Vida de Pedro Saputo

Braulio Foz


Novela


Libro primero
Capítulo I. Nacimiento de Pedro Saputo
Capítulo II. Agudeza de Pedro Saputo en su niñez
Capítulo III. De cómo Pedro Saputo adquirió grandes fuerzas
Capítulo IV. De cómo Redro Saputo fue a la escuela
Capítulo V. De cómo Pedro Saputo determinó aprender algún oficio
Capítulo VI. De cómo Pedro Saputo aprendía todos los oficios en un rato
Capítulo VII. De cómo Pedro Saputo aprendió la música
Capítulo VIII. Humanidad y liberalidad de Pedro Saputo
Capítulo IX. De cómo Pedro Saputo pintó la capilla de la Virgen de la Corona
Capítulo X. Extraordinaria aplicación de Pedro Saputo
Libro segundo
Capítulo I. De cómo Pedro Saputo salió a correr el mundo
Capítulo II. De lo que le sucedió en Huesca
Capítulo III. Aventuras del camino de Barbastro
Capítulo IV. Aventuras de Barbastro
Capítulo V. De lo que hizo Pedro Saputo para librarse de los alguaciles
Capítulo VI. Pedro Saputo en el convento
Capítulo VII. Descúbrese a las monjas
Capítulo VIII. Sale del convento
Capítulo IX. De cómo Pedro Saputo se hizo estudiante de la tuna
Capítulo X. Pedro Saputo da principio a la vida estudiantina
Capítulo XI. Donde se prosigue lo comenzado
Capítulo XII. Camina a su fin la vida de la tuna
Capítulo XIII. Pedro Saputo se separa de los estudiantes pasando antes por la aldea de las novicias
Capítulo XIV. Pedro Saputo vuelve a ver a sus amigas
Capítulo XV. Sabe Pedro Saputo de fray Toribio, el del guijarro, y se restituye a su pueblo
Libro tercero
Capítulo I. Pedro Saputo visita algunos pueblos. Encuentra al volver en un grande empeño a los de su lugar
Capítulo II. De cómo Pedro Saputo quitó el monjío de la cabeza a una muchacha
Capítulo III. De cómo Pedro Saputo hizo otro viaje más largo
Capítulo IV. De cómo Pedro Saputo se hizo médico. Sigue su viaje
Capítulo V. Llega a Zaragoza: después a su pueblo
Capítulo VI. De cómo Pedro Saputo hizo el milagro de Alcolea
Capítulo VII. De cómo Pedro Saputo dio cuenta de su viaje de la vuelta a España
Capítulo VIII. Una carta anónima. Visita de un caballero
Capítulo IX. De donde viene el dicho: La justicia de Almudévar
Capítulo X. De cómo Pedro Saputo fue a Barbastro
Capítulo XI. La cueva de Santolaria
Capítulo XII. De los remedios contra el mal de viuda que reveló a una Pedro Saputo
Capítulo XIII. De la comisión de los tres higos
Capítulo XIV. Pedro Saputo llama a su madre a las fiestas del Pilar. De una extraña aventura que le sucedió en ellas
Capítulo XV. Del pleito del sol
Libro cuarto
Capítulo I. Propone su madre a Pedro Saputo que se case. Revelación importante
Capítulo II. De cómo Juanita llamó a Pedro Saputo. Descúbrese un gran secreto
Capítulo III. Relación del padre de Saputo
Capítulo IV. Llega Paulina. Casamiento de los padres
Capítulo V. Sale Pedro Saputo al registro de novias. Sariñena.—Almudévar
Capítulo VI. Testamento del tío Gil Amor
Capítulo VII. Sigue el registro de las novias. Fiesta y baile de una aldea
Capítulo VIII. De la feria de Graus
Capítulo IX. Sigue el mismo registro. Morfina
Capítulo X. Concluye el registro de novias. Y es lo mejor de todo
Capítulo XI. Elección de esposa. Viaje del padre y el hijo a Zaragoza
Capítulo XII. No se sabe más de Pedro Saputo. Suerte de Morfina, de los padres y de Rosa y Eulalia
Capítulo XIII. Del natural de Pedro Saputo
Capítulo XIV. Máximas y sentencias de Pedro Saputo

Libro primero

Capítulo I. Nacimiento de Pedro Saputo

¡Bendito sea Dios, que al fin el gran Pedro Saputo ha encontrado quien recogiese sus hechos, los ordenase convenientemente, y separando lo falso de lo verdadero levantase con la historia acrisolada y pura de su vida la digna estatua que debíamos a su talento y a sus virtudes! ¿Qué me dará el mundo por este servicio, por esta deuda común que pago, no tocándome a mí más que a cualquier otro vecino? Pero ¡maldito sea el interés!, no quiero otra recompensa que saber, como lo sé desde ahora, que este libro se leerá con gusto por viejos y jóvenes, por sabios y por ignorantes, en las ciudades y en las aldeas. ¡Oh, cuántos buenos ratos en las veladas de invierno pasarán con él calentándose a la lumbre o al brasero! Pues no quiero más recompensa, como digo; esto, y esto sólo es lo que me he propuesto. Y pues lo doy por conseguido, nada más se me ofrece advertir, ni prevenir a mis lectores.

En la villa de Almudévar, tres leguas de la famosa ciudad de Huesca, en la carretera de Zaragoza, nació Pedro Saputo de una virgen o doncella que vivía sola porque había quedado de quince años sin padre ni madre, y era pobre, no teniendo más bienes que una casita en la calle del Horno de afuera, y manteniéndose con el oficio de lavandera y el de cocinera de todas las bodas y de las grandes fiestas del lugar; en su juventud cantaba con mucha gracia porque tenía una voz extremada y tocaba el pandero como una gitana. Con estas habilidades nunca le faltaba lo necesario, y algún regalo y buen pasatiempo. Iba muy aseada; no envidiaba nada a pobres ni a ricos; todos la querían bien, y ella no quería mal a nadie.

Para mayor noticia de la persona diremos que era lista, redonda de cara, no fea, aunque tampoco bonita, delgada caminando a gruesa, desembozada de palabras; pecho franco y abierto, discreta lo que le bastaba, honrada de casta, recatada con buena fama en el pueblo, y al todo muy afable. Con cuyas prendas y virtudes entender se deja que tendría muchos pretendientes, y los tuvo, en efecto, no menos en línea recta que en la línea torcida, y de todos sabores y apariencias; pero no se daba por entendida de la mala intención de algunos, y tomando las palabras siempre a la derecha, a todos respondía lo mismo y los despedía sin ofenderlos diciendo que no quería casarse ni tener amores. Y eso que la recuestaron mozos muy engreídos y valientes, y algunos con ajuar y pegujar, que lo hubiera pasado como una hidalga. Y era que cuando comenzaba a ser moza le dijo una gitana que si se casaba lloraría muchas lágrimas, haciéndole una profecía en verso que decía:


Si casas habrás esposo,
Lágrimas pena y dolor;
Concierta sola tu amor
y el fruto será glorioso.
 

No alcanzaba el sentido de la profecía sino así por mayor, pero entendió muy bien y se le hincó hondamente como púa en el alma lo de lágrimas y penas, y era bastante para que temiese: conque cerró los oídos a toda proposición de matrimonio por más que andando el tiempo llegó a cumplir los veinte años de edad, que en aquel siglo casi era afrenta, puesto que después y en el nuestro no sea más que recelos de soledad y pensamientos de poco sueño.

Empero cuando menos se cataban en el lugar amaneció de seis meses, que por su gran opinión de honesta lo vieran y no lo creyeran si ella no lo dijese; pero lo decía y lo afirmaba con tanta naturalidad y llaneza que con esto y lo que veían hubieron de creerlo. Cuando llegó el tiempo dio a luz un niño muy robusto y hermoso, y preguntándole de quién era, dijo: Por ahora mío y de Dios, cuyos somos todos. Y de aquí no la pudieron sacar. Un poco se amostazó el justicia y también el señor cura porque no decía quién era el padre del niño; pero ella se mantuvo en lo dicho y hubieron de tascar el freno de su curiosidad burlada en este secreto.

Cuando llegaron a bautizar el niño, porque nunca un caso como aquel se había visto en el lugar y parecía milagro (que los tiempos dicen que eran otros que los que corren ahora, aunque yo no lo creo), ninguno se ofrecía a ser su padrino; y el justicia y el síndico ayuntaron concejo general del pueblo y dijeron: «Honrados vecinos de Almudévar: por la voz que ha corrido debéis saber que la honesta hija pupila de Antonio y Juana del Horno de afuera ha parido casualmente un niño, y no tiene quién lo saque de pila. Echemos suertes si os parece, y de los tres nombres primeros que salgan se elegirá uno a votos libres de todos.» —¡Bien, bien!, gritó la multitud. Y echaron suertes, y salieron dos hombres y una mujer; y pasando a votación, todos menos seis votaron porque fuese madrina la mujer, y que los dos hombres y el síndico la acompañasen. Era una doncella, y no faltó quien murmuró de la suerte diciendo que las doncellas no debían haberse puesto en cántaro por serlo la madre del niño y no estar bien que la visitasen. Pero al que esto dijo, que era un ricacho con vanidad de hidalgo, le miraron de mal de ojo y aun le aborrecieron todo aquel día. Fue, pues, madrina la doncella, y lo sacó de pila con mucho contento; y como era de una casa acomodada hubo gran bateo, que lo dieron los acompañantes y el padre de la misma madrina. Pusiéronle por nombre Pedro, y no se habló en muchos días de otra cosa en el lugar. Cuando la madre sacó al niño públicamente parecía una conda en la formalidad y satisfacción que mostraba y en los dijes y mantillas que le ponía; y las gentes la querían aún más que de denantes. Parábanla todos a mirar al niño, y sin saber por qué se alegraban; y aun muchas mujeres, especialmente doncellas, casi le tenían envidia.

Capítulo II. Agudeza de Pedro Saputo en su niñez

Reniego de mantillas usadas. ¿Sabes, lector, por qué yo no fui más agudo de chico y lo soy tan poco de grande? Pues no es más de que porque las mantillas con que me llevaron a bautizar y purificar se las habían puesto ya otros hermanos míos que vinieron delante y absorbieron toda su virtud. Ya se ve, como sólo se usaban dos o tres veces para cada uno duraban siempre, y con un poco de almidón y agua de fuente quedaban otra vez nuevas. ¡Qué poco le sucedió esto a Pedro Saputo! Por eso fue tan vivo y tan ingenio. Todo lo que llevaba era nuevo, y todo cosido por su madre, que es circunstancia, porque besó y mojó mil veces con lágrimas aquellas ropas; y los besos y las lágrimas de una madre son cosa muy eficaz y santa. Y todavía le ayudó mucho el ser doncella y mirarle con ojos de casada, criándole con el amor reconcentrado de madre desamparada y sola. De este modo cualquiera sería agudo. Con que no hay que admirarse de lo que se va a leer: tantas causas y tales por fuerza habían de producir grandes efectos.

La madre, como decía, le llevaba en brazos con mucha naturalidad y grandeza, y los que la miraban cuando iban por las calles decían: parece una señora. Y lo parecía de verdad. Y todos querían ver al niño y lo tomaban y dejaban; pero él, desde el punto que tuvo tres o cuatro meses, no se dejaba tomar de todos, sino de unos sí y otros no: y si le iban a besar algún hombre o mujer de malos ojos, apartaba la cabeza y volvía la cara apretándola al cuello de su madre; y si porfiaban, no lloraba como los otros niños, sino que primero vomitaba la leche y después lloraba con tristeza y no quería levantar cabeza hasta que se fuera aquella persona. Con esto decían todos que el niño de la Pupila tenía mucho talento, y su madre respondía: bien lo habrá menester, porque ni él tiene otro patrimonio ni su madre otra esperanza, a no ser que... y de aquí no pasaba.

Creció poco a poco y llegó a los seis años, y había tenido el sarampión y las viruelas, y una y otra enfermedad pasó, como dicen, por la calle. Su madre, en fin, comenzó a decirle que fuese a la escuela, mas él no quería ir, sino jugar todo el día. Una vez le dijo: —Mira, hijo mío; ya tienes siete años y aún no conoces una letra; Agustinico, tu vecino y amigo, es del mismo tiempo que tú y ya deletrea en Los doce pares y en los romances. ¿Cuándo piensas ir a la escuela? Y él respondía: —Si me reñís, no lo sé; si no me reñís, cuando sea tiempo. Ese Agustinico y otros como él estudian para jumentos, e yo para montallos. —Pero, hijo mío, le replicó su madre: ¿cómo no he de reñirte si a mí las personas del lugar se me comen la cara porque no te hago ir a la escuela? —Madre, le contestó él: yo os he dicho que si me reñís no sé lo que haré, y si no me importunáis, cuando llegue el tiempo no será menester que me arrastren. Y a esas personas que os comen la cara mandádmelas a mí e yo les diré lo que cumple a vos, a mí y a ellas. ¿No habrá alguna telaraña en sus casas? Pues mientras a vos dan pesadumbre, que vayan a limpiarlas y les será más provecho. Su madre se admiraba de estas respuestas y dejó de molestarle.

Pasaron muchos días, y él jugar y travesear, y hacer pelotas, correr a los perros y cazar gorriones. Si alguno le vituperaba de holgazán se reía a carcajadas que dejaba corrido a quien se lo decía; pero si le llamaban malcriado se ofendía mucho, y la primera piedra que topaba por allí la cogía y la tiraba con gran furia a la persona que lo había enojado; y si les hacía un bollo o algo más, no había otro arbitrio que llevarlo por Dios y llamar al cirujano, porque el justicia y el cura lo querían y amparaban, y le daban la razón y no querían que nadie le tomase cuentas puesto que él a nadie molestaba ni decía palabras necias ni descomedidas.

Con todo, su madre se afligía, y no pudiendo con su pena, otro día le dijo con gran pasión: —¡Pobre de mí, que tengo un hijo que era mi alegría y toda mi esperanza, y voy viendo que lo que puedo esperar de él es disgustos y malaventura! Y él le contestó: —Lloráis, madre mía, bien de barato, bien de balde, bien de pura gana de llorar. Andad, que presto seré hombre o dejaré de ser niño, y conoceré las letras y leeré mejor que Agustinico. Guardad, ¡ea!, las lágrimas para mejor ocasión, para otra necesidad mayor, que no quiera Dios que venga, porque ésta, creedme, es ocasión de mucho descanso y de buena y sana esperanza. Y su madre se consoló, y propuso de no importunarle más sobre este punto.

Capítulo III. De cómo Pedro Saputo adquirió grandes fuerzas

A los nueve años se iba ya acercando, y aún no hablaba de ir a la escuela. Su madre lo sentía, pero callaba, encomendando a Dios la suerte de su hijo y la suya.

Sus diversiones eran correr mucho, jugar a la pelota y saltar y andar por bardas y paredes, siendo tan ligero y sereno, que con la mayor facilidad se subía a los tejados más altos y salía y se ponía derecho en el alero, y miraba a la calle y no se le desvanecía la cabeza. Una vez, ayudado de otros rapaces, atravesó un madero delgado de un tejado a otro y pasó por él muchas veces, y bailaba en medio y corría a la coj, coj, y hacía otras mil monerías. También se solía ir con los labradores a los campos, y todo el día estaba preguntando de las labores, y tierras, plantas y estaciones. Como era muy hablado, que esto así como otras muchas cosas de él se lo sacó del vientre de su madre, igualmente un rostro hermosísimo, ojos amorosos, mirada expresiva y profunda, y un aire gracioso y noble, todos tenían puestos los ojos en él, y él robado el corazón a todos, que parecía encantamiento.

Un día fue con gran sentimiento a casa porque un muchacho de su tiempo le había ganado a reñir, y le dijo a su madre que le dijese por qué le había ganado no siendo más alto y teniendo la misma edad. Su pobre madre no sabía qué responderle; al fin le ocurrió decirle que eso consistía en que como el otro muchacho era labrador y ejercitaba las fuerzas, se había endurecido y aunque tan rapaz como él, era más fuerte. Quedó satisfecho de esta razón; y aquel mismo día fue a su madrina, y rogó a su padrino (que no lo era sino marido de su madrina, la cual había tiempo que casara) que le trajese con el carro cinco o seis piedras muy gruesas, tamañas como una arca; y el padrino, que lo quería como si fuese hijo, le dio gusto y trajo en dos veces siete peñas, unas más gruesas, y otras menos, y una muy grande, y se las hizo entrar en el corral de su casa, que costó no pocos trabajos a media docena de ganapanes.

Desde este día estaba continuamente revolviendo las piedras con una palanca y las pequeñas con los brazos, volcándolas, mudándolas de sitio, haciendo grandes esfuerzos, y sudando y jurando como si estuviese condenado a aquel trabajo del infierno. También hizo dar filo a dos destrales viejas que andaban por allí, y como descanso del ejercicio de las peñas tomaba una destral y hacía muescas y degüellos en unos troncos de encina que se hizo traer igualmente. No contento con esto pidió maza y rompía y majaba la peña más grande.

Al cabo de tres o cuatro meses, para probar sus fuerzas, llamó al muchacho de marras y le dijo que habían de reñir otra vez; el muchacho no quería, pero él le amenazó que lo arrastraría como un gato muerto, y le obligó y riñeron con grande ardor y bravura. Venció Pedro Saputo, mas con tanta ventaja, que después se probara a reñir con otros mayores y también los vencía fácilmente. Y dijo a su madre: ya he visto, señora madre, que me dijiste verdad cuando la riña de Geronimillo, pues con el volcar de las peñas y el ejercicio de la destral y la maza, y alguna vez que me pongo a cavar con los labradores, me he hecho tan fuerte que gano a todos los chicos de mi tiempo y aun a otros mucho mayores. Buen secreto me enseñaste. Yo os prometo que no me venza otro a luchar ni me gane a dar puños de mancar hombros y brazos, y me he de derrocar y acocear, aunque sea un gigante, al que se atreva a tomarse conmigo. Y así fue, porque ejercitando mucho las fuerzas, y con la buena y perfecta complexión y sanidad de su cuerpo, alcanzó muy grandes bríos, y fue tan esforzado, que después, si por diversión y prueba cogía dos o tres hombres, jugaba con ellos como si fuesen palillos de randa.

Capítulo IV. De cómo Redro Saputo fue a la escuela

Uno de los mayores engaños que se padecen en el mundo es que no todos los burros llevan albarda ni andan a cuatro pies y herrados como deberían, porque así no tropezaría uno con tantos que parecen otra cosa. A lo menos les creciesen las orejas, que es el distintivo más propio; pero ni eso. ¡Oh qué bueno que sería! Siquiera Pedro Saputo los conocía con sólo mirarles a la cara; y desde niño, como se vio en lo que le dijo del vecinito que su madre le proponía por modelo de aplicación a las letras, pero hay artes y ciencias que mueren con sus autores; ésta fue una de ellas. La que después han fundado los modernos fisionomistas llamados cerebristas o frenólogos, es otra; el que no ve nada en los ojos y en todo el rostro, poco verá en el cráneo, y sobre esto, que me asen vivo.

En estos ejercicios y juegos pasó todavía algún tiempo, cuando una noche después de cenar y de estar un rato callado y pensativo dijo a su madre con resolución: —Madre, esta noche quiero dárosla buena: mañana si os parece iré a la escuela. —Sí, hijo; sí que me parece, respondió su madre alborozada; sí que quiero que vayas a la escuela. ¡Gracias a Dios! Buena noche me das, hijo: bien lo has dicho: de gozo no voy a dormir. ¡Ah! Si supieras lo que he padecido cuando me decían que criaba un holgazán, y si tenía muchos juros y renta para criallo a lo caballero. Agora sí que soy dichosa. Porque mira, hijo, que soy tu madre, y estamos los dos solos en el mundo. —Y bastamos, contestó él: los dos y el de allá arriba (señalando el cielo con la mano) contra todo el mundo si nos es contrario; que no será madre, no, sino muy favorable.

—Mirad, madre mía: la escuela es pan muy duro y sin buenos dientes no se puede morder. Hanme caído los primeros, tengo todos los segundos, y fuertes, y puedo morder y comer el pan de la escuela que como he dicho es muy duro y áspero, y no debe darse a niños mientras son tan tiernos. Todos lloran, todos lo sienten mucho, todos andan acontecidos y se paran flacos, enatizos y entecos de sujeción y apocamiento, y no adelantan nada o están en las primeras letras que llaman tantos años, que sólo por ser cosa ordinaria no es gran vergüenza para ellos y para los maestros. Yo a la verdad, no sé bien lo que son las letras; pero me parece que en poco tiempo he de alcanzar y pasar a ese Agustinico y a todos los que hace tres o cuatro años que van a la escuela. Ahora vamos a dormir, y mañana veréis a tu hijo comenzar a ser hombre y serlo muy aprisa, a lo que me da el corazón. Su madre le miraba y lloraba de gozo, y dando gracias a Dios se acostó y ni pudo dormir de alegría como había dicho.

Se hizo de día, y mucho antes la buena madre tenía la luz en sus ojos con el acontecimiento de pensar en la resolución de su hijo. Levantóse, y cuando tuvo hecho el almuerzo, fue a despertar al niño Pedro, el cual le pidió la ropa de los días de fiesta diciendo que aquél era muy grande para él. —Y para tu madre también, contestó ella. Y le sacó el vestido más nuevo y mejor; después que hubo comido un plato de migas y sin querer tomar otra cosa dijo a su madre que le acompañase para decir al maestro que le entregaba a su potestad y gobierno.

Fueron a la escuela, y la madre dijo al maestro que le llevaba y presentaba su hijo Pedro; el cual hasta aquel día no había tenido a bien comenzar la escuela porque quería crecer y hacerse fuerte. El maestro se rió y respondió que admitía con gusto al niño Pedro por discípulo, y que confiaba que al poco tiempo aprendería la paleta de la Jesús. Con esto se fue la madre, y él se quedó en la escuela.

Aquel primer día y los dos siguientes no hizo sino repetir los nombres de las letras como los iban diciendo en voz alta los otros niños; pero el cuarto preguntó al maestro si había más letras que aquéllas; y como le dijese que no, tornó a preguntar si en los libros que leían los niños adelantados eran otras, y contestando el maestro que ni en aquellos libros ni en todos los del mundo había más ni otras letras que aquéllas, dijo el niño Pedro: —Pues en este caso en aprendiendo yo estas letras ya sabré todo lo que hay que saber por ahora. —No, hijo, respondió el maestro; porque después se han de juntar unas con otras para formar los vocablos. —Pero al fin, replicó Pedro, con éstas se han de componer todas. —Sí, dijo el maestro. —Pues bien, continuó el niño: esta tarde me daréis licencia para no venir a la escuela, y mañana os pediré un favor, que si me lo hacéis, ni yo me sacaré de estar aquí voceando tantas horas mañana y tarde, ni vos tendréis que hacer más que decirme lo que os pregunte. Otorgóle el maestro lo que pedía; y aquella tarde tomó una vihuela de sus abuelos medio rota y sin clavijas, la deshizo, pegó a sus dos tablas por un lado un papel blanco y se fue al taller de un carpintero. Llegado, pidió una regla, un lápiz y una sierra fina, y tirando líneas de alto a bajo y de cruzado en las tablas, aserrólas ambas e hizo de veintiséis a treinta tablillas cuadradas, echóselas en la capilla del gabán, y se fue a enseñarlas a su madre diciéndole que mañana vería en qué paraba aquello.

Al día siguiente por la mañana fuese a la escuela y pidió al maestro que le escribiese en cada tablita una letra; luego le rogó que las metiese por orden en un hilo de alambre pasándolo por un agujerito que tenía, y hecho todo por el maestro le dio las gracias y dijo: —Ahora, señor maestro, ya me avendré yo con estas letras, porque las sé de coro y conozco muy pocas. Dadme licencia y me voy a casa.

Dos días estuvo en casa dando vueltas a las tablitas y mirando de cuando en cuando en una paleta del A. B. C., que tenía colgada en la pared, al cabo de los cuales dijo a su madre: —Ya conozco las letras; venid conmigo a la escuela y veréis que no os engaño. Fueron a la escuela, hizo el maestro la prueba y no erró ninguna.

Quedó espantado el maestro; los niños le miraban elevados y la madre estaba embargada de gozo. Divulgóse la noticia en el pueblo, y todos celebraban el ingenio del niño Pedro de la Pupila, comenzando algunos a llamarle desde entonces Pedro Saputo, que en el dialecto antiguo del país quiere decir Pedro el Sabio; nombre que al fin le quedó como propio no llamándole nadie ni siendo conocido por otro.

Pusiéronle a deletrear; y haciéndole escribir en un papel las sílabas sueltas a un lado, y al otro el vocablo que componían, en cinco días aprendió a leer, habiéndose perfeccionado del todo en catorce desde el primero en que fue a la escuela.

Capítulo V. De cómo Pedro Saputo determinó aprender algún oficio

Leer y más leer en los libros que le dejaba el cura y un rico del pueblo fue lo que hizo en mucho tiempo. Entre todos los que más le gustaban eran los de historia y las fábulas de Esopo con la vida de este gran fabulista: y otro libro que llamaban El Cortesano. Pero no olvidaba el ejercicio de las peñas ni el ir a los campos con el primer labrador que encontraba, ni las pruebas de agilidad y ligereza.

Un día le dijo su madre: —Hijo, ya tienes doce años; ya es tiempo de que aprendas algún oficio. Y él respondió que para qué eran los oficios. Son, hijo, le respondió su madre, para no estar ocioso y ganar la vida. —¿No más que para eso?, dijo él; pues yo os doy palabra de no estar nunca ocioso, como veis que tampoco no lo estoy ahora, pues ya se me alcanza que es malo, aunque sólo sea porque el que no hace nada, ya con eso hace mucho mal no ocupando el entretenimiento y las manos, y en cuanto a ganar la vida tened firme esperanza que no me faltará, Dios mediante, ni a vos conmigo. Que no quiero yo que vayáis a lavar con frío y con calor porque es señal de mucha pobreza, y no os habéis de dar tan mal tiempo ni vida tan lacerada. Pero si os afligís porque no aprendo un oficio, decidme cuál he de aprender. Y su madre le respondió que el que quisiera. —Pues yo, dijo él, no quiero aprender ninguno. Porque habéis de saber que según yo he advertido, los hombres son muy ignorantes y no hacen sino disparates, y rudezas obrando en todo con mucha torpeza y sin ningún discurso; y el que es un poco más avisado, generalmente hace daño a los otros con malicia, y tal vez a sí mismo por reverbero. Yo no sé si en otras partes son diferentes, porque ya sabéis que no he salido de Almudévar sino que para ir a ver a nuestros parientes, y dos veces a Huesca en donde a nadie conocí ni traté más personas que las recaderas del mercado, que por cierto gastan largo de su desenfado y poca vergüenza. Pero si todos son lo mismo, no necesito ningún oficio para ganar la vida y dárosla a vos descansada. —Hijo mío, dijo entonces su madre: mucho sabes y veo que hablas como los flaires que predican o como los hombres que andan con nuevos trajes por el mundo y vienen de luengas tierras. Haz lo que quieras y Dios te ilumine: sólo que no querría que fueses malo. —Hasta ahora, madre, respondió él, no lo he sido ni entendido serlo; y el que hasta los doce años no es malo, ya siempre será bueno. —Según, le replicó su madre: algunos se tornarán después. —No puede ser, dijo él: porque yo conozco que el que es malo de hombre hecho lo hubo de ser de niño, sino que no sabía ni podía ejecutar la maldad, pero lo que es mala inclinación ya la tenía en el alma.

—Agora veo, contestó su madre, que vas teniendo razón. ¿Quién te ha enseñado esas cosas? —Aquí dentro, respondió él, me las enseñan todas; y los libros que leo y las mujeres cuando riñen unas con otras. —¿Cómo pueden enseñarte nada las mujeres y más riñendo?, preguntó su madre muy admirada. —Pues me enseñan mucho, respondió él; todo lo que entonces dicen es locura y sabiduría, y lo mismo me enseña lo uno que lo otro. Y lo aprendo de ellas y de los otros chicos en sus contiendas, y de los libros, lo recojo aquí dentro y lo guardo, y aquello engendra otras cosas, y éstas engendran luego otras; y las junto y las revuelvo y amaso todas, o las separo y compongo según me cumple y piden las ocasiones.

Entonces su madre, espantada de oírle hablar con tanta sabiduría, le dijo: —No sé, hijo mío, cómo siendo tan tonta he parido un hijo tan agudo. —¡Tonta, decís!, contestó él; pues yo no he advertido que lo seáis, porque las mujeres que yo tengo notadas por tontas en el lugar son vanas, cantoneras, puercas, desastradas, rezongueras, noveleras, picudas, chismosas y murmuradoras. —Hijo, hijo, le dijo entonces su madre; ésa es demasiada malicia para tu edad; deja a las pobres mujeres, que harto desprecio llevan a cuestas con ser mujeres y por ende el estropajo del mundo. —Ahora sí que veo que sois un poco tonta, dijo él: porque habéis dicho una muy grandísima necedad. ¿Cómo llamáis a las mujeres el estropajo del mundo? ¿Qué estropajo sois vos en vuestra casa? Vos sois la señora e yo vuestro hijo, vos me queréis e yo os quiero; vos me servís agora e yo os serviré después; vos me cuidáis e yo crezco y me hago hombre para daros honra y ampararos y manteneros. No os llaméis estropajo, por vida mía, porque me habéis afrentado y casi no oso miraros a la cara.

Otro día a la hora de comer llegó su madre con gran bochorno y pasión diciendo entre lágrimas: —Los ricos siempre ricos y los pobres siempre hemos de callar. Mira, hijo, que vengo llena de calor y corrimiento. El hidalgo de la esquina de la plaza me ha topado en la calle, y plantándoseme a cuatro pasos me ha dicho: «Bien criades el hijo, la Pupila; ya casi es hombre y sólo sabe parlar y hacer el Marco Esopo. El pago que él os dará por el oficio que le habéis enseñado. ¿Pensáis hacelle lavandera o cocinera como vos? Andad, que mejor le cuadraría el oficio de comadrón o de casamentero.» Yo, al oír palabras tan injuriosas, me he cubierto de vergüenza, la luz del cielo no veía; y casi me ahogo de la pena que me hinche el pecho. ¿Qué me dices, hijo mío, para mi consuelo? —Por ahora, madre mía, sólo os digo que comáis con gusto, y otro día os diré lo que hace a este enojo que os han dado porque no conviene obrar ni adoptar consejo cuando el calor de la pasión está en su mayor punto, como lo está ahora en los dos, que vos lloráis e yo de puro levantado y ofendido hablo con esta templanza. Y ya que ese hidalgo cree que puede ultrajaros porque no me dais oficio, dejemos su insolencia y tomemos su razón. Mañana, si queréis, aprenderé de tejedor, después de mañana, de sastre, el lunes, de peraile, el martes, de carpintero, el miércoles... —Hijo mío, le atajó su madre olvidando las lágrimas y su afrenta: ¿qué disparate estás diciendo? ¿No sabes que cada uno de esos oficios cuesta muchos años, y tú, quieres aprender uno cada día? —Torno a decir y certificaros, contestó él, que cada día he de aprender un oficio, y más si es menester o conviniera. Hasta medio día lo estudiaré, por la tarde ejercitaré las manos, y a la noche cuando venga a casa os traeré ya alguna muestra de mi obra. Porque yo he mirado a esos hombres en sus talleres y sé lo que me digo. Comed y alegraros, que el hijo que habéis parido no nació para jumento; ni tampoco para ser escarnecido de ningún hidalgo ni para sufrir que su madre lo sea de nadie. Yo haré que dentro de pocos días seáis bendecida de todos, y envidiada quizá de ese mismo hidalgo que os ha insultado. Perdonémosle empero por la buena intención con que lo habrá hecho, aunque con poco miramiento y sobrada altivez y mal modo. Eso es soberbia del nacimiento y confianza en las riquezas.

Aquella tarde iba Pedro a casa de su madrina, como solía, y al pasar por la plaza vio al hidalgo con el cura: acercóse a ellos y sin saludar se encaró con aquél y con grande entereza dijo: —Señor hidalgo de la esquina (llamándole así por desprecio): hoy habéis hecho llorar a mi madre, y sus lágrimas me han abrasado las entrañas y las guardo aquí (señalando el corazón), porque soy su hijo y sé quién tiene o no tiene derecho a ultrajalla. No lo olvidéis, que tampoco yo lo olvidaré. Adiós. Y diciendo esto se fue con su serenidad y mirada severa. El cura le llamó muchas veces y aun quiso seguirle; mas lo hubo de dejar porque ni aun la cara volvió a mirarle y traspuso como un relámpago. Sintió mucho el cura aquel caso, y lo sintió también el hidalgo, pero diferentemente, porque el cura lo sentía de amor al niño, y el otro de ira y de mancilla de sus palabras y atrevimiento.

Capítulo VI. De cómo Pedro Saputo aprendía todos los oficios en un rato

Iguales en lo esencial y desiguales en lo accidental hizo a los hombres la naturaleza. Y aunque es cierto que en esa desigualdad se contienen las causas del orden primitivo general de la sociedad, y aun de la condición de los individuos por sí en particular, pero lo que es la autorización no procede de esas causas sino de las que hacen al padre digno de respeto para el hijo, al anciano para el joven, y al magistrado para el ciudadano; siendo todo lo demás usurpación, presunción, orgullo, soberbia. Ninguna autoridad representaba el hidalgo para reprender a la Pupila; y la caridad, si por la caridad lo hubiera hecho, habla y obra de otra manera. Sobre todo para denostar, para ultrajar, para insultar y afrentar al pobre, al desgraciado, al infeliz, ninguna ley da derecho; y es el orgullo tan grave ofensa del cielo, que rara vez deja de castigarlo, haciéndonos ver tarde o temprano humillado al soberbio, así como exaltado al humilde. Entre tanto ya castigó como pudo el niño Pedro la insolencia con que el hidalgo baldonó a su madre, y aún se reservaba mayor venganza como daban a entender sus palabras.

Llegó en tanto a casa de su madrina, pues el encuentro de la plaza no le distrajo de su propósito y cabalmente la encontró ocupada en prevenir unas telas o paños y echar cuentas para unos vestidos que habían de hacerse, debiendo tener el sastre al otro día. Al oír esto Pedro Saputo se alegró y dijo: —Muy bien, señora madrina, muy bien me viene; porque con esta ocasión comenzaré mañana a aprender el oficio de sastre. Madrugaré y vendré antes que el maestro para ver todas sus operaciones. Pareció bien a la madrina, porque nada de su ahijado le podía parecer mal, pero extrañó que quisiera aprender aquel oficio habiendo ella concebido cosas más altas. Calló, empero, temiendo la respuesta de Pedro, que tan fácilmente confundía a todos.

Al día siguiente fue a casa de la madrina mucho antes que el maestro sastre, y así que se presentó éste y se puso al oficio, miró con mucha atención cómo tomaba la medida a la madre, cómo tendiendo el paño en una mesa aplicando la medida y haciendo puntos y rayas blancas y dejando señalado el cuerpo, las mangas y demás piezas; cómo luego echó la tijera y las cortó una a una. Tomó enseguida la medida al marido, y fue haciendo lo mismo parte por parte. Y cuando fue a tomar a una niña que tenía nueve años, dijo Pedro: —Dejad, señor maestro, que a ésta le quiero yo cortar el vestido por mi mano. —Sí, hijo mío, dijo la madrina. Pero el maestro espantado decía: —¿Habéis perdido el juicio, señora? ¿Queréis quedaros sin prenda y el paño? —No quiero eso, respondió ella; pero si mi ahijado Pedro yerra el corte y me pierde el paño, ya está pagado. —Es verdad, respondió el marido, que también quería ver la prueba. —Y después, continuó la mujer, tengo otra pieza en el arca, y en Huesca media docena de tiendas a mi disposición y a la de mis dineros. Conque hijo mío, toma la medida a tu hermanita y córtale el vestido a tu buen juicio y entendimiento. Pedro entonces muy confiado tomó la medida, fue haciéndolo todo lo que vio hacer al maestro; y cuando tuvo señaladas las piezas en el paño, y enderezadas y corregidas, dijo al maestro: —Mirad cuerpo de mí si me ha despuntado hoy buena luz; ¿qué decís de esas rayas? —Digo, respondió el maestro, lo que vos queráis y cumple a mi confusión. Por el siglo de mi padre a quien sólo conocí de muerto, que esas piezas están señaladas como si las hubiese rayado el mismo maestro Lorda Azufre de Huesca. Ea, echa la tijera y veamos. Echó Pedro la tijera, cortó las piezas mostrándolas al maestro y a la madrina como las iba cortando, y concluida la operación dijo: ahora veamos lo que es coser. —No hijo mío, respondió el maestro; agora veamos lo que es yantar; que en verdad que la señora Salvadora se ha olvidado del nuestro desayuno con la contemplación de tu habilidad. —Tenéis razón, maestro Gafo, dijo ella; y fuese y con la niña y la criada sacó el desayuno para los dos maestros a quienes acompañaron el marido y la niña.

Almorzado que hubieron, y reído y celebrado la nueva gracia del niño Pedro, se sentaron a coser. Pidió un dedal el aprendiz maestro, y como no supiese tener el dedo doblado, pasó un hilo por el dedal, y metido en el dedo, hizo que le atasen el hilo por encima. Tomó la aguja con una hebra y sin hacer punto o nudo, iba cosiendo un retal perdido y pasando muy aprisa la aguja; y no hizo otra cosa hasta el mediodía. ¡Cuánto se rió su madrina! ¡Cómo se reía y divertía la niña! Porque con tanto afán y trabajo nunca resultaba costura, pespunte ni cosido alguno.

Llegó la hora y comieron de muy buena gana. Levantados de la mesa, tomó Pedro el capotillo de la niña, y cosió primero el cuerpo, después, las mangas, que sólo eran medias y abiertas; luego las unió de hilván para probarlo. Púsoselo la niña, y le caía tan bien, que se admiraron el maestro y la madrina, llegando a este tiempo la madre de Pedro que venía a ver segunda vez cómo su hijo entraba en el oficio. La niña no se quiso ya quitar el capotillo hasta que viniese su padre; y lo que faltaba, que eran las junturas del forro, la esclavina y los vivos, hízolo el maestro otro día, porque Pedro no quiso continuar el oficio diciendo que no era digno de hombres cabales, sino propio de jorobados, cojos, enanos y hermafroditas. Con todo, en su casa y para él y su madre cortó y cosió alguna vez los vestidos.

Otro día quiso aprender de pelaire, y fue a casa de un maestro, y luego en un punto aprendió a cardar y a peinar, y antes y primero que todo a varear y preparar la lana. Por la noche llevó a su madre por muestra el vestido muy untado y un hermoso copo de estambre peinado y concluido por él de una docena que aquella tarde había hecho. Y del oficio dijo que era un poco despreciado, pero sano y alegre.

El lunes fue al taller de un carpintero, y por la noche llevó un marco de ventana a modo de bastidor para un encerado muy pulido y hecho todo de su mano. Pero dijo a su madre que aquel oficio requería ocho días de estudios y un mes de práctica; y que mirase qué otro o qué docena de ellos quería que aprendiese y cuál preferiría. Su madre rebosaba satisfacción por todas sus coyunturas, y no sabiendo qué responder le dijo: —Yo no sé, hijo mío, lo que quiero y lo que no quiero: lo que me parece es que sólo quiero lo que tú querrás; y lo que tú hagas, todo, hijo mío, todo lo doy por bien, porque ya veo que te guía otra sabiduría más alta y otra luz que no alcanzo. Y dijo él continuando: —Ya veis, madre mía, cómo en pocas horas he aprendido cualquier oficio a que me he puesto. Porque habéis de saber que esas artes y otras muchas, según lo que yo tengo observado, las sabemos todos los hombres naturalmente, y sólo falta verlas e inventar los instrumentos propios si no son conocidos, y luego adestrar las manos a ellos, bien que la perfección sea cosa de la práctica y de más tiempo. Mas ahí, en casa del carnicero he visto unos papeles con unos dibujos de puertas, ventanas, mesas, arados, edificios, ríos, bosques y montañas y me han gustado mucho y quisiera aprender el arte del dibujo. Por vida vuestra que vayáis un día a Huesca y compradme los instrumentos necesarios, que me parece son un lapicero, dos compases, y los que os digan en la tienda, que ahora no serán muchos. Y fue su madre a Huesca, y le trajo todos aquellos instrumentos; y él pasaba después el tiempo dibujando lo que se le antojaba, y llenó su cuarto de dibujos que luego y prestísimo fueron de muy cumplido primor y arte. De ahí a algún tiempo hizo el retrato de su madre, después el de su madrina, al lápiz los dos; y eran tan parecidos, que todos al verlos decían: ésta es la Pupila, ésta Salvadora de Olbena.

Capítulo VII. De cómo Pedro Saputo aprendió la música

¡Hola!, dirá aquí algún lector bonazo; aprisa vamos subiendo. Primero sastre, que es lo más llano que hay en la artesanía, viniendo a formar el lazo y comunicación entre los oficios masculinos y los femeninos, como le forman entre el reino animal y el vegetal los zoófitos o animales plantas. Después cardador pelaire, que es algo más; luego carpintero, que es mucho más; y no contemos con el dibujo, que pertenece ya al orden superior de las artes, bien que sin exclusión de sexo como esotras, le vamos ahora a adornar con el de la música, arte bajado del cielo y amor del corazón humano. ¿Adónde iremos a parar? ¡Eso se me pregunta! ¿Y para qué habría recibido nuestro niño filósofo tantas y tales dotes del creador, y el don soberano y rarísimo de saber emplearlas? Pues cata aquí lo que él hace y yo voy escribiendo con no menos admiración que tú, lector amigo, quien quiera que seas. Aprendió el dibujo, como has visto; ahora va a aprender música; y aún verás otras maravillas. Por algo le llamaron sabio. Si hubiera sido como yo o como tú, y perdona mi franqueza, nada de esto se escribiría, porque nada hubiera sucedido. Vamos a la historia: Había en Almudévar un eclesiástico, organista de la parroquia, llamado por mote mosén Vivangüés, y cuyo nombre verdadero ni se sabe ni lo necesitamos; el cual se llevaba algunas veces al niño Pedro a su casa para darle alguna golosina. Era hombre que en cuanto a músico tocaba medianamente bien el órgano, el clave y el salterio; y en cuanto a gramático husmeaba un tantico el latín del breviario; pero lo que es de la misa había preguntado tantas veces lo que significaba el canon y demás latines, que fuera de los introitos, las oraciones, las epístolas, y los evangelios había pocas cosas que no entendiese, y aun en éstas barruntaba tal vez con sentido. Por lo demás tenía buen corazón, era tan candoroso como un niño, y se creía el más hábil del capítulo que a la sazón era numeroso, exceptuando al señor cura, que dicen era licenciado por Huesca, y a quien por esto, respetaba él como más sabio. A todos los demás solía decir, los paso por debajo de la pierna. Y hay quien dice que si erraba el tiro era de poco trecho.

