Dánae

Benjamín Jarnés


Cuento


¿Cómo llegar a la vida plenaria sin la mujer, sin la labradora del sentimiento? ¿En qué alma de hombre nacerán espigas? ¿Cómo habrá en nuestro espíritu irisaciones si no lo ha pulido el paso lento y complejo del «eterno femenino»?

José Ortega y Gasset


Un salvaje, un bosquimano, fue quien lanzó la imagen:

—¡Sol, balón de fuego, arrojado al aire por los niños!

Era en aquellos tiempos, libres de cronología, en que cualquier tarde deportiva era capaz de producir un dios. Brotaba siempre del pintado cascarón de una metáfora. Hoy, miles de años después, aún puede Julio resucitar estas encantadoras mitologías: vive en esa edad sin historia en la que todo el mundo se le detiene en la piel. Aún no conoce las torturas o el deleite de su mundo interior. Vive hacia fuera.

Sobre un ancho teclado de losas bruñidas, incrustadas entre raquíticas cenefas verdes, tañen los pies de Julio una vibrante sinfonía. Brincan desnudos por el ardiente camino que va desde su casa al colegio. Las piedras se cuecen en el horno de un dios. Y como del brinco a la danza sólo hay un poco de ritmo, Julio reproduce sobre las losas la primitiva danza del fuego. Tiene el niño diez años, y tampoco sabe que la danza es un vuelo fracasado.

El camino es así. Una rampa ascendente, rústica escalinata, a franjas verdes y ocres. Una meseta cuajada de menudos guijarros. Otra rampa, descendente, ya sin atisbos de peldaños, donde las piedras afilan sus aristas en los remolinos del viento. Por fin, la plazoleta del colegio, pavimentada de cascote, de residuos heterogéneos. Tiende al niño una escala de agudas y romas notas que arrancan de las grandes losas rectangulares, pasa por hileras de guijarros grises, redondos, por restos de teja amarillenta, de poroso ladrillo, hasta dar con la dulzura de un triángulo de sombra trazado entre dos paredones. Julio brinca por el teclado de piedras ardientes, aquieta los pies en los menudos guijarros, se deja cosquillear por las hierbecillas ralas, siente crujir bajo sus plantas fragmentos de teja convexa, desciende lentamente por la segunda rampa, y respira, al fin, acogido al triángulo de sombra. Julio llega al colegio después de rendir homenaje a un dios primitivo y de aprender una fina lección de sensibilidad. Sus pies conocen una voluptuosa teoría nueva de contactos, porque un capricho intermitente de la fortuna suele matricularlo en estos breves cursillos de sensibilidad. Si, como otros niños, siempre anduviese descalzo, su piel fraternizaría con la piedra, con los más hirsutos perfiles de la calle, porque la familiaridad es asesina de la atención: sólo se atiende bien a lo que está un poco lejano. También la carne se le convertiría en piedra, se apagarían en ella todas las melodías del contacto. Pero Julio, terminado el cursillo, vuelto su hogar a la normalidad económica, volverá a sus zapatos y, con ellos, a la rumia, a la ideal transformación de sensaciones nuevas, recién adquiridas, en sabrosas emociones táctiles. Conoce así Julio, piedra a piedra, todas las del pueblo; arbusto por arbusto, todos los de la vega. Sabe quiénes acarician y quiénes, implacablemente hieren. Qué hierbas perfuman y cuáles tiñen el traje de un sucio verdor. Podría trazar un pintoresco mapa de deleites epidérmicos, surcado por hondos canales, erizado de ásperos cerros, endurecido por fríos caparazones, rayado por venas azules, dóciles, ondulantes. Habría en el mapa nudos de extremas temperaturas: el nudo-brasa, la piedra más bruñida que acaba de quemarle los pies, empujándole a una danza frenética; el nudo-arista, filo cortante de guijarro, teñido en sangre; el nudo-témpano, el hondo manantial que le deja transido el pie... Estas notas extremas limitan el panorama sensitivo del niño: un viaje obstinado fuera del pentagrama le anularía ya la capacidad de sentir, como un do de pecho rompe las cuerdas de un tenor mal dotado. Como en toda experiencia sensitiva, someterlo a pruebas excesivas, para que el mundo se nos mutile. Sólo una discreta pausa a medio aprendizaje de sensibilidad —unos zapatos a tiempo— permite conservar en los dedos todos los hilos de la enmarañada sinfonía de lo vivo. ¿No nacen las virtudes de la ausencia del virtuosismo, vicio capital? Si se avanza locamente por el cauce de un solo sentido, desdeñando los placeres del resto, nos amenazan los peligros de la fruición: fruición es tanto como limitación querida, tanto como goce estancado, quieto, inútil, estación de la impotencia.

