Andrómeda

Benjamín Jarnés


Cuento



A Antonio Espina

I

Una hora tardó Julio en aplicar a las enmarañadas vibraciones, de que estaba elaborado el silencio de la noche, su sencillo método de clasificación. Las dividió, primero, en dos grandes grupos: agradables y desagradables, como las comedias de Bernard Shaw. Después, hizo de ellas tres porciones, por razón de su origen: terrestres, acuáticas y aéreas —ya que nunca logró percibir la música estelar—. Luego, hizo pasar aquel silencio, bien desmenuzado, por una tirana criba. Era urgente depurar la noche, tan turbia, corregir aquella indisciplina de masas vibratorias, romper aquella espesa malla de resonancias. El ruido y el sonido dialogaban en lamentable camaradería. Era inexplicable que la noche pudiese ejecutar entonces su himno ritual al Creador. Quizá se divertía en templar los instrumentos, se solazaba en algún intermedio del Te Deum universal.

Julio comenzó a eliminar ecos falsos. Tres hileras de cañas, clavadas a lo largo de una acequia, producían, al rozarse, un voluptuoso cuchicheo de amantes verlainianos. Dos ramas secas repetían, al chocar, un crujido de huesos, ya ensayado en el capítulo XXXVII de Ezequiel. La acequia desarrollaba su tema tradicional, dejándose punzar por las saetillas verdes de las ramas, hasta sumirse en una larga alberca, donde al otoño comenzaría su curso anual de equilibrismo nocturno una fila de grullas.

Cribados los ruidos aprendidos en la literatura, quedaban otros, originales, de más difícil clasificación. Un cuarteto de mastines se había lanzado a ganar, frenéticamente, el primer premio en un concurso de ladridos.

Una sola corneja reeditaba su monótona emisión de silbidos, que anunciaban un gran avance de la noche. Por un camino provisional, abierto por los carros de las mieses, se deslizaba el impertinente chirrido del alcarabán. Un escuadrón de grillos había distribuido por todos los surcos del campo esa catarata de mordentes que suele invadir el papel pautado de todo músico popular.

Julio daba fin a su tarea de selección. A un lado, los ecos eruditos, los retóricos; a otro, los auténticos, los espontáneos. Pero quedaban por clasificar dos murmullos: una suerte de rápido maullido —él no conocía bien el idioma del mochuelo— y un quejido dudoso, que pudiera ser de cabritillo primal abandonado. Éste partía de algún punto muy lejano de la carretera. El primero se repetía periódicamente, y reunía todos los caracteres de fenómeno de vitalidad normal. En el segundo se advertían inflexiones patéticas. Además, se producía irregularmente. Podía catalogarse, entre los ecos de procedencia literaria, por un fino matiz dramático.

Pero era preciso señalarle una exacta filiación zoológica. Brotaba de alguno de los grupos de olivos, repartidos en tertulias caseras por un repecho, que se hundía hasta lo más hondo de una cañada, a la izquierda del camino. Eran unos quinientos olivos, apiñados en varios lotes, según su antigüedad, como en un ordenado escalafón.

Julio se detuvo a contemplar el bosquecillo gris, olvidado ya de la melodía lamentable que se filtraba por los troncos. Solía hacer lo mismo en los conciertos. En vez de oír el programa, prefería gozar de la opulenta línea de los contrabajos, del vientrecillo rubio de los violines, del voluptuoso descote de la arpista.

Ahora, miraba los olivos, rechonchos, desgarbados, inhábiles para dejarse empapar del lechoso jarabe de luna, que intentaba, inútilmente, hacer más sensible a la metáfora a aquella doméstica asamblea de proveedores de aceite, tan poco decididos a adoptar un color definitivo. Preferían dar una lección de austeridad a la declamatoria alberca, donde el parlamento de las ranas seguía discutiendo la legitimidad del rey de palo, otorgado por Zeus Humorístico.

El rumor se oyó más cercano, y ya muy semejante al lamento. Julio apresuró la marcha. Se hallaba a unos tres kilómetros del casino de Valleclaro, donde aquel estío se dedicaba a deslindar unas fincas del término municipal. Había salido huyendo de la vigésima quinta partida de tresillo, a donde le arrastraban sus provisionales camaradas.

Acudía a la noche a nutrirse de reposo, no de inquietud lírica: él sólo veía en la noche cierto variable y sombrío intervalo entre la puesta del sol y el amanecer, producido por una pirueta del enorme carrousel terráqueo. Había restañado de la noche todas sus resonancias plañideras, y, ahora, un arco invisible arrancaba de algún tronco, ya muy precisa, esta doble exclamación:

—¡Caballero! ¡Caballero!

Julio se vio precisado a abandonar su actitud contemplativa y a sumergirse, por fin, en el laberinto de la acción. Algunos olivos le ocultaban aún el arco y el tronco vibrante. Fue violando, una tras otra, la intimidad de todas las tertulias. Requisó rama por rama. Quizá se trataba de algún asesinado, que pediría venganza o confesión, según aspirase a reposar a la izquierda o a la derecha del Padre Celestial.

O quizá la voz se elaboraba en una garganta de mendigo, que veía en el paseo de Julio cierta posible cena. Alguno de aquellos miserables, que él rechazó durante las veinticuatro partidas de tresillo, le esperaba allí para exigirle una rectificación de conducta. El hampón calcula bien la generosidad de un hombre, según sea atracado en un camino o implorado en una terraza de cabaret.

—¡Por aquí! ¡Por aquí!


La voz se iba abriendo ya paso, más robusta, por las galerías de olivos. Iba ganando matices. Era una voz de mujer, de soprano dolorida, de las llamadas «de cristal» por los cronistas de salones. Julio siguió buscando. Poco más tarde, quedó salvado el último obstáculo. Se halló en una plazoleta, frente a un olivo convertido en columna de escarnio.

El lamento nacía de una boca de mujer atada al árbol. A Julio no le sorprendió verla completamente desnuda. Siempre la había visto así en los cuadros del Museo y en el tomo v del «Espasa».

—No avance, no avance.

Era preciso oír siempre dos copias de la misma exclamación. Se querría compensar con la abundancia una mezquina originalidad. Julio se detuvo. La cautiva le impedía acercarse, como el cicerone detiene al turista a alguna distancia del cuadro de Rubens, para explicarle que «aquella mujer atada es Elena Fourment». O quizá se le incitaba a prolongar la contemplación. Era muy confuso aquel veto.