Llamábanle con el apodo que he dicho, porque cuando se echaba a pechos algún vaso de buen vino, que era con frecuencia, entre las lágrimas que le apuntaban de la fortaleza del vino y la voz medio cobrada del largo trago, decía respirando: ¡viva Angüés!, y acababa de respirar. Preguntáronle al principio, y después de muchas veces por gusto qué significaba aquello; y contaba esta graciosa, disparatada y original historia: «Es saber, señores, que entre los pueblos de Angüés, Casbas, e Ybieca hubo antiguamente otros dos que se llamaban Bascués, y Foces, cuyos habitantes eran los mayores bebedores del mundo, y sus términos el mejor viñedo de Aragón, y aun de España si se me antoja decillo. Estos dos pueblos murieron: quiero decir, que sea por guerra, sea por epidemia, sea por otra causa, quedaron sin habitantes, habiendo muerto hasta los sacristanes y los curas. Foces murió unos días antes y Bascués aguantó unos días más. Pero cuando ambos pueblos vieron que acababan sin remedio, hicieron testamento y dejaron su buen gusto a los pueblos de Angüés, Casbas y Ponzano, dos terceras partes al primero y una repartida a los otros dos. Por manera que el pueblo de Angüés tiene más voto él solo en materia de vinos, que Casbas y Ponzano juntos. Por eso yo cuando me bebo un buen vaso de buen vino, si el vaso es grande y el vino bueno, que lo trasiego siempre de un aliento, pienso en el buen gusto de aquel pueblo y digo ¡viva Angüés! Que es como si dijera: viva el gusto de Angüés, que es cabalmente el que agora encuentro yo en este vaso que acabo de colar. 0 de otro modo: voto a mí, qu'este vino es tan bueno como el mejor que aprueban los mojones herederos de Bascués y Foces. Sino que por abreviar lo digo todo en esa exclamación tan significativa. Y si no dijera esto, me parecería que el vino por bueno que fuese no me haría provecho.» Y preguntando a los oyentes, ¿qué os parece, señores?, brotaba delicia del corazón y se esponjaba de gloria.

Este hombre, pues, era tan sencillo y tan bendito, se llevó un día a su casa al niño Pedro Saputo para darle unas avellanitas que le habían traído: y como el niño viese abierto el clave le rogó que tocase algo. Puede ser que no fuese clave, sino otro instrumento de teclas: poco importa. Diole gusto, y tocó una cosa tan alegre y espoleadora que Pedro no podía estar quieto, meneándose con todo el cuerpo y diciendo: ¡ea, ea! Paró el músico, y preguntó qué era aquello, y le respondió el capellán: —Esto es una cosa nueva; digo, que hace poco tiempo la han puesto en solfa los compositores; y es tan fecunda en caprichos, que en no saliéndose del tema puede uno tocar tres días seguidos y todo será siempre lo mismo y todo diferente. Es un baile que llaman el Gitano. —Sólo por saber eso, dijo Pedro, aprendería de solfa de buena gana. —¡Ay, niño, niño!, respondió el capellán; no sabes lo que te dices. ¡Aprender de solfa! —¿Pues qué, replicó el niño, tan difícil es? —Mucho, mucho, muchísimo y más que muchísimo, le respondió el mosén con grande ahínco y cerrados los ojos: ¿quieres que te lo diga? Mira: una vez los diablos estando de tertulia en el palacio de Lucifer, que todo el edificio es de llamas de azufre, disputando sobre la solfa y la gramática y defendiendo unos que era más difícil la una y otros que la otra, quisieron proballo dos diablos jóvenes muy presumidillos, y salieron al mundo, poniéndose, el uno a infantillo en casa de un maestro de capilla, y el otro a estudiante en una escuela de gramática. Pasaron tres meses, y el músico preguntó al gramático en qué iba, y respondió que de humo y tinieblas; pues yo, dijo el otro, aun humo no veo porque no veo nada. Allí me hacen una manopla que en las junturas de los dedos tiene escritos los nombres de la solfa, que parecen tomados de algunos de nosotros; y subiendo y bajando y corriendo las junturas; y luego con la misma obra en un papel que no dice nada, me van ya jorobando y rematando de paciencia. Porque a cada marro de la voz cae un bofetón, y llora si quieres llorar y llorando o riendo canta el día entero porque ése es tu oficio. —Yo, dijo el gramático, si no fuera por la rechifla que nos harían los compañeros de allá abajo, ya hubiese dado al traste con el estudio y en el fuego con los libros y sus musas y musos, que así los entiendo como tú eres el hijo de Dios más querido. No obstante, sigamos algún tiempo más si te parece, porque tan pronto sería mengua dejallo. Con efecto, siguieron y nada menos que seis meses, al cabo de los cuales se volvieron a juntar; y el músico dijo, que aunque los compañeros le soflamasen eternamente, estaba determinado de abandonar la empresa y volverse de aquel paso al infierno. —¿Sí?, respondió el gramático; pues no te irás solo, que también quiero acompañarte; y queden la solfa y la gramática para tormento de los hijos de los hombres, ya que si no es éste que vale por muchos no padecen ninguno igual a los nuestros. Y sin más deliberación cerraron los ojos al sol, dieron un estampido y se lanzaron de cabeza en los infiernos. Conque mira tú, hijo mío, Pedro, si te ibas a poner con la solfa en buena palabra de empeño, cuando los diablos siendo diablos no pudieron salir con ella.

Suspenso y embelesado estaba Pedro Saputo oyendo referir al capellán un caso tan estupendo; y vuelto en sí preguntó al clérigo si había aprendido la solfa. Respondió que sí: —¿No ves que soy organista? Doce años entre infante y capillero estuve en la catedral de Huesca, y siempre estudiando solfa. —Pero al fin y a la postre vuesa merced la aprendió, y en menos años, porque dice que fue capillero y entonces ya la sabía. —Sí, respondió mosén Órganos. —¿Y la gramática?, preguntó el niño. —También, respondió el buen hombre, sabiendo que mentía: ¿no ves que soy sacerdote? —Pues en ese caso, concluyó el niño Pedro, vuesa merced tiene más ingenio y es más sabido que dos diablos juntos. Rióse el capellán, no sin algún tanto colorado de vergüenza, porque le pareció que había algo de ironía o malicia en la consecuencia del niño. Éste quiso ver la manopla o mano de la solfa, y vio que los nombres que había en las junturas (y aun fue menester que se los declarase el músico) era: A-la-mi-re, B-fa-b—mi, C-sol-fa-ut, D-Ia-sol-re, E-la-mi, F-fa-ut, G-sol-re-Ut. —Bien tenía razón, que parecen nombres de diablos, dijo Pedro, porque de algunos de ellos a Belcebub no hay mucha distancia. Pero, ¿para qué se aprende eso en la mano? ¿Ha de escribirse la solfa en la mano o cantarse mirando a ella? A estas preguntas no supo responder el del ingenio y agudeza de dos diablos, y se acabó la plática por falta de palabras, o de jugo en ellas, que es lo mismo; y el niño Pedro, que no podía tener la atención baldía un momento, le dijo adiós y tomó la escalera.

Tomó la escalera; mas al salir a la calle oyó el violín arriba. Paróse; el capellán se divertía en hacer el diapasón ya por todos sus puntos (bien que esto quiere decir diapasón), ya por terceras, quintas; ya en el tono mayor, ya en el menor: hirió el oído de Pedro; escucha, percibe, siente en sí y admite aquella ley y verdad primordial de la música, aquella verdad general, aquella proposición elemental de puntos o sonidos que así la satisfacía; y vuelve a subir y ruega al capellán que le enseñe aquello en el instrumento. —No, dijo el músico; en el violín no puede ser ni en otro instrumento alguno; primero lo has de aprender con la boca y en la solfa, y para eso hay que acudir a la mano o manopla, como hoy la hemos llamado. —No, señor, replicó el niño; ya no quiero aprenderlo con la boca, sino con el violín, porque así lo aprenderé de una vez, y no que de ese otro modo habrá que hacer nuevo aprendizaje. Sobre todo, lo que es la manopla, ni verla. Eso es lo que yo quiero y no otra cosa; y no me voy de vuestra casa hasta que no me la hayáis enseñado, siquiera me cueste una semana. El capellán se reía y le daba compasión de ver el error del muchacho que sin la mano y algunos meses y aun años de solfeo quería lanzarse al manejo de los instrumentos; imposible tan grande para él como el que dejase de ser verdad lo que había leído aquel día en el evangelio de la misa, fuese lo que fuese, puesto que no lo había entendido. Pero habíalas con otro más fuerte; apretó tanto el niño, que hubo de enseñarle a poner los dedos en las cuerdas y herirlas con el arco, haciéndole gruñir el diapasón por espacio de una hora. Volvió por la tarde y estuvo hasta el anochecer dándole al diapasón y a las terceras y quintas. Y lo mismo hizo dos días seguidos; y preguntando al capellán lo que le parecía esencial y habiendo entendido lo que creyó bastaba por entonces se llevó el instrumento a casa.

Cerraba las ventanas de su cuarto para que no saliese el eco; y pasada una semana en que cada día empleaba de seis a siete horas en el manejo del instrumento, dibujando algún rato por descanso, fue a casa del organista y tocó por lección bastante bien y muy afinado, todo lo que el vulgo solía cantar en aquel tiempo. Y dijo el clérigo admirado: —Sin duda, Perico, dentro de ti llevas de familiar algún demonio más hábil que los dos que salieron a estudiar la solfa y la gramática y se aburrieron. —Decidme, dijo Pedro Saputo, qué significan esos puntos con rabos y cruces que tenéis en esos cuadernos y llamáis solfa y música. Explicóselo el hombre. Él tomó apuntación por escrito de lo más importante, pidió que con el violín le diese una lección práctica, y entendido lo que era se llevó un cuaderno de primeras lecciones y pasó otros ocho días estudiando y dándole al instrumento. Pidió nuevas explicaciones, pasó hasta veinticinco o treinta días ejercitándose con grande aplicación y cuidado, al fin de los cuales se tomó dos meses más de violín prometiendo volverlo y entregarlo al maestro. Y cumplió su palabra, diciendo el bueno del capellán al verle tocar: —Me desengaño; cuatro años si no fueron cinco me costó a mí eso y cuesta a todos; no veremos sino milagros: pusiéronse a tocar los dos una sonata, y el uno con el violín y el otro con el clave o lo que fuese, y no había más que oír.

Continuó Pedro estudiando más y más la solfa y su instrumento, y al cabo de algunos meses le dijo el organista: —Eres, Pedro, el mejor arco de la tierra, porque le tienes muy fino, alto, sonoro, valiente, expresivo y firme. Puedes ir a tocar a la misma capilla de Toledo.

El capellán, además, tocaba, aunque poco y mal, la vihuela y la flauta, y quiso Pedro que le enseñase también estos instrumentos. —Hijo, le respondió; lo que es enseñarte no me atrevo, porque sé muy poco de ellos. Pero mira, la prima de la vihuela suelta o al aire es mi mayor en la llave de G-sol-re-ut; busca los demás puntos, armonías y posturas y los tonos, que ya lo hallarás; y el punto más bajo de la flauta es re por la misma llave. Y aunque ves que sólo tiene seis agujeros y el que tapa la llave que es re sostenido, pero dando cierto espíritu al aliento o soplo para los agudos y graves, y tapando éste o aquél, o dos o más, a un tiempo, se hacen dos octavas, y aun dos y media el que sabe. Anda con Dios y hazme ver otro milagro.

Fuese el muchacho con los instrumentos; y a los quince días avisaron al cura, al justicia, a la madrina, y a su niña mayor y algunas otras personas del pueblo (nunca al hidalgo de la esquina), y los dos músicos dieron un concierto que apareció a aquella gente la capilla del Vaticano, o por lo menos la de la Catedral de Huesca, que era la que todos habían oído. El cura, lleno de gozo, rogó al organista que prestase los instrumentos al niño Pedro hasta que él hiciese traer los mejores que se encontrasen. Con efecto, escribió a Barcelona y Zaragoza, y vinieron dos de cada clase, muy buenos. Para entrenarlos hubo otra reunión más numerosa en casa de la madrina, donde se dio otro concierto; y ella, que era espléndida y quería entrañablemente a su ahijado, se lució mucho agasajando a los convidados con un gran refresco. Tocaron después entre otras cosas el canario, baile que entonces se usaba mucho; y el gitano, que comenzaba a usarse; cuyos bailes, de variedad en variedad y de nombre en nombre, han venido a ser y llamarse en nuestro tiempo, el primero la jota y el segundo el fandango.

Pasada la velada y al despedirse, para sorprenderles con más efecto, sacó la madrina puestos en una tabla dos bustos pequeños y blancos representando las dos mismas personas cuyos retratos hizo primero al lápiz; y dijo —Esto ha hecho mi hijo Pedro. Eran muy semejantes, vivían, hablaban, si tuvieran ojos y colores. Todo fue pasmos, todo enhorabuenas a la madre de Pedro; la cual no hacía sino llorar, y la madrina lo mismo y el cura y otras personas. ¿En qué parará este niño?, decían. Y llenos de asombro se fueron bendiciendo a Dios y deseando vivir para ver al hombre que aquellas muestras anunciaban y prometían. Y cierto que tantas habilidades juntas en un niño de trece años, y de aquel modo aprendidas, bien merecían aquella admiración y aquellos extremos; sobre todo en quien pensase que era hijo de una pupila infeliz, y nacido solo y sin protección a la luz del mundo.

Los retratos o bustos eran de yeso, y él les había dado un simple baño de cal con agua de cola porque aún no sabía hacer lo que llaman estuco.

Capítulo VIII. Humanidad y liberalidad de Pedro Saputo

Fuerte es siempre el buen ejemplo, y más cuando viene de personas de autoridad o de mucho favor en el pueblo, o muy queridas o de compañeros. Pero en la niñez todo lo hacemos por imitación porque falta el auxilio de la reflexión y de la experiencia, y si se quiere hacer todo lo que se ve, siendo por otra parte nuestra especie natural y esencialmente imitadora. El peligroso ejemplo que Pedro Saputo daba a los muchachos del pueblo subiendo tejados y paredes fue causa de algunas desgracias, sin que las pudiesen evitar con prevenciones ni castigos aun los padres más celosos. A los niños en pasando de cuatro o cinco años nadie los guarda, porque a una vuelta de cabeza han concebido y hecho una travesura, y nadie puede tampoco precaver ni adivinar los peligros en que se ponen donde y como menos se piensa.

Estaban un domingo por la tarde tirando al canto en las eras unos cuantos muchachos, entre ellos Pedro Saputo, y había una turba de muchachas cantando y triscando en otra era; cuando de repente cesó todo aquel bullicio y se vio huir a las muchachas hacia el pueblo, no oyéndose más canto ni voz que los lamentos de una criada del hidalgo de la plaza (el de la reconvención a la madre de Pedro Saputo), la cual desesperada y mesándose los cabellos, daba grandes voces pidiendo auxilio. Fueron allá los muchachos, y una hija del hidalgo de unos nueve o diez años de edad, muy traviesa y arriscada, se había caído del tejado de un pajar, y dando de cabeza en unas piedras que había quedado muerta de la caída. Lo mismo fue oír de muerta, echaron a correr todos aquellos rapaces dejando solo a Pedro con la criada que invocaba a todos los santos y vírgenes del cielo, no tanto para que volviesen a la vida a la niña, como para que librasen de ver el semblante riguroso y vengativo de sus amos. Pedro hizo con la muchacha lo que había visto hacer otras veces para recordar a los que padecían algún desmayo, pues conoció que sólo estaba aturdida, y poco a poco fue volviendo en sí, comenzaba la pobre a quejarse con tales gritos, que la criada pensó que tenía rotos los huesos de su cuerpo: y llorando y deseándole la muerte se fue a casa de sus padres (que era del pueblo) y quedó él solo con la niña... No tenía rotos todos los huesos de su cuerpo, ni la mitad, pero sí un brazo, abollada y abierta la cabeza, quejosas otras muchas partes. El compasivo Pedro la fue tentando para levantarla, y al fin con sumo tiento y suavidad y formándole andas con las manos la tomó y llevó a su casa entre muchas gentes que por curiosidad y lástima le siguieron en las calles. No estaban los padres en casa, que habían salido a pasear por otro camino; pero el viento les llevó la noticia y al punto estuvieron al lado de su hija y con ellos el facultativo. Hubo muchos ayes y lloros, hubo desmayos; al fin a malas penas y vivos gritos que partían el corazón, quedó curada, emparchada y bizmada, y se sosegaron todos para llorar más desahogadamente e informarse de las circunstancias de la desgracia y del descuido de la criada a quien encomendaron la niña. A todo satisfizo Pedro lo mejor que pudo: y como el hidalgo viese que en medio de la relación se le arrasaban los ojos, dejó él correr libremente sus lágrimas, y juntamente con su esposa le dio gracias por aquel buen oficio que había hecho a su hija, ofreciéndole casa y favor, y rogándole que no olvidase a la pobrecilla de Eulalia, sino que la viniese a ver para dalle esfuerzo y consolallos a todos. Pedro, enternecido y lavándose de la sangre que había recibido en las manos y vestido, en cuyo oficio le sirvió la misma señora de casa diciendo con muchas lágrimas, ¡ay sangre de mi hija!, ¡ay sangre de mi hija!, se despidió cortés y afablemente porque era ya tarde, y se fue a casa de su madrina adonde su madre había dicho que viniese.

Mientras la niña Eulalia (que así se llamaba) estuvo en cama y de cuidado la visitaba todos los días; mas cuando ya se levantaba, cuando ya estuvo muy adelantada en su curación, que en poco tiempo quedó perfectamente sana, fuera de alguna dificultad (que también se corrigió después) en el brazo para ciertos movimientos, cesó de ir a verla, porque sus visitas eran de sola humanidad y en parte de cumplimiento. A los tres o cuatro días mandó el hidalgo una criada a preguntar si tenía novedad, y sabiendo que no, fue él mismo a casa de Pedro Saputo, y como si tratase con hombre de más edad y de algún respeto le dio de nuevo las gracias por lo que hiciera con su hija, y de parte de ella, de su esposa y suya le rogó se sirviese honrallos con su visita. Y añadió, tocando el punto más delicado, que si a su madre le habían hecho en otro tiempo una advertencia, creyese que fue por deseo de verle hombre de provecho, ignorándose entonces todavía que lo fuese de tanto. A esta satisfacción y comedimiento respondió Pedro con otro mejor, diciendo al hidalgo, que lo que hiciera con su hija no merecía tantas gracias, y que harto pagado estaba con la honra que aquella humilde casa recibía habiéndose él dignado de venir a ella. Pasaron aún otros cumplimientos entre ellos; y por la mañana al día siguiente fue Pedro a visitar a Eulalia, continuando ya siempre en adelante; de que se engendró entre los dos una amistad tan íntima que con el tiempo fue otra cosa, y ni ellos ni nadie pudo remediarlo.

Pero lo que más brillaba en el niño Pedro Saputo era la liberalidad. Regalábanle a porfía todos los del pueblo; y como en la calle le pidiesen algo otros muchachos ya se lo había repartido todo; y a veces sin pedírselo. A los pobres les daba cuanto podía haber, y aun la ropa de encima si los veía desarropados y hacía frío. Él mismo cuando llegó a edad de más conocimiento hubo de corregir el vicio de su dadivosidad, y con estudio y discreción ejercitar una virtud en que también cabe demasía y vicio verdadero. Atrevióse una vez su madre a reprendérselo; y él con mucha gracia le contestó: —Eso es señal de ricos; el hijo de una lavandera no debe ser escaso ni vivir con el alma arrugada. El encogimiento, señora madre, no deja ver la hermosura del sol ni la grandeza de la tierra. El encogido no conoce a Dios, ni Dios casi aunque quiera le puede hacer merced, porque es incapaz de sus beneficios. Sin vaso para llevar el agua, ¿a qué iría a la fuente? ¿Sabéis madre, a quién pienso yo que aborrecerían los ángeles si pudiesen aborrecer a alguno? Pues es a los pusilánimes y a los desconfiados. Ruégoos muy de veras que seáis magnánima de corazón, si no vais a acuitar mi vida, o a estorbar la generosidad del vuelo con que yo abarco el universo mundo, y aun me parece pequeño.

Capítulo IX. De cómo Pedro Saputo pintó la capilla de la Virgen de la Corona

O lo he soñado o lo he visto; yo creo que es lo segundo. ¡Y en qué ocasión y cómo la vide! Aún me hierve la sangre y se me enciende el coraje de pensarlo. ¡Cobarde! Allí debí morir, allí debí acabar, que ésta fue su intención o su aturdimiento. Pero me salvó el ángel antiguo de Pedro Saputo porque sabía que andando el tiempo había de tener la inspiración de escribir su vida. Agradezco su protección, y cumplo el encargo de la Providencia.

Tienen los de Almudévar, a la parte del pueblo que mira a Zaragoza, un santuario y capilla de Nuestra Señora de la Corona en un pueyo o montecillo donde en otro tiempo estuvo el castillo de los moros. Y como la hubiesen renovado de su vetustad y ruinas quisieron también pintarla, buscando para la obra un pintor muy afamado de Huesca llamado Raimundo Artigas, hombre melancólico, estreñido de genio, bilioso de color, seco de carnes, largo de cuello y claro de barbas; el cual pidió trescientas libras jaquesas por su trabajo con la condición que él pondría los colores y el agua limpia.

Súpolo el niño Pedro Saputo y se alegró mucho porque quería saber de pintura, faltándole entre otras cosas ver la composición y mezcla de los colores, puesto que el dibujo había llegado al extremo de primor y facilidad. Fue al maestro Artigas y le dijo le tomase por su aprendiz y criado; y la primera vez no quiso. Porfió Pedro, rogó, suplicó, y viéndole siempre duro le dijo un poco despechado pero templadamente. —Mirad, pues, señor maestro Artigas, que queráis que no queráis yo he de ser vuestro discípulo; y si no, vuestro maestro. Miróle entonces el maestro Artigas: meneó la cabeza y respondió: —Yo os admito, niño Pedro, porque me es imposible otra cosa obligándome una fuerza secreta que no sé lo que es; pero entended que seréis mi discípulo mientras supiéredes menos que yo y nunca mi maestro aunque lleguéis a pintar mejor que Miguel Ángel, porque para eso han de pasar muchos años e yo soy ya viejo, que tengo sesenta y nueve, y a esa hora que me busquen en el mundo. Y todos se admiraron de que el maestro Artigas le hubiese respondido tan blandamente, porque era de condición muy áspera, de voluntad absoluta y de opinión fuerte y acerada.

Comenzaron, pues, a pintar; y lo primero que el maestro le enseñó fue a moler los colores; y Pedro le preguntaba muchas veces cómo se mezclaban y qué diferencia había de los que llevaban aceite a los que no llevaban, con otras cosas del arte. El maestro Artigas se importunaba, pero unas veces de buena gana, y otras de mala, satisfacía al discípulo; y alguna también se le quedaba mudo o le alargaba un pescozón por respuesta. Mas él no se aburría ni arredraba, sino que cada día procuraba servirle con más afición y tornaba a las preguntas.

Habían pedido los del concejo al maestro Artigas que primero pintase parras y pájaros y después lo que quisiese; y pintó en la faja del altar a la mano derecha un árbol con una parra y muchos pájaros en ella picando las uvas; y en la punta de un sarmiento que hacía salir por un lado pintó un cuervo. Díjole entonces Pedro: —Señor maestro Artigas, si me dais licencia diré una cosa que observo en esta pintura. Diósela, y dijo: —Ahí habéis pintado un cuervo en la parra, y los cuervos más van a los muladares que a las viñas. Asombróse el maestro Artigas por el atrevimiento del discípulo, y le mandó que callase y no saliese de su molimiento de los colores. Pasó un rato, y otra vez dijo Pedro Saputo: —Pues aun todavía si me dieseis licencia diría alguna otra cosa, señor, maestro mío. —No te la doy, respondió éste muy alzada la voz de punto. —Es una friolerilla, replicó el muchacho: quería decir a vuestra merced que el cuervo debe pesar tanto como una gallina o poco menos; y de razón había de hacer inclinar ese sarmiento suelto, y vuestra merced le ha pintado tan tieso como si fuese de acero o el cuervo estuviese fofo. Al oír esto fue tan grande la ira del maestro Artigas, que no pudiendo atinar con las palabras acudió al cacharro de los colores que tenía entre las manos y se lo tiró con mucha furia, rompiéndose en menudos pedazos contra el suelo porque el niño hurtó el cuerpo al tiro, y dijo: —No quiero pintar más, porque eres un labrador, un descarado, un insolente, un malsín, un grandísimo bellaco. Y se fue de aquel paso y llamó al pueblo, y ayuntado en la plaza dijo, que mientras tuviesen en el lugar al atrevido y vano de Pedro Saputo, no quería pintar la capilla. Entonces Pedro Saputo pidió licencia para hablar y contó lo que había pasado con su maestro; y le dieron la razón y lo aprobaron, y no quisieron que se fuese del lugar. —Pues me iré yo, respondió muy aborrascado el maestro Artigas. —Idos enhorabuena, gritaron todos; mas que no se pinte la capilla. Y Pedro Saputo levantando la voz desde una piedra dijo al pueblo: —Si el maestro Artigas se va y vosotros queréis yo pintaré la capilla. —¡Que la pinte, que la pinte!, gritó la multitud. Y el justicia y el concejo con los prohombres del pueblo encargaron la pintura a Pedro Saputo. Él entonces muy contento dijo: —Agora mirad, pueblo de Almudévar; yo pintaré la capilla de Nuestra Señora de la Corona, pero me habéis de dar lo mismo que dabais al maestro Artigas. Y se lo prometieron. Preguntóles qué querían que pintase, y no sabían qué decirle. Y tornó a preguntarles: —¿Queréis que pinte lo que veis o lo que no veis? Y respondieron todos: —Lo que no vemos. —Pues yo, dijo él, lo pintaré, y gustaros ha por mi cuenta.

Inmediatamente se fue a la capilla y borró lo que había pintado el maestro Artigas, que era aún poco y no muy en su lugar. Tres meses estuvo pintando, y concluyó la obra y dijo al pueblo en la plaza: —La pintura está acabada. Agora quiero que la ermita esté ocho días abierta para que vayan a verla todos los del lugar, grandes y chicos, sabios e ignorantes, y que si alguno encuentra defectos en la pintura me los diga para enmendallos. Y fueron todos a verla y nadie halló falta alguna, sino al contrario le alababan mucho y decían: —¿Cómo sabe hacer esto el hijo de la Pupila, que es un niño y nadie le ha enseñado? Pero le dijeron que no entendían las escenas que había pintado ni la intención de aquellos cuadros. Y él les dijo: —Oídme, hijos de Almudévar: yo os pregunté si había de pintar lo que veis o lo que no veis, y me respondisteis que pintase lo que no veis. Pues bien: según esa palabra, yo os he pintado en un lienzo dos cuadros; el uno es un olivar, y el otro una viña, que son cosas que para ver tenéis que ir a Huesca y al Semontano; pero lo que es en vuestro lugar no las veis por vuestra mucha desidia y cobardía. En el otro lienzo hay otros dos cuadros; el uno es una mujer de su casa muy aseada y cuidadosa, muy atenta, modesta y aplicada a su labor y a la inteligencia de las cosas del gobierno doméstico, rodeándola dos niños y una niña, hijos suyos muy graciosos, limpios y bien vestidos y criados; que también es cosa que no veis en vuestro lugar. En el otro hay una suegra y una nuera comiendo las dos en un plato muy concordes, amigas y bien animadas entre sí: cosa que tampoco no veis en el lugar. Por ahí alrededor y por el aire hay bosques, fieras y pájaros, nubes, y otras cosas según me iban ocurriendo, como quiera que importaba poco fuesen éstas u otras. Y arriba en la bóveda o cielo de la capilla he pintado a María Santísima con las manos cerradas porque no hay en este pueblo quien se las abra con oraciones devotas y humildes, y la obligue a abrirlas para dejar caer sobre vosotros las bendiciones de que las trae llenas.

Al oír esta explicación quedaron todos espantados de la sabiduría de las pinturas, y gritaron mucho rato con grande ardor y júbilo: —¡Es verdad!, ¡es verdad! ¡Viva Pedro Saputo! ¡Viva el hijo de la Pupila! ¡Viva la honra de Almudévar! Y le tomaron y le llevaron en hombros a su casa alabándole y diciendo cantares en su gloria y lo presentaron a su madre y le dijeron que era la mujer más dichosa del mundo. Ella le recibió llorando de gozo, y dio a todos las gracias por aquel favor que mostraban a su hijo.

Capítulo X. Extraordinaria aplicación de Pedro Saputo

Zotes los padres, zotes los maestros, zotes los vecinos y zote el siglo, más valdría no nacer, o no estudiar nada y vivir solo o irse a los montes si uno supiese que allí había de topar una compañera de trato confortante y recreativo. Dichoso de Pedro Saputo, que aunque dio con muchos zotes supo librarse de ellos y hacerles la higa. Yo, fuera de mi padre... No quiero decir lo demás. Sobre que tengo amigos y amigas del alma que así estoy en mandarlos para zotes, como en creer hombres de pro a los faramallas, charlatanes, embaidores e hipócritas que se nos venden por Licurgos suscitados de la providencia para remediar la España y reformar el mundo.

Había nuestro niño pintor oído hablar al maestro Artigas de autores y libros del arte, y le suplicó al señor cura le hiciese traer cuantos de ellos se encontrasen; y en dos o tres meses tuvo los más de los que entonces se conocían. Púsose a estudiarlos con mucha afición y no menos constancia, y por las mañanas y las veladas pasaba casi todo el tiempo en ello, sin olvidar al mismo tiempo y de ahí a unos días los otros ejercicios, alternando luego el trabajo por horas y aun por días según el rumor o la disposición, porque tenía por máxima el no violentarse nunca ni cansarse en un ejercicio. Conque estudiaba, dibujaba, pintaba, esculpía, torneaba, repasaba la solfa, y tocaba los varios instrumentos que sabía. A su madre le dijo que no fuese más a lavar ropas ajenas, sino que buenamente sirviese en casa a las personas de más estado del pueblo en lo que le pareciese; y que aun esto le daba el corazón que duraría poco tiempo, y entre tanto se fuese tratando con alguna más estimación y decencia.

Por capricho pintó en una tabla un nido de golondrinas en el acto de llegar la madre con el cebo, ya comenzando a echar pluma los pequeñuelos, y la enclavó por la noche desde una ventana en un madero de los que formaban el alero del tejado, que no era alto; y por la mañana muy tempranito lo estaban apedreando los muchachos de la calle desatinándose porque no podían siquiera hacer huir a la madre, y llamándola maldita porque había hecho allí el nido sin verlo ellos. Sintiólo Pedro Saputo, y salió y quitó la tabla, quedando los muchachos corridos por una parte, y por otra riéndose de sí mismos. Corrió la voz y vinieron a ver la pintura infinitas personas; mas él les dijo que no podía verse de cerca, sino en el alero y desde la calle; y así la tornó a poner en su lugar, y todo el pueblo venía a ver aquel prodigio de un niño de catorce años. Que si no se perdiera en su muerte, quizá hubiera sido otro Yalisso, el cual fue un perro pintado en un cuadro con tal perfección, que parecía le representaba rabioso, y costó guerras por haberlo, y al fin, después de muchos tiempos, fue traído del Asia a Roma y dedicado por Augusto César en el Capitolio.

Pintó en aquel año dos salas, una de un beneficiado rico, y otra del hidalgo padre de Eulalia, el cual, para acabar de borrar la memoria de las palabras que dijo a la madre de Pedro Saputo, le hacía más favor que nadie en el lugar. Y en verdad, aunque el niño era tan generoso, no podía olvidar del todo las dos últimas expresiones que usó contra él y su madre; y eso que no comprendía aún toda la malicia que encerraban. Murió desgraciadamente el hidalgo cuando estaba pintando el último lienzo de su sala, que la concluyó no obstante; pero añadió en lo alto dos ángeles en ademán de tender sobre el cuadro un velo blanco de crespón con orla negra. Y puso aún allí otro primor; y fue que en aquellos ángeles hizo el retrato de Eulalia y el suyo saliendo tan bien, que parecía les hubiesen cortado las cabezas y pegándolas a los cuerpos desnudos de los ángeles.

Como ya seguía las reglas del arte y sabía componerlas con la naturaleza, y ésta y aquéllas con su gusto, advirtió entonces muchos defectos en las pinturas de la capilla de la Corona; y pidió licencia para poner un rótulo que declaraban quién las había hecho y la edad que tenía. Pero la obra mejor, la obra de más mérito, y lo dijo él cuando ya no podía equivocarse, fue siempre el nido de golondrinas, el cual le quisieron comprar algunos, habiendo quien le mandó por él hasta cuarenta escudos de oro, que para los conocedores que podía haber en un pueblo como Almudévar, es mucho sin duda. Perdióse, como he dicho, en su muerte, así como otras cosas de mucho primor y valor que había en su casa.

Entre los libros de pintura vinieron también dos en latín y uno en italiano, y dijo: pues yo estas lenguas he de aprendellas. Y con efecto se puso a estudiar la latina, y en una semana aprendió los nominativos y las conjugaciones, porque su memoria era asombrosa. Mas no le permitieron seguir este estudio las dos obras de pintura que tuvo en el pueblo.

Su buena madre recordaba ahora muchas veces la profecía de la gitana, pero callaba por no decir el engaño con que la habían seducido, exponiéndose además a no ser creída, puesto que su honestidad y mucho juicio la abonasen para cuanto quisiese decir en su defensa. Mas después de bien pensado lo dejaba, y resumía todas sus reflexiones en estas cristianas palabras: Dios me perdone aquel yerro y no me dé todo el bien en esta vida.

Libro segundo

Capítulo I. De cómo Pedro Saputo salió a correr el mundo

A nadie le ocurra decir, de esta agua no beberé, porque puede ser que tenga que beberla, y eso aunque esté turbia, y mezclada con sangre humana; aunque la estén pasando actualmente de un cuerno a otro, como hacía un loco en la calle estotro día. ¿Qué más agua de cuerno para el hidalgo de la esquina de la plaza, que verse obligado a rendir su soberbia al hijo de aquella pupila a quien él denostó con tanto desprecio y con palabras de tanta injuria, debiéndole nada menos que la vida de su hija y no teniendo paz y amor con ella si cada día no la visitaba el que él destinara para comadrón y casamentero, y además salió ahora, que valía más siendo un niño y pobre que todos los hidalgos de la provincia, cuanto más él y los suyos? Y aun él padeció menos que otros en aquella humillación, porque no era ingrato, y la gratitud, ¡ay, qué hermosa es!, no permite quisquillas del amor propio. Viviera un poco más, y viera aún cosas mayores, y su soberbia más retirada, y su imprudencia más arrepentida. Preguntaron a un sabio antiguo qué hacía Dios, y respondió: abajar lo alto y levantar lo bajo. Siendo de notar que si en otras cosas su providencia da lugar a preguntas como aquéllas: Dime, padre común, pues eres justo, en ésta nunca se ha de desear mucho tiempo su cuidado de recordar fuertemente al hombre vano, que nada es y nada puede de sí mismo; habiéndonos prevenido para que no lo extrañásemos, que el que se alegra de la caída de otro, de la flaqueza de otro, o se cree exento y seguro de ella, no quedará sin castigo, no dejará de ser abandonado para que caiga en aquella misma o en otra más miserable. Encontraba Pedro Saputo esta lección y doctrina en sus libros, y aunque niño la tenía siempre muy presente y evitaba así la vanagloria, la presunción, el engreimiento, el desvanecimiento, ayudándole también su buena madre que continuamente refería a Dios todas las gracias y habilidades de su hijo.

Pasaba el tiempo entretanto, y él entraba ya en los quince años de su edad; y dijo un día a su madre: —Yo, madre mía, quisiera irme a ver mundo. Hasta ahora sólo he visto la ciudad de Huesca y algunos otros lugares de la comarca adonde me habéis llevado; y eso es no haber salido de Almudévar, porque no hay diferencia en las costumbres, ni en el cielo, ni en la tierra y quiero irme solo y más lejos, porque en el mundo hay mucho que ver y mucho que saber, y en casa y por aquí siempre son los mismos campos, las mismas paredes y ventanas, y ni los unos dicen nada, ni las otras dan más luz ni otra que el primer día. Conque dadme vuestra bendición y me iré con vuestra licencia. Contristóse su buena madre con semejante nueva, y le dijo llorando: —¿Cómo, pues, hijo mío, cómo serás el consuelo de tu madre si te vas de mi lado? —Madre mía, respondió él: los hijos son el consuelo de sus padres no estando siempre atados de su pierna, sino honrados, ganando honestamente la vida, no dándole pesadumbres, queriéndolos mucho, y asistiéndolos y cuidándolos cuando lo necesitan. Además que no tardaré en volver, porque como será el primer viaje y soy aún muy rapaz, no quiero apartarme a luengas tierras ni lanzarme a la confusión de lenguas y naciones para prueba de mi fortuna.

—Pues bien, dijo su madre, ya que estás resuelto, yo querría que lo comunicases al señor cura, que es hombre que conoce muchas personas, y escribe y recibe cartas del correo, para que te diese letras que llaman de recomendación. —¡Ay madre!, contestó él entonces; ¡qué lejos estáis dando del blanco, y qué mal caláis mi pensamiento! No quiero ninguna letra de recomendación, porque ni sé adonde iré, ni dejan de ser pigüelas que no se pueden romper sin ofensa de alguno. A más, ¿qué calidad queréis que me dé en ellas? ¿De pintor? Es título que obliga a mucho, y por ventura no se me ofrecerá pintar una estrella. ¿De músico? No sé a dónde podría conducirme esta habilidad si no es a algún sarao, boda o fiesta de convento. Pero sobre todo la libertad es lo que me hace al caso; ningún vano respeto, ninguna ley inútil me conviene, fuera de la honradez; y el bien hablar y el justo comedimiento. Esta noche iremos en casa de mi madrina y le diremos que mañana se me ofrece un corto viaje, y a nadie más daremos cuenta, salvo si después quisiéredes participárselo al señor cura, que es tan amigo nuestro. —¿Que ya mañana te quieres ir?, preguntó su madre. ¿No ves, hijo, que eso es muy súbito? —Esto para vos, respondió él; no para mí, que hace mucho tiempo lo tengo pensado y resuelto. Aviadme dos camisas, y con esta misma ropa diaria y un ferreruelo al hombro tengo mi menester para el poco tiempo que pienso andar fuera de casa. Hubo de condescender su madre por más que le lloraba el corazón; y al día siguiente de mañanita le besó la mano y salió del lugar levantando los ojos al cielo como para invocar la Providencia.

Como el camino de Huesca era el más conocido y así mismo el más corto en la imaginación, se le fueron los pies por él y dejó el lugar atrás, no llevándose más equipaje que el que por la noche dijo a su madre, y diez libras jaquesas en oro, no habiendo querido mayor provisión, porque decía que el que va a correr mundo a la ventura, el mundo le ha de valer y en el mundo hallar la vida o la muerte.

Capítulo II. De lo que le sucedió en Huesca

Ufano, alegre, altivo, confiado y tan ligero de pies y de cuerpo caminaba nuestro hombre aventurero en demanda de nuevos confines y nuevas tierras, hombres, opiniones y costumbres, que no estampaba la huella en el polvo del camino, como si fuese por el aire o volase con su pensamiento. El sol de las siete de la mañana, a mediados del mes de marzo, purísima la atmósfera, claro el horizonte, quieto el viento y placentero el día, alegraba la húmeda tierra que vivificada ya de su calor amigo y apuntando la primavera, le hubiese ofrecido la naturaleza renovando su vida en la estación más apacible del año, si la campiña que atravesaba, desnuda, inamena y triste, presentara a un lado y otro a la vista más de algunas verdes llanadas de campos de trigo, y al frente la oscura sierra de Gratal formando falda a los lejanos y aún blancos Pirineos que parece reciban la bóveda del cielo para dejarla caer a la otra parte, que ya sabía era el reino de Francia. Llegado de un vuelo a las Canteras, vido abajo contrapuesta y comenzando desde el mismo valle la negra agorera selva de Pebredo extendiéndose en un dilatado término con sus carrascas del diluvio y habitada todavía de las primeras fieras que la poblaron. Atravesóla insensiblemente, descubrió los famosos llanos de Alcoraz, llegó a San Jorge, y dijo: Ya estoy en Huesca. Y no había dado aún la hora de las nueve.

Mucho antes se hallaba ya su pobre madre en casa de la madrina, a quien fue a decir con gran congoja: —¡Ya se ha ido! De que hicieron las dos un largo llanto, acompañándolas también la niña Rosa por imitación y algún sentimiento que a su modo alcanzaba, pues en fin tenía ya doce años, no era estúpida y quería mucho a su hermanito Pedro.

Él, entretanto, estaba ya en las avenidas de la ciudad, a donde topó con un fraile motilón del Carmen calzado, y trabando conversación con él, entendió que en su convento se trataba de pintar la capilla de la Virgen; pero que el maestro Artigas era muy judío, que les pedía quinientas libras y ellos le daban trescientas y cincuenta y no quería. —Yo, pues, respondió Pedro Saputo, veré esa capilla, y puede ser que busque un pintor para ella. —Si es de Zaragoza, dijo el motilón, excusada es la diligencia, porque si los pintamonas de Huesca piden tanto, ¿qué será los famosos pintores de Zaragoza? Y en esto llegaron a la ciudad y se encaminaron juntos al convento.

