historia. Bernardita Salas Rivas. La vida, puh.
Los tres principios © 2025 por Bernardita Salas Rivas. Este libro está publicado bajo licencia Creative Commons Attribution-Non Commercial 4.0 International. Para ver el detalle de esta licencia, visite https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/ Editado en Junio de 2025 ¿Por qué esperar a estar moribundos para decirnos que nos queremos?” Esta enseñanza la aprendí de Pablo, mi hermano. Quiero dedicar mis recuerdos, este libro, a mis hijos; es una forma más de decirles cuánto los quiero y también una manera de recordar cuánto me han querido ellos. No esperemos a estar moribundos para decirnos que nos queremos; expresemos, vivamos y seamos amor. Quiero hacer un agradecimiento especial a todas las personas que han ayudado a que este sueño se haga realidad: a Emilio, por su compañía y aportaciones cuando escribía la historia en cuadernos; a Dafnne, por su ayuda a convertir el manuscrito en un mecanoscrito; a Consuelo y Ramón, por la revisión y la santa paciencia; a Juan Agustín por sus ideas artísticas y buenos consejos, y a Antonio por la edición y producción final de esta obra. A mis hijos, por su apoyo incondicional y, finalmente, a todos los que me han animado en cada etapa de esta aventura. Sin ellos no hubiera sido posible.
Los Tres Principios
¿Por qué esperar a estar moribundos para decirnos que nos queremos?”
Esta enseñanza la aprendí de Pablo, mi hermano. Quiero dedicar mis recuerdos, este libro, a mis hijos; es una forma más de decirles cuánto los quiero y también una manera de recordar cuánto me han querido ellos.
No esperemos a estar moribundos para decirnos que nos queremos; expresemos, vivamos y seamos amor.
Quiero hacer un agradecimiento especial a todas las personas que han ayudado a que este sueño se haga realidad: a Emilio, por su compañía y aportaciones cuando escribía la historia en cuadernos; a Dafnne, por su ayuda a convertir el manuscrito en un mecanoscrito; a Consuelo y Ramón, por la revisión y la santa paciencia; a Juan Agustín por sus ideas artísticas y buenos consejos, y a Antonio por la edición y producción final de esta obra.
A mis hijos, por su apoyo incondicional y, finalmente, a todos los que me han animado en cada etapa de esta aventura.
Sin ellos no hubiera sido posible.
--PRIMER PRINCIPIO--
RECUERDOS
Yo, según testigos presenciales, fui muy deseada; mis padres tenían muchos deseos de tener un hijo, pero... nada; no llegaba, no podía llegar, a mi mamá le habían dicho que no podría tener hijos. Así pasaron casi tres años hasta que el otro milagro se logró; y lo digo así, porque el año anterior a mi concepción, mi mamá, al comer unas conservas (las primeras que se hacían en Chile) tuvo una retinitis y quedó ciega; apenas distinguía la luz de la oscuridad, mi abuela (mi tatá), se la llevó a su casa y la cuidaba día y noche, el médico la visitaba con frecuencia y decía que no veía solución, que la lesión era muy grande; mis padres sufrieron mucho porque llevaban dos años de casados y se veían con este gran problema. Un tres de febrero, mi tatá le propuso a mi mamá que rezaran la novena de la Virgen de Lourdes, y así lo hicieron; el día 11 o sea, el día en que se conmemora la Virgen de Lourdes, mi mamá le dijo: “Que linda eres mamá”, y mi tatá le contestó: ¿Y cómo lo sabes? Ella le replicó: “porque te veo linda”; Las dos se abrazaron llorando de alegría y llamaron al médico, quien después de hacerle toda clase de pruebas le dijo: “Julita usted está sana, no tiene ni siquiera una cicatriz en la retina ¿Qué ha hecho?”. Mi mamá le contestó: “La novena a la Virgen de Lourdes”, el médico, asombrado, le dijo: “Yo testifico que éste es un milagro y quiero presentarla en la Cátedra de Oftalmología para que la vea mi profesor”, ella dijo que sí y así se hizo; luego de varios días de estar adaptándose de a poco a la luz, la vio el profesor quien aseguró que no había nada y que si no fuera porque el médico tratante era de toda su confianza no creería en tal retinitis, y también dijo que era un milagro.
Así pasó un tiempo hasta que otro milagro se logró: todo era novedad, todo júbilo, nadie pensó que el momento no podía ser peor, en medio de una tremenda crisis económica, donde no había plata y los productos no se vendían, en medio de todo eso me anuncié; yo no sabía nada de eso y allí estaba feliz, nadando y sintiéndome lo mas importante del mundo.
De alguna manera se hizo mi ajuar, algo para cubrirme; si no me importa ahora ¡qué me iba a importar en ese momento!
Estábamos viviendo en la calle Seminario al llegar a Providencia; en esos tiempos allí se acababa Santiago y el Parque Japonés era una ruina.
Un día avisé que llegaba; era un 28 de Marzo de 1931, y ¡Sorpresa!: Era niña, lo más deseado por todos, nadie lo podía creer ¡niña! pero con una boca tremenda de estruendosa y unos pulmones potentes; lloraba y lloraba “¡dolor de estómago!” decía una, “agua de anís” contestaba otra y ¡venga agúita! Lo que yo quería eran los pechos de mi mamá, pechos tiernos a los que me aferraba a sacar lo que hubiera, leche o sangre era igual, parecía una ñigua. ¡Pobre madre, me tenía terror! Y la cuidadora le insistía en que me diera lo que fuera para que ella pudiera dormir un rato. A la semana se fue porque dijo que yo la estaba enloqueciendo (y fue la primera que lo dijo; muchas han dicho lo mismo a lo largo de los años).
En esos primeros días me llevaron al Seminario para que me bautizaran. Mi madrina, la tatá, mi padrino mi tío Fernando; buenos padrinos y muy queridos por mí. El problema empezó en la pila bautismal, el sacerdote preguntó mi nombre y la tatá le dijo “Bernardita de María Inmaculada”, el sacerdote, con el agua en la mano, empezó “Bernarda”. ¡No! Le dijo mi tatá “Bernardita”; otra vez empezó el ritual “Bernarda” y mi tatá se indignó y le dijo “O la bautiza como Bernardita o me la llevo y la dejo mora”, ante tal ofensiva el padre renunció y me bautizó como Bernardita y así es como he tenido toda mi vida que defender mi nombre y explicar que me llamo así en agradecimiento a la Virgen de Lourdes por el milagro que le hizo a mi mamá. Una vez amansado el padre, seguramente mi tatá achicaría los ojos azules y todo seguiría como es costumbre; en esos casos y como se decía entonces “Salió mora de casa y volvió cristiana”.
Llegando a casa, mi mamá se hizo cargo de una cosita que parecía endeble y a la que no se atrevía a maniobrar; una cosita que lloraba, que lastimaba y eliminaba, a la que había que limpiar, alimentar y tratar de silenciar ¡Problema! Primer baño, siguiendo las instrucciones del manual de los corta-palos, preparó el susodicho baño y con terror me enjabonó y me metió al agua, ¡Claro está que enjabonadita y en agua tibia me resbalé y si no está cerca mi tatá, capaz que me hubiera ahogado! Y seguimos batallando, yo por sobrevivir y ella por aprender. ¡Qué humillación para mi vieja!, el llanto no cesaba hasta que se tomaron cartas sobre el tema y llamaron a un pediatra; me examinó todo lo visible y estaba bien, luego dijo:
—Sáquele los pañales. ¡Fuera los pañales!
—Señora ¿No sabe qué es esto? —preguntó
—No, doctor.
—+Es una cocedura enorme que duele como una quemadura ¿No sabía?
—No, doctor.
—¿Y qué creía que era? —ya mi mamá estaba al límite.
—Este, que yo pensé que era natural.
—¿Natural?
—Sí, como son los monitos.
Poco faltó para que el médico le pegara, pero le dio pena al verla tan incapaz y me recetó un ungiento de óxido de zinc con aceite (fórmula de pobre que también yo habría de usar en el futuro). Otra cosa que me recetó fue un alimento, fosfatina Falliere, que me la daban diluida, a ver si no me comía a mi mamá en un acto canibalesco. Todo resultó, yo satisfice mi hambre, mi potito sanó y se acabaron los llantos, todo el mundo descansó y durmió; así fui creciendo en medio del amor, todos me querían, mi papá chocho conmigo, a los seis meses me llevaba a trotar en sus brazos y subíamos el cerro San Cristóbal, era lo que más quería; una niña regalona.
A los pocos meses, la crisis nacional llegó a la familia, mi papá encontró un trabajo en Angol para exportar manzanas, debe haber sido mal pagado, porque sólo le alcanzaba para él y, por lo tanto, nosotros emigramos al fundo San José, en San Carlos, donde había unas grandes casas patronales; nosotros éramos mi mamá, sus hermanos casados con hijos, mi tía Luz y mi tatá, que comandaba el buque; poco había que comer porque era invierno, así es que la comida familiar eran porotos y una manada de pavos que poco a poco se fue acabando; la verdad es que no creo que fuera un menú muy exquisito. Afortunadamente, para los chicos, una pobre vaca despistada parió en Marzo y daba algo de leche para las guaguas que éramos el Nano y yo. También quedaba algo para que el ternero no se muriera de hambre; poco pasto, poca comida para todos.
La convivencia debe haber sido de espanto, menos mal que mi papá estaba ausente.
Pasó el invierno y empezó a salir pasto verde por todas partes, la vaca se entusiasmó y comió hasta hartarse; el resultado fue terrible, los niños con diarrea verde y el ternero a las puertas de la muerte. La madre del Nano tenía unos ahorros así es que se llevó a su hijo a Santiago; yo fui al Hospital del pueblo, San Carlos, donde me trataron muy bien, me llenaron las tripas de agua a cucharaditas y boté toda la leche que me hizo mal; me recuperé antes que el Nano. Tuvieron mas cuidado con la vaca, por mucho que le gustara lo verde; hubo que buscar paja para equilibrar la alimentación de la única fuente de leche y con eso mantenernos vivos y sanos a nosotros.
Primavera, tiempo de sembrar, de hacer producir la tierra, porque la crisis no tenía ni para cuando terminar. No sé quién tomó la iniciativa de empezar una huerta surtida para la casa, pero lo hicieron, felices de olvidar los porotos con pavo.
No sé si estaríamos dos años en esas condiciones, pero a mi tatá le llegó una platita y compró una quinta en la calle Pedro de Valdivia, en la primera cuadra, eso eran las afueras de Santiago y es de allí de donde tengo mi primer recuerdo consciente; entré saltando y brincando hasta el fondo donde había colgado un columpio de un árbol, yo me subí y fui feliz, me adapté de inmediato; mi mamá trataba de educarme, de desalvajarme, pero le cundía poco porque el resto de la familia me consentía todo. Estábamos allí mi tatá con su segundo marido, un italiano de apellido Almanza, el Coco (hijo enfermo mental de mi tatá), el tío Fernando y familia y mi mamá conmigo, o sea que mi único rival era el Nano, a quién yo aporreaba todo el tiempo; era lento, flojo y malo para los puñetes y yo era todo lo contrario y, como si fuera poco, era cabezón. Pero un día tuvo su día de venganza: me mordió la nariz, tardó años en borrárseme la cicatriz ¡Qué virulento el niño!.
La casa era muy chilena, una gran galería donde se hacía de todo, los dormitorios y baño daban a la galería.
Un día, mi tatá y mi mamá cosían y en un rapto de locura les robé las tijeras y apreté a correr; como era atolondrada tropecé y me caí enterrándome las tijeras en el vientre. ¡Qué escándalo! Según mi mamá se me veía la tela del vientre, me curaron y me tendieron en un diván en la galería, allí me contaban cuentos y me consolaban con manjar blanco hecho por la Antuca ¡Maravilloso! Hasta las penas se pasaban así.
Almanza me quería porque él nunca tuvo un hijo, yo le hacía gracia. Conmigo fue cariñoso y cómplice: me convidaba a la despensa y mientras él se tomaba un vinito con aceitunas, yo me empachaba con manjar. También el fue el primero que me regaló una revista, El Billiken, que me encantaba.
El jardín era grande y se podía jugar a mil cosas, con mi mamá pasábamos inventando juegos.
Antes de llegar a esta casa quinta, mi mamá me llevó a ver mi Trinidad (la abuela de mi mamá) y ella nos regaló unas monedas para que me compraran zapatos ¿Qué usaría yo? Seguramente ojotas de cuero, de las que se usan el campo y ahí empezó la tortura de mis pies que dura hasta hoy.
Un día me llevaron a pasear a la Plaza Pedro de Valdivia con el Nano, y las niñeras, que se odiaban, nos azuzaban a nosotros para que peleáramos ¡Qué crueldad, el pobre Nano pasaba lleno de moretones!
De esos tiempos tengo un recuerdo entrañable. Mi tatá organizó un viaje en tren a Los Andes, a ver a la Rebeca Fernández, (monjita carmelita descalza hermana de la hoy Santa Teresa de Los Andes). Tengo un recuerdo muy claro de la Rebeca y de la monjita que la cuidaba en el Locutorio. Ella se levantó el velo que la cubría para mirarme, no sé si los grandes se dieron cuenta porque estaban entretenidos con Rebeca. La monjita llevó el cuento a la comunidad que había una niña y pidieron que me pasaran por el torno y por allí pasé a visitar el convento (esto me lo contó mi mamá, yo no lo recuerdo). Lo que sí recuerdo es haber pasado mi brazo a través de dos rejas y haber tomado la mano de Rebeca.
Hermosa iglesia tienen las Carmelitas en Los Andes, muy iluminada y a un lado, haciendo martillo, la capilla de la comunidad. Muchos años más tarde pude comprobar mis recuerdos y los encontré, el convento está abierto al público y fui y busqué hasta que encontré el torno, el locutorio y la doble reja. La iglesia está igual y del interior del convento seguí sin recordar nada.
La Plaza Pedro de Valdivia era muy grande y bonita, tenía una gran pileta central y muchos árboles y
arbustos donde se podía jugar a la escondida, era un sitio encantador y muchas veces nos mandaban con las niñeras para dejar al mundo en paz... ¡Supongo!
Una vez, al volver me encontré con una novedad: un guagúito negrito con cara de santo y me dijeron que era mi hermano. Yo creí que, después de las explicaciones de mi mamá, mi hermano llegaría desde su guatita donde yo lo había sentido patalear, tendría una parte activa en ese asunto, pero no fue así, me lo dieron hecho. Éramos polos opuestos, yo era rubia, blanca, de ojos claros, revoltosa y maldadosa; y él, negrito con pelo y ojos negros, bueno buenísimo; sólo lloró cuando nació, no lastimó a mi mamá al mamar; era suave y tierno desde que nació.
Hubo un mal asunto allí, su cuidadora era celosa y me decía que Pablo me iba a quitar el cariño de mis padres y yo le creí y una vez me pillaron haciéndole daño, lo estaba ahorcando; al saber este asunto la niñera salió de la casa y yo me gané una mala fama, pero mi mamá me defendía. A lo mejor comprendía lo que era sentirse destronada y nunca me lo hizo sentir; yo seguí siendo la reina de dos familias, la de mi tatá y la de mis padres.
Mi papá me gozaba cuando iba a Santiago, salía conmigo, me llevaba a las tiendas y me compraba ropa; también me llevaba a pasear al cerro San Cristóbal. El siempre quiso tener una niña, que fuera suya y siguiera sus consejos, todo fue bien de chica, pero después...
Después del nacimiento de Pablo era mi mamá la que nos llevaba a la plaza a “tomar aire”; parece ser que eso es muy saludable en mi familia, porque cada tanto había que “tomar aire”. Una vez yo le pedí con insistencia a mi mamá que me llevara a rezar al Sagrado Corazón, ella se asombró porque no se le ocurrió que hubiera tal estatua en la plaza. Ante mi cargoseo, fuimos y ella se moría de la risa: “Mi Sagrado Corazón” al que yo le rezaba (quién sabe qué) y al que le llevaba florcitas (robadas) era una gran estatua con pedestal de mármol de ¡¡Don Pedro de Valdivia!! Con coraza y armadura, con espada y espadín; mucho me costó entender la diferencia entre uno y otro personaje. Me encantaba ir de paseo con mi mamá porque me contaba historias que, ciertas o no tan ciertas, me fascinaban. Lo que ella no podía evitar era la rivalidad entre las empleadas y tanto, tanto le cascaba yo al Nano, que se convirtió en un peligro; el mordisco que me pegó en la nariz me frenó por un tiempo, pero se cambió la modalidad: ahora yo lo desafiaba a correr por la orilla de la pila, a subirse a un arbolito, a deslizarse por un declive que había en la plaza al lado de las escaleras, a comer ramitas, a buscar bichos (que él temía); con todas estas cosas yo siempre tenía la delantera y nadie me podía acusar de pegarle, pero él ¡Me odiaba!.
La convivencia era ¡Difícil!, las niñeras ¡Horribles!; no sé porqué no me podían ver; en cambio, al flojo del Nano lo querían.
HUELQUÉN
Más o menos cuando Pablo tenía un poco más de un año, un día llegó mi papá feliz ¡¡Tenía trabajo cerca de Santiago!! Administraría un fundo en Huelquén se lo dejaron los dueños con la casa puesta, plenos poderes en el campo y un buen sueldo, todo era fantástico y nos podíamos ir de inmediato, sólo con nuestras ropas (que no serían muchas).
Yo feliz, porque todos los cambios me gustaban; imaginaba un campo enorme, lleno de cosas para jugar, para hurgar y todo, todo a mi disposición; el asunto no fue tanto ni tan poco; disponíamos de una buena casa, piezas al sol rodeando un hall con estufa, un enorme comedor, cocina, despensa, baño con un calentador de agua que se calentaba con corontas de choclo y un sitio prohibido desde el primer día: “El cuarto del carburo”, con el que se daba luz de toda la casa, el gas salía por unas lámparas con un silbido, con un olor especial e iluminaba bastante; si después se puso electricidad no me acuerdo. Ese cuarto vedado lo vi una vez de la mano de mi mamá y ella me explicó el veneno que se hacía allí y lo peligroso que era; el pozo del carburo sólo lo manejaba Don Pruda y aunque la puerta no tenía llave, nunca, nunca intenté entrar; fue mi primera limitación, mi primer NO y mi mamá creyó en mí.
Huelquén, tierra y tiempo maravillosos para crecer y vivir; aunque las casas estaban al lado de las bodegas, nos dijeron que no eran de nosotros; por lo tanto sólo íbamos con los papás. Nuestros campos de acción eran una huerta frutal donde había de todo, donde maduraban las frutas de un árbol tras otro casi todo el año, tenía un parrón al medio; también habían hortalizas y un gallinero que era, para nosotros, la atracción máxima; en cuanto se descuidaban partíamos Pablo y yo, despacito hasta los ponederos y las espantábamos hasta que se les caía el huevo ¡Qué diversión! Tomar el huevo “calientito” y blando y esperar que se pusiera duro en la mano; siempre nos preguntamos porqué eran así y no de otra forma, pero preguntar habría sido delatarnos.
Antes del huerto había una acequia y cerca de ella un sauce llorón. Debajo de él, mi mamá nos mandó a hacer un cajón de arena donde jugábamos Pablo y yo a las horas de más calor ¡Qué cosa más entretenida!. Mi mamá siempre tejía para nosotros, para el que iba a nacer (Jorge y luego Mariano) o simplemente por si alguien lo necesitaba; ella se convirtió en la madrecita de los inquilinos y como podía los ayudaba.
No es que fuéramos ricos, es que el fundo producía todo y muy pocas cosas se compraban, así es que vivíamos bien. Mi papá tenía un Ford (no sé de qué año) en el que nos llevaba al pueblo, al médico o de compras.
Yo ya tenía una idea fija: sería médico. Mi primer
paciente fue Pablo; él tenía una diarrea de verano terrible y mi mamá estaba muy preocupada. Le daban agua de arroz, pollito hervido y clara de huevo, y nada, la fiesta continuaba como si no le dieran una dieta especial. Un día al examinar la deposición encontró mi mamá unas pepas de tomate ¡Qué digestión más lenta! ¡15 días de régimen y todavía botando pepas! Se asustó y consultó al médico; él se rió y le dijo que a la que tenía que vigilar era a esta chiquilla (yo... pobrecita... aprendiz de médico) y así lo hizo. Al día siguiente, a la hora de la siesta, cuando todos estaban adormilados, nosotros nos íbamos a la huerta y allí yo le preparaba “El remedio”: un brebaje de tomates maduros exprimidos a mano en un tarro de sardinas, viejo y oxidado y, además, le picaba unos cebollines tiernos, todo mezclado y ¡Venga, a tomar su remedio a sorbitos! Pablo, como siempre, mansamente se tomaba el remedio. En esa consulta nos pillaron y a mí me dieron una conferencia sobre cómo funciona el estómago e intestino; además, que si quería ser médico tenía que empezar a estudiar mucho. No hubo ni un reproche, ni un castigo ni un reto, sólo buenos consejos a nivel del niño; tanto así que nunca me sentí culpable de haber enfermado a mi hermano.
A pesar de todo, con Pablo nos queríamos mucho y jugábamos todo el tiempo, jamás dijo que no a ninguna de las barbaridades que se me ocurrían a mí, yo le quería y lo admiraba por lo bueno, lo dócil, lo amoroso que era y también admiraba que él pudiera hacer pipí de esa manera tan fácil, sin sacarse la ropa; en un rinconcito cualquiera hacía pipí sin problema. Un día, a la hora de la siesta —nuestra hora—, se me ocurrió que yo también podría hacer pipí parada, me puse de piernas abiertas en la acequia, a la orilla del sauce llorón, y solté el pipí. Fue un desastre, salió como una regadera empapándome la ropa y los zapatos, no sé como pude esconder la gracia, pero nadie lo supo y yo tuve un gran sentimiento de culpabilidad. A lo mejor fue la primera vez que supe que había hecho algo indebido, aunque en casa nunca se hablaba de ese tipo de prohibiciones, a lo mejor a mi mamá le habría dado risa de verme tan tonta.
Yo tenía una muñeca, que se llamaba Violeta, no tenía ninguna gracia y era eso, sólo una muñeca. Yo no le tenía mucho cariño, pero Pablo si; él me la pedía con todo amor que se la prestara, yo no podía entender ese amor por una “cosa” que para mí no significaba nada, nunca fui aficionada a las muñecas prefería jugar a cosas mas activas, de todas maneras, a veces estaba de malas y no se la prestaba. Mi papá encontraba espantoso el amor de Pablo por la Violeta y trataba que jugara por lo menos a la pelota, pero mi mamá lo comprendía y lo dejaba jugar; un día llegó con una muñeca negra... de raza negra y se la regaló a Pablo; al abrir el paquete la miró y la botó diciendo “Negla oliule” (era bien malo para hablar) y se acabó la negra, ni la tocó nunca, su amor era la Violeta.
Al poco tiempo de vivir en Huelquén hubo un cambio de párroco en la parroquia; se fue uno viejito
que no conocí y llegó don Carlos Valenzuela, un cura joven, lleno de vida y de entusiasmo, simpático y amistoso; muy pronto hizo amistad con las señoras de los fundos cercanos y les propuso que prepararan a los hijos de los inquilinos para que hicieran su Primera Comunión. Mi mamá organizó a los niños para hacerles clases de Catecismo y puso unos bancos debajo del parrón y a mí en un piso a su lado, supongo que con el objetivo de tenerme tranquila. Así me fui yo empapando del viejo y querido Catecismo y aprendiendo.
P: Decidme hijos ¿Hay Dios?
R: Sí, Padre Dios hay.
P: ¿Cuántos dioses hay?
R: Un solo Dios no más.
P: ¿Dónde está Dios?
R: En el cielo, en la tierra y en todo lugar.
Y seguían, seguían las preguntas y respuestas que abarcaban los temas fundamentales de la fe. También aprendí oraciones nuevas (porque mi mamá rezaba todas las noches con nosotros, pero eran oraciones infantiles). Ahora yo me sentía grande aprendiendo el Credo y cuando llegó su momento, la pregunta más importante de todas ¿Qué diferencia hay entre el pan y el vino consagrados y el no consagrado? Yo saltaba... la respuesta ya se me salía de la boca... ¡Qué ganas de ser grande para poder decir “En la hostia consagrada está Jesús entero con su carne, su sangre, su alma y su divinidad!” ¡Y los niños no entendían, y no aprendían!
Y yo con las puras ganas, porque si decía algo mi mamá me mandaba a la casa.
Se estaba bien debajo del parrón aprendiendo cosas de Dios ¡Qué sabia me parecía mi mamá! No era la misma que jugaba conmigo a las piedrecitas debajo del sauce o con la que salía a buscar flores al potrero, era otra persona y a mí me encantaba estar a su lado y oír, aunque no me dejara hablar; debe haber sido la única vez que la obediencia fue para mi algo dulce.
Y... llegó el día del examen con don Carlos y allá partió mi mamá con sus niños, y conmigo a la cola (no me dejaba sola nunca, no se fiaba de mí).
Al llegar a la Parroquia, don Carlos recibió a los niños uno por uno y en una distracción de mi mamá, me colé a dar el examen. No fallé, contesté todo bien y estaba feliz, pero, cuando salía, mi mamá le dijo a don Carlos: “Bernardita no estaba incluida en el curso, entró de puro intrusa, por favor perdónela” y don Carlos se rió y le dijo “¿Perdonarla, de qué Julita? Si es la que más sabe de su curso y si ella quiere hacer su Primera Comunión yo se la doy”. ¡Qué felicidad más grande la mía! Volvió a la carga mi mamá “Pero don Carlos, si ella no tiene ropa ni zapatos blancos”; don Carlos le replicó, “Yo la veo con un delantal blanco, si está limpio basta, si no tiene zapatos blancos, que entre descalza y como es obligatorio cubrirle la cabeza, póngale un pedazo de tul blanco, eso no puede ser muy caro”, y mi mamá se doblegó ante esas facilidades que le daba el cura párroco; y así fue como, después de mi primera Confesión —de la que no tengo recuerdo—, llegó el momento más feliz de mi vida. Hoy, 65 años más tarde, reitero mi felicidad en ese día y en los muchos que siguieron después.
Recibí el Cuerpo de Cristo con toda la seriedad que se tiene a esa edad 5 años y 9 meses, con la responsabilidad de la continuidad de Cristo en la Eucaristía y la alegría propia de un niño que se encuentra con otro niño, pero que es Dios.
De todo el grupo de Primera Comunión fui la única de delantal, la única descalza, me habría podido sentir mal, pero no me importó nada, fui feliz entre muchas niñas vestidas de largo y hasta una vestida de novia, el traje con cola y pajes. Después de la Misa nos fuimos a nuestra casa y nos habían preparado un chocolate con galletas; jugamos toda la tarde y mi papá nos sacó varias fotografías.
Don Carlos hizo mucho por esa Parroquia, la adecentó por dentro y por fuera, juntó a la gente que estaba dispersa e hizo gran amistad con mi mamá, quien tuvo el gusto de conocer a la Icha —hermana de don Carlos— y formar un grupo de mujeres colaboradoras de la Parroquia; a nosotros, los niños, nos encantaba ir a la casa Parroquial, siempre había algo rico especialmente cuando llegaba Panchito —hermano menor de don Carlos—, quien se sacaba la sotana de seminarista y jugaba con nosotros de igual a igual ¡Qué lindos esos tiempos en que estaba tan unida la familia, la parroquia y Dios siempre presente!.
Pasaron unos meses y llegó Semana Santa, gran momento de conversión, Don Carlos predicaba desde el púlpito unas homilías que hacían llorar a grandes y chicos —y también a él—. En esos tiempos niños y adultos íbamos a las celebraciones, especialmente al sermón de las siete palabras el Viernes Santo; hoy me parece increíble haber estado tanto tiempo atendiendo y viviendo lo que don Carlos decía, pero así fue y también desde esa época fue mi gran amistad con Panchito.
Cerca del sauce llorón hizo construir mi mamá una gruta de piedra y cemento, no muy grande, adecuada al tamaño de nosotros; en la hornacina puso una imagen de la Virgen de Lourdes, que con Pablo solíamos adornarla con flores y velas, pero en un determinado momento, Pablo se rebeló y quiso tener también su imagen; mi mamá le compró un Niño Jesús de Praga para que lo tuviera en su pieza, pero... Pablo, Pablito, tenía una idea fija: quería a su Niño Jesús en mi Gruta; por lo tanto, en cualquier descuido me sacaba mi Virgen y ponía su niño en mi Gruta, menos mal que Jorge todavía no estaba operante porque si no hubiera habido tres imágenes volando.
Carmen Lagos fue la única cuidadora que tuvo paciencia conmigo de guagua. Siempre nos visitaba, pero especialmente cuando maduraba el durazno de San José; éste tenia una gracia o desgracia: era chico e insípido para comerlo crudo, pero en almíbar era una maravilla de sabor y olor. Lo reconocería en cualquier parte; lo he buscado, pero no lo he encontrado ni vuelto a oler.
Otras cosas curiosas recuerdo haber comido en Huelquén: las flores de las acacias dulces las pasaban por un batido y las freían; quedaban crujientes y con todo el aroma de la flor. También, en primavera salíamos a los potreros a buscar yuyos y la cocinera hacía una ensalada rica.
A Pablo le costaba hablar, pronunciar algunos sonidos no podía, pero era tan tranquilo que a nadie le preocupaba, salvo cuando decía alguna frase apocalíptica, como una vez que estaban las amigas de mi mamá reunidas en casa y Pablo trataba de hacerse notar —como todo niño— y en un momento saltó una grada chiquitita y con cara de pícaro miró a las mujeres y dijo: “Ay chi choy yaulo yo” (ay si soy diablo yo); las mujeres se morían de la risa y lo celebraban harto.
En otra oportunidad, en que en casa había visitas, nosotros estábamos jugando fuera hasta que oscureció, entonces entramos y Pablo se puso a pasear por el hall con las manos atrás y decía cantadito: “Ya chicho la noche ya. (Ya se hizo la noche ya) y seguía dando vueltas hasta que no pudo mas y les largó “ya chicho la noche ya ¿Cuándo che van las vichitas?” (Ya se hizo la noche ya ¿Cuándo se van las visitas?).
Otra vez, llegó un comprador de cebollas y mi papá estaba en el campo; mi mamá lo hizo pasar y le ofreció algo (como se estila en el campo). Al poco rato Pablo empezó a canturrear “Esto no le va a gustar a mi papá”, pero lo decía tan cantadito que nadie le entendía, salvo mi mamá que disimulaba.
Si bien la pareja que formábamos Pablo y yo era muy dispareja, no por eso dejábamos de ser amigos, y más que eso éramos cómplices y nos queríamos mucho. Nada de lo que hacíamos se contaba, todo era silencio, si nos lastimábamos también nos quedábamos callados; él me decía hermana y yo a él hermano hasta que mi mamá intervino diciendo que esta casa parecía un convento, así me quedó el nombre de hermana y a él siempre le dije Pablo.
Seguramente en ese tiempo mi mamá quedó esperando a Jorge, niño que esperamos todos con mucha ilusión; preparamos su cuna, sus pañales, su ropita, hasta que un día, mi mamá se fue a Santiago. Seguramente nos dejó con alguna abuela, no lo recuerdo, pero al cabo de una semana llegó con Jorge y con una gran adquisición: ¡Una vieja, la Tena, que había cuidado a mi papá y llegó para quedarse! ¡Qué lío! Para ella sólo existía Jorge y al resto que nos partiera un rayo.
Jorge nació feo, orejón y flojo. No quería mamar y mi mamá tenía leche para varios niños. De a poco se fue acostumbrando a comer a sus horas, pero un día ¡Día de capa! le llevaron a mi mamá una bandeja de cuncas —testículos de ternero— que a ella le encantaban y como no encontró colaboración de nosotros se pegó una gran panzada, ¿El resultado? ¡Catastrófico! Se llenó de leche y Jorge no tenía ganas de bulla y menos a media noche, que era su hora de dormir con la Tena, quién montó en cólera cuando la mamá lo fue a sacar de su cuna para que la aliviara en algo siquiera. Supongo que era alza de leche y fue por pocas horas, pero fue angustiante ver a la mamá sacarse leche para botarla ¡Pobre madre!
Me parece que mi tatá se enfermó y mi mamá se llevó al Coco (su hermano enfermo mental) al fundo. Con él hacíamos buena amistad y jugábamos de igual a igual, el único problema que teníamos era que él no podía decir mi nombre y me decía “Canelita”; yo me enfurecía con él hasta que aprendió a decir algo como “Undandita” y yo me di por satisfecha.
Un día fueron unos amigos del papá a buscarnos para salir a alguna parte y en el comedor (no recuerdo si era casa o restaurante) empezamos a comer y a contar cosas. A medida que se tomaban sus traguitos, más cuentos se contaban (Pablo y yo no pintábamos nada ahí); de pronto oí a uno que empezó a explicar un postre al que le ponían “canela” (yo me puse al rojo vivo) y él seguía contando que le ponían más “Canela” (yo ya estaba morada); tanto fue que mi mamá me sacó de la mesa y me llevó al jardín hasta que se me pasara la rabia y volviera a la normalidad.
Parece mentira, pero a pesar de los años todavía respingo cuando oigo decir “Canela”.Era habitual que mi abuelo por parte de mi papá (El Viejo, le decíamos) pasara algunas temporadas con nosotros. Yo lo quería mucho y mi mamá también. Él no tenía muy buena acogida en su casa porque era un bohemio; además de no haber trabajado nunca (era abogado), se tomaba sus vinitos ¿Cuántos? no lo sé, pero en el fundo mi mamá le daba vino y él se lo tomaba y, que yo sepa, nunca pidió más, por lo que presumo que un alcohólico no era, solo se alegraba la vida, que la tenía muy triste, bastante marginado vivía él.
Mas o menos cuando nació Jorge me regalaron una cocina a leña, igual a las grandes, con su caldera para calentar agua, dos platos para hacer comida y un fogón para hacer el fuego. Venían también varias ollitas de aluminio y cucharas de palo para revolver. Me instalaron la cocina en el repostero sobre una lata y con un tubo que salía por el techo. Don Pruda me cortaba palitos del tamaño del fogón para que yo cocinara y dejara al mundo en paz.
El primer intento de cocinar fue arroz con leche; medio crudo me quedó, pero yo pensé que a Jorge le encantaría comer algo más sólido que leche; me pillaron justo cuando yo le estaba “cuchareando” mi guiso. Mi mamá con mucha paciencia me volvió a enseñar que a las guaguas sólo se les da leche de su mamá y nada más. No recuerdo ni un reto ni un reproche de ella.
Un día, mi mamá me arregló una pieza al lado de la de ella (hasta ese momento dormíamos todos juntos papá, mamá, Pablo y yo). A mí me pareció enorme para mí sola, pero mi mamá me dijo que era mía, para que pusiera todas mis cosas, todo lo que yo quisiera y que para dormir íbamos a tener las cabeceras de las camas, la de ella y la mía muy cerca y que podríamos dormir tomadas de las manos si dejábamos la puerta abierta, y así lo hicimos. A los pocos días ya estaba acostumbrada a dormir sola; desde ese momento yo empecé a soñar y a recordar mis sueños, mi mamá me preguntaba todos los días “¿Qué soñó?” y así me fui acostumbrando a recordar lo que soñaba. Mi primer sueño fue: “en un matorral grande de zarzamora iba pasando un zorro, a medida que él pasaba el matorral se abría y dejaba un hueco por donde pasaba el zorro y después de él, se cerraba”. El sueño no era en colores sino todo en sepia, no había sonidos ni olores ni daba miedo, era nada más que eso.
Mi papá consideró que era tiempo que aprendiéramos a andar a caballo y le compró a Pablo una silla de huaso chica; a mí me ensillaron con la silla de mi mamá, que era inglesa ¡Qué grande me sentí! Justo hasta que me subieron a un caballo manso y yo vi al mundo desde arriba, ahí se me quitó lo grande y tuve que aprender a sujetar las riendas y a afirmar las rodillas en la silla para no caerme. Me costó bastante tomar el ritmo, menos mal que el papá siempre andaba al paso y nos enseñaba a “sacarle marcha al caballo”, como si fuera cosa habitual. Así fue como salimos de nuestro recinto para conocer lo que realmente era el fundo; provistos de chupallas (la mía redonda, la de Pablo en punta) nos fuimos a lo que el papá llamaba “recorrer el campo”. Vimos potreros plantados de cebollas, otros con vacas y terneros, pero lo más lindo de todo eran las plantaciones de cáñamo; seguramente sería el tiempo de la flor, porque estaban enormes, de más de tres metros y exhalaban un olor fuerte y pegajoso (en ese tiempo nadie hablaba de marihuana). Sólo se plantaba para hacer cordeles de distinto grosor; al final del fundo había un tranque donde se ponían las varas de cáñamos a pudrir; el cáñamo podrido y seco se vendía a las fábricas de cordel. (Hoy los potreros de cáñamo los tienen alambrados, con corriente y con vigilantes armados).
Cuando sembraban maíz, íbamos con la mamá en una carreta tirada por bueyes, sentados en la parte de atrás; eran paseos felices donde una piedra en el camino nos hacía saltar y caer en el fondo de la carreta y cuando llegábamos al potrero, sacábamos los mejores choclos para hacer humitas o pastel o hacerlos simplemente hervidos con mantequilla hecha en casa ¡Qué cosa más rica!
Una vez debo haber hecho alguna maldad mayor que de costumbre, porque mi mamá me castigó poniéndome en la pieza donde dormían ellos. ¡Qué indignación! Me pareció un atropello, y en vista de lo cual me senté al medio de la pieza y me hice caca; y eso no fue todo, porque con las dos manos tomé la caca y pinté la pieza a rayas hasta que se me acabó la “pintura”. La pieza apestaba y cuando mi mamá llegó, al verme tan enojada se rió de mí, llenó la tina de agua caliente y me bañó entera incluyéndome el pelo. Yo me avergoncé y ni pregunté quién se dio el trabajo de limpiar mi obra de arte. No era yo una niña fácil de tratar, pero mi mamá se las arreglaba para ir educándome, a pesar de mí misma.
Yo tenía el pelo muy liso, resbaloso y rubio desteñido; me lo mantenían corto, a la altura del lóbulo de la oreja y con chasquilla, la cual era un problema cortar porque siempre, siempre me quedaba dispareja; una vez estábamos en la operación de enderezarla, mi mamá me sentó en la cómoda que había en el baño y empezó a tratar de dejarla pareja, yo movía la cabeza y aparecían mechones más largos, ella decía “que difícil es arreglar esto” y en un momento que se dio vuelta yo tomé las tijeras y me di un tremendo tijeretazo y le dije “es muy fácil, mamá”; mi vieja se llevó un disgusto y yo quedé por meses con un mordisco en la chasquilla.
Y hablando de pelos, había una niña en el fundo que tenía un pelo negro, pesado y unas trenzas maravillosas ¡Mi envidia! Y le pedía a mi mamá que me hiciera también trenzas; en mi imaginación me veía con un par de trenzas rubias y pesadas. Tanto pedí que me dejó crecer el pelo, hasta que llegó el momento de la maravilla final: mi mamá, con gran paciencia me trenzó el pelo y cuando me miré al espejo ¡Hubiera llorado si no hubiera insistido tanto en tenerlas! Eran dos rabitos de ratón y ¡Vueltas para arriba! ¿Dónde estaban mis soñadas gruesas trenzas? Sólo donde están la mayoría de mis ilusiones, en mi imaginación.
Más o menos en este tiempo, en que yo luchaba por esas trenzas pesadas y gruesas, mi mamá esperaba a Mariano. Todos estábamos muy contentos con la nueva “hermanita”; yo estaba feliz de tener una hermana y mi papá “loco” por una niña; no sé de dónde pudo salir esta idea, pero todos lo dimos por cierto. Con esa ilusión nos fuimos mi mamá y yo a casa de la tatá, — que en ese tiempo vivía en un departamento en Plaza Italia—. Lo recuerdo bastante oscuro y muy alto (yo, que venía del sol y del campo... todo me parecía oscuro). Allí esperamos la llegada de “María”. Una noche, bien aburrida de esperar, mi mamá me dejó dormida y se fue con la tatá al cine que había en los bajos del edificio y estando allí... “rompió aguas” y empezó a tener contracciones, pero la película era tan entretenida que se aguantó hasta el final. Cuando llegó a casa llamaron a la matrona (en ese tiempo las criaturas nacían en casa), y cuando ésta llegó estaba a punto de dar a luz. Al día siguiente yo desperté con el llanto de la guagua ¡Otra vez me perdía yo un acontecimiento tan importante para mi vida de doctora! A pesar de todo fue una alegría muy grande verlo tan robusto. La sorpresa fue que de María ¡Nada!: Era un Mariano fuerte, espabilado que miraba con enormes ojos al mundo, (del que no ve nada). No me importó que fuera hombre, yo ya me llevaba bien con los otros así es que me encantó. Después de unos días vino mi papá a buscarnos y a conocerlo. Cuando mi papá lo vio, se le cayeron las lágrimas ¡Él quería una María! Así es que tuvo que contentarse conmigo que ya tenía bastante adelantado el camino de la regalía.
A mí me gustaba tener a Mariano en brazos, yo ya había crecido lo suficiente como para no lastimarlo ni darle comidas exóticas.
Los hermanos éramos muy distintos unos de otros: Pablo, bueno y morenito; Jorge, caprichoso, llorón y gordito; Mariano, una guagua amorosa y buena, y yo, una sabandija que todo lo sabía, y lo que no sabía, lo inventaba; blanca y rubia parecía alemana. Siempre jugábamos juntos y no peleábamos (porque era imposible), la regla era y fue siempre: “Yo mando y ustedes obedecen”.
Mi papá tenía un criadero de perros galgos finos, de carrera. Los perritos al nacer eran muy frágiles y enfermizos, con cualquier cosa se ponían al borde de la muerte, por eso mi papá en cuanto nacían los llevaba, con mamá perra incluida, al hall de la casa y cerca de la estufa. En los días soleados los sacaba al corredor de la entrada donde había una vieja enredadera flor de la pluma —glicinia— la que, al llegar la primavera florecía y perfumaba todo el corredor. Tan fuerte es el recuerdo de ese olor que hasta hoy, cuando florecen las elicinias, vuelvo a esos días en que jugábamos con los perritos, no recién nacidos sino cachorritos; de chicos muy lindos, de grandes, no; se ven desproporcionados, patas largas y hocico largo. La utilidad que tenía era que corrían muy ligero y en Santiago había un canódromo donde hacían carreras de galgos con apuestas. También los llevaban a los campos a correr detrás de las liebres. Era raro que cazaran alguna porque las liebres son artistas y corren en zigzag haciéndoles el quite a los árboles, generalmente los perros quedaban incrustados en los troncos, ¡Rápidos, pero tontos!
Poco tiempo tenía mi mamá para dedicarse a mí sola. Yo gozaba escuchándola cuando me leía cuentos, pero a veces, ella tenía que hacer otras cosas y rápidamente empezaba a leer palabra por medio y yo me perdía y me daba rabia de no entender. Jamás imaginé que era un truco de ella y hasta grande pensé que era yo la que no entendía, así empecé a necesitar liberarme de que otra persona me leyera y fui preguntando a uno y a otro hasta que ¡Por fin! empecé a entender. Cuando pusieron un paradero de micro casi frente al portón de entrada, todos los días una profesora de la escuela esperaba su micro. Un día la mamá tuvo la brillante idea de invitarla a tomar té, ahí la aproveché y entre trago y trago la bombardeaba a preguntas hasta que me llevó un silabario, el que usaba en su escuela, la última palabra en didáctica; tengo la primera página ante mis ojos:
0-j- 0j j-o- joo-j-0 ojo
Y así seguían páginas y páginas donde se suponía que los niños aprendían a leer; eso fue hasta que ¡Al fin algo con sentido!: Un pequeño cuento, la alegría mía fue enorme ¡Entender! ¡Por fin saber lo que decían las letras! Y así, de un viaje me leí todos los cuentos del silabario y de paso los Billikens y los Penecas. Y todo cuanto hubiera escrito en la casa yo me lo leí. Yo feliz de saber leer y mi mamá feliz también de tenerme tranquila un rato.
Al llegar la primavera empezábamos a trabajar en el jardín. Un año nos compraron unas herramientas chicas para cavar la tierra y sacar las malezas. Era muy entretenido, por un lado iba Pablo sacando maleza y por el otro yo haciendo competencia. Jorge apenas andaba y seguía a la mamá que, supongo haría el trabajo más importante. Un día de esos, Jorge tomó la horqueta chica y con todas sus fuerzas me la clavó en el cráneo. Vi estrellitas de colores, me dejó cuatro heridas que no paraban de sangrar, todos asustados porque la sangre es tan escandalosa que parecía que nunca iba a secarse. Pero todo pasó, el susto, el dolor y la tremenda sorpresa que un niño tan chico tuviera tanta fuerza como para lastimarme ¡A mí, la capitana de bandidos! como me decía mi mamá.
Don Pruda era el viejo hortelano que cuidaba tanto la huerta como el jardín y era el encargado del pozo del carburo, hombre importante... pero flojo tremendo. La mamá andaba todo el día diciéndole: “Don Pruda ¿Quiere ver cómo van las arvejas? o ¿Y los porotos? o lo que fuera y él contestaba con ese tono cansino de los flojos “ya iré, Misia Julia”; si iba o no eso no lo supe yo, pero un día mi mamá se aburrió y le dijo al papá que lo cambiara por otro inquilino porque “este Pruda es un flojo”. Mi papá estuvo de acuerdo, pero don Pruda les dijo: “Si, si, me voy, pero Pablito se va a “apensionar”, ya lo verán” y se fue. Ese día Pablo preguntó, “¿Y Prua?” “No está, se fue a su casa” le dijo la mamá y desde ese momento Pablo no quiso comer, nada le apetecía, le ofrecían una cosa y otra y NADA el niño no quería comer. La niñera dijo moviendo la cabeza y con voz de tragedia: “Pensión” y la cocinera lo confirmó: “Pablito tiene pensión y capaz que se malogre”, y Pablo sin comer. Pasaron los días y empezó a enflaquecer, mi mamá se preocupó y lo llevó al médico quien lo encontró sano, le preguntó “¿Qué quieres?” y él le dijo “a Prua” y mi mamá tuvo que claudicar y volver a llamar a Don Pruda. Menos mal que todo fue bien, el encuentro de Pablo y Don Pruda fue de cuentos de hadas, todos lloraban y Don Pruda le dio de comer al pobre Pablo que perecía de amor por su “Prua”.
Jorge era el gran regalón de don Carlos el párroco y de la Icha, su hermana. Muchas veces lo invitaban a almorzar y luego se dormía su siesta en la cama de Don Carlos, después contaba lo grande y blandita que era la cama de su amigo. Cuando llegaba Panchito del seminario jugaba a la pelota con Jorge y se lo lanzaban uno al otro y el chiquillo se moría de la risa. La única que reclamaba era mi mamá que decía que se lo devolvían sin botones en la ropa.
Una vez Don Carlos llevó a Jorge a Paine. Iban de compras para la casa, él se bajó y dejó a Jorge en el auto mientras iba a la tienda. En la espera, pasó un heladero ofreciendo helados a 5 (centavos, claro está). Jorge le pidió uno y el heladero le preguntó: “¿Quién paga?” “Mi papá” contestó el chiquillo y “¿Quién es tu papá?” quiso saber el heladero, “ese que viene allí” le dijo Jorge al ver que Don Carlos venía a tranco largo, con la sotana al viento. Claro está que pagó el helado y quedó el cuento “del hijo del cura”. Después don Carlos le contaba a mi mamá ¡"Chiquillo de miéchica, mire que decir que soy su papá"! Y se reían.
Muy poco nos sacaban a pasear fuera del recinto de la casa, pero hubo un día en que mandaron a las nanas a buscar algo por allí cerca, y nos llevaron a Pablo, Jorge y a mí. Íbamos por el camino saltando y jugando. Al entrar a la casa donde íbamos, se me hundió el puente del canal, del canal más peligroso y más profundo. No alcancé a tener miedo porque la Otilia, de un manotón me tomó del pelo y me levantó, creí que me arrancaría la piel con el pelo ¡Qué dolor! Pero no hubo ni una palabra de consuelo, todo lo contrario ¡Me retó! Y yo me preguntaba ¿De qué me puede retar? Si fue el puente el que se hundió. Cuando llegamos a la casa me acusaron, como si fuera culpable de algo terrible, pero mi mamá vio mi cara de dolor y de susto, me llevó a su pieza, a su cama y me consoló, me pasó sus manos suavecitas por la cabeza y me decía “Ya, ya pasó, no se va a volver a caer al canal ni va a volver a salir con la Otilia sino conmigo”, así hasta que me dormí y se me pasó el susto y el dolor.
¡Qué maravilla! Un día llegó el papá de Santiago con una bicicleta ¡Para mí! Me la mandó la tía Luz porque a Oliverio le quedaba chica, ¡Si a él le quedaba chica, a mí me quedó enorme! Pero de todas maneras mi papá me subió y me fue equilibrando hasta que pude pedalear, siempre con mi papá corriendo a mi lado por si me caía. Muy pronto pude andar sola, le perdí el miedo hasta que un día... a la hora de la siesta —hora en que bullen las malas ideas— me subí a la bicicleta y ““pedalié” a toda velocidad por la entrada y... seguramente sería una piedra que me hizo perder el equilibrio: me caí a horcajadas sobre el fierro que va delante del asiento de la bicicleta de hombre. ¡Qué dolor más grande! Creí que me había quebrado un hueso y me quedé botada entre las plantas, esperando que se me pasara. Estuve largo rato así hasta que me hice la valiente y me levanté. Quedé adolorida por varios días, pero aprendí que para correr había que ser más grande o, por lo menos, tener las piernas más largas.
Estando Mariano recién nacido, Jorge fue con el cuento a casa de don Carlos y con cara de asombro les contaba que la guagua que trajo la mamá de Santiago está muy grande y “habla”. A la Icha le hizo mucha gracia esta expresión porque sabía que no tenía ni quince días, así es que con picardía le preguntó: “¿Y qué dice?” Jorge muy serio le contestó: “Dice Jueves”, risas y más risas en la casa parroquial. “¡Miren el enterado que dice Jueves a los quince días de nacido!”; Jorge se molestaba porque se reían de su cuento, lo mejor era que en realidad se oían como Jueves los sonidos del llanto de Mariano.
En el Ford de mi papá, mi mamá sacó carné y lo manejaba bastante bien, ella lo aprovechaba para ir a Paine y a Buin o a ver a sus amigas de los fundos cercanos. Esa zona agrícola es de fundos pequeños que producen verduras y frutas de gran calidad.
En el camino había una curva cerrada y en la curva un hoyo, cada vez que pasábamos por allí, la mamá nos decía que había que tomar la curva más abierta para no caer en el hoyo y tener cuidado con lo que podía venir por el otro lado. Ella se preocupaba de manejar bien y respetar las leyes del tránsito. Mi papá, tenía muchos años de conductor —incluso fue corredor de carreras— se despreocupaba un poco, a lo mejor pensaba en otra cosa o nosotros lo distraíamos con nuestros cuentos o juegos, el caso es que siempre, siempre caía en el hoyo y nos hacía saltar, tanto fue que le pusimos: “el hoyo del papá” y cuando nos acercábamos nos empezábamos a preparar para el acontecimiento. Nos daba risa que tratábamos de silenciar y murmurábamos “que viene el hoyo, que viene el hoyo” hasta que ¡Zas! caíamos, saltábamos y nos reíamos. Hasta mi mamá se reía y el papá muy serio decía: “Yo no sé de que se ríen”.
Paquito, hijo de mi tío Paco y el mayor de los primos, era muy simpático y amigable. Como fue el primer sobrino de mi mamá, ella lo quería mucho y lo invitaba a Santa Teresa. Era una fiesta estar con él porque hilaba una historia con otra y un chiste detrás de otro.
En una oportunidad, debe haber sido en Semana Santa, en las vacaciones, mi mamá le preguntó, prudentemente, si él se confesaría —un poco pisando huevos porque no sabía de sus costumbres religiosas—, él muy desenvuelto le dijo: “Si tía Julia, no tengo ningún problema porque tengo un sistema que desorienta a los curas”. Mi mamá se quedó de una pieza y le preguntó: “¿Qué sistema es ese?” A lo que él contestó: “yo me confieso así: tres contra el cuarto, cinco contra el sexto, dos contra el séptimo, dos contra el octavo, diez contra el noveno, y se los digo bien rápido; así me dan la absolución sin alcanzar a calcular los pecados de los que me he confesado” “¡Plop!”.
Tendría Mariano un año y medio, más o menos, cuando un día se organizó un paseo muy especial, nosotros estábamos contentos y ayudábamos como podíamos a la organización, nos subíamos al auto, nos bajábamos, íbamos a la casa, pedíamos naranjas, en fin estábamos nerviosos. Mi papá revisaba el agua, la bencina, el aire de los neumáticos o limpiaba el parabrisas. Mi mamá se preocupaba en la cocina de los últimos detalles del picnic. En un momento en que todos estábamos en actividad, mi papá dio la orden: “Subirse al auto”; rapidísima, me subí al lado de la ventana, oí un portazo y un grito tremendo, llegaron mis padres a saber qué pasaba y resultó ser que Pablo cerró la puerta del Ford, le pescó el dedo medio a Mariano y se lo descabezó en la última falange. ¡Pobre Mariano! Le debe haber dolido mucho. Afortunadamente mi mamá no perdió la calma, tomó el trozo de dedo que estaba colgando de la piel, se lo ajustó al dedo, se lo envolvió en un pañuelo y le dijo a mi papá: “Jorge, urgente, vamos al hospital de niños”. Esto era en Santiago a una hora en auto. Nosotros nos quedamos con las puras ganas de salir al paseo o de ver lo que le iban a hacer a Mariano. Esta vez no sentí que me dejaran de lado, estaba muy preocupada por el accidente y que dejara a Mariano para siempre con un “dedo mocho” .También, parece que la cirugía no era lo mío.
Luego mi mamá nos contó que al llegar al hospital, le limpiaron el muñón y la falange, se la acomodaron bien y le dieron unos puntos por debajo del dedo y todo se lo vendaron sobre una tablilla que tuvo que mantener por un par de semanas.
Nadie dijo nada.
Nadie pudo culpar a nadie.
Nadie dijo nunca que Pablo había cerrado la puerta.
Todo quedó en el silencio y cada uno guardó para sí el secreto.
Pablo había hecho su primera y única maldad de su vida.
¿Maldad? ¿Pablo? ¡Imposible!
Distracción, tal vez.
No creo que Pablo lo haya hecho de adrede, eso imposible.
Feliz fui en Santa Teresa, pero nada es eterno en este mundo y menos en el pequeño vivir de los niños, dependientes de sus padres y así llegó el momento de decir ¡Adiós! A mi mamá le entregaron su parte del fundo que heredó de su abuelo y mi papá lo tenía que trabajar. No creo que para él haya sido fácil decidir, porque estaba lejos, en la cordillera de San Carlos, en cambio, Santa Teresa estaba a una hora de Santiago y era un fundo chico en plena producción. Por otro lado la tentación de pasar de empleado a dueño, era lo bastante grande como para dejar todo y partir de pionero a unas tierras muy poco trabajadas, era un desafío, y a él le gustaban los desafíos y los riesgos.
Para mi mamá debe haber sido un gusto muy grande el volver a las tierras donde pasó su juventud y nos supo contagiar su optimismo y su felicidad; no obstante, ella entendía nuestra turbación por el cambio.
Nos instó a despedirnos de todo aquello que nosotros queríamos. Así empezamos con Pablo la larga despedida de los árboles: los naranjos, el bosque de eucaliptos, los frutales... uno por uno les decíamos adiós. Hubo algunos que nunca volvimos a probar y que mi mente y mi corazón los guarda como un tesoro. Así fue pasando hasta que llegó Marzo y nos tuvimos que ir. ¡Qué pena dejar ese fundo, esa casa, esos amigos! Los niños no piensan en que pueden volver por lo que su pena es mayor.
SANTIAGO
Llegamos a Santiago a una casa espantosa, lúgubre, húmeda, fría, fea y llena de ruidos. Quedaba al frente de una estación de ferrocarril desde donde partían los trenes al Volcán. Al centro, la plaza Italia, al otro lado, lo que sería, —andando el tiempo— el parque Providencia. En ese tiempo había una pileta grande y un pedazo de parque al que llamaban “Japonés”.
La casa tenía un hall con una ventana a la calle y una fila de dormitorios oscuros y fríos, a lo mejor era menos terrible, pero nosotros veníamos del campo, del sol y del silencio. A la casa entrábamos a comer y dormir, también cuando llovía. El contraste fue brutal, y no debe ser imaginación mía porque nos enfermamos todos: uno se mejoraba y otro caía enfermo, hasta que el médico le dijo a mi mamá que si quería que sanáramos, que se cambiara de casa. Mi mamá debió pasarlo verdaderamente mal, sola y sin plata con cuatro niños enfermándose y teniendo que buscar otra casa.
Un día la abuelita Rosa, la mamá de mi papá, le avisó que se desocupaba la casa del lado de ella y que era buena. Todos la fuimos a ver y nos gustó ¡Tenía un patio con dos árboles, un pino y un caqui! Rápidamente, mi mamá, hizo contrato y nos mudamos. En la casa nueva teníamos sol y amplitud y vivimos varios años allí.
Junto con cambiarnos de casa, se puso mi mamá a buscar colegio para Pablo y para mí. Las hermanas de mi papá le aconsejaron que me pusieran en las monjas alemanas. ¡Inocencia de mi mamá! Me matriculó y me fue a dejar, iría yo a primera preparatoria A, o sea un Kinder. No quisiera dejarme ir por sentimientos, pero... ¡Qué mal lo pasé en ese colegio!, yo veía unos corredores largos, largos con patios embaldosados, llenos de niñas —la gran mayoría alemanas— que sólo hablaban alemán y las monjas, sólo alemanas y a nosotros, las menores del colegio divididas en: “habla alemán” y “no habla alemán”. No recuerdo haber aprendido nada, pero yo ya sabía leer y escribir y con los números me entendía bastante bien. Mi recuerdo, el que persiste: ¡Horror a las papas fritas! Nos daban muy seguido, unas papas fritas largas y gordas que se me quedaban pegadas en el paladar y si tomaba agua ¡Espanto! Se formaba una capa de grasa en toda la boca ¡Y no desaparecía con nada! Me enseñaron en trabajos para el hogar, a tejer con palillos como tejen las alemanas: con la lana envuelta en el dedo índice de la mano izquierda. Cuando mi tatá me vio haciendo una tira ¡Casi le da un infarto!: “así no se teje”, me dijo, y con santa paciencia me enseñó a tejer como ella, según decía “estilo inglés” que teje muy parejo una vez que se aprende.
A Pablo lo pusieron en un colegio chico y mixto,
según mi mamá “para que se le quitara lo tímido” Ese colegio quedaba muy cerca de las monjas donde estaba yo. El primer día de clases le preguntó mi mamá a Pablo: “¿Cómo le dicen en el colegio? ¿Le dicen Pablo, Pablito o Salas?” Pablo muy serio le contestó: “Me dicen bon jour”. ¡Es claro, era un colegio francés!
Mi mamá quedó muy contenta con La Maisonnette y en cuanto pudo me cambió y con ese cambio tan oportuno me cambió la vida, ¡Otra vez fui la misma niña de antes, alegre, libre y feliz! Me encantó el nuevo colegio, era lleno de sol, con un patio enorme y ¡Con un árbol donde nos podíamos subir! El colegio se regía por el sistema Montessori que da mucha libertad a los niños, también responsabilidad; el niño era una persona importante al que se le quería y creía, jamás dudaron de nosotros: si habíamos estado enfermos no necesitábamos justificativo. Jugábamos todo el día, yo era feliz, pasarían cuatro años para darme cuenta de que en esos “juegos” yo había aprendido tanto como otras niñas de mi edad y ¡Libre de torturas de tablas, fechas o nombres! Al poco tiempo mi francés mejoró tanto que sin darme cuenta empecé a hablarlo en clases. Al fondo del patio habían dos salas grandes: una para hombres, donde hacían carpintería y trabajos manuales; la otra donde nosotras, vestidas con túnicas griegas de todos colores y descalzas, bailábamos acompañadas por un plano; era danza moderna, casi diría que de expresión corporal. ¡Qué lindo era sentirse liviana y aprender a dar vueltas y saltos! También en esa sala había un sitio donde nos enseñaron a lavar y planchar —de eso no fue mucho lo que aprendí.
Otra cosa importante aprendí en ese colegio: a buscar libros en la biblioteca. ¡Qué cantidad de libros había! yo no había imaginado jamás encontrar algo así, y me dejaban sacar libros para la casa, aunque daban una fecha para entregarlos, yo siempre los devolvía antes y para los fines de semana me llevaba dos y para las vacaciones de invierno ¡Los que me prestaran!. Era insaciable. Teníamos, una vez por semana, una clase que se llamaba “Control”; no era un examen, sino control sobre el cuerpo de uno mismo. Había bastante material: cajitas de madera con semillas de distintos tamaños dentro, uno las movía y sonaban, y uno tenía que hermanarlas. Una caja grande cubierta por un paño, había que meter una mano, tocar una tela y luego con la otra mano sacar una igual. La profesora hacía una raya en el suelo y había que caminar por la línea, primero sola y luego con algo en las manos o en la boca. Habían marcos con telas: a un lado botones, al otro ojales que había que abrochar y desabrochar; otros con broches y otros con cordones de zapatos. Había mapas de Chile y de los continentes con los países recortados como si fueran puzzles, al principio se armaban; cuando uno estaba segura lo hacía con la vista tapada, así los países se quedaban en los dedos. ¡Cuántas cosas podría recordar de ese colegio! Pero bastaría con leer un libro del sistema Montessori para saber cuánto y cuan bien se aprende con ese sistema.
Hay cosas que no se pueden olvidar el primer año serio, es decir primera preparatoria. Teníamos siete años y mi compañero de curso más querido era Jorge Edwards, serio y estudioso ese año se sacó todas las medallas y el “Grand Prix D'honeur” ¿Quién iba a pensar que sería un gran escritor? A lo mejor ya ni se acuerda de ese colegio que, a lo mejor le dio la libertad de mente para poder escribir. Fue el único año que estuvimos juntos, luego lo cambiaron a un colegio “más serio”, supongo que sería San Ignacio, donde iban todos los “mateos” de Santiago.
Al año siguiente y sin el hechizo de Jorge, la “matea” fui yo; casi sin pensarlo tuve los premios y el “Grand Prix D'honeur” pero no pude ir a recibirlos porque estaba enferma, tanto, que ni me importó.
Después de mejorarme nos fuimos al fundo a pasar las primeras vacaciones y empezó mi vida a fluctuar entre Santiago y el fundo, dos vidas tan distintas, pero complementarias.
En la casa de la calle Rancagua estábamos cómodos, la casa tenía un hall, comedor y cocina en el primer piso con un patio grande atrás donde jugábamos; un garaje subterráneo y sobre él una gran habitación que quedaba en entrepiso. Arriba, tres dormitorios y un baño, que daban a un hall donde había una salamandra, un patio interior donde mi mamá ponía las jaulas con los canarios y los dormitorios del servicio, dos habitaciones con baño.
Cuando hacía frío nuestra vida se desarrollaba en torno a la salamandra. Allí estudiábamos, leíamos o jugábamos; en ese tiempo no abundaba el dinero porque la inversión que hubo que hacer en el fundo era grande, así es que cada peso se cuidaba mucho.
Mi tío Hernán, el hermano menor de mi mamá, tenía una tornería, “Carrera” se llamaba, y le quedaban muchos sobrantes de palos torneados con dibujos caprichosos. Mi mamá le encargó los más adecuados para que nosotros hiciéramos construcciones; también agregó unos listones trozados, todos iguales, con los que hacíamos muchas cosas, hasta trenes.
En la casa del lado vivía la abuelita Rosa, madre de mi papá, con dos hijas solteras y mi abuelo Julio, al que le decíamos “el Viejo”. Yo lo quería mucho y era regalona suya. Muchas veces lo íbamos a ver con Pablo y nos sentábamos a ambos lados de su sillón y con un paño le frotábamos la cabeza hasta que se la dejábamos brillante, como una bola de billar. Él tenía a lo largo de su pieza una biblioteca muy completa, le prestaba libros a mi mamá hasta en francés. A nosotros nos hablaba de libros de aventuras y cuando se cansaba me decía: “Anda a pedirle a tu madre sesenta cobres para un vaso de tinto”. Yo corría a pedírselos a mi mamá, ella me daba las tres monedas de veinte centavos y me decía: “Acompañe a su abuelo al “Negro bueno” y no se mueva de su lado, después lo va a dejar a su casa. ¡Ojo! Que no los vea “Misia Rosa”.
Debe haber sido bien divertido ver la figura alta y desgarbada del Viejo, con un abrigo negro y una gorra gris, bastante descuidado y con un gran bigote, de la mano de una mocosa de delantal y sandalias con el control de las tres monedas que le darían un momento de felicidad ¡¡Y todo esto a escondidas!!
Con el Viejo yo tenía una buena relación, era un gran conversador y tocaba temas que muchas veces yo no entendía ¡Cómo sería su soledad que me trataba como persona grande!
Cuando mi papá volvía del fundo en tren, nos traía de regalo unas tortitas que hacían en Curicó de galletas y manjar ¡Eran ricas! A su padre le traía unas tortas de higos secos que a él le encantaban. También mi mamá lo invitaba a casa cuando hacía cosas ricas, era bien goloso.
Creo que el Viejo no se sentía bien en su casa, siempre estaba solo en su pieza leyendo, daba la sensación que estaba marginado. Seguramente su historia no sería muy positiva para su mujer y sus hijos. Él fue abogado, pero nunca trabajó: se gastó su herencia y la de su mujer, acabó sin nada. ¡Pidiendo unos cobres para un vaso de vino!
El Viejo siempre se vestía igual, no sé si tenía otra ropa o si estaba tan estropeada como la de siempre, así se paraba en la reja de su casa los domingos, justo cuando venía la gente saliendo de Misa de 12, donde iba la gente elegante. Por más que su señora lo llamaba y le decía: “Julio entra, qué dirá la gente que te ve”. El siempre le contestaba lo mismo: “Para la gente que es” en un tono de indiferencia, la abuelita se ponía al rojo vivo. Sus problemas habrían tenido en el pasado, quien sabe, pero el presente que me tocó vivir a mí era muy duro para él y violento para ella y sus hijas que hacían caso de todo lo que le oían a su madre. No las vi yo tener un gesto de cariño con él.
Por las mañanas, cuando nos iban a dejar al colegio, amanecían en el patio de delante unos montoncitos de barro muy bien hechos, redondos, unos sobre el otro formando una torre, nosotros los juntábamos y mientras caminábamos hasta el colegio las amasábamos y formábamos bolitas tenían una textura suave que invitaba a hacer cosas, nunca tuvimos tanta como para hacer algo más que unas pequeñas bolitas que luego se nos perdían. Estoy segura que eran de barro, pero la ilusión de nosotros era creer que era caca de lombrices porque aparecían más abundantes después de la lluvia.
Éramos bastantes sanos, pero pasamos por todas las “pestes” —así se llamaban a las enfermedades infectocontagiosas de los niños—, tuvimos tos convulsiva (tos ferina) en Huelquén. Daba compasión oír a Pablo que tosía sin parar y cuando tenía que inspirar le salía un pito, típico de la enfermedad. El pobre se afligía y mi mamá también. Tuvo que aislar a los chicos, se los encargó a la Tena y los deportó a la última pieza con prohibición de vernos. Seguramente se contagiaron antes porque muy pronto estuvieron todos tosiendo y ““pitiando”. Yo tuve la suerte de tenerla más suave y menos escandalosa, pero... no todo fue tan, tan simple, se me complicó con una neumonía, cuando no habían antibióticos y la curación era en base a cataplasmas de linaza, vahos de agua caliente y variadas tisanas de hierbas del campo con eucaliptos. Estuve mal de verdad, pero salí adelante, flaca como un espectro y seguía tosiendo, en vista que no se me pasaba me mandaron a “cambio de clima” —medida muy frecuente en esa época—. Fui con mi tatá a Viña del Mar por quince días a una pensión. Con ella yo me avenía mucho y nos queríamos, fuimos felices y yo sané.
Estando en la calle Rancagua les dio sarampión — alfombrilla— a los chicos, Pablo y yo la pasamos en Huelquén sin pena ni gloria. Pero para acompañarlos o para ser solidarios a nosotros nos dio Rubeola y contagiamos a mi mamá. Otra vez nos separaron, pero ahora los “floreros” éramos nosotros que teníamos a la mamá toda pintada en la pieza, con fiebre y malestar. A nosotros nos dio bastante suave y la cuidábamos a ella.
Cuando llegaba el pediatra tenía que buscarse la vida para descubrirnos, pero su preocupación era mi mamá que estaba en edad fértil. A nosotros nos daban harta limonada y nos espolvoreaban con talco mentolado para paliar la picazón.
A los otros marginados, Jorge y Mariano, los cuidaba la Tena y los trataba de entretener. El único problema era que Mariano no quería que lo viera el médico y se escondía. La primera vez que fue el médico gritaba: “¡Me falta uno!” y mi mamá, aun sintiéndose mal, le gritó: “¡Desarme la cama!” y allí, al fondo, estaba el perla, oculto.
Estas pestes, más la varicela que nos dio después, nos dejaban muy a mal traer. Para que recobráramos la salud nos ayudaban con “aceite de hígado de bacalao”, una asquerosidad, pero no nos quedaba otra alternativa, o nos tragábamos el aceite o nos quedábamos en cama. Como si fuera poco, además la alimentación se complementó con interiores de vacuno, hígado, riñones, sesos que, según el pueblo decía que eran muy recomponedores.
No debe haber sido muy exigente el colegio porque, a pesar de las pestes, seguíamos sacando buenas notas, por lo menos yo. A Pablo le costaba un poco, pero mi mamá era implacable para enseñarle de una manera gráfica. Así nos vimos un día armando en el hall de la casa, un plano del centro de Santiago con los sillones. Sacamos todo lo que se podía quebrar (seguro que el papá estaba en el fundo ya que esta manera de enseñar no lo convencía). Nos proveíamos de palomitas de papel de diario y la mamá nos contó de una manera teatral el asedio de Santiago por los mapuches, luego lo representamos. Pedro de Valdivia era Pablo —que se tenía que aprender la historia—; yo, única mujer, era Inés de Suárez. Mi mamá el cacique que mandaba a los mapuches y los niños que sobraban eran los atacantes. Una vez provistos de armas y municiones y bien estudiada la historia, mi mamá dio el alarido inicial. Pablo y yo defendíamos la ciudad con palomitas y los indios atacaban. En cuanto uno asomaba la cabeza, yo se la cortaba y mandaba una pelota de papel fuera del cuartel con indio incluido —así duraba más—. Todo esto acompañado por ruidos, gritos y amenazas. Sea como fuera Pablo y yo ganábamos. Éramos militares españoles, de raza blanca y despreciábamos a los indios de piernas cortas y torcidas que, además, se dejaban cortar la cabeza. A pesar de estas historias —que salían en los textos— no resultábamos ser racistas ni abusadores con los menores.
Otras veces interpretábamos escenas patrióticas como el asedio de Rancagua o combates navales. No hay duda que lo pasábamos regio. Mi mamá también disfrutaba, éramos conscientes que cuando llegara el papá no debía haber armas ni cabezas enemigas en ninguna parte. Si a Pablo le sirvió el show para aprobar sus exámenes no lo sé, pero nos divertíamos a morir.
Un año nos avisaron que no podíamos ir al fundo. ¡Qué pena más honda! Ya nos parecía que la maravilla de las vacaciones se nos había acabado para siempre, pero había una razón importante ¡Mi mamá esperaba guagua! ¡Qué ilusión para nosotros! menos para Mariano que a los cinco años se sentía que era, y que seguiría siendo, el conchito de la familia. Enfermo de celos a pesar de toda la delicadeza de mi mamá, él no quería saber nada de otro hermano, le bastaba con los que tenía y su lugar lo quería mantener a toda costa.
Nosotros, los grandes, estábamos felices y radiantes, yo ya me sentía mamá y grande. Tendría entre diez y once años. La noticia contribuyó a domesticarme bastante, intenté tejer un chaleco —el resultado fue algo deforme que no se sabía lo que era—. Me preocupé de la salud de la mamá, no la dejaba salir sola ni tomar peso, casi me sentí la madre de ella. Me parece que en ese momento descubrí que la quería mucho, por ella, no por lo que me daba o tapaba, fue un descubrimiento fantástico, pero no por eso dejé de ser la regalona fundida del papá.
Ese año decidieron que las vacaciones de verano las pasaríamos en Las Cruces en casa de la señora Blanca. Ella tenía una gran casa casi al final de la calle antigua del pueblo, más allá del cuartel de carabineros y antes de doblar hacia una enorme casa en toda la punta, luego el camino se perdía rumbo a la Punta del Lacho. Fuera de unas pocas casas muy antiguas que daban a la Playa Chica, en Las Cruces no había nada, sólo campo y mar. Una tiendita con una mini central telefónica abastecía a los veraneantes de esta zona.
Al otro lado de la Playa Chica, al sur, había algunas casas en torno a un Sanatorio para enfermos del corazón, algún comercio y el correo. Más al sur, la inmensa y despoblada Playa Grande, de arena negra y series de olas a lo largo reventando una tras otra, una sobre otra. Era bonita de ver, pero mala para el baño, llena de hoyos traicioneros que no se veían. Era muy raro que fuéramos allá. Mucho más bonitas y entretenidas eran las playitas de arena dorada y conchas, llenas de pozas con quisquillas, pequeños caracoles y otros moluscos. Nos encantaba juntarlos para mirar lo que hacían, coleccionábamos caracoles e inventábamos historias de príncipes y hadas entre las rocas.
También hacíamos paseos a la Punta del Lacho, constituida por enormes rocas y entradas de agua donde se azotaban las olas cubriéndonos de espuma, salada y energizante; a esta parte solamente íbamos con mis padres porque era peligroso asomarse a ver el mar profundo, batiendo las matas de algas que dócilmente se dejaban ir y venir. Se podían ver sólo cuando había marea baja y el mar estaba en calma, cuando estaba en alta las olas pasaban sobre las rocas y se estrellaban produciendo un ruido de truenos que daba miedo.
Más al norte había playas amarillas donde el mar era tranquilo y nos podíamos bañar. Corríamos en fila desafiando a las olas que nos mojaran “¡Mar indecente, mar indecente, te desafío!” Le gritábamos sin saber que por la noche, por lo menos yo, tendría pesadillas en las que corría y corría por una pendiente cada vez más pronunciada y el mar azul negro, en una enorme ola, me perseguía para atraparme. Despertaba asustada con mi mamá al lado que me tranquilizaba: “Sólo son sueños”, me decía, “cuéntemelos y se van”. Así me iba durmiendo, pero no escarmentaba, cada vez que íbamos a esas playas hacía lo mismo.
Cuando mi mamá se sentía bien y animada, íbamos con ella a pasar el día a “Las Salinas”, la última playa de Las Cruces, más allá estaba El Tabo —otro balneario —. Casi a orillas del mar había un campesino que cultivaba un pedazo de tierra; tenía lechugas costinas, largas y jugosas, arvejas dulces, habas tiernas, papas nuevas y hacía un rico pan de huevo dulce, que nos encantaba comer en la playa. Muchas veces comprábamos verduras y se las llevábamos a la señora Blanca para la cena. Muy rica la verdura regada con agua dulce y por la noche mojada por la brisa marina.
En la casa de la señora Blanca había un oratorio muy bonito, chico y acogedor. Ella lo mantenía siempre limpio y adornado. Si algún sacerdote pasaba, ella le pedía que celebrara Misa y tocaba unas campanas agudas, alegres, claras y de distintos tonos; las tocaba con un ritmo que parecía canto: “Tlín; tiqui-tiqui, tlín, tlin; tiqui-tiqui, tlín, tlin”; se oían desde lejos y venían personas de todas partes.
En ese verano hubo otra familia de huéspedes con los que hicimos bastante amistad, eran alemanes. Los padres apenas hablaban castellano, pero los hijos, nacidos y educados en Chile, lo hacían bien. Eran mayores, pero los dos menores hicieron buena junta con nosotros y con mi mamá que acarreaba a propios y a ajenos a nuestros paseos. Al padre, Don Werner, no le gustaba que se hablara durante las comidas y desesperado porque nadie le hacía caso un día propuso: “Juguemos a la Julia muda” —creo que ni se enteró que mi mamá se llamaba Julia—, el asunto era comer en silencio y el que lo lograba hasta el final recibía un premio, un caramelo o un chocolate. ¡Para qué decir el resultado! Durábamos un par de minutos mirando el plato y luego empezaban las miradas cómplices, las sonrisas y luego las carcajadas incontenibles. No recuerdo que nadie recibiera el premio, por lo menos en nuestra mesa, a lo mejor sus hijos soportaban esa disciplina, no lo sé.
A Don Werner le gustó tanto ese sitio que edificó una casa, igual a él: grande y cuadrada. Durante mucho tiempo la vimos crecer en las distintas vacaciones de Semana Santa o de invierno. Su preocupación era que quedara muy sólida y bien “platachada”. ¿Sería el estuco? ¿Sería el enlucido? Nunca lo supe ni lo pregunté pero la casa sigue igual hasta la última vez que pasé por allí. A lo mejor eran sus bisnietos los que jugaban en la calle, alemancitos iguales a sus antecesores.
La señora Blanca nos contaba que estuvo viviendo muchos años en Islandia, no supe si se casó allá o se fue recién casada. Nos hablaba con admiración de los paisajes boscosos y de las planicies llenas de ovejas, el mar azul y blanco, los pescadores, la nieve, el viento y el frío, un frío del que nosotros no teníamos idea del frío que podía ser. Para ella el invierno chileno era como allá el verano. ¡Qué complicado era para nosotros imaginarnos una cosa así!
De vuelta en Santiago nos preparábamos para la llegada de la guagua. Mi mamá no tenía ropa de los mayores porque creo que ni esperaba quedar embarazada. Tuvo que empezar de la nada. Ella tejía muy bien y le hizo chalecos y patitas. Con su máquina de coser Singer de mano se las arregló para hacer unas camisas que parecían de muñeca y pañales, montones de pañales de lienzo que a pesar de ser una tela bastante fina quedaban casi igual de tiesos que los de tocuyo.
Trataba mi mamá de enseñarme a hacer dobladillo, pero desde siempre fui torpe con las manos, y no me quedaban derechos; lo intentaba una y otra vez con igual resultado. Prefería leer en lugar de trabajos manuales.
Estaba bien gorda mi mamá. Un día, cuando salíamos de Misa de la Asunción, iglesia que quedaba en Vicuña Mackenna —una avenida muy ancha y al medio doble vía de “carros eléctricos” (tranvías)—; ella tropezó en un riel y se cayó de bruces, quedó equilibrada en la panza y no podía pararse. Nos dijo que termináramos de atravesar la calle y ella se quedó en el suelo. ¡Qué terrible me sentí, ya me parecía que un “carro” la iba a trozar! ¡Qué angustia y yo sin poder hacer nada! De la mano con Mariano la miraba y sufría. Menos mal que una amiga de ella venía también saliendo de Misa y la ayudó. ¡Qué maravilla tener mamá otra vez! Y menos mal que no le pasó nada a ella ni a la guagua.
Durante la preparación del ajuar, un día apareció uno de mis hermanos con paperas. ¡Una lata! Fuimos cayendo uno tras otro cada veinte días con dolor, inflamación de las parótidas y fiebre. Bien poco había para aliviarnos: aspirina, mucha agua y un ungúento negro y maloliente (Ictiol) con el que nos embetunaban la cara y después nos amarraban un paño. No sé cuánto tiempo estuvimos turnándonos con fiebre y malestar. Lo que es yo, me saqué el premio mayor, primero se me infló un lado y a los veinte días el otro. En ese intertanto nació Juan Agustín en la casa. Yo no me enteré de nada, no me explico como nacían los niños en ese tiempo sin que los hermanos lo supieran ¡Qué valiente era mi mamá! Porque dolores tuvo que tener, ella decía que tenía partos largos, ni un quejido oímos a pesar que no había ni la anestesia ni los calmantes que hay ahora.
¡Qué pena saber que estaba la guagua y no poderla ver! Mi mamá se aisló con el niño para que no le trasmitiéramos la enfermedad. Un día, que dejaron mi puerta abierta, lo divisé en brazos de una enfermera, ella lo levantó y lo vi. ¡Qué niño más lindo! Más empeño puse en sanar para poder estar cerca.
Los días pasaron y también el peligro de contagio. Llegó el momento en que tuve a Juan Agustín en mis brazos, ¡Emocionante! Yo recordaba haber tenido a Mariano en brazos, pero era muy chica; lo que sentí ahora fue algo mucho más fuerte, fue amor. ¡Cómo quise a ese niño! Llegaba del colegio a regalonearlo, a tomarlo en mis brazos. Nunca me privó mi mamá de estar con él. A veces me quedaba en casa, sin salir de paseo, para quedarme con él. Era un niño lindo, creo que fue el niño más lindo que he visto.
Ese invierno fue muy helado, nos costaba mucho levantarnos para ir a clases, nos daba mucho frío. Un día, estando en el colegio empezó a nevar, fue algo tan excepcional que dejamos las clases y primero salimos al patio, luego se organizó un paseo al Parque Forestal que quedaba al frente del colegio, al otro lado del río Mapocho. Bien abrigados sentimos la nieve en la cara y corrimos por el césped haciendo caminitos en la nieve recién caída. Los arbustos empezaron a perder el color y pronto estaba todo casi cubierto de blanco, con pena volvimos al colegio. Fue una de las pocas veces que vi nevar en Santiago en tanta cantidad.
Mariano se chupaba el dedo gordo de una mano, ya llegaba a tener un callo, pasaba el tiempo y no se le quitaba la costumbre, le ponían acíbar, pero igual siempre estaba con el dedo en la boca. Cuando vio que mi mamá le daba pecho a la guagua le dieron unos celos terribles, nada sacaba mi mamá con mimarlo más de la cuenta y no hacerle sentir que la guagua era más importante que nadie. También tenía celos del papá, en cuanto se iba al fundo, el perla se acostaba en su cama y le decía a mi mamá que él era su marido y a mi mamá le daba mucha risa tener un “marido-hijo”.
Ella tuvo mucha leche y muy buena, crio hasta tarde a Juan Agustín; además, le convidaba al hijo de una empleada que no tenía leche. Lo más dramático fue un día que el papá llegó desalado contando que la hija de un primo de él, uno de los que llamaban “los pájaros Salas”, se estaba muriendo ¡De hambre! La madre no tenía leche y la de tarro le daba diarrea. A mi mamá le dio una enorme impresión, dejó a Juan Agustín con la niñera y partió conmigo a ver a esa criatura.
El departamento era muy feo y oscuro, cerca de la Estación Mapocho, un barrio donde todos los edificios eran iguales. Nos impactó cuando nos mostraron la guagua estaba fría y de un color azulado muy poco normal, hasta yo me di cuenta que se estaba muriendo. Mi mamá se abrió la blusa y le metió el pezón en la boca y empezó a sobárselo hasta que comenzó a salir leche, la guagua la probó y se aferró a la fuente de la vida como una ñigua. “Despacio, despacio” le decía mi mamá, pero el hambre era más que la prudencia. Vi con mis ojos cómo esa criatura empezó a cambiar de color hasta quedar rosada ¡Qué alegría para esos padres! Era hija única y todos los días iba mi mamá a darle leche. Después de algunas veces, le empezó a mandar un frasco con su leche y el padre la iba a buscar. ¡Salió adelante la niña! ¡¡Y le pusieron Bernardita!! Yo me sentía muy orgullosa ¡Como si la leche hubiera sido mía!
No habían pasado muchos meses cuando Juan Agustín empezó a pasar malas noches. No quería tomar sopa, sólo pecho y por las noches lloraba y lloraba. Mis padres se alternaban para atenderlo, pero se agotaban. Muchas veces me lo pasaban a mí al amanecer para que ellos pudieran dormir un par de horas. Yo me lo metía en la cama y trataba de hacerlo callar, a veces le sobaba la barriga y otras, vencido por el cansancio se dormía apegado a mí. Daba mucha pena sentirlo llorar. Lo llevaron al médico, pero no le encontró nada, dijo que era un niño sano y robusto, que a lo mejor sería regalía.
Un día nos avisaron que el Viejo estaba muy enfermo. No me dejaron ir a verlo, pero mi mamá fue y lo encontró muy mal, con muchos dolores. Preguntó por qué no le daban algo para atenuárselos; la respuesta de mi abuela fue insospechada: “El médico le recomendó morfina, pero yo no quise que se la pusieran para que no se volviera “morfinómano”. ¡Y el pobre Viejo lleno de dolores, muriéndose!
Yo no supe cuando se murió pero me llevaron a verlo en la urna, vestido con sus mejores ropas, esas que no se ponía nunca. De un color céreo su cara, no parecía él, pero tenía una expresión de paz.
Mi abuela, mis tías y mis primas, todas de negro hasta la más chica, ¡Lloraban! ¡Ahora lloraban! ¡Bien pudieron haber sido cariñosas con él en vida! Mi mamá se opuso a que yo vistiera de luto, dijo que no era para niñas y tampoco para ella que estaba criando. Nosotros sí lo quisimos en vida y no lo lloramos porque, evidentemente, estaba mejor en las manos de Dios.
Lo eché de menos, me quedó un vacío, era un amigo que ya no estaba, ya no tenía quien me dijera: “Laucha, anda a pedirle unos cobres a tu madre”. Nadie me dijo nunca más laucha y yo lo había olvidado hasta que leí un libro de la Isabel Allende donde dice que a ella le decían así, curioso ¿Verdad?
Dejé de ir a la casa del lado, sin el Viejo no tenía sentido, a él yo lo quería y él a mí; del resto de la familia, yo no sentía ni que me quisieran ni yo a ellas.
No sé cuándo mi tatá compró una quinta en la calle Pedro de Valdivia pasada la plaza, la misma donde yo jugaba de chica con el Nano. Seguramente sería más o menos al mismo tiempo de cambiarnos nosotros a la calle Rancagua.
La quinta de mi tatá era grande, como una parcela: tenía a la entrada dos cuadros de césped con dos palmeras al centro de cada uno. Un laurel de olor, inmenso. Antes de llegar a la casa, un rectángulo de maicillo donde los primos jugábamos al fútbol. La casa era de estilo inglés linda y cómoda, estaba rodeada de jardines y en la parte de atrás habían árboles frutales: paltos, damascos y almendros, una pequeña huerta donde cultivaban hortalizas para la casa y ¡Frambuesas!
Los domingos nos juntábamos toda la familia a disfrutar “del campo” y del “buen aire”. Formábamos una buena pandilla bulliciosa y siempre con ganas de comer los dulces y otras cosas ricas que hacía la Antuca.
Mi tatá era una señora muy linda, de tipo claro, con dos hermosos ojos azules que, al menor descuido, los abría y ponía en orden al más desordenado. Tenía el pelo blanco y se peinaba con un moño alto. Siempre estaba impecable. Siempre bien vestida. Siempre cariñosa conmigo, nos queríamos con un amor más grande que el de abuela y nieta. Cuando yo salía de alguna enfermedad, ella me llevaba a su casa a convalecer. En tiempo de damascos me iba los fines de semana a dormir con ella y al amanecer oía como iban cayendo, uno a uno, los más maduros ¡Plash, plash! Al levantarnos lo primero que hacíamos era recogerlos para el desayuno ¡Qué maravilla! ¡Blandos y dulces! Luego, con los restantes la Antuca hacía mermelada, riquísima, transparente y perfumada, era una estupenda dulcera, todo lo que hacía le quedaba rico. De las pocas cosas que he rescatado de ella es el dulce de membrillo, rubio y amoldado. Ella lo hacía con mucha azúcar, kilo a kilo hecho almíbar, después lo juntaba con la pulpa de membrillo hervido y pasado por el cedazo, luego lo ponía a fuego lento y revolvía todo el tiempo hasta darle el punto exacto. No diré que me queda igual, pero sí parecido.
En el fondo de la quinta, el jardinero había hecho un foso donde iba poniendo todas las hojas secas y la maleza que sacaba. Poco a poco se iba convirtiendo en tierra de hojas con la que abonaba las flores. Tenía buen gusto para colocar flores de estación. En el costado de la casa, había césped y en él unas redondelas de flores: en una había peonías dobles, rosadas, enormes. Valía la pena esperar que florecieran porque lo hacían una vez en el año y duraban pocos días, pero cuando estaban en plena floración parecía un pedazo de jardín japonés.
En las otras redondelas plantaba pensamientos, petunias u orejas de oso, que siempre estaban con flores de distintas clases y colores. Raúl, el jardinero, también era el chofer que manejaba un auto gris, mucho más moderno que el Ford de nosotros. Cuando se casó, mi tatá le mandó construir una casa al costado de la quinta y le dejó una habitación al Coco, allí tenía unos sillones y ¡Un auto piano! Era de lo más divertido, se le ponía un rollo y había que pedalear, muy parejo para que se pudiera oír la música. Las teclas del piano se movían y nosotros jugábamos a que tocábamos, pero esta diversión estaba reservada a los regalones del Coco entre los que nos contábamos Pablo y yo, a veces alguna prima, pero nadie más.
El Coco era hermano de mi mamá. Tuvo, al nacer, un traumatismo cerebral, por eso era retardado mental. De joven parecía que se nivelaba con sus hermanos, pero pasando los años se fue retardando cada vez más. En el tiempo de mi infancia era como un chiquillo más de la tropilla de primos, jugaba a la par con nosotros aunque era más torpe y hablaba mal, pero nosotros le entendíamos. Para entretenerse también tenía un banco de carpintero con varias herramientas donde él “maestriaba” tablas y las clavaba una sobre otra. Yo creo que Raúl se las desclavaba después porque era un cuento de nunca acabar.
Cuando el tiempo estaba bueno, íbamos a pasear con mi mamá al Parque Forestal. Los mayores llevábamos las bicicletas y mi mamá el coche de Juan Agustín ¡Qué coche más bueno! Se lo compraron a Pablo cuando nació y sirvió para todos los hermanos y luego para algunos sobrinos.
El parque era muy entretenido para nosotros: había unas cuestas, las subíamos y bajábamos en las bicicletas a toda la velocidad que podíamos, nos sentíamos “la muerte”, el aire nos zumbaba en los oídos y se nos ponía la cara roja. También había columpios para los chicos. Mi mamá paseaba a Juan Agustín o se sentaba en un banco a tejer. Muchas veces nos cruzamos con don Arturo Alessandri, ex-presidente de Chile y compañero de partido de mi abuelo Ramón. Mi mamá lo saludaba y conversaba, generalmente, de los tiempos en que eran diputados y le contaba anécdotas de su papá lo que la llenaba de emoción.
A nosotros, lo que más nos gustaba era su perro, “Ulk”; lo veíamos enorme y amable, le hacíamos cariño con un poco de cuidado y él movía la cola —hoy está embalsamado en el Museo de Ciencias—.
A veces íbamos al Parque Japonés —que ya estaba bastante adelantado—, íbamos con la niñera. A Jorge no le gustaba ir sin la mamá y sin la Tena y lo demostraba haciendo unas verdaderas escenas; se tiraba al suelo, gritaba, pataleaba y se revolcaba en la tierra. Nosotros le decíamos “Vieja loca” y le sacábamos pica. En casa, en cualquier momento le decíamos: “Vieja loca” y se ponía otra vez a gritar. Nosotros éramos malos, como son los niños, y le hacíamos burla.
A una de mis primas Rivas, hija única de mi tío Fernando, que era morena, de cara chica, eléctrica y de mal humor, le decíamos “Guinda seca”, en las tardes familiares en casa de mi tatá, ella y Jorge se tenían rabia, bastaba que se juntaran para que surgieran problemas:
— ¡Vieja loca! —¡Guinda seca!
Y se iban a las manos. Las madres tenían que separarlos porque de otra manera se arañaban. Mi tatá, toda una señora, se indignaba, encontraba que estas peleas estaban “fuera de lugar” en su casa. Demás está decir que ninguno de los dos era muy querido por ella —por lo menos lo parecía—.
Mi tatá tendría muchas cosas buenas, tiernas y bonitas, pero... era de lo más preferenciera. Había nietos con fuero —a lo mejor por ser los mayores—-: Luz y Paquito —hijos de mi tío Paco—, Alma —hija de mi tía Luz—. Nietos con amor: Nano —hijo de mi tío Fernando—; María Teresa —hija de mi tío Hernán—, Pablo y yo. El resto pasaban de indiferencia a molestia y entre éstos figuraban Jorge y Paz, que de paz no tenía nada.
La quinta de Pedro de Valdivia era para mí la gloria, podía hacer parte de mi vida del fundo, nadie se metía conmigo ni con mis fantasías que me llevaban a ver hadas y enanos en el laurel. Además, me regaloneaban y malcriaban, a lo mejor tanta regalía fue el resultado de un año realmente malo, si no era una enfermedad, era una peste.
Para completar el cuadro —debo haber tenido las defensas por el suelo—, un día amanecí enferma, muy enferma, con mucha fiebre. Mi mamá llamó al médico quién diagnosticó “Pulmonía”. ¡Menos mal que ahora había un medicamento, la última palabra, recién llegado de Estado Unidos! Con este antecedente me llenaron de Sulfatiazol y bicarbonato —para que no se formaran piedras en los riñones—, yo abría la boca y tragaba, medio consciente, pero a los pocos días empecé a delirar, veía cosas tremendas, me asustaba porque no eran sueños, los veía despierta, como si estuviera en un teatro. Recuerdo que había una visión que me afligía mucho: estaba de Presidente de la República don Pedro Aguirre Cerda y yo lo veía en las murallas de la Moneda, con un combo grande botando ladrillo tras ladrillo. Cada vez había menos muros en el Palacio y él, feliz cantando y demoliendo. Esto duró muchos días y no me dejaba dormir el ruido del combo en las murallas. De esa pulmonía salí mal, flaca y pálida, desanimada y sin apetito. Me mandaron a casa de mi tatá a reponerme. Los baños de sol, la fruta, los ricos postres y el cariño me mejoraron y volví a ser la misma de siempre y pude volver al colegio y a casa.
En el patio de la casa de la calle Rancagua había un muro divisorio de ladrillo parado que nos separaba de la casa de la abuelita Rosa. Con Pablo, trabajamos y trabajamos con un clavo hasta que hicimos un agujero perforándolo a una altura de cincuenta centímetros. Desde allí mirábamos lo que pasaba en la casa del lado. Una vez, mi papá avisó que venía del Sur en el “tren curado” —así llamaban a uno que pasaba en todas las estaciones chicas y se demoraba horas en llegar a Santiago—. Mi mamá avisó a la abuelita Rosa quién no entendió el mensaje y le dijo: “¿Jorge curado? ¡Él jamás bebe y menos hasta emborracharse!”. Nosotros hicimos un papelito donde le explicábamos que venía en el “tren Curado” y le gritamos: “Por el hoyo, abuelita, por el hoyo”; ella corrió hasta donde nosotros habíamos hecho la comunicación y le pasamos el mensaje. Nos quedó gustando ver a la abuelita correr hasta la pared así es que otro día nos inventamos un telegrama, la llamamos y cuando llegó le pasamos un papel de diario. ¡No quiero ni decir todo lo que nos dijo, además, de que éramos unos chiquillos de “moledera”! Nos ganamos un reto de la mamá, pero con una sonrisa cómplice.
Una noche empezó Juan Agustín a llorar más de lo corriente, lloraba desesperado, al día siguiente mi mamá llamó al médico que lo veía, lo examinó bien y le dijo que no se preocupara, que era una gripe, le dio unos medicamentos y se fue. El niño lloraba y lloraba, se retorcía y no quería comer comida, sólo el pecho de mi mamá, menos mal que tenía mucha leche. Pasó el día y por la tarde mi mamá volvió a llamar al médico quién se puso furioso y le dijo que: “El chiquillo es un mañoso, no tiene nada, ni fiebre y usted es una ¡Histérica!”.
Pero el niño seguía llorando con desesperación. Recordó mi mamá a un médico cirujano infantil que era conocido de ellos y medio vecino del sur, lo llamó y le dijeron que estaba en el campo, pero que llegaba en el tren nocturno, al amanecer. Mi mamá desesperada llamó a mi tío Fernando que tenía auto y le pidió que lo fuera a buscar a la Estación Central —mi papá estaba en el fundo—. Antes de las cinco de la mañana llegó el tren y en él, el Dr. Johow. Con la mayor buena voluntad fue de inmediato a casa a ver el niño. Lo examinó y dijo que tenía el “vientre en tabla” y que eso era grave, pidió que en el mismo auto del tío los llevara al Hospital de niños para operarlo.
Todo pasó estando nosotros dormidos, mi mamá me contó mucho más tarde todo lo que sufrió esa noche y los días siguientes.
Al abrir al niño, el médico se encontró que tenía una invaginación, es decir, el intestino delgado anudado y metido en el intestino grueso. Al haberse cortado la circulación, se había gangrenado; el cirujano muy conmovido no quería terminar la operación, pero el ayudante lo convenció diciéndole: “Nadie sabe cómo reaccionan los niños y usted no es Dios”. Le cortó más de sesenta centímetros de intestino, lo desinfectaron muy bien y lo suturaron. Desde el pabellón el médico llamó al pediatra y le dijo a gritos: “¡Me has entregado a un chiquillo muerto, asesino!”. Mi tío Fernando, al que habían hecho entrar al pabellón, contó después todo lo sucedido.
El médico le dijo a mi mamá que si se mantenía vivo veinticuatro horas, saldría adelante, pero... no alcanzó a vivir doce horas y en brazos de mi mamá murió el que era el regalón de la familia. Mi mamá dijo que el niño la miró y con la mano le quitó el reloj. Fue su último recuerdo.
Lo trajeron y lo pusieron en una urna blanca, chica, se veía precioso, parecía un muñeco de porcelana durmiendo, sus manos gorditas sobre el pecho y en una se veía la huella del suero que le pusieron. Eso hacía pensar que era un niño, no un muñeco. Rodeado de ramas de almendro en flor daba la imagen de irrealidad. Mi mamá al lado de su niño oraba, supongo que por ellos, sus padres y por nosotros, sus hermanos, ella nos decía: “Tenemos en el cielo un ángel que vela por nosotros”; estaba muy triste, sí, triste, pero no desesperada. Ella, admirable en su dolor, no nos demostraba toda su tristeza.
Por las noches oía llorar a mi mamá, era la única hora que se podía desahogar, yo la oía, pero no podía ni sabía cómo consolarla. No parecía ser cierto, sólo el silencio de la noche lo confirmaba ¡Ya se podía dormir, nadie lloraba! ¡Ya hubiéramos querido todos que volviera a llorar! ¡Seguro que no nos importaría no dormir nunca más con tal de tenerlo otra vez en casa!
Mi mamá iba todos los días al cementerio a ver a su hijo, —no sé por qué no lo tapiaron de inmediato y lo dejaron en su sitio en la sepultura de mi abuelo Ramón —. Ella iba, levantaba la tapa de la urna y lo miraba ¿Qué le diría? ¿Qué sentiría? Eso no lo dijo nunca, puedo presumir que dolor y amor. Cuando se me acabaron las lágrimas, seguramente la pena tan aguda se me pasó pero todavía hoy se me llenan los ojos de lágrimas al recordarlo. Pasaron los días hasta que una vez lo encontró tapiado. Desde entonces sólo fuimos para el primero de noviembre a poner flores. A mí me tenían adjudicado un florero chico, donde me encargaban que arreglara clavelinas blancas. Mi tatá era cariñosa conmigo y trató de explicarme lo que no tenía explicación, nada me consolaba, mi regalón no estaba y mi mamá estaba triste, era una mamá desconocida. No asumí la muerte como tal, no tenía edad, tampoco hice nada por mis padres ¿Qué podía hacer? Andar en pena tan aguda se me pasó pero todavía hoy se me llenan los ojos de lágrimas al recordarlo.
Con Juan Agustín murieron muchas cosas; entre ellas, en casa se dejó de creer en los médicos como únicos poseedores de la verdad. Pasaron a ser hombres como todos, que se pueden equivocar. Ante cualquier vacilación la pregunta es: “¿Sabe? O llamamos a otro médico para hacer una junta de médicos”. No les suele caer muy bien porque se sienten dueños de la vida, de la muerte y de los pacientes, o sea Chamanes del Siglo XX.
No hay dolor más grande que el de una madre que pierde a un hijo. Yo vi sufrir a mi madre y sé que nada se puede hacer, sólo vivir el duelo. Mi mamá era fuerte y tenía fe en Dios, salió adelante con nosotros cuatro, pero al recordar a su niño se le nublaban los ojos. Juan Agustín fue un niño especial.
Un día no quise ir al colegio porque me dolía la barriga, mi mamá me dio una infusión de manzanilla, pero no se me pasó, todo lo contrario me seguía doliendo cada vez más. Mi mamá se asustó y llamó al Dr. Johow, él vino enseguida y al ver a mi mamá se le llenaron los ojos de lágrimas, le dijo: “Julita ¿A mí me llama otra vez a pesar de lo ocurrido con su guagua?” Mi mamá le contestó que eso no tenía nada que ver con él, que ella confiaba en su diagnóstico y en su buen criterio.
El médico me examinó y dijo que tenía apendicitis, que me tenía que operar. Fue muy tierno conmigo, me hizo cariño y me confesó: “Cuando seas grande te vas a casar con mi hijo, el marino”. Yo sentí tanta alegría que casi se me pasó el susto.
Así fue como nos fuimos a la Clínica Alemana que estaba en el barrio Estación Central, una clínica antigua, oscura, con corredores a los que daban las piezas una al lado de la otra.
Mis problemas empezaron en el pabellón. Cuando me quisieron anestesiar con éter —no había otra cosa— el olor me asfixió, me sentí ahogada, traté de defenderme, pero el anestesista me sujetaba firme una máscara de goma, por más que me retorcía, él no aflojaba. ¡Lógico que ganó él! Me sumí en una espesa y maloliente oscuridad.
Cuando volví a abrir los ojos estaba mi mamá a mi lado, me tocaba la cabeza y me decía: “Ya pasó, ya pasó” igual que cuando yo tenía pesadillas.
Cuando volví a la vida mi primer pensamiento fue tener hambre, un hambre feroz, pero... la shuester que comandaba esas piezas había dicho: “Nada, ni una gota de agua hasta pasadas doce horas”. La sed me mataba, mi mamá con paciencia mojaba un algodón y me lo pasaba por los labios. No era lo que yo quería, me apetecía un buen trago de agua y algo sólido.
Me debo haber quedado dormida porque el siguiente recuerdo fue un plato de “chuño”, una papilla medio transparente, medio tiritona ¡Horrible! ¡¡Algo asqueroso!! Nunca sabré si me supo así de malo o si era la mezcla de éter y chuño.
Más tarde pasó el médico, yo ya me sentía bien y lo lógico fue preguntarle: “¿Cuándo me levanto?” “¿Cuándo me voy a casa?”. Él, muy sonriente me contestó: “Antes de tu casamiento”. ¡Sorpresa para mí! ¿Todavía pensaba casarme con su hijo, el marino?
Ni se me ocurrió pensar que seguramente él ofrecía su hijo a todas las niñas que operaba, a lo mejor ni tenía un hijo marino. ¡Cosas de la vida!
El médico le comentó a mi mamá que el apéndice que me había sacado era posterior y largo como un ají “Cacho de cabra”; además, estaba tan lleno de “piduyes” —oxiuros—, que casi caminaba solo. Dato a tener en cuenta porque todos los apéndices que se han sacado en la familia son iguales: Posteriores, largos y con pocos síntomas.
Dos o tres días estuve en la clínica y mi mamá me dedicó todo su tiempo. Para entretenernos me enseñó a jugar póquer, que era lo único que ella sabía de naipes. No fue mucho lo que aprendí pues nunca pude ganar, para mí era verdadero misterio ver cómo iban pasando las cartas y los puntos iban a la cuenta de ella. A lo mejor es por eso que nunca me ha interesado jugar por dinero.
Muy pronto me mejoré y pude hacer todo lo que quería. No todo había terminado con médicos y clínicas: justo a los quince días después empezó Jorge igual que yo con dolores de barriga. Otra vez apendicitis, médico y clínica, pero a Jorge “se le complicó”. Nunca supe de qué pero estuvo más tiempo hospitalizado y quedó flaco y pálido, le costó bastante recuperarse.
En el tiempo que vivimos en la calle Rancagua nos compraron bicicletas a mi mamá y a mí. Pablo heredó la mía y a mi papá le regalaron una, así es que los sábados por la mañana nos íbamos los cuatro de excursión. Muchas veces nos íbamos por la orilla del río Mapocho hasta llegar a “los campos” en Vitacura; otras nos íbamos por un sendero en los faldeos del cerro San Cristóbal. Nunca pudimos emular a mi papá que nos decía que en su juventud subía en bicicleta el cerro San Cristóbal por el camino de a pie que sube a la cumbre haciendo zigzag. Nos encantaba salir los cuatro. Nosotros los niños, nos sentíamos orgullosos de pedalear al mismo ritmo de los padres. Mi papá, el deportista, nos marcaba el paso y nos daba consejos, especialmente de respirar acompasado, profundo y con ritmo para que así no nos cansáramos. Cuando llegábamos de vuelta, veníamos hambrientos y de buen color.
Algunos Domingos por la mañana nos íbamos de caminata al cerro San Cristóbal ¡Nada de subir en el funicular! aunque nos moríamos de ganas ¡No, había que hacer ejercicio! Nos íbamos caminando por el camino indicado, zigzagueando, poquito a poco íbamos dejando la ciudad atrás. Pasábamos cerca del Zoológico, oíamos rugir a los leones y el canto de los pájaros. Ese sería un paseo especial, sólo al Zoológico... mientras ¡Vamos, ánimo, adelante, un paso y otro más! Así llegábamos a la cumbre donde está la Virgen, una inmensa Inmaculada que con los brazos abiertos parece abrazar la ciudad.
A un lado de la Virgen y un poco más abajo, había una iglesia de piedra. Allí íbamos a la Misa Dominical, luego nos tomábamos un refrigerio: una naranja y un pan era lo normal, pero... si había un barquillero con su tambor lleno de barquillos frescos y crujientes, nos compraban un paquete a cada uno, doce barquillos para gozarlos, ir mordisqueándolos con cuidado para que no se desarmaran y se nos perdieran las migas. Se me hace agua la boca de recordarlos. Todavía cuando encuentro alguno no puedo dejar de comprar un paquete y recordar mi infancia.
De estos paseos llegábamos cansados y llenos de tierra porque a la vuelta nos veníamos “cortando el camino”, nos deslizábamos por las bajadas cortando los ángulos del zigzag del camino. El almuerzo era “almuerzo de domingo”, entrada o sopa y tallarines con harta salsa, queso rallado y carne mechada. También ese día la Filomena, —nuestra cocinera— hacía postres de leche ya fuera asada o nevada o ¡Panqueques con manjar!
En el colegio yo cursaba cuarta preparatoria y estaba a las puertas de empezar los seis años de bachillerato. No recuerdo haberme preocupado mucho por lo que vendría, a lo mejor a nadie en casa le preocupaba y yo tomaba la vida como fuera viniendo.
En el curso íbamos quedando pocos alumnos, doce mujeres y dos hombres. Nos llevábamos muy bien, teníamos una sala que era una galería en el segundo piso con mucho sol. Las profesoras se preocupaban de cada uno de nosotros y nos querían, pero... siempre hay una que estropea la vida y esa era una que empezó a decirme “Bernarda”; yo le corregía: “Ese no es mi nombre, yo me llamo Bernardita”. Ella alegaba “Ese no es nombre, es un diminutivo”. Yo seguía alegando: “Bernardita es nombre y viene de una santa francesa que se llama Bernardita Soubirous”.
Pero ella dale que dale “Bernarda”.
Yo me acaloraba mucho con este asunto del nombre y lo defendía. Mi mamá me dijo que yo tenía que hacerme respetar.
Desesperada fui a hablar con la directora del colegio y le conté lo que me estaba pasando, ella me encontró razón y me dijo que hablaría con la profesora. Pero el asunto fue de mal en peor, hasta que no aguanté más y le comuniqué a la directora que me salía del colegio por esa razón.
Así fue como dejé ese colegio al que tanto quería y al que tanto le debía todo por la porfía de una profesora.
Mis padres ya no podían más de la pena que era vivir en esa casa que tantos recuerdos tenía de Juan Agustín, así es que empezaron a buscar otra donde, por lo menos, no tuviera recuerdos del niño, no para olvidarlo sino para no tenerlo presente en cada momento.
Seguramente sería mi tía Chita, esposa del tío Hernán, la que les daría el dato de una casa en un segundo piso en la calle Echaurren. Ella vivía en esa calle esquina con Alameda, la fueron a ver y les gustó.
La casa nueva no era muy grande y no tenía patio ni jardín. Tenía un hall-comedor muy grande, al lado un dormitorio, todos con ventanas que daban a un pequeño balcón a la calle, luego, una pieza chica, pero bien chica con ventana a un patio de luz, fue “mi pieza”. Luego un pasillo hacia las dependencias: la cocina, piezas de servicio y baño. Al pasillo daba la pieza de mis hermanos y un baño.
Lo bueno de la casa era el hall-comedor, allí hacíamos de todo. Como no teníamos muchos muebles, jugábamos especialmente con los palitos y en el comedor hacíamos las tareas además de dibujar.
Por la calle pasaba un carro —tranvía— eléctrico que llevaba al centro. Hacía mucho ruido, pero menos del que hacíamos nosotros.
Cambio de casa Cambio de colegio Cambio de amigos Cambio de barrio
Cambio de ambiente
Mucho cambio para nosotros, pero... luego nos fuimos haciendo de conocidos. Por lo menos estaba la tía Chita muy cerca con sus cuatro niños. Yo era muy amiga de las dos mayores y casi diría que mi mejor amiga en ese tiempo fue la propia tía. Me quería mucho y yo a ella, salíamos juntas de compras o al cine y tengo de ella el recuerdo más cariñoso.
Mi mamá puso a Pablo y a Jorge en el Colegio San Ignacio de los jesuitas. Lo que es a mí me dijo que si yo me había retirado del colegio, que buscara yo alguno que me recibiera. No me cabe duda que si yo hubiera dudado o hubiera sufrido con ese asunto lo habría solucionado ella, pero no fue así. Yo hablé con mi tatá y ella me recomendó que fuera al Sagrado Corazón y que tomara su nombre porque ella era fundadora, tenía el número 3 de matrícula. Así lo hice y me recibieron para cursar Primero de Humanidades. Yo ya tenía doce años recién cumplidos.
1943
El cambio de casa fue bastante molesto para nosotros, aunque, supongo que se agregaría el hecho de llegar desde el fundo, del sol, de la luz, de la libertad, a un segundo piso ruidoso. Por la ventana de mi pieza subían los extraños olores de una peluquería, además de los olores de otra manera de cocinar, diría que cargado a ajo y a otros aliños.
Los cambios de Colegio fueron radicales: Pablo y Jorge quedaron en San Ignacio donde se educó el papá y mis tíos. Mariano, en los Padres Franceses en el Kinder. ¿Y yo?, tal como me dijo mi mamá, me tuve que buscar la vida. Siguiendo el consejo de mi tatá fui muy paradita al Colegio Sagrado Corazón en la Alameda y pedí hablar con la encargada de recibir a las alumnas. Me hicieron pasar de un hall oscuro, feo y enorme, a una salita más fea, oscura y a la que se agregaba un olor a guardado, a viejo o a sucio. El techo lo veía muy, pero muy alto. Parecía que las paredes me estaban apretando, los cuadros y los santos se me venían encima yo sentía vértigo y náuseas. En esas estaba cuando llegó una monjita con una toca tiesa y encrespada que sólo la dejaba mirar de frente. Fue mi primer contacto con una monja ¡Nunca había visto alguna! Menos mal que me sonrió y me preguntó qué quería. Yo le dije todo y ella después de hablar un rato me dijo que me aceptaba en Primer año de Humanidades, que fuera mi mamá para formalizar la matrícula y me dio fecha de entrada.
Esa monjita, la Madre Serrano, fue mi puntal durante el tiempo en que fui alumna de ese colegio. Mi mamá decía que era tan humana y comprensiva porque “había entrado de mayor al noviciado”.
El día de entrada fue para mi una novedad, desde la mañana temprano vestirme con un uniforme azul marino, de lana, con puños y cuello ¡Postizos!, blancos, tiesos y almidonados. El largo, 20 centímetros ¡Bajo las rodillas! Calcetines café, largos y... zapatos... ¡Parecían zapatones de seguridad! ¡Unos bototos Rudloff con cordones que apenas podía levantar! Así enjaezada partimos con Pablo y Jorge hasta nuestros nuevos colegios... Por la tarde ellos me irían a buscar y volveríamos juntos caminando por la Alameda, total eran unas pocas cuadras.
Cientos de niñas de todos tamaños, de todos colores, todas vestidas igual... entraban y sabían dónde Ir... menos yo, que me sentía como pollo en corral ajeno, hasta que me encontró una monja y me desconoció, ella me dijo lo que tenía que hacer; lo primero pasar por una oficina donde me entregarían: “El Material” y luego al Estudio de las Medianas donde me adjudicarían un escritorio y me seguirían mandando.
“El Material” era cuantioso y variado. Además de las cosas normales como cuadernos y lápices tenía: un tintero con tinta, un misal, un libro de oraciones varias, un rosario, un velo blanco, un velo negro, guantes blancos, guantes café, un atlas, el uniforme de gimnasia: pantalones bombachos y blusa ¡Un adefesio! Lo curioso es que no recuerdo nada de libros... así sería o no me llamó la atención. Menos mal que la secretaria se compadeció de mí y me ayudó a llevar este “Material” hasta el Estudio, que quedaba muy cerca. Allí me dieron un escritorio, justo al medio del Estudio, total no era mucho lo que había que ver: hileras e hileras de niñas vestidas igual que yo; peinadas con trenzas o con el pelo muy estirado o con el pelo corto. A nadie le llamó la atención una “nueva”, a lo mejor estaban acostumbradas o tendrían una fuerte disciplina... mirar al banco y hacer lo que había que hacer. Un corral de uniformes de lana azules, niñas de entre 12 y 15 años, olor a conjunto, a hormonas, a rodilla diría mi tatá... entre poto y pata.
En este Estudio me enteré que yo había bajado de categoría: De ser la mayor y el florero de la casa o de las mayores del colegio anterior, pasaba a ser de las más chicas de las Medianas. Había otro Estudio “las Grandes” en el segundo piso y “las Pequeñas” que tenían todo aparte en el fondo del jardín del Colegio. Todo ordenado, todo sectorizado, nadie se juntaba con nadie, los recreos eran por cursos, los juegos también. Sólo en la Revista de Gimnasia, en los actos de fin de año y en la Kermés anual se juntaba todo el Colegio.
Del Material: El tintero de porcelana blanca se ponía en un hueco del escritorio y servía para “Caligrafía” —mi pesadilla—. Los cuadernos eran no sólo de cuadros y líneas, también los había de caligrafía cuadriculados de distintos calibres: el de ciencias, mitad líneas, mitad blancos. Los velos eran para ir a Misa, la había diaria, —no obligatoria— de velo negro y guantes café. Misas especiales, los viernes primeros, las celebraciones de la Virgen en que el colegio entero iba a Misa de gala: velo blanco hasta el borde del vestido y guantes blancos. La Capilla era muy bonita, de estilo medio gótico, el altar de mármol blanco y algunos Santos. El Sagrado Corazón, la Madre Magdalena Sofía —la fundadora— y creo que una imagen de la Virgen. Dos hileras de bancos en declive, seis pupitres elevados, —donde vigilaban seis monjas—, un coro en el segundo piso y al fondo, tres confesionarios.
Como en todo, aquí también estaba sectorizado: las pequeñas adelante, las medianas al medio y las grandes atrás. Todo movimiento se regía con el sonar de unas cajas de madera que tenían las inspectoras y que sonaban secas, como castañuelas, pero no precisamente alegres:
Clic...para pararse
Clic...para sentarse
Clic...para hacer la fila de la Comunión Clic...para pararse en grupos de tres Clic...las chicas primero
Clic...las medianas
Clic...las grandes
Clic...arrodillarse
Clic...salir por bancos Clic...al comedor Clic... Clic... ¿Clic... Clic...
Toda mi vida se llenó de Clics, al final no sabía lo que era lo que me mandaban... Acabé como un robot.
Me asignaron una sala de clases larga y oscura que daba a un patio y teníamos una profesora, Luz. No era simpática como mis maestras anteriores, pero tampoco fue agresiva. De a poco le fui tomando el pulso a los estudios y no tuve mayores problemas, me parecía que yo sabía lo que tenía que saber y el resto... lo aprendía.
Mi problema no estuvo en los estudios sino en los recreos... Había que “jugar” a cosas que yo no sabía ni entendía: a tirarse una pelotita de un lado a otro del patio, un curso contra otro... Nunca le encontré asunto, pero... Había que estar jugando el tiempo reglamentario, no se podía pasear por los enormes corredores y no se podía salir del recinto “Medianas”.
Otra de mis pesadillas fue la caligrafía. Yo tenía la letra redonda —no digo que bonita ni pareja— pero era redonda y las alumnas del Sagrado Corazón tenían todas la letra standard, picuda, todas iguales, a lo mejor alguna con una rayita más prolongada después de alguna letra, a lo mejor no, pero picudas. Mi cuaderno de caligrafía se convirtió en mi enemigo. En el Estudio había horas de Caligrafía, el abecedario en páginas y páginas, en que tenía que caber justo, justito cada letra en su cuadrado, la t llega justo hasta el segundo renglón y se inclina un poquito a la derecha así...seguir y seguir... ¡Claro está que las otras niñas adelantaban, yo me quedé pegada y no avancé nunca! Las que ya tenían la letra a gusto de la maestra pasaban a aprender esa maravilla que era la letra gótica, con una pluma especial, de punta cuadrada y se iban formando las letras: delgadas subían y gruesas bajaban. Había unas niñas que eran unas artistas. ¡Jamás tomé una pluma de esas...! Yo peleaba con los picos de las letras. Y al final fue que: ni letra redonda ni picuda sino un desastre de letra que a veces ni yo me entiendo, un resultado híbrido, sin sentido.
El primer día de clases terminó con la guinda del postre: después de repartirnos unos pancitos ricos y de terminar las tareas, nos empezamos a retirar del colegio. Clic...las que tienen permiso para irse solas, se van. Las otras... a esperar que pasaran una tarjeta desde la Portería: “Fulanita”, clic y salía. Yo esperaba y esperaba, ¿Qué le pasaría a Pablo? Lo supe más tarde. Se presentó en la ventanilla y dijo: “Vengo a buscar a la hermana”
La monja: “Aquí hay muchas hermanas”. Pablo: “No, a mi hermana”
La monja: “¿Cómo se llama?”
Pablo: “No lo sé”
La monja: “¿Como le dicen en tu casa?” Pablo: “La niña”.
La monja: “¿Y tus padres?”
Pablo:” Mi hijita”.
Después de este brillante diálogo, llegó la monja al estudio con cara de pocos amigos, subió a la tribuna y con su más fuerte y potente voz dijo: “A una niña que le dicen la hermana, la niña y mi hijita, la esperan afuera”.
Roja como una guinda salí del estudio sin mirar a nadie, si alguien se atrevió a reírse delante de la monja... no lo supe.
Llegué a la casa furiosa y a mi mamá le pareció una falta de respeto y un trato humillante, así es que hizo una comunicación en la que decía que yo me volvería a casa sola. Entonces cuando llegaba el momento, yo salía del estudio al clic de las que se iban solas, con la frente bien alta y Pablo me esperaba afuera.
El colegio era muy grande, los patios rodeados de corredores y las salas con puertas y ventanas a los corredores. Cerca de la entrada había una Capilla chica con un precioso cuadro o fresco de Mater Admirabilis que ocupaba toda la pared del fondo. Habían unos pocos bancos donde las alumnas y las monjas podían recogerse a rezar en algún momento del día, pero casi estaba reservada a las Grandes que en algunos recreos podían “no jugar”, también ellas tenían el privilegio de encender unas lindas lámparas de aceite por alguna necesidad especial —¡Como si nosotros no tuviéramos necesidades!—.
El trato con las monjas era muy estirado y respetuoso. Al encontrarse con alguna de ellas lo primero que había que hacer era una reverencia. ¡No de cabeza ni de cintura! Había que doblar las rodillas como las bailarinas de ballet, una pierna adelante y la otra atrás, agacharse tomándose la falda con las manos y mientras más importante era la monja, más profunda debía ser la reverencia. Había niñas que eran unas artistas para hacerla, seguramente las que entraron de chicas al colegio. A mi, francamente, no me salía, me desequilibraba, tropezaba o simplemente se me olvidaba, lo que era ¡Imperdonable!
Cada fin de mes era la repartición de las notas. Todo el colegio en pleno se juntaba en perfecto orden en el auditórium; iban entrando las grandes en las gradas de arriba, las medianas al medio y las chicas abajo. Adelante las monjas, la Reverenda Madre Superiora, al centro. Las maestras de estudio a un lado, las profesoras a otro y... el Capellán ¡Claro al lado de la superiora! Era ceremonia de gala por lo tanto todas teníamos que estar limpias, peinadas, con guantes blancos y con BANDAS —era la señal de la suma del buen comportamiento, buenos estudios, buena educación, respeto y devoción—. Las grandes usaban banda azul, las medianas verdes y las pequeñas rosadas. Las bandas se usaban en las grandes ceremonias: Misas, repartición de notas y acto de premiación final. Tenían una duración de un mes y había que luchar mucho para obtenerla y... luego mantenerla. En todo el tiempo que estuve en ese colegio sólo la tuve una vez y... no la pude mantener.
Me costó mucho adaptarme al nuevo sistema de educación, a las compañeras, a las relaciones profesoras-alumnas; pero fui aprendiendo —menos a las cosas que me di por vencida como reverencias y caligrafía—. En ese tiempo no había educación obligatoria regida por el Ministerio de Educación, eso quería decir que los profesores podían no ser titulados y seguir los planes de estudio que quisieran.
Teníamos un uniforme de gimnasia esperpéntico: un pantalón bombacho, tableado desde la cintura hasta los tobillos donde allí tenía un elástico que se subía hasta el muslo y las tablas caían hasta la rodilla. ¡Un adefesio! Así y todo hacíamos un par de horas de gimnasia a la semana y al fin del año presentábamos una “Revista de gimnasia” por estudios.
A Pablo no le gustaba el colegio ni el sistema competitivo de los jesuitas, me parece que le costó terminar el año y luego lo matricularon en los Padres Franceses. A Jorge también le hicieron un cupo, así quedaron los tres hermanos juntos. Además de lo difícil que fue el adaptarnos a casa y colegios nuevos, ese año tuvimos un terrible problema, un problema muy grave.
Un día, llegó Mariano del colegio con una pequeña herida en la rodilla, se había caído en el recreo, nada importante, pero... se infectó con Staphilococcus aureus, en tiempos que no había antibióticos, nada más que Sulfa, que no le hacía nada. La infección siguió y siguió, la fiebre lo consumía. La mamá lo llevó a su pieza y llamó al médico quién dijo que no había nada que hacer, que su naturaleza tenía que luchar para acabar la infección. Y...empezó o siguió el calvario; Mariano, el conchito, el regalón de la familia, se nos iba de las manos... se nos moría.
Pablo y Jorge salieron de la casa, creo que se los llevó la tía Chita, porque así quedaban cerca del colegio. Yo me quedé con mi mamá y trataba de pasar inadvertida.
Un día le apareció un absceso y cuando lo vio el Doctor Johow dijo que había que sajarlo. Lo llevaron al hospital de niños y con un velo de cloroformo lo abrieron... fue el primero de muchos... ¡Qué dolor! ¡Pobre Mariano! ¡Pobre mamá! La fiebre no le bajaba, lo envolvían en paños fríos, le daban agua... ya no quería comer nada... pasaba el día y la noche semiinconsciente. En un momento de lucidez pidió la Comunión. Mi mamá estaba muy emocionada y le pidió a su profesor —el Padre Pelayo—, que se la llevara. Aunque no estaba ni preparado ni preparándose para hacerla, el padre dijo que bastaba con el deseo y se la llevó... Ni siquiera pudo tragar una Hostia entera, ¡Tan mal estaba!, un trocito le dio y el resto a mi mamá. La enfermedad siguió y siguió. El doctor Johow llevó al doctor Scroggie, un guatón simpático y levantador de ánimo, pero ambos le dijeron a mis padres que se prepararan porque el porcentaje de sanar era del 1 %.
Yo iba al colegio y volvía sola ¡Qué largas se me hacían las cuadras! Me iba por la mañana tempranito para llegar a Misa y pedir por Mariano y por nosotros.
Luego entrábamos al refectorio —enorme comedor— donde había mesas con cubiertas de mármol para ocho personas. En el más absoluto silencio entrábamos y las mesas estaban dispuestas con pan, mantequilla o mermelada o paté y un día a la semana una barra de chocolate, además de un tazón de café con leche. Así empezaba el día a desarrollarse monótonamente. Mis pensamientos no estaban en los estudios, estaban en casa. Un día oí a un médico que decía: ”... Si se localiza en un órgano vital... será el fin”. No capté lo que quería decir y al llegar al colegio busqué a la Madre Serrano para preguntárselo y ella me llevó a la Capilla de Mater. Encendió una lámpara de aceite por Mariano y me explicó lo que le estaba pasando a mi hermano. Casi no lo podía creer ¡Mariano en el umbral de la muerte! Y no hacía un año que habíamos enterrado a Juan Agustín... ¡Era mucho para mi! Y supongo que para mi mamá también. Ella fuerte como siempre, nada decía, pasaba día y noche al lado de su hijo hablándole, dándole ánimos, haciéndole cariño...
Pasaron unos días, no sé cuántos... Le apareció un flemón enorme en el muslo y en toda la pierna. Tenía la pierna hinchada, enorme y caliente. La fiebre no le bajaba, cada día más débil y más pálido. Vi a mi mamá de rodillas al lado de su cama sosteniéndolo con sus dos brazos. ¿Cuánto tiempo llevaba así? Mucho, muchísimo, tal vez toda la noche. Ella rezaba, lo encomendaba al Señor y lo seguía sosteniendo. Ese puñado de huesos no debe haber pesado mucho, pero el dolor sí.
Lo vio el doctor Johow y dijo que no lo podía llevar al hospital, que no estaba en condiciones de trasladarlo, que lo tendría que operar en la casa, en su pieza. Cuando yo volví del colegio ya estaba terminada la operación y el niño descansaba, su madre también. Después supe que el médico tuvo que sajar su carne en tres sitios y que por su estado no le pudieron poner anestesia... resistió el primer corte y se desmayó ¡Mejor así! Mi mamá, mujer fuerte y valiente, lo sostuvo mientras le sacaban casi dos litros de pus. Ya nadie daba esperanza... se moría... y con él mi mamá ¡Ya no podía sufrir más!
Un día llegó el Doctor Johow con una noticia, se estaba investigando un asunto de anticuerpos y ofreció hacer la prueba. Una enfermera del hospital de niños se ofrecía para que le inyectaran los Staphilococcus aureus atenuados y luego de varios días le sacarían sangre para inyectarle a Mariano su suero. Era una experiencia nueva que podía salvar su vida. Así se hizo y todos rogábamos por el milagro... ¡Qué tiempo más terrible para todos! Mi mamá no se separaba de Mariano ni un momento. Mi papá venía muy seguido del fundo, se paraba a los pies de la cama y lo miraba fija y tristemente. Vi sus lágrimas correr por su cara sin pudor ninguno, los hombros se le estremecían. Sufría como sufren los hombres de su tiempo, sorda e introspectivamente. Me abrazaba y me decía: “Sé que la Olguita lo va a sanar; lo sé porque se lo pido todo el tiempo”. La Olguita era una hermana del papá que murió muy joven y el papá la quería mucho, a ella le rogaba por sus necesidades y le contaba sus penas.
¡Qué terrible es ver sufrir a los padres y no saber qué hacer por ellos!
No supe quién fue la enfermera a la que le debemos la alegría de volver a tener un hermano tan querido como Mariano. Ni supe como se hizo la experiencia, lo único que supe fue que poquito a poco las cosas fueron mejorando. Le bajó la fiebre, no aparecieron más abscesos, el niño empezó a comer algo... pero le quedó el miedo, el terror a la oscuridad, a perder el conocimiento, a quedarse dormido... allí en los brazos de la mamá se quedaba acurrucado luchando por tener los ojos abiertos... hasta que el sueño lo vencía.
Todo se fue normalizando. Mariano se levantó de la cama como un pajarito: débil, frágil y flaquito. Tuvo que aprender a caminar, aprender a comer y a vivir despegado de la mamá.
Pablo y Jorge volvieron a la casa y volvimos a estar juntos, a jugar y a meter ruido. Los domingos íbamos a la casa de la tatá a la calle Pedro de Valdivia. Allí compartíamos con tíos y primos. Al principio Mariano sólo miraba con esos enormes ojos negros, sin ganas ni de levantarse de una silla de lona donde se recostaba. A los pocos meses ya era el mismo de siempre... salvo su miedo a la oscuridad que conservó siempre.
Dentro de lo que podíamos íbamos creciendo, la alegría iba volviendo a la casa. Mariano empezó a engordar de a poco y sus actividades también. Puso mucho empeño en terminar el curso y lo hizo bien. Lo único que le quedó pendiente fue su Primera Comunión, tal como la hacen en los colegios: con vela, brazalete y en una Misa solemne. Todos los niños del curso correspondiente se preparaban y ensayaban su entrada a la Iglesia, todos ordenados por tamaño, y Mariano entre ellos. Estaba radiante ¡Había fecha y tendría su soñada Primera Comunión!... pero no contaba con las pestes, creo que fue el único de nosotros que en su tiempo no le dieron las paperas o la rubeola y justo el día tan esperado amaneció con fiebre y mucho malestar. Muy afligido se acurrucaba en los brazos de la mamá y le preguntaba: “¿Nunca la voy a hacer?” Y mi mamá le decía para consolarlo: “ya veremos, ya veremos”, pero... nunca tuvo una Primera Comunión formal, aunque siguió recibiendo a Jesús, como todos los otros. Pero creo que por mucho tiempo le quedó la pena de no haber estado ese día con sus compañeros.
A todos nos afectó ese año de manera diferente. Pablo tuvo dificultades en los jesuitas y mi mamá no le podía prestar la atención que él requería.
Jorge pasaba malas noches y muchas veces despertaba gritando desesperado; “terrores nocturnos”, decían los médicos, y a pesar de las Luminaletas que le daban y de las aspersiones con agua de Lourdes que le hacía la Tena —a espaldas de mi mamá— , estaba en un estado de nervios permanente, siempre eléctrico. Enflaqueció y le costó recuperarse. Y yo, yo también tenía mis gracias nocturnas: hablaba en voz alta y, como si fuera poca la fiesta, muchas veces me levanté sonámbula a caminar por la casa y el balcón, asustando a mi mamá que me salía a buscar y me devolvía a mi cama. ¡Pobre madre! No sé como resistió ese tiempo de tanta preocupación y malas noches.
Así fue pasando el tiempo y llegó ¡Al fin Diciembre!, lleno de sol, calor, frutas y verduras frescas, además del anuncio de vacaciones...Pero antes había que terminar el año escolar. Por primera vez en mi vida supe lo que era dar exámenes y sentir el miedo que, como un halo, rodeaba a mis compañeras de curso. Miedo físico, miedo al miedo que, además es contagioso. Algo me debe haber notado mi mamá porque una tarde empezó a hablar conmigo y así fue saliendo lo que yo sentía. Ella, tan práctica, me aconsejó: “Pase del tema, si ha estudiado todo el año y tiene buenas notas, no tiene nada que temer; los exámenes son sólo eso, un recuento de lo que se ha estudiado, nadie quiere poner malas notas porque sí ni hacerles trampa para que caigan. Quédese tranquila y conteste lo que sepa y verá que todo irá bien”. Fue para mí un alivio y pude darme cuenta que tenía razón: di los exámenes y me fue bien.
También llegó el día más importante del año para el colegio: La repartición de premios. En el salón de actos todo el colegio reunido ordenadamente en las graderías y todas las profesoras al frente. Los uniformes impecables, guantes blancos, cuellos y puños almidonados. Las bandas destacando a las mejores de entre las Pequeñas, Medianas y Grandes.
En medio de un silencio sepulcral, entra la Reverenda Madre Superiora y el Capellán. Después de una oración, empieza el acto: llaman a la niña menor con su primer premio, la chica se adelanta tímidamente y se acerca a la Superiora quién le coloca una corona de flores en su cabeza... luego le siguen otra y otra y otra niña, así van pasando las alumnas premiadas. Luego fue el turno de las Medianas...coronas...coronas...calor... calor...falta de ventilación... olor a encerrado...a niña...a adolescente...a falta de baño...coronas y coronas...niñas y niñas...miles de premios...de distinciones...hasta que ¡Por fin! se acabó todo. La despedida del curso superior; la despedida de la Reverenda Madre Superiora y la bendición del Capellán...¡¡Hasta el año próximo!!
Terminar el colegio y empezar a preparar el viaje al fundo era simultáneo. Nos cambiaba la cara, volvía la risa, la buena voluntad, las buenas relaciones. Ese año habría menos que llevar porque habíamos dejado muchas cosas en el fundo así es que con las maletas y ¡El cocaví! más la Tena, nos iríamos en el tren Expreso a San Carlos. Tempranito empezamos a movernos y otra vez llegamos adelantados a la Estación Central ¡Era lo habitual!
Parecía que íbamos descubriendo los paisajes a medida que el tren avanzaba; íbamos redescubriendo lo que habíamos dejado con tanta pena en Marzo y nos íbamos alegrando...allí íbamos...a lo nuestro...a vivir.
1943
Y otra vez de vuelta a Santiago. Parece mentira lo rápido que se pasan las vacaciones. Otra vez colegio, otra vez cambio de sala, cambio de profesoras y cambio de compañeras. En este año, el Segundo de Humanidades, revolvieron los cursos, entonces tuve muchas otras compañeras. Como yo ya no era “nueva” pude hacer amistades, entre ellas Marisol. Me hice muy amiga de ella, iba a mi casa y yo a la de ella. Si mi papá me compraba alguna cosa a mi, también se la compraba a ella. Compartíamos lecturas e intereses incluso, a veces mi mamá nos convidaba al cine. Por lo visto éramos bastante niñas chicas para nuestras cosas, O sería que el resto del curso era más adelantado. No lo sé, pero las cosas que nos gustaban a nosotras eran diferentes.
Una cosa que me impresionó al llegar a clases fue que las niñas ya no eran tan niñas. Muchas de ellas se habían desarrollado, no sé si en el verano, o que las del otro curso eran mayores que yo, o a lo mejor, nunca me había fijado en ellas. Se veían mayores, más preocupadas de su apariencia, hablaban misteriosamente de “hombres” ¿Serían hombres o muchachos de su edad? ¿Serían chiquillos de los jesuitas que estaban tan cerca del colegio? No sé, a lo mejor un poco de cada cosa.
La nueva clase quedaba un patio más al fondo del colegio, seguía siendo larga, estrecha y oscura. Seguíamos jugando en los recreos, pero en algunos momentos, se cuchicheaban cosas de la vida, del cuerpo o de misterios de la reproducción .En la sala de clases había un nuevo olor: a mujer, a hormonas descontroladas, a regla... Porque una de las novedades era que a mis compañeras de curso les había empezado a llegar la regla. A algunas les había llegado sin que ellas supieran de que se trataba ¡Pobrecitas, el susto debe haber sido mayúsculo! A algunas les llegaba en el colegio y, supongo que las monjas tendrían un abastecimiento de toallitas para ellas. De todas estas cosas yo conversaba con mi mamá, que nunca puso problemas para informarme. Ella me decía que no tratara de educar a mis compañeras, que eso era tarea de sus madres, que no me metiera en líos, que las madres tenían la obligación de enseñar a sus hijas y que, por último, alguna vez en el colegio algo nos dirían del tema. Lo que ella no sabía era que el tema reproducción, órganos sexuales, embarazos y otros temas afines ¡No estaban en el programa! La biología empezaba y terminaba la sexualidad con los unicelulares.
Mientras mis compañeras se preocupaban de su adolescencia, nosotras, Marisol y yo, permanecíamos niñas, con entretenciones propias de esa edad. Leíamos libros de aventuras, especialmente a Salgari, nos fascinaban los piratas, tanto nos gustaban que empezamos a idear una manera “misteriosa” de escribirnos, con jeroglíficos y mapas. Nos mandábamos papelitos en las clases e íbamos ideando nuestra historia, al margen, naturalmente, de las materias del curso. Todo iba bien, pero... siempre hay un pero en la vida. Otras niñas también se mandaban papelitos, pero eran citas con “hombres” o se pasaban recados de los hermanos y amigos. Mientras todo era a escondidas, no pasó nada... Un día me sorprendieron pasando un mapa a Marisol y ¡Se armó la “marimorena”! La profesora, me mandó a la monja correspondiente, de ella a la maestra generala y de ella a la Madre Serrano ¡Por fin alguien que entendiera algo de nosotras! Ella con paciencia fue hablando conmigo, que no entendía lo que pasaba, y poco a poco fue sacando el hilo de la historia. Las otras profesoras creían que nosotras estábamos en tretas de “citas”, y la Madre Serrano encontró muy entretenida nuestra historia de piratas, mapas y tesoros. Se moría de la risa cuando yo le explicaba el significado de los jeroglíficos y los encontró muy ingeniosos, pero me pidió que no siguiera con nuestras historias en las clases, sino que lo hiciéramos los fines de semana en nuestras casas porque podían mal entendernos. Así fue como nos tuvimos que guardar para nosotras nuestros planes, pero seguía siendo entretenido.
Las alumnas mayores se preocupaban de sus peinados. La moda de ese tiempo eran melenas largas, crespas y “con relleno” en la parte delantera. Había algunas que eran verdaderas artistas en el disimulo — porque en el colegio estaban prohibidos los rellenos—. Contaban las chiquillas que en el estudio de las Grandes se empezó a pasear la encargada de cuidarlas con un palillo y en cuanto dudaba de algún pelo un poco más alto, le ensartaba el palillo y si tenía el mentado “relleno” se lo quitaba y luego castigaba a la “culpable”. No recuerdo que esto sucediera en el estudio nuestro, pero... ¡Las ganas de comadrear eran enormes y cada vez se contaban cosas más agrandadas! De todas maneras lo que sé es que, saliendo del colegio las chiquillas se deshacían los moños, se escarmenaban el pelo, se daban un toquecito de rouge, y... ¡A conquistar!
La Alameda se llenaba de chiquillas de las monjas y de chiquillos de los jesuitas que se miraban con caras de quererse conocer. Algunas podrían hacerlo, ellas, las privilegiadas que tenían hermanos o primos en cursos superiores y que servían de enlace. Esas amistades se consolidarían después en amistades de “toda la vida” y a lo mejor en amores que las llevarían al matrimonio.
De las novedades que tuvimos ese año fue el nombramiento de un nuevo Capellán, el padre Francisco Fresno. En nada hubiera cambiado el desarrollo del comportamiento del alumnado si no fuera porque el recién nombrado era un sacerdote recién ordenado, joven y, además, muy buen mozo. Esto causó sensación en todos los cursos, aumentó la asistencia a las Misas ordinarias, la recepción de la Comunión y...un aumento considerable de las Confesiones con dicho sacerdote —porque los otros dos que confesaban eran unos viejitos jubilados—. De todas estas cosas que me llamaban la atención podía hablarlas con mi mamá, ella me dijo que no tenía porqué confesarme en el colegio y desde entonces lo hice en los Padres Franceses. La mamá separaba muy bien las cosas de la religión con las tonterías de la juventud y siempre me dio un consejo oportuno.
Otra novedad importante fueron las clases de Ciencias. Teníamos una profesora, la Madre Riicker, que era una monja larga y flaca que le encantaban las ciencias y las enseñaba con verdadera pasión. Guardo en mi mente la primera vez que fuimos al Laboratorio de Física... ¡Qué increíble! Había unos aparatos grandes, pero para nosotros eran ¡¡Enormes!! Uno de ellos era una gran rueda de cristal con un eje que daba vueltas con dos manillas y tenía dos escobillas que la frotaban. Nos tomábamos de las manos, en círculo, y, mientras dos daban vueltas cada vez más rápido, las otras sentíamos un cosquilleo y se nos paraban los pelos. ¡¡Qué cosa más divertida!! Con eso nos demostraban la existencia de la electricidad estática. Otra cosa era un tubo al vacío que tenía dentro unos pedacitos de marfil, una piedra y una pluma. El asunto era saber si se invertía el tubo cual elemento caía más rápido —materia pasada en clase teórica, pero no asimilada, por lo visto—. Se hacían apuestas y todas pensamos que el asunto estaba entre el marfil y la piedra...pero no, no acertó nadie en todo el curso. Al invertir el tubo todo fue cayendo despacito... despacito...y todo junto. ¡Qué asombro el nuestro! Y Supongo que el de la profesora, que no podía entender que su teoría no servía de mucho porque no la entendíamos. Pero así fuimos comprendiendo que la teoría tenía un aspecto práctico y que servía para algo.
También había un Laboratorio de Biología. Allí había aves embalsamadas, un olor a formaldehído muy penetrante, frascos y más frascos con extraños especímenes de peces y moluscos. También descubrí algo que me fascinó ¡¡¡Un insectario!!! Fue el principio de una vocación que me duraría largos años. Aprender a buscar, preparar, guardar y clasificar se convirtió para mí una pasión. Además de leer todo lo que cayó en mis manos para saber un poco más de insectos y su clasificación. Ese verano invitamos a Marisol a pasar las vacaciones con nosotros al fundo y fue el principio de la búsqueda de insectos para el colegio. La monja me pasó un frasco preparado para matarlos y luego nos enseñó a guardarlos en sobres de papel. Más tarde ella los hidrataría para arreglarles las patas, las antenas y las alas antes de clasificarlas y ponerlas en el insectario. También, debe haber sido ella la que me recomendó un libro sobre insectos de Fabre, muy interesante que me enseñó todo sobre bichos.
Un día llegó Jorge del colegio con una lastimadura en un pié. Mi mamá se sobresaltó y lo lavó muy bien, lo desinfectó con Agua de Alibour, pero nada fue suficiente. Al día siguiente ardía en fiebre. Mi mamá aterrada recordando todo lo pasado con Mariano, llamó al doctor Johow y él le hizo el mismo diagnóstico: Septicemia. Pero este año las cosas eran distintas, la septicemia tenía curación. Se había descubierto y difundido la Penicilina. Claro que eran unas inyecciones muy dolorosas. Se las ponían cada cuatro horas y el pobre Jorge lloraba a mares. Pero a los pocos días sanó completamente ¡¡Un milagro de la ciencia!! Menos mal que no tuvimos otra vez que pasar por la misma angustia que con Mariano.
Ya un poco mayor tuve el privilegio de ser invitada por mi tatá a los almuerzos de los domingos. Junto con mi tío Paco y Nano. Éramos los más frecuentes, otras veces iban mi tía Luz, Alma o, pocos más; eran almuerzos muy especiales, nos daban una comida rica y una conversación de “grandes”. El tío Paco, hombre muy cultivado y leído, no nos dejaba pasaba ningún error, nos obligaba a pensar y a decir las cosas muy claras. Al principio me costó entrar en materia con él, pero de a poco y con su ayuda, todo se fue arreglando. Él me indicaba algún libro para leer o me lo prestaba y después, mientras la tatá dormía su siesta, nos paseábamos a la sombra y lo comentábamos. Nano era muy habiloso y rápido en la manera de captar las ideas, a lo mejor mucho más rápido que yo, pero eso, muchas veces, lo hacía caer y mi tío no perdonaba, le hacía mil preguntas hasta que lo dejaba callado. Muchas cosas aprendí de esas tardes porque era un rato no muy largo, mientras llegaba el resto de la familia y allí nos juntábamos niños con niños y grandes con grandes.
Puede haber sido en esa época que Paquito, el hijo mayor de mi tío Paco, se comprometió y llevó a su novia a “presentarla a la familia”. Fue el primer primo que se ponía de novio, toda una novedad. Mi tatá hizo una preciosa fiesta con toda clase de cosas ricas — trabajo de la Antuca—, flores, y toda, toda la familia invitada. De punta en blanco íbamos todos, muertos de curiosidad de conocer a la novia y ¡Una fiesta es una fiesta, para todos los niños! De los novios no recuerdo nada. Mi tía Matilde, la madre del novio, toda empaquetada, elegantísima, igual que todas las mujeres de la familia. Nosotros, los niños, con la mejor tenida, los chicos con sus trajes de marinero, los mayores con lo que fuera, pero bien, es decir todo marchaba más que bien...O sea, que no había sucedido ningún percance, ni peleas, ni quebraduras de vasos, ni heridas, nada. Todo iba bien hasta que llegó el momento de irnos: subimos al segundo piso a buscar nuestras cosa e íbamos bajando la escalera despacito, para no meter bulla, en la punta de los pies, en fila todos los hermanos Sala Rivas, cuando a medio camino...y en un silencio total...Jorge soltó un pun, peo, pedo o como se quiera llamar, apocalíptico, estruendoso, tremendo, escandaloso...que dejó a todo el mundo mudo de espanto y nosotros terminamos de bajar la escalera a toda velocidad y partimos...antes que nos dijeran algo. La tatá nunca le perdonó a Jorge la “grosería” ¡Pobre Jorge, cómo iba a atajarlo si estaba tan nervioso!
Al fondo de la quinta había unos columpios, argollas y un trapecio. Generalmente los primos menores ocupaban los columpios y los mayores los otros aparatos. El asunto era hacer piruetas, cada uno inventaba lo que podía: darnos vueltas, sujetarnos con las rodillas, balancearnos cabeza abajo, tratar de hacer flexiones. Nadie nos guiaba ni nos enseñaban; se suponía que los niños “jugaban”, y lógico que jugábamos, lo que nadie sabía era cómo lo hacíamos. Así fue como una tarde, Mariano como siempre, quiso hacer de “grande” y nos pidió que lo colgáramos del trapecio con las rodillas...eso hicimos ¿Quién podía calcular la fuerza que él tendría para sujetarse? Nosotros, no... Y, para variar ¡¡Se nos cayó!! Con tan mala suerte que cayó de cabeza y se ensartó una piedrita en la cara... ¡Tremendo susto! ¡Lloraba y lloraba! ¡Se armó el escándalo! ¡Las mamás! ¡Las empleadas! ¡Los tíos! Todos tratando de saber lo que había pasado. Afortunadamente, por esa vez, no fue tanto, el susto y una herida que no tardó en sanar y desde ese día pusieron más atención a nuestros “Juegos”.
La tía Luz, hermana de mi mamá, un poco mayor que ella, era muy buena moza y aventurera, siempre andaba de un lado para el otro por el mundo. Inteligente y muy entretenida, le pasaban muchas cosas, conocía a mucha gente, para ella no había imposibles. Educó a sus hijos Alma y Oliverio de una manera distinta a nosotros y con ellos viajó por el mundo entero. Conmigo era muy cariñosa, de sus viajes me traía recuerdos. Una vez fue a Japón y me trajo una muñeca japonesa, no para jugar sino de adorno. Era muy linda, vestida con un kimono, con su gran lazo atrás, sus zapatitos y calcetines, un peinado alto con un moño de pelo de verdad y pintada como las actrices japonesas toda de blanco y con las facciones dibujadas con pincel. Lo más primoroso que tenía era una guagilita a la espalda sostenida con un manto, ¡Se veía muy bonita! Pero lo que a ella se le olvidó fue que tenía otras sobrinas y cuando me entregó la muñeca, a todas les hubiera gustado recibir una. Mi mamá decidió que, para evitar complicaciones, era mejor dividir el regalo y le pasó la guagua a la María Teresa. No sé lo que sentí en ese momento, pero desde entonces me pareció la muñeca distinta.
No éramos ricos, tampoco nos faltaban cosas básicas, a lo mejor no había para caprichos, pero a eso estábamos acostumbrados y era con poco con lo que nos conformábamos. Una de las cosas que nos encantaba era ir a ver vitrinas al centro con la mamá. Ella nos decía que no valía la pena mirar cosas baratas, que si íbamos a mirar, que miráramos las tiendas más caras. Así nos llevaba a las tiendas de joyas donde nos decía cómo se llamaban las distintas piedras preciosas. O nos llevaba a las jugueterías mejores, allí mirábamos todo lo que podíamos, era algo que nos encantaba, no nos cansábamos de mirar y de asombrarnos. Este vitrineo caro no acababa de gustar al papá que decía que nos íbamos a sentir desilusionados si no nos compraban cosas caras, o que nuestros deseos no se iban a cumplir. Nada de eso pasó nunca, era un gozo de la vista y un aprendizaje de cómo son las cosas buenas. En esos paseos nos encantaba que la mamá hiciera sacarse el sombrero a los políticos del momento. Ella nos avisaba:”Miren, allí viene don Gregorio, fíjense”, y a la pasada le decía: “Buenos días, don Gregorio” y él muy serio se sacaba el sombrero y le decía: “Buenos días”. Nosotros nos tragábamos la risa. Eran las pillerías de la mamá. No faltaba el personaje al que hacía descubrirse.
En cambio ir al centro con el papá era muy distinto. Él generalmente pasaba a algunas oficinas para tratar de vender la lana o el trigo. También no faltaba la ida al Banco de Chile y el amigo que lo saludaba e intercambiaba ideas con él. Después de caminar toda la mañana haciendo trámites, llegaba el momento ideal, el tan esperado por mí: un gran vaso de leche batida con vainilla, espumosa y olorosa, generalmente en “El Naturista” o en “La Novia”. ¡Todavía siento el olor a vainilla y me acuerdo de esos días!
En una tarde en que estábamos haciendo las tareas en la mesa del comedor, Pablo empezó a contar chistes: uno y otro y otro más. Nadie sabía que él era tan bueno para contarlos y lo hacía con tanta gracia que nos moríamos de la risa. Pero el asunto seguía y seguía y Pablo se iba poniendo cada vez más colorado, tanto que mi mamá se preocupó del jolgorio que, además, no nos dejaba trabajar a nosotros. Lo tocó y se dio cuenta que estaba ardiendo en fiebre. Así terminó el asunto de los chistes. No creo que fuera nada importante, pero quedó el dicho: “es divertido, ¿Tendrá fiebre?” aplicado a cualquiera de nosotros. Casi un chistecito secreto.
Se acercaba Septiembre, la época de Circo y Teatro. Vino a Santiago la Compañía de la Margarita Xirgú y traía las obras de García Lorca. Mi mamá se volvió loca de ganas de ir y no sé si fue con mi papá o con la tía Chita y el tío Hernán, pero fue a ver algunas. Las obras las daban por la tarde y ella llegaba de noche cuando yo ya estaba dormida...pero era tanto su gusto y su emoción que me despertaba y me recitaba trozos enteros.
De La Casa de Bernarda Alba: en la obra, la abuela toma un niño y lo acuna diciendo:
Ovejita, niño mío, Vámonos a orillas del mar. La hormiguita estará en Su puerta, Yo le daré la teta y el pan.
Bernarda, Cara de leoparda. Magdalena, Cara de hiena¡Ovejita! Mee, meee Vamos a los ramos del Portal de Belén.
Mi mamá tomaba a la Violeta, mi muñeca, y con voz de española y acentuando mucho las letras recitaba el trozo que se acordaba. Y luego al final, cuando descubren a Adela colgada de una viga y embarazada...
Bernarda dice: ¡Descolgadla! ¡Mi hija ha muerto virgen! Llevadla a su cuarto y vestidla como una doncella. ¡Nadie diga nada! ¡Ella ha muerto virgen!
Mi mamá recitaba con toda su voz y entonación: ¡Ha muerto virgen!
Muchos, muchísimos años más tarde fuimos una vez a ver esta obra y ella, a mi lado, encantada, iba repitiendo los trozos que recordaba y lo pasaba muy bien.
Otra de las obras de García Lorca que fue a ver y que le impresionó mucho fue: Rosita la soltera y de ella me recitaba:
Granada, calle de Elvira, donde viven las manolas, las que se van a la Alambra, las tres y las cuatro solas, una vestida de verde, otra de malva, y la otra, un corselete escocés con cintas hasta la cola .
(Claro está que ella me la representaba y actuaba como una actriz y me la recitaba):
Granada, calle de Elvira, donde viiiven las manooolas, las que se van a la Alambra, las tres y las cuatro soooolas, una vestida de verde, otra de malva, y la ooootra, un corselete escocés con ciiiintas hasta la coooola.
Todo esto a media noche...y nos moríamos de la risa las dos, a pesar del sueño tan grande que teníamos.
En la casa de la tatá pasábamos unos momentos muy entretenidos. Nos juntábamos casi todos los primos y formábamos dos equipos de fútbol, ya fuéramos grandes o chicos, hombres o mujeres, pasábamos las tardes jugando, pateando, tanto a la pelota como a las canillas del contrario. Nos caíamos en el maicillo y nos raspábamos las rodillas ¡Había que ver cómo nos quedaban! Y después al colegio. No eran tanto problema los hombres, porque todos los chiquillos estaban con las rodillas rasmilladas, pero yo, una señorita, en un colegio de monjas... era bastante escandaloso. En esos momentos agradecía yo el largo del vestido, así se notaban menos y no había preguntas.
El día de Santa Julia, aunque caía en invierno siempre teníamos una fiesta especial. Los grandes íbamos a almorzar y luego llegaba toda la familia y celebrábamos a la tatá, y también a mi mamá. En la tarde llegaban todos, todos los primos y tíos, tampoco faltaba alguna hermana de la tatá ¡Qué bien lo pasábamos! Había torta mil hojas con manjar, dulces chilenos, dulces de San Estanislao, también hacían unos bollitos de maizena con mantequilla que eran una delicia, al ponerlos en la boca se deshacían solos, y mil cosas ricas que preparaba la Antuca para ese día. Desde varios días antes estaba trajinando y haciendo cosas ricas. Tenía mi tatá, quién sabe desde cuando, una enorme paila de fierro enlozado donde cabían bien unos 20 litros de leche, allí preparaba el manjar. Una delicia. Le quedaba blanco y suave, todo a base de azúcar y tiempo...mucho tiempo perdido en revolver y revolver la leche con el azúcar hasta que iba tomando consistencia. Nosotros los niños mirábamos y mirábamos hasta que nos concedía una cucharadita ¡Para probar! Eso sólo a los privilegiados porque a los otros no les tocaba nada y luego, cuando estaba listo y guardado para la torta y los dulces, nos dejaba raspar la paila. También eso cuando estaba de buen humor, otras veces lo hacía cuando nosotros estábamos en el colegio.
La tatá era una señora que, además de bonita, era muy distinguida y con gustos finos. A ella le gustaba que se sirvieran en la mesa las comidas y las bandejas las arreglaban de manera que fueran, además de buenos alimentos, bonitos en su presentación. Todo esto presentado en bandejas de plata lo que le daba un gusto especial y a nuestros ojos una categoría importante, así aprendimos a servirnos. Por la tarde, cuando servía el té lo hacía con un servicio de plata que tenía una preciosa tetera gorda y chata y siempre acompañado de algo que nos gustaba.
Mi papá encontró un hombre que había puesto un taller de pantalones a medida. Estaba en un sitio bastante escondido en el centro, era Leo Shantz, un judío que pudo escapar de los nazis. No fue mucho lo que se demoró el papá en llevar a mi mamá, a la Marisol y a mí para que nos hiciera unos pantalones a la medida. Además, nos hizo unos para montar a caballo —guarda peos, le decíamos nosotros, porque eran medio bombachos—. Era el sastre muy cuidadoso en tomar las medidas y nos hizo unos pantalones muy, pero muy justos, por más que le reclamábamos que nos molestaba el tiro, él decía que así caía bien. Nunca nos pudimos acostumbrar a esos pantalones, pero sí “caían bien”, y cuando había visitas nos los poníamos. Tales pantalones duraron y duraron años, hasta que me quedaron chicos. La mamá tuvo que aguantarse el tiro, porque ella no creció más.
1945
Pp arece que la casa en Echaurren no nos quedaba muy cómoda y ese año mi mamá encontró un piso en el Pasaje República, un departamento muy cómodo y grande: tres o cuatro piezas con ventanas a la calle, baño, un living grande, comedor independiente, cocina, despensa, habitaciones para las empleadas con su baño, un patio de luz donde mi mamá acomodó sus jaulas de canarios. Yo tenía una estupenda pieza, con muebles míos que los pude comprar con el producto de la venta de la miel y de la cera. Tenía una cama, un velador, un extraño mueble negro con unos óvalos celestes a todo su alrededor donde ponía toda mi ropa, en fin no necesitábamos nada más porque teníamos sitio para todo y... ¡La calle para jugar! y muchos amigos e hijos de amigas de mi mamá, así es que cuando volvíamos del colegio no nos faltaba dónde jugar.
El año 1945 fue para mí un año muy especial, dejé de ser niña para hacerme mujer. El cambio no fue muy de mi gusto: me vino la regla y con ella molestias y dolores, nunca sabía qué día me tocaría ni como estar prevenida, menos mal que por información no quedé corta, pero pude entender muchas cosas de mis compañeras que antes eran para mí un misterio. Junto con este acontecimiento me empezó la “revolución de hormonas”, mi cuerpo empezó a cambiar, también mi ánimo y mi genio. Empecé a tener problemas con mi mamá, ella que fue siempre mi apoyo y mi ayuda ahora yo me embestía con ella por cualquier cosa. Me empezaron a salir espinillas, el pelo se me puso grasiento y hediondo. También empecé a sentir un olor desconocido en mi ropa, tanto que llegué a creer que otra persona se la ponía. Menos mal que en ese tiempo llegó la tía Luz de Estados Unidos y de regalo me trajo un desodorante Roll-On, tenía un rico olor y me ayudó a suprimir el olor de la ropa. Seguramente no habría en el país, lo único que recuerdo es que mi mamá me daba bicarbonato para ponerme debajo de los brazos. Otra cosa importante que me pasó es que empecé a crecer, porque yo era de baja estatura, de las más chicas del pensionado y en el curso del año pasé a ser de las más altas, no sé cuanto podría haber crecido, pero era lo suficiente para que me dolieran las rodillas cuando corría. Tiempo de desarrollo ¡Mal tiempo! Me veo flaca como un palo, sin curva ninguna, sin nada de gracia, parece que los brazos los tenía más largos de lo normal, y nada de lo que tenían mis compañeras y que las hacía verse mujeres, yo tenía ¡¡Soñaba con engordar, soñaba con tener pechos y caderas!! Comía más de la cuenta y todo se me iba en gastar, en correr y en moverme.
En el colegio las cosas tampoco marchaban bien, mis compañeras de curso eran bastante maldadosas, se burlaban de todas las que se ponían cerca con algún defecto o decían algo de lo que se podían burlar. Recuerdo que una vez —o varias veces— le ponían papelitos en la cabeza a una compañera que era enferma de tímida y le decían: “Un burrito de San Vicente lleva carga y no la siente”. La pobre se ponía roja como una guinda y no se atrevía a hacer nada, esto fue hasta que yo me enojé, porque ella era amiga mía, y siguiendo las indicaciones de pelea que me enseñó mi papá, eché el brazo atrás y le socorrí un puñetazo a una chiquilla que la hizo ver estrellas. Fue un escándalo, la chiquilla lloraba, las otras gritaban, las monjas se llamaban...los Clics sonaban y sonaban y nadie les hacía caso, hasta que me llevaron donde la Madre Serrano para que me llamara la atención. Ella, como siempre, quiso saber el porqué de mi furia y yo se lo dije, supongo que me puse a llorar, porque en ese tiempo lloraba por cualquier cosa. Ella comprendió y me ayudó; no era fácil, pero ella lo hizo. Desde ese día tuvieron buen cuidado en andar lejos de mis puños, pero...un día tuvieron su revancha. Estábamos hablando, de lo que hablan las chiquillas que tienen las hormonas revolucionadas, y tuve la mala idea de decir que Raúl era muy buen mozo... ¡Para qué querían más! Empezaron a hacer un coro y decían: “Rrrápido corrrren los rrrrieles por el ferrrrocarrrril” Acentuando las rrrr para que se notara que era por Raúl, y ellas ni sabían quién era este Raúl y ni creo que lo supieran nunca, porque no era del grupo de ellas, ni tampoco mío, era el segundo hijo de una amiga de mi mamá. ¡Así eran las cosas de las chiquillas!
Más cosas pasaron en el colegio. Parece que los corredores eran más largos que nunca y estaban más encerados que el año anterior, eran una tentación demasiado grande para un grupito de amigas y corríamos por ellos a toda la velocidad que nos permitían las piernas y, al llegar a las esquinas nos tomábamos con la mano en la pared y salíamos despedidas al otro tramo. No fue una vez ni dos que al salir del impulso nos vimos ensartadas en alguna monja que fuera de decir: “Ave María” no alcanzaba a más, pero fueron con el acuse a las Superioras quienes decidieron acabar con la entretención haciendo una llamada de atención en el Estudio. Me parece que lo que desencadenó todo fue el aterrizaje en la Superiora de alguna de nosotros. Fin de la entretención, porque la amenaza fue despedirnos del colegio a la que lo volviera a hacer. ¡Qué remedio!
Por lo menos a mi no me faltaba la manera de quebrar las reglas y mi conducta era cada vez peor. ¡Vengan comunicaciones! ¡Vayan castigos! ¡Penitencias! y otras linduras. Pero ya no había quién me gobernara, ni nada que me gustara ni a quién quisiera. ¡Horrible edad del crecimiento!
Así fue pasando el tiempo y llegó el momento en que se dictó una Ley por la cual toda la población se debía vacunar o revacunar contra la viruela. De Sanidad fueron al colegio y por cursos nos vacunaron a todas, con mayor o menor virulencia, nos tenía que brotar a todas o había que volver a vacunar. Recuerdo con espanto la reacción que tuve, se me inflamó la pierna entera, fiebre y malestar, luego se me hizo un grano muy grande que tardó mucho en sanar. Pero el asuntito no hubiera sido tan tremendo si no nos hubiera tocado la Revista de Gimnasia y si no hubiera sido yo segunda cabeza de fila, pero las cosas se dieron de tal manera que no pude faltar y con mucha fiebre y malestar me tuve que presentar y hacer lo que tenía que hacer y ¡No me pasó nada, ni desmayo, ni falta alguna!, pude terminar la actuación bien y después me fui ¡A la camita!
Durante ese año las niñas que cumplían los 15 años daban un pequeño “bailoteo”. Se juntaban unas pocas chiquillas y los pocos jóvenes conocidos para bailar, lo que se supiera. Yo no sabía bailar y era bastante tronco para llevar el compás por lo que mi mamá tomó una determinación: “no sería yo la que planchara en las fiestas por no saber bailar” y se notició de una academia de baile que quedaba cerca de la casa y, con la tía Chita nos matricularon, a mis primas y a mí; ¡Vaya clases esas!, un montón de niñas de nuestra edad haciendo los pases para poder seguir a la profesora y a su marido; así “paso a paso y golpe a golpe”, ¡De puntero, claro está! Aprendimos a bailar rumba, zamba, corrido, vals, bolero y ¡Hasta ahí llegamos! Porque el paso siguiente era meterse en los caracoles del tango y eso fue imposible a aprender.
Ya preparada me invitó Marisol a su fiesta y muy arregladita fui. Habían unas seis parejas: las mujeres compañeras de colegio y las hermanas de Marisol más los varones, amigos de sus hermanos. La música eran discos de 78 rpm o sea viejos y cascados. No importaba tanto porque el alboroto de los hermanos menores de Marisol y seguramente amigos de ellos apenas dejaba oír algo. Era mi primer encuentro social, mis primeros bailes, en realidad todo era primer... en ese bailoteo; también fue el primer encontronazo que tuve con un avispado joven que, con la mano que tenía por detrás de mi cintura, la fue subiendo hasta ¡Tocarme el pelo! ¡Ojalá nunca lo hubiera hecho porque de un puñetazo lo separé de mí! Estaba enfurecida, yo no sabía que se podían tomar esas libertades. Fue un momento terriblemente conflictivo, y debe haber intervenido la madre de Marisol para calmarme porque del resto no me acuerdo. La sensación de atropello, por no decir violación, me dejó por mucho tiempo marcada.
