A Giménez Caballero
I
—No se comienza de veras a despreciar la humanidad mientras no se ven juntoscomo ahora, tantos hombres desnudos.
Julio, incrustado en la lenta hilera de reclutas que desfilaba ante el médico, avanzó un paso. Y rectificó:
—En cambio, no se comienza de veras a amar la humanidad mientras no se logra ver desnuda, en soledad, una linda mujer.
Su total desnudez le estimulaba a bosquejar conceptos claros, enjutos, de primitivismo ingenuo. Aquella mañana, en que iba a nacer a una vida nueva, sentía, como nunca, el deber de ser sincero. Tenía sed de luz, como cualquier feto maduro o cualquier anciano agonizante.
Se detuvo la hilera, aplazándose el solemne y rudo tránsito. Un recluta pretendía extender ante el facultativo cierto laberíntico mapa de dolencias invisibles, pero, incapaz de inventar para su interna topografía un sutil idioma técnico, se retorcía angustiosamente en la áspera red de un insuficiente dialecto provincial, como ese pensador, dueño ignorado de una maravillosa arquitectura filosófica, que, no hallando la justa, la brillante fórmula reveladora, cruza el mundo cejijunto, perennemente nostálgico, de la cumbre, sin más refugio que su huraño cuchitril de genio incomprendido. Porque lo difícil no es inventar un sistema o padecer una solapada enfermedad, sino hallar su expresión exacta.
El tiempo reservado a cada examen era muy breve, y el mozo precipitaba su doliente reseña, sin lograr ser atendido. Se oía la voz tímida del feto y la voz grave del doctor. Un recluta se resistía a nacer. Y el médico preparaba el fórceps, después de agotar muy delicadas manipulaciones...
Por fin, el mozo brotó de manos del doctor, hecho ya infante. Ante la vida nueva, gimoteaba cómicamente, en vez de agradecer a los dioses tan evidente cédula de ilesa humanidad.
De nuevo comenzó a avanzar la hilera. Julio, eutrapélico, se preparaba a deducir de aquel espléndido lote de mozuelos desnudos un porcentaje aproximado de Tersites, pero suspendió su liviano propósito, para entregarse en manos del doctor, y, adquirida su patente de varón, nutrido de posibilidades heroicas, cruzó los umbrales de la vida castrense y penetró en el mundo.
Le aguardaba allí una ducha bautismal; luego, un puñado de lienzos y de pañosque al punto hicieron de él un ente, sólo clasificable por el número del almacén. Ya vestido, anotaron su nombre en un registro. Al preguntarle por su profesión, se turbó un poco, pero, reponiéndose, dijo:
—Viajero.
—¿Cómo?
—Viajante.
—¡Ah!
En esta vaga profesión cabían todas las posibilidades comerciales, como en la nueva cédula vital de Julio cabían todas las heroicas. No comprendía bien por qué recogían en aquel códice algunos restos de prehistoria individual, sin interés ninguno. Apenas se comprendía nada en aquella ruidosa casa de maternidad castrense: el mando se reserva siempre los últimos secretos.
Pero Julio se dejó llevar dócilmente. Asignaban un soldado veterano a cada recluta, para que les asistiese en los balbuceos de la vida marcial. La niñera de Julio se llamaba Arturo Sánchez, y Julio saludó jovialmente a aquel ahilado gastador —violinista en vidas anteriores—, que en los paseos del batallón por la ciudad iba limpiando la calle de chiquillos. Arturo, ojo avizor, iría apartando de los pies de Julio todos los artículos del Código en que el nuevo recluta pudiese, aturdidamente, tropezar.
Algunos cicerones extendían su solicitud más allá del cuartel, y guiaban al novicio a través del enmarañado plano erótico de Barcelona; servían de nodriza confidente y de cómplice cicerone; pero las faenas pedagógicas de Arturo tendrían su límite, a unos metros del centinela, en la Gran Vía Diagonal.
Allí quedó Julio, abandonado a todos los caprichos de los dioses, cuando horas después salió a la calle, ya fajado y rebosante de franjas rojas y botones metálicos, hecho núcleo de una masa granate, blanca, negra, dorada y azul, completo ya su equipo, su canastilla de infante, dotado de ímpetus vírgenes, acuciado por estímulos inéditos.
El aire, el sol, el asfalto, todo emanaba una fragancia nueva. El viento era más dócil: se sometía fielmente a los bruscos embates de los brazos de Julio, que iban y venían desordenadamente, desalojando grandes volúmenes de aire, estrenando su recién adquirido dinamismo. El sol se hacía chiquitín en cada botón de las metálicas hileras, se difundía, alborozado, por el grana y azul del tieso equipo; este sol, fugitivo horas antes de aquel negro y mortecino joven que, huido de una celda, había entrado a morir en el cuartel.
También el asfalto era nuevo. Los duros borceguíes se hincaban bizarramente en la acera, tan distintos de aquellas melindrosas botas de cordones, que gemían al duro contacto de cualquier picudo guijarrillo.
Aunque faltaba la más gozosa experiencia: ¿serían también nuevas las mujeres? Por aquella parte, la Gran Vía Diagonal estaba casi desierta, pero no tardó en presentarse la feliz coyuntura: llegaba, taconeando, una muchacha... Antes, cuando, de tarde en tarde, recorría una calle cerca, por azar, de una mujer, Julio encerraba sus ímpetus en cápsulas herméticas; se limitaba a anotar en un catálogo ideal una síntesis de ritmos plásticos, que luego, en soledad, iba desovillando. Pero hoy, Julio se siente empujado hacia una nuca morena; se le huyen sus manos hacia un brazo redondo, semidesnudo; de su boca fluye una frase caliente, algo de brasa, de claveles, de rubí...
II
La Gran Vía Diagonal extendía sobre Barcelona sus enormes brazos oblicuos, de los que colgaba la ciudad por robustos cables, posibles caminos paralelos que se abrían ante Julio, invitándole a exploraciones sin fin. Rectas cruzadas perpendicularmente, panal inmenso donde, lentamente, se iban ennegreciendo las celdillas. Julio fue leyendo, en un plano, los nombres escritos al remate de cada vertical: Balmes, Roger de Flor, Aribau, Muntaner, Casanova, Villarroel, Rocafort, Entenza... Fueron desperezándose los nombres en el polvoriento alvéolo de la memoria, donde venían dormitando. Nombres ya cansados de erguirse ante un infolio o una hazaña, que ahora preferían prodigarse en millares de postales iluminadas y hojas de papel comercial. «Te espera en Balmes, 5, tu Gloria.» O «Quesos, Villarroel, 9». Los nombres iban así perdiendo su empaque del fichero, y, mezclados con el vino, las frutas, el amor, la aritmética y el agua mineral, engrosaban el caudal íntimo de palabrascuyo pasado llega a borrarse bajo las ricas sensaciones que sobre ellas va el presente acumulando. Julio saludaba a aquellos nombres, ya lavados de su mohosa sombra de nicho, quepulidos, esmaltados, de una tersa blancura o de un bello azul, proyectaban sobre la acera la luz risueña de este día nuevo. Aquellos nombres no vinieron al Ensanche a usurpar celebridad alguna, como en tantas viejas urbes donde el Racimo, la Palma, el Granado, de tan fascinadora estirpe lírica, van cediendo su puesto a la legión obscura de López y Bartolínez, que brota de la copiosa selva política, nacional —¿qué senador Gutiérrez fijará su nombre en tus muros, oh toledano Callejón sin salida de los Niños Hermosos?—. Aquellos nombres surgieron allí, sobre un ribazo, entre blancas parvas de lienzos puestos a secar, entre escombros, junto a las higueras de algún huerto medroso ante el azote de la inminente expropiación. Había nombres ya fijos en un muro, en una tapia, convertida en reclamo de un vino; otros, clavados al extremo de un poste, futura arista de un cine, de un templode un bar. Como en tantas bromas de la ciencia, el nombre precedía allí a la cosa. La historia del rótulo era la prehistoria de la calle. Seguía el nombre una vaga geometría, un esqueleto, que tardaría en ceñirse de músculos, en regarse de sangre, en colorearse de epidermis ciudadana. Y, después, madurar, vivir, incendiarse, desmoronarse... Julio revistió los nombres alineados a lo largo de la petulante y semidesnuda avenida. Un recluta recién nacido comenzaba a aplicar a las cosas su método marcial. No habiendo reposo para realizar una escrupulosa revisión de aquellos nombres, bastaría una rápida y generosa revista. Sonreír a los amigos, saludar a los desconocidos, charlar con los íntimos. Balmes, Roger de Flor, Villarroel... Julio se detuvo ante los tres, ¡tan distantes! Villarroel, casi al extremo del brazo derecho. Roger de Flor, del izquierdo. Balmes, cerca del pecho —el paseo de Gracia era el pecho—. Julio, general en jefe de ejércitos ideales, eligió el tercer nombre. Para entrar en Barcelona, escogió la calle de Balmes, por donde se le había desvanecido la bella transeúnte. La calle de Balmes, con todos sus tentáculos, con todo el vital engranaje de una calle de ciudad populosa, en alguna de cuyas ruedas podría quedar Julio prendido; con todos sus panoramas, entrevistos a través de una persiana, en cada zaguán, en cada azotea. Balmes, no con todos sus recuerdos, que desde hoy quedaban definitivamente borrados, sino con todas sus sorpresas intactas. Balmes era el camino de una ciudad viva, no el sendero, entre cipreses, hacia una cripta de ideas.