Vio Pedro Saputo la capilla, y subió a la celda del prior y le dijo que si el maestro Artigas no había de tener queja, él buscaría un pintor que acaso rebajaría algo de lo que aquél pedía. Respondió el prior que el maestro Artigas no podía hacer más que reseñar, porque esto de todos modos lo haría; pero que no tendría razón para quejarse, porque ya después de él habían tratado con otro pintor y tampoco no se habían ajustado. Que podía decir quién era el pintor que proponía: —Yo, respondió Pedro Saputo. —¿Vos, sí, vos habéis de decir quién es? —No digo eso, sino que soy yo el pintor que ha de pintar la capilla. —¡Vos! —Yo, sí, padre prior; yo mismo. —Hacedme la gracia, dijo entonces el prior con desdén, de ir a la Cruz de San Martín a comprar un boliche y andaros a jugar por esas calles, o recogiendo piedras y guijarros en vuestro herreruelo ir a apedrear los perros por las esquinas y plazas. —Pues en verdad, padre reverendo, contestó Pedro Saputo, que aunque os enojéis he de deciros que vuestras palabras desdicen de vuestra gravedad. ¿En qué libro habéis topado, en qué autor leído, en qué sabio oído en vuestra vida, que no hubo jamás en el mundo hombre de mi edad que pintar no pudiese una capilla de frailes? Si hubiérades preguntado cómo me llamo, si ya supiérades quién soy, si os hubiésedes informado qué tengo o no tengo hecho en mi arte, entonces pudiérades hablar como os viniese en talante, y tales menosprecios, juro por las órdenes que tenéis, que no los pudiera esperar de cualquiera otro hombre más prudente. Así que, podéis encomendar y dar vuestra obra a quien quisiéredes, que a lo que veo no somos hechos para en uno. Quedaos con Dios y con la vuestra capilla, que a mí no me cumple tratar con hombres de tan mala razón y conveniencia. Y diciendo y haciendo, volvió la espalda al prior y tomaba la puerta. Mas el prior, que en sus palabras había echado de ver su mucha discreción y prudencia, le llamó y salió a detenerle, y entrando otra vez con él le dijo con voz más atenta que no extrañase le hubiese hablado de aquella manera, puesto que los muchachos de su edad más solían ser a propósito para andar en tales entretenimientos, que en obras de tanta empresa y capacidad. Pero que si tenía confianza de salir bien de ellas, se sirviese decir quién era y tratarían. Porque el fraile había ya sospechado quién fuese, teniendo de él noticia por la fama de su nombre. Entonces respondió el mozo: —Yo me llamo Pedro Saputo; soy... —Basta, basta, basta, hijo mío, dijo con grande exclamación el prior al oír su nombre. Y levantándose le abrazó con mucha voluntad, y le hizo sentar a su lado, y por fin le dijo: —Mirad, Pedro Saputo; ya que Dios ha sido servido de traeros a esta santa casa, yo lo haré de modo con vos que no os pese de haber venido. Por de contado os marco por vuestra una celda bien arreada de todo buen servicio; os señalo asiento en el refectorio con los padres más graves; y os daré las quinientas libras jaquesas que pedía el maestro Artigas. Yo sé que habéis pintado la ermita de la Corona en vuestro lugar, y últimamente dos salas; y personas inteligentes que os han visto me han certificado que habéis derramado en ellas más primores, que ha pintado en su vida el adocenado del maestro Artigas. Y si no me importunaran por él algunos frailes y dos caballeros de la ciudad que le favorecen, ya os quería escribir que viniésedes a hacer nuestra obra. Haréisla, por fin, e yo me complazco. A vos el arte de la pintura, este arte divina que entienden pocos y alcanzan más pocos todavía, os lo ha enseñado la misma naturaleza, y por esto, hijo mío, sois tan aventajado. No os pido más sino que no engriáis, porque tanto más humildes debemos ser cuanto mayores y más excelentes son los dones que recibimos de Dios nuestro Señor, y las mercedes que su gran misericordia y bondad infinita nos hace de pura gracia. No olvidéis que humilla a los soberbios, a los vanos y arrogantes, y exalta a los humildes. Una enfermedad puede quitaros el juicio, una caída estropearos y dejaros inútil para vuestro arte y para toda obra de provecho, y dándoos larga vida obligaros a mendigar de puerta en puerta el sustento, siendo muy infeliz y despreciado, en vez de la gloria y de las riquezas que podéis esperar alcanzar con vuestra mucha habilidad y talento; habilidad y talento que yo del modo que puedo bendigo, y con el corazón puesto en aquel abismo de bondad y omnipotencia del Señor, le ruego encamine a su mayor honra y gloria, así como al provecho tuyo y descanso de las personas a quien tengas obligación y correspondencia. Ahora iréis a descansar hasta la hora de comer, y luego os iréis aviando para vuestra obra.

Entró en esto un Lector, hombre de aquellos que sin llamarlos van a todas partes y se arriman a todos y aplican el oído a todos los agujeros, y lo quieren todo saber y mangonear, que se bullen del aire, y aún del olfato y de su misma movilidad, el cual habiendo oído algo del sujeto que estaba en la celda del prior, se metió por farol y compadre. Preguntó entonces Pedro Saputo qué era lo que había de pintar en la capilla para ir formando la idea (dijo), revolvella y perfeccionalla. Tomando la palabra el Lector respondió y dijo (saliéndose el prior de la celda a dar orden que preparasen la que destinaba a Pedro Saputo): —Ya sé yo lo que quiere el padre prior. Mirad: habéis de pintar lo primero el infierno, y en boca o entrada a la parte de afuera a Nuestra Señora del Carmen desviando del boquerón unos cuantos devotos que van a parar allí, aguardándolos muchos diablos, y con la mano de su Majestad de María Santísima les señalará otro camino, que será el del purgatorio, y ellos le tomarán muy contentos. Después habéis de pintar el purgatorio y a Nuestra Señora del Carmen sacando de él a todos sus devotos con el escapulario. Después habéis de pintar el cielo, y a la misma Señora muy gloriosa rodeada de infinitos devotos suyos; y más alto que todos y más cerca de su torno a N. P. S. Elías con muchos de muchísimos frailes a su sombra. Y luego, por las esquinas o donde os parezca pintad cualquier docena de milagros, los más inauditos que pudierais imaginar. —Pero esos milagros, dijo Pedro Saputo, habreísmelos de referir, o mostrarme el libro donde constan, porque yo no sé ninguno. —Tampoco yo no sé ninguno en particular, respondió el Lector, no hay libro de ellos que yo sepa, aunque he oído que se está escribiendo. Por eso he dicho que los habéis de imaginar vos mismo. —¿Y han de ser muchos?, respondió Saputo. —En esa materia, dijo el Lector, habéis de tener entendido que nunca podréis pecar por carta de más; cuantos más fueren y más estupendos, más alabanza redundará al pintor y más crédito a la orden carmelitana. —Pues a fe, dijo Pedro Saputo, que no quedéis descontentos la comunidad ni la orden, porque voy a pintaros allí tales milagros, que no entre hombre con vista en la capilla, que no se espante. —Pues eso necesitamos y no otra cosa, concluyó el Lector, porque así se inflama la caridad de los fieles y carga el pueblo al convento.

Un poco sospechosa le pareció a Pedro Saputo la religión, o más bien la filosofía del Lector; pero como nada iba sobre su conciencia, hizo su cuenta y la echó de liberal y mano llena diciendo, su alma en su palma. Y al día siguiente comenzó a preparar las paredes de la capilla y a arrearse de brochas, pinceles y colores.

Pintó una semana, y el prior y todos los frailes no se hartaban de mirar la pintura, de alabar al pintor discípulo de la naturaleza, como le llamaban. También del pueblo iban a verle muchos curiosos (nunca el maestro Artigas), distinguiéndose por cotidianos y aficionados —¿quién lo diría?— un canónigo y un peinero, de los cuales, decía Pedro Saputo, que el uno entendía algo porque había visto mucho, y que si el otro en vez de hacer peines se hubiese dedicado de joven a otra cosa, pudiera ser su compañero; y le quería mucho y se hicieron amigos.

Pintó dos semanas; y al tercer lunes hubo de dejar la obra y salir de la ciudad con más prisa que había entrado. Había en el convento un fraile de los que llaman de misa y olla, porque de rudos no saben aprender otra cosa que decir misa y acudir al refectorio; y el cual todos los días iba a la capilla a dar un mal rato a Pedro Saputo haciéndole siempre las mismas preguntas, que eran: —¿Cómo se llama el pintor? ¿De qué lugar es el pintor? ¿Cómo se llaman los padres del pintor? Ya el mozo se había quejado al padre prior y rogándole que no dejase ir al fraile a la capilla; y el prior, hombre sin malicia, le respondió que como era un fraile de poco entendimiento no había para qué hacer caso de sus necedades. Pero a Pedro Saputo le enojaba tanto, que aquel día, así como le vio entrar, se le subió el calor al rostro, y de desazón echó a perder la cabeza de un ángel que estaba pintando. Comenzó el fraile a preguntarle con soflama lo mismo que siempre, cómo se llama el pintor de nuestra santa capilla. Y Pedro Saputo, reventado de ira, le respondió: —Hoy el pintor se llama Pedro Guijarro, Pedro Cacharros; y diciendo esto le tiró con gran saña un guijarro tamaño como el puño que tenía a mano, le dio en el pecho y le derribó en el suelo, y siguiendo con las brochas y los cacharros de los colores, saltó del andamio, y por si el fraile tramontaba, que no se meneaba ni quejaba más de con un resuello ahogado y ronco, sin despedirse de nadie puso pies en polvorosa. Quiero decir, que dio de codos al convento huyendo con tal ligereza, que en dos minutos ya dejaba atrás el Pueyo de don Sancho (ahora cabezo de los mártires o cementerio), y en no muchos más ya subía y pasaba el estrecho de Quinto y perdía de vista la ciudad y su Hoya. Llámase cuesta o estrecho de Quinto la subida del río Flumen a los cerros y sardas donde luego comienza ya el Semontano.

Capítulo III. Aventuras del camino de Barbastro

No iba por el camino real o trillado temiendo que el fraile hubiese muerto y le siguiesen, sino por sendas y campos a la husma del miedo que le guiaba; y dio con un labrador que ayudado de dos mozos hijos suyos estaba haciendo unos hoyos como fuesas y le preguntó para qué los hacían. Respondiéronle que para plantar una viña, y que en cada hoyo ponían dos sarmientos. Miró él un rato y dijo: —Buenos labradores, ¿no sería mejor en vez de esos hoyos abrir una zanja tan larga como la tira de la viña, y las haríades con más facilidad, y después de oreada y soleada poníades vuestros sarmientos atravesados y los enterrábades con la tierra ya curada que sacastes primero? Y dijo el más mozo de los hijos: —Yo creo, padre, que este muchacho tiene razón. Mas el padre contestó: —Ni tú ni él la tenéis; así me enseñó vuestro abuelo a plantar la viña, y así os enseño yo a vosotros. —Y ¿no dais otra razón, buen hombre?, le dijo Pedro Saputo. ¿Conque moro mi padre y moro he de morir yo? Pues en verdad que si nunca hiciéramos sino lo que hicieron nuestros padres y lo hicieron ya los antiguos, siempre el mundo estuviera en el primer día, y todas las cosas en la primera rudeza. Y decidme, ¿cuándo dará fruto esotra viña vuestra? —Ésa, respondió el labrador, se plantó el año pasado y aún tardará a dar fruto, porque agora crece y se arraiga, después se poda raso o degüella, para quitarle la pujanza inútil, y luego torna a echar y son ya los sarmientos que han de formar la cepa; y al cuarto año de plantada hace el primer fruto. Miró Pedro Saputo la viña inmediata, miró otras y volvió al labrador y le dijo: —Yo creo que ese dejar brotar libremente a la vid ha de quitalle fuerzas de su arraigo, y que sería mejor podalla según arte el primer año, o al menos limpialla muy bien, y podalla el segundo, con que debería dar ya algunos racimos. Porque... —No hay porqué ni por cuándo, le atajó diciendo el labrador; sois un rapaz que aún hedéis a la leche del ama, ¿y os venís dándome lecciones y queriendo persuadir modas nuevas? Andad, hi-de-puta, y seguid vuestro camino, si es que sabéis a dó ís, que por cierto no os he llamado. —Me voy, sí, me voy, respondió Pedro Saputo, porque así me cumple; pero dígoos, hombre falso, y romperé cien lanzas sobre ello, que la viña que no da fruto y bueno, aunque no muy abundante el segundo año, o no nació para viña o es hija de burro. —¿Lo habéis oído el insolente?, dijo el labrador a sus hijos; y los mozos arremetieron contra él levantando sus azadas. Él iba ya a probar otra vez la certeza de su brazo con un par de piedras contra los mozos, cuando, acordándose del fraile, quiso más bien remitirlo de pronto a los pies; mas hizo alto luego y revolvió contra el primero que venía, y tomándole de lado esquivó el golpe de la azada y le saltó encima y lo derribó en tierra, mientras llegó el otro e hizo con él lo mismo. Bregaban por levantarse, y él los zarandeaba como ratón al gato, hasta que por concluir dio un puño al mayor en el hombro y le tulló un brazo, y al menor de una coz le aplastó las narices haciéndole saltar un río de sangre; y dijo al padre que venía contra él muy furioso: —Veo canas en vuestra cabeza y no quiero poner las manos en vos, alma de corcho, que si no tenéis más dicha en otras cosas que en parir hijos valientes, catad qué gesto ponen. Bien cuitado habéis de ser en toda vuestra suerte. Limpiad los mocos a ese mozo que le ensucia la cara y la camisa, y a ese otro brizmadle si sabéis, que bien lo ha de menester, y dad memorias de mi parte al albéitar del lugar. Y con esto los dejó y pasó adelante.

Atravesando llanos, y bajando y subiendo barrancos profundísimos, pasando ríos y no tocando ningún pueblo, porque se desviaba de todos, vino la noche y no sabía dónde se encontraba, más de que con grande afán y perdido el tino en dos o tres horas de noche y fatiga, dio con un montecillo coronado de un edificio, que le vio mirando contra el cielo por ser mucha la oscuridad; y a su mano derecha a lo lejos oía algunas campanas. Este cabezo y este edificio, dijo, bien podría ser la ermita famosa de Nuestra Señora del Pueyo, y esas campanas que oigo serían de la ciudad de Barbastro. Y así era la verdad. Y haciendo alto y mirando a la ermita decía: ahí debe de haber por lo menos un capellán con su casera; pero es hora sospechosa, y primero responderán los muertos de los cementerios y se levantarán al juicio de Dios, que respondan esos solitarios ahora y me abran la puerta. La ciudad, según el eco de las campanas, no puede estar muy lejos y veo una faja blanca que debe ser el camino. Dormid en paz, guardadores del santuario; no quiero turbar vuestro descanso ni daros un susto sin provecho. Y diciendo así tomó el camino de la ciudad.

A pocos pasos y entre una grande espesura de árboles que del todo hacían oscuro el sitio de un lado a otro del camino, oyó murmurar, y luego topó con un hombre que le preguntó sobresaltado: —¿Quién va?, ¿sois cosa de este mundo o del otro? —De éste y del otro, respondió Pedro Saputo; y vos, ¿quién sois? —Yo, dijo el hombre con voz trémula, soy un penitente, y todas las noches salgo de la ciudad a las nueve, y a pies descalzos y rezando el rosario vengo a la ermita, rezo a la puerta de rodillas siete credos y tres salves, y me vuelvo a casa. De nueve días me faltan tres, sin hoy porque es el sexto. —¿Y qué pecado habéis cometido, le preguntó Pedro Saputo, para hacer tan extraña penitencia? Y respondió el hombre: —Un domingo que fue mucha gente al Pueyo me anduve yo un rato por esas caídas del monte con algunas mozas y seduje a una de ellas. —Pues, amigo, dijo Pedro Saputo, si todos los que seducen doncellas en los santuarios o van a ellos a gozar sus amores, según tengo oído y predican por ahí los frailes, hubiesen de hacer la penitencia que vos, paréceme a mí que todas las ermitas del mundo habían de ser más visitadas de noche que de día. —Es que yo, dijo el penitente, le di palabra, y agora ha salido de cinco y no quiero casarme con ella sino con otra. —¡Hola!, dijo Pedro Saputo; ésa ya es más apostema. Pero habéis de entender, mozo engañado, que con vuestra penitencia no satisfacéis a la moza, porque ella creyendo en la palabra que le distes se entregó a tu voluntad, y la habéis burlado. La deuda de vuestra palabra siempre está viva; aquella deuda siempre es la misma; el derecho es de ella y sólo de ella, y si no cede, vuestra persona toda no es vuestra sino suya. ¿Qué hacéis con vuestros paseos nocturnos en la ermita, y con vuestros credos y salves? Aunque viniérades toda vuestra vida, cuanto más nueve noches, no enmendaríades la mala obra que le hicisteis ni le volveréis la honra que le habéis quitado, ni redimiríades la obligación que tenéis con ella. No vais bien, mozo, no vais bien; y el confesor que os ha impuesto esa penitencia es un ignorante que os lleva a la perdición con ese engaño que queréis hacer a Dios y habéis hecho al mundo y a la muchacha. Yo os lo digo y creedme: si queréis vivir en paz de vuestra alma, y no ser desgraciado en este mundo y condenado en el otro, cumplid primero la penitencia, ya que os la han impuesto, y después la palabra a aquella simple inocente moza. Demás que yo sé que ella os quiere, y con todo porque la engañaste, cada día pide a Dios que os castigue. ¡Y os castigará!... ¡Y ahora mismo! ¡Aquí mismo por mi mano!... si no os arrepentís inmediatamente y vais mañana a pedille perdón y ofrecelle vuestra mano. ¿Lo entendéis?... Dijo estas palabras con gran fuerza y severidad; y el mozo estaba ya tan bascoso, que al oírlas cayó en tierra de rodillas y dijo temblando y llorando: —Lo haré, señor ángel, lo haré; ¡no me matéis!, ¡no me matéis, por Dios! —¡Sí que lo haré! —¡Ay, Señor!, ¡dejadme ir a pedir perdón a la Virgen Santísima!... —Id en hora buena, dijo Pedro Saputo con la misma severidad; pero tened entendido que si no cumplís, si mañana mismo no vais a casa de la moza, y quedáis conforme, os quitaré la vida de repente con una espada invisible que traigo conmigo. Porque, ¡villano! —¡Señor, señor!, gritó el mozo medio muerto. —Andad, malaventurado; seguid vuestro camino, y mañana nos veremos aquí o en otra parte. Y diciendo esto le tomó del brazo y de una sacudida le levantó y echó camino adelante con tal furia, que al infeliz le pareció que el remate sería abrírsele la tierra a los pies y caer en el más profundo abismo del infierno. Anduvo diez o doce pasos cayendo y no cayendo y exclamando: —Virgen Santísima, ¡perdón!, ¡perdón!, y muriéndose de horror y de miedo de que de vuelo se le llevasen los demonios. La oscuridad los separó en tanto, y llegando el mozo a la puerta de la capilla hizo muchos actos de contrición y estuvo dos horas allí con la boca seca pidiendo misericordia a Dios y a María Santísima. Y al día siguiente por la mañana fue a ver a la de los cinco, le dijo que ya quería casarse con ella, y con efecto llevó adelante el negocio con tanta actividad que antes del mes estaban casados, y muy contento él de poder ir al cielo con una mujer que bien mirada valía tanto como la otra, fuera de haberla conocido, que no da o quita poco.

Capítulo IV. Aventuras de Barbastro

Llegó a la ciudad cerca de las once de la noche; y oyendo una rondalla fue para allá y se agregó a la turba. Pasada una calle se prepararon a cantar delante de una casa a una muchacha que por el nombre que repetían en las letras se llamaba Lorenza. Vio Pedro Saputo que uno de los de la ronda mientras los otros cantaban se acercó y encaramó a una reja no muy alta, hizo st! tres veces, y se entreabrió la ventana. Púsose a escuchar disimuladamente, y oyó que el mozo decía: —Mirad, Lorenza, que no lloréis, pues otra vez te juro que no ha sido más que un raspazo con algo de sangre. Ya se ve, ha puesto el pie en la maldita piedra que era como una bola redonda y ha dado con la cabeza en la pared de la iglesia. El Gafed y Resuello han ido con él, y a mí me han encargado que te lo dijese. Conque luego le tendrás aquí. No te acuestes. Adiós. Y se bajó. Fuese la ronda, y Pedro Saputo por divertirse y pasar el tiempo, que no sabía qué hacerse aquella noche, se ciñó un lienzo a la cabeza y volvió de ahí un rato a la reja, hizo la seña, abrieron la ventana, se encaramó y la moza al verle: ¡ay, Conched Mío!, dijo muy alborozada; ya pensaba que no te vería. ¿Conque no es cosa de cuidado? Y diciendo esto tomaba las manos y se las apretaba. Él le dijo: un poco me duele la cabeza, pero por verte... Es decir, que esta noche, dijo ella con sentimiento, ya no entrarás por el corral. —No, respondió él; y harto me pesa. —Paciencia, contestó ella dando un suspiro, y van cuatro noches. Cómo ha de ser; ya nos desquitaremos. Agora vete a casa, no te dañe el frío de la noche; toma este pastel de magras y este pastel de longaniza. Adiós, querido; vete, y mañana no salgas de casa. —No saldré, dijo él; adiós, alma mía. Y se bajó de la reja y se apartó con el viento, no fuese que la trampa llevase allí a Conched más pronto de lo que era menester y aconteciese una barbarie.

Y vínole bien el agasajo, porque más al caso le hacían las magras y la longaniza que los suspiros y las caricias de la moza; como que en todo el día no había comido más de un par de huevos que tomó en un molino; y comiendo y cenando a un tiempo se andaba de calle en calle. Vino al fin a parar al río, y dijo: todo me va bien. Ahora que tenía sed con este gustillo de las magras, que aunque tiernas y regaladas están un tantillo sabrosas, cata que me encuentro en el río. Pero no podía bajar al agua, y viendo un puente se metió por él y al otro lado un chorro perenne de agua. Esto es una fuente, dijo: y acercándose y bajando con mucho tiento unas gradas, porque no se veía más que una bolsa de avaro, llegó al chorro que oía y bebió muy a su sabor. Sentóse en una grada, dio cabo de las magras y se tomó con la longaniza; volvió a beber, se tornó a dormir y comiendo los últimos bocados se quedó dormido.

Antes del día y con el día, porque la gente de Barbastro es hacendosa, bullía por las calles y por encima y a espalda de la fuente, y Pedro Saputo no despertaba; hasta que llegó una muchacha por agua. Él, un poco sobresaltado, pero disimulando, le preguntó si conocía algún maestro sastre que le pudiera tomar para mancebo; y respondió la moza: —En nuestra casa ha de coser hoy el nuestro, que por eso he yo madrugado un poco más de lo ordinario. Si queréis venir, allí podréis hablalle. Aceptó Pedro Saputo y siguió a su graciosa guía.

Llegaron a la casa, que estaba en el barrio, y dicho al padre y a la madre lo que había pasado, y añadiendo Saputo lo que le pareció mentir, y satisfaciendo a las preguntas impertinentes, aunque sencillas que le hicieron, les mandó el sastre un recado diciendo que perdonasen, que por aquel día no podía ir, porque su mujer tenía flujo. —No importa, dijo él; yo cortaré y coseré los vestidos. Y cuanto antes mejor, señoras huéspedas mías; venga esa tela o paño o lo que sea, y sepa yo a quién he de tomar la medida. Lo que me falta son tijeras y las demás herramientas del oficio; pero las supliré con lo que haya en casa; porque en este mundo sólo hay dos cosas que no se pueden suplir, que son, el pan, y la buena mujer. Hizo después sentar a su lado a la muchacha para enseñarla, con que el padre se fue muy pagado y a la madre se le ablandaba el corazón de gusto. Y pasóse el día sin novedad que digna de contar sea, más de que él conoció que la muchacha se le aficionaba clara y determinadamente, y él sin saber por qué, gustaba también de tenerla cerca y mirarla; que aunque labradora, tenía mucha gracia en todo y hablaba y sentía con gran amabilidad. Pues fea, pudiéralo ser su madre, que ella no era sino muy linda, y una rosa del amor al abrir el capullo.

Anochecido casi o entre sol y candil, hora en que los tales jornaleros se suelen tomar un rato de asueto para vaciar la vejiga de lo que contiene y el vientre de flatos, díjoles que con su buena licencia se saldría un poco a la calle a orearse. Y se salió, pero con ánimo y propósito de no volver, porque no podía sosegar en la quietud del oficio que todavía le parecía poco disfraz, sobresaltándose todo el día cuando oía llamar, no fuesen los corchetes que iban a prenderle.

Dando vueltas por las calles un famoso entierro que se encaminaba a la catedral, y con la gente le siguió y se metió en la iglesia. Tocaron muchas sinfonías al muerto, que era una doncella de hasta dieciocho o veinte años de edad, hija de una casa principal, llena de dijes muy preciosos y un vestido de mucha riqueza, con un velo suelto galoneado de oro, y en la cabeza una diadema de valor muy subido según brillaban las piedras. Duraron bien hasta las diez las sinfonías y el canto, y luego cesaron y metieron la muerta en una capilla, la rodearon de luces y se fue todo el mundo, menos Pedro Saputo, que dijo entre sí: ¿Yo adónde he de ir? Aquí podré pasar la noche, y no hay cuidado que me busquen los frailes; mañana amanecerá Dios y veremos lo que conviene hacer. Y diciendo esto se acomodó en un arca o banco de otra capilla enfrente de la muerta, encomendó a Dios su cuerpo y alma, y se dispuso a dormir si el sueño no le hiciese novillos, pues le sentía venir aprisa.

Durmióse pronto con efecto, que tenía necesidad desde la noche pasada; pero sin duda el sueño era tan ligero como dura la tabla en que descansaba, pues oyó a deshora un rechino que le hizo levantar la cabeza. Era el ronquido de una puerta. Y luego vio entrar (porque la luz y resplandor de las hachas que ardían en honor de la difunta llenaba la iglesia) dos hombres y dirigirse a la capilla de la depositada. Llegan, y el uno de ellos, que era un mozo de unos veinticuatro a veintiséis años de edad, principia a despojarla de sus dijes y diadema, y al mismo tiempo le iba poniendo otros que él traía muy parecidos a aquéllos. De que infirió que los de la muerta eran finos y los que le ponían falsos y de sola vista. Concluyéronla de despojar, y dando el joven al otro un bolsillo le dijo: hasta aquí a partir, lo demás es sólo mío: ahí tienes los treinta escudos del pacto y vete a la sacristía. Fuese en efecto, y el mozo se llegó a la muerta y la abrazó y dio muchos besos, y parecía ir más allá, cuando Pedro Saputo no pudiéndolo sufrir, y escandalizado, tomó del altar de su capilla un candelero mediano de bronce y embistiéndole con toda su fuerza acertó al mozo en el hombro y en el pecho, de que cayó en el suelo dando un grito espantoso. Acudió el sacristán o ayudante, violo desmayado, se asusta, corre a por agua, se la echa al rostro, vuelve el mozo en sí, le levanta, y sin color y cerrando los ojos de horror y tan muerto como la difunta se lo llevaba el otro medio andando medio arrastrando; cuando tomando Pedro Saputo otro candelero y haciendo antes caracol con las manos y vuelto contra la madera del altar, dio un rugido tan bravo que pareció que caían las columnas de la iglesia atronándose toda y amenazando sus altas bóvedas; y luego disparando el candelero con todo su brío, dio al sacristán en la espalda y le hizo caer en tierra con el mozo que ya casi expiraba. Faltóle también a él el ánimo entonces, y parecía que los dos iban a quedar allí muertos de horror y susto. No hablaban empero; y después de esforzarse mucho rato y de sacar entre bascas y mortales congojas trasudores fríos una respiración agonizante, pudieron llegar a la puerta por donde entraron, y la cerraron, y se oyeron luego otras más interiores. Y todo sosegado y vuelto a quedar en un silencio majestuoso y solemne, se envolvió Pedro Saputo con los manteles del altar de su capilla, por si alguien le pudiese ver, fuese como fuese, y pasó a la de la depositada. Miróle al rostro, y parecía con su serenidad y apacibilidad que le daba las gracias de tan buen oficio y defensa como le debía. Y pisando con los pies alguna cosa, vio que eran las prendas que habían quitado a la muerta. Recogiólas todas, y poniéndolas con gran respeto en el pecho y componiendo muy bien el velo y el vestido, le puso en las manos un papelcito doblado que decía, escribiéndolo con lápiz que traía consigo:

«Esta noche entre las doce y la una dos hombres infames y descomulgados han cambiado los dijes y adornos de esta doncella y se llevaban los que traía puestos. Pasar querían a ultrajalla; mas otro muerto que invisiblemente la guardaba hala defendido del ultraje y profanación que iba a padecer, y recogido las prendas robadas. Si se quiere saber quiénes son los desalmados que tan gran maldad acometieron, véase quién de los sirvientes de esta iglesia está gravemente contuso de la espalda, y él es uno de ellos y sabe del otro.» Hecho esto y al retirarse vio una cosa blanca en el suelo, alzóla y se halló que era el bolsillo de los treinta escudos que el perdido del joven había dado al sacristán y se había éste dejado caer sin cuidar de recogerle. Míos son, dijo; porque aunque los haga vocear al pregonero, seguro es que no vendrá su dueño a pedillos. Y con esto se retiró a su capilla, volviendo los candeleros a su lugar, y se recostó en el arca.

Mas de la escena que había visto le comenzó a nacer en el ánimo tan grande horror, que se le levantaron los pelos de la cabeza, y se le iba la fuerza de los miembros y la vida del corazón. Al fin, pensado en la obra tan caritativa, y tan heroica y santa que había hecho se fue sosegando y aguardó el día.

Púsose luego a pensar en su estado, y después de verse mil veces en poder de los alguaciles de Huesca y de escapárseles otras tantas por casualidad, y a malas penas, todo en su imaginación, determinó hacer la más atrevida y graciosa travesura que hombre jamás ha imaginado, como se verá en el capítulo siguiente.

Capítulo V. De lo que hizo Pedro Saputo para librarse de los alguaciles


¡Oh libertad preciosa,
no comparada al oro
ni al bien mayor de la espaciosa tierra!
¡Más rica y más gozosa
que el preciado tesoro
que el mar del Sur entre su nácar cierra!
Con armas, sangre y guerra,
con las vidas y, famas
conquistadas en el mundo;
paz dulce, amor profundo.
Que el mal apartas y a tu bien nos llamas:
en ti sola se anida
oro, tesoro, paz, bien, gloria y vida.
 

No quería Pedro Saputo perder este oro, este tesoro, esta paz, este bien, esta gloria y esta vida que tanto encarece aquí el poeta, y que con un solo nombre siempre dulce y amado llamamos libertad. No la quería perder, y ya estaba sin ella, porque la verdadera libertad tanto está en el espíritu como en el cuerpo, y él tenía el espíritu con las prisiones del miedo tan oprimido, que en ninguna parte sosegaba y de ningún modo se gozaba, como si con una cuerda elástica desde Huesca le hubiesen atado el alma, y él pugnaba por romper la ligadura y sujeción, y no le era posible. Hacía de su cuerpo lo que quería, y con todo no era libre, porque con el temor de la justicia cuyos ministros le parecían todos los hombres, no tenía paz ni descansaba, ni osaba mirar a cualquiera que pasaba a su lado. Y si fue mucho encarecimiento decir, como lo dijeron algunos filósofos antiguos, que el hombre sabio y justo aun en la esclavitud no dejará de ser libre, pero quitando un poco de ese extremo a esta opinión sistemática y poniéndola en el otro término, es innegable que en la libertad del cuerpo no está esencialmente la del ánimo, y que cuando éste carece de ella, también le falta a aquél porque no se asegura. Así que padece el hombre muchas esclavitudes, o esclavitud de muchas maneras, las cuales se pueden reducir a una sola explicación general, diciendo que es causa de esclavitud todo lo que oprime o inquieta el ánimo, y que por consiguiente sólo puede ser verdadera y constantemente libre, el hombre justo y animoso, el hombre de bien y sereno, el hombre de conciencia clara y pura que nada teme, sobre todo si se contenta con su suerte, y no le trae inquieto y desvelado la ambición, la codicia u otra pasión lanzada a sus viciosos términos.

Adonde quiera que iba Pedro Saputo llevaba las prisiones del miedo, como se ha dicho; y trabajándose por romperlas dio en un pensamiento diabólico y se arrojó a una temeridad que sólo a él pudiera ocurrir y de que sólo él pudiera salir con la cabeza sana.

Estaba, pues, en su capilla de la iglesia revolviendo su proyecto y previniendo los casos y dificultades que donde quiera pudieran levantarse; y paso a paso y sin él moverse fue viniendo el día. Se abrieron las puertas, entraron las gentes, y cuando le pareció se salió a la calle y fue a las tiendas y compró tela, hilo, seda y demás cuenta; se llevó un pan y unas salchichas, y hecho un fardito de todo se fue de la ciudad río arriba. Llegó a un sitio retirado y oculto; plantó sus reales y se puso a cortar y luego a coser un vestido de mujer tan retrechero, que cuando se lo puso, él a sí mismo se parecía mujer real y verdaderamente como si tal hubiese nacido. Compúsose también el pelo que le tenía negro y largo; y aderezado, atildado y pulido quedó convertido en la muchacha más denguera de toda la tierra, tan satisfecho y alegre que dudó si volvería en su vida al traje y pensamientos de hombre. Comióse enseguida el pan y las salchichas, que era ya hora porque el sol caía ya a ocultarse en la sierra de Monegros, bebió del río, volvió a mirar y esperar un poco, hizo dos o tres zalamerías de doncella requebrada, echó pelillos al aire, y desnudándose y recogiendo en un pañuelo el traje de mujer se fue a pasar la noche a donde le guiasen los pies y su buena ventura.

Como viese al salir del barranco una aldea, empinada en los primeros montes, se dirigió allá posando en la primera casa que encontró abierta. Cenó largo y sabroso, pagó bien a la huéspeda, que era una pobre madre de cuatro hijos y sin marido porque trabajaba en otro pueblo, durmió en una cadiera o escaño con una manta en la cocina, y con el día se despidió de aquella humilde posada y se salió del lugar y dijo: mamola, alguaciles. Y dicho esto se arrojó de pechos al agua tomando un viento que no le siguiera aun con la vista el más ligero andarín del mundo.

¿A dónde fuera él en un día si no parara?, y eso que no iba por caminos, sino siempre a campo traviesa, que no todo era tirado y de paso recto. Paró a comer en un pueblo, y a dar tiempo al día en un bosque, luego en un cerro, después en un río donde se vistió de mujer y rasgó y esparció el vestido de hombre; y al caer de la tarde se encontró cerca de una población granada, pareciéndose a un lado un edificio grande y distinguido que por algunas señales conoció que era convento de monjas. ¡Esto es lo que buscaba, dijo; aquí de mi ingenio; aquí de toda la versucia y tacañería que me dio mi padre y la Pupila de Almudévar! Ahí es donde yo he de entrar, porque así lo ordenan la necesidad y el miedo que aquí son una sola persona. Y ¿qué vida debe ser la de estas mujeres que huyen del mundo sin saber por qué y sin que el mundo se le dé ni se le quite de ellas? Ahí viven encerradas mirándose y revolviéndose sobre sí mismas como agua divina de su corriente, como pez en redoma, como culebra tapada en su agujero. Ahí viven solas, mujeres solas, mujeres siempre y sólo mujeres entretenidas en rezar latines que así los entienden como yo sé si fray Toribio el del guijarro quedó vivo o muerto en la capilla. Pues ahí se ha de penetrar, y entrar Pedro Saputo, y ahí de vivir lo que pueda, a la moda mujeril hasta que saque de tino media docena de ellas, o yo le pierda y haya de salir huyendo y volver a este mundo que ahora yo voy a dejar sin despedirme ni decille: mira que tramonto.

Dichas estas palabras hízose un gran rasgón en el vestido, se descompuso un poco el tocado y el cabello, se dio dos o tres arañazos en la cara y un recio bofetón a un lado, embarró un poco una media y se afeó con otros desmanes; representando una muchacha escapada por milagro de las manos de unos insolentes y perros de arrieros que quisieron violarla. Sacó el color de tristeza y compunción, se mojó y refregó los ojos con diez salivas y una poca de tierra, y así parado se llegó al torno y tocó la campanilla; respondióle una voz gangosa con el Ave María de costumbre, y él dando grandes suspiros y sin decir palabra prorrumpió en llorar como desahogándose de una gran congoja que le inundaba el pecho y le ahogaba. Al fin pudo hablar, y a las cien preguntas que le hizo la gangosa madre, pudo decir que era una muchacha que llegaba muerta de miedo de los hombres de cuyas manos le había librado Dios por dos veces aquel día yendo al pueblo de una tía pobre y enferma para cuidalla, a donde la llevaba un tío, hermano de su padre a quien unos ladrones ataron de pies y manos. ¡Oh válgame Dios lo que inventó y dijo allí de repente para que por caridad y hasta saber de su tío y avisar a un hermano que tenía tejero o pelaire en la tierra baja la admitiesen en el convento! ¡Lo que suspiró y lloró y fingió y mintió de punta, de llano, de tajo y de revés en un instante! La tornera condescendió en avisar y llamar a la priora, a la cual comenzó de nuevo a referirle, siempre sollozando, las mismas y otras cien patrañas, y a llorar y desatinar de modo que de compasión y en clase de criada por algunos días, si otra cosa no se pensase, la admitió al fin y la abrieron la puerta.

Capítulo VI. Pedro Saputo en el convento

No tomó el hábito de monja, como quieren decir algunos y cree el vulgo ignorante, que hasta han llegado a afirmar que profesó y vivió tres años en el monasterio. Todo es falso, todo inventación y donaire de hombres desatentados y burlones. ¿Y para qué? Para concluir con un cuento absurdo, infame y asqueroso que da náuseas y vergüenza. Nada de indecente, nada de negro ni de mulato pasó en aquel convento; de gracioso y amable, sí, mucho, porque no cabía otra cosa en la edad y miramiento de Pedro Saputo, ni en la amabilidad y virtud de aquellas señoras.

Admito, pues, dentro de rejas, que entonces no eran tan quisquillosas ni tan fuertes ni espesas como después se hicieron en todos los conventos como precaución necesaria contra la fragilidad humana que dentro se refugia, y diciéndoles que se llamaba Geminita, le destinaron por de pronto de ayudanta a la cocina, haciéndole sotacocinera. Duro le fue, repugnante y afrentoso; pero a dicha, de ahí a tres o cuatro días le preguntó la madre priora si sabía coser, y dijo que un poco a la moda y gusto de las gentes del siglo; y por prueba le dio a coser dos pares de calzoncillos de un reverendo exguardián que malas lenguas decían había sido y era en el día el amor más amartelado de una hermana de la priora, casada en el pueblo y ya viuda a la sazón; lo cual, como ve el lector, maldita la cosa que tocaban a la bienaventurada monja.

A poco rato conoció la priora que Geminita cosía con más primor que las más reputadas entre ellas, y mostró la labor a otras monjas, pareciendo tan bien a todas, que por acuerdo unánime o más bien por aclamación le sacaron de la cocina y declararon la doncella de labor de la comunidad, tratándole con mucho cariño, y procurando las más de ellas mostrársele muy suyas, mereciéndolo todo su modestia, su afabilidad y buena gracia.

Prendáronse de él muy especialmente dos novicias que había casi de su misma edad. La una porque de chiquita cayéndose de bruces en el fuego del hogar se volcó encima una olla de agua hirviendo y se había quemado el cuello y todo un pecho, creyeron sus padres que sería inútil para el mundo y la inclinaron desde luego a monja, dejándose ella inclinar y llevar al fin, si querer si no querer, más de decir que sí muy inocentemente a todo lo que le proponían. Y la otra, vecina y amiga suya, la siguió pocos días después sólo por hacer lo mismo; y llevaban entonces de seis a siete meses de hábito.

Estas dos muchachas, pues, le manifestaron mas cariño por ser de su misma edad, puesto que la mayor, que era la quemada, tenía dieciséis años y meses; y la otra no más de esos meses menos. Para vivir y hablarse y tratarse más libremente rogaron a la maestra de novicias que pidiese a la madre priora la gracia de dejar dormir a Geminita en el noviciado, la maestra era de suyo indulgente, y habló aquel mismo día a la priora, la cual por contentar a todas cuatro concedió con su deseo, sucediendo esto a las dos semanas cabales que él estaba en el convento.

Con el mayor cuidado iba él en todo para no descubrirse; hablaba poco y siempre con oportunidad y agudeza, pero sencillamente y como si fuese cosa natural y sin advertencia. De suerte que sólo con sus palabras y buen modo se había de meter en el corazón y en los tuétanos de todas ellas; y así sucedía, hasta abrazarlo y darle de besos jóvenes y viejas cuando le oían hablar con tanta discreción y sabiduría. Por supuesto, él se dejaba abrazar y besar, por no dar sospecha, pero no solía volver estas caricias sino rara vez. Como que se le quejaban amorosamente de su esquivez e insensibilidad. Las que más se quejaban eran las dos novicias, porque también eran las que mas cariños le hacían. Llamábanse ellas la una Juanita, y la otra Paulina. La Juanita era la del pecho quemado.

Había tenido Paulina mucho miedo a los muertos y a los duendes, y aún le duraba; como que la maestra de novicias les permitía alguna vez dormir juntas, cosa que no se usaba ni aprobaba la regla. Alargaron esta libertad luego que estuvo allí Geminita, y alguna vez dormían las tres juntas, dejando él correr siempre la ignorancia de aquellas muchachas.

