Tántalo

Benjamín Jarnés


Cuento



Nunca intentéis desviar del regazo de Dánae la lluvia de oro, ni arrancar el buitre a Prometeo o el pico del cisne a Leda. Dejad a Vulcano en su fragua y a Neptuno entre sus ramas de coral. No, no pretendáis que Níobe deje de enroscarse a su tortura y Venus ahuyente las espumas que cosquillean sus pies. No queráis rectificar una eterna metáfora ni hallar para goce o martirios divinos un epílogo humano, de frívolo ensueño humano. Dejad que Mercurio remueva las alas de sus pies y Júpiter siga embozándose en la nube celestina. Si Hebe continúa rompiendo vajillas del Olimpo, no intentéis cambiar sus jarros de espuma cuajada por otros de bronce... Incurriríais en el enojo celeste. Y en el desdén de los poetas.

I

Era difícil escapar ileso de tan laberínticos matorrales. Ya mi sombrero había sufrido tres apabullos, mi pantalón un siete, mi mano izquierda un rasguño; había tropezado aparatosamente con arbustos inclasificables, con pedruscos recubiertos de hiedra; los alambres de una constelación que rodaba por el césped se me habían enroscado a un pie, y ahora me acariciaban el rostro dos largas colas de tigre y una trompa de elefante. Cuando quise huir de aquella fauna revuelta y desinflada, di de bruces con una gigantesca serpiente atada a un tronco. Alguien, a pocos pasos, me sonreía. ¿Qué haría allí aquel hombre? Aturdido, le pregunté, ingenuamente:

—¿Es boa?

—Sí, es boa. Magnífico ejemplar.

Me di en seguida cuenta de su tono burlón, y transporté el mismo tono a mi pregunta:

—¿Qué Tartarín la cazó?

—Está bien construida. Ahora luce poco, ahí inmóvil, pero dentro de unas horas la podrá usted ver subirse hasta la copa de ese roble y asomar en lo más alto, allá arriba, la cabeza, como si quisiera engullirse toda la primera fila de butacas. Lanzarote no puede verla sin hacer devotamente la señal de la cruz.

—Es que Lanzarote no es bretón, es malagueño, y ni en pintura puede ver a las serpientes.

—Yo la vi ayer funcionar: abre muy bien la boca... Pero el elefante lo hace mucho mejor. Su realismo es prodigioso. Porque los golfillos que se le meten dentro lo han ensayado muy bien. Cruza la escena con tal empaque de rey...

—Pues en la selva de Merlín —interrumpí— no hacían mucha falta esas boas y elefantes. Eso va a parecer el trópico. Esos animalejos estropearán el acto.

—Lo exigirá la obra.

—¡Pero si el autor del libro adaptado soy yo !

—¿Usted?

—Y jamás he pensado en tal arca de Noé. Tengo que hablar seriamente con el escenógrafo.

—Pero ¿usted es el autor?

—Sí. ¿Por qué le sorprende?

—¿El autor? Mi enhorabuena.

—Gracias.

¿Quién sería aquel hombre? Quedó allí, atónito, en la actitud beatífica del que contempla un ídolo. Se le encendieron los ojos como si de repente hubiese brotado del suelo la misma Viviana semidesnuda bajo la diáfana espuma verde. Me sentí acribillado por aquellos ojos en éxtasis que contemplaban ¡al autor! ¿Qué idea tendría aquel hombre de un autor? Un concepto, sin duda, de autorcillo de provincias, inédito.

Pronto fue recuperando vivacidad. Del místico arrobo pasó a un examen crítico. Sus ojos, ya hirientes, me escudriñaban, me desnudaban, como aduanero espiritual que quisiera ver, pieza a pieza, mi modesto equipaje de autor. Volvió a repetir la palabra ¡autor! ya con menos estupefacción, pero con no poca melifluidad. ¿Era un loco? Decorosamente vestido, de fisonomía total nada común, de ancha frente y largas y finas manos, ¿qué hacía aquel hombre entre riscos de papel, nubes de percalina y animalejos de trapo? Asomaba la cabeza entre la boa y unas greñas de león; parecía un bicho más, un trasto más de que echar mano para urdir precipitadamente la selva encantada.

—¿Es usted de la empresa? —le pregunté.

—¡No, no! —contestó vivamente, como si repeliese una agresión.

—Perdone la indiscreción. Vengo de provincias, y no conozco... Al encontrarlo aquí y explicarme el modo de funcionar el elefante, creí... Conoce usted bien los escenarios por dentro —añadí, por decir algo.

—Sí, los conozco. ¡Treinta años viviendo en ellos !

—¿Treinta años?

—Desde muy joven, señor, y ya voy a cumplir cincuenta. Nunca, nunca salgo de aquí. Cuando cierran el teatro, cuando salgo a la calle, o viajo, me llevo dentro el escenario y en cualquier parte —en el vagón o en el cuarto del hotel, en el buque o en una catedral, en la playa o en la sierra—, en seguida monto mi tinglado; me pierdo en él, represento en él mis farsas, juego con telones y bambalinas, me hundo por escotillones, asomo por el agujero de la luna o del sol... Y desde allí, como un dios desde su tragaluz olímpico, me pongo a contemplar el resto del mundo, el resto de los hombres, todos ellos espectadores.

