Episodios Nacionales para Niños

Benito Pérez Galdós


Cuento, Novela



Trafalgar

I

Me permitiréis, amados niños, que antes de referiros los grandes sucesos de que fui testigo diga pocas palabras de mi infancia, explicando por qué extraños caminos me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible acción de Trafalgar.

Yo nací en Cádiz, y en el famoso barrio de la Viña. Mi nombre es Gabriel Araceli, para servir a los que me escuchan… Cuando aconteció lo que voy a contaros, el siglo XIX tenía cinco años; yo, por mi confusa cuenta, debía de andar en los catorce.

Dirigiendo una mirada hacia lo que fue, con la curiosidad y el interés propios de quien se observa, imagen confusa y borrosa, en el cuadro de las cosas pasadas, me veo jugando en la Caleta con otros chicos de mi edad, poco más o menos. Aquello era, para mí, la vida entera; más aún, la vida normal de nuestra privilegiada especie; y los que no vivían como yo me parecían seres excepcionales del humano linaje, pues en mi infantil inocencia y desconocimiento del mundo yo tenía la creencia de que el hombre había sido criado para la mar, habiéndole asignado la providencia, como supremo ejercicio de su cuerpo, la natación, y como constante empleo de su espíritu, el buscar y coger cangrejos, ya para arrancarles y vender sus estimadas bocas, que llaman de la Isla, ya para propia satisfacción y regalo.

Entre las impresiones que conservo está muy fijo en mi memoria el placer entusiasta que me causaba la vista de los barcos de guerra, cuando se fondeaban frente a Cádiz. Como nunca pude satisfacer mi curiosidad, viendo de cerca aquellas formidables máquinas, yo me las representaba de un modo fantástico y absurdo, suponiéndolas llenas de misterios.

Afanosos para imitar las grandes cosas de los hombres, los chicos hacíamos también nuestras escuadras, con pequeñas naves, rudamente talladas, a que poníamos velas de papel o trapo, marinándolas con decisión y seriedad en cualquier charco de Puntales o la Caleta. Para que todo fuera completo, cuando venía algún cuarto a nuestras manos, por cualquiera de las vías industriales que nos eran propias, comprábamos pólvora en casa de la «tía Coscoja» de la calle del Torno de Santa María, y con este ingrediente hacíamos una completa fiesta naval. Nuestras flotas se lanzaban a tomar viento en océanos de tres varas de ancho; disparaban sus piezas de caña; se chocaban remedando sangrientos abordajes, en que se batía con gloria su imaginaria tripulación; cubríalas el humo, dejando ver las banderas, hechas con el primer trapo de color encontrado en los basureros; y en tanto nosotros bailábamos de regocijo en la costa, al estruendo de la artillería, figurándonos ser las naciones a que correspondían aquellos barcos, y creyendo que en el mundo de los hombres y de las cosas grandes, las naciones bailarían lo mismo, presenciando la victoria de sus queridas escuadras. Los chicos veis todo de un modo singular.

No conocí a mi padre, que pereció en el famoso combate del «Cabo de San Vicente». Mi pobrecita madre, buena y santa mujer, que sostenía mi precaria existencia y la suya lavando la ropa de algunos marineros, murió de cansancio y fiebre en los comienzos del año 5. ¡Oh, Dios, cuan triste y penosa fue mi orfandad bajo la custodia y férula de un tío materno, más malo que Caín y más borracho que las mismas cubas jerezanas!… Las crueldades de aquel bandido me movieron a buscar respiro en la libertad; huí de la casa; me fui a San Fernando, de allí a Puerto Real, y juntamente con otros chicos desamparados y vagabundos di con mis huesos en Medina Sidonia.

Hallábame una tarde, con mis compañeros de hambre y fatigas, en una taberna de aquella ilustrísima ciudad, cuando fuimos sorprendidos por soldados de Marina que hacían la leva. Como pájaros asustados al primer tiro, nos desbandamos, refugiándose cada cual donde pudo. Mi buena estrella me llevó a cierta casa, cuyos dueños se apiadaron de mí, sin duda por el relato que de rodillas, bañado en lágrimas y con suplicante desesperación, les hice de mi triste y degradante miseria.

Aquellos señores me tomaron bajo su protección, librándome de la leva, y desde entonces quedé a su servicio. Con ellos me trasladé a Véjer de la Frontera, lugar de su habitual residencia. Fueron mis ángeles tutelares don Alonso Gutiérrez de Cisniega, capitán de navío, retirado del servicio, y su mujer, ambos de avanzada edad. Enseñáronme muchas cosas que no sabía, y al poco tiempo adquirí la plaza de paje del señor don Alonso, al cual acompañaba en su paseo diario, pues el buen inválido no movía el brazo derecho y con mucho trabajo la pierna correspondiente. No sé qué hallaron en mí para sentirse movidos a paternal benevolencia. Sin duda, mi natural despejo y la docilidad con que les obedecía, fueron parte a merecer favor tan grande. Debo añadir a las causas de aquel cariño, aunque me esté mal el decirlo, que yo, no obstante haber vivido hasta entonces en contacto con pícaros y vagabundos, tenía cierta cultura o delicadeza ingénita que en poco tiempo me hizo cambiar de modales, hasta el punto de que, a pesar de la falta de estudio, halléme pronto en disposición de pasar por persona bien nacida.

Y ahora, echados por delante estos breves antecedentes de mi vida humilde, referiré lo que de la gloriosa vida de la madre España he visto en largos y bien aprovechados años de mi adolescencia y juventud. Y, pues, los designios de Dios, más que mi determinada voluntad, me hicieron testigo de la espantosa guerra contra el llamado Capitán del Siglo, y del viril esfuerzo con que los españoles ganaron, a fuerza de pulso y coraje, su santa Independencia, oíd, amados niños, la patriótica lección que contienen estos ilustres nombres «Trafalgar», «Madrid», «Bailén», «Zaragoza», «Gerona», «Cádiz», «Arapiles», «Vitoria».

II

En los primeros días de octubre de aquel año funesto (1805), mi amo, don Alonso, no vivía de puro caviloso y desasosegado por la horrible pugna entre su invalidez achacosa y los nobles impulsos de su corazón, ávido de la guerrera pompa y de las locuras de Marte. Capitán de navío, retirado, había derramado su sangre en cien combates. El que fue brazo robusto de la Marina Española, servidor leal de la patria, era ya una ruina gloriosa. Pero aún se le encendían los ánimos presagiando sucesos navales de importancia. Su grande amigo Churruca le anunció que la escuadra combinada saldría pronto de Cádiz, provocando a las naves inglesas al combate o esperándolas en la bahía si osaban entrar en ella. Al comunicar este plan a don Alonso, invitábale su amigo a trasladarse a la escuadra, si no para combatir, para presenciar las vistosas funciones que se preparaban.

Debo advertiros, para que os vayáis enterando, que en aquellos días éramos aliados de Napoleón y con él y sus navales fuerzas combatimos contra la enemiga común, Inglaterra. Luego veréis cómo vino a ser ésta nuestra mejor amiga, y juntas y apareadas le dimos más de un disgusto a Napoleón. La escuadra combinada de navíos españoles y franceses, la mandaba el almirante francés Villeneuve, y la inglesa el más audaz, entendido y afortunado de los marinos de aquel tiempo, el gran Nelson. Aprended estos nombres, haceos cargo del lugar que ocupan en la Historia de la Humanidad y ligados a las personas comprenderéis mejor los hechos.

Los belicosos pinitos que hacer quería el bueno de don Alonso tenían en su mujer la más terrible contrincante y enemiga, que amaba la paz, la quietud, y no quería ni que le hablaran de barcos de guerra. ¡Bueno estaba el noble carcamal de don Alonso para andar en tales trotes! Era doña Paquita una dama excelente, de noble origen, amantísima de su marido y temerosa de Dios; pero con el más arisco y endemoniado genio que pueda imaginarse. Me parece que estoy viendo a la respetable cuanto iracunda señora con la rizada papalina, su saya de organdí, sus moñitos blancos y su lunar peludo a un lado de la barba. Añadiré para rematar la pintura, que cuando su marido la enteró de la carta de Churruca y de sus deseos de complacerle, soltó todos los registros de su odio a la mar y sus barcos, burlándose de las glorias navales y pisoteando sin compasión los apolillados laureles de su marido. Luego, para fin de fiesta, la emprendió con Napoleón, ese bribonazo del Primer Cónsul, que con su bandolerismo en grande escala traía revuelto al mundo.

Pero si don Alonso tenía en su mujer un implacable aguafiestas, en cambio le alentaba y enardecía locamente un amigo suyo, que también lo era mío, marinero viejo, inválido como el amo, y más desarbolado que él y fuera de combate. Quiero presentároslo sin demora, que de seguro ha de seros muy grato el conocimiento con este soberano tipo.

Marcial (nunca supe su apellido), llamado entre los marineros Hombre, había sido contramaestre en barcos de guerra durante cuarenta años. En la época de mi narración, la estampa de este héroe de los mares era de los más singular que podréis imaginar. Figúrense, un hombre viejo, más bien alto que bajo, con una pierna de palo, el brazo izquierdo cortado a cercén, más abajo del codo, un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en todas direcciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentes clases, la tez morena y curtida por las tempestades, voz ronca, hueca y perezosa, que no se parecía a la de ningún habitante racional del planeta en que vivimos.

La vida de Marcial era la historia de la Marina Española en la última parte del siglo XVIII y principios del XIX; historia en cuyas páginas las gloriosas acciones alternan con lamentables desdichas. Navegado había en heroicos o desgraciados barcos; además de las campañas en que tomó parte con mi amo, estuvo en innúmeros encuentros, sorpresas y arriesgadas expediciones. A los sesenta y seis años, se decidió a echar para siempre el anda, como un viejo pontón inútil para la guerra, y su ocupación, fuera de los militares coloquios con don Alonso, no era otra que cargar y distraer a un nietecillo que tenía, y adormirle con marineras canciones.

Como todos los marinos, Medio-Hombre usaba un vocabulario formado por peregrinos terminachos: es costumbre en la gente de mar de todos los países desfigurar la lengua patria hasta convertirla en caricatura. Examinando la mayor parte de las voces usadas por los navegantes, se ve que son simplemente corruptelas de las palabras más comunes, adaptadas a su temperamento arrebatado y enérgico, siempre propenso a abreviar todas las funciones de la vida, y especialmente el lenguaje.

Marcial aplicaba el vocabulario de la navegación a todos los actos de la vida, asimilando el navío con el hombre, en virtud de una forzada analogía entre las partes de aquel y los miembros de éste. Por ejemplo, hablando de la pérdida de su ojo, decía que había cerrado el «portalón de estribor», y para expresar la rotura del brazo, decía que se había quedado sin la «serviola de babor». Para él, el corazón, residencia del valor y del heroísmo, era el «pañol de la pólvora», así como el estómago, el «pañol del biscocho». La acción de embriagarse la denominaba de mil maneras distintas, y entre éstas la más común era «ponerse la casaca», idiotismo cuyo sentido no hallarán mis lectores, si no les explico que, habiéndole merecido los marinos ingleses el dictado de «casacones», sin duda a causa de su uniforme, al decir «ponerse la casaca» por emborracharse, quería significar Marcial una acción común y corriente entre sus enemigos. A los almirantes extranjeros les designaba con estrafalarios nombres, ya creados por él, ya traducidos a su manera, fijándose en semejanzas de sonido. A Nelson le llamaban el Señorito, voz que indicaba cierta consideración o respeto; a Collingwood, el tío Calambre, frase que a él le parecía exacta traducción del inglés; a Jerwis le nombraba como los mismos ingleses, esto es, viejo zorro; a Calder, el tío Perol, porque encontraba mucha relación entre las dos voces, y siguiendo un sistema lingüístico enteramente opuesto, designaba a Villeneuve, jefe de la escuadra combinada, con el apodo de Monsieur Corneta, nombre tomado de un sainete que en aquellos días se representaba en Cádiz.

III

Continua y áspera, con chillidos de una parte, broncos rugidos de otra, era la reyerta matrimonial por si mi don Alonso iba o no a la escuadra, y como Medio-Hombre le calentaba desmedidamente los cascos, doña Paquita tenía muy entre ojos al estropeado mareante. Aguardaban los viejos a que la señora estuviese ausente para entregarse sin miedo al deleite de hablar de guerra y barcos, de cañones, de ingleses y de demonios coronados.

Una noche, aprovechando la buena coyuntura de estar mi ama en la novena del Rosario, los dos viejos, como escolares bulliciosos que pierden de vista al maestro, encerráronse en el despacho, sacaron unos mapas y pasearon por ellos sus dedos temblorosos; luego leyeron papeles en que estaban apuntados nombres de muchos barcos ingleses, con la cifra de sus cañones y tripulantes…, ¡qué escena, qué vida! Marcial imitaba con los gestos de su brazo y medio la marcha de las escuadras, la explosión de las andanadas; con su cabeza, el balance de los barcos combatientes; con su cuerpo, la caída de costado del buque que se va a pique; con su mano, el subir y bajar de las banderas de señal; con un ligero silbido, el mando del contramaestre; con los porrazos de su pie de palo contra el suelo, el estruendo del cañón; con su lengua estropajosa, los juramentos y singulares voces del combate; y como mi amo le secundase en esta tarea con la mayor gravedad quise yo también echar mi cuarto a espadas, alentado por el ejemplo. Sin poderme contener, viendo el entusiasmo de los dos marinos, comencé a dar vueltas por la habitación remedé con la cabeza y los brazos la disposición de una nave que ciñe el viento, y al propio tiempo imitaba con perfección el estruendo de los cañonazos, «¡bum, bum, bum!». Mi respetable amo y el mutilado contramaestre, tan niños como yo en aquella ocasión, no pararon mientes en lo que yo hacía, pues harto les embargaban sus guerreros comentarios. Enfrascados estaban en ellos cuando sintieron los pasos de doña Francisca, que volvía de la novena.

—¡Que viene! —exclamó Marcial con terror.

Y al punto guardaron los planos, disimulando su excitación, y pusiéronse a hablar de cosas indiferentes. Pero yo, bien porque la sangre juvenil no podía aplacarse fácilmente, bien porque no observé a tiempo la entrada de mi ama, seguí en medio del cuarto demostrando mi enajenación con frases como éstas, pronunciadas con ronca voz de mando: «¡La mura a estribor!…, ¡orza!…, ¡la andanada de sotavento!…, ¡fuego!…, ¡bum, bum!». Doña Paca se llegó a mí furiosa y sin previo aviso me descargó en la popa la andanada de su mano derecha con tan buena puntería que me hizo ver las estrellas.

—¡También tú! —gritó vapuleándome sin compasión—. ¡Pillete, zascandil! ¿Te has creído que estás todavía en la Caleta?

La zurra continuó en la forma siguiente: Yo caminando a la cocina, lloroso y avergonzado, después de arriada la bandera de mi dignidad, y sin pensar en defenderme contra tan superior enemigo; la señora detrás, dándome caza y poniendo a prueba mi pescuezo con los repetidos golpes de su mano. En la cocina eché el ancla, lloroso, considerando el desastroso fin de mi combate naval.

La tirantez de opiniones y el desacuerdo matrimonial llegaron a tal extremo que don Alonso, contrariado en su ilusión guerrera, cayó en grave pasión del ánimo. Como héroe vetusto hubo de tomar resolución heroica, y ésta fue la de escaparse, huir, como aventurero que abandona el hogar para correr hacia soñadas glorias… Una mañana, hallándose en misa doña Paquita, advertí que el señor se daba gran prisa por meter en una maleta algunas camisas y otras prendas de vestir, entre las cuales iba su uniforme. Yo le ayudé y aquello me olió a escapatoria, aunque me sorprendía no ver a Marcial por ninguna parte. No tardé, sin embargo, en explicarme su ausencia, pues don Alonso, una vez arreglado su breve equipaje, se mostró muy impaciente, hasta que al fin apareció el marinero diciendo: «Ahí está el coche. Vámonos antes que ella venga».

Cargué la maleta, y en un santiamén don Alonso, Marcial y yo salimos por la puerta del corral, subimos a la calesa y ésta partió tan a escape como lo permitía la escualidez del rocín que tiraba de ella.

Anduvimos todo el día por un proceloso y alegre camino; hicimos noche en Chiclana para descansar del hórrido traqueteo de la calesa y a las once del siguiente día dimos fondo en Cádiz… ¡Oh, Cádiz, ilustrísima y noble ciudad, patria mía y de tantos héroes, navegantes y patricios insignes. Por patria mía te adoré aquel día, sin acordarme de los demás hijos tuyos consagrados por la Historia, y me entregué al goce inefable de ver tu incomparable bahía poblada de naves, tus calles bulliciosas, limpias y alegres, tu plaza de San Juan de Dios, centro y metrópoli de la picardía, y, por fin, tu Caleta, que para mí simbolizó en un tiempo lo más hermoso de la vida, la libertad!

IV

Nos albergó en su casa una prima de mi amo, doña Flora de Cisniega, señora muy amable y redicha, instruida, de finísimo trato social, ya un poco madura y muy compuesta y emperifollada. Caballeros elegantes frecuentaban su lujosa vivienda y con ellos y con doña Flora departía el buen don Alonso, examinando los sucesos presentes y entreteniéndose en presumir atrevidamente los futuros. Por lo poco que pude oírles entendí que la opinión en Cádiz revelaba intranquilidad, desconfianza. Se hablaba mal de Godoy, que nos había metido en la desatinada combinación con la marina francesa y se echaban pestes contra Napoleón por haber puesto las dos armadas debajo del mando de Villeneuve, el Musiú Corneta de mi amigo Marcial. A los dos días de nuestra llegada recibió mi amo la visita de un brigadier de Marina, amigo suyo, cuya fisonomía no olvidaré jamás. De este buen español quiero hablaros ahora, queridos niños, enalteciéndole a vuestros ojos para que le améis, para que toda la vida recordéis con veneración su nombre y sus hechos.

Era un hombre como de cuarenta y cinco años, de semblante hermoso y afable, con tal expresión de tristeza que era imposible verle sin sentir irresistible inclinación a amarle. No usaba peluca y sus abundantes cabellos rubios, no martirizados por las tenazas del peluquero para tomar la forma de ala de pichón, se recogían con cierto abandono en una gran coleta y estaban inundados de polvos con menos arte del que la presunción propia de la época exigía. Eran grandes y azules sus ojos; su nariz, muy fina, de perfecta forma y un poco larga, sin que esto le afeara; antes bien, ennoblecía su expresivo semblante. Su barba, afeitada con esmero, era algo puntiaguda, aumentando así el conjunto melancólico de su rostro oval, que indicaba más bien delicadeza que energía. Este noble continente era realzado por una urbanidad en los modales, por una grave cortesía de que no podrá daros idea la estirada fatuidad de los señores del día ni la movible elegancia de nuestra dorada juventud. El cuerpo era pequeño, delgado y como enfermizo. Más que guerrero aparentaba ser hombre de estudio, y su frente, que sin duda encerraba altos y delicados pensamientos, no parecía la más propia para arrostrar los horrores de una batalla. Su endeble constitución, que sin duda contenía un espíritu privilegiado, parecía destinada a sucumbir conmovida al primer choque. Y, sin embargo, según después supe, en aquel hombre igualaba el corazón a la inteligencia. Era Churruca.

El uniforme del héroe demostraba, sin ser viejo ni raído, algunos años de honroso servicio. Después, cuando le oí decir, por cierto, sin tono de queja, que el Gobierno le debía nueve pagas, me expliqué aquel deterioro. Mi amo le preguntó por su mujer, y de su contestación deduje que se había casado poco antes, por cuya razón le compadecí, pareciéndome muy atroz que se le mandara al combate en tan felices días. Habló luego de su barco, el «San Juan Nepomuceno», al que mostró igual cariño que a su joven esposa, pues, según dijo, él lo había compuesto y arreglado a su gusto, por privilegio especial, haciendo de él uno de los primeros barcos de la Armada Española.

Hablando luego del tema ordinario en aquellos días, de si salía o no salía la escuadra, dijo Churruca:

—El almirante francés, no sabiendo qué resolución tomar, y deseando hacer algo que ponga en olvido sus errores, se ha mostrado, desde que estamos aquí, partidario de salir en busca de los ingleses. El 8 de octubre escribió a Gravina, diciéndole que deseaba celebrar a bordo del «Bucentauro» un consejo de guerra para acordar lo que fuera más conveniente. En efecto, Gravina acudió al consejo, llevando al teniente general Alava, a los jefes de escuadra Escaño y Cisneros, al brigadier Galiano y a mí. De la escuadra francesa estaban los almirantes Dumanoir y Magon y los capitanes de navío Cosmao, Maistral, Villiegris y Prigny.

Habiendo mostrado Villeneuve el deseo de salir, nos opusimos todos los españoles. La discusión fue muy viva y acalorada, y Alcalá Galiano cruzó con el almirante Magon palabras bastante duras, que ocasionarán un lance de honor si antes no les ponemos en paz. Mucho disgustó a Villeneuve nuestra oposición… Es curioso el empeño de esos señores de hacerse a la mar en busca de un enemigo poderoso cuando en el combate de Finisterre nos abandonaron, quitándonos la ocasión de vencer si nos auxiliaran a tiempo…

Luego, en el seno de la confianza, el gran Churruca sorprendió a sus oyentes con estas graves declaraciones:

—Debemos confesar con dolor la superioridad de la Marina inglesa, por la perfección del armamento, por la excelente dotación de sus buques y, sobre todo, por la unidad con que operan sus escuadras. Nosotros, con gente en gran parte menos diestra, con armamento imperfecto y mandados por un jefe que descontenta a todos, podríamos, sin embargo, hacer la guerra a la defensiva dentro de la bahía. Pero será preciso obedecer conforme a la sumisión ciega de la Corte de Madrid y poner barcos y marinos a merced de los planes de Bonaparte.

Impresión melancólica dejaron en mí las palabras de aquel hombre tan grande en su sencillez. No estaba yo en edad de indagar fuera de mí mismo la razón de aquella singular tristeza, que pronto hubo de disiparse en mi alma sólo de pensar que se aproximaba el dichoso momento de embarcarme en el mayor navío de la poderosa escuadra. Mis sofoquinas pasé con este motivo, porque la emperegilada doña Flora, interesándose por mí más de lo que yo merecía, cuidadosa de los riesgos del mar y de la guerra, me instaba para que me quedase en su compañía y servicio. Protesté guardando el debido respeto al cariño maternal que la señora me mostraba; llegué hasta implorar con lágrimas que me dejara seguir mi guerrera inclinación, y al fin doña Flora consintió, recomendándome con ternura solícita que huyese de los sitios y ocasiones de peligro, poniéndome en el cuello un escapulario de la Virgen del Carmen y llenándome los bolsillos de golosinas para que comiese a bordo.

V

Octubre era el mes, y 18 el día. Nos levantamos muy temprano y fuimos al muelle, donde esperaba un bote, que nos condujo a bordo.

Figuraos, amiguitos míos, cuál sería mi estupor, ¡qué digo estupor!, mi entusiasmo, mi enajenación, cuando me vi cerca del «Santísima Trinidad», el mayor barco del mundo, aquel alcázar de madera, que, visto de lejos, se representaba en mi imaginación como una fábrica portentosa, sobrenatural, único monstruo digno de la majestad de los mares. Cuando nuestro bote pasaba junto a un navío, yo le examinaba con religioso asombro, admirado de ver tan grandes los cascos que me parecían tan pequeñitos desde la muralla. El inquieto fervor de que estaba poseído me expuso a caer al agua cuando contemplaba con arrobamiento los figurones de proa, objetos que más que otro alguno fascinaban mi atención.

Por fin llegamos al «Trinidad». A medida que nos acercábamos, las formas de aquel coloso iban aumentando, y cuando la lancha se puso al costado, confundida en el espacio de mar donde se proyectaba, cual en negro y horrible cristal, sombra del navío; cuando vi cómo se sumergía el inmóvil casco en el agua sombría que azotaba suavemente los costados; cuando alcé la vista y vi las tres filas de cañones asomando sus bocas amenazadoras por las portas, mi entusiasmo se trocó en miedo, púseme pálido y quedé sin movimiento, asido al brazo de mi amo.

Pero en cuanto subimos y me hallé sobre cubierta se me ensanchó el corazón. La airosa y altísima arboladura, la animación del alcázar, la vista del cielo y la bahía, el admirable orden de cuantos objetos ocupaban la cubierta, desde los cois puestos en fila sobre la obra muerta, hasta los cabrestantes, bombas, mangas, escotillas; la variedad de uniformes; todo, en fin, me suspendió de tal modo que por un buen rato estuve absorto en la contemplación de tan hermosa máquina, sin acordarme de nada más.

El «Santísima Trinidad» era un navío de cuatro puentes. Los mayores del mundo eran de tres. Aquel coloso, construido en La Habana, con las más ricas maderas de Cuba, en 1769, contaba treinta y seis años de honrosos servicios. Tenía 220 pies (61 metros) de eslora, es decir, de popa a proa; 58 pies de manga (ancho) y 28 de puntal (altura desde la quilla a cubierta), dimensiones extraordinarias que entonces no tenía ningún buque del mundo. Sus poderosas cuadernas, que eran un verdadero bosque, sustentaban cuatro pisos. En sus costados, que eran fortísimas murallas de madera, tenía, cuando yo lo vi, 140 bocas de fuego, entre cañones y carroñadas. El interior era maravilloso por la distribución de los diversos compartimientos, ya fuesen puentes para la artillería, sollados para la tripulación, pañoles para depósitos de víveres, cámaras para los jefes, cocinas, enfermería y demás servicios. Me quedé absorto recorriendo las galerías y demás escondrijos de aquel «Escorial» de los mares.

Nada más grandioso que la arboladura, aquellos mástiles gigantescos, lanzados hacia el cielo, como un reto a la tempestad. Parecía que el viento no había de tener fuerza para impulsar sus enormes gavias. La vista se mareaba y se perdía contemplando la inmensa madeja que formaban en la arboladura los obenques, estáis, brazas, burdas, amantillos y drizas que servían para sostener y mover el velamen.

Después de permanecer buen rato en la contemplación de tanta maravilla bajé a la cámara, donde me ocupé en el servicio de mi amo, don Alonso. De paso vi una curiosa operación que os contaré para que os riáis. Los oficiales hacían su tocado, no menos difícil a bordo que en tierra. Me hizo gracia ver a los pajes en empolvar las cabezas de los héroes a quienes servían. La moda era entonces tan tirana como ahora y de un modo más apremiante imponía sus enfadosas ridiculeces. Hasta el soldado tenía que emplear un tiempo precioso en hacerse el coleto. ¡Pobres hombres! Yo les vi puestos en fila, unos tras otros, arreglando cada cual el coleto del que tenía delante. Después se encasquetaban el sombrero de pieles, pesada mole, cuyo objeto nunca me pude explicar, y luego iban a sus puestos, si tenían que hacer guardia, o a pasearse por el combate, si estaban libres de servicio. Los marineros llevaban el pelo corto y su sencillo traje me parece que no se ha modificado mucho desde aquella fecha.

En la cámara, mi amo hablaba acaloradamente con el comandante del buque, don Francisco Javier de Uriarte, y con el jefe de escuadra, don Baltasar Hidalgo de Cisneros. Por lo poco que oí no me quedó duda de que el general francés había dado orden de salida para la mañana siguiente.

Amaneció el 19, que fue para mí felicísimo, y antes de que amaneciera ya estaba yo en el alcázar de popa con mi amo, que quiso presenciar la maniobra. Después del baldeo comenzó la operación de levar el buque. Se izaron las grandes gavias; el pesado molinete, girando con agudo chirrido, arrancaba el áncora poderosa del fondo de la bahía. Corrían los marineros por las vergas; manejaban otros las brazas, prontos a la voz del contramaestre, y todas las voces del navío, antes mudas, llenaban el aire con espantosa algarabía. Los pitos, la campana de proa, el discorde concierto de mil voces humanas, mezcladas con el rechinar de los motones; el crujido de los cabos, el trapeo de las velas azotando los palos antes de henchirse impelidas por el viento, todos estos variados sones acompañaron los primeros pasos del colosal navío.

Olas suaves acariciaban sus costados, y la mole majestuosa comenzó a deslizarse por la bahía sin dar la menor cabezada, sin ningún vaivén de costado, con marcha grave y solemne, que sólo podía apreciarse, comparativamente, observando la traslación imaginaria de los buques mercantes anclados y del paisaje.

Al mismo tiempo se dirigía la vista enderredor y ¡qué espectáculo, Virgen del Carmen!, treinta y dos navíos, cinco fragatas y dos bergantines, entre españoles y franceses, colocados delante, detrás y a nuestro costado, se cubrían de velas y marchaban también impelidos por el escaso viento. No he visto mañana más hermosa. El sol inundaba de luz la magnífica rada; un ligero matiz de púrpura teñía la superficie de las aguas por Oriente; en el cielo limpio apenas se veían algunas nubes rojas y doradas por Levante; el mar azul estaba tranquilo, y sobre este mar, y bajo aquel cielo, las cuarenta naves, con sus blancos velámenes, emprendían la marcha, formando el más vistoso escuadrón que puede presentarse ante humanos ojos.

No andaban todos los bajeles con igual paso. La lentitud de su marcha; la altura de su aparejo, cubierto de lona; cierta misteriosa armonía que mis oídos de niño percibían como saliendo de los gloriosos cascos, especie de himno que sin duda resonaba dentro de mí; la claridad del día, la frescura del ambiente, la belleza del mar, que fuera de la bahía parecía agitarse con gentil alborozo a la aproximación de la flota, formaban un cuadro de sublime belleza.

Cádiz, en tanto, como un panorama giratorio, se escorzaba a nuestra vista, presentándonos sucesivamente las distintas facetas de su vasto circuito. El sol, encendiendo los vidrios de sus mil miradores, salpicaba el caserío con polvos de oro y su blanca mole se destacaba tan limpia y pura sobre las aguas que parecía creada en aquel momento.

A mis oídos llegaba, como música misteriosa, el son de las campanas de la dudad medio despierta, tocando a misa con algaraza charlatana. Ya expresaban alegría como un saludo de buen viaje, y escuchábamos el rumor cual si fuese de humanas voces que nos daban la despedida; ya me parecían sonar tristes y acongojadas, anunciándonos una desgrada, y a medida que nos alejábamos, aquella música se iba apagando, hasta que se extinguió, difundida en el inmenso espado.

La escuadra salió lentamente: «Algunos barcos emplearon horas en hallarse fuera. El cielo se enturbió por la tarde, y al anochecer, hallándonos ya a gran distancia, vimos a Cádiz perderse poco a poco entre la bruma, hasta que se confundieron con las tintas de la noche sus últimos contornos. La escuadra tomó rumbo al Sur».

Por la noche, una vez que dejé a mi amo muy bien arrellanado en su camarote, fui en busca de Medio-Hombre, que a sus colegas y admiradores explicaba el plan de Villeneuve del modo siguiente:

Musiú Corneta ha dividido la escuadra en cuatro cuerpos. La vanguardia, que es mandada por Alava, tiene siete navíos; el centro, que lleva siete y lo manda Musiú Corneta en persona; la retaguardia, también de siete, que va mandada por Dumanoir, y el cuerpo de reserva, compuesto de doce navíos, que manda don Federico Gravina. No me parece que está esto mal pensado. Por supuesto que van los barcos españoles mezclados con los gabachos para que no nos dejen en las astas del toro, como sucedió en Finisterre. En fin, Dios y la Virgen del Carmen vayan con nosotros y nos libren de amigos franceses por siempre jamás, amén.

VI

Al amanecer del 20, el viento soplaba con fuerza y los navíos estaban muy distantes unos de otros. Calmado el viento poco después de mediodía, el buque almirante hizo señales de que se formasen las cinco columnas: vanguardia, centro, retaguardia y los dos cuerpos de reserva. La escuadra navegaba hacia el Estrecho con viento Sudoeste; por la noche fueron señaladas algunas luces y al amanecer del 21 vimos veintisiete navíos por barlovento; a eso de las ocho, los treinta y tres barcos de la flota enemiga estaban a la vista, formados en dos columnas. Nuestra escuadra formaba una larguísima línea y, según las apariencias, las dos columnas de Nelson, dispuestas en forma de cuña, avanzaban como si quisieran cortar nuestra línea por el centro y retaguardia.

Tal era la situación de ambos contendiente cuando el «Bucentauro» hizo señal de virar en redondo. Las proas miraron al Norte y este movimiento, cuyo objeto era tener a Cádiz bajo el viento, para arribar a él en caso de desgracia, fue muy criticado a bordo del «Trinidad».

Efectivamente, la vanguardia se convirtió en retaguardia, y la escuadra de reserva, que era la mejor, según oí decir, quedó a la cola. Como el viento era flojo, los barcos de diversa andadura y la tripulación poco diestra, la nueva línea no pudo formarse ni con rapidez ni con precisión. Observando las maniobras de los barcos más cercanos, Medio-Hombre decía:

«La línea es más larga que el camino de Santiago. Si el Señorito la corta, adiós, mi bandera: perderíamos hasta el modo de comer, manque los pelos se nos hicieran cañones. Señores, nos van a dar julepe por el centro. ¿Cómo pueden venir a ayudarnos el “Nepomuceno” y el “Bahama”, que están a la cola, ni el “Neptuno” ni el “Rayo”, que están a la cabeza? Además estamos a sotavento y los “casacones” pueden atacarnos por donde les dé la gana… Dios nos saque en bien y nos libre de franceses por siempre jamás, amén, Jesús». El sol avanzaba hacia el cénit y el enemigo estaba ya encima.

Se me había olvidado mencionar una operación preliminar, en la cual tomé parte. Después del zafarrancho, preparado ya todo lo concerniente al servicio de piezas y lo relativo a maniobras, oí que dijeron:

—La arena, extender la arena.

Marcial me tiró de la oreja y llevándome a una escotilla me hizo colocar en línea con algunos marinerillos de leva, grumetes y gente de poco más o menos. Desde la escotilla hasta el fondo de la bodega nos colocamos escalonados, y de este modo íbamos sacando los sacos de arena, que algunos marineros vaciaron sobre la cubierta, sobre el alcázar y castillos. Por satisfacer mi curiosidad pregunté al grumete que tenía al lado.

—Es para la sangre —me contestó con indiferencia.

—¡Para la sangre! —repetí yo, sin poder reprimir un estremecimiento de terror.

Los ingleses avanzaban para atacarnos en dos grupos. Uno se dirigía hacia nosotros y traía en su cabeza, o en el vértice de la cuña, un gran navío con insignia de almirante. Después supe que era el «Victory» y que lo mandaba Nelson. El otro traía a su frente al «Royal Sovereign», mandado por Collingwood.

Ved aquí, amados niños, el planito que he trazado para daros a conocer la formación de la escuadra hispano-francesa en el momento de ser atacada por la inglesa. Poco más o menos así era:

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Eran las doce menos cuarto. El terrible instante se aproximaba… De repente nuestro comandante dio una orden terrible. La repitieron los contramaestres. Los marineros corrieron hacia los cabos, chillaron los motones, trapearon las gavias.

—¡En facha, en facha! —exclamó Marcial, lanzando con energía un juramento—. Ese condenado se nos quiere meter por la popa.

Al punto comprendí que se había mandado detener la marcha del «Trinidad» para estrecharle contra el «Bucentauro», que venía detrás porque el «Victory» parecía venir dispuesto a cortar la línea por entre los dos navíos.

Al ver la maniobra de nuestro buque pude observar que gran parte de la tripulación no tenía toda aquella desenvoltura propia de los marineros, familiarizados, como Medio-Hombre, con la guerra y con la tempestad. Entre los soldados vi algunos que sentían el malestar del mareo y se agarraban a los obenques para no caer. Verdad es que había gente muy decidida, especialmente en la clase de voluntarios.

Por lo que a mí toca, en toda la vida ha sentido mi alma emociones como las de aquel momento. A pesar de mis pocos años me hallaba en disposición de comprender la gravedad del suceso y por primera vez, después que existía, altas concepciones, elevadas imágenes y generosos pensamientos ocuparon mi mente. La persuasión de la victoria estaba tan arraigada en mi ánimo que me inspiraban cierta lástima los ingleses y me admiraba de verles buscar con tanto afán una muerte segura.

Por primera vez entonces percibí con completa claridad la idea de la patria y mi corazón respondió a ella con espontáneos sentimientos, nuevos hasta aquel momento en mi alma. Hasta entonces la patria se me representaba en las personas que gobernaban la nación, tales como el rey y su célebre ministro, a quienes no consideraba con igual respeto.

Pero en el momento que precedió al combate comprendí todo lo que aquella divina palabra significaba, y la idea de nacionalidad se abrió paso en mi espíritu, iluminándolo y descubriendo infinitas maravillas, como el sol que disipa la noche y saca de la oscuridad un hermoso paisaje. Me representé a mi país como una inmensa tierra poblada de gentes, todos fraternalmente unidos; me representé la sociedad dividida en familias, en las cuales había esposas que mantener, hijos que educar, hacienda que conservar, honra que defender; me hice cargo de un pacto establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un ataque de fuera y comprendí que por todos habían sido hechos aquellos barcos para defender la patria, es decir, el terreno en que ponían sus plantas, el surco regado con su sudor, la casa donde vivían sus ancianos padres, el huerto donde jugaban sus hijos, la colonia descubierta y conquistada por sus ascendientes, el puerto donde amarraban su embarcación, fatigada del largo viaje; el almacén donde depositaban sus riquezas; la iglesia, sarcófago de sus mayores y arca de sus creencias; la plaza, recinto de sus alegres pasatiempos; el hogar doméstico, cuyos antiguos muebles, transmitidos de generación en generación, parecen el símbolo de la perpetuidad de las naciones; la cocina, en cuyas paredes ahumadas parece que no se extingue nunca el eco de los cuentos con que las abuelas amansan la travesura e inquietud de los nietos; la calle, donde se ven desfilar caras amigas; el campo, el mar, el cielo; todo cuanto desde el nacer se asocia a nuestra existencia, desde el pesebre de un animal querido hasta el trono de reyes patriarcales.

Yo creía también que las cuestiones que España tenía con Francia o con Inglaterra eran siempre porque alguna de estas naciones quería quitarnos algo, en lo cual no iba del todo descaminado. Parecíame, por tanto, tan legítima la defensa como brutal la agresión, y como había oído decir que la justicia triunfaba siempre no dudaba de la victoria. Mirando nuestras banderas rojas y amarillas, los colores combinados que mejor representan al fuego, sentí que mi pecho se ensanchaba; no pude contener algunas lágrimas de entusiasmo; me acordé de Cádiz, de Véjer; me acordé de todos los españoles, a quienes consideraba asomados a una gran azotea, contemplándonos con ansiedad, y todas estas ideas y sensaciones llevaron finalmente mi espíritu hasta Dios, a quien dirigí una oración que no era Padre-nuestro ni Ave-María, sino algo nuevo que a mi se me ocurrió entonces. Un repentino estruendo me sacó de mi arrobamiento, haciéndome estremecer con violentísima sacudida. Había sonado el primer cañonazo.

VII

Un navío de la retaguardia disparó el primer tiro contra el «Royal Sovereign», que mandaba Collingwood. Mientras trababa combate con éste el «Santa Ana», el «Victory» se dirigía contra nosotros. En el «Trinidad» todos demostraban gran ansiedad por comenzar el fuego, pero nuestro comandante esperaba el momento más favorable.

El «Victory» atacó primero al «Redoutable» francés, y, rechazado por éste, vino a quedar frente a nuestro costado por barlovento. El momento terrible había llegado: cien voces dijeron ¡fuego!, repitiendo como un eco infernal la del comandante, y la andanada lanzó cincuenta proyectiles sobre el navío inglés. Por un instante el humo me quitó la vista del enemigo. Pero éste, ciego de coraje, se venía sobre nosotros viento en popa. Al llegar a tiro de fusil orzó y nos descargó su andanada. En el tiempo que medió de uno a otro disparo, la tripulación, que había podido observar el daño hecho al enemigo, redobló su entusiasmo. Los cañones se servían con presteza, aunque no sin cierto entorpecimiento, hijo de la poca práctica de algunos cabos de cañón.

El «Bucentauro», que estaba a nuestra popa, hacía fuego igualmente sobre el «Victory» y el «Temerary», otro poderoso navío inglés. Parecía que el navío de Nelson iba a caer en nuestro poder porque la artillería del «Trinidad» le había destrozado el aparejo y vimos con orgullo que perdía su palo de mesana.

En el ardor de aquel primer encuentro apenas advertí que algunos de nuestros marineros caían heridos o muertos. Yo, puesto en el lugar donde creía estorbar menos, no cesaba de contemplar al comandante, que mandaba desde el alcázar con serenidad heroica y me admiraba de ver a mi amo con menos calma, pero con más entusiasmo, alentando a oficiales y marineros con su ronca vocecilla.

—¡Ah! —dije yo para mí—. ¡Si te viera ahora doña Francisca!

Confesaré que yo tenía momentos de un miedo terrible, en que me hubiera escondido nada menos que en el mismo fondo de la bodega, y otros, de cierto delirante arrojo, en que me arriesgaba a ver desde los sitios de mayor peligro aquel gran espectáculo. Pero, dejando a un lado mi humilde persona voy a narrar el momento más terrible de nuestra lucha con el «Victory». El «Trinidad» lo destrozaba con mucha fortuna cuando el «Temerary», ejecutando una habilísima maniobra, se interpuso entre los dos combatientes, salvando a su compañero de nuestras balas. En seguida se dirigió a cortar la línea por la popa del «Trinidad», y como el «Bucentauro», durante el fuego, se había estrechado contra éste hasta el punto de tocarse los penoles, resultó un gran claro, por donde se precipitó el «Temerary», que viró prontamente y, colocándose a nuestra aleta de babor, nos disparó por aquel costado, hasta entonces ileso. Al mismo tiempo, el «Neptune», otro poderoso navío inglés, colócose donde antes estaba el «Victory»; éste se sotaventó, de modo que en un momento el «Trinidad» se encontró rodeado de enemigos que le acribillaban por todos lados.

En el semblante de mi amo, en la sublime cólera de Uriarte, en los juramentos de los marineros amigos de Marcial, conocí que estábamos perdidos, y la idea de la derrota angustió mi alma. La línea de la escuadra combinada se hallaba rota por varios puntos y al orden imperfecto con que se había formado después de la vira en redondo sucedió el más terrible desorden. Estábamos envueltos por el enemigo, cuya artillería lanzaba una espantosa lluvia de balas y de metralla sobre nuestro navío, lo mismo que sobre el «Bucentauro». El «Agustín», el «Herós» y el «Leandro» se batían lejos de nosotros, en situación algo desahogada, mientras el «Trinidad», lo mismo que el navío almirante, cogidos en terrible escaramuza por el genio del gran Nelson, luchaban desesperadamente no ya buscando una victoria imposible, sino una muerte honrosa.

No puedo recordar sin espanto aquellas tremendas horas, principalmente desde las dos a las cuatro de la tarde. Se me representan los barcos no como ciegas máquinas de guerra, obedientes al hombre, sino como verdaderos gigantes, seres vivos y monstruosos que luchaban por sí, poniendo en acción, como ágiles miembros, su velamen y, cual terribles armas, la poderosa artillería de sus costados. Mirándolos mi imaginación no podía menos de personalizarlos y aún ahora me parece que los veo acercarse, desafiarse, orzar con ímpetu para descargar su andanada, lanzarse al abordaje con ademan provocativo, retroceder con ardiente coraje para tomar más fuerza, mofarse del enemigo, increparle; me parece que les veo expresar el dolor de la herida o exhalar noblemente el gemido de la muerte, como el gladiador que no olvida el decoro en la agonía.

El espectáculo que ofrecía el interior del «Santísima Trinidad» era el de un infierno. Las maniobras habían sido abandonadas porque el barco no se movía ni podía moverse. Todo el empeño consistía en servir las piezas con la mayor presteza posible, correspondiendo así al estrago que hacían los proyectiles enemigos. La metralla inglesa rasgaba el velamen como si grandes e invisibles uñas le hicieran trizas. Los pedazos de obra muerta, los trozos de madera, los gruesos obenques segados cual haces de espigas, los motones que caían, los trozos de velamen, los hierros, cabos y demás despojos arrancados de su sitio por el cañón enemigo llenaban la cubierta, donde apenas había espacio para moverse. De minuto en minuto caían al suelo o al mar multitud de hombres llenos de vida; las blasfemias de los combatientes se mezclaban a los lamentos de los heridos, de tal modo que no era posible distinguir si insultaban a Dios los que morían o le llamaban con angustia los que luchaban.

Yo tuve que prestar auxilio en una faena tristísima, cual era la de transportar heridos a la enfermería. Algunos morían antes de llegar a ella y otros tenían que sufrir dolorosas operaciones antes de poder reposar un momento su cuerpo fatigado. También tuve la indecible satisfacción de ayudar a los carpinteros, que a toda prisa aplicaban tapones a los agujeros hechos en el casco, pero por causa de mi poca fuerza no eran aquellos auxilios tan eficaces como yo habría deseado.

La sangre corría en abundancia por la cubierta y los puentes, y a pesar de la arena, el movimiento del buque la llevaba de aquí para allí, formando fatídicos dibujos. Las balas de cañón, de tan cerca disparadas, mutilaban horriblemente los cuerpos y era frecuente ver rodar a alguno, arrancada a cercén la cabeza, cuando la violencia del proyectil no arrojaba la víctima al mar, entre cuyas ondas debía perderse casi sin dolor la última noción de la vida.

De tal suerte combatida y sin poder de ningún modo devolver iguales destrozos, la tripulación, aquella alma del buque, se sentía perecer, agonizaba con desesperado coraje y el navío mismo, aquel cuerpo glorioso, retemblaba al golpe de las balas. Yo le sentía estremecerse en la terrible lucha: crujían sus cuadernas, estallaban sus baos, rechinaban sus puntales a manera de miembros que retuerce el dolor y la cubierta trepidaba bajo mis pies con ruidosa palpitación, como si a todo el inmenso cuerpo del buque se comunicara la indignación y los dolores de sus tripulantes.

El «Bucentauro», navío general, se rindió a nuestra vista. Villeneuve había arriado bandera. Una vez entregado el jefe de la escuadra, ¿qué esperanza quedaba a los buques? El pabellón francés desapareció de la popa de aquel gallardo navío y cesaron sus fuegos. El «San Agustín» y el «Herós» se sostenían todavía y el «Rayo» y el «Neptuno», pertenecientes a la vanguardia, que habían venido a auxiliarnos, intentaron en vano salvarnos de los navíos enemigos que nos asediaban. Yo pude observar la parte del combate más inmediata al «Santísima Trinidad» porque del resto de la línea no era posible ver nada. El viento parecía haberse detenido y el humo se quedaba sobre nuestras cabezas, envolviéndonos en su espesa blancura, que las miradas no podían penetrar.

Disipóse por un momento la densa penumbra, ¡pero de qué manera tan terrible! Detonación espantosa más fuerte que la de los mil cañones de la escuadra disparando a un tiempo, paralizó a todos, produciendo general terror. Cuando el oído recibió tan fuerte impresión, claridad vivísima había iluminado el ancho espacio ocupado por las dos flotas, rasgando el velo de humo, y presentóse a nuestros ojos todo el panorama del combate.

—Se ha volado un navío —dijeron todos.

Las opiniones fueron diversas y se dudaba si el buque volado era el «Santa Ana», el «Argonauta», el «Ildefonso» o el «Bahama». Después se supo que había sido el francés nombrado «Achilles». La expansión de los gases desparramó por mar y cielo en pedazos mil cuanto momentos antes constituía un hermoso navío con 74 cañones y 600 hombres de tripulación.

VIII

Rendido el «Bucentauro», todo el fuego enemigo se dirigió contra nuestro navío, cuya pérdida era ya segura. El entusiasmo de los primeros momentos se había apagado en mí y mi corazón se llenó de un terror que me paralizaba, ahogando todas las funciones de mi espíritu, excepto la curiosidad. Ésta era tan irresistible que me obligó a salir a los sitios de mayor peligro. De poco servía ya mi escaso auxilio, pues ni aún se trasladaban los heridos a la enfermería y las piezas exigían el servicio de cuantos conservaban un poco de fuerza. Entre éstos vi a Marcial, que se multiplicaba gritando y moviéndose conforme a su poca agilidad. Un astillazo le había herido en la cabeza y la sangre, tiñéndole la cara, le daba horrible aspecto. Yo le vi agitar sus labios, bebiendo aquel líquido y luego lo escupía con furia fuera del portalón, como si también quisiera herir a salivazos a nuestros enemigos.

Lo que más me asombraba, causándome cierto espanto, era que Marcial, aun en aquella escena de desolación, profería frases de buen humor, no sé si por alentar a sus decaídos compañeros o porque de este modo acostumbraba alentarse a si mismo.

Cayó con estruendo el palo de trinquete, ocupando el castillo de proa con la balumba de su aparejo, y Marcial dijo:

—Muchachos, vengan las hachas. Metamos este mueble en la alcoba.

Al punto se cortaron los cabos y el mástil cayó al mar.

Alcé la vista al alcázar de popa y vi que el general Cisneros había caído. Precipitadamente le bajaron dos marineros a la cámara. Mi amo continuaba inmóvil en su puesto, pero de su brazo izquierdo manaba sangre. Corrí hacia él para socorrerle, y antes que yo llegase, un oficial se le acercó, intentando convencerle de que debía bajar a la cámara. No había éste pronunciado dos palabras cuando una bala le llevó la mitad de la cabeza y su sangre salpicó mi rostro. Entonces don Alonso se retiró, tan pálido como el cadáver de su amigo, que yacía mutilado en el piso del alcázar.

Cuando bajó mi amo, el comandante quedó solo en el puente. La cabeza descubierta, el rostro pálido, la mirada ardiente, el gesto enérgico, permanecía en su puesto dirigiendo aquella acción desesperada que no podía ganarse ya. Tan horroroso desastre había de verificarse con orden y el comandante era la autoridad que reglamentaba el heroísmo.

Un oficial que mandaba en la primera batería subió a tomar órdenes y antes de hablar cayó muerto a los pies de su jefe; otro guardia marina que estaba a su lado cayó también mal herido y Uriarte quedó, al fin, enteramente solo en el alcázar, cubierto de muertos y heridos. Ni aun entonces se apartó su vista de los barcos ingleses ni de los movimientos de nuestra artillería, y el imponente aspecto del alcázar y toldilla, donde agonizaban sus amigos y subalternos, no conmovió su pecho varonil ni quebrantó su enérgica resolución de sostener el fuego hasta perecer. ¡Ah!, recordando yo después la serenidad y estoicismo de don Francisco Javier Uriarte he podido comprender todo lo que nos cuentan de los heroicos capitanes de la antigüedad.

Entre tanto, gran parte de los cañones había cesado de hacer fuego porque la mitad de la gente estaba fuera de combate. Tal vez no me hubiera fijado en esta circunstancia si, habiendo salido de la cámara, impulsado por mi curiosidad, no sintiera una voz que, con acento terrible, me dijo: «¡Gabrielillo, aquí!».

Marcial me llamaba: acudí prontamente y le hallé empeñado en servir uno de los cañones que habían quedado sin gente. Una bala había llevado a Medio-Hombre la punta de su pierna de palo, lo cual le hacía decir:

—¡Si llego a traer la de carne y hueso…!

Dos marineros muertos yacían a su lado; un tercero, gravemente herido, se esforzaba en seguir sirviendo la pieza.

—Compadre —le dijo Marcial—, ya tú no puedes ni encender una colilla.

Arrancó el botafuego de manos del herido y me lo entregó, diciendo:

—Toma, Gabrielillo; si tienes miedo vas al agua.

Esto diciendo cargó el cañón con toda la prisa que le fue posible, ayudado de un grumete que estaba casi ileso; lo cebaron y apuntaron; ambos exclamaron «fuego»; acerqué la mecha y el cañón disparó.

Se repitió la operación por segunda y tercera vez, y el ruido del cañón, disparado por mí, retumbó de un modo extraordinario en mi alma. El considerarme no ya espectador, sino actor decidido en tan grandiosa tragedia disipó por un instante el miedo y me sentí con grandes bríos, al menos con la firme resolución de aparentarlos. Desde entonces conocí que el heroísmo es casi siempre una forma del pundonor.

Pero estos nobles pensamientos me ocuparon muy poco tiempo porque Marcial, cuya fatigada naturaleza comenzaba a rendirse después de su esfuerzo, respiró con ansia, se secó la sangre que afluía en abundancia de su cabeza, cerró los ojos, sus brazos se extendieron con desmayo, y dijo:

—No puedo más: se me sube la pólvora a la toldilla (la cabeza). Gabriel, tráeme agua.

Corrí a buscar el agua y cuando se la traje bebió con ansia. Pareció tomar con esto nuevas fuerzas: íbamos a seguir cuando un gran estrépito nos dejó sin movimiento. El palo mayor, tronchado por la fogonadura, cayó sobre el combés y tras él, el de mesana.

Felizmente quedé en hueco y sin recibir más que una ligera herida en la cabeza, la cual, aunque me aturdió al principio, no me impidió apartar los trozos de vela y cabos que habían caído sobre mi. Los marineros y soldados de cubierta pugnaban por desalojar tan enorme masa de cuerpos inútiles y desde entonces sólo la artillería de las baterías bajas sostuvo el fuego. Salí como pude, busqué a Marcial, no le hallé, y habiendo fijado mis ojos en el alcázar note que el comandante ya no estaba allí. Gravemente herido de un astillazo en la cabeza había caído exánime, y al punto dos marineros subieron para trasladarle a la cámara. Corrí también allá y entonces un casco de metralla me hirió en el hombro… Bajé a la cámara, donde por la mucha sangre que brotaba de mi herida me debilité, quedando por un momento desvanecido.

En aquel pasajero letargo seguí oyendo el estrépito de los cañones de la segunda y tercera batería y después una voz que decía con furia:

—¡Abordaje!, ¡las picas!, ¡las hachas!…

Después la confusión fue tan grande que no pude distinguir lo que pertenecía a las voces humanas en tan descomunal concierto. Pero no sé cómo, sin salir de aquel estado de somnolencia, me hice cargo de que se creía todo perdido y de que los oficiales se hallaban reunidos en la cámara para acordar la rendición; y también puedo asegurar que si no fue invento de mi fantasía, entonces trastornada, resonó en el combés una voz que decía: «El “Trinidad” no se rinde». De fijo fue la voz de Marcial, si es que realmente dijo alguien tal cosa.

Me sentí despertar y vi a mi amo arrojado sobre uno de los sofás de la cámara, la cabeza oculta entre las manos, en ademán de desesperación, y sin cuidarse de su herida.

Acerquéme a él y el infeliz anciano no halló mejor modo de expresar su desconsuelo que abrazándome paternalmente, como si ambos estuviéramos cercanos a la muerte. Saliendo afuera en busca de agua para mi don Alonso presencié el acto de arriar la bandera que aún flotaba en la cangreja, uno de los pocos restos de arboladura que con el tronco de mesana quedaban en pie. Aquel lienzo glorioso, ya agujereado por mil partes, señal de nuestra honra, que congregaba bajo sus pliegues a todos los combatientes, descendió del mástil para no izarse más. La idea de un orgullo abatido, de un ánimo esforzado que sucumbe ante fuerzas superiores no puede encontrar imagen más perfecta para representarse a los ojos humanos que la de aquel oriflama que se abate y desaparece como un sol que se pone. El de aquella tarde tristísima, tocando al término de su carrera en el momento de nuestra rendición, iluminó nuestra bandera con su último rayo.

El fuego cesó y los ingleses penetraron en el barco vencido.

IX

Cuando el espíritu, calmada la agitación del combate, tuvo tiempo de dar paso a la compasión, al frío terror producido por la vista de tan grande estrago, se presentó a los ojos de cuantos quedamos vivos la escena del navío en toda su horrenda majestad. El «Santísima Trinidad» se hundía, amenazando sepultarnos a todos, vivos y muertos, en el fondo del mar. Apenas entraron en él los ingleses, un grito resonó unánime, proferido por nuestros marinos:

—¡A las bombas!

Todos los que podíamos acudimos a ellas y trabajamos con ardor, pero aquellas máquinas imperfectas desalojaban una cantidad de agua bastante menor que la que entraba. De repente, un grito, aún más terrible que el anterior, nos llenó de espanto. El agua invadía rápidamente el último sollado y algunos marinos asomaron por la escotilla gritando:

—¡Que se ahogan los heridos!

La mayor parte de la tripulación vaciló entre seguir desalojando el agua y acudir en socorro de aquellos desgraciados, y no sé qué habría sido de ellos si la gente de un navío inglés no hubiera acudido en nuestro auxilio. Estos no sólo transportaron los heridos a la tercera y a la segunda batería, sino que también pusieron mano a las bombas, mientras sus carpinteros trataban de reparar algunas de las averías del casco.

Rendido de cansancio, y juzgando que don Alonso podía necesitar de mi, fui a la cámara. Entonces vi a los ingleses ocupados en izar el pabellón británico en la popa del «Santísima Trinidad». Os diré que aquel acto me hizo pensar un poco. Siempre se me habían representado los ingleses como piratas o salteadores de los mares, gentezuela aventurera que no constituía nación y que vivía del merodeo. Cuando vi el orgullo con que enarbolaron su pabellón, saludándolo con vivas aclamaciones; cuando advertí el gozo y la satisfacción que les causaba haber apresado el más grande y glorioso barco que hasta entonces surco los mares, pensé que también ellos tendrían su patria querida, que ésta les habría confiado la defensa de su honor; me pareció que en aquella tierra, para mí misteriosa, que se llamaba Inglaterra, habían de existir como en España, muchas gentes hornadas, un rey paternal, y las madres, las hijas, las esposas, las hermanas de tan valientes marinos; los cuales, esperando con ansiedad su vuelta, rogarían a Dios que les concediera la victoria.

En la cámara encontré a mi señor más tranquilo. Los oficiales ingleses que habían entrado allí trataban a los nuestros con delicada cortesía, y según entendí querían trasbordar los heridos a algún barco enemigo. Uno de aquellos oficiales se acercó a mi amo como queriendo conocerle y le saludó en español medianamente correcto, recordándole una amistad antigua. Contestó don Alonso a sus finuras con gravedad y después quiso enterarse por él de los pormenores del combate.

—¿Pero qué ha sido de la reserva? ¿Qué ha hecho Gravina? —preguntó mi amo.

—Se ha retirado en el «Príncipe de Asturias»; mas como se le ha dado caza ignoro si habrá llegado a Cádiz.

—¿Y el «San Ildefonso»?

—Ha sido apresado.

—¿Y el «Santa Ana»?

—También ha sido apresado.

—¡Vive Dios! —exclamó don Alonso, sin poder disimular su enojo—. Apuesto a que no ha sido apresado el «Nepomuceno».

—También lo ha sido.

—¡Oh!, ¿está usted seguro de ello? ¿Y Churruca?

—Ha muerto —contestó el inglés con tristeza.

—¡Oh! ¡Ha muerto! ¡Ha muerto Churruca! —exclamó mi amo con angustiosa perplejidad—. Pero el «Bahama» se habrá salvado, el «Bahama» habrá vuelto ileso a Cádiz.

—También ha sido apresado.

—¡También! ¿Y Galiano? Galiano es un héroe y un sabio.

—Sí —repuso sombríamente el inglés—; pero ha muerto también.

—¿Y qué es del «Montañés»? ¿Qué ha sido de Alcedo?

—Alcedo…, también ha muerto.

Mi amo no pudo reprimir la expresión de su profunda pena, y como la avanzada edad amenguaba en él la presencia de ánimo propia de tan terribles momentos hubo de pasar por la pequeña mengua de derramar algunas lágrimas, triste obsequio a sus compañeros. Mi amo lloró como hombre, después de haber cumplido con su deber como marino; mas reponiéndose de aquel abatimiento, y buscando alguna razón con que devolver al inglés la pesadumbre que éste le causara, dijo:

—Pero ustedes no habrán sufrido menos que nosotros. Nuestros enemigos habrán tenido pérdidas de consideración.

—Una, sobre todo irreparable —contestó el inglés con tanta congoja como la de don Alonso—. Hemos perdido al primero de nuestros marinos, al valiente entre los valientes, al heroico, al divino, al sublime almirante Nelson.

Y con tan poca entereza como mi amo el oficial inglés no se cuidó de disimular su inmensa pena: cubrióse la cara con las manos y lloró, con toda la expresiva franqueza del dolor, al jefe, al protector, al amigo.

Nelson, herido mortalmente en mitad del combate, según después supe, por una bala de fusil que le atravesó el pecho y se fijó en la espina dorsal, dijo al capitán Hardy: «Se acabó; al fin lo han conseguido». Atormentado por horribles dolores no dejó de dictar órdenes, enterándose de los movimientos de ambas escuadras, y cuando se le hizo saber el triunfo de la suya exclamó: «Bendito sea Dios; he cumplido con mi deber».

Un cuarto de hora después expiraba el primer marino del siglo.

X

Vino la noche y con ella aumentaron la gravedad y el horror de nuestra situación. Parecía que la Naturaleza había de sernos propicia después de tantas desgracias; por el contrario, desatóse un recio temporal, y viento y agua, hondamente agitados, azotaron el buque, que, incapaz de maniobra, fluctuaba a merced de las olas. Los balances eran tan fuertes que se hacía difícil el trabajo, lo cual, unido al cansancio de la tripulación, empeoraba nuestro estado de hora en hora. Un navío inglés, que después supe se llamaba «Prince», trató de remolcar al «Trinidad», pero sus esfuerzos fueron inútiles y tuvo que alejarse por temor a un choque, que habría sido funesto para ambos buques.

Entre tanto, no era posible tomar alimento alguno. Apretado por el hambre me arriesgué a hacer una visita a los pañoles del bizcocho, y, ¿cuál sería mi asombro cuando vi a Marcial allí, traseguando a su estómago lo primero que encontró a mano? El anciano estaba herido de poca gravedad, y aunque una bala le había llevado el pie derecho, como éste no era otra cosa que la extremidad de la pierna de palo, el cuerpo de Marcial sólo estaba con tal percance un poco más cojo.

—Toma, Gabrielillo —me dijo, llenándome el seno de galletas—: barco sin lastre no navega.

Enseguida empinó una botella y bebió con delicia.

Salimos del pañol. Entrada la noche, y hallándome transido de frío, abandoné la cubierta, donde apenas podía tenerme, y corría, además, el peligro de ser arrebatado por un golpe de mar, y me retiré a la cámara. En ésta, todo era confusión, lo mismo que en el combés. Los sanos asistían a los heridos, y éstos, molestados a la vez por sus dolores y por el movimiento del buque, que les impedía todo reposo, no tenían alivio ni descanso. En un lado de la cámara yacían, cubiertos con el pabellón nacional, los oficiales muertos. Entre tanta desolación, ante el espectáculo de tantos dolores, había en aquellos cadáveres no sé qué de envidiable: ellos, solos, descansaban a bordo del «Trinidad», y todo les era ajeno, fatigas y penas, la vergüenza de la derrota y los padecimientos físicos. La bandera que les servía de ilustre mortaja parecía ponerles fuera de aquella esfera de responsabilidad, de mengua y desesperación, en que todos nos encontrábamos. Nada les afectaba el peligro que corría la nave, porque ésta no era ya más que su ataúd.

No olvidaré jamás el momento en que aquellos cuerpos fueron arrojados al mar por orden del oficial inglés que custodiaba el navío. Efectuóse la triste ceremonia al amanecer del día 22, hora en que el temporal parece que arreció exprofeso, para aumentar la pavura de semejante escena. Sacados sobre cubierta los cuerpos de los oficiales, el cura rezó un responso a toda prisa, porque no era ocasión de andarse en dibujos, e inmediatamente se procedió al acto solemne. Envueltos en su bandera y con una bala atada a los pies, fueron arrojados al mar, sin que esto, que ordinariamente hubiera producido en todos tristeza y consternación, conmoviera entonces a los que lo presenciaron. ¡Tan hechos estaban los ánimos a la desgracia que el espectáculo de la muerte les era poco menos que indiferente!

El día 22 pasó entre agonías y esperanzas: ya nos parecía que era indispensable el trasbordo a un buque inglés para salvamos, ya creíamos posible conservar el nuestro. De todos modos, la idea de ser llevados a Gibraltar como prisioneros era terrible, si no para mí, para los hombres pundonorosos y obstinados como mi amo, cuyos padecimientos morales debieron de ser inauditos aquel día. Pero estas dolorosas alternativas cesaron por la tarde, y a la hora en que fue unánime la idea de que si no trasbordábamos al navío inglés «Prince», pereceríamos todos en el buque, que ya tenía quince pies de agua en la bodega. Uriarte y Cisneros recibieron aquella noticia con calma y serenidad, demostrando que no hallaban gran diferencia entre morir en la casa propia o ser prisioneros en la extraña. Acto continuo comenzó el trasbordo, a la escasa luz del crepúsculo, lo cual no era cosa fácil, habiendo precisión de embarcar cerca de trescientos heridos. La tripulación sana constaba de unos quinientos hombres, cifra a que se quedaron reducidos los mil ciento quince individuos de que se componía antes del combate.

Comenzó precipitadamente el trasbordo con las lanchas del «Trinidad», las del «Prince» y las de otros tres buques de la escuadra inglesa. Diose la preferencia a los heridos; mas aunque se trató de evitarles toda molestia, fue imposible levantarles de donde estaban sin mortificarles, y algunos pedían con fuertes gritos que los dejasen tranquilos, prefiriendo la muerte a un viaje que recrudecía sus dolores.

El comandante Uriarte y el jefe de escuadra Cisneros se embarcaron en los botes de la oficialidad inglesa, y habiendo instado a mi amo, don Alonso, para que entrase también en ellos se negó resueltamente diciendo que deseaba ser el último en abandonar el «Santísima Trinidad».

Aún no estaba fuera la mitad de la tripulación cuando un sordo rumor de alarma y pavor resonó en nuestro navío.

«¡Que nos vamos a pique!…, ¡a las lanchas, a las lanchas!», exclamaron algunos, mientras dominados todos por el instinto de conservación corrían hacia la borda, buscando con ávidos ojos las lanchas que volvían. Se abandonó todo trabajo; no se pensó más en los heridos, y muchos de éstos, sacados ya sobre cubierta, se arrastraban por ella con delirante extravío, buscando un portalón por donde arrojarse al mar. Por las escotillas salía un lastimero clamor, que aún parece resonar en mi cerebro, helando la sangre en mis venas y erizando mis cabellos. Eran los heridos que quedaban en la primera batería, los cuales, sintiéndose anegados por el agua, que ya invadía aquel sitio, clamaban pidiendo socorro, no sé si a Dios o a los hombres.

A éstos se lo pedían en vano, porque no pensaban sino en la propia salvación. Un solo hombre, impasible ante tan gran peligro, permanecía en el alcázar sin atender a lo que pasaba a su alrededor, y se paseaba meditabundo, como si aquellas tablas donde ponía su pie no estuvieran solicitadas por el inmenso abismo. Era mi amo.

Corrí hacia él, despavorido, y le dije:

—¡Señor, que nos ahogamos!

Don Alonso no me hizo caso, y aun creo, si la memoria no me es infiel, que sin abandonar su actitud pronunció palabras, tan ajenas a la situación como éstas:

—¡Oh!, cómo se va a reír Paca cuando yo vuelva a casa después de esta grave derrota.

—¡Señor, que el barco se va a pique! —exclamé de nuevo, no ya pintando el peligro, sino suplicando con gestos y voces.

Mi amo miró al mar, a las lanchas, a los hombres que, desesperados y ciegos, se lanzaban a ellas; y yo busqué, con ansiosos ojos, a Marcial, y le llamé con toda la fuerza de mis pulmones… No sé lo que pasó. Para contar cómo me salvé no puedo fundarme sino en recuerdos muy vagos, semejantes a las imágenes de un sueño, pues, sin duda, el terror me quitó el conocimiento. Me parece que un marinero se acercó a don Alonso cuando yo le hablaba y le asió con sus vigorosos brazos. Yo mismo me sentí transportado y, cuando mi nublado espíritu se aclaró un poco, me vi en una lancha, recostado sobre las rodillas de mi amo, el cual tenía mi cabeza entre sus manos con paternal cariño. Marcial empuñaba la caña del timón; la lancha estaba llena de gente.

Alcé la vista y vi, como a cuatro o cinco varas de distancia, a mi derecha, el negro costado del navío, próximo a hundirse; por los portalones a que aún no había llegado el agua salía una débil claridad, la de la lámpara encendida al anochecer, y que aún velaba, guardián incansable, sobre los restos del buque abandonado. También hirieron mis oídos algunos lamentos que salían por las troneras: eran los pobres heridos que no había sido posible salvar y se hallaban suspendidos sobre el abismo, mientras aquella triste luz les permitía mirarse, comunicándose con los ojos la angustia de los corazones…

XI

La lancha se dirigió…, ¿a dónde? Ni el mismo Marcial lo sabía. La oscuridad era tan densa que perdimos de vista las demás lanchas, y las luces del navío «Prince» se desvanecieron tras la niebla, como si un soplo las hubiera extinguido. Las olas eran tan gruesas y el vendaval tan recio, que la débil embarcación avanzaba muy poco, y gracias a una hábil dirección no zozobró más de una vez. Todos callábamos, y los más fijaban una triste mirada en el sitio donde se suponía que nuestros compañeros abandonados luchaban en aquel instante con la muerte, en espantosa agonía.