Al cabo se hubo de descubrir diciéndoles un día, que estaba muy triste porque a su parecer se volvía hombre. Riéronse aquellas inocentes niñas; él insistió en que era verdad, y ellas en reírse y no hacer caso. Pero como por eso no dejaban de llamarle como antes, lo hubieron de creer, pero sin sospechar el engaño y teniéndolo solamente por un caso muy raro y casi milagroso. Porque dudar que entró mujer en el convento ni aun ocurrirles podía. Conque pasaron cerca de dos meses de esta manera con la mayor sencillez y naturalidad del mundo, y sin el menor escrúpulo ni reparo.

El mayor peligro que corrió su disfraz constantemente fue el que olvidado del papel que hacía descubriese que sabía leer, y andaba sobre esto muy advertido, no tomando nunca ningún libro en las manos por más que los veía en todas las mesas, bien que reducidos a breviarios, diurnos y devociones cristianas; y si alguna vez abría alguno lo miraba un rato y decía: esto es o..., y ésta, ele, y nombraba tres o cuatro letras, siempre las mismas, de lo que se reían mucho las novicias y las otras monjas. Y nadie se acordaba de su familia ni se trató de escribir a su pueblo.

Aún hizo otra inocentada. La organista era una coja, que fuera de esta falta y la de un diente, era bastante graciosa y la más lista y atrevida de la comunidad; pobre de su casa, y a quien admitieron por el oficio. Pasando un día Geminita por su celda entró y vio que ocultaba muy aprisa un papel sucio, y le dijo: —Perdonad sor Nazaria; pero ese papel, si está escrito yo no he de leerle, y escrito o no, ha de untar todo lo que toque según he visto. —Mas que unte, respondió la monja; le meto aquí cerca del corazón porque es de una persona a quien tengo aposentada en medio de mis entrañas; y te lo descubro porque eres discreta. Oye lo que contiene: «Dulcísima y graciosísima paloma mía: me hacen ir a predicar tres sermones, y tardaré dos siglos a volver, que dos siglos y más serán para mi enfermo corazón dos semanas que estaré sin ver tus ojos amorosos, sin oír tu voz encantadora, sin contemplar tu rostro hechicero, sin darte y recibir aquellos aspirados abrazos de ti y de mí solos entendidos. Si puedo, iré a despedirme; pero por si acaso escríbeme esta tarde, y aplica al papel una docena de besos como yo los doy a éste para que tú los recojas. ¡Prenda mía! ¡Dueño mío! Tu imagen, que siempre tengo presente, será mi ídolo en esta ausencia, así como tú, ausente y presente, eres mi vida y mi alma. Tuyo N.» —Tierno y enamorado está el sujeto, dijo Geminita; pero su papel merecía otro cuidado, que no dirán sino que habéis limpiado con él la lámpara o envuelto una morcilla asada. —Es, dijo la monja, que me lo ha enviado dentro de un pichón cocido y relleno. También yo le mando los míos en dulces, en bizcochos, en lo que puedo. —Y, ¿qué sacáis, decidme, le preguntó, de esos amores no pudiendo ver sino de lejos y siempre reja en medio, ni trataros sino por escrito? ¿Qué gusto pueden tener unos besos que vienen envueltos con todo un pichón guisado, oliendo a especias y tan pringosos? —No lo entiendes, respondió la monja; si no fuera esto nos moriríamos todas de bostezos y encharcamiento. Porque has de saber que fuera de algunas de gusto muy soberbio, como la priora y sor Mercedes, todas tenemos cada una su cada uno, y tratamos cuál con un fraile, cuál con un beneficiado, cuál con otro que se le previene, y así, hija mía, tenemos ocupado el corazón y entretenido el pensamiento. Y si esos hombres pudieran entrar... Y no es difícil, porque ya yo sé cómo y por dónde; pero el mío es fraile y se sabría, que si no... Pues, como decía, si pudiesen entrar, todas nos perderíamos, porque todo iría a barrisco. Nuestro amor es más violento que fuera en la libertad del siglo. Yo me acuerdo que quise bien a un joven antes de venir, porque vine ya de veinte años y hace nueve que estoy, y aquel amor en ninguna desesperación me ponía, como éste me pone a veces, y como yo conozco que les sucede a otras con los suyos. Porque aquí lo que es al exterior, mucha humildad y mansedumbre, mucha paz y tranquilidad; pero interiormente y a solas son las batallas y furores, y el arder de las entrañas, y el consumirse el fuego, y el estallido y rumor de las llamas que envuelven y abrasan todo. Aun la madre priora ha tenido sus quebraderos de cabeza, y quizá los tiene en el día, pero lo disimula mucho o por la edad no siente ya con braveza. Y sor Mercedes, si no los tiene, es porque dice que el que ha de gustalle y merecer su amor ha de ser muy superlativo, y después muy prudente para saber sufrir y callar, y no andar haciendo el enamorado y el suspiroso, y menos diciendo niñerías trasminándose por todas las junturas. Cada una tenemos nuestro gusto y nuestras aprensiones.

—Yo creía, dijo Pedro Saputo haciendo el simple, que las monjas eran todas santas. —Y lo somos, respondió ella; pero hechizas y de botarga: de las verdaderas pasó ya el tiempo. Mira: dicen que el mundo, el demonio y la carne son los enemigos del alma; pues yo te aseguro que en ninguna parte se la llevan tan de calle como en los claustros. Es cierto que el mundo no se nos ofrece por plazas y palacios, no nos deslumbra con su pompa y vanas apariencias; ni se parece en el estado y vida que seguimos; pero viene a nuestras rejas y se nos entra por ellas con todas sus inmundicias, y nos mancha aún más que a los mismos que le componen. Aquí se pregunta y averigua cuanto pasa en el lugar, y lo que gastan aquél y aquélla, y de dónde y cómo; y lo que habla y trata y se descuida la doncella, y lo que engaña la casada, y se desenfada la viuda; sabiendo por días y aun por horas la vida del clérigo, del facultativo, del caballero, del villano, de todos en una palabra, grandes, medianos, y chicos; y lo pensamos, y lo revolvemos y murmuramos, y ya la envidia, ya el juicio temerario, ya la más refinada malicia nos consume, nos contenta y da venganza. Pues entre nosotras (y aquí entra el demonio), palomitas sin hiel, tórtolas arrulladoras de la soledad, ¡ay, qué tela, dijo el sastre!; ¡ay, qué inocente, dijo el novio!; todo es motejarnos, criticarnos, calumniarnos, desollarnos; todo soberbia, pasiones, chismes, odio, bandos, riñas, celos, despiques, envidias, reconcomios; y a vueltas de esta ficción e hipocresía, llamando al mundo perdido y relajado, y haciendo que damos gracias a Dios por habernos librado de sus peligros.

—El demonio de la vanidad, que si otra cosa no topase pegará a una verruga, nos tiene más rendidas y esclavillas que a las mujeres más tontas y profanas del siglo. Nunca nos llaman al locutorio, que no nos pasemos revistas y demos tres manos en el espejo, para que el velo caiga así, vuele asá, juegue de esta manera, descanse de la otra; y que la toca, y la correa y la cadena y el escapulario digan algo al que nos mira, como si por mucho que nos atildemos podemos dejar de ser mujeres visiones y bellezas de carnerario, ni más ni menos que los frailes dejar de heder a sobaquina.

—Pues en cuanto a la carne, ya te he dicho lo que nos sucede, porque tan mal inclinada está aquí, y alguna vez tan avezada, como allí fuera, y siempre más irritada, o al menos más fácil y rebelde, bien que menos libre y satisfecha. Mas yo, Geminita, miro todas estas cosas como oreo de abanico y te digo y aseguro que si diez veces naciera, diez veces me pondría a monja, dado que fuese para pasar aquí el infierno y allá el purgatorio; o al revés, y me salían las hogazas hostias. No saben, no, las gentes del mundo lo que pasa en los claustros, ni lo podrían entender sin vello ni esperimentallo. ¡Oh, qué diferente lo juzgan y lo creen todos, como lo creía yo misma, que me imaginaba aquí la inocencia y la vida del paraíso!

—Muy engañada, pues, vivía yo, respondió Pedro Saputo; y aunque en los días que hace que estoy he visto algo, pero no tanto como todo eso. —Porque sois muy niña y no tenéis malicia, dijo la coja; creced, creced, creced, mudad ese hábito en el nuestro, haced la cruz y nudo gordiano de los votos, y entonces veréis y me lo diréis si queréis decir la verdad. Mira, pues, qué punto éste de la verdad. Aquí, Geminita, se miente más que en una feria, más que en la tienda de un mercader sin conciencia; y la que trata verdad, segura tiene encima la burla y el desprecio de todas. Y cuidado de fiarte de alguna, porque no se sabe lo que es la lealtad, y de la caridad sólo se conoce el nombre.

—Con todo, replicó Pedro Saputo, a mi parecer habéis ponderado un poco muchos defectos harto ligeros, levantando montes en el llano. Yo no los miro con vidrios de aumento ni del color de las pasiones; y veo caridad, indulgencia y buen espíritu, y no encuentro esa discordia del infierno que todo según decís lo lleva a punta de lengua y dardo de víbora. Porque, ¿qué son algunos desvíos, alguna contienda, algunas contradiccioncillas? Entre hermanos se ven, y aun entre padre e hijos, y no por eso dejan de ser lo que son, y luego se les olvida y vuelven a tratarse y confiarse como si nada hubiera pasado.

—Mas dejando todo esto, si os parece, ¿no queríades enseñarme a leer y tocar el órgano? —Si la madre priora quiere y te deja, respondió la monja, por mí con mucho gusto. Pídele la gracia; sí, sí, pídesela y seremos buenas amigas. Con efecto, habló a la priora y le otorgó la gracia, discurriendo que si a la muchacha la podían sacar un poco letrada y organista, se quedara de segunda y la profesarían de monja de obediencia. Y dio principio a su estudio aprendiendo la paleta de la Jesús y tecleando continuamente en un instrumento que tenía la coja en su celda. Quiso ésta enseñarle también la solfa, y él dijo que lo que importaba eran las letras y las teclas, que eso vendría más adelante; y en ocho días hizo que aprendía y conocía todas las letras de la primera línea de la paleta hasta la H, de que estaba muy vana la coja. Y unos ratos cosiendo, otros tecleando, y sirviendo también a la priora y a alguna otra monja de las de copete, y traveseando algún rato con las novicias, se daba muy buena vida.

Capítulo VII. Descúbrese a las monjas

Al cabo de poco más de dos meses le pareció que el bozo del labio se le iba espesando a más andar, y dijo a sus dos enamoradas novicias, que era ya tiempo de pensar en lo que debían de hacer. Porque si ella (él) se quedaba hombre como llevaba trazas de serlo toda su vida, allí no podía estar; y si las madres lo sabían, habría gran tempestad de escándalo y aspavientos. —Pues si tú te vas, le respondieron, nos moriremos las dos de pena. —Callad, dijo él, que ya daré yo traza para que os vayáis también vosotras y nos veamos las tres fuera de esta prisión, y nos amemos y busquemos y tratemos a nuestra libertad y gusto. ¿Qué, no queréis volver a vuestras casas y al estado libre que teníades? —Sí, sí, dijeron las dos muy contentas; ¿pero cómo haremos? —Ya yo lo tengo pensado, dijo él, y os lo comunicaré a su tiempo. Agora entended que yo no puedo menos de manifestar a la madre priora lo que me pasa, y figuraos ya lo que resultará; no puede dejar de ser mi salida del convento. Pero antes quedará muy bien ordenado lo que toca a vosotras. Oían ellas esto y les saltaba el corazón de júbilo porque se habían abierto sus ojos y veían que aquel estado no les convenía.

Con mucho rubor al parecer y con algún miedo realmente fue él a la celda de la madre priora y le dijo (pidiéndole antes perdón y suplicándole no la maltratase), que según había advertido, hacía algunos días que se tornaba hombre; y que lo era ya casi entera y cumplidamente. La priora al oír tal disparate, que disparate y grande era para ella, se echó a reír, le miró a la cara, y después de un rato dijo: —Tú, Geminita, estás de la cabeza. ¿Qué te sucede, pobrecilla?, ¿qué es esto?, ¿tienes cariños de tu tierra?, ¿o estás en tu mala semana y eso te turba el juicio? No te aflijas; llamaré a sor Mercedes, que es mi íntima amiga, y te quiere también mucho, y veremos lo que se ha de hacer contigo. Agora vete al coro y reza nueve Padrenuestros y nueve Salves al santo del día, a nuestro beato patriarca y a la Virgen de tu devoción; y a las siete volverás y veremos. Con esto le tomó de la mano con bondad y le besó en la frente. Llamó a sor Mercedes, díjole lo que había, y se rió también mucho y lo tuvo por imaginación, quedando por último, en volver a la hora citada.

Fue, por supuesto, al coro Pedro Saputo y rezó lo que le mandó la priora, no para que los santos que invocaba le volviesen el juicio que no había perdido, sino para que, pues iba a salir de aquella seguridad y asilo, de aquella oscuridad y retiro, le librasen de los alguaciles de Huesca. Y llegó la hora entre tanto y se presentó en la celda de la priora donde le aguardaban las dos amigas. —Paréceme, señoras y madres mías, les dijo, que la oración de coro me ha acabado de convertir en hombre, no sólo porque lo soy ya perfecto en mi cuerpo, sino porque me siento unas fuerzas extraordinarias, y un gran deseo de manejar espadas y arcabuces, y de montar y correr caballos; y hasta el rostro se me ha mudado. Y diciendo esto braceaba y apretaba los puños, y ponía el semblante fuerte y levantado. Y aun para prueba, dijo, mirad y perdonad (y tomó a sor Mercedes y la jugó como a una muñeca, y luego a la priora, aunque más gruesa); y se admiraron las buenas monjas, y creyeron que efectivamente era ya hombre o lo iba a acabar de ser muy aprisa. La escena fue divertida, la risa grande, y después la admiración y el pasmo de aquellas dos benditas mujeres, sin poder resolverse del todo a creer lo que veían, ni tampoco dejar de creerlo. En conclusión acordaron no decir nada a la comunidad y dar ocho días de tiempo a Geminita para que se reconociese mejor y pudiera afirmar y ratificar lo que acababa de declararles. Inclinábalas mucho el esfuerzo de que hizo alarde, y aun el semblante que de golpe se les figuró más robusto y que tiraba a señas de hombre, cuando hasta aquel día les había parecido mujer. También se les representaba más alto de estatura, y su cuerpo más derecho y liso. Y estuvieron hablando bien dos horas, terminándose el consejo con la resolución (mientras él estaba ya jugando con sus novicias) de desechar toda prueba que ofendiese el pudor o repugnase a Geminita; aunque siendo todas mujeres (dijo la priora) no debería ser tanto el empacho.

Propuso asimismo la priora consultar al padre confesor; y a sor Mercedes, que era más avisada y cuerda, no le pareció bien por muchas razones y otros tantos motivos que expuso largamente, resumiéndose en que por su parte ni se consultaría a nadie, ni se atropellaría a la muchacha, ni quería tener escrúpulos; y se conformó la priora.

En aquellos ocho días tuvieron las dos monjas muchos coloquios, y siempre quedaban en lo mismo, ocultándose empero la una a la otra, a pesar de su intimidad, que las dos miraban a Geminita con otros ojos que la habían mirado hasta entonces, y que la querían también más y con otro gusto.

No tuvo él a sus carísimas novicias mucho tiempo suspensas, sino que por si pasados los ocho días se veía obligado a salir del convento, les previno y dijo: —Ya veis, queridas mías, que este estado y esta vida no os conviene; engañadas vinisteis, o ignorantes más bien y sin saber lo que os hacíais. Y pues me decís que os moriríades las dos en pocos días si aquí os quedásedes, voy a daros la traza, que habéis de inventar y seguir para saliros y volver a vuestras casas. La una se fingirá enferma y la otra muy triste. La madre priora habrá de escribir a los padres de la enferma; vendrán, le pediréis que os saquen unos días, y ya no volvéis. El modo como habéis de hacer esto... —No hay para qué cansarse, dijo denodada Juanita; ya te hemos entendido; yo soy la enferma y Paulina la triste. A los dos meses que tú hayas ido, que ya faltará poco para nuestra profesión, se hace el embeleco, y te prometo que saldrá bien, quiera que no quiera. ¿Yo quedarme aquí? Primero me tiraré de la ventana más alta. —Y yo, respondió Paulina, me asiré de tus faldas y caeremos juntas. —Para fingirte enferma, continuaba Pedro Saputo... —¡Que das en ser porfiado!, le interrumpió Juanita. He dicho y repito que está calado. Con dejar de verte y derrengarme un poco de ánimo enfermaré yo tan de veras, que puede ser que después me cueste medio año de convalecer; y si quiero un año. Pero, ¿nos das palabra de venir a vernos? —Sí, respondió Pedro Saputo; y vosotras, ¿me la dais a mí de quererme siempre como agora? —Sí, y más aún, le dijeron las dos. Y quedaron en esto.

Pasados los ocho días se volvió a presentar a las madres, y confirmó y ratificó lo que les había dicho, asegurándoles que sin remedio era hombre, y hombre del todo, y sólo hombre; que le repugnaban los oficios de mujer, y se afrentaba ya del traje y persona de mujer, que en su consecuencia conocía que no podía estar más en el convento; que lo sentía mucho, pero que ya veían que Dios en sus inexcrutables e inapelables juicios había dispuesto otra cosa. ¡Oh, quién lo dijera!, se enternecieron aquellas dos sensibilísimas y apreciabilísimas señoras. Y él que lo advirtió, continuó diciendo: —Yo hasta ahora he merecido de la bondad de algunas madres, de vuesas mercedes especialmente, algunas muestras de cariño que quizá ya no me atreveré a devolver como antes; y es otra prueba más de mi entera transformación, pues la veo y siento en la amistad de unas personas a quien tanto favor y quizá amor he merecido. A esto nada contestaban ellas, miraban solamente, y les parecía que Geminita hablaba más doctamente, y como si desde que era hombre tuviera infuso el saber y la autoridad. La priora, por fin, le dijo: —Pues bien, cuando quieras, cuando te parezca determinarás tu salida del convento; en la inteligencia que nosotras no te echaremos; a tu prudencia y voluntad lo dejamos. —Yo, les contestó, no me iría nunca; no, señoras; que muchas lágrimas veo habrá de costarme. —También a nosotras, dijo la priora; y desde agora te pedimos nos des nuevas de ti, sucédate lo que te suceda. Y mientras estés en el convento sé prudente y no digas nada a nadie; sobre todo a las novicias.

Acordado esto y mordiéndose Pedro Saputo los labios sobre lo que había en otra parte, les pidió que le facilitasen ropa, cualquiera que fuese, para hacerse un vestido de hombre. Vendrás mañana, le dijeron, y la tendrás prevenida. Con efecto acudieron a algunas túnicas y mantitos de santo, porque no tenían otra cosa a mano, y para gorra una tuniquilla de terciopelo morado de un niño Jesús Nazareno, guarnecida con galones de oro; y en tres días se hizo todo el traje. Nada dijo a las novicias, sino que la noche que lo tuvo concluido, se lo puso y reuniéndolas de antemano en la celda de Paulina se les presentó vestido de hombre y con una airosa pluma en la gorra que se acomodó de una de pavo real que tenía la priora. Cuando ellas le vieron, pensaron volverse locas de amor, y en media hora no acabaron de mirarle, ni en una, ni dos, ni en toda la noche, de hacer extremos y regalarse con él y regalarle el corazón y el alma.

Al día siguiente propuso y pareció bien a la priora, que por la noche, después de cenar, se vestiría en su celda para que le viesen ella y sor Mercedes. Reuniéronse con efecto, y él para causarle mayor las rogó que le peinasen y tocasen a lo hombre y caballero, que lo hicieron ellas de bonísima gana. Entróse en la alcoba, vistióse, púsose la gorra un poquito inclinada a un lado, y con una gracia y bizarría capaz de marear a una santa pintada, sale y se para fuera de las cortinas mirando afable y risueño a las monjas, las cuales al verle creyeron que era una visión del cielo. Tan galano estaba, tanta era su hermosura, tal su aire y gallardía. Mirádolas que hubo un poco, y sonriéndose con una ternura que derritiera la nieve, y preñándosele los ojos de lágrimas corrió a la priora con los brazos abiertos, y luego a sor Mercedes, y ellas le recibieron con el mayor regalo que pudieron porque ni la una ni la otra sabían lo que les pasaba; y sólo les parecía que ni Geminita era Geminita, sino el ángel del amor, ni ellas sor Fulana y sor Zutana, sino otras dos mujeres a quienes un fuego súbito interior que jamás sintieran les estaba deshaciendo el corazón y turbaba la razón y los sentidos.

Al día siguiente le llamó sor Mercedes a su celda, y cerrando la puerta dijo: —Desde el primer día que nos hablaste de lo que dices te sucedía, he estado pensando cómo podía ser; y al fin, Geminita, me doy a entender, y creo que estoy persuadida, y no me hará nadie creer otra cosa, que tan hombre eras cuando viniste al convento, como agora, porque esa transformación sería un milagro muy grande, y tan jocoso como grande, y no le había de hacer Dios así por pasatiempo y juego. Pero sea lo que quiera, no te estrecharé a que me descubras el misterio de tu persona y de tu venida a esta casa, porque misterio es y no pequeño por más que lo disimules. Ni tú eres tan ignorante como te finges, ni tan sencillo como aparentas, ni te llamas Geminita, ni veo en ti sino un profundo secreto que harás bien de no revelar a nadie porque así estarás más seguro. Así como yo nada he dicho de esta sospecha a la madre superiora, porque es algo aprensiva y podría romper por donde no vendría al caso. Tu mirada, en medio de tu advertido continente y serenidad, me dice que es verdad todo lo que estoy diciendo. Pero te has cansado de vivir con nosotras y quieres irte; o has satisfecho ya tu curiosidad y tu gusto. Vete en hora buena, aunque por mí te juro que no te irías; y si me fuese posible también te seguiría. Porque vine muy engañada, y engañada vestí este hábito, y más que engañada profesé y abracé un estado que si no me hace tan infeliz como a otras, porque no tengo la imprudencia de dar coces contra el aguijón, y me conformo con el dicho del vulgo y de la resignación animosa, que dicen a lo hecho, pecho; con todo confieso que me hace vivir sin vida. En adelante empero, no sé cómo me irá, porque tu presencia y bellísima figura no se borrará de la memoria fácilmente; no, joven apreciable. ¡Y te vas! ¡Te vas ahora que te hemos conocido!, ¡y sin saber quién eres!, ¡sin saber quién es el que en una edad tan de niño tanta discreción ha tenido viviendo entre nosotras, tal desenvoltura ha ejecutado, tanto amor y encanto ha esparcido en esta casa...! Disimula y no extrañes estas lágrimas... ¡te quiero, joven amable! Sí, ¡ay! te quiero... sólo te pido... que hables por fin... y... que me consueles...! Y diciendo esto y llorando se echó en sus brazos.

Otro día la priora, aunque con algún rodeo y menos franqueza, le vino a decir lo mismo, y también dejó correr una lágrima y se le escaparon algunos suspiros; todos más templadamente ya por su carácter, ya por su edad, pues contaba cuarenta y cinco años, cuando sor Mercedes tenía sólo treinta y uno, y aunque de espíritu levantado era más delicada y amante.

No sabían estar sin él aquellos días que indefinidamente permanecía en el convento; y él por gratitud y por afecto, porque era imposible dejar de corresponder a tantos favores, las contemplaba lo más sensiblemente que podía.

Capítulo VIII. Sale del convento

Divulgóse la voz que se iba Geminita, y hubo una consternación general en la comunidad. La coja, o sea la organista, dijo, que después que la había comenzado a desasnar (¡una coja desasnar a Pedro Saputo!) la echaban del convento para que fuese a otro a lucir su habilidad; añadiendo con su desenfado natural que más valdría se muriesen la mitad de las monjas y aun el mismo padre confesor, que no se fuese Geminita. Una vieja llamada sor Bonifacia, que había sido muy viva y conservaba aún la valentía de su verde edad, se presentó a la priora y le dijo: ¿qué hacéis, madre priora? ¿Cómo dejáis ir, si es que no la echáis, a esa preciosa muchacha, cuando la deberíamos conservar como una reliquia? Desde que está en el convento han cesado los odios y las discordias que antes había; porque en viéndola a ella a todas se nos amansaba el pecho y se templaba la saña. Bien sabéis que sor Venancia y sor Tolomea nos tenían afligidas con sus batallas, y que hace pocos días encontrándose en el claustro nuevo se arrifaron de modo que se hicieron pedazos los velos, y se asieron de las tocas, y se arrancaron, y pasaron a lo que yo me doy vergüenza de decir; y presentándose allí de improviso esa muchacha, o ángel o lo que sea, que iba a sus obligaciones, y parándose a mirallas como pidiéndoles el paso pacífico, cesó el combate como por encanto, y sin más que decilles con aquella su gracia tan atractiva, con aquel tono y voz que derrite las piedras. ¡Ay, señoras, que eso no lo creerían las gentes del siglo de personas tan virtuosas!, se aplacaron y separaron, y agora se hablan ya si no como amigas al menos como enemigas. Mirad por Dios que no echéis de casa a esa muchacha, porque haced cuenta que echáis del convento la paz y la alegría.

Y decía bien la madre Bonifacia, porque a lo menos este bien sí que se lo debía la comunidad; tal era el poder de sus palabras, y aun de su sola presencia. Así es que para todo la buscaban. Geminita lo ha dicho; Geminita lo ha hecho; Geminita es; Geminita entra; Geminita sale; Geminita sube; Geminita baja; Geminita va; Geminita viene. Y con razón todo, y más y mucho más que hicieran. Porque si se ofrecía cortar alguna prenda de ropa, aunque fuesen unos calzoncillos de fraile, llevaba mucha ventaja en facilidad y perfección a la misma sor Mercedes, que era la mejor tijera de la comunidad; si coser, dejaba muchos puntos atrás a sor Ángeles, que era también la mejor aguja del convento; si bordar, su primor hacía encoger a todas; si vestir alguna imagen, aquello era encantarse de verlo; si contar cuentos, para cada uno que sabían las más decidoras, sabía Geminita una docena. Y ¡qué graciosos!, pero al mismo tiempo muy decentes, como se supone. ¡Y no sentirían que se fuese!, lo sentían, y no hubo monja aquellos días que no la abrazase, que no la besase, que no le suplicase, que no le apretase la mano, si bien dicen que en muchas tanto era envidia como cariño.

A la coja, que un arrebato de espíritu y de una avenida de amor le dio un día una docena de besos, porque era de genio fogoso, no tuvo por conveniente decirla la causa por qué se iba pareciéndole peligroso descubrírsele porque era maliciosa, y sobre todo fácil y resoluta. Ni creyera tampoco en su transformación, en cuyo caso había que decirle la verdad o inventar una historia muy calificada que se pudiese admitir y no indujese sospechas contra ninguna monja o contra las novicias.

Por fin llegó el día; nada tenía ya que prevenir a las dos niñas; y para que no maliciasen la priora y sor Mercedes, no quiso las últimas noches dormir en el noviciado sino en una segunda celda que se comunicaba con la de la priora, intermedia con la de la amiga; pero pasando todos los ratos libres del día con sus carísimas novicias; ratos que le cercenaba mucho el recelo con que advirtió le querían tener siempre a su lado la una o la otra de aquellas dos tiernas amigas.

Dio una mañana las seis el reloj del pueblo; y mientras la comunidad estaba en el coro, salió vestido de mujer con su bulto del traje de hombre del brazo, llorando a breves minutos su ausencia todas las madres, especialmente las dos que tanto le querían y tanto se regalaron con él los últimos quince días, pues no fueron menos los que le detuvieron después de tener hecho el vestido. Las simplecillas novicias lloraban por de pronto, mas se consolaron luego con la esperanza de salir a la libertad del siglo. Quedó en fin viuda la comunidad; en los claustros reinaba el silencio; las paredes se cubrían de luto; el refectorio era desabrido, y el coro, molesto y enfadoso. Tuvieron consejo aquella noche las dos consabidas madres, suspiraron, lloraron, y propusieron si le mandarían volver; pero ya era tarde; habríase alongado mucho y no sabían la dirección que llevaba. Tornaron a suspirar, sintieron de nuevo la pena, y en su corazón pasaba mucho más de lo que manifestaban, llevándolas el sentimiento casi a desesperarse. Bien se nos está, dijo sor Mercedes; en nuestra mano estaba; ¡y lo dejamos ir! ¿Qué necesidad había mientras más no sucediese? Consolaos agora si podéis, morid en esta tristeza. Respondió a esto la priora con un gran suspiro y diciendo: Tenéis razón, pero ya no hay remedio. Y era verdad, porque él aún no había andado dos mil pasos cuando se quitó las faldas de mujer y se vistió su traje, riéndose por una parte de la inocencia de aquellas monjas, y sintiendo por otra la falta repentina de su acostumbrada voz y compañía, y del amor tan natural y dulce de dos angelicales novicias.

Capítulo IX. De cómo Pedro Saputo se hizo estudiante de la tuna

Cobré mi sexo, dijo; o al menos su dignidad y su decoro; ése es el sol: a toda la tierra alumbra, y toda la tierra es mía. Perdone mi madre, no vuelvo por ahora a su cariño. Y diciendo esto menudeaba el paso y caminaba con nuevo sabor y contento pareciéndole que era la primera vez que hacía uso de su agilidad. No sabía a dónde iba, y sólo cuidaba de dar la espalda a su tierra, viniese lo que viniese. Pero vio no lejos una sierra toda vestida de árboles y muy cerrada, y enderezó a ella para atravesarla con propósito de desayunarse en lo alto mirando atrás y delante para ver el país y el cielo que dejaba y el que iba a registrar por primicias de su viaje. Acometió a subir la cuesta; y viendo a un lado una quebrada con una selva espesísima se fue allá, y la amenidad del sitio le convidó a sentarse, y luego sacando su provisión, fineza de sor Mercedes y la madre priora, comió para todo el día, porque en levantándose de allí no pensaba parar sino para beber de la primer agua que encontrase; y se puso a reflexionar en la temeridad de haberse metido en el convento pareciéndole entonces tan grande arrojo, que temblaba de pensarlo. Había dormido poco la noche pasada; y hallándose muy cómodamente sentado y recostado contra un terreno se quedó dormido.

No hacía aún una hora que dormía, cuando acertaron a pasar por allí cerca unos estudiantes que iban de motus, que como jóvenes y de pies ligeros buscaban los atajos aun en donde no los había por el gusto de no ir por el camino. Viéronle y se acercaron; le miraron un rato, y él dormir que dormirás. Su apacibilidad, su juventud, su hermosísimo rostro, aquel negro cabello suelto que tanto le había adornado de mujer y ahora hacía gloria a la vista, encantaron a los estudiantes, y uno de ellos dijo: —¿Qué le falta a este mozo para ser un ángel? ¿Qué no daría por serle padre el mismo rey de España e Indias? —Dejémosle en paz, dijo otro. —No, replicó otro, que le hemos de despertar y llevar con nosotros. Habló el cuarto (pues no eran más) y dijo lo mismo, y pareciendo bien a los dos primeros le despertaron gritando uno de ellos: expergiscere, frater, et surge. (Que quiere decir: despierta hermano y levántate.) Despertó en efecto, no por la fuerza del latín, que él no entendía, sino por el sonido de las palabras que entraron en sus oídos; y al verse delante los cuatro licenciados, pensó de pronto si serían alguaciles; pero violes algunos instrumentos músicos y reparando en el traje adivinó lo que eran. —Noli turbari, dijo el mismo, escolastici enim sumus, et te miramur et amore prosequimur. (Quiere decir: no te turbes, pues somos estudiantes y te contemplamos admirados y te queremos.) —Señores, dijo él ya levantado: si vuesas mercedes no me hablan en mi lengua, no entenderé lo que me dice. —Non licet nobis, dijo siempre el mismo,alio sermone uti quam latino. (No nos es permitido o no podemos hablar sino en latín.) —Señores, dijo él un poco entero; si vuesas mercedes me hacen la burla, díganmelo en lengua que lo entienda, y veré lo que me conviene. —Callad por vuestra vida, dijo uno de ellos al latino; el mozo tiene razón. ¿Qué vais a hablalle en latín? Sabed, joven excelente, que os hemos topado acaso y nos habéis parecido bien. Sentimos que no seáis de la profesión, porque os veníades con nosotros, y os certifico por la experiencia que de ello tengo, que pasaríades la vida más alegre que habéis de conocer en el mundo. —La profesión, señores, dijo él entonces, no me parece a mí cosa necesaria; ese latín es el que me pone algún estorbo al paso, porque se ofrecerá alguna vez hablalle y descubriré mi falsa ropa. —Yo os lo enseñaré, dijo uno de ellos, en quince días. —Pues yo, contestó Saputo, os doy palabra de aprendello en ocho, y os sobran siete para mirar y remirar la obra que habredes hecho. Fue tanto el gusto que les dio a los cuatro esta respuesta, que le abrazaron con mucha alegría llamándole ya de compañero. —La primera dificultad, dijo él, está en el vestido, pues no tengo manteo. —Eso es lo que no os faltará, respondió uno; el mío es entero; venga una navaja o tijera y lo partiremos. Y diciendo y haciendo tomaron entre dos el manteo, le cortaron de alto abajo, recorrieron las nuevas orillas más que de hilván, le tomó Pedro Saputo, y poniéndoselo y haciendo con él tres o cuatro plantas, quedó ordenado de estudiante. Luego de un retazo de otro manteo vistieron de luto la gorra con una funda, y echan a andar, bendiciendo primero uno de ellos con muchas cruces las nuevas prendas y la persona del nuevo compañero.

Por el camino y antes de salir de la floresta o selva les dijo: —Yo no dudo, señores, que vuesas mercedes sabrán muchas habilidades; yo veré también de unilles algunas mías. Por ejemplo: tened firme (dijo a uno de ellos), y terciándose el trozo de manteo, luego dejándolo caer da una corrida de tres pasos y le salta en los hombros. —Andad, compañero, le dijo, que yo voy aquí tan formal y seguro como en su litera una matrona romana. Anduvo el estudiante algunos pasos, y Pedro Saputo hizo el águila, el mono, el cochino, el tornavos, el ama que cría, el sastre, el zapatero, y otras cosas y figuras, todo con grande admiración de los compañeros, los cuales dijeron que sólo con aquello pensaban ganar la renta de un canónigo de Toledo aquel verano. —¿Sabéis, compañero, dijo el que llevaba, que me parece que sois espíritu según lo poco que pesáis? —Pues, ahora, dijo Pedro Saputo, formad corro; le formaron y daba la vuelta por los hombros y aun por las cabezas de todos. Hízoles formar el púlpito, y trabando entre sí las manos en medio, cubriendo la cabeza a todos con su manteo menos al que miraba delante, dijo en voz de tono de predicador, que aquél era el ángel conductor que le llevaba a hacer misión al mundo perdido. Y principia de repente un sermón burlesco tan disparatado, que de risa no pudieron mantener la trabazón los compañeros y se cayeron todos largos riéndose medio cuarto de hora. —Agora, pues, les dijo, quiero haceros ver si soy espíritu como decís, compañero, o si tengo huesos y músculos. Venid acá, y no seáis torpe. Le hace poner en pie a su lado, le echa la mano en el trasero y alzándole de tierra y librándolo como un barrón, le arroja a diez pasos de sí como si fuese un figurón de paja o de otra más liviana materia. Miráronle entonces los estudiantes, y se acordaron de la entereza con que les preguntó si le hacían la burla en su latín que no entendía. Con todo les gustó la prueba, y para perfeccionarla quisieron que la hiciese muchas veces con todos ellos, porque podría venir al caso alguna vez para dejar admirada a una sala. No a la verdad pesaba ninguno de ellos diez arrobas, ni la mitad, y todos estaban entre los dieciséis y veinte años; pero uno en particular, el más gracioso cabalmente, y como músico era pito, dijérase que dejó en su casa las carnes y que se trajo sólo consigo para el viaje los huesos y la piel; al cual tomó diferentes veces y le arrojaba muchos pasos, y él se ejercitaba en caer de pies ya como una estatua, ya de otras diversas maneras, borneándose muy bien al mismo tiempo, y pareciendo según jugaba los miembros que los tenía pegados de sábado en el cuerpo.

—Vive Dios, dijo uno de ellos, que vos, compañero, sois desde hoy el faraute, el maestro y cabeza de la compañía. Decid quién sois, de dónde y cómo os llamáis; porque nada le habían aún preguntado. Y él respondió: —Lo que soy, señores ya lo veis; de dónde vengo, se me está olvidando a toda prisa y ya no podría decillo; mi nombre, el que quisiéredes, porque tales vueltas he dado al que solía tener, que por todas sus letras se va deshaciendo. No reparéis en bautizarme de nuevo y ponerme el nombre que os parezca, aunque sea de mujer, porque cuando menos os catárades os toparéis con una muchacha más gachona que una gitana y más sandunguera que una bandera de regimiento; o bien por el contrario, más modesta y gazmoña que una beata. Lo que os aseguro es que vuestro nuevo compañero es honrado y viene de buenos, y que no se halla tan desastrado por lo presente. Si algún día falta la providencia tunesca, traigo aquí conmigo la santa compañía de veinte a treinta escudos en oro y plata que no hay cosa más sana y pura en los cerros de América ni por lo que son ni por medios que se encuentran en mi poder y dependencia.

Los estudiantes al oír tantas discreciones y al ver tantísimas gracias y tal nobleza no acababan de admirarse y de manifestar el contento que tenían, pusiéronle nombre; y porque no fuese difícil hacerle masculino y femenino aprobaron unánimemente el de Paquito. No quiso él aceptar la dirección de la compañía excusándose con que era el último que había venido a ella y con que en realidad no era estudiante. Mas con estos juegos y olvidos no repararon en que el día había corrido mucho, y recordando comieron de los relieves de Pedro Saputo y de lo que ellos traían, que se reducía a pan y vino, porque también llevaba una bota de cuartillo y medio; bien que todos piaban por agua, secos del mucho hablar y del calor del día que no fue poco. Salieron en fin de la sierra y prosiguieron su camino.

Capítulo X. Pedro Saputo da principio a la vida estudiantina

Aquella noche dieron consigo en una aldea de más de sesenta y ocho casas, y llegados entre dos luces y haciendo alto en la plaza tocaron un poco los instrumentos para llamar la atención. Pronto estuvieron rodeados de gente dejando muchos la cuchara en el plato por venir a oírlos. Paquito a una seña les hizo formar el púlpito, salta en él y dice en tono oratorio y grave: «Hijos y señores de esta ciudad: no penséis que estos cinco estudiantes venimos a pediros el pan que os habéis de comer ni los dineros que tenéis condenados a muerte, porque somos bastante ricos para no necesitar nada de lo que tengáis más menester y falta. Mucho menos venimos a saber lo que vuestras mujeres han hecho hoy o hicieron ayer; aunque si quisiéramos bien os sabríamos decir lo que harán mañana. Ni menos venimos a haceros ricos, porque esta operación y pensamiento la guardamos para nosotros; pero tampoco pobres, aunque hoy nos deis de cenar y cama y mañana lo que nos cumpla. A lo que venimos es a quitaros cavilaciones y ahorraros de ciento dieciséis visitas de vuestro médico si lo tenéis; aunque según yo conjeturo o no tenéis, o le pagáis y no os visita.» Y era la verdad, porque se habían concertado con el médico de otro lugar mayor y nunca iba a éste si no le llamaban, salvo a firmar la escritura y cobrar su cuanto.

Oíale embelesada aquella gente, se reían como bobos, y él al paso que se internaba en la materia se soltaba en chistes y maliciosas alusiones, pero arrebozando mucho la idea para que a nadie causasen rubor; y concluyó preguntando si los escolásticos habían de dormir en la plaza y cenar rayos de luna y resplandores de las estrellas. Luego se acercó un hombre de buen talante que dijo ser el alcalde y pidió dos para su casa; y otro de buenas trazas pidió los tres restantes; y otro de no peores indicios pidió los cinco; y por buena composición y tomando la mano Paquito, porque aún había otros que querían llevárselos, se acordó que cenarían en cinco casas, uno en cada una, y dormirían en dos las más vecinas entre sí para separarse menos. Pero que antes, para alegrar a tan nobles vecinos, darían una vuelta por el lugar tocando los instrumentos, que eran una vihuela, un violín, una pandera y el pito. Abría camino Paquito cuatro o seis pasos adelante hablando sin parar y haciendo reír a la gente que apenas se oía la música por encima de las risas y carcajadas. Nadie se descosía de ellos; y dijo: —Si pensáis, señoras mujeres, que hoy en esta ciudad se ha de cenar viento y armonía de oídos, estáis muy equivocadas. Sabed, sobre todo, que esta primera música es sólo para los hombres, la otra será para vosotras. Pero id de aquí inmediatamente a aderezar la cena, o de lo contrario muere la música y no la resucitáis aunque os tornéis todas brujas las que no lo fuéredes ya ahora. —Tiene razón, gritaron los hombres; a casa las mujeres. Y ellas avergonzadas de temor de otra jaculatoria más picante, se iban deshaciendo del motín y escurriéndose a sus casas. Dieron, pues, la vuelta al lugar, y se repartieron a cenar.

Reunidos después en casa del alcalde con los prohombres del pueblo deliberaron que, por más capaz, fuese el baile en la sala de las casas consistoriales; y a los estudiantes les dijeron que no pidiesen nada porque entre los principales y más generosos les recogerían una buena propina. Y así lo cumplieron como honrados.

El baile duró hasta las doce de la noche, y anduvo por alto el buen vino blanco, los bizcochos y la galantería. Al día siguiente se despidieron muy a lo caballero de las personas que más los habían honrado y favorecido, y del pueblo con una música rasgada que los iba llevando fuera del lugar, siguiéndolos todos con grande afición y contento. Pararon de tocar a la salida y alzaron los instrumentos en señal de besamanos, y después con las gorras se despidieron más en forma y a la inteligencia del vulgo.