Pero Julio es todavía niño y no presiente los peligros de la limitación; sólo puede conocer sus placeres. Desde que sale de casa entrega plenamente su carne a esta rica gama de cálidos contactos. Adiestra sus pies, les hace describir bellas parábolas sobre las piedras centelleantes, los detiene suavemente sobre las piedras húmedas, los arrastra por los guijarros que acarician. Conoce de la piedra sus látigos, sus besos, sus voluptuosos cosquilleos.

Cuando llega al umbral del colegio se detiene a respirar. Luego, sube a brincos la escalera. En el rellano se quita la boina y entra en la sala. No ha venido el maestro. Unos rapaces juegan a las chapas entre las mesas. El niño extrae un libro de la cartera y lee en el texto de Agricultura. En él se cuentan las más peregrinas aventuras del mundo: excursiones subterráneas de semillas, vuelos de polen, luchas de raíces, de tallos, por sorber un poco más de zumo; amores, triunfos, fracasos, tan divertidos como los del hombre. El niño lee un capítulo muy lindo sobre el azafrán, esa planta que él conoce tan bien, de la que ha desbriznado tantas flores. «Enfermedades del azafrán»... Julio estudia la dolencia más terrible de las cebollas, una que empieza con el desarrollo de criptógamas de color de rosa.

—Criptógamas... Criptógamas...

Julio no conoce las criptógamas. Cuando ve llegar al maestro se le acerca y le pregunta:

—¿Qué son criptógamas?

—Las que se casan a escondidas.

—El azafrán...

—Deja el azafrán y sube a mi casa. La maestra nueva quiere ver los alrededores. Ve con ella. No vayáis muy lejos.

Julio sube a la habitación de la maestra, en el segundo piso. Antes de llegar al rellano oye cantar a una mujer. No conoce la música. No entiende la letra. Le fascina la voz: quisiera no llamar, sentarse en un peldaño y seguir escuchando, tardar a romper el embeleso. Lucha un instante entre la docilidad al maestro y el encanto de la voz. Al fin, llama tímidamente. La voz sigue, más vibrante. Julio vuelve a llamar. La voz cesa. Unos pasos, la mirilla se abre, la puerta se entreabre. En el umbral hay una mujer, casi desnuda.

—¡Mi cicerone!

Esta aparición no podía esperarla Julio. Fue como una brusca inmersión en el país de las hadas. Pero sus orígenes no podían ser más sencillos. La tartana del correo suele traer paquetes de periódicos, cartas, específicos, rollos de soga; pero ayer trajo la más deliciosa mercancía. Trajo a Eulalia. La tartana vuelca en el pueblo sus noticias, sus botellas, su papel satinado —siempre trae una revista de modas que reciben las hijas del médico—. El ruin cochecillo es la vieja comadre que diariamente se asoma al mundo y se trae de él un manojo de nuevos chismes. Pero ayer se trajo también un poco de ciudad. Una mujer encantadora se apeó del tren. La nueva maestra, que ahora está ahí, curvada sobre un baúl, junto a una mesa abarrotada de frascos, de papeles, de objetos que el niño desconoce: lozana, indiferente, risueña. Sin volver la cabeza invita a Julio:

—Mira, siéntate y aguarda un poco. Ahí tienes bombones.

Se rompe el aro de un diminuto horizonte. Siente Julio que en la rueda donde gira, un radio crece de pronto, haciendo estallar el fleje. Y por la brecha se escapa, a borbotones, un tropel de preguntas mudas. No busca Julio los bombones. Sus ojos resbalan por la espalda desnuda de Eulalia, por sus brazos medio hundidos en el baúl. Paisaje inesperado ante quien Julio permanece unos segundos absorto. Luego avanza tímidamente.

—¿No tienes zapatos?

—Son para la fiesta.

—Te compraré yo un par. Vas a lastimarte los pies.

Si el niño supiera contarle su última experiencia podría decirle que la desnudez de sus pies sólo le sirve para avanzar en el texto de la sensibilidad, no para el uso común. De ellos a los de otros muchachos hay la distancia que va de la báscula de la estación a la balanza del gabinete de Física.