Trabajosamente avanzábamos por el tempestuoso mar. Lo peor del caso era que no divisábamos ningún barco. Por último, vimos una luz, y un rato después la mole confusa de un navío que corría el temporal por barlovento, y aparecía en dirección contraria a la nuestra. Unos le creyeron francés, otros inglés, y Marcial sostuvo que era español. Forzaron los remeros, y no sin gran trabajo llegamos a ponernos al habla.

—¡Ah del navío! —gritaron los nuestros.

—Es el «San Agustín» —gritó Marcial.

—El «San Agustín» se ha ido a pique —dijo don Alonso. Me parece que será el «Santa Ana», que también está apresado.

Efectivamente, al acercarnos, todos reconocieron al «Santa Ana», mandado en el combate por el teniente general Alava. Al punto, los ingleses que lo custodiaban dispusieron prestarnos auxilio, y no tardamos en hallarnos todos, sanos y salvos, sobre cubierta.

El «Santa Ana», navío de 112 cañones, había sufrido también grandes averías, aunque no tan graves como las del «Santísima Trinidad»; y si bien estaba desarbolado de todos sus palos y sin timón, el casco no se conservaba mal. Amparado por el francés «Fougueux», tuvo que batirse con el «Royal Sovereign», mandado por Collingwood, y con otros cuatro navíos ingleses. Según allí refirieron, la lucha había sido horrorosa, y los dos poderosos barcos, cuyos penoles se tocaban, estuvieron destrozándose por espacio de seis horas, hasta que herido el General Alava, herido el comandante Gardoqui, muertos cinco oficiales y noventa y siete marineros, con más de ciento cincuenta heridos, tuvo que rendirse el «Santa Ana». Apresado por los ingleses, era casi imposible manejarlo, a causa del mal estado y del furioso vendaval que se desencadenó en la noche del 21.

Yo había perdido mi afición a andar por el combés y alcázar de proa, y así, desde que me encontré a bordo del «Santa Ana», me refugié con mi amo en la cámara, donde pude descansar un poco y alimentarme, pues de ambas cosas estaba muy necesitado… Hallábame, después, ocupado en poner a don Alonso una venda en el brazo cuando se acercó un joven alto, esbozado en luengo capote azul. Era el oficial de Artillería don Rafael Malespina, pariente de mi amo. Estaba herido y le habían transportado desde el «Nepomuceno» al «Santa Ana». Don Alonso le abrazó con ternura y, consagradas breves palabras a las familias ausentes, le dijo:

—Cuéntame, por Dios, Rafaelito, lo que ha pasado en el «Nepomuceno». Aún me cuesta trabajo creer que ha muerto Churruca, a pesar de que todos lo dan por cosa cierta.

—Desde que salimos de Cádiz —respondió Malespina—, Churruca tenía el presentimiento de este gran desastre. El había opinado contra la salida, porque conocía la inferioridad de nuestras fuerzas y, además, confiaba poco en la inteligencia del jefe Villeneuve. Todos sus pronósticos han salido ciertos; todos, hasta el de su muerte, pues es indudable que la presentía, seguro como estaba de no alcanzar la victoria. El día 19 dijo a su cuñado Apodaca: «Antes que rendir mi navío lo he de volar o echar a pique. Este es el deber de los que sirven al Rey y a la Patria». El mismo día escribió a un amigo suyo, diciéndole: «Si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero di que he muerto».

«Cuando vio Churruca que Villeneuve mandaba virar en redondo a toda la escuadra consideró que la batalla estaba perdida. El “Nepomuceno” vino a quedar al extremo de la línea. Rompióse el fuego entre el “Santa Ana” y “Royal Sovereign”, y, sucesivamente, todos los navíos fueron entrando en el combate. Cinco navíos ingleses de la división Collingwood se dirigieron contra el “San Juan”; pero dos de ellos siguieron adelante y Churruca no tuvo que hacer frente más que a fuerzas triples».

«Nos sostuvimos enérgicamente contra tan superiores enemigos hasta las dos de la tarde, sufriendo mucho, pero devolviendo estrago doble a nuestros contrarios. El grande espíritu de nuestro heroico jefe parecía haberse comunicado a soldados y marineros, y las maniobras, así como los disparos, se hacían con una prontitud pasmosa. La gente de leva se había educado en el heroísmo, sin más que dos horas de aprendizaje, y nuestro navío, por su defensa gloriosa, no sólo era el terror, sino el asombro de los ingleses».

«Estos necesitaron nuevos refuerzos: necesitaron seis contra uno. Volvieron los dos navíos que nos habían atacado primero, y uno de ellos, al costado del “Nepomuceno”, nos batió a medio tiro de pistola. Había que ver el fuego de aquellos seis colosos, vomitando balas y metralla sobre un buque de 74 cañones. Parecía que nuestro navío se agrandaba, creciendo en tamaño, conforme crecía el arrojo de sus defensores. Las proporciones gigantescas que tomaban las almas parecía que las tomaban también los cuerpos, y al ver cómo infundíamos pavor a fuerzas seis veces superiores nos creíamos algo más que hombres».

«Entre tanto, Churruca, que era nuestro pensamiento, dirigía la acción con serenidad asombrosa. Aquel hombre débil y enfermizo, cuyo hermoso y triste semblante no parecía nacido para arrostrar escenas tan espantosas, nos infundía a todos misterioso ardor, sólo con el rayo de su mirada».

«Pero Dios no quiso que saliera vivo de la terrible porfía. Viendo que no era posible hostilizar a un navío que por la popa molestaba al “San Juan” impunemente, fue él mismo a apuntar el cañón, y logró desarbolar al contrario. Volvía al alcázar de popa cuando una bala de cañón le alcanzó en la pierna derecha, con tan fatal acierto, que casi se la desprendió, del modo más doloroso, por la parte alta del muslo. Corrimos a sostenerlo y el héroe cayó en mis brazos. ¡Qué horrible momento! Aún me parece que siento bajo mi mano el violento palpitar de un corazón que hasta en aquel instante terrible no latía sino por la Patria. Le vi tratando de reanimar con una sonrisa su semblante, cubierto ya de mortal palidez, mientras con voz apenas alterada exclamó: Esto no es nada. Siga el fuego».

«Tratamos de bajarle a la cámara, pero no fue posible arrancarle del alcázar. Al fin, cediendo a nuestros ruegos, comprendió que era preciso abandonar el mando. Llamó a Moyna, su segundo, y le dijeron que había muerto; llamó al comandante de la primera batería, y éste, aunque gravemente herido, subió al alcázar y tomó el mando».

«Desde aquel momento, la tripulación se achicó; de gigante se convirtió en enana; desapareció el valor y comprendimos que era necesario rendirse. Como si una repentina parálisis moral y física hubiera invadido la tripulación, así se quedaron todos helados y mudos, sin que el dolor ocasionado por la pérdida de hombre tan querido diera lugar al bochorno de la rendición».

«No perdió Churruca el conocimiento hasta los últimos instantes; no se quejó de sus dolores ni mostró pesar por su fin cercano; antes bien, todo su empeño consistía, sobre todo, en que la oficialidad no conociera la gravedad de su estado, y en que ninguno faltase a su deber. Dio las gracias a la tripulación por su comportamiento heroico; dirigió algunas palabras a su cuñado Ruiz de Apodaca y, después de consagrar un recuerdo a su joven esposa, y de elevar el pensamiento a Dios, cuyo nombre oímos pronunciado varias veces por sus secos labios, expiró con la tranquilidad de los justos y la entereza de los héroes, sin la satisfacción de la victoria, pero también sin el resentimiento del vencido, firme como militar, sereno como hombre, sin pronunciar una queja ni acusar a nadie, con tanta dignidad en la muerte como en la vida. Contemplábamos su cadáver aún caliente, y nos parecía mentira; creíamos que había de despertar para mandarnos de nuevo y tuvimos para llorarle menos entereza que él para morir, pues al expirar se llevó todo el valor, todo el entusiasmo que nos había infundido».

«Rindióse el “San Juan Nepomuceno”, y cuando subieron a bordo los oficiales de las seis naves que lo habían destrozado cada uno pretendía para sí el honor de recibir la espada del brigadier muerto. Todos decían: “Se ha rendido a mi navío”, y por un instante disputaron reclamando el honor de la victoria para uno u otro de los buques a que pertenecían. Quisieron que nuestro comandante accidental decidiera la cuestión diciendo a cuál de los navíos ingleses se había rendido, y aquél respondió: “A todos, que a uno solo jamás se hubiera rendido el ‘San Juan’”».

«Ante el cadáver del gran Churruca, los ingleses, que le conocían por la fama de su valor y entendimiento, mostraron gran pena. Luego, dispusieron que las exequias se hicieran formando la tropa y marinería inglesa al lado de la española, y en todos sus actos se mostraron caballeros, magnánimos y generosos».

Aquí terminó Malespina, el cual fue escuchado con viva atención durante el relato. Por lo que oí pude comprender que a bordo de cada navío había ocurrido una tragedia tan espantosa como la que yo mismo presencié, y dije para mí: «¡Cuánto desastre, Santo Dios, causado por las torpezas de un solo hombre!». Y aunque yo era entonces un chiquillo recuerdo que pensé lo siguiente: «Un hombre tonto no es capaz de hacer, en ningún momento de su vida, los disparates que hacen a veces las naciones, dirigidas por centenares de hombres de talento».

XII

Seguíamos navegando en el desmantelado «Santa Ana», prisionero de los ingleses, y en la mañana del 23 vimos en él un suceso, por demás, extraordinario. En aquel desastre, el desastre mismo se desarrollaba con sorprendentes e inesperados lances. Tan terrible tragedia no podía llegar a su desenlace sin estupendos episodios. Increíble parece, pero es verdad histórica indubitable que el general Alava, comandante del «Santa Ana», aprovechando una coyuntura favorable, intentó y logró el rescate de su navío, amparado por los fuegos del «Asís», el «Montañés» y el «Rayo», tres de los que se retiraron con Gravina, el 21, y volvieron a salir para auxiliar a las naves dispersas. Inaudito caso de bravura, pues para llevarlo a feliz término fue menester infundir la vida y el arrojo a tripulantes heridos o extenuados de hambre y fatiga. Pues este imposible fue posible, y los ingleses que custodiaban el barco se convirtieron de vencedores en vencidos y la bandera española volvió a flamear donde por breve tiempo había ondeado la inglesa.

Pero este singular resurgimiento de energía o galvanización de un cadáver no nos valió mucho, porque el furioso sudoeste que se desencadenó por la tarde hubo de amargamos el gozo del breve y casi milagroso triunfo. A cinco leguas ya del puerto, cuando veíamos nuestras vidas en salvo y nuestra libertad asegurada, fue menester trasbordar al «Rayo», porque nuestro pobre «Santa Ana» no tenía gobierno y era ya segura presa de la mar bravía.

La situación empeoraba por momentos. Teníamos a bordo gran número de heridos, entre ellos el desdichado y heroico Medio-Hombre, que en la corta refriega del rescate recibió varios balazos en la maltratada armazón de su cuerpo. El trasbordo se hizo a media noche, con mar gruesa y viento achubascado y violentísimo, empresa que parecía superior a las fuerzas humanas. Pasado aquel trance de suprema ansiedad, de angustiosas peripecias, y bien seguro yo de haberlo presenciado, no puedo dejar de verlo en mi memoria como una oprimente pesadilla.

Cuando me vi en la cubierta del «Rayo» creí despertar de un mal sueño, me sentí resucitado que vuelve al mundo de los vivos. Mi pobre amo, don Alonso, a quien metidos en la cámara, sacó su rosario y rezando estuvo hasta el amanecer, sin parar mientes en mí. Al pobre señor se le había ido el santo al cielo y no se daba cuenta de su triste situación. Marcial fue conducido al sollado, donde le acompañé y asistí lo mejor que pude. Sus heridas y contusiones me parecieron graves; su ánimo, que era en él lo más fuerte, se hundía como una casa quebrantada por terremotos o un barco deshecho por las olas.

Dios tenía dispuesto, sin duda, que nuestras desdichas no tuviesen término o que pereciéramos todos para que en la catástrofe de Trafalgar no quedase uno sólo que pudiera contarlo. Frente a Cádiz, el «Rayo» se plantó como un caballo loco, y ni por buenas ni por malas quería entrar en la bahía. El violento sudoeste, que barría la costa, se lo llevaba por delante, al empuje de su escoba furibunda. Sin gobierno de timón ni velamen, corría desbocado. Por estribor íbamos dejando atrás Rota, Punta Candor, Regla, Chipiona, y, al fin, nuestro pobre y alocado «Rayo» fue a embarrancar en un playazo próximo a Sanlúcar, donde quedó clavadito y en disposición de que el mar lo deshiciera tabla por tabla.

Al instante, se pensó en el salvamento que había de hacerse, trasladándonos a una balandra que se nos acercó por la popa, pues la gente de tierra no podía prestarnos auxilio. Y cuando dio principio el trasbordo de nuestros heridos a la balandra pensé en el pobre Marcial, de quien nadie se acordaba; verdad que él no pedía socorro, y silencioso agonizaba en un rincón oscuro, sin otro anhelo que descansar pronto en el seno de su amorosa madre: la mar. Encontré al pobre viejo casi exánime; en su rostro, lleno de chirlos y garabatos, como una vieja códice histórica, vi el sello de la muerte. Su mano helada estrechó la mía. Creyérase que el contacto de mi mano caliente le restituía el ánimo perdido, porque pudo incorporarse, y sus labios articularon estas bien concertadas razones:

«Gabriel, hijo mío, yo me muero… Dicen que cuando uno se muere y no halla cura con quien confesarse debe hacerlo con el primero que encuentre. Pues yo, Gabrielillo mío, en este trance, me confieso contigo, y voy a trasbordar todos mis pecados desde mi conciencia a tus oídos… Escúchame… Digo que siempre he sido cristiano católico, postólico, romano, y que siempre he sido y soy devoto de la Virgen del Carmen, a quien llamo en mi ayuda en este momento; y digo también que si hace veinte años que no he confesado no fue por mí, sino por mor del maldito servicio y porque siempre lo va uno dejando para el domingo que viene… Jamás he robado ni la punta de un alfiler ni he dicho más mentiras que alguna que otra, para bromear. De los palos que le daba a mi mujer, hace treinta años, me arrepiento, aunque creo que bien dados estuvieron, porque era más mala que las churras, y con un genio más picón que los alacranes. No he faltado ni tanto así a lo que manda la Ordenanza; no aborrezco a nadie más que a los casacones, a quienes hubiera querido ver hechos picadillo; pero, pues dicen que todos somos hijos de Dios, yo os perdono, y así mismamente perdono a los gabachos, que nos han traído esta guerra. Y no digo más, porque me parece que me voy a pique. Yo amo a Dios y estoy tranquilo. Gabriel, abrázame, abarlóate al costado mío. Tú no tienes pecados y vas a andar finiqueleando con los ángeles divinos. Más vale morirse a tu edad que vivir en este emperrado mundo… Con que ánimo, chiquillo, que esto se acaba… El agua sube, y el “Rayo” se acabó para siempre. La muerte del que se ahoga es muy buena: no te asustes…, abrázate conmigo. Virgen del Carmen, llévanos contigo al Cielo, que, según dicen, está alfombrado con estrellas… Morimos en la mar salada… Lo que yo digo: de la mar al Cielo…».

Gritos apremiantes me llamaron… Expiró Medio-Hombre y yo corrí a salvarme, saltando de un brinco en la última lancha.

Madrid, 2 de mayo

I

Ileso pude salir del «Rayo», ¡gracias a Dios!, y al recobrarme del quebranto, inanición y pavura de la tragedia naval, me faltó tiempo para trasladarme a Cádiz. Pero yo no escarmentaba, podéis creerlo. Mi alma infantil, atormentada por ilusiones varoniles, no anhelaba el reposo, sino el tanteo de nuevas aventuras. Mi afán era ensanchar el campo de mi vida, cambiar de escena y de ambiente, buscando más extenso conocimiento de personas y cosas. Ambicioso de vivir, aunque fuera con estrecheces, dolores y amarguras, puse todos mis pensamientos en la idea y propósito de salvar la enorme distancia entre Cádiz y Madrid. Y para que veáis, amados niños, lo que puede una voluntad decidida, sin dinero, sin relaciones, con la tierra bajo mis pies y el cielo sobre mi cabeza, vi logrado mi deseo, y entré en la capital de España, calle de Toledo arriba, una fría tarde de noviembre. Verdad que llegué medio muerto y sin otro amparo que el de la caridad pública; pero llegué y viví, recibiendo, en tan dura ocasión, los favores de mi amiga, la divina providencia.

Esta señora no me abandonaba, y por ella, a los pocos días de miseria y vagancia en las calles de la villa, entré al servicio de una cómica muy salada. Habríais de ver al marinerillo de Trafalgar balanceándose en las olas de la vida de teatro, que es muy semejante a la del mar proceloso. Si antes había presenciado las embestidas de ingleses contra españoles luego intervine en el rudo pelear de los bandos teatrales, y para engolfarme más en los golfos comiquiles, yo fui también cómico, y representé dramas y aun tragedias, poniendo en el fingimiento toda el alma que había sabido poner en las funciones verdaderas.

Os asombraréis cuando os diga que por inspiradas relaciones y contactos de la vida pasé de las más bajas esferas a las más altas, y de criado de actrices a paje de damas linajudas. Vi la grandeza de las casas aristocráticas; vi la confusión y laberinto de la Corte, y la marejada política que en ella se levantó, trayendo a la historia los más graves sucesos. Puedo daros noticia de la persona del Rey Carlos IV, que regía o aparentaba regir los destinos de esta nación, representada en una ideal nave; del ministro y privado, don Manuel Godoy, que era el que manejaba el timón; de la Reina María Luisa, del príncipe de Asturias, don Fernando. A éste amaba el pueblo, personificando en él cualidades que nunca tuvo; al Favorito aborrecía, suponiéndole peor de lo que era.

Pues esto vi, y sucesos presencié que no refiero por no fatigaros. Baste deciros que, después de andar entre duquesas y cortesanos, entre príncipes de las armas y de las letras, di un tumbo formidable que me arrojó de nuevo a la baja extracción donde nací; vaivén de la fortuna que no me espantó entonces, porque yo, en aquel mi fugaz paso por las cumbres, no me desvanecí ni perdí la conciencia de mi insignificancia. De aquel contacto con diferentes clases sociales saqué no pocas enseñanzas, y saqué, además, mi conocimiento de personas altas y humildes, entre aquéllas, alguna encopetada señora; entre éstas, interesantes tipos de la majeza de Madrid.

Creeréis, sin duda, que de mi personal presencia en Trafalgar no obtuve ningún provecho; creeréis que siendo yo tan pequeño nada podía pegárseme de aquellas grandezas heroicas. Pues no estáis en lo cierto. Algo aproveché del contagio: en mi alma quedaron grabados, y no llevan trazas de borrarse, la idea del deber y el sentimiento del honor.

II

Hecho ya un hombrecito de agradable trato y no mala figura, según me decían, entré en el año 8, de trágica memoria. De los años 6 y 7 traía yo buena carga de conocimientos; había cursado con provecho varias asignaturas de la ciencia del mundo, y en picardías de buena ley podría graduarme con pocos repasos más que en Madrid me dieran. De lo que no venía cargado, sino muy ligero, sábelo Dios, era de maravedíes, pues nunca me vi tan pobre. ¡Y gracias que podía vivir de mi trabajo! Meses antes aprendí el oficio de cajista, y en marzo del año 8, ganaba tres reales por ciento de líneas en el «Diario de Madrid»… Del arqueo de mis tesoros resultaba: dinero, poco; amigos, muchos; ilusiones, sin cuento. Lo más positivo era el renglón de amistades, porque yo las tenía buenas y variadas. Ya las iré sacando a relucir conforme lo exija mi relato.

Como las horas de trabajo, desgraciadamente, no eran muchas, de noche me divertía en parrandas o bailes de candil, de día paseaba con mis amigos, haciendo alto en tiendas donde había tertulias, que en cierto modo eran las gacetas de Madrid. En ellas recogía yo y en ellas depositaba, como receptor y conductor de la opinión, los rumores de la vía pública, que desde los comienzos del año fueron vagos airecillos, luego corrían con soplo cortante y silbo molesto, y ya en marzo traían crujido y retemblor, amenazando huracanarse.

Siempre tuve afición a politiquear. La política de noticia inflamada y de comentario patriótico me parecía un noble oficio. Ved aquí muestra de aquellos vientos que en marzo atronaban ya nuestros oídos.

En la tienda de doña Ambrosia de los Linos: «La gente de palacio no sabe ya qué pensar. La cosa no es para menos. Temen a los franceses, que están entrando en España a más y mejor… Nuestro buen rey dio a Napoleón permiso para que entraran fuerzas de camino para Portugal… Pero el permiso no autorizaba el paso de tantas tropas… Parece que ese perro de Napoleón se burla de la Corte de España y no hace maldito caso de lo que trató con ella».

En la zapatería de Pujitos: «Lo de Portugal ha resultado muy distinto de lo que se creía. Un general francés se plantó allá y, cuando la familia real se marchó para América, dijo: “Aquí no manda nadie más que el Emperador, y yo en su nombre. Vengan cuatrocientos milloncitos de reales; vengan los bienes de los nobles que se han ido al Brasil con la familia real… Creerse que el ladrón de Godoy está dado a los demonios… Lo dicho: Napoleón les engaña a todos, y será pronto el amo de las Españas… ¡Y hay en Madrid quien cree que los franceses vienen a poner en el trono al príncipe Fernando! ¡Buenos mentecatos están!”».

En la botillería de Canosa: «Lo que fuere sonará. Si vienen con buen fin esos caballeros, ¿por qué se apoderan por sorpresa de las principales fortalezas y plazas? Primero se metieron en Pamplona, engañando a la guarnición; después se colocaron en Barcelona, donde hay un castillo muy grande que llaman el Montjuich. Después fueron a otro castillo que hay en Figueras, el cual no es menos grande, el mayor del mundo, según dice Pacorro Chinitas, y lo cogieron también, y, por último, se han metido en San Sebastián. Digan lo que quieran, esos hombres no vienen como amigos. El ejército español está trinando…, le digo a usted que echan chispas. El Gobierno del Rey Carlos IV está que no le llega la camisa al cuerpo, y todos conocen la barbaridad que han hecho dejando entrar a los franceses; pero ya no tiene remedio… ¿Y no saben ustedes lo que hoy se dice por Madrid? Pues que la familia real de España, viéndose cogida en la red por Bonaparte, ha determinado marcharse a América, y que no tardará en salir de Aranjuez para Cádiz».

En el corro del amolador Chinitas (calle de Botineras): «Amigos, ya tiene Napoleón dentro de España la friolera de cien mil hombres. Ha nombrado general en jefe a un cuñado suyo, que le llaman Murat o Murrar, el cual dicen que salió ayer de Aranda para Somosierra… Y yo pregunto: ¿Hay quien sepa a qué viene esa gente? ¿Vienen a echar a toda la familia Real?». Y un ciudadano llamado, irónicamente Cuarta y Media, por su gigantesca estatura, partidario frenético del príncipe de Asturias, soltó este comentario patriótico: «¿Quién se asusta de tanta y tanta entrada de franceses? Pongamos por caso que vengan con mala idea. ¿Qué son cien mil hombres, aunque sean cien mil de a caballo? Con dos o tres regimientos de los nuestros pronto daríamos cuenta de toda esa Turba… Y otra cosa os digo. Como su alteza don Fernando se calce las espuelas adiós Murrar y toda la Francia… ¡Que entren, dejarles que entren!».

III

Y ya que he nombrado a la gente del bronce quiero presentaros a mi amigo Pujitos. Era el tipo que en los sainetes de don Ramón de la Cruz se señalaba con la denominación de majo decente; es decir, un majo de oficio, no de los que para vivir necesitaban vender hierro viejo en el Rastro, o cortar carne en las plazuelas, o degollar reses en el matadero, o vender aguardiente en Las Américas, o machacar cacao en Santa Cruz, o vender torrados en la verbena de San Antonio, o lavar tripas, allá por el portillo de Gilimón, o freír buñuelos en las esquinas del hospital de la V. O. T., ni menos se degradaban viviendo holgadamente a expensas de una mondonguera, o castañera, o de alguna de las muchas Venus salidas de la jabonosa espuma del Manzanares. Pujitos estaba con un pie en la clase media: era un artesano honrado, un hábil maestro de obra prima; pero tan hecho desde su tierna y bulliciosa infancia a las trapisondas y jaleos manolescos, que ni en el traje ni en las costumbres se le distinguía de los famosos Tres Pelos, el Ronquito, Majoma, y otras notabilidades de las que frecuentemente salían a visitar las Cortes y sitios reales de Ceuta, Melilla, etc.

Pujitos era español; gustaba de hablar cuando le oían más de cuatro personas, y tenía los marcados instintos del personaje de club; pero como entonces no había tales clubs ni milicias nacionales fue preciso que pasaran catorce años para que Pujitos entrara con distinto nombre en el uso pleno de sus extraordinarias facultades.

Presentado este tipo, flor y nata de la majeza, os diré que ya en aquellos días arreciaba en Madrid la feroz hostilidad contra el Príncipe de la Paz, a quien el pueblo suponía vendido a Napoleón. En Godoy se encamaban los odios populares. Era preciso que hubiese un culpable, un reo de lesa patria. El pueblo es poco dado a las abstracciones; no comprendía que también el de la Paz había sido engañado, quizás el primer tonto, la más descuidada y torpe víctima del gran timo napoleónico. En Madrid empezó a formarse la tromba que fue a descargar en Aranjuez, donde, a la sazón, estaba la Corte, y de aquí salieron las turbas populares y los cortesanos disfrazados de pueblo que en el Real Sitio dieron fin al valimiento del ensorbecido y en mal hora encumbrado extremeño. En el patio de la taberna del famoso Majoma (calle de Humilladero) oí los primeros rugidos de la fiera popular, y fue un inspirado discurso del gran Pujitos. El majo decente, pequeño de talla, si bien de alma grande, morenito, con sus ojuelos abrillantados por los vapores que le subían del estómago al rostro, habló, subido en un banco, en esta pintoresca forma:

«Jeñores: Denque los güeños españoles golvimos en sí y vimos quese Menistro de los dimonios tenía vendío el reino a Napolión, risolvimos ir en ca el palacio de su sacarreal majestad pa icirle cómo estemos cansaos de que nos gobierne como nos está gobernando, y que naa más sino que nos han de poner al Príncipe de Asturias, pa que el puebro contento diga: “El Kirie eleyson cantando, ¡viva el Príncipe Fernando!” (Fuertes gritos y patadas). Ansina se ha de hacer, que ínterin aquel otro se guarda el dinero de la Nación, el puebro no come, y Madrid no quiere al Menistro; con que, ¡juera el Menistro!, que aquí semos toos españoles, y si quieren verlo, úrgennos un tantico y verán do tenemos las manos. (Señales de asentimiento). Pos sigo iciendo que esombre nos ha robao, nos ha perdío, y esta noche nos ha de dar cuenta de too, y hamos de ecirle al Rey que lo eche a presillo y que nos ponga al Príncipe Fernando, a quien por ésta (y besó la cruz) juro que lo efenderemos contra too el que venga, manque tenga enjércitos y más enjércitos. Jeñores: astamos ya hasta el gañote, y ahora no hay naa más sino dejarse de pedricar y coger las armas pacabar con Godoy, y digamos toos con el ángel:

“El Kirie eleyson cantando,

¡viva el Príncipe Fernando!”».

Copio tan sólo lo esencial, pues el discurso no se contuvo en términos tan concisos. No tardó en salir para Aranjuez la turbamulta, protegida, naturalmente, por los partidarios del príncipe de Asturias. Y la caterva popular encontró allí multitud de conjurados de procedencia palatina y aun personajes de alcurnia que celebraban irónico carnaval, vistiéndose con trajes plebeyos. Del conde del Montijo se dijo que andaba por las calles del Real Sitio, vestido de palurdo, con montera, garrote, chaqueta de paño pardo y polainas.

Por quehaceres y distracciones que en Madrid me retenían, y de que os hablaré luego, no presencié la brutal asonada, mixta de plebeya y palatina, que dio en tierra con el privado. Pero testigos de probada imparcialidad, como el cura de aquella parroquia, don Celestino del Malvar, me dieron conocimiento casi exacto de lo que allí pasó. Fue una revolución chica y casera, promovida por el bando del príncipe de Asturias, y coronada por uno de los más fáciles éxitos que registra la historia. La turba asaltó el palacio del Príncipe de la Paz, sin que en ninguna parte apareciesen tropas que la contuviesen ni guardias que le diesen el alto. Creyérase que se había dispuesto todo como un lance de teatro, con ensayo escrupuloso de actos y comparsas.

Mezclados con la caterva, y distinguiéndose por el ardor de sus gritos, andaban multitud de cocheros, palafreneros y carreristas en palacio, pinches y mozos de cuadra, lacayos del infante don Antonio y del príncipe de Asturias. La muchedumbre forzó la puerta del palacio, penetró como un huracán, sin que ni un solo soldado le cortara el paso; corrió de un aposento a otro, destrozando cuanto encontraba; buscó al pájaro en su opulento nido; pero el pájaro se había ido por los aires, porque, registradas todas las habitaciones, no se encontró en parte alguna. Pueblo y servidumbre de príncipes, no pudiendo saciar su ira en el antes poderoso y ya desdichado Godoy, hizo responsable de los errores de éste a los cortinajes, tapices, candelabros, consolas, pinturas, relojes… En la calle se encendió la indispensable hoguera, y los amotinados creían realizar una grave misión histórica y política arrojando al fuego todo lo que había destruido.

El violentísimo asalto y saqueo de la casa lo pasó Godoy en un desván, escondido dentro de un rollo de esteras, a medio vestir, enteramente ayuno, atormentado por los próximos rugidos de la fiera, y creyendo que entre su vida y su muerte no cabía el espacio de medio minuto… Así estuvo el hombre dos noches y un día. ¡Qué horas de angustia, qué larga y cruel expiación en tiempo tan corto! Al fin, la misma guardia de palacio le sacó de allí. Daba lástima y horror verle asido a los arzones de dos caballos, emparedado así para que las manos feroces de la plebe no alcanzaran a despedazarle. De este modo, recibiendo injurias, pelladas de barro y amenazas crueles, pudo ser conducido al Cuartel de Caballería, donde le encerraron, dándole por lecho un montón de paja. Y si en aquel terrible vía crucis salvó la vida, debiólo, según se dice a su mayor enemigo, el príncipe de Asturias, que deseaba su caída, pero no su muerte. Así acabó el ministro universal, el generalísimo de mar y tierra, el coloso de la fortuna, conde de Evoramonte, duque de Sueca y de la Alcudia, Príncipe de la Paz y alteza serenísima, rey de hecho, árbitro de las inocentes Españas… El pueblo hizo justicia, groseramente…, pero justicia al fin.

IV

Ved aquí, niños que empezáis a vivir, cómo se efectuó aquella revolución chica, que a muchos pareció grande, porque ella fue signo del acabamiento de un reinado y del principio de otro. El señor don Carlos IV abdicó en su hijo don Fernando, y los partidarios de éste, que eran el bando esencialmente irreflexivo y sentimental de España no cabían en sí de gozo. El 23 de marzo, a los cuatro días del motín de San José, en Aranjuez, entraron en Madrid, con no poca parambomba y ruido, los franceses, que en el sentir de algunos madrileños venían a ornar de rosas el trono del nuevo soberano y a obsequiar a toda la familia hispana con jamones y longanizas. Ved, aquí, este hecho, formulado por desgarrados jirones, del rumor popular.

En la tienda de doña Ambrosia de los Linos, señora crasa y hombruna, hablan varias parroquianas: «¿Cómo, no habéis ido a ver la entrada de los franceses? Pues hijas, les aseguro que ha sido un lindo espectáculo. ¡Qué majos son, válgame el santo Angel de la Guardia! …¡Pues digo, si da gloria ver tan buenos mozos!…, y son tantos que me parece no han de caber en Madrid. Pues vienen unos que andan vestidos al modo de moros, con bragas como los maragatos, pero hasta el tobillo, y unos turbantes en la cabeza con un plumacho muy largo. Pues hay otros, ¡Virgen!…, ¡qué bigotazos, qué sables, qué morriones peludos y qué entorchados y cruces! Te digo que se me caía la baba… A esos de los turbantes creo que los llaman los zamacucos. También vienen unos que son, según me dijeron, los tragones de la guardia imperial, y llevan unas corazas como espejos. Detrás de todos venía el general que los manda, y dicen que está casado con la hermana de Napoleón…, es ese que llaman el gran duque de Murrates o no sé qué. Es el mozo más guapo que he visto…, ¡y cómo se sonreía el picarón, mirando a los balcones de la calle de Fuencarral! Yo estaba en casa de las primas, y creo que se fijó en mi. ¡Ay, hija, qué ojazos! Me puse más encamada… Por ahí andan pidiendo alojamiento. A mí no me ha tocado ninguno, y lo siento; porque la verdad, hija, esos señores me gustan».

Y al siguiente día, 24 de marzo, solemne y triunfal entrada en Madrid del nuevo rey Fernando VII. ¡Qué tumulto, qué delirio, qué exaltación de amor, de patriotismo, de esperanza! Dios mío, como estaban esa Puerta del Sol, esa calle Mayor y esa calle de Alcalá. Por pequeños que seáis, niños queridos, habréis visto alguna de las grandiosas entradas con que nos obsequia cada año la Historia Contemporánea. Para algunos, tales entradas son las únicas efemérides de la nación. Pues en aquella del año 8 fueron extremados el gentío varonil en la calle y el femenino en los balcones. Hubo el meneo de abanicos al sol, el aleteo de pañuelos, el rugido, el apretujo, las oleadas de impaciencia, de alegría, la espuma de vivas y exclamaciones, el humo del entusiasmo; nada faltó de lo que construye estas solemnidades; pero el delirio superó, ciertamente a cuanto ha venido después; fue un delirio infantil, como de un pueblo acabado de nacer a la vida pública, y que vive amamantado con la leche de la credulidad… Hasta que lo destetaron con desengaños no aflojó el pueblo en su ardiente fe y entusiasmo candoroso.

Un incidente agravó las apreturas de los que nos estacionamos en la Puerta del Sol. ¿Qué pasó?…, que el gran duque de Berg, Murat, quiso meter sus narices en aquella fiesta netamente española, y con toda su petulancia fachendosa se presentó por la calle del Arenal con vistoso séquito de dragones y mamelucos. Fue como si un pie quisiera entrar en una bota donde ya había otro pie. Al gemido de la oprimida muchedumbre siguieron el lamento, la protesta, el grito de dolor…, y al fin estalló una tempestad de silbidos, reconvenciones e insultos. La antipatía del pueblo de Madrid a los franceses quedó, en aquel instante, bien manifiesta. Permanece bien grabada en mi memoria la figura de Murat al frente de sus jinetes gallardísimos. Era un escaparate de bordados, veneras, bandas, plumas y plumachos, con una ondulante cabellera de añadidura.

En los días que a la entrada del rey siguieron, la historia se me escapa, o me escapo yo de ella sin sentirlo, más atento a cosas propiamente mías que a las de la colectividad. Cuando nuestro espíritu se fatiga del volar continuo por los espacios de la vida general, gusta de recogerse en sí; descansa en su nido, y se duerme con la cabeza bajo el ala de la propia existencia. Esto me pasó a mí; volviendo de la política, materia de la historia, encontré en mí el cuento de hadas, y en su deliciosa ensoñación hallé mi felicidad por el momento. Así, la poesía nos refresca y alivia el alma, resecada por la aridez de los hechos. Familiarizados estáis con los cuentos de hadas y gustáis de ellos aun sabiendo que son mentira. Pues el mío no lo es, aunque lo parezca; no lo es, aunque en su contextura veáis las formas más candorosas y sencillas de la literatura infantil. Voy a repetiros la vieja fábula. Erase…, o había en tal reino una linda pastora…, sólo que aquí no es pastora, sino costurera, una costurerita como los ángeles. Pues, señor: la pastora, digamos la modistilla, resultó que era princesita, nacida de una excelsa reina… sólo que en este caso no nació de una reina, sino de una duquesa… El núcleo del asunto es el mismo. Pues esta heroína de leyenda fue descubierta por vuestro servidor, y desde que la descubrí hice propósito de no descansar hasta restituir a la gentil criatura en su estado y posición legítima. Y aquí me tenéis a mí, pobre cajista de una imprenta, convertido a mi vez en héroe de cuentecillo caballeresco; aquí me tenéis, abocado a que el mejor día me sorprenda el descubrimiento de que también yo soy medio príncipe o príncipe entero.

Pues, señor: sabed que encontré mi cuento de hadas en la humilde casa de un pobre cura llamado don Celestino del Malvar, el hombre más sencillo y candoroso que ha existido en el mundo. Era la niña un ángel de bondad, dulzura y belleza; era sobrina del cura. No, no embarullemos: el cura era hermano del esposo de la mujer que había pasado por madre de la niña. ¿Está claro? Entiendo que no. ¿Pero qué importa? Inés, que así se llamaba la pastorcita princesa, o modistilla ducal, que para el caso es lo mismo, fue recogida por don Celestino, y en su poder estuvo en Aranjuez, hasta que aparecieron otros tíos, primos de su madre, de la figurada y putativa madre, y la reclamaron. Eran personas más acomodadas que el cura, y éste creyó que la princesita ganaba en el cambio.

Desgraciadamente no fue así, porque los malditos tíos, o lo que fueran, resultaron al modo de unos ogros o carlancos de la misma procedencia fantástica y cuentista de esta infantil historia. No sólo martirizaban a la ideal criatura, sino que se valían de ella para expoliar a la casa ducal, amenazándola con la publicación de secretos papeles. Esto lo hacían con un curial llamado Lobo, y que lo era por la ferocidad de sus dentelladas contra personas ricas, valiéndose de documentos privados, que allegar sabía con sutil travesura… Pues bien, yo fui el descubridor de estos enredos infames de los tíos o tiorros, y del mal trato que daban a la inocente princesita. Y descubierto por mi agudeza el delito me sentí príncipe, me sentí paladín de cuento azul, y realicé la más bonita y arrogante hazaña que podéis imaginar. Los tiorros eran unos tenderos de la calle de la Sal, hermano y hermana. Pues yo, con el auxilio de un chico que en la tienda servía, llamado Juan de Dios, robé a la princesa, y ello fue como si la sacáramos de un estrecho y ahogado castillo. Debieron ayudarnos invisibles genios, sinfos y gnomos, que habitaban en recónditas grutas de cristal. Sacamos a la tierna criatura, y con el respeto y devoción que inspiran las cosas santas, como si lleváramos en nuestras manos la hostia consagrada, la condujimos a la casa en que, a la sazón, vivía el curita don Celestino, y en las manos de éste, tan puras como las de los ángeles, entregamos la persona de Inés.

Echado de Aranjuez, como partidario que fue de Godoy, don Celestino vino a Madrid y se alojó en la modesta casa en que yo vivía, calle de San José, barrio de Maravillas, o de los Chisperos. Esta calle, de vecindario, se extendía recta desde la de Fuencarral a la de San Bernardo, y en ella está el portalón del Parque de Artillería. Cuando llegamos con la niña al domicilio del buen cura, que era un piso principal bajando del Cielo, amanecía; nos asomamos al único balcón de la casa para contemplar la dulce aurora, y la princesita, que con alegría risueña celebraba su libertad, se fijó en el paisaje urbano que desde aquellas alturas se mostraba.

—Esto que ves, princesa, es el Parque de Artillería —le dijo don Celestino—. En aquellos grandes edificios se alojan los artilleros. Mira, salen algunos con un carro para ir a casa del abastecedor en busca de las provisiones.

—¿Y esas montañitas tan bonitas, formadas por cosas negras y redondas, iguales todas y puestas con mucho orden? —preguntó la niña, sin dar tregua a su admiración.

—Esas son balas, chicuela —repuso el clérigo—. Los hombres han inventado esos juguetes para matarse unos a otros.

Nos retiramos del balcón. Juan de Dios se fue. Don Celestino y yo deliberamos sobre los pasos que debíamos dar para que no nos arrebataran la princesita. Y él dijo: «Dios nos protegerá. Pienso que este día será feliz y tendremos que marcarlo con piedra blanca».

—Marcado queda —dije yo—, es el 2 de mayo de 1808.

IV

Amaranta, nombre mitológico que daban en la Corte a una señora de singular hermosura, gala y honor de la hispana grandeza. Amaranta era la clave de nuestro cuento de hadas. A ella debíamos acudir dándole conocimiento de que la princesita estaba en nuestro poder…, no era flojo triunfo. Después, ella resolvería, y como persona de indudable privanza en la Corte sabría desbaratar, con mano de justicia o con renta de dinero, las intrigas del Licenciado Lobo y de los infames tenderos de la calle de la Sal. Escrita por don Celestino la carta para la gentil Amaranta, me despedí del cura, el cual rezó un Padre Nuestro y echóme sus bendiciones para que Dios me protegiera en mi humanitaria y difícil misión.

Alejándome todo lo posible del centro de la villa, llegué a la plaza de Oriente, donde me detuvo un obstáculo casi insuperable, un gran gentío que, bajando de las calles del Viento, de Rebeque, del Factor, de Noblejas y de las plazuelas de San Gil y del Tufo, invadía toda la calle Nueva y parte de la plazuela de la Armería.

Tan abstraído estaba yo en el probable desarrollo de mi cuento fantástico que durante algún tiempo no discurrí sobre la causa de aquella tan grande y ruidosa reunión de gente, ni sobre lo que pedía, porque indudablemente pedía o manifestaba desear alguna cosa. Después de recibir algunos porrazos y tropezar repetidas veces, me detuve arrimado al muro de palacio y pregunté a los que me rodeaban:

—¿Pero qué quiere toda esa gente?

—Es que se van, se los llevan —me dijo un chispero—, y eso no lo hemos de consentir.

El lector comprenderá que no importándome gran cosa que se fueran o dejaran de irse los que lo tuvieran por conveniente intenté seguir mi camino. Poco había adelantado cuando me sentí cogido por un brazo. Estremecíme de terror, creyendo hallarme en las garras del Licenciado Lobo; pero no: era mi amigo Pacorro Chinitas, amolador de oficio.

—¿Con que parece que se los llevan? —me dijo.

—¿A los infantes? Eso oigo; pero te aseguro, Chinitas, que me tiene sin cuidado.

—Pues a mí, no. Hasta aquí llegó la cosa, hasta aquí nos aguantamos, y de aquí no ha de pasar. Tú eres un chiquillo y no piensas más que en jugar, y por eso no te importa. Tú no eres español, o no tienes corazón, ni eres hombre para nada.

—Sí que soy hombre y tengo corazón para lo que sea preciso.

—Pues entonces, ¿qué haces ahí como un marmolillo? ¿No tienes armas? Coge una piedra y rómpele la cabeza al primer francés que se te ponga por delante.

—Han pasado, sin duda, cosas que yo no sé, porque he estado muchos días sin salir a la calle.

—No, no ha pasado nada todavía, pero pasará. ¡Ah! Gabriel, lo que yo te decía ha salido cierto. Todos se han equivocado, menos el amolador. Todos se han ido y nos han dejado solos con los franceses. Ya no tenemos rey ni más Gobierno que esos cuatro carcamales de la Junta.

Yo me encogí de hombros, no comprendiendo por qué estábamos sin rey y sin más Gobierno que los cuatro carcamales de la Junta.

—Gabriel —me dijo mi amigo, pasado un rato—, ¿te gusta que te manden los franceses, y que con su lengua, que no entiendes, te digan «haz esto o haz lo otro», y que se entren en tu casa, y te hagan soldado de Napoleón, y que España no sea España; vamos, al decir, que nosotros no seamos como nos da la gana de ser, sino como ese emperador quiera que seamos?

—¿Qué me ha de gustar? Pero eso es pura fantasía tuya. ¿Los franceses son los que nos mandan? ¡Quiá! Nuestro rey, cualquiera que sea, no lo consentiría.

—No tenemos rey.

—¿Pero no habrá en la familia otro que se ponga la corona?

—Se llevan todos los infantes.

—Pero habrá grandes de España y señores de muchas campanillas, y generales y ministros que les digan a franchutes: «Señores, hasta aquí llegó. Ni un paso más».

—Los señores de muchas campanillas se han ido a Bayona y allí andan a la greña por saber si obedecen al padre o al hijo.

—Pero aquí tenemos tropas que no consentirán…

—El rey les ha mandado que sean amigos de los franceses y que digan a todo amén.

—Pero son españoles y tal vez no obedezcan esa barbaridad; porque dime: si Francia nos quiere mandar, ¿es posible que un español de los que vistan uniforme lo consienta?

—El soldado español no traga, no, al extrangis, pero son uno por cada veinte. Poquito a poquito se han ido entrando, entrando, y ahora, Gabriel, esta baldosa en que ponemos los pies es tierra del que llaman por mal nombre Bonaparte.

—¡Oh, Chinitas! Me haces temblar de cólera. Eso no se puede aguantar; no, señor. Si las cosas van como dices, tú y todos los demás españoles que tengan vergüenza cogerán un arma y entonces…

—No tenemos armas.

—Entonces, Chinitas, ¿qué remedio hay? Echémonos a llorar y escondámonos en nuestras casas.

—¡Llorar! —exclamó el amolador, cerrando los puños—. ¡Si todos pensaran como yo…! No se puede decir lo que sucederá, pero… Mira: yo soy hombre de paz, pero cuando veo que estos condenados se van metiendo callandito en España, diciendo que somos amigos; cuando veo que se llevan engañado al rey; cuando les veo por esas calles echando facha y bebiéndose el mundo de un sorbo; cuando pienso que ellos están muy creídos de que nos han metido en un puño por los siglos de los siglos me dan ganas… no de llorar, sino de matar, pongo el caso, pues…, quiero decir que si un francés pasa y me toca con su codo en el pelo de la ropa, levanto la mano…, mejor dicho, abro la boca y me lo como. Y cuidado que un francés me enseñó el oficio que tengo. El francés me gusta, pero allá en su tierra.

Durante nuestra conversación advertí que la multitud aumentaba, apretándose más. Componíanla personas de ambos sexos y de todas las clases de la sociedad, espontáneamente reunidas por uno de esos llamamientos morales, íntimos, misteriosos, informulados, que no parten de ninguna voz oficial y resuenan de improviso en los oídos de un pueblo, hablándole el balbuciente lenguaje de la inspiración. La campana de ese rebato glorioso no suena sino cuando son muchos los corazones dispuestos a palpitar en concordancia con su anhelante ritmo. Rara vez presenta la historia ejemplos como aquél, porque el sentimiento patrio no hace milagros sino cuando es una condensación colosal, una unidad sin discrepancias ni distingos.

El primer movimiento hostil del pueblo reunido fue rodear a un oficial francés que, a la sazón, atravesó por la plaza de la Armería. Bien pronto unióse al francés otro oficial, español, que acudía como en auxilio del primero. Contra ambos se dirigió el furor de hombres y mujeres, siendo éstas las que con más denuedo les hostilizaban; pero al poco rato una corta fuerza francesa puso fin al incidente. Como avanzaba la mañana no quise ya perder más tiempo y traté de seguir mi camino; mas no había pasado aún el arco de la Armería cuando sentí un ruido que me pareció cureñas en acelerado rodar por calles inmediatas.

—¡Que viene la artillería! —clamaron algunos.

Pero la presencia de los artilleros no dispersó a la multitud, que corrió frenética hacia la calle Nueva. La curiosidad pudo en mí más que el deseo de llegar pronto al fin de mi viaje y corrí allá también, pero un estruendo espantoso heló la sangre en mis venas y vi caer no lejos de mí algunas personas, heridas por la metralla. Fue aquel uno de los cuadros más terribles que he presenciado en mi vida. La ira estalló en boca del pueblo de un modo tan formidable que causaba tanto espanto como la artillería enemiga. Ataque tan imprevisto y tan rudo aterró a muchos, que huían con pavor, y, al mismo tiempo, acaloraba la ira de otros, que parecían dispuestos a arrojarse sobre los artilleros; mas en aquel choque entre los fugitivos y los sorprendidos, entre los que rugían como fieras y los que clamaban heridos o moribundos bajo las pisadas de la multitud, predominó al fin el movimiento de dispersión y el gentío corrió hacia la calle Mayor. No se oían más voces que «armas, armas, armas».

Los que no vociferaban en las calles vociferaban en los balcones, y si un momento antes los madrileños, en gran parte, eran simplemente curiosos, después de la aparición de la artillería todos fueron actores. Cada cual corría a su casa, a la ajena o a la más cercana en busca de un arma y, no encontrándola, echaba mano de cualquier herramienta. Todo servía con tal que sirviera para matar.

El resultado era asombroso. Yo no sé de dónde salía tanta gente armada. Cualquiera habría creído en la existencia de una conjuración silenciosamente dispuesta, pero el arsenal de aquella guerra imprevista y sin plan, movida por la inspiración de cada uno, estaba en las cocinas, en los bodegones, en los almacenes al por menor, en las salas y tiendas de armas, en las posadas y en las herrerías.

VI

La calle Mayor y las contiguas ofrecían el aspecto de un hervidero de rabia imposible de describir por el lenguaje. El que no lo vio, renuncie a tener idea de semejante levantamiento. Después me dijeron que entre nueve y once todas las calles de Madrid presentaban el mismo aspecto; habíase propagado la insurrección como se propaga la llama en el bosque seco azotado por vientos impetuosos. La irrupción de gente armada que venía de los barrios bajos por la plaza Mayor y los portales de Bringas era considerable. Hacia la esquina de la calle de Milaneses, frente a la Cava de San Miguel, presencié el primer choque del pueblo con los invasores, porque habiendo aparecido como una veintena de hombres que acudían a incorporarse a sus regimientos fueron atacados por una cuadrilla de mujeres, ayudadas por media docena de hombres.

Los extranjeros se defendían con su certera puntería y sus buenas armas, pero no contaban con la multitud de brazos que les ceñían por detrás y por delante, como rejos de un inmenso pulpo, ni con el incansable pinchar de millares de herramientas, esgrimidas contra ellos con un desorden y una multiplicidad semejante al de una lluvia de puñales; ni con la espantosa centuplicación de fuerzas menudas que, sin matar, imposibilitaban la defensa. A veces esta superioridad de los madrileños era tan grande que no podía menos de ser generosa, pues cuando los enemigos aparecían en número escaso se abría para ellos un portal o tienda donde quedaban a salvo, y muchos de los que se alojaron en las casas de la calle Mayor debieron la vida a la tenacidad con que sus patronos les impidieron la salida.

No se salvaron tres de a caballo que corrían a todo escape hacia la Puerta del Sol. Se les hicieron varios disparos, pero, irritados ellos, cargaron sobre un grupo apostado en la esquina del callejón de la Chamberga y bien pronto viéronse envueltos por el paisanaje. De un fuerte sablazo, el más audaz de los tres abrió la cabeza a una infeliz maja en el instante en que daba a su marido el fusil recién cargado. La imprecación de la furiosa mujer al caer herida al suelo espoleó el coraje de los hombres.

Entre tanto yo, olvidado de mi cuento infantil, seguí hacia la Puerta del Sol buscando lugar más seguro, y en los portales de Pretineros encontré a Chinitas. La Primorosa salió del grupo cercano, gritando con frenesí:

—¡Han matado a Bastiana! Más de veinte hombres hay aquí y denguno vale un rial. Canallas, ¿para qué os ponéis bragas si tenéis almas de pitiminí?

—Mujer —dijo Chinitas, cargando su escopeta—, quítate de en medio. Las mujeres aquí no sirven más que de estorbo.

—¡Cobardón, calzonazos, corazón de albondiguilla! —chilló Primorosa, pugnando por arrancar el arma a su marido—. Con el aire que hago moviéndome mato yo más franceses que tú con un cañón de a ocho.

De pronto uno de los de a caballo se lanzó al galope hacia nosotros, blandiendo su sable.

¡Menegilda! ¿Tienes navaja? —dijo con desesperación la mujer de Chinitas.

—Tengo tres: la de cortar, la de picar y el cuchillo grande.

—¡Aquí estamos, espantacuervos! —bramó la maja, tomando de manos de su amiga un cuchillo carnicero, cuya sola vista causaba espanto.

El coracero clavó las espuelas a su corcel y, despreciando los tiros, se arrojó sobre el grupo. Yo vi las patas del corpulento animal sobre los hombros de la Primorosa, pero ésta, agachándose más ligera que el rayo, hundió su cuchillo en el pecho del caballo. Con la violenta caída, el jinete quedó indefenso y mientras la cabalgadura espiraba con horrible pataleo, el soldado proseguía el combate, ayudado por otros cuatro que a la sazón llegaron.

Chinitas, herido en la frente y con una oreja menos, se había retirado como a unas diez varas más allá y cargaba un fusil en el callejón del Triunfo, mientras la Primorosa le envolvía un pañuelo en la cabeza, diciéndole:

—¡Si te moverás al fin! No parece sino que tienes en cada pata las pesas del reloj del Buen Suceso.

El amolador se volvió hacia mí y me dijo:

—Gabrielillo, ¿qué haces con ese fusil? ¿Lo tienes en la mano para escarbarte los dientes?

En efecto, yo tenía en mis manos un fusil, sin que hasta aquel instante me hubiese dado cuenta de ello. ¿Me lo habían dado? ¿Lo tomé yo? Lo más probable es que lo recogí maquinalmente, hallándome cercano al lugar de la lucha y cuando caía, sin duda, de manos de algún combatiente herido.

—Descosío —gritó la Primorosa, encarándose conmigo y dándome en el hombro una fuerte manotada—, coge ese fusil con más garbo. ¿Tienes en la mano un cirio de procesión?

—Vamos: aquí no hay nada que hacer —afirmo Chinitas, encaminándose con sus compañeros hacia la Puerta del Sol.

Echéme el fusil al hombro y les seguí.

En aquel momento no se veía ningún francés en toda la calle Mayor, pero no distábamos mucho de las gradas de San Felipe cuando sentimos ruido de tambores; después, ruido de cometas; después, pisadas de caballos; después, estruendo de cureñas rodando con precipitación. El drama no había empezado todavía realmente. Nos detuvimos y advertí que los paisanos se miraban unos a otros, consultándose mudamente sobre la importancia de las fuerzas ya cercanas; no contaban con las poderosas divisiones y cuerpos de ejército que se acampaban en las cercanías de Madrid… Por la calle de la Montera apareció un cuerpo de ejército, por la de Carretas otros y por la carrera de San Jerónimo, el tercero, que era el más formidable.

—¿Son muchos? —preguntó la Primorosa.

—Muchísimos… Y allá por Platerías se siente ruido de tambores.

Frente a nosotros y a nuestra espalda teníamos a los infantes, a los jinetes y a los artilleros de Austerlitz. Viéndoles, la Primorosa reía, pero yo…, no puedo menos de confesarlo…, yo temblaba.

Llegar los cuerpos de ejército a la Puerta del Sol y comenzar la embestida fue obra de un mismo instante. Yo creo que los franceses, a pesar de su superioridad numérica y material, estaban más aturdidos que los españoles, así es que en vez de comenzar poniendo en juego la caballería hicieron uso de la metralla desde los primeros momentos.

La lucha, mejor dicho, la carnicería era espantosa en la Puerta del Sol. Cuando cesó el fuego y comenzaron a funcionar los caballos, la guardia polaca, llamada noble, y los famosos mamelucos cayeron a sablazos sobre el pueblo.

El peligro no me impedía observar quién estaba en torno mío y así puedo decir que sostenían mi valor vacilante, además de la Primorosa, un señor grave y bien vestido, que parecía aristócrata, y dos honradísimos tenderos de la misma calle, a quienes yo de antiguo conocía.

Teníamos a mano izquierda el callejón de la Duda, como sitio estratégico que nos sirviera de parapeto y de camino para la fuga, y desde allí el señor noble y yo dirigíamos nuestros tiros a los primeros mamelucos que aparecieron en la calle. Debo advertir que los tiradores formábamos una especie de retaguardia o reserva, porque los verdaderos y más aguerridos combatientes eran los que luchaban a arma blanca entre la caballería. También de los balcones salían tiros de pistola y gran número de armas arrojadizas, como tiestos, ladrillos, pucheros, pesas de reloj…

Primorosa, en uno de aquellos espantosos choques, pero al poco rato la vi reaparecer, lamentándose de haber perdido su cuchillo, y me arrancó el fusil de las manos con tanta fuerza que no pude impedirlo. Quedé desarmado en el mismo momento en que una fuerte embestida de los franceses nos hizo recular la acera de San Felipe el Real. El anciano noble fue herido junto a mí; quise sostenerle, pero, deslizándose de mis manos, cayó exclamando: «¡Muera Napoleón! ¡Viva España!».

Aquel instante fue terrible porque nos acuchillaron sin piedad, pero quiso mi buena estrella que, siendo yo de los más cercanos a la pared, tuviera delante de mí una muralla de carne humana que me defendía del plomo y del hierro. La masa de gente se replegó por la calle Mayor y como el violento retroceso nos obligara a invadir una casa de las que hoy deben tener la numeración desde el 21 al 25, entramos decididos a continuar la lucha desde los balcones.

Invadiendo la casa, la ocupamos desde el piso bajo a las buhardillas; por todas las ventanas se hacía fuego, arrojando al mismo tiempo cuanto la diligente valentía de sus moradores encontraba a mano. En el piso segundo, un padre anciano, sosteniendo a sus dos hijas que, medio desmayadas, se abrazaban a sus rodillas, nos decía: «Haced fuego; coged lo que os convenga. Aquí tenéis pistolas; aquí tenéis mi escopeta de caza. Arrojad mis muebles por el balcón y perezcamos todos, y húndase mi casa si bajo sus escombros ha de quedar sepultada esa canalla. ¡Viva Fernando! ¡Viva España! ¡Muera Napoleón!»… Pero nos escaseó la pólvora, nos faltó al fin, y al cuarto de hora de nuestra entrada ya los mamelucos daban violentos golpes en la puerta.

Los franceses asaltaban la casa mientras otros de los suyos cometían atrocidades en la de Oñate.

—¡Ya entran, nos cogen; estamos perdidos! —exclamamos con terror, sintiendo que los mamelucos se encarnizaban en los defensores del piso bajo.

—Subid a la buhardilla —nos dijo el anciano con frenesí— y, saliendo al tejado, echad por la caja de la escalera todas las tejas que podáis levantar. ¿Subirán los caballos de estos monstruos hasta el techo?

Las dos muchachas, medio muertas de terror, se enlazaban a los brazos de su padre, rogándole que huyese.

—¡Huir! —exclamaba el viejo—. No; mil veces, no. Enseñemos a esos bandoleros cómo se defiende el hogar sagrado. Traedme fuego, fuego y apresarán nuestras cenizas, no nuestras personas.

Los mamelucos subían. No había salvación. Pero algunos de los nuestros habíanse, en tanto, internado en la casa y con fuerte palanca rompían el tabique de una de las habitaciones más escondidas. Al ruido acudí allá velozmente, con la esperanza de encontrar escapatoria y, en efecto, vi que habían abierto en la medianería un gran agujero por donde podía pasarse a la casa inmediata. Nos hablaron de la otra parte, ofreciéndonos socorro, y nos apresuramos a pasar.

Cuando pasamos a la casa contigua yo no pensé más que en bajar inmediatamente a la calle. El cuento de hadas se posesionó nuevamente de mi espíritu, abriéndose paso por entre el humo y la sangre de la popular tragedia. Pensé que antes de acudir al palacio de Amaranto debía volver a donde dejé las personas más caras a mi corazón, el cura y la Princesita. Temía que en aquel barrio, donde enclavado estaba el Parque de Artillería, hubiesen ocurrido choques más terribles que los de la calle Mayor y Puerta del Sol. Presagiando atropellos de casas, sacrificios de inocentes, sangre y desolación, apenas puse el pie en la calle, yo no corría, volaba.

VI

En mi carrera no reparaba en los mil peligros que ofrecían las calles de Madrid. En la de Fuencarral el gentío era espeso. Oíanse fuertes descargas y cuando emboqué a la calle de la Palma por la casa de Aranda gritos de guerra llegaron a mis oídos.

Era entre doce y una. Con un gran rodeo pude entrar al fin en la calle de San José y desde lejos vi el alto balconcillo de mi casa, donde habían quedado don Celestino y la Princesita… Ésta salió un momento al balcón y al punto se retiró como asustada… Oí voces de triunfo.

Encontré a Pacorro Chivitos, que fue de los primeros en acudir a la jarana del Parque. Díjome que habían alcanzado una victoria, apoyados por las cuatro piezas que Daoiz echó a la calle. Pronto se convencieron de que los franceses no habían retrocedido sino para volver pronto con numerosa artillería. Así fue: cuando yo subía la escalera de mi casa sentí el rumor de la tropa cercana… Al verme entrar se alegraron extremadamente don Celestino y la niña y ésta me señaló una imagen de la Virgen, ante la cual habían encendido dos velas.

—Aquí, Gabriel —me dijo el clérigo—, hemos presenciado actos de grande heroísmo. Los napoleónicos han sido rechazados.

Con rápida y temblorosa frase contó la Princesita lo que había visto. «Ha sido tremendo… Primero vimos que unos soldados daban golpes muy recios en la puerta del Parque… Después vinieron hombres y mujeres, muchos, muchos, pidiendo armas. Dentro del patio, un español con uniforme verde disputó un instante con otro de uniforme azul y luego se abrazaron, abriendo enseguida las puertas. ¡Ay, qué voces, qué gritos! Mi tío se echó a llorar y dijo también ¡viva España! tres veces… Al momento, ¡pim!, empezaron los tiros de fusil y en seguida, ¡pum!, los de cañón, que habían salido empujados por mujeres… El del uniforme azul mandaba el fuego y otro del mismo traje, pero que se distinguía del primero por su mayor estatura, estaba dentro, disponiendo cómo se habían de sacar la pólvora y las balas… ¡Qué espanto! Humo, mucho humo, brazos levantados, algunos hombres tendidos en el suelo y cubiertos de sangre, y por todos lados el resplandor de esos cuchillos grandes que llevan en los fusiles».

Al decir esto, un terrible cañonazo hizo estremecer la casa. «¡Vuelven! —exclamó con grito de terror don Celestino—. Pero los nuestros ganan, ganan siempre… Virgen Santísima, y tú, Santiago, español santo, mirad por nosotros».

Tan excitado estaba yo que sin parar mientes en la Princesita ni en mi infantil leyenda abrí resueltamente la ventana. Desde allí pude ver los movimientos de los combatientes. Funcionaban cuatro piezas. Los artilleros me parece que no pasaban de veinte; tampoco eran muchos los de infantería, mandados por Ruiz, pero el número de paisanos no era escaso ni faltaban algunas heroicas amazonas de las que poco antes vi en la Puerta del Sol. Un oficial, de uniforme azul, mandaba las dos piezas colocadas frente a la calle de San Pedro la Nueva. Por cuenta del otro, del mismo uniforme y graduación, corrían las que enfilaban las calles de San Miguel y de San José, apuntando una de ellas hacia la de San Bernardo, pues por allí se esperaban más fuerzas francesas. La lucha estaba reconcentrada en la pequeña calle de San Pedro la Nueva, por donde atacaron los granaderos imperiales en considerable número. Para contrarrestar su empuje, los nuestros disparaban las piezas con la mayor rapidez posible, empleándose en ello lo mismo los artilleros que los paisanos, y auxiliaba a los cañones la valerosa fusilería que, tras las tapias del Parque, en la puerta y en la calle, hacía fuego incesante.

Cuando los franceses trataban de tomar las piezas a la bayoneta eran recibidos por los paisanos con una batería de navajas que causaban pánico y desaliento entre los héroes de las pirámides y de Austerlitz, al paso que el arma blanca en manos de estos aguerridos soldados no hacía gran estrago moral en la gente española por ser ésta de muy antiguo aficionada a jugar con ella.

Cayeron algunos, muchos artilleros, y buen número de paisanos, pero esto no desalentó a los madrileños. Al paso que uno de los oficiales de Artillería hacía uso de su sable con fuerte puño, sin desatender el cañón, cuya cureña servía de escudo a los paisanos más resueltos, el otro, acaudillando un puñado de hombres, se arrojaba sobre la avanzada francesa, destrozándola antes de que tuviera tiempo de reponerse. Eran los dos oficiales obscuros, sin historia, que en un día, en una hora, interpretando con alta inspiración la conciencia nacional, se anticiparon a la declaración de guerra por las Juntas y descargaron los primeros golpes mortíferos contra el gigantesco poder napoleónico. Así sus ignorados nombres alcanzaron la inmortalidad.

El estruendo de aquella colisión, los gritos de unos y otros, la generosa embriaguez de los nuestros y también de los franceses, pues éstos evocaban sus recientes glorias para salir bien de aquel empeño, formaban un conjunto terrible ante el cual no existía el miedo ni tampoco era posible resignarse a ser inmóvil espectador.

A pesar de que nuestras bajas eran inmensas, todo parecía anunciar una segunda victoria. Así lo comprendían, sin duda, los franceses, retirados hacia el fondo de la calle de San Pedro la Nueva, y viendo que para meter en un puño a los veinte artilleros, ayudados de paisanos y mujeres, era necesario refuerzo de todas armas, trajeron más gente, trajeron un ejército, y la división de San Bernardino, mandada por Lefranc, apareció hacia las Salesas Nuevas con varias piezas de artillería. Los imperiales daban al Parque, cercado de mezquinas tapias, las proporciones de una fortaleza y a la heteróclita pandilla las proporciones de un pueblo.

Hubo un instante de silencio durante el cual no oí más voces que las de algunas mujeres, entre las cuales reconocí la de la Primorosa, enronquecida por el continuo gritar… En aquel breve respiro me aparté de la ventana; pude observar el pánico de mis amigos y de las demás personas que llenaban la salita, a saber: nuestra patrona, Escolástica, otras dos mujeres y el hijo de aquélla, un niño de diez años llamado familiarmente Polo (Hipólito), travieso, espiritual, ávido de juguetes y diabluras patrióticas.

Súbitos disparos de cañón y fusilería nos aterraron. Creyérase que a nuestros pies reventaba un volcán. Las mujeres prorrumpieron en pavorosos chillidos e invocaciones a la Divinidad. Vi entonces que el inocente y el pacífico y angelical curita don Celestino se enardecía, se transfiguraba, como si en su mísero cuerpo se hubiera introducido un alma bravía, desalojando el alma de mansedumbre… Asomábase al balcón, retrocedía con espanto, volvía los ojos a la imagen de la Virgen y en sus labios se tropezaban al salir la plegaria y la imprecación. Así hablaba el buen clérigo: «¡Jesús, María y Santiago nos amparen! ¿No oís el grito de los pocos que aún viven? ¿No veis el arranque de esas bravas mujeres?… ¡Oh! Yo tiemblo…, sostenedme… No, no, dejadme que coja un fusil… Gabriel…, y tú también, también tú, Polo, y tú Inés, y vosotras, vamos todos a la calle… Asómate, Gabriel, verás que los hombres que hacían fuego desde la tapia han perecido todos. No importa. Cada muerto no significa mas si no que un fusil cambia de mano… Mirad: avanza la artillería francesa… Ah, perros, todavía somos muchos, aunque seamos pocos…, venid, entrad… España tiene todavía piedras en sus calles para acabar con vosotros…».

Y volviéndose a mí, y sacudiendo mi brazo y el del inocente Polo, gritaba: «¡Ah, si yo tuviera veinte años como vosotros…! Gabriel, Polo, ¿sabéis lo que es el deber…? ¿Sabéis lo que es el honor? Pues para que lo sepáis, oíd. Yo, que soy un viejo inútil; yo, que nunca he visto un combate; yo, que jamás he disparado un tiro ni aun para cazar; yo, que en mi vida he peleado con nadie; yo, que no puedo ver matar un pollo; yo, que siempre he tenido miedo a todo; yo, que ahora tiemblo como una liebre y a cada tiro que oigo parece que entrego el alma al Señor, voy a bajar al instante a la calle no con armas, porque armas no me corresponden, sino con mi persona consagrada para decir: “Españoles, muramos todos antes que rendirnos a esta canalla”».

Abrazáronse a él las mujeres, llorando para contener su loco frenesí. Yo no pude contenerme más. Salí como un rayo. Escaleras abajo sentí tras de mí un golpeteo de pasos infantiles. Era Polo, que no descendía, sino rodaba de escalón en escalón… Pero no pudo alcanzarme.

VI

Llegué a la calle en momentos muy críticos. Las dos piezas de la calle de San Pedro habían perdido gran parte de su gente y los cadáveres obstruían el suelo. La de la calle de San José había de resistir el fuego de los franceses sin más garantía de superioridad que el heroísmo de don Pedro Velarde y el auxilio de los tiros de fusil. Al dar los primeros pasos encontré uno y me situé junto a la entrada del Parque, desde donde podía hacer fuego hacia la calle Ancha, resguardado por el machón de la puerta. Allí se me presentó una cara conocida, aunque horriblemente desfigurada, en la persona de Pacorro Chinitas, que, incorporándose entre un montón de tierra y el cuerpo de otro infeliz ya moribundo, hablóme así con voz desfallecida:

—Gabriel, yo me acabo; yo no sirvo ya para nada.