En el mismo pueblo se hicieron con un Arte viejo que pidieron a un huésped, y tomándole Pedro Saputo, en un rato repasó los nominativos, en otro las conjugaciones, callando que las hubiese aprendido; tomó de memoria escribiéndolas en un papel las partes indeclinables de más uso, y en pocos días salió un mediano latino faltando poco de lo que prometiera cuando dijo que aprendería el latín en ocho días. Porque con el ejercicio de hablar siempre en latín entre ellos, muy pronto igualó a sus compañeros, y después en su casa le acabó de aprender con más fundamento. Los estudiantes no quisieron creer que no supiese latín, sino que hizo que lo estudiaba y que no los entendía, todo pamema. Porque además en las cuestiones de filosofía y aun de otras ciencias, que se movían, hablaba tan bien y mejor que ellos, y discurría muy sabiamente en todas. Y le miraron con respeto creyéndole de alto nacimiento, aunque disimulado con aquel disfraz, pues todavía les dio otras y otras pruebas que los confirmaron en esta sospecha.

Luego que estuvieron fuera del pueblo y algo distantes, les pidió que le hiciesen la merced de leerle o decirle las ordenanzas, usos y estilos que guardaban; y le respondieron: —Sabéis ya tan bien como nosotros porque todas se reducen a dos, a ser honrado y hacer común lealmente el trabajo y el provecho. —Sélas en efecto, como decís, contestó él, porque son las leyes de la razón y de la buena y justa sociedad. Y parlando y proyectando escenas, juegos y diabluras, se entretuvieron también lo más del día, y llegaron a las cinco de la tarde a un lugar de hasta trescientos o cuatrocientos vecinos, y entraron tocando un vivo pasacalle, añadido ya un nuevo instrumento a la orquesta: porque Pedro Saputo, habían mandado hacer al herrero de la primera aldea un triángulo de hierro delgado y bien martillado para que fuese muy sonoro.

El que tocaba el pito, que era seco y muy feo, y, como todos los feos suelen ser, decidor y gracioso, tenía el papel de tuno, que siempre se da al más matraca y despabilado de la compañía. Y aunque desde que oyó la víspera a Paquito se creía muy inferior a él, no obstante conservó la autoridad ordinaria. El pito por otra parte era instrumento muy mañero y no sólo no le incomodaba, sino que hacía poca falta a la orquesta, y le tocaba o no según se le antojaba o convenía.

Como entraron ya tocando se agolpó un gran gentío sobre ellos, y luego el tuno alzando el pito en alto, dijo: —Señores, a mi pito, a mi pito, que a nadie hace falta como veis sino a la vihuela y la pandera. A mi pito, digo; esa media peseta, esa peseta, ese escudo, ese doblón cortado de una barra de oro diez veces mayor que mi pito. Y le enseñaba, y tocaba dos o tres carreras, y volvía: a mi pito, señores, que tiene la virtud de espantar las brujas, ahuyentar los duendes, curar el mal de madre, adormir los muertos, despertar a los vivos, alegrar al que tiene ganas, y volver el pelo a los ciegos, la vista a los calvos, el oído a los cojos y el año bisiesto al calendario. Aquí le veis, aquí le tenéis, aquí está a mi disposición y a la vuestra. Mas por ahora otra cosa le haría más falta al caso. A ver, digo esa media peseta, esa peseta que está en purgatorio y desea salir de penas. Y diciendo esto echa la gorra delante y la iba pasando por el corro sin parar de hablar como un energúmeno; y caía allí moneda de todas las edades y tallas, figuras y colores como si lloviera.

Entretanto iban adelantando por la calle, y donde veían buenos paños y buenas caras en los balcones se paraban un poco en su obsequio, y recogían lo que caía al atractivo de las voces del tuno. Cayó de un balcón un escudo de oro (que valía noventa sueldos jaqueses, o unos 85 reales de vellón); y al verlo Pedro Saputo saltó en los hombros a un compañero y besó mil veces la mano y los pies a una niña de diecisiete a dieciocho años de edad, tierna como una flor al salir del cáliz, hermosa si la había en la tierra, amabilísima de mirar, y muy rica y graciosamente vestida. Era la del escudo, que se lo entregó su padre en el mismo balcón y a vista de todos, para que de su mano fuese más acepto. Miróla mucho Pedro Saputo, al propio tiempo que le estaba diciendo las alabanzas que llevaba en su dignidad y belleza, y requería la ocasión; y ella, aunque vergonzosa, le miró también a él con la libertad disimulada de aquella pública inesperada fiesta. Bajóse y preguntando cómo se llamaba aquella deidad y diciéndole que Rufina, le mudó el nombre en Morfina, le cantaron media docena de letras en que la declaraban (sin hacerle favor) la más hermosa, la más amable y soberana de la tierra, y se ofrecían todos ellos por sus esclavos, quedándose para siempre en su misma casa y en el pueblo el nuevo nombre de Morfina, porque a todos gustó más que el verdadero.

Pasaron adelante; y estando tocando en una encrucijada, apretados de la gente que los seguía, y circulaba la gorra del tuno lo bastante para no esperar más del concurso, al tiempo de hacer movimiento para ir a otra parte, comenzó a pugnar por salirse de la turba, en cuyo centro se había metido, una mujer de cincuenta a sesenta años de edad, mal vestida y con alguna extravagancia, y reparando el tuno en ella y en los desaforados empujones que daba para salir, le dijo: —Buena mujer, ¿por qué salís de casa con esa nariz tan mal fachada? Era el caso que la tenía aún más fea; pero ella se quemó y respondió un disparate. Acudió Pedro Saputo y le dijo: —Acá, reina mía, que tengo que deciros algo al oído. —A otra parte me lo diredes (y la nombró), respondió ella, el muy burlón y bellaco. —Adiós, pues, reina, tornó a decirle. Y ella sin volverse: —Bien pudierais llevar algún gato o mona para divertiros, el muy hijo de puta. Y se salía y se hallaba ya en franquía en la calle. Entonces Paquito (Pedro Saputo), dando un brinco, salta en los hombros de un compañero, y dirigiéndose a la mujer que se alongaba refunfuñando, le disparó este borbollón de injurias tirándoselas a puñados con las dos manos: —Vaya con Dios la ella, piltrafa pringada, zurrapa, vomitada, albarda arrastrada, tía cortona, tía cachinga, tía juruga, tía chamusca, pingajo, estropajo, zarandajo, trapajo, ranacuajo, zancajo, espantajo, escobajo, escarabajo, gargajo, mocajo, piel de zorra, fuina, cagachurre, mocarra, ipum, pum!, callosa, cazcarrosa, chinchosa, mocosa, legañosa, estoposa, mohosa, sebosa, muermosa, asquerosa, ojisucia, podrida, culiparda, hedionda, picuda, getuda, greñuda, juanetuda, patuda, hocicuda, lanuda, zancuda, diabla, pincha tripas, fogón apagado, caldero abollado, to-to-to-ottorrrrr... culona, cagona, zullona, moscona, trotona, ratona, chochona, garrullona, sopona, tostona, chanflona, gata chamuscada, perra parida, morcón reventado, trasgo del barrio, tarasca, estafermo, pendón de Zugarramurdi, chirigaita, ladilla, verruga, caparra, sapo revolcado, jimia escaldada, cantonera, mochilera, cerrera, capagallos... Y cesó tan alto y perenne temporal de vituperios, porque la infeliz desapareció de la vista habiendo torcido por otra calle, echando llamas de su rostro, y sudando y muriéndose de vergüenza. Ni acabara él en toda la tarde con su diluvión de ultrajes según era afluente, si la esquina que dobló no hubiese amparado a la cuitada. La gente rió tanto y estaba tan embelesada, que nadie pensaba en irse, antes por minutos crecía el concurso y el favor del pueblo.

En medio de esta distracción y bullicio, un muchacho que se coló por entre las piernas y faldas presentó al tuno un libro en latín si le quería comprar. Tomó el libro y le miró y vio que era de medicina, y dijo: ¿libros creíste que compraríamos?, errasti, hijo de tu madre. Mira, los dientes se nos han secado de estudiar (y se los enseñaba). Y a punto estos días hemos tratado seriamente del caso e yo y mi pito vamos a dejar la carrera y embarcarnos para Jauja, o meternos a donados de monjas capuchinas. Por el Niño de la bola, que ha sido impertinencia la tuya. Anda con Dios y con tu libro a quien te ha parido. Y volvió a su recado.

Poco a poco, en fin, hubo de venir la noche, más por nubes que por tinieblas, que no eran más de las ocho y parando la ronda preguntaron por el mesón o posada pública para retirarse. ¿Qué es posada?, gritó uno que los siguió desde la primera calle; aquí, señores licenciados, el mesón y la posada para vuesas mercedes, el palacio y la choza, es mi casa. Vamos allá, que ya he mandado aviso a mi mujer que aumente algo a la cena. Pues yo, vecino, dijo otro, he mandado decir otro tanto a la mía; pero vos habéis hablado primero, vayan allá esta noche; mañana, señores licenciados, son vuesas mercedes mis huéspedes todo el día.

Fueron allá y cenaron. Pero ya mientras cenaban se había tratado entre los del pueblo de reunión y baile; cuando llega el padre de la niña que dio el escudo de oro, y les dijo: —Señores licenciados, siento haber de molestar a vuesas mercedes; pero soy esposo y padre, y quiero, en cosas de razón, dar gusto a mi esposa y no quitallo a una hija única de su sexo que Dios me ha dado. Yo desearía que después de cenar se sirviesen vuesas mercedes venir a mi casa con los instrumentos un rato. —A vuestra nobleza, señor caballero, contestó Pedro Saputo, nada podemos ni queremos negar: somos muy criados de vuesa merced, y agradecemos y ponemos en su debido punto la cortesía y dignación de haber venido en persona, cuando un simple recado nos bastaba para ir a ponernos a vuestra disposición y al respeto y órdenes de aquellas señoras. —Pues vos les acompañaréis amigo, dijo al huésped. Dioles las gracias, saludándoles y se fue no permitiendo que se levantaran de la mesa. —Es hombre muy rico, dijo el huésped, y sabe gastallo. Tiene una hija (ya la habéis visto) que la llaman el sol de Aragón; y de España y del mundo lo podría ser, si eso dice a su hermosura. Cada día llegan pretendientes, y entre ellos algunos señores de título; y todos prometen respuesta, y la dan sin duda, mas ninguno vuelve, porque el padre quiere que la hija case a todo su gusto, y la niña a lo que parece, no se enamora al vuelo, que, aunque joven, es tan discreta como hermosa. Muy bien os ha de ir allá. ¿Un escudo de oro cayó del balcón? Otros seguirán a aquél, yo lo fío, por que es don Severo muy nobilísimo. —Pues despachemos, dijo el del pito, y vamos. —No, señores, no, replicó el huésped; no hay para qué saltar por encima de los platos; agora va a cenar y mandar prevenir el agasajo; bien que en su casa siempre está prevenido. Mas ellos así en la cena como después en casa del caballero anduvieron muy templados, porque la tercera ley de sus ordenanzas era que se había de guardar sobriedad para no deshonrar el hábito o caer en mengua.

Capítulo XI. Donde se prosigue lo comenzado

A más de andar llegó la hora, y antes de salir se asearon los estudiantes lo mejor que pudieron. Pedro Saputo quitó la funda de la gorra, se puso un cuello nuevo muy rizado y quedó hecho un caballero, y por lo joven y hermoso, un Amor vestido, un Adonis en traje español y de corte, y acompañados del huésped, de un cuñado, una hija de diez años y una sobrina de quince, con algunos vecinos que se tomaron la libertad de subir mientras cenaban, se encaminaron a la casa llevando detrás, porque había acudido a la calle gran tumulto, más gente que fue nunca al sermón de la bofetada. Llegaron, saludaron muy cortésmente a aquellas señoras y a otras que ellas habían convidado; y don Severo al verlos tan cortesanos, tan atentos y bien hablados se alegró mucho y dijo en voz baja a su esposa e hija: —¿Veis, gloria mía, qué porte y qué bien criados? No diréis sino que son hijos de grandes caballeros: y algunos de ellos lo serán, porque mientras siguen los estudios hay muchos que gustan de las aventuras y libertad de esta vida en las vacaciones, y cuando se restituyen al curso reparten los provechos en los compañeros pobres. Con esto la madre y la hija los trataban con miramiento, y al propio tiempo les mostraban afabilidad y confianza. La gente del pueblo que los había seguido fue también admitida en dos grandes salas que estaban una a cada lado de la del sarao y dijo el caballero: —En ésta ruego que nadie entre sin mi licencia; en esotras acomódense los que puedan con orden y buen modo. Agora, señores, cuando gustáredes, dijo a los estudiantes, podréis dar principio a la música.

Diéronlo al punto; y primero tocaron un rato para hacer muestra de su habilidad, y luego preguntaron a don Severo si se había tratado que bailasen. Respondió que sí, y les suplicó abriesen dos de ellos el baile, pues así también lo deseaban aquellos jóvenes caballeros. Entonces dejan los instrumentos el de la pandera y el del pito, y sacan a bailar el primero a la hija de la casa, y el segundo a otra doncella que con Morfina se hallaba de prima, tomando entretanto Pedro Saputo la pandera. La destreza y gracia que los estudiantes ostentaron en el baile gustó a todos, y no menos su decencia, que siempre y en todo es importante. Ya no eran aquellos estudiantes andrajosos de bayetas y mirando y hablando a lo tuno en puridad como en la calle; eran unos verdaderos caballeros bien nacidos, y finamente educados, de lo cual se alegraba el dueño del convite y no dejaba de ponderarlo su esposa y otras señoras principales que había. Retiráronse y tomaron los instrumentos, dejando la parte de baile a los jóvenes que vinieron convidados.

Bailado que hubieron todas y todos, salió el agasajo, el cual correspondió a la magnificencia que en todo se usaba en la casa. Y así que tomaron lo que pareció y supo mejor a cada uno, fue el del pito al dueño y le dijo: —Agora, don Severo, si parece a vuesa merced, mi compañero Paquito e yo predicaremos un sermón a la plebe de las antesalas, ambos a un tiempo, y cada uno a su sala desde la puerta subidos por púlpitos en sendas mesas.—Que me place, dijo el caballero, ¿y a ti, Mariquita?, preguntó a su esposa. Respondió ella lo mismo. Y puestas las mesas y saltando a ellas los oradores, principian a soltar chorros de disparates, que cada minuto tenían que parar y dar lugar a la risa que en las tres salas causó mil novedades en los cuerpos un poco flojos. Las damas y caballeros de la del centro ya atendían al uno ya al otro, no parando de reír y apretarse las ijadas y arrimarse y pegarse a las paredes. El mismo don Severo perdió su gravedad, y hubo de volver en sí, y taparse los oídos para decirles: —¡Basta, señores, basta!, que nos morimos todos. Pero ellos embriagados de elocuencia ni paraban ni podían aunque quisieran. Hasta que tomados los instrumentos los otros hicieron sonar la música, y ésta por fin cortó el encanto. Cesan ellos y cesa también la música, y saludando los dos a las señoras y caballeros con una gran cortesía, estalló un aplauso de manos tan estrepitoso y largo, que se comunicó a las antesalas y parecía que iban a hundirse.

Quisiéronse poner a bailar segunda vez, y no fue posible. Bien se esforzaban los músicos de su parte, pero nadie podía sino reír y volver a los disparates de los sermones. Poníanse en actitud de bailar, y soltaban la carcajada y se retiraban cayéndose en las sillas y haciendo pasmos y exclamaciones.

Entretanto corría la noche, y mirando don Severo la hora, vio que eran las once y media, y dijo: —Señores, esta media hora que falta hasta las doce, porque de media noche no gusto que pasen las fiestas de mi casa, todos la necesitamos para templarnos y disponernos al sueño. Señores licenciados: tengo barruntos de que vuesas mercedes van a pasar en este pueblo ocho días por lo menos; yo por mi parte espero que el miércoles por la noche serán servidos de volver a esta casa. —Mañana, dijo un joven caballero, me ha mandado mi señor padre rogase a vuesas mercedes se dignasen venir a la mía. —Y a vuestra casa, respondió don Severo, también irán mis señoras esposa e hija. Diole las gracias el caballero, y cesando los cumplimientos se ofrecieron los estudiantes a las órdenes de don Severo, y a los pies de aquellas señoras, y se despidieron con todos los convidados.

Cada día era la función en otra casa, y también los estudiantes variaban las invenciones pasando las mañanas en ordenarlas, sin descuidarse de visitar a las personas que más los honraban y se lo merecían, como don Severo y alguna otra. La noche de la segunda función en casa de éste se presentó Pedro Saputo disfrazado de mujer y engañó a todos, logrando un gran rato a su intento, que fue el de hablar más particularmente a Morfina y obligarla a confesar su amor ganándole el corazón y venciendo su reserva. ¿Cómo resistiría la infeliz por advertida, por reportada, por serena, profunda y circunspecta que fuese? No era posible. Y así él, logrado su objeto, abatió el disfraz, riendo todos mucho del engaño y celebrando la donosura de la forastera; después continuó ya la función como todas las noches.

El último día con el buen parecer de don Severo, porque todo se lo comunicaban y consultaban, hicieron otra ronda por las calles, y recogieron tanto dinero que casi les pareció mucho; cosa imposible a estudiantes. Debajo del balcón de don Severo pararon y cantaron un rato. Por la noche fueron de tertulia a su casa y don Severo les dio seis escudos de oro, suplicándoles que si no se apartaban mucho en otra dirección volviesen por allí al retirarse a sus estudios, y se lo prometieron.

Por la mañana salieron del pueblo, pasando de propósito, aunque rodeaban, por la calle de Morfina, a cuya puerta se pararon a tocar el himno de despedida. Salieron don Severo y sus señoras a oírlos; y Pedro Saputo, que iba prevenido, cantó con sus compañeros y muy bien acompañado de la música, unas letras que llevaba pensadas, de las cuales la primera concluía;


Pues me dejo el corazón
¿Me llevaré un pensamiento?
 

Morfina con mucho disimulo hizo seña que sí; y cantaron la segunda, que tenía por final:


Pues te entregué, corazón,
¿En dónde te guardarán?
 

Y Morfina a la deshecha se tocó y señaló el pecho ligeramente. La tercera acababa:


¿Te encontraré, corazón
Cuando vuelva donde estás?
 

Inclinó Morfina un poco la cabeza y los ojos y por cántico de gloria y conclusión decían los últimos versos de la última letra:


Pues influir ya no puede
Sino bien la estrella mía.
 

Y con esto se acabó el canto y se despidieron. Morfina, puesto que se alegró de verlos todavía otra vez, no pudo menos de mostrar los ojos un poco preñados, que a un suspiro, ahogado del decoro, hubieran de reventar, y corrieron por sus rosadas mejillas dos lágrimas de más precio que todo el oro que tenía su padre, a lo menos para el que las vio correr y que a estar a tiro pudiera decir, mías son, y recogerlas con sus labios y pasarlas al corazón con el amor que las derramaba.

Capítulo XII. Camina a su fin la vida de la tuna

Mucho podemos sentir, lector amante, que en aquel tiempo no se usasen los taquígrafos, ésos que escriben tan aprisa como se habla, para que alguno hubiese escrito los sermones de nuestros dos predicadores, pues así llegaran a nosotros y podríamos juzgar del gusto de aquellas gentes, y si tenían razón o no de reír tanto; porque en unos tiempos tienen gracia unas cosas y en otros otras. Bien que dichas por Pedro Saputo, ¿cuál no la tendría? Yo sólo por la tradición de casa de Morfina he podido averiguar, que en el primer sermón tocó entre otros estos gravísimos puntos: si una mujer coja puede ser graciosa, si puede parecer bien una tuerta; y si una jibosa puede tener buen genio; y cuál de las tres, siendo iguales en lo demás, puede envidiar su suerte a las otras. En el segundo sermón dicen que habló de los pensamientos de la mujer en los estados de cuñada, de nuera y de suegra; cuyo asunto me parece que no pudo desempeñar bien por ser tan muchacho, y requerir más edad y más experiencia. Pero como me lo han vendido lo vendo; el lector crea lo que quiera; y sigamos.

No llenaron aún la mitad del plan que habían formado, porque sus habilidades eran tantas, y tanto su comedimiento y buena crianza, que no visitaban lugar que para irse no hubiesen de reñir, o por lo menos andar de mala cara con los huéspedes, y tal vez con el vulgo. Soplábales con esto el viento muy favorable y el estado prosperaba. Y como se acercase el tiempo de los estudios, trataron de tomar la vuelta de su universidad, pasando si había lugar por casa de sus padres a quienes deseaban y querían ver antes de perderse de nuevo en la confusión de las escuelas.

Tuvieron consejo para acordar lo que debían hacer, y deliberaron volver caras al mediodía y no entretenerse. Propúsose la cuestión si visitarían el pueblo de don Severo; y aunque rodeaban algunas leguas acordaron ir, y formaron incontinente el itinerario, muy al gusto de Pedro Saputo que, sin embargo, dejó la resolución a los compañeros, no reservándose más que el determinar el día y punto de la separación. Examinaron el tesoro, y estaba más rico de lo que pensaban, como que se repartieron a ciento treinta y seis libras jaquesas cada uno, habiendo encontrado personas aún más liberales que don Severo. Díjoles Pedro Saputo que aunque no era de casa rica, no necesitaba aquella miseria, y que así el más necesitado la tomase. No lo entendéis, le contestó uno de ellos; ese dinero es el más cariñoso que tendréis en vuestra vida. Llevadle, que yo sé ha de ser el último que gastéis, y que es capaz de mudaros en avaro por el apego que tendrá a la casa y a vuestro bolsillo. Rióse Pedro Saputo; y concluyendo que no deberían procurar, hasta llegar a su tierra, sino sacar muy de paso el gasto diario, picaron larga la vuelta de mediodía.

Aquel mismo día por la mañana les dijo Pedro Saputo en el camino que no quería dejarlos sin probarse en el violín y la vihuela; en cuyos instrumentos veía que llevaba mucha ventaja a los estudiantes. Habíales mejorado grandemente la orquesta desde un principio enseñando al de la pandera a hacer los platillos, el bajo continuo, los fuertes y los pianos, y otras cosas más a tiempo y con más propiedad que él las hacía. También a los del violín y de la vihuela dio muy buenas lecciones; pero no había querido tocar nunca porque no hacía falta su habilidad especial, ni les diera más utilidad que era a lo que se iba. Y tomando el violín, y desviándose un poco del camino a un barranco, mostró a sus admirados compañeros un primor que jamás vieron en otro; y no se los mostró menor en la vihuela.

Al oscurecer llegaron al lugar de Morfina; y al pasar los primeros pasajes oyeron ruido de espadas. —Vamos allá, dijo Pedro Saputo. Fueron y toparon con dos caballeros soldados que reñían y con tal furor, que no reparaban en los que tenían ya al lado. Tomó Pedro Saputo a un compañero el bastón, porque dos de ellos gustaban de esta compañía; y acercándose a los combatientes dijo: —Señores, por el honor del hábito que traen les ruego que suspendan la pelea un momento. Suspendiéronla a sus palabras, y más al verse allí cinco hombres tan aparecidos; y continuó: Vuesas mercedes riñen muy mal en el orden, pues su valentía los ha llevado a pelear como las fieras, quiero decir, de noche, sin testigos de su valor, ni jueces de justicia. Yo soy hombre de letras, pero entiendo las leyes del duelo; y por las circunstancias que he dicho declaro ilegal y nulo este campo. Creedme, señores, el honor de caballeros os prohíbe continuar y os manda condenar lo hecho. Mas si no quisiéredes envainar, el que se muestre resistente, alce otra vez la espalda, venga la otra y conmigo tiene la riña; él peleará por su ferocidad, y yo en defensa de la ley y de la justicia. —Yo no puedo ceder porque soy el retado. —Cedo por ahora, dijo el otro, por respeto a este señor licenciado, y porque sus palabras me han convencido. Mañana nos veremos. —Ruégoos, pues, a los dos, dijo Pedro Saputo, seáis servidos de entrar con nosotros en este pueblo.

Entráronse dócilmente con ellos, y de paso contaron aquellos rivales que la riña era por quién había de servir a una hermosura que a ninguno de los dos quería, pues si al uno le hacía desaire, al otro no le daba nunca la cara mostrándose importunada de sus obsequios. Rióse entonces Pedro Saputo y dijo: —Pues señores, si tampoco el vencedor había de ser admitido, ¿a qué es la riña? —Es, dijo uno de ellos, a que cada uno queremos ir a su casa y que no vaya el otro; porque es tal la belleza de la doncella, que a cada uno ofende que la miren otros ojos ni la oigan hablar otros oídos. Es, señor licenciado, para que lo sepáis, un sol mil veces más hermoso que el del cielo; una luna mil veces más serena que ésa que se levanta; una estrella que oscurece a todas las demás; un ángel de soberanía y de gloria, cual no se vio jamás en la tierra, cual es imposible forme otro la naturaleza. Rióse también Pedro Saputo de estas alabanzas, y del tono y fuerza con que las decía el soldado, y no dudó que aquel sol, aquella luna, aquella estrella, aquel ángel era Morfina. Pero calló, porque entraban ya en el pueblo, y los soldados se fueron a su alojamiento y los estudiantes a la posada pública.

Había allí una bandera o compañía de soldados hacía ocho días, y ya por esto, ya porque de todos modos no querían hacer parada de su orquesta, entraron muy silenciosos. Pero los conocieron, y antes de cenar tenían un motín en la calle, y recibieron un recado de don Severo, que no le quitasen la satisfacción de llevárselos a su casa. No conocieron a Saputo hasta que habló, porque estaba tostado por el sol, más delgado y alto, y más hombre también, con bigotes y perilla, que al uso de los estudiantes más extremados se había puesto, en el soliticio de la expedición, de la cola de un gatazo negro. Aun la ropa era otra, que por causa del calor se hizo un vestido más ligero y también mucho más airoso. Dudó la misma Morfina que tan bien retratado le tenía en el corazón y tan presente en su memoria. Por contemplación, en fin uno de otro, don Severo y el huésped, se convino que los dos que habían venido allí cenarían en casa del primero, y los otros en la del segundo, y dormirían todos en donde durmieron la vez pasada.

¡Qué satisfacción para Morfina! ¡Qué gloria para Pedro Saputo! Hallábase entonces en casa un hermano de ella mayor de edad, y se alegró mucho de ver a los estudiantes de quien tanto había oído y estaba ausente cuando pasaron a principio del estío. Inmediatamente habló de baile; mas Pedro Saputo acordándose de los soldados le dijo que por cierta causa que por entonces era secreta, aunque de fuera de casa, no podría haber baile sino tan solamente velada de música. Y al pueblo se le hizo entender que no se abriría la puerta, admitiéndose únicamente las personas convidadas o que pareciese. Presentáronse entre ellas, uno detrás de otro, los dos caballeros soldados de la riña. Y ¡cuál fue su sorpresa cuando vieron a Morfina muy amable y particular con el licenciado de su duelo! ¡Y al ver a don Severo tratarle con familiaridad y confianza! Avergonzáronse, callaron, respetaron lo que veían y no entendían, y se hicieron entre sí amigos declarando a Pedro Saputo que estaba determinada la competencia con retirarse los dos de donde tan buen lugar ocupaban otros seguramente más dignos: sobre que debían irse dentro de tres días.

Al pasar del cenador al estrado, y llegados a la puerta, hizo Pedro Saputo a don Severo una seña; y quedándose allí con sus compañeros que ya habían venido, los fue arrojando uno por uno como barrones o muñecos más de la mitad de la sala. Acción que vieron ya los oficiales y los más de los convidados, y todos quedaron mudos de asombro. El hermano de Morfina hizo extremos de admiración, y dijo con calor: —Pues señor, lo he visto y no lo creo, y al que por sólo esta vez lo osare afirmar, le diré que miente. Riéronse todos mucho; don Severo se complacía, Morfina se regalaba, y su madre exclamaba: —Jesús, ese mozo será de acero templado. Entonces Pedro Saputo volvió a la puerta con sus compañeros, y arrimados en pie a las sillas caballeros y señoras alrededor de la sala, volvió a arrojarles del mismo modo, pero mucho más trecho; y como el tuno que fue el último se bornase con mucha gracia y extravagancia, hubo un muy alto palmoteo. —Ahora ya lo creo, dijo don Vicente; pero sin duda estos señores licenciados tienen alas secretas; cogedme a ver a mí, don Paquito, que no sé volar sino tendido en el suelo. Cogióle, y al librarle para el empuje, viéndose llevar como un copo, dijo: ¡basta, basta!, me doy por satisfecho. Y volviéndose a mirar, le tocó y palpó los brazos por si eran de la materia que dijo su madre.

Pasado este sabrosísimo rato se ordenó la reunión convenientemente, y hecho silencio, tomó Pedro Saputo el violín descansando antes un poco para calmar la agitación del esfuerzo que había hecho, y prevenida Morfina desde antes de cenar, que en su obsequio y por ella tocaría aquel día el violín por primera vez en toda la expedición, y que todo lo que tocara se dirigía a su amor, o más bien, que sería la historia de sus amores, distinguiendo las partes principales, como la vista la primera vez, su plática la noche que se entendieron, la despedida, el sentimiento en que ella quedó y él se fue, y la alegría de la nueva visita. ¡Oh, cómo entendió ella el lenguaje de aquella música tan expresiva! Sin pensar y transportada lloró de pena al oír la despedida, y volvió al mismo sentimiento cuando expresó el dolor con que le vio trasponer y se retiró ella a su cuarto. Los demás de la sala sentían también, y algún rato parecía reunión de muertos del silencio y arrobamiento con que escuchaban. Tomó después la vihuela, y tocó asimismo algunas sonatas que él se había inventado. Mas luego, y dando lugar a que se desahogase el aplauso y admiración que excitó su no vista habilidad, tomaron los instrumentos sus compañeros, él les abandonó la orquesta, se puso en rueda y se pasó la velada.

Querían los estudiantes despedirse aquella noche, mas no admitió don Severo la despedida, y mucho menos don Vicente, y se dieron las buenas noches hasta mañana.

Aún no pensaban ellos en salir de casa, aún casi en levantarse por la mañanita, ya estaba allí don Vicente, y les rogó y suplicó tan ahincadamente que no se fuesen aquel día, que hubieron de condescender. Ni les pesó a ninguno de ellos, y menos a Pedro Saputo, como se supone. Con este motivo se desayunaron ligeramente, porque el huésped no quiso ceder el obsequio de la comida. Y para la noche dispusieron un baile en casa de don Severo por dar gusto a don Vicente, que lo quiso para obsequiar a una joven a quien servía.

Quien ganó en todo esto fue Pedro Saputo, pues tuvo ocasión de hablar a Morfina y acabar de ganársela si algo faltaba, cenó a su lado, bailó con ella y nada le quedó que desear para su satisfacción. Y más que le dijo una criada que había oído decir a su señor hablando con su señora: —Si este mozo fuese bien nacido como parece, aunque tenga poco, le habíamos de dar la hija; porque, ¿has reparado que ella le mira con buenos ojos? Bajo y recatado habló esto don Severo, no creyó que nadie le pudiese oír; pero le oyó el demonio de la criada, a quien las albricias valieron dos escudos de plata. ¡Con buenos ojos, decía! Algo más era; sí, algo más, patriota don Severo.

Por fin se despidieron ya en el mismo baile, y madrugando la mañana siguiente se fueron de aquel pueblo en donde a cada uno les parecía que estaba entre los suyos o en una isla encantada.

Capítulo XIII. Pedro Saputo se separa de los estudiantes pasando antes por la aldea de las novicias

Difícil era verlas y mantener el incógnito; pero la compañía que llevaba le ponía freno, y determinó pasar el lugar para saber si habían salido del convento, y volver a verlas solo y espacio. Lo que es conocerle ellas era imposible, porque demás de estar más delgado y muy tostado del sol, más alto y al todo diferente para ellas, traía los bigotes y un traje más distinguido, y se había cortado el pelo entera y legítimamente a lo escolástico.

A las diez de la mañana del segundo día llegaron al lugar; y mientras almorzaban y comían en la primera casa que encontraron abierta adonde se hicieron preparar el almuerzo (pagándolo), se presenta un hombre bien portado a suplicarles viniesen a su casa. Levantados los manteles dieron con él y se encontró con que era el padre de Juanita, y a ella que por su madre y con una cuñada los recibía. Aún casi no habían acabado de saludar ya estaba allí Paulina con otra muchacha vecina y los padres que las acompañaban. Al momento se trató de baile y le dejaron aplazado para más tarde. Repartiéronse en cinco casas, y él prefirió la de Paulina por no ser tan sospechosa como Juanita. Pero ¡oh lo que padeció!, ¡lo que se hubo de esforzar para contenerse!, para no decir: ¡yo soy, tiernísima Paulina! Pasó empero el día, pasó el baile, pasó la velada, y pasó en fin, la noche, y fue hombre de valor; no se dio por conocido. Hazaña mayor que la de quemar las naves de Cortés, que la de pasar Julio César el Rubicón, Aníbal el Pirineo y los Alpes, Alejandro el Estrecho y después los montes de Cilicia. Con todo, al irse entregó a Paulina un billete cerrado para Juanita en el sobre (a fin de que aquélla no lo abriese tan pronto), en que les decía hablando con las dos: ¡Traidoras! ¡Ya no me conocéis! ¡No me habéis conocido!

Corrió a llevárselo, y cuando le abrieron, quedaron mudas y estáticas de su contenido. Porque las palabras eran de Geminita; pero, ¿quién le encontrará en aquellos estudiantes? Locas se volvían discurriendo quién podría ser el que así les hablaba, el que así se quejaba de ellas. Porque él, de propósito, había usado muchos latines con sus padres y con el cura del pueblo, y tocó el violín y la vihuela. Además Geminita era blanco y hermosísimo, y los cinco estudiantes eran ¡tan negros! —Vaya, vaya, dijo al fin Juanita; tú no conoces ningún estudiante ni yo tampoco; si algo tenía que decirnos, que se hubiese explicado. Y lo dejaron así por no perder el juicio.

Ya habrá inferido el lector que con la traza que les dio Pedro Saputo se salieron del convento. Y aunque no dijeron que no volverían, y el padre de Juanita pensaba que su hija tenía una vocación furiosa al claustro, ellas se reían, y decían entre sí y a solas cuando se juntaban: primero muertas que monjas.

Los estudiantes continuaron su viaje; y al ver la dirección que el segundo día tomaba la marcha conocieron la intención de Pedro Saputo, porque era el que solía guiar siempre. Con efecto, los llevaba a la sierra y al mismo sitio y floresta donde le encontraron durmiendo; y llegados allí hicieron alto, sacaron la provisión que traían de la última aldea que tocaron y la fueron aligerando. Satisfecho el apetito les dijo Pedro Saputo: «Amigos, compañeros y señores míos: en este sitio me tomasteis en vuestra compañía, y en éste me dejáis, o más bien os dejo yo, pues de aquí no puedo pasar. Mucho os debo; vuestro trato y la vida que hemos llevado ha sido para mí una escuela que me ha enseñado más que pudieran las de todos los filósofos de Grecia. Si otro año en este mismo sitio, y el mismo día y hora os quisiéredes hallar, puede ser que os esté aguardando, o venga a encontraros; y si ni lo uno ni lo otro sucediera, será señal que no me ha sido posible venir. No os doy más señas de mi persona; y de las vuestras tengo las que me bastan, porque sois honrados y generosos, que son las que yo suelo tomar de los hombres. Alzad de aquí ya y echad a andar, que vuestra jornada no da lugar a más entretenimientos. Adiós, compañeros; el corazón se me va con vosotros.» Y dicho esto los abrazó, y se enternecieron todos, contestándole después uno de ellos: «Quien quiera que seáis, amigo y compañero, para nosotros habéis sido verdaderamente el ángel conductor guiando nuestros pasos y dirigiendo nuestra ignorancia. Y si escuela puede ésta llamarse, vos habéis sido el maestro y la luz de ella. Volveremos, sí, Dios mediante, el año que viene, obligándonos vuestra mucha discreción y vuestra apacibilísima amistad y trato.» Y se tornaron a abrazar, se separaron y dieron por fin la espalda esforzadamente, caminando ellos al mediodía sierra arriba, y él al norte sierra abajo.

Tierna y lagrimosa fue la despedida, porque realmente se querían, haciendo de todos cinco la amistad un solo corazón y una sola alma. Por lo demás, las gallinas y pollos que se comieron, los jamones y conservas con que los regalaron, las diabluras que hicieron, las doncellas que alegraron, las casadas que desenfadaron, las viudas que consolaron, y los bobos a quienes ejecutaron, no tienen número; ni vida más ligera, alegre, gozosa y descuidada la pasó nadie en todos los siglos y edades del mundo.

Travesuras mayor no hicieron ninguna. Achacáronles no obstante de ahí a algún tiempo que se habían llevado disfrazada de hombre una doncella de Sieso, hija de un escribano muy rico, de solar antiguo, que murió en opinión de santo porque oía misa todos los días y ayunaba los viernes y sábados, se confesaba y comulgaba todos los primeros domingos de mes y casó y dotó en diferentes veces seis doncellas pobres. Hasta que enviudó una de ellas y comenzó a reírse de la santidad del escribano; y luego otra, y hacía lo mismo. Diciendo la primera: «Y, ¿qué se le dará a nadie?, yo lo quiero decir; buen marido me tuve, y con lo mío me quedo.» Y la segunda: «mal cuentan del invierno de aquel año; no digo yo sino bien: ¡anda arriba!, que traté con buenos, y doscientos escudos ninguna dejó de tomallos si no fue boba.» Pero la hija no fue sonsacada por los estudiantes, sino que ella de su propio motivo y llevada de su imaginación, a los dos días que pasaron por allí hizo la desenvoltura de vestirse de hombre, tomar dinero a su padre, y los ir a encontrar a Piedra Pertusa, en donde les declaró que quería irse y correr con ellos. Anduvo en efecto, y corrió ocho días; al cabo de los cuales Pedro Saputo, que más particularmente le debía aquella locura, la pudo persuadir, y la restituyó y acompañó a su pueblo. Y dijo a su padre que viese en esta acción y en que ni un maravedí le habían permitido gastar del dinero que traía, el mucho honor y conciencia de ellos; que en todo caso convenía casalla cuanto antes; y que de aquel antojo de tornarse estudiante y correr tan libres aventuras, puesto que fuese una niñería, a todos importaba callar, y no dalle cuerpo ni hacer ruido. El escribano apretando los puños y mirando al cielo, rugió de dolor, y se iba a lanzar sobre su hija para matarla; pero le templó y sosegó Pedro Saputo con su mucha elocuencia, y reconciliándole del todo con la hija, volvió a buscar a sus compañeros. Luego casó la muchacha, y bien, a pesar de aquella liviandad. Que es gran capa un buen dote, y dan de sí y de las personas muy bueno y largo olor las riquezas.

Los estudiantes se fueron sin saber quién era Pedro Saputo, discurriendo y pareciéndoles por su crianza, por su desinterés y su nobleza, que debería ser hijo de algún gran caballero, y que por alguna travesura se habría ido de casa de sus padres, y le acomodaba más aquella vida suelta y alegre, que la sujeta y formal del orden en que se criara. También dudaron siempre si era aragonés, castellano o navarro, inclinándose a esto último sólo porque se lo dejaba llamar; bien que pudiendo por el acento ser de cualquiera provincia de España, que un día le tenía de una y otro de otra, haciendo de su habla y trazas lo que quería.

Capítulo XIV. Pedro Saputo vuelve a ver a sus amigas

Triste y pensativo caminaba después de aquella dolorosa separación, y no acertaba a andar ni sabía a dónde quería ir. Pero su corazón le llevaba hacia la aldea de sus novicias, en la cual entró el segundo día, procurando llegar tarde y fingiéndose cojo, lo uno para descansar libremente aquella noche, lo otro para tener pretexto y causa de detenerse un día o más si conviniese. Metióse en la primera casa que encontró abierta, cenó y se acostó quejándose del cansancio y de la cojera.

Por la mañana cuando se estaba quitando los postizos bigotes y lavando entraron los padres de las dos muchachas, y al verle ocupado en su aseo le saludaron no más y se salieron a la cocina. Lavado, mudado y aseado que estuvo, salió muy alegre haciendo siempre el cojo, le tomaron y se le llevaron a casa de Paulina donde se disponía la comida; y porque la cojera era grande según andaba, le dejaron allí y se fueron cada uno a sus querencias. Pudo hablar un poco a solas con Paulina, y le dijo: —¿Entendisteis mi papel? —No, señor, respondió ella. —Bien, pues, dije yo, que ya me habéis olvidado. ¡Fementidas! ¡Ingratas! Miróle entonces ella, y como ya no llevaba los bigotes y la perilla que era lo que más le hacía parecer otro, lo iba reconociendo, y se le mudaba el color, y acertaba ya, cuando le decía él: —Sí, soy yo; ¡el mismo!, ¡no te engañas!; vuestro compañero y amante del noviciado. Abre ella entonces más los ojos, le conoce, y sin poderse contener se arroja a él con brazos abiertos. —Ve, le dijo, y da la noticia a Juanita. Pero sed prudentes. Se deshacía ella de amor, y agitada y anhelosa fue a decírselo a Juanita. Llamóla aparte y apretándole la mano le dijo: ¡Ay, amiga, que el estudiante del billete era Geminita, y es él que está ahora en mi casa y no le conocimos! Juanita creyó que su amiga había perdido la cabeza o deliraba; pero fue allá y hubo de desengañarse, y creer lo que vieron sus ojos y sintió su corazón al verle y oír aquella voz tan acostumbrada.

Cuatro días duró la cojera, y no duró más porque temió se sospechase o caer en algún descuido. Comió un día en cada casa de las dos y con los instrumentos que había en el lugar se divertían algunos ratos, logrando otros para sus amores con aquellas amabilísimas niñas.

En el día que se fue le brindaron con mula, y dijo que un estudiante no puede ir a caballo sino de su pueblo a la ciudad donde tiene sus estudios, y que él todavía no había llegado a Navarra. Porque habiéndole creído todos navarro dejó correr esta opinión, que más bien le favorecía que le perjudicaba.