III
Julio, ente aritmético, peón rojo y azul destacado de un pelotón movido por un solo resorte, en plena posesión de un nuevo mecanismo vital, comenzaba a internarse en Barcelona. A trechos, el aire se coagulaba, se solidificaba en los sugestivos fanales de las tiendas, que invitaban a Julio a trasponer el umbral, a completar su pintoresco atuendo con deliciosos pormenores.
Un escaparate le ofrecía bruñidas máquinas para pulirse el rostro; otro, menudos relojes de pulsera, plumas de oro, una gama de perfumes, iris de pañolitos de seda... En un momento podía Julio adicionar, a la fresca irradiación de su lozana juventud, un halo artificial, el nimbo de los perfumes, donde podrían prenderse tantos delicados olfatos de hembra, el áureo nimbo de las joyas, anzuelo para tantas pupilas encandiladas... O el de una cultura de manual, donde podrían prenderse tantas admiraciones aturdidas.
Pero era pronto para penetrar en un mundo largamente aderezado. Julio exigía algunas horas más para respirar aquel aire infantil, para calentarse en aquel sol revoltoso, de marzo, por calles recién inauguradas, entre mujeres de fragancia inédita. Se había tropezado con un perfil nuevo, original, pero sin materia viva alguna coloreada definitivamente, sólo emborronada por una tinta advenediza, que era urgente sustituir por los colores puros, firmes, armoniosos, que el dibujo reclamaba. Y temía encajarse tan pronto en la formidable máquina del mundo, recibir esa dolorosa presiónque deja grabados para siempre los colores auténticos.
Sentía miedo, un miedo alborozado, lleno de fe en la agilidad, en la dureza de su propio perfil, que había de resistir todas las angosturas del engranaje; miedo a dejarse sacar pruebas de sí mismo, por extraños obreros, en la inflexible minerva... Presentía lo penoso, lo difícil de llegar a un perfecto ajuste: ese obstinado desequilibrio entre la silueta y la máquina, como en la tipografía.
Al principio, la calle de Balmes miraba a Julio con curiosidad de hembra ciudadana que ve pasar a un forastero atolondrado. Pero en silencio. Las pupilas de los muros se abrían sobre Julio serenamente, dejando que sobre ellas resbalase el nuevo infante rojo y azul, de torpe andar, de desmesurado dinamismo, mal dosificadode mirar indiscreto, como de un ser que esconde su cívica individualidad y utiliza para sus pequeños menesteres una representación, una entidad colectiva irresponsable.
Pero más tarde, cuando ya la inquieta ciudad empujaba hacia el número 39 de la calle el índice de su fiebre, tras el balón de aire cuajado de un escaparate, se abrieron unos grandes ojos incisivos, que no dejaron resbalar a Julio. Allí quedó, ante ellos, en la equívoca actitud del que contempla tenazmente un vago objeto, por convertirse en otro que, a su vez, se siente contemplado. Una sirena acababa de nacer en el remanso cristalino, donde se bañaba toda la mitología, repartida entre algunas docenas de cartones. La separaban, además, de Julio un grupo de vírgenes cristianas —ÁguedaInés, Cecilia, Eulalia, Genoveva...—, una flora académica y una fauna de cabaret. Diminutos orbes fantásticos, triviales, divinos: París, vacilante, entre sus tres amigas; Juno, paseando su arrogante desnudez por el Olimpo; Antínoo, Montserrat, la Chelito, el Tibidabo...
Pero Julio se cansaba de aquella hipócrita contemplación de trozos de cartulina, y decidió seguir la marcha. Avanzó unos pasos; creía ya haberse arrancado de aquella inesperada sirte, cuando se halló con los dedos apretados a la planchuela de broncedonde leía: «Empujad».
La puerta cedía suavemente, y a Julio le acometió el mismo religioso miedo que sentía en todos los umbrales. Penetraba en un mundo nuevo, del que no tenía aún medidos los grados de absorción. Acababa de nacer, y ya podía hallarse al borde de una sima. Iba a retroceder, pero, en su nueva fase vital, se le antojaba cobarde huir ante el enemigo. Era mejor inventar una razón para seguir avanzando: Julio era seguido, de lejos, por un pasado, que convenía ahuyentar. Un medio para alejarlo cada vez más era ir arrojándole, no el almibarado pastel de una carta, sino el hueso mondo de las postales, donde, por cierta escala descendente, de términos borrosospodía ser dosificado solapadamente el olvido.
Ya la puerta del cristal estaba abierta, y Julio, mal provisto de flechas, penetró en la selva virgen, donde le aguardaba una dudosa escaramuza. Se adelantó al mostrador, y buscó, audazmente, los ojos retadores.
Allí estaban, pero habían cambiado de órbitas. Era idéntica su vivacidad, pero era diferente su montura. Estaban incrustados en un rostro maduro, en que los músculos, fatigados, se cansaban de expresar. No era aquélla la misma frente, ni eran aquéllas las mejillas. En un segundo habían perdido tersura, habían ganado veinte años.
Pero eran los mismos ojos. Al aparecer Julio, tendieron sobre el tablero sus puentes luminosos, mientras una voz afable preguntaba:
—¿Qué desea?
Julio iba a contestar: «Quiero saber por qué sutiles artes de hechicería unos ojosengarzados bajo curvas de oro, pueden cambiar en un instante el color de su dosel.
Qué se hizo de aquella frente rosa que se abombaba sobre esos ojos. Cómo pudo en un momento vivir veinte años y plegarse en dos arrugas. Qué refinada prestidigitación abultó tanto aquellos labios que acabo de ver posados en el cristal, enrojeciendo ese acuario, aquellos labios menudos...». Pero contesta:
—Deme el Tibidabo. Y otra.
Julio invierte en elegir la otra postal el tiempo que bastaría para elegir el traje de boda de una melindrosa princesa. Examina los palacios, bloque a bloque, y el marfrunce a frunce.
Pero el enigma de la transmigración de los ojos no era tan fácil de descifrar, y Julio se vio empujado nuevamente hacia la puerta. La acera iniciaba un declive descendente, y Julio se iba sumergiendo en Barcelona. Sus pasos tenían siempre la deliciosa vacilación de un infante que está aprendiendo a andar.
En las Ramblas, la curva de su marcha se enroscaba sobre sí misma. A Julio le aguardaban allí todas las sugestiones de un parque en proyecto. Los elementos estaban esparcidos, dispuestos para fundirse en una arquitectura, como para distribuirse en un archivo. El terreno estaba dividido en parcelas arbitrarias: en una, se agrupaban las flores; en otra, los pájaros; más allá, las estatuas, y, por fin, el agua.