—Quiero llegar hasta la carretera. Esperaremos allí un auto que debe llegar esta tarde. Yo no sé el camino.

—Se va por las eras, señorita.

—Llámame Eulalia.

Todo en la salita está enmarañado, turbio, sin posar, como almacén de tránsito. Una irrupción de enseres desconocidos perturba la aldeana quietud de los cuadros, de las sillas, de los espejos. Un gran baúl, impúdicamente abierto, ofrece su vientre desgarrado, que estalla en sedas íntimas, en estuches misteriosos. Una sombrilla naranja apunta a una vieja cabeza de Beethoven. Un gran espejo Luis XV recoge escandalizado los cínicos perfiles de la grupa de Eulalia. El suelo está tapizado de papeles de seda, de cordeles, de cintas rosa, de frascos dorados, de cajas de cartón. Julio arranca sus ojos de tanta maraña y los posa golosamente en una caja de bombones, entreabierta, posada en el ángulo de un sofá.

—Come, mientras acabo de vestirme.

—El niño se acerca y toma de aquellas tiernas joyas escarlata y oro con médula de chocolate. Se le desliza el fino talco por los dedos, produciendo un delicioso cabrilleo metálico. El niño lo palpa, lo acaricia, porque le gusta acariciar los metales. Cuando en las vísperas de las grandes fiestas ayuda a aderezar el retablo mayor, pasan por sus manos los candeleros de plata, los jarrones de bronce. Cada metal le deja en los nervios una vibración distinta. Cada metal es un arco peregrino que roza con intensidad y timbres diversos estas cuerdas temblorosas de los dedos: dedos infantiles, ávidos, voraces de música. Arranca de ellos la plata un largo tañido femenino, profundo, que se va engarzando de candelero en candelero, hasta posarse todos en el ara. Y las ondas más espesas del bronce, bronco tañido varonil, tan cercano al del hierro: jarrones panzudos con flores de trapo, entre blancos mástiles de plata rematados por arandelas de latón que soportan cirios intactos de carne enfermiza. El niño resucita aquellos tañidos finísimos, maromas invisibles que le ligan al almanaque, delgados hilos donde se posa aturdidamente un cuplé de Eulalia que rompe la comunicación. Eulalia ha abierto su cofrecillo de arpegios que desbaratan toda música interior.

—Toma otro bombón.

El dulce se le derrite dócilmente en la boca. Los de la feria se mantenían duros, cerriles, en la boca, mientras se desnudaban de su tizne barato. El niño sigue haciendo resbalar los dedos por el vistoso talco. Le recuerda esas innumerables láminas en que, según el Juanito, puede dividirse el oro, ese oro que nunca ha visto sino en cálices y aureolas, en las patenas intangibles, en radiantes ostensorios que obligan a llevarse las manos a la espalda para no caer en la tentación de acariciar la divina superficie. El niño siempre vio el oro rodeado de centinelas inflexibles. Nunca lo ha tocado. ¡Tan dulce como sería escuchar su tañido al rozarlo con las yemas de los dedos! El oro daría a sus manos el punto extremo de su sutileza, afinaría para siempre aquellas cinco cuerdas temblorosas.

—Nunca he tocado el oro.

—¿Qué rezongas ahí?

Eulalia no comprende. A espaldas de Julio, va y viene semidesnuda, cogiendo prendas del baúl, de una maleta, sentándose a hundir sus pies en una nueva piel de color pan tostado, que cruje deliciosamente. El niño no oye el leve crujido, no ve ir y venir a Eulalia; sólo atiende a estos livianos jirones metálicos que se enrollan a sus dedos.

—Nunca he tocado el oro.

—¡Qué ocurrencia! Aquí lo tienes. Ven.

Eulalia le ofrece un finísimo collar; cuelga una calavera diminuta, condenada a presión en el más suave desfiladero. Julio acaricia el oro. La calavera es muy linda. El niño la mira embelesado.

—Sí. La compré a un indio, en Larache.

Julio tuvo calaveras en la mano, pero auténticas, desenterradas en el jardinillo de la iglesia. La calavera es para él un objeto familiar, como la taba. Siempre le sirvió para asustar a los chiquillos que no están en el secreto. Cada calavera asusta una tarde a algún camarada nuevo, miedoso, que se asoma al jardinillo. Luego vuelve a sumergirse en la tierra, muy contenta de este paréntesis jovial, al aire libre, entre dos largos reposos.