Siguió su camino, y llegó al pueblo de Morfina, en el cual entró aún más tarde, pues eran ya las ocho, y en un tiempo que no pasa de las siete el crepúsculo; y se fue al mesón, acostándose enseguida, y encargando a la mesonera que viniese quien viniese no le llamase. Por la mañana supo que habían ido a verle algunas personas, don Vicente entre ellas; y se vistió y aseó muy prolijamente para lo cual se previno haciendo lavar la ropa en otra aldea donde se detuvo un día. Salió de casa en dirección de la de don Severo; y antes de llegar dio con don Vicente que venía a buscarle, y que le riñó mucho de su parte y de la de los señores padres porque les había hecho el desaire y ofensa de irse a la posada pública. Excusóse él fácilmente y concluyó diciendo que iba a hacelles una visita y pasaba de largo en comiendo. —En cenando y durmiendo esta noche, respondió don Vicente, y aún no sé yo si será lo mismo mañana, pasaréis de largo, amigo mío; porque esta noche, a puerta cerrada, y sólo una persona de fuera de casa, habéis de tocar el violín lo mismo que tocasteis el otro día, de que todavía estamos elevados. —No tengo instrumento. —No faltará. Mi hermana dice que más quiere oír aquello que verse reina de España; porque es aficionada a la música y la saborea mucho si es buena.

Llegaron en esto a la casa. ¡Qué recibimiento! ¡Qué afecto! ¡Qué amor le mostraron todos! ¡Con qué naturalidad y confianza le hablaba Morfina! A tiro de ballesta se conocía que la criada le había dicho lo que oyó a su padre y dijo a Pedro Saputo. Comió allí, pasearon por la tarde, y en la velada no habiéndose avisado sino a la persona que dijo don Vicente, que era su dama, tocó Pedro Saputo lo mismo que la otra vez, y aun con más primor y reflexión, cuanto era él más feliz con las nuevas de sus amores.

Mas la mañana siguiente le dio don Severo un mal rato. Preguntóle a secas si había oído hablar de Pedro Saputo; respondió él que un poco, pero que no podía dar noticias del sujeto. —Pues amigo, dijo don Severo, llegué ayer del Semontano y me hablaron de ese portento. Es un muchacho que dicen no tiene más de doce a catorce años, natural de Almudévar, y a su edad es el mayor sabio que se conoce: como que eso mismo quiere decir Saputo. Es también pintor, músico, pero famoso, quizá tanto como vos, don Paquito; un filósofo consumado, tan profundo en sus respuestas, que temen de ponérsele a tiro los hombres de más barbas de la tierra. Él sabe todos los oficios. En doce días aprendió a leer y escribir él mismo; en un rato a pintar, en otro a tocar todos los instrumentos; y es tan tratable y bien hablado que a todos encanta. No tiene padre, porque es hijo de una pupila que era pobre y él le ha hecho ya rica ganando todos los dineros que quiere. A lo mejor dicen que desaparece de la casa y vuelve lleno de oro que gana por ahí con su habilidad, o que le da alguna persona que en secreto le favorece por encargo de su padre, que dicen si es o no un gran señor de la corte que pasó por allí, o de un príncipe que iba disfrazado. Ello es, don Paquito, que no se habla de otra cosa; id a donde queráis, todos os hablan de él, todos preguntan y lo celebran. Y lo más gracioso es que nadie le ve nunca sino las temporadas que está en su lugar, como si trajese consigo el anillo de Giges, que hacía invisible. A esto dicen que unas veces se disfraza de nación, y se muda el rostro; otras creen que se va con los gitanos. Al oír esto no pudo contenerse Pedro Saputo, se echó a reír y dijo: —Raro humor sería el de ese muchacho. —Sí, señor, muy raro, dijo don Severo, ya se ve, un hombre tan extraordinario por fuerza lo ha de ser en todo. Hasta la madre dicen que sin saber cómo se ha vuelto una verdadera señora, como si hubiese nacido en alta cuna, sólo por la nueva educación que le ha dado su hijo. ¿Estáis en el golpe? La nueva educación que le ha dado su hijo; y que con esto no es engreída ni soberbia sino muy llana, aunque todos la quieren y respetan mucho. No sé, amigo don Paquito, cómo de Almudévar ha podido salir un elemento como éste. Porque habéis de saber (y perdóneme la ausencia) que es un lugarón feo de vista y más feo aún de tacto; y la gente de él pasa por... Vamos, no son de los más agudos. Yo estoy determinado de ir cuando sepa de cierto que está, porque ir en vano me pesaría en verdad el viaje. —Haréis bien, dijo Pedro Saputo; aunque yo creo que todo no es vero lo que suena el pandero y que la fama aumenta mucho o quizá lo pone todo. De un muchacho de mi tierra me contaban también maravillas y él cuando lo supo, se reía y dijo: pues si yo soy hombre grande, ¿qué serán los demás? Y tomando el violín se puso a tocar y distrajo a don Severo de su manía.

Al amor nadie le engaña; el amor todo lo sospecha, todo lo piensa, todo lo adivina. Mientras don Severo se volvía lenguas celebrando a Pedro Saputo, por lo que de él había oído, estaba Morfina mirándole enamorada y reuniendo y ponderando cuanto había visto a su amante y oído de él a los estudiantes, y decía en sí misma: o no hay tal Pedro Saputo o es éste; porque es tan hermoso como dicen, y tan sabio, y tan gran músico, y tan amable y tan diferente de los hombres que se usan. Y pensando esto le miraba y le saltaba el corazón, y se le encendía el rostro, y se moría de deseo de verse a solas y decirle, tú eres. Él la observaba, y sospechó lo que estaba imaginando, y logrando un momento de libertad le dijo: —Sí, Morfina, has adivinado, yo soy; pero cállalo; y si ahora que sabes quién soy no te pesa de haberme conocido... Quedó ella suspensa un rato, pero luego prorrumpió y dijo con calor y muy arrojada: —Morir primero que amar ni mirar a otro hombre. Ya no hay remedio; está echada la suerte; tuya, tuya soy. Mi pasión y mi razón lo quieren. Te vi, te conocí, y no puedo menos de amarte, y me costara la vida si no me hubieses correspondido. Porque tú solo (después de mis padres) estás para mí en el mundo. No tenía hombres para mí hasta ahora, no los tendré en adelante. Pero ¡ay!, no me engañes, porque me moriré; no me digas que me quieres si no me quieres tanto como dices y tanto como yo creo. Perdona, amante mío, este desahogo, esta franqueza y más aún la libertad que doy a tu amor y se toma mi cariño. No acabara la elocuente apasionada Morfina, si la voz de su padre que subía no la volviera en sí de aquel rapto amoroso. Él la seguró de cuanto pudiera desear; y después de comer se despidió y se fue acompañado de don Vicente, que le dejó luego para ir a un campo donde tenía algunos jornaleros.

Capítulo XV. Sabe Pedro Saputo de fray Toribio, el del guijarro, y se restituye a su pueblo

Lo mismo fue perder de vista el lugar de Morfina, que le volvió a cargar la pesadilla de los alguaciles, sólo con pensar que caminaba hacia su pueblo en donde sin duda le aguardaban para prenderle. Con todo le iba dando la izquierda así como por instinto, y si no se apartaba tampoco se acercaba; además de haber adelantado muy poco en los tres días que llevaba de marcha desde la despedida de sus compañeros, porque todo era equis y marros lo que hacía.

La mañana siguiente alargó el paso con intención nada menos de lanzarse por los montes de la sierra de Guara y pasar si era menester el Pirineo; cuando sobre las nueve poco más o menos vio venir por otro camino a la derecha una multitud de gente que por las señas era una procesión o romería. Allá van, dijo y allá voy yo también; un estudiante donde quiera es bien recibido, y este traje me libra de sobresaltos. Dejó pasar la procesión y fue a juntarse con los rezagados, que eran jóvenes que se curaban muy poco de la religión de la fiesta, y mozuelas muy alegres que también se hallaban mejor con aquella compañía que con los que iban delante rezando rosarios y letanías. Pensó en el penitente de Barbastro y dijo: ¡cuántos harán hoy para igual penitencia!

Quisieron divertirse con él como gente de poco seso; pero sus respuestas eran tan agudas, sus palabras tan cortantes, que a pocas pruebas se le declararon amigos, y tres de ellos, le convidaron a comer en su rancho. —Si nos han de hacer compañía estas muchachas, dijo él, acepto el convite, si no, no. Ya sabéis que la mujer es la gracia de la vida y la gloria de la fortuna, sin ellas está muerto el mundo y la fortuna es casi igual próspera o adversa. Cada vez que hablaba se prendaban más de él aquellos mozos.

Uno de ellos a poco rato dijo: —Agora pienso yo que el caballo de Roldán, que saltó aquellas peñas de una a otra (las estaba mirando de frente), había de ser bien saltador y ligero. —Yo estuve una vez allí, dijo otro, desde Santolarieta; y lo menos que hay de una a otra es un largo tiro de bomba. —¿Y sabéis vosotros, dijo Pedro Saputo, lo que sucedió después de dar el caballo tan grande salto? —Nosotros, respondieron, no sabemos más sino que Roldán saltó aquellas peñas huyendo de Oliveros de Castilla. —Pues bien, dijo Pedro Saputo, yo os diré lo demás. El caballo se reventó al caer en la otra parte, y Roldán echó a correr a pie, y llegando de peña en peña al Huevo de San Cosme se subió a lo alto, y a Oliveros, que se quedó en otra peña mirando y con tres palmos y medio de narices, le hizo doscientas sesenta y ocho higas y cuatrocientos noventa y siete cortes de manga. ¿Sabíais esto vosotros? —No, le respondieron. —Pues tampoco no sabréis, continuó él, otra cosa que sucedió aún más peregrina que el salto. Al caballo, al tiempo que atravesaba por el aire, se le cayeron las sobras en el río Flumen por arte y maleficio de un encantador; el Flumen las llevó a la Isuela, la Isuela a Alcanadre, Alcanadre al Cinca, el Cinca al Segre, el Segre al Ebro, el Ebro al mar, el mar se alborotó y de ola en ola fueron las piezas a parar a la ribera de África entre dos cabrahigos, y allí nació una mata, la cual sacó tres flores muy hermosas, una blanca, otra negra, otra morada; y llegando una yegua en calor se comió las flores y la mata; y parió luego tres caballos de los mismos colores cada uno del suyo; los cuales caballos fueron tan veloces, que corrían y saltaban treinta y dos veces más que el ciervo más ligero de la sierra de Ontiñena.

Absortos, embebidos, elevados, bobos de dentro y de fuera estaban aquellos jóvenes y mozuelas oyendo contar al burlón de Pedro Saputo aquel maravilloso cuento; y sin sentir se les acercó la ermita y llegaron. Descansaron un poco, y echando un puntal de magras de tocino, se principiaron los oficios, o sea, la misa.

Estaba Pedro Saputo en la iglesia con sus nuevos amigos, y vio subir al predicador al púlpito. ¡Oh casualidad! ¡Oh frío que le dio al verle y conocerle! Era el mismo padre prior de los carmelitas de Huesca; el que había ajustado la pintura de la capilla. Pero pensó en su disfraz de estudiante, y se aseguró de borrasca.

Llegó la hora de comer y se fue a su rancho, en el cual reinó la franqueza y la alegría, y también quizá con algún exceso de libertad. Duró tanto el comer y el beber, y el reír, que tuvo lugar un tío de uno de aquellos mozos que había comido en la mesa del predicador, de venir adonde ellos estaban y contarles un caso muy gracioso que había referido su paternidad comiendo. Y les cuenta punto por punto el suceso de Pedro Saputo con la pintura de la capilla y el rebato y manera con que cerró la boca al fraile que iba a provocarle todos los días. —Para un mes, añadió, dice que tuvo que curar fray Toribio, lleno de bizmas y fajas. Y el padre predicador dice que se reía mucho contándolo, y que sólo sentía que no volviese Saputo a continuar la pintura, pues no quería que otro pusiese las manos en ella. En oyendo que oyó Pedro Saputo, dijo entre sí; pues escapó el fraile, seguro puedo ir a mi pueblo, y seguro entrar en Huesca y aun visitar al padre prior si viene a mano.

Caía la tarde aprisa; y reunida la gente dispersa formaron la procesión y marcharon. Pedro Saputo se despidió de sus amigos y torció hacia su lugar con gran deseo de ver a su madre y entregarle el caudal que había allegado. Mas para que no se supiese que anduvo de tuna con los estudiantes, queriendo tener disimulado esta parte de sus aventuras por estar demasiadamente unida con lo del convento, fue por Huesca, se hizo un traje nuevo de caballero, y se dirigió y llegó a su pueblo por el mismo camino que había salido. ¡A su pueblo! ¡Y niño aún casi! ¡Y tanto tiempo ausente!

¡Oh montes de mi lugar! ¡Oh peñas, fuentes, valles, río, ambiente, cielo, nubes y celajes conocidos! ¡Oh sol y luna que hace propios el horizonte, y bañáis de la misma línea de él los mismos objetos siempre, los mismos collados y laderas, los mismos edificios, el mismo suelo, y siempre del mismo modo! ¡Ay, todo aquí me conoce y me abraza, todo es amor recíproco, todo cariño, dulzura, descanso, paz, confianza y seguridad! ¡Los ecos tan familiares; las aves hijas del país, su canto acostumbrado, su vuelo sabido, sus sitios frecuentados! ¡Los árboles que vi de niño y de los cuales si desapareció alguno especial o notable siente el corazón su falta y no se consuela de no verlo! ¡Oh vana, engreída y engañosa filosofía, que este humano instinto has querido negar y trabajaste bárbara y necia en destruir esta sensibilidad, este amor a la patria, la coexistencia necesaria, precisa, natural y justa de este amor y de la vida! ¡Ay del que no llama suyo el cielo que vio nacer, que le mira con indiferencia! ¡Echadle de mi lado, pero lejos, sí, muy lejos, pues no le quiero por amigo, ni será, si puedo, mi compañero en la paz ni en la guerra!

Alborozado y con un júbilo que le sacaba de sí y arrasados los ojos de ternura vio Pedro Saputo después de esta primera ausencia de siete a ocho meses el horizonte de su lugar, el monte de edificios que levantaba a la vista, y cruzar y remontarse las alondras que parece le saludaban con su canto. No hay allí río, no hay valles, no hay fuentes, no hay otros grandes y señalados objetos particulares; pero halló el mismo amado cielo, el mismo amado suelo, la misma amada campiña, los mismos caminos, avenidas y ejidos que de niño recorría; y era, en fin, su lugar, era su pueblo, era su patria; y allí estaba su cuna y su casa donde se crió tan dulcemente; y allí sobre todo estaba su buena madre y las demás personas de su eterno primer amor, que también le amaban tiernamente y le habían de amar toda su vida.

Mas quiso entrar de noche por evitar que se amotinasen los vecinos a verle; y se fue deteniendo y haciendo tiempo, saboreando en su imaginación la sorpresa y alegría de la llegada. Y porque no era seguro encontrar a su madre en casa a aquella hora fue a la de su madrina y acertó, porque estaba allí; yéndose los dos luego que acabaron de abrazarle y enternecerse; y de cenar también, pues no les dejaron ir sin que cenasen. Preguntáronle ansiosamente dónde había estado y qué había hecho en tanto tiempo, y él respondía que correr mundo, y ver mundo, y prometiéndoles cuentos largos para más de espacio.

Visitáronle por la mañana todas las personas visibles del lugar, y antes y primero que nadie sus dos amigas Rosa y Eulalia con mucha franqueza y cordialidad; y todos se admiraban de verle tan crecido y tan hombre.

A los pocos días recibió una carta del prior del Carmen en que le daba la bienvenida y le decía que no habiendo querido que otro pintor continuase la obra de la capilla, le suplicaba viniese a concluirla, puesto que lo de fray Toribio no fue cosa de cuidado; y que en todo caso él haría que ni este fraile ni otro alguno le molestase. Con el mismo propio respondió Pedro Saputo al prior, que iría la próxima semana a verse con su paternidad o en dejando que dejase bien encaminado un remiendo que estaba haciéndose en su casa, porque quiso repararla un poco y renovarla interiormente. Con efecto así que tuvo hecho lo que más urgía, pasó a Huesca, y entendió con mucho gusto de boca del prior lo escarmentado que quedó fray Toribio, a quien sin embargo se le mandó bajo pena de santa obediencia que ni una sola vez hablase con el pintor ni entrase estando él en la capilla. Continuó, pues, su obra, lo que permitió la estación hasta que caló con fuerza el invierno, cuyos meses de más crudeza los pasó en Almudévar dedicado al estudio y a la música.

Vino la primavera: la primavera, ¡ay! estación tan apacible y deseada, estación tan placentera y amable, y que para nosotros ha desaparecido del año. El mundo físico padece al par del moral y político. ¡Oh tiempos que hemos alcanzado! ¡Qué diréis de nosotros, futuras generaciones!

Vino, como decía, la primavera; dio orden en lo que había de hacer en su casa, viviendo en tanto con su madre en la de su madrina, y fue a dar cabo a la obra de la capilla, pasando todas las semanas a ver y dirigir la suya porque no se fiaba de los albañiles.

Y una y otra se concluyeron a un tiempo, trayéndose las quinientas libras de la de Huesca y un buen regalo que le hizo el prior, porque en el patriarca san Elías había hecho disimuladamente su retrato.

Las dos salas que dejó pintadas en el pueblo merecieron tantos elogios de los forasteros que las veían, y algunos de ellos con inteligencia, que el buen anciano del cura quiso que también le pintase algo en su casa, y le dio gusto y lo hizo gratuitamente por el amor tan tierno que le debía. Y a otro rico pintó asimismo la sala del estrado. Prevínole Eulalia que no hiciese cosa mejor que su sala, porque se enojaría; y él le respondió: aunque quisiera no podría, porque hay en la tuya un ángel que me inspiraba.

Excusado es decir que no acudió a la cita de los estudiantes; ellos sí, y tan puntualmente que por minutos llevaban la hora. Burlados en su esperanza, visitaron a don Severo; y disimulando Morfina, y llevando recomendación del padre para traer al compañero del año pasado, torcieron a la izquierda y pasaron la vía recta a Navarra por si daban con él, creyéndole siempre navarro. Él bien supo del paso de ellos, pero se aguantó y rió; y porque sintió no volver siquiera a un buen pasagonzalo de tuna, cargó más al amor de Eulalia unos días para consolarse y resistir aquella llamada tan fuerte y retozona.

Libro tercero

Capítulo I. Pedro Saputo visita algunos pueblos. Encuentra al volver en un grande empeño a los de su lugar

¡Venerable antigüedad, amor del corazón, encanto de la imaginación, deseo del tiempo presente, gloria y honor de los pueblos, de las naciones y de la humanidad, juntando siempre el cielo con la tierra, los dioses con los hombres! ¡Salve! También yo me alimento con tu memoria, me exalto con tus maravillas, magnifico a tus héroes y contemplo estático y ansioso el mágico resplandor de tus nubes arreboladas.

Mucho tiempo hacía que Pedro Saputo deseaba visitar los pueblos históricos de nuestro reino; y libre ahora de todo cuidado y antes que le llamase alguna nueva obra, determinó satisfacer su curiosidad. Visitó, pues, los antiguos fuertes de los cristianos, que eran Marcuello, el cual en su tiempo aún se conservaba, Loharre, Montearagón y Alquézar, que tan célebres son en nuestras historias.

En Alquézar había estado con los estudiantes, pero no examinó sus antigüedades, y quiso volver muy adrede a verlas, y más las pinturas de la iglesia. Presenció acaso unas oposiciones de segundo violín de aquella capilla de música; adonde concurrieron seis opositores. Por cierto que al ver la parcialidad con que se juzgó la habilidad comparativa de los músicos, dijo: «Pamema de pamemas y todo pamemas es esto de las oposiciones; una cortina que cubre una farsa; el cumplimiento de una ley cuyo espíritu no entra en la conciencia o se queda allí y no sale a los efectos. Compitieron aquí las mitras y las faldas, y vencieron las faldas.» Porque supo que había recomendaciones de dos señores obispos y de una señora de título, habiéndose llevado la plaza el comendado por ésta. Por lo demás, aun el mejor de ellos le pareció sólo mediano. Y aunque con gusto hubiera tomado el violín y ajado a todos, no quiso por evitar la vanidad.

De Alquézar, por hallarse tan cerca y haberlo siempre deseado, quiso subir a la sierra de Guara. Subió, y puesto en la cumbre miró infinidad de pueblos que se descubren, especialmente en aquel hermosísimo lienzo tendido desde su falda que llaman el Somontano. Y dijo: ¿habrá otro paraíso en la tierra? Sólo falta que lo entiendan y correspondan sus moradores.

Miró después su lugar, y saludó a su madre, y a su madrina y a su hermanita Rosa y a Eulalia; y se bajó otra vez al pueblo, y visitó el alcázar de donde se ha corrompido el nombre que lleva aquella antiquísima y nobilísima villa.

De ahí subió a Sobrarbe, y visitó su capital, la famosa villa de Aínsa, pueblo entonces de quinientos vecinos y ahora de poco más de ciento, habiendo sido quemado en la guerra de Sucesión, y arruinándose poco ha sus hermosos fuertes; siendo, sin embargo, una plaza que si tuviéramos gobierno sería más respetable y fuerte que la de Jaca y no menos importante y necesaria. Subió también a San Victorián; visitó la antigua cueva de los monjes, o sea del santo; adoró el cuerpo de éste pensando en Alcoraz; veneró el sepulcro de don Gonzalo, y dudando del de Arista, se bajó y fue a Jaca, de donde subió a San Juan de la Peña.

¡Oh, con qué respeto y amor veneró las cenizas de nuestros reyes allí enterrados, y de los héroes que a su lado yacen en aquel antiguo panteón y cueva donde están las memorias y toda la gloria de nuestro reino! Oyó encogiéndose de hombros lo del vuelo del caballo o su salto al aire en el canto de aquella altísima peña; vio, meneando la cabeza, las columnas, altera Troja, de que nos habla el buen padre Briz Martínez, y al saber de las rentas del monasterio y viendo cuán poco las necesitaban los monjes, dijo entre sí: esas rentas han de perdellos, primero con Dios, después con el mundo.

También subió a la cueva más alta del monte Oruel; y saciando su ávido pecho se bajó por el camino real hacia Almudévar, pero pasando por Riglos, porque quiso ver los Mallos, aquellas peñas que parecen martillos en fila, con el mango metido en la montaña. Y fue, y los vio, y subió a ellos, y con un cuchillo escribió su nombre en la frente del que más erguida y suelta tiene la cabeza.

Cuando llegaba cerca de su lugar vio una gran multitud de gente a la parte de afuera, oyéndose un grande murmullo, y gritos y voces como de mando. Y ¿qué era? No lo hubiese querido ver; ciego quisiera haber sido. Había caído un rayo en la torre de la iglesia e inclinándola un poco a un lado desde el último cuerpo; y atada alrededor una cuerda valiente y pasándola por encima de los edificios de las casas hasta el campo, estaban todos asidos de ella y tirando para enderezarla. Así que lo vieron y conocieron se alegraron mucho y le llamaron, porque esperaban que con su buen discurso les inventaría alguna traza para lograr su intento, y le dijeron lo que pasaba, que harto veía él y sentía. Pero disimuló y mandó traer más cuerdas y atarlas a la única de donde tiraban; repartió la fuerza en todas, y dijo que el lazo abrazador de la torre no estaba bien puesto; y que antes de hacer el tirón quería él componerlo. Fue allá, se encaramó a la torre como un gato, y con una navaja cortó disimuladamente la cuerda sin dejarle más que un ramal sano, para que al menos pudiera atribuir a desgracia el no haber salido el pueblo con la empresa. Hizo desde el tejado de la iglesia la señal convenida, y a una voz que dio el encargado de la dirección de las fuerzas, tiraron todos con tal y tan súbito esfuerzo que se rompió la cuerda y cayeron todos de culo en tierra; la cual estaba muy llovida y blanda y quedó hecho un hoyo muy grande, tardando no poco en levantarse, no pudiendo desasirse del lodo. Llovió por la tarde y toda la noche se llenó el hoyo de agua, y por la mañana se encontraron con una hermosa balsa hecha y derecha que todavía en nuestro tiempo, después de tantos años y del suceso, la llamaron y se llama aún ahora la balsa de la culada.

Capítulo II. De cómo Pedro Saputo quitó el monjío de la cabeza a una muchacha

¡Bienaventurados los mansos de temperamento, porque de ellos es el pesebre en este mundo y en el otro, el cielo de los que mueren sin chupar la sal del señor cura! Benditos, bonachones, pacíficos y alegres sin saber lo que es bondad, dicha, y alegría; sin amor ni odio de nada; la hojarasca, la paja del trato civil, que no sé cómo necesitan otro alimento que a sí mismos.

A los pocos días de llegado fue a visitarle un rico del pueblo, que llamaban Juan del Alto, y por mal nombre y apodo, Sisenando; el cual le dijo que venía a pedille consejo de lo que haría con su hija Teresita, muchacha de diecinueve años de edad, que habiendo ido a ver el año pasado a una tía monja en las descalzas de Huesca y pasado cinco o seis meses en el convento para aprender algunas monerías de la aguja, fue a buscalla y tuvo gran trabajo en traella a casa, porque dijo que quería ser monja. —Yo, añadió el buen hombre, le había pensado casar con un hijo de Pero Pérez de Tardienta, muy cosa y compinche mío, y con quien desde muchos años tenía medio concertado este casamiento. —Está bien, dijo Pedro Saputo; mas vos ¿qué es lo que queréis?, ¿que le quite la vocación del claustro o que la persuada a que se case con el Pero Pérez? —Yo, respondió el del Alto, quisiera las dos cosas, pero si no puede ser, me contentaré con la una. Porque como la mayor la tengo ya casada en Lohare, quisiera hacer a ésta heredera, ya que Dios sólo me ha dado chicas, y traerme el yerno a casa. —Necesito, pues, dijo Pedro Saputo, que me permitáis visitalle con alguna frecuencia y hablalla a solas y con alguna libertad. —¿Eso?, contestó el forro de alma: aunque queráis venir ni dos ni tres veces al día, y estaros desde que se hace claro en el cielo hasta que se apaga la última luz de casa por la noche. Ya lo tengo hablado con mi mujer, y así lo entendemos los dos. —Pues id en paz, señor Juan, dijo Pedro Saputo, que mañana con pretexto de volveros la visita, haré la primera a vuestra hija. Y mirad que la intención no la sepa ella ni nadie. —Pues se entiende, respondió Sisenando; y se fue muy contento.

Era la casa del señor Juan Alto o del Alto de las que nunca frecuentaba Pedro Saputo, porque no le gustaba tratar con tontos, y lo era Sisenando a todo trapo, y no muy aguda su mujer, a quien también habían bautizado con el apodo de la Pintiparada. Y era que tenían una arca de algún peso en sus tripas, y se habían tornado aún más tontos de lo que nacieron, y la hija se criara absoluta por la vanidad que le habían infundido y la poca autoridad de los padres. Necia como ellos no lo era, y de su persona, bien hecha, aunque no hermosa; pero tenía unos ojos que le suplían todo, negros, vivos y pensadores; la voz muy dulce, su conversación jugosa, y su trato aficionado y amable, si no caía en las impertinencias de su mala educación; rara vez las usaba sino con personas de mucha franqueza, como eran los parientes y algunas amigas.

Corrigióla mucho de estos defectos Pedro Saputo; mas todavía le quedó un resabio del cual no fue posible curarla del todo, ni es fácil curar de él a nadie si no son personas de mucho talento, de mucha reflexión y capaces de una filosofía que se enseña poco y se practica aún menos en el mundo. Reducíase el resabio que le quedó, a que porque no se dijese que hacía algo por aviso ajeno, o que la opinión de otro era más fundada o prevalecía contra la suya, queriendo siempre quedar superior, no admitía advertencia ni consejo, aun en las cosas de menos momento, como son ponerse una flor más o menos en la guirnalda, una cinta en el traje, un alfiler en el prendido; o enmendar o revocar una disposición no bien acertada en el gobierno de la casa; hacer primero o después, o hacerlo o no absolutamente una cosa fuese la que fuese; antes bastaba que se le advirtiesen para seguir lo contrario. Sentíalo Pedro Saputo, y se lo dijo oportunamente muchas veces, dejándola al fin y disimulándole esta miseria que admite con otras muchas el ánimo flaco de la mujer por una vana presunción de excelencia en que se ceba su amor propio. Mas es el caso que la padecen también algunos hombres, y todos por las mismas causas; que son, mala crianza la primera, y después orgullo, soberbia, quijotismo, que todo junto es sólo pequeñez de ánimo e irracionalidad.

Llegó Pedro Saputo, y la madre le derramó todo el canasto de ofrecimientos no quedándole nada por decir ni ofrecer. No así la muchacha, que le recibió con agrado y nada más. Volvió al día siguiente y la madre los dejó solos un rato. Él, sin embargo, habló de cosas generales; y lo mismo hizo cuatro o cinco días, pero procurando con disimulo y eficacia llegar a su corazón, y notando todo lo que ella sin pensar ni querer iba manifestando. Un día, en fin, después de estar seguro de la disposición de Teresita por varias señales infalibles, dijo, estando la madre, que trataba de hacer un viaje de algunos meses. Apenas oyó esto la madre, saltó: —¿Cómo?; ¿agora que os empezábamos a querer tanto os iríades? —¿Cómo?, dijo, también yo, respondió él; ¿agora comenzabais a quererme, cuando yo pensaba que siempre me quisisteis? Engañado viví, por vida mía. —Las que os querían antes, o siempre, como decís, dijo la muchacha, tenían con vos esta obligación; nosotras no la teníamos hasta agora. Entendió Pedro Saputo la alusión, que por otra parte era bastante clara; pero ya la muchacha había mostrado ser vivamente herida por la noticia, por más que quiso disimular. Y dijo él sonriéndose: —Yo, apreciable Teresita, correspondo a quien me lo merece, y en el grado que me lo merece. Y no pasaron de aquí en esta primera explicación que todo lo dejaba en el mismo estado, pero con la brecha señalada y casi abierta.

Volvió por la tarde, y la madre como acostumbraba también los dejó solos. —Regularmente, dijo a Teresita, vendré ya sólo a despedirme, porque estoy cometiendo una imprudencia en que hasta hoy no había caído. Vos habéis de ser monja, y ni a vos ni a mí están bien tan frecuentes visitas; a vos porque acaso dirán que gustáis de conversaciones mundanas, y a mí porque el tiempo que paso en esta casa le podría emplear mejor en otras donde no piensan en desaparecer de mis ojos para siempre. —Y vos lo sentiríades mucho, dijo ella. Decid más bien que os pesa de venir a verme, o que os piden celos, y no aleguéis el monjío. —No me piden celos, respondió él; pero sí me pesa de venir a veros, porque a quien no quiere a los hombres, ¿por qué la querría ninguno? —Si me dejasen amar a quien yo quiero, contestó ella, no pensaría en el claustro. —Pero el amor, Teresita, es libre, y si amásedes a alguno, estad segura de que nadie os lo podría impedir; y si aborrecéis a ese hombre que os proponen, nadie tampoco os forzaría a amalle. Hablad, explicaos, decidme lo que hay en vuestro corazón, e yo me prefiero a libraros de toda molestia e importunidad. A estas palabras ella se conmovió, le miró a él con vergüenza y con ternura, se paró colorada, suspiró, y dijo: —Ya lo veis, no os puedo decir más; y harto a pesar de mi cuidado, lo habéis podido conocer estos días. —Sí, amable Teresa, dijo él, sí que lo he conocido... Vive tranquila y segura, que yo fío no te hablarán más del hijo de Pero Pérez ni del triste desesperado claustro. —Pues yo, dijo ella desechando toda reserva, porque ya no cabía, te he querido siempre, ¡y tú no venías a verme! No tenía, no, vocación de monja; en ti y sólo en ti pensaba siempre, y esto y el ver la terquedad de mi padre con ese payo de Tadienta me desesperaba y dije: pues monja, primero monja por despecho, monja por venganza... Maldiciendo mi suerte y a ti y a todos con ella. ¡Porque, ay, tan tuya que era, y tú ni aun sabello querías! Tan poco valía hasta hoy a tus ojos. ¡Ay lo que he padecido! —Valías mucho, Teresa, valías mucho, le dijo él; mas ya acabarás de conocerme, y entenderás por qué esquivaba tu trato o más bien el venir a tu casa. Pero ¿cesará desde hoy toda tu pena? —Ya ha cesado, respondió; ya, sí, ya ha cesado, ya soy feliz. He podido decirte que era tuyo mi corazón, y tú lo has admitido. Lo demás corre todo a tu cuenta. (Y corrió, en efecto, hasta el honor de ella misma.)

Al día siguiente dijo él a su padre, que ya Teresita había desistido de su propósito de meterse monja, pero que convenía no hablarla en el particular por ahora; y a su tía escribirle que como cosa de tanta consecuencia había que pensarlo mucho, y que se le avisaría. En cuanto al enlace que tenían proyectado, que no la importunasen, porque había él conocido que ni al uno ni al otro les convenía. Y así lo hicieron, quedándole muy agradecido por el servicio el alma fofa de Sisenando.

Peligroso es el examen de la vocación y un tanto ocasionada la prueba; pero de tejas abajo este examen es el más legítimo, y esta prueba la de menos engaños. Por lo menos es cosa averiguada que la vocación a la vida del claustro es muy rara, así como son muy raras las personas a quien diga más el estado recto y natural del matrimonio que el violento y antinatural del celibato perpetuo. Asimismo está observado que las jóvenes que creen y se cree que no saben amar, es porque no han dado con el hombre de su corazón; den con él y al punto amarán, al punto se les verá sensibles y apasionadas. Y si al umbral del convento topan y les hacen una seña, del umbral del convento se volverán atrás, y le seguirán, y buscarán su descanso y felicidad en los brazos de aquel hombre. Yo, testigo.

Capítulo III. De cómo Pedro Saputo hizo otro viaje más largo

Dos años y medio hacía que había vuelto de su primera salida, y vivió desazonado porque continuamente le escribían y llamaban para obras de pintura, queriendo todos dársela a él con grande envidia de los pintores que hasta entonces se las competían entre sí en el país; y como reconocían la maestría de Pedro Saputo, callaban y se concomían. También esto sentía él, y para que no padeciesen necesidad, se excusaba de la mayor parte de las obras, y alguna vez de todas por no ofrecerse ninguna de mayor empresa. Al mismo tiempo venía estrecho aquel cielo a su alma grande; y concibiendo ya otras cosas que la vez primera, determinó irse a correr la España cuando menos, sin limitarse por tanto a sola España si le venía a mano. Resuelto que tuvo el viaje, compró una mula de buena presencia y poco precio, una buena espada (que sabía manejar), y el día fijado para la salida, montó y echó a andar hacia Cataluña. Y su madre, y la madrina y su hija, Eulalia y Teresita, que llorasen cuanto quisiesen, porque por ellas no había él de vivir y morir en aquel rincón del mundo.

No entró en su plan ir a ver a sus amigas, porque la edad les debía ir pidiendo a toda prisa las últimas palabras que todos quieren oír de los hombres, y él no se encontraba en ese caso. Pero pasaba no muy lejos de la aldea de las novicias, y no pudo menos de torcer allí el camino, como quiera que siendo dos no podían meterle en apuro, como hiciera Morfina, aunque bien sentía no verla.

Llegó, y al entrar salía el padre de Juanita, que le conoció; se saludaron y fueron juntos a su casa, y juntos pasaron luego a la de Paulina, aún antes de comer, porque eran sobre las diez de la mañana. Como le creían navarro y estudiante extrañaron que viajase de aquel modo: él, que nunca se atajaba, les dijo: —Hogaño, curso perdido. Unas veces valen más letras que hacienda; otra hacienda que letras. El tiempo es el que gobierna; y las letras siempre se encuentran; mas la hacienda puede perderse. Y yo me hallo agora en este segundo caso. Las muchachas siempre eran las mismas, y así que le vieron, se les fue el juicio de casa. Luego después quisieron saber el misterio de su persona, y le dijeron que las dos estaban pedidas en matrimonio, y aunque los partidos eran muy ventajosos, especialmente el que lograba Juanita, le pedían consejo, puesto que aún no estaban del todo obligadas. Él les respondió que cuando fuesen casadas las diría quién era, que antes, ni se lo podía decir ni les convenía saberlo. Si pudiera casarme con las dos (les dijo), vosotras seríades mis esposas; pero la ley no lo permite, y ninguna querría ver a la otra casada conmigo. Por consiguiente debéis casaros. Y pasado el día muy alegremente con ellas, continuó su viaje el siguiente.

A poco más de dos leguas tropezó la mula y cayó con él en un hoyo. Amostazóse de esto y dijo: —Pues si ahora me hubiese roto un brazo o una pierna, ¿quién me sacaba de aquí y me llevaba adonde me curasen? Es decir, que debía llevar un criado; es decir, que debiera viajar con alguna autoridad; es decir, que ya no soy Pedro Saputo el libre, el listo, el sin miedo, el sin respeto a vanidad alguna. Mula, mula, una me has hecho y no me harás dos; poco valías, y agora vales menos; ¡toma!, y tirando de la espada se la metió por el pecho hasta el puño y se la dejó espiritando, y con dos pernadas que dio quedó muerta para siempre y pasto de los cuervos y lobos de la comarca. Sacó de la maletilla unos tapices, y un cuaderno en blanco, dos camisas y un gabancillo (el dinero por supuesto, aunque no tomó gran cantidad de casa), formó un paquetito con todo, atravesó por él la espada, se lo echó al hombro, y haciendo la señal de la cruz, dijo: san Perico: ¡adiós, madre!; ¡adiós, amores míos!; ¡adiós, Aragón!; ¡hasta la vuelta!

Llegó a Lérida y pensó en Julio César. Se internó en el Principado, y visitó el famoso monasterio de Monserrate, donde los monjes le contaron la historia del célebre Juan Garín con la hija del conde Jofré el Velloso (Gofredo o Uvifredo), y la oyó con mucha formalidad por respeto a los presentes. Después se admiró de la penitencia de que hablaban y del regalo con que vivían. Miró las pinturas que había y pasó adelante, no parando hasta Gerona. Allí quiso ver las moscas de san Narciso; pero le dijeron que como la sangre que chupaban de los franceses era sangre ponzoñosa y descomulgada por la invicta espada del gran rey don Pedro III de Aragón, murieron todas después de haberle ayudado a acabar con la canalla, a la cual no le valió traer el estandarte sagrado que llaman el Oriflama: ni las bendiciones y agua bendita que les echó el papa cuando en mala hora publicaron la cruzada contra el rey de Aragón, de que todavía tienen memoria.

De allí por la costa vino a la gran Barcelona, y habiendo sabido que en el puerto había un buque a punto de levantar áncora y hacer vela para Italia, fue allá el día y hora en que debía salir; viole, envidió al más infeliz que en él iba, y le siguió con los ojos y el corazón hasta que le perdió de vista. Quedó solo mirando hacia el mar, y desconsolado y casi llorando, sacó el retrato de su madre que siempre traía consigo, se postró de rodillas, vuelta la cara a Aragón, y dijo: —¡Oh madre! A tu amor y soledad ofrezco este sacrificio. Por ti no me voy a Italia; por ti no visito la ciudad de los Césares; por ti no veré la capital y señora del mundo.

Siguiendo siempre la costa llegó a Tarragona, y comparándola en lo que era con lo que había sido, y recordando la dominación y poderío inmenso de los romanos, casi en vez de llorar le dio ganas de reír considerando la vanidad y pequeñez de las grandezas humanas y de los imperios de la tierra.

Continuó de allí, pasó el Ebro en Tortosa, entróse en el reino de Valencia, saludó a Peñíscola y los manes santos del papa Benedicto de Luna; llegó a Valencia y buscó la puerta en cuyo muro vio el rey Don Jaime tremolar su glorioso estandarte en señal de victoria desde su Real en donde estaba. Fue luego al mismo Real, que eran palacios y jardines (ahora sólo jardines, arruinados aquéllos en la guerra de la Independencia). Visitó después el Real primero del mismo rey en Ruzafa, cuyo sitio ocupaba un convento de monjas. Y acordándose de las suyas de otro tiempo, dijo: —Sed santas las que aquí os hallades; pero mirad que no penetre dentro de las rejas algún Pedro Saputo, porque le auxiliará la naturaleza que es tan poderosa, y... Perdonad, hijas del error o del espíritu de Dios, que de todo habrá entre vosotras. Las que fuéredes víctimas de la violencia, del engaño o de un despecho, aquí tenéis un corazón que se compadece de vosotras. Habéis perdido el mundo, y no sabéis si ganaréis el cielo; pero tal vez no será vuestra toda la culpa ni se os pedirá toda la cuenta. Dichas estas palabras con gran sentimiento, volvió la espalda a aquel triste y melancólico edificio, y se entró en la ciudad; en la cual se detuvo cerca de un año dedicado a la pintura, porque le gustaron los pintores valencianos.

Capítulo IV. De cómo Pedro Saputo se hizo médico. Sigue su viaje

Dios nos libre de tontos: amén. Porque tratar con ellos es lo mismo que entrar de noche y sin luz en una casa revuelta donde no se ha estado nunca. Pero también haberlas con hombres tan agudos es trabajo y pide cinco docenas de sentidos. Y si son antojadizos o bizcos de intención, no son ya hombres sino demonios. A bien que el nuestro no conocía el mal sino para guardarse. Ahora se le antojó hacerse médico; sí, señores, médico sin más ni más, médico, señor, como quien no dice nada.