Acaso no respondiese todo aquello a un ensayo de construcción, sino a un propósito de crear lotes de naturaleza según el gusto de los clientes. Era admirable el espíritu mercantil de la ciudad.
Pero tan ruidoso vaivén fatigó a Julio, y, apartándose de las Ramblas, se hundió en la parcela menos dosificada, por una callejuela que ya formaba parte de la urbe pura, hecha sólo de muros, de aceras, de umbrales y de transeúntes, sin interpolaciones de selva o de jardín zoológico, con su medula sabrosa de arte, con su catedral góticadonde Julio se sentó a descansar. Porque el mejor punto de reposo y de partida para una cadena de meditaciones es el escaño de un templo ojival. Lo protege un bosque de palmas, pero sin pájaros que picoteen el silencio. Lo defienden los muros de un palacio, donde el señor nunca aburre con preguntas.
Julio comenzó a desdoblarse, para tener con quién hablar. Lamentaba no haber invitado a Arturo a acompañarle en el viaje. El hombre, como un cuadro, aun el más hermético, debe dejarse libre un ala, para que puedan de ella asirse los demás; pero ningún órgano crece sino en presencia de un estímulo. Julio necesitaba buscarlos. Ahora, destacaría de sí al Julio más tímido, al Julio aprendiz de hombre social, al menos firme de todos los Julios escondidos bajo un mismo uniforme. Era preciso robustecerlo, aun a costa del Julio original. Una nueva vida comenzaba exigiendo un sentido, un plan. Elegir pronto entre estos dos caminos:
Primero, crearse un presente.
Segundo, elaborarse un porvenir.
Pero le detuvo el pensamiento una pareja de amantes que brotaba de la sombra de una capilla. Acaso el verdadero deleite erótico logre su expresión más honda en una obscura catedral a las dos de la tarde, mejor que en un luminoso cabaret a las dos de la madrugada. Las sombras rodean solícitas a los enamorados. Desde lo alto de sus ménsulas les saludan algunas amadas de artistas, convertidas en santas por el oro de la fe. Así recuerdan sus horas de modelo, ellas que ahora, tan lejos de su Cellini, se ven cubiertas de polvo, con la calavera en la mano.
Una rubia Magdalena se mira el nimbo dorado, único signo que la separa de su hermana Afrodita —también de oro—, de aquella Afrodita que huyó una noche del taller, adquirida por el oro del snob... Y Julio, ya en plena dispersión, no pudo poner de nuevo en marcha el pensamiento.
IV
Cuando a la tarde siguiente oyó Julio al grupo de sus camaradas de pelotón prorrumpir en gruñidos de voluptuosidad ante el fanal que protegía los ojos huidizosvio claramente la voluntad de los dioses, y aceptó, emocionado, su papel de favorito de la encantadora. Como el poeta, se dejaría confinar su presente por aquellos brazos blancos, por aquellos dedos redondos, que repiqueteaban en el cristal, despertando en la calle una muchedumbre de apetitos. En el pan de su belleza, cuyas migajas ideales llegaban hasta los compañeros de Julio, aquellos malignos dedos habían ya deslizado el veneno homérico, y los infelices reclutas, en triste reata, corrían a precipitarse en las abigarradas pocilgas del Paralelo y sus contornos. La varita mágica era inflexible. Julio no intentó oponerse. Resuelto a no dilatar la aventura, quiso impedir un nuevo escamoteo de los ojos transmigrantes, y entró de golpe en la tienda. Aún pudo sorprender el conato de fuga. Quedaron allí los ojosdetrás de una vitrina, mirando burlonamente. Y en el mostrador, su copia exacta, en un estuche gastado. Un vago gesto indicando cualquier álbum. Una sonrisa comprensiva en la boca más usada, y un temblor de manos al hojear el álbum de cupletistas pintarrajeadas que le ofrecen. Julio se sentía arder la frente y una sien: de su cabeza sólo quedaba libre de saetas la otra sien... Paisajes cursis, parejas amarteladas... —Otro... Ahora, reproducciones de museo, mitología al por menor, mármoles averiados... Julio se sentía víctima de un ceñudo interrogatorio. Era un examen de buen gusto. Le arrojaban, gradualmente, preguntas cada vez más laberínticas. Y la hechicera aguardaba, recelosa, quizá impaciente, el fallo. Acaso no veía en Julio todos los signos prefijados por los dioses. De pronto, llamaron desde el interior, y ella fue invitada: —Cecilia, atiende al señor. Comenzaba a cumplirse el augurio. Julio tembló al quedarse a solas con Cecilia. Nunca se ha realizado tan minuciosa revisión de valores pictóricos internacionales como la que Julio acometió aquella tarde. Lentamente, desfilaban las Madonas, los Apolos, las Bacantes. Julio rechazaba, uno a uno, todos los mitos. Venían bailarinas de Pompeya, vestales, dríadas, penitentes, ninfas... Hasta que Ella surgió entre dos monjes de Ribera. Desnuda, con la varita en las manos, inclinando hacia delante el busto armonioso, llamando a los viandantes con voz de caramelo. —Ésta. —¿Circe? —Circe.
V
—¡A qué grados de penoso barroquismo puede llegar una función, en apariencia tan sencilla, como esta de andar!
Al decirse esto, Julio dio media vuelta. Luego, giró hacia el costado izquierdo por quinta vez, después de haber girado ocho veces por la derecha. El pelotón retrocedíaavanzaba, se detenía bruscamente, variaba de frente, perseguía con disciplinada tenacidad figuras exactas. El encerado se iba cubriendo de oblicuas, de paralelas, de perpendiculares, como en una lección de infantil geometría.
—¡Esto es querer hallar la cuadratura de la orientación!
No recordaba Julio que, en toda infancia, la operación de andar es siempre la más costosa de aprender. Aquella mañana, los reclutas dibujaban en la Gran Vía Diagonal un alicatado laborioso. Mientras los arquitectos maduraban en su estudio los planos de futuras construcciones, el pelotón utilizaba aquel trozo de urbe ideal, donde rectas hileras de adoquines fijaban los límites de aceras embrionarias, para marcarse hitos de marcha. Se agotaban todas las trayectorias posibles dentro de las dos solas dimensiones dadas, mientras llegaba la tercera.
—¡Alto!
Juntaban rítmicamente los talones, quedando inmóviles, rígidos. Cada «¡alto!» era la instantánea que permitía sorprender en la fila sus ángulos, sus quebraduras, sus relajaciones. Andar era difícil, pero era más difícil pararse.
Julio meditaba, en la imposibilidad matemática de acompasar tan diversas energías musculares, en el tempo fijado para cada movimiento. El inventor del Reglamento táctico, muy ducho en simetrías, alma rectilínea, odiaba toda sinuosidad; sólo pensó en esquemas angulosos. Eliminó la línea curva. A cada conato de morbosa ondulación, se rehacían las filas, reconstituían sus rígidas paralelas. Todo era un problema de rectificación.
—¡De frente!
A la segunda voz, cincuenta pies izquierdos avanzaban decididos, simétricos. Si sólo avanzaban cuarenta y nueve, el pelotón se detenía, y comenzaba de nuevo. Los errores del avance nacían ya en el primer paso, y se reflejaban totalmente en el último. El resto era una cadena monométrica, tendida entre dos voces.
Y un error de medida producía, automáticamente, un grito del instructor. Cada paso exigía sus precisos centímetros, y cada recluta ejercitaba, durante la marcha, dos funciones: la de moverse y la de medirse el movimiento. El recluta número 50 miraba, de reojo, un determinado botón de la guerrera del recluta número 48, y éste, otro botón de la del 46. El número 2, por fin, miraba al pecho del número 1, de Julio.
Era el número 1 por las razones más sencillas: por ser el más alto. Sus 1.705 milímetros de talla le concedían una engorrosa preeminencia, porque, no teniendo, a su vez, botones de guerrera orientadores, su línea de avance sufría dolorosas oscilaciones. Un capricho del hada que reparte las estaturas le había colocado como primer elemento, al cabo de esta frágil línea recta, que avanzaba paralela a sí misma, al son de un tambor.
