo mismo que al otro amigo del alma. «Emilio —le he dicho, no una vez, sino cien—; Emilio, tú debes hacerte cura. Serías un apóstol, un conquistador de pueblos y el catequizador más grande que ha visto el mundo. Tu palabra, ineficaz para la política por demasiado grandilocuente, sería el rayo del Evangelio...». Pues lo mismo te digo a ti: «Juan, hazte sacerdote... serás el apóstol de la paz y de los más bellos ideales humanos...».

—No es eso, no es eso —dijo Santiuste dando golpes en la mesa, mientras su boca chupaba con deleite el puro—. No me llama el sacerdocio... y si me llamara, no podría ir a él, por una circunstancia... ¡Pero si lo sabes, Perico; te lo he dicho mil veces! Es que me aterra el celibato, no entro por el celibato... Es cuestión de temperamento, de sangre, y contra esto nada podemos... Conoces muy bien mis arrebatos y los terribles incendios que levanta en mí el fuego de amor... Mis pasiones son exaltadas, delirantes. Divinizo a la mujer amada, y llego a creer que solos ella y yo existimos en el Universo. Cuando estuve enamorado de la Villaescusa, mi vida era un torbellino en que alternaban los goces celestiales con los suplicios del Infierno... En fin, ya te lo conté... lo sabes todo...

—Pero aquello pasó.

—Pasó, es cierto... Pero ¡ay Pedro Antonio!, después... he vuelto a enamorarme.

—¿Cuándo, Juan?

—No hace mucho. Otra vez ese estado de locura y candor, de pasión ardiente, que anhela en un punto la gloria y el sacrificio.

—¡Vaya con Juan! ¿Y es, como Teresa, mujer de cabeza ligera?

—Todo lo contrario: cabeza bien firme.

—¿Casada?

—Casada... digo, no... es viuda... Enviudó horas antes de salir yo de Madrid.

—¿Hermosa?

—Su imagen entiendo yo que es única en el mundo.

—¡Con quinientos mil de a caballo, Juan!, eres el hombre de la suerte si esa dama te corresponde.

—Entiendo que sí.

—¿Pero no lo sabes de seguro?...

—Perico, nada más puedo decirte por hoy... Dime tú ahora si tiene sentido común que me recomiendes el sacerdocio, siendo yo como soy el eterno enamorado... Por mucho tiempo pensé que a ninguna mujer podría yo amar como a Teresa... y después... aquí me tienes loco otra vez... Y algún día, ¡quién sabe!, si esta muere o me retira su cariño, yo... seguiré amando, enloqueciendo... Mi ternura es un filón inagotable. Ya ves que estoy incapacitado para la vida religiosa que me recomiendas.

—No, no —gritó Alarcón con súbita idea conciliadora—. No hay la incompatibilidad que crees, Santiuste. Eres místico, místico a nativitate... Amor y misticismo van de la mano en el espíritu del hombre. Yo veo en ti el apóstol que comienza su predicación elocuente condenando el celibato, y estableciendo el amor de Dios... el amor divino sobre la base...

—¿Del casamiento de los curas?

—No te rías, Juan. ¡Si estoy cansado de decírselo a Emilio!... «Emilio, tus discursos no son humanos; tu oratoria es el lenguaje de los ángeles y el aliento del espíritu divino. Predica la fe, predica la paz, el amor y la igualdad, y te llevarás detrás de ti a todas las gentes. Todo el mundo americano será tuyo. Predica el nuevo verbo, que es la Democracia, según Cristo, y la Democracia según Cristo no puede privar al sacerdote de las dulzuras del amor humano...». Con que ya ves, Juan, si te resuelvo el problema. Cierto que serías un sacerdote revolucionario; pero para eso has nacido tú, para las ideas que se desbordan del vaso común en que todos bebemos, para las empresas difíciles, no intentadas de otro alguno... Apóstol de la paz, tu camino es bien claro: fe, igualdad, amor.

V

Quedose meditabundo Santiuste, la barba en la palma de la mano, el mirar fijo en las rayas de la mesa. Alarcón, retirado el cabo de vela ya moribundo, erigió un cabo más grande, que casi era sargento, en la boca de la botella. Quitose luego el ros; se lió un largo pañuelo en la cabeza con muchas vueltas, quedando las orejas tapadas, y de un estuche que a prevención tenía, sacó papeles, tintero y pluma. «Ha sonado la hora —dijo a su amigo, poniéndole la mano en el hombro—; la hora del descanso para ti; para mí, del cumplimiento del deber».

—¿No duermes tú, Pedro?

—Échate en mi cama, Juan; arrópate bien y descansa, que buena falta te hace. La paz poética duerme, la poesía militar vela. Tengo que escribir esta noche mi carta de Un testigo...

—Pondrás en endechas de prosa las carnicerías de ayer y hoy... Tú eres el único para esto, Perico. Verdad que encuentras el lenguaje muy acomodado a la expresión épica del valor castellano, y al impío desprecio con que se mira a los pobres moros. Nuestra lengua es una hoja bien afilada para cortar cabezas mahometanas, y un instrumento sonoro y retumbante para dar al viento las fatuidades y jactancias históricas... Pero tú has descubierto y has empleado antes que ningún escritor el arte de suavizar ese instrumento, tocándolo con gracia inaudita. Tú sabes quitar a los sonidos épicos su vana hinchazón, dándoles una elegancia incomparable, haciéndolos simpáticos a nuestros oídos y acomodándolos a los nuevos modos de lenguaje... Yo no podré nunca imitarte en esto. He usado y abusado de la trompa, sin cuidarme de atenuar la ronquera de su sonido, y ahora, en esta transformación de mis ideas y en esta repugnancia de la épica militar, me he quedado sin instrumento, pues aunque soplara la trompa, no sacaría de ella más que lamentos desacordes. ¿Qué pito tocaré yo ahora? Esta es mi confusión... Entiendo que ya no hay pito ni flauta para mí.

Esto decía, despojándose para acostarse del ros, poncho y calzón militar, que con tan poco garbo llevaba. Alarcón, poniendo sus cinco sentidos en lo que escribía, sólo le contestó con medias palabras. Ambos callaron. Cubierto ya de la manta y con más cansancio que sueño, Juan contemplaba el rostro de su amigo, iluminado de lleno por la luz de la próxima vela. Con las vueltas del pañuelo de colores en su cabeza, Perico Alarcón era un perfecto agareno. Viéndole de perfil, la vivaz mirada fija en el papel, ligeramente fruncido el ceño, apretando uno contra otro los labios, Santiuste llegó a sentir la impresión de tener delante a un vecino del Atlas. «Si no estuviera yo despierto —pensaba parpadeando—, creería que uno de esos caballeros de zancas ágiles, de airosa estampa y de rostro curtido, se había metido en esta tienda para escribir en ella la relación épica de los combates, trabucando irónicamente el patriotismo... Así le sale historia de España lo que debiera ser historia marroquí... Perico, moro de Guadix, eres un español al revés o un mahometano con bautismo... Escribes a lo castellano, y piensas y sientes a lo musulmán... Musulmán eres... El cristiano soy yo».

Se durmió repitiendo entre dientes el cristiano soy yo. Toda la noche anduvo esta afirmación revoloteando dentro del cerebro, como el murciélago que al querer salir del recinto en que se ha refugiado, vuela y choca en las paredes sin encontrar agujero que le conduzca al espacio negro y libre. Paredes y bóvedas dolían cuando la idea chocaba en ellas, buscando un escape que no podía encontrar... Durmió al fin Santiuste hasta muy entrada la mañana; Alarcón, que había trasnochado por causa del trabajo, dejó el camastro a hora más avanzada. Las diez serían cuando salió a despedir a su amigo. Ambos fueron a caballo hasta el campamento del Segundo Cuerpo, donde se separaron, prometiéndose pasar juntos la noche de San Silvestre, y celebrar con otra cenita el paso del 59 al 60.

Pero en la mañana del 31, cuando fue Juan al Tercer Cuerpo en busca de su amigo, enterose de que sufría una fuerte contusión, hallazgo de la curiosidad en las refriegas del 30. No perdió Perico su buen humor por aquel contratiempo, que si en un hombre de armas habría sido insignificante, en el hombre de pluma era mucho más de lo que a sus funciones correspondía. Un amigo de Alarcón, Carlos Navarro y Rodrigo, escritor agregado al Cuartel General, le instaba para que se retirase a Ceuta, donde el descanso y la esmerada asistencia le repondrían en un periquete. No se avenía Pedro Antonio a separarse del Ejército, al cual le unían su caldeada imaginación y su arrebato patriótico. Insistió Navarro, y como al hablar de esto se fijara en el demacrado rostro de Juan, que oía y callaba, le dijo: «También usted, Santiuste, mejor estará en Ceuta que aquí... Su cara me dice que no le prueban estos aires guerreros...». Replicó Juan que él no retrocedería, y que las penalidades no le asustaban. Aunque sin entusiasmo militar, le fascinaba el brío de tantos hombres tocados de la locura de hacerse daño. Quería ver hasta dónde llegaba este delirio y la máxima extensión del mal que a sí misma se causaba la humanidad, como si cifrara su orgullo en desaparecer de la tierra... Estas filosofías del trovador desengañado provocaron a los tres a una enmarañada discusión de principios y hechos. Como sucede siempre, de esta discusión no nació ninguna luz, sino el propósito de comer juntos y pasar alegremente el día. Nada digno de notarse ocurrió al expirar el año 59. Navarro se fue al Cuartel General, y Alarcón y Santiuste quedaron en La Concepción aguardando los sucesos que en un gran saco repleto traía el 60, y que este empezó a lanzar al espacio histórico desde el primer día de su existencia.

Sin esperar a que sonara la diana del 1.º de Enero, la Historia, impaciente, empezó a moverse y hacer de las suyas, ganosa de marcar aquel día con signo que lo distinguiera y perpetuara. Aún no apuntaba la aurora, cuando don Juan Prim, designado para delantero y batidor en la marcha de las tropas hacia Tetuán, pasó por la playa en aquella dirección, llevando Ingenieros y Artillería, los cazadores de Vergara, el regimiento del Príncipe, batallones de Cuenca y de Luchana, con Húsares de la Princesa. La marcha era lenta y cuidadosa. Santiuste, que se había levantado a la madrugada, bajó a la playa con Leoncio, y juntos siguieron a las tropas de Prim. De una playa pasaban a otra, salvando un cerro divisorio, y así dos o tres veces, costera y monte, hasta llegar a la vista de un valle que recibió el nombre de Los Castillejos por dos grupos de carcomidas ruinas que en él no lejos del mar existían.

A una distancia que no podía llamarse prudente, vieron Leoncio y Santiuste que los soldados de Vergara y Príncipe, mandados por don Cándido Pieltaín, se posesionaron de las alturas próximas al mar, echando de allí sin dificultad a los moros, y que Cuenca se encaramaba en un cerro, distante como dos tiros de fusil tierra adentro. Por el camino que la vanguardia había recorrido desde el campo de La Concepción, vieron Leoncio y Juan que avanzaban más y más tropas. Se las veía bordear la costa de playa en cerro, y en aquel sube y baja con ondulaciones de culebra, la fila de hombres se perdía en los descensos para reaparecer en las alturas.

Tanto Leoncio como Santiuste tenían amigos en la vanguardia mandada por Prim. En Vergara estaba el comandante Castillejo, de ambos conocido; en Húsares de la Princesa servía Vallabriga, a quien Leoncio trataba en Madrid, y con varios oficiales del Príncipe había entablado relaciones Santiuste en el campamento del Otero. A uno de estos oficiales, el teniente José Ferrer, gallego de buen humor, le vio y habló repetidas veces, y se hicieron amigos, movidos quizás de la disparidad de sus caracteres, porque todo lo que el gallego tenía de bromista y gracioso, lo tenía el otro de taciturno y grave... Acercándose a los húsares, que formaban detrás del General, hablaron con Vallabriga. Después fueron hacia donde estaba el Príncipe. Ferrer les dijo que no podían seguir las cosas tan por la buena. Como gallego fino, desconfiaba de que durara el chiripón con que habían estrenado el año, tomando aquellas posiciones como quien toma un cuarto desalquilado... Tanta felicidad era el mejor barrunto de un disgusto muy gordo. Confirmó esta idea Leoncio, que con su prodigiosa vista exploraba las próximas colinas y lejanos picachos, ya iluminados por el sol naciente. «Por allá arriba me parece que distingo el nublado de saltamontes... ¡Jesús!, y por allí una nube, por más acá otra. Se esconden en la montaña... salen otra vez, vuelven a esconderse... Y aquí, por nuestro camino, viene el General en Jefe. ¿No veis su escolta? Ahora se para... Aquí llega un ayudante con órdenes».

La orden era que bajase Prim al llano y se apoderara de un edificio al modo de ermita llamado la Casa del Morabito, y que la artillería batiera los matorrales donde se ocultaban grandes masas de moros. Sonaron las cornetas... las filas de hombres y caballos se estremecieron; aire de pelea circulaba por entre ellos, moviendo crines, frunciendo bocas y apretando puños... «¿Qué hacemos?» preguntó Santiuste a su compañero. Y la respuesta fue: «Arrímate a mí; no temas nada. Vamos a ver qué pasa. Sospecho que no será cosa mayor. Si disparo mi carabina, tú la cargas, mientras yo hago fuego con mis pistolas. Si fuese menester, dispararemos a un tiempo. Vamos detrás del Príncipe...». Desaparecieron... El torbellino los envolvió en las ondulaciones de su cola: la cabeza era Prim.