—Animo, Chinitas —dije, devolviéndole el fusil que caía de sus manos—, levántate.

—¿Levantarme? Ya no tengo piernas. ¿Traes tú pólvora? Dame acá: yo te cargaré el fusil… Pero me caigo redondo. ¿Ves esta sangre? Pues es toda mía y de este compañero que ahora se va… Ya expiró… Adiós, Madrid, ya me encandilo… Gabriel, apunta a la cabeza. Dios sea conmigo y me perdone. Nos quitan el Parque, pero de cada gota de esta sangre saldrá un hombre con su fusil hoy, mañana y al otro día. Gabriel, no cargues tan fuerte, que revienta. Ponte más adentro. Si no tienes navaja búscala, porque vendrán a la bayoneta. Toma la mía. Allí está, junto a la pierna que perdí… ¡Ay!, ya no veo más que un cielo negro. ¡Qué humo tan negro! Gabriel, cuando esto se acabe me darás un poco de agua… ¡Agua, Señor Dios…, agua!

Cuando me aparté de allí Chinitas ya no existía. El combate llegaba a un extremo de desesperación y la artillería enemiga avanzó hacia nosotros. Animados por Daoiz, los heroicos paisanos pudieron rechazar por última vez la infantería francesa, que en pequeños pelotones se destacaba de la fuerza enemiga.

—¡Ea! —gritó la Primorosa cuando volvió a comenzar el fuego de cañón—. Atrás, que yo gasto malas bromas. Soy la reina, soy la emperadora del Rastro y acostumbro a fumar en este cigarro de bronce porque no las gasto menos. ¿Quieren una chupadita? Pos allá va.

La brava mujer calló de improviso porque la otra maja que cerca de ella estaba cayó violentamente herida por un casco de metralla. De su despedazada cabeza saltaron, salpicándonos, repugnantes pedazos. La esposa de Chinitas, que también estaba herida, miró el cuerpo expirante de su compañera. Debo consignar aquí un hecho transcendental: la Primorosa se puso repentinamente pálida y repentinamente seria.

Llegó el instante crítico y terrible. Durante él sentí una mano que se apoyaba en mi brazo. Al volver los ojos vi un brazo azul con charretera de capitán. Pertenecía a don Luis Daoiz, que, herido en la pierna, hacía esfuerzos por no caer al suelo y se apoyaba en lo que encontró más cerca. Yo extendí mi brazo alrededor de su cintura y él, cerrando los puños, elevándolos convulsamente al cielo, apretando los dientes y mordiendo después el pomo de su sable, lanzó una imprecación, una blasfemia, que habría hecho desplomar el firmamento si lo de arriba obedeciera a las voces de abajo.

En seguida se habló de capitulación y cesaron los fuegos. El jefe de las fuerzas francesas acercóse a nosotros y en vez de tratar decorosamente de las condiciones de la rendición habló a Daoiz de la manera más destemplada y en términos amenazadores y groseros. Nuestro inmortal artillero pronunció entonces aquellas célebres palabras: Si fuerais capaz de hablar con vuestro sable no me trataríais así.

El francés, sin atender a lo que le decía, llamó a los suyos, y en el mismo instante… Ya no hay narración posible porque todo acabó… Arrojáronse sobre nosotros. El primero que cayó fue Daoiz, traspasado el pecho a bayonetazos. Retrocedimos precipitadamente hacia el interior del Parque todos los que pudimos y como aún en aquel trance espantoso quisiera contenernos don Pedro Velarde, le mató de un pistoletazo por la espalda un oficial enemigo. Muchos fueron implacablemente pasados a cuchillo, pero algunos y yo pudimos escapar, saltando velozmente por entre escombros hasta alcanzar las tapias de la parte más honda. Allí nos dispersamos, huyendo cada cual por donde encontró mejor camino, mientras los franceses, bramando de ira, indicaban con sus alaridos que Monteleón había quedado por Bonaparte.

Difícilmente salvamos la vida; y no fuimos muchos los que pudimos dar con nuestros fatigados cuerpos en la huerta de las Salesas Nuevas o en el Quemadero. Cuando traté de regresar hallé cerrada la puerta de Santo Domingo y tuve que andar mucho trecho buscando el portillo de San Joaquín. Por el camino me dijeron que los franceses, después de dejar una pequeña guarnición en el Parque, se habían retirado.

Dirigíme con esta noticia tranquilamente a casa y al llegar a la calle de San José encontré aquel sitio inundado de gente del pueblo, especialmente de mujeres, que reconocían los cadáveres. La Primorosa había recogido el cadáver de Chinitas. Yo vi llevar el cuerpo vivo aún de Daoiz en hombros de cuatro paisanos y seguido de apiñado gentío. De don Pedro Velarde oí que había sido completamente desnudado por los franceses, y en aquellos instantes sus deudos y amigos estaban amortajándole para darle sepultura en San Marcos.

Ya estaba cerca de mi casa cuando vi un chiquillo que, despavorido, cruzaba la calle, dando voces. Era Polo… Le llamé; vino a mí.

—Se los han llevado…, ¡ay!, se los llevaron amarrados con una soga…

—¿A quién?

—A la señorita Inés…, y también…, también al señor cura don Celestino. Mi madre pudo escapar subiéndose al tejado.

—Pero ¿qué pasó…, qué?

—Los franceses dijeron que desde el balcón se había tirado una cazuela de agua hirviendo… Fue don Celestino el que…

—¡Jesús me valga!… Y a dónde les han llevado…, ¿sabes?

—Por ahí dicen que les llevaron a la Casa de Correos.

¡Oh, ansiedad; oh, burla del destino! Corrimos Polo y yo hacia el centro de Madrid por calles invadidas de azorada y dolorida gente. Llegamos a la Puerta del Sol y en todo su recinto no oíamos sino quejas y lamentos por el hermano, el padre, el hijo o el amigo, sin motivo bárbaramente aprisionados. Se decía que en la casa de Correos funcionaba un tribunal militar. A la entrada de las principales calles vimos una pieza de artillería con mecha encendida. Dieron las cuatro de la tarde y no se desvanecía nuestra duda ni de las puertas de la fatal casa de Correos salía otra gente que algún oficial de órdenes que, a toda prisa, partía hacia el Retiro o la Montaña.

De pronto oigo decir que alguien va por las calles leyendo un bando. Corremos todos hacia la del Arenal, pero nos es imposible enterarnos de lo que leen. Preguntamos y nadie nos responde porque nadie oye. Llegamos hasta los Caños del Peral y al poco rato apareció un pelotón de franceses que conducían maniatados y en traílla, como a salteadores, a dos ancianos y a un joven de buen porte. Después de esta fatídica procesión vimos otra, no menos lúgubre, en que iba una señora joven, un sacerdote, dos caballeros y un hombre de pueblo en traje como de vendedor de plazuela. La tercera la encontramos en la calle de Quebrantapiernas y se componía de más de veinte personas, pertenecientes a distintas clases de la sociedad.

Repetidas veces vimos que detenían a personas pacíficas y las registraban, llevándoselas presas por si guardaban acaso algún arma, aunque fuera navaja para usos comunes. Yo llevaba en el bolsillo la de Chinitas y ni aún me ocurrió tirarla: ¡tales eran mi aturdimiento y abstracción! Pero tuvimos la suerte de que no nos registraron. Últimamente, y a medida que anochecía, apenas encontrábamos gente por las calles. Lleguéme a la cuesta de la Vega y al palacio de Amaranta. El portero me dijo que su excelencia había partido dos días antes para Andalucía. Desesperado regresé al centro de Madrid, elevando mis pensamientos a Dios como el más eficaz amparador de la inocencia, y traté de penetrar en la casa de Correos. Al poco rato de estar allí procurándolo inútilmente vi salir a un amigo mío, regente del Diario: venía con cara de tribulación. A mis preguntas ansiosas contestó así: «Todos los presos que aquí estaban han sido llevados a la Moncloa, al Retiro… ¿Pero no conoces el bando? Los que sean encontrados con armas serán arcabuceados… Los que se junten en grupos de más de ocho personas serán arcabuceados… Los que parezcan agentes de Inglaterra serán arcabuceados».

En esto se me perdió Polo. Le busqué, le llamé… No podía yo perder tiempo y tiré hacia la carrera de San Jerónimo. En mi camino encontré tan sólo algunos hombres que, despavoridos, corrían, y a cada paso lamentos dolorísimos llegaban a mis oídos. A lo lejos distinguí las pisadas de las patrullas francesas y, de rato en rato, un resplandor lejano, seguido de estruendosos disparos.

VI

Cómo se presentaba en mi alma atribulada aquel espectáculo en la negra noche, aquellos ruidos pavorosos, no es cosa que pueda yo referir ni palabras de ninguna lengua alcanzan a manifestar angustia tan grande. Llegaba junto al Espíritu Santo cuando sentí muy cercana ya una descarga de fusilería. Allá, en la esquina del palacio de Medinaceli, la rápida luz del fogonazo había iluminado un grupo, mejor dicho, un montón de personas, en distintas actitudes colocadas y con diversos trajes vestidas. Tras de la descarga oyéronse quejidos de dolor, imprecaciones que se apagaron al fin en el silencio de la noche. Después, algunas voces, hablando en lengua extranjera, dialogaban entre sí; se oían las pisadas de los verdugos, cuya marcha en dirección al fondo del Prado era indicada por los movimientos de unos farolillos de agonizante luz.

Llegué al fin al Retiro y en la puerta del primer patio me detuvieron los centinelas. Un oficial apareció en la entrada.

—Señor —le dije, juntando las manos y expresando de la manera más espontánea el vivo dolor que me dominaba—, busco a dos personas de mi familia que han sido traídas aquí por equivocación. Son inocentes: la Princesita no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo ni el pobre clérigo ha matado a ningún francés. Yo lo aseguro, señor oficial, y el que dijese lo contrario es un vil mentiroso.

El oficial, que no entendía, hizo un movimiento para echarme hacia fuera, pero yo proseguí con fuertes gritos:

—Señor oficial, ¿será usted tan inhumano que mande fusilar a dos personas inofensivas: a una niña de diez y seis años y a un infeliz viejo de sesenta? No puede ser. Déjeme usted entrar: yo le diré cuáles son y usted mandará que les pongan en libertad. Los pobrecitos no han hecho nada. Señor oficial, usted es bueno; usted no puede ser un verdugo. Un hombre como usted no puede deshonrarse asesinando a mujeres inocentes.

Sin duda, mi ruego, expresado ardientemente y con profundísima verdad, conmovió al joven oficial, más por la angustia de mis ademanes que por el sentido de las palabras, extranjeras para él, y apartándose a un lado me indicó que entrara. Hícelo rápidamente y recorrí como un insensato el primer patio y el segundo. En éste, que era el de la Pelota, no había más que franceses, pero en aquél yacían por el suelo las víctimas aún palpitantes, y no lejos de ellas las que esperaban la muerte. Vi que las ataban codo con codo, obligándolas a ponerse de rodillas, unos de espalda, otros de frente. Los más agitaban los brazos al mismo tiempo que lanzaban imprecaciones y retos a los verdugos; algunos escondían con horror la cara en el pecho del vecino; otros lloraban; otros pedían la muerte, y vi uno que, rompiendo con fuertes sacudidas las ligaduras, se abalanzó hacia los granaderos.

Algunos acababan en el acto, pero los más padecían largo martirio antes de expirar. Hubo muchos que, heridos por las balas en las extremidades y desangrados, sobrevivieron, después de pasar por muertos, hasta la mañana del día siguiente; los mismos franceses, reconociendo su mala puntería, les mandaron al hospital. Estos casos no fueron raros: yo sé de dos o tres a quienes cupo la suerte de vivir después de pasar por los horrores de una ejecución sangrienta.

Casi sin esperar a que se consumara la sentencia de los que cayeron ante mí les examiné a todos. Las linternas, puestas delante de cada grupo, alumbraban con siniestra luz la escena. Entre los inmolados y entre los que aguardaban el sacrificio no vi a Inés ni a don Celestino, aunque a cada instante me parecía reconocerles en cualquier bulto que se movía implorando compasión o murmurando una plegaria.

En aquel trance doloroso una mano helada cogió la mía, y al inclinarme vi un hombre desconocido que dijo algunas palabras y expiró. Repetidas veces pisé los pies y las manos de varios desgraciados, pero en trances tan terribles parece que se extingue todo sentimiento compasivo hacia los extraños, y buscando con anhelo a los nuestros somos impasibles para las desgracias ajenas… Corrí hacia otro extremo del patio, donde sonaban lamentos y bullicio de gentío, cuando un anciano se acercó a mí, tomándome por el brazo.

—¿A quién busca usted? —le dije.

—¡Mi hijo, mi único hijo! —me contestó—. ¿Dónde está? ¿Eres tú mi hijo? ¿Eres tú mi Juan? ¿Te han fusilado? ¿Has salido de aquel montón de muertos?

Comprendí por su mirada y por sus palabras que aquel hombre había perdido el juicio y seguí adelante. Otro se llegó a mí y preguntóme a su vez que a quién buscaba. Contéle brevemente la historia, y me dijo:

—Los que fueron presos en el barrio de Maravillas no han venido aquí ni a la casa de Correos. Están en la Moncloa. Primero los llevaron a San Bernardino y a estas horas… Vamos allá. Yo tengo un salvoconducto y podremos salir.

Salimos, en efecto, y en el Prado aquel hombre corrió desolado y le perdí de vista. No puedo decir qué calles pasé, porque ni miraba a mi alrededor ni tenía entonces más ojos que los del alma para ver siempre dentro de mí mismo el espectáculo de aquella gran tragedia. Sólo sé que corrí sin cesar, que oí las dos en un cercano reloj y me encontré en la plazuela del Barranco, inmediata a los Caños del Peral. Medí con el pensamiento la distancia y corrí hacia ella. La desesperación aligeraba mis pasos… Pronto llegué a la portalada que da a la huerta del Príncipe Pío, donde vi tanta gente curiosa que era difícil acercarse. Quise introducirme; intenté conmover a los centinelas con ruegos, con llantos, con razones, hasta con amenazas. Pero mis esfuerzos eran inútiles, y cuanto más clamaba, más enérgicamente me impelían hacia afuera. Después de forcejear un rato, la desesperación y la rabia me sugirieron estas palabras, que dirigí al centinela:

—Déjeme entrar. Vengo a que me fusilen.

El centinela me miró con lástima y apartóme con la culata de su fusil.

—¡Tienes lástima de mí —continué— y no la tienes de los que busco! No, no tengas lástima. Yo quiero entrar. Quiero ser arcabuceado con ellos.

Desde fuera escuchaba un sordo murmullo, lúgubre concierto de plegarias dolorosas y de violentas imprecaciones. No hallando razones que convencieran a los centinelas discurrí una solución que me parecía salvadora. Registré ávidamente mis bolsillos, como si en ellos encerrase un tesoro, y, sacando la navaja de Chinitas, que aún conservaba, exclamé con febril alegría:

—¡Ah! ¿No veis lo que tengo aquí? Una navaja, un cuchillo aún manchado de sangre. Con él he matado muchos franceses y mataría al mismo Napoleón I. ¿No prendéis a todo el que lleva armas? Pues aquí estoy. Torpes: habéis cogido a tantos inocentes y a mí me dejáis suelto por las calles… ¿No me andábais buscando? Pues aquí estoy. Ved, ved el cuchillo: aún gotea sangre.

Tan convincentes razones me valieron el ser aprehendido y al fin penetré en la huerta. Apenas había dado algunos pasos hacia las personas que confusamente distinguía delante de mí cuando un vivo gozo inundó mi alma. La Princesita y don Celestino estaban allí, ¡pero de qué manera! En el momento de entrar yo a ambos les ataban, como eslabones de la humana cadena que iba a ser entregada al suplicio. Me arrojé en sus brazos y por un momento, estrechados con inmenso amor, los tres no fuimos más que uno solo.

—¡A mí, a mí también! —grité a los franceses, con bárbaro delirio—. Ponedme a mí en la cuerda. Yo soy culpable; ellos, no. Fusilad al mundo entero, pero poned en libertad a esta niña inocente y este pobre sacerdote.

El oficial francés que mandaba el pelotón miró a la princesita y viéndola tan humilde, tan resignada, tan bella, tan dulcemente triste en su disposición para la muerte, no pudo menos de mostrarse algo compasivo. Don Celestino, viendo aquella inclinación favorable, se echó a llorar, y dijo también:

«Todos nosotros hemos pecado, pero esta niña es inocente». Las lágrimas del anciano produjeron más efecto que mi ardiente súplica… Inés y don Celestino fueron desatados de la cuerda…, y me ataron a mí…

Cuando me ataban volví el rostro y ya no vi a mis amigos. Mi cuento de hadas se difundió en la claridad de la rosada aurora Y allí me quedé con mi cuento trágico, cuyas últimas sensaciones apenas puedo contaros… Un estruendo horroroso; después, un zumbido dentro de la cabeza y un hervidero en todo el cuerpo; calor intenso seguido de penetrante frío; después, una sensación inexplicable, como si algo rozara por toda mi epidermis; debilidad incomprensible que me hacía el efecto de quedarme sin piernas; palpitación vivísima en el corazón y súbito detenimiento en el latido de esta víscera; después, la pérdida de toda sensación en el cuerpo, y en el busto, y en el cuello, y en la boca, la inconsciencia de tener cabeza, la absoluta reconcentración de todo yo en mi pensamiento; después, unas como ondulaciones concéntricas en mi cerebro, parecidas a las que forma una piedra cayendo al mar…; después, obscuridad profunda, misteriosamente asociada a un agudísimo dolor en las sienes…; un vago reposo, una extinción rápida, un olvido reciente y, por último…, nada, absolutamente nada.

Bailén

I

Me fusilaron, sí, pero no me mataron. ¿Os asombra esto, pobres niños? Pues no fui yo el único caso de esta supervivencia, resurrección o como queráis llamarlo. Más de una víctima (y víctima fui, aunque me esté mal el decirlo) debió su salvación a la prisa con que fusilaban los franceses en las últimas horas de aquel bárbaro ejercicio, que fueron las de la madrugada. Rendidos de cansancio, nos disparaban sin el esmero que requiere la perfecta matanza; lo echaban a barato; y las correctas ejecuciones de la tarde del 2 fueron chapucerías indecentes en la madrugada del 3. Alabada sea, pues, la torpeza, alabado el mal humor de aquellos pobres soldados, cuya resistencia corporal apuraron cruelmente los empedernidos jefes… En fin, por lo que a mí toca, que Dios les premie su mala puntería…, amén.

Personas caritativas me recogieron. Fui a parar a una casa de las que llaman de tócame, Roque. Reconocieron en mi pobre cuerpo tres balazos: unos, en la cabeza, sin importancia; otro, en el brazo izquierdo, que a poco más me deja manco; el tercero, en un costado, con herida grave, bala que se queda dentro… Un mes pasé en dolorosa incertidumbre, que si vivo, que si muero… Si los franceses quisieron acabar conmigo, Dios lo dispuso de otro modo… Un sapientísimo albéitar me extrajo la bala y me asistió solícito hasta curarme y dejarme como nuevo, en disposición de seguir tirando del carro de la Historia.

A ello voy, y ahora será bien que sepáis cómo me determiné a buscar en el temple de Andalucía la seguridad de mi convalecencia. Algunos indiscretos conocedores de mi vida os dirán quizás que el móvil de mi viaje fue la querencia de aquel cuento de hadas que conocéis por las vagas referencias entreveradas en mi relato del 2 de mayo. Sin desmentir ni aceptar esta versión os prevengo que en el relato de Bailén echo la llave al arca en que guardo cuanto se refiere a mi bella y espiritual Princesita, y que no pienso abrirla hasta que las nuevas de mi vida lleguen a mayor desarrollo y madurez. Sabed por ahora que a fines de mayo, cuando empezaba yo a saborear la recobrada salud, llegaban a mis oídos voces de levantamiento y guerra. Funcionaban con ardorosa diligencia las diversas Juntas formadas contra los invasores. En se agrupaba un ejército que mandaba don Gregorio de la Cuesta; en Asturias y Galicia, otro, que mandaría el general Blake. El tercer ejército se organizaba en Andalucía con las tropas de todas armas que teníamos en San Roque, mandadas por Castaños, y las de Granada, regidas por Reding.

Y en tanto Francia, intrusa y conquistadora, movía sus peones en el tablero español. Fijaos en estos nombres de generales de Napoleón, caudillos de poderosas fuerzas, que se disponían a sojuzgarnos en distintas partes de nuestra Península: Dupont salía de Toledo para Andalucía; Moncey iba sobre Valencia; Lefebvre marchaba contra la capital de Aragón; Duhesme operaba en Cataluña; Bessieres venía presuroso hacia Valladolid… Al propio tiempo se decía que Napoleón nos mandaba de rey a su hermano mayor, llamado don José, el cual, con el solo anuncio de su nombre y de su forzada soberanía sobre España, daba ocasión a las más acerbas y despiadadas burlas de los madrileños. Antes de conocerle ya decía la gente que era un hombre dado a la bebida, tuerto y extravagante.

Mucho influyó en mi determinación de visitar la tierra de María Santísima la amistad que contraje con un mozo de mi edad, poco más, llamado Andrés Marijuán, aragonés, de Almunia de doña Godina, el cual era servidor de una señora condesa, poseedora de tierras en Aragón y en Andalucía, y había sido requerido por su ama para el servicio de la casa y haciendas de Bailén, donde aquella dama residía. El genio franco y alegre de Marijuán casaba tan bien con el mío que pronto fuimos amigos, y del trato amistoso pasamos al de hermanos. Nuestra pobreza nos eximía de los engorrosos preliminares de llenar baúles y prevenir las mil futesas que ha de llevar consigo el perfecto viajante. Dinero había muy poco y era todo de Marijuán, más él lo aplicaba generosamente a mis necesidades como a las suyas, y yo tan contento. A pesar de la desigualdad de bolsillos no éramos amo y criado, sino dos amos que recíprocamente nos mandábamos y nos servíamos. En tal disposición emprendimos la marcha en un día que no sé si era de los últimos de mayo o de los primeros de junio.

A trechos anduvimos a pie; algunos días en macho, si nos franqueaban sus caballerías los arrieros que volvían a la Mancha de vacío. Nada digno de ser contado nos ocurrió hasta Manzanares, a donde llegamos desde Villarta en un lento carro de quejumbrosas ruedas. Casi al mismo tiempo que nosotros entraban tropas francesas en el pueblo. Eran las del general Ligier-Belair, que iba en socorro de un destacamento destrozado en Santa Cruz de Mudela. En Manzanares reinaba gran inquietud y una vez que salieron los franceses ocupábase todo el pueblo en armarse para ir en socorro de los de Valdepeñas, punto donde se creía inevitable un choque furibundo.

Como teníamos prisa, apenas descansamos con breve sueño en Manzanares, seguimos a pie nuestra caminata. Al siguiente día, a las tres horas de camino, divisamos una espesa columna de humo. La patria del buen vino ardía por los cuatro costados… Cerca ya de Valdepeñas oímos prolongado rumor de voces y tiros de fusil. Nos fue imposible seguir por el arrecife, porque la retaguardia francesa nos lo impedía, y siguiendo el ejemplo de otros paisanos, nos apartamos del camino, corriendo por entre viñas y sembrados, sin poder acercarnos a la población. En esto vimos que la caballería francesa se retiraba del pueblo, ocupando el llano que hay a la izquierda, y al mismo tiempo el incendio tomaba tales proporciones que Valdepeñas parecía un inmenso horno. Los gritos, los quejidos, las imprecaciones que salían de aquel infierno llenaban de espanto el ánimo más esforzado.

De lejos, y al caer de la tarde, distinguíamos la columna de humo, cubriendo el cielo de vagabundas y negras ráfagas. Marijuán y yo desahogamos nuestra ira en medio de la majestuosa soledad manchega, maldiciendo a gritos al tirano invasor de España.

II

Al pasar la Sierra me sentí completamente restablecido. El temple dulce, el vivo sol, la hermosura del país, el ejercicio, equilibraron al punto las fuerzas de mi cuerpo; respiraba con desahogo, andaba con soltura, sin sentir malestar alguno en mis heridas. Todo rastro de dolor o debilidad desapareció y me encontré más fuerte que nunca. En nuestro tránsito por villas y lugares advertimos la inquietud febril y los preparativos de defensa. En La Carolina y en Santa Elena escaseaban mucho los hombres porque la mayor parte habían ido a incorporarse a la legión formada por don Pedro Agustín de Echevarri, partida cuya base fueron los valerosos contrabandistas del país. Quedaba, no obstante, en las angosturas de Despeñaperros, bastante gente para detener todos o la mayor parte de los correos, y en varios puntos, apostadas mujeres y chiquillos, avisaban la proximidad del convoy para que luego cayeran sobre él los hombres. Cerca de Guarromán vimos grandes sementeras quemadas, señal de que los franceses arruinaban el país para dominarlo más pronto.

Un domingo por la mañana llegamos a Bailén, residencia del ama de Marijuán, término del viaje de éste y del mío, pues yo había ligado estrechamente mi suerte a la del mozo aragonés. Recibidos fuimos por la señora con afable cortesía y benevolencia, y al enterarse del pacto de amistad que habíamos hecho Andrés y yo, mostrase benigna conmigo, brindándome hospitalidad en su casa. ¡Cuán agradecido quedé a la noble dama y cuán dispuesto a obedecerla en cuanto me mandase! Y ahora, queridos niños, en mi descanso de Bailén tomo aliento para describiros con rápida pintura la morada venerable y la nobilísima familia andaluza que dieron amparo a mi pobre existencia.

El palacio de Rumblar era un caserón de siglos pasados, de feísimo aspecto en su exterior. Las altas paredes, de ladrillo; las rejas, enmohecidas y rematadas en cruces; los dos escudos de piedra obscura que ocupan las enjutas de la puerta, cuyo marco apainelado y con vuelta de cordel parecía remontarse a fecha más antigua que el resto de la casa; las dos ventanas, angreladas junto a un mirador moderno; el farol, sostenido por pesada armadura de hierro dulce, en cuyo centro se retorcían algunas letras iniciales y una corona dibujadas con las vueltas del lingote; las guarniciones, jalbegadas alrededor de los huecos; los pequeños vidrios, las celosías, y la diversidad y variedad de aberturas practicadas en el muro, según las exigencias del interior, le asemejaban a todas las antiguas mansiones de nuestros grandes. Por dentro resplandecía el blanco aseo de las casas de Andalucía. Había gran sala baja, capilla, patio con flores, habitaciones con zócalo de azulejos amarillos y verdes; puertas de pino, lustradas y chapeadas, gran número de arcones, muchas obras de talla, cuadros viejos, jaulas de pájaros, finísimas esteras y, sobre todo, una tranquilidad, un reposo y plácido silencio que convidaban a residir largo tiempo en aquella mansión.

En la pintura reverente de la familia de Afán de Ribera ocupará el primer lugar la señora condesa viuda doña María Castro de Oro de Afán, etcétera, aragonesa de nacimiento, la cual era de lo más rígido, venerando y solemne que ha existido en el mundo. Parecía mayor de cincuenta años; alta, gruesa, arrogante, varonil; usaba para leer sus libros devotos o las cuentas de la casa, unas grandes antiparras, engastadas en gruesa armazón de plata, y vestía constantemente de negro, con traje que a las mil maravillas a su cara y figura convenía. Aquélla y ésta eran de las que tienen el privilegio de no ser nunca olvidadas, pues su curva nariz, sus cabellos entrecanos, su barba echada hacia afuera y la despejada y correcta superficie de su hermosa frente, hacían de ella un tipo cual no he visto otro.

Tras de la madre pinto al hijo primogénito y mayorazgo, joven de veinte años, niño aún por sus hábitos, su lenguaje, sus juegos y su escasa ciencia. Don Diego Hipólito Félix de Cantalicio había sido educado conforme a sus altos destinos en el mundo, bajo la dirección de un ayo, de que después hablaré, y aunque era voluntarioso y propenso a sacudir el cascarón de la niñez, arrastrando por el polvo de la travesura juvenil el purpúreo manto de la primogenitura, su madre le tenía metido en un puño, como suele decirse, y ejercía sobre él todos los rigores de su carácter. Verdad es que el muchacho, con su instinto y buen ingenio, había descubierto un medio habilísimo para atajar la severidad materna, y era que cuando su preceptor o la condesa no le hacían el gusto en alguna cosa, poníase los puños en los ojos, comenzaba a regar con pueriles lágrimas los veinte años de su cuerpo y exclamaba: «Señora madre, yo me quiero meter fraile». Estas palabras difundieron el pánico en la casa. Procuraban todos aplacarle, y la madre decía: «No seas loco, hijo mío. Vaya, puedes montarte a caballo en la viga del patio, y te permito que le pongas al gato las cáscaras de nuez en sus cuatro patitas».

A estos dos personajes seguirán forzosamente las dos hijas de la condesa: dos pimpollos, dos flores de Andalucía, lindas, modestas, pequeñas, frescas, sonrosadas, alegres, sin pretensiones, a pesar de su nobleza, rezadoras de noche y cantadoras por la mañana; dos avecillas que encantaban la vista con el aleteo de su inocente frivolidad y de cierta ingenua coquetería, de ellas mismas ignorada. Eran pequeñas como el resedá; pero como el resedá tenían la seducción de un aroma que se anuncia desde lejos, pues al sentirles los pasos se alegraba uno y su proximidad era aspirada con delicia. Asunción y Presentación eran dos angelitos con quienes se deseaba jugar para verles reír y para reírse uno mismo del grave gesto con que enmascaraban sus lindas facciones cuando su madre les mandaba estar serias.

Y, por último, no quiero dejar en la obscuridad al ayo del joven don Diego. Llamábanle comúnmente don Paco, y era un varón de gran sencillez y moderación en sus costumbres, aunque algo pedante. Estaba él convencido de que sabía latín y citaba a veces los autores más célebres, aplicándoles lo que estos desgraciados no pensaron nunca en decir. También se preciaba de enseñar a sus discípulos acertadamente la historia antigua y moderna. Creíase muy fuerte en la vida de Alejandro el Grande y además poseía en altísimo grado un arte que no a todos los mortales es dado cultivar con regular acierto. Era un consumado pendolista, que pudiera competir con esos colosos de la caligrafía, Torio, el Sublime, y Palomares, el Divino, y hasta con el moderno Iturzaeta; habilidad que en parte había transmitido a don Diego y a las niñas, cuyas planas llenaban de admiración al señor obispo de Guadix cuando iba a pasar unos días en la casa. El instruido y excelente preceptor temblaba de miedo delante de la condesa cuando ésta le achacaba las faltas del niño. Vestía de negro, siempre en traje ceremonioso, aunque no nuevo, usando asimismo peluca blanca, rematada en descomunal bolsa. A mí me trataba con gran dulzura, porque la hospitalidad —decía— fue don particular de los pueblos antiguos y debe ser practicada por los presentes para enseñanza de los venideros.

III

El patrimonio de aquella casa era bueno, aunque muy inferior al de otras familias de Andalucía y de Castilla; pero en la mente de la condesa bullía el audaz pensamiento de entroncar su linaje con otro de los más alcurniados y poderosos, casando a don Diego con la heredera de una nobilísima casa, dueña de inmensos estados esparcidos por toda la redondez de España. Con tales planes y designios vivía la señora en constante soñación halagüeña, sin descuidarse en los tratos y negociaciones para concertar la suspirada alianza. En Córdoba residían a la sazón las damas que representaban la casa poderosa; tenían parentesco por afinidades cercanas con los Afán de Ribera; la amistad se estrechaba más de día en día; todo iba bien; los anhelos de doña María marchaban por fácil camino hacia los reinos de Himeneo.

Para que el éxito fuera completo y redondo, trataba la condesa de dignificar al hijo casadero, sacándole de su infantil simplicidad y haciéndole galán y caballero de arrestos varoniles. Cuando vio cómo cundía el fuego de la guerra y supo que Andalucía preparaba un grande ejército al mando de Castaños tomó una resolución dolorosa para su corazón de madre, pero muy en armonía con sus deberes de jefe de una familia ilustre. Una mañana de los últimos días de mayo tomó asiento con desusada solemnidad en el sitial de honor de un estrado, hizo que las niñas se sentaran en taburetes bajos a un lado y otro, a don Pedro le puso a su derecha, en pie, como canciller o guarda-sellos de la casa, mandó a don Diego que, frente a ella, se colocara con toda compostura y rigidez y le echó este entonado discurso, que debo a la buena memoria del preceptor:

—Hijo mío, mucho te quiero. Tu muerte no sólo nos mataría de pena, sino que aniquilaría nuestra casa y linaje. Eres mi único varón, eres el alma de esta casa y, sin embargo, preciso es que vayas a la guerra. Sangre valerosa corre por tus venas y estoy bien segura de que a pesar de tus pocos años dejarás en buen lugar el nombre que llevas. Todos los jóvenes de la nobleza se deben a su rey y a su patria en estos terribles días en que un execrable extranjero se atreve a conquistar a España. Hijo mío, prefiero verte muerto en los campos de batalla y pisoteado por los caballos franceses a que se diga que el hijo del conde de Rumblar no disparó un tiro en defensa de su patria. Los hijos de todas las familias nobles de Andalucía se han alistado ya en el ejército de Castaños; tú irás también, con una escolta de criados, que armaré y mantendré a mis expensas mientras dure la guerra.

Al decir esto la marmórea cara de doña María no se inmutó, pero Asunción y Presentación rompieron a llorar. El primogénito palpitó de entusiasmo al tomar parte en un juego que no conocía y que, visto de lejos, es muy bonito.

Marijuán y yo llegamos cuando se hacían los preparativos y el equipo de guerra del mayorazgo. Todos trabajaban en aquella casa y no eran las menos atareadas las hermanitas del señor conde, porque a más de la delicadísima ropa blanca que con sus propias manos y bajo la inspección de la madre aparejaron, se ocupaban a toda prisa en arreglar unos lindos escapularios no sólo para él, sino para todos los de la cuadrilla.

Me venía muy bien pertenecer a la legión del lindo don Diego, la cual se componía de cinco números, que luego se elevaron a siete. Doña María nos equipó a todos, singularmente a mí, cambiando mis destrozadas ropas por otras flamantes. Teníamos, por la señora, una peseta diaria de soldada y manos libres, como era de uso inmemorial en tropas adyecticias. Marijuán y yo nos conceptuábamos dichosos, y ya se nos hacían siglos los minutos que faltaban para que saliéramos a los anchos y alegres campos de la guerra.

Poco tardó el día de la partida. El traje y arreos del joven don Diego eran elegantísimos: marsellés de paño pardo con finos adornos rojos y azules, calzón de ante, ancha faja color de amaranto, botas de cordobán, ladeado sombrero portugués con moña de felpa roja y cordón de oro. Sobre la faja llevaba la charpa, con dos pistolas y un cuchillo de monte. Remataba el guerrero atavío la espada, que era de las antiguas de tazón, conservada, con otros magníficos objetos, en los arcones de la casa. Equipados todos se nos dio a cada uno, a más del excelente caballo, un sable y dos pistolas. El bagaje se repartió entre todos. Un criado antiguo de la casa, que llevaba categoría de mayor general, se encargó del dinero; otro, que iba como Mariscal o albéitar, guardaba las ropas del condesito; Marijuán y yo distribuimos en nuestras alforjas las provisiones de boca. La partida fue alegre por nuestra parte; por las niñas, lacrimosa; por doña María, grave y circunspecta. Entre mil cosas pertinentes a sus deberes militares, la condesa encargó a su hijo encarecidamente que su primera obligación en Córdoba era visitar a las primas. Estas eran las ilustrísimas damas con cuyo linaje, tan antiguo como el mundo, había de entroncar el no menos noble y añejo de los Afán de Ribera.

Hasta fuera de la villa fue en nuestra compañía don Paco, el cual recordaba a su discípulo las máximas de Alejandro sobre la guerra, recomendándole una y otra vez que las pusiera en práctica al pelear contra los franceses y que cuidase de sostener siempre el orden oblicuo, disponiendo una segunda línea para asegurar las espaldas y los flancos, porque a esto —decía— debió el gran Macedonio que siempre quedaran victoriosas sus difalangarquías y tetrafalangarquías.

Con tan sabia máxima, que el heredero de Rumblar juró cumplir al pie de la letra, despidióse el sabio maestro y seguimos nuestra marcha muy contentos. No tomamos el camino real desde Bailén a Córdoba por no tropezar con la retaguardia del general Dupont, y en vez de las diez y ocho leguas y media de que consta aquella vía, tuvimos que andar unas veinticuatro, pues en nuestro rodeo fuimos a Menjíbar; desde allí, por Torre Jimeno, pasamos a Martos, y de Marios, por Alcaudete y Baena, fuimos a buscar en Castro del Río la margen derecha del Guadajoz.

En el camino supimos la derrota de los paisanos y soldados de regimientos provinciales en el puente de Alcolea, y en Alcaudete nos informaron de la entrada de los franceses en Córdoba y de la evacuación de aquella hermosa ciudad después de un saqueo vandálico. En la mañana del 18 un inmenso caserío blanco, que destacaba sobre el verde azul de la lejana sierra, infinidad de torres, minaretes, espadañas y cimborrios.

IV

Al fin entramos en la ciudad saqueada, aún llena de mortal espanto. Aún no había sido lavada la sangre que manchaba sus calles ni sabían exactamente los cordobeses a ciencia cierta el dinero y cantidad de alhajas que les había robado. Antes que en contar lo que les quedaba pensaron en armarse, y si antes habían ido a la lucha los campesinos, siguiendo a los regimientos provinciales y las milicias urbanas, después del saqueo todas las clases de la sociedad se apercibieron para lo que más que la guerra era un ciego plan de exterminio, pues no se decía vamos a la guerra, sino a matar franceses.

Pasaron días. Aguardando la llegada de Castaños para incorporamos a él, yo hacía una vida vagabunda y holgazana. Como el servicio del joven don Diego no exigía más que presentarme en la posada a la hora de comer, pasaba el día y parte de la noche discurriendo por aquellas tortuosas calles, que convidan al transeúnte a perderse en ellas, entregándose al azar, a lo aventurero, a lo desconocido, sin saber a donde se va ni de donde se viene. (Un paréntesis para deciros que en mis vueltas y revueltas sentí la sombra, el aliento, el aroma de mi cuento de hadas, que en algún escondido repliegue de la morisca ciudad misteriosamente se ocultaba… ¿Lo adiviné, lo presentí, me lo reveló algún súbito roce entre dos hechos, un choque entre una palabra de aquí y otra de allá? No puedo responderme. Creo que hubo de todo, adivinación, indicio, relámpago… Pero he prometido echar la llave al arca del cuento y, ¡ras!, cierro y sigo).

Gran inquietud reinaba en Córdoba por la tardanza del ejército de Castaños. Inútil era decir a los impacientes que un ejército no se arma, instruye y equipa en cuatro días: nadie entendía esto. Consolábase la gente devorando la Gaceta Ministerial de Sevilla, periódico oficial de la Junta Suprema. Arrebatado de mano en mano, el papel llevaba por toda la ciudad sus infantiles embustes; los ávidos lectores echaban a rodar por toda la ciudad enormes bolas que muchos ingerían con candorosas tragaderas:

Ved una muestra: Madrid, 6 de junio. El descontento de las tropas enemigas parece general y corre muy válida la voz de que en Bayona hay insurrección y de que el emperador está oculto, añadiendo algunos que herido.

Y otra: Toledo, 4. Dícese que cerca de Gallur los franceses han sido derrotados por Palafox, dejando en el campo de batalla 12.000 muertos y un número infinito de heridos. Los españoles les tomaron 48 cañones y 12 águilas. Aquí se habla de la muerte de Josef Napoleón.

Y esta otra: Cádiz, 14. Corre muy válida la voz de que la Francia está dividida en tres partidos: borbónico, republicano y bonapartista.

Mientras el vecindario engañaba su fiebre leyendo estas paparruchas, proseguían con ardor los preparativos militares. No creo que existiera nunca delirio semejante. En las guerras actuales las señoras, movidas de sus humanitarios sentimientos, se ocupan en hacer hilas. ¡Ay!, entonces las señoras tenían alma para ocuparse en fundir cañones. ¡Cuando tal era el espíritu de las mujeres, cómo estarían los hombres! ¡Hilas! Allí nadie pensaba en tales morondangas.

¡Dios mío, las fatigas que costó vestir militarmente a los voluntarios y cuerpos francos! Todo el mujerío de Córdoba se ocupa noche y día en galonar marselleses, en adornar sombreros y guarnecer charpas y polainas. Se hicieron muchos uniformes, pero no bastaban para equipar los dos regimientos, uno de caballería y otro de infantería, que organizó la Junta de Córdoba.

Sin embargo, este inconveniente se obvió disponiendo que con cada prenda de vestir se cubriesen dos: el uno llevaba los calzones, casaca y sombrero, y, el otro, el pantalón, chaqueta y gorra de cuartel. El correaje también servía para dos: uno llevaba la bayoneta en la cartuchera, y, el otro, en el porta-bayoneta, y no alcanzando las cartucheras y cananas se suplían con saquillos de lienzo. Francamente, niños míos, era aquél un ejército que causaba risa.

Al fin, tras larga espera, el 1 de julio llegó el ejército del general Castaños, y aquella misma noche salimos de Córdoba, despedidos con fervorosa emoción y loco entusiasmo. Anduvimos toda la noche y al día siguiente, al salir del Carpió, nos desviamos del camino real de Andalucía, tomando a la derecha en dirección a Bujalance. Oídme, ahora, queridos niños, y de mi cuento sacaréis provechosa enseñanza, lo que voy a referiros de la heterogénea y abigarrada composición de aquella tropa.

Eran la base del ejército de Andalucía las tropas del campo de San Roque, mandadas por Castaños, y las que después traería de Granada don Teodoro Reding. Componíase de lo más selecto de nuestra infantería de línea, con algunos caballos y muy buena artillería, no excediendo su número de trece a catorce mil hombres. A esto debemos agregar algunos regimientos provinciales. La cifra exacta de los paisanos alistados espontáneamente o por disposiciones de las Juntas no puedo decirla porque no la sé. Muchos eran, sin duda, porque la convocatoria llamó a todos los hombres de dieciséis a cuarenta y cinco años, con las solas excepciones que ordinariamente marca la ley. Los únicos rechazados eran los negros, mulatos, carniceros, verdugos y pregoneros. Con paisanos creó Sevilla cinco batallones y dos regimientos, y otras villas y ciudades mandaron cuerpos de infantería y caballería de número irregular. Creció más el ejército con los militares españoles que el Gobierno de Madrid incorporaba a las divisiones de Moncey, de Vedel o Lefebvre, y que huían de las traidoras filas francesas en cuanto el paso por lugares quebrados o montuosos les daba ocasión para ello. Entre estos honrados desertores había guardias de Corps, valones, ingenieros y artilleros.

Pero un poderoso elemento nuevo vino a reforzar el ejército de Andalucía. La Junta de Sevilla había indultado el 15 de mayo a todos los contrabandistas y a los penados que no lo fueran por los delitos de homicidio, alevosía o lesa majestad humana o divina, y esto trajo una partida que, si no era la mejor tropa del mundo por sus costumbres, en cambio no temía combatir, y, fuertemente disciplinada, dio al ejército excelentes soldados. Resultaba, pues, un inmenso amasijo, la flor y la escoria de la Nación: cuerpos reglamentados españoles, con algunos valones y suizos, regimientos de línea, que eran la flor de la tropa española; regimientos provinciales, que ignoraban la guerra, pero que se disponían a aprenderla; honrados paisanos, en su mayor parte muy duchos en el arte de la caza, y excelentes tiradores, y, por último, contrabandistas, vagabundos de la sierra, holgazanes convertidos en guerreros al calor de aquel fuego patriótico que inflamaba el país; perdidos y merodeadores, que ponían al servicio de la causa nacional sus malas artes; lo bueno y lo malo, lo noble y lo innoble que el país tenía, desde su general más hábil hasta el último pelaire del Potro de Córdoba, paisano y colega de los que mantearon a Sancho. Removido el seno de la Patria, echó fuera cuanto habían engendrado los gloriosos y degenerados siglos, y no alcanzando a defenderse con un solo brazo luchó con el derecho y el izquierdo.

V

Nuestra marcha por Cañete de las Torres, en dirección del Río Salado, fue un paseo triunfal, mejor dicho, casi no parecía que marchábamos, porque la gente de los pueblos, mujeres, ancianos y chicuelos, nos seguían a un lado y otro del camino, improvisando fiestas y bailes en todas las paradas.

En Porcuna se nos unieron las tropas de Reding. Celebraron consejo los generales para distribuir las divisiones y tomar la ofensiva inmediatamente. Aquel día, que fue, si no recuerdo mal, el 12 o el 13 de julio, vi por primera vez al general Castaños, cuando nos pasó revista. Parecía tener cincuenta años y, por cierto, que me causó sorpresa su rostro, pues yo me lo figuraba con semblante fiero y ceñudo, según a mi entender debía tenerlo todo general en jefe puesto al frente de tan valientes tropas. Muy al contrario, la cara del general Castaños no causaba espanto a nadie, aunque sí respeto, pues los chascarrillos y las ingeniosas ocurrencias que le eran propias las guardaba para las intimidades de su tienda. Montaba airosamente a caballo y en sus modales y apostura había la gracia cortés y urbana que tan común ha sido en nuestros Césares y Pompeyos. Antes de inmortalizar su nombre fue un excelente militar. Hizo su carrera con rapidez grande, si no desusada en aquellos tiempos. A los doce años de edad obtuvo el mando de una compañía; a los veintiocho le hicieron teniente coronel y a los treinta y tres, coronel. En 1794, y cuando contaba treinta y ocho años y poseía la faja de mariscal de campo, estuvo en la del Rosellón a las órdenes del General Caro, y allí le hirieron gravemente en el lado izquierdo del cuello. Cuentan que la ligera inclinación de su cabeza hacia aquel lado provenía de tal herida.

Ved aquí la distribución que nos dieron: La primera división la mandaba Reding. La segunda, Coupigny, y, la tercera, Jones; la reserva estaba a las órdenes de don Juan de la Peña; y mandaban destacamentos sueltos, de mil hombres, poco más o menos, en calidad de tropas volantes para mortificar al enemigo, don Juan de la Cruz, el marqués de Valdecañas, y don Pedro Echevarri. Trescientos escopeteros, que habían salido Dios sabe de dónde, eran capitaneados por el aguerrido presbítero don Ramón de Argote.

A caballo éramos tres mil, fuerza no muy grande si se considera que íbamos a operar en país entrellano y contra jinetes muy aguerridos; pero, en cambio, nuestra artillería era de primer orden. Teníamos veinticuatro piezas, servidas por el Real Cuerpo, con lo más florido de aquella oficialidad, a quien estaba reservado la mayor gloria de la guerra, desde el 2 de mayo hasta la batalla de Vitoria.

Nos extendíamos por la izquierda del Guadalquivir, ocupando los pueblos de Porcuna y Lopera; y alargando una de nuestras alas por el camino de Arjonilla, observábamos la orilla derecha, mientras la otra ala se extendía hacia Higuera de Arjona, buscando a Menjíbar. Ocupaba el francés a Andújar con las fuerzas que primitivamente trajo a la tierra andaluza y que habían vencido en el puente de Alcolea y saqueado a Córdoba. La división de Vedel, fuerte de diez mil hombres, hallábase en Bailén, y la pequeña división de Ligier-Belair, el mismo general que vimos batirse con los vecinos de Valdepeñas en los primeros días de junio, estaba en Menjíbar, guardando el paso del río. Andújar, Bailén, Menjíbar. Conservad en la memoria este triángulo para que comprendáis bien los movimientos de ambos ejércitos.

La primera división recibió orden de ponerse en marcha, mientras Castaños, con la tercera y la reserva, se dirigía hacia el puente de Marmolejo para pasarlo y atacar a Dupont en Andújar. Ya he dicho que mandaba don Teodoro Reding la primera división: lo que aún no ha sido escrito por la historia ni dicho por mí es que yo formaba parte de ella, porque toda la caballería voluntaria fue incorporada a los batallones del ejército, que apenas contaban con la mitad del contingente. A mi amo, don Diego, y a los que le seguíamos nos tocó formar en las filas del regimiento de Farnesio.

El 13 emprendimos la marcha hacia Menjíbar. No llegábamos a seis mil, pero éramos buena gente, aunque me esté mal el decirlo. El regimiento de guardias valones, los suizos, el de la Corona, el de Irlanda, el de Jaén, los granaderos provinciales, los fusileros de Carmona, la caballería de Farnesio y las seis bocas de fuego que mandaba don Antonio de la Cruz eran fuerzas respetables, orgullosas de sí mismas. Teníamos por general a un hombre impetuoso, de más arrojo que prudencia; buen táctico, incansable en las marchas. Nuestro jefe de Estado Mayor, don Francisco Javier Abadía, era un militar muy entendido, quizás de los mejores que entonces tenía el ejército español, y el coronel puesto al frente de la artillería pasaba por un oficial de mucho entendimiento. Nosotros le llamábamos el sainetero, por ser hijo de don Ramón de la Cruz.

En Menjíbar, nuestro general se puso en comunicación con Coupigny (que estaba al otro lado del Guadalquivir, en Villanueva de la Reina) para conocer las posiciones de los franceses. Al anochecer se nos ordenó marchar río arriba, lo cual no comprendimos hasta que se nos dijo que íbamos buscando el vado del Rincón para pasar al otro lado. Antes de amanecer sentimos algunos tiros y diósenos orden de hacer el menor ruido posible y de no encender lumbre. Entramos al fin en el río, cuyo frescor agradecieron mucho nuestros cuerpos, secos e irritados por el calor y el polvo, y algún tiempo después, cuando comenzaban a iluminar el horizonte los primeros vislumbres de la aurora, ya éramos dueños de la orilla derecha. El mayor general Abadía, que había dirigido el paso, nos mandó replegarnos a un sitio bajo, donde casi toda la fuerza podía permanecer oculta, y allí aguardamos más de media hora. Habíamos tomado tan al pie de la letra la orden de no hacer ruido que avanzamos despacio y silenciosamente, con el alma en suspenso, los ojos atentamente fijos en el último término del terreno hacia la izquierda, punto donde se había trabado la acción. Vimos al fin a los franceses en un campo bajo, salpicado de espesos matorrales.

En una loma, y como a dos tiros de fusil de aquel sitio, brillaba, inmóvil e imponente, algo que desde el primer momento atrajo nuestras miradas, infundiéndonos recelo. Era un escuadrón de coraceros, la mejor caballería del ejército de Dupont. Todos los jinetes contemplamos el resplandor de las bruñidas corazas, en cuyos petos el sol naciente producía plateados reflejos; y después de mirar aquello sin decir nada nos miramos unos a otros, como si nos contáramos. Ni una voz se oía en nuestras filas; a todos se nos había cambiado el color y temblábamos, aunque cada cual hiciera esfuerzos por disimularlo.

El combate principió en guerrillas. Pero casi toda la tropa española se mantenía en reserva, esperando a saber fijamente si los franceses ocultaban una gran fuerza en la carretera de Bailén. Mientras el frente español aumentaba sus tiros, resistiendo a las guerrillas francesas, que, al abrigo de sus posiciones medio atrincheradas, hacían fuego mortífero, la artillería continuaba a retaguardia, y la caballería, asimismo fuera de acción, recibió orden de ocupar un cerro a mano derecha. Fijos allí, no quitábamos los ojos de la tremenda fila de corazas que resplandecían en la loma de enfrente, quietas y confiadas en su valor y pesadumbre. Aquella fuerza era muy superior a la nuestra por su organización y marcialidad, pero nosotros teníamos sobre ella, además de la ventaja numérica, que no era de gran valor, dada nuestra impericia, la siguiente ventaja moral: puestos ellos en la vertiente anterior de una loma, todo su poder y su número se presentaban a nuestra vista; no había más coraceros que aquellos y podíamos contarlos uno por uno. Nosotros, en cambio, estábamos sabiamente colocados por el mayor general en otra altura parecida, pero sólo una quinta parte del regimiento ocupaba la parte culminante de la loma, mientras que todo lo demás se extendía en la vertiente posterior, permaneciendo oculto a la vista del enemigo; de modo que si nosotros les contábamos perfectamente a ellos, los franceses, engañados por la apariencia, se reirían de los cuarenta jinetes sin uniforme, enseñoreados del cerro con aire de perdonavidas.

Nuestras filas habían desalojado a los franceses de sus posiciones. Les vimos replegarse en desorden, y entonces cesó la inmovilidad de los coraceros. Los resplandecientes petos despedían reflejos múltiples, y ordenadamente descendieron de la colina en perfecta fila. Relincharon sus caballos, y los nuestros relincharon también, aceptando el reto. Pero entonces ocurrió uno de esos cambios de escena tan frecuentes en la guerra, y cuyo artificio, si cae en buenas manos, basta a decidir la victoria. Arrojadas nuestras filas sobre las guerrillas enemigas, clareado el terreno y puestas en juego algunas piezas de artillería, viose que los franceses vacilaban, agrupándose y retrocediendo como si buscaran nuevas posiciones.

Se nos dio orden de avanzar bajando, y una vez en llano, convertimos sobre nuestro flanco, para formar un largo frente de batalla. La infantería francesa estaba delante de nosotros, resguardada por sus coraceros, pero éstos, observando nuestro movimiento y reconociendo al instante su indudable inferioridad, invadieron precipitadamente la carretera. La retirada era cierta. Se nos formó en columnas, dándonos orden de cargar, y el regimiento se puso rápidamente al galope. Parecía que la misma tierra, sacudiéndose bajo las herraduras de nuestros caballos, hacia adelante nos lanzaba. A nuestros primeros pasos tras un ideal de gloria, acompañaron voces de guerra mezcladas con piadosas invocaciones.

—¡Madre nuestra, Santa Virgen de Araceli, ven con nosotros! ¡Viva España!

Ya nadie pensaba en tener miedo; muy lejos de esto, todos los de mi fila rabiábamos por no estar en las de vanguardia, en aquellas filas dichosas que acometían a sablazos a los franceses de a pie, ya pronunciados en completa dispersión. Su caballería picó espuelas por el camino de Bailén.

Habíamos vencido. Nuestro entusiasmo y ufanía se desbordaron en exclamaciones delirantes. Y no fue aquella la última victoria de aquel día, porque cuando avanzábamos por la carretera de Bailén se nos aparecieron de nuevo los franceses, reforzados por un destacamento que venía de Linares. Nuevamente les pusimos en fuga, haciéndoles además el flaco servicio de matarles al general Gobert, que, de sus graves heridas, murió pocas horas después, en Guarromán. No quiso Reding, sin orden de Castaños, llevarnos adelante por aquel día, y volvimos a nuestro campo de la orilla izquierda, repasando el río. De satisfacción no cabíamos en nuestro pellejo. Era el 16 de julio, festividad del Carmen, y aniversario de la Batalla de las Navas de Tolosa, ganada contra los moros por castellanos, aragoneses y navarros. Con gritos de ardiente júbilo asociábamos la historia antigua a la que nosotros traíamos entre manos. «¡Viva Alfonso VIII, viva Reding…! ¡Viva Castaños, viva la Virgen del Carmen!».

VI

Se nos acampó en un alto, a espaldas de Menjíbar, y supimos con gusto que aquella noche no haríamos movimiento alguno. Nuestro gozo, como nuestra fatiga, necesitaba descanso; necesitábamos dar desahogo al efervescente júbilo refiriendo cuanto cada uno hizo y cuanto dejó de hacer para que la batalla fuese completamente ganada. Creíamos haber asistido a la más grande y gloriosa acción de los modernos tiempos; mirábamos con desdén a los que quedaron de reserva, y al contarles lo que pasó hacíamos subir a cifras fabulosas el número de franceses segados por nuestros cortadores sables en la refriega.

Largas horas pasamos sobre el campo saboreando los deliciosos recuerdos de tanta gloria, que, como dejos de un manjar muy rico, nos renovaban el placer del vencimiento. La noche era como de verano y como de Andalucía, serena, caliente, con un cielo inmenso y una atmósfera clara, donde algo sonoro fluctúa, cuya forma visible buscamos en vano en derredor nuestro. Tendidos sobre la caldeada tierra a orillas del río, cuyas frescas emanaciones aspirábamos con anhelo, entreteníamos las horas hablando, cantando o haciendo eruditas disertaciones sobre la campaña tan felizmente emprendida. Barajas y guitarras salieron no sé de dónde. En un grupo se jugaba a las cartas, en otro algunos cantaores echaban al vuelo las románticas endechas de la tierra. Tal era el estado de nuestras almas, que las más quejumbrosas nos parecían triunfales himnos.

Al siguiente día hicimos un movimiento por la orilla izquierda, río arriba, hasta un punto mucho más alto que Menjíbar. Después, parte del ejército se entretuvo en marchas incomprensibles y nos encontramos de nuevo sobre Menjíbar al anochecer del 18, punto al cual había llegado horas antes la división del marqués de Coupigny. Reunidos ambos ejércitos emprendimos la marcha hacia Bailén. Eramos catorce mil hombres. Todo anunciaba que íbamos a tener un encuentro formal con el ejército francés.

Mientras llegaba el momento inicial del drama, lejos de nosotros y en los flancos del ejército imperial, mil dramáticas peripecias encolerizaban al enemigo. Las columnas de guerrilleros, mandadas por don Juan de la Cruz, el conde de Valdecañas y el clérigo Argote, se habían desparramado como enjambre mortífero por los pueblos y caseríos que dominaba el cuartel general francés en las primeras estribaciones de la sierra, al norte de Andújar. De tal modo perseguían aquellos ardorosos paisanos a los franceses, y con tanta rapidez se dispersaban para evitar ser atacados, que a los invasores les era de todo punto imposible estar tranquilos un solo momento. El poderoso gigante sacudía de una manotada aquellos moscones venenosos, pero éstos volvían a zumbar en derredor suyo, le molestaban con sus terribles picaduras y huían incólumes, sin temer la espada ni el cañón, pues estas armas no se han hecho para mosquitos.

No podían los franceses apartarse de su cuartel general como no fuera en grandes destacamentos. Iban doscientos hombres a llenar en la fuente próxima unas cuantas alcarrazas de agua. Si por acaso salían a merodear pelotones de poca fuerza eran despachados por los guerrilleros en menos que canta un gallo. Antes de consentir que se apoderasen de una panera, la quemaban; las fuentes eran enturbiadas con lodo y estiércol, para que no pudieran beber; los molinos desmontados y enterradas sus piedras para que no molieran un solo grano. ¡Ay de aquel francés que se rezagara en las marchas de su destacamento! Sentíase de improvisto asido por mil coléricas manos; sentíase arrastrado por las mujeres, pellizcado por los chicos y acuchillado por los hombres, hasta que su existencia se apagaba con horrible choque en la fría profundidad de un pozo.

Cuando entramos en Bailén, ya muy avanzada la noche, nos sorprendió no ver ninguna fuerza francesa a la entrada del pueblo para disputamos el paso. Por los vecinos que salieron a recibirnos, supimos que la división Vedel había pasado por allí al anochecer en dirección a la Carolina. Nuestro general determinó salir sin demora para Andújar, pero aún tuvimos tiempo de llegamos a la casa de nuestro don Diego, donde la condesa y las niñas con el afable preceptor nos recibieron y agasajaron cumplidamente. En aquel breve y placentero respiro, hubimos de apreciar la bondad de la señora y la simplicidad del condesito, que no tuvo discreción bastante para ocultar a su madre las mil chabacanas sandeces y majaderías picarescas que aprendió en la desenfadada sociedad del campamento. Dionos la señora pan, algunas libras de chocolate y un repleto zaque de buen vino, que habían podido salvar de la rapacidad francesa en aquellos días. Y no hubo tiempo para más. Cometas y tambores nos llamaron con clamor a un tiempo cariñoso y guerrero. ¡Adiós, adiós!, salimos a escape en requerimiento de nuestras cabalgaduras. Apuntaba el alba risueña y amorosa cuando las columnas de vanguardia comenzaron a salir del pueblo. Era el 19 de julio.

Mi regimiento debía salir de los últimos y, mientras se pusieron en movimiento la artillería y los cuerpos de a pie, estuvimos más de media hora formados a la salida del pueblo, a mano derecha del camino. Ibamos a Andújar, resueltos a tomar la ofensiva contra el ejército francés, que al mismo tiempo debía ser atacado por Castaños, del lado de Marmolejo. ¿Y la división de Vedel, cuyos movimientos eran la clave de aquel problema estratégico? A propósito de esto, sabréis que en aquel día memorable extremó sus iniciativas la providencia, determinando en tiempo y espacio las más extrañas combinaciones, y dando lugar a equívocos que habían de alterar los planes de unos y otros. Después de la acción de Mendíjar en que derrotamos a los franceses, matándoles al General Gobert, se les metió en la cabeza a nuestros enemigos la idea de que los insurgentes (así nos llamaban en sus despachos oficiales) no aceptaríamos batalla en campo abierto, reconociendo así la superioridad táctica de las fuerzas del Imperio. Los pobres insurgentes se limitarían, según la presunción de los ensoberbecidos franceses, a cubrir los pasos de la sierra para impedir la retirada de Dupont y Vedel, harto molestos y descorazonados en un país furiosamente hostil, donde las águilas no podían volar y morían de hambre y de sed.

¿Qué resultó? Que mientras nosotros, en la noche del 18 al 19, determinábamos tomar la ofensiva y atacar a Dupont en Andújar, el bueno de Vedel se había corrido hacia los pueblos de la sierra, creyendo que íbamos hacia allá con largo rodeo, y Dupont salía callandito de Andújar con toda su fuerza y su largo y pesado convoy, desfilando por la carretera con ánimo de ocupar la Carolina. Y cuando asomó la aurora del 19 en el andaluz horizonte, ni Dupont sospechaba que había de encontramos en el camino, ni nosotros, los incautos insurgentes, teníamos la menor idea de que estábamos a punto de tropezar de manos a boca con las altaneras águilas… Ya iba andando la vanguardia y centro, ya los de retaguardia, en las puertas de Bailén, requeríamos nuestras cabalgaduras, cuando… ¡Virgen del Carmen!, oímos un tiro, en seguida otro y otro… ¿Qué pasaba?

VII

Silencio en las filas. Detuviéronse los cuerpos que ya iban en marcha, y desde el primero al último soldado prestamos atención al tiroteo, que sonaba delante de nosotros, a la derecha del camino y a bastante distancia. Corrieron por las filas versiones contradictorias. Yo me alzaba sobre los estribos, procurando distinguir algo. Sonó nuevamente el tiroteo, más vivo aún, y más cercano, y en la vanguardia se operaron varios movimientos, cuyas oscilaciones llegaron hasta nosotros. Sin duda, algo grave ocurría; el ejército todo se estremeció desde su cabeza hasta su cola. Largo rato permanecimos en la mayor ansiedad, pidiéndonos unos a otros noticias… Por último, un oficial, que a escape venía del Estado Mayor, nos sacó de dudas, confirmando lo que en todo el ejército no era más que una halagüeña sospecha. ¡Los franceses, los franceses venían a nuestro encuentro! Teníamos enfrente a Dupont con todo su ejército, cuyas avanzadas principiaban a escaramucear con las nuestras. Cuando nosotros nos preparábamos a salir para buscarle en Andújar, llegaba él a Bailén, de paso para la Carolina, donde creía encontrarnos. Todos pusimos atento el oído, y al fin nos reconocimos, sin vernos, porque el corazón a unos y a otros nos dice: «Ahí están».

Los generales empezaron a señalar posiciones. Todas las tropas que aún permanecían en la entrada del pueblo se pusieron en marcha. Corrimos un rato por terreno de ligera pendiente; bajamos después, volvimos a subir, y al fin se nos mandó hacer alto. Sentimos camino abajo, y como a distancia de tres cuartos de legua, más vivo tiroteo, que cesó al poco rato, reproduciéndose después a mayor distancia. Las avanzadas francesas retrocedían y Dupont tomaba posiciones.

No veíamos nada, a no ser vagas formas del suelo a lo lejos; las manchas de olivos nos parecían gigantes y las lomas de los cerros el perfil de un gigantesco convoy. Un accidente noté que prestaba extraña tristeza a la situación: era el canto de los gallos que a lo lejos se oía, anunciando el día y llamando a los hombres a la guerra.

De repente, una granada visitó con estruendo nuestro campo, reventando hacia la izquierda, por donde estaban los generales. Era como un saludo de cortesía entre dos guerreros que se van a matar; un tanteo de fuerzas una bravata echada al aire para explorar el ánimo del contrario. Nuestra artillería, poco amiga de fanfarronadas, calló. Sin embargo, los franceses, ansiando tomar la ofensiva, con ánimo de aterramos, acometieron a una columna de la vanguardia que se destacaba para ocupar una altura.

La claridad del naciente día nos permitió apreciar todo el campo. El centro de la fuerza española ocupaba la carretera con la espalda hacia Bailén, de allí poco distante; a la derecha del camino, por nuestra parte, se alzaban pequeñas lomas, que a lo lejos subían lentamente hasta confundirse con los primeros estribos de la sierra; a la izquierda también había un cerro, pero éste caía después en la margen del río Guadiel, casi seco en verano, y que desemboca en el Guadalquivir cerca de Espeluy. Teníamos a un lado y otro del camino, poderosa batería de cañones, apoyada por considerables fuerzas de infantería; a la izquierda estaba Coupigny con los regimientos de «Bujalance», «Ciudad Real», «Trujillo», «Cuenca», «Zapadores» y la caballería de «España»; a la derecha estábamos, además de la caballería de «Farnesio», los tercios de «Tejas», los «suizos», los «valones», el regimiento de «Ordenes», el de «Jaén», «Irlanda», y voluntarios de «Utrera». Mandábanos el brigadier don Pedro Grimarest. Los franceses ocupaban la carretera por la dirección de Andújar, y tenían su principal punto de apoyo en un espeso olivar situado frente a nuestra derecha: por consiguiente, servía de resguardo a su ala izquierda. Asimismo, ocupaban los cerros del lado opuesto con numerosa infantería y un regimiento de coraceros, y a su espalda tenían el arroyo de Herrumblar, también seco en verano, que habían pasado. Tal era la situación de los dos ejércitos cuando la primera luz nos permitió vernos las caras. Creo que unos a otros nos vimos recíprocamente muy feos.

—¿Sabéis lo que me ordenó mi señora madre que hiciera al comenzar la batalla? —nos dijo nuestro amo don Diego—. Pues que rezara un Avemaría con toda devoción. Ha llegado el momento. «Dios te salve, María…, etc.».

El mayorazguito continuó en voz baja el Avemaría que había empezado en alta voz, y todos los de la fila, amparando nuestro apego a la vida con un pensamiento religioso, nos descubrimos y mascullamos la respuesta: «Santa María…».

Aún resonaba en el aire la fervorosa invocación cuando un estruendo formidable retumbó en las avanzadas de ambos ejércitos. Las columnas francesas del ala derecha se desplegaron en línea y rompieron el fuego contra nuestra izquierda.

Tras las primeras descargas de las líneas francesas, éstas se replegaron y avanzando la artillería disparó varios tiros a bala rasa. Ponían ellos en ejecución su táctica propia, consistente en atacar con mucha energía sobre el punto que juzgaban más débil, para desconcertar al enemigo desde los primeros momentos. Algo de esto lograron al principio, pero nosotros teníamos excelente artillería, y disparando también con bala rasa las seis piezas colocadas en la carretera y a sus flancos; el centro francés se resintió al instante y para reforzarlo tuvo que replegar su ala derecha, produciendo esto un pequeño avance de la división de Coupigny. Entre tanto, las columnas ocultas entre los árboles salieron y se desplegaron, arrojando un diluvio de balas sobre el frente del ala derecha. Desde entonces, el fuego, corriéndose de un extremo a otro, se hizo general en el frente de ambos ejércitos. La caballería, brazo de los momentos terribles, permanecía detrás, quieta y relinchante, conteniéndose con sus propias riendas.

Atacada nuestra izquierda por los franceses con valentía pasmosa, nuestros batallones de línea retrocedieron un momento. Creyérase que abandonaban su posición al enemigo, pero bien pronto se rehicieron, tomando la ofensiva al amparo de dos bocas de fuego y de la caballería de «España», que cargó a los franceses por el flanco. Vacilaron un tanto los imperiales de aquella ala, y gran parte de las fuerzas que habían salido del olivar se transportaron al otro lado. Su artillería hizo grandes estragos en nuestra gente, mas con tanta intrepidez se lanzó ésta sobre las lomas que ocupaba el enemigo y el río Guadiel, con tanta bravura y desprecio de la vida afrontaron los soldados de línea la mortífera bala rasa y las cargas de la caballería del general Privé, que llegaron a dominar tan fuerte posición.