—Es muy bonita.

—Es la muerte. ¿No le tienes miedo?

—No. La hace mi padre.

—¿Es asesino? ¡Qué miedo!

—No; la hace con unas tiras de cartón pintado de amarillo. No le falta ninguna costilla. Luego le pone la guadaña, y la pega a un telón negro cuando llega el día de las Ánimas.

—Muy divertido.

—También hace las ánimas. Pinta unas llamas de donde salen muchos brazos retorcidos. Y cuando pone la tumba, me meto debajo y desde allí asusto a los chicos.

—Y tú ¿a quién tienes miedo?

—Sólo a mi padre.

—¿Tampoco a Dios? O ¿lo hace también tu padre?

—También. Le pintó unas barbas blancas y le metió un triángulo en la cabeza.

Lleva una capa azul y es muy viejo. Y la Virgen es hueca; mi padre la ha remendado.

Tiene unas tablitas por dentro para piernas y otras para brazos. Sólo es una cara y unas manos. Lo demás es de la tienda.

—Y este dios ¿también lo ha hecho tu padre?

—¿Quién es?

—No lo conoces. Hay muchos que no conoces. Es Buda.

Está allí sentadito, acurrucado, cruzadas las manos. Al niño le sorprende hallar un dios nuevo en una postura así. Él sabe que hay otros dioses, todos falsos, como el Júpiter de las Actas de los Mártires; pero siempre los vio desnudos, mutilados, y en pie, o fijos a un leño.

—Este dios es como el becerro.

—¿Qué becerro?

—El de los judíos. Está en el Juanito.

—¡Cuánto sabes!

—Todo lo del Juanito.

El niño sabe muchas cosas del oro. Cómo se escribe, cómo se extrae, cómo se divide. Y sabe que una vez los hombres fundieron muchas sortijas de oro para construirse un dios. Siempre lo encontraba divinizado, como si sólo sirviese para fabricar dioses o vajilla para dioses.

Lo va pensando mientras salen del aposento y bajan juntos la escalera. Eulalia se detiene en el zaguán. La calle está solitaria, partida en dos por el confín de sombra. La maestra desafía con el esplendor de su carne floreciente a la luz cruda del día.

Una llama verde —un leve crespón manzana que encubre a Eulalia— prende fuego a la calle. Por los rojos muros de ladrillo trepa la llama verde, se engarza a las rejas, se sume por las ventanas entreabiertas, se enrosca a los balcones, quema unos ojos inquisitivos que en seguida se duplican, se triplican, corretean ávidamente de casa en casa, suben a los sobrados, bajan a los zaguanes, se deslizan por las bardas, brincan por las galerías. Eulalia cruza el pueblo silenciosamente, precedida y seguida de un ejército de pupilas que asaetean sus piernas color pan tostado, su pelo corto, sus brazos desnudos, sus senos bien perfilados. La llama verde va lamiendo remendados caserones, tapias acuchilladas, aleros que hierven de golondrinas. De lo alto de la torre bajan unos pichones a bañarse en la luz verde que salta risueña por la calle, en dirección al campo, a perderse ente los chopos. El pueblo se estremece al sentirse traspasado por la voluptuosa llama verde que le hace abrirse en mil pupilas. Todo el pueblo se siente arremolinado alrededor de este poco crespón que tiembla entre unas piernas ágiles, revoltosas, y una rizada cabecita de paje, acabada de pintar.

Un compás nuevo se inicia en los pulsos. Van y vienen piropos y anatemas. Eulalia recorre el pueblo tañendo en los nervios de los vecinos desde el aria frenética del deseo al treno amargo de la cólera. Zarandea el silencioso espíritu dormido, arrancándole asombros, exclamaciones, rugidos, blasfemias. Eulalia desparrama su júbilo por las calles: barre las sombras de una tienda donde compra al niño unos zapatos; aviva el paso, arrastrando al pequeño guía, que apenas adivina nada en el estremecido cortejo de pupilas. Desconoce la historia y la leyenda de Eulalia, las innumerables historias y leyendas de Eulalia que ya le nacieron aquella mañana, precediendo a la triunfal aparición de la llamarada verde. Para el niño, Eulalia ha nacido aquella tarde, entre cajitas de bombones, entre frascos de perfumes, sombreros, cintas, muselinas y encajes. Sólo sabe de Eulalia que es muy linda y lleva la muerte en el pecho. Para mejor deleitarse con la fruta sabrosa del placer.