Julio era el guía. Para que el pelotón avanzase geométricamente, Julio había de ser fiel a una recta ideal, que, partiendo de su nariz, moría, provisionalmente, en una piedra, en un guiñapo, para renacer y limitarse por un matojo, por una cabeza de vendedor ambulante. Julio, ingeniero de su propia marcha, estaba obligado a recoger en su inflexible trayectoria todas las perpendiculares que los demás le fuesen trazando. Y aquella mañana, Julio ya estaba fatigado del tablero monótono. Una cabeza rizadaelegida como hito rubio de avance, marcó el punto, irreparable, de desmoronamiento de tan disciplinada geometría. La muchacha cambió de frente, y con ella todo el pelotón. Las filas comenzaron a oblicuar lamentablemente. Gritaron:
—¡Ese guía!
El guía mezclaba elementos armoniosos en estos ejercicios de ruda simetría. Y la armonía tiende voluptuosamente a la curva, a aquella infortunada curva perseguida por el Reglamento. Sólo se toleraba en las variaciones circunstancialmente. Y Julio, por su aturdimiento, fue condenado al castigo de la variación, es decir, al suplicio de la curva.
Caía en el hoyo que venía cavándose. Una variación puede ser descanso o tortura, según el costado. Hoy, se realizaban por el ala opuesta a Julio. Julio no marcaba el centro de un arco, sino el arco mismo: para ganar un nuevo frente era preciso avivar el paso, describir sobre la gran pizarra arcos enormes de noventa grados, mientras el número 50, al otro extremo, cambiaba ligeramente de postura.
Y este tormento de la curva se repitió algunas veces, porque Julio seguía interpolando en la táctica de a pie elementos líricos, de táctica de pájaro, que aflojaban la rigidez marcial. Ahora, acudía al campo una adolescente acariciando a su lulú. Hubo un momento en que la tobillera del perrito sonrió picarescamente a Julio. El pelotón avanzaba hacia ella. Julio se le acercaba denodadamente, no como un arrojado amante, sino como un número de fila táctica. Su estrategia era la misma Estrategia, sin metáforas.
Y la adolescente acentuaba sus sonrisas. Julio advirtió, sorprendido, que la desconocida comenzaba a hacerle señas. Era algo inexplicable, porque Julio avanzaba, no según una escala de fervores hacia las bellezas en flor, sino de fidelidad a un reglamento. Pero los ademanes de la muchacha del lulú eran cada vez más vivos.
—¡Ese guía! ¡Majadero!
De pronto, Julio, absorto, se encontró aislado en la Gran Vía Diagonal, ya al borde del campo, como esa letra final de un largo polinomio que queda sin borrar en la pizarra. Se halló desprendido de la simétrica masa, siguiendo una dirección inútil, un compás inútil: aerolito desprendido de un planeta en liquidación, que pretendiese, él solo, seguir el ímpetu y la órbita de la gran mole ausente.
El pelotón había dado media vuelta, y Julio, sumergido en la atmósfera enrarecida del culto a la belleza pura, se había convertido, de número de fila táctica, en arrojado amante de la bella del perrito. Como tantas veces, Julio pretendía alejarse de su cuerpo, sin recordar que su cuerpo le seguiría siempre.
Retrocedió asustado. El pelotón estaba a cincuenta pasos. Cuando se incorporó a la fila, el número 2 le sonreía socarronamente, y Julio le hubiera abofeteado, por no avisarle con el codo, como otras veces. El número 3 blasfemaba, porque presentía una reiteración del tormento de la curva: al fin, su radio era apenas un metro más corto; su curva era también de castigo, de un castigo sin delito. Las evasiones armoniosas de Julio incorporaban al pelotón una turbia levadura de asimetría y de inmoralidad.
Aquel campo de Marte, provisional, amenazado por una irrupción de rascacielosse prolongaba por un extremo hasta la calle de Balmes. Faltaban unos minutos para finar el ejercicio. El pelotón, ya fatigado, apuraba los últimos sorbos de la mañanaevolucionando a pie firme. Frente a Barcelona, rendía honores a príncipes y dioses imaginarios. Se arrodillaba, presentaba las armas, volvía la cabeza a uno y otro costado. Una tregua para los pies cansados, que empujaban hacia los brazos sus residuos de vigor.
Ya el cornetín se disponía a tocar alto, cuando surgió Cecilia en dirección al pelotón. Venía sola, risueña, deliciosa. Julio aventó sus recuerdos de Cecilia para alojar dentro de sí una imagen más fresca frente a ella misma. Quiso hacerle una seña, pero fue inútil: hacía falta un grito. Cecilia se acercaba, mirando, infantilmente, a los reclutas. De pronto, reconoció a Julio, le sonrió. Julio inventó un ardiente idioma para sus ojos, evadidos.
—¡Ese guía! ¡Arrestado!
Julio miró en torno, lleno de sobresalto. Allí estaba el pelotón, no a cincuenta pasos. Pero las dos filas se habían arrodillado ante Cecilia, menos él, menos Julio, que ya la adoraba, y, sordo a la voz del instructor, se había quedado en pie.
VI
Si el campo de atención se reduce, la atención es más viva, según está escrito. El campo de instrucción se redujo para Julio a un estrecho recinto disciplinario. Del Ensanche al calabozo, corría toda la escala de intensidades de atención, y Julio comenzó a meditar agudamente en sí mismo. Un momento pareció que el calabozo iba a ceñírsele tenaz al pecho, y llegó a temer algún brote de dudoso patetismo; pero, alegre y audaz, se arrancó la argolla, inoportuna, y se gozó de verse allí tan solo, tan libre, en medio del recinto hostil. Sin duda, le hacía falta esta experiencia para aumentar así su ya nutrida colección de ambientes.
Se palpó los bolsillos, y extrajo de ellos los objetos a que hoy se reducía su parca intimidad: un libro, unas monedas, un plano de la ciudad, un lápiz... Todo lo que puede llevar consigo un náufrago, que al fin lo ha salvado todo, puesto que se salvó a sí mismo. Le regocijaba pensar en la enorme impedimenta externa que suele acompañar al viajero desnudo de grandes equipos interiores, como suelen rodear al pensamiento huero pomposos cortejos de palabras.
Pero le sobrecogió una inquietud inesperada: iba a sufrir un duro examen de vida profunda, el contraste de los auténticos quilates del oro de su espíritu. Vio, de pronto, su propia intimidad temblorosa, desnuda. Nunca la vio tan encogida, tan pequeña y friolenta. Recorrió Julio las fases de su vida, en que ella fue creciendo, robusteciéndose, desembarazándose de inútiles ropajes. Aquella infancia, soñolienta, en que un pueblo, una vega, un cielo, todo junto, componían la indecisa intimidad de Julio: hubiera querido, en un viaje, poder llevar consigo toda aquella impedimenta —árboles, templo, nubes, viñedos, fuentes—. Su orbe interior tenía las mismas dimensiones que aquel difuso mundo estimulante.
Pero fue creciendo el segundo, mientras se reducía de volumen el primero, aunque ganando en vibración. Cuando, adolescente, ingresó en el internado, ya su intimidad, reducida a unos pocos objetos, podía replegarse en un baúl. Ya no le rodeaba: le precedía o le seguía, a espaldas de un mozo.
Más tarde, en el cuartel, sufrió penosas mutilaciones. Ya no podía extenderse, medrosa, por una celda, siempre atisbada; tuvo que acurrucarse, ovillada, en la angostura de una mochila, capaz de ser llevada a cuestas como un equipaje de romero, de servir de piedra de asiento en las marchas, de almohada en los vivacs...
La intimidad iba así eliminando todo lo superfluo, jirones de lo sustancial, endureciéndose, depurándose; de ella, apenas quedaba ya la almendra amarga, como esas frases definitivas, duras, hirientes, del buen estilo, que acaban de expulsar su último epíteto impreciso.