La casa del condenado Morabito, ¡confúndale Alá!, quedó tomada en poco tiempo. En razón inversa de la duración del combate estuvo su intensidad. Las tropas, más que nunca despabiladas aquel día, pusieron espacio cortísimo entre el pensamiento del jefe y el brazo que lo ejecutaba: verdad que tuvieron el auxilio de las fuerzas sutiles de la Marina, que en el momento más oportuno, aproximándose a la costa, cañonearon de firme a la morería que bajaba de la montaña. Y entre tanto, parte de la tripulación de los cuatro vapores y de los cañoneros saltó a tierra, y carabina en mano se agregó a los soldados, ayudando a poner en dispersión a las gavillas de infieles que defendían el valle de los Castillejos. Pero con todo este buen resultado, más aparente que real, ni Prim ni el General en Jefe, que junto a la casa del Morabito se hallaba con su Estado Mayor, conceptuaron segura la posesión del valle, porque en los manchones de arboleda se ocultaban aún centenares de hombres, y otros no se retiraban de las alturas lejanas, como en espera de fuerzas mayores para reconquistar lo perdido. Antes que O'Donnell se lo mandara, Prim, al frente del Príncipe y de Vergara, corrió a desalojar el valle de aquellos inquilinos molestos que aún no querían marcharse. Una, dos, tres cargas a la bayoneta con gradual empuje, despejaron las alturas, y ya dictaba el General las órdenes para que empezaran las obras de atrincheramiento del campo conquistado, cuando por una hendidura de los montes de la izquierda brotó como un chorro de infantes y jinetes árabes, y contra ellos cargaron dos escuadrones de Húsares de la Princesa, obligándoles a volver la espalda.

Llevados de un ímpetu ardoroso, los húsares no se contentaron con repeler a los musulmanes, sino que siguieron persiguiéndolos y acuchillándolos por el mismo camino estrecho y tortuoso que llevaban en su fuga; y corriendo tras ellos, en una de las revueltas vieron el campo moro asentado entre cerros muy altos, blancas tiendas cónicas, y en derredor de ellas gran gentío de peones y caballeros. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, los de la Princesa seguían adelante con guerrero furor, metiéndose de lleno en la trampa que los taimados hijos de Mahoma les habían armado. Tras de los escuadrones lanzados a esta temeraria aventura, acudieron los demás, anhelosos de auxiliar a sus compañeros y de salvarlos o perecer con ellos... Esta singular hazaña de los húsares fue de las más audaces que en guerras humanas se han visto; acto de sublime demencia, en que el valor personal, acumulado en un punto por la temeridad de unos cuantos hombres, altera la normalidad de los principios de la táctica y descompone toda la lógica militar. Los intrépidos jinetes que volaron en auxilio de los primeros que habían caído en la celada, infundieron a estos los alientos necesarios para que, reunidos todos, se desliaran del inmenso remolino de bárbaros que les envolvió por todas partes. Combate fue cuerpo a cuerpo, con eléctrica rapidez, a usanza de griegos y romanos, dando al heroísmo toda la tensión posible en menos que se piensa y que se dice, y sosteniéndola sin dar espacio ni tiempo al enemigo para poner una pausa en su estupor y recobrarse del pánico.

VI

Los que vieron partir a los escuadrones para aquel lance de inaudito arrojo, creyeron que no volverían. Volvieron, sí, enteros, trayendo su bandera y la que el cabo Mur arrebató al Imperio marroquí con increíble tirón de una mano de gigante; volvieron con orden, sin dejarse allá ningún prisionero, con los dos comandantes de los primeros escuadrones, Aldama y Fuente Pelayo, gravemente heridos, y pérdida de dos oficiales y unos veinte soldados...

Poco después de la vuelta de los húsares, a quienes todos contaban ya en la eternidad, el pensamiento de O'Donnell era este: «Mantener las posiciones conquistadas fortificándolas convenientemente, y no avanzar ni un paso más hasta que no sepamos qué fuerzas de moros, todavía intactas, se esconden en la encañada del río de los Castillejos y de su afluente, así como en los demás recodos de esas montañas». Esta disposición revelaba al General en Jefe, que, sin perder de vista sus deberes ni su responsabilidad, no quería fatigar a sus tropas, ni lanzarlas a combates duros sin que antes se alimentaran bien... Un ayudante de O'Donnell llevó estas órdenes al General Prim; un ayudante de Prim llevó a O'Donnell este recadito: «Que si me manda un par de batallones y dirige una brigada por la izquierda, me apoderaré hoy del campamento enemigo».

Es fama que don Leopoldo puso mal gesto al oír la petición del General de su Vanguardia. «¿Qué contesto, mi General?» le preguntó Gaminde, ayudante de Prim.

—Dígale usted que allá voy yo.

En un instante de ruidosa confusión, Leoncio perdió de vista a su compañero. Habían seguido los pasos de los batallones del Príncipe; vieron de cerca los diferentes ataques a la bayoneta que Vergara y Luchana dieron a los moros; corrieron luego a ver si volvían o no los húsares que se metieron por la angostura, y en esto, Santiuste desapareció. ¿Había escapado hacia lugar seguro, temeroso de que la curiosidad le costara la vida? Buscándole y llamándole a voces, bajó Leoncio hasta la Casa del Morabito, y a poco de estar allí vio a O'Donnell partir a la carrera con su Estado Mayor hacia el punto en que Prim activaba el atrincheramiento de las posiciones conquistadas. Fue cuando O'Donnell dijo: «allá voy yo».

Echó a correr Leoncio hacia donde la curiosidad y el patriotismo le llamaban; de lejos vio a O'Donnell inspeccionando con Prim los trabajos de fortificación. Sin duda no se pasaría de allí, ni era prudente meterse en mayores aventuras. Avanzaba el día, y las tropas estaban sin comer, rendidas de cansancio. ¿Y quién aseguraba que los malditos muslimes no tenían encajonadas detrás de los montes fuerzas mucho más grandes que las presentadas durante la mañana? Porque ya era evidente que su falta de ciencia militar la suplían con la astucia y el arte de las sorpresas... Esto pensaba Leoncio Ansúrez, minúsculo táctico y estratégico de afición, cuando un rumor venido de la sierra le dejó suspenso y aterrado. Era como el silbo de un huracán que de improviso se desencadenara en las alturas. Por todas las que rodean el valle de los Castillejos aparecían moros formando nube: sus voces desconcertadas, que en nuestra lengua conservan el nombre de al—garabía, eran de lejos como el zumbido de infinitas abejas abandonando infinitos colmenares... Todo el Ejército vio con mudo estupor el tempestuoso nublado.

Razón tenía O'Donnell al creer que el enemigo no había presentado en los combates de la mañana más que una parte mínima de sus muchedumbres a pie y a caballo. Contra aquel aluvión se prepararon a luchar los fatigados y hambrientos hombres de Luchana, Vergara y el Príncipe, y los quebrantados Húsares de la Princesa. De su flaqueza sacaban alientos, y de su amor a la bandera el coraje preciso para no permitir que el enemigo se la llevara. En momentos de tanto ardor y peligro, muchos habían de morir, hasta que la suerte decidiera quién salía vencedor. Era forzoso matar todo lo que se cogía por delante, con gran riesgo de la propia pelleja; retroceder era condenarse a muerte segura. Cargó Pieltaín con los del Príncipe, cargaron Vergara y Cuenca. Las posiciones más altas que ocupaban los españoles hubieron de ser abandonadas. En la segunda posición hizo Prim esfuerzos sobrehumanos para sostenerse, y lo consiguió gracias a dos batallones de Córdoba (del Segundo Cuerpo) que llegaron como enviados por la Providencia de los españoles. Pero la Providencia de Mahoma desgajó de los montes nuevas masas de tiradores árabes, con lo que aumentaba su fuerza el enemigo, en proporción mayor de lo que creía la de los nuestros. Las dos Providencias, la musulmana y la cristiana, redoblaban su ira, y los combatientes se enzarzaban con la ferocidad de las guerras primitivas.

No sabiendo Prim de dónde sacar más fuerzas con que contener la creciente avalancha, echó mano de la artillería de a pie, mandándola desplegar en orden abierto, táctica bien distinta de la de su arma. Los artilleros fueron a donde se les mandaba, batiéndose como la infantería ligera. Mas no haciendo nada de provecho, tuvieron que retroceder, buscando maquinalmente el orden cerrado para el cual se les había instruido. Su Coronel, Berroeta, viéndose obligado a perder terreno, maldecía la hora en que nació... En tanto, Prim poníase al frente de un batallón de Córdoba, Gaminde al frente del otro, y mandando a los soldados que soltaran las mochilas para ir más ligeros, avanzaron con terrible decisión en busca de la muerte o la victoria. Ronco estaba Prim de las voces que les daba, inflamando su patriotismo con el nombre mágico de la Reina cien veces pronunciado. Pero no había nombres de Reinas ni invocaciones patrióticas que multiplicaran a los hombres, y sólo multiplicándose y convirtiéndose cada uno en seis, podían romper los apretados haces de moros ensoberbecidos, rugientes, feroces. Un momento más sin que se efectuara el milagro de la multiplicación de hombres, y todo se perdía sin remedio.

El suelo estaba lleno de cadáveres, el aire de un alarido en que las dos lenguas, árabe y española, juntaban sus maldiciones y los acentos de la fiereza humana, lenguaje animal anterior al de los hombres. Retrocedían los de Córdoba, empujados por los moros, y casi tocaban ya al sitio en que habían soltado sus mochilas... Ya no había más salida de aquel laberinto, ni más remedio del desastre, que no prodigio del Cielo, o de los hombres por divina inspiración. Prim, lívido, vibrando de pies a cabeza, imagen de la desesperación altanera que no admite la derrota y borra la idea de muerte del espacio mental en que se pintan las ideas, arengó por milésima vez a su gente. Gaminde había desenfundado la bandera de Córdoba, para que, desplegada, fueran sus vivos colores como latigazo en la retina de los soldados, casi ciegos ya del humo, atontados por la fatiga, y a punto de sentir apurada y nula su brutal fiereza. Prim empuñó el mástil de la bandera; al viento dio la tela, y con la tela unas palabras roncas, ásperas, como si las soltara con un desgarrón de su laringe... Más por la expresión que por el sonido las entendieron los que le rodeaban... Coger la bandera, echar la tremenda invocación, hincar espuelas al caballo y saltar este sobre el tropel de moros, fue todo un instante...

Del lado allá de este instante, que era como vértice en los órdenes del tiempo, estaba el milagro. El milagro fue que los hombres se multiplicaron. Ya no se vio más que el cruzarse de bayonetas y yataganes, el brillar de los ojos como brasas, el hervor de un mar en que sobresalían miles de brazos agitando las armas. La masa española se incrustó en la mora. El fiero caballo del General, aunque herido, descargaba sus patas delanteras sobre cuantos cráneos a su alcance cogía. Las bayonetas segaban los haces enemigos. Morazos de tremenda estatura caían hacia atrás, elevando al cielo los remos inferiores como si fueran brazos; españoles caían también, de bruces, heridos de muerte, agujereados vientre y pecho. Otros pasaban sobre ellos... seguían creciendo y multiplicándose, a cada momento más esforzados, con mayor desprecio de la vida... El General, siempre delante, echando rayos de su boca, a todos deslumbraba con su locura increíble.

Sin duda, la figura de Prim, arrojándose a la muerte y ofreciéndose con cierta voluptuosidad de sacrificio heroico a las cuchillas y a las balas enemigas, debió de producir en el ánimo de los moros una fascinación inaudita... Sobrecogidos los que recibieron terribles golpes; desalentados los que veían la inutilidad de su bravura, corrieron todos en querencia de lugares seguros... Les llamaba el interior plácido de su país... Iban a sus aduares, a sus casas, a sus mezquitas, bien como los animales acosados que siempre buscan la orientación de sus viviendas. En bandadas huyeron. Las posiciones quedaron rescatadas; el suelo limpio de moros vivos, no de muertos, pues tantos eran que daba horror ver el campo. No pocos españoles yacían entre los despojos de tan horrible matanza. Las dos patrias, las dos religiones, semejantes, en aquel empeño de honor, a las antiguas divinidades iracundas que no se aplacaban sino con holocaustos de sangre, ya podían estar satisfechas. Y los muertos, el sin fin de hombres sacrificados en el ara sacrosanta, ¿qué pensarían de aquel furor con que los degollaban como carneros para que desarrugase el ceño la diosa implacable?... ¿Será verdad que la diosa, cuando bebe mucha sangre, se pone muy contenta, y en su seno acoge con amor a las innumerables víctimas de la guerra? Así por lo menos se dice en todas las odas que consagran los poetas a cantar batallas...

Y así pensaba el buen Santiuste cuando echó la vista al terreno de las victoriosas cargas, iniciadas por Prim. Sintió escalofrío ante el espectáculo de tantos muertos caídos en trágicas posturas, y aunque por un momento le movió la curiosidad de ver si estaban en aquellos montones sus amigos Leoncio, Vallabriga, o el galleguito Pepe Ferrer, no se atrevió a meterse entre los cadáveres: el miedo de encontrar a sus amigos le sobrecogía más que le interesaba el deseo de saber su suerte. En lastimoso estado de cuerpo y espíritu, tomó la dirección de la Casa del Morabito, adonde iban todos los que no quedaban en el cuidado y defensa de las trincheras. El molimiento de sus huesos era tal, que andar no podía con el garbo propio del uniforme. Todo había sido contratiempos y desdichas para el pobre trovador desde que la casualidad le separó de su amigo Leoncio. Por dos veces fue atropellado por los soldados del Príncipe y Vergara cuando les hizo retroceder a sus posiciones el empuje de los moros. Cara le costó su curiosidad al buen poeta de la Paz, porque en la segunda de aquellas caídas, centenares, a su parecer millares de pies, pasaron por encima de su asendereado cuerpo. ¡Cómo quedarían los huesos, y sobre los huesos la piel, y sobre la piel el uniforme, con estos pisotones y carreras! El poncho y ros quedaron manchados de fango revuelto con sangre. Cuando le vieron levantarse del suelo, alguien creyó que era un cadáver que resucitaba para espanto de los vivos.

A estos desperfectos exteriores se unieron, para mayor suplicio de Santiuste, el hambre que demacraba su rostro y el frío que mantenía sus manos en continuo temblor... Concluía de anonadarle el no encontrar entre tanta gente un rostro conocido, y su desairado vagar por el campo, donde no se batía ni prestaba ningún servicio...

Anochecía. Las sombras nocturnas, indiferentes a los actos heroicos de aquel día, se dejaban caer amorosas sobre los despojos trágicos de las batallas... Camino del Morabito iba Santiuste, cuando vio una fila de soldados conductores de camillas. La procesión de heridos no tenía fin, y avanzaba con esa prisa lúgubre de los entierros que llegan tarde al camposanto. Quiso Juan ser útil, y se brindó a relevar a uno de los hombres que llevaban camillas. Pero su oferta no fue admitida... Más adelante vio que un camillero, rendido de inanición y cansancio, no podía con su cuerpo y menos con el del herido. Al punto acudió Juan a sustituirle, y echando mano a las parihuelas, arreó camino abajo gozoso del humanitario servicio que prestaba. No había andado veinte pasos, cuando el herido que transportaba se incorporó en la camilla, y con una varita que esgrimía en la mano derecha, tocó a Juan en el hombro diciéndole: «Arrea, bruto; arrea pronto, que me estoy desangrando». Sin para volviose Santiuste a ver quién hablaba, y reconoció a Leoncio Ansúrez.

VII

«¿Es grave tu herida, Leoncio?».

—¿Yo qué sé? Una bala me pasó el muslo, y un tajo de yatagán me lo acabó de arreglar... Ahora me sale mucha sangre. Si no me curan pronto, no sé qué será de mí. Arrea, Juan.

Juan y el zaguero avivaron el paso, y Leoncio calló. Pasado un buen rato, dejose oír de nuevo su extenuada voz: «Juan, ¿viste la hombrada de Prim? ¡Qué tío más valiente! Creí que a él y a todos nos acababan esos perros».

—Vi la hombrada, Leoncio... la vi y creí que era sueño... También te digo que si no llega en aquel momento por la derecha el General Zabala con cuatro batallones, y sacude a los moros como les sacudió, la hazaña de Prim quizás no habría sido más que un heroísmo inútil, y con hablar de muerte gloriosa, ya estaba el asunto despachado... Yo pongo en su lugar de honor a mi General, al General del Segundo Cuerpo, don Juan Zabala, gran soldado, de valor sereno, de vista penetrante para la oportunidad. Si no es por él, Leoncio, todo se pierde... ¡Y cuántos muertos, Dios mío! De infieles y cristianos ha quedado el campo lleno. Quítale a la guerra el poquito interés que le da el ser arte y el ser ciencia, y no queda más que un pasatiempo de caníbales... ¿Qué dices?... ¿Por qué callas?

—Con cada palabra que echo de la boca, se me va un gran pedazo de vida... Estoy admirado... de la sangre que tenemos en el cuerpo... porque con salirme tanta, todavía queda sangre dentro. Arrea, Juan.

Llegaron por fin a la tienda—hospital; mas era tanta la afluencia de heridos, que los médicos no tenían manos para curarlos. Mientras los propios soldados aplicaban a Leoncio un vendaje provisional para contener la hemorragia, Santiuste consolaba a su amigo con frases afectuosas y esperanzas de pronta curación, y viéndole más animado con el vino y pan que le dieron, se permitió reprenderle en esta forma: «Esto te pasa por meterte a farolear, Leoncio, pues tú no has venido aquí a combatir, sino a componer las armas de los que combaten... Lo que hoy te ha pasado te servirá de escarmiento... y no volverás a pintar el diablo en la pared, que maldita gracia tendrá que dejes viuda a Mita y huérfano a tu hijo».

El recuerdo de su cara familia ausente afligió a Leoncio: algunas lágrimas mojaron su rostro antes de la cura. En esta desahogó su dolor con gritos más que con llanto, y estuvo muy firme. Allí quedó con la pierna sepultada en parches y vendas, condenado a inmovilidad absoluta durante luengos días. «Mira, Juan, vas a hacerme un favor —dijo a su amigo—: vete por ahí, y búscame a Señá Ignacia... ¿No sabes?, es la cantinera del Tercer Cuerpo; una mujer muy buena y muy socorrida para todo. Le dices que estoy con una pata hecha cisco; que venga a verme, y me traiga de aquel aguardiente de caña que alegra y cría sangre. Después de la soba que me ha dado el físico, tengo una sed horrible, y necesito del aguardiente para que el agua no me encharque... Corre, hijo, y tráemela prontito».

Corrió Juan por las calles del campamento, y aunque no tardó en encontrar a la hombruna y bondadosa Ignacia, esta, con muy buena voluntad, pero sin poder zafarse del sinnúmero de parroquianos que la asediaban, no acudió a Leoncio hasta mucho después de recibido el encargo. Vagando en acecho de la Ignacia, Santiuste vio al Coronel del Príncipe, don Cándido Pieltaín, en la entrada de una tienda, con el brazo derecho en cabestrillo, fumando, en conversación con dos o tres oficiales. Más allá, otra tienda, en cuya puerta se agolpaban curiosos atrajo su atención: el bloque de gente, en su mayor parte artilleros, que cerraba la entrada, no le permitió ver más que las botas de un hombre yacente, al parecer muerto... Alargando más el hocico, vio el cuerpo hasta la cintura... le alumbraban más velas de las que para el uso común se encendían en el campamento. Era el Coronel don Francisco Barroeta, jefe de la Artillería que se batió aquella tarde en orden abierto. Tal ira y turbación le causó el ver a sus valientes artilleros retroceder una y otra vez ante el ataque de los moros, que la serenidad no volvió a su ánimo, y al retirarse a la tienda se pegó un tiro... Exaltación insana del sentimiento del honor militar le precipitó a la muerte. ¡Qué desdicha! Oyendo contar el lance, Santiuste lloraba, maldecía con toda su alma las brutales guerras, y las vanas historias que de ellas se escriben para inducir a los hombres a poner sus preciosas vidas en un punto caballeresco... Cuando al Hospital de sangre volvía, ya capturada la cantinera, llegaban a su oído aquí y allá los comentarios del gran suceso reciente, burbujas de la acción heroica, que aún hervía en todos los corazones... ¡Qué oportunidad la de Zabala!... De los veinte hombres que formaban la escolta de infantería de Prim, no habían quedado más que seis... ¡Ah, España, cuánto sacrificio por ti!...

Con la excelente cura que se le hizo, y el remedio de aguardiente de caña sobre la gran cantidad de agua que había bebido, pasó regularmente la noche el buen Leoncio. Por indicación apremiante del herido, Ignacia le dejó media botella del bendito licor, y Juan, que no se había de separar de él, quedó en darle las tomas con la periodicidad conveniente. Horrible fue la noche en la lúgubre tienda: de los ocho heridos graves que había en ella, murieron tres, y dos, según opinión de los médicos, no pasarían de la mañana siguiente. El castrense que allí prestaba servicio fue relevado por don Toribio Godino, a quien su amigo Santiuste, por confortarle el estómago desmayado, obsequió con una copita del bálsamo de caña. «No sabes, hijo mío —le dijo el cura—, cuánto te agradezco este precioso sostén de las facultades. Con el trabajo de esta noche... y cuenta que ya he despachado para el Purgatorio a más de cincuenta... con tanto ajetreo de Sacramentos, sin parar, sin parar, a este, al otro, al de más allá, hasta las palabras rituales se me helaban en la boca y no querían salir... Dios te lo premie, hijo... y te lo aumente».

Ya la luz del alba clareaba en la entrada de la tienda, cuando Leoncio, que había caído en hondo letargo, despertó con cierta inquietud llamando a voces a su amigo. «Aquí estoy —dijo incorporándose Santiuste, que también descabezaba un sueño—. ¿Te sientes mal? ¿Te molesta la herida?».

—No es la herida: es una idea, una idea, Juan, que me atormenta y no me deja descansar...

—Dímela... Será una idea de las que trae la fiebre... y las ideas de la fiebre son locas... No hagas caso.

—Arrímate más a mí, Juan... más. Que no oiga nadie lo que tengo que decirte.

—Nadie lo oirá, Leoncio... Los más próximos están muertos, y los más lejanos duermen.

—Pues lo que me atormenta... a ti, a ti solo te lo digo... lo que me atormenta es que hoy... poco antes de que Prim cogiera la bandera, cuando los moros venían hacia acá y nos arrollaban... vi a mi hermano Gonzalo... No se me despintó... era él...

—Tu hermano moro... el que se hizo moro... ya sé.

—Le vi primero vivo entre los que mandaban... A caballo venía muy arrogante, con un albornoz de tela vaporosa... Debajo llevaba un traje de seda verde... Turbante blanco... Era él, te digo... No sé el tiempo que pasó hasta que volví a verle. Fue antes de caer yo herido, en el momento más terrible de la carga de los de Córdoba... Le vi muerto, la cabeza partida por un tremendo sablazo; el caballo muerto también y todavía pataleando... Mi hermano tenía los ojos vidriados, fijos; la boca muy abierta y rasgada, mostrando todos los dientes, blancos... una boca de risa que daba mucho miedo... El albornoz se había desgarrado, y era todo hilachas manchadas de sangre y barro. Se veía el pecho ensangrentado... ensangrentado el magnífico traje verde...

—¿No sería azul, Leoncio?... Recuerda bien. En esos momentos de emoción trágica, es cosa muy fácil confundir los colores.

—No, Juan; era verde...

—Pues yo sostengo que era azul, Leoncio —dijo Santiuste con pleno convencimiento de lo que decía, poniendo toda su atención en aquel asunto.

No puede omitir el historiador que después de media noche, sintiéndose el buen poeta de la Paz muy desconsolado del estómago, y además falto de calor en todo su cuerpo, probó el precioso licor de Ignacia. Tan bien le supo la media copita, y tan eficaz reparo notó en sus entrañas después de beber, que repitió la medicación dos o tres veces en el curso de la madrugada, disputándola por droga de maravillosos resultados. «Pues te digo que azul y no verde, y en ello insisto —prosiguió Santiuste bajando más la voz—, porque yo también he visto a tu hermano... Le vi, como tú, vivo y muerto, y toda la descripción que me has hecho de su figura y arreo concuerda con lo que yo vi, menos lo del traje verde».

—Pues sería, como dices, azul; que nada de particular tiene que, trastornadas mi vista y mi cabeza, trabucase yo los colores... Pero dime, Juan: ¿cómo conociste a Gonzalo si no le has visto nunca?

—¡Ah!... yo me entiendo... Respóndeme: ¿se parecen tu hermano Gonzalo y tu hermana Lucila?

—Todo lo que pueden parecerse un hombre con barbas y una mujer sin ellas. Cuando Gonzalo era mozo, parecía mi hermana vestida de hombre.

—Los ojos son los mismos, ¿verdad?

—Tan iguales, que creíamos que se los prestaban el uno al otro para mirar...

—Y la carita hermosa de tu sobrinillo Vicente ¿no es igual a la de su tío Gonzalo?

—Tan es la misma, que, según mi padre, Vicentillo es Gonzalo que ha vuelto a nacer.

—Pues figúrate ahora si me habrá sido fácil conocerle, y si habré tenido un sentimiento grandísimo al verle cadáver... No olvidaré nunca aquel rostro noble, los ojos vidriados, la carcajada esculpida... Ha muerto por su nueva patria...

Después de una pausa en que cada cual sondeaba sus propios sentimientos, Leoncio suspiró y dijo a su amigo: «¿Crees tú, Juan, que mi hermano estará en el paraíso de Mahoma, gozando de Alá?».

—No sé, no sé —respondió Juan, poniendo una cara enteramente estúpida—; pero yo te aseguro que si no en ese paraíso, en algún otro paraíso tiene que estar.

Pasado más tiempo que el de la anterior pausa, el herido cambió de un salto la conversación diciendo: «Veo la botella caída. Es que se nos ha concluido el Sanalotodo... En cuanto aclare bien el día, te vas a buscar a Ignacia. Ten cuidado, Juan, y no compres a ese otro cantinero que llaman Borrascas... Todo lo que ese vende es veneno... Créeme a mí: como mujer de conciencia y que sepa mirar por el Ejército español, no hay otra Ignacia».

El día se presentaba espléndido. Brillaba el sol alegrando los ánimos. Fácilmente se olvidaban los horrores del trágico día de los Castillejos, para no pensar más que en la indudable gloria de la jornada. Ocho mil hombres escasos habían luchado contra más de treinta mil. Aprovechando el buen tiempo, seguiría el Ejército su marcha hacia Tetuán... Ya sabían los moros cuán caro les costaba entorpecer el camino... Aunque la herida de Leoncio no era grave ni exigía la intervención quirúrgica, se pensó en mandarle a Ceuta en el primer convoy de heridos que saliese, lo que supo muy mal al armero, pues abandonar al Ejército era su mayor pena. Santiuste trató de ver a Pedro Antonio el día 2; pero al dirigirse al campamento de la Concepción, encontró este levantado. El Tercer Cuerpo marchaba de vanguardia por el camino de Tetuán. Alarcón había partido para Ceuta. De otra novedad importante tuvo noticia Juan aquella tarde, y era que el General Zabala, Jefe del Segundo Cuerpo, estaba enfermo. Al regresar a su tienda en la noche del memorable día de los Castillejos, su cansancio era tan grande, que se arrojó en la cama de campaña sin quitarse la ropa mojada del rocío. A la siguiente mañana despertó con todo el lado derecho paralizado. Consecuencia de este percance fue que el Segundo Cuerpo quedó a las órdenes de Prim. Todo esto lo supo Juan por su amigo don Toribio, que acabó diciéndole: «Bueno es el General que ahora nos manda; pero yo me siento huérfano, porque en todo el Ejército y fuera de él no hay para mí otro don Juan Zabala...».