Todas las profesiones hubiera él querido conocer ejerciéndolas por sí y de su cuenta; pero como es tan corta la vida del hombre, le pareció imposible. Fuera de que algunas tenían para él poco atractivo. Teníalo muy grande entre otras la de soldado; pero hubo de renunciar a este gusto por la obligación y cariño de su madre. De cura de almas no podía ordenarse y ejercer el oficio una temporada; porque el sacerdocio es un lazo más fuerte aún que el del matrimonio, y el que una vez se llega a ordenar, ordenado se queda para in eternum. Fraile, ya podía decir que lo había sido habiendo sido monja, y estado medio año en el Carmen de Huesca donde conoció muy bien el frailismo. De la profesión de letrado se contentaba con la ciencia. Lo que dijo don Severo, de irse con los gitanos, fue voz que él mismo soltó e hizo cundir para llenar el vacío de su eclipse en el convento. Aunque bien lo deseara; porque, ¿qué vida como la del gitano? Pero le arredraba el haber forzosamente de ser ladrón y engañador, de perder toda vergüenza y acomodarse a toda suciedad e inmundicia. Envidio la vida de esos filósofos judaicocínicos, decía; pero no tengo estómago para ello. Al cabo y como quiera que su curiosidad había de empezar o más bien seguir de algún modo y probar alguna nueva profesión, quiso iniciarse en la de médico.

Pasando de Valencia a Murcia oyó hablar de un médico famoso que había en una villa principal, que unos dicen era Alberique, otros Elche, otros Cullera; y dijo: buena ocasión; allá voy, y siento plaza de practicante. Dicho y hecho. Va y se presenta al Esculapio de aquella tierra, que le llamaban el só metche Omella (el señor médico Omella), y le dijo que había estudiado en la Sertoriana de Huesca y que iba de ciudad en ciudad, de reino en reino buscando un maestro que lo fuera digno de él; no por el talento que Dios le había dado, que no era más del necesario, sino por la aplicación con que pensaba estar colgado de sus palabras y llevar después la recomendación de su escuela; que su buena estrella le había hecho saber de su mucha sabiduría; y le rogaba le admitiese entre sus discípulos. Llámome, añadió, Juan de Jaca, soy aragonés, hijo de buenos padres y natural del lugar de Tretas, en la montaña.

Gustó al doctor el empaque y desparpajo de Pedro Saputo, y por vía de examen le preguntó en latín qué es calentura, qué es pulso, y qué es médico. Él, que por pasatiempo había leído algunos libros de medicina y tenía tan buena memoria, le respondió también en latín, hablando media larguísima lengua, en que revolvió, juntó, concordó, y casó a Hipócrates y Galeno con Raimundo Lulio y el Maestro de las sentencias; a Aristófanes, Varrón y Paracelso, con Plinio, Averroes, Nebrija y Pico de la Mirándula; añadiendo de suyo reflexiones tan propias y adecuadas, que ni Piquer después habló mejor de calenturas, ni Solano de Luque del pulso, cuando vinieron al mundo a enseñar a los médicos lo que no sabían. También subió a la luna y de allí más arriba, y nombró más planetas y constelaciones que conoció don Diego de Torres, y habló maravillas de la astrología médica y de la influencia de los astros en el cuerpo humano; puesto que fingió una fe que no tenía. La definición del médico la redujo a dos palabras, diciendo que es Lucifer de la salud (Lucifer quiere decir lucero). Pero después la extendió y la amplió dando más de veinte definiciones del médico a modo de letanía.

Rebosábale el gozo al maestro al ver que un hombre tan consumado venía a ser discípulo, y se creyó el mismo Esculapio con bastón y gorra a la moderna. Al fin, sin perder la gravedad le dijo: recte, fili; in discipulum te coopto; et spero fore ut intra paucos menses par sis magistro, et mihi in schola succedere possis. Que quiere decir: «Muy bien, hijo; te admito por discípulo, y espero que dentro de pocos meses me iguales y puedas sucederme en la escuela.»

Comenzó, pues, la práctica, y el maestro cada día más enamorado de él, distinguiéndolo mucho entre los discípulos, que eran de doce a quince. Recibiéronlos mal un día en una casa, y aun ultrajaron de palabra al maestro; y mostrándose muy sentido Pedro Saputo, le dijo aquél: —Gustosa la ciencia, hijo, pero odiosa la profesión. Lleva muchos disgustos consigo, desazones, sinsabores, corcovos, hipos e indigestiones; pero también alguna bendición y favor y sobre todo es muy socorrida. Por lo demás ya sabrás los secretos del arte. Pero no te arredres. Ya sabes que al hombre se le dijo: in sudore vultus tui (en el sudor de tu rostro); pues para el médico se muda en P la S, Afán y trabajo; malos días y peores noches es la condición del hombre en general; dos días de tristeza, y uno repartido entre la alegría y las distracciones del dolor; y esto cuando le va bien; pero el médico... En fin, ya sabrás, repito, los secretos de la profesión, el arte segundo del médico. Porque a ti solo, hijo, a ti solo quiero revelarlo.

Haría unos tres meses que practicaba cuando su maestro recibió una carta del concejo de Villajoyosa, en que le pedían un médico de su escuela; y si no le tenía cumplido o de su satisfacción a mano, le enviase uno de sus discípulos más adelantados. Parecióle llamar a todos, leyóles la carta, y les propuso que supuesto no había ninguno cumplido de práctica, designasen el que con más confianza podría mandar, ya que entre sí debían conocerse. Todos al oír esto se volvieron a mirar a Pedro Saputo y dijo el maestro: —Entiendo, señores, entiendo; también yo me inclinaba a Juan de Jaca; pero con vuestro testimonio se asegura más el mío. Irá Juan de Jaca, y depelará y fugará los morbos que afligen la población, y cortará la tabe que la inficiona. (Porque en aquélla se padecían unas calenturillas pútridas que decían que se pegaban un poco a la ropa, y aun a la carne.) Pero sabe, Juan de Jaca, mi muy dilecto discípulo, que Villajoyosa es teatro de prueba para un médico. Muchos marinos, como puerto de mar; calor en la sangre, afrodisis en los alimentos, pubertad precoz, amores tempranos, pasiones tirantes y vejez anticipada. Sangría, vomitorios y purgas a los jóvenes; vomitorios, purgas y sangría a las personas de media edad; purgas, sangría y vomitorios a los viejos; luego sudoríficos a todos, tinturas analépticas y dieta amorescente. Pero sobre todo ten presente que la sangre es el mayor enemigo del hombre; después entra el amor. Por eso en esa villa hay lo que hay, como llevo dicho. Y buenos que los tengas, y a los que te consulten, dieta yseparatio tori absoluta desde san Miguel de Mayo a san Miguel de Septiembre. Esto, ya se ve, no lo harán, se extenuarán, caerán, morirán; pero el médico ya se salió por su puerta. Muérase en hora buena el que morirse quiera. ¿Pagó las visitas?, pues requiescat in pace. Dirán, hablarán: requiescat in pace. El médico lo ha muerto; requiescat in pace. Fuera de que, hijo mío, todos según el poeta, sedem properamus ad unam (caminamos al otro mundo). Y hecho debidamente nuestro oficio, que el enfermo se muera del mal o de la medicina, el tímpano de los coribantes (que es tocar la zambomba y hacer ruido). Si se te ofrece algún caso fuerte, audaces fortuna juvat (a los osados ayuda la fortuna): sangre y más sangre, que, como dije, es nuestro mayor enemigo; y después, suceda lo que suceda, el tímpano susodicho, y si el enfermo muere, requiescat in pace.

Acabada esta famosa lección, le abrazó tiernamente, y escribió y le entregó la carta de autoridad y persona. Él, comprándose una mula, partió para Villajoyosa montando en ella, con que se acreditó mucho, pues ya antes de ejercer la profesión cabalgaba en mula, que en aquel tiempo era distintivo y como señal de excelencia entre los doctores. Y cierto, desde que dejaron la mula va la profesión por tierra y no se ven sino mediquines. Llevaba también su gran gorra negra, un gabán pajizo con forro morado, y un alto bastón con puño de plata en el cual figuraba una culebra rollada al palo como símbolo de la medicina. Porque Esculapio, que era el dios de los médicos y de los boticarios entre los gentiles, vino de la Grecia a Roma transformado en culebra a petición y honor del senado que envió a buscar los tres embajadores con un hermoso buque de la república.

Llegó, presentó sus letras de yo soy; y como en ellas su maestro le pusiera encima de los cuernos de la luna y le hiciese frisar con las estrellas, no repararon en su poca edad. Ni repararon tampoco las calenturas ni la tabe o lo que fuese, pues aunque recetaba a tientas, dé donde diere, sea que acertó, sea que el contagio declinaba, en quince días se quedó sin enfermos, curados todos felizmente con los vomitorios, las sangrías y los sudoríficos; y excepto cualque docena de ellos, seis monjas, dos capellanes, ocho marinos, tres buhoneros y algún otro, que al todo no llegan a ciento; con otros tantos frailes y un Argos de tía importuna que le enfadaba celando una sobrinita que por su mucha belleza decía él se había escapado del Olimpo y bajado a la tierra. Murió la dicha tía porque llegó su hora, y se supone; pero es cierto que Pedro Saputo (casi tiemblo al decirlo) tuvo gran tentación de ayudarle. ¡Ah!, la ocasión puede mucho. Dios haga santo a mi médico.

No obstante, como discurría y sabía hacer aplicaciones por analogía y consecuencia, aún se llegó a formar un como sistema, en virtud del cual y reformando la doctrina de su maestro y de los prácticos que entonces se seguían, curó entre otros a un epiléptico (mal del corazón), un gotoso y un maniático; al primero con un parche de cerato fuerte y revulsivo a la boca del estómago; al segundo con friegas secas las mañanas antes de levantarse, por el espinazo y todas las junturas de los miembros; y al tercero con sangrías (Dios nos libre), purgas y música, esto es, haciéndole aprender la música y la poesía. Las muchachas enfermaban sólo por el gusto de que él las visitase. Y hasta hubo dos que se fingieron picadas de la tarántula; él les conoció el mal, ellas se lo confesaron, y obró el milagro de su curación con gran crédito y no menos provecho, habiendo sido muy bien pagado por los padres.

Iba, pues, asombrosamente en su práctica; su maestro le escribía continuas enhorabuenas; todos le miraban como un oráculo, y los marinos de Villajoyosa llevaban su fama a las cuatro partes del mundo. Pero él consigo mismo; ¡qué comedia cuando volvía a visitar y se metía en su cuarto! Allí era el encogerse de hombros y soltar la carcajada, el dar puños en la mesa, el hacer pasmos y no acabar de admirarse y reírse de lo que veía y tocaba, que era la tontería de las gentes y las pesetas que ganaba, con los muchos ricos regalos que le hacían, como que si está un año puede poner coche. Que es Villajoyosa pueblo entonado y sus naturales generosos y agradecidos. Además salía a los lugares circunvecinos y se traía muy buen oro y ricas preseas. Pero se le acabó la nueva conciencia, y a los cuatro meses de ejercicio le dio de mano por una ocasión que acaso habrán tenido otros muchos y no le habrán imitado.

Llamáronle para un arriero de Carcagente que al pasar con su recua un riachuelo que hay cerca de Villajoyosa, crecido con las lluvias de la tarde anterior, dio un paso en falso su jumento y se cayó con la carga. Eran las diez de la mañana en el mes de julio; hacía mucho calor, y el arriero cubierto de un mar de sudor tuvo que lanzarse al agua, y sacó de ella con el burro una enfermedad que le llevaba por la posta. Visitóle nuestro médico, y dijo entre sí: ésta es la ocasión de probar el remedio de Quinto Curcio. Lo mismo sucedió a Alejandro, y su médico le propinó un brebaje con que le hizo dormir tres días, y luego romper en sudor copioso que le dejó libre y en ocho días estuvo bueno. A hacer, pues, el remedio. Y en efecto puso manos a la obra. Mas como el amigo Quinto Curcio no dice de qué se componía, se echó Pedro Saputo a adivinar, y al fin le pareció que debía de mezclar los narcóticos y los sudoríficos; y así lo hizo. Pero cargó demasiado la mano de los primeros; y sí que durmió el enfermo dos días, pero después en vez de romper en el sudor copioso y favorable que esperaba, rompió en las bascas de la muerte, o más bien en quedar frío en la cama, pues ni aun bascas tuvo el pobrecillo. Y aún decía la gente: ¡qué médico! Tres días le ha alargado la vida; otro se lo hubiese dejado morir de voleo.

Poco satisfecho Pedro Saputo de sí mismo, y pidiendo la venia al concejo fue a verse con su maestro. Contóle el caso, y le respondió: no desapruebo lo hecho, pero otra vez, y perdona eximio Juan de Jaca, esperimentum fac in anima vili (Haz la prueba en persona que poco valga). —Pues ¿qué ánima más vil podía haber hallado?, dijo Pedro Saputo. —Muy engañado estás, hijo, le respondió el maestro; aunque la culpa es mía que no te previne. Ánima vil es un fraile, un beneficiado, una monja; y lo más y eso en caso de necesidad, una doncella vieja; una casada estéril, una viuda sin hijos, pero no un pobre arriero, y más padre de familia. En aquéllas, particularmente en monjas y frailes, se hacen esas pruebas, que no pueden doler a nadie y hacen más falta en el otro mundo que en éste. Vuelve a tu partido, y de aquí a un mes o dos, porque ahora estoy ocupado, mira de dejarte ver más de espacio, para revelarte los arcanes de la profesión y la composición de la persona del médico. Besó Pedro Saputo las manos a su maestro y se despidió de sus condiscípulos. Pero espantado de su temeridad y remordido de la conciencia, no quiso volver a Villajoyosa, sino que picó para Murcia, donde vendió la mula y tornó a su oficio de pintor aventurero.

Sintieron mucho su desaparición en Villajoyosa, y más las doncellitas, creyéndose todas huérfanas y abandonadas de la providencia. ¡Cuántas lo lloraron! ¡Cuántas lo soñaban de día y lo suspiraban de noche! ¡Cómo se torcían las manos invocando su nombre desesperadas! ¡Qué amargura! Decían: ¡Juan de Jaca de mi alma! Y es de advertir que desde entonces saben las muchachas de Villajoyosa pronunciar la jota como nosotros, habiéndose esforzado en esta gutural para llamarle bien y no ofenderle convirtiendo su apellido en una palabra fea y malsonante.

Pasó después a Murcia y de allí a Granada. Su curiosidad se cebó sin término en las memorias de la gran ciudad de los árabes, de la gran ciudad de los Reyes Católicos, de la ciudad de los Vegas, Mendozas y Gonzalos: de la Troya, en fin, de la Europa moderna. Visitó después la de Santafé y de allí fue a Sevilla, en donde se detuvo un año por la misma causa que en Valencia. Subió a Córdoba y saludó la madre de las ciencias en los nuevos siglos allá cuando las demás naciones de Europa eran aún semirracionales y se alimentaban (o poco menos) con las bellotas de la primitiva ignorancia.

De allí pasó a Castilla, siendo la primera ciudad que visitó la imperial Toledo, y vio que apenas podía sostener la grandeza de su nombre. De Toledo fue a Salamanca, la Atenas de España, y se admiró del ruido de las escuelas, del número de ellas y de estudiantes, y entrando a examinar la doctrina vio que no correspondía a la opinión ni al afán y concurso de los estudios. Pasó a Valladolid; vio su catedral; y cansado de curiosidades se dirigió a la corte que a la sazón estaba en Madrid, un villorrio en otro tiempo, y ahora una de las más hermosas poblaciones de Europa, aunque sin memorias antiguas, sin glorias de los siglos pasados. No se quiso cansar mucho en examinarla porque sabía lo que era; y por otra parte el olor que salía de los palacios y oficinas le encalabrinó la cabeza y obligó a salir de allí cuanto antes sin ver más que algunas cosas que siempre ha tenido buenas; y tomó el camino de Burgos. Esta antigua corte de Castilla, esta primera capital de la antigua Castilla, dijo al llegar, no hiede como la otra. Ése es el palacio, con gusto lo vería todo; ésa la catedral, hermosa, magnífica, digna de su famosa antigüedad. Pero estaba desabrido, su corazón se dolía de una ausencia tan larga, y pensando en su madre, estrechó el círculo de su viaje y cortó derecho tomando la vuelta de Aragón para Zaragoza.

Las alas del pensamiento le puso el deseo en los pies desde el momento que determinó volverse a su tierra. Aún no acababa de salir de Burgos, por decirlo así, ya estaba en Calatayud y llegó a La Almunia. Fue al mesón, y apenas hacía media hora que había llegado le vinieron a buscar un hombre y una mujer preguntando si era médico. —Sí, les dijo, entiendo algo de medicina, ¿qué se ofrece? —Mirad, dijeron; el médico del pueblo fue a Ricla a una consulta, y jugando en una casa riñó con el albéitar sobre una jugada, y el albéitar a él le quitó la nariz de un bocado; y él al albéitar le hizo saltar un ojo, y allá están los dos en poder de su mal y de otros cirujanos. Un tío nuestro, ya muy anciano, cayó anoche por la escalera; no se hizo ningún daño; sólo se quedó dormido o atontecido; le acostamos, y ésta es la hora que no se ha despertado; y dicen que así durmiendo y respirando se puede ir a la otra banda y quedarnos a copas de la herencia si no hace testamento o deshace el que tiene hecho. Entendió Pedro Saputo lo que era; fue allá y vio un hombre de unos setenta años de edad tendido en la cama, el color natural, un poco encendido, y como en un sueño muy descansado; habíanle ya aplicado candelillas, hierro candente, pellizcándole mil veces, y nada, dormir que dormirás. Pulsóse y dijo: —Este hombre debió sangrarse luego de la caída; pero se le aplicará otro remedio. Tráiganme un poco de pólvora, sobre un par de onzas. Se la trajeron, y puesta en una escudilla con algo de humedad, comenzó a revolverla y amasarla, y luego hizo con ella dos frailecitos o muñecas, y mandando salir a todos de la alcoba, excepto dos hombres que eran los que más deseo mostraban de la salud del enfermo, les hace poner a éste boca abajo y de un lado; y cuando le tuvo así, le aplica un frailecito al ano y le pega fuego. Arde la pólvora, chispea, se agarra, consúmese, y el enfermo dormido y más dormido. Aplícale el otro, e hizo más estrago, pues comenzó a fluirle sangre en tal abundancia, que se formaba un charco en la cama. Y a poco rato comenzó a menear los pies, luego quejarse y dar algún grito, y en fin volver del todo a la vida. Pedro Saputo dejó salir mucha sangre, y cuando le pareció bastante, mandó que le lavasen con aceite y aguardiente batido y le aplicasen después hilas empapadas en lo mismo hasta otro día que les dijo lo que habían de hacer para curar la llaga. Diéronle un doblón, fuese por la mañana y quedó en el país el prodigioso remedio para siempre. Hay quien dice que no fue esto en La Almunia, sino en el Frasno, y otros que en Épila. Poco importa; yo de La Almunia lo hallé escrito.

Capítulo V. Llega a Zaragoza: después a su pueblo

No volvió a ver al enfermo, ni a sus deudos se les dio nada, habiendo conseguido lo que deseaban; pudiendo por ellos el anciano tío morirse cuando quisiera y cuanto más pronto mejor.

Vio, en fin, las torres de Zaragoza; acercóse más, divisólas con más claridad, alegrándose de un modo que jamás había experimentado; y dijo: persona, ciudad ilustre, madre mía, como de todos los que nacen debajo de este gran cielo de Aragón. Yo he visitado otras capitales, casi todas las de España, y las más famosas; y no te he visitado a ti, que debiste ser la primera y que para nosotros vales por todas. Esa majestad tan bien sentada; esa grandeza que se levanta en la imaginación y la memoria; tu nombre que es todo amor, todo sublimidad, todo gloria y heroísmo: ¡Oh ciudad! ¡Oh Zaragoza! Recíbeme en tu seno, en el cual daré al olvido cuantas grandezas me han asombrado, cuanta nobleza y dignidad se han ofrecido a mis ojos admirados. Y diciendo esto fue adelantando y llegó a los muros y quiso entrar y entró por la puerta de Santa Engracia. Penetró al Coso, y mirando que hubo esta hermosa calle, se metió por la de San Gil y atravesó la ciudad hasta el puente, desde el cual, visto el Ebro, miró hacia su lugar y le saltó el corazón pensando en su madre. Entróse en la ciudad, y viendo a la izquierda una iglesia y la puerta abierta fue allá y se encontró con el suntuoso, magnífico y soberano templo de la Seo. Volveré, dijo, que esto pide más tiempo. Y preguntando por el Pilar y oyendo que estaba cerca, visitó a Nuestra Señora y se fue a una posada.

Diez días se detuvo en Zaragoza, y se detuviera diez meses si el cariño de su madre no le aquejase. Vio lo que pudo y no lo que quiso ni como quiso, y con propósito de traer a su madre otra vez salió para su lugar con el mismo equipaje que sacó de su casa, pero con un cinto de monedas de buen color que había ganado pintando, y que en su corazón y en el pensamiento llevaba ofrecido a su madre.

Caminaba, pues, muy contento como soldado aventurero que vuelve de la guerra mejorado, rico y glorioso, cuando al llegar al llano de Violada ve a lo lejos una multitud o compañía de gente que hormigueaban y se bullían como si trabajasen. Fuese acercando, llegó a tiro de la voz y de la vista, y conoció a sus paisanos los vecinos de Almudévar que estaban cavando en dos o tres puntos. —¿Qué es esto señores y paisanos míos?, les preguntó. Conociéronle ellos, y se alegraron y le recibieron con grande alborozo, diciendo con el mayor afecto: —¡Ah, que hace más de dos años que te fuiste y nada sabíamos de ti, y tu buena madre lloraba! Pero la toparás buena, y también a tu madrina; y a tu hermanita, y a todos tus amigos y amigas. Seas muy bien venido. Por ahí anda tu padrino. Y he aquí que su padrino le abraza por detrás y con él Sisenando, o sea el señor Juan del Alto. ¡Qué alegría! ¡Qué gozo y júbilo! ¡Qué preguntarle! Todos querían verle de cerca y hablarle siquiera una vez o una sola palabra cuando menos. En esto llega un regidor y le dice: —En hora buena, Pedro Saputo, y todos también nos la tomamos. Llegáis tan a sazón pintada, que con vuestro singular discurso podréis servirnos mucho en esta interpresa que Dios sabe si de sí dará gloria o confusión al concejo y a todo el pueblo. ¿Veis esas grandes fuesas que estamos abriendo? Pues no son más que hoyos y catas que hacemos para buscar unos riquísimos tesoros que hay acá o acullá enterrados desde los moros. Púsose Pedro Saputo en oyendo esto a pensar un poco entre sí; y dijo al regidor y a los que le escuchaban: —Que en este llano y hacia este lado, milla más o menos, hubo antiguamente un pueblo, casi no se puede dudar; pero que por haber habido un pueblo hayan de encontrarse tesoros ricos ni pobres, yo por mi parte no lo creo. Posible es que quedasen algunos enterrados, porque los hombres suelen esconder el dinero debajo de la tierra, aun cuando no les faltan arcas para tenello a buen recado, y puertas en sus casas y armas para defendello; pero la posibilidad no es un hecho. Y primero que todo estaba el determinar el sitio que ocupó, el lugar o pueblo que se cree hubo en este llano. ¿Y se os han dado las pruebas y determinado este sitio? Decidme: ¿quién os ha hecho venir aquí a induciros a abrir tan resueltamente estos hoyos? Cuando oyeron esta pregunta se volvieron a mirar como para buscar el sujeto, y le llamaban y no parecía. ¿Dónde está?, ¿dónde está?, decían. Mas el hombre se las había liado; porque así que vio y oyó nombrar a Pedro Saputo se dio por perdido, y se escurrió y puso pies en polvorosa. Tendieron la vista a todos lados y vieron correr a un hombre hacia la sierra y maleza con tanta prisa de llegar y lanzarse en aquellas espesuras, que en un instante se metió por ellas y se perdió de vista y de posible alcance.

—¿Y agora?, dijo Pedro Saputo. ¿Aún estaréis creídos que aquí hay tesoros? —¡Ah!, respondieron; ¡si lo llegamos a haber a las manos! ¡El pícaro! Nos ha engañado, y se nos va con cincuenta escudos de plata que le dimos el domingo a cuenta de quinientos que concertamos de dalle si topábamos los tesoros. —Ya les dije yo, dijo Sisenando, que no fuesen tan creíbles. —Podéis empero consolaros, dijo Pedro Saputo, porque al cabo cincuenta escudos son un maravedí para todo el pueblo. ¿Cómo sois tan blandos de opinión? ¿Cómo oís al primer embaidor y follón de zahorí que os embauca? —Pues ése lo era, dijeron; y saludador. ¡Oh, si vos, Pedro Saputo, le hubiésedes visto aquí mirar el suelo y hacer gestos y visiones y como contar las ollas si no las piezas una por una y las alhajas de oro y plata que hay según él en grandes arcones y tinajas enterradas! Y ¡qué de ríos y de maravillas veía en el centro de la tierra! —En el centro de vuestra niñez y tontería, deberíades decir, contestó Pedro Saputo. No me contéis, por Dios, más sandeces porque me afrento de oíllas. Sois de mi lugar, os quiero mucho, y me causa mancilla el que de vosotros se diga que sois tan niños y llevaderos. Perdonad, pero así sois, y no mudaréis si os diesen mil y más desengaños. Ésta por fin no os ha costado muy cara; plegue a Dios que no venga otra. Y vamos, señores, si os parece, caminando hacia el lugar, que la tarde corre apriesa. Dicho esto se puso a andar y todos lo siguieron.

No deshicieron lo hecho: y así duran aún en el día y se ven a un lado del camino real los grandes hoyos que abrieron a modo de sepulturas o zanjas, con el nombre de fuesas de Pedro Saputo. Pero mal llamadas de su nombre, porque no fue él quien las mandó abrir, sino que al contrario fue él quien hizo abandonar la obra que tan crédula y bobamente habían comenzado los de su pueblo.

Capítulo VI. De cómo Pedro Saputo hizo el milagro de Alcolea

Llegado que fue al lugar con todo el acompañamiento de gente que trabajaba en las malhadadas fuesas, siguiendo en pos de los carros de vituallas y herramientas, le hicieron gran fiesta los amigos, que lo eran todos, y más, aunque con menor ruido las amigas, que como se sabe eran dos principalmente: Eulalia, la de la caída, y la consabida y desmadejada Teresita, no tan viva y salerosa como aquélla, pero entendida y profunda. Sólo que estaba casada hacía cuatro meses, pensando no ver más a Pedro Saputo y por dar gusto a sus padres que la fatigaron mucho; no con el de Tardienta, sino con un mozo harto bien dispuesto de Bolea. Ya se ve, el novio terco, el padre sandio, la madre frunciendo el hocico, Pedro Saputo ausente más de dos años, y ella pasar de los veinte ¿qué había de suceder? Pero ¡oh, cuánto lo sintió al ver volver a Saputo! A par de muerte le fue, y no hizo poco en no aborrecer al marido ni herirle de sospechas; bien que era de buena pasta y muy pasador de razones, pagándose de cualquiera. Pedro Saputo con prudencia y mónita la fue esforzando, consolando, y alegrando, y poco a poco le dio a entender y persuadió que la mujer casada debía poder morir, mas no faltar a lo que debe al marido, y tratándola con blandura no demostrándole desvío y severidad, y no irritando su genio, la hizo al fin prudente y virtuosa, y restituyó a su corazón la paz, a su pecho la serenidad, y a su semblante y trato la natural usada apacibilidad. Todavía se encontró con novedad no esperada; otra amiga en quien jamás hubiera pensado; y fue Rosa, la hija de su madrina, la que él llamaba y llamó siempre hermanita, muchacha lindísima y que vio le quería con otro amor que de denantes. Mas él con la misma familiaridad e inocencia que la trataba la contentaba fácilmente. Aún no hacía seis días que había llegado, aún no había acabado su madre de mirarle, y de alegrarse de verle, aún no se cansaban los del pueblo de saludarle, cuando se le presentan dos ricachos de Alcolea de Cinca diciéndole que venían a pedirle consejo y traza para vender un vino que se les torcía; porque siendo ya entrado el setiembre y estando las viñas cargadas de fruto, no había medio ni esperanza de despacharlo. Preguntóles cuánto era, y le dijeron que sobre dieciséis mil cántaros. Y ¿qué me daréis?, les preguntó entonces. Y ellos respondieron: la cuarta parte de lo que valga, según se venda.

—¿Puede aún beberse por vino y no por vinagre? —Por ahora aún es vino y no malo, porque no hace más de empezar a tornarse agrio. —Pues dadme desde luego esa cuarta parte de su valor a dos reales de plata, que es el precio más bajo a que le venderéis, y yo os le doy por vendido. Si dudáis, si no se vende, o no todo, os devolveré lo que sea a prorrata. —No tenemos tanto dinero. —Buscadle: sin mi dinero en la mano excusado es que me habléis más en el asunto. Conformáronse, fueron a por el dinero a Alcolea, le trajeron y entregaron a Pedro Saputo.

Entonces él les dijo... —Pues agora id, y hacerme pregonar en Huesca, en Barbastro, en todo el Semontano, en la Litera y Ribagorza, que Pedro Saputo saltará a las Ripas de Alcolea el día de san Miguel: que los que quieran ver el milagro, acudan allá para dicho día y no les costará más que el trabajo de levantar la vista a miralle. ¿Qué dudáis? —Pero... —Id, os digo, o no hay nada de lo dicho y me quedo con este dinero. Ellos, viéndolo tan resuelto, se fueron diciendo: —Su alma en su palma; él se compondrá; él sabe como lo promete. Nosotros vendamos nuestro vino, que esto es lo que nos importa. Y fueron e hicieron publicar el susodicho pregón en todas partes, y esperaron en qué pararían.

Son las Ripas de Alcolea una muralla natural muy altísima, formada sobre el Cinca, de unos montes llanos que corren su ribera derecha dividiéndole del Alcanadre, con quien tiene confluencia poco más abajo, cortados perpendicularmente por aquella parte que será bien un cuarto de legua. A primera vista parece que el río pasase por el pie en algún tiempo, y que socavando el monte se viniese éste abajo arrebatando las aguas lo desprendido, y quedó aquella maravilla a los ojos del viajero a quien de largo cielo suspende y para en su camino: vistosas también de cerca por su elevación y la variedad uniforme de su magnífico frontispicio, adornándolas además en su tercio de altura las hermosas fajas del Arco Iris, que de lejos no se divisan. Allí crían, viven, cantan y revuelan continuamente pájaros de mil especies, todos en paz y su instinto cada uno, encontrándose sin ofender desde el águila hasta el gorrión, los ciquilines con las palomas, y los más contrarios y que menos fuera de allí suelen avenirse. Y desde arriba había de saltar Pedro Saputo, que, cierto era salto digno de verse, y que si alguno ahora le quisiera dar iría yo dos jornadas que estoy de aquella ribera. Porque aunque propiamente hablando no era saltar, sino dejarse caer, pero estaba el chiste en que no pensaba hacerse daño, y así lo creía y esperaba la gente.

La víspera de san Miguel se llenó el pueblo de forasteros, y más aunque fuera mayor, pues se salieron al campo y le fueron cuajando de acémilas, tiendas y personas de todas edades y condiciones, habiendo quien hace subir el número a cuarenta mil almas, despobladas casi las ciudades, villas, lugares y aldeas desde Ayerbe a la Albelda, y desde Bujaraloz a los valles de los Pirineos. También llegó Pedro Saputo, siendo grande la curiosidad de verle, y se hospedó en casa del más rico y del que más le importaba el milagro por ser el que más vino tenía.

Salió el sol el día de san Miguel, díjose una misa al pie de las Ripas, que oyeron las multitudes como pudieron, y quedaron todos en grande expectación de aquel salto o vuelo que ni se había visto en los siglos pasados ni se había de ver en los venideros; cuando allá sobre las once de la mañana salió Pedro Saputo y dijo haciéndolo pregonar por el campo, que el señor cura le había hecho presente que peligrando su vida en la prueba que iba a hacer, no podía a fuer de cristiano dejar de confesarse y comulgar; y que por consiguiente no podía saltar aquel día porque tenía que prepararse.

Para el siguiente hizo decir y pregonar que el señor cura quería que la confesión fuese general, y que un hombre del mundo no podía hacer el examen mientras se fríe un huevo como una monja que se confiesa todas las semanas y entró en el convento antes de mudar los dientes. Y aquella noche preguntó a su huésped en qué iba el despacho del vino. —Con otro día más, le respondió, se venden hasta las heces y habrán de beberlas porque no habrá otra cosa. Pues ese día, dijo él, ya le tenemos ganado. Mandad pregonar que mañana a las dos de la tarde será el salto y la satisfacción de todos.

Pasó la noche, vino el día, llegó la hora, y Pedro Saputo subió a las Ripas, dándoles vuelta por el norte del lugar; presentóse en la más alta y con grande voz preguntó a la multitud: —¿Conque saltaré de esta ripa? —Sí, respondieron todos, resonando el grito un cuarto de hora por las mismas ripas y el río. Y ya del susto, ya de la imaginación malparieron cinco mujeres, que fue gran trabajo para los maridos y allegados. ¿Por qué iban si habían de asustarse?, dirá alguno; y yo le respondo, que fueron porque a no ir se hubiesen muerto de deseo; y más vale malparir que morirse. Tornó a decirles Pedro Saputo: —Mirad que no haya entre vosotros quien lo contradiga, porque uno solo que haya que se oponga diciendo que no, ya no puedo saltar. Y respondieron: —¡Sí!, ¡sí!, ¡sí!, con un grito general y unánime. Y dijo él entonces: —Pues allá voy... ¡allá voy!... ¡que voy!... que salto... (haciendo grandes conatos y ademanes), pero por si acaso y porque aquí hay uno que dice que no, ahí va mi gabán, mirad cómo vuela. Y al mismo tiempo le arrojó con fuerza, y echó a correr hacia el monasterio de Sigena donde había inmunidad y salvaguardia, y dejó a aquella multitud de gentes, más crédula aún y llevadera que los de su pueblo, mirándose de unos a otros y midiéndose las narices que a todos les quedaron tan largas como fue el vuelo del gabán; mientras su dueño se moría de risa, aun corriendo como iba a tomar puerto seguro. Mas no se dieron por ofendidos de la burla; antes les cayó en gracia, y se volvieron muy contentos a sus casas.

A los ocho días salió del monasterio, para su lugar, y dijo a algunos amigos, que de buena gana se hubiese dejado encantar entre aquellas titulosas monjas, porque fuera del gutibambismo de la orden y de sus familias, eran de conversación fácil, amables algunas de ellas, admitían visitas particulares, y no se arrugaban con el mojigatismo y escrúpulos que tanto empalagaban en otras. Desde el primer día tuvo amigas, desde el segundo, amantes, los demás, favores a dos manos, y el último tu gozo en un pozo, porque dijo que se quería ir, y no le pudieron detener con ruegos, lágrimas, halagos ni ternezas; y eso que con él no se verificaba el dicho: amor de monja y pedo de fraile, todo es aire, y sólo un día más les concedió, siendo nueve los que estuvo entre ellas.

Capítulo VII. De cómo Pedro Saputo dio cuenta de su viaje de la vuelta a España

Restituido a su casa, no le dejaban vivir preguntándole de su gran viaje; y por satisfacer a todos a la vez hizo pregonar que acudiesen a la plaza; acudieron, y desde el balcón dijo:

«Si todo lo que he visto y me ha sucedido hubiera de referiros circunstanciadamente, en un mes no acabaría. Pero algunas cosas particulares las iré contando a los amigos, y ellos las contarán a otros, y así las sabréis todos. Otras no las diré ni a ellos ni a nadie, porque no pedí licencia para publicallas y el mundo es muy mal pensado.

»Sabed pues, amigos y compatricios míos, que en todas partes he encontrado hombres agudos, y hombres tontos; de éstos más que de aquéllos; hombres que creerán lo que se dice a los niños, que el cielo es de cebolla y que los comulgaríades con más que ruedas de molino. Lo cual os digo para que veáis con qué razón podrán decir por esos pueblos vecinos que sois los más tontos del mundo. ¡Cuántos lo son más que vosotros!, porque aunque es verdad que fuisteis al llano de Violada a cavar aquellos hoyos buscando tesoros escondidos, pero eso lo han hecho y lo hacen muchos otros que se tienen por muy agudos, y encuentran lo mismo que vosotros, que es la tierra fresca y la frente sudada. Pero ninguno de Almudévar ha ido a verme dar el salto de Alcolea, porque ya os figurasteis que era chanza, cuando han ido muchos doctores de la universidad de Huesca, y aun colegiales de Santiago y de San Vicente, algunos canónigos, muchos caballeros y damas principales, y todas las cinco pes de la copla. De Barbastro, pues, no digo nada; fueron de tres partes las dos, siendo los que con más largas narices quedaron viendo volar el águila de mi gabán desde la Ripa. Y nombrándoos a Huesca y Barbastro, no hay para qué hacer mención de Fraga, Monzón, Binéfar, Tamarite y toda la Litera, Graus, Benabarre, Fonz, Estadilla, Sariñena, Ayerbe, Loharre, Bolea, ni los pueblos de la Hoya, que fueron más que al jubileo del año santo; como igualmente del Semontano y Sobrarbe. Conque bien podéis consolaros y no teneros por más tontos que otros, porque no lo sois como estáis oyendo.

»Pues en cuanto a mi viaje, habéis de saber que he recorrido el principado de Cataluña, el reino de Valencia, los cuatro de Andalucía y las Castillas; y he venido a ver en suma lo que vosotros veis sin moveros de casa, fuera de los ríos, montes, ciudades y otras cosas que al fin poco más o menos también son como las que vosotros tenéis vistas de lejos o de cerca. Asimismo en todas partes el sol sale por la mañana y se pone por la tarde, y siempre la luna alumbra de noche y a las doce es mediodía si no es en la corte, que mediodía es a las cuatro de la tarde, y media noche es a las seis de la mañana1. Porque en las tierras que es de día cuando aquí de noche, invierno cuando verano, y verano cuando invierno, yo no he estado, porque hay que andar mucho al frente o a la espalda, a la derecha o a la izquierda.

»De las costumbres de los Pueblos hay mucho que decir. Pero mirad; que lleven la ropilla más o menos larga, enagüillas en vez de calzones, montera o gorra en vez de sombrero; que almuercen higos y pasas, o migas y sopas de aceite, y merienden gazpacho o bien pan y queso; a la postre hombres y mujeres son todos, y todos lo mismo que vosotros se matan por ellas y por los dineros; y en todas partes hay ricos y pobres, y el más tonto es el alcalde y el más ciego el que los lleva. Por lo demás en Cataluña me vi un poco apuradillo; en Valencia me fue bien; y en Andalucía gané lo que quise, y dije e hice lo que quise, y todo lo creyeron y todo lo daban por bien, remitiéndome las pruebas. En Cataluña vi comerciantes y marinos; en Valencia artistas, volatines y gaiteros; en Andalucía comadres y matones más hembras aún que las comadres. En Castilla son las gentes de un modo que parece que agora salgan del huevo y que no hayan abierto los ojos.

»En cuanto a mi gusto, iría a Castilla por necesidad, a Andalucía por curiosidad, en Barcelona viviría tres meses, en Valencia un año, y en Zaragoza toda la vida. Y eso que Valencia es un mundo abreviado, porque el que ha visto todo el mundo y el que sólo ha visto Valencia, lo mismo han visto el uno que el otro, y aún más quizá el segundo que el primero.»

Comenzó en esto a llover un poco, y dijo: «El tiempo no quiere que concluya mi relación, la cual sin embargo os hago sólo por mayor, como he dicho, y estaba muy adelante. Una cosa quiero que tengáis entendida sobre todo; y es, que adonde quiera que voy procuro dar honra a mi patria. Porque os hago saber que en mi corazón hay dos grandes amores, el de mi buena madre y el vuestro, acordándome de lo mucho que por ella y por mí habéis hecho desde mi nacimiento.» ¡Viva Pedro Saputo!, gritó el pueblo: ¡Viva nuestro hijo y vecino! ¡Viva la gloria de Almudévar! Y se dispersó la multitud alabando y bendiciendo a Dios, que tanto saber y tanta virtud había dado al hijo de la Pupila.

Dentro en la sala estaban el justicia, los jurados y los principales del pueblo, y el buen Sisenando, a quien se le caía la baba de gusto. Allí le agasajaron con un refresco y luego con una gran cena en que casi los cogió el día.

Capítulo VIII. Una carta anónima. Visita de un caballero

Por aquellos días recibió una carta sin fecha ni firma, con el sobre: «A Pedro Saputo, en Almudévar.» Y dentro, Hace cuatro años. No se hiló, como dicen, los sesos discurriendo de quién sería; pensóselo al golpe. Y tomando la pluma, escribió otra contestando esta sola palabra: Paciencia. Y sin fecha ni firma así mismo que dirigió a don Severo Manuel de Estada, no dudando que el recuerdo era de Morfina.

Cuando el caballero vio esta carta perdía el juicio no pudiendo atinar (yo lo creo) lo que significaba ni de quién podría ser. Consultaba a su mujer, a su hijo, a la nuera, a la hija; enseñábala a sus amigos, a todo el mundo; y nadie acertaba (¿cómo era posible?), disimulando Morfina y haciendo que se admiraba lo mismo que todos. Y dijo al fin su padre: —Ahora sí que voy a Pedro Saputo, pues dicen que está en su lugar, que con su mucha sabiduría puede ser que dé en el hito. ¿Quién vendrá conmigo? Don Vicente se ofreció desde luego, y la nuera también, y Morfina dijo que si le estuviera bien ir allá, no le pediría a su padre otra gracia en su vida. Al oír esto su padre se alegró y casi le dio gusto; casi la llevó consigo. Pero dijo que primero iría solo, y que después se vería. Y así lo hizo.

Llegó a Almudévar, y dejada la mula en el mesón fue a casa de Pedro Saputo. Conocióle éste al momento; pero, sospechando el caso, le pareció callar mientras de él no fuese conocido; y le preguntó cómo se llamaba. Dijo don Severo su nombre y apellido; y entonces llamó él a su madre y le dijo: —Mandad la criada al mesón y que el criado de este caballero le haga traer la mula y el equipaje. Resistíalo don Severo, y él, muy resuelto, le dijo: o mi casa o fuera de mi casa. No es digna a la verdad de tan principal caballero, pero es más decente que el mesón, y sobre todo seréis servidos con buena voluntad. Resignóse don Severo, y no se atrevió a hablarle de la carta hasta después de mediodía.

