Elegía a un Amor Beodo

Benjamín Jarnés


Cuento


Blanca finge dormir; quiere estar sola. Deja caer el libro —La perfecta casada—; cierra lánguidamente los ojos, adopta una púdica actitud, conforme al capítulo del devocionario en que se recomienda la postura en que debe quedar dormida una doncella.

Blanca ya sabe fingir; lo aprendió el mismo día que empezó a querer. Ya tiene una intimidad que defender. Un terreno acotado para ella sola, donde cultivar el «vergel cerrado» de que tantas veces le habló el padre Valdivia. «Vergel cerrado»... Es decir, una cabaña hecha de troncos pulidos donde se enroscan madreselvas, con su techo de cañas verdes. O un cenador de cristal, por si llueve, por si algún ataque de reuma pisa los talones al amor. O un torreón cerca de las estrellas, desde donde el mundo parezca diminuto, de juguete. O una cabina de avión, donde el mundo se convierta en mapa... Cualquier recinto, pero siempre hermético, donde sólo pueda entrar él, donde ella se ensaye en saltos ágiles para brincar al encuentro del amor. Ágil su espíritu, con un solo pensamiento; ágiles sus miembros, libres de todo contacto que no sea la fiebre de él.

Porque en esto va conociendo Blanca su enamoramiento, en el paralelo amor que va también sintiendo hacia su carne ya en sazón. De pronto, este pobre cuerpo que ella utilizaba como un siervo dócil al inflexible látigo del espíritu se le declara en dulce rebeldía. Ya el siervo es el espíritu que no podrá resistirse a las coqueterías de un nervio. Blanca afina su instrumental de seducción... Todo, al fin, con el mejor propósito: salvar el alma de Saulo.

Este evangélico propósito fue renovando el equipo interior de Blanca; tiñó de alegría la superficie exterior, visible al mundo, de todo su guardarropa. Alrededor de Blanca comienzan a asomar objetos totalmente desconocidos en la austera mansión de sus mayores. El concepto del cuerpo ha cambiado. Lo que, tradicionalmente, sólo era un enemigo, ahora es un arma poderosa. Y siempre legítima cuando se trata de arrancar una presa de los mismos dientes del dragón infernal. El amor es estrategia —comienza a pensar Blanca—. Sólo un necio puede encontrar superflua esta pequeña ornamentación de un cuerpo blandido en tan sagrada escaramuza. La doncella se dispone al holocausto. Se dejará arder. Su destino es ofrecerse como víctima a los brazos de Bermúdez, y lo acepta.

Y se estremece bajo el látigo de rosas. El amor ha bruñido una inocencia, y Saulo puede asomarse a ella como a un estanque en pleno reposo. El blando régimen estival ha suprimido en la virgen todo otro esfuerzo que no sea el de esperar, el de preparar sus ojos, sus palabras y sus manos para una próxima tortura.

Abre los ojos, aguza los oídos, oye voces confusas de gentes que agotan el día en una inofensiva labor peripatética. ¿Y la voz de Saulo? ¿Entre qué voces enemigas se alzará la voz única? ¿Qué burlescos matices subrayarán ahora la melodía de su voz, tan ardiente en soledad? Habló de una cena con amigos; pero ¿habrán resistido estos amigos las asechanzas de Luzbel, tan repartidas por esta comarca, fértil en mujeres placenteras? Blanca las ha visto, horrorizada, ir y venir por el casino, cruzar el lago en una barca repleta de botellas, vender fragmentos de averiada intimidad entre unos árboles. Vienen de la ciudad. A veces las elabora una aldea. Ellas son las colaboradoras más ruidosas de Satán.

Se desliza de la cama, puntea el pavimento con la aguda extremidad de sus babuchas, cruza rápidamente la zona peligrosa de un armario de luna —donde el cuerpo en desorden puede ser aprisionado—, cierra suavemente las maderas, da vuelta al interruptor, consulta el reloj...

—Las once y cuarto.

Falta cerca de una hora. Seguirá leyendo:

«Cuenta Plutarco que Fidias, escultor noble, hizo a los elienses una imagen de Venus que afirmaba los pies sobre una tortuga...»