Ya fuera del pueblo, cruzan un sendero mullido de tamo, entre dos eras donde apilan mies. Eulalia se detiene a contemplar una escalera humana por la que van subiendo gavillas de oro maduro. Cada peldaño lo forman unas manos tostadas, en alto, que van ofreciendo el trigo unas a otras hasta posarlo en la cumbre. Eulalia quisiera ser llevada así, como una gavilla, de peldaño en peldaño hasta la áurea cumbre, lecho de Dánae. La llama verde temblaría en lo más alto como en una pira, entre los coros de risas arrancadas por el fugitivo cosquilleo de cada escalón.

Un grupo de mozos fornidos la miran, detienen el vuelo de las gavillas, contestan rudamente al saludo de Eulalia, la miran estúpidamente, ríen, se hablan al oído... Eulalia, indiferente, aviva el paso, arrastrando al niño; cruza otras eras; saluda, y ya sin detenerse, mira su relojito de pulsera y apresura la marcha, sus brazos desnudos luchan alegremente con el viento, lo hienden con la frágil lanza de la sombrilla naranja.

Al borde de una acequia se detienen, se sientan en la hierba. Se lava el niño los pies, y Eulalia los seca con hojas de álamo. Ríen juntos. Por las piernas del niño corren hormiguitas nerviosas; al enredarse en las manos de Eulalia se estremecen a su contacto. Julio se siente acariciado por otra piel de niño, y al choque delicioso se estremecen ambas eléctricamente. Las manos de Eulalia le recorren los tobillos, le arañan en las plantas, le encajan un zapato, otro... ¡Ya están! Ahora a andar, a correr. Un kilómetro, dos. Pasan olivos y rastrojos, un carro de mies, un rebaño. Llegan los postes del telégrafo, la carretera, un mojoncillo blanco, una cuneta de hierba, un auto parado...

Eulalia, al verlo, corre locamente, abandona al niño, se precipita en el interior del coche, se hunde en sus entrañas amarillas, como un proyectil. El coche está allí inmóvil, indiferente a todo. El niño nada puede ver; se acerca tímidamente, oye palabras sin sentido... Se va a cazar lagartos. No puede subir a coger nidos, porque se rayaría la piel de sus zapatos nuevos. Y debe limitarse a travesuras a ras de tierra. En la hierba del ribazo hay engarzada una espiga. El niño la toma en sus manos y la contempla largo rato. Es una espiga enorme, de trigo candeal. Nunca tuvo en las manos otra de igual tamaño. Cuenta Julio los granos de la espiga, no los del tiempo. Olvida a Eulalia. La hierba está fresca y hay hormiguillas y lagartos a quienes perseguir... Vuelve Julio a romper los aros del tiempo.

De pronto, el coche rompe a andar, se precipita, vuela, dejando a Eulalia en el ribazo. Una Eulalia toda trémula, vibrante, que agita el pañuelo, alborozada.

Regresan al pueblo, silenciosos. La excursión se reedita. Vienen de la ciudad nuevas cajas de bombones... Pasa un mes. Poco a poco va el pueblo desarrugando la frente, dejándose ganar por la jovial desenvoltura de Eulalia. La riada voluptuosa que corre bajo los arcos rubios de sus cejas va lentamente sumergiendo la adusta vecindad. Los jalones de la inundación marcan ya puntos extremos, los banderines de señales se clavan en los hogares más hostiles. Eulalia vence. Su risa empapa todos los silencios, raja los caparazones más duros: la lleva y trae el viento por huertos y trigales, invitando a todos a tomar parte en tan sonoro júbilo.