—También actores.

—El actor y autor soy yo, sólo yo —y su voz se empañó, enronqueció, mientras añadía a mi oído, misteriosamente—: ¡Ése es mi drama, que nadie quiere comprender! Nadie quiere ser actor de mi drama, sólo encuentro indiferentes espectadores. En mi escenario, estoy yo solo y ¡cómo crezco dentro de él! ¡O él crece dentro de mí !

Se rehízo súbitamente y, sonriendo, quiso disculparse:

—Usted perdonará...

—¡Siga! —repliqué.

—Yo nací en el teatro...

Comenzó a referirme su historia. Su padre había sido algún tiempo galán joven, pero una pequeña herencia cambió el rumbo de su vida, lo llevó a empresas más fértiles, aunque siempre conservó su vieja amistad con las gentes de teatro. Y el hijo, desde su infancia, soñó no con ser galán joven, sino autor inmortal. Y todo el mundo, para él, se convirtió en un escenario. Estuvo en los Alpes, y sólo vio allí una decoración para Guillermo Tell. Todos los lagos eran apenas una invitación al suicidio de Ofelia, todos los balcones una invitación al brinco de Romeo. La muchedumbre —de mendigos o de banqueros, en los descampados o en la Bolsa— se le convertía siempre en coro. La luna le parecía siempre un agujero recortado en papel; las estrellas, lámparas de poco voltaje.

—Y el viento —me dijo— lo produce ese chisme.

—¿Cuál?

—Véalo, allí arriba... ¿No ve un cilindro montado sobre dos barrotes, con un manubrio, sobre el cual hay una faja de tela? Pues en el cilindro hay unas lengüetas que, al dar vueltas el cilindro, rozan la tela y producen corrientes de aire... Y esas tabletas ensartadas a dos soguillas son las que producen el trueno...

Para él, una tempestad se reducía a cierta manipulación de tramoyistas. Porque eran los tramoyistas quienes, según él, daban verdadera forma a las incoherencias de la tormenta natural. En su escenario, los truenos eran mucho más exactos que en la realidad. Nunca, en el campo, había adquirido una borrasca expresiones tan rotundas, tan perfectas.

—Y vea usted aquella caja.

—La veo.

—Está llena de nieve.

—Y de una nieve —añadía— mucho más estimable que la del Guadarrama. Con toda su belleza, y sin ninguna de sus contradicciones.

Enloquecía al hablar de aquella nieve, de aquel viento, de aquellos relámpagos. Y cuando, en la calle, presenciaba alguna riña apasionada, de meretrices o de mozuelos, solía siempre decir: «¡Qué escena!».

Volvió a su arrobamiento, frente al que creía autor aplaudido, feliz.

—Si alguna vez puedo, como usted, reclutar cómplices que den a conocer mi obra... Porque ¡treinta años en medio de un escenario mudo, que no llega a hablar mi mismo lenguaje, que no es intérprete de las ondulaciones de mi espíritu! ¡Treinta años sin hacer espeluznarse estas breñas, sin hacer mover esa trampa, ese cilindro, esas prodigiosas tablas !

Se encrespaba, rugía. Tuve que contener sus brazos, que amenazaban derribar dos columnas, como Sansón. Pude calmarlo, hacerlo sentar, serenarse, bosquejar una resignada sonrisa. Yo esperaba a una actriz, a Viviana, que no acababa de llegar. Quise hacer intervenir en la borrasca al conserje, pero pasó corriendo, sin querer oírme. La congoja de aquel hombre, por fortuna, se iba disolviendo en tenue lluvia irónica.

—Ya sé, ya sé —me dijo— que va usted a resucitar a Merlín.

—Sí. Esto es una broma, entre musical y legendaria... —contesté, por decir algo.

—Pues cuide usted —añadió misteriosamente— con las cuevas de Montesinos, porque de ellas se sale siempre con telarañas en los ojos. Y en Contaduría, luego, se las arrancan de un tirón.

—¿Qué quiere usted decir? Pero ¿usted conoce la obra?

—Asisto a todas las lecturas, y su compañero la habrá adaptado muy mal, pero la leyó muy bien.

—Entonces...

—Merlín volverá a su cueva. Su Viviana no es lo suficientemente diabólica. ¡Si parece una alumna del preparatorio de Letras! Sólo es capaz de seducir a un sabio. Si la actriz...

—Perdone, amigo. Allí veo a quien busco.

Viviana me estaba haciendo guiños, y me aparté bruscamente de aquel hombre, implacable, ya convertido en sibila. Allí quedó sentado en una roca de papel.