Mi pelo, mi pelo liso y lacio tenía muy poco arreglo. Ya no se usaba el pelo corto como paje, sino las melenas largas y onduladas, los pelos pesados y armoniosos, no tenían nada que ver con lo que naturalmente tenía yo. En uno momento de inspiración mi papá me llevó donde una señora amiga suya que tenía una gran peluquería en el centro de Santiago, nada menos que en el Hotel Carrera. Allí la señora le propuso a mi papá: una permanente, y sin más me vi sentada como una mujer grande en un sillón y con mis mechas metidas en un artefacto que parecía electrocutador. Yo no me atrevía ni a moverme, me parecía que me iba a dar la corriente, y empezó a hacer calor, y a salir vapor, y a oler a quemado... Ya me sentía pelada al rape cuando me sacaron del artefacto y mi pelo quedó ¡Crespito! ¡Parecía africana de pelo rubio! Después me peinó y sí, no puedo decir nada, me veía bien, no era yo la de siempre, pero me veía mejor... Hasta que la semana siguiente me lavé el pelo se encrespó entero, toda la cabeza era una mata de crespos, ¡Un espanto! Tuve que volver donde la señora para que me peinara. Fue un asunto de nunca acabar porque, o tenía el pelo liso y lacio o crespo de mota. Mi mamá descubrió que si me ponía unas tiras enroscadas al pelo en las noches, me quedaba bastante aceptable, y eso fue lo que hicimos durante muchísimos años.
También yo cumplí quince años y aunque un poco más tarde, también tuve un bailoteo, fue en casa de mi tatá, fue algo muy chico y más que nada simbólico, porque estaban mis amigas más íntimas y los primos. Todos los primos de todas las edades que lo más que querían era molestar a los que eran un poco más grandes y comer torta. La música fue un problema porque no teníamos como poner los discos hasta que apareció una victrola del año de ñauca, pero que sonaba con los discos y ¡Hasta pudimos bailar! Uno, dos, vuelta al pie. Y, uno, dos y vuelta al pie. No podíamos ni respirar porque perdíamos el compás, ¡Menos mal que fue corto y temprano se fue todo el mundo, después de comerse una rica torta de la Antuca!
Frente a nuestro departamento daba la parte de atrás del Laboratorio Chile, los garajes, bodegas y un montón de cosas desechadas. Una noche despertamos con una alarma ¡Se estaba quemando la parte de atrás del Laboratorio! A toda prisa nos vestimos con lo que tuviéramos más a mano, los bomberos nos apuraban, las sirenas sonaban, las bombas atronaban el silencio de la noche con su ulular. Parece que mientras más prisa, más torpes estábamos todos los habitantes del edificio. Rápidamente nos sacaron y nos mandaron a otro edificio donde gente de buena voluntad nos acogió. Fue un susto terrible, yo siempre le he tenido miedo al fuego desde el incendio en el fundo y ahora con las llamas tan cerca era aterrador. Menos mal que quedamos todos juntos en la casa de una conocida de mi mamá y allí había una niña más o menos de mi edad, con ella hice una buena amistad.
Del Laboratorio Chile no quedó nada más que cenizas y fierros retorcidos, se tuvieron que ir a otra parte menos central y, al tiempo después arrendaron los garajes a unos italianos representantes de unos autos preciosos. Si no recuerdo mal eran Cisitalia, si es que se escribe así. Los mecánicos no hablaban nada de castellano y mi mamá, de sus recuerdos en Italia alguna palabra recordaba y les metía conversación cuando salía a comprar algo. Ellos se encantaban con ella y con nosotros que metíamos la nariz por todas partes. Una vez uno le dijo a mi mamá que a ella sí le entendía porque “parlaba cosi bene lo spañolo” ¡Y ella es forzándose tanto por sacar su italiano a flote!
Una tarde llegaron Pablo y Jorge felices del colegio ¡Los habían propuesto para la tropa de Lobatos! Una actividad previa a los scout, estaban felices. Nos contaban de las cosas que aprendían, los nudos, la pañoleta, los paseos que harían. Mi mamá muy contenta y yo... con una envidia tremenda, en esos tiempos no había guides, las mujeres estaban excluidas de esas actividades ¡Cuánto me habría gustado a mi ser scout! Pero ya que no podía participar, ayudaba a mis hermanos y de paso aprendía a hacer nudos y nos preparábamos para hacer nuestras excursiones en el fundo. Era una ilusión que me mantenía un poco despierta porque estaba pasando unos momentos de pesadilla:
El colegio: una pesadilla El uniforme: una pesadilla Mi pelo: una pesadilla
Mi familia: una pesadilla Mi cuerpo: una pesadilla
En casa buscaba pelea a mis hermanos, hasta lograba sacar de sus casillas a Pablo. Con Jorge no era problema porque con cualquier cosa entrábamos en conflicto y acabábamos peleando. No sé ni como mi mamá me aguantaba tanto desorden. Mi aliado en todo era mi papá, seguramente le daría lástima ver a su regalona disparando a diestra y siniestra. Él me convidaba a pasear, a tomar leche con vainilla y a comprar ropa adecuada para “una señorita”. Bien poco me gustaba esa parte del asunto, pero él no me preguntaba nada sino que llegaba a casa con su paquete de vestidos o de zapatos que eran un suplicio, jamás hubo un zapato que me acomodara, los que más toleraba eran los zapatones del uniforme y unas sandalias carmelitanas ¡Mis pies no se hicieron para ponerse zapatos, lo mío era andar descalza! Lo que en Santiago era imposible.
Estaba terminando el año escolar y yo ya no podía más con el colegio. Menos mal que en un momento de acercamiento pude hablar con mi mamá de ello. Me encontró toda la razón y me dijo que hiciera como mejor me conviniera. Una tarde fui a la Maisonnette a hablar con Madame Gabriela, ella me conocía desde muy chica y sabía cómo era yo. Le expliqué mis problemas en las monjas y me dijo lo más lindo que se le puede decir a una adolescente: “El colegio está abierto para ti, mejor dicho, nunca ha estado cerrado, cuando quieras vuelve a tu puesto”. Entre lágrimas la oí, pero...tenía que cumplir con un trámite legal: las alumnas en las monjas no daban exámenes válidos, entonces tenía que dar “Madurez para cuarto de Humanidades”. Ella me explicó lo que tenía que hacer en el Ministerio de Educación y me dio una recomendación. Al día siguiente falté al colegio y fui al Ministerio que quedaba muy cerca, llené los papeles y se los llevé a Madame para que les diera su aprobación. Ella los firmó y me dio los planes de estudio que tendría que estudiar durante el verano para dar los exámenes en Marzo. Todo me salió bien y cuando fui a hablar con la Madre Serrano a contarle que me retiraba del colegio ella fue muy cariñosa y me comentó que ese colegio no era para personitas como yo y, quedamos tan amigas como antes. Ya ni me interesó el final del curso, ni la Kermess ni la Revista de Gimnasia, todo pasó a segundo orden. Mi mamá me financió los libros en los que tendría que estudiar para aprobar “La Madurez”. Eran tres cursos y con materias que yo no había estudiado, pero los libros eran interesantes y enganché con ellos. Desde el principio empecé a estudiar con un plan nada que ver con mi anterior comportamiento, ahora sí que había cosas que me interesaban, y un motivo para estar alerta.
De todas maneras, seguía yendo a almorzar a casa de mi tatá los domingos y ahora tenía tema para hablar con mi tío Paco. Él se interesó mucho en mis estudios y me enseñó a estudiar con orden y no sólo las cosas que me gustaban, él me metió con las asignaturas que yo más odiaba como historia, él sabía encontrar el punto que me pudiera entretener, y fui una alumna aprovechada.
No todo era hablar de cosas serias los domingos, también armábamos unas “pichangas” en el maicillo de delante de la casa, marcábamos los arcos y nos sorteábamos los primos en dos grupos iguales y... vamos jugando y pateando la pelota y las canillas de los que se pusieran por delante. En uno de esos partidos me torcí una rodilla y quedé con un dolor muy grande, no pude seguir jugando y ni siquiera pude andar. El lunes me llevaron al doctor Johow él me vio y dijo que mientras durara la inflamación no podía hacer nada, así es que me vendó y me citó para la otra semana. ¡¡Pobrecita yo!! En camita, pero si no me levantaba no tenía dolor. Pronto me conformé y empecé a estudiar con muchas ganas lo que me sirvió para adelantar en las materias.
Pasado el tiempo prescrito por el doctor Johow lo fuimos a ver y dijo que tenía dislocado un menisco y que de momento no había nada que hacer salvo tener la rodilla inmovilizada. Me puso un yeso y...otro mes de descanso.
Es muy aburrido estar en cama especialmente para una persona tan inquieta como era yo, mi mamá hacía todo lo posible por ayudarme, hasta salíamos a dar una vuelta por el barrio y si en el Cine República daban alguna película para niños, también me llevaba. ¡Cuántas malas cosas quedaron borradas entre nosotras! ¡Con cuanto amor me trató mi mamá!
Todos los años teníamos vacaciones de invierno, dos semanas que nos servían para descansar y separar los dos semestres. También en septiembre teníamos otras vacaciones extras de unos diez días, dependiendo del día en que se celebraran las Fiestas Patrias. Lo habitual era salir de Santiago, nosotros íbamos a pasar esos días a Las Cruces, a la casa de doña Blanca.
La costa central es fría y húmeda en el invierno. Si no llovía, había una garúa mojadora. Nada impedía que saliéramos bien abrigados, ya fuera a las playas del norte, a buscar conchitas y a correr, correr con el viento desordenándonos el pelo, azotándonos la cara. Otras veces íbamos por el camino a Santiago hasta una laguna muy linda de juncos y totoras, donde iban a pasar el invierno una multitud de pájaros que luego anidaban: había patos silvestres de todo tipo, desde las taguas hasta los patos grandes y los cisnes de cuello negro que son una maravilla de la naturaleza. “Los bellos cisnes de cuello negro, de terciopelo, se han ido lejos porque del hombre tienen recelo” escribía Magallanes-Moore. Nos acercábamos todo lo que podíamos y más de una vez nos mojamos los pies en las orillas.
Si la lluvia era fuerte nos quedábamos en casa y organizábamos juegos, no muy ordenados y bastante bulliciosos. En esas oportunidades mi mamá nos enseñaba los juegos de naipe que su abuelo Juan Francisco les enseñó: póker muy elemental y 21 real. Fuera como fuera ella siempre nos salía ganando todos los porotos apostados.
A veces mi papá iba con nosotros y se quedaba unos días. Con él todo era deporte y paseo, no importaba si hacía frío o estaba lloviendo, él decía que los cambios de temperatura eran buenos para la salud. Caminar con él a tranco largo y rápido nos calentaba el cuerpo, nos ponía coloraditos y contentos: si íbamos a la playa ¡era una fiesta!, competencias de salto largo, carreras y competencias para levantar pesos. Con piedras redondas hacíamos pesas y luego las tirábamos. Hacíamos flexiones de tronco y profundas inspiraciones, para desarrollar los pulmones, eran muy importantes, en especial para mí, que había tenido una pulmonía años atrás, por lo que tenía que recuperar lo perdido.
Después de tanto ejercicio llegábamos muertos de hambre a devorar los pescados y mariscos del tiempo y unas “porotadas” de antología.
Me parece que no hubo rincón que no trajináramos, ni playas donde no nos metimos, ni árbol al que no nos encaramáramos. Nos llamaba la atención unos eucaliptos que había en un llano sobre las rocas de las playas, allí soplaba el viento todo el tiempo y los viejos árboles crecían inclinados al oriente, casi en paralelo a la tierra.
¡Qué rico era respirar el aire de mar oxigenado, puro y salado, con un olor a vida que nos llenaba los sentidos!
Con la marea baja íbamos a la Punta del Lacho a escalar rocas, había una más alta desde donde mirábamos el inmenso océano y las olas que subían y bajaban moviendo los huiros y los cochayuyos como enormes cabelleras de un lado a otro. Así muchas veces, en un arranque de inicio romántico, pensé que sería mi vida, arrastrado de un sitio a otro. Cuando la marea estaba alta, se formaban grandes olas que reventaban con una fuerza titánica en los roqueríos, vaporizando el agua. Si lográbamos convencer a los papás que nos acompañaran nos encantaba acercarnos lo más posible hasta sentir la neblina mojadora y energizante.
Entre las rocas, casi al final de la Punta había una poza que se limpiaba con la marea y era un cultivo de moluscos y de cangrejos de todo tipo. Cuando se podía llevábamos unos tarros perforados y amarrados con un cordel, le poníamos de cebo unos choritos machacados y los dejábamos hasta que los langostinos se acercaban a comer y los recogíamos. Nos sentíamos ¡Pescadores! Doña Blanca tenía la paciencia de hervirlos y de servirnos un plato de pequeños langostinos rojos y finos que apenas tenían sabor.
A pesar de que en la Playa Grande sacaban muchas jaibas moras, nunca pudimos sacar ninguna, por lo visto hay que saber hacerlo porque se entierran en la arena. Dicen que se sacan con unas tablas con clavos, pero no me consta.
En el almacén de las Uribe, de las viejas Uribe, hacían pan amasado. Debe haber tenido una gran cantidad de grasa porque era riquísimo, claro ¡Era antes de la era del Colesterol, de las UV y de otras miserias! Además de almacén era la única central telefónica, así es que toda la gente del balneario se reunía para copuchar mientras esperaban el turno. Nosotros acompañábamos a mi mamá y de paso jugábamos con las niñas Uribe, ellas no tenían edad, puede que fueran de mi edad o mayores o mucho menores, ellas se conservaron igual por décadas. La central telefónica era muy antigua, con contactos en un panel donde se enchufaban unos pitutos de colores y así se conectaba a los teléfonos.
Por la orilla del mar, hacia la Punta del Lacho, había un acantilado de rocas, entre ellas un caminito de apenas una persona por el que nos íbamos en fila india con la mamá en busca de los tesoros que las playitas nos tenían cada día. Más allá de la caleta de pescadores, bien escondida entre dos grupos de rocas, había una gruta con una Virgen de Lourdes muy bien arreglada. La gente la visitaba y estaba siempre con flores frescas y velas encendidas. Al pasar se nos escapaba una Ave María para que la Virgen nos acompañara. Pasando por entre las rocas había una pasada bien peligrosa y donde siempre nos ayudábamos unos a otros para caer en una playa muy blanca llena de conchitas de todas clases. Siempre empezábamos a juntar unos caracoles blancos muy dibujados (príncipes) otros gordos y pardos (los generales), otros largos, cónicos y flacos (princesas) unos negros chicos y nacarados (soldados), y otros negros con rayas blancas (trabajadores). Con conchas de locos delineábamos los castillos y con lapas dibujábamos los torreones. Con todo este dispositivo podíamos pasar todas las tardes inventándonos cuentos y haciendo batallas, robándonos las princesas y los príncipes rescatándolas. Al fin de los cuentos teníamos que volver con el frío de la tarde a refugiarnos en la casa y a seguir en los cuentos que no acababan. Fuimos niños felices y muy entretenidos.
En el colegio todo seguía igual. Yo cada vez más rebelde. En casa tampoco las cosas mejoraban, ¡Qué distinto era todo cuando estábamos de vacaciones de cuando llegábamos a Santiago! La adolescencia me tenía fatal. Yo creí que jamás saldría adelante, pero tenía una madre que se las sabía todas. Ella me fue guiando poco a poco, a veces con la ayuda de mi tía Chita otras con la ayuda de mi papá. Ella fue a la que se le ocurrió que, para acortar el año escolar, acompañáramos al papá al fundo en septiembre. En esos tiempos teníamos quince días de vacaciones de invierno y otros quince días en septiembre.
Fue un viaje inolvidable, nos fuimos en tren a San Carlos. El paisaje era muy diferente al del verano, la cordillera estaba muy nevada, los ríos tremendamente caudalosos y los potreros empezando a verdeguear. Como siempre fuimos tratando de reconocer las cumbres que conocíamos y el viaje se nos hizo cortito.
La sorpresa mayor fue la llegada a la estación, nos esperaba Lorenzo Contreras con los caballos ensillados. Muy poco equipaje teníamos por las dificultades para llevarlo, eso lo debe haber sabido el papá, porque nosotros no sabíamos nada. Llevábamos una pequeña maleta que cargaba Contreras y, al pasar por el pueblo, fuimos donde las Lamas a llevar las prevenciones con mercadería, tanto las del papá como las de Pablo. En mi montura no se podía poner nada porque la silla era inglesa con doble pellón de cuero de oveja.
Clic, clac, clic, clac...sonaban las herraduras de los caballos en el pavimento y luego, un poco más suaves, en el camino ripiado que va a la cordillera. Al principio era muy entretenido ir viendo el paisaje, las chacras en los alrededores del pueblo estaban aradas y listas para ser sembradas de papas. Lento, muy lento íbamos a compás de la marcha de los caballos. Mi papá nos decía: “Sáquele marcha, no lo deje trotar, acórtele las riendas, afirme las piernas”. Nosotros hacíamos lo posible por obedecer porque él era un ejemplo. Firme, derecho, con sus piernas muy apretadas a los costados, su caballo le obedecía en todo.
No tengo muy en la memoria cuales caballos montábamos, pero lo más posible es que Pablo fuera en La Chiripa y yo en La Canela, dos yeguas mansas, pero con buena marcha.
Muy lento íbamos rumbo a San Roque, de mi tío Hernán Rivas, allí dormiríamos para salir muy temprano al Durazno. Llegamos a “Tres Esquinas” y tomamos el camino a Zemita. ¡Hasta aquí nos llegó el ripiado! Todo lo que seguía era barro, barro blando, batido con mucha agua por las lluvias primaverales. Había que estar atentos a las pozas porque no se sabía cuan profundas eran, o sea ¡Ocho ojos fijos en el camino! Ni nos dimos cuenta de que el paisaje estaba cambiando, hasta que al llegar a las casas de Zemita nos sorprendió el denso y profundo olor de los inmensos y viejos aromos, que empezaban a amarillear. Fue la bienvenida a “nuestras tierras”. Llegando a las casas de Zemita tomamos el camino a San Roque, cortito se nos hizo esa parte del camino porque era conocida y, bien conocida por nosotros.
La dueña de casa nos atendió muy bien con una comida rica y nos pudimos acostar a dormir para recuperar fuerzas para el día siguiente. Después de desayunar, muy tempranito por la mañana, empezamos a caminar hacia el Durazno. Parece que por la noche cayó algo de lluvia porque los aromos estaban cargados de agua, largo el camino entre los árboles con flores, tan olorosas...llegamos a la Cuesta Blanca y casi de inmediato a los pinos huachos. Estos pinos son los que dejaron sin talar de un bosque que plantó el abuelo de mi mamá y que ella vio regar con pipas de agua cuando era niña, por eso tenían una significación especial para nosotros, árboles inmensos que sombreaban el camino y daban un olor muy característico. Poco a poco el paisaje iba cambiando, de pinos a potreros barbechados, listos para la siembra de trigo, con uno que otro roble desmochado para que no sombrearan la cosecha. Clic, clac; clic, clac...iba pasando la mañana, clic, clac, clic, clac, nos ibamos acercando a nuestro destino. Las nubes que cubrían la cordillera se movieron y nos dejaron ver los volcanes, el Chillán y el Longaví, ¡Preciosos y todos blancos de nieve! Y...los Zorrinos...ya estábamos casi en casa, todo era conocido y el papá nos iba diciendo donde pensaba sembrar o cual potrero iba a dejar en rezago...donde iba a poner las ovejas para que parieran sin peligro...los parideros que iba a mandar a construir...en fin todos adelantos para la mejor explotación de esas tierras.
Así llegamos al Calvario y desde allí se podían ver los castaños que estaban empezando a brotar, se veían casi sin hojas, tristes. Nos parecía mentira que esos árboles fueran los mismos bajo los cuales jugábamos en verano. Todo era distinto, pero también excitante.
Días de fundo en primavera, de tiempo cambiante, bastante fresco. En la huerta no había nada, estaba toda arada esperando que brotaran los almácigos para replantar... tiempo de primavera muy lindo todo, pero ¡Bastante pobretón! Nos arreglamos con lo que había. La Ramona era nuestra dueña de casa y se las ingeniaba para darnos de comer con lo que llevábamos y con lo poco que había, o sea, porotos y papas viejas. Cuando la dieta se hizo carente de proteínas el papá nos pasó la escopeta, dos tiros y nos mandó ¡A cazar! No era tiempo de conejos así es que nos pusimos a acechar ¡Pajaritos! Vimos una bandada de torcazas que volaba de un lado a otro, la fuimos siguiendo por La Borracha y al caer la tarde las vimos posarse en un roble al medio del potrero. Despacito nos fuimos acercando, y cuando estuvimos debajo, pusimos la escopeta afirmada en el suelo y apuntando al bulto ¡Disparamos! De los tiros que nos dio el papá, ocupamos sólo uno y bajamos siete torcazas, no sería mucho, pero eran ¡Proteínas! La Ramona se encargó de faenarlas y de cocinarlas, quedaron convertidas en un puñado de huesos con una carne negra bastante hostigosa que a mi papá le gustó, pero a nosotros no, las comimos porque había que hacerlo.
En el potrerillo que había al lado del camino había una vega, en el verano no se notaba, pero ahora estaba muy mojada y con las casas de los camarones fresquitas, nos dieron el dato de cómo sacarlos y una tarde partimos los hermanitos a “camaronear” a pura mano. Cuando encontrábamos una casita, metíamos la mano y hacíamos el vacío subiendo y bajando la mano, rasmillándonos los nudillos, pero... ¡Premio! Un camarón entre los dedos, nos entusiasmamos y empezamos a buscar en un lado y en otro hasta que logramos unos cuantos, así con las manos sangrando llegamos con nuestro trofeo ¡¡La cena!! Estaban muy ricos, mucho más ricos de lo que jamás probé, porque era el tiempo y nos habían costado nuestro trabajo y ¡Nudillos!
El río sonaba como nunca lo había oído y al hablarlo con el papá dijo que seguramente estaba crecido y un día fuimos los tres, bien abrigados a verlo. Nunca lo había imaginado, el remanso donde nos bañábamos en el verano estaba lleno, no se veían las piedras donde nos asoleábamos, y corría muy fuerte, impetuoso, achocolatado arrastrando ramas y piedras de la cordillera, un espectáculo impresionante ni parecido al manso río donde nos bañábamos en verano ¡Impactante!
Una cosa que nos llamó mucho la atención era el frío de la casa. Era una casa de madera de roble sin más abrigo, las piezas daban a un corredor y el viento se colaba por todas partes, en especial por las ventanas que no tenían vidrios sino tapas de madera. A nosotros nos calentaban la cama con ladrillos calientes envueltos en un paño y por la mañana nos despertaban con el desayuno calientito que nos sabía a gloria. También nos calentábamos en la cocina y en la galería ponían un gran brasero que nos entibiaba las noches.
No recuerdo haber tenido lluvia, pero el sol calentaba poco. El pasto de los potreros estaba muy verde y las ovejas se engolosinaban con él. Era tiempo de parición, tiempo de corderitos ¡Qué lindos eran!
Como copitos de nieve unos, y otros con la cabeza negra —eran las dos razas de ovejas que había en el fundo—. A las ovejas de término las llevaban a los corrales y en el galpón de la esquila, parían. Eso se empezó a hacer porque mi papá se dio cuenta de la cantidad de corderos que se perdían porque las madres primerizas las dejaban abandonadas, y a otros se los comían el zorro o el puma. No faltaba la oveja que no reconocía a su hijo o que malparía, entonces, esos corderitos los llevaban a nuestra casa y la Ramona les daba de comer con una mamadera. Ese año yo también colaboré en esa faena y me sentí mamá ¡Qué hermosos eran los corderitos y qué cariñosos! Nos seguían por todas partes, hasta que los ovejeros les encontraban una madre sustituta.
Otra entretención que teníamos era salir con los hijos de la Ramona a buscar pinatras y quideñes, unos hongos que le salen a los robles y a los hualos; eran muy ricos, sobre todo cuando son pequeños, son muy sabrosos ya sea comerlos recién sacados o aliñados como ensalada. El sabor lo tengo en el paladar y lo reconocería en cualquier lugar, fue parte de las aventuras de ese paseo.
Entre tortillas al rescoldo, picantes, mote y quideñes, el tiempo pareció volar y las dos semanas pasaron y tuvimos que empezar a volver. Siempre duele dejar lo que se quiere, pero ya volveríamos en el verano.
Tuve un problema, la noche anterior me vino la regla, tuvimos que romper una sábana para que yo la usara, ese no era tema a tratar con el papá además ¡Ni se me ocurrió decirle nada! El camino se me hizo eterno, los calambres, el dolor, la incomodidad, cada paso de la Canela fue un suplicio. Me afirmaba con las dos manos a la montura para ver si me podía acomodar, pero nada. A duras penas llegamos a San Roque donde me prepararon una tina de agua caliente ¡Qué alivio! Me relajé, me sentí nueva y optimista para enfrentar el día siguiente. Una sopita y a dormir que al otro día había que partir muy temprano para tomar el tren en San Carlos.
Molestias más, molestias menos llegamos a la casita y ¡Qué bueno fue volver a estar con mi mamá y contarle mis desventuras! Sea como sea y a pesar de la adolescencia tan rebelde, había momentos en que todo se me olvidaba y los brazos de la mamá estaban allí para confortarme.
Llegó la primavera, rápidamente el calor y el fin de curso. Dejar el colegio, las monjas o las compañeras no fue tan terrible como lo creí. Tenía algo importante en la mente: aprobar el examen de Madurez para entrar a cuarto año de humanidades. A pesar del desorden de la edad tenía algo donde descargar toda la energía, la mental y la física. Ese verano seguí creciendo en estatura y madurando.
1946
Pp or tener que dar los exámenes en Marzo, ese año volvimos antes a Santiago. Yo estaba con idea fija y todo lo que pensaba era en los exámenes. A los pocos días tenía ya las fechas. En dos días y en doble jornada tenía que rendir Matemáticas, Castellano, Historia y Ciencias. Los exámenes eran en el Liceo que estaba en el centro y eran individuales, y orales. Cada materia tenía una sala de clases con su nombre escrito y una profesora. Las alumnas entrábamos, dábamos el examen y nos cambiábamos de sala, un poco desorientador, pero había que hacerlo. Lo bueno era que daban la nota al instante, así se sabía cómo nos había ido: aprobar o suspender.
En todo me fue bien, ya estaba con todo terminado, hasta que me llegó la última materia: Matemáticas... empezó el examen con una materia con la que no tuve problema, todo iba sobre rieles hasta que me pusieron una ecuación de segundo grado, cosa que yo no había visto nunca, no sabía lo que era y así se lo dije. La profesora me miró con pena y me dijo: “No puedo aprobarla para entrar a quinto año de humanidades” a mi se me abrió la mente y le dije: “¡Pero si voy a cuarto”! y ella me felicitó y me aprobó. ¡¡Misión cumplida!!
Ya estaba con mi papeleta lista para ingresar a la Maisonnette, mi colegio de niña, me sentí muy contenta y, claro ¡Contenta yo, contentos los padres, contenta la familia y ¡Aliviados de que por unos días iban a descansar de las furias adolescentes!
Dejé para siempre el pesado uniforme de lana azul con sus cuellos y puños almidonados para usar el lindo uniforme del nuevo colegio: falda escocesa con blusa blanca y chaleco azul, se veía tan bonito y tan sentador como un traje de fiestas.
Éramos un pequeño grupo de alumnas, doce en total y nuestra sala estaba en el segundo piso ¡Tantas cosas que aprender! ¡¡Tantos libros que leer!! ¡Tanto apuro por desarrollarme! Parecía que el cuerpo me crecía de dentro para fuera, no engordaba ni un gramo y seguía creciendo, parecía un palo de escoba sin curva ninguna, pero sintiendo que me hacía mujer. Sensaciones extrañas, momentos desorientadores, deseos, deseos de nada concreto, pero con ganas de llorar por todo, pero en especial en la lectura de libros románticos.
Cumplí 15 años ese mes de marzo y, con novedad, en el verano había conocido a un primo segundo, vecino de Zemita. A lo mejor lo había visto antes, pero no me había llamado la atención. Un día apareció por casa, quien sabe con qué disculpa, a lo mejor un recado de su padre al mío...a lo mejor, simplemente llegó. No era yo muy de coqueteos, era más bien seca y terca, no me gustaban las relaciones de chiquillos, no me sentía muy madura y, además, tenía pocos amigos, entre ellos Gonzalo, mi amigo de toda la vida, casi mi hermano.
Así llegó Fernando a mi vida, era unos meses mayor que yo, mas o menos de mi estatura, delgado, tipo claro, ojos verdes, pelo ondulado y con una nariz “pico de loro”, guapo, bien vestido y bien plantado.
Estuvo yendo a verme alguno que otro domingo por la tarde hasta que un 7 de junio me dijo que me quería y que si quería pololear con él. ¡Un mundo nuevo se abrió para mí! ¡Pololear! Era una meta inalcanzable para cualquier niña de 15 años y él me gustó, porque a pesar de su edad era mucho más maduro que yo, iba un curso adelante en los Padres Franceses. Como se había educado entre adultos y era muy inteligente tenía conversación y modales de adulto.
En esos tiempos se pedía permiso a los padres para pololear, era una cosa importante, un paso en la vida. Lo hablé con mi mamá y ella me dio permiso, claro que con limitantes: visitas los miércoles por las tardes de 6 a 8 y los domingos también. O sea, visitas carcelarias, pero para empezar no estaba mal.
Nos bajó el arrebato del enamoramiento, el romanticismo se metía en todas las cosas de la vida, descubrimos a Bécquer, a Brahms y a Beethoven; descubrimos el lenguaje del amor, los papelitos que él me dejaba en la ventana de mi pieza y las respuestas que yo le dejaba también allí, los llamados por teléfono, eternos llamados. Cuando se nos acababa el tema él me ponía un disco, yo lo oía y ¡¡Suspiraba!! Recuerdo haberme oído todas las sinfonías de Beethoven por ese conducto ¡La paciencia de mis padres! Y ¡El bolsillo del suyo!
En las horas de visita nos sentábamos en un saloncito que había al lado del hall. Allí había puesto mi mamá dos sillones, en uno de ellos y bien alejados, nos sentábamos a conversar, entre ambos ¡Un cenicero! Porque el niño de 15 años sacaba cigarrillos en mi casa y nadie le decía nada, tampoco era que fumara mucho, era la manera de ser mayor. Así pasaban las dos horas de visita con mis hermanos pasando de un lado a otro y...nosotros hablando y hablando...Quién sabe de qué. El único tema que recuerdo era sobre pensamiento, el saber pensar y el cómo pensar, y la insistencia mía en que me enseñara a pensar. A saber cuál fue la conclusión de esos profundos pensamientos, pero algo debe haber quedado porque todavía lo recuerdo.
En el colegio todo iba muy bien y muy entretenido. Había un amplio abanico de lecturas y entre ellas había que elegir algunas para hacer resúmenes y estudio de personajes. Como los libros estaban en el colegio yo me los leí todos para luego elegir unos cuantos ¡Vaya atosigamiento de literatura española! Muchos años más tarde traté de leer algo de Alarcón y me pareció densísimo.
No sólo había literatura que me encantara, también matemáticas con álgebra incluida lo que me pareció un juego y Biología. Me fascinaba todo lo que me enseñaban y me hacía soñar con estudiar Medicina. Desde niña quise ser médica y ahora lo veía cada vez más cerca porque, no sólo me gustaba sino me sentía más segura y tenía mucha facilidad para aprender y responder. No todo podía ser así de brillante. Mi cruz fue la Historia, tanto la universal como la de Chile, me fue increíblemente difícil estudiarla, no me gustaba, no a entendía y no creía nada de lo que me enseñaban y ¡Las fechas! Una auténtica pesadilla. Me libré porque me gustaba la Geografía, así, una cosa por otra, aprobé raspando.
Otra cosa estupenda que tenía el colegio era una tarde entera de deportes y gimnasia en el Stade Francais. Tardes de viernes que era un preludio al fin de semana. Yo estaba muy contenta y mi papá orgulloso. Él fue de joven muy deportista y siempre nos enseñó — tanto en el fundo como en Las Cruces—, a respirar, a correr, a saltar, a levantar piedras y a lanzarlas. Con ese entrenamiento resulté buena para correr y para lanzar la bala. Era usual que al final del curso participáramos en el Campeonato Interescolar de atletismo. No era muy fácil porque había colegios muy poderosos como el Colegio Alemán que siempre se sacaba las mejores medallas... Mucho empeño le puse y a pesar de una operación al menisco por la que tuve que renunciar a correr, me lancé a practicar con la bala, con tanta suerte que la alemana se enfermó y ¡La medalla me la saqué yo! ¡Qué felicidad!
También teníamos clases de danza moderna y al finalizar el año, en la repartición de premios, cada curso hacía su gracia, es decir las que la tenían, las otras hacíamos de coro.
En ese tiempo, con unos quince años a cuestas fue tiempo de poesías, de memorizar las Rimas de Bécquer, de recitar la Vida es sueño, de escarmenar los versos, las cuartetas, los sonetos. La métrica por un lado y la sonoridad que se me quedaba en el oído como: Los claros clarines de los paladines. Versos, los buenos versos...
Sueño que estoy aquí En estas prisiones cargado Y soñé en el otro estado Más lisonjero me vi ¿Qué es la vida un frenesí? ¿Qué es la vida una ilusión? Una sombra, una ficción Que el mayor bien en pequeño Que toda la vida es un sueño Y los sueños, sueños son
Y así, verso tras verso, autor tras autor pasaban los días y entre las amigas y entre los pololos pasábamos las tardes compitiendo a ver quien se acordaba de más poesías, porque ¿Quién puede decir más dulcemente “te quiero” que un poeta? Y ¿Qué música puede sonar mejor que la que se escucha por teléfono?
Así eran las cosas, todo en su sitio, que tiempo para otras cosas había. Ya estábamos sacando las cuentas, ambos teníamos 15 años, a él le faltaban dos de colegio y cinco de carrera, más uno o dos para trabajar, o sea faltarían unos ocho o nueve años para casarnos. ¡Bien, por cuentas no nos quedábamos!
Recién estábamos pololeando cuando saltando vallas en el Stad Francais me caí y me hice pedazos el menisco de la rodilla izquierda ¡Qué dolor! Mi mamá me fue a buscar y me llevó al médico, el mismo que me operó del apéndice, me trató como a una reina, me dijo que me tenía que operar y que tenía el privilegio de ser de las primeras en someterme a dicha operación. No muy conforme, pero no tuve más que aceptar. ¡Era tanto el dolor! Al día siguiente, tempranito nos fuimos al Hospital Roberto del Río, Hospital de niños donde el médico trabajaba. A pesar que el personal fue muy agradable yo no estaba muy contenta y menos cuando me vi en el pabellón con un médico anestesista y su equipo de cloroformo, una mascarilla de goma negra que me la apretó en la cara y me decía: “¡Respire, respire!”, yo me defendía como gato de espaldas y aguantaba la respiración hasta que no pude más e inhalé el gas que de un golpe me dejó inconsciente. Vi negro y... ¡Adiós mi vida! Cuando desperté estaba con el doctor Johow a mi lado haciéndome cariño y yo me sentía ¡Fatal! Con el estómago revuelto, la cabeza dando vueltas y diciendo disparates. En fin, todo salió bien y volví a casa con la pierna enyesada desde la ingle hasta el pie y con una capa de yeso bien gruesa a pasar treinta días en cama ¡Qué martirio! Me pusieron en la cama de mi papá así mi mamá me podía cuidar, ella siempre alerta siempre cariñosa me daba comida que fuera de rápida digestión y trataba de entretenerme con libros o naipes. Todo lo hacía para alentarme, pero yo con 10 kilos de yeso no me podía ni mover y mucho menos ver a Fernando o hablar por teléfono. ¡Un suplicio! Por las noches recitaba poesías y suspiraba de puro romanticismo y mi mamá me decía “¿Hasta cuándo bosteza, niñita?” ¡Cómo poder decirle que era amor puro el que sentía! Pero esas cosas eran difíciles de tratar.
Pasó el mes, me sacaron el yeso y tuve que aprender a caminar ¡Vaya tajito que me hizo el médico y lo destartalada que quedé! Menos mal que mis compañeras de curso me llevaban las tareas y no me atrasé mucho. Tuve que hacer un esfuerzo para terminar bien el curso, porque, como si fuera poco, los exámenes finales los teníamos que dar en un Liceo y eran mucho más complicados de lo que yo creía. Había tres examinadoras por materia y preguntaban hasta agotar los temas, había que estar bien preparada para resistir el bombardeo de preguntas y luchar por mantener la nota de presentación. Eran los dichosos “exámenes válidos” que sólo los tomaban los Liceos fiscales y que servían para presentarse al Bachillerato y luego estudiar en la Universidad.
Fernando tenía un grupo de amigos en los Padres Franceses. Ese año se empezaron a emparejar y pronto formamos una patota de chiquillos. Muchas veces nos juntábamos los domingos en casa de Myriam y ¡Jugábamos a “la pulga”! En la alfombra del salón poníamos una fuente y picábamos las fichas hasta meterlas dentro, o jugábamos juegos de salón. ¡Muy pololos seríamos, pero en realidad éramos muy niños y lo pasábamos muy bien!
Mi vida, como la vida de todas las adolescentes era bastante irregular. Por un lado, el colegio donde era muy responsable y tenía buenas notas, por otro lado con Fernando éramos muy unidos y hablábamos mucho y, por otro lado, la cara negra, era la fierecilla que se desataba en casa. Peleaba con mi mamá y con Jorge con el que era muy fácil llegar a las manos, yo era buena para el combo y Jorge muy rabioso, así es que por cualquier cosa peleábamos y mi mamá nos tenía que separar.
No teníamos tocadiscos, pero sí radio, así es que oíamos bastante música popular y folclórica. No tenía, ni tengo voz para cantar, pero mi papá —siempre dándome gusto— me regaló una guitarra y, con Myriam tocábamos cosas corrientes. Ella tenía buena voz y con los amigos le hacíamos empeño, sobre todo cuando los pololos le hacían al tango y nos poníamos latigudos cantando también boleros.
Tango que hacés renacer mil imágenes perdidas recuerdos de nuestras vidas palpitaciones de ayer ¿Un perfume de mujer? ¿El primer amor acaso? Y así, pedazo a pedazo, va renaciendo mi amor
Caminito que el tiempo ha borrado que juntos un día lo vimos pasar...
Poblado de Catamarca, con mil distintos tonos de verde un pueblito aquí, otro más allá, un camino largo que pasa y se pierde
Volando se nos pasaban los domingos. Por la mañana íbamos a Misa de los Padres Franceses, luego almuerzo en casa de mi tatá y en la tarde “visita” en casa de Myriam o en la mía. Cómo pasaban las horas y entre una cosa y otra había que hacer alguna tarea o estudiar. Ya procuraba yo dejar esas cosas despachadas el viernes y el sábado para tener el domingo ¡Sólo para mí!
Tiempo de exámenes y de mucho estudio. Aprobamos los dos y nos preparamos para las vacaciones, él en Zemita y yo en El Durazno. Las visitas se tuvieron que reducir porque el camino a caballo era bastante pesado, entonces quedamos en todo el miércoles. Desde tempranito yo estaba en pie para recibirlo y cuando llegaba tomábamos desayuno en la cocina que era bien humilde, con suelo de tierra y un fogón al medio. La Ramona se esmeraba en tener una tortilla al rescoldo y mate con leche bien dulce. Así se pasaba el frío de la madrugada, porque en verdad él tenía que salir de su casa antes de las seis de la mañana.
Los días que no nos veíamos nos escribíamos largas cartas que luego, llegaban todas juntas —cuando iba el chiquillo del correo a Cachapoal— a buscar la correspondencia una vez por semana.
Así se acababan las largas vacaciones, ahora que yo entraba a quinto de humanidades no podía llegar atrasada así en que a principios de Marzo emigramos a la capital.
Ese año me fui más contenta que los anteriores, vería más seguido a Fernando y además podría hablar con él por teléfono.
La sorpresa fue llegar al colegio ¡Las compañeras se habían más que duplicado! Éramos una clase grande porque llegaron niñas de otros colegios franceses que no tenían exámenes válidos, eran muy aplicadas y empezó una verdadera carrera por lograr las mejores notas. El año anterior no había dudas que Magdalena, hija de Madame, se sacaba las notas más altas, se mataba estudiando a pesar que era menor que nosotros. Sin embargo, este año las cosas cambiaron, había dos o tres de las nuevas que competían mano a mano con ella.
Así como el año anterior habíamos leído El Cid Campeador en castellano antiguo en clase y lo íbamos traduciendo, este año nos pusieron El Quijote y, además, tuvimos clases de Filosofía con un sacerdote bastante latero —o por lo menos me lo pareció a mí, que las letras no se me dan nada—.
Nos dieron una sala más grande en el primer piso. Lo primero que hice fue buscar un cuadrito con tres gatos que tuve, no solo todo el año anterior, sino que desde primera preparatoria, hasta que lo encontré y me lo apropié, me gustaba y me sentía dueña de algo, un poquito más segura de mí misma, un poquito más centrada.
No fue un año brillante para mí, ni en el colegio ni en la casa. Seguía sin tener paz con nadie, seguía con la rodilla medio floja y lo peor es que me dio un síndrome meníngeo invalidante, me dolía mucho la cabeza especialmente con los ruidos, con la luz y con moverme. Menos mal que el médico que me vio entendió lo que me pasaba y se lo dijo a mi mamá. Me trasladaron al comedor que era oscuro y daba a un patio atrás, pusieron papeles negros en las ventanas y me guardaban silencio. Claro que era relativo porque en la cocina era imposible no hacer ruidos y, cuando llegaban del colegio, mis hermanos eran bastante bulliciosos y poco aguantaban en sus piezas. Menos mal que el departamento era bastante amplio. Pasaba unos días atormentada y luego el dolor se iba pasando, pero siempre sensible a la luz. Cuando estaba bien iba al colegio, hasta la próxima crisis. A los dos o tres meses volvía el dolor y, otra vez a empezar desde el principio.
Con ese panorama los estudios se descompensaron y las notas empezaron a bajar y a bajar, y la papeleta empezó a llenarse de números rojos. Lo nunca visto, jamás los había tenido. Fue tanta mi desesperación que quise salirme del colegio, dejar de estudiar, ya ni pensaba en Medicina, el promedio no me daba para nada y mi cabeza no podía hacer más. Menos mal que entre mi mamá y Madame me aconsejaron a seguir buenamente como pudiera, ese buenamente fue que quedé con cuatro asignaturas para Marzo.
No todo era tan siniestro. Hice buenas amigas en el colegio, el grupito de pololos aumentó a cuatro parejas y nos dieron permiso para ir al cine Metro las mañanas de los domingos a una función matinal donde daban dibujos animados. Así el día quedaba competo: Misa de 10 en los Padres franceses, a las 11.30 matinal, almuerzo donde la tatá y, visita por las tardes. Eso me ayudo a rumiar la amargura del colegio.
Un día, al entrar a clases, llegó Mariluz con una mano en la mejilla y los ojos fijos en el infinito, se sentó y ¡Se voló! Creo que hasta el recreo ni se enteró de la materia que habían dado en clases y en el recreo era la copucha “¿Qué te pasó Mariluz?” y ella con cara de bienaventurada nos dijo: “Domingo me besó aquí y no me voy a lavar la cara nunca más”. Sorpresa para mí, o sea que los pololos ya besaban a sus compañeras... vaya... vaya...lo que es yo, es que ni lo pienso, es que nos faltan muchos años para casarnos, me lo dije y...lo cumplí.
Parece que todas estábamos en la misma onda de las poesías porque nos juntábamos en una glorieta que había en el jardín y nos intercambiábamos novedades, la mayoría eran de Bécquer y de los poetas que estábamos estudiando, pero un día encontré, no sé dónde, unos versos de García Lorca y me encantaron, empecé con:
El lagarto está llorando. La lagarta está llorando.
El lagarto y la lagarta con su delantalcito blanco.
Han perdido sin querer su anillo de desposados.
¡Ay, su anillito de plomo, ay, su anillito plomado!
Y...
Cuando yo me muera, enterradme con mi guitarra bajo la arena.
Cuando yo me muera, Entre los naranjos Y la hierba buena.
Y...
Verde que te quiero verde. Verde viento, verdes ramas El barco sobre la roca Y el caballo en la montaña
Y...
A las cinco de la tarde. Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana a las cinco de la tarde...
Era un autor diferente, especial, pegajoso que nos encantó y tratábamos de recitarlo con máxima expresión. Todo bien hasta que yo encontré “La casada infiel”
Y yo que me la llevé al río creyendo que era mozuela, pero tenía marido...
Una poesía preciosa que me encantó y no le vi ninguna malicia, eran versos de poeta ¡Cuándo me iba a imaginar que causaran el revuelo que causó! Hasta tuve que ir a hablar con la directora y se acabaron los papelitos con poesías ¡Fue una pena, un malentendido o la malicia de algunas!
Mi mamá se enfermó, se puso muy, pero muy mal, el médico creyó que no saldría adelante. Necesitó una transfusión de sangre y se la hicieron en casa con sangre de mi tío Paco, ella reaccionó un poco, pero tuvieron que hacerle otra transfusión y, sería por ignorancia o porque en ese tiempo no había medios, el caso es que se la hicieron otra vez con sangre del tío Paco. Recién le estaban pasando la sangre y mi mamá se sintió morir, le dijo al médico que no siguiera y tuvo un shock que casi, casi le cuesta la vida. Si no es porque ella era peleadora, simplemente se muere, ella se quitó la aguja y perdió la conciencia. El médico, furioso, se fue y mi mamá alcanzó a quitarse el anillo y las manos y los pies se le empezaron a hinchar y retuvo la orina. Tremenda tensión en la casa, los médicos entraban y salían, no nos dejaban entrar a verla, había una enfermera que le medía el agua que tomaba y las gotas de orina que hacía. ¡Qué aflicción más grande! Ya nos veíamos sin la mamá, pilar fundamental de la casa ¡Cómo me arrepentí de todo lo que le había dicho y de lo mal que me había portado con ella! Lloraba en mi pieza y rezaba por ella.
Nunca pensé que mi mamá podía ser frágil porque ella era la que siempre nos apoyaba y saber que se podía morir como murió Juan Agustín y el Viejo... era algo que en mi cabeza no cabía ¡Cómo podía morirse y dejarnos huérfanos a los cuatro hermanos!
Tardó bastante en recuperarse, todos pusimos lo mejor de cada uno para colaborar con su mejoría. Poquito a poco fue saliendo adelante hasta sanar, más flaquita, más decaída...pero era la mamá de siempre.
El día que cumplimos un año pololeando, Fernando me regaló un cuchillo de caza con mango de asta, grande y bien firme, muy bien afilado y con su cartuchera para ponerlo en el cinturón ¡Qué alegría! Tenía muy buen equilibrio y pronto aprendí a usarlo, a tirarlo y que se clavara en un tronco —en la Alameda— o en el suelo con dos o tres vueltas en el aire. También era bueno para sacarle puntas a los lápices así es que lo llevaba en mi bolsón al colegio para usarlo y descaradamente afilaba los lápices. Nunca jamás me dijeron nada —también eran otros tiempos y los alumnos no acuchillaban a otros niños ni a los profesores—. También hice mal uso del cuchillo porque empecé a tallar en la parte de delante de mi pupitre el monograma de Fernando, una F y una S entrelazadas. Me sentía dueña del escritorio y el año siguiente lo busqué hasta encontrarlo. ¡Era mío!
Sería por Noviembre cuando la mamá me dijo que la acompañara al médico, que no se sentía bien, que estaba con el estómago revuelto. Fuimos a la consulta del doctor Pardo, ginecólogo y amigo del barrio. Él la examinó muy bien y le dijo: “Felicitaciones Julita, esperas una guagua” casi, casi se desmaya de la impresión, hacía seis años que Juan Agustín había nacido y se había muerto y el “nene” de la familia era Mariano con sus preadolescentes doce años. Tanto pedirle a la mamá que nos diera otro hermano y ahora, con sus cuarenta y dos años nos daba el gusto ¡Qué ilusión!
Así empezó una nueva vida en casa, había que comprar todo el ajuar porque de los niños anteriores no quedaba nada. Menos mal que la mamá sabía tejer y coser así es que empezó a hacer el ajuar para esa guagúita tan esperada.
Lo que nadie esperó fue que a los tres meses empezó, mi mamá, con dolores de barriga muy fuertes, llamamos al médico y dijo que era ¡Apendicitis! Y que había que operar ¡Qué mal lo pasamos! Con mi tatá nos fuimos a la Clínica Santa María y allí, espera y espera. El asunto no era nada de fácil y había un peligro real a que perdiera la criaturita. Menos mal que Alberto era un médico muy bueno y pudo sacarle el apéndice sin hacerle daño, a pesar de ser posterior. Cuando la llevaron a su habitación, bien borracha con la anestesia repetía como loro: “¡Sólo las tontas abortan! ¡Sólo las tontas abortan! Cuando vio al médico con los ojos entrecerrados, le dijo: “Alberto, qué corbata más siútica llevas” y tan fresca siguió durmiendo. Todo pasó y gracias a las buenas manos del médico salió adelante. La cuidamos más que nunca.
En el colegio teníamos una asignatura de “labores”. Yo era negada para hacer bordados y cositas lindas. Me puse las pilas y pregunté si podía presentar un ajuar de bebé, me comentó la profesora que no sólo eso, sino que hiciera también el bebé. Ella me ayudó y pude hacer un muñeco de género de tamaño natural y lo vestí hasta con los pañales, todo prestado de la guagua que venía. Aprobé con el mérito de mi mamá.
De las novedades del curso, una fue el matrimonio de una compañera, no creo que tuviera más de diez y siete años. Se casó con un hijo del alemán que tenía casa en Las Cruces. Otra novedad fue la competencia de notas entre Magdalena y Anita, las dos iban parejitas y se esforzaban por ser las mejores. Ellas las mejores y yo de las peores. Qué pocas ganas tenía de estudiar. Entre las crisis de dolor de cabeza, el enamoramiento y las hormonas ¡Era un espanto! Sentía que había cosas más importantes en mi vida y era la llegada de la nueva guagua. Poco a poco fue engordando la mamá y la guagua empezó a moverse ¡Qué impresión sentir bajo mis manos esa criaturita que sería mi hermana chica!
¡Mal, muy mal terminé el año! Más bien ¡Pésimo! Suspendí cuatro asignaturas y quedaron pendientes para marzo. Fernando aprobó todo y dio el Bachillerato, él quería estudiar Agronomía y en eso quedó junto a varios de sus amigos.
El verano fue muy complicado, la mamá no estaba en condiciones de subir al fundo. La casa de San Carlos no estaba bien estructurada para tenerla a ella, tenía una escalera muy pronunciada para subir al dormitorio. A nosotros nos fletaron en el camión al Durazno y empezó una nueva vida de “dueña de casa” más bien de “doña mandamás”. Tiranizaba a mis hermanos tratando que, por lo menos, anduvieran limpios y que comiéramos a las horas habituales. Ellos, me dejaban. “La hermana” hablaba y mandaba y ellos callaban y obedecían. No sé ni cómo me aguantaron, no se quejaron nunca.
Mientras, mi mamá en San Carlos lo pasaba fatal, menos mal que, el dueño de la Feria —don Constancio Silva—, al darse cuenta del estado de ella, la invitó a su casa a pasar el verano atendida como una reina. Tenía su habitación y su baño. Además él mismo le daba una alimentación especial: a las doce del medio día le llevaba un filete de carne con tomates y un vaso de vino para robustecer al “conchito”. Cuando mi papá iba al San Carlos y tenía proyectos de estar unos pocos días, yo iba con él y me quedaba con mi mamá en su linda habitación, ¡Éramos las regalonas de la familia! ¡Qué bien dejar las responsabilidades de grande y volver a ser niña! Todo estaba muy confuso entre ser grande y mamá del que iba a nacer, y ser hija regalona. Muy pronto se fueron borrando las aristas que me separaban de mis padres para valorizarlos en toda su magnitud.
Mi papá trabajaba mucho y muy duro para que no nos faltara de nada. El fundo estaba cada año más lindo con mejores siembras y más animales. Sembraba unas 150 cuadras de trigo que iba rotando en tres años. La ovejería era de unas 5.000 ovejas entre blancas y de cabeza negra. Para mejorar la raza todos los años compraba carneros, hijos de inscritos en la Exposición de Animales de Santiago así con ellos formaba un piño muy apetecido a la hora de vender. Además, había vacunos overo-colorados con su respectivo toro, también de buena raza. En todas las cosas él se preocupaba que fueran siempre lo mejor. También había cabras, —según él decía—, para que se comieran las zarzamoras, porque la saliva de estos animales seca las plantas. Otros animales que se criaban en el fundo eran caballos corrientes para montura de nosotros, de los empleados y de los trabajadores. Eran corrientes, pero había un potro muy bonito, lo que no recuerdo es si había hijos de él.
Mucho nos quisimos con el papá y siempre tuve con él una relación fluida, de todo me hablaba y mucho de lo que me enseñó me ha servido en la vida, sobre todo para saber manejar lo relacionado con el dinero. Mucho me avenía con él y mucho lo quise. Con él no tuve problemas de adolescencia, parece que ese es problema de madre e hija.
Ese verano fue muy restringido de pololeos. Sin la mamá en casa no podía recibir visitas, en cambio, cuando pasaba con mi papá al o desde el fundo siempre pasábamos por Zemita y nos veíamos un ratito, el resto fue todo por carta.
A fuerza de cariño y de cuidados la guagua crecía y mi mamá se recuperaba. Llegó, como todos los años, la hora de volver. Nos tuvimos que arreglar solitos esta vez. La ropa que iba de vuelta y dejar todo guardado lo que se quedaba, pero por encima de todo había que sacarse del cuerpo la tierra que penetraba en la piel casi como un tatuaje. Varias idas al río hicieron falta para que, con un pedazo de teja y hierba de la plata nos refregamos muy bien hasta que nos salió todo, así la mamá nos encontró ¡Limpitos!
Bien especial ese verano. ¡Si hasta me salió un pretendiente que, sin importarle un rábano que yo estuviera pololeando en serio, me ofreció ¡Matrimonio! Ya me veía yo casada a los 16 y con un hombre que yo veía “grande”. Le hice el quite todo lo que pude y él por muchos años me siguió buscando; “¡Quizás, quizás, quizás!” me decía cuando podía, como el bolero. ¡Quizás no, definitivamente no! Decía yo.
Así es la vida, va y viene. Toda la mía ha sido cambiarme de un sitio a otro y he aprendido a adaptarme a diferentes ciudades y situaciones.
¡Buen viaje de vuelta! En tren, todos juntos otra vez con la mamá que hacía un par de meses que no veía a sus hijos hombres, los encontró ¡Fantásticos, limpios y tostados!
Llegamos a casa y cada uno a lo suyo. Supongo que, a pesar de sus 7 meses de embarazo la mamá haría los trámites escolares de los hermanos en los Padres Franceses, yo hice los míos en la Maisonnette que eran los más simples porque Madame Gabriela todo me lo facilitó. El cambio grande que hubo fue que el colegio se cambió de sitio y en lugar de estar de la calle Bellavista se había cambiado a la calle Concepción, cerca de Pedro de Valdivia, un poco más lejos, pero valía la pena. Era una casa muy grande con jardín, todo muy lindo. Nos dieron una sala que daba al norte con harto sol en el invierno.
Ya estaba en el último año de colegio, pero para poder estar realmente matriculada, tenía que aprobar las cuatro asignaturas pendientes. Por lo visto me di el tiempo de estudiar en el fundo porque aprobé todo, así pasé limpia a sexto de humanidades, además con los ánimos renovados para estudiar Medicina. Hasta el momento y ya con mis notas en la mano, me sentía a un paso de lo que fue la vocación de toda mi vida.
La guagua se desarrollaba, la barriguita de la mamá creía y crecía. La pobre no lo pasaba muy bien porque, después de la operación de apendicitis quedó con molestias, parecía que tenía algo tirante en su vientre, pero ella estaba tan contenta con su nuevo hijo que nada le importaba. Diría que hasta nosotros, en general, nos portábamos mejor.
Al mes de llegar a Santiago a fines de marzo, cumplí 17 años, años importantes para mí, años de decisión, de madurez, de ser mujer grande. No esperaba nada de nadie porque no me había portado muy bien en casa. Un ¡Feliz cumpleaños! medio desabrido y por la tarde me mandaron a casa de mi tía Chita a llevar un recado. A mí me encantaba ir a casa de ella porque sentía que me comprendía mejor que mi mamá y, además, allí estaban mis primas con las que me avenía mucho, eran menores que yo, pero eso no importaba. Con la María Teresa leíamos las mismas cosas y mi tío Hernán siempre tenía libros nuevos y otros que había leído y se los mandaba a mi mamá. Ese día, la tarde pasó muy rápido y cuando volví a casa ¡¡Sorpresa!! Estaban las parejas de amigos que me cantaron ¡Cumpleaños feliz! Y luego... ¡Otra sorpresa! En el comedor de la casa había un picoteo de canapés y dulces y una torta de bizcochuelo con manjar cubierta de merengue, en el centro, destacando, el anillo de prometida de mi mamá. Parecía mentira: después de todos los malos ratos que la había hecho pasar, ella me regalaba su anillo y una fiesta. Me emocioné hasta las lágrimas y nos abrazamos...¡¡Así se trata a las adolescentes rebeldes!! ¡Gracias mamá por su regalo y por su enseñanza!
El nuevo colegio era grande pero acogedor, lo primero que hice fue peregrinar en busca del cuadrito de los gatos que me había acompañado toda mi vida en ese colegio y mi pupitre, el mío propio que tenía tallado el monograma de Fernando. El cuadro lo encontré en un curso de niñas pequeñas que no tuvieron ni tiempo de sobresaltarse cuando me lo llevé y el pupitre estaba en la sala del lado, rápidamente hice el cambio, nadie me dijo nada y yo, me sentí muy a gusto.
Otra novedad era que había un pequeño laboratorio muy básico y donde se podían entrar dos o tres persona. Para mí fue muy interesante y me fui apoderando de él en los recreos. Aprendí a usar el microscopio y la profesora de Biología, al ver mi interés, me fue enseñando cosas fuera de programa, así fue como vimos los primeros protozoos, —los primeros que vi en mi vida— yo pasaba de un asombro a otro ¡Esa era vida! Y era lo más cerca que tenía de mi vocación.
No sé cual fue el motivo que me conectó con un profesor de Biología del Instituto Barros Arana y él me invitó a visitar su Laboratorio. Era inmenso, lleno de aparatos y de frascos de reactivos. Él me mostró nuevos Protozoos porque tenía una colección y me regaló un frasco con ejemplares para el colegio. Lo más curioso fue que me mostró uno a gran aumento. Su interior se movía en el sentido de las agujas del reloj y al ponerle una pequeña gota de éter, se empezaba a mover en sentido contrario. Me impactó tanto que lo recuerdo como si fuera ayer. He tratado de saber el nombre del protozoo y por qué pasaba esto, pero ha sido imposible, nunca más lo vi.
En el Instituto tenía también una colección de cuadros en relieve con las diferentes vísceras del cuerpo, ¡Interesante! Pero me parecieron casi iguales a las de los corderos del fundo, por lo que no me impactaron tanto como debían haberlo hecho. Encima del estante quedaban unas pocas que no me mostró y cuando le pregunté lo que eran me dijo que “chancros sifilíticos”. Dos referencias tenía yo de sífilis y las dos de parte de mi mamá. Una, que nos decía cuando llegábamos del colegio: “Lávense muy bien las manos porque en las barras de los carros, hay sífilis” y dos, ella nos decía que no nos comiéramos el cono de los helados de la esquina porque el viejo que los hacía era “sifilítico”. Con ese gran conocimiento le dije que me las mostrara, sentí un remezón cuando me mostró los genitales de un hombre con un color pálido y grisáceo de muerto con unas heridas muy feas y él me dijo que eso eran los chancros. ¡Más ganas de estudiar medicina me dieron!
No tuve problemas ese año para estudiar, las cosas se me daban naturalmente, salvo la Historia que siempre me pareció un aburrimiento y a eso se sumaba que la profesora era también aburrida, pero iba saliendo adelante porque me gustaba la Geografía, así una cosa compensaba la otra. Donde sí tuve problemas fue en Química Orgánica porque, con tantas faltas el año anterior, me faltó base, pero poco a poco, fui aprendiendo a defenderme.
Mi mamá estaba de término, mi papá en el fundo, y yo preparando un paseo con Fernando para el día de su santo el 30 de Mayo. Nos íbamos a ir de picnic al Cerro San Cristóbal, pero todo se precipitó. Mi mamá se puso de parto y hubo que apurarse en llamar al médico, a la matrona, a mi tatá —ella tenía un auto y lo manejaba Raúl, el jardinero—. No se demoraron nada en llegar a buscarnos y a llevarnos a la Clínica Alemana que quedaba más o menos cerca de casa ¡Fuerte mujer mi madre! Este era su primer parto en una Clínica ya que el resto, todos nacimos en casa. Ella calladita aguanta y aguanta. Una contracción detrás de la otra y ella apretaba los puños y no decía nada. Cuando llegamos estaba el médico esperándonos, la entraron a una sala y...no supe más de ella hasta que, de puro curiosa, entreabrí una puerta y estaba justo naciendo la guagua. Vi que la matrona tomaba un bulto azul que levantaba de las patitas y dijo: ¡“Es niña”! y la pasó debajo de un chorro de agua caliente y luego debajo de otro de agua fría, en ese momento la niñita soltó un tremendo alarido y se empezó a poner rosada. “¡Buenos pulmones!” comentó el médico y salió a darnos la noticia. Yo la vi linda de azul y linda de rosado, después de 17 años tenía una hermana mujer después cuatro hermanos hombres ¡Una gran alegría! ¡Qué emoción tan grande! Más tarde, cuando ya estábamos en la habitación llevaron a la niñita para que la pudiéramos tomar. Con cuántas ansias se la pasé a mi mamá y qué lindo fue para mí sentirla en mis brazos. Era casi tener algo mío, pensé que a lo mejor así sería tener un hijo en mis brazos. No esperábamos una mujercita y no recuerdo haber pensado en nombres ni de hombre ni de mujer. De lo que había certeza era que yo sería la madrina y Pablo el padrino. “María del Pilar” dijo la mamá; “Consuelo Enriqueta”, dije yo, “del Sagrado Corazón”, dijo Pablo...y ese fue el tremendo nombre que le pusimos a esa guagúlita tan tierna, tan esperada, tan querida.
Como se usaba en ese tiempo, había en casa una cuidadora que se encargaba de atender a la Pilarcita y controlaba las comidas de ambas. Bien poco me dejaba estar con la niña porque decía que la iba a malcriar, pocos, pero gozosos momentos que me pasaba con mi ahijada. Viví el desarrollo de la niña con mucha atención, ya fuera mudarla, curarle el ombligo o darle las mamaderas, así le fui tomando el ritmo a ser mamá. Al mes y medio la cuidadora se fue y yo pude darme el gusto de ayudar a la mamá, ella no se sentía muy bien, estaba pálida y ojerosa luego empezó a no tolerar la comida, le dio diarrea con náuseas y vómitos. Tanto malestar la llevó a ver al médico que la atendió y éste al verla y examinarla le dijo, otra vez: “¡Felicitaciones, Julita, que viene otra guagúita!” A mi mamá casi le da un ataque, no lo podía creer, si su Pilarcita era casi un milagro ¿Qué sería el próximo? El médico le dio un suplemento vitamínico y, algo más, porque se fue recuperando lentamente. Yo me aproveché del pánico y decidí que mi mamá no podía cuidar a la niña y me la llevé a mi pieza con cuna y todo.
No era muy llorona así es que dormíamos bien. Yo la encontraba tan linda que no quería que se le deformara la cabeza así es que ponía el despertador cada hora para darle vuelta en su cuna, hasta que me pilló mi mamá y me dijo que si estaba loca, que a los niños había que dejarlos dormir en paz. Todo se aprende en la vida y lo que aprendí cuidando a Pilarcita me sirvió para siempre.
Mi vida estaba centrada en estudiar y cuidar a la niña. Estudiaba al lado de ella para no perderme ni una pestañada de esos lindos ojos oscuros con largas pestañas. Recién nacida, en la Clínica la pelaron bien peladita y cuando le empezó a crecer el pelo le salió oscuro y tieso, tanto que atravesaba las gorritas de lana que le tejió mi mamá. El papá, que estaba loco de felicidad por tener otra niña, le decía con mucha ternura: “Mi quiscuíta”.
Todo roce entre nosotros se suavizó en casa, hasta Mariano que era tan celoso cedió porque, la guagua era “mujer” y yo depuse armas, ya no me sentía mal sino más mujer y miraba a la mamá como con protección.
A los pocos días de llegar a casa llegó el momento de bautizar a la niña. Partimos a nuestra Parroquia los padrinos, Pablo de 15 años y yo de 17 con la niñita, “la morita” le decía la mamá. No tuvimos ningún problema, bastó con la inscripción en el Registro Civil y, solemnemente el cura párroco le puso el gran nombre: “María del Pilar Consuelo Enriqueta del Sagrado Corazón de Jesús”. Fue una gran alegría para nosotros hasta que, a la salida, donde se había congregado un montón de niños del barrio que pedían a Pablo les repartiera las monedas acostumbradas en estos casos. Como eso no estaba en nuestros planes, los chiquillos le gritaron: “Padrinito cacho, padrinito cacho” y Pablo se puso colorado como un tomate y hasta le ardían las orejas.
Cuando llevábamos dos años de casto pololeo — bien FOME por lo demás— una tarde en que no estaba mi mamá, fuimos a ver a la niña, uno por un lado de la cuna y el otro por el otro lado nos dimos “El primer beso” ¡Cómo comprendía a la Mariluz! Castos besos de juventud, con las manos bien amarradas porque eso de andar “atracando” no era lo nuestro.
Cuando el tiempo mejoró sacábamos a la Pilarcita a pasear en su coche por la calle República, ¡Ahí va la sagrada familia! nos sacaba pica mi mamá.
Nos dábamos un paseo que nos venía bien a todos y un poco de tranquilidad a la mamá que ya empezaba a engordar ¡Pobrecita, no tuvo un embarazo muy bueno! Nunca había tenido dos hijos tan seguidos, además, los hijos hombres ya eran grandecitos y con problemas de adolescentes. Pablo no, porque fue bueno desde su nacimiento. Jorge tuvo una adolescencia muy florida y se puso más peleador que de costumbre y Mariano le hacía la “cruza” al que se le ponía por delante. Así el panorama era un poco complicado, pero no imposible. Creo que mi mamá respiró profundo cuando yo salí del estado de odio en el que estaba y empecé a cuidarla y a velar por Pilar.
Como Fernando estaba en la Universidad tenía amigos en distintas facultades, uno de ellos estudiaba medicina y nos contaba lo mal que lo pasaban las mujeres en la carrera. Les hacían bromas idiotas como meterles pedazos de muertos en la cartera para reírse de ellas y hacer que abandonaran. Este amigo me hizo un regalo muy lindo: Un esfenoides, una calavera que se llamaba Rigoberto y una mandíbula inferior. Yo me sentí a un paso de estar en la facultad, me encantaron los huesos, no así a mi mamá que le daban náuseas así es que los tuve que guardar por mientras.
En el colegio me iba muy bien, estaba contenta y aprovechando de todo. A lo mejor sería que ese año hubo elecciones al parlamento o sería parte del plan de estudios cívicos. No lo sé, pero ese año hubo el inicio de un parlamento estudiantil. Varias nos presentamos a las diferentes carteras y hacíamos propaganda con letreros y discursos hasta el día de las elecciones, yo daba por cierto que saldría elegida, pero no fue así y me sentí mal, muy mal, pero lo pude superar. No sé si así se sentirán los políticos cuando no resultan elegidos a sus cargos. Yo estuve mal y a la semana siguiente, al ver los letreros con mi candidatura tuve que hacer un acto de humildad para retirarlos...ya me parecía que por detrás, las alumnas se reían de mí.
Fue creciendo la Pilar, era muy adelantada y se sentó muy chica. Un día yo la decoré como una muñeca con un lazo de cinta en la pelada. Yo la veía linda, pero cuando la vio mi mamá dijo que era ¡Un espanto! Y la convirtió en guagua otra vez. Dio sus primeros pasos como a los 7 meses y también empezó a balbucear sus primeras palabras, las lógicas “papá” y “mamá” pero la siguiente fue “babí”, costó entenderla, eran sus zapatos. ¡Qué linda me parecía a mí! y todo me hacía gracia, nunca había dormido yo acompañada, ahora tenía una compañerita. Por las mañanas antes de irme al colegio, la dejaba limpia y con la guatita llena. Largo se me hacía el día hasta volver a regalonearla. Tenía el pelo OSCUFO, pero no negro; a mí me encantaba cuando, después del baño, con los dedos le encrespaba el pelo y me daba envidia ver cómo a ella le quedaba el pelo rizado; en cambio yo lo tenía liso y delgado.
Un día llegó Fernando muy contento: su padre le había regalado un auto Citroén a compartir con su hermana Malú. Cuando le tocaba a él, me iba a buscar al colegio y nos dábamos una vueltecita por Las Condes, nunca muy lejos, pero tampoco muy cerca para que nadie fuera con el cuento a casa. Muy tortolitos íbamos y él me enseñaba a pasar los cambios y yo me sentía ¡La muerte!
Un fin de semana hicimos una salida por la noche con Malú y su pololo y nosotros dos, la idea era ir a bailar un rato y tomarnos algo. No tuve problemas con el permiso así es que me puse lo mejor que tenía, —que no era mucho—-: un conjunto de lana rosado furioso y una falda negra, todo muy recién comprado en una fábrica recomendada por unas amigas de mi mamá. No es que me sintiera muy bien con Malú, era un poco avasalladora y yo bastante acomplejada, pero en general nos fue bien, hasta que empezamos a bailar. Ninguno de los dos éramos buenos bailarines, pero sentirse apretaditos en la semioscuridad era agradable y en eso estábamos cuando Fernando me comentó que la banda del chaleco estaba “cosido” me sentí muy, pero muy rara, no me había dado cuenta de que el conjunto era ordinario, áspero y que ni siquiera tenía la banda de una sola pieza... ¡¡¡Hubiera querido morirme de humillada!!! Cosas de la juventud.
Llegando la primavera empezaron los bailes de “presentación en sociedad”. Para mí... ¡¡La peste!! Si hay algo que me revelaba era para ir a fiestas grandes, pero... todo tiene que llegar y un día apareció un sobre grande, de hilo, a mi nombre y dentro una tarjeta invitación para ir a mi primer baile ¡Una lata! 1 Mi papá se encantó porque a él le encantaba la vida social. Para mí, claro está, hubo que pensar en todo. Carta blanca para que la niña luciera de la mejor manera. Todo el mundo conocido estaba invitado: las compañeras de curso, los amigos, los hijos de los amigos de los papás... El asunto era juntar sobre las 200 personas casi de la misma edad y grupo social ¡Uff! Hubo que ir a la mejor modista para hacer el traje blanco de debutante más lindo, vaporoso y sentador, lo mejor de lo mejor: de gasa blanca como la espuma, escote de hombro a hombro muy lucidor de cuello y hombros —a lo mejor para disimular la falta de curvas—, zapatos blancos con un taco muy bajito para no verme más alta que Fernando y sus amigos. Y vamos probándome el vestido, un día sí y el otro también. Con zapatos, sin zapatos. Con enagua, sin enagua. Con peinado, sin peinado. Con papá y mamá o sólo con mamá, enojada o enfuriada... ¡Qué genio! Así hasta que llegó el día. El baile empezaba sobre las 11 de la noche, me pasó a buscar Fernando y partimos. Saludos por aquí, saludos por allá. Besos en el cachete por aquí y por allá pero... sin que se corriera el tenue maquillaje.
¡Baile de debutantes! ¡Baile de vírgenes vestales, o casi! ¡Presentación en el medio social! ¡Vitrina de jóvenes listas para buscar pareja! Los padres ingenieros instaban a sus hijas a mirar a los jóvenes estudiantes de ingeniería, a ver si luego se podían asociar. Los agricultores, los médicos, los economistas...todos querían lo mejor para sus hijas y en estos bailes exponían lo que mejor tenían ¡Sus hijas! Los jóvenes, a lo mejor un año o dos mayores que nosotras, vestían esmoquin o frac, con su mejor peinado, su mejor sonrisa... Caballeros de arriba abajo...nos cortejaban a todas, a las lindas y a las no tanto, a las inteligentes y a las otras. Ellos se lucían como pavos reales en busca de pareja. Y como el nombre lo dice: “Se bailaba” un poco de todo, con orquesta y ¡Claro está! bien visto se la dirigía un negro famoso. Los bailes tranquilos, “un, dos, tres, y vuelta” para que nadie se perdiera, a lo mejor alguna zamba, como exotismo, o un romántico vals donde todas, todas, nos sentíamos Sissi la Emperatriz. Seguía el baile y empezaban los problemas, el traje empezaba a apretar, los zapatos pasaban la cuenta, los baños se llenaban, los vestidos ¡Ay, cuanto costaba levantar los más pesados, y las enaguas de tafetán! Todas hacíamos régimen seco para no pasar por el trance, pero algo había que tomar...y ese algo, tenía que salir.
Así pasaba el tiempo: en el día, colegio, en la tarde estudio y Pilar, los fines de semana, pololo y de tarde en tarde baile. Todo estaba organizado. Al vestido blanco se unió otro de tul color agua con unos adornos plateados en la falda, me lo trajo mi papá, parece que traído por una tía que se ganaba la vida trayendo cosas del extranjero y vendiéndolas.
Las notas muy buenas, claro, mi ilusión estaba intacta. Sería médica.
Pero cuando tuve que optar al Bachillerato y hablé en casa de mi deseo tuve la más férrea oposición jamás soñada. Mi papá, ese hombre que me quería por encima de todo, que siempre me dio más de lo que le pedí, que me regaloneaba desde que nací, que se sentía orgulloso de mi... ese mismo padre estalló en cólera y dijo: “Una hija mía jamás estudiará medicina, es carrera de hombres”. Mi mamá guardó silencio con mis hermanos, nunca habíamos visto así al papá. Fue tanta la impresión que no dije nada sino me encerré en mi pieza. ¿Lloré? no lo sé pero el dolor que sentí fue tremendo, se me vino el mundo encima, mi futuro ya no existía.
Tenía una pequeña esperanza: que Fernando me apoyara y que, como el papá lo respetaba, a lo mejor se podría volver atrás. Con ansias esperé el fin de semana, y le conté el asunto. Cuan sería mi sorpresa al oírle que mi papá tenía toda la razón y que la carrera no era para “señoritas”, que los alumnos eran crueles y que boicoteaban a las pocas mujeres que se atrevían y que eran unos “marimachos”, que les ponían en los bolsos escrotos y penes de los muertos.
No tuve fuerzas para luchar por mi vocación. No pude hacer nada contra ellos. Por un lado, mi papá tenía el poder y el dinero para pagar mi carrera, por otro Fernando, que hasta ese momento era mi apoyo, dejó de serlo.
Fuerte asunto... frustrante asunto.
Terminé el curso porque lo tenía que terminar, pero ya sin interés. Tuve la fiesta de fin de curso vestida de largo y de blanco, como todas, pero hasta aquí llegaron mis estudios. No quise dar Bachillerato ni seguir estudiando nada. Sentí que mi vida había terminado y que la muerte no tardaría en llevarme. Si delgada era, me convertí en un espantapájaros, pero ¿A quién importaba? Ya no sería médica, el sueño de toda mi vida. Quién sabe lo que sería, quién sabe lo triste y apocada que me sentía. A lo mejor mi abuela, quizás mi madre, pero nadie dijo nada. Esta vez tuve que arreglármelas sola. El mundo me dio las espaldas.
Después de la despedida del curso, de fin de año y de fin de estudios, nos fuimos al fundo, al Durazno, con Pilar de 8 meses y mi mamá esperando otro hijo. El viaje en sí era pesado. Para mi mamá fue el peor de su vida, pero llegamos al fin, a nuestra tierra, todo estaba igual a lo que recordaba del año anterior, pero ahora con la mamá todo era diferente, mejor.
Yo no quería ni hablar ni que hablaran de mi futuro, en realidad no tenía futuro. Hoy dirían que tenía “Stress” la gran palabra que sirve para todo, no creo que fuera eso sino un fracaso que me costaría una vida entera superar. No estudiaría medicina...el resto no me importaba nada.
La vuelta a Santiago fue más organizada, nos quedamos a dormir en la casa de San Carlos y al día siguiente nos fuimos en tren. La mamá estaba lo bastante embarazada como para volver en auto. El viaje, como siempre largo pero cómodo. Unas 8 horas, allí podía la Pilita caminar entre los asientos y hacerle monerías a la gente ¡Todos la aplaudían, era tan chica y tan simpática!
Poco a poco fue cambiando el paisaje. Pasaron los grandes volcanes, dejaron de verse los Zorrinos, los ríos venían mucho más pequeños después del verano, los potreros de arroz estaban listos para la cosecha. Pocos animales, cada vez más cerca de la ciudad, cada vez más lejos de mi ideal ¿Qué futuro tendría? Es que no veía futuro ninguno, ni ganas de vivirlo. Mi anhelo estaba muerto y enterrado.
Llegamos a nuestro departamento en el Pasaje República y nos acomodamos como siempre: mis hermanos juntos, luego mis padres y yo con Pilar. Mi mamá no estaba para criar y dar a luz.
Pasaron los días, cumplí 18 tristes años, tampoco nadie estaba para celebrar nada. Ni siquiera era edad para ser mayor —eso vendría más tarde cuando a mí me daba lo mismo tener 18 o 21— Lo único que hice fue un acto de rebeldía y ese día en la cena encendí un cigarrillo delante de mis padres y hermanos y les dije “estoy harta de fumar a escondidas”. M1 papá se puso blanco, pero no me dijo nada y la mamá tampoco porque ella fumaba y, a lo mejor se sentía culpable. En ese cumpleaños Fernando me regaló un par de golondrinas de porcelana que adornaron mi pieza.
Ese año mi papá compró una casa pequeña en Las Cruces, balneario muy familiar cerca de Cartagena. Tenía una vista muy linda al mar y, casi diría, sobre una caleta de pescadores. Sólo había cuatro casas construidas en ese sitio. Algún fin de semana aprovechábamos para ir, pero la mamá no se sentía muy bien así es que la casita quedó casi abandonada. Como ya nos sentíamos personas grandes. Empezamos a ir los fines de semana con mis amigas. Un grupito de 4 o 5 personas que nos alojábamos solas en ese pequeño poblado. Teníamos la precaución de pasar por el retén de Carabineros y decirles que estábamos solas. Ellos hacían rondas nocturnas para que estuviéramos tranquilas... ¡Vaya grupito de ignorantes que nos juntamos! Es que no sabíamos ni hacer huevos fritos, allí aprendimos un par de cosas además de fumar y tomar cerveza y sentirnos grandes de verdad. Poquito a poco fuimos aperando la casita con ollas, cubrecamas y alguna que otra cosa sobrante en nuestras casas y la verdad es que lo pasábamos muy bien. Llevábamos la guitarra y nos amanecíamos tocando, cantando y comiendo panqueques con manjar blanco. Otra entretención era ir a la Punta del Lacho en el día, sentarnos en las rocas casi donde rompían las olas y con una lata de leche condensada abierta con un agujerito hacer caer el chorro en una galleta. Lo más seguro es que el viento nos llevara el hilo de leche a la cara y volvíamos dulcecitas... ¡Qué lindos días!
El 28 de Abril nació una niña, acompañamos a mi mamá mi tatá y yo. Ella era muy, muy valiente, no la oí nunca quejarse a pesar de que tener contracciones es doloroso. Así es que otra niña ¡Qué alegría! Una compañerita para Pilar, y otra guagua para nosotros.
No todo fue tan, tan bien, la niña tuvo “melena” los médicos dijeron que era corriente y no preocupante, pero... El ojito de mi mamá dijo otra cosa: “La niña no fija la vista y no mueve sus manos ni sus pies”. Es que es recién nacida, decían los sabios. “La niña tiene algo” repetía mi mamá insistentemente. La vio un especialista en recién nacidos y dijo solemnemente: “Es sana”.
Todos queríamos que se llamara Julita como la mamá, pero ella dijo que se llamaría Rosario. Creo que de segundo nombre tiene Julita, tengo que averiguarlo. Así la bautizamos en la Parroquia y fuimos sus padrinos Jorge, mi hermano y yo.
Todo ese año lo tengo en la cabeza como un año gris, triste e inútil. Me parece no haberlo vivido o que no me gustó vivirlo, no hice nada más que estar cuidando a las niñas y a mi mamá. Tampoco era que las cuidara mucho porque había gente de servicio que hacía las cosas.
Rosarito no adelantaba, mis padres desesperados iban de un médico a otro buscando solucionar el problema y en eso estaban cuando la niña empezó a convulsionar. Al principio era cada varias horas, luego mucho más intensas y seguidas. Cada vez parecía que no volvía, eso nos tenía alterados a todos.
La mamá, llamó al doctor Ariztía, sí, el mismo que mal diagnosticó a Juan Agustín con el resultado de su muerte... Ella era fuerte y no trepidó en llamarlo, era el mejor pediatra de Santiago y lo del niño... ¡Fue un accidente!
El diagnóstico fue demoledor... No tenía remedio... No caminaría... No sería nada nunca y moriría muy joven, dijo que era una Idiocia severa.
El mundo entero se les vino encima a mis padres ¡Ellos creían que fuera de Chile habría alguien que curara a la niña, ojitos de avellana, pero no lo había! Tuvimos que apechugar con lo que había. Una niña que sería guagua toda su vida. Difícil, muy difícil fue ese tiempo. Mi papá la miraba con tanta pena que nos daba pena a nosotros, la tomaba en sus brazos y la mecía. Si convulsionaba la sujetaba con fuerzas de hombre y le corrían las lágrimas. ¡Pobre papá que quería tener hijas mujeres y tenía esta niña tan bonita, blanca, con pelo castaño y sus ojitos avellanas perdidos en el espacio. Más de 2 años pasaron hasta que hubiera un anticonvulsivo que no atontara a los niños. Mi papá lo encargó a través de la embajada de Estados Unidos y le mandaron todo el que necesitaba. Se acabaron las convulsiones, pero no adelantó nada. Fue y es una guagua, más pequeña o más grande, pero ¡Una guagua!
Mis padres estaban muy angustiados y, casi diría que desesperados. Nada podían hacer y en eso, una noche mi mamá tuvo un sueño y me lo contó al otro día: “Estaba yo paseando por un jardín muy bonito, lleno de flores y de pájaros. Vi venir a un caballero muy correcto, de terno oscuro, cuando llegó donde yo estaba. Supe que era el Señor y me arrodillé a sus pies y le rogué: “Señor, sana a mi Rosarito”. El Señor no me dijo nada y yo desde el suelo levanté la mirada y le dije muy bruscamente: “¿No puedes o no quieres?”. Él me miró con ojos de inmensa ternura y me dijo: “No quiero”. Cuando despertó estaba tranquila y en paz. Nunca volvería a insistir en mejorar a la niña y todo lo toleraba como un don de Dios. Mi mamá se refería a la Rosarito como “Templo vivo del Espíritu Santo”.
Todo cambió en casa, ya no había ajetreo de médicos ni se cuestionaban ¿Por qué a nosotros? Hubo paz y lo que había que hacer, se hizo.
Decir que la vida en casa se complicó sería muy poco, ni un atisbo de la realidad. Todo se concentró en que Rosarito viviera. Ella no controlaba ni la temperatura, ni el sueño, a veces estaba cinco días dormida y luego otros cinco despierta llorando sin consuelo. A veces estaba con temperatura sobre 38,5” y luego le bajaba a 35”. En medio del desequilibrio las convulsiones eran muy seguidas y le daban Luminaletas, con eso estaba muy atontada. No daba señales de desarrollo, ni de ver, ni de oír, sus movimientos eran desordenados y no atinaba a tomar las cosas con sus manos y menos a sentarse.
Ese año negro que viví metida en mi pena sólo me era un consuelo salir con Pilar y pololear. Muchas tardes, mientras Fernando estudiaba su carrera de Agronomía, ya estaba en segundo año, me ponía música y yo la escuchaba por teléfono. Tiempo de tristeza, de inseguridad, no sólo para mí sino para toda la familia. Seguramente mis hermanos estudiarían con amigos porque la casa no era para concentrarse. Más o menos en esa época Jorge tuvo dificultades en los Padres franceses y lo matricularon en San Agustín donde fue un alumno destacado y empezó su romance con Loreto, que casi, casi duraron 10 años juntos hasta que se casaron.
Ese año, en alguna ida a Las Cruces me cogió una ola y me revolcó en la Playa Chica. El resultado fue bien malo, me estropeó el menisco de la otra pierna y me tuvieron que operar, el mismo médico, pero en la Clínica Alemana. Por lo visto tenía más práctica y todo resultó bien y me recuperé pronto. Total, para lo que hacía, bien lo podía hacer coja.
Hice un esfuerzo por ser útil y le ofrecí a mi papá ir a la Vega a comprar las verduras para la semana. Estaba segura de que podía comprar bien y fresco. Le costó entregarme el dinero, pero lo hizo. Me esforcé en hacer todo lo posible por comprar bien y llegué con dos enormes bolsas, pero el problema se presentó cuando mi papá me preguntó por el precio de cada cosa ¡No se me hubiera ocurrido tomar nota y me gasté toda la platita, total era para eso ¿Verdad?! Esas cosas solían pasar con el papá ¡Desconfiado hasta la médula! Me parece que fue la primera y la última expedición a la Vega.
Junto con la primavera llegó el calor, el apuro por terminar el curso de mis hermanos, el cansancio de mi mamá, el llanto de Rosarito, la inquietud de Pilar. El resultado fue que nos fuimos a Las Cruces a la nueva casa que había comprado el papá, la más linda y mejor ubicada de las cuatro que habían construido. Estaba frente al mar y parecía que uno estaba en un barco. Nos fuimos la mamá, la nana de Rosarito, Pilar y yo, dispuesta a descansar. El horario era muy bueno, nos despertábamos cuando lo hacía Pilita, luego de desayunar nos íbamos a pasear, a comprar lo que se necesitara y a la playa, a veces a la Playa Chica, pero otras veces nos dábamos un paseo por la Playa Grande que llegaba a Cartagena. De vuelta almuerzo, siesta, lectura y después de las onces, otra vez a pasear a las playas del norte, a ver la puesta de sol en la Punta del Lacho, a jugar en las arenas rubias y llenas de conchas. Al llegar cenábamos y ¡A dormir! En estos paseos y, como Pilar tenía apenas un año, me la ponía a caballo en el cogote y cargaba con ella, con el tiempo me fui dorando con el sol, ¡¡Con un collar blanco, la sombra de la Pilita!!
A veces llegaba el papá a vernos. No era un buen tiempo para él que tenía mucho afán en el fundo. Por otro lado, supongo que mis hermanos se irían con él al después de dar sus exámenes, allá tenían quien les hiciera sus cosas y ya estaban grandecitos, el menor, Mariano que tenía unos 13 años
Felices días vivimos lejos de las penas y de los fantasmas. Felices con el aire de mar, el sol, los pescados y mariscos. Felices...felices...felices...hasta que nos llegó la noticia que nos derrumbó. La tatá estaba muy enferma, hospitalizada y a punto de ser operada. No nos demoramos nada en cerrar la casa y juntar los cuatro “monos” que teníamos para tomar el auto de uno de los tíos que nos vino a buscar.
Triste la vuelta y larga, parecía que nunca llegaríamos. Pasamos a dejar las guaguas en casa y nos fuimos a la Clínica Santa María. La tatá estaba muy mal, amarilla y casi inconsciente ¡Impresionante! No esperábamos encontrarla tan mal. Y empezaron los turnos, cada día y cada noche un hijo se quedaba con ella, también a mí me incluyeron porque era mayor, pero a la tía Luz se le atravesó el tema y en “mí” turno se le ocurrió que metieran una cama ¡¡Para ella!! ¡Ni eso pude hacer en ese año de desgracias!
Cuando la estabilizaron y la pudieron operar dijeron que tenía un cáncer en la salida del páncreas e intestino. ¡Sin remedio! En cuanto se pudo la mandaron a casa a esperar la muerte. Dura la situación para todos. Triste ver a la madre que se va acabando día a día. Ella tenía dolores y la medicaban, con ello pasaba atontada y cada día más amarilla. También en casa se establecieron turnos, además de una enfermera que la atendía.
Una vez, estando con mi tío Paco, abrió los ojos celestes envueltos en una nube amarilla y me dijo: “Bernardita, llévate la miniatura antes que se la lleve la Luz” Miré a mi tío Paco y él me confirmó que lo hiciera. Rápidamente la envolví y me la llevé. Desde entonces me ha acompañado y espero que siga acompañando a la Pilita ahora que, al cumplir 80 años se la entregué a ella.
Poco tiempo estuvo la tatá en casa. Un día entró en coma y el médico dijo: “Esto se acabó”. Agonizó un par de horas y se murió. Mejor dicho, dejó de vivir o, mucho mejor, dejó de sufrir o super mejor, llegó a su casa en el Reino de Dios.
Y nosotros nos quedamos sin ella y yo fui a su jardín y corté todos los alelíes blancos dobles que ella había puesto y se los puse a su lado en la cama. ¡Se veía linda rodeada de sus flores!
Mi mamá me abrazó, casi buscando apoyo y me dijo llorando: “Que triste es ser huérfana” Me impresioné mucho, no lo esperaba de ella que había demostrado en su vida ser tan fuerte, pero la muerte impacta, impone, sobrecoge y, por encima de todo, imprime en el alma un dolor inmenso. Yo quise mucho a mi tatá, siempre estuvo a mi lado, desde que nací ella estuvo cerca y me quiso tanto como yo la quería, más que con amor de abuela y nieta, casi con amor de madre e hija. Y me lo demostró, antes de caer en coma contaba a sus hijos con sus dedos amarillos y delgaditos y...me incluía a mí.
La visión que tengo de ella es rodeada de sus flores, no la volví a ver, mientras íbamos a casa a cambiarnos de ropa, la pusieron en un ataúd y se la llevaron a la Parroquia. Cuanto la velaron, no lo sé, cuando la enterraron tampoco, sólo recuerdo la Misa y la salida del ataúd llevado por mis tíos hasta el Cementerio Católico donde estaba sepultado su marido, mi abuelo Ramón. También en esa sepultura estaban Lalito, mi primo y Juan Agustín, mi hermano pequeño... No volví al cementerio hasta el 1” de Noviembre cuando fuimos con mi mamá a llenarla de las flores que más le gustaban.
Al recordar esos momentos vuelvo a sentir la pena de haberla perdido, la pena de tener a mi mamá sufriendo además de todo lo que estaba pasando en casa. Fernando se portó bien y me ayudo con su cariño y, parecía que la brecha que se había abierto se empezaba a cerrar, parecía.
Habían pasado algunos días desde la muerte de mi tatá cuando tuve un sueño: “Estaba en la sepultura con ella, rodeada de flores y de dulces, de los que a ella le gustaban. Ella me invitaba a tomar té. Hablando y hablando me dijo que no me casaría con Fernando, le pregunté con quién lo haría y me dijo: “con un desconocido”. Fuerte sueño cuando nosotros estábamos pensando en el tiempo que nos faltaría para casarnos... viviríamos en Zemita...yo sería una dueña de casa campesina, con una huerta llena de verduras y frutas.
Tendríamos vecinos y amigos, y todo el verano sería un ir y venir de mi gente, del Durazno a Zemita y de nosotros al Durazno. Así es la vida, pero me decía “los sueños, sueños son” y no le tomé mucho en cuenta.
Habían pasado algunos días después de la muerte de mi tatá cuando se generó un gran problema. La enfermera que cuidaba a mi tatá dijo que se tenía que ir y que no seguiría cuidando al Coco —hermano de mi mamá, deficiente mental—. Los hermanos se juntaron y después de largas deliberaciones mis padres accedieron a irse a vivir a casa de mi tatá y a cuidar del Coco... Fueron días tensos y difíciles, los hermanos Rivas Freire no son cosa fácil.
No me parece que hubiera pasado mucho tiempo cuando, una tarde, Fernando me dijo que todo su tremendo amor por mí se había agotado... Así son las cosas, así es el amor de los jóvenes: un día se hacen proyectos para “toda la vida” y luego ese pozo se agota. Muy mal lo pasé y ya llevaba mucho tiempo pasándolo mal entre una cosa y otra. Parecía que la tristeza y la amargura iban a ser mis compañeras para siempre. Así como se quiere, se sufre en forma desmedida en la juventud... No sé lo que hice para sentirme mejor, a lo mejor apegarme más a mi hermanita, o tal vez salir con mis amigas, pero algún empeño le tuve que hacer porque me repuse y dejé de pensar que las cosas me pasaban por mi culpa. A lo mejor la única culpa verdadera que me queda es la de no haber peleado lo suficiente con mi papá para estudiar medicina. Seguramente no me sentí capaz y eso sí lo he sentido siempre. ¡Cómo me gustaba y cómo me gusta la medicina!
Mi mamá era amiga de sus cuñadas y como tenían hijos de la misma edad se heredaban ropa y artículos de niños. Así fue como llegó de vuelta a casa un coche de guagua que se había comprado para Pablo, era un coche muy bueno, inglés, azul y cómodo, fue el indicado para acoger a Rosarito. En él la sacaban a la terraza y a pasear por el barrio, hasta había una plaza cerca donde llevarla, la niña se mecía con el movimiento del paseo y se tranquilizaba.
Yo que no hacía mucho salía con la Pilita a todas partes: a comprar a Providencia o al almacén de la esquina, también la llevaba a casa de la tía Chita que quedaba cerca, y allí todos la regaloneaban. También había una prima pequeña con la que compartían juguetes al igual que yo compartía libros con las mayores.
Los menos conformes eran mis hermanos, que no tenían donde estudiar, dormían en una habitación incómoda y estaban bastante lejos de sus colegios así es que tenían que levantarse temprano. No creo que reclamaran mucho porque eran buenas personas y se daban cuenta de la situación.
De nuestros paseos a Las Cruces me quedó un gusto muy grande por la guitarra. Algo le hacía, pero no cantaba —es algo que me pasaba y me sigue pasando... no soy nada de entonada—, el resultado fue tomar clases de guitarra clásica. Para eso no necesitaba cantar, o por lo menos eso era lo que yo creía. Mi papá se alegró cuando se lo comenté y me mandó al conservatorio de música a contactar con la profesora de guitarra. Pareciera un trámite muy fácil, pero fue un rollo. El tal conservatorio quedaba en pleno centro de Santiago y la sección guitarra, perdida entre unos viejos pasillos. Logré hablar con la secretaria y me dio día y hora para hablar con la profesora. Volví a casa a hacerme ilusiones. Para que yo no tuviera que ir a Santiago, la idea era que la profesora viniera a casa y me diera clases. También parecía sencillo, pero lo que no sabíamos era la categoría de la profesora. Resultó ser una concertista y maestra de genios, y yo sin saber ni la escala de do. Bien y abreviando, hablé con ella y aceptó tomarme a prueba por un mes. Ni sé cuánto le costó a mi papá la gracia, pero el resultado fue demoledor: después de 4 clases dijo que yo no tenía aptitudes para concertista y, además que era muy mayor para aprender. Resultado aplastante y sin remedio, una cosa más en contra de mis aspiraciones. Lo bueno es que le hice empeño, mucho empeño y hasta me resultaron las escalas, la cromática y la de do y pude empezar a descifrar el libro que había comprado. En eso estaba cuando, no sé por dónde, apareció un profesor de guitarra que vivía muy cerca de nosotros y que daba clases en su casa. A pesar de mi torpeza me recibió como alumna y empecé a machucar algunos fragmentos y obras pequeñas... No se me daba tan mal y me gustaba. Tampoco molestaba demasiado en casa, porque un ruido más no importaba y así todos contentos. Fui progresando, nunca tanto como para creerme la muerte, pero si, progresaba. Un día se le ocurrió al profesor que le ayudara a un par de niños con las primeras escalas, y se me dio bien. Los niños progresaron, el profesor tenía tiempo para otros alumnos más adelantados y a mí me daba clases ¡Gratis! Una vez el profesor presentó a sus alumnos en el conservatorio para convalidar sus estudios, y quiso que yo también lo hiciera. Me estimuló tanto que se lo creí, me preparé con todo lo que me dijo y en compañía de varios niños nos fuimos a dar EL examen, que según él era facilísimo y todo al alcance de mis dedos. Lo primero que había que hacer era tocar delante de una profesora un par de pequeñas piezas. Me fue bien. Luego lectura a primera vista. Me fue bien. Pero después...EL DESASTRE. Una profesora, detrás de un piano, tocó dos acordes con todos los dedos y me dijo: ¡Escala de Re menor! Y yo me quedé igual que si me hubiera dicho ¡Los patos en la laguna! Ella insistió: ¡Re menor! Entonces caí, me estaba diciendo que la cantara. ¡Pobrecita de mí! Inspiré y dije: “re, mi, fa sol la si, do” y ella me contestó: “¡Váyase y nunca más trate de dar exámenes aquí porque no sirve!”. No sé si es textual, lo que me dijo, pero...así lo sentí. Seguí tomando clases de guitarra y ayudando a los niños, pero... ¡Jamás intenté cantar ni una nota!
Otra actividad que me ayudó a pasar la pena fue el deporte. La madre de una muy amiga mía tenía un grupo de Voleibol y me invitó a participar, según ella tenía de todo para que sirviera, era alta, delgada y con bastante fuerza en los brazos. Así en que me puse en marcha. Ella entrenaba en la escuela de carabineros y me quedaba cerca de casa, me iba en bicicleta y no me demoraba nada en llegar. El gimnasio era muy bueno y el grupo también. Empecé a aprender y se me daba bastante bien, tenía una sacada bastante potente y me gustaba. Lo que no me gustó nada fue que se me empezaron a poner duros los dedos y el profesor de guitarra me dijo que tenía que elegir porque no eran compatibles las dos actividades ¡Una penita! Pero superable. Justo al lado de la cancha se ponía un profesor de esgrima a entrenar a algunos carabineros y yo los miraba y me sentía en la edad media. Un día en que no tenía alumnos, me invitó a tomar un florete y me dijo como tomarlo, me sentí bien con el arma en la mano y él empezó a darme instrucciones muy sencillas, pero empecé a moverme en las cuatro posiciones, ¡Qué bien me sentí! Por lo visto el Vóley no era nada al lado de tener un arma en mano. Así golpe arriba, golpe abajo, retroceso, adelante en tercera, atrás en cuarta, avanzar, retroceder... Era un juego muy entretenido y me gustaba. Una aventura Scaramouche en acción. Pasaron las semanas y al profesor se le acabó el tiempo de instrucción en carabineros y se fue, antes de irse me invitó a visitar la federación de esgrima a ver si podía entrar, yo, muy motivada fui, pero la federación estaba en pleno centro y las clases eran por la tarde-noche. Además, en esas canchas no se podía jugar con el florete, sino que había que entrenar en serio, o sea con ropa, zapatos y máscaras especiales. Mucha historia para un jueguito que, además de la preparación para combatir en diferentes sitios, no sería ni tanto lo buena que era, ni tanta la vocación porque lo dejé.
Así, mi vida de bote en bote y no sabía ni donde iba ni lo que quería de mi vida. Tampoco me pregunté si me estaba preparando para algo, cada día era sólo un día que se iba sin dejar huella. De estudios, nada, de trabajo, nada, de preguntarme por mi futuro, nada, casi lo más cerca de ello sería tener hijos. ¡Claro para eso había que casarse y, para casarse había que encontrar un hombre y, para encontrarlo había que salir, buscar, conocer, encontrar la pareja ideal, que ese hombre supiera que yo existía y que... ¡Al fin, nos enamoráramos y nos casáramos! ¡¡¡Vaya proceso más complicado!!! Además, después de todo lo que yo había pasado no estaba en condiciones de “buscar” nada, mis amigas todas emparejadas con la misma gente que frecuentaba antes o sea la nada misma.
Un día, alguien, a lo mejor hastiada de verme deambular, me dijo que me acercara a la Cruz Roja, que empezaba un curso que a lo mejor me podía interesar y ¡Me interesó! Al fin algo que me interesara. Fui a la casa central de la Cruz Roja y me dijeron que había un curso de Samaritana, que duraba un año y que había matrículas. Sin pensar más me matriculé, las clases las daban lejísimos de casa en el barrio Independencia, pero eran de día y no había problema. Eran una vez por semana y muy interesantes. Todo sobre salud y enfermedades, curaciones y distintos métodos para tratar a los enfermos. ¡Me encantó! Pero lo realmente entretenido fue que después de algunas clases teóricas nos pidieron que lleváramos delantal blanco y cofia porque tendríamos clases prácticas en el consultorio de la Cruz Roja, que quedaba en el mismo edificio, en el primer piso. No cualquier delantal sino el indicado por la profesora y comprado donde ella lo dijo, igual que la cofia, blanca porque éramos estudiantes. Todo lo hice tal y como me lo pidieron y pasé toda la semana imaginándome las cosas que vería y repasando todo lo que había hecho en el fundo, donde yo era enfermera titular desde los 13 años. Fue una semana intensa, entretenida y recordé muchas cosas con mi mamá. Desde mi primera inyección a un viejito molinero tan flaco que mi mamá no se atrevió a pinchar y me lo pasó a mí, hasta las heridas de los trabajadores. ¡Qué doctora me sentí!
El día señalado iba con todas mis cosas y feliz de practicar lo que nos habían enseñado, al menos eso creí yo, pero del “dicho al hecho, hay mucho trecho”. Llegamos en orden al policlínico, y nos distribuyeron a cada una al lado de una alumna mayor en un apartado con una camilla y una mesa de curaciones, o sea, de hacer algo... ¡Nada! Solo mirar y hay que ver lo que vimos: unas úlceras varicosas enormes. Unas infectadas otras no, pero diría que todas incurables. Úlceras producidas por varices de venas en personas que están de pie la mayor parte del día y haciendo mucha fuerza, ya fueran hombres o mujeres. La indicación hubiera sido que descansaran, además de las curaciones, pero no lo podían hacer así es que un día sí y otro no iban a curarse. La mayoría eran esas heridas las que veríamos. También había uñas encarnadas, o llenas de hongos. Esas las atendía el médico que, después de ponerles una anestesia local se las sacaba de raíz. Dolía, claro que dolía, pero para eso estábamos ahí para que nos doliera tanto que quisiéramos curarlos. ¡Vaya experiencia! Andando el tiempo y cuando habíamos visto todo lo que había que ver, nos enseñaron a curar. Eso ya me gustó más, al menos tenía práctica y las profesoras se dieron cuenta y me dieron un poco más de responsabilidad. También era la mayor del grupo y no me desmayaba como algunas niñas más chicas. En un momento, poco antes de terminar el curso, nos tocó aprender a poner inyecciones ¡Eso es lo mío, pensé! Pero las personas que solicitaban tales inyecciones no eran muchas y pronto se acabaron, sólo quedó una viejita a la que había que poner una inyección endovenosa...y de las alumnas sólo quedaba yo...la viejita me animó y me dijo: ¡Señorita, pinche con confianza, que tengo buena vena, muchas señoritas han aprendido en mí! Y la profesora me preguntó si me atrevía, yo dije: ¡Si, para eso vine, para aprender! Y así fue como aprendí a pinchar venas. Fue fácil porque la viejita me animaba y la profesora confiaba en mí, pero terminé tiritando porque la inyección era de Calcio y si caía fuera de la vena producía una quemadura. Así poquito a poco fui aprendiendo y metiéndome en un mundo en el que siempre soñé. Nunca se me ocurrió pensar que detrás de esas heridas había personas, que tenían un nombre y una historia. No se me ocurrió, es la verdad, a lo mejor hubiese sido más efectiva la curación y me hubiera preocupado de la persona, porque en el fundo las heridas tenían nombre y familia e historia ¿Qué me pasó? Seguramente la formación que nos daban era así de fría, a lo mejor pensaban que así lo haríamos mejor. No lo sé y no saco nada con atormentarme los sesos con esta historia.
Además de las clases y del trabajo en el policlínico teníamos un turno en la Posta Central de unos 15 días, más o menos, y para terminar el año una práctica hospitalaria.
El grupo que íbamos a la Posta nos juntamos. Al llegar nos distribuyeron en los distintos servicios. Para iniciarnos nos tocó estar en una sala de operaciones donde varios médicos operaban una “vesícula” ¿Quién estaba en la mesa? Eso no se sabía, pero nosotras en fila mirando, escuchando y oliendo todo lo que se podía ver, escuchar y oler ¡Nada rico, de todas maneras! Me interesó ver lo que había dentro del vientre del operado, pero no estaba muy cerca, cuando me di cuenta varias de las compañeras se sentían mal y más de una se desmayó. No era la primera vez que yo entraba de mirona a un pabellón, la anterior fue en Chillan y pude ver cómo le sacaban el apéndice a una prima de una amiga ¡Ni tan espectacular! La Posta era un edificio muy viejo y pobre, alto, muy alto, de paredes oscuras y con olor mezclado de cloro con desinfectante, más cloroformo y olor a pobreza, a trapos sucios, a falta de aseo personal. Las salas de los enfermos eran comunes a 10 o más personas. Las enfermeras pocas y las auxiliares corrían de un lado para otro haciendo lo que podían; en ayuda de las auxiliares nos pusieron a nosotros. A mí me tocó en Traumatología, ¡Yesos, aquí! ¡Yesos, allá! El médico que atendía era joven y muy divertido, siempre tenía una nota cómica que hacía reír a los enfermos, y de paso me pedía atención permanente, menos mal que yo me avispé y pronto tuve la velocidad de atención que él quería. ..¡Impresionante verlo enyesar y más todavía sacar los yesos! ¡Era un artista, con unas cizallas enormes cortaba los yesos fácilmente! De mi estancia en ese servicio dos cosas me impresionaron: la primera fue ver poner una raquídea: “yo tengo, yo tengo un velerito!” Cantaba el médico y ¡zas! pinchaba la columna con una puntería estupenda. Yo tenía que mantener al enfermo inclinado adelante, con la cabeza agachada y que no se moviera. Yo me decía que ¡Nunca me tengan que pinchar a mí! Pero hacía lo que tenía que hacer.
Un recuerdo de ese tiempo de “yeso”, un día llegó un viejito con una coraza de pesado y sucio yeso. El doctor cortó por delante y luego por detrás, al separar las dos partes vi que estaba ¡¡¡Lleno de gusanos!!! Seguramente larvas de moscas que se metieron entre la piel y el yeso, no le llamó la atención al médico sino, lo sacudió y los gusanos caían como lluvia al suelo... ¡Un asco! Pero no tenía heridas, la piel estaba sanita ¿Sería que los gusanos se comían lo muerto? No hace mucho me enteré de que en la Edad Media había curanderos que llevaban un frasco con larvas de mosca para curar las heridas infectadas ¿Será cierto?
En esas andanzas estaba cuando se puso en huelga el personal de la Posta. Como no había quien hiciera las cosas más simples, nos pusieron a nosotros de auxiliares, más otras Cruz Roja de cursos superiores, ¡Ahí hubo que trabajar! Nada de sólo mirar, ¡Trabajar, en turnos de 8 a 15! A mí me pusieron en Ginecología ¡Fuerte aventura! En ese tema yo no sabía nada, no me había tocado nunca actuar y ni sabía lo que era un examen ginecológico, ¡Rapidito me tuve que poner al día! Lo terrible era que en esa sección no llegaban cosas normales como control de embarazadas ¡No, no! ¡lo que llegaban era un aborto detrás del otro! El médico, raspaba a una y ya estaba la otra en la mesa, debajo de él había un balde donde iba tirando lo que raspaba, sangre, trocitos de fetos, a veces una pierna, otras un brazo, pedazos de carne no identificables, entre una y otra mujer. Yo pasaba un paño con cloro y una bandeja nueva de material. Tuve que poner el corazón duro y oír lo que me pedía el médico y también los lamentos e insultos de las mujeres. No una sino varias veces oí: ¡Raspe, no más doctor, que yo estoy acostumbrada! Y así, sin anestesia, sino a “palo seco” raspaba y raspaba. El sonido de la cucharilla raspando se me quedó en el oído, era como si raspara la cáscara de una sandía. Él me contó que no eran abortos que él provocara, sino que las mujeres lo habían hecho en sus casas y que él tenía que —para salvarles la vida— sacarles todos esos pedacitos de feto ¡Impactante! ¡Mujeres pobres abortando frecuentemente! Da que pensar en la calidad de vida que llevarían o si entre ellas había prostitutas que no se cuidaban, en fin... ¡Mucha tristeza! ¡Mucha pobreza! ¡Mucha ignorancia!
En un cambio de turno me asignaron a Ingresos, eso quería decir que los enfermos llegaban, en primera instancia a la sala donde me pusieron a trabajar. Había cubículos donde los iban poniendo en camillas para que el médico los examinara. A mí me tocaba llenar las hojas del formulario, donde había que poner los datos del enfermo. Por primera vez, los enfermos tenían, para mí, un nombre y datos personales. Mucho ajetreo, mucho entrar y salir empleados de las ambulancias que a gritos se hacían notar: ¡Un accidentado! ¡Una hemorragia! ¡Una fractura! ¡Fiebre!... En fin, tenía yo que ir colocándolos para la visita y, más o menos empecé a tener idea de valorar las urgencias. ¡Me quedaba grande el poncho! Pero si no había nadie más ¡Había que apechugar! Menos mal que el médico era comprensivo y nunca me llamó la atención. Una mañana entró a toda prisa un enfermero y gritó ¡Un quemado! Saltamos con el médico para atenderlo antes que a nadie, era el cocinero de la embajada francesa que le había explotado una olla a presión y le había quemado toda la cara, estaba rojo como un cangrejo y ya le estaban saliendo ampollas, ¡Pobre francés que apenas hablaba el idioma y se quejaba como un niño! No sé lo que se hizo con él, seguramente ponerle unos paños con grasa y mandarlo al hospital donde se le podría atender. Siempre me acuerdo de él ¡Qué mal lo pasó!
Otra mañana llegó un enfermero gritando: ¡Accidente! Traía a una viejita que la había embestido una carretela, venía muy mal. La pasaron a un pabellón cercano a Ingresos y el médico dijo que tenía una gran fractura de fémur, expuesta, que había que amputarla, pero que antes había que estabilizarla. Como no había enfermeras él le puso un suero y me dijo que me quedara al lado de ella y que lo controlara. También había que controlar la presión que la tenía muy baja, él tenía que hacer otras cosas y me quedé con ella, mirando y esperando que se muriera ¡Impacta la muerte así, cara a cara! Pero la batalla estaba dada. De a poco la viejita empezó a tener mejor color, la presión se le normalizó y vino el médico a verla. Decretó que era el momento de amputarla. No había nadie que le ayudara así es que me dijo que me lavara bien las manos y que tendría que ayudarlo. Después de darle unas gotas de cloroformo, me dijo que le tomara la pierna y que se la estirara. Un escalofrío me corrió por la espalda, pero lo hice, Él me decía “haga más fuerza” y yo estiraba y estiraba la pierna hasta que a él le pareció bien y me indicó que mantuviera esa presión sin soltarla, que me afirmara en la base de la camilla. Todas las fuerzas que hice en mi vida se vieron recompensadas ahora, ¡Pude! Y ¡Mantuve! Mientras el médico con un bisturí cortó la carne del muslo y luego con un serrucho aserró el fémur, así, como quien corta un pedazo de leña. Hasta que en un momento terminó y me quedé con la pierna en la mano y casi me voy de espalda. ¿Qué hago con esto? Le pregunté, y me dijo. ¡Tírelo al basurero y venga a ayudarme! Todavía sin reponerme me puse en frente de él y siguió con la operación. Lo siguiente fue quitarle dos o tres centímetros de hueso, para —según él— hacerle un “buen muñón” ¡Pobre viejita! Seguía inconsciente, no sé si por las gotas de cloroformo o si estaba en coma... Nunca se supo porque había terminado con su “lindo muñón” cuando expiró. Esa tarde ni sé cómo llegué a casa, estaba impactada. Todo lo que había pasado me había llegado muy dentro, fue el último tiempo de servicio en la Posta.
Una tarde, antes de irme a almorzar a casa, después de haber terminado mi turno, oí que un enfermero le decía a una viejita que estaba de alta y que se tenía que ir, la pobrecita llorando le decía que no tenía donde llegar y que con su pierna enyesada nadie la iba a cuidar. Me dio pena y rabia ¿Es que en el país no había un sitio que la acogiese? Y me hice presente con el enfermero, le dije que no la podía poner en la calle y ¡Me iluminé! ¡Hogar de Cristo recién abierto! Pedí el teléfono y llamé, expliqué el caso y les dije que era sobrina de Padre Hurtado —por si servía de cuña—. Me dijeron que la llevara...muy contenta se lo dije al enfermero y pidió la ambulancia para llevarla, pero tenía que ir yo con ella. Así lo hice y nos fuimos a toda velocidad por la Alameda con la sirena sonando y nosotros bien afirmadas. Cuando llegamos nos recibió una señora que nos advirtió que esa era una posada sólo de noche y que no sabían qué hacer con la viejita. La ambulancia esperaba, la viejita estaba en una silla de ruedas y pretendían ponerla en la calle ¡Me pareció mucho, y allí la dejamos esperando la caridad del Hogar de Cristo! No sé si tuvo un final feliz o si fue una desgraciada. Por lo menos esa noche la recibieron, del resto nada supe.
La siguiente práctica fue en el Hospital de Niños Calvo Mackenna. No quedaba muy lejos de nuestra casa, no sé el destino de mis compañeras. A mí me preguntaron si había tenido las enfermedades infectocontagiosas de los niños y al haberlas padecido me pusieron a ayudar al médico que llevaba el policlínico de infecciosos. El médico era un alemán que las tenía todas: joven, guapo, alto, rubio, de ojos azules, simpático conversador y bueno para las fiestas de fin de semana. Me enseñó a diferenciar las distintas enfermedades de los niños, —las más corrientes, claro esti—. Me enseñó a rellenar las fichas y a llegar tempranito por las mañanas, antes que él para que le tuviera las fichas rellenas y preparados los presuntos diagnósticos. Lo pasé super bien, aprendí mucho y pasé un susto: una mañana estaba mirando a una niña y al pedirle que abriera la boca para mirarle la garganta, vi que tenía muy fea las amígdalas y me vomitó encima de la cara. Rápidamente me lavé muy bien con jabón desinfectante y le pedí al médico que la viera bien porque no me había gustado nada lo que vi. Él se preocupó, a pesar de ser lunes, y se asustó, porque la nena tenía un velo al fondo de la garganta. Pensando en una difteria la mandó al laboratorio. Pero las cosas no iban a quedar así no más, cuando llegué a casa y se lo conté a mi mamá puso el grito en el cielo, porque una difteria era algo muy, pero muy malo y en casa había dos niñas pequeñas. Cuan no sería el espanto cuando al par de días del acontecimiento amanecí con una amigdalitis de espanto, con mucha fiebre y dolor. Mi mamá que era muy enérgica llamó al médico y le dijo que yo estaba muy enferma que me fuera a ver. Llegó a verme, pero no era difteria, ni lo de la niña ni lo mío sino una amigdalitis muy fuerte, me dio antibióticos y sané. Pero el susto fue ¡Mayúsculo!
Así siguieron mis prácticas en el Hospital. Con el médico alemán me llevaba muy bien, él tenía un auto chiquito, no sé si era un escarabajo o algo por el estilo, a veces me llevaba de vuelta a casa y otras veces me invitaba a dar una vueltita por el barrio alto, muy alto de la ciudad. Era todo campo, muy lindos los potreros, era tiempo de cerezas y comprábamos unos cartuchos y las comíamos por el camino. Nunca hubo nada que se pudiese mal entender...muy caballerito él, recién casado y muy respetuoso, lo pasábamos bien juntos y nada más.
Sin mayores problemas terminé mi curso de Cruz Roja y me quedaron ganas de hacer algo más en mi vida. Me metí en un curso de “taqui-meca”. Lo de “taqui” fue un desastre, no logré entender nada, parecían jeroglíficos y realmente lo eran. Pero con la “meca” me fue mejor y aprendí a escribir a máquina, — no todo lo bien que se hubiera esperado—, pero aprendí y me he desenvuelto en ella más o menos bien. La idea que tenía era de buscar algún trabajo de oficina. En esos momentos, no encontré nada porque era muy cerca del verano y nos teníamos que ir al fundo, así es que lo dejé para el año siguiente. Por mientras una amiga me dijo que había un artesano que pagaba bien por pintar unos ceniceros y otras cositas por el estilo y no quedaba lejos de casa, podía ir en bicicleta. Me presenté y me tomó. El asunto no era difícil, no había que ser una artista con las manos, sino pintar las figuritas. Todo iba bien hasta que un día “el artista” me dijo que quería tomarme una foto ¡Tan pajarona, yo! Caí y lo dejé, total estaba acostumbrada a que me sacara fotografías mi papá. No me llamó la atención. Otro día me dijo que le habían gustado mucho las fotos y que me quería sacar unas en traje de baño ¡¡¡Seguía la pajarona!!! Llevé mi traje de baño y, cuando me estaba cambiando la ropa en el baño. vi ¡UN OJO en la cerradura! No me demoré ni un instante en vestirme y salir corriendo de esa casa ¡No volví nunca más! Y me sirvió de dura lección ¡¡¡No hay que pajarear!!!
En esos días, más o menos, conocí a un hombre increíble, en casa de una amiga estaba su hermano, un tremendo hombre de casi dos metros, buena planta, buen mozo, simpático, me encantó. Él trabajaba en un campo cerca de Santiago, así es que empezó a ir a casa los fines de semana, había sido militar en caballería en Quillota y había participado en concursos hípicos. Era muy bueno para conversar, hablábamos de cultivos, de la vida militar, todo muy entretenido. Cuando nos fuimos al fundo él quiso ir y mi mamá lo convidó a pasar unos días al Durazno. Llegó un día en un auto arreglado para carreras o sea que le habían quitado todo lo superfluo. Fue una visita muy linda, hicimos paseos a caballo, una vez nos fuimos por la Bonita, El Frutillar y bajamos por la Borracha, un paseo pintoresco y agradable. Muchos proyectos tenía de campo, no había estudiado, pero preguntaba. No se destacaba por su cultura, a mí tampoco me importaba mucho el tema, tenía algo que yo no había visto nunca, un atractivo especial, todo él era sexo, como si fuera un gran semental. Nunca me faltó “el respeto” —como se decía en esa época—, tampoco intentó nada fuera de lo corriente, pero se sentía algo especial, con él crecí y me convertí en mujer. Con él supe lo que era la atracción de las parejas. Muy pocos días estuvo en el fundo y cuando se iba mi mamá no encontró nada mejor que pedirle que nos llevara a Santiago a Pilar, —que debe haber tenido unos 4 años—, al Coco y a mí. Él muy contento dijo que si y nos apretujamos en la carcasa del auto de carreras y partimos tempranito por la mañana para llegar en el día a Santiago. Todo más o menos bien hasta llegar a la cuesta de los Pitíos, que no estaba ripiada y que era pura tierra suelta, el polvo empezó a entrar por el piso y nos empezó a ahogar. Más aceleraba para subir, más tierra entraba, hasta que en la cumbre tuvo que detener el auto para poder respirar. Todos estábamos sin resuello, los peores, claro está, eran la Pilita y el Coco, que no sabían cómo respirar. Fue la parte más complicada, luego nos arreglamos y después de un largo viaje, mejor dicho, larguísimo porque él tenía que pasar por el fundo donde trabajaba que quedaba por Peñaflor, o sea por el camino a Melipilla. Allí llegamos de noche y a Santiago muy, muy tarde. Menos mal que nadie nos esperaba porque mis hermanos tenían que llegar al día siguiente. ¡Derechito a la ducha llegamos! ¡Parecíamos monos de entierradas! ¡Pero lo pasamos bien!
Fue pasando el año, un poco flojo. Seguí tratando de tocar guitarra, de escribir a máquina, en la de mi papá, viéndome con mis amigas, cuidando de la Pilita ayudando a mi mamá, a ratos con la Rosarito y pololeando los fines de semana, salíamos a pasear, a comer fuera, a bailar y en eso estábamos cuando se me ocurrió comprarme un par de zapatos blancos con taco, a ver si me veía alta como era él. Para celebrarnos fuimos a bailar a una discoteca en el centro. ¡Pobrecita de mí! Casi me muero de dolor en mis pies. Parecía huasa del campo, se me encogían los dedos y cuando llegamos, al bajarme del auto ¡¡¡Me saqué los zapatos y llegué a casa descalza!!! ¡Qué alivio! Fue la única vez en mi vida que me puse zapatos con taco.
Pasaba el tiempo y llegó la primavera, los árboles florecían y nosotros nos enamoramos, tanto, tanto que nos queríamos casar. En esas circunstancias él pidió “un adelanto” y yo me negué, no estaba dispuesta a ningún adelanto, tiesa yo como un palo. A mí no me toca nadie por muy guapo y sexual que fuera. No le cayó muy bien, pero así de claro tenía yo mis cosas. Entonces quedamos en que me iría al fundo de vacaciones y volvería a Santiago para mi cumpleaños y en esa fecha nos prometeríamos para casarnos tan pronto como fuera posible. Pues sí. Eso me iba bien, yo quería casarme y tener hijos, y él era todo lo atractivo para hacerlo con él. Yo estaba contenta y pasé unas vacaciones muy ilusionada. Cuando llegó finales de Marzo, el día de mi cumpleaños, el 28, tomé una micro en San Carlos y me fui a Santiago, a comprometerme. Cortito se me hizo el viaje. En la estación Central me subí a una micro Los Leones para llegar a casa y cuando iba pasando por la Iglesia de los Padres Franceses, vi que había una boda como siempre. Me fijé que la espalda del novio me era conocida, en ese instante él se dio vuelta y ¡¡Trágame tierra!! El propio pololo mío, con quien me iba a comprometer esa tarde, era el que se estaba casando. Quedé helada, no podía reaccionar, no lo podía creer. No atiné ni a bajarme de la micro sino seguí en ella hasta el terminal, allí me preguntó el chofer si bajaba o si estaba perdida, le dije dónde iba y a la vuelta me dejó. ¡Qué noche más mala pasé, qué desdichada, qué sola! Pensar que todas mis ilusiones se habían ido y me había quedado con las ganas de todo ¿Qué le pasó? Nunca lo supe, no lo volví a ver nunca más, sólo me enteré de que se llevó a su mujer al otro lado de un lago en el sur y que la sacaba para que tuviera guagua, tras guagua en la ciudad más cercana; que tenía trabajo en una carretera que se estaba haciendo de Argentina a Chile y, que en un viaje en avioneta se cayó al lago y no se encontró nada ni nadie ¡Qué telenovela!
Un día me encontré con una compañera de colegio y me contó que estaba participando en una Congregación Mariana en el Colegio San Ignacio, que eran jóvenes que se formaban espiritualmente y que participaban en ayuda social y material a una Población Callampa al poniente de Santiago, que siempre estaban necesitados de ayuda y que si yo quería participar que me recibirían bien. Necesitada estaba yo de ayuda además de poder hacer algo. Fui a la primera reunión y me encantó me llegó al alma las enseñanzas del padre Cox y luego oramos en la iglesia. Quedamos en juntarnos el sábado para ir a conocer la población Nogales
¡Tantas cosas que me gustaría recordar de esos tiempos! Creo que lo más importante fue encontrarme con un grupo de jóvenes que tuvieran una vocación de servicio, tanto a los pobres como a la fe. No era frecuente en esos tiempos. Yo había vivido una vida de fe muy cómoda: de Misas dominicales, de recibir la Comunión, confesarme de tarde en tarde y realmente de poco más y, me encuentro con un grupo que vive su fe de manera integral: de leer la Biblia —yo ni tenía— de poder meditar y vibrar con las Escrituras, de enterarse de lo que pasa en la Iglesia, de orar en voz alta, no de oraciones aprendidas de memoria, sino de lo que se siente en el fondo del alma cuando se tiene a Dios al frente y presente en el Sagrario. De contarle al Señor penas y alegrías tal y como se habla con un amigo. Para mí fue un descubrimiento y una alegría inmensa. Por otro lado estaba el trabajo poblacional. Yo no sabía cómo se vivía en las poblaciones “callampa”. Sabía que había gente muy pobre, pero no sabía nada de ellos. Fue otro descubrimiento, pero muy doloroso. Gente que pasaba hambre, que no tenía donde dormir, que con dos trapos y dos cartones se hacía una casucha donde vivían, y, los más pobres vivían en el borde mismo del “hoyo”, un basural clandestino donde iban por las noches a botar las basuras. La gente vivía del basural: recogían los cartones, las latas, las botellas los metales para luego mal venderlos. Vi, con mis ojos, unos niños que roían unos huesos sacados del basural. Algo había que hacer por esa gente, lo malo es que nosotros tampoco teníamos muchos medios, todos estudiantes y con poco dinero. No sé por qué medio se habían conseguido un sitio y de a poco habían construido un par de piezas donde se hacían clases y una cancha techada donde se juntaba la gente los sábados a jugar a la pelota y donde se hacían reuniones. Un grupo íbamos casa por casa viendo en qué podíamos ayudar. A veces la dueña de casa estaba enferma y podíamos hacer un poco de aseo, otras veces era ayudar con una guagua, íbamos al “hoyo” a buscar a los niños para llevarlos a la escuelita y jugábamos con ellos. Yo me sentía un poco fuera de sitio, lo que mis compañeros hacían con buena voluntad y cariño, yo lo sentía violento. No era lo mío definitivamente.
Un día, en una reunión, dije lo que me pasaba y el padre Cox me preguntó lo que me gustaría hacer. Yo le dije que montar un pequeño consultorio, estuvimos analizando dónde y cómo hacerlo y recibí todo el apoyo de la gente, no sé si alguna vez lo pensaron o si fue una buena idea, el caso es que a continuación de la escuela se podía edificar una sala como las de la escuela y dividirla en tres, dos pequeñas salas de atención y una sala de espera. Los jóvenes, con más experiencia, hicieron un plano y...nos dispusimos a hacer realidad la idea. Así empezó un tiempo de mucho trabajo. Lo primero fue recolectar el dinero, dejamos los pies en la calle pidiendo plata en las oficinas del centro de Santiago, habíamos calculado lo que valía un ladrillo o un saco de cemento y lo pedíamos así: “¿Me ayuda con un ladrillo para construir un consultorio en Los Nogales?, “cuesta 5 pesos” y a la gente le hacía gracia que anduviéramos con esos pedidos y nos ayudaba. A los gerentes y empleados más importantes les pedíamos el cemento. Cuando el sábado hacíamos caja, se iba a una tienda cerca y comprábamos lo que habíamos recolectado. Mientras en el local, los trabajadores de la población iban emparejando el terreno. Al llegar el material todos se ponían a la obra, los muros se fueron levantando poquito a poco, el piso se encementó, luego fue el techo y los tabiques y después del año de trabajo teníamos el policlínico listo para ser ocupado. El padre Cox bendijo la obra y consiguió un médico que lo dirigiera. Y todo mi sueño se hizo realidad, es decir el sueño de mucha gente se hizo realidad.
Con mi delantal blanco de la Cruz Roja, me veía, casi médico y me sentía muy a gusto, poquito a poco fue llegando gente a curarse heridas, a ponerse inyecciones que les recetaban los médicos y que ellos no tenían quien se las pusiera. Si las cosas se ponían feas, se mandaban al Hospital. Esto es la historia del policlínico, otra cosa es la historia de Los Nogales.
Con el Padre Cox a la cabeza la congregación mariana se movía en todo sentido. Un día a la semana teníamos reuniones en el colegio San Ignacio y los sábados íbamos a la Población, el grupo era unido, pero de diferentes caracteres, unos estudiaban, otros trabajaban y otros, como yo, no hacíamos nada. Nos conocimos y nos hicimos amigos, nos apoyábamos en todo sentido, se formaban parejas y se separaban, todo lo normal en la juventud. Yo tuve un par de escarceos, pero no llegaron a nada. En mi fuero interno yo quería casarme y tener hijos, muchos hijos, pero no me llegada el hombre para formar ese hogar, a veces me deprimía pensando que nunca llegaría el hombre que me quisiera tal como yo era.
Un apoyo tuvimos con el cura párroco del Hogar de Cristo, —que estaba muy cerca de nosotros—. Él nos ayudó en momentos difíciles y nos dio los consejos prácticos que el padre Cox no manejaba. Era el padre Nacho Vergara, un cura joven y muy entusiasta, se arremangaba la sotana y ayudaba en todo. También en ese tiempo llegaron a la Población tres curitas franceses que eran obreros, trabajaron en distintas fábricas del sector y por la tarde se juntaban en su casita —bastante pobre, por cierto— y decían Misa. Poquito a poco los fue rodeando un grupo de pobladores y ellos se sintieron participantes de la población.
Llegó el invierno, llegaron las lluvias, llovía y llovía sin parar. Las alcantarillas se llenaron, las quebradas que bajan de la cordillera empezaron a llenarse, se anegaron los campos del oriente de Santiago, las calles se saturaron, el agua lo llenaba todo. El río Mapocho empezó a crecer y a crecer. En su curso se llevaba todo a su paso, toda la basura que la gente había abandonado en sus riveras. El canal San Carlos y todos los canales se desbordaron y Santiago se inundaba. ¿Qué pasaría en Los Nogales? Rápidamente los que podían comunicarse se fueron enterando del desastre: la población estaba inundada por que el Zanjón de la Aguada se había salido y a su paso se llevó todo lo que se pudo llevar: casas, animales, cartones, basuras... Menos mal que nuestro centro estaba edificado en un alto y bien techado, no sufrió daños, pero nuestra gente lo estaba pasando pésimo. Todo lo rápido que pudimos acudimos en su ayuda. No era mucho lo que podíamos hacer. Acomodamos la cancha, con sacos y trapos tapamos el exterior y empezamos a acoger a los damnificados que eran más o menos 100 personas a las que había que abrigar, dar comida y alojar, y todo eso no era para mañana ¡Era para ayer! Todos nos pusimos de cabeza a recolectar lo que pudimos y mientras los pobladores arreglaban un poco el lugar y las mujeres hacían una olla común, nosotros nos buscábamos la vida. Nunca hemos pedido tanto como en esos momentos, tampoco nos habíamos empapado tanto ¡Cómo llovía! Recurrimos a todo lo que se nos ocurrió, y la gente nos respondió, ya por la noche todos estaban abrigados, con una colchoneta, una manta y un plato de sopa caliente y tecito, porque aquí no puede faltar el tecito a toda hora. Los que pudieron rescatar algo lo hicieron, pero tuvimos albergados a los damnificados más de un mes. Nos organizamos y, supongo que en algún momento dejó de llover. Las calles de Santiago estaban llenas de agua y barro, las de la población eran puro barro, por lo menos 20 centímetros de barro había en las calles de la entrada, para no perder los zapatos, nos descalzábamos y entrábamos todos embarrados a la cancha a lavarnos los pies. Por las noches se quedaban los hombres haciendo turno y nosotros llegábamos por la mañana a servir el té. Así pasábamos los días, unas pedían, otras ayudaban y, de nuestras casas no sabíamos nada. Por lo menos yo salía a las 7 de la mañana y llegaba a las 10 de la noche, si había algo de comer comía o un litro de leche y pan, un saludito a mi mamá y ¡Hasta el otro día! Y así un día tras el otro hasta que la gente pudo arreglar sus callampas y desocuparon el local. ¡¡¡Mucha actividad!!! ¡¡¡Mucha solidaridad!!! ¡¡¡Mucho cariño!!! Pasó la lluvia, pero el agua se quedó en el Hoyo y la basura se pudrió. En los animales muertos las moscas pusieron huevos y salieron miles de millones de larvas que se convirtieron en nubes de moscas que se metían por todas partes. Fue la otra batalla: impedir que en las heridas se hicieran depósitos de huevos de moscas y que los niños estuvieran protegidos. ¡Éramos insuficientes para ese trabajo! no sé cómo se resolvió, si intervino el gobierno comunal o, simplemente llegó el calor y mató las moscas.
Todo iba bien, pero un día, muchos años más tarde, mi mamá me recriminó que yo había atendido a mucha gente y no me había enterado que ella tuvo una neumonía que casi la mató. Mal, me sentí, muy mal, pero ¿Qué habría hecho si lo llego a saber? Seguramente me habría quedado con ella, porque la primera obligación era mi familia. Cosas de la vida, tristezas de la vida, inconsciencias de la vida. En fin, ya nada podía yo hacer, sólo tener las orejas abiertas para el futuro.
Todo lo que vivimos durante la inundación me hizo ver lo que era la pobreza real y verdadera. Lo que era no tener un pan que comer ni un trapo para abrigarse, vi lo que era tener que pedir en las ferias, mercados, mataderos, los restos, lo que nadie quería para poderlos reciclar y dar de comer a nuestra gente. Recuerdo que una vez nos regalaron una camionada de repollos, es increíble la cantidad de repollos que caben en un camión, hubo para hacerlos de todo lo que a las cocineras se les ocurrieron y ¡No se perdió ninguno! El olor que había me recordó a Purranque. Tengo que reconocer que la gente es muy solidaria, en especial cuando hay catástrofes naturales. Nunca nos negaron ayuda y hasta en el matadero nos daban restos buenos para cocinar.
Este tiempo de esfuerzo y de mucho amor me hizo crecer espiritualmente, ver el rostro de Jesús en el pobre, sucio y sufriente es algo que me ha hecho pensar en el curso de mi vida adulta. Doy gracias a Dios por ese tiempo que viví tan cerca de Él.
Me doy cuenta de que voy a saltos y a brincos con esta historia, pero creo que más o menos en este tiempo, en el mes de septiembre, para las vacaciones del 18, nos pidió el papá que fuéramos al fundo a hacer la mudanza del Durazno al Naranjo.
También en casa había noticias: mi mamá esperaba otro hijo ¡Alegría para todos! Tuvo un embarazo muy cuidado a pesar de los problemas con Rosarito, nos sentimos nosotros, Pablo y yo, los padres de mi mamá e hicimos todo lo que pudimos para cuidarla y que pudiera tener su guagua bien. No recuerdo si ese verano pudimos ir al fundo, creo que no, que fuimos a Las Cruces porque estaba más cerca de Santiago. Así iban pasando los días, los meses, hasta que, muy cerca de Semana Santa, el médico le dijo que estaba de término y a ella le dio miedo que naciera y que él no estuviera para ayudarla, pero el médico, amigo de siempre, le dijo que él no saldría esos días, que estuviera tranquila y que lo llamara a la hora que quisiera; así ella, y nosotros nos quedamos confiados, porque el papá estaba en el fundo y no podría llegar a tiempo.
Una mañana nos dijo la mamá que la guagua nacería ese día. Era un Sábado Santo. Llamamos al Médico y nos dijo que la lleváramos de inmediato a la Clínica Santa María, pero a ella le dio “la rebeldía” y dijo que no se iba porque faltaba mucho. ¡Pobres nosotros dos, con Pablo no sabíamos qué hacer! Pero a Pablo se le acabó la paciencia y partió a buscar un taxi “bueno” y la tuvimos que obligar a subir. El resto es historia: no es fácil tener un niño, menos si es grande y mucho menos si se tienen más de 40 años. Todo se complicó y casi, casi se nos muere la mamá. Ella en el pabellón y nosotros sentados en la escalera de la clínica esperando la llegada del conchito. En esas estábamos cuando salió el médico todo salpicado de sangre a decirnos que ¡¡¡Ya, ya había nacido un hombrecito y que gracias a Dios la mamá estaba bien!! El cabrito era grande y guapo, lo miré y sentí envidia ¡¡Porqué era de mi mamá y no mío! Cuando todo lo que yo quería era tener hijos míos ¡Injusticia! Así lo vi y lo quise como mío desde el primer momento. Mi mamá quedo bastante debilitada así es que no tuvo leche, hubo que buscar una ama de cría lo que fue bastante complicado, al niño le caía mal la leche en polvo así es que hubo que apechugar y buscar esa maravilla que compartiera su leche entre su hijo y Roberto. Después de dar muchos botes dimos con una mujer sana, limpia y gran productora de leche. Ella se sacaba para el día y la mantenía en refrigeración, nosotros íbamos a buscarla y la compartíamos en las 5 comidas y la teníamos en frio. Menos mal que todo fue en abril así es que no hacía calor. Poco a poco fue engordando y mi mamá reponiéndose y las cosas regulándose.
VERANOS EN EL FUNDO
1938-1939
El año 1938, en Diciembre, mi papá se hizo cargo del fundo “El Durazno” situado en el sur, al interior del pueblo San Carlos. Una parte fue herencia de mi mamá por parte de su abuelo, el resto, esfuerzo de
mi papá y creo que también nuestro. Tuvimos mucho que sacrificar para hacernos de un fundo triguero y ganadero partiendo de la nada. Menos mal que los bancos lo ayudaron porque tenía buenos informes y hacía buenos negocios.
Pero para llegar, primero hay que partir, y antes de partir hay que organizar. En la casa del Durazno había pocas cosas, creo que sólo los muebles y nosotros. No teníamos mucho para compartir entre dos casas, así es que hubo que invertir en ropa de cama, servicio, ollas, platos y manteles. Todo eso más nuestra ropa ocupó al menos dos baúles metálicos ¡Muy útiles más tarde! La organización la vi a mis casi ocho años, perfecta. Me dejaron llevar mis libros y a mi muñeca Violeta ¡No quería más!
Como en el tren no debíamos comprar cosas de comer, la cocinera nos preparó un estupendo picnic y agua, “porque en el sur hay tifus”, eso decía mi mamá.
Estábamos todos muy nerviosos. Llegó el día del viaje. Nos levantamos al alba, —a pesar que teníamos asientos numerados—. Seguramente el equipaje lo llevaría a la estación una carretela con caballos, de las que se usaban en esa época. Nosotros llegamos y nos instalaron en el carro numerado. Ganas de hacer tonteras no nos faltaban, pero... había que aguantarse un poco.
Viajábamos con niñera y cocinera, las que colaboraban en el bienestar de la tribu. Mariano era chico, debe haber tenido dos años recién cumplidos.
Mi mamá, muy joven y entretenida, se encargaba de contarnos cuentos. En esta oportunidad nos había anunciado que nos contaría el origen del apellido Rivas y la historia del fundo a dónde íbamos.
Mi tío Hernán, hermano menor de mi mamá, hizo una investigación bibliográfica del origen de la familia. De ese estudio he hecho el siguiente resumen:
El origen del apellido Rivas se encuentra en Frías, Castilla la Vieja, donde hay un pueblo con ese nombre. También en Balmaceda (Navarra). Inmediato al límite con Castilla, hay un barrio que lleva el nombre Rivas.
En 1825, tres hermanos Rivas emigraron, por motivos políticos relacionados con la sublevación de don Rafael del Riego —que fue luego ahorcado y descuartizado por orden de Fernando VII en 1823—. Los dos primeros hermanos llegaron a Portugal y luego a Brasil, pero el menor de estos, Francisco Rivas Besa, llegó a Chile en 1837 como relacionador en un barco de guerra y se quedó en el país.Francisco Rivas, un hombre de iniciativa, partió haciendo negocios mineros y poniendo una curtiembre en Rengo. Con su dinero hizo fuertes inversiones en tierras en la zona. Se le conocen dos haciendas: “Las Nieves” y “La Rivana”. Se casó con Nieves Cruz Canales de la Zerda en 1840 y tuvieron tres hijos: Juan Francisco —nuestro antecesor—, Ramón y Pedro María.
Juan Francisco tuvo una buena educación en los jesuitas en Santiago. Fue empresario agrícola y minero. Explotó las minas de Tamaya en Copiapó y Coro-Coro al sur de Bolivia. Era un hombre inteligente y listo, tenía buenas ideas, entre ellas la de: “el dinero que sale de la tierra debe volver a la tierra”. Siguiendo ese ideal, compró la hacienda “Zemita” en 1869 y “Virgiúin” en 1882. Ambas ubicadas entre San Carlos y Parral mirando hacia la cordillera. Poco a poco fue comprando las tierras que vendían. Entre todas sus propiedades llegó a tener una hacienda de 210.000 hectáreas entre el camino al sur y el límite con Argentina y desde el río Perquilauquén hasta el río Ñuble.
Hizo una inmejorable red de regadío hasta alcanzar las 4.500 hectáreas regadas con agua del río Ñuble.
Como en esa época el ferrocarril al sur llegaba hasta Talca, él propuso explotar un bosque de roble pellín para labrar durmientes y así prolongar el trazado de Talca al sur, a condición de que le pusieran una estación frente a la casa en Virgúin y, así lo hicieron.
Se casó con Trinidad Ramírez y tuvo cuatro hijos: Ramón, Trinidad, Inés y Mercedes.
Ramón se educó en el Colegio San Ignacio, de los jesuitas. Luego estudió leyes y fue un gran político. Muy joven llegó a ser diputado por Melipilla y Victoria. Fue compañero de don Arturo Alessandri y de don Alfredo Irarrázabal, con los que formó el grupo de oposición, “Los Mosqueteros”, durante el gobierno de don Pedro Montt. Durante este gobierno ocurrió la matanza en la Escuela “Santa María” en Iquique.
Fundó el diario “La Mañana” donde escribía. Su lema era: “Sin miedo ni favores ” sobre el cual posaba un gallo en actitud de cantar.
Se casó con Julia Freire Valdés y tuvo seis hijos: Ramón, Fernando, Jorge, Luz, Julia (mi madre) y Hernán.A pesar de sus inquietudes políticas y literarias, trabajó en administrar las haciendas de su padre y una noche, a los 35 años, murió en 1909, dejando a mi abuela desconsolada. Viuda, joven, bonita y seis hijos menores de 9 años. La tristeza de mi tatá fue algo terrible, no se podía conformar con nada, no podía vivir con tanta angustia. Supongo que sólo el hecho de tener hijos la mantuvo con vida. Fue un largo y doloroso duelo que dejaría a mi mamá marcada para siempre. Ver a su madre llorar y sufrir era mucho para esa niña tan sensible, sólo tenía tres años cuando perdió a su padre. Siempre sintió su falta y su desconsuelo era no recordar nada de él. Mi tatá le contaba que por las noches se acercaba a su cama, le hacía cariño y le decía: “Julita, mi indiecita, manos de azucena ”
Recordando a sus antepasados, mi mamá crecía. Se sentía orgullosa de ellos, no por su situación económica sino por su capacidad de visión de futuro. Ella nos contaba: “mi bisabuelo Francisco llegó a este país cuando se estaba recién configurando como república independiente. Supo aprovechar lo que tenía y multiplicarlo para dar a su familia, no sólo el bienestar, sino también una situación social”.
A mi tata Juan Francisco lo admiraba por ser un hombre múltiple, omnipresente. Controlaba una mina en Copiapó, a 800 kilómetros de Santiago y la del sur de Bolivia, además de las haciendas en el sur.
¿En que viajaria?
¿Como se las arreglaría para hacerlas producir tanto que le permitiera invertir en San Carlos a casi 400 kilómetros de Santiago?
El tren llegaba hasta Talca, y de allí a Virgiúin, hay cerca de 200 kilómetros y él los recorría en ¡¡Coche con caballos!!
La obra en las haciendas estaba a la vista. Apotreró una extensión de más o menos 210.000 hectáreas, plantó álamos —especie desconocida en la zona— en los sitios destacados para distinguir desde lejos los distintos potreros. “Alamos huachos” los llamaban y todavía existen algunos. Edificó las casas patronales en Virgiiin y Zemita. Esta era una gran casa estilo campesino, una hilera de dormitorios, baños y comedor en forma de L invertida que daban a un ancho corredor. Al centro del jardín había un brocal de pozo hecho de piedra. Siguiendo el brazo más largo de la L se encontraban la cocina y los dormitorios del servicio. El techado era de teja roja, el piso de ladrillo cocido, los muros de adobe atravesado —resistentes a los terremotos—, y las ventanas orientadas al norte daban al camino a la Montaña. La casa era del tamaño adecuado para acoger a toda la familia.
Plantó pinos en los sitios donde había terreno erosionado como en las guatas coloradas y él, personalmente, se encargaba de vigilar que los regaran con pipas de agua tiradas por bueyes. Yo de niña vi plantar esos pinos, los vi crecer, estaban a ambos lados del camino a la Montaña. También los vi explotar, pero las hileras que daban al camino se conservaron. Eran lindos, enormes y olorosos, cuando había viento se sentía “ruido de mar con olor a pino”. En un tramo anterior plantó aromos que en primavera exhalaban un perfume tan intenso que mareaba.
La obra de regadío se conserva hasta hoy y los ingenieros que la han visitado la encuentran inmejorable.
Mi Trinidad, mi abuela, se preocupaba de la parte espiritual de los inquilinos y todos los años llevaba a padres misioneros, que eran verdaderos “terroristas de Dios”. Predicaban a la gente cosas espantosas, de las penas del infierno y otros horrores. Y yo pensaba: los que pecan son ellos por asustar a gente buena y sencilla. Deberían hablarles de la bondad y del amor de Dios”. Yo les tenía terror y generalmente me enfermaba en esas fechas.
El amor a esa tierra que nos trasmitió mi tata fue algo importante en mi vida, tanto, que me dio un sentido de continuidad y un ancla que me libró de muchas penas.
De joven nos divertíamos con los primos, organizábamos
liebraduras con perros galgos. Yo gozaba corriendo a | caballo pero no me gustaba que mataran a las liebres. Estas eran muy listas y corrían haciendo el quite a los árboles, los perros, medio tontos, se golpeaban en ellos quedando aturdidos. Otras veces organizábamos paseos a caballo al campo por todo el día, nos encantaba salir y aprovechábamos de escabullirnos de los mayores que eran muy estrictos. Gozábamos de la libertad que da la naturaleza.
Tanto en Santiago como en el campo las comidas se hacían en familia. Todos, hijos, nietos y abuelos, nos sentábamos en una enorme mesa y nos servían en bandejas. Mi tata se preocupaba que a los menores no nos escatimaran ninguna exquisitez, como trufas o caviar. También nos daba una copa de vino con agua. En la mesa era muy estricto: nos obligaba a sentarnos bien, a hablar con claridad y a ser educados. Siempre decía: “A la mesa se viene después de pasar por el baño, tosidos y estornudados ”.
Muy frecuentemente lo veía pasearse por los corredores de Zemita con las manos atrás, como león enjaulado. Cuando tenía problemas decía: “Barajo, barajo”. Sus problemas, seguramente serían cómo hacer sus haciendas más grandes, porque, parte de Zemita, El Palo y la Montaña los fue comprando de a poco y adaptándolos a su manera de trabajar. En esas haciendas se cultivaba trigo y se criaban ovejas y vacunos.
En Santiago se construyó una casa muy grande, de dos pisos, en Alameda con San Martín. Allí vivíamos todos juntos.
Para el cumpleaños de las nietas, el tata nos regalaba una moneda de oro y otra para Navidad. También fueron monedas de oro las arras cuando nos casamos todas las primas.
Nunca supe si era una costumbre de la época o si éramos realmente ricos, pero todos los años se encargaba a Europa la ropa que se necesitaría sea para grandes y chicos. No sólo la ropa sino también lo necesario para la casa desde cubiertos hasta paños de cocina y juguetes para los niños.
Luego de la muerte de mi tata en 1922 heredamos la tierra en forma dividida, Fernando, Luz y Hernán, unas tierras regadas entre Virgiúin y Zemita; Ramón, Jorge y yo, hijuelas en La Montaña las que fueron, más adelante, unidas por
»”»
Jorge, mi marido, en un solo fundo: “El Durazno”.
Nuestra expectación estaba al tope. A ese Durazno íbamos e íbamos para quedarnos porque “era nuestro”. Todo lo que la mamá nos había contado nos había entusiasmado y veíamos como una realidad lo que sería para nosotros. Ya nos veíamos haciendo las mil cosas que ella nos había contado.
En Huelquén teníamos dos mansos caballos en los que salíamos a recorrer el campo con el papá, le preguntamos a la mamá: “¿Tendríamos caballos en el fundo? ¿Tendríamos monturas y aperos?”. No creo que la mamá estuviera muy segura, pero nos tranquilizaba diciendo: “Si no hay, los pedimos, si faltan monturas las mandaremos a hacer”. Nosotros nos sentíamos poderosos ¡¡Patrones!! A lo mejor no tan grandes, pero patroncitos de todas maneras.
El tren había tomado un ritmo acompasado “triquitrí, triquitrá, triquitrí, triquitrá”. A lo mejor nos adormecimos un poco porque el viaje era largo, pero en su momento pasó el revisor de boletos diciendo: “Próxima estación, San Carlos” “Los comprobantes del equipaje me los dan para bajarlo”.
Desde ese momento no respiramos, apiñados en las ventanas queríamos ver todo lo que nos había anunciado la mamá. Poco vimos. Desde lejos divisamos la casa de Virgúin, blanca y señorial. Del paisaje, reinando en la cordillera, tres picos iguales, no sé porqué los bautizamos como “Los tres Zorrinos”, conservaban unas manchas de nieve y supusimos que era el límite con Argentina —lo que no resultó ser cierto—.
En la estación nos estaba esperando el papá, creo que, o con un camión para todos o con el auto del tío Paco y un camión, no recuerdo, pero algo así debe haber habido y partimos.
Pero para una estadía tan larga había que cumplir con algunos requisitos:
Lo primero: pasar a un baño para un pipí general.
Lo segundo: pasar a comprar a un almacén toda la mercadería no perecible —donde las niñas Lamas, de las que fuimos clientes siempre—.
Lo tercero: llenar el estanque de bencina.
Una vez todo cumplido tomamos el camino a la Montaña, el camino de tierra, bastante malo pero... estábamos recién empezando. En “Tres esquinas” doblamos y a poco andar vimos un álamo huacho, mi mamá nos dijo que ya estábamos en las tierras de la familia y muy pronto vimos las bodegas de Zemita y la casa. A mi papá se le ocurrió pasar a pedir aceite de motor que no había en San Carlos y como allí había parientes y amigos no hubo problemas. Nos bajamos todos y nos mostraron la casa ¡Imponente! Nunca había visto algo similar, mi mamá emocionada nos decía: “Está igual que cuando yo era chica”. Nos mostraron todo, las piezas del tata Juan Francisco, la pieza donde murió el abuelo Ramón, el salón... y tomamos té en el comedor, todo igual a lo que nos había descrito la mamá, con eso adquirimos confianza en sus narraciones.
Hasta aquí, todo bien, pero el camino a la Montaña se fue haciendo cada vez peor, muchos hoyos, puentes en mal estado, cuestas muy pronunciadas y ¡¡El polvo!! “trumao” decía mi mamá, de ese que se mete por todas partes, casi impalpable pero penetra en la piel. ¡¡Ya sabríamos más adelante lo que le pasaría a nuestro cuerpo con el polvito ese!! “Cierren la boca” decía mi mamá pero era difícil, nos sentíamos ahogados.
El camino cada vez peor pero vimos los aromos — sin flor— y los pinos que vio plantar mi mamá.
¡Que emoción! ¡Qué enormes! ¡Qué sensación de pequeñez la nuestra!
Pasamos Zemita y entramos al “Palo”. Las casas patronales se distinguían por tener una gran extensión de pasto muy bien cortado por un piño de ovejas y adornado por uno que otro árbol. Arriba de una loma había una casa con bastante estilo inglés, en ella vivía el administrador, el gringo Hopps, que quiso recrear algo de su patria. Tenía la más maravillosa colección de dalias importadas que recuerdo. Además conservaba costumbres inglesas como su forma de vestir, five oclock tea, plum-pudding y otras comidas típicas inglesas. Tuvo una buena relación con mi papá pero colaboraba poco con la mantención del camino.
Salíamos de un hoyo para caer en otro, así fuimos llegando al desafío mayor: “La Cuesta de los Pitíos”, era una cuesta muy alta y en mal estado, los camiones la rodeaban por dentro del potrero para no pasar sustos. Yo creo que en esta oportunidad lo hicimos así, ya estábamos cansados y todavía faltaba. Al pasar la cuesta tuvimos una gran sorpresa: ¡Habíamos llegado al principio del “Durazno”! a mano izquierda teníamos al fundo y a mano derecha “El Palo”.
Yo me sentí Rodrigo de Triana al grito de: ¡“Tierra”!
A poco caminar doblamos a la izquierda y estábamos con el fundo a ambos lados del camino que se iba metiendo en la pre-cordillera donde había grandes bosques nativos. No creo que nosotros apreciáramos el paisaje, estábamos cansados y llenos de polvo. Mi mamá era feliz reconociendo sus tierras y decía: “Esto me lo dejó mi tata y lo trabajó mi papá”, estaba conmocionada y algunas lágrimas le embarraban la cara, hasta que se dio cuenta que parecía mona y se rió de ella.
Pasamos por su hijuela Los Culenes, San Vicente, Las Heritas, Santa Julia y otros potreros que serían del Coco o de mi tío Paco, Las Lagunillas, El Falar y luego “El Calvario”. En un recodo del camino había una Cruz de madera, recuerdo de alguna Misión. Ya estábamos cerca, íbamos bordeando un monte y al otro lado un potrerillo. Al fondo destacaban “Los Castaños”, a su lado la casa patronal y unida por la llavería —hoy serían las oficinas— las bodegas ¡Inmensas!
La casa patronal estaba rodeada de galerías acristaladas y se usaban como salón. Por un pasillo ancho y oscuro se entraba a los dormitorios, a la izquierda el comedor a su lado la cocina y las piezas de servicio.
No sé cómo nos acostamos esa noche, seguramente nos derrumbamos en las camas que habían. El viaje y la excitación, nos ganaron.
Todavía con los ojos cerrados y tratando de saber dónde estaba, sentí olor a desayuno desconocido. La niñera estaba repartiendo las bandejas con grandes jarras de leche espesada con harina tostada y pan amasado con huevos revueltos ¡Ni los reyes desayunan mejor! Y no era una cosa especial ¡Todos los días sería igual!
Después de vestirnos empezamos a descubrir lo que había más allá del dormitorio donde habíamos dormido todos. Las piezas eran muy grandes y altas, también oscuras, toda la luz estaba en la galería donde prácticamente se vivía.
La primera persona desconocida que vimos fue a “la dueña de casa” —Margarita— larga, flaca, con un moño apretado y nariz levantada como diciendo: “¿¡Qué hace este montón de niños en “mi” casa”?! Obviamente no le caímos bien. Ella fue herencia de mi tía Matilde —antigua dueña del fundo y esposa de mi tío Paco, hermano mayor de mi mamá—. Menos mal que no duró mucho con nosotros.
Poco a poco empezamos a conocer los alrededores de la casa. Los castaños, que serían unos quince o más, estaban al poniente y daban una sombra muy fresca los días de calor. En el linde había un corte en la tierra donde habían hecho el camino por donde llegamos. Mirar por allí era lindo. El potrerillo regado destacaba y el monte al otro lado del camino era oscuro, profundo. Muchas veces vimos las puestas de sol desde allí, era como un mirador.
Por el sur había una huerta partida en dos partes: en una se sembraba chacra (porotos, maíz y papas); en la otra, hortalizas para el consumo de la familia. Esta huerta estaba a cargo de “Cucho”, un trabajador que tenía los ojos azules como el cielo. Estaba casado con la Ramona quién trabajaba en casa sacando leche, haciendo pan, y otras labores pesadas. Fue para mí un descubrimiento, tenía paciencia y me enseñaba muchas cosas de la vida del campo, fue mi cómplice en las mil cosas que se me ocurrían.
También desde el sur venía una acequia con agua limpia y cristalina. Como venía por la sombra era sumamente fría y al llegar al centro del grupo de castaños se canalizaba y caía en un chorro a un cajón donde se enjuagaba la ropa después de ser lavada en una artesa labrada en un tronco de roble y hervida a conciencia en un fondo de metal. El cajón servía también para pelar mote, lavar niños y otros menesteres mayores.
Al naciente estaban las grandes bodegas rodeadas de corredores muy anchos, tanto que en ellos cabía la máquina trilladora cuando no se usaba. La bodega estaba dividida en dos grandes partes, una servía para guardar los fardos de lana provenientes de la esquila y la otra para poner el trigo a granel cuando lo cosechaban.
En una esquina, nor-naciente estaba “La Fragua”. Fue amor a primera vista, tanto la fragua misma con su enorme fuelle de cuero tachonado en bronce. Así como los miles de fierros y herramientas, grandes y chicas y, el rey de la fragua: “Maestro Rafael”. ¡Una maravilla de hombre que fue nuestro amigo y maestro! Era un honor para nosotros que nos dejara manejar el fuelle. Con un palo se bajaba y soltaba un chorro de aire por la boquilla, aire que avivaba las brasas de carbón. Con el tiempo aprendimos a dar con el ritmo justo para mantener las brasas prendidas. Así el maestro podía meter los fierros hasta que se ponían rojos y luego los martillaba sobre el yunque hasta darles forma, luego los templaba en un barril de agua ¡Cómo chirriaban! Era increíble la cantidad de cosas que sabía hacer el maestro, desde llantas para las ruedas de carreta hasta pequeños cuchillos muy afilados. ¡La paciencia que tenía con nosotros! Acabamos aprendiendo a hacer cositas de fierro que nos encantaban.
Por detrás de la bodega, y también en el corredor, estaba el corral de los terneros y el sitio donde se sacaba la leche a las tres o cuatro vacas que todos los años nos asignaban. Tempranito llegaba el mozo con las vacas y la Ramona las ordeñaba diestramente, a dos manos. Caían los chorros de leche gruesa haciendo cantar la olla de aluminio donde la recibía. Era un milagro, nosotros mirábamos, asombrados, el proceso que nunca habíamos visto y... ¡Claro está que queríamos meter mano! Mucho tardó ese momento porque nuestras manos eran muy chicas.
Paralelo a la acequia había un camino que se adentraba en el monte. Don Cucho le dijo a mi mamá que no había peligro para nosotros así que, en la hora en que ella dormía la siesta, nos íbamos “al monte” a descubrir un mundo nuevo, desconocido para nosotros. Al principio nos quedábamos cerca de la casa, pero de a poco fuimos conociendo el terreno y nos empezamos a alejar. Recolectábamos ramas de los árboles, flores, piedras y se las llevábamos a la mamá para saber lo que eran: éramos felices.
Mi mamá sabía que el río no estaba muy lejos y a los pocos días preguntó cómo llegar. Siguiendo las indicaciones, fuimos una tarde por el camino a la Montaña hasta el Molino, pasamos por “la isla” —un terreno arenoso que debe haber sido lecho de río antiguamente y con poca vegetación— hasta llegar al río Perquilauquén. El mismo que habíamos visto desde el tren y que ahora era parte de nuestra vida, pasaba por aquí en un ancho y tranquilo raudal. Muchas piedras y poco fondo, por esa razón y para nuestro uso lo llamábamos “El Piedrero”. En la orilla se formaba una pequeña laguna donde nos bañábamos con cuidado, al principio se nos daban vuelta las piedras y nos caíamos en medio de los gritos y risas. Después fuimos sacando las piedras del fondo y formando una poza. Al poco tiempo éramos “baquianos” para andar por las piedras —como dicen en el campo a los que hacen algo muy bien y se especializan en ello—, y empezamos a tomar confianza. Mi mamá era muy prudente y no nos dejaba alejarnos, nos vestíamos y desvestíamos detrás de unas matas. Siempre nos decía que anduviéramos juntos y que al río no podíamos ir solos sino solamente con ella.
Una tarde seguramente me distraje y no me encontré con ella después de vestirme, creí que se había ido con mis hermanos y me había dejado sola. Eso creí y sin darle mas vueltas al asunto partí a casa por el camino de todos los días. Cuando llegué a la casa ¡No estaban! Yo me asusté y no supe qué hacer, así es que me senté a la entrada de la casa a esperar que llegaran o que pasara algo y... ¡¡Pasó!! Llegó mi mamá con mis hermanos casi corriendo, desesperada porque no me habían encontrado. Habían recorrido la orilla del río porque ella pensó que me había caído al agua y pedía que me fueran a buscar y... cuando me vio sentada en las gradas... le dio la “ira negra” y ¡¡Me pegó!! La única vez en mi vida ¡¡Me pegó con una varilla en las piernas y me las dejó marcadas de verdugones morados!!
Yo lloraba, Pablo lloraba, Jorge lloraba, Mariano, para no ser menos, lloraba y mi mamá lloraba. Ya nadie sabía por qué estaba llorando cada uno. ¡Complicada situación! Menos mal que, una vez que se nos acabaron las lágrimas, todo pasó. A mi me dolían las piernas, pero mucho más mi orgullo herido. A pesar de todo entendí que había sido imprudente al volver sola —no lo haría jamás—. Mi mamá se dio cuenta que el castigo fue excesivo porque yo no tenía intención de hacer una maldad, pero ella lloraba de alivio por verme viva y no arrastrada por las aguas del río. ¡Melodramático! ¿Verdad?
Como todo, en esa casa y a mis ojos, la cocina era enorme y se usaba una cocina “económica”. Así se llamaban a las que se calentaban con leña. El tubo de salida del humo atravesaba el cielo de la pieza y salía más alto que el techado de planchas de zinc onduladas. Al llegar nosotros, no se sabía cuándo se había limpiado por última vez. Mi mamá se confió en Margarita, al fin y al cabo eso le correspondía a ella, y el tiempo se pasó. Una noche en que los niños dormíamos y mi mamá leía, llegó una empleada a decirle que había olor a quemado, mi mamá olvidó lo tímida, lo frágil, y lo inútil que se sentía y fue corriendo a ver lo que pasaba: El cielo de la cocina estaba ardiendo, peligraban las piezas del servicio, la de Margarita, la despensa y la llavería — que unía la casa con la bodega—. Mi mamá se iluminó y dio órdenes:
1. Abrir el portón de entrada, de dos hojas, bien asegurado por una barra de fierro ¡Fue difícil! Si no lo logran, nos habríamos asado.
2. Vestir y sacar a los niños.
3. Sacar los baúles que estaban sin abrir.
, Rescatar lo que se alcanzara de las piezas de las empleadas.
5. ¡Sacar a Margarita, que se resistía! —En ese momento mi mamá sacó fuerzas de la ira y de dos bofetones la sacó de la casa ¡No estaba el terreno para crisis de histeria!
6. Sacar lo que se pudiera de las habitaciones.
Todo se iba desarrollando bien. El fuego, al principio bastante lento, por lo que dio tiempo a casi todo. Las empleadas cumplían con lo ordenado. Mientras, mi mamá fue a tocar la campana para pedir auxilio ¡Pobre mamá! Sus manos suaves y tiernas quedaron lastimadas con el alambre de la campana que hizo sonar y sonar creyendo que alguien la oiría.
Era difícil, muy difícil porque el día anterior habían pagado y los inquilinos estaban celebrando con tinto y no estaban en condiciones de oír nada.
Mi papá no estaba porque había ido a Santiago a negociar la lana que estaba en la bodega.
Los primeros que llegaron en nuestro auxilio fue gente de San Manuel, fundo que estaba al otro lado del río. Deben haber traído bueyes o enyugado algunos porque mi mamá les pidió que sacaran la máquina trilladora que estaba en el corredor de la bodega y que después hicieran un cortafuego entre la casa y la llavería para que las llamas no se propagaran a la bodega y quemaran lo único que teníamos para vivir: “la lana”.
La actitud de mi mamá fue heroica y poco reconocida. Gracias a ella se pudo rescatar parte del mobiliario de la casa, ropa de nosotros, de cama y cosas tan increíbles como el peinador amarillo de mi tía Matilde. Cajones de cómoda con ropa, colchones sin cama, cabeceras de catres de un color y largueros de otro. En fin, muchas cosas útiles y otras no tanto. En un momento de tanta presión no se puede pedir mucho.
Mientras la casa se quemaba de atrás para adelante, a mí me dieron un papel ¡Importante!: Con la Violeta en un brazo y una vela encendida en la otra tenía que estar sin moverme cerca de la puerta de salida. Cada vez que alguien pasaba me recordaba:” Dice su mamá que no se mueva que si se le acaba la vela pida otra”. Así hasta que terminaron de sacar lo que pudieron. Entonces pude juntarme con mis hermanos que estaban al otro lado de la carretera, vestidos y bien abrigados con mantas mirando lo que yo no veía mientras sujetaba la vela: “¡El fuego!” y junto a ellos también yo abrí los ojos y me espanté. Nunca habíamos visto algo semejante, ni en libros ni en revistas.
Ya se había quemado el cielo de la casa; entonces el fuego, que había estado tan tranquilo, se aventó y ardió con furia. El humo formó una gran nube negra y las llamas destacaban en la oscuridad. La madera recalentó las planchas de zinc que se retorcían, se doblaban al rojo vivo, y al llegar a un punto caían en medio de una multitud de chispas que encendían la noche como fuegos artificiales. Nosotros, inocentes, las disfrutábamos y gritábamos: ¡“Las viejas, las viejas!”, las aplaudíamos como si estuviéramos en un circo. Todo duró hasta que se quemó todo el techo.
Ya no había nada que cuidar, no había nada que sacar, sólo disfrutar del fuego que nos daba sorpresas. A ratos las llamas silbaban, otras dibujaban figuras desconocidas. Poco a poco se fue acabando lo combustible, también empezó amanecer y a llegar más gente. Nos dieron desayuno y nos arreglaron en la bodega. Sobre los fardos de lana olorosos a beri, dormimos cansados de emociones.
En los días siguientes al incendio llegó mi papá y empezó a organizarnos la vida.
De la llavería quedaron dos piezas intactas. En una se puso todo lo que era administración del fundo y en la otra nos arreglamos todos nosotros como pudimos y con lo que había escapado de quemarse. “A la tripa pollo” decía mi mamá, o sea uno para la cabecera y el otro para los pies. En los colchones —todavía pasados a humo— y tapados con frazadas “hechizas”, —o sea hiladas y tejidas por las mujeres del fundo— , calientes, pesadas, y acogedoras, que, todavía olían a oveja.
El proyecto del papá era terminar lo más rápido posible una casa de administración que se estaba construyendo al principio del fundo, en un potrerillo que había antes de la cuesta de la “Nena Sánchez” y destinada a Ramón Campos, —recién contratado como administrador—. Creo que él vivía no muy lejos del fundo y por mientras se podía desplazar a caballo.
Nosotros estábamos felices y cómodos entre la llavería, la bodega, la fragua y bajábamos al río todos los días con la mamá. No tengo recuerdo que nos importara dormir todos apelotonados. La única queja era que la camita de Mariano, que era de metal con barandillas, al menor movimiento sonaba como si tuviera campanitas y nos despertaba. Por más que la mamá vendara los sitios de roce... siempre aparecía otro. Con el tiempo nos acostumbramos, pero la camita mantuvo el nombre hasta hoy: “El tilín” ¡Histórica camita, fue de mi primo mayor y hoy la usan mis sobrinos-nietos! ¡Y sigue sonando!
Problemas tuvimos con la comida porque la despensa se quemó entera, no quedó ni sal, ni ollas, ni cubiertos. En la huerta, Cucho había sembrado ¡¡Sólo habas!! Así es que nos alimentamos de habas hervidas, leche y pan. En la bodega había harina y sal, así es que la Ramona y los del Molino nos prestaron un par de ollas, platos, cubiertos, tarros para la leche con harina tostada y... nada más. Hasta que llegó el papá con lo mínimamente necesario.
La casa que se quemó estaba sólidamente construida. Casa hecha para resistir terremotos. Era de adobe atravesado, reforzada por vigas de roble pellín, tanto verticales como inclinadas. El roble tiende a quemarse muy lento: en la base se iba formando una brasa que iba creciendo en busca de oxígeno, y cuando llegaba arriba, en el silencio de la noche, se escuchaba l sonar de un viento fuerte que terminaba en un enorme suspiro de fuego largo, tan largo como el tamaño de la viga y terminaba con una gran llamarada seguida del desplome de la pared. Esto fue pasando viga por viga, pared por pared hasta que de la casa no quedó nada, sólo escombros adornados por trocitos de vidrios estallados de la galería que cuando les daba el sol brillaban como joyas.
El espanto del fuego, la sorpresa de las vigas tronando antes de caer y el destrozo de la casa convertida en escombros es algo que me viene a la memoria cada vez que veo un incendio y ruego para que nunca más me toque sufrir uno.
Al cabo de los días, el rescoldo se fue enfriando y empezaron a buscar algo que se hubiese salvado. ¡Difícil tarea! Nadie sabía lo que buscaba ni para qué buscaba.
Veo a mi mamá con un palo en la mano removiendo trozos de adobe en el sector de la cocina y despensa. Cuál no sería su sorpresa cuando encontró ¡Un barril de miel, enterrado hasta el borde y todavía hirviendo! Con latas sacaron la miel cocida y tuvimos dulce para mucho tiempo. Tenía un gusto especial, a lo mejor a humo que no he vuelto a gustar.
Escarba y escarba encontraron los cubiertos Christoffle. Los de nosotros, los que le mandaron a mis padres como regalo de matrimonio los padrinos de mi mamá ¡Desde Paris! ¡Qué fin más siniestro! Todos retorcidos, renegridos, deformados por el fuego. Sólo encontraron las hojas de los cuchillos intactas ¡Buen acero para resistir tanto calor! Pero inútiles, nunca se pudo hacer nada con esas hojas y se perdieron en el tiempo.
Así fueron pasando nuestros días. La casa del administrador quedó terminada y nos tuvimos que cambiar. Un viaje en camión y ¡A ver cosas nuevas!
La casa era muy modesta, de madera estucada, cuatro dormitorios en hilera dando a un corredor. A pesar de la prisa por terminarla, tuvieron el detalle de plantar rosas por delante. Se veía muy acogedora.
Una cocina con el fogón en el suelo y aparte de la casa —por si había otro incendio—. Lejos, al poniente y sobre una acequia en declive, un escusado de cajón con dos agujeros, uno grande para los mayores y uno chico para nosotros “Casita de dos pisos con vista al mar” la llamaba mi mamá y era motivo de risas para nosotros que, sentados en nuestro agujero, veíamos correr el agua llevándose nuestros “lulos”.
Al sur de la casa había un estero con poco caudal en el verano, pero a mi mamá se le ocurrió hacer un retén con piedras que hizo sacar del fondo. Así tuvimos una estupenda poza donde nos bañábamos.
El primer día que fuimos a presentarle el trabajo al papá íbamos eufóricos. Nos parecía que todo lo habíamos hecho nosotros y que era fantástico. Justo al llegar, Mariano, que apenas tenía dos años, se abalanzó a la poza gritando: “!A pa l'agua!”, sin más se tiró al estero que tenía un poco de corriente, perdió pié y vimos que el agua se lo llevaba. Mi papá sin ni pensar se metió al agua con sus botas de cuero y lo sacó de los pantalones medio boqueando, Mariano decía: “¡Rica LPagua papá, rica l'agua!”.
Desde ese día el baño fue muy controlado por los mayores. A nosotros nos encantaba a pesar que no sabíamos nadar. Baño para refrescarnos y para lavarnos. En casa sólo había una palangana para lavarnos la cara por las mañanas y los pies por la tarde.
Al borde del camino de La Montaña había tres hileras de álamos, iguales a los que plantaba mi tío Hernán al nacimiento de cada hija. A veces me hacía la ilusión que los habían plantado por mí pero... era pura ilusión porque los deben haber plantado para una prima mía hija de mi tío Paco.
En la esquina había una casita de inquilinos. En ella vivía una familia, la esposa enferma. El esposo nos sirvió de mozo y hortelano. Tenían un hijo un poco mayor que yo llamado Juan Bautista, pero le decían “Baucha”. Era muy inquieto y le gustaba andar perreando con sus dos perros, “El Cuida” y “El Cuando”. Muy pronto nos hicimos amigos y nos daban permiso a Pablo y a mí para salir con él. Lo pasábamos estupendo. Recorríamos un corte de terreno que había entre “Los Culenes” y “El Bajo” —nuestra casa—; allí encontrábamos de todo para satisfacer nuestra curiosidad. Un día encontramos copihues rojos y rosados. Era la primera vez que los veíamos y los encontramos lindos. Llevamos un ramo a la casa y los pusimos en un vaso. Cerca del agua habían “Chilcos” (Fuesia magallánica) chicas y sencillas, parecían bailarinas en dos tonos rojo y morado, como el tallo que las une es tan frágil, al menor soplo de viento las hace bailar.
También había otra flora nativa que nosotros no conocíamos, pero Baucha nos enseñó ligerito. Vimos arrayanes de tronco naranja, boldos con fruta que maduraría más tarde y maqui a punto de madurar. En las arenas se encontraba michay que también maduraría ligerito y en un sitio escondido, secreto y especial, había enredaderas de coiles todavía verdes, pero quedaron fichados para el fin del verano ir a buscarlos. Son dulces y perfumados. Si encontrábamos huellas de conejos y cuevas, nos quedábamos en silencio e inmóviles hasta que aparecía uno y el Baucha le animaba los perros. A veces lo pillaban y teníamos estofado. Otras, salían disparados haciendo zigzag hasta meterse en otra cueva.
Al fondo del potrerillo había una vega —terreno pantanoso—. Allí solía haber cuevas de camarones. Se reconocían porque al hacer la cueva van sacando bolitas de barro con las que levantan torres defendiendo la entrada. El Baucha nos enseñó a sacarlos: se mete la mano en la cueva con los dedos doblados y se hace el vacío, con fuerza y valor se mete la mano ¡Adentro, afuera, adentro, afuera adentro, afuera! hasta que el camarón dejaba de defenderse y se quedaba tranquilo en los dedos —por un rato— por lo que hay que sacarlo rápido porque las pinzas pueden apretar y hacer daño.
Mucho trabajo y mucho rasguño, para sacar unos pocos camarones que después hacíamos hervir en el tarro del Baucha. Mi mamá nos insistía que no era tiempo de camarones, que tenían gusto a tierra, que los buenos eran en septiembre, pero... nosotros veíamos septiembre inalcanzable y nos comíamos los camarones con un rico sabor a tierra.
Más allá de la vega hicieron más tarde una huerta. Era buena tierra y las hortalizas se daban muy ricas.
El problema fue que ese año no había nada y las habas de Cucho se habían terminado. El papá mandaba mercadería de San Carlos, pero la fruta y las verduras llegaban bastante tristes.
Cuando los inquilinos de las cercanías supieron por los momentos que estábamos pasando y sin ni siquiera conocernos, con esa maravillosa caridad solidaria del pobre, no nos faltó nada. Nos iban a ver y nos llevaban de lo que tenían en sus huertas, más un pollo o una gallina poniendo o unos huevos. Fue inolvidable ejemplo de solidaridad que nos marcaría para siempre.
Iba pasando enero de 1939 y mi tío Manuel, hermano menor de mi papá, llegó en un auto, muy apurado, con una carta urgente para mi mamá de mi tatá. Decía que mi tía Luz estaba muy enferma de tifus, que ella la estaba cuidando, pero que ya no podía más, que por favor fuera a ayudarla. Mi tía Luz siempre fue conflictiva y muy mala enferma.
Mi mamá se afligió mucho porque mi papá no estaba en el fundo, pero mi tío Manuel la convenció que se fuera y que él se volvía a quedar con nosotros. Tal cual lo hizo mi mamá y sin pensarlo dos veces arregló su maleta y se subió al auto después de despedirse de nosotros. Ahí empezó la lucha. Las “burras” de ese tiempo —como le decían a los Ford T—, andaban cuando querían y si se taimaban había que dejarlas tranquilas. Como ya estaba oscuro decidieron intentarlo al otro día o salir a caballo hasta San Roque o hasta San Carlos.
Nosotros los niños, nos habíamos dormido a la hora de siempre y ya nos habíamos despedido de la mamá.
¡Nadie esperaba lo que pasó!
¡¡Nadie adivinó el espanto que vendría!!
Era la noche del 24 de enero de 1939 cuando se desató el peor terremoto que ha azotado a Chile. De 10 grados conocidos, fue en Chillán grado 9. Se saltaron las agujas de los sismógrafos de esa época y... tembló... tembló... y tembló, sin pausa, sin ritmo, a golpes de destrozo. Abrió y cerró grietas enormes y el ruido, aterrador hacía resonancia en los volcanes “Longaví” y “Chillán” dejando a las personas paralizadas. La placa de Nazca azotaba sin compasión a la Sudamericana ¿Qué la empujaba a ella?
Mi mamá, otra vez heroica, me sacó de la cama y del sueño y me lanzó fuera del corredor ¡Desperté sentada en los rosales! Luego sacó a los otros niños y a mi tío Manuel que se daba vueltas en su pieza sin saber por donde salir.
Una vez fuera, en la más absoluta oscuridad, a tentones nos fue reconociendo ¡Pobrecita mamá, le tenía terror a los terremotos! Contó una, yo; dos, Pablo; tres, Mariano ¡¡Faltaba uno!! ¡Qué desesperación! El suelo se seguía moviendo, el ruido nos seguía aturdiendo y aterrando. La escala de subida a la casa se inclinaba y ella tenía que encontrar al hijo perdido. Mi tío Manuel aterrado y desnudo no atinaba a nada. La niñera se aferró a Mariano, o sea nadie para ayudar, cada uno con su miedo personal. Gateando llegó a la pieza de Jorge y lo encontró durmiendo en su cama tapado ¡Por todo el estuco de la pared! Y... seguía temblando. Se atenuaba un momento y volvía con más furia a botar lo que todavía estaba en pié, a matar al que todavía estaba vivo.
Con las dos manos y sujetándose de la barandilla del Tilín, con la fuerza que da un hijo en peligro, fue mi mamá sacando los trozos de barro que tapaban a Jorge hasta que lo rescató. Sangraba por la nariz el niño, sangraban las manos de mi mamá.
¡DOLOR Y MIEDO!
¡SANGRE Y LÁGRIMAS!
Parecía que se iba a acabar el temblor, pero no, todavía faltaba. Siguió temblando, siguió... siguió... y... siguió. Minuto a minuto, hora tras hora hasta que aclaró y, al menos pudimos vernos las caras, de espanto, de susto, de trasnoche, de tierra, de lágrimas y de sangre.
Entre remezón y remezón, medio nos lavamos y nos dimos cuenta que la lastimadura de Jorge era sólo un rasguño en la nariz. Las manos de mi mamá ¡Fue otro asunto! Se las tuvo que cuidar, tenía feas cortaduras en ambas palmas. Una vez desinfectadas se las tuvieron que vendar ¡Ya no nos podía acariciar, pero sí besar y nosotros lo hacíamos por ella!
Diez días tembló sin parar, de día y de noche; diez días de miedo, de ruidos subterráneos. No se sabía dónde se iba a abrir una grieta, —la gente dijo después que se habían tragado niños y animales, no me consta, pero era aterrador.
Las aves de corral se acercaron a la casa y se subieron al roble que había a la entrada del jardín. Las vacas, los terneros, los caballos y las ovejas que normalmente pastaban en las cercanías, se refugiaron bajo el roble, muy cerca de nosotros y mientras tembló no se movieron de allí. ¿Buscaban amparo? ¡Bien poco podríamos darle nosotros que estábamos con tanto miedo!
No nos atrevimos a entrar a la casa. Sacaron los colchones y dormimos al aire libre, con el cielo por techo y bailando al son que nos marcaban los temblores.
Dormiríamos supongo, pero despertando con cada remezón más fuerte. Cada uno trataba de sujetar su propio miedo para no contagiar a los demás.
Al día siguiente mi mamá mandó “un propio” — enviado— a los fundos vecinos y a los de mis tíos Rivas para saber de ellos. Al tranco del caballo llegó por la noche el padre del Baucha asustado, y dijo a mi mamá: “Patrona, si viera el desastre, se cayeron las bodegas de Zemita y las casas de San José. Don Hernán y don Fernando están bien y le mandan cartas”.
Afortunadamente no había damnificados, sólo susto, miedo y terror a lo que pudiera pasar.
—Las comunicaciones están interrumpidas — seguía “el propio” con su parte—, los caminos están cortados, no hay luz ni agua en los pueblos vecinos; Chillán está en el suelo.
Después se sabría que hubo casi seis mil muertos y seiscientos diez mil damnificados, a lo que se puede agregar un brote de tifus.
En Santiago las noticias eran aterradoras, se hablaba de miles de muertos en la zona. En el Diario Ilustrado daban listas de muertos en los que ¡Aparecíamos nosotros!
Mi tatá aterrada no sabía qué hacer, sólo cuidar a mi tía Luz y rezar por nosotros.
Mi papá, desesperado, compró unas latas de leche condensada y se integró a una cadena de ayuda al sur. De una camioneta a un camión llegaba a Linares donde se había establecido el centro de ayuda. De allí seguía en lo que podía. A veces movilizado, a ratos a caballo y otras veces a pie, como podía, con la fuerza tremenda que da el querer vernos o por lo menos enterrarnos.
Al atardecer del séptimo día lo vimos aparecer como un fantasma, montado en un caballo flaco y feo, con una manta que no era la suya, sucio, barbudo, estragado. Se bajó del caballo y nos abrazó llorando, no podía creer que estuviéramos vivos; en un campamento como gitanos, pero vivos y sanos. Todos llorábamos, parecía que se nos había aflojado toda la tensión, ya no había que cuidar tanto los miedos porque ¡¡Había llegado el papá!! Y él ¡Todo lo podía!
Diez días tembló Se dice pronto, pero vivirlo es una eternidad.
Los niños, al amparo de los padres, rápidamente empezamos a no temer tanto y a buscar entretenciones. Nos juntábamos con el Baucha y jugábamos a medir las grietas que se habían abierto en el suelo con coligiles hacíamos unas varas largas y las metíamos, algunas medían siete metros, en otras...no llegaban al fondo.
Mi papá se preocupó de los inquilinos e hizo un censo para saber si había destrozos. Afortunadamente todos estaban bien y sus casas habían resistido el terremoto. Las bodegas también estaban en buen estado, pero lo que quedó de la casa después del incendio se desplomó.
¿Qué habría pasado si hubiéramos estado en esa casa para el terremoto?
No lo sé, a lo mejor hubiera resistido como la bodega o, a lo mejor se hubiera desplomado sobre nosotros.
De todas maneras, a pesar del susto, creo que el incendio fue lo mejor que nos pasó.
EL DURAZNO 1940-1941
Durante aquel año mi papá tuvo la oportunidad de comprar una casa-quinta en San Carlos. Era un enorme caserón bastante deteriorado por el terremoto, pero creyó que era bueno tenerlo como paradero y donde podría organizar una bodega para guardar el trigo y venderlo cuando estuviera a mejor precio. Esto lo pudo hacer en unas enormes piezas que había a la entrada y que daban a una galería acristalada y sombreada por un parrón a todo lo ancho donde allí instaló su oficina.
A un costado había una hilera de piezas en L invertida cuyo vértice era una enorme cocina con un fogón al centro.
La casa del fundo se arregló para Ramón Campos y su familia, como se había pensado. La idea era construir una casa de madera al lado de la bodega, pero ese trabajo se demoró y cuando nosotros llegamos a pasar la temporada de vacaciones nos encontramos sin casa y nos tuvimos que arreglar en San Carlos en unas piezas pequeñas. Las otras las ocupaba la Peta, que acababa de enviudar y tenía varios hijos pequeños, —el menor apenas caminaba—, y a ella la contrató mi papá para el cuidado de la casa.
Para todos fue una sorpresa tener que quedarnos en San Carlos, en una casa tan grande que tenía para nosotros unas piezas tan malas y oscuras, donde estábamos apretados e incómodos. Para mi mamá también fue incómodo tener que compartir la cocina y el fogón donde ardían troncos todo el día. De todas maneras, y a pesar del calor, teníamos entretenciones. La quinta tenía árboles frutales y podíamos jugar debajo del parrón. Cuando llegamos, la fruta estaba verde, pero había una enorme, gigantesca, higuera llena de brevas negras, ricas y aromáticas. Nos encantaba trepar por su tronco, aunque no pudiéramos sacar las brevas que estaban en las puntas de las ramas. No faltaba quién nos abasteciera de los deliciosos frutos que comíamos untados en harina tostada.
Ese año estaba el tío Manuel trabajando con mi papá. Él manejaba un camión. Al llegar mi mamá empezó a insistir por la casa que debía estar terminada, pero siempre faltaba algo. Mi papá viajaba a Santiago por negocios, a vender la lana y otras cosas así es que mi mamá presionaba al tío Manuel hasta que un día se cansó y le dijo que se iba al fundo con nosotros, con o sin casa terminada. Ella era así de decidida cuando lo necesitaba.
Nos subimos al camión con todo lo que teníamos y partimos. Mi tío nada de contento, mi mamá bien cabreada y nosotros felices de volver al fundo.
La sorpresa la tuvimos cuando llegamos a la alameda y vimos que el camión seguía de largo y a duras penas subía la cuesta que luego conocimos como “La cuesta de la Nena Sánchez”. Nosotros creíamos que volveríamos a la misma casa del año anterior, pero no era así, era verdad que se estaba construyendo una casa al lado de la bodega, donde antes estuvo la casa que se incendió. A nosotros, los niños, nos habían hablado de
esa casa, pero se nos había olvidado.
El camión se bamboleaba de un lado al otro y como tenía poco peso iba saltando de un hoyo en otro. Molidos llegamos y vimos la casa nueva: era una hilera de cuatro piezas cuadradas comunicadas por dentro y que daban a un corredor. A parte había una cocina con un fogón en el suelo y nada más. Las puertas no estaban, las ventanas tampoco y la galería era un proyecto.
Como los maestros estaban poniendo las tablas del cielo, nuestros pocos muebles estaban en la bodega. ¡Menos mal que llegamos a buena hora! Así los trabajadores que había pudieron armar las camas que se salvaron del incendio.
Nos arreglamos como pudimos. Los primeros días estábamos sin cielo, ni puertas, ni ventanas. No recuerdo habernos complicado, nos daba lo mismo, estábamos en el fundo y era todo nuestro para pasarlo bien.
“Las casas”, así se nombran en esa zona a las casas donde viven los patrones, no importa la calidad ni el tamaño. “Las casas del Durazno” eran las casas más pobres de la zona, no creo que ninguna casa de inquilino o puebla, como se las llamaba, fuera peor y más desabastecida que la nuestra —por lo menos cuando recién llegamos— pero tenía un encanto especial, algo que no he vuelto a ver en toda mi vida.
La hilera de piezas estaba construida sobre postes y elevada más o menos a un metro sobre el suelo. Era de tabla ancha de roble pellín recién aserrado y sin cepillar, rojo y todavía vivo, lloraba gotas de savia. Los tablones anchos de más de 30 centímetros y de pulgada y media de grosor constituían el suelo, los tabiques y el cielo. En el día, el sol encendía las piezas dándoles un hermoso reflejo de atardecer. Por la noche, las velas que nos alumbraban perlaban las gotas de savia dando un resplandor especial.
La madera usada era de los robles centenarios que poblaban los bosques del fundo, robles inmensos que se botaron para que nosotros tuviéramos una casa que parecía encantada. Los aserraron y colocaron, ordenadas, una tabla al lado de la otra, unas verticales, otras horizontales, pero eran todas iguales clavadas en las vigas de la estructura. Para subir a la casa había una pequeña escalera de tres peldaños donde jugábamos a saltar.
También fueron de roble los caballetes y las tablas que sirvieron para poner los colchones de lana de Pablo y Jorge, y Mariano tenía “el tilín”. La pieza de mis padres estaba casi completa, tenía dos camas de madera pintada de amarillo, el peinador de mi tía Matilde y un velador. La pieza mía era divertida: la cama era de madera, pero de distintos colores el respaldo y los pies, tampoco los largueros eran iguales. Todos restos de camas que no se quemaron en el incendio. Como no tenía somier, le pusieron tablas atravesadas y si yo me movía mucho por la noche, solían caerse haciendo tanto ruido que parecía temblor. También logré un velador.
Así, bien abrigados con las frazadas de lana, dormíamos felices. Las puertas estaban hechas, pero no tenían bisagras, por las noches las ponían afirmadas con un palo atravesado. Las ventanas siguieron siendo un hueco al monte hasta que el maestro pudo hacerlas. No tengo noción del tiempo, pero es igual si fue ese año o el otro en que empezaron a funcionar las puertas y ventanas que también eran de las mismas tablas de roble. Más roble, más rojo, más encanto.
Poco a poco mi papá fue trayendo en el camión algunas cosas que eran indispensables, por ejemplo una cocina económica que alivió mucho a la cocinera, pero de todas maneras mantuvieron un gran brasero para tener agua caliente para el mate, para tostar pan o para quemar terrones de azúcar que al ponerlos en la leche llegaban a chirriar dejando un olor a caramelo exquisito.
Llegar al fundo y perder el sentido de la hora fue lo mismo, no teníamos necesidad de reloj. Tomábamos desayuno en cuanto hervía la leche recién ordeñada. Si habíamos despertado antes y nos habíamos levantado lo tomábamos en la cocina o si no, nos lo llevaban a la cama: una jarra de leche con harina tostada y pan amasado con miel o con huevos revueltos, dos grandes torrejas de pan tostado en las brazas ¡Un buen desayuno para niños creciendo!
Luego, cuando el sol estaba tan alto que nuestro cuerpo no hacía sombra, almorzábamos. Al frente de la casa había un gran parrón cuadrado donde pusieron la mesa de la llavería y bancos también de roble ¡Qué madera más noble! Fue nuestro comedor mientras vivimos en esa casa. Más tarde, cuando al atardecer, se podía medir en el horizonte una cuarta de sol, era la hora de comer.
Nuestra vida era un descubrimiento permanente, pero lo más maravilloso fue descubrir a una mamá de la misma edad de nosotros, que se reía, jugaba, salía de excursiones a la par con nosotros. Muy pocas reglas nos regían: respetar los horarios de las comidas, de la siesta y avisar donde íbamos y nunca, nunca jamás ir al río solos. Ella pensaba que cuanto menos cosas se prohibieran, más posibilidades de obedecer teníamos y que al demostrarnos confianza absoluta nos amarraba a actuar bien. Muchas cosas aprendimos en el curso de la vida, pero esas básicas enseñanzas fueron fundamentales.
“Las Casas” estaban construidas donde antes se levantaba la llavería y dos enormes cuadrados entre la casa y los castaños mostraban donde había estado la casa que se incendió. Ya se habían quitado los escombros y estaban arados esperando ser sembrados de pasto.
Los castaños fueron el salón de la casa, la sala de juegos nuestros. ¡Qué de cosas hicimos allí! Los árboles, enormes, no lográbamos abrazarlos entre los cuatro hermanos. Crecían rectos y se abrían las ramas mucho más arriba, lejos de nuestro alcance. Los cruzaba una acequia con agua del estero que venía bordeando el monte y se derivaba por detrás hacia las caballerizas. Cerca del monte había una poza de tierra bastante bien hecha, nunca supimos quién la hizo ni para qué servía. Para los grandes, era nuestro reducto, allí pasábamos horas jugando. Como estaba cerca de la acequia hicimos un primer desvío y preparamos barro, ¡Cuántas cosas se pueden hacer con él! Desde pintarnos, hacer tortas, caminos, batallas... Nos separábamos los dos grandes y cada uno elegía a uno chico, nos acuartelábamos bien provistos de bolas de barro fresco y...¡A la una, a las dos y a las tres! ¡Chas! Volaban las bolas blandas de barro rojizo, unas daban en blanco, otras no. Era muy divertido. Generalmente las batallas eran a la hora en que dormía siesta mi mamá y cuando se levantaba nos encontraba todos embarrados. Nunca se enojó como otras madres, le hacía gracia y en el pozo de madera, donde se lavaba la ropa nos metíamos y nos sacábamos el barro, salíamos tiritando porque el agua venía muy fría, pero el sol quemaba y muy pronto estábamos otra vez limpios y calientes. ¿Cuánta ropa ensuciaríamos en el día? Supongo que mucha, pero la mamá era ingeniosa y no estaba dispuesta a amargarse la vida ella, ni a nosotros por un poco más o menos de barro. Inventó unos pantalones cortos de brin ordinario, gris, y los hizo en serie. Ella tenía una máquina de coser de mano y más o menos se las arreglaba. No digo que los pantalones salieran ni muy bonitos ni muy parejos, pero se ponían y se sacaban con mucha facilidad y con camisas de cuadros se completaban las tenidas. En los pies, teóricamente sandalias, en la práctica nos arreglábamos con el maestro Rafael para que nos hiciera unas ojotas que nos acomodaban mucho. Otras veces, las más, andábamos descalzos. Nunca fue una tragedia ni la ropa ni el barro.
Más adelante descubrimos que haciendo un corte en la acequia podíamos bajar una cantidad de agua desde el borde del monte hasta el pozo. Hicimos canales y pequeños lagos y los sitios más abruptos eran los indicados para hacer caídas de agua. A toda esa red la llamábamos “Las Quéidas”. A mi mamá le encantaban y cooperó haciéndonos unos molinillos de papel que, con la fuerza del agua se movían con bastante rapidez. En los lagos poníamos barcos de papel y en los canales hacíamos carreras con palitos.
Ella nos contaba que cuando era niña también jugaba, hacía túneles por donde pasaba el agua y más adelante surgía el agua como una fuente. Su juego se llamaba “según filtrado”. Me parece que ella revivía con nosotros su infancia restándonos todas las amarguras por las que pasó ella y comprendiendo nuestras inquietudes y gustos.
Después de las onces nos preparábamos para ir al río, el Perquilauquén que viene de la cordillera limpio y cristalino. Tiene momentos en que baja entre las piedras formando rápidos y luego se ensancha en raudales propios para el baño. “El Piedrero” fue nuestro sitio predilecto para el baño diario durante años. En la poza que hicimos con la mamá nos enjabonábamos y jugábamos haciendo los primeros intentos por flotar. Todos teníamos una piedra sumergida dentro del río, a la que nos tirábamos haciendo puntería, la idea era quedar de barriga sobre ella ¡Parecíamos tortugas varadas! De tanto practicar, un día, sin darnos cuenta, seguimos y la pasamos. Así fuimos aprendiendo a nadar y a tener control sobre nuestro cuerpo.
Mi mamá sabía nadar y mientras nosotros tomábamos sol en la playa de arena, ella nadaba en la parte más honda. Algunas veces nos acompañaba el papá, que también nadaba pero de lado, mi mamá le decía: “Jorge nada estilo Luis XV”. A nosotros nos hacía gracia eso que hubiera un nombre con números ¡Cosas de niños!
El regreso a casa era muy alegre. Una tropilla de niños saltando y jugando. Al pasar sacábamos los frutos del campo y del tiempo. A veces michay, otras moras y nos pintábamos las caras de morado. Los frutos dulces todavía tibios nos encantaban. También en el camino había algunos boldos con frutos amarillentos y empalagosos como almíbar. Olor de verano, el calor hacía que las plantas exhalaran sus perfumes. La tierra reseca y las hierbas llegaban a crujir al pisarlas. “¡Cuidado con el litre!” nos decía la mamá, que produce granos. La gente del campo nos decía que para que no brote el litre en la piel hay que decirle un verso:
Compadre litre No me peguíis el litre Porque yo soy tu compadre.
Nosotros nos preocupábamos de irle recitando el verso al litre, pero mis hermanos no sacaban nada con decirle versos porque cada tanto tiempo se “litriaban” y les picaba mucho pues pasaban rascándose día y noche. Para mitigar la picazón habían dos remedios: Uno bañarlos en agua de afrecho que, para eso, se calentaba el fondo donde se lavaba la ropa y cuando estaba tibia se le ponía un buen poco de afrecho, allí se iban metiendo los niños, algo se les pasaba. Otro remedio era mandar a Cucho a las Termas de las Brujas, al otro lado del río, a buscar “agua de mote”, agua sulfurosa que era muy buena. Se les quitaba todo el picor en cuando los mojaban, pero no faltaba el próximo litre que los rozaba y... otra vez a rascarse.
No sé cuantos años pasaron en esta fiesta del litre, pero fueron muchos. Yo fui una privilegiada, nunca me pasó nada y hasta me comía los brotes —pero eso fue de un poco mayor.
Después del baño teníamos un rato de calma. Nos sentábamos en el corredor o debajo del parrón a leer — el que sabía—, los otros oían los cuentos que les leía mi mamá. Ella nos incitó siempre a leer y en casa empezaron a haber libros para nosotros, especialmente en el fundo donde teníamos tiempo y tranquilidad.
Llegado el momento de la comida y aprovechando la luz del atardecer, nos sentábamos debajo del parrón a
comer lo que hubiera. Ese año fue conflictivo porque ni habas sembró Cucho. Fue todo un incidente cuando una mañana llegó el administrador a ver a mi mamá y ella le preguntó:
—-¿Por qué no tengo huerta?
El hombre se puso verde y tartamudeaba.
Mi mamá le lanzó:
—¿Usted tiene huerta?
—S1, —contestó avergonzado—. Le haré llegar verduras de la mía.
Pocas veces he visto a mi mamá más furiosa y roja como una grana, le dijo:
—Se puede quedar con lo suyo, yo sólo estoy pidiendo lo que me corresponde, se puede ir preocupando que en el futuro no nos falte de nada. Mientras, haga mandar papas, porotos y choclos de la chacra del fundo.
Y así lo hicieron. Si el año anterior nos habíamos llenado de habas, este año lo hicimos con el producto de la chacra.
A mi papá no le pareció muy bien el intercambio de palabras, pero...ya estaba hecho y desde entonces nunca nos faltó de nada. También mi mamá se preocupó de mandar oportunamente semillas de hortalizas.
Después de comer, salíamos a caminar por el camino hasta El Calvario. Era muy distinto hacer ese camino a pie que en auto. Íbamos viendo todas las cosas que nos llamaba la atención: primero pasábamos por el puente de La Ramona, luego la subida de La Borracha, una pequeña cuesta que desde arriba se veía el potrerillo donde estaban las vacas. Al bajar había una pequeña poza de vertiente, al pie de la loma. Algo había que con el último reflejo del sol, se veía dorado. Nosotros le decíamos a la mamá: “Es oro” y ella se reía y nos contestaba: “será oropel”.
Un poco más allá había una gran piedra que estaba encajada entre las varas del cierre del potrerillo. Los cierres habituales en el fundo eran palos calados de roble con tres o cuatro agujeros cuadrados y en ellos se metían varas rectas de raulí sin descortezar. ¡Cierres preciosos! En este caso la segunda vara estaba quebrada descansando en la piedra, le decíamos “la piedra que crece” y nos inventábamos que debajo había un tesoro, que los duendes lo tenían guardado, pero como iban acumulando tantas monedas de oro, la piedra crecía y rompía las varas. Todos los días la íbamos a mirar a ver si había crecido en la noche. Le poníamos pequeñas trampas, palitos, pelos, trocitos de lana para ver si al crecer se movían, ¡Qué cosa! Todo lo que poníamos se volaba con el viento de la noche y nosotros estábamos seguros que los duendes los sacaban para disimular su tesoro.
Un poco más adelante había una vertiente pequeña al lado del camino, era tan chica que el agua no corría sino que estaba siempre estancada. La superficie estaba irisada de múltiples colores reflejando el atardecer, parecía que tuviera una capa aceitosa. Nosotros pensábamos que era una fuente de petróleo y casi la veíamos arder. A lo mejor se nos quedó en la cabeza un comentario que hizo mi tío Paco:
"Cuando llegué a este fundo había un viejo baquiano que conocía todos los pasos de la Cordillera y él me contó que, montaña adentro había una poza con agua negra, que si se le prendía fuego ardía y que él se alumbraba por las noches poniendo un cuenco de esa agua con una mecha."
Mi tío Paco decía que a lo mejor era petróleo. Nunca se supo ni de la poza ni del viejo baquiano. Era la historia que se contaba y que nosotros la aplicábamos a la vertiente, pero nunca la pudimos hacer arder, llevábamos agua a la casa, pero nada, no servía para nada.
Así, caminando y jugando llegábamos al Calvario, donde había una vieja Cruz de madera, recuerdo de alguna Misión en tiempos pasados. Allí rezábamos un Padre Nuestro y nos volvíamos a casa, llegábamos cuando empezaba a oscurecer. En unos grandes lavatorios nos lavaban los pies y ¡A la camita! Iluminados con velas sólo alcanzábamos a decir las buenas noches y bien abrigados con las frazadas hechizas, ya fueran blancas con una franja roja o gris con blanco, hiladas y tejidas por las mujeres del fundo, caíamos como angelitos.
Jorge era bien atarantado para hablar y para moverse. Campeón para tropezar y caerse encima de los mayores. Era el más buen mozo de todos nosotros, pero bastante rabioso. Siempre fue el consentido de la Tena —una viejilla que cuidó a mi papá y que en Huelquén la heredamos—. Por las tardes, era seguro que le recitaba un trabalenguas a mi mamá: “¿Ara farara farara mamá?” Y no había manera que lo dijera más lento para saber lo que decía. A mi mamá le hacía gracia y lo interpretaba “¿Vamos a ir a las varas, mamá?” Eso era parte del camino al Calvario, cerca de la piedra que crece, ahí habían una varas que estaban recién puestas y el terreno despejado, entonces nos subíamos a las varas a mirar el potrerillo donde estaban los caballos, las vacas de la casa con sus terneros, y... ¡¡El potro!! que se paseaba entre su harem levantando el cuello y pateando, sintiéndose super importante. No creo que fuera fino, por lo menos en ese tiempo, sólo era un reproductor, pero se portaba como si tuviera sangre real.
Aprovechando estos paseos, la mamá nos contaba cuentos, algunos tradicionales, y otros se los inventaba. A medida que íbamos caminando nos hacía notar un grupo de piedras o un tronco con un hueco y nos decía que por allí vivían Pezuñita y Roenueces, dos ratoncitos de campo que eran muy amigos y... así hilaba historia tras historia de las aventuras de estos ratoncitos —eran tan vividos que Pablo aseguraba haberlos visto y haber conocido una de sus casitas.
Un día pasó un “falte” —un comerciante que recorría los campos a caballo comprando y vendiendo mercaderías—. En ese tiempo era la única manera de proveerse de agujas, hilos, yerba mate, azúcar y mil cosas necesarias que llevaba en prevenciones y en un gran canasto. Ese día traía una tremenda sandía, especialmente dedicada a la patrona, que no pudo resistir la tentación y la compró.
Como nosotros llegábamos pronto al fundo y nos íbamos en otoño era muy raro que pudiéramos comer sandías y melones. Yo creo que desde Huelquén no saboreábamos una. Mi mamá tuvo una idea luminosa: hizo partir la sandía a lo ancho y sacar la comida con una cuchara sin romper la cáscara, nosotros no entendíamos lo que quería, luego nos gozamos su idea.
Con barro y piedras nos enseñó a hacer una base y sobre ella puso las cáscaras invertidas con dos agujeros cuadrados, uno adelante y otro a un lado. Después empezamos a recubrirlas con barro pisado con paja. Capa por capa se fueron armando hasta quedar completamente cubiertas, ¡Ya estaba tomando forma de horno! Cuando el barro se secó llegó el momento de la prueba. Cucho nos cortó leña a medida y prendió fuego. Dentro, la Ramona nos dio masa para hacer panes que cupieran por las puertas y después que se quemaron las cáscaras de la sandía y la leña se convirtió en brasas, barrimos bien las bases y pusimos los panes con ayuda de una paleta que nos hizo el Maestro Rafael. Esperamos ansiosos a que nuestro pan se cociera pues era un invento entretenido. Los panes resultaron un poco quemados y con gusto a ceniza, pero los comimos con el gusto de haberlos hecho nosotros. Los hornitos duraron todo ese verano y muchas veces los usamos. Fue mejorando la técnica y por lo tanto el sabor del pan, pero... siempre eran chicos y nos quedábamos con ganas de más por lo que recurríamos al pan de la casa que era grande y no tenía gusto a barro y ceniza.
Ese verano debe haber habido algo especial, a lo mejor fue una larga primavera, a lo mejor llovió más de la cuenta y se atrasó la esquila porque estando nosotros allá hubo la faena de esquilar: separar los corderos de las borregas, marcar, capar y bañar toda la ovejería. Todas estas faenas se hacían en “Los Corrales”, que estaban justo al terminar la cuesta que nos llevaba al río.
Mi papá nos llevó a Pablo y a mí a ver esta actividad. No podría decir cuantas ovejas había, me parecieron muchas. Se arremolinaban, los corderos balaban, los trabajadores gritaban y los chiquillos ayudaban a mover el ganado, que lentamente se iba ordenando en distintos corrales. Las ovejas, para ser esquiladas en un corral que daba al galpón pasaban por un baño de creolina —que era una zanja de cemento más alta que las ovejas y angosta—. Al entrar tenían que nadar. Había al principio un ovejero y otro a la salida provistos con un palo especial con los que le hundían la cabeza en el agua, así quedaban limpias y desparasitadas.
En otro corral quedaban las borregas que serían las futuras madres. No se libraban del baño ni de ser marcadas. Aparte quedaban los corderos. De éstos se apartaban unos pocos, los mejores, —que serían los futuros reproductores—, por lo que había que seleccionarlos muy bien. El resto...pasaba por el cuchillo de los capadores que de un corte los dejaban corderos para la engorda. Por la tarde había un gran asadero de “cuncas”, bocado exquisito que se come una vez al año.
Después de terminar la faena, que podía durar varios días y en que los ovejeros iban trayendo sus piños de ovejas sucesivamente, se llevaba el ganado a las tierras altas a pasar el verano. Allá no faltaba el pasto duro ni el ramoneo de los arbustos, de esa manera los pastos del terreno bajo podían crecer para alimentarlos en el invierno.
Los domingos, y como una manera especial de recordar a Dios, rezábamos El Rosario. Mi papá llamaba el Trisagio a esta devoción con las personas del fundo que vivían cerca. Mi mamá se dio cuenta que había necesidad de dar un poco de instrucción religiosa a los niños y formó un grupo de catecismo. Tuvo mucho éxito pues, venían niños desde lejos a aprender. Esto motivó a mis padres a hacer una Misión. Mi papá habló con los Padres Trinitarios de San Carlos y ellos aceptaron. Una tarde llegaron dos misioneros, altos, de hábitos color crudo con una cruz roja y azul en el pecho —hábito del tiempo de las Cruzadas—, según nos contaron. Uno de barba, muy solemne, y el otro afeitado y más comunicativo. A mi mamá le habían advertido que uno era sacerdote y el otro hermano lego. Ella no dudó, no tuvo ninguna duda que el barbado era el sacerdote y se dirigía a él diciéndole: “Padre, pase por aquí”; su sorpresa fue mayúscula cuando resultó que el “padre” era el hermano. ¡Menos mal que lo tomaron con humor y se estuvieron riendo del chascarro!
Fueron unas largas Misiones como de una semana. Hicieron todo lo que se esperaba de ellos: casaron a las parejas que lo pidieron, bautizaron a niños y guaguas, visitaron a algún enfermo grave y... para terminar, para nosotros lo más importante fue que aprobaron la preparación que realizó mi mamá para la Primera Comunión de un grupo de niños. Fue muy emotiva La Misa que se celebraba en el corredor de la bodega y mucha gente iba, no sólo del fundo sino también del fundo San Manuel, al otro lado del río y del Naranjo.
Estas Misiones se repetirían todos los años hasta que hubo un cura párroco estable en San Fabián de Alico que se preocupó de visitar los fundos de la zona en forma rotativa.
Se libraron del incendio y del abandono unas cinco colmenas de abejas y mi papá me las regaló ¡Qué feliz fui! ¡Tenía algo vivo y mío! Ese primer año vino el Simbo, un muchacho trabajador y que entendía en abejas. Él las reinstaló en un huerto frutal que había al frente de la bodega. Les hizo una plataforma y les sacó todos los panales que estaban viejos, para ello se ayudaba de una humareda de bostas. Como las abejas eran mías, yo, la intrusa, tenía que estar cerca así es que me encargó de mantener el humo. Las “culmenias”, como el Simbo les decía, estaban furiosas y rebeldes después de dos o tres años de estar abandonadas, pero el humo fétido las tranquilizó y se pudo limpiar los cajones. No se sacó nada de miel porque él dijo que tenían que trabajar todo el verano para poder criar más “culmenias” y comer en el invierno, pero... sacó un pedacito, no más de una cucharadita de té de “miel de reina” y me dijo: “Tenga, patroncita, para que se ponga bonita”. ¡Qué cosa más rica, nunca había probado algo tan exquisito y delicado! Desde ese día toda otra miel me parece insulsa. Fui privilegiada de probar algo tan especial. Todos los años siguientes, durante la cosecha de miel tenía mi cuota de deleite.
A pesar de todo no nos faltó miel ese año. Todavía quedaba, mediado, el barril que se libró del incendio. Además, Simbo nos regaló una lata de la cosecha de ese año.
No todo puede ser tan bonito e idílico. También ese año pasó un suceso bastante terrible. Una tarde estábamos en Los Castaños, jugando a hacer olitas en la batea que era muy pesada; un tronco de roble pellín tallado en forma de artesa, servía para lavar y escobillar la ropa. Siempre tenía agua para que la madera no se partiera. Nosotros descubrimos que moviéndola un poco a un lado y a otro suavemente se formaban olas. Eso nos encantaba, apenas podíamos moverla por lo pesada que era, pero era cosa de ritmo y coordinación. Ritmo para nosotros los grandes, pero no para Mariano que era chico. En un vaivén metió él la mano y la batea le alcanzó a aplastar el dedo pulgar, ¡Qué grito pegó! Llegó corriendo mi mamá, la niñera y toda la gente que había cerca. Mariano gritaba y lloraba desesperado, el dedo lo tenía machacado y sangrante. De inmediato mi mamá le metió la mano al chorro de agua bien fría y poco a poco se le fue calmando el dolor y dejando de sangrar. Nosotros, los presuntos culpables, calladitos mirábamos el escándalo de sangre que había por todas partes. Ya nos parecía que nos iba a llegar el castigo que no llegó. La mamá comprendió que no había voluntad de hacer daño y del susto que teníamos sacó una enseñanza: “Había que cuidar a los hermanos chicos”.
Nuestro botiquín era muy rudimentario: sólo había Aspirinas, Agua de Alibour, alcohol, algodón y una jeringa con su aguja —por si acaso—. Con esa Agua de Alibour sanó Mariano de su dedo aplastado, y medias Aspirinas para el dolor. Sanó bien, pero quedó con el dedo marcado para toda su vida.
¡Pobre Mariano! “Tacho feroz” le decíamos por lo valiente y metido a grande. Siempre quería estar con nosotros y participando de todas nuestras aventuras. Era el conchito de la familia, cuadrado de espaldas y muy decidido. Él nunca dudaba en seguirnos, no quería ser postergado y se ganaba un golpe tras otro. Yo me siento culpable porque siempre lo miré como uno de nosotros y no lo cuidé como debía, total era cinco años mayor y debí ser más responsable.
Pocas variantes había en la comida, pero al haber miel cocida por el incendio y harina molida en el molino de piedra se podían hacer unos queques que quedaban ricos, alimenticios e irrepetibles.
Seguramente con uno de esos queques y manjar celebraríamos mi santo, porque pasara lo que pasara, hubiera lo que hubiera, mi santo se celebraba todos los años.
A Santa Bernardita yo la veía como una niña igual que yo, que hacía las mismas cosas que yo, que jugaba, se reía y... claro está, además veía a la Virgen... yo también la veía, en una imagen ante la cual rezábamos el Rosario los domingos y la verdad es que, a esa edad, no me parecía algo muy especial. Las dos nos llamábamos igual: nos celebrábamos el mismo día, rezábamos a la misma Virgen... en fin cosas de niña, total sólo tenía 9 años —hasta fines de Marzo en que cumpliría los 10 importantes años.
El verano siguiente no fuimos al Durazno. Teníamos una importante novedad, mi mamá estaba esperando un hijo y no podía hacer viajes largos por lo que nos quedamos en Santiago y fuimos un mes a la playa, a Las Cruces.
Año 1942, año de alegrías y tristezas. El 28 de Marzo cumplí 11 años, entré al último curso de enseñanza primaria, nació Juan Agustín, —un niño precioso al que quise con todo mi corazón—. Su paso por la vida fue como el suspiro de un ángel y como tal se marchó a los pocos meses dejándonos llenos de pesar. También ese año murió mi abuelo Julio a quién yo quería mucho.
No es fácil para un niño saber que la muerte existe, de alguna manera la asimilamos, pero ver los ojos tristes de los padres...duele mucho. De estos temas hay referencias en páginas anteriores, no me quiero repetir.
¡Con qué ganas volvimos al Durazno! ¡Parecía que el campo nos iba a curar de todo! Y así fue... había tanto que hacer... tanto que ver... tanto que reencontrar... Ya no era una niña chica, tenía 11 años y ya había conocido el dolor y la muerte.
Mis padres hacían un esfuerzo enorme por normalizar la vida. Mi papá nos tenía una sorpresa ¡¡Caballos para todos!! ¡¡Ensillados y con riendas!! ¡¡Cada uno apropiado para la edad!! Mi montura era un casco mejicano y dos pellones dobles para que quedara bien protegida y claro está, la montura estaba en una yegua ¡La Canela! Era linda y de suave andar, buena rienda, con ella aprendí a cabalgar. Pablo tenía una montura chilena y su caballo, “el Coipo”, era grande y manso. Jorge tenía su montura, y “el Damasco” y Mariano también tenía su caballo y heredó la montura chilena chica de Pablo. Mi mamá tenía una montura inglesa a la que después le pondrían un pellón porque era muy dura y tenía una yegua alazana muy bonita. Mi papá tenía su montura parecida a la mía, pero cubierta por una gamuza. Su caballo era el más grande, el más brioso, el que marcaba el paso al que debíamos ir, era lo que en el campo se llama “caballo de patrón”. Todos, con caballos, salíamos de paseo al campo, a recorrer los trabajos. Al principio eran los que estaban más cerca luego, cuando aprendimos bien, nos llevaba más lejos. Nos costó acostumbrarnos, pero el papá era implacable: “No deje trotar a su caballo”, “Sáquele marcha”, “No lo apure”, “Sujete bien las riendas”, “No meta tanto los pies en los estribos”, “Enderécese”, “Afírmese con las piernas”, “Aprenda a abrir y cerrar las puertas de los potreros”... En fin fueron muchos los consejos que tuvimos que oír hasta poder manejarnos bien y aguantar varias horas arriba del caballo, pero valió la pena porque después, en el curso del tiempo, haríamos paseos realmente largos.
Un día llegó el viejito del Molino a hablar con la mamá: “A ver si su Mercé (así tratan los más “antiguos” a su patrona) si me puede poner las inyecciones que me mandó el doctor”.
Su Mercé, que era mi mamá, hirvió la jeringa y se dispuso a poner la inyección, pero... como el viejito estaba tan, pero tan flaco, la aguja lo traspasó y el contenido de la inyección goteaba y goteaba al suelo.
De ese acontecimiento surgieron dos cuentos: uno, que a Pablo le encantó el asunto de “su Mercé” y quería que todos le dijeran así. Mi mamá se reía y le decía: “venga Mercedita”, porque su Mercé había sólo una y era ella. Y lo otro, para mí lo más importante, es que aprendí a poner inyecciones. ¡Al fin podía jugar a doctora de verdad! Con mucho cuidado me enseñó mi mamá a esterilizar la jeringa y la aguja —la única que teníamos— y luego a pinchar por entre los pellejos del abuelo para que no me pasara lo mismo que a ella. Me fue bien. Desde entonces fui la encargada de realizar curaciones y poner inyecciones —siempre bajo la atenta mirada de la mamá—. Fue la vocación de mi vida, eso de ver como iban sanando las heridas, poco a poco, gracias al Agua de Alibour era algo increíble. La gente empezó a ir a casa para que las curara o les pusiera inyecciones —sólo subcutáneas—. ¡Me encantaba!
Claro está que a veces las cosas no salían como hubiéramos querido. Por ejemplo, una tarde llegó una mamá con su hijita de 3 años, la niña era linda, bien coloradita, de ojos negros y el pelo de rizos negros que le caían hasta los hombros. El problema era que en la piel del cráneo tenía una “costra de leche”, —así llaman en el campo al impétigo— y la tenía infectada. Las capas tras capas de pus seca enredadas en los rizos era algo impactante.
Mi mamá la vio y le dijo que antes de nada había que cortarle el pelo al rape para ver qué se podía hacer. No creo que fuera algo que les gustara mucho, pero al día siguiente llegaron con la niña bien pelada y con toda la costra a la vista. Se le extendía por toda la cabeza. Empezamos a tratar de sacar y limpiar lo que se podía, le pusimos cataplasmas de agua tibia, con jabón de lavar, con quillay y no se desprendía. Después de varios días de tratamiento, parecía que se empezaba a vislumbrar una mejoría, pero no fue así. La madre se debe haber aburrido porque un día no volvió. Pasaron varias semanas y una tarde llegaron radiantes, la niña tenía su cabeza toda rosada, no tenía ni costras ni pus. El pelo le estaba empezando a crecer y se veía muy bien. Mi mamá extrañada le preguntó lo que había hecho y ella le contó que la había llevado a una “meica” y le había dicho que en una noche de luna llena le ordeñara una vaca negra sobre la cabeza, ella lo hizo así y la niña empezó a sanar. Ese día iba a dar las gracias a mi mamá por todo lo que hizo.
Después que se fueron yo le pregunté, extrañada, que cómo era que nuestros remedios no le hicieran nada y sin embargo algo tan raro fuera tan medicinal. Ella me dijo que habían cosas en la naturaleza que no se sabían y que había un dicho que decía:
Un chuncho canta Un indio muere No será cierto Pero así sucede
Muchos secretos de naturaleza nos contaron, como poner telas de araña de tapia en las quemaduras o dar “azúcar de perro” a los niños con diarrea —eso era la caca de los perros que quedan al sol y se secan y se ponen blancas—, un poquito en agua caliente hace maravillas. También para los niños vomitadores es muy efectivo darles leche de perra o frotar ajo en las picaduras de abejas. Todo esto fuera de los usos de las yerbas del campo que sirven para todo. Muchas de ellas se han usado en la fabricación de remedios que han salvado a millones de personas, como la digital.
El Molino era un sitio ideal para ir de paseo. Allí nos dejaban ir solos a Pablo y a mí. Nos íbamos en la carreta que llevaba el trigo de la bodega para hacer harina, tanto cruda para el pan como tostada para comerla con leche o agua, “ulpo”, o hervida, “cocho”. Íbamos sentados arriba de los sacos y el mozo llevaba los bueyes. El camino era malo, lleno de piedras y de hoyos, así es que nos movíamos mucho y nos moríamos de la risa.
El Molino era movido por una caída de agua de varios metros que al caer daba vueltas a una rueda de aspas la que, por un eje, movía una enorme piedra que rotaba sobre una fija. Arriba había un depósito donde se ponía el trigo que, al caer, era triturado por las piedras cayendo la harina por un agujero, en los sacos. La operación podría durar toda la mañana o toda la tarde, mientras, a nosotros no nos faltaba entretención.
Había en el Molino una viejita, Dionisia, que llegó al fundo en un enganche de afuerinos para cortar el trigo en tiempos de mi tío Paco. Después de una temporada no se pudo ir y mi tío le hizo una pieza en el Molino. Ya era muy vieja en esos tiempos. A nosotros nos contaba cuentos, nos decía que ella estuvo casada 7 veces y que tuvo 12 hijos, que fue cantinera en la Guerra del Pacífico y nos nombraba personas que había conocido y que salían en los textos de Historia. Cierto o no, era lo que nos contaba. Ella cultivaba un pedazo de huerta y allí tenía plantadas unas matas de tabaco. Nos contaba cuándo había que cosecharlas y guardarlas, colgadas en parejas de un coligúe en su cocina. Cuando se secaban las guardaba y se las fumaba. Liaba sus cigarros en cualquier papel que encontrara. A veces nosotros le traíamos diarios viejos para ese menester. De ese tabaco nos convidó un día y con Pablo nos fuimos a Los Quillayes, debajo de unos boldos y nos fumamos un cigarro entre los dos ¡¡Qué horrible sabor!! ¡Qué malestar! ¡Todo nos daba vueltas! ¡Para nunca más meternos a grandes con esa porquería!
La Dionisia tenía otro don: trabajaba la greda. Ella nos enseñó todo el proceso. Un día pedimos permiso para salir con ella todo el día para buscar la greda ¡Una aventura! La cocinera nos dio un pan de medio kilo, una bolsita con harina tostada, un jarro, una cuchara —muy aconsejados de no perderlos—, y un par de frutas, todo metido en una bolsa para cada uno.
Partimos muy temprano por la mañana. Ella llegó antes que tocaran la campana de los trabajadores. Después de desayunar, partimos. Subimos por “La Bonita” hasta arriba donde se acaba el monte y empezamos a bordear hasta donde se veía el estero del Durazno, allá abajo, como una cinta de agua. En un recodo entramos al monte y allí había una poza seca de tierra arcillosa; esa era la greda que necesitaba la Dionisia. Empezamos a recoger terrones y a hacer un montón, menos mal que no estaba muy apretada.
Nos sacudimos las manos un poco para almorzar ¡Qué rico estaba todo! Cerca había un puquio y de allí sacamos agua para tomarnos una jarra de ulpo y pasar la sed. Todo lo comimos con el hambre de haber caminado y trabajado. La Dionisia llevaba lo mismo que nosotros, más su gran cigarro de tabaco hechizo. Mientras bajaba el sol ella buscaba hierbas medicinales y nosotros aprovechamos de rebuscar frutos silvestres y ensuciarnos la ropa y las manos con maqui.
Cuando bajó un poco el sol empezamos a volver llevando los terrones de greda envueltos en un paño, cada uno con su carga. Llegamos a casa justo con la puesta del sol. La faena seguiría al día siguiente.
Otra vez tempranito nos fuimos al Molino con nuestra greda. La Dionisia había dejado la suya en agua así es que se nos había adelantado, pero no importaba, mientras la nuestra se remojaba empezamos a trabajar la de ella.
Todo era medido: puso la greda mojada en un círculo y le agregó una proporción de arena limpia de estero y nos enseñó a pisarla. Ella tenía artritis y le dolían los pies de tanto trabajar. Nosotros felices nos sacamos las sandalias y empezamos a pisar la greda, ella con una paleta la iba moviendo y nosotros pisa y pisa hasta que ella quedó satisfecha. La greda estaba suave y elástica, era el momento de moldearla. Ella nos enseñó a hacer unos “lulos” que luego íbamos pegando para formar lo que se suponía iba a ser una taza, pero resultamos bastante torpes y no logramos levantar las paredes así es que nos quedamos con un platillo y un cenicero; en cambio ella fue levantando y levantando la pared hasta que hizo una jarra, le puso un asa y dejamos que todo se secara. Todos los días íbamos a ver si estaba seco hasta que un día todo estaba listo para la última parte: con una piedra muy suave del río bruñimos nuestra obra hasta que quedó brillante y luego hicimos una fogata para cocerlas. Ella fue poniendo los cacharros que había hecho, muy ordenados y los rodeó de fuego, nos dijo que si queríamos que quedaran negros había que agregar al fuego paja mojada, pero a ella le gustaban rojos —a nosotros también—. Al día siguiente nuestro platillo y cenicero estaban cocidos, había que volver a bruñirlos para que quedaran bonitos y se los llevamos a la mamá que nos celebró como todas las madres celebran los trabajos manuales de sus hijos, aunque no sean perfectos.
Fue la única vez que hice algo de greda. Al año siguiente, la Dionisia no estaba, ni su huerto, ni su pieza, todo había desparecido, yo ya sabía que la muerte existía y no por eso la sentí menos.
Después de dos años, las tablas de la casa se habían secado y encogido, quedaba una separación de casi dos dedos entre cada una con lo que se veía todo lo que pasaba de una pieza a otra. Descubrieron la solución: cerraron los huecos con tablas más estrechas, pero no menos gruesas. Parece que el aserradero tenía una sola medida para cortar tablas. Un día vino el maestro y clavó, clavó y clavó hasta que hubo un poco más de intimidad; digo un poco porque las piezas estaban comunicadas por dentro y todavía no tenían puertas, pero sí, ese año hubo ventanas, de las mismas tablas de roble y que, por lo menos, tapaban el viento.
Mariano seguía y siguió por muchos años durmiendo en el Tilín y descubrió que justo debajo de él había una tabla del piso más separada que las otras. En lugar de bajarse a orinar en una escupidera, desde arriba le “hacía puntería” al agujero mientras sus hermanos le reían la gracia.
Una tarde mi mamá estaba haciendo manjar debajo de Los Castaños en la paila de la tatá, —que se libró del incendio— un poquito quemada, pero muy buena para hacer dulces. Estaba revuelve y revuelve con mucha paciencia y llegó el maestro Rafael con las tijeras de esquilar bien afiladas porque había que cortarle el pelo a los niños. Le tocaba a Mariano y se pusieron de espaldas a la mamá. El maestro, cada tanto rato le preguntaba:” Patrona, ¿Le corto también aquí?”, y mi mamá le contestaba:” Si, maestro, ahí también”, hasta que se le acabó el pelo y Mariano feliz decía: “¡Qué bueno, ahora me voy a lavar la pura carita!”. Así fueron quedando los tres, bien peladitos, pero el pelo les crecía recto como si fueran erizos y en una oportunidad que nos visitó Luz, nuestra prima mayor, cuando los vio salir del baño en el río dijo: “Parecen chungungos”, que son unos animales que hay al sur del país y tienen los pelos de la cabeza levantados. ¡Esa Luz! ¡Cómo nos divertimos con ella! Nos contaba sus aventuras por el mundo —yo creo que eran puro cuento porque eran muy divertidas—. Nos contaba que unos negros hacían rondas y cantaban:
Calabó y bambú Bambú y calabó Esta es la danza negra De Fernando Poo
Eran versos y versos que había que decirlos y golpear las manos y los pies. A ella le costó asimilar que su casa se había incendiado y que de todo lo que ella conocía sólo quedaba una pileta sin agua, los pinos macro carpas crecidos como árboles, los Castaños y la bodega.
Año tras año el Simbo se preocupaba de las “culmenias” y año tras año las empezamos a cosechar. Yo ayudaba en lo que podía y poco a poco fuimos sacando más miel de la que gastábamos en la casa. Así empezó mi negocio: en el camión me traían barriles de madera nuevos y los íbamos llenando con la miel entibiada por el sol, rubia y olorosa. Cuando se acababa esta faena, empezaba la de la cera. Los panales, después de estilarlos en un harnero, los apretábamos. —¡No se rían, que yo le hacía empeño!. Tenía las manos chicas, pero ganas de hacerlo! —. Luego se ponían con un poco de agua en una gran olleta de fierro al fuego. Lentamente se iba derritiendo la cera y subiendo a la superficie, de allí se sacaba con un cucharón y se endurecía en agua fría, luego se escurría se apretaba en pelotones que, después se derretían para amoldarlos en recipientes de fierro enlosado. Así se hacían moldes que tardaban un tiempo en endurecerse. Era cera con olor a miel, con cuyos restos hacíamos velas artesanales. En el invierno se prendían y daban un olor rico a campo.
Más adelante el camión se llevaba la miel, —menos un barril que quedaba para el uso de la casa—, y los moldes de cera a San Carlos donde se vendían y me traían el dinero que yo podía usar como quisiera. ¡Qué rica me sentía! ¡Cuántas ideas se me venían a la cabeza! Pero acababa todos los años comprando libros y más libros.
Una mañana salieron mis hermanos a caballo con un capataz, (debe haber sido Papi Bascuñán porque mi mamá tenía mucha confianza en él). Fueron por el lado de las Lagunillas a ver el trigo. Pablo iba montado en el Coipo y Jorge en el Damasco, a Mariano lo llevaba por delante de la silla. De pronto Jorge, que era muy nervioso y andaba de un sitio a otro, se apartó del camino y se metió en el rescoldo de una percha de carbón ¡¡Un metro de cenizas y brasas pequeñas ardiendo!! El caballo se espantó y botó a Jorge que cayó en medio del infierno. Bascuñán dejó a Mariano y corrió a sacarlo, luego trató de sacar al caballo que, al sentirse con las patas quemadas se echó, lo tuvo que sacar con un lazo para dejarlo a orilla del camino. Jorge lloraba de dolor, no se sabía cuánto se había quemado. Con los dos niños en brazos volvió Bascuñán a la casa y Pablo, muy responsable, iba al trotecito detrás.
¡Qué pena la de mi mamá! Tomó a Jorge y a pesar del llanto lo desvistió y lo lavó para ver cuanto se había quemado: todo un brazo, el que había metido en el rescoldo, lo tenía con una inmensa quemadura imposible de curar en casa.
Rápidamente, como actuaba en todas las emergencias, mandó ensillar caballos para ella y para mí. A Jorge lo envolvió en una sábana y se lo encargó a Contreras que estaba con el caballo fresco, dejó a los niños a cargo de la niñera y partimos en un largo, duro y difícil peregrinaje. No podíamos ir muy rápido, Jorge se estaba debilitando de llorar de dolor, se deshidrataba y no quería tomar agua. Así paso a paso entre llanto, tierra y calor fuimos caminando los treinta kilómetros que nos separaban de San Roque —fundo de mi tío Hernán, hermano menor de mi mamá—. De él era de quién podríamos tener ayuda.
Oír llorar a Jorge cada vez más quedo, ver la mirada de preocupación de mi mamá y los brazos de Contreras cada vez más agotados, me hacían no decir nada, ¡Claro que estaba cansada, pero ellos iban peor!
¡Qué alivio llegar a la civilización! Allí me quedé con mis primas y mi tía Chita. Mi tío Hernán tenía auto y se llevó a mi mamá con Jorge a San Carlos, al hospital, donde le hicieron una limpieza quirúrgica, lo hidrataron y le dieron instrucciones a mi mamá para que lo curara. Supongo que algo le darían para aliviar el dolor porque al volver no lloraba y pudo dormir.
Al día siguiente hicimos el camino inverso, pero ¡Qué diferencia! Volvíamos contentos y habladores, mirábamos el paisaje y la mamá nos contaba anécdotas de su infancia en esas tierras.
Buena cicatrización tuvo Jorge, no le quedó ni una marca. La mamá hacía poderíos por no lastimarlo cuando lo curaba día por medio y él se portaba muy valiente porque en el hospital le habían dicho que si era hijo de don Jorge Salas y llevaba su nombre tenía que ser tan aguantador como su padre.
Contreras que estaba con el caballo fresco, dejó a los niños a cargo de la niñera y partimos en un largo, duro y difícil peregrinaje. No podíamos ir muy rápido, Jorge se estaba debilitando de llorar de dolor, se deshidrataba y no quería tomar agua. Así paso a paso entre llanto, tierra y calor fuimos caminando los treinta kilómetros que nos separaban de San Roque —fundo de mi tío Hernán, hermano menor de mi mamá—. De él era de quién podríamos tener ayuda.
Oír llorar a Jorge cada vez más quedo, ver la mirada de preocupación de mi mamá y los brazos de Contreras cada vez más agotados, me hacían no decir nada, ¡Claro que estaba cansada, pero ellos iban peor!
¡Qué alivio llegar a la civilización! Allí me quedé con mis primas y mi tía Chita. Mi tío Hernán tenía auto y se llevó a mi mamá con Jorge a San Carlos, al hospital, donde le hicieron una limpieza quirúrgica, lo hidrataron y le dieron instrucciones a mi mamá para que lo curara. Supongo que algo le darían para aliviar el dolor porque al volver no lloraba y pudo dormir.
Al día siguiente hicimos el camino inverso, pero ¡Qué diferencia! Volvíamos contentos y habladores, mirábamos el paisaje y la mamá nos contaba anécdotas de su infancia en esas tierras.
Buena cicatrización tuvo Jorge, no le quedó ni una marca. La mamá hacía poderíos por no lastimarlo cuando lo curaba día por medio y él se portaba muy valiente porque en el hospital le habían dicho que si era hijo de don Jorge Salas y llevaba su nombre tenía que ser tan aguantador como su padre.
Nerón, hermoso como una pantera negra, tenía un gran defecto: ¡Era celoso! Y cuando las gatas parían se comía las crías. Eso no lo podía tolerar mi papá y dijo que había que eliminarlo —esto debe haber sido un poco más adelante en el tiempo—. A mi me dio pena, pero le encontré la razón al papá, y muy levantadita le dije: “El gato es mío, yo lo mato”. Y él me pasó la escopeta cargada, me dijo lo que tenía que hacer y... en un momento en que el gato estaba siesteando en el camino al monte, le disparé y maté a mi gato ¡Cuánto me dolió! Además era la primera vez que mataba un animal. Por otro lado hubiera sido peor que lo matara otra persona.
Las estrellas nos gustaban mucho, a veces las mirábamos en las noches sin luna y veíamos brillar millones de ellas ¡Qué pena no recordar los cuentos que nos contaba la mamá de las estrellas! Me parece que algo de la mitología nos decía: que un niño mordió el pezón de su madre y salió un chorro tan grande de leche que formó la Vía Láctea y de esa Vía identificábamos unas estrellas que todo el verano nos acompañaban. Las Tres Marías y haciendo ángulo con ellas Las Tres Juanitas. Con gran dificultad y en las noches realmente negras lográbamos ver cerca de ellas otras tres, Las Pepas. Mi mamá nos contaba un cuento de nueve hermanas que tuvieron problemas y se separaron de a tres para que hubiera paz en el cielo. El cuento era largo, larguísimo, lleno de detalles... nos tenía hechizados... Por otro lado había un grupo de estrellitas, Las Cabritas, que a veces eran siete y a veces seis... no faltaba el enterado que feliz gritaba “¡Yo veo ocho!” pero no se podía comprobar porque titilaban y se confundían. Luego estaban los grandes astros: Venus, que era la primera que salía, azulada y brillante. Marte, medio rojizo y nunca en el mismo sitio. Dos estrellas en línea que parecía que mostraban La Cruz del Sur. ¡Pobres de nosotros que teniendo un cielo maravilloso lleno de estrellas, no sabíamos nada de ellas! Para nosotros eran un juguete como las luciérnagas, por lo menos, a éstas las podíamos tomar y hacer lámparas poniéndolas en botellas o adornarnos las cabezas y el cuerpo. Sólo un rato duraba la entretención luego ellas se apagaban.
Años...muchos años más tarde nos llegó en préstamo El Tesoro de la Juventud donde había mapas de estrellas de los distintos hemisferios y en las diferentes estaciones del año, pero... no los entendimos. Las estrellas estaban unidas por líneas y representaban figuras que jamás pudimos ver ni entender. Era mejor no saber nada.
En la huerta despejaron un pedazo que daba al potrerillo. Allí íbamos las tardes antes de salir a caminar, a mirar si lográbamos ver la luna nueva cuando es sólo una uñita en el cielo y luego se pone. En cuanto la veíamos, muy serios y por consejo de la mamá, le hacíamos una reverencia luego dos pasos adelante y otra reverencia, así hasta completar siete y en silencio le pedíamos un deseo. Nunca supe si mis deseos eran imposibles de cumplir, si era muy ambiciosa, o cara, o fuera de tono, nunca me concedió nada. Yo insistía con tesón todos los meses y nada. Hoy me regala con creces, parece que no puede estar sin mí y no me deja dormir. Hubiera preferido que me diera un dulce en el fundo y poder dormir tranquila ahora.
Era costumbre en el fundo que en tiempos de cosecha se entregara a los trabajadores y afuerinos harina cruda, harina tostada y un pan y en las faenas se hacía la comida.
El pan se hacía en el corredor de la bodega y en una gran artesa. La Ramona lo hacía y Cucho hacía el fuego en el gran horno de barro que había detrás de la casa. El pan se ponía dentro del horno con unas paletas de madera bien labradas, tan lisas que el pan se deslizaba suavemente y caía en el horno sin deformarse. El pan se empezaba a hacer inmediatamente después de almorzar. Como el corredor era fresco y agradable, allí estaba yo pegada a la Ramona aprendiendo. El pan de campo se hace con harina de trigo y con una parte de afrecho por lo que es muy alimenticio. Se pone una medida de harina en la artesa con un hoyo al medio, allí se desgrana la levadura —que es masa cruda del día anterior— se le pone agua con sal y un puñado de grasa animal, se va juntando hasta que está formada y se soba. La gracia está en hacer un movimiento con la muñeca que rompa la masa y la devuelva al rollo. Con el tiempo y la experiencia logré hacerlo. Al principio, la Ramona me daba un pancito para que lo sobara y era para mí, me encantaba hacer pan y a ella le gustaba la conversa y enseñar. Tras mucho sobar ella se daba por satisfecha y empezaba a formar los panes ¡Qué cálculo tenía! ¡Ya se le podía pesar cualquier pan y todos pesaban lo mismo! Ella se preocupaba que yo aprendiera y siempre me decía: “No porque sean trabajadores van a comer pan malo, el pan del trabajador tiene que ser el mejor porque él está cosechando y está cansado”.
Yo me esmeraba y cada vez me quedaba mejor. Durante mucho tiempo mi pan quedó para la casa, pero llegó el día del triunfo: pude meter mi pan en el canasto de los trabajadores y nadie supo que lo había hecho yo. Desde ese día trabajé a la par con la Ramona. Aparte, y con recortes, hacíamos figuras, monos con un poco de azúcar encima que nos encantaban.
El tiempo de espera cuando el pan estaba en el horno se nos hacía eterno, nos dábamos un paseo por los castaños o una vuelta al monte, pero... los ojos y ¡La boca! los teníamos puestos en el horno. Cuando el pan salía era una gloria y por más que nos retaran y nos dijeran un dicho del campo:
Pan caliente Vino fuerte Dan la muerte
Nosotros tomábamos los monos, nos quemábamos los dedos y corríamos a comerlos debajo de los árboles ¡Qué dulce! ¡Qué pastel! ¡Qué torta! Todo era insípido al lado de nuestros monos de harina integral.
Con Pablo nos metíamos en la fragua, primero a trajinar, después a hacer funcionar el fuelle y, por último, el maestro Rafael nos dejaba calentar fierros con tenazas pequeñas y golpearlos en el yunque ¡Qué fantástica sensación de poder dar el golpe, adelgazar y moldear! Poco a poco fuimos haciéndonos más diestros hasta que un día pudimos hacer unas hojas de cuchillo. Hicimos el trabajo completo hasta templarlos en agua fría. Llegaban a chirriar cuando metimos el fierro rojo desde el fuego hasta el barril con agua. Después, el maestro las agujereó y les hizo unas cachas de madera. En la piedra de amolar afilamos nuestros cuchillos y quedaron bastante buenos, lo suficiente para cortar ramitas en el monte.
Mi mamá vio el gusto que nos daba cortar y para la Pascua nos regaló unas pequeñas hachas con filo y en nuestros pantalones cosió unas presillas donde las metíamos para salir de excursión al monte. ¡Cuántas cosas se pueden hacer con un hacha de verdad! Despejábamos un trozo de terreno y con palos lo cercábamos, dentro hacíamos ranchos y potreros. A los frutos de la marimoña (rosa silvestre), les poníamos palitos y decíamos que eran animales: si las patas eran más largas, decíamos que eran vacas y si eran cortas, eran ovejas. Pasábamos horas jugando a ser hacendados. No recuerdo habernos herido ni con las hachas ni con los cuchillos. ¡Tanta era la confianza que tenía mi mamá en nosotros que nos dejaba hacer lo que quisiéramos!
Nuestro mundo particular eran los castaños y el monte. Pasábamos rondando por allí todo el tiempo mientras la mamá dormía su siesta. Luego nos íbamos con ella al río y a pasear a pié o a caballo.
El camino al monte iba paralelo a la acequia que llevaba el agua a los castaños. Nunca nos alejamos mucho, lo más lejos que llegábamos era al “barril” — nunca supe porqué llamaban así al acueducto que pasaba el agua de la casa por arriba del estero de la Ramona—. Era una construcción de madera en forma de canal. La base tenía las tablas sobresaliendo unos diez centímetros y sobre el canal, también de diez centímetros unas tablas atravesadas separadas a unos cincuenta centímetros. Abajo, a unos tres o cuatro metros, pasaba el estero en verano, no muy caudaloso, pero con muchas piedras.
No se podía bajar al estero desde ese sitio. Nosotros buscamos por el monte una bajada, pero no la encontramos pues por un lado había una bajada bastante grande y por el otro un moral.
Siempre llegábamos a ese punto y nos quedábamos con las ganas de bajar al estero ¡Caprichos de niños aventureros! Una tarde se nos ocurrió meternos al “barril” y vimos que no corría mucha agua. El fondo estaba resbaloso, pero afirmándonos en las tablas atravesadas, empezamos a avanzar: sube y baja, sube y baja. Íbamos en fila, de mayor a menor, Mariano al final, encaramándose como podía, haciéndose igual a los grandes, sin dejar de ser el más chico. Poquito a poco fuimos avanzando hasta llegar al otro lado ¡Nos sentíamos triunfadores! Ese fue el principio de nuestras aventuras en el “barril”. Al año siguiente tratamos de pasar por arriba, paso a paso por las tablas atravesadas, justo un paso de niño. Más de una vez nos caímos al agua, pero dentro del “barril” ¡Total era verano y mojarse no era un problema para nosotros! Las palabras mágicas eran: ¡Equilibrio! ¡Poder! ¡Hombría! Todos poníamos empeño en pasar la prueba. Peor lo pasaban los más chicos, pero... ¡Ellos lo querían! Mi audacia: se me ocurrió caminar ¡¡Por fuera del “barril”, a un lado el canal y al otro, el estero lleno de piedras!! Di un paso y otro y otro. Mirar abajo, el estero daba vértigo y... ¡¡Era rico!! Así un día un par de pasos; otro día, un paso más, hasta que un día llegué al otro lado ¡Qué triunfo! El paso por el “barril” se constituyó en un desafío para todos, todos querían pasarlo como yo y de a poco se fueron atreviendo. Esta aventura ha sido una de las que, de grande, la he mirado como de mayor peligro, de peligro de caer al estero y pegarnos en las piedras. Pudo haber sido causa de lesiones grandes, hasta de muerte.
Un poco más adentro, y por el estero, había un trozo de monte que había sido talado antiguamente. Ya no había árboles ni capa vegetal sólo quedaba una capa de tosca amarilla suave y tentadora. No tenía gran declive, pero era larga y sin obstáculos. Descubrimos que si nos tirábamos sentados podíamos controlar la velocidad con los pies, pero si nos equivocábamos, rodábamos hasta el fondo y nos podíamos pegar en las piedras del estero.
Todo empezó bien, muy ordenado, los pies nos servían de freno y lo pasábamos ¡Salvaje!, pero cuando dominamos la técnica y mi mamá nos dio unos sacos para que no nos ensuciáramos mucho, la bajada se convirtió en una competencia. Nos tirábamos los cuatro a ver quién ganaba ¡¡De punta!! Rodar no valía y era peligroso, nos deslizábamos a buena velocidad y lo pasábamos muy bien. Nunca supo ni vio mi mamá nuestro resbaladero.
Un poco antes de llegar al “barril” había una pequeña explanada donde habían dos o tres boldos achaparrados que nos vinieron de primera para hacer una casucha en alto —no mucho, como a un metro del suelo—. Allí guardábamos nuestros tesoros y en el suelo hacíamos los poblados y potreros.
Los grandes no conocían estas entretenciones nuestras y no sé si las hubieran aprobado, porque algo de peligro tenía, pero sin peligro ¿Qué gracia tiene?
Una tarde estábamos con el maestro Rafael afilando los cuchillos y las hachas. En el corredor de la bodega había una mesa grande y sobre ella un eje de carreta. Suavecito empezamos con Pablo a hacerlo rodar, un empujoncito y rodaba por la mesa, el que estaba al frente lo detenía con las manos. El eje era de acero grueso y pesado. Así seguimos muy entretenidos: empuja y frena, empuja y frena, hasta que... le falló el cálculo a Pablo y se le rodó el eje y le cayó de punta en el pié, justo en el trozo de carne que hay después del dedo meñique. ¡¡Dolió!! ¡¡Vaya si dolió!! ¡¡Lloró y gritó hasta que vino la mamá a investigar!! Yo me asusté porque sangraba y a lo mejor la culpa era mía por ser la mayor; ¡¡Menos mal que los chicos no se metieron en el asunto!!
¡Pobre Pablo, se lastimó mucho el pié, pero al parecer no tenía compromiso del hueso! Con Agua de Alibour y gasas limpias lo curamos. Mi mamá sacó una teoría de su cabeza —nunca la he podido comprobar—. Ella decía: “Las heridas de los pies cuesta mucho que sanen en Chile, en cambio en Perú sanan muy pronto. Por otro lado las heridas de la cabeza sanan aquí y en Perú tardan mucho”.
¡¡La doctorcita tenía tarea!! Advierto, no castigo, tarea médica. El pié de Pablo tenía que estar un tiempo al sol y mientras ¡¡Yo tenía que mantener a las moscas, moscones y tábanos a raya!! Con una varilla de maqui le abanicaba el pié todo el tiempo y no podía hacer otra cosa, sólo espantar a los bichos. Debo decir con orgullo que ni uno se le paró en la herida y... SANÓ.
Seguramente sería al año siguiente que nos dieron el dato de un raudal muy bonito que estaba al final del Potrerillo, más allá de la vega. El camino era malo y estaba bastante emboscado, pero el resultado era todo lo lindo que podíamos imaginar. En ese raudal había de todo: desembocaba un estero por lo que había una playa de arena, también habían cuevas y enormes piedras que hacían el asunto más entretenido.
El fondo del río era muy disparejo, había unos hoyos profundos y peligrosos porque no se sabía qué había dentro. Había torrenteras muy entretenidas donde nos tirábamos sentados y el agua nos llevaba al raudal propiamente dicho que era tranquilo y de poca profundidad, al menos donde nos bañábamos nosotros.
Dicho así no se nota lo que nos gustaba tanto “aventuriar”: meternos en las cuevas a descubrir lo que fuera. Nuestro sueño era encontrar animalitos chicos, ya fueran zorros o pudúes, para criarlos como nuestros, ¡No sabíamos lo difícil que son de domesticar, por no decir imposible. Son tan salvajes que en cautiverio se mueren de pena y de soledad! Tampoco sabíamos que en esas cuevas vivían chingues —que son zorrinos del país—; muy bonitos, negros y tienen una franja blanca desde la cabeza a la cola. Cuando se ven amenazados levantan la cola y lanzan un chorro de un líquido muy hediondo que cuesta mucho eliminarlo. Casi es mejor botar la ropa que han mojado. Nada de esto sabíamos y con esa imaginación de niños teníamos un mundo a nuestros pies para descubrir animales y tesoros.
Bordeando el raudal, había un risco enorme que daba al potrero que estaba al norte del Falar. En todo el borde había unos robles viejos donde anidaban cuervos (patos-yecos) que, con sus deyecciones los habían secado, por eso el raudal se llamaba “La Corvera”.
Cada vez que íbamos a La Corvera volvíamos cargados de palos, piedras, pedazos de vidrio pulido y huevos quebrados de pajaritos. Animales, no recuerdo haber encontrado nunca.
Lo único que teníamos prohibido era meternos en los hoyos, nunca lo hicimos porque nos daba miedo, después de los cuentos de mi mamá en que nos decía que un niño se ahogaba porque en el hoyo había un remolino que lo llevaba lejos al otro lado del mundo y que no encontraban ni los huesos del ahogado ¡¡Cómo nos íbamos a meter!!
A esto se sumó el rumor popular que, en este raudal, vivía el “Cuero del Agua”, leyenda de antiguo que cuenta que: “Una vez, un vecino se encaprichó con un cuero de novillo que tenía otro y se lo robó, para esconderlo lo metió en el río y cuan no sería su espanto, cuando vio que el cuero revivía y se adueñaba del raudal, cada tanto tiempo “El Cuero” tiene que comer y atrapa a los que van a beber o a bañarse o a los niños que intrusean por los hoyos, que era donde vivía.”
Al “Cuero” le teníamos mucho miedo y por eso nos bañábamos en los bajos y cerca de los grandes. No era prudencia ni cobardía, era simple miedo. Nadie quería ser la comida del “Cuero” y reconocíamos el poder de éste, poder magnificado por la niñera que le convenía que a algo, siquiera, le tuviéramos miedo. Es curioso como esas cosas y esos miedos se quedan en el tiempo. Cada vez que me meto en un raudal del río miro bien a ver si el “Cuero” no anda por allí.
Como el paseo a La Corvera era largo empezamos a llevar el almuerzo, así pasábamos el día entero allá. A veces nos íbamos a caballo y otras a pié, pero siempre Cucho nos llevaba las provisiones y para el día de mi Santo hacíamos un asado al palo y cazuela y para más tarde... una torta. ¡Qué fiestas más felices! Los primeros años las celebrábamos solos, pero después convidábamos a los primos de San Roque y de la Pitrilla. Un par de corderos o cabritos caían para la fiesta y... apenas quedaban los huesos.
1943 ENERO A MARZO
Ese año encontramos novedades en El Durazno. Así, en los castaños, al inicio de la acequia, mi papá había mandado a hacer una caseta de roble con una tina de madera para baño. Era tan grande que nos parecía una piscina. Mi papá, que siempre creía en la medicina natural, la mandó a hacer para bañarse después de los largos viajes que hacía a caballo. El agua que venía por la sombra era muy helada tanto que a nosotros no nos gustaba meternos, pero al papá sí, le encantaba y se bañaba invierno y verano. Decía que era muy saludable, por eso él no se enfermaba nunca.
Además de esa caseta mandó construir un solarium en el medio de la huerta. Era un artefacto de lo más raro. Un cuadrado de tablas con los lados cubiertos hasta unos 80 centímetros, elevado a unos dos metros de altura y una escala que se quitaba cuando uno estaba arriba. Allí el papá se daba “baños de sol”, también muy saludables. Estos dos sitios eran privados y sólo él los disfrutaba. Mucho me costó entender que se necesitara tanta privacidad cuando en el campo no había nada que nos impidiera tomar sol y bañarnos en el río. Hoy pienso que sería por la educación tan restrictiva que recibió.
Otra novedad tuvimos ese año: en el corredor de la bodega cercano al parrón y al camino, habían construido una casa de dos piezas grandes y cocina. Allí se fue a vivir Arturo Muñoz con el cargo de llavero de la bodega. Era muy buena persona con nosotros y soportaba todas las travesuras que hacíamos y nos guardaba silencio.
Arturo estaba casado con la Tila y tenían una niña preciosa, realmente linda, blanca, de ojos celestes — igual a los del padre— de pelo oscuro y rizado. Parecía una muñeca y con ella yo jugaba como si lo fuera. Año tras año llegaba una niña nueva, no sé hasta completar cuantas.
La Tila tocaba la guitarra y cantaba en todas las fiestas de los alrededores. Tenía la voz forzada, entonada y sabía mil canciones. Para cada ocasión tenía un repertorio ya fuera para novios, para angelitos, cuecas y tonadas. Afinaba su guitarra de varias maneras: “por prima”, “por segunda” “por tercia”, el caso es que la guitarra cantaba con voz propia.
Yo me enamoré de su canto, ella le puso empeño para que aprendiera, no lo puedo negar. Ella hizo todo lo que pudo y yo también, pero el resultado fue bastante desastroso. Si bien fui capaz de empezar a tocar... me fue imposible cantar, ni como ella ni de ninguna manera ¡Ni siquiera en el coro del colegio! Y ¡¡Cuánto me gustaba cantar!!
En ese verano se casó una hija de la Ramona y se hizo la fiesta en su casa. Tuve la oportunidad única de ver llegar a los novios que se habían casado en San Fabián de Alico y desde allí los acompañaba una comitiva de familiares y amigos montados y vistiendo sus mejores aperos: mantas cortas de colores, fajas de un color o listadas, chaquetas cortas, pantalones ajustados, zapatos de taco calzados de brillantes espuelas de grandes rodajas que sonaban como campanillas cuando caminaban. Las mujeres con vestidos de percala de muchos colores, cuellos con vuelos y encajes.
En la cerca de la entrada los esperaba la Tila con su guitarra, en cuanto aparecieron la hizo cantar con un alegre toque, se entonó y empezó:
Viva el sol viva la luna Viva la brillante estrella Viva la brillante estrella
Ya llegaron los novios Y llegaron bien casados Y llegaron bien casados
Con la bendición del cura
Y mi Dios los ha juntado
Y mi Dios los ha juntado
Viva Dios viva la Virgen
Viva el brillante lucero Viva el brillante lucero Vivan novios y padrinos
Viva toda la compaña
Viva toda la compaña.
Todos desmontaron y el novio bajó a la novia que venía al anca de su caballo y entraron al patio donde se desarrolló la fiesta. Vino, empanadas y cuecas ¡¡Montón de cuecas!! Todos bailaban, grandes y chicos, adultos con niños. Fue mi primera fiesta en el fundo y donde bailé el primer pie de cueca. Ligerito mi mamá me mandó a buscar y me perdí todo el resto...que fue toda la noche...de eso nada más supe.
No fue la única fiesta de ese verano. En esa misma casa, un mes más tarde, nacería una guagua hija de la Ramona, pero no vivió: murió a los pocos días. En esa zona a las guaguas muertas las llaman “Angelitos” y no se lloran porque se van derechos al cielo, las ponen casi sentadas en un altar rodeadas de géneros blancos y flores, se les canta todo el día y toda la noche, cantos especiales de Angelitos:
Ayúdeme, “Cirenero”
Ayude a cargar la cruz
Que no le tocó a Jesús La carga con más anhelo
Que bonito el angelito Que pa” los cielos se va Que llorosa está la madre Que solita quedará
El toque de la guitarra es lamentoso y el canto acompaña a la madre que pide a su angelito le guarde un sitio en el cielo.
Doce años tenía yo el año 1943 y ese año había
cursado primer año de Humanidades en el Colegio Sagrado Corazón. Fue mi primera experiencia en un colegio de monjas y llegué al fundo con ansias de acercarme a Dios. Lo buscaba en todas partes: en el agua del río; en las plantas y flores, en el sol. En todos sitios encontraba las maravillas de la Creación. Cuando mi mamá dormía su siesta, y no teníamos panorama de excursiones con mis hermanos, me iba al solarium y desnuda recibía el sol, sentía que la fuerza del calor se metía en mi cuerpo y me sentía bien. No creo que duraran mucho estas sesiones porque el sol de verano es muy fuerte y estoy segura de no haberme quemado más de la cuenta porque mi mamá lo habría notado.
Como todos los años llegaron ese año los misioneros Trinitarios y como ya estábamos un poco mayores, Pablo y Jorge aprendieron a ayudar en la Misa. Mi mamá les soplaba las respuestas en latín y tocaba la campanilla y yo me moría de envidia ¡¡Cómo me hubiera gustado estar en el lugar de ellos!! Pero no era posible, en esa época no había monaguillas, era algo exclusivo de hombres.
Nuevamente habíamos preparado un grupo de niños para que hicieran su Primera Comunión. Esta vez me tocó el trabajo a mí —seguramente porque mi mamá estaba preocupada de la recuperación de Mariano—. El Catecismo seguía siendo el mismo y la enseñanza igual, o sea, yo preguntaba y los niños respondían en coro y se suponía que el sacerdote les preguntaría en el mismo orden.
Yo decía: “Decidme hijos ¿Hay Dios?”
Y ellos respondían “Si, padre, Dios hay”
Seguían y seguían las preguntas y las respuestas, con el mismo tono y con un sonsonete mareador.
Cuando llegó el momento del examen, el padre o el hermano los llamó de a uno y como no estaban acostumbrados, cual no sería mi asombro cuando el primero de ellos al preguntarle “Decidme hijo ¿Hay Dios?” Contestó muy seguro “Mi paire lo sabe” ¡¡Claro sonaba igual!!
Yo me sentí arder, los cachetes se me pusieron como guindas, pero el examinador me consoló diciendo: “Esto pasa muy seguido y no hay manera de enseñarlo de otra manera”.
Seguía el examen y yo ya no sabía qué esperar hasta que, cuando llegó la pregunta: “¿Dónde se hizo hombre?” y un chiquillo respondió: “En las purísimas montañas de la Virgen María”.
A pesar de los disparates de las respuestas, el padre se dio el trabajo de hacerles unas clases y los puso al día y pudieron hacer su Primera Comunión. Ese día no me sentí muy orgullosa de mi grupo y me prometí que sería más cuidadosa el próximo año.
Mientras más crecía más importante me sentía en
mi papel de hermana mayor y no dejaba sentir en ningún momento que pudiera ser débil. Si se trataba de algún golpe o caída ¡Yo no lloraba! ¡Era de chicos! Por las noches pedía al Señor el don de la fortaleza, mal entendida, desde luego. Siempre a la cabeza de la tropilla, siempre inventando cosas. Mientras más peligrosas, mejores y si los hermanos no se atrevían, ¡Mucho mejor! Y mi papá que quería una hija señorita ¡Pobrecito! Yo era cualquier cosa menos eso.
Una manera encontró el papá para tenerme a su lado. Los días de pago a los inquilinos me pidió ayuda y juntos nos sentábamos en el parrón a pagar. Él me enseñó a interpretar sus planillas de pago y yo manejaba el dinero. Me gustaba esa relación con las personas y ellas eran muy cariñosas conmigo, ““patroncita” me decían con respeto. También en esa época hubo falta de azúcar, yerba mate y géneros, pero el papá se consiguió en Santiago y lo repartimos equitativamente. El problema fue que los géneros los compró por piezas entonces no había mucha variedad. Al poco tiempo todos los niños andaban con camisas a cuadros iguales y las niñas con blusas de flores. No recuerdo que les importara mucho porque en San Carlos no se encontraba nada. Me encantaba medir y rajar los géneros, hacía un ruido especial y despedía olor a nuevo que daba gusto. También sacar los terrones de azúcar de los cajones, que estaban en la despensa oscura. Al estrellarse unos con otros los terrones despedían una luz azul, fantasmal y quedaba un gustito dulce en la boca. También lastimaba las manos en los nudillos.
Como todos los años llegó el momento de cosechar la miel. Este año había aumentado la cantidad de cajones y tendríamos una cosecha más abundante de miel y cera. No sé qué sería, si porque hacía más calor o porque yo estaba más intrusa, pero me picaron como nunca antes. Por estar hablando con el Simbo me entró una abeja en la boca y me picó en el labio inferior ¡Qué dolor! Simbo me sacó la lanceta y me dijo que chupara un pedazo de panal, el dolor se me pasó pero se me hinchó toda la boca. Como si fuera poco, otra abeja me picó en el dedo medio de una mano y a pesar que me puse miel el dolor no se me pasó. Simbo me advirtió que se me hincharía el brazo entero porque me había picado “el dedo del corazón” y que para eso no había remedio. Me dolía y me dolía, se me hinchó el dedo entero y por la noche tenía el brazo entero hinchado y congestionado, no me podía dormir del dolor y del calor, el brazo me ardía como si estuviera quemado. De pronto me vino una idea brillante: “Si levanto la mano me dolerá menos” y tomé mi lazo, lo pasé por una viga y me amarré la muñeca y lo levante, hice un nudo y... ¡Fantástico! Se me empezó a quitar el dolor y me dormí. Al amanecer desperté molesta, me miré la mano y... ¡Estaba azul y helada! Me dio un miedo terrible, empecé a bajar el lazo, la mano me dolía como si me clavaran alfileres, pero empezó a cambiar de color ¡Vaya susto que pasé! ¡¡Ya me veía sunca como Villalobos el pescador!!
No sé cómo llegó a nuestro poder un libro de cocina, tan viejo que estaba con las páginas amarillas y las primeras arrancadas. Sus autoras, “Las hermanas Rengifo”. Fue uno de los primeros libros de cocina criollos. Llegó en un baúl de libros que solía mandarnos l tío Hernán con los libros que él ya no leía y que para mi mamá, primero y luego para mí, eran “manjar de dioses”. Libros, libros, libros de todas clases, unos buenos, otros no tanto. Unos en buen estado, otros viejitos. Novelas, cuentos, ensayos —Imposibles de entender—, manuales y revistas. Una de ellas era un librito para el campesino donde venía, por meses, todas las actividades de una huerta y luego un apartado con consejos prácticos, recetas de cocina y otras del tipo medicina popular y de yerbas silvestres medicinales.
De ese viejo libro de cocina empezó mi mamá a sacar recetas para innovar nuestros menús limitado a lo que produjera la huerta más uno que otro pollo y huevos y ¡Claro está, el corderito de fin de semana! A todo esto se agregaba la mercadería que llegaba desde San Carlos en el camión: arroz, fideos, azúcar. La mayoría de los guisos eran propios del campo como sopones, pantrucas, porotos y charqui.
Lo primero que ideó fue hacer ñoquis —porque tenía todos los ingredientes que decía el libro—. Se pasó toda la mañana en la cocina de leña, acalorada, ahumada, pero tenaz en sacar adelante su guiso. Al llevarlo a la mesa se veía de los más bonito, presentado en una fuente de barro, diría que casi elegante —no tenía queso porque no había—. ¡Ojalá se hubiera comido con los ojos porque el resultado fue desastroso! No sé lo que hizo o dejó de hacer, pero quedaron unas pelotas de masa duras como piedras, pero a los dientes y apetito de niños no le hicieron mella y mascando, mascando... lo terminamos todo. El experimento después lo repitió con éxito ¡Fue chasco de primeriza!
Otra vez se le ocurrió hacer panqueques. Demás está decir que ella, en ese tiempo, no era muy diestra en la cocina, seguramente nunca le tocó cocinar en su vida. Bien, el batido le resultó, al ponerlo en el sartén, se deslizó bien, ella estaba contenta, entusiasmada y nos comentó: “La Antuca los movía un poco y los daba vuelta en el aire “y empezó a mover el sartén y...nada. Lo movió más fuerte y se soltó, trató de darle impulso y nada “No entiendo, si la Antuca era chica y de un viaje los daba vueltas, habrá que hacer más fuerza”. Lo hizo y ¡¡Zas!! ¿Dónde estaba el panqueque? No se veía en ninguna parte. Miramos y miramos y no aparecía... hasta que se nos ocurrió mirar para arriba y ¡¡Allí estaba el perla haciéndonos burla, muy pegado al techo!! Nos dimos cuenta que para hacer panqueques había que tener mucha práctica. Acabamos todos peritos en darlos vueltas en el aire.
Supongo que muchos altos y bajos tendría mi mamá con el viejo libro, pero de allí salieron recetas para mermeladas, tortas, queques —por lo menos que yo recuerde—. Lo que sí tengo muy claro fue una receta de Chimbos falsos y cuya receta empezaba diciendo “Tómense 36 yemas de huevo” ¡Justo hasta aquí llegó la receta. ¡No pasaron por nuestras manos 36 huevos en todo el verano! Pero de todas maneras gracias a ese viejo libro nos fuimos metiendo en las aventuras y misterios de la cocina.
Un día la mamá descubrió que las moras estaban maduras y partimos a los Quillayes a recolectarlas en baldes. Toda la tarde estuvimos sacando y comiendo los frutos morados jugosos y dulces. Los dejamos macerar con azúcar en panes en la paila de la Tatá para hacer la mermelada al día siguiente. Al levantarnos por la mañana, no había nada, la paila estaba limpiecita. Al preguntar qué había pasado, la cocinera le contestó: “Y diay, patrona, la lavé porque las moras criaron busanos” Casi nos dio hipo... ¡Todo nuestro trabajo agua abajo! Pero la mamá era tenaz y otra vez fuimos a buscar más moras, esta vez se preocupó de decir que las moras no criaban “busanos”, que era azúcar y que haríamos dulce al otro día. La mermelada quedó rica, hervida sobre un brasero a la sombra de los castaños. Era una maravilla como hervía haciendo grandes burbujas que sonaban ¡blop, blop! Oliendo a gloria, nosotros a cada rato metíamos un palito y lo chupábamos. Era tanta la golosina que la mamá nos prometió el raspado de la paila si no le metíamos más palos. Nos dejó un generoso raspado y con cucharas nos comimos el resto del dulce caliente y perfumado.
Junto con nuestros caballos llegó una yegua rojo oscuro, alta y muy larga, se llamaba Chiripa, me parece que llegó en reemplazo del Damasco. Era tan larga que nosotros le decíamos “la metro ochenta”, nos subíamos los cuatro, por turnos. Al que le tocaba al final era seguro que se resbalaba y se caía, en medio de las risas de los otros. Por lo demás era fácil que la yegua diera un pasito de baile para desequilibrar al de turno o, al hacerla subir por la cuesta de la Bonita, ahí era seguro que se caían dos o tres ¡Era una fiesta la Chiripa!
En esa yegua iba Pablo una vez que salimos de paseo por la Borracha y quien sabe lo que pasó que la Chiripa se espantó y se lanzó a correr por el monte esquivando los árboles. Pablo se afirmaba con dientes y muelas y a dos manos aferrado a la montura llegó a la casa con todo el cuerpo y la cara llena de ramalazos, parecía un tigre. Menos mal que no le pasó nada serio ¡Un susto y... se supo afirmar! ¡¡Bien por él!!
Mientras Pablo y yo salíamos solos, Jorge se quedaba “intrusiando” en la bodega con Arturo, y Mariano al cuidado permanente de la mamá reponiéndose de una septicemia que lo dejó flaquito y débil. Para recomponerlo lo tentaban con una yema de huevo batida con harina tostada y azúcar, era algo rico para nosotros, pero él apenas se la comía, a veces nos comíamos lo que quedaba y otras veces la Ramona nos hacía este postre en su casa. ¡Para consentirnos!
Un paseo que nos encantaba hacer con Pablo era irnos con la Inés, hija de la Ramona y de mi edad, por el estero arriba. Nos íbamos por entre las piedras y las ramas hasta más allá de “la toma”. Era lindo, lleno de flores silvestres, donde reinaban los chilcos —fucsia magallánica—, flores pequeñas de color rojo y morado que a la menor brisa bailaban. Los arrayanes de tronco naranja y flores blancas se mezclaban con grandes helechos formando un paisaje arrancado de un libro de cuentos. Amarrando los arbustos con los árboles había grandes copihuales que le daban sus flores como regalo del cielo y luego frutos amarillos dulces y perfumados. Estero arriba íbamos saltando de piedra en piedra, buscando en las pozas camarones y pancoras y mirando en los raudales unos insectos que caminaban sobre el agua, “mulas” las llamaban. El paseo solía ser largo y provechoso, volvíamos cansados y hambrientos a contar todo lo que habíamos visto.
Cuando llevaban el ganado a las veranadas, le encargábamos a Contreras que nos trajera cachañas nuevas. Generalmente en el primer descanso o cuando volvía después de dejar a los ovejeros instalados, nos traía un par de cachañas, a veces tan chicas que estaban empezando a emplumar, no sabían comer solas y nos enseñaron a darles la comida como lo hacen sus madres. Nos poníamos un poco de harina tostada en la boca y nos acercábamos el pajarito hasta que descubría que en nuestra boca había comida y la sacaban ¡Nos encantaba! Mi mamá decía que era una porquería y que los loros trasmitían enfermedades, pero no nos lo prohibía. Así iban creciendo y emplumando. Unas se criaban, otras no. El problema era cuando crecían y las queríamos llevar a Santiago, además de los canarios, diucas y otros pajaritos que la mamá hubiera criado. El clima de Santiago no les hacía muy bien y todos los años se nos morían, así fue como después optábamos por criarlas en el fundo y antes de irnos las soltábamos en el monte con una ceremonia de despedida. Era menos cruel que se nos murieran.
Una tarde trajeron al Simbo con un pie sangrando mucho. Con la mamá lo arreglamos en el corredor de la casa en un sillón cómodo y con el pie levantado. Lo tratamos de curar, pero la hemorragia no se cortaba. En un libro de primeros auxilios decía que lo primero que había que hacer era colocar un torniquete, se lo pusimos sobre la rodilla, diez minutos apretado y luego había que irlo soltando de a poquito. Mientras estaba apretado aprovechábamos de mirar la herida, era enorme, un tajo limpio como trazado por un cirujano. Así supimos que él estaba desmochando robles en un potrero que se estaba preparando para la siembra y el hacha que se usa para esos menesteres se le desestabilizó y se la incrustó en el pie entre los huesos y tendones con tanta fortuna que pasó limpiamente entre ellos sin dañarlos. Sólo debe haberse cercenado una arteria porque la sangre, rojo vivo, le salía a golpes del corazón.
Nos asustamos mucho, pero no teníamos a quién recurrir. Mi mamá se tragó otra vez su temor y yo tuve la ocasión de demostrarme que la sangre cada vez me impresionaba menos. Fuimos alternando el torniquete con la compresión de la herida y el pie levantado. Todas las toallas y sábanas disponibles se hervían y se usaban, la sangre empapaba todo, el herido se ponía cada vez más pálido. La cocinera lo reanimaba con caldo de gallina enjundioso de sustancia y uno que otro vasito de vino tinto caliente para que dejara de tiritar.
Si el tratamiento fue adecuado o no, lo juzgó la historia. El Simbo sanó y después de más o menos unos quince días de estar con nosotros, se fue con su herida casi sana. Volvía a curarse cada tres días. Le quedó una linda cicatriz, ancha como un dedo, pero blanca y derechita, él la lucía orgulloso: “Miren cómo me dejó la patroncita”.
Cuando el calor aprieta con fuerza a mediados de Enero, madura el maqui en las quebradas Y es una fiesta en los campos porque la fruta de los huertos está todavía verde. Nos juntábamos en tropilla con los hijos y sobrinos de la Ramona y partíamos por todo el día a buscar ese preciado fruto que tenía usos múltiples y, supongo que también virtudes vitamínicas desconocidas en ese tiempo. Cada uno provisto de ropas viejas, baldes, un cocaví de pan, huevos duros, harina tostada, una jarra, cuchara y ¡Vamos al monte! Los macales eran conocidos por la gente, pero para nosotros era un descubrimiento. El maqui es un árbol mediano, de tronco liso y ramas flexibles donde se apelotonan los frutos chicos y negro-brillantes sujetos por un palito. Las hojas son verdes, ovaladas y bailonas. La cosecha es un acontecimiento pues los frutos se comen, se estrujan para hacer chicha —no fermentada— o se secan para el invierno. Para los niños es motivo de juerga porque el jugo, morado, es muy teñidor. Con él nos decorábamos la cara y el cuerpo, además de las huellas que dejaba al comerlos a puñados y, ¡Claro está! escupirnos los hollejos y las pepitas. También nos tomábamos en serio la recolecta y a la par con el resto aprendíamos a “ordeñar” las varas que estaban a nuestro alcance, con las dos manos íbamos desgranando el fruto sobre los baldes. Nosotros éramos unos aprendices al lado de los otros niños. Era una maravilla ver las manos morenas tocando suavemente las ramas sacando hasta el último grano con un movimiento armonioso como si estuvieran tocando el arpa.
Todo el día caminando y desgranando maqui, con un rato para almorzar a orillas de un estero ¡Qué bien nos sabían el pan y los huevos duros! La Ramona aprovechaba de estrujar maqui para que nos refrescáramos con una jarra de chicha recién hecha: jugo negro, dulzón y sabroso, espeso y espumoso que, con un par de cucharadas de harina tostada quedábamos satisfechos.
Por la tarde llegábamos cansados, pero contentos, con la ropa toda teñida. Y nosotros, que no se sabía quién era quién, derechito a bañarnos en un lavatorio con agua caliente y jabón Gringo para que saliera todo lo que pudiera. Al día siguiente íbamos al río, y con un buen manojo de hierba del platero nos sacábamos hasta el último teñido, además de la tierra que se nos metía en los pies.
Para lavarnos el pelo, Cucho iba al monte y sacaba unas tiras de Quillay rojo, que se dejaban remojando “al sereno” y al otro día se calentaba al sol. Con esa agua nos lavábamos el pelo que nos quedaba limpio y brillante como el oro.
El Quillay da esa corteza maravillosa, pero no la renueva y por eso hay que saber sacarla, un poco de cada árbol para que no se seque. La gente del campo es cuidadosa con lo que tiene y no abusa. El problema surge cuando se quiere hacer negocio y se descortezan los árboles enteros que luego lucen secos y desnudos. Eso pasó en el potrero Los Quillayes. Cuando llegó mi tío Paco al Durazno se encontró con ese potrero lleno de árboles secos por la ambición del administrador anterior. Es por eso que ese potrero se llama así.
Antes que se fuera el ganado a las veranadas se seleccionaban las ovejas viejas que ya no servirían para preñarse y las dejaban en un potrerillo cerca de la casa para engordarlas. Las más grandes y gordas quedaban para la casa, para hacer charqui, el resto, se vendía en San Carlos. No me tocó estar en la matanza, seguramente ese día nos iríamos de paseo a La Corvera o a la trilla o a alguna parte a pasar el día para evitar que viéramos matar a diez o doce ovejas. Cuando llegábamos ya estaban “oreándose”, descueradas y desvisceradas, listas para empezar el trabajo al día siguiente. Todos los años era igual y luego en invierno nos serviría para hacer ricos guisos tanto en Santiago como en el fundo.
En cuanto empezaba a calentar el sol se empezaba a despiezar las ovejas y las partes con más carne se separaban de las costillas y del espinazo —que iban al rancho de la cosecha—. De las piernas se iban desenvolviendo largas y delgadas bandas de carne que luego se salaban con sal gruesa y se tendían en largos alambres al sol. Todas las noches se recogían y por las mañanas se repasaban para que mantuvieran la sal y se volvían a tender, así, hasta que quedando totalmente secas, se guardaban en cajones y duraban todo el año.
En cuanto el charqui estaba curado se podía comer. Nosotros poníamos pedazos a asar en las brasas y luego entre dos piedras lo machacábamos hasta que quedaba algodonoso ¡Era rico! Al papá le gustaba, además ¡” Fritito”! como él decía.
Así se iban desgranando los días casi sin darnos cuenta. Un día llegaba Marzo y había que ponerse a estudiar en serio las materias del colegio. Nos sentábamos en el parrón todos los días a leer, escribir, repasar la historia y matemáticas, —por lo menos lo básico— para llegar al colegio, al menos, con el hábito de estudiar. El papá era de la opinión que no valía la pena entrar a clases antes de Semana Santa porque en ese período sólo se repasaba y eso lo podíamos hacer en el fundo. Supongo que la educación en ese tiempo era un poco más flexible y los colegios nos permitían el atraso. También pienso que para él era mejor que estuviéramos en el fundo mientras salía el trigo al pueblo.
No recuerdo ninguna vuelta feliz a Santiago, todas eran tristes. Dejábamos atrás nuestra vida silvestre, al aire libre, sin ataduras ni mayores obligaciones, éramos niños felices y desinhibidos que sabíamos jugar y entretenernos entre nosotros mismos, con una mamá dedicada a nosotros a quien veíamos de nuestra edad. Los días antes del viaje nos empezábamos a despedir de la gente, de los lugares, de los árboles, del río, de las piedras, de los potreros, de los caballos: ¡Hasta Diciembre! ¡Hasta pronto! ¡Qué dolor en el corazón!
En los primeros años, el viaje empezaba en un camión que nos llevaba, junto con el trigo, al pueblo. Viaje lleno de saltos y brincos por el mal camino, llegábamos llenos de tierra a bañarnos y a dormir a la casa de San Carlos para tomar el tren a primera hora de la mañana. Había dos trenes: El Expreso, que era un poco más rápido y mejor porque paraba sólo en algunas estaciones, en las más grandes. Y el Ordinario o “Borracho”o “Curado” —como le decía la gente porque paraba en cada una de las múltiples estaciones—. Si nos tocaba día de Expreso, era un buen día. De todas maneras volvíamos a ver los puentes, los ríos, las cumbres que habíamos visto a la ida e íbamos identificando los puntos que señalaba la mamá. De un cuento en otro y comiendo de nuestro cocaví nos íbamos acercando a la civilización, al colegio, a la ropa, a los zapatos, a la rutina... a las obligaciones. Año tras año era lo mismo: la tristeza de la despedida y la tremenda alegría de la llegada.
A veces pienso si mi vida en ese tiempo era pegar unas vacaciones con otras o haciendo un pliegue a la historia, como si Santiago nunca hubiera existido.
FUNDO 1948-1949
Seguía haciendo mi vida normal, pasaba mucho tiempo con Pilar. Una vez por semana desde muy temprano llegaba Fernando —algo se había roto entre nosotros, pero...eso no lo sabíamos—, a tranco largo llegaba en un castrado rojo oscuro y él, vestido de huaso: zapatos de caña alta, tacos y espuelas de acero que tintineaban a cada paso que daba, pantalón gris con rayas finas, faja achamantada roja y negra, camisa blanca, chaqueta corta con botones de nácar y sombrero alón. Se veía muy bien, airoso se bajaba y aflojaba la cincha del caballo. De allí, derechos a desayunar mate con leche, bien dulce y pan amasado. Después pasábamos el día hablando y por las tardes íbamos al río a veces al “Piedrero”, otras a la “Corvera” que quedaba un poco lejos, pero, como íbamos con la mamá, se nos hacía corto el camino.
Un día jugábamos a tirar piedras en la parte alta de “El Piedrero” cuando, sin saber de dónde y estando yo debajo del agua, una piedra me dio en la cabeza y quedé un poco aturdida. Él prontamente, me sacó del agua, estaba lívido...la piedra era de él, nos costó un rato recuperarnos en una playa de arena que había al otro lado del rio.
No sé si sería este año u otro, una vez que íbamos a “La Corvera” en caravana a caballo y como faltaba uno, yo me comedí a ir al anca del brioso castrado, no tuvo tiempo de advertirme nada cuando salí despedida de un solo corcovo, caí sentada en el camino. Después supe que no todos los caballos están amansados para llevar carga en el anca. ¡Uff como quedó mi pobre cola! ¡Calladita, como siempre yo!
Para el día de mi santo, el año anterior, me trajo un regalo muy lindo: un cuchillo cazador de 30 centímetros de largo con cacha de asta de ciervo ¡El sueño de mi vida! Tenía una funda para ponerla en el cinturón ¡Ay, cómo me veía! Pantalón y faja tricolor hilada y tejida en el fundo y sobre ella un cinturón de cuero de chancho, a la izquierda, el famoso cuchillo. En las tardes calientes de verano aprendimos a tirarlo a un tronco de castaño seco. Al principio sólo apuntar al castaño, después con una media vuelta, más tarde con una vuelta entera ¡Tardes tranquilas y soñolientas! La mamá dormía su siesta y nosotros, aplastados por el calor jugábamos como niños con el cuchillo. Muchas cosas pasaron con el cuchillo. Una vez estaba haciendo una tablita con un trozo de avellano seco, cuando me rajé, me lo enterré con toda la fuerza que estaba haciendo, en el índice de la mano izquierda... ¡Cómo salía la sangre! ¡A chorros! Y como yo era muy bruta, la empecé a juntar en un tazón y, ¡Lo llené! Después me vendé y cicatrizó estupendamente, ni me dolió ¡Corte de cirujana! También en el último año de colegio lo llevaba a clases para “sacarle punta a los lápices” y para grabar monogramas en el pupitre ¡Jamás nadie me dijo nada!
Una tarde, de esas que parece que no hay nada que hacer, que da lata empezar a hacer algo, fuimos con los hermanos a la trajinar en la bodega. No es que al bodeguero le gustara mucho, pero éramos los patroncitos y nos dejó entrar. Poco había de nuevo, pero ¡Cuántas veces nos habíamos metido a curiosear! Hasta que en un rincón encontramos un par de carabinas ¡Las requisamos! A la sombra de los castaños las empezamos a limpiar, pero poco nos cundía porque estaban muy sucias. En la próxima venida de Fernando se las mostramos y él, que lo sabía todo, dijo que había que limpiarlas con bencina y esa tarde nos dedicamos a refregarlas con la bencina que nos dio el maestro Rafael, el herrero. Empezaron a salir letras y fechas, resultó que eran unas carabinas Winchester del tiempo de la guerra del 1879. Buscando historia resultaron ser una parte de las que compró mi bisabuelo Juan Francisco Rivas para cuidar el fundo.
A su vez Fernando buscó en Zemita otras, pero no las encontró. Lo que sí halló fueron unos tiros para esas carabinas y llevó unas tres o cuatro al fundo nuestro. Teóricamente las carabinas estabas limpias, todo lo que pudimos hacer y, sin más, los irresponsables, las cargamos y disparamos el primer tiro al aire, hacia el potrerillo del potro. El estruendo fue ¡Magnífico! El eco lo sentimos clarito, los pájaros despertaron asustados de su siesta, los caballos se espantaron, las vacas lecheras corrían por el potrerillo y, nosotros, claro, también queríamos disparar. Yo tomé el segundo tiro y apuntando a un castaño, disparé. El culatazo, casi me sentó y el castaño quedó atravesado de lado a lado. Al oír los tiros apareció mi papá a investigar, cuando nos vio maniobrar las carabinas se sobresaltó y nos retó: Que ¡Cómo se nos ocurría hacer eso! ¡Que si no nos dábamos cuenta que se podía reventar y herirnos! ¡Uff raspacacho fuerte! No tuvimos más que entregar las armas y Fernando, con la cola entre las piernas, guardó los tiros que sobraron, fin de las carabinas y fin del cuento... Pero en la memoria está y espero que quede en mis oídos el eco de los tiros en el cajón del potrerillo.
Como dice el dicho: “Un clavo saca otro clavo”. A la semana siguiente llegó Fernando con un reluciente colt 22 en la cintura. Era muy apropiado para nosotros, nos quedaba bien en la mano, bien equilibrado. pero... además traía una caja de balas del 22 largo. Esta vez nos fuimos un poco más lejos, a unos manzanos que estaban bajando el camino al río. Allí hicimos puntería a todo lo que se nos pasó por delante, en especial a las manzanas. Por turno íbamos aportillando las manzanas verdes que eran de buen porte, así acabamos los tiros y quedamos con el gustito de mejorar la puntería. Días después mi papá comentó en la mesa que no sabía que le estaba pasando a las manzanas “del bajo” porque estaban todas apolilladas. Nosotros nos tuvimos que tragar la risa. No sé cómo Jorge se aguantó comentar lo de los tiros, pero se calló.
Pareciera que todas estas aventuras y regaloneos eran para hacer que yo me olvidara del fin de curso y con él, el fin de mis sueños, pero yo no olvidaba, ni lo olvidaría nunca, y es una lástima que no fuera más tenaz. A lo mejor hubiera logrado doblarle la mano a mi papá, eso no se sabe. A lo mejor... a lo mejor... Pero de sueños destrozados no se vive, ni tampoco se muere... Yo seguí viviendo y tragándome las penas. A pesar de las distracciones seguía amargada y siempre conservaría la sensación de fracaso que me embargaba.
Bien la vida seguía y las visitas también. Después de tomar el mate de las onces montábamos a caballo los tres: Fernando, Pablo y yo y lo íbamos a encaminar hasta la casa de la Petra, la vuelta la hacíamos apuraditos para llegar a tiempo de cenar.
Ese verano visité una por una las casas de los inquilinos a pedido de mi papá, para saber las cosas que faltaban. Fue interesante y grato sentir el cariño de la gente, a muchos de ellos yo los había preparado para recibir la Primera Comunión, para el Bautizo de los pequeños, para el Matrimonio y para estar alerta de los enfermos, a los que cuando era necesario, se mandaban a San Carlos en el camión. Siempre me gustó el trato con la gente del fundo, eran hijos y nietos de trabajadores que lo fueron con mis abuelos, eso da una nota de confianza.
Pasó el verano y llegó el otoño muy rápidamente. Como yo no tenía obligaciones de estudios, ni las quería, nos quedamos más tiempo allá haciendo dulces y mermeladas. También ese año se mató el chancho, el de todos los años, pero este nos tocó estar allá para su faena. Tarea larga y entretenida. El despiece, los chicharrones en la olleta de fierro se derretían y chicharreaban. Nosotros ensartábamos trocitos de carne y con un palito los freíamos en la manteca que después se ponía en un tarro parafinero para llevarla a Santiago. ¡Ricos los chicharrones! ¡Rica la tortilla con chicharrones que hacía la Ramona!... Claro, todo esto antes que apareciera el Colesterol.
También ese año fue pródigo en miel y cera. Con el Simbo cosechamos muchos barriles lo que después me sirvió para comprarme cosas.
Un día se empezaron a juntar las nubes negras de tormenta y llegó mi papá muy apurado a sacarnos del fundo, habían anunciado grandes lluvias y había que partir, casi con lo puesto ¡¡Uff!! Cómo nos apuraban ¡Rápido Julita, rápido, que vienen las lluvias! Un par de cosas pusimos en una bolsa de viaje y ¡Arriba! Al camión.
Mi mamá, mi papá, Manuel el chofer y la Pilar se las arreglaron en el asiento de delante. El resto: las empleadas, los pionetas y yo nos arreglamos arriba de los sacos de trigo. Si mis hermanos habían vuelto después de dar los exámenes de Marzo o si se quedaron en Santiago, no lo recuerdo. ¡Vaya fiesta! El camión patinaba en las cuestas y en las curvas, se iba de un lado a otro, se caía en los hoyos llenos de agua y saltaban chorros. Empezó a llover con fuerza y nosotros a empaparnos. Parece cuento, yo tenía 18 años y lo pasaba como si fuera niña chica, gritando y mojándome. Todo fue bien hasta una cuesta que hay antes de las casas del Palo, donde el camión, se fue, se fue, se fue y se fue de costado ¡Todo el mundo abajo! A empujar ¡Puro cuento!, porque el camión cargado no había quien lo moviese. Tuvimos que recurrir al Palo para que nos prestaran bueyes y un techo para nosotros. Costó mucho enderezarlo, pero ¡Salimos adelante sin problemas, porque la carretera estaba ripiada y mejor!
SEGUNDO PRINCIPIO
EL PRINCIPIO
Esteras y esteritas, para contar peritas.
Esteras y esterones, para contar perones.
Estera una vez: un principe... un sueño... una estrella... una bruja... una doncella... una montaña... un lago... un cisne... un tigre...
Así empezaban las narraciones antiguas y así quiero yo empezar a narrar el principio del principio de nuestra vida y de nuestra familia particular.
Estera una vez un barco carguero, llamado “Aldecoa”, que llegó a Antofagasta con una muy especial carga: tres personajes diferentes unidos, para llegar a un nuevo mundo. Venían de España y llegaban a este Chile desconocido por dos de ellos. Bien, empiezo por la mujer: ella era Luz Rivas Salas, prima hermana mía por ambos lados que fue a Madrid a estudiar Filosofía. Nunca he sabido para qué se estudia esa carrera, o mejor dicho para qué sirve estudiar esa carrera, tampoco Lute, como le decíamos, era muy proclive a sincerarse con nosotros; además ella llegaba en otra situación. Se había casado. Él, Mieteck, un polaco al que después de la segunda guerra mundial lo rescataron los ingleses, cuando estuvo en edad de ir a la Universidad pudo optar por irse a Madrid a terminar su carrera de médico. En la Universidad conoció a Emilio, un canario tímido e introspectivo bastante solo y al que le atraía la vida familiar de Lute y Mieteck. La amistad fue prosperando y también la molestia de vivir bajo la bota de Franco. Una vez terminados los trámites del servicio militar (dos años), exámenes finales y de grado, se vieron con sus tres flamantes títulos, sin trabajo y sin dinero. La solución fue rápida: “Nos volvemos a Chile, ¿Vamos, Emilio?”. La respuesta fue un “SI” de corazón y empezaron a preparar sus cosas, papeles y pasaportes.
El barco era un carguero que venía de vacío y que los podía traer por poca plata. No creo que Mieteck ni Emilio lo pensaran mucho, les bastó la posibilidad de ir al Nuevo Mundo para estar seguros de que en tierra de indios... ellos serían reyes.
El único que tenía parientes a los que la decisión los afectara, era Emilio. A sus padres no les gustó nada que su hijo mayor se fuera tan lejos y a un destino desconocido. El padre fue a la Península para tratar de convencerlo que se quedara en Las Palmas y le ofreció ponerle un Laboratorio bien montado para que desarrollara todo lo que había aprendido. Todo fue inútil, el sueño de salir de la opresión pesó más y... con tres mudas de ropa, un baúl de lata de múltiples colores —como el que sale en la película “Marabunta”—, lleno de libros y cien dólares que le dio su padre, zarpó.
Al pasar por Tenerife la madre lo fue a despedir ¡Dolorosa despedida y separación del hijo mayor! Debe haber estado desgarrada... no sabía a dónde iba ni a qué, sólo le quedaba la confianza en Dios.
Treinta días de navegación en un camarote estrecho al lado de la cadena del ancla, con el barco vacío, moviéndose sin parar. Atravesaron el Atlántico y el Canal de Panamá para, después de muchos días, llegar a Antofagasta donde los esperaban mi tío Paco y Paquito su hijo. Supongo que la presencia de Paquito sería para descomprimir la reunión, porque con él no se pasaban penas, era de una simpatía contagiosa. Hizo buena amistad con Emilio al que le puso como sobrenombre “prófugo náufrago”, porque así se veía con el pelo cortito, de un dedo de largo. Paquito le preguntaba si se lo había cortado así para que las mujeres no se lo comieran...y lo chacoteó todo el tiempo.
Así llegaron a Santiago.
Está claro que en casa de los tíos no cabían todos entonces la tía Matilde descubrió una pensión cerca donde alojó a Emilio.
Hasta aquí, todo bien. Era un 27 de Agosto de 1954 y el 30 de Agosto era el día de la abuelita Rosa — abuela común de Lute y mía—. Ese día había que presentarse en algún momento a saludarla a ella y a la tía Rosa, hermana soltera de mi papá. El papá perdonaba muchas cosas menos que nos saltáramos ese día, así es que con la mamá fuimos temprano a saludar y a tomar el té con ellas. Por lo visto Lute, Mieteck y Emilio decidieron lo mismo y también mi tío Paco con la tía Matilde. Ese día nos encontramos y nos conocimos. A mí me llamó la atención ese amigo de Lute, mudo, que me miraba asombrado con sus ojos miopes. Me cayó bien porque era buen mozo, limpio y bien proporcionado. También le hizo gracia a mi mamá y desde el primer momento le llamó “canarito”. No fue así a mi papá, por lo callado y no tener claro el futuro.
Emilio dice que le llamó la atención que yo discutiera de igual a igual con mi tío Paco, lo que no tenía nada de raro porque él me instaba a cambiar opiniones con él desde chica... y también le gusté... O sea, flechazo.
Mi mamá invitó al trío a almorzar un día. Ella se esmeró en tener algo rico que completó con un postre amoldado muy vistoso y, como gran oportunidad, café de grano de buena calidad. Algo que era la primera vez que se hacía en casa. En ese almuerzo empezaron las divergencias entre el matrimonio y Emilio. Mientras ellos no comieron postre, Emilio se repitió y lo encontró “estupendo”. Luego ellos no tomaron café y Emilio se tomó la cafetera, con lo que se terminó de ganar el corazón de mi mamá quién lo invitó a comer cuando quisiera. A él se le empezó a quitar la timidez y comenzó a llegar a casa.
De a poco iba llegando Emilio, a veces a la hora de almuerzo y otras por la tarde; a veces yo estaba, a veces no, y mi mamá lo “reporteaba”.
En esa época yo estaba en una Congregación Mariana adherida a los jesuitas y dedicada a ayudar a los pobres de la Población Nogales y específicamente dedicada a la construcción de un pequeño policlínico donde se pudiese ayudar a la gente que no tenía dónde recurrir. Pero primero había que edificarlo, y lógico que dinero no teníamos, por lo que habría que empezar a pedirlo. Para eso íbamos a las oficinas del centro y pedíamos un poco a cada persona. A lo mejor a la gente les hacía gracia nuestro pedido, pero nos ayudaban. Así, todas las semanas empezamos a comprar ladrillos y los muchachos los ponían con ayuda de los pobladores. Nos demoramos un año en construir un despacho y una sala de curaciones. Teníamos un médico que, a veces podía ir, y mientras yo, —que era la mayor del grupo y que tenía conocimientos de enfermería—, hacía lo que podía: alguna curación, poner inyecciones, mandar a alguna madre con su hijo a algún hospital... en fin, cositas que podían ayudar.
Mientras, Emilio se empezó a poner nervioso porque la dueña de la pensión por las noches, ¡Le tocaba en la puerta! toc-toc-toc ¿Estás ahí, Emilio? —le decía—, y él se desesperaba porque no sabía, pero suponía lo que la señora quería y ¡No! ¡No! ¡No! ¡Él no sería quién le diera en el gusto!... Todo esto se lo contaba a mi mamá que lo aconsejaba bien —a lo mejor muerta de risa, pero muy seria—.
Un día fuimos a ver lo que hacíamos en el policlínico y le gustó. A él, el dinero le quedaba muy justo, la pensión había que pagarla, tenía que comer, que movilizarse, la señora lo acosaba... Tuvimos la suerte de ver un letrero que decía “Se arriendan piezas a jóvenes universitarios”. Rápidamente nos bajamos de la micro en que íbamos y fuimos a ver las piezas. ¡Magníficas! Y eran más baratas que la de la pensión así es que tomamos la decisión y la tomamos. Al día siguiente se cambió de casa y ¡Se relajó!
Por mi parte en cuanto pude hablar con el médico oficial del policlínico le conté de Emilio, que era médico, español, sin trabajo y que le gustaba el trabajo que hacíamos... ya todo resultó bien. Emilio sería el médico sustituto y el otro sería el oficial y le daríamos una pequeña cantidad de dinero que le serviría para comer, movilizarse y pagar la pieza, para ningún gusto, pero podría vivir. Emilio aceptó muy feliz con el cargo, aunque le sería difícil ejercerlo pues él era médico dedicado al Laboratorio. También así nos empezaríamos a ver seguido y nos iríamos conociendo.
No creo que pasara mucho tiempo, a lo mejor un par de meses, a lo mejor menos y, nos empezamos a sentir atraídos. Como no éramos unos niños, él tenía 30 años y yo 23, no necesitamos mucho más para enamorarnos, y ¡Nos enamoramos! Uffff ¡Y mucho!
Las relaciones de Emilio con mi familia eran muy relajadas. Mis hermanos le tomaban el pelo por su manera de ser, por su manera de hablar, por sus dichos. Todo era motivo de risas... y con razón. Yo también me reía porque era alegre y tenía sentido del humor. Todo bien con nosotros y la mamá... el problema era cuando estaba mi papá, porque Emilio, a lo mejor recordando al suyo, no podía entender que lo tomáramos tan poco en cuenta. El papá callado oía las risas, las tallas y todo lo que nosotros decíamos... nos quitábamos la palabra de la boca... nadie sabía quién hablaba con quién... no se respetaba la edad ni nada... todo fue así hasta que un día, Emilio no pudo más y parándose dijo: “Silencio”... todos nos asombramos y callamos esperando lo que iba a decir el “canarito” y siguió: “Don Jorge tiene algo que decir”. Nosotros nos quedamos esperando “¡El notición!” Qué tenía que decir el papá y él... dijo: “No, no tengo nada que decir” ¡¡¡Justo hasta aquí llegó el silencio!!! Soltamos todos la carcajada y... creo que Emilio nunca entendió que nos riéramos tanto.
¡Cosas que pasaban!
Otro día, comentando algo de muebles, de cosas antiguas, Emilio dijo que en su casa, en Las Palmas, había un baúl que había sido de la Reina Isabel. Mi mamá le preguntó que cómo se sabía que era de ella y Emilio poniendo las dos manos haciendo un cuenco y haciendo énfasis dijo: “por las granadas”. ¡Carcajada general! Por muchísimo tiempo quedó en casa el dicho de “las granadas de la Reina Isabel”. Me parece que todavía hay alguien que las recuerda y se sonríe recordando.
En otra oportunidad... algo estaba haciendo o diciendo mi hermana Pilar, que era niña chica, tenía 6 años y Emilio le dijo algo al oído, al momento ella salió corriendo donde mi mamá y le dijo: “¡Emilio me ha dicho una grosería, me ha dicho que me pondrá el “culo como tomate”! —por lo visto en España era corriente decirlo así—, pero aquí era una grosería de marca mayor. Tuvo mi mamá que explicar a ambos lo que habían dicho o querido decir.
Enamoramiento, amor y opción, tres cosas distintas, pero que llevan al amor maduro que hace feliz: Que da y no pide, que da y vuelve a dar, que perdona, que olvida y no guarda rencor... En fin lo más parecido al amor perfecto. Sentados en el hall de la casa empezamos a pololear. Un pololeo un poco especial porque Emilio hablaba muy poco, pero todos los días me escribía “un billetito”, como él lo llamaba. En ellos me fue declarando su amor que, según decía, cada día era mayor. En uno de ellos me dice: “¿Sabes a qué corresponde el número 10 en el amor? Cuando se es capaz de dar la vida por la persona que se ama sin pedir nada a cambio”. “Me gusta el color de la pintura de tus labios, además no es brillante y ¡No se fija! ¡La piel de tus mejillas es muy suave! Y me gusta también”. “Algún día espero poder llegar a hablar muchísimo ¡Y seguido!” “Anoche no he soñado contigo, pero he tardado un cuarto de hora en levantarme. Soñaba despierto”.
Así de a poco fue abriendo su corazón y lo que vi, me gustó y, más que eso, me admiró. Nunca había conocido a una persona con el alma tan pura, tan abierta, tan transparente... Era tan inocente como un recién nacido y eso me enamoró. Yo estaba ciega, nada de lo que me pudieran decir me hacía mella, muchos argumentos en contra de mi amor, pero yo lo quería, para mí y para siempre.
No fue un enamoramiento rosa, fue un amor maduro porque la que me tenía atrapada era su alma y contra eso no pudieron mi abuela y mis tías. Ni la falta de un trabajo estable, ni otras cosas que yo percibí, pero no quise ver. El padre Cox, director de la Congregación Mariana me dijo que era un santo y que lo cuidara. Mi mamá dijo que era un inocente y que iba a ser difícil vivir con él. Pero, en contra de todos, yo lo elegí y lo quise. Fue mi opción y luché por él.
Teníamos una cultura diferente, y educados de distinta manera. En una oportunidad me dijo que él tenía 5.000 años de cultura... yo quedé aplastada y me preguntaba ¿Quién era yo al lado de ese bagaje cultural? Además de su cultura, me abrumaba con su linaje ¡Descendiente de Condes! Y ¡de la Vega Grande! (Cuando comentó este asunto en mi casa, mi mamá le dijo: ¿De las “grandes brevas?” y nos reímos), pero yo me quedé pensando: condes, marqueses, príncipes, reyes... ¡Eso en cuentos de hadas porque nunca en mi vida conocí a alguien que tuviera título! Miré mi origen y mis antepasados: Unos, conquistadores aventureros y otros, comerciantes. Pero de alcurnia nada, a este país no llegaron esos personajes. Años, muchos años viví con este complejo, hasta que vi la realidad y esa era una pompa de jabón, una cosa sin relevancia. ¿Tanto valor tenía para él el apellido, las “granadas”, los condes y la cultura? O, ¿Fue una cortina tras la cual escondía lo que nunca se supo?
Diferíamos hasta en cosas tan importantes como el concepto de Dios. Para él, Dios era terrible, condenador, inmisericorde, que tenía un infierno lleno de diablas, diablos, diablitos y diablillos que se dedicaban a hacer trampas a los seres humanos para inducirlos al “pecado”. El Dios del Antiguo Testamento. ¡¡ Tremendo y atemorizador!!Debe haber sido la educación que recibió o a lo mejor así veían los españoles a Dios. Nosotros teníamos un concepto de Dios diferente: todopoderoso, perdonador, cariñoso, familiar, cercano; claro está que sabíamos del pecado, pero como una pifia, un defecto comprensible en seres humanos, que el Señor perdonaba y comprendía. Hice todo lo posible por convencerlo y mucho fue lo que hablamos de ese tema.
Sería a lo mejor Septiembre cuando me llamaron para ocupar un cargo de secretaria en una empresa pequeña —cargo que—, de todas maneras me quedaba grande. Yo no había trabajado nunca y malamente podía escribir a máquina, pero el jefe me tomó cariño y me enseñó lo básico... también él estaba empezando con algo nuevo. Llegó el momento de recibir ¡El sobre! ¡Qué alegría, era la primera platita que me ganaba! Partí con Pilita de compras e invertimos la mayor parte en embelecos para ella, para los hermanos y los padres. Creo que no dejé ni para movilización, total, tenía padres que me dieran el sencillo todos los días. Bien poco duró el contento porque un día amanecí con fiebre y dolor de cabeza... ¡Un brote de un síndrome meníngeo que hacía tiempo se me presentaba en forma intermitente! Vino el médico y pretendía hacerme una punción lumbar, a lo que yo me defendí con todas mis fuerzas, se fue furioso conmigo. Lentamente mejoré, pero a los pocos días volví a enfermarme esta vez fue un paratifus, a lo mejor no muy virulento, pero me sentía muy mal, con la fiebre alta deliraba y no quería comer nada. La mamá me tentaba con algunas cositas ricas como huevos revueltos en la pailita de plata, lo que me encantaba, pero ahora no me apetecía.
A Emilio lo invitó un primo mío a dar un paseo en moto, tal paseo fue una odisea: la moto era enorme y el paseo fue a Viña o sea “a la vuelta de la loma” —como dicen en el campo—. ¡El pobre lo pasó pésimo! Pero al pasar por Quillota me compró un par de kilos de chirimoyas. Cuando mejoré y maduraron, nos las comimos con mi mamá.
Salió en El Mercurio un aviso solicitando un médico laboratorista para Potrerillos. Nosotros no sabíamos donde quedaba ese sitio, pero fuimos a ver a mi tío Paco para que nos diera su consejo. Él nos dijo que quedaba muy lejos en el desierto y que era una mina de cobre, que seguramente pagarían bien y que Emilio presentara sus papeles. Eso fue lo que hizo. También había ido al Servicio Nacional de Salud y dejó presentada una solicitud. Mientras... a esperar.
Un día, atendiendo en el policlínico, tuvo una terrible contrariedad: llevaron a un niño grave, gravísimo, y antes de poder hacer nada, el niño falleció.
Emilio no estaba facultado para extender un Certificado de Defunción. Tampoco estaba facultado para ejercer la medicina en Chile, así es que tuvieron —con extremada rapidez— que llamar al médico oficial para hacer los trámites oficiales y Emilio se quedó sin trabajo, por prudencia.
En cuanto yo me mejoré de la cadena de enfermedades que me dejaron bastante decaída, mis padres decidieron que nos fuéramos al fundo El Naranjo a pasar tranquilamente las vacaciones. Por lo visto nadie, ni tampoco nosotros, supimos que estábamos tan cerca del matrimonio.
Una tarde, y ya en el fundo, oímos ruido de auto ¿O sería camión? Y en lo que fuera llegó Emilio a despedirse... le habían dado un trabajo en Tenglo, una islita que está frente a Puerto Montt.
¡Qué alegría verlo! ¡Qué asombro para él conocer el fundo! Le pareció que quedaba en el confín del mundo y con cero civilización: sin agua potable, sin luz eléctrica, sin noticias, pero con un corazón enorme. Un río maravilloso, paisajes encantadores, una huerta que daba de todo... ¡Cuántas cosas hablamos en esos días! Si parecía que todo se nos ocurría: hacíamos planes para un futuro lejano, para cuando él se hubiera colocado dentro del Sistema. Mientras, yo seguiría trabajando y juntando platita para alhajar la futura casa. Nos queríamos, salíamos a pasear al río; nos encantaba bañarnos, hacer piqueros, asolearnos en las rocas del otro lado, nadar, dejarnos ir por la corriente y comernos una manzana verde del huerto enfriada en una poza de agua. Por la tarde íbamos a ver la puesta de sol a La Piedra o nos sentábamos debajo de los perales a pololear. Tiempo maravilloso, bucólico e inconsciente.
Muchas cosas le llamaron la atención a Emilio de la vida campestre y una de ellas era el agua: ¿Cómo tomábamos agua sin hervir? ¿Y las bacterias? La respuesta de nosotros era que el agua que tomábamos era de puquio, para nosotros estéril porque nacía de la tierra. No creo que le convenciera mucho el argumento, pero se la tomaba y nunca le pasó nada. Otro día me dijo: ¿Por qué la cocinera se lava las manos con cebolla? me fue difícil entender lo que me decía... hasta que la vi amortiguando la cebolla de la ensalada y restregándola con las manos en el chorro de la acequia... cosas que a nosotros no nos llamaba la atención, pero a él, que era ciudadano, sí.
Una tarde llegó uno de mis hermanos a caballo muy apurado, le dijo a Emilio que de Santiago lo estaban buscando para el cargo en Potrerillos. ¡Ya se nos había olvidado ese asunto! y era de máxima urgencia contestar lo antes posible. Creo que al día siguiente partió de alguna manera a San Carlos y de allí a Santiago. Le ofrecieron el cargo de médico de laboratorio en el Hospital de Potrerillos con sueldo en dólares, casa puesta, derecho a pulpería americana y algunas otras garantías muy convenientes, pero tenía que ser ¡Ya! Y con esa premura empaquetó sus cosas y partió, a lo desconocido, a la aventura.
Yo me quedé en el fundo penando, me había acostumbrado a su presencia, a todas sus cosas y ¡Quién sabe cuando lo volvería a ver! Hacía mi vida normal, paseaba y recordaba... el río... los atardeceres... los perales... Esperaba alguna noticia, pero era realista, sería casi imposible que me pudiera llegar alguna carta al fundo. No contaba con mis hermanos que estaban en Santiago. En cuando llegó una carta me la mandaron, me llegó y fui feliz... hasta que la leí ¡pobrecito mi Emilio! lo estaba pasando muy mal, viviendo en un campamento minero lejos de todo y con una moral ¡¡Muy poco moral!! Pasaba de un escándalo a otro y lo más complicado es que me decía: “Esta vida no es para estar solo, debemos casarnos cuanto antes”. Pensé que daría lo mismo esperar mucho o poco, total no lo iba a ver ni a conocer mejor viviendo él tan lejos, así es que me decidí a que nos casáramos cuanto antes. Claro que habría trámites que hacer: Certificados de nacimiento, de Bautizo, permisos, partes... Él tendría que tener por lo menos un par de meses trabajando para que le dieran permiso para viajar a Santiago. Todo empezó a rodar: papeles van y papeles vienen, cartas a los padres de él, consejos de mi mamá, cartas perentorias de Emilio pidiendo, siempre pidiendo con premura, ya fuera algún libro o ya fuera alguna cosa para el Laboratorio. Yo en el fundo ¡Poquísimo podía hacer! Tampoco podía adelantar mi ida a Santiago.
En Santiago ¡¡Otro gallo cantó!! ¡¡La boda!! Mi idea era que sin la familia de Emilio —es que ni se me pasó por la mente que pudieran venir—, nuestra boda sólo nos interesaba a nosotros por lo tanto sería muy sencilla, en mi Parroquia y sin fiesta. ¡La que se armó! Que yo era la hija mayor de mis padres, la primera nieta Rivas que se casaba en Chile, que mi papá tenía miles de amigos, que todo el mundo esperaba algo grande de mi, que los partes, que el Diario Ilustrado, que la vida social... Ufffff, saqué las uñas y vi negro. Embestí contra todo lo que se me pusiera por delante, reivindiqué que la que se casaba era yo y que todo se haría como yo quisiera. (Emilio estaba muy lejos y viviendo sus propias luchas, yo estaba segura de que me apoyaría, nunca lo dudé). Mi mamá me entendió. Mi papá no. En un punto mi padre no transó: tenía que ser “pedida” ¿Por quién?, le daba igual, pero tenía que serlo y se puso firme.
Empezó mi largo y caluroso caminar. ¿De dónde sacaba yo alguien que me “pidiera”? Mi mamá, como siempre, tuvo la idea ¡Brillante! Recurrir a la diplomacia. Allá partí a la Embajada de España. Claro que llegué fuera de horas y me citaron para el día siguiente. Ese día, el secretario me dijo que eso no era función de la Embajada sino del Consulado. Atravesé Santiago entero, pero llegué y, tampoco era cosa del Cónsul y me fletaron a hablar con el Encargado de Asuntos Culturales, señor Azuero. ¿Tendrá algo que ver la cultura con una simple “pedida de mano”? Pues sí. El encargado, muy caballeroso, me dijo que feliz pediría mi encantadora mano para su compatriota sin familia y fijó día y hora. ¡Ya podía estar tranquilo mi papá!
¡¡Sería “pedida”!! Y ¡Por la vía diplomática! No todo terminó con el anuncio de la visita. Había que tener una foto de estudio mía para ¡Ponerla en el diario! Y él, mi papá, me llevó a un fotógrafo que se encargaba de esos menesteres, me sacó la foto y ¡Todo el mundo en paz!
El día del acontecimiento estábamos todos expectantes: que tengamos una botellita de whisky, que hagamos unos canapés, unos dulcecitos, toda la casa impecable, nosotros con ropa decente, mi papá de traje... Cuando llegó el Encargado todo fue fácil y sencillo, él se encargó de hacer de todo una nada, nos piropeó a las mujeres y se encantó con Pilar. ¿De que hablaron él y mi papá a solas? Nunca se supo, pero se selló con un buen vaso de whisky y nos comimos todo lo que había. Como ya era hora de cenar, el Encargado nos invitó al Bahía donde cenamos muy bien y, siguió corriendo el trago. ¡Salud por la prometida! ¡Salud por el novio! ¡Salud por los padres y padrinos! ¡Salud por los ausentes! Y salud y salud que todos acabamos mareados... Y en esas estábamos cuando entraron el Dr. Pardo y Carmen, su esposa, que al saber lo que celebrábamos se pusieron a brindar por nosotros y nos llevaron a su casa... a seguir la fiesta. ¿Cómo llegamos a casa? No lo recuerdo, pero al día siguiente en El Diario Ilustrado y en El Mercurio salió mi foto-estudio con la noticia en Vida Social que había sido pedida por la diplomacia para ser la esposa del distinguido médico español, etc... etc...
Mientras nosotros estábamos arreglando cosas referentes a la boda, Emilio lo estaba pasando mal.
Todos los días me escribía y me contaba sus avatares. Se escandalizaba con la vida del campamento y en una carta me dice:
“¿A la fiesta? yo no fui. Me quedé en el Hospital hasta las doce y media de la noche, creo. ¡Y cuanto me alegro de no haber ido! Ya te daré detalles, que por carta no se deben dar. ¡¡Lúbrica y bacanal reunión!!”.
Deseaba con todo su corazón que pronto, muy pronto estuviéramos allá juntos. Le habían ofrecido una casa y la estaban arreglando y pintando Le hacía mucha ilusión que fuera para nosotros, ya se veía de “dueño de casa” y a mí como “ama de casa”. Muchos cariños, muchas lindas palabras, muchos amores por escrito. Cada día estábamos más enamorados, cada día se nos hacía una eternidad.
Marzo estaba mediándose y los papeles de Emilio no llegaban. ¡Qué angustia! Él había pedido unos días en Semana Santa, la idea era casarnos el Domingo de Resurrección, por dos razones: por ser una fecha importante para nuestra fe y porque le darían un par de días, o sea de Miércoles Santo a Miércoles de Pascua, justo para casarnos por el Civil el Jueves Santo y por la Iglesia el Domingo de Resurrección, irnos lunes y martes a Las Cruces y volar a Potrerillos el miércoles. Ajustadillo, ¿¿Verdad?? Pero si los papeles no llegaban todo se iba a retrasar y eso no lo queríamos por ningún motivo. Una tarde trajo el correo los certificados de nacimiento y de bautizo de Emilio y ¡Al fin pude empezar a mover al Civil y a la Parroquia!
Afortunadamente no tuvimos ningún tropiezo y se hicieron las amonestaciones con el debido tiempo.
Mi papá fue categórico: No quiero que se case con Emilio.
Yo: Yo me caso con quien yo quiero.
Mi papá: No cuente con mi permiso.
Yo: No lo necesito, soy mayor de edad.
Mi papá: No le daré dinero.
Yo: No lo necesito, dígale a Don René que venda mi novillo y yo me las arreglo con eso.
Mi papá: Yo no vendré a ese matrimonio.
Yo: Usted sabrá: yo invitaré a su familia y a la de mi mamá y a la Iglesia ¡Entraré SOLA!.
Mi papá: No tendrá recepción.
Yo: Ni la necesito.
Hermoso diálogo que cortó por mucho tiempo la maravillosa relación que teníamos desde siempre. Se enojó tanto que se fue al fundo y no supimos de él hasta la víspera de la boda.
Con mi mamá hicimos una lista de familia, sólo los tíos de ambas partes y los invitamos a la Iglesia, además a uno que otro amigo que no podían faltar los llamamos por teléfono. A la abuelita Rosa y a un par de tías Rivas las fuimos a ver en lo que se llamaba “visita de estilo”. Bastante aburrido el asunto, pero peor hubiera sido que nos hubiera tocado hacerlo con Emilio que fue categórico al decir que no contáramos con él para visitar a nadie.
Por lo visto el asunto económico de Emilio no estaba del todo resuelto. Le habían restado una importante suma de su sueldo y había que pagar varias cosas, entre ellas una deuda pendiente con mi tía Matilde que lo tenía afligidísimo. Por lo tanto, en sus cartas me pedía que no gastara más de lo debido. Quién sabe qué idea tenía de los gastos de una mujer. Y de una mujer que se casaba... gastos de iglesia, de coro, de flores... Todo le preocupaba, e insistía en que todo fuera muy austero. Yo no tenía ni idea de cuánto podía gastar, pero había cosillas indispensables; por lo tanto, hablamos con una amiga de mi mamá que nos proporcionó un coro bastante bueno y también el arreglo de la iglesia... sobrio, muy sobrio. Era tiempo de crisantemos por lo tanto todo el altar estaría con arreglos de esas flores, que me han gustado siempre y que despiden un olorcito amargo muy de mi gusto. No hubo arreglo de “toda la iglesia” como temía el novio, ni tampoco “camino de flores” a lo largo de la entrada. La verdad es que no fue excesivo.
Llegó el dinero del novillo y sirvió para que yo renovara un poco mi ropa, enviar a arreglar el abrigo verde —que Emilio odiaba y que quería quemar— y me mandara a hacer un vestido de “boda”. Al no estar presentes la familia de Emilio, y siendo yo reacia a los trajes blancos, se me ocurrió mandarme a hacer un vestido de tarde, pero antes preferí preguntarle el parecer al novio. Le mandé una carta urgente consultándole. La respuesta fue casi inmediata. Un telegrama urgente que decía textualmente: “Celebraremos boda sin traje”... casi, casi me infarto... Llegó a la hora de almuerzo y no podía dejar de leerlo: “Celebraremos boda sin traje”. Para variar, ¡¡Carcajada general!! ¡Vaya boda, en pelotas! Y mis hermanos decían: “Tú, sin traje y él, ¿Con o sin traje? ¿Con o sin ropa interior? ¡Qué chacota más grande! Por lo menos sirvió para distender el ambiente que a ratos era espeso como una sopa.
¡ Y mi papá sin escribir, sin llamar! ¿De verdad no vendría? No me lo podía creer. Pero era lo que estaba pasando, yo me afirmaba en lo que había dicho. Yo me quería casar y ¡Entraría sola a la Iglesia! ¡¡Sería un escándalo mayúsculo en la sociedad y en la familia!! ¡Estaba dispuesta!
Mientras, seguían y seguían llegando las cartas de Emilio, cada vez más cariñosas, más exigentes, más imperiosas. Todos los días me escribía y cada dos me las mandaba. Yo me pegaba el “pique” al Hotel Carrera adonde llegaba el correo que viajaba en un avioncito particular llamado “Cinta”. Era increíble que una persona muda pudiera decir tantas cosas y tan bonitas por escrito. Cada carta era para mi algo muy especial y deseado, a pesar que en la mayoría de ellas había una larga o larguísima lista de encargos; ya fuera de Medios de Cultivo o Técnicas de Laboratorio o de consultas a distintos Departamentos de Sanidad o de otras partes. El tiempo nos estaba devorando vivos, yo ya no daba para más. Cada día que pasaba estaba más angustiada y más delgada, parecía palillo y tenía que seguir adelante porque no había nadie que hiciera lo que yo tenía que hacer.
Compramos un género muy bonito gris y palo de rosa. Era un gros de seda o grosgrain y tenía flores chicas; parecía un brocatto, pero fino. Las idas a la costurera, las pruebas, el tiempo que pasaba... y como si fuera poco ¡la muela del juicio me empezó a doler! No podía dejar de ir al dentista porque ya me había dicho que en Potrerillos había uno, pero muy malo. Tuve que hacerme de tiempo y paciencia e ir al nuestro, e hizo lo que tenía que hacer: sacarla ¡Vaya trabajo que se dio! Menos mal que era la última que me quedaba arriba y las de abajo no aparecían.
Entremedio de todos los afanes normales de una boda, había cosas difíciles de entender como los papeles. Los certificados de Emilio no llegaban, sin ellos no nos podíamos casar. En la Parroquia me inscribieron e hicieron las amonestaciones ¡Por mientras llegaba el Certificado de Bautizo! En el Registro Civil me dieron hora ¡Por mientras llegaba un Certificado de Nacimiento y otro de soltería! Emilio ya no reclamaba, ¡bufaba! Sus cartas clamaban porque, aunque fuera Mieteck, asegurase que él era soltero ¡Eso al Civil le importaba tres cuescos! Lo que querían eran PAPELES y, como si fuera poco, LEGALIZADOS. El pobre Don Emilio desesperaba, Emilio también y yo al medio de todo sin poder resolver nada. Como si fuera poco hubo un problema con la inscripción de Emilio en el Consulado, que había que renovar todos los meses y que él no lo podía hacer desde Potrerillos. En fin, entre todas esas cosas alguien se compadeció de nosotros y los asuntos del Consulado se resolvieron y le dieron una residencia mayor.
En una carta me llegó un hilo. Si, un hilo... casi, casi lo boto, menos mal que las ganas de leer la carta fueron mayores y en ella me decía que el hilo era su medida justa de cintura, que por favor le comprara tres slips. La medida fue justa y lo pude hacer. ¡Las cosas que hace una mujer enamorada!
¡¡ Y mi papá sin dar señales de vida!!
¡¡ Y Emilio preocupado de que no gastara ni un peso de más!!
¡¡ Y llegó el increíble día en que llegaron los papeles!!
¡¡ Y pude ir al Registro Civil a pedir día y hora para casarnos!!
¡¡Me la dieron el Jueves Santo por la mañana!!
¡¡ Y El Párroco me dio día y hora!!
¡¡Domiíngo de Resurrección por la tarde!!
¡¡ Y además la autorización para que nos casara el padre Cox!!
¿¿Qué más se podía pedir??
¡¡¡NADA, YA ESTABA TODO LISTO!!!
Las compras hechas, el vestido listo y los regalos empezando a llegar. Parecía mentira que todo se hubiera arreglado. Mi madre sería mi madrina, —ella sola porque mi papá no aparecia— los Pawlak, padrinos de Emilio. En el matrimonio Civil nuestros testigos serían mi tío Paco, Pablo mi hermano y Héctor Olea, un amigo de Emilio.
Y ... llegó el novio. Radiante y relajado. Llegó el miércoles por la mañana y ese mismo día se fue a comprar un traje gris oscuro y algunas cosillas que le faltaban. Los nervios me tenían alteradísima, quedaba todavía el ramo que yo debía llevar. Eso era asunto del novio ¿Quién lo aconsejó? Yo no lo sé pero el que me hizo llegar era muy lindo. Además, el jueves, cuando me vino a buscar me trajo un ramo precioso de dalias oscuras con margaritas blancas y un poco de verde y de ilusión ¡Mi primer ramo de flores lo recibí el día que nos casamos por la ley!
Con Pablo partimos en un taxi a la calle Manuel Montt, allí nos encontramos con los otros testigos. ¡Qué tugurio! ¡Sucio, pobre y hediondo! Como si fuera poco, un enorme póster de Marilyn Monroe decoraba una pared. Allí, un oficial nos declaró marido y mujer ante la ley. ¡Qué ceremonia menos motivante! En fin, no teníamos otra parte donde ir. Esa era la oficina que nos correspondía y así fuimos ¡Un matrimonio legal!
Llegando a casa de mis padres nos esperaba un rico almuerzo y una tarde conversadísima, eso creo yo. A lo mejor yo me lo hablé todo y Emilio silenció el resto.
Seguramente fuimos a la Celebración del Jueves Santo a la Iglesia más cercana, es lo más lógico, pero no lo recuerdo. Lo que sí hicimos en esos días previos fue ir al Colegio del Sagrado Corazón a pedir que nos recibieran el día de nuestra boda para entregar el ramo a Mater Admirabilis y orar por nosotros. Nos atendió la Madre Serrano, la misma que me recibió en ese Colegio cuando niña. Tuvo un gusto enorme de vernos y de saber de la tía Pilar, hermana de Antonia. Nos dijo que después de la ceremonia, felices nos recibirían.
¡¡Pasaron el Jueves Santo y el Viernes Santo y mi padre no llegaba ni daba señales de vida!! ¡Qué penita la mía! Me veía atravesando toda la Iglesia sola. Me veía con la mirada fija en el altar. Me veía con las miradas de toda la familia clavadas en mí, y criticantes. Mal me veía, pero no tenía ninguna otra alternativa, porque no iba a claudicar. Si mi padre no llegaba, ¡NADIE lo iba a reemplazar!
Teníamos todo arreglado. Las maletas listas, los regalos empacados, los libros... ¡esos, todavía no! Se los dejamos de tarea a mi mamá, también las participaciones de la boda, y un montón de cosas que no alcanzamos a hacer. Ella se hizo cargo de todo a pesar de tener a sus niños chicos y mucho trabajo. Ella todo se lo podía.
El Sábado Santo por la tarde llegó mi papá tan campante. Como si no hubiera pasado nada, como si nos hubiéramos visto el día anterior. ¡Cosas de la vida! No se me ocurrió nada sino abrazarlo y besarlo. Todo pasó, todo se olvidó. Éramos otra vez padre e hija, otra vez unidos como siempre estuvimos. ¡Qué alegría, alivio, tranquilidad!
Llegó el Domingo de Resurrección. ¡Parecía mentira, pero llegó! Por la mañana llegó el tan ansiado ramo de novia. ¡Era precioso! Muy apropiado para el vestido y para mis manos. Al medio día fuimos a Misa todos juntos y luego almorzamos en casa de mis padres. Después de un descanso general, empezamos a prepararnos. La idea era que Emilio, mi mamá y los Pawlak nos esperaran en la iglesia; mi papá y yo llegaríamos en un auto y a nuestra llegada ellos entrarían y nos esperarían en el altar. Por lo visto, no era lo acostumbrado. Lo que todo el mundo hacía era entrar en caravana, eso no nos gustó e impusimos nuestra idea. ¡Menos mal que los convencimos!
Mientras los padrinos se iban a la Iglesia, mi papá decidió que ¡La novia tenía que llegar por lo menos una media hora tarde! ¡Casi enloquecí! ¡Yo, que siempre fui tan puntual! ¡Llegar tarde! Mi papá no salía del baño; yo estaba lista, arreglada, pintada, peinada, vestida, con un sombrerito con velo (que alguien me prestó), con mi ramo en la mano, con las uñas largas y pintadas (no me las podía roer)... hasta que le dije: “Si no sale ahora mismo del baño y nos vamos, yo me voy sola”. Surtió efecto la amenaza porque de inmediato salió y partimos, con un poco de atraso, pero no demasiado.
Los dos, padre e hija, nerviosos, tanto que al bajarnos en la Anunciación me preguntó con qué pie entraba. ¡Casi le dije que con el izquierdo, pero me arrepentí y le dije que con el derecho! Así es que, a paso de marcha y a compás del coro entramos. Al pie del altar nos esperaban el novio (nervioso también), mi madrina (muy arregladita) y los Pawlak. El altar se veía precioso, lleno de ramos de crisantemos blancos, bien iluminado, elegantísimo —eso creí yo, que estaba encantada con todo—. No sé lo que pensarían más tarde la familia de Emilio al ver una novia de corto, de gris y con un altar lleno de crisantemos (¡Que en Las Palmas son signo de muerte!). También estaba el padre Cox envuelto en una capa pluvial muy elegante. Empezó la ceremonia y empezaron a desarrollarse los acontecimientos. La prédica, muy hermosa, se estaba alargando un poco más de lo que mi mamá podía resistir y en un momento en que el padre tomó aire para seguir, ella le dijo: “Ya está bueno padre” y le cortó la inspiración y el aliento. Rápidamente procedió a las preguntas de rigor sin problemas. Cuando pidió las argollas para bendecirlas, las madrinas se miraron las caras como diciendo: “las tienes tú” y no, no las tenían ellas. Los padrinos también se miraron y “nada” entonces fue cuando Emilio aterrizó que el padre estaba pidiendo las argollas y rojo como tomate se las sacó del bolsillo. Ya estábamos casados y con las argollas, ahora faltaban las arras. Nos habíamos preocupado de que fueran monedas de un peso del año 1931, las habíamos limpiado y estaban relucientes como la plata. El padre las pidió y las tenía mi mamá, metió la mano en su cartera y la vació en la bandeja ¡¡¡Tintineaban las monedas revueltas con las llaves de la casa!!! ¡Estas no! —decía mi mamá—, recogía sus llaves y hacía sonar las monedas... hasta que todo pasó y ¡Quedamos casados ante Dios y los hombres!
El primer paso que dimos de casados fue desacorde. Él se arrodilló y yo me di vuelta. Yo creí que estaba a mi lado para iniciar la salida y no lo encontré. El coro inició su canto:
Ha venido Jesús Rey Canta tu Jesusalem Ve que viene hacia tiEs tu Rey tu Redentor
Y al fin nos pusimos de acuerdo para salir del brazo. ¡Estábamos unidos para siempre! En las buenas y en las malas, en la salud y enfermedad, ¡Hasta que la muerte nos separe! En ese momento ni la muerte nos podría separar.
Tal como lo habíamos proyectado, desde la iglesia nos fuimos al colegio Sagrado Corazón. Allí nos recibieron muy bien, fueron muy cariñosas las monjas que durante tres años me soportaron, ahora todo eran cariños y lindas palabras. En la capilla de Mater leímos la consagración a María de nuestro matrimonio y depositamos el ramo a los pies de la Virgen. Fue un acto íntimo y muy recogido, creo que lo sentí mucho más nuestro que lo pasado en la iglesia.
Después nos fuimos a casa de mis padres, según nosotros para tomar nuestra maleta e irnos a Las Cruces por un par de días, pero no fue eso lo que pasó. Mi tío Julio Salas al enterarse que no habría recepción y al ver que la familia se estaba reuniendo, tuvo el gesto de ir al Club de la Unión y volver cargado con una torta y otras cosas ricas, además de dos mozos que servían a los parientes. Fue un detalle suyo y un cariño que nunca olvidaré. Después de tomar algo y de partir la torta, nos arreglamos para irnos. Nos fuimos con una amiga mía y su marido. Después de un par de horas de camino llegamos a la casa de mis padres en Las Cruces. Nuestros amigos nos ayudaron a abrir la casa, hicimos un brindis y ¡Quedamos solos! Solos, frente al océano Pacífico que se azotaba contra las rocas de la caleta. Solos, él y yo, como lo estaríamos toda la vida. Bien difícil la situación, no creo que para nadie sea fácil compenetrarse como pareja y empezar una vida en conjunto. Así fue como iniciamos nuestra vida, nuestro caminar por el mundo. Cual una letra de tango arrabalero. Algo así como...:
Tango que hacés renacer Mil imágenes dormidas Recuerdo de nuestras vidas Palpitaciones de ayer ¿Un perfume de mujer? ¿El primer amor acaso? Y así pedazo a pedazo Va caminando mi ser.
Mal inicio, mal, muy mal. Pero era lo que había. Ya era de noche. Hacía mucho rato que estábamos sin comer y se suponía que yo haría algo. Lo que estaba fuera de control era que yo no sabía nada de nada, menos de cocinar, pero metí las manos y las patas tratando de hacer una tortilla. ¡Era tortilla porque tenía huevos revueltos! ¡¡Un desastre!! Y, fue el primero de muchísimos, pero estábamos recién casados... y ¿Quién se fija en esas menudencias?
Era abril, hacía frío y el mar seguía azotando las rocas. El viento movía los pinos la noche estaba resplandeciente, plateada, de luna llena, imposible dormir. ¡Había un hombre en mi pieza! ¡Qué raro me pareció dormir con una persona en la cama del lado! ¡Nunca lo había hecho! ¡¡Al fin dormir!! Y ¡¡despertar!!
Función del día después: desayuno, paseo a las playas, el mar, el frío, el viento, el amor, las playas blancas y suaves llenas de conchitas, de huiros, olor a sal, la Punta del Lacho, el reventar de las enormes olas, la brisa marina, energizante. El tiempo pasaba, el hambre nos empezaba a pinchar. ¡Comida! ¡Otra vez! ¿Por qué el hombre tiene que comer tres veces al día? ¿No es mucho el trabajo?... y ¡Vamos pensando en qué hacer! Lo más sencillo ¡Tallarines! ¿Es que a alguien le pueden quedar incomibles los tallarines? ¡Sí, a mí!... y ¡Vamos sumando desastres! Pero ¡Seguíamos recién casados y tampoco importó MUCHO!
Pasó el día y llegó otra vez la noche. El mar seguía donde mismo, el viento seguía meciendo los pinos, la luna nos seguía alumbrando y, a mí, inoportunamente me vino la regla, con ella dolores, molestias, fatigas y como pudimos seguimos viviendo todo el martes y nos volvimos a Santiago en micro. El zamarreo hizo que me sintiera peor, menos mal que habíamos previsto llegar a un hotel en pleno centro de Santiago. Allí llegamos y llamamos a la casa de mis padres —ya no era mi casa— y, fuimos a cenar con ellos ¡Qué alegría verlos! Y ellos también se alegraron, ¡Hacía dos días que no nos veíamos! Nos tenían una cena rica, ¡Qué diferencia!, y, frente a la chimenea, ¡Una botella de vino tinto chambreándose! Poco duró, porque Roberto, que tenía recién cumplidos los tres años, la pasó a llevar en medio de sus juegos y ¡La quebró en mil pedazos! Los cristales saltaron por todas partes, el vino se derramó y había en la casa un penetrante olor a cantina.
Después de todo, quedamos en vernos al otro día para que nos fueran a dejar a Cerrillos. Empezaba otra etapa de nuestra vida, vida de casados en un Campamento minero. Vida lejos de los míos y yo... ¡¡Tan profundamente ignorante!!
Al entrar, el aeropuerto me pareció enorme, con aviones muy grandes que eran los que viajaban a, y desde Argentina. Yo miraba y miraba. Me parecía estar dentro de uno de ellos. Nunca antes había volado. Llegó el momento de los adioses ¡Qué difícil es ese momento! Decir adiós sin saber adonde se va, ni por cuanto tiempo. Pero estaba enamorada y sabía que ese momento tenía que pasar y pasó. Cuando creí que iríamos en dirección a un avión grande, me equivoqué y empezamos a caminar por el aeropuerto hasta llegar a un avioncito que parecía de juguete. Subimos once personas y nos arreglaron en dos series de un asiento cada una y uno al final y al medio.
POTRERILLOS
Todo lo que yo sabía de aviones era lo que me
habían contado y no era mucho... que se movía, que mareaba... que daba miedo... y poco más. Con esa pobre información me senté en un asientito en una ventanilla diminuta, al otro lado Emilio y en medio un pasillo tan estrecho que nos podíamos dar la mano y sobraba. Respiré hondo y... empezó a dar vueltas la hélice del primer motor y luego la del último, todo se estremeció como si estuviéramos en medio de un tornado... rrrrrr... rrrrr... rrrr. Lentamente empezó a rodar por la pista hasta ponerse al principio de ella, RRRR... RRRR... RRRR, aceleró y se empezó a elevar... tuve la sensación de vacío. No sólo el avión se elevaba sino mi familia quedaba atrás; Santiago de desnivelaba, la cordillera se descuadraba y yo... sentía que me ahogaba... ¡Claro, se me había olvidado respirar! Respiré hondo, muy hondo y... empecé a disfrutar del vuelo. Nada era como me habían dicho, una vez que el juguetito se enderezó empecé a mirar por la ventanilla, Santiago fue quedando atrás, el cerro San Cristóbal pasó y se fue, el río Mapocho se convirtió en un estero y así empezamos a meternos en los campos nortinos. El verde del centro fue disminuyendo y aumentando los amarillos. El avión iba tan bajo que se veían los animales en los potreros y las cabras saltando entre las piedras. De pronto nos encontramos frente aun cerro, me asusté, pero nuestro aparato puso “primera” y se elevó sobre él; después de superado el obstáculo volvimos a la marcha de carretera, y fuimos dejando atrás los obstáculos... Cada vez más adentrándonos en una extensión de terreno desconocida para mi, grande, pareja, amarilla, enorme, vacía. Ya no se veían potreros, ni verdes, ni animales, era una nada vestida de nada. Yo no salía de mi asombro ¿Qué me esperaba en esa nada de nada? Pasó el tiempo, no sabría decir si fueron tres o cuatro horas, pero fue mucho tiempo. El ruido interior no nos dejaba hablar, a ratos nos tomábamos de la mano y yo sentía una corriente de confianza, estaba segura de que donde Emilio me llevara iba a estar bien, a pesar de lo que viera en ese momento.
En el medio mismo de la nada el avión hizo una cabriola y bajó en piquero rumbo a una cancha que apenas se distinguía y alcanzó a frenar justo antes de un barranco profundo. ¡¡Sentí miedo!! Y me lo tuve que tragar... no podía, o mejor dicho no debía demostrarlo. Allí, en la cancha nos esperaba una camioneta donde cupimos todos los que viajábamos al mineral.
Tierra amarilla, piedras y sol. Luego otra vez tierra amarilla, piedras y sol. Así indefinidamente. Bajamos haciendo zigzag por el barranco y luego, sin solución de continuidad, lo empezamos a subir hasta llegar al campamento.
Antes de llegar había una valla donde preguntaban el nombre de cada uno de los pasajeros y controlaban que hubiese estado aprobada su entrada, en caso contrario ¡Hasta aquí duraba su viaje y lo dejaban en medio de la nada que retornara como pudiese! (Menos mal que en ese momento yo ignoraba tal cosa). Pasamos el control y contemplamos las chimeneas —que habíamos visto desde el avión y que se veían bastante chicas— ahora las veíamos enormes y despidiendo mucho humo que el viento arrastraba por la Pampa. Al poco andar vimos el Campamento donde viviríamos: por un lado estaba el Campamento chileno, y al otro lado el americano y dentro de éste, el Copper Club antiguo donde haríamos nuestras comidas hasta que nos entregaran nuestra casa terminada de arreglar y pintar. Mientras, nos dejaron en el Staff de solteros. Allí teníamos una habitación con dos camas, un baño pequeño y un hall común a otra pieza, parecía un hotel bastante frío. De todas maneras, en un vaso que había en el baño puse el ramo de flores que Emilio me había regalado para nuestro matrimonio y que se conservaban más o menos bien. Serían un recuerdo de lo que ya era mi pasado. ¡Pobres flores! hicieron lo posible por sobrevivir, pero una a una se fueron deshojando, las últimas fueron las margaritas que abrieron hasta el último botón dando un olor tan suave y agradable que nos alegraban los días, era el último retazo de verde en el desierto.
El desayuno en el Copper Club era muy temprano porque todos empezaban a trabajar a las 8 de la mañana y el desayuno era muy abundante, “desayuno americano” con huevos revueltos, jamón, tocino, jugo de fruta, café con leche, tostadas con mantequilla, mermelada, queso, fruta fresca... en fin todo lo que comen los americanos por las mañanas y ¡Claro está a lo que yo no estaba acostumbrada! Después de desayunar volvimos a la pieza donde Emilio se arregló para salir y antes de irse me dijo: “Esta es la última camisa que tengo limpia”. ¡¡Sorpresa!! y le pregunté: “¿Qué suponía ese comentario?”. La respuesta me dejó helada: “Que yo me tendría que preocupar de esas cosas” Y... se fue... y, me dejó frita... En esos pensamientos estaba cuando llegó el mozo a limpiar la casa y me preguntó que qué me pasaba. (Debo haber tenido cara de funeral). Yo le conté el asuntito de las camisas y él se rió y me dijo: “Las tendrá que lavar y planchar usted, es lo que le corresponde”. Me quedé muda ¿Cómo le iba a decir que jamás había lavado ni planchado nada? Me dio vergilenza y en cuanto se fue tomé una camisa y la metí en el lavatorio y empecé a lavarla con lo que tenía ¡Jabón de cara! Lógico que la mugre no le salía a pesar de refregar y refregar, de pasar y repasar una escobilla de uñas que había en el baño, de romperme las únicas uñas largas que había tenido en mi vida y ¡Pintadas para la boda! Creo que a media mañana volvió el mozo a poner carbón en la estufa y me encontró en esos afanes. Le debe haber dado pena porque salió y volvió con un jabón de lavar y una escobilla a propósito y me enseñó a lavar camisas. Luego, con unas pinzas que me trajo la pude tender. Cuando volvió Emilio al medio día para ir a almorzar pudo ver que por lo menos lo había intentado. Ya por la tarde volvió a aparecer “mi salvador”, me traía una plancha y más o menos me dijo cómo funcionaba. —La mía no llegó hasta varios días después— y por la tarde me embestí con el planchado, ¡Qué problema más grande! En ese tiempo las camisas eran de algodón por lo tanto se arrugaban enteras al lavarlas y luego con la plancha las arrugas se iban cambiando de lugar, pasé toda la tarde tratando de solucionar el asuntito. No me quedó muy bien, pero... al no haber otra, mi maridito se la tuvo que poner. Así empezaron mis desventuras como recién casada. ¡Ignorante de todas las labores propias! No recuerdo haber hecho otra cosa que lavar camisas y tratar de plancharlas durante el tiempo que estuvimos en el Staff.
Un día llegó Emilio radiante porque nos entregarían nuestra casa al día siguiente, ya estaba pintada y amoblada por la Compañía, teníamos de todo lo necesario. Ese día sacamos las compoteras de cristal de mi mamá y con una lata de cerveza brindamos por nuestro futuro hogar.
¡Hogar, dulce hogar! Era nuestra casa, un chalet adosado con dos habitaciones, living-comedor, cocina y baño, un jardín delantero adornado con una mata de arvejilla y uno trasero recién limpiado. Además, tenía un subterráneo con una enorme pileta para ¡Lavar! En la cocina una gran cocina a carbón de piedra y en el living un calefactor también a carbón. Para estos dos artefactos había un empleado de la Compañía que los mantenía siempre encendidos, se llamaba Pablo y era obispo de la iglesia evangélica. Los muebles eran de madera oscura, todos los necesarios hasta que pudiéramos comprar otros nos los arrendaba Bienestar. No puedo negar, la casa era cómoda y con vistas al poniente. Desde el living vi las más maravillosas puestas de sol que jamás volví a ver y ¡Los cerros de piedra! que a medida que el sol iba pasando se iban poniendo de distintos colores, siempre diferentes, siempre distantes, siempre tratando de decir algo que yo no llegaba a entender.
Empezó nuestra vida conyugal... empezaron o siguieron mis problemas... muy, pero muy temprano por la mañana, a la hora que a mí más me gusta dormir, a la hora de mis mejores sueños... sonaba el despertador y... rapidito había que hacer un desayuno americano con huevos revueltos y las mismas linduras que nos daban en el Copper, con la diferencia que ahora lo tenía que hacer yo y el olor a huevos a esa hora me provocaba. Después que Emilio se iba, tenía que hacer cosas... las camas... lavar —todos los días—, planchar, —con la plancha prestada— y... ¡Mi pesadilla! ¡¡Almuerzo!! Yo no sabía nada de cocina, pero así, nada de nada y no le podía dar tallarines todos los días porque a Emilio no le gustaban. Un día me dijo que quería comer arroz blanco con huevos. ¿Es que el arroz puede ser de otro color diferente al blanco? Yo pensé: debe ser facilito de hacer ¡Me equivoqué! Puse a hervir el arroz con el agua y me quedó una pasta asquerosa, menos mal que, cuando pasó Pablo a poner carbón me hizo un poco de arroz y aunque los huevos se me reventaron ¡Pasó! Muchos días pasaron antes que me resultara un arroz decente, y eso a Emilio le gustaba. Otro asunto era la Pulpería. Había que pedir por teléfono las cosas que uno necesitaba, pero había días para hacerlo y cupos para algunas cosas, por ejemplo: cuando “tocaba” carne, mandaban lo que fuera, además de agregar un montón de huesos pelados que nunca supe aprovechar. O cuando llegaba salmón de Alaska me mandaban “mi cuota” y lo comiéramos o no igual lo cobraban. Eran las “leyes” del campamento.
Antes de casarnos mi papá me regaló una camisa de dormir muy linda, toda bordada, de nylon, con encajes y otras linduras y también tenía yo un juego de naipes —por si me podía entretener algún día—; las dos cosas fueron motivo de escándalo para el recién casado y las tomó y las metió en el calefactor a carbón, la camisa “una indecencia” y la “baraja” que: “Jamás en su casa habría una”. Días tardé en tragarme lo que había pasado, en fin... tampoco era tan tremendo porque yo no dormía con camisa y a los naipes nunca había jugado, el problema era ¡¡Qué más cosas serían desechadas, o indecentes o inconvenientes.!! ¡Menos mal que no fueron muchas más!
Estábamos recién en Abril y hacía un frío tremendo, se justificaba la insistencia de Emilio que llevara pantalones gruesos y zapatones claveteados, además de calcetines de lana y ropa de abrigo. Mientras estábamos dentro de la casa, no era problema porque Pablo mantenía el calefactor y la cocina siempre encendidos. El problema era cuando había que salir al patio, o bajar al subterráneo a lavar, entonces sí que me helaba. Menos mal que abajo había agua caliente y ya estaba un poco mas diestra en remojar, refregar y escobillar la ropa y luego salir afuera a tenderla. ¡Frío más grande no había pasado nunca en mi vida! Lo que me costaba mucho era planchar, sobre todo las camisas ¡Una pesadilla! En mi desesperación escribí a mi mamá para que me explicara cómo era ese asunto y ella, muy didáctica, me mandó una serie de monitos mostrándome los pasos que había que seguir para lograr que las camisas quedaran presentables, y... ¡Lo logré! Poco a poco le fui encontrando el sentido y me fueron quedando mejores.
¡¡Qué tremendamente ignorante era yo!! No sé ni cómo me atreví a casarme y hacerme cargo de una casa. Para quién nada sabe todo es una complicación. No tenía ni el sentido de la organización, ni los tiempos que se demoraba la comida que hacía. A veces llegaba Emilio y el almuerzo no estaba listo... ¡Cabreo! Su pregunta era “¿Qué ha hecho toda la mañana?” yo le decía: “Lavé, limpié e hice el almuerzo”. “¿Limpió?” y una vez pasó el dedo ¡¡Por debajo de la mesa!! Y me dijo: “¿Limpió?”, esto no está limpio, está sucio, muy sucio, seguro que nunca le ha pasado el paño por aquí. Y... ¡Tenía razón! ¿Cómo se me iba a ocurrir que los muebles se limpiaran por debajo? ¡Ni por debajo, ni por detrás, ni siquiera las molduras de madera que tenían todas las piezas! Si apenas se me ocurría pasar un paño por lo que se veía, y... me fui acostumbrando a VER el polvo. Muchas veces tuve que agachar la cabeza, él tenía razón y yo era una ignorante. Pero las cosas se fueron aprendiendo a fuerza de disgustos, no sé si hay maneras menos complicadas de aprender. Seguramente el ser dueña de casa se aprende en la casa materna. Yo no tuve esa enseñanza por varias razones: una de ellas era que las empleadas no me querían y no me enseñaban nada; por otro lado, mi mamá tenía muchas cosas que hacer y... supongo que no pensaría que me iba a ver en la obligación de hacer de todo, y además nunca me interesó el asunto CASA; otras cosas me gustaban y las hacía, pero de la casa ¡NADA! En esos días de recién casada me di cuenta de la necesidad de saber hacer cosas.
En Potrerillos no se hacía pan para la venta. En cada casa se amasaba el pan para el día o la semana. También había que tener en cuenta la altura, el único pan que yo había hecho era el pan del fundo ya fuera cocinado en horno de barro y tortillas al rescoldo, esa manera de hacerlo ¡¡No resultó!! Un par de señoras que, teóricamente, se compadecieron de mí y me visitaron — señoras de médicos compañeros de Emilio— me dieron unas recetas de pan de molde, que no es fácil de hacer ¡Fracaso tras fracaso! Cuando ya desesperaba por hacerlo vino en mi auxilio mi vecina y me invitó a su casa un sábado que ella tenía tiempo y hacía su pan de la semana. Ese día, libreta en mano, fui siguiendo paso a paso sus indicaciones que lógicamente no tenían nada que ver ni con lo que yo sabía ni con lo que me habían enseñado las señoras de médico. Más que hacer pan, era un ritual: la levadura tenía que crecer hasta una medida, la masa había que sobarla hasta que salían burbujas y luego dejarla tapada en un sitio caliente y cuando subía había que bajarla, así hasta tres veces y luego ponerla en un molde y por fin ponerla en el horno, entonces esperar y esperar hasta que se dorara. ¡Ya tenía la receta y lo había visto, ahora sólo me faltaba ponerme en marcha! Ni sé cuantas veces lo intenté, pero un día... me salió, no bueno, ¡Riquísimo! Lloré de alegría, desde ese momento tuve pan de molde en casa y ¡Los dos contentos porque nos gusta el pan!
Un día llegó el aviso que habían llegado nuestras cosas y que las llevarían, ¡Qué alegría! Los cajones que mi mamá había ordenado con los regalos de nuestra boda, la “Marabunta” llena de libros de medicina, la ropa mía, mis libros, la radio-tocadiscos que nos mandaba Héctor Olea, y ¡Nuestros primeros discos! Todavía me parece mentira tanta alegría. El problema que tuvimos fue que había distinta electricidad y que había que ponerle un transformador, pero llegó el momento de oír la música que nos gustaba. Se podían poner los seis discos que teníamos, modernos, de 33 4 rpm, así lo hacíamos, poníamos la torta de discos y cuando se terminaban los dábamos vuelta ¡Un enredo musical! Porque en una cara estaban, por ejemplo, dos movimientos de una sinfonía, en otra un concierto de Bach, en otro una parte del Réquiem, y luego al darlos vuelta se oían los otros movimientos de la sinfonía, una suite de Bach, la segunda parte del Réquiem... pero no importaba ¡era nuestra música y eso nos bastaba! Cuando yo empezaba a hacer el aseo ponía los discos y ¡Era feliz!
Me costó bastante entender el sistema de la Pulpería. Había una parte que era exclusivamente americana, o sea para los que ganaban dólares, — nosotros éramos los últimos de la lista—; y otra, sólo para chilenos que ganaban pesos, a ellos les mandaban todos los meses una caja con el paquete estándar de mercaderías y no podían obtener nada más. A nosotros nos mandaban lo que pedíamos, pero... “de la pulpería americana” si pedíamos algo que se saliera de ella, no lo mandaban y si llegaba algo especial importado para americanos... nos mandaban lo que “nos tocaba”. Dentro de esas especialidades estaba el whisky de Navidad, pero como éramos los últimos nos tocaba una botella ¡Porque no nos podían dar menos! Mientras, al gerente le llegaban varias cajas. También por ese sistema llegaban géneros ingleses que se repartían por cortes de trajes o de abrigos y no se podía rechazar: lo que tocaba, tocaba. Justicia americana.
Con la señora Matilde llegamos a un acuerdo, ella me cambiaba ciruelas secas (que yo necesitaba para mis tripas flojas) y yo le pasaba todos los huesos que por ley me tocaban y a ella no. A ellos les gustaba el caldo y Emilio decía que era “como agua sucia”; así quedábamos de lo más contentos todos. También podía compartir con ella, cuando me “tocaba” una cantidad de verduras mayor a la que podíamos consumir, pero eso era muy de tarde en tarde. Buen recuerdo tengo de Matilde era una muy buena persona. Me ayudó a aprender a cocinar por lo menos las cosas básicas. Ella era la directora de la Escuela Chilena, una escuela donde iban los hijos de los trabajadores porque los hijos de americanos tenían una escuela americana donde seguían el programa de su estado, todo en inglés y ¡Nada de mezclarse con indios chilenos! ¡Menos aprender el idioma!
Por lo menos una vez por semana recibía carta de mi mamá, a veces de mi papá y de tarde en tarde cuatro letras de la Pilarcita que ya estaba en la Monjas Inglesas y aprendía a escribir con la letra “picuda” — que tantos dolores de cabeza me dio—. Yo trataba de escribir lo más seguido que podía: pidiendo, siempre pidiendo datos, recetas, consejos para mejorar mi condición de dueña de casa... Siempre tuve respuesta y aproveché todo lo que no aprendí de soltera. De paso siempre mi mamá se quejaba que no le escribiera todo lo que ella hubiera querido saber. Así pasó un mes y Emilio la invitó a pasar unos días con nosotros, ella pudo dejar a las dos niñas con la niñera y se llevó a Roberto con ella. Emilio tuvo que pedir permiso para que ellos llegaran, luego Bienestar se presentó y se llevó los muebles de una habitación y montó un dormitorio con una cama para adulto y una camita para el niño. También avisaron a la barrera para que los dejara pasar y ¡Al fin llegaron! Parecía que nunca nos íbamos a separar, nos abrazábamos fuerte, muy fuerte, y Roberto saltaba y me besaba, fueron unos días inolvidables.
Emilio quiso festejar a “madre Julia” y encargó por Bienestar, tres langostas y tres patos rellenos, eso se pedía y lo compraban en un hotel de primera clase en Santiago. Fue una sorpresa, los patos eran enormes, como para unas cuatro personas cada uno, se veían muy ricos y las langostas...¡¡Llegaron vivas!! En una malla hacían fuerzas para salir, hasta que lo lograron, era de película ver tres enormes langostas correteando por la cocina y Roberto tratando de tomarlas... plop, plop, plop, hacían con las colas y el niño detrás. Roberto tenía en ese momento 2 años y se lo pasó en grande. El problema era qué hacer con los bichos.
Emilio invitó a sus amigos Manuel Vargas y señora a almorzar y entre mi mamá y yo no hacíamos ni media cocinera. Tuve que recurrir a la señora Matilde quien al ver el panorama trajo una olla enorme y la puso a hervir en la cocina a carbón, cuando el agua estaba gorgoteando tomó una langosta de las antenas y la metió en la olla, plop... plop... plop... hizo la langosta antes de quedar inerte. Cuando estaba bien colorada la sacó y me dijo: “Ahora usted toma la otra para que aprenda”. Y... ¡Aprendí! las manos me temblaban cuando la metí en el agua hirviendo y tuve que hacer potencia para soportar los últimos estertores de la langosta y que no se me arrancara de la olla, pero... en estas cosas todo está en empezar: la última... no me dio ni lástima y pude hacer lo que debía bastante bien.
El almuerzo fue un éxito, pero tuvimos un exceso de comida que nos duró varios días. Nunca creí que me podía hostigar de comer langosta, pero fue así. Claro está que pasarían décadas antes que tuviera la posibilidad de degustar otra, y... no tenía el mismo gusto.
Hacía un tiempo maravilloso, el sol lucía en todo su esplendor, parecía que hacía calorcito. Mi mamá sacó su tejido y me dijo que se pondría a tomar el sol y a tejer mientras yo afanaba en la casa... le dije que hacía frío, pero no me creyó... ¡Claro está!, salió y se tuvo que entrar entumida, entonces me creyó del frío tan grande que hacía al “solcito del invierno”.
Los Domingos había Misa en una Iglesia que quedaba bastante lejos de nuestra casa, cuesta arriba nos íbamos caminando muy despacio porque la altura nos cansaba mucho. El padre Miguel era franciscano se hizo bastante amigo nuestro y se avenía con los americanos. Era muy alto y caballeroso. Nosotros íbamos a Misa los domingos porque en la semana era imposible por el horario de Emilio. No creo que pudiéramos seguir tan cerca de la iglesia como Emilio había pensado al principio; teníamos una Biblia y... de tarde en tarde la leíamos, pero nada de lo que habíamos pensado hacer respecto a espiritualidad lo hicimos. A lo mejor estábamos muy metidos en conocernos y en adaptarnos a vivir juntos... no lo sé.
Teniendo el jardín de atrás despejado pensamos que podríamos cultivar algo... cualquier planta hubiera servido, desde acelgas a alguna hierba de olor. Entre camisa y camisa, entre comida y comida, entre escobas y paños de sacudir, traté de cavar un pedazo de tierra. ¡Vano intento! la tierra dura y estéril no quería producir nada, así es que se quedó todo el trozo tal como me lo entregaron. Creo que a los dos nos hubiera gustado tener algo de verde, ¡No sabíamos que el desierto era eso, un desierto!
A fuerza de insistir con el arroz graneado, un día, sin saber cómo, me resultó bueno: suelto y sabroso. Me sentí tan contenta como si hubiera descubierto un nuevo planeta, ya podía variar de: tallarines y papas con lo que fuera, a arroz con lo que fuera; y no es que hubiera mucho donde elegir, con lo que me mandaban me las tenía que arreglar. Mi primera pelea con la carne frita la tuve con un inmenso 7-Bone que me mandaron, ¡Era un lujo! nos tocaba uno para cada uno de nosotros y cada dos o tres meses, así es que había que aprovecharlos. Cada T-Bone pesaba, por lo menos, tres cuartos de kilo y tenía un hueso de costilla entre el lomo y el filete, cada uno de ellos me cabía justo en la sartén más grande. Debo haber estado muy desesperada para hacer algo que resultara más o menos pasable para decidirme a poner uno a freír sin ni siquiera preguntar si se hacía así... y creo que no se hacía de esa manera porque, como Emilio siempre me decía que quería la carne “bien hecha”, me quedó un poquitín quemada y seca... al presentársela al amito, con un arroz estupendo, pensé que tendría alguna palabrita para la cocinera... sí que hubo palabrita y... no se me olvidará así no más..: “mi madre sirve la carne con salsa”. ¡Demoledor!... ¡Con salsa! Yo me trabé... no era costumbre en casa de mis padres poner “salsa” sobre la comida... pero cuando fui a lavar la sartén vi que con el agua salía una cosa oscura... ¡Tate! Me dije... ¡La salsa! El siguiente 7Bone lo serví con el lavado de la sartén, más una cucharada de Maizena que le dio un toquecito de espesor, muy de Chef... Esa vez sí que asombré a Emilio que no tuvo más que decir: “Así lo hace mi madre”. Un punto para mí que me serviría toda mi vida, “Salsas” para lo que se necesite.
Yo esperaba y esperaba que me llegara la regla, yo quería un hijo, no sólo lo quería, sino que estaba desesperada por tener uno. Cada guagua que llegaba a casa de mi madre era como si fuera mío, ahora me tocaba a mi. Ya estaba casada, tenía mi casa, tenía tiempo, el trabajo de Emilio era bueno, entonces... ¿Qué más faltaba?, yo pensaba que nada, que el asunto era casarse y... que llegara un hijo, así es que, cuando me di cuenta que ese primer mes, no estaba esperando ¡¡Lloré!! Y seguí llorando y no sabía hasta cuando iba a llorar. Menos mal que en ese momento salió todo lo bueno del corazón de Emilio y me consoló... ya habría tiempo y ocasión para tener un hijo y me prometió que tendríamos todos los hijos que yo quisiera tener, así fuera una docena... parece una niñería, pero eso me confortó y me hizo esperar el futuro con más optimismo y fe en que todo saldría bien.
Una noche... empezó a temblar. Yo les he tenido siempre mucho miedo. Parece que la experiencia del terremoto de Chillán me dejó marcada para toda la vida. Emilio siempre me había dicho que él estaba acostumbrado a los temblores y que no tuviera miedo... pero esa noche en que se empezó a mover la casa entera... se le acabó la valentía y me dijo que saliera por la ventana y nos pusiéramos a salvo... todo muy claro... salvo que la ventana estaba con una malla muy apretada. Todo pasó... menos el susto y el saber reconocer que los temblores chilenos eran ¡Cosa seria!
Menos mal que Emilio tenía un par de amigos médicos que nos visitaban y nos alegraban la vida. Las relaciones sociales eran difíciles, las personas chilenas que ganaban dólares eran muy pocas; salvo los médicos no conocí a ninguna, y la ley, era LA LEY. No estaba bien visto que las personas de los campamentos tuvieran amistades fuera de ellos. Cuando nos fuimos a vivir a nuestra casa quisimos invitar a la ayudante de Laboratorio que era una persona encantadora y que le había ayudado mucho a Emilio a ubicarse. Invitamos a cenar a la pareja. Cuan sería nuestra sorpresa cuando al día siguiente el jefe de personal llamó a Emilio y le dijo que estaba prohibido que las personas del campamento americano se relacionaran con las personas del campamento chileno. ¡Cosas de campamentos! Y no sólo nos enteramos de esa discriminación, había otras como la de los derechos a ser enterrados: Los americanos tenían el derecho a ser embalsamados, puestos en una urna y enviados a USA. De allí iba bajando la categoría del difunto a urna y entierro en el campamento en tumba de cemento, o a cajón y entierro en la tierra. Nos tocó la desgracia de estar allá cuando se ahogó un muchacho hijo de un empleado cuya familia vivía en una ciudad relativamente cerca y ¡No le dejaron sacar el cuerpo para enterrarlo en su sepultura, lo dejaron en el cementerio de la mina!
Así como a mí me dejaban los huesos cada vez que pedía carne, había otras leyes que regían en las oficinas, como, por ejemplo, “la ley del chongo” que consistía en dar lápices nuevos a los empleados sólo si presentaban el resto del viejo. También los trabajadores tenían su pequeña revancha... la ley, no escrita, pero no por eso menos eficaz; en cuanto sonaba la sirena de la salida, todos, pero todos, todos, dejaban lo que estaban haciendo y salían... Ellos decían que si a un escrito le faltaba un punto, lo dejaban en el aire hasta el otro día... pequeñeces que aliviaban su vida.
En una oportunidad, Emilio y sus amigos se fueron de paseo a una ciudad, no recuerdo si sería Copiapó o Chañaral. De todas maneras, se fueron en auto y por un fin de semana. A la salida les preguntaron el día y la hora de su vuelta... pero ellos no tenían nada que ver con horarios, iban “libres”, solteros y sin compromiso. Se les fue pasando la hora de la vuelta y... se quedaron a dormir en algún pueblo, por allí.
Yo era la única que tenía un marido entre los que se iban de paseo y, cuando pasó la hora de llegada, me empecé a preocupar... Me decía: “ya llegarán” ... “no debo preocuparme... son adultos” ... Y pasaban los minutos... y las horas... Como a medianoche ya no pude más, y llamé a Bob Bardach, el jefe de personal y le dije lo que pasaba. ¡Se montó la grande! Mandaron una camioneta a recorrer el camino y buscando, buscando, los encontraron durmiendo, felices, en una pensión. En ese momento los mandaron de regreso a sus casas. Al día siguiente les tocó una llamada de atención bastante fuerte... ¡Ellos creían que podían hacer lo que querían! pero estaban equivocados. En Potrerillos había una ley y había que seguirla: “había que avisar día y hora de llegada y ¡¡Cumplirla!!”. Se había dado el caso de un grupo grande que se fue de paseo a una quebrada donde había un poco de verde y a la vuelta, el último auto se cayó a un barranco y la Compañía supo al día siguiente del accidente cuando los empleados no llegaron a sus trabajos. Sé que los encontraron, pero no supe en qué condiciones, es por eso que eran tan estrictos. Y tenían razón.
Pasado el disgusto por el atraso, Emilio sacó de su maletín un libro de cocina... lo había comprado en un pueblo por casualidad. El libro se llamaba “La cocinera a vapor”, 365 recetas de cocina para principiantes. Me vino de perillas y muchas recetas pude empezar a hacer, así Emilio estaba un poco más contento de las comidas.
Pero la compra del libro tuvo su historia: “Los amigos que iban al paseo, también querían otras “cosas” que no habían en Potrerillos o que todavía no descubrían, y esos bribones querían “embelequear” a Emilio llevándolo a una “casa de prostitución”... ¿Podría imaginarse algo más ruin?, ¡Mi marido limpio y puro como un querubín metido en esos andares!, pero él fue fuerte y se resistió... y mientras los otros se desahogaban en un prostíbulo de mala muerte, él empezó a recorrer el pueblo hasta que encontró una librería donde, además del diario, estaba el ejemplar que me sacó de tantos apuros.
En una de las visitas de los médicos jóvenes a nuestra casa, me propusieron hacer unos “riñones al jerez” (por el libro, claro está), y si ya era difícil encontrar jerez, mucho más difícil resultó conseguir los riñones... pero ellos estaban antojados y se encargaron de obtener ambas cosas. Fue una aventura para mí, que nunca había visto riñones de vacunos. Llegaron con dos enormes, yo creo que pesarían un kilo cada uno —o poco menos— y una botella de jerez. Me pidieron que los hiciera para la noche siguiente. Yo me leí atentamente la receta, no se veía difícil. Lo principal era que se desaguaran muy bien —los dejé con agua corriente toda la noche— y había que cocinarlos en el momento en que se sentaran en la mesa mientras se comían algo de entrada. Si fue sopa o verduras, da igual, el caso es que salió todo a pedir de boca. Me parecía mentira que de mi mano saliera una comida tan buena. Por otro lado, la receta decía que los riñones se sirvieran con “picatostes” ¡A saber lo que eran! Y el libro no lo decía, a media mañana llamé por teléfono a Emilio, lo saqué de su trabajo para preguntarle algo tan vulgar... me dijo que eran “pedacitos de pan fritos”. Todo salió bien y yo feliz ¡Parecía que cada día era mejor dueña de casa!
Varias cosas pasaron en mis afanes de progresar. Un día Emilio amaneció con ganas de tomarse un chocolate, “como el que hace mi madre, bien dulce y bien espeso, batido, muy bien batido”. Se fue a trabajar y yo a afanar ¿Cómo se podía hacer un chocolate así?... no se me ocurría, así es que en cuanto llegó la señora Matilde le pregunté. Ella tenía una barra de chocolate y me dijo que la derritiera, le agregara leche y la batiera con el batidor de claras. Traté de hacerlo y todo iba bien, pero... la batida no me resultaba... batía y batía y el chocolate no espesaba... ya estaba cansada y el chocolate frío y nada... hasta que me acordé de la ¡Maizena! Volví a calentar el chocolate y le puse una buena cucharada, como acto de magia ¡Espesó! Y cuando llegó Emilio tenía un precioso tazón de chocolate espesito y bien dulce... ¡Le encantó!... lo que él no supo fue que lo que quedó en la olla, al enfriarse se convirtió en flan.”¡Lo “experimento”... igual que en el fundo!”
Seguramente, en alguna reunión de empleados de la Compañía Emilio se contactó con el abogado Manuel Vargas. Se cayeron bien porque a ambos les gustaba la fotografía. Así empezó una amistad que duraría todo el tiempo que vivimos en Potrerillos. Él era casado y no tenían hijos además vivían muy cerca de nosotros así es que nos visitábamos con frecuencia. Su esposa entabló amistad conmigo, ella era muy diestra en hacer cosas ricas y me enseñó a cocinar, lo que yo agradecí mucho. En una de estas visitas Emilio le planteó la falta de cosas naturales que había en las casas, entonces Manuel nos contó que seguramente en la antigúedad habría algo más de vegetación porque en un barranco cerca del campamento había huellas de una casita y de árboles frutales, además dijo que había una vertiente de agua. ¡Qué nos han dicho! Averiguamos con el mozo dónde quedaba el sitio y un domingo ¡Partimos a descubrir lo que fuera! Caminamos cerro arriba y cerro abajo. Nos comimos las piedras: las grandes, las pequeñas y las diminutas. Menos mal que teníamos zapatones aptos para no rompernos los pies... hasta que, cuando nos sentimos perdidos, divisamos, al fondo de una quebrada, un manchón verde ¡¡Qué éxito!! Bajamos lo más rápido posible y encontramos las ruinas de una casita, los restos de un cuadrado de alfalfa, un árbol seco y ¡La vertiente con plantas y guarisapos! Realmente nos parecía mentira que metidos en ese desierto pudiera haber este oasis. Sacamos unas plantas acuáticas y en un frasco los guarisapos que se pusieron a mano, ¡Hermosos! ¡Qué vista, el desierto adornado con verde! Pero no pudimos quedarnos más... había que volver a casa. Otra vez mordimos las mismas piedras, cerro arriba y cerro abajo hasta que las chimeneas de la mina nos mostraron donde quedaba el campamento. Llegamos cansados, pero contentos a poner nuestros hallazgos en agua para que no se murieran. Al otro día el mozo nos ofreció hacer él y un amigo una pileta en el jardín de adelante. No se demoraron nada en hacerla, muy bien hecha de cemento con su cañería para llenarla de agua y en cuanto se secó, plantamos las hierbas acuáticas que trajimos y los guarisapos se aclimataron muy bien. El problema era la alimentación porque en el campamento había pocas moscas. Por más que les pusimos cáscaras de plátanos, nunca había suficientes moscas para todos. Entonces Emilio tuvo la brillante idea de darles carne molida: con un palillo les balanceaba un poquito de carne y, como si fuera una mosca borracha, la hacía “volar” cerca de la superficie, hasta que un guarisapo con más hambre que otro... o más listo, abrió la boca y se lo tragó... Lentamente empezaron los otros a alimentarse así... pasaron los días... A los guarisapos les empezaron a salir las patas y a encoger la cola y un día nos vimos con la pileta con sapitos de cuatro ojos que conocían la llegada de Emilio por los pasos y se salían del agua para darse el atracón de carne. Llegó a ser tanta la atracción que ejercía que se le subían a la mano y él decía que le daban besitos porque se los acercaba a la cara y no lo rechazaban.
Así fueron pasando los días... yo con el ojo puesto en el calendario... no es que fuera muy puntual en mis reglas, pero por lo menos guiarme por algo... hice bien porque ese mes, junio, no me vino... Todos los días esperaba... hasta que, cuando llevaba unos quince días de retraso y se me revolvió el estómago con los huevos revueltos del desayuno de Emilio, supe que por fin estaba esperando un hijo... ¡Qué felicidad más grande! Se lo dije al “padre” y también fue feliz... parecía que ese momento no iba a llegar nunca, pero llegó. El embarazo del primer hijo es lo más importante en la vida de una mujer y para mí fue importantísimo. Lo más que deseaba era tener una guagua en mis brazos... aunque tuviera que esperar nueve meses. ¡Qué alegría! Todo lo que me pasaba era nuevo, todo único ¡¡Qué amor más grande por esa cosita que se estaba desarrollando en mí!! ¡Me sentía co-creadora con Dios!, nada importaba tanto, ni mareos, ni vómitos, ni insomnio; nada de lo que hacía me parecía mucho cada vez hacía más cosas, cada vez estaba más interesada en saber.
Mi mamá se puso muy contenta cuando se lo dije ¡Era el primer nieto!
Mi suegra se puso feliz porque si era hombre sería el primer nieto con el apellido Valle, las otras que tenía eran mujeres (eso para ellos era importante). Yo le escribía a mi mamá muy seguido y le pedía consejos... ella me contestaba según su experiencia, como cuando empecé a vomitar y no me daba cuenta de que me estaba alimentando mal. Ella me dio el consejo del siglo, ese consejo se lo he dado a todas las embarazadas que se quejan de lo mismo: “Coma poco, seguido y ¡Cosas fáciles de vomitar!”
Yo calculé que tenía unos tres meses de embarazo cuando Emilio me comentó que el médico director del hospital había sabido que esperábamos un hijo y que me mandaba decir que lo fuera a ver para poder controlarme. Así lo hice, aunque mejor hubiera sido que no fuera nunca... ¡Qué mal lo pasé! Lo primero... tenía unas manos enormes... lo segundo... tenía los ojos desviados. Yo, en el potro de tormentos, y él con los ojos vagando; la mano... no la vi... ¡La sentí! Violando un espacio no apto para esas manos... ¡Qué mala cosa! Lo único que me salvó era que sí, que estaba embarazada de tres meses y ambos, sanitos.
Emilio tenía un libro de Embriología ilustrada donde salía todo lo que yo quería saber de mi hijo, seguí paso a paso las figuras de cuatro semanas, de cinco, de seis... hasta que llegó el momento de dar a luz. Fue de mucha ayuda y un motivo de alegría ver cómo iba creciendo mi hijo.
En el control siguiente me notó que estaba ojerosa, me preguntó lo que me pasaba y yo le dije que no dormía, que de noche me ponía a hacer cosas y que un ratito por la mañana me dormía, él me dijo que eso no podía ser y me dio tres cápsulas para tres noches y que volviera, ¡A saber lo que era, porque dormí una noche un día y otra noche! Emilio tuvo que irse a comer al Cooper Club y la casa... se aguantó sin mí. El tratamiento me hizo bien, después me dejó una pastilla todas las noches... ¡Y hasta hoy!
Pasaron los días en que teníamos que pagar los pasajes en avión y quedamos al día en cuentas, entonces Emilio decidió que necesitaba un microscopio bueno para hacer sus exámenes. Por catálogo compramos un Leitz último modelo... ¡Qué maravilla! ¡Cómo se veía y qué diferencia con el que tenía en el laboratorio! También pude ir a Santiago a ver a mi gente y a buscar más cosas para el laboratorio. ¡Me encantó volver a ver a mis padres! El mismo día que llegué fui al colegio a buscar a la Pilar y la saqué de clases para estar con ella los días que habría de estar en Santiago... menos mal que las monjas no tuvieron inconveniente y “me la prestaron”. Ella era buena alumna y se merecía estar conmigo unos días... ¡Qué cosas, después de todo lo que las hice rabiar ahora me entregaban a mi hermana chica para regalonearla! Fueron unos días felices... buscamos géneros con mi mamá y lanas para tejerle a la guagua, ella se encargó de las lanas porque los chalequitos a mi me seguían quedando deformes ¡Poco prolija! me decía mi mamá... pero para pañales me llevé una pieza de lienzo fino, moletón para mantillas y batista de hilo para camisitas, también piqué para hacer baberos... ¡Las patitas mías! ¡Si no tenía ni máquina de coser! Pero estaba segura de que la tendría y no sabía si volvería a Santiago.
Ya ni me importaba volar en esos aviones de juguete. Se me pasó totalmente el miedo y me parecía hasta divertido ver cómo subían los cerros y los bajaban como si fueran autos poniendo los cambios.
Me pude llevar todo lo que quise... no me pusieron ninguna traba y... hasta encontré lo que Emilio quería ¿Qué más podía desear?
Afortunadamente hubo una venta de unos americanos que iban de vacaciones a USA y pude comprar una maquinita de coser Singer chica. Parecía de casa de muñecas. Con ella y con los apuntes que me dio mi mamá pude empezar a coser... no es que fuera muy diestra, pero... los pañales ¡Me quedaron cuadrados! Los baberos fueron una fiesta... no me resultaban... tuve que recurrir a la señora Matilde que me explicó cómo se hacían... y luego las camisas ¡Eran como de muñecas! Las primeras cosas que hice no me quedaron muy bien, poco a poco y a fuerza de estropear género me fueron quedando un poco mejor hasta tener un ajuar bastante pasable.
Mucho me habían hablado de los “antojos” de las mujeres embarazadas... yo me sentía rara por no tenerlos. Todo me daba asco, hasta que una tarde me dieron unos deseos irresistibles de comer piña en conserva... por más que le daba vueltas al asunto no se me pasaban las ganas... piña... PIÑA... PITIÑAAA, hasta que no pude más y abrí una lata que tenía... Me dije: “¡Una rodaja!”... y me la comí... luego ni supe como tenía la otra ensartada en un tenedor... y otra... y otra... y ¡Hasta terminar la lata! Si fue antojo o tontería mía ¡Da lo mismo porque no volví nunca más a sentir la NECESIDAD de comer algo!
Menos mal que no se me notaba nada mi guatita, y el día de la Independencia de los Estados Unidos me pude poner el mismo vertido con el que me casé... me veía muy bien... así partimos los dos a la fiesta oficial del campamento. No me hubiera imaginado nunca la tal fiestecita... todas las mujeres con trajes largos, joyas, abrigos de pieles, tacos altísimos. Eso serían las mujeres, porque los hombres, todos con esmoquin, lavados y planchados, elegantísimos. La fiesta en sí... fue algo terriblemente alcoholizada... “Órgia y desénfreno” —como se diría más tarde—. Todo empezó con un trago de whisky con frutas y hielo... ¡En vaso de coñac! (Old fashion lo llamaban, y era una bomba). Lo peor era que habían calculado que cada persona se tomaría siete vasos del brebaje... ¡Con una quedamos listos! y después venía una cena muy rica: jamón asado con una mermelada de un fruto seco rojo, un poco ácido y muy agradable. Debe haber habido otras cosas que ya no recuerdo, lo que sí me acuerdo es que estaba regado con champagne ¡Era primera vez que veía una cena con esa bebida! Después de los postres empezaron a circular botellas y más botellas de whisky y los comensales empezaron a tomar y a tomar hasta caer en la inconsciencia al amanecer. Nosotros no pudimos resistir e inmediatamente después de cenar nos fuimos... afirmándonos llegamos a casa... Emilio se juraba no volver a tomar nunca más... ¡El pobre se lo pasó muy mal! Y la mañana siguiente fue un desastre. Claro está que él no tenía costumbre de tomar alcohol y se sintió mal todo el fin de semana. Buen cuidado tuvimos en las fiestas siguientes para ser muy moderados en lo que tomábamos.
Cada tanto tiempo los médicos y sus esposas nos juntábamos para almorzar o cenar en el Copper Club. Era un momento de camaradería donde se contaban historias, cuentos y muchos chistes, además de las últimas copuchas del hospital. En una de las oportunidades, mientras se aleonaban los médicos adjudicándose distintas enfermeras, Emilio con toda su inocencia dijo: “De todas las muchachas que hay, la más vistosa y buena moza es la Negra Fernández”. Se hizo un silencio denso, el ambiente se podía cortar con un cuchillo... nadie hablaba... no sabíamos lo que pasaba... hasta que el director cambió el tema y el ambiente se distendió. Días más tarde uno de los amigos nuestros nos dijo que habíamos metido la pata con el asuntito de la Negra Fernández porque era la amante oficial y reconocida de un médico y que él era muy celoso. ¡Qué sabría Emilio de esas tonterías! En fin, ese era el mal ambiente que había en el hospital. Pero ese asunto no quedó allí porque alguien... quién sabe quién... le pasó el dato a la Negra y ella no encontró nada más adecuado que ir al laboratorio e interesarse por el trabajo... Emilio feliz de enseñar a alguien un poco de lo que él sabía, y le empezó a enseñar a mirar por el microscopio. Un día me lo contó y me dijo que no sabía por qué la Negra se le acercaba tanto en la banqueta... como si no viera bien... ¡OJO! le dije, la Negra lo que está buscando no es el microscopio sino ¡Un canarito que está volando bajo y que ella cree que está a su alcance! Parece que no sabe que el canarito tiene dueña. Se anduvo espantando de mis malos pensamientos, pero no faltó quién se lo hiciera ver y... ¿Cómo se la sacudió? No lo sé, pero no volvió a tratar de mirar por el microscopio “aperradita” al canarito.
Mientras tanto yo seguía tratando de mejorar en la casa, por lo menos gracias a mi mamá que me mandaba recetas y a la señora Matilde que me introducía en el mundo doméstico. Entre las cosas que más me sirvieron fue el saber cocinar en la altura, usar la olla a presión y la juguera. Sin ellas yo no era nadie y las cosas empezaron a mejorar. Tratamos de contratar a una empleada por unas horas para que hiciera un buen aseo, pero no lo logramos, así que tuve que asumir que mi papel era el de todo servicio y que lo tenía que hacer por gusto mío y no para dar gusto a Emilio, me costó, pero creo que valió la pena, cada día estábamos más unidos y más contentos con el hijo que venía.
En una ida a Santiago me mandé a hacer unos pantalones prenatales y también una falda elegante para las fiestas que vendrían, me quedaron bien y me sirvieron mucho porque desde los tres meses empecé a tener la figura clásica de la embarazada y yo ¡Feliz con mi guatita! La lucía como la cosa más linda ¡Qué pena que no tenga ninguna foto luciendo mi panza! En ese tiempo no se usaba fotografiar a las futuras madres. Mi mamá estaba como máquina tejiendo chalequitos de a tres tamaños, ella decía que los hacía así para que no “pareciera guacho”, los estaba haciendo blancos, celestes y rosados (por si era niña) ¡No se me había pasado por la mente poder tener una niña! ¡Qué cosas!
Un día, Emilio rompió un acuerdo de no hacer exámenes a gente de fuera del campamento y le hizo una glicemia a una pobre gorda de Pueblo Hundido que era diabética y que estaba en apuros. No se lo cobró, pero ella fue una mujer agradecida y nos pagó en “crudo” con frutas y verduras de su casa. Con alegría recibimos tunas, uvas, algún pollito y huevos, también, lechugas y acelgas ¡¡Un lujo!! ¡Qué cosa más rica tener algo fresco! Y lo iba a dejar directamente a la casa, para no complicar a Emilio. Hice una buena amistad con ella durante el tiempo que estuvimos “tras la cortina de cobre”.
Cuando tuve cuatro meses de embarazo, una noche sentí un toque en mi vientre, como si estuvieran llamando a la puerta, me extrañé porque no lo esperaba hasta algunos días más tarde... esperé un poco y ¡Otra vez! Llamé a Emilio para que lo pudiera sentir y después de un rato ¡Lo sintió! ¡Qué emoción, era su hijo que lo llamaba!, casi casi lloramos los dos, porque una cosa es saber que viene un hijo y otra muy distinta es sentirlo. Sabíamos cómo era porque el libro lo mostraba, ya parecía que lo íbamos a tener en brazos.
Después de la experiencia de los riñones al jerez, los amigos médicos empezaron a pedir sus “caprichos” algunos eran culinarios... otras veces me pedían “a mi” que les planchara los pantalones porque se iban “de caza”. Me daba mucha risa porque si había alguien ignorante en planchar era yo. De todas maneras, lo intentaba y a veces me salían con varias rayas. A pesar de ponerle bastante empeño, a ellos no les importaba y por lo visto a las niñas tampoco. Creo que a fuerza de planchar y planchar pantalones con un pañito mojado, fue que me empezaron a quedar mejores los de Emilio. Fui progresando en los trabajos de la casa, lento pero seguro y con bastante optimismo porque ahora yo estaba en una situación en la que pisaba fuerte, de embarazos y de guaguas yo algo sabía más que Emilio, por lo menos tenía la experiencia de haber acompañado a mi mamá en sus últimos tres niños, y mal que mal esas cosas se van sabiendo, aunque sea por experiencia ajena.
>
En las ventas de los americanos aprovechamos de comprar una cuna de madera muy sólida y grande, un corral de madera con piso, plegable y un baño portátil de tela para bañar al pequeño, ya casi teníamos todo lo necesario, pero siempre queríamos tener alguna cosa más. Lo que me tenía muy embromada era tener que lavar a mano toda la ropa de la casa. A pesar de las instrucciones del mozo y de haber comprado jabón de lavar y una estupenda escobilla, la postura, de rodillas en la tina de baño me cansaba mucho... Nunca me pude acostumbrar a lavar en la pileta del subterráneo porque era un sitio oscuro y no podía lavar bien. De todas maneras, ponía mi torta de discos y le daba y le daba a la escobilla. Prefería lavar más ropa con tal de que no
se ensuciara mucho. Fue en ese tiempo cuando la señora diabética me trajo un montón de acelgas y Emilio me dijo que su madre las guisaba con ajos crudos. Yo nunca había comido ajos porque en casa de mi madre no se usaban. Para darle un gusto me conseguí unos con la vecina y preparé las acelgas. No puedo decir que no me gustaran, la verdad es que estaban muy ricas y fueron celebradas... también aproveché la inspiración y aliñé la carne con los ajos que me quedaron... también quedó rico... el único problema fue cuando me puse a lavar las camisas y las sábanas. ¡Me llegó un tufo a ajos digeridos que me produjeron náuseas!¡¡Se acabaron los ajos como “en casa de mi madre”!!
Por orden del médico salíamos a caminar por las tardes, cerca de la casa, por la calle del gerente donde había un pino, el único pino del campamento. Otras veces llegábamos al pequeño comercio que había un poco lejos de nosotros. Allí conocimos a don Juan B. Araya. Él tenía un almacén y criaba canarios. Una vez nos mostró uno muy bonito amarillo con un copete verde. Dijo que era fino y que lo vendía, lo dejamos comprometido y en una ida a Santiago se lo llevé a mi mamá. El canario se llamó don Juan Baraya y cantaba bastante bien, pero de fino no tenía mucho... Tiempo más tarde mi mamá quiso emparejarlo y casi mató a la hembra a picotazos, él se miraba bien con otros machitos que había en una jaula vecina y mi mamá decía: “habrase visto don Juan, tan bonito y tan marica” y nunca pudo tener crías de él... murió víctima de un peuco y mi mamá lo lloró.
Mi guatita crecía, el niño pateaba que era un gusto, nosotros felices, el tiempo entibiando un poquito. A fines de octubre decidimos empezar a pintar la división del patio trasero que era de latas. Compramos una pintura verde y empezamos la faena, después de una mano se veía bastante bien, le daba el toque de verde que necesitábamos. En eso estábamos cuando se nos acercó uno de los médicos a decirnos que si no pensábamos ir al baile de disfraces de la compañía, que era obligatorio y que había que ponerse un disfraz. Nosotros no teníamos ni idea que fuera tan obligatorio y no nos apetecía nada ir, pero ante la insistencia, tomamos una escalera y nos fuimos al baile tal como estábamos, nos agregamos un par de brochazos extra y otros por la cara y partimos hasta con el cubo de la pintura. Fuimos muy celebrados y nos dieron una mención por “originales”. Buen cuidado tuvimos esta vez de no tomar muchos tragos y nos volvimos tempranito a casa... total era un aburrimiento ver a tanta gente que tomaba sin medida.
Muy cerca de nosotros vivía una pareja: él, teniente de carabineros, “el teniente Salas” y ella, Náyade, una rubia muy coqueta y buena moza. Tenían un niño pequeño. A lo mejor por ser teniente no hubo problemas en que nos visitáramos y empezamos una amistad que duró bastante. En esas largas tardes en las que Emilio trabajaba sin parar, y una vez terminadas las faenas de limpieza, nos reuníamos simplemente a “copuchar”; no era ella una persona muy culta, pero de “copuchas” estaba al día. Podría pasar toda una tarde contándome todo lo que pasaba en el campamento y ni se arrugaba. Yo de puro aburrida la oía sin saber ni de quién se trataba. Una tarde llegó por la puerta de atrás y me dijo que me tenía que contar algo... yo estaba a punto de ir al baño, pero le dije que si era corto, bien, pero si era más largo, que pasara y me esperara... no, no era muy largo y empezó un rollo tremendo... me empezaron unas ganas terribles de ir al baño... pero ella seguía y seguía parloteando sin parar. Mis tripas no pudieron más y empezaron a evacuar sin que yo pudiera hacer nada para impedirlo... una cosita caliente y hedionda me empezó a bajar por los pantalones y... bajaba y bajaba sin parar. Me empapó la ropa... y las medias... y los zapatos... y doña Náyade seguía con su cuento... hasta que no pude más y le dije que estaba toda cagada y que me tenía que ir a lavar. Recién se dio por aludida y riéndose se fue y yo tuve que lavar todo lo que había ensuciado. ¡Qué impotencia! ¡Qué vergijenza! ¡Qué asco de mí misma! Nunca me había pasado algo parecido en toda mi vida de adulta.
De todas maneras, la amistad siguió y en una oportunidad un ingeniero convidó a Emilio a cazar guanacos a la Ola. Un lago precioso de donde captaban el agua para el campamento. A cazar iban...pero Emilio no tenía escopeta, allí salió la amistad y el teniente Salas le prestó ¡¡Un fusil!! No sé si sería de reglamento o personal, pero fusil era. Se fueron por la mañana muy temprano y por la tarde llegaron... sin guanacos ni caza ninguna, pero Emilio traía un enorme salmón que había “cazado” de un tiro de fusil ¡¡Asombro general!! Pero no se podía decir muy fuerte porque esos salmones eran algo muy especial: los norteamericanos los habían sembrado en esas aguas para ir a “pescarlos” en ocasiones muy especiales. Me lucí con el salmón, recordando las pocas veces que habíamos pescado en el fundo. Fui capaz de limpiarlo y de cocinarlo. No es que fuera mucha gracia porque el animal era tan exquisito que no necesitaba mucho para quedar impresionantemente bueno. Tenía un gusto que no he vuelto a paladear, a salmón con langosta. Nuestros amigos médicos lo celebraron mucho y se rieron todo lo que quisieron de Emilio y su caza. Él decía que estaba en una piedra sacando fotos cuando vio pasar una enorme sombra por el agua, sin ni pensar dejó la cámara y tomó el fusil, le apuntó y ¡Fuego! Siempre había tenido buena puntería, pero esto fue un récord.
El ingeniero que llevó a Emilio a la Ola estaba casado con la Jueza de Potrerillos, era una pareja muy agradable pero dispar: él, delgado, alto, seco, denotaba poder. Ella, gordita, simpática, dicharachera, cálida, daba confianza... Un tiempo más tarde ella quedó embarazada y... empezaron los problemas de nuestro amigo. Durante todo el embarazo de ella, él tuvo los más malos síntomas que pueda uno imaginar... todo le caía mal... los vómitos... las jaquecas... los antojos... las penas... las lágrimas... los sentimientos... todo le pasó a él y fue tanto que lo tuvieron que mandar en comisión de servicio a otra parte porque se consumió... y ella, tan oronda, no le pasó nada y a su tiempo tuvo ¡¡Mellizos!!
Después del éxito de la caza, Emilio se entusiasmó con su puntería, no sé quién le prestó un rifle con el que empezó a cazar gatos, de los que vagaban por el campamento sin dueño conocido y que no dejaban dormir por las noches con sus maullidos. ¡Buena puntería la del caballero! Y para que sirvieran de algo, empezó a enterrarlos en nuestra “huerta” y en el jardín de adelante. Lentamente, las tumbas de los gatos empezaron a fertilizar la tierra y más tarde pudimos sembrar algunas flores. Pero había otro problema en cuanto a ruidos molestos: al costado de las casas, la compañía había dispuesto unos tambores con tapa que servían para poner la basura hasta que pasara el camión a retirarla... pues, desde tiempos inmemoriales, había burros sueltos vagando por el campamento. Burros que se paseaban, rebuznaban y correteaban por todas partes. Decía la gente que eran un monumento a los antiguos mineros que sacaban el mineral a fuerza de burros y que nadie los podía tocar. Claro que mientras sólo se pasearan, no había problemas; el asunto era que levantaban las tapas de los tambores para comerse todo lo que hubiera en ellos y hacían sonar las tapas que resonaban por las noches como si fueran una orquesta de percusión mal afinada ¡Insoportables!... Entonces, en medio de la desesperación, Emilio me dijo que él mataría al burro de turno y... ¡Que lo enterraría en la huerta! Casi me da algo...ya me veía enterrando el tremendo bicho, por la noche, sin que nadie se diera cuenta... menos mal que el asuntito quedó así y no hubo masacre.
Emilio se encantó con la “Casa Forestier” de Santiago que le había mandado el microscopio y dentro de su catálogo ofrecía una máquina fotográfica “Leica” muy buena... No nos demoramos mucho en encargarla y en empezar a sacar fotos. Menos mal que Manuel Vargas se encargó de enseñarle a Emilio a desarrollar y copiar fotos en blanco y negro. Pasaban los fines de semana metidos haciendo experimentos mientras yo intercambiaba otras experiencias con Elena, su esposa. También yo aprendí un poquito a usarla y en una ida a Santiago me la llevé para sacar fotos a mis hermanos y a mis padres. Algunas fotos saqué, entre ellas unas muy bonitas a mi mamá —que está riéndose— y a la Pilar posando de “niña Hamilton” con un ramo de flores en su falda. A Roberto, haciendo equilibrios en una ventana..., en fin, cosillas con las que me “levantaba el tarro”, posando de mujer adulta... Pero todo tiene su principio y ¡Su fin! De tanto moverme para sacar lo mejor que yo sabía... ¡Tropecé y le di un golpecito a la máquina! ... yo creí que ni se notaría, pero ¡Se notó!... fue la última vez que tomé una máquina Leica de Emilio en mis manos. ¡¡¡Qué tropezón más caro!!!
En ese viaje aproveché de comprar un par de metros de gratiné porque no tenía manteles para la mesa, —que era cuadrada— y el marido de la señora Matilde me había ofrecido bordarme, en punto de cruz, dos manteles. Él era noruego y ellos bordaban en las noches de su largo invierno. Me hizo dos lindos manteles uno en rojo y negro y el otro en verde y negro. Mi mesa se veía de lo más linda, parecía que la comida también me estaba quedando mejor.
Mi guatita crecía y crecía, mi niño cada vez parecía más un niño (por lo menos según las láminas del libro de Embriología). Yo me sentía cada vez mejor y más animada, la vida me estaba cambiando, esa vida que estaba desarrollándose en mí, me estaba dando más vida, mejor humor, más ganas de hacer todo. Un día nos avisó Chita Duhart, mi amiga de toda la vida, que nos venía a visitar ¡Qué alegría más grande! ¡Qué cantidad de cosas hicimos! ¡Todo lo que hablamos! ¡Toda la música que oímos! La torta de discos se daba vueltas y vueltas y nosotros seguíamos habla que habla. Los días eran los más largos del año, estábamos cerca de Navidad, era nuestra primera Navidad y por lo tanto nos esmeramos en hacer un Belén muy especial: un Belén de desierto, con montañas piedras y tunas —que hizo milio con pepas de zapallo — Muy ingenioso todo lo que hizo y le quedó muy lindo, lo armamos en el hall de la casa en un sitio destacado. Como no teníamos las figuras tradicionales, pusimos un Niño con un ángel que yo tenía desde chica y el resto fue todo fantasía nortina.
Cuando fui a Santiago mi papá me regaló un montón de figuritas de greda para regalar a las personas del campamento. Allá se acostumbraba a salir y hacer pequeños regalos y de paso tomarse un traguito y unas galletas. Unos días antes de Navidad salimos las dos a “recorrer” el campamento, desde la casa de la Gerencia hasta la nuestra, que era la última. ¡Lo pasamos muy bien! Nuestros regalos fueron muy celebrados y en cada casa un poquito de trago y unas galletas... ¡Cómo llegamos a casa, ni supimos cómo! Pero llegamos. En la Nochebuena fuimos a Misa de medianoche y ¡Estaba todo el campamento...fueran o no fueran católicos! ¡Todo el mundo bastante mareado y muy devotos, todos rezaban, comulgaron todos y se conmovieron! ¡¡ERA NAVIDAD!!
Después del acontecimiento navideño tuve control médico. El verano se hacía notar, no por el calor, sino por los días tan despejados y llenos de sol ¡Qué lindos se veían los cerros de piedra cambiando de color a cada hora del día! Al médico le insinué que si podría irme al fundo de vacaciones... que siempre lo había hecho... que Emilio me había prometido que iría todos los años... que me hacía falta ver verde... y ver a mi familia... Tanto le insistí que me dio permiso con varias condiciones: que viajara en avión... que me cuidara... que no anduviera a caballo... que no engordara... yo prometí todo lo que quise y me comprometí a obedecer. Así fue como después de la visita de Chita empecé a arreglar mis vacaciones. Emilio quedó de ir a hacer sus comidas al Copper Club y Pablo, el mozo, le haría el aseo. Una maleta chica para que no hiciera fuerzas y ¡¡¡Lísta para viajar a mi fundo tan querido y tan añorado!!! No hubo problemas con el viaje PotrerillosSantiago. De Cerrillos me fui a casa de mi mamá y al día siguiente tomé un avión a Chillán. Supongo que alguno de mis hermanos me llevaría y me traería, pero no lo recuerdo. Sólo me acuerdo de la alegría tan grande que tenía al empezar a vivir mis vacaciones.
Llegué a Chillán y en el aeropuerto estaba mi papá esperándome con su cara llena de alegría, de esa risa que poco prodigaba. Él feliz y yo...feliz también ¿Qué más podíamos pedir? Hasta aquí todo estaba bien o muy bien... El asunto se empeoró cuando salimos en la “burra” de la ciudad... El camino lo estaban arreglando, le estaban haciendo una “cama” de piedras y por lo visto la aplanaban con los vehículos que iban pasando...¡¡Nunca me imaginé que nos zamarreáramos tanto!! Esto no estaba dentro de las cosas que me había prohibido el médico y no teníamos otra manera de salir, así es que ¡¡Adelante!! Y salimos adelante, llegamos a San Carlos y en la quinta del papá descansamos un poco, seguramente él tendría cosas que hacer en el pueblo y las hizo mientras yo me tomaba algo y me tendía...para hacer como si lo necesitara. Muy pronto me fui de palique con la Peta y empezamos a recoger brevas para mi mamá que le encantan. Me sentía muy bien y mi chiquillo se portaba muy bien nadando en mi vientre que ya estaba grandecito.
Llegó el momento de partir, tomamos el camino a la montaña que estaba recién ripiado y suavecito. Yo no quería perderme nada y abría los ojos como platos. Pasamos Tres Esquinas y tomamos por el camino a Zemita. Ya todo era conocido para mi, parecía que hacía mil años que había pasado por estos parajes: Las Casas, La Iglesia, La Cuesta Blanca, los aromos, los pinos, los pinos guachos, El Palo, las cuestas, Los Pitíos...y, allá al fondo...¡¡¡ EL DURAZNO!!! Se me llenaron los ojos de lágrimas... ¡El fundo! ¡Qué amor tan grande por esas tierras! Y seguíamos subiendo y subiendo por la precordillera, los lindos potreros verdes de trigo y los sembrados de pasto para los animales. Las vacas, los caballos y al fondo “Los Zorrinos”, a un lado el volcán Chillán, al otro el Longaví... Pasamos por los Castaños —3ardín de nuestra infancia—, por las bodegas y... seguimos por los Quillayes, luego por la Piedra...y un poco más allá, el río... Después de una oscura cuesta... la casa del Naranjo y corriendo los niños —mis hermanos—, a nuestro encuentro... Y mi mamá con los brazos abiertos me abrazó...¡Qué alegría más grande!, parece que otra vez era niña y no una futura madre.
Esa noche dormí en MI cama, en MI pieza, sintiendo Mi puelche, oyendo Mi río, oliendo Mi frazada de lana hilada en el fundo todavía con olor a oveja ¡Qué buena noche pasé! ¡Qué buenos días pasé! El sitio donde están los manzanos estaba entrebolado, verde como un paño. Allí nos fuimos con los niños y nos revolcamos en verde y olores... tanto verde y tanto olor me produjo un verdadero mareo de verde... y los perales... y la huerta... todo, todo estaba allí para nosotros, pero en especial para mí que me apetecían todas las cosas que había: frutas y verduras no me saciaban. Al principio me comí un plato de ensalada de tomates y pepinos con cuidado porque mi mamá me dijo que hinchaban. Cuando vi que no me hacía nada fui cada vez comiendo más y más hasta que me servía un lavatorio de ensalada y... me lo gozaba. El río ¡Qué lindo es el río Perquilauquén en la cordillera! donde se precipita con las ansias de un animal joven, canta y resuena todo el día y por las noches arrulla el dormir. Íbamos todos los días a bañarnos, a todos nos gustaba nadar y chacotear, los niños y los grandes, y creo que el más contento de todos era el chiquillo que llevaba en mi. Yo me sentía ingrávida y feliz, pasaba largos ratos en el agua y después al sol, calentándome en las enormes piedras recalentadas por el sol y que tenían un olor especial. Religiosamente, todas las tardes salíamos a caminar, ya fuera por el Potrerillo hasta Las Playitas o por el camino a La Piedra. No nos podía faltar la caminata durante la cual, no sólo íbamos caminando, sino hablando de mil cosas y con los niños buscando insectos para la colección. Muchas veces, en las noches sin luna salíamos a ver las estrellas y cuando hacía calor ¡Las luciérnagas! que, igual a cuando yo era niña las poníamos enredadas en el pelo y en la ropa ¡Qué lindas nos veíamos! ¡Parecíamos hadas! —yo un hada bastante guatoncita, pero hada, al fin y al cabo— y...el silencio de la noche sólo turbado por el canto de un chuncho. La mamá nos contaba que en los campos dicen:
Un chuncho canta Un indio muere No será cierto Pero así sucede
Muchos dichos tenía ella para distintos momentos o circunstancias, a veces veíamos la luna con un halo y ella decía:
Circulo en la luna, novedad ninguna. Circulo en el sol, calamidad o temblor
Yo estaba feliz, me sentía muy bien y era ágil a pesar de la panza. Mi mamá se asombraba que estuviera así de bien, parece que mi estado natural era estar embarazada... ¡Qué feliz era! Y el niño también estaba feliz, se movía como un terremoto. Por las noche se daba vueltas entero y me metía el codo en el ombligo... ¡Me hacía mucha gracia sentirlo!
La señora Leonides era muy cariñosa conmigo, siempre que iba a su casa me hacía una estupenda tortilla al rescoldo y la acompañaba con un pebre bien cargadito al ají o con huevos revueltos picantes, hechos en grasa del animal que hubiera muerto, a veces era cabra otras ovejas y muy al principio del año... de chancho. De todas maneras, indudablemente era una ¡¡Bomba!! Pero yo era a prueba de bombas y nada me caía mal.
Tiempo de verano, tiempo de mermeladas, de conservas, de chuchoca, de mote, todo lo hacíamos para pasar un invierno bien aperados. Ya se encargaría mi mamá de hacerme llegar todo lo que hiciera falta y ¡Qué ricas se sentían en Potrerillos las cosas del fundo!
Lo que no faltaba era un cabrito semanal, lo comíamos enterito, ya fuera en cazuela los trozos con más huesos como el espinazo; las paletas estofadas y las piernas, muchas veces, se asaban. Claro que si nos daba por hacer un paseo al río nos llevábamos medio cabrito para hacerlo al palo. Don Rosa, el hortelano marido de la señora Leonides, era un experto en asados. Se daba el tiempo de hacerlo en las brasas despacito para que se asara bien y lo iba salpicando de aliños con una rama de hierbas de olor. Cuando se estaba tostando le ponía una capa de harina tostada y quedaba ¡Maravilloso!, crujiente y sabroso. Nos peleábamos las costillas para chuparlas y ensuciarnos toda la cara... todos, grandes y chicos, disfrutábamos de esos paseos.
Y... no hay principio sin final... Llegó una carta de Emilio pidiéndome que me cuidara y que llevara algunas semillas para sembrar en nuestro huerto. Tuve una idea genial... si las lombrices fabrican tierra buena ¿Porqué no podía llevar una caja con ellas para que arreglaran la tierra en casa? Y sin más le pedí a don Rosa que me sacara las más gordas lombrices del huerto para llevarlas... También quise llevar grillos, a ver si cantaban y me recordaban el campo... además de las semillas de acelgas, lechugas y de Cosmos unas flores que son casi silvestres y se dan en todas partes.
No puedo decir que me fui feliz, no. Me fui con la pena que siempre siento cuando me voy del fundo. Es una pena honda, y cada vez mayor...pero me tenía que ir. Mis vacaciones habían terminado, tenía que ver a mi marido y preparar el nacimiento de mi hijo. Me despedí como siempre de todas las cosas lindas que hay allá, además de mi mamá y mis hermanos chicos... ¡Adiós, adiós! ¡Hasta pronto!, pero... ¡Volveré!... Porque Emilio me había prometido que de donde estuviéramos siempre volvería al fundo.
Buen viaje de vuelta... ¡Qué gusto volver a ver a Emilio y ver mi casa que estaba impecable! Todos los abrazos y besos que teníamos guardados los entregamos en ese momento. Sentimientos encontrados, sentimientos duplicados. Esa era mi vida...pero también la vida en el fundo era mía, y eso fue siempre así. Emilio lo comprendió porque él también estaba enamorado de esas tierras y nos prometimos volver juntos el año próximo y todos los siguientes de nuestra vida...y casi lo cumplimos.
Cuando fui a control con el doctor Campino me felicitó por lo bien que estaba, el niño también estaba muy bien, lo único que no le gustó fue que había engordado mucho, por lo que me fijó un régimen bastante estricto y me quitó la sal. Sin sal no tenía ganas de comer, así fue como me mantuve, además de dejar de fumar. ¡Lo que me costó!, pero por la salud del niño lo dejé.
A pocos días de llegar hubo un temblor bastante fuerte... hice poderíos por no desmayarme y me quedé acurrucada en el patio esperando el fin de la vida... ¡Qué miedo! Pero Emilio que sabía de mis pánicos llegó ligerito en la ambulancia a socorrerme. Fue mi primer logro para sobreponerme al miedo.
Tenía fecha de término el 19 de Marzo. Los días pasaban bastante más rápido de lo que pensábamos y nos empezamos a preocupar del nombre que le pondríamos a la criatura. Emilio no quería tener un “Emilito”, ya bastante tenía con haber cargado toda su vida con ese nombrete. Como era el primer nieto Valle que nacería nos parecía lógico que llevara el nombre de su abuelo, así es que decidimos ponerle un nombre compuesto. Como el 19 de Marzo es San José, pensamos en José Emilio o Emilio José y, si acaso era mujer, por lo menos a mí me gustaba Alejandra. Emilio no dijo nada, de todas maneras me parecía imposible que yo pudiera tener una niña mujer ¿Porqué? no lo sé.
Yo soñaba un hijo parecido a su padre, parece que ya lo veía como en las fotos de pequeño, blanco, rubio, de enormes ojos claros. ¡Sueños de enamorada!
Mi mamá se las arregló para dejar a sus tres hijos pequeños y el día 18 llegó para acompañarme. Yo estaba lista para irme al hospital al día siguiente, pero... no pasó nada. Mi mamá me dijo que camináramos y lo hicimos por la calle trasversal, que no tenía subida. Llegábamos al final de la calle y volvíamos, yo parecía un barco balanceándome a un lado y a otro. Hablamos de todo lo imaginable, y... nada.
Así pasó un día y otro, y otro. M1 barriga estaba lista, baja, tersa y a punto, pero no llegaba.
Mi mamá me aconsejaba no desesperar. Me decía: “No se ha visto que nadie se quede con el chiquillo dentro”. Pero poco después decía: “Parece que usted no quiere que nazca”. Eso me dolía porque lo más que quería era que naciera y tenerlo en mis brazos. ¡Lo había esperado nueve meses y desesperaba por verlo y acunarlo!”.
El 27 de Marzo muy temprano por la mañana nos despertó un temblor, menos mal que fue sólo un remezón, sólo para despertarnos y como si fuera una señal, empecé a tener contracciones muy tolerables, cada diez minutos. Un dolorcillo en la cola me auguró un varón. Como ya había pasado hasta la novena de San José, recordé a un amigo de mis primas Rivas que se llamaba Luis Emilio y se lo propuse a Emilio a él le gustó y decidimos que se llamaría Luis (por San Luis Rey de Francia) y Emilio por su padre y su abuelo y juré no llamarlo jamás Emilito ni con ningún sobrenombre.
¡Qué felicidad, el niño venía! La teoría la tenía, la práctica... No me imaginé nunca tener doce horas de pre-parto de las cuales fueron seis muy bravas porque no dilataba. De todas maneras, tuve el cariño y la comprensión de mi mamá y la tremenda preocupación de Emilio que nunca había visto un parto ¡Bravo médico español!
Llegando al hospital Mrs. Barnes me dio una pieza con una cama y, me mandó ¡A la ducha! Un sucucho donde apenas cabía. Yo le alegué que me había bañado en casa, pero ella, firme: ¡A la ducha! ...luego de una preparación nada de agradable, ¡Al fin tranquilidad!
Como no dilataba, estaban pensando en una cesárea, yo no quería por la anestesia, además yo quería que naciera por conducto natural y sin anestesia... a no ser que yo lo pidiera. Era lo que habíamos hablado con el doctor Campino. En un momento de soledad una auxiliar me llevó un balde y me dijo que no dijera nada, pero que orinara allí cuando tuviera deseos... Raro lo encontré, pero me veía tan apurada que hice lo que me había dicho y... ¡Oh maravilla!, los dolores aumentaron y pronto estuve lista. ¿Lista para tener a mi hijo?... No, lista para pelear para tenerlo como yo quería y como lo había hablado con el médico, pero no me tomaron en cuenta y se chacoteaban.
No es fácil dar a luz un niño cuando no se saben los pasos que hay que dar o saber lo que viene. Yo no sabía cuantificar las olas de dolor que venían una tras la otra y que parecía que no servían para nada. Lo único que yo quería era saber cuánto más tenía que sufrir, ya que, por último, el dolor se podía soportar, pero la inseguridad era terrible y eso nadie me lo decía.
Pero llegó el momento en que se cumplió la dilatación y partí a la sala de partos con Emilio. Mi mamá se quedó rezando porque todo saliera bien. ¡Pobrecita! Yo sabía lo que era la espera porque a ella la esperé tres veces cuando nacieron mis hermanos pequeños.
Pabellón, luces, enfermeras, matrona y el doctor Campino haciendo un acto de presencia porque yo era la señora de un colega. Él se encargó de la anestesia, yo le recordé lo que habíamos hablado, que yo se la pediría y él había accedido. Desde ese momento todo se me complica un poco: unas niñas entran otras salen, se conversa, hay ruido, hace calor, parece que a nadie le importa lo que le pasa a uno. Emilio a mi lado, al otro el doctor Campino... De pronto suena la sirena de las 5 de la tarde y con gran asombro nuestro ¡¡Todo el personal sale y entra el siguiente turno!! Y seguimos trabajando como si no hubiera pasado nada.
¡Puje! dice la matrona y automáticamente el doctor Campino me coloca la mascarilla de cloroformo... me revuelvo y me la quito.
¡Puje! dice otra vez la matrona y otra vez el doctor Campino hace el intento de ponerme la mascarilla... yo me indigné con él y le dije todo lo que se me pasó por la mente, sin control ninguno, no recuerdo haber dicho tanto garabato en toda mi vida, además le gritaba que él no tenía palabra, y lancé lejos el artefacto.
Poco sabía yo de pujar, pero lo hice con mucho empeño, con un empeño feroz, aunque parecía que con el chiquillo se me iban a salir todas las entrañas, no me importó y de pronto salió deslizándose como un pescadito y lanzó un llanto estruendoso.
“Sanito”, dijeron... “grandecito”, explicaron, y se lo llevaron. Ni me lo mostraron. A mí me atendieron en crudo, no sé si fue en plan castigo por todo lo que le dije al médico o si se hacía así... explicación ninguna para los veintiún puntos que me pusieron en tres capas de carne y piel, esta última nada de prolija, una costura de saco.
A pesar de todo me sentí feliz de ser madre, cansada pero orgullosa.
Emilio horrorizado. Según dijo a mi madre era el primer parto.
El doctor Campino dijo a mi mamá que yo me había portado “chúcara”.
O sea, todos opinaron diferente y supongo que aliviados de librarse de mí.
Mientras estaba en el pabellón Emilio se me acercó al oído y me dijo despacito: “¿Le damos un hermanito en Febrero?”. Reconozco que no medí la consecuencia: yo le dije que si, y quedé feliz.
Todo pasó, el niño estaba sanito, pesó 3.800 gramos y lo pusieron en una sala donde estaban todos los recién nacidos. Mi mamá y Emilio lo pudieron ver...yo tuve que esperar a que me lo llevaran. ¡Era el primer hijo y el primer nieto! ¡Un torito!, dijeron... Yo, tuve que esperar, seguir esperando para poder tenerlo en mis brazos. Larga se me hizo esta espera... Antes de llevármelo, Mrs. Barnes volvió otra vez con el cuentito de: “A la ducha” y otro purgante. Yo estaba cansada, me di un remojón y... ¡Listo! y el purgante lo boté por el desagie. ¡Me arrepentiría!
Medio dormida estaba. Mientras mi mamá y Emilio salían a comer, me llevaron a mi hijo... ¡Qué emoción!... ¡Al fin lo podía tener conmigo!... ¡Pobrecito, mi niño! Le habían puesto unas gotas de nitrato de plata en los ojos y los tenía tremendamente hinchados. La piel llena de laceraciones se la habían pintado con óxido de zinc ¡Parecía un indiecito! El pelo largo liso y negro azulado, y, para rematar, como estuvo tanto tiempo encajado tenía la frente plana y la nariz chata... Así presentado, lo desconocí, pero tenía un esparadrapo pegado en el pecho que decía: VALLESALAS. No había duda, era mi hijo, fruto del amor de sus padres y ya sentía un gran amor por él, un amor con una proporción de lástima... ¡Qué maltratado lo vi! Todo cambiaría con el tiempo; por mientras, yo era feliz de sentirlo junto a mi corazón. A lo mejor él recordaría el latir porque estaba muy tranquilo: lo toqué, lo acaricié, lo besé, le dije mil tonterías y... lo revisé entero... pero no encontré nada especial, tenía todo lo que debe tener un varoncito, era muy proporcionado, sus dedos sueltos y abiertos con todas sus uñas. Cinco dedos en las manos y cinco dedos en los pies... es curioso, pero siempre es así en las madres: les contamos todos los dedos a los niños. Nunca he sabido porqué, quizás, a lo mejor, es algo primitivo.
Lo curioso era que no tenía cara de guagua sino de hombrecito, ¡Mejor! así tendría dos hombres en mi familia.
A mi mamá le bajó el tremendo apuro por irse a ver a sus hijos pequeños. Siempre le costó mucho dejarlos, especialmente a Rosarito. Por eso al día siguiente de nacer lo llevaron a bautizar, los dos felices. Él, por ser su primer hijo y ella, por ser su nieto mayor. En la iglesia de Potrerillos lo bautizaron: se llamó Luis Emilio Jorge Roberto de El Salvador : por mi suegro, mi padre, mi hermano y, por ser justo el tiempo en que le cambiaron el nombre a la mina Indio Muerto por El Salvador. Por la tarde se fue mi mamá y yo me quedé de primeriza con mi niño cristianizado, celebrando así mi cumpleaños ¡Qué cumpleaños más feliz! Viendo a mi hijo, aunque fuera unos pocos minutos al día.
Por la noche me empezó a bajar una tremenda angustia, me parecía que me iban a robar a mi hijo, o que me lo iban a cambiar, o que estaría llorando y que nadie lo consolaba. A pesar de los puntos y del cansancio hice un enorme esfuerzo y me levanté; pasito a paso me fui acercando a la sala cuna y entré a mirar las guaguas, todas dormían como angelitos que eran, todos vestidos con las ropas del hospital, un poco toscas y grandes. Todos, como un ejército bien disciplinado vueltos para el mismo lado. Era bien difícil saber cuál era el mío, pero lo supe...tenía un letrero a los pies: Valle-Salas...y, así cada uno estaba identificado por los apellidos de sus padres. Lo vi, y al darme cuenta que estaba bien me devolví a mi pieza y me quedé tranquila.
Al día siguiente siguió la rutina: “a la ducha”, “el purgante” y el desayuno americano ¡Qué abundancia! ¡Huevos con tocino, pan, mantequilla, mermelada, jugo de naranjas, pan dulce, café y leche! Le hice empeño porque tenía mucha hambre, pero creo que no fui capaz de comerlo todo.
Más tarde me llevaron al niño para darle el pecho. Mi mamá me había explicado cómo hacerlo así es que con toda confianza se lo di. Si yo tenía hambre parece que Luis Emilio también la tenía, era su primera oportunidad de comer y ¡¡¡Comió!!! Casi me comió entera a mí, ¡Vaya fuerza la del niño! Yo sentí un golpe de leche... sentí que era mucha la que tomó... no se saciaba y me dejó toda lastimada. Para lo que no tuve problemas fue para mudarlo. Ya había aprendido con mis hermanos y me manejaba bien con mi guagua y estaba con él todo el tiempo que Mrs. Barnes me dejaba... Fue una verdadera tiranía. Lo que me ofrecía ella eran comidas recuperantes, por la mañana entraba a ofrecerme un buen menú, algo así como: “Un bistec a lo pobre, ensalada de frutas y macedonia” era una comida muy buena y estaba bien preparada... hacía tiempo que no comía tan bien y ¡Preparado por otra persona!
Pero todo pasa en esta vida y después de cinco días me pude ir a mi casa con mi guagua en brazos. Ahora era yo la que manejaba la situación... o eso creía, pero no fue así. El que manejaba la vida de todos era ese pequeñito, nuestro hijo.
¡Empezó mi nueva vida! Ahora, además de las cosillas de la casa tenía que atender, mudar, lavar, bañar, regalonear y mimar a mi hijo. Todavía me resentía de los puntos que me habían puesto, pero se suponía que ya estaba bien para hacerme cargo de todo... ¡Qué falta me hizo mi mamá! De todas maneras, empecé con mucho entusiasmo, pero de a poco, primero las cosas fundamentales... o sea ¡El niño! me ocupaba casi todo el tiempo disponible y cuando dormía aprovechaba para hacer el resto, siempre tratando de dar gusto a Emilio... no fuera a sentir celos... y el niño tenía un don carácter. Además, dormía mal. Yo tenía los pechos enormes y él tomaba a su gusto, en las horas prescritas por el médico, o sea cada tres horas —y no chilenas, sino alemanas— horas justas... si el niño lloraba antes ¡Mala suerte! su hora de comer era ¡Cada tres horas! Y yo... ¡¡Tonta de mí, obedecía!!
Por las noches era un problema terrible, al primer llanto, Emilio decía: “dolor de estómago ¡Dele gotas!”. Al segundo llanto: “dolor de oídos ¡Póngale gotas!”. Al tercer llanto: “tiene fiebre ¡Póngale el termómetro! Al cuarto llanto “tiene hambre ¡Dele comida!”... y así llegábamos a las 6 de la mañana en que efectivamente le tocaba la primera comida y a Emilio su desayuno para poder irse a trabajar. Mal que mal yo podía dormir un ratito cuando el niño dormía...pero Emilio llegaba al trabajo con los ojos nublados de sueño. Un par de días debe haber funcionado este sistema porque lo que decidimos fue que yo me fuera a dormir con Luis Emilio a la pieza de adelante y que afrontara lo que fuera... Era lógico, Emilio tenía que trabajar para mantener a la familia.
Un día nos llegó una encomienda de Las Palmas... ¡Qué sorpresa! Regalitos para mi niño. La abuela le mandaba tres juegos de camisas de manga larga y sin mangas y con un babero cada una, bordadas por las monjas. Eran una preciosidad, y un traje de bautizo de batista con encajes y bordados, largo como para taparlo entero, con su gorrita igual... ¡No había visto yo una cosa tan bonita! Llegó un poco tarde porque ya estaba bautizado, pero era lindo de todas maneras. Yo no sé de qué tamaño nacían las guaguas en Canarias porque toda esta ropita era diminuta y a Luis Emilio nunca se la pude poner. Lo que yo lamentaba era que ¡Lo único elegante que tiene y no se lo puede poner!
A los 15 días tuvimos control de madre e hijo. Yo iba con mi pliego de peticiones y reclamos... nada pude decir. Tomaron al niño y se lo llevaron para evaluarlo... a mí me encontró bien. Cuando trajeron al niño los reclamos fueron de la matrona: El niño ha perdido 700 gramos de peso... tiene el potito rojo... el pobrecito ¡Tiene hambre! Y la madre es ¡ Puro pecho y nada de leche! ¿Dónde estaba la leche de esos enormes pechos que se veían tan llenos, con su estupendo pezón oscuro? ¡Quién sabe, pero el niño estaba atrasado en peso! Inmediatamente hicieron la prueba definitiva: Lo pesaron antes de darle el pecho y después de 20 minutos en que yo sentía que tragaba y tragaba... ¡No tragaba nada, sólo 25 gramos! ¡Pobrecito mi hijo que estaba hambriento! Me retaron y le dieron Eledón; además, una botella de lo que llamaban “Babioil” un aceite para limpiarle el potito... después supe que era Baby oil... ¡Inglés hospitalario! También me dieron una batería de mamaderas con sus chupetes y ¡¡Un patito para darle agua de anís... por si le dolía la guatita!! Mamaderas que había que esterilizar todos los días hirviéndolas, en olla especial y luego guardarlas en la nevera, ¡Una historia!
Ahora podíamos dormir un poco más. Luis Emilio dormía bastante mejor y se tomaba los biberones como un desesperado... el problema que tuve fue que no quería que se los diera en mis brazos, sino que se los dejara acomodados en la almohada y él se los tomaba bien cuando oía el cierre de la puerta, no antes. ¡Qué malos recuerdos debe haber tenido para rechazarme así!
Nos acostumbramos a llamarlo por su nombre: Luis Emilio. Era una bonita combinación que le sentaba bien a su cara de hombre grande, pero no faltó Robertito que le empezó a decir Luchín...y Emilio, a veces, en el colmo de su amor le decía: “Chirivichi”. De todas maneras, nos esmerábamos en que nadie le pusiera nombretes.
Las vecinas del Campamento me fueron a ver y me llevaron muchos regalos unos más prácticos que otros. De los que recuerdo había un canguro de goma que se apretaba y sonaba un pito, también un cascabel muy original, al moverlo se oía un tintineo con distintos tonos. También nos llevaron ropa de niño y galletas — para los padres—.
La cuna que nos prestó Bienestar era bastante grande, cabía fácilmente un niño de 5 años, por lo tanto, una guagua recién nacida se veía diminuta. Yo contemplaba a mi niño y parecía que cada día iba cambiando: las pinturas de óxido de zinc desaparecieron, la nariz —libre de opresión— dejó de estar chata y se dibujó. También se le deshincharon los ojos y, un día amaneció con ellos abiertos, miraba el entorno con la mirada del ciego al que se le ha devuelto la vista. Me miraba, o yo quería creer que me miraba, con una profundidad enorme, ojos café bordados de oro que los fijaba en los míos.
Yo quería a este hijo mío, carne de mi carne, sangre de mi sangre, con un amor enorme, con un amor sin límite, sin edad, sin razón. ¡Qué manera de quererlo! ¡Todo era poco para atenderlo! Yo creía que el amor que yo tenía por mis hermanos menores era amor de madre ¡Cuán equivocada estaba! Ese amor era grande, sí, pero de hermana mayor, el amor de madre era el que yo sentía ahora por Luis Emilio y cada día crecía. ¡Hijo de mis entrañas, mi vida daría por él! Muchas cosas quedaban sin hacer por estar con él, lo tomaba en mis brazos y oíamos a Bach, lo que nos encantaba.
Trabajo extra tenía con los pañales. Como estaba un poco cocido se los cambiaba a cada rato y a pesar de haber hecho una pieza entera de género y que los lavaba todos los días, siempre me faltaban porque se demoraban en secarse. Cuando los tendía en el patio de atrás, a medida que los iba tendiendo se iban congelando. Nunca supe cual era el paso entre la congelación y el secado, pero se secaban y luego había que plancharlos para quitarles la humedad restante y para ¡Ablandarlos!
A los pocos días de llegar a casa, Emilio tomó unas tijeras y le hizo un corte de pelo parecido al que usaba él, se veía muy especial, parecía un pequeño hombrecito vestido de guagua.
Tenía 40 días de nacido cuando tuvimos que ir a Santiago. Me parece que Emilio tenía que hacer un trámite en el Consulado porque fue más o menos en esa fecha cuando salió un decreto en el que los españoles podían pedir la nacionalidad chilena después de diez años de residencia. Aunque los diez años estaban lejos ¡Era el momento de moverse! ¡No fuera que cambiaran la buena disposición!
Fue la presentación de Luis Emilio a su abuelo y a sus tíos. Significó la sensación del momento, mis hermanos grandes lo celebraron: Pilita se sentía orgullosa de ser tía y Roberto, muy serio, se sentía un poco desplazado, celoso, creía que el recién llegado le iba a quitar el amor de su Nanita. Él siempre fue muy apegado a mí y yo lo quise ansiosamente, lo más que quería era que fuera hijo mío. Ahora yo sabía lo que era tener un niño mío, salido de mis entrañas ¡¡Era otro amor!!
Mi mamá lo encontró muy cambiado. Le celebró sus ojos, el peinado y lo ágil que era para moverse. Nunca se le dobló la cabeza al tomarlo y afirmaba sus piernas bien tiesas. ¡Qué gracioso se veía, muy serio y de pié! Muchos regalos tuvo. Mi papá estaba feliz con “Don Lucho”, como le decía, y ya se preparaba para tenerle un caballo ensillado en el fundo el próximo verano. Él no era muy celebrador de niños hombres por eso era asombroso verlo tan encantado con un nieto.
Era un cuento de nunca acabar: ¡Miren lo que hace! ¡Escuchen lo que dice! ¡Agú, agú! ¡Conversa! ¿A quién se parece? ¡Tiene la nariz y la cabeza del padre, las orejas y los ojos de la madre! ¡Las manos del abuelo!
Se portó como un rey y dejó a toda la familia encantada... y yo, orgullosa, ¡Orgullosísima! El niño pasaba de brazo en brazo, todos se peleaban por tenerlo y el chiquillo se reía, con su agú-agú nos tenía trastornados. Pilar se tomó una semana de vacaciones para regalonear con nosotros y nadie dijo nada, en realidad fueron unos días felices y distendidos.
Cuando volvimos al campamento tuvimos la suerte que se iba un empleado y le pudimos comprar varias cosas, entre ellas, una cama de madera con baranda, sólida y muy bien hecha, —lo que nos permitió devolver la cuna a Bienestar—. Un calefactor a petróleo que calentaba toda la casa. Una lavadora automática grande que instalamos en el subterráneo ¡Qué felicidad no tener que escobillar la ropa en la tina de baño, ahora la podía poner toda junta y... con apretar un botón quedaba toda limpia y casi seca! También compramos útiles de casa variados entre los cuales había una máquina manual para moler carne, muy buena y útil.
La señora Matilde se encantaba con Luis Emilio, muchas veces en la tarde llegaba a verlo y me preguntaba: “¿Puedo besarle las garritas al león?”, y claro está que le besaba las patitas con un amor tan grande que me emocionaba, ella no tuvo hijos y le encantaban los niños.
Luis Emilio engordaba y crecía a buen ritmo, también se puso un poco abusador, tanto regaloneo le quedó gustando y por las noches era un lío que se durmiera... ¡Quería brazos! Yo me veía entre dos amores: Emilio quería comer y dormir. Luis Emilio quería brazos y brazos... total un desbarajuste familiar.
Todo seguía bien. Yo también, pero... no me venía la regla. Yo pensaba que la gota de leche que le estaba dando a mi guagua sería la causa, pero al comentarlo con el doctor Campino me dijo que, de leche, “NADA” que lo que venía era un hermanito para que acompañara al mayor. ¡Sorpresa! Porque una cosa es que digan al oído: “Tengamos otro en Febrero” y otra muy distinta es realizarlo. Lo único que sé es que estábamos felices. ¡Qué bien se iban a ver los dos hermanitos en su pieza! ¡Serían amigos y compañeros! También yo estaba más experimentada entonces, seguramente no cometería los mismos errores que con el primero. Lo importante es que estaba bien, el nuevo niño venía lleno de bendiciones, no tuve ningún malestar, todo lo contrario, hasta volví a tener el peso con el que me casé, tanto así que para la fiesta del 4 de Julio me pude poner el vestido de novia y me quedaba muy bien. Para esa fiesta pudimos dejar a Luis Emilio con Julito, el nuevo mozo que mantenía la casa caliente y la cocina siempre a punto. Teníamos buenas referencias de él y al dejarlo me dijo: “No se preocupe de la mamadera, yo le tanteo el calor en mi ojo, porque tengo las manos muy gruesas”. Fuimos a la fiesta, porque teníamos que ir, sólo cumplimos. La verdad es que no estábamos para ese tipo de reuniones, teníamos un hijo y no queríamos dejarlo por mucho rato.
De las actividades sociales que teníamos, la que más nos gustaba era ir a casa de Manuel Vargas, y no la dejamos, envolvíamos a Luis Emilio en una manta y partíamos, total quedaba cerca, nosotros pasábamos la tarde de palique mientras los hombres revelaban y ampliaban fotografías. Se nos pasaban las tardes volando.
Nuestra vida se empezó a desarrollar bastante mejor que al principio. Lentamente fui adquiriendo las destrezas necesarias para atender a Emilio, al niño y la casa. Los progresos de Luis Emilio eran notables: engordó y creció, fue muy precoz-motor, muy pronto se empezó a dar vueltas en la cama y a los cuatro meses se las arreglaba para desplazarse en el corral. A los cinco meses y medio se puso de pié afirmado en la barandilla y antes de los nueve meses daba sus primeros pasos. El único problema que tuvo fue que no se dormía si no era en mis brazos, acurrucado sobre su hermanito se iba quedando dormido y entonces lo podía poner en su cama. Otro asunto fue cuando el médico le dio comida al medio día. No podía ver la sopa de verduras. Yo lo sentaba en una silla alta con barandas y le iba dando por cucharaditas su almuerzo, no le gustaba. Ensayé quitándole la sal y... nada, le puse azúcar y... nada, se la mezclé con plátano y...nada, se la retrasé para que tuviera más hambre y lo único que obtuve fue que devolviera todo lo comido dejando su ropa, la cocina y a mí llenos de sopa de verduras. El médico dijo que era “maña”, pero al niño no había quién le diera su almuerzo. Con carne raspada le hacía una hamburguesa, la chupaba, la mordisqueaba y... desaparecía. Yo creía que se la tragaba, hasta que se la descubrí pegada al paladar ¡Un asco! ¡¡Claudiqué!! ¡Tenía toda la vida para comer verduras y por mientras se tomaba muy bien su leche a todas horas... ¡Y el mundo en paz!
Un día, al darle por enésima vez una cucharada de plátano o de alguna otra cosa sonó la cuchara... ¡Tlin! sonó su primer diente... se lo celebramos y se lo hacíamos sonar a cada rato, ¡El briboncillo se reía! y era una fiesta, ¡El primer diente siempre se celebra!
En el Colegio Americano, los domingos daban películas en dos horarios: después de almuerzo para los niños y por la noche para los adultos. A veces iba con Luis Emilio a la función de los niños, era una pelotera tremenda porque los niños gritaban, chillaban, se peleaban y, los adultos gritaban a los niños y la película cada vez más fuerte para los que pudieran entender algo, pero yo no entendía casi nada, era en inglés y yo lo tenía bastante olvidado. De todas maneras, era una distracción.
Un día llegó al laboratorio un vendedor de libros, de esos vendedores que andan por el mundo promocionando una editorial y ofreciendo diccionarios, enciclopedias y algunas colecciones de libros, de esos para lucir por metros en las bibliotecas: dos metros de rojo y dorado... o metro y medio de negro y plateado... o casi tres metros de verde y dorado... ¡La nuestra! En vista de la falta de lectura, Emilio encargó la colección “Clásicos Jackson” con temas variados, desde Homero hasta Tolstoi. Tan grande era nuestra sed de lectura que, por lo menos yo, los leí uno por uno. Algunos me gustaron más que otros, pero... los leí.
Nuestro segundo hijo crecía, no tanto como Luis Emilio. Se movía prudentemente. Mi vientre estaba más redondo. Pensamos ponerle: Jorge, Ricardo o Carlos, nombres de las familias... De mujer...ni pensamos ninguno.
Otra vez dejó mi madre a sus hijos en el fundo y me vino a acompañar más o menos a mediados de febrero. Ella se encantó con su nieto, todas las gracias del mundo se las encontraba menos la de hablar, porque ni papá ni mamá decía, sólo un enredo de sonidos que no se entendía. Aprovechamos la máquina de coser y le hicimos unos pantalones azules y una camisa blanca ¡Parecía un caballero! ¡Don Lucho! le decía mi mamá y jugábamos con el canguro que le regalaron cuando nació: “Cánguru, Cánguru, Cánguru”, le decía mi mamá y lo hacía saltar a compás. El niño se moría de la risa y le chispeaban los ojos.
A poco de llegar mi mamá tuve que hacer pan porque ya no nos quedaba. Empecé la larga faena, que no pesaba porque me encantaba meter las manos en la masa. La sobé bien sobada hasta que se hicieran burbujas y la dejé subir, al enderezarme sentí una puntada en el pubis, ¡Ni caso le hice!, pero se repitió al cabo de un rato. Mientras subía la masa salimos a caminar y le comenté a mi mamá lo de la puntada, me dijo que a lo mejor era un aviso de la llegada del nuevo hijo, pero era muy diferente a lo que sentí cuando nació Luis Emilio. Seguimos haciendo el pan, una faena que lleva varias horas, el tiempo pasaba y las puntadas seguían.
Menos mal que tenía mi maleta lista. No tuve problemas, todo era igual a la vez anterior, toda la ropa me pareció muy chica. ¡Claro, ahora el cachorro estaba grande y rozagante! Y parecía que el que venía sería más pequeño porque no engordé casi nada.
Esa noche, al venir el día, las puntadas se hicieron más fuertes y seguidas, se convirtieron en contracciones, recién hicimos cuenta que el niño ¡Venía! y ¡Ya! Justo al levantarnos Emilio se quejó de un dolor al costado y se auto-diagnosticó “apendicitis”. También preparó su maleta y pidió la ambulancia. Mi mamá se quedó sola con su nieto y nosotros partimos de doble aventura. Nos hospitalizaron en piezas contiguas, él en observación y yo, lista para dar a luz.
Todo fue más corto, el trato mejor, había un nuevo director del hospital —el doctor Cecchi— y era más comprensivo. También yo ya sabía del cuentito y cuando llegó el momento del: “Puje”, puse todo mi empeño en terminar pronto: de dos impulsos salió la criatura. Esta vez la exclamación de la matrona fue: ¡“Mujer”! ¡“Sanita”!... yo no lo podía creer ¿Ser capaz yo de tener una hija mujer? ¡Qué premio más grande!
Pero...
ALTO, ALTO AQUÍ... ¡UN MOMENTO DE REFLEXIÓN!
Antes de seguir escribiendo quiero explicar cómo, cuándo y dónde empecé yo a escribir estas notas tan desordenadas...y quiero saltar al año 2001 cuando Consuelo, mi hija, mi única hija mujer, empezó a escribirme y a pedirme que pusiera en un papel mis recuerdos, que no importaba cuáles fueran, pero que los escribiera. Empecé a escribir los textos que llegaron a ser CARTAS A CONSUELO, motivadas a su vez por el recuerdo tan fuerte de mis deseos de que mi madre me escribiera algo a mí, de mi infancia. Eso me motivó a empezar a recordar mi vida con Consuelo, y así se fueron desenvolviendo recuerdos y otros recuerdos, que me llegaban a la mente “sin pedir permiso”.
Desde ese día no he parado de escribir, tanto recuerdos como pequeñas cosas: “loqueras”, las llamo para no darles importancia y, poco a poco, he escrito cosas: de mi primera infancia, de mi infancia escolar, de mi llegada al fundo, de la llegada de Emilio a Chile, de nuestra vida en Potrerillos... En Cartas a Consuelo está toda nuestra vida en Purranque, Santiago, Iquique y Antofagasta... y tengo proyectos de seguir con otras partes de mi vida, sin saber si a alguien le interesen. Por lo menos a Emilio y a mí nos entretienen y, además me sirven de ¡Psicoanálisis!
¿Dónde se empieza y dónde se termina? ¿Qué fue antes el huevo o la gallina? Creo que a gusto del consumidor. Todo se puede cambiar de sitio y siempre quedará un fragmento de mi vida expuesto como yo lo he vivido o recuerdo.
TERCER PRINCIPIO PRÓLOGO Marzo 2001 Querida hija: El domingo hablamos por teléfono. Tenía muchas ganas de oírla y saber de ustedes. Una petición suya me hizo volver al año 77. Ese año yo le regalé un cuaderno a mi mamá para que ella escribiera algo para mí. Yo quería algo especial, algo que fuera privado entre ella y yo, seguramente estaba buscando algo en mi interior que ella podría hacer aflorar. Copio lo que le dije a la mamá y lo que ella me contestó: Este “cuaderno virgen” espera algo de la expresión de sentimientos; no tendré nada de poético, pero siento algo que otros no sienten. Aunque sea grande, torpe, atarantada y bulliciosa ¿Puedes tú descubrir ese algo que me hace sentir yo? Algo que no sea caricaturesco, ni grotesco, algo que pueda ser útil, bueno; algo que valga la pena transmitir, algo por lo que valga la pena vivir y que no sea ese deber y ese trabajo. Algo que me haga ser “yo” distinta a lo que ven los otros y que me satisfaga a mí sola. 1978: ¡Y sigue virgen! ¡Cuidado, que eso es lo que primero se pudre! 1979: ¿Y? ¿Y? ¿Y? Mi vida es esperar y esperar, dar y dar. Eso es amor, esperar y dar, el verdadero amor. ¿Es que alguna vez voy a recibir? ¡Sí! ¿Un cariño? Mucho cariño, siempre. ¿Un reconocimiento? Toneladas ¿Un agradecimiento? Montones ¿Es que nada merezco? No es posible más. ¿Es que tan poca cosa soy? Me esfuerzo por ser algo para los demás, ¿Nada se nota? Dios lo nota, y con eso basta. Espero cosechar, siempre espero… aunque sea con poca esperanza, pero con mucha fe, quién sabe si Él será el único que me comprenda y me dé lo que necesito. El Padre Dios siempre da lo que necesitamos sepa que la comprensión del Señor es lo único que necesitamos, no necesitamos más… Te quiero mamá, y mucho. No lo olvides nunca: eres la persona a quien más quiero en este mundo y es más, eres un pedazo mío, aunque debiera ser al revés. Delicia de hija es mi Bernardita. Yo ser un pedazo suyo ¡Qué inmensa felicidad! No importa estar tan lejos, si soy un pedazo suyo. Donde tú vayas iré yo; lo que tú miras lo miraré yo; lo que tú quieras lo quiero yo. Tus hijos son mis hijos; tus nietos son mis nietos; lo que no es mío es tu esposo; lo quiero mucho, pero mío no es. 1985 Este cuaderno virgen empezó a ser escrito con cositas muy íntimas y cariñosas de mi mamá, algunas respondieron a lo que yo quería, pero el resto fue una parte de sus memorias. Nadie lo ha leído porque es mío y no quiero hacer partícipe a nadie de la expresión de cariño y confianza de mi mamá. Y… no sé si me fui por otro lado, pero me parece que usted quiere de mí lo que yo quería de mi mamá; yo quedé satisfecha a medias, y casi me conformaría con que usted se quedara igual, porque el total, total, es imposible decir. Yo iré escribiendo poco a poco. Cuando pienso en usted siento un calorcito en el corazón, la quiero mucho y añoro su presencia. Tantas veces me gustaría estar a su lado y hablar de tantas cosas que yo sé que usted me entendería, de recuerdos, de sueños, de lugares comunes… Esa comunicación siento que la tengo con usted y también la tenía con mi mamá. Ahora yo supongo que esas ganas de hablar de cosas propias también la tenía ella, también yo me fui de su lado y nos vimos de tarde en tarde y para ella fue mucho el dolor. No la puedo olvidar, te quiero lo mismo que tú a mí. Será la distancia, vivimos tan lejos. Tú me miras, estrella, yo sé porque me miras ¿Cómo no lo voy a saber?… si soy tu madre. Mi alma está sangrando, tú que estás tan lejos no me puedes ayudar ¿No ve cómo mis lágrimas corren? ¿No oyes cómo te llamo? Ven y dime qué tengo que hacer. Sé que no está bien llamarte, tú no me oyes; mi tierna hijita, no puedes consolarme, te quiero, te quiero, te quiero. ¿Escuchas, Consuelo, el lamento de mi madre? Y yo no la pude consolar, no supe hacerlo. Además de no estar en condiciones de hacerlo, mi vida eran ustedes y mi obligación sacarlos adelante en la vida. Es muy tremendo vivir una doble vida, por un lado marido e hijos y por otro, madre. Tampoco tenía yo el don de la ubicuidad para estar en dos partes a la vez. De todas maneras todo esto es razón porque al leer el cuaderno de mi mamá y saber otra vez de su dolor, he llorado. Nada más triste que la tristeza de una anciana. No quisiera que esta tristeza se traspasara a nosotras, somos de otra generación, pensamos, sentimos de otra manera, tratamos de ser racionales. Yo la quiero mucho, pero no la quiero forzar a nada. Sé que me quiere y en el momento que me baje el mono brutal o la llamo o me voy; pienso en el hoy y lo vivo intensamente, lo vivo tanto personalmente como con cada uno de ustedes… Ayer hablamos, su pie, peor ¡Piense alguna vez en usted y cuídese! ¿No me hará caso? Será difícil, porque no muy frecuentemente lo hace, y me duele el corazón decir: “Es su pie, es su vida”, pero no es así; un pedacito de esa vida, de ese pie, de ese cuerpo, es mío: yo lo concebí y lo di a luz, lo regaloneé, lo cuidé, lo mimé y lo corregí ¿Dónde me equivoqué? Me gusta su vida, su castillo, sus cultivos, sus animales, su trabajo, su amor por Ramón y Nayra, me encanta verla en sus quehaceres, cierro los ojos y la veo, atesoro cada momento que pasé con ustedes, cada palabra, cada comida, cada cariño. Todo lo tengo grabado en mi mente y en mi corazón y lo puedo traer al presente como en un acto de magia, no importa dónde ni con quién esté, basta un “lo quiero” y ahí está el olor de su comida, de un perfume, de un pucho, de su cerveza, cierro los ojos y veo el barranco, el arco, los faisanes, el castillo al atardecer, la veo a usted muy de pelo rojo riendo, siempre riendo, es feliz y yo con usted. Pasan los días, cada vez hace más frío, pero yo no lo siento porque estoy sintiendo el calor de su verano. Mis árboles se desnudan, pero los suyos florecen. Siento el calor de su amor, de su recuerdo, eso me hace sentir plena ¡Qué más puede desear una mujer que ser madre y abuela, suya y de Nayra! Vivo también la vida de sus hermanos, hoy bautizaron a Valentina ¡Qué alegría! Doy gracias a Dios por esa bendición y es hoy vísperas de Pentecostés. Le recuerdo que es la fiesta en que la Iglesia celebra la venida del Espíritu Santo a sus apóstoles y, por lo tanto, a nosotros. Yo estoy esperando la hora para ir a Misa y recibir, especialmente hoy, ese don maravilloso que me confirma como hija de Dios. También supe de Joaquín: esperan una niña y será Victoria, un lindo nombre para una linda tagalita, porque no creo que de nosotros tenga mucho; están felices y yo también. Como ve me alegro con las alegrías de mis hijos y sus tristezas trato que no me bajoneen. El poder de la voz, decir “mamá” de un hemisferio a otro, por la magia de un teléfono ¡Maravilloso regalo! Me llenó de felicidad. Venía de Misa, pedí una carta de mi hijita ¿Cómo pedía carta si el cartero no pasa en domingo? Entonces, Señor, algo de Bernardita, así repetía, algo de Bernardita, y mucho más que algo de Bernardita, me llegó tu voz, ¡Gracias! ¿No fue tu voz lo que me hizo feliz ayer? La misma magia que sintió mi mamá la sentí yo, y que pena al terminar. Por eso me motivo a escribir estas páginas que no sé cuándo se acabarán, si es que se acaban, porque me está pasando que, de pronto, es como si abriera una puerta y entraran una enorme multitud de recuerdos, de sentimientos, de cosas que quiero decir. A veces le toca el chaparrón a su padre, que no entiende lo que me pasa, yo le digo que mis neuronas están haciendo chisporroteos y que de una idea pasa a otra y de un recuerdo a otros y ¡Vamos pariendo palabras! El pobre se siente bastante incómodo y a la media hora empieza a bostezar, por lo menos usted podrá dejar de leer y yo no me daré cuenta. Sigo pensando que lo que escribo; mi hijita, es para ti, pero no de ti. Es lo que mi corazón rebosa, algún día dejará de rebosar… vendrá luego lo que hay más adentro, que eres tú, amor mío. Espero que salga a borbotones como agua que viene de la alta montaña, limpia, fresca, como todo lo tuyo, como tú misma, hija de mi alma. Y a borbotones va saliendo el sentimiento ¿Por qué tendremos tanto pudor a la hora de mostrar nuestro amor? ¿Qué es lo que nos frena? Recuerdo a Pablo en su casa en sus últimos tiempos, con el amor que me miraba y me decía “Cuanto te quiero, hermana”, y el corazón se me apretaba, lo tomaba de la mano y le decía “Qué poco es el tiempo para decirnos cosas de amor, pero para mí eres, lejos el hermano a quien más quiero. ¿Por qué esperar a estar moribundos para decirnos que nos queremos? Si el amor es lo más grande que tenemos, lo que más nos hace parecidos a Dios, que es el amor más puro”. Desde que Pablo murió yo decidí decirle a la gente que me rodea lo que los quiero. A veces les parece raro y me miran, pero a mí no me importa, estoy decidida a repartir todo el amor que siento a todos los que quiero y en especial a ustedes y a su papá. (Esto está con letra de su padre: “Oí, en silencio, con emoción, asombro y orgullo la lectura completa del escrito de su madre; yo no bostecé, sólo lloré….” Papá). CARTAS A CONSUELO 5 Junio 2001 Otra vez la magia del teléfono me la trajo hasta aquí. Menos mal que fue al médico y le puso algo de curación, no crea que le será fácil sanar, los tendones son cosa seria, por favor cuídese mucho. Usted me dijo que si me trabo, que corte y le mande lo que tengo, lo haré pero antes quiero decirle que no me siento con asuntos pendientes con usted, de todas maneras creo yo que si estamos juntas hablaríamos de todo y de cada cosa y a lo mejor eso será lo que haga: hablar y hablar como si me estuviera oyendo. Consuelo querida, cierro los ojos y la veo como la vi en su primer instante de vida, una cosita rosada y toda pringada de grasa y sangre. Esa cosita la tuve en mi pecho y las lágrimas me corrían por la cara, era la cosita mas linda que he visto, con unos ojos azules y redondos ¡Lloraba, mi niña! Y yo pedía a la Virgen de Lourdes, eso, que llorara, porque al principio no lloró y yo me aterré ¿Qué pasa? Pregunté, está “llena de mocos”, me dijeron, y luego ese bendito llanto que te incorporó a este mundo y llenó de alegría mi corazón. Muchas veces le he dicho la maravilla que fue para mí el tenerla a usted, a lo mejor soy reiterativa, pero fue así; jamás creí poder tener una niña y menos tan linda, cómo sería que ni nombre le tenía y ahí empezó el problema: su papá quería ponerle Guayarmina, yo dije que no, que era horrible, después dijo Andrea, pero resultó que había una Andrea Valle dueña de una famosa casa de putas ¿Cómo se llamaría así una niña tan preciosa? Mi mamá preguntó muy prudente: —Emilio ¿No tienes alguna tía que se llame Consuelo? Y él contestó: —Claro que sí, mi tía Consuelo. Y a él le gustó, a mí me encantó y en agradecimiento a la Virgen de Lourdes es que te llamas Consuelo de Lourdes. Yo sé que no te gusta tu nombre y a veces me duele, pero… a mí me gusta y has resultado ser mi consuelo y eso me hace feliz. Mi mamá, tampoco esta vez pudo esperar más tiempo y nos ofreció llevarse a Luis Emilio al fundo donde pronto iría yo con Consuelo. Se fue y me dejó en el hospital; se fueron y otra vez me vi sin mi hijo. Pero su padre me llevó un enorme ramo de flores del jardín, de esas que había crecido sobre los cadáveres de los gatos, eran de las pocas flores que había en el campamento y… ¡Lucían! Yo me sentí como una reina. El viaje de mi mamá y de Luis Emilio fue muy bueno y llegando allá todas las mañas se le quitaron. Desde el primer día se durmió en su cama, mi mamá había dejado dicho que desempolvaran “El Tilín” y se lo tenían listo para él y al día siguiente el almuerzo era: “mote con ají” y dijo la mamá que bastante cargadito al ají…el asombro fue de todos, al niño le encantó y se lo comió todo con gran apetito. O sea que el regalón quería comer comida de grandes y no puré de verduras…y nunca más volvió a mañosear ¡Qué maravilla! Cuando llegamos a casa, las americanas la llegaban a ver y a celebrar, la encontraban linda y miraban a Luis Emilio y decían: —¡Qué linda! —Yo aguanté hasta tres veces y a la próxima le largué. —Es que es de distinto padre —y el silencio fue total. ¡Gringas de mierda! ¡Qué les importaba a ellas si Luis Emilio era distinto o moreno! Era muy pequeñita, sólo pesaba 2.800g., lo cual fue muy bueno porque nació sin problemas y, como si fuera poco, la ropa que nos mandó abuela de Canarias le quedó pintada, ¡Qué linda se veía entre los bordados de las camisitas! Y no sólo linda sino también buena, para dormir y para comer (esta vez no esperé a nada y le di un estupendo relleno, además del poco de leche que yo tenía). Igual que a Luis Emilio, a usted la bautizaron en la Parroquia de Potrerillos; en los días siguientes a su nacimiento la llevaron Manuel Vargas y su esposa, con su padre y cuando volvieron ya era cristiana. Dicen que las hijas mujeres son más regalonas de sus padres…yo lo fui y por lo visto usted también: eran amores totales…él la miraba y se le llenaban los ojos de lágrimas, me parece que tampoco él creía poder tener nunca una hija. Nos comunicaron la muerte de la abuelita Rosa, la madre de mi papá, pero con todo el apremio de su nacimiento y la preparación del viaje al fundo a mí se me olvidó. A los quince días de nacida nos pusimos en marcha para ir a pasar las vacaciones al fundo, arreglamos toda la ropa necesaria (que no era mucha) y en un avión partimos a Santiago y luego en tren a San Carlos. Para viajar me puse un vestido muy cómodo pero verde-loro, lo que causó mucha impresión a mi papá, que siempre fue muy respetuoso y terriblemente “lutero”, ¡Pobre padre! Se sintió tan mal que nos subimos muy rápido en la gran novedad del momento que era un enorme Land Rover donde cabía todo lo que fuera necesario, después de haber tenido un par de “burras”, era maravilloso un jeep que tenía tracción en las cuatro ruedas y al que se ponía conectar ¡Hasta una seleccionadora de trigo!, por lo menos eso decían. En la ida al fundo no pasamos, como era habitual, por las tiendas del centro, ni pusimos bencina en la bomba; nada. Sólo tomar la carretera a La Montaña y cuanto antes llegar donde mi vestido no escandalizara a nadie. (Nunca me dijo nada mi papá, pero yo me imagino lo sentido que debe haber estado conmigo). Por el camino tuvimos problemas en una cuesta, mi papá no atinó a poner el cambio debido y el jeep empezó a retroceder y, como en los antiguos tiempos mi papá me dijo: “póngale una piedra y empuje”… ¿Yo? ¿La recién parida?… me dejé caer del jeep y puse una piedra detrás de un neumático, pero…nada más, no era capaz de hacer otra cosa. Menos mal que él recordó el asuntito de la tracción en las cuatro ruedas y… ¡Salimos adelante! ¡Causó sensación! Todos se acercaron a mirarla y a encontrarla linda, todo en usted era motivo de orgullo para todos, nadie creía que yo tuviera una princesita tan preciosa, a todo se acomodaba, ya fuera uno u otro el que la tuviera en brazos usted, ¡Feliz! Nos habían arreglado mi pieza, con “el tilín” y un moisés para usted. Era la pieza de siempre, la que me recordaba mi vida desde los diecinueve años, con sus persianas de roble pellín, su cielo con vigas descubiertas, la cama de lana con frazadas hiladas y teñidas en el fundo, ¡Todavía con olor a beri! ¡Dormir allí era una maravilla! con el Puelche azotando las ventanas toda la noche y, de lejos, el murmullo del río. ¡Qué bien pasamos esos días! fin de febrero con la huerta llena de verduras y los árboles con frutas. Frente a la ventana teníamos un durazno que, aunque no era muy fino, daba la fruta muy sabrosa. En el huerto habían manzanas ácidas y dulces, también las peras estaban madurando ¡Se goza mucho cuando no se ha tenido facilidad para obtener fruta y verduras frescas! En el patio de delante había un enorme guindo, de tiempos muy anteriores a los nuestros, a lo mejor era contemporáneo de la casa. A su sombra hacíamos toda la vida social, allí se almorzaba, se comía, se cosía, se leía, se conversaba; los niños jugaban en su sombra y en una rama gruesa, don Rosa instaló una “chigua”: esto es una cuna con fondo de cuero sostenida en un aro de coligües y con un lazo que se puede colgar, ya sea en un árbol o sobre la cama de la madre… Todos los días y, a cierta altura para que los niños no la dieran vuelta, pasaba las horas entre comida y comida, por lo visto lo pasaba bien, a lo mejor con sus inmensos ojos azules veía las hojas del guindo que se movían con el viento…a lo mejor miraba…a lo mejor dormía…pero sólo a las horas de comer se hacía notar. No es que pasara todo el día colgada…no… Sólo en los momentos en que yo no la podía atender, porque yo era viciosa de usted la tomaba en mi mano y la acunaba y ¡Qué bien me sentía! ¡Era lo más tierna y amorosa del mundo! Cuando hacía rato que estaba con usted en brazos mi mamá me decía: “¡Ya, deje de mirar a esa niña que la va a ojear!” pero yo no le hacía caso. Cuando bajábamos al río quedaba con la niña que cuidaba a Rosarito y yo iba con toda la tropa: los niños chicos, mis hermanos grandes, las empleadas y mi mamá. Todos nos íbamos a bañar al río y gozábamos del frescor del agua y del calor de las piedras…Luís Emilio y Roberto hacían una buena pareja, ninguno de los dos se metía mucho más allá de las rodillas y se salpicaban, siempre había una persona grande que vigilaba que no pasara nada malo. Don Rosa, que desde que llegó Roberto al fundo lo llevaba a todas partes, ese año también reclutó a Luis Emilio… ¡Daba risa verlo con un niño más grande y otro más chico trabajando en la huerta!, seguramente les daría alguna herramienta para que cavaran y se entretuvieran porque ellos estaban felices de “trabajar”, —por lo menos eso decía Roberto, porque Luis Emilio aún no decía nada—. Cuando mi papá volvió de uno de sus viajes a San Carlos y tuvo que ir a caballo por el camino a la cordillera pidió que ensillaran una yegua a Roberto y él se puso “a don Lucho” por delante y partieron a pasar la mañana de inspección por el campo, ¡Qué orgulloso se sentía con su hijo menor y su nieto mayor…recorriendo el fundo! Igual como lo hacía con nosotros cuando éramos pequeños… y si estaba chocho con su nieto ¡Para que decir como estaba con usted!, no se cansaba de mirarla y de encontrarla tan linda…esos ojos que tiene…su piel tan blanca…y esa cabeza tan proporcionada. Me parece que él estaba reviviendo la alegría que tuvo cuando yo nací. El aire, el sol, el verde, el agua, las maravillas del fundo que nunca acabábamos de celebrar hicieron maravillas en nosotros. Empezamos a adquirir un tono bronceado muy sentador, el pelo se nos aclaró, la alegría de vivir la teníamos en todo el cuerpo. Estábamos relajados, comíamos bien y dormíamos mejor. A Luis Emilio le brillaban los ojos, parecía que los tenía luminosos, estaba más grande y a fin de mes cumpliría el año ¡¡Todo un hombre!! Un día llegó Emilio, tenía sus primeras vacaciones, a lo mejor no serían muy largas, pero…las disfrutaría con nosotros. De inmediato hizo una buena junta con Pilar y Roberto… partían al monte a buscar bichos, ¡Claro que con Luis Emilio de la mano! Juntos íbamos al río, a caminar, a mirar las estrellas, parecía que hacía tanto tiempo que llegó por primera vez al Naranjo…y sólo había pasado un año ¡Qué cambio, de hombre solo a marido y padre de dos criaturas, además de tomar parte de una gran familia! Era tan chica usted que para bañarla lo hacía en un lavatorio, (en el fundo no había agua corriente y los baños eran en el río), muy bien se adaptaba y cabía justo…allí al calorcito de la cocina a leña le daba sus remojones, pataleaba muy feliz y todos la contemplábamos. En el día no le faltaba su “bañito de sol”, muy bueno para la salud, decía mi papá. Eso era antes de saber que los rayos ultra violetas eran malos para la piel. Una noche, seguramente cansados de caminar o de conversar, o de cualquiera cosa, nos fuimos a acostar y cuando le fui a dar su comida… ¡No la encontré! ¿Dónde estaría a esa hora de la noche…a oscuras…con el viento Puelche azotando los árboles?…¿Dónde estaría mi niña?…¿En brazos de quién?… me abrigué y partí a inspeccionar todas las camas de mis hermanos y…nada…la busqué en la pieza de mis padres y…nada…la busqué en las piezas del servicio y…nada…¿Dónde estaba mi niña tan chiquita y perdida?… De pronto se me vino a la cabeza una idea…pero ¡No!, no podía ser cierto, seguramente yo estaba equivocada…de todas maneras, despacito, en puntillas salí afuera…hacía mucho viento, pero salí y a tentones llegué hasta el guindo, donde la colgaba en la “chigua” y para sorpresa y vergüenza mía ¡Allí estaba, mi niña, durmiendo como un angelito, bien abrigada con el chal y protegida del viento por el cuero del fondo!, más rápido que lo que se dice la tomé en mis brazos y partí al dormitorio donde le pude dar su alimento y regalonearla…¿Me perdonó el abandono?. Así fueron pasando los días…las vacaciones llegaban a su fin, pero…todavía quedaba por celebrar algo que fue importante, el 27 de Marzo cumplía Luis Emilio su primer cumpleaños y yo el vigésimo quinto…un cuarto de siglo…¡Qué añosa me sentía! Nos celebramos como siempre lo hacíamos en el fundo: un cabrito al palo y una torta casera, de bizcochuelo y manjar…ese año, por consideración a Luis Emilio la decoramos con una vela…bien gorda…era un año importante en la vida de todos. Luego nos arreglamos para volver a nuestra casa. Volvíamos con gusto pero…Emilio iba rezongando un poco, decía que el laboratorio del hospital no le estaba resultando tan avanzado como él quería, que los médicos sólo pedían exámenes de rutina y así él no podía aprender nuevas técnicas, que el espacio era muy chico, que nadie le hacía caso en sus aspiraciones, que ganar en dólares no le compensaba la ignorancia en que vivíamos…bueno, de rezongo en rezongo fuimos caminando hasta que un día en el periódico salió un aviso pidiendo un médico laboratorista con conocimientos en electrocardiografía. No se demoró ni un minuto y escribió al remitente: hospital de Purranque. ¿Dónde quedaba? ¡Daba igual! Sintió que era “la oportunidad” de encontrar algo mejor. Pasaron los días y en un avión llegó la respuesta… ¡Les interesaba!, aunque no fuera médico chileno… ¡Les interesaba!…que de electrocardiografía no sabía nada… ¡Les interesaba! y lo invitaron a una entrevista en “terreno”. Tanto interés tenía Emilio de buscar otros rumbos que de inmediato pidió permiso sin sueldo y partimos los cuatro de aventura. Mi mamá nos ofreció quedarse con los niños mientras nosotros íbamos a ver que era eso de Purranque, pero antes y como no habíamos tenido la oportunidad de tener una luna de miel como debe ser, nos tomamos unos días en Viña del Mar. Días maravillosos marcados por la naturaleza, el hotel era muy bueno, sin ser lujoso, y nos juntamos con un empleado de la casa Forestier que nos llevó a conocer la costa desde Viña hasta Con-con. Un camino precioso lleno de flores, quebradas y mar…ya se me había olvidado lo lindo que es el mar en esta tierra: mar con olor a mar y con gusto a mar. Fuimos a la desembocadura del río Aconcagua donde llegaron unas lanchas con pescadores artesanales con la pesca del día (o de la noche); era el tiempo de las sierras, enormes pescados azules centelleado a la luz del sol, también había congrios rojos y blancos, peces de profundidad a los que se pesca con mucha dificultad y, corvinas blancas y negras que auguraban un buen almuerzo a la orilla del mar. ¡Qué días tan agradables! ¡Qué buena luna de miel! Volvimos con muchas ganas de hacer cosas, de descubrir nuevos horizontes. Los niños estaban muy bien cuidados por una enfermera especialista en niños que conocía mi mamá así es que nos dispusimos a un viaje al sur del país…cuan al sur…no lo sabíamos…pero no nos importaba porque, aunque fuera al fin del mundo habríamos ido juntos. Tomamos los pasajes en un tren muy bueno “el Flecha del Sur” que sólo se detenía en algunas estaciones y, aunque parezca mentira, en Purranque. Allí, después de viajar todo el día, cansados y con ganas de un buen baño, nos esperaba el doctor Hepp, nos llevó a su casa y pudimos descansar y comer…todo muy alemán…es la zona alemana de Chile, o sea el cambio fue muy grande: de americanos a alemanes. Al día siguiente nos mostraron el hospital, se veía muy bien, una muy buena construcción de dos pisos y con grandes proyectos…(eso le encantó a Emilio). El médico, muy inteligente y capaz le mostró el sitio donde quería que se montara un laboratorio modelo, todo con instrumentos traídos de Alemania, óptica Zeiss, material de vidrio (tubos de ensayo, matraces, pipetas de todos tamaños, porta objetos, cubre objetos, cámaras de recuento, todo de vidrio de Jena) y toda la variedad de material que nos podíamos imaginar…la imaginación volaba, el laboratorio ya casi se podía tocar, los exámenes ya casi estaban a punto de realizarse…todos estábamos metidos en una fantasía del mundo de “nunca jamás”… Pero, siempre hay un pero… “había que montarlo” porque de laboratorio no tenía nada…¡¡Era la antigua lavandería del hospital!…un buen estímulo para quién quería hacerlo todo. Quedaron en que firmarían contrato…pero que de inmediato nos fuéramos a Santiago a hacer un curso de Electrocardiografía para que pudiera hacerse cargo de esa sección y que el laboratorio lo encargarían por catálogo en cuanto llegáramos allá. Fue la decisión más rápida que he visto en mi vida, en un momento estábamos en el norte seco y árido y al momento siguiente nos decidíamos a vivir en una de las zonas más lluviosas del país. Para aprovechar el viaje y no habiendo nada más que hablar, decidimos visitar a nuestra amiga Myriam que vivía en Los Lagos, ¡Qué días más encantadores! ¡Qué bien lo pasamos recordando nuestra juventud!, y además fuimos al Lago Ranco desde donde se veía un volcán con fumarolas y en el atardecer se veía con una corona de nubes rojas ¡Espléndido paisaje! Llegando a Santiago compartimos con mis padres la opción de irnos a trabajar al sur… ¡Pura diplomacia, porque ya estaba decidido!, pero les pareció bien, de todas maneras ellos lo veían como un avance en la carrera profesional de Emilio y nos sentían un poco más cerca. Ya de vuelta a Potrerillos Emilio renunció al cargo con la antelación legal. Mientras, nos empezamos a preparar, no había mucho que fuera nuestro y Bienestar se preocupó de embalar todas nuestra posesiones en unos magníficos cajones: los regalos de boda, las pequeñas cosas que habíamos comprado, el calefactor, los libros, los utensilios de cocina, las dos camas cromadas nuestras, la camita de Luis Emilio y el corral, todo fue debidamente embalado y rotulado. Nada se quebró, nada se perdió ¡Qué maravilla de gente los que trabajaban en esa sección! Además la compañía nos pagaba la vuelta, tanto pasajes como gastos de envío de equipaje… ¡Un ahorro inesperado! En lo que perdimos fue en todos los electrodomésticos que habíamos comprado…no nos servían por la corriente eléctrica. De todas maneras hicimos lo mismo que los americanos: ¡Los vendimos! Llegó el momento de partir y sin pena ninguna nos fuimos. Por última vez bajamos el barranco de los Patos y lo volvimos a subir y después del largo camino nos vimos embarcados en el mismo mini-avión en el que llegamos. Ahora era diferente: llevábamos dos hijos y ¡Qué orgullo el nuestro! Mis padres nos recibieron y nos acomodamos en su casa. Todos estábamos un poco estrechos, grandes y chicos nos ubicamos de la mejor manera; sólo era por un mes, y se pasaría muy rápido. El curso de Emilio empezó inmediatamente, le puso mucho empeño porque era vital para empezar a trabajar. Me parece que de electrocardiografía no sabía mucho, pero con el tesón que siempre pone para aprender algo, fue saliendo adelante. Los días volaban…mis hermanos felices con sus sobrinos…yo feliz con mis padres y mis hermanos…un día me di cuenta que hacía varios meses que no me llegaba la regla… ¡Claro, la leche que le daba a usted! fue lo primero que se me ocurrió, pero mi mamá, que era más avispada que yo, me sugirió que fuéramos a ver al doctor Pardo, su médico y amigo de toda la vida. Allá partimos las dos muy decididas…para lo que yo no estaba preparada fue para su diagnóstico: Embarazo de tres meses. Sacando cuentas usted tenía siete meses y Luis Emilio un año y medio…Un poco exagerado ¿Verdad?…pero un científico muy de moda en esos tiempos, Ogino, hablaba del control de la natalidad mediante un sistema de cálculos de la ovulación: números y fechas a tomar en cuenta para llegar a saber el día de la ovulación más tres días antes y tres días después. ¡Qué cálculo sacaría yo para estar en esos trances tan pronto! De todas maneras…si venía otro ¡Bienvenido! Luego de terminar el curso Emilio, se fue a Purranque para asumir el cargo y yo me quedé unos días más hasta que él encontrara una casa para nosotros. Ustedes y yo estábamos muy cómodos en casa, pero ya queríamos tener algo propio donde hacer un nido. Ese día no tardó en llegar: le ofrecieron a Emilio una casa muy cerca de la Estación de Ferrocarriles y a una buena distancia del hospital, se podía ir caminando. ¿Cómo salimos de Santiago y llegamos a Purranque? Es algo que me he preguntado varias veces y no tengo respuesta. Como por arte de magia en un momento me siento en Santiago y luego instalada en nuestra casa. Por lo tanto dejémoslo ahí y vivamos el cambio juntas. PURRANQUE La casa que había arrendado su padre era bastante grande, tenía tres dormitorios y un baño, con calentador de agua eléctrico en el segundo piso. En el primero: una sala grande, dos salitas pequeñas, un baño pequeñito (apenas para hacer pipí), una escalera al segundo piso que…no se con qué criterio se hizo, porque era sumamente parada y una cocina, como son las cocina en el sur…grande y cómoda, con estantes y una cocina pequeña que funcionaba con leña… ¡Bastante vieja y complicada de manejar! Se llenaba de humo toda la casa cuando me ponía a hacer las comidas…no duró mucho porque nos compramos una estupenda cocina alemana que está vigente hasta hoy. La casa estaba recién terminada, las ventanas no tenían cortinas, tampoco había roperos, pienso que deben haber habido unos estantes para poner la ropa…pero no recuerdo. Las tablas del piso eran de madera tal como sale de los aserraderos, sin pulir, había algunas puertas, pero no todas estaban instaladas; la parte de adelante daba directamente a la vereda, detrás había un patio de tierra donde había un alambre para colgar la ropa y cerrando al fondo un galpón para poner papas, cebollas y ¡¡Leña!! Eso era todo…la falta de muebles hacía que toda la casa se viera enorme; su padre montó los dormitorios arriba y en la sala puso los cajones simulando muebles, no se veían nada de mal, lo que se veía mejor era un cajón estupendo donde habían embalado nuestras cosas en Potrerillos y que acomodamos para que usted pudiera dormir mientras le mandábamos a hacer una camita como la de Luis Emilio…todo estaba bien menos que a los costados decía: “¡EXPLOSIVOS TRONADOR!”. Usted se veía muy graciosa con su carita blanca enmarcada en unos poquitos pelos rubios, sus ojos azules…carita inocente anunciando los explosivos. A pesar de todo yo estaba contenta porque era nuestra primera casa y la podíamos arreglar como se nos antojara, ¡Era cuestión de dinero…lo más escaso! porque lo que habíamos ganado en Potrerillos se esfumó en los días en Santiago, además que su padre quiso comprar algunos instrumentos para su laboratorio. En la cocina pasábamos gran parte del tiempo porque, a pesar del humo, era el único sitio tibio de la casa, ¡Pensar que estábamos empezando octubre y todavía era invierno!, le pudimos poner unas tablas a la escalera para bloquearla en el día y así Luis Emilio no se subiera por ella; usted pasaba sentada en un chal de a cuadros rojos, blancos y azules, sentada tranquila jugando y cotorreando. Muy pronto empezó a balbucear palabras, mientras Luis Emilio no salía de: “papá, mamá y cncnna” (léase cuncuna), había mucha diferencia entre ustedes él era muy precoz-motor y malo para hablar…usted una gorda floja y habladora como un lorito. Un día la tenía sentada en el mueble de la cocina mientras picaba verduras, cuando ¡¡Espanto, horror!! La niña buena y tranquila, tomó un tenedor grande de cocina y lo metió en el enchufe…se quemaron los tapones ¡¡Menos mal que eran malos y saltaron!! El tenedor tenía mango de madera y ¡Por gracia de Dios a usted no le pasó nada! Yo quedé con taquicardia y helada; ¿Qué habría pasado si mi niña se electrocuta?, todavía siento escalofríos de pensarlo. No estaría escribiendo, ni gozando a mi hija, yerno y nieta y seguramente sería una vieja triste y a lo mejor no habría tenido ningún otro niño y sería un receptáculo de dolor sin consolarme jamás. ¡Terrible experiencia! Pasamos un mes adaptándonos a nuestra nueva vida, yo no me sentía muy bien y decidimos que fuera a ver al doctor Timmermann, que era, entre otras cosas ginecólogo. Él me revisó y me dijo que tenía un embarazo de dos meses…¡No puede ser! Le dije que antes de ir a Purranque me había visto el doctor Pardo, en Santiago y que me dijo que estaba de tres, o sea que debería estar de cuatro o cuatro y medio…él insistió agregando: “como soy ecléctico…le haría un raspado”…casi me desmayo del horror. Como pude me fui a mi casa y llamé a mi mamá por el teléfono de nuestra vecina y dueña de la casa, la señora Doralisa. Mi mamá me dijo que no hiciera nada hasta que ella hablara con el doctor Pardo. Al día siguiente nos llegó un telegrama en el que el médico indicaba una semana de reposo y luego si todo seguía igual que habría que intervenir. ¡Reposo en cama! Su padre se las arregló para bajar mi cama y ponerla en la sala, también su cajón, y una amiga…¡A saber quién fue! nos recomendó a una señora que podría ir de día a hacer las cosas…bien, así se hizo, pero…siempre hay un pero en la vida, a usted le dio un herpes zóster en la cintura. Es terriblemente doloroso, en esos días no había más remedio que untarla con mercuro-cromo…usted lloraba…Luis Emilio lloraba…yo en la cama sujetando un niño… el mercuro-cromo corría por las sábanas y frazadas haciendo un dibujo de pintura moderna…su padre atacado de los nervios con el trabajo que era esclavizante…¡Qué días esos! Menos mal que la mujer que vino se “hizo cargo”. Faume se llamaba la mujer que nos socorrió y puso un poco de orden. Era alta, delgada, hiperkinética, fea, madre soltera y luego casada con un vago que le fabricó dos críos, maltrató al mayor y…se largó. Muchos años más tarde, y estando en nuestra casa, le avisaron que él se estaba muriendo en Osorno, ella fue y cuando volvió venía vestida toda de rojo y me dijo: “Así celebro yo la muerte de ese desgraciado”. Ella era muy especial para sus gustos, así como hay personas que no pueden vivir sin chocolates o sin pan, ella era golosa de todo lo que picaba para hacer la comida, igual se comía pedazos de zanahoria como de lechuga o de repollo, y hacía sonar las verduras chasqueándolas. También, como buena sureña, era buenísima para comer papas; llegaba por las mañanas y hacía un “mollo de papas”, es decir una olla de papas hervidas que iba sacando poco a poco, untándolas en ají y ¡Adentro!, para ella y para mucha gente las papas sustituyen al pan. Me parece que ahora, al recordar esos tiempos, estoy entendiendo algunas cosas de mi vida. Yo he rechazado siempre las deudas y el dinero plástico, tal vez la raíz esté allí, en Purranque. Cuando llegamos no teníamos dinero, el poco que nos quedaba se fue en comprar una salamandra para no helarnos de frío. Había que esperar un mes para que su padre cobrara su sueldo y ¡Era mucho tiempo para ayunar! Así es que pedí una libreta en el almacén de la esquina donde se iba apuntando todo lo que pedíamos para hacer la comida, la verdad es que no vi otra salida. Jamás me imaginé que me iba a costar tan cara. Cuando su padre recibió su sueldo, que no era poco, y después de pagar las cuentas, no nos quedó para pagar la libreta y todo un mes más, así es que aboné un poco y seguí apuntando, así mes a mes la cuenta subía y no la alcanzaba a pagar. Fue tanta mi desesperación que le escribí a mi padre y le pedí todo el dinero para abonar y cerrar la cuenta. Me gané un reto de proporciones (con razón) pero él me mandó la platita y pudimos pagar todo y empezar a vivir con lo que su padre ganaba…nunca más deudas, por lo menos deudas chicas en un pueblo inmisericorde. Los días pasaron y llegó el momento de la verdad, el médico volvió a decir lo mismo, que el embrión estaba inviable, que él proponía un raspado ¡Ya!…tal fue la prisa que lo decidí en el momento, ya lo habíamos hablado con su padre y estábamos de acuerdo, además teníamos la opinión del doctor Pardo…y fue así como ese crío que yo suponía de cuatro meses, resultó que hacía dos que estaba muerto. Todo el asunto fue terrible, desgarrador, y mucho de lo que pasó me lo tuve que guardar para mi solita, y lo pasé muy mal. Ya vuelta a la casa y supongo que con una depresión, pero esas cosas no se tomaban en cuenta en esos tiempos. Aproveché un domingo de sol para salir a pasear con ustedes, nos parecía mentira que después de tantos días de mal tiempo, todavía brillara el sol, lo malo estuvo a la vuelta: volví con cuarenta grados de temperatura, me metí en la cama y no supe más de mi vida. Sin saber si era de día o de noche, si estaba viva o muerta, cinco días estuve en ese estado hasta que los antibióticos y la naturaleza hicieron su trabajo; de a poco volví a la vida, a ustedes, a su padre, ¡Qué tiempos! Tengo de esa época recuerdos muy malos, debo haber estado muy odiosa con su padre, porque no tenía valor para estar bien: muchas cosas no me importaban, de todas maneras de una u otra forma salí adelante, no creo haberlo hecho muy bien, pero…era la única manera que podía salir adelante, a pulso. No todo fue negro y pesado, también hubo cosas buenas y alegres como verlos a ustedes crecer y desarrollarse bien y saludables, usted empezó a caminar y Luis Emilio a hablar. La casa que tenía los suelos apenas cepillados, me llamaban a hacer algo y eso fue ponerme a virutillar y a encerar toda la casa y de forma especial el segundo piso que estaba peor, fue un desafío y lo logré, ¡Claro, logré eso y otro embarazo! ¡Qué bien me sentía, parece que mi estado natural era estar embarazada, estaba plena de vida, de alegría, de ganas de hacer cosas, muchas cosas! En esa época peleé un trozo de tierra con la dueña de la casa, un pedazo de tierra que quedaba al fondo, detrás del galpón, hasta que me lo dieron. Una vez alambrado empezó el trabajo, azadón en mano di vuelta la tierra y ¡Qué tierra! Negra suelta, lo que llaman migajón, poca maleza y las verduras se daban muy bien, por lo menos en la época que llovía menos. Sembré habas, arvejas, lechugas, acelgas, frambuesas, cebollas, chalotas, alcachofas, espárragos y papas. Todo se me daba bien y comíamos felices las verduras fresquitas. Luis Emilio me ayudaba como podía y usted le hacía empeño, por lo menos me pasaba las herramientas chicas. Por eso me emocionó tanto verla trabajando sus parcelas de tierra a golpes de azadón, ¿Será algo genético? El gusto por la tierra y lo que produce es algo muy importante, siempre he tratado de tener algo cultivado por mí. Ahora, en el presente no me resulta mucho porque aquí la maleza es muy abundante, pero me gozo los frutos que me dan los arbolitos. 19 Junio 2001 Querida hija: ¡Qué comunicación mental tan grande tenemos! Hoy estaba esperando que fueran las cinco para llamarla y usted se me adelantó, ¡Qué alegría oírla! ¡Qué rico saber que lo que he escrito le gusta! Pero no crea que siempre será igual, a veces uno escribe recuerdos propios que sirven a los demás y otras veces escribe o piensa para uno mismo; yo no tengo discernimiento para eso, ni para lo que hablo tampoco. Hay veces que su papá me abre la puertecita de los recuerdos y yo empiezo a recordar a borbotones, a veces le gusta otras veces se aburre; en fin, lo que le cuento no tiene más pretensión que la de trasmitir algo de lo pasado, algo de lo sentido y por eso estoy aquí, otra vez, ante el cuaderno ecológico que le regalé a mi mamá para que pusiera sus pensamientos, desgraciadamente fue tarde, ni una letra de ella hay aquí, sólo mi dedicatoria y mi estímulo para que escribiera algo, todo lo de ella me gustaba y la textura del papel invita a escribir porque el lápiz se desliza suavemente y no hay ni que pensar en lo que se escribe. También ella, en su momento comentó que “el lápiz cobraba vida propia cuando estaba en contacto con el papel”. Ojalá pudiera yo tener esa facilidad. Al fin tengo una fecha para más o menos guiarme. Era un 7 de diciembre de 1957 cuando se casó Pablo, mi hermano, con Cecilia. Ellos se fueron de luna de miel al sur y de vuelta pasaron por nuestra casa para estar unos días con nosotros. Fueron unos días muy bonitos que me hicieron olvidar todo lo que había pasado. Con ellos salimos de paseo, conocimos los alrededores y nos festinamos unos kúchenes de grosella verde que me regalaba una amiga y que me enseñó a hacerlos. Como no tenía un molde los hacía en ¡Toda la lata del horno! Eran unos enormes dulces que los comíamos con mucho gusto. Usted estaba empezando a hablar un poco más de corrido, por las mañanas abría la puerta de los recién casados y les decía: “Cal “, lo que les pedía eran caramelos, ellos se morían de la risa y sólo para hacerla hablar compraban caramelos en la tiendita del lado. ¡Qué chica era y tan avispada! Después de la estupenda visita de mis hermanos, quedé más animada y con ganas de hacer otras cosas: La Navidad se acercaba y empezamos a montar el Nacimiento. Afortunadamente no nos costó mucho encontrar la caja con las figuras, las tuneras y el papel grueso con las montañas pintadas. Un fin de semana nos fuimos con ustedes al campo, a un bosque que había más o menos cerca y trajimos musgo, helechos y unos arbolitos que no se habían desarrollado bien y parecían bonsáis. También encontramos piedras chicas y semillas de varias clases; con todo su padre montó un Belén muy lindo sobre uno de los cajones más grandes. Con las piedras hizo unos caminos, con un trozo de vidrio y papel aluminio hizo un estanque donde navegaban unos barquitos muy chicos de papel plegado, los hicimos de varios colores y se veían lindos. Las montañas las decoramos con musgo y semillas. En los planos, plantamos los helechos y al medio los arbolitos. Las tuneras delimitaban los espacios, y múltiples figuritas adornaban el entorno. Jesús con su ángel de la guarda, dormía en un sitio destacado. Era una costumbre alemana el hornear muchas y variadas galletas de Pascua y ofrecerlas a los amigos e invitados. Había señoras que hacían hasta veinte clases diferentes, todas especiales con distintos olores, sabores y pintadas de muchos colores; en las bandejas de veían preciosa y el sabor…¡Excelente! Cuando nos fueron a visitar nos llevaron una selección de galletas. pero…se sintieron un poco escandalizadas porque en la sala de nuestra casa tuviéramos sólo cajones para sentarnos y comer. Muy educadas no me dijeron nada, pero a los pocos días llegó una camioneta con una mesa y seis sillas. Se lo agradecimos mucho, fue un detalle. Yo no sabía nada de las galletas, tampoco era una costumbre nuestra, yo no traté de imitarlas, pero…como pude hice varios panes de Pascua con la receta de mi tatá y se los regalé, fueron muy celebradas, además de los que hice para nosotros. Yo sabía que a su papá le encantaba así es que hice una buena provisión, total en mi cocina nueva no era ningún problema poner un molde o dos. Tuve dos amigas chilenas con las que me veía bastante seguido. Una era casada con un alemán, así es que también era amiga de las señoras de los médicos, tenían varios niños un poco mayores que ustedes, vivían de una manera bastante destartalada. Él tenía trabajos ocasionales manejando camiones y era muy simpático. En el salón de su casa había, como adornos en las paredes, unas armas antiguas y sables de sus antepasados que, cuando pasaban todos los niños corriendo entre los muebles las armas llegaban a temblar, ¡Qué miedo que se cayeran! Eran unos niños muy traviesos y alborotadores. La otra amiga era Mila, ellos, chilenos ambos, tenían dos niñas una de la edad de Luis Emilio y otra un poquito mayor, vivían en una parcela muy cerca de nosotros y ella me enseñó muchas cosas de cocina y a cultivar la tierra, también con ella compartíamos los solomillos que nos reservaba el carnicero del pueblo. Me llamaba la atención que siempre nos diera esa carne que, para los chilenos, era la más apreciada, pero a los alemanes no les gustaba, así es que nosotros la gozábamos. Me enseñó a agregar a la dieta hojas de arvejas y habas tiernas ¡Yo no sabía que se comían! Pero eran tantas las ganas de comer algo fresco que feliz las agregué. También, en la fecha, me enseñó a recolectar callampas en los cerros vecinos; partíamos con los niños y llevábamos unas canastas grandes donde las poníamos con mucho cuidado para que no se rompieran, ella me dio la receta para hacerlas con mantequilla al horno y a secarlas para su uso durante todo el año. Las secábamos a orillas de la salamandra y los primeros días salía un olor muy especial… ¡Olor a pipí! Pero todas las personas hacían lo mismo así es que no importaba. Su padre tenía la idea de montar un laboratorio en casa y para eso adecuó una habitación de las de abajo, puso todo lo que habíamos comprado en Potrerillos y la estufa de cultivos que, si bien era bastante antigua, decían que era muy buena, el problema que siempre tuvimos con ella es que demoraba mucho en adquirir una temperatura estable, pero su padre tenía mucha paciencia y de a poco la fue calibrando. La verdad es que trató de tener su laboratorio, pero no resultó por la sencilla razón que no tenía tiempo para ello, el horario de trabajo en el hospital era ¡De locos! Tenía que estar tempranito porque los pacientes llegaban en el tren de la mañana y había que vigilar las tomas de las muestras y más de alguna tomarla él, luego trabajaba a full toda la mañana y llegaba tarde a almorzar, su media horita de siesta y de nuevo a trabajar hasta que todo quedaba entregado para que la gente se fuera con todo listo en el tren de la tarde. Después de todo ese ajetreo, le tocaba el turno a los cultivos y a otras cosas delicadas. Fue un laboratorio que, si bien se montó a gusto de él, con todos los instrumentos y material que él pidió y además le pusieron una ayudante, que no sabía mucho y que él tenía que enseñarle, pero…el problema era que no tenía tiempo para nada, ni para trabajar a gusto, ni para vivir, ni para nosotros, ni para él mismo. Todo era tiempo de trabajo estresante, prisa por tener cuanto antes los exámenes pedidos, no sólo por un médico sino por todos los médicos. Era horrible la insistencia… ¡Un hemograma de tal!, ¡Una orina de cual!, ¡Un cultivo urgente para la señora de…! pero…¿Cómo no está el resultado por la tarde si se pidió por la mañana? y así todo el día y todos los días. No sólo los exámenes del Seguro (que a veces podían esperar) sino los de los viajeros que iban a ese hospital para que los atendieran de inmediato y los exámenes de los vecinos de Purranque, que como eran todos socios del hospital exigían atención preferencial. Por desgracia, su padre no pudo o no supo ponerse en su lugar y exigir sus derechos de trabajo y de honorarios y el asunto era cada vez peor y como todo lo pasado en el trabajo recaía en casa, fue un tiempo muy, pero muy conflictivo. Debo agregar que muchas cosas las he podido ir entendiendo ahora que estoy poniendo en un papel mis recuerdos. El resultado del laboratorio en casa no resultó, por falta de tiempo…pero la estufa ya estaba graduada a 37º y…se nos ocurrió que la podíamos aprovechar en ¡Incubar unos huevos! Tal como lo pensamos lo hicimos, nos conseguimos unos huevos de casa, es decir fertilizados, y empezamos con una docena que había que tratarlos muy bien, eso quería decir que dos veces al día había que humedecerlos, y tres veces al día irlos dando vueltas, tal como lo hacen las gallinas, sabiamente. Veinte días pasaron y nosotros estábamos expectantes…a cada rato íbamos a ver lo que pasaba, Luis Emilio muy interesado, a pesar de su corta edad y usted con todo el alboroto con que tomaba todas las cosas. Los polluelos fueron muy puntuales y el día veintiuno empezaron a picar los cascarones y a salir unos pollitos todos mojados que apenas se podían poner en pie, parecía un fracaso, pero no lo fue, tan pronto como se secaron empezaron a piar y a pedir comida, era una bandada de doce pollitos unos negros, otros rubios y fueron el amor de ustedes. Más de uno cayó presa de tanto amor y no se movió más, pero al resto los pudimos criar; les hizo, su padre, un corralito atrás y les dábamos de comer, crecieron y se pusieron muy lindos, todos diferentes, unos castellanos, otros rojos, alguno blanco… nos encantaban. Cuando los amigos supieron del experimento también quisieron incubar pollos, patos, gansos y…codornices, también nos llevaron unos huevos de perdiz que son preciosos oscuros y brillantes, pero no tuvimos el éxito que con los pollos. Seguramente tienen otro tipo de incubación o de humectación. Había un viejo pescador que vendía pescados y mariscos que él sacaba del mar en Puerto Montt. Se ponía a vender sus productos cerca de nuestra casa, yo era una clienta fija y nos tomamos confianza. Él siempre me veía con un niño de la mano y me daba un piure con limón, me decía: “tenga señora esto es bueno para la matriz”, el piure no me gustaba mucho, pero…si había que pasar por él para tener buen marisco, me lo comía. Mariscos del sur ¡Maravillosos! Un día me ofreció ostras, ¡Un lujo! Y yo le pregunté el precio, no resultaban nada de caras, lo único problemático era que ¡Venían en cajas de cinco kilos! ¿Se puede imaginar cuantas ostras sureñas, que son chicas y verdes, pueden caber en cinco kilos?…pues ¡Muchísimas! Además de ellas; usted, si acaso picaba una y Luis Emilio…una que otra ¡Por monería! Una cosa es lo que uno se imagina cuando compra o encarga una cosa y otra bien distinta es cuando se la traen. Cuando abrimos la caja, creíamos que vendrían como las que ofrecen en las marisquerías del Mercado Central de Santiago, o sea: abiertas, limpias y ¡Listas para el consumo! Pues…estas venían directamente del mar a la mesa, o sea cerradas (porque venían vivitas) y llenas de arena y otras cosas…lo más seguro es que llegaran de sorpresa porque yo no tenía ni un limón. Tuvimos que abrirlas con su padre a la fuerza, ¡Bien porfiadas y fuertes eran las ostras, preferían ser despedazadas a ser comidas dignamente por nosotros! Realmente fue una gran pelea y pasando las horas acabamos con ellas porque no nos atrevimos a dejarlas para el otro día, no teníamos refrigerador y a pesar del frío permanente nos dio miedo… ¡Que vivan las ostras…al seco! Cada vez que veo una ostra del sur me acuerdo cómo sabían de ordinarias sin limón, llenas de pedacitos de concha que nos hacían rechinar las muelas, y…¡Hasta sin vino blanco helado!. El viejo pescador nos llevaba los más hermosos choros que he visto en mi vida, grandes, robustos, de carne firme y amarilla. Los comíamos tanto crudos como hervidos y en el tiempo que no habían él nos llevaba unas cuelgas de choros ahumados o de piures secos que, al remojarlos y cocinarlos con arroz, quedaban bastante buenos, un poco pasados a yodo ¡Pero eran saludables y buenos para el desarrollo de ustedes! En una estación determinada, y en un sitio que no recuerdo, (supongo que sería en la salida al mar de algún río cercano), sacaban con redes unos pescaditos muy chicos, llamados “mote” de no más de cinco centímetros de largo. En dos oportunidades, un amigo de su padre nos llevó ¡Medio saco de pescaditos!, lo único que había que hacer era lavarlos con agua, pasarlos por harina y… ¡Al aceite caliente! Eran una maravilla, sabrosos y se comían una sartén detrás de otra ¡Fuertes panzadas nos dábamos! También había que comerlos muy rápido y como todo el mundo tenía su cuota de pescaditos no había con quién compartir. Ya grandecita, una vez comentó usted que el primer vestido que se había puesto había sido el uniforme, pero no, no fue así. Estando en Purranque, y en medio de un derroche de amor, su papá le llevó de Osorno un vestido de organiza amarillo, se veía como un patito recién salido del cascarón ¡Pobre vestidito, duró la postura y la foto! Luego la niña se olvidó de ser señorita y se llenó de barro con lo que el almidón de la organiza se derritió y el vestidito quedó irrecuperable. Si alguna vez encuentro la diapositiva se la mando para que se vea de señorita. Tiempo de Purranque, tiempo de frío y lluvia, de barro e incomodidades ¿Estaríamos allá dos años? Creo que sí, o un poquito más: tiempo de perder una guagua, de tener a Joaquín y de irme esperando a Juan Agustín, todo seguido sin respirar, sin puntos ni comas. Tiempo húmedo, tanto que yo no hacía las camas, por las noches secaba las sábanas en la estufa y les hacía las camas calentitas. Llover y llover. Conté más de noventa días de lluvia y me desesperé, no seguí contando y opté por hacer la vida del sureño: llueva o no se hace lo mismo. En la plaza, los domingos se paseaba con paraguas y chapoteando en el barro, se daban vueltas y vueltas, todo el pueblo que había ido a Misa se paseaba sin importar cuánto estuviera lloviendo. Simplemente a la lluvia no le hacían caso. Cuando llovía menos, a ustedes les ponía botas y mantas y a jugar a embarrarse, total, después los metía al baño. No debe haber sido mala la receta porque no se enfermaban. Otra cosa mala de recordar me pasó con usted y que nadie lo supo. Un día estaba yo arreglando los libros en los eternos libreros de tablas y ladrillos y usted dale y dale con botarlos al suelo hasta que me hartó y le di una palmada en la mano, ojalá nunca lo hubiera hecho, puso los ojos en blanco y se cayó de espaldas, ¡Qué susto! ¡Qué arrepentimiento! Si fue impresión o si fue teatro nunca lo supe, pero nunca más pasó. También en esa época su papá se motivó por hacer una cometa, grande y hermosa de palos de coligüe y plástico, era pura ingeniería. Luego vino la ¡Cooola! yo creí que con un metro bastaría, pero no fue así. Eran treinta metros de cordel de embalar y cada veinticinco centímetros se amarraba un pedacito de género de distintos colores. Se me acabaron los restos de ropa vieja y tuve que salir a buscar, encontré unos restos de telas en la casa-tienda de unas turcas que me regalaron lo suficiente para terminarla, además, me gané su amistad que duró el tiempo que vivimos allá y cuando yo salía las pasaba a ver y me daban un café que era CAFÉ, quedaba una borra de un dedo en la taza y yo, saltando y brincando, llegaba a mi casa. Cuando la cola llegó a treinta metros y mis manos estaban tiesas de hacer nuditos en el cordel, llegó el momento más importante: hacer el hilo para elevarla. No era un hilo cualquiera, de cualquier volantín, ¡No señora, no! era el mismo cordel de la cola, pero pasado por cera de abejas y doble, o sea acordonado, y tampoco podía ser corto —nada era, ni corto, ni chico, esa cometa parecía ideada por un argentino—, sino largo, muy largo, tanto que lo ovillamos en un coligüe de ochenta centímetros y terminó midiendo unos 200 metros o más ¿Qué tal? A esas alturas mis manos, además de heladas, refregadas y enceradas, me dolían pero… llegó el momento ideal, soplaba un viento sur que hacía volar hasta las tablas de la estación. Fue el momento y partimos a la excursión, Luis Emilio con el cordel, Emilio con su cometa, yo con usted y la caja con la cola. Todo se arregló y la cometa voló como un pájaro, se perdía entre las nubes y a nosotros se nos desarmaban las cervicales de mirar tanta maravilla, hasta que se acabó el cordel que, gracias a la prevención de su papá, estaba amarrado fuertemente al coligüe y entonces, como una concesión su papá le pasó el palo a Luchín, quién se elevó medio metro sobre el suelo, pero no aflojó. Menos mal que su papá recobró hijo, palo y cometa ¡Qué aventura! Esa cometa la llevamos a Santiago y Roberto se acuerda de una vez que la elevamos en el cajón del Mapocho, pero ni el viento era el sureño, ni la libertad de vuelo era total. Me imagino que sucumbió en algún cable eléctrico, pero la verdad es que no me acuerdo si la volví a ver. Otra anécdota de esos tiempos fue genial: los marinos regalaron al pueblo un busto de Prat o de O’Higgins, no recuerdo bien, pero de un personaje histórico era; entonces el alcalde pidió a un albañil “enterado” que hiciera un pedestal igual al que había en el pueblo vecino. El “enterado” fue, midió, trabajó como un enano y preparó la inauguración del busto. El alcalde, con pompa y circunstancias, banda de música y busto tapado con un lienzo comenzó la ceremonia con discursos patrios de A y B, con música de banda militar C y D hasta llegar al momento en que el alcalde descubre el busto y… mucho suspenso… aparece un bustito enano en un ¡Enorme pedestal de piedra! Todos nos quedamos mudos y atónitos. El alcalde se tragó el discurso y nosotros los aplausos. Tiempo después supimos que el “enterado” tomó medidas en centímetros y las aplicó ¡En pulgadas! ¡Pobre prócer! Parecía una figura de dibujos animados. No fui feliz en Purranque, a pesar de tenerlos a ustedes y de no desear grandes cosas. No fui feliz, fue un tiempo difícil, de malas relaciones, de mucha incomprensión, seguramente parte de todo esto era culpa mía, no me gustaban las alemanas ni sus comidas, ni su mala educación. Su papá pasaba todo el día en el hospital y no había mucho que hacer ni donde ir. Si alguien me preguntara un sinónimo de Purranque o si jugáramos a decir la primera palabra que se nos ocurriera al oír Purranque, creo que contestaría “repollo”. Todo el invierno había repollo casi sin alternativas: repollo liso, repollo crespo, blanco o verde, grande o de Bruselas, morados o coles, cole-nabos o nabos, en el fondo era lo que había en la zona y se comían crudos, fritos, con manzanas, con castañas, frescos o agrios, de todas maneras producían algo más que los gases normales del intestino. Para paliar la dieta había un tren frutero que pasaba una vez por semana por la estación y era como una feria. Había, lo que había en Santiago, pero de inferior calidad, allí iba yo con mi panza de turno a abastecer la casa de lo que yo podía cargar mientras Luis Emilio la cuidaba a usted, claro que con dos años no sería mucho ni muy bien, pero al menos se cuidaban. Otra cosa había de comer allá “CARNE” ¡Oh! ¡Cuanta carne y cuan buena!, el carnicero me reservaba un solomillo entero dos veces por semana, por lo tanto comíamos carne desde el desayuno. Tan chicos que eran usted y Luis Emilio, y tanto que me ayudaban, yo no tenía ayuda de empleada y cuando estaba esperando a Joaquín usted me ayudaba a hacer el aseo y a lavar la loza. Cuando nació Joaquín, se los llevó una amiga alemana a su casa quien, en una semana me los cambió, de ser niños libres y alegres, me los devolvió limpios, peinados y educados, diciendo: “Pite Pite” (o algo parecido equivalente a “por favor”) ¡Qué horror! Casi me da un soponcio, creo que mi amiga no había llegado ni a la esquina cuando yo ya les había quitado las ropas perfectas y los había chasconeado, ¡Se acabó la educación alemana! Si soportaron esa semana sin traumarse creo que soportarán todo lo que les dé la vida. Le incluyo una pequeña meditación que encontré. La hice en el curso IFAP y porque me gustó se la mando: MEDITACIÓN Dios es amor, amor a su creación, amor a sus hijos, amor desmesurado que abarca a todos, a buenas y malas; amor que me sobrecoge, que me sobrepasa, amor que veo en sus criaturas, amor que palpo en mí misma, cuando estoy caída me levanta, cuando desorientada me guía. Amor en el que me refugio cuando tengo que decidir algo en mi vida. Fue ese amor el que puso en mi camino a mi marido, el que me dio a mis hijos, el que guió mis pasos por Chile desde Potrerillos a Purranque, de Santiago a Iquique, de Antofagasta a Canarias y de Canarias a Calera. Tuve problemas de relaciones y de dinero, problemas con los hijos, penas y distancias. Difícil sería detallar, pero siempre fui de un sitio a otro siguiendo al hombre que Dios puso en mi camino, mis hijos saltaron de un colegio a otro sin profundizar amistades, pero creo que fueron felices teniéndose unos a otros y todos dependiendo de Dios. En este camino conocí la vocación de cristiana, y la reconocí en el curso IFAP. Ahora comprendo que cuanto hice fue siguiendo esa senda marcada por Dios. Como ser humano imperfecto, muchas veces caí en pecado y cuantas veces pedí perdón y fui perdonada, tan grande es la Misericordia de Dios. Hoy miro atrás y siento su gracia, su presencia y me doy cuenta que lentamente me he ido convirtiendo al Señor y cada día me voy acercando más a Él en lo que Él más quiere: sus pobres. Hoy no tengo hijos por quien velar, ni trabajo que hacer, me puedo dedicar más a mis viejos, a los pobres y ancianos y llevarles una palabra de aliento, una ayuda en su necesidad. Tengo todo lo que necesito para ser feliz y lo soy, no me canso de agradecer a Dios todo lo que Él pone en mi mano y me entrego a su amor. 19-09-98. Por ahora le quiero contar tres cosas que le pasaron a su papá que, en su momento causaron espanto, pero hoy me da risa, —aunque sea faltando a la caridad—. Su papá manejaba el Banco de sangre y por lo tanto tenía que estar presente en las operaciones. En una de ellas el médico pretendió cauterizar un vientre abierto con bisturí eléctrico ¡¡No se dio cuenta que estaba lleno de éter!! La llamarada llegó al techo, su padre tomó rápidamente un extintor y lo vació en el sujeto. Nunca se supo si el enfermo murió quemado, mal operado o extinguido a chorro. En otra oportunidad, el asunto se repitió pero un médico apagó las llamas con una frazada. El operado también sucumbió ¡Cualquiera se pone en manos de un cirujano! Y eso que el cuerpo médico era bastante bueno, a lo mejor los bisturíes eléctricos eran los primeros y no había experiencia o la seguridad tampoco era muy buena; en fin “asando” pacientes se aprende ¿Verdad? Llegó un médico nuevo, chileno, sobrino de uno de los mandameses del hospital. Estaba recibido de hacía poco tiempo, así es que tenía una teoría muy “avanzada”. Recibieron de urgencia a un alemán que se había disparado un tiro en la cara y este médico no encontró nada mejor que pedir con voz autoritario: “¡hielo, mucho hielo, todo el hielo que se necesite para llenar una tina de baño!”. Todo el personal se dedicó a vaciar las neveras y a buscar barras de hielo para meter al herido y lo lograron… ¡¡¡Tres días sobrevivió!!! ¡¡Pobre suicida, eso no lo pensó cuando se disparó!! Una semana antes del nacimiento de Joaquín se produjo una catástrofe familiar. La Faume se fue, nos pidieron la casa —allá era muy difícil encontrar donde vivir—, menos mal, como le comenté antes, su papá encontró una casa al otro lado del terreno de la estación, la que ocuparíamos al mes siguiente. Mientras tanto me tocó el momento de tener a Joaquín. Una semana antes se fueron ustedes dos donde mi amiga alemana, por lo tanto, me quedé sola a afrontar “el momento”, sola en casa, con una barriga enorme, durmiendo en un segundo piso con una escalera empinadísima. (Ya como a los cuatro meses me caí de espaldas escalera abajo, como un palo de escoba y se me quedaron los escalones marcados en la espalda). Tenía pánico de bajar, así es que lo hacía una vez al día. Así pasó esa semana hasta que el 20 de Enero sentí que era el momento, su papá vino a almorzar y se fue porque tenía trabajo ¿Y yo? también tenía el mío; creí, inocente de mí, que encontraría en su momento un auto, alguien que me llevara, pero… era el día del Santo del pueblo, San Sebastián y no había nada ni nadie cerca, ni lejos. Cuando las contracciones eran seguidas tomé mi maleta y me puse a caminar… muchas cuadras… no sé cuantas… a cada contracción me tenía que afirmar en un muro o en un poste y así llegué al hospital. Yo creí que la chiquilla se me salía, pero nada, para variar mis hijos se aferran a mi vientre y no quieren salir, o a lo mejor es al revés, tan bien me siento embarazada que no quiero dejarlos salir. (Hablo de chiquilla porque como a los seis meses, su papá se enteró que había un examen de saliva, última, última palabra para determinar el sexo de la criatura por nacer, pasé medio día juntando baba en un vaso para este maravilloso y último examen, y dio mujer, yo feliz que usted tuviera una compañera (aquella que tanto anheló y que varias veces me culpó por no tenerla ¿Qué sabía usted de esas cosas y de cuánto me hería? En fin, cosas de niña) Su papá no estaba tan contento, nunca supe porqué, usted sabe cómo es. Pero sea como sea no quería salir y yo estaba con tres de dilatación y me mandaron a caminar ¡¡Caminar en Purranque!! Diluviaba con toda la parafernalia del sur: viento, lluvia, truenos y relámpagos, total había que hacer algo y partí ¡Rumbo al cementerio! Por lo menos tenía un camino mejor, recorrí todo lo que pude, era lindo el con árboles grandes y tumbas muy arregladas, era el paseo favorito de ustedes. Después de mucho andar llegué de vuelta al hospital donde atendía un personal mínimo (todos estaban en la fiesta del Santo). Mi asombro siguió en la sala de partos, no había camilla sino media cama, la parte de atrás con una barra arriba, para: ¿No caerme? ¿Pujar? ¿No salir corriendo? No lo supe porque lo único que quería era que su papá estuviera conmigo, pero mandó un recado “Estoy haciendo un líquido céfalo raquídeo de un niño y no puedo ir” ¡Qué pena! ¡Qué sensación de abandono! ¡Qué soledad! Y entre lágrimas, mocos y dolores nació un niño y de chiquilla nada, era lindo, gordito y saludable. Como todo el personal estaba de fiesta tuve que quedarme en la media cama hasta que su papá terminó de trabajar y entre él, la matrona y un mozo fortachón me llevaron a mi pieza. La actitud de su papá parece terrible y lo fue en ese momento, yo tuve un mal rollo con él por años, hasta pensé que mi vida con él había terminado, debo habérselo escrito a mi mamá porque ella me contestó para que tuviera siempre presente, que seguramente me arrepentiría, que le diera tiempo, y que luego hablaríamos: Para ver claro se necesita estar muy tranquila, para tomar decisiones hay que usar mucho la cabeza y no dejarse llevar por impulsos que después son fatales. Deje pasar un tiempo sin cambiar nada, lo que pase la tormenta ya verá lo que hace, el Señor la ha de ayudar. Cuente en todo momento con nosotros que vivimos pensando en sus cosas, prontos para ayudarla cuando usted nos necesite. No sé como volver a lo anterior, ¿Será un punto aparte? ¿Bastaría con eso para volver a tratar un tema que pasa de recuerdo a dolor, a reflexión y a risa también? En fin pasó así no más, pasaron años antes que entendiera la actitud de su papá y lo hice cuando tuve en mis manos un líquido céfalo raquídeo de un niño y tuve que cerrar el Laboratorio para hacerlo, supe que de ese examen dependía la vida de una criatura, en ese momento entendí a su papá pero ¿Le costó mucho explicarme a mí en ese momento lo que significaba su ausencia? ¿Por qué tuve que cargar yo ese mal rollo? ¿Fue ese el fin, el principio o el medio de la mala comunicación? No lo sé, pero doloroso sí lo fue, tanto que pensé en irme, en volver a casa de mis padres. Ahora pienso si sería una depresión post-parto o si había otra razón para actuar así. Luego de estar en casa, el crío lloraba y lloraba, el genio del médico dictaminó: “Usted no quiere amamantar a su hijo, lo dejaremos llorar hasta que usted quiera darle leche” todo con voz y cara de furia, yo me sentí mal, acomplejada y me decía ¿Será cierto? ¿A tanto llega todo lo que pasé que tiene que pagar un inocente? Y le atracaba pechuga a cada rato, pero el pobre se ponía azul de llorar y mis pechos secos o con dos gotas, como siempre. Nunca tuve mucho que dar. Antes de irnos al fundo yo estaba tonta de no dormir, de lidiar con un crío que no cerraba la boca y que se enflaquecía ante mis ojos ¡El pobre tenía hambre! Me enfrenté al médico y le pedí comida para el niño. Me la dio, pero con cara de decir ¡Qué mala madre es! ¡Qué distinta a las madres alemanas que gozan de un servicio de leche permanente! Bien, me parece que mi mamá me fue a buscar y nos fuimos en tren a San Carlos donde nos esperaban mi papá y Pilar, los padrinos de la guagua. De inmediato nos fuimos a la Parroquia de los Trinitarios donde un amigo de mi papá bautizaría al niño, todo estaba hablado, todo estaba bien, todo estaba en hora para llegar al fundo con luz, salvo que nadie dijo que la Iglesia estaba en reparaciones y que tenía el piso levantado, las baldosas, una por aquí y otra por allá, poca luz y a tropezones entramos. Al llegar a la Pila Bautismal nos encontramos con un visitante no esperado, ¡Un féretro con muerto y todo! Pasamos del tema porque teníamos el tiempo justo, así es que cerquita del difunto (quién sabe quien fue) el niño tuvo nombre, Joaquín Jorge, y entró a tomar parte de la Iglesia de sus padres. Todos felices nos fuimos al fundo a tomar sol —antes de las UV—, a estar en paz, a llenar la barriga del hambriento, a dormir, a comer tortillas y huevos —antes del colesterol— y muchas frutas y verduras —antes de las bacterias— ¡¡Qué maravilla!! Ser otra vez niña, estar con la mamá de regalona, poder hablar, soñar, recordar; casi sin responsabilidades, todo controlado, usted gozando y yo también. Nos arreglamos en mi pieza de siempre, la que da a la cordillera y donde el puelche azota todo el verano, fresca y agradable. Cierro los ojos y la veo, la huelo, la siento, las tablas del techo tienen un dibujo especial, los nudos de la madera son más oscuros y a veces se ven formas de caras de gente, de perro, de aves. Huele a madera recién cepillada donde han parchado el piso o las contraventanas, huelen las frazadas y los colchones recién esponjadas, la lana hilada y tejida por la señora Leonides, me remonta más atrás a la primera vez que fui al fundo. Tenía ocho años cuando llegamos al Durazno, a las casas viejas, al lado de los castaños, ese año fue marcado, primero un incendio acabó con la casa y con todo lo que había dentro y luego el terremoto de Chillán que me dejó con terror a los temblores hasta hoy. En fin recuerdos y recuerdos. Mi pieza fue mía siempre desde que llegamos al Naranjo hace ya 51 años, ese año mi papá compró el Naranjo y fuimos con Pablo en Septiembre a hacer la mudanza, desde el Durazno, por Los Quillayes y luego por La Piedra, en una caravana de 10 carretas tiradas por bueyes donde se cargaron las cuatro cosas que teníamos. Parecía una caravana del oeste, los gritos de los trabajadores a los bueyes “Pintado” “Trébol” ¡Ah! “Vamos” “A’onde” ¡Ah!, siempre las juntas tienen nombres que concuerdan y siempre son los mismos bueyes los que constituyen la junta. Más me vale abrir los ojos y centrarme en el hoy, ¿Qué saco con seguir escarbando el pasado como las gallinas, picando aquí y allá? Creo que su turno llegará y hablaremos del fundo, del Land Rover, a lo mejor de mi infancia o de lo que usted quiera, no sé hasta donde llegaré con esta historia porque muy pronto los recuerdos míos serán también los suyos y allí ¿Qué haremos? Bien, hagamos un punto aparte bien largo y volvamos al fundo con Joaquín recién nacido. El alimento recetado por el sabio alemán le cayó pésimo, le pasó el hambre, pero le provocó una diarrea terrible, a mi se me inflamó una glándula mamaria y ¡¡Llegó su papá!! Lo recibimos como un salvador, y lo fue, se quedó con ustedes y mis hermanos chicos mientras mi papá, mi mamá, Joaquín y yo partíamos de safari en Land Rover a Santiago. A saltos y brincos, yo trataba de darle agua a Joaquín que se deshidrataba por momentos así llegamos a la capital en busca de médicos que nos aliviaran, menos mal que estaban los de siempre y nos sacaron adelante. El pediatra se horrorizó al saber la leche que le habían dado a Joaquín ¡¡Era para niños grandes!! Pasamos como dos semanas rehidratando al niño (hoy lo hospitalizarían y le meterían un suero por la mollera) yo… le cuchareaba agua con suero Ringer (asqueroso) y con la otra mano me sujetaba una compresa de agua caliente en el pecho afectado. Mi mamá hervía agua para ambos efectos y la atención familiar era sacar adelante a esta pareja. Al fin todo pasó. Joaquín empezó a tomar su leche ácida, que le hizo muy bien, mi pecho volvió a ser el de siempre o sea la nada misma y empezamos a preparar el safari de vuelta: la ropa, los pañales —de género—, las mamaderas y ¡El picnic para el día! Todo listo, todos en el auto revisando puntos ¿La luz? ¡Cortada!, ¿El agua? ¡Cerrado el medidor!, ¿El refrigerador? ¡Vacío y abierto!, ¿La basura? ¡Fuera!, ¿Alimentos no perecibles? ¡No hay! Entonces: ¡Al Jeep!, ¿No falta nada? ¡No!, ¿Nos vamos? ¡Sí! Y… no más apretar el botón de arranque me veo los brazos vacíos y grito: “¡Espere papá, se me quedó la guagua!” Casi me mataron, pero lo fui a recobrar, estaba durmiendo, feliz y al fin llenito. Después de rescatar a Joaquín nos fuimos de safari al fundo; como siempre, picnic en los bajos de Talca, calor en Camarico y llegada al atardecer al Naranjo ¡Qué alegría volver a verlos! Su papá se lució con ustedes y con mis hermanos chicos: salieron de paseo, buscaron y disecaron bichos, se bañaron en el río, pescaron y se lo pasaron muy bien. Ese año usted cumplió dos años y lo celebramos como siempre, le hice una torta de bizcochuelo con manjar y tapada con merengue, pero éste se lo teñí de morado, se veía rarísima, parecía veneno. También hicimos gomitas caseras y galletas de avena, todo salió muy de cumpleaños de niño de campo. Así fueron pasando los días y casi sin saber cómo su papá volvió a su trabajo y nosotros seguimos de regalones a la sombra de mis padres. Mi papá se miraba en usted, encontraba que no podía ser mas linda y más señorita grande, porque hablaba como una lorita y era una monería, con esos enormes ojos azules que lo decían todo lo que no articulaba su lengua; tierna y cariñosa, todos la querían y usted se lucía en todo, era la reina del Naranjo, el florerito más lindo y consentido del mundo. Mientras Luis Emilio jugaba a ser grande y fuerte como un torito, se embestía con Roberto, que se ponía terriblemente celoso y le daba pelea, había que estar atentos porque a veces se le pasaba la mano y se lastimaban. A esa edad, tres años de diferencia es mucho. Un día tuvimos una lluvia de verano, cayó agua a chorros, no hacía frío y estaba tan agradable que yo les saqué la ropa y piluchitos se fueron al patio que estaba todo embarrado, patinaron, se tiraron barro, lo pasaron fantástico, el resultado fue niños enteros cubiertos por el barro, irreconocibles; su papá le sacó una fotografía para testimoniar el hecho y le mandamos una copia a sus abuelos canarios. Casi les da un telele ¡Desnudos! ¡Embarrados! ¿No se enfermaron? Pues no, desnudos, embarrados y sanos. La lluvia es salud y la felicidad también ¡Total un buen baño y ropa seca los previno de todo mal! Fuimos felices ese verano y todos los veranos en el fundo. Yo solo quería vivir día a día, gozar a mis padres e hijos, no saber de problemas, neuras ni de nada desagradable, pero… llegó el momento de volver a Santiago y yo me “colé”. A los pocos días de estar allá mi mamá me emplazó: “¿Se va a quedar aquí para siempre? ¿Se lo ha dicho a Emilio?” y siguió: “eso no es justo, su marido es un hombre bueno que no merece ese trato, ¡Se va a arreglar sus cosas a Purranque y luego si no tiene arreglo se viene y nos arreglamos!”. Así me fletaron a Purranque en el Flecha del Sur, un tren rápido y bastante directo, sólo se detenía en las estaciones importantes, era un tren moderno para esos tiempos, lo bastante importante como para tener asientos acolchados y numerados y, un asistente que se preocupaba de los pasajeros, (algo así como en los aviones). Ya se puede imaginar la fiesta que fue, con Luis Emilio de tres años, usted de dos y Joaquín de tres meses, ¡Un horror! Más encima el tren se averió por el camino y se demoraron varias horas en arreglarlo. La calefacción se apagó definitivamente y nos empezamos a helar; el asistente, compadecido de mí, nos pasó a primera clase, mucho mejor, más cómoda y fina, hasta comida nos dieron. Así llegamos muy atrasados a Purranque como a las dos de la mañana. Yo iba pensando cómo me las iba a arreglar para bajar del tren calientito al frío y a la lluvia del sur, no contaba con su papá porque… claro, las cosas no estaban bien. Con lo que tampoco conté fue con la astucia de mi mamá que se comunicó con el hospital, y a mi bajada ¡¡Oh sorpresa!! Su papá con dos mocetones, frazadas y la ambulancia, cada uno bajó un niño y nos fuimos a casa. Yo no salía de mi asombro, muchas ideas pasaron por mi cabeza, pero fueron marginadas para que una sola quedara “Me quiere y yo a él”; en ese momento opté por él a pesar de sus cosas, a pesar de todos los desencuentros, a pesar de todo era más grande mi amor por él y decidí quererlo a pesar de él, ser feliz a pesar de él. Creo que en ese momento se cerró un capítulo de mi vida para empezar otro, y no solamente un capítulo, sino también otro hijo. Llegamos a Purranque a una casa nueva, de un piso, más caliente, porque teníamos una salamandra en el hall y una estufa a parafina en los dormitorios, que eran dos, separados por un arco. Lo malo era la tierra, era muy mala y no pude hacer huerta, pero tenía un gallinero así es que crié pollos, los alimentaba con los restos de comida y cáscaras a las que agregaba afrecho, se pusieron lindos y ¡ricos! Cuando recuerdo esa etapa de Purranque no deja de asombrarme lo agrandados que eran ustedes: a Luis Emilio lo mandaba a comprar a la esquina, la vereda estaba al lado de una acequia bastante grande, casi diría que era un canal chico, jamás se me ocurrió que se podría caer o meterse a curiosear, no, Luis Emilio iba y volvía por el medio de la acera, con el pan en una bolsa a su medida, el vuelto y la mirada al frente, serio y responsable. Usted era la alegría de la casa, siempre feliz, siempre sonriendo, siempre hablando como un pajarito, nunca tuvo celos de Joaquín, todo lo contrario se preocupaba de él. La Faume se había ido y todavía yo no encontraba quién me ayudara. Como yo no me podía agachar a lavar en la tina de baño, Luis Emilio descacaba los pañales de Joaquín y yo los lavaba en el lavatorio. Debo haber tenido una lavandera para la ropa de la familia, casi no me acuerdo, pero los pañales se lavaban así. También el aseo era compartido por tamaño; usted sacaba el polvo (siempre presente) de todo lo que alcanzaba, Luis Emilio seguía hasta su tamaño y yo de allí para arriba. El lavado de la loza iba igual, usted lavaba las tapas de las ollas y las cucharas, Luis Emilio lo que podía y yo el resto. ¡Ah! La ropa no se secaba afuera, porque llovía y llovía, entonces sobre la cocina a leña había un sol de madera y en los rayos se ponía la ropa mojada (en esos tiempos ni máquina de lavar, ni centrífuga, ni de secar) y los olores a coles surtidos, a bifes de dos vueltas y otras exquisiteces iban saturando la ropa, al final hasta los calzones olían a comida, pero en todas partes era igual así es que nadie olía a nada raro, a lo mejor algún turco olía a algún aliño exótico, pero de eso no hubo reclamos. Hoy pienso ¿Cómo sería el olor de las camisas de su papá? Blancas, planchadas y oliendo a col con carne y la verdad es que me da vergüenza. Yo creí que nuestro paso por Purranque había sido corto, malo, húmedo y hediondo, fácilmente olvidable, pero parece que el sistema de recuerdos funciona en cadena, a más contar más recordar. ¡Qué pena me da la gente que dice no tener recuerdos! ¡Y la que dice no soñar! A mí me da dolor en el corazón de pensar en tener alguna vez, alguna enfermedad degenerativa que me borre los recuerdos y los sueños ¿Qué sería de mí? ¿Qué quedaría de mí? Me moriría de pena, porque recuerdos, buenos o malos son una parte importante de la vida y a fuerza de esfuerzo se reafirman y se graban, así es más difícil que se borren y escribir esto me ayuda. No le puedo decir que toda, toda mi vida la recuerdo, sería mentir, pero recuerdo muchas cosas y a fuerza de escribirle, recuerdo más, no sé si a usted le interesaran recuerdos que a usted no le tocan, pero, por lo visto, a mí sí me interesan. En el terreno del Ferrocarril había una gansa blanca con los ojos azules y cuando el tiempo estaba más o menos bueno yo le decía a usted: “Vaya a saludar a su mamá”; usted se le acercaba y despacito le decía: “buenos días mamá”, la gansa le contestaba, un poco enojada, “haaaa”, usted, entonces corría a la casa como un pajarito gritando: “Ya me saludó mi mamá, ya me saludó”. Así pasó casi un año entre lluvia, olores, frío y quehaceres varios porque, aunque no lo crea, algo le hacía a la costura y de allí, de mis manos salieron camisas, pantalones, pijamas y para usted algún delantalcito con alitas —era casi un logro, usted sabe lo torpe que soy—. También tejía chalecos para ustedes y trataba de introducirme en la más simple de las cocinas. Tocó otra vez volver al fundo. Ahora me admiro que su papá nunca hizo problemas con esto del fundo, él iba y gozaba, pero eran sus vacaciones, nosotros nos tomábamos vacaciones escolares, a veces me pregunto ¿Qué comería no estando yo en casa? Supongo que lo haría en el Hospital, yo no recuerdo ni él tampoco. Antes de casarnos yo dejé bien claro que necesitaba del fundo y él siempre lo respetó ¡Gracias aunque tarde! Nunca lo valoré, me parecía lógico, como tantas cosas que di por lógicas y que no pensaban en ser así, ni normales, ni justas. Bueno, ya estábamos en el fundo otra vez, con un año más, y yo con otra barriga a cuestas, pero feliz; feliz por estar allá, por sentirme bien, por estar de regalona. Estaba con unas energías que cansaba al resto de la familia. Ese año se anunciaba el matrimonio de Mariano y Patricia, y ellos se iban al fundo, a la casa de El Falar, así es que me puse en campaña de hacer mermeladas, dulces y conservas para mis padres, para Mariano y para nosotros. Mi papá me compró dos quintales de azúcar, y me puso una ayudante. Así pasé todo el verano haciendo cosas ricas. No sé si a lo mejor ese año hubo abundancia de frutas o que tomamos vacaciones más largas, el caso es que hice e hice cosas para todos. Íbamos al potrerillo a buscar moras por la tarde en baldes —parece que siento el olor a moras maduras calientes por el sol— y luego hacía la mermelada en la paila de fierro enlozado de mi tatá ¡Qué maravilla! Hacía 15 kilos cada vez. Después de las moras vinieron los duraznos, las peras, las manzanas, los membrillos, de todo esto hice dulce, conservas y mermelada. Para conservas me dieron una receta que resultó mágica: en trozos se mete la fruta en botellas, se les agrega almíbar suave, se tapan con corchos y se atan con “nudo del boticario” —de esta manera no se destapan—, luego se meten en el “fondo” (donde se lavaba la ropa) y se acolcha con paja. Todo esto se pone al fuego a hervir durante una hora y se deja enfriar hasta el otro día tapado con un saco. También hice conserva de tomate y tomate con choclo: para éstos se agrega agua con sal y se hierven 3 horas. Intenté hacer charqui de tomates y porotitos en sal, pero fueron un fracaso, me conformé con el dulce de membrillo y de manzana que amoldé en cajones y que duraron más de un año ¡Éxito total! ¡Vaya trabajo y energía! Pero valió la pena porque sin saber estaba trabajando para cuando pasáramos mayor necesidad. Ese año, su cumpleaños N° 3 lo celebramos con una torta verde y la adornamos con animalitos. Su alegría era inmensa, no se lo podía creer que en su torta hubiera desde corderos hasta hipopótamos, saltaba y gritaba de felicidad ¡Qué fácil es hacer feliz a una niña! ¡Y qué faltos de imaginación somos los adultos de hoy!. Inmersos en la felicidad del fundo, con sol a toda hora, con río, paseos y dulces, recibimos a su papá que traía la noticia del año, ¡¡Nos vamos a Santiago!! “¡Menos mal que se cumplió el plazo de estar en Chile y poder así nacionalizarme!” por esa razón nos fuimos a Santiago. No se imagina lo oportuno que fue, yo esperaba a Juan Agustín y su papá hizo la mudanza. A los días de salir vino un terremoto que acabó con el Laboratorio, se vino abajo un estanque de agua desde el tercer piso y no dejó nada: imagínese si su papá está allí. Así, sin más ya tenía su documento de ciudadano chileno y podía revalidar su título de médico. Todos nos alborotamos ¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Dónde íbamos a vivir? Y todo se fue solucionando. Para empezar, Pablo y Cecilia dejaban un departamento en Pedro de Valdivia Norte, porque se iba a Laja, mi papá se hizo cargo de continuar el arriendo por su cuenta. Emilio hizo la mudanza y metió todos nuestros trastos en un camión y se fue en él a Santiago. A todo esto ya era Marzo, nosotros emigramos con mis papás y nos arranchamos en la calle Vergel. Cuan no sería la sorpresa cuando llegó Emilio comandando la mudanza ¡El día del matrimonio de Mariano y Patricia! Mis padres, los padrinos, de punta en blanco, yo la panza metida en un traje de noche, los niños —mis hermanos— saltando de un lado a otro, no sabían si ponerse elegantes o jugar con ustedes. Su papá y el chofer bajaban, otra vez, los cajones de Potrerillos. Ya su cuna “Explosivos tronador” había cambiado de dueño, ahora guardaba los tesoros de la cocina. No sé cómo, pero todo se arregló. Los mayores partimos al matrimonio, que fue un éxito, los padres de Patricia se esmeraron en que todo fuera estupendo y fue al único matrimonio de mis hermanos al que pude asistir. No crea que me recuerdo mucho, el religioso fue en los Padres Franceses de La Alameda y la fiesta en casa de Patricia. Todo muy, muy elegante y rico, un poco como todos los de la época, un millón de gente comiendo y comadreando. En fin, luego que nos fuimos a la boda su papá embutió nuestros bienes en el garaje, ya medio lleno de cosas y barriles de miel “Tres Ositos” (Un negocio Salas Rivas, marca registrada). Todo cupo, los niños se tranquilizaron y cuando llegamos de vuelta pude ¡Al fin! descansar mi panza y mis pobres pies (siempre sufriendo). SANTIAGO Y llegó el momento fatal, salir del nido materno y partir a lo desconocido. Con miedo me fui al departamento con un embarazo bastante avanzado y con tres niños chicos. Sentí desgajarme otra vez de mi mamá, pero era indispensable hacerlo y en ese momento, en el Vergel ya no cabíamos y… si nacía la criatura ¿Qué iba a hacer? El departamento era muy soleado, el hall con terraza daba al norte y los dormitorios al poniente. Nos arreglamos bien, usted en uno y nosotros en el otro. Ya teníamos camitas gemelas y su papá, que es bien diestro, las encaramó una arriba de la otra e hizo un camarote para usted y Joaquín, Luis Emilio tenía un catre de campaña, los cajones seguían prestando utilidad porque los roperos no eran muy grandes y no teníamos muebles en el hall. Mi mamá me prestó una mesa y sillas de jardín y ustedes jugaban por toda la casa, no había nada que desordenar porque no habían cosas. No fue fácil adaptarnos a vivir en un 3º piso, después de vivir a todo campo, pero por otro lado gozábamos del sol y de la variedad de frutas y verduras. El departamento era parte de un conjunto habitacional cuyas terrazas daban a una plaza donde jugaban los niños de los departamentos cuidados por algunas mamás o nanas y otras miraban desde sus casas. Nosotros tuvimos la suerte de encontrar personas conocidas y de otras nos hicimos amigos así es que ustedes tuvieron vida social mientras yo esperaba el nacimiento de mi crío. Ya estaba tan gorda que se me hacía difícil subir y bajar escaleras, pero muy pronto ustedes me hacían los encargos. Abajo había almacén, verdulería, botica y ustedes felices de subir y bajar ¡Bien agrandados los niños! Eran el asombro del barrio. Tan pronto como nos instalamos en el departamento su papá se puso en campaña para convalidar su título de médico. Después de muchas gestiones logró ubicarse en la Universidad de Chile y lo mandaron al Hospital Salvador a las órdenes de un gran profesor y médico internista, el Dr. Alessandri, buen médico, buen equipo, exigentes, pero buenos profesores. Su papá tuvo que hacer Medicina Interna, Cirugía, Obstetricia y Pediatría. Ya puede usted imaginar lo que eso fue: algo terrible. Él, que había dedicado su vida al Laboratorio y que no tenía muy buena formación en lo demás, sufrió: tuvo que ponerse las pilas para obtener su título chileno y así poder dedicarse al microscopio por el resto de su vida. Fue difícil para él, porque en esa época, además, los médicos chilenos tenían fama de ser muy buenos. Económicamente, estábamos mal, muy pocos ahorros nos trajimos del sur. Allá vendimos lo que pudimos para tener, al menos para el principio. Jamás, pensamos que los estudios de su papá serían tan largos, dos años enteritos los pasamos en la crujidera. ¡Emilio sólo a estudiar!, era la consigna, ni un problema se le trasmitía; él tenía todos los días por la noche unas monedas para la micro, un vaso de leche y un pan. Él respondía estudiando, estudiando y estudiando. Almorzaba en casa de un amigo y por la tarde se quedaba ahí estudiando. Fueron dos años feroces. Para la supervivencia tuve que recurrir a las fuerzas vivas de la familia, don Emilio me mandaba 20 o 30 dólares al mes o a los dos meses, mi papá pagaba el arriendo y las cuentas del departamento y me daba mi parte en productos del campo (papas, porotos, garbanzos, lentejas y charqui. Las conservas, dulces y mermeladas que hice en el fundo nos supieron a gloria). Un día, casi sin esperarlo, me puse de parto. Menos mal que su papá no se había ido al hospital y rápidamente metimos algo de ropa para ustedes y para el que venía y en un taxi nos fuimos a casa de mi mamá, yo iba muy decidida a tener al crío en el Hospital Salvador, pero… mi papá y mis hermanos se pusieron firmes, yo ahí no iba porque era una porquería y que me podía venir una infección, que ellos pagaban y yo que fuera a La Clínica Santa María —última palabra en Clínica—. Tuvimos que agachar la cabeza y hacer caso, por un lado era razonable y por otro… si pagaban ellos… así llegué a una estupenda Clínica donde me esperaba la Pepita, partera de mi mamá, cariñosa y buena persona. Ella pidió a su papá que me acompañara y que me diera éter (algo que yo aborrezco) así es que el asunto era sacarle el cuerpo a la mascarilla y empujar, menos mal que esos trances de olvidan, no creo que yo fuera muy valiente para tener niños, pero recuerdo tener partos largos de dilatación lenta, de todas maneras prefería el dolor al éter. Lo que sí es inolvidable es ese momento de pujo supremo que culmina con la salida del hijo, la calma, el descanso, el alivio, y de lejos oír el llanto ¡Al fin nació! Ahora se lo ponen a la madre, recién salidos, en el pecho ¡Envidia!, yo no tuve ese gusto. Antes lo trajinaban, lo pesaban, lo bañaban, lo evaluaban y por fin vestido de pies a cabeza lo ponían en brazos de la mamá, era bastante inhumano. De todas maneras es lo que me tocó vivir. Así nació Juan Agustín, en una Clínica de ricos, siendo pobretón. Era lindo, parecía un muñeco sabiondo, ojos grandes y redondos que querían tragarse al mundo, una boca chupadora que devoraba cuanto le presentaban ¡Ahora yo lo sabía! Y nadie iba a volver a decirme que yo no quería darle leche ¡Ya no! Algo se aprende de hijo a hijo, de inmediato le pedí al pediatra un relleno, y él me entendió y me allanó el camino ¡Feliz el guatoncito que tuvo una magnífica lactancia! Un día estuve en La Clínica, donde además de todo bautizaron al niño, lejos de la mamá ¡Por supuesto! Sus padrinos, mis padres que estaban felices. Debo dejar constancia que parte de esa felicidad era por el nombre ya que así se llamó un hermanito que tuve 12 años menor que yo y que era la chochera de todos, era un niño lindo y se murió a los pocos meses de nacer. Fue una buena jugada de su papá, por primera vez quise ponerle nombre a un hijo, yo lo quería Francisco José, su papá (sapo, sapo) habló con mi mamá y le dijo que queríamos ponerle Juan Agustín como mi hermano, yo no pude desdecirlo al ver la cara de felicidad de ella, así es que se llamó Juan Agustín Francisco José, y de todo ese tremendo nombre hoy solo queda “Agustín”. Así es la vida. Volví al departamento, mi papá contrató a una niñera por una semana para que yo me repusiera y ¡Qué bien me vino!, poder descansar, dormir, regalonearlos a todos, ya eran 4: Luis Emilio recién había cumplido 4 años: lo compruebo otra vez y es así: en Marzo del 60 Luis Emilio cumplió 4 años, usted con tres, Joaquín con poco más de un año y Juan Agustín que nació el 28 de Abril del 60 ¡Qué felicidad! A pesar de tratar de separarlos un poco, nada me resultó. Usted, Juan Agustín y luego Francisco serían las guaguas más dadas a regalonear, yo las tomaba en mis brazos y se me apegaban como un osito panda. Los otros levantaban las cabeza y miraban al mundo, así son los niños hijos del mismo padre y de la misma madre con la misma educación y sin embargo tan distintos hasta en la manera de demostrar su cariño. Juan Agustín fue un niño bueno, no molestaba con llantos, mientras estuviera llenito y limpio, él feliz; heredó toda la ropa de los mayores. Todo iba bien hasta que un día amanecí con una rodilla hinchada y adolorida, llamé a mi médico quién me mandó a hacerme unas radiografías. Lo más cerca que tenía era una Clínica de rayos al lado del Hospital Militar. Como no había movilización me fui caminando y volví de igual manera. A ustedes los dejé con unos vecinos. Al llegar, la rodilla estaba atroz, otra vez llamé al médico quien se asustó y me fue a ver —por suerte era amigo de la familia—, su diagnóstico fue bastante terrorífico, artrosis, líquido y la compresión de la caminata había dañado una vena y se me había formado una tromboflebitis. El coágulo dentro de la vena fue creciendo y llegó a ocuparla desde el tobillo hasta la ingle ¡Qué susto! Imagínese el panorama: Luis Emilio en un Kinder cerca de la casa, usted haciéndose un hueco en la casa, Joaquín de un año y tres meses (sin querer comer y ensuciando pañales a pasto), Juan Agustín de cuarenta días hambriento todo el día y su padre cumpliendo con su compromiso de estudiar, estudiar y estudiar ¡Era su deber! El médico dio órdenes perentorias: “¡¡No se mueva!! ¡¡No se dé vueltas en la cama!! ¡¡Si desobedece se muere!! Y…como nada de eso se podía hacer con ustedes tan chicos, el mismo médico llamó a mi mamá para que pusiera orden en nuestra casa y yo pudiera vivir. Ella se puso en órbita y llevó a la casa una chiquilla del fundo para que se preocupara de que Joaquín comiera y también para las labores de la casa y además contrató a una enfermera para que cuidara de Juan Agustín y de mí. Las órdenes eran: darme vueltas en la cama cada cuatro horas y ponerme la chata, y que me dejaran un vaso de agua donde yo lo pudiera tomar ¡¡Mejor mojarse que morir!! Mi madre se llevó a Luis Emilio y a usted a su casa. Fueron cuarenta días de pesadilla, de dolor, de inmovilidad y de aburrimiento. Si se atreve, haga la prueba: póngase de espaldas en su cama con una almohada baja y quédese mirando el techo una media hora, sin moverse, sin música, sin leer. Huela a comida quemada, a pañales sucios de horas con pipí y caca, agregue llantos de guaguas, de niño chico, pataletas y un eterno “no meta bulla que su mamá está enferma”. Desee tomar en sus brazos a su hijo y consuélese con mirarlo de reojo o a la pasadita. Si tiene ganas de orinar: ¡Aguante! Si quiere algo, ¡Espere! Y siempre con la amenaza permanente: “¡¡Si se mueve, se muere!!” ¡¡No puede dejar a cuatro niños huérfanos!! ¡¡No puede dejar a Emilio viudo!! Y… luego, multiplique la experiencia por cuarenta días ¡Terrible! ¿Verdad? Dentro de mi incapacidad de vivir hubo cosas positivas: sentí el amor de ustedes, de mi familia, la abnegación de mi mamá que iba dos veces al día caminando un largo trecho, la ayuda económica de mis padres, suegros, hermanos y tíos, más las visitas de algunas vecinas y primas que vivían cerca. Su papá, entretanto, enceguecido a todo lo que no fueran sus estudios, tenía una larga jornada de estudios y de prácticas que le abarcaba desde la mañana hasta la noche ¡Menos mal! Porque de otra manera hubiera tenido que interrumpir sus estudios. La medida de su ceguera estuvo patente el día que se acercó a mi cama con un pantalón en la mano y me dijo: “No están planchados”. Tuve que morderme la lengua para callar y no reírme, ¿Cómo iba a planchar algo estando inmóvil en la cama? Después que se fue hice que la niña llevara a mi pieza la tabla de planchar y como pude le expliqué como hacerlo, no quedó perfecto, pero tampoco yo lo habría dejado mejor. Una vecina, madre de unos amigos de ustedes, me fue a ver un día y me ofreció prestarme unos libros, que fueron livianos de tomar y de leer. Se los agradecí mucho porque podía leer un rato, después hicimos una buena amistad. Así pasaron los cuarenta días y llegó el momento en el que el médico me dijo que me podía poner de pié. ¿Nada más? ¿Sólo de pié?… La respuesta del médico fue críptica: “si le alcanza el valor, dé un par de pasos”, dijo y se rió. En la mañana, antes de irse al hospital su papá me ayudó: 1.- A sentarme (me anduve mareando) 2.- A bajar los pies (vi negro). 3.- tatata tan (en el ritmo de la Quinta Sinfonía de Beethoven) y con mucho esfuerzo me puso de pié. ¡¡Horror de horrores!! Mil alfileres me clavaron las plantas de los pies y sin saber más…caí en la cama desmayada. ¡¡Qué valiente!!…¡¡Qué fuerte!!…¡¡Al hall quería ir!! Y eso se repitió todos los días hasta que fui capaz de dar un paso, dos pasos, tres pasos y así llegar al hall y mirar a mis hijos y ver otra vez algo que no fuera el techo y las murallas. Admiro, reconozco y me siento ingrata por no haber dicho nunca nada a su padre. Él se portó muy bien conmigo. Todo lo encontré precioso, ni siquiera vi el desorden y los pegotes de comida pegados en las paredes y en el techo fruto de las competiciones de ustedes ¡Quien deja el pegote mayor, gana! La pobre chiquilla lloraba de impotencia ¡Si sólo tenía trece años! Poco a poco fui convaleciendo hasta que llegó el momento de salir. Mi primera salida fue al cine a ver “Hiroshima mon amour”, fuimos un sábado en la tarde con su papá ¡Maravillosa película! ¡Maravillosa salida! Hice conciencia de estar sana otra vez. Sólo quien ha estado inmovilizada tanto tiempo puede hacerse una idea de lo que es sentirse sana, libre y feliz. Otra vez con el mando en mi mano, otra vez con mis hijos al alcance de la mano y de mi amor, otra vez poder tomar a la guagua en brazos y acurrucarlo, y empezar a ordenar el lío en el que estábamos. De todo ese tiempo en que estuve en cama y sabiendo que me podía morir en cualquier momento, no se me ocurrió pedir un sacerdote, es curioso porque yo siempre fui cercana a La Iglesia, con ustedes y con su padre íbamos a Misa los domingos y comulgábamos los dos, sin embargo en ese momento difícil sólo rezaba y no se me ocurrió pedir los Sacramentos. ¿Sería que en ese tiempo no se acostumbraba? No lo sé. Hoy la gente pide los Sacramentos cuando están enfermos o cuando viajan y los mayores de sesenta años los recibimos una vez al año ¡Es mucho lo que ha cambiado La Iglesia! En Pedro de Valdivia Norte teníamos una Parroquia muy bonita y cerca de nuestra casa, íbamos a Misa los domingos y después salíamos a caminar al cerro San Cristóbal. Había en sus faldeos un sitio, El Oasis, donde habían juegos infantiles y un parque donde ustedes jugaban y correteaban, no teníamos plata, pero sí imaginación para disfrutar en familia los días que su padre tenía libres. Tiempos económicamente difíciles, creo que los peores de mi vida, pero superables. Yo tenía una amiga, Mariita Larraín que vivía muy estrechamente y tenía una station-wagon, íbamos juntas a La Vega, a la de los camioneros, donde remataban las verduras y las frutas al por mayor. Allá comprábamos por cajones para ella y sus nueve hijos, para su suegra y para mí. Siempre habían cosas baratas, del tiempo, por lo que la comida no era muy variada, sólo cambiaba con las estaciones. Jorge, mi hermano, administraba un fundo cerca de Santiago y sembraba zapallos, entre otras cosas. Cada semana me dejaba un precioso zapallo en casa. Aprendí a hacer muchas cosas con esa base y obviamente en la sopa de Juan Agustín era el componente principal. Un día me di cuenta que estaba dorado, se veía lindo pero…no era un color normal, así es que partí al pediatra pensando en una hepatitis, muy de moda en esos tiempos. El médico lo trajinó por todas partes y me dijo que estaba fantástico, que no tenía nada y me preguntó que le daba de comer, yo le dije que mucho zapallo, “eso es lo que tiene, es el pigmento del zapallo, pero no es dañino” así es que seguimos adelante con los zapallos. Un día me dieron el dato de un mercado como de quinta categoría donde vendían los desechos que nadie compraba, allí vendían unos cortes de carne muy raros, pero eran de vacuno frescos y sabrosos. “Chalchas” los llamaban, y no los he vuelto a ver en ninguna carnicería. También tenían, para variar la dieta y equilibrar el bolsillo, carne de ballena, muy aceitosa, pero estofada no quedaba nada de mala. Otra cosa que vendían eran interiores de animales como panas, riñones, sesos, además de otras cochinadas surtidas como guatas y tripas que yo no compraba; las otras cosas sí las llevaba y todos se las comían en especial Juan Agustín que los sesos le encantaban. Otra cosa curiosa que había en ese mercado era una industria, pionera en el ramo, donde elaboraban productos alimenticios con base de cochayuyos: salchichas, que los volvían locos a ustedes, y mermelada con sabor a frambuesa que nos servía para variar un poco los dulces del fundo o para cuando se nos acababan. También vendían restos de verduras o artículos de almacén con el envase en mal estado, cosas que sólo los pobres como yo comprábamos, y nunca nos pasó nada, ¿Fecha de vencimiento? ¡¡No me haga morir de la risa!! Eso no existía, y si existía no nos importaba nada. Dentro de este panorama, un día me di cuenta que estaba embarazada otra vez, ¡Y con el cuidado que le ponía! Me sentí nuevamente feliz, pletórica, hoy dirían “¡Inconsciente!” A lo mejor, inconsciente, pero ¿Qué iba a hacer? jamás se me pasó por la mente que no podría alimentarlos o educarlos, creo que fue la ceguera que Dios puso en mi para recibirlos a todos sin pensar en el futuro, eso se veía lejos, muy lejos. Más o menos en este tiempo me enteré que existía algo que se llamaba Caritas-Chile (ayuda norteamericana para países pobres) y que efectivamente ayudaba a los pobres con comida no perecedera y ropa. Yo averigüe en La Parroquia y me dieron la dirección de las oficinas, allí partí un día a averiguar. A la entrada me encontré con un amigo de mi papá, tuvo un gusto enorme de verme y de saber de él; creyó que iba por algún protegido y me presentó a la Visitadora Social con muchas recomendaciones, que me solucionara el problema porque yo era hija de un amigo suyo muy querido. La Visitadora se quedó helada cuando le hablé de mis pretensiones….pero, por el amigo de mi papá, me solucionó el trámite, me dio un documento donde acreditaba mi indigencia y donde rogaba a las señoras de Caritas me dieran una cuota de alimentos. Lo que yo no sabía era que los alimentos los entregaban en una Parroquia muy lejos, en el barrio bajo, cerca de Quinta Normal, era verdaderamente lejos y casi diría yo que peligroso, pero, cuando es necesario hacer cosas por los hijos ¡Se hacen! Así es que ¡Adelante! Me fui en una vieja y destartalada micro hasta una gran explanada rodeada de casas viejas con una gran Iglesia a un lado, todo viejo, todo sucio, todo hediondo y al fondo un letrero en el que decía “Entrega Caritas-Chile”. En la explanada había mucha gente esperando, parecía la corte de los milagros: cojos, tuertos, lisiados, caminantes, mendigos, borrachos. Oliendo a viejo, a sucio, a tabaco, al alcohol de la noche. En ese grupo me metí hasta dar con algo parecido a cola. Vestida con lo que tenía para abrigarme, recibía las miradas hoscas, acusadoras, yo con la mirada del gerente de banco que mira y no ve, fija la mirada al frente y ¡Que miraran lo que quisieran! Al poco rato empezaron los comentarios o por lo menos yo empecé a oírlos: “Aquí vienen las ricas a llevarse la comida de los pobres y para dárselas a sus perros”…muchas, muchas voces decían: “Si, si, si”…Yo sorda y ciega seguía en la cola hasta que me entregaron mi cuota: dos kilos de leche en polvo —la primera que llegaba a Chile—, no era muy buena…mejor dicho era mala y no por ser mal agradecida, era así. Un kilo de arroz, polenta y harina, provisiones para una semana. La semana siguiente, todo igual. A la tercera o cuarta semana la señora que repartía se compadeció de mi y me preguntó: “¿No tiene una amiga con auto?”, “si” le contesté; entonces ella me dijo”Venga el día antes del reparto y yo le arreglo para que lleve sus cosas por más tiempo”. A mi me pareció muy bien y recurrí a mi amiga Mariíta, ella muy amable me llevó y con sorpresa me entregaron la cuota de harina, arroz y polenta para un año y leche para dos meses, así seguimos hasta que se nos arregló la situación. No sé si usted tiene algún recuerdo de esos tiempos, soy consciente de que la leche, a pesar de ser de mal sabor, la tomábamos porque no había de otra, a lo mejor era por no estar acostumbrados a tomar leche en polvo, a lo mejor era así. El arroz era partido, pero se guisaba bien, la harina ¡Estupenda! Y la polenta…algo muy raro, yo no la conocía, pero mi mamá sí y ella recordó sus tiempos en Italia de post-guerra y me dijo que la hiciera igual que sémola. Así partimos inventando ñoquis, pelotitas, sopas, con harina y zapallo. Salieron unos queques ricos, increíbles, creo que hoy no los sabría hacer. Entre tanto lío y pobreza, la chiquilla se volvió al fundo, al menos allá tendría pollos, corderos, campo y menos niños odiosos. Yo me lo pasé muy mal y muy angustiada. Fui a una agencia de empleos recomendada por mis amigas del barrio, fui una y otra vez hasta que apareció una señora muy bien vestida que me empezó a preguntar detalles de nuestra familia. Yo, muy asombrada, le empecé a contestar, en ese momento no se sabía quién entrevistaba a quién, si yo era la empleadora o la empleada y después de todo me dijo:”Me voy con usted”, le hice hincapié en que no podía pagarle un sueldo muy alto, pero ella comentó que eso era lo de menos porque yo le había gustado y que se iría a nuestra casa aunque no le pagáramos nada ¡¡Asombroso!!. Le encantó el departamento, le encantaron ustedes y nos contó que era española (se le notaba) y que venía a Chile a buscar una herencia y que como no quería pagar hotel decidió trabajar puertas adentro y estuvo mirando personas en busca de empleadas hasta que me vio y le gusté ¡Menos mal!. Ella tenía en su maleta una verdadera fortuna en monedas de oro para pagar sus traslados y gastos notariales de la herencia. El tiempo que estuvo en casa fue muy divertido. Ella era muy trabajadora, le encantaba jugar con ustedes y los tenía impecables. Nunca los vi más limpios, planchados y ordenados, no sé cómo se las arreglaba. A veces estaba de antojos y quería comer alguna cosa especial, como pollo o carne buena, pero…dejaba constancia que ella pagaría sus gustos y así lo hacíamos, ella pagaba y todos comíamos, así variaba algo el menú. En una oportunidad en que casi no teníamos nada que comer ella dijo que haría “sopa de nada” lo que consistía en tostar unas pocas almendras, freír un poco de cebolla y aliños, mezclar, agregar agua de la llave, hervir y ¡Ya está!, le quedó rica y aprendimos una cosa más para los apuros. No fue mucho el tiempo que estuvo en casa. Al poco tiempo le resultó la entrega de su herencia y se tuvo que ir, me parece que era un fundo cerca de Rancagua. No nos olvidó porque ella agradecía nuestra hospitalidad y cuando iba a Santiago nos llevaba cajones con frutas y verduras de sus tierras. Pero antes de irse quiso hacerse una despedida e invitó a mis padres un día que Emilio no tenía que trabajar. Hizo un almuerzo rico, bien presentado, y financiado por ella. Después del postre se sacó el delantal y se sentó con nosotros a tomar el café, pierna arriba se decía cosas con mi papá, todo muy divertido, todos quedamos encantados con ella. Tiempo de necesidades y de pobreza. Con lo que me daban yo me las arreglaba para comer, además una tía que me quería mucho me dejaba cada mes una caja con comestibles además del alimento para ustedes, debo agradecerle el que agregaba siempre unos dulces ¡Bien sabía ella lo que era pasar apuros económicos! Teníamos una vecina muy buena para hacer negocios: ella mandaba a hacer ropa de niños y luego la vendía en las tiendas. Una vez me preguntó si yo me quería ganar unos pesos, a lo que, es lógico le dije: “Si”. Se trataba de hacer ojales para ropa de guagua, con hilo de seda, diez por mameluco. Usted sabe lo torpe que soy con mis manos, pero me las arreglé para bordarlos. En la terraza y al sol, puntada por puntada fueron saliendo de mis manos esos trabajos que me permitían darle unas monedas a su padre para la movilización. Era Octubre al quedar sola con ustedes, sin plata y bastante gorda, mi papá nos ofreció que nos fuéramos al fundo. Eran momentos difíciles para su padre que tenía exámenes y mucho que estudiar. Las horas del día ya no le alcanzaban para aprender tanta materia, me parece que nunca en su vida estudió tanto y con tanto afán. Pasaba el día en el hospital, pero almorzaba en casa de un amigo así es que yo me podía ir tranquila. Partimos en el Land-Rover a un fundo desconocido para nosotros. Era primavera, todo estaba en flor y recién brotado, lleno de flores silvestres multicolores, la tierra húmeda. Caían chubascos bastante seguido, hacía frío por las noches y sol tibio en el día ¡Es una lástima que la belleza no se coma! En la huerta no había nada, así de sencillo: nada de nada, recién la estaban arando para el cultivo del verano, las gallinas empollando huevos o cluecas y no ponían huevos. ¿Pollos? Ni por casualidad a lo mejor algún gallo viejo cansado de pisar. Lo que si había era uno que otro cabrito lechón que daba pena que los mataran porque eran muy chicos, apenas alcanzaba para un día de comida. Lo que había era leche, harta leche porque era tiempo de parición, nos dejaban tres vacas sólo para nosotros lo que sería unos treinta litros de leche que consumíamos entre todos y de diferentes formas: leche líquida, gruesa con una tremenda capa de nata que se la poníamos al pan. También hacíamos quesillos, postres y sopas. Mi papá me abrió una cuenta en un almacén en San Carlos y cada vez que iba el camión al pueblo yo podía pedir lo más indispensable. Fueron pasando los días, las habas y las arvejas brotaron y las hojitas se las sacábamos para la sopa (receta de Purranque). Los brotes de las cebollas los peleábamos para hacer pebre, tratando que no se notara mucho para que luego se desarrollaran bien las cebollas. Yo, con la placidez de una vaca preñada, me dejaba estar ¿Para qué más? Tenía niñera, cocinera, lavandera y todo salía más o menos bien: pan no faltaba, ni tortillas al rescoldo, ni churrascas tampoco. El tiempo mejoraba y ¡Ya se vería el futuro! Yo le veía muy, pero muy lejano. El aire tibio de primavera me tenía emborrachada, todo era tan lindo, tan especial… Ustedes crecían y se portaban bien, había mucho donde jugar. Don Rosa volvió a sacar el corral casero para Juan Agustín y allí gateaba y se movía libremente, ustedes dormían en la pieza del medio y yo con los dos chicos en mi pieza, pero por la mañanita llegaban a regalonear conmigo…total yo no tenía nada que hacer, sólo quererlos. ¡Qué bien se estaba en el fundo! Sentada debajo del guindo, con la mente en blanco, viéndolos jugar a ustedes. El tiempo estaba muy agradable y podían jugar con agua, su entretención favorita. Yo volví a leer los libros eternos del fundo, un cajón donde estaban todos los que iban llegando poco a poco, había de todo, desde un análisis de chistes de Freud hasta novelas de vaqueros. Estos libros los leíamos con mi mamá todos los años y aún ahora cuando encuentro alguno por ahí, no puedo dejar de comprarlo y darme cuenta que puedo recitar párrafos enteros. Pasaron los días casi sin darnos cuenta, llegó el tiempo de Adviento, tiempo de preparar La Navidad. Hicimos un Belén muy bonito con pasto, líquenes y pequeños arbolitos que encontramos en el monte. El Niño era un poco grande, uno que tenía mi mamá, pero nada importaba sino tener un Pesebre a nuestro gusto. Siempre en nuestros belenes hay algunas figuras desproporcionadas. Al Niño le pedíamos un niño sano y un buen parto, yo tenía fecha para el 20 de Enero así es que no había prisa en irnos a Santiago. Les tenía un engañito a cada uno e hicimos hartas galletas y gomitas de colores, además un pan de Pascua con lo poco que tenía o sea casi un queque con pretensiones pero ¡Con harina integral! Lo que le dio un gusto especial. El día 24 por la mañana tuve un dolorcito en la espalda ¡Mucho trabajo! me dije; almorcé bien y tuve otro dolorcillo de vientre ¡Me cayó mal la comida!, pensé ¡Tonta de mi de hacer caso a las fechas de los médicos! Las molestias fueron siendo cada vez más seguidas lo que me obligó a ir a casa de la señora Leonides la que dictaminó: ¡Está de parto! Don Rosa ensilló su yegua para ir en busca de la “curiosa en guaguas” del fundo, Berenicia. Ella había traído al mundo a generaciones de naranjinos así es que me pareció oportuno recurrir a ella, además no tenía otra alternativa: lejos del pueblo, sin movilización y sin comunicaciones, no podía hacer otra cosa sino tener a mi guagua igual que todas las mujeres del fundo. Preparamos la pieza de servicio porque era la única que tenía las vigas al descubierto y es allí donde se amarra la soga de la que se sujeta la parturienta para pujar en cuclillas —hoy es la última moda—; la guagua se recibe en un cuero de oveja y se abriga hasta el momento de lavarla (muy poco porque se “pasman”). Poca ropita tenía para mi niño, pero la señora Leonides se consiguió unos pañales con una vecina y adaptó unas sábanas como camisitas. Con este apero esperaba paseándome a que llegara la hora; don Rosa había ido a buscar a la Berenicia y no había nada que hacer sino que pasara el tiempo. La señora Leonides no me abandonó y me conversaba y mientras nos tomamos unos mates para pasar la noche. Hacía rato que se había puesto el sol y ya estaba oscuro cuando oímos un ruido de motor… run…run…run… ¡Era el ruido del Land-Rover! ¡Qué alegría sentirme acompañada por mi papá! Cuando llegó nos dijo que se le había ocurrido ir a vernos para saber como estábamos. Yo le conté lo que me estaba pasando, pero que no había prisa porque yo era muy lenta para dilatar, entonces quedamos en que amaneciendo nos íbamos a Santiago. Antes de salir, oscuro todavía, encendimos las velas del Nacimiento y oramos por mi, por el que iba a nacer el mismo día que Jesús y ¡Repartimos los regalos! Rápidamente nos metimos en el Land-Rover provistos de las galletas, gomitas y pan de Pascua, más tortillas… y partimos. Las contracciones se sucedían cada vez más seguidas y mi papá me preguntaba: “¿Llegaremos a San Carlos?” Yo le contestaba: “Si”, y pensaba que entre tener la guagua en el fundo o en San Carlos, era mejor el fundo, así es que ¡Adelante”. Así fuimos pasando de pueblo en pueblo hasta llegar a Rancagua, allí me sentí francamente mal y creí que el niño nacía, pero me asusté de lo desconocido y me puse un supositorio espasmolítico. Como acto de magia se me pasaron las contracciones y llegamos a Santiago sin molestias, sin parto, como una tuna. No entendíamos nada de lo que había pasado, pero…me vino bien la tregua porque tuve tiempo de hacer pañales nuevos y de ordenar la ropa de los niños anteriores. Sentí alivio de estar en mi casa apoyada por Emilio y por mis padres. El niño Ricardo quiso nacer en vísperas de Año Nuevo, así es que nuevamente me pagaron La Clínica Santa María que seguía siendo la mejor. Entre su papá y la Petita recibieron a Ricardo, un niño lindo, sano y fuerte, no muy grande y no muy gordo, de dos empujones salió berreando ¡Qué feliz me sentí! Un poco frustrada porque no nació en el fundo ya que habría sido una extraordinaria experiencia. Al día siguiente era Año Nuevo y por la noche dejaron abiertas las puertas de La Clínica para que todos los familiares pudieran acompañar a sus enfermos ¡Fue algo horroroso! En la pieza del frente a la mía había una parturienta en pleno trabajo de parto, a cada contracción su familia decía ¡“Salud”! y ella trataba de seguirles la corriente. Me parece que cuando llegó el momento del parto estaban todos como una “cuba” ¡SALUD! (por lo menos eran los comentarios del personal de servicio). Naturalmente que no dejaron dormir a nadie y al día siguiente después de bautizar a Ricardo Antonio, y siendo sus padrinos Pablo y Cecilia, nos fuimos a casa. ¡Estaba mucho mejor con los míos y sin tanto alboroto! Cuando llegó el momento de la inscripción civil, a su papá se le “olvidó” el Antonio y le puso Julio, la explicación fue que él sabía que era por una abuela ¡Al pobre no se le ocurrió que la homenajeada era su madre! ¡¡Tanto estudio!!. Tan pronto como me sentí capaz nos fuimos otra vez al fundo. Su papá estaba en los últimos exámenes y se estaba esforzando mucho por salir adelante, por lo menos estando solo estaría más tranquilo. Así fue como se recibió de Médico Cirujano chileno. Se dice fácil, pero le exigieron más de lo debido. Él se pudo tomar unos días en el fundo donde siempre lo pasa bien: la tranquilidad, el silencio, la paz y la buena comida hacen maravillas. La vuelta a Santiago fue llena de novedades: Luis Emilio entró a Colegio de grandes, al Saint George y usted también era una mujercita de uniforme que empezaba a estudiar en serio en las Teresianas. Muy complicada me vi los primeros días porque la ida y la vuelta me ocupaba mucho tiempo y no tenía cómo dejar a los niños, entonces recurrí otra vez a la Agencia donde encontré a una mujer mapuche que se llamaba Tina, no tenía apellidos, ni papeles, era muy seria pero daba confianza (no sé porqué). Ella puso sus condiciones: no bajaría las escaleras nunca, sus días libres los tomaría en su pieza y no debería ser molestada, todo esto porque le dolían los pies. Así fue como subió al tercer piso y no bajó hasta que nos cambiamos de casa. Todas las compras las hacíamos nosotros; ella era muy trabajadora, pero nunca aprendió los nombres de ustedes, ella les decía: El Mayor, La Niña, Guargüero de mosca, El Cabezón y la Guagua. Siempre seria no se reía ni por casualidad. Un día le pregunté si se encontraba bien, si estaba a gusto en casa y me dijo secamente: “si”, entonces le dije:” ¿Entonces por qué no se ríe nunca?” la respuesta fue tipo “Condorito”: “¿Me paga por trabajar o por reírme?” ¡Plop! Muchas cosas pasaron en esos meses en que vivimos en ese departamento: Luis Emilio no se adaptó en el colegio, dijo que los compañeros botaban el dinero en comprar helados que antes de terminarlos los tiraban a la basura. La profesora lo estimulaba a ser zurdo, yo prefería que aprendiera a usar algo la mano derecha, no para obligarlo a ser “diestro”, sino para que pudiera usar muchos instrumentos que están adaptados sólo para ser usados con la mano derecha. Un día me llamó y me dijo todas las cosas que le pasan a los niños cuando se obliga a un zurdo a usar la derecha; ¡Como si yo no lo supiera, teniendo marido, hermano y suegra zurdos! El martirio que fue para su abuela Antonia y para su papá la educación española que no toleraba a los zurdos; pero…no me dio pié a explicarle nada sólo dictaminó que: “No había que hacer nada, pero nada, para que usara la mano derecha, que era muy malo para el niño” yo sigo pensando en que a todos los niños hay que desarrollarles ambas manos y que ella estaba equivocada, pero…todo tiene su límite, pasó el año y Luis Emilio se cambió de colegio. Usted entró a las Teresianas, muy compuestita, uniforme nuevo, zapatos nuevos, bolso nuevo; se veía linda, con cara de ángel bueno, parecía que no quebraba huevos ¡Vaya equivocación! No hacía mucho que estaba en Kinder cuando preguntó cuándo le iban a enseñar algo; la profesora, sorprendida, le dijo que en el primer curso, que a Kinder se iba a jugar y a adaptarse a estar con otros niños. Usted se calló y se quedó rumiando este asunto, mientras metía la nariz en los estudios de Luis Emilio que tenía alguna dificultad para concentrarse y yo le ayudaba en los momentos libres. Un día se acercó a la profesora del primer curso y le preguntó: “¿Le sobra una mesa y una silla?” ella le dijo que si, que se la podía llevar, pero la astuta niña, no quería la mesa en Kinder sino ella trasladarse a primero donde pudiera aprender y tomó todas sus cosas y se instaló en ese curso. La profesora le dijo que eso no se podía hacer, que para cambiarse se necesitaba la orden de la Directora. Usted, ni corta ni perezosa preguntó cómo podía hablar con ella, le dijeron que pidiera una hora en Secretaría. Le dieron una hora para muchos días más tarde pensando que a usted se le iba a olvidar el compromiso… ¡Ja, ja, no la conocían!, sin decir nada en casa esperó tranquilamente que llegara el día y la hora y se presentó en La Dirección. La directora era una española, medio canosa, grande y cuadrante, que tenía sus ideas muy claras. La recibió y la oyó, usted le explicó que quería aprender, que para eso iba al colegio, que sus padres no tenían plata para que ella jugara, que para eso se quedaba en su casa. La directora aguantó el chaparrón y le dijo que lo pensaría y que volviera en una semana más. Mientras tanto nos mandó llamar para tratar el asunto, nos dijo que era la primera vez que una niña pedía algo así, que ella era de opinión, a pesar de la ley de educación, de cambiarla de clases y esperar, que seguramente se aburriría al poco tiempo porque no tenía edad para empezar a aprender. Así es como usted, que además era bastante chica de estatura, empezó a asistir a “clases de verdad”. Muy entusiasta empezó a estudiar en serio y no ha dejado de hacerlo en toda su vida. La directora estaba asombrada con sus adelantos, tanto que le dio una beca de estudios, lo que nos vino muy bien a nosotros. Pero hay cosas que una vez aprendidas se vuelven a hacer, a los pocos meses ya estaba usted con el mismo cuento…que si sobraba una mesa en segundo curso, porque ya había aprendido todo lo que enseñaban en primero; la profesora, que sabía del asunto, le dijo que no tenía mesas disponibles, así y todo se las arregló para aprender a sumar y restar con reserva y leía de corrido. Desde la plaza que había entre los departamentos salía una micro que hacía un recorrido muy cómodo, pasaba por Carlos Antúnez con Pedro de Valdivia, justo por el costado de las Teresianas. Muy pronto aprendieron ustedes a usarla y los dejé hacer el recorrido solos ¡Eran asombrosamente chicos, de seis y cinco años!, a la ida Luis Emilio la dejaba en su colegio y a la vuelta la tenía enseñada a que “lo esperara en la puerta, pero dentro del colegio”, se las arreglaron muy bien y nunca tuvieron un problema. Joaquín era muy inquieto, no había manera de tenerlo tranquilo y yo necesitaba tiempo porque en esos meses su papá tenía que ir al hospital todos los días y mientras yo hacía los ojales, lo que me costaba mucho hacerlos bien parejos, descubrí que les entretenía mucho si los amarraba con un cordel a un árbol de la plaza, justo debajo de nuestro balcón. Se veían de lo más divertidos, Joaquín en un árbol y Juan Agustín en otro. ¡Me criticaron en el barrio lo que no se imagina! ¡Cruel, fue lo menos que dijeron! No fue por mucho tiempo, pero…cuando las cosas son espectaculares parecen eternizarse. Mil años después la cuidadora de mi mamá todavía recordaba a “esa madre desnaturalizada que amarraba a sus hijos como si fueran perros”. Ellos se portaban bien, se entretenían con sus juguetes y con ser “las flores del barrio”, las vecinas los socorrían con galletas y caramelos y después costaba un mundo que almorzaran. En esos tiempos en Pedro de Valdivia Norte, yo no podía pensar mucho si cómo educaba a mis hijos estaba bien o mal; si educaba o deseducaba. Todo estaba orientado a que su papá terminara sus estudios, el resto importaba bien poco, era transitorio. No recuerdo haber leído un libro, ni haber ido al cine (salvo después de la tromboflebitis). Las únicas entretenciones que teníamos era estar con ustedes, sacarlos al parque y al cerro San Cristóbal, también íbamos a casa de mi mamá a lavar la ropa porque no teníamos lavadora, también me entretenía en inventar comidas baratas para hacer cundir el dinero del que disponía. Una vez, se le rompieron los zapatos a Luis Emilio ¡Tragedia a la vista! pero yo me puse astuta y le tomé la temperatura, le dije que estaba enfermo y que tenía que quedarse en la cama, él alegaba que se sentía bien, yo le decía que era un virus que era así y que se quedara en cama, que dentro de tres o cuatro días se mejoraría…el tiempo que se demoró el zapatero de la esquina en ponerle media suela; se le quitó la fiebre, se mejoró y pudo volver al colegio. Pobrezas, grandes pobrezas pasamos en ese tiempo, pero había una gran esperanza: no serían para toda la vida. En cuanto su padre tuviera el título podría trabajar y ganar para la familia. De la pobreza se sale de dos maneras: mal, avariento y no queriendo que los hijos pasen lo que uno pasó, o bien, dándole el verdadero valor al dinero y a las necesidades. Para nosotros fue una lección dura, pero lección que, por lo menos a mi, me ha servido siempre: vivo con lo que tengo y trato de ser feliz con eso. Otras pobrezas he vivido y he salido adelante sin complejos. Ustedes fueron educados con lo indispensable y no pienso que fueran desgraciados. Joaquín era un niño muy flaco, inapetente y llorón, nos hacía la vida bien difícil, estaba en la edad de acusar y cuando podía le llevaba el cuento a su papá, en cuanto lo veía se ponía a llorar y decía, que: siempre, siempre Juan Agustín le hacía distintas maldades, que le hacía zancadillas, que le pegaba, que le quitaba la comida…cosas de niño chico, pero que su padre tomaba como una agresión personal. El juego del mártir y el verdugo lo jugaban todo el tiempo… claro que a veces había razón. Juan Agustín era travieso, pero no tanto como le colgaban; además era muy chico, no tenía ni dos años. Juan Agustín crecía y se desarrollaba bien, a lo mejor por los efectos del zapallo: mientras más grande, más ocurrente, él no le tenía miedo a nada, tampoco estaba en edad de razonar, sólo de intrusear, en todo se metía y todo se lo comía. Para que estuviera tranquilo un rato yo lo ponía en la parte de arriba del camarote por donde alcanzaba a mirar un poco por la ventana de su pieza. Un día, alguien le sacó el seguro de la barandilla y se cayó de cabeza a la cama de campaña donde dormía Luis Emilio, ¡Mala cosa! Se pegó en la frente, justo entre los ojos; sangraba por la nariz, lloraba desesperado, se ahogaba con la sangre ¡Qué desesperación más grande! Menos mal que no era mucho y se le pasó. El miedo que yo tenía era que se hubiera quebrado la nariz, pero no fue así, lo único que le quedó fue un antifaz negro, tardó muchos días en borrársele, pasó de negro a azul, a verde, a amarillo hasta que le quedó todo igual al resto de la cara. Era Juan Agustín un niño tierno y cariñoso, se hacía querer y perdonar (no ha cambiado mucho). Ricardo, que nació tan bien, tan gordito, lindo y sano, le duró poco, a los pocos días se coció, ¡Pobre potito! Rojo como una sangre, yo le ponía los ungüentos de la época y… nada, cada día peor; luego al llorar, por el caminito de las lágrimas se le hacía un caminito de ampollas y si traspiraba la cabeza se le llenaba de costras. La verdad es que era un problema y un asco, yo ya no sabía qué hacer. Empezó la cadena de médicos: el pediatra me mandó al dermatólogo —que, de niños, sabía bien poco—. Empezamos a consultar a los viejos por viejos, a los jóvenes por jóvenes, a los profesores porque se suponía que sabían más y…nada, me daban un ungüento, una agua para lavarlo y nada más. El que más se atrevió a decir algo fue uno que dijo que el niño sería alérgico a sus fluidos y que se le pasaría después de los ¡¡¡Nueve años!!! Mientras, yo lo bañaba en tanino, para que se curtiera, le ponía una pomada amarilla que manchaba los pañales y no salía con nada, los pañales no se podían lavar con jabón sino sólo con agua, luego hervirlos y después se pasaban por una solución de “pañalina” y se colgaban ¡¡Sin estrujarlos!! En la terraza. No se le podía poner calzón de goma, ni ropa de lana, no podía tener estufa y…estábamos entrando al invierno y hacía bastante frío. Había que estar atentos con él, si se hacía pipí ¡Fuera pañal! Cuando se hacía caca, el pañal salía tinto en sangre ¡Pobrecito! Yo estaba desesperada, y en un momento dispuesta a llevarlo a las brujas de Pomaire, pero mi mamá me atajó y me propuso algo intermedio: un médico homeópata que había visto a mi papá. Era un hombre mayor y me dio confianza, no sé porqué. Él lo examinó muy detenidamente y confirmó el diagnóstico de la alergia, me dio un montón de frasquitos con distintas homeopatías, había que dárselas cada diez minutos unas, cada dos horas otras, cada seis horas y cada doce horas las más distantes. Hicimos un cuadro y con un reloj de laboratorio vivimos los próximos días al ritmo de las pirulas y del reloj. ¡Qué cosas hace uno por los hijos! Yo viví esos días pendiente de la guagua; la Tina lidiando con la parejita de maldadosos y, ustedes los mayores, haciendo vida de gente grande asistiendo a sus colegios y estudiando, ¡Cómo no los voy a querer y admirar! El resto del ritual con Ricardo siguió igual, los días más fríos se ponía ligeramente celeste, yo me ponía un chaleco extra para entrar en su pieza y, la constancia y la fe tienen su recompensa. A la semana de estar con la locura del reloj y las pirulitas noté que en el potito tenía una línea blanca delimitando la cocedura; ese fue el principio, luego lentamente empezó a retroceder hasta que al cabo de un mes quedó sano y pude abrigarlo un poco, llevarlo al living con sus hermanos y respirar un poco mejor. Tal alergia se le pasó totalmente y no volvió jamás a tener nada en su piel. Llegó el momento tan esperado por todos nosotros, su padre recibió su título de médico chileno y empezó a trabajar en el servicio de Urgencias del hospital El Salvador, con turnos de cuatro horas, no le pagaban mucho, pero era el principio. Después su jefe lo invitó a trabajar en el Hospital Militar donde ¡Por fin! empezó a trabajar en el Laboratorio y contratado como médico. Como era incompatible con el trabajo de Urgencias, lo tuvo que dejar y empezamos a vivir de un sueldo. Todavía no nos alcanzaba para todo, pero las personas nos seguían ayudando. Un poco más tranquilos con Ricardo sano y su papá trabajando, un día nos avisaron desde el colegio de las monjas donde yo estuve unos años que mis suegros llegarían en los próximos días. Que todo cuanto había hecho por comunicarse con nosotros había sido imposible así es que, desde el colegio del Sagrado Corazón de Canarias, se habían comunicado con el colegio del Sagrado Corazón de Santiago y habían mandado un mensaje a través de mi hermana Pilar, que ya era una señorita, un poco volada, pero responsable. Nos quedamos de una pieza, la pregunta era ¿Qué haremos con ellos?, desde luego en nuestra casa no había lugar, casi no había para nosotros. Mi mamá solucionó el asunto, ella se acababa de cambiar desde la calle El Vergel a un estupendo departamento lujosamente amoblado. Era de una amiga que se fue a Europa y le pidió a mi mamá que se lo cuidara; les arregló un dormitorio y una salita de estar, allí llegaron ellos, mis suegros, a conocer a esta familia. ¡Los abuelos llegaron! ¿Cómo? no lo recuerdo. Puedo imaginar: no creo que mi papá fuera a buscarlos en el Land-Rover, no creo que se fueran en un taxi, nosotros no teníamos auto. Puedo creer que fueran mi tío Hernán y mi tía Chita porque ellos los habían conocido en Las Palmas, es posible que alguien más fuera al aeropuerto…me he revuelto las neuronas tratando de recordar y…nada. Lo único que veo es a ellos en casa de mis padres. No creo que tenga ninguna importancia, lo que vale es que ellos vinieron a vernos, a saber de nosotros, más bien a conocer a la que se había casado con su hijo mayor. Para mi fue importante conocerlos, hablar con ellos. Los dos muy señores, muy arreglados, me gustaron a primera vista y fueron muy cariñosos con nosotros. Había mucha diferencia entre ellos (señores, isleños, aristócratas) y nosotros (pueblerinos, tercermundistas y deslenguados). Parece que los veo en su habitación con una enorme cama de raso rosado, de recién casada. Nada dijeron, pero años después supe que hacía mucho que no dormían juntos. Yo traté de ser amable y discreta, no creo que lo lograra, pero de a poco fuimos entrando en confianza. En casa de mis padres quien siempre ha dirigido el tema de conversación ha sido mi mamá y ella quedó encantada con don Emilio, ella dirigía y nosotros, como siempre, nos quitábamos las palabras de la boca. Mi papá, como siempre, callado comía y miraba; don Emilio muy asombrado por este sistema matriarcal trató de sacarle palabra a mi papá, pero no le resultó, por lo menos en ese momento. Después hablaban de economía y de manejos de dinero. Don Emilio se encantó con Pilar, que era una niña muy viva y habilosa, la llenó de piropos y la invitó a su casa en Gran Canaria. Pilita se sintió feliz con su conquista. Abuela Antonia se encantó con mi mamá quién trató de liberarla del yugo machista, sin éxito. Ellas hicieron una buena amistad que siguió en el tiempo, más tarde se escribirían a menudo. Una de las cosas que le dijo a mi mamá y que me entristeció fue que Emilio demostraba querer más a mi mamá que a ella y cuando pudo se lo “encargó”. Lo que pasaba es que mi mamá era muy expresiva y no dudaba en decir lo que pensaba y a Emilio siempre lo quiso y lo protegió de todos nosotros. Al cabo de una semana encontramos un departamento amoblado cerca de nosotros y ellos se fueron a vivir allí. En ese momento empezó su contacto con nosotros y con ustedes. Ellos llegaban al departamento nuestro todos los días cerca del medio día. Entre la Tina y yo tratábamos de tenerlo medianamente ordenado, algo difícil con tanto niño en tan poco espacio. Tocaban el timbre y siempre, siempre era Juan Agustín el que les abría la puerta y con la mano extendida les decía: “un peso”, a don Emilio le hacía gracia y le daba a veces un peso, a veces una peseta la que Juan Agustín rechazaba por “no ser de aquí”. Después de hacer los cariños correspondientes salíamos a almorzar al centro de Providencia a distintos restaurantes, después dábamos un paseo por el barrio y ellos se retiraban a dormir su siesta. Por la tarde hacíamos otro tanto. Salimos a conocer el centro de Santiago, La Vega, el Mercado Central… estaban asombrados de la cantidad de verduras, frutas y pescado que había. Un día le propuse a don Emilio que si él quería me diera el dinero del almuerzo y yo le hacía un pescado en casa (¡Patuda!). Así lo hicimos, fuimos con abuela al Mercado Central y compramos una corvina maravillosa, de esas que no pueden quedar mal hechas, la acompañamos con papas guisadas y ensaladas del tiempo y fruta de postre. Quedaron encantados, creo que alguna otra vez hicimos lo mismo, pero ellos querían probar comida de restaurante. Tiene razón cuando usted dice que recuerda haber salido sólo una vez con sus abuelos, ellos no eran muy dados a los niños y fuera de un cariñito, no se daban más; por otro lado, ustedes estaban en el colegio así es que pasaban el día fuera de la casa. Un día se le ocurrió a don Emilio que quería ver el Océano Pacífico. El fin de semana se fueron con Emilio a Viña del Mar. Su papá me contó que, como cumpliendo con un ritual, don Emilio se sacó los zapatos y los calcetines y metió los pies en el mar, casi se congela, no hay que olvidar que era Octubre y recién está entrando la primavera, pero salió del antojo de toda su vida, mojarse los pies en el Pacífico. Otro antojo que tenía era ver La Cruz del Sur, nada fácil ese mes, pero una noche la pudo ver y estaba feliz. Durante los paseos después de almuerzo, don Emilio se emparejaba conmigo y abuela con su papá. A mí me costaba mucho saber lo que él quería, porque se iba por las ramas y mientras iba desarrollando sus ideas, yo le mostraba los jardines, las rosas, que ese año se dieron enormes y de todos colores, otras flores y diferentes casas y construcciones. Lo que yo veía se lo comentaba, yo me sentía muy bien con él y no tenía problemas para decirle cualquier cosa. Un día me dijo muy serio: “Yo no he atravesado el mundo para hablar de flores”. Me sentí pésimo, asombrada, no sabía lo que él quería ni de lo que él quería hablar. Se lo pregunté con bastante temor y él me dijo que quería hablar de dinero. ¡¡De lo último que yo hubiera querido hablar!!Acabábamos de pasar por el período más pobre de nuestra vida, pero ahora su papá tenía un trabajo, mal pagado, pero trabajo y de ¡Médico de laboratorio! Todavía necesitábamos de ayuda económica para surgir y así se lo dije. Le agradecí todo lo que nos habían mandado y le conté que mi papá también nos ayudaba con el alquiler del departamento, a pagar las cuentas y mis hermanos a pagar el colegio de ustedes. Lo que nosotros aspirábamos era a cambiarnos de casa, a una más grande y también queríamos poner un pequeño laboratorio donde pudiéramos ganar suficiente para no depender de nuestros padres. Después del chaparrón de palabras, que me salieron del alma, como si las hubiera preparado, él se comprometió a seguir ayudándonos mientras lo necesitáramos. ¡Qué generoso fue! Siempre estuvo preocupado de nuestros fondos, no sólo nos ayudó en ese momento sino también cuando yo quise estudiar y luego cuando nos fuimos a Canarias y allá estuvo preocupado de nosotros y por nuestras cosas hasta que se murió. ¡Fueron unos buenos padres para nosotros! No todo iba a ser preocupación, otro día los invitamos a ver “La Pérgola de las Flores” una especie de opereta chilena, les encantó y ¡Mire por dónde se encontró con un músico canario amigo de él, qué chico es el mundo! Mi tía Chita nos invitó una tarde a merendar al Country Club, yo no lo conocía, era algo muy elegante donde sólo van los socios. Hay circuitos para el salto de caballos muy bien cuidados. Abuela estaba encantada de la gente tan elegante que había se sentía en su salsa. En realidad la familia se portó muy bien con ellos los invitaron a distintas partes. Una noche la tía Uca invitó a la familia Salas Hurtado a cenar, todos muy elegantes y don Emilio, como siempre, reinando; hasta dio un recital de piano. Yo me sentía muy bien y orgullosa, más que nada para taparles la boca a todos los que dijeron que me había mal casado; ¡Tomen! ¡Aquí está la familia de Emilio! ¡Unos señores! Y no unos advenedizos como decían ustedes. Lo único que lamenté fue que no estuviera viva la abuelita Rosa, ¡Eso hubiera sido la “guinda del pastel”, porque ella orquestaba los recelos de la familia! Así fueron pasando los días hasta que llegó el momento de decir ¡Adiós! Y ¡Quién sabía por cuánto tiempo! Ellos tomaron un avión a Buenos Aires y desde allí un barco de pasajeros que los llevó de vuelta a su casa. Mucho cariño y estímulo me dejaron para seguir adelante con la tarea de educarlos a ustedes y de ayudar a su padre a realizarse como médico y como persona. Entre otras cosas abuela le dejó a usted un vestido típico de Gran Canaria para que representara a la isla en una fiesta de su colegio. ¡Qué bonita se veía con su falda listada y un pañuelo en la cabeza. Después del paréntesis que significó la venida de los abuelos y ya satisfechas todas las curiosidades, empezamos a vivir nuestra pequeña vida con cierta regularidad. Sabíamos que teníamos que buscar una casa donde mudarnos, ¡Ya no podíamos más de apretados! Fue nuestra prioridad. Con una gran dosis de suerte y paciencia encontramos un caserón en la calle Suecia casi esquina a Lota. La casa estaba deshabitada desde hacía como un año y estaba en muy mal estado: sucia, los papeles de las paredes rotos, los vidrios inmundos, pero…era muy grande, y todo se podía arreglar con poca plata. Tenía una entrada bonita con un antejardín con una palmera grande, tres pisos, un patio trasero enorme hasta con un parrón, una entrada amplia y bonita. Hablamos con mi papá y él se dio cuenta que con algo de trabajo quedaría muy bien, nos propuso mandarnos un trabajador del fundo para que pintara toda la casa y desmalezara el jardín y también que limpiara los baños. Cada vez que podía partía con mis tres hijos chicos a ver los adelantos, mientras ustedes estaban en el colegio. Cada vez se veía mejor. Después de pintarla por dentro y por fuera le llegó el turno a los vidrios y… ¡oh maravilla! todos los del primer piso eran cristales biselados, después de lavados quedaron preciosos. También apareció, detrás del polvo de un año, y en el comedor, un vitral de colores que lucía muy bonito. Se descubrieron unas lamparitas de cristales en tonos rojos a lo largo de la escalera, los que mi mamá, catalogó “muy de casas de niñas alegres”. El parquet era de doble cuadro y al encerarlo quedó ¡De película! Así de a poco fuimos descubriendo los tesoros encerrados en esa casa. Una vez arreglado el jardín, toda la casa limpia y reluciente, nos preparamos para una mudanza que según nuestros cálculos iba a ser tranquila y bien pensada, pero las cosas no se me suelen dar así de fáciles en la vida… A la dueña del departamento le dio un ataque de apuro porque algo le había pasado a una hija y lo necesitaba ¡Ya! Ese ¡Ya! debe haber sido imperioso porque, de la noche a la mañana, tuvimos que empaquetar a nuestros hijos y las cuatro cosas que teníamos y ¡Partimos!… ¿Tranquila? ¿Pensada? ¡Qué va! A ustedes, los cinco niños juntos, les dio sarampión y se volaban de la fiebre. ¡Fue algo terrible! La casa todavía no se terminaba de secar, la pintura estaba húmeda, hacía un poco de frío, pero no había como calentarse ¡Qué enorme me pareció la casa! ¡Qué inhóspita! Como pudimos armamos las camas y a ustedes los acostamos en una pieza con todas las frazadas que teníamos, pero mientras yo acostaba a uno, otro se levantaba a curiosear… Esto una y otra vez. El sarampión es una mala peste infantil que tiene muchas consecuencias si no se cuida bien, y eso fue lo que pasó, a todos se les complicó con neumonía y la situación acabó con mi paciencia: compré varios metros de cordel y los amarré a cada uno en su cama. Todo el día pasaba de una cama a la otra poniéndoles el termómetro, dándoles agua en cantidades industriales, espolvoreándoles talco mentolado en la piel con erupción: uno quería pipí, otro agua y otro lloraba de fiebre. Menos mal que tenía un médico pediatra amigo y que vivía cerca, él los visitaba cada día hasta que sanaron y pudimos descansar unos días antes de empezar la faena de los colegios. Con el cambio de casa se nos acabó la facilidad de mandarlos a ustedes en micro al colegio. Ahora quedábamos, si bien más cerca, pero con atravesadas de calle más complicadas, de tal manera que por las mañanas yo los iba a dejar y a buscar a su colegio y a Joaquín lo pusimos en un Jardín infantil que quedaba muy cerca de las Teresianas. A todo esto se sumó que La Tina no quiso seguir con nosotros, dijo que ella había dicho que se empleaba con nosotros siempre que no tuviera que subir escaleras… mucho hizo quedándose mientras ustedes estaban enfermos. No sé cómo me las arreglé, creo que mi mamá, otra vez, me mandó una niña del fundo. Poco antes de mudarnos a la nueva casa Emilio había empezado a poner un pequeño Laboratorio en un departamento frente al Hospital Militar donde él trabajaba. Tenía pocas cosas, lo que habíamos podido comprar en Potrerillos, pero él se las arreglaba para empezar a hacer trabajos particulares, tenía como ayudante a una Tecnóloga Médica que se turnaba con una amiga y que trabajaban en el mismo hospital; parecía que las cosas se empezaban a normalizar…pero la dueña del departamento se lo pidió y… se tuvo que cambiar a nuestra casa antes de lo previsto. Nuestra idea era instalar el laboratorio en el piso bajo, tenía tres piezas buenas y amplias y un pequeño baño que daban a la entrada de la casa y tenían una preciosa mampara de cristales biselados que la separaban de la casa habitación. En una de las piezas se puso todo lo necesario para trabajar en bioquímica, microscopía y bacteriología; en la otra, secretaría y sala de espera (en esta pieza había la única chimenea de la casa); y en la pieza de atrás se preparaban los reactivos, medios de cultivo y se preparaba el material para esterilizar. Además había un pequeño lavadero afuera, al lado del garaje que servía para lavar el material de vidrio. Las Tecnólogas no tuvieron problemas para atender el laboratorio en la casa, estaba muy cerca de su trabajo. Su papá llegaba por las tardes a hacer lo que siempre ha hecho: microscopía, revisar y firmar los informes que le preparaban las niñas. Ellas eran muy eficientes, se avenían bien con su padre y hacían bien su trabajo. Podría haber sido todo estupendo, pero… nada es eterno en esta vida, en un momento se descalabró el perfecto equilibrio y una de ellas no fue a trabajar una mañana…llegó un paciente…me pregunté:” ¿Qué hago?” Llamar al jefe, ¡lógico! ¡El golpe fue vital! El jefe me dijo:”¡¡Atiéndalo usted!!”…” ¿Yo?”…”¡Si, usted…¿No sabe poner inyecciones en la vena? Esto es igual, pero en lugar de meter, saca sangre” (yo había puesto una inyección en la vena cuando estaba en el curso de La Cruz Roja… a los 18 años…de eso hacía muchísimo tiempo). Bueno “¿Y después que hago?”…”Después toma EL KOLMER, busca lo que hay que hacer y…lo hace. Si sabe interpretar una receta de cocina, bien puede hacer un análisis de laboratorio…y ahora ¡A trabajar! A DURAS PENAS HICE LO MANDADO Y POR QUE EL CIELO QUEDÓ VACÍO DE ÁNGELES, TODO SALIÓ BIEN En ese momento dejé de ser una mujer normal que más o menos lleva una casa y más o menos cría cinco niños, para ser un monstruo de tres cabezas: una atendía al marido, otra el laboratorio y una tercera, a lo mejor la más pequeña atendía a los hijos. Complicado asunto porque para hacer exámenes de laboratorio hay que estudiar una carrera que dura cinco años y yo no había estudiado nada. Fue un problema al que tuve que hacer frente. Las cosas eran claras: con el trabajo de su papá en el Hospital Militar primero y en el Trudeau después, no podíamos vivir. Así el trabajo del laboratorio particular se convirtió en algo muy, pero muy importante. No había posibilidades de contratar una tecnóloga por medio día así es que, quiera o no me vi involucrada en ese trabajo. Tuve que empezar, no desde el principio, sino todo junto, de golpe: desde sacar sangre, hacer bioquímica y escribir los informes. Eso fue al principio, luego se me complicó con microbiología que, para esta nueva función su papá, me mandó a estudiar lo básico en el Hospital Militar y luego un funcionario del Instituto Bacteriológico me ayudó con las cosas más complicadas. Sufrí un cambio radical en mi vida: de ser dueña de casa con hijos a ser trabajadora, productora de dinero y administradora de los bienes de la casa y del laboratorio, lo que me costó menos, porque desde el primer día su padre me confió el asunto dinero. De ser esposa y madre a ser subordinada a tiempo completo. Es en este tiempo cuando cambió mi manera de ser: cuando las prioridades cambiaron de centro, cuando todo mi tiempo lo ocupaba particularmente en el laboratorio y lo restaba a ustedes, cuando se acabaron los cuentos o los paseos en la semana. Ahora vigilaba de lejos, con el oído atento a cualquier grito o llanto fuera de lo común. Afortunadamente llegó a casa Adriana, una mujer muy buena y trabajadora que corría bien con la casa y se avenía con ustedes. Muchas cosas he olvidado de esa época, seguramente por saturación y, desde luego me encuentro incapaz de poner un orden cronológico a nuestra vida. Yo trataba de ser múltiple, pero, lógicamente, no era capaz. Así y todo salí adelante de la mano del KOLMER, de los disgustos con su papá, de las fantasías de Juan Agustín; todo me lo puse en los hombros y partí adelante a un destino que ignoraba. Estuvimos en esa casa más o menos cuatro años: tiempo de aprender, tiempo de sufrir, tiempo de crecer, tiempo de madurar, tiempo de esperar y tener otro hijo ¡¡Cuántas cosas pueden pasar en cuatro años!! ¡Muchísimas! Trataré de recordar aunque sean algunas, otras, las que se me queden en el tintero, me las puede recordar usted, que tiene una buena memoria de esa época. El invierno se presentó muy frío y la casa no tenía como calentarse. La única habitación donde se podía estar era en la sala de espera, donde obviamente no podían estar ustedes. Allí estaba “la chimenea” que tenía mal tiraje y humeaba bastante, pero algo calentaba. Ustedes se calentaban en la cocina que era espléndida, muy grande y donde inventaban cosas para tener el horno prendido. Por las mañanas bajábamos en brazos a Ricardo y a Juan Agustín que reclamaban porque su cama estaba caliente; al lavarlos y prepararlos para el día, se iban enfriando y adquiriendo un ligero tono celeste. Llegando a la cocina se ponían alrededor del horno encendido y se tomaban una rica cocoa caliente que los volvía a poner de buen color. Un día paseando con su papá vimos una escuela en demolición, tenía una rejas en las ventanas muy bonitas, entramos a preguntar y nos dijeron que estaban en venta, no costaban mucho dinero, así es que las compramos y el marido de una prima mía nos hizo ocho camas de fierro con la cabecera de media ventana. Eran tan pesadas que hubo que atornillarlas a la pared. ¿Qué pasó con los camarotes de las cuatro camas chicas? No lo recuerdo, seguramente serían una herencia para alguna cuñada, porque todo lo que teníamos lo compartíamos. A fines del primer año que estuvimos en esa casa, Luis Emilio hizo su Primera Comunión en el colegio, de uniforme y con la medalla que usó mi abuelo para la suya. Fue todo muy sencillo: sólo los niños, los padres y, a lo mejor, algún abuelo. Entraron los niños a la Capilla del colegio en dos filas, niños de seis y siete años, muy bien preparados y enormemente conmovidos. De lejos vimos a Luis Emilio en esta ceremonia que es tan linda y que, de alguna manera, marca la vida. Me hubiera gustado estar a su lado y compartir con él la emoción, pero…ya empezaba a ser un hombrecito y también empezaba a vivir una vida sin nosotros. Después de la ceremonia hubo un desayuno para los niños y por la tarde invitamos a mis padres y a sus primos a tomar un té con torta. Un pequeño festejo para el que había recibido a Jesús por la mañana. Me pareció que era la primera separación que tenía con él. Muchas otras seguirían en la vida, y nunca me acostumbré a separarme de mis hijos; los dejé ir así, uno a uno en sus distintos momentos, con el dolor correspondiente, pero dejándolos, es la vida: cada uno tiene que asumirla como es. Me es difícil separar y juntar todo lo que vivimos en ese tiempo. Había de todo un poco, pero especialmente estaba teniendo yo una experiencia laboral importante. Dice su padre que no me costó mucho aprender a manejarme en el laboratorio, yo le puse mucho empeño porque había que salir adelante. Creo que sin el Kolmer no habría podido hacer todo lo que hice. No sé si recuerda, pero ese libro rojo, grande, gordo, lleno de fórmulas y grabados, fue mi maestro; en él aprendí todo, absolutamente todo lo que hacía en el laboratorio. Creo que como persona crecí mucho, aprendí a ser útil y así como en tiempos de pobreza aprendí a recibir, en este tiempo aprendí a ganarme el pan. Quedé esperando otro niño ¡Qué felicidad! Todos estábamos contentos. Hoy me asombra tanta felicidad, con lo apretados que estábamos, con poco trabajo y mucho gasto. Nada de eso se me ocurrió, sólo que tenía otro niño en mi vientre y, como en las otras ocasiones, volví a sentirme plena, saludable y llena de energía. Su padre encontró trabajo en una clínica de Maternidad, un trabajo de mucha responsabilidad porque tenía que dirigir un banco de sangre, no era muy bien pagado, pero era una ayuda. En ese tiempo también llegó a casa ¡El jeep colorado! ¡El Wyllis! Sin saber manejar nos vimos propietarios, a lo mejor fue una oportunidad o la necesidad, no lo sé, pero sí sé que su papá tomó clases de conducción con un chofer del Automóvil Club. Los fines de semana salían a practicar. Yo también quise participar de esa dicha, pero empecé a sentirme mal y el médico me dijo que dejara el manejo para otro momento de mi vida. Yo veía como su papá adelantaba y yo ¡Con los colmillos largos! A pesar que el chofer aseguraba que jamás aprendería ¡Aprendió! Sacó su carnet de conducir y manejó y sigue manejando… y hace historias con sus manejos. Mirando las cosas para atrás y sacando cuentas ¡Claro está! ya sé cuando quedé esperando esa criatura: fue en el fundo, en una visita relámpago que hizo su padre con un amigo. Casi de un día para otro y mientras se preparaba un gran baño de tina, de esas donde el agua se calentaba en el fondo de lavar, al lado de la acequia y luego se iban acarreando baldes y baldes de agua hirviendo ¡¡Qué ricas tinas eran esas y que pocas gozamos!! y…¡Se demoraban tanto, tanto en prepararse que había que aprovechar el tiempo de la espera! En vista que cada vez había más santos y cumpleaños que celebrar y que nuestras finanzas nunca fueron del todo buenas, en una reunión familiar llegamos a la conclusión de celebrar un sólo santo-cumpleaños al año y ese día sería el 17 de Agosto, san Emilio y para dar gusto a todos se llamaría SAN VALLE; todos los años celebrábamos ese día con una pequeña fiesta, torta, chocolate y lo que hubiese, lo importante era celebrar, invitábamos a mis padres y a los tíos y primos, lo importante era pasarlo bien. Las celebraciones terminaron con una tragedia familiar y… nunca más celebramos ese día. El día 17 de Agosto de 1964 murió Jorge, mi hermano, en un penoso, lamentable e idiota accidente. En esos tiempos en los semáforos la luz naranja se encendía en los cuatro costados, todos los automovilistas se sentían dueños de la luz, así fue como Jorge trató de cruzar una calle y otro chofer también y lo chocó en la parte posterior del auto; la puerta, sin seguro y sin cinturón de seguridad, se abrió y Jorge cayó al suelo azotándose contra el borde de piedra de la acera. El joven que lo chocó resultó ser amigo suyo y llamó a La Posta para que mandaran una ambulancia y cuando llegó les aseguró que estaba vivo para que se lo llevaran ya que de otra manera habría quedado tirado en la calle hasta la llegada de un juez. Una vez ingresado en La Posta Central trataron de ubicar a la familia, dieron con Pablo, mi hermano, quién de inmediato llamó a su padre para que ayudara en los trámites, mientras él se comunicaba con nuestros padres y con nosotros. ¡Qué frío resulta relatar los hechos como si fuera una historia clínica! y no lo fue así…fue algo terrible…doloroso… Su papá, en cuanto llegó a La Posta, se hizo cargo. Pidió al tío Julio unas sábanas y que las llevaran a La Morgue, y él se fue con el cadáver de Jorge en la ambulancia. Una vez en ahí esperó a que llegara el médico de guardia y le explicó quién era y lo que quería; afortunadamente para todos nosotros, no se le hizo autopsia. Cuando lo entregaron, su papá lo envolvió en las sábanas, lo colocó en una urna y lo llevó a la iglesia de los Padres Franceses. Por mi parte, que nada sabía, cuando llegué de tomar una muestra a domicilio, hice el trabajo y esperé a su padre para almorzar, pero él no llegaba. Me puse muy nerviosa porque algo teníamos que hacer después, en la tarde. No fue su padre el que llegó, sino Pablo, quien me dijo que fuera con él porque mi mamá me necesitaba. No dijo más, a lo mejor pensó que yo imaginaría algo… pero nada… fue como si un velo hubiera cubierto mi entendimiento… nada pensé… nada… y fuimos a buscar a Pilar a su colegio, raro me pareció, pero ya habían pasado varias cosas raras. Al llegar a casa de mis padres mi papá salió muy rápido a nuestro encuentro y me abrazó, se le caían las lágrimas… pero tampoco me decía nada… ¡Cómo protege la naturaleza a la criatura que va a nacer! Al entrar en el departamento oí que mi mamá hablaba por teléfono y decía: “Si, Emilio está con Jorge en la morgue”. En ese momento me di cuenta de que Jorge estaba muerto. ¡Fue como si me hubieran aplastado! Fue tanto el dolor, que ni lágrimas derramé. Dije a Roberto y Pilar, que estaban llorando desconsolados, que se fueran a llorar a otra parte, que dejaran a los papás tranquilos. Mi mamá estaba en su habitación, con una mujer, mi papá en la salita con Mariano y ¿Yo? Me daba vueltas sin sentido, hablaba tonteras y no reaccionaba. ¡Qué triste perder a un hermano! ¡Qué pena ver sufrir a los padres sin saber cómo consolarlos! ¡Como si existiera el consuelo para los que han perdido a un hijo! Sólo verlos llorar y saber que sufren, desespera. En medio de esta locura de dolor llegó su padre y me abrazó llorando a mares, yo le rechacé y duramente le dije que se guardara las lágrimas, que ese era el derecho de los padres… y seguramente le diría más cosas que no recuerdo y que quisiera no haber dicho nunca… Estaba obnubilada y creo que no sabía lo que decía, tan llena de dolor estaba. No debí haberlo herido tanto, considerando todo lo que él había hecho por Jorge y que nadie más lo pudo hacer. Todavía hoy me duele haber tratado así a su padre, no lo merecía y, como si fuera poco, nunca me ha dicho nada, lo que es más meritorio. En casa no se hizo mucha historia con la muerte de Jorge; no recuerdo la manera como se lo dijimos a ustedes ni si al día siguiente nos acompañaron a Misa. Nosotros fuimos al funeral, estaba la urna frente al altar mayor de la iglesia donde tantas veces fuimos en familia a celebrar no sólo La Misa dominical, sino las fiestas del colegio; allí donde tantas veces comulgamos juntos, ahora estaba Jorge despidiéndose de este mundo. Fue una Misa muy emotiva, con sus antiguos compañeros de curso, sus profesores, sus parientes… mucha gente había… no podría decir quien…los más importantes eran mis padres y antes de que se lo llevaran, salí con mi mamá por una puerta lateral; los hombres fueron al Cementerio, pero nosotros esperamos en casa. Nos tratamos de consolar, nos preocupamos de Loreto quién, como Cecilia y yo, esperaba un hijo. Ella estaba rodeada de sus hermanos y con su madre. Yo tenía la pena atravesada y no podía llorar, ¡Cómo envidiaba a los que lloraban! Parecía que llorar los aliviaba… Semanas más tarde pude llorarlo, como lloro yo, a solas y cuatro lagrimones. Hoy que pienso en esa época se me llenan los ojos de lágrimas, pero…nada, no salen. Mucho me ayudaron ustedes en esos momentos, me daban su cariño y hablaban con sus hermanos chicos, yo seguía trabajando y ustedes estudiando. Me preocupaba Ricardo porque era muy apegado conmigo y ya estaba grandecito, tendría unos tres años, así es que lo llevaba a comprar cosas para la guagua, le dejaba elegir las cosas a su gusto, me ponía las manos en la barriga y las dejaba hasta que se movía y eso lo alegraba mucho. Una tarde no encontramos ni a Juan Agustín ni a Ricardo, los buscamos por todas partes, a medida que pasaba el tiempo, más preocupados estábamos, no dejamos ni un sitio sin revisar: la casa, el jardín, el club Yugoslavo, al frente donde trabajaban los norteamericanos y…nada. Emilio trabajaba en el Hospital y yo esperaba a una guagua de unos seis meses y tenía que atender el Laboratorio. Llamé a mis padres para que me ayudaran, ellos me dijeron que llamara a Carabineros (en ese tiempo estaban al servicio de la gente), fue increíble lo rápido que llegaron, a toda velocidad en una “cuca” con la alarma sonando, las luces se encendían y se apagaban. Tomaron razón de lo ocurrido y de inmediato movilizaron a todas las fuerzas vivas de la comuna: el helicóptero partió a sobrevolar el barrio, las cucas recorrieron las calles, por radio y televisión salieron avisos de búsqueda de estos niños de más o menos cuatro y dos años perdidos. Con mi mamá esperábamos en casa sin atrevernos a hacer nada, ni a movernos, sólo rezar ¡Qué miedo pasamos! Llegó Emilio y se sumó a los expectantes, menos mal que no hubo a quien culpar… pero todos nos sentíamos culpables. ¿Cómo se pueden desaparecer dos niños tan chicos? ¿Dónde se pueden haber metido?… el tiempo pasaba, el reloj medía impertérrito minuto a minuto nuestra angustia, hasta la guagua que esperaba pareciera que entendía que algo malo pasaba porque estaba quietita. Al cabo de horas, una eternidad para nosotros, llegó la cuca con los dos niñitos ¡Felices! Con sus caritas iluminadas ¡Habían andado en cuca y había hecho sonar la alarma!… Ellos no podían medir lo que habíamos pasado nosotros, sólo su ventura de haber tenido una aventura. “Nindo paseo” decía Ricardo con su media lengua…y era tan grande la alegría de tenerlos que creo que fue poco lo que les dijimos…hacerle ver a un niño de cuatro años que ha hecho mal en salir de casa, es difícil. Ellos contaban su cuento, que habían salido a tomar el sol y que en las calles grandes —muy responsables— habían pedido ayuda para atravesar, siempre diciendo que vivían al “otro lado”, así se fueron alejando hasta llegar a las inmediaciones del cerro San Cristóbal —más o menos unas quince cuadras—, allí los vio una señora que estaba mirando televisión y se dio cuenta que la descripción de carabineros concordaba con la parejita que iba derecho a subir el cerro. Ella los llamó y los invitó a comer y a beber, ellos felices porque ya tenían hambre. Al poco rato llegaron los carabineros y les pidieron explicaciones. Juan Agustín, muy fresco, les dijo que había sacado a tomar el sol a su hermanito porque su madre estaba enferma y, cuento o no, los tomaron y los llevaron a casa. Yo creí que el asunto había terminado con nuestros sabios y ponderados consejos, pero ¡¡NO!! El domingo siguiente otra vez Juan Agustín desapareció. Esta vez salimos con Emilio a buscarlo, afortunadamente no estaba muy lejos, pero sí al otro lado de Providencia, feliz comiendo empanadas con los trabajadores de la bencinera, ¡Ahí sí me salió el indio! Tomé una varilla y le pegué en las piernas con toda la angustia que sentía, la varilla se fue quebrando y quedaba un trocito y yo seguía dándole y él gritaba con todas sus fuerzas, claro que como era tan cortita sólo le daba al aire. Cuando me di cuenta me sentí mal, ridícula y mala madre. Hoy estaría condenada por todos por haberle pegado, porque se mira mal a los padres castigadores ¡Violencia familiar! En esos tiempos era una manera de corregirlos y yo creo que también de descargar la preocupación de sentirlo perdido. A Luís Emilio le costaba bastante memorizar las lecciones, y hasta que no entendía muy bien el fondo de la materia no la podía desarrollar; repetía y repetía todo lo que yo trataba de enseñarle, así es que en mis ratos libres me sentaba en un banco de cemento que había a la entrada de la casa y empezaba a machacar, ya fueran las tablas de multiplicar u otras sandeces por el estilo. Repetíamos las materias hasta el cansancio —el mío y el de Luis Emilio—, mientras usted, listilla, absorbía como una esponja. Haciéndose la tonta y saltando con un cordel aprendía todo lo que yo le enseñaba a su hermano. Este sistema duró hasta séptimo curso y desde ese momento no necesitó nunca más que le enseñara nada y fue aprobando sus cursos en buena forma. Otra manera de aprender encontramos jugando al 1-2-3… diga usted… nombres de… —allí el que iba ganando ponía la palabra clave— nosotros aprovechábamos de poner adjetivos, sustantivos o cualquiera otra parte del análisis gramatical… iba saliendo todo bien, hasta los chicos se metían a jugar. El problema nos llegó con los adverbios ¡Bien complicadas las palabrejas! Me acordé de los consejos didácticos de mi mamá: ella nos enseñó de niños un truco para reconocer los adverbios, ella decía “cuando una palabra no es nada de lo conocido ¡¡Es adverbio!! O sea ¡Al descarte! No será muy académico, pero es efectivo. Es esas fechas pasaron cosas, ya los niños del medio iban tomando cuerpo como Tintines y en grupo hacían cosas que solos no podían hacer. Empieza aquí a gestarse el clan Valle y luego la manada salvaje y de aquí al aquelarre era cuestión de tiempo: cosas como tirarles piedras a las palomas de las alemanas del fondo, las que reclamaban todo el tiempo, —y con razón—. Yo no podía tenerlos encerrados ni amarrarles las manos ni vigilarlos que no subieran a la muralla de atrás. Las vecinas me gritaban en su medio castellano: “Hágalos jugar como seres civilizados” “enséñeles a hacer rondas y a cantar” ¿Rondas a los Tintines? ¿A cantar… yo? ¡Qué horror!… mientras, yo estaba metida, abrazada y absorta con el Kolmer. Con él vivía, comía y… creo que hasta dormía… Kolmer en mano separaba las pipetas de 1 cc, 2 cc, 5 cc, 10 cc; ubicaba los vasos de precipitado, los Erlenmeyer, los matraces y otras delicatesen. Con él aprendí a hacer reactivos, medios de cultivo y… ¡A lavar material! Porque las susodichas tecnólogas médicas dejaron todo el fregadero a tope de material sin lavar y a mi casi me da algo cuando leí cómo se lava el material de vidrio…y había prisa por hacerlo.Siempre prisa cuando uno no sabe cómo hacer las cosas… prisa porque ya no quedaban ni porta ni cubreobjetos… y mi amigo, o tal vez enemigo, Kolmer me decía que había que pasarlos por mezcla sulfo-crómica. Yo no le tomé mucho peso al asunto y le pregunté por teléfono al jefe qué hacía… ¡Me elevó y me bajó con sus palabras!: “¿No tiene el Kolmer?”¿No sabe leer?” Casi me caigo sentada, ¡Menos mal que tenía una silla cerca! Y… ¡Vamos mirando lo que decía el Kolmer! Y no era mucho… ¡Claro, estaba escrito para entendidos en la materia! El único dato interesante que encontré era 1º que se hiciera al aire libre… (Yo lo tenía) y 2º que el ácido sulfúrico siempre, siempre se pone sobre el agua y se agita cuidando que no hierva. Visto así no me pareció muy complicado y ¡Me lancé a la aventura! El primero que hice… ¡Se cristalizó el cromato de potasio y quedó duro como piedra! ¡¡Fuera el experimento!!…Otra vez empezar de nuevo… el segundo intento lo hice con mucho cuidado, amorosamente, lo revolvía todo el tiempo y de pronto… se empezó a poner oscuro y a ¡Hervir!, lo que decía el Kolmer que no debía pasar ¡Y me quedaba un litro de ácido! No tuve más remedio que dejarlo enfriar y luego empezar otra vez, de a poco, una y otra vez hasta terminar, el resultado fue bueno, a pesar que las salpicaduras me quemaron un poco las piernas y que la vasija de plástico se deformó, ¡Quedó bien! Fue mi primera mezcla. Todo el material de vidrio quedó esplendoroso, menos los portaobjetos y los cubreobjetos que estaban todos pegoteados de aceite de inmersión y que opté por tirarlos a la basura, y fueron muchas las veces en mi vida que lo tuve que hacer…sin ningún remordimiento. Hoy vuelvo la vista atrás y tomo el Kolmer. Me asombra que pudiera haber aprendido a trabajar con ese libro, me parece incompleto y hasta incomprensible. No estaba escrito para aprendices, sino para gente que se supiera manejar en el laboratorio, pero…retos van y retos vienen me pude desempeñar en esa vida laboral. Tuvimos una conejera que era la entretención de todos, había conejos de todos colores, pero mi preferido era un macho grande y blanco, se llamaba Pom pom. Lo cuidaba especialmente porque era mi proveedor de sangre para unos medios de cultivo; era tan manso que se quedaba quietito cuando, con la ayuda de Luis Emilio y bastante temor, le clavaba una aguja larga directo al corazón y le sacaba unos veinte mililitros de sangre. Al principio, como en todo, yo era una inexperta y con él aprendí a tocar su corazoncito y a llegar directamente al centro mismo de su vida. Siempre hubo un Pom pom a mano, si moría uno, se reemplazaba por otro. Hablando de conejos, una vez se nos arrancó una coneja y parió entre las plantas bajo la ventana de la sala de espera, la encontramos y la llevamos con sus crías a la conejera…andando el tiempo al pasar por ese sitio nos llenamos de pulgas, como jamás me imaginé. Estaban hambrientas y nos asaltaron las piernas, que se nos pusieron negras de tantas que había. Tuvimos que desinfectar toda esa parte porque los clientes no podían ser alimento de pulgas. No sé si sería por degeneración genética, pero una vez nació uno que era completamente rosado; así nacen generalmente, pero éste creció y siguió rosado y pelado ¡Se veía rarísimo! También en ese tiempo cerramos un trozo de jardín al lado sur y a la sombra donde pusimos sapos machos para el uso del Laboratorio. Con ellos se hacía una prueba de embarazo con resultados bastante aceptables. En esos menesteres me ayudaba Luis Emilio, que tenía manos para manejar esos animales que a mí me repugnaban. Él los tomaba y los hacía orinar en un portaobjetos, yo miraba la orina en el microscopio y si no habían espermatozoides les inyectaba en el dorso, debajo de la piel, una dosis de orina de la mujer presuntamente embarazada; al cabo de un rato se repetía la operación: si había espermatozoides, era un embarazo seguro; luego los sapos se dejaban aparte… ¡A pasar la calentura! Después que Luis Emilio hizo su Primera Comunión a usted se le ocurrió que también quería recibirla, pero en el colegio no la dejaron por ser muy chica. Un día en Misa el párroco dijo que estaban abiertas las inscripciones para preparar a los niños para hacer la primera Comunión. ¡Qué le han dicho a usted! salió corriendo de la Iglesia a inscribirse y, creo yo, que la vieron tan motivada que la aceptaron y empezó a prepararse… Llegó el momento tan importante para los niños: recibir a Jesús en La Hostia Consagrada. Todo fue muy sencillo y familiar: Cecilia nos prestó un vestido blanco y un velo que habían sido de su hermana Ana María…usted se veía linda y compenetrada con el Sacramento. En la ceremonia dos largas filas de niños y niñas de los colegios vecinos y otros, como usted, “colados”. El párroco celebró una linda Misa donde todos comulgaron muy recogidos. Nosotros, los mayores, padres y parientes recordamos emocionados nuestra Primera Comunión. En casa hicimos un pequeño festejo con mis padres, mis hermanos y sobrinos. De lo que no me he podido acordar es de quién es el personaje que aparece en una fotografía suya, usted dice que es su padrino pero…en La Primera Comunión no hay padrinos y ese día no hubo Confirmaciones… Eso quedará durmiendo en la noche de los tiempos. Un día apareció Luis Emilio con una pequeña herida en el pie, no parecía tener mucha importancia, pero al desnudarse por la noche para desinfectársela otra vez, vimos que tenía una cinta roja que empezaba a subir por la pierna. ¡Qué susto más grande! Me acordé de algo parecido que le pasó a mi papá en el fundo y que hubo que ponerle Penicilina. Llamé a su papá y él pensó lo mismo ¡Erisipela! Llamamos al médico de ustedes que vivía muy cerca de nosotros, así es que lo fue a ver muy rápido y le recetó Penicilina… de la que había en ese tiempo… o sea cada cuatro horas una inyección ¡Pobre Luis Emilio! pasé varios días pinchándolo y él aguantando. En las noches se las ponía durmiendo y en el día, además, le pintaba con yodo la cinta roja. Al principio era angustiante, porque era más rápido el avance de la cinta que yo con el yodo; el peligro era que llegara a los ganglios inguinales y de allí se repartiera la infección a todo el cuerpo. Menos mal que la Penicilina hizo su efecto y empezó a sanar. Recordando un poco lo que fue la historia de los colegios de ustedes: Luis Emilio hizo Kinder en un colegio cerca del departamento en Pedro de Valdivia Norte, luego en primero básico fue al Saint Georges. La primera idea era que, siendo un colegio de padres norteamericanos, aprendería a hablar inglés, pero él no se acostumbró. Tuvimos problemas con la profesora, porque ella era de la opinión que los zurdos eran así para toda la vida y se oponía a que él intentara usar su derecha… en esas posiciones tan, pero tan cerradas, no tuvimos como defender el uso de ambas manos. Ella se encerró y nosotros nos tuvimos que aguantar… sigo pensando que vale más un ambidiestro que un zurdo o diestro absoluto… y así se quedó. En vista de las dificultades, empezamos a buscar un colegio más sencillo y más a la manera de ser de nosotros. Un día dimos con el Seminario Menor y nos gustó, quedaba bastante lejos, pero Luis Emilio aprendió pronto a movilizarse sólo en micro; en ese colegio estuvo hasta que nos cambiamos de ciudad, él estaba contento y nosotros también. Usted también estuvo en el mismo Kinder que Luis Emilio y luego fue a las Teresianas en Pedro de Valdivia. Joaquín, ya viviendo en la calle Suecia, hizo un pre-kinder en una guardería infantil cerca de las Teresianas. Por las mañanitas, junto a usted, los iba a dejar, ya fuera Adriana o yo, dependía del trabajo que hubiera. Al año siguiente fue a las Teresianas y al subsiguiente al Colegio Notre-Dame, él, muy interesado en aprender, hizo poderíos para saber la mayor cantidad de cosas posibles. Juan Agustín hizo el mismo recorrido, pero con distinto resultado. Era tan inquieto que la profesora lo mandaba a correr al patio; en ese tiempo estaban construyendo el colegio nuevo, entonces él se hacía amigo de los maestros de la construcción y le sacaba el cuerpo a la sala de clases, luego también fue al Notre-Dame. No he podido recordar la historia escolar de Ricardo, es una pena, pero no la recuerdo, me rompo la cabeza pensando, no sólo no recuerdo su escolaridad sino cosas de su vida de niño chico ¿Qué fue de él? Claro tengo su nacimiento y sus primeros meses, luego que sanó de la alergia y cuando llegamos a la calle Suecia pasaba mucho al aire libre, debajo del parrón en el histórico corral que le compramos a un gringo en Potrerillos; grande con piso de madera y ruedas, se plegaba y cabía en cualquier sitio. En él aprendieron a caminar todos, hasta Francisco, luego pasó a manos de Cecilia y sus rorros. Ricardo pasaba en el corral gran parte del día, era un niño bueno y tranquilo, muy bonito, tenía el pelo dorado y dócil, ¡Qué gusto me daba tocárselo y arreglarlo como un niño de Botticelli!, no fue mucho lo que duró el encanto, una tarde su papá lo tomó y lo llevó a la peluquería para que le cortaran todos sus crespitos, dijo que no quería educar a un hijo “marica”. ¡Qué penita me dio! Y fue al único al que apenas se le doblaba un poquito el pelo. Recuerdo que como dos años más tarde Juan Agustín lo tomó bajo su amparo y se lo llevó de paseo; después sé que estuvo conmigo en un terremoto y ¿Qué pasó después? ¿Empezará mi mente a olvidar? ¡Me duele el corazón no recordar y también me da miedo! ¡Qué apuro tengo por escribir de prisa para que nada más se me olvide! Tengo un hijo perdido y no lo puedo encontrar, esto me produce angustia y pena: queriéndolo tanto, no lo recuerdo. Llego a la conclusión que, a lo mejor, el clan lo tiene absorbido desde los dos o tres años y pasó a ser parte de los Tintines; si es así no le irá muy bien porque las maldades se pagan por igual. ¿Tan integrado podía estar que formaban un solo cuerpo? O ¿Tan bueno era que pasaba desapercibido? Me pregunto si a él le di el hueco que reclamaban todos, si ese ratito de mamá le faltó, como tantas cosas que faltaron en la educación de mis hijos. Si me faltaba experiencia en el trabajo, también me faltaba para criar cinco hijos, eran para mí algo muy importante. Los quería mucho, tanto que en esa época me convertí en un rompeolas: por un lado sentía la presión de los hijos, con sus cosas buenas y malas; con sus diabluras y notas escolares; por el otro lado el azote de la ola de su papá, neurasténico, enfermo de soportar las injusticias del hospital, la presión del trabajo, tener que hacerlo para “ganar plata” y mantener a esta panda de “parásitos”. División de sentimientos, división de amores… tener un equilibrio era muy difícil, casi imposible, porque la necesidad de mantener una familia dependía de él, de la cabeza, del médico, del que podía firmar, del que sabía. Nosotros sólo podíamos consumir y, por mucho que yo me esforzara, aprendiera y trabajara, nunca jamás podría mantener la casa y la familia. Muchas veces ya no podía más y me lavaba el coco repitiéndome: “Dependemos de él, de su título, de su firma, hay que poner el hombro y… aguantar”. Pero tengo perdido un hijo, y eso me ha impactado tanto que me tiene en estado de shock y triste ¿Dónde estás Ricardo mío? Me queman los ojos y las lágrimas quieren salir, pero se quedan donde molestan y duelen. Años lo tengo perdido ¿Cuándo lo encontraré ¿Seré capaz de seguir recordando otras cosas si te tengo fuera de mi vista y de mi control? También es cierto que en esa época no tenía tiempo para educar ni para muchas otras cosas que hubieran sido buenas para la formación de los hijos, antes de eso había que comer y se comía en la medida que yo me apurara en aprender a trabajar y lo hiciera bien. Lentamente tuvimos más trabajo y con ello la mejoría en el rancho, hubo más frutas y verduras. Iba a La Vega a comprar y nuestro lujo era comprar un cajón de manzanas y otro de naranjas de libre disposición, la única regla era: “fruta que se sacaba, se comía entera” Ya no frecuentaba el mercado de quinta categoría y la calidad de la carne y otras proteínas mejoró. Los Tintines, además de tirar piedras a las palomas, descubrieron un hueco en la pared medianera con el club Yugoslavo y se metían a trajinar por todas partes; era un edificio tan antiguo como la casa de nosotros, pero más grande y más alto. Lo que más les encantó fue una pileta con peces rojos. Un día descubrieron el tapón del desagüe y lo sacaron, al irse el agua quedaron los peces en seco, saltando los pobres, ahogándose y en eso estaban muy divertidos cuando los descubrieron y los retaron bien retados. Cerca del agujero había un níspero que estaba justo en la mitad por lo que los frutos debían ser compartidos; bien poco se respetaba la partición porque ustedes eran más y al otro lado había sólo una niña, la única interesada y que siempre se quedaba con ganas de más. Con ella nunca hicieron amistad, creo que era hija única y regalona de los encargados. En una oportunidad me convidaron mis padres a Las Cruces, con Joaquín, Roberto, Pilar y Rosarito a pasar un fin de semana. Lo pasamos muy bien, felices a orillas del mar, de regalones y recordando tiempos pasados, pero… de pronto un grito: Roberto jugando a ser Trazan se lanzó desde una roca y al caer se rompió el fémur, hubo que apresurar la vuelta. Se nos ocurrió poner una hoja de colchón en la parte de atrás del Land-Rover del papá para que Roberto viajara más cómodo y con el menor dolor posible. Mientras mi mamá arreglaba a los niños yo metí el colchón del jeep, cuando estaba en máxima extensión se cayó la puerta trasera y me pegó justo entre dos vértebras lumbares ¡Qué dolor más grande! No se sabía a quién le dolía más si a Roberto o a mí. Ni supe cómo llegamos a Santiago. A Roberto le estiraron la pierna con un peso delante y a mi me mandaron a dormir en cama de tablas con un colchón delgado. Al principio fue un martirio, luego me acostumbré, pero la columna me duele hasta hoy. Poco disfrutamos de la casa de Las Cruces porque era muy pequeña y mis padres tenían que viajar con sus hijos chicos; así y todo, a veces se llevaban a Luis Emilio por ser el más tranquilo. En una oportunidad se encontró con mi tío Paco —hermano mayor de mi mamá—, que tenía una predilección especial por él y sostenían largas conversaciones, no sé de qué porque Luis Emilio era bastante chico en ese tiempo. Mi tío se asombraba de que Luis Emilio jugara a “las tumbitas” con piedras y conchas marinas, mi mamá le explicó que en Purranque el paseo ideal era ir al Cementerio a jugar entre las tumbas. Cuando su padre sacó el carnet de conducir aprovechaba los fines de semana para sacarlos a pasear, mientras yo, que esperaba una guagua, me quedaba descansando en casa. El paseo ideal era ir a Til-Til a buscar unos enormes sapos para uso del Laboratorio. También iban a la cuesta “Uña del Diablo”, cerca de Llay-Llay donde había unos grandes sauces llorones y un esterito… (Hoy los sauces están iguales). Ustedes se columpiaban en las ramas de los árboles y se metían al agua, lo pasaban estupendo. A veces invitaban a Pablo con sus hijos y a mis hermanos menores, deben haber ido en dos autos porque se juntaban un montón de niños de edades parecidas…más que paseo familiar parecía un paseo de fin de curso. Otro paseo lindo, pero con regular resultado fue cuando su papá los llevó al Quisco, una playa muy bonita cerca de Las Cruces, se bañaron todo el día y se asolearon a full —eso era antes de las UV— y cuando llegaron, cansados pero felices, Joaquín parecía un cangrejo hervido y tenía dos bolsas enormes de plasma en los hombros, tuvo fiebre, dolor y malestar. Hubo que hidratarlo y costaba mucho que tragara un poco de agua… después de esa experiencia ¡Fin de los paseos a la playa! De todos mis hijos, el más enfermizo fue Joaquín, tenía una bronquitis obstructiva (muy de moda hoy en los inviernos contaminados de Santiago), al pobre se le presentaba por las noches. Muy a menudo despertaba yo con la voz del niño aspirando las palabras que me decían “mamá no puedo respirar”; en un momento lo ponía en el baño y abría la ducha hirviendo para que aspirara el vapor y le daba un pack de remedios que me dio su médico, quién como consejo me decía: “lo dejas al vapor de la ducha y si se te pone azul lo llevas a La Posta de urgencias”…menos mal que nunca llegó a esas instancias. Otra cosa que tenía Joaquín y que era desesperante: era malo, malísimo para comer. En una oportunidad era tanto lo que lloraba y pataleaba por no querer comer que lo dejé…pensé que con un poco de hambre comería mejor… ¡Es que no conocía a mi hijo! Pasó ese día…pasó otro día… y otro más hasta que le dije: “Joaquín, dígame ¿Qué quiere comer?” y él me contestó muy seguro que era imposible que yo le diera gusto: “jalea con lechugas”…yo pensé que con eso le había doblado la mano y no me demoré en hacerle un molde de jalea con lechugas cortadas finitas…cuando amoldó ¡Se veía linda! Y él se la comió toda…desde ese día fue más fácil hacerlo comer. Ya estaba de término y lo único que deseaba era tener a mi guagua en mis brazos, estaba muy gorda y me cansaba, me parecía que nunca iba a nacer. La pena por la muerte de Jorge me abatía, no tenía mucho ánimo, ni tampoco su papá tenía paciencia con mi aprendizaje…muy complicada la situación pero…no eterna, porque “no se ha visto que una mujer se quede con su hijo en su vientre” y así fue. Un día me empezó un dolorcito y yo me apuré en dejar el laboratorio con todo el trabajo terminado e informado. Cuando llegó su padre le propuse ir a ver a Loreto y fuimos en el jeep, estaba viviendo con una hermana, también viuda y juntaban como diez niños. A pesar de todo había en esa casa un ambiente agradable de paz y de trabajo. Estaban preparando unas cajas con juguetes para La Navidad de las Municipalidades. Por la noche les dije a ustedes que me iría a la clínica a tener un hermanito para ustedes y que llegaría pronto. Como a las cuatro de la mañana desperté muy apurada, creí que estaba de parto inminente, nos levantamos y partimos, raudos, en el jeep a buscar a mi mamá y de allí a la clínica donde trabajaba su padre. Era bastante pobretona, pero no nos costaría nada. La atención no fue muy buena, había un paridero, una sala separada por sábanas y había unas camillas donde se tenían las guaguas. La matrona iba de un lado a otro recibiendo chiquillos. Se oían gritos…pujos…palabrotas…y otras cosas…menos mal que su papá estuvo a mi lado todo el tiempo alentándome y, estoy segura que si me hubiera visto en un apuro él habría recibido al niño porque había hecho el curso de Ginecología cuando convalidó el título. Y… ¡Al fin nació! Era un niño lindo, daba gusto verlo: sanito, limpio, bueno. El tiempo que estuve en la clínica lo pasé contemplándolo; aproveché bien la noche, porque era la noche de la transmisión del mando de Eduardo Frei y estuvieron todo el tiempo con música alta y fuegos artificiales. Como lo tuve sin anestesia no tuve problemas para irme al día siguiente. Por la mañana mi mamá fue a poner orden en nuestra casa y se llevó con ella a Ricardo para que no se quedara solo, allí empezaron los problemas: el niño de pronto se puso caprichoso, quería comer cosas que en casa no se comían como papas fritas. Mi mamá le dio en el gusto en todo lo que podía ser de cierta lógica, pero cuando llegó la tarde y la hora del baño, el lindo no se quiso sacar la polera, el resto de la ropa sí, pero la polera no y se montó en el macho y ¡No se la sacó! total lo tuvieron que bañar vestido. La criatura que nació se llamó Francisco Ramón, un nombre con historia familiar: Luís Emilio llegó un día del colegio muy contento porque le habían enseñado una poesía de un poeta que se llamaba Francisco de Asís. El nombre nos gustó a todos además, todo el embarazo yo había rogado a San Ramón por él, también dos bisabuelos míos se llamaban Francisco y un abuelo Ramón, todos por el lado de mi mamá, además de Ramón Freire (el prócer) que viene siendo tatarabuelo mío… eso sería la ascendencia del nombre. Estando todavía en la clínica fueron ustedes, los mayores a conocerlo no se lo podían creer el tener un hermanito tan pequeño, a lo mejor habían pensado que los niños nacían más grandes. Al día siguiente estaba harta de clínica y de ruidos, me sentía muy bien y Francisco era muy tranquilo, aproveché que un amigo nuestro me fue a ver y le pedí que me llevara a mi casa, así es que me vestí y ¡Partimos!, llegamos de sorpresa: los niños felices y yo más aún. Los miraba y no podía creer que fueran mis hijos y…tan bonitos. Por la tarde fue mi mamá a dejar a Ricardo y a que se incorporara al lote y conociera a este hermanito para el que se había preparado durante largos meses. Francisco dormía en una cuna-mecedora que heredé de Cecilia cuando nació Juan Agustín, era muy cómoda y bonita, cuando los niños lloraban por la noche yo los podía mecer con el pie. Ricardo al ver a la guagua ¡Enmudeció! Y empezó a tartamudear, me causó una impresión tremenda ¿Cómo podía yo saber que se iba a impactar de esa manera? Todavía habría sido aceptable si no lo hubiera preparado para la venida de su hermano con tanta anticipación. ¡Mi pobre Ricardo! “m m m m mamá” decía y se afligía, fueron unos momentos difíciles y tensos ¿Qué podía hacer yo? Si, tenía que cuidarme y cuidar de Francisco y Ricardo tartamudeando, yo pensaba ¿Irá a ser para siempre? Fue una de las veces en que me sentí dividida en trozos y ¡Eso que al Laboratorio no bajé hasta el tercer día! En ese momento crítico, apareció la madrecita que fue usted para con sus hermanos chicos. Tomó a Ricardo bajo su amparo y decidió enseñarle a hablar, yo la oía que le decía: “lo que te pasa es que piensas más rápido de lo que hablas así es que sentémonos en estas sillas y piensa en la palabra mamá ¿Ya lo pensaste? Ahora respira y suelta: MAMÁ” y así se pasaban horas ensayando con mucha paciencia, pasaron meses y él se afligía y me decía: “¿ci ci cierto que que soy ta ta ta ta tarta muyo?” ¡Qué ganas de llorar! Pero me contenía y lo confortaba diciéndole que se le pasaría si le hacía caso a su hermana…y así fue, un día, en plan sorpresa se me lanzó a los brazos y me dijo: “EXACTAMENTE”…lloramos los dos de alegría…pero ¿No podían haber encontrado una palabra menos complicada? Y ¿Quién era yo para interferir entre la profesora-mamacita y el niño? Así fue como Ricardo se curó de su tartamudez y nunca dio señales de estar celoso de su hermanito, todo lo contrario lo quería y lo cuidaba, dentro de lo que él podía. Mientras yo hacía lo que tenía que hacer: trabajar y cuidar a Francisco. A él lo ponía en la entrada del Laboratorio, así lo podía oír si lloraba, pero era muy paciente y esperaba tranquilo su hora de comer. A los pocos días de llegar de La Clínica llegaron a vernos los padrinos de Francisco, unos primos míos por parte de mi papá, ellos tomaron a mi guagua y la llevaron a Bautizar a La Parroquia de San Ramón que era nuestra Parroquia. Nuevamente entraba a La Iglesia un hijo mío llevado por otras personas: ¿Es que la madre no pintaba nada en esos tiempos? Y debe haber sido así porque cuando bautizamos a mis hermanos menores, yo fui madrina de los tres, nos llevábamos a la guagua a La Parroquia y se lo devolvíamos a mi mamá bautizada. Si, se llevaron a mi hijito bien abrigado y me lo devolvieron cristiano, hijo de Dios, miembro de La Iglesia. A lo mejor es mucho título para una cosita tan chica, pero no se puede pedir nada más puro y más espiritual que un niño recién bautizado. Me lo pusieron en los brazos y lloré de emoción, me pareció tener a Jesús en mis brazos y sentí al Espíritu Santo recién recibido por el niño pasar a mí ¡Qué maravilla! Todos mis hijos anteriores fueron bautizados sin mí y eso me apenaba, pero luego cuando llegaban me sentía feliz. Así como tenían los genes y los apellidos de sus padres, también tenían el sello de la fe, eso nos unía como familia y nos hacía más tolerantes unos con los otros. Cuando Dios se introduce en una familia produce grandes cosas, todo se recibe con más facilidad y las penas se pasan mejor, El dijo: “mi carga es liviana y mi yugo ligero”, es así cuando se carga junto a Él es seguro que la parte más pesada la lleva Él porque nos quiere como sólo un Dios puede querer. ¡Cómo estaré de agradecida con tantas alegrías y cosas buenas que me ha dado! ¡Y durante las crisis Él ha sido quién me ha ayudado a salir adelante! Con la llegada del nuevo huésped se hizo necesario cambiar el orden de las camas, porque su papá tenía que dormir tranquilo para irse a trabajar temprano por la mañana. En esos momentos teníamos dos habitaciones disponibles y con las camas de fierro apernadas a la pared, así es que me trasladé con Francisco y Juan Agustín a la pieza donde dormía usted…luego se la arreglamos para que usted dispusiera de ella para usted solita. Nos arreglamos bastante bien, pero llegaba la hora terrible en que había que calentar la mamadera de la guagua como a las seis de la mañana, a veces un poco antes, y hacía un frío terrible. Mientras yo le daba la poquita leche que tenía, usted, mi hijita se levantaba y en un calentador a gas que había en el baño grande, calentaba el agua que habíamos dejado hervida el día anterior ¡Qué chica era usted y que responsabilidad tan grande asumía! Jamás se me ocurrió pensar que se podía quemar, confiaba plenamente en usted que con sus siete años me ayudaba como si tuviese muchos más. Nunca le he dado las gracias por ese tiempo, lo hago ahora: gracias por enseñar a Ricardo, por levantarse temprano y evitarme a mí que lo hiciera, gracias por cuidar de mí y por ser la monadita que era. Mientras el Laboratorio crecía en trabajo yo seguía aprendiendo. Tuvimos varios éxitos en bacteriología, ramo que a me interesó más que el resto gracias a un auxiliar del Laboratorio del Hospital Militar, Sotito, a quién llamábamos “Narices de oro”, porque la mayoría de las veces hacía las identificaciones oliendo los cultivos. Este trabajo era muy artesanal, a lo mejor por eso me costó menos hacerlo. Sotito me enseñó lo básico y yo pude empezar a hacer los medios de cultivo que utilizábamos, eran muy rudimentarios, al extremo de hacer una sopa de carne con otros ingredientes y agar-agar, me quedaba bastante bien y aunque tardaba en hacerlo, valía la pena. Otra cosa que aprendí a hacer eran baterías de distintos azúcares con una campanita de vidrio invertida para captar el desprendimiento de gases, con estas baterías se podían hacer identificaciones de bacterias, que, aunque primitiva, nos servía y si había problemas mayores recurría a un viejo y sabio auxiliar del Instituto Bacteriológico que me ayudaba y me sacaba de dudas. Dentro de los éxitos en bacteriología estuvo el poder cultivar una shigella de una deposición diarreica de un niño, esa bacteria era difícil de cultivar y necesita un medio especial, lo hicimos y nos resulto…el niño, sanó. También, si se puede llamar éxito a un error, una vez hice un antibiograma a algo que parecía bacteria y que creció como especie única en un cultivo de desgarro, como yo no sabía teñir y menos mirar bacterias por el microscopio, me lancé a hacer el susodicho antibiograma con colores propios, al día siguiente la placa estaba preciosa y el antibiograma clarito, su papá feliz…hasta que hizo un Gram de la “bacteria” y resultó ser “una Candida”…a pesar de lo incorrecto hicimos el informe y el viejito sanó de una enfermedad crónica al pulmón ¡Cosas de la vida!. En otra oportunidad su papá se apuntó un poroto al diagnosticar un púrpura, algo muy difícil de hacer antes que se presenten los síntomas…fue muy halagado por el médico tratante. Todos estos éxitos y otras cosas buenas que se vivían en el Laboratorio se veían opacadas por el disgusto de su papá en el Hospital, pasaba malos ratos, se sentía oprimido y explotado, nada salía a su gusto pero… necesitábamos de ese trabajo. Qué duro era verlo llegar todos lo días de mal humor, con mala cara, hasta la corona de las cosas que veía y no podía solucionar y ¡Claro, llegaba a casa donde había otro lote de problemas por solucionar en el Laboratorio, más el mal comportamiento de los Tintines y el llanto del que tocara!…total ¡Terrible!. ¡Qué ganas de ser rica para decirle que renunciara, que nos quedáramos sólo con el Laboratorio nuestro! Pero eso no era posible. Con todos esos problemas no podíamos, ni sabíamos tener una vida tranquila en casa, una vida de comunicación, de amor, todo se reducía a: trabajo, trabajo y trabajo, además del disgusto. Repito, ninguno de los dos sabía o podía separar el trabajo de la vida de hogar, eso produjo muchos trastornos y situaciones de dolor que no sé hasta qué punto los afectaron a ustedes en su desarrollo. Una mañana de domingo fuimos a Misa: Luis Emilio, usted, Joaquín, Ricardo y yo, su papá se quedó en casa con el resto de los niños esperando a ir a otra Misa. Todo fue muy bien hasta que nos acercamos a comulgar Luis Emilio, usted y yo. Al estar en el comulgatorio, la iglesia se estremeció fuertemente y ruidos sordos salían de la tierra…aumentaba el temblor…y aumentaba…y seguía aumentando…parecía que nunca iba a terminar de temblar. El sacerdote salió con el copón de las hostias consagradas y…yo tengo la conciencia de haberles dicho en voz baja a ustedes: “no se muevan que no pasa nada” y en efecto, fuera de un polvillo que salía de las esquinas y de unas tejas que se deslizaron del techo, no pasó nada. Al volver al banco Joaquín y Ricardo jugaban a: “se mueve la tierra”, estaban de lo más entretenidos. Meses más tarde, a la salida de una Misa, se me acercó una señora y me dio efusivamente las gracias…yo no sabía porqué, ni la conocía, ella me explicó que durante el terremoto ella iba arrancando y oyó un vozarrón, tipo orden militar que daba una orden: “¡NO SE MUEVAN QUE NO PASA NADA!”; ella instintivamente se detuvo y en ese momento se cayeron unas tejas del techo, si da un paso más la matan ¡¡Y yo que creía que había hablado tan bajito, sólo para ustedes! Por su parte, Emilio, estaba en casa controlando a Juan Agustín y Francisco estaba en el segundo piso en una pequeña cama de madera bajo una ventana, su papá corrió a salvarlo, pero al tratar de subir la escalera ésta se movía de tal manera que no podía hacerlo, al final afirmándose en brazos y piernas llegó arriba ¡Gracias a Dios! No se habían quebrado los vidrios y Francisco dormía plácidamente acunado por el terremoto. Fueron momentos de angustia, creo que ha sido el terremoto más fuerte que hemos vivido desde que nos casamos. (Este recuerdo es de su papá, tan vivido que tiene que ser así). Me había hecho el propósito que no hablar aquí del fundo, sino hacer algo aparte, algo que fuera como mi historia desde que llegué en año 1938 hasta el día que no volví, año 1973…pero me ha parecido dejar un poco trunca la vida de ustedes sin poner algo de esa tierra que nos dice tanto a todos. Todos los años en los meses de Enero y, o Febrero se organizaba el safari al fundo. Cuando éramos sólo nosotros y Luis Emilio nos íbamos en tren a San Carlos y desde allí nos llevaba mi papá en su Ford hasta el Naranjo…después, él compró un Land Rover que estrenó usted de recién nacida. Así fue hasta que compramos el jeep colorado, en él nos metíamos como podíamos y partíamos llenos de alegría y de entusiasmo. ¡Otra vez llegar a lo que realmente importaba en la vida! Vivir libres, sin ataduras sociales y sin obligaciones. Para mí era volver a la juventud, a ser niña, a ser servida y considerada. Mis cosas; ya fueran sueños, ideas o voladuras, importaba y tenía a mi mamá de oyente, atenta, que me comprendía y aconsejaba. Podía leer y releer los eternos libros del cuarto de los niños, en ese tiempo eran mis hermanos. En cuanto a ustedes iban dispuestos a ser felices, con un pantalón corto, una polera y sandalias plásticas, no necesitaban más; si se ensuciaban, se cambiaban o…seguían sucios. Para refrescarse estaba el cajón del lavado donde llegaba agua limpia por una acequia al llegar entraba por una canoa de madera y el agua caía como un metro, si se le ponía una tranca a la salida del cajón, el agua subía y se llenaba, ustedes se remojaban y hasta flotaban, eso si que siempre con una persona grande responsable que los estuviera controlando. A este festín de agua se les unía Roberto, mi hermano chico, y se salpicaban todo lo que querían. Para la guagua de turno habíamos mandado a hacer una “chigua” que colgábamos de una rama del gran guindo que estaba muy cerca de la casa, a su sombra poníamos la mesa del comedor y allí hacíamos las comidas para no entrar a la casa. Dicha “chigua” era un artefacto indígena que se hacía con un aro de coligüe y se le agregaba un fondo de cuero de cabrito, queda como una cuna colgante, nosotros la poníamos alta para que nos niños no la dieran vuelta, pero la gente del campo las pone sobre sus camas, así por la noche pueden atender a la guagua sin despertar al resto de la gente. Por las tardes, después de las onces, bajábamos al río, todos juntos nos bañábamos, no sólo para jugar en el agua sino también para asearnos, llevábamos jabón y con “limpia plata”, una hierba que crece a orillas del agua, nos sacábamos toda la suciedad del día. El polvo del campo es tan fino que penetra en la piel, así es que hay que mantenerse muy limpios. Era lindo el raudal, allí aprendieron a nadar y a respetar el agua que corría, los grandes, atravesábamos el río nadando y desde una piedra nos tirábamos de cabeza a bucear y a buscar piedritas del fondo, no sé cuan profundo podría ser, más o menos unos tres metros, calculo, por la dificultad que teníamos para llegar al fondo. Después de estar mucho tiempo en el agua, nos apoderábamos de una gran piedra cada uno y nos tendíamos a calentarnos al sol (eso era antes de que la capa de ozono se adelgazara y acabara con el gusto a tomar el sol y se transformara en el terror a contraer cáncer de piel). Cada uno tenía su piedra y la defendía; cierro mis ojos y siento el calor, la textura, el olor de mi piedra y siento una añoranza tremenda ¿Quién estuviera allá, quién tuviera a los niños chicos, quién pudiera vivir otra vez esos momentos! Eso ya pasó, fue una larga y preciosa etapa de mi vida; la tengo alojada en mi cerebro y de allí la puedo sacar cuando quiera, cierro los ojos y veo y siento a alguno de ustedes o a mi misma de chica o de grande y soy capaz de ser feliz otra vez con esas pequeñas cosas que nos hacían felices o sentir pena también por pequeñeces. ¡Qué maravilla es la mente, cuantas cosas están allí almacenadas para darnos un gustito! Todos los años íbamos al fundo en las vacaciones, a veces más largas que las de su papá. Él también gozaba allá: salía a caballo, cazaba conejos, salíamos por las noches a buscar sapos o luciérnagas o simplemente a mirar las estrellas que allá se ven muy lindas porque no hay contaminación lumínica. No había hora de volver, ya habíamos comido y a veces volvíamos tarde con los niños más chicos en brazos. En una oportunidad su papá se fue con los cuidadores de ganado a las veranadas y recorrió gran parte de esa zona, estuvo por allá más de una semana, él y su máquina fotográfica, llegó feliz y asombrado de lo que había visto. Un año, estando en muy malas condiciones económicas, esperábamos La Navidad y no tenía nada que ponerle en el Pesebre. Ha sido la única vez en mi vida que afrontaba una situación tan precaria es esas fiestas, pero nuestras Navidades han sido siempre fundamentalmente religiosas. Hicimos un enorme Nacimiento, más grande que nunca y lleno de cosas del campo: helechos, semillas, piedrecitas y todo lo que encontramos en el monte, se veía lindo. Tenía un lago, cerros, caminos, potreros con animales, gozamos haciéndolo debajo del guindo. Con un manual de cocina del año de la cocoa, intenté hacer algo distinto, el resultado fue “vistoso”; encargué a San Carlos gelatina en hojas y tintes vegetales comestibles, me llegaron: verde, rojo, naranja y amarillo, así empecé a hacer experimentos hasta que me resultaron unas gomitas bastante buenas, bien dulces y de todos colores, todavía yo no sabía que se les podían, además, agregar sabores. Del mismo manual saqué una receta de galletas integrales con canela y ¡¡Un increíble Pan de Pascua!! Yo les había advertido que ese año no habría regalos porque no teníamos plata, entonces a Juan Agustín se le iluminaron los ojos y me dijo: —¿Porqué no vendemos los elefantitos rosados en San Carlos?, así podremos ganar plata y comprar hartas cosas. —¿Dónde están los elefantitos rosados? —En el potrerillo —me contestó—, hay por miles y son tan chicos que se esconden debajo de las piedras. Complicada situación porque no se puede tratar de mentiroso a un niño que está tan seguro de lo que dice. Le propuse ir al potrerillo a verlos y aceptó. Al ver que no había elefantes ni chicos ni grandes, en lugar de reconocer su equivocación o algo así, me dijo muy abiertamente con esos ojos enormes y expresivos que tiene: —Seguramente la mamá de los elefantitos los escondió en alguna parte para que no se los quitaran. Y de allí no salió, por más que yo le decía que en el fundo no se criaban elefantes de ninguna clase: ni rosados, ni celestes ni grises, él seguro, segurísimo de haberlos visto. A lo mejor, así como yo creí haber visto por televisión las elecciones y el Mundial de fútbol, el creyó ver, o soñó con, o tenía tantas ganas de verlos que lo dio por hecho. Después de todo no tuvieron esa Navidad sin regalos porque llegó mi papá con una caja de cosas y…un poco más adelante su padre les llevó algo más “para Reyes”, así fue como por primera y última vez celebramos Reyes, dejamos los zapatos tapados con sábanas al pie del Nacimiento además agua y pasto para los camellos. Estoy segura que esos Reyes los vimos todos…no sólo Juan Agustín. Pero…así como íbamos todos los años, también había que volver, y a nadie le gustaba esa parte, a mi tampoco, pero…teníamos que volver y alguien tenía que tomar la iniciativa, así es que…daba la voz de mando y…¡Todos a obedecer…a buscar los tesoros que se querían llevar, —a seleccionarlos, también—, ver la ropa que valía la pena llevar, siempre era casi nada y… vamos andando, a despedirnos de la señora Leonides, de don Rosa, de cada piedra del río, del tronco del álamo, de los caballos, del pescado que vivía debajo del puente del estero, decir: “hasta pronto”… a Los Zorrinos… al Florido… a los potreros… a cada cosa que se nos ocurría. Ritual que yo hacía desde niña y que ahora lo hacía con ustedes… nunca dudé que volvería, si lo hubiera hecho, no habría podido vivir. Con ese ánimo nos íbamos a lo que sería, por lo menos para mí, un pliegue en la vida y nos preparábamos a cumplir cada uno su parte, ustedes al colegio y nosotros a estudiar. Que difícil es entrar de nuevo a un mundo lleno de normas: horas para levantarse, horas para acostarse, con o sin ganas… Otro problema era la ropa: los uniformes que, aunque sencillos, era ropa que había que cuidar y… ¡Los zapatos! ¡Qué pesados se sentían! Y crean que no sólo eran los del uniforme, también a mí me molestaban los míos, y tenía que ponerme en plan guapo y decir:” ¿No son bonitos? ¿No son cómodos?… me sentía hipócrita y traidora, pero eran las situaciones vividas todos los años…y tengo una larga trayectoria de idas y vueltas del fundo y de no querer aceptar nada de Santiago. De todas maneras nos arreglábamos para que el cambio no fuera tan brutal. Íbamos al centro a mirar tiendas, los fines de semana salíamos de excursión con el pretexto de completar el insectario. Pero el día de entrar al colegio llega, y llega con o sin ganas, lo bueno es que ya teníamos el jeep así es que su padre los llevaba por la mañana y luego por las tardes yo pretendía que interrumpiera su sacra-siesta y los fuera a buscar porque así como las Teresianas quedaba cerca, el Notre Dame estaba bastante lejos. A los pocos días de tira y afloja, de refunfuños y en el colmo de la modorra, me pasó las llaves y me dijo: “¿No sabe manejar?, vaya a buscarlos usted” ¡No había mucha deferencia entre aprender con el Kolmer y manejar el jeep, total yo había alcanzado a tener dos clases antes de la prohibición por el embarazo de Francisco. Claro está que algo sabía: hacerlo andar, pasar los cambios o acelerar, no era problema porque era igual que el de la máquina de coser… Se suponía que si el jeep andaba para adelante, tenía que ser así…el volante y el embrague se me daban bien…y las normas del tránsito ¡Ya me las iría aprendiendo! El primer día saqué el jeep con terror porque el portón no era muy amplio. Una vez en la calle, todo se me dio fácil, caminaba, no hacía cosas ni ruidos raros. Pasé a buscar a los niños que estaban felices de tener una mamá-chofer, yo también estaba contenta de tener una cierta libertad. No sabía que habría otras cosillas que aprender, como a frenar con cuidado… Ustedes me cantaban los semáforos con la debida anticipación. Otro asuntillo era el estacionamiento, necesitaba media cuadra para meterme “a la americana” decían ustedes, y…la marcha atrás ¿Qué es eso? llevaba como seis meses yendo a buscarlos y nunca la había puesto. Me dio tanta vergüenza mi ignorancia, que un día partí con Luis Emilio al Parque Cousiño, donde todo Santiago aprende a manejar. Llevábamos dos puntos a resolver: estacionamiento y marcha atrás. Debo reconocer que tuve un buen profesor que además de paciencia tuvo que hacer grandes esfuerzos para superar su zurdera y decirme: “a la derecha o un poco más a la izquierda” hasta quedar más o menos donde queríamos. ¿Y la marcha atrás? Fue un desastre, una pesadilla, me costó mucho y nunca la dominé. De todas maneras progresaba y parece que los consejos de mi papá me afloraban uno a uno y me ayudaban. También me sirvió el par de veces que, de joven, manejé a escondidas la “burra” del papá, todo esto me dio una seguridad casi “patudez” que me permitía moverme por el barrio sin interferir en las siestas de su papá. Un día conversando con su tía Loreto me comentó que tenía una prima con los niños en Notre Dame y que tenía problemas con la vuelta a casa porque ella tenía que trabajar hasta tarde…¿Podría yo traer a los tres niños de ella y ella me los llevaría por las mañanas? Para mi fue ver la luz porque las mañanas de su papá no eran muy buenas y a veces se atrasaba y había líos, así fue bienvenida Keka Matte a mi círculo de amigas, ella es una mujer extrovertida, simpática, trabajadora, no se hacía problemas con nada, tenía cinco hijos y tomaba la vida con un optimismo contagioso. Ella tenía un furgón y por las mañanitas los pasaba a buscar a ustedes, menos a Luis Emilio que se iba más temprano y solo a su colegio. Por las tardes salía yo, que me sentía el “as del volante” a recoger a la chiquillería, todos de la misma edad ¡Vaya ruido! pero se les veía felices. En una oportunidad el jeep no quiso andar por la mañana, fui a la búsqueda de un perito, de esos que hay en este país por todas partes, de esos que con un alambrito lo arreglan todo. En éste caso el alambrito no funcionó porque lo que estaba mal era la dinamo y había que cambiarla. Me la mostró y…se fue. Yo necesitaba el jeep así es que desmonté el cacharro y partí con él para que lo embobinaran en un taller que yo conocía, allí me prestaron uno “por mientras”, y aunque parezca increíble ¡Fui capaz de instalarlo y el jeep anduvo! Casi un milagro… ¡Yo de mecánica! ¡¡Lo que me faltaba!! Siguiendo la pista del jeep, una tarde-noche venía de casa de mis padres que ya vivían en La Alameda y llegando un semáforo en Providencia —que estaba en rojo— quise frenar y el jeep sigue y sigue y sigue sin parar. De frenos, ¡Nada! De freno de mano, ¡Nada!… A los autos que les toca pasar con su luz verde, pitan y yo, sorda. Pongo primera y empiezo a sortear autos, gritos e insultos, despacito me deshago de esa calle y sigo a casa…todo el tiempo en primera, lento muy lento, con terror de encontrarme con otro semáforo o que se me atravesara alguien… Muy despacio me fui acercando a casa, el jeep seguía andando, lento, pero andaba y cuando traté de entrar, el portón estaba cerrado ¡De un estacazo lo abrí! Todos salieron a ver qué escándalo traía. Menos mal que la puerta de garaje terminó por detener al vehículo sin romperse ninguno de los dos. Medio mareada me bajé y entré a casa ¡El escándalo fue mayúsculo! Y me gané una de las grandes, el casi-castigo fue llevar el auto al día siguiente al taller para que lo arreglaran; y sí digo casi-castigo porque yo diría que fue casi-delito andar en esas condiciones atravesando Santiago entero, pero era mejor no discutir ¿Para qué quería el jeep sin frenos en casa? Me fui muy temprano por la mañana para no toparme con otros autos y semáforos, creo que el cielo quedó vacío de ángeles porque no pasó nada y llegamos enteros al taller ¡Qué alivio! En el taller lo revisaron y resultó que en la mantención anterior no le habían revisado las cañerías de los frenos y el roce hizo que se rompiera y que se saliera todo el líquido de frenos. Con eso yo quedé limpia de culpa…pero retada por adelantado. Aquí, en lugar de punto y aparte, debería decirse: punto y atrás. Yo hubiera dicho que teníamos un televisor, pero su padre dice que no, que la primera que tuvimos fue en Antofagasta. Pero son tan vívidos los recuerdos que tengo de la elección de Eduardo Frei como Presidente de La República que casi podría asegurar que vi esas imágenes. Pero debe ser como lo dice su papá: en realidad las oímos por radio y papel en mano íbamos contando los votos: “2 mesas mujeres Puchuncaví” “1 mesa hombres Pocochay” “3 mesas mujeres Putre” “5 mesas hombres Santiago-Centro”… Así, en papel cuadriculado íbamos anotando ¡De locos! ¡Era imposible!, pero todo el mundo lo hacía. Los datos no cuadraban, el Ministerio del Interior daba cada dos horas los resultados parciales oficiales, a veces la información se repetía y nosotros ¡Apunta y apunta! Pero FIRMES hasta que se habían escrutado el 95% de los votos del país y daban por vencedor a Frei ¡Nuestro candidato! Salimos en el jeep a celebrar: Providencia arriba y Providencia abajo, bocinazos van y bocinazos vienen, ¡¡Qué alegría! Teníamos un candidato ganador que era nuestro Presidente (¡Quién hubiera pensado todo lo que pasaría después!), pero en ese momento éramos felices, no sé cómo no nació Francisco con tanto alboroto. Otro acontecimiento que, también yo diría que vi, fue el Mundial de fútbol ¡Qué pasión! Y ¡Qué paciencia oír la transmisión por radio! Mientras Ricardo andaba por ahí revolviendo el gallinero, mejor dicho la conejera, ustedes en el colegio y yo…trabajando con “la oreja parada” ¡Ni sé qué tipo de exámenes haría! En cuanto ustedes llegaban del colegio lo primero que querían era saber las noticias de los partidos. Cuando Chile metió un gol a Rusia ¡Fue el acabóse! ¡Gol de Chile! Gritaba Chile entero. Hasta una canción salió “¡El Rock del Mundial!” y todos cantábamos “¡Gol, gol de Chile!”, repitiéndola hasta el agotamiento. Deben haber sido esos cantos los que estimularon al equipo a ir ganando hasta quedar terceros ¡Qué alegría! Cualquiera diría que alguno de nosotros era futbolista. ¡Así son los entusiasmos de masas!, tanto para las cosas buenas como para las malas. Hoy las masas me asustan y no voy a ninguna manifestación, por muy santa que sea. Y quién sabe si en medio de estos alborotos fue cuando me contaminé con una amoeba histolítica y casi me despacho. Toda la noche la pasé sentada en el baño, tomando agüita a sorbos, lo recuerdo con espanto ¡Qué mal lo pasé! No quería despertar a nadie porque sabía que primero había que hacer el diagnóstico y después buscar a un médico. En cuando se pudo desperté a su padre que me hizo un examen directo y subió corriendo a decirme que tenía una “nata” de amoebas, también se encargó de llamar al médico del Instituto Parasitológico donde le dieron las indicaciones del caso y yo empecé a tragar: agua, agua, agua. Todo el día, más unas pastillas y como no había potasio, tenía que comer zanahorias crudas ralladas, en ese momento para mi eran un asco, pero siguiendo las instrucciones del médico empecé a mejorar y Francisco siguió firme hasta que fue su hora. Una vez, estando usted en el colegio, tuvo un esguince de tobillo, tan doloroso como una fractura. La llevé al médico y le puso un yeso con la prohibición de poner el pié en el suelo. Su clase estaba en el segundo piso del colegio nuevo y usted no quería perder clases, así es que yo la llevaba en el jeep por la mañana y la subía en brazos a su sitio en la clase, a media mañana volvía para llevarla al baño y por la tarde la iba a buscar. Todos los días hice lo mismo para cuidarla bien y para que quedara sanita, no me arrepiento de haberlo hecho así porque quedó muy bien por un largo tiempo. Esos años en el colegio fueron para usted muy fructíferos, aprendió muchas cosas con gran rapidez, se destacaba en su curso, tenía muy buenas relaciones con sus profesoras y compañeras, todas la querían mucho. Un día, sin venir a cuento, empezó a pelear con su profesora, a discutirle cosas indiscutibles, empezó a encontrar “pesadas” a sus compañeras y que el colegio la aburría. Se peleó con Luís Emilio, lo que era casi imposible y a mí me empezó a tratar mal, todo le disgustaba, nada le agradaba y yo reclamaba: ¡Después de todo lo que tenía que hacer, ahora tenía que vérmelas con una fierita! ¿Qué le pasaría? ¿Estaría enferma?…porque seguro que en la adolescencia no estaba. Fui al colegio a hablar con su profesora y ella me confirmó el cambio, dijo que les solía pasar a las niñas que tuvieran esos cambios de carácter y me aconsejó algo que me dejó descolocada: “Dele gusto en todo” “Sáquela a pasear a ella sola” “Cómprele algo bonito” “Llévala a tomar helados a ella sola” “Invítela al cine a ver una linda película”. ¡¡Me parecía increíble lo que estaba escuchando!! Yo que trataba al lote de hijos como un todo, ahora tenía que separarla a usted para darle un trato especial ¡¡Difícil, muy difícil!! Pero no imposible, por su salud mental y por la tranquilidad de la familia empecé con el plan especial. Al principio no me resultaba nada, seguramente parecía forzado y usted no me recibía nada. Yo no tengo un carácter suave y tenía que suavizarme, no soy amable y tenía que tratarla con amabilidad, soy impaciente y tenía que tener toda la paciencia del mundo. Así fue que refrenando mis defectos pude acercarme a una fierita que estaba toda erizada. Aceptó, por fin, lo que le ofrecía y empezamos a darnos gusto a costa de los demás. En ese momento sólo usted importaba, así pasó el tiempo. Un día me dijo en tono duro y negativo: “Usted no me deja casarme”. Me pilló de sorpresa, pero atiné a decirle que no tenía inconveniente en que se casara. “Claro está que ahora no” —me dijo— “pero no me deja pololear”. A lo que yo le volví a preguntar: “¿Por qué no? Si está grande para desearlo, estará grande para pololear.”. Hasta aquí le llegó la dureza y la altivez, se le quebró la voz y se me echó en los brazos llorando a mares, una mejicana cualquiera, con hipo, lágrimas y mocos a chorro. “Es…que…el hermano de Verónica no me hace caso”. Ese era su problema, había sentido algo a lo que llamó amor por ese joven, un poco mayor que Verónica, agradable y buen mozo, que a lo mejor algún día le hizo un cariño por ser amiga de su hermana y nada más. ¿Cómo consolar a una niñita con mal de amores a destiempo? Imposible, sólo oírla, hacerle cariño y hacerle sentir que para nosotros era única y muy, muy querida. Y pasó el tiempo, todo se normalizó. Usted volvió a ser la que era, más una experiencia de haber sentido un hálito de amor por un joven. Joaquín era un niño nervioso, estudioso, responsable, bueno para las matemáticas y muy malo para comer. Su papá lo quería mucho y lo protegía del resto; a lo mejor sin necesidad, pero lo hacía. Un día estaba feliz jugando en el patio de atrás con sus hermanos, yo me acerqué a preguntarle si había terminado sus tareas, ¡¡Ojalá nunca hubiese hablado!! Le dio una pataleta revolcada y me gritaba: “¿Cree que estaría jugando si nos las hubiese terminado?”, y ¡Vamos gritando y pataleando! Así de cumplidor era. Su papá se admiraba de él y le decía: “Mi ingeniero”, a lo mejor eso lo marcó y lo obligó a tratar de ser lo que no era…en fin son ideas, no más. Ya con Francisco un poco más grande hubo cambios de piezas: la suya estaba lista para ser sólo suya y a su gusto, de su orden o su desorden. En otra pieza puse a Juan Agustín, Joaquín y Ricardo. En la pieza grande su papá, Francisco y yo, parecía una buena solución hasta que empezaron los reclamos de Joaquín: “Que Juan Agustín tiene cosas que no nos da” “Que Juan Agustín tiene un león amaestrado para el solo” “Que Juan Agustín duerme calientito con un tigre y nosotros pasamos frío”. Difícil asunto, otra vez enfrentar la imaginación de Juan Agustín con la cruda realidad. No es que a mi me molestara que durmiera con fieras, era su asunto, además el sentía su calor y era feliz, el asunto era que los otros hermanos le creían ciegamente los cuentos y querían que compartiera sus fieras con ellos. Una vez los oí por la noche: Juan Agustín los embolismaba diciéndoles: “Tengo a mi tigre en mi cama y estoy feliz, calientito”. Los otros le decían: “Muéstranos el tigre” A lo que él contestaba: “No, no se puede ver, si prendo la luz, desaparece”. Joaquín prendía la luz y ¡Claro está, que de tigre, nada! Y…otra vez el mismo asunto, a veces llamaba a su tigre, otras a su león que según él dormía en la parte de arriba del ropero. “Ven león a dormir conmigo” y los demás, le pedían “muéstranos al león” y…desesperados le ofrecían lo que fuera por ver al león y él muy tranquilo los desafiaba: ¡Prendan la luz y él se va!…tal cual, encendían la luz y el león desaparecía. Leones y tigres, frío y calor ¿Acaso había en casa un ambiente de diferencias que hacía que Juan Agustín se rodeara de animales imaginarios? ¿Acaso ese niño tan buen mozo, tan encantador y cariñoso le faltaba amor? No lo supe valorar en su tiempo y pasaron a ser “cosas de Juan Agustín”. Él era un niño listo, aprovechado en el colegio, sacaba buenas notas, pero…no le interesaba estudiar, ahora me parece que vivía en un mundo especial que se había construido él y para sólo él. Seguramente debí haber hecho algo para canalizar su imaginación, pero…no tenía tiempo, por lo tanto no se me ocurrió; por lo demás el asunto “fieras” era algo nocturno, en el día, los tintines eran un solo cuerpo que pensaba y actuaba en la unidad más absoluta. En tiempo de Navidad se les ocurrió hacer tarjetas de saludos, pidieron útiles y se instalaron bajo el parrón a pintar, todos colaboraron, grandes y chicos, cuando tuvieron un buen stock se instalaron en la vereda, al lado de la puerta de entrada y vendían sus tarjetas a los transeúntes y los clientes nuestros se encantaron con ellos. Les fue bien con su negocio, ganaron unos cuantos pesos que luego les sirvieron para hacerse regalos de Navidad. La mesa afuera en la calle les dio ideas, entre ellas la de vender los racimos de uva del parrón. El encargado de sacar los racimos era Luís Emilio porque era mayor y más fuerte, pero una tarde se colgó de un fierro para sacar uvas o para columpiarse, no lo tengo muy claro, y se cayó al suelo de cabeza. Me dio un susto tremendo cuando me avisaron que estaba botado en el suelo inconsciente ¡Menos mal que fue sólo un susto! porque pronto abrió los ojos. De todas maneras lo llevé a su cama y lo dejé bien estirado y sin almohada por si acaso tuviera un TEC. La casa tenía un tercer piso, una buhardilla, se subía por una escalera muy empinada, estrecha y oscura. La habitación era muy amplia y allí instalamos la estufa a petróleo que trajimos de Potrerillos. En invierno la pieza se calentaba y era la única tibia que había en la casa. Los fines de semana ustedes se lo pasaban allí jugando. Yo les había mandado a cortar unos palitos de distintas medidas y con ellos ustedes hacían casas y trenes. Yo tejía, para variar, y su padre generalmente estaba estudiando o leyendo en el laboratorio. En la sala de espera había una chimenea que algo de calor daba y devolvía el humo, nunca la pudimos arreglar. En los fríos días del invierno, los grandes nos calentábamos por dentro con una estupenda bebida reconfortante: en un vaso alto se pone un terrón de azúcar con unas gotas de amargo de Angostura, una cáscara de naranja, un buen chorro de ron Jamaica, jugo de naranjas, clavo de olor, canela y…se llena el vaso con agua hirviendo hasta arriba. Se toma rapidito antes que se enfríe…el resultado es espectacular, el calor empieza a subir y uno se siente reconfortado, el frío… ¡Ni se siente! Otra actividad invernal de los fines de semana era meternos en la cocina a hacer cosas ricas como panqueques con distintos tipos de relleno, sopaipillas, picarones, fritos de manzana revueltos en azúcar y luego espolvoreados con canela ¡Qué cosa más rica!… Miles de calorías que luego se gastaban tratando de calentarse. Esas fiestas en la cocina eran muy apreciadas por todos ustedes. Hace un rato, Antonio, me pidió que le hablara de su padre en esos tiempos ¡Difícil misión, pero haré lo posible! Su papá trabajaba en el Hospital Trudeau todo el día y llegaba cansado por las tardes a seguir trabajando en el laboratorio. No había otro momento y así, trabajando los dos podíamos mantener la casa sin grandes lujos. Obvio que en la semana no veía a sus hijos y, hasta creo que ni le preocupaban. Todo era trabajar en forma patológica y alienante. No tenía sentido del tiempo ni de la hora, sólo vivía para el microscopio, para descrestarse en un trabajo poco reconocido, poco gratificante y mal remunerado. Naturalmente su genio no era de los mejores y tenía prisa porque yo aprendiera pronto a solucionar problemas para sacárselos él de encima. Me miraba como a una empleada de laboratorio y no tenía consideraciones conmigo “tenía que aprender a toda costa”. Nuestras relaciones no eran de las mejores y no voy a detallar otras cosas al respecto, seguramente había culpas por ambos lados. Fui fiel a mi opción por él, traté de hacerle la vida un poco más llevadera con un resultado bastante malo. ¿Cómo pude soportar esas y otras situaciones? Pues, sencillamente porque lo quería y lo quiero más que todo lo que él podía rechazar o malquerer. Y la opción por él no fue sólo una vez en la vida sino varias las veces en nuestra vida en que me repetía: “Lo quiero, tiene condiciones para quererlo, es limpio y puro de alma, tiene un corazón grande para ayudar al que lo necesita, su caridad es mayor que la mía, su fe es mayor que la mía, tengo mucho que aprender de él. ¡Es por eso por lo que me enamoré de él! Y nada ha cambiado…y sigo enamorada de él irracionalmente, incondicionalmente e increíblemente”. Tiempos difíciles que se han repetido en oleadas y los recuerdos y pensamientos vuelven a alternarse una y otra vez. No se si los niños mayores se daban cuenta, los chicos seguramente que no, eso habría que preguntárselo a ellos. Es duro decir lo que digo a los hijos de su padre a quién siempre han querido y respetado, a lo mejor les hago un daño al decirlo, pero su padre como tal, no existió en este tiempo. Y aunque el “yo” aparezca continuamente en estos escritos es porque yo soy la que escribo y los recuerdos son los míos y quiero revivirlos. Todo esto sucedía en los días de trabajo, todo cambiaba cuando llegaban los fines de semana o en las vacaciones en el fundo y no había nada pendiente, en cuanto no estaba bajo la maldición del trabajo todo era diferente, entonces pasaba a ser el padre que ustedes querían, el padre que recuerdan y el que quieren reencontrar, él se volvía niño e inventaba juegos y paseos. ESTAMPAS 1.- Aculeo Un día, una prima mía muy querida de ambos nos invitó a su casa, a orillas de La Laguna de Aculeo. Esperamos con ansias que llegara el domingo para ir a ese paseo. Nos hicimos toda clase de conjeturas sobre lo que íbamos a encontrar, porque esa Laguna tiene fama de mágica. Dicen que allí se ahogaron tres mujeres que estaban enamoradas del mismo hombre. También dicen que una pareja de enamorados a quienes no los dejaban casarse, entraron en La Laguna y se fueron andando tomados de las manos hasta que el agua los cubrió y que nunca más los vieron. También dicen que por las noches se oyen lamentos que se lleva el viento. Íbamos todos felices a ver lo que cada uno quisiera ver con los ojos de la imaginación. Cuando llegamos desde una altura vimos un espectáculo nunca olvidado: nadie nos había dicho que en medio de La Laguna había una isla, toda llena de vegetación y ahí estaba, preciosa, entre la neblina que la abrazaba amorosamente. Mientras bajábamos la cuesta, la neblina se fue esfumando en jirones hasta que la isla brilló como una joya en medio de la laguna de aguas transparentes. Hoy sólo existe el recuerdo de media docena de personas que piensan en ella. El hombre, con su maldición de acabar con todo lo natural, lo hermoso y lo misterioso la ha convertido en una nata de petróleo, restos de las motos de agua y han convertido sus riberas en sitios de veraneo. ¡Qué pena! Llegamos a casa de Jimena y nos recibieron muy bien, ellos tenían hijos menores, pero ustedes gozaron del campo y se mojaron a orillas de la laguna. Mientras el marido nos preparaba un magnífico asado a las brasas regado con vino de la zona. Igual que la laguna, ese matrimonio tuvo su fin y de ese amor y de esa casa no queda nada. ¡Qué distintos nosotros que empezamos desencontrados y hoy estamos enamorados a más no poder! 2.- Rapel En otra oportunidad se nos ocurrió o, mejor dicho, su padre con mapa en mano, descubrió que estaban construyendo una gigantesca represa. Así es que partimos, picnic en mano —que sería el de siempre: pan y naranjas—, por un camino bastante malo, muchas vueltas y revueltas hasta llegar a lo que sería la represa de Rapel. Arriba del todo, desde donde estábamos, se veía una mole de concreto armado asísmicamente. Yo creo que era mitad cemento y mitad fierro, y un agujero inmenso entre dos laderas de cerro. En un claro nos pusimos a almorzar y cada uno opinaba sobre lo que sería en el futuro. Muy difícil para nosotros, que, como agua retenida sólo conocíamos los tranques; pero su papá conocía las presas canarias y nos explicaba lo que pasaría en el futuro. La enorme cantidad que se acumularía y que serviría para abastecer de electricidad a la zona central y de agua de regadío al secano de la costa, pero por mucho que nos explicara, no nos cabía en la cabeza, ¡Cómo podría ser eso! Hoy es exactamente lo que dijo se padre: una inmensa extensión de agua, con casas de veraneo a su alrededor y con barcas a vela. Han cuidado mucho el entorno para que no haya contaminación. Por lo que he visto, la mole de concreto sigue siendo eso, algo enorme. 3.- Viaje a Viña del Mar En una oportunidad me encontré en Santiago con una compañera de curso y muy amiga mía, que nos convidó a su casa en Viña. En cuanto pudimos nos pusimos en marcha, y mapa en mano, fuimos a visitarla; ella tenía niños mayores que ustedes porque se casó recién salida del colegio. Tenía una casita muy bien arreglada, porque ella es así, le gusta el orden, “una cosa para cada sitio y un sitio para cada cosa”. Los niños hicieron buena amistad con ustedes y nosotros, dos mujeres habladoras, nos pusimos a recordar mil cosas del colegio. Mientras, su papá y Domingo se las arreglaban como podían. La nuestra era una conversación tipo ametralladora ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas? Y entre tanto recuerdo se me vino a la cabeza una imagen de ella de unos 16 años en quinto año de humanidades, que sería hoy tercero medio: Un día llegó a clases con los dedos de la mano izquierda puestos en la mejilla, los ojos desenfocados y a tropezones se sentó en su sitio. Se quedó mirando al vacío y con los dedos pegados a la cara. Nosotros le preguntamos varias veces lo que le pasaba y ella en silencio, hasta que no pudo más y nos confesó: “Aquí me besó Domingo ayer”. Nosotras que no sabíamos nada de besos nos quedamos con la boca abierta ¿Cómo sería eso? Pero ella guardó en silencio su tesoro, su amor y todo lo demás. 4.- El Circo Y… llegó Septiembre, mes de fiestas patrias, de banderas y cuecas, de viento y volantines… También de circos. No sé porque, pero en Septiembre, siempre y en todo Chile, hay circos de verdad y no políticos. El Teatro Caupolicán es un anfiteatro enorme de usos diversos tales como, combates de box, patinaje en hielo, de grandes espectáculos extranjeros y también del país. En tiempo de elecciones se llenaba cuando proclamaban a un candidato. En esta ocasión montaron la carpa del Circo “Las Águilas Humanas”. Luís Emilio no lo podía pronunciar, pero lo decía de una manera mucho más complicada: “las ámilas y las humanas”. Hicimos un safari y fuimos todos, menos su papá, a quien no le interesa el circo. Yo feliz de tener un pretexto para ir, porque me encantan. Teníamos buenas entradas, no palco, pero buenas, y estábamos todos, hasta Francisco en brazos de la Nana. El circo empezó su función como todos los circos del mundo: fanfarria, desfile, atletas, elefantes, caballos adornados para la ocasión, perros amaestrados, niñas vestidas o mejor dicho encintadas… los trapecistas se lucían haciendo piruetas, hasta monos había. La banda de música era bastante afinada, para lo que son normalmente. No hay duda que fue una presentación espléndida. Luego empezaron los números, los aplausos y las sorpresas. Los payasos nos hicieron reír a carcajadas, ustedes estaban felices, y yo encantada. Todos portándose bien, cero problema ¡Qué alivio! Todo iba genial hasta que un payaso rescató a un niño que se estaba subiendo a una cama elástica, el chiquillo iba feliz a saltar y saltar cuado lo peloteó en el airecito y le preguntó: “¿Dónde está tu mamá?”, el chiquillo ni corto ni perezoso le dijo: “Ahí”; entonces empezó la fiesta porque el payaso encontró la mejor manera de entretener al público mientras montaban el número siguiente, con esa voz típica de payaso preguntó: —¿Dónde está la madre de este niño? Y él nos mostró: —¡Ahí! El payaso hizo señas al público para que nos mostrara y preguntó: —¡Dónde está! Y el público a una voz gritó: —¡Ahí! El payaso: —¿La madre de este niño es buena? Respuesta de la mitad del público: “¡¡¡NOOOO!!! La otra mitad gritó, a su vez: “¡¡¡SIIII!!!!” Estos gritos eran alternativos y yo me sentía cada vez peor, roja como un tomate, oía una y otra vez: —¿Es buena? —¡Siiii! —¡Nooo! Hasta que terminaron de preparar el número y el payaso, en medio de los aplausos me devolvió… ¿A quién sería? Si, señora, a Juan Agustín, delirante de felicidad, por él se hubiera quedado contratado en el circo. 5.- Septiembre Junto con los circos llegaba el viento de primavera y con él el cielo se cubría de volantines caseros de todos colores, con las insignias de los clubes de fútbol y los infaltables “chilenitos”. Los fines de semana era la fiesta del color, a ver quién elevaba más alto su volantín y quién mandaba la comisión más arriba. Parecía que hasta los ángeles se divertían recibiendo los mensajes de los niños. Nosotros también nos proveíamos de por lo menos un volantín cada uno, carretes de hilo y nos íbamos raudos en el jeep rumbo a algún cerro cercano. Generalmente subíamos por el camino a Lo Curro y pasada la rotonda nos íbamos a un potrero con un inmenso tranque, propiedad, creo, de los Trapenses y allí elevábamos los nuestros con resultados diferentes: Luís Emilio y su papá eran los campeones, tenían paciencia y buen pulso. Entre los peores estaba yo que no podía disfrutar del todo, a pesar que de joven era bastante buena para elevarlos. Ahora había que ayudar a los más chicos que también les hacía ilusión de mantener un rato en el aire su volantín. Había mucho hilo que desenredar y nudos que deshacer, pero siempre lograba tener mi volantín un rato en el aire. Era entretenido y comunitario, acabábamos ayudándonos unos a otros y contentos compartíamos el picnic, nos sentíamos en la gloria ¡Nunca un pan con mantequilla y una fruta fueron más apreciados! Los triunfadores se sentían campeones y sus comisiones subían por el hilo, y eran privados; nadie sabía lo que decían y llegaban hasta el mismo volantín ¡Qué alegría cuando pasaba eso! ¡Todos queríamos mandar comisiones con los volantines campeones! ¿Se cumplirían los deseos?, seguro que si porque no eran muy exigentes. El viento y el olor a Primavera los siento y me estremecen, olor a flores recién abiertas, a pasto germinando. Pronto los cerros se vestirían de gala para recibirnos y nosotros iríamos en busca de la cosecha de bichos, de moras maduras y nos teñiríamos la boca y la cara, nos divertiríamos a morir ¡Qué bien aprovechamos esos fines de semana! A los Trapenses nunca pudimos entrar, ellos se guardan de recibir visitas no programadas, viven en silencio y trabajan la tierra para subsistir, su misión es orar por el mundo. Muchas veces al oír la campanilla del convento, me encomendé a sus oraciones para que la alegría del fin de semana durara un poquito más. 6.- Paine-Huelquén-Santa Teresa Tenía yo un recuerdo de niña chica y quería comprobar hasta dónde lo que yo recordaba era verdad. Un día, su papá con gran aplicación pudo descifrar el pequeño recuerdo que yo tenía y con su eterno mapa dijo que podíamos llegar. A mi me latió fuerte el corazón todo el camino y, expectante miraba y miraba sin recordar nada. ¿Sería verdad? ¿Sería un sueño? Era recordar mi primera infancia en la que fui tan feliz, no podía ser mentira…tenía que ver lo que recordaba. Embarcados en el jeep pasaban los kilómetros y yo, nada. Pasamos Paine que está después de Nos y de Buin. A mi se me salían los ojos de las órbitas, buscando, buscando, de pronto por un camino de tierra un letrero que decía: ¡Huelquén! Un pueblito chico y muy cerca, a la salida, la iglesia que yo recordaba, con los ojos llenos de lágrimas la vi: sucia y vieja, pero era la misma donde yo hice mi Primera Comunión, donde conocimos a la familia Valenzuela Rios: Don Carlos —el párroco—, Icha su hermana que lo cuidaba y que luego fue gran amiga de mi mamá y, Panchito, el hermano menor, seminarista y amigo nuestro toda la vida hasta que murió como Obispo de Valparaíso. Por el camino iba reconociendo detalles como el reten de Carabineros, el poste de la luz ¡Un Buzón en medio de la nada! Y por fin, como una respuesta a mi deseo: la reja del fundo Santa Teresa, todavía con el letrero, el puente sobre los dos canales. La reja estaba abierta, mi corazón ya no podía más. Su papá comprendió y entró, habló con los cuidadores y nos dejaron pasar. Me quedé sin saber, qué decir ni dónde ir. La casa se jibarizó: era igual a mi recuerdo, pero mucho más chica.Ahí estaba el corredor con la misma enredadera de la flor de la pluma, con el tronco más grueso, eso sí; el hall rodeado de dormitorios. El mío lo encontré igual, la misma distribución y la misma cocina; luego visitamos el huerto frutal: los árboles enormes, el parrón sólo la mitad, el resto en el suelo y los sauces donde jugábamos estaban iguales. Identifiqué mi durazno pelado, el de Pablo, también el conservero amarillo, que daba unos frutos enormes que apenas me cabían en mis dos manos de niña pequeña. Con olor a sol y calientitos los comíamos, a pesar de las advertencias de la niñera, que nos anunciaba toda clase de males como “la lipiria”. El duraznito de San José, que daba unos frutos chicos e insípidos, pero muy olorosos los que se ponían en almíbar y quedaban rosados ¡Una delicia! nunca más los he visto, pero los reconocería en cualquier parte. También estaba el gallinero donde perseguíamos a las gallinas para que pusieran los huevos blandos y calientes y después los llevábamos a la casa…el naranjal donde nos perdíamos con Pablo, se redujo a diez naranjos…y la esquina de los eucaliptos, donde no podíamos ir solos, pasaron a ser tres tristes troncos que no le metían miedo a nadie. ¡Feliz de haber ido de viaje a mi infancia! ¡Feliz de compartir con su papá y con ustedes algo que fue tan mío, donde tantas cosas hice y sentí por primera vez! Con un poco de amargura por las cosas que faltaban y desconcertada por lo chica que encontré la casa. No medía lo que había crecido yo y en ese momento volví a tener entre cuatro y seis años…y casi vi a mi mamá de joven…así fue: dulce y amargo, pero contenta y agradecida a su papá por haberme llevado de retorno a mi infancia. ¡Quién pudiera rescatar muchos recuerdos así! Y…mientras, entre un fin de semana y otro, seguían pasando cosas en casa y en el Laboratorio. Cosas buenas, como las notas de ustedes, que por lo general eran más que buenas. Fiestas en los colegios, que nos encantaban. Visitas de Pablo y Cecilia con sus niños, que eran de la edad de Joaquín para abajo y se avenían bastante. También mis padres que solían venir a casa con Roberto y Pilar, que se divertían con las picardías de los Tintines. Un día, con gran desparpajo le dijo Juan Agustín a mi mamá que él tenía otra familia que vivía cerca de nosotros, su otra mamá era linda, alta, rubia, de ojos violetas y usaba un perfume rico; ella tenía diez Agustines chiquititos, como de diez centímetros de alto y los tenía encerrados en una jaula porque eran muy traviesos. En la casa de esa mamá no se comía comida corriente sino: tortas, dulces, pasteles, galletas y postres, además de muchas otras cosas ricas. Con esta descripción todos ustedes querían ver a esa mamá o por lo menos que él les trajera una torta, pero él les decía muy serio: “No, porque desaparece en el camino”. A mi mamá le hizo gracia el cuento del niño, porque le hacían gracia todas las cosas de Juan Agustín que era su ahijado, le celebraba la tremenda imaginación que tenía y decía que le serviría en la vida. Yo pensaba “eso será en el futuro” porque ahora era un motivo de discordia con sus hermanos, que, imaginación o no, querían participar en esa maravillosa familia que él aseguraba tener y comer cosas ricas y dormir con tigres y leones y tener elefantes celestes y rosados ¡Y quién sabe qué cosas más tenía y que yo no recuerdo! Después de ese cuento, si algo se rompía en casa y que siempre, siempre se culpaba a Juan Agustín…bien, porque fuera travieso, inquieto y atarantado para todas sus cosas, pero de allí a que ¡Todo fuera culpa de él!¡ Siempre me pareció un exageración! De todas maneras, cuando todos los dedos de las manos de la casa lo mostraban como culpable…él les decía: “Ya mi mamá dejó abierta la jaula de los Agustines y vinieron aquí a romper cosas, yo le diré a ella que ponga un candado más fuerte para que no se salgan”. Nos dejaba a todos con la boca abierta y sin saber que hacer. Un día íbamos pasando por Bilbao y al cruzar Lyon Juan Agustín nos gritó: “Esa es la casa de los Agustines”; era una casa fea, gris, cuadrada y con ventanas chicas, o sea, nada que pudiera hacer notar que allí pasaban tantas maravillas dulceras. Muchas veces he pensado que Juan Agustín debió tener unos padres que se preocuparan de él, de su fantasía, de su imaginación, creo que nosotros no lo hicimos muy bien, tampoco hubiéramos podido hacer más. En el Laboratorio yo ya estaba más adaptada, aprendiendo a interpretar el Kolmer, desempeñándome bastante bien en bacteriología. Un día, su papá llegó con un imperioso NECESITO: nada menos que ácido clorhídrico industrial, una “garrafita” de treinta kilos. Nunca supe para qué lo quería, pero mi enseñanza era: “oye y hazlo” así es que partí en el jeep colorado a un sitio bastante lejos donde vendían toda clase de venenos, explosivos, ácidos y otros espantos en cantidades industriales. Yo solía comprar ahí ácido sulfúrico para hacer mezcla crómica. Llegué y sacando pechuga pedí los treinta kilos de ácido clorhídrico, ni me preguntaron para qué lo quería, ni para quién era, simplemente me pusieron la “garrafita” de ácido en la parte de atrás del jeep, destapada, acuñada por unos palitos insignificantes y rodeada por un poco de virutilla de madera. Las instrucciones para llevarla fueron: “No la tape, no maneje rápido (¡Como si el jeep corriera!) y cuídese de hacer las curvas muy lentas y muy suaves ¿Enterada?” ¡Enterada! Pero en la realidad de enterada: NADA, no sabía lo que podía pasar, creí que era similar al ácido sulfúrico, pero… “¡¡¡Resuenen los timbales a todo volumen y los tambores también…que se escuche una fanfarria”!!! Al dar la vuelta en 18 de septiembre con La Alameda…a pesar de ir muy despacio y tomar la curva con amor, oí un estruendo de espanto y empezó a salir humo blanco, tóxico, asfixiante y doloroso al respirar. Saqué la cabeza por la ventanilla para no ahogarme y como pude dejé el jeep cerca de la acera y salí. El espectáculo era de ciencia ficción: el auto envuelto en humo, los empleados de una farmacia, extintores en mano, trataban de apagar un incendio inexistente. Cuando atiné a decirles que era ácido, cambiaron la técnica y desparramaron kilos y kilos de bicarbonato de sodio. Yo medio desmayada no podía casi respirar, me entraron a la farmacia y me pusieron compresas de bicarbonato en las quemaduras de las piernas y para recobrar el ánimo ¡¡Agüita de las Carmelitas!! Creo que hubiera preferido un buen trago de pisco. Cuando recuperé el sentido llamé a su papá, estaba aterrada y no sabía qué hacer. Como siempre, él tuvo la palabra precisa para ese momento tan angustioso en el que yo vivía: “¡¡Váyase de inmediato al taller del jeep y que lo laven entero, que se puede oxidar y estropear!!”. Y nada más, ni una palabra que hiciera sentirme un poco mejor, quizás ni midió como me sentía yo, quién sabe lo que pasó por su cabeza. En fin me tuve que animar sola y partí con el jeep todavía humeante al taller. Manejé todo el tiempo con la cabeza afuera para no ahogarme y llegué al taller donde me atendieron muy bien. Hicieron un trabajo estupendo, lo lavaron, enjuagaron y volvieron a lavar, luego lo secaron con aire caliente y como en dos horas estaba listo, manejable, no diría que perfumado, pero se podía estar adentro sin mayor sofoco. De todas maneras sentía la tráquea apretada y me dolía como si hubiera aspirado polvo de vidrio hirviente, cosa que me duró unos días y luego se me pasó pero…nunca más ácido clorhídrico, para nada. La casa tenía un subterráneo y la entrada era una trampilla que se abría en el piso de la despensa. Un día se me ocurrió ver lo que había abajo y entré, le pedí a Adriana que me cuidara la trampilla porque tenía miedo que se cerrara y me dejara dentro. Bajé por una escalera empinada y oscura, la luz era de una ampolleta de bajo voltaje, todo era negro y polvoriento, era una enorme carbonera y un estupendo fogón para encender la calefacción central. Quién sabe cuánto tiempo hacía que no la prendían porque los tubos estaban viejos y gastados, algunos de ellos rotos y por todas partes había polvo de carbón. Con lo visto ya tenía lo suficiente, me pareció estar filmando una película de horror y casi, casi veo fantasmas. Esa fue la única vez que se abrió la trampilla y nadie más entró ¡Qué miedo que los Tintines se hubieran podido meter allí! Otro sitio misterioso que había en esa casa eran las dos habitaciones que había sobre el garaje, siempre las ventanas y contraventanas cerradas. Una escalera muy empinada y estrecha daba acceso a una puerta siempre cerrada: ¿Qué había allí? ¿Quién viviría allí? Nadie supo nunca y aunque tratamos de llenarlas de hadas y duendes, nada vimos nunca. Se las reservó la dueña de la casa para guardar sus cosas…pero nosotros hilábamos historias que pasaban allí. ¡Pura imaginación! Los padrinos de Ricardo, Pablo y Cecilia lo invitaron al Zoológico, él estaba feliz. Fueron con unas primas de su edad, un paseo memorable, todo lo vieron: los monos, las aves, los tigres, los leones, pero lo que más le llamó la atención fue la elefanta Fresia (vieja y mañosa). Estaba en una gran jaula con doble hilera de barrotes. Así y todo Ricardo se las arregló para tocarle la trompa ¡Cuánto se arrepintió después! La elefanta le envolvió el bracito y lo empezó a tirar, Ricardo muerto de susto chillaba a más no poder, hasta que llegó el guardia y los pudo separar. Además del susto se llevó una gran retada por hacer lo que en todas partes dice: “No toque a los animales ni les de de comer”. Años más tarde murió la elefanta Fresia y hoy está su cabeza embalsamada en el Museo de Historia Natural… Ricardo todavía recuerda el “cariñito” de Fresia. A una prima mía muy querida, se le incendió la casa en La Florida y uno de sus hijos no pudo ser salvado, era el menor. Ella con la desesperación de saber que un hijo se estaba quemando entró y empezó a buscarlo. La rescataron los bomberos, sin el niño, tenía la cara y las manos muy quemadas. Pasó años en tratamiento para recuperar lo que pudo de su semblante y manos. Mis tíos la llevaron a Estados Unidos para hacerle algo muy novedoso, un micro injerto, pero siempre quedaba con cicatrices. Alguien le dijo a mi tía que las cicatrices se borraban con grasa humana, ella buscó y se consiguió con un cirujano un trozo de más o menos 300 gramos de grasa y me lo llevó para que lo preparara en el laboratorio. ¡Cómo sería mi fama de hacer cualquier cosa! Así me vi envuelta en la fabricación de chicharrones humanos. Yo me sentía bastante mal y la grasa despedía, al derretirse, un olor algo dulzón y pegajoso que dejó al Laboratorio fétido por mucho tiempo. El resultado fue un aceite amarillo y espeso que envasé en un frasco estéril. Nunca supe si sirvió para algo, pero la experiencia para mí ¡Fue brutal! Me sentí casi una bruja preparando ungüentos, sólo me faltó el cuervo en el hombro, el ala de murciélago y la raspadura del cuerno del unicornio. Pasaron los años, ella está mucho mejor pero tiene la cara distinta; su amor y su fe la protegen de las depresiones, siempre dice que ahora tiene un ángel en el cielo que vela por ella. Mucho nos agradeció a nosotros que a nuestro hijo le pusiéramos Francisco, así se llamaba el hijo de ella. En el Laboratorio carecíamos de muchas cosas, entre ellas un esterilizador de material, pero teníamos un amigo de los tiempos de Potrerillos, Gerardo Ríos, dentista, que tenía su consulta cerca de nosotros y él nos esterilizaba los paquetes con jeringas y agujas, —esto antes de la era de material desechable—. Había que prepararlas y “afilar las agujas” para que no causaran daño, también nos esterilizaba las placas de Petri y los frascos para cultivos. Con Gerardo hicimos un trabajo de investigación muy interesante: eran cultivos de la limpieza de los conductos dentarios, parece mentira la cantidad de bacterias que de desarrollan en esos conductos que se supone, están sellados. Ese trabajo duró más o menos tres meses y para mi significó un aumento notable de trabajo y que me lo reconocieran porque, cuando Gerardo presentó el trabajo en La Escuela de Odontología con su nombre, figuró también el nombre de su padre y el mío como colaboradora. Yo me sentí tremendamente orgullosa, era la primera vez que se decía de mí que había hecho un buen trabajo. Gerardo era nuestro dentista, lo fue en Potrerillos y ahora lo teníamos muy cerca de casa. A su consulta yo los llevaba a ustedes más de una vez para que se familiarizaran con los instrumentos de tortura, él se lo tomaba muy en serio y con la máquina les hacía avioncitos que aterrizaban en la boca, les ponía un pulidor y se lo pasaba por los dientes y les daba un baño de flúor para que no tuvieran caries. No hay duda que tuvieron una buena introducción a los dentistas, no deberían sentir miedo en los años venideros, pero…de mayores se les fue borrando esta primera experiencia y primó el miedo ancestral a los problemas dentales. No teníamos muchos amigos ni tiempo para cultivarlos, nuestro contacto con el mundo exterior era a través de los pacientes que poco a poco se fueron haciendo nuestros amigos; entre ellos, en forma destacada, puedo nombrar a Hernández Parker, un periodista como no hemos vuelto a encontrar. Cuando él y su hija, que era médica, iban al Laboratorio, ya sabíamos que cuando fueran a buscar los resultados tendríamos una buena charla hasta tarde, entonces yo preparaba un traguito caliente especial para pasar el frío y avivar la mente. Muchas cosas aprendimos de ellos y lo pasábamos muy bien, era gente encantadora. BREVES DEL LABORATORIO Un día una señora llegó con un frasco de deposiciones y le dijo a su padre que ella tenía muy buena digestión, pero…”no digería los tallarines”; su papá se alteró mucho y cuando vio el frasco, hizo que la señora lo pusiera en una bolsa de plástico; después que se fue ella, me dijo que metiera la bolsa y el frasco en un recipiente con formalina, recién al tercer día y con guantes y anteojos pude sacar un trozo de “tallarín”; al mirarlo por el microscopio su papá hizo el diagnóstico: ¡¡¡Eran proglótides de lombriz solitaria!!! Una tarde llegó un muchacho con un frasco de conserva de un litro con un “lulo” que cabía justo en la vertical del frasco ¡Vaya “lulo”! Y fue rechazado por el jefe. Otra vez fue una señora gorda, increíblemente gorda, increíblemente embarazada y nos dijo que tenía un tumor porque a ella le habían ligado las trompas, le pedían una prueba de embarazo; el sapo enloqueció de amor… ¡Tumor con patas! Frente al Laboratorio estaban las oficinas del Cuerpo de Paz, organización norteamericana que mandaba a los jóvenes en ayuda de los países subdesarrollados en lugar de hacer el Servicio Militar. A nosotros nos vino bien el contacto porque antes de volver a su país necesitaban un examen completo. Los querían muy sanitos, sin llevar nada contagioso que pusiera en peligro la esterilidad, pagaban bien y eran muy amables. No se me olvida uno de los primeros gringos que me tocó atender, yo estaba embarazadísima y cuando lo pinché se puso verde y empezó a caerse, yo con la aguja metida en vena lo afirmé con mi cuerpo y cuando tenía la sangre que necesitaba lo dejé deslizarse hasta el suelo y allí se quedó hasta que se recuperó. Con un cafecito se arregló el asunto y bien, él era un tremendo gringo, pero… ¡Yo tenía su sangre! Ustedes se iban a meter a las oficinas y llegaban con cápsulas de anestésicos dentales con los que hacían muchos juegos, menos mal que eran de plástico y no revestían peligros. Este tiempo fue el mejor que pasamos en Santiago, teníamos trabajo bastante estable, ustedes estudiaban y yo aprendía a trabajar y me estaba desempeñando bastante bien, tenía tiempo para estar con Francisco que era un niño cariñoso y regalón, se reía a carcajadas, parecía un cascabelito, todos lo querían y lo regaloneaban. Aprendió a gatear y a caminar sin hacer ningún alarde y era tan bonito que daba gusto verlo. Tenía una particularidad que no he vuelto a sentir nunca más: al transpirarle la cabeza exhalaba un olor perfumado que dejaba pasada su almohada, yo lo acostaba en mi cama para que me dejara su olor. Esto duró bastante tiempo, casi diría que hasta la adolescencia. Todavía anhelo volver a olerlo y ando oliendo niños chicos a ver si lo vuelvo a sentir, pero nada, hasta hoy, nadie de los conocidos, huele así. Dentro de los paseos educativos que hacíamos estaban las idas a Colina donde había dos entretenciones: Una era la estación de seguimiento espacial que tenía una inmensa antena redonda y por lo visto los domingos no la usaban porque solía estar un gringo aburrido de mirar la nada que, cuando llegábamos nos saludaba como si fuéramos muy importantes, nos explicaba lo que hacía…algo entendíamos, pero no mucho. Con los niños se volvía niño y los invitaba a subir a la caseta de la antena, uno por uno y les enseñaba a moverla, era algo muy increíble verlos a ustedes, tan chicos, encaramados arriba tan cerca de la antena y moviéndola de un lado a otro. Después que todos hubieran pasado por los mandos nos llevaba a la oficina a ver como salían unas tiras de papel agujereado, les decía que eran mensajes del satélite y que había una máquina que las leía. Eso bastaba para que la imaginación de ustedes se disparara y empezaban a trasmitir cosas que les decían los marcianos, las llevaban al colegio y se las traducían a los compañeros los que se volvían locos por las tiras de papel y todos trataban de recibir un mensaje de uno u otro planeta ¡Era una entretención genial! La otra entretención era una cancha para aviones a control remoto a ella llegamos por casualidad y después seguimos yendo bastante seguido. Los avioncitos, lógicamente, eran la entretención de los padres, con el pretexto que eran de los niños, éstos sólo miraban con la cara larga las aventuras de su avión, mientras los padres competían en altura, acrobacia y rapidez, o sea se las arreglaban para salir y llegar sin daño. Nosotros nos entusiasmamos con los aviones y ustedes quería a toda costa elevar uno, pero los padres no le prestaban a nadie sus “chiches”, entonces su papá fue a una tienda especial y compró uno, de madera de balsa y lo empezó a armar en la casa. El primero que armó fue muy sencillo, se lanzaba al aire con un elástico que se estiraba como una honda (tirachinas), el avión subía y bajaba planeando, lo ensayaron en el Cajón del Mapocho, arriba, donde no está canalizado, cerca del Arrayán. Fueron varios los modelos que armaron, cada vez más sofisticados, hasta llegar a uno que tenía un pequeño motor a bencina. Las expectativas eran cada vez mayores, su papá estaba embalado y ustedes también. Desgraciadamente el avión a bencina no tuvo un buen final, después de muchas peripecias, cuando su papá lo encendió, salió volando alto, muy alto y cayó en picada haciéndose mil pedazos. Fue desilusionante y triste para todos. Y…aquí se acabó el cuento de los avioncitos, de todas maneras fuimos un par de veces a Colina, pero por muy lindos que fueran esos aviones a control remoto, estaban muy por sobre nuestras posibilidades económicas. Los fines de semana cuando no llovía aprovechábamos para salir de paseo a distintas partes, a todos nos gustaba estar en contacto con la naturaleza, a veces íbamos al Cerro San Cristóbal, dejábamos el jeep en el Oasis y seguíamos a pie por el camino que sube el cerro. Mucha gente hacía lo mismo y también subían bicicletas. El objetivo para nosotros era buscar insectos para completar el insectario familiar, para los más inquietos correr de un lado a otro soltando energías. A veces su papá sacaba fotografías, otras, andaba cerro arriba y cerro abajo con ustedes, levantando piedras e investigando cosas. A la hora del hambre nos sentábamos a la sombra de un árbol y nos comíamos el picnic de turno, con pocas variantes, un gran pan con mantequilla o mermelada casera, una fruta del tiempo y para beber agüita que es muy sana. A lo mejor no sería mucho, pero cansados, le encontrábamos gusto a rico. Hasta hoy se ríe Keka Matte de los días lunes cuando llevaba a Joaquín y Juan Agustín al colegio y comentaban el fin de semana con sus niños que eran de la misma edad. Ella estaba tan escasa de plata como nosotros y sus niños se aburrían los fines de semana, a no ser que una abuela o una tía los invitaran a salir o a comer cosas ricas, entonces hacían un comentario algo altivo como: “¡Comimos torta!” y los Tintines les contestaban: “¡Y qué, nosotros buscamos bichos, sapos y hasta vimos una culebra, comimos lo que había y estaba rico!”. Lo que a ella le llamaba la atención era la felicidad con que los niños contaban sus aventuras y la indiferencia de los suyos aunque tuvieran cosas mejores. Su papá ya no daba para más en el Hospital, cada día era un día más terrible donde veía la injusticia, el mal trabajo, la irresponsabilidad, tanto de los médicos como de los ayudantes y estaba cayendo en una espiral de depresión. En eso estaba cuando un día fue al Laboratorio un médico de Iquique y le dijo que había una plaza de jefe de Laboratorio, que si él se interesaba que fuera a ver. ¡Qué le han dicho! De inmediato se puso en contacto con el médico Director del Hospital quién le pidió se fuera lo antes posible, yo creo que habría aceptado cualquier cosa y le hubiera gustado más que lo que estaba haciendo. Dejó nuestro Laboratorio en manos de un médico amigo y partió rumbo a Iquique 1.850 kilómetros al norte de Santiago, en pleno desierto de Atacama, pero a orillas del mar. Su padre partió con todo lo necesario en un jeep colorado con Aurelio, que se tomó unos días para acompañarlo y luego se volvió en avión. De todas maneras nosotros teníamos que seguir trabajando para vivir, nos organizamos bien: ustedes se iban temprano al colegio y yo tomaba las muestras que hubiera y las procesaba. Después de almuerzo llevaba toda la microscopía al Hospital Barros Luco, donde trabajaba Aurelio Morales el que en un ratito me dictaba los resultados y firmaba todo lo que yo le presentaba y algunos papeles más por si me equivocaba. Fue un tiempo de mucha responsabilidad, todavía no comprendo porqué su papá y Aurelio confiaban tanto en mí cuando todavía yo estaba trabajando con el libro por delante. Fue una maravilla no haber metido la pata. Para el feriado del 18 de Septiembre tenía yo presupuestado ir a ver a su padre, el hospital y la ciudad donde nos iríamos. Faltaban pocos días cuando tuve un accidente en el jeep, un auto se me cruzó y me dio vuelta, todo fue en cámara lenta, cayó de costado y alcancé a decirle a los niños que se sujetaran y…PUM! al suelo. Menos mal que fue poco y caímos de lado, a los niños que yo llevaba no les pasó nada ¡Gracias a Dios! Juan Agustín se hizo un tajito en la cabeza y sangró un poco y yo…tuve un TEC cerrado. Unos hombres que pasaban dieron vuelta el jeep y me dijeron: “Siga no más, señora, que a estos jeeps no les pasa nada”. Yo quedé viendo lucecitas de colores, pero pude dejar a los niños en sus casas y llegar a la mía, no muy consciente, pero llegué, me acosté y llamé a un médico amigo que al verme me dijo que me quedara en cama sin almohada y sin tomar mucho líquido unos tres días y…que tendría que vigilar mi cabeza durante unos quince días, si seguía viendo luces…el asunto se ponía feo. Tantas ganas tenía yo de ir a Iquique que no me moví en los tres días y todo se me pasó, así es que pude tomar el avión y partir. Mientras volaba, alto en el cielo me iba haciendo preguntas: ¿Cómo sería todo? Y por no poder responderme me puse en manos de Dios, así llegué muy tranquila: todo iría bien porque el Señor nunca me ha defraudado. El aterrizaje fue muy brusco y me vi entre dos filas de casas ¡El aeropuerto estaba en el centro de la ciudad! Su papá me esperaba con el jeep y nos fuimos a conocer el Hospital. Yo no podía dormir allí, así es que su papá había contratado un vehículo que llevaba pasajeros a las Termas de Mamiña y que salía ¡Ya! Con la borrachera del TEC y del viaje nos encaramamos en el mencionado vehículo, no podría especificar si era una micro chica o una camioneta grande, de todas maneras era bastante destartalada y después de varias horas de caminar por el desierto más desierto del mundo llegamos a un oasis donde estaban las Termas de Mamiña. El edificio era viejo, olía a viejo y a huevos podridos, era la “virtud” de las aguas. Nos dieron una habitación con dos camas y un baño ¡Con una piscina de azulejos, grande, rectangular con agua termal caliente y fría! ¡Una maravilla! ¡Sólo eso valía el viaje! Llegando su papá se apunó y pasó los tres días a punta de agüita de cactus y de hojas de coca, así se mantuvo hasta bajar al puerto. Yo me metí en la tina y no salí, salvo para comer. Fue tan fantástico el efecto de las aguas que pasé un año entero sin que me dolieran los huesos. Por la mañana tempranito se oían los llamos y al abrir la ventana se veían al lado mismo de la pieza, curioseando a ver si les dábamos algo de comer… ¿De comer?…si ellos eran nuestra comida y cena, todos los días nos dieron variaciones de llamo. La carne no es mala, si fueran capados, pero los que nos tocaron eran llamos enteros así es que tenían un gusto a macho cabrío bastante fuerte. Su papá sólo se levantaba para almorzar y se sentía muy mal, así es que el resto de las comidas se las llevaban a la pieza. También había unos pozones de barro termal donde una se embetunaba entera, después se secaba al sol y cuando estaba con una cáscara de barro se metía a unas piscinas comunitarias. Lo malo era que quedaban un poco lejos y…por un lado me dio miedo ir sola, pero por otro me dio asco el barro hediendo a huevos podridos, así mejor opté por mi tina al lado de su padre…por si necesitaba algo. Poco vi de la ciudad de Iquique, pero… como de costumbre, si su papá quería mudarse, había que hacerlo; total, en Santiago casi no teníamos trabajo y allá nos auguraron un éxito enorme porque no había otro Laboratorio particular y la gente pagaba cualquier precio por algún examen bien hecho. Yo regresé a casa muy decidida a volver a Iquique en cuanto ustedes salieran del colegio, total quedaban unos tres meses. El Laboratorio sin su padre era otra cosa y lentamente el trabajo fue menguando hasta que llegó el momento en que, estábamos otra vez, sin trabajo y sin plata. Keka me ofreció un trabajo muy sencillo: repartir unos calendarios preciosos con los que estrenó la Editorial Lord Cochrane una sección de papeles muy finos, brillantes y novedosos. El tema era una colección de distintos juegos de ajedrez, la edición era reservada y numerada. Había que llevarla personalmente a los domicilios de los personajes de la época. Yo acepté porque era bien pagado y cómodo, lo podía hacer en horas muertas del día. En ese trabajo conocí a personajes de gran importancia como ex presidentes, senadores, diputados, artistas y a todos los grandes de la sociedad. La verdad es que algunos de ellos, para ser tan ricos y renombrados, en su vida privada eran bastante sencillos y sus esposas…ninguna maravilla. Más o menos a fines de Noviembre Keka, que era sumamente busquilla, encontró una fábrica de panes de Pascua y me ofreció entregarlos, ella se encargaba de buscar la clientela y yo partía con el jeep lleno de panes de Pascua a repartir, a mí me daba una comisión lo que me servía para ir tirando hasta el día en que definitivamente nos iríamos al Norte. Mientras tanto empezamos a seleccionar lo que nos queríamos llevar. Ustedes ya sabían lo que querían así es que yo podía ir viendo las cosas del Laboratorio, porque queríamos montarlo allá, teníamos que llevarlo todo, hasta el último NECESITO de su papá: una balanza de precisión eléctrica, muy delicada, y llena de “cositas”. Menos mal que Aurelio Morales me ayudó a desarmarla y a meterla en su envase original. La tal balanza fue mi pesadilla por años, siempre tenía que estar instalada en un soporte de concreto con una capa de goma espuma para que no vibrara, como se usó muy poco, salvo para probarla, era una risa verla de ciudad en ciudad, ocupando un sitio de honor y sin utilidad ninguna. Al terminar el año escolar pedimos los certificados de estudios de ustedes y nos despedimos de los colegios y de los compañeros, con pena, sin saber dónde se seguirían educando ustedes. El Laboratorio lo embalamos con mucho cuidado, todo el material de vidrio se forró en montones de papeles de diarios, los aparatos fueron revisados por Aurelio para que no sufrieran ningún daño y todo quedó listo para que se lo llevara un camión junto con todas nuestras cosas. El jeep colorado lo vendí con bastante pena…era el segundo porque el otro se lo llevó su padre a Iquique. Aquí empiezan o siguen mis dudas ¿Dónde nos fuimos nosotros desde que despachamos el camión hasta que nos fuimos a Iquique? ¿Quién preparó la casa para nosotros? ¿Cómo nos fuimos? Todo lo tengo en una bruma por donde no puedo ver con claridad. Me dice usted que se fue con Luís Emilio en avión unos días antes… Sea que yo me fui con los otros niños en un bus… Sea que nos alojamos en casa de mis padres unos días hasta dejar entregada la casa de Suecia… Sea. Yo estoy abierta a todas las sugerencias porque no recuerdo nada. IQUIQUE Parece ser que nosotros también nos fuimos en avión porque el primer recuerdo que tengo es la llegada al aeropuerto en medio de la ciudad ¡Increíble! Cuando había reunión de gaviotas había que espantarlas a tiros de escopeta para permitir que los aviones aterrizaran. Seguramente su padre nos estaba esperando y con niños, paquetes, maletas, juguetes y otras maravillitas. Nos vimos entrando por una avenida con palmeras al centro y casas muy antiguas, del tiempo del esplendor del salitre, a ambos lados. No imaginé que una de esas casas sería la nuestra y ¡Fue así! En la calle Baquedano 1054 y a dos casas de La Intendencia estaba nuestra casa. Era enorme. A la entrada, una terraza con barandilla, luego una puerta y dentro ¡Un salón de 140 metros cuadrados de madera de roble americano, roja como sangre de toro! Al fondo una escalera de esas que se ven en las películas del siglo pasado, de medio caracol ¡Una lástima que tuviera una alfombra espantosa, raída y decolorada! yo pensé: “¡A esa no le falta nada para desaparecer!”. Dando a ese inmenso salón había una antesala y dos habitaciones que, en su tiempo, deben haber sido sala de música o para caballeros. Media cancela de maderitas cruzadas daban intimidad al recibidor, que nosotros convertimos en sala de espera. En las otras dos habitaciones instalamos el Laboratorio. Al final de este salón había un comedor cuyas puertas eran de madera laminada y cruzada en su parte superior y debajo de madera sólida. Dentro del comedor había un gran mueble para guardar porcelanas y cristales, y una mesa para doce personas con sus respectivas sillas. Nunca lo usamos por temor a que “pasaran cosas”. Entre el muro divisorio de la casa y el comedor había un espacio techado de caña y paja donde arreglamos el comedor para todos, una mesa con bancos a ambos lados. Fuera de la casa había un patio con una alta palmera y aparte de la casa una cocina espaciosa y cómoda, un baño de servicio y lavadero. A continuación de la cocina una fila de tres o cuatro piezas de servicio y una puerta que daba a la calle de atrás, Patricio Lynch. Desde el patio había una escalera de servicio al segundo piso. Arriba había dos enormes dormitorios con ventanas a la calle Baquedano y a una terraza ¡Un peligro que fue clausurado el primer día! Casi como un símbolo de poder porque por las ventanas se podía salir igual. Había una habitación más pequeña y un baño maravilloso con una bañera de fierro enlozado y calentador eléctrico, además de los artefactos normales. Dando al patio había tres habitaciones chicas y dos baños modestos que daban a un corredor por la parte posterior y a una balconada por adelante que rodeaba el salón de abajo. Arriba, una inmensa claraboya, justo al centro una lámpara de lágrimas, que daba luz al salón por las noches. Por un lado, una escalera angosta y peligrosa que daba al techo por una trampilla, todo quedó clausurado antes de llegar nosotros. El día que llegamos estábamos muy cansados y con ganas de acostarnos, su papá lo había adivinado y nuestras camas de hierro estaban armadas, listas para ponerle las sábanas y ponernos a dormir. Esa noche lo hicimos de cualquier manera, eran muchos los cambios y las emociones. Al día siguiente había que ponerse las pilas para poner en su sitio las cuatro cosas que teníamos y…el Laboratorio. Esa primera noche nos llamó la atención que hiciera el mismo calor que de día, siendo Enero el mes más caluroso del año, ya se puede uno imaginar el calor que sentimos y la humedad. Estábamos todos pegajosos y con ganas de bañarnos, pero ¡Ya lo haríamos el próximo día! Cuando uno se cambia de casa y de ciudad tiene que aceptar y agradecer lo que el nuevo hogar ofrece, así fue como al día siguiente empezamos a sacar de los cajones la ropa y los útiles que habíamos embarcado en Santiago. Todo aparte: por un lado la casa; por otro el Laboratorio. Al ir ordenando empezaron a salir cosas que ustedes seguramente habían olvidado ¡Qué alegría!, era una algarabía, una fiesta encontrar un juguete, un libro, “la” piedra que Luís Emilio trajo de la cordillera… Todos colaboraron en poner sus cosas en sus piezas. Adriana viajó con nosotros y hacía lo que podía, pero le era bien difícil saber por dónde empezar. Ella se hizo cargo de la cocina y de ponerle el ojo a Francisco, que con sus años era muy curioso, y por todos los sitios se metía y trataba de sacar cosas con su “dedo maestro” ¡Qué monada de niño!, ¡Para mí era lindo! Como todas las madres encuentran a sus hijos: rubio, de ojos claros, inocentes, nadie podía decir que sería capaz de hacer una travesura. Era muy cariñoso y alegre, por todas partes se oía su risa como sonar de cascabeles. Se acurrucaba en mi cama y me dejaba la almohada pasada con su olor. Qué ganas de detener el torbellino de vida que empezamos a vivir, para estar un rato con cada uno y dejar de sentir la presión de la vida, sólo había que ponerse las pilas y ¡Trabajar como negros todo el día! Nos costó a todos acostumbrarnos a otra vida, a otro clima, a otra sociedad, muy cerrada, por cierto. El escape que teníamos era la playa. Muy cerca de la casa estaba la playa más maravillosa que habíamos visto: enorme, de arenas rubias, de olas acompasadas. Cada vez que podíamos nos arrancábamos a respirar, a gozar del agua tibia y del sol; atrás quedaban los problemas, la casa sin arreglar o el Laboratorio sin terminar. En la playa también los ánimos se aplacaban, las peleas terminaban y se establecía una nueva unión entre ustedes y yo. Al llegar todos corrían entre los bañistas y se desparramaban por toda la playa. Los mayores controlaban un poco a los chicos, yo me aferraba a Francisco y mientras él hacía montones de arena con caracoles yo me relajaba y dejaba de pensar en el mañana, en el trabajo, en la falta tan grande que me hacía mi mamá… todo quedaba atrás cuando me metía en el agua y cortaba las olas, que eran tremendas, desde arriba, en la cresta de la ola, podía mirar a la playa y distinguir seis puntos blancos entre tanta gente tan morena, ya fuera tostada por el sol o de origen indígena. Poco duró la diferencia, al poco tiempo todos estábamos casi del mismo color, lo que dificultaba la ubicación de los niños. Lo bueno era que ellos eran muy atentos y cada poco rato llegaban donde yo estaba a tenderse a mi lado; jamás pensé que se podían perder o ahogar, tuve siempre plena confianza en ustedes, a lo mejor era la confianza de la inconsciencia o del exceso de trabajo. Por mis eternas malas noches acabé durmiendo en una de las piezas que daban a la palmera, por lo menos ahí había menos ruido de la calle, pero daba al pasillo y en los techos habitaban una gran cantidad de gatos asilvestrados que vagaban por todas partes. Una noche, en que yo dormía profundamente, sentí algo pesado que caía en mis piernas ¡Qué susto más grande! desperté de un salto y prendí la luz, en ese momento un gato saltó para fuera, me costó mucho volver a dormir. Esta aventura inició lo que se podía denominar: OBRA I : LA GUERRA DE LOS GATOS Actor, director general y ejecutor: Emilio Valle Ramos ESPACIO Toda la acción se desarrollaba en el patio y en el corredor de atrás. ACTO I: “Veneno” Con la estricnina, habida en el Hospital, se hacía una bola de carne con el veneno dentro. Los gatos hambrientos la descubrían y se la comían, a poco de ingerirla, el veneno hacía su efecto y los felinos salían saltando sobre sus cuatro patas, la cola en alto y todos los pelos erizados, así saltaban por los tejados, supongo que hasta su muerte, porque nunca más los vimos. OBRA 2: LA TRAMPA INFALIBLE Mismo actor, director y ejecutor, con la colaboración del primogénito. ACTO I Entre ambos hicieron una “trampa que no falla” y la pusieron en el corredor, al lado de mi ventana. ACTO II La trampa funcionó muy bien, pero… ¿Quién aguanta un gato encerrado y furioso? ACTO III Hubo que liberarlo. OBRA FINAL: LOS GATOS GANARON Resultado: el señor Valle y compañía tuvimos que soportar los gatos vagabundos durante todo el tiempo que vivimos en esa casa. Lo peor eran los momentos en que las gatas estaban en celo, los aullidos llamando a sus machos no nos dejaban dormir. Adriana no se acostumbró en Iquique y decidió volver a Santiago. Desgraciadamente para nosotros, lo hizo muy mal ya que se fue de un día para otro y en Santiago nos denunció por tener atrasada su libreta de Seguro y con la ley de su parte tuvimos que pagar una multa bastante grande. Nos quedamos solos para hacer todo el trabajo en la casa que era tan grande como una cuadra entera de largo. Mucho trabajo, mucho agobio, muchos niños chicos curiosos por saber dónde estábamos y qué había más allá de la casa; además de mucho, muchísimo calor. Otra cosa: además, de tener que montar el Laboratorio y empezar a trabajar —ya que el sueldo de su padre no alcanzaba para los gastos normales de una familia—, en medio de este revoltijo, ustedes ayudaban en la medida de sus fuerzas. Todo se fue normalizando lentamente. Los días pasaban y las semanas también y la presión era cada vez mayor: había que buscar un colegio y matricularlos a ustedes. Sólo encontramos dos colegios de los Salesianos, para usted María Inmaculada y para todos los hombres Don Bosco. Creo que no eran malos colegios, pero de todas maneras no eran los colegios adecuados para ustedes. Tuvimos problemas de todos tipos. Para empezar a usted no la quisieron aceptar en el curso al que había pasado con notas brillantes, dijeron que tenía que repetir curso porque las niñas que estaban en su curso correspondiente ya no eran niñas sino mujeres y que eso no era conveniente para usted. Las alternativas eran: aceptar repetir o ir a una escuela pública, de mala fama educacional. A pesar de su resistencia tuvimos que aceptar su repetición y con eso su año sabático, se negó a estudiar porque dijo que ya se lo sabía todo, además de mal humor, siempre enojada conmigo porque la había puesto en ese colegio. No sé lo que quería, yo no le podía traer al colegio teresiano a Iquique. Andando el año, una monja tuvo la mala idea de hablarles del demonio ¡Qué cosa! A usted le dio pataleta y amotinó a sus compañeras en contra de la monja. El tema lo llevaron a la reunión de padres del curso y luego a la reunión general del colegio. Panchito mi amigo, estaba de Obispo en Iquique y usted fue a hablar con él, y él tomó su partido; con tanto alboroto que se armó tuvieron que deportar a la monja y nunca más se supo de ella. Al demostrar tal poder, tuvo que ser consecuente, volver a estudiar y a sacar las más altas notas, así su liderazgo se consolidó. Tampoco la estadía de los hombres fue muy brillante, fue irregular, los favorecidos fueron Luís Emilio y Joaquín, tuvieron buenos profesores que los estimularon a estudiar. Luís Emilio nunca más necesitó ayuda y Joaquín decía que él era niño 7 y cualquier nota inferior no la aceptaba, cateteaba y cateteaba hasta que le tomaban un examen especial para subir la nota, así sus papeletas eran de 7 corrido. En cambio, a Juan Agustín le tocó un tronco de profesor que me mandaba las comunicaciones con faltas de ortografía y lo desmotivó en el estudio. Desde entonces Juan Agustín se empezó a buscar la vida de otra manera. Hice lo posible para cambiarlo de profesor, pero era el único curso que había y todos, todos los profesores decían que era un niño intratable. Quién sabe si en la escuela pública, tan mal mirada, hubiera resultado mejor. Ni lo sé, ni puedo asegurarlo, en ese momento era lo que había y yo estaba cegada por la ignorancia, por su padre y por el trabajo. Ricardo en su primer curso escolar tuvo una buena iniciación y no tuvo problemas, además era un niño tranquilo y tan bueno que no creaba tensiones. Una vez matriculados, con los uniformes comprados, los útiles en los bolsones, los colegios dieron fin al verano y el principio de las clases. Para mí fue el principio del trabajo. De a poco habíamos montado el Laboratorio. Ya tenía el material separado, los reactivos en su lugar, así es que había que hacer las soluciones y dar el VAMOS. Abrir y empezar de una vez a sacar sangre y a trabajar. Para eso tenía el Kolmer, experiencia santiaguina y un delantal blanco que me hacía “profesional”. No podía decir que era una maravilla, pero ya me desempeñaba mejor, hasta me preocupaba de las enfermedades y podía hablar con su papá de inquietudes médicas. Empezamos a tener trabajo, los médicos estaban contentos con nosotros y nos mandaban pacientes, el trabajo empezó a aumentar y a aumentar, como las escobas del mago en la película Fantasía. Todo se acumulaba: la ropa sucia, los platos usados, el material de vidrio del Laboratorio… Todo se empezó a terminar y empezaron los apremios: “mamá, no tengo blusa” “mamá, no tengo calzones”, “mamá, se me rompió el pantalón” “mamá se me agujerearon los zapatos. “¡Bernardita no hay portaobjetos!” “¡Bernardita, no hay medios de cultivo!” y, se acabó el arroz, o la carne, o el pescado, o los fideos, o fuera cualquier cosa que faltara era seguro que estaba antepuesto el “mamá” o el “Bernardita”. Se podía estar recibiendo reclamos horas y horas. En medio de esta locura colectiva un día, su padre, recibió una visita en el Hospital del Padre Hugo, que quería pedirle que diera una charla a unos jóvenes alumnos de él. Su papá aceptó y así se inició una amistad que duró el tiempo que estuvimos en Iquique. También nos invitó a visitar a algunas personas que formaban Comunidades Cristianas y así fuimos conociendo a varias parejas de barrios marginales. Ellos se reunían en sus casas para hablar cosas de Dios, leer el Evangelio y comentarlo. También celebraba, el padre Hugo, una Misa muy sencilla en casa de alguno de ellos. La primera vez nos impresionó celebrar una Misa en la mesa del comedor, todos sentados y el padre sólo con una estola consagró pan corriente y vino tinto. Todos compartimos las oraciones, los cantos y luego cada uno sacó un pedazo de pan y bebimos de una copa; hubo mucho fervor, muchas oraciones por los presentes y por los ausentes, por los pobladores con problemas y dimos gracias a Dios por los beneficios obtenidos en la semana. Luego tomamos te con pan y conversamos, fue una bonita experiencia. En una de sus visitas a casa se dio cuenta en el lío en que estábamos sin que nadie nos ayudara y la prisa que teníamos por empezar a trabajar en el Laboratorio, nos contó una historia que nos cambiaría la vida y poniéndose él como aval nos contó: “Nació Rubén en el norte, en la zona pisquera, su padre tenía un destilador de pisco clandestino y cuando su esposa estaba embarazada, se le metió en la cabeza que esa guagua no era de él. Ella murió en el parto y el padre no quiso entregar al niño a unas tías y lo crió él. Medio borracho y en una gran pobreza, no se sabe cómo salió adelante, pero sobrevivió. A los cinco años lo ponía al final del alambique para que fuera probando el pisco, el niño tenía que avisar cuando el licor cambiaba de sabor y ahí se paraba el procedimiento. Tanto probar y probar en las noches caía en la cama borracho a más no poder. Cuando llegó a la edad escolar lo tuvo que poner en la escuela del pueblo y muy a menudo los carabineros lo tenían que ir a buscar porque faltaba a clases, en la escuela le daban leche y almuerzo, tal vez los únicos alimentos decentes que consumió en su vida infantil. Cuando estaba en tercero básico el padre decretó que “bastaba de escuela y de leseras y que tenía que volver a trabajar en el pisco”. Pero el chiquillo había probado otra vida y huyó del padre. Se fue a La Serena y se metió en un convento a pedir ayuda, los padres después de oírlo le dieron protección y lo pusieron en una escuela. Poco duró, a lo mejor un par de años y se volvió a la calle que tenía mucho más atractivo para él y sin ninguna responsabilidad. Así fue pasando el tiempo hasta que llegó a la edad militar y los militares lo sacaron de la calle y lo pusieron en un regimiento en Iquique. ¿Cómo sería su vida allí? No lo supe, porque nunca nos contó nada, pero sí sé que el día que terminó su servicio militar lo pusieron en la calle con una muda de ropa y un par de zapatillas, era su único capital. Así de desprotegido llegó al Mercado de Iquique, con hambre y sed, pidió de comer, pero nadie le dio, hasta que vio un letrero en que pedían un cocinero, él algo sabía de cocinar y se acercó al puesto, como era bien parecido se lo dieron. Así empezó el abuso, dormía en un cuchitril en el piso alto de la cocina. Al alba empezaba a trabajar hasta muy entrada la noche, la dueña le mezquinaba la comida —claro que un cocinero algo puede rebanar para comer— y lo recargaba de trabajo. Rendido se acostaba sin fuerzas ni para reclamar sus derechos. El único permiso que le daba era para que fuera a Misa el domingo y allí conoció al Padre Hugo a quien le contó esta historia” El Padre conmovido le propuso dejar ese trabajo y que él le buscaría algo mejor; Rubén, feliz con la idea, hasta el trabajo se le hacía más llevadero. El Padre nos ofreció a Rubén para que nos aliviara el trabajo, era un hombre sano y limpio, por lo que ni lo pensamos mucho y lo aceptamos con el compromiso que completara sus estudios, era lo que él quería y aunque no le hubiéramos pagado nada, él habría trabajado en casa, sólo por estudiar. Así fue como Rubén entró a nuestra vida, un hombre joven, fuerte, con ganas de salir adelante, ordenado y habiloso. Por lo visto el pisco que se tomó de niño no le afectó a sus neuronas. Se hizo cargo de la casa, la limpió y la enceró hasta dejarla brillante como un espejo. El salón parecía un enorme espejo rojo y también la escalera principal ¡Por fin la alfombra fea y roñosa se fue a la basura! Le di unas breves lecciones de nutrición y le hacía las compras para la semana. Nunca más me preocupé de lo que comeríamos cada día, él cocinaba muy sabroso y nos hacía guisos nuevos ¡Qué alegría no ver nunca más platos sucios! ¡Ni el montón de ropa por lavar y planchar! Todo, todo lo hacía Rubén y yo podía dedicar mi tiempo al Laboratorio, cuyo trabajo era cada vez mayor y más variado. Cada día podía montar nuevas técnicas y me sentía más capaz. Todos aflojamos el ritmo, ya Luís Emilio no tenía que ir al Mercado a comprar pescado, tampoco usted tenía que lavar, sólo hacer su pieza y obedecer a Rubén que le decía: “Una señorita no anda dejando sus bragas en el suelo o en cualquier parte, para eso está el canasto de la ropa sucia”. También se avenía con los Tintines y los hacía estudiar. Lo más importante era que se avenía con su padre y no había problemas. Cada día había nuevos exámenes que hacer porque los médicos los pedían, casi nos volvíamos locos buscando bibliografía de distintas cosas. A poco de empezar a hacer exámenes bacteriológicos, un día nos vimos metidos en un asunto del todo extraño: Un enviado de una gran empresa de pescados congelados nos trajo un bonito de más de un metro de longitud con una orden de realizar exámenes bacteriológicos aerobios y anaerobios. Sólo lo recibí porque tenía que hacerlo, su papá no estaba y se suponía que yo era la que quedaba “a cargo”. Mientras hacía los exámenes de rutina, le ponía el ojo al pescado que me miraba con los ojos torvos, ¿Qué haré con este bicho? Me preguntaba y me puse a buscar una solución ¡Obvio que no la encontré! Menos mal que su papá llegó de “buenas” y enfrentamos al bicho. No era muy difícil, pero tuve que preparar unos medios de cultivos nuevos, lo que me ocupó el resto de la tarde. Cuando estuvieron preparados y sembrados al pescadito lo cortamos en trozos y lo guardamos en el refrigerador hasta que los resultados fueron negativos y el pescadito ¡Lo comimos! Quedó muy rico, al menos los primeros. Luego a la empresa le empezó a tomar el gustito a los exámenes, porque sin ellos no podían exportar, y nos empezaron a mandar un bonito por container o sea dos o tres por semana. Pagaban muy bien el trabajo y nosotros nos comíamos los susodichos pescados, pero nos fuimos hartando de tanto pescado, y bien repetidor que es. Siempre en casa se comía de todo, pero…esta abundancia nos llevó a reclamar, al fin acabamos regalando el pescado a un colegio de internos. También en Bioquímica tuve mucho que aprender y parecía que mientras más cantidad de exámenes diferentes hacía, más se me aclaraba la mente para ir resolviendo problemas. Empecé a hacer exámenes muy complejos y yo me sentía cada día más capaz y más contenta. Me parecía que a medida que aprendía y resolvía, me valoraba, fue casi como nacer otra vez. Fue encontrar algo que me gustaba y que cada vez me pedía más capacitación. Una vez resuelto el asunto casa y servicio, con ustedes en los colegios, sin necesidad de estar obligada a revisar tareas, porque todos eran muy responsables, yo me metí en el Laboratorio a trabajar a fondo y eso me hacía feliz. En el techo del baño de servicio instalamos un Pom-Pom, tan blanco y manso como el que teníamos en Santiago. Él comía de todo desde tallarines hasta carne ¡Cómo sería su anemia! Cada mes yo le sacaba sangre para los medios de cultivo y él, mansito, me dejaba hacer, también en esto fui progresando y llegaba directo a su corazón, sin vacilar y sin miedo. Lógico que era el regalón de la familia y muchas veces los vi subir a jugar con él. Desde que llegamos empezamos a salir los fines de semana, ya fuera a La Pampa o a las playas. Uno de los paseos más impactantes fue uno que hicimos en el jeep colorado a la quebrada de Tarapacá. Partimos muy temprano por la mañana con picnic para todo el día y chalecos por si hacía frío a la vuelta. No medimos lo lejos que quedaba ese sitio tan bonito y tan recomendado por los iquiqueños. Nos pusimos en carretera y empezamos a comer y comer kilómetros sin llegar a ninguna parte, por camino de tierra del desierto, lejos de la carretera central. De pronto, allá a lo lejos, bajando una loma estaba, por fin, la quebrada. Una cinta verde dibujada en La Pampa seca y amarilla. Fuimos bajando hasta dar con el camino viejo de Tarapacá donde se veía una que otra casita con su terreno plantado que el camino cortaba; de tarde en tarde un hilito de agua se nos cruzaba por delante. Su papá feliz decía: “¡Un saltito!” y…pum, saltábamos todos y nos caían gotas de agua, así poco a poco nos fuimos metiendo al interior. En una de esas, un salto un poco más profundo hizo que el jeep hiciera: “puf, puf” y se quedara inmóvil al otro lado del charco. Nos bajamos contentos de estirar las piernas y de curiosear. Ustedes y su padre buscaban piedras y bichos. Yo buscaba un sitio donde almorzar mientras caminaba un poco. A la orilla del hilo de agua encontré un tronco especial para sentarnos, allí nos pusimos a comer nuestro almuerzo. Todavía estábamos contentos y comentábamos cosas del paseo y del sitio histórico donde nos encontrábamos. Su padre nos explicaba la guerra con el Perú y Bolivia…que todavía quedaban cascos de balas por allí. Ustedes, después de comer, se pusieron a buscar y encontraron no sólo cascos de balas sino también un trozo viejo de género azul desteñido, que pudo haber sido de algún soldado. Fue pasando el día y había que volver, guardamos todas las cosas en el jeep, su papá dio al contacto y… nada. La tarde caía con la rapidez que cae en el desierto, empezó a soplar un viento fresquito…del auto, nada. Su papá intentó todo lo posible, pero…nada, hasta que se le ocurrió que las bujías se podían haber mojado con el último saltito en el agua y se decidió a sacarlas y secarlas. Ahí empezó un asunto que nos arrebató todo lo bien que habíamos pasado en el día. Su padre dijo: “Luís Emilio, páseme la llave de candado, páseme la llave “caimana”, páseme el alicate” y Luís Emilio muy serio y cual arsenalero le pasaba todo lo pedido hasta que le pidió: “Luís Emilio, páseme el desatornillador”. El niño buscaba y buscaba y no lo encontraba, se lo dijo a su padre quien montó en cólera diciéndole: “¿No le dije que revisara la caja de herramientas?”, Luís Emilio agachó la cabeza y muy afligido que no se había dado cuenta que el desatornillador no estaba. Su padre respondió: “Usted es el responsable que nos quedemos aquí y que tengamos que dormir en plena Pampa, si alguien se enferma también usted será el culpable”. Qué terrible situación, desde el lado que se mirara era terrible. La cara de Luís Emilio era de una tremenda desesperanza. Su padre furioso cerró el jeep y se sentó. Los niños abrían los ojos sin saber lo que pasaba, yo no podía ni acercarme a Luís Emilio para abrazarlo y decirle que todo se resolvería, ni tampoco encarar a su padre y decirle que era injusto cargar a Luís Emilio con toda la culpa. Habría sido peor. Por lo tanto, lo único que se me ocurrió fue tratar de prepararnos para pasar una noche al aire libre, con frío, viento y nada para cubrirnos. Empezamos a buscar ramas, palos y hierbas para hacer un fuego que nos entibiara en la noche. El sol se puso y con una llamarada roja y amarilla nos dijo adiós. El frío se hacía cada vez mayor y el viento empezó a silbar. Igual que los animales nos empezamos a amontonar para ofrecer menos resistencia al viento. En el auto acostamos a los más chicos que se calentaron entre ellos y los grandes, como pudimos pasamos la noche. Con el frío se atemperó la rabia de su padre y también vino a apelotonarse con nosotros. Luís Emilio se seguía sintiendo culpable y pasó gran parte de la noche cuidando el fuego. En cuanto amaneció y salió el sol nos calentamos, y vimos que no muy lejos había una pequeña casa, allí fue su padre con Luís Emilio a buscar ayuda. Ya todo había pasado, todo olvidado. Llegaron con un desatornillador, sacaron y secaron las bujías, el jeep volvió a andar y partimos a la casa donde nos invitaron a tomar desayuno ¡Qué rico y sabroso nos pareció, leche caliente y pan amasado ¡Una maravilla! De culpas, nunca más se habló, hasta hoy que, con el dolor de mi corazón lo recuerdo para ustedes. El primer Año Nuevo que pasamos en Iquique nos sumamos a un campamento que organizaron unos amigos en la playa Chanavayita, a unos 80 kilómetros al sur de Iquique, una playa preciosa, llena de pocitas donde se bañaban los niños menores, llena de rocas desde donde se sacaban mariscos y llena de acantilados aptos para la pesca. A nosotros nos prestaron dos carpas y allí dormimos. Era la primera vez que yo dormía en un campamento, me pasé la primera noche despertando a cada rato, pero en la segunda dormí como tronco. La idea era vivir de lo que se sacaba del mar. Había gente muy diestra para mariscar y para pescar, así es que se organizaron unos asaderos de pescado estupendos y también ceviche de locos. Nosotros no sabíamos de nada así que nuestra colaboración fue ponernos a las órdenes de los cocineros y dispuestos a picar lo que fuera: mariscos, cebollas, verduras etc. Otra cosa que comimos fueron piures recién sacados, las “piedras” se ponían en las brasas y cuando estaban listos se abrían y dentro estaban los piures rojos en su jugo con un tremendo gusto a yodo, muy saludables, pero muy fuertes para nuestro gusto. Mucho festejamos la noche de Año Nuevo, todos nos saludamos, comimos y bebimos, ¡Que para eso son las fiestas, para pasarlo bien en familia y con los amigos! En el día andábamos en traje de baño, como yo conocía a mis hijos que eran blancos, albos, les puse una camisa y yo también me cuidé y me puse una camisa de su papá. No nos dimos ni cuenta del sol y cuando volvimos estábamos quemados de dar lástima. Nos vinimos a dar cuenta al día siguiente cuando los niños más chicos estaban afiebrados y yo con las piernas que no las podía doblar, me costó mucho bajar la escalera y llamar a un médico para preguntarle qué hacía. Él me dijo que nos pusiéramos compresas de alcohol y que se nos pasaría y así fue, pero también fue la última vez que nos asoleamos de esa manera tan brutal. Otro paseo que hacíamos y que nos gustaba mucho era a las oficinas salitreras, ya abandonadas por muchos años; sólo quedaban los esqueletos de fierro y lata. El viento las agitaba y parecía que había ánimas en pena gritando su dolor. Ahí estaban los restos de lo que fue un gran negocio, salitre chileno para abonar los campos europeos. Todo fue bien hasta que inventaron el salitre sintético que salía mucho más barato y nuestras salitreras murieron. Toda la vida de los trabajadores del salitre era una tragedia que se ha escrito en mucho y buenos libros y que nosotros pudimos atisbar en sus ruinas. Encontramos fichas de las empresas con las que pagaban a los mineros y que ellos sólo podían usar en la pulpería de la misma oficina. En una salitrera encontramos a un viejito que estaba medio trastornado y contaba cosas que había pasado, nosotros le oímos su cuento y él en agradecimiento nos regaló una campanilla de bronce con la que mandaba en un baile al que él pertenecía. Con una pareja, de las que nos presentó el padre Hugo, hicimos bastante amistad. Muchos fines de semana fuimos a su casa, ustedes jugaban con sus hijos y nosotros conversábamos. Una tarde, estando en la casa de ellos, oímos un grito terrible y salimos corriendo a ver lo que había pasado. ¡Mi pobre Francisco! No vio ni midió el peligro y se metió en un rescoldo que estaba muy disimulado con el entorno: se quemó ambos pies ¡Cómo le dolería! ya no tenía fuerzas ni para gritar y gemía en mis brazos. Nos fuimos al hospital donde, con una pizca de anestesia, le hicieron una limpieza quirúrgica y lo vendaron. No volvería a caminar hasta meses más tarde, ¡Qué largos se hacen los días cuando se tiene a un hijo sufriendo! Todas las semanas lo llevábamos a curación, gracias a Dios no se infectó y fue sanando de a poco. Me dijeron que cuidara las vendas y que le pusiera calcetines de hilo, ¡En Iquique, en ese tiempo! Casi imposible, lo único que encontré fueron unos calcetines de caballero en una muy elegante tienda ¡Carísimos! Le compré dos pares para ir lavándolos a medida que se le ensuciaban porque el muy vivo aprendió a gatear con sus patitas vendadas levantadas. Le hacía harto empeño hasta que aprendió a equilibrarse y así se movilizaba. Al principio tuvo muchos dolores, sobretodo cuando lo curaban, lentamente se fueron cicatrizando las heridas y se fueron achicando hasta que sano casi totalmente. Así nos fuimos al fundo ese año y tuve yo que hacerme cargo de sus curaciones. ¡Qué penita tener que lastimarlo! Pero con el corazón apretado lo hacía porque era mejor para él. Luego, los dos nos abrazábamos y se nos caían las lágrimas. Gracias a Dios no fue muy largo y pronto aprendió a andar con cuidado hasta que las plantas de los pies se le endurecieron y pudo hacer una vida normal. No fue lo único que le pasó a Francisco, era un niño curioso y metía su dedo en todas partes. En una oportunidad lo encontré escarbando en mi velador, (mala costumbre la mía de tener mis remedios en el cajón), lo alcancé a ver tragando la última pastilla anticonceptiva. Volé al teléfono para consultar lo que hacía, me dijeron que lo llevara urgente al hospital. Ni supe cómo tomé un taxi y partí llena de miedo y culpa sin saber tampoco lo que pasaría. Allá lo vieron y de inmediato ordenaron un lavado de estómago. ¡Qué cosa más cruel! Yo nunca había visto nada igual: le metieron una sonda directo al estómago y con un embudo le pusieron agua, al poco rato le empezaron las arcadas y los vómitos. El pobrecito se arqueaba vomitando con una tremenda violencia y cuando ya no le quedaba ni ánimo ni valor para nada, le volvían a llenar su guatita de agua y otra vez empezaba el escándalo. Yo a su lado sufría, pero a demás me sentía culpable de su angustia y dolor. Recodaba las torturas en los campos de concentración y las vivía con este hijo tan pequeño, tan inocente y tan querido. Cuando terminaron de hacerlo sufrir, me lo entregaron, yo lo tomé en mis brazos, estaba débil y lacio, ya ni lloraba. Me volvieron a preguntar lo que había tomado y yo les respondí: “las pastillas anticonceptivas”, el médico sonrió y dijo: “mal no le hará un lavado de estómago para que aprenda, pero a mi me dijeron que era cortisona”. Otro error médico en mi vida, menos mal que esta vez no tuvo consecuencias mayores. Entre rabia, furia y pena me fui con mi niño a casa, a quererlo, a abrazarlo, a pedirle que me perdonara. ¡Muy mala experiencia! Entre espanto y espanto también teníamos momentos de alegría y entretención. Entre las salitreras abandonadas había una muy especial; la cuidaba un hombre que sabía aprovechar el tiempo, había arreglado un antiguo estanque de fierro bastante grande e instalado a más de un metro del suelo, donde le servía para juntar el poquito de agua que discurría por una vieja cañería. Este estanque, cuando lo vimos, estaba lleno de agua muy clara; el cuidador nos dio permiso para bañarnos ¡Qué cosa más agradable! Con el cielo azul, el desierto ardiente y un oasis verde con una piscina desde donde se veía un paisaje precioso. Nos bañamos, jugamos y nos refrescamos. Al irnos nos regaló una bolsa de lechugas que él cultivaba en un pedacito de tierra y que regaba con el agua del estanque. Un ejemplo para tanta gente que ve pasar sus días sin hacer nada. Muchas veces lo volvimos a visitar y a gozar del agua que nos daba la sensación de riqueza. Su padre hizo amistad con un médico joven, psiquiatra, casado con una psicóloga, muy agradables los dos. Vivían muy cerca de nosotros y nos visitábamos a menudo. Ella se dio cuenta de la rivalidad que había entre Joaquín y Juan Agustín. A pesar de formar un trío de tintines que juntos hacían maldades surtidas, Joaquín era muy inteligente, pero poco atrevido; él urdía las travesuras y Juan Agustín era su brazo armado, él no pensaba en las consecuencias, para él proponer y realizar era lo mismo, era tremendamente avasallador por lo que Joaquín se sentía menoscabado tanto en cuanto a fuerzas se refiere. Son esas pequeñas cosas que muchas veces los padres no nos damos cuenta y pueden dañar a los hijos. El resultado fue que, para empezar, ella comenzó a atender a Joaquín y luego nos recomendó una academia de judo que dirigía un japonés viejito. La felicidad de Joaquín era evidente, cambió su manera de ser y se empezó a valorar. Lógico que, al ver las cosas que hacía en casa, Juan Agustín también quiso entrar, pero Ana María dijo que todavía no, que hasta que Joaquín se reafirmara y se hiciera de una posición en la academia. Cuando Joaquín ascendió de grado, en los niños, nos autorizaron a todos nosotros a participar y por el horario de ellos, logré ponerme yo también con ellos. Era muy divertido y sano, todos hacíamos los mismos ejercicios, yo era la única adulta y me tenía que adaptar a ellos. Joaquín tenía el segundo lugar y cuando el primero no iba, Joaquín lo reemplazaba y ¡Mandaba! Al llegar el momento de formar parejas para practicar, él las formaba y me elegía a mí como su pareja, y todos teníamos que obedecerle, era de risa vernos él bastante chico, ¡No me llegaba ni el ombligo y me hacía unos pases que me hacía caer! Se daban las cosas al revés, los que debían obedecer, mandaban y los que debían mandar, obedecían. Total, un desajuste que ayudó a Joaquín a desarrollarse mejor y a mí a mirar a los niños de otra manera. Los dos mayores se incorporaron al grupo de los adultos, un poco más tarde y eran los más pequeños entre los grandes, donde estaban Carlos Ramos y Ana María. Juan Agustín era muy revoltoso en el colegio, además del mal profesor que le tocó, era inquieto y peleador. En una oportunidad, no supe porqué, embistió una gran vidriera y la quebró en mil pedazos, también se lastimó en la cabeza, se hizo un corte bastante grande, pero él… era mucho Juan Agustín, se puso un papel de excusado en la cabeza y sin decir a nadie se fue caminando hasta el hospital que quedaba bastante lejos. Entró a urgencias y le dijo al médico de turno: “vengo para que me cosa la cabeza, soy hijo del doctor Valle” el médico le preguntó: “¿Quieres que lo mande llamar?” A lo que el chiquillo contestó: “No, mejor que no, después que me zurza la cabeza yo lo iré a buscar”. Así lo hizo el médico, pero cuando Juan Agustín fue a buscar a su padre ya no estaba, se había ido a su casa, así es que otra vez se puso a caminar, menos mal que ahora era cuesta abajo. Cuando llegó a casa todos estábamos preocupados, en el colegio nadie sabía nada y a la casa no había llegado, en eso estábamos cuando el perla llegó muy fresco con un parche en la cabeza, con bastante calor, pero como si nada hubiera pasado, menos mal que era fuerte y robusto y no le pasó nada a pesar de andar a todo sol y a mediodía. Era invierno y había estado cubierto varios días, no digo que frío, porque en el norte no hace frío, pero si con nubes bajas y llovizna. Ese tiempo que baja la moral y parece que jamás va a brillar el sol, a todos nos afectaba y en especial a los niños. Para animarnos se nos ocurrió ir a la fiesta de La Tirana que se celebra el día de La Virgen del Carmen el 16 de julio, en un pueblito llamado La Tirana. Nosotros no sabíamos nada, ni del pueblo ni de la fiesta, nos enteramos por los avisos del diario y como era festivo, decidimos a ver qué había, por lo menos salir de ese estado de letargo en que estábamos. Nos preparamos y partimos. Cual no sería nuestra sorpresa cuando al llegar a Pozo Almonte superamos las nubes, que se quedaron cubriendo a Iquique y nos encontramos en La Pampa con el sol radiante y un calorcito que iba en aumento. La Pampa del Tamarugal es el desierto mas seco del mundo, es muy grande, y donde habitualmente no hay vegetación ni fauna, salvo alguna lagartija, uno que otro escarabajo y un pobre zorro del desierto, muerto de hambre, que se come todo lo que se mueva. No hay arena, sino una costra dura y salitrosa que forma pliegues sin sentido parece como si la mano de un gigante la hubiera apretado como quien aprieta un trozo de papel. De día, mucho calor; de noche, mucho frío. Al enfriarse, el manto salitroso se contrae, rompe los gránulos de salitre y suenan; crujen, como no hay otros sonidos se escuchan armonías sonoras que la gente llama “el canto de La Pampa”. Es algo bonito y curioso que nosotros oímos alguna vez. A pesar de ser tan antiguo, su canto parece música ultramoderna. Una vez, cada varios años, cae un poco de lluvia distraída, a lo mejor viene del invierno boliviano —que es en el verano— o de una corriente fría y húmeda del Polo Sur que perdió su ruta o se pasó de enérgica. Basta un poco de humedad para que desde lo profundo salgan, de la noche a la mañana, miles de flores de todos colores, añañucas, garras de león, etc. Ellas han guardado un bulbo muy escondido para aprovechar al máximo esa bendición que de tarde en tarde le llega. Aprovechan ese poco de agua para vestirse de gala con los colores del arco iris, de asemillar y de multiplicar su bulbo. No solo ellas aprovechan el tiempo, nadie sabe dónde estaban escondidos los huevos de los insectos, que aparecen como del bastón de un mago: vaquitas del desierto, avispas, moscos, moscardones o mariposas. ¡De prisa, de prisa! Se mueven de un lado a otro, comen a la carrera un bocado de flores, encuentran a su pareja y vuelven a enterrar los huevos. Los zorros del desierto, —muy escasos— aprovechan para engordar y prepararse para la próxima sequía, ¡Rápido, rápido, hasta la próxima agüita! Todo bulle, hasta los humanos van a fotografiar tal maravilla, así queda el testimonio de lo que es “el desierto en flor”; pero tanta belleza es efímera, a los pocos días, todo vuelve a la normalidad o sea a la sequedad terrible del desierto, a seguir esperando que se produzca el milagro de unas cuantas gotas de agua que pierdan su ruta y fecunden otra vez el desierto. Yo nunca lo he visto en flor, será una cosa más que se sume a las cosas que nunca haré; como volar el ala Delta, como tomar el sol como lagarta, como esquiar… son cosas que tengo que eliminar de mi mente y de mi corazón cada vez más mayor, cada vez más limitada, pero tengo que asumirlo y no dejarme llevar por cosas negativas. Así como vencimos el letargo en Iquique para salir al desierto, así saldré adelante deseando cada vez menos imposibles. El camino seguía y subía, cuestas y más cuestas ¿Cuándo llegaríamos? ¿Cómo sería eso? Nada de lo que pudimos imaginar. Buscábamos un pueblo ¿Pueblo? ¡Cuatro casas de barro rodeando una gran explanada de tierra y una gran iglesia al fondo y ¿El resto? Cientos, miles o cientos de miles de personas, la gran mayoría de origen aymara mirando, comprando, orando, cantando y…BAILANDO ¡Nunca habíamos visto esos bailes! Baile: grupo de personas que se juntan para pagar una manda que consiste en bailarle a La Virgen. Tienen una pequeña banda de tambores y bronces —a veces afinados, a veces no—. Los guía un capataz que, con un pito, indica los giros y otros movimientos y un diablo con máscara de cartón piedra que está pintada y decorada con culebras, lagartijas, signos difíciles de entender, pelos y ojos grandes, salientes, glóbulos blancos formados por ampolletas y espejos, algunos con melenas de crines blancas o negras. La vestimenta es muy lujosa y elegante, el traje de raso y la capa de terciopelo rojo hasta el suelo, adornada con espejos y bordados. El diablo tiene el papel más importante y carga, al menos, con treinta kilos de ropa y una máscara enorme; así baila y baila durante siete días con muy pequeños descansos. A La Tirana van todos los años numerosos bailes de Perú, Bolivia, del Altiplano y de diferentes pueblos de origen aymara. Allí se juntan con los bailes del Norte de Chile, así pagan sus mandas bailando sin parar. Al amanecer cada baile se acerca a la iglesia a “saludar a su Virgen” —tienen su orden establecido para hacerlo—, cantando y bailando. El diablo se queda afuera bailando solo porque no puede entrar, luego salen retrocediendo y van a la explanada a seguir bailando. Entran a la iglesia uno tras otro, sin alboroto, sin desorden, serán 50 y 80 bailes, no importa, todos tienen que entrar a saludar. Cuando el saludo matinal termina, los primeros tienen que volver a entrar, esta vez para saludar a María, en la hora del Ángelus, así siguen y siguen entrando y saliendo, bailando y cantando. Por la tarde vuelven a entrar a despedirse de su Madre con cantos muy sentidos y tiernos, tal vez más tiernos que lo que les dicen a sus madres terrenales. Tal vez se pensaría ¡Qué tanto es entrar tres veces a la iglesia! Pero es que, en los intermedios, los bailes siguen bailando y girando sin parar, y por todo el desierto se oye: Pan Pan, pan, pan, pan; Pan, Pan, pan, pan, pan ¡IMPACTANTE! Y ¡Agotador! Antes de entrar al pueblo, dejamos el Land Rover en un estacionamiento y partimos a ver lo desconocido. Quedamos en encontrarnos, con los mayores para almorzar. Su papá tomó a Ricardo de la mano y yo a Francisco, pero ¿Quién se la podía con la parejita Joaquín-Juan Agustín? Nadie, desaparecieron, se metieron en la multitud y no los vimos más. “Madre, —decía yo—, que no les pase nada y que los volvamos a encontrar. Tuve que tener confianza ¿Qué otra cosa podía hacer? Nos acercamos a ver los bailes. Por muy embelesada que estuviera, siempre miraba a los espectadores, a ver si divisaba una carita blanca y yo pudiera pensar: “Ahí hay uno mío”. El sonido de las bandas era emborrachador y el movimiento de los bailarines, aturdidor. A veces había ocho bailes juntos en la explanada y los ocho tenían banda, capataz y diablo. Lógico su música era distinta, por lo que se oía una cacofonía que ponía los pelos de punta. Menos mal que los dos chicos, asombrados, se quedaron muy tranquilos a nuestro lado, los mayores eran responsables, Luís Emilio cuidaba de Consuelo le teníamos plena confianza, pero… los dos tintines eran otra cosa, podrían estar en cualquier parte haciendo cualquier cosa. De pronto, un diablo celeste empezó a tambalearse muy cerca de nosotros; “Se mareó” dijo su padre, y nos preparamos para ver qué pasaba. No, no se cayó, se sacó la máscara y empezó a buscar debajo de la ropa: “Pulgas” dijo su papá. En ese momento, y saliendo de entre las ropas del diablo apareció la carita de Juan Agustín, quien nos miró y coloradito se nos echó encima gritando feliz: “Yo también bailé”; ¡Menos mal que el diablo tenía buen humor! y se rió con nosotros. Era su momento de descanso, para tomar agua y comer algo y aprovechó para contarnos la historia de La Tirana: “Antiguamente, antes de la llegada de los conquistadores vivía en ese sitio una comunidad aymará al mando de un muy buen jefe, justo y amante de las tradiciones. En su oasis, había un bosque de tamarugos, (árbol del desierto que no necesita agua y que da unas cápsulas con semillas, muy buen alimento para el ganado) también tenía sembrados de maíz y quínoa. Este jefe tenía una sola hija, linda, buena y obediente ¿Qué mas podía desear? Todo se le daba bien, pero… un día llegó un desconocido, estaba perdido en el desierto, deshidratado y medio muerto de hambre. Casi no le quedaba ropa y estaba sucio, se notaba que era de diferente raza. El jefe mandó a la chamana que lo curara y lo alimentara. Lo primero que hizo fue darle un poquito de agua, el hombre quería más, pero ella firme, sólo un poquito, igual pasó con la comida, él la quería toda, pero ella se la fue dando poquito a poco. Luego de satisfechas estas primeras necesidades, la mujer lo quiso lavar, ¿Desnudarme? ¡Antes muerto! Pues “Muerto será, pero limpio” y empezó la lucha, el hombre se tapaba con sus harapos y ella se los quitaba hasta que quedó desnudo ¡Él había perdido su hombría! Nunca antes nadie lo había visto así, se sentía desprotegido y sin arrestos. La chamana se asombró de ver tanta tozudez, total tenía lo mismo que todos los hombres con la única diferencia que éste era de un color blanco enfermizo y su pelo desteñido y pajoso. De a poco fue mejorando y aprendiendo a hablar, al ver que era inofensivo lo dejaron pasear entre las rucas. Un día vio salir una joven linda, con el pelo negro trenzado y adornado con plumas y abalorios, su cara morena, limpia y sonrosada, lo miró intensamente y volvió a entrar a su ruca. El hombre quedó hechizado, todos los días volvió a ese lugar para mirarla, poco a poco se fueron acercando hasta hablarse, así ¡Cuántas cosas se dijeron! Se querían y para siempre. Se lo dijeron a su padre quién montó en cólera ¡Su hija y heredera solo se podía casar con uno de la tribu! Ellos callaron y se fueron, pero hicieron planes para huir. Desde esa tarde empezaron a juntar las cosas que necesitarían para atravesar el desierto e irse a otro oasis a vivir su amor. El día decidido se fueron, el padre los persiguió, al llegar al tamarugal los atravesaron con flechas y murieron abrazados.” Dice la leyenda que en el sitio de su muerte apareció la imagen de La Virgen del Carmen, hoy venerada con la advocación de La Tirana porque ese habría sido el título de la joven aymará si hubiera obedecido a su padre. Con esta leyenda fue pasando la tarde y nos tuvimos que volver a casa, veníamos contentos, los niños no se habían perdido, los grandes llegaron a su hora, así es que no tuvimos problemas; fue una aventura más que vivimos en el desierto. El Padre Hugo era un cura muy empeñoso y entre todas sus actividades dirigía un grupo de católicos que se llamaban “Cursillistas” por haber hecho un Cursillo de Cristiandad en un fin de semana. Cuando organizó uno en Iquique, invitó a su padre y a Rubén a participar, me preguntaron si tenía problemas en quedarme con la tribu y yo les dije que no, que ya nos arreglaríamos para hacer otras cosas. (Léase: irnos a la playa). Ellos fueron y volvieron felices, se les notaba en la cara, se reían, se abrazaban y cantaban: “De colores, de colores se visten las flores en la primavera”. Cuando su papá está contento, todos estamos contentos, fueron unos días maravillosos. Ellos nada contaban de su cursillo, cosa que me extrañaba porque, por lo general, a mí me contaba todo. Lo único que me comentó fue que había un cursillo en Arica para mujeres y que le gustaría que yo fuera, que ellos se hacían cargo de casa y niños y yo pensé: “Bien me hará un descanso” y me acoplé a un grupo de mujeres que también iba. Nos fuimos en avión y todo resultó muy bien, el viaje estupendo. En el aeropuerto nos estaban esperando y nos llevaron a una casa de retiros. Al llegar, una reunión con todos los aspirantes que habían ido de distintas partes del Norte, luego una charla instructiva y después… la solicitud de entregar todos los pertrechos sólidos, líquidos y espirituosos. Dijeron que no necesitábamos de nada, que nos darían de comer cuatro veces al día y que sería un signo de confianza entregar los comestibles. A mí me asombró este asunto porque no había ido a un retiro antes y no se me ocurrió llevar nada, pero… después de un ratito apareció de una mochila, una botella de pisco, otra de ron, otra de coca-cola y siguieron apareciendo paquetes de galletas, queques, sandwiches, termos con café. La gente empezó a soltarse y a reírse, a mí, más que risa me dio vergüenza ¿A qué se suponía que íbamos? ¿De picnic, de marcha, de copas? O ¿Íbamos a perfeccionar nuestra fe? Obviamente habría de todo. Yo me admiré de los monitores que pudieron meterse en el bolsillo a todas las mujeres y poner orden. Nos distribuyeron las habitaciones de a dos personas, buenas camas y limpias y, después de una oración pasamos al comedor: mesas grandes, bien puestas con abundante pan y vino. Al servir nos dieron una sopa y un segundo plato, abundante y sabroso, además, de postre y café ¡Con razón dijeron que nos alimentarían bien! Todo era para quedar más que satisfecha. Después de cenar nos quedamos un rato en un oratorio y pedimos por nuestra gente y por nosotros mismos, después, un rato libre para lavarnos y ¡Por fin! A dormir. El sábado era el día mas fuerte, empezamos con una ducha, —no muy temprano— y a llenarnos la barriga. El desayuno es muy importante para mí, pero me pareció demasiado llenador, el resto comió como si no hubieran comido nunca. Es curioso ese fenómeno, cada vez que hay comida incluida en un precio, me parece que automáticamente se come de más. Empezamos las charlas en serio, cada charla tenía una exposición, el comentario general, después nos separaron en grupos y teníamos que hacer un resumen y ¡Un dibujo! Bastante complicado, por lo menos para mí, así es que yo me junté con otra para resumir y las otras pintaban con tizas de colores. Después de cada charla se leían los resúmenes y los dibujos quedaban expuestos. Hoy entiendo que es una dinámica que se usa frecuentemente, pero en este tiempo, más bien me distraía. En los pequeños recreos que había entre charla y charla se podía visitar, en un oratorio pequeñito, al Santísimo expuesto, parecía que con estirar la mano se podía tocar a Cristo en la Hostia Consagrada. Fue una experiencia linda, (nueva para mí) y amable que invitaba a pensar en lo que uno había hecho en su vida con respecto a este Señor hecho hombre por nosotros; mucho más efecto que las charlas —de las que no recuerdo nada— produjo en mí este Cristo tan cercano, tan íntimo que remeció mi corazón y mi mente, que me acercó a Él para ya no dejarme nunca más. Él ha sido el faro en mi vida, el que ha guiado mis pasos, en Él he encontrado la razón de mi existir; todo cuanto he hecho y todas las decisiones que he tomado, desde ese día han estado guiadas por ÉL. No es que yo sea muy dócil a su palabra, no siempre le he sido fiel, pero he vuelto a su lado y Él ha cuidado de mí. Si el cursillo tenía un objetivo claro y preciso, no lo sé; si sus dirigentes esperaban algo de mí, tampoco lo sé, para mí todo pasó a segundo plano después de haber descubierto a Jesús tan cerca de mí. Mi vuelta a casa fue buena, pero sin la euforia que sintieron su papá y Rubén, mi alegría fue algo interno imposible de expresar, seguramente algo no previsto por los organizadores, fui a buscar algo y encontré lo mejor. Se suponía que los cursillistas se reunirían una vez al mes. Nosotros fuimos dos o tres veces, pero no nos gustó el resultado, ni la gente. Una cosa es estar dentro del cursillo y otra muy distinta compartir con ellos fuera, no sé bien lo que pasó, su papá y Rubén se desinflaron y yo seguí con ese descubrimiento tan dulce y cariñoso del amor de Jesús por mí. Para un 8 de diciembre se le ocurrió al Padre Hugo hacer una peregrinación a La Tirana, después de la experiencia de la fiesta, quisimos saber cómo era ese pueblo sin fiesta y allá partimos con un grupo de personas ¡Mucho mejor el camino! Sí, las mismas cuestas y curvas, pero con toda la carretera para nosotros, esta vez el sol nos acompañó todo el tiempo, —el desierto más desierto que nunca—. Llegamos hasta el mismo pueblo, y sí era igual al recuerdo, pero… vacío, no había nadie en las casitas de adobe ni en la explanada, que se veía más grande que nunca y más polvorienta. Los tamarugos que casi no los habíamos notado, aparecieron a un costado, ¡Serian unos cinco o seis! ¡Enormes! ¿Tal vez los restos del gran tamarugal de la leyenda? Es posible, pero no daban nada de sombra, hacía un calor aplastante, con un sol que quemaba todo, pocas veces en mi vida he visto al sol tan fuerte, tan penetrante, tan implacable, parecía que nos quería echar del lugar. El único sitio fresco era dentro de la iglesia así es que allí me refugié con Francisco que estaba colorado por el sol. Al atardecer el Padre ofició una Misa dentro de la iglesia, pero con su equipo de campaña, porque ni el sacristán estaba para sacar los ornamentos y los vasos. Nosotros muy contentos porque estábamos al reparo y en una Misa sencilla y adaptada a la peregrinación. Después de tomarnos el resto del picnic llegó la hora de volver. Un atardecer de película, cómo son los atardeceres del Norte, una explosión de color, desde el amarillo hasta el púrpura. Se veía cómo el sol atravesaba unas nubes horizontales y volvía a aparecer hasta hundirse al fondo del horizonte. Todos mirábamos embobados, como si nunca más fuera a volver a salir. A disgusto nos volvimos, cuando ya no quedaba ni un hilito de color. Fue un buen día, pero lo que no medimos, por ignorancia, fue lo que seguiría. Los peregrinos se nos adelantaron, seguramente estarían hartos de puestas de sol, y nos quedamos solos, con la luz del ocaso, no hubo problemas en las curvas y cuestas, pero… el que sube, tiene que bajar y al llegar a Pozo Almonte nos encontramos con una camanchaca espesa, fría e impenetrable. La bajada a Iquique es peligrosa porque está formada por curvas tras curva y la camanchaca no dejaba ver. Su papá puso tracción y empezamos a bajar a la vuelta de la rueda. Al principio yo me asomé a la ventana y lo guiaba mirando la línea blanca de la orilla, pero hacía un frío muy grande, además, que llegó el momento en que perdí la visión de la línea. ¿Qué hacer? ¿Cuánto faltaba? No sabíamos, ni siquiera se veían los faros del que venía en contra —menos mal que pocos—, después de pensar un poco, la solución la dio Luís Emilio, se abrigó con todo lo que pudo y se puso delante del auto y empezó a caminar a la distancia que su papá lo podía ver y así pasito a pasito bajamos la cuesta y llegamos a Iquique donde había luces. Llegamos muy tarde, Luís Emilio nos salvó de tener que quedarnos en el auto hasta que la camanchaca se disipara al amanecer, nada dijo, pero yo me imagino que llegó muy cansado y helado porque se tomó una leche caliente y se durmió hasta el otro día. Una noche sin luna, me desperté y vi por la ventana un cometa fantástico, se veía casi vertical con una gran cola luminosa contrastando con la oscuridad del cielo, me costó darme cuenta de que no era sueño, sentí que no debía quedarme con ver esta lindura sola y me fui a ver a su papá y a cada uno de ustedes para que no se perdieran este espectáculo de la naturaleza. Medio dormidos sin saber lo que pasaba llegaron a mi pieza y todos lo vieron, lo celebraron y se volvieron a dormir ¡Hoy nadie lo recuerda! En el hospital había un médico de lo más extravagante, chico y feo se metía dentro de las personas y operaba e iba sacando diferentes presas, si estaba cerca del apéndice, decía ¿Para qué le sirve esto? ¡Fuera! Si se acercaba al hígado se preguntaba: “¿Y si dentro de poco tiene cálculos?, mejor le saco ahora la vesícula “fuera vesícula” y así iba sacando y sacando “preventivamente” y agrandando el tajo “para ver y aprovechar que está cerca”, verdaderamente un peligro. (No sé cuántas libraron la vida) También había médicos de categoría como el Dr. Bahamondes, un internista que sabía mucho y que se avenía con su papá y a mí me sacó de varias panas. Una vez tuve un dolor agudo en el tórax irradiado al brazo izquierdo, lo llamé al hospital y me dijo que de inmediato me pusiera una trinitrina debajo de la lengua, si se me pasaba el dolor que fuera urgente a verlo y si no se me pasaba que no sería tan urgente. Así lo hice, afortunadamente no era angina de pecho, me hizo una radiografía y resultó ser un problema de cervicales, su tratamiento fue estupendo, me mandó a kinesiología que me colgaran y me estiraron el cuello cada día con un peso mayor hasta que el dolor se me pasó. Nunca más volví a tener ese dolor. Una vez estaba en el Laboratorio muy concentrada en una técnica y llegó usted, mi hijita, despacito, por detrás me punceteó con los dedos en las costillas, yo no alcancé a sentir nada, porque me desmayé y usted tuvo el susto del año. Le rogué que nunca más me hiciera pasar un susto, porque se me podía parar el corazón. Eso puede dar la medida del exceso de trabajo que tenía. Hicimos amistad con el Padre Gil, oblato, él era párroco de Cavancha, una iglesia que quedaba en la península al sur de la playa de Cavancha, y que tenía detrás del altar una gruta de Lourdes, de lado a lado de la iglesia. El Padre Gil era muy buena persona, canadiense y muy abierto, con él yo me avenía y conversábamos mucho. Íbamos a Misa los domingos al medio día y servían de acólitos los niños, a veces Luís Emilio y Joaquín, otra Luís Emilio y Juan Agustín y las menos, Joaquín y Juan Agustín; el que quedaba libre pasaba la bolsa de la colecta. ¡Me daba tanto gusto verlos! (Joaquín y Juan Agustín hicieron su Primera Comunión en Santiago, en La Parroquia San Ramón, con los niños del barrio, todo muy sencillo, sin alboroto de trajes ni fiesta, ellos se prepararon bien y sabían que el sacramento era lo que más importaba, de todas maneras, algo hicimos en casa, un chocolate, torta y vinieron los primos. Cuando ayudaban la misa tenía sus caritas iluminadas ¡Qué recuerdo más lindo! Mientras, nosotros con Francisco y Ricardo nos quedábamos en los bancos, muy atentos. Un día le dije a Ricardo en el momento de la consagración: “en este momento, ese pedacito de pan redondo que tiene el padre en sus manos y por las palabras de La Consagración, se convierte en el cuerpo de Jesús” y el niño me miró con cara de inteligente, de haber entendido lo que yo le quería decir y me dijo: “magia, mamá, magia”. ¡Inocente de mi pensar que tan chico captaría algo tan grande! Pero yo estaba contenta y me sentía tan bien, tan a gusto con Emilio y mis seis hijos en Misa y recibiendo al Señor: era tiempo de fe y de oración. Después de la misa nos íbamos en masa al “canto del Agua”, una cocinería que estaba muy cerca de la iglesia y donde hacían las más maravillosas empanadas de mariscos que he comido en mi vida. Ahí todos nos aplicábamos a comernos una o dos, y los grandes (nosotros) las bajábamos con un vaso de vino de la casa, asperón y corriente —de todas maneras—, pero nosotros, acostumbrados a él, lo encontrábamos rico. En un sendero de tierra que había rodeando la playa, había un boliche de pescadores, tenía piso de tierra y cielo de ramas, ahí se iba a comer lo que hubieran sacado los pescadores al atardecer: a veces había pescado frito con papas, otras, mariscos, y si había pocos los hervían juntos y los servían así, pero si había muchos se podía elegir. Lo más rico eran las almejas a la mantequilla, las servían en grandes lavatorios comunitarios —yo creo que serían 4 o 5 kilos de almejas grandes— llenos recién hervidas a las que les agregaban mantequilla derretida con uno o dos dientes de ajos, estaban estupendas. A medida que el o los lavatorios se iban desocupando, quedaba el jugo al que le poníamos un poco de vino blanco y lo tomábamos en taza. ¡Zona de mariscos frescos! ¡Nunca los volví a comer así! A este boliche íbamos con nuestros amigos Carlos y Ana María, el matrimonio Thomson y el matrimonio Aravena. Cada vez era un éxito y comíamos con la conciencia tranquila porque en ese tiempo no había preocupación por el colesterol, el hígado, las mareas rojas, las mareas negras o el café. No, todo era naturalmente bueno y saludable ¡Qué tiempos sin restricciones! ¡Pasado! El matrimonio Thomson eran muy amigos nuestros. El trabajaba en una industria de harina y conservas de pescados. Con su esposa Martina teníamos una idea: hacer manjar con leche condensada en la empresa. Un día le pedimos a su marido que metiera en el túnel de esterilización de las conservas, un cajón de leche condensada, al salir ¡Éxito! ¡Qué manjar más rico! ¡Qué buena idea! Parece que daba el tiempo justo para que quedara cuajado y claro. Ellos tenían niñas de la edad de usted y una un poco mayor que Luís Emilio, muy bonita, con unos enormes ojos azules, ¡Pobrecita! Nació con un aneurisma sobre la ceja y de muy pequeña se la tuvieron que quemar con radium, con tan mala suerte que le lesionaron el nervio óptico de los dos ojos. Estando nosotros allá empezó a quedarse ciega. Todo lo intentaron inútilmente. Para su tranquilidad, le dijo un oculista en Santiago que escribiría a la Clínica del Dr. Barraquer, en Barcelona; desde allá le pidieron una fotografía de ambos fondos de ojo, para ver hasta donde estaba la lesión, a vuelta de correos, el gran oculista, opinó que estaba en buenas manos, que no tenía remedio, que aprovecharan que todavía veía para enseñarle Braille y alguna actividad manual y que con ayuda psicológica asumiera que en el transcurso del tiempo quedaría ciega. Fue un golpe grande para todos y la tristeza no se podía disimular. La niña dio un ejemplo de entereza asumiendo su futuro. Nunca más los vimos ni supimos de ellos. Los Aravena, Emilio y Ana, eran personas de trabajo, nos conocimos a través del Padre Hugo, Emilio hizo el mismo cursillo de Cristiandad que su papá y allí hicieron una fuerte amistad que permaneció en el tiempo. Muchas veces nos visitamos e íbamos a comer mariscos. En una oportunidad su papá le hizo un préstamo para que comprara una máquina que necesitaba para completar un taller y así independizarse. Agradecidos y felices ellos y nosotros también de poder ayudarlo porque en ese tiempo ya teníamos bastante trabajo y nos pagaban bien. Carlos Ramos, psiquiatra, casado con Ana María Humeres, llegó a Iquique cuando nosotros hacía poco que habíamos llegado. Él llegó buscando trabajo, justo había una vacante de médico psiquiatra, y lo contrataron, muy pronto hizo amistad con Emilio y luego con nosotros. Carlos, alto, moreno, fuerte, yudoca y buen mozo, de pelos crespos incontrolables, de ojos oscuros de mirar profundo, de esa profundidad que penetra el alma —como la mirada de Cagliostro, dijo mi mamá—. Era de origen muy humilde, su madre trabajó mucho para poderlo educar, él tenía una mente prodigiosa y sus estudios fueron muy buenos. Cuando llegó el momento de entrar a La Universidad, quiso estudiar medicina y se esforzó mucho trabajando y estudiando para terminar su carrera. Además de estudiar medicina, era militante de izquierda, convencido en la lucha armada para lograr un mejor bienestar para el pueblo. En una oportunidad en que había una protesta en La Cisterna, él participó y lanzó una bomba, los carabineros lo detuvieron y encarcelaron. Como tenía antecedentes de haber puesto otra bomba en la casa Ford, lo condenaron a varios años de cárcel. Seguramente alguien de La Universidad abogó por él para que le permitieran seguir estudiando mientras estaba en prisión, y así lo hizo hasta terminarla con muy buenas notas y especializado en psiquiatría. Ana María (nunca supe dónde y cómo se conocieron, pero así fue, y se enamoraron y llegaron casados a Iquique). Ana María era muy distinta a él, delgada, pequeña, de tipo claro, dulce y suave, como la flauta que tocaba con tanta gracia. Era de gran familia santiaguina, su padre, contralor general de La República, total otro origen, otra clase social, otra cultura otra manera de ser, pero… se conocieron, quisieron juntarse y así lo hicieron. Los padres deben haber rechinado los dientes, no creo que los comprendieran. Carlos vivía para tres cosas: La medicina, la política y su Ana María, todo lo tenía muy claro y lo podía compaginar a la perfección. Su política era tan clara que hasta yo entendía lo que quería decir, hablaba muy bien y era convincente. Llegó a nuestra vida en un momento muy especial; su papá se había dado cuenta que La Democracia Cristiana, de cristiana no tenía nada. A raíz de un baleo que hubo en Puerto Montt, con el visto bueno de Frei y de su ministro del interior Pérez Zujoviz, y como son las cosas de su papá, él fue lentamente pensando, asociando, sin hablar, sin comentar. Solo, él contra el mundo, fue haciendo un atado —me parece a mí— con Democracia Cristiana, falsos cristianos, iglesia, religión y fe. Todo esto junto lo puso en un mismo cajón, lo cerró para olvidarlo y sólo acordarse de algo cuando había que criticar, con fundamento dice ahora, a uno u otro. El terreno estaba trabajado, arado, regado y fértil. Así, las palabras de Carlos, como semillas, cayeron, arraigaron, crecieron y dieron frutos. ¿Inmediatamente? ¡No! Nada en su papá se hace de inmediato, todo toma su tiempo. Estos frutos, por estar medio verdes o poco documentados, fueron muchas veces amargos y demoledores; para mí dolorosos, para los niños incomprensibles y desestabilizadores; en muchas oportunidades estaba colérico, en especial cuando yo volvía de Misa “¿A qué va?” me decía “para volver peor” a lo mejor tenía razón, pienso ahora, pero creo que yo y ustedes, —los que me querían acompañar—, nos merecíamos un poco de respeto. No creo que la intensión de Carlos haya sido la de separarnos o de quitarnos de la religión, eso no creo que a él le importara, tampoco creo que fuera el hacer proselitismo. El hablaba de lo que sabía, sin tomar en cuenta el resultado en la persona de su papá ¡Tan sensible! ¡Tan dolorido como estaba! Siendo un buen psiquiatra no se dio cuenta de lo frágil que era la mente de su papá y de lo fácil que es desestabilizarla. Pasó el tiempo, llegó Allende a La Presidencia. A Carlos lo nombraron en un cargo de Salud, algo muy importante para él y atrás quedó Iquique, nosotros, sus ideas y lo sembrado. De esa siembra de Carlos quedan recuerdos imborrables en la familia y en mi corazón. Carlos supo del golpe militar un día antes y se asilaron en La Embajada de Italia, desde allí emigró a Venecia donde ambos revalidaron sus títulos, a él lo nombraron director de un Hospital Psiquiátrico en una islita. Ana María se fue un tiempo de hippie y luego volvió, encontró a Carlos viviendo con otra mujer, no hubo problema, también ella tuvo su hueco en una gran casa veneciana donde sobraban las habitaciones. El padre de Ana María murió y Carlos recibió a la madre y a un hermano en su casa y si todo sigue igual, allí en Venecia estarán todos juntos trabajando. En una oportunidad mi mamá nos avisó que llegaría ¡Qué felicidad! Todos nos preocupamos de arreglarle su pieza y de tener todo limpio, aunque ella no fuera nada de exigente, pero ¡Qué gusto recibir bien a la mamá! Aunque habíamos hablado por teléfono y nos habíamos escrito, ella que no conocía el Norte, salvo Potrerillos, no podía imaginar una casa como la nuestra. Rubén se esmeró en tener todo encerado y brillante. Cuando la mamá entró y vio el salón desnudo sólo mostrando su esplendor, no lo podía creer ¡140 m2 de puro roble americano!, es mucho roble, además habíamos eliminado la alfombra roñosa de la escalera principal, así es que el brillo subía por ella hasta el segundo piso. “Ni la casa de mi abuelo era tan grande y tan bonita” decía. Claro está que tanta desnudez la intimidaba y quería taparla con algún mueble, yo no tenía ganas de comprar cosas que no se iban a usar, pero ella se las arregló con lo que teníamos para adornar un poco, le quedó bien y le gustó a su papá. Lo que pasa es que yo no tengo imaginación para adornar nada. Me gustan los pisos y paredes desnudos, así soy yo y no puedo forzarme a ser de otra manera, siempre hay alguien interesado en arreglar, cambiar o decorar las casas donde he vivido y yo me dejo. A mi mamá todo le gustó, todo lo celebró, hicimos lo posible para trabajar y mostrarle la ciudad y los alrededores. Lo malo es que vino por tan poco tiempo, sólo una semana, pero la hicimos cundir. Rubén hizo sus mejores recetas, a ella le encantaron unos mostacholis que le hizo con papas y tomate, se veían inusuales. La llevamos a La Pampa, no muy adentro, sino cerca, sólo para que la viera. El impacto de La Pampa lo tuvo igual que nosotros, acostumbrados a tierras fértiles y llenas de árboles, ¡Mucha diferencia! Pero la belleza está en todas partes y el desierto es precioso, enigmático, impredecible, variable en su colorido. El desierto vive del sol, que lo calienta, lo achicharra, lo dilata y luego, cuando el sol se pone, se despide con una parafernalia de colores, de rayos, de nubes de distintas formas. Entonces, el desierto se enfría, se contrae y canta su pesar por haber perdido al sol. Pocos días pasamos juntas, pero siempre es poco el tiempo que uno pasa con la mamá, siempre es poco, ¡Quién fuera niña otra vez para poderla disfrutar! La casa donde vivíamos tenía historia de aparecidos. Decían los vecinos que por las noches salía Don Patricio Lynch a penar. Fue militar de La Guerra del Pacífico (1824-1886) y dueño original de la casa. Eso decían, yo no puedo estar segura de que fuera cierto, pero… varias noches, después de cerrar la puerta de calle, sonaba el timbre —que no tenía porqué sonar— y se oían pesados pasos de un hombre con botas. Este paseo nocturno les daba miedo a ustedes entonces, una vez me aburrí de tanta historia y salí al hall y le grité: “¡Don Patricio, si usted quiere pasearse por su casa, hágalo de día y deje dormir tranquilos a los niños! ¿Es que no se da cuenta que ellos tienen miedo? Ahora si usted quiere algo, déjelo por escrito en la mesa del comedor”. Y santo remedio, si se siguieron oyendo pasos, a nadie le volvió a importar. Le conté esta historia a mi mamá y le advertí que no tuviera miedo porque no pasaba nada, que era inofensivo. Una noche, nosotros salimos, seguramente a casa de Carlos. Al otro día me tenía, mi mamá, el gran cuento, (si fue cierto o lo soñó, no lo sé). El caso es que se quedó dormida y despertó con ruido de pasos, de copas, música, baile y conversación, ella pensó; “Qué niños más desconsiderados, meten tanta bulla cuando saben que me cuesta dormir”. Y como la fiesta seguía se levantó a mirar al salón y… no había nada ni nadie, todo cesó en un abrir y cerrar de ojos. En las salidas que yo tenía que hacer aprovechaba para mostrarle a mi mamá la plaza con su reloj diseñado por Eiffel, el teatro Municipal que, según ella, era igual al teatro Municipal de Santiago, sólo que un poco más chico (y bastante deteriorado porque se usaba poco, pero en tiempos del auge de las salitreras, los conjuntos operísticos y de zarzuelas que venían del extranjero daban las primeras funciones en Iquique y después en Santiago). Una cosa que le extrañó a la mamá fue el olor que había en la ciudad, olor al que ya estábamos acostumbrados, “olor a dólar” decían los iquiqueños, en realidad era el olor pegajoso a la harina de pescado que se hacía en varias fábricas muy cerca de la ciudad. También ella conoció a nuestros amigos y le cayeron bien, sobre todo Carlos. A ella le encantó que fuera tan abierto y sencillo. Cuando avisó que se iba me dio mucha pena, pero fue rico tenerla, que viera lo que yo hacía, que era útil, a ustedes que crecían y se desarrollaban bien. Ella se preocupaba de Luís Emilio que al principio no estaba contento con su colegio, ni se adaptaba bien y quería volver a Seminario Menor en Santiago. Ella hizo la consulta y el rector dijo que no era conveniente separar la familia. Estuvo acertado porque al poco tiempo Luís Emilio estaba bien integrado, incluso tenía amigos. Su otra preocupación era su “Juanito” y tenía razón de preocuparse, pero bastante sin remedio, porque el niño era muy revoltoso y tarde o temprano hacía lo que quería. Así fue como tuve que despedirme de mi vieja, pensando en volver a vernos, tal vez en el fundo o a lo mejor ella podría dejar sus niños y volver a vernos, total en avión es rápido y ella lo podía pagar. Despedirme, una vez más. Siempre las despedidas son dolorosas y dejan un vacío en el corazón y siempre uno se pregunta; “¿La volveré a ver?” hay que pensar en que sí, que sí volveremos a vernos y que, si la mamá viviera con sus hijos ya casados, sería un gran problema porque una cosa es visitar y otra convivir. De todas maneras, me he tragado tantas lágrimas que ahora cuando quiero llorar no me salen, parece que se me coagulan detrás de los ojos, me producen dolor físico y de lágrimas, nada. Otra vez la rutina, el no tener con quien compartir sueños, ilusiones, fantasías, ¡Si alguien me hubiera dicho que yo podía escribir, habría sido otra cosa! En el trabajo me iba tan bien que cada vez hacía cosas nuevas, ¡Y me resultaban! Y lo que era mejor, su papá confiaba en lo que yo hacía. Todo parecía ir muy bien hasta que un día apareció, otra vez, mi pesadilla: NECESITO… esta vez era un microscopio de fluorescencia, que sólo estaba en los catálogos, pero su papá lo NECESITABA, hicimos todos los trámites y un día llegó una carta de La Aduana para retirar una gran caja de Alemania. Después de pagar un ojo y la mitad del otro, más los impuestos, nos entregaron el microscopio más sensacional del país, sólo llegaron dos, el de su papá y el de un médico investigador en Santiago. Y empezó la fiesta, catálogo en mano su papá fue poniendo cada lente, cada tornillito, cada cosita en su lugar ¡Menos mal que con la fluorescencia no se metió, porque le llegó el dato que el otro dueño había quedado ciego por no haber sabido manejarlo! Así es que esa maravilla quedó ¡Virgen! Y se usó como un simple microscopio, pero muy, muy bueno. Y como estábamos en la época de las NECESIDADES, había que aprovechar y la siguiente fue una máquina fotográfica, en realidad la que tenía, y que era “suya propia” estaba viejita más o menos diez años y la casa Leica ofrecía una mucho, mucho mejor por un precio mucho, mucho mayor. De todas maneras, ante una necesidad ¿Qué se podía hacer? Nada, sólo comprar una M3 estupenda y cerrar la boca, total todos nos beneficiaríamos con mejores fotos y un papá feliz con su “chiche” nuevo. El Land Rover también entró en fase de NECESIDADES ¡El pobrecito, después de tantos viajes a tantas partes, sonaba como tarro viejo! Su papá no se había visto nunca con un jeep en sus manos, pero… tenía el gran Manual Land-Rover, donde se explicaba todo cuanto se podía hacer con él. Cada pieza estaba desarmada, numerada y en fila, así cualquiera podía meter mano y con un poco de cabeza y dedos mágicos, sacar adelante lo que se podía decir “mantención”. Esto fue la perdición de su papá, porque le gustó mucho y entre el Laboratorio, el Hospital y el Land Rover, no tenía ni un momento para la tribu, todo se reducía a decir: “ya veremos a ver”; yo encontraba lógico que quisiera tener el jeep en condiciones porque me moría de ganas de ir al fundo, así que cada perno o tornillo o golilla que calzaba me acercaba a lo que más me gustaba. Ustedes también estaban ilusionados, así es que los fines de semana nos íbamos a Cavancha a descargar, a buscar caracoles estirados que sacábamos justo donde rompían las olas, así se nos pasaban las horas y los días. Mientras su papá estaba debajo del jeep, no se notaba tanto su trabajo de mecánico, pero un día, le llegó el turno al carburador y en la mesa del comedor (donde comíamos nosotros) puso papel y empezó a desarmarlo, Manual en mano ¡Qué cosa más difícil! No hubiera creído jamás que podía tener ¡Cien piezas! Pero su papá tenía paciencia y libro. Fue poniendo sobre la mesa, un anillo, un tornillo, un pedacito y otra cosita, una al lado de la otra, hasta llenar la mesa (yo creí haber perdido el jeep, jamás pensé que esas filas de piececitas se volverían a convertir en un carburador). Cuando la última pieza estuvo en su sitio, empezó la limpieza, en un lavatorio con bencina y un pincel, cada una fue limpiada y secada. Muy serio su papá, más serio Luís Emilio, nosotros ¡Fuera, a no molestar! Y cambiamos por un par de meses nuestro comedor por la cocina. Un día feliz, el carburador quedó armado y colocado en su sitio (no sobró ni faltó ni una piececita), todo el resto ya había sido revisado y con bombos y platillos, la llave del contacto giró y… rum, rum, rum, ¡El jeep anduvo! Con el Land Rover en óptimas condiciones y listos para prepararnos para ir de vacaciones al fundo. ¡Qué viajes esos! ¡Qué largos y sufridos! El jeep no era precisamente muy cómodo para viajes largos y con ocho personas entre las cuales había dos diablillos inquietos y un chiquillito que había que llevar adelante para que los otros no lo molieran. Además del picnic (bastante abundante), llevábamos un carrito de arrastre con dos latas grandes, una con agua (para el jeep) y otra con bencina (ídem), todas las piezas que se podían romper por el camino, incluido un eje, —estamos hablando de una carretera muy solitaria y por lo menos de dos mil kilómetros—, nuestro equipaje, por lo menos para un mes y alguna que otra cosita que ustedes no querían dejar (menos mal que no eran ni aves ni otros animales) Se me confunden un poco los viajes de ida y los de vuelta, más los de cada año, pero por lo general eran muy sufridos. Ustedes, no digo que se portaran mal, estaban contentos y querían expresarlo con juegos, cantos, gritos y una que otra pelea. Era lógico que así fuera porque los asientos de atrás eran muy incómodos, dos laterales que facilitaban las patadas. Con tanta gente y, a pesar de tomar agua a la misma hora, todos querían hacer pipí en distintos momentos lo que alteraba mucho al chofer. Generalmente hacíamos noche en alguna parte, en casa de algún amigo sacrificado que sacaba colchones o sacos de dormir o simplemente frazadas y los ponía en el hall de la casa, ahí caíamos como piedra hasta el otro día. Poco a poco íbamos acercándonos a Santiago. Descanso obligado en casa de mis padres, aunque ellos no estuvieran. Había que llevar al jeep a la revisión anual en el garaje donde tenían las piezas originales, generalmente eso duraba un par de días, que nos venían bien para reponernos. Luego…rumbo al fundo, a ir reconociendo los ríos, las montañas, los pueblos. Ya todo era conocido y los grandes les contaban a los chicos lo que recordaban. Su padre manejaba en silencio y yo recordaba mi niñez cuando, en circunstancias parecidas, viajábamos con mi papá en una “burra” (Ford 30): igual silencio del conductor; igual molestia por el ruido de los niños, iguales ganas de hacer pipí a distintas horas, igual respuesta: “Yo no tengo ganas”; igual calor en Camarico, igual sitio donde almorzar poco antes de llegar a Talca, igual cansancio…ya no pedíamos helados, sólo agua y llegar pronto. Íbamos mirando ríos: El Maipo, el Tinguiririca, el Cachapoal, el Mataquito, el Claro que tiene un puente de ferrocarril precioso, el más lindo del tramo, el Lircay, el Longaví y… ¡Por fin el Perquilauquén! nuestro río. También íbamos mirando las altas cumbres como los dos Descabezados, el grande y el chico, frente a Talca, los volcanes Longaví y Chillán, siempre haciendo ruidos y coronados por una nube sobre el cráter…y con suerte, a veces se veían salir luminarias por la noche. Las ciudades quedaban fuera del camino Longitudinal. De todas maneras, las reconocíamos por los letreros: Rancagua, Rengo, San Fernando, Chimbarongo, famosa por sus mimbres; Curicó, famosa por sus tortas y dulces con manjar, Talca, Linares… si había un día especialmente despejado y con muy buena vista y ¡Ganas! se divisaban los Zorrinos: tres cumbres que se veían desde la casa del Naranjo y que significaban que estábamos acercándonos a nuestro destino. Luego de pasar por Parral había que estar muy despiertos para ver el camino de La Rosa, pasando por tres puentes se llegaba y torciendo a la izquierda empezaba el camino a la cordillera, el camino ripiado y polvoriento no nos importaba, ni los saltos por los hoyos ni los puentes malos, nada nos importaba porque íbamos derechito a nuestras tierras. Pasábamos por Virgüin, San Roque, Zemita, El Palo y llegábamos a la cuesta de “Los Pitíos”, la más alta y llena de tierra suelta, pero ¿Quién se fija en esos detalles cuando al bajar se encuentra con El Palo a la derecha y El Durazno a la izquierda? Casi no quedaba nada para llegar, después de una curva nos decíamos con orgullo: “Todo es el Durazno, todo es nuestro” así lo sentíamos ¿Qué importaba que fuera mi papá el dueño? Nada, nadie nos podía quitar esa sensación de propiedad de una tierra tan inmensa y tan querida. El camino seguía y seguía, cada vez el camino y los puentes eran peores hasta llegar a las casas del Naranjo, nuestro sitio, nuestra tierra. Todos, grandes y chicos la sentíamos propia y gozábamos de sus alrededores por un mes, sin preocuparnos de nada, teníamos de todo y creo que estamos de acuerdo que allí pasamos los mejores momentos de nuestra vida y que gran parte de nuestra formación, tanto la nuestra como la de ustedes, se debió a esas vacaciones. Me es muy difícil separar un año de otro porque en realidad el paisaje de El Naranjo es inmutable: el verano es el verano, el calor es el calor…pero ese año fue especial, Luís Emilio tenía once años y usted los cumpliría ese febrero. Francisco era un niño de cuatro años y vagabundeaba tranquilo y sereno por los alrededores de la casa vigilado por la cuidadora de mi hermana Rosario, porque que yo no tenía que preocuparme mucho de él. Los Tintines se buscaban la vida en el monte tirándose cuesta abajo, ensacados (lo que también usted hacía) o jugaban en el huerto de los manzanos. Luís Emilio estaba grandecito y muchas veces salía a caballo con Roberto, era un buen compañero mío, muchas veces bajamos al río a pescar salmones o truchas asalmonadas para comer alguna variedad de proteínas, claro está que como eran chicos tenían mil espinitas que teníamos que sacárselas al sol, para verlas bien. Yo aproveché ese año para salir a caballo a visitar a la gente que vivía hacia la cordillera camino arriba, más allá de los potrerillos. Más de una hora al tranquito lento de mi yegua, por el camino carretero orillado de boldos, quillayes, avellanos, maquis, peumos, robles y los primeros coigües, los que crecen en capas verde azuladas. Los esteros de agua límpida y transparente bordeados de chilcos rojo y morado, el rumor del río acrecentándose en las angosturas y los raudales tranquilos sólo alterados por el salto de un salmón. Disfrutamos todo lo que se podía. Nos comimos todos los frutos silvestres que encontramos, subimos cerros, bajamos esteros, nos bañamos en el río, yo aproveché para estar con mis padres y con mis hermanos chicos. Pilar ya era una adolescente y Roberto debe haber tenido unos trece y soberbios años. Releí los libros del “cuarto de los niños” y me reencontré con los personajes de toda la vida. Por las tardes después de comer, salíamos por el camino en busca de sapos para el laboratorio y si no había luna, buscábamos luciérnagas, además de mirar el cielo buscando OVNIS o por lo menos ver caer “una estrella”. Parece que todos éramos niños, la barrera generacional se derrumbaba y éramos felices. Como siempre hicimos muchas mermeladas y conservas para el invierno, era parte de la entretención y del gusto por tener atesorado el recuerdo, el fundo, el sol, la alegría y la libertad. Cuando recuerdo esos días no sé si son mis días de niña, de joven o de mayor; algo hay que permanece, que no cambia, que enternece. Lo veo y vuelvo a ser feliz. Así como nos íbamos al fundo llegaba el momento de volver, lo que no nos gustaba a ninguno. Todos los años nos despedíamos de cada piedra, de cada árbol, del pescado que vivía en el estero de la señora Leonidas, de la gente del fundo tan cariñosa con nosotros, del río, de los Zorrinos; no dudábamos ¡¡Volveríamos!! Era esa una inyección de vida que nos mantenía vivos y activos durante el año. Luego de las despedidas, otra vez preparar el jeep, esta vez volvíamos más cargados, llevábamos la miel de mis abejas, porotos, papas, manjar, mermeladas y dulces para casi todo el año. No faltaban los lagrimones ni el eterno: “espere, papá, que se me olvidó… cualquier cosa con tal de atrasar la despedida, pero había que irse. Siempre las despedidas son dolorosas, yo tenía que abrazar por última vez a mis padres y hermanos, siempre con el amargor de preguntarme: ¿Los volveré a ver? Y… tragaba, tragaba lágrimas para que no salieran, para que se hiciera más fácil para todos. Nos prometíamos vernos, de alguna manera ellos irían al norte. Por el camino mirábamos y admirábamos el bosque nativo, virgen en las laderas porque mi papá decía que sólo se sembraba en los planos, arriba de las lomas, porque de otra manera la capa vegetal se iba con las lluvias del invierno dejando estéril las laderas. Flora nativa de esa zona constituida por robles, raulíes, hualles, boldos, peumos, quillayes, litre, canelos, arrayanes, coigües, avellanos y enredados entre ellos. Por los esteros adentro: copihues rojos, blancos, rosados adornando el verde intenso del bosque que también se lían en ellos diferentes enredaderas incluyendo las coileras que dan un fruto dulce y pegajoso, y…por no dejar atrás los chilcos, campanitas bailarinas rojo y fucsia de donde proceden todas las fucsias del mundo y que adornan los esteros. A la vuelta, el camino iba mejorando hasta salir al Longitudinal, ya no íbamos reconociendo paisajes si no recordando… “¿Te acuerdas…? “¿Te acuerdas?” ¡Cómo no nos íbamos a recordar si todo era tan importante! “¿Pusieron la piedra que traje de la Cordillera?” “Claro que sí” ¿Cómo se me iba a olvidar? Y así un poco mustios, un poco tristones hacíamos el camino inverso. Otra vez Santiago, otra revisión y después hacer kilómetros y kilómetros de desierto. De a poco la tristeza iba pasando y nos volvíamos a entusiasmar ¿Dónde comeríamos? ¿Dónde dormiríamos? Recuerdo una vez que su papá sacó pecho y dijo: “Yo no paro más, haremos el viaje de una sola vez, a ver si se portan bien” Y empezamos a correr y correr. El desierto parecía que dejó de ser nuestro amigo y nos empezó a agobiar. ¡Había que mantener la compostura por su padre! Y eso nos hacía más y más pesado el viaje, pero en medio del desierto, Juan Agustín no pudo más de portarse bien y empezó a hacer tonterías, a cantar y a pelearse con el que tenía al frente. Su papá dio el primer aviso: “Si se sigue portando mal, lo bajo del auto”. Un ratito hizo efecto la amenaza, pero la inquietud fue más y…otra vez el alboroto. Esta vez su papá detuvo el jeep en pleno desierto, bajó a Juan Agustín y lo dejó en medio de la carretera y…partió. ¡Nos quedamos mudos! ¡Nadie atinó a defenderlo! ¡Nadie se movió! El impacto de ver a un niño abandonado en el desierto es terrible y verlo cada vez más chico e indefenso ¡Es atroz! No sé cuántos kilómetros pasaron, me imagino que serían pocos, pero para mi corazón fueron demasiados. Cuando una loma me hizo perderlo de vista, pude reaccionar y preguntarle “¿Piensa dejarlo abandonado para siempre?” Supongo que eso le llegó muy dentro, tal vez lo había olvidado, tal vez no se dio cuenta, no lo sé porque no se habló del tema nunca, pero se devolvió y lo volvimos a subir. Él estaba tranquilo, sin llorar, sin desesperarse, lleno de recursos como siempre, nos dijo: “esperaba un auto para hacer dedo y alcanzarlos”. Curiosa manera de reaccionar ¿Había algo más dentro de sí? ¿Se dio cuenta de lo que pasó o lo tomó como una aventura más de su vida? Muchas veces los sentimientos de la mamá son distintos a los de los niños y, de todas maneras, las madres, sufrimos por las cosas que les pasan a los hijos y nos duran por más tiempo. Al recordar los viajes en el Land Rover no puedo dejar de lado una ida de Iquique al fundo. Era verano y hacía mucho calor por lo que su papá decidió con mucho tiempo de adelanto, el viajar por la noche. Para eso era necesario tener una tienda y esa tienda la debía hacer yo imitando una que él tuvo de joven. Tuve muchos problemas para hacerla, por muchas razones, era algo muy grande, mucho más grande de lo que mi pequeña máquina podía hacer. Las proporciones eran algo diferentes en el papel y las costuras… si me costó hacer ropa para ustedes, imagínese cómo sería hacer costuras derechas en metros y metros de tela gruesa, además que yo nunca fui buena costurera. El asunto era casi imposible, parece que cada vez veía yo la tienda más grande y la máquina más chica, porque la idea era que cupiéramos los ocho integrantes de la familia. Después de muchos intentos logré terminarla y a gusto de su padre. La tienda era de crea y se sostenía por dentro con dos puntales y por fuera con tirantes que debían ser sujetos en unas estacas enterradas en el suelo. La teoría no era mala. Hicimos un ensayo general en el salón de la casa, se veía de lo más bien, era grande y cabíamos todos durmiendo. Para viajar de noche había que, previamente, dormir de día ¡Una complicación! Su padre, no tuvo problema y Francisco tampoco porque tenía un poco de fiebre. Ustedes los mayores, no metían ruido, supongo que estarían leyendo, pero a los tintines era imposible tenerlos quietos, por lo que opté por sacarlos a pasear un rato. Al caer la tarde y con el jeep cargado con todo lo necesario…la orden: “Todos al baño” y partimos muy decididos a viajar con el fresco de la noche. Todavía siento ese fresco que fue haciéndose cada vez más fresco hasta que no era tal sino… ¡hielo! Su papá tan decidido a pasar la noche en vela no calculó sus ritmos circadianos y, a la hora de costumbre, más o menos diez de la noche, le empezó a bajar un sueñecito que lo hacía pestañear corto. Llegamos a la última gasolinera antes de enfrentar el desierto, llenamos el estanque y nos tomamos unos buenos cafés para despistar el sueño y seguramente ustedes comerían algo de lo que les gustaba. Seguimos el viaje y lentamente el sueño “le bajó” totalmente al chofer. Detuvo el jeep en pleno desierto y dijo: “Hasta aquí llego, ¡Monten la tienda y durmamos unas horas!”. Yo toqué a Francisco y estaba con mucha fiebre así es que le arreglamos una cama en el jeep. Al salir nos dimos cuenta de que hacía muchísimo frío y soplaba un viento helado de la cordillera. ¡Montar la tienda! Una cosa es armarla en el salón de la casa con un niño sujetando cada tirante y Rubén poniendo los palos al centro y otra cosa muy distinta es hacer lo mismo en el desierto. Tratamos de organizarnos, cada uno tomó un tirante y…vino un golpe de viento que casi nos voló a todos. Tratamos de pensar, pero el frío que hacía nos tenía las neuronas paralizadas: ¿Por dónde empezar? ¿A dónde tenía que mirar la puerta? Lo único que teníamos seguro, porque Luís Emilio lo sabía, era que la puerta debía mirar al mar. ¡Fijemos la tienda en el suelo con piedras! Era una idea ¡Encontrar piedras en el desierto no era fácil! pero las encontramos. Luego fuimos estirando los tirantes y clavándolos en la costra del desierto, nos costó mucho por la dureza de la costra salitrosa, pero lo hicimos. Mientras tanto los niños sentados en la tienda la sujetaban y se entumían. Pero me falta un personaje… ¿Dónde estaba el inventor del viaje y de la tienda? ¡¡Profundamente dormido en el jeep, cuidando al enfermo!! Bien, parece que junto a nosotros se amontonaron nuestros ángeles de la guarda porque logramos levantar la tienda y afirmar los palos ¡Menos mal! Porque ya estábamos helados. Nos metimos dentro de la tienda con toda la ropa de abrigo que encontramos y fijamos los laterales con piedras…y niños. En la parte de atrás, haciendo fuerza al viento y con las piedras más grandes me ubiqué yo. ¡Fue una dura batalla! Ustedes durmieron lo que quedaba de la noche, algo debo haber dormido porque me desperté tiesa, helada, transida de frío, no sentía ni las manos ni el cuerpo. Como pudieron ustedes levantaron el campamento y volvimos al camino, a buscar un bolichito que nos diera algo caliente. Yo empecé a sentir las manos como a las diez de la mañana y pronto encontramos un sitio donde desayunar. Debo suponer que la fiebre de Francisco sería poco importante y que nuestra ruta seguiría normalmente hasta El Naranjo, tal como otras veces. Si hubo alguna cosa extra quedó borrada por la aventura de la tienda en el desierto. Una vez en el fundo, después del frío acampar, decidimos ponerle un piso a la tienda, ¿Qué mejor que unos sacos de yute que encontramos? No lo pensamos dos veces y con la ayuda de la señora Leonidas nos pusimos en el suelo a unir los sacos. Nos quedó una tienda magnífica, a lo mejor un poco hedionda por el antiguo contenido de los sacos, abono, pero no importaba, estaríamos protegidos del viento y del frío. Y el verano pasó como todos los veranos y tuvimos que volver, era el momento de probar nuestro invento de tienda con piso. La vuelta la organizamos con un poco más de raciocinio y decidimos acampar en Coquimbo, en las afueras de la casa de Augusto Michaud, fue la otra cara de la moneda: sin niños enfermos, sin ritmos circadianos trastornados, de día y descansados pudimos armar la tienda sin problemas al final de la playa. Todo fácil, todo lindo, un atardecer maravilloso, la comida en la casa de María Esther, rica, la conversación de alto nivel intelectual y política. Después nos fuimos a acostar, los niños chicos ya dormían. Nosotros nos hicimos un hueco y nos aprontamos a un descanso merecido. La primera sensación fue el olor, un poco penetrante, pero ¡No importaba, eran los sacos! Algo caminaba, picaba, rascaba, punzaba, pero era tanto el sueño que nos hicimos los tontos. Al día siguiente nos dimos cuenta ¡Habíamos armado la tienda sobre una mancha, casi invisible, de plantitas que tenían espinitas y estábamos todos rasmillados! Un buen baño en el mar nos ayudó y, había que seguir porque nos quedaban más de dos tercios del camino y había que estar de buen humor. No recuerdo haber usado esa tienda otra vez, por lo menos para dormir, pero sí se ocupó otra vez en una oportunidad que fueron ustedes con su padre y la armaron para protegerse del sol. Luego contaron que era una playa linda y que al frente estaba la isla Santa María donde había pescadores de jaibas que las metían en grandes tarros con agua de mar hirviendo hasta que se ponían rojas, luego las iban a vender a Iquique. Otro paseo muy lindo que hicimos fue a Pica y Matilla, que están relativamente cerca de Iquique, en medio del desierto. Eran pequeños grupos de casitas que no daban ni para el concepto de pueblo, pero con unas tierras muy fértiles plantadas de cítricos. Había un tipo de limón muy especial: chico, oloroso y muy sabroso, parecido al Sutil, con el que se hacen unos estupendos “Pisco Sour”. La iglesia de Pica es muy antigua y tiene una Última Cena con estatuas de tamaño natural, vestidas de distintos colores. Me llamó la atención la de Judas porque tenía una bolsa en la mano y era ¡Colorín! En Pica las vertientes de aguas termales salen del fondo de una piscina natural donde se puede nadar. Nosotros lo hicimos y fue algo muy agradable, todos lo pasamos bien. A esta piscina la llaman “Cocha” y con el agua se riegan los árboles y el maíz. Matilla está muy cerca y luce orgullosa un campanario que mandó hacer don Pedro de Valdivia cuando pasó por ahí rumbo a conquistar el resto del país. La iglesia original se derrumbó con un terremoto, pero el campanario sigue en pie. Como Matilla no tiene “Cocha”, y siempre tienen rivalidad, hicieron una piscina olímpica con agua termal. También nos bañamos y buceamos hasta que llegó el momento de volver. La piscina no tenía escalera, a ustedes no les costó nada salir de un salto, yo tomé a Francisco para pasárselo a su papá desde la parte más baja, hice fuerza y él saltó afirmándose con los pies en el fondo. El resultado fue un encontrón entre su cabeza y mi ceja; me dolió mucho vi, lo que se llama “las estrellas”, pero se me pasó pronto; el problema fue al día siguiente ¡Tenía un derrame desde la ceja hasta el mentón! ¡Parecía que un boxeador me hubiera dado un puñetazo! Y el ojo en tinta sí se demoró en borrarse, se fue poniendo de todos colores y me veía horrible. Aprovechando un fin de semana largo fuimos al norte, nos habían hablado de Tiliviche, una quebrada con cultivos. También nos dijeron que la señora Dulcinea tenía una casa donde recibía pensionistas. Con esos datos partimos rumbo a lo desconocido. Íbamos entretenidos mirando el desierto y los caminos que lo cruzaban, hubiéramos querido recorrerlos uno por uno ¿Quién viviría en esas soledades? Gente no se veía, pero caminos sí: más chicos o más grandes, mejores o peores, se cruzaban y se internaban en La Pampa ¿Senderos de antiguos habitantes? Muy posible, las huellas en el desierto no se borran, quedan por años. De pronto vimos un letrero: Tiliviche y doblamos a la izquierda, hacia el mar. A poco de andar nos encontramos con una plantación pequeña de alfalfa y luego otra de maíz, después una gran casa antigua, de dos pisos con corredor en ambos y un ligero aspecto inglés. Salió una señora con delantal, su papá estacionó el jeep y nos bajamos. La señora muy amable nos preguntó: “¿Qué se les ofrece?” su papá respondió que andábamos de paseo y que si nos podía recibir unos días y darnos pensión completa. Ella dijo que sí y nos mostró un departamento hasta con baño. La señora Dulcinea era encantadora, se entusiasmó con ustedes y empezó a mostrarnos cosas antiguas, entre ellas un fonógrafo tan antiguo que tenía discos de cartón perforados y que funcionaba con el mismo sistema de las cajitas de música, ustedes estaban tan asombrados que le pedían una y otra vez que lo hiciera funcionar. Nos contó varias cosas de la zona y paseos a los que se podía ir e hizo hincapié en el Cementerio Inglés que estaba frente a su casa, al otro lado del barranco. Sería lo que primero visitaríamos al día siguiente. Mientras tanto, nos preparó una rica comida, sana y sencilla aliñada con hierbas de su jardín. Tal y como lo pensamos, al día siguiente, después de un gran desayuno, fuimos a ver el Cementerio. Atravesamos el barranco y lo vimos, un rectángulo perfecto rodeado por una alta reja de hierro y arbolado de tamarugos. Había como cien tumbas, la mayoría de ingleses de las salitreras de Huara y Zapiga. Las sepulturas, algunas con cruces y rejas antiguas de hierro, otras con cruces de piedra, las más sólo con una cruz de madera. Poco quedaba de esos ingleses que vinieron a hacerse La América, a explotar el salitre en los tiempos que era muy valorado y murieron lejos de su patria, de su familia hasta sin el auxilio de su pastor, hoy están allí, en un cementerio del norte, cuidado y limpio. Después seguimos el paseo indicado por la dueña de casa, por un camino o mejor dicho por una huella hacia el mar encontraríamos la tumba aislada de una joven que murió de viruela, por eso no tuvo derecho a descansar en el cementerio, discriminación hasta después de la muerte. Empezamos a caminar y la huella cada vez peor, se me hizo difícil seguirlos así es que me volví, el resto ya me lo contarían ustedes. Se demoraron bastante en volver, pero la señora Dulcinea me dijo que no me preocupara porque quedaba lejos y así fue. Cuando caía la tarde llegaron felices, lo habían visto todo y se peleaban por contar, todo, todo, y se interrumpían de puro contentos que estaban. Habían estado en la tumba de la niña y lo mejor de todo: un petroglifo con un lagarto labrado en la piedra ¡Es que ya no cabían en sí de tanta excitación! Su papá aprovechaba estas excursiones para enseñarles a mirar la naturaleza y a descubrir cosas antiguas, siempre andaba dando vuelta piedras o palos cerca del agua a ver si salía algún bicho extraño. Aprovechando que estábamos bastante al norte, quisimos ir a Tara, una quebrada muy bonita donde descubrimos que vivían en estado silvestre, una bandada de pavos reales meciéndose al viento, posados en unos grandes tamarugos. Parecía increíble que esos pájaros tuvieran tan buen equilibrio, porque sus colas son desproporcionadamente largas. Como en ese sitio no hay diferencias estacionales había pavos en todas sus etapas. El sol hacía brillar sus plumas que pasaban del azulino al verde y del amarillo al rojo, parecía que un arco iris se había roto y esparcido sus colores sobre los pájaros. Cuando el pavo ronda a la pava, levanta su cola y la despliega en abanico, cada pluma tiene un círculo de colores concéntricos y para atraer a su pareja las hace vibrar produciendo un chirrido sonoro y atrayente. Orgulloso el macho de su belleza yergue la cabeza y llama a su hembra de turno, ellas más modestas son de colores más apagados y amarronados. Ver esa cantidad de pavos con el sol de la tarde era algo precioso, parecían joyas decorando los tamarugos, relumbraban y dejaban una sensación de belleza perdida en el desierto ¿Estarían allí para darnos ese gusto tan grande? Al volver pudimos ver al frente, en el otro lado del barranco de Tara, una manada de llamos, en un campo despejado, rumbo al mar. El llamo guía mostraba con su hocico el sitio donde encontrarían agua para descansar. Así marcaban los primeros habitantes de la zona, los días de camino entre La Cordillera de los Andes y el mar caminando por los barrancos más importantes y mostrando las aguadas con estos geoglifos muy bien conservados, dibujos de llamos realizados con piedras de colores sobre el campo despejado del desierto pardo amarillento. En una pequeña parada que hicimos ustedes se entretuvieron en imitar el dibujo de los llamos con las piedras que encontraron cerca del camino, ¡Ya se imaginaban que estaban dibujando una enorme llama que se vería desde muy lejos! Pero eso sólo lo podían hacer los aborígenes que sabían encontrar las piedras que destacarían en La Pampa. ¡De todas maneras gozaron! Fue un lindo paseo, de descanso y de descubrimientos, lástima que fuera tan corto. Nos prometimos volver, pero…nunca lo hicimos. Siempre había otras cosas que hacer y qué ver. En el Laboratorio nos iba bien, de tarde en tarde pasaba algo que nos hacía pasar un mal rato. Dictaron una ley de impuestos, mediante la cual estábamos obligados a dar una boleta, timbrada por Impuestos Internos a cada persona que nos pagara un examen. Generalmente yo cumplía, pero cuando eran cosas chicas, me las saltaba. Un día fue un señor a hacerse una Glicemia y por ser poca cosa no le di la tal boleta ¡Resultó ser un inspector de Impuestos Internos quien nos pasó una buena y sustanciosa multa! Desde ese día tuve buen cuidado de cumplir la ley del Estado y…de su padre, que se puso furioso. En otra oportunidad atendí a un señor, profesor de escuela primaria, quien insistió en hablar con su papá cuando fue a buscar el análisis. No era raro, a veces pasaba y su papá perdía tiempo en oír latas… en fin, su papá lo atendió y yo los dejé solos, cuando volví ¡Sorpresa! El profesor tenía casi acorralado a su papá, le pasaba el brazo por detrás de la cabeza y cada vez más cerca…le hablaba…y le hablaba, dulce…muy dulce. Yo me di cuenta de que había algo sospechoso y rompí el sortilegio preguntándole algo de un análisis, rapidito se alejó y se fue. Después supe que era marica reconocido, me costó convencer a su papá, porque él no veía nada turbio en el profesor. Una vez hubo un verdadero terremoto en la cúpula militar de Iquique, les llegó una orden del alto mando de Santiago ¡URGENTE! ¡Hacer Rh y grupo a todo el contingente! Y serían más de mil los efectivos. El Hospital se negó a hacerlos, porque no tenía capacidad ni personal. ¿A que no saben a quién le cayó el cuentito? Si, señor, así fue: tuve que, con la rapidez del rayo, encargar los ingredientes y organizarme. ¡A la orden mi general! ¿Qué general? ¡El general Pinochet! ¡¡Que cosas tiene la vida!! Todos los días llegaban 35 milicos —y no eran más porque sólo tenía 35 jeringas—, a los que yo pinchaba para hacerles el examen. Venían con un cabo enfermero y su lista diaria que a la entrada les ordenaba: ¡Los cinco primeros, de…pie, levantarse la…manga, a…delante…AR! Y yo…pincha y pincha… ¡AR! Luego de irse el grupo de milicos, entraba el sargento enfermero con una caja con frasquitos con sangre de otro tanto de oficiales de los Regimientos ¡Qué vértigo! En ese tiempo no había jeringas desechables así es que, todos los días tenía que lavar, preparar y esterilizar las que tenía y hacer por cientos los frasquitos con oxalato seco para mantener la sangre sin que se coagulara. Así, con orden militar pude hacer todo, hasta los mismos Rh y grupo que en tiempos normales los hacía su papá con toda la delicadeza con la que él trabaja; tuve que ponerme delicada, fina y hacer todo bien ¡¡Dependía la vida de un milico si el examen estaba mal hecho!! Todos, todos los milicos pasaron por mis manos hasta terminar con todo el contingente y pudieron salir las listas con los resultados y además ¡Tuvieron la cara de decirme que no dejara copia, que era INFORMACIÓN CONFIDENCIAL! ¡¡MILICOS!! Pero pagaron y ¡las ganas! Porque cuando me pongo perra, me pongo. Y esta vez ME PUSE. ¿Creía que me había olvidado de los tintines? No, no me había olvidado, los tenía reservados para este momento. Su papá les solía contar alguna cosa de cuando él era niño, una de esas cosas fue: “Estando en Corvo le prendió fuego a una palmera, como ardió muy rápido se asustó y llegó todo lloroso donde su mamá, con voz quebrada le dijo: “¡Se está quemando la palmera!” Como los niños graban las cosas de su papá y lo quien imitar, una tarde le prendieron fuego a la palmera que estaba en el patio ¡A un metro y medio de mi pieza, y por ende a la misma distancia de la casa, que era de madera! Menos mal que Rubén vio el fuego subir por el tejido vegetal y con una frazada que encontró a mano empezó a golpear el tronco ardiendo hasta que lo apagó. ¿Quién fue? ¡Nadie fue! Total, un susto tremendo, una frazada menos y un correctivo general. Sí, digo general y lo digo con inmensa pena, todos recibieron su par de azotes, culpables o no. Si hay algo que me duele hoy y de lo que me arrepiento es de haberles pegado, no tanto ni tantas veces como lo recuerdan ustedes, pero sí en respuesta a algunas fechorías. Su padre y yo fumábamos, negro, Opera, por lo menos yo no me bajaba de los veinte cigarrillos diarios, y desde los quince años. También bebíamos: vino con las comidas y pisco, generalmente por las noches al terminar el trabajo. Seguramente no estaba bien hacerlo, fue un mal ejemplo, pero fue así. Un día Luís Emilio de trece años y usted de doce pidieron permiso a su papá para fumar abiertamente y no tener que esconderse para hacerlo como lo hacían sus amigos, en ese momento su papá lo encontró razonable y los autorizó, (supongo que con un límite y también supongo que eso no se cumplió). Me ha quedado en la mente y en el corazón que hicimos mal, su padre en autorizar y yo, para variar, por callar; pero también es cierto que los niños que fuman escondidos acaban fumando más, por lo menos eso me pasó a mi. De las cosas curiosas que nos pasó en Iquique fue el reencuentro de nosotros con el Agregado Cultural de La Embajada de España que, en su tiempo, me había “pedido” para que me casara con su padre. Él se dio de baja en la diplomacia —o lo dieron, no lo sé—, el caso es que llegó a dirigir el periódico local “La Estrella”, y siendo español, no podía dejar de frecuentar el Club Español —que era de lo más español: con un Don Quijote tamaño natural, mesas con arabescos tipo Alhambra, afiches de toreros y varias otras españoladas—. También hacían comida típica española muy buena, y allí se juntaban los españoles de Iquique a recordar su tierra y a tomarse el pisco chileno. En ese Club nos re-presentaron al señor Asuero e hicimos un contacto de compatriotas; me recordaba y le gustó conocer “al novio”. Un día apareció por el Club un “canario” y el señor Asuero no encontró nada mejor que mandarlo a nuestra casa para que conociera a su papá y para que “entre canarios se entendieran” y así fue, se entendieron bastante bien y un día se les ocurrió la feliz idea de hacer un asadero en casa, él ponía la parrilla y las carnes, nosotros el tinto, y los acompañamientos. Cuando llegó con la parrilla, no traía la carne, invitó a su papá al mercado de compras. ¡Lástima que entre la casa y el mercado hubiera varias cantinas! Y en cada una se iban poniendo: un vinito, un pisquito, fuera al seco o sour. Llegaron bien puestotes a comprar y decidieron llevar chunchules, prietas y algo de carne para los niños. (Los chunchules son tripas de vacuno muy lavadas, pero tripas y luego trenzadas; las prietas son morcillas frescas). Mientras, nosotros preparábamos unas ensaladas, arroz, pan caliente y el carbón para la parrilla. Ellos hacían el camino en sentido inverso y volvían a recorrer las cantinas, llegando bastante mareados. Los chunchules son asquerosos, cuando se ponen en la parrilla se empiezan a hinchar y a moverse como si estuvieran vivos y gotean una crema blanca con bastante olor a caca a pesar de los lavados. Ellos, los dueños de la fiesta, ni se enteraron, se lo comieron todo y lo bajaron con más tinto. Nosotros, a duras penas nos comimos la carne que también estaba impregnada del mismo olor. El final de todo fue el derrumbe de su papá, que era bastante malo para tomar. Cayó como piedra y entre todos lo llevamos a su pieza a pasar la mona. Nunca lo había visto así y en vez de darme rabia, me dio risa. Cuando volvió en sí tenía una resaca tremenda y juraba que jamás le volvería a pasar algo así. Si para ustedes fue una mala experiencia, para él fue peor. Del canario no supimos más, parece que era bastante andariego. Al director del diario, le supimos la última gracia: era maricón y contrató un ballet “ad-hoc” en Argentina lo que causó escándalo en la puritana ciudad. Eso le provocó su despido y tampoco lo volvimos a ver. Desde que llegamos a Iquique, después que se fue la Nana y quedamos solos, ustedes fueron muy buenos ayudantes y algunos se desempeñaban muy bien en la cocina. Luís Emilio era un experto en pescado: lo iba a comprar y lo preparaba, todos ayudaban en la medida de sus fuerzas y en las diversas actividades. Usted hacía lo que fuera con tal de no cocinar. Así fue como un día vi a Francisco, que tendría unos tres años y medio, encaramado en un piso, con el sartén con aceite hirviendo y él con un huevo en la mano, listo para partirlo y freírlo. Me quedé helada ¡Cuántas cosas podrían pasar! Pero si le gritaba o lo alertaba de alguna manera, era seguro que se caería o se quemaría. Ahí me quedé esperando, alerta a lo que podía pasar, pero…nada, el niño partió y frió su huevo de lo más bien y se bajó del piso, yo entré y se lo serví, ya aliviada y él, encantado ¡No sólo los grandes cocinaban! Me costó darle una charla sobre los peligros del fuego a un niño tan chico porque él estaba feliz y satisfecho de sí mismo ¡Cosas de niños! ¡Tan árido el desierto y tan fértiles sus oasis! Una clienta agradecida nos mandó más de medio saco de choclos tiernos de Mamiña ¡Un lujo! merecían lo mejor. Un sábado empezamos a hervir choclos y a comerlos bien embetunados con la mejor mantequilla, se veían lindos, amarillos, brillantes y dulces. Así nos fuimos comiendo uno y otro y otro, sin prisa, sin pausa, hasta que se terminaron ¡Qué pena! En fin, para otra vez sería, ojalá nos mandaran más… (Leerlo esto en tono muy, muy dramático) En eso estábamos cuando su papá se puso la mano en el pecho y exclamó: ¡¡Me muero!! ¡Llamen a la ambulancia y a Mario Bahamondes! ¡Me estoy muriendo! ¡¡ME MUERO!! ¡Tengo un infarto! ¡¡Apúrense!! ¡Todos nos desparramamos a pedir auxilio! Rubén llamó a la ambulancia, Luís Emilio corrió a buscar a Mario que vivía cerca, yo ayudé a su papá a subir a su pieza, los niños con los ojos enormes y horrorizados veían como su padre moría. Yo me puse a su lado y le tomé el pulso: fuerte, parejo y normal, no le noté nada y pensé “¿Serán así los infartos?”. Él lo único que atinaba a decir era: ¡¡ME MUERO!! Yo, muy afligida me veía viuda con seis hijos ¡Qué espanto! Parecía que ya sentía el vacío, la soledad. Mientras su papá, de buen aspecto, rosadito por el vino exclamaba: “¡¡¡ME MUERO!!! ¿Cuándo viene el médico?” Prontito llegó con toda la parafernalia, la alarma, los enfermeros, el oxígeno, la trinitrina, el doctor Bahamondes y… Rumbo al Hospital. Ustedes se quedaron con Rubén que trataba de consolarlos. Yo, en la ambulancia pensando que volvería acompañando un féretro, le tomaba la mano y seguía pensando: “nunca más la sentiré así de suave y tibia” y me arrepentía de todas las cosas desagradables que le había dicho, de mi falta de comprensión, de mi falta de humildad y me hacía propósitos ¿De qué? Si eso a un muerto no le serviría de nada. Gruesos lagrimones me caían de pena, de arrepentimiento. Así llegamos como bólidos al Hospital. Pregunté al médico: ¿Qué pasó con la trinitrina? ¡Nada! me dijo por lo tanto ¡¡De infarto nada!! ¿Qué sería entonces? Una radiografía y un examen muy prolijo dio el resultado: ¡¡Un estómago tan lleno de choclos a medio masticar que se salieron del estómago hacia el esófago con hiato y todo produciendo las molestias!! Receta: Dormir sentado y comer papillas por mucho tiempo hasta que el hiato volviera a su sitio natural, es decir por debajo del diafragma. ¡Qué alivio! ¡Teníamos marido y padre otra vez! ¡Qué alegría! Contentos por contar una vez más con chofer organizamos un paseo por la costa, hacia el sur. Pasamos por una enorme mina de sal gema, Punta de Lobos. La sal era sacada en camiones, partida en grandes trozos que después en el puerto era molida y transportada a las bodegas de los barcos en una cinta sin fin. La llevaban desde Patillo, el puerto, al sur donde la purificaban para su exportación. Una vez que nos explicaron todo esto nos dejaron pasar al salar y caminamos un poco. Nunca habíamos visto una cosa igual: parecía una mina a tajo abierto y los pedazos que salían eran enormes y de todas las formas. Sal originada en un fondo de océano hace millones de años, ahora cristalizada, se veía semitransparente con figuras de grietas dentro. Su papá buscaba “algo” dentro de los bloques de sal, pero no encontró nada. Probamos la sal gema, tenía un sabor más salado que la de mar evaporada recientemente, casi diría que más amarga. Seguimos la ruta a Pabellón de Pica, una guanera explotada en el siglo XIX para la extracción de guano rojo y su exportación a Europa. Este guano tenía mucho valor porque era un fertilizante estupendo. En esa época había poca mano de obra en la zona, entonces los dueños decidieron importar chinos ¡Sí, tal como suena, importar chinos como si fueran máquinas o animales! Los traían y los ponían a trabajar. El sueldo, de hambre. Condiciones higiénicas, pésimas. Ellos venían creyendo que podrían mandar dinero a sus familias y comprar a lo mejor un pedacito de tierra donde vivir de viejos. ¡Ilusión, pura ilusión! Trabajaban hasta morir. Total, se traían más y eran baratos: sólo costaban un cuenco de arroz y un poco de té, el resto era pura ganancia. Las pocas horas que les dejaban descansar, las pasaban en unas pequeñas celdas donde cabían justo de a uno y por fuera cerradas con candado ¡Como si fueran a escapar! ¡Dónde! ¿Al mar? ¿Al desierto? ¡¡Pobres chinos!! Así hubo gente que se hizo rica a costa de miles de chinos que quedaron enterrados en los mismos agujeros de donde sacaban el guano. Al pasar por ese sitio nos pareció que todavía sus espíritus rondaban la explotación, no tuvieron ni el auxilio de un misionero budista, ni de algún amigo. Seguimos adelante hasta terminar el camino y seguimos a pie por un sendero hasta encontrar las ruinas de una casa enorme de dos pisos y un torreón. Existía en el piso bajo un gran mueble forrado interiormente de latón y con una puerta que al cerrar quedaba hermético. ¡Era una nevera que servía para mantener fríos los alimentos, poniendo en un depósito unos grandes bloques de hielo! Nos preguntamos si los traerían desde Iquique en carretas, pero nunca lo supimos. La casa debe haber sido muy elegante en su época, porque tenía restos de piso de mármol, en el centro del salón había un trozo de lámpara colgante de hierro con cadenas en forma de S entrelazadas que colgaban de una corona de hierro que nos nubló la vista y estaba sujeta solamente de un fierrito, ¡Qué ganas de tenerla! Entonces nos pusimos en campaña, juntamos restos de muebles, palos y a lo que entramos, nos fuimos acercando lentamente a nuestro tesoro, hasta que Luís Emilio se equilibró en esta armazón y pudo descolgar el centro de la lámpara y las cadenas ¡Eran nuestro trofeo! Y pensábamos ¿Qué sería todo esto? ¿Quiénes habitarían esa gran casa en medio de la nada? Luego supimos que esa mansión era la casa de administración de la explotadora de guano rojo “Guanillos” y estaba a 155 kilómetros al sur de Iquique. En una de las visitas a casa de Carlos Ramos nos contó que al general de la zona militar de Iquique lo iban a cambiar, porque él lo había dado de baja médica por problemas psiquiátricos e incapacidad para el mando. Se trataba del propio General PINOCHET, y no tuvo otra cosa que hacer sino irse. El misterio es: dónde y quién lo trató para que cuatro o cinco años más tarde estuviera de General en Jefe del ejército durante La Presidencia de Allende…y luego…todos sabemos lo que pasó. La pregunta normal era ¿Quién es? ¡¡Misterios de milicos!! Parecía mentira que de un día para otro los niños ya no eran tan niños. Ustedes, los grandes, fumaban, pedían permiso para llegar tarde, tenían amigos y amigas, asistían a sus primeros bailoteos y… encontraron pareja ¿Recuerda? Un día llegó con la novedad: “Estoy pololeando con Julio Cervellino” La pregunta “normal” fue ¿Quién es? La respuesta también “normal”: “un amigo” ¿Dónde conoció a ese joven? Respuesta lógica: “por ahí” Y así quedamos, a lo mejor sería el amigo de una amiga o algo por el estilo, el caso es que se comunicaban a través de un agujero que hicieron en el fondo de ambos colegios, por allí hablaban y se pasaban papelitos. Seguramente hubo otro joven antes y otro después, pero yo les perdí la pista. Era usted tan linda y tan lista que los “moscos” la rondaban, pero… se sabía defender y cuidar. Por otro lado, siempre alerta, estaba Luís Emilio que no le quitaba el ojo. Muy amigos eran ustedes dos, hacían un grupo aparte y se querían mucho. También llegó un día Luís Emilio con la novedad de una polola, pero fue bastante breve ese pololeo. El me dijo: “Es imposible estudiar y pololear así es que mejor me voy a dejar de mujeres hasta que me salga del colegio” y cumplió con su propósito y no volvió a salir, en plan serio, hasta que se salió del colegio. Eran ustedes una pareja muy encantadora y me daban mucha confianza, nunca dudé de lo que decían, eran responsables entre sí y también en casa, estaban siempre dispuestos a colaborar en lo que fuera ya sea con los chicos o salir a comprar o ayudarme a mí. Creo que se daban cuenta de la inseguridad en que yo vivía entre la casa, los tintines, Francisco, el Laboratorio y su papá. Era mucho para una persona sola. Siempre que pienso en esos tiempos siento gratitud hacia ustedes que me apoyaron siempre en todo. Luego, los tintines también crecían y se desarrollaban. Ricardo estaba plenamente integrado al grupo, como estaban en el mismo colegio, tenían fiesta de ida y fiesta de vuelta ¿Cuántas cosas habrán hecho sin que yo supiera? Calculo que muchas. Una de las cosas que más les gustaba era ir al Museo Arqueológico que quedaba en la misma calle Baquedano, un poco más hacia La Plaza, seguramente los llevamos nosotros la primera vez, pero después empezaron a frecuentarlo solos, después de hacer las tareas, partían a “instruirse”, todo lo tocaban, se fascinaban con las momias, los huesos y las puntas de flechas. El encargado se daba el trabajo y el tiempo para contarles cosas. Un día, Ricardo levantó del pelo una momia para sentársela en la falda y ¡Se quedó con la cabeza en la mano!, se asustó mucho, pero el encargado lo consoló y le dijo que no era problema y…volvió a armar la momia. Todo iba bien ¡Al fin encontraron algo que los distrajera de las maldades! Pero…todo tiene su fin. Un día en que el encargado no estaba, quedó el portero a cargo, sentado en un piso a la entrada y… ¡Los tintines llegaron despavoridos a casa, se quitaban la palabra de la boca, uno hablaba y los otros también, total un griterío que no se entendía nada! Los tuve que hacer callar y que de a uno fueran contando. La explicación fue, en resumen, que el portero los invitó a jugar a los “caballitos”, los sentaba en sus piernas y ellos sentían ¡un palo en el poto!, era muy rara la cara que ponían y los ruidos que hacían. Estaban muy alterados y no sabían lo que les pasaba, no lo podían expresar de una manera más coherente. Luego de hablar se quedaron mirándome, como esperando que yo les diera una explicación. Antes de tratar de decirles algo, dejé lo que estaba haciendo y me fui con ellos a la cocina, les di una leche caliente para calmarlos un poco. Mientras, pensaba a mil por hora lo que les diría. Siempre es complicado tratar temas de sexualidad con los niños, menos mal que en casa las cosas se decían por su nombre. Con eso adelantado empecé a decirles que había hombres “mañosos” que les gustaba jugar con los niños, pero de una manera que no era natural, que lo que el portero estaba haciendo era simular una relación sexual con ellos, pero como estaban vestidos no se había realizado, que estuvieran tranquilos y que no olvidaran esa experiencia porque, a lo mejor, no iba a ser la última de su vida y que al Museo sólo entraran si estaba el encargado, que se cuidaran entre ellos, porque en los puertos era muy común que hubiera maricas a los que les gustaban los niños. Fue lo que se me ocurrió decirles, pero ellos se quedaron tranquilos. No sé si después lo habrán recordado. Cuando le conté a su papá lo que había pasado me dijo que hice bien y que él hablaría con el encargado para alertarlo y lo cumplió. El portero no se vio nunca más. Un día sonó el timbre y ¡Sorpresa! Apareció Juan Francisco Rivas, un primo mío bastante menor, hijo de mi tío Fernando: alto, buen mozo, simpático como su padre. Estaba trabajando con camiones y solía ir a Iquique, seguramente mi mamá le dijo que vivíamos allí y nos pasó a ver. Un encanto de persona, todos quedamos prendados de él. Lo oíamos muy atentos y él nos contaba sus aventuras —eso debía venir de familia, porque su padre, Fernando, también nos embelesaba a nosotros de niños—. Los llevaba a tomar helados a la heladería de la esquina y…lo mejor de todo: ¡Los subía en su enorme camión y los llevaba a pasear, eso era lo máximo! Pero la que quedó tocada por él fue usted ¿Recuerda? Suspiraba por él y se sentía tan enamorada que creo que dejó de lado a todos los jóvenes con quienes andaba, claro… ESTE ERA UN HOMBRE y le “decía cosas”. Me parece que hasta años después creo que le latía más rápido su corazoncito cuando lo recordaba. Un fin de semana largo, tan largo como una semana, decidimos aceptar una invitación que nos había hecho Augusto Michaud y nos programamos para ir a Arica. En el mapa no se veía tan lejos, más o menos 250 kilómetros. Nos arreglamos y sin más, nos fuimos. La carretera era bastante buena, la conocíamos hasta el cruce de Tarapacá, o sea a unos 25 kilómetros de Iquique; quedaba el resto, pero con la ilusión de ver otras caras, otras cosas y otras playas, nos íbamos muy contentos. De paso, su papá quiso conocer Pisagua, ciudad histórica a la orilla del mar. Dos cosas importantes tiene: una, es antigua, del tiempo de La Guerra del Pacífico contra La Confederación Perú-Boliviana. Dos: aquí en Pisagua desembarcaron las tropas que venían a guerrear desde todo el sur del país. Nadie entre los enemigos pensó que se podía desembarcar aquí porque entre el mar y La Pampa hay un cerro muy alto, casi inaccesible, pero el ejército chileno —debidamente aleccionado—, subió como pudo y se organizó para dar la batalla, la que ganó por sorpresa. Después de muchos años Pisagua se volvió a distinguir: en el Gobierno de González Videla se mandó a construir un gran penal donde irían a parar los comunistas, los mismos que lo apoyaron en la elección: es lo que se llama “El pago de Chile”. Cuando nosotros pasamos por allí encontramos muy peligrosa la bajada del camino y la subida… ¡Menos mal que el jeep tenía tracción en las cuatro ruedas! Así pudimos bajar y subir. El mar limpio y tranquilo, la ciudad estaba casi vacía. En el enorme penal había sólo un preso y tres o cuatro gendarmes que salían a pescar con él para variar el rancho de porotos. El preso de día andaba suelto porque no tenía dónde ir y hacía trabajos en las casas de los gendarmes…o pescaba…o mariscaba ¡Una tristeza! Seguimos caminando hasta llegar a Arica y ubicamos la casa de los Michaud, ellos nos atendieron muy bien y nos llevaron a conocer la ciudad. La playa es de arena muy blanca y recién habían plantado palmeras cocoteras a imitación de las playas tropicales. Hacia el sur, el enorme Morro, también histórico: en él se agazapaban las tropas peruanas, cuando al Regimiento Séptimo de Línea le ordenaron tomarlo. Subieron por los sitios más escarpados y llegaron a la cumbre donde hubo una batalla a muerte. Dicen que los chilenos habían tomado “chupilca” una mezcla tremenda de pólvora y alcohol y que subieron ayudados por “corvos” unos cuchillos corvos con los que rajaban a los enemigos de abajo hasta arriba por el vientre… dicen que no dejaron a nadie vivo y que arriaron la bandera peruana e izaron la chilena… dicen…dicen tantas cosas de las que no se puede creer todo, porque la historia la escriben los ganadores y ¡Exageran! De todas maneras, el Morro es motivo de orgullo para los ariqueños y un símbolo de valor. Pocos días teníamos para estar en Arica y queríamos conocer muchas cosas, como el Mercado… Como era Puerto Libre quisimos ir a dar una vuelta a ver si podíamos comprar algo. Augusto nos dijo que si queríamos comprar, que era mucho más barato y mejor el comercio peruano, que fuéramos a Tacna que quedaba cerca. Fuimos al Consulado peruano a preguntar y nos dijeron que necesitábamos un salvoconducto y una fotografía de toda la familia, ¡Las horas corrían! En La Plaza nos apiñamos para salir todos, aunque fuera con caras de malhechores, pero que fuera una foto, total alcanzamos a llegar justo antes que cerraran las oficinas, una vez con el documento en mano podíamos irnos a la mañana siguiente. ¡Ir al extranjero! ¡No todos podían decir lo mismo! ¡Pasar la frontera! ¡Increíble!
Total, no fue tan excitante: pasar una garita de guardia chilena, andar unos pocos metros —tierra de nadie—, luego pasar por la garita peruana y ¡Ya está! ¡Estábamos en Perú! Nos habían advertido de no comer ni tomar nada ni en la calle ni en el mercado por problemas gástricos. Pasamos por la feria se nos hacía agua la boca de ver tanta fruta que no habíamos visto nunca, unos panes con pinta de ricos, unos jugos en vasos de litro ¡Qué ganas! Pero con la advertencia de peligro para nuestros débiles y finos estómagos, nos privamos y ¡Nos tragamos las ganas! Pero alguien que yo conozco, infringió la ley y se puso fatal, con una diarrea tremenda. Después fuimos al mercado a curiosear ¡Había de todo! Y a precios muy bajos, cada uno quería algo especial y hubo guerrilla hasta que su papá vio: ¡¡El Meccano Nº10!! El de sus sueños y sin más ¡Lo compró! Recordaba todas las construcciones que había armado de niño y les contaba a ustedes lo bien que lo pasarían cuando empezaran a hacer cosas. Hago hincapié en el plural de la oración: ¡Cuando empezaran a hacer cosas! El plural se volvió singular cuando llegamos a casa y las cosas quedaron claras: El Meccano era su juguete y él armaría lo que quisiera y ustedes mirarían y además con buenos ojos y las manos bien sujetas ¡No se fuera a perder alguna tuerca! En fin… eso fue futuro, el presente era fantástico, la caja enorme llena de cosas pequeñas además de las varas de distintos largos y… ¡Un motor! Los tintines y Francisco quisieron unos autitos Matchbox que les encantaron. Los mayores no sé lo que compraron, pero yo me compré un servicio de cubiertos para doce personas en su caja, era lindo y nos hacía falta. Una vez todos satisfechos, volvimos a Arica a comer y beber, estábamos muertos de hambre y de sed. Por la noche los Michaud nos invitaron al Casino. Yo no había entrado nunca en uno y tenía curiosidad, sólo los había visto en películas, me parecía increíble entrar en uno. Nos arreglamos lo mejor posible y… ¡Nos vamos! Pero María Inés ¡Tan buena mamá! Fue a despedirse de sus hijos y notó que había uno ¡Con un fiebrón! ¡Fin del Casino! ¡Fin de Casino para siempre! Eso es lo más cerca que he estado de entrar en uno y de ver cómo se mueve la plata en ellos. La casa de los Michaud tenía un aislamiento de plumavit y, aunque parezca mentira, a los grillos les encanta, por la noche se oía cómo se lo iban comiendo, no sé si en el curso de los años se lo comerían todo. Era asombroso oír entre sus cantos las mascadas que le daban. Augusto tenía unas piedras del desierto que dijo que eran de un aerolito que cayó al sur de Arica, nos indicó el sitio exacto donde todavía quedaban restos y a la vuelta tratamos de encontrarlo, fuimos midiendo los kilómetros que nos había dicho, despacio íbamos mirando todos los detalles, todos tratábamos de ver algo hasta que dimos con el lugar: era un gran agujero en La Pampa y salían de él unos rayos de piedras negras, unas horadadas por el viento, otras sólo desgastadas. Las había grandes como las que tenía Augusto y otras pequeñas con un agujero al centro que les encantaron a ustedes, todos nos trajimos alguna, yo encontré una que parecía cenicero muy linda. Con tanto trofeo volvíamos felices a casa, pero… siempre hay un pero. Esta vez era La Aduana que impedía el contrabando. Nosotros nos sentíamos grandes contrabandistas, habíamos disimulado el Meccano debajo de la goma del piso y mis cubiertos debajo de la goma de mis pies. Los autitos no tenían problemas, pero los niños se las arreglaron para metérselos debajo de la ropa. Pasamos por La Aduana y declaramos: NADA, el aduanero al ver el montón de chiquillos nos hizo pasar y nosotros más que contentos nos reíamos de haber pasado “nuestro contrabando”. Al llegar a Iquique su papá guardó el Meccano y dijo: “Ya veremos a ver”; pasaron meses hasta que encontró un día apropiado para armar un molino de viento enorme. Su papá empezó a armarlo y se dio cuenta que Luís Emilio era capaz de ayudarlo así es que entre los dos y mirando el manual se demoraron un fin de semana entero en armarlo. Los tintines, increíblemente tranquilos, miraban y callaban. Estaban allí un rato y luego se iban a jugar con sus autitos, no molestaron a nadie hasta que quedó terminado y con el motor andando empezó, el molino, a dar vueltas ¡Era una lindura, una perfección!… Una vez hecha la demostración, el molino fue guardado en el gran comedor durante muchísimo tiempo. Para desarmarlo fue la misma historia, su papá y Luís Emilio fueron poniendo cada pieza en su sitio hasta terminar de desarmarlo. Para el final de tener todo en orden yo les había hecho unos saquitos donde se ponían por separado las tuercas, las golillas y los pernos, así quedaban bien guardados y no se perdían hasta la próxima construcción. Debe haber sido a mediados de septiembre de 1968 cuando invitaron a su papá a hacer un curso en Tacna, iba por unos diez días y con mucho entusiasmo. En el Laboratorio quedó Gloria, una química-farmacéutica que trabajaba en el Hospital. Ella no era nada de agradable ni de simpática; chica, obesa y de anteojos. Se creía la muerte, iba por las tardes a hacer el trabajo de microscopía y a firmar los exámenes. No faltaba día en que no me encontraba errores ¡Yo que creía que su papá era el campeón para encontrar cosas mal hechas! Pues esta Gloria era peor, muchas veces sé que no tenía razón, lo hacía para molestarme y para humillarme. La primera vez que fue a trabajar, lo hizo porque su papá estaba enfermo; luego él pudo comprobar que yo tenía razón, así es que esta vez no le hice caso: le daba razón en todo, le daba gusto en corregir todo lo que ella quisiera, total ella era la responsable y yo necesitaba de su firma. En esos días yo pensaba: “Si yo hubiera estudiado Medicina, ésta no me estaría pisando los callos”. En fin, luego llegaría su papá y todo volvería a estar bien porque él, aunque muy estricto, casi siempre tenía la razón porque sabía mucho y con él se podía aprender. Las diferencias que teníamos generalmente no se referían al trabajo ¿Quién era yo para discutir con él de Laboratorio y Medicina? ¡Si, estaba aprendiendo y me faltaba mucho por aprender! En ese tiempo se puso de moda el tema de los OVNIS, como decían que donde mejor se veían era en La Pampa varias veces fuimos a ver el cielo estrellado a ver si podíamos ver algo. En una oportunidad nos bajamos del jeep después de la puesta de sol y nos alejamos un poco, hasta perderlo de vista. El silencio era opresivo, soplaba una suave brisa que levantaba la arena, de pronto todo movimiento cesó, la tierra se empezó a enfriar y nosotros también y empezamos a oír un chasquido aquí, otro más allá, haciendo un sonido sincopado en distintos tonos. Nos quedamos admirados, una vez más estábamos oyendo el “canto del desierto”, a más frío más fuerte los sonidos que parecía que llegaban hasta muy lejos en La Pampa. No nos movíamos por no romper el hechizo, todos atentos, inmóviles, asistiendo a algo que tal vez nunca más oiríamos. Pero OVNIS no vimos ninguno.
LA REBELION DE LOS OVULOS Un día o noche, allá por el año 68, hubo una reunión de óvulos en un ovario y se preguntaban: — ¿Cuánto tiempo hace que nos tienen paralizados? El más anciano contestó: —Alrededor de unos cuatro años —¡Qué barbaridad! ¿No les parece que es mucho tiempo? —¡Si, sí, claro está! El anciano: —¿Qué podemos hacer nosotros contra la Schering alemana, potencia en anticonceptivos? El más izquierdista y revolucionario contestó: —Unirnos, porque ¡Ovulos unidos jamás serán vencidos! Y decidieron poner una barrera al medicamento. En la lucha masiva involucraron a las glándulas y empezó la lucha interna. Unos cayeron, otros se arrepintieron, pero… ese más valeroso, salió a la lucha personal. Tal vez tuvo miedo, pero era más importante salir del ovario y lanzarse con fuerza y determinación a la trompa de Falopio que, dulcemente, se mecía a la espera, ¡Tan larga y deseada!, de un óvulo para llevarlo, acariciándolo, donde se debía encontrar con el espermio más robusto y rápido. ¿Sería el mejor? ¡Seguro que sí! Él también había luchado para lograr ese encuentro de amor, y así fue como se fundieron en uno solo para empezar a luchar por la vida. Un día fueron dos células; otro cuatro, hasta formar una cosita chiquita con vida propia, única en el mundo, irrepetible, marcada por su ADN. Esta personita empezó a crecer de incógnito. Nadie, sino Dios, sabía que estaba ahí. El resto de los óvulos se quedaron fuera, unos envidiosos, otros contentos, otros orgullosos porque uno de ellos ¡Por fin! cumpliría su misión y decidieron ayudar a este hermano en su lucha contra la Schering, convencerían a las glándulas que produjeran hormonas favorables, hasta anular completamente al enemigo y luego hubo un congreso para ultimar detalles. El más anciano dijo: —¿Es posible que nadie sepa de este acontecimiento? Los otros óvulos se rebelaron gritando: —¡No es posible! ¡Alguien tiene que saber, o le harán daño! ¡Tenemos que hacer algo! Nuevamente el más anciano tomó la palabra y les dijo: —Si antes nos ayudaron las glándulas, ¿Por qué ahora no? Y por la vía más rápida les mandaron un mensaje: —¡Hagan saber a la incubadora que uno de nosotros se está desarrollando en ella! El mensaje fue recibido y un golpe de hormonas hizo tambalear a la portadora… yo me pregunté ¿Qué me pasa? esto es igual a cuando esperaba un hijo, pero ¿Puede fallar la Schering, la más importante y poderosa de todas las fábricas de medicamentos? Debe ser otra cosa ¿Será la menopausia? Empecé a sacar cuentas y pude verificar que había un par de meses que no me venía la regla, pero eso me lo habían advertido, puede pasar, pero la Schering no puede fallar. Pasaron unos días y los síntomas eran iguales, hasta que un día en que su papá estaba en Tacna haciendo un curso, decidí hacerme una prueba de embarazo. Muy, muy dentro de mí hubo jolgorio ¡Por fin, por fin entendió! Ahora sabemos que un hermano será considerado y cuidado, ¡Por fin! Dejaremos de preocuparnos: viviremos y moriremos en paz, una vez más el milagro de la vida se hará presente ¡Bien por la mamá, ahora te toca a ti luchar por el pequeño ser! La prueba fue positiva. Después de casi cinco años volvía a esperar un niño; esa tarde lloré y mucho, era una mezcla de gusto, de ilusión, de miedo, de preocupación; a los 37 años y advertida que mi útero no estaba en buenas condiciones, era peligroso, tanto para el niño como para mí. No esperé que llegara su papá de Tacna para ir a ver a un ginecólogo que atendía cerca y que era bastante mayor; cuando le dije lo que me pasaba, se silenció y me examinó; yo sentí su mano entera metida en mi vientre y muy sonriente me dijo: — No se preocupe señora, su útero está tan, pero tan caído por debajo del cóccix, que le será imposible conservar este crío; antes de los cuatro meses abortará. Yo me quedé de una pieza ¿abortar? ¿Por qué? ¡Es que no me conoce! me citó a los cuatro meses. Yo no lo tomé en cuenta y me fui furiosa. En ese tiempo, por recomendación de Carlos Ramos, estábamos todos en un curso de judo, que nos hacía mucho bien; un japonés viejito nos enseñaba, era un hombre muy sabio que vivía el espíritu del judo; a él recurrí y le pedí ayuda; ¡No puede ser cierto que yo pueda perder un hijo! Él estuvo de acuerdo y me citó tres veces al día y todos los días para que hiciera ejercicios especiales y también para conversar un poco de esta criatura que crecía en mí y que el médico había condenado a muerte. No volví a sentirme mal, los pequeños óvulos y las glándulas habían hecho su labor y yo había emprendido mi batalla personal contra la muerte. Todos los días pedía a Dios que velara por este diminuto ser que se desarrollaba en mí “Señor, le decía, cuida a mi hijo y también a mí para que pueda ser tu co-creadora y dé a luz un niño santo y sano”. Pasaron los días y las semanas; ya todos sabían que venía un hermanito y estaban felices, para ustedes una guagua era una muñeca y se preparaban para recibirla; su papá siempre se alegró cuando yo quedaba embarazada, especialmente en ese momento en que ya Francisco iba al Kinder y la casa quedaba vacía. Llegó el momento de afrontar al médico; de cuatro meses lo fui a ver, lo primero que me dijo, con voz torva: —¡Usted aquí! ¿Quién le hizo el raspado? Me dieron ganas de vomitar o de pegarle, pero me quedé inmóvil y le dije: —Yo estoy bien, y mi guagua también —Suba a la camilla —me replicó con cara de pocos amigos. Me hurgó lo que quiso y se quedó asombrado. —Está muy bien, señora, ya salió el niño de donde estaba y ahora está en posición normal ¡Qué alegría! ¡Qué triunfo! ¡Ganamos los buenos! ¡Le ganamos a la muerte! Hasta la última célula de mi cuerpo se alegró ¡Ga-na-mos! ¡Ga-na-mos! ¡Ga-na-mos! El médico me miró dubitativo y preguntó: —¿Qué hizo? —Judo, doctor, judo —le contesté. —Pues ahora lo va a suspender porque supone un riesgo para el feto —me dijo. “Feto” dijo ¡Está loco! Es mi hijo y por él daré todas las peleas necesarias Me podía haber callado, pero no pude y le dije: —Haré judo hasta que mi maestro japonés me lo indique, porque él ha salvado este niño que usted dijo que iba a morir. Y me fui hasta el próximo control. Hoy me pregunto: ¿Por qué seguí con ese médico? ¿Por qué no hice un viajecito a Santiago a ver a mi ginecólogo? No tengo respuesta, no se me ocurrió; a lo mejor pensé que era el único ginecólogo de Iquique, que lo correcto era afrontar con su papá y en familia los problemas médicos; en realidad todos ustedes nacieron donde su papá trabajaba y nunca tuve problemas. Había en Iquique otro ginecólogo que era especialista en abortos, en su casa tenía una consulta y las mujeres entraban por la puerta de delante, embarazadas y salían por la de atrás con el raspado hecho ¡lógico que en esas manitas yo no me iba a poner!; total al viejo médico todavía lo podía manejar. Cuando estaba de unos cinco meses, recibimos una carta de mis suegros en la que nos invitaban a las Islas Canarias para celebrar los 50 años de su matrimonio; iban a ir todos sus hijos, no podíamos faltar. Como era en febrero, mi mamá me ofreció recibir a los seis niños en el fundo con una niñera; Rubén se quedaría cuidando la casa y dando sus exámenes; nosotros sacamos los pasaportes, pedimos un préstamo al Banco y nos preparamos para partir; en la carta también incluía a mi hermana Pilar que estaba de novia y preparando su ajuar. En ese tiempo se podía comprar una cantidad limitada de dólares; nosotros llevamos los que nos permitieron, pero Pilar llevaba un poco más porque mi papá hacía tiempo que los estaba comprando. Mi problema fue que en febrero en Chile hace calor, y en Europa frío; en Iquique no hacía frío nunca, por lo que yo no tenía ropa de abrigo. Me las arreglé de prestado: mi mamá se las rebuscó con sus amigas y la suegra de Jorge (que era alta y maciza como yo) me prestó ¡Un abrigo de tweed espectacular, bien abrigador y amplio, cabría hasta un embarazo de mellizos! (Ya en Gran Canaria, Pilili contribuyó con un gorro de piel de astracán gris, casi diría que de cosaco; rico y calientito, me venía enorme, pero bien bueno para lo que vendría) Llegó el momento de subir al avión: yo, con mi panza; Emilio, con su terror a los aviones; y Pilita, con su ilusión. Para Pilar y para mí era nuestro primer vuelo transcontinental y todo nos llamaba la atención; nos comimos todo lo que nos pusieron y mirábamos con curiosidad lo que había en los aeropuertos intermedios. En Brasil nos dieron un cafecito ¡exquisito! que nos levantó el ánimo; hasta el crío que llevaba de contrabando se despertó y empezó su baile particular: dos patadas, un puñete y un codo en el ombligo y eso repetido varias veces. Parece que no habíamos avisado que yo iba en “estado de buena esperanza” (como dicen allá) y cuando me vieron, abrieron los ojos. No dijeron nada porque son educados, pero me llenaron de atenciones; era segunda vez que yo veía a mis suegros, pero la primera en su casa con sus hijos, nietos y demás parientes (y también con sus costumbres). Nosotros nos quedamos en casa de los abuelos y Pilar con Cristina, que tenía dos hijas un poco mayores que Pilar y con las que salían de paseo. Nada puedo decir de la familia, se portaron divinamente conmigo y, casi diría yo, un poco exagerados sus cuidados; luego fui entendiendo que allá y en esa época no se usaba que las guatoncitas se exhibieran por las calles, ni que se tomaran un trago. Tampoco se usaba (en esta familia) que alguien hablara en la mesa del comedor, antes que el abuelo, y menos aún que dijera algo que contradijera la opinión del jefe de hogar. Por lo visto, yo (de una familia de matriarcas) fui saltándome las reglas una por una, hasta que Cristina reclamó y le dijo a don Emilio: “¿Porqué soporta que Bernardita se comporte así?” (Yo me quedé de una pieza, no sabía de qué se trataba) y don Emilio, muy serio le contestó: “Porque ella es diferente”, eso marcó un hito en la convivencia familiar, nunca mas preguntaron nada y me dejaron ser como yo era (hasta un poco mal educada). Salíamos casi todos los días a conocer distintas partes de la Isla, a comer en distintos restaurantes, a veces con un hermano otras veces en choclón toda la familia. Ellos estaban interesados por el vino chileno y me ofrecían vinos de distintas clases, pero todos los encontraba con un gusto diferente al nuestro; seguramente yo no sería el mejor juez y estaba metiendo la pata, o a lo mejor era el recuerdo de esa patria tan lejana; en fin, dejémoslo pasar. Un día, invitó a toda la familia a almorzar una prima de abuela ¡Uf que elegancia! Salones y salones finos y aristocráticos, con escudo de armas y toda la parafernalia social. Tiílla, muy alta y delgada, parecía que nos hacía el favor de hablarnos (yo imaginé que así seria el trato de las reinas), pero fue amable y cariñosa conmigo; a la hora de almorzar, el dueño de casa me sentó a su lado derecho ¡O sea que yo era la invitada de honor y que partiría todas las bandejas! si hubiera sido un menú sencillo no me hubiera costado, pero de primer plato me ponen una enorme bandeja de plata con huevos revueltos al centro y rodeados de ¡cientos de miles de papas paja! y para servir: ¡¡una espátula de plata!! casi, casi dije que no comía huevos, pero, por su papá, para que no se avergonzara de mí, tomé la espátula y traté de captar alguna papa, “¡Qué va!” (como dicen allá): después de varios intentos, en que las papas se deslizaban haciendo un cantarín sonido, y con toda la familia mirando en silencio, unas poquitas papas no se cayeron y rápidamente me serví un poco de huevos, que se resbalaban, pero ¡al fin me serví un plato como para pajaritos! A los demás no les costó tanto ¡claro, las pillaron cansadas! Luego pasó el mozo, de punta en blanco, con guantes y todo, con una botella envuelta en una servilleta de hilo y me sirvió un potito, para que probara ¡Qué vergüenza! Yo me lo tomé y sentí el sabor a vino de mi tierra, le dije a Antonio, que estaba al otro lado de la mesa “Este sí que se parece al vino de mi tierra”. Jamás me imaginé la escena siguiente: el mozo, con gran ceremonia, descubrió la botella y me la mostró, primero a mí luego a los demás; yo hubiera querido que la tierra me tragara por habladora y sin tino: la botella era de vino francés numerado. ¡Y yo comparándolo con nuestro tinto! Pasó el bochorno de las papas y del vino, yo creí que ahí se acababa el asunto, pero no, el temita seguiría hasta el final. De segundo plato nos dieron algo más fácil, tanto que no lo recuerdo, pero debe haber sido carne con verduras o algo así. Y de postre… veo entrar al mozo con una bandeja de plata, con un postre alto, merengado, que se veía frágil, (yo pensé al fin algo fácil) ¿frágil? ¿Fácil? ¡Ja, Ja!; el primer intento (¡con la espátula otra vez!) fue suavecito, como para partir un bavaroise, pero… toqué algo resistente, intenté hacer fuerza, pero…yo cargaba y el mozo (que tenía la bandeja en el aire), bajaba, yo tomaba fuerzas y él la subía, ¡qué resistencia!, parecía algo duro de verdad; me aburrí, debo haber pillado distraído al mozo, porque de un envión llegué a la bandeja; el resto fue fácil; una vez superado ese almuerzo, ya estaba preparada para cualquier cosa. ¡Qué manera de sentirme de las chacras! Y la rabia que me dio fue que en casa de mis padres y de mis abuelos se usaba eso de servirse a la redonda y en bandejas de plata. Un día, me costó subir la escalera: tenía un dolor profundo en la pantorrilla; me asusté porque era el mismo que sentí cuando tuve la flebitis después del nacimiento de Juan Agustín; su papá también se asustó porque el tratamiento era largo y no teníamos mucho tiempo. Afortunadamente, un compañero de estudios de su papá estaba especializado en cuestiones de venas y me fue a ver; resultó que el daño era menor que la vez anterior y me puso un buen tratamiento y anticoagulantes que no interfirieran en el desarrollo de mi niño. Todos los días, su papá me hacía un tiempo de coagulación y según el resultado me daba el remedio justo para no tener hemorragia; así de bien tratada y muy cuidada, a los pocos días estuve bien y en condiciones de volver a caminar. Me cuidé mucho y sin rebeldía; tenía miedo a que una hemorragia terminara con el embarazo ¡después de haber peleado tanto! En una comida, en Canarias, se discutió el nombre que le íbamos a poner; los hermanos de su papá y sus abuelos lo pensaron mucho; yo le tenía nombre de mujer, creo que ha sido la primera vez que tenía en mente el nombre de una niña; yo quería que se llamara Julita, como mi mamá y mi tatá, pero me lo reservaba para mí solita. El veredicto fue: “Si es hombre se llamará Antonio y si es mujer ¡Julita! Me asombró la coincidencia: ahora, el ser que estaba en mí ya tenía nombre. Yo lo acariciaba, lo tocaba y bajito le decía: “Hijito mío, te quiero, mira conmigo todas estas maravillas y sé feliz como yo lo soy”. A pesar de tener nombre de mujer, estaba segura de que iba a ser hombre. (Te portaste tan bien, fuiste tan considerado, que, si no hubiera sido por el volumen, no hubiera imaginado estar embarazada). Fuimos muy celebrados; a mucha gente les hacía gracia nuestra manera de hablar, especialmente la de Pilar que era entre inocente y despistada. En una oportunidad nos habíamos juntado en casa de los abuelos y Pilar llegó muy sofocada, Antonio le preguntó que le pasaba y ella le contestó: “Venía yo en la micro y un hombre me empezó a toquetear; yo me adelanté y le dije: “Córrete y él se rió”; al oír esto también Antonio se rió y toda la familia acabó riendo y preguntándole a ella que le había dicho al hombre. Por lo visto, esa palabra, en Canarias, no se debe decir, tiene un doble sentido que nosotros ignorábamos. Los hermanos de su papá nos invitaban a sus casas a conocer otros parientes y amigos. Nunca había hecho tanta vida social y la gente se mostraba muy cariñosa. Don Emilio se preocupaba de que no caminara mucho, y con esa manera de hablar tan cariñosa me decía: “Sólo hasta los poyos del Obispo” a mí me hacía gracia lo tierno que era, me tomaba la cara con sus dos manos y me miraba profundo a los ojos y me decía: “Mi niña”, conmigo fue siempre muy cariñoso y me parecía que su cariño tenía un deje de tristeza, nunca lo pude descifrar. Una vez con su papá nos arrancamos y nos fuimos en micro a Telde, donde su papá tenía una historia: decía que en la Iglesia había unos asientos cerca del altar y que solamente los varones de la familia Valle los podían usar. Raro ¿verdad? Pero allí fuimos y por el camino me fue contando con todo detalle el porqué tenía esas sillas, y que él las había usado una vez, cuando chico, con su padre. Iba inflado de orgullo a mostrarme algo, para él muy importante. Allá llegamos y nos encontramos con una iglesia grande, fría y vacía, nos adelantamos y… ¡de sillas, nada! Su papá quedó frío y molesto, nunca más se supo lo que pasó con las tan mentadas sillas de los Valles; tampoco había nadie en la oficina para preguntar. Entre paseo y paseo se fue acercando el día del aniversario; todo estaba preparado en el Club de Golf de las Palmas. Después de una Misa en casa, donde asistió toda la familia “de punta en blanco” (como dicen aquí), “elegantísimos” (como dicen allá); nos fuimos a celebrar, con un almuerzo, los 50 años de matrimonio de los abuelos. No sé cuánta gente habría, pero era mucha, hubo un aperitivo mientras llegaba y llegaba gente; me presentaban a unos y a otros, vamos dando besos y más besos a ambos lados de la casa (para mí, una novedad) ¡Menos mal que no se veían resfriados! Cuando llegó la hora, pasamos a un comedor enorme con mesas para todos y para nosotros, la familia directa, o sea los abuelos, sus hijos y sus hijos políticos, ¡Una gran mesa de honor en alto! Ahí nos sentaron según la edad de los hijos y separados de sus cónyuges, lo que me provocó un trastorno porque me sentía como “pollo en corral ajeno”, menos mal que mi compañero fue Antonio, simpático y divertido, logró que yo me adaptase muy pronto. El almuerzo, rico y variado, tal vez demasiado abundante para lo que estábamos acostumbrados a comer, pero… fuimos terminando con bajativos diversos. Muchos regalos tuvo la pareja, flores lindas, chocolates y otras cosas; recuerdos inolvidables fueron las fotografías de las cuales nos dieron copias a todos los hijos. Después de terminados los festejos, empezamos a pensar lo que haríamos en los diez días que nos quedaban; los que vivían fuera, se fueron y nosotros, que estábamos de turistas, quisimos aprovechar para ir al Continente; y aquí empezaron las divergencias: yo quería ir a Paris (sueño de una vida) Pilar quería ir a Londres a comprar ropa (la libra se devaluó por lo que todo salía mas barato) Su papá encontró que nosotras, las hermanas, éramos unas “snob”. Los abuelos encontraron “peligroso que una embarazada y una niña anduvieran solas”. Pilili nos apoyó y nos ofreció su ayuda. En vista del descalabro, cada uno hizo lo que quiso y nos quedamos de encontrar en casa de Pilili para tomar el avión de vuelta. Su papá se enfadó y se fue a Granada al día siguiente de llegar a Madrid. De Las Palmas partimos juntos: Pilili, Pilar, Emilio y yo rumbo a la capital del Reino, pero con diferentes destinos y también distintos humores. Así empezó un tour que se podría denominar: “El viaje de la Carmela a Europa” (haciendo mención a un personaje chileno que viene a la Capital a buscar trabajo y se asombra de todo lo que ve, porque viene del sur y no ha visto nunca ni un auto, ni un edificio, ni nada que no sea su chacrita) O “De las chacras a Europa” O “La cultura europea vista por una ignorante” Al llegar a Madrid nos fuimos a casa de Pilili; ella y Pilar se arreglaron en una habitación de huéspedes ¿y nosotros? ¡En cama matrimonial! Complicado asunto, porque nunca habíamos dormido juntos y, además, mi panza no dejaba hueco para nada; así es que medio dormimos esa noche; al día siguiente su papá partió amurrado a Granada, ciudad que siempre quiso visitar. Nosotros teníamos pasaje dos días después, así que aprovechamos para conocer Madrid; la verdad es que, para ser la Capital del Reino, no me pareció muy bonita, claro que no vimos mucho tampoco; pasamos por el centro, vimos las fuentes, El Retiro y algunas tiendas, pero también fuimos al Museo del Prado. Debo dejar constancia que yo no soy hincha de los Museos y a veces falto el respeto a quienes son considerados “los grandes”; pero ya que estábamos ahí, nos pareció una buena manera de culturizarnos y nos lanzamos a ver lo que a tanta gente gusta y asombra. Pinturas que realmente me impactaron fueron, en primer lugar, “Las Meninas”, ubicadas en una sala especial, muy bien iluminada; parecía que recién la habían limpiado. Es un cuadro grande donde cada personaje se destaca en su plano; no sólo es la iluminación de fuera, el cuadro irradia una luz que viene de dentro, del sitio mismo donde el pintor está; el detalle es asombroso; puro, sin caer en la exageración. Es uno de los pocos cuadros que me gustaría volver a ver; me produjo admiración e impacto. En un recoveco nos encontramos con la visita del ángel a María, de Fra Angélico; dice lo que tiene que decir sin más adornos; me encantó. Luego Goya y Murillo, sobretodo los niños; son maravillosos, niños que se encuentran en cualquier parte, niños pobres, niños jugando, niños comiendo, morenitos, vivos, de ojos chispeantes; me hicieron recordar los niños del fundo; los niños del Mapocho. El resto del Museo me pareció una galería de reyes, unos más feos que otros; unos barbados, otros tapados con armaduras; unos en tronos dorados, otros a caballos (caballos, muy bonitos, por cierto; briosos, parados en dos patas haciendo lucir a sus amos, pero en honor a la verdad, los hermosos eran ellos muchos mejores que quienes lo montaban). Miles de reyes ¿es que tantos han reinado en ese país? O ¿es que cualquiera puede aparecer como rey en una pintura? Otra cosa era la gran abundancia de cuadros religiosos: santos con caras largas y sufridas, Vírgenes de todo tipo, más o menos elegantemente vestidas, unas con el Niño en brazos, otras jugando con el Niño y San Juan; unas solas, otras dando pecho a su Niño; Vírgenes subiendo al cielo rodeadas de ángeles; otras Inmaculadas de diversos pintores, Vírgenes vestidas de oro y plata que más parecen Reinas que Madres del Niño, nacido pobre y humilde en Belén; en ese Museo no había nada humilde, sino los niños de Murillo, (que se deben haber colado en un descuido), el resto de reyes, santos y vírgenes eran de la alta sociedad. Para bajar el tono del oro, plata y piedras preciosas, estaban los diablos de Goya; dibujos a plumilla de diablos en todas posturas: diablos retorcidos con cuernos y cola, sátiros riendo; diablos, tantos diablos que algunos parecían tener algo de bondad, pero por lo general eran diablos bien diablos o brujos bien brujos. Al día siguiente tomamos un tour a Toledo, una ciudad linda y muy antigua; sus calles, empedradas y estrechas, dejan ver los talleres donde trabajan el acero de las espadas, tijeras y armaduras y donde los adornan con oro haciendo un dibujo que es característico; en las tienditas se puede comprar de todo lo imaginable desde pequeños cuchillos hasta grandes espadas ¿Qué harán con una espada toledana?, no se me ocurre, pero el turista es así, compra y compra, ya verán después que hacen en su país; a lo mejor hay un tío viejo que será feliz con una espada. Como íbamos en un tour (en español), las dos únicas chilenas éramos nosotras dos; el resto, todos argentinos; pasamos por las callejuelas, rapidito, porque había mucho que ver; de todas maneras, alcanzamos a comprar tijeras para la mamá y para nosotras. Luego, directamente a la Catedral; algo enorme, estilo gótico decadente; con una nave central y en el medio un gran coro con sitiales tallados, muy bonitos; adelante, el altar cerrado por una reja desde arriba muy alto el techo hasta el suelo, los barrotes gruesos; dijo la guía que son de platino, pero antiguamente valía más el hierro por lo que le dieron un baño de hierro (para disimular); hoy, donde la gente se afirma, se ha ido desgastando el hierro y aparece el brillo primitivo. ¿Será platino? ¡Qué cantidad de interrogantes se me presentaron! ¿Por qué el coro está dividiendo la nave central? ¿Qué Misa oiría el pueblo, allá atrás sin luz ni micrófono? Muchas cosas incomprensibles para un par “de sudacas ignorantes y turistas”. Para poder ver el tesoro de la Catedral tuvimos que “PAGAR”; Si no hubieran sido artículos religiosos y de tantos siglos atrás, yo hubiera creído que estábamos en el “Persa Bio-Bio”: mil cosas una al lado de la otra, joyas, coronas, medallas, figuras, cuadros y algo espectacular: un sagrario para las procesiones de Corpus Cristi, enorme, de casi dos metros de altura y era de oro (traído de las Américas, decía la guía) y sostenido por cuatro columnas de platino por dentro (muy disimuladas): estilo gótico, una réplica de la Catedral, ¡Grandioso! Si hubiera sido para cualquier otra cosa menos para ser la custodia donde se lleva y expone la Hostia Consagrada; supongo que ésta no se vería entre tanto oro y filigrana, ¿Qué verían los fieles? ¿Qué sentirían? ¿Se darían cuenta que entre toda esa riqueza iba Jesús en la Hostia Consagrada? es que no me atrevo ni a pensar en esos tiempos; ¿Alguien alguna vez se preguntó de donde venía ese oro, esas riquezas? el dolor del pasado opacaba la belleza que nos mostraban (¡Pobre Atahualpa que entregó sus lindas figuras a Cortés y que no las supieron valorar! ¡Pobres indios americanos que quedaron sumidos en la pobreza y bajo el poder de los crueles y ambiciosos conquistadores! Dejando emociones a un lado, también tuvimos una lección de cultura ante un cuadro del Greco “El entierro del Conde de Orgaz”: se sentía el dolor, se veía la muerte y se olían los personajes bajo sus vestiduras; parecía que las campanas doblaban a muerte ¡Qué tristeza, que angustia! El color gris azulado dominante llamaba a la reflexión, a pensar ¿Cuándo muera, alguien llorará por mí? Yo espero que no, cuando llegue mi momento espero recibirlo con la alegría del que llega a casa de su padre y espero que los que me quieren, sientan que no es una despedida sino un hasta pronto, nos encontraremos en la casa del Padre. Toledo tiene un entorno precioso, casi no lo pudimos apreciar por la rapidez con que se movía el tour, “miren esto”, “miren esto otro” y corre, corre al bus otra vez; A lo mejor para darse un pequeño barniz de cultura podría servir; quedé con ganas de ver y saber un poco más. Llegamos a casa de Pilili bien cansadas, pero provistas de diapositivas para que nada se nos olvidara, a descansar un rato, estirar las piernas en un baño caliente y entrar en comunicación con mi guagua que en el día ni le hablé, ni lo toqué; ahora si podía regalonear un rato con él. Al día siguiente teníamos un proyecto lindo: El Escorial y el Valle de los Caídos. Nos tocó otro grupo de argentinos, peor que el del día anterior porque iba una niña mal educada, ignorante e intrusa. Todo el camino, y mientras la guía nos mostraba diferentes paisajes o edificaciones, iba diciendo: “¿Verdad mamá que la Catedral de Lujan es más grande?” “¿Verdad que nuestros ríos son mayores?” Y así todo, todo lo que veíamos, en Argentina era mayor, más rico o mejor ¡Una lata! El Escorial fue construido en tiempo de Felipe II; tiene una entrada impresionante con estatuas de piedra enormes, del alto de todo el muro; parecían vigilantes, con las espadas listas para ser desenvainadas. La capilla, muy hermosa con ventanas por las que entra la luz; el piso a cuadros negros y blancos de mármol (¡¡la argentinita no encontró nada mejor que jugar al luche en él!!) En el segundo piso, dos habitaciones una al frente de la otra dando al altar; nos dijeron que eran las habitaciones reales; allí dormían, en una el rey y en la otra la reina, siempre frente al Sagrario; en sus momentos de recogimiento ¿les remordería la conciencia la conquista de América con sus millones de indios asesinados y despojados de sus tesoros? Ojalá hayan tenido un momento de arrepentimiento y de reflexión. De todas maneras, nos llamó la atención que, para ser reales, mostraran ser tan pobres: Una cama de madera bastante chica y estrecha, una cómoda y un velador. ¿Pieza de retiro? ¿Posaban de pobres ante Dios, siendo los reyes más ricos de la historia? No lo sé, y eso no me compete juzgarlo, sólo me llamó la atención. Otra cosa que se me quedó grabada fue la Biblioteca, algo enorme, con miles de libros muy bien cuidados, libros antiquísimos, escritos a mano e incunables; en ese momento estaban en exhibición algunos manuscritos de Santa Teresa de Ávila y de San Agustín; estaban en pupitres altos y cubiertos por cristales. Impacta leer directamente lo escrito por estos grandes santos y a la vez grandes personas. Santa Teresa reformó el Carmelo, de ser un lugar elegante donde “vestía” que las damas de la corte pasaran unos días, o se refugiaran de sus maridos y donde se hacía la misma vida que en sus palacios; Santa Teresa, superiora general, cambió todo y quedaron convertidos en conventos pobres, dedicados a la oración, al trabajo y al estudio: en su época fue un escándalo, pero ella siguió adelante fundando numerosos conventos en España. Con sus nuevos reglamentos entusiasmó a San Juan de la Cruz para que hiciera lo mismo con los carmelitas hombres; así son ahora esas congregaciones y se siguen guiando por lo dicho por Santa Teresa ¡Qué mujer! ¡Cómo me hubiera gustado conocerla!, ¡San Agustín! Otro de mis predilectos, de joven soñaba que conversaba con él ¡Qué lindas palabras me decía! Una anécdota de lo tonta que puede llegar a ser una argentinita inculta: “La guía nos indicó que los monjes entraban a estudiar a la Biblioteca por una gran puerta sobre la cual había un fresco de Aristóteles indicando el inicio de la sabiduría” Interrumpe la argentinita: “¿Y la Jacqueline donde está?”
La guía se hizo la tonta para mostrar otra puerta igual a la de la entrada con la imagen de un sabio, como diciendo “Si has leído toda la Biblioteca eres sabio”. Después bajamos a la cripta donde están enterrados los reyes de España, y un lugar (para varios muertos) llamado “El Pudridero”; Allí quedaban los cadáveres varios años hasta que se podían reducir y poner en sus sepulcros. Pregunta de la argentinita: “¿Aquí van a enterrar a Franco?”, respuesta de una guía bien cabreada, fue: “¡NO!” Al centro de un redondel de tumbas había una construcción de mármol con una cúpula y muchas tumbitas, allí enterraban a los Infantes (que por lo visto morían más que los adultos); y a un lado, las tumbas de los amantes, él, Don Juan de Austria, sobre el sarcófago una estatua yaciente de un hombre estupendo, muy buen mozo, creo que es una de las estatuas más logradas que he visto; inspira sentimientos de amor, de respeto; dan ganas de haberlo conocido; a su lado yace una mujer muy bonita; las personas que los visitan los tocan y los besan, dicen que trae suerte en el amor. Después de visitar El Escorial, que me gustó, a pesar de ser consciente de donde obtuvieron esos dineros para edificarlo; seguimos nuestro tour, esta vez a visitar la antítesis: “El Valle de los Caídos”. Un verdadero monstruo de cemento y mármol que se edificó en tiempos de Franco y que pretendía ser la sepultura del millón de muertos que costó la Guerra Civil; a lo mejor hay un millón de nichos, pero los que están ocupados son los de la fracción fascista. La Cruz, que domina el monumento, es gigantesca; nos dijeron, como dato, que por los brazos caben dos camiones grandes. ¡Pobre Cristo usado para esas comparaciones! Feo el sitio, feo el significado, no me gustó nada, más bien me dolió. Hoy está Franco enterrado en el centro mismo del monumento y cubierto por una losa de mármol negro; él y otros, enterrados y bien enterrados. La historia los juzgará en la tierra y en la vida eterna se verán juzgados por Dios. Bastante deprimidas y cansadas veníamos de vuelta a Madrid, pero había que sacar fuerzas de la nada porque al día siguiente se empezaban a cumplir mis sueños de niñez y de juventud, nuestro destino: ¡PARIS! Mi corazón latía con fuerza mientras volábamos: iba bien acompañada. Pilar me dio gusto en todo, fue la compañía ideal, todo lo miraba y aprendía y lo estábamos pasando fantástico; mi otro compañero, me controlaba y por él no hice muchas locuras, en la tentación lo tocaba y le decía “¿Quieres?” y ese niñito que estaba en mi vientre me decía: “NO” y yo le hacía caso; pero ahora íbamos a la búsqueda de sueños, por lo que se cerró por un tiempo la prudencia y me decidí a ver y hacer lo que mis sueños me dijeran, total, ¡Seguramente nunca más volvería! Al llegar a París seguimos las instrucciones de Pilili y nos fuimos a un hotel bueno, muy central, a una cuadra de Place Vandome y a una del barrio Saint Honoré; nos trataron muy bien; una estupenda habitación con baño privado y un desayuno opíparo el que devorábamos porque no sabíamos qué iba a pasar en el día. No podía ser todo perfecto mi primer “chasco” fue mi francés. De niña lo hablaba sin problemas, pero en Francia se me olvidó todo, menos mal que había españoles por todas partes y darse a entender donde la gente quiere entenderla a uno, es grato. Dos días y medio teníamos para cumplir todos mis deseos y creo que los cumplí. Fue una paliza y nunca supe si a Pilar le gustó todo lo que vimos. Yo estaba en lo mío y ni se me ocurrió pensar que ella podría querer otra cosa. Salí del antojo que tenía desde chica y me quedé contenta y satisfecha, aunque nunca más en mi vida volviera, ya no importaba, había visto con mis ojos todo lo que yo quería ver. París me pareció una linda y curiosa ciudad. Aunque teníamos un plano, vivíamos perdidas y cuando ya parecía que tendríamos que recurrir a la policía ¡Aparecía “La Madeleine” ¡Nunca estaba abierta! Por lo que nunca entramos. Oscura, rodeada de inmensos pilares, parecía fuera de sitio. Hubiera estado mejor en Grecia. Las calles salían como soles desde plazas o placitas y la numeración no tenía nada que ver con las calles vecinas. Nosotros nos movíamos en Metro que, además, de ser muy bueno nos llevaba donde queríamos ir y, queríamos ir a todas partes en poco tiempo. Después del opíparo desayuno salíamos a las visitas programadas, y con lista en mano fuimos viendo cada sitio donde yo quería ir. El Louvre, tan conocido, tan comentado, tan celebrado, fue para mí una tremenda desilusión: no me gustó nada. A la entrada, miles de pedazos de tumbas egipcias con sus respectivas inscripciones, pero parecía que las habían puesto al lote, porque también había restos de columnas griegas y otros restos surtidos. Otra cosa que no me podía perder “La Gioconda”, yo tenía una idea muy especial del cuadro y cuando llegamos, encontramos un “cuadrito”, rodeado de turistas y de guías que ofrecían un teléfono con grabaciones en distintos idiomas para poder observar “tal maravilla”. La gente que lo miraba estaba expectante, comprobando con sus ojos cada pincelada del cuadro, pero a mí me aburrió porque no guardaba relación con lo que yo había imaginado encontrar, de todas maneras “mi” Gioconda era mejor. Dejé a Pilar con el teléfono y empecé a ver otros cuadros que, como estaba enrabiada, no me gustó ninguno, salvo uno de El Bosco que me gustó: un jardín lleno de flores, plantas y diminutos hombrecitos con formas mezcladas entre insecto y persona o entre animal y persona, todo tan apretado y chico y tan exuberante que dan ganas de meterse dentro del cuadro y ver dónde es arriba y dónde abajo, es una extraña sensación. Luego nos asomamos a ver La Venus de Milo, quien la menciona lo dice con el respeto debido y la boca ancha, baja el tono de la voz para dar una idea de maravilla; no fue lo que yo vi, me pareció un monstruo de mármol blanco rodeada de una plataforma en espiral desde donde se podían ver pedazos de la estatua, supongo que con la perspectiva debida se vería como la maravilla que dicen que es, lo que es a mí me tocó ver un ombligo, del tamaño de un puño y sí, debo reconocer que era muy hermoso, tampoco yo estaba ese día para apreciar muchas cosas. A la salida nos compramos una colección de diapositivas para mostrar en casa y no olvidar lo vivido. Otra cosa fue el Museo de los Impresionistas: ahí sí que sentí que podía apreciar la belleza de la pintura. Estaban todos los impresionistas franceses, los que yo conocía; me gocé el Circo de Pizarro, los árboles de Monet y de Manet —me recordaron los del fundo—, las bailarinas de Renoir, las bataclanas de Toulouse, las tahitianas de Gauguin. Un museo realmente precioso, cómodo y caliente. Estuvimos varias horas llenándonos de belleza ¡Qué satisfacción! Almorzamos en un bolichito frente a los jardines de Versalles —todavía mi lengua no se soltaba—, y pedí unas salchichas y “deux lait” y Pilar se moría de la risa cuando yo trataba de darme a entender. Torpe y todo nos trajeron lo pedido, pero las salchichas estaban tristes y arrugadas, casi pedían ¡Piedad! Pero igual las comimos con bastante mostaza. Seguimos caminando y mirando los jardines de Versalles con el palacio al fondo. Muchas nurses con unos niños muy elegantes y portándose bien, ellos solos parecían un cuadro: almidonados, limpios, impecables ¿Habrán jugado alguna vez? ¿Se habrán embarrado? Aunque mis recuerdos no sean muy ordenados, vimos el Arco del Triunfo, el Bois —que de gran bosque no tiene nada, es un híbrido entre bosque y parque— y no está mal, pero tan, tan lindo no me lo pareció. La torre de Eiffel sí era tal cual yo la había imaginado y, a pesar de que no se podía subir, me encantó. Es todo lo alta, grande e impactante como yo creía ¡Un meccano gigante! ¡Qué feliz hubiera estado su papá viéndola! Notre Dame, enorme catedral situada a orillas del Sena. Tiene cosas lindas y cosas monstruosas, como las gárgolas, al verlas me pregunté ¿Cuidan a los de dentro? ¿No dejan entrar a los de fuera? ¿Son demonios? ¿Son animales imaginarios? No tuve respuesta, pero sé que dan miedo; menos mal que están tan altas que desde abajo parecen inofensivas. Todo me encantó: la puerta de entrada de madera tallada, los vitrales, ¡Maravillosos!, además tuvimos la suerte de estar allí en un momento en que la luz del sol iluminó a uno de ellos, ¡Nunca había visto nada igual! Fuimos dando la vuelta por un gran pasillo que rodea la nave central y de pronto, un coro de voces blancas llenó el templo ¿De dónde venía? En el coro no había nadie, en el altar tampoco, estuvimos un rato arrobadas por la misteriosa música… era como un coro de ángeles que guiaba nuestros pasos hasta lo más importante: El Sagrario. Ahí estuvimos un rato orando por nuestras necesidades y por nuestra familia mientras el coro nos seguía acompañando. Al dar la vuelta por detrás del altar nos encontramos con la más maravillosa obra escultórica que recuerdo haber visto: una imagen de La Virgen en mármol. No sólo era bonita y armoniosa como estatua, era linda de cara, elegante, fina, alegre; no era una mujer judía, era una elegantísima dama parisién. Bien pueden los franceses decirle Notre Dame, porque eso es: La Dama Francesa. Casi al salir nos dimos cuenta de que el coro que nos había acompañado durante nuestra visita y que le había dado ese tono irreal, era un coro de niños que ensayaba en el subterráneo y sus voces salían por los conductos de la calefacción ¡Qué pena haber descubierto la realidad! ¡Era tan lindo imaginar un coro de ángeles alabando al Señor y a Notre Dame! Mont Parnasse, El Sena, Place Pigale, Place Vandome, Rue Sant Honoré, La Madeleine, Sacré Coeur… pasábamos y separábamos sus nombres, nos parecía un canto de Charles Trenet, de Edith Piaf, cantos de amor y de muerte. Yo cerraba los ojos y me veía en el colegio estudiando “Histoire de la France” —para mí mucho más importante que la historia de mi patria—. Oír y ver a los franceses, pasear es una lindura: tan elegantes, tan finos, su lenguaje se oye como un canto, como una poesía, yo los oía, pero mis oídos recordaban a Lamartine: Le vase où meurt cette verveine D’un coup d’éventail fut fêlé ; Le coup dut effleurer à peine ; Aucun bruit ne l’a révélé. Recordaba el colegio, a mis compañeras, a Madame, la directora ¡Qué idioma más lindo, qué pena haberlo perdido! Pero hay que volver a pisar tierra firme, una cosa son los sueños y otra ¡Quedarse soñando! De golpe… a tierra… a la vista… los Inválidos, un Palacio donde está enterrado Napoleón, dicen que en siete ataúdes, uno dentro del otro, ¡Qué exceso! Tosco, feo, de un estilo rebuscado. No es nada de bonito y no me gustó. Pilar me seguía en mis recuerdos, ella sólo quería una cosa: comprar su camisa de dormir para la noche de bodas; ¿Cómo no le iba a dar en el gusto? Pasamos por varias tiendas hasta que llegamos a un enorme edificio doble: “Le Printemps”. En el departamento de lencería, Pilar buscó y buscó hasta que encontró lo que quería, un camisón con el que había soñado, lo compró y quedó feliz. Otra cosa que yo quería, más que quería NECESITABA de París era ver un espectáculo, ya fuera música o ballet. En el diario del hotel ofrecían “Ballet Siglo XX” presentaba La Novena Sinfonía de Beethoven ¿Qué mejor? Nos informamos y allí partimos, el teatro quedaba en las afueras de París, pero el Metro nos llevó y se demoró bastante, pero nos dejó justo al lado de algo que más parecía un estadio que teatro y partimos a enterarnos. Ya mi lengua se había soltado un poco y fui capaz de preguntar por entradas. El hombre que las vendía se puso a reír, me dijo que las tenía vendidas hacía dos años. Yo le traté de explicar que queríamos ver un espectáculo, él me entendió y me dijo que fuéramos al Olimpia, que había algo muy bonito y que las niñas usaban “petite fleurs” e hizo ademán de tocarse los pechos. Allá partimos y el Metro -nuestro salvador- nos dejó muy cerca. Era un teatro grande, elegante —casi demasiado—. Las empleadas vestidas de raso gris-plateado, los baños de mármol rosado o gris —no recuerdo el detalle—, nos ofrecieron entradas en un segundo piso, como platea alta, pero costaban muy caras, en cambio, la platea baja era baratas, así es que compramos de esas ¡Como la gente elegante en Chile! Bien, la gente fue llegando, mucho hombre y nos miraban con los ojos medios raros, entre divertidos, complacientes y reprochones. Yo pensé si sería por la Pilita que no representaba la edad que tenía y que se dirían “Miren la mamá guatona con una hijita tan bonita”, y me hacía la tonta. El espectáculo fue eso, un espectáculo a todo lujo, niñas hermosas, bailaban, hacían cuadros, todas delgadas, finas de cintura, agraciadas, cuadros con fuentes de agua y ellas lo rodeaban bailando. Linda música, lindo escenario, todo muy bien presentado y el público loco aplaudiendo cada escena y para terminar un cuadro espectacular de baile y fuegos artificiales ¡Algo increíble, lo nunca visto! ¡Eso no lo volveríamos a ver nunca jamás! Tiempo después supimos que las maravillosas bailarinas semi-desnudas, de tan lindo cuerpo, eran maricones ¡Cosas de la vida y de Paris! Terminó el espectáculo a buena hora para engancharnos con un Tour Paris la Nuit. Yo estaba un poco cansada de estar sentada así es que caminar me venía bien. (Eso si hubiera sido un solo tour, pero había varios haciendo lo mismo y en distintos idiomas). Empezó el recorrido por un cabaret —nosotros entrábamos y un tour de chinos salía—. Nos dieron champagne. Yo no lo puedo tomar y Pilar tampoco, vimos el espectáculo y salimos —entraban unos alemanes— y así; entrar, tomar y salir: serían 10 o 15 cabaret, nos hartamos de ver niñas a medio vestir o desvestidas del todo que mostraban lo que tenían al son de la música. Una jugaba con bolas de colores las que se las pasaba por el cuerpo ¡Vaya cuerpo! ¡Qué elasticidad! También había marionetas, pero con mi francés me lo perdí, sólo pudimos gozar la habilidad del muchacho que las movía. Debe haber sido divertido porque la gente se ría. Desgraciadamente el Moulin Rouge estaba cerrado, pero fuimos a las Folies: gran espectáculo, música, belleza y plumas, harto bataclán para satisfacer a los clientes. Esa noche sí que llegamos muertas de cansancio. Yo me di un baño de tina para relajarme tanto yo como mi crío, que se portó muy bien todo el día, aguantó el trote sin reclamar. Ahora descansábamos en el agua caliente, nos distendíamos, regaloneábamos ¡Qué ganas de que también él guardara algún recuerdo de este paseo! Al fin de una mañana muy traqueteada atravesamos Place Vandome. Ahí supe que la columna, de 40 metros que hay al centro de la plaza la quisieron hacer con los cañones fundidos de rusos y austriacos, vencidos en Austerlitz por Napoleón, pero no los pudieron fundir así es que los adosaron, rotos, abajo, al pie de la columna. Place Vandome se caracteriza por tener las joyerías más elegantes y caras de París. En una de ellas Onassis compró el célebre collar de rubíes a Jacqueline. En el escaparate pequeño, todo forrado en terciopelo negro, destacaba una concha con una perla gris ¡Qué belleza! Entramos y pedimos que nos mostraran algunas joyas. A pesar de no tener pinta de compradoras ricas, nos mostraron algunas bandejas forradas en terciopelo negro con trabajos en perlas, zafiros, rubíes y agua marina. Los mozos, con guantes blancos, estupendos y educados, sabían que no compraríamos nada; sin embargo, nos trataron como si fuéramos reinas. ¡París es elegante y educado! Un poco más allá había una exposición de piedras ¡Me encantan! Y nos metimos, total, era gratis. Una sala con muchos fósiles, de todo tipo y tamaño, piedras con granates cristalizados dentro, también con otros tipos de cristalizaciones, desde cuarzo hasta algo parecido a esmeraldas —por lo menos verdes eran—, también había ámbar y ágatas cortadas y pulidas, llenas de círculos concéntricos de distintos colores y piedras semi-preciosas… sólo el hambre nos hizo salir. El domingo fuimos a Misa a La Iglesia Saint Honoré que nos quedaba muy cerca del hotel. Curiosa experiencia saber lo que se está celebrando y no entender nada —volví al tiempo en que la Misa se decía en latín-—y uno ¡En la luna! La prédica me la tuve que inventar porque al cura le pescaba una que otra palabra. La Iglesia de piedra, con calefacción central, llena de gente “chic”, de lo más elegante. A la salida dimos con una tienda donde vendían pollos asados y esto nos gustó, en vez de comer “por allí” nos llevaríamos el almuerzo al hotel. Ni nos preguntaron si se podía o no hacer eso. ¡Otra vez mi pobre francés!: “Je veux un poulet, une barre et des oranges”. El vendedor me miró con cara de entendimiento y me dijo: “¿Quiere uzté un pollo asao, pan y naranjas? ¿Lo quiere “tamién” con patatas fritas?” Nos dio ataque de risa a las dos y así fue como partimos a un hotel de varias estrellas, todo alfombrado, con mozos muy elegantes, con nuestro pollo recién asado, oliendo a rico y el papel en que lo envolvieron empapando de aceite, una bolsa de papas fritas calientitas, un pan de medio metro y una bolsa de naranjas. Todavía nos reíamos cuando entramos al hotel, y sin mirar a nadie, entramos y nos fuimos a nuestra habitación. Operación almuerzo ¡Muy complicada! ¿Cómo despresaríamos el pollo? obvio, a mano, pero ¿Dónde si no teníamos ni un plato? Lo pusimos en el papel y en la tapa del WC le sacamos el cordel y con papel higiénico tomamos nuestras presas y las comimos, hasta las últimas partículas. Con los huesitos y las cáscaras de las naranjas hicimos un primoroso paquete y lo dejamos en el primer basurero que encontramos al salir, después de haber descansado un ratito antes de seguir caminando. El día que nos íbamos, yo bajé a pagar y la Pilar necesitó unas tijeras. Muy educadamente le pidió a la camarera “Oiseaux”, la camarera se rio y con bondad le dijo: “Les oiseaux sont de petites bêtes qui volent.”, le trajo las tijeras y le dijo “Ciseaux”. ¡París! Te recuerdo y vuelvo a ser feliz, aunque nunca más te vea, ya no importa. Vi, oí y sentí todo lo que quise y puedo cerrar los ojos y volver a ver, oír y sentirte una y otra vez. Cumplí mis anhelos, todo lo que quería saber de ti, ya lo sé y no deseo nada más ¡¡Misión cumplida!! ¡París, te quiero! Menos mal que el personal del hotel era amable y nos facilitó el traslado al aeropuerto donde tomaríamos un vuelo a Londres. Muy corto el viaje y pasamos al cambio de monedas, de gente, de idioma y de humor ¡Fue un cambio difícil! La primera impresión fue de frío, neblina y por las calles por donde íbamos, del aeropuerto al hotel, una hilera interminable de casas adosadas, todas iguales, estilo inglés. No es redundancia estar en Londres y con casas estilo inglés, sólo que es curioso. Nuestros problemas empezaron al llegar al hotel —recomendado por Pilili por bueno, familiar y polígloto— ¡Cuento chino! No tenían habitaciones porque había llegado el presidente de Estados Unidos y lo había ocupado entero. Eran como las tres de la tarde y teníamos hambre, fuimos al comedor —vacío por la hora—, donde nos miraron torcido y con mala voluntad nos mostraron la carta, —sólo en inglés—, yo le comenté a Pilar “¿Entiendes algo?” me contestó: “NO”, por lo tanto, pedimos al azar lo que fuera: Sopa Oxtail —me sonaba a sopa en sobre— así es que le pedimos luego algo con potatos, le dije a Pilar ¿Papas? y replicó “SI”, así también lo pedimos. Nos trajeron una sopera con la sopa —seguro que de sobre— y luego, en un gran plato, muy a la moda, cinco o seis papas duquesa en un lado del plato (como diciendo: “aquí faltó algo que no pidieron”). Nosotros, muy de las chacras, nos comimos todo, incluyendo el pan. Pagamos y nos fuimos rumbo a la casa de Alma Puelma —prima nuestra— que estaba esperando guagua para el mismo día que yo. Ella, casada con un estupendo inglés, ayudaría a Pilar a COMPRAR. Por problemas idiomáticos, nos solucionamos con un taxi ¡Quién creyera que no me entendió nada! ¡Y yo que creí que mi inglés era muy británico! Pasé por la humillación de pasarle un papelito con la dirección. Yo ya estaba como los toros antes de ser pasados por la espada, agaché cabeza y, al llegar le mostré un puñado de monedas, de allí sacó el chofer unas cuantas, mas el 10% de propina ¡Usually! El departamento de Alma era diminuto, de juguete, así es que era obvio que allí no nos podíamos quedar; ella tan amable, cariñosa y simpática como siempre, nos atendió muy bien y nos llevó a una “pensión” cerca de su casa para que pasáramos la noche y así empezar el día siguiente con nuestros afanes. ¡Qué noche! gritos, risas, conversaciones, música… entrar y salir de gente, golpes en las puertas ¡Todo, menos dormir! Y frío, pero frío de verdad. Nunca había sentido tanto hielo, no nos entibiamos en toda la noche. Al día siguiente le contamos el cuento a Alma y nos cambiamos a una pensión “más tranquila”. Durante el día y después de haber tomado un maravilloso desayuno (¡Qué rica es la leche inglesa!) partimos, Pilar y Alma ¡De tiendas! y yo a tratar de conocer algo de Londres. Quedamos a una hora para almorzar y ¡Fuera! ¡A caminar! Mi pasear me llevó a buscar cosas que siempre había oído de Londres, como el Palacio de Buckingham, el Big-Ben, la torre del Parlamento, la torre de Londres y junto a ella y formando un todo, La Abadía de Westminster. No me fue difícil encontrar esto último porque está todo junto y el gran reloj me guió dando las horas, las medias, y los cuartos. Cuando lo pude ver, en lo alto de una torre, parecía muy proporcionado, pero es que la torre es enorme y por lo tanto el reloj también debe serlo. Dando una vuelta encontré La Abadía. La puerta estaba abierta así es que quise entrar, pero antes la miré por fuera. Me pareció un precioso edificio gótico, lleno de torres en agujas muy finas y trabajadas, elevándose al cielo, como diciendo “Éste es tu destino, sube, sube al cielo y encuéntrate con Dios”. Las ventanas deben haber sido alargadas, pues en La Abadía todo era del más puro estilo. Entré y algo me descolocó. Algo como si me hubieran engañado: lo que había dentro no correspondía a lo que se insinuaba fuera. Al principio creí que sería la luz, pero no lo era. Empecé a caminar por la nave central y al mirar las ventanas, me di cuenta: ¡La Abadía era un mausoleo! Estaban sus paredes, todas, llenas de lápidas; y no sólo las paredes, también en el piso y en las capillas laterales. Mi asombro iba aumentando en la medida que iba viendo tumbas y más tumbas, una al lado de la otra ¡Increíble! Así fui llegando hasta el altar, que es muy lindo y sencillo. Me detuve y no sé porqué miré al suelo y me vi ¡Pisando una bandera chilena! ¿Qué hacía allí, en esa Abadía, tan, tan británica, mi bandera, grabada y coloreada, con su respectiva estrella, en una lápida? Leí: Lord Cochrane ¡Miren dónde lo fueron a enterrar! y yo que en mi ignorancia creí que se había perdido en el mar, o en alguna batalla. Pues no, ahí estaba en su país natal y nada menos que al pie del altar más importante del Imperio Británico. También pasé por Hyde Park, donde había gente hablando en pequeños grupos. El orador estaba siempre de pie en un taburete. Yo creí que era para que la gente lo viera, pero no era así. Era para que, al no pisar suelo inglés, pudiera decir todo lo que quisiera, ya sea en contra del gobierno, de la familia real o de todo lo que no se debe decir. Allí se decía y no importaba. Los guardias se paseaban y no decían nada, y ¡Quién sabe lo que estaría diciendo! ¡Qué gente más rara! Nos juntamos a la hora del almuerzo, Pilar, Alma y yo. Fuimos a un sitio que no era restaurante, no era elegante, no era cafetería, en fin, no me pareció un sitio donde se pudiera almorzar como estamos acostumbradas. Así es que, siguiendo las indicaciones de Alma, nos comimos un sándwich y una gran jarra de leche. No nos cansábamos de tomar leche, creo que habría sobrevivido todos esos días a base de leche, yogurt y cereales ¡Ricos! Después, Alma nos dejó enchufadas en un tour a La Torre de Londres —en español—, allá partimos transidas de frío, porque mientras caminábamos y luego comíamos estábamos calientitas, pero al salir al aire libre nos volvíamos a helar. Pasamos por el Puente de Londres sobre el tan mentado Támesis y llegamos a la torre, que no es una, sino cuatro: una en cada esquina y donde han plasmado en figuras de cera todos, o casi todos, los horrores que se cometieron allí. Había gente ahorcada, torturada, encarcelada, engrillada, dos niños —deben haber sido herederos de la corona— ahogados con almohadas, un grupo donde el verdugo con capucha negra corta la cabeza a un individuo ¿Real?, pero, para causar más impresión, no lo mata de un corte limpio, sino que la enorme hacha queda clavada en un tronco y de la cabeza medio cortada manan torrentes de sangre empapando hasta el suelo ¡Qué siniestro! Así recorrimos “la feria de los horrores” y pasamos a un museo donde había de todo y, entre medio, un letrero que decía: “El brillante más grande del mundo”. Claro está que el letrero estaba en inglés, y la guía lo tradujo. Yo, que estaba medio distraída, lo encontré de pronto ante mis ojos… ¡¡Debería haberme sorprendido!! ¿Verdad? Pues no, me pareció un enorme pedazo de plástico duro y, además, feo. No le encontré gracia ninguna. Lo que yo más ganas tenía de ver eran “Las joyas de La Corona”; ya me parecía estar viendo en vivo y en directo el maravilloso collar de esmeraldas y diamantes de la reina Isabel, la única joya en mi vida que me ha llamado la atención, pero… ¡No estaban en exposición! ¡Me embromé! ¡Qué le vamos a hacer! A lo mejor fue para bien, porque si lo veo y me da envidia, sería feo; y si lo NECESITO tener, sería ¡Espantoso! Después del tour íbamos paseando, mirando las tiendas y a la gente. Nos llamó la atención la variedad de personas que vimos, con razón la suelen llamar “La cosmopolita Londres”. Vimos gente de todas partes: gente blanca, alba nórdica, negra, pero negra como betún, gente pelada y gente peluda, Rastafari y teñidos de colores, Punk y de los otros. Sus vestimentas pasaban de los jeans normales o rotos, hasta túnicas y turbantes ¡No sé dónde nos habíamos metido! ¿Dónde estaban los elegantes, los gentleman, los chic, los a la moda, los de bombín y bastón? No lo sé, porque no los vimos; a lo mejor estarían en sus oficinas moviendo la economía mundial. Se nos fue haciendo la noche y seguíamos vagando por aquí y por allá, haciendo hora para volver a la “pensión”; lo más seguro es que nos volviéramos a repetir el almuerzo con más leche y sándwich para pasar una noche más tranquila que la anterior. Siguiendo con la técnica “del papelito”, un taxi nos dejó en la puerta y la recepcionista nos explicó despacito, a ver si le entendíamos, cómo se usaba una estufita a gas: había que poner una hilera de shillings en una ranura y ellos irían cayendo de a uno y manteniendo así la llama encendida ¡No fue un éxito! Los primeros 4 ó 5 lo hicieron bien y empezaron a entibiar la pieza, de pronto… r, r, r, r, se cayeron todos juntos de golpe y la estufa se apagó, la pieza volvió a su temperatura habitual (-0°). Desesperadas, nos metimos vestidas —hasta con el gorro de piel de Pilili— en la cama y ¡A tratar de dormir! Pero resulta que estábamos cerca de la escalera y se oía subir y bajar gente y volvía a subir y a bajar ¡Hasta un cojo, con pata de palo, hacía pam, pam, pam! Otra noche de espanto —menos mal que ya quedaba menos—. Casi al amanecer nos quedamos dormidas, ya no quedaba gente que se interesara en subir y bajar ¿Qué habría arriba? Al despertarnos y observar las camas nos dimos cuenta de que el colchón estaba forrado de hule amarillo y se nos ocurrió que podría ser un prostíbulo ¡Qué menos! El día siguiente, después de desayunar nos juntamos con Alma para ir de compras. Esta vez me uní a ellas para cumplir un deseo de mi mamá: ¡Un abrigo de pelo de camello! Alma sabía dónde los vendían así es que allá partimos. El problema era las tallas, mi mamá era más gruesa que Pilar, pero de su tamaño; así es que empezamos a buscar el abrigo ideal. La vendedora estaba media trastornada con nosotros y Alma trataba de tranquilizarla; yo me ponía un abrigo y Pilar me miraba por atrás. Cuando encontramos uno que me quedaba bien, ella se lo probó por delante, así hasta que dimos con uno que cumpliera las condiciones ¡Qué locura! pero a la mamá le quedó estupendo y le duró muchísimo. También fuimos a unos grandes almacenes a comprar algo para ustedes, no mucho, porque plata nos quedaba poca. Yo les llevé unas poleras azules con cuello, y en el cuello dos rayitas una roja y una blanca. Las tallas quedaron perfectas y a usted, mi hijita, le compré una pollera escocesa tableada, con un gran alfiler de gancho a un lado y también compramos para Rosarito, para mí y para mi mamá una de a cuadros blanco y negro. Polleras eternas, todavía hay alguna dando vueltas por allí. A su papá creo que le compré una bufanda y ¡Adiós platita! Nos quedaba justo para la pensión y los litros de leche que consumiríamos. Pilar compró su ajuar y quedó contenta y satisfecha. Tengo una vaga idea de haber visto el Palacio de Buckingham y una placita con una pileta redonda, que era muy importante para toda la gente, yo me olvidé de ambas cosas. Del Palacio, fuera de su tamaño, me dio rabia que el cambio de guardia no fuera de los guardias escoceses que yo quería ver. Hubo cosas que me quedé con las ganas de ver, como el Museo de Historia Natural e ir a algún concierto, pero todo estaba cerrado, era pleno invierno. Ya sólo nos quedaba una noche, dispuestas a pasar frío, ya ni intentamos prender la estufa, el cansancio hizo el resto y entre sueños oíamos el traqueteo de la escalera y el cojo otra vez subió y bajó, pum, pum, pum. Luego el silencio. Segura que mi guagua no tendría ni frío ni hambre, me dormí como un tronco, ya no podía más. Al día siguiente, mientras Pilar arreglaba las maletas, yo bajé a pagar. Fue un lío de monedas, pero pude ponerle en la mano a la oficinista todos los pennies que había juntado en el viaje y que nadie quería. Los peniques de ese tiempo eran grandes, pesados y valían muy poco. ¿Ella quería cobrar? Pues los peniques eran monedas válidas, así es que no tuvo más que aceptarlos. Se nos acabó el tiempo, el dinero y las ganas de pasar frío, así es que empezamos el retorno. El primer paso fue un avión a Madrid, a casa de Pilili donde nos esperaba su papá, feliz con su ida a Granada y con una olla a presión enorme con su manómetro incluido. En Chile no habíamos podido encontrar una parecida y era necesaria para esterilizar medios de cultivo en el Laboratorio. Pero una cosa es decir: “Me la compro” y otra muy distinta es decir “Me la llevo”. ¿Dónde se puede meter una cosa así en el avión? Su papá solucionó el problema, de Madrid a Las Palmas, llevándola sobre las rodillas. “Ya veríamos a ver lo que pasaría después”. Llegamos a Las Palmas a casa de los abuelos, felices por nuestro “viaje”. Les contábamos nuestras aventuras y nos reíamos de nosotras mismas, ¡Es bien distinto “viajar” a lo rico y entendido, que hacerlo como lo hicimos nosotras! Don Emilio no lo podía creer cuando le contábamos de nuestro “Paris la Nuit” y de las “pensiones” en Londres. En fin, estuvimos un rato de chacoteo, hasta que él, muy serio, me pasó un sobre de Chile ¡¡Me hubiera puesto a llorar de puro gusto!! Cartas de mis hijos y de mi mamá. Todos pusieron cuatro letras —bastante parecidas, pero letras al fin—. Supongo que mi mamá los pondría en el comedor y les diría: “¡A escribir a su mamá que está esperando saber lo que quieren que les traiga!” Todavía tengo sus cartas y se las incluyo (en fotocopias porque los originales son sólo míos) Tuvimos que ir “de tiendas” con abuela para comprar los trajes de baño que pedían, algún juguete y un recuerdo para mis padres y Roberto. En ese tiempo Triana tenía tráfico de autos en ambos sentidos, así es que las tiendas quedaban bien al justo con las aceras; pero abuela era buena compradora y pronto encontramos lo que querían. También para estos gastos Don Emilio me pasó unos billetes, yo ya no tenía nada y su papá tampoco; si a Pilar le quedó algo, también lo gastó en regalos para sus hermanos y amigos. Llegó el momento de partir, los últimos abrazos y los últimos besos, ¡Quién sabe cuando volveríamos! Para nosotros, algo imposible, pero, a lo mejor, los abuelos o algún tío podrían ir a Chile alguna vez. Es triste despedirse, muy triste. Yo veía a los abuelos que nos miraban como si fuera el último adiós. Su padre, muy sentimental, con los ojos llenos de lágrimas, yo haciendo potencia para que no se me notara nada. Fuerza y fortaleza, me decía, como cuando niña me obligaba a aguantar porque “los hombres no lloran y yo tampoco”. Así fui matando mi capacidad de llorar y hoy quisiera tenerla ¡Qué aliviadora debe de ser! Bien, volvamos al avión: como es lógico, la caja con la olla a presión su papá no la quiso facturar, lógico que en el sitio donde se ponen las maletas de mano no cabría, lógico que entre los pies tampoco, y no hubo ni un alma caritativa que le dijera: “Señor, se la guardo aquí atrás para que usted descanse”. ¿En Iberia? ¡Jamás! Si lo pueden reventar a uno, lo hacen sin más. Total, su padre, además del terror a los aviones, tuvo que cargar sobre sus rodillas, la caja con la olla. Yo no podía ayudarlo porque el chiquillo había crecido bastante y entre él y las rodillas, no cabía nada. La Pilita estaba estrechada entre su papá y yo. Total, tuvo que apechugar todo el viaje con su olla, ¡No sé como resistió! Menos mal que en ese tiempo no se hablaba de las flebitis producidas por estar mucho tiempo sentado. El viaje, a pesar de todo, se iba resolviendo bastante bien hasta una media hora antes de llegar a Brasil, en que se desató una tormenta tropical de proporciones. Nos mandaron poner los cinturones de seguridad, volvieron a dar instrucciones de no movernos, a mostrarnos las mascarillas y las puertas de emergencia. Los corazones se nos dispararon. Como es lógico, su papá se aterró, se abrazó a la olla… ¡Y se entregó a la muerte! Mientras el avión bailaba para un lado y para otro, subía y bajaba, los relámpagos cruzaban el cielo de arriba para abajo, de un lado para otro y ¡De abajo para arriba! Las nubes se veían negras, feroces, se devoraban unas a otras y vomitaban fuegos azules y blancos, al instante reventaban los truenos arriba o abajo del avión, con un ruido terrible, parecía una orquesta de percusión a todo volumen. Todo el pasaje estaba aterrado, unos más que otros, pero el peor era su pobre padre. Todo esto duró hasta que empezamos a bajar y logramos dejar atrás la tormenta. Nosotros aterrizamos bien, un poco tembeleques las rodillas, pero pudimos bajar —olla incluida— a buscar la cafetería donde nos pusimos un par de cafezinhos a cada uno para pasar el susto y enfrentar las próximas horas que nos quedaban. Al subir al avión, estábamos tan cansados que creo nos dormimos, porque esa parte se nos hizo corta. Pasamos la cordillera, que apenas le quedaba rastros de nieve, pero el Aconcagua lucía enorme y macizo. Siempre los pilotos tratan de pasar cerca para que se pueda disfrutar de verlo y para que los chilenos sepan que sólo les quedan tres cuartos de hora para llegar. Tan pronto como se pasa la cordillera, si el día está claro, se ve el Océano Pacífico a lo lejos y, antes de ni siquiera respirar, el avión se precipita a buscar, en la cinta de tierra que queda entre ambas cordilleras, el aeropuerto y en un envión se aterriza. Vimos pasar nuestra bandera, desplegada, brillante, grande y limpia dándonos la bienvenida y aquí si se me llenaron los ojos de lágrimas, había echado de menos la bandera tricolor con su estrella. Dejaríamos nuestras cosas en casa de mi madre, es lo más seguro y, al día siguiente tomamos el tren para el sur. Íbamos cansados, sobretodo yo, porque mi niño estaba más grande y ya me pesaba. También le había dado harto trabajo y él se portó muy bien, ahora le tocaba regalonear un poco. En San Carlos no nos esperaban, así es que nos tomamos un taxi y partimos a El Durazno donde estaban ustedes esperándonos. ¡Qué alegría ir acercándonos a lo conocido! Cuando llegamos, todos se acercaron a abrazarnos ¡Qué cariño! ¡Qué alegría! ¡Estar juntos otra vez! ¡Ahora se notaba la falta que nos habían hecho! Los encontré tan lindos, tan amorosos… con el sol se les había aclarado el pelo y estaban tostados. Tenían tantas ganas de tener a sus padres y nosotros tantas ganas de tenerlos a ustedes. Poco a poco nos fuimos tranquilizando y pudimos estar también, con mi mamá, ella aferrada a la Pilita no la quería soltar, pero luego Roberto se la llevó y ustedes se fueron a lucir sus trajes de baño tal como lo habían pedido, incluida el ancla dorada, —que no de oro—. Ahora pudimos estar con la mamá. Ella había tomado una niñera para que los cuidara; dijo que por lo general se habían portado bien. La perra de la casa, una pastor alemán, hizo su trabajo cuidando a Francisco, le acotaba el terreno donde él jugaba y no lo dejaba ni acercarse a la acequia con agua. Esos perros son increíblemente buenos pastores, cuidan el ganado con todo cuidado. Con la que tuvo sus encontrones fue con usted. Consuelo, no sé por qué razón, siempre tuvo una mala opinión de ella. En fin, son cosas que pasaron y no deben haber tenido mayor consecuencia, salvo que usted nunca quiso a mi mamá y en esa estancia en el fundo se agravó la situación. En el mundo del querer hay de todo. A los abuelos no hay obligación de quererlos, casi diría que a los padres y hermanos tampoco. Se quiere porque se quiere. Yo quise mucho a mi tatá y no quise nada a la abuelita Rosa y esto fue recíproco. El amor por mi papá fue tremendo y desde siempre hasta que murió. En cambio, el amor por mi mamá fue tardío y, lo reconozco, fue labor de ella. Me duele que usted no la haya querido, pero la respeto. Ella siempre la quiso mucho; eran ustedes, Luís Emilio y Consuelo, sus nietos mayores, también Joaquín nació antes que se desencadenaran los Salas-Maturana y empezara el despelote de nietos; supongo que unos más queridos que otros, porque es así. Además, nosotros empezamos a movernos de un lado para otro y no se puede querer igual a un nieto que se tiene todo el tiempo al lado que uno que se ve una vez al año —cuando se ve—. Dejando amores atrás, ya llegaba el momento de volver: ustedes al colegio, su papá al hospital y yo a trabajar en el Laboratorio. Cómo y en qué nos volvimos, no lo sé; pero a Iquique llegamos todos, sanos y salvo y con la olla a punto para empezar a funcionar. Cuesta empezar a trabajar después de las vacaciones. Cuesta ponerse al día, las técnicas se olvidan y los clientes están cada vez más ansiosos por controlar sus males. Es difícil estar atenta a todo, casa, colegios, laboratorio y no cerrar los ojos y ver la torre de Eiffel o quedarse en la luna viviendo alguna experiencia, pero todo lo logramos y todo empezó a rodar como debe ser. Ustedes colaboraban en todo lo necesario, se cuidaban a la ida y a la vuelta del colegio, a Francisco lo tenía en un Kinder cerca de la casa, así es que podía trabajar tranquila. Con siete meses de embarazo había que ir pensando en ropa de guagua. Mi mamá me ofreció tejerme unos chalecos de lana fina, yo me puse en la máquina de coser. Sí, en la propia Singer chiquita y pude hacer camisitas de juguete —menos mal que tenía el molde de los anteriores—, baberos y ¡Pañales! Compré una pieza de lienzo, del bueno —porque ahora podía gastar—, e hice todos los pañales que hicieran falta. Las sábanas no serían bordadas, pero eran de buen algodón y con una frazada bastó, porque no hacía frío. ¡Me da risa escribir todo esto! Parece estar escrito por una primeriza, pero así me sentía, como si fuera una primera guagua, y no me quedaba nada de los anteriores niños así es que fue empezar de cero. La camita de Francisco la pintamos de blanco y también una cómoda que había en mi pieza donde fui juntando las cosas para mi niño. No serían muchas, porque no era necesario; allá se lavaba y en un rato estaba todo seco, con tres mudas tenía suficiente. Así pasó el tiempo y tocó ir al médico, otra vez al mismo viejo de mierda. Al llegar, me miró y me dijo: —Muy gorda se ve ¿Serán mellizos? —yo me callé ¿Para qué armar escándalo otra vez? Me midió, me pesó, volvió a calcular y me dijo: —¿Para cuándo dijo que esperaba? —Para el 30 de mayo como última fecha. —Si —dijo dubitativo. —Podría ser, vuelva una semana antes para verla. Seguí haciendo vida normal. A lo único que le sacaba el cuerpo era a andar en el jeep: me parecía muy duro, así es que cuando su papá organizaba paseos yo me quedaba tranquila en casa, oyendo música y cosiendo ropita, descansaba los pies que se me hinchaban y flojeaba ¡Qué ganas tenía de tenerte en mis brazos! Ya todo estaba preparado, sólo faltabas tú. Pasó el tiempo, otro control y otra vez el médico dictaminó. —Le falta. Yo me empecé a poner nerviosa y a discutirle —No me puede faltar tanto. —Vuelva el 30. Mi mamá, que estaba al tanto de todo porque nos escribíamos muy seguido, decidió ir a acompañarme en los días previos al parto. Llegó y fue para mí una alegría muy grande; en ella podía confiar, en ella me podía apoyar, ella me podía ayudar a entender lo que pasaba porque tuvo hijos hasta muy mayor. Me acompañó al médico el 30 y me dijo otra vez: —Le falta. Yo no lo podía creer, estaba en la fecha máxima y todavía faltaba, me dio miedo que se pasara y le dije: —¡Más no, doctor, la guagua se va a pasar de tiempo y le puede pasar algo! —Entonces vaya al hospital mañana para inducirle el parto —me dijo con cara de pocos amigos. Al día siguiente partí con mi mamá y mi maleta con mis útiles de aseo y tu primera ropa ¡Creí que nacerías! Me dieron una pieza en el pensionado y me pusieron un suero en la vena de la mano con un medicamento para dilatar. Al poco rato empecé a sentir contracciones ¡Ya viene! me dije, contenta, pero ahí nos quedamos, con tres litros de suero y sin dilatar, “Vuelva pasado mañana”, orden de la enfermera. Tres veces fui a ponerme suero y… Nada. Me hinché porque no era capaz de eliminar los nueve litros de agua que me habían puesto. Mi mamá me dijo que eso no podía seguir así y fuimos otra vez a ver al médico. Ahora sí que yo iba con “las escopetas cargadas”, el médico que me dice: —Le falta —y yo le suelto: —Mire doctor, si usted no me hace una cesárea mañana yo me voy con mi mamá a Santiago; no puedo esperar más. En vista de mi arrebato me contestó muy “azorrado”: —Bien, hospitalícese esta noche y mañana a las 8 le hago una cesárea. Yo me sentí aliviada y mi mamá también. Llegamos a contarle todo a su papá y él estuvo de acuerdo. Dormí en el hospital y al día siguiente su papá estaba a mi lado, me llevó de la mano al pabellón, me dio un beso y me dijo: —En esa puerta estaré yo esperando. Me pusieron una inyección en la vena, lo miré, él sonrió y no supe más de mí, hasta la tarde en que volví de la anestesia, bien borracha, y ahí estaba su papá, me besó y me dijo: —Es un hombrecito. —¿Dónde está? —pregunté. —En la sala cuna —me dijo y me volví a dormir. Cuando abrí los ojos, estaba Carlos Ramos y me dijo: —¿Quieres verlo? —Sí —le contesté. Y me lo trajo ¡Se lo había robado! ¡Mi hijo, al fin te pude tener a mi lado! ¡No eras lindo, pero eras mío! ¡Qué ternura, que amor más grande sentí en ese momento! Todo en tu nacimiento fue diferente: el miedo a que te pasaras de maduro, el médico tan pesado, lo hinchada que estaba por los litros de suero que me pusieron y la cesárea no programada. No tuve dolores de dilatación, no supe lo que era darte a luz con esfuerzo, sólo la negrura de la anestesia y la nada. Luego el dolor, que podía ser cualquier dolor de cualquier operación, menos el que anunciara que había un nuevo hijo. Saberme madre otra vez fue maravilloso, pero distinto: ahora te traían envuelto sólo para que te mirara, no podía tenerte en brazos porque me dolían las entrañas de donde te habían arrancado como si fueras un órgano sobrante, y luego, cuando tuve leche, no te la pude dar —dijeron que estabas con diarrea—. Nunca tuve mucha leche, pero la poca que tuve se la di a todos, menos a ti que nunca supiste lo que era chupar de mis pechos. Sin decirme nada, me pusieron una inyección y al poco rato, mis pechos plenos de leche se secaron, nunca más produjeron nada. Ustedes, los mayores, vinieron a verme y a conocer a su hermano a través de los cristales. Es moreno, dijeron, igual a los demás niños de la sala cuna, ¡Eso no me lo creí! No hay dos niños iguales y para una madre cada hijo es distinto y goza de un amor diferente. El párroco del hospital era el padre Hugo, nuestro amigo, y él organizó el bautizo en mi pieza. Serían tus padrinos tus hermanos mayores y cada uno de tus hermanos tuvo algo que hacer. Para mí fue algo conmovedor, por primera vez estaba presente en el bautizo de un hijo. Todos estábamos nerviosos, sabíamos que algo grande iba a pasar, pero no sabíamos cómo iba a ser la venida del Espíritu Santo sobre ti y sobre nosotros. Por doctrina sabíamos que el bautizo borra la marca de Adán y Eva con la que nacemos todos, menos La Madre de Dios, y nos hace herederos del cielo. También nos da la gracia de ser santos, profetas y reyes, santos para ser perfectos como el Padre Celestial es perfecto. Profetas para anunciar el Evangelio y denunciar los errores y reyes para reinar con Cristo en la eternidad. Así como fuimos concebidos por nuestros padres en la carne y nos dan la categoría de hijos con sus apellidos, con derechos y deberes, así el bautismo nos da la categoría de ser hijos de Dios, también con derechos y deberes y nos incorpora a la gran familia de los cristianos. Llegó el Padre Hugo. Su padre estaba a mi lado, ustedes rodeaban mi cama, el niño a mi lado muy tranquilo y el Padre Hugo hizo las preguntas de rigor. Consuelo tomó al niño en sus brazos y Luís Emilio la ayudó a sostenerlo ¡Eran muchas manos para algo tan chico! Entonces el Padre derramó agua en la cabecita y le dijo: “Carlos Antonio, yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, “Amén” dijimos todos. En ese momento vino el Espíritu de Dios sobre ti y sobre nosotros quedando limpio de marca e incorporado a la familia de Dios. Luego el Padre pidió a Joaquín el aceite bendito, con el mismo que ungen a los reyes, y te ungió. Después pidió a Juan Agustín la estola blanca y te vistió con ella en señal de pureza. Ricardo aportó la sal que el Padre te dio a probar para que fueras la sal del mundo y Francisco tenía la vela encendida que los padrinos tomaron en señal que Cristo guiará tu vida porque Él es camino, verdad y vida. Estábamos emocionados y llenos de Dios ¡Qué familia mas hermosa formábamos! ¡Ya no solo eras hijo de mi carne sino también de mi espíritu! Desde los primeros cristianos se ha seguido la costumbre de bautizar a los niños chicos y luego ellos de mayores pueden confirmar lo dicho por sus padres y padrinos en La Confirmación. Unos cuantos días estuve en el hospital, lejos de ti, (estabas en la sala cuna) te traían para que te viera y te diera el biberón; yo te hablaba, te regaloneaba y te quería, pero deseaba estar en mi casa y tenerte cerca, muy cerca de mí. Todo llega; un día me dieron el alta y nos fuimos a casa, me costó subir la escalera, pero la subí y te acosté en la camita blanca a mi lado; ahí estabas tú, todo para mí ¡Eso creí! Todos tus hermanos te querían tomar, todos querían regalonear contigo; llegaban del colegio, ciegos, a tu cama ¡Cómo me costaba contenerlos! No comprendían que, a pesar de tus cuatro kilos, eras un débil recién nacido; ellos ya querían jugar y enseñarte cosas. Para situarnos en el tiempo, hace tanto que no recuerdo a los otros niños, que se me han borrado sus edades, así es que busco en mis papeles y me encuentro que al día del nacimiento de Antonio Luís Emilio tenía 13 años Consuelo tenía 12 años Joaquín tenía 10 años Juan Agustín tenía 9 años Ricardo tenía 8 años Francisco tenía 4 ½ Poco a poco me fui recuperando del cuerpo, pero mi mente no se quería recuperar. No deseaba hacer nada ¡Y menos, trabajar! Me costaba mucho levantarme y el único estímulo que sentía era de poder estar con mi guagua; total, Rubén hacía el resto, se preocupaba del aseo, de la comida, de los niños, de las tareas, lo único que estaba sin atender era el Laboratorio y eso significaba menos entradas. A pesar de saberlo y de que su papá me lo comentaba, yo no podía reaccionar, era un estado mental muy negativo, nada me interesaba, nada me importaba, ahí estaba yo botada con mi niño y sin hacer nada. A veces miraba mi guagua, lo desvestía, le contaba otra vez los deditos, no le veía defecto alguno, era bueno, lloraba cuando tenía hambre o cuando estaba mojado y muy pronto empezó a dormir toda la noche. Recordaba lo que me había dicho el Dr. Zañartu en Santiago “Un niño mas y puede tener problemas” no se refería al que estaba esperando sino a uno siguiente ¿Qué diferencia puede haber entre siete u ocho niños? Hoy puedo pensar en el peligroso momento que vivimos y no se me pasó por la mente que el niño que esperaba pudiera ser defectuoso; creo que Dios pone un velo en la mente de la embarazada para que no sufra y no atente contra su hijo. En vista de lo peligroso que era tener otro niño, junto a la cesárea me esterilizaron; era lo que había que hacer, no podía arriesgarme a tener un niño deficiente teniendo a siete a quienes cuidar. Todo estaba bien, pero en mi mente había algo que estorbaba, algo que me decía: “Se acabó, ya nunca mas tendrás un niño en tu vientre, nunca mas tendrás una guagua en tus brazos, tu tiempo fértil se acabó y con eso una etapa preciosa de la vida”. No era capaz de ver el futuro, no era capaz de saber que todos iríamos creciendo, nos iríamos queriendo y comprendiendo y que cada etapa de la vida tiene su encanto (si uno se lo sabe encontrar). Otra vez entraron a la palestra los pequeños óvulos, ellos creyeron que, ya que habían tenido éxito una vez, el asunto estaba controlado y a los cuarenta días del puerperio, se frotaban las manos diciéndose: — ¿Quién se atreve esta vez? Ellos sentían que se lo podían todo y varios dijeron. —¡Yo voy, yo voy! Pero uno solo saltó al vacío y se encontró con una negra y horrorosa pared; trató de pasarla, pero no fue capaz; tampoco pudo avisar a sus amigos de que una tijera cruel había cortado el conducto de la trompa y que el final era morir sin ver nada más. Así vivieron los pequeños óvulos en una isla perdida en mi vientre, madurando uno a uno y ahogándose en el foso. El médico viejo y, creo yo que mal intencionado, se vengó de todo cuanto yo le había dicho y, casi sin quererlo, junto con ligar la trompa, ligó una pequeña venita ¿O sería arteria? Lo que me producía muchos dolores y hemorragias todos los meses, ¡Venganza! decía yo ¡Castigo! decían los pequeños óvulos. Pasó el tiempo para estar con mi guagua y despreocuparme de los demás; a lo mejor es algo que les pasa a todas las mujeres, pero a mí no me había pasado nunca; yo tenía una guagua y a los pocos días ya estaba operante, trabajando en lo que fuera; ahora no, y eso preocupó a su papá, quién me preguntó: —¿Hasta cuándo vamos a tener cerrado el Laboratorio? Yo no supe qué contestarle, pero me dio vergüenza y fui a ver al médico, ¡Tonta de mí, no ocurrírseme ir a ver a Carlos! No, caí otra vez en el viejo que me atendió durante el embarazo. Me examinó y me encontró muy bien: yo le conté de mi desgano y él dictaminó: —¡Depresión post parto! Eso tiene arreglo, con “anfetaminas”. Yo de esos remedios no sabía nada y él no me advirtió lo que sentiría. Por la mañana, con el desayuno “una pirula”, el primer día me sentí rarísima, fue como si los ojos me giraran en espiral antes de abrirse y cuando se me abrieron, quedaron como platos, y yo ¡¡con ganas de hacer mil cosas!! Ese día no paré, todo el día limpiando, ordenando el Laboratorio y atendiendo a mi guagua en ratitos libres, lo puse en su coche en el Laboratorio, así lo tenía a mano si lloraba; Rubén me traía los biberones preparados y yo entre una cosa y otra se los daba, lo mudaba ahí mismo en el sofá de la sala de espera. Así pasó el día y llegó la noche. A las 11, después del último biberón, “otra pirula” que me daba vuelta los ojos al revés y caía en la inconsciencia del sueño negro y vacío. Una de esas noches, llegó Rubén de su escuela nocturna, con un envoltorio en los brazos y me dijo acusador: —¡¡Señora!! ¡¡Se le quedó el niño debajo de la palmera y mire como está, mojado por la camanchaca!! Menos mal que el coche tenía toldo y que el niño tenía mojada la ropa de afuera y que no le pasó nada. Eso puede dar una idea de cómo estaba yo. Pasó el mes de tratamiento y yo estaba tan acelerada que el corazón me latía rápido y el trabajo (que empezó a llegar) lo hacía sin parar: no pensaba, no podía, sólo era una máquina de hacer cosas y a toda velocidad. Menos mal que al dejar de tomar anfetaminas quedé bien y nunca más las tomé. Un día apareció un cura nuevo en la Parroquia de Cavancha; era un oblato joven y agradable, canadiense misionero. Le caímos bien porque los niños le ayudaron en la Misa y luego nos fue a saludar, así fue como empezó nuestra amistad, más tarde nos veríamos en Antofagasta. Los días iban pasando ¡Antonio iba creciendo, muy bien llevado por un estupendo pediatra, su alimentación era muy cuidada y pronto llegó el momento de los purés de verduras! Las primeras que tomó —hechas con todo amor y cuidado— le encantaron, luego el asunto fue más de uso industrial, hacíamos un puré con todos los ingredientes que indicaba el médico ¡Y lo congelábamos! Así cada día había que descongelar una porción y ¡Listo el almuerzo! Nunca me dio problemas con comidas, ni con otras cosas que suelen hacer los niños chicos, como llorar a destiempo, parecía que él sabía lo que teníamos que hacer y se adaptaba. En la medida que fue creciendo, los niños mayores, cada vez lo querían más y muchas veces, por la noche, iban a mi pieza y me lo robaban. Por las mañanas yo tenía que empezar a buscarlo para darle su desayuno, a veces estaba con usted, otras con Luís Emilio —ellos decían que tenían “derecho” porque eran sus padrinos— pero otras veces estaba con cualquiera de los tintines, lo que a mí me daba miedo porque lo podían dejar caer. Nunca pasó nada, y la guagua estaba feliz de tener ocho padres que velaran por él. Mucho reclamaba su padre del hospital. Ya estaba hasta la coronilla de sufrir por la mala dirección cuando un día lo mandaron en comisión de servicio a Antofagasta, a organizar el servicio de microbiología. Él se fue feliz por unos días para ver como era el hospital y lo que le ofrecía. El Laboratorio volvió a quedar en manos de Gloria y yo me tuve que adaptar a su manera de trabajar. Tenía la ventaja que ella terminaba todo al medio día y entonces yo podía irme a la playa con todos mis hijos ¡Qué familia más linda! Íbamos a Cavancha y yo le hacía con dos toallas una tienda a Antonio, allí lo ponía desnudo y él feliz, luego nos bañábamos en el mar que era limpio y tibio. Los grandes cuidaban a los tintines y yo miraba a Francisco que seguía destacando por su blancura y que jugaba a orillas del mar, también me bañaba con Antonio. Una vez no me di cuenta y me fui metiendo hasta perder pié, vino una ola mayor que las otras y me lo arrebató de las manos, yo me impulsé y nadando con todas mis fuerzas lo traté de tomar, pero lo tocaba y él se resbalaba, una y otra vez hasta que con una ola nos llevó a la playa ¡Sanos y salvos! Yo muy asustada y Antonio feliz se reía. ¡Nunca más meterme con él tan adentro! Mientras el papá estaba fuera, una tarde llegó Consuelo con dolor de barriga y como nunca les pasaba nada yo me preocupé y le hice las pruebas que yo sabía que determinaban una apendicitis. Por lo que yo sabía, era claro que debía llamar al médico cuanto antes. Él se demoró y yo la tendí en un sillón y la tapé, pero cuando le tocaba en el vientre usted se quejaba; cuando llegó el médico dijo: —Deberíamos hacer un examen de deposición. —No hay tiempo, doctor —le contesté. —Deberíamos hacer un hemograma Y yo, acordándome de mi mamá que siempre decía: “Hay que defenderse del cuerpo médico” le insistí: —Vea doctor, hágale las pruebas y se dará cuenta que tiene apendicitis y por favor opérela cuanto antes. No creo que le pareciera muy bien que yo me metiera en su mundo, pero yo le insistí: —Opérela, doctor, bajo mi responsabilidad. El aceptó, pero no muy convencido. Nos fuimos en su auto al hospital y en camino aproveché para dejarle caer la última gota de impertinencia; —Sabe, doctor, en la familia todos los apéndices que nos han sacado han sido posteriores. Me miró como a un bicho raro y no me dijo nada porque llegamos al hospital. Todo salió bien y el médico tuvo la humildad de reconocer que tenía un apéndice a punto de estallar, llena de oxiuros y ¡Posterior! Yo no me alegré de tener la razón sino de haber insistido, porque si se demora habría sido terrible y peligroso. Cuando llegó su papá, usted estaba todavía en el hospital y fue a hablar con el médico, todo quedó bien. Nosotros muy sensibles y atentos a futuros dolores de barriga, los que no demoraron en aparecer, antes de una semana Joaquín llegó del colegio con molestias y su papá sin hacerle nada lo llevó corriendo al hospital exigiendo que lo operaran ¡Con o sin apendicitis! ¡Él no quería más problemas! Lo operaron y sí, tenía un principio de inflamación, pero valió la pena porque “Los hijos de los médicos suelen tener cosas raras”, dijo el cirujano. A la semana, Ricardo se quejó por la mañana de que “le había dolido para hacer caca”; otra vez su papá partió a hablar con el cirujano y éste, ya por cansancio lo operó. —Este niño sí que no tenía nada, dijo. Ricardo volvió de la anestesia y se bajó de la cama y empezó a visitar a los niños que estaban en la sala, hasta que lo encontró una enfermera quien lo llevó a su cama y le dijo que se quedara tranquilo, que estaba recién operado y él le dijo: —Es mentira que me operaron, me pusieron un parche, pero no me hicieron nada. No tuvo ningún dolor y convaleció estupendamente, pero también era un apéndice posterior y le dejó una buena cicatriz. No sé si sería antes o después de tanta cirugía que un día fuimos con varios amigos a una playa un poco al sur, donde había machas en cantidad. Llevamos bastante cebolla picada finita con cilantro y limón y nos dispusimos a sacar machas. Estas se sacan moviendo los pies en la arena, como si se estuviera bailando, en bajamar y empujadas por el movimiento empiezan a salir por montones. Al principio las lavábamos en agua de mar y las limpiábamos de arena e interiores y las íbamos poniendo en la ensaladera ¡Cosa rica! Eso fue al principio porque luego nos dimos cuenta de que era más fácil sacarles sólo la lengua de carne y en el mismo mar las íbamos juntando para el almuerzo. Ese día todos comimos lo mismo: Machas, machas y más machas con pan hasta hartarnos, después empezamos a sacar para llevarnos a casa unos 15 kilos para hacerlas a la parmesana o con arroz o en caldo. En esa faena estábamos cuando oímos una voz pidiendo auxilio, nos habían dicho que era una playa peligrosa cuando subía la marea y todos estábamos atentos ¡Claro está, todos menos Juan Agustín! que, con la audacia de siempre, cortaba olas como un delfín hasta que no pudo volver y se asustó ¡Él y nosotros! que nos vimos imposibilitados de ir a buscarlo ¡Qué angustia! menos mal que íbamos varios adultos y se les ocurrió hacer una cadena de salvamento y así llegamos donde Juan Agustín, que estaba a punto de zozobrar. Poquito a poco fuimos saliendo del mar y llevando al niño, que pasó un susto tremendo. Pero los sustos de los niños a esa edad se pasan pronto y muy rápido se repuso y empezó a juntar conchitas con los otros ¡Cuántos sustos me hizo pasar el Agustincito! ¡Qué audacia de niño! El tiempo iba pasando y los niños creciendo. También los mayores se hacían más personas grandes e iban entrando en la adolescencia, tenían amigas y amigos; salían, y en las casas se hacían “bailoteos”. También ustedes quisieron tener el suyo y trajeron discos “a la moda” para bailar. Se juntó un grupo no muy grande y fueron bien prudentes en la hora de llegada y de salida. Tuvieron su aperitivo de bebidas y cositas para picar, pero más que eso fue ¡Bailar y bailar! Yo no sé si lo harían bien o no, pero lo pasaron estupendo, bailes, risas y todo el mundo contento. Lo que no me acuerdo es si los tintines dieron guerra ese día o logramos mantenerlos fuera del grupo —hoy me parece imposible—. Fue la única vez que tuvieron el gusto de tener a sus amigos en casa para bailar y pasarlo bien. Me alegra que, por lo menos esa vez tuvieran ese gusto. Su papá se encantó con el director del Hospital de Antofagasta, quien le dio toda clase de facilidades para montar el Laboratorio de Microbiología. Un sitio ideal para trabajar con luz y muy buenos colaboradores. No sólo llegó encantado con todo, sino con el ofrecimiento de trabajo en el mismo Laboratorio. Todo lo vio positivo: una ciudad grande con buen clima, con buenos colegios para ustedes, tres Universidades para elegir cuando estuvieran en edad de hacerlo, el hospital era mucho mejor y más moderno y por lo visto, la gente menos reservada y más culta que en Iquique. Yo le conozco la mirada cuando quiere cambiar de entorno y supe que nos iríamos, me bastó con lo que dijo y no averigüé más, tampoco habría sacado nada. Cuando le pican “los pidulles” no hay nada que hacer, en este caso… partir. Su papá arregló sus papeles en el hospital y se fue en el Land Rover con sus cosas. Cuando terminaran los colegios nos iríamos nosotros. Eso sí que el laboratorio quedaría cerrado ya que sin él cerca yo no quería trabajar meses con Gloria, era demasiado pedir. De a poco fuimos desarmando el laboratorio ¡Otra vez empacar! Los tubos, las pipetas, el material de vidrio, todo envuelto y bien envuelto, todo en cajones y ordenados por nombres, así se sabía, al llegar, dónde estaba cada cosa. Ni pensé ni me preocupé ¿Dónde viviríamos? Una nube cubrió mi mente y sólo me preocupé de irnos ¡Su papá sabría donde viviríamos! Total, lo había hecho siempre y siempre había acertado. Poco a poco la casa se fue haciendo inmensa, ya no importaba que estuviera toda encerada y pulida. Los niños corrían por todas partes, se deslizaban por la escalera principal, ya no importaba, ya no había de qué preocuparse. Otra vez ustedes eligieron lo que se querían llevar, ya había cosas que no les interesaban y cosas nuevas que eran importantes como la lámpara minera, centro de la lámpara colgante de hierro, la piedra de aerolito, la piedra del fundo, la raíz de avellano, así, cosa por cosa se fue examinando y seleccionando. De todas maneras, se embalaron todos los libros y todos los discos; los nuestros y muy especialmente Ricardo apartó “sus” discos, lo que había comprado con “su” plata. Él guardaba las monedas que le dábamos y cuando tenía para comprar medio disco, yo le ponía la otra mitad e íbamos a una tienda que había en el centro y donde vendían bastante música clásica. Es curioso que siendo tan chico (entre 6 y 8 años) supiera tan bien lo que le gustaba. La vendedora le iba poniendo discos variados y él siempre elegía uno de Vivaldi, los iba juntando y tenía varios que los oía muy seguido. ¡Era tan tierno ir con él a buscar y siempre coincidir en el gusto! Yo me sentía feliz de tener un hijo tan afín, musicalmente. Llegó el fin de curso y fue el fin de muchas cosas no sólo de estudios; también nos fuimos despidiendo de amigos a quienes queríamos, de compañeros de curso, de la playa Cavancha, del puerto, de la plaza, del Club Español… de la ciudad misma ¡Quién sabe cuando volveríamos!… ¡O si volveríamos! Pero los niños son los niños, y pronto empezaron a soñar con lo que encontrarían en la otra ciudad, a fabular cosas y todos nos queríamos ir cuanto antes, tan sólo esperábamos que su papá encontrara una casa donde poder vivir. ANTOFAGASTA Así fue como un día su padre anunció que ya tenía una casa y que nos fuéramos. Tal como lo habíamos pensado, entregamos la casa. Rubén se fue en un camión con todas nuestras pertenencias y nosotros nos fuimos en un autobús. No recuerdo mucho como sería el viaje, pero puedo presumir que sería como tantos otros. Unos niños inquietos y alborotadores que se tomarían el bus con risas y cuentos, y yo, con Antonio en brazos, tratando de controlar a los más bandoleros. De lo que estoy segura es que a Antofagasta llegamos, y su papá nos esperaba en el paradero ¡Qué rico volver a verlo! Al parecer, el camión había llegado antes y estaba instalado en una casita de veraneo en la playa, una miniatura de casa, allí descargaron lo indispensable y el resto se guardó —¿En una bodega? — a la espera de encontrar algo mayor porque la casa era diminuta, apenas cabíamos. Ustedes durmiendo de a dos por cama y Rubén en el hall. Como estaba en la playa, en cuanto había un poco de viento —lo que era todas las tardes— entraba la arena por debajo de la puerta y lo invadía todo. En ese verano, a lo mejor sería febrero de 1970, pasó Roberto, mi hermano menor, a vernos. Él venía de vuelta de un viaje de estudios por el norte. No hubo problemas de alojamiento: puso su saco de dormir en el hall, sin hacer historias. Los días que estuvo lo pasamos bien, salíamos a la playa por el día y por las tardes paseábamos por la ciudad y así fuimos conociendo las partes más importantes para nosotros, como el mercado de la fruta y verdura, las pescaderías, los teatros, el parque, La Catedral… en fin, sitios útiles para estar con tanto niño. Naturalmente, éramos muchos para una casa tan chica y su papá se había habituado a estar solo y tranquilo, sin el alboroto de ocho niños. El resultado fue catastrófico, ya que cayó en una depresión muy grande y muy difícil de salir adelante. Afortunadamente había un buen psiquiatra en el hospital, el Dr. Kowalsky, quién se tomó mucho interés y lo fue sanando lentamente. Para nosotros verlo así de deprimido fue difícil de afrontar, no teníamos espacio suficiente para hacer vidas un poco independientes. En marzo Pilar me avisó que se casaba. A mí me hacía mucha ilusión ir, porque juntas habíamos hecho las compras de su ajuar en Londres y habíamos hablado de muchas cosas confidenciales; además, siempre la quise mucho. Desde que nació fue para mí más que una hermana, casi una hija. Ya teníamos hasta los pasajes comprados cuando se nos vino encima una cadena de acontecimientos: 1. Nos avisaron que había una casa grande para arrendar. 2. Rubén dijo que se volvía a Iquique, que nos dejaba en la casa nueva y se iba. 3. Se agravó la única hermana de Caco y decidieron postergar el matrimonio. Cuando pudimos se resolvieron todos estos asuntos: Pilar y Caco se casaron el día de mi cumpleaños. Yo no pude ir. Roberto se fue. Rubén nos dejó instalados y partió. ¡A ver qué hacía yo entonces! ¡Fue un cumpleaños siniestro! ¡Me quedé con las ganas de ir al matrimonio! ¡Y Emilio deprimido! Lo primero que había que hacer era buscar colegio para ustedes. Y menos mal que tenía un amigo de toda la vida como Obispo de Antofagasta. Él me recomendó dos colegios: “San José”, de los Padres Oblatos para usted, Joaquín, Juan Agustín y Francisco, y el “San Luís”, de los Jesuitas, para Luís Emilio y Ricardo. Partí de recomendación en mano a hablar con los respectivos rectores. Los que, siendo obedientes a la jerarquía, no tuvieron más remedio que aceptar el plan del Obispo. Entraron un poco atrasados, pero pronto se integraron y fueron buenos estudiantes. Luego había que montar el Laboratorio. Para eso habilitamos una parte del hall-comedor y pusimos unos pocos muebles, el resto pasó a la cocina. Nada nos cabía, aunque la casa era mucho más grande que la anterior, seguíamos siendo muchos y seguíamos teniendo en la mente la casa de Iquique ¡Qué difícil es achicarse! De todas maneras, y tras los debidos ajustes, quedamos bien. En el segundo piso usted tuvo una pieza sola y ¡Con llave! Los tintines en una pieza con balcón a la calle, Luís Emilio y Francisco en otra pieza a la calle y nosotros con Antonio en una pieza al naciente. Arriba había un baño completo y un hall de distribución, abajo un bañito para emergencias —donde había un interruptor que, al encenderlo, daba un golpe de corriente que lo dejaba a uno sentado y tiritando—. También abajo, estaba el salón-comedor que después fue salón-laboratorio y una cocina bastante buena. Afuera había un terreno sin cultivar, bastante grande, con cuatro higuerillas ¿Qué hicimos para que los chicos no se comieran los frutos y les diera diarrea? No lo sé, su papá dice que les hablamos, pero… ¡Tantas cosas que les dijimos y no hacían caso! En fin, el caso es que no comieron y no se enfermaron. También atrás había una artesa para lavar y un trozo encementado frente al ventanal del salón donde pusimos la mesa de comedor con las bancas que servía para todo: para hacer las tareas, comer y ¡Jugar ping-pong! no sería reglamentaria, pero servía. Por delante había un antejardín chico y ¡Garaje! Poquito a poco fuimos montando el Laboratorio ¡Empezamos a trabajarlo! Había poco trabajo porque había otros laboratorios funcionando; tampoco hicimos mucho por tener más. Entre que su papá, que entraba y salía de depresiones, y yo, haciendo todo el trabajo de casa y niños, no había mucho interés en agobiarse más; total, el sueldo de su papá nos alcanzaba para vivir. Un poco estrechos, pero no nos faltaba de nada. A pesar del poco trabajo y de lo poco rentable que era —poco trabajo particular y las empresas pagaban mal—, fui conociendo a personas que después fueron amigos nuestros. Entre ellos volví a ver a la Hilda Calvo, amiga de toda la vida, de pololas, compañeras de curso, de esa edad de las grandes e inolvidables amistades, de 15-20 años. Estaba casada con un abogado e hicimos buena amistad de parejas. Mejor adaptados estaban ustedes, que les gustaron los colegios donde los recibieron. Usted hizo amistad con sus compañeros de curso y se reencontró con el Padre Gil, con el que renovamos amistad e hicimos amigos entre los Oblatos que, por lo general, eran amigables y sencillos. Una tarde llegó el Padre Gil a vernos y a contarnos que tenía una muchacha amiga con un problema social. Ella perdió a su madre muy niña y su padre se volvió a casar dejándola a vivir con unas tías que le hicieron la vida imposible. Tanto, que la pusieron en la calle y no tenía donde vivir. El Padre nos pidió que la recibiéramos en casa. Es difícil decidir hacerse cargo de una persona, pero el Padre nos comentó que él se haría responsable de la parte universitaria —estaba en La Universidad del Norte— y que estaría muy cerca de ella con sus consejos. Todas nuestras reticencias se fueron cuando la conocimos ¡Una chiquilla encantadora!, morena, de lindos y expresivos ojos negros, con una permanente sonrisa… de inmediato nos cautivó y nunca nos arrepentimos. Fue una estupenda experiencia. Le hicimos un hueco en casa e hizo la misma vida que el resto de los hijos, con sus derechos y deberes. Rosa Campos se hizo cargo de Antonio y empezó a llevarlo consigo a La Universidad donde tenían una magnífica guardería para los hijos de las alumnas y de los profesores. A los diez meses de edad tuvimos el primer informe “escolar”: ¡Estupendo! Era un niño intelectualmente más adelantado que los de su edad y su motricidad era también muy buena. Ya empezaba a dar pasitos y a balbucear sus primeras palabras. Como la casa nos empezaba a quedar chica, compramos una pieza de madera prefabricada donde vivió Rosa durante el tiempo que estuvo con nosotros. Ella conoció a un muchacho belga: blanco, rubio, de ojos celestes iluminados, que vino a Chile al Convento de los Oblatos para discernir su vocación. Entró a estudiar enfermería, conoció a Rosa y supo que su vocación era la de casarse con ella y tener hijos de todos colores. Los Padres Oblatos lo ayudaron a terminar su carrera, los apadrinaron en su matrimonio, los ayudaron a volverse a Bélgica y les encontraron trabajo en un hospital. Desde entonces, como en un cuento de hadas, viven felices con 5 hijos en un país donde premian a las parejas que tienen más de dos. Los han educado y están contentos con su familión. El año que Luís Emilio terminó octavo básico recibió una invitación de sus tíos Mercedes y Charles para que fuera a USA. Estábamos muy contentos de que pudiera ir, pero nos preocupamos porque era lejos, no conocía el idioma y nunca había salido del nido. El primer problema fue el pasaporte: en el Registro Civil nos demoraron mucho, todos los días nos decían; “Mañana, mañana” y ese mañana no llegaba nunca. El pasaje estaba comprado y pagado, no se podía devolver y… Nada, sigan volviendo “mañana”. Hasta que llegó el momento de partir ¡Qué inconsciencia la nuestra! Lo pusimos en un bus con unos cuantos dólares y ¡Sin pasaporte! Quedaron de entregarlo en Santiago. Hoy me parece increíble haber mandado a un niño de 14 años sin documentos, a buscarse la vida en Santiago para luego partir al extranjero. Mis padres se preocuparon de él y todo resultó bien, pero en el tiempo límite. Más tarde nos contaría lo que nosotros no sabíamos: tuvo que hacer dos transbordos y uno de ellos en un gran aeropuerto en USA. Él se las arregló para hacerlo bien y llegar a Washington, donde lo esperaban sus tíos. Al llegar, lo pusieron en el colegio donde estaban sus primos y aprendió muchas cosas entre ellas inglés, que luego le serviría en su vida adulta. Como en ese colegio les enseñaban castellano, se lució dando una serie de charlas sobre Chile. ¡Buen propagandista! Hizo buena amistad con sus primos y conoció diferentes lugares de los que trajo fotografías. Creo que lo que más le gustó fue la nieve que él no la conocía, disfrutó jugando y deslizándose en trineo. Volvió feliz con regalos para todos. A Antonio le trajo un pantalón de cotelé verde-agua que le quedó pintado, le cabían hasta los pañales y se veía muy bien. Nos llamó la atención que en tan poco tiempo se le pegara el acento, cuando hablaba arrastraba las “r” como los gringos. ¡Nos hacía gracia oírlo! Antes de cumplir un año Antonio empezó a caminar solo y muy decidido, entre los sillones y la mesa de centro. Alcanzaba a dar dos pasitos y así seguía dando vueltas y vueltas hasta que un día se lanzó a descubrir otros mundos. El problema que tuvo con el lenguaje fue grande, ¡Muchos profesores para un solo niño! Cada uno quería enseñarle algo y no lo dejaban hablar como chico, él no supo de “tato”, “bubú” ni otros sonidos propios. Se daban el trabajo de hacerlo repetir hasta el agotamiento todas las palabras enteras, luego daba risa oírlo tan chico y tan pronunciado. En uno de los viajes al interior del desierto encontramos una reja de cementerio, cuadrada, hecha de zunchos de toneles, muy elaborada. La idea de su padre era hacer con ella una mesa de centro poniéndole patas y cubriéndola con un cristal. La mesa quedó muy bien porque el maestro la hizo con madera vieja, pero el cristal resultó muy caro para nosotros así es que se quedó sin él. ¡Recuerdos de cementerios! Teníamos unas coronas fabricadas con latas y adornadas con flores de porcelana inglesa, rosas abiertas y en botones, blancas, lindas, pulidas por el viento del desierto, pero el problema era ¿Dónde ponerlas? porque no resultaba ser una ornamentación adecuada en una casa que cada vez nos quedaba más estrecha o tal vez sería que cada vez los niños ocupaban más sitio. El resultado fue que quedaron guardadas durante años. Llegando a Antofagasta, Antonio empezó a toser. Al principio yo pensaba que era el cambio de ciudad, luego que era la humedad, luego… en fin, todo se nos ocurrió hasta que no pudimos más y recurrimos a la ciencia médica. Menos mal que dimos con un buen pediatra, el Dr. Beca. Estaba recién especializado y resultó ser una espléndida persona, cariñoso, amable, se hacía querer por niños y padres. Él hizo todo lo que pudo, pero no fue suficiente. Durante todo el tiempo que estuvimos en esa ciudad, Antonio tosió sin parar. Parecía que a él no le importaba porque hacía vida normal, comía de todo, engordaba, dormía y tenía maravillosos informes de la guardería ¿Qué más podíamos pedir? ¡¡Que dejara de toser!! Lo increíble era que, llegando al fundo, casi diría que en el viaje a Santiago, se le quitaba todo. Hoy yo me pregunto ¿Cómo a nadie se le ocurrió pensar en una alergia? Seguramente porque no había los medios o no estaba de moda. El Dr. Beca fue un buen médico y un buen amigo. Años más tarde lo encontré y coincidió que era amigo de mis hermanos menores. Se acordaba de nosotros y de Antonio. Cuando le conté que lo que tenía era alergia se rió y comentó: “Eso no se investigaba en ese tiempo, hoy sí”, ¡Claro está, ahora, cuando ya dejó de toser hace años! Una de las cosas a las que yo no quería renunciar era al judo. ¡Tanto le debía… la vida de un hijo! Me dijeron que en el IMCA había un tatami y se practicaba bajo la dirección de un cinturón negro. Yo fui a ver de qué se trataba, me citaron a un grupo de personas mayores; cuando fui con el traje hecho por mi maestro japonés, me llevé una sorpresa, ¡De práctica NADA! Sólo era competencia y golpes fuertes, a matarse, eso no era judo, era una brutalidad. No, no era práctica, sino lucha casi Kárate. No volví nunca más, ni les hablé a ustedes, simplemente lo borré y me aguanté las ganas de seguir mi aprendizaje. ¡Una cosa más pasó al olvido, el “nunca más” fue realmente… NUNCA MÁS! Frente a la casa había un parque con árboles y juegos infantiles ¡Eran las canchas de los tintines! En ese tiempo no había gran problema de acoso a los niños, ellos jugaban en los columpios y por las tardes salían a correr dando vueltas por los senderos del parque. En una oportunidad los empezó a seguir un marica. Ellos alargaron su ruta para pasar frente a un carabinero, —en ese tiempo todavía “amigos” de la gente— le dijeron: “Ese que viene detrás nos está persiguiendo”. Cuando el marica pasó lo detuvieron, ¿Qué pasó? No lo sé, pero por allí no se le vio nunca más. ¡Los tintines se sabían cuidar! Para estar presentable en el trabajo, iba todas las semanas a peinarme con Lidia, una mujer sencilla y cariñosa y muy entretenida, hablábamos de muchas cosas. En una oportunidad me dijo que tenía contactos con gente de otra dimensión que le habían enseñado a ver las auras. De esto yo había leído algo, pero en realidad no sabía nada. Ella, no sólo las veía, sino que además las podía interpretar. Me decía que las personas muy espirituales y buenas tienen aura blanca y brillante, por eso pintan a los santos con una corona dorada o a veces rodeados enteros por una luz. Las auras de las personas saludables son verdes, las de las malas personas, rojas y si están enfermas, decía, sus auras están manchadas según la enfermedad que tienen. Ella veía cosas extrañas; un día me dijo, mientras me peinaba, que junto a mí había una mujer joven y me describió a mi hermana Pilar como si la estuviera viendo; al extrañarme, ella me tranquilizó diciéndome que los espíritus de las personas muchas veces se desdoblan y se pueden percibir muy lejos. Para los espíritus no hay tiempo ni espacio. También me contaba que al morir una persona instantáneamente puede hacerse notar en personas tan lejanas como en otro continente, decía que muchas veces ella lo había comprobado. En esa época yo estaba muy necesitada de mi mamá y ella no estaba bien de salud por lo que no podía ir a vernos. Yo hice poderíos mentales para comunicarme con ella, por verla, por hacerle sentir que estaba a su lado, que la quería. ¡Qué ganas que lo que me contaba Lidia fuera cierto! ¡Qué ganas de estar con mi mamá! Todas las noches trataba de desdoblarme e ir a verla y ¡Nada!, todo mi esfuerzo se iba en querer lo imposible. ¿Ingenuidad? ¿Tonterías? Creo que más bien… necesidad de mamá. Una de las cosas que me maravillaba de Lidia era que decía hacer viajes astrales a otra dimensión. En ellos se unía a un grupo de “Médicos de Oriente” y sanaban a personas necesitadas ¡Qué cosas! Lo único que puedo asegurar es que tenía un magnetismo especial en las manos. Muchas veces, no una ni dos, sino muchas, llegaba yo con dolor de espalda, el eterno dolor vertebral que me ha hecho sufrir durante tantos años. Ella me tendía en una camilla boca abajo y me pasaba las manos por la columna, lentamente, ¡Sin tocarme!, arriba por un costado de las vértebras, y abajo por el otro costado. Yo no sentía nada, pero al rato se me iba pasando el dolor y quedaba bien, sin dolor ninguno ¡Increíble! Tuve con Lidia otra experiencia, no podría fijar el año, pero fue antes de 1972. En esa oportunidad le hicimos un examen de orina a su marido y ella lo fue a buscar, no fui yo la que se lo entregó sino su papá. Cuando fui a peinarme me comentó: “¿Sufre de la columna su marido?” Yo le dije: “No, que yo sepa nunca se ha quejado”. Y ella me comentó: “Dígale que tenga cuidado porque tiene una vértebra bastante mala”. Creo que no pasó ni una semana y su papá hizo un movimiento de rotación cambiando de sitio una pecera bastante pesada y se quedó en un grito de dolor. Fuimos al hospital, lo vio un traumatólogo, le hizo una radiografía y sentencio: —Tiene una vértebra quebrada, hay que ponerle un corsé de yeso y debe estar inmóvil bastante tiempo. Hizo lo que tenía que hacer y lo mandó a casa en ambulancia porque no se podía sentar. Fue terrible para él, para ustedes y para mí. Si ya es un problema tener un hombre enfermo en casa, tener al marido incapacitado para todo es espantoso. No duraba mucho tiempo en la misma posición así es que muy seguido había que rodarlo a un lado y a otro, afirmarlo con una almohada. Se cansaba, se aburría: quería la radio, no la quería. Tenía hambre, la comida no le gustaba. Quería agua, pero pedía leche. Le picaba el cuerpo, se desesperaba por no poder rascarse. Quería dormir, pero el ruido no lo dejaba. En fin, una cadena de necesidades que agotaba. Todos estábamos nerviosos, todos cansados, todos saltones e intolerantes unos con otros. Cerré el Laboratorio, sin él no podía trabajar y aunque hubiera podido no habría tenido tiempo para hacerlo. No recuerdo si Rosa estaba en casa o si, también tenía yo que cuidar de Antonio. Sólo recuerdo cosas puntuales. Un día llegué de comprar y encontré a un auto-patrulla en la puerta de la casa con toda la parafernalia de luces y carabineros. Al llegar, se me acercó el teniente a cargo. —¿Es usted la madre de Juan Agustín Valle? —Sí, le contesté con un apretón en el plexo solar. —El niño ha denunciado a su padre por maltrato. —Imposible, dije con toda el alma. Por favor suba y mire, sólo mire a mi marido que está en la pieza al frente de la escalera, no le diga nada, luego hablamos. Él lo hizo así, y se dio cuenta que con la coraza de yeso, su padre no podía haber maltratado a nadie; así me lo hizo saber, pero agregó: —La denuncia está estampada, si el niño vuelve a reclamar lo tendremos que poner a resguardo en un hogar temporal. No sé si le dije o le quise decir “Allá ustedes si se quieren hacer cargo de él, yo ya no puedo más”. En realidad, ya no daba para más y trataba de sobreponerme, por eso seguía yendo donde Lidia que me aliviaba la espalda y las tensiones; ella me decía que los “médicos de Oriente” estaban preocupados por su papá y que estaban “actuando”. Llegó el día en que ¡Por fin! Le sacaron la coraza de yeso y le hicieron nuevas radiografías, por desgracia la vértebra seguía igual. Determinaron que habría que hacerle un estudio de la absorción de calcio en Santiago, en el hospital J.J. Pérez y allá lo mandaron. Sé que lo hospitalizaron y le hicieron exámenes, pero no tratamiento. Entre tanto los “médicos de Oriente” trabajaban. Lidia me decía que faltaba poco. Mientras su padre estaba en Santiago, nosotros tratábamos de relajarnos, íbamos de paseo, a la playa —que no era muy buena—, a distintas partes, a conocer otras cosas. Pasaron los días y le llegó el momento del veredicto final a su padre: le hicieron una nueva radiografía, cuando la vieron los médicos no lo podían creer ¡¡No había ni señal de fractura!! Miraban la radiografía, la primera y la comparaban con la recién hecha, parecían ser de otra persona; por lo tanto lo mandaron de vuelta bueno y sano, más gordito y de buen humor ¡¡Cuánto agradecí el cambio!! Joaquín era un niño muy inquieto, lo que era una perturbación en el colegio. En una reunión de apoderados, la jefa de curso planteó la necesidad de cambiarlo de colegio porque no dejaba concentrarse al resto de la clase. El asunto era que él aprendía mucho más rápido que sus compañeros y se aburría, por lo tanto hacía otras cosas que molestaban. A esas reuniones, muy bien organizadas, iban los apoderados, el jefe de curso, un representante del directorio y el presidente de curso —que tendría entre 11 y 12 años—. Los apoderados defendieron a sus hijos y opinaron que habría que expulsar a Joaquín, los profesores también pensaron que lo mejor era sacarse un problema de encima. Yo, muda, ¡No podía creer que se estuviera decidiendo el futuro de un hijo mío! Pero… el poder y la limpieza de mente de un niño pudo más, el presidente de curso se puso de pie, pidió la palabra y dijo: “Yo creo que hay que darle una oportunidad a Joaquín. Él no sabe cuándo se porta mal, creo que si le dan una libreta donde yo pueda escribir un informe diario y se sienta a mi lado, yo puedo hacer que se porte bien, con la ayuda de la profesora y de los compañeros”. Yo me quedé asombrada, el niño que no aparentaba la edad que tenía y sin embargo su mente era tan clara como para dar una salida a la situación. Todos aplaudimos su solución e hizo reconsiderar el asunto. ¡Empezó la lucha por la conducta! Todos los días me llegaba una comunicación diciendo: “Hoy se le cayó el lápiz en clase, resto del día, bien”. “Hoy contestó bien en Historia, interrumpió la clase de matemática” “Hoy empezó a contestar a la profesora, yo le hice callar y me hizo caso”. “Hoy bien, tranquilo”. Así fue de a poco dándose cuenta de lo que llegaba a molestar a los demás y se fue corrigiendo hasta terminar el año con notas muy buenas. Fue un trabajo conjunto de niños y adultos que sirvió a Joaquín para toda la vida. En el colegio San José había una tropa scout a la que Luís Emilio le hubiera encantado ingresar. Lo que él hizo fue hacerse amigo de los amigos de Consuelo, así fue haciendo contactos con los profesores del colegio a los que les pidió que los recibieran al año siguiente a él y a Ricardo. ¡Qué alegría la suya cuando los recibieron! ¡Por fin estar en los scouts! No sé si los tintines entraron o no a los lobatos, para mí fue un gusto tener a Luís Emilio contento en algo que le gustaba y también fue un alivio tenerlos a todos en un solo colegio. Los domingos íbamos a Misa a La Catedral, a La Misa de Panchito. Como buen pastor, predicaba cosas muy sencillas, al alcance de todos y sin gran ceremonial; fue un obispo querido por todos. Yo siempre le tuve un cariño especial, de amigo, porque lo conocí de seminarista y ustedes también lo quisieron. A veces íbamos a su casa, que estaba detrás del hospital, a ver a la Icha —su hermana—. Lo pasábamos muy bien, ella era cariñosa, los celebraba a todos, y les contaba cuentos de Huelquén, de mi infancia. Su preferido, entre mis hermanos, era Jorge. Tenía una colección de muñecas del mundo y montones de recuerdos y juguetes que le traían sus amigos cuando viajaban, a ustedes les encantaba; además, era alegre y hacía ricos dulces. Las veces que teníamos aniversarios especiales, Panchito nos celebraba Misa en su oratorio, muy bonito e íntimo; allí celebramos cumpleaños, aniversarios de matrimonio y la muerte de Jorge. Fueron las últimas Misas a las que asistimos todos juntos. Luego, y por cumplir, su padre iba a alguna de difuntos, bodas o aniversarios ¡Qué tristeza! Juan Agustín era muy impulsivo, siempre hacía las cosas y no las pensaba nunca. Le llamaba la atención que Panchito usara alba para celebrar Misa, un día, a la salida se la levantó y le dijo: “Yo creí que estabas a poto pelado”. ¡Saliendo de Misa de 12 y lleno de gente pituca! Menos mal que Panchito se rio y no hizo más historia. El sitio de atrás de la casa era un terreno eriazo. Fuera de las higuerillas sólo había escombros. En un fin de semana nos propusimos “ponerle el hombro”. (Slogan habitual en el gobierno de Allende). Empezamos a sacar escombros y a tratar de nivelar el terreno, para este efecto usamos las latas de leche, Nescafé y conservas, las nuestras y las de los amigos, así fuimos levantando unos bajos y, poniendo algo de ripio y tierra, quedó más o menos nivelado. Después de varias semanas de trabajo pudimos plantar docas, que se dan muy bien a orillas del mar; también pusimos una que otra planta fácil de regar. Tuvimos un gusto enorme cuando las docas prendieron y al cabo de los meses se veía un trozo de patio verde salpicado de flores amarillentas. Así fue pasando el tiempo, como dijo el poeta: “Pasó un día y otro día, un mes y otro mes pasó, y un año pasado había y de Flandes no volvía aquel que a Flandes partió”. Para mí también pasaban los días, cada uno con su problema y su quehacer, pasaban los meses con el trabajo, los colegios y las depresiones, hasta que pasó el año y nos fuimos a descansar al fundo ¿En qué nos fuimos? ¿Por qué nos volvimos en bus? ¿Cómo diferenciar las distintas vacaciones? Se me hace imposible, además fue una época complicada, de crisis de pareja, de cuestionamiento existencial, época de adolescencia suya. No es que fuera muy distinta al resto de las niñas, era igual, o sea, complicada. No quería saber mucho de mí, quería su independencia, sus cosas, su pieza con llave. Muchas situaciones las comprendí, otras, no tenía ni tiempo sumergida en la vorágine de la vida. Menos mal que había una buena relación con Luís Emilio y se entendía a veces con su papá. No recuerdo haber tenido problemas con Luís Emilio en la adolescencia, creo que la pasó sin darse cuenta él, ni nosotros. Todo lo contrario, era muy ayudador con la tropa. Como sea, llegamos al fundo, al Naranjo a desprendernos de todo lo que nos impedía ser naturales, comíamos de lo que había y nadie se hacía problemas porque se repetían los menús: eso era de ciudad, en el fundo… si había habas ¡Se comían habas hasta que se acababan! Igual con el resto de las verduras, y la carne era un imposible. La única que veíamos era un cabrito a la semana del que aprovechábamos todo —salvo las tripas—. Me temo que más de alguno recuerda con repulsión los sesos, la sangre y otros interiores, pero era fundamental para la dieta, ya que sin complejo B no se crece como es debido. Supongo que esto no traerá un buen recuerdo a Ricardo, que se montó en el macho con un bife de hígado y pasó un día encerrado hasta que el aburrimiento, la soledad y el hambre pudieron romper su resistencia y se lo comió. Nunca más hubo problemas para ninguna comida en ninguno de ustedes, las mañas vinieron después. También salíamos a pescar con los mayores y a veces traíamos una desnutrida trucha llena de espinas que había que desmenuzar al sol para sacarle las espinitas y hacer un bocado para la guagua del momento ¿Ven como generalizo y me voy años atrás, años adelante? No lo puedo evitar, siempre me pasa igual cuando hablo del fundo. Perdón. Seguramente fue ese año en el que Luís Emilio, Roberto y don Rosa fueron a La Cordillera y llegaron encantados ¡Qué paisaje! ¡Qué raudales! Mientras, usted loqueaba con el caballo destinado a “las casas”. Algo le tuvo que hacer para que el manso animal la desmontara, con tal mala suerte que cayó sentada y se quebró el cóccix, pero… ya le podía doler lo que fuera, que usted… muda, a nadie se lo dijo, no le convenía hablar. Ese verano, el 71, cumplió sus 14 años, era una niña linda, agraciada, tierna —cuando quería— y se preocupaba de Antonio. Todos juntos nos íbamos a bañar al río después de la siesta, en cuanto empezaba a bajar el sol. Mi mamá se levantaba e iniciábamos la aventura diaria: todos a buscar su toalla y su bañador. Al pasar por las manzanas, unos tomaban unas chicas dulces y perfumadas, otros las preferían verdes y ásperas y llevaban sal para comerlas; de paso por los boldos íbamos picoteando los frutos amarillentos y dulces de gusto penetrante. Bajábamos por un camino en zig-zag que había al final de los perales, a resbalones y, afirmándonos como podíamos, llegábamos abajo y veíamos el raudal. Cierro los ojos y siento el sol quemante, el olor de las piedras recalentadas contrastando con el bosquecito de la entrada de boldos, coihues, coiles, arrayanes… el sonido del río deslizándose entre las piedras, la sensación de repulsión en los pies al limpiar la lama de las piedras donde nos afirmábamos para entrar al río. Luego, despacito, nos íbamos metiendo al agua fría: unos se lanzaban de una vez, otros, poquito a poco y después “A nadar” y a tirarse piqueros desde la roca del otro lado del río. En la misma roca empezó a crecer un coihue, lo fuimos viendo crecer año a año, verde-plateado con las ramas en círculos concéntricos… era y es ¡Una maravilla! Se formaba una verdadera competencia y nos desafiábamos a: “Quién saca la piedra de lo más profundo” “Quién está más rato debajo del agua” “Quién atraviesa el río más rápido”. Mucha era la entretención en la que participábamos todos, pero había que tener mucho cuidado, porque al final del raudal había una caída fuerte donde el agua se precipitaba entre grandes piedras, lo que era peligroso, no sólo para los chicos, sino también para los grandes. Después del baño, cansados de nadar y jugar, cada uno se apropiaba de “su” piedra para secarse al sol. Había piedras grandes, rodadas por el río en los inviernos ancestrales, redondas, ásperas, olorosas ¡Qué placer! ¡Qué ignorancia! Hoy sufrimos en la piel las consecuencias de esos asoleos ¿Quién lo hubiera pensado? Y esas manzanas verdes y tibias que tratábamos de enfriar en el agua, pero que en el centro conservaban el dulzor fragante de la fruta sin madurar y recién cortada ¡Qué gusto mascarlas y que el jugo nos llenara la boca! Veranos de gusto y aventura, de cariño y compañía. Por las tardes salíamos a caminar, después de comer, generalmente camino a La Piedra, donde había luciérnagas a miles en las noches de calor. Una lucecita azul volaba de un lado a otro y nosotros tratábamos de atraparla, la imaginación se desbocaba, hasta que cazábamos una y nos encontrábamos con un insecto insignificante, medio blando, que al sentirse acorralado apagaba su única belleza, la joya de su luz. También en ese camino había una vertiente y en el agua se criaban guarisapos, la entretención era encontrar alguno que tuviera las patitas desarrolladas, algunos tenían dos y otros las cuatro, pero todavía tenían cola. Si mi papá avisaba que venía, lo íbamos a buscar, a veces hasta “La Mula”. Nos sentíamos indios apaches. En silencio íbamos poniendo la oreja en las piedras grandes para sentir desde muy lejos el motor del Land-Rover, el primero que lo oía se sentía “fenomenal”. “La Mula” nos quedaba bastante lejos, pero cuando queríamos celebrar algo especial organizábamos “un día en La Mula”. Unos partían a caballo, otros en auto y a lo mejor alguno que se quedaba dormido, se iba a pie. El raudal era muy bonito, el agua mansa las piedras apropiadas para tomar sol y otras para hacer piqueros, playa de arena, piedras chicas y un bosquecito donde poder tendernos a dormitar la siesta. La comida era siempre la misma “un cabrito entero al palo” y ensaladas de lo que hubiera y papas ¿Quién quiere más? Nunca el asado quedaba más rico que ese al lado de La Mula. A pesar de no haber luz eléctrica nos arreglábamos para leer por las noches con velas y lámparas de parafina. Si, esas lámparas que sólo se daban a las manos de mi mamá, yo nunca las pude encender; prefería poner tres velas y leer hasta donde pudiera. Leer… los eternos libros del fundo, los que estaban en un estante en la pieza de los niños, daba lo mismo cuál tomara, me los sabía todos, los llevaba leyendo todos los años desde que tenía 14 años o menos. Más que lectura era un reencuentro con un grupo de amigos. Todavía los añoro y si por allí encuentro alguno no puedo dejar de comprarlo. Por las mañanas había mucho que hacer: si era tiempo de moras, había que ir al potrerillo, cerca de las Playitas a buscar la fruta para luego hacer mermelada. Para que se pudiera hacer bien en la paila de mi tatá, se necesitaban dos baldes llenos de moras y para obtenerlos era importante la colaboración de todos y todos nos juntábamos y ¡Comíamos! total el potrerillo estaba lleno de morales. A todos nos gustaba picotear las moras verdosas y juntar las maduras, era rico comerse el dulce en el invierno. Al llegar a casa al medio día, es decir con el sol parado, cuando el cuerpo no hace sombra, parecíamos payasos pintados de morado y llenos de risa nos anticipábamos a la fabricación de mermelada que haríamos después del baño en el río. Otros días por las mañanas ustedes se tiraban ladera abajo en el monte que había al otro lado del camino, subían por un camino y se lanzaban por la hojarasca. Supongo que al principio lo harían sin proteger el pantalón, luego lo hacían metidos en sacos. Cada vez desde más arriba, cada vez más rápido, pasaban zumbando entre los árboles, ¡Ay del que no acertara al camino, porque el golpe era seguro! Más de alguno se pegaría, pero… eso era “calleuque” es decir, sólo para los hechores. El fundo ¡Qué confusión de recuerdos! ya ni sé si son recuerdos de mi infancia o son de la infancia de ustedes y no crea que me importa mucho; el río, las manzanas, el estero, la ladera del monte, la cordillera, los tres zorrinos siguen exactamente igual, igual el camino, igual el olor, igual el silencio, igual el viento Puelche en las noches de verano, igual las estrellas. Allá no hay pasado, ni futuro, es un permanente hoy. Ese año tuvimos que volver en bus a nuestra casa, viaje largo y pesado para todos. Los grandes se aburrían e iban incómodos, los chicos porque se cansaban, los tintines porque la inquietud los martirizaba y no había cómo tenerlos tranquilos. Parte del viaje se hacía de noche y así algunos podían dormir: Antonio y Francisco se enroscaron en sus asientos y no se supo más de ellos, usted y Luís Emilio también se acomodaron y más tarde se quedaron dormidos. A los que más les costó dormir fue a los tintines que dormían un ratito y se despertaban intranquilos, iban al baño, preguntaban cuanto faltaba y volvían a acurrucarse. Como eran tres, siempre había uno de turno al que atender. Para mí es imposible dormir en ningún vehículo, así es que leía, atendía a los niños, revivía el verano, planificaba el año y —por qué no decirlo— me aburría de ver la pampa de noche siempre igual. Me faltó imaginación para ver cosas bonitas y tampoco estaba de ánimo. Cuando amaneció prendieron la radio y empezaron a dar las noticias, apenas entendí porque estaba borracha de sueño, pero hubo una que me espabiló completamente: ese día vencía el plazo para que los adultos se inscribieran para dar la prueba de Aptitud Académica. Desde que habíamos llegado a Antofagasta, yo había pensado en la posibilidad de estudiar Tecnología Médica y ahora se me presentaba la oportunidad. Los niños se valían por sí mismos, y Antonio iría ese año a la guardería del Hospital. Con este panorama, teóricamente, yo podría estudiar, regularizar una situación de trabajo e independizarme, porque con ese título podría trabajar en el Laboratorio haciendo todo el trabajo y firmarlo; así su padre podría tener todo su tiempo para el hospital y la enseñanza y no tendría que hacer un trabajo particular pagado que siempre odió. No lo pensé más: llegamos a la casa, desayunamos, ustedes se acostaron un rato y yo partí a La Universidad de Chile a inscribirme. No sabía lo que tenía que hacer, pero preguntando, lo conseguí hacer todo y me quedé tan tranquila. Luego podría retirarme, no pagar, o no dar la prueba, pero la inscripción ya estaba hecha. Me sentí feliz y satisfecha. Sólo me quedaba hablar con ustedes y financiar la carrera que, por cierto, no duraba 3 años como yo creía, sino 5. Un inconveniente muy grande. El primer paso fue hacer la consulta familiar, yo sabía que si todos cooperaban me resultaría más fácil. Cité a reunión, asistieron todos ustedes y su papá. Yo les planteé la necesidad de estudiar para complementar mi trabajo en el Laboratorio. Les aclaré que serían cinco años de privaciones, porque con el trabajo de su papá no nos alcanzaría para todo, que tendría que pedir ayuda a los abuelos y, además, que no había ninguna seguridad en cuanto a mi capacidad, primero de dar la prueba con un buen puntaje, y luego de estudiar una carrera que, por lo que me habían informado, era bastante difícil. Pedía a la familia una colaboración total: yo no podría estar vigilando tareas, ordenando, haciendo aseo ni comida, porque tendría horario completo. También tendríamos que apretarnos el cinturón al máximo para sobrevivir, pero yo creía que valía la pena porque cuando ustedes estuvieran en edad de ir a La Universidad yo ya podría estar ganando bastante dinero. Su papá me apoyó de inmediato, aún sin saber cuánto esfuerzo le iría a costar. Ustedes, mis hijos, lo pensaron bastante, se dieron razones para sí y para no. Daba gusto verlos argumentar hasta que decidieron darme una oportunidad: la prueba y un año universitario, si lo aprobaba limpio, volveríamos a hablar. Pocas veces me he sentido tan agradecida de la confianza que tuvieron en mí, porque fue a ciegas, nadie sabía lo que yo sería capaz —y yo menos que nadie—. Ya tenía 40 años y desde los 17, cuando me salí del colegio, no había estudiado nada sistemáticamente. Muchas cosas habían cambiado, pero tenía tantas ganas que me creí capaz de todo. De inmediato se puso en marcha el dispositivo financiero, ¡Otra vez pedir ayuda a mis padres! ¡Otra vez pedir ayuda a mis suegros! Y explicar las razones para querer estudiar. A veces pienso que no lo entendieron mucho, pero se comprometieron a mandarme unos dólares mensuales. Mis padres se alegraron por mí y me prometieron ayuda. Una vez solucionado el asunto dinero empezó el reparto de las materias para la prueba. Los mayores pidieron facsímiles en los colegios, Luís Emilio me enseñó la técnica para responder y, aunque parezca increíble, Ricardo, que estaba en 1° o 2° básico, se ofreció para enseñarme la teoría de conjuntos, lo que me ayudaría enormemente en la prueba y en el futuro. La casa se reorganizó, todo el trabajo lo hacían ustedes, más o menos bien. El asunto de hacer las camas me costó asumirlo. Al principio se las arreglaba un poco, después pensé que si tenían que aprender, lo tendrían que sufrir. Los que querían aprender a ser faquires que lo hicieran y durmieran con piedras. El tiempo fue buen profesor y todos acabaron haciendo sus camas bien estiradas y sacudidas. Las comidas fueron aprendiendo a hacerlas y todos resultaron ser buenos cocineros. Yo compraba los sábados para toda la semana y nos arreglábamos bien. Por las mañanas yo trabajaba en el Laboratorio y por las tardes estudiaba a conciencia. Lentamente le fui encontrando el truco a las respuestas de lenguaje. Constaba de cuatro partes: Sinónimos, Antónimos, Complementación de frases y Compresión de lectura. En cada una había tres o cuatro alternativas, —las malas se restaban— además de un tiempo que no daba para pensar mucho, si no me equivoco eran 90 preguntas en una hora. La prueba de matemáticas era más complicada porque incluía materias desconocidas para mí, así es que me dediqué a resolver los problemas a los que podía aplicar mi invencible “regla de tres” y a la nueva teoría de conjuntos que, explicada por Ricardo, resolvía fácilmente. Las cosas raras no las estudié porque en casa nadie las sabía. Esta prueba, también con alternativas, había que resolverla en 60 minutos y eran 60 preguntas. Los facsímiles me llegaban de todas partes y los cálculos de los porcentajes eran cada vez más alentadores, yo me sentía cada vez mejor y más segura ¡Tenía 6 profesores que no me abandonaban! ¿Qué más podía pedir? Fue un año de mucho esfuerzo de todos, tuvieron menos mamá que nunca, pero siempre nos arreglábamos para estar un rato juntos e ir organizando los quehaceres. Todas las semanas se cambiaban las obligaciones. Había cosas que se podían intercambiar. Por ejemplo, a usted no le gustaba nada cocinar y cada vez que le tocaba lo cambiaba por lo que fuera, generalmente limpiar el baño, que a los niños no les gustaba. Otros barrían la casa y la sacudían, otros limpiaban mesones y trapeaban la cocina, otro barría el patio de adelante y la acera, también la terraza de atrás. Cada uno lavaba cuando lo necesitaba y planchaba, bueno, eso es un decir porque estirando bien la ropa no necesitaba plancha, salvo las camisas de su papá y esas las planchaba yo hasta que Luís Emilio aprendió y lo hacía de maravilla. Los fines de semana nos íbamos en el Land-Rover a distintas playas un poco más lejos, porque las de la ciudad eran muy malas. Otras veces hacíamos un picnic a Roca Roja que era un circuito de carreras de auto y sólo lo usaban un par de veces en el año. El trazado era precioso, lleno de curvas entre acantilados de roja roca, con la luz de la tarde era todo un espectáculo; pero lo que más les gustaba a ustedes era que el tubo de escape del jeep estaba roto y metía un ruido tremendo. Al entrar al circuito el ruido se potenciaba en los cerros haciendo ecos hasta el infinito, yo hacía doble embrague al pasar los cambios y daba la sensación de ir a una velocidad tremenda, pura sensación porque el jeep no daba más de 70 Km. por hora. Todo era teatro: ¡Afírmense que vamos a entrar en carrera! ¡Cuidado con los chicos no se vayan a caer! ¡Vamos que nadie nos gane! ¡Somos invencibles, los mejores! ¡Allí viene uno que nos quiere ganar acelere mamá, pique, pique fuerte! Lógico que siempre ganábamos y lo celebrábamos con el picnic. No todo era alegría y felicidad. Hay recuerdos de Antofagasta que me hacen sufrir, me duele el alma sentir todo lo que pasé. Aun cuando hubo cosas buenas, muy buenas, excelentes; pero también, y lo que fue más, hubo cosas malas, malignas, dañinas ¿Quién puede decir cuánta razón o culpa tuve yo de eso? A poco de llegar ese año del fundo, empezó usted a quejarse de dolor en la cola al estar sentada en las sillas duras del colegio, cada día estaba más adolorida hasta que fuimos a ver al médico. Le hicieron unas radiografías y encontraron ¡Qué tenía la cola quebrada! ¡Mi pobre hija, cuanto tuvo que sufrir! No había cómo arreglarla, así es que la operaron y le cortaron la cola. ¡Qué tiempo más terrible! Mucho dolor, muy mala postura, todo el tiempo boca abajo. Las enfermeras no le hacían caso, nadie la atendía, no le daban ni un vaso de agua. Yo trataba de ir temprano a verla y a darle el desayuno, pero… siempre llegaba tarde y la leche estaba fría. En el día me escapaba a darle sus alimentos y dejaba a Antonio con la Icha (la hermana de Panchito) y por las tardes dejaba a los niños con Luís Emilio y podía estar un poquito más a su lado. Usted se aburría, se enrabiaba, se quejaba ¡Bien poco podía hacer yo por usted! Luego en casa se siguió quejando de dolor por mucho tiempo. El médico le dijo que si no se le pasaba el dolor, tendría que ponerle una inyección de ¡Alcohol en el hueso! ¡¡Nunca más se quejó!! No sé si de miedo o si era tiempo que cicatrizara. Fue un tiempo tenso, difícil; no había armonía, y parecía que ni siquiera había amor. Complicado vivir así y, como si fuera contagioso, todos reclamaban. A nadie le gustaba lo que hacían los otros… y la vida tenía que seguir. Había que comer todos los días. Yo tenía que trabajar y estudiar. Muchas veces pensé que mi proyecto era una locura y que era mejor dar marcha atrás. Menos mal que tenía por amigo a Panchito y él, con toda su sabiduría me ayudó a salir adelante, a no ver las malas caras y a acercarme al Señor. Por ese tiempo más o menos, tuvimos nuestra primera televisión en blanco y negro que nos ponía al día de lo que estaba ocurriendo en el país y en el mundo. Fue para ustedes una entretención con caracteres de vicio. A veces sin hacer sus tareas —de casa y del colegio— se instalaban a ver películas y dibujos animados, supongo que como todos los niños del mundo. Un día su papá llegó un poco más temprano que de costumbre, entró en el hall y nadie, pero NADIE le dio la cara ni lo saludó. Esta actitud le dolió tanto que tomó la televisión con bastante mal humor y salió a la calle, dejándolos a ustedes con la boca abierta. Una vez en la acera le preguntó a un señor que iba pasando: “¿Quiere usted una televisión?” el hombre que se creyó feliz ganador de un concurso le dijo que si, “Pues, aquí la tiene y que le aproveche”. De más está decir que no lo vimos nunca más, ni tampoco tuvimos otro aparato de televisión en casa, ni volvimos a hablar del tema. Así estaban las cosas en casa. Todos luchando por salir adelante, pero de mal ánimo. A pesar de todo, las notas de ustedes seguían siendo buenas, yo seguía trabajando y estudiando y su papá superando una depresión para caer en otra. Mi mamá no lograba salir adelante con sus problemas mentales. Desde la muerte de Jorge no se recuperaba, por lo que no pudo seguir haciéndose cargo del Coco —su hermano deficiente mental—. Le buscaron un sitio donde ponerlo y encontraron un hogar de ancianos bastante bueno. Allí fue declinando poco a poco hasta que tuvo una úlcera complicada que lo llevó a la muerte. A mi mamá no la dejaron ir al entierro y ella lo sintió mucho. Cuando mis tíos pusieron al Coco en el hogar, mis padres dejaron la casa del Vergel y compraron un departamento en La Alameda con República que era grande y cómodo. El problema era que no había dónde sacar a caminar a la Rosario. La pobrecita se aburría, lloraba y no dormía. El neurólogo que la atendía le dijo a mi mamá que debía internarla en un establecimiento para niños deficientes, porque allí tendrían los medios para entretenerla. Le dio una dirección cerca de la casa y allí fue mi mamá a preguntar. Por lo visto, y aparentemente, era un sitio agradable; las personas que la atendieron fueron cariñosas. Lo único que le exigieron fue que debía estar dos meses sin verla para que se adaptara bien. Para mi mamá fue muy duro, pero, por el bien de la niña, aceptó. Para ella fueron dos meses eternos, yo la convidé a nuestra casa, pero no quiso ir. Su vida era ir todos los días a saber de ella, llevarle ropa limpia y saber cómo estaba. La respuesta era siempre la misma: “Se está adaptando, duerme mejor”. Mientras, el estado depresivo de la mamá era cada vez peor, todos estábamos preocupados por ella, hasta que su médico general le dijo que cambiara de psiquiatra. Así conoció al Dr. Núñez y le cambió la vida, se entendía con él, a él le interesaba lo que ella escribía y la estimulaba a seguir. Cuando pasó el tiempo y pudo ver a su Rosarito ¡Qué alegría! ¡Qué bien la encontró! Le habían cortado el pelo, estaba más delgada y parecía más contenta o por lo menos eso le pareció a la mamá que en su amor por ella le descubría adelantos. Fue poco después cuando vino la desilusión: le notó marcas en las muñecas e investigó. Le dijeron: “A estos niños hay que amarrarlos por las noches para que no se hagan daño”. ¡Pobre Rosario! ¡Qué daño se podía hacer si era tan incapaz! No tardó mi mamá ni un minuto y la sacó de allí, no podía permitir que le martirizaran a su niña. Y empezó otra vez la peregrinación y búsqueda de algo apropiado. Muy difícil de encontrar algo para una niña tan profunda que no se valía por sí misma para nada. Mi mamá, enredada en su mente, apenas saliendo adelante y desesperada buscando lo imposible. Gracias a Dios que le puso en el camino a una mamá que tenía un hijo interno en un establecimiento, lejos, en el barrio alto. Allá partió y le gustó, era una casa con jardín y bien equipada, era de unos alemanes y los niños se veían bien. Lejos, quedaba el nuevo hogar, una hora o más en micro. Le pidieron muchas cosas, ropa, ropa de cama, útiles y las cosas necesarias para cualquier internado. Todo se le compró, nada podía faltarle. Cada semana partía mi mamá a ver a su niña, olvidando sus malestares, sus huesos, sus años. Todo le parecía poco para su “guagua”. Pero con la experiencia anterior estaba siempre alerta. Para lo que no estaba preparada era para la mayor crueldad: un día, un niño menos deficiente le dio a entender a mi mamá que le mirara las piernas cubiertas por pantalones. Allí vio las señales conocidas, no sólo la amarraban de las piernas sino que también ¡Le pegaban! Tanto fue el horror de mi mamá que en ese mismo momento se la llevó, con lo puesto, tal como estaba ¡Ya mandaría después a buscar sus cosas! Más adelante encontró el hogar ideal, donde la quieren y la regalonean, nunca hemos visto nada inconveniente y allí vive mi hermana-guagua hasta hoy. Y me fui, como tantas veces que empiezo con una cosa y termino con otra. Hago un punto a parte, grande, y me vuelvo a Antofagasta, a seguir recibiendo malas noticias. No sé si realmente fueron ataques de malas noticias o es que yo recuerdo una y se me pegan las otras. No tuvimos mucho tiempo para reponernos de la muerte del Coco cuando recibí la noticia de que el hermano menor de mi mamá —mi tío Hernán— se murió en un viaje a Santiago. Tuvo una perforación intestinal, algo muy rápido y violento. No supe si llegó con algo de vida, pero fue muy doloroso para todos. Él era muy cariñoso conmigo, como mi tía Chita, que también me quería y yo a ellos. Más que tíos fueron amigos. Pero la cadena de pesar no terminó allí, quedaba el dolor mayor. La muerte de mi tío Paco, el mayor de los hermanos de mi mamá y que fue para ella lo más parecido a padre que conoció. Para mí fue un guía intelectual, desde bastante chica me impulsó a leer y a hablar de los contenidos, a discutir y a defender mis puntos de vista. Su muerte me afectó mucho y a mi mamá la hizo retroceder en su recuperación. Vientos de política izquierdista empezaron a soplar en casa cuando estábamos en Iquique. Las conversaciones con el matrimonio Ramos fueron encantándonos, todo era tan justo, tan bueno, tan lógico… desgraciadamente fue un tiempo corto porque nos fuimos a Antofagasta y allí no teníamos con quién compartir ideas. Pero cuando se tiene una inquietud no falta el momento ni la persona para contactarse. Si no estoy equivocada, usted hizo amistad con el Negro en el colegio, al ir a casa empezamos a notar que sus ideas eran las del matrimonio Ramos y también la nuestras; fue estupendo encontrar con quien dialogar. Luego él trajo a un amigo y a su esposa, y así fuimos varios a compartir. Primeros tiempos de Allende como presidente. Lleno de ideas de cambios, de favorecer a los más pobres, a los más necesitados. La Reforma Agraria tocaba al grupo económico más rico y poderoso del país, quien fue su primer enemigo. El Pueblo estaba con su presidente, El Pueblo hablaba por boca de sus dirigentes, ya fueran sindicales o estudiantiles. El Pueblo decía… El Pueblo quería… El Pueblo necesitaba… El Pueblo iba obteniendo lentamente lo que le faltaba, pero los grupos económicos opositores iban también lentamente socavando las estructuras, boicoteando los cambios y las reformas. Ellos no querían que les tocaran sus privilegios, ni su dinero, ni su gran parcela de poder. No estaban solos, detrás de ellos estaba El Gran Estado, dueño del mundo que no quería que un país tan chico, en el extremo del continente, le pusiera una banderilla como la que le puso Cuba en Las Antillas. Y empezó la lucha ideológica, grupos de derecha invadían el país con manifestaciones en contra del gobierno. El Pueblo respondía con manifestaciones mayores. Cada vez los resultados eran más agrios Gritos por gritos… Piedras por piedras… La libertad de expresión daba para todo… En casa se vibraba con el tema político. Ustedes, los mayores, tenían el terreno abonado para contactar en el colegio con la Federación de Estudiantes Revolucionarios, iban a las reuniones y de ellas se hablaba en casa. Obviamente, Juan Agustín estaba entre los chicos del grupo que armaban bolina, pero Joaquín se declaraba “momio”, es decir de derechas —el único de la casa—. Nunca supe si fue por llevar la contraria al resto, o si de verdad se sentía identificado con ellos. En casa se respetaba la manera de pensar y de ser de cada uno de los integrantes de la familia, ya fueran grandes o chicos. En esos tiempos de tensión se nos liquidó el refrigerador, era viejito y viajado. Como no podíamos estar sin él, tuvimos que hacer el gasto de uno nuevo. Ni sé cuántas letras firmamos para tener uno que cumpliera con las necesidades familiares, y llegó el día en que apareció. ¡¡Era magnífico!! En casa se veía enorme y hermoso —al lado del viejo, claro está, que se fue al basurero—. Lo llenamos de verduras y frutas, tenía un buen congelador así es que hasta helados pudimos hacer, pero un día… amaneció todo derretido, chorreaba el agua por la cocina, los congelados estaban blandos y el hielo convertido en agua. ¿Qué pasó? ¡¡Nadie supo nada!! ¡¡Nadie hizo nada!! Me puse las pilas y de inmediato llamé a la tienda para que lo fueran a ver. Cuando llegaron estaba desocupado, limpio y seco. Les mostré la garantía, lo revisaron y ¡¡Tampoco vieron nada!! Se lo llevaron y nos trajeron uno igual, sin alegar nada. Hasta aquí, todo bien, pero ¡¡Yo sabía que algo había pasado!! Los atrinqué a todos. ¿Qué hicieron? ¡¡Nada!! ¿Nada? Pues eso se paga y les di una tanda de azotes a todos Por hacer lo que no debían. Por no decir la verdad. Por romper algo tan importante para todos. Aceptaron el castigo apretando los dientes, pero nadie dijo nada, —yo tampoco esperaba que se vendieran unos a otros—. La tribu ganó. Nadie supo nunca quién fue el que metió la punta de un cuchillo para sacar hielo y rompió el sistema de refrigeración. Ya ni pregunto quién fue, supongo que le dolería el castigo, y que los hermanos de alguna manera le harían saber que habían pagado por él. Así se consolidó la tribu: uno para todos, todos para uno. Eran impenetrables. Supongo que en la vida les habrá servido, porque ¡Qué importante es saber que uno cuenta con sus hermanos para cualquier emergencia! Una vez me llegó el cuento de las vecinas, que habían visto a los Tintines con fuego en el parque. Me pareció raro que insistieran después del episodio de la palmera en Iquique. Los llamé a terreno, no les costó nada contarme, muertos de risa, que hacían fuegos artificiales con gatos ¡Chiquillos! Les ponían parafina y les prendían un fósforo, los gatos salían corriendo, desesperados por La Avenida, quién sabe a dónde iban a parar. Por lo menos no se supo de ningún incendio en la vecindad ¡¡Tintines!! Mientras yo trabajaba y preparaba la prueba de ingreso a La Universidad, hicimos el intento de poner a Antonio en la guardería del hospital, que estaba atendida por parvularios y era bastante buena. Rosa se había ido de La Universidad del Norte y lo rechazaron porque, según dijeron, la guardería estaba contemplada sólo para los hijos de las funcionarias mujeres. A su papá le molestó mucho la discriminación y buscó los documentos donde se explicitara el asunto. También lo consultó con la asistente social del hospital y presionó a la dirección para que aceptaran la solicitud. No tuvieron más remedio que hacerlo porque no había nada que indicara que sólo podían entrar hijos de mujeres. Esta determinación sirvió no sólo a Antonio, sino también a los hijos del dentista Cortés, que nos atendía a nosotros. Todos felices por haberle doblado la mano a la directora de la guardería y por haber terminado con una discriminación. Antonio se adaptó rápidamente y empezó a aprender cosas básicas como sentarse en el orinal: sentaban a todos los niños en una habitación y les hacían mimos y cantos, ellos se entretenían y sin saber aprendieron a no ensuciar pañales, cada vez que usaban con éxito el orinal le ponían una estrella de estímulo. Fue un tiempo de readaptación y todos lo aceptaron bien. Yo tuve un amago de tristeza al quedarme sola todos los días, pero mi obligación era trabajar y estudiar para aprobar con buen puntaje la prueba y aprender materias que me exigían y que yo ignoraba. Encontramos que tener mucha ropa era un incordio, así es que optamos por tener tres mudas: una limpia, una en el lavado y el uniforme —que exigía tres blusas—. Era una faena que ocupaba tiempo, en aquella época no había ropa que no necesitara plancha, a eso se sumaban las camisas de su papá que las quería blancas, planchadas e impecables de cuello. Perfeccionamos el sistema: alguien planchaba el cuerpo y las mangas, luego yo les daba el toque de cuello y puños. Lo logramos hacer bastante bien hasta que Luís Emilio se incorporó, que resultó ser un planchador estupendo y se encargaba de todo lo delicado, incluyendo mis batas, blusas y vestidos. ¡Yo feliz, no tenía manos para delicadezas! Sólo seguía la técnica de mi mamá. Y hablando de ella, un día le dieron permiso para venir a vernos. La pusieron en un avión y nosotros la fuimos a buscar a Cerro Moreno. Los que cupieron en el jeep se metieron y felices nos fuimos. Ella estaba contenta, estaba mejor de su depresión y le hacía ilusión estar con nosotros. Se adaptó a nuestro horario, a los aseos, comidas y trabajo. Ella había traído tejido y libro. Le pedí que no ayudara a hacer las camas a los estudiantes a faquir, que les dejara las piedritas porque así aprenderían, ella estuvo de acuerdo, aunque seguro que le costó —igual que a mí— Le gustaba ver la casa bien arreglada, así es que nos ayudaba dando ideas de dónde poner mejor los pocos muebles que teníamos, ponía flores en floreros y nos arreglaba un poco las comidas para que fueran más sabrosas. El primer domingo decidimos llevarla a Mejillones, un paseo muy bonito que sale de Antofagasta hacia el Norte atravesando la península de Mejillones. Brusco cambio de ciudad a desierto amarillo de arena y piedrecilla. No se veía gente, ni casas, ni ganado. En el pueblo vimos lo poco que había que ver y nos dimos una vuelta por la playa, pero creo que no llegamos a Hornitos, que es una playa preciosa. Todo nos fue genial, los niños chicos se portaron bien, mi mamá animosa. Ella conocía Iquique, pero esta parte de Antofagasta no. Le encantó el desierto y el mar tan azul, tan oscuro y en las rocas tan bravío. Ya veníamos de vuelta cuando me di cuenta, tarde, que me faltaba bencina. No sé si el marcador estaba malo o si yo de puro despistada no llené el estanque en Mejillones. El caso es que, a mitad del regreso, “La pana del tonto” uf uf, hizo el motor, y se paró. El viento empezaba a soplar, el sol se iba inclinando, faltaba poco para que se pusiera y nosotros… solos en medio de la nada. Yo me sentía podrida de responsabilidad. Menos mal que iba con nosotros el segundo hombre de la casa que, atento, miraba por si venía algún vehículo. Al rato pasó un camión, lo hicimos parar y le pedimos el favor que llevara a Luís Emilio a buscar bencina, menos mal que la gente en estos lugares tan abandonados es muy atenta y cariñosa; lo encaramaron y se fueron ¡Qué angustia sentí! Aunque estaba segura de que lo haría bien, me quedaba un miedo interior. Pero otra cosa no podía hacer, ya volvería en otro camión. Mientras, el sol iba bajando. Unas nubes lo esperaban en el horizonte, empezó la fiesta de colores en la puesta del sol: rojo, anaranjado, amarillo, gris, se mezclaban y aparecían colores nuevos, recién inventados. El sol, a punto de irse y envuelto en nubes se descomponía en franjas. Para entretener a los niños, mi mamá les dijo que cuando el sol se iba dejaba un rayo verde y que el que lo viera tendría una sorpresa en el año. Todos, todos no alegramos y abrimos los ojos a ver si veíamos el rayo verde. Yo no lo vi, usted tampoco, los Tintines dudaron del color y lo pintaron azul. El único inocente… Francisco. Lo vio, o lo quiso ver, o lo creyó ver y estaba feliz. Le brillaban los ojos, le resplandecía la cara y se reía con esa risa limpia y clara que le caracterizaba; era una risa de cascabel, de juegos de agua, no podía dejar de reír, no necesitaba motivo, no se reía de los otros o de chistes. Su risa era una risa que le salía del interior, risa inocente llena de felicidad. Nosotros se la celebrábamos, le decíamos “Cascabelito”, nos alegraba y nos contagiaba, era un baño de pureza, un oasis de felicidad, un aporte importante en el momento que estábamos pasando. Esperábamos y esperábamos. Mientras tanto el sol se había puesto, y las estrellas empezaban a brillar; mi mamá se las mostraba y les contaba cuentos de estrellas y de animales. Los cuentos que nos contaba a nosotros de niños: “Pezuñita y Roenueces” eran los protagonistas de mil historias que le oíamos sin aburrirnos, ahora, igual que antes nos tenía a todos atentos.
Oscureció, noche sin luna, negra. Se empezó a pintar de estrellas que se sentían muy cerca, pero… empezó a soplar viento, frío y racheado. No tuvimos más remedio que encerrarnos en el jeep, nos tapamos bien con la ropa que llevábamos y pusimos atención a lo que pasaba afuera. El viento levantaba arena y la lanzaba sobre el jeep y lo empujaba, lo bamboleaba. No voy a negar que daba miedo; a pesar de estar bien frenado, se movía. Sacamos lo poco que nos quedaba de picnic y algo de té para la mamá. En realidad, cualquier cosa para olvidar la soledad y el miedo. De pronto unas luces de camión ¡Luís Emilio de vuelta! Nos venía a salvar, traía bencina suficiente para llegar a Antofagasta. Llegamos cansados, aliviados y llenos de cuentos. Menos mal que su papá no se molestó, él no se podía molestar con mi mamá, la quería mucho. Demos un ligero paso atrás: a la llegada del fundo y en su equipaje venía un contrabando: ¡Una pobre culebra trasplantada al Norte! Vivía en una caja de zapatos y usted la llevaba al colegio. Supongo que debe haber causado sensación, pero reclamos no hubo. A veces dormía en uno de sus zapatos; el problema era alimentarla, no sé lo que usted le daría, porque dejó bien claro que la culebra era sólo suya y que nadie se metiera. ¡Era la revolución de hormonas que estaba actuando con gloria y majestad! Llegaba y se encerraba en su pieza, salía y también le ponía llave, no quería saber nada de nadie de la familia. Cumplía con sus deberes y nada más —por lo menos en casa— porque no bajó sus notas. Yo le había pedido que se acercara a su padre y lo ayudara, usted se lo tomó “a la tremenda” y sólo había palabras y cariño para él. Para mí no quedaba nada, ni aliento, ni amor. Ahora sé que era lo normal, pero en ese tiempo lo pasé mal; me hubiera gustado tener un poco de amistad, éramos las únicas mujeres de la casa. Por fortuna ese tiempo no fue largo y, poco a poco, fue siendo más mujer grande y fue confiando en mí. Alguien me regaló dos forros de lino para sillones, uno verde musgo y otro amarillo mostaza. Como Antonio se ensuciaba mucho en la guardería, le hice mamelucos en serie. No sé cuántos salieron, pero fueron suficientes para, por lo menos, dos años. Buena tela, durable y fácil de lavar, con un lote de poleras ad-hoc, el niño estaba vestido y se veía amoroso. En los veranos, además de descansar, yo aprovechaba para tejerle una chomba a cada uno. Compraba un par de kilos de lana y ¡Vamos tejiendo! Todos los años hacía un lote que crecía con los niños. Un año tocaba café, otro beige, otro petróleo ¡Qué falta de imaginación! Mi mamá me comentaba… “¿Para qué los viste color pampa?” Yo pensaba que así se notaba menos la tierra. Entre trabajo y estudio fue pasando el año. Un día amanecí con un terrible dolor en la boca. Partí a ver al dentista del hospital —menos mal que era bueno, alumno de nuestro amigo Gerardo Ríos—. Me vio, me sacó radiografías y me dio una noticia que no podía ser peor: Tenía una infección en las mandíbulas, donde se insertan los dientes, arriba y abajo. Para sanar tenía que hacerme una operación, bastante cruenta en aquellos tiempos, y de no hacerlo perdería toda la dentadura ¡Cómo me costó asumirlo! Pero no tuve más remedio que apechugar. Mucho dolor, mucho sufrimiento, mucha anestesia, mucho trauma; el primer día me quedaba en cama y luego me daban alimentos molidos. Esta historia duró más de dos meses, porque me la hizo por partes, ¡Qué mal lo pasé! Pero salí adelante. ¡Nunca más lucieron mis dientes como eran antes! Se me recogieron las encías y los dientes se me veían más grandes. Yo sufrí tanto física como psicológicamente. Siempre pensé que lo más bonito que yo tenía era la dentadura, ahora la veía fea y sin arreglo. Sin avisar, un mañana tempranito golpearon la puerta. Al abrir me encontré a mi papá, sonriendo con su maleta dura en la mano. Dijo que le dieron las ganas de vernos y sin más se tomó un bus y partió. ¡Qué alegría más grande! Ver al papá, abrazarlo, ¡Qué rico! Él me quería mucho y, a pesar de no ser muy demostrativo, conmigo sí lo era y lo fue siempre. En este viaje, aunque corto, pudimos hablar y estar juntos; yo hice un paréntesis en mis estudios para estar con él y hablamos del fundo, del pasado y del futuro, de sus proyectos. Le pareció muy bien la idea de que yo estudiara y me prometió ayuda. Le gustó la casa y la ciudad. Lo llevamos de paseo a conocer lo que había por ver y con su amigo Juan Agustín se iban a tomar helados. Con ustedes también hizo buena amistad, porque en el fundo había poca posibilidad de compartir. Él siempre tenía trabajos que hacer. Usted era su regalona, su primera nieta mujer y a él le encantaban las niñitas, a usted la encontraba “tan bonita y tan señorita”. Menos mal que usted estaba de buenas y fue cariñosa con él. Con “don Lucho” salía a caminar por el parque a conversar ¿De qué? No lo sé, pero hacían buena junta. Fue la única vez que fue a vernos desde que nos casamos, y estuvo tan poquitos días… Un día dijo que tenía pasaje de vuelta y lo fuimos a dejar ¡Qué pena cuando se fue la micro! Pero nos prometimos vernos en el fundo ese verano y escribirnos. Poquitas cartas tengo de él, pero su recuerdo permanece. Hay noches que sueño con él, que me abraza y despierto sintiendo su calor en mi pecho. ¡Así son los sueños! ¡Así son los quereres y los recuerdos! Usted dice que tuvo muchos pololos en esa época, seguramente es así, pero el que se me ha quedado grabado fue el chino Lee. Poco le duró el enamoramiento, porque al poco tiempo peleó con él, la razón fue: “Es muy nervioso”. El que sí estaba enamorado a más no poder de usted era Jorge. Lo veo alto, delgado, de gran melena ondulada, siempre sonriente, siempre amable y cariñoso. Se hizo un hueco en la familia. Estudiaba en La Universidad Técnica. Duraron bastante tiempo pololeando, hasta que un día… le hizo una escena de celos porque usted fue a Chuquicamata y algo pasó, porque hasta allí llegó su amor; usted me decía: “Aunque me muera de amor por él, no me casaré jamás con un hombre celoso”. El pobre Jorge reaccionó tarde, me iba a ver y me abrazaba llorando a mares “Dígale a la Consuelito que vuelva conmigo, yo la quiero”. Pero usted firme no quiso nunca más saber de él. Creo que la sigue queriendo. Ricardo tenía una curiosa reacción: cuando algo le parecía mal o cuando lo reprendían, se ponía tieso como un palo, con cara de furia, inmóvil, sin decir nada. Para no hacerle mucha historia y si estaba en el paso de los demás, yo lo levantaba y lo ponía en un sitio donde no estorbara hasta que se le pasara; “el Hombre de Cromagnon” le decíamos, pero no le hacíamos mucho caso. Metido a la cola de los Tintines y haciendo lo posible por integrarse a sus fechorías, seguramente era una manera de hacerse notar, porque cuando estaba sólo era un niño bueno y tranquilo, responsable de sus tareas y de sus deberes en casa. No creo que tuviera una infancia muy fácil, seguir a los Tintines le costaba y con Francisco tenía mucha diferencia de edad. El tiempo pasaba, seguramente hubo vacaciones de Semana Santa, de invierno y de Fiestas Patrias; lo más probable es que las aprovecháramos para irnos de paseo por las tardes, porque por las mañanas el trabajo, aunque poco, no faltaba. Hasta los informes los entregaba por la mañana para poder estudiar en la tarde, pero con la tribu de vacaciones el asunto se ponía color de hormiga. Frecuentemente íbamos a Roca Roja, no se cansaban de correr por el circuito, el jeep daba todo lo que podía incluyendo ruidos de latas y de silenciador todo perforado, era lo que más les gustaba. ¡Run-run y vamos! Nos sentíamos “Fitipaldi”. Otras veces subíamos al desierto, pero muy prudentes en las excursiones: no estando el papá había que cuidar que no nos pasara como en el paseo a Mejillones con mi mamá, éramos más prevenidos y lo pasábamos bien. Durante ese año (1972) el gremio de los camioneros empezó a hostilizar al gobierno por el lado más débil. Las ciudades y pueblos más alejados se abastecían con el grupo de camiones que pululaban en las carreteras, dejando de lado la red ferroviaria. Cuando las mercaderías básicas empezaron a faltar, empezaron los problemas de abastecimiento. En el Norte se notó mucho porque no había producción, lo primero que faltó fue la carne, básica en la alimentación del chileno que no sabe comer si no tiene carne. Tuvimos que aprender a comer pescado, mariscos y cochayuyos, que son productos del mar. Nosotros estábamos acostumbrados a comerlos normalmente, pero no en exceso, así que no sufrimos tanto como otras personas. Se formaron juntas de vecinos, donde la dueña de casa se inscribía —con carné y fotografía—, todo muy serio y luego, cuando llegaba la carne, se repartía equitativamente. Recibíamos 750 gramos de carne de cualquier parte del vacuno y 500 gramos de hueso pelado. Si hubiera sido cada día, o día por medio, no habría estado tan mal, pero era cada ¡Quince días! Qué cantidad de aventuras traía cada vez que llegaba con mis 750 gramos de carne roja, sangrante, envuelta en un pedazo de periódico. Todos la miraban con cara de hambre incontenible y venía el momento de la decisión: ¿Cómo nos comemos la carne? Había varias posibilidades: 1. Cortarla en filetes y comerla toda en una comida. 2. Cortar la mitad en trocitos y hacer una carbonada o un pastel con el resto, molerla y hacer hamburguesas. 3. Hacer un estofado con la mitad y albóndigas con el resto.
Por el lado que lo miráramos no había más opciones que, o se comía toda, o se compartía en dos días. Los huesos serían para un caldo con verduras para rellenar el hueco por la noche. Todos votaban y la mayoría ganaba. A veces, era tanta la necesidad de carne que creo que se la habrían comido cruda; en ese tiempo no se sabía de complementos vitamínicos, ni que la carne tuviera la vitamina B necesaria para desarrollarse. También empezó a escasear la harina, por lo que el pan disminuyó. Las panaderías amasaban cuando tenían harina (bien o mal habida) y avisaban. La población hacía colas infinitas para lograr unos cuantos panes, nunca los suficientes —además de carnívoro, el chileno consume mucho pan—. Esas colas eran muy entretenidas, o por lo menos eso decían ustedes y yo les creía. A veces empezaban en la tarde para estar toda la noche en la calle y recién en la madrugada obtener un kilo de pan. Algunas veces llegaban triunfantes a casa a saborear el pan recién salido del horno. Ya se habían olvidado de la noche al sereno envueltos en una frazada, cantando y bailando en torno a hogueras al son de los cantos revolucionarios de los Quilapayún o de otros, que en ese tiempo los había por montones. Mi preocupación era usted cuando iba, pero sus hermanos la cuidaban y a veces se las arreglaban para llevar una cuota mayor. De todas maneras, las ganas de más pan no se les quitaban y, además, era rico. En otras oportunidades llegaba leche en polvo, que se repartía privilegiando a los niños, aunque a ellos les daban medio litro de leche diaria en el colegio. A veces, se las daban a beber en el mismo colegio, otras les daban su paquete para la semana. No era muy buena, pero era leche y a ustedes les gustaba. No eran exigentes ni en la comida, ni en la ropa, ni en los paseos. Eran bastante autónomos y creo que lo pasaban bien porque muy poco control tenían, y de las barbaridades que hacían yo prefería hacerme la sorda, tenía mucho que hacer y que estudiar. Medio traspapelada en el tiempo, no recuerdo bien de dónde viene el cuento “El cuerito de la cuchi”. No sé si fue en Iquique o en Antofagasta, de todas maneras, se trató de un marica que tenía un cuero —de la cuchi, un pescado— que quería curtir para hacer algo. Los avispados de siempre Joaquín y Juan Agustín le ofrecieron hacerlo, ¡Qué sabían esos dos de curtiembre! Eso no se sabe por genética. Se metieron a remojarlo y rasparlo hasta que se desintegró, años más tarde andaba el marica preguntando “¿Dónde está el cuerito de la cuchi?” Y ellos se reían. Habría que preguntarles a ellos el cuento porque tiene gracia. Y llegó Octubre, fecha terrible. Cerré el Laboratorio y todo el día estaba repasando los facsímiles de la prueba. En este período usted y Luís Emilio fueron de gran ayuda no sólo explicándome lo que yo no sabía, sino dando rapidez a mis respuestas. Si estaba en la cocina haciendo algo de comer, saltaba uno: “Sinónimo de blanco” había que dar una respuesta automática, porque otro gritaba “Antónimo de moral” Y así me bombardeaban cada vez que podían ¡Qué vida! ¡Qué descontrol! Cuando estaban en el colegio, yo machaca y machaca el resto de las materias. Cuando llegaba Ricardo, tan serio y responsable, me interrogaba sobre los conjuntos, que eran su fuerte y mi debilidad. Con él aprendí a resolverlos, pero nunca supe para qué servían. Los vine a encontrar otra vez en el 3er semestre, en una parte de Matemáticas que era cosa de locos rematados: Lógica Sentencial —me gustaría saber hoy lo que es y para qué sirve—. Todo este bombardeo me sirvió para adquirir una gran rapidez mental y seguridad en las respuestas. Además, gozaban en ponerme en aprietos: “si a = c – 2 ¿Cuántos son 3c – 2a?”. Respuesta al lote, también le cogí el tranquillo a los “carriles” cuando podían ser ciertos. Y llegó el gran día, esperado internacionalmente. Fui a reconocer mi sala en un liceo. Al día siguiente, sólo con mi carnet de identidad, me sentaría a responder 90 preguntas de castellano en una hora, y 60 de matemáticas en la siguiente hora —separadas por un recreo de media hora para olvidar lo pasado, comerme un chocolate y llenarme la cabeza de números—. Además de este programa, tenía la terrible obligación de estar lúcida y afilada a las 8 de la mañana, lista para lo que me pusieran. Parece mentira que pudiera hacerlo. Eso sí, antes de salir de casa me puse en manos de mi amigo, el Espíritu Santo; sabía que Él me podría inspirar para responder bien. De la prueba no recuerdo nada de nada. Yo era una máquina contestando alternativas en una tarjeta. Me sobró tiempo para corregir alguna falta y para no seguir comiéndome el coco. Entregué mi prueba, con la sensación de fracaso absoluto. Me relajé, me comí el rico chocolate que me levantó el ánimo y me dio energía para lidiar con los números, al menos eran menos preguntas por hora. ¡Cómo le agradecí a mi profesora de la infancia que me enseñara la regla de tres! Por instinto resolví casi todo lo que se refería a ella. En los márgenes se podían sacar cuentas así es que más tarde pude responder otras calculadas de verdad. Luego agradecí a Ricardo por sus enseñanzas, logré resolver los problemas de Conjuntos sin gran dificultad. También se me dio bien el álgebra y la geometría. Las cosas raras las dejé para que no me descontaran puntos. Otra vez me sobró tiempo y me desanimé ¿Qué estarían respondiendo los restantes alumnos? Ellos estaban de cabeza, escribe y escribe, y yo ya no tenía más que responder, así es que entregué mi prueba y me fui a esperar hasta Enero, en que darían los resultados y después, en Marzo, me podría matricular si me alcanzaba el puntaje. Terminó la tensión de la prueba y los estudios. Me parecía que no tenía nada que hacer hasta que ustedes terminaran sus estudios y nos fuéramos de vacaciones al fundo. Pude sacar a Antonio de la guardería para cuidarlo yo en casa. ¡Mi conchito! Al fin lo podría tener todo el día, verlo, cuidarlo, tocarlo, besarlo; era un amor de niño, tan agrandado e independiente. Sus hermanos no lo dejaban hablar como niño chico y lo obligaban a repetir las palabras hasta que las pronunciaba bien. Fue un tiempo, aunque no muy largo, muy agradable y pude, después de muchos años, dedicarme a ser mamá y dueña de casa. Ordenar la ropa, botar las cosas que no servían ni en casa ni en el fundo, guardar lo que ocuparían los menores y ¡Planchar! ¡Cuánto odié siempre ese trabajo! parece que lo que no se aprende de niña no se hace hábito, y yo no lo tenía. Mucho mejor que yo, planchaba Luís Emilio, pero ahora sin trabajo lo asumí y me costó. Fue un alivio para él, ya le tocaría al año siguiente hacerse cargo, no sólo de ese trabajo sino también de otros. Todo llega, también el día de irnos al fundo. Todos lo deseábamos mucho, hasta su papá era otra persona allá. Nos relajamos y descansamos. Vivir con la naturaleza es algo que nos marca hasta hoy, porque creo que todos vibramos con un lindo paisaje, con un río, con árboles…De inmediato lo comparamos con lo vivido en El Naranjo. Ese año tuvimos una sorpresa, la casa que había edificado Mariano en El Falar estaba ocupada por mis padres y hermanos menores. Fue una pena no poder compartir con ellos todo el tiempo, pero como teníamos el jeep los visitábamos seguido. A pesar de este inconveniente —por lo menos para mí— hicimos todo lo que hacíamos todos los años, nos recuperamos y fuimos felices. Ustedes tuvieron más padre que nunca y organizaban paseos al cerro y al río, donde pescaban unas truchitas que había que sacarle las espinas al sol, tan finitas eran, y se las gozaba el más chico. A no ser que la pesca fuera más abundante, entonces las repartíamos entre todos y como no había limones maduros las aliñábamos con zumo de uvas verdes y quedaban ricas. De ese verano hay una diapositiva de Antonio sentado en el agua, en La Mula, dorado y rubio, muy serio jugando. Con el sol del verano se les ponía el pelo muy rubio a todos, menos a Luís Emilio que lo tenía oscuro. Algunos lo tenían liso, suave y lacio, imposible de peinar, pero Joaquín era especial: bien rubio y con tres remolinos que le ponían el pelo de punta; a él no le gustaba y para bajárselo se peinaba con limón o linacilla, se veía muy divertido con ropa de campo y tan relamido. Tiempo de fundo, tiempo feliz. Se me confunden los años y llega un momento en que no sé si es la niñez de ustedes la que estoy recordando o la niñez mía. Lo que tengo muy claro es que, ya fuera de niña, de joven o de mujer —madre de 7 niños— yo fui feliz cada día que pasé en ese fundo. Era pesado el viaje, pero se compensaba con lo bien que estábamos allá. Siempre fue triste volver, decir “adiós” y emprender un nuevo año de estudios y de trabajo. Este año sería para mí una novedad, estaba segura de que en alguna carrera habría quedado, por lo menos en Pedagogía o en Biología, que siempre exigió el puntaje más bajo. Cuando llegamos de vuelta a Antofagasta, fui lo antes que pude a La Universidad y me encontré con la grata sorpresa de tener un buen puntaje: 660 sobre 900 puntos. Tenía matrícula automática en Enfermería, pero me aconsejaron que dejara pasar una semana antes de matricularme porque “las listas corrían” y podía quedar en Tecnología Médica, que era lo que yo quería. Así fue, y a la semana siguiente tenía puntaje para lo que yo quería y me matriculé. Me sentí tan bien, tan feliz, tan orgullosa de entrar a La Universidad y ustedes también sintieron orgullo de tener una mamá universitaria, seguramente serían los únicos del colegio que la tuvieran ¡Cómo se sentiría Ricardo de feliz de haber contribuido con su enseñanza a mi puntaje! La primera semana no hubo clases, era la recepción de los Primeros Años en toda La Universidad y se competía en distintas áreas. Primero se recibía a los “mechones” por carrera. A nosotros nos dio la bienvenida un grupo de alumnos de segundo año, muy serios en una sala de clases, luego de un discurso nos fueron llamando uno por uno a la sala de al lado (yo suponía que sería para llenar una ficha o que nos darían un libro guía o algún informativo) pero… ¡No señor! Era para marcarnos como “mechones”, con un tampón de papa nos tiñeron en la frente el logo de la carrera: Alumno de 1° año, entintado en azul de metileno. Según la cantidad de azul, la fuerza, la calidad de la piel, el tinte podía durar desde unos días hasta un mes. Menos mal que era una carrera respetuosa, porque a otros mechones los pelaron al cero, a otros, media cabeza, y a otros les dejaron unos pelos largos. En Santiago esta institución del mechoneo es algo muy violento, que va desde embetunarlos con pintura hasta maltratarlos físicamente. Por más que las autoridades lo han prohibido, todos los años hay problemas. La semana del mechón empezó con esa recepción y luego nos dieron el programa de actividades. Hubo el día de ayuda a La Comunidad. Ese año fue hermosear la plaza. A nosotros nos tocó limpiar la acera de La Catedral y dejarla tan limpia como jamás estuvo. Había jueces que investigaban y medían el trabajo luego lo puntuaban, el nuestro fue de los mejores. Teníamos compañeros robustos que supieron sacar la mugre de decenios. Luego hubo un día de la broma. No recuerdo la nuestra, pero la que sacó el mejor puntaje fue Obstetricia, ellas se sacaron del Hospital una bolsa de sangre que no se usaba y fingieron un parto en la plaza, fue tan bien hecho que hasta la ambulancia llegó a ayudar. Otro día fue de deportes, a todos los mechones nos tocó participar, los segundos años organizaron los equipos y nosotros ¡A participar! Estaba tan contenta y encantada de estar en La Universidad, que cuando me eligieron para integrar el equipo de baby-futbol ni se me pasó por la mente decir que a mi edad no debía hacer esos esfuerzos. Yo no había jugado nunca, pero de niña era buena para el fútbol, así es que le puse empeño. La competencia era de eliminatoria entre todas las carreras. Poco a poco le fuimos encontrando el truco para ganar, no sé si sería muy legal, pero resultaba. Yo me llevaba a la tribu y formaban una barra —hoy dirían brava—. Mientras jugábamos, ustedes gritaban a todo pulmón: “¡Vamos, vamos! ¡Mata mamá mata! ¡Fuerza, adelante! ¡A matar, a matar! Nosotras, enardecidas con el aliento de la barra, pateábamos sin compasión a la que se nos pusiera por delante y ellas se asustaban. Al grito de ¡Mata! se hacían un lado. Así fue como en el último partido, el definitivo para quedarse con los puntos, me vi con la pelota en los pies y sin pensarlo tiré al arco, una patada tan tremenda que no sólo metí el gol de la victoria —lo que nos valió muchos puntos— sino que me hice daño en el muslo, ¡Qué mezcla! ¡Dolor y alegría! ¿Quién pensaría que a los 41 años tendría tanta fuerza o tensión acumulada para hacer una cosa así? Luego en el vestuario, el equipo de Enfermería ¡Las vecinas! Comentaban: “Puchas, no es nada jugar y competir, pero… la barra de Tecnología que gritaba tanto nos descontroló, parecía que de verdad nos querían matar”. Todas las carreras tenían un grito, el nuestro era: Tecnologí – Tecnologiá TEC – NO – LO – GÍA MÉ – DI – CA De los otros, el que me hizo mucha gracia fue el de la escuela de Obstetricia: “Puja Puja Patricia, Escuela de Obstetricia” Toda la historia de los mechones terminó con un baile en La Universidad, donde, juntos pero no revueltos, disfrutamos sin tensiones de la camaradería juvenil. El director de la carrera de Educación Sanitaria y amigo de su papá me ofreció llevarme y traerme, porque yo no quería andar en el jeep de noche. Esa tarde llamé a su padre que estaba haciendo un curso en Santiago y le conté todo lo que había hecho en la semana y lo contenta que estaba, hasta poder ir un rato al baile. Nada me dijo, nada me hizo augurar lo que pasaría después. En el baile, cada carrera estaba separada de las otras, cada tanto rato se oía el grito de alguna y los aplausos de los alumnos que, felices celebraban todo. Había música de esa época y se bailaba. Por otro lado, servían refrescos y vino o pisco sour. Total, antes de las 12 de la noche, cual Cenicienta, el educador sanitario me llevó a casa, donde usted me esperaba para que le contara cómo me había ido. El lunes empezaron las clases en serio desde la primera hora. Un horario apretado por las mañanas, con dos largos laboratorios (de 8 AM a 13), a los que no se podía llegar atrasado y faltar ¡Era impensable porque eran irrecuperables! Luego las tardes eran más irregulares. Salíamos más temprano o entrábamos más tarde, menos un día que era muy, muy largo de 14 a 20. Salíamos viendo estrellas. Miedo tenía yo de no entender las materias, miedo de defraudarlos a ustedes que me estaban apoyando tanto, miedo a lo desconocido, miedo a mi ignorancia, llevaba 24 años sin estudiar, pero… todo se me pasó el primer día, y ese miedo pasó a ser un encanto que duró todo el tiempo que fui alumna. No tuve problemas para entender las explicaciones de matemáticas, que mejor dicho era aritmética y en un 97 % los problemas se podían resolver por la “mágica” regla de tres, que en esa época ya no se enseñaba en los colegios. Fue el asombro de mis compañeros, y el mío, constatar que con algo tan simple se podían resolver tantos problemas; hasta nos serviría para calcular las medidas en el Laboratorio de Química. El problema mayor lo tuve en la asignatura de Química, no entendí por qué había unos elementos, que yo conocía, y que los daban por “muertos” (me decía yo porque les ponían una cruz arriba), todo el resto lo entendía y lo podía resolver. Un día le pedí hora al ayudante para que me explicara ese asunto ¡No lo podía creer! Pero como era un buen profesor me preguntó: —¿Cuándo fue la última vez que estudió Química? —Hace 25 años, le contesté —En ese tiempo ¿Cuál era la parte más chica de la materia? —El átomo, respondí muy segura. —Pues, las cosas han cambiado —y me dio una clase de electrones y demases que explicó el porqué del cementerio de elementos. Esa parte me costó, porque es difícil cambiar lo que se ha aprendido, pero lo logré y saqué buena nota final. Más tarde tuve otro episodio complicado en termodinámica. No entendí mucho los problemas, lo único que me quedó claro, clarísimo, fue que había que resolver hasta dónde era capaz, luego aplicaba “culebra”(S atravesada), y en un 90% era lo adecuado porque no había que seguir adelante —hasta hoy ignoro lo que era y para que servía, pero resultaba—. Para que nos socializáramos nos pusieron varias asignaturas de letras. El primer semestre tuvimos Psicología y Antropología. Dos profesores totalmente distintos, el de psicología era un negro panameño, estupendo de buen mozo. Hablaba bien y era muy ameno, un magnífico profesor; con él supe lo que era el gusto de estudiar sólo por saber y no por la nota. El otro profesor, de Antropología, era un enano, medio torcido, que le gustaban las cosas exactas, sin excesos literarios. Sus enseñanzas eran un listado de conocimientos casi sin sentido y, para las pruebas, escribía en el pizarrón las preguntas y entre paréntesis el número de palabras que se debían usar para las respuestas. Si uno se pasaba, iba bajando la nota décima a décima. Bien complicado el sistema de síntesis. De a poco fui pudiendo sacar la paja y quedarme con las ideas más simples, esa formación me sirvió en el futuro cuando estudié otras cosas. Biología fue una asignatura apasionante. Teníamos teórica y luego, en el laboratorio, la práctica. Todo muy coordinado. Lo más importante era la práctica. A los laboratorios no se podía faltar ni una vez y para aprobar había que pasar primero por el laboratorio. En el primer examen sorteamos la prueba que teníamos que hacer, a mí me tocó comprobar la existencia de proteínas en un líquido. Lo primero que había que hacer era concentrarse muy bien e ir pidiendo todo el material necesario al ayudante; después no se podía pedir nada sin que le bajaran la nota. Me preparé bien y pedí lo que necesitaba, fui haciendo mi prueba, todo iba bien hasta el momento de calentar el tubo y… ¡busco el ácido y no lo había pedido! ¡Sentí el fracaso! Pero… en el tubo se había formado una espesa capa blanca y con toda la audacia le dije al profesor: “La prueba está terminada, en el líquido que me dieron hay proteínas”. El ayudante intervino diciendo: “Pero no pidió ácido”. Y yo le respondí: “No es imprescindible porque el calor basta para la coagulación de las proteínas, el ácido las acentúa” y me fue bien. De algo me tenía que servir la experiencia en el laboratorio de casa. En ese primer semestre tuvimos que formar grupos de trabajo para los laboratorios de Biología y Química. El azar nos llevó a juntarnos con Julia, María Eugenia y yo. Luego en el segundo semestre se nos uniría Hellen. Con ella completamos el grupo que, además, de ser amigas nos distinguimos por hacer buenos trabajos y sacarnos buenas notas. Sería a mediados del 72 cuando recibimos la visita de Augusto Michaud, amigo de años. Él era rector de La Universidad del Norte en La Serena y miembro del MAPU. Conversamos mucho de política, estábamos encantados con lo que nos decía, cada vez le encontrábamos más razón en su izquierdismo, que nos ayudaba a radicalizarnos en nuestra manera de pensar. Entre otras cosas, nos fuimos de paseo a La Portada ¡Impresionante roca decorada con guano de pájaros! Bajamos por una escalera a la orilla del mar para bañarnos “a la orillita” según nos advirtieron, pero… Augusto, porfiado, se internó en el mar para nadar. Cuál no sería nuestro espanto cuando lo vimos pidiendo auxilio porque la marea se lo llevaba más adentro. Menos mal que había otros hombres e hicieron una cadena para rescatarlo, ¡Qué susto! ¡Estuvo a punto de no contar el cuento! En La Universidad no todo era estudio, también había momentos en que se citaba a asamblea y todos los alumnos y profesores nos reuníamos en un gran salón donde generalmente se hablaba de política. Entre los alumnos había de todo: socialistas, radicales, revolucionarios —que resultó ser uno sólo, medio enano, con pera, tan chico que se subía a una silla para soltar su discurso, muy vehemente, luego desaparecía— mapuchinos, anarcos y trotskistas. La derecha debe haberse reunido en otra parte o no se molestaban en hacerlo, de todas maneras, la izquierda había ganado y teníamos un presidente socialista y se notaba. El ambiente universitario estaba cada vez más radicalizado y cada logro se celebraba. El apoyo al gobierno era entusiasta de parte de todos los sectores de trabajadores; los pobres y humildes, los que nunca habían tenido voz, ahora la tenían por medio de sus dirigentes y, sobre todo, se sentían representados por los cantantes y grupos de música popular que entonaban cantos y alabanzas al pueblo. Se multiplicaban los que querían decir cosas a través de poemas y canciones. Así nació una generación que nos levantó el ánimo en medio de la escasez. ¡Qué importaban las colas de toda la noche a la intemperie si estaban amenizadas por cantos revolucionarios! Fue un tiempo de auge popular, se sacó lo mejor de cada uno para que todo el mundo supiera que: ¡Por fin los pobres tenían voz! Mucho se habló en ese tiempo de nacionalizar las empresas que desde siempre habían explotado las riquezas mineras, en especial el cobre. Fue un paso importante. También lo fue la reforma agraria, en especial la referida a la zona central donde había grandes extensiones de tierra cultivable, abandonadas o dedicadas al pastoreo de animales. “La tierra para el que la trabaja” era el lema. Como ideal era bueno, seguir la reforma que había impulsado Frei y hacerla más extensa. La CORA era la responsable de esa reforma. El error fue dejar a los mismos ejecutivos democratacristianos, que poco a poco, la fueron boicoteando hasta hacerla totalmente inoperante. La idea inicial era repartir entre los campesinos una cantidad de tierra de buena calidad que fuera suficiente para sustentarlos; además, asesorarlos, proporcionarles semilla, maquinarias y dotarlos de los animales que fueran necesarios. Ideas, ideas, buenas ideas que quedaron en el aire. Al no dar asesoría, ni nuevas semillas, ni prestarles maquinaria, los animales y los sementales terminaron en la olla al igual que las semillas. La maleza acabó con los campos de cultivos y los campesinos emigraron a las ciudades donde se perdieron entre el cúmulo de cesantes que se fue juntando en el transcurso de los años. Cosas raras pasaron con la reforma agraria. Nos llegó hasta nosotros. El fundo El Durazno, que mi padre fue comprando con tanto sacrificio, fue expropiado. Quedó El Naranjo por infértil y la hijuela Los Culenes que mi madre recibió como herencia de su padre. Toda la tierra entre uno y otro fue a manos, no de gente del fundo, sino de otras personas que, sin orientación ni ayuda, hicieron pedazos la tierra talando los robles centenarios, sembrando indiscriminadamente hasta agotar la capa vegetal para, en el transcurso de los años, vender a precio de nada a las empresas forestales. Hoy todo ese fundo está plantado de pinos ¡Para chips que se venden en Japón! ¡La reforma agraria no tuvo el éxito de la nacionalización del cobre! El país se veía dividido en dos partes, por un lado, el pueblo que quería a Allende y hubiera hecho cualquier sacrificio por él, y por otro lado la derecha que lo único que quería era que “algo” acabara con el gobierno. En las colas de pobres, en poblaciones o pueblos chicos, había mucha alegría, cantos y bailes, era algo que nivelaba a ricos y pobres; pero en las colas de barrios ricos o acomodados se sufría la humillación de tener que hacerlas. Por otro lado, siempre había mercado negro donde, el que tenía plata, podía comprar. No fue mucho lo que el gobierno de Allende pudo hacer, desde antes de su elección ya estaba el país del Norte armando su trampa para que fracasara, invirtiendo grandes cantidades de dólares en propaganda y, al ver que así no lograba nada, se dedicó a boicotear al gobierno. Es mucho lo que puede hacer el dinero, bastante más de lo que se puede creer. La CIA se estableció en Chile para quedarse, y desde la sombra sembró dudas y malestar en los medios económicos. La historia juzgará. La historia podrá decir lo que realmente pasó si se sabe leer entre líneas, porque no hay que olvidar que la historia la escriben los ganadores. Yo no puedo ser imparcial, es imposible haber vivido una época de la vida tan difícil y juzgar con equilibrio. El que quiera saber lo que pasó, cómo se gestó y cómo terminó tiene que leer a quienes saben escribir, yo soy incapaz de hacerlo. Puedo contar lo que viví, lo que sentí, lo poco que recuerdo de lo vivido durante el gobierno de Allende y lo haré como buenamente pueda. Su papá empezó a trabajar en el hospital con un grupo de médicos que, junto a otros grupos de cada hospital de Chile, estaban pidiendo y estudiando la socialización de la medicina. Ellos querían que todos los habitantes de Chile, chilenos o no, tuvieran atención gratuita de salud en hospitales y consultorios. Seguramente habría en el grupo, médicos más o menos radicalizados, unos más convencidos que otros y su padre era de los más convencidos que el cambio se debía producir ¡Ya! Él no tiene término medio en nada, así es que este tema lo abordó con pasión y su oposición al mantenimiento del sistema era feroz. Poco decía en casa, pero se le notaba cuando llegaba de alguna reunión acalorada. Pasaba de un disgusto en otro, de una depresión en otra y, con ello, muchas veces el ambiente en casa se hacía difícil. La casita de madera se hizo chica cuando, después que Rosa se fue, la ocuparon Nesko y Lula (amigos del Negro) y “los amigos de sus amigos son también mis amigos”. Esa fue una época de puertas abiertas, todos los días amanecía alguien durmiendo en el hall, o con Nesko. Los jóvenes entraban, salían y comían lo que hubiera, generalmente tallarines o porotos. A veces traían pan de alguna cola o algo más. Un día llegó Nesko con un pollito de un día ¡Fue el alboroto de los más chicos! Lo pusieron en una caja y trataban de darle comida, estaban felices con el “pullito” tanto que el nombre lo siguió llevando Francisco. Nesko era “trotsko” y “anarco”, simpático y agradable, nos conquistaba con todas sus aventuras. Me encantaría revivirlas, pero… no las recuerdo. En vista de la falta de espacio compramos una “media agua”, (una habitación de madera con techo de zinc, una ventana y una puerta, piso también de madera); en ella estudiaban, jugaban y se reunían, según la hora y la edad. El patio de atrás estaba cada día más bonito, la doca florecía y las higuerillas se desarrollaban. Los que llegaban se daban un tiempito para arreglarlo y con la garúa de la noche se regaba. Una tarde iba saliendo apurada y Antonio se ensució, le pedí a Luís Emilio que me trajera un pantalón verde (de los mentados de forro del sillón), él subió corriendo y me trajo uno color mostaza. Le volví a pedir: “Por favor verde, Luís Emilio”, volvió a subir y trajo ¡Otro mostaza!, yo me encendí y corrí con él al piso de arriba y, pensando que era una distracción, le mostré: “Este es verde”, “Este es mostaza” ¿Lo tiene claro? —No mamá, los veo iguales, fue su respuesta. Todo el apuro se me pasó, también la irritación por confundir los nombres de los colores ¡Me dio una pena enorme! Cuando llegó su papá le conté lo sucedido y él me dijo que lo llevara al oculista porque eso no era normal. Así lo hice, lo llevé, todo el examen fue normal hasta que le pasó un cuadernillo donde había láminas con bolitas de distintos colores, entre ellas yo de lejos vi un número y le pregunté a Luís Emilio: —¿Qué ves? —Bolitas de colores. —¿Qué más? —Nada más. —Bien, en esta otra página. ¿Qué ves? —Bolitas de otro color. —¿Qué más? —Nada más. Yo me sentía afligida ¡Qué ganas de soplarle lo que yo veía, pero no lo podía hacer! —Ahora, mira esta página, pon tu dedo aquí y sigue este laberinto todo del mismo color hasta que salga acá Luís Emilio puso el dedo al principio y empezó a vagar, de un lado a otro, curva aquí y otra allá hasta que terminó justo donde le había dicho el médico, pero ni cerca del camino indicado. ¡Qué tristeza sentí! Pensé en todas las dificultades que tendría en la vida. El oculista dijo que tenía dificultad para percibir los colores intermedios, que era un defecto congénito y que yo se lo había regalado. ¡¡CULPABLE!! También dijo que tendría que examinar al resto de los niños, por si alguno tenía el mismo fallo. Fui llevando uno a uno a todos los hombres, todos salían bien y veían lo mismo que yo hasta que entró Francisco y le noté la misma mirada que la de Luís Emilio, mirada que no sabía lo que pasaba, que no veía lo que el médico quería que viera. También tuvo el mismo fallo genético y en el futuro Antonio también lo heredaría. Yo investigué en la familia si había alguien que tuviera el mismo defecto de percepción de colores, pero no encontré a nadie. Me da pena haber trasmitido un mal gen a mis hijos y espero que los descendientes suyos no lo tengan, se trasmite por la madre. Es curioso cómo lo han enfrentado cada uno: Luís Emilio lo disimuló de tal manera que si no es por los pantalones de Antonio me habría costado darme cuenta, incluso, en una oportunidad se sacó un premio en dibujo por pintar una lechuga café —muy impresionista, dijo la profesora—. Francisco no le dio mucha importancia, lo asumió y nada más, en cambio Antonio hacía alarde y publicaba a quién quisiera oírlo que él con los colores, nada de nada. En los colegios y universidades cada día había más alboroto político, hasta los más chicos se metían en manifestaciones; tanto así que un día en que fui a control con el dentista me preguntó si las parvularias de la guardería del hospital tendrían participación con el MIR. Me llamó la atención su inquietud y le pregunté por qué lo decía y él me contó que sus hijos (de la edad de Antonio) desfilaban en su casa con las escobas diciendo: “Pueblo, consciencia, fusil, MIR, MIR”; me dio mucha risa, pero me la tuve que tragar porque eso era lo que Juan Agustín le enseñaba a Antonio ¡Ese Agustín! siempre andaba alborotando a sus hermanos y a sus compañeros. En el colegio, los alumnos mayores le pagaban una moneda (no sé de cuanto) por dar una patada a un “Momio”: en los recreos, corría, pateaba y arrancaba, luego cobraba y se lo gastaba en golosinas. El año 72 fue un año muy lleno de actividades, tanto escolares como políticas. En casa ustedes se organizaban bien. Teníamos reuniones bastante seguido donde evaluábamos el desarrollo de las comidas y de los estudios, todos opinaban, una de las cosas que más les importaba era saber de mis notas, cada buena nota era muy celebrada ¡Qué estimulante era ese apoyo! Dinero no nos faltó para las cosas más importantes, las básicas —a veces usted reclamaba por alguna prenda de vestir, y si no había para comprarla, se la pedía a mi mamá y ella, generalmente, le daba en el gusto—. Las comidas se resolvían con la cuota de La Junta de vecinos —que no era muy variada ni en cantidad—. La leche que daba el gobierno a los escolares se repartía entre todos. No sería muy rica, pero era leche y todos se la tomaban. Otra cosa era el pescado, mucho pescado que, encima de ser muy bueno y fresco, era barato. Además, mi pescadero era buena persona y me guardaba las cabezas que le sobraban —para caldillo— y ¡Huevas!, que a todos les gustaban —eso era, naturalmente, antes de que se cotizara tanto el colesterol—. Francisco era el primero en llegar al medio día. Él manejaba la única llave de entrada, abría y ponía una olla con agua a hervir y empezaba a hacer lo que se había acordado comer ese día. Luego iban llegando los mayores, que le daban forma a lo que comeríamos; yo era la última en llegar, así es que me comía lo que hubiere y después, si no tenía clases temprano, lavaba la loza y si tenía clases, siempre había alguno con ese turno. Fuera del almuerzo todos colaboraban en los quehaceres diarios. En la terraza habilitamos una mesa grande con caballetes, allí no sólo comíamos, sino que ustedes hacían sus tareas por la tarde. Más adelante la equipamos como mesa de ping-pong, era más chica que la reglamentaria, pero nos entreteníamos. Incluso con mis compañeras de curso, las del grupo de trabajo, le hacíamos empeño a jugar un rato para despejarnos la mente. ¡Qué alivio fue terminar el año! Estábamos cansados y con ganas de flojear, de fundo, de verde, de río. El fin de año fue bueno, todos sacamos buenas notas. Que ustedes las tuvieran no era raro, porque eran buenos estudiantes. Pero que yo estuviera dentro de las diez mejores del curso ¡Sí que fue sorpresa! Como habíamos quedado en que si aprobaba el año seguiría estudiando, yo estaba feliz. Ya me sentía con una carrera profesional y operante en el laboratorio, me parecía mentira vislumbrar un buen futuro que también lo sería para todos. Novedad de ese año fue el nacimiento de Ángela, la hija mayor de mi hermana Pilar. Todos estábamos chochos con ella, me parece que yo la vi muy recién nacida; parecía un patito, blanca y rubia resplandeciente. Niña querida y esperada por todos. Para mis padres fue algo importante, la veían como un ángel y así se veía de bonita en las fotografías que me mandaban. ¡Qué apurados estábamos de llegar pronto al fundo! Arreglamos las maletas —si se podían llamar así— y partimos en el Land-Rover. Esta vez lo hicimos por etapas para llegar más descansados. Parece que las idas al fundo eran siempre iguales, anhelantes y felices. Se nos abría un horizonte de felicidad, de paz, y cada uno pensaba en lo que más les gustaría hacer. Todo era en tiempo presente, a nadie se le pasó nunca por la mente que ese sería el último año que veranearíamos allá. Para muchos fue la última vez que lo vieron y que lo gozaron. La última vez que estuvimos juntos en familia, nosotros, mis padres y hermanos —ellos en El Falar, aunque nos veíamos con frecuencia—. Si lo hubiéramos sabido, a lo mejor hubiéramos visto todo con otros ojos, a lo mejor habríamos tratado de estar en todas las partes que quisiéramos recordar en el futuro; a lo mejor… a lo mejor… ya ni sé qué hubiera sido mejor. Fue un “adiós, hasta luego”, un “adiós, hasta el próximo año” que nos cuajó los ojos de lágrimas, como siempre, pero con esperanza. La realidad fue otra, fue un “Adiós para siempre”, pero eso no lo sabíamos ¡Qué duro hubiera sido haberlo sabido! Por favor no me digan que de un plumazo borro mil cosas, sólo estoy tratando de recordar, lo que me es muy duro de hacer. Vuelta a casa, a La Universidad y al colegio. Ustedes estarían en la educación media hasta Joaquín, el resto seguiría en educación básica y Antonio pasaría de guardería a Pre-Kinder, ya hombrecito aprendería muchas cosas nuevas, seguiría en la guardería del Hospital, pero con otra categoría. También yo sería alumna de segundo año y nos tocaría a nosotros recibir a los mechones de primero, es muy grande el cambio de primeriza a “antigua”, ahora nos tocaba a nosotros organizar toda la semana de fiestas. En la recepción de los mechones nos aprovechamos de mi “pinta” de maestra y en una sala, les di una charla sobre la carrera, sus responsabilidades, sus problemas y… seguía… y seguía… en estilo bastante doctoral. Una a una, las fueron llamando a la sala del lado, y allí un grupo se dedicó a desteñirles un mechón de pelo ¡La gracia les duró, a las mujeres todo el año y a los hombres hasta que los cortes de pelo se lo sacaron! desde lejos se sabía quiénes eran los mechones de Tecnología Médica. El día de la broma fue muy entretenido, desde que se inició la semana, grupos de segundo y de tercero empezamos a dar avisos por la radio, la televisión y diarios locales de que un grupo hippie se había raptado a una niña para que se casara con el jefe. No se sabía el destino del grupo, pero se suponía que iba rumbo al Norte. Todos los días salían llamadas desesperadas de la madre que rogaba al hippie que le devolviera a su hija, que era tan joven y bonita. El ambiente se empezaba a calentar y en todas partes se comentaba y se opinaba del rapto, unos decían que eran gitanos, otros que tratantes de blancas, otros marihuaneros; en fin, todo un alboroto. El día mismo de la broma organizamos la boda en pleno centro de la ciudad: el hippie era un alumno de tercero, grande y guatón; la novia, una joven de segundo y la madre ¡Yo! que lloraba y me desesperaba. La boda ya se realizaba. Parte de los primeros años eran el séquito de la novia, los otros y ustedes eran “los míos” y se lamentaban con llantos y gritos. Por fin se descubrió el asunto y todos nos reímos del chascarro. Fue muy celebrado y ganamos muchos puntos. Mientras vivíamos unos momentos de intensa alegría recibiendo a los mechones, nada hacía presagiar lo que tendríamos que pasar. En Santiago, Ángela crecía, cada día se veía más adelantada, más linda y cariñosa. Se acercaba a su padre y le decía: “Caco-papá” y, como es lógico, todos estaban felices. Un día la acostaron para que durmiera su acostumbrada siesta y cuando la fueron a ver, estaba en coma. La llevaron de urgencia, a toda velocidad, al hospital de niños; allí la vio su médico y dijo que tenía una extraña meningitis. Fue una tragedia, la niña no volvió en sí. En cuanto me avisaron, dejé todo y me fui a Santiago. Cuando llegué, la niña ya estaba enterrada y todos la lloraban ¡Qué difícil es aceptar la muerte de un niño chico! ¡Qué terrible es enfrentarnos a la muerte de un hijo, y peor a la de un único hijo! —¡Un ángel, decía su madre! —Tenemos quien vele por nosotros desde el cielo —se confortaban. Nos los vi desesperados, es la gracia que da Dios a los creyentes. La tristeza sin esperanza es espantosa, la tristeza con esperanza es soportable. Triste es ver sufrir a mis hermanos y padres. Volví a casa, a la rutina y a los estudios. La sorpresa que encontré fue que en el par de días que estuve fuera se había detectado un foco de sarna en la guardería del hospital y, en plan preventivo, trataron a todas las familias de los niños: llegaba el furgón del hospital y un grupo de auxiliares pintaba con Lindano a todos los habitantes de la casa ¡Quedaban todos pintados de blanco hasta el día siguiente, en el que se podían bañar! ¡Drástica medida, pero cortó de raíz la infección y la reinfección! Al día siguiente de llegar de Santiago, tuve una prueba de Física. Por lo general no tenía problemas con el ramo, entendía la materia y era capaz de contestar; por otro lado tenía buena nota en el Laboratorio, pero… ese día, todavía metida en el avión y con la pena de ver sufrir a mi hermana chica, no pude contestar nada; tal cual, nada de nada. Entregué la hoja en blanco, y el profesor me preguntó lo que me pasaba; yo se lo dije y me comentó que no había problema, porque para el resultado final iba a eliminar la nota menor. Mientras tanto, entre estudios, casa, niños y marido, se iban desgranando los días casi sin sentir. El asunto político se iba complicando. Por un lado, los partidos de izquierda empujaban al Presidente a cumplir su programa. La derecha —aliada con La CIA— hacía todo lo posible por boicotear las leyes de reformas; la ultraderecha atacaba, el MIR tenía las ideas claras: con leyes solamente no se llegaba a ninguna parte. Un día su papá llegó con una tremenda inquietud ¡Había movimientos militares! Y sin que mediara nada más, nos puso en un TAXI y nos fletó a Santiago, casi diría que con lo puesto, una botella de agua y poco más ¿De dónde sacó un chofer de confianza como para poner nuestra vida en sus manos? No lo sé, pero fue así. Todos apelotonados comíamos y comíamos kilómetros… comíamos y comíamos desierto. Cuando parecía que no podíamos más de calor, de pegote, de apretados, nos bajábamos a tomar algo en alguna estación de bencina, pero el tiempo y el miedo nos seguían, nos mordían los talones. Exhaustos llegamos a La Serena. Todos, incluido el chofer, nos dimos por vencidos y nos alojamos en una pensión. Sé que lo hicimos, pero no la recuerdo; solo sé que, después de comer algo y de tomar agua, caímos a las camas como muñecas desarticuladas. Al día siguiente un café bien cargado nos devolvió a la vida y seguimos la ruta. El desierto se fue retirando y quedando atrás, empezaron a aparecer matojos verdes, casitas aisladas, hilos de agua… parecía que respirábamos mejor. Uno de los niños se empezó a quejar de dolor de cabeza; “el viaje” pensé, una aspirina y creí haber solucionado el asunto. Al poco rato ya eran dos o tres los que se quejaban y además les dolía la garganta. “El desierto”, “la arena”, “el frío de la noche”, “el calor del día, “la pensión”. Todo lo pensaba mientras lo único que podía hacer era darles aspirinas y agua, tomar a uno en brazos o tomar a otro. Usted y Luís Emilio hacían lo mismo. ¡Viaje horrible! Pero… ¡Pudo ser peor! Apenas llegamos a casa de mis padres en La Alameda, mi mamá les tomó la temperatura y tenían mucha fiebre, llamó al médico quien les diagnosticó “angina escarlatinosa” ¡Penicilina para todos! Lo que en ese momento no se supo fue que, por haber estado tan apretados en el taxi, nos habíamos contagiado todos y al abrazar y besar a mis hermanos chicos también se contagiaron. Todos estábamos enfermos menos mi mamá que la había tenido de joven. Yo misma recuerdo con espanto el dolor de garganta que me impedía tragar hasta la saliva. Poco a poco fuimos sanando, los militares se tranquilizaron y pudimos volver a casa. Un día cualquiera, un muchacho se me acercó en la Universidad y me dijo que quería hablar conmigo, me pareció raro porque no era de mi carrera y no lo había visto antes. Nos paseamos y hablamos, me planteó de hacer un pequeño trabajo político. No sé por qué creyó que yo le podía servir, pero… quedamos en “Otro día” “Ya hablaremos”. Yo me quedé preocupada y sin saber qué hacer, no podía consultarlo con nadie, nadie debía saber de mí. Es posible que yo sintiera curiosidad, es posible que creyera que viviría una aventura, es posible que pensara que podría colaborar en algo para mejorar la situación del país, no sé. No creo haberme planteado que algo pudiera salir mal. Es peor, ni siquiera pasó por mi mente estar metiéndome y metiendo en líos a mi familia. Todo parecía tan normal, tan lógico… ¡¡Teníamos un Presidente de izquierda, lo teníamos que ayudar!! ¡¡ Había que colaborar con un granito de arena!! Después de varias entrevistas tuve otra con un jefe, se suponía que era “mi jefe”, él me planteó hacer pequeños operativos clandestinos, que nadie nunca debía saber lo que haríamos. Yo estaba dispuesta, pero… tenía un asunto que plantear: “No haría nada que estuviera en contra de mi conciencia ni de mi fe. Él me dijo que era respetable y que muchas personas estaban bajo esa misma condición. Así fue como empecé a hacer “cositas”; Una salida por la noche… poca cosa… poco importante. Para mí era el principio de una aventura además de lo que pudiera servir. Mientras, su papá se conectaba en el hospital con un pequeño grupo que se reunía en casa para discutir, comentar y leer artículos, además de ver de qué manera se adelantaba en el hospital la idea de la socialización de la medicina. Y usted y Luís Emilio se reunían en la Universidad del Norte con los jóvenes del FER. Las manifestaciones cundían: un día era la izquierda, otro era la derecha. Se juntaban en el centro, los oradores se hacían oír, la gente gritaba consignas y todos y todas, terminaban en lo mismo: “El guanaco” tirando agua a presión y disolviendo las marchas. Potente el chorro era el del “guanaco”. Era capaz de levantar a un adulto y una vez lanzó por los aires un alto de cajas de pescado, menos mal que no cayeron en un grupo de jóvenes. Ustedes no se perdían ninguna, no sé cómo no les pasó nada, después del colegio era la entretención más grande. Una vez hubo una manifestación de la derecha, hablaba Alessandri. Yo recibí órdenes de ir. A mí nunca me han gustado ni me gustan las aglomeraciones, me agobian, pero tuve que ir y había que obedecer. Fui con un cartel del orador y Juan Agustín me acompañó. Caminamos y gritamos —como todos— ¡Qué espanto! Me da hasta vergüenza recordarlo, pero… hubo un momento de tensión cuando unos jóvenes, muy cerca de nosotros se dijeron: “¿No es ese el cabro mirista del San José?” Me olí el problema y rápidamente nos movimos. Dejamos el cartel en manos de una agradecida señora y nos largamos. Respiramos hondo… el peligro pasó. Los niños mayores tenían que preocuparse un poco más de sus estudios y no podían abarcar más cosas, el planchado ocupaba mucho tiempo y yo también estaba muy ocupada en La Universidad con Laboratorios, que me ocupaban toda la mañana. Así es que decidimos tomar una persona que nos aliviara un poco, por lo menos los almuerzos, el lavado y el planchado. (Eran muchas las camisas y en ese tiempo no había géneros que quedaran bien sólo con el lavado). No sé cómo llegó a casa Ángela, era una mujer muy avejentada, gorda, alegre, cariñosa y muy trabajadora. Ella nació en la frontera de Paraguay con Bolivia, pero la ciudad más cercana era boliviana así es que allí la inscribieron. Tuvo una infancia muy terrible, ella no quería ni hablar de ella. Siendo apenas adolescente el hijo del patrón le hizo una guagua y la despidieron de su trabajo y de su hogar. Vagó y vagó con su hijo haciendo trabajos temporales hasta que llegó a Chile, donde se unió a un hombre que, fuera de hacerle dos hijos, no hizo nada más que emborracharse hasta que un día se fue dejándola con tres niños. Nunca supimos si tenía o no regularizada su situación legal, tampoco creo que nos hubiera inquietado. Ángela era muy trabajadora. La inscribimos en La Junta de Vecinos nuestra, así pudo tener su cuota de carne y de alimentos. Era tan solidaria que había veces que decía que sus hijos no estaban con ella y compartía su carne con nosotros. Gorda feliz, con un diente sí y el otro no, con rasgos indígenas, los ojos achinados le daban una expresión de sempiterna risa. Campeona para ahorrar, nada botaba, todo lo aprovechaba. Inventó hacer con las hojas de fuera de las lechugas, que son amargosas, unas tortitas fritas que, con el sempiterno arroz, constituía un plato que a ustedes les encantaba. Si había más huevos, hacía tortilla, con las hojas de lechuga. El pescado le encantaba, decía que el del Pacífico era mucho mejor que el de agua dulce. Los aprovechaba enteros haciendo un caldillo con cabezas y esqueletos. Un día no llegó. Vino un hijo chico, todo desastrado, a avisar que estaba enferma, que a ellos los había devuelto su padre y que no tenían nada que comer. Partimos en el jeep a ver lo que pasaba y nos encontramos con una situación estremecedora: ella, en un nidal de trapos con mucha fiebre, y tres niños sucios, hambrientos y sin ropa. La casa —si a eso se puede llamar casa— era una muralla medianera (de adobes); el resto eran cartones, cajones, palos y piedras sujetando lo que se podía. El techo, en parte “fonolas”, en parte plástico envejecido y el resto… cielo azul profundo de día y negro estrellado de noche. ¡Muy poético y romántico! pero helado. El viento del norte es frío y se mete por todas partes. Quedamos impactados ¿Cómo era posible que Ángela nunca nos hubiera dicho nada? Tiempo después lo supe: ella consideraba su “callampa” su hogar, era el mejor que había tenido. Nos pusimos en campaña, en busca y pesquisa de ropa de niños, de cama, de materiales de construcción, era el tiempo del fervor de los trabajos voluntarios. Los jóvenes del FER arreglaron como pudieron la “callampa”, la forraron con cartones —de cajas de desecho—, techaron un pedazo más con “fonolas” y el resto con un plástico mejor. Emilio movió a un médico que la fue a ver y le dio remedios. Un grupo de mujeres sacamos y sacamos trapos sucios y viejos, luego los quemamos. Limpiamos lo poco que había y pusimos un par de colchones con sábanas y frazadas. La cocina la dotamos de ollas, cubiertos y platos. El agua tuvo que seguir saliendo de una manguera de la vecina. Todo quedó bastante bien, ella lloraba de felicidad. A los chiquillos los bañamos en casa y los vestimos con ropas de los Tintines; total, en el norte todo se seca en un momento. El problema mayor fue el de la comida. Con la huelga de los camioneros no había qué comprar. Aunque no faltara el dinero, mercadería no había —salvo la que racionaban las Juntas y que siempre era poca—. De a poco la fuimos proveyendo de lo más indispensable. De los niños, me parece que los menores entraron en la escuela de su barrio. El mayor era “un bala perdida”, muy pronto se fue de su casa y no supimos más de él. El marido —por decirlo de alguna manera— un día apareció y quiso apoderarse de lo poco que había, pero Ángela se puso seria y no lo admitió. Era un borracho que se perdió en La Pampa tomando y lo encontraron muerto. Ella perdió el miedo y pudo trabajar tranquila y educar a los chicos. Luís Emilio y Joaquín iban al muelle a pescar y nos traían unos lindos jureles, ricos y sabrosos, ellos eran muy serios y responsables en proveer de proteínas a la familia. Pero… el ingenio de los Tintines los llevó a encontrar un desagüe de alcantarillado que daba a un roquerío cerca de casa. Allí se alimentaban unas “lisas”, pescados grandes, redondos, relucientes, sumamente bien alimentados con los desechos de la ciudad. Vivían apiñados en grandes grupos. Al principio trataron de pescarlos con anzuelos, pero… ¿Qué les iba a interesar un cebo si tenían toda la comida que quisieran? Entonces hicieron unos “miguelitos” (tres anzuelos grandes unidos), y con ese artefacto los cazaban por montones. Ellos siempre dejaban los más grandes para la casa y el resto los salían a vender por las calles, en un canasto los ponían y gritaban: “¡Pescado fresco, recién sacado!” Y aunque parezca mentira lo vendían todo y me llevaban el dinero, —si algo se quedaban era muy justo, era su trabajo—. Lo único que yo les pedía era que lo llevaran limpio porque las vísceras eran muy mal olientes; la carne era buena y tenía una capa de grasa amarilla que parecía mantequilla. Claro está que todo esto era antes que se supiera de cólera, hepatitis y otros bichos que se pegan por las aguas servidas. Orgullosos estábamos los chilenos por tener un gobierno socialista, el único país de la historia que por votación tenía un presidente así. Hinchábamos el pecho y hubiésemos querido tener la bandera siempre izada. ¡Qué linda bandera! ¡Qué canción nacional más preciosa! ¡Qué escudo más decidor! “Por la razón o la fuerza”. En ese tiempo nos sentíamos en la etapa de la razón. Todos, los grandes y los chicos, nos aplicábamos a los “trabajos voluntarios”: alfabetizar, pintar y arreglar las casitas de los más pobres, arreglar las calles, pintar edificios, hacer turnos extra en los servicios de urgencia… Las casas… las casas de los más humildes estaban iluminadas por sonrisas, las más de las veces desdentadas y con las tripas vacías, pero felices de tener: “Un compañero Presidente”. País ejemplo para el mundo. Del extranjero venían a vernos, a palpar “el milagro chileno” ¡Como si se tratara del “milagro alemán”! El optimismo crecía y se hacían planes para el futuro. Entre las visitas notables estuvo la de Fidel Castro, con su uniforme verde-oliva, grande, barbado, locuaz, simpático. Se paseó por todo el país. Todo lo vio, lo celebró y se lo gozó. El y el pueblo. Fue una fiesta nacional —a lo mejor un poco larga, a lo mejor un poco densa, pero nadie quedó sin hablar de él—. Anunciaron la visita de Fidel a La Universidad ¡Qué alegría! En el patio nos juntamos todos los estudiantes de Antofagasta, de las tres Universidades y colegios. Era un mundo de gente aclamándolo con banderas, consignas y aplausos. Habló bien, mejor dicho, espectacular, con un gran sentido comunicacional. Tocaba un tema, daba ejemplos y luego hacía una pausa de relax. Así habló y habló durante más de cuatro horas. Nosotros, los estudiantes, que se nos hacían largas las clases de una hora, estábamos extasiados; no le perdíamos palabra, de pie oímos, aplaudimos, ovacionamos y quedamos felices con la idea que en Cuba las cosas iban bien y que en Chile irían mejor. Mucho tiempo se habló de esta visita, unos para bien y otros para mal. Nosotros veíamos la lucha que había por la alfabetización: “Ni un cubano sin saber leer ni escribir”, “Educación gratuita para todos”, también por la salud: “Salud para todos sin costo, sean o no cubanos” ¡¡El ideal de los que, como su papá estaban trabajando por la socialización de la medicina!! “Cuba para los cubanos” “La tierra para el que la trabaja” “El estado al servicio del pueblo” “La cultura para todos” La oposición tenía otra manera de pensar, decían que Cuba era “el tumor” de América democrática. Que era una fábrica de armas, que entrenaba guerrilleros, que exportaba marxismo y que nos estaba militarizando. Así, consignas van y consignas vienen, marchas van y marchas vienen fue pasando esa época en que significó el florecimiento político de mucha gente, también el nuestro. Dentro de los “trabajillos” que me mandaron, hubo uno que me encantó: montar un botiquín de primeros auxilios. Así de ambiguo, no hubo manera que mi gran jefe, el Sol Rojo, —como le decía yo— me dijera de qué tipo de primeros auxilios se trataba, su respuesta era siempre igual: “Es clandestino” y punto. Me empezaron a llegar muestras médicas, de esas que les dan a los médicos y que traen dos pastillas en caja grande y, que ¿Quién sabe para que servían? ¡Si al menos fueran algo conocidos, como aspirinas! Según el Sol Rojo había que clasificar y explicar su uso y dosis. Eso fue al principio, luego me llegó material quirúrgico —que había que mantener estéril— y equipos de transfusión. Menos mal que entró a trabajar conmigo una doctora que de noche venía a hacer lotes de píldoras. Muy pronto la caja de cartón se hizo imposible de manejar y la doctora decidió ordenar una maleta con lo fundamental, de fácil manejo, trasporte y uso. El resto siguió en cajas. Este trabajo nos ocupaba algunas horas de la noche, el resto del tiempo había que aplicarse a estudiar y atenderlos a ustedes, que siempre tenían algo especial. Hoy miro atrás y me doy cuenta lo desatendidos que los tenía, pasaron una mala edad y casi solos; no sé cómo lo verán ustedes, porque nunca me lo han dicho. Un día el ejército se movió, un ligero movimiento: —como los que nos regala la placa de Nazca cada tanto tiempo—, un poco de meneo, y los tanques rodearon La Moneda, ¡Fue un escándalo! El ligero movimiento nos debió haber alertado, si, NOS DEBIÓ ALERTAR, pero no fue así. Nuestra fe era inmensa, “el compañero presidente” sabría cómo poner orden en el país. Así de inocentes éramos, así de confiados. Entre tanto yo seguía cursando el tercer semestre en La Universidad. Ustedes en sus colegios saliendo adelante con todo, menos Juan Agustín que tuvo un problema en el Colegio San José y decidieron que era mejor que le buscara otro colegio donde estudiar ¡Problemas! Después de mucho andar encontré una escuela pública que quedaba entre la casa y La Universidad. Allí lo recibieron. Al principio, todo bien, luego, un día me encontré con su profesora en el centro, se asombró y me dijo: “¿Está usted bien señora? ¡Qué bueno!”, yo le contesté: “Estoy bien, como siempre” y ella me contó que Juan Agustín hacía un par de meses que no iba a clases, porque dijo que yo estaba enferma y que él tenía que cuidar a sus hermanos chicos. Verdaderamente me dejó sorprendida. El primer día que él volvió del colegio —supuestamente— con sus libros y tareas, yo lo tomé y salí a caminar con él; le dije lo que me había dicho la profesora, él se encogió de hombros y me dijo que no se acordaba de nada. Yo insistí en preguntarle dónde habría estado y él seguía diciendo que no sabía nada, que él iba al colegio y volvía a casa y que traía tareas todos los días. ¡Qué dolor! ¡Qué sufrimiento! Sin saber lo que le pasaba y pensando en cosas mayores, lo llevé a un médico psiquiatra que, más o menos lo vio y nunca dijo lo que tenía, sólo “problemas de personalidad” y con una que otra pastillita creyó haber solucionado el asunto. La escuela lo volvió a recibir y todos los días yo lo pasaba a dejar y cuando podía lo traía de vuelta. Así pasaron los días, entre una cosa y otra, entre problemas y disgustos, con la satisfacción de tener muy buenas notas y amigas con las que estudiaba. GOLPE MILITAR Así fue hasta que un día, durante la segunda hora de clases, nos llamaron a asamblea general. Todos los alumnos y los profesores estábamos presentes cuando nos dijeron que el país estaba tomado por el ejército, que el Presidente Allende estaba sitiado en La Moneda, y que un militar ocupaba el mando de la ciudad y otros las oficinas principales hasta las rectorías de las Universidades. ¡Todos a sus casas! ¡Toque de queda de 24 horas! ¡Queda! ¡Queda! ¡El que la rompa, bala con él! ¡Todos aislados en sus domicilios! ¡Nadie se puede mover! Salí disparada en el jeep a buscarlos a ustedes, primero a Juan Agustín, luego al San José y, por último, al Hospital a rescatar a Antonio. Nos apiñamos en casa, asustados; no sabíamos qué había pasado, ni qué pasaría. La radio sólo emitía marchas militares y, de tanto en tanto, un comunicado numerado que nadie entendía. Fueron momentos de angustia, de incertidumbre, de miedo… A pesar de todo, ¡Ingenua de mí! pensaba: “En este país no pasa nunca nada, tiene tradición democrática, será una revuelta sin importancia. El ejército respeta la Constitución, los carabineros son amigos del pueblo”. Me equivoqué, no era una revuelta sin importancia, era un terrible y contundente golpe militar que acabaría con la vida del compañero presidente. Con miles de muertos, torturados, detenidos y desaparecidos. Además, acabaría con la paz ciudadana, acabaría con la unión de todos los chilenos. Ahora habría amigos y enemigos. Cuando su padre llegó a almorzar, por fin, nos traía la peor de las noticias: “Habían bombardeado sin piedad La Moneda, tomado prisioneros a los que estaban dentro y nuestro Presidente había muerto” ¿Asesinado? ¿Suicidado? No se sabía, ni se supo la verdad en mucho tiempo. La imagen de La Moneda siendo bombardeada por aviones de la Fuerza Aérea Chilena, por los propios aviadores educados y formados por el Estado, por los mismos que habían jurado lealtad al Presidente fue algo estremecedor y, aunque pasen mil años, seguirá siendo igual de estremecedor. Siguen las fuerzas armadas dominando, siguen mandando y ordenando. ¡Queda de 24 horas! ¡Toque de queda de 12 horas! ¡Dos o tres horas para salir! Militares, dueños de la ciudad, paseaban los tanques, las tanquetas, los cañones, las cureñas. Pasaban desfilando, armados, con uniformes de camuflaje; a cualquier hora del día o de la noche se oían ruidos de botas, órdenes y saludos. Nosotros, en casa sin ni siquiera pensar, sin salir, comiendo lo que quedaba de la compra, sin saber cuándo nos dejarían volver a hacer vida normal. Ángela y sus hijos desaparecieron, nunca supimos si habían vuelto a Paraguay, mis amigas tampoco la volvieron a ver. Ustedes, siete niños, necesitaban moverse, gritar, alborotar, hacer vida de niños. La hacían puertas adentro, jugaban ping-pong, se asomaban a los patios de los vecinos; pero ya nadie se conocía, nadie se hablaba… el temor se estaba apoderando de la ciudad, de esa ciudad que nos recibió con los brazos abiertos, con cariño y solidaria. ¿Dónde estaba esa ciudad? ¡Desapareció debajo de la bota militar! Tan pronto como pudimos salir del estupor y supimos que estaban allanando casas de personas no adictas al golpe, nos pusimos en campaña de limpieza. ¡Qué difícil es ponerse en la mente de otras para saber qué hay que liquidar! Empezamos la revisión libro por libro, papel por papel, documento por documento, foto por foto. Todo lo que podía oler a izquierda fue quemado en un tarro que había en el patio. De a poco. Poquito a poco fueron saliendo diarios, revistas, artículos, libros y poquito a poco se fueron quemando; algo por la mañana temprano, otro por la noche, cuidando que no saliera humo, que no se levantaran llamas que pudieran alertar a los vecinos o a los guardias que patrullaban la zona. ¡Qué pena los libros! ¡Qué dolor! Hubo unos pocos que no fuimos capaces de hacerlos desaparecer y… una noche, hicimos un agujero debajo de la artesa y, envueltos en plástico, los escondimos. Con la artesa encima, que los tapaba, no se veían. Seguíamos pensando: ¡Es cosa de poco tiempo! ¡La democracia tiene que triunfar! ¿Ingenuidad o ignorancia? Recorrimos las habitaciones buscando afiches, insignias o lo que fuera que se pudieran interpretar como partidarios de… Ustedes se resistían. No, no querían que se quemaran sus cosas, pero fuimos inflexibles. Buscamos como perros de presa en todos los escondites que se nos ocurrió y, cuando creíamos que la casa estaba limpia… tuvimos que volver a empezar. Cada vez que lo hacíamos volvíamos a encontrar algo que se nos había escapado las veces anteriores. En el rellano de la escalera habíamos puesto, de adorno, dos carabinas de la guerra del 1879 que encontramos en la bodega del Durazno; dos carabinas históricas, que no servían por viejas. En un momento que el MIR pidió las armas que tuvieran los compañeros, su papá las regaló y nunca más supimos de ellas. Un día golpearon la puerta y entraron los militares —nosotros ya sabíamos que no había que oponerse, se ponía en peligro la vida—. Entraron y miraron un poco por encima, no sé qué estaban buscando, si algo específico, si fue un soplo, o simplemente porque les tocaba ese sector. No molestaron y se fueron. La vida empezó a normalizarse. La Universidad reinició sus clases, los colegios también. Nada fue igual, las clases eran eso, sólo clases. No había diálogo. Los amigos, por lo general, se distanciaron y no lo digo por mis amigas, porque seguimos igual estudiando juntas. El “Sol Rojo” desapareció, nunca más supe de él. La doctorcita volvió a Santiago y “los trabajillos” terminaron. ¡Nunca más reuniones! ¡Nunca más comentarios políticos ni lecturas en grupo! Desde el gobierno militar se seguían emitiendo comunicados donde, para tranquilizar a la población, decían: “Sólo los casos de rebeldía serán sancionados:” MENTIRA. Mucha gente que sólo pensaba de distinta manera fue apresada, torturada, condenada o desaparecida. Una noche oímos un ruido de ruedas de un auto sin motor que se detuvo frente a casa y nos quedamos helados, temerosos. Golpearon la puerta y al abrir nos encontramos con dos detectives que venían a buscar a su padre. Apenas se pudo vestir y se lo llevaron… sin rumbo conocido, sin explicaciones; tampoco de malos modos. Educadamente le dijeron que tenía que prestar declaración. A mí me dijeron —caballerosamente— que en cuanto terminara, lo traerían otra vez. Creí, e hice bien en creer. Las pocas horas que estuvo fuera se me hicieron eternas, ya no sabía qué pensar y dejé de hacerlo. Dejé de ser yo para rogar al Señor que pensara y obrara por mí, que cuidara de Emilio y de mi hogar. Sentí vergüenza de recurrir a Él, no me sentí merecedora de su favor. En casa, su padre ya no practicaba la religión de sus mayores y que vino a enseñar a los habitantes de Chile. Se convirtió en un agnóstico —lo que me produjo mucho dolor porque de lo primero que me enamoré de él fue de su fe—. No sólo eso, su pensamiento negativo se extendió a ustedes que, lentamente, dejaron la iglesia, dejaron la fe. Para mí, un dolor añadido, porque me sentí culpable de no haber sido capaz de trasmitir la fe a mis hijos. Francisco se estaba preparando para recibir su Primera Comunión y me acompañaba a Misa, fue un consuelo para mí. Panchito, que estaba de Arzobispo de Antofagasta, me ayudó en esos momentos. Me instó a orar mucho por mi familia, me dijo que lo peor era tener divergencias entre marido y mujer, que de todas maneras era más fácil destruir que construir, que no olvidara a Santa Mónica que tanto oró y lloró por su hijo, quien al fin obtuvo su conversión y fue San Agustín, santo y doctor de La Iglesia. De todas maneras, cada día contaba con menos niños para ir a La Iglesia. Yo sufría y Panchito me consolaba. La noche que su padre estuvo en Investigaciones me entregué enteramente a la voluntad de Dios, no tenía otra salida. Él sería el único capaz de devolverme vivo a mi marido y mantener una familia unida. Toda esa noche estuve rezando por su padre. El Señor me oyó, porque por la mañana llegó contento con un salvoconducto: se podía mover por el país, pero tendría que dejarnos y renunciar a sus cargos en el Hospital y en La Universidad. No creo que tardara mucho en decidirlo, lo que hacía le gustaba, y de salir arrancando lo tendría que hacer solo y sin dinero. Se quedó. Todos creímos que el salvoconducto era mágico, que nada nos podía pasar bajo su amparo. Otra equivocación: el salvoconducto no servía para nada. La vida durante el golpe nos enseñó muchas cosas: “La verdad no es tal” “La seguridad no existe” “El amigo se acabó” “Los ideales son un peligro” “La sospecha surge de cualquier cosa” “El delator está a la vuelta de la esquina” “No hay manera de salvar a todos” Una tarde nos encontramos invadidos, atacados por un contingente militar: la calle estaba bloqueada con una tanqueta y sus cañones apuntaban a nuestra casa. Los militares no se limitaron a entrar, no. Eso era demasiado sencillo para ellos. No entraron, sino que se saltaron la reja ¡Como si estuviera con llave! Patearon la puerta chica y con las culatas de los fusiles golpearon la puerta de entrada. ¡Fue de película! Entraron de golpe y nos gritaron: “¡¡Todos al salón!!” Temblamos. Di gracias a Dios que Juan Agustín y Antonio no estuvieran presentes. Estábamos el resto de la familia más el hijo del Cónsul de Bolivia y el Negro. El teniente a cargo vociferaba órdenes. Órdenes de búsqueda, órdenes de trajinar, órdenes de desordenar… El teniente a cargo tenía el casco abollado, increíble, quién sabe cómo le pudo suceder una cosa así a un casco militar, que se supone lo protege de todo. Daba risa verlo darse vueltas y vueltas gritando, con su casco abollado. Gritaba y gritaba a los soldados que siguieran buscando, y de pronto sí, encontraron algo, algo importante, algo sumamente importante: “A su padre que estaba enfermo, en cama, en el segundo piso”. Lo bajaron apuntándole con un fusil y las manos en alto. Un peldaño, otro más. El pantalón del pijama seguía el mismo ritmo: bajaba un poquito y un poquito más. Yo miraba hipnotizada el vaivén del pijama y me decía: “Si se le cae el pantalón, baja las manos y le meten un tiro”. Un momento tenso. Un momento de espanto. Un momento de muerte. Menos mal que la escalera no era más larga y el pijama alcanzó a mantenerse y allí, en ese sitio ignominioso, nos juntamos sin saber qué iba a pasar. Los nervios me traicionaron, recordé que tenía una olla en el fuego. Pedí permiso para ir a la cocina y la voz se empezó a trasmitir de soldado en soldado: “Permiso para ir a la cocina” “Permiso para ir a la cocina” “Permiso…” y de vuelta llegó la voz, “Permiso concedido con un cabo responsable detrás” “Permiso concedido…” Luego de buscar y buscar por toda la casa no encontraron nada… como es lógico —¡Habíamos hecho un buen trabajo!— Salieron al jardín de atrás y empezó la locura, la parafernalia: ¡Escarba, escarba! ¡Clava la bayoneta y vuélvela a clavar! ¡Busca, busca! De pronto… un grito… —¡¡Metal, mi teniente!! Busca, cava con una pala y encuentra… ¡Una lata de leche! ¡Sigue clavando! ¡Sigue buscando!… —¡¡Metal, mi teniente!! —el grito era menos entusiasta. Cava, cava; busca y encuentra: ¡¡Otra lata de leche!! Rojo de ira, el teniente a cargo, el del casco abollado, insistía en buscar ¿Armas? ¿Documentos? ¿Municiones? ¿Túneles? ¿Radio emisoras? No lo sé, porque no lo dijo. Sólo buscaron y clavetearon el jardín destrozando todo nuestro trabajo, total para nada. ¡Las latas y piedras estaban enterradas para nivelar el patio no para ocultar nada! De pronto, el teniente a cargo, con la mirada desencajada de odiosidad, hizo salir a Francisco: un niño tierno y amoroso, un niño alegre y confiado, un tesoro de niño. Y, poniéndole la bayoneta en las costillas, lo hizo salir al fondo del terreno. ¡Qué angustia! ¿Hasta dónde podía llegar la bestialidad del uniformado con un niño indefenso? No lo sabíamos, quedamos todos paralizados, sobresaltados, temerosos. Se habían oído cosas… alguien había dicho que sabía… un sordo rumor se pasaba de persona a persona, cuidado, que son capaces de… Al cabo de un rato —eterno para nosotros— volvió el niño ¡Ya no era un niño, era un hombre! ¡¡Un hombre de nueve años!! Junto a Francisco volvió el teniente a cargo, volvió a ver lo que teníamos en la vitrina y tomando un libro exclamó con desprecio: —¡Marxistas leyendo las epístolas! ¡¡Vergüenza del ejército!! ¡¡Ignorante!! Era un manual del siglo XIX para escribir “Epístolas”, es decir, cartas. Abrió con violencia las puertas de abajo del mueble, donde guardábamos los discos; discos que habíamos comprado entre todos, desde que nos casamos; música clásica, de cámara, folclore; allí se engolosinó y disfrutó cada disco que hizo trizas. Por igual cayeron Los Quincheros y Quilapayún, Víctor Jara y Violeta Parra, Inti Illimani y Tito Fernández, los que protestaban y los otros. Los blancos y los negros, todos, todos, y uno a uno, fueron quedando en pedazos en el piso. ¡Qué cobardía! ¡Qué falta de cultura! ¡Creo que si hubiese estado la canción nacional interpretada por el coro de La Universidad, la hubieran roto igual! Empezar a romper y romper discos “calienta el hocico”, como dicen en los campos. Indignados por el fracaso se llevaron a los amigos de los niños, por no estar registrados en el domicilio, dijeron. El cónsul de Bolivia fue a buscar a su hijo, de inmediato se lo entregaron. Por el Negro no se pudo hacer nada, ni se supo en mucho tiempo de él. Afortunadamente los militares no se preocuparon del Laboratorio, ni de las cajas de medicamentos, ni de la maleta de primeros auxilios. Les debe haber parecido normal que en casa de médico hubiera todo lo que había. Se fueron los militares dejando desolación, desorden y desconsuelo. Se llevaron a los dos jóvenes y la risa de Francisco, que después me diría: —Me deben la vida, porque cuando me preguntaron qué habían quemado en el tarro yo les dije que “diarios” y yo sé que era otra cosa, porque los vi por la ventana una noche. Mamá, yo mentí por ustedes. Muchos años tardó en volver a reír. Cosas estaban pasando en el país, muchas cosas que nosotros ignorábamos. Otras se iban trasmitiendo de voz en voz, por el “correo de las brujas”: ¡Cuidado!… ¡Tengan cuidado!… ¡Prudencia!… ¡No provoquen sospechas!… ¡Cierren la boca!… ¡El que caiga en manos militares que no delate!… ¡Ponga la mente en blanco!… ¡Olvide, olvide, olvide, olvide nombres, direcciones, teléfonos, lugares, acciones, propósitos!… Y siga olvidado, si alguien le pregunta algo, no conteste, no diga nada. Si lo interrogan en cuarteles, calle y repita para sí tablas de multiplicar, sinónimos, antónimos; así la mente se ocupa de otras cosas: ¡Resulta!… ¡Aguántate!… ¡Olvida el dolor!… ¡Trinca los dientes y piensa en otra cosa!… ¡No delate!… ¡Siga aguantando!… La vida de otros depende de su valentía. La vida de otros depende de su dolor, dese tiempo… el tiempo es vida… En ese tiempo los otros se pueden asilar en embajadas, consulados o iglesias. No sabíamos cómo iba a seguir la vida, no había noticias… las cartas no llegaban, los teléfonos no funcionaban o estaban intervenidos. En La Universidad, alguien decía: “Están allanando poblaciones”… “Están apresando”… “Están matando”… “Están torturando”…. El rumor iba aumentando, el miedo también. Un día, un alumno no estaba… otro día era un profesor… Así un día tuve la certeza que algo malo pasaba, al profesor de psicología, el panameño buen mozo, lo pusieron en la frontera. A su esposa y dos hijos les dieron pasaporte, pero… al menor no, era un crío de meses ¿Qué podía hacer esa madre? ¡Quedarse en el país y consumirse de pena y terror! En los periódicos empezaron a circular fotografías de los miembros de La Junta de Gobierno: cuatro militares perjuros con caras de gorilas representando a las cuatro ramas de las fuerzas armadas, en las que destacaba por su pinta de dictador Pinochet, de brazos cruzados y anteojos negros para negar y tapar lo que estaba pasando. ¡Qué pena de país representado por lo peor de la ciudadanía! ¡Cuánto más tendría que pasar! A pocos días del golpe, en cuanto hubo posibilidad de salir un rato para aprovisionarse de comida, el pueblo se dio cuenta que había de todo. Todo lo que estaba perdido apareció: harina, comida, latas de conserva, carne, leche. Todo cuanto uno quisiera comprar, ahí estaba, en los mostradores de los almacenes. Para muchos, muchísimos, fue un cambio positivo. De tener que hacer colas para comprar un mínimo de cosas, a la abundancia. Esos muchos no supieron lo que era tener un detenido, un desaparecido o un muerto en su familia. Un día, una noticia nos estremeció: Nesko y Lula, nuestros amigos, fueron detenidos. Él tenía pasaporte yugoslavo, no lo podían detener, no lo podían hacer, pero… lo hicieron, y los llevaron al desierto en un jeep y ¡¡Les aplicaron la ley de fuga!! Los balearon a los dos ¡Nos dolió como si fueran parientes! El lazo de la amistad es más fuerte que el de la sangre, porque se crea. Ellos tenían una guagua de meses y los militares andaban detrás de ella ¡Querían eliminar la semilla! Los amigos se encargaron y todos los días la criatura dormía en una casa distinta, hasta que una religiosa viajó a Santiago y se lo llevó. No supe cómo se las arregló, pero se lo entregó vivo a su abuela. No era raro aplicar la “ley de fuga”, especialmente en el desierto donde no había testigos en kilómetros a la redonda. ¡Lo que era mucho más perverso y depravado era perseguir y matar niños! Nosotros estábamos pasando malos días de miedo e incertidumbre. Mientras, en Santiago no sabían nada de nosotros; tampoco sospechaban que pudiéramos estar en peligro. Muy pocas cartas me llegaban de mi mamá y en ellas me decía muy poco, sólo del estado de salud de mi papá. Nunca supe si en realidad sabían algo, o si estaban en esa bendita ignorancia en que vivían los diez millones de chilenos no perseguidos. Del millón que quedaba fueron asilados, apresados, condenados y exiliados unos doscientos mil, el resto fue la familia la que sufrió por ellos. Calculo que de los diez millones de los que hablaba, la mitad eran golpistas, el resto aprovechó el momento para vivir mejor. Su padre estaba con una depresión bastante grande, su médico le dio la baja del trabajo y medicamentos. Estaba bastante calmado, a ratos dormía, a ratos se levantaba, pero no estaba alterado. A pesar de todo había que seguir viviendo, Yo tenía clases muy difíciles que requerían gran concentración, como Fisiología e Histología, a sus laboratorios no se podía faltar; a otras clases faltaba cuando podía. El grupo de amigas seguíamos juntas estudiando, siempre con la idea que todo lo que estaba pasando era momentáneo y que después de poco tiempo, los militares entregarían el gobierno a un Presidente electo, como siempre, como toda la vida democrática. ¡Otra equivocación! Los militares estaban para quedarse y se quedarían todo el tiempo que quisieran, no tenían oposición. ¡Acabaron con ella! Sus abuelos canarios deber haber tenido noticias por los periódicos ¡Quién sabe qué noticias! Tampoco pudimos comunicarnos con ellos, ni deben haber sospechado lo que estábamos viviendo. La incomunicación era muy grande, en el país no se sabía qué pasaba en una u otra provincia, ni si quiera de ciudad en ciudad… desinformación… desinterés. Esto favoreció a los compañeros que rápidamente empezaron a hacer vida clandestina. Se movían de una parte a otra del país, escondidos en los cerros, en los bosques, en los barrancos. Huir, huir para salvar la vida, llevando con ellos documentos, armas, secretos. De tanto esconderse muchos se perdieron y nunca más volvieron. Otros caminaron más allá de la frontera y se encontraron en otro país, sin dinero, sin documentos. Si aquí lo tenían difícil allá lo tenían igual o peor. Mejor lo pasaron los que se pudieron asilar, de allí fueron llevados a otros países donde sufrieron el exilio casi voluntario, pero no por eso menos atroz. Dentro de este caos hubo un rayo de alegría: Luís Emilio que había dicho que él no se metería con mujeres hasta terminar el colegio ¡Se enamoró! ¡Qué lindo, un amor brotado entre la desdicha! A veces se veían en casa y se miraban a los ojos tomados de la mano. A él, que nunca fue muy hablador, ahora el amor lo terminó de enmudecer. Los tintines también estaban asustados por los acontecimientos, estudiaban y se quedaban en casa. Mi miedo a que se fueran al parque a hacer alguna travesura se me fue pasando, porque los vi como nunca de responsables; hasta Juan Agustín se tranquilizó y no le daba por vagar. Después de hacer las tareas se quedaban jugando ping-pong o tratando de reordenar el patio que los militares destrozaron. Su padre no volvió al hospital, no estaba en condiciones de trabajar ni de hacer nada. Algo supimos, por el “correo de las brujas”, de la gran cantidad de personas que se estaban asilando y otras que habían huido. También supimos de los muchos militares que fueron eliminados por no ser golpistas y de los muchos compañeros que día a día arrestaban y encarcelaban. Esperábamos, esperábamos y seguíamos esperando que todo volviera a su curso normal ¡Vana esperanza, los que llegaron, llegaron para quedarse! Otro día, otra vez el deslizamiento de un auto sin motor, otra vez angustia ¿Por quién vendría? Pues… por el mismo, por su padre que estaba con una fuerte depresión. Le arreglé un maletín con ropa y sus medicamentos por si estaba más tiempo fuera. En el auto ya estaba detenido el Dr. Minoletti y miraba con cara de estupor. La despedida, cruel. El dolor grande, parecía que me desgarraba. No saber dónde… ni cuándo… ni cómo. Por la noche se hizo presente, escondido, un detective amigo que me dijo que mientras estuviera a su cargo no le pasaría nada, y que él me avisaría si se lo llevaban a otra parte. Yo confié en él, porque era una buena persona, un buen amigo y sobre todo, porque yo todavía confiaba en la gente y creía en la amistad. Noche negra, noche de terror. ¿Qué le pasaría a su padre? ¿Lo volveríamos a ver vivo? o ¿Muerto? ¿Seguirían persiguiéndonos? ¿Quién sería el o la próxima? Cuántas cosas se pueden elucubrar en una noche. Cuántos recuerdos. Cuántos remordimientos. La mente trabaja a una velocidad increíble y las imágenes se arremolinan por salir, sin discriminar, buenas o malas, a ratos mejores, a ratos peores. Pasó la noche y amaneció, salió ese sol espléndido del norte en primavera y su padre no volvió. Salieron ustedes a sus colegios, yo lo esperé con Antonio… esperamos y esperamos en vano. Pasó el día y llegó el atardecer. Ya oscuro, haciendo caso omiso al toque de queda, me deslicé por las veredas orillando las paredes hasta la casa de nuestro amigo detective. No le pareció bien que fuera. Me dijo que no sólo ponía en peligro mi vida, sino también la suya y su trabajo, que su padre estaba en Investigaciones y de momento bien. ¡Poco el consuelo, pero al menos seguía, un día más con vida! ¡Cuántas cosas se decían del cuartel de Investigaciones, personas que habían pasado por allí y que fueron cruelmente torturados! Los cinco días que podían tener detenidos a los presos se hicieron eternos. Por más que tratábamos de hacer vida normal, era imposible ¡Faltaba la cabeza, el padre! De tanto pensar y dar vueltas a todo lo que nos habían enseñado, empecé a olvidar nombres, fechas y acciones. Mucho quedó en el olvido, mucho, casi todo. En ese momento lo importante era sobrevivir y, a pesar de nosotros mismos, lo hicimos. A los cinco días de ausencia, una noche, apareció el amigo y me dijo que habían trasladado a su padre a la cárcel pública y que ya él no podía hacer nada ni tener más noticias, que lo olvidara. ¡Y tanto que no recuerdo ni su cara ni su nombre! ¿De dónde saqué fuerzas, capacidad e inteligencia para enfrentar ese momento en que vivíamos? A lo mejor era algo que estaba muy escondido en el fondo de mi alma y que, cuando lo necesité, afloró. Esa misma noche, a través de una pared medianera con mi carnicero, le pedí que me comunicara con Panchito. No sé si salté el muro o si me alcanzaron el teléfono. Sólo pude decirle dónde estaba su padre y él me dijo que se encargaría. ¡Un consuelo! Al día siguiente salió en el periódico local —en primera página— las reseñas de los individuos enemigos del país que habían sido detenidos. Con espanto vi el nombre de su padre y la acusación: Detenido por: 1° Infracción a la seguridad del estado. 2° Posesión de armas, 3° Dar instrucción militar. ¿¡¡De dónde sacarían tanta mentira!!? Un velo tapó mis ojos, un velo rojo y luego negro, no supe cómo llegué a la dirección del periódico a preguntar por el responsable de aquella calumnia. Me dijeron que ellos ya no publicaban nada sin el visto bueno de los militares, que fuera a la Intendencia. Otra carrera desesperada —era viernes, y las oficinas cerraban— para encontrar más o menos lo mismo, pero me dijeron que la oficina a cargo había cerrado y que no abría ni sábado ni domingo, que fuera el lunes a una oficina donde estaba la persona que autorizaba la publicación de los artículos y que también ponía los datos que yo quería. ¡Un fin de semana entero para rumiar la rabia! ¡48 horas… 2880 minutos… 172.800 segundos de incubación! Ya no vivía, ya no me preocupaba de casa ni de hijos, supongo que todo seguiría igual. Que ustedes los mayores se encargarían de todo. Tan pronto como levantaron la queda del lunes me puse en marcha, bien cargada, bien enojada y bien furiosa. Cada vez más. Cada paso era una carga más de ira. Así llegué al sitio, donde me indicaron ir a una oficina donde había un oficial y un sargento que escribía en una enorme máquina. Parece que con el oficial no nos caímos bien desde el primer momento. Para mí era el causante de la calumnia, pero para él, yo era una mujer que en los ojos se le notaba que no sería sumisa. Nos miramos como gallos de pelea. Él rompió el tenso silencio. —¿Qué se le ofrece? —Vengo a saber si es usted el que autorizó que se publicara esta nota. —Sí, señora. —Y, ¿En qué se basa para decirlo? —Es la acusación formal. —Eso es una mentira y una calumnia, mi marido no es nada de lo que este artículo dice. —Señora, los maridos hacen cosas que sus esposas no saben. —Eso será usted, porque yo sé cada cosa y cada paso que da mi marido y ¿Seguridad del estado? ¿Qué es eso? Si él ha estado enfermo desde que ustedes se tomaron el país por la fuerza. ¿Armas? Nos allanaron y ¿Qué encontraron? Nada, sólo un montón de niños asustados y… más que eso, el teniente a cargo ¡Tan hombrecito! interrogó a mi hijo de 9 años, lejos de nosotros, al fondo del patio y con la bayoneta en las costillas. ¡Ustedes han ensuciado el uniforme que les dio el general Freire! Han allanado mi casa como si fuéramos criminales y ahora ponen en la cárcel a un inocente. Se defendía el oficial. Me pidió el nombre del teniente a cargo. ¡Cómo si se lo hubiera podido pedir! El nombre del regimiento, la clase de insignia que llevaba. ¡¡Como si ante un fusil se vieran esas cosas!! Hablaba alto el oficial, y a mí se me subía el tono de la voz. Hablaba golpeado, y a mí me salía la voz a golpes. ¡¡Vaya diálogo!! ¡¡Para la historia!! Cuando se me terminó el tiempo de la audiencia concedida, bajé la mirada y en el suelo, al alcance de la mano, tenía una ametralladora. Se me heló la sangre. Miré al sargento, el que debía escribir a máquina y estaba sentado en el fondo de la silla con un documento tapándole la cara. Me di vuelta para salir y la gente que estaba esperando su turno —para que le dieran el visto bueno para poner algún aviso en el periódico— estaban, no pálidas, sino ¡Verdes! Se me doblaron las rodillas, pero me obligué a salir con la cabeza en alto, bien derecha, bien grande. ¿De qué sirvió ese alarde de fuerza y valentía? Honradamente DE NADA, pero a mí me dio fuerzas para empezar a espantar el miedo, a despercudir el espanto y empezar a dar la cara a la vida. No teníamos por qué estar avergonzados. No teníamos por qué ser sumisos. Éramos ciudadanos y, como tales, creíamos tener derechos, y el primero de todos era la vida, luego la comida y la educación. Hablábamos de estas cosas muy seguido. Ahora la casa parecía anarquista, pero todos tenían voz y voto. Muchas veces los chicos tenían la razón, establecimos prioridades. Lo primero era saber lo que pasó con su padre y las alternativas que tenía, luego normalizar la situación en casa. Yo dejé de ir a clases, sólo iba a los laboratorios, que eran obligatorios. Por las tardes me ponía al día con mis amigas, que nos seguíamos juntando en casa. Si tuvieron miedo por ellas o por nosotros, no lo supe. En ese primer momento no nos faltó el dinero, teníamos un remanente que atesorábamos. Lo más pronto que pude fui a la Cárcel Pública a hablar con el alcaide. Me recibió en su oficina y, muy amable, me explicó que a sus internos, reos, o presos, o prisioneros —no sé qué término usó, yo estaba muy nerviosa—, los quería ver bien vestidos, limpios y que durmieran en camas bien hechas y decentes. De momento quería que, como estaban incomunicados, aprovecharan su tiempo para virutillar y encerar la celda, que le llevara de todo para la limpieza en una bolsa con su nombre. Tenía yo mi máquina de coser, casi de muñecas, pero muy útil; en ella hice dos bolsas, una para llevar y otra para traer Eso yo creía y deseaba: ¡que me mandara una prenda de ropa sucia, aunque fuera una para saber que estaba vivo! Fue una situación difícil desde el principio. Asumir que su padre estaba en prisión me costó. Atenuar el asunto con los niños, complicado. Estaban ustedes acostumbrados a que todo se comentara, pero me pareció que era, ya de por sí, muy doloroso no tenerlo en casa, para recalcar todo el tiempo dónde estaba. Empezó el calvario común a más de un centenar de mujeres en Antofagasta: nos citaban, dos o tres veces por semana para recibir “noticias” y entregar la bolsa con lo que hubiésemos podido comprar para completarles la mala comida del rancho. A pesar de que ya había de todo en las tiendas, el dinero era escaso. Yo por lo menos contaba con algo, pero el dinero que me mandaba su abuelo se atrasó, también el de mis padres. Lo que quedaba preferí repartirlo en conservas y leche condensada para su padre y leche para ustedes; total, pescado había mucho y barato, estaba segura de que no nos faltaría. ¡Qué gente más solidaria es la de este país! En los días que iba a La Universidad nunca faltó alguien, a veces desconocido, que me pasaba un par de tarros. Los gringos velaron por nosotros como lo hubieran hecho los hermanos. Julia me ayudó en la medida que podía. Y aunque parezca increíble, los vecinos del lado y del frente —enfermos de momios— también me dejaban paquetes con comida. Pensar que con ellos teníamos la batalla de los discos, ellos ponían marchas militares —antes del golpe— y nosotros sacábamos a la terraza el equipo y atronábamos el espacio con “Venceremos” y otros de los Quilapayún. No tenían porqué ayudarnos, pero lo hicieron. Panchito fue a ver a su padre y, a pesar de estar incomunicado, lo dejaron entrar. Dijo que iba en visita Pastoral a ver los presos políticos, supongo que para ellos, creyentes o no, sería un consuelo que un personaje de La Iglesia se preocupara de ellos. ¡Esas esperas! ¡Esas terribles esperas! En la calle, frente a la cárcel, al medio día; el sol pesado, fuerte, radiante, achicharrante. Más de una centena de mujeres quemadas por el sol, mujeres de pueblo — generalmente alegres y conversadoras— ahora cabizbajas, tristes, preocupadas. Casi no se oían, casi ni se sentían. A las dos se abría una puerta chica y llamaban por orden alfabético en grupos de a cinco. Entraban, se identificaban, pasaban su bolsa y recibían otra vacía. Salían con rostros inescrutables. ¿Qué pensaban? ¿Qué sentían? Un misterio. Supongo que lo mismo que yo o peor, por no tener cómo alimentar a su familia. Seguían llamando de cinco en cinco ¡Qué alfabeto más largo! ¡A veces pasaban dos horas hasta llegar a la V! Pero otras veces empezaban por la Z y me tocaba antes, así que, de todas maneras, había que llegar temprano. Mientras, yo buscaba refugio en la sombra de un poste o a la orilla de una muralla. Nada me aliviaba el calor y la inseguridad ¿Qué me dirían? ¿Devolvería su padre alguna ropa sucia para saber si estaba vivo? Esa era mi mayor e íntima preocupación, la que no podía compartir con nadie. Un día me llegó un mensaje: mi actual jefe, el que sustituyó al Sol Rojo, me necesitaba. Yo tendría que caminar desde una esquina a otra, despacio, hasta que alguien me hablara, en ese momento me debería acercar a una vitrina y mirar. Mi contacto se me acercaría y me diría algo. Con mucho miedo lo hice y el mensaje fue “La maleta tiene que desaparecer, el contenido hay que repartirlo y él, el jefe, se va a la clandestinidad”. Mi nuevo contacto era un niño recién entrado en La Universidad al que sólo debía decir que todo estaba en regla. Me puse muy nerviosa, no sabía qué hacer. Le pedí a una amiga si me podía guardar, por unos días, un paquete —ella vivía en una población marginal—. Me dijo que sí. Yo hice un envoltorio con las ampollas de morfina y algunos remedios para urgencia. El resto lo escondí detrás de unas piedras a orillas del mar, me sentí más segura. Hasta que una tarde, mi amiga llegó muy alterada ¡Estaban allanando su población! En un comercio al lado de su casa vendían pollos, dentro de ellos metieron las ampollas. Cuando me las devolvieron, a los pocos días, todavía tenían restos de entrañas de pollo. Nunca más se habló de ese episodio. Nunca tocamos el tema, es la solidaridad de las amigas: en los momentos difíciles se fraguan las mejores amistades. En Antofagasta vivía una amiga de toda la vida. La conocí a los 15 años y desde entonces hemos sido muy unidas. Ella se casó con un abogado demócrata cristiano que ejercía en la ciudad. A él le tocó presenciar un episodio muy cruel que después me contó: en una industria en las afueras de Antofagasta había un jefe muy de izquierda. Se decía que en las bodegas se guardaban las armas del MIR, eso decían, pero a nadie le consta. De un momento a otro lo cambiaron por un joven demócrata cristiano, sobrino de la mujer de un ex-presidente. Este joven llegó muy pocos días antes del golpe militar, él no tenía nada que temer, nada sabía de lo que pasaba antes de su llegada. Una de las primeras cosas que hicieron los militares en Antofagasta fue tomar a este joven e interrogarlo, lo golpearon y torturaron para saber el destino de las armas y los cómplices. Si él nada sabía, nada podía confesar, así es que fue peor el ensañamiento; el tormento fue brutal y terminó con la muerte. El cadáver se lo entregaron al abogado en urna cerrada. Él no quedó conforme y la hizo abrir. Se encontró con el cadáver irreconocible. Todo, todo cuanto pueda causar dolor, espanto, desesperación, angustia, se lo hicieron. Los despojos los entregaron, el cuerpo mutilado, lacerado, sin uñas, sin dientes, las falanges de los dedos de las manos y de los pies quebrados en mil pedazos, la piel rota en tiras y los genitales quemados por la corriente. ¡Pobre joven inocente, empezando a trabajar y en su lugar, muriendo por lo que no sabía! Luís, el abogado, volvió a cerrar la urna y la entregó pero se hizo el propósito de defender a los presos políticos que necesitaran su ayuda. Él se hizo cargo de la defensa de su padre. Una vez me advirtió: “Nada de contactos” “Nada de visitas” “Nada de bultos sospechosos” “Pórtate como señora momia” “No suelen perseguir mujeres, a no ser que se destaquen”. Fueron muchas cosas que se juntaron, y en todas llevaba las de perder, los contactos se esfumaron. Al niño le dije: “Todo correcto” y resolví yo el asunto. Desenterré el bulto de entre las piedras, limpié las ampollas, esterilicé el material quirúrgico y lo puse en una linda maleta Samsonite que me traje de España y la puse en el jeep, y en una salida, sin parar, llegué a un convento de clausura y pedí que se hicieran cargo de la maleta. Si en un plazo razonable no la reclamaba nadie, que usaran el contenido o que botaran lo que había dentro, que se olvidaran de todo. Yo no existía y ellas tampoco. Fue Panchito quien me dijo que recurriera a ellas en caso de necesidad. ¡Pobres monjas! ¡Se hicieron cargo y yo me lavé las manos! Si de algo sirvió el sacrificio de tanta gente para juntar el contenido ¡Me alegro! Si no sirvió de nada, será una cosa más que emprendo y que no tenga sentido. Cada vez se me hacía más difícil combinar mis estudios, la casa y la cárcel, hasta que tuve que optar entre asistir a un laboratorio o ir a saber noticias de su padre. Sin dudar un segundo decidí por lo segundo, eso me significaba tener que repetir el semestre. Me presenté en la oficina y expliqué lo que me pasaba —pensando que me iban a decir que no importaba, dadas las circunstancias—. Me dieron una salida drástica: “Congele su carrera”. Lo hice sin vacilar, pero no sin dolor ¡Lo que tanto había anhelado llegaba a su fin antes de la mitad! Me puse dura, no podía compadecerme de mí misma cuando había tanto dolor en mi cercanía. ¡Congelé y punto! Ahora podía dedicar todo mi tiempo a las necesidades de la familia. Pude llamar a mis padres y los puse en antecedentes de lo que nos estaba ocurriendo. No pasaron muchos días cuando llegaron Pablo y Caco a vernos, a ayudarnos, nos trajeron dinero y fueron a hablar con el alcaide de la prisión. Él fue amable y no sé qué se dirían, pero vieron a su padre, le dieron ánimo y nos contaron que no estaba tan mal. Ellos se fueron y me dijeron que moverían al Cónsul de España, a ver si algo podía hacer. Supongo que había más de dos o tres españoles, nacionalizados o no, en las mismas condiciones. No sé si sirvió de algo. Llegó el fin de mes, yo tenía el dinero de sus abuelos, económicamente no estábamos mal. De todas maneras, fui al hospital a buscar el sueldo de su padre y me encontré con la tremenda sorpresa… ¡¡No había más dinero!! ¡Ni dinero, ni liquidación! Por estar en la cárcel, y como si fuera poco el castigo, estaba exonerado, es decir, despedido, o sea nunca más recibiría un sueldo, o sea no tendríamos una entrada fija para vivir ¿Entonces qué haríamos? Me fui en el acto a La Universidad, a ver qué pasaba con su nómina del mes ¡¡¡Y me dijeron lo mismo!!! Ya nadie respondía, ya no había más sueldo de ninguna parte. Estábamos todos igual de condenados. Una vez más en la vida tuve que bajar la cabeza y recurrir a las familias, a ambos abuelos les expliqué lo que pasaba: que no sabía el destino de su padre, que estaba incomunicado, que tenía que pasar por un tribunal militar, que nadie sabía lo que podían dictaminar, que tenía abogado, —el marido de mi amiga, Luís—, el que recibió el cadáver del joven. ¡Tenía abogado! ¡Si, lo tenía! Lo que no quería era que me entregaran los restos de su padre. Me horrorizaba que le pudieran hacer algo malo, que lo lastimaran. ¡¡Cuántas lágrimas lloré a escondidas!! Las familias respondieron, ellas se harían cargo de todos nosotros y… “ya veríamos a ver” lo que pasaría en el futuro. Por lo pronto me llegó dinero de ambas partes. No sé cómo se las arregló su abuelo Emilio para mandarme con una familia de Antofagasta, muchos dólares, no puedo decir cuántos, pero me sobraron. Mientras su padre estaba incomunicado le tocó a Panchito viajar a Roma. Él, un hombre de muchos recursos se fue modestamente en un Iberia que bajaba en Las Palmas. Antes de salir avisó a sus abuelos que tenía que hablar con ellos, así fue como se juntaron. En el momento que él bajaba del avión estaba su abuelo Emilio y José Antonio, que era abogado togado de la marina española. Panchito les habló con mucho cariño de nosotros y les dijo que el peligro de su padre era que se podía complicar, y que era posible que la condena fuera o la relegación en algún sitio lejos en el país o su expulsión. También hizo hincapié en la necesidad de sacarnos a todos nosotros cuanto antes de Chile, que estábamos en peligro de muerte, todos incluyendo a los pequeños y que teníamos problemas económicos. Eso fue cuanto les pudo decir y lo suficiente para que quedaran preocupados y decididos a hacer lo que fuera necesario por nosotros. Desde ese día tuvimos la más completa ayuda, nada nos faltó. Los días pasaban lentos, pesados, difíciles, cada día parecía una eternidad. Creo que si no hubiera sido por la fe en Dios y en la confianza que tenía en que Él me ayudaría, habría enloquecido. Pude mantenerme serena y con la mente clara, sabía lo que tenía que hacer —que era bien poco—: sólo estar tranquila y no traspasar lo más íntimo de mi ser, el terror más profundo a la muerte de su padre. Eso no lo debía traslucir a ustedes que ya tenían suficiente para su edad. Un día, en medio de todo este alboroto militar, llegó Juan Agustín feliz, con los ojos chispeantes. Había ido de “excursión” a una residencia universitaria que quedaba cerca de casa y que estaba abandonada. A “trajinar” —que era lo que más le gustaba— y entre las cosas que los muchachos no alcanzaron a llevarse, encontró ¡¡Una caja con más de 200 balas!! Llegó feliz y contento con su descubrimiento. Yo sentí que la piel se me erizaba y le pregunté si alguien lo había visto, dijo que no; si alguien lo había seguido, dijo que no. Un poco más tranquila, tomé la caja, la envolví en diarios y me fui al roquerío, a orillas del mar, donde había todo lo que la gente botaba, en la parte donde el mar se veía más profundo, tiré la caja y junto con hundirse me alivié. ¿Qué habría pasado si descubren a Juan Agustín con las balas? o ¿A mí mientras me deshacía de ellas? ¡¡Por menos había gente en la cárcel!! ¡¡Por menos había gente muerta!! Mi pensamiento permanente era querer saber cómo estaba su padre. Cada día iba donde Luís a preguntarle si sabía algo, la respuesta era siempre la misma: “Nada”, su papel de abogado de presos políticos, de momento era sólo de nombre. Un buen día me advirtió: —Ten cuidado con quién andas, te han visto con un hombre que tiene fama de dirigente mirista. Cuídate por donde andas, te han visto en el jeep pasar por donde no debes. Con toda audacia negué todo lo que me decía —total ya era pasado— pero él insistía: —Si eso llega a oídos militares te perjudicará. Me juré tener cuidado, total ya no tenía nada más que hacer, ni con quien verme, ni siquiera tenía que volver a La Universidad. Fue un pasado enterrado para siempre, ahora era una mujer, entre las miles de mujeres del país, que cuidaba de su casa, de sus hijos y por sobre todo de “su preso”. Día por medio, a las dos de la tarde, con el sol inmisericorde cayendo vertical sobre nuestras cabezas, secándonos hasta las ideas, esperábamos las mujeres que nos llamaran para mandar un par de latas de conserva o unas galletas o algo, más nuestro cariño y preocupación, a nuestros maridos. Todo se desarrollaba en forma monótona, de cinco en cinco nos acercábamos, entregábamos y recibíamos una bolsa vacía. Todo así, una y otra vez, parecía que nunca iba a terminar. Para una señora, que una tarde estaba a mi lado, si terminó. De una manera brutal terminó. En lugar de entregarle la consabida bolsa, le entregaron la ropa de su esposo, un bulto de ropa ensangrentada ¡Yo lo vi! ¡Ropa tinta en sangre de su hombre! Vi su cara descompuesta por el sufrimiento, vi su dolor, oí su silencio. —No necesitas volver —dijo el gendarme a cargo. Nada respondió la mujer, nada pudo responder, abrazó su bulto de ropa y se fue. Con respeto la dejamos salir, con miedo seguimos yendo ¿Cuándo nos tocaría a nosotras recibir también un regalo así? Días difíciles, días eternos, entre una visita a la cárcel y otra, un día entero que se convertía en un año, y una noche de desvelo tras otra, una eternidad. Quiero suponer que los atendería: que haría la comida, que estaría más tiempo con Antonio o que saldría a buscar algo que llevar a su padre. Todo lo tengo muy borrado, por ejemplo ¿Con quién dejaría a Antonio cuando iba a saber de su padre? Alguna vez lo dejaría con la hermana de Panchito, pero… ¿Y el resto? Ustedes estaban en el colegio, lo tengo fuera de mi conciencia. Así pasó una semana más cinco días — los que estuvo en Investigaciones—. Luís, el abogado, pasó por casa una tarde y me dijo que “la causa” de su padre ya estaba lista para ser vista en los próximos días, que estuviera preparada porque podían decidir cualquier cosa. Que el presidente del tribunal militar era durísimo, que ya había sentenciado a la relegación a varios presos políticos —entre ellos al Negro—, otros habían sido exiliados, que nadie había salido libre, que tuviera más cuidado que nunca para no entorpecer el “proceso”. Si los días anteriores estaba tensa y con miedo, ahora estaba peor ¿A qué lo podían sentenciar? Luís dijo: “A cualquier cosa” y esa cualquier cosa podía ser un espanto, un horror. Seguí la vida como podía, alguien pudo decir que fui valiente, yo no lo diría; creo que apenas pude hacer lo que debía, cuidar de mis hijos y de mí y sentir morirme de pena y preocupación por su padre. A Dios lo confié, a María, su madre le pedí que en sus brazos protectores lo guardara, que ellos hicieran lo que yo no podía hacer. A la mujer afligida Dale salud y reposo A la madre abandonada Un buen hijo generoso Así dice una canción de petición de amparo y yo me sentía abandonada y afligida. Sería mi Señor, en quien confiaba, el que me ayudaría a salir de ese laberinto de dolor, miedo y horror. Él me daría las fuerzas para sobrellevar la carga de vivir para mis hijos. Pasaba un día y una noche, otro y otra noche, así hasta casi completar la segunda semana. Una noche pasó Luís por casa y me dijo: “Hoy pasó Emilio por el tribunal militar, yo estuve presente, pero no me dejaron defenderlo. Ya sabían que su familia estaba gestionando su regreso a España y lo condenaron al exilio. Él está todo lo bien que puede estar. No te preocupes porque ya no lo interrogarán más. Cuando vayas la próxima vez a saber de él, lo podrás ver. No sabía si reír o llorar, no supe cómo les di la noticia a ustedes, no podíamos asimilarlo. Exilio, deportación, exilio, viaje, vuelta a España ¿Cómo?… ¿Con quién?… ¿Con qué?… ¿A dónde?… Imágenes… caras… sitios… personas… parientes. Fue lo primero y luego: ¿Qué sería de nosotros? ¡¡ Buena pregunta!! ¡¡¡La pregunta del millón!!! En ese momento sentí que me volvía el alma al cuerpo. Ya no tendría que temer por la vida de su padre, ni que lo lastimaran. Ahora había que hacer frente a la vida, levantar la cabeza y hacer lo que había que hacer. Eso lo iríamos viendo día a día. Por el momento cada uno tenía una tarea: sacar adelante los estudios y ya veríamos cómo se nos daba el futuro. Con placer me arreglé lo mejor que supe el día que tocaba “visita” porque no dudé que ese día lo vería. No pensé cómo lo vería, ni cómo estaría. Ni siquiera lo pensé. Sólo supe que ese día lo vería. Con el mismo placer esperé al sol, ese día no sentí el calor que seguramente sería igual de achicharrante que los días anteriores; pero ese día no me importó nada de nada, sólo esperaba oír “Valle” para salir disparada a su encuentro. ¡Y por fin lo oí! ¡Era de los últimos de la lista! ¡¡Tendría visita!! Nos pidieron las bolsas y el carné, nos pasaron por un pasadizo estrecho y oscuro, con vueltas y revueltas, pasamos al frente de una muralla de bolsas de arena y desembocamos en un galpón con un mesón de lado a lado, ancho, tan ancho que estirando los brazos no se tocaban las manos. Nos sentamos en las bancas por orden y por una puerta al otro lado entró una fila de hombres con la mirada de esperanza. Entre ellos venía su padre, quemado por el sol. Parecía que no veía o que no creía lo que veían sus ojos. Me miró y me conoció, apenas sonrió me di cuenta que le faltaba un diente, me dolió el corazón ¿Le habrían pegado? Tal era el ruido de la gente que cada vez se hablaba más y más alto para hacerse oír, tanto era el griterío que no pudimos hablar, nos miramos y enmudecimos. ¡Cuántas cosas se pueden decir con los ojos! ¡Cuántos te quiero! Se pueden expresar en los pocos minutos que nos dejaron vernos. Y eso fue todo, nada más y nada menos. Por un lado quedé contenta, por otro triste, por otro insatisfecha, y sería así una y otra vez. Al menos lo vi y estaba vivo. De inmediato empecé a pedir lo que necesitaba para viajar como por ejemplo revalidar el pasaporte y el permiso de salida. Avisé a mis padres y ellos a sus abuelos en Canarias. El operativo que había empezado cuando Panchito pasó por Las Palmas estaba rindiendo su fruto, todo se aceleró. Iberia avisó que tenía pagado el pasaje para toda la familia desde Antofagasta hasta Las Palmas. Llegó dinero de Canarias y de Santiago, mucho más de lo que podíamos necesitar. Así se estaba fraguando la salida de todos. La vez siguiente que tocó visita pude fijarme en los sacos de arena, tenían manchas oscuras y agujeros negros. Después, mucho tiempo después, supe que era el paredón donde fusilaban a los detenidos de Antofagasta y en tránsito de los alrededores ¡Si lo hubiera sabido en ese momento no habría podido dormir nunca más! En esa segunda vez pudimos gritarnos —igual que los demás—, y así me dio a entender que tendría que levantar el laboratorio, desmontar y guardar los microscopios y preparar todo para… no se sabía para qué, ni para cuándo. También me dijo que quería verlos a ustedes, los grandes, a los que dejaran entrar. Así fue, así se hizo, usted y Luís Emilio me acompañaron. Pude ver la mirada de su padre con la angustia de no saber qué pasaría en el futuro. ¡Qué ganas de tranquilizarlo! Pero es muy difícil entenderse a gritos, entre tanta gente queriendo decir tantas cosas. Sólo los abracé para que entendieran que yo estaba dispuesta a protegerlos como pudiera. A lo mejor se dio cuenta y se tranquilizó. Debe haber sabido que las cosas para mí no eran fáciles, o a lo mejor sólo sabía lo difíciles que eran para él. Insisto, era imposible saber qué era peor y por lo tanto cada uno pensaba que la peor parte la llevaba uno ¿Egoísta? no lo creo, más bien un mecanismo de defensa. Nada comentaron ustedes de la visita, nunca dijeron nada, sólo fueron más colaboradores que nunca. Urgía el pasaporte para su padre, cuanto antes lo tuviera, antes se podría ir y ponerse a salvo. Pasaporte y permiso de salida del país que duraba 30 días. Lo peleé y pronto lo tuvieron, claro que tuvo que pasar por trámites y más trámites hasta que se pudo usar. Entre medio me trabé con la maravillita última palabra del laboratorio: la balanza electrónica que habíamos comprado en Santiago, carísima y que muy poco pudimos usar: era linda, un lujo, un “chiche”, nuestro orgullo. En ella veíamos que nos íbamos modernizando. El problema era que, por su supersensibilidad, había que desmontarla en miles de pequeñas piezas, una a una y eso estaba fuera de mis habilidades. Otra vez recurrí al alcaide, él me comprendió y me “prestó” a su padre para que trabajara en desmantelarla. Le llevé lo necesario y en el salón de audiencias lo puso a trabajar; a mí me separó, me puso de espaldas para que no lo viera y me dio conversación. ¡Quién sabe de qué hablamos! ¡Quién sabe lo que quería! Yo estaba con mis cinco sentidos puestos en mis espaldas ¿Qué estaría haciendo? a ratos oía unas cadenitas que sonaban, el resto en absoluto silencio, ni una palabra, ni una mirada de reconocimiento. Lo noté más decaído, más cansado, más delgado; pero hizo su trabajo y lo hizo bien. Quedó la balanza perfectamente embalada. Yo agradecí al alcaide y a él por su trabajo, por lo bajo le dije: “Todo va bien”. Después de la pésima experiencia del profesor de Psicología, el panameño, opté por pedir un pasaporte familiar, antes de hacerlo tuve una seria conversación con Luís Emilio. Mi papá me ofreció hacerse cargo de todo, de sus estudios, estadía, libros, todo lo que hiciera falta para que pudiera estudiar la carrera que él quería: Perito Agrícola especializado en zonas áridas. Carrera con muchas expectativas, muy nueva, por lo tanto con pocos alumnos, era una oportunidad. Esa carrera la daban en Arica. Cerré los ojos y mi corazón, porque Luís Emilio era un hijo muy especial para mí, además del cariño y de la buena relación, era mi ayudante en todo, pero yo no podía cortar su futuro y se lo dije tal cual me lo planteó mi papá. Él lo pensó unos momentos y me dijo: “Mamá, en estos momentos la familia debe estar unida. No sé qué encontraré allá, pero no me quedaré solo aquí, la seguiré a usted”. Lloré de emoción, de agradecimiento, él dejaba su vocación por nosotros, creo que nunca se lo he agradecido lo suficiente. Él perdió académicamente y nunca lo ha reprochado. Así fue y así fueron pasando los días, uno a uno: un día visita, al otro no. No se sabía cuántos días más lo retendrían, el permiso de salida del país tenía una fecha máxima, de no usarse habría que pedir otro y se demoraría. Esperar y esperar. Mientras, iba desarmando el laboratorio, clasificando el material y guardándolo en cajas. Parecíamos gitanos, cajas por aquí, cajas por allá. Menos mal que se nos ocurrió ponerles etiquetas con el contenido. Luís Emilio salió un poco antes del colegio porque estaba en el último año y tendría que dar en diciembre La Prueba de Aptitud Académica para el ingreso a La Universidad. Algo muy importante le había pasado: al terminar el tercer año medio, se abrieron las postulaciones para hacer el servicio militar escolar, eso era que durante el cuarto año tendría instrucción los fines de semana y al finalizar el año, después de las maniobras, tendría su servicio militar al día. Valía la pena porque no perdía un año universitario. Él postuló, y no quedó. Insistió y lo rechazaron. Fue directamente a hablar con el general encargado y le argumentó tanto y tan convincente que lo citó para otro día y le entregó su libreta con la inscripción: “Pasado a la reserva sin instrucción” ¡Vaya escapada! A veces me pregunto ¿Qué hubiera pasado si durante el golpe hubiera estado en el ejército? Me duele el corazón de pensarlo ¡Gracias a Dios que tenía su libreta al día! En Chile el servicio militar es obligatorio, pero los reclutas no forman parte del ejército. De todas maneras, puedo suponer que muchos jóvenes se vieron en la obligación de participar en operativos, apresar, y quién sabe si matar a parientes conocidos. El ser humano es el único ser que mata por odio, y mata indistintamente a los de su sangre y a los otros. El ser humano es el único ser que mata por matar, y no sólo eso, mata lentamente, poco a poco, torturando un día y al otro mostrando generosidad. Este juego de vida y muerte es de una crueldad incomparable. La tortura para obtener información es atroz y la tortura para vengarse no tiene nombre. Afortunadamente en casa ya no teníamos a nadie en edad para que lo llamaran al cuartel, a Joaquín le faltaban por lo menos 3 años, por ese lado estaba tranquila. A pesar de no ir a La Universidad, seguía viendo a mis amigas: los gringos nos ayudaron mucho, en su casa empezamos a guardar algunas cosas como libros y discos que alguna vez nos interesaría recobrar, también en su casa dejamos el microscopio de fluorescencia. ¡Grandes amigos! ¡Para toda la vida! Así pasaron quince días. Un día Luís me dijo que su padre estaba en tránsito, que lo fuera a buscar a la cárcel y que me darían instrucciones ¡Qué contenta me puse! Volé a buscarlo, el alcaide me dijo que salía con condiciones: Tenía que estar dos o tres días en casa sin salir. Tenía que llevarlo yo por la mañana y por la tarde a Investigaciones a firmar hasta que hubiera pasaje a Santiago. ¡Tenía que pagar el pasaje, ida y vuelta a un gendarme que lo llevaría! ¡¡Qué cosa más absurda!! ¿Por qué tenía yo que pagar un paseo a la capital a un gendarme? ¿Por qué no lo pagaban los militares que lo habían condenado? Pero no hubo caso: si quería, bien; si no, lo mandarían en un camión del ejército por el desierto, y no se sabía en qué condiciones llegaría. Además, a veces llegaban y otras se “perdían”. Me tuve que tragar al gendarme y pagarle el paseo. Fue lo único que me dolió pagar. Sí, el alcaide me lo entregó. Sí, manejé yo el Land Rover. Sí, los vio a ustedes y los miró por encima. Sí, me vio a mí y no fui para él su mujer. Sí, estaba cansado y quería dormir. Sí, dormir y dormir. Sí, obligado lo llevaba a firmar mañana y tarde. Sí, cambió una cárcel por otra. Sí, un carcelero por otro. ¿Dónde estaba la diferencia? ¿Dónde la libertad? El brazo largo del penal lo seguía manejando, lo seguía amordazando, lo seguía desestabilizando y lo seguía atemorizando. No le gustó que le preguntara por el diente, dijo: “Fue un pedazo de pan duro”. Nunca más se habló ni de eso ni de nada, ni de interrogatorios, ni de castigos, ni de comida. Sólo una vez comentó que dormía vestido por si lo sacaban al paredón por la noche. Así me enteré de que el muro de sacos era el paredón donde fusilaban por las noches —porque de noche reinaban los militares con el régimen del terror, de día los atendían los gendarmes con más humanidad—. Todo en la noche se percibe peor, la oscuridad no sólo iguala a los gatos, también a los maleantes, a los militares. En la noche no hay buenos y malos, todos son negros y todos pueden matar. La sangre que se derrama en la noche ¿Será negra también? El preso que me entregaron para que vigilara no era mi marido, no era el padre de mis hijos, era un hombre vacío. Nada le dejaron, quedó insensible, indiferente. Pero… habría cosas que decidir, cosas importantes, él podía llevar una maleta de mano donde puso algo de ropa, útiles de aseo, algún libro de Medicina y su currículo. Nosotros podíamos llevar 20 kilos por persona y una caja de menos de un metro cúbico por barco. Había que decidir prioridades y para eso había que saber a qué íbamos a Las Palmas. ¿De paso? ¿A trabajar? ¿En qué? ¿Con qué? ¿Laboratorio? ¿Seguir viviendo de los padres para siempre? Una tarde, la última, pude plantear mis inquietudes, ¡Fue un desastre! ¡Había que deshacerse de todo el trabajo de una vida! ¡Había que liquidar todo el contenido de la casa, vender lo que se pudiera!, el resto ¡Tirarlo! ¿Las casitas de madera? ¡Fuera! ¿Los libros? ¡Fuera! ¿Los discos? ¡Llevar algunos! ¿La cocina? ¡Fuera! ¿Los muebles? ¡Fuera! ¿Los colchones con lana del fundo todavía con olor a oveja? ¡Fuera! ¿Las frazadas hiladas y tejidas por la señora Leonides? ¡Fuera! ¿Mis ollas poto de cobre? ¡Fuera! Todas nuestras cosas ¡Fuera! ¡Al basurero! ¡Darlas a alguien! ¡Fuera! A La Universidad de Chile irían los libros de medicina, apuntes, documentos, material del Laboratorio instrumental. Al colegio San José irían los libros de estudio, novelas, cuentos. Esto fue lo conversado, no muy amablemente, se suponía que yo respondería profesionalmente, el problema era equivocarme porque la recriminación sería eterna. No estaba bien su padre. No le habían dado los remedios en la cárcel. No había a quién recurrir, no había psiquiatras en la ciudad, uno se había ido y el otro estaba relegado en Talca. La única solución era que tomara clorodiazepóxido que era un muy buen medicamento, pero quitaba todas las emociones, incluyendo el amor. No sería muy bonito el panorama, pero se estaba aclarando, nos iríamos con lo mínimo y dos o tres cositas que podrían servir en el futuro. Pena… pena… pena… podría escribir mil veces pena y no mostraría ni un asomo de lo que fue. Si, estaba muerta de pena, pero tenía una fuerza interna increíble, esa fuerza que no la da el hombre, solo la puede dar Dios cuando se le ha entregado toda la pequeñez del ser. ¿Lágrimas? ¡¡Se secaron, se acabaron, se acuartelaron detrás de los ojos y allí se quedaron cuajadas, duras!! A mí me cambió la manera de ser, me puse como general en jefe y no uniformada, pero casi. Todos obedecían y comprendían. Entendieron que su padre no era el de siempre y no lo buscaron. No sé si usted, Consuelo, tuvo éxito con él, sería la única. Vivíamos en dos mundos, en dos túneles con distintos dolores, miedos, terrores y deseos. Él quería irse rápido, antes que se arrepintieran y lo volvieran a apresar y lo que dejaba atrás no le inquietaba, él sabía que nos cuidaríamos. ¡Qué largos son los días cuando se espera una palabra de amor, una caricia, un reconocimiento! Pero por muy largos que sean llega siempre un último momento… subirse al jeep… ir a buscar al gendarme… hacerme acompañar por Luís Emilio y ¿Alguno más? —Ya que volvería sola— y… partir. No sé cómo llegamos a Cerro Moreno, ni sabía qué hacer, pero el gendarme lo sabía y lo hizo. La única concesión fue no esposarlo y dejar que nos despidiéramos… con un desabrido “Hasta pronto” ¡Quién sabía, en ese momento, cuánto iba a durar ese pronto! Subieron al avión sin mirar atrás, yo hasta esperaba una mirada. No se es más rico ni más pobre por una mirada y hacer feliz a una mujer. Nosotros levantamos con entusiasmo los brazos diciendo ¡Adiós! pero no hubo respuesta. Aceleró el avión y tomó altura. Ya no había nada más que hacer. Mucho tiempo después supe que desde el aeropuerto lo llevaron a la cárcel de Santiago y de allí al Consulado de España. Supe que mis hermanos trataron de verlo, pero se desencontraron, supe que lo subieron a un avión Iberia y lo devolvieron a sus padres. Así de pobres son los datos que llegan por terceras personas, así de tristes son las situaciones que no se viven. Pero… la vida tenía que seguir, la tristeza tenía que ahogarse, la angustia tenía que sobreponerse, el miedo tenía que superarse. La vida, mi vida, la vida de ustedes siete dependía de la fuerza y valor que yo tuviera para enfrentar el futuro. Lo más importante, por el momento, era tener el pasaporte y el permiso de salida del país. Creo que en la oficina del Registro Civil los tenía aburridos, iba día por medio a preguntar si habían llegado y… nada, nadie sabía nada de nada, era una situación muy angustiosa, sin documentos no nos podíamos mover. De todas maneras, empezamos a levantar la casa. Luís Emilio —ya sin colegio— me ayudaba. Separamos las cosas del laboratorio, pusimos en cajas rotuladas el material de vidrio y lo llevamos a La Universidad. Poco a poco fuimos juntando todo lo que fueran reactivos puros, productos químicos, medios de cultivo y todo, todo fue a La Universidad. Hubo un profesor que se interesó por algún instrumento y se lo llevó, pagó en dólares, yo ya no necesitaba dinero nacional. También vendí las proyectoras de diapositivas y de cine, el telón y alguna que otra cosa, no mucho. Igual destino tuvo la casita de madera; la mayor, ya que la otra la regalé. Poco a poco iban saliendo nuestras cosas, nuestros bienes, nuestros pocos bienes, atesorados desde que nos casamos. Los libros… los libros son otra cosa, porque son parte orgánica de una familia. El libro en que los mayores aprendieron a gozar de la lectura y que luego los menores fueron leyendo. La Enciclopedia con la que se entretenían buscando palabras. Las novelas y cuentos que tanto me gustaban y que fui comprando poquito a poco con el dinero que me daba mi papá, que conocía muy bien ese vicio mío… para mí era un lujo, un gusto enorme, todos ellos, todos, todos se irían de mí, se irían al Colegio San José. Con el corazón apretado los separé, aparté, seleccioné y fueron encajonados y por último entregados. El atlas grande con enormes países sería material de estudio para otros niños, no creo que para ellos fueran el juego que era para ustedes. Luego tocó el turno a los libros de su padre, los científicos, los de medicina, apuntes y documentos que irían a La Universidad a servir y enseñar a otros jóvenes. No fui capaz de regalar el Kolmer, ni un libro de Laboratorio que su padre me regaló y un método de Fisiología, no tuve corazón de regalarlos… eran parte de mis conocimientos de laboratorio, parte mía. No me di cuenta en qué momento se me pasó el libro de Embriología en el que pude seguir paso a paso mis embarazos, conociéndolos a ustedes antes de nacer… ojalá otra futura madre siga su embarazo y lo goce, como lo hice yo. Su padre apartó las Revistas chilenas de parasitología y alguno que otro libro que suponía iba a necesitar en el futuro, no muchos, pero algunos. El laboratorio iba quedando vacío, hasta los muebles se fueron. Quedaba un hueco donde una vez trabajamos su padre y yo, luego donde estudiamos frenéticamente mis amigas y yo. Hasta pudimos sacar la división entre el salón y el laboratorio, ahora era el sitio donde jugaban los chicos. Un día recibí un llamado por teléfono a casa de una compañera de curso, ella me había ofrecido recibir recados de sus abuelos. Esta vez era el llamado de su abuelo Emilio, de Canarias. Me dijo que su padre había llegado, que estaba bien y que llevara URGENTE la sentencia del tribunal militar, la libreta de familia y los certificados de estudios de todos ustedes legalizados, ya que sin ellos no podrían entrar en ningún colegio: no tendrían documentación y su padre no podría trabajar. ¡Se me vino el mundo encima! Además de liquidar todo, tendría que pedir papeles. Hice lo más fácil: primero pedí en el Colegio San José los certificados de estudios de todos —a pesar de no estar terminado el año me los dieron—. Tampoco en la escuela de Juan Agustín tuve problemas, no sólo me dieron los certificados de notas de ese año sino de varios anteriores. La libreta de familia la tenía, pero… ¡Me faltaba la sentencia! Con mucho miedo fui a la cárcel, pregunté por el presidente del tribunal militar, estaban juzgando a otros presos políticos ¡Pobre gente, quién sabe qué destino tendrían! Esperé toda la mañana al sol inclemente. Esperaba y rezaba, esperaba y pensaba, esperaba y seguía esperando. Ya no sentía nada, ni miedo, ni rabia, ni desesperación, ni angustia, nada de nada, solamente esperaba, hasta que salieron. Eran tres o cuatro militares con insignias de alta graduación. Al verlos, me dirigí al que tenía más estrellas y le pedí la sentencia del tribunal porque me la pedía mi suegro, que era abogado y que decía que era fundamental que la llevara, y además le pregunté qué pasaba que no me entregaban el pasaporte para ir a encontrarme con mi marido. Me dijo que no pasaba nada, que estuviera tranquila, que contra mí no había ninguna denuncia. No sé de donde saqué arrestos para decirle: —Eso lo dice ahora, pero ¿Qué diría si su esposa o alguien le dice que yo ando en cosas ilícitas, viendo gente que no debo, o acarreando paquetes? ¿A quién le creería? Yo estoy segura de que a los demás y yo pasaría a ser su enemiga y ¿Qué sería de mis hijos? —Tranquila señora —me dijo— Todo se va a arreglar. No sé cómo llegué a la casa, pero temblaba. Toda la valentía y la fuerza se me había acabado. Como pude me tranquilicé, y seguí viviendo. Cumplió el general, al día siguiente me tenía lista una sentencia oficial (creo que muy pocas personas en el país pueden tener ese documento) No tardó mucho más el Registro Civil en entregarme el pasaporte familiar y el permiso de salida del país. Todo se precipitó, ahora había que correr contra el tiempo, cuanto antes había que partir. Menos mal que Iberia había pasado los pasajes a LAN, y los pedí para usted y todos los niños. La idea era que se fueran todos a Santiago y yo me quedara con Luís Emilio terminando de entregar la casa. Fue una locura, juntamos la ropa de toda la familia y la metimos en dos sacos que hice con tela de colchón, cerrado por ojetes y una cadena con candado; como teníamos poco, todo se pudo acomodar. Me recordé de mi infancia cuando íbamos al fundo y mi mamá ponía nuestra ropa en sacos parecidos y los amarraba en los tapabarros del auto. La mesa de centro del salón era una reja de cementerio nortino, muy elaborada con zunchos formando dibujos. La encontramos en pleno desierto en una excursión. Su padre mandó ponerle un marco y patas. Se veía muy bonita. No la quisimos dejar. Llamamos a un carpintero que tomándola como base hizo un cajón… fue lo único que nos dejaron llevar, lo único que dejaron salir. Fue muy emocionante porque entre todos decidimos lo que nos queríamos llevar y cuál sería el recuerdo más preciado para cada uno, así fueron apareciendo cosas, todas sin valor económico, recuerdos, piedras. Sí, piedras: la piedra del fundo que Luís Emilio trajo de la cordillera, una piedra verde oscura con rayas más claras; la piedra de “aerolito” que trajimos del desierto una vez que fuimos a Arica, la piedra verde que Jorge le regaló a usted, un trozo de tronco fósil o una piedra semi-transparente que encontramos en las tierras coloradas del fundo. También la lámpara de aceite de los tiempos del salitre, la corona de hierro de una lámpara que trajimos de las “Guaneras”, la campanilla de las misiones, la lámpara de greda que usted me regaló, la raíz de avellano que encontramos en la playita al otro lado de La Mula, una rama, ¡Sí! Una rama seca que no sé de dónde trajo un niño chico, y la plancha de la señora Leonides. Además de algunas figuras de porcelana que tengo desde mi infancia, algunos cuadros, los álbumes de fotografías, los libros de Medicina que su padre separó, La Biblia de toda la vida, las copas de cristal de mi mamá, las tacitas de porcelana de mi tatá y las pocas piezas de plata que me regalaron cuando me casé. También tuvimos que discernir qué discos nos llevábamos si los mejores o los de 33 ½ porque los de 78 ya no se podían oír. De los que dejaron los militares tratamos de meter en el cajón los más posibles. Así poquito a poco se fue llenando el cajón de los recuerdos, el cajón de los tesoros, acojinados con ropa de cama todo calzó y el carpintero, después de la inspección de aduana, pudo cerrar. ¡No quisiera saber la cara de los aduaneros cuando recibieron la lista de objetos de “valor” que iban a España acompañando a esta familia exiliada! La maleta que teníamos la dejé para poner las últimas cosas, la última ropa que usamos. Ya todo estaba dicho, había que partir. La prioridad era que se fueran ustedes primero, todo listo, todo en punto. Los pasajes en la mano y los niños vestidos con lo mejor que tenían. Se subieron al jeep y partimos rumbo —otra vez— a Cerro Moreno. Esta vez no había la angustia de dejar a su padre, era la preocupación de mandarla a usted, madrecita de 16 años, a cargo de cinco niños de 14-13-11-9-4 años bastante turbulentos y alborotadores. Supongo que otra cosa no se podía hacer y así fue como nos vimos en el aeropuerto que estaba lleno de militares: unos de servicio, otros en tránsito, unos de uniforme, otros de campaña y armados… todos armados. Mientras yo confirmaba los pasajes y usted cuidaba de Antonio, Juan Agustín y Ricardo jugaban a las escondidas entre los uniformados. Con alivio oí el llamado a embarcar y partió usted con su parvada de hermanos, no sé si oyeron los muchos consejos de última hora, si oyeron y atendieron, estaban muy excitados. Otra vez el avión aceleró en la pista y se fue llevándose a mis hijos, esta vez. Solos quedamos Luís Emilio y yo, muy solos. Él tan poco hablador como siempre, y yo comiéndome la pena por dentro. Mientras más pensaba, menos soluciones encontraba. Entre una cosa y otra, o entre vender una cosa y regalar otra, se me presentó el problema del jeep. Nadie lo quería, no sabía qué hacer, estaba tan afligida por terminar de vaciar la casa y entregarla que no había vacilado en entregarlo a Carabineros, pero… un amigo me hizo un extraño ofrecimiento: un hermano suyo, que vivía en USA —a quién yo no conocía— me ofrecía comprarme el jeep y mandarme el dinero a Las Palmas, que yo lo usara hasta el último día y se lo entregara a su padre —a quién yo tampoco conocía—. Tampoco esta vez vi otra alternativa que correr el riesgo, total entre dejarlo en Carabineros o pasárselo a un señor que lo necesitaba, no había por dónde perderse. Muy poco después de aceptar el trato, el amigo me presentó a su padre y pasó a la clandestinidad. No lo volví a ver en años y aunque parezca mentira, el hermano cumplió y me mandó un cheque por el valor del jeep a Las Palmas. Mientras ustedes estaban en casa, el ritmo de deshacerse de las cosas era más o menos ordenado; ahora solos los dos con Luís Emilio, con el apuro de irnos cuanto antes, todo se precipitó y tomó un ritmo frenético. Apartamos lo que su padre había dicho que mandáramos a Santiago, más las camas de rejas y, aprovechando el viaje de un camión de la empresa de Caco, lo mandamos todo. Nos quedamos durmiendo en el suelo, pero no importaba, era por pocos días. No sé a quién dimos los colchones, las frazadas, la cocina, el refrigerador, la máquina lavadora, todo lo que había en la cocina incluyendo las ollas con el poto de cobre que compré en Potrerillos, que eran muy lindas y buenas para cocinar. Poco a poco fue desapareciendo todo, todo lo que teníamos. A lo mejor no era mucho ni valioso, pero era todo lo que teníamos. Pagamos las cuentas y entregamos la casa, se veía enorme sin muebles, nada nuestro quedó, sólo un dibujo que había hecho su padre en la pared del segundo piso, justo al frente de la escalera: era un hermoso dibujo de La Virgen y el Niño, esa imagen quedó como un recuerdo de nuestro paso. El día que entregamos la casa también entregamos el jeep y nos fuimos con los gringos a su casa. Era la última noche en Antofagasta y la última vez que Luís Emilio estaría con su polola; la última vez que… la última… ¡Qué pena decir adiós! ¡Qué pena dejar atrás una vida! ¡Qué pena saber que nada volvería a ser igual! ¡Qué pena, qué inquietud, qué inseguridad! ¡Qué pena el futuro incierto! ¡Adiós! nos dijeron ¡Adiós! dijimos. Y nos fuimos dejando atrás el desierto, el mar, los estudios y los amigos. A ciegas íbamos, la madre y el hijo, a ciegas, tomados de la mano; pero no solos, estábamos juntos y el Señor con nosotros. No sé cómo llegamos a Santiago. No sé quién nos esperaba, pero a casa de mis padres llegamos. Ustedes estaban repartidos entre mis hermanos. Si los vi ese día, no lo sé, lo que hice, tampoco lo sé. Si estaba contenta, triste, preocupada, no lo sé, ya había entregado una parte de mi vida. Ahora estaba en un entreacto y seguramente lo viví bien, mal, o regular, pero lo hice porque tenía que sobrevivir. Lo más importante que tenía que hacer era legalizar los documentos que debíamos de llevar, en esos quehaceres estaba cuando un día me encontré con Pablo que trabajaba en el centro. Nos sentamos a tomar un café y me trasmitió un ofrecimiento de mi papá ¿Por qué fue así? ¿Estaría él en el fundo? no lo sé, pero esto fue lo que Pablo, en nombre de mi papá, me propuso y que sólo lo puedo valorar por el inmenso amor que me tenía: Que me quedara en Santiago. Que él corría con todos los gastos. Que me dejaba la casa de Alameda que no había vendido. Que los niños se podían educar en los Padres Franceses. Que él pagaría toda la educación incluso la mía porque con eso podría trabajar en algún laboratorio Que dinero y cariño no nos faltaría. Que pensara mucho lo que era irse a un país diferente donde la mujer estaba en otra esfera. Yo agradecí el ofrecimiento y dije que pensaría —por lo menos era lo educado—. No lo pensé mucho y fríamente decidí optar, nuevamente, por su padre y por que ustedes se educaran a su lado. A lo mejor no éramos los padres más ejemplares, pero éramos una familia y nos iríamos a Las Palmas en cuanto lo pudiéramos hacer. Yo me sentí aliviada porque tuve una opción, no me iba por obligación sino voluntariamente. Otra vez estaríamos juntos porque yo lo quería, aunque esos quereres eran a veces, un poco raros y desequilibrados, pero… el amor primó. Ustedes repartidos en casas de mis hermanos, cada uno tenía quién los cuidara yo sólo tenía que empezar a moverme entre los distintos Ministerios. Era Noviembre y en Santiago hacía mucho calor, mucho más que en Antofagasta. El calor se encerraba, el pavimento ardía y el horario de las oficinas era siempre la peor hora del día. Cada documento tenía que ser legalizado primero en el Ministerio correspondiente, luego en el Ministerio del Interior para terminar todos en el Consultado de España. No tuve grandes problemas en el Registro Civil, le agregaron a cada hoja de la libreta de familia una hoja de papel donde iban poniendo los timbres, fechas y firmas, en dos o tres días estaba lista. En el Ministerio de Educación no les llamó la atención la cantidad de certificados y concentraciones de notas ya que era una cantidad apreciable, todos fueron timbrados, fechados y firmados. Todo iba bien, a pesar del calor y del cansancio yo iba saliendo adelante y ya sabía lo que iba a oír casi todos los días al llegar: “Mire hijita a su Agustincito, fíjese que también hoy se descolgó por la terraza y se fue a orillas del Mapocho a comer “causeo” con los vagabundos, mírelo como llegó, todo sucio, hediondo, pasado a cebolla y ajo. ¿No se podrá hacer algo?” ¡Mi niño Agustín! Era como era y sería siempre así: desordenado, libre, suelto de cuerpo. Todavía no se le ocurría algo cuando ya lo estaba haciendo sin pensar en las consecuencias. ¿Qué le podía yo decir? Supongo que más de algo le diría, creo que no me hacía ningún caso. ¡Pobres mis hijos desparramados! Algunos lo pasarían mejor, otros peor, tampoco podía hacer yo mucho más por ellos. Sé que mis hermanos les compraron ropa para que anduvieran más decentes y pudieran llegar a Las Palmas por lo menos limpios. Faltaba el trámite peor, al que temía: legalizar la sentencia de su padre. Yo pensé que si un tribunal lo había condenado, sería en Tribunales donde le pusieran la primera firma, así empezó el juego del “Compra-huevos”: —Aquí no es, vaya a la oficina 3 —No, aquí no es, vaya a la oficina 11 —Aquí no es, vuelva al 1° piso —No, no es aquí —Tampoco aquí —No, no —No Así un día, otro día y otro más, yo ya no podía más y ¡Lo necesitaba! Entre este ir y venir por los distintos departamentos de Tribunales y ver a una persona y otra sin ninguna respuesta, no veía solución, no sabía qué más hacer. Pero el Señor puso en mi camino a una persona de alto rango judicial: un juez alto, buen mozo, amable, con el pelo blanco de canas. No sé cómo me encontré con él y me preguntó lo que quería. Le extrañó la petición, dijo que nadie le había dicho nada por el estilo, me hizo pasar a una oficina estupenda, parecía de película, me hizo sentar y tomó el teléfono para llamar a alguien y le dijo: “Mire usted, me ha llegado una señora que viene a que yo le legalice una sentencia dictada por ustedes, eso yo no lo acepto, ustedes están juzgando personas sin ser jueces y son ustedes los que deben de responder a lo que hacen, así es que, dígame a quién debe recurrir esta señora para legalizar su documento.” Apuntó un nombre en una tarjeta suya y muy sonriente me dijo: —Vaya al Ministerio de Defensa y pida, en mi nombre, hablar con esta persona que la atenderá de inmediato. ¡Qué difícil es expresar todo el agradecimiento que sentí! Agradecimiento y alivio. ¡Por fin veía la manera de salir adelante con ese papel que me pedía su abuelo Emilio! Cinco cuadras largas hay entre Tribunales y el Ministerio de Defensa, cuadras que caminé a paso vivo, parecía que volaba, que nunca iba a llegar, que la persona a la que iba a ver no me iba a esperar y que la oficina iba a cerrar. Un, dos. Un, dos. A tranco de “a metro” caminaba yo entre la gente que llenaba el centro, hasta que llegué, sofocada, pero llegué y noté que había gente que entraba por lo tanto… era hora de oficina. Cuatro militares armados custodiaban la puerta y otros dos en la guardia. Todo el calor se me fue, toda la sangre se me agolpó en el corazón que siguió latiendo al mismo ritmo que llevaba: un, dos. Un, dos ¡Militares! Toda mi vida les temeré. Me pidieron el carné de identidad, me lo retuvieron. Me hicieron pasar a una cabina donde revisaron cada cosa que llevaba en mi cartera, luego… me revisaron a mí: manos y piernas separadas y un militar buscó en mi cuerpo lo que podía llevar oculto. Me tocó por todas partes antes de dejarme ir avergonzada, humillada y asustada. Una vez que vieron que estaba limpia, me dejaron ir a buscar la oficina del militar al que me mandó el juez. Me dijo que ya le había hablado de mí y que le entregara el documento y que volviera a buscarlo en dos días más. Se lo pasé y muda salí, la voz no me salía para recuperar mi carné. No estaba preparada para lo que me pasó, pero me entregaron el carné y me fui. Seguramente esa revisión era, para ellos, necesaria. A lo mejor era normal, pero para mí fue muy importante. No sé cómo volví a casa de mis padres, tampoco sé lo que le dije a mi mamá porque ella se dio cuenta que algo me pasaba y que me alteraba. Es seguro que me entendió porque siempre lo hacía, tuve con ella una relación muy especial, no muy frecuente entre madre e hija. Ella siempre me afirmó en mis momentos de debilidad y de aflicción. Un día y otro más llegó y empecé a recoger los documentos, poco a poco se fueron juntando los del Ministerio de Educación y los del Registro Civil con todos sus muchos timbres y firmas. Tuve que volver al Ministerio de Defensa y ¡¡Volver a empezar!! Qué mal me sentí pero… a lo mejor valió la pena porque me entregaron firmada y sellada la sentencia del tribunal militar. Quiero pensar que fue la primera y que, a lo mejor abrió la puerta para que otras mujeres pudieran legalizar las sentencias de sus maridos o hijos. Quiero pensar que no fue inútil. Que valió la pena contribuir con un grano de arena a aliviar la situación de otros condenados. Ya tenía en la mano todos los documentos requeridos, debidamente sellados, fechados y firmados por sus respectivos Ministerios, ahora había que llevarlos todos juntos al Ministerio del Interior. ¡Fácil de decir! Hasta ahora parecía que yo era la única que andaba en esos trámites, pero… parece que medio Chile estaba legalizando papeles. Había una larga cola de personas esperando su turno, me uní a ellas, al sol, al sol de primavera que quema la piel. Así fueron pasando los minutos y las horas. La cola avanzaba muy lentamente. —Si todos llevaban la cantidad de documentos que llevaba yo… me podía imaginar la demora—. Al fin entramos al zaguán del Ministerio, —hacía fresco—. Donde habían habilitado un escritorio ordinario y poca cosa, allí un individuo que, debe haber sido el último de su promoción, provisto de un sello, un tampón y un bolígrafo, estampaba y firmaba cada papel que le ponían delante. Era el representante del Ministro del Interior y se sentía así. Pin, pan y firma. Pin, pan y firma. Uno a uno iba despachando a cada persona, sin prisa, sin pausa, hasta que me tocó a mí. Le presenté mi alto de documentos y los fue timbrando y firmando uno a uno, sin ni siquiera mirarlos, sin leerlos, todo le daba igual de que Ministerio venía. Él, el representante del Ministerio firmaba y sellaba ¡Qué importante se sentía! y qué contenta me puse cuando terminó con los míos, los tomé y me fui a casa ¡Una cosa menos! Miro atrás y no me veo, tenía 42 años, 18 de matrimonio, 7 hijos y un marido lejos. No me veo. No recuerdo. Por más esfuerzos que hago son más las lagunas de vacío que tengo que recuerdos tangibles. Debo haber visto a mis hermanos. Debo haberlos visto a ustedes. Debo haber salido por las tardes a la plaza del barrio. Debo haber ido a Misa a La Parroquia. Debo haber comprado algo de ropa con mi papá. Debo haber hablado mil cosas con todos, pero… no recuerdo y eso me llena de indignación conmigo misma ¿Cómo puedo haber olvidado tantas cosas cuando todo lo que quería era atesorar recuerdos para cuando estuviera lejos? Miro atrás y no me veo, seguramente andaría como siempre con vestidos corrientes, con sandalias de taco bajo, ya se me notarían los defectos en los dientes, estaría con el pelo de cualquier manera, no tenía tiempo ni ganas de cuidarme. No me recuerdo de mí misma, menos puedo recordar a los demás. El primer día de trabajo, tras la firma del Ministerio del Interior fui al Consulado de España a timbrar mi lotecito de documentos que eran todo lo que nosotros éramos. No fui la única, había más gente esperando lo mismo. Cuando me tocó y entregué el paquete, el español que me atendió, muy español él, muy pronunciado, muy lleno de S, C y Z, me dejó caer el palo que yo había esperado en otras partes: —Tiene que pagar X dólares (no sé si 2 ó 10) por la firma de cada documento. ¡Qué magnífico primer contacto con la “Madre Patria”. —No tengo dinero, y tengo que viajar en los próximos días porque a mi marido lo exiliaron —dije. No sé si fue el argumento o mi mirada o qué, pero me dijo que le dejara todo y que volviera en tres días, que lo consultaría. Quedó todo en el aire, si el Cónsul no firmaba, tendría problemas. Si se afirmaba en cobrar también tendría problemas porque el dinero que me mandó su abuelo yo no lo quería gastar. Mientras, estaba inmovilizada. No podía pedir los pasajes, ya no tenía nada más que hacer, sólo estar, sólo ir viviendo el día a día hasta que llegó el momento de volver al Consulado y… ahí estaba mi paquete de documentos, todos firmados y sellados por el Cónsul y con su sello redondo que decía GRATIS. ¿Se acordaría el Cónsul de su padre que estuvo en el Consulado? ¿Desde Las Palmas, José Antonio haría algo? No lo sé pero desde ese momento todo se agilizó, ya tenía todo lo necesario para marchar. Ahora había que ir a la oficina de Iberia, allí todo estaba solucionado, nos dieron los pasajes y empezamos a empacar. Antes del día indicado para el viaje, mi mamá me invitó a dar un paseo por el centro, para ver y recordar lugares, edificios, calles, para que los tuviera frescos en mi memoria y siempre que pensara en mi patria recordara las cosas buenas y bonitas que tenía. Fuimos a ver la casa donde ella creció, subimos al segundo piso, que estaba en reparación, pero las chimeneas, la lámpara del comedor, la escalera, el ascensor —el segundo más antiguo de Santiago— la galería, todo estaba igual que cuando ella era chica. Pasamos por La Plaza Bulnes, La Moneda ¡Qué tristeza verla bombardeada! Luego el Club de La Unión —donde mi papá se juntaba con sus amigos— y por el costado llegamos a una tienda chica donde vendían alianzas y que en la vitrina tenía un grupo, de porcelana, de enanitos animados que las fabricaban. Le pedimos al dueño que la hiciera funcionar para mí y lo hizo, fue un salto a mi infancia —se lo agradezco porque fue la última vez que lo vi—. Nos tomamos algo en La Novia —donde siempre pasábamos—, paseamos por las calles principales viendo los edificios antiguos, pasamos por La Iglesia de San Agustín donde está el Cristo de Mayo con su corona de espinas caída en el pecho, —dicen que era de La Quintrala—. Fuimos a La Plaza de Armas, nos metimos en los pasajes, recordamos los cuentos y los cuchuflís que el papá nos llevaba de niños, vimos el cerro Santa Lucía y nos volvimos. Ahí en mi corazón está ese último paseo por el centro de Santiago con mi mamá, cierro los ojos y lo veo. Otras cosas no las recuerdo, pero esto sí. Llegó el día, la hora y el momento de partir ¿En cuántos autos nos iríamos? En todos los necesarios. No teníamos más equipaje que las dos bolsas de tela de colchón a rayas azules y blancas y una maleta. Todo lo nuestro se reducía a esto y a un cajón que se mandó por barco. Pasamos los pasajes, facturamos, vi los bolsos irse en una cinta sin fin y oí al funcionario decir: —No se pueden embarcar porque su permiso de salida está vencido. ¿Qué sentí en ese momento? Algo innombrable, sentí una corriente que me recorría el cuerpo y oí una voz —que no reconocí mía— que decía muy fuerte: —Son treinta días hábiles —y el funcionario rectificó —Es verdad, señora, pasen. Y… pasamos. Ya nos habíamos despedido. Ya nos habíamos abrazado. Ya nos habíamos sentido. No debía pensar en mí. Me tenía que embarcar con mi lotecito de hijos y… lo hice. Simplemente así… lo hice. Subimos al avión, todos querían ventanilla, todos iban afligidos y todos estaban inquietos. El avión estaba casi vacío, nos acomodaron bien y a gusto de cada uno. A mi lado se sentó Luís Emilio, a su lado Antonio. El avión se empezó a mover en la pista, aceleró. Luís Emilio me tomó de la mano, el avión subió, al elevarse sentí morir. Cuando de verdad me llegue la hora yo lo sabré porque en ese momento lo viví, sentí que me desdoblaba, mi alma quedó en Chile y mi esqueleto —un zombi— volaba rumbo a lo desconocido. Lloré. Lloró Luís Emilio a su polola, lloró usted porque no se quería ir, lloraron los chicos porque veían llorar a los grandes, todos lloramos y sentimos la pérdida de familia, de Patria, de raíces. ¡Nunca más! Miles de nunca más se agolpaban en nuestra mente. Miles que no se recobraron nunca. EPILOGO La mamá no quiso escribir más. Nunca quiso escribir sobre su estancia en Las Palmas, supongo que porque aquella no era su vida, sino la vida de esa otra mujer en la que la habían convertido los militares. Las islas siempre le fueron ajenas, era “el campo de su papá”, “los recuerdos de su papá”, “la vida de su papá”. Se le quedaron chicas y el campo nunca fue, ni de lejos, comparable al Durazno. Pero lo que sí que es cierto es que ellos optaron por luchar, por luchar juntos y sacarnos adelante, uno a uno. Podrían haber escogido otra manera de enfocar la vida, podrían habernos enseñado a odiar, a luchar por conseguir que aquellos que traicionaron su juramento e hicieron tanto daño, sufrieran en sus carnes un castigo que nunca sería ni cercano al sufrimiento que ellos provocaron. O se podrían haber hundido, y con ellos nosotros; entonces hoy seríamos una familia que vaga por el mundo sin luz en la mirada. Pero no. Nos educaron en una vida que rechaza la violencia en todas sus formas, nos educaron para ser solidarios, colaboradores, generosos… y así es como cada uno de los nueve vivimos la vida: con amor por los nuestros, y un poquito de sacrificio por los que nos rodean, siempre ayudando a quien lo necesita, siempre pensando un poco en los demás. Fueron más o menos veinte años de exilio. Veinte años de Laboratorio, veinte años de vocación, veinte años de sacar adelante hijos, veinte años de acompañarnos, de ayudarnos, de estar ahí siempre que lo necesitamos. Veinte años en los que cada uno de nosotros construyó su futuro, un futuro que hoy es presente y que cada uno comparte con su pareja y con sus hijas (e hijos). Porque, a diferencia de la generación anterior, la mamá tiene un buen arsenal de nietas y unos pocos nietos… el destino, que unas veces viene y otras veces va. Pasados esos veinte años retornaron. Otra vez el desarraigo, otra vez las despedidas, otra vez meter las cosas en un arcón tremendo que se mandó por barco… pero esta vez se dejaron a la mayoría de sus hijos atrás. A cada uno se nos hizo difícil hacer un trasplante de vida a estas edades; algunos, los mayores, ya tenían su vida montada y sólo a Francisco le confluyeron en el mismo instante la energía, el valor y la oportunidad de dar el salto y volver con ellos. Unos años antes, Ricardo había emigrado a Chile en busca de trabajo. Consiguió asentarse y siguió el ejemplo de sus padres, haciendo paradas en lugares como Santiago, Tongoy, Las Cruces o Los Molles. La última parada fue en Chiloé, donde la lluvia eterna de Quellón lo acabó devolviendo, junto a su familia, a Las Palmas. Pero volvemos a los papás. Ese retorno a Chile les hizo encontrar la casa en La Calera, les volvió a conectar con el campo, los árboles frutales y el Palto de los Hermanos. Esa nueva etapa los hizo reencontrarse el uno con el otro. Tuvieron unos años dorados en que compartieron todo lo que no pudieron compartir en Las Palmas: paseos, conversaciones, lecturas, fotografía… La mamá tuvo su sitio, a su marido y amor de toda la vida cerca, y lo acompañó hasta su último aliento. Yo creo que también se reencontró (bueno, quizás reencontrarse no es la palabra, pero seguro que me entienden) con Dios. No es que estuviera alejada de Él, por supuesto: para ella siempre ha sido una parte muy, muy importante de la vida. Pero la religión en España se vive de otra manera, así que al volver se reencontró con su Iglesia, con gente que vive la religión como ella, con unos sermones alineados con sus creencias, con unos curas del pueblo, cercanos y de maneras de vivir a Cristo similares a las suyas. Pudo estudiar y acabó siendo Ministra de Dios, algo que a ella la llena de orgullo y que le ha alimentado el corazón durante todos estos años en La Calera. También nos tiene a nosotros, que cada vez que tenemos la oportunidad vamos a verla, a compartir y a revivir todos los recuerdos que has leído en este libro ¡y más! Toda una vida… como dice Ramón: Bernardita Salas Rivas, la vida puh! Al detener por un momento la carrera de la vida, mirando al pasado, pensamos en que hay seres a los que queremos mucho, pero no lo decimos todo lo que debiéramos. Lo entendemos como algo normal, sin importancia, como si fuera una parte obligada por esa persona, y lo damos por hecho. Ante esto, sólo puedo decir ¡GRACIAS MAMÁ, POR SER MI MADRE! Y estar ahí en todo momento, la distancia no existe, está ahí para lo que haga falta y cuando haga falta. ¡Que honor ser su hijo! ¡Que privilegio tenerla! ¡Que orgullo que sea mi mamá! ¡GRACIAS!