Ahora, dentro del calabozo, temía perder aquella última almendra, quedar solosin su propia intimidad. Apenas le quedaban unos menudos objetos: los que podía guardar en el bolsillo. Todo el mundo acabaría por ser de propiedad ajena; todo, excepto aquel lápiz, aquel plano, aquellas monedas. Estaba a un paso del náufrago queen plena desnudez, arriba a un islote desierto. Julio pensó en el puente qué podría lanzar desde el islote a la gran playa. ¡Una botella, con un mensaje de amor dentro! Restaurar su intimidad maltrecha. Un nuevo recinto donde aturdirse, antes de que esta intimidad, ya tan regustada, le supiese a ceniza.
Era preciso, en suma, enriquecer su presente, crear otro más risueño. No era tan fácil: el mundo está montado para fabricarse en él futuros. Todos sus talleres tienden a ofrecer al obrero humano lo indispensable para obtener un porvenir a trueque de irse viendo desmoronar el presente. Desde el humilde centón, Los cien medios de ganarse la vida, hasta los grandes Bancos, todo está organizado para que, siguiendo ciertas escalas de resignación, al precio módico de un puñado de virtudes menores, pueda comprarse un porvenir.
Pero Julio, recién nacido, que apenas sabía andar, no comprendía tan lenta marcha a través de los escalafones. Si el mundo no le ofrecía materia para elaborarse un presente, él se lo robaría. Suele el hombre de porvenir dejar el mundo intacto: sólo toma de él leves porciones de aire —ilusiones, fe, convicciones inamovibles—, porciones de color, de epidermis. La medula de las cosas queda entera para el hombre del presente. Mientras aquél se empeña en aceptar el mundo como un largo pasillo, al fin del cual no hay nada, éste lo acepta como un nutrido bazar, que gira en torno. Desde su ejeadiestra cada minuto un tentáculo nuevo para apoderarse de una imprevista, de una fugaz belleza. Julio sería dueño del mundo si conseguía amaestrarse para percibirlo bien.
Y en este bazar, de efímeros juguetes, el más lindo era el amor. Julio comenzaría por acercarse al amor, a ese amor que Cecilia iba aplazando, a espaldas de la soberana decisión de los dioses. Urgía lanzar la botella, y escribió este mensaje:
«Cecilia: Esta mañana, a tu paso, todos mis compañeros se arrodillaron, excepto yo, que te adoro. Por tal irreverencia, te escribo en un calabozo, donde intento apoderarme del mundo. Quiero, en tu intimidad, mi puesto, señalado por los dioses, y estoy impaciente por conocer tu voluntad. El calabozo agudiza todas las fiebres, singularmente las del amor. Cuando me acerque a ti, seré una brasa».
Y obtuvo esta respuesta:
«Me impacienta adivinarte hecho ceniza. Ven pronto, para detener el incendio. Te aguarda un jarro de agua fría».
VII
Julio acudió a los tres días, y Cecilia le preguntó, riendo: —¿Decides, por fin, arrodillarte? —Cúmplase tu voluntad. Eres mi diosa. —Una condición. Debes crearte un porvenir. —Entonces no me quieres a mí; quieres al hombre que resulte de una larga elaboración. —No te comprendo. —Es que yo... intentaba crearme un presente. —¿Qué es eso? —Pues... algo provisional. Figúrate un viajero que nunca llega. —No, no. Debe ser algo definitivo. Tienes talento: lo dice mamá. Hay que aprovecharlo, crearte un porvenir en serio. —¡Si al menos fuese alegremente! Julio salió de allí maldiciendo de la pesada broma de los dioses. Romo, lacio, turbio, comenzó aquella tarde a huronear por Barcelona, buscando un porvenir. Leyó en un balcón: «Carreras especiales», y subió al piso. Le recibió un afable anciano. —¿Qué desea? —Un porvenir. —La Academia puede ofrecerle varios muy decorosos. Contable, perito agrónomo, policía, topógrafo. —Topógrafo. —De seis a ocho. Pago adelantado: 50 pesetas. —No tengo dinero. —Entonces... —Admítame. Le pagaré en cuanto pueda. —Pero ¿no tiene a nadie en el mundo? —Acabo de nacer. —¿Y sus padres? —Yo no tengo padres. No tengo pasado. —Pues, hijo mío, debe usted tenerlo. Hay que apoyarse en él para todo. Búsquelo: seguramente lo tiene, y no se lo deja ver su vehemencia juvenil. —¿Para qué voy a apoyarme en nada? Me basta con un mes o dos de crédito. Yo buscaré el dinero. —Entonces, se apoya en mí, que también soy un pasado —dijo, sonriente, el profesor—. En fin, venga desde mañana. Pero le es urgente buscar su pasado. La sociedad es implacable... Debe usted crearse un pasado.
VIII
Julio se lanzó a buscar dinero. Leyó en un periódico: «Se necesitan buenos copistas...», y subió a casa de un notario. Al día siguiente comenzó a copiar un testamento.
¡Qué fácil era crearse un porvenir! Recorrería los campos, tomaría las medidas al paisaje. También copiar últimas voluntades era muy divertido: la gente se ponía muy cursi a la hora de la muerte, porque si crearse un porvenir es fácil, no lo es tanto liquidarlo.
Aquel testamento era un curioso epílogo de comedia doméstica. Un día, cierto mozuelo de quince años entró en una tienda de comestibles buscando, como Julioun porvenir. Le fue fácil elaborárselo. Bastaron cinco años de llevar sacos al hombrodoce de amar lánguidamente a la hija del principal y treinta y ocho de sonreír a las clientes detrás del mostrador. Aquel mozuelo era hoy un difunto, y en su testamento realizó todas las piruetas que nunca se atrevió a realizar mientras duró su vida. Toda su parte de locura la reservó para la última jornada. Pero sus parientes protestaban de aquel póstumo cambio de carácter...
Y Julio, sin adelantar nada en la copia, se entregaba a sabrosas reflexiones ante aquel precipitado balance de un porvenir tan ordenadamente elaborado a fuerza de bíceps, de falsas sonrisas y de contenido amor...
Julio fue despedido de casa del notario, como despedirían a un albañil que se detuviese a demostrar sobre cada ladrillo la igualdad de los ángulos opuestos de un paralelogramo.
Pero Cecilia le tenía reservada una sorpresa. Una tarde le hizo entrar en la trastienda, y, señalando un grupo de muchachas sentadas en torno a una gran mesa, le invitó:
—Ilumina postales. Mamá te nombra encargado del taller. Ganarás más que copiando pliegos.
—No soy pintor.
—Basta con un poco de buen gusto. Vas extendiendo los colores... Para entrenarte, aquí tienes estos paisajes y estas cupletistas. Vístelas a tu gusto.
Julio comenzó a extender una suave tinta albaricoque por los hombros de una «estrella». Construyó para los senos unas finas rodelas de plata. El pincelillo acariciaba con fruición todos los relieves. Pero una de las muchachas le apuntó:
—No dé usted tanto naranja.
—Déjalo, Rubí —replicó otra.
—¿Se llama usted Rubí?
—Bromas de ésa. Todo porque un quinto me dijo una vez no sé qué de rubí partido en dos. Me hizo gracia... Pero me llamo Antonia.
—¿No recuerda a aquel quinto? Soy yo.
—No lo creo. Fue en la Diagonal.
—Sí, sí. Soy aquél, más un bigote. Los dos acabábamos de nacer, pero yo tenía ya la talla de hoy, y el bigote era apenas una pelusilla. Mido la vida de ahora por la longitud de ese bigote. Es como un nonio aplicado a la regla mayor: para todos mide una fracción de edad, aunque para mí mide un número entero.
—No entiendo una palabra. No dé usted tanto violeta.
—Es que usted no viene a mi Academia. Deme aquel verde. Voy a inventar un crepúsculo.
—Basta con un poco de rosa. Se pintan así... ¿De veras era usted?
Rubí le mostraba un modelo de crepúsculos. Como en el pelotón, le daban con el codo, para que no le retoñase la personalidad. Pero él seguía pensando en su invento.
—Sí, era yo. Pero este bigote, que da luz a mi verdadera estatura, le da sombra a mi cara. Por eso duda usted. Deme carmín.