La alegría de Eulalia ha prendido en la tierra. Ya en los rincones de las cocinas, en los quicios de las puertas, cada gañán, cada moza va añadiendo a su escaso programa de sonrisas el número de fuerza de la risa encantadora de Eulalia. Y sus palabras y ademanes. Algunos viejos intentan repetir torpemente el tango de sus lecciones. Viene el tango a ser un himno de combate, un reto. Se conoce la nueva posición ganada por la dinámica belleza de Eulalia en que, de improviso, brota allí el tango, como una bandera roja, como una salva que anuncia la conquista de otra cumbre hostil. Primero, el tango, lanzado entre dos rastrojos, camino de la carretera, es recogido en el aire, como una pelota de goma, por un mozo que ata gavillas a algunos pasos de Eulalia. El mozo, encandilado por el provocativo escorzo de los senos de Eulalia, aprovecha aquella dulzona melodía para contar su hallazgo a sus amigos en el idioma universal del ritmo. El mozo lo repetirá luego en su bandurria. Es el caudillo de las rondas. Al anochecer lo repiten todos sus amigos. Luego, más lentamente, los niños, las mozas y, por fin, los ancianos, excepto el viejo cura y sus viejos cantores del coro que no pueden ya abrir huecos en su lamentable repertorio gregoriano. Es el cuplé como un alambre sonoro que hacen temblar los pájaros de todas las risas, que golpea las frentes tostadas de los labriegos, haciéndoles vibrar con desaforada vehemencia. Un puñalito luminoso ha abierto rendijas en los pechos más duros, por donde se filtra la imagen de Eulalia. El tango es el vehículo de la nueva belleza, y la señal de su triunfo.


Todas las noches están ya llenas de Eulalia. Ríe con tal ímpetu que su alegría brinca sobre el negro torrente de las sombras y tiende de día en día un frenético puente cristalino. Los mozos, en los zaguanes, besan a Eulalia en la boca de las novias; hablan medrosos de la nueva maestra; comentan sus palabras, dejadas caer por los campos, por las calles; sus cotidianas apariciones, refrescadas por la fragancia de un color nuevo. Pueden contar los días de la semana por los colores de Eulalia, que, como el añalejo del rito, marca al vecindario el color de cada día. El del domingo es blanco, como si toda la varia coloración de la semana se resumiese en él: un blanco puro de luz más ardiente, que lucha con las abigarradas sayas de fiesta de las mozas, campeón inerme, sin otras sugestiones que su inmaculada sencillez. En la tarde del domingo se le derrama un río de blancura por todo el cuerpo, como en un lienzo donde se borran todas las tintas para comenzar a pintar en él de nuevo. Y, a la noche, el más ardiente himeneo siente quebrantada su dulce intimidad. Aquella verde llama —o roja, violeta, corinto, limón— del breve traje de Eulalia, va quemando a fuego la fantasía del campesino que, ante el espectáculo de su hembra cansada, desceñido el áspero refajo y hundida en su recia camisa, evoca el leve copo de espuma que a aquella hora estará acariciando la armoniosa carne de Eulalia. La campesina siente clavársele en el pecho aquel tango que repite la ronda, y, en silencio, sin intentar oponer resistencia a la invasión, se hunde entre las sábanas, bien consciente de que, en los momentos más cálidos, ella sólo ha de ser un espectro ocasional de la triunfante hermosura de Eulalia. A aquella hora, docenas de mujeres representarían dócilmente idéntico papel de imágenes de Eulalia, como las pobres esculturas esparcidas por las escalinatas y terrazas del mundo cumplen una misión doméstica de recordar a la Venus única. Eulalia es poseída a un tiempo por todos los varones del pueblo. Eulalia está multiplicando el breve caudal de deleites repartido por los hogares. Reparte entre todos ellos multitud de copias de un modelo de mujer que los sencillos lugareños se lanzarán a copiar torpemente, aun a trueque de merecer el anatema de los viejos, indignados ante la inundación; su postrer latido vital es la cólera. Por ellos, el acervo anecdótico del pueblo se enriquece con un copioso lote de abominables biografías de Eulalia. La fantasía lugareña abre de par en par todas sus ventanas; Eulalia obró el milagro de fertilizar un campo estéril. Dos o tres viajes a la carretera son las sólidas pilastras a que se arrolla una multitud de graciosos arabescos historiados. Que pueden reducirse a tres tipos: la consideran unos como estrella licenciada de cabaret, versión que aceptan los mozuelos con pintorescas variantes. Creen otros ver en Eulalia una viuda libertina que hizo insoportable la vida del marido, hasta poner en las manos del infeliz una pistola. Y la versión del suicidio del marido es acogida por casi todos los ancianos más austeros. Creen los terceros que Eulalia no es maestra, sino, sencillamente, ramera en vacaciones. Y esta fácil versión la oponen algunas gentes enemigas del folletín y de las emociones plásticas. Como el maestro, sumido en el tresillo, permanece mudo a las arteras insinuaciones de los vecinos, nada se sabe de Eulalia, si no es su luminosa agilidad y la picante desenvoltura de sus piernas color de pan tostado. No falta quien espíe la llegada del auto, que trae periódicas remesas de ternura a la joven profesora, pero nunca pudo averiguarse el sexo, ni siquiera el color del rostro, en aquella masa cenicienta que guía el coche.