Al regresar a los Castillejos encontró Santiuste a su amigo Ferrer, Teniente del Príncipe, en un corro de oficiales que rodeaba a la sin par Ignacia. Esta, sin cesar en su ordinario despacho de bebidas, vendía castañas recién llegadas de Ceuta, y cigarros puros de los llamados de dos manos, porque las dos eran necesarias para fumarlos: una para tener el cigarro, y otra para el fósforo. Abrazó Juan a su amigo con verdadera efusión, pues le creía muerto en los terribles combates del día 1.º «Yo también me tuve por muerto —respondió el galleguito—, y no se me quitó de la cabeza la idea de estar en el otro mundo hasta que vi que vivaqueábamos en las posiciones... y hasta que vi venir el pote... calentito... ¡Batallas... potes... la muerte, la vida!... Esta que llevamos no es para llegar a viejos». Don Toribio se entristeció después con el relato de los innumerables responsos que había echado sobre tantos y tantos muertos. La tierra estaba henchida, harta: se indigestaba de cadáveres cristianos y moros. El Infierno y el Cielo recogerían las almas... «Eso... allá Dios... No sabemos, querido Juan, no sabemos... Me preguntas por el Dios de las batallas. Ya te he dicho que no sé dónde está ese señor... no le conozco. ¿Y ese Allah, qué pito toca? Para mí, ninguno. Yo mando a todos mis muertos a donde me ordena mi ritual... Cada cual lleva su pase; van bien encomendados a la Misericordia del que hizo los Cielos y la Tierra. Para mí que la encuentran...».

VIII

Ya el Tercer Cuerpo acampaba en el cerro de La Condesa, como a una legua del valle de los Castillejos; ya se había recorrido más de la mitad del camino de Ceuta al valle de Tetuán; los africanos, no repuestos aún del susto que les dieron Prim, Zabala y O'Donnell el 1.º de Enero, atacaban tímidamente y en corto número, asomándose por los montes y volviéndose a meter en ellos. Guardaban sin duda sus ardides astutos para Monte Negrón, fortaleza natural de pura roca, con picachos y cavernas de inestimable valor en las emboscadas y sorpresas. ¡Adelante, adelante! España, que tan formidables obstáculos había vencido, no se detendría ya por un monte más o un monte menos interpuesto en su camino... El avance del Ejército traería la forzosa incomunicación terrestre con Ceuta. Una escuadrilla mercante y algunas goletas de guerra llevarían las provisiones a puntos abordables de la costa.

Confiaba Leoncio en que su pierna se portaría como una pierna decente, no poniéndole en el duro trance de ser retirado de la campaña. Santiuste, que desde el 3 empezó a sufrir calenturas, se avino a ser transportado con su amigo en la impedimenta. En las horas que la fiebre le acometía, su espíritu se aplanaba en una indiferencia perezosa y lúgubre, y lo mismo le importaba separarse del Ejército que permanecer en él. Considerábase como un fardo inútil, y ni aun se sentía con alientos para escribir a sus amigos y cumplir el único deber que al África le llevara. Perezoso era de la acción muscular, no de la mental, ni tampoco de la palabra, pues llevado con su amigo en lomo de mulas por ásperos caminos, discurría con extraordinaria fecundidad, y no daba paz a la lengua para sacar al exterior sus alambicados pensamientos. Apóstol convencido de la Paz, todo lo de la guerra le tenía ya sin cuidado... Oían por el camino tiros lejanos. ¿Qué pasaba? Que el General Ros rechazaba gallardamente al Moro en las alturas de La Condesa; que el General García, Jefe de Estado Mayor, hacía un reconocimiento en el imponente paso de Monte Negrón... Nada de esto le interesaba, y por decirlo con honrada ingenuidad, tenía con su amigo Leoncio fuertes peloteras.

El radical cambiazo en los sentimientos y en las ideas de Santiuste, llevándole del nacionalismo épico a las amplias miras humanas, no secó en él la vena rica de la elocuencia. Y aunque esta y los tópicos de patriotismo parecían de igual naturaleza y tan trabados entre sí que no podían separarse, ello es que las ideas cambiaron sin que la expresión de las nuevas fuera menos hermosa. Elocuente era Santiuste aun después de arrancar de su cerebro lo que él llamó después talco y lentejuelas históricas; elocuente al desechar ese tono colérico que informa las manifestaciones del patriotismo agudo, y al adoptar los tonos tranquilos del que excluye en absoluto de su doctrina la muerte airada de nuestros semejantes.

Tanto como en él aumentaba la pereza de escribir, acrecía la facultad oratoria. Escribiendo no esperaba convencer a nadie; hablando, a todo el mundo convencería. ¡Ah, si él pudiera explicar verbalmente a Lucila su metamorfosis, mostrarle su corazón inflamado en el amor de la paz, desplegar ante ella los mismos razonamientos que él se había hecho para llegar a su presente estado mental, cuán fácilmente la persuadiría! Porque Lucila y él, sin haberse declarado su conformidad y semejanza, eran dos almas parejas y armónicas, con un solo sentimiento para las dos. Pensando en esto, el pobre poeta se lamentaba de su incapacidad para convencer a su amiga por escrito... Además, para escribirle de estas cosas necesitaba una confianza que aún no tenía; ponerse en concierto de amor, declarando él el suyo, y esto no debía intentarlo mientras no estuviese más avanzada la viudez de la dama. Aún no era tiempo de romper la delicada etiqueta con que se trataban. Por el momento bastaba con graciosas insinuaciones que la llevaran gradualmente a conocer la verdad. Esto lo hacía en todas sus cartas, meditando mucho lo que decía para que el agudo Vicentito, picado de curiosidad, no hiciese a su madre preguntas que habían de turbarla. Una sola vez había Lucila contestado a las cartas del trovador, y se mostraba muy afectuosa, interesada vivamente en la salud del fiel amigo. Y entre otras expresiones de ternura disimulada, le decía: «Por Dios, Juan: no se ponga en ningún sitio donde corra peligro, que su vida es más preciosa de lo que usted cree. Usted no es militar, sino cantor de las glorias militares; y si en la guerra no puede ver estas para cantarlas, cántelas por lo que le cuenten; y en último caso, mande las glorias a paseo, que antes que ellas es usted y el deber en que está de volver acá sano y salvo».

Esto le decía la hija de Ansúrez, ¡y con cien mil de a caballo (como decía Alarcón), que era bastante expresivo! ¿Cómo dudar que en esta frase se dejaba caer del lado de la paz, y que ponía las glorias en el secundario lugar que les corresponde, siempre más bajas que la vida humana? Cuando Santiuste se veía solo y abrumado de tristeza, no tenía más consuelo que pensar en aquel ídolo distante, y anticipar con la imaginación los hermosos conceptos con que, después de conquistarla para su amor, la conquistara para sus ideas.

«¿No escribes, Juan? —le dijo Leoncio una tarde, cuando llegaron al descanso de la tienda tras un molesto viaje—. Te recuerdo tus obligaciones, porque veo que te descuidas en ellas. La goleta Rosalía, que pronto llegará con víveres, llevará tus cartas y la mía, porque yo escribiré también. Cuidado, Juan: si en tu carta me nombras, di lo mismo que yo: que estoy bueno, y que no he tenido ni un rasguño. ¡Buen susto se llevaría mi pobre Mita si dijeses otra cosa!».

En esto franquearon las tropas, sin ningún tropiezo, el desfiladero entre Monte Negrón y el mar, tránsito arriesgadísimo que facilitó el General García con la batida impetuosa que dio a los moros aquella mañana. Ya llegábamos al valle de Asmir o del Río Capitanes, planicie baja, fangosa, encharcada en parte, en parte poblada de juncos, lugar de desolación, donde la hispana Providencia se despidió de nuestras tropas diciéndoles: «Caballeros, ahí os quedad ahora, y yo me voy, que todo no ha de ser bienandanzas y chiripones... Y para que hagáis prueba de vuestro tesón y cristiana paciencia, voy a desencadenar hoy mismo, con permiso de Dios, uno de los más terribles Levantes que aquí tenemos para uso de los providenciales designios, y el viento y la mar no permitirán que os llegue el auxilio de víveres que de España se espera. Resignaos, y llevad como podáis el ocio de vuestras armas y de vuestros dientes en esa inhospitalaria marisma».

Violencia horrible trajo el temporal desde su primer soplo. Trataban los soldados de armar las tiendas, y una mano airada, invisible, arrebataba las lonas y palitroques de que aquellas frágiles casas se componen. Ninguna fuerza humana podía contrastar el empuje del viento, que para causar mayor estrago se traía torrentes de agua, torrentes de granizo, con fragor espantable que sobrecogía los más firmes corazones... Y los hombres desdichados que sufrían estas iras de la Naturaleza, igualándose todos en el padecer, pues las jerarquías se borraban ante tamaña desventura, perdían la última esperanza viendo el mar tan inclemente como el cielo. Desde su mojado campamento miraban las olas furiosas; veían estrellarse contra las peñas, a media legua por el lado Norte, la goleta de hélice Rosalía, cargada de víveres para el Ejército... Lo más que pudo hacerse fue salvar la tripulación y papeles. Todo lo demás se lo tragó el mar a la vista de los hambrientos y ateridos soldados españoles.

Y como el aspecto del mar era cada hora y cada día más imponente, ¿de dónde había de venir el socorro, si España no podía mandarlo? Las raciones se acortaban; pronto se acabarían en absoluto. Hombres y caballos se veían amenazados de inanición, de muerte... La sangre se empobrecía, la pólvora se mojaba, los corazones eran un puro estropajo, los rayos de la guerra se convertían en pajuelas húmedas, y las almas guerreras en espectros que se asustaban unos a otros... La desolación tomó al segundo día de huracán caracteres siniestros. Los individuos más decidores apenas hablaban; cada cual consideraba en sí mismo el pavoroso infortunio, sin pedir impresiones a los demás por miedo a recibirlas peores que las propias... Los sanos parecían enfermos, y los enfermos y heridos, cadáveres que por milagro hablaban y se movían.

Arrojados de su tienda, que el viento desgarró, Leoncio y Juan se refugiaron en otras mal sostenidas con refuerzos de madera y cuerdas; las destinadas a hospitales no podían ya con más inquilinos; mezclados estuvieron los heridos con los coléricos, hasta que se ordenó separarlos, sin que la separación, por entorpecimientos materiales, pudiera ser un hecho. Prefería Santiuste salirse al campo envuelto en su manta, y aguantar allí el azote de la lluvia y el viento, a permanecer en un estrecho local donde sólo se oían quejidos de enfermos y moribundos, y el continuo lamentar y maldecir de los que no recibían lo preciso para satisfacer su hambre. Las raciones de galleta húmeda amenguaban de la mañana a la tarde, y los cocineros anunciaban la terminación de toda comida caliente por las dificultades de encender lumbre y de encontrar combustible en aquellos pantanos. Algunos soldados que querían vivir a todo trance, bajaban a la playa en busca de mariscos, y escurriéndose entre las peñas, encontraban lapas, erizos y caracoles con que engañar su rabioso apetito.

Hecho un ovillo, arrimado al socaire de una de las tiendas que parecían más sólidas, Santiuste conllevaba cristianamente su honda tristeza, su inanición y su calentura. La quietud en que se mantenía, ayudábale al adormecimiento que le hacía olvidar la realidad o apartarse de ella. Entregábase con deleite a la modorra febril, deseando que no tuviera fin y que le llevase al descanso eterno. Los efectos combinados de la calentura y el pensar producían en él un estado parecido al nirvana, o el éxtasis que transporta al cielo las almas semíticas sacándolas temporalmente de sus cuerpos extenuados.

Flotaba el desdichado poeta y orador en regiones aéreas, donde veía las cosas humanas en distinta forma y sentido del que abajo tienen. La gallardísima temeridad del General Prim, el día de los Castillejos, que más de una vez se había reproducido en el cerebro de Juan, inflamado por la fiebre, reapareció aquella tarde con mayor fijeza y colorido más real. El soñador se reconocía moro, sin recuerdo ninguno de haber sido español, y entre los moros combatía... Ya tenían los muslimes acorralados a los castellanos; ya les llevaban por delante, haciéndoles retroceder más allá de sus primeras posiciones, cuando de improviso vieron que se les iba encima, como descolgándose de los aires, la figura de Prim a caballo, blandiendo en una mano la espada fulgurante, en otra la bandera de Castilla... Y no era la figura del tamaño común de los hombres y de los corceles, sino veinte veces mayor: cada casco del caballo, al caer sobre los moros, aplastaba un gran número de ellos. El mismo efecto de magnitud olímpica hacía Prim entre los españoles, que, viéndose conducidos por caudillo sobrenatural, se creyeron de la misma talla, y de vencidos se convirtieron al instante en vencedores... En este punto, el soñador no era moro ni cristiano, sino un vulgar espíritu crítico, que diputó el engrandecimiento de la figura del Conde de Reus como un efecto subjetivo en la retina y en el alma de los combatientes embriagados por la lucha, y esta idea le llevó prontamente a ver claro que la aparición del Apóstol Santiago en Clavijo fue un caso semejante. Sin duda, en el Ejército del Rey de León hubo un Prim, que en un momento propicio a las alucinaciones, produjo en todos, moros y cristianos, la ilusión perfecta de lo sobrenatural, terror para unos, enardecimiento para los otros... El furor del combate ciega y enloquece a los hombres... Los hombres que creen firmemente en los milagros, los hacen...

Una mano vigorosa, sacudiendo a Santiuste, cuyo flácido rostro en el lío de la manta casi desaparecía, le hizo al fin despertar... Al abrir los ojos vio un rostro desconocido, y oyó una voz que le decía: «Juan, ¿qué es eso? ¿Estás muerto, o quieres estarlo?».

La cara del que así hablaba no fue tan desconocida para Juan al poco rato de fijarse en ella: habíala visto alguna vez; pero no acertaba, no daba con el nombre correspondiente al rostro que veía... Como el otro siguiera tratándole en tono familiar y cariñoso, el poeta frustrado le dijo: «Tenga la bondad, caballero... la bondad de decirme quién es usted... porque yo... maldito si lo sé».

—Soy Rinaldi, Aníbal Rinaldi... intérprete del General en Jefe.

—¡Ah!, ya voy recordando... Hablas muchas lenguas... ¿Y qué se ofrece con tantas lenguas?