¡Venus, Venus! ¡Siempre Venus, aun en el mismo libro de fray Luis! Llena todos los pechos, todas las artes, todos los silencios. ¿Cómo luchar con la invencible enemiga? Ella, que no trajo más armas que un poco de espuma, venció siempre al hierro y a la piedra, al claustro y al aula. ¿Cómo Blanca, despavorida alumna de un hombrecillo negro, podrá luchar con la ubicua emperatriz?

«...sobre una tortuga, que es animal mudo, y que nunca desampara su concha, dando a entender que las mujeres por la misma manera han de guardar siempre la casa y el silencio...»

—¿Qué tallo de cristal alzarán ahora sus dedos, esos eléctricos dedos que yo he sentido resbalar por mi nuca, transmitir a mis brazos su fluido, en tres segundos, mientras Julia volvió la espalda para acercarle el cenicero? ¿Qué manzana edénica ro- zará ahora sus manos, moduladas para ceñir mi cintura? Noche de millares de ojos: dime en qué corteza de fruta o de mujer se posan ahora sus manos nerviosas, de traviesos dedos que no conocen la paz, de juguetones dedos que saben poner en pie, uno por uno, todos los deseos dormidos.

«Porque verdaderamente el saber callar es su sabiduría propia y aquella de quien habló aquí Salomón, aunque para aprendida es muy dificultosa a aquellos que de su cosecha no la tienen...»

—¿En qué vino frenético se bañarán sus dientes de lobo que un día se hincaron en mi brazo mientras Julia se agachaba para recoger el abanico?

Blanca atraviesa el momento difícil de la curiosidad, de la máxima curiosidad. No, no es histeria, es algo más simple: vida juvenil en un cepo. No debe sorprender que esta noche llegue Blanca a blasfemar, como siempre que se complica el acto primitivo de la reproducción con elementos de pura teología. Ha cumplido veinte años, y de pronto advirtió en su nuca algo incandescente: la boca de un hombre. Para su régimen de castidad, este beso fue tanto como una posesión inconclusa. Como no se atrevió a confesarlo, es imposible restañar de ella el recuerdo de tan ardiente contacto. Cree tenerlo sólo en la memoria, pero donde se refugia es en la piel. A cada instante revive la intensa quemadura.

Vuelve a apagar la luz. Está ardiendo su carne. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis relojes comienzan a dar las doce. Se entremezclan las campanadas, los timbres. Blanca ha contado las veintitrés, las cuarenta y una. Poco a poco van quedando en silencio. De pronto, un infantil reloj que llega tarde rompe a cantar su hora. Poco después, casi rozando el último tañido, suena la bronca voz de algún anciano reloj reumático que lanza penosamente sus horas, como si ya fuesen las últimas. Y todo vuelve a quedar en silencio durante diez minutos, durante sólo diez minutos de reposo que rompe un postrer reloj demente, para alborotar una hora cualquiera: las cinco.

Como a las doce se cierra la verja del balneario, se ven desfilar sombras que pasan de la carretera al jardín. El vigilante espera moviendo un poco las dos enormes llaves. Cuando la verja rechina un poco después del último bañista, Blanca comienza a dudar de la puntualidad de Saulo. Las sombras se distribuyen por las avenidas del parque. Alguna se hace preceder por el puntito rojo de un pitillo. Desaparecen... Nada. Silencio. Blanca sigue incandescente.

Dos sombras errantes por el jardín. Se esconden, vuelven a surgir. Es difícil precisar sus contornos, tan acoplados están. Monstruo de dos cabezas. Las cabezas se juntan durante largo tiempo. La doble sombra se funde con la de un banco. Nada cruje, nada protesta, nada refunfuña —el vigilante permanece siempre en el lugar que le señala una previa generosidad—. La sombra lo unifica todo: hombres, bancos, arbustos, rosas y pájaros. Arriba las estrellas persisten en ignorar la tierra —bala perdida entre un poco de niebla, peón lanzado al vacío precipitadamente, sin haber calculado bien sus posibilidades de equilibrio—. Una nube negra se interpone. El jardín puede ya soltar el freno a todos sus ímpetus.

La una. Todos los relojes van sucesivamente burlándose de los reclamos de sus marcas. El último da las seis. Blanca sigue espiando. Las dos sombras del jardín han recobrado su silueta individual. Se las ve separarse, deslizarse por una avenida, borrarse definitivamente.

Parece que el tiempo se ha estancado, se ha negado, en fin, a transcurrir. De la una a las dos han podido acontecer las catástrofes más pavorosas del mundo. Espacio enorme donde podría celebrarse el juicio final. De la una a las dos, Blanca ha podido recorrer su infancia día por día, su adolescencia, noche por noche... Las dos. Por la carretera avanza un ciclista. Un chirrido de la verja. El funcionario alarga un telegrama.

—Es urgente. Búsquenlo en seguida.

Penetra en el hotel lo imprevisto. Blanca se retira del observatorio, aplica el oído a la puerta, oye ir y venir al vigilante, al camarero de guardia, a la camarera.

—Hay que buscar al señor Bermúdez, Juan.

—¿Estará en El Racimo?

—¿Dónde ha de estar? Donde haya buen vino y buenas mujeres. Corre.

¡Buenas mujeres! Blanca, despechada, cierra las maderas. Sus sienes arden, todo su cuerpo sigue incandescente. Una violenta sacudida es la señal de su derrota. Se desnuda totalmente, para que las frescas sábanas le calmen. Cierra los ojos ante su cuerpo, como cuando se baña, mientras reza para resistir la fiera acometida de Luzbel.

¡Un baño de luna! Súbitamente piensa en este puro sedante. ¡Un chorro de luna cernida por los cristales! Como la cartaginesa flaubertina, Blanca se sumerge en la ducha mortal, ceñida al cuello, a los senos, a los muslos, la agotadora serpiente. El árbol de la vida reconoce a su inquilina legendaria. El tronco vibra a su contacto.

Abre, por fin, los ojos. Frenética, cierra las maderas, enciende las luces, se sumerge heroicamente en la otra luna, ante el espejo, muy abiertos los ojos, con la serpiente enroscada.

¡A perder, a perder toda blancura! Se la sorbe el espejo, la implacable ventosa. La serpiente va ciñéndole, sofocándola. Blanca quiere gritar, pero sus gemidos se le deshacen entre los dientes, su llanto se le filtra bajo la piel, hierve con su sangre, desdeña los poros, se agrupa, se funde, hasta huir de su cárcel en tumulto, convertido en lava.

Sus ojos, desmesuradamente abiertos, contemplan horrorizados la derrota.

Un último jadeo.

Sucumbe.

Y azorada, friolenta, corre a refugiarse en la sombra. Huye de sí misma, ya extenuada, de su cuerpo en derrota, sin savia, sin ímpetu. La serpiente aflojó sus anillos; se desprende, cae, se desliza, desaparece. Y Blanca, transida de espanto, contempla sus piernas, su vientre, su pecho, antes oculto bajo argollas sofocantes, ya totalmente indefensos. ¡La voz, la voz celeste! Se acurruca bajo la sábana, como Eva en el tronco del árbol. ¿Quién podrá resistir desnudo la presencia de Dios?

Y de lo alto de una rama se descuelga un menudo gorila que bosqueja signos lascivos. Es la señal. De todos los escondrijos, de todas las ramas, de todas las grietas, comienzan a brotar reptiles, insectos, pájaros nocturnos, fieras... Rodean a Blanca, indefensa, giran en torno, repitiendo el gesto obsceno, haciéndole muecas, silbando, zumbando, grotescos, en tropel. Quiere gritar, quiere huir, pero los pies se le niegan, le pesan horriblemente, están encadenados; sus manos crispadas pretenden ahuyentar la nube, cierra los ojos, hace un esfuerzo supremo y se arranca de la tierra. Los pies no quieren seguirle; a pocos pasos, cae al pie de una higuera. Las fieras no le siguen; el gorila, los reptiles, los insectos han desaparecido. Se sienta al borde de un camino, bajo la higuera seca; el ribazo está marchito, las piedras del camino abrasan. Derrumbado, con la frente en el polvo, solloza un ángel. Junto a él se marchita un lirio.