Así siguen brotando nuevas vidas —galantes, deportivas, académicas, licenciosas— paralelas a la vida principal de Eulalia. Las versiones se enmarañan, se contradicen, se ceden unas a otras algún rasgo. Una versión infantil —la que supone a Eulalia estrella del cinema— se asocia a la versión de la fuga con un banquero. La que supone a Eulalia divorciada se mezcla con la de los que creen ver en la maestra una cantante de opereta pornográfica. Hay eclécticos que no tienen escrúpulo en atribuir a Eulalia dos o tres biografías superpuestas. Por fin, el párroco lanza su versión, que nadie creerá apócrifa porque puede fraternizar con todas: Eulalia es «cierta mensajera de Belcebú que viene a corromper las almas», mientras remueve dulcemente los cuerpos. Versión la más firme, como fundada en lo más frágil, en la extrema levedad del indumento de Eulalia, y en la alegría de sus cuplés, que pudieron ser inventados en cualquier maldito foco de perversión cosmopolita.

Quedaba otra fuente de investigación: acudir a Julio. Pero Julio, al contrario del maestro, es demasiado explícito. Julio va sembrando tales biografías de Eulalia —ella misma se las dicta— que nadie puede creer ya en tan prodigiosa multiplicación de energías novelescas. Julio atribuye a Eulalia todas las existencias de mujeres desventuradas que repite la historia y la leyenda. Una vez cuenta el infortunio de Desdémona, fugitiva del lecho conyugal antes de acabar el quinto acto, y otra vez el de la señora de Carrión, hija del Cid, desnuda en el bosque por su vil esposo. Un día repite la tragedia de la sencilla Altisidora, desdeñada por un desequilibrado caballero... Eulalia le dicta las historias más tiernas, con el fin de conmover el duro pecho de las gentes. Eulalia conoce el valor del llanto, y lo extiende por toda su vida anterior para que hoy su alegría pueda serle perdonada. (Porque las gentes no pueden comprender la alegría como temperamento, sino como recompensa a un largo padecer o como expresión del vicio: concepto extendido en el pueblo por el santoral y las novelas por entregas. Al sufrimiento de las buenas almas que circulan por el volumen nunca le falta la jubilosa festividad del epílogo, en el cielo o en la tierra. Y al que en el transcurso del volumen ha reído, le aguarda, al fin, el crujir de los dientes.)

Por fin vence la versión evangélica del cura. Y Eulalia tendrá que abandonar el pueblo. Se le prepara la oficial zancadilla: un expediente.

Ella lo sabe. Una tarde se despedirá de su pequeño amigo... Con las manos en la nuca, tendida en una mecedora, sobre un edredón grana, se rinde Eulalia a la ardorosa tiranía de un dios. La ventana está abierta, y la maestra, totalmente desnuda, recibe de lleno en su carne la frenética embestida del sol. Resbala la luz por su vientre, se le anilla en el regazo, gime prisionera entre los muslos finos, estremecidos. Por prescripción facultativa, Eulalia se convierte cada mañana en una sumisa Dánae.

Vuelve perezosamente los ojos a la puerta. Precipitadamente se envuelve en un kimono y corre a abrir a Julio, que llama con los nudillos.

—Entra. Me faltaban unos minutos para mi último baño. ¿Sabes que me voy?

El niño está allí quietecito, obscuro, como ese perrillo de las Afroditas venecianas que aguarda a ver vestida a su dueña para corretear juntos por el campo.

—Me marcho. En este pueblo no me quieren.

Se entreabre el kimono y el sol aún puede seguir acribillando el pecho de Eulalia.

Los ojos de la joven se entornan, sus miembros se derrumban sobre la tela roja.

—Yo sí te quiero.

Eulalia contempla a Julio, que se yergue como un paladín, contra enemigos liliputienses. Sonríe, embelesada, hace un gesto para besarle. Con el movimiento brinca un seno, revoltoso, jovial. Julio va a recogerlo, como un cabritillo desmandado.