Mostrósela por fin, y le preguntó si sabría decir qué podría ser, habiéndola recibido a secas por el correo. Tomó Pedro Saputo la carta, miróla, y discurriendo un poco (por disimular) dijo: —Esta carta es contestación a otra. —No puede ser, respondió don Severo, porque de todas las que he escrito he recibido contestación; y a más no he hablado a nadie en términos que me pudiera dar esta respuesta: ni mis hijos saben nada tampoco, ni mis amigos. —Pues contestación. —Perdonad, pero no lo puedo creer. —Que lo creáis o no, es otra cosa; pero es lo que os digo. Hay sueños, señor don Severo, que son realidades, y realidades que parecen sueños. Decidme, ¿tenéis almas en el purgatorio? —Alguna habrá quizá de tantas como fueron allá entre padres y abuelos. —Pues ved de sacarlas; y si son almas de este mundo, más, porque aquí se sabe y se ve lo que padecen, y allá es cosa de la fe y de la imaginación. ¡Tenéis parientes pobres! —Uno o dos. —Pues socorredlos. ¿Tenéis hijas casadas en casa de suegra? —No, señor. —¿Y solteras? —Una. —Pues casadla. —No quiere casarse. —Yo os digo que sí quiere. —Yo os digo que no. —Yo os digo que sí. —¿Me lo aseguráis? —0 soy el hombre más tonto y baladí del mundo. —Pues yo os juro que la case bien pronto quiera o no quiera. —Matadla más bien. —¿No me decís...? —A su gusto. —No quiere a nadie; no le gusta ningún hombre. —Imposible. —A fe de caballero. —¿Habéis ya tomado el corazón de vuestra hija en la mano, y mirado bien todos sus senos? ¿Habéis hecho la prueba de llevalla a un convento, y obligalla a vestirse de monja? —No quiere tal cosa; ni tiene vocación al claustro. —Pues es que tiene a otro estado; al matrimonio. Y sobre todo ello pongo mi honor, mi nombre y aun la vida. —Estoy confuso. ¿Qué he de hacer en llegando a mi casa? —Nada, sacar almas del purgatorio. —Venid vos a ayudarme. ¿Qué, no os tomaríades la molestia de venir y me pintaríades una sala? —Con mucho gusto. —Pues ya respiro, ya descanso, ya me iré contento. Pero mirad no os engañéis, porque mi hija, y perdonad que os la alabe tanto, es muy entendida, muy discreta, y muy reservada. Dícenla muy hermosa, y creo que lo es si no me engañan los ojos de padre, y por eso digo lo que parece a todos; pero en esotro la puedo juzgar con menos pasión; y os digo que los secretos de su pecho no los penetra ni el rayo más sutil y puro del sol; y bien podría ser que nos dejase burlados. —Es más sutil el pensamiento del hombre y el conocimiento del corazón humano. Yo os prometo que a los pocos días que la trate hemos de saber si es alma triste del purgatorio, o alma bienaventurada de la gloria. Y lo que es de la carta haré tales pruebas, que no os quedará la menor duda de lo que he dicho. Yo pintaré y observaré; vos callaréis, y todo irá bien y nos desengañaremos.

Muy satisfecho quedó don Severo de las razones de Pedro Saputo, y más de su promesa. A los dos días se disponía a irse y le dijo aquél: —Los antiguos, señor don Severo, cuando recibían algún huésped, le obsequiaban, agasajaban y regalaban tres días sin preguntalle de su persona; pasados los cuales y no antes le preguntaban quién era, cómo se llamaba, de dónde venía y adónde iba. Hase dejado esta costumbre y fórmula por la grande prisa que tenemos de saber quién es el huésped que nos viene, y tal vez por la mayor de despedille de casa. Yo me acomodo al nuevo uso en lo primero, y dejo lo segundo para los ruines. Si no echáis de menos la comodidad y regalo de vuestra casa, os ruego que os detengáis los tres días de la ley por vos y por mí, y uno más por el alma del purgatorio que me ha proporcionado la satisfacción de hospedar en mi casa a un tan principal y amable caballero. Y pues los antiguos daban también al huésped al tiempo de despedille lo que llamaban dones de hospedaje, que eran alguna ropa muy preciosa, alguna espada, escudo de armas, o bien algún caballo, y nada de esto necesitáis ni hay ahora la misma razón que entonces para esta costumbre, mirad lo que hay en mi casa que no esté en la vuestra, y si algo topáis de vuestro gusto, llevadlo en prenda de nuestra amistad. ¿Sois aficionado a los libros? ¿Soislo a cuadros? Ahí tenéis libros, y ahí tenéis cuadros. —¿Y si tomo lo que no debería? —Eso no puede ser, porque para vos ninguno hay exceptuado, con vos ninguno me reservo. Ya don Severo había pasado algunos ratos leyendo La consolación de Boecio traducida y añadida por Pedro Saputo, aunque manuscrita; y la apartó como libro que quería llevarse. Miró los cuadros, y se paraba muchas veces delante de su retrato y el de su madre hechos ambos en aquel año; y dijo: —Si estos dos retratos vuestros no fuesen tan parte de vuestro corazón... —Lo son y muy grande, respondió Pedro Saputo; pero por lo mismo os los ofrezco... —¡Ah!, dijo don Severo; yo les tendré lámpara en mi casa. Dióle Pedro Saputo las gracias por el favor, y le entregó los cuadros y el libro diciendo: —A otro en el mundo no los daría; pero don Severo Manuel de Estada tiene privilegio en casa de Pedro Saputo.

Fuese, en fin, don Severo, llegó a su casa, y acudieron la mujer y los hijos a preguntarle como si viniera de una peregrinación al otro hemisferio. Él les dijo: —Siento, Mariquita, siento, hijos míos, no haberos llevado a todos. ¡Ay, qué hombre! ¡Ay, qué hombre tan sabio y tan amable! Mucho dice la fama, pero es mucho más de lo que se dice. Cuatro días me ha hecho estar, pero en su casa, en su misma casa, porque es muy generoso, y al parecer rico. ¡Qué bien que he estado! Es el hombre más natural que he conocido: muy caballero, eso sí, pero al mismo tiempo tan llano y amable, que se pega al corazón como un hierro a otro en la fragua. ¡Qué agasajo! ¡Qué servicio tan fino y sencillo! ¡Qué facilidad en todo! Aquello, hijos, es vivir encantado. ¿Pues, y su madre? Su madre es toda una señora. No dirá nadie, no, que ha sido pobre y tenido oficio tan humilde como el de lavandera. —Pero de la carta, preguntó don Vicente, ¿qué os ha dicho? —De la carta, respondió, ha dicho muchas cosas (Morfina muy atenta); pero como vendrá luego... —¿Aquí?, preguntó el hijo. —Aquí, aquí, a esta nuestra casa, respondió don Severo. Y ya podéis disponeros todos a recibille como un amigo, pero también como un hombre tan sabio, y no hagáis necedades o extravagancias porque sus ojos penetran hasta el alma, y sabe lo que uno está pensando cuando le mira. —¿Conque vendrá?, volvió a preguntar don Vicente. —Sí, hijos, sí, ya lo he dicho: y pintará la sala del estrado. —Me alegro, me alegro, dijo don Vicente dando fuertes palmadas; le conoceremos, le conoceremos. —Antes le podéis conocer, dijo su padre, pues le pedí y me dio su retrato y el de su madre, que son éstos. Lo mismo fue sacar los retratos, que los cuatro se amontonaron sobre ellos y no los podían mirar a gusto. Colgólos, en fin, don Vicente en dos clavos altos y así los miraron de espacio. Más luego dijo don Vicente: —¿Sabéis padre, que Pedro Saputo, así al parecer, tiene alguna semejanza con aquel estudiante navarro que llamaban don Paquito? —Calla ignorante, le contestó su padre; ¿qué tiene que ver don Paquito ni todos los Paquitos del mundo con ese retrato? Don Paquito era un estudiante, agudo sí, y vivaracho; pero un quidam, un nadie, comparado con Pedro Saputo. En fin, ya lo veréis y os desengañaréis; entre tanto no digáis disparates. Morfina en todas escenas gozaba mucho, y se admiraba de lo que podía la aprensión en su padre, pues siendo uno mismo don Paquito y Pedro Saputo, ni le conoció allá ni echaba de ver la semejanza, o más bien la identidad en el retrato. Y por hacer otra prueba, dijo: —Pues también a mí me parece de este retrato lo mismo que a Vicente. ¿No veis, padre, que tiene los ojos y todo el aire de don Paquito? —Los ojos y el aire de mi quinta bruja de abuela, sí que tiene, respondió su padre enojado, porros que sois todos. No me nombréis más a don Paquito; porque es comparar la noche al día, un tizón al sol, un pigmeo a un gigante. Pues, digo, ¡si le oyésedes tocar el violín! Don Paquito rascaba las cuerdas; pero aquello es oír a los mismos ángeles del cielo. —Válgaos padre, dijo don Vicente, que ha de venir aquí, sino mañana montaba a caballo y me iba a velle. Y mira tú señorísima hermana mía, que no seas con él tan seca e impenetrable como has sido con todos los que han venido a verte. —Yo te doy palabra, respondió ella, de no serlo con él, sino al contrario, muy blanda y penetrable, por explicarme a tu modo. ¿Qué había de decir un hombre tan sabio si me viese grave, indiferente y reservada? —Pues veremos, dijo su hermano, cómo lo cumples. —Por cumplido, contestó ella. Y en verdad que lo decía de corazón, como puede suponer el lector, que sabe el misterio de su amor con Pedro Saputo, y el secreto de la carta.

Capítulo IX. De donde viene el dicho: La justicia de Almudévar

Muy a su gusto vivía Pedro Saputo en aquel tiempo, querido de todos, buscado, llamado y celebrado, próspero y rico, más bien por su modestia y filosofía que por las riquezas, aunque ya era tal su estado, que su madre lejos de servir a otros era ella servida, pues tenía criadas y se veía estimada y respetada en el pueblo por su hijo, y por ella misma también, que sabía tratar con los grandes y con los pequeños sin adular a aquéllos ni confundir a éstos. Pedro Saputo estudiaba, cazaba, y daba los ratos libres a sus dos enamoradas Rosa y Eulalia, que con las lecciones y trato de un hombre como él habían mejorado mucho su buen natural, y reflejaban su amabilidad y su grandeza de ánimo, discretas, entendidas, bien habladas y naturales en todo amabilísimas. Al pueblo y casa de don Severo a pesar de la carta y amor de Morfina y de la promesa de su padre no pensaba ir tan pronto por razones que se tenía y que a su tiempo declarará a quien corresponda. Y no dejó de sentir esta contradicción de la suerte, porque aún no pasaron dos meses, cuando supo que había muerto don Severo; y ni con este motivo se atrevió a ir a ver a Morfina. Sobre que la sala con esto ya no se pintaría; y permanecería en su lugar. Salía a pintar a algunos pueblos; aunque siendo todas obras de poco momento, eran las ausencias cortas y servían sólo de renovar el gusto de aquella dulcísima vida. Pero ocurrió de ahí a algún tiempo un caso que le afligió en gran manera, no bastando casi toda la filosofía para no maldecir de su pueblo, y coger a su madre e irse a vivir a otro.

El herrero un día se enfureció contra su mujer porque le llevó el almuerzo frío; y tomando un hierro que estaba caldeando en la fragua se lo metió por la boca y la garganta, expirando la infeliz en brevísimo rato. Era el herrero hombre muy estrafalario, bozal, nunca seguro y de muy malas chanzas, porque es de advertir que todo lo hacía riendo. La pobre mujer pasaba mucho trabajo con él porque sin más causa ni motivo que antojársele darle palos, le daba; mesarle los cabellos, se los mesaba; hacerla dormir en el suelo desnuda y sin ropa en invierno, la hacía dormir o acostarse así por lo menos; ofrecerle como por cariño un bocado con la cuchara, se lo ofrecía y al tiempo que abría la boca se lo tiraba a la cara o en el seno. Otras veces cogía un cuchillo, y haciéndola echar y poniéndole el pie en el cuello jugaba a degollar el carnero o el cochino, o concluía levantando el brazo diciendo: quién como Dios. Otras la ataba los brazos al cuerpo y luego las piernas en uno, y la hacía rodar por el cuarto y tal vez por la escalera. Pero esta burla que quiso hacer con el hierro de la fragua superó a todas, pues dejó a la pobre mujer sin vida en menos de cuatro minutos.

Prendiéronle inmediatamente, y puesto en la cárcel con muchas cadenas al cuello y cepos a los pies, le juzgaron aquel mismo día y le condenaron a muerte; cuya sentencia iban a ejecutar otro día. Ya estaba la horca levantada y todo el pueblo en la plaza aguardando la ejecución; ya le sacaban y llevaban al patíbulo, cuando subiendo uno del pueblo a caballo encima de los hombros de otro dijo: «¿Qué is a fer, hijos de Almudévar? ¿Conque esforcaréis a o ferrero que sólo tenemos uno? Y ¿qué faremos después sin ferrero? ¿Quién nos luciará as rellas? ¿Quién ferrará as nuestras mulas? Mirad lo que m'ocurre. En vez de enforcar a o ferrero que nos fará después muita falta, porque ye solo, enforquemos un teisidor que en tenemos siete en o lugar e por uno menos o más no hemos d'ir sin camisa». —¡Tiene razón!, ¡tiene razón!, gritaron todos; ¡enforcar un teisidor!, ¡un teisidor!... ¡un teisidor!... Y sin más que esta voz y grito cogen al primero de ellos que toparon por allí, le llevan a la horca, le suben y le ahorcan, y ponen en libertad al herrero.

Supo esto Pedro Saputo, que no quiso ir a la ejecución ni había salido de casa, y fue corriendo a la plaza a ver de impedir aquella atrocidad e injusticia; pero llegó tarde porque ya estaba despachado el infeliz del tejedor. Llenóse de horror de tan grande barbaridad, y se volvió a su casa mudo de palabras y frío del corazón pareciéndole que el cielo y la tierra se habían mudado.

Por la tarde dijo a los principales del pueblo que fueron a verle: —Cállese al menos, señores; que esto no se sepa; que esto no salga de nuestros muros; porque, ¿qué se ha de decir de nosotros? Si esto llega a saberse, y se sabrá, no dudéis que mientras el mundo sea mundo se citará y recordará con eterno baldón del nombre de Almudévar. Mas ellos se excusaron diciendo que no pudieron persuadir a la multitud irracional, ni aun hacerse oír en aquel momento. Y se consumó la barbarie más inicua que vieron los siglos.

Pedro Saputo sintió tanto disgusto, que por distraerse tomó la espada y una mula de su padrino y se fue a pasar unos días fuera.

Capítulo X. De cómo Pedro Saputo fue a Barbastro

Había oído que los de Barbastro reedificaban o amplificaban la capilla del Pueyo, y fue allá a ofrecer su pincel si tratasen de pintarla. Y apenas llegó, tuvo curiosidad de ver la fuente de marras y salió al río. Bien estuvo en aquella ciudad con los estudiantes; pero no separándose nunca ninguno para ir a solas, no pudo andar sus antiguos pasos.

¡Cuánto se alegró de ver aquella fuente y aquellas gradas donde pasó la noche, y se comió la torta y la longaniza de la engañada moza de la rondalla! Y se acordó también de la muchacha que le despertó y llevó a su casa de oficial de sastre, y dijo: pues voy a vella.

No le fue en absoluto difícil encontrar la casa, porque como aventura tan singular se imprimió toda muy bien en su memoria, y supo seguir la calle y conocer la puerta. Llamó y se subió escalera arriba. La muchacha, ya se ve, era la misma, hallóla sola y peinándose. Un poco se turbó al verse delante de un caballero, pues no frecuentaban su casa personas de tanta clase; con todo le volvió el cumplido con bastante naturalidad. —¿No me conocéis, Antonina?, le preguntó. Miróle ella y respondió, que no más que para servirle. —Pues yo os digo que me conocéis, así como yo os conozco a vos. Decid: hace seis o siete años, ¿no topasteis una mañana en la fuente un muchacho y le trajisteis a casa porque os dijo que era sastre? Pues aquel mesmo muchacho es el hombre que agora os está hablando. Alegróse la muchacha, y mostró más confianza y habló con más libertad. —Por cierto, dijo, que nos dejasteis plantadas yéndoos por la tarde y no volviendo. —Fuime a tomar el oreo de aquella hora, perdí el tino de las calles y no acerté a volver a punto de mi oficio. Al día siguiente oí lo que pasara en la iglesia mayor y tuve miedo que el cielo castigase esta ciudad y me envolviese a mí en el castigo: —¿Y qué culpa teníamos los demás?, respondió Antonina; harto lo pagaron aquellos desdichados, que otro muerto se levantó del sepulcro y los hirió no se sabe cómo, y murieron los dos en tres días sin que la justicia tuviese necesidad de poner la mano. La familia del joven, que eran plateros, se hubieron de ir por el mundo y no se ha sabido más de ellos. Ya todo está olvidado. —Como todas las cosas que pasan en el mundo, dijo Pedro Saputo; y como debe de estar olvidado de vos el sastrecito de la fuente. —No señor, respondió ella, aunque bien lo merecía, pues tan poco caso hizo de nosotras y de los vestidos que nos dejaba cortados. Él fue el que nos olvidó, que yo harto presente le tuve mucho tiempo; y lo que es del todo aún hasta hoy no le había olvidado. No podía aunque quisiera, porque todos los días voy a la fuente y siempre me parece que le veo allí dormido como lo encontré aquella mañana. Pasaron después a otras explicaciones y quedaron entendidos.

—Pero vos no erais sastre, dijo ella, porque malas trazas tenéis agora de hacer semejante oficio. —No, Antonina; sino que de niño fui travieso y algo atrevidillo, y por niñería iba a todos los talleres, y cosía con el sastre, limaba con el herrero, aserraba con el carpintero, cardaba con el pelaire, borrajeaba con el pintor, y decía misa con el cura. ¿No viste aquel mismo verano unos estudiantes que pasaron por aquí y estuvieron ocho días? —Sí me acuerdo; y que uno de ellos era muy grande predicador y se subía en los hombros de sus compañeros que parecía un gato. —Pues aquél era yo; y si no, acordaos que en casa de N. donde asististe al baile, dije entre otras cosas, que las Petras eran tontas docilillas o beatas, y las Antoninas reservadas y graciosas. —Es verdad, y me reí mucho. —Pues lo dije por ti y te miraba al mismo tiempo. —Me acuerdo, me acuerdo; pero ¿cómo había yo de figurarme que erais el muchacho de la fuente y el sastre de mis vestidos? ¿Por qué no me decíais algo? —No podía porque no había de ir a veros, no siendo costumbre que ninguno de nosotros se parase a cosas particulares.

Antonina le miraba tan embelesada, y él estaba tan olvidado de su pintura, que eran las nueve de la mañana cuando fue, y les dieron las doce sin recordar y pareciéndoles que no hacía más de media hora que estaban hablando. Ella le dijo que su madre estaba en la verdad hacía tres años; que su padre, siempre delicado de salud, salía al campo entrado ya bien el día, que un hermano de dieciocho años se iba de mañana con la yunta; y que, en fin, ella no se había casado por no dejar a su padre hasta que casase el hermano, que era el que debía quedar en casa. Alabóle Pedro Saputo el propósito y confirmado el antiguo amor a satisfacción de ambos, se despidió hasta el otro día.

Luego después de comer fue al santuario, y se acordó en el camino del penitente reconociendo el sitio del encuentro. Llegó a Pueyo y encontró un regidor que cuidaba la obra. Después vinieron otro regidor, un canónigo y un caballero, componentes de la junta o comisión de la obra con el primero; y les preguntó si a su tiempo entendían pintar la capilla. Tomó la palabra el canónigo y dijo que pensaba pintalla, y que querían buscar un pintor de nota. —De nota, sí señor, dijo un regidor chato, cejudo, bajo y rechonchuelo; un pintor famoso, un pintor que no lo haya en el mundo; extranjero, por supuesto, porque en España no hay más que cascabrochas; o andaluz, que es más que extranjero. —Pues señores, dijo Pedro Saputo, yo soy pintor, pero no de gran nota, y español por mi desgracia en este caso. Sé lo que hay en Andalucía; la escuela sevillana es buena, tiene profesores aventajados, pero sin tanta vanidad de hombres y gastos se podría pintar bien la capilla. —No señor, no señor, respondió el narigueta; y si vos sois el pintor, haced cuenta que no habéis visto a nadie. —La hago, señor decano, la hago, y tanto, que agora mismo veo aquí cuatro hombres y me parece que no veo ninguno. —Taimado sois, dijo el canónigo; y yo creo que nos estáis insultando. —Yo no os insulto, sino que respondo al gusto y sentido del caballero decano, que me ha mandado hacer cuenta que no había visto a nadie; y repito que me hago esa cuenta y que creo, viéndoos a los cuatro, que no veo a nadie. Encomendadme os ruego, a la Virgen, y a Dios. Volvióles la espalda con esto, montó en su mula, y en vez de ir a la ciudad guió hacia el pie de la sierra, dando a Antonina el chasco de no volver a verla y haciéndola pasar un mal día.

Supo el pueblo después que Pedro Saputo había venido a pintar la capilla del Pueyo, y sintiendo que le despreciasen, se amotinó y apedreó las casas de los regidores y del canónigo; y al caballero le ultrajó en la calle, sin que les valiese decir que no le conocían. Mandáronle una embajada a los pocos días, y él respondió, que de Barbastro ni el cielo, mientras le gobernasen tontos, chatos y zurdos y hombres tan baladíes como los que él vido en el Santuario.

Capítulo XI. La cueva de Santolaria

Tenía Pedro Saputo una tía, hermana de su abuelo materno y de poca más edad que su madre, en el pueblo de Santolaria la Mayor, adonde fue a parar de Barbastro y a donde desde niño solía ir los veranos a pasar algunas temporadas. Queríale mucho su tía y toda su familia, que era numerosa y no tan pobre que no le pudiesen agasajar a su gusto. En el pueblo idolatraban en él y no acababan de sentir que no fuese de allí diciendo cada vez que le veían que era lástima que hubiese nacido en Almudévar.

Gustaba mucho del cielo de Santolaria, y solía decir que sólo faltaba a aquel pueblo una calzada o refalda que formase rellano hasta su mitad o tercera parte del lugar para criarse allí los mejores entendimientos y las más gloriosas imaginaciones del mundo. Porque el mirar siempre dónde se ponen los pies, decía que hace los ingenios botos y las almas raquíticas, apocadas y terrenas.

Íbase muchas veces a derecha e izquierda de la sierra, otras al norte y por el centro a recorrer aquellas atalayas, aquellas quebradas, senos y barrancos, ya con la flauta, ya con la escopeta, y siempre con el lapicero y algún libro, aunque rara vez le abría, porque le arrebataban la imaginación aquellas magníficas, sublimes y silenciosas soledades. Allí era poeta, era pintor, era filósofo. Tan pronto se le veía en la corona de un alto peñasco inaccesible, como al pie de aquellas eternas impotentes murallas y torreones, calculando libremente los siglos de su fundación y elevándose a la contemplación de la eternidad y del poder y grandeza del criador que todo lo sacó de la nada.

En uno de estos filosóficos paseos a aquellos palacios y alcázares de la naturaleza, se sentó al pie de una peña a tomar el fresco, y dejándose caer supino reparó a poco más de un estado de elevación en una boca o agujero que cerraban casi del todo unas yerbas nacidas en la misma peña. Sintió en su corazón un deseo vehemente de subir a él y ver lo que era y aun meterse dentro si cabía; y recogiendo piedras hizo un poyo desde el cual limpió la entrada de yerbas y se encaramó y metió la cabeza, porque el boquete era más capaz de lo que parecía. Íbase aquella entrada ensanchando al paso que adelantaba por ella, que era muy poco a poco y temblando, porque se acababa la luz de la boca y la cueva tenía traza de ser profunda. Volvíase a mirar atrás cada tres o cuatro pasos; y mientras a lo lejos pudo ver alguna claridad de la luz de la puerta, fue entrando por aquella región oscura y pavorosa y reconociendo aquel vientre oculto de la peña. El suelo en unas partes era arenoso, en otras pedregoso, en otras limpio y seco; la concavidad, en general, de cuatro a cinco pies de altura, y de seis a siete por lo más, y un poco menos ancha donde no había recodos. Pisó a un lado una cosa dura, tentó con la mano y era un martillo de hierro sin mango, el que tuvo por hallazgo de gran precio y por indicio de haber entrado otros antes que él; y aun pensó de lo que se dice en España, que no hay cueva retirada que no se crea fue albergue de los moros y depósito de sus riquezas cuando iban perdiendo la tierra y no desconfiaban de cobrarla con mejor fortuna, escondiéndose entre tanto en ellas muchas familias y viviendo ocultas, engañando con disfraz de cristianos si salían a tomar lengua de lo que pasaba y a proveerse de lo necesario. Pedro Saputo dejó allí el martillo por señal de donde había llegado, y con ánimo de volver otro día más temprano, pues era ya la tarde, se salió de la cueva y tomó la vuelta del pueblo.

Madrugó al día siguiente; llevóse recado de encender, una linterna de cristales y otra de papel, dos bujías, un blandón de dos a tres palmos, un cuchillo de monte y un arcabuz, y espoleando la mula y apeándose en el mal camino, llegó al sitio en menos de dos horas. Mejoró el poyo, tiró dentro los instrumentos, se entró como un gato, y dejando una bujía donde se acababa la claridad de la puerta y una linterna un poco más adentro fue con el blandón en la mano mirando y penetrando la cueva. Llegó al martillo, y a pocos pasos más se encontró en una sala que para allí podía decirse espaciosa, pues tenía unos diez pasos de ancha en un diámetro y como siete pies de alta; y siguiendo a la derecha un boquerón y nuevo seno en que se continuaba más estrecho que el de entrada, dio con un cadáver tendido boca abajo, aunque vuelta la cara a un lado y los brazos anchos, sin más ropa que la camisa y un corpiño a la antigua; todo él entero y tan perfecto que fuera de color negruzco y pasado parecía que acababa de morir o que estaba durmiendo. Cogióle tal horror a su vista, que se le erizaron los cabellos y le pesaba de haber entrado. Tocólo empero con el pie y se deshizo en polvo toda una pierna. Le dejó así, y puesto ya en aquel paso y siendo lo mismo para el miedo volver atrás que ir adelante, quiso acabar el reconocimiento.

A unos seis pasos más dentro y encima de una colcha o camilla en tierra topó otro cadáver, pero de mujer, no menos entero y bien conservado, medio rebujado con una manta o cosa que lo parecía, del cual con la luz del blandón brillaban como fuego las ricas piedras de un collar que traía puesto y de los pendientes, y el oro de una cadena preciosísima que con una joya de gran valor le caía en tierra por un lado. Llenóse nuevamente de horror; las piernas le flaqueaban y el alma se le perdía en el cuerpo. Quisiera tomar aquellas prendas y no se atrevía. Al fin para cobrar el ánimo y vencer cara a cara el miedo se sentó entre los dos cadáveres, y mirando ya al uno, ya al otro se puso a discurrir lo que aquello podría haber sido: cuando repara en unos instrumentos de guerra que había al lado del primer cadáver contra la pared, y algunos caídos en el suelo. Fue a examinarlos y eran dos alfanges, dos espadas, tres cuchillos, una daga, un peto, un morrión, y por allí esparcidos algunos pedernales, trozos de acero, dos o tres limas, dos pares de tenazas cortas, tres botellas de vidrio, algunos tarros, una alcuza y otros utensilios; un salero, dos o tres cucharas de plata, otras tantas de palo, reliquias de pan o al menos que lo parecía, carbón y un hogar con ceniza, huesos y otras cosas que no se conocía lo que eran, todo en un rincón o ángulo que formaba la peña. Había también algunas ropas que al tocarlas se resolvían en polvo, si no es la seda de alguna y los bordados.

Un poco más cobrado y sereno con el examen de estos objetos, fue siguiendo aquel negro horroroso claustro hasta unos doce pasos más allá de los cadáveres, donde se acababa. Y como advirtiese que en el remate estaba mucha parte de él hecha a pico, y que terminaba como en una tronera, examinó ésta y vio que lo era con efecto; esto es una ventanilla o respiradero que se cerraba con una piedra muy ajustada, la cual, quitada con poca dificultad, vio la luz del sol y los montes y peñas de enfrente, puesto que no tuviese de diámetro más de cinco o seis pulgadas. Mas como entrase algo de viento y peligrasen las luces la cerró y dio por terminado el registro de la cueva.

Llegó hasta los cadáveres, y mirándolos dijo: ésta es mujer y aquél, hombre; sin duda fue un bandolero y ella su mujer o su querida, que se albergaba en esta cueva y murieron sin auxilio humano; o fueron dos amantes que aquí se escondieron con toda esta prevención de armas y provisiones que, al parecer, no consumieron, al menos por última vez, muriendo quizá ahogados del humo, como se parece por su separación y actitud y por estas señales de lumbre. Seáis quien queráis, jóvenes desgraciados, el mundo os olvidó muy pronto, pues ni aun tradición ha quedado de vuestra desaparición ni de vuestra existencia, si no érades de países más lejanos. Descansad en paz, y no llevéis a mal que yo recoja estas joyas que os adornaban y trujisteis con vosotros para gala y honor de vuestras personas, y también sin duda para auxilio y reparo de la suerte. Y diciendo así despabiló la luz, y en un hueco natural que había en la peña a modo de armario vio una arquilla que, dándole con el cuchillo un par de golpes, saltó en astillas menudas y lo más de ella en polvo, y dejó ver en su seno el tesoro de aquellos infelices, ahora suyo por derecho de ocupación o de natural herencia. Al verle dijo: no he perdido el viaje: aunque sin esto le diera por bien empleado. Porque eran monedas de oro y plata en abundancia unas y otras y más las primeras, y brillaban muchas piedras engastadas en collares de oro, arracadas, brincos, joyas, adornos de la cabeza, ajorcas y un puño de espada sembrado a carreras de diamantes y perlas finísimas y la roseta, de brillantes. Sacó el tesoro; y mirándolo y calculando su valor, aunque por lo que hace a las monedas lo juzgó por el peso y comparación con las actuales, pues las más recientes no bajaban de ciento a ciento cincuenta años de antigüedad; le pareció que todo junto y lo que la mujer traía encima podría valer de nueve a diez mil escudos. Y volviéndose a los cadáveres dijo: No os conozco las señas, no son claras, pero sí sospechosas, porque es mucha riqueza para dos simples amantes. Decid: ¿de dónde los hubisteis? ¿Quiénes sois? Levantaos y responded. ¿Sólo el amor os trajo e hizo vivir en esta sepultura? ¿Fueron vuestras manos inocentes de todo otro delito? El silencio que seguía a estas preguntas y la quietud eterna de los cadáveres le horrorizó de nuevo y volvía a levantarse el miedo en el corazón; conque recogió el tesoro, con más lo que traía puesto la mujer, que al quitárselo se deshizo la cabeza y parte del pecho, y toda una mano donde llevaba dos o tres anillos riquísimos, y se salió llevándose un alfange, una espada y un cuchillo. Y para que otro que fuese tan curioso como él encontrase algún premio de su valor, dejó en el armario del cofrecillo algunas monedas, un dengue, unos pendientes y un collarcito de no mucho valor, de modo que todo junto y las armas que quedaban le pareció que vendría a valer de unos trescientos a trescientos cincuenta escudos. Llegó a la boca de la cueva, descargóse, y llegado abajo se sentó, respiró y descansó no pudiendo levantarse, de cortado, en un buen rato. Deshizo el poyo después y derrumbó y esparció las piedras a fin de que no quedase rastro ni sospecha de su visita a la cueva, y que si alguno había de subir a ella fuese por su espontánea curiosidad y no siguiendo el ejemplo de que dieran indicios aquellas piedras.

Cargó su mula, montó, y porque aún no era mediodía, fue por montes y peñascales y costeando sierras y pasando profundidades espantosas, a visitar la famosa cueva llamada la Tova, no porque esperase encontrar en ella algo de valor, sino por disimular su viaje y hacer creer por las muestras de las armas que no podía ni quería ocultar, y de algunas monedas que pensaba enseñar, que en la Tova había grandes tesoros como decía y creía el vulgo, y como dice y cree aún en nuestro tiempo.

Con efecto, estuvo en ella, entró un poco adentro, vio que necesitaba más aparejos y acaso compañía; y como la curiosidad de aquel día había quedado satisfecha en la cueva de los dos amantes, se sentó a la puerta, se comió un pan y unas magras de tocino que llevaba, y dándole ya el sol muy de llano y de espaldas en el camino se volvió a Santolaria adonde llegó cerca de las nueve de la noche.

Con lo que veían que trajo Pedro Saputo (que eran las armas no más y algunas monedas a modo de medallas, porque el tesoro lo guardó muy callado), creció la fama por la montaña y pie de la sierra, y dura aún en el día, que en la Tova hay mucha riqueza escondida; si bien él hablaba siempre de esto con misterio ocultando la verdad y dejando pensar a cada uno lo que quisiese.

Rogándole después muchas veces conocidos y no conocidos que fuese con ellos a la Tova, y respondía que él para ir a sacar tesoros no quería compañía por no partir con nadie; y que el que fuese cobarde no debía de ir adonde se necesitaba corazón y no lengua. Hablábales de calaveras, de encantados, de simas y boquerones. —Imaginaos, decía, lagos negros, con sapos y culebras que levantan la cabeza una vara encima del agua, y dando silbidos y sacudiendo la cresta os van siguiendo a la orilla y amenazando. Aquí toparéis con un muerto que parece vivo, o con un vivo que parece muerto; allá os salen dos viejas con barbas y mantos blancos; más allá dais con un hombre o una mujer convertidos en estatuas de medio abajo; a otro lado tropezáis con una comunidad de frailes de la Merced; a lo mejor oís suspiros y quejas que no se entienden y os paran la sangre en las venas; ya sobreviene una bandada de aves con rostros humanos dando bufidos temerosos y que de un aletazo os aturdirán y derribarán en tierra sin sentido. Pues ¿qué, cuando de repente se oye a lo lejos una gritería como de un ejército que aclama a su general, a un príncipe? Miráis allá adonde por supuesto no veis nada, y sentís a vuestra espalda una carcajada que os aturde y deja corrido. ¿Quién es el guapo que tanto valor tiene y no se cae muerto cien veces?

Con estos y otros disparates que se le antojaba decir ponía más miedo a todos, y no se sabe que nadie haya reconocido aún del todo aquella cueva que aseguran que es vastísima y muy profunda. Muchos, sí, hablan de ella y aun de hacerse ricos sin más que llegar y meter ambas las dos manos hasta los codos; pero conversación: los tinajones de oro y plata aún se están allí como el primer día. Porque si va alguno, entra pocos pasos, le da diarrea y se vuelve a salir dejándola toda por registrar, o al menos las partes más recónditas, que es precisamente donde han de estar los tesoros.

Capítulo XII. De los remedios contra el mal de viuda que reveló a una Pedro Saputo

¡Ah de la honra!, decía con voz rota una vieja pateando el suelo y meneando la cabeza. ¡Oh válgame Dios, si esto hubiera pasado en mi tiempo! ¡Las desolladas! Y, ¿qué era? Que vio una moza hablando con un mozo en la puerta de la calle a la luz del día, y a vista y tolerancia de sus padres y de todo el barrio; y en su tiempo, si habían de hablar con ellos, tenían que esconderlos por corrales, cuartos y sótanos, y abrirles de noche, y hacerlos saltar bardas, tejados y ventanas, mientras ellas los aguardaban tal vez en la cama, o salían a recibirlos descalzas, y de puntillas y mal rebujadas, y aun les daban la mano para ayudarles. Esto, sin embargo, para aquella envidiosa maldita vieja no era nada, y el hablar en la calle de día o a la puerta de casa (con honra y cortesía, como dicen ellas) era mucho y cosa de desesperarse el que lo veía. ¡Cuánto distan los setenta de los veinte!

Introdújose esta moda en los lugares que frecuentaba Pedro Saputo por una ocasión muy sencilla. Él no podía ni quería ir a todas las casas; y todas las mujeres, lo mismo viejas que jóvenes, solteras que casadas, querían verle de cerca y hablarle; y para esto, cuando le veían venir, se bajaban disimuladamente a la puerta de la calle, y al pasar él las saludaba, se solía parar alguna vez y hablaban un rato. Y de aquí pasó a ser uso y costumbre en Almudévar y Santolaria, y después en otros muchos, pasando de unos a otros la moda. Y era lo que no podían sufrir las viejas; ¡una cosa tan inocente!, ¡y más en las aldeas!, y lo que ellas hacían, que todo era casi infamia, sólo porque se guardaban de ser vistas, era lo bueno y lo sano. Y lo que es por hablar con Pedro Saputo no sólo bajaban a la puerta, sino que todo era buscar achaques con que ir a las casas donde estaba. ¡Era tan guapo! ¡Hablaba tan bien! ¡Tenía unos ojos! Pero entre las que lo fueron a ver merece especial mención una de Santolaria.

Estaba un día comiendo en casa de su tía, y se presentó una viuda cargada de bayetas, lagrimosa, ojerosa, encogida y suspirando; y después de limpiarse los ojos y sonándose las narices, y saludado que hubo a todos con grandes ímpetus de llanto, exclamó dando un muy hondo suspiro: —¡Ay, Eugenia, qué dichosa sois de tener en casa un hombre tan sabio! Mirad, aquí vengo sólo por desahogarme y que me diga algo para ver si me consuela un poco y descansa mi corazón, porque todo el santo día no hago sino llorar, y la noche más, y si me duermo algún ratico, sueño y me asusto; y estoy... estoy muy afligida, mucho, y muy desconsolada! Y diciendo esto rompió a llorar tan adrede que otra vez se anegó de lágrimas y mocos. Limpióse, abrió y cerró los ojos tres o cuatro veces, se tornó a limpiar y sonar, y dio un suspiro tan de abajo y relleno, que pareció se había reventado por el ombligo, o que se le escapaba el alma por la boca; y desde su silla en que sólo hincaba una esquina de nalga como de puro humilde o vergonzosa, miraba a Pedro Saputo esperando la respuesta y consejo que buscaba.

Él, naturalmente compasivo y más con las mujeres, le dijo: —El mejor médico de vuestro mal es el tiempo, no diciéndoos nada de la razón, porque tal vez se nos va de casa. No obstante, se puede hacer mucho con el auxilio de otros remedios. Hace dos meses... —Y once días justos, dijo. —Pues sí, continuó Pedro Saputo, dos meses y esos días que murió vuestro marido; y aunque podría deciros mucho sobre esta desgracia, no quiero sino ir al grano. Tenéis dos criados para el campo y una criada para casa, y por ahora no necesitáis más hombres ni más parientes a vuestro lado. Sólo que la criada la habéis de mudar porque es muy joven, y (aquí para entre nosotros) no podéis mirarla con buenos ojos, agora aún menos que cuando teníades marido; y debéis buscar una mujer de juicio. —Y me parece bien, dijo ella, porque aquella moza sólo piensa en devaneos y golondrinas. —Pues, ya lo decía yo, continuó Pedro Saputo; eso, lo primero. Después no habéis de llorar cada y cuando se os antoje; sino tener horas deputadas para ese oficio, que por agora serán dos cada día, una por la mañana y otra por la tarde, llorándola entera sin parar más que el tiempo de rezar un pater noster y una ave maría con requiem en medio y al fin de cada una. Y después del llanto de la mañana habéis de lavaros, peinaros, asear y atildar la cabeza y toda vuestra persona como día de fiesta y mirándoos al espejo. ¿Estáis en esto, buena Gertrudis? —Sí estoy, respondió ella; mas yo no sé por qué he de mirarme al espejo si no es para espantarme de verme tan desastrosa y horrífica. —Por eso mismo, dijo Pedro Saputo, os receto el ejercicio del espejo, porque así veréis el daño que estáis haciendo a vuestro rostro, el cual habéis destruido de modo que no os conozco, siendo así que antes no había joven más linda en el lugar, aunque casada. Y si no os lo dije, fue por eso mismo, porque érades casada, cuyo estado respeto yo mucho. Mas agora, si me dais licencia, iré a veros alguna vez, aunque sólo sea para quitaros ese tedio de la vida. —Siempre que queráis, saltó ella muy despabilada. —Acepto vuestra cortesía, dijo Pedro Saputo; iré a veros, y quede esto así, ya que estamos conformes. Pero mirad que os encuentre como he dicho. —Eso no sé si podrá ser, contestó ella, acabando de sentarse en la silla. —Sí podrá ser, dijo él, y será, amable Gertrudis; porque en fin, aún estáis lejos de los cuarenta. —Treinta y dos años hice al marzo, respondió ella, sino que este golpe... —Dejad el golpe ya, dijo Pedro Saputo, y ved de restituir el color y la gracia a ese rostro que denostáis infelizmente, y la vivieza y la ternura a esos ojos hundidos y apagados. Pero no he acabado todavía. Mañana, sin más diferillo, enviad un criado a Huesca y que os traiga apio, rábanos y mostaza, y comed apio en ensalada para postre en la comida y cena, rábanos con sal para merendar, y la carne del puchero con mostaza que adobaréis muy bien, como supongo sabéis hacello. Avergonzóse aquí un poco la viuda y aun vino así como a ofenderse, teniéndolo por pulla; mas se reprimió y dijo: —Eso, si yo bien lo alcanzo, más parece remedio para una doncella opilada que para una viuda afligida. —No lo entendéis, Gertrudis, no lo entendéis, replicó Pedro Saputo. No digo que el remedio no convenga a quien decís, pero por eso no deja de ser muy propio y eficaz en nuestro caso. Hacedlo y os irá bien; en la inteligencia que si no lo hiciéredes, no adelantaréis nada en vuestra mejoría, ni yo podré ir a visitaros. Creedme, Gertrudis; el mal de viuda se va por la orina. Conque quedamos en lo dicho. Llorar primero una hora, después mucho peine y mucho espejo, y lo demás que os encargo. Y si dudáis de la virtud del remedio, yo iré pasado mañana por la tarde, y me diréis lo que quisiéredes; pero os lo prometo con la condición que habéis de poner por obra cuanto acabo de ordenