Esta edición especial del ebook gratuito del libro de Bernardita Salas Rivas «Los Tres Principios» utiliza la fuente OpenDyslexic, que mejora la experiencia de lectura por parte de personas que padecen de dislexia. Esta edición se puede leer desde cualquier dispositivo: ordenadores, tablets y smartphones. También permite su impresión en papel para disponer de una edición física.
Este texto, publicado en 2025, está etiquetado como Reflexión, Autobiografía, Fe.
Reflexión, Autobiografía, Fe.
747 págs. / 21 horas, 47 minutos / 1 MB.
18 de enero de 2026.
Mi papá me gozaba cuando iba a Santiago, salía conmigo, me llevaba a las tiendas y me compraba ropa; también me llevaba a pasear al cerro San Cristóbal. El siempre quiso tener una niña, que fuera suya y siguiera sus consejos, todo fue bien de chica, pero después...
Después del nacimiento de Pablo era mi mamá la que nos llevaba a la plaza a “tomar aire”; parece ser que eso es muy saludable en mi familia, porque cada tanto había que “tomar aire”. Una vez yo le pedí con insistencia a mi mamá que me llevara a rezar al Sagrado Corazón, ella se asombró porque no se le ocurrió que hubiera tal estatua en la plaza. Ante mi cargoseo, fuimos y ella se moría de la risa: “Mi Sagrado Corazón” al que yo le rezaba (quién sabe qué) y al que le llevaba florcitas (robadas) era una gran estatua con pedestal de mármol de ¡¡Don Pedro de Valdivia!! Con coraza y armadura, con espada y espadín; mucho me costó entender la diferencia entre uno y otro personaje. Me encantaba ir de paseo con mi mamá porque me contaba historias que, ciertas o no tan ciertas, me fascinaban. Lo que ella no podía evitar era la rivalidad entre las empleadas y tanto, tanto le cascaba yo al Nano, que se convirtió en un peligro; el mordisco que me pegó en la nariz me frenó por un tiempo, pero se cambió la modalidad: ahora yo lo desafiaba a correr por la orilla de la pila, a subirse a un arbolito, a deslizarse por un declive que había en la plaza al lado de las escaleras, a comer ramitas, a buscar bichos (que él temía); con todas estas cosas yo siempre tenía la delantera y nadie me podía acusar de pegarle, pero él ¡Me odiaba!.