II

No tardé en conocer más ampliamente la historia de aquel hombre: me la fue contando Viviana, mientras se vestía detrás de un biombo. Un bosquecillo de cerezos japoneses me ocultaba lo que luego habían de ver miles de espectadores, elementos pintorescos de un desnudo famoso en los anales de la galantería teatral —¿cuándo no fue teatral?— ya entonces mucho menos codiciado, por su ingreso en la plena madurez, entre los expertos. Mientras caían o se alzaban las tenues prendas del doble indumento de Viviana —el de la calle y el del bosque—, fuimos recorriendo alborozados la biografía de aquel personaje tragicómico para quien Viviana jamás fue otra cosa que intérprete, como los Pirineos jamás fueron otra cosa que un proyecto de decoración de Parsifal.

—Para él siempre fui Zuleika, Lisístrata o Mimí... Le conocí en San Sebastián un verano, porque en los meses de penuria de estrenos en Madrid, persigue a las compañías por provincias. Se leía allí una opereta al modo de La corte de Faraón, y alguien me lo presentó al comenzar la lectura, de la que no pude enterarme, porque algo de más relieve me seducía entonces, el brillo de los ojos desorbitados de ese hombre, para quien la aparición en escena de nuestro aburrido y sempiterno lote de baratas odaliscas tenía, al parecer, una importancia cósmica. Parecía tener fiebre. Luego me dijeron que, efectivamente, padecía una de las más crueles enfermedades extendidas po r

España.

—¿Cuál?

—Adivínelo —replicó Viviana, dejando asomar un pie desnudo por detrás de los cerezos.

—Prosiga.

—Desde entonces, no lo perdía de vista. Por otra parte, él nunca faltó a una lectura, a un ensayo general, a un estreno... ¿Quiere acercarme aquellos alfileres? No acaba de llegar Inés...

—Gran honor, ser paje de un hada.

—Piropo muy digno de tan ilustre excavador de leyendas.

—¿Me insulta?

—Le adulo.

Alegremente, continuó su relato. Aquel hombre quería ver las obras en su punto de ebullición, cuando autor y actores y público están en vilo, aguardando el terremoto de silbidos o de aplausos. Le gustaba ver la escena en crudo, cuando aún faltaba este o aquel detalle, cuando el camarero o las luces asoman a destiempo, como las réplicas o las detonaciones; cuando comienzan a oírse los pasos tres segundos después de haberlos advertido el personaje, cuando las viejas pistolas no acaban de disparar. El escenario, la obra y su representación, todo verde, en camino de una madurez que acaso nunca va a llegar, constituían la delicia —o la tortura— de aquel hombre, voraz perseguidor de gloria naciente, en agraz, la más apetitosa, sin duda.

—Alcánceme ese zapato —prosiguió Viviana.

Es entonces cuando nuestro enfermo gozaba —o padecía— con más intensidad. Le daban ataques muy graciosos. ¿Cómo reaccionaba ante los fracasos o los éxitos de los demás? Viviana lo había visto de cerca, porque él jamás se apartaba del borde del escenario. Un ruidoso fracaso le exasperaba, le hacía llorar, dar furibundos manotazos, le deprimía luego mucho más que al autor. Y —cosa extraña— un éxito rotundo le ponía frenético de alegría. Se le veía —era su gesto habitual— tender el cuello desaforadamente, como para sentir, al menos, las salpicaduras de una gloria que no era su gloria, que tal vez nunca lo sería.

—¿Por qué?

Viviana salió de detrás de los cerezos, tenuemente velada por la más fina espuma verde de los retoños de Brocelianda. Llegó a mí contoneándose, burlona, como anticipándose a su próxima forma teatral, a lo que ahora correspondía el traje. Me deslumbró, me hizo bajar los ojos, que se detuvieron en sus zapatos, unos zapatos exóticos en la mítica Bretaña.

—¿Qué mira usted ahí?

—Ese calzado... Pero ¿usted cree que trabajaban así los zapateros de la reina Ginebra? Es una voluptuosidad anacrónica imposible de compartir por un autor serio.

Refunfuñará Merlín. Si el público no lo advierte, lo advertirá algún crítico huraño.

—Merlín y la crítica refunfuñan por todo. ¿Quiere usted que vaya descalza? ¿Con sandalias?

—Temo que esos zapatos no puedan recorrer nuestra hirsuta selva caballeresca.

Demasiada coquetería actual. Bueno es ponerla en el diálogo, pero el diálogo fluye y los zapatos quedan.

—Se parece usted a él.

—¿Quién es él?

—¿Quién iba a ser? Nuestro enfermo.

Porque era él quien hacía cambiar frecuentemente de zapatos a las inexpertas damas jóvenes. De zapatos, de peluca, de encajes. «¡Esas mangas no pueden ser del siglo XV, sino del XVII! —gritaba—. ¡Así no pudo ir vestido el verdugo de don Álvaro de Luna! ¡Ese espejo nadie lo pudo usar hasta Luis XV, y estamos en la Edad Media! »

Y acertaba siempre. Treinta años viendo montar obras de todas las épocas y razas ¿no daban derecho a un eficaz arbitraje? Y solían hacer caso.