Era cierto. Julio, en los primeros días de su reciente infancia, liquidó rápidamente las existencias retóricas de su vida anterior. Repartió entre las bellas concurrentes al Ensanche algunas docenas de metáforas usadas, y hubo dócil adolescente que soportó versos enteros. Ahora, Julio, estimulado por Rubí, se entregó ardientemente a la faena de crear una alborada, empresa fácil, por la suma vaguedad del tema. Al fin de la jornada, Cecilia se le acercó, diciendo:
—Has ganado unos diez céntimos, y has hecho el amor a mi mejor obrera. Tendré que despedirla.
—¿Yo?
—Sí; todo lo he visto desde la tienda.
Julio desistió de crear ocasos y matizar senos de artista. De nuevo comenzó a buscar en las planas de anuncios la invitación: «Se necesita un joven». Pero siempre querían un joven con pasado. Pedían referencias... Y de sus excursiones volvía siempre muy alegre. Cada choque le endurecía un costado. De vuelta de cada yunque le brotaba un nuevo relieve. Una vez le dijo Arturo:
—¿Vas a pedir trabajo o a dar lecciones de indiscreción?
—Voy a sacarme pruebas de mí mismo, y cada vez salen más fieles al original.
—Tu manía.
—No; mi método.
Al fin, Julio dijo, alborozado, a Cecilia:
—Voy a tener dinero. Pronto pagaré a don Braulio.
—¿Quién es don Braulio?
—El que me confecciona el porvenir, el profesor de mi Academia. Copio música para un cine: me lo ha procurado Arturo, mi niñera. Y me divierte mucho ese trabajo. Es un encanto enredarse en el pentagrama, seguir la cuerda floja por donde brincan las notas. Se empinan, se hunden por encima, por debajo de los manojos de acordes enfilados bajo la maroma. En la música vieja, la melodía es siempre una bailarinaque danza sobre espesos edredones. Me gusta ver a las frases jugar al escondite; perderse en el subsuelo de los bajos, para volver a asomar allá arriba, en lo más alto, como chiquillos encerrados en un sótano que de pronto asoman, alborotando, por una chimenea. Y vuelven a bajar precipitadamente, amartelados en un dúo, riñendo en una fuga, para resbalar, al fin, y hundirse juntos en la honda sima de un calderón. Y los trinos, piropos de la melodía, racimos de cascabeles colgados de la maroma. Y la fina endósmosis de los retardos. Y esos recios subrayados que precipitan el desfile del tema: cada barra duplica la velocidad. Verás... Un grupo de corcheas aún marcha despacio, porque sólo lo subrayan una vez, pero otro de semifusas cruza locamenteporque lo subrayan cuatro. Todo lo contrario que en la frase, donde el subrayado pide siempre lentitud...
—Pero si también eso te entusiasma, ¿cómo vas a ganar dinero?
Julio no contestó. No quería revelar su segundo amor: el amor a las cosas, tan generoso, tan lejos de toda intención de reciprocidad; era el amor que le consolaba de su fracasado amor a los hombres. Cada día es posible hallar en las cosas un estrato nuevo donde robustecer aquel amor, mientras el hombre, en lugar de ofrecer un nuevo panorama, nos hace tropezar con un ceñudo centinela.
Una tarde, en su primera infancia, fue Julio invitado por otro niño a mirar por un tragaluz. En un sótano colgaban y se apilaban, según el camarada, racimos de moscatel, granadas abiertas, roscaderos de manzanas: gran fiesta para los ojos y para el olfato. Corrieron los dos rapaces al tragaluz, pero, al pretender asomarse, huyeron asustados: desde el interior miraba hacia la calle un rostro humano, partido en dos por un barrote... Y ya no era aquello una gozosa perspectiva, sino un fosco, un enconado, un hostil punto de vista.
IX
Volvían de un ejercicio de tiro. Cruzaban la ciudad aburridamente, como noveles cazadores que acaban de disparar su último cartucho, sin traer nada en el morral. Al entrar en la calle de Balmes, Julio se dispuso a realizar el cruce de sonrisas establecidoúnica efusión galante que toleraba el Reglamento táctico para tropas de Infantería. Porque los segundos que duraba el pasar ante el mitológico escaparate era preciso medirlos con igual ritmo apresurado que si entre los cristales yaciese la momia venerable de Wifredo el Velloso. No se admitían, en ningún sentido, ritardandos emocionales.
No se realizó tal cruce. Nadie en el escaparate. Julio pasó, sin saludar a Cecilia, al compás del dos por cuatro. Y en el cuartel recibió esta noticia:
—Tu novia está grave. Tiene una fiebre muy alta.
Le horrorizó la sola sospecha de perder la encantadora. La vida de Julio quedaría en una encrucijada, si los dioses borraban de la tierra a aquella mujer, que tan sabiamente conocía todos los caminos de la beata ordenación. El porvenir de Julio lo elaboraban entre Cecilia y don Braulio —entre el amor y el tedio—, y al desaparecer Cecilia, se rompería, lamentablemente, el equilibrio...
Ese implacable porvenir, que, hora tras hora, se iba engullendo la lozana juventud de Julio, perdida la domadora, huiría al bosque, dejando libre a su víctima. Y Julio recobraría la deliciosa perplejidad del hombre que recibe cada día como un fruto sabroso que mondar, que exprimir, no como un grave escalón que saltar hacia un piso conocido. Podría repartir sus días entre los más obscuros deseos, pintorescos mendigos, harto tiempo asustados por la varita hiriente, inflexible, de la dulce domadora. Podría acogerlos a todos, solazarse con ellos, vagar con ellos por la ciudad, buscar al más humilde, al más tímido, para tenderle los brazos y partir con él el sabroso pan del tiempo, ya eliminado el veneno sutil de la hechicera.
—¡Qué tierno epílogo —pensaba— el de estas horas patéticas, consumidas en un taller de confeccionar futuros! Época dramática, ya a punto de ser borrada de la cuenta de mi vida. Ahora, sentado en medio del tiempo, en lugar de correr tras él, podré ir pensando, volteando, acariciando, dilapidando los minutos, regalándolos a cualquiera voluptuosidad pasajera que me tienda la mano...
Pero ¿no es doloroso pensar que ese libre goce de las verdaderas riquezas del mundo haya de conseguirlo a costa del sacrificio de Cecilia? Apenas ha transcurrido un minuto de su muerte, y ya el minuto de la triste noticia ha perdido su acritud. Mi amor a Cecilia avanza, cabizbajo, hacia las cañadas de la melancolía, humo azul que sólo flota sobre escombros. Sobre la lápida, aún fresca, se van amontonando las horas, creando, lentamente, el delicioso mausoleo de la nostalgia.
¡Delicioso! Le asustó la cruel palabra. Es decir, lleno ya de voluptuosidad, hecho deleite el recuerdo, hecho fina araña, fuente inagotable de impalpables hilos de placeres, sutiles cables tendidos entre la hora actual y la hora desvanecida.
X
Julio está izado en la cima del monte, como un imperativo categórico. Es una consigna en la punta de un cuchillo: un centinela. A sus pies, la ciudad asesta fieras lanzadas a la noche, que se bate en retirada, que se va acurrucando en los suburbios. Las sombras emprenden la fuga, dejando abiertas las entrañas palpitantes de la ciudad, como después de una implacable autopsia.
Porque la escaramuza abrió en la pulpa bullente anchas heridas de luz. Brotan de aquí y allí regueros encendidos, del vientre, de los hombros, de los brazos, hundidos en el mar, por entre los que van y vienen gasolineras. Fueron, al principio, leves alfilerazos, rasguños poco perceptibles; crecen pronto, hasta cruzarse en cientos de canalillos de oro, que a trechos se rompen, bruscamente, por la invasión de las grandes arterias municipales, desbordadas.
Julio —vaga sombra inmóvil— asiste desde su atalaya a las luchas primitivas de la luz y las tinieblas. Hoy, la luz blande un arma peregrina, hecha de rayos prisionerosa lo largo de un cordón. Rosas blancas, rojas, amarillas, brotan de los hilos finísimos de que está urdida la túnica nerviosa de la ciudad.
