Descargar PDF «Circe», de Benjamín Jarnés

Cuento


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Este texto, publicado en 1927, está etiquetado como Cuento.


  Cuento.
31 págs. / 54 minutos / 238 KB.
30 de agosto de 2026.


Fragmento de Circe

Cuando a la tarde siguiente oyó Julio al grupo de sus camaradas de pelotón prorrumpir en gruñidos de voluptuosidad ante el fanal que protegía los ojos huidizosvio claramente la voluntad de los dioses, y aceptó, emocionado, su papel de favorito de la encantadora. Como el poeta, se dejaría confinar su presente por aquellos brazos blancos, por aquellos dedos redondos, que repiqueteaban en el cristal, despertando en la calle una muchedumbre de apetitos. En el pan de su belleza, cuyas migajas ideales llegaban hasta los compañeros de Julio, aquellos malignos dedos habían ya deslizado el veneno homérico, y los infelices reclutas, en triste reata, corrían a precipitarse en las abigarradas pocilgas del Paralelo y sus contornos. La varita mágica era inflexible. Julio no intentó oponerse. Resuelto a no dilatar la aventura, quiso impedir un nuevo escamoteo de los ojos transmigrantes, y entró de golpe en la tienda. Aún pudo sorprender el conato de fuga. Quedaron allí los ojosdetrás de una vitrina, mirando burlonamente. Y en el mostrador, su copia exacta, en un estuche gastado. Un vago gesto indicando cualquier álbum. Una sonrisa comprensiva en la boca más usada, y un temblor de manos al hojear el álbum de cupletistas pintarrajeadas que le ofrecen. Julio se sentía arder la frente y una sien: de su cabeza sólo quedaba libre de saetas la otra sien... Paisajes cursis, parejas amarteladas... —Otro... Ahora, reproducciones de museo, mitología al por menor, mármoles averiados... Julio se sentía víctima de un ceñudo interrogatorio. Era un examen de buen gusto. Le arrojaban, gradualmente, preguntas cada vez más laberínticas. Y la hechicera aguardaba, recelosa, quizá impaciente, el fallo. Acaso no veía en Julio todos los signos prefijados por los dioses. De pronto, llamaron desde el interior, y ella fue invitada: —Cecilia, atiende al señor. Comenzaba a cumplirse el augurio. Julio tembló al quedarse a solas con Cecilia. Nunca se ha realizado tan minuciosa revisión de valores pictóricos internacionales como la que Julio acometió aquella tarde. Lentamente, desfilaban las Madonas, los Apolos, las Bacantes. Julio rechazaba, uno a uno, todos los mitos. Venían bailarinas de Pompeya, vestales, dríadas, penitentes, ninfas... Hasta que Ella surgió entre dos monjes de Ribera. Desnuda, con la varita en las manos, inclinando hacia delante el busto armonioso, llamando a los viandantes con voz de caramelo. —Ésta. —¿Circe? —Circe.


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