—¿Te gusta? Acércate, míralo.

Ha quedado libre un hombro que Julio se atreve a tocar tímidamente como a un fetiche. Es blanco y redondo, de tal suavidad que nunca podrían las frutas y las flores luchar con ella. Tiene dos rampas que Julio desdeña. Le gusta más el hombro, de todo aquel paisaje entornado. Es lo más bello. Senos los ve Julio en cualquier parte; Julio ha visto los de todas las mozas del pueblo: se casan jóvenes, y en seguida los van mostrando por las calles, con el mamoncillo colgado del pezón. Julio ha visto senos duros, cobardes, tímidos, infantiles, altaneros, cínicos, maduros, tersos, vacíos, opulentos... Y ha visto uno celeste, el de María de Nazaret, sentada en una nube de madera, azul y plata, en medio del gran retablo de la iglesia. María, que estaba dando de mamar al niñito, atiende a la invocación de un monje, a quien luego llamarían Dulcísimo, porque María retira el seno del infante y se lo ofrece a su devoto, dulcificándole para siempre el estilo. Cuentan que del capullo rojo nacía un alambre blanco que moría en la boca del Dulcísimo; un hilo de leche que ya Julio no pudo contemplar porque, de tan sutil, fue roto por algún plumero irreverente; y nadie se atrevió a hacer de nuevo tan delicado manantial, ya para siempre seco. El monje quedaba, así, en la actitud, no de sorber un néctar virginal sino de dudoso contemplador de una celeste desnudez. Aunque el recuerdo del alambre continúa edificando a los fieles...

Julio se cansa de ver senos, donde tan fácilmente se quiebran los perfiles y la carne se apresura a iniciar su desmoronamiento. Prefiere ver este hombro tan suave por donde resbalan las rosas del kimono y va empujando el seno aturdido hacia su caliente estuche.

—¡Niño!

Los dedos de Julio se detienen en la dulce faena. Él aún no conoce el poder de sus manos, y le sorprende un mundo de pulsaciones nuevas. Siente bajo su contacto una inquietud de cuyo origen nunca le habló el Juanito. Eulalia, que había iniciado un gesto de fuga, esboza otro de deliciosa expectación. Ya no intenta apartarse; ella misma termina por salir al encuentro de la infantil caricia. Jadea en el umbral del goce. Julio, atónito, adivina entonces que de sus manos brota un poder maravilloso: el de hacer vibrar la materia, el de arrancarle sus tañidos más dulces. Con sólo tocarla, como la vara de Moisés en la peña pintada del Juanito. Y como un príncipe que acaba de descubrir, encerrados bajo siete llaves, los terrenos ocultos de un reino, hunde sus manos en la crispada hondura y comienza a remover el oro puro, titilante, acumulado en ella por el sol. Sus manos apenas forjadas, que ya se adiestran en modelar la materia viva. Preciosas manos de infante que han tocado el oro de los dioses llovido sobre la epidermis fugitiva de las rosas humanas.

Eulalia, caídos los brazos, entornados los ojos, entreabierta la boca, va sumiéndose en una gozosa postración. Julio ha perdido súbitamente el poder brujo de hacer estallar la vida. Allí está insensible, muda, recobrada, apenas visible en unos ojos pícaros que sonríen. Julio aún no llega a comprender... Acaso rompió algún resorte, hizo saltar alguna rueda. Se aparta, tembloroso, creyendo haber estropeado el mecanismo del juguete más lindo de la tierra. Y se mira atónito las manos, esas manos tiernas de niño, maravilloso instrumento por quien despiertan en la piedra y en la carne los ímpetus eternos del arte y del amor, en despedida, mientras la voz de Eulalia le susurra al oído:

—¿Te acordarás de mis bombones?

Julio aún no ha salido de su asombro. Maquinalmente responde:

—Sí.

—¿Nos veremos algún día?

¿Dónde? ¿Cuándo? Julio no sabe qué contestar. Sólo responde con besos. Mientras la voz de ella le sigue acariciando:

—¡Muñequito, mi muñequito! Aquí, en este pueblo de necios y de cobardes, sólo te dejo a ti. ¡Huye de él, muñequito! Y no te olvides de Eulalia.

Vuelve a abrazar a Julio, conmovida. Julio continúa, atónito, sin comprender.


Publicado el 20 de septiembre de 2026 por Edu Robsy.
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