Las tinieblas, ya sin fosos donde esconderse, salen huyendo, despavoridas, por el campo; se arrojan al mar, donde son acosadas por otras guerrillas de flechas blancasrojas, azules, que se disparan desde los enormes trasatlánticos, desde las negras panzas de los acorazados. Brotan de los tallos de los mástiles racimos de proyectiles luminosos; mil ojos soñolientos se entreabren a lo largo del puerto. El agua se ennegrece más, al empaparse de sombras, que en su último estertor azotan a las menudas lanchas perdidas —como pilluelos— entre los grandes monstruos.
La noche es un descomunal fantasma de millares de pupilas enfiladas hacia Julio. Haces de nervios; manojos de caminos innumerables, que invitan a Julio a sumergirse en ellos, a buscar en cada uno la ruta de un deleite, la estela de un placer, el pulso robusto, el poro abierto, por donde ir midiendo la magnífica vibración del coloso. El coloso se estremece todo a los pies de Julio. Acaba de recapitular sus energías, y se lanza, gozoso, a derrochar un sobrante al calor de unos brazos que se le enroscan al cuello, ante unas copas, donde hierve un poco de locura.
Un puñado de sombras, despavoridas, fatigadas de recorrer las calles y el mar, trepan en dirección a Julio, se acurrucan unas bajo los pinos, irrumpen otras en la breve explanada, donde se alza la garita y, junto a ella, como su proyección, el centinela. Todo el monte es un formidable, un hostil centinela, del cual es Julio como una cimera inmóvil, algo que late bajo unos metros de tela toscamente repartida a lo largo de una máquina hecha de carne, de correas, de hierros, de chapas de bronce; un mecanismo que piensa —por azar—, que se asoma en lo alto por unos ojos hundidos bajo la visera; una inquietud remansada en unos miembros, en un pulso frenado, que mueve un máuser.
Se yergue allí, opaco, hundido en la bruma, dominador silente de toda la ciudadque ahora celebra, jubilosa, su victoria sobre las tinieblas en fuga.
Por las vibrantes rías de luz avanzan grupos retozones de mujeres, que van vertiendo en el torrente fábricas, talleres, mostradores, oficinas. Un remolino de coches suscita en todos los grandes focos municipales una marca de gritos, de risas, que, ondulando a lo largo de las avenidas, se rompe en las laderas, se hunde en el mar. Y arriba, un hombre obscuro, borroso, olvidado del mundo durante dos horas, convertido en máquina de avizorar, va conteniendo el empuje de las sombras despavoridas, que siguen escalando la cumbre.
Julio las va examinando una a una, por si esconden entre sus pliegues, húmedos del aliento del mar, algún contrabando humano. El centinela es un aduanero, que perfora el vientre de la noche para extraer de allí algún fruto incubado en las grandes orgías rebeldes. Persigue todo quebranto de las normas, por las que el río luminoso de allá abajo puede sufrir un brusco recodo. El centinela sólo deja pasar elementos invertebrados, difusos, dóciles —nieve, lluvia, viento, sol, luz de luna—, y prepara la sierpe desnuda de su bayoneta, para hundirla en toda estructura viva que pretenda ampararse en los viejos elementos para escalar la cima. Julio sólo es una consigna izada en la punta de un cuchillo.
A sus pies, la ciudad detiene el ímpetu de sus máquinas de producir el oro, lo paraliza, y echa a andar las máquinas de producir y propagar el pensamiento. Se cierran los talleres; se abren las redacciones. Sobre las largas mesas se van alineando las horas del día —raquíticas, unas; lozanas, otras—, prendiendo su vibración, su pintorescoo doloroso, o risible matiz, en el tropel incansable de cuartillas que peregrinan hacia los hombres azules, hacia unas máquinas donde el día se exprime, se prensa, se adelgaza, para poder filtrarse, horas más tarde, por las rendijas de las puertas, por los buzones; para poder ser distribuido, desmenuzado, por toda la tierra. Un día espera, a la mañana, para engullirse al anterior, hecho delgadas láminas de papel; para acariciarlo entre los tentáculos de sus horas jóvenes; para arrojarlo, en fin, ya sin zumo, a las alcantarillas del tiempo.
Porque esto es el periódico: un día embalsamado. O, tal vez, un día resucitado. Todo depende de esos hombres que lo manipulan y aderezan para brindarlo a la voracidad de los días venideros. El doctor en artes de embalsamar cadáveres va dividiendo la jornada —al parecer tan uniforme, isoterma— en zonas de muy diversa temperatura y densidad. Hay zanjas superfluas que brincar, grumos bullentes que subrayar. A este organismo, limitado por dos noches, es preciso inyectarle finas esencias mentales para preservarlo de la total disgregación. Es preciso pulir la estructura del día, para lanzarlo a la voracidad del siguiente. Sacudirlo con gracia, para destacar sus duros perfiles. Prensarlo con esmero, para hacer de él esas delgadas láminas de papel que han de filtrarse por las rendijas de la mañana inminente.
Porque el nuevo día, mientras se despereza, mientras ensaya su primer ademántodavía en la cuna, gusta de zarandear el día inerte, de manosearlo y curiosearlo, para extraer de aquella momia la quintaesencia de sus horas felices. Y es un triunfo de estos manipuladores ver cómo el día ido resucita jovialmente, salta —flexible, impetuoso— sobre la misma cuna del día recién nacido. El día prensado, estrujado, recobra su peregrina elasticidad, rompe sus fajas y sus vendas, se yergue en su féretro de papel, toma posesión del día nuevo, le impone sus caprichos, le sorbe, durante unas horas, lo más fértil del hombre: la atención.
Ficción de vida, conseguida por hábiles inyecciones de un grupo de espíritus. El tropel de horas jóvenes concluye por arrollar el día galvanizado. La momia vuelve a encerrarse en su estuche, feliz de haber logrado este maravilloso suplemento de vida, que le asegura una página en las futuras antologías de instantes con singular perfil.
Julio contempla, durante la primera hora de su vigilia, la maravillosa reconstrucción de la ciudad. Reconstrucción geométrica y vital. Cada línea es señalada por puntos de fuego y de sombra; cada nervio, por hileras de gritos y pausas, alternativas. Julio va colocando en las zonas de sombras y silencio las rosas invisibles, recatadas, del amor, del amor ahora repartido por toda la ciudad como una red eléctrica de deliciosos espasmos.
Julio sigue el dibujo de las prolongadas diagonales, los arcos de círculo de las plazuelas, las graciosas elipses de las grandes encrucijadas, las enormes circunferencias y rectángulos de las anchas plazas. Lo nuevo y lo viejo de la ciudad reproducen sus geométricos perfiles: las estatuas de piedra y las encantadoras muñecas de carne. La enmarañada tracería barroca de la vieja ciudad está inscrita en el plano enjuto, en la cuadrícula simple de la ciudad nueva, hecha de simétricas celdillas. Como un gran borrón de asteroides, caído de las manos de algún díscolo diablejo en la plana perfecta de un diosecillo matrícula de honor, así el tumulto radiante de la vieja ciudad rebulle dentro del enrejado moderno, que alarga sus puntos de luz hasta los pueblos circunvecinos.
Ahora, es ya posible fijar el punto exacto donde Cecilia —treinta y nueve grados de fiebre, una afección pulmonar, tedio prolongado de dos amores separados por un espeso tabique de prejuicios— quizá delire entre los brazos de su madre. Contando los asteroides que perfilan la calle A, a partir de su cruce con la calle B, hasta llegar al número 9, se señala exactamente la zona urbana donde Cecilia sufre y, tal vez, muere.
El noveno asteroide polariza unos momentos toda la estructura radiante. Julio fija allí los ojos, y piensa en Cecilia como en el remoto habitante de una estrella que le envía mensajes desde hace dos mil años. El hilo de fuego que le sujeta a aquel astro —noveno punto de una hilera perdida entre la maraña vegetal del Tibidabo— es cada vez más delgado; acaba por romperse, por flotar en el aire, por enrollarse —ya inútil— en la pupila.