—A menos —agregó Viviana— que su criterio chocase abiertamente con la Contaduría. Porque la Contaduría es sagrada.

—Tan sagrada como puede serlo Mommsen, ya lo sé. Pero yo preguntaba por qué ese enfermo se contenta con las salpicaduras gloriosas de los otros... ¿Nunca trajo a leer ninguna obra?

—Nunca. Por eso le queremos tanto.

—Sus amigos...

—No tiene amigos. Su crítica es absolutamente imparcial. Dicen que en su extrema juventud pretendió estrenar, y parece que lo consiguió, pero con mal éxito.

—¡Qué extraño !

—Hasta ahora. Prepárese al acabar mi escena con Merlín. El jefe de la claque está ya advertido. Creo que allí tenemos la primera salida... Me lo dice el corazón.

—¿El corazón o el jefe?

Viviana, al salir, se iba prendiendo —la joya más personal— una delgada sonrisa, que había de conservar durante todo el primer acto. Acentuó su burla al responderme:

—El corazón y el jefe. La gloria es cosa de los dos.

Y desapareció. Me quedé solo, reflexionando en la parte de gloria que podría serme adjudicada en el reparto. En el trance más propicio, saldríamos a recibirla dos escritores, dos músicos, un escenógrafo, Merlín, Viviana, Isolda, Ginebra, Arturo, Lanzarote, Tristán e Isolda. Sin contar con el jefe de la claque, dos sastres, un electricista, sesenta profesores de orquesta... Nunca podría ser con más largueza repartida una gloria cuyas salpicaduras habían, además, de refrescar el rostro de nuestro enfermo crónico. Y me creí en el deber de darle cuenta de este dividendo poco o nada envidiable. Desde un agujerito abierto en cualquier tela, me lancé a buscar en las primeras filas aquellos ojos avarientos...

Allí estaban, fijos en Viviana, ahora hecha un ovillo, ante el inflexible hechicero, hijo del diablo. De seguro no habría visto los zapatos ocultos bajo la holgada túnica verde. La orquesta inició el tema de la seducción con tal suavidad que se confundía con el jadeo prodigiosamente fingido por el hada. Es la escena que, según Viviana, iba a hacer estallar espontáneamente los aplausos, bajo la experta dirección del jefe.

Escuché la escena durante unos minutos. Viviana se enroscaba a las piernas del mago, iba lentamente subiendo la voz, reavivando la brasa doble de sus ojos, estremeciendo todo su cuerpo bajo la diáfana espuma verde. La música, miserable cómplice, acentuaba asimismo el desnudo, la voluptuosidad de aquellas miradas, el temblor de aquella carne... Sí, estallaría el aplauso. Viviana mantendría en tensión máxima aquel trance dramático tan viejo como el mundo. Caería sobre la actriz una lluvia de fuego, cuyas chispas habrían de repartirse entre dos músicos, el escenógrafo, sesenta profesores de orquesta, dos escritores...

Uno, solamente, porque el otro, al menos por ahora, no deseaba participar del miserable dividendo glorioso. El eje de aquella máquina de producir gloria, ¿no estaba ahora pasando por la carne experta y ondulante de Viviana? La gloria en estos momentos, debía tener otro nombre.

Demasiados cómplices, demasiada sed. Sin perder el compás, fui alejándome de la vecina tromba entusiasta, en dirección al fondo de un palco desde donde me proponía llamar al enfermo para preguntarle por el sabor fresco y salino de las salpicaduras.

III

Desvanecida la espesa nube de importunos que al fin del estreno acuden a contemplar en la cara de los autores la huella del éxito o del fracaso, tropecé en la calle con aquel misterioso especialista en ensayos generales y estrenos. Se iluminaron sus ojos; al verme, nos fundimos en un abrazo. Le pregunté, como en broma:

—Usted, señor, que posee el secreto de la persistencia de las obras en el cartel, ¿quiere decirme cuánto durará ahí la nuestra?

—Unas diez noches. El público se ha dejado seducir por Viviana, pero sólo en una escena. No es tan ingenuo como el barbudo Merlín. El público no queda satisfecho con primores tan sabrosos, pero excesivamente alambicados; quiere problemas de bulto, más carne, como todas las fieras.

—Aplaudieron...

—Invitados, profesionales, gentes interesadas... El público de estrenos no es el público, esa multitud abigarrada, contradictoria, insobornable, a que solemos llamar público.

Imprimió una extraña flexibilidad irónica a su voz, y prosiguió como si hablase para aquel público invisible:

—Pero en ti y de ti vivimos; en ti nos movemos y somos. Yo te conozco bien. He asistido a más de mil estrenos, sin contar reposiciones, arreglos, nuevas adaptaciones... Sé cómo reaccionas, público, ante cada situación dramática y ante cada embrollo cómico. Eres siempre el mismo... y las situaciones y los embrollos, también. Y, mire usted —añadió dirigiéndose a mí—, es preferible cualquier reacción violenta, negativa, del público a la cortés indiferencia con que mañana acogerá esas filigranas medievales.

—De esa indiferencia sólo me toca una sexta o séptima parte. No me preocupa.

Hábleme de usted, de su teatro. Porque, sin duda alguna, usted es hombre de teatro.

Las confidencias estaban ya atropellándose por salir. A borbotones fue brotando de aquella boca reseca, agrietada, quemada por una fiebre contumaz, que también hacía arder sus entrañas. Nunca supe de una sed tan conmovedora. Me hizo estremecer el trallazo de esta afirmación sarcástica:

—Jamás se vio en Europa un fracaso igual al mío.

Hablaba del estreno de su Penélope como se habla de una estruendosa derrota bélica. Miles de silbatos disputándose el aire, miles de pies golpeando el suelo, miles de interjecciones lanzadas al escenario, como abyectos despojos de verdulería... Y los actores, azorados, buscando una salida, llenos de pánico, temiendo una irrupción de muchedumbre enloquecida. El estruendo adquirió proporciones de gran motín. Tuvo que intervenir la Dirección de Seguridad... Y la infeliz Penélope, una excelente dama joven, no llegó a caer en brazos del viajero, un viajante de zapatos, detenido en Barcelona por cierta mujer fatal... ¡Qué explosión, ya en el primer acto! Penélope lloraba, el empresario —un hombre de la derecha— blasfemó horriblemente. Había puesto en aquella comedia honorable —de blanco tipo doméstico— toda su confianza. Era aquello la vuelta al redil de un joven contemporáneo, que ha de vencer las asechanzas de las clásicas sirenas. La primera llegó a soportarla el público; pero colmó de insultos a la segunda, que, en efecto, resultó ser una colegiala inofensiva. La actriz no sabía fumar, ni cruzar las piernas... ¡Qué sirena de cabaret diabólico !

—Hubo que precipitar el final, y el telón bajó precedido de una infernal gritería. ¡Qué desbandada! Yo me quedé completamente solo, contemplando desde mi agujerito la pavorosa ebullición de la sala. Tardó mucho tiempo en apagarse el incendio, y no abandoné mi atalaya hasta ver extinguirse el último silbido, la última interjección. Unos —defraudados— pedían el importe de la entrada, otros —burlones— se divertían con todo mi árbol genealógico; todos pedían a gritos mi cabeza... Que les entregué.

—¿Cómo?

—Al menos, en mucho tiempo, no supe dónde la tenía. Abandonado de todos, quedé allí, muerto de frío, con un ataque. Me recogió mi familia, como pudieron recoger a Don Quijote. Durante ocho días nada supe del mundo. No venían a devolverme la cabeza... Luego supe que también el corazón se me había quedado poco menos que inservible.

—Pero, un fracaso, ¿quién no lo sufre? Luego vienen las compensaciones... Seguirá usted escribiendo.

—Sí.

—Y estrenando.

—¡Oh, no! Me fue rotundamente prohibido por el médico, seguramente de acuerdo con mi familia. Y así he vivido treinta años, viendo estrenar a los demás, asistiendo a lecturas de Penélopes mucho más deleznables que la mía. Pero mi corazón no podía resistir otra sacudida, según los médicos, y he dejado quieto el corazón.

—No tan quieto, porque usted comparte la emoción de cada estreno.

—Como compartiría la embriaguez un puro contemplador de las botellas. Veo cómo se descorchan, me embelesa la efervescencia, la espuma... Pero no bebo. He dejado vivir al vehemente espectador que llevaba dentro, pero he matado al héroe.

Su voz había perdido todo matiz burlesco; fluía melancólicamente, en tono de elegía, como quien bosqueja una marcha fúnebre ante el cadáver del héroe. Insistió:

—Sí, he matado al héroe.

Y en silencio recorrimos una larga calle, ya sólo frecuentada por meretrices y serenos. Uno de ellos se acercó al asesino, familiarmente.

—¿Quiere usted subir? —me dijo aquel hombre—. Verá usted mis obras completas. No he de leerle nada: sólo algún título. ¿Sube?

No pude resistir mi curiosidad, y subí a un tercer piso, donde aquel hombre vivía, al cuidado de una hermana viuda, entre enormes retratos de Ibsen, Molière, Shakespeare, Calderón de la Barca, Pirandello y...

—¿De quién es este retrato? —pregunté, adivinando.

—Es el mío. De aquella época. Mi familia y el médico pensaron colgarlo ahí, como pudieron recetarme y administrarme una inyección de hierro o de cal.

Sus ojos, fosforescentes, iban y venían de los míos al retrato, como pidiéndome perdón por la broma. Aquel hombre iba creciendo dentro de mí. Si era un loco, era ya un loco gigantesco. Seguí la ruta de sus manos, que se hundieron en un cajón.

—Aquí tiene —me dijo, sonriente— una docena de mis obras. Aquí hay otras cinco... Escribí unas veintisiete. Y aquí tengo a Penélope.

Y me ofreció un ejemplar manuscrito, ricamente encuadernado en piel roja. Al fin de la obra, cuidadosamente recortados, había agrupado las reseñas del estreno. Leí algunos fragmentos: parecían comunicados de guerra. Estaban abarrotados de proyectiles, frentes cerrados, actitudes hostiles, guerrillas contumaces, bombas finales, explosiones... Se hablaba de una compañía en retirada, de un autor fuera de combate...

—Pero esto —comenté— es un hecho de armas que lo coloca a usted muy alto, en el piso de los verdaderos héroes. Para conseguir esto, ¿cuántas malas pasiones no habrá sido necesario poner en juego?

Respiró anchamente, acariciado por mi elogio, y respondió con gran sencillez:

—Sí, mucha metralla pasional. Se había difundido la noticia de que yo venía a romper viejos moldes —esa vaciedad que tanto se repite— y a imponer moldes nuevos... Y vinieron a rompérmelos a mí. Lo malo es que también me rompieron el alma.

Quedamos unos minutos en silencio, frente al retrato. Se erguía allí aquel hombre, entre los héroes de gloria acreditada, él solo, con los documentos sin firmar, con un borrón en el vacío de cada firma. Y, súbitamente, pensé en rectificar su vida, en ponerle sus documentos en regla.

—Quiero leer eso —dije, señalando los bloques de papel.

Me miró absorto, sin comprender. Yo continué firmemente:

—También quiero leer Penélope.

—Cuando guste —respondió, mirándome de hito en hito.

Y salí, dejando mis señas.

IV

Desde Penélope a Vidas paralelas —el último drama escrito por aquel hombre— corría todo el normal proceso de formación de un dramaturgo. Las inexperiencias evidentes, las ingenuidades de que estaba nutrida Penélope eran ya personales y maduras experiencias en la producción última. En Vidas paralelas se estudiaba con un tino y vigor magistrales cierto caso de desdoblamiento de personalidad. Dos realidades: la del hombre común y visible cuyas manías hacen sonreír, la del infatigable creador oculto, cuyas obras se van lentamente enriqueciendo hasta lograr proporciones y calidades geniales. Y de uno a otro hombre, el frenesí amoroso, el amante incomprendido, oscilando entre la risa y las lágrimas, el eterno tragicómico. Una mujer banal lo desdeña por creerlo maniático, incapaz de producir obras estimables. Y sólo al fin de las jornadas, con el aplauso general del público, el hombre desdeñoso ve llegar a sí el amor y la gloria. Pero acompañados de la muerte. El infeliz muere, abrumado por tanta felicidad. No puede resistir la tensión máxima: toda una vida, acumulada en un minuto, hace estallar al héroe.

En Vidas paralelas estaba recogida la tragedia de aquel hombre. También se acumulaba allí el fruto de cuantas lecciones pudo aprender el autor durante aquellos treinta años de experiencia teatral. Me pareció una obra maestra. ¿Por qué no intentar darla a conocer? El naufragio de Penélope estaba ya tan lejos... Si alguien lo recordaba, sería por culpa del mismo autor que —periódicamente— volvía a contarlo minuciosamente. Le llenaba de orgullo tan monumental fracaso. Era un campeonato, por nadie puesto en duda. Él lo comparaba al estreno de Hernani.

Poco más tarde, devolví al autor de Penélope sus obras completas, pero había tenido la precaución de hacerme copiar Vidas paralelas, que leí a un amigo empresario, sin revelar el nombre del autor. La tomó por mía, y ofreció estrenarla. Pero faltaba resolver el problema doméstico: ¿sería cierta la prohibición del médico? ¿Hasta qué punto el autor de Penélope podía contar con su propio corazón? Un día telefoneé a aquel hombre, busqué un pretexto para ir de nuevo a su casa, para, discretamente, pedir a su hermana una entrevista. Tres días después, a solas con ella, inicié afablemente mi interrogatorio:

—Me inspira un hondo interés el problema de su hermano. ¿Padece, en efecto, del corazón?

Quedó un poco desconcertada, sin atreverse a responder directamente.

—Pues, verá usted...

—Conteste, se lo ruego. Todo es en bien de su hermano. ¿Quién es su médico?

Me dio el nombre de un profesional mediocre, sin prestigio alguno.

—¿Cómo —repliqué— dejaron en manos de un médico así nada menos que toda una vida que puede ser gloriosa?

Me miraba burlonamente, de seguro pensaba en uno más de aquellos intrépidos amigotes que empujaron hacia la derrota al autor de Penélope. No creía en su hermano. Él era, para aquella aún rozagante viuda, un loco pacífico. Me habló de él como puede hablarse de cualquier vulgar maniático. Nada —según ella— supo hacer aquel hombre sino malgastar el sueldo que le regalaban en una sucursal de la Banca Martínez. Comprar, comprar libros inútiles; amontonar revistas y papelotes, llenar los muebles de cuartillas...

—En cambio, mi pobre marido —añadió—, ¡qué ojo tenía para la escena! Sólo pudo estrenar una revista, en colaboración con dos periodistas y un músico, pero ¡él sí que hubiera ganado dinero en el teatro! Murió cuando más esperanzas tenía de estrenar... No recuerda usted Las tres noches de Araceli? Fue en Apolo, con la Fons.

—Recuerdo Las tres noches, señora, y preferiría, no recordarlas. Aquello era una insigne tontería.

—¡Caballero !

Pronto lo averigüé todo. El mismo médico dio la clave. Existía, en verdad, una antigua lesión cardíaca, pero también un gran empeño del autor de Las tres noches en borrar al enfermo de la lista de posibles dramaturgos. Así lo castigaba por el delito de no querer colaborar en aquellas infectas revistas; crimen doméstico que nunca perdonó la hermana. «¡Pudimos hacernos de oro!» —contaron que decía—. El médico obedeció a lo que él creía solicitud fraternal. «¡Nada de estrenos!» —dijo—. Como pudo decir: «¡Nada de licores!». Y el matrimonio agrandó la prohibición, hasta convertirla en ley inexorable. Murió el marido, pero la viuda continuó impertérrita manteniéndose en el umbral de la gloria con la espada de fuego en la mano. Además, ¿no estaba allí Penélope para dar testimonio de una tan endeble calidad de dramaturgo? ¿Podía ni siquiera admitirse la posibilidad de una segunda catástrofe? Aquella infortunada Penélope había cubierto de ridículo a toda la familia. Señalaban al autor, por las calles, diciendo: «¡Ahí va el autor de Penélope!». Los chiquillos llegaron a tirarle piedras. Aquella Penélope se bastó para destruir la más sólida tradición de seriedad. Verdad es que gran parte de los silbatos fue distribuida por el marido, entre currinches, «para curar definitivamente —decía— a su cuñado, de aquella peligrosa manía...». Porque, según él, el dinero estaba en las revistas, en un buen enredo galante y en unos provocativos contoneos de vicetiples. Era en 1908. En aquel hogar lucharon siempre dos opuestos sentidos del teatro.

Pero la víctima, bondadosa tanto como ingenua, nunca llegó a advertir la oscura maniobra. Creyó en su enfermedad y conservó un gran recuerdo de aquella noche catastrófica. Dos magnos temores que siempre le mantuvieron dócil al plan del médico, aunque jamás torcieron su vocación de dramaturgo. Allí vivía, sumergido en la gloria de los otros, alargando el cuello penosamente, sin acabar de apagar su sed. Pero yo arrostraría las consecuencias de destruir un mito. Realicé algunas poco fáciles gestiones, puse en juego mi influencia con empresarios y autores... Por fin, una tarde, me presenté en casa del autor de Vidas paralelas, diciendo:

—Comienzo por pedirle calma. No voy a decirle nada grave. Todo lo contrario.

—¿Qué? ¿De qué se trata?

Me había interrumpido con tal vehemencia que tuve miedo de continuar. Aquella región cardíaca comenzaba a sentirse invadida por los corceles del pánico. Lo veía en sus ojos, en sus manos, en todo su cuerpo tembloroso. Verdadera caña, según los acreditados metafóricos.

¿Qué hacer? ¿Adoptar un aire melancólico, sombrío, como el de quien va a dar la noticia de un naufragio, de un terremoto, de un duelo a muerte, para contrapesar el posible malsano júbilo del enfermo, o bien adoptar un aire desdeñoso, frívolo, como el de quien va a anunciar el advenimiento de Chevalier a la pantalla de un cine? El problema era delicado. ¿Cómo decir a aquel hombre: «Va usted a estrenar», de tal modo que su corazón recibiese la noticia sin agrietarse, sin sacudida alguna catastrófica?

Yo conocía los estremecimientos que en aquel órgano produce el amor, pero no los que produce la gloria. El aplauso me sonaba siempre a hueco. Pero tenía delante a un aspirante con plaza en los escalafones de la celebridad; era yo el ángel Gabriel que venía a traerle el gran mensaje. ¿Cómo hallar una fórmula simple, un Ave María insinuante, que no desmoronase a aquel hombre?

Proseguí, bajando la voz, como si quisiera embotar así el terrible filo:

—He meditado mucho acerca del porvenir literario de usted, he leído con mucha atención sus obras, y he decidido que..., que debe usted resignarse... resignarse a...

Me miró con tal aire de suficiencia desdeñosa que quedé frío, sin poder continuar.

—Que debo resignarme a... Me trae usted una solución poco original, demasiado vieja para mí.

—Verá usted, amigo mío. No he acabado. Se trata de resignarse a... estrenar.

Me quedé mirándolo con aire compungido, como diciéndole: «Bien sé cuánto va a padecer su corazón; pero ¿no será indispensable que usted sufra este mal rato?». Vi cómo pasaba de la indiferencia al desdén, del desdén al estupor, del estupor a un franco escepticismo. Cuando llegó a esta última etapa, me habló así:

—Le creía a usted incapaz de gastar bromas de tal calibre. Pero lo perdono, puesto que hay en todo ello mucha parte de bondad.

Me exasperaba no acertar con la verdadera forma del mensaje, y acabé por mostrar una carta del empresario. Desde entonces, se operó en él una radical transformación. Yo comencé a ser creído y su pulso comenzó a latir furiosamente: en su zona cordial iba a reproducirse la gran tempestad de Penélope. Tartamudeó.

—Pero..., pero...

—Sosiéguese. Todo irá muy bien. Yo le evitaré molestias... No me agradezca nada.

Quiso abrazarme, arrodillarse a mis pies. Temblaba no sé si de júbilo o de dolor. Lo dejé no sé si en pleno goce o en plena tortura. Pero yo quería arrebatarle su espada de fuego al angélico guardián de ese templo de la gloria que aún se conserva pintado en los viejos telones de muchos teatros de provincias.

V

A los quince días se leyó a una prestigiosa compañía el drama Vidas paralelas. El autor resistió felizmente la prueba. Su corazón salió incólume de aquella espesa lluvia de saludos y plácemes.

Comenzaron los ensayos, durante los cuales actores y curiosos admiraron en aquel hombre una gran pericia bien comprensible en quien —mudo y con la máxima atención— había venido presenciando la gestación y madurez de tantas hazañas e interpretaciones escénicas. Yo daba ya por vencido al dragón. Aunque la borrasca, venía precedida por una tal escala de emociones que no podía menos de resultar inofensiva.

Y llegó la noche de la primera representación. Vidas paralelas era esperado como un gran acontecimiento. Mis amigos habían alzado en torno al drama una polvareda de entusiasmo. Se había, en parte, difundido la burda historia patológica, torpemente preparada por una familia y un médico incomprensivos. El autor, al fin, triunfaba de aquella sorda oposición. Se celebró con él una entrevista con fotos, en la que no pudo aparecer más discreto y dueño de sí mismo. El corazón no daba señal de su presencia. Por algunos fue el autor calificado de genial.

El primer acto fue acogido con gran respeto. Una atinada exposición, salpicada de certeros hallazgos expresivos, de réplicas breves y exactas, puso en guardia al más indiferente espectador. Fue el acto unánimemente aplaudido. Y era difícil que aquel aplauso general se entibiase ya, a lo largo del resto de la obra en progresión creciente de interés, según la opinión de cuantos la conocían. Por mi parte, ya no me preocupé del triunfo: lo di por descontado.

Durante la segunda jornada, me entretuve en contemplar el hueco abierto por la ausencia del autor en la butaca donde solía presenciar los estrenos. Fue un acto sentimental dejarla inocupada. Yo la veía llena por el nervioso espectador, que, ávidamente, alargaba el cuello para recibir el frescor, el cosquilleo de tantas salpicaduras gloriosas... Al final del segundo acto, arreciaron los aplausos. El autor volvió a salir a escena, tembloroso, desconcertado, pálido... Pero esa palidez y ese temblor ¿no eran característicos de todos los autores en la primera noche de gloria? Iban a fracasar los hados.

Pero llegó el fin de la tercera y última jornada...

No, nunca os atreváis a destruir un mito; no intentéis jamás desviar de Dánae la lluvia de oro, ni arrancarle el buitre a Prometeo o el pico del cisne a Leda; dejad a Vulcano en su fragua y a Níobe retorciéndose entre sus vástagos; no, nunca pretendáis arrebatar su tridente a Neptuno o su carro a Cibeles... Los dioses no se fueron, nunca se irán, y tomarán de vosotros crueles venganzas.

Al fin de la tercera jornada, el público, puesto en pie, prorrumpió en atronadores aplausos. Vi a aquel hombre avanzar hasta la batería, todo blanco, más trémulo que nunca; vi que se llevaba las manos al pecho, y un sudor frío me empapó, me acongojó hasta el punto de obligarme a cerrar los ojos, a llevarme las manos a las sienes, a acurrucarme en mi rincón de palco. ¡Mi derrota! No quise preguntar. ¿Para qué? El mito, cruelmente, me había aplastado, por quererlo torcer...

Minutos después oí, como entre sueños: «¡El autor ha muerto! ¡El autor ha muerto!». Huí del teatro, como un asesino. Por todas partes veía a aquel hombre, alargando el cuello, o llevándose las manos al corazón, alternativamente. O cayendo, como herido por el rayo de Júpiter, ante la concha del apuntador, ante la multitud en fiebre.

Y nunca, nunca, desde entonces, se me ocurrió desviar el pico de cisne, ni la lluvia de oro, ni arrancar la espuma de los pies de Venus, ni las alas de los pies de Mercurio. Porque torcer un mito es como interpretar heréticamente un dogma.


Publicado el 4 de octubre de 2026 por Edu Robsy.
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