Es el ángel de siempre. Blanca lo encontró, al nacer, sentado al borde de la cuna. Jugaba, de niña, con las mismas muñecas. Cuando fue Blanca adolescente, y una noche su intimidad se empapó de rojo, el ángel, sentado al borde de la cama, se cubrió el rostro con las manos. Es el ángel del pudor quien solloza. Blanca va a hablarle, pero su lengua se le enrosca también, queda pegada al paladar, viruta seca. Sin aliento, con un esfuerzo sobrehumano, brinca sobre el ángel, lo deja atrás, hincado en el polvo, y continúa su viaje, goteando sudor, regando la tierra, hendiendo el aire irrespirable de una llanura de cal viva, con un lago de pez en medio. Intenta asomarse al lago, pero un escuadrón de ranas encendidas le disparan los proyectiles de sus ojos, que le abren surcos rojos en la espalda. ¡Huir, huir! ¡Es Sodoma convertida en caldo hirviente, son los sodomitas, apuntándole a la grupa! Blanca deja atrás el lago, la brisa orea sus sienes, hierbas húmedas le lamen suavemente los lomos. Está tendida boca arriba, reposando, entornados los ojos, aspirando un intenso olor a vino, cerca de Julia, también desnuda, frente a una cara agrietada, roja, que babea de injuria... ¡Lot, Lot! La caverna está a oscuras, por un boquete se divisa el mar. ¡Lot, Lot, que se lanza sobre Julia! Se quita las gafas, la toga. ¡Es la misma cara del fiscal Gómez Bravo! ¡Huir, huir! ¡Que sucumba esta vez Julia! Blanca se hunde en el boquete azul. ¡El mar, el mar! El agua la ciñe, la besa, la sumerge en una túnica verde, le acaricia los senos, le cosquillea las axilas, le invade suavemente el regazo, corre por sus flancos, que comienzan a cubrirse de escamas de plata. Y, allí, en la orilla, los dos viejos, contemplando a la bañista. Y Blanca sumergiéndose en el agua para ocultar su vientre, sus senos, sus hombros redondos, su cuello. Y los ancianos, flechándole con los gemelos. ¡Más abajo, más abajo! El agua le comienza a rozar las orejas, la nariz; penetra a oleadas por su boca. Se ahoga bajo las miradas de los viejos. Corre hasta la orilla; los viejos la siguen, le hacen señas, le repiten el mismo gesto obsceno del gorila. Blanca se hunde, el agua humedece sus ojos desencajados, quiere gritar «¡Saulo, Saulo!» y, de pronto, no recuerda el nombre; dice «¡Daniel, Daniel!». Y los viejos, de mejillas de púrpura, como el viejo Noé, como el viejo Lot, alargan los brazos de sarmiento, retorcidos, requemados. Blanca, a punto de ahogarse, se agarra a los sarmientos, salta a la hierba, arrastra sus muslos centelleantes, fundidos en uno, cuyo remate es un abanico de plata, de plata abrumadora, imposible de arrastrar por la tierra.

Los sarmientos son robustos, le cobijan bajo sus anchas hojas verdes, le tienden sus racimos de ámbar; Blanca respira, descansa. Es la viña del Señor; está en la viña del Señor. Pero, de pronto, el cielo se nubla, rasga la nube una espada de fuego. «¡Fuera de aquí, maldita!» —ruge el ángel exterminador—, y Blanca echa a correr al través de las cepas, dejándose prendido en los sarmientos, escama a escama, su apretada falda de sirena. La espada se extingue. Al borde de la viña, el ángel del pudor sigue sollozando, cubierta la frente de ceniza. Blanca intenta llamarle, pero la voz se pega a los dientes, no fluye, no puede romper el aire; intenta acercársele, pero sus pies conservan la plúmbea rigidez del abanico de sirena. ¡Perdido, perdido para siempre! ¡Y los perros, acercándose! Aúllan a dos pasos. Por fin, el ángel del pudor se arranca bruscamente las alas, y las arroja a Blanca, que en seguida se las prende y vuelve a tomar el avión de las cuatro. Siente que las alas se le despegan; que de pronto comienzan a sembrar la arena. Con sus dedos crispados detiene la huida de las plumas, hunde las uñas en la pulpa desmoronada... Va a hacerse pedazos contra una roca. Apenas le quedan plumas; desciende bruscamente, es inútil resistir. Bracea desesperada... ¡El mar, un águila, un peñasco, la muerte!

Despierta. Contempla estúpidamente su propia desnudez caída.


Publicado el 4 de octubre de 2026 por Edu Robsy.
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