No son dos mil años. Son apenas seis días transcurridos desde la última cita. Son apenas diez horas desde el último aviso telefónico recibido de Rubí, dócil confidente:
—Sigue peor, mucho peor.
Pronto relevarán el destacamento. Dentro de dos días podrá Julio acudir a la calle de Balmes. Quizá llegue a la hora de verla salir, pálida, inerte, entre azucenas, en su estuche de raso blanco, hacia la región obscura. ¡Dos días! Julio no se siente capaz de saltar esa zanja, abierta ante su deseo, que ha de rellenar de dolorosas hipótesis, de crueles dudas, de afanes inexorablemente frustrados. Prefiere quedarse en la orillaacariciando un hecho.
—Sigue peor.
Cecilia ha muerto. Julio arranca su deseo de aquel enrejado luminoso, de aquel noveno puntito de la hilera, y lo sitúa arriba, en la otra maraña, en la helada proyección de la tierra sobre el cielo. Cecilia da ese salto mortal desde su carne al Universo. Se instala entre dos viejas estrellas —acaso moribundas, quizá muertas hace mil años—; se va meciendo, sumiendo entre negros, entre grises edredones.
Cecilia ha cambiado de estrella. Ya hace guiños desde el borde de una nube; entre ella y Julio tiende cadenas de meses, de siglos.
—Mucho peor.
Esto sucedió hace diez horas o... ¿hace diez años? Ya Julio no preguntará nada a Rubí. El tiempo se ha multiplicado. Diez horas, diez meses, diez años, diez siglos...
Si preguntase de nuevo, le dirían:
—Cecilia murió en la Edad Media.
Porque ya penetró en la eternidad, y allí cada momento se multiplica, caprichosamente, por cualquier unidad seguida de infinito número de ceros...
El relevo. Avanzan las dos sombras —la del cabo, la del nuevo centinela— en dirección a la garita. Todas las demás sombras, inmóvil el aire, se han arrellanado, cómodamente, en los fosos, en los ángulos del castillo; se han tendido, perezosamentepor las laderas.
Julio contempla de nuevo la ciudad, cortesana tendida a sus pies. Los puntos de luz son otros tantos poros, por donde rezuma la vida de la hembra, de la gran Circeen reposo. Millares de ojos hacen a Julio signos provocativos. Millares de brazos le invitan a descender, a enroscarse en ellos. Allá arriba, queda olvidada Cecilia, detrás de la nube, esponja implacable que anda borrando los minutos de la enorme pizarra, para trazar allí nuevas rutas de amor. La ciudad viva está gritando su deseo como una bestia encelada; establece frenéticos enlaces con la antena viva, erguida sobre la cumbre, próxima ya a desaparecer.
Le quedan unos segundos... El múltiple jadeo de la ciudad se resume en un solo grito sexual, que Julio recibe en mitad del pecho; quisiera caer sobre ella como sobre un amante de mil brazos, de gestos innumerables, en una frenética red de senos temblorosos.
Las sombras se le juntan. Van a quitarle el señorío sobre la hirviente ciudad. Cuando alza el fusil para repetir la consigna, la gran tentación remueve dentro de él los últimos resortes del goce.
Julio resbala, deliciosamente, hacia la sima de la voluptuosidad... La ciudad le ha vencido. La gran Circe le ha hecho arder, consumirse, como una pobre bujía que sueña ser astro.
Allí queda el nuevo centinela. Julio abandona su atalaya, vuelve su espalda a la amante innumerable. Lacio, frío, arrastrando su propia carne, derrotada, lejos de Cecilia —fabulosa—, lejos de la gran Circe, que ya abre sus brazos, para estrujar en ellos otra nueva presa estremecida.
XI
Entra de nuevo Julio en la calle de Balmes. Viene fatigado, como de un largo viaje, ya preparado su fúnebre ramo de siemprevivas. Desde la muerte de Cecilia, han pasado ya muchos años, medidos en el reloj inexorable. Acude, penosamente, al lugar de sus recuerdos, y, aún muy distante de la fascinadora sirte, se detiene a evocar la trágica escena...
Ve un grupo de curiosos frente al escaparate. Un féretro, blanco y plata, cruza la acera; le sigue un grupo de amigos, enlutados.
De la casa brota un gemido... Julio, como el asesino que presencia los funerales de su víctima, se va acercando trémulo, vacilante... Quizá es cruel apresurar el ritmo gracioso de las horas, a trueque de estrangular al metódico relojero... Basta con alejarlo, con apartarse de él, de ella, la dulce ordenadora. Una silenciosa huida... Y que Cecilia siga acechando, en su fanal azul, el paso de los viajeros aturdidos. ¿Por qué hacerla volver al seno de los dioses? Si ella prefiere, a los colores auténticos de cada perfil humano, extender sobre el diseño vivo esa liviana mancha de color, que otorga a cada ser un fácil paso por todas las aduanas sociales: iluminado pasaporte, adelgazado, dúctil, por obra de unas manos femeninas, capaz de deslizarse suavemente por todos los engranajes; si ella quiere finos cromos, en vez de duros lienzos, ¿a qué privarle de ese placer de obrera? ¡Que siga elaborando sus estampas!
Llega, por fin, al grupo doliente. También Cecilia presencia el entierro. Está allícomo siempre, detrás de los cristales, envuelta coquetonamente en pieles blancas, pálida, extenuada, como dispuesta a un viaje por el país de las sombras. Julio, como los auténticos héroes románticos, siente un brusco estremecimiento, se apoya en la pared, vacilante. Pero no cae, retrocede.
Se espanta de sí mismo. ¡Retroceder! Primero, vuelve la cabeza; luego, todo el cuerpo; después, atónito ante sí mismo, todo el espíritu. Vuelve a recorrer la calle hacia la Gran Vía Diagonal, su punto de partida.
Llega más sereno, recobrado, un poco envejecido —¡han pasado ya tantos años desde la muerte de Cecilia!—. Pero vibrante. Allá queda Cecilia, en su espacio ultratelúrico, infranqueable. Sobre aquella cripta, donde yacen unas momias de endebles minutos, puede Julio continuar esparciendo sus manojos de siemprevivas, libertar el soneto —acaso el último—, que aún queda, aleteando, en su desván retórico. Comienza a picotear en los barrotes de la jaula... Julio le abre la puertecilla, y el pecho queda lleno de aire nuevo, se va despojando de posos nocivos, ancho y limpio de todo deseo. Paladea el soneto, metáfora a metáfora, antes de despedirse de él para siempre, como quien repite un lindo epitafio.
—¡Julio!
—¡Rubí! ¿Has visto? ¡Pobre Cecilia!
—¿Qué? ¡Si está ya casi buena!
—Acabo de presenciar sus funerales.
—¿Estás loco? Ese entierro es el del joven del segundo.
—¡No!
—Oye... A ti te pasa algo. Vienes sin color...
—Anduve tres años en pocos minutos. Me canso. Es demasiada velocidad.
—No te entiendo, hijo. ¿Vendrás allí mañana?
—Ya no vuelvo. Ya le dejé allí mi corona...
—¡Me das miedo!
—No quiero dártelo. Al revés. Quiero convidarte. Ven.
—Lo sabrá Cecilia.
—Cecilia ha muerto. Acabo de escribir su epitafio.
—¡Qué loco! ¡Si te quiere tanto!
—No me quiere a mí. Quiere al hombre que resulte de una arbitraria confección... Vamos.
La Gran Vía Diagonal ofrece nuevamente a Julio el muestrario de sus calles: Muntaner, Aribau, Casanova, Villarroel... Cuando llegan, por Villarroel, a la ciudad, ya ríen los dos como chiquillos escapados del colegio. Entran en un merendero, y Julio arroja sobre la mesa el dinero de don Braulio. Piden fiambres, dulces, vino...
—Siéntate aquí. Dame un beso... Vamos a merendarnos mi porvenir.
—Nunca te entiendo. Explícame.
—¡Oh! Es muy largo de contar.