—Se ofrece que te he buscado toda la mañana... Ese chico armero, Leoncio, me dijo que te había perdido de vista. Yo te busco para favorecerte, para darte algún socorro... El General Ros de Olano ha dispuesto repartir entre los enfermos más necesitados los pocos víveres selectos y algunos vinos superiores que le quedan de su repuesto particular. Lo mismo ha hecho el General en Jefe... O'Donnell y Ros de Olano, como buenos padres del Ejército, quieren que en esta calamidad tan espantosa no haya distinción entre pobres y ricos, que todos sean iguales, y que los más desvalidos sean los primeros en disfrutar lo poco que Dios y el temporal nos han dejado. Ven... no tienes que andar mucho... levántate... apóyate en mí...

IX

Si consideramos al Ejército español empantanado en las marismas del río Capitanes como un gran cuerpo de hombre, y en todas las partes de este cuerpo, entrañas, miembros, sangre y piel, suponemos el cruel padecimiento resultante de la horrible situación moral y física, debemos afirmar que el dolor más intenso y vivo estaba en el cerebro; y el cerebro era O'Donnell. Hombre bien templado para el infortunio, lo soportaba con estoica entereza. Pudo decir a su Ejército, imitando a Felipe II: «Os he traído a luchar con los hombres, no con las tempestades». Pero más justo y más filósofo que aquel Rey, pensaba que si era suya toda la gloria de haber iniciado aquella guerra, no debía culpar del desastre a la casualidad, sino a sí mismo. ¿Cómo no vio que la marcha de Ceuta al valle de Tetuán por la costa representaba un enorme desgaste de fuerza y de tiempo? ¿No previó que a la mitad de este arduo camino tenía que adoptar una de estas resoluciones igualmente desastrosas: o dejar a la espalda la mitad de su Ejército para sostener la comunicación con Ceuta, o aprovisionarse por mar, corriendo el riesgo de que las tormentas le interceptaran el pan y las municiones? ¡Y el enemigo siempre en posiciones altas, desde las cuales, con fuerza inferior a la de los españoles, podía precipitarles al mar!

En verdad que si O'Donnell tuviera pecados, bien purgada quedaría su alma con aquel intenso martirio, suficiente a franquearle de par en par las puertas de la gloria eterna. Pero en los pecados del General no podía buscarse la razón suprema de lo que parecía horrendo castigo, porque era hombre puro, de una sencillez y rectitud admirables en su vida moral; y en cuanto a la vida política, los actos de los gobernantes no constituían estados éticos bien definidos. En todo esto y en la pavorosa situación de su Ejército, incomunicado por el mar furioso y por la tierra, plagada de enemigos, pensaba el General. Si alguna luz de consuelo podía brillar en su angustiada mente, era la que una y otra vez expresaba con esta idea: «La única ventaja mía en el presente desastre es que jamás General alguno, en guerras antiguas o modernas, mandó soldados tan resistentes, tan sufridos, tan dispuestos al sacrificio como estos que yo he sacado de España...». Pero inmediatamente después de reflexión tan consoladora, venía la contraria, la negra, la que tomaba su fatídica fuerza de la claridad de la anterior: «Si este temporal dura días, y no hay medio de traer víveres, y los moros nos atacan, toda esta noble juventud, esta flor de España, perecerá...».

Contra tal idea se rebelaba su fe cristiana, su fe española, virtud grande de una raza aventurera que confía en salir de todos los atascaderos que pone en su camino la fatalidad, y al fin sale; no se sabe cómo, pero sale. Hay una Providencia especial para los locos... Como hombre sereno, de los que no cuentan con la colaboración del Acaso, O'Donnell no podía confiar extremadamente en la Providencia de los locos. Algo pensó en ella, pero sin darle agasajo en su pensamiento, y este lo consagró por entero a buscar y resolver los medios de salir de aquel pantano mortal. ¡Adelante o atrás...! Dos muertes probables pesaban menos que una muerte segura.

En su tienda permanecía el caudillo dando órdenes, recibiendo partes de los Jefes de Cuerpo, partes de Sanidad, partes de Provisiones. Algunos ratos, quedándose solo, porque sus ayudantes habían ido a convocar para el Consejo de Generales que debía celebrarse aquel día, se paseaba con las manos a la espalda en el sentido más largo de la tienda, el cual sólo permitía tres o cuatro medidas de compás de sus largas piernas. Sin mover los labios, creyérase que hablaba con el suelo; volviendo en torno las miradas, dijérase que quería interpretar como lenguaje las sacudidas convulsas de la lona, y la trepidación de los mástiles que sostenían la tienda. Cansado de andar, a la puerta salía... interrogaba al viento, que respondía con silbos aterradores; a la mar, que no paraba en su mugir hondo...

El primero que llegó al Consejo convocado por O'Donnell fue Turón, el General más soldado que en aquel Ejército había, y se dice que era el más soldado, porque siempre se resistió a politiquear, y consagraba todo su ser a la devoción de la milicia y al culto de la ordenanza. De carácter adusto y seco, y de pocas palabras, solía tener en algunas ocasiones chispazos de gracejo. «¡Dichoso tiempo, Turón —le dijo O'Donnell—, y dichoso valle de Capitanes!». Y él replicó: «Llamémosle el valle de Josafat». Inapreciable General de división, era la misma exactitud en el cumplimiento de las órdenes que se le daban; brazo inflexible, con cuya ciega obediencia podía contar siempre el pensamiento que dirigía los actos de la campaña... Tras él llegó el General García, Jefe de Estado Mayor, en quien descollaba el arte de organización y el conocimiento estratégico, carácter duro y esencialmente militar como el de Turón. Su colaboración técnica fue para O'Donnell de gran provecho en la tan heroica como desatinada marcha de Ceuta al Río Martín, cortando divisorias y marismas. Como conductor de tropas a la lucha, García ilustró su nombre con uno de los actos más eficaces para el éxito de aquella escabrosa marcha, protegiendo con el Segundo Cuerpo, en los riscos de Monte Negrón, el paso del resto del Ejército por los desfiladeros de la costa... Acompañados de los Generales de división Orozco, Gasset, don Enrique O'Donnell, Quesada y Rubín, llegaron Ros de Olano y Prim, ambos con el cuello del capote subido hasta las orejas, la risueña cara del primero enrojecida por el fresco húmedo; la del segundo sombría en su color pálido verdoso.

Ya están en Consejo... La tarde, hosca y ceñuda como la cara de Prim, redobló la furia de los elementos. Estos dirían: «¡Consejitos a mí!...». Mientras deliberan los señores, conviene advertir que la Providencia de los cristianos no dejó a estos en completo abandono como las apariencias indicaban. Aquella Providencia, o la que llaman de los locos (no sé cuál sería), hizo tan sólo un medio mutis, quedándose al paño entre los montes, fija la atención en los desgraciados hijos de España. Si es cierto que no les protegió de un modo ostensible sosegando las olas, hízoles el precioso favor de obscurecer el entendimiento de la morisma, para que a esta no se le ocurriera desembarazarse de cristianos, cosa facilísima en la precaria situación de estos. La Providencia musulmana debía de estar durmiendo en aquellos tres días, pues no se explica de otro modo que los moros dejaran pasar tan hermosa coyuntura para caer sobre los españoles y aniquilarlos, sin que quedara uno para traer la noticia. Que Mahoma se volvió tonto, quizás por bebedizos que le dieron las Providencias de acá, no podemos dudarlo. La cabeza de Muley el Abbás, o de los que dirigían entonces el cotarro moruno, no dio de sí en aquellos días más resolución que soltar algunas gavillas de berberiscos a robar las mulas y caballos que pastaban en las marismas (y a pacer se les echó, ¡animalitos!, por economía de la cebada), mientras otros hostilizaban las avanzadas del Segundo Cuerpo. Pero el General Prim los espantó con los cazadores de Alba de Tormes y Chiclana y algunas fuerzas de Castilla y Toledo. Salieron estos infelices pisando fango, empapados los ponchos, a pelear por aquellos cerros, y gracias que la humedad no había inutilizado los cartuchos. Como insistieran los moros, unas cuantas granadas certeras les persuadieron a tomar el portante, dejando en poder de nuestros soldados las caballerías que ya tenían por suyas... ¿Quién pudo dudar que Mahoma se había dormido en las deliciosas ociosidades de su Cielo...?

En una tienda—cocina del Cuartel General, hallábanse, ya entrada la noche, el Comandante Castillejo y Leoncio heridos leves, dos Oficiales y Juan Santiuste enfermos de calentura, y Aníbal Rinaldi, el único sano de la reunión; el único no, que también allí estaba en perfecta salud don Toribio Godino. Sanos y enfermos habían puesto un reparo a su extenuación con los bocadillos y tragos de lo añejo que generosos les repartieran O'Donnell y Ros de Olano. Ya era público en el campamento que el Consejo de Generales había determinado que, al amanecer el día siguiente, salieran para Ceuta en busca de víveres todas las acémilas, escoltadas por algunos batallones al mando de Prim.

Con excepción de Santiuste, que liado en su manta se dejaba caer nuevamente en el nirvana, todos comentaron el suceso, viendo algunos los peligros antes que las ventajas, y confiados otros en que el Conde de Reus triunfaría de los astutos marroquíes y de los elementos desencadenados. Castillejo, que era el más pesimista, veía dificultosa la ida, y mucho más la vuelta, pues no era de creer que los moros perdiesen el sentido, y con el sentido, las ocasiones de hacernos daño. Rinaldi, que a sus pocos años debía la felicidad del optimismo, confiaba en el éxito de la operación; según él, con poco que protegieran la marcha del convoy Echagüe por el Norte y O'Donnell por el Sur, las acémilas llegarían felizmente. En lo que todos estaban conformes era en que el temporal no tenía trazas de ceder, y su duración sería de nueve días, cómputo de los prácticos: faltaban todavía siete... El único que discrepaba de este vaticinio fue don Toribio, y no tardó en manifestarlo: sus articulaciones, así como sus callos, le anunciaban cambio de tiempo. El buen señor se sentía barómetro, y no necesitaba para las predicciones meteorológicas más instrumento que su propio cuerpo... Este le decía que los fuelles del Levante desmayarían pronto, y que ya había corrido Eolo las órdenes para que viniesen los fuelles del Norte a orear la tierra y aplacar las aguas.

No todos se burlaron del empirismo del capellán: algunos de los presentes sentían en su naturaleza la indicación higrométrica y barométrica, y otros se atenían a la tesis popular y marinera de los nueve días, como duración de los fuertes Levantes. En esta y otras discusiones entreveradas de somnolencias, pasaron parte de la noche, y a la madrugada sintieron el barullo de la salida de Prim con sus batallones y la recua de mulas. Quiso Dios que acertase don Toribio en sus predicciones, porque al rayar el día calmó notoriamente el viento, y hallándose Prim con su convoy como a una legua del campamento de Capitanes, los soldados que iban de vanguardia dieron la voz de ¡barco, barco!, y en efecto, a poco de este aviso vieron todos claramente el humo de un vapor que doblaba la punta del Hacho. Desde el Cuartel general se vio también la embarcación que desafiaba el oleaje, todavía imponente, y creyéndose ya seguro el socorro, un ayudante de O'Donnell salió escapado a decir a Prim que retrocediera.

El barco que allá lejos navegaba con tremendas cabezadas y balances, era el Duero, vapor destinado al transporte de víveres: tras él vendrían otros. El viento seguía calmado; pero la mar, aún alborotada y ceñuda, no quería deponer su braveza, y la aproximación de buques a la costa parecía poco menos que imposible. Con todo, el aspecto del cielo, que rápidamente se despejaba de nubes; los rayos del sol, que se desenfundaban de celajes, traían a todos los corazones alegría y esperanza. De hora en hora mejoraba el tiempo; la vista lejana del barco, que valiente acometía las olas como el hermano fuerte que acude al socorro del hermano moribundo, a todos daba la impresión de la Providencia, sin que nadie se metiera a discernir si era la cristiana o la de los locos.

A medida que avanzaba el día, la esperanza se iba metiendo más en los corazones de aquella gente infeliz... Ya no veían un barco solo, sino muchos. El júbilo del Ejército elevaba su número al infinito. Todos ellos cabeceaban gallardamente sobre las olas. Inmensa muchedumbre de soldados y oficiales los contemplaba con risueña expectación, midiendo los espacios que las atrevidas naves recorrían en cada instante, y acortando las distancias más con el deseo que con la vista... Por fin, viéndolos frente a Capitanes, desde tierra los aclamaban, agitando pañuelos, toallas y hasta sábanas para significar el gozo de la visita. Llegaron los buques a tan poca distancia de la costa, que desde esta se leían fácilmente los letreros que en sus costados habían puesto para anunciar lo que traían: Arroz, harina, cebada, heno, patatas, tocino, tabaco...

¡Comer, vivir! Buena es la gloria; pero no queráis encender esta divina luz en una lámpara sin aceite... Y O'Donnell, ¿qué decía, qué pensaba? Descollando por su lucida estatura en el grupo de Oficiales Generales que contemplaban los vapores despenseros, no dejaba traslucir en su rostro alegría, vibrante, como tampoco en las horas de incertidumbre dejó entrever la desesperación. Si algo expresaba su sonrisa sutil era el convencimiento de que el socorro no le causaba sorpresa. Lo esperaba, lo tenía por seguro. Un caudillo de tropas regulares no podía recibir sus elementos de guerra de manos de la casualidad... Y volviendo la corva espalda al mar y los azules ojos a la tierra, dijo a Turón, que a su lado iba: «No hay que descuidarse... Ya tenemos víveres... Pero el enemigo querrá que los partamos con él».

X

Sucedió lo previsto por el General en Jefe: vieron los moros desde sus altas atalayas los barcos, y en seguida les dio en las narices olor de galletas; olor y vista que les pusieron en ganas de meter la mano en el plato de los españoles. Aún no había empezado el desembarco de comestibles, que se hacía con enredosa dificultad en barricas flotantes, cuando las primeras partidas berberiscas obligaron a nuestros soldados, hambrientos y ateridos, a entrar en faena. Un batallón de Saboya y otro de Córdoba salieron con Prim a decir a los africanos que no podíamos darles parte en el festín, y algunas horas de la tarde empleamos en persuadirles a que fueran a buscar en otra parte el bendito alcuzcuz. Esto no se logró sin algunas bajas, y los hospitales acabaron de llenarse de heridos y enfermos. Daba pena, y al propio tiempo causaba grande admiración ver a los pobres soldados, hundidos los pies en el fango, batiéndose con tanto tesón como cuando sus estómagos llenos se aplomaban sobre terreno firme. El extenuado poeta Santiuste, que con lágrimas en los ojos les vio de lejos en tan heroico compromiso, se decía para su manta: «Odio la guerra, y admiro a los que sin esperar ningún beneficio de ella, inocentes piezas del ajedrez militar y político, se lanzan a empeños heroicos por un fin que sólo a los jugadores interesa. Cada día veo con más dolor de mi alma estos horrores inhumanos; pero también digo, despojándome hasta del último plumacho de la fanfarronería que fue mi encanto antes de venir aquí; también digo que no hay en el mundo soldados que hagan esto... batirse mojados y muertos de hambre por un ideal colectivo, la gloria, de que sólo les corresponderá parte inapreciable. O son ellos la misma inocencia, o llevan dentro un poder anímico de extraordinaria intensidad. Si el poder anímico produce estos actos en la guerra, ¿qué actos produciría en la paz? Falta saberlo; falta verlo. Pero no lo veremos, porque no hay caudillos que arrastren a los soldados a las hazañas pacíficas... No sé en qué consiste que el patriotismo es casi siempre un sentimiento guerrero; no concebimos la patria sino incrustada en la idea de conquista; no pronunciamos su nombre sin que en el aire repercuta con son de trompetas y tambores».

El día 10 llegó de Ceuta Perico Alarcón en el vapor Barcelona. Siglos se le habían hecho los días de ausencia, y de buena gana habría cambiado el descanso de allá por compartir con su querido Ejército las fatigas y angustias del valle de Capitanes. Trajo noticias del General Zabala, que iba mejorando, pero aún tenía la pierna derecha sin gobierno. De los demás enfermos y heridos que allá quedaron en los hospitales dio también referencia, y de la mortandad que causaba el cólera. Uno de sus primeros cuidados fue buscar a Santiuste; se aterró de verle tan agobiado de la fiebre, y vio con alarma los estragos que había hecho en su cerebro la debilidad. Las ideas del poeta de la Paz se habían sutilizado desdichadamente, llegando a ser, según Alarcón, una bandada de pájaros que se alimentaban de moscas en los espacios del delirio. Le oía con calma divagar en sus tesis utópicas, y trataba de traerle a la razón y al buen sentido.

De las conversaciones que ambos tuvieron, sacó al fin en limpio Pedro Antonio que Juan no debía continuar en el Ejército. Su endeble naturaleza se quebraba en los trajines de la guerra, como la caña que quisiera hacer veces de espada; las frecuentes conmociones que el terror trágico producía en su cerebro, acabarían por darle a todos los demonios. Convenía, pues, que a España se volviese, para reparar su salud y poner en remojo sus ideas recalentadas... Oídas las razones de su amigo, convino Santiuste en que debía retirarse, aunque le desconcertaba volver a España desilusionado y en tristísimo desacuerdo con las ideas dominantes en toda la Península... Con gran sentido dijo el de Guadix que desde el punto en que se encontraban no convenía volver a Ceuta, sino esperar a que el Ejército llegase al valle de Tetuán, de donde le separaban no más que algunas leguas y otras tantas victorias. A Río Martín había de llegar pronto una nueva División, al mando del General Ríos, y con ella un tren de batir y material de guerra y boca, lo que significaba sinnúmero de barcos yendo y viniendo entre la costa africana, Málaga y Algeciras. En uno de estos barcos, en el mejor de ellos, sería devuelto Santiuste a la madre patria.

No sabía el melancólico paladín de la Paz si alegrarse o entristecerse de su regreso a España... ¿Cómo iba él a vivir allí, sin la interna armazón épica que era su único sustento en tierra española? Sería como un cuerpo desmayado y vacío, cuerpo sin alma, o con un alma exótica no comprendida de sus coterráneos. Por otra parte, la idea de ver pronto a la sin par Lucila y al amado Vicentito, le regocijaba. Cierto que a la divina mujer y al niño divino les encontraría en plena embriaguez de patriotismo militar, en esa devoción ardorosa y sedienta que pedía más y más sangre de moros con que satisfacerse. Pero ya cuidaría él, con la virtud de su palabra, de desmoronar aquel ideal, sustituyéndole por otro esencialmente religioso y humano.

Como un alelado durmiente, o más bien como sonámbulo, vivió Santiuste en los días que mediaron entre la salida del atascadero de Capitanes y la gloriosa conquista de la altura de Cabo Negro, que dio a España la clave del valle de Tetuán. Se dejaba ir, se dejaba llevar en la retaguardia del Ejército, indiferente a las operaciones, oyendo tiros de fusilería y disparos de cañón, sin que se le ocurriera indagar los incidentes de la lucha. Aunque a la salida del pantanoso Azmir remitió la fiebre de Juan, había este tomado tal gusto a la envoltura y calorcillo de la manta, que no sabía ya desembozarse de ella, y su aspecto era el de un mendigo, moro por añadidura, pues habiendo renunciado a la dureza del ros, que le lastimaba la cabeza, se lió un pañuelo cuyas vueltas abultaban como las de un flaco turbante. La querencia de la comodidad, estimulada por la pereza, le llevó también a desechar el poncho, sustituyéndolo por un chaquetón pardo que le dio Leoncio, muy holgado y de abrigo... Su amistad única en aquellos días, del 10 al 14, fue don Toribio, pues a Leoncio apenas le veía, y de Clavería y de Pepe Ferrer sólo tuvo noticias vagas. El venerable capellán, cuyo nombre abreviaba graciosamente Leoncio Ansúrez llamándole don Toro Godo, cuidaba de Santiuste, le procuraba los mejores alimentos, y hacía por levantarle los espíritus con su ingeniosa charla, entreverando burlas y veras al referir los incidentes de aquella parte de la campaña. El día 12 había hecho el gasto el Segundo Cuerpo, saliendo de guerrillas Arapiles y Simancas, o si se quiere, de capeo y banderillas... La artillería puso a los moros bastantes picas, y luego salió Prim con el segundo de Cuenca, Llerena, Figueras y el Infante, y los mató de una estocada superior arrancando... No se reía Juan con estas irreverentes aplicaciones de la tauromaquia al arte noble de la guerra...

El 14 rompe la marcha la División Orozco hacia las alturas de Cabo Negro; la sigue la segunda División, al mando de don Enrique O'Donnell. Atraviesan bosques y malezas, desfilan por entre rocas que imponen pavor... Hasta las diez de la mañana todo iba bien. Después de esta hora empezaron a llover moros, y no hubo más remedio que abrir los paraguas... Siguió don Toro Godo relatando en serio la acción del 14 para dominar la divisoria del valle de Tetuán... Pero la atención de Santiuste, solicitada por imágenes e ideas de un orden fantástico, no se fijaba en la palabra del castrense. Si en las batallas vistas puede el espectador encontrar variedad grande, y notar en cada una desarrollo y colorido propios, las referidas son casi siempre iguales, y así lo pensaba Juan. ¿Qué le importaba que estuvieran Cuenca y Saboya en el ala derecha o en la izquierda? ¿Qué más daba que las hazañas del centro fueran obra de Córdoba o del Provincial de Málaga? Los actos heroicos resultaban los mismos en todas las narraciones, y fatigaban al oyente, que ya conocía de antemano la furibunda carga de caballería, o la oportuna intervención de los cañones, vomitando muertes. Lo importante era que habíamos triunfado; que el campo quedó sembrado de cadáveres de enemigos, cosa muy bonita, que siempre relatan con hinchada satisfacción los narradores de batallas, diciendo a menudo con injuriosa y sacrílega frase que mordieron el polvo.

Con todo su cariño y amenidad no lograba don Toro Godo aliviar las melancolías de Santiuste, ni curarle del terror que e infundían los cadáveres, así de cristianos como de agarenos. Huía de todo espectáculo desagradable, y siendo estos lo común y corriente en un Ejército que se batía de continuo y luchaba con el mal tiempo y la epidemia, el pobre hombre apenas tenía momentos de tranquilidad. Más de una vez se le vio requiriendo el sueño durante el día, como quien no tiene otro anhelo que ausentarse de la realidad. Durmiendo en el rincón de cualquier tienda, mientras las tropas descansaban, o arrimado a la impedimenta cuando se batían, era un hombre que dejaba su cuerpo inerte en medio del trajín de la guerra, y se iba, todo alma y pensamiento, a las distantes regiones de la Paz.

Cuando más abstraído estaba en sus divagaciones, se le aparecía Lucila rodeada de luz, no en calidad y empaque de Belona, sino con los arreos más vulgares, que en ella resultaban divinos. Ya se le representaba como Dulcinea del Toboso ahechando trigo, ya dando de comer a los pollitos recién salidos del cascarón... La dama labriega imperaba en su casa de la Villa del Prado, y nada se advertía en ella que revelase aficiones militares ni gusto de matanzas guerreras. Como matanza, allí no había más que la del cerdo, y aun el sacrificio de animales sería menos cruel y brutal que en otras casas... Gozaba el trovador viendo a Lucila, aunque la dama no le hablara. Sin mirarle se le aparecía, ¡cosa más extraña!, y aunque él la llamaba ceceando con cierta angustia, «Luci, Luci, que estoy aquí», la dama no hacía caso, y continuaba con más atención en sus menesteres domésticos que en el pobre desterrado de África... Despierto o a medio despertar, continuaba Juan cultivando el sueño, y le ponía en cuidado que habiéndosele aparecido tres veces la madre, no se viera en derredor suyo ni rastros de Vicentito Halconero... ¿Qué hacía el precioso niño mientras la madre daba de comer a los pollos?... En una de las transformaciones de su pensamiento o de su delirio, pues todo era lo mismo, vio y pensó que el chicuelo había muerto abrazado a la bandera de la patria, llevándose al otro mundo su pasión guerrera y las precocidades de su genio militar. Esta idea era intolerable suplicio para Santiuste, que al punto buscaba nuevas ideas, nuevas imágenes con que olvidar aquella tan desastrosa y terrible.

XI

Paseando con don Toro Godo una tarde por las lomas de Cabo Negro, en dirección a la cuenca anchurosa de Río Martín, se arrancó Santiuste con unas ideas tan peregrinas, que su venerable amigo le tuvo por hombre sin seso, o a punto de perderlo. «Ya sabe usted, don Toro —dijo el poeta—, que tengo por gravísimo mal el celibato eclesiástico. La Iglesia lo puede todo en el terreno dogmático; pero no alterará jamás las leyes de Naturaleza, ni la fundamental hechura de nuestras almas. Cegada la fuente del amor humano, ¿cómo hemos de apreciar y comprender el divino? Si nos sacáis los ojos, ¿cómo hemos de distinguir los colores? Cerradnos el oído, y no sabremos gozar de ninguna clase de música».

—Esa es una cuestión, Juanito mío —dijo el ladino capellán—, sobre la cual un viejo de setenta años no puede opinar discretamente; que no está bien pedir dictamen al polo frío sobre los calores tropicales. Quien ha perdido hasta el compás no puede hablar de baile, ni su opinión vale de cosa alguna. Yo estoy en el caso de decir, con referencia a nuestro celibato, que así lo encontré y así lo tengo que dejar. Si me hubieras consultado cuarenta años ha, quizás, y sin quizás, te habría dado algún parecer ajustado a los hechos y a la realidad del vivir... Pasemos a otro asunto.

—Paso a decir que si estimo como un mal el celibato de los sacerdotes, peor me parece el de los ejércitos en campaña. ¿Qué razón hay, mi respetable don Toro, para que no acompañen mujeres a los pobres soldados traídos a esta vida de perros?

—La razón es que esa impedimenta impediría demasiado la acción militar, apagando la bravura de los hombres, y llevándoles a una vida muelle y viciosa, incompatible con la actividad y virtud necesarias en estas empresas. ¡Bonita cosa sería un ejército con mujeres! ¿Quién las aguantaría en campaña; quién podría someterlas a la disciplina, ley dura para los hombres, para ellas imposible?

—Cierto es que el sexo femenino, siguiendo a los hombres a la guerra y consolándoles de sus penalidades, traería disgustillos, piques, y quizás alguno que otro rifirrafe escandaloso. Pero este mal tendría compensación en el bien grande de la alegría del soldado, en su mayor coraje para la lucha... con el estímulo de ser visto y alabado por ellas. Crea usted que con mujeres existiría en los campos de batalla el complemento de la vida, y las guerras serían menos sanguinarias... los ejércitos llevarían consigo el elemento de compasión, que ahora falta en absoluto...

—Hijo mío —replicó don Toro, tomando un tonillo de unción—, también en esto del celibato militar en campaña te respondo, como al tratar del otro celibato, que no pidas su opinión a un viejo como yo, dispensado por su edad de discurrir sobre nada referente a mujeres. El frío de los años trae la indiferencia de esas cuestiones, que no pueden debatirse sino con calor de la mente. Si me hubieras hecho esa consulta treinta años ha, yo te habría respondido que el elemento femenino está en el pensamiento del soldado, ¿me entiendes?... y ya sabe el soldado que para ser dueño de él, tiene que ir a buscarlo al campo y a las ciudades enemigas... Siempre se ha entendido así el negocio de amor en las guerras, y no puede ser de otro modo. Tu teoría es disparatada, absurda. Apliquémosla a esta campaña española en África: suponte que traemos hembras, a las cuales hay que llamar soldadas, sargentas y oficialas; supón que contra el orden natural sufrimos un revés... nos arrollan los moros, y después de matarnos y de quitarnos las armas, cargan con las señoras... ¡Bonita cosa, Juan!

—Cierto que sería triste; pero usted ha dicho que cada ejército busca sus damas en el campo contrario... Los hombres morirían defendiéndolas. Pasarían ellas de una mano a otra, como hoy pasan las plazas fuertes, los cañones. Se cumplía la ley de humanidad; la total armonía no se alteraba por eso. Las naciones tendrían un motivo más para no lanzarse a guerras desatinadas y de pura ambición; ya se sabía que corrían el riesgo de perderse todos los elementos de vida de un pueblo, los hombres, las ciudades, la riqueza, y las mujeres... Entretanto, yo digo y sostengo que no puede estar esta masa de hombres en tan larga ausencia y privación del bello sexo. A la larga, sin él la vida de campamento se vuelve árida, tristísima, y la Gloria es una imagen hombruna que acaba por causar espanto. Esto digo, esto siento, y miles de hombres hay aquí que seguramente sentirán lo mismo.

En tonos de humorismo siguió don Toro la polémica, cuidando de acentuar poco la inflexión burlona para no irritar a su contrincante. Lo que verdaderamente sacaba de quicio al pobre poeta era la narración de batallas o de cualquier lance de guerra. Si con sus protestas no hacía callar al castrense, se tapaba los oídos, y se echaba en tierra boca abajo gritando: «No quiero, no quiero; cállese, o perdemos las amistades». Y divagando por el campo de la última acción tan gloriosa para Ros de Olano y Prim, a cada paso hallaban despojos de la caballería y de los infantes moros, espuelas, riendas, fragmentos de gualdrapas y frontiles, algún arma, algún cantarillo portátil de peregrina forma... Todo lo recogía y guardaba cuidadosamente don Toro, con idea de venderlo en Madrid a los aficionados que coleccionan baratijas exóticas.

El mayor encanto del largo paseo de aquella tarde fue la repentina emergencia de un inmenso y luminoso panorama, que les saltó a los ojos al revolver de una loma pedregosa, como a media legua del campamento. Era el valle de Tetuán, ancho y risueño, término de la fatigosa marcha costera, y principio de una etapa militar más brillante y gloriosa. Lanzó Santiuste de su pecho exclamaciones de júbilo, y quedó absorto, saciando bien los ojos antes que la admiración descendiese a la palabra. No estaba menos sorprendido y alelado don Toro, que al instante hizo gala de los conocimientos geográficos adquiridos en el campamento. «Estos montes que vemos a nuestra derecha —dijo al poeta—, son los llamados Sierra Bermeja, estribación del Atlas que se corre por aquí hasta asomarse al mar... Hacia esta parte, entre riscos ásperos, verás allá lejos una cinta de blancos muros almenados. Por San Toribio, mi patrón, que aquella es la opulenta Tetuán, objetivo de nuestra campaña... Allí está el reposo, allí la recompensa de tantos afanes... Quiera Dios allanarnos estos verdes caminos, como nos allanó los pedregosos de esa maldita costa, alternados de marismas fétidas...». Por un momento creyó Santiuste en la elocuencia del buen capellán, y con sorna le dijo: «¿Qué es eso, pater? Estáis preparando un sermoncico para endilgarlo después de la primera misa de campaña que se celebre».

Y don Toro prosiguió: «Echaré sermones, o guardaré silencio si así me acomodara. La palabra del Señor suena en los corazones, y no es menester que mi voz clueca la traduzca en sonidos usuales... Entérate bien de lo que estamos viendo, Juan, y alaba conmigo a Dios por dejarnos ver tanta belleza. Este nuevo aspecto del África será regocijo y orgullo de nuestro Ejército, porque ¿quién duda que conquistaremos a Tetuán y todo lo que sigue tierra adentro? ¡Hosanna! ¡Lástima grande que no puedan ver esto los pobrecitos españoles que se han quedado en el camino! ¡Pobres cuerpos, pobres almas!... Fíjate, hijo mío, en aquella masa de verdor que se extiende como alfombra más acá de la ciudad blanca. Pues hay allí naranjales tan hermosos, según dicen, como los de Murcia y Valencia... Las casitas blancas, salpicadas entre lo verde, parecen tiendas. ¿No crees que en una de esas descansarían muy bien los huesos de este cura? Pues vuelve los ojos a la otra parte, a mano izquierda, y verás el mar, adonde lleva sus aguas el río grande que serpenteando baja de la ciudad, y otro pequeño que corre más cerca de nosotros, y también en la mar se vacía. Hay un tercero que si no me engañan los ojos desagua en el grande... Este es el Río Martín, o Río Dulce: se me ha ido de la memoria el nombre arábigo, que pienso ha de ser uno de los célebres lemas de la historia de nuestros días... Sigue la dirección de mi dedo, Juan, y verás un caserón blanqueado, que debe de ser (no quiera Dios que yo mienta) la Aduana de esta región... y más allá, pegadita al mar, verás una que no sé si es torre o palomar grande, construcción estrambótica, cuyo cuerpo inferior parece que lleva miriñaque. Es el fuerte con que la morisma defiende la entrada de ese río: allí guardan (yo no lo he visto) cañones del año Mil y quinientos, y otras máquinas de guerra anteriores al tiempo en que Satanás inventó la pólvora... Tú, que tienes mejor vista, mira bien en la extensión del mar. ¿No distingues un barco, quizás dos, tres?... ¿No alcanzas a ver en el horizonte muchos puntitos, que son la flota en que viene el General Ríos con ocho batallones, un tren de batir, gran acopio de alimentos y bebidas, y otras cosas de grande utilidad en la república, como quien dice, en los Ejércitos?...». Afinando su vista, Santiuste exploraba el mar azul, sin distinguir escuadra próxima ni lejana; y como se habían alejado del campamento más de lo regular, don Toro, inquieto, propuso a su acompañante una prudente retirada: «Volvámonos a casa, Juanito mío, y desde mañana seguiremos en la retaguardia de nuestro ejército, viendo venir las cartas de este juego histórico». Empezó a lloviznar: el hermoso paisaje que atrás dejaban don Toro y Juan se empañaba, se desleía en una atmósfera lechosa y terne. Así el alma desconsolada de Santiuste veía en sí misma el deslucimiento de las glorias guerreras, como colores que se deslíen y rayos de sol que se mojan.

XII

Al siguiente día, el sol se declaró francamente español desde las primeras horas de la mañana (15 de Enero), rasgando las nieblas y alegrando con su claridad y su lumbre así los montes y valles como los corazones. Las naves que traían la nueva División echaron anclas en la rada anchurosa. Las fragatas Blanca y Princesa de Asturias inutilizaron con pocos tiros el fuerte Martín y sus anexos militares. Los pobres moros que defendían con artillería vieja, del tiempo del Diluvio, la entrada del Río, huyeron a la desbandada, imprimiendo en el fango de las marismas la huella inequívoca de sus babuchas. Desembarcó infantería de Marina para posesionarse del Fuerte; desembarcó en la playa del Norte, entre Río Martín y Río Lil, la División del General Ríos, compuesta de ocho batallones de Línea y Cazadores y un escuadrón de Caballería; pisaron tierra sin dificultad las acémilas y todo el matalotaje de impedimenta. Continuaban llegando barcos con el nuevo tren de sitio, y copiosas remesas de provisiones para todo el Ejército. ¡Día lisonjero para España, que olvidaba las horrendas fatigas de la marcha por la costa! «¿Por qué no empezamos la guerra por aquí?» era la pregunta que todos se hacían a sí mismos y a los demás. Consolábanse con la idea de que el paso de Ceuta a Río Martín había sido un aprendizaje necesario, un ejercicio de gloria y muerte, por el cual llegaban al pie de los muros de Tetuán dotados de una fuerza invencible.

Al paso que se efectuaba el desembarco de hombres, víveres y municiones, Ros de Olano avanzaba hacia el llano; Prim le cubría la retaguardia. De lo alto de la Torre Geleli, donde el Imperio tenía su Cuartel general, se destacó gran caterva de moros a pie y a caballo; mas no contaban con las piezas rayadas que en batería mandó colocar O'Donnell en punto muy bien escogido, cubriéndolas con fuerzas de Infantería y Caballería. Avanzaron los árabes con la chillona algazara que les sirve de música, y cuando se les tuvo a conveniente distancia, se abrieron las filas que cubrían los cañones, y estos empezaron a escupir granadas. Los moros de a caballo, que no bajaban de ocho mil, y los doce mil infantes, no aguardaron a que los cañones echaran de sí toda su saliva, y retrocedieron con horroroso pánico, refugiándose en las fragosidades de Sierra Bermeja... Los españoles no tuvieron aquel día ni una sola baja: día y acción memorables.

Ya era don Leopoldo dueño del llano bajo de Tetuán. Al siguiente día, molestados por un furioso aguacero, armaron los españoles sus tiendas en los puntos conquistados. El Cuartel general acampó junto al Fuerte; a su derecha, en el sitio más próximo al mar, Prim con el Segundo Cuerpo; río arriba, junto al caseretón de la Aduana, también abandonado por los moros, Ros de Olano con el Tercer Cuerpo, Ríos con su División y la de Reserva. El grupo de tiendas de esta gran masa de tropa, con los parques, acémilas, maestranza, etcétera, formaba una ciudad populosa y animada. Corta distancia la separaba de aquella en que moraban O'Donnell y Prim. Alguien dio a los dos campamentos los nombres de Carabanchel de Abajo y Carabanchel de Arriba.

Extremaba Leoncio la broma dando el nombre de Leganés al fuerte que se empezó a construir en un sitio llamado La Estrella, a la orilla izquierda del río Alcántara, afluente del Martín. Por cierto que iba muy bien de su herida el simpático armero con los puntos de sutura que le dio el Físico, y los emplastos y la quietud. Andar podía ya sin dolor y con marcada cojera, y consagrar al trabajo algunas horas. Recobró su alegría, y se le encendió más el entusiasmo por el buen giro que a su parecer llevaba la campaña; escribía largas epístolas a su mujer, y guardaba en el pecho como escapularios las que de Virginia había recibido. «Oye tú, Juan —dijo a su amigo una mañana, sentados a la puerta de la tienda—: en mi carta he participado a Mita que no puedes seguir aquí, que no te prueban los aires de África... Ya puedes ir liando tu petate... Por lo que me ha dicho Alarcón, entiendo que te despachan, con las pipas vacías, en el primer barco que salga». Nada respondió Santiuste; mas con un mohín de su rostro demacrado, expresó un asentimiento fatalista. En esto se aproximó al grupo Enrique Clavería, risueño, zumbón, y soltó, no diremos bomba, pero sí esta carretilla de pólvora, ruidosa como una explosión de risa picaresca: «¿No saben qué cargamento ha venido en los barcos, con los sacos de harina y las cajas de galleta? ¿De veras no lo saben?».

—¿Qué nos han traído? ¿Mazapán de Toledo, carne de membrillo, jamón en dulce?

—Es mejor carne y mejor pastelería que todo eso. Anoche llegó un vapor abarrotadito de mojama, y de otro artículo superior...

—¿De qué, hombre? Vomita pronto...

—Lo sabéis, y os hacéis los tontos... ¡Hipócritas! No finjáis disgusto por lo que os alegra. Lo que trajo el barco es un bonito cargamento de mujeres.

—Ya, ya... eso decían; pero no cuela... ¡Mujeres al campamento!

—Cierto es —indicó un alférez, convaleciente del cólera—. Pero no las han traído, sino que han venido ellas de su motu proprio y por querencia natural.

—Pero, señores —dijo el Comandante Castillejo, que se arrimaba siempre a las tertulias de muchachos—, ¿para qué nos traen mujerío, si en Tetuán, allí... tenemos los harenes?... A los harenes vamos, y podremos mandar a España cargamento de huríes... En fin, si han llegado las huríes de pega, sean bien venidas... ¿Y dónde, dónde han metido ese simpático ganado?

—Para mí, que las han encerrado en el polvorín...

—¿Por qué tú, Clavería, y tú, Santiuste, no vais allí, y hacéis un reconocimiento? Traednos noticia de si son muchas o pocas las cabezas de ese ganado; si viene en buen estado de carnes, y si es el Cuartel general quien lo suministra, o es cosa de arreglarse cada uno para el consumo particular... ¿Trae ese ganado pastoras?... ¿Nos repartirán boletas como las de alojamiento?... En fin, que sepamos a qué atenernos, porque esto no es cosa de juego... ¡Cáscaras!, todo no ha de ser batirse y exponer uno la pelleja a cada triquitraque.

Esto decía Castillejo, que siempre de buen humor convertía en espuma picaresca las amarguras y penalidades de aquella vida. Llevaba un brazo en cabestrillo, y habíanle sometido a un régimen riguroso por complicaciones de enfermedades internas. También apareció por allí don Toro Godo, que reprendió a la partida por sus licenciosos apetitos, diciendo con buena sombra: «¡Que no pudiera daros yo mis setenta años para que con el frío de ellos se os apagaran esas liviandades!... ¡Puercos, disolutos, almas de cántaro! ¡No os parece bastante penosa la vida de campaña, y queréis traer a ella el Infierno, o dígase niñas!... Cuando yo era joven, los soldados iban a buscarlas en los serrallos libres del enemigo... Pero vosotros, gandules, queréis que os las traigan al Ejército, como parque del vicio y ambulancias de corrupción... ¿Y para qué? ¡Para llevar con vosotros dos guerras en vez de una, y duplicar las muertes que han de acabaros!... Y ahora, libertinos, sacos de podredumbre, decidme... ¿dónde, dónde están esas desgraciadas?».

Las risas avivaron más el humorismo del castrense, que, como Castillejo, gustaba de platicar con gente moza, y de encender en ella el regocijo y amor de vida que él no podía disfrutar. Santiuste, sin decir palabra, embozado siempre en la taciturnidad como en su manta, se fue a las tiendas de Ciudad—Rodrigo en busca de Alarcón, que por Clavería le había llamado con urgencia. En Ciudad—Rodrigo le encontró y hablaron, manifestándole Pedro Antonio que estuviera dispuesto para embarcar al día siguiente, en un vapor que de retorno llevaba heridos y enfermos a Málaga o Algeciras. En el campamento no se quería gente ociosa, consumidora de víveres, sin producir ninguna fuerza. Mejor estaba él en España que en África. El mismo Beramendi, que tanto le apreciaba, se haría cargo de la razón de su vuelta a España, le sostendría en su destinillo del Ministerio de Fomento, y le abriría las puertas de un periódico para que propter panem escribiese de la guerra, de la paz o de la inmortalidad del cangrejo. Nada objetó Santiuste a las palabras cariñosas de su amigo. Teníase por un ser inútil, lanzado a las corrientes del Acaso, sin rumbo ni norte. Iría, pues, a donde cualquier fuerza extraña le empujase, a menos que alguna fuerza interior suya surgiera del seno mismo de su enervante debilidad.

Díjole también Alarcón, mostrándole unos líos de telas, que con él enviaba a sus amigos de Madrid regalo de dos chilabas, parda la una, azul la otra; dos yataganes cogidos en el campo de batalla, un tapiz y varios pares de babuchas para señora y caballero. Le previno que haría con todo ello un fardo bien acondicionado, envuelto en una tela cosida, y a su tienda se lo enviaría con una carta para la persona a quien debía entregarlo. Firme en su fatalismo, aceptó Juan la comisión sin decir nada en contrario, lacónico, frío, insensible. Volviose a su tienda, donde halló notificación escrita y orden verbal para que estuviese en la Aduana a las primeras luces del día siguiente, dispuesto a embarcar en el vapor Ter... A todo dijo amén, y luego se echó a dormir, poniendo por almohada el fardo que Pedro Antonio había confiado a su buena amistad.

En su nebuloso sueño, se le apareció Lucila, que por lo visto no tenía otra cosa que hacer en el mundo más que aparecerse aquí y allá... Hacia él llegaba sin mover los pies, con andar trémulo, semejante al de las imágenes en las procesiones... Vestía negra túnica de Dolorosa, y su rostro expresaba compunción grave. ¿Lloraba la muerte de la épica militar? ¿Lloraba la muerte de su hijo Vicentito? Esta idea fue para el soñador una gran congoja. Viviera el niño y viviera con su pepita, esto es, con su delirio por las glorias del soldado español. Creyó Santiuste que la mujer aparecida clavaba en él una mirada rencorosa. ¿Por qué le miraba con odio? ¿Qué había hecho él más que amar a la madre con platónica y casta fe, y al hijo con pasión semejante a la de San José por el Niño Dios? Si alguna desgracia había ocurrido, él, pobre poeta y trovador desengañado, no tenía la culpa. Algo de esto debió de decir a la figura o espectro de la celtíbera, porque ella tomó actitud de escuchar, llevando al oído su mano ahuecada, y luego habló con palabra iracunda. Lo que entonces dijo Lucila fue para Santiuste como si un rayo cayera sobre su cabeza... Del estremecimiento despertó, quedándose un mediano rato entre la realidad y el sueño. Despierto y alucinado aún, decía: «Yo no le he matado, Luci... ¿Cómo había de matarle yo, que tan de veras le quiero?... Lo que hay, Luci, es que se ha venido abajo el castillo de la epopeya, y si al caer todo ese matalotaje quedó Vicentito enterrado entre los escombros, no es culpa mía, Luci... Luci, no es culpa mía... ¡Vicente entre las ruinas!... Pero ¿qué culpa tengo?... Yo no derribé el castillo vetusto... se cayó él solo... porque quiso caerse... Yo no he sido, Luci...».

XIII

No se sabe lo que duró este delirio, y sí que a la madrugada, cuando aún no mostraba el Oriente ni presagios de aurora, salió Juan de su tienda, solo, sin más compañía que un palo, llevando a cuestas los dos petates, el suyo y el que le había confiado Pedro Antonio. Atravesó casi todo el campamento, recogido en medio de la plácida obscuridad; pasó por las tiendas de Baza, de Segorbe, del Primero de montaña, de San Fernando, de Bailén, de Soria, de Iberia, hasta llegar a la Aduana. A las guardias dijo: «Voy a la Aduana para embarcarme», y ningún obstáculo halló en su camino... Reconociendo el disforme edificio que le habían designado como depósito de los que volvían a la patria, y en el cual vio como un vasto panteón de muda blancura, erigido en las tinieblas, torció a mano derecha y anduvo un corto trecho hasta dar en la margen del río Alcántara... Por la ribera pantanosa, chapoteando en el fango, llegó a un puentecillo jorobado que había visto de día... Detúvole el temor de tropezar con centinelas o escuchas; pero cerciorado de que no había nadie, pasó a la otra orilla, donde un lugar seco, entre juncales, brindábale a cambiar tranquilamente de vestido. Quitose el chaquetón; endilgó sobre la camisa la chilaba parda; de cintura abajo quedó desnudo de pie y pierna, calzadas las babuchas amarillas, después de refregarlas en la tierra húmeda para que tomaran aspecto de prendas muy usadas. Con todo lo demás, lo que se quitó y lo que no se puso, hizo un envoltorio que arrojó al río. Desliado y vuelto a liar con esmero el pañuelo retorcido y nada limpio que llevaba en su cabeza al modo de turbante, creyó que su facha moruna era de intachable propiedad... Echando a andar resueltamente río arriba, no se le ocultaban las dificultades de su situación... Podría engañar su figura, que con la corta barba que se había dejado crecer podría pasar por rostro agareno; pero desconociendo el árabe, ¿cómo engañar con la palabra? Ocurriole la salvadora idea de fingirse mudo...

Enfermo y sin palabra podría mendigar, hasta que el Acaso, en quien confiaba ciegamente, le llevase a donde pudiera descubrirse y hacer vida de paz... Hallábase en aquellos instantes el infeliz poeta y orador en un estado de absoluta confusión. Si alguien le preguntara cuál era su objeto al disfrazarse, y a dónde iba, no habría podido dar respuesta. Una inquietud mecánica le movía; su voluntad se encaminaba hacia un fin abstracto, nebuloso, como las promesas de ultratumba. No obstante su estado mental de éxtasis ambulatorio, cuando aclaró el día y pudo distinguir los contornos del paisaje, a su derecha los cerros en que suponía las avanzadas moras, a su frente la torre Geleli, Cuartel general de Muley el Abbás, tuvo una visión vaga del peligro que corría... Pero sus piernas, como si funcionasen en franca independencia, seguían llevándole adelante por la margen derecha del Río Martín, de curso perezoso, con lentas ondas, de las cuales dijo Santiuste que eran el paso de un río pensativo.

Constituidas en cabeza directora de todo el ser, las piernas de Juan seguían impávidas su camino; la vista recelaba; el oído no estaba tranquilo; el corazón dejábase caer en la indiferencia de la vida y la muerte... Ya era día claro; ya distinguía los verdes naranjales que alfombran la vega de Tetuán; pasó junto a chozas que parecían abandonadas, junto a huertos con cerca de cañas, y ningún ser viviente encontraba en su camino... Llegó a un lugar apacible, como glorieta rústica formada por cipreses viejos y arbustos lozanos. Sentándose a reposar, contempló la bella Naturaleza que le rodeaba, y en tal contemplación sintió hambre, mas no vio con qué podría repararla... Tras un descanso que él no podría decir si fue largo o breve, las piernas recobraron súbitamente su poder directivo, y se lanzaron a un andar acelerado, sin pedir permiso al corazón ni a la mente. Los ojos miraban a la otra parte del río, considerando que si hubiera en éste un vado seguro, el hombre procuraría recabar de sus piernas que le pasaran a la orilla derecha... En esto oyó rumor de voces humanas... Eran voces de mujer, confundidas con ladridos de un perrillo juguetón. Se sobrecogió; mas no quisieron parar las piernas, por más que el hombre les ordenó que contuviesen su marcha rítmica...

Vio Santiuste tres figuras extrañas que por la vereda marchaban hacia él: se componía cada cual de un pesado envoltorio de tela blanca, que por debajo dejaba ver dos piernas gordas y amoratadas, los pies con babuchas; por encima una mofletuda cara medio cubierta con la misma tela burda, a manera de embozo sostenido por un brazo gordinflón. Por un momento dudó Juan si eran hombres o mujeres las estantiguas que veía; luego, recordando noticias y cuentos del personal marroquí, cayó en que eran moras viejas y fuera de uso. Tras ellas venían dos chicos ágiles, morenos, las cabezas rapadas, conservando un mechón junto a la oreja: jugaban con un perro. Llevado de sus piernas autónomas, Santiuste se vio muy cerca de aquella gente, y con maquinal impulso, movido del hambre que sentía, alargó una mano en demanda de algo de comer; pero, sin olvidarse de que debía parecer mudo, sólo echó de su boca sonidos inarticulados, que a su parecer imitaban perfectamente el ladrido de los que perdieron o no adquirieron jamás el uso de la palabra. Rodeado por aquella caterva, que no le mostraba compasión, oyó Juan un lenguaraje que para él no tenía ningún sentido; mas por los ademanes y el rostro de las feas y vetustas mujeres comprendió que le reñían, que le increpaban, que le preguntaban su nombre, nacionalidad y condición...

Tan acosado se vio el vagabundo, y tal temor le entró de aquellas, más que mujeres, bestias en dos pies, que no se opuso a que los suyos echaran a correr hasta ponerse a distancia de tan bárbaros gestos y de las voces airadas, incomprensibles. Metiose Juan por un prado, entre arbustos, sin saber a dónde saldría, y en su retirada recibió la horrorosa pedrea con que le despidieron los dos moritos acompañantes de las endiabladas hembras. En el momento de agachar la cabeza para guardarla del nublado, recibió detrás de la oreja una peladilla que le hizo ver el sol y la luna. La descalabradura no era cosa de juguete: de ella salió un hilo de sangre que puso el cuello del pobre Juan como si le hubieran degollado. La mano se llevó a la parte dolorida, retirándola ensangrentada... Y al punto las piernas, azuzadas por el desastre, dieron todo el impulso posible a sus musculares resortes, lanzándose a la carrera por un terreno desigual, aquí blando y cubierto de hierba, allá pedregoso... Ello es que fue a parar, jadeante, a otro sitio despejado, donde igualmente oyó voces de mujeres... Creyérase que el bello sexo, objeto siempre de sus afectos más vivos, le perseguía, tomando las formas menos gratas a la vista y la imaginación, como emblemas de remordimiento o de castigo.

La carrera que llevaba el prófugo terminó frente a un extraño grupo, formado por tres mujeres, un hombre y un asno... Una de las hembras estaba en pie, las otras a gatas, arrancando hierbecillas de entre la espesa vegetación de un extenso prado que abrillantaban las gotas del rocío. En la misma actitud, cuchillo en mano, había visto Santiuste, en campos españoles, a las aldeanas cogiendo verdolagas y cardillos. La mujer que estaba en pie, más vieja que las otras, parecía también de superior categoría, aunque no se marcaba mucho la diferencia: las tres eran ordinarias, nada limpias y de dudosa belleza. Vestían faldas azules, calzaban babuchas rojas, y en la cabeza llevaban pañuelo de colorines, liado con un arte nuevo a los ojos de Santiuste. La que parecía principal era la única que llevaba medias, y en el busto un chal amarillo, de crespón, muy usado... El burro pacía con avidez de atrasado apetito, y el hombre, tan pequeño que bien podría llamarse enano, vestía un haraposo balandrán azul, y se cubría la coronilla con un gorrete del mismo color. Calzaba viejísimas babuchas que parecían de tierra; su rostro era lívido, con bigote lacio; su edad difícil de precisar.

Al llegar Santiuste junto a tan extraña gente, el lenguaje que hablaban a español le sonó... La mujer principal le vio venir entre curiosa y asustada... Temeroso él de ser mal recibido, señaló con la izquierda mano su herida, que manaba sangre, y se llevó al pecho la otra, inclinándose como persona humilde que pide socorro a un prójimo desconocido... La del chal habló así: «¿Quién sodes tú, desdichado? ¿Qué es tu demanda?».

Y otra de las que gateaban, dijo: «Tírate atrás, que atemorizas. Por el Dio de Israel dinos tus coitas... que bien se cata que has trocado tu ley para venir ende acá».

Y la del chal siguió: «Ya sabemos quién te ha ferido. Oye de mí: so mujer buena, y mi corazón sabe apiadar de ti mas que seas culposo...».

Absorto quedó el pobre fugitivo ante lo que veía y oía. Aunque ya se preparaba para soltar los mugidos que le harían pasar por mudo, contestó en habla de cristiano a las expresiones afectuosas de la señora con medias. Preguntado de nuevo por su nombre, patria y condición, no repuesto aún del trastorno mental que el hambre y la fiebre le producían, habló de este modo: «Yo soy Juan el Pacificador... Si sois amantes de la guerra, matadme, porque yo enseño a condenar los males de la guerra; si sois gente piadosa, curadme esta herida y dadme algún alimento, que por Dios vivo os juro que no puedo ya con mi alma».

Las dos que cogían hierbas dejaron esta operación para ponerse a lavarle la herida con agua de un cercano arroyuelo. Entre tanto, la del chal le dijo: «Agora veráis que hais topado con familia bondadosa. Afloja tu pena, y ven a mi casa, do toparás remedio y paz... Monta en el asno, y seguro venrás a la cibdad...». Al enano, luego que Juan se encaramó en la cabalgadura, le dijo: «No intraremos por Bab—el—aokla, que allí fincan hombres recios de mucha guerra... Daremos güelta por porta alta, donde no mancarán los portaleros amistosos... No tener cuidado, y vámonos aina... Arre, adelantre vos; nosotras adetrás con hierbas de curación... Arre... arre, hijos, sin amedranto... que naide haberá que pesquise... Porta alta, Esdras... ca por allí salvamos sin peligración».

Ved aquí por qué extraño modo penetró Juan el Pacífico en la poética Tettauen, dulce nombre de ciudad, que significa Ojos de Manantiales.


Publicado el 23 de octubre de 2016 por Edu Robsy.
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