Mientras esto pasaba, los de la derecha se sostenían a la defensiva y el centro cañoneaba para mantener en respeto al enemigo, porque casi gran parte de la fuerza había acudido a la izquierda; pero una vez que se oyeron los gritos de júbilo de los soldados de ésta, posesionados de la altura, antes en poder de los franceses, y cuando se vio a éstos aglomerarse sobre su centro, dióse orden de avance a las seis piezas del nuestro, y por un instante el pánico y desorden del enemigo fueron extraordinarios. Para concertarse de nuevo y formar otra vez sus columnas tuvieron que retroceder al otro lado del puente del Herrumblar. Viéndoles en mal estado se trató de lanzar toda la caballería en su persecución, pero varias de sus piezas, desmontadas por nuestras balas, obstruían el camino, también entorpecido por los espaldones que habían empezado a formar. Hasta entonces sólo habíamos sido atacados por una parte de las fuerzas enemigas, pues la división de Barbou, algo rezagada, no estaba aún en el campo francés.

Los franceses no tardaron en intentar la adquisición del puente perdido. Su primer ataque fue débil, pero el segundo violentísimo. Oí contar, en la tarde de aquel mismo día, a un soldado de los tiradores de Utrera, presente en aquel lance, que los franceses, en su mayor parte militares viejos, cargaron a la bayoneta con furia sublime, que producía en los nuestros, además del desastre físico, una gran inferioridad moral. Me dijo que se espantaron, que en un momento viéronse pequeños, mientras que los franceses se agrandaban, presentándose como una falange de millones de hombres; que los vivas al emperador y los gritos de cólera eran tan furiosamente pronunciados que parecían matar también por el solo efecto del sonido, y que, últimamente, sintiendo los de acá desfallecer su entusiasmo y al mismo tiempo un repentino, invencible cariño a la vida, abandonaron aquel puente mezquino, ardientemente disputado por dos naciones, y que al fin quedó por Francia. El efecto moral de esta pérdida fue muy notable entre nosotros. Advirtióse claramente en todo el ejército como un estremecimiento de inquietud que, partiendo de aquel gran corazón de diez y ocho mil corazones, se transmitía al tembloroso fusil, asido por la indecisa mano.

La pérdida del puente sobre el Herrumblar motivó un cambio de nuestras posiciones. Los generales conocían la inminencia de un ataque terrible, los soldados viejos la preveían, los bisoños la sospechábamos, y nuestros caballos, reculando y estrechándose unos contra otros, olían en el espacio, digámoslo así, la proximidad de una gran carnicería.

Eran las seis de la mañana, y el calor principiaba a dejarse sentir con mucha fuerza. Sentíamos ya en las espaldas aquel fuego que más tarde había de hacernos el efecto de tener por médula espinal una barra de metal fundido. No habíamos probado cosa alguna desde la noche anterior, y una parte del ejército ni aún en la noche anterior había comido nada. Pero este malestar era insignificante comparado con otro que desde la mañana principió a atormentamos: la sed, que todo lo destruye, alma y cuerpo, infundiendo una rabia inútil para la guerra, porque no se sacia matando. Es verdad que de Bailén salían en bandadas multitud de mujeres con cántaros de agua para refrescarnos; pero de este socorro apenas podía participar una pequeña parte de la tropa, porque los que estaban en el frente no tenían tiempo para ello.

VIII

Conociendo Dupont que nuestro centro y nuestra izquierda eran inexpugnables por entonces, determinó atacar nuestra ala derecha, esperando abrir en ella un boquete que les diera paso hacia Bailén. Su artillería no cesaba de arrojar bala rasa, protegiendo la formación de las poderosas columnas que bien pronto debían hostilizamos. Al punto desplegamos en línea varios batallones y sin esperar el ataque marcharon hacia el enemigo, amparados por dos piezas de Artillería. El primer momento nos fue favorable. Pero el olivar vomitó gente y más gente sobre nuestra infantería. Por un instante, confundidas ambas líneas en densa nube de polvo y humo, no se podía saber cuál llevaba ventaja. Caían los nuestros sobre los imperiales, y la metralla enemiga les hacía retroceder; avanzaban ellos y adquiríamos a nuestra vez momentánea inferioridad.

Por largo tiempo duró este combate, tanto más cruel cuanto era más proporcionado el empuje de una y otra parte, hasta que al fin observamos síntomas de confusión en nuestras filas: vimos que se quebraban aquellas compactas líneas, que retrocedían sin orden, que chocaban unos con otros los grupos de soldados. Gritaban los jefes hasta quedarse sin voz, y todos se ponían a la cabeza de las columnas, conteniendo a los que flaqueaban y excitando con ardorosas palabras a los más valientes. El regimiento de «Ordenes», uno de los más bravos del ejército, se arrojó sobre el enemigo con una impavidez que a todos nos dejó maravillados. Su coronel, don Francisco de Paula Soler, parecía dar fuego a todos los fusiles con la arrebatadora llama de sus ojos; con el gesto de su mano derecha empuñando la espada, que parecía un rayo; con sus gritos, que sobresalían entre el granizado tiroteo, sublimando a los soldados.

De tal modo arreciaron la metralla y la fusilería enemiga que casi toda la primera fila del valiente regimiento de «Ordenes» cayó, cual si una gigantesca hoz la segara. Pero sobre los cuerpos palpitantes de la primera fila pasó la segunda, continuando el fuego. Como si los tiros franceses persiguieran con inteligente saña las charreteras, el regimiento vio desaparecer a muchos de sus oficiales.

Reforzáronse también los enemigos, y desplegando nueva línea con gente de reserva avanzaron a la bayoneta, pujantes, aterrados, irresistibles. ¡Momento de incomparable horror! Figurábaseme ver a dos monstruos que se baten, mordiéndose con rabia, igualmente fuertes, y que hallan en sus heridas, en vez de cansancio y muerte, nueva cólera para seguir luchando.

Cuando las bayonetas se cruzaban, el campo ocupado por nuestra infantería se clareó a trozos; sentimos el crujido de poderosas cureñas, rebotando en el suelo de hoyo en hoyo al arrastre de las mulas, castigadas sin piedad; los cañones de a 12 enfilaron el eje de sus ánimas hacia las líneas enemigas; los botes de metralla penetraron en el bronce; se atacaron con prontitud febril, y un diluvio de puntas de hierro, hendiendo horizontalmente el aire, contuvo la marcha del frente francés. A un disparo sucedía otro: la infantería, rehecha, flanqueaba los cañones, y para completar el acto de desesperación, un grito resonó en nuestro regimiento. Todos los caballos patalearon, expresando en su ignoto lenguaje que comprendían la sublimidad del momento; apretamos con fuerte puño los sables, y medimos la tierra que se extendía delante de nosotros. La caballería iba a cargar.

Vimos que a todo escape se nos acercó un general, seguido de gran número de oficiales. Era el marqués de Coupigny, alto, fuerte, rubio, colorado de suyo, y en aquella ocasión encendido, como si toda su cara despidiera fuego. Era Coupigny hombre de pocas palabras, pero suplía su escasez oratoria con la llama de su mirar, que era por sí una proclama. Pusimos atención, esperando que nos dijera alguna cosa, pero el general dispuso con un gesto la dirección del movimiento, y después nos miró. No necesitamos más.

—¡Viva España! ¡Viva el Rey Fernando! ¡Mueran los franceses! —exclamamos todos, y el escuadrón se puso en movimiento.

Estábamos formados en columna y nos desplegamos en batalla sobre los costados, bajando de las alturas a buen paso, pero sin precipitación. Maniobramos luego para tener a nuestro frente el flanco enemigo; las tropas que por allí atacaban dicho flanco doblaron por cuartas para darnos paso por los claros; el jefe gritó: «A la carga»; picamos espuela, y ciegamente caímos sobre el enemigo como avalancha. Yo, lo mismo que don Diego y los demás de la partida, íbamos en la segunda fila. Penetraron impetuosamente los de la primera, acuchillando sin piedad; los caballos bramaban de furor, sintiéndose heridos a fuego y a hierro. Algunos caían, dejando morir a sus jinetes, y otros se arrojaban con más fuerza, destrozando cuanto hallaban bajo sus poderosos cascos. Los de la primera fila hicieron gran destrozo, pero a los de la segunda nos costó más trabajo, porque avanzando demasiado los delanteros, quedamos envueltos por la infantería, lo cual atenuaba un poco nuestra superioridad. Sin embargo, destrozábamos pechos y cráneos sin piedad.

A pesar de esto, no retrocedían delante de nosotros. Ya se sabe que siendo el objeto de la caballería producir un gran sacudimiento y pavor en las filas enemigas por la violencia del primer choque, cuando éste no da el resultado apetecido, y se empeñan combates parciales entre los caballos y una numerosa infantería, los primeros corren gran riesgo de desaparecer, brutales masas, devoradas en aquel hervidero de agilidad y destreza… Hubo un momento en que me vi próximo a la muerte. A mi lado no había más que dos o tres jinetes, que se hallaban en trance tan apurado como yo; nos miramos, y comprendiendo que era preciso hacer un supremo esfuerzo, arremetimos a sablazos con bastante fortuna. Con esto y el pronto auxilio de la carga hecha en el mismo instante por la caballería de «España» salimos del apuro. Revolviendo atrás hundí las espuelas, y mi caballo se puso de un salto en la nueva fila. No vi a mi lado más cara conocida que la de Marijuán. El conde y los demás de la legión habían desaparecido.

En el mismo instante, mi caballo flaqueó de sus cuartos traseros. Intenté hacerle avanzar, clavándole impíamente las espuelas: el noble animal, comprendiendo sin duda la inmensidad de su deber y tratando de sobreponerlo a la agudeza de su dolor, dio algunos botes; pero cayó al fin, escarbando la tierra con furia.

IX

Viéndome desmontado, me dirigí a buscar un puesto entre las escoltas de la Artillería o en el servicio de municiones, que se hacía precipitadamente por los tambores entre los carros y las piezas. Al dar los primeros pasos advertí el extraordinario decaimiento de mis fuerzas físicas: no podía tenerme en pie, y el ardor de mi sangre, llegado a su último extremo, me paralizaba cual si estuviese enfermo. No es propio decir que hacía calor, porque esta frase, común al verano de todos los países europeos, es inexpresiva para indicar la espantosa inflamación de aquella atmósfera de Andalucía en el día infernal que presenció la batalla de Bailén.

Cuando me encontré a pie y a regular distancia del combate, empecé a sentir vivamente y de un modo irresistible el aguijón candente de la sed que horadaba mi lengua, y la corriente de fuego que envolvía mi cuerpo. Esto me daba tal desesperación que de prolongarse mucho hubiérame impelido a beber la sangre de mis propias venas.

Por un rato perdí toda la exaltación guerrera y el furor patriótico que antes me dominaban, para no pensar más que en la posibilidad de beber, previendo las delicias de un sorbo de agua, y anhelando apagar aquellas ascuas pegajosas que en mi boca revolvía. Vi con alegría que desde el pueblo venían corriendo algunos hombres con cubos; pero al punto se nos dijo que aquella agua no era para nosotros: era para otros sedientos, cuyas bocas necesitaban refrescarse antes que las nuestras, si el combate había de tener buen éxito; era para los cañones.

La resistencia enérgica de las dos piezas del ala derecha, combinadas con las seis de la batería central, y el auxilio de la caballería atacando por el franco la línea enemiga, hizo que ésta fuese rechazada, a pesar de su incomparable bravura. Los franceses se retiraron, dejándose perseguir y desposicionar por la infantería y caballos de nuestras derecha. ¡Oh momento feliz! Ya se podía pensar en beber. ¿Pero dónde?

Después del avance de nuestras tropas, que no ocuparon enteramente las posiciones francesas por ofrecer esto algún peligro, los soldados del provincial de «Jaén» divisaron una noria, en el momento en que los franceses, que durante la acción habíanla ocupado, se hallaban en el caso de abandonarla. Vieron todos aquel lugar como un santuario cuya conquista era el supremo galardón de la victoria, y se arrojaron sobre los defensores del agua escasa y corrompida que unos cuantos arcaduces arrojaban en un estallido. Los enemigos, que no querían desprenderse de aquel tesoro, lo defendían con la rabia del sediento.

Oí decir: «¡Allí hay agua, allí se están disputando la noria!», y no necesité más. Lancéme, y conmigo se lanzaron otros en aquella dirección; tomé del suelo un fusil, que aún apretaba en sus manos un soldado muerto, y corrí con los demás a todo escape hacia la noria. Penetramos en un campo a medio segar, a trechos cubierto de altos trigos secos, a trechos en rastrojo. La lucha en la noria se hacía en guerrillas; acerquéme a la que me pareció más floja, y desprecié la vida, lleno mi espíritu del frenético afán de conquistar un buche de agua. Aquel imperio, compuesto de dos mal engranadas ruedas de madera, por las cuales se escurría un miserable lagrimeo de agua turbia, era para nosotros el imperio del mundo.

Los franceses defendían su vaso de agua, y nosotros se lo disputábamos; pero de improviso sentimos que se duplicaba el calor a nuestras espaldas. Mirando atrás, vimos que las secas espigas ardían como yesca, inflamadas por algunos cartuchos caídos por allí, y sus terribles llamaradas nos freían de lejos la espalda. «O tomar la noria o morir», pensamos todos. Nos batíamos apoyados contra una hoguera, y la hambrienta llama, al morder con su diente insaciable en aquel pasto, extendía alguna de sus lenguas de fuego, azotándonos la cara. La desesperación nos hizo redoblar el esfuerzo, porque nos asábamos, literalmente hablando, y por último, arrojándonos sobre el enemigo, resueltos a morir, la gota de agua quedó por nosotros al grito de «¡Viva España!».

Aplacada la sed, corrimos hacia el campo de batalla. Ya cerca de él pasó rápidamente por delante de mí un caballo sin jinete, arrogante, vanaglorioso, con la crin al aire, algo azorado y aturdido. Le seguí, y apoderándome de sus bridas cuando volvía, me monté en él; después de ser por un rato soldado de a pie, tomaba a ser jinete. Busqué con la vista el escuadrón más próximo, y vi que a retaguardia del centro se formaba en columna con distancia el de «España». Entré en las primeras filas, y en ellas reanudo mi cuento, o si os parece mejor, mi lección de Historia de España.

Cuando la tropa francesa de línea retrocedió por tercera vez, extenuada de hambre, de sed y de cansancio; cuando los soldados que no habían sido heridos se arrojaban al suelo maldiciendo la guerra, negándose a batirse, insultando a los oficiales que les llevaran a tan terrible situación, el general en jefe reunió la plana mayor, y expuesto en breve consejo el estado de las cosas, se decidió intentar un último ataque con los marinos de la Guardia Imperial, aún intactos, poniéndose a la cabeza todos los generales.

Delante de las primeras filas de caballería vi masas de tropa escoltando los seis cañones de la carretera, cuyo fuego certero y terrible había sido el nudo gordiano de la batalla. Servidos siempre con destreza y al fin con exaltación, aquellos seis cañones eran durante unos minutos la pieza de dos cuartos arrojada por España y Francia, por la usurpación y la nacionalidad, en un corrillo de veinte mil soldados. ¿Cara o cruz? ¿Las tomarían los franceses? ¿Se dejarían los españoles aquellos cañones? ¿Quién podría más, nuestros valientes y hábiles oficiales de artillería o los quinientos marinos?

Yo vi a éstos avanzar por la carretera, y entre el denso humo distinguimos un hombre al frente del valiente batallón y blandiendo con furia la espada; un hombre de alta estatura, el rostro desfigurado por la costra de polvo que amasaban los sudores de la angustia; de uniforme lujoso y destrozado en la garganta y seno, como si lo hubiera hecho pedazos con las uñas para dar desahogo al oprimido pecho. Aquella imagen de la desesperación, que tan pronto señalaba la boca de los cañones como el cielo, indicando a sus soldados un alto ideal al conducirles a la muerte, era el desgraciado general Dupont, que había venido a Andalucía seguro de alcanzar el bastón de mariscal de Francia. El paseo triunfal de que al partir de Toledo habló, había tenido aquel tropiezo.

Los repetidos disparos de metralla no detenían a los franceses. Brillaban los dorados uniformes de los generales puestos al frente, y tras ellos la hilera de marinos, todos vestidos de azul y con grandes gorras de pelo, avanzaba sin vacilación. De rato en rato, como si una manotada gigantesca arrebatase la mitad de la fila, así desaparecían hombres y hombres. Pero en cada claro asomaba otro soldado azul, y el frente de columna se rehacía sin demora, acercándose imponente y aterrador. Aceleraban su marca al hallarse cerca; iban a caer como legión de invencibles demonios sobre las piezas para clavarlas y degollar sin piedad a los artilleros.

Los que asistían a aquel espectáculo, sin ser actores de él, estábamos mudos de estupor, con el alma y la vida en suspenso. De pronto, una conmoción inmensa, un estrépito indescriptible señalaron el momento culminante de la refriega. Vi a los marinos de la guardia próximos, casi tocando a las bocas de los cañones… Destrozados en el primer ataque, lo repetían sacando el último resto de bravura de sus corazones resecados por el calor, y volvían a la carga resueltos a dejarse hacer trizas en la boca de los cañones a tomarlos. Nuestros soldados sacaban fuerzas de su espíritu porque en el cuerpo no las tenían ya. Hasta los artilleros empezaban a desfallecer, y heridos casi todos los primeros de izquierda y derecha, atacaban los segundos, daban fuego los terceros, y del servicio de municiones encargábanse los paisanos…

La escena de furor y estruendo cambió de improviso… La furia se apagaba en un hondo y grave silencio… No sé lo que pasó. Corrimos fuera de la carretera; todos mis compañeros proferían exclamaciones de frenética alegría. Vi los cañones inmóviles y delante una espesa cortina de humo, que al disipar se permitía distinguir los restos del batallón de marinos. En el frente francés flotaba una bandera blanca, avanzando hacia nuestro frente. La batalla había concluido.

Nuestros soldados se abrazaban. Confundíanse los diversos regimientos y los paisanos advenedizos con la tropa. La gente del vecino pueblo de Bailén acudía con cántaros y botijos de agua. Agrupábanse hombres y mujeres junto a los heridos para recogerlos. Los caballos recorrían orgullosos la carretera y los generales, confundidos con la gente de tropa, demostraban su alegría con tanta llaneza como ésta. Los gritos de, ¡viva España!, ¡viva Fernando VII!, eran sublime concierto que llenaba el espacio, como antes el ruido del cañón; y el mundo todo se estremecía con el júbilo de nuestra victoria y con el desastre de la Francia, primera vacilación del orgulloso Imperio.

X

Capitulación

Las alegrías de aquel momento sublime movían de una parte a otra un oleaje de actividad y de entusiasmo. Era como una segunda batalla en que los sentimientos patrióticos chocaban con exaltación parecida al furor de los combates. Allí había desaparecido la persona humana, fundiéndose en el hermoso conjunto de la sociedad o la nación, que era, sin duda, la que conmovía la tierra con sus alaridos de gozo. Nos embriagaba la idea de que el ejército francés capitulaba, entregándonos todos sus hombres, todo su armamento. Con un rugido de patriotismo delirante, mi amigo Marijuán me dijo: «Y ahora… que vuelva ese señor Napoleón a meterse con nosotros… Chico, ya podremos comernos el mundo. La Junta de Sevilla será una remilgada si no nos manda conquistar París. ¡Viva España!».

De esto hablábamos cuando un acontecimiento inesperado nos llenó de estupor. La cometa y el tambor nos llamaron a ocupar nuestras posiciones, y gran número de gentes del pueblo corrían hacia las calles de Bailén. Nuestros destacamentos habían divisado las columnas avanzadas del general Vedel, que venía de Guarromán en auxilio de Dupont. ¡Ay! ¡Si hubiese llegado un momento antes, poniéndonos entre dos fuegos! Pero Dios, protector en aquel día de la España oprimida y saqueada, permitió que Vedel llegase cuando estaba convenida ya la tregua, y se había principiado a negociar la capitulación.

Al instante, mandó Reding un oficio al general francés dándole cuenta de lo ocurrido, y los enemigos se detuvieron más allá de una ermita que llaman de San Cristóbal, situada a mano izquierda del camino real, yendo de Bailén a Guarromán. Al poco rato, vimos un oficial francés que llegó al pueblo con un oficio para Reding y otro para Dupont, y como en el cuartel general de éste se estaban ya negociando las bases de la capitulación nos consideramos seguros de no ser atacados por la parte alta del camino. La acordada suspensión de armas debía afectar a todas las fuerzas que componían el ejército imperial de Andalucía.

A pesar de esta confianza, varios regimientos, entre ellos el de «Irlanda» y el famosísimo de «Ordenes», que tanto se había distinguido en la batalla, ocuparon el camino frente a las tropas de Vedel, las cuales, conforme llegaban, iban tomando posiciones. Sería poco más de la una cuando los franceses de Vedel, sin aguardar a que les contestara Dupont, rompieron el fuego contra «Irlanda». Gran efervescencia y algaraza y tumulto en nuestras filas. Todos querían ir, no a combatir con los franceses, sino a pasarlos a cuchillo, por violar las leyes de la guerra.

Pero la providencia estaba de nuestra parte en aquel día. Casi juntamente con los primeros tiros de la embestida de Vedel, sonaron cañonazos lejanos, que al principio no supimos a qué dirección referir.

Era la tercera división, enviada al amanecer desde Andújar por Castaños en seguimiento de Dupont. Venía ya por Casa del Rey, y al enemigo se anunciaba con disparos de pólvora seca. Aterrado con este nuevo refuerzo, que aniquilaría los restos del ejército si Vedel al armisticio no se sometía, Dupont dio enérgicas órdenes para que cesara el fuego de la división recién venida de Guarromán, y el fuego cesó. Con esto, los nueve mil hombres de Vedel se sometieron de antemano al pacto que ajustaba su general en jefe.

Pasando ahora de lo grande a lo minúsculo, sabréis que nuestro amo, el primogénito de Rumblar, se nos perdió en lo más rudo de la batalla. Terminada ésta, y viendo la desolación de la condesa y de las adorables niñas, Marijuán y yo pedimos licencia para salir a buscarle. Acompañados del afligido preceptor, que lacrimoso y suspirante creía encontrar a su amado discípulo entre los muertos, recorrimos todo el campo por una y otra parte, llegándonos al fin, para que nada nos quedase por investigar, a la ermita de San Cristóbal, próxima a las posiciones de Vedel.

Ya nos volvíamos descorazonados, cuando vimos que, camino abajo, hacia nosotros, venía un joven saltando y jugando, con aquella volubilidad y ligereza propia de los chicos al salir de la escuela. A ratos corría velozmente; luego se detenía, y acercándose a los matorrales sacaba su sable y la emprendía a cintarazos con un chaparro o una pita; luego parecía bailar, moviendo brazos y piernas al compás de su propio canto, y también echaba al aire su sombrero portugués para recogerlo en la punta de la espada.

—¡Qué veo! —exclamó don Paco con súbita exaltación—. ¿No es aquel mozalbete el propio don Diego; no es mi niño querido, la joya de la casa, la antorcha de los Rumblares?… Eh…, don Dieguito, aquí estamos… venid acá.

En efecto, era don Diego en persona. Nos vio, y al punto vino corriendo para abrazamos a todos con grande alegría. Recogimos al lindo y travieso mayorazgo, que nos contó ridículas historias para justificar su extravío, y Marijuán y don Paco se encargaron de devolver a su familia el rapaz inconsciente, de puro tonto, en que fundaba su futura grandeza. Yo me quedé en el campamento y me abstuve de entrar en el pueblo y de pisar la casa de Rumblar, porque la inopinada ingerencia de aquella familia en la sacratísima esfera de mi cuento de hadas me causaba indecible desconsuelo, como he de referir en sazón oportuna.

Las conferencias para la capitulación iban despacio. Los parlamentarios, que por Francia eran los generales Chabert y Marescot, y por España, Castaños y conde de Tilly, deliberaban en Andújar, regateando con verdadero ensañamiento las condiciones de la rendición… En la tarde del día 20, recorrí con otros amigos el campo francés, observando la terrible situación de nuestros enemigos. Los carros de heridos ocupaban larguísima extensión, y para sepultar sus tres mil muertos habían abierto profundas zanjas, donde los iban arrojando en montón, cubriéndoles luego con la mortaja común de la tierra. Algunos heridos de distinción estaban en las Ventas del Rey. Aquí, y a lo largo del camino, los cirujanos no daban paz a la mano para vendar y amputar, salvando de la muerte a los que podían. Los soldados sanos sufrían los horrores del hambre, alimentándose muy mal con caldos de cebada y un pan de avena, que parecía tierra amasada.

Todos anhelaban, para salir de tan lastimoso estado, que se firmase de una vez la capitulación; pero ésta iba despacio, porque los generales españoles querían sacar el mejor partido posible de su triunfo. Según oí decir aquel día, ya estaba acordado que se concediese a los franceses el paso de la sierra para regresar a Madrid cuando se interceptó un oficio en que el lugarteniente general del Reino mandaba a Dupont replegarse a La Mancha. Comprendimos entonces los españoles que conceder a los franceses lo mismo que querían era muy desairado para nuestras armas.

También alcanzamos a ver a lo largo del camino real la interminable fila de carros donde los imperiales llevaban todo lo cogido en Córdoba. ¡Funestas riquezas! Dicen algunos historiadores que el afán de no dejar atrás los quinientos preciosos carros les puso en el aprieto de rendirse, con la esperanza de salvar el convoy. Yo no creo que hubieran podido escapar con carros ni sin ellos, porque allí estábamos nosotros para impedírselo; pero sea lo que quiera, lo cierto es que Napoleón dijo algún tiempo después a Savary en Tolosa, hablando de aquel desastre tan funesto al Imperio:

Más hubiera querido saber su muerte que su deshonra. No me explico tan indigna cobardía sino por el temor de comprometer lo que había robado.

Firmada quedó, al fin, en Andújar la capitulación llamada de Bailén, gloriosísima para nuestras armas, humillante para las de Napoleón. Yo no vi el triste desfile de los ocho mil soldados de Dupont cuando entregaron sus armas ante el general Castaños, porque esto tuvo lugar en Andújar. A pesar de que la primera y segunda división habían sido las vencedoras de los franceses, la honra de presenciar la rendición fue otorgada a la tercera y a la de reserva. Por delante de nosotros desfilaron las tropas de Vedel, en número de nueve mil trescientos hombres, y dejando sus armas en pabellón nos entregaron muchas águilas y cuarenta cañones.

Les mirábamos y nos parecía imposible que aquellos fueran los vencedores de Europa. Después de haber borrado la geografía del continente para hacer otra nueva, clavando sus banderas donde mejor les pareció, desbaratando imperios y haciendo con tronos y reyes un juego de títeres, tropezaban en una piedra del camino de aquella remota Andalucía, tierra casi olvidada del mundo desde la expulsión del islamismo… Ninguna victoria francesa resonó en Europa como aquella derrota, que fue, sin disputa, el primer traspiés del Imperio. Desde entonces caminó mucho, pero siempre cojeando. España, armándose toda y rechazando la invasión con la espada y la tea, con la navaja, con las uñas y con los dientes, probaría, como dijo un francés, que los ejércitos sucumben, pero que las naciones son invencibles.

XI

Sabed ahora, queridos niños, lo que pasaba del otro lado de Sierra Morena en aquel mismo mes de julio. El día 7, había jurado José en Bayona la constitución hecha por unos españoles vendidos al extranjero. El día 9, el mismo José traspasaba la frontera para venir a gobernarnos. El día 15, ganaba Bessieres en los campos de Rioseco una sangrienta batalla, y al tener de ella noticia Napoleón, decía lleno de gozo: «La batalla de Rioseco pone a mi hermano en el trono de España, como la de Villaviciosa puso a Felipe V». El 20, un día después de nuestra batalla, entró José en Madrid, y aunque la recepción glacial que se le hizo le causara suma aflicción aún le parecía que el buen momio de la corona duraría bastante tiempo.

Pero hacia los días 25 y 26, se esparce por la capital un rumor misterioso que conmueve de alegría a los españoles y de terror a los franceses: corre la voz de que los paisanos andaluces y algunas tropas de línea han derrotado a Dupont, obligándole a capitular. Este rumor crece y se extiende; pero nadie quiere creerlo, los españoles por parecerles demasiado lisonjero y los franceses por considerarlo demasiado terrible. El absurdo se propaga y parece confirmarse; pero la corte de José se ríe y no da crédito a aquel cuento de viejas. Cuando no queda duda de que semejante imposible es un hecho real, la corte, que aún no había instalado sus bártulos, huye despavorida; las tropas de Moncey, que rechazadas de Valencia se habían replegado a La Mancha, se unen a las de Madrid, y todos juntos, soldados, generales y rey intruso, corren precipitadamente hacia el norte, asolando el país por donde pasan.

De mí os diré que tuve que volverme a Madrid, escoltando a unos señores que me pagaron buena soldada con tal objeto, y si ello me alegraba por cambiar de vida y de teatro (que en tiempos de guerra es harto enojosa la quietud), no fue completo mi gozo, porque hube de separarme de mi más que amigo, hermano, Marijuán. De éste no supe nada en algún tiempo: ya os hablaré de nuestro encuentro en el curso de estas historias y de las inauditas proezas que él y yo en distintos lugares de España presenciamos.

En Madrid me alisté en el Cuerpo de Voluntarios que allí se formó; mas no tuve ocasión de añadir a mi hoja de servicios ningún acto resonante. Continuó la guerra, encendiéndose con nuevo ardor en el otoño del año 8. Los sitios de Valencia y Zaragoza mantenían el fuego sagrado. Napoleón, aplicando su inmenso genio militar a robustecer su terquedad caprichosa, reforzó su ejército conquistador, y en persona vino a traernos a su hermano José, que con los tiros de Bailén salió de aquí espantado como un conejo.

Forzó Napoleón el paso de Somosierra con hueste numerosa; sus lanceros polacos excediéronse en bravura loca y en crueldades de guerra. Dueño quedó de Madrid el 2 de diciembre. Se aposentó en el palacio del duque de Pastrana en Chamartín de la Rosa, de donde salió para visitar a su hermano en Madrid y en el Pardo.

Y ya que os hablo del Rey José debo preveniros contra las imposturas que el vulgo acumulaba sobre la persona de aquel buen señor, primera víctima en España de la soberbia y de la obcecación de su hermano. El patriotismo, en casos de lucha encarnizada contra la invasión, no puede repudiar ninguna forma defensiva y agresiva, y las acepta y utiliza todas desde las más sublimes hasta las más vulgares y chocerreras… Pero pasado el tiempo, y depuestas las armas nobles así como las viles, no digáis que el llamado José I era borracho, ni tuerto, ni disoluto. Los injuriosos motes de Pepe Botella y Rey de Copas eran el arma del vejamen y de la burla, usada por los que no podían usar otra. Y podéis decir también que en su corto y azaroso reinado, dentro de la redoma francesa que absolutamente le aislada del sentimiento español, dictó el pobre José resoluciones de grande utilidad, como el quitar de en medio el Santo Oficio, reducir los frailes a su tercera parte, y otras saludables medidas. Mas era extranjero, traído por la fuerza, con insolente arrogancia y menosprecio de la dignidad de la nación.

A mí me fue muy mal en aquella etapa de nuestra gloriosa guerra. Prendiéronme por sospechoso, y en una cuerda de pilletes y vagabundos nos encaminamos a Francia. Entre aquellos pillastres iba el gran poeta Cienfuegos, el actor Isidoro Máiquez y el afamado latinista Sánchez Barbero. Me confabulé con otros dos de la cuerda, oscuros y pobres como yo, y desplegando tanta picardía como audacia nos escapamos antes de llegar a Burgos… ¡Oh dicha! ¡Libertad al fin! Con unánime pensamiento resolvimos marchar a Zaragoza y pedir a la heroica ciudad tres puestos, tres fusiles y tres pedazos de pan para pelear por España.

Zaragoza

I

Me parece que fue al anochecer del 18 de diciembre cuando avistamos a Zaragoza. Entrando por la puerta de Sancho, oímos que daba las diez el reloj de la Torre Nueva. Nuestro estado era excesivamente lastimoso en lo tocante a vestido y alimento, porque las largas jornadas que habíamos hecho por Santo Domingo de la Calzada. Logroño, y todo el camino real que va por la orilla izquierda del Ebro, nos molieron y extenuaron horrorosamente. El día de la evasión reuníamos entre los tres un capital de once reales; pero al entrar en la metrópoli aragonesa hicimos un balance y arqueo de la caja social y nuestras cuentas sólo arrojaron un activo de treinta y un cuartos. Compramos pan junto a la Escuela Pía y nos lo distribuimos.

Uno de mis compañeros era gato de Madrid y tenía en Zaragoza dos primos sombrereros; el otro era un viejo, que en la Corte trabajaba en librería de viejo, gran lector de papeles públicos y algo masón, según se decía. Llamábase don Roque, y como aragonés tenía buenas relaciones en Zaragoza; pero aquella no era hora de presentarnos a nadie. Aplazamos para el día siguiente el buscar amigos y como no podíamos alojarnos en una posada discurrimos por la ciudad buscando un abrigo donde pasar la noche.

Recorrimos el Coso desde la casa de los Gigantes hasta el Seminario; nos metimos por la calle Quemada y la del Rincón, ambas llenas de ruinas, hasta la plazuela de San Miguel, y de allí, atravesando al azar angostas e irregulares vías, nos encontramos junto a las ruinas del Monasterio de Santa Engracia, volado por los franceses en el primer sitio. Los tres lanzamos una misma exclamación, que indicaba la conformidad de nuestros pensamientos. Habíamos encontrado un asilo y excelente alcoba donde pasar la noche.

La pared de la fachada continuaba en pie, con su pórtico de mármol poblado de figuras de santos, que permanecían enteros y tranquilos como si ignoraran la catástrofe. En el interior vimos arcos incompletos, machones colosales, irguiéndose aún entre los escombros. Destacábanse negros y deformes sobre la claridad del espacio, semejantes a criaturas absurdas, engendradas por una imaginación en delirio; vimos recortaduras, ángulos, huecos, laberintos, cavernas y otras mil obras de esa arquitectura del acaso trazada por el desplome. Había pequeñas estancias abiertas entre los pedazos de la pared, con un arte semejante al de las grutas en la naturaleza. Los trozos de retablo, podridos a causa de la humedad, asomaban entre los restos de la bóveda, donde aún subsistía la roñosa polea que sirvió para suspender las lámparas, y precoces yerbas nacían entre las grietas de la madera y del ladrillo. El techo se confundía con el suelo, y la torre mezclaba sus despojos con los del sepulcro. La informe osamenta parecía palpitar con el estremecimiento de la voladura.

Don Roque nos dijo que bajo aquella iglesia había otra, donde se veneraban los huesos de los Santos Mártires de Zaragoza; pero la entrada del subterráneo estaba obstruida. Al internarnos, oímos voces humanas que salían de aquellos antros misteriosos, y el resplandor de una llama que iluminó parte de la escena nos permitió distinguir un grupo de personas que se abrigaban unas contra otras en el hueco formado entre dos machones derruidos. Eran mendigos de Zaragoza, que se habían arreglado un palacio en aquel sitio, resguardándose de la lluvia con vigas y esteras. También nosotros nos pudimos acomodar por otro lado y tapándonos con manta y media llamamos al sueño. Don Roque me decía así:

—Yo conozco a Don José de Montoria, uno de los labradores más ricos de Zaragoza. Ambos somos hijos de Mequinenza, fuimos juntos a la escuela y juntos jugábamos al truco en el altillo del corregidor. Aunque hace treinta años que no lo veo, creo que nos recibirá bien. Como buen aragonés, todo él es corazón. Nos presentaremos a Montoria, le diremos…

Durmióse don Roque y también me dormí.

El lecho en que yacíamos no convidaba por sus blanduras a dormir perezosamente la mañana; antes bien, colchón de cascote hace buenos madrugadores. Despertamos, pues, con el día, y como no teníamos que entretenemos en melindres de tocador, bien pronto estuvimos en disposición de salir a hacer nuestras visitas. Pensando en esto, vimos salir a dos hombres y una mujer de los que fueron durante la noche nuestros compañeros de posada, y parecían gente habituada a dormir en aquel lugar. Uno de ellos era un infeliz lisiado, con menos de pierna y media, pues la una terminada en pata de palo, la otra en la rodilla. Se ponía en movimiento con ayuda de muletas; era viejo, de rostro jovial y muy tostado por el sol. Como nos saludara afablemente al pasar, dándonos los buenos días, don Roque le preguntó hacia qué parte de la ciudad caía la casa de don José de Montoria, oyendo lo cual repuso el cojo:

—¿Don José de Montoria? Le conozco más que a las niñas de mis ojos. Hace veinte años vivía en la calle de Albardería; después se mudó a la de la Parra; después… Pero ustés son forasteros, por lo que veo. Según eso, ¿no estaban ustés aquí el 4 de agosto?

—No, amigo —le respondí—, no hemos presenciado ese gran hecho de armas.

—¿Ni vieron tampoco la batalla de las Eras?

—Tampoco hemos tenido esa felicidad.

—Pues allí estuvo don José Montoria: fue de los que llevaron arrastrando el cañón hasta enfilarlo…, pues. Veo que ustés no han visto nada. ¿De qué parte del mundo vienen ustés?

—De Madrid —dijo don Roque—. ¿Con que usted nos podrá decir dónde vive mi gran amigo?

—¡Otra!, ¿pues no he de poder, buen hombre? —repuso el cojo, sacando un mendrugo para desayunarse—. De la calle de la Parra se mudó a la de Enmedio. Ya saben ustés que todas las casas volaron…, pues. Allí estaba Esteban López, soldado de la décima compañía del primer tercio de voluntarios de Aragón, y él sólo, con cuarenta hombres, rechazó a los franceses.

—¡Eso sí que es cosa admirable!

—Pero si no han visto ustedes lo del 4 de agosto no han visto nada —continuó el mendigo—. Yo vi también lo del 4 de junio, porque me fui arrastrando por la calle de la Paja, y vi a la artillera cuando dio fuego al cañón de 24.

—Ya, ya tenemos noticia del heroísmo de esa insigne mujer —dijo don Roque—. Pero si usted nos quisiera decir…

—Pues, sí: don José de Montoria es muy amigo del comerciante don Andrés Gúspide, que el 4 de agosto estuvo haciendo fuego desde la visera del callejón de la Torre del Pino, y por allí llovían granadas, balas, metralla, y mi don Andrés, fijo como un poste. Más de cien muertos había a su lado, y él sólo mató cincuenta franceses.

—Gran hombre. ¿Y es amigo de mi amigo?

—¡Otra, qué Dios! Amigos son y los mejores caballeros de Zaragoza, y me dan limosna todos los sábados. Porque han de saber ustés que yo soy Pepe Pallejas, y me llaman, por mal nombre, Sursum Corda, como que fui hace veintinueve años sacristán de Jesús, y cantaba…, pero esto no viene al caso. Pues, como iba diciendo, el día 4 de agosto estaba yo pidiendo en San Miguel, y vi salir de la iglesia a Francisco Quílez, sargento primero de la primera compañía del primer batallón de fusileros, el cual ya saben ustés que fue el que con treinta y cinco hombres echó a los bandidos del Convento de la Encarnación… Veo que se asombran ustés…, ya. ¿No saben ustés nada de esto?

—No, amigo y señor mío —dijo don Roque—; nada de esto sabemos, y aunque tenemos el mayor gusto en que usted nos cuente tantas maravillas, lo que ahora más nos importa es saber…

—Ahora mismo, ahora mismo… Pero antes les quiero decir una cosa, y es que si don Mariano Cereso no hubiera defendido la Aljafería como la defendió nada se hubiera hecho en el Portillo. ¡Y que es hombre de mantequillas, en gracia de Dios, el tal don Mariano Cereso! En la del 4 de agosto andaba por las calles con su espada y rodela antigua, y daba miedo verle. Esto de Santa Engracia paicía un horno, señores. Las bombas y las granadas llovían; pero los patriotas no les hacían más caso que si fueran gotas de agua. Una buena parte del convento se desplomó… Don Antonio Quadros embocó por allí, y cuando miró a las baterías francesas se las quería comer. Los bandidos tenían sesenta cañones echando fuego sobre estas paredes. ¿Ustés no lo vieron? Pues yo sí, y los pedazos del ladrillo de las tapias y la tierra de los parapetos salpicaban como miajas de un bollo. Pero los muertos servían de parapeto, y muertos arriba, muertos abajo, aquello era mortandá de Dios. Don Antonio Quadros echaba llamas por los ojos.

Cayó otro pedazo de convento, y mi hombre dijo que aquello no importaba nada, y viendo que la artillería de los bandidos había abierto un gran boquete en el muro fue a taparlo él mismo con una saca de lana. Entonces una bala le dio en la cabeza. Retiráronle aquí; dijo que tampoco aquello era nada, y expiró.

—¡Oh! —exclamó don Roque, bostezando—. Estamos encantados, y el más puro patriotismo nos inflama oyendo… Pero señor Sursum, por la Virgen del Pilar, mire que estamos muertos, estamos locos.

—Para muertos y locos aquel día. ¿Ustés no vieron lo del hospital? Pues yo sí: allí caían las bombas como el granizo. Los enfermos, viendo que los techos se les venían encima, se arrojaban por las ventanas a la calle. Otros se iban arrastrando y rodaban por las escaleras. Ardían los tabiques; oíanse lamentos, y los locos mugían en sus jaulas como fieras rabiosas. Otros se escaparon y andaban por los claustros, riendo, bailando y haciendo mil gestos que daban espanto. Algunos salieron a la calle como en día de Carnaval, y uno se subió a la cruz del Coso, donde se puso a sermonear diciendo que él era el Ebro, y que anegando la ciudad iba a sofocar el fuego… La Torre Nueva hacía señales para que se supiera cuándo venía una bombica; pero el gritar de la gente no dejaba oír las campanas. Los franceses avanzan por esta calle de Santa Engracia; se apoderan del hospital y del convento de San Francisco; empieza la guerra en el Coso y en las calles de por allí. Don Santiago Sas, don Mariano Cereso, don Lorenzo Calvo, don Marcos Siminó, Renovales, el albéitar Martín Albantos, Vicente Codé, don Vicente Marracó y otros, atacan a los franceses a pecho descubierto, y detrás de una barricada hecha por ella misma, les aguarda, llena de furor, su fusilico en mano, la condesa de Bureta.

—¡Cómo!, ¿una dama, una condesa, levantaba barricadas y disparaba fusiles?… Es hermoso, es sublime… Pero ¡cuánto gozaríamos oyendo contar esas hazañas con el estómago lleno!… Con que, ¿decía usted que la casa de Montoria cae hacia?…

—Hacia allá. Ya vamos, ya —dijo el lisiado poniendo en movimiento sus tres remos, pato de palo y muletas—. ¿Ven ustés esta casa? Pues aquí vive Antonio Laste, sargento primero de la compañía del cuarto tercio, y ya sabrán que salvó de la Tesorería los diez y seis mil cuatrocientos pesos, y quitó a los franceses la cera que habían robado.

—Adelante, adelante, amigo.

—Pronto llegaremos. Por aquí iba yo en la mañana del 1.° de julio cuando encontré a Hilario Lafuente, cabo primero de la compañía de escopeteros del presbítero Sas, y me dijo: «Hoy van a atacar el Portillo». Entonces yo me fui a ver lo que había y…

—Ya estamos enterados de todo…

—Esta casa que ven ustés toda quemada y hecha escombros es la que ardió el día 4, cuando don Francisco Ipas…

—Ya sabemos lo demás, ya lo sabemos…

—Pero mucho mejor fue lo que hizo Codé, labrador de la parroquia de la Magdalena, con el cañón de la calle de la Parra —continuó el mendigo, deteniéndose otra vez—. Pues al ir a disparar, los franceses se echan encima. Huyen todos; Codé se mete debajo del cañón; pasan los franceses sin verlo, y después, ayudado por una vieja que le dio una cuerda, arrastra la pieza hasta la boca-calle. Vengan ustés y les enseñaré.

—No queremos ver nada: adelante…

Tanto le azuzamos, y con tanta obstinación cerramos nuestros oídos a sus historias que, al fin, aunque muy despacio, nos llevó por el Coso y el mercado a la calle de la Hilarza, donde la persona a quien queríamos ver tenía su casa.

II

Pero ¡ay!, don José de Montoria no estaba en ella y nos fue preciso buscarle en los alrededores de la ciudad. El más joven de mis compañeros, aburrido de tantas idas y venidas, se separó de nosotros, y fue en busca de sus primos los sombrereros, que vivían en el Coso. Nos quedamos solos don Roque y un servidor, y así emprendimos con más desembarazo el viaje a la torre del señor Montoria, situada a poniente, lindando con el camino de Muela y a poca distancia de la Bernardona. Un paseo tan largo a pie y en ayunas no era lo más satisfactorio para nuestros fatigados cuerpos; pero nos dimos por bien servidos encontrando al deseado zaragozano.

Ocupábase éste, cuando llegamos, en talar los frondosos olivos de su finca, porque así lo exigía el plan de obras de defensa establecido por los jefes facultativos ante la inminencia de un segundo sitio.

—En el primero —nos dijo— talé la heredad que tengo al lado allá de la Huerva; pero este segundo asedio que se nos prepara dicen que será más terrible que aquél, a juzgar por el gran aparato de tropas que traen los franceses.

Acto continuo, don Roque pasó a hacer elogios de mi personalidad, militar y civilmente considerada, y de tal modo se le fue la mano en este capítulo que me hizo sonrojar, mayormente considerado que algunas de sus afirmaciones eran estupendas mentiras. Díjole primero que yo pertenecía a una de las más alcurniadas familias de la baja Andalucía en tierra de Doñana, y que había asistido al glorioso combate de Trafalgar en clase de guardia marina. Añadió que mis proezas en la batalla de Bailén, a la que asistí como voluntario, andarían pronto en papeles, y que yo era gran patriota, buen escritor con mis ribetes de poeta. Examinándome de pies a cabeza, Montoria me dijo:

—¡Porra! No le podré afiliar a usted en la tercera escuadra de la compañía de escopeteros de don Santiago Sas, de cuya compañía soy capitán; pero entrará en el Cuerpo en que está mi hijo. Y a usted, don Roque, amigo mío, puesto que no está para coger el fusil, ¡porra!, le haremos practicante en los hospitales del ejército.

Luego que esto oyó don Roque, expuso con graciosas elipsis la gran necesidad en que nos encontrábamos, y lo bien que recibiríamos sendas magras y un par de panes cada uno. Frunció el ceño el gran Montoria, mirándonos de un modo severo… Temblamos; creímos que íbamos a ser despedidos por la osadía de pedir de comer. Balbucimos tímidas excusas, y nuestro protector, con rostro encendido, nos habló así:

—¿Con que tienen hambre? ¡Porra, váyanse al demonio con cien mil pares de porras! ¿Y por qué no lo habían dicho? ¿Con que yo soy hombre capaz de consentir que los amigos tengan hambre, porra? Sepan que tener necesidad y no decírmelo en mi cara sin retruécanos es ofender a un hombre como yo. Ea, muchachos, entrad adentro y mandar que frían obra de cuatro libras de lomo, y que estrellen dos docenas de huevos y que maten seis gallinas, y saquen de la cueva siete jarros de vino, que yo también quiero almorzar. Vengan todos los vecinos, los trabajadores y mis hijos, si están por ahí. Y ustedes, señores, prepárense a hacer penitencia conmigo. ¡Nada de melindres, porra! Comerán de lo que hay, sin dengues ni bobadas. Aquí no se usan cumplidos. Usted, señor don Roque, y usted, señor de Araceli, están en su casa hoy y mañana y siempre, ¡porra! Todo lo que tiene José de Montoria es de sus amigos.

La ruda generosidad de aquel insigne varón nos tenía anonadados. Cuando nos retirábamos a la ciudad, llevónos Montoria a examinar las obras defensivas en aquella parte occidental, Portillo, tapias de la Feceta y Agustinos Descalzos, Trinitarios, Eras, Sepulcro. Estas obras, como hechas a prisa, no se distinguían por su solidez. Zaragoza, comparada con Amberes, Dantzig, Metz, Sebastopol, Cartagena, Gibraltar y otras célebres plazas fuertes tomadas o no, era entonces una fortaleza de cartón. Y, sin embargo…

En su casa, Montoria se enfadó otra vez con don Roque y conmigo porque no quisimos admitir el dinero que nos ofrecía para nuestros primeros gastos en la ciudad; y aquí se repitieron los puñetazos en la mesa y la lluvia de porras y otras palabras que no cito. Era don José un hombre de sesenta años, fuerte, colorado, rebosando salud, bienestar, contento de sí mismo, conformidad con la suerte y conciencia tranquila. Lo que le sobraba en costumbres patriarcales y (si es que esto puede estar de sobra en algún caso), le faltaba en gazmoñerías y refinamientos de palabra. No conocía los artificios de la etiqueta, y por carácter y por costumbres, era refractario a la mentira discreta, y a los amables embustes que constituyen la base fundamental de la cortesía.

Desconocía el disimulo, poseía las grandes virtudes cristianas en crudo y sin pulimento, como un macizo canto del más hermoso mármol, donde el cincel no ha trazado una raya siquiera. Perdonaba ofensas, agradecía los beneficios y daba parte de sus cuantiosos bienes a los menesterosos.

Vestía con aseo, comía con buen diente, ayunando con todo escrúpulo los viernes de Cuaresma, y amaba a la Virgen del Pilar con fanático amor de familia. Su lenguaje no era, según se ha visto, un modelo de comedimiento, y él mismo confesaba como el mayor de sus defectos lo de soltar a todas horas porra y más porra, sin que viniese al caso; pero más de una vez le oí decir que, conocedor de la falta, no la podía remediar, porque aquello de las porras le salía de la boca sin que él mismo se diera cuenta de ello.

Tenía mujer y tres hijos. Era aquella doña Leocadia Sarriera, navarra de origen. De los vástagos, el mayor y la hembra estaban casados y habían dado a los viejos algunos nietos. El más pequeño de los hijos llamábase Agustín y era destinado a la Iglesia. A todos les conocí en el mismo día, y eran la mejor gente del mundo.

—Señor don Roque —dije aquella noche a mi compañero cuando nos acostábamos en el cuarto que nos destinaron—, yo jamás he visto gente como ésta. ¿Son así todos los aragoneses?

—Hombres de la madera de don José de Montoria —me respondió— y familias como esta familia, abundan mucho en la tierra de Aragón.

Al siguiente día nos ocupamos de mi alistamiento. Harto sabéis, amados niños, que en aquellos días Zaragoza y los zaragozanos habían adquirido un renombre fabuloso, y que todo lo referente al sitio famoso de la inmortal ciudad, tomaba en boca de los narradores las proporciones y el colorido de un romance de los tiempos heroicos. Con la distancia, las acciones de los zaragozanos adquirían dimensiones mayores aún, y en Inglaterra y en Alemania, donde se les consideraba como los numantinos de los tiempos modernos, aquellos paisanos medio desnudo, con alpargatas en los pies y un pañizuelo arrollado en la cabeza, eran figuras de coturno. Capitulad y os vestiremos —decían los franceses en el primer sitio, admirados de la constancia de unos pobres aldeanos vestidos de harapos—. No sabemos rendirnos —contestaban—, y nuestras carnes sólo se cubren de gloria.

Estas y otras frases habían dado la vuelta al mundo.

Alistado fui en el batallón de Peñas de San Pedro, bastante mermado en el primer sitio, y me dieron un uniforme y un fusil. En el mismo batallón servía el hijo segundo de don José de Montoria, llamado Agustín. La suerte me deparaba un buen compañero y un excelente amigo.

Desde el día de mi llegada oí hablar de la aproximación del ejército francés; pero esto no fue un hecho hasta el 20. Por la tarde, una división llegó a Zuera, en la orilla izquierda, para amenazar el Arrabal; otra, mandada por Suchet, acampó en la derecha sobre San Lamberto. Moncey, que era el general en jefe, situóse con tres divisiones hacia el Canal y en las inmediaciones de la Huerva. Cuarenta mil hombres nos cercaban.

Impacientes por vencernos, los franceses comenzaron sus operaciones el 21, desde muy temprano, embistiendo con gran furor y simultáneamente el monte Torrero y el Arrabal de la izquierda del Ebro, puntos sin cuya posesión era excusado pensar en someter la valerosa ciudad; pero si bien tuvimos que abandonar a Torrero, por ser peligrosa su defensa, en el Arrabal desplegó Zaragoza tan temerario arrojo que es aquel día uno de los más brillantes de su brillantísima historia.

A las cuatro de la madrugada, el batallón de las Peñas de San Pedro fue destinado a guarnecer el frente de fortificaciones desde Santa Engracia hasta el convento de Trinitarios. Algunas compañías teníamos nuestro vivac en una huerta inmediata al Colegio del Carmen. Agustín Montoria y yo no nos separábamos, porque su apacible carácter, el afecto que me mostró desde que nos conocimos, y la conformidad, la dulce armonía de nuestras ideas, me hacía muy agradable su trato. Era un joven de hermosa figura, ojos grandes y vivos, despejada frente y cierta gravedad melancólica en su fisonomía. Su corazón, como el del padre, estaba lleno de aquella generosidad que se desbordaba al menor impulso.

Ya dije que le dedicaban a la Iglesia, y añado ahora que la vocación eclesiástica de mi amigo era una vana ilusión de la familia. Ésta, como los buenos Padres del Seminario, no lo comprendían así, ni lo comprendieran aunque bajara a decírselo el Espíritu Santo en persona. El precoz teólogo, el dialéctico que en los ejercicios semanales dejaba atónitos a los maestros con la intelectual gimnasia escolástica, no tenía más vocación para el sacerdocio que la que tuvo Mozart para la guerra, Rafael para las matemáticas o Napoleón para el baile.

III

Largos y sabrosos coloquios entablábamos Agustín y yo en los ratos de descanso. El generoso y noble amigo, a los dos días de intimidad, mostraba totalmente su corazón, y me abría el arca de sus pensamientos. Sus primeras confidencias fueron hasta melancólicas. Temía la muerte; sentíase amarrado a la vida con fuertes lazos… Entre mil prolijas frases de amarga incertidumbre, recuerdo ésta: «Francamente, Gabriel, yo no quisiera morir en este terrible cerco que nos han puesto los franceses. En el otro sitio también tomamos las armas todos los alumnos del Seminario, y te confieso que estaba yo más valiente que ahora. No sé qué fuego enardecía mi sangre, y me lanzaba a los puestos de mayor peligro sin temer la muerte. Hoy no me pasa lo mismo: estoy medroso, y el disparo de un fusil me hace estremecer».

Adiviné la causa de esta singular turbación del ánimo, y antes de que yo la dijese, desbordóse la sinceridad de mi amigo contándome su Cuento de Hadas, que también él lo tenía, y de los más espiritados y candorosos. Amaba con pura idealidad a una doncellita, de cuya hermosura y angelical modestia me hizo un retrato descriptivo de líneas vaporosas y célicos matices. Avido de comunicar al amigo sus cuitas y ansiedades, me dijo que el nombre de ella era María. Tenía por padre a un ogro, circunstancia muy del caso en cuentos de tal naturaleza, y este ogro era un don Jerónimo Candiola, mallorquín, habitante en la calle de Antón Trillo, cerca de la Torre Nueva. Así llaman en Zaragoza a la esbeltísima y afiligranada torre, que se inclina de un lado como si dijera: me inclino, pero no me caigo, uno de los monumentos más característicos de la capital de Aragón.

Pues señor, si Agustín me pintó a Mariquilla (así solía nombrarla) con rosados colores, en la pintura del ogro empleaba las más oscuras tintas. El tío Candiola, como llamaba el vulgo al ogro de la calle de Antón Trujillo, tenía en su casa un sótano lleno de dinero. Era el monstruo de la usura, y al pobre acreedor que en sus garras caía le sacaba las entrañas. En Zaragoza nadie le podía ver, por su falta de patriotismo. A muchos pobres metió en la cárcel después de arruinarlos. Además, en el otro sitio no dio un cuarto para la guerra, ni tomó las armas, ni recibió heridos en su casa, ni le pudieron sacar una peseta; y como un día dijera que a él lo mismo le daba Juan que Pedro, en un tris estuvo que le arrastraran los patriotas.

No dijo más Agustín porque sonó un cañonazo del lado de Torrero, y ambos volvimos hacia allá la vista.

Los franceses habían atacado con gran empeño las posiciones fortificadas de Torrero. Defendían éstas diez mil hombres mandados por don Felipe Saint-March y por O’Neille, ambos generales de mucho mérito. Los voluntarios de Borbón, de Castilla, del Campo Segorbino, de Alicante y el provincial de Soria, los cazadores de Fernando VII, el regimiento de Murcia y otros cuerpos de que no hago memoria, rompieron el fuego. Desde el reducto de los Mártires vimos el principio de la acción, y las columnas francesas que corrían a lo largo del Canal para flanquear a Torrero. Duró gran rato el fuego de fusilería; mas la lucha no podía prolongarse mucho tiempo, porque aquel punto no se prestaba a una defensa enérgica. No obstante, nuestras tropas no se retiraron sino muy tarde y con el mayor orden, volando el puente de América y trayéndose todas las piezas, menos una, que había sido desmontada por el fuego enemigo.

Entre tanto, como sintiéramos fuertísimo estruendo lejano, supusimos trabada otra acción en el Arrabal.

—Allá está el brigadier don José Manso —me dijo Agustín— con el regimiento suizo de Aragón, que manda don Mariano Walker; los voluntarios de Huesca, de que es jefe don Pedro Villacampa; los voluntarios de Cataluña y otros valientes cuerpos. ¡Y nosotros aquí, mano sobre mano! Por este lado parece que ha concluido.

—O yo me engaño mucho —repuse— o ahora van a atacar a San José.

No tardó en efectuarse el movimiento que yo había previsto, y el convento de San José fue atacado por fuerte columna de infantería francesa; mejor dicho, fue objeto de una tentativa de sorpresa. Al parecer, los enemigos tenían mala memoria, y en tres meses se les había olvidado que las sorpresas eran imposibles en Zaragoza. Los pobrecitos acababan de llegar de la Silesia y no sabían qué clase de guerra era la de España. Además, como ganaron a Torrero con tan poco trabajo creyéronse en disposición de tragarse el mundo. Ello es que avanzaban, como he dicho, sin que San José hiciera demostración alguna, hasta que, hallándose a tiro de fusil o poco menos, vomitaron de improviso tan espantoso fuego las troneras y aspilleras de aquel edificio que mis bravos franceses tomaron soleta con precipitación, dejando tras sí gran número de muertos. Ya debían comprender nuestros enemigos que si se abandonó a Torrero fue por cálculo y no por flaqueza. Sola, aislada, desamparada, sin fuertes ni castillos, Zaragoza alzaba de nuevo sus murallas de tierra, sus baluartes de ladrillos crudos, sus torreones de barro amasado la víspera para defenderse otra vez contra los primeros soldados, la primera artillería y los primeros ingenieros del mundo.

La campana de la Torre Nueva sonaba con clamor de alarma y Zaragoza entera glosaba el lúgubre tañido, repitiendo: «¡Al Arrabal, al Arrabal!».

Mi batallón abandonó la cortina de Santa Engracia y púsose en marcha hacia el Coso. Las calles de San Gil, de San Pedro y Cuchillería, que son camino para el puente, estaban casi intransitables del sin fin de ancianos, chiquillos y mujeres que corrían impulsados por la curiosidad. Salimos a la orilla del río por San Juan de los Panetes, y nos situamos en el malecón esperando órdenes. Enfrente y al otro lado del Ebro se divisaba el campo de batalla. Todos nuestros parapetos de aquella zona estaban construidos con los ladrillos de los cercanos tejares, formando con el barro y la tierra de los hornos una masa rojiza. Creeríase que la tierra estaba amasada con sangre.

Los franceses tenían su frente desde el camino de Barcelona al de Juslibol, más allá de los tejares y de las huertas que hay a mano izquierda de la segunda de aquellas dos vías. Consistía todo su empeño en tomar por audaces golpes de mano las baterías, y esta tenacidad produjo una verdadera hecatombe. Caían muchísimos; clareábanse las filas, y llenadas al instante por otros, repetían la embestida. A veces llegaban hasta tocar los parapetos, y las luchas individuales acrecían el horror de la escena. Iban delante los jefes, blandiendo sus espadas, como hombres desesperados que han hecho cuestión de honor el morir ante un montón de ladrillos, y en aquella destrucción espantosa que arrancaba a la vida centenares de hombres en un minuto, desaparecían, arrojados por el suelo, el soldado, y el sargento, y el alférez, y el capitán, y el coronel.

Es indudable que este prematuro encarnizamiento les perdió. Debieron principiar batiendo cachazudamente nuestras obras con su artillería; debieron conservar la serenidad que exige un sitio, y no desplegar guerrillas contra posiciones defendidas por gente como la que habían tenido ocasión de tratar el 15 de julio y el 4 de agosto. Es seguro que de traer consigo la mente pensadora de su inmortal jefe, que vencía siempre con su lógica admirable lo mismo que con sus cañones, habrían empleado en el sitio de Zaragoza un poco del conocimiento del corazón humano. Napoleón, con su penetración extraordinaria, hubiera comprendido el carácter zaragozano y se habría abstenido de lanzar contra él columnas descubiertas, haciendo alarde de valor personal. Esta es una cualidad de difícil y peligroso empleo, sobre todo delante de hombres que se baten por un ideal, no por un ídolo… Los franceses, al caer de la tarde, creyeron oportuno desistir de su loco empeño, y se retiraron, dejando el campo cubierto de cadáveres. ¡Abur, Francia, y vuelve por otra!

IV

Serían las nueve cuando rompimos filas los de mi batallón, porque, faltos de acuartelamiento, se nos permitía dejar el puesto por algunas horas, siempre que no hubiera peligro. Corrimos Agustín y yo hacia el Pilar, donde se agolpaba un gentío inmenso, y entramos difícilmente. Quedéme sorprendido al ver cómo forcejeaban las personas allí reunidas para abrirse paso hacia la capilla en que mora la Virgen del Pilar. Los rezos, las plegarias y las demostraciones de agradecimiento formaban un conjunto que no se parecía a los rezos de ninguna clase de fieles. Más que rezo era un hablar continuo, mezclado de sollozos, gritos, palabras tiernísimas y otras de íntima, de ingenua confianza, como suele usarlas el pueblo español con los santos que le son queridos. Caían de rodillas, besaban el suelo, se asían a las rejas de la capilla, dirigíanse a la santa imagen llamándola con los nombres más familiares y más patéticos del lenguaje. Los que por la aglomeración de la gente no podían acercarse hablaban con la Virgen desde lejos, agitando sus brazos. Allí no había sacristanes que prohibieran los modales descompuestos y los gritos irreverentes, porque éstos y aquéllos eran hijos del desbordamiento de la emoción, semejante a un delirio. Faltaba el silencio solemne de los lugares sagrados: todos estaban allí como en su casa; como si la casa de la Virgen querida, madre, ama y reina de los zaragozanos, fuese también la casa de sus hijos, siervos y súbditos.

Asombrado de aquel fervor, que la familiaridad hacía más interesante, pugné por abrirme paso hasta la reja, y vi la célebre imagen. ¿Quién no la ha visto, quién no la conoce al menos por las estampas y esculturas que la han reproducido hasta lo infinito de un extremo a otro de las Españas?… Contemplé la Virgen, admirando su portentosa incrustación dentro del alma aragonesa, y a empujones nos apartamos de la capilla. Por la inquietud de Agustín y su rápido mirar a una parte y otra, comprendí que en el Pilar se había citado con Mariquita. Así era. De improviso, apretándome el brazo, me dijo: «Mírala…, ahí está con la vieja Guedita». Diciendo esto, codeaba a un lado y otro para abrirse paso, estropeando espaldas y pechas, pisando pies, chafando sombreros y arrugando vestidos. Yo seguí tras él, causando iguales estragos a derecha e izquierda, y por fin llegamos junto a la joven, que era realmente hermosa, según pude reconocerlo en aquel momento por mis propios ojos. Junto a ella, vi a la vieja guardiana, doña Guedita, desdentada y risueña, boca y nariz copiadas del perfil de una cabeza de tortuga, negro manto, manos sarmentosas armadas de rosario… Sedientos de conversación, se trabaron de tiernas palabras los novios; pero no habían pronunciado veinte cuando un hombre se nos acercó de súbito, nos miró con ojos centelleantes, y cogiendo a la niña bonita por un brazo, enojadamente, le dijo: «¿Qué haces aquí?… Y usted, tía Guedita, ¿por qué la trae a el Pilar sin mi permiso? ¡A casa, a casa, pronto!».

Empujándolas con muy malos modos, las llevó hasta la puerta, y por ella desaparecieron los tres. En mi memoria quedaron grabados el rostro y facha del tío Candiola, que eran, en verdad, harto desapacibles. Su flaqueza, la forma ganchuda de su nariz, su mirar oblicuo, los largos pelos de las cejas blanquinegras, la tez amarilla, el ronco metal de voz, el pelucón de bolsa con que ocultaba su calva, le hacían atrozmente antipático y un tanto siniestro.

Causábame extrañeza la hostilidad de aquel tipo al noviazgo de su niña con el hijo de un señor tan alto como don José de Montoria, y Agustín me sacó de dudas diciéndome: «Este avariento miserable guarda a su hija como un saco de onzas y no está dispuesto a darla a nadie. Además, tiene antiguos resentimientos con mi padre, porque éste libró de sus garras a unos infelices deudores». Añadió luego, con más intenso dolor y melancolía esta otra confidencia. «Por la parte de mi familia son mayores aún los obstáculos… ¡Pues no te digo nada si mi señor padre y mi señora madre llegan a saber que quiero a Mariquilla! Me tiemblan las carnes sólo de pensarlo. ¡Un hijo de don José de Montoria enamorado de la hija del tío Candiola! ¡Qué horrible pensamiento! ¡Un joven que formalmente está destinado a ser obispo…, obispo, Gabriel; yo voy a ser obispo en el sentir de mis padres!». Diciendo esto, Agustín golpeó con su cabeza el sagrado muro en que nos apoyábamos.

—Difícil arreglo tiene esto —dije yo, buscando la salida entre el apretado gentío.

Y él, enamorado y creyente, me contestó:

—Arreglo puede haber, Gabriel amigo, si de ello se encarga la Virgen del Pilar.

El día siguiente, 22, fue cuando Palafox dijo al parlamentario de Moncey que vino a proponerle la rendición: No sé rendirme; después de muertos hablaremos de eso… Muy envalentonados estaban los defensores con la brillante acción del 21 en el Arrabal. Era preciso dar desahogo al ardor de los sitiados disponer algunas salidas. Hizo una Renovales el 24, otra el 25 don Juan O’Neille con los voluntarios de Aragón y de Huesca, y tuvo la suerte de coger descuidado al enemigo, matándole bastantes hombres, y el 31 hicimos la más eficaz de todas, por dos distintos puntos y con fuerzas considerables. En ésta le tocó a mi batallón marchar de los primeros, a las órdenes de Renovales. Nuestro objetivo era mortificar a los franceses en su centro, desde Torrero al camino de la Muela, mientras el brigadier Butrón lo hacía por la Bernardona, con bastantes piezas de infantería y caballería.

Para distraer la atención de los franceses, mandó el jefe que un batallón se desplegase en guerrillas por las Tenerías. Así lo hicimos, y cuando los imperiales se percataron de nuestra presencia ya estábamos sobre ellos, veloces como gamos, y arrollábamos la primera tropa enemiga que nos salió al paso. Tras una torre medio destruida se hicieron fuertes algunos, y dispararon con encarnizamiento y buena puntería. Por un instante permanecimos indecisos, pero Renovales se lanzó delante y nos llevó, matando a boca de jarro y a bayonetazos a cuantos defendían la casa. En el momento en que pusimos el pie dentro del patinillo delantero, advertí que mi fila se clareaba: vi caer, exhalando el último gemido, a algunos compañeros; miré a mi derecha, temiendo no encontrar entre los vivos a mi querido amigo; pero Dios le había conservado. Montoria y yo salimos ilesos.

Sin perder tiempo, Renovales nos dio orden de seguir hacia la línea de atrincheramientos que los imperiales estaban abriendo. Se comprende, por lo que llevo referido, que los franceses no esperaban aquella salida, y que, completamente descuidados, sólo tenían allí las escoltadas cuadrillas de ingenieros que abrían las zanjas de la primera paralela. Les embestimos con horroroso fuego, aprovechando muy bien los minutos antes que llegasen fuerzas temibles; cogíamos prisioneros a los que encontrábamos sin armas; matábamos a los que las tenían; recogíamos los picos y azadas, todo esto con ligereza sin igual, animándonos con palabras ardientes y exaltados por la idea de que nos veían desde la ciudad.

En aquel lance todo fue afortunado, porque mientras nosotros destrozábamos a los trabajadores de la primera paralela, las tropas que por el Portillo habían salido a las órdenes del brigadier Butrón, empeñaban un combate muy feliz contra los destacamentos del enemigo en la Bernardona. Mientras los voluntarios de Huesca y los granaderos de Palafox arrollaban la infantería francesa, aparecieron los escuadrones de Numancia y Olivenza, cautelosamente salidos por la puerta de Sancho. Describiendo una gran vuelta, habían venido a ocupar el camino de Alagón, por una parte, y el de Muela por otra, precisamente cuando los franceses retrocedían en demanda de mayores fuerzas que les auxiliaran. Hallándose en su elemento los briosos caballos, lanzáronse por el arrecife, destruyendo cuanto encontraban al paso, y allí fue el caer y el atropellarse de los desgraciados infantes que huían hacia Torrero. En su dispersión, unos corrían, arrojándose en las acequias por no poder saltarlas; otros se entregaban a discreción, soltando las armas; algunos se defendían con heroísmo, dejándose matar antes que rendirse.

Todo esto que he referido con la mayor concisión posible pasó en brevísimo tiempo… Tocaron a generala en Monte Torrero, y vimos que venía contra nosotros fuerte caballería. Pero los de Renovales, lo mismo que los de Butrón, habíamos conseguido nuestro deseo, y no teníamos para qué esperar a los que tan tarde llegaban a la función.

Cuando volvíamos a la ciudad, vimos la muralla invadida de gozoso gentío. Recibidos éramos con exclamaciones delirantes, y desde San José hasta más allá de Trinitarios, la larga fila de ancianos, mujeres y niños, mirando hacia el campo, encaramados sobre la muralla y batiendo palmas a nuestra llegada, o saludándonos con sus pañuelos, presentaba un golpe de vista magnífico. Después tronó el cañón; los reductos hicieron fuego a la vez sobre el llano que acabábamos de abandonar, y aquel estruendo formidable parecía una salva triunfal, según se mezclaban con él los cantos, los vítores, las exclamaciones de júbilo.

V

Desde aquel día, tan memorable en el segundo sitio como el de las Eras en el primero, empezó el gran trabajo, el gran frenesí, la exaltación ardiente en que vivieron por espacio de mes y medio sitiadores y sitiados. Os hablaré ahora del famoso Reducto del Pilar, levantado en la cabecera del puente de la Huerva. Era una obra esmerada, un excelente modelo del arte de la fortificación. Sus ocho cañones, cuyos fuegos se cruzaban con los de San José, amenazaban la primera y segunda paralela construida en zig-zag por los franceses. Jefe del reducto era Larripa; Betbezé mandaba la artillería, y los ingenieros el gran Simonó, oficial distinguidísimo, tan sabio como valiente. Mi batallón, con algunos voluntarios aragoneses, soldados del resguardo y varios paisanos armados, componíamos la guarnición. Sobre la puerta de entrada, al extremo del puente, pusimos esta inscripción: Reducto inconquistable de Nuestra Señora del Pilar.

El suministro de provisiones nos lo hacía, más que la Junta, la caridad de las buenas vecinas de aquel barrio, que así cuidaban a los heridos como atendían al socorro y alimentación de los ilesos. En diferentes horas de un mismo día, variaba de aspecto nuestro Reducto; tan pronto era campo de muerte como salón de canto y baile; tan pronto merendero como hospital de sangre y lugar de amenas tertulias. En aquel centro militar y festivo se marcaron bien pronto algunos tipos populares de los que os hablaré brevemente. Señalaré al famoso Pirli, un muchacho de los arrabales, labrador, como de diez y ocho años, de condición tan festiva que los lances peligrosos desarrollaban en él una alegría nerviosa y febril. Jamás le vi triste, y cuando las balas silbaban en torno suyo bailaba con graciosos gestos y cabriolas. Su traje de andrajos casi a la desnudez equivalía; se cubría la cabeza con un morrión o con gorra de pelo, cogida a los franceses muertos.

Otro gran tipo era el tío Garcés, formidable baturro, de cincuenta años, rostro curtido y miembros de acero, ágil cual ninguno en los movimientos, imperturbable ante el fuego como una máquina, pero hablador, bastante desvergonzado cuando rompía en exclamaciones de ira. Vestía pobremente, dormía sin abrigo, y comía menos que un anacoreta: dos pedazos de pan y dos mordiscos de cecina, dura como cuero, le bastaban para un día.

Ved otro singular tipo. Allí viene, avanzando despacito, apoyándose en un grueso bastón y seguido de un perrillo travieso que ladra a todo transeúnte, por pura fanfarronería y sin intención de morder. Era el Padre fray Mateo del Busto, lector y calificador de la Orden de Mínimos, capellán del segundo tercio de voluntarios de Zaragoza, insigne varón, anciano y achacoso que visitaba ordinariamente todos los puestos de peligro, socorriendo heridos, auxiliando moribundos, llevando municiones a los sanos y animando a todos con su dulce palabra. Entró en el Reducto, rendido al peso de una cesta grande y pesada.

—Estas tortas —dijo, sentándose en el suelo y sacando uno por uno los objetos que iba nombrando— me las ha dado la excelentísima señora condesa de Bureta, y estas empanadas, don Pedro Ric. Aquí tenéis también un par de lonjas de jamón que son de mi convento. A ver qué os parece esta botella de vino. ¿Cuánto darían por ella los gabachos que tenemos enfrente?

Todos miramos hacia el campo. El perrillo, saltando denodadamente a la muralla, empezó a ladrar a las líneas francesas.

—También os traigo un par de libras de orejones, que se han conservado en la despensa de nuestra casa. Ibamos a ponerlos en aguardiente, pero primero que nadie sois vosotros, valientes muchachos. Tampoco me he olvidado de ti, querido Pirli, y como estás casi desnudo y sin manta te he traído un magnífico abrigo. Mira: es un hábito viejo que tenía guardado para darlo a un pobre: ahora te lo regalo para que cubras y abrigues tus carnes. Es vestido impropio de un soldado, pero si el hábito no hace al monje, tampoco el uniforme hace al militar. Póntelo y estarás muy holgadamente con él.

El fraile dio a nuestro amigo el hábito, y éste se lo puso entre risas y jácara de una y otra parte; y como conservaba aún, llevándolo constantemente en la cabeza, el alto sombrero de piel que el día 13 había cogido en el campamento enemigo, hacía la figura más extraña que puede imaginarse.

Poco después llegaron algunas mujeres, también con cestas de provisiones. La aparición del sexo femenino transformó de súbito el aspecto del Reducto. No sé de dónde sacaron la guitarra: uno de los presentes empezó a rasguear primorosamente los compases de la incomparable, de la divina, de la inmortal jota, y en un momento se armó gran jaleo de baile. Pirli, cuya grotesca figura empezaba en granadero francés y acababa en fraile español, era el más exaltado de los bailarines, y no se quedaba atrás su pareja, una muchacha graciosísima, vestida de serrana a quien llamaban Manuela. Representaba veinte o veintidós años, y era delgada, de tez pálida y fina. La agitación del baile inflamó bien pronto su rostro, y por grados avivaba sus movimientos, insensible al cansancio. Con los ojos medio cerrados, las mejillas enrojecidas, agitando los brazos al compás de la grata cadencia, sacudiendo con graciosa presteza sus faldas, cambiando de lugar con ligerísimo paso, presentándosenos, ora de frente, ora de espaldas; Manuela nos tuvo encantados durante largo rato. Viendo su ardor coreográfico más se animaban el músico y los demás bailarines, y con el entusiasmo de éstos aumentábase el de ella, hasta que al fin, cortado el aliento y rendida de fatiga, aflojó los brazos y cayó sentada en tierra sin respiración, encendida como la grana.

Al punto formamos ruedo en tomo de las cestas traídas por el fraile y las mozas, y a comer se ha dicho. Sacando las provisiones, Manuela pronunció esta frase desconsoladora: «Queda poco, y si esto dura comeréis ladrillos».

—Comeremos metralla amasada con pólvora —dijo Pirli—, Manuela Sancho, ¿se te ha pasado ya el miedo a los tiros?

Al decir esto, tomó con presteza su fusil, disparándolo al aire. La moza dio un fuerte grito y sobresaltada huyó de nuestro grupo.

—No tiembles, chiquía —dijo el fraile—. Las mujeres valientes no se asustan del ruido de la pólvora; antes bien, deben encontrar en él tanto agrado como en el son de las castañuelas y bandurrias.

—Cuando oigo un tiro —dijo Manuela, acercándose medrosa— no me queda gota de sangre en las venas.

En aquel instante, los franceses, que sin duda querían probar la artillería de su segunda paralela, dispararon un cañón y la bala vino a rebotar contra la muralla del Reducto, haciendo estrago en los deleznables adobes.

Levantáronse todos a observar el campo enemigo; la serrana lanzó una exclamación de terror y Garcés púsose a dar gritos desde una tronera, injuriando a Francia con los más atroces terminachos baturros. El perrillo, recorriendo la cortina de un extremo a otro, ladraba con exaltada furia.

—Manuela, echemos otra jota al son de esta música, y, ¡viva la Pilarica! —exclamó Pirli, saltando como un insensato.

Impulsada por la curiosidad, alzábase Manuela lentamente, alargando el cuello para mirar al campo por encima de la muralla. Luego, al extender los ojos por la llanura, parecía disiparse poco a poco el miedo en su espíritu pusilánime, y al fin la vimos observando la línea enemiga con cierta serenidad y hasta con un poco de complacencia.

—Uno, dos, tres cañones —dijo, contando las bocas de fuego que a lo lejos se divisaban.

—Vamos, chiquíos, no tengáis miedo. Eso no es nada para vosotros.

Oímos hacia San José estrépito de fusilería, y en nuestro Reducto el tambor mandó tomar las armas. Del fuerte cercano había salido una pequeña columna que se tiroteaba de lejos con los trabajadores franceses. Algunos de éstos parecían próximos a ponerse al alcance de nuestros fuegos. Corrimos todos a las aspilleras, dispuestos a enviarles un poco de pedrisco, y sin esperar la orden del jefe, algunos dispararon sus fusiles con gran algazara. En tanto, Manuela temblaba, dando diente con diente, desfigurado el rostro por amarillez repentina; pero una curiosidad irresistible la retenía en la muralla.

—Manuela —le dijo Agustín—. ¿No te vas? ¿No te causa temor esto que estás mirando?

La serrana, con la atención fija en aquel espectáculo, asombrada, trémula, los labios blancos y el pecho palpitante, ni se movía ni hablaba.

—Manuelilla —gritó Pirli, corriendo hacia ella—, toma mi fusil y dispáralo.

Contra lo que esperábamos, la moza no hizo movimiento alguno de terror.

—Tómalo, maña —añadió Pirli, haciéndole tomar el arma—, pon el dedo aquí, apunta afuera y tira. ¡Viva la segunda artillera Manuela Sancho y la Virgen del Pilar!

La serrana tomó el arma. A juzgar por su actitud y el estupor inmenso revelado en su mirar, creyérase que ella misma no se daba cuenta de su acción. Pero alzando el fusil con mano temblorosa, apuntó hacia el campo, tiró del gatillo e hizo fuego.

Mil gritos y ardientes aplausos acogieron este disparo, y la moza soltó el arma. Estaba radiante de satisfacción y el júbilo encendió de nuevo sus mejillas.

—¿Ves?, ya has perdido el miedo —dijo el Mínimo—. Si a estas cosas no hay más que tomarlas el gusto.

—¡Venga otro fusil! —gritó la serrana—, que quiero tirar otra vez.

Pero los franceses se habían retirado y no había ocasión de repetir la proeza. Volvimos al ruedo para seguir comiendo. El fraile, llamando a su perrillo, le decía:

—Basta, hijo, no ladres tanto ni lo tomes tan a pecho que vas a quedarte ronco. Guarda ese arrojo para mañana; por hoy no hay en qué emplearlo, pues si no me engaño van a toda prisa a guarecerse detrás de sus parapetos.

Un rato después, sonó de nuevo la guitarra y comenzaron los dulces vaivenes de la jota, con Manuela Sancho y el gran Pirli en primera línea.

VI

Al día siguiente, muy temprano, las baterías francesas que embocaban sus tiros contra los fuertes de San José y el Pilar empezaron a hacer fuego, ¡pero qué fuego! ¡Todo el mundo a las troneras o al pie del cañón! ¡Fuera almuerzos, fuera desayunos, fuera melindres! Los aragoneses no se alimentan sino de gloria. El Reducto inconquistable, contestó al insolente sitiador con orgulloso cañoneo, y bien pronto el gran aliento de la patria dilató nuestros pechos. Las balas rasas, rebotando en la muralla de ladrillo y en los parapetos de tierra, destrozaban el Reducto, cual si fuera un castillo de dulce apedreado por un niño; las granadas, cayendo entre nosotros, reventaban con estrépito, y las bombas, pasando con pavorosa majestad por sobre nuestras cabezas, iban a caer en las calles y en los techos de las casas.

¡A la calle todo el mundo! No haya gente cobarde ni ociosa en la ciudad. Los hombres, a la muralla; las mujeres, a los hospitales de sangre; los chiquillos y los frailes, a llevar municiones. ¡A la calle todo el mundo, y con tal que se salve el honor, perezcan la ciudad y la casa, la iglesia y el convento, el hospital y la hacienda, que son cosas terrenas! Los zaragozanos, despreciando los bienes materiales como desprecian la vida, viven con el espíritu en los infinitos espacios de lo ideal.

En los primeros momentos nos visitó el capitán general, con otras muchas personas distinguidas, tales como don Mariano Cereso, el cura Sas, el general O’Neilly, San Genis y don Pedro Ric. También estuvo allí el bravo, generoso y campechano don José Montoria, que abrazó a su hijo, diciéndole: «Hoy es día de vencer o morir. Nos veremos en el Cielo».

A un mismo tiempo, y con igual furia, atacaban los franceses el Reducto del Pilar y el Fortín de San José. Éste, aunque ofrecía un aspecto más formidable, había de resistir menos, por estar construido al amparo de un vasto edificio, que la artillería enemiga convertía paulatinamente en ruinas. Desplomándose de rato en rato pedazos de paredón, muchos defensores morían aplastados. Nosotros estábamos mejor: sobre nuestras cabezas no teníamos más que cielo, y si ningún techo nos guarecía de las bombas tampoco se nos venían encima masas de piedra y ladrillo.

Nosotros habíamos tenido buen número de muertos y muchos heridos. Estos eran, al punto, llevados a la ciudad por los frailes y las mujeres, pero aquéllos aún prestaban el último servicio con sus fríos cuerpos, porque estoicamente los arrojábamos a la única brecha que había logrado abrirnos el cañón francés y que tapábamos con sacos de lana y tierra.

Durante la noche, no descansamos ni un solo momento, y la mañana del 11 nos vio poseídos del mismo frenesí, ya disparando las piezas contra la trinchera enemiga, ya acribillando a fusilazos a los pelotones que venían a flanquearnos, sin abandonar ni un instante la operación de tapar la brecha, que de hora en hora iba agrandando su horroroso espacio vacío. Así nos sostuvimos toda la mañana, hasta el momento en que dieron el asalto a San José, ya convertido en un montón de ruinas y con gran parte de su guarnición muerta. Aglomerando entonces grandes fuerzas contra nosotros, con objeto de hacer practicable la brecha que nos habían abierto, avanzaron por el camino de Torrero con dos cañones de batalla, protegidos por una columna de infantería.

En aquel instante nos consideramos perdidos: temblaron los endebles muros y los ladrillos y adobes se desbarataban en mil pedazos. Acudimos a la brecha que se abría y se abría cada vez más. Era locura tratar de tapar aquel hueco formidable; hacerlo a pecho descubierto era ofrecer víctimas sin fin al furioso enemigo. Abalanzáronse muchos con sacos de lana y paletadas de tierra, y más de la mitad quedaron yertos en el sitio. Cesó el fuego de cañón, porque parecía innecesario; hubo un momento de pánico indefinible: se nos caían los fusiles de las manos; nos vimos aniquilados por lluvia de disparos que parecían incendiar el aire, y nos olvidamos del honor, de la muerte gloriosa, de la patria y de la Virgen del Pilar, cuyo nombre decoraba la puerta del baluarte inconquistable. Rebajado de improviso el nivel moral de nuestras almas, todos los que no habíamos caído, deseamos unánimemente la vida, y saltando por encima de los heridos y pisoteando los cadáveres, huimos hacia el puente, abandonando aquel horrible sepulcro antes que se cerrara enterrándonos a todos.

En el puente nos agolpamos con furor y desorden invencibles. Los jefes, azotando de plano nuestras viles espaldas nos gritaban: «¡Atrás, canallas… El Reducto del Pilar no se rinde!… ¡A morir en la brecha!».

En el Reducto no había más que muertos y heridos. De repente vimos que entre el denso humo y el espeso polvo, saltando sobre los exánimes cuerpos y los montones de tierra, sobre las ruinas y las cureñas rotas, y el material deshecho, avanzaba una figura impávida, pálida, grandiosa, imagen de la serenidad trágica. Era una mujer que se había abierto paso entre nosotros, y penetrando en el recinto abandonado marchaba majestuosa hasta la horrible brecha. Pirli, que en el suelo yacía herido en una pierna, exclamó con terror:

—Manuela Sancho, ¿a dónde vas?

Todo esto pasó en mucho menos tiempo del que empleo en contarlo. Tras de Manuela Sancho se lanzaron dos, luego tres, luego muchos, y al fin todos los demás, azuzados por los jefes que a sablazos nos llevaron otra vez al puesto del deber. Ocurrió esta transformación portentosa por un simple impulso del corazón de cada uno, obedeciendo a sentimientos que a todos se comunicaban. Ni sé por qué fuimos valientes a los pocos segundos de haber sido cobardes. Lo que sé es que movidos todos por fuerza extraordinaria, poderosísima, sobrehumana, nos lanzamos a la brecha tras la heroica mujer, a punto que los franceses intentaban con escalas el asalto, y sin que tampoco sepa decir las causas nos sentimos con centuplicada energía y aplastamos, arrojándolos en lo profundo del foso, a los hombres de algodón que antes nos parecieron de acero. A tiros, a sablazos, con granadas de mano, a paletadas, a golpes, a bayonetazos, defendimos el paso de la brecha, y los franceses se retiraron, dejando mucha gente al pie de la muralla. Volvieron a disparar los cañones, y el Reducto inconquistable no cayó el día 11 en poder de la Francia.

Cuando la tempestad de fuego se calmó, no nos conocíamos: estábamos transfigurados y algo nuevo y desconocido palpitaba en lo íntimo de nuestras almas, dándonos una ferocidad inaudita. Al día siguiente decía Palafox con elocuencia: «Las bombas, las granadas y las balas, no mudan el color de nuestros semblantes, ni toda la Francia lo alteraría».

Rendido el Fortín de San José, trabajamos sin descanso el 12 y el 13, para reparar los muros, mejor dicho, para sustituirlos con sacos de tierra. Amainó el fuego: los sitiadores comprendían que ello era obra de paciencia y estudio, y abrían despacio y sin riesgo zanjas, caminos cubiertos y zig-zags que les trajesen a la posesión del fuerte sin pérdida de gente. Nuestros cañones estaban casi inservibles, el foso casi cegado, y era forzoso continuar la defensa a tiro de fusil. El 14, la artillería imperial desbarató de nuevo nuestros trabajos, abriéndonos más brechas por los costados y el frente. En esta situación el fuerte habría de rendirse más tarde o más temprano, pues se hallaba a merced de los tiros del francés, como un barco a merced de las olas del océano.

Nuestro único recurso era minar el Reducto para volarlo en el momento en que entraran en él los franceses y destruir también el puente para impedir que nos persiguieran. Así se hizo, y durante la noche del 14 al 15 trabajamos sin descanso en la mina, y pusimos los hornillos del puente, esperando que los enemigos se echasen encima el día siguiente. Estábamos desesperados, sin poder hacer nada, sin que la misma desesperación nos sirviera para la defensa. Era una fuerza inútil, como la cólera del loco en su jaula.

Desclavamos el tablón que decía «Reducto inconquistable», para llevarnos aquel testimonio de nuestra justificada jactancia, y al anochecer fue abandonado el fuerte, quedando sólo cuarenta hombres para custodiarlo hasta el fin y matar lo que se pudiera. Desde la torre del Pino presenciamos la retirada de los cuarenta, a eso de las ocho de la noche, después de batirse en retirada con inaudita bravura. La mina del interior del Reducto hizo muy poco efecto; pero los hornillos del puente desempeñaron tan bien su cometido que el paso quedó roto y el Reducto aislado en la otra orilla de la Huerva. Adquirido este sitio y San José, los franceses tenían el apoyo suficiente para abrir su tercera paralela y batir cómodamente todo el circuito de la ciudad.

La furia francesa arreció de tal modo desde aquel avance que la ciudad recibió en menos de dos horas mayor número de proyectiles que en el resto de la noche. Ya no había asilo seguro; ya no había un palmo de suelo ni de techo libre de aquel satánico fuego. Huían las familias de sus hogares o se refugiaban en los sótanos; los heridos, que abundaban en las principales casas, eran llevados a las iglesias, buscando reposo las fuertes bóvedas; otros salían arrastrándose; otros, más ágiles, llevaban a cuestas sus propias camas. Los más se acomodaban en el Pilar, y después de ocupar las naves, tendíanse en los altares y obstruían las capillas. A pesar de tantos infortunios, se consolaban con mirar a la Virgen, la cual, sin cesar, con el lenguaje de sus brillantes ojos, les decía que no quería ser francesa.

VII

Mi batallón no tomó parte en las salidas de los días 22 y 24, ni en la defensa del Molino de Aceite, y de las posiciones colocadas a espaldas de San José. En una de éstas, que bien podían llamarse escaramuzas, fue gravemente herido el hijo mayor de Montoria, Manuel. Su esposa y su madre, doña Leocadia, con solícitos cuidados, le sacaron adelante, y en febrero se le vio nuevamente en los lugares y ocasiones de mayor peligro. Por mi parte, tuve algún descanso después de las horribles jornadas del Reducto del Pilar. Durante unos días, mi única tarea fue acompañar a don José Montoria en la requisa que se hizo en toda la ciudad para remediar la escasez de provisiones de boca. La Junta de Abastos previno que sin demora se recogiera lo que los generosos vecinos quisieran dar, obligando a los reacios a vender el género a los precios que tuvo antes del sitio.

Sin dificultad, acopiamos diversos artículos, harina, embutidos, lana, sal, cecina, cebada, vino, etc…, ofrecidos con largueza patriótica por tenderos y comerciantes. Pero resistencia encontramos, y la más tenaz y vil fue la de aquel tío Candiola que antes os di a conocer, el padre de la novia de mi amigo Agustín Montoria. Hombre más sórdido, más cerrado a los requerimientos del patriotismo y la caridad, no he visto en mi vida. Creo que era, en toda Zaragoza, el único que se mostraba insensible al sacrificio heroico de los defensores de la ciudad.

Sabida por el gran Montoria la tacañería del aborrecido balear nos llevó a la casa de éste, llamamos a la puerta con estruendo, asomó por un ventanuco la espeluznante vieja doña Guedita, la cual quiso despedirnos con avinagradas expresiones, vimos después una hermosa mano que levantaba la cortina, dejando ver una carita inmutada y pálida, unos ojos grandes y vivos que dirigieron hacia la calle miradas de terror. Mi compañero Agustín, en cuanto vio la dulce imagen de Mariquilla, se escabulló bonitamente por no exponerse ante su padre a una escena desagradable y embarazosa con la doncellita de sus juveniles amores. Repetimos, a una orden de Montoria, los furibundos porrazos en la puerta. Esta se abrió al fin, y apareció el ogro, el maldito avariento y tirano doméstico, don Jerónimo de Candiola, echando veneno por ojos y boca. A la conminación de don José, pidiendo que se le entregaran los costales de harina al precio de cuarenta y ocho reales, señalado por la Junta de Abastos, contestó que no daría por menos de ciento sesenta y seis reales el costal de cuatro arrobas. Las atrocidades que uno a otro se echaron a la cara no son para reproducirlas. Injurioso y procaz estuvo el vejete usurero, tan insensible a la caridad como al patriotismo; severo y contundente se mostró el gran ciudadano Montoria, de cuya boca salieron aquel día, entre la andanada de vituperios y anatemas, todas las porras que almacenaba su alma fogosa para los casos de cumplimiento del deber en el orden militar y cívico.

El resultado fue que sacamos los costales de harina, pagándolos en buena plata al precio de cuarenta y ocho reales. Terminó la dramática escena con coletilla ballanguera y cómica. La mucha gente que se había reunido en la calle impidió al viejo Candiola entrar en su casa. Rodeándole al punto los chiquillos, que en alegre y marcial vanguardia llevábamos por delante, tomáronle por su cuenta. Unos le empujaban hacia adelante, otros hacia atrás; hacíanle trizas el vestido, y los más, tomando la ofensiva desde lejos, le arrojaban en grandes masas el lodo de la calle.

En cuanto depositamos los costales de harina en el almacén de la Junta de Abastos, busqué a mi amigo inseparable Agustín Montoria. Después de dar mil vueltas por la ciudad, le hallé, a la caída de la tarde, en el molino de pólvora, instalado hacia San Juan de los Panetes. Ayudaba con febril actividad a los que ponían en sacas y en barriles la cantidad fabricada en el día, que era de nueve a diez quintales. Horriblemente atribulado estaba el pobre chico por el atropello de la casa de su novia: aquel desagradable suceso agrandaba el inmenso abismo que le separaba de la realización de sus amorosos deseos. La idea de morir se posesionaba de su espíritu. Su mayor gusto sería rodearse de aquella enorme masa de pólvora, y darle fuego, y volar hasta el quinto cielo para caer mego hecho cenizas… Yo me reí. Por apartar de su mente tan lúgubres ideas, me le llevé a las Tenerías, donde se habían emprendido grandes obras de fortificación, para contrarrestar las cincuenta bocas de fuego que los franceses habían emplazado desde San José a la desembocadura de la Huerva. Defensas eran, como veréis luego, de mazapán y guirlache; pero las endurecía y amargaba el alma aragonesa que llevaban dentro.

Del trabajo en las fortificaciones descansábamos, ¡parece mentira!, transportando heridos al Pilar o a la Seo, desalojando casas incendiadas o bien llevando material a los señores canónigos, frailes y magistrados de la Audiencia, que hacían cartuchos en San Juan de los Panetes. El bombardeo, que no había cesado en todo el día, continuaba en la noche, aunque un poco menos recio. De vez en cuando los proyectiles horadaban casas y destruían familias. Mi amigo Montoria declarábame a cada momento su inquietud, no por el estrago de las bombas, sino por el temor de que en la casa de su novia Mariquilla hubiese ocurrido algún desastre. A todo trance quería llevarme hacia la Torre Nueva, pero yo, con firme tenacidad, me resistía por no abandonar nuestras obligaciones.

Ibamos por el Coso, serían las nueve de la noche, cuando se nos presentó Pirli, con su hábito de fraile ya en mil partes agujereado, y el morrión francés tan lleno de abolladuras y desperfectos en el pelo que el héroe, portador de tales prendas, más que soldado parecía una figura de Carnaval.

—¿Van ustedes al acarreo de heridos? —nos dijo—. Ahora se nos murieron dos que llevábamos a San Pablo. Allá quieren gente para abrir la zanja en que van a enterrar los muertos de ayer; pero yo he trabajado bastante y voy a descabezar un sueño en casa de Manuela Sancho… Dicen que los muchos difuntos envenenan el aire, y que por eso hay tanta gente con calenturas, las cuales despachan para el otro barrio más pronto que los heridos. Al paso que vamos, pronto seremos más los muertos que los vivos. ¿Queréis divertiros? ¡Pues no vayáis a abrir la zanja, sino a la cartuchería, donde hay unas mozas!…

VIII

Sentimos detrás de nosotros pasos precipitados, y volviéndonos vimos mucha gente, entre cuyas voces reconocimos la de don José de Montoria, el cual, al vernos, muy encolerizado nos dijo:

—¿Qué hacéis, porra? Tres hombres sanos y rollizos se están aquí mano sobre mano, cuando hace tanta falta gente para el trabajo. Vamos, largo de aquí. Adelante, caballeritos. ¿Veis aquellos dos palos que hay junto a la subida del Trenque, con una viga cruzada encima, de la que penden seis dogales? ¿Veis la horca que se ha puesto esta tarde para los traidores? Pues es también para los holgazanes. A trabajar o a puñetazos os enseñaré a mover el cuerpo.

Seguimos con ellos. Montoria, cogiéndonos del brazo a su hijo y a mí, nos ordenó que fuésemos a trabajar en la zanja para enterrar muertos. Un señor de los que iban con él indicó que era más apremiante atender al socorro de los enfermos de la desastrosa epidemia, a lo cual dijo el gran Montoria:

—Yo no sé qué pensar de esto que llaman epidemia los facultativos, y que yo llamo miedo, señores, puro miedo, porque eso de quedarse uno frío y entrarle calambres y calentura y ponerse verde y morirse, ¿qué es sino efecto del miedo? Ya se acabó la gente templada, porra. ¡Qué gente aquélla la del primer sitio! Ahora, en cuanto hacen fuego nutrido y lo reciben por espacio de diez horas, ¡una friolera!, ya se caen de fatiga y dicen que no pueden más. Hay hombres que sólo por perder media pierna se acobardan, y empiezan a llamar a gritos a los Santos Mártires diciendo que lo lleven a la cama… ¡Cuando digo que se acabó la gente de pelo en pecho, aquella gente, porra, mil porras!…

En esto, un horroroso estrépito señaló estallido de bomba en las inmediaciones de la Torre Nueva. Ibamos por junto a la Escuela Pía. Agustín, movido sin duda por un fuerte estímulo de su corazón, quiso la dirección de la plazuela de San Felipe, siguiendo a la mucha gente que hacia este sitio corría; pero detenido enérgicamente por su padre, continuó, mal de su grado, en nuestra compañía. Algo ardía indudablemente cerca de la Torre Nueva, y en ésta, los preciosos arabescos y las facetas de los ladrillos brillaron enrojecidos por la cercana llama. Aquel monumento elegante, aunque cojo, descollaba en la negra noche, vestido de púrpura, y al mismo tiempo su colosal campana lanzaba al aire prolongados lamentos.

Llegamos a San Pablo y emprendimos el trabajo, sacando tierra de la zanja que se abría en el patio de la iglesia. Agustín cavaba como yo, y a cada instante volvía sus ojos a la Torre Nueva.

—Es un incendio terrible —me dijo—. Mira, parece que se extingue un poco, Gabriel: yo me quiero arrojar en esta gran fosa que estamos abriendo.

—No haya prisa —le respondí—, que tal vez mañana nos echen en ella sin que lo pidamos. Con que fuera tonterías y a trabajar.

Cuando se creyó que la zanja era bastante profunda, empezó la traída de cadáveres depositados en la iglesia. Uno a uno fueron arrojados en su gran sepultura, mientras algunos clérigos, de rodillas y rodeados de mujeres piadosas, recitaban lúgubres responsos. Cayeron dentro todos y no faltaba sino echar la tierra encima. Don José Montoria, con la cabeza descubierta y rezando en voz alta un Padrenuestro, echó el primer puñado y luego nuestras palas y azadas cubrieron la tumba a toda prisa. Concluida nuestra operación, todos nos pusimos de rodillas y rezamos en voz baja. Agustín Montoria me dijo al oído:

—En cuanto mi padre se retire nos iremos allá.

Así fue. Del patio de San Pablo salimos ya muy avanzada la noche, porque la inhumación que acabo de referir duró más de tres horas. Pronto llegamos a la plazuela de San Felipe. Como la luz del incendio ya se había extinguido, la Torre Nueva, desnuda de su traje de púrpura, se nos apareció vestida de oscuridad. Se me antojó que era menor su inclinación y que moviendo el capacete nos decía: me inclino por asustaros: pasad sin miedo que no me caigo.

Apenas llegamos a la plazuela, vimos que el incendio era en la calle del Temple: aún humeaba el techo. En la casa de Candiola nada había ocurrido, y la calle estaba poco menos que desierta. Mi amigo solía tener sus entrevistas con la doncellita de Candiola en plena noche, protegido por la vieja Guedita, que mediante conquibus le franqueaba la entrada de un patio, separado de la calle por tapia de ladrillo. Como aquella noche era de las presupuestas en el programa del noviazgo, bastó que Agustín hiciera la señal convenida y discretamente usada en anteriores noches, para que la dueña, ya prevenida y estimulada de su maternal tercería, nos diese paso. Entramos quedamente, como ladrones, y ladrones éramos de la confianza del perverso Candiola, que a tal hora roncaba en el alto aposento, y a los primeros pasos nos encontramos a la niña, hada o angélica, protagonista del cuento de Agustín Montoria.

En el centro del patio se alzaba un alto y picudo ciprés; a un lado y otro, diversos arbustos sin hoja, y matas rastreras. En el fondo se veía la casa, que a la luz de la luna menguante me pareció vulgarísima y pobre. Una escalera de piedra daba acceso a una galería baja. En la escalera me senté yo, y a la galería subieron los novios y la guardiana, doña Guedita, para resguardarse del frío y relente de la noche. No necesito deciros que la charla de mi amigo y la Candiolita fue de una inocencia seráfica, como a sus almas adornadas de pureza correspondía… Sin mi presencia y la de la vieja habría sido lo mismo. ¿De qué hablaron? Recuerdo menos esos tiernos pormenores que las asperezas trágicas del Sitio… Creo no equivocarme diciendo que uno y otro lamentaron con palabras y con suspiros la rivalidad irreductible entre los padres, don José y don Jerónimo, agravada por la violencia con que Montoria arrebató al avaro los costales de harina. Con nueva emisión de suspiros hondos, expresaron la dificultad de llegar al Santo Matrimonio. ¿Qué harían para vencer tan formidables obstáculos? Con toda su fe, casi dudaban de que arreglarlo pudiera la Virgen del Pilar… Oí que Guedita, con ronca voz de coneja constipada, les decía que no desconfiasen de la Santísima Patrona de la ciudad…

Toda la conversación giró en derredor de este capital tema. Cuando ya nos retirábamos, obedientes a la orden de la guardiana, oí las últimas protestas amorosas. Al aproximarnos a la puerta, desde donde se distinguía la Torre Nueva sobresaliendo de los tejados vecinos, los inocentes novios, un tantico apartados de Guedita y de un servidor, repitieron con solemne acento la fórmula de juramento que sellaba su acendrada fidelidad: «Cuando esa torre se ponga derecha dejaré de quererte…». Adiós, adiós, cuentecillo de Hadas… En el momento de salir a la calle, la campana de la Torre cantó: «¡Bomba!».

Y ahora viene mi cuento de los terribles lances de guerra que inmortalizaron el barrio de las Tenerías. Oíd antes una breve descripción de aquellos lugares vulgarísimos y épicos.

El arrabal de las Tenerías se extiende al oriente de la ciudad, entre la Huerva y el recinto antiguo, perfectamente deslindado aún por el Coso. Componían el caserío, a principios de siglo, edículos endebles, habitados por labradores y artesanos, y las construcciones religiosas no tenían allí la suntuosidad de otros monumentos de Zaragoza. Sus principales calles eran las de Palomar y San Agustín. Con estas se enlazaban, sin plan ni simetría, las de Añón, las Arcadas, la Diezma, Barrio Verde, Ollerías, Pabostre, etc. Algunas de estas calles se hallaban determinadas, no por hileras de casas, sino por largos tapiales, y a veces faltaban una cosa y otra; las calles se resolvían en informes plazuelas, mejor dicho, corrales o patios donde no había nada. El aspecto general de las Tenerías evocaba en la imaginación los tiempos arábigos. La profusión del ladrillo, los largos aleros, el ningún orden de las fachadas, las ventanuchas con celosías, la completa anarquía arquitectural, el no saberse dónde acababa una casa y empezaba otra; la imposibilidad de distinguir si el tejado de aquélla servía de apoyo a las paredes de las de más allá; las calles que a lo mejor acababan en un corral sin salida, los arcos que daban entrada a una plazuela, todo era del estilo cordobés o toledano.

Pues bien: esta amalgama de casuchos fabricados por generaciones de labriegos y curtidores, según el capricho de cada uno y sin orden ni armonía, estaba preparada para la defensa en los días 24 y 25 de enero, una vez que se advirtió la gran pompa de fuerzas ofensivas que desplegó el francés por aquella parte. Y he de advertir que todas las familias habitadoras de las casas del barrio procedían a ejecutar obras, según su propio instinto estratégico, y allí había ingenieros militares con faldas, que dieron muestras de un profundo saber de guerra, tabicando ciertos huecos o abriendo otros al fuego y a la luz. Los muros de Levante estaban en toda su extensión aspillerados.

Muchos pasos fueron obstruidos, y los dos principales edificios religiosos del arrabal, San Agustín y las Mónicas, eran verdaderas fortalezas. La tapia había sido reedificada y reforzada; las baterías se enlazaban unas con otras; nuestros ingenieros habían calculado hábilmente las posiciones y el alcance de las obras enemigas, para acomodar a ellas las defensivas. Dos puntos avanzados tenía la línea, y eran el molino de Goicoechea y una casa que ha quedado en la historia con el nombre de Casa de González. Recorriendo dicha línea desde Puerta Quemada, se encontraba primero la batería de Palafox; luego, el molino de la ciudad; luego, las Eras de San Agustín; enseguida, el molino de Goicoechea; después, la tapia de la huerta de las Mónicas, y a continuación, las de San Agustín; más adelante, una gran batería y la casa de González. Dentro de estas ringleras de ladrillos frágiles, poned, amados niños, toda la fuerza anímica que podáis imaginar.

IX

Cantemos la epopeya de las Tenerías.

Mientras los morteros franceses arrojaban bombas al centro de la ciudad, los cañones de la línea oriental dispararon bala rasa contra la débil tapia de las Mónicas, y sobre las fortificaciones de tierra y ladrillo del molino de aceite y de la batería de Palafox. Bien pronto abrieron tres grandes brechas y el asalto era inminente. Apoyábanse en el molino de Goicoechea, que tomaron el día anterior, después de ser incendiado y abandonado por los nuestros.

Pasaron largas horas: apuraron los franceses los recursos de su artillería por ver si nos aterraban, obligándonos a dejar el barrio; pero las tapias se desmoronaban, estremecíanse las casas con espantoso sacudimiento, y aquella gente heroica, que apenas se había desayunado con un zoquete de pan, gritaba desde la muralla diciéndoles que se acercasen. Por fin, contra la brecha del centro y la de la derecha, avanzaron fuertes columnas sostenidas por otras a retaguardia, y se vio que la intención de los franceses era apoderarse a todo trance de aquella línea de pulverizados ladrillos, que defendían algunos centenares de locos.

No se diga, para amenguar el mérito de los nuestros, que el francés luchaba a pecho descubierto; los defensores también lo hacían, y detrás de la desbaratada cortina no podía guarecerse una cabeza. Allí era de ver cómo chocaban las masas de hombres y cómo las bayonetas se cebaban con saña, más propia de fieras que de hombres, en los cuerpos enemigos. Desde las casas hacíamos fuego incesante, viéndoles caer materialmente en montones, heridos por el plomo y el acero al pie mismo de los escombros que querían conquistar.

Por nuestra parte, el número de bajas era enorme. Lo natural, lo humano, habría sido abandonar unas posiciones defendidas contra todos los elementos de la fuerza y de la ciencia militar reunidos; pero allí no se trataba de nada que fuese humano y natural, sino de extender la potencia defensiva hasta límites infinitos, desarrollando en sus inconmensurables dimensiones el genio aragonés, que nunca se sabe a dónde llega.

Mientras esto pasaba, otras columnas igualmente poderosas trataban de apoderarse de la Casa de González, que he mencionado arriba; pero desde las casas inmediatas se les hizo fuego tan terrible de fusilería y cañón que desistieron de su intento.

Desde una casa inmediata al Molino de la Ciudad, hacíamos fuego, como he dicho, contra los que daban el asalto, cuando he aquí que las baterías francesas de San José, antes ocupadas en demoler la muralla, enfilaron sus cañones contra aquel viejo edificio, y sentimos que las paredes retemblaban; que las vigas crujían como cuadernas de un buque conmovido por las tempestades; que las maderas de los tapiales estallaban, destrozándose en mil astillas.

—¡Cuerno, recuerno! —clamó el tío Garcés—. ¡Que se nos viene la casa encima!

El humo y el polvo no nos permitían ver lo que pasaba fuera, ni tampoco lo que dentro ocurría.

—Agustín, Agustín, ¿dónde estás? —grité yo llamando a mi amigo.

Pero Agustín no aparecía. En aquel momento de angustia, y no encontrando en medio de tal confusión ni puerta para salir ni escalera para bajar, corría a la ventana para arrojarme fuera, y el espectáculo que se ofreció a mis ojos obligóme a retroceder sin aliento ni fuerzas. Mientras los cañones de la batería de San José intentaban, por la derecha, sepultamos entre los escombros de la casa, y parecían conseguirlo sin esfuerzo, por delante, y hacia las eras de San Agustín, la infantería francesa había logrado penetrar por las brechas, rematando a los infelices que ya apenas eran hombres. Era imposible conservar en el ánimo una chispa de energía ante tamaño desastre.

Apartéme de la ventana despavorido, fuera de mi. Un trozo de pared estalló, reventó, desgajándose en enormes trozos, y una ventana cuadrada tomó la figura de un triángulo isósceles; el techo dejó ver por una esquina la luz del cielo; los trozos de yeso y las agudas astillas salpicaron mi cara. Corrí hacia el interior, siguiendo a otros que decían: «¡Por aquí, por aquí!».

—Agustín, Agustín —grité de nuevo, llamando a mi amigo.

Por fin le vi entre los que corríamos pasando de una habitación a otra y subiendo la escalerilla que conducía a un desván.

—¿Estás vivo? —le pregunté.

—No lo sé —me dijo—, ni me importa saberlo.

En el desván rompimos fácilmente un tabique y pasando a otra estancia hallamos una empinada escalera, la bajamos y nos vimos en una habitación chica. Unos siguieron adelante, buscando salida a la calle y otros detuviéronse allí.

Ha quedado fijo en mi imaginación, con líneas y colores indelebles, el interior de aquella mezquina pieza, bañada por la copiosa luz que daba una ventana abierta a la calle. Cubrían las paredes desiguales estampas de vírgenes y santos. Dos o tres cofres viejos y forrados de piel de cabra ocupaban un testero. Veíase en otro ropa de mujer, colgada de clavos y alcayatas. En la ventana había tres grandes tiestos con yerbas; y parapetadas tras ellos, dirigiendo por los huecos la rencorosa visual de su puntería, dos mujeres hacían fuego sobre los franceses que ya ocupaban la brecha. Tenían dos fusiles. Una cargaba y otra disparaba; agachábase la fusilera para enfilar el cañón entre los tiestos, y, suelto el tiro, alzaba la cabeza por sobre las matas para mirar al campo de batalla.

—¡Manuela Sancho —exclamé, poniendo la mano sobre el hombro de la heroica mujer—, toda resistencia es inútil! Retirémonos.

Pero no hacía caso, y seguía disparando. Al fin, la casa, que era débil como su vecina, experimentó una fuerte sacudida, cual si temblara la tierra en que se arraigaban sus cimientos. Manuela Sancho arrojó el fusil. Ella y la otra mujer entraron precipitadamente en una inmediata alcoba, de cuyo oscuro recinto salían angustiosas lamentaciones. Al entrar, vimos que las dos muchachas abrazaban a una vieja tullida que, en su pavor, quería arrojarse del lecho.

—Madre, esto no es nada —le dijo Manuela, cubriéndola con lo primero que encontró a mano—. Vámonos a la calle, que la casa parece que se quiere caer.

La anciana no hablaba, no podía hablar. Tomáronla en brazos las dos mozas; mas nosotros la recogimos en los nuestros, encargando a ellas que llevaran nuestros fusiles y la ropa que pudieran salvar. De este modo, pasamos a un patio, que nos dio salida a otra calle, donde aún no había llegado el fuego.

Los franceses habíanse apoderado también de la batería de los Mártires, y en aquella misma tarde fueron dueños de las ruinas de Santa Engracia y del convento de Trinitarios. ¿Se concibe que continúe la resistencia de una plaza después de perdido lo más importante de su circuito? No; no se concibe, ni en las previsiones del arte militar que, apoderado el enemigo de la muralla por la superioridad incontrastable de su fuerza material, ofrezcan las casas nuevas líneas de fortificaciones, improvisadas por la iniciativa de cada vecino.

Los generales de Napoleón se llevaban las manos a la cabeza y decían: «Esto no se parece a nada de lo que hemos visto». En los gloriosos anales del Imperio se encuentran muchos partes como éste: «Hemos entrado en Spandau; mañana estaremos en Berlín». Lo que aún no se había escrito era lo siguiente: «Después de dos días y dos noches de combate hemos tomado la casa número 1 de la calle de Pabostre. Ignoramos cuándo se podrá tomar la del número 2».

Como los franceses no podían atravesar sin riesgo el espacio intermedio entre los restos de muralla y sus nuevos alojamientos, comenzaron a abrir una zanja en zig-zag desde el Molino de la Ciudad a la casa que antes ocupáramos nosotros, la cual sólo conservaba en buen estado para alojamiento la planta baja.

Al punto comprendimos que una vez dueños de aquella casa, procurarían, derribando tabiques, apoderarse de toda la manzana, y para evitarlo, la tropa disponible fue distribuida en guarniciones que ocuparon todos los edificios donde había peligro. Al mismo tiempo se levantaban barricadas en las boca-calles, aprovechando los escombros. Nos pusimos a trabajar con ardor frenético en distintas faenas, entre las cuales la menos penosa era, seguramente, la de batirnos. Dentro de las casas, arrojábamos por los balcones todos los muebles; afuera transportábamos heridos o arrojábamos los muertos al zócalo de los edificios, pues las únicas honras fúnebres que por entonces podían hacérseles consistían en quitarlos de donde estorbaran.

Quisieron también los franceses ganar a Santa Mónica, convento situado al norte de la calle de Pabostre; pero como sus paredes ofrecían mayor resistencia que las endebles casas dejaron al empresa para otro día. Posesionados tan sólo de algunos casuchos, en ellos permanecían a la caída de la tarde como en escondida madriguera, y, ¡ay de aquel que la cabeza asomaba fuera de las ventanas!

Cuando anocheció, empezamos a abrir huecos en los tabiques para comunicar todas las casas de una misma manzana. A pesar del incesante ruido del cañón y la fusilería, en el interior de los edificios pudimos percibir el golpear de las piquetas enemigas, ocupadas en igual tarea que nosotros.

A eso de las diez de la noche, nos hallábamos en una que debía ser inmediata a la de Manuela Sancho cuando sentimos que, por conductos desconocidos, por sótanos, pasillos o subterráneas comunicaciones, llegaba a nuestros oídos el rumor de las voces del enemigo. Una mujer apareció azorada por una escalerilla, diciéndonos que los franceses estaban abriendo un boquete en la pared de la cuadra. Bajamos al instante, pero aún no estábamos todos en el patio frío, estrecho y oscuro de la casa, cuando, a boca de jarro se nos disparó un tiro, y un compañero fue levemente herido en el hombro.

A la escasa claridad percibimos varios bultos que sucesivamente se internaron en la cuadra e hicimos fuego, avanzando después con brío tras ellos.

Al ruido de los tiros acudieron otros compañeros nuestros que habían quedado arriba y penetramos denodadamente en la lóbrega pieza. Los enemigos no se detuvieron en ella y a todo escape repasaron el agujero abierto en la pared medianera buscando refugio en su primitiva morada, desde la cual nos enviaron algunas balas. No estábamos completamente a oscuras, porque ellos tenían una hoguera, de cuyas llamas débiles rayos penetraban por la abertura, difundiendo rojiza claridad sobre el teatro de aquella lucha.

Yo no había visto nunca lucha semejante ni jamás presencié combate alguno entre cuatro negras paredes, a la luz indecisa de una llama lejana, cuya oscilación proyectaba móviles sombras y espantajos en nuestro derredor.

Nos tiroteamos breve rato, y dos compañeros cayeron muertos o malheridos sobre el húmedo suelo. A pesar de este desastre, hubo otros que quisieron llevar adelante aquella aventura, asaltando el agujero e internándose en la guarida del enemigo; pero aunque éste había cesado de ofendernos, parecía prepararse para atacar mejor. De repente se apagó la hoguera y quedamos en completa oscuridad. Dimos repetidas vueltas buscando la salida, y chocando unos con otros salimos en tropel al patio.

Tuvimos tiempo, sin embargo, para buscar a tientas y recoger a los dos camaradas que habían caído durante la refriega y, luego que salimos, cerramos la puerta, tabicándola por dentro con piedras, escombros, vigas, toneles y cuanto en el patio se nos vino a las manos.

En esta inaudita refriega subterránea nos mandaba el incansable, el heroico y sublime tío Garcés.

X

Nuestro valeroso jefe ordenó que algunos hombres se repartieran en distintos puntos de la casa, dejando un par de escuchas en el patio para atender a los golpes de la zapa enemiga, y a mí me tocó salir fuera con Agustín para traer algo de comida, que a todos nos hacía mucha falta. El hambre mermaba rápidamente nuestras fuerzas y apenas podíamos tenernos.

—¿En qué parte de la tierra o del cielo —me dijo Agustín— encontraremos algo de condumio?

—Esto tiene que acabarse pronto de una manera o de otra —respondí—. O se rinde la ciudad o perecemos todos.

Al fin, hacia las piedras del Coso, encontramos una cuadrilla de Administración, que estaba repartiendo raciones, ávidamente tomamos las nuestras, llevando a los compañeros todo lo que podíamos cargar. Recibiéronlo con gran algarabía y cierta jovialidad impropia de las circunstancias, pero el soldado español es y ha sido siempre así. Mientras comían aquellos mendrugos tan duros como el guijarro, cundía la opinión unánime de que Zaragoza no podía ni debía rendirse nunca.

Era medianoche cuando empezó a disminuir el fuego. Los franceses no conquistaban un palmo de terreno fuera de las casas que ocuparon por la tarde, aunque tampoco se les pudo echar de sus alojamientos. Esta epopeya se dejaba para los días sucesivos.

Después de alimentarnos con frugalidad, que valdría para ganar el Cielo, volvimos al Coso, donde vimos hormigueo de gentes que en distintas direcciones transitaba presurosa. De improviso, una mujer corrió velozmente hacia nosotros y sin pronunciar palabra se abrazó a mi compañero. Intensa emoción ahogaba la voz en su garganta. Llevaba suelto el cabello y en sus brazos magullados observamos algunas quemaduras. Habréis comprendido que era la linda niña de Candiola, y que su desolación indicaba una reciente desdicha.

Así era: apenas tuvo aliento para explicarse nos dijo que una bomba había reventado en su casa; cayeron seguidamente otras dos y el incendio remató la destrucción. La humilde vivienda era un montón de ruinas. Todo lo habían perdido. Su padre no quería separarse de los escombros, bajo los cuales quedaron sepultados sus dineros y papeles que acreditaban cuantiosas riquezas. Los vecinos, menos compasivos que rencorosos, le negaban auxilio. El pobre don Jerónimo estaba loco de rabia y desesperación, y con horrorosas blasfemias a Dios y a los santos injuriaba.

Referido esto con acento y gemidos angustiosos, María pidió a su novio que le proporcionara pan que llevar a su padre; quería llevárselo ella misma y tratar de arrancar al pobre hombre del rimero de cascote y maderas que fueron su casa; pero Agustín, disponiéndolo de otro modo, dijo a la niña: «No, María de mi alma, no volverás allá. Te llevaremos a una de las casas de San Agustín, donde estamos nosotros. Gabriel irá en busca de tu padre y, llevándole algo de comer, de grado o por fuerza, le sacará de allí para traerle a nuestro lado».

Insistió la Candiolita en volver a las ruinas de su casa; pero como apenas tenía ya fuerzas para moverse la llevamos en brazos a una casa de la calle de los Pabostre donde estaba Manuela Sancho… Y yo corrí hacia la plaza de San Felipe. Vi arder por los cuatro costados el magno edificio de la Audiencia; vi otros cuadros siniestros y horribles; vi, en fin, la casa del mísero avariento, y a éste sentado en el lugar culminante de los escombros, los codos en las rodillas, la cabeza entre las manos, de vez en cuando variaba de actitud para dar al viento sus quejas y pedir a Dios y a los hombres un auxilio que no querían darle. No pedía nada que digamos el desdichado señor; no se contentaba con menos que con solicitar la suspensión de la defensa para que todos, paisanos y soldados, nos dedicásemos a desescombrarle la casa hasta exhumar el oro y la plata, los pagarés y demás papelorios que en aquella inmensa sepultura yacían. Cuando me adelanté hacia él, trepando con dificultad por los montones de cascotes y le ofrecí pan y cecina, mostróse más indignado que agradecido. Maldijo a las autoridades civiles y militares, maldijo el patriotismo mantenedor de una defensa obstinada, que acabaría con vidas y haciendas; vomitó improperios y maldiciones contra su hija, a quien acusaba de haberle vendido a los Montorias, puso cual no digan dueñas a Guedita, que le llevó un jarro de mal vino y mendrugos de pan, y, por fin, a mí me despidió con estas palabras descorteses:

—Ea, vaya usted noramala. ¿Qué tiene que hacer en mi casa? ¡Fuera de aquí! Ya sabemos que viene a ver si puede pescar alguna cosa. Aquí no hay nada. Todo se ha quemado.

No había, pues, esperanza de llevarle a San Agustín para tranquilizar a la pobre Mariquita, por lo cual, no pudiendo detenerme más, me volví a donde me llamaban mis obligaciones.

Dormí desde las tres hasta la aurora de un nuevo día, de espanto y horrorosas luchas. Memorable fue por el ataque a Santa Mónica, que defendían los voluntarios de Huesca. Durante el día anterior y gran parte de la noche, los franceses bombardearon el edificio. Abrieron, al fin, la brecha y, penetrando en la huerta, quisieron apoderarse también del convento, olvidando que habían sido rechazados dos veces en los días anteriores. Pero Lannes, contrariado por la extraordinaria y nunca vista tenacidad de los zaragozanos, había mandado reducir a polvo las Mónicas, lo cual, con morteros y obuses, era más fácil que conquistarlas. Efectivamente, después de seis horas de fuego de artillería, una gran parte del muro de Levante cayó al suelo, y allí era de ver el regocijo de los franceses, que sin pérdida de tiempo se abalanzaron al asalto de la posición, auxiliados por los fuegos oblicuos del Molino de la Ciudad. Asaltaron con furia loca y, después de un breve choque cuerpo a cuerpo, fueron rechazados. Al siguiente día repitieron, seguros de que no habría mortal que defendiese aquel esqueleto de piedra y ladrillo que por momentos se venía al suelo. Embistiéronlo por la puerta del locutorio; pero durante la mañana no pudieron conquistar ni un palmo de terreno en el claustro.

Desplomóse al caer de la tarde el techo por la parte oriental del convento. El tercer piso, que estaba muy quebrantado, no pudo resistir el peso y cayó sobre el segundo. Éste, aún más endeble, dejóse ir sobre el principal, y el principal, incapaz por sí solo de resistir encima todo el edificio, hundióse sobre el claustro, sepultando centenares de hombres. Parecía natural que los demás se acobardaran con esta catástrofe; pero no fue así. Los franceses dominaron una parte del claustro, pero nada más, y para apoderarse de la otra necesitaban franquearse camino por entre los escombros. Mientras lo hicieron, los de Huesca, que aún existían, fijaban su alojamiento en la escalera y agujereaban el piso alto para arrojar granadas de mano contra los sitiadores.

Entre tanto, nuevas tropas imperiales logran penetrar por la iglesia, ábrense paso hasta el claustro alto y atacan a los voluntarios indomables. Con la algaraza de este encuentro, anímanse los de abajo, redoblan sus esfuerzos y sacrificando multitud de hombres consiguen llegar a la escalera. Los voluntarios se encuentran entre dos fuegos; corren buscando un lugar estratégico que les permita defenderse con alguna ventaja, y son cazados a lo largo de las crujías. El último tiro fue señal de que había caído el último hombre. Muy pocos lograron salir por un portillo que habían abierto a la calle del Palomar. De este modo, el convento de las Mónicas pasó a poder de Francia.

XI

Al llegar a este punto de mi narración, os ruego que me dispenséis si no puedo consignar concretamente las fechas de lo que refiero. En aquel período de horrores, comprendido desde el 27 de enero hasta la mitad del siguiente mes, los sucesos se confunden, se amalgaman, se eslabonan en mi mente de tal modo que no puedo distinguir días ni noches, y a veces ignoro si algunos lances de los que recuerdo ocurrieron a la luz del sol. Me parece que todo aquello pasó en un largo día, o en una noche sin fin, y que el tiempo no marchaba entonces con sus divisiones ordinarias. Los acontecimientos, los hombres, las diversas sensaciones, se confunden en mi memoria formando un cuadro inmenso, donde no hay más líneas divisorias que las que ofrecen los mismos grupos, el mayor espanto de un momento, la furia o el pánico de otro momento.

Por esta razón no puedo precisar el día en que ocurrió lo que voy a narrar ahora. Ocupábamos una casa de la calle de Pabostre. Los franceses eran dueños de la inmediata, y trataban de avanzar por el interior de la manzana hasta llegar a la calle de Puerta Quemada. Nada es comparable a la expedición laboriosa por dentro de las casas; ninguna clase de guerra, ni las más sangrientas batallas en campo abierto, ni el sitio de una plaza, ni la lucha en las barricadas de una calle, pueden compararse a aquellos choques sucesivos entre el ejército de una alcoba y el ejército de una sala, entre las tropas que ocupan un piso y las que guarnecen el superior.

Sintiendo el sordo golpe de las piquetas por diversos puntos, nos causaba espanto el no saber por qué parte seríamos atacados. Subíamos a las buhardillas; bajábamos a los sótanos, y pegando el oído a los tabiques procurábamos indagar el intento del enemigo según la dirección de sus golpes. Por último, advertimos que se sacudía con violencia el tabique de la misma pieza donde nos encontrábamos, y esperamos a pie firme en la puerta después de amontonar los muebles formando barricada. Los franceses abrieron un agujero, y luego, a culatazos, hicieron saltar maderos y cascajo, presentándosenos en actitud de querer echarnos de allí. Eramos veinte. Ellos eran menos, y como no esperaban ser recibidos de tal manera, retrocedieron, volviendo al poco rato en número tan considerable que nos hicieron gran daño, obligándonos a retirarnos, después de dejar tras los muebles cinco compañeros, dos de ellos muertos. En el pasillo topamos con una escalera por donde subimos precipitadamente sin saber a dónde íbamos; nos hallamos en un desván, posición admirable para la defensa. Era angosta la escalera, y el francés que intentaba pasarla moría sin remedio. Así estuvimos un buen rato, prolongando la resistencia, y animándonos unos a otros con vivas y aclamaciones, cuando el tabique que teníamos a la espalda empezó a estremecerse con fuertes golpes, y al punto comprendimos que los franceses, abriendo una entrada por aquel sitio, nos cogerían irremisiblemente entre dos fuegos.

El tío Garcés, que nos mandaba, exclamó furioso:

—¡Recuerno! No nos cogerán esos perros. En el techo hay un tragaluz. Salgamos por él al tejado. Que seis sigan haciendo fuego aquí… Al que quiera subir, partirlo. Que los demás agranden el agujero: fuera miedo, y ¡viva la Virgen del Pilar!

Se hizo como él mandaba. Ello iba a ser una retirada en regla, y mientras parte de nuestro ejército contenía la marcha invasora del Imperio, los demás se ocupaban en facilitar el paso. Este hábil plan fue puesto en ejecución sin demora, y bien pronto el hueco de escape tenía suficiente anchura para que pasaran tres hombres a la vez, sin que durante el tiempo empleado en esto ganaran los franceses un solo peldaño. Velozmente salimos al tejado. Eramos nueve. Tres habían quedado en el desván, y otro fue herido al querer salir, cayendo vivo en poder de Francia.

Saltamos al tejado de la casa cercana y nos internamos en ella por la ventana de un chiribitil, considerando fácil el bajar desde allí a la calle. Pero aún no habíamos puesto el pie en firme, cuando sentimos disparos en los aposentos inferiores.

Pasando de un desván a otro, vimos una escalera de mano, y oímos vivo rumor de voces, destacándose en él voces de mujer. El estrépito de la lucha procedía del punto más bajo. Franqueando la escalerilla nos hallamos en una gran habitación, materialmente llena de gente, la mayor parte ancianos, mujeres y niños, que habían buscado refugio en aquel lugar. Muchos, arrojados sobre jergones, mostraban en su rostro las huellas de la terrible epidemia, y algún cuerpo inerte sobre el suelo tenía todas las trazas de haber exhalado el último suspiro momentos antes.

Otros estaban heridos, y se lamentaban sin poder contener la crueldad de sus dolores; dos o tres viejas lloraban o rezaban. Algunas voces se oían de rato en rato diciendo con angustia: «agua, agua». Ya íbamos a salir, cuando vi a María Candiola. La infeliz estaba transfigurada por el insomnio, el llanto y el terror. Me vio, y al punto fue hacia mí con viveza, mostrando deseo de hablarme.

—¿Y Agustín? —le pregunté.

—Abajo está —repuso con voz temblorosa—. Abajo están dando una batalla. Las personas que nos habíamos refugiado en esta casa estábamos repartidas por los distintos aposentos. Mi padre llegó esta mañana con Doña Guedita. Agustín nos trajo de comer, y nos puso en un cuarto donde había un colchón. De repente sentimos golpes en los tabiques… Venían los franceses. Entró la tropa; nos hicieron salir; trajeron los heridos y los enfermos a esta sala alta… Aquí nos han encerrado a todos, y luego, rotas las paredes, los franceses se han encontrado con los españoles y han empezado a pelear… ¡Ay! Agustín anda abajo también…

Esto decía, cuando entró Manuela Sancho, trayendo dos cántaros de agua para los heridos. Aquellos desgraciados se arrojaron frenéticamente de sus lechos, disputándose a golpes un vaso de agua.

«No empujar, no atropellarse, señores —dijo Manuela riendo—. Hay agua para todos. Vamos ganando. Trabajillo ha costado echarles de la alcoba, y ahora están disputándose la mitad de la sala, porque la otra mitad está ya ganada. Les quitaremos también la cocina y la escalera. Todo el suelo está lleno de muertos».

Tenía razón Manuela Sancho al decir que íbamos ganando. Desalojados del piso principal de la casa, los franceses habíanse retirado al de la contigua, donde continuaban defendiéndose. Cuando yo bajé, todo el interés de la batalla estaba en la cocina, disputada con encarnizamiento; pero lo demás de la casa nos pertenecía. Cadáveres de una y otra nación cubrían el ensangrentado suelo; algunos patriotas y soldados, rabiosos por no poder conquistar aquella cocina funesta, desde donde se les hacía tanto fuego, lanzáronse dentro de ella a la bayoneta, y aunque perecieron bastantes, este acto de arrojo decidió la cuestión, porque tras ellos fueron otros, y por fin todos los que cabían.

Aterrados los imperiales con tan ruda embestida, buscaron salida precipitadamente por el laberinto que de pieza en pieza habían abierto. Persiguiéndoles por pasillos y aposentos, cuya serie inextricable volvería loco al mejor topógrafo, les rematábamos donde podíamos alcanzarles, y algunos de ellos se arrojaban desesperadamente a los patios. De este modo, después de reconquistar aquella casa, reconquistamos la vecina, obligándoles a contenerse en sus antiguas posiciones, que eran por aquella parte las dos casas primeras de la calle de Pabostre.

Después retiramos los muertos y heridos, y tuve el sentimiento de encontrar entre éstos a Agustín Montoria, aunque no era de gravedad el balazo recibido en el brazo derecho. Mi batallón quedó aquel día reducido a la mitad.

Cada día, cada hora, cada instante, las dificultades crecientes de nuestra situación militar se agravaba con el obstáculo que ofrecía número tan considerable de víctimas, hechas por el fuego y la epidemia. Hacinados estaban allí unos sobre otros, sin poder recibir auxilio, multitud de hombres destrozados por horribles heridas.

Llegó un día en que cierta impasibilidad, más bien espantosa y cruel indiferencia, se apoderó de los defensores, y nos acostumbramos a ver un montón de muertos, cual si fuera montón de sacas de lana; nos hicimos a ver sin lástima largas filas de heridos arrimados a las casas, curándose cada cual como mejor podía. La familiaridad con el peligro había transfigurado nuestra naturaleza, infundiéndole el desprecio absoluto de la materia y total indiferencia de la vida.

Ya os he dicho que inmediato al convento de las Mónicas estaba el de Agustinos Observantes, edificio de bastante capacidad, con una iglesia no pequeña, vastas crujías y un claustro espacioso. Era, pues, indudable que los franceses, dueños ya de las Mónicas, habrían de poner gran empeño en poseer también aquel otro monasterio para establecerse sólida y definitivamente en el barrio.

Estábamos acomodando a nuestros heridos en la casa que hacía de hospital, cuando nos puso en cuidado un grande estruendo. Un fraile apareció diciéndonos a gritos:

«Hijos míos, han volado la pared medianera del lado de las Mónicas, y ya les tenemos en casa. Corred a la iglesia; ellos deben haber ocupado la sacristía; pero no importa. Si vais a tiempo seréis dueños de la nave principal, de las capillas, del coro. ¡Viva la Santa Virgen del Pilar!».

Marchamos a la iglesia; pero los franceses que habían entrado por la sacristía se nos adelantaron, y ya ocupaban el altar mayor. Yo no había visto jamás una mole churrigueresca, cuajada de esculturas y follajes de oro, sirviendo de parapeto a la infantería; yo no había visto que vomitasen fuego los mil nichos, albergue de mil santos de ebanistería; yo no había visto nunca que los rayos de madera dorada, que fulminan su llama inmóvil desde los huecos de una nube de cartón poblada de angelitos, se confundieran con los fogonazos, ni que tras los pies del Santo Cristo, y tras el nimbo de oro de la Virgen María, el ojo vengativo del soldado afinara su mortífera puntería.

Baste deciros que el altar mayor de San Agustín era una gran fábrica de talla estofada, cual otras que habréis visto en templos de España. Este armatoste se extendía desde el piso a la bóveda, y de machón a machón, representando en sucesivas hileras de nichos como una serie de jerarquías celestiales. Aunque la mole se apoyaba en el muro del fondo, había pasadizos interiores dedicados al servicio casero de aquella república de santos, y por ellos el lego sacristán podía subir desde la sacristía a mudar el traje de la Virgen o a encender las velas del altísimo Crucifijo.

Los franceses se posesionaron rápidamente de los estrechos tránsitos que he mencionado; y cuando llegamos nosotros, en cada nicho, detrás de cada santo, y en innumerables agujeros abiertos a toda prisa, brillaba el cañón de los fusiles. Igualmente establecidos detrás del ara santa, que a empujones adelantaron un poco, se preparaban a defender en toda regla la cabecera de la iglesia.

No nos hallábamos enteramente a descubierto, y para resguardarnos del gran retablo teníamos los confesionarios, los altares de las capillas y las tribunas. Los más expuestos éramos los que entramos por la nave principal; y unos avanzaron resueltamente hacia el fondo, otros tomamos posiciones en el coro bajo, tras el facistol, tras las sillas y bancos amontonados contra la reja, molestando desde allí con certera puntería a imperio napoleónico, posesionado del altar mayor.

El tío Garcés, con nueve de igual empuje, corrió a posesionarse del púlpito, otra pesada fábrica churrigueresca, cuyo guardapolvo, coronado por una estatua de la Fe, casi llegaba al techo. Subieron, ocupando la cátedra sagrada y su escalera, y desde allí, con singular acierto, dejaban seco a todo francés que, abandonando el presbiterio, se adelantaba a lo bajo de la iglesia. También sufrían ellos bastante, porque les abrasaban los del altar mayor, deseosos de quitar de en medio aquel obstáculo. Al fin se destacaron unos veinte franceses, resueltos a tomar a todo trance aquel reducto de madera, sin cuya posesión era locura intentar el paso de la nave. No he visto nada más parecido a una gran batalla, y así como en ésta la atención de uno y otro ejército se reconcentra a veces en un punto, el más disputado y apetecido de todos, y cuya pérdida o conquista decide el éxito de la lucha, así la atención de todos se dirigió al púlpito, tan bien defendido como bien atacado.

Los veinte tuvieron que resistir el vivísimo fuego que se les hacía desde el coro, y la explosión de las granadas de mano que los de las tribunas les arrojaban; pero a pesar de sus grandes pérdidas, avanzaron resueltamente a la bayoneta contra la escalera. No se acobardaron los diez defensores del fuerte, y defendiéndose a arma blanca con aquella superioridad infalible que siempre tuvieron en este género de lucha. Muchos de los nuestros, que antes hacían fuego parapetados tras los altares y los confesonarios, corrieron a atacar a los franceses por la espalda, representando de este modo en miniatura el episodio de una vasta acción campal.

De la sacristía salieron mayores fuerzas enemigas, y nuestra retaguardia, que se había mantenido en el coro, salió también. Algunos que se hallaban en las tribunas de la derecha saltaron fácilmente a la comisa de un gran retablo lateral, y no satisfechos con hacer fuego desde allí, desplomaron sobre los franceses tres estatuas de santos que coronaban los ángulos del ático. En tanto, el púlpito se sostenía con firmeza, y en medio de aquel infierno, vi al tío Garcés ponerse en pie desafiando el fuego, y accionar como un predicador, gritando desaforadamente con voz ronca. Si alguna vez viera al demonio predicando el pecado en la cátedra de una iglesia, invadida por todas las potencias infernales en espantosa bacanal, no me llamaría la atención.

Aquello no podía prolongarse mucho tiempo, y Garcés, atravesado por cien balazos, cayó de súbito, lanzando un feroz aullido. Los franceses, que en gran número llenaban la sacristía, vinieron en columna cerrada, y en los tres escalones que separan el presbiterio del resto de la iglesia, nos presentaron un muro infranqueable. La descarga de esta columna decidió la cuestión del púlpito, y quintados en un instante, dejando sobre las baldosas gran número de muertos, nos retiramos a las capillas. Perecieron los primitivos defensores del púlpito, así como los que luego acudieron a reforzarlos, y al tío Garcés, acribillado a bayonetazos después de muerto, le arrojaron en su furor los vencedores por encima del antepecho. Así concluyó aquel excelso patriota que no nombra la historia.

XII

El capitán de nuestra compañía quedó también inerte sobre el pavimento. Precipitadamente nos retiramos a una capilla. Algunos opinaron que con los bancos, las imágenes y la madera de un retablo viejo, que fácilmente podía ser hecho pedazos, debíamos levantar una barricada en el arco de la capilla y defendernos hasta lo último; pero dos Padres agustinos se opusieron a este esfuerzo inútil, y uno de ellos nos dijo:

«Hijos míos, no os empeñéis en prolongar la resistencia, exponiéndoos a perder vuestras vidas sin ventaja alguna. Los franceses están atacando en este instante el edificio por la calle de las Arcadas. Corred allí a ver si lográis atajar sus pasos; pero no penséis en defender la iglesia, profanada por esos cafres».

Estas exhortaciones nos obligaron a salir al claustro, y todavía quedaban en el coro algunos soldados de Extremadura tiroteándose con los franceses, que ya invadían toda la nave.

Por orden del general Saint-March abandonamos San Agustín, cuya defensa era ya humanamente imposible. Cuando pasábamos por la calle del mismo nombre, paralela a la del Palomar, vimos que desde la torre de la iglesia arrojaban granadas de mano sobre los franceses, establecidos en la plazoleta inmediata a la última de aquellas dos vías. ¿Quién lanzaba aquellos proyectiles desde la torre? Para decirlo brevemente y con más elocuencia, abramos la Historia y leamos. «En la torre se habían situado y pertrechado siete u ocho paisanos con víveres y municiones para hostigar al enemigo, y subsistieron verificándolo por unos días sin querer rendirse».

Allí estaba el insigne Pirli. ¡Oh, Pirli! Más feliz que el tío Garcés, tú ocupas un lugar en la Historia.

Incorporados al batallón de Extremadura, se nos llevó por la calle del Palomar hasta la plaza de la Magdalena. Como nos habían dicho, el enemigo procuraba extenderse por la calle de Pabostre para apoderarse de Puerta Quemada, punto importantísimo que le permitía enfilar con su artillería la calle del mismo nombre hasta la plaza de la Magdalena; y como la posesión de San Agustín y las Mónicas les permitía amenazar aquel punto céntrico por el fácil tránsito de la calle de Palomar, ya se conceptuaban dueños del barrio.

Después de una breve espera, nos llevaron a la calle de Pabostre; y como la lucha era combinada entre el interior de los edificios y la vía pública, entramos por la calle de los Viejos a la primera manzana. Desde las ventanas de la casa en que nos situaron no se veía más que humo, y apenas podíamos hacernos cargo de lo que allí pasaba; mas luego advertí que la calle estaba llena de zanjas y cortaduras de trecho en trecho, con parapetos de tierra, muebles y escombros.

Por no ser prolijo, no referiré aquí las peripecias de aquel combate de la calle de Pabostre. Dentro de las casas ocurrían escenas como las que en otro lugar se refieren, pero con mayor encarnizamiento, porque el triunfo se creía más definitivo. La ventaja adquirida en una pieza perdíanla los imperiales en otra; la acción trabada en la buhardilla descendía peldaño por peldaño hasta el sótano, y allí se remataba al arma blanca, con ventaja siempre para los paisanos. Las voces de mando con que unos y otros dirigían los movimientos dentro de aquellos laberintos, retumbaban de pieza en pieza con ecos espantosos.

En una de las zanjas abiertas en la calle, una mujer, más que ninguna valerosa, Manuela Sancho, después de hacer fuego de fusil, disparó varios tiros en la pieza de a 8. Mantúvose ilesa durante gran parte del día, animando a todos con sus palabras y sirviendo de ejemplo a los hombres; pero serían las tres de la tarde cuando cayó en la zanja, herida en una pierna, y durante largo tiempo confundióse con los muertos, porque la hemorragia la dejó exánime y con apariencia de cadáver. Más tarde, advirtiendo que respiraba, la retiramos, y fue curada, quedando tan bien, que años después tuve el gusto de verla viva.

Poco después de las tres, horrísona explosión conmovió las casas que los franceses nos habían disputado tan encarnizadamente durante la mañana, y entre el espeso humo y el polvo, más espeso aún que el humo, vimos volar en pedazos mil las paredes y el techo, cayendo todo al suelo con un estruendo del que no puede darse idea. Los franceses empezaban a emplear la mina para conquistar lo que por ningún otro medio podía arrancarse de las manos aragonesas.

Cuando reventó la primera casa, nos mantuvimos serenos en las inmediatas y en la calle; pero cuando con estallido más fuerte aún vino a tierra la segunda, inicióse el movimiento de retirada con bastante desorden. Al considerar que eran sepultados entre las ruinas lanzados al aire tantos infelices compañeros, que no se habrían dejado vencer por la fuerza del brazo, nos sentimos débiles para luchar con aquel elemento de destrucción; creíamos que en todas las demás casas y en la calle, minadas ya también, iban a estallar horribles cráteres, que nos esparcirían desgarrados en sangrientos girones.

Palafox se presentó a la entrada de la calle, y su presencia nos contuvo algún tanto. El mucho ruido impidióme oír lo que nos dijo.

—Ya oís, muchachos, ya oís lo que dice el capitán general —vociferó a nuestro lado un fraile de los que venían en la comitiva de Palafox—. Dice que no habrá en Zaragoza una mujer que os mire, si al punto no os arrojáis sobre las ruinas de las casas y echáis de allí a los franceses.

Estas y otras patrióticas expresiones enardecieron nuestros ánimos extenuados. Ocasión es esta de hablaros de este personaje eminente, cuyo nombre va unido al de las célebres proezas de Zaragoza. Debía en gran parte su prestigio a su gran valor; pero también a su hermosa y arrogante presencia, y a la nobleza de su origen, al respeto con que siempre fue mirada allí la familia de Lazán. Lo que ante todo hacía simpático al caudillo zaragozano era su indomable y serena valentía, aquel ardor juvenil con que acometía lo más peligroso y difícil, por simple afán de tocar un ideal de gloria.

Los zaragozanos habían simbolizado en él sus virtudes su patriotismo ideal y un tanto místico, y su fervor guerrero. Lo que Palafox disponía todos lo encontraban bueno y justo. Era en realidad como un soberano constitucional, que reinaba y no gobernaba. Gobernaban de hecho el Padre Basilio, O’Neilly, Saint-March y Butrón, clérigo escolapio el primero, generales insignes los otros tres.

Como te dicho, Palafox nos detuvo, y aunque abandonamos casi toda la calle de Pabostre, nos mantuvimos firmes en Puerta Quemada. Si encarnizada fue la batalla hasta las tres, hora en que nos encontramos hacia la plaza de la Magdalena, no lo fue menos desde dicha ocasión hasta la noche. Los franceses emprendieron trabajos en las casas arruinadas por los hornillos, y era curioso ver cómo entre las masas de cascote y vigas se abrían pequeñas plazas de armas, caminos cubiertos y plataformas para emplazar la artillería. Aquella era una guerra que cada vez se iba pareciendo menos a las demás guerras conocidas.

Sitiadores y sitiados, deseosos de rematarse pronto, y no pudiendo conseguirlo en la laberíntica guerra de las madrigueras, empezaron a destruirlas, unos con la mina, otros con el incendio, quedándose a descubierto como el impaciente gladiador que arroja su escudo.

¡Qué tarde, qué noche! Al llegar aquí me detengo cansado y sin aliento, y mis recuerdos se nublan, como se nublaron mi pensar y mi sentir en aquella tarde espantosa. Hubo, pues, un momento en que, agotada la resistencia física, mi pobre cuerpo se arrastraba sobre el arroyo, tropezando con cadáveres insepultos o medio inhumados entre los escombros. Mis sentidos, salvajemente lanzados a los extremos del delirio, no me representaban claramente el lugar donde me encontraba, y la noción del vivir era un conjunto de vagas confusiones, de dolores inauditos. No me parecía que fuese de día, porque en algunos puntos lóbrega oscuridad envolvía la escena; mas tampoco me consideraba en medio de la noche, porque llamas semejantes a las que suponemos en el infierno enrojecían la ciudad por otro lado.

Sólo sé que me arrastraba pisando cuerpos, yertos unos, con movimientos otros, y que más allá, siempre más allá, creía encontrar un pedazo de pan y un buche de agua. ¡Qué desfallecimiento! ¡Qué hambre! ¡Qué sed! Vi correr a muchos con ágiles movimientos; les oí gritar; vi proyectadas sus inquietas sombras formando espantajos sobre las paredes cercanas: iban y venían no sé adónde ni de dónde. Algunos, más felices que los demás, tuvieron fuerza para registrar entre los cadáveres, y recoger mendrugos de pan, piltrafas de carne envuelta en tierra, que devoraban con avidez.

Algo reanimados seguimos buscando y pude alcanzar una parte en las migajas de aquel festín. Por fin encontramos unas mujeres que nos dieron a beber agua fangosa y tibia. Nos disputamos el vaso de barro, y luego en las manos de un muerto descubrimos un pañuelo liado que contenía dos sardinas secas y algunos bollos de aceite.

Me sentí con algún brío y pude andar, aunque difícilmente. Advertí que todo mi vestido estaba lleno de sangre, y sintiendo un vivo escozor en el brazo derecho, juzguéme gravemente herido; pero aquel malestar era de una contusión insignificante, y las manchas de mis ropas provenían de haberme arrastrado entre charcos de fango y sangre.

Los incendios continuaban. Sobre la ciudad pesaba una densa niebla, formada de polvo y humo, la cual, con el resplandor de las llamas, formaba perspectivas horrorosas que jamás se ven en el mundo; en sueños, sí. Las casas despedazadas, con sus huecos abiertos a la claridad como ojos infernales; las recortaduras angulosas de las ruinas humeantes; las vigas encendidas eran espectáculo menos siniestro que el de aquellas figuras saltonas e incansables, que no cesaban de revolotear allí delante, allí mismo, casi en medio de las llamas. Eran los paisanos de Zaragoza que aún se estaban batiendo, y les disputaban a los franceses ferozmente un palmo del infierno.

Me encontraba en la calle de Puerta Quemada. Di algunos pasos; pero caí otra vez rendido de fatiga. Un fraile, viéndome cubierto de sangre, se me acercó y empezó a hablarme de la otra vida y del premio eterno destinado a los que mueren por la patria. Díjele que no estaba herido; pero que el hambre, el cansancio y la sed me habían postrado, y que creía tener los primeros síntomas de la epidemia. Entonces el buen religioso, en quien al punto reconocí al Padre Mateo del Busto, se sentó a mi lado.

—«¿Está vuestra paternidad herido? —Le pregunté, viendo un lienzo atado a su brazo derecho».

—Sí, amigo Araceli: una bala me ha destrozado el brazo y el hombro. Siento grandísimo dolor, pero es preciso aguantarlo. Más padeció Cristo por nosotros. Desde que amaneció no he cesado de curar heridos y encaminar moribundos al Cielo. Una mujer me ató este lienzo en el brazo derecho, y seguí mi tarea. Creo que no viviré mucho… ¡Cuánto muerto, Dios mío! ¿Has visto aquella zanja que hay al fin de la calle de los Clavos? Pues allí yace sin vida mi perrillo, el desgraciado Coridón. Fue víctima de su arrojo. Pasábamos por allí para recoger unos heridos, cuando vimos hacia las eras de San Agustín un grupo de franceses que pasaban de una a otra. Coridón, siempre impetuoso hasta el heroísmo, se lanzó ladrando sobre ellos. ¡Ay!, ensartándolo en una bayoneta lo arrojaron exánime dentro de la zanja… ¡Cuántas víctimas en un solo día, Gabriel! ¡Pues no tiene usted poca suerte en haber salido ileso! Pero se morirá usted de la epidemia, que es peor. Joven, ánimo: el Cielo se abre para recibirle a usted, y la Virgen del Pilar le agasajará con su manto de estrellas. La vida no vale nada… En nombre de Dios le perdono a usted todos sus pecados.

Pronunció, bendiciéndome, el ego te absolvo, y extendiéndose luego cuan largo era sobre el suelo. Su aspecto era tristísimo, y aunque yo no me encontraba bien, juzguéme en mejor estado de salud que el buen fraile. Le llamé gritando en su oído, y como no me respondiese sino con lastimeros quejidos, apartéme de allí para buscar quien fuera en su ayuda. Encontré a varios hombres y mujeres y les dije:

«Ahí está el Padre Fray Mateo del Busto que no puede moverse».

Pero no hicieron caso y siguieron adelante. Por fin, con dos amigos que se me juntaron, fui a prestar auxilio al pobre Fraile Mínimo. Cuando le preguntamos cómo se encontraba, nos contestó así:

«¿Qué es eso? ¿Ya tocan a maitines? Todavía es temprano. Yo me duermo. Estoy rendido».

Entre los tres le cargamos; pero al poco trecho se nos quedó muerto entre los brazos.

Mis compañeros acudieron al fuego, y yo a seguirles me disponía, cuando alcancé a ver un hombre cuyo aspecto llamó mi atención. Era el tío Candiola, que salió de una casa cercana con los vestidos chamuscados. Le detuve en medio de la calle preguntándole por su hija y por Agustín, y con gran agitación me respondió:

—¡Mi hija!… No sé… Allá, allá está… ¡Todo, todo lo he perdido! ¡Los pagarés! ¡Se han quemado los pagarés! ¡Santa Virgen del Pilar, y tú, Santo Dominguito de mi alma!, ¿por qué se han quemado mis recibos? Todavía se pueden salvar… ¿Quiere usted venir a mi casa? Debajo de aquella gran viga ha quedado la caja en que guardo algunos dinerillos…, pocos…, no vayan a creer… ¿Dónde hay por ahí media docena de hombres?… ¡Dios mío! Pero esa Junta, esa Audiencia, ese capitán general, ¿en qué están pensando?… ¡Eh, paisano, amigo, hombre caritativo…, a ver si levantamos la viga que cayó en el rincón!… ¡Eh!, dejen ahí en un ladito ese moribundo que llevan al hospital, y vengan a ayudarme. ¿No hay un alma piadosa? Parece que los corazones se han vuelto de bronce… Ya no hay sentimientos humanitarios… ¡Oh!, zaragozanos sin piedad, ¡ved cómo Dios os está castigando!

XIII

Los desgarradores lamentos del tacaño añadían la nota más lúgubre a la queja horripilante de los heridos y hambrientos. Los que mayormente irritaba a don Jerónimo era el patriotismo. Del heroísmo hablaba pestes. Según él, era delito imperdonable dejarse matar cuando se debían cantidades que el acreedor no había de cobrar en el otro mundo. Ved con que lógica horrible argumentaba: «Ya se ve; esto de pagar es muy duro, y algunos dicen: muramos y nos quedaremos con el dinero». Pero Dios debiera ser inexorable con esta canalla heroica, y en castigo de su infamia resucitarlos para que se las vieran con el alguacil y el escribano. ¡Dios mío, resucítalos! ¡Santa Virgen del Pilar, Santo Dominguito del Val, resucítalos!

En esto llegaron la vieja y María con algunas provisiones, y se llevaron al avariento al mísero albergue que se habían proporcionado en un portal del callejón del Organo. Por María supe la terrible desgracia que a los Montorias afligía: había muerto el primogénito, Manuel Montoria.

Confirmó la fatal nueva mi amigo don Roque, el cual me dijo que la viuda de Manuel, los padres don José y doña Leocadia estaban en la próxima calle de la Parra, donde el cadáver yacía. No quiero afligiros refiriéndoos la luctuosa escena que allí vi. A la inmensa desdicha que ya sabéis, añadid ahora que el niño de Manuel, de cuatro años de edad, atacado de la epidemia y ya moribundo, expiraba en los brazos de su madre. El cuadro era de inenarrable tribulación. Don José Montoria, el hombre de acero, se violentaba para conservar su entereza; perdiéronla absolutamente doña Leocadia y su nuera, la viuda de Manuel. Ambas atronaban la calle con desgarradores ayes y lamentos. Todos llorábamos, y era en verdad peregrino y espantoso que el llanto mismo nos sirviera de consuelo, porque bebiéndonos nuestras lágrimas creíamos ingerir algún alimento.

A los pocos minutos de mi llegada, espiró el niño… Su cuerpo frío retiramos don José y yo de los brazos de la madre, mientras Agustín pugnaba por llevarse a ésta… No hay palabras para expresar tal acumulación de humanos dolores, sobrepuestos y enzarzados unos en otros… Pasado algún tiempo, el gran Montoria, con esforzado corazón y tirantez sobrehumana de su voluntad nos dijo: «Es preciso que enterremos a mi hijo y a mi nieto».

Miró él, miramos todos en derredor, y vimos innumerables cadáveres insepultos. En la calle de las Rufas había bastantes; en la inmediata de la Imprenta se había constituido una especie de depósito. No es exageración lo que voy a decir. Parece mentira, pero es cierto. Un hombre entró en la calle de la Imprenta y empezó a dar voces. Por un ventanillo apareció otro hombre que, contestando al primero, dijo: «Sube». Entonces aquél, creyendo que era extravío entrar en la casa y subir por la escalera, trepó por el montón de cuerpos y llegó al piso principal, una de cuyas ventanas le sirvió de puerta.

En otras muchas calles ocurría lo mismo. ¿Quién pensaba en abrir sepulturas? Por cada par de brazos útiles y por cada azadón había cincuenta muertos. De trescientos a cuatrocientos perecían diariamente sólo de la epidemia.

Montoria, al ver tal cúmulo de muertos, habló así:

—Mi hijo y mi nieto no pueden tener el privilegio de dormir bajo tierra. Sus almas están en el Cielo: ¿Qué importa lo demás? Les acomodaremos ahí, en la puerta de la calle de las Rufas… Ea, señores, despachemos pronto, que quizás hagamos falta en otra parte.

—Señor don José —dijo don Roque llorando— retírese usted también, que los amigos cumpliremos este triste deber.

—No, yo soy hombre para todo y Dios me ha dado un alma que no se dobla ni se rompe.

Entre él y yo cargamos el cadáver de Manuel, Agustín cogió el del niño, para ponerlos en la entrada del callejón de las Rufas, donde otras muchas familias habían depositado sus muertos. Montoria, luego que soltó el cuerpo, exhaló un suspiro, y dejando caer los brazos, como si el esfuerzo hecho hubiera agotado sus fuerzas, dijo:

«Es verdad, ¡porra!: Yo no puedo negar que estoy cansado. Ayer me encontraba joven; hoy me encuentro viejo». Efectivamente: Montoria estaba viejísimo, y una noche había condensado en él la vida de diez años.

¡Dios mío, cuan difícil y penoso fue apartar de aquel sitio a las inconsolables madres! Casi a cuestas hubimos de llevarlas por entre un gentío en que se destacaban los grupos de mujeres consternadas y las escenas dolorosas. Don Roque y dos ancianos, amigos de la familia, quedaron custodiando los cuerpos en la calle de las Rufas.

Es aquel mismo día tuve ocasión de apreciar la tremenda rivalidad entre el gran patriota aragonés y don Jerónimo de Candiola. Este hombre sin entrañas no se recataba para manifestar su alegría por la muerte del primogénito de Montoria. La celebraba como un triunfo personal, y un designio de la Providencia en favor suyo. En cambio, don José, que con él hubo de tropezarse en el Coso, le pidió perdón por las ofensas verbales de aquel día… Al quitarle mediante pago los costales de harina, no hizo más que cumplir las órdenes de la Junta de Abastos. Lejos de imitar a Montoria en su cristiana conducta, Candiola vomitó contra él injurias atroces y repugnantes, renegando de los patriotas y del patriotismo, amenazando con tomar represalias cuando en la ciudad hubiese autoridades y justicia conforme a regulares leyes. Era en verdad un hombre insidioso y vil, que por cobardía no dejaba entrever sus traidoras intenciones.

Y esta fiera discordia entre los padres había de poner a los hijos en grave conflicto de amor, porque muerto Manuel Montoria, y siendo Agustín el llamado a perpetuar el nombre y lustre de la familia, antes se juntaría el Cielo con la Tierra que autorizar don José y doña Leocadia el casamiento de su hijo con Mariquita Candiola. Ni ésta ni su inocente novio creían ya en el milagro de la Virgen del Pilar. La Virgen les abandonaba y el rosado cuento de Agustín terminaría forzosamente en una convulsión trágica. No habría bodas como no se celebraran entre llamaradas del Infierno.

El 3 de febrero se apoderaron los franceses del Convento de Jerusalén, que estaba entre Santa Engracia y el Hospital. La acción que precedió a la conquista de tan importante posición fue tan sangrienta como las de las Tenerías, y allí murió el distinguido comandante de ingenieros don Marcos Simonó. Por la parte oriental poco adelantaban los sitiadores, y en los días 6 y 7 todavía no habían podido dominar la calle de Puerta Quemada.

Las autoridades comprendían que era difícil prolongar mucho más la resistencia, y con ofertas de honores y dinero intentaban exaltar a los patriotas. En una proclama del 2 de febrero, decía Palafox a los que pedían recursos: «Doy mis dos relojes y veinte cubiertos de plata, que es lo que me queda». En la del 9 se quejaba de la indiferencia y abandono con que algunos vecinos miraban la suerte de la patria, y después de suponer que el desaliento era producido por el oro francés, amenazaba con grandes castigos al que se mostrara cobarde.

Mi batallón se había fundido en el de Extremadura, pues el resto de uno y otro no llegaba a tres compañías. Agustín Montoria era capitán, y yo, que a mediados de enero recibí galones de sargento, fui ascendido a alférez el día 2. No volvimos a prestar servicio en Tenerías, y lleváronnos a guarecer a San Francisco, vasto edificio que ofrecía buenas posiciones para tirotear a los franceses, establecidos en Jerusalén.

Desde el día 4 empezaron los franceses a minar el terreno para apoderarse del Hospital y de San Francisco, pues harto sabían que de otro modo era imposible. Para impedirlo contraminamos, con objeto de volarles a ellos antes que nos volaran a nosotros, y este trabajo ardoroso en las entrañas de la tierra a nada del mundo puede compararse. Entre los golpes de nuestras piquetas oíamos, como un sordo eco, el de las piquetas de los franceses, y después de habernos batido y destrozado en la superficie, nos buscábamos en la horrible noche de aquellos sepulcros para acabar de exterminarnos.

En esta penosa tarea nos relevábamos con frecuencia, y en los ratos de descanso salíamos al Coso, sitio céntrico de reunión y al mismo tiempo parque, hospital y cementerio general de los sitiados. Una tarde (creo que la del 5) comentábamos en la portería de San Francisco las peripecias del sitio, opinando todos que bien pronto sería imposible la resistencia. El corrillo se renovaba constantemente.

La comodilla de aquel día fue que algunos malos patriotas habían traspasado las líneas visitando el campo francés con ánimo de acelerar la rendición por reprobados medios. Alguien acusó a Candiola de andar en estos odiosos tratos. El lo negó. Era calumnia, infame tramoya de sus enemigos para perderle. Un compañero nuestro aseguró después haberle visto franquear la última barricada frente a Jerusalén. La opinión se condensó tan vigorosamente contra Candiola que una tarde hubimos de dar una verdadera batalla en el Coso para salvarle de la muerte.

Os contaré brevemente la verdad de la execrable traición del gran tacaño de Zaragoza. Jerónimo de Candiola vino muy niño de Baleares a la capital de Aragón con sus padres, en la calle de San Voto, con un comercio mísero de loza ordinaria y cordelería. Vivió la familia algunos años pobremente. Jerónimo, cuando apenas contaba doce años, fue monaguillo en las monjas de Jerusalén. Conocía un paso subterráneo, que arrancando de aquel convento, pasaba por San Diego y Santa Rosa y concluía en la casa llamada de los Duendes. Desde los sótanos de ésta bastaba una corta galería para llegar debajo de la sala capitular de San Francisco. Candiola fue al campo francés, se puso en comunicación con un capitán de suizos llamado don Carlos Lindener, que había pasado del servicio de España al de Francia, y… lo demás lo comprenderéis fácilmente por el hecho terrible que voy a referiros.

Hallábame yo en la calle de San Gil al servicio de las piezas que allí habíamos emplazado, cuando nos estremeció una detonación tan fuerte que ninguna palabra del lenguaje tiene energía para expresarla. Creímos que la ciudad entera era lanzada al aire por la explosión de un inmenso volcán abierto bajo sus cimientos. Todas las casas temblaron, oscureciéndose el Cielo con inmensa nube de humo y de polvo, y a lo largo de la calle vimos caer trozos de pared, miembros despedazados, maderas, tejas, lluvias de tierra y material de todas clases.

¡La Santa Virgen del Pilar nos asista! —exclamó don José de Montoria—. Parece que ha volado el mundo entero. ¿Qué es esto? ¿Existe todavía Zaragoza?… Ha volado el convento de San Francisco. ¡Porra!, traición hay aquí, ¡mil porras!

Gravemente herido en una pierna, el gran patriota andaba con dificultad. «Traición…, ha sido traición —gritábamos todos».

Acercóse a nosotros el locuaz mendigo de quien hice mención en las primeras páginas de este relato.

—Sursum Corda —le dijo Montoria—, dame tus muletas que para nada las necesitas.

—Déjeme su merced llegar a aquel portal —replicó el cojo— y se las daré. No quiero morirme en medio de la calle.

—¿Te mueres tú?

—¡Así parece! La calentura me abrasa. Estoy herido en el hombro desde ayer y todavía no me han sacado la bala.

Siento que me voy… Tome usía las muletas…

Con ellos pudo avanzar un poco Montoria hacia el lugar de la catástrofe. Los franceses habían cesado de hostilizar el convento por el lado del hospital; pero asaltándolo por San Diego ocupaban a toda prisa las ruinas, que nadie podía disputarles. Conservábase en pie la iglesia y torre de San Francisco.

Espantado quedé oyendo hablar a Montoria y a un oficial de Ingenieros de la posibilidad de arrojar a los franceses de las ruinas del Convento de San Francisco. Comprenderéis la sublimidad de este absurdo cuando sepáis que dos o tres docenas de hombres extenuados, hambrientos, descalzos, medio desnudos, algunos de ellos heridos, se sostuvieron todo el día en la torre; mas no contentos con esto, extendiéronse por el techo de la iglesia, y abriendo agujeros aquí y allí, sin atender al fuego que se les hacía desde el hospital, arrojaban granadas de mano contra los franceses, obligándoles a abandonar el templo al caer la tarde. Toda la noche pasó en tentativas del enemigo para reconquistarlo; pero no pudo conseguirlo hasta el día siguiente, cuando los tiradores del tejado se retiraron, pasando a la casa de Sástago.

XIV

¿Zaragoza se rendirá? La muerte al que esto diga.

Zaragoza no se rinde. La reducirán a polvo; de sus históricas casas no quedará ladrillo sobre ladrillo; caerán sus cien templos; su suelo abriráse vomitando llamas, y lanzados al aire los cimientos, caerán las tejas al fondo de los pozos; pero entre los escombros y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.

Llegó el momento de la suprema desesperación. Francia ya no combatía, minaba. Al fin, ¡parece mentira!, nos acostumbramos a las voladuras, como antes nos habíamos hecho al bombardeo. A lo mejor se oía un ruido como el de mil truenos retumbando a la vez. ¿Qué ha sido? Nada: la Universidad, la capilla de la Sangre, la casa de Aranda, tal convento o iglesia que ya no existen. Aquello no era vivir en nuestro pacífico y callado planeta: era tener por morada las regiones del rayo, mundos desordenados donde todo es fragor y desquiciamiento. No había sitio alguno donde estar, porque el suelo ya no era suelo, y bajo cada planta se abría un cráter.

Ya no se comía. ¿Para qué, si se esperaba la muerte de un momento a otro? Centenares, miles de hombres perecían en las voladuras, y la epidemia había tomado carácter fulminante. Ya no había parientes ni amigos; menos aún: ya los hombres no se conocían unos a otros; y ennegrecidos los rostros por la tierra, por el humo, por la sangre, desencajados y cadavéricos, al juntarse después del combate, se preguntaban: «¿Quién eres tú?, ¿quién es usted?».

Pasó un día después de la explosión de San Francisco; día horrible que no parece haber existido en las series del tiempo, sino tan sólo en el reino engañoso de la imaginación. Yo fui a la calle de las Arcadas poco antes de que se hundieran sus casas. Volví al Coso a cumplir la misión que se me encargó, y por el camino supe que descubierta y comprobada la traición de Candiola, éste fue encerrado en la Torre Nueva, hasta que el consejo de guerra sentenciara sobre el castigo que debía imponérsele. Para no cansaros os diré que el feroz tacaño fue fusilado en la misma plaza de San Felipe al amanecer del día siguiente. Yo tuve la desgracia de mandar el pelotón que puso fin a su aborrecida existencia.

Vete lejos de mí, horrible pesadilla. No quiero dormir. Pero el mal sueño que anhelo desechar vuelve a mortificarme. Quiero borrar de mi imaginación la lúgubre escena; pero pasa una noche y otra, y la escena no se borra. No, yo no soy capaz de quitar a sangre fría la vida a un semejante, aunque un deber inexorable me lo ordene. ¿Por qué no temblaba en las trincheras y ahora tiemblo? Siento un frío mortal. A la luz de las linternas veo algunas caras siniestras; una, sobre todo, lívida y hosca que expresa un espanto superior a todos los espantos. ¡Cómo brillan los cañones de los fusiles!… Los soldados me miran, y yo disimulo mi cobardía frunciendo el ceño. Somos estúpidos y vanos hasta en los momentos supremos. Parece que los circunstantes se burlan de mi perplejidad, y esto me da cierta energía. Entonces despego mi lengua del paladar y grito: ¡Fuego!

Yo estoy exánime; no puedo moverme. Esos hombres que veo pasar por delante de mí no parecen hombres. Están flacos, macilentos, y sus rostros serían amarillos, si no les ennegrecieran el polvo y el humo. Brillan bajo la fruncida ceja los ojos que ya no saben mirar sino matando. Se cubren de harapos inmundos, y un pañizuelo ciñe su cabeza como un cordel. Están tan escuálidos, que parecen los muertos del montón de la calle de la Imprenta, que se han levantado para relevar a los vivos. De trecho en trecho se ven, entre columnas de humo, moribundos en cuyo oído murmura un fraile conceptos religiosos. Ni el moribundo entiende, ni el fraile sabe lo que dice.

No sé lo que me pasa. No me digáis que siga contando, porque ya no hay nada. Ya no hay nada que contar, y lo que veo no parece cosa real, confundiéndose en mi memoria lo verdadero con lo soñado. Estoy tendido en un portal de la calle de la Albardería, y tiemblo de frío; mi mano izquierda está envuelta en un lienzo lleno de sangre y lodo… Alargo la derecha y toco el brazo de un amigo que vive aún.

«¿Qué ocurre, amigo Sursum Corda?

—Los franceses parece que están del lado acá del Coso —me contesta con voz desfallecida—. Han volado media ciudad. Puede ser que sea preciso rendirse. El capitán general ha caído enfermo de la epidemia y está en la calle de Predicadores… Entrarán los franceses. Me alegro de morirme para no verlos. Y usted, señor de Araceli, ¿se ha muerto ya?».

Me levanto y doy algunos pasos. Apoyándome en las paredes, avanzo un poco y llego junto a las Escuelas Pías. Un brazo amigo me sostiene y reconozco a don Roque.

«Querido Gabriel —me dice con aflicción—. La ciudad se rinde hoy mismo.

—¿Qué ciudad?

—Esta».

Al hablar así me parece que nada está en su sitio. Los hombres y las casas, todo corre en veloz fuga. La Torre Nueva saca sus pies de los cimientos para huir también, y desapareciendo a lo lejos, el capacete de plomo se le cae de un lado. Ya no resplandecen llamas en la ciudad. Columnas de negro humo corren de Levante a Poniente, y el polvo y la ceniza, levantados por los torbellinos del viento, marchan en la misma dirección.

«Todo huye, todo se va de este lugar de desolación —digo a don Roque—. Los franceses no encontrarán nada.

—Nada: hoy entran por la puerta del Angel. Dicen que la capitulación ha sido honrosa. Mira: ahí vienen los espectros que defendían la plaza».

En efecto: por el Coso desfilan los últimos combatientes. Son padres sin hijos, hermanos sin hermanos, maridos sin mujer. El que no puede encontrar a los suyos entre los vivos, tampoco es fácil que los encuentre entre los muertos, porque hay cincuenta y dos mil cadáveres, yacentes en las calles, en los portales de las casas, en los sótanos, en las trincheras. Los franceses, al entrar, se detienen llenos de espanto ante espectáculo tan terrible, y casi están a punto de retroceder. Las lágrimas corren de sus ojos y se preguntan si son hombres o espectros las pocas criaturas con movimiento que discurren ante su vista.

El soldado voluntario, al entrar en su casa, tropieza con los cuerpos de su esposa y de sus hijos. La mujer corre a la trinchera, al paradón, a la barricada, y busca a su marido. Nadie sabe dónde está: los miles de muertos no hablan, no pueden dar razón de si está fulano entre ellos. Familias numerosas se encuentran reducidas a cero, y no queda en ellas uno sólo que eche de menos a los demás.

Francia ha puesto al fin el pie dentro de aquella ciudad edificada a las orillas del clásico río que da su nombre a nuestra península; pero la ha conquistado sin domarla. Al ver tanto desastre y el fúnebre aspecto de Zaragoza, el ejército imperial, más que vencedor, se considera sepulturero de aquellos heroicos habitantes. Cincuenta y tres mil vidas le costaron a la ciudad aragonesa en el contingente de doscientos millones de criaturas con que la humanidad pagó las glorias militares del imperio francés.

Este sacrificio no será estéril, como sacrificio hecho en nombre de una idea. El imperio, cosa vana y de circunstancias, fundado en la movible fortuna, en la audacia, en el genio militar, que siempre es secundario, cuando, abandonando el servicio de la idea, sólo existe en obsequio de sí propio; el imperio francés, digo, aquella tempestad que conturbó los primeros años del siglo, y cuyos relámpagos, truenos y rayos aterraron a Europa, pasó, porque las tempestades pasan, y lo normal en la vida histórica, como en la Naturaleza, es la calma.

Lo que no ha pasado ni pasará es la idea de nacionalidad que España defendía contra el falso derecho de conquista y la usurpación. Cuando otros pueblos sucumben, ella mantiene su derecho, lo defiende, y sacrificando su propia sangre y vida, lo consagra, como consagraban los mártires en el circo la idea cristiana. El resultado es que España, despreciada injustamente en el Congreso de Viena, desacreditada con razón por sus continuas guerras civiles, sus malos gobiernos, su desorden, sus bancarrotas más o menos declaradas, sus inmorales partidos, sus extravagancias, sus toros y sus pronunciamientos, no ha visto nunca, después de 1808, puesta en duda la continuación de su nacionalidad. ¡Ay del que se atreva a intentar la conquista de esta casa de locos!

El 21 de febrero, tristísimo día, mi entrañable amigo y yo cumplimos el deber de enterrar a Mariquita Candiola. Después de buscarla por toda la ciudad, la encontramos muerta en la calle de Antón Trillo. No tenía ni la herida más leve; ni una gota de sangre manchaba sus ropas; sus párpados no se habían hinchado como en los que morían de la epidemia. Al despedirse con extremos de infinito dolor del cuerpo de la linda joven, Agustín me dijo: «María no ha muerto de nada…, quiero decir que ha muerto de pena y desesperación». Creíamos ver una hermosa imagen de cera. Ved aquí, amiguitos míos, cómo terminó con horribles amarguras y convulsión trágica el rosado cuento de Agustín Montoria. Antes que llenáramos de tierra la sepultura, Agustín rompió su espada y la arrojó en la fosa… Después, sin cuidarse de enjugar sus lágrimas, dijo a los amigos presentes que era su voluntad encerrarse en el monasterio de Veruela hasta el fin de sus días.

La guarnición, según lo estipulado, debía salir con los honores militares por la puerta del Portillo. Yo estaba tan enfermo y desfallecido que mis compañeros tuvieron que llevarme casi a cuestas. Apenas vi a los franceses, cuando con más tristeza que júbilo se extendieron por lo que había sido ciudad.

Inmensas, espantosas ruinas la formaban. Era la ciudad de la desolación, de la epopeya digna de que la llorase Jeremías y de que el grande Homero la cantara.

En la Muela, donde me retuve para reponerme, se me presentó don Roque, el cual salió también de la ciudad, temiendo ser perseguido por sospechoso.

—Gabriel —me dijo— esperaba que en vista de la heroica defensa de la ciudad serían más humanos. Hace unos días vimos dos cuerpos que arrastraba el Ebro en su corriente. Eran Mosén Santiago Sas, jefe de los valientes escopeteros de la parroquia de San Pablo, y el Padre Basilio Boggiero, maestro, amigo y consejero de Palafox. Dicen que a ese último le fueron a llamar a medianoche, so color de encomendarle una misión importante, y luego que le tuvieron entre bayonetas, lleváronle al puente, donde le acribillaron, arrojándole después al río. Lo mismo hicieron con Sas.

—Y nuestro protector y amigo, don José de Montoria, ¿no ha sido maltratado?

—Gracias a los esfuerzos del presidente de la Audiencia ha quedado con vida; pero me lo querían arcabucear… nada menos. A Palafox parece que le llevan preso a Francia, aunque prometieron respetar su persona. ¿Y qué me dices de la hombrada del mariscalazo señor Lannes? Se necesita frescura para hacer lo que él ha hecho. Pues nada más sino que mandó que le llevaran las alhajas de la Virgen del Pilar, diciendo que en el templo no estaban seguras… Nada, hijo…, que se quedó con ellas. Para disimular, ha hecho como que se las ha regalado la Junta.

Don Roque se detuvo para acompañarme y luego partimos juntos. Después de restablecido continué la campaña de 1809, tomando parte en otras acciones, conociendo nueva gente, y estableciendo amistades frescas o renovando las antiguas. Más adelante referiré algunas cosas de aquel año, así como lo que me contó Andresillo Marijuán, con quien tropecé en Castilla, cuando yo volvía de Talavera y él de Gerona.

Gerona

I

Relación de Andrés Marijuán.

Entré en Gerona a principios de febrero del año 9 y me alojé en casa de un cerrajero de la calle de Cort-Real. A fines de abril salí con la expedición que fue en busca de víveres a Santa Coloma de Farnés, y a los pocos días de mi regreso, murió a consecuencia de las heridas recibidas en el segundo sitio aquel buen hombre que me había dado asilo. Creo que fue el 6 de mayo, es decir, el mismo día en que aparecieron los franceses, cuando al volver de la guardia en el fuerte de la Reina Ana, encontré muerto al señor Mongat, rodeado de sus cuatro hijos que lloraban amargamente.

Hablaré de los cuatro huérfanos, que ya lo eran completamente por haber perdido a su madre algunos meses antes. Siseta o como si dijéramos Narcisita, la mayor en edad, tenía poco más de los veinte, y los tres varoncillos no sumaban entre todos igual número de años, pues Badoret (Salvadorillo) apenas llegaba a los diez; Manalet (Manolín) no tenía más de seis y Gasparó (Gaspar) empezaba a vivir, hallándose en el crepúsculo del discernimiento y de la palabra.

Cuando penetré en la casa y vi cuadro tan lastimoso no pude contener mis lágrimas y me puse a llorar con ellos. Yo les amaba, y como mi buen humor y franca condición propendían a enlazar el alma de aquellos inocentes con la mía, en algunos meses de trato Siseta, Badoret, Manalet y Gasparó correspondían a mi leal cariño. Cuando yo iba de guardia, bien a Montjuich, bien a los reductos del Condestable o del Cabildo, los tres muchachos, incluso Gasparó, me seguían con sendas cañas al hombro, remedando con la boca el son de cajas y trompetas, o relinchando al modo de caballos.

Como digo, al verles sin padre y en completa soledad y abandono les consolé como pude, y al día siguiente, después que echamos tierra al buen cerrajero, tomé por la mano a Siseta y llevándola a la cocina le dije:

—Durante cuatro meses he comido vuestro pan. Verdad que también os he dado el mío… Ahora, con la muerte del buen Mongat os habéis quedado huérfanos… No importa…, quiero decir, no hay que apurarse. Tú serás la madre de tus hermanos, y yo seré su padre, porque…, ya te lo he dicho, Siseta…, he decidido ahorcarme contigo… Más claro: nos ahorcaremos tú y yo delante de un altar.

Oído este discursillo Siseta, sin decir cosa alguna, entregóse al arreglo de los trastos míseros, y ordenarlo todo y limpiar el polvo. Los chicos me rodearon al punto, corriendo precipitadamente a traer sus cañas, palos y demás aparatos de guerra, viéndome yo obligado, en razón de esta diligencia, a recomendarles gran celo en el servicio de la patria y el Rey, pues bien pronto, si los franceses apretaban el cerco, Gerona necesitaría de todos sus hijos, aun de los más pequeñitos. Por último, después que durante media hora pusieron armas al hombro y, en su lugar, cebaron, cargaron, atacaron e hicieron varias descargas imaginarias, pero que retumbaban en el angosto taller, les vi soltar las armas, decaído el marcial ardor y volver a su hermana con elocuente expresión los ojos: —¿Qué? —pregunté yo, comprendiendo lo que significaba aquel mudo interrogatorio. Siseta, ¿no hay qué comer?

Siseta, disimulando su emoción, registraba los negros andamios de una alacena, en cuyas cavernosas profundidades la infeliz se empeñaba en ver alguna cosa.

No necesité saber más. Corrí al cuartel a pedir que me adelantaran la ración del día siguiente, y con esto y siete cuartos que ahorrados tenía saldríamos del paso. «Mañana, Dios dirá». Cuando yo estaba de vuelta con mi ración y mis cortos dineros pasó por delante de la tienda el señor don Pablo Nomdedéu, habitante en el piso superior de la casa, y trabamos conversación desmayada y triste sobre la escasez de vituallas que padecían los pobres gerundenses. Invitóme don Pablo a subir con él a su casa, lo que acepté gustoso, porque me agradaba platicar con hombre tan erudito de cosas de la guerra y del terrible asedio que nos esperaba.

Don Pablo Nomdedéu era médico. En el respetábamos al excelente vecino, al sabio y al hombre caritativo y bondadoso. Más aventajado que viejo se hallaba en aquellos días, por obra del estudio y de los pesares. Vivía en apacible medianía, consagrado fuera de casa al trato facultativo de los enfermos del hospital, dentro a las prolijas atenciones y exquisitos cuidados que ponía en su hija única, enferma de doloroso, incurable mal. Era Josefina una belleza consumida, un ángel marchito en la flor de la edad. De una fuerte y pavorosa impresión provenía su desorden nervioso y la irreparable turbación de su espíritu. Estaba sorda y casi paralítica.

—Su existencia, que ha venido a ser de plomo —decía don Pablo—, pende de una hebra de seda.

Según consta en un Diario escrito por el doctor Nomdedéu, y que luego vino a parar a mis manos, el trastorno y grave dolencia de la señorita databan del año anterior, relacionándose fatídicamente con un ruidoso hecho histórico. Ruidoso lo llamó porque fue el bombardeo de Gerona por el general Duhesme, que al acercarse a la plaza se dejó decir estas arrogantes palabras: «El 24, llego; el 25, ataco; el 26, la tomo, y el 27, la arraso». El hombre que tales bravatas decía, igualándose a César, era forzosamente un necio. Llegó, en efecto, y atacó; pero no pudo tomar ni arrasar cosa alguna como fuese su propia soberbia. Víctima del bombardeo fue la familia de mi don Pablo en las circunstancias horripilantes que voy a ir refiriendo.

Vivía entonces la familia en la calle de la Neu, cerca de la plaza. Un día en que los franceses redoblaron el mortífero fuego contra la plaza, mi buen don Pablo, creyéndose más seguro cuanto más lejos del techo estuviera, se instaló en el portal de la casa, y allí se hizo servir la comida. Acompañábanle Josefina y el prometido de ésta, su primo Anselmo Quixols. A medio comer, una granada penetró por la techumbre, y horadando tablas y cielorrasos, cayó en el portal, donde estalló con horrible estruendo, causando estragos espantosos. Anselmo quedó muerto en el acto, el criado fue mortalmente herido, el ama de llaves, señora Sumta, también, aunque sin gravedad; don Pablo recibió un golpe; sólo Josefina resultó ilesa en apariencia. ¡Pero qué trastorno en su organismo, qué desquiciamiento, qué perturbación en su pobre alma!

La horrenda explosión, el súbito peligro, la muerte de su primo y futuro esposo, el riesgo de que ardiera toda la casa, hirieron con golpe tan rudo la débil naturaleza de Josefina, que desde entonces ya no fue la señorita graciosa, discreta y amable, sino un ser lastimoso, que se aniquilaba entre el dolor y la melancolía. Los cuidados del padre lograron atenuar en ella el desorden epiléptico, los aplanamientos con desvarío sosegado. Cuando yo la conocí, Josefina era un alma doliente y tristísima, encerrada en la menor cantidad posible de materia. Mostrábase a veces su inteligencia con repentinos fulgores, que se iban apagando hasta llegar a una oscuridad casi completa.

Pasaba los días la interesante inválida en un sillón junto a la ventana, dejándose acariciar por los rayos del sol. En su falda ponía don Pablo los libros que había de leer: Don Quijote, Gil Blas… A su lado tenía una mesilla con papel y lápiz, pues estaba enteramente sorda y por medio de la escritura se comunicaba con su padre. Todo el empeño de éste era hacerle creer que vivíamos en un mundo de delicias, que Gerona era toda paz, abundancia y alegría, que no había guerra, ni bombas, ni tiros de fusil y cañón, que Francia no pensaba ya en conquistarnos, y que el Imperio Napoleónico no existía ya más que en la Historia. Empleaba el buen don Pablo el ardid de estas sutiles ficciones para sostener a su enfermita en un equilibrio nervioso y mental indispensable para su existencia, pues en cuanto la pobre olía guerra o sospechaba bombas, o veía en los rostros inquietudes o cavilaciones, recaía en sus violentos espasmos.

II

Aquella mañana la vi comer. Don Pablo le presentaba los mejores manjares para que no se enterase de la escasez de abastecimientos. De sobremesa se entretuvo en una fácil labor de punto, y en tanto el doctor y yo nos apartamos al otro lado de la estancia para charlar a escondidas del grave asunto de la guerra.

—Los franceses están ya sobre Gerona —dije yo—, y esta mañana les hemos visto en los altos de Costa Roja. Aquí dentro no somos más que cinco mil seiscientos hombres, que no son bastantes para defender la mitad de los fuertes. Si Zaragoza, que tenía dentro de murallas cincuenta mil hombres, ha caído al fin en poder del francés, ¿qué hará Gerona con cinco mil seiscientos?

—Ya serán algunos más —dijo Nomdedéu paseándose por la habitación con inquietud nerviosa—. Todos los vecinos de Gerona tomarán las armas, y hoy mismo se están formando en el claustro de San Félix las listas de las ocho compañías que componen la Cruzada Gerundense. También se está formando hoy el batallón de señoras, de que es coronela doña Lucía Fitz-Gérard: ¿la conoces? En verdad te digo, amigo Andrés, que en medio de la pena que causa la guerra se alegra uno viendo los belicosos preparativos que tanto enaltecen al vecindario de esta ciudad.

Mientras esto decíamos, expresándonos uno y otro con bastante exaltación, Josefina fijaba en nosotros los ojos sorprendida y aterrada. Advirtiólo su padre, y volviéndose a ella la tranquilizó con ademanes y sonrisas cariñosas, diciéndome:

—La pobrecita ha comprendido que estamos hablando de la guerra. Esto le causa un terror extraordinario.

Y cogiendo la pluma escribió:

«Hija mía, no tengas miedo. Hablábamos de las bandadas de palomas que vio ayer Andrés en Pedret. Dice que mató todas las que quiso, y que te traerá un par esta tarde. No, no temas, hija mía, no habrá más sitios en Gerona. Hemos hecho paces con la Francia. Veremos si mañana puedes salir a dar un paseo por Mercadal. Iremos a Castellá la semana que entra. ¡Dice nostramo Mansió que están los rosales tan cargados de rosas…! ¿Pues, y los cerezos? Este año habrá tanta cereza que no sabremos qué hacer de ella».

Luego que esto escribió volvióse a mí el señor don Pablo, y procurando disimular su aflicción, me dijo:

—De este modo la voy engañando, para arrancar su ánimo a la tristeza. Si ella supiera que mi casa de campo, con todas las plantas y los animalitos que allí tenía no existe ya… Los franceses no han dejado piedra sobre piedras. ¡Pobre de mí! Rodeado de infortunios, amenazado, como todos los gerundenses, de los horrores de la guerra, del hambre y de la miseria, tengo que fingir junto a esta niña infeliz un bienestar y una paz que está muy lejos de nosotros.

La pobre enferma, que aunque no estaba privada del uso de la palabra prefería comunicarse por la escritura, tomó la pluma y con rapidez nerviosa escribió lo siguiente:

«Andrés hablaba de batallas».

—¡No, no, señorita Josefina! —exclamé yo a gritos, pues es costumbre instintiva alzar la voz delante de los sordos, aun sabiendo que éstos no nos pueden oír.

«Precisamente —escribió don Pablo—, ahora me estaba diciendo que le van a dar la licencia, porque ya no se necesitan soldados. ¡Gracias a Dios que se han acabado esas malditas guerras!… Hija mía, ¿por qué no sigues tu lectura?».

Y puso en manos de su hija un tomo, que era la primera parte de El Quijote, el cual abrió ella por donde lo tenía marcado, comenzando a leer tranquilamente.

Por la noche, cuando volví a mi alojamiento después de hacer la guardia en la Torre Gironella, Siseta, contestando a mi pesimismo con apreciaciones festivas y lisonjeras, se dejó decir que los franceses no se atreverían a poner cerco a la plaza.

—¡Qué se han de atrever! —exclamé yo con risueña ironía—. Nos tienen mucho miedo. Sube mañana conmigo a la Torre Gironella y verás los mosquitos que andan en el horizonte, allá por Levante y Mediodía. Franceses en San-Medir, Montagut y Costa Roja; franceses en San Miguel y en los Angeles, y, por variar, franceses en Montelibi, Pau y el llano de Salt. Ya verás, prenda mía. Aquí somos seis mil quinientos hombres que no bastan para empezar, y tenemos unas murallitas…, ¡qué obras, válgame Dios! Da miedo verlas. Figúrate que cuando los lagartos corren entre las piedras éstas se mueven y dan unas con otras. No se puede hablar recio junto a ellas, porque con el estremecimiento del sonido se caen.

La señora Sumta (Asunción), ama de gobierno de don Pablo Nomdedéu, que solía bajar a damos conversación en sus ratos de ocio, metió su hocico en nuestro diálogo diciendo:

—Tiene razón Andrés. Las murallas de los fuertes parecen una almendrada hecha con azúcar sin punto. Mi difunto, que de Dios goce, y que hizo la campaña del Rosellón contra la República de la Francia, me decía varias veces: «Lo de menos será la piedra, con tal que haya hombres de pecho y un buen español que sepa mandarlos». ¿Y qué me dice usted, amigo Marijuán, de ese encanijado gobernador que nos han puesto?

—Don Mariano Alvarez de Castro. Este fue el que no quiso entregar a los franceses el Montjuich de Barcelona. Dicen que es hombre de mucho temple.

—Pues no lo parece —observó la señora Sumta—. Cuando nos mandaron acá este sujeto en febrero y le vi, al punto le diputé por poca cosa. ¡Qué se puede esperar de quien tan poco levanta del suelo! El otro día pasó junto a mí, y…, créalo usted, no me llega al hombro. ¿Le ha visto usted la cara? Es amarillo como un pergamino viejo, y parece que no tiene sangre en las venas. ¡Qué hombres los del día!

—Señora Sumta —dije riendo—, cuando los generales tengan un oficio semejante al de las amas de cría, entonces se podrá renegar de los que sean flacos y encanijados.

—No, Andresillo, no digo eso —replicó la matrona—. Lo que digo es que sin presencia no se puede mandar. Considera tú: cuando una ve a doña Lucía Fitz-Gérard, coronela del Batallón de Santa Bárbara; cuando una ve aquellas carnes, aquel andar imponente, dan ganas de correr tras ella a matar franceses.

La señora Sumta era una tarasca formidable. Su hombruno temperamento la llamaba al terreno de la gloria militar. No tardó en alistarse en el batallón mandado por doña Lucía, y había que verla por las calles y aún en las murallas, armada de fusil con marcial donaire, y actividad oficiosa, metiendo sus narices en el peligro, en la gloria misma. ¡Qué mujeres!

El 13 de junio, si no estoy trascordado, rompieron los franceses el fuego contra la plaza, después de intimar la rendición por medio de un parlamentario. Estaba yo en la Torre de San Narciso, junto al barranco de Galligáns, y oí la contestación de don Mariano, el cual dijo que recibiría a metrallazos a todo francés que en adelante volviese con embajadas.

Bombas y más bombas arrojaron hasta el día 25, y quisieron asaltar las torres de San Luis y San Narciso, que destrozaron completamente, obligándonos a abandonarlas el 19. Fuera de esto no hubo hechos de armas de gran importancia hasta principios de julio, cuando los dos ejércitos principiaron a disputarse rabiosamente la posesión de Montjuich. Los franceses confiaban en que con este castillo lo tendrían. ¿Creeréis que sólo había dentro del recinto novecientos hombres, que mandaba don Guillermo Nash? Los imperiales habían levantado varias baterías, entre ellas una de veinte piezas de gran calibre, y sin cesar arrojaban bombas y granadas a los del castillo… Por cuatro veces asaltó el enemigo, hasta que en la última dijo «ya no más», y se retiró, dejando sobre aquellas peñas la bicoca de dos mil hombres entre muertos y heridos.

En todo el mes de julio siguieron los franceses haciendo obras para aproximarse a la plaza, y viendo que no la podían tomar a viva fuerza, ponían su empeño en impedir que nos entraran víveres. De este plan comenzaron a resentirse los ya alarmados estómagos.

De los apuros que ocasionaba la escasez nos defendíamos sin gran trabajo Siseta y yo con nuestros pobres chiquillos. La Providencia y nuestra sobriedad nos salvaban. Pero en la casa del santo y mártir don Pablo Nomdedéu no podían sortearse tan fácilmente los rigores del hambre. Imaginad las ficciones de que tendría que valerse el infeliz señor para engañar a su hija en cosa tan delicada como el sentido del gusto y las sutilezas del paladar. Se falsifica un alimento; pero en la calidad, y menos en la cantidad, no caben disfraces ni supercherías. Una tarde que le visité, don Pablo, casi con lágrimas en los ojos, me dijo:

—Andrés de mi alma, ya sé que se espera en Gerona un convoy de víveres traído por el General Blake. ¿Has oído tú algo de esto? A mí me lo ha dicho el propio Intendente, don Carlos Beramendi, aunque también me manifestó que dudaba pudiera llegar felizmente aquí. Parece que en Olot tenemos dos mil acémilas, y se ha combinado que salga de aquí don Blas de Fournás con alguna fuerza, para distraer a los franceses. ¡Oh, si esto ocurriera pronto y nos llegara harina fresca y alguna carne…! Si no, dudo que nos escapemos de una horrorosa epidemia… ¡Dios mío! Yo no quiero nada para mí: me contentaré con tomar en la calle un hueso crudo de los que se arrojan a los perros y roerlo; pero que no falte a mi inocente y desgraciada enfermita un pedazo de pan de trigo y una hila de carne. Y hablando de otra cosa, amigo Andrés, dicen que al fin tendrá que rendirse Montjuich.

—Así parece, señor don Pablo. El Gobernador ha ofrecido premios y grados a los cuatrocientos hombres que le quedan a don Guillermo Nash; pero con todo, parece que no pueden resistir más tiempo. Si esos desgraciados se sostienen una semana, es preciso creer que San Narciso hace hoy un milagro más prodigioso que el de las moscas, ocurrido seiscientos años ha.

III

Rindióse Montjuich a los dos días de ocurrir lo que llevo referido. ¿Qué podían hacer aquellos cuatrocientos hombres que habían sido novecientos y ya caminaban a no ser ninguno? El 12 de agosto la guarnición del castillo se redujo a unos trescientos hombres, sin piernas los unos, sin brazos los otros. Montjuich era un montón de muertos, y Alvarez sostenía que aún podía defenderse. Quería que todos fuesen como él, es decir, hombre para atacar y estatua para sufrir; pero de la pasta de don Mariano Dios había hecho a don Mariano, y después dijo: «Basta, ya no haremos más».

Se rindió el castillo después de clavar los pocos cañones que quedaron útiles, y por la tarde de aquel día vimos desfilar a la que había sido guarnición, marchando la mayor parte al hospital. Todos quisimos ver a Luciano Anció, el tambor, que, después de haber perdido una pierna entera y verdadera, siguió largo tiempo señalando con redobles la salida de las bombas; pero Luciano Anció había muerto sacudiendo el parche mientras tuvo los brazos pegados al cuerpo.

Los franceses no esperaron al día siguiente para combatir la ciudad, que se les venía a la mano, una vez poseída la gran fortaleza, y desde la misma noche empezaron a levantar baterías por todos lados. Tanta prisa se dieron, que en pocos días alcanzamos a ver muchísimas bocas de fuego por arriba, por abajo, por la montaña y por el llano, contra las murallas de San Cristóbal y Puerta de Francia. El Gobernador, que harto conocía la flaqueza de aquellos muros de mazapán, dispuso que se ejecutaran obras como las de Zaragoza: cortaduras por todos lados, parapetos, zanjas y espaldones de tierra en los puntos más débiles.

Mujeres y ancianos trabajaban en esto, y yo me llevé a la plaza de San Pedro a mis tres chiquillos, que metían mucho ruido sin hacer nada. Por la noche regresaron a su casa completamente perdidos de suciedad, y con los vestidos hechos jirones.

Siseta se enojó viéndoles tan derrotados, y quiso pegarles; pero yo la contuve diciendo:

«Han ido al trabajo porque así lo ordenó el Gobernador don Mariano Alvarez de Castro. Son los tres muy buenos patriotas, y si no es por ellos, creo que no se hubiera acabado hoy la cortadura que cierra el paso de la calle de la Barca. ¿Ves? Esa pella de fango que tiene Gasparó en la cabeza es porque quiso también meter su cucharada, y subiendo al parapeto, rodó después hasta el fondo de la zanja, de donde le sacaron con una pala… ¿Ves este verdugón que tiene Manalet en el carrillo y en la sien derecha? Pues fue porque se acercó demasiado al Gobernador cuando éste iba con el Intendente y toda la Plana Mayor a examinar las obras. Estas criaturas, no contentas con verle de cerca, se metían en el corrillo, enredándose entre las piernas de don Mariano en términos que no le dejaban andar. Un ayudante les espantaba; pero volvían, como las moscas de San Narciso, hasta que al fin, cansados del juego, los oficiales empezaron a repartir bofetones, y uno de ellos le cayó en la cara a tu hermano Manalet».

«—¡Ay, qué chicos éstos! —exclamó Siseta solfeándoles—. Otros desean que se acabe el sitio para poder vivir, y yo quiero que se acabe para que haya escuela».

Continuaron después de esto los sufrimientos ocasionados por la escasez de víveres. La carne de caballo era un regalo en ciertos días; en otros, los aldeanos que lograban introducir nabos, coles o algún conejo eran recibidos en palmitas. La señora Sumta, que andaba por las calles y fortificaciones, canana al cinto y fusil al hombro, recogía lo mejor que encontraba para llevarlo a la niña Nomdedéu; yo me acordaba de Siseta y mis chicos siempre que al alcance de mi mano y de mi pobre bolsillo veía cosa comestible, siquiera fuese un hueso mal guarnecido de carne, un puñado de nueces fallidas o un trozo de pan negro y correoso.

Así pasaban días y días, y a los males propios del sitio se unió el rigor de la calurosa estación para hacemos más penosa la vida. Ocupados todos en la defensa, nadie se cuidaba de los inmundos albañales que se formaban en las calles, ni de los escombros, entre cuyas piedras yacían olvidados cadáveres de hombres y animales. ¡Qué mes de agosto, Santo Dios! Nuestra vida giraba sobre un eje cuyos dos polos eran batirse y no comer. En las murallas era preciso estar constantemente haciendo fuego, porque la cortedad de la guarnición no permitía relevos, además de que el Gobernador, como enemigo del descanso, no nos dejaba descabezar un mal sueño. Allí no dormían más que los muertos.

Por fin, Dios y el bendito San Narciso permitieron que llegase el socorro que por tanto tiempo habíamos vanamente esperado. ¡Qué loca alegría! ¡Qué frenesí produjo en los habitantes de Gerona la llegada del convoy! Todo el pueblo salió a la calle al rayar el día para ver las mulas, y si hubieran sido seres inteligentes aquellos cuadrúpedos, no se les habría recibido con más cariñosas demostraciones, ni con tan generosa salva de aplausos y vítores.

Aquel día y los siguientes reinó en la plaza gran satisfacción, y hasta nos hostilizaron flojamente los franceses. En cuanto a los auxilios, pasada la impresión del primer instante, todos caímos en la cuenta de que los mismos que los habían traído nos los quitarían, porque, reforzada la guarnición con los cuatro mil hombres de Conde, éstos nos ayudaban a consumir los víveres. ¡Funesto dilema de todas las plazas sitiadas! Pocas bocas para comer dan pocos brazos para pelear. Gran número de brazos trae gran número de bocas.

Desde aquellos días hasta el 15 de septiembre, en que don Mariano dispuso una salida atrevidísima, no se habló más que de los preparativos para el gran esfuerzo, y todos hablaban de las hazañas que pensaban realizar, peligros que soportar y dificultades que acometer, con tan febril y romántica inquietud como si aguardasen una fiesta.

La salida del 15 no dio otro resultado que envalentonar a los franceses, que, deseosos de poner fin al cerco tomando la ciudad, se nos echaron encima el día 19, asaltando las murallas por distintos puntos con cuatro formidables columnas de a dos mil hombres. En Gerona fueron tan grandes aquella mañana el entusiasmo y la ansiedad, que hasta nos olvidamos de que nuevamente nos faltaba un pedazo de pan que llevar a la boca.

Los soldados conservaban su actitud imperturbable y serena; pero en los paisanos se advertía una alucinación, algo como embriaguez, que no era natural antes del triunfo. Los frailes, echándose en grupos fuera de sus conventos, iban a pedir que se les señalase el puesto de mayor peligro; los señores graves de la ciudad, entre los cuales los había que databan del segundo tercio del siglo anterior, también discurrían de aquí para allá con sus escopetas de caza, y revelaban en sus animados semblantes la presuntuosa creencia de que ellos lo iban a hacer todo. Las damas del batallón de Santa Bárbara no se daban punto de reposo, anhelando probar con sus incansables idas y venidas que eran el alma de la defensa.

Las monjas abrían de par en par las puertas de sus conventos, rompiendo a un tiempo rejas y votos; disponían para recoger a los heridos sus virginales celdas, jamás holladas por planta de varón. Dentro de las iglesias ardían mil velas delante de mil santos; mas no había divinos oficios, porque los sacerdotes, lo mismo que los sacristanes, estaban en la muralla. Toda la vida, en suma, desde lo religioso hasta lo doméstico, habíase alterado, y la ciudad no era la ciudad de otros días. Ninguna cocina humeaba, ningún molino molía, ningún taller funcionaba, y la interrupción de lo ordinario era completa en toda la línea social, desde lo más alto a lo más bajo.

Las campanas tocaban a somatén, ocupándose en este servicio los chicos del pueblo, por ausencia de los campaneros, y el cañón francés empezó desde muy temprano a ensordecer el aire. Los tambores recorrían las calles repicando su belicosa música, y los resplandores de los fuegos parabólicos comenzaron a cruzar el cielo. Todo estaba perfectamente organizado, y cada uno fue derecho a su sitio, no necesitando preguntar a nadie cuál era. Sin que sus habitantes salieran de ella, la ciudad quedó abandonada, quiero decir que ninguno se cuidaba de la cosa que ardía, del techo desplomado, de los hogares a cada instante destruidos por el horrible bombardeo. Las madres llevaban consigo a los niños de pecho, dejándolos al abrigo de una tapia o de un montón de escombros, mientras desempeñaban la comisión que el instituto de Santa Bárbara les encomendara.

IV

Yo estaba en Santa Lucía, donde teníamos mucha tropa y paisanos. Era nuestro jefe un irlandés llamado don Rodulfo Marshall, que había venido a España sin que nadie le trajese, sólo por gusto de defender nuestra santa causa. Aventurero o no, Marshall, por lo valiente, debió haber sido español. Era rozagante, corpulento, de semblante festivo y mirar encendido, algo semejante al de don Juan Coupigny que vimos en Bailén. Hablaba mal nuestra lengua; pero aunque alguna de sus palabrotas nos causaba risa, decíalas con la suficiente claridad para ser entendidas, y nada importaba que destrozara le castellano con tal que destrozase también a los franceses, como lo hizo en varias ocasiones.

Habíais de ver el empuje de las columnas imperiales. No parecían sino hambrientos lobos, cuyo objeto no era vencernos, sino comernos. Se arrojaban ciegos sobre la brecha, y allí de nosotros para taparla. Dos veces entraron por ella dispuestos a echarnos de la cortina; pero Dios quiso que nosotros les echásemos a ellos. ¿Por qué? ¿De qué modo? Esto es lo que no sabré contestar a ustedes si me lo preguntan. Sólo sé que a nosotros no se nos importaba nada morir, y con esto tal vez está dicho todo. Don Mariano se presentó allí. No creáis que nos arengó hablándonos de la gloria y de España y el Rey. Nada de eso. Púsose en primera línea, descargando sablazos contra los que intentaban subir, y al mismo tiempo nos decía: «Las tropas que están detrás tienen orden de hacer fuego contra las que están delante si éstas retroceden un solo paso». Su semblante ceñudo nos causaba más terror que todo el ejército enemigo. Como algún jefe le dijera que no se acercase tanto al peligro, respondió: «Ocúpese usted de cumplir su deber, y no cuide tanto de mí. Yo estaré donde convenga».

Los soldados enemigos morían como moscas al pie de la brecha; pero de los nuestros caían también por docenas. Pero la pérdida más sensible fue la del jefe don Rodulfo Marshall. Tengo la gloria de haberle recogido en mis brazos en el mismo boquete de la brecha, y no se me olvidará lo que dijo poco después, tendido en la calle, en el momento de expirar: «Muero contento por causa tan justa y por nación tan brava».

Cuando esto pasó, ya los franceses indicaban haber desistido de entrar en la ciudad por aquella parte. Y hacían bien, porque estábamos cada vez más decididos a no permitirlo. Si a tiros no lográbamos contenerlos, los acuchillábamos con fiereza; y como esto no bastara, aún teníamos a mano las piedras de la muralla para arrojarlas sobre sus cabezas. Cuando la función en la muralla de Santa Lucía terminaba, no nos veíamos unos a otros; el polvo y el humo formaban densa atmósfera en toda la ciudad y sus alrededores, y el ruido que producían las doscientas piezas de los franceses vomitando fuego por diversos puntos, a ningún ruido de máquinas de la tierra ni de tempestades del cielo era comparable. La muralla estaba llena de muertos que pisábamos inhumanamente al ir de un lado para otro, y entre ellos algunas mujeres intrépidas expiraban confundidas con los soldados y patriotas.

De pronto veo venir un chico que se me acerca haciendo cabriolas, esgrimiendo un palo en cuya punta flotaba el último girón de una barretina. Era Manalet.

—¿Dónde has estado? —le pregunté—. Corre a tu casa; entérate de si tu hermana ha tenido novedad, y dile que yo estoy sano y bueno.

—Yo no voy ahora a casa. Me vuelvo a San Cristóbal.

—¿Y qué tienes tú que hacer allí, en medio del fuego?

—La barretina tiene tres balazos —respondió con infantil orgullo, mostrándome el gorro hecho trizas—. Cuando la agujerearon las balas la tenía yo puesta en la cabeza. No creas que estaba en el palo, Andrés. Después la puse aquí para que la gente la vea toda llena de agujeros.

—¿Y tus hermanos?

—Badoret ha estado en Alemanes. Yo estaba en San Cristóbal: un soldado me dijo que se le habían acabado las balas, y que le llevara huesos de guinda, y le llevé más de veinte, Andrés.

—¿Y Gasparó?