—Confío en su honor. Comprenda mi situación.

Plásticamente, era muy clara. Tenía los brazos en alto y las muñecas atadas a una rama —según el modelo más acreditado—. No llevaba otro traje que un cordel ceñido a la cintura y al olivo. Y la luna sobre toda la piel. Un hábil electricista escogió bien el árbol, frente al reflector.

—A los pies de usted, señorita. Permítame que me presente...

—Si es usted un caballero, no se acerque.

—Estoy a sus órdenes. ¿Dónde está el dragón?

—¿Qué dragón?

—Perdone. Era un tropo.

—¿Qué dice?

—Hablaba del canalla que puso a usted en ese trance.

—No fue uno, fueron tres. Ya le explicaré.

—Permítame que...

—No; no avance.

—No comprendo su propósito.

—Tápese los ojos con un pañuelo.

—Como guste.

—Ahora, acérquese.

—En seguida.

—Suélteme primero las muñecas.

Julio, con los ojos vendados, comenzó su tarea redentora. No adivinaba por qué tomaba parte, a ciegas, en acto tan pueril como desatar unos cordeles. Aquella mujer cotizaba con excesiva precipitación el espectáculo de su propio esqueleto, vestido con un traje pomposo, aunque de borrosa coloración y sin sugerencia erótica alguna: todas habían quedado escondidas entre los pliegues del traje robado. Era muy pronto para intentar recobrarlas.

Además, al suprimir un sentido, aguzó todos los otros, mucho más audaces, por su mayor inconsciencia. Los dedos de Julio, al avanzar, según el módulo de Edipo, iniciaron su faena, tropezando, cínicamente, con la vanguardia pectoral de la cautiva.

—¡Ay!

—Señora. No puedo hacer llegar a mis dedos la suficiente habilidad para salir airoso de este empeño. Preferiría una danza oriental entre cuchillos: sería un juego menos peligroso. Pero yo intentaré que mis manos sean tan discretas como lo hubieran sido mis pupilas.

—Es usted muy elocuente.

—Los fracasos de táctica deben embozarse en una buena toga. A mal héroe, buena arenga. Es ley de redentores y caudillos... Espero que esto le divierta.

—Dese prisa.

Las manos de Julio recorrían el olivo, como las de un sonámbulo, ratero profesional de fruta, que se dispone a repetir, durmiendo, una faena de su especialidad.

Tropezaba con una rama, se pinchaba en otra. Otra le fustigó la frente, obligándole a operar a menos altura. Comenzó a recorrer el tronco. De la áspera corteza del olivo, pasaba a la fina corteza de la mujer. Recorría las dos epidermis, alternativamente, sin detenerse en ninguna, por razones opuestas. Pasaba por ambas zonas con el menor desnivel térmico posible.

Un instante se sintió ella ofendida. Julio recorría la más ondulante trayectoria que es posible recorrer desde el pecho a los tobillos.

—¡Caballero!

—Perdone. No acierto a hallar los nudos. Déjeme quitar la venda.

—Espero que será un hombre de honor.

—Claro está, señora. Eso es más fácil que ver a través de los cuerpos opacos.

A poco de arrancarse el pañuelo de los ojos, la mujer estaba libre. Unos momentos permaneció aún con los brazos en alto, como pidiendo venganza del ultraje. Era, sencillamente, un poco de rigidez.

Al descender, quedaron vacilantes, sin decidirse a fijar el sector más necesitado de recato para acudir a él. Sus brazos eran dos marineros que acuden, con un solo bote, a salvar a la vez a muchos náufragos. Por fin, adoptaron la actitud tradicional que tan deliciosamente subraya, al intentar velarlas, las parcelas más sugestivas del desnudo.

Después, balbuceó:

—Gracias.

—Permítame que me presente. Julio Aznar, topógrafo, veraneante en Valleclaro...

—Puesto que no me ha reconocido, déjeme guardar el incógnito.

—No, no acierto... Pero desearía llamarla de algún modo. Al menos, mientras usted no recobre, con el traje y la cédula, su puesto en la sociedad.

—Sí; ahora soy una salvaje.

—No es eso. Quise decir, hasta que el suceso sea ya un recuerdo. Entonces, podré llamarla Ella, como los poetas de ternura indeterminada.

—Llámeme Eva.

—Es incorrecto, al menos mientras continúe desnuda. No me permitiría la menor alusión. Cuando en las novelas surge un personaje de incógnito, se le suele llamar X. También se le designa con asteriscos o estrellas. Prefiero esto. Pero no voy a llamarle Constelación. Escoja usted entre Alfa, Beta, Gama... O entre nombres más concretos: Sirrah, Uriach...

—¡Qué horribles!

—Entonces le llamaré, genéricamente, Star.

—Como usted guste.

—Y perdone mi locuacidad. El hallazgo me aturdió un poco.

—Sálveme.

—Diga.

—No sé.

—Un plan.

—Mire. Salí de Augusta en un taxi, después del teatro. Iba sola. No me di cuenta de la velocidad, de nada. De pronto, me hallé en despoblado...

—Bien; pero eso no es un plan. Eso son sus memorias. Y es prematuro contarlas sin haberlas terminado de vivir.

El diálogo se prolongaba sin sentido alguno. Julio revisaba su álbum de recuerdos, sin hallar en él un trance, mítico o real, que pudiera sugerirle una gallarda continuación de la escena. No encontró modelo, y desconfiaba mucho de su propia originalidad.

Sus provisiones de imaginación quedaban agotadas al desatar a la desconocida. Se veía hundido, no en una aventura, sino en un grave conflicto, que crecía cada minuto. Para Star, en cambio, se redujo de tamaño. Julio, ahora esclavo, era libre momentos antes. Todo lo contrario que ella. La situación de Star era más soportable, y ya la cautiva se entregaba a la solución de pequeños problemas, después de resuelto el principal.

Sus menudos pies abrían en el suelo un trozo desnudo de cascajo y de cardos floridos de rojo, para redimirse de las impertinencias del terruño, poco dispuesto a servir de alfombra, mientras no se tratase de una égloga.

Luego, quedó inmóvil, mirando a Julio, que desconocía totalmente la actitud justa de un salvador de bellezas abandonadas, en esta segunda fase de su papel. Estaba avergonzado de tal desnudez de iniciativas.

—Necesito vestirme.

—Claro.

—Y no voy a hacerlo con ramos de olivo.

—Le buscaré un traje en el pueblo.

—No; no me deje así.

—Me desnudaré yo.

—¡Caballero!

—Partiremos. Rivalizaré con san Martín.

—Me basta con la americana.

—Ahora mismo.

—Voy a quedar muy grotesca.

Julio le ayudó a endosarse la americana. Gracias a la estatura de Julio, el pudor quedaba a salvo, pero quedaban otros problemas.

—Vamos a la carretera.

—No puedo dar un paso. No puedo moverme.

—¿Pesa usted mucho?

—Sesenta kilos.

—Me aplastan. No puedo llevarlos.

—Inténtelo.

—Es preferible traer un coche. Es cosa de media hora. Vendré con una manta.

—Y con los amigos.

—Tienen su tresillo, que no dejan por toda la Mitología.

—No entiendo.

—Ni es preciso. Confíe en mí.

—Quiero ir con usted.

—Daremos un escándalo.

—No importa. Lléveme.

La voz de Star se repartía entre la risa y el llanto. Tiritaba de frío y de miedo. En la lucha, concluyó el relente por ganar la partida. Ella intentó avanzar, pero dio un grito agudo, y se llevó las manos a los pies.

—No puedo. Lléveme.

Julio reía ante aquella mutación. De la soberana divinidad, sólo quedaba un pálido golfillo, desnudo, a quien acaban de regalar una americana usada. Star, tan pin

torescamente vestida, pugnaba por redimir sus manos de aquellas fundas excesivas: estaba adquiriendo el matiz preciso de su nueva personalidad. Julio la tomó en sus brazos. El peso le abrumaba, y balbuceó compungido:

—Es inútil... Abráceme bien, señora. No se ría, porque ganará en peso.

—¿Qué dirá usted de mí?

—Sólo me preocupa haberme metido a mozo de cordel sin haber hecho antes mis pruebas.

—Poco le entusiasma su papel de héroe.

—Perdone. Pero todos los encantos de usted sólo son ahora para mí un fardo de sesenta kilogramos de belleza, peso neto.

—Gracias. Pero, al menos, recuerde que llevo el cartelito de «frágil». Me hace usted daño.

—No acierto a elegir los puntos de apoyo. No estoy preparado para un grupo escultórico, ni para una fuga romántica.

—Pudo aprender en el Tenorio.

—¡Bah! Con dos segundos de transporte de una monja neurasténica no se puede gallardear de profesor de energía.

Iban pasando olivos. De pronto, Julio se detuvo.

—Estoy abrumado. No puedo más.

—¿Qué va a ser de mí?

—Si logra no acatarrarse, nada.

—¡Sola, en medio de la noche!

—No apele a dialectos extraños. Esa frase es de un melodrama. Ni usted está sola, porque yo estoy aquí, ni en medio de la noche, porque estamos más cerca del alba que del ocaso. La noche no es un mar de sombras. Es un túnel; nada más.

—Para mí, es un laberinto.

—Dejémoslo, por hoy, en una cadena de minutos desagradables. Y, ahora, escoja. Si me quedo, no respondo de que usted pueda en mucho tiempo prescindir de esa americana. Si me voy, todo se resuelve en media hora.

—Deme usted otra prenda.

—Está a su disposición toda mi ropa interior. Voy a desnudarme. Quítese usted la americana.

Se realizó un escrupuloso reparto. A Julio le divertían estas escenas de Frégoli, al alimón.

—Aguarde aquí, en este declive. Nadie merodea. Vuelvo en seguida. Puede entretenerse clasificando, como yo, ruidos nocturnos. Eso divierte. Después, contrastaremos los catálogos. O mire las estrellas. Eso dignifica. Tenga a mano estas piedras.

—¿Para qué?

—Para los perros.

Antes de que Star pudiera resistirse, Julio echó a correr hacia la carretera. Cuando se vio lejos de su hallazgo, se detuvo a tomar aliento. La aventura comenzaba a serle insoportable. Con sólo el pantalón y la camisa, se iba quedando muy frío. Apresuró la marcha, para entrar en calor. Avanzaba como un muñeco, colgantes los brazos, rendido de fatiga. Quiso enjugarse la frente, y se halló sin pañuelo. Entonces, recordó que toda su intimidad —reloj, pañuelo, cerillas, cartas, dinero, una receta de índole privada, unos menudos objetos de la misma índole, notas, recortes— había quedado en poder de Star, dentro de la americana. Se apresuró a llegar al pueblo, para precipitar el fin del suceso y recuperar su vida interior.


En el casino, los amigos comenzaban la partida de tresillo número cincuenta. Pálidos, terrosos, espectros de sí mismos, continuaban el juego. Julio deslizó unas palabras al oído del más adormilado.

—Sí, llévatelo. Llama al chófer. Está durmiendo abajo. Vuelve cuando quieras.

Minutos más tarde, Julio, hundido en el asiento, enfundado en una manta de viaje, corría al encuentro de Star. Entonces —el pensamiento es buen amigo de la calefacción—, comenzó a meditar, una por una, en todas las fases del hallazgo. La borrosa estampa de Star, embadurnada de luna; aquella piel, crispada por el miedo y el frío; la carne, hundida bajo los dedos temblorosos de un novicio en esta insólita profesión de redentor de cautivas...

Veía dos Star: la llorona, hija de los dioses, y el pícaro golfillo de americana. Ninguna era aún la mujer. Y era preciso decidirse, antes de continuar la aventura, por crear un tipo intermedio entre el Olimpo y el Arroyo.

II

Encontró a Star acurrucada, transida de frío. La envolvió completamente en la manta y la condujo al interior del coche. A una señal de Julio, el auto, voraz prestidigitador, comenzó a engullirse, kilómetro a kilómetro, la larga cinta de la carretera.

—Déjese abrigar. Apoye en mi hombro la cabeza.

—Antes quiero devolverle su ropa. Me siento muy ridícula vestida así. Además, usted va desabrigado. Y la noche refresca mucho.

La americana le había escamoteado todo su patetismo, a cambio de un poco de calor. Pero el sonrojo de vestirla era más intenso que el de una total desnudez. Julio le ayudó a despojarse de aquella indumentaria varonil, y él hizo lo mismo. Luego, Star se envolvió de nuevo en la manta, y Julio recuperó íntegramente su perdida intimidad y su perfil exterior. Arropó a su redimida cuidadosamente. Acumuló en ella todas las dulzuras maternales que recordó haber recibido en la infancia. Agotada su niñez, reprodujo las tiernas efusiones de una hermana mayor, recibidas en su adolescencia. Y, por fin, los púdicos mimos de la primera novia.

Juntaba, en un triple manojo, caricias de todas las épocas de su vida, y Star las recibía sonriente, dejándose bañar por aquel chorro de zigzagueante y cálida temperatura. Pero la memoria de Julio, sometida a presiones extremas, rezumó pronto todos sus jugos sentimentales. Nada le quedaba por reeditar, ya que todas las demás mujeres intercaladas en su juventud le sugerían gestos idénticos, algunos de impertinente reproducción.


Se iba Star reanimando. Se sentía envuelta en un fino vaho de invernadero, propicio a todas las variedades de la jardinería galante. Su cara se construyó un lindo marco de lana roja. Los ojos de Star comenzaron a recorrer, voluptuosamente, la pasajera envoltura, que le llegaba hasta los pies. Domaba, desde el fondo del improvisado traje, cada pliegue rebelde. Estudiaba para cada miembro su rítmico embozo; se cincelaba interiormente el bloque total.

Ágilmente, su coquetería, despojada aquella noche de sus armas habituales, intentaba sustituirlas por esta arma pesada de su manto socrático, poco propicio a intervenir en las ligeras escaramuzas de una técnica moderna. Star, ausente de sus ametralladoras y bombas de mano, se encontraba con una catapulta. Era preciso aventurarse a ensayar una táctica sencilla, primitiva, semejante al arte rudo del primer hombre, que, con unas pellas de barro bermejo, se construyó el primer Dios.

La manta de viaje podía ser una preciosa arcilla, capaz de convertirse en todos los acicates inventados para hacer deseable el desnudo, desde la clámide a la combinación. Con ella, bien ceñida a las piernas, pudo construirse el vivo pedestal de un torso de Afrodita. Subiéndola hasta los hombros, se convirtió en una túnica. Y envolviéndose en ella diestramente, en un severo peplo.

Star ensayó dos o tres modelos, y, al fin, se decidió por una deliciosa tanagra, toda oculta entre los paños rojos, excepto la cara, que seguía inspeccionando la corrección estatuaria de los pliegues.

Le era imposible someter al modelo armonioso un extremo anárquico de la manta, y fue preciso que el brazo acudiese allí, a suavizar el ritmo truncado de la tela. Julio vio entonces, por primera vez, el brazo desnudo de Star. Brotó de la figura, redondo, apretado, un poco mate por la ausencia de luz, un brazo de infanta goyesca a quien le acaban de robar las joyas.

Le escondió en seguida bajo el peplo, y Star quedó inmóvil, contemplando su propia creación. La lana roja era dócil materia entre sus manos, y cada articulación hacía vivir un trozo de tela, acordándolo a un vehemente compás. Una vivaz melodía grana, subrayada por ágiles acordes, interrumpida por cascadas de pliegues arremolinados en torno a un remanso —un muslo, un brazo, un seno—, superficie redonda de pura geometría que nadaba a flor de tela en el frenado torbellino.


Julio asistía, absorto, a la encantadora transformación. Pero, inexperto catador de puras melodías plásticas, prefirió seguir sólo la superficie, tan cálida, del rostro, que iba afirmando su exacto relieve.

Aquella blanquecina masa de carne, sujeta al árbol, se iba apretando, estilizando, en sólo el rostro. De la total fisonomía, tan inconcreta, tan poco expresiva, quizá por falta de costumbre, sólo quedaba un óvalo risueño, donde se iban repitiendo mohínes ya ensayados. En el olivo, la cabeza de Star era apenas un remate del cuerpo aterido, crispado, medroso; una cúpula del desnudo, tan imprecisa como el resto, frente al mediocre reflector. Ahora, todo el cuerpo, hundido en la tela grana, era ya cierto eléctrico soporte del espíritu, asomado a sus más fáciles troneras. El cuadro excesivo se había convertido, por sucesivas depuraciones, en un sugerente retrato.

Los ojos de Star seguían, curiosos, la zozobra de Julio, quien, agotada su provisión de dulzuras, se decidió a mirar por la ventanilla. Le aterraba a Julio sorprender en ellos un irónico recuerdo de la mezquina vida interior del héroe, distribuida y sorprendida, a trozos, por los bolsillos de la americana. Fue Julio repasando las piezas de convicción: diez cartas de Lulú, cuyo texto sólo se diferenciaba en la fecha y en el número de puntos suspensivos. Una postal iluminada, donde la Bella Carmela eligió su escorzo más incitante. Un modelo de actas de deslinde. Un croquis de Valleclaro. Un pedazo de cordel —el traje de Star en el momento de su hallazgo—. Y la endiablada receta, los pequeños objetos íntimos... Una bochornosa vida interior.

Pero Julio reaccionó. Creyó perdonada su falta de sugestión, a cambio de haber ofrecido un arsenal de calorías emocionales. Decidió no seguir dedicando a Star todos los momentos del viaje, después de haberle ya ofrecido un hombro para almohada, una mano para reactivo; toda su energía, como elemento de transporte; toda su intimidad, como sistema de calefacción. La galantería tiene señalados límites para soportar, durante una noche de baile, a una mujer semidesnuda; también debe fijarlo para soportarla totalmente desnuda durante una noche de excursión campestre.

Pero el coche iba empujándolos, sucesivamente, uno contra otro, a merced de los caprichos de la ondulante carretera, donde la grava no fue distribuida con justa proporción. Star se sentía mecer, a un tiempo, por la mirada vacilante de Julio y por cierta imperdonable incuria de los empleados de Fomento.

III

A las cuatro la mañana, el tedio suele perder todas sus reservas de simulación. Julio se sintió punzado por los ojos irónicos de Star. Se le relajaron también todos sus resortes de conversador, y acudió a la frase más pueril que halló en su azoramiento:

—¡Qué noche!

Iba, sin duda, a brotar una versión del suceso, poco sugerente, por nacer del mismo héroe, cuyo estilo nunca suele lograr el nivel de la hazaña. Pero Julio no supo desarrollar su exclamación, y quedó pendiente de ella, como la araña a quien se le agota el hilo al comenzar la urdimbre. Por fin, para no hundirse del todo, se apoyó en Star resueltamente.

—Antes comenzó usted a contarme...

—¡Bah! Lo de siempre. Rateros que asaltan el coche. Manos arriba. Chófer con mordaza. Máxima velocidad. Fuga. Requisa. Robo de alhajas, de ropa y de dinero... Y, después, lo que usted sabe.

—¿La maltrataron?

—No. Me ataron, porque no les siguiera. Yo me resistí, pero eran tres, y muy forzudos. Ni me miraron.

—¿Y después?

—Llegó usted.

Julio desistió de continuar preguntando. Le hacían tropezarse siempre en la narración consigo mismo, y prefirió continuarla mentalmente. Además, Star iba adormilándose. Entre la aventura y su vida normal se iba cavando la zanja de los sueños.

Julio la fue siguiendo en todas sus desmayadas actividades de acomodación al nuevo estado de reposo. Por fin, la dejó deslizarse hacia un costado. La cabeza se apoyó en un ángulo del coche. Quedaba libre el hombro de Julio. Acudió entonces con una almohadilla. No tuvo escrúpulo en hacer turnar en su tarea galante a un objeto cualquiera: la esposa más fiel hace turnar en sus ensueños de fecundidad al amigo más feo del esposo.

Después, se asomó de nuevo a la ventanilla, y comenzó a contar los postes del telégrafo. Contó hasta treinta. Averiguó exactamente los kilómetros que quedaban por recorrer. Contempló a una yunta, adormecida, y le sorprendió ver en los bueyes las mismas señales de fatiga que siempre vio al atardecer, de vuelta del trabajo; era curioso conocer el cansancio, no como producto de energía gastada, sino como temperamento.

Cuando volvió a mirar al interior, no le sorprendió ver dormida a Star. La noche, gran disolvente de ademanes y ternuras, había desleído en su ceniza todo el azucarado repuesto de caricias de Julio y toda la bella plasticidad de posturas de Star. Lánguida, primero; desmayada, después, iba desenlazando el ritmo de los pliegues, que muy pronto se convertirían en arrugas. Dormía Star con patente desasosiego. Se lanzaba a bruscos movimientos en algún subconsciente campo de deportes, que iban desmoronando la tanagra. La tela roja fue deslizándose por hombros, brazos y senos, descubriendo, por etapas inesperadas, todo el cuerpo, condenado aquella noche a exposición permanente.

Julio acudía a abrigarla, pero un nuevo sobresalto la dejaba otra vez desnuda. En uno de estos paréntesis de inocencia edénica, Julio se detuvo a recordar, empíricamente, sus nociones de topografía femenina, pero quedó al punto vencido por las dificultades del terreno, y resolvió abandonar el campo de experimentación, haciendo recobrar a la manta, envanecida de su pasajera calidad de estuche, sus modestas funciones de calefacción.

Star comenzó a mover los labios. Julio temió hallarse junto a una sonámbula. Cierta noche, huyó, medroso, de una amiga que pretendió continuar, durante el sueño, el pintoresco relato de su desfloración, comenzada a narrar en la vigilia, después de haber sacado de la anécdota una minuciosa copia.

Julio no podía soportar dos versiones, tan distantes, de un mismo suceso. Pero, ahora, le era imposible huir. Si el propósito de Star era hacer declaraciones, Julio tendría que escucharlas con la paciencia del periodista de turno a la puerta de Palacio.

Abrumado por la fatalidad, como el resto de los héroes, esperó, aguzando los oídos. Fue en vano. Star se limitó a extender un brazo. Señaló vagamente hacia el chófer. Se descubrió, en un revuelo de la manta, uno de los senos. Por fin, balbuceó:

—Doscientas, doscientas.

Nada más. Enmudeció totalmente después de aquella frase aritmética. Quedó allí truncada su revelación y Julio nunca pudo saber si aquellas doscientas eran el precio de una factura o de una entrega.

Sólo el seno seguía rebelándose, infantilmente. Julio, con solicitud maternal, restituyó al travieso a su caliente nido. Aleccionado en un breve curso de topografía de variétés, siempre había considerado el pecho como cierta región bien jalonada, más allá de la cual era impertinente explorar. Él, que había fijado los confines de tantas jurisdicciones municipales, nada comprendía bien sin la precisa limitación.

Después de confinado el terreno, prefería considerar los desniveles. Ahora, el torso desnudo de Star apenas era para Julio sino cierta reducción, escala de 1:25.000 de una parcela ondulante, que podría suministrar dos mojones al levantar el acta legal de catastro femenino.

El coche cruzaba ante una casilla de peones camineros, con su menudo huerto de legumbres y su plazoleta al frente: linda miniatura de un cortijo. En el quicio de la puerta, una campesina miraba pasar el coche, con la nostalgia de la ciudad, en la misma proporción que los viajeros, al mirar la casita, sueñan con la paz de los campos. Era aquél un cruce de inquietudes, una encrucijada de ambiciones.

Se iban extinguiendo las vibraciones sonoras de la noche, tan sospechosas de lirismo enfático, abriendo el paso a otras más diáfanas y sinceras, aunque de acentuado valor doméstico. A la cigarra y al grillo sucedían los gritos broncos de los gañanes y el chirrido de los primeros carros del Matadero Municipal.

Augusta comenzaba a destacar las guerrillas extremas de sus casas —quintas graciosas de recreo—. Así, un regimiento empuja hacia delante a sus batidores más gallardos, mientras embebe en filas a sus soldados raquíticos.

Escaseaban ya los huertos. Los árboles frutales apenas se asomaban a la carretera por las tapias, colgadas de hiedra, y eran sustituidos por filas oficiales de acacias, ufanas de su inútil misión decorativa, como los maceros de estirpe.

La carretera iba perdiendo su carácter de enlace y trocándose en avenida. Podía ya ofrecer puros peripatéticos de suburbio, en vez de viajeros.


Star seguía durmiendo, bien ajena a su lenta evolución. Comenzaron a invadir el coche colores que Julio no había presentido. Iba el alba haciendo de Star un dócil maniquí, donde ensayar su surtido de toaletas luminosas. Comenzó por teñirla de una fina claridad blanca. Luego, ensayó el ámbar, el ópalo, el rosa. Julio hubiera querido ver reproducirse ahora la anterior inquietud de Star, para seguir estudiando en toda la piel la lenta gama de matices, sólo visible en el rostro. Ya la veía, no como terreno ondulante por acotar, sino como cierto bloque bien tallado por policromar.

Bastó un leve ademán de nuevo sobresalto para realizar su deseo. De pronto, todo el cuerpo, desnudo, fue ya un espejo, donde se contemplaba el amanecer. Un lejano Pigmalión comenzaba a resucitarlo con sus dedos febriles. Julio asistía, inmóvil, al milagro.

Star gozaba entonces de todos los privilegios de que suelen disfrutar, sobre las dinámicas, las estatuas en reposo. En ella no podía ser sorprendido el engranaje muscular, raíz de tantas aberraciones estéticas que, mecanismo mal interpretado, delata al punto la ignorancia de los textos anatómicos. Una bella actitud dinámica supone un perfil irreprochable, más fácil de lograr en la actitud yacente. Es más peligroso el perfil de una viva arruga que el éxtasis de un mausoleo entero.

Además, gozaba Star de todos los privilegios de la hora y del claroscuro. Ese repliegue bajo los senos opulentos, que siempre escamotea el escultor, en ella lo escamoteaba la misma indecisión del amanecer. Ese convexo perfil de la cadera, cortada en ángulo, producido por la adiposidad de la modelo, que suele eliminar el buen pintor, en ella lo rectificaba la misma sombra del coche.

No intentó despertarla. Por señas, indicó al chófer que retrasase la marcha. Se proponía no llegar a la ciudad hasta bien entrado el día, para restar al final de la aventura toda agravante de nocturnidad.

Pronto iba a renovarse la zozobra del olivar. Le sería preciso ensayar otra vez actitudes originales, más peligrosas que en pleno campo, donde, al fin, sus balbuceos de héroe no fueron presenciados sino por el rebaño burgués de los olivos.

Presentía una escaramuza conyugal. Star, ausente de su domicilio por causas misteriosas, provocaría, al volver, un torbellino de apóstrofes. El salvador sería sometido, por algún marido celoso, a preguntas solapadas. Se veía en el juzgado detallando el suceso, trazando el croquis del «hecho de autos», siendo objeto de maliciosa curiosidad.

Debió telegrafiar desde Valleclaro, para evitarse este lamentable epílogo. La cúpula de aquella aventura tenía muy afiladas aristas: rostros policíacos, birretes judiciales, sonrisas punzantes, interjecciones, sospechas de morosa contemplación. Julio pensó en eliminarse del «hecho de autos» antes de la hora infeliz de ser su propio cronista. Contempló con ternura a Star, su monótona compañera de novela de aventuras. La abrigó fraternalmente. Se despediría en silencio. Dejaría órdenes discretas al chófer...

Julio no se movió del coche.

Y Star seguía durmiendo. La mañana había terminado de someter a la viajera a un masaje de luz, dejándole el rostro finamente dorado. Julio comparó aquel matiz con la palidez estatuaria de momentos antes. La noche fue el sepulcro de aquella Star, a quien Julio había desatado del olivo.

Era la hora ritual de quedar dormidos los centinelas. Star removía ya la losa abrumadora. Iba a resucitar. Julio sintió agudamente el deseo de asistir a toda la aventura, aun a costa de ser punzado por la sonrisa burlona. Nunca supo qué le arrastró a apoderarse de la muñeca de Star. Al oprimirla, se dio cuenta de que podía tomarle el pulso correctamente.

Normal. Tampoco averiguó por qué se apoderó de la otra mano, ni por qué apartó el embozo del seno. Realizaba él, topógrafo de la tierra, todo lo que hubiera podido realizar un médico, topógrafo de la piel. Se comenzó a inventar fórmulas de aproximación. Buscaba pretextos para seguir desembarazando a Star de su envoltura roja.

Pero el segundo movimiento fue poco meditado. Star se estremeció. Al tercero, abrió los ojos.

—¿Qué hace? ¿Dónde estamos?

—Nada. En el kilómetro 4 de la carretera de Augusta a Valleclaro. Entre los 4l°-4’-15” y 42°-47’-20” de latitud Norte, y los 1°-30’-12” y 3°-58’-53” de longitud Este...

—¿Qué dice?

—Perdone. Son datos exactos, aunque impertinentes. Cuando fracaso en una técnica cualquiera, me refugio en la de mi profesión. Porque, créame, como redentor de cautivas, me siento fracasado. Tengo miedo de acabar.

—¿De acabar qué?

—El suceso. Pienso en las escenas de su casa, Star, en las explicaciones con los suyos.

—No tengo «míos». Vivo en un hotel, sola. ¿Es que usted prefiere terminar esto con una escena sensacional?

—No, no. Pero el Juzgado, la Prensa...

—¡Bah! Las joyas son falsas. No valen la pena. Y la Prensa no hace ya caso de robos a artistas. Está muy gastado el reclamo.

IV

Este plural, «artistas», fue el primer gusanillo que comenzó a huronear en la celdilla gris donde se celebran los enlaces y divorcios de las vivas sensaciones de hoy con los recuerdos adormilados. Star era artista. Esto le sugirió un abigarrado desfile de fotografías de semanario popular. En efecto, aquella cara le recordaba otra, pero era muy difícil precisar, y Julio se resignó pronto a mantener el divorcio.

Le era indiferente resucitar emociones viejas. De las mujeres, desdeñó siempre el pasado, tan semejante. Prefería comenzar la historia de cada mujer desde el punto en que él las conocía, para evitarse monótonas repeticiones.

Seguían arañándole las pupilas irónicas de Star. Y un momento en que el diálogo se desmoronaba, ella misma acudió con un puntal.

—¿Qué es ese edificio?

—La Escuela de Agricultura. Hay una granja de experimentación. Yo la conozco.

—Será muy aburrida.

—No; el campo es muy divertido cuando se le domestica. Y ahí, todo está domesticado. Y catalogado, como en la Biblioteca Nacional.

—Pero esos cartelitos les quitan toda la gracia a las plantas. Lo he visto en el Jardín Botánico. Los árboles más lindos tienen el nombre más feo.

—Tienen dos nombres.

—Y el vulgar es siempre el más bello.

—Sería curioso ver a los hombres con su cédula personal colgada de la solapa.

—Seguiríamos sin conocerlos. La misma cara no sirve para eso.

—Suelen tener dos caras.

—Y la artificial es siempre la más bella.

Star, despeinada, lacia, de aspecto natural tan reprochable, lamentaba, sin duda, la ausencia del tocador. Julio —cauto guardaagujas— se lanzó a desviar el diálogo. Le asustaban los choques del conceptismo.

—Sí; el campo es muy divertido. La hortaliza más insignificante es un prodigio de forma y de color, si se la mira con ojos que no sean de hortelano. Yo he gozado de magníficas sorpresas. Ahí tiene usted los rábanos. Ocho variedades conozco.

—Se diferenciarán en el tamaño. También las chuletas.

—En el tamaño, en el color y en la geometría. Hay uno muy chico, de raíces redondas, de piel violeta o salmón: el rabanito morado. Otro, muy precoz, de raíz blanca. Y el rabanito negro, tan extraño. Y el rabanito blanco, de raíces delgadas, muy finas: pequeño delfín de los rábanos. Tiene un hermano gemelo: el rabanito rojo, que se diferencia en el color. Y luego, los rábanos mayores: el blanco y el negro, y el gran rábano rojo, el gigante de los rábanos, tan desabrido y petulante como todos los colosos.

—Conoce usted íntimamente a todos los rábanos del mundo.

—Es delicioso agotar sus variedades. Y, si me lo permite, le presentaré tres magníficas familias de nabos. Hay un sorprendente surtido de matices. El nabo violeta, delicioso. Y otro, bola de oro, en forma de trompo, muy sugestivo. Y el nabo amarillo de Malta, el nabo moreno de Alsacia...

—Haría usted un estupendo viajante de hortalizas.

—No se burle, Star. Es que me cautiva un matiz inesperado de las cosas. Yo sé que hay rincones nuevos en el campo. He visto exposiciones, he leído revistas. Nunca vi pintados estos rabanitos deliciosos, estos nabos de oro y violeta.

—Píntelos usted.

—No sé más que verlos. Aunque tal vez, ahora, se necesita más talento para ver un cuadro que para pintarlo.

—Escríbalo.

—Mi profesión sólo me obliga a acotarlo, a plantar mojones y trazar linderos. El contenido queda para el labriego, el poeta y el pintor. Pero ni uno ni otro se dan cuenta. El labriego repite la faena de su abuelo. Y los otros..., también.

Se quebraba el puntal. Julio se sentía amenazado por las avanzadas de un bostezo. Eran ya muchas seis horas de heroísmo. Desfallecía, como desfallecen todos los redentores cuando se prolonga demasiado su pasión. Y pensó en un desayuno, que mantuviese tensos los alambres del diálogo. De su debilidad, como de un tallo raquítico, brotó la pregunta galante:

—Usted querrá comer algo. Aquí cerca sirven una leche riquísima. Voy a traerla.

—Bien.

Julio saltó del coche, y, a poco, volvió con dos grandes vasos de leche y panecillos. Él sabía que sólo con una leal nutrición es posible continuar una seria novela de aventuras.


Después del desayuno, la epidermis de Star fue ganando en rosas y en azules. Por su brazo, redondo, desembarazado de la manta, iba y venía un tropel de desperezos contenidos. Julio contenía análogo turbión de bostezos, que sólo pudo definitivamente refrenar con la sobrehumana energía que en los momentos de extremo apuro concede a los héroes su dios favorito.

En Star se iniciaba la última fase de su tocado luminoso. Ambos recuperaban, con el pan, la leche y el sol, toda su dinámica personalidad. Y ya cada minuto hacía fracasar en ellos uno de estos ademanes primitivos —recuerdo del Paraíso— que el hombre y la mujer suelen refrescar por la mañana, en soledad, en intimidad, antes de ofrecer el cuello a las argollas sociales.

Les era negada a los dos, en aquel día, su porción de silvestre espontaneidad cotidiana. Esto les hizo volver sobre sí mismos, revisar, rectificar su papel de redentor y de víctima, trocándolo por el de dos amables camaradas que regresan de una excursión nocturna.

Sonrieron a un tiempo. Era la primera sonrisa colectiva. Y este triunfo, que cada uno creyó haber logrado del otro, les invitó a seguir sonriendo juntos. Cada sonrisa se engarzaba a una coquetería, a una mirada, que ambos creían profunda. Pensaban haber ahondado ya en sus almas, y todo era fruto de un caliente, de un suculento desayuno.

Y del airecillo fresco del monte, que barría los turbios posos de la leche. Los pinos les enviaban su preciosa cucharada de reconstituyente. Al ver que los enfermos eran dos, el pinar duplicaba la ración, como el cuervo de san Pablo.

V

Avanzaba el día. Pronto se abrirían las tiendas, y Julio podría ir devolviendo a la normalidad a aquel cuerpo de mujer, eliminado de la circulación por el descoco de unos rateros.

Penetró el coche en la ciudad. Julio consultó el reloj. Aquella mañana se sentían más perezosos los tenderos, y sólo, bajo los cierres metálicos, se veían ir y venir los aprendices, incapaces de intervenir en la faena delicada de reconstruir la mundana envoltura de Star.

El coche divagó aún por las calles, hermético, chocando con carretas de verduras y frutas que, ya vacías de su fragante carga, se retiraban a las aldeas del contorno. Irónicamente, se ofreció a Julio una tienda de paraguas. Era ofrecer el habano de los postres a un hambriento. Después, se abrió La Ideal, zapatería, y El Capricho, géneros de punto.

—Primero, las medias —dijo Star.

—¿Color?

—Traiga una caja. Yo elegiré.

Julio entró en el almacén, donde un joven ordenaba paquetes, aburridamente. Le sorprendió ver a aquel cliente tan madrugador, que llevaba por sí mismo las cajas al interior de un coche misterioso.

—Yo le ayudaré, caballero.

—No es preciso. La señora está algo delicada...

A poco, Star, surgiendo a medias de su catarata roja, comenzó a cubrirse de impudor. Las piernas, enfundadas en seda albaricoque, pudieron ya iniciar sus juegos habituales de coquetería. Ya tenía el rostro dos cómplices en su tarea de expresar.

Por cautela, dieron largos rodeos, para ir adquiriendo el resto de las prendas. Ella eligió el color guinda para su combinación, y Julio meditaba en esta etapa de la transformación de Star, en la astucia de las primeras hembras, amenazadas por el otoño, que fueron inventando velos para seguir triunfando en sus menudas competencias pasionales.

Al ceñirse Star la faja, Julio recordó a los pintores realistas del ochocientos, obligados a fabricarse una realidad antes de pintarla. Solían rectificar en los modelos el talle, deformado por el corsé, como el paisajista coloca un buey en medio del prado para corregir una elipsis de armonía, o añade a los ojos de los recién nacidos de Belén una luz espiritual de mozo de quince años, para ser dócil al dogma.

El traje de Star era ya el de una liviana esposa de vodevil, sorprendida en el preludio de una infidelidad. Y quizá se dio cuenta de su perfil de opereta, porque intentó cubrirse de nuevo con la manta, sin saber que ya había perdido para siempre, ante Julio, su edénica inocencia. Ya, bajo aquella envoltura grana, se ocultaría siempre una mujer en el traje del deseo.

Trozo a trozo fue desapareciendo la epidermis de Star. Sólo tenía ya desnudos los brazos y el seno. El resto descansaba, en la sombra, de la fatiga de tanta claridad. El tiránico mamillare le había erguido los pechos, enfilados descaradamente hacia Julio, que arrostró impávido el reto.

Ella comenzaba a esgrimir sus armas de combate en el preciso momento de irlas recobrando, como el cazador, impaciente, que en el mismo Monte de Piedad pretendiese disparar su escopeta, desempeñada.

Cada prenda le añadía agilidad y desenfado. Iba perdiendo en peso y en volumen. A cada nueva opresión, ondulaba y decrecía toda la rolliza musculatura. Star iba sometiendo su sugerente anatomía a las normas del último figurín. El pecho, ceñido y alto; los muslos y caderas, alargados, estilizados. Todo estaba en aproximar al cilindro algunas superficies casi esféricas. Pronto la insolente opulencia de Elena Fourment se trocó en una grácil heroína de la pantalla.

Se revelaba en Star un agudo poder de asimilación. No se vestía, se incorporaba el traje. Acabada de vestir, cada prenda era ya una misma cosa con Star. Entonces, adivinó Julio cuál es la condición esencial del ropaje: la de encarecer la desnudez, como los envases de fantasía.

Star se impacientaba.

—Es ya tarde. Me falta un vestido, un sombrero, bolso, unos guantes...

—¿Color?

—Grosella. Y el sombrero, cereza.

—Prefiere las frutas.

—Soy mujer de estío.

—Veinticinco años.

—Treinta.

Tendría treinta y cinco. Julio intentó recordar en aquella desnudez, ya profanada por tres o cuatro almacenes, las huellas de cada lustro. Fue imposible. No podía reproducir nada. Star no podía ser ya recordada, sino vista, intuida. Estaba aún allí, cerrando el paso a todo intento de idealización.

Julio no lograba ver de nuevo la mujer atada al tronco, ni la mujer acurrucada en el coche, frío y lacio despojo del alba, sino una nueva mujer, de plasticidad aderezada según los principios inquebrantables de la moda.

Aún faltaba el sombrero y todos esos menudos objetos que comprende la ortografía de todo idioma de seducción. Dos compras más completaron hasta el último apéndice. Invadieron el coche los más livianos elementos complementarios.

Pero aún quedaba por vestir el rostro. Los ojos esperaban un sombrío subrayado, y los pómulos, su leve nube de púrpura. Y la boca, un rojo corazoncito. Entonces, una lenta máscara comenzó a revelar a Julio el secreto de su bella redimida. Un fino antifaz fue cayendo sobre la tez de Star, descubriendo, poco a poco, su verdadero rostro.

Porque el corazoncito grana era el mismo voluptuoso corazoncito grana de La Bella Carmela, la genial creadora de danzas apócrifas de Oriente. Aquellas sombrías pestañas eran las suyas, y suyos aquel lunar y aquel suave matiz frutal de las mejillas. Tenía Julio delante una copia de la postal que llevaba en el bolsillo. Debió sospecharlo al elegir los colores: eran los mismos que enfocaba el reflector en Parisiana. Un poco aturdido, vio a Carmela terminar su toaleta y disponerse a marchar. Todo quedaría sepultado en la fosa común de las anécdotas. Eran las diez de la mañana, buena hora para desembarazarse, por fin, de aquel suceso. Carmela podía lanzarse a la calle sin temor al escándalo, puesto que ya se amparaba en toda una legislación vigente para ostentar su gracioso impudor. Ningún precepto de buen tono por cumplir. Al terminar su última pincelada, dijo:

—Debo marcharme.

—Lamento no poder seguirla...

—Hace ocho horas que estamos juntos. Ya basta.

—Diez minutos. Para mí, comenzó usted a existir ahora.

—¿Vestida?

—Sí, Carmela.

—Por fin me reconoció.

—Cuando recuperó usted su verdadera cara.

—Es la de la calle, la del teatro. No la mía.

—La única. Porque es la única que usted se ha elaborado. La otra es sólo una vulgar herencia. La que usted llama suya es la cara de todas las demás bellas mujeres, como el traje. Por fortuna, usted no lo viste, lo asimila.

—Gracias, gracias. Siento haberle ofrecido una intimidad poco divertida.

—Tampoco la mía fue muy pintoresca.

—Pero los dos sufrimos la del otro heroicamente. Nadie soportó la mía más de media hora sin hacerme cometer una incorrección... Usted fue mi ángel custodio de esta noche. Vivo en el Hotel Universal... O venga a verme a Parisiana.

—Adiós, Carmela.

—Adiós, Julio.

Sonriente, detuvo el coche, saltó a la calle y desapareció. Julio regresó, durmiendo, a Valleclaro. No acudió a Parisiana, ni al Hotel Universal. Solía invadirle la pereza, y siempre temió seguir largos acontecimientos. Era un héroe a regañadientes.

Además, sería muy penoso volver del revés este pequeño lance de vestir a Carmela. Tendría que retroceder a un punto de partida donde, a su avidez de topógrafo, nada le quedaba ya por descubrir. Era preferible iniciar cualquier otra aventura. Julio creía, además, haber cumplido en ésta, decorosamente, sus funciones de héroe con sólo restituir a Augusta uno de sus más voluptuosos elementos decorativos.


Publicado el 29 de agosto de 2026 por Edu Robsy.
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