—Gasparó anda siempre con mi hermano Badoret. También estuvo en Alemanes, y aunque Siseta le quiso dejar encerrado en casa, él se escapó por la puerta de atrás. Ahora hemos estado juntos, buscando algo que comer en aquel montón de desperdicios que hay en la calle del Lobo; pero no encontramos nada…

Infinidad de mujeres ocupábanse en retirar a los heridos, y también repartían a los sanos algunas raciones de pan negro y muy poco vino. Nosotros veíamos a los franceses retirándose por el llano adelante, y no podíamos reprimir un sentimiento de ardiente orgullo al ver resultado tan colosal con tan pequeños medios. Parecía realmente milagro que tan pocos hombres contra tantos y tan aguerridos nos defendiéramos detrás de murallas cuyas piedras se arrancaban con las manos. Nosotros nos caíamos de hambre; ellos no carecían de nada; nosotros apenas podíamos manejar la artillería; ellos disparaban contra la plaza doscientas bocas de fuego. Pero ¡ay!, no tenían ellos un don Mariano Alvarez que les ordenara morir con mandato ineludible, y cuya sola vista infundiera en el ánimo de la tropa un sentimiento singular que no sé cómo exprese, pues en él había, además del valor y la abnegación, lo que puede llamarse miedo a la cobardía, recelo de aparecer cobarde a los ojos de aquel extraordinario carácter.

Manalet se separó de mí, y al poco rato le vi aparecer con otros muchos chicos, todos descalzos, sucios, harapientos y tiznados, entre los cuales venía su hermano Badoret, trayendo a cuestas a Gasparó, cuyos brazos y piernas colgaban sobre los hombres y por la cintura de aquél. Todos venían muy contentos, y especialmente Badoret, que repartía guindas a sus compañeros.

—Toma, Andrés —me dijo el chico, dándome una guinda—. Ya tienes para todo el día. Toma esta media docena y repártela entre tus compañeros, que estarán muertos de hambre… Me las ha dado una señora monja de las Capuchinas, por llevar una carta al señor Carrillo, capitán de Ultonia, que está en la muralla de Alemanes… Pues cogí las guindas, cogí la carta y eché a correr. Gasparó chillaba; pero yo le dije: «Si no callas, te metemos dentro de un cañón como si fueras bala; disparamos y vas a parar rodando a donde están los franceses, que te pondrán a cocer en una cacerola para comerte…». Llegué a la muralla. ¡Qué fuego! Lo de aquí no es nada. Las balas de cañón andaban por allí como cuando pasa una bandada de pájaros. ¿Crees que yo les tenía miedo?. ¡Quiá! Un soldado me dio un manotazo echándome para afuera, y caí sobre un montón de muertos; pero me levanté y seguí palante. Entró el Gobernador, y cogiendo una gran bandera negra que parece un paño de ánimas, la estuvo moviendo en el aire, y luego dijo que al que no fuera valiente le mandaría ahorcar. ¿Qué tal? Yo me puse delante y grité: «Está muy bien hecho». Los soldados me mandaron salir, y las mujeres que curaban a los heridos se pusieron a insultarme, diciendo que por qué llevaba allí esta criatura… ¡Qué fuego! Caían como moscas: uno ahora, otro en seguida… Los franceses querían entrar, pero no les dejamos.

—¿Tú, también?

—Sí: las mujeres y los paisanos echaban piedras por la muralla abajo; yo solté a Gasparó, poniéndole encima de una caja donde estaba la pólvora y las balas de los cañones, y también empecé a echar piedras. ¡Qué piedras! Una eché que pesaba lo menos siete quintales y cogió a un francés, partiéndolo por mitad. Vieras allí al Gobernador, Andrés. Don Mariano y yo nos echamos palante… y nos pusimos a donde estaba más apurada la gente. Yo no sé lo que hice; pero yo hice algo. El humo no me dejaba ver, ni el ruido me dejaba oír. ¡Qué tiros! En las mismas orejas, Andrés. Está uno sordo. Yo me puse a gritar llamándoles marranos, ladrones, y diciendo que Napoleón era un tal y un cual. Puede que no me oyeran con el ruido; pero yo les puse de vuelta y media. Nada, Andrés, para no cansarte, allí estuve hasta que se retiraron. El Gobernador me dijo que estaba satisfecho: no, a mi no me habló nada; se lo dijo a los demás.

—¿Y la carta?

—Busqué al señor Carrillo. Le encontré…, pero la carta se me había perdido… ¡Qué apuro!

—¿Volviste a las Capuchinas?

—No. Acordándome de Gasparó, fui a recogerle donde le había dejado, pero no le encontré. Todo se me volvía gritar: «¡Gasparó, Gasparó!», pero el niño no aparecía. Por fin me lo veo debajo de una cureña, hecho un ovillo, con los puños dentro de la boca, mirando afuera por entre los palos de la rueda y con cada lagrimón… Echémele a cuestas y acá me vine con los amigos.

—Lleva al hermanito a tu casa para que le cuide tu hermana —dije reparando que el pobre Gasparó sangraba aún de un pie.

—Sí que iremos a casa —me contestó—. He guardado algunas guindas para Siseta.

—Muchachos —gritó Manalet, que se había alejado de sus compañeros y a la carrera volvía—, por la calle de Ciudadanos va el Gobernador con mucha gente, banderas muchas; delante van las señoras cantando y los frailes bailando, y el obispo riendo, y las monjas llorando. Vamos allá.

Como se levanta y huye una bandada de pájaros, así corrieron aquellos chiquillos, dejando libre de su infantil algaraza la muralla de Santa Lucía.

V

Fui a mi hospedaje ya cerca de las diez de la noche, y dejando en la tienda el fusil, subí a la vivienda de don Pablo, anhelando saber de Siseta y de la señorita. Ésta se había descompuesto, y poseída de terror no cesaba de gritar: «¡Guerra en Gerona!». No podía Siseta calmarla. A punto entró don Pablo, que antes de presentarse a su hija cuidó de cambiarse de ropa, pues venía manchado de sangre, del trato quirúrgico con los heridos. Ante Josefina quiso hacer el papel de que había ido de caza; pero su caritativo embuste, transmitido por la pluma, no resultó eficaz, y la desventurada niña mostraba en la forma espasmódica más aguda su conocimiento de la terrible situación de la ciudad.

De improviso nos sorprendió un gran estruendo en el portal, no estampido de bombas y granadas, sino clamor chillón y estridente, de mil desacordes ruidos compuesto, tales como patadas, bufidos, cacharrazos y sones bélicos de varia índole. Inquieto y confuso, Nomdedéu miraba a todos lados, inquiriendo la causa de aquel ruido; pero pronto él y los demás salimos de dudas, viendo entrar una turba de chiquillos que, desvergonzadamente y sin respeto a nadie, se colaron en la sala, dando golpes, empujándose, chillando y berreando en los más desacordes tonos. Dos de ellos llevaban colgados al cinto sendos cacharros sobre cuyo abollado fondo redoblaban con palillos de sillas viejas; tocaban la trompeta con la nariz, y todos, al compás de la inaguantable música, bailaban con ágiles brincos y cabriolas.

No necesito decir que al frente del ejército venían Manalet y Badoret, este último llevando a cuestas a Gasparó, tal como le vi en la muralla. Ninguno dejaba de traer palo, caldero viejo o vara con pingajos colgados de la punta, con cuyos objetos se simulaban fusiles, tambores y banderas. Un fondo de silla de paja atado a una cuerda y arrastrado por el suelo servía de trofeo a uno, y otro adornaba su cabeza con un cesto medio deshecho, no faltando las casacas de militares hechas jirones, y los morriones de antigua forma con descoloridas plumas adornados.

Don Pablo, ciego de cólera, apostrofó a los rapaces tan violentamente, que faltó poco para que perdieran en un punto su bélico entusiasmo.

«Granujas, largo de aquí al instante —les dijo—. ¿Qué desvergüenza es ésta? ¡Meterse en mi casa de este modo!».

Siseta y yo, indignados de tal audacia, empezamos a repartir pescozones a diestro y siniestro; pero de pronto observamos que la enferma contemplaba a los desvergonzados muchachos con atención complacida, y sonreía con tanta espontaneidad y desahogo, como si su alma sintiera indecible gozo ante aquel espectáculo. Hícelo notar al señor don Pablo, y al punto éste se puso de parte de los alborotadores, conteniendo a Siseta, que iba sobre ellos con implacable furor.

«Dejarles —dijo Nomdedéu—. Mi hija demuestra que está muy complacida viendo a estos bergantes. Mira cómo se ríe, Andrés; observa cómo les aplaude. Bien, muchachos; corred y chillad alrededor del cuarto».

Y diciendo esto, don Pablo, en medio de la sala, empezó a llevar el compás. En mal hora se les ordenó seguir. ¡Santo Dios! ¡Qué algaraza, qué estrépito!

«¿Dónde has estado todo el día? —preguntó Siseta echando mano a Badoret, y deteniéndole—. ¡Y la criatura tiene sangre en el pie! Ven acá, condenado, me las pagarás todas juntas. Espera a que bajemos a casa, y verás. Y tú, Manalet de mil demonios, ¿qué has hecho de la camisa?

—En la calle de la Ballestería estaban curando unos heridos y no tenían trapos. Me quité la camisa y la di.

—¿Para qué habéis traído a casa tanto chiquillo mal criado?

—Son nuestros amigos, hermana —repuso Badoret—. Hemos estado en el Capitol, y allí nos han dado un poco de vino.

—Ven acá, Gasparó. Este pobrecito no habrá comido nada. Alma mía, ¿qué te han hecho en el pie, que tienes sangre?

—Hermana, una bala de cañón pasó por donde estábamos, y si Gasparó no se hace para un lado, le lleva medio cuerpo; no le cogió más que la uña chica. ¡Si vieras qué valiente ha estado! Se metió debajo del cañón y allí se estuvo mirando a los franceses que querían subir a la muralla. Y les amenazaba con el puñito cerrado.

—Te voy a desollar vivo —le dijo Siseta—. Espera, espera a que bajemos. A ver si se marcha pronto de aquí toda esa canalla.

—No, que se aguarden un poco —indicó don Pablo—. Son unos chicuelos muy salados. Mira qué contenta está Josefina. Lo que quiero, Badoret, es que no metáis mucho ruido… Y dime, Manalet, ¿traéis algo de comer?

—Yo traigo cinco guindas —dijo prontamente Badoret sacándolas del seno.

—Dadme con disimulo y sin que lo vea mi hija todo lo que traigáis, que yo os daré ochavos para que compréis pólvora.

—Pauet —dijo Manalet—, saca ese medio pepino que le cogiste al soldado muerto.

—Yo doy este pedazo de bacalao —dijo otro, entregando la ofrenda en manos de don Pablo.

—Y yo, esta cabeza de gallina cruda».

En un momento se reunieron diversos manjares, tales como tronchos de col, que llevaban impreso el sello de las limpias manos de sus generosos dueños; garbanzos crudos que habían sido sacados por los agujeros de las sacas por sutilísimos dedos; pedazos de cecina, zanahorias, dos o tres almendras en confite, que ya habían recibido muchas mordidas, y otras viandas, tan liberalmente entregadas como alegremente recibidas. Procurando que no se enterase su hija, llamó don Pablo a la señora Sumta, que acababa de llegar en aquel instante, y llevándola tras el sillón de la enferma, le dijo:

«A ver si con todo esto compone usted una cena para la niña…

—¿Qué hemos de hacer con esto, señor, si no lo querrá ni la gata?

Tiró luego de pluma don Pablo, y añadiendo a lo escrito expresivos gestos y garatusas convenció a su hija de que si en efecto hubo guerra de un día en Gerona, toda había terminado con una grande y decisiva victoria. Los hijos de Francia se habían retirado con viento fresco y no volverían más. Los resplandores que se veían en la ciudad no eran de incendios, sino de iluminaciones, con que el vecindario celebraba su magnífico triunfo… Y lo último que le dijo para sosegar el ánimo de la pobre niña fue esto, que a la letra copio: “Y para que participes de la común alegría, aquí tenemos a Andrés y Siseta, que se prestarán a bailar delante de ti con los chicos un poco de sardana y otro poco de tirabou, para que también en esta casa se manifieste la inmensa satisfacción y patriótico alborozo de que está poseída la ciudad. Como tú no oyes, suprimiremos el flaviol y la tanora, que sólo sirven para meter inútil ruido. Con que puedes dar la señal para que comience la fiesta”».

Y luego, volviéndose a Siseta y a mí, nos dijo:

«No hay más remedio. Es preciso bailar un poquito, aunque supongo, Andrés, que ese cuerpo, venido hace poco de Santa Lucía, no estará para sardanas. Pero, amigos, bailando hacéis una obra de caridad. ¡Quién lo había de decir! ¡Hay tantas maneras de practicar el Santo Evangelio!».

No lo creeréis, niños queridos; encontraréis inverosímil que bailásemos Siseta y yo en aquella lúgubre noche, precisamente en los instantes en que, incendiados varios edificios de la dudad, ésta ofrecía en su estrecho recinto frecuentes escenas de desolación y angustia. Formando con ocho chiquillos un gran ruedo, bailamos, sí, obedeciendo a la apremiante sugestión de aquel padre cariñoso que nos pedía con lágrimas en los ojos nuestra cooperación en la difícil comedia con que engañaba el delicado espíritu de su hija; y nuestra danza no era silenciosa, porque los chicos, seguros de que Josefina no les oía, cantaban con entusiasmo la copla popular de Gerona en los días del Sitio:

Dígasme tú, Girona,

Si te n’arrendirás…

Lirom, lireta.

Com vols que m’rendesca,

Si España non vol pas…

Lirom fá la garideta,

Lirom fá lireta lá.

Resultaba una farsa lúgubre, que oprimía el corazón, y el infeliz don Pablo, lívido y trémulo, parecía un alma escapada del otro mundo, que esperaba el canto del gallo para volver al Purgatorio… Al fin el cansando pudo en los chicos más que la marcial travesura. Unos tras otros caían al suelo, y se quedaban dormidos en extrañas posturas. Yo dije a Nomdedéu: «Señor doctor, no nos mande bailar más, porque creeremos que estamos locos».

VI

Lo que os he referido se repitió algunos días. Después vinieron circunstancias distintas, y todo cambió. Los franceses, escarmentados con la vigorosa y nunca vista defensa del 19 de septiembre, no se atrevían al asalto. Conocían la imposibilidad de abrir las puertas de Gerona por la fuerza de las armas, y se detuvieron en su línea de bloqueo, con intención de matarnos de hambre. El 26 de septiembre llegó al campo enemigo el mariscal Auguerau, que se había distinguido en las guerras de la República y en el Rosellón; trajo consigo más tropas, puso por todos lados cerco estrecho, encerrándonos de modo que no podía entrar ni una mosca.

Ya no era posible pensar en socorros, como no vinieran por los aires. Ya no teníamos el triste recurso de buscar la muerte en las murallas, porque el enemigo no se cuidaba de asaltarlas; era forzoso cruzarse de brazos y dejarse morir, mirando la efigie impasible de don Mariano Alvarez, cuyos ojos vivos no paraban nunca, observando aquí y allí nuestras caras, por ver si alguna tenía trazas de cobardía o desaliento. Estábamos mortalmente aprisionados entre las garras de acero de su carácter, y no nos era dado exhalar una queja ni un suspiro, ni hacer movimiento que le disgustara, ni dar a entender que amábamos la libertad, la vida, la salud. En suma, le teníamos más miedo que a todos los ejércitos de Napoleón juntos.

Llegó el mes de octubre, y se acabó todo, señores: faltaron en absoluto la harina, la carne, las legumbres. No quedaba sino algún trigo averiado, que no se podía moler porque nos comimos las caballerías que movían los molinos. Se pusieron hombres; pero los hombres, extenuados de hambre, se caían al suelo. Quedaba el recurso de comer el trigo como lo comen las bestias: crudo y entero. Algunos lo machacaban entre dos piedras y hacían tortas, que cocían en el rescoldo de los incendios. Aún quedaban algunos asnos; pero se acabó el forraje, y entonces los animalitos se juntaban de dos en dos, y se mantenían comiéndose mutuamente sus crines. Fue preciso matarlos antes que enflaquecieran más; y al fin la carne de asno, que es la más desabrida de las carnes, se acabó también. Muchos vecinos habían sembrado hortalizas en los patios de las casas, en tiestos y aún en las calles; pero las hortalizas no nacieron. Todo moría: humanidad y naturaleza; todo era esterilidad dentro de Gerona, y empezó una guerra espantosa entre los diversos órdenes de la vida, destruyéndose de mayor a menor.

Yo padecía crueles penas, no sólo por mí, sino por la infeliz Siseta y sus tres hermanos. Estos eran al principio los mejor librados, porque ellos salían a la calle, y merodeando, husmeando aquí y allá, siempre sacaban alguna cosa. Pero llegó también el día en que Badoret, Manalet y Gasparó se cansaron de sus correrías por las calles, porque de todas partes eran expulsados los muchachos vagabundos, por la mala opinión que había respecto a la limpieza de sus manos. Flacos y casi desnudos, los tres chiquillos inspiraban profunda compasión, y formando lastimero grupo junto a Siseta, permanecían largas horas en silencio, sin juegos ni risas, tan graves como ancianos decrépitos, inertes y quebrantados.

Yo estuve tres días sin verles, porque mis obligaciones me impedían ir a la casa. Cuando fui, encontréles en la situación que he descrito. Siseta, no pudiendo contener su dolor, empezó a llorar amargamente, registrando después los últimos rincones de la casa por ver si parecía de milagro alguna vianda. Yo salí, volví a entrar, salí de nuevo y regresé, después de dar mil vueltas, con la terrible evidencia de que no podía encontrar nada.

Repentinamente, me ocurrió una idea salvadora. Teníamos en casa una preciosa gata con tres gatitos muy monos. No había más remedio que sacrificar al pobre animal y sus criaturas, sin reparar en que eran seres adherentes a la familia. Contestando a mis planes de matanza, Siseta me contestó lloriqueando:

«No te lo quería decir. En estos últimos días que has faltado de casa, don Pablo bajaba con frecuencia. Una tarde se me puso delante de rodillas, rogándome que le diera algo para su hija, pues ya no tenía víveres ni dinero para comprarlos. Cuando esto me decía, uno de los gatitos me saltó al hombro, y don Pablo, echándole mano con mucha presteza, se lo guardó en el bolsillo. Al día siguiente bajó de nuevo y me ofreció los muebles de su sala si le daba otro de los hijos de Pichota, y sin aguardar mi contestación, entró en la cocina, después en el cuarto obscuro, púsose en acecho, y lo mismo que un gato caza al ratón, así cazó él al gato. Cuando salió, tuve que curarle los arañazos que en la cara traía. El tercero pereció de la misma manera, y después de esto la gata huyó de la casa, tal vez por haber entendido que no está segura».

Siseta y yo convinimos en que era urgente rezar, con la esperanza de que, a fuerza de ruegos, nos enviase Dios, por sus misteriosos caminos, algo de lo que tanto necesitábamos. Pero rezamos, y Dios no nos mandó nada.

Por Badoret supe que la gata se había refugiado en el desván de una cuadra que había en el fondo del patio. Sin decir nada a Siseta ni a los chicos, fui a la cacería del pobre animal. Juzgad de mi sorpresa cuando en el camaranchón obscuro me encontré a don Pablo armado de escopeta y cuchillo de monte. Ambos íbamos a lo mismo… El doctor pareció muy contrariado de mi presencia: la necesidad, razón de razones, me obligó a ser adusto ante el venerable señor, y a mostrarle mi propósito de no dejarme ganar la partida.

Movimos algunas cajas vacías; arrojamos a un lado pedazos de silla y un tonel… Sentimos el roce de un cuerpo que se deslizaba en el fondo de la pieza atropellando los hacinados objetos. Era la gata. Vimos en el fondo obscuro sus dos pupilas de un verde aurífero, vigilando con feroz inquietud los movimientos de sus perseguidores.

No os cansaré refiriéndoos la cacería. Nomdedéu, reservándose la escopeta, con la cual creía cobrar fácilmente la pieza, me dio el cuchillo de monte. Después de varias peripecias venatorias en que el buen doctor, sin disparar su arma, fue horriblemente rasguñado, la gata pereció ensartada en el cuchillo, que supe esgrimir rápidamente, cogiendo al animal en uno de sus saltos furibundos… Dueño de la res, propuse a mi compañero de caza que la partiéramos. Esto era lo justo y razonable. Pero Nomdedéu, invadido del feroz egoísmo que desvirtuaba su natural bondadoso, la quiso toda para sí, y con salvaje furia me dijo, apuntándome con su escopeta: «Ladrón, suéltala o te asesino». También yo fui bárbaro y locamente egoísta por ley de la necesidad mía y de los míos; mas tuve bastante entereza para dominar mi anhelo ardiente, y sintiéndome más fuerte que él, le arrebaté el arma, arrojé al suelo el cuerpo del animal, y con generoso arranque dije al pobre señor, desesperado y loco: «Tómela usted entera, don Pablo. Se ha vuelto usted tigre. No quiero imitarle».

Sin pronunciar una palabra, mostrando la horrible agitación y crisis de su alma en un sordo mugido, recogió Nomdedéu el animal, y abriendo la puerta, se marchó.

Pasada la irascibilidad de aquel cuarto de hora, apenas me podía tener; volví junto a Siseta; en pocas palabras contéle lo ocurrido, y los tres muchachos me oyeron con espanto.

«No hay nada por hoy —les dije con angustia—. Voy a la calle a ver si encuentro una persona caritativa».

Siseta se abrazó a sus hermanos, lloraron en coro, y yo corrí desalado fuera de la casa. A mi paso por las calles vi familias desvalidas, formando horrorosos grupos de desolación en medio de la vía pública, los pies en el lodo, guarecida la cabeza del sol y la lluvia bajo miserables toldos de sucias esteras. Se arrancaban de las manos unos a otros la seca raíz de legumbre, el fétido pez del Oña, las habas carcomidas y los huesos de animales no criados para la matanza. Diestros carniceros, improvisados por la necesidad, perseguían por todos los rincones de Gerona a los pobres perros, que, bastante inteligentes para comprender su trágica suerte, buscaban refugio en lo más recóndito, y aun se atrevían a traspasar la muralla, corriendo a escape hacia el campo francés, donde eran acogidas con aplauso y algaraza tales pruebas de nuestra penuria.

En la calle de Ciudadanos y en la plaza del Vino vi muchos enfermos que habían sido sacados de los sótanos para que se murieran menos pronto. Su mal era de los que llamaban los médicos fiebre nerviosa castrense, complicada con otras muchas dolencias, hijas de la insalubridad y del hambre.

La calle o callejón de la Forsa, que conduce desde la Zapatería Vieja a la catedral, era una horrible sentina, una acequia angosta y lóbrega, donde algunos seres humanos yacían como en sepultura, esperando quien les socorriese o quien les matase. Entramos en ella, conducidos por el intendente don Carlos Beramendi, y recogimos los cuerpos vivos y medio vivos, muertos y medio muertos, sacándolos a las gradas de la catedral, donde les bañasen aires menos corruptos. La catedral ya no podía contener más enfermos, y la plaza se fue convirtiendo en hospital al descubierto. Allí, en lo alto de la gradería, vi aparecer a don Mariano Alvarez, que daba algunas disposiciones para el socorro de los heridos. Gran número de gente le rodeaba, y entre ellos vi con sorpresa a don Pablo Nomdedéu con otros médicos, individuos de la Junta de Salubridad y varias personas influyentes. La multitud vitoreó a Alvarez, quien no dijo nada, absteniéndose de manifestar disgusto ni alegría por la ovación, y descendió tranquilamente.

En esto llegó junto a mí don Pablo, que se había separado un poco de la comitiva. «Andrés —me dijo—, no me guardes rencor por lo de esta mañana. Se trata de vivir, amigo del alma, y el pícaro instinto de conservación convierte al hombre en fiera… Indigno linaje humano, ¿qué eres? Un gran estómago y nada más… ¡Ay de mí!… ¿Es posible que esto se prolongue? No, no puede ser. Mira qué horroroso aspecto presenta la gradería cubierta de cuerpos humanos».

Alvarez, con su comitiva, seguía bajando, y la multitud apartábase para abrirle paso.

«Señor —le dijo Nomdedéu, volviéndome la espalda—. Olvidé decir a vuecencia que los medicamentos que tenemos no bastan ni para la décima parte».

Don Mariano miró fríamente y sin marcada expresión al médico. ¡Qué bien vi entonces al célebre Gobernador, y cuán presentes se quedaron desde entonces en mi mente sus facciones, su mirar y sus palabras! La cara pálida y curtida, los ojos vivos, el pelo cano, la figura delgada y enjuta, la contextura de acero, la fisonomía imperturbable y estatuaria, la tranquilidad y la serenidad juntas en su semblante: todo lo examiné y todo lo retuve en la memoria.

«Si no hay bastantes medicinas —replicó—, empléense las que hay, y después se hará lo que convenga».

—Pero señor —indicó tímidamente don Pablo—, los enfermos no admiten espera. Si no se les cura… podremos tirar un día, dos…

Alvarez paseó serenamente la vista por el anfiteatro, y después, volviéndose a Nomdedéu, le dijo:

«Ninguno de ellos se queja. Pronto recibiremos auxilios. La plaza no se rendirá, señor Nomdedéu, por falta de medicinas».

—¡Oh, señor! —dijo el médico temblando—, yo me atrevo a decir a vuecencia que Gerona ha hecho ya bastante por la Religión, la Patria y el Rey. Ha llegado ya al límite de la constancia, señor, y…».

Alvarez agitó ligeramente el bastón de mando en la mano derecha, y sin inmutarse dijo a Nomdedéu:

«Veo que sólo usted es aquí cobarde. Bien: cuando ya no haya víveres, nos comeremos a usted y a los de su ralea, y después resolveré lo que más convenga».

Siguió Alvarez su camino. Nomdedéu se quedó atrás, y llevándome en dirección de la plaza de San Félix, me dijo:

«¡Oh, si yo fuera solo en el mundo, Andrés! Si yo no tuviera más que mi indigna persona, si no tuviera otro cuidado que la visita al hospital y el recorrido de los enfermos que están en la calle, yo mismo le diría a don Mariano: “Señor, no nos rindamos mientras haya uno que pueda vivir, almorzándose a los demás”». Pero mi hija no tiene la culpa de que una nación quiera conquistar a otra… Sin embargo, humillemos la frente ante este inflexible Gobernador, más valiente que Leónidas, más patriota que Horacio Cocles, más enérgico que Scevola, más digno que Catón. Es un hombre que en nada estima la vida propia ni la ajena, y como no sea el honor, todo lo demás le importa poco. En las jornadas de septiembre, cuando Vives el capitán de Ultonia se disponía para una pequeña excursión al campo enemigo, preguntó a don Mariano que a dónde se acogería en caso de tener que retirarse. El Gobernador le contestó: «Al cementerio». ¿Qué te parece? ¡Al cementerio! Es decir, que aquí no hay más remedio que vencer o morir; y como vencer a los franceses es imposible, porque son ciento y la madre, saca la consecuencia…

El doctor detúvose a examinar varios enfermos, y corrí a casa de Siseta para llevarles lo poco que había recogido.

Juntamente conmigo entró Badoret, que había salido a hacer una excursión por la plaza de las Coles, y volvía tan alegre y saltón, que le juzgué portador de víveres para ocho días. A las preguntas de Siseta contestó abriendo los puños para mostrar algunas piezas de cobre, y cerrábalos después bailando de contento en medio de la sala.

—¿De dónde traes esos cuartos? ¿Los has cogido en alguna parte?

—Me los han dado por el ratón… Andrés, un ratón tan grande como un burro. En cuanto llegué con él a la plaza, un viejo soltó tres reales por él. Mi hermana no lo quiso. Pues lo vendí.

—Mira, Andrés —me dijo Siseta—, luego que tú te fuiste, estos condenados bajaron al patio, y por la puertecilla que está junto al pozo, se metieron en la casa del canónigo don Juan Ferragut, que está abandonada, como sabes. A poco volvieron con una rata tan grande como de aquí a mañana… ¡Qué uñas! ¡Qué rabo!

La necesidad me obligó a encarecer y ponderar la carne de ratón, disputándola por una de las más sabrosas y nutritivas. Siseta rechazó con repugnancia mis ratoniles opiniones. Después comimos de las menudencias que yo llevé, y atendimos al pobrecito Gasparó, que estaba enfermo. Llamamos a don Pablo, el cual no nos tranquilizó. «Dadme aire puro —dijo—, dadme alimentos sanos, dadme drogas que no estén inficionadas, y curaré al niño. Aquí no hay ya más médico que don Mariano Alvarez, el cual nos ha dicho: “comeos los unos a los otros”».

Se retiró bufando. Parecía loco. Siseta destrozó un mueble para convertirlo en leña; calentó agua; aplicó al enfermo en diversas formas una terapéutica de su invención, compuesta de agua tibia en bebida, en friegas, en rociadas, en compresas.

Por la noche, cuando volví al lado de Siseta, la encontré más tranquila, engañada por el aparente alivio del pobre niño. Su principal inquietud consistía entonces en la ausencia de Badoret y Manalet, que, a pesar de lo avanzado de la hora, no volvían a casa. Los traviesos chicos aparecieron al siguiente día tras larga ausencia, llenos de rasguños, contusiones, magulladuras y mordidas; pero muy contentos con los cuartos que recientemente les había proporcionado su industria venatoria. A pesar de este refuerzo pecuniario, aquel día fue el abastecimiento de la casa más penoso y difícil que otro alguno, y Siseta, desmejorándose por grados, perdía robustez y salud de hora en hora.

Funestísimo fue para nosotros aquel día, porque en él cayeron dos granadas en la casa del canónigo Ferragut, medianera con la nuestra, y la explosión fue tal, que el tejado bajó a confundirse con los cimientos. Tuve noticia del siniestro hallándome en Alemanes, y estuve en horrible ansiedad hasta que terminado mi servicio pude correr a la calle de Cat-Real. Con alegría vi que la casa en que morábamos estaba intacta, aunque en peligro de caerse también por la repentina falta e apoyo de la contigua. Di mentalmente gracias a Dios, y hallando a Siseta junto al lecho de su hermanito, que había empeorado sensiblemente. Los vagabundos Badoret y Manalet continuaban ausentes. ¿Habrían perecido entre los escombros de la casa del canónigo? No hallaba yo medio de tranquilizar a Siseta, ni en lo humano había consuelo posible para tal serie de infortunios, ensarzados en un fatal hilo como las cuentas de un rosario. Sin que le llamáramos, se nos presentó el infeliz don Pablo, que, después de pulsar y examinar al chiquillo, pronunció la escueta y desconsoladora formulilla terapéutica: «Agua, agua…». Luego, desarrugando el ceño, repitió sus jeremíacas peticiones de socorro.

—Andrés, Siseta, queridísimos amigos míos, vosotros que nadáis en la abundancia, socorred a este mendigo. Nada me queda ya: he vendido todos mis libros, y con las plantas de mi magnífico herbario, que he reunido durante veinte años, he hecho un cocimiento para dárselo a ella. Sólo me restan las plantas malignas o venenosas y la incomparable colección de polipodiums, que os puedo vender… ¿De veras no tenéis nada?

A nuestras reiteradas afirmaciones de penuria contesto de este modo:

—Sin duda tenéis vuestras arcas llenas de comestibles; lo menos tenéis ahí diez onzas de cecina y un par de docenas de garbanzos. Siseta, Andrés, amigos míos, ¿queréis el perrito que bordó en cáñamo mi difunta esposa cuando estaba en la escuela? ¿Lo queréis? Pues os lo daré, aunque es una prenda que he estimado como un tesoro, y de la cual hice propósito de no deshacerme nunca. Os cambio el perrito por lo que está guardado en el arca.

Abrimos el arca, mostrándole su horrenda vaciedad; pero ni aún así se dio por convencido. Estaba frenético, con apariencias de trastorno semejante a la embriaguez, y al hablar su lengua sin fuerza chasqueaba las palabras entonándolas a medias, como un badajo roto que no acierta a herir de lleno la campana.

Retiróse el afligido señor, que nos parecía un espectro, y yo, accediendo a los deseos de Siseta, corrí a la desplomada mansión de don Juan Ferragut, canónigo de la catedral, que desde los primeros días del sitio huyó de Gerona buscando lugar más seguro. Aunque este veterano de las milicias decentes de Cristo no figura en mi relación, debo indicar que era el primer anticuario de Cataluña; hombre eruditísimo, incansable en esto de reunir monedas, escarbar ruinas, descifrar epígrafes y husmear todos los rastros de pisadas romanas y carolingias en nuestro suelo.

Entrábase en la desierta casa por una puertecilla que comunicaba ambos patios, y que los vecinos solían tener abierta para venir a tomar agua en el pozo del nuestro. Cuando penetré en el patio hallé que una gran parte de éste se había trocado en recinto cubierto, por la acumulación de vigas y tabiques atascados en un ángulo antes de llegar al suelo. Aquel accidental techo no necesitaba sino ligero impulso, una voz fuerte, una trepidación insensible, para caer al suelo. Adelantando cuidadosamente llegué a la caja de la escalera, abierta a la luz y al aire por el hundimiento de las salas de la fachada y de una parte del techo, por donde penetraron las granadas. Cubrían el suelo muebles confundidos con trozos de pared, vidrios y mil desiguales fragmentos de preciosidades artísticas, materia caótica de la historia, que ningún sabio podía ya reunir ni ordenar. La escalera había perdido uno de sus tramos y para el ascenso era preciso trepar, saltando abruptas alturas.

En la imposibilidad de subir di voces al pie de la escalera por ver si desde aquellas solitarias cavidades me respondía alguno de los muchachos a quienes buscaba. Grité con toda la fuerza de mis pulmones:

—¡Badoret, Manalet!

Pero nadie me respondía. Recorrí todo lo bajo, explorando lo más escondido y lo más peligroso de los escombros… Por último, regresando al hueco oí un agudo silbido, que resonaba en lo más alto del tejado, y poco después apareció una figura, que desde arriba, con evidente peligro, se inclinaba para mirar hacia el fondo. Era Badoret, el cual, haciendo caracol con las manos, gritaba:

—¡Manalet, alerta!

Y luego, forzando la voz, añadió:

—¡Allá van! ¡Allá va Napoleón con toda la guardia imperial y la tropa menuda!

Dicho esto desapareció, y yo me quedé absorto esperando ver a Napoleón con toda la guardia imperial. En efecto, por la rota escalera, a escape tendido, descendía un inmenso rebaño de innumerables seres compuesto. Saltaban de peldaño en peldaño por entre los pedazos de vigas, y con ligereza suma franqueaban los claros de la escalera, gruñendo, chillando, escarbando, describiendo piruetas, curvas, círculos, y empujándose, confundiéndose y precipitándose unos sobre otros.

Delante iba el mayor de todos, individuo de privilegiada magnitud y belleza entre los de su clase, y seguíanle otros de menor talla, y muchos pequeños, entre los cuales los había jovenzuelos, juguetones, y no faltaban graciosos niños. No eran docenas, sino cientos, miles, ¡qué sé yo! Un verdadero ejército, una nación entera, masa imponente que en otras circunstancias me habría hecho retroceder con espanto. Las oscilaciones de sus largos rabos negros eran tales que parecían culebras corriendo en medio de ellos, y sus brillantes ojos de azabache expresaban el azoramiento y la ansiedad de retirada tan vergonzosa. Seguíalos yo con la vista, y por una oscura puertecilla que vi en la pared sumergiéronse todos en un segundo, como chorro que cae al abismo. Acerquéme a dicha puerta y grité:

—Manalet, ¿estás ahí?

Al principio no sentí rumor alguno, sino un lejano y vago son de hojarasca, que me pareció producido por las pisadas de la guardia imperial sobre montones de yerba seca. Pero al poco rato creí escuchar voces y lamentos que al principio parecieron aprensión mía el eco de mis propios gritos. Como se repitieran más acentuados, resolví aventurarme en lo interior del aposento oscurísimo que ante mí se abría.

Nada puede ver en los primeros momentos, mas a poco de estar allí distinguí las formas robustas de las tinajas y toneles, cajones rotos, arreos de caballerías y carros y mil objetos de indefinible configuración, que iban saliendo poco a poco de la oscuridad a medida que mis ojos a ella se acostumbraban.

De pronto sentí que las hojas sonaban pisadas por mil patitas, y los cabellos se me erizaron de espanto. ¿Por qué, si allí no había leones, ni tigres, ni culebras, ni ningún animal verdaderamente fuerte y temible? Lo cierto es que tuve miedo, un miedo inmenso que heló la sangre en mis venas, dejándome atónito y paralizado. Quise huir, y hundíme en la hierba seca. Revolví los ojos en tomo mío, y aumentó mi terror al ver que se disponía para acometerme por distintos lados, con la rabia de mil bestias feroces, todo el ejército imperial.

En un instante me sentí mordido y rasguñado en los tobillos, en las piernas, en los muslos, en las manos, en los hombros, en el pecho. ¡Infame canalla! Sus ojuelos negros y relucientes como cuentas, me miraban gozándose en la perplejidad de la víctima, y sus hocicos puntiagudos se lanzaban con voracidad sobre mí. Grité, pateé, manoteé… La turba insolente, aguijoneada por el hambre, me atacaba furiosa. Hallándome sin defensa exclamé con angustia:

—¡Badoret, Manalet, venid en mi auxilio! ¡Socorro!

Por último, sacudiendo manotadas a diestro y siniestro, logré aminorar el vigor del ataque. Corrí de un lado para otro y me siguieron; subíme a un gran tonel, y veloces como el rayo subieron ellos también. Su estrategia era admirable: adivinaban mis movimientos antes de realizados, y como saltara de un punto a otro, me tomaban la delantera para recibirme en la nueva posición.

¡Terrible animal! ¡Qué admirablemente le ha dotado la Providencia para que viva a despecho del hombre! Le ha hecho omnívoro para que encuentre alimento en todas partes; le ha dado ligereza para que huya; blandura para que no se sientan sus alevosos pasos; finísimo oído para conocer los peligros; vista penetrante para que atisbe las máquinas preparadas en su daño, y agudo instinto para burlar con hábiles maniobras las vigilancias exquisitas.

Además posee infinitos recursos, y como bestia cosmopolita, que igualmente se adapta a la civilización y al salvajismo, posee vastos conocimientos en diversos ramos: es ingeniero, y sabe abrirse paso por entre paredes y tabiques para explorar nuevos mundos; es arquitecto habilísimo, y se labra grandiosas residencias en los sitios más inaccesibles, en los huecos de las vigas y en los vanos de los tapiales; es audaz navegante, y sabe recorrer a nado largas distancias de agua, cuando su espíritu aventurero le obliga a atravesar lagunas y ríos; se aposenta en las cuadernas de los buques, dispuesto a comerse el cargamento si le dejan, y a echarse al agua en la bahía para tomar tierra si le persiguen; es insigne mecánico, y posee el arte de transportar objetos frágiles y delicados; es geólogo insigne y minero, pues si advierte que no disfruta de grandes simpatías a flor de tierra, se mete allí donde jamás respiró pulmón humano, y construye bóvedas admirables por donde entra y sale orgullosamente, comunicando casas y edificios, y huertas y fincas, con lo cual abre ricas vías al comercio y destruye rutinarias vallas.

Poseyendo un gran sentido civilizador, se acomoda al carácter de las comarcas y regiones que escoge para desarrollar su genio activo… Nada respeta: en el tocador de la dama elegante se come los perfumes, y en casa del boticario las medicinas. En la iglesia engulle las reliquias de los santos, y en los teatros se apropia de los coturnos de Agamenón y la loriga de don Pedro el Cruel. Artista a veces, si el destino le lleva a los museos, se almuerza a Murillo y cena con algo de Rafael, y en los gabinetes de los anticuarios y eruditos se convierte en uno de éstos por la influencia de la localidad, es decir, que se traga los libros.

Todas estas eminentes cualidades las desplegó contra mi la inmensa falange. Reponiéndome, al cabo de algún tiempo, de mi primitivo susto, arrebaté un palo que al alcance de mi mano vi, y haciendo pie firme sobre el tonel, comencé a descargar golpes a todos lados, increpando a mis enemigos con todos los vocablos insultantes, groseros y desvergonzados de la lengua española. Al fin, amiguitos míos, a fuerza de trabajo y constancia, pude adquirir el convencimiento de que no sería devorado.

Cuando me vi libre de la guardia imperial (pues no renuncio a darle este nombre), me hallaba tan cansado, que di con mi cuerpo en tierra.

VIII

Pero con la desbandada del numeroso ejército no abandonaron el campo todos los combatientes; no: allí, enfrente de mí, arrastrando por el suelo su panza formidable, estaba uno, el más grande, el más fuerte, ¿por qué no decirlo?, el más hermoso de todos, fijando en mí el chispeante rayo de sus negras pupilas, con la oreja atenta, el hocico husmeante, las garras preparadas, el pelo erizado, y extendida la resbaladiza cola, escamosa y parduzca.

«¡Ah, eres tú, Napoleón! —exclamé en voz alta como si el terrible animal entendiese mis palabras—. Ya te reconozco. Eres el mayor y el más fuerte de todos… Infame, tu corpulencia y tu saber profundo te han dado el imperio».

Corrí hacia él; pero se escurrió ligeramente y le perdí de vista. Esta exploración me llevó muy adelante en la larga bodega. En un rincón de la última crujía había un tonel de los que llaman tercerolas, en pie, tapado con una baldosa, con aspecto muy parecido al de una colmena. Cierto vago rumor que de allí salía me hizo fijar la atención… La boca del tonel estaba de frente. Por dicha boca apareció un dedo; después, dos. En el mismo momento una voz infantil y cavernosa llegó a mis oídos diciendo:

—Andrés, ya te veo. Aquí estoy. Soy yo, Manalet. ¿Se ha ido esa canalla? Me metí aquí para que no me comieran, y he tapado mi casa con una baldosa. ¿Tienes algo de comer?

—No; ya puedes salir. No tengas miedo.

—Están ahí todavía. Siento sus patadas. Son cientos de miles. Ayer no había tantos; pero Napoleón se fue esta mañana y ha vuelto con no sé cuántos miles más. Toma este eslabón y esta yesca, Andrés. Prende fuego en un manojo de hierba, teniendo cuidado de que no se encienda todo, y verás como echan a correr.

Diome por el agujero el pedernal, eslabón y pajuela, y al punto hice fuego. Cuando el resplandor de la llama iluminó las obscuras bóvedas y muros, todos los caballeros corrieron despavoridos, y bien pronto no quedó uno.

—Se han ido, Manalet. Ya puedes salir.

Entonces vi que se levantaba la baldosa que tapaba el tonel, y aparecieron los cuatro picos negros de un bonete de cura. Debajo de este tocado sonreía con expresión de triunfo la cara de Manalet.

—Si tú no vienes —dijo—, ¿qué hubiera sido de mí?

—¡Bonito sombrero!

—Perdí la barretina, y como tenía frío en la cabeza…, ya ves.

—¿Y Badoret?

—Está en el tejado. Oye lo que nos pasó. Ayer cazamos algunos; pero no pudimos coger a Napoleón, que así le llamamos por ser el más grande y el más malo de todos. Cuando anocheció anduvimos dando vueltas por la casa y nos encontramos una cama… Nos acostamos en ella; pero no pudimos dormir, porque al poco rato sentimos un rum de dientes y uñas… Eran esos pillos que se estaban cenando la biblioteca. Nos levantamos, Andrés, y les apedreamos con los libros y con los muchos cacharros y figuritas de barro que el canónigo tiene allí.

De este modo, con estilo pueril y picaresco, siguió Manalet contándome la ratonil aventura, en que los dos hermanos mostraron habilidad estratégica y venatoria. Situados en la bodega, acosaban al menudo ejército y algunas piezas lograban coger con ingeniosas artes. Tuvieron la suerte de que la explosión de las granadas y el derrumbamiento del edificio les cogiera en los subterráneos. El susto fue grande; pero ningún daño sufrieron. Repuestos de su pavura, lanzáronse a divagar por las ruinas, advirtiendo que, destruida la casa, aumentaba desmedidamente la grey ratonil, y que ésta, con Napoleón al frente, audazmente recorría lo alto y lo profundo. Por un agujero que había debajo del tonel pasaban a los almacenes de la Argentería, y de aquí a la plaza de las Coles, donde tenían comunicación subterránea con el río…

Oída la relación de Manalet le propuse que subiésemos en busca de su hermano, y trepando por la destrozada escalera llegamos a un cuarto interior, el único aposento que en habitabilidad relativa se encontraba. En una cama, perteneciente sin duda a la servidumbre del señor canónigo, encontramos a Badoret profundamente dormido. Despertámosle no sin trabajo. El travieso rapaz, que en su rudo aprendizaje de la vida y en su vagabunda actividad había llegado a la perfección picaresca, me llevó a que viese los despedazados vestigios de la biblioteca, y allá me dijo: «Si el señor Marijuán quiere unas hojitas de manuscrito de ochocientos años y una copita de tinta superior, se lo puedo servir». Después me mostró un Niño Jesús de alfañique, regalo de las monjas al señor Montagud. Lo habían encontrado en el cajón de una cómoda. Destinaban este pequeño regalo a su hermano Gasparó; pero no en toda su integridad, porque ya Manalet se había comido una pierna del Niño, y Gasparó la mitad de la otra. Entendí que acabarían por comérselo todo.

Explicáronme luego sus planes para coger vivo al tremendo Napoleón. Badoret lo expuso en esta forma: «¿Ves este gran artesón? Pues lo ponemos boca abajo, levantado por un lado con una cañita; se ata a la punta alta de la cañita un hilito; se ponen debajo unos pedazos de ratoncillos muertos que hay en la escalera, los cuales quemaremos antes para que huelan; plantamos en el patio todo este artilugio, y nos escondemos en la escalera con el hilo en la mano para poder tirar sin que nos vean. Hacemos humo en el sótano. Salen todos, con el gran Napoleón a la cabeza, y éste los lleva al artesón, que es España; empiezan a roer, diciendo: “Qué buena conquista hemos hecho”; entonces tiramos del hilo, y España se les cae encima, cogiéndolos vivos».

Dicho esto, cargaron con el artesón y bajáronlo al patio, y en un instante el industrioso aparato quedó muy bien instalado, con el cebo dentro y el hilo en su sitio. España estaba dispuesta; no faltaba más que la invasión francesa. Entré con Badoret en la bodega, y vimos que allí estaba la inmensa caterva ratonil, como en deliberación de la campaña que había de emprender. Rápidamente tapamos el agujero que les servía de comunicación con la calle de la Argentería, y mientras yo apaleaba con rápidos golpes a todo bicho viviente, acorralándolos entre las pipas, Badoret prendió fuego a una buena porción de hojarasca, y cuando el denso humo nos impedía la respiración, salimos al patio.

Pronto la puerta de la obscura cueva empezó a vomitar guerreros inflamados en bélico ardor. Corrieron por el patio en distintas direcciones, subieron la escalera, tomaron a bajar, y no pocos de ellos se acercaron al artesón, en quien veían los chicos nada menos que la representación genuina de nuestra querida y desgraciada madre España. Badoret, de improviso, impúsonos silencio, diciendo:

—Ahí viene; apártense todos, y abran paso a su grandeza. En efecto: el más grande, el más hermoso, el más gordo de aquellos guerreros, apareció en la puerta del subterráneo. Desde allí revolvió con orgullo a todos lados los negros ojos, y moviéndose despacio, arrastraba con elegantes ondulaciones el largo rabo. Contrajo el hocico, mostrando sus dientes de marfil, y rasguñó el suelo con majestuoso gesto. Anduvo largo trecho entre la turbamulta de los suyos, que con desdén miraba, y al llegar a mitad del patio vio aquel inusitado artefacto que teníamos dispuesto. Acercóse y estuvo mirándolo por diversas partes, sorprendido sin duda por su extraña forma. Muy por lo bajo, dije yo a Manalet:

—Este emperador tiene demasiado talento para meterse aquí.

Napoleón se acercó con paso resuelto. Aunque dotado de inmensa previsión y de penetrante vista, el humo de gloria que llenaba su cerebro había enturbiado sus poderosas facultades, y encontrándolo todo fácil, sin ver más que a sí mismo y a su feliz estrella, precipitóse decididamente dentro de España. El hilo funcionó, y cayendo con estrépito la artesa, su majestad cayó en la trampa.

—¡Ah, pícaro, tunante, ladrón! —gritó Badoret saltando de gozo—. Ahora las vas a pagar todas juntas.

—Irá vivo al mercado —añadió el otro—, y nos darán por tu cuerpo nueve reales. Ni un cuarto menos, hermano Badoret.

Atado por el rabo el vencedor de Europa, los chicos querían llevarlo al mercado; pero yo lo tomé para mí, diciéndoles:

—Si trabajáis un poco más, no os faltarán reses bien gordas que llevar a la plaza.

Quedáronse allí. Harían sin duda nuevas y valiosas presas.

Atravesé la puertecilla que comunicaba el patio de la casa de Ferragut con el de la mía, cuando tropecé con un duro cuerpo. Era Nomdedéu, que, sin ninguna insinuación cortés, poseído de brutal egoísmo, pretendió que le diese la hermosa presa que yo llevaba. Mi furor repentino no me dio tiempo ni aun para una negativa verbal. Yo no era hombre; era una bestia rabiosa que carecía de discernimiento para reconocer su estúpida animalidad… Me arrojé sobre Nomdedéu; le derribé sin trabajo; le increpé con bárbaro rugido; clavé mis dedos en el cuello enjuto del doctor, le sofoqué hasta que los brazos de éste se extendieron en cruz… Exhaló don Pablo un gemido, y cerrando los ojos quedó mudo, inerte.

Me levanté jadeante, y sin lástima miré al hombre sin ventura que a mis pies yacía. Napoleón, que durante la lucha se había visto libre, huyó arrastrando la cuerda que era como prolongación de su cola… Pasé yo a mi casa, y en el taller encontré a Siseta acurrucada y llorosa. A su lado vi el cadáver de Gasparó, y más al fondo advertí la presencia de una tercera persona.

Era Josefina, que, hallándose sola por largo tiempo en su casa, había bajado arrastrándose. A la vista de Siseta, me sobrecogió un temor inmenso, una angustia de que no puedo dar idea, y mi conciencia, que poco antes estuvo en sombras, me inundó de improviso con espantosas claridades. Un gran impulso de llanto se determinaba en mi interior; pero no podía llorar. Retorciéndome los brazos, golpeándome la cabeza, exclamé sin poder contener el grito de mi alma irritada:

—Siseta, soy un criminal. He matado al señor Nomdedéu. Soy una bestia feroz. El quería quitarme lo que yo guardaba para ti.

Siseta no me contestó. Estaba estupefacta y muda, y la extenuación, juntamente con el profundo dolor, la tenían en situación parecida a la estupidez. Josefina me miraba con espantados ojos, que me parecieron los ojos de su padre.

Anhelando arrojar lejos de mí las terribles imágenes que me acosaban, volvíme a Siseta y le dije:

—Siseta de mi corazón, ¿ha muerto Gasparó? ¡Pobre niño! Y tú, ¿cómo estás? ¿Te hace falta algo? ¡Hay! Huyamos de esta casa, salgamos de Gerona, vámonos a la Almunia a descansar a la sombra de mis olivos.

Un extraordinario y vivísimo ruido exterior no me dejó lugar a más reflexiones ni a más palabras. Sonaban cajas, corría la gente; la trompeta y el tambor llamaban a todos los hombres al combate. Siseta alargó lentamente el brazo y con su índice me señaló la calle.

—Ya, ya lo entiendo —dije—. Don Mariano nos llama. Vamos a morir. Anhelo la muerte, Siseta. Adiós. Aquí están los chicos…, Badoret y Manalet, que entraron diciendo:

—Hermana Siseta, trece reales, traemos trece reales. ¿Has arreglado a Napoleón? ¿En dónde está Napoleón?

Manalet llevaba el Niño Jesús de alfeñique con las piernas y brazos de menos, y el cuerpo y cabeza muy lamidos.

Con mi fusil al hombro corrí por las calles. Estaba ciego y no veía nada ni a nadie. Mi cuerpo desfallecido apenas podía sostenerse; pero lo cierto es que andaba, andaba sin cesar… Fui a la muralla de Alemanes, hice fuego, me batí con desesperación contra los franceses que venían al asalto, gritaba como los demás y me movía como los demás. Era la rueda de una máquina y me dejaba llevar engranado a mis compañeros. No era yo quien peleaba; era una fuerza superior, colectiva, un todo formidable que no paraba jamás. Lo mismo era para mí morir que vivir. Este es el heroísmo, a veces un impulso deliberado y activo; a veces un ciego empuje, un abandono a la general corriente, una fuerza pasiva, el mareo de las cabezas, el mecánico arranque muscular…

En el fragor de aquel pugilato entre gigantes pude darme cuenta, sin dolor alguno, de que todo daba vueltas en derredor mío: combatientes, muralla, cielo y tierra giraban… Sin saber cómo, quedé apartado del conjunto activo. Fuerza poderosa me arrojó hacia atrás, y al caer, bañado en sangre, exclamé en voz alta:

—¡Gracias a Dios que me he muerto!

Un paisano, que por no tener arma se contentaba con arrojar piedras, arrancó el fusil de mis manos inertes, y ocupando mi puesto gritó con alegría:

—Acabáramos. ¡Gracias a Dios que tengo fusil!

Fui primero hollado y pisoteado… Después, manos piadosas me apartaron… Las monjitas diéronme de comer y curaron mi lacerado cuerpo, diciéndose unas a otras:

—El pobrecillo no vivirá.

Ignoro dónde estaba, y no me era posible apreciar el tiempo que transcurría. Sólo en una ocasión recuerdo haber abierto los ojos adquiriendo la certidumbre de que me rodeaba obscurísima noche. En el cielo, tristes estrellas fulguraban con blanca luz… Otra vez abrí los ojos, y un accidente harto original me obligó poco después a empeñarme en usar la palabra. Entre la mucha gente que por allí en distintas direcciones discurría vi un muchacho en quien hube de reconocer a Badoret…

Badoret llevaba a cuestas el cuerpo de un niño de pocos años, cuyas piernas y brazos colgaban hacia adelante. Así cargaba comúnmente a su hermano cuando vivía, y así lo llevaba muerto. Hice un esfuerzo y llamé al muchacho. Éste, que se inclinaba a examinar a los que allí en diversos puntos yacían, acercóse a mí y me dijo:

—Andrés, ¿tú también te has muerto?

—¿Por qué llevas a cuestas el cuerpecito de tu hermano?

—¡Ay! Andrés, me mandaron que lo echara al hoyo que hay en la plaza del vino; pero no quiero enterrarlo, y lo llevo conmigo. El pobre ya no llora ni chilla.

—¿Y tu hermana?

—Hermana Siseta no se mueve, ni habla, ni llora tampoco. La llamamos y no nos responde.

Algo más quise decirle; pero se me extinguió el don de la palabra…, nubláronse mis ojos cuando vi desaparecer a Badoret con su lúgubre carga.

La fiebre traumática me tomó por su cuenta, y uno tras otro diferentes delirios caldearon mi cerebro, reproduciendo los hechos anteriores a la situación en que me encontraba. Hablé con Siseta, hablé con Nomdedéu. A éste le dije: «Ah, señor don Pablo, los dos hemos muerto, y ahora nos juntamos en lo que llamábamos allá la otra vida; sólo que usted camina hacia el Cielo y yo voy derecho a los Infiernos…». Hablé también con Napoleón, persiguiéndole en su fuga… Cuando alcanzaba yo la cuerda, que era como prolongación de su rabo, el pícaro se me escabullía, volviéndose de vez en cuando para escarnecerme con groseras burlas…

Turnaban luego en mi cerebro los delirios horrorosos con los gratos, hasta que un día me reconocí en el uso normal de mis sentidos, y con el entendimiento en apacible claridad. Vi el cielo encima, en derredor mío mucha gente, y a mi lado un fraile. No se oían cañonazos, y el silencio, con serlo, parecía un ruido indefinible.

—Joven —me dijo el fraile—, ¿estás mejor? ¿Te sientes bien? Esa herida del pecho no es mortal.

—¿Qué ocurre, padre? ¿Qué día es hoy? ¿A cuántos estamos?

—Hoy es el 9 de diciembre, y ocurre una inmensa desgracia. Está enfermo don Mariano Alvarez. Hoy le ha entrado el delirio, y ha traspasado el mando al teniente de rey don Juan Bolívar. Desde que Alvarez está en cama, nadie considera posible la defensa. Sólo hay mil hombres disponibles, y aun éstos también están enfermos. A estas horas se celebra junta de jefes para ver si se rinde o no Gerona en este día.

Seguimos hablando. Yo puse a mis palabras acento de confesión cuando dije al fraile que me sentía muy arrepentido de haber dado muerte al doctor Nomdedéu, porque quiso quitarme un ratón gordo y lucido. «Hijo mío —repuso el fraile—, o estás aún delirando o confundiste con otro el señor Nomdedéu, pues tengo la seguridad de haber visto a éste hoy mismo, si no bueno y sano, al menos con vida».

Gozoso de la resurrección del buen doctor, pregunté al fraile si algo sabía de Siseta, y así me contestó: «Hijo, nada puedo decirte de esa joven. Sólo sé que la casa donde vivía el señor Mongat y el señor Nomdedéu ha sido destruida por una bomba ayer mismo. Tengo idea de que todos sus habitantes se salvaron, excepto alguno que se ha extraviado, y no se le puede encontrar».

¡Oh, ansiedad peor que la muerte; oh, incertidumbre peor que la certeza de las mayores desdichas! ¡Y yo clavado en aquella cama más lúgubre que un ataúd!

Alvarez, según oí, se agravaba por instantes, y recibió los sacramentos el mismo día 9; pero aún en tal situación insistía en no rendirse, repitiendo esto con palabras enérgicas, lo mismo dormido que despierto. Por la tarde corrió el rumor de que al día siguiente entrarían los franceses. La multitud acudió a la residencia del general y alborotó largo rato pidiendo a su excelencia que saliese de nuevo a gobernar la plaza.

Dicen que Alvarez, en su delirio, oyó los populares gritos, e incorporándose dispuso que resistiéramos a todo trance. A pesar de esto ya no se hablaba más que de capitulación. ¡Capitular! Parecía imposible tal cosa cuando aún existía pegado a las esquinas el bando de don Mariano: «Será pasada inmediatamente por las armas cualquier persona a quien se oiga la palabra capitulación u otra equivalente».

X

Según oí decir, los franceses habían dado una hora de plazo para rendirnos. La Junta pedía un armisticio de cuatro días. El mariscal Auguerau no quiso acceder a ello, y, por último, después de muchas idas y venidas de un campo a otro, quedó estipulada nuestra rendición a las siete de la noche del 10 de diciembre.

Durante la noche los vecinos y los soldados, sabedores ya de las principales cláusulas de la capitulación, inutilizaron las armas o las arrojaron al río, y al amanecer, los que podían andar, que eran los menos, salieron por la puerta del Areny para depositar en el glacis unas cuantas armas, si tal nombre merecían algunos centenares de herramientas viejas y fusiles despedazados.

En honor de la verdad debo decir que los franceses entraron sin orgullo, contemplándonos con cierto respeto, y cuando pasaban junto a los grupos donde había más enfermos nos ofrecían pan y vino. Durante todo el día estuvieron entrando carros cargados de víveres, que, estacionados en las plazas de San Pedro y del Vino, servían de depósito, a donde todo el mundo iba a recoger su parte. ¡Comer!, ¡qué novedad tan grande! Sentíamos el regreso del cuerpo que volvía, después de larga ausencia, a ser apoyo del alma.

Dadme albricias porque al fin, señores míos, me reconocí con bríos para andar veinte pasos seguidos, aunque apoyándome con la mano derecha en un palo y con la izquierda en las paredes de las casas. El aspecto de Gerona en el fúnebre día de la rendición era por demás horrendo. En calles y plazuelas vi ruinas, fétidos charcos, casas despanzurradas mostrando su interior como una desnudez repugnante, insepultos cadáveres de hombres y animales, murallas deshechas, bastiones reducidos a polvo, vestigios de un pueblo estoico, que no sabe rendirse sino muerto.

Cuando llegué a la calle de Cort-Real vi en casi total ruina, ¡ay, dolor!, la casa donde se albergaban los míos. Dijéronme los vecinos que el señor Nomdedéu y su hija estaban aposentados en la calle de la Neu; de Siseta nada se sabía; Badoret y Manalet vagaban aún por las calles. Contristado con tales noticias, y viendo que no había para mí otro guión de mis pesquisas que el dédalo de las calles, a éstas me lancé animoso. La suerte me favoreció, pues a la media hora de correr preguntando di con los dos muchachos que de Mercadal venían jadeantes, la ropa en andrajos, los pies heridos, los rostros cadavéricos… Su mísero estado no me dio tiempo a la compasión; antes que ésta entró en mi alma el júbilo con la noticia que fue su saludo apenas me vieron: Siseta vivía, Siseta se hallaba en el aposento alto de la casa de Ferragut, el mismo donde encontré a Badoret dormido el día de la epopeya ratonil y de la captura de Napoleón.

Mi espíritu se iluminó; cesaron la incertidumbre y el horroroso miedo de quedarme viudo antes de casado…

—¡Adelante, hijos, arriba! Llevadme a donde está vuestra querida hermana.

Extenuada encontré a Siseta y dolorida de mi ausencia, pero al fin Dios nos reunía, y los cuatro nos abrazamos, lamentando la falta del pobrecito Gasparó, que se había ido conforme al Cielo… Como ya, rendida la plaza, teníamos sano alimento, Siseta no tardó en reponerse… Vivíamos, y esto no era poco en aquellos tiempos de trágica desolación. Acabo aquí mi cuento en lo que tiene de personal, añadiendo, para rematar el cuadrito, que don Pablo Nomdedéu perdió el juicio y su hija lo recobró. La intensidad de las impresiones en los días terribles de muerte y hambre fue para ella como heroico y decisivo medicamento. El buen don Pablo, que al ver razonable a su hija, desvariaba con graciosa locuacidad, no hacía más que reír y frotarse las manos, repitiendo como estribillo mental el famoso Similia similibus.

Pero aún me queda otra parte del cuento, y es que, como prisionero de guerra, tenía que partir a Francia con todos los defensores de Gerona. La razón de no haber partido al día siguiente de la rendición fue que me incluyeron entre los enfermos, y a éstos, como al propio Gobernador, don Mariano de Castro, se nos concedieron algunos días hasta que nos hallásemos en disposición de emprender el penoso viaje.

Salimos, pues, el 21 de diciembre (¡Adiós Siseta, adiós Badoret y Manalet, cara esposa y hermanitos míos! Volveré). Delante iba rodeado de gendarmes el coche en que llevaban al gran Alvarez; seguían los oficiales; detrás íbamos los sargentos y soldados, convalecientes de graves heridas o de la epidemia. La procesión no podía ser más lúgubre. No se oía más que lengua francesa, que hablaban en voz alta y alegre nuestros dominadores. Los españoles íbamos mudos y tristes… El 22, a las tres de la tarde, llegamos a Figueras. Al General encerraron en el castillo de Figueras, después de someterle a un necio, impertinentísimo interrogatorio. Se le pedían cuentas de su heroísmo, de su inaudita constancia y espartana entereza. Alvarez respondió: «Si sois hombres de honor, habríais hecho lo mismo en mi lugar».

Sin más que un descanso nocturno, seguimos el áspero camino: en Junquera nos detuvimos un poco; pasada la frontera llegamos a Perpiñán, y nos metieron en el Castillet, airosa fortaleza de ladrillo, obra del Rey don Sancho. Al héroe de Gerona le metieron en un tenebroso aposento a manera de calabozo. No pudo Alvarez contener su enojo, y a sus indignos carceleros increpó en esta forma: «¿Es este sitio propio para vivienda de un General? ¿Y son ustedes los que se precian de guerreros?».

Los demás fuimos aposentados en sitios inmundos, y el alcaide nos notificó que nos daría de comer, siempre que lo pagáramos en buena moneda española. Allí estuvimos hasta que con diciembre terminó el trágico año de 1809, enfermos todos, y más que enfermo moribundo el insigne Alvarez de Castro, que como caballero cristiano sufrió su cruel martirio corporal y las villanías y burlas de sus carceleros… En esto se recibió la orden de que fuésemos internados. De Perpiñán nos sacaron escoltados por tropa y gendarmería; hicimos noche en Sitjans, donde la culta Francia nos ofreció el caso de mayor vilipendio que podríais imaginar. Sacaron de su coche al General y le aposentaron con los demás de su séquito en una caballeriza llena de estiércol, donde no había cama, ni sillas, ni nada que se pareciese a un mueble, siquiera fuese el más mezquino y pobre. Agotada la paciencia ante tanta infamia, y viendo cuán poco adecuado era aquel inmundo sitio para quien por su categoría, y además por su lastimoso estado, tenía derecho a extremadas consideraciones, no pudimos contener la explosión de nuestro enojo, y con durísimas palabras increpamos al jefe de la gendarmería… Por último, el cochero, con orden o por simple tolerancia del jefe de la fuerza introdujo en la cuadra una cama en que descansó algunas horas el desgraciado enfermo, cuya prodigiosa resistencia parecía tocar ya al último límite.

A la mañana siguiente, cuando nos poníamos de nuevo en marcha, aparecieron guardias a caballo que traían una orden para el jefe que nos conducía. Éste, abriendo el pliego en nuestra presencia, nos dio a conocer su contenido, el cual era que Monsieur Alvarez debía volver a España. Nos alegramos de veras por la esperanza de ver pronto a la patria querida, y hasta sospechamos si nos dejarían en libertad luego que traspasásemos la frontera.

Pero Dios irritado y Francia vengativa no querían que nuestras desdichas tuviesen término. Es el caso que cuando con el mayor gozo pisábamos la tierra de España, se presentaron unos guardias a caballo con nuevas órdenes para los gendarmes. El jefe mostróse muy contrariado, y habiéndose trabado ligera reyerta entre éste y uno de los portadores del oficio, oímos esta frase, que, aunque dicha en francés, fácilmente podía ser comprendida: «Monsieur Alvarez debe volver, pero los demás españoles no».

Al punto comprendimos que se nos quería separar de nuestro idolatrado General, dejándonos a todos en Francia, mientras él se le llevaba solo, enteramente solo, al castillo de Figueras. Esto causó desolación en la comitiva. Algunos, cerrando los puños y vociferando como insensatos, dijeron que antes se dejarían hacer pedazos que abandonar a su General; otros, creyendo mal camino para convencer a nuestros conductores el de la amenaza y la cólera, suplicamos al jefe de los gendarmes que nos dejase seguir. Suplicamos todos en diverso estilo que nos dejasen asistir y consolar a nuestro querido Gobernador; pero todo fue inútil. Como complemento de los mil martirios que con refinado ingenio habían aplicado al héroe, quisieron someter su grande alma a la última prueba. Ni su enfermedad penosísima, ni sus años, ni la presunción de su muerte, que se creía próxima y segura, les movieron a lástima; tanta era la rabia contra aquél que había detenido durante siete meses frente a una ciudad indefensa a más de cuarenta mil hombres, mandados por los primeros generales de la época; que no había sentido ni asomos de abatimiento ante una expugnación horrorosa en que jugaron once mil novecientas bombas, siete mil ochocientas granadas, ochenta mil balas, y asaltos de cuyo empuje se puede juzgar, considerando que los franceses perdieron en ellos veinte mil hombres.

La separación era, por el implacable rigor francés, absolutamente inevitable. Despidiéndonos con ánimo sereno, el General nos dijo que renunciásemos a una inútil resistencia, conformándonos con nuestra suerte; añadió que él confiaba en el próximo triunfo de la causa nacional, y que, aun sintiéndose próximo a morir, su alma se regocijaba con aquella idea. Recomendónos la prudencia, la conformidad, la resignación, y él mismo dio a sus conductores la orden de partir, para poner pronto fin a una escena que desgarraba su corazón lo mismo que el nuestro. El cupé partió a escape, y nos quedamos en Francia, sujetados por los gendarmes, que nos ponían sus fusiles en el pecho para impedir las demostraciones de nuestra ira. Seguimos desesperados y con los ojos llenos de lágrimas el coche que se perdía poco a poco entre la bruma, y cuando dejamos de verle, uno de los ayudantes, bramando de ira, exclamó:

—Se lo llevaron esos perros; se lo llevan para matarle sin que nadie lo vea.

¿Sucedió lo que temíamos? ¿Murió el general Alvarez en el castillo de Figueras? ¿Quién cortó aquella vida? ¿Dios o Francia? ¿La Historia no ha puesto en claro esta enorme y pavorosa cuestión?

Expiró Alvarez en su cárcel, sin que se diera explicación facultativa de aquel paso de este mundo al otro. El cadáver fue expuesto en unas parihuelas a la vista del pueblo del gran hombre muerto.

La muerte del héroe de Gerona, ya fuese criminal golpe asestado por la venganza, ya fuese consecuencia física de los padecimientos crueles a que le sometieron sus cautivadores, quedó y quedará siempre en la historia como indeleble borrón del Imperio.

Cádiz

I

Terminada la relación de Andrés Marijuán, que me apropié y os di como relación mía, vuelvo a coger el vago hilo histórico para referiros lo que vi y supe de aquellas desaforadas turbaciones de la madre España.

De mi amigo me separé en La Mancha. Luego marché hacia la baja Andalucía. Había yo pertenecido al ejército de Areizaga, y luego me incorporaron al de Alburquerque, cuando volvió de su gloriosa retirada. A este general debió el poder supremo no haber caído en poder de los franceses, pues con su hábil movimiento sobre Jerez, mientras contenía en Ecija las avanzadas de Víctor y Mortier, dio tiempo a preparar la defensa de la isla de León, y entretuvo al enemigo en las inmediaciones de Sevilla. En marzo del año 10 se nos dio orden de pasar a la isla, porque en el continente, o sea, del puente de Suazo para acá, ¡triste es decirlo!, no había ni un palmo de terreno defendible. España se concentró en aquel pedazo de país; allí se juntaron ejército, nobleza, clero, pueblo, fuerza, inteligencia, toda la vida nacional en suma. De la misma manera, en momentos de repentino peligro para el hombre de ánimo esforzado, toda la sangre afluye al corazón, de donde sale después con nuevo brío.

Por mi parte deseaba ardientemente entrar en la isla. Aquel pantano de sal y arena, invadido por movedizos charcos y surcado por regueros de agua salada, tenían para mí el encanto del hogar nativo, y, más aún, las peñas donde se asienta Cádiz en la extremidad del istmo, o sea, la mano de aquel brazo que se adelanta para depositarla en medio de las olas.

Os diré que en aquellas calendas era yo capitán, y que mi buena conducta, ¿por qué no he de decirlo?, me daba derecho a esperar nuevos adelantos en mi carrera. Sabed también que al ser trasladado a la guarnición de Cádiz reanudé antiguas amistades, y una de las personas que más se complacieron en verme y tratarme fue aquella doña Flora de Cisniega, señora cultísima, un poco manida y harto emperegilada, que os di a conocer en mi relato de Trafalgar. Su amabilidad, que ya me distinguió de niño, fue más obsequiosa, pero más reservada, viéndome en el estado de florida juventud. Prodigaba, pues, al hombre sus finezas dentro del decoro más exquisito. Y como yo había subido rápidamente en la escala social, adquiriendo modales y expresión de persona correcta y bien educada, fui admitido en las tertulias de la discreta señora, que diariamente reunía en su casa lo más selecto de la sociedad española, atrayendo con singular predilección a los hombres más ilustres en letras. Allí tuve la gran honra de ver y oír a Martínez de la Rosa, Quintana, Toreno, Gallardo, Gallego, Arriaza, Xérica y otros que en diferentes grados de celebridad han quedado en la Historia. También tuve el gusto de codearme con los primeros políticos de la brillante hornada del XIX, con los fundadores, con los padres de la inmensa criatura parlamentaria. Eran grandes, fuertes, ingenuos; inteligencias poderosas llamadas por los prohombres a la dirección de los pueblos. Grabad sus nombres en vuestra memoria: García Herreros, Ruiz Padrón, Argüelles, Inguanzo, Muñoz Torrero… Algunos eran curas.

Viendo mundo, el más selecto mundo hispano, se me iban los meses en la grata y amenísima ciudad que me vio nacer, y nada digno de contarse me ocurrió hasta el 24 de septiembre, en que las obligaciones del servicio me llevaron a la isla de León.

Gran novedad, hermosa fiesta en la isla. Banderolas y gallardetes adornaban casas particulares y públicos edificios. Endomingada la gente, de gala los marinos y la tropa, de gala la naturaleza, todo respiraba júbilo. En el camino de Cádiz a la isla no cesaba el paso de diversa gente, en coche y a pie. Las clases todas de la sociedad concurrían a la fiesta. Vestía el poderoso comerciante su mejor paño; la elegante dama, su mejor seda, y los jóvenes artesanos, ataviados con sus pintorescos trajes, salpicaban de vivos colores la masa de la multitud. Movíanse en el aire los abanicos, reflejando en rápidos matices la luz del sol. En los rostros había tanto alborozo que la muchedumbre toda era una sonrisa, y no hacía falta que unos a otros se preguntasen a dónde iban, porque un zumbido perenne decía sin cesar: «¡A las Cortes, a las Cortes!».

Las calesas partían a cada instante. Los pobres iban a pie, con sus meriendas a la espalda y la guitarra pendiendo del hombro. Los chicos de la Caleta y la Viña no querían que la ceremonia estuviese privada del honor de su asistencia, y, arreglándose sus andrajos, emprendían con sus palitos al hombro el camino de la isla, dándose aire de un ejército en marcha, y entre sus chillidos y bufidos y algaraza se distinguía claramente el grito general: «¡A las Cortes, a las Cortes!».

Tronaban los cañones de los navíos fondeados en el puerto, y entre el blanco humo, las mil banderas semejaban fantásticas bandadas de pájaros de colores arremolinándose en torno a los mástiles. Los militares y marinos en tierra ostentaban plumachos en sus sombreros, cintas y veneras en sus pechos, orgullo y júbilo en los semblantes. Abrazábanse paisanos y militares, congratulándose de aquel día, que todos creían el primero de nuestro bienestar. Los hombres graves, los escritores y periodistas rebosaban satisfacción, dando y admitiendo plácemes por la aparición de aquella gran aurora, de aquella luz nueva, de aquella felicidad incógnita que todos nombraban con el grito placentero de: «¡Las Cortes, las Cortes!».

En la taberna del famoso Poenco, en «Puerta Tierra», menudeaban las libaciones en celebración del gran suceso. Los majos, contrabandistas, matones, chulos, jiferos y chalanes diferían sus querellas para que la majestad de tan gran día no se turbase con ataques a la paz, concordia y buena armonía entre los ciudadanos. Los mendigos abandonaron sus puestos, corriendo hacia la Cortadura, que se inundó de mancos, lisiados y cojos, ganosos de recoger abundante limosna, y enseñando sus llagas nos pedían en nombre de Dios y de la caridad, si no de aquella otra deidad nueva, santa y sublime, diciendo: «¡Por las Cortes, por las Cortes!».

Cuando llegué a la isla las calles estaban intransitables. En una de ellas la multitud se agolpaba para ver la cívica procesión. En los miradores apenas cabían los ramilletes de señoras; clamaban a voz en grito las campanas, gritaba el pueblo y se estrujaban hombres y mujeres contra las paredes, los chiquillos trepaban por las rejas y los soldados, formados en dos filas, pugnaban por dejar el paso franco a la comitiva.

Aquella no era una procesión de santas imágenes, ni de reyes y príncipes, cosa en verdad muy vista en España para que así llamara la atención: era el sencillo desfile de un centenar de hombres vestidos de negro, jóvenes unos, otros viejos, algunos sacerdotes, seglares los más. Precedíales el clero, con el cardenal Borbón de pontifical y los individuos de la regencia, y les seguía gran concurso de generales, consejeros de Castilla, próceres y gentilhombres.

La procesión venía de la iglesia mayor, donde se había dicho solemne misa y cantado un Te Deum. El pueblo no cesaba de gritar: «¡Viva la nación!, como pudiera gritar: ¡Viva el rey!», y un coro que se había colocado en cierto entarimado detrás de una esquina entonó el himno, muy laudable sin duda, pero muy malo como poesía y música, que decía:

Del tiempo borrascoso

que España está sufriendo,

va el horizonte viendo

alguna claridad.

La aurora son las Cortes,

que con sabios vocales

remediarán los males

dándonos libertad.

El músico había sido tan inhábil en la composición del discurso musical, y tan mal conocía el arte de las cadencias, que los cantantes se veían obligados a repetir cuatro veces que con sabios, que con sabios, etc. Pero esto no quita su mérito a la inocente alegría popular.

Encontré a un amigo, capitán como yo, que había logrado colarse en la iglesia de donde la procesión venía, y con cuatro rasgos me describió la ceremonia:

—Dijo una misa muy larga el cardenal narigudo; luego los regentes tomaron juramento a los procuradores, diciéndoles: «¿Juráis conservar la religión católica? ¿Juráis conservar la integridad de la nación española? ¿Juráis conservar en el trono a nuestro amado rey don Fernando? ¿Juráis desempeñar fielmente este cargo?». A lo cual ellos iban contestando que sí, que sí y que sí. Después echaron un golpe de órgano y canto llano, y se acabó.

Acompañando al amigo, que iba provisto de una boleta de pase, penetré en la cuna de las Cortes, acabaditas de nacer, o que en aquel instante nacían. La cuna era un mal teatro, habilitado para templo constituyente. No olvidaré nunca la impresión que en mí dejó el mezquino local, albergue o cuerpo de un alma tan grande. En el escenario, bajo un dosel entre telones campeaba el retrato de Fernando VII; ante él, un dorado sillón vuelto de espaldas, para indicar la presencia ideal y ausencia efectiva del soberano. A un lado y otro del sillón, que daba su reverso al público, se sentaban los señores regentes (obispo de Orense, Saavedra, Castaños, Escaño, Lardizábal); los procuradores ocupaban modestos bancos a un lado y a otro; en el centro, una mesa con tapete de damasco, cuadernillos de escribir y el consabido recado de escribir de los teatros, era el lugar de los secretarios que habían de redactar las cartas. Lunetas y palcos ocupaba el público elegante, y en el llamado «gallinero» cacareaba el verdadero gallo de la parlamentaria empolladura, el pueblo. Tal era el lugar donde las Cortes, acabadas de nacer, hicieron su primer pinito y lanzaron al mundo el primer quiero vivir.

Yo no asistí a la sesión memorable en que un buen cura (Muñoz Torrero) propuso y defendió las que habían de ser bases del edificio constitucional, a saber: la soberanía nacional, la separación de las tres potestades, legislativa, judicial y ejecutiva, la inviolabilidad del rey y de los diputados, la responsabilidad de los ministro, con otros particulares, que darían desde el primer día materia y cauce a los trabajos parlamentarios. Curas de aquel temple y de aquel saber de cosas de Derecho Político ya no se estilan. Yo conocía después a Muñoz Torrero en casa de mi doña Flora, y le admiré por su modestia y gravedad, por su ameno decir y firmes convicciones.

La segunda impresión de las Cortes la recibí en Cádiz, cuando del teatro de la isla se trasladaron a la iglesia de San Felipe Neri. Ocurrió la mudanza a fines de Febrero del año 11. Yo vi las primeras sesiones, y puedo asegurar que con el cambio de local tuvieron las Cortes más decoroso alojamiento. Tan bien apañado para su nuevo destino quedó el santuario filipense, que se le creyera hecho desde el cimiento para cámara deliberante. Andando los años, y mientras le hicieron casa propia, el Parlamento español fue peregrino que hospedaban alternativamente los teatros y las iglesias.

Aunque mis deberes militares y mi escaso entender de política me apartaban de San Felipe, con los ilustres varones constituyentes tenía yo bastante contacto en casa de la discreta doña Flora. Pero, válgame la verdad, mi afecto y simpatía íbanse del lado de los escritores y poetas, por puro platonismo y gusto de admirar, sin que me alentara la menor comezón de meterme a literato. Gustaba tan sólo de traer a mi espíritu las flores de la poesía, y de plática con los jardineros que gloriosamente las cultivaban. La amistad con que me honraron Martínez de la Rosa y Quintana vino a ser orgullo de toda mi vida.

Yo no estaba ya en Cádiz cuando los padres de la patria terminaron la grande obra de la Constitución, la primogénita de la serie que nos concedieron el Tiempo y la Historia en el curso del borrascoso siglo, más que todas sus hermanas adorada y bendecida, tanto como ellas zarandeada y maltrecha. Fue la del 12 una Constitución sincera, generosa y un poquito infantil, como hechura de los que eran sabios en cosas teóricas y niños en las prácticas. Tenía un brazo político demasiado ágil, y un brazo religioso completamente paralizado. En alguno de sus mandatos parecía un catecismo, porque ordenaba a los españoles que fuésemos justos y benéficos, revelando su filiación, por parte de madre, con el Catolicismo Romano, así como por parte de padre dejaba traslucir su parentesco con la Revolución francesa.

Pero con todas las incongruencias que le daba la mezcla de sangres diferentes, merece veneración y cariño, por haber sido la bandera de propaganda y sacrificio de los que años adelante lucharon y murieron por la libertad.

En 1811 fui incorporado al cuerpo de Ejército del general Blake, mandado por la Junta contra Suchet, dueño ya de Valencia. Desembarqué en Alicante, y me destinaron a la división de 2.000 hombres que marchó a las Cabrillas a unirse a la división del Segundo Ejército mandado por el Conde del Montijo. De las Cabrillas fuimos a Motilla del Palancar en tierra de Cuenca, donde nos batimos con la tropa francesa de D’Armagnac; pasamos luego a Huete. Como en aquel tiempo dieron las Cortes al Empecinado el mando de la quinta división del Segundo Ejército, mi batallón fue agregado a las fuerzas regidas por el célebre guerrillero, que en mayo de 1808 había salido de Aranda con un ejército de dos hombres, y en septiembre de 1811 llevaba consigo tres mil.

En abril del 12 quedé separado definitivamente de los guerrilleros y pasé al ejército llamado de Extremadura que a la sazón se hallaba en Fuenteaguinaldo, territorio de Salamanca. Todas mis ilusiones militares se cifraban, por aquellos días, en pertenecer al ejército aliado que a las órdenes del gran Wellington pugnaba contra el Imperio. Nuestra unión con Inglaterra nos aseguraba la igualdad de fuerzas frente a las nutridas huestes napoleónicas. El Lord, como comúnmente se le llamaba en toda España, gozaba de inmensa popularidad, y su pericia militar, su aplomo y las grandes virtudes y conocimientos estratégicos que en la guerra desplegaba eran garantía de un éxito feliz en todo lo que emprendiéramos bajo su mando. ¡Adelante con El Lord!

Yo había recibido el empleo de comandante en febrero del 12, y servía en la división que mandaba un Mariscal de Campo llamado Carlos d’Espagne, después Conde de España, de infausta memoria. Hasta entonces aquel joven francés, alistado en nuestros ejércitos desde 1792, no tenía celebridad, a pesar de haberse distinguido en las acciones de Barca del Puerto, de Tamames, del Fresno y de Medina del Campo. Era un excelente militar, muy bravo y fuerte; pero de carácter variable y díscolo. Digno de admiración en los combates, movían a risa o a cólera sus rarezas cuando no había enemigos delante. Tenía una figura poco simpática, y su fisonomía, compuesta casi exclusivamente de una nariz de cotorra y de unos ojazos pardos bajo cejas angulosas, revueltas movibles, y en las cuales cada pelo tenía la dirección que le parecía, revelaba un espíritu desconfiado y pasiones ardientes, ante las cuales el amigo y el subalterno debían ponerse en guardia.

Junto a este sujeto y no lejos del gran Wellington, me veréis pasar ahora del campo de la Legislación al de la Guerra, de Cádiz a Salamanca. En esta noble ciudad del estudio, Marte había desalojado a Minerva.

Arapiles

I

Fatigosas marchas, con no pocas desviaciones y cambios de ruta, nos llevaron a un pueblo llamado Dios-le-guarde, donde por primera vez vimos las tropas inglesas. Por el camino de Ciudad Rodrigo apareció falange numerosa de hombres vestidos de colorado, caballeros en ligerísimos corceles. Era la caballería de Cótton, de la división del general Graham. Llegaron hasta nosotros los jinetes rojos, a quienes saludamos con vivas al Lord y a Inglaterra, y el jefe de ellos, que hablaba español como Dios quería, cumplimentó a don Carlos España, diciéndole que Su Excelencia el señor Duque de Ciudad Rodrigo no tardaría en llegar a Sancti Espíritu. En dirección de este pueblo marchamos al instante; llegamos de noche; no se nos pudo facilitar alojamiento; hube de dormir al raso, y a la mañana siguiente, varios oficiales fuimos en busca de don Carlos España, y no hallándole en el suntuoso pajar donde le habíamos dejado la noche anterior, acudimos al alojamiento del Duque, ansiosos de saber si nos agregaríamos pronto al Cuartel General como era nuestro deseo.

Aposentábase lord Wellington en la casa-ayuntamiento, la única decorosa para tan insigne persona. Llenaban la plazoleta, el soportal, el vestíbulo y la escalera, multitud de oficiales de todas graduaciones, españoles, ingleses y lusitanos, que entraban, salían, formaban corrillos y bromeando unos con otros en amistosa intimidad, cual si todos perteneciesen a una misma familia. Subimos, y después de una hora de antesala, salió España y nos dijo:

—El General en Jefe pregunta si hay un oficial español que se atreva a entrar disfrazado en Salamanca para examinar los fuertes y las obras provisionales que ha hecho el enemigo en la muralla, y enterarse de si es grande o pequeña la guarnición, y abundantes o escasas las provisiones.

—Yo voy —dije resueltamente sin aguardar a que España concluyese.

—Tú —dijo España con la desdeñosa familiaridad que usaba hablando con sus oficiales—, ¿tú te atreves a emprender viaje tan arriesgado? Ten presente que es preciso atravesar las líneas enemigas, pues los franceses ocupan todas las aldeas del lado acá del Tormes. Luego has de penetrar en la ciudad, visitar los acantonamientos, sacar planos…

—Todo eso es para mí un juego, mi General. Entrar, salir, ver…, una diversión. Hágame vuecencia la merced de presentarme al señor Duque, diciéndole que estoy a sus órdenes para lo que desea.

—Tú eres un aturdido, Araceli, y no sirves para el caso —replicó don Carlos.

—Deme esa comisión y se verá si sirvo o no sirvo. Me vestiré de charro, entraré vendiendo hortalizas, carbón, teas… En fin, mi General —añadí con calor—, o me presenta vuecencia al Duque, o me presento yo solo.

—Vamos, vamos al momento —dijo España entrando conmigo en la sala.

Junto a una gran mesa colocada en el centro, estaba el Duque de Ciudad Rodrigo con otros tres generales examinando un plano del país, y tan profundamente atendían a las rayas, puntos y letras con que el geógrafo designara los accidentes del terreno, que no alzaron la cabeza para mirarnos. Hízome seña don Carlos España de que debíamos esperar… En silenciosa espectación permanecimos no sé cuánto tiempo, y por fin, Wellington levantó los ojos del mapa y nos miró. También yo le observé a él a mis anchas, gozoso de tener ante mi vista a una persona tan amada entonces por todos los españoles, y que tanta admiración me inspiraba a mí.

Era Wellesley bastante alto, de cabellos rubios y rostro encendido. Representaba cuarenta y cinco años, y ésta edad tenía, la misma que Napoleón, pues ambos nacieron en 1769, el uno en mayo y el otro en agosto. El sol de la India y el de España habían alterado la blancura de su color sajón. La nariz ostentaba un alto y huesudo caballete; la frente, resguardada de los rayos del sol por el sombrero, conservaba su blancura hermosa y serena como la de una estatua griega, revelando un pensamiento sin agitación y sin fiebre, una imaginación encadenada y gran facultad de ponderación y cálculo. Adornaba su cabeza un mechón de pelo o tupé que no usaban ciertamente las estatuas helénicas; pero que no caía mal, sirviendo de vértice a una mollera británica. Los grandes ojos azules del General miraban con frialdad, posándose vagamente sobre el objeto observado, y observaban sin aparente interés.

Su Excelencia me miró como he dicho, y don Carlos España dijo:

—Mi General, este joven desea desempeñar la comisión de que vuecencia me ha hablado hace poco. Yo respondo de su valor y de su lealtad; pero he intentado disuadirle de su empeño, porque no posee conocimientos facultativos.

Para esta comisión —dijo Wellington en castellano bastante correcto— se necesitan ciertos conocimientos.

Yo miré a España, y España me miró a mí. La cortedad no me acobardó, y sin encomendarme a Dios ni al Diablo dije:

—Mi general, es cierto que no estudié en ninguna academia, pero una larga práctica de la guerra en batallas, y, sobre todo, en sitios, me ha dado tal vez los conocimientos que vuecencia exige para esta comisión. Sé levantar un plano.

El duque, alzando de nuevo los ojos, habló así:

—En mi cuartel general hay oficiales facultativos; pero ningún inglés podría entrar en Salamanca, porque sería al instante descubierto por su rostro y por su lenguaje. Es preciso que vaya un español.

—Mi general, aunque en esta empresa existan todos los peligros, todas las dificultades imaginables, yo entraré en Salamanca, y volveré con las noticias que vuecencia desea.

Tranquila y sosegadamente lord Wellington me preguntó:

—Señor oficial, ¿dónde empezó usted su vida militar?

—En Trafalgar —contesté.

Cuando esta grandiosa y trágica voz resonó en la sala en medio del general silencio, todas las cabezas de las personas allí presentes se movieron como si perteneciesen a un solo cuerpo, y todos los ojos fijáronse en mí con vivísimo interés.

—¿Según eso, ha sido usted marino? —interrogó el duque.

—Asistí al combate a los catorce años de edad. Yo era amigo de un oficial que iba en el «Trinidad». La pérdida de la tripulación me obligó a tomar parte en la batalla.

—¿Y cuándo empezó usted a servir en la campaña contra los franceses?

—El 2 de mayo de 1808. Los franceses me fusilaron en la Moncloa. Salvéme milagrosamente; pero en mi cuerpo han quedado escritos los horrores de aquel tremendo día.

—¿Y desde entonces se alistó usted?

—Alistéme en los regimientos de voluntarios de Andalucía, y estuve en la batalla de Bailén.

—¡También en la batalla de Bailén!

—Sí, mi general: el 19 de julio de 1808. ¿Quiere vuecencia ver mi hoja de servicios, que comienza en dicha fecha?

—No, me basta —repuso Wellington—. ¿Y después?

—Volví a Madrid y tomé parte en la jornada del 3 de diciembre. Caí prisionero, y quisieron llevarme a Francia. Pero me escapé en Lerma, y fui a parar a Zaragoza en tan buena ocasión que alcancé el segundo sitio de aquella heroica ciudad.

—¿Todo el sitio? —dijo Wellington con creciente interés hacia mi persona.

—Todo, desde el 19 de diciembre hasta el 12 de febrero de 1809. Puedo dar a vuecencia noticia circunstanciada de las diversas peripecias de aquellos gloriosos hechos de armas.

—¿Y a qué ejército pasó usted luego?

—Al del Centro, y serví a las órdenes del duque del Parque. Pasé después a Cádiz; defendí durante tres días el castillo de San Lorenzo de Puntales. Luego me agregaron a la expedición del general Blake a Valencia, y durante cuatro meses serví a las órdenes del Empecinado en esa singular guerra de partidas en que tanto se aprende.

—¿También guerrillero? Veo que ha ganado usted bien sus grados. Irá usted a Salamanca, si así lo desea.

—Señor, lo deseo ardientemente.

—Bien —añadió el héroe de Talavera, fijando alternativamente la vista en mí y en el mapa—. Tiene usted que hacer lo siguiente: se dirigirá usted hoy mismo disfrazado a Salamanca. Forzosamente ha de pasar por entre las tropas de Marmont, que vigilan los caminos de Ledesma y Toro. Hay muchas probabilidades de que sea usted arcabuceado por espía, pero Dios protege a los valientes… Si logra penetrar en la plaza, sacará usted un croquis de las fortificaciones, examinando con la mayor atención los conventos que han sido convertidos en fuertes, los edificios demolidos, la artillería que defiende los aproches de la ciudad, el estado de la muralla, las obras de tierra y fagina, todo absolutamente, sin olvidar las provisiones que tiene el enemigo en sus almacenes.

—Mi general, comprendo bien lo que se desea, y espero contentar a vuecencia. ¿Cuándo debo partir?

—Ahora mismo. Estamos a doce leguas de Salamanca. Prepárese usted inmediatamente, y mañana martes podrá entrar en la ciudad. En todo el martes ha de desempeñar por completo esta comisión, saliendo el miércoles de madrugada para venir al cuartel general, que en dicho día estará seguramente en Bernuy. El mayor general del ejército entregará a usted la suma que necesite para la expedición.

—Corriente, mi general. El miércoles, a las doce, estaré en Bernuy.

—Adoro la puntualidad, y considero como origen del éxito en la guerra la exacta apreciación y distribución del tiempo.

—Eso quiere decir que si no estoy de vuelta el miércoles a las doce desagradaré a vuecencia.

—Y mucho. En el tiempo marcado puede hacerse lo que encargo. Dos horas para sacar el croquis; dos para visitar los fuertes, ofreciendo en venta a los soldados algún artículo que necesiten; cuatro para recorrer toda la población y sacar nota de los edificios demolidos; dos para vencer obstáculos imprevistos; media para descansar. Son diez horas y media del martes por el día. La primera mitad de la noche para estudiar el espíritu de la ciudad, lo que piensan de esta campaña la guarnición y el vecindario; una hora para dormir y lo restante para salir y ponerse fuera del alcance y de la vista del enemigo.

—A la orden de mi general —dije disponiéndome a salir.

Lord Wellington, el hombre más grande de la Gran Bretaña, el rival de Bonaparte, la esperanza de Europa, el vencedor de Talavera, de la Albuera, de Arroyomolinos y de Ciudad-Rodrigo, levantóse de su asiento, y con grave cortesanía y cordialidad, que inundó mi alma de orgullo, dióme la mano que estreché con gratitud entre las mías.

Salí a disponer mi viaje. Poco tarde en cambiar mi empaque de oficial del ejército por el del más rústico charro que vieron los campos salmantinos. Con mi calzón estrecho de paño pardo, mis medias negras y zapatos de vaca, con mi chaleco cuadrado, mi jubón de aldetas en la cintura y cuchillada en la sangría, y el sombrero de alas anchas y cintas colgantes que encajé en mi cabeza, estaba que ni pintado. Completaron mi equipo por el momento una cartera, que cosí dentro del jubón, con lo necesario para trazar algunas líneas, y el alma de la expedición, o sea, el dinero, que puse en la bolsa interna del cinto.

II

Para contaros, queridos niños, con todos sus pormenores y perendengues, las dificultades que hube de vencer en mi arriesgada misión necesitaría mayor espacio del que estas páginas me ofrecen, y embargaría más de lo regular vuestra atención con actos míos particulares que no creo dignos de la Historia. Mi primer cuidado fue procurarme una «carta de seguridad», sin la cual entrar en la plaza era lo mismo que ir a prisión segura, con quebrantamiento de huesos. Facilitóme la carta de un hijo suyo un charro llamado Baltasar Cipérez, que solía llevar víveres a la plaza, y con esto y un borriquillo cargado de diferentes hortalizas me colé dentro de la estudiosa Salamanca, llamada entre la gente escolar Roma la chica. Por algunas horas pude conservar mi atrevido incógnito; con astucia y donaire, exhibiendo mi “carta de seguridad», logré sortear los primeros peligros; mas llegó de improviso la mala suerte, y fui preso como espía y encerrado en lóbrega prisión.

Pero si Dios, al parecer, y como prueba, me dejaba entregado a las tribulaciones, no tardó en demostrarme después que miraba por mí, sacándome de las pavorosas trampas en que caía. Dígolo porque mi primer encierro fue en la torre de la Merced Calzada. Dejáronme solo mis carceleros; subí velozmente a lo más alto, y desde el recinto de las campanas contemplé toda la ciudad y las fortificaciones, que dibujé con trazo firme y breve. Hecho esto, y cuando los bribones que me guardaban quisieron llevarme preso a la comisaría de guerra, tuve bastante aplomo para burlarles graciosamente. Les convidé a beber; prestáronse a tomar las borracheras que quise administrarles; me hice pasar por un gran señor que se disfrazaba con fines de amoroso galanteo; ayudóme a esto una señorita inglesa, romántica y andariega, que yo había conocido en Sancti-Espíritu; cayeron en el engaño los aturdidos franceses, vencidos del vinazo y de mis sutiles fingimientos; escapé de sus uñas, y al caer en otras fui salvado por la misma estrafalaria inglesa, que en aquella novelesca jornada fue para mí emisaria de la Providencia.

Podría yo componer un libro con mis aventuras de aquel día, en que más de una vez me vi a dos dedos de la muerte. Mas la materia del libro condensaré en cortas líneas, diciéndoos que vi todo lo que quería ver, y allegué cuantos datos y conocimientos esperaba obtener por mi conducto el duque de Ciudad Rodrigo. Y cuando me hallaba en lo más empeñado de mis observaciones y de mis peligros supe y vi que los franceses evacuaban la ciudad, lo que no era para mí atenuante de mi arriesgada situación, sino más bien motivo de mayor cuidado, porque al salir Marmont con su ejército dejó en la plaza gobernador, guarnición y justicia que con bárbara celeridad castigaban el espionaje.

Para salir hube de valerme de un grupo de masones, con quienes por mi buena suerte tropecé en las últimas horas de la noche del martes. Los clandestinos sacerdotes o maestros de obras del Gran Arquitecto del Universo, con la cooperación de la miss, adoradora del misterio, de la leyenda y de todo lo anómalo y novelesco, me sacaron en la zaga de los franceses, compuesta de cantineros, mozas y toda la taifa perdularia y maleante que suele ser la extrema cola o rabillo envenenado de los ejércitos en marcha. ¡Oh, Dios misericordioso, parecíame que había vivido un siglo dentro de Salamanca, la ciudad de Minerva convertida en ciudad de Marte! Cuando me vi fuera de las temibles puertas creí que tomaba de la muerte a la vida.

Toda mi alma lanzaba este grito: «Ahora, Gabriel, al cuartel general». ¿Pero dónde estaba el cuartel general aliado?

Viendo que los franceses tomaban la dirección de Toro, me encaminé yo hacia mediodía buscando el Valmuza, riachuelo que corre a cuatro o cinco leguas de la capital. Marchaba a pie con toda la prisa que me permitían mi cansancio, la falta de sueño, las fatigas del alma, y a las ocho de la mañana entré en Aldea Tejada… Nada me aconteció digno de notarse hasta Tornadizos, donde encontré la vanguardia inglesa y varias partidas de don Julián Sánchez. Eran las diez de la mañana.

—Un caballo, señores, denme un caballo —les dije—. Si no, prepárense a oír al señor duque… ¿Dónde está el cuartel general? Creo que en Bernuy. Un caballo, pronto.

Al fin lo tuve, y lanzándolo a toda carrera, primero por el camino y después por trochas y veredas, a las doce menos cuarto estaba en el cuartel general. Vestí a toda prisa mi uniforme, informándome al mismo tiempo de la residencia de lord Wellington para presentarme a él al instante.

—El duque ha pasado por aquí hace un momento —me dijo Tribaldos—. Recorre el pueblo a pie.

Un momento después encontré en la plaza al señor duque, que volvía de su paseo. Conocióme al punto, y acercándome a él le dije:

—Tengo el honor de manifestar a vuecencia que vengo de Salamanca, y que traigo todos los datos y noticias que vuecencia desea.

—¿Todos? —dijo Wellington sin hacer demostración alguna de benevolencia ni de desagrado.

—Todos, mi general. El ejército francés ha evacuado ayer tarde la ciudad, dejando sólo ochocientos hombres.

Wellington miró al general portugués Troncoso, que a su lado venía. Sin comprender las palabras inglesas que se cruzaron, me pareció que habían previsto la salida de Marmont.

—Este es el plano de las fortificaciones que defienden el paso del puente —dije alargando el croquis que había sacado.

Tomólo Wellington, y después de examinarlo con profundísima atención preguntó:

—¿Está usted seguro de que hay piezas giratorias en el rebellín y ocho piezas comunes en el baluarte?

—Las he contado, mi general. El dibujo será imperfecto, pero no hay en él una sola línea que no sea representación de una obra enemiga.

—¡Oh, oh! Un foso desde San Vicente al Milagro —exclamó con asombro—. San Cayetano parece fortificación importante.

—Terrible, mi general.

—Y estas otras en la cabecera del puente…

—Que se unen a los fuertes por medio de estacadas en zig-zag.

—Está bien —dijo complacido, guardando el croquis—. Ha desempeñado usted su comisión satisfactoriamente.

—Estoy a las órdenes de mi general.

Fui luego al alojamiento de lord Wellington para darle cuenta de diversas particularidades que quería conocer relativas a conventos destruidos, a municiones, a víveres, al espíritu de la guarnición y del vecindario. Mis noticias recogía con atento interés, y a cuantas preguntas me hizo contesté informando de lo que yo sabía, y guardando reserva sobre lo que ignoraba. Entendí que estaba satisfecho de mi servicio y que un gran ánimo me dispensaba el honor de considerarme cumplidor del deber en circunstancias difíciles. Mi orgullo, mi honrada vanagloria por mi modesta colaboración en los planes del capitán inglés, eran mi mejor premio y el único que yo apetecía.

Aquella misma tarde partimos hacia Salamanca, llegando a la vista de ésta antes de anochecido. En la noche nos alejamos para pasar el Tormes por los vados del Canto y San Martín. Todos decíamos: «Mañana atacaremos los fuertes».

Al día siguiente, 20 de junio, muy de mañana se dejaron ver en los cerros del norte los cuarenta mil hombres de Marmont. Suspendimos el ataque a los fuertes e hicimos varios movimientos para tomar posiciones si el enemigo nos provocaba a trabar batalla. Mas pronto se conoció que Marmont no tenía ganas de lanzar su ejército contra nosotros, siendo su intento, al aproximarse, distraer las fuerzas sitiadoras, y tal vez introducir algún socorro en los fuertes. Pero Wellington persistía con tenacidad sajona en apoderarse de San Vicente y de San Cayetano, los dos formidables conventos arreglados para castillos por una irrisión de la historia.

Cuando se expugnaban los conventos convertidos en fuertes vimos que Marmont se alejaba hacia el norte, camino de Toro. En marchas y contramarchas transcurrieron dos o tres semanas, al cabo de las cuales nos encontramos otra vez en las inmediaciones de Salamanca. Aconteció que ambos ejércitos se movían paralelamente, los franceses sobre la izquierda, nosotros sobre la derecha, viéndonos muy bien a distancia de medio tiro de cañón y sin disparar un cartucho. No puede precisar mi memoria lugares ni fechas en los días de esta contradanza. Lo que tengo bien presente es que el 21 de julio por la tarde pasamos el Tormes. Los franceses, según todas las conjeturas, habían pasado el mismo río por Alba de Tormes, y se encontraban al parecer en los bosques que hay más allá de Cavarrasa de Arriba. Formamos nosotros una no muy extensa línea, cuya izquierda se apoyaba junto al vado de Santa Marta, y la derecha en el Arapil chico, junto al camino de Madrid. Una pequeña división inglesa con algunas tropas ligeras ocupaba el lugar de Cavarrasa de Abajo, punto el más avanzado de la línea anglo-hispana-portuguesa.

En el Arapil Chico estaba yo cuando vi venir hacia nosotros el Cuartel General. El Duque y su Estado Mayor echaron pie a tierra en la falda del cerro, dirigiendo sus miradas hacia Cavarrasa de Arriba. Llamó el Lord a los oficiales del regimiento de Ibernia, uno de los establecidos allí, y habiéndome presentado yo el primero, me dijo:

—¡M!… ¿Es usted el caballero Araceli?

—A la orden de Vuecencia, mi General.

Recordé entonces que al dar cuenta a Wellington de mi arriesgada comisión en Salamanca, le dije que mi mayor gloria sería servir directamente a sus órdenes. En la entrevista que ahora refiero vi claramente que el Duque tenía mejor memoria que yo. Volviéndose a uno de los que le acompañaban dijo así: «Brigadier Pack, en la ayudantía del 23 de línea, que está vacante, ponga usted a este joven español, que desea morir por Inglaterra».

—Por la gloria y el honor de la Gran Bretaña —exclamé, la mano en el pecho.

Dirigiéndose a su íntimo amigo don José Olawlor, el Duque le dijo: «Paréceme que Marmont se dispone para adelantársenos a ocupar mañana el Arapil Grande».

Manifestaba el General en Jefe cierta inquietud, y por largo rato su anteojo exploró los lejanos encinares y cerros hacia Levante. Poco se veía ya, porque vino la noche. Los cuerpos de ejército seguían moviéndose para ocupar las posiciones dispuestas por el General en Jefe, y me separé de mis compañeros de Ibernia y de la división española.

—Nosotros —me dijo España— vamos al lugar de Torres, a la extrema derecha de la línea, más bien para observar al enemigo que para atacarle. Entiendo que los Escoceses tratarán de ocupar mañana el Arapil Grande.

—La brigada Pack, a la cual desde hace un momento pertenezco, amanecerá mañana, con la ayuda de Dios, en la ermita de Santa María de la Peña, y después…

—Adiós, mi querido Araceli; pórtate bien.

—Adiós, mi querido General. Saludo a mis compañeros desde la cumbre del Arapil Grande.

III

¡El Arapil Grande! Era la mayor de aquellas dos esfinges de tierra, levantadas la una frente a la otra, mirándose y mirándonos. Entre las dos debía desarrollarse al día siguiente uno de los más sangrientos dramas del siglo, el verdadero prefacio de Waterloo, donde sonaron por última vez las trompas épicas del Imperio. A un lado y a otro del lugar llamado de Arapiles se elevaban los dos célebres cerros, pequeño el uno, grande el otro. El primero nos pertenecía; el segundo, a nadie pertenecía en la noche del 21. A nadie pertenecía, por lo mismo que era la presa más codiciada.

A la derecha del Arapil Grande, y más cerca de nuestra línea, estaba Huerta, y a la izquierda, en punto avanzado, formando el vértice de la cuña, Cavarrasa de Arriba. El de Abajo, mucho más distante, y a espaldas del Gran Arapil, estaba en poder de los franceses.

La noche era como de julio, serena y clara. Acampó la brigada Pack en un llano, para aguardar el día. Como no se permitía encender lumbre, los pobrecitos ingleses tuvieron que comer carne fría; pero las mujeres, que en esto eran auxiliares poderosos de la milicia británica, traían de Aldea Tejada y aun de Salamanca fiambres muy bien aderezados, que con el ron abundante devolvieron el alma a los desmadejados cuerpos. Gran martirio era para los highlanders que no se les consintiera en aquel sitio tocar la gaita entonando las melancólicas canciones de su país; y formaban animados corrillos, en los cuales me metí bonitamente, para tener el extraño placer de oírles sin entenderles. Erame en extremo agradable ver la conformidad y alegría de aquella gente, transportada tan lejos de su patria, sostenida en su deber y conducida al sacrificio por la fe de la patria misma… Un escocés fornido, alto, hermoso, de cabellos rubios como el oro y de mejillas sonrosadas como una doncella, levantóse al ver que me acercaba al corrillo, y en chapurrado lenguaje, mitad español, mitad portugués, me dijo:

—Señor oficial español, dignaos honrarnos aceptando este pedazo de carne y este vaso de ron, y brindemos a la salud de España y de la vieja Escocia.

—¡A la salud del Rey Jorge III! —exclamé yo.

Sonoros hurras me contestaron.

—El hombre muere y las naciones viven —dijo dirigiéndose a mí otro escocés que llevaba bajo el brazo el enorme pellejo henchido de una zampoña—. ¡Hurra por Inglaterra! ¡Qué importa morir! Un grano de arena que el viento lleva de aquí para allá, no significa nada en la superficie del mundo.

—¡Viva España!

—¡Viva lord Wellington! —grité yo.

Las mujeres lloraban, charlando por lo bajo. Su lenguaje, incomprensible para mí, me pareció un coro de pájaros picoteando alrededor del nido.

Los escoceses se distinguían por el pintoresco traje de cuadros rojos y negros, la pierna desnuda, las hermosas cabezas ossiánicas cubiertas con el sombrero de piel, y el cinto adornado con la guedeja que parecía cabellera, arrancada del cráneo del vencedor en las salvajes guerras septentrionales. Mezclábanse con ellos los ingleses, cuyas casacas rojas les hacían muy visibles a pesar de la obscuridad. Los oficiales, envueltos en capas blancas y cubiertos con los sombreritos picudos y emplumados, nada airosos por cierto, semejaban pájaros zancudos de anchas alas y movible cresta.

Con las primeras luces del día, la brigada se puso en marcha hacia el Arapil Grande. Pack distribuyó sus fuerzas, y las guerrillas se desplegaron. Los ojos de todos fijábanse en la ermita situada como a la mitad del cerro.

Subieron algunas columnas sin tropiezo alguno, y llegábamos como a cien varas de Santa María de la Peña, cuando la ondulación del terreno, descendiendo a nuestros ojos a medida que adelantábamos, nos dejó ver, primero, una línea de cabezas, luego una línea de bustos, después los cuerpos enteros. Eran los franceses. El sol naciente, que a espaldas de nuestros enemigos aparecía, nos deslumbraba, siendo causa de que los viésemos imperfectamente. Un murmullo lejano llegó a nuestros oídos… Rompióse el fuego. Las guerrillas lo sostenían, mientras algunos corrieron a ocupar la ermita.

A ésta precedía un patio, semejante a un cementerio. Entraron en él los ingleses; pero los imperiales, que se habían colado por el ábside, dominaron pronto lo principal del edificio con los anexos posteriores; así es que aún no habían forzado la puerta los nuestros, cuando ya les hacían fuego desde la espadaña de las campanas y desde la claraboya abierta sobre el pórtico.

El brigadier Pack, uno de los hombres más valientes, más serenos y más caballerosos que he conocido, arengó a los highlanders. A los míos hablé yo en español el lenguaje más apropiado a las circunstancias. Tengo la seguridad de que me entendieron.

El 23 de línea no había entrado en el patio, sino que flanqueaba la ermita por su izquierda, observando si venían más fuerzas francesas. En efecto, no tardó en aparecer otra columna enemiga. Esperarla, darle respiro, aparentar, siquiera fuese por un momento, que se le temía, habría sido renunciar de antemano a toda ventaja.

—¡A ellos! —grité a mi coronel.

¡All right! —exclamó éste.

Y el 23 de línea cayó como avalancha sobre la columna francesa. Trabóse un vivo combate cuerpo a cuerpo; vacilaron un poco nuestros ingleses, porque el empuje de los enemigos era terrible en el primer momento; pero tornando a cargar con aquella constancia imperturbable que si no es el heroísmo mismo, es lo que más se le parece, toda la ventaja estuvo pronto de nuestra parte. Retiráronse en desorden los imperiales, o, mejor dicho, variaron de táctica, dispersándose en pequeños grupos, mientras les venían refuerzos.

Realmente no debíamos envanecernos, pues ignorábamos la fuerza que podían enviar los franceses detrás de las anteriores. Veíamos enfrente el espeso bosque de Cavarrasa, y nadie sabía lo que se ocultaba bajo aquel manto de verdura. ¿Serán muchos, serán pocos? Mirábamos el bosque, y el obscuro ramaje de las encinas no nos decía nada. Era una masa enorme de verdura, un monstruo chato y horrible que se aplanaba en la tierra con la cabeza gacha y las alas extendidas, empollando quizás bajo ellas innumerables guerreros.

De pronto vimos que el monstruo se movía; que alzaba una de sus alas; que echaba de sí un enjambre de homúnculos, los cuales distinguíanse allá lejos al costado de la madre, pequeños como hormigas. Luego iban creciendo, íbanse acercando…; de pigmeos tornábanse en gigantes; lucían sus cascos; sus espadas semejaban rayos flamígeros; subían en ademán amenazador columna tras columna, hombre tras hombre.

Con la presteza del buen táctico, Pack, sin abandonar el asedio de la ermita, nos mandó más gente y esperamos tranquilos. El bosque seguía vomitando gente.

—Es preciso combatir a la defensiva —dijo el coronel.

—A la defensiva, sí. ¡Viva Inglaterra!

—¡Viva el Emperador! —repitieron los ecos lejanos.

—¡Ingleses, Inglaterra os mira!

El clamor que antes nos contestara de lejos diciendo «¡Viva el Emperador!» resonó con más fuerza. El animal se acercaba y su feroz bramido infundía zozobra…

Ocupáronse al instante unas casas viejas y unos tejares que había como a sesenta varas a un lado y otro de la ermita, estableciéndose imaginaria línea defensiva, cuyo único apoyo material era una depresión del terreno, una especie de zanja sin profundidad, que parecía marcar el linde entre dos heredades. Pack dispuso sus fuerzas a la defensiva; con ojo admirable y rápido se hizo cargo de todos los accidentes del terreno, de las suaves ondulaciones del cerro por aquella parte, del peñón aislado, del árbol solitario, de la tapia ruinosa, y todo lo aprovechó.

Llegaron los franceses. Nos miraban desde lejos con recelo, nos olían, nos escuchaban.

¿Habéis visto a la cigüeña alargar el cuello a un lado y otro, de tal modo que no se sabe si mira o si oye, sostenerse en un pie, alzando el otro con intento de no fijarlo en tierra hasta no hallar suelo seguro? Pues así se acercaban los franceses… Instantáneamente la cigüeña puso los dos pies en tierra. Estaba en terreno firme. Sonaron mil tiros a la vez, y se nos vino encima una oleada humana compuesta de bayonetas, de gritos, de patadas, de ferocidades sin nombre.

Yo había visto cosas admirables en soldados españoles y franceses tratándose de atacar; pero no había visto nada comparable a los ingleses tratando de resistir. Yo no había visto que las columnas se dejaran acuchillar. El viejo tronco inerte no recibe con tanta paciencia el golpe de la segur que lo corta, como aquellos hombres la bayoneta que los destrozaba. Había gente para todo: para morir resistiendo y para matar empujando. Por momentos parecía que les rechazábamos definitivamente; pero el bosque, sacando de debajo de su plumaje nuevas empolladuras de gente, nos ponía en desventaja numérica.

La mortandad era grande por un lado y por otro, más por el nuestro, y a tanto llegó, que nos vimos en gran apuro para retirar los muchos muertos y heridos que imposibilitaban los movimientos. El contrapeso sostenido a fuerza de arrojo no podía durar mucho. Que los franceses enviasen gente; que, por el contrario, las enviase Wellington, y la cuestión había de decidirse pronto; que la enviasen los dos al mismo tiempo, y entonces… sólo Dios sabía el resultado.

El brigadier Pack me llamó, diciéndome:

—Corred al Cuartel General y decid al lord lo que pasa.

Monté a caballo, y a todo escape me dirigí al Cuartel General. Cuando bajaba la pendiente en dirección a las líneas del ejército aliado, distinguí las masas del ejército francés moviéndose sin cesar; pero entre el centro de uno y otro ejército no se disparaba aún ni un solo tiro. Todo el interés estaba todavía en aquella apartada escena del Arapil Grande; en aquello que parecía un detalle insignificante, un capricho del genio militar que a la sazón meditaba la batalla decisiva. Los jefes, todos en pie sobre las elevaciones del terreno, sobre los carros de municiones y aun sobre las cureñas, observaban, ayudados de sus anteojos, la pericia del Arapil Grande, junto a la ermita.

—¿Por qué toda esta gente no corre a ayudar al brigadier Pack? —me preguntaba yo lleno de confusiones.

Era que ni Wellington ni Marmont querían aparentar gran deseo de ocupar el Arapil Grande, por lo mismo que uno y otro consideraban aquella posición como la clave de la batalla. Marmont fingía movimientos diversos para desconcertar a su enemigo; luego afectaba retirarse como si no quisiera librar batalla, y en tanto Wellington, quieto, inmutable, sereno, atento, vigilante, permanecía en su puesto observando al francés, y sostenía con poderosa mano las mil riendas de aquel ejército que quería lanzarse antes de tiempo.

Marmont quería engañar a Wellington; pero Wellington no sólo quería engañar, sino que estaba engañando a Marmont. Fingiendo no hacer caso del Arapil Grande, colocaba bastantes tropas en la derecha del Tormes para hacer creer que allí quería poner todo el interés de la batalla. En tanto, tenía dispuestas fuerzas enormes para un caso de apuro en el gran cerro. Pero ese caso de apuro, según él, no había llegado todavía, ni llegaría mientras hubiera carne viva en Santa María de la Peña. Eran las diez de la mañana. Cuando llegué al Cuartel General vi a Wellington a caballo, rodeado de multitud de generales. Antes de acercarme a él, ya había dicho yo expresivamente con el gesto, con la mirada:

—No se puede.

—¿Qué no se puede? —preguntó con calma imperturbable, después que verbalmente le manifesté lo que allá pasaba.

—Dominar el Arapil Grande.

—Yo no he mandado a Pack que dominara el Arapil Grande, porque es imposible —replicó—. Los franceses están muy cerca, y desde ayer tienen hechos mil preparativos para disputarnos esa posición, aunque lo disimulan.

—Entonces…

—Yo he mandado a Pack que impidiese al enemigo establecerse allí definitivamente. ¿Se establecerán? ¿No existen ya el 23 de línea, ni el 3.° de cazadores, ni el 7.° de highlanders?

—Existen… un poco todavía, mi General.

—Con las fuerzas que han ido después basta para el objeto, que es resistir, nada más que resistir… No creo que falte gente para entretener al enemigo unas cuantas horas.

—En efecto, mi General —dije—. Por muy aprisa que se mueran, ochocientos cuerpos dan mucho de sí.

Cuando esto decía, atendiendo más a las lejanas líneas enemigas que a mí, observé en él un movimiento súbito; volvióse al general Alava, que estaba a su lado, y dijo:

—Esto cambia de repente. Los franceses extienden demasiado su línea. Su derecha quiere envolverme…

Hacia el Tormes se extendía formidable masa de franceses, dejando un claro bastante notable entre ella y Cavarrasa. Era necesario ser ciego para no comprender que por aquel claro, por aquella juntura, iba a introducir hasta la empuñadura su terrible espada el genio del ejército aliado.

IV

El Cuartel General retrocedió; diéronse órdenes, corrieron los oficiales de un lado para otro, resonó un murmullo elocuente en todo el ejército. Sin esperar a más, corrí al Arapil para anunciar que todo cambiaba.

Las órdenes, transmitidas con rapidez increíble, llevaban en sí el pensamiento del General en Jefe. Todos lo adivinamos con la penetración de las multitudes guerreras. El plan era precipitar el centro contra el claro de la línea enemiga, y al mismo tiempo arrojar sobre el Arapil Grande toda la fuerza de la derecha, que hasta entonces había permanecido en el llano en actitud expectante.

Hallábame cerca del lugar de partida cuando un estrépito horrible hirió mis oídos. Era la artillería de la izquierda enemiga, que tronaba contra el gran cerro. Nuestra derecha, compuesta de valientes batallones, subía en el mismo instante a sacar de su aprieto a los incomparables highlanders, 23 de línea y 3.° de ligeros, cuyas proezas he descrito.

Pasé por entre la quinta división, al mando del General Leith, que desde el pueblo de Arapiles marchaba al cerro; pasé por entre la tercera división, donde estaban la caballería del General d’Urban y los dragones del décimocuarto regimiento, que iban en cuatro columnas a envolver la izquierda del enemigo en la famosa altura; y vi desde lejos la brigada del general Bradford, la de Cole y la caballería de Stapleton Cotton, que marchaban en otra dirección contra el centro enemigo; distinguí asimismo a lo lejos a mis compañeros de la división española formando parte de la reserva mandada por Hope.

Los franceses, desde el momento en que creyeron oportuno no disimular su pensamiento, aparecieron por distintos puntos y ocuparon la parte más alta y sitios eminentes, amenazando en todos ellos las escasas fuerzas que operaban allí desde la mañana. La primera división que rompió el fuego contra el enemigo fue la de Packenham, que intentó subir y subió por la vertiente que cae al pueblo. Sostúvole la caballería portuguesa de Urban.

Cuando llegué a las inmediaciones de la ermita, el brigadier Pack no había perdido una línea de sus anteriores posiciones; pero sus bravos regimientos estaban reducidos a menos de la mitad. El general Leith acababa de llegar con la quinta división, y el aspecto de las cosas cambió completamente.

Pero no había tiempo que perder. Era preciso arrojar hombres y más hombres sobre aquel montón de tierra; era preciso echar a los franceses de Santa María de la Peña, y después seguir subiendo, subiendo hasta plantar los pabellones ingleses en lo más alto del Arapil Grande.

—El refuerzo ha venido casi antes que la contestación —dije al brigadier Pack—. ¿Qué debo hacer?

—Tomar el mando del 23 de línea, que ha quedado sin jefes. ¡Y arriba, siempre arriba!

Los franceses parecían no dar ya gran importancia a Santa María de la Peña, y coronaron la altura. Las columnas, escalonadas con gran arte, nos esperaban a pie firme. Allí no había posibilidad de destrozarlas con la caballería, ni de hacerles gran daño con los cañones, situados a mucha distancia. Era forzoso subir a pecho descubierto y echarles de allí, como Dios nos diera a entender.

Tocó al 23 de línea la gloria de avanzar el primero contra las inmóviles columnas francesas que ocupaban la altura. ¡Espantoso momento! La escalera, señores, era terrible, y en cada uno de sus fúnebres peldaños, el soldado se admiraba de encontrarse con vida. Si en vez de subir, bajase, aquélla sería la escalera del infierno. Y, sin embargo, las tropas de Pack y de Leith subían. ¿Cómo? No lo sé.

Al referir lo que allí pasó, no me es posible precisar los movimientos de cada batallón, ni las órdenes de cada jefe, ni lo que cada cual hacía dentro de su esfera. La imaginación conserva con caracteres indelebles y pavorosos lo principal; lo accesorio, no; y lo principal era entonces que subíamos empujados por una fuerza irresistible, por no sé qué manos poderosas que se adherían a nuestra espalda.

Los primeros escalones no ofrecieron gran dificultad. Moría mucha gente; pero se subía. Inútil es decir que todos los jefes habían dejado sus caballos; y unos detrás, otros a la cabeza de las líneas, llevaban, por decirlo así, de la mano a los obedientes soldados. Un orden preciso en medio de las muertes, un paso seguro, un aplomo sin igual regimentando la cruenta lucha, impedían que los estragos fuesen excesivos.

Era necesario aprovechar los intervalos en que el enemigo cargaba los fusiles para correr nosotros a la bayoneta. Teníamos en contra nuestra el cansancio, pues si en algunos sitios la inclinación del terreno era poco más que rampa, en otros era regular cuesta. Los franceses, reposados, satisfechos y seguros de su posición, nos abrasaban a fuego certero y nos recibían a bayoneta limpia. A veces, una columna nuestra lograba, con su constancia abrumadora, abrirse paso por encima de los cadáveres de los enemigos; mas para esto se necesitaba duplicar y triplicar los empujes, duplicar y triplicar los muertos, y el resultado no correspondía a la inmensidad del esfuerzo.

Mas al fin llegó un momento terrible; un momento en que las columnas subían y morían; en que la mucha gente que se lanzaba por aquel talud, destrozada, diezmada, sintiéndose mermar a cada paso, entendió que su descomunal esfuerzo no traía gran ventaja. Tras las columnas francesas arrolladas aparecían otras. Nos acercábamos a la cumbre, y aquel cráter superior vomitaba soldados. Se ignoraba de dónde podía salir tanta tropa, y era que la meseta del cerro tenía cabida para un ejército. Llegó, pues, un instante en que vimos venir sobre nosotros la cima del cerro mismo, una monstruosidad horrenda que esgrimía mil bayonetas y apuntaba con miles de cañones de fusil. El pánico se apoderó de todos; no aquel pánico nervioso que obliga a correr, sino una angustia soberana y grave que quita toda esperanza, dando resignación. Era imposible, de todo punto imposible, seguir subiendo.

Pero bajar era el punto difícil. Nada más fácil si se dejaban acuchillar por los franceses, resignándose a rodar sobre la tierra vivos o moribundos. Una retirada en declive paso a paso y dando al enemigo cada palmo de terreno con tanta parsimonia como se la quitó es el colmo de la dificultad. Pack bramaba de ira, y la sangre agolpada en la carnaza de su rostro, parecía querer brotar por cada poro. Daba órdenes con ronca voz; pero sus órdenes no se oían ya. Esgrimía la espada acuchillando al cielo.

Había llegado la ocasión de que muriese estoicamente uno para resguardar con su cuerpo al que daba un paso atrás. De este modo se salvaba la mitad de la carne. Las columnas se escalonaban con arte admirable; el fuego era más vivo, y cada vez que descendía de lo alto desgajándose uno de aquellos pesados aludes, creeríase que todo había concluido. Así fuimos cediendo lentamente para el terreno, hasta que los imperiales dejaron de atacarnos. Habían llegado a un punto en que el cañón inglés les molestaba enormemente, y además los progresos de Packenham por el flanco del Grande Arapil les desconcertó. Reconcentráronse y aguardaron.

En tanto, por otro lado ocurrían sucesos admirables y gloriosos. El general Cole destrozaba el centro francés. La caballería de Stapleton Cotton, penetrando por entre las descompuestas filas, daba una de las cargas más brillantes, más sublimes y al mismo tiempo más horrorosas que pueden verse. Desde la posición a que nos retiramos, no avergonzados, pero sí humillados, distinguíamos a lo lejos aquella admirable función. Las falanges de caballos, los más ligeros, los más vivos, los más guerreros que pueden verse, penetraban como inmensas culebras por entre la infantería francesa. Los golpes de los caballos ofrecían a la vista un salpicar continuo de pequeños rayos, menuda lluvia de acero que destrozaba pechos, aniquilaba gente, atropellaba y deshacía como el huracán. Los gritos de los jinetes, el brillo de sus cascos, el relinchar de los corceles que regocijaban en aquella fiesta sangrienta sus brutales, imperfectas almas, ofrecían espectáculo aterrador.

Los escuadrones de Stapleton Cotton, como he dicho, realizaban el gran prodigio de aquella batalla. En vano los franceses alcanzaban algunas ventajas por otro lado; en vano habían logrado apoderarse de algunas casas del pueblo de Arapiles. Precisamente cuando el enemigo creía ganar terreno poseyendo parte del pueblo, la caballería de Cotton penetraba como un gran puñal en el corazón del ejército imperial. Viose el gran cuerpo partido en dos, crujiendo y estallando al violento roce de la poderosa cuña. Todo cedía ante ella: fuerza, previsión, pericia, valor, arrojo. Los miles de corazas daban idea del testudo romano; pero aquella inmensa tortuga con conchas de acero tenía la ligereza del reptil, millares de patas y millares de bocas para gritar y morder. Sus dentelladas ensanchaban el agujero en que se había metido; todo caía ante ella. Gimieron con espanto los batallones enemigos. Corrió Marmont a poner orden, y una bala de cañón le quitó el brazo derecho. Corrió luego Bonnet a sustituirle, y cayó también. Ferey, Thomieres y Desgraviers, generales ilustres, perecieron con millares de soldados.

V

La tremenda carga de la caballería había variado la situación de las cosas. Leith se apareció de nuevo entre nosotros, acompañado del brigadier Spry. En sus semblantes, en sus gestos, lo mismo que en las vociferaciones de Pack, comprendí que se preparaba un nuevo ataque al cerro. La situación del enemigo era ya mucho menos favorable que anteriormente, porque las ventajas obtenidas en nuestro centro con el avance de la caballería y los progresos del general Cole modificaban completamente el aspecto de la batalla. Packenham, después de rechazarles del pueblo, les apretaba bastante por la falda oriental del cerro, de modo que estaban expuestos a sufrir las consecuencias de un movimiento envolvente.

Los franceses, reconcentrándose en sus posiciones de la ermita para arriba, esperaban con imponente actitud. Sonó el tiroteo por diversos puntos; las columnas marcharon en silencio. Ya conocíamos el terreno, el enemigo y los tropiezos de aquella ascensión. Como antes, los franceses desgajáronse con ímpetu amenazador sobre Packenham y sobre Leith, atacando con tanto coraje, que era preciso ser inglés para resistirlo. Los dos ejércitos se clavaban mutuamente las uñas, desgarrándose. Arroyos de sangre surcaban el suelo.

Observábamos los claros del suelo ensangrentado, cubierto de cadáveres, y lejos de desmayar ante aquel espectáculo terrible, reproducíamos con doble furia los mismos choques. Lanzábame yo a los mismos delirios que veía en los demás, olvidado de todo, sintiendo (y esto es evidente) como una segunda, o, mejor dicho, una nueva alma, que no existía sino para regocijarse en aquellas ferocidades sin nombre; una nueva alma, sí, en cuyas potencias irritadas se borraba toda memoria de lo pasado, toda idea extraña al frenesí en que estaba metida. Bramaba como los highlanders, y, ¡cosa extraordinaria!, en aquella ocasión yo hablaba inglés. Ni antes ni después supe una palabra de ese lenguaje; pero es lo cierto que cuanto aullé en la batalla me lo entendían los ingleses, y a mi vez les entendía yo.

El poderoso esfuerzo de los escoceses desconcertó las líneas imperiales, precisamente en el momento en que llegó a nuestro campo la división de Clinton, que hasta entonces había estado en la reserva. Desde aquel momento vimos que las horribles filas de franceses se mantuvieron inactivas, aunque firmes. Poco después las vimos replegarse, sin dejar de hacer un fuego muy vivo. A pesar de esto, los ingleses no se lanzaban sobre ellos. Corrió algún tiempo más, y observamos que las tropas que ocupaban lo alto del cerro lo abandonaban despacio, resguardados por el frente, que seguía haciendo fuego.

No sé si dieron órdenes para ello; lo que sé es que súbitamente los regimientos británicos, que en distintos puntos ocupaban la pendiente, avanzaron hacia arriba con calma, sin precipitación. Caía la tarde, el centro del ejército enemigo estaba derrotado, su izquierda hacia el Tormes también, de modo que les era imposible defender la disputada altura. Francia empezaba a retirarse.

El espectáculo de las considerables fuerzas que se retiraban casi ilesas y tranquilamente nos impulsó a cargar con más brío sobre ellos, y al cabo, tanto se golpeó y machacó en la infortunada línea francesa, que la vimos agrietarse, romperse, desmenuzarse, y en sus innúmeros claros penetraron el puño y la garra del vencedor para no dejar nada con vida.

Venía la noche; iba obscureciéndose lentamente el paisaje. Los desparramados grupos del ejército napoleónico, rayas fugaces que serpenteaban en el suelo a lo lejos, se desvanecían absorbidos por la tierra y los bosques, entre la triste música de los roncos tambores. Estos y la algaraza cercana y el ruido del cañón, que aún cantaba las últimas lúgubres estrofas del poema, producían un estrépito loco que desvanecía el cerebro. El soldado veía llegada la ocasión de las proezas individuales, para lo cual no se necesita de los jefes. Todo estaba ya reducido a ver quién mataba más enemigos en fuga, quién cogía más prisioneros, quién podía echar la zarpa a un general, quién lograba poner la mano en una de aquellas veneradas águilas que se habían pavoneado orgullosas por toda Europa, desde Berlín hasta Lisboa.

El rugido que atronó los espacios cuando el vencedor, lleno de ira y sediento de venganza, se precipitó sobre el vencido para ahogarle, no es susceptible de descripción. Ciegos y locos, nos arrojábamos dentro de aquel volcán de rabia. Nos confundíamos con ellos: unos eran desarmados, otros tendían a sus pies al atrevido que intentaba cogerles prisioneros; cuál moría matando, cuál se dejaba atrapar estoicamente.

Para coger prisioneros, se destrozaba todo lo que se podía en la vida del enemigo. Con unos cuantos portugueses e ingleses me interné más de lo conveniente tal vez en el seno de la desconcertada y fugitiva infantería enemiga. Por todos lados presenciaba luchas insanas, y oía los vocablos más insultantes de aquellas dos lenguas que peleaban con sus injurias como los hombres con las armas. El torbellino, la espiral me llevaba consigo, ignorante yo de lo que hacía. El alma no conservaba más conocimiento de sí misma que un anhelo vivísimo de matar algo. En aquella confusión de gritos, de brazos alzados, de semblantes infernales, de ojos desfigurados por la pasión, vi un águila dorada puesta en la punta de un palo, donde se enrollaba inmundo trapo, una arpillera sin color, cual si con ella se hubieran fregado todos los platos de la mesa de todos los reyes europeos. Devoré con los ojos aquel harapo, que, en una de las oscilaciones de la turba, fue desplegada por el viento y mostró una «N» que había sido de oro y se dibujaba sobre tres fajas cuyo matiz era un pastel de tierra, de sangre, de lodo y de polvo. Todo el ejército de Bonaparte se había limpiado el sudor de mil combates con aquel pañuelo agujereado que ya no tenía forma ni color.

Yo vi aquel glorioso signo de guerra a una distancia como de cinco varas. Yo no sé lo que pasó; yo no sé si la bandera vino hasta mí, o si yo corrí hacia ella. Si creyese en milagros creería que mi brazo derecho se alargó cinco varas, porque, sin saber cómo, yo agarré el palo de la bandera y lo así tan fuertemente, que mi mano se pegó a él y lo sacudió y quiso arrancarlo de donde estaba. Tales momentos no caben dentro de la apreciación de los sentidos… Me vi rodeado de gente: caían, rodaban, unos muriendo, otros defendiéndose. Hice esfuerzos para arrancar el asta, y una voz gritó en francés: «Tómala».

En el mismo segundo una pistola se disparó sobre mí. Una bayoneta penetró en mi carne. Ante mí apareció una figura lívida, un rostro cubierto de sangre, unos ojos que despedían fuego, unas garras que hacían presa en el asta de la bandera, y una contraída boca que quería comerse águila, trapo y asta, comerme también a mí. Decir cuánto odio me inspiró aquel monstruo es imposible: nos miramos un rato y luego forcejeamos. El cayó de rodillas: una de sus piernas no era pierna, sino un pedazo de carne. Pugné por arrancar de sus manos la insignia. Alguien vino en auxilio mío, y alguien le ayudó a él. Me hirieron de nuevo, me encendí en ira más salvaje aún, y estreché a la bestia apretándola contra el suelo con mis rodillas. Con ambas manos agarraba ambas cosas, el palo de la bandera y la espada. Pero esto no podía durar, y mi mano derecha se quedó sólo con la espada. Creí perder la bandera; pero el acero empujado por mí se hundía más cada vez en una blandura inexplicable, y un hilo de sangre vino derecho a mi rostro como una aguja. La bandera quedó en mi poder; pero de aquel cuerpo que se revolvía bajo el mío surgieron al modo de antenas, garras, o no sé qué tentáculo rabioso y pegajoso, y una boca se precipitó sobre mí clavando sus agudos dientes en mi brazo con tanta fuerza, que lancé un grito de dolor.

Caí abrazado y constreñido por aquel dragón, pues dragón me parecía. Me sentí apretado por él, y rodamos por no sé qué declives de tierra, entre mil cuerpos, los unos muertos e inertes, los otros vivos y que corrían. Yo no vi más: sólo sentí que en aquel rodar veloz llevaba el águila fuertemente cogida en mis brazos. La boca terrible del monstruo apretaba cada vez más mi brazo, y me llevaba consigo, los dos envueltos, confundidos, el uno sobre el otro y contra el otro, bajo mil patas que nos pisaban, entre la tierra que nos cegaba los ojos, entre una obscuridad tenebrosa, entre un zumbido tan grande, como si todo el mundo fuese un solo abejón; con todos los síntomas confusos de haberme convertido en constelación, en una criatura circunvaladora, en la cual todos los miembros, todas las entrañas, toda la carne y sangre y nervios daban vueltas infinitas y vertiginosas alrededor del ardiente cerebro.

Yo no sé cuánto tiempo estuve rodando… Yo no sé cuándo paré; lo que sé es que el monstruo no dejaba de formar conmigo una sola persona, ni su feroz boca de morderme… Lo que también sé es que el águila seguía sobre mi pecho: yo la sentía. Sentía el asta cual si la tuviera clavada en mis entrañas. Mi pensamiento se hacía cargo de todo con extravío y delirio, porque él mismo era una luz ardiente que caía no sé de dónde, y en la inapreciable velocidad de su carrera describía una raya de fuego, una línea sin fin, que… tampoco sé a dónde iba. ¡Tormento mayor no lo experimenté jamás!… Mi tormento tuvo fin cuando perdía toda noción de existencia. La batalla de los Arapiles concluyó, al menos para mí.

VI

«Dejadme morir, dejadme dormir, dejadme soñar…». Esto decía yo a las buenas almas que tomaron a su cargo la magna función caritativa de arrancarme de las negras manos de la muerte para tomarme a la vida. Mi cuerpo acribillado y mi cráneo lleno de fieros golpes se oponían enérgicamente a mi resurrección. Por ésta luchaban heroicas mujeres, empleando los recursos físicos y espirituales más poderosos. Mi delirio febril primero, mis despejados sentidos después, me permitieron apreciar la presencia de las dos naturalezas, humana y angélica… Al deciros esto, traigo nuevamente a mi particular historia el Cuento de Hadas que os entretuvo brevemente al oír mis relatos del 2 de Mayo y Bailén. El cuento no resultó al fin tan fantástico como pudisteis creer. Sus vagas tintas azuladas y opalinas hubieron de trocarse en reales de cosa viviente.

Pero como ello no es historia, os ruego que no me tengáis por soñador, y que apreciéis la reaparición de la Princesita como fábula más ingeniosa que verdadera. Y si corriendo y volando en el imaginar, llegáis a sostener que la tal Princesita después de resucitarme, tuvo la dignación de consentir en ser mi esposa, no diré una sola palabra para desmentiros.

Resucité, pues, en Salamanca; fui ascendido a teniente coronel; continué mi carrera, peleando contra el Imperio, hasta que definitivamente le arrojamos de España con la acción de Vitoria (1813), que no puedo referiros por falta de espacio. Nuevos adelantos obtuve en mi carrera, debidos entonces a mis leales servicios, y el apoyo de la familia ilustre a la cual me unieron mis sagrados vínculos con la Princesita.

Las hadas seguían favoreciéndome; mas al llegar a la felicidad, abandoné los ásperos trajines de la guerra. El amigo Marte y yo no hacíamos ya buenas migas. Me retiré cuando me hallaba a las puertas del generalato. Registré mi alma buscando la ambición, y vi que se había transformado, y que, arrojadas la máscara y vestidura heroicas, convertíase en vulgar anhelo de la paz obscura. Amorosa y risueña, me incitaba a ser lo que soy, el perfecto ciudadano español.


Publicado el 24 de mayo de 2018 por Edu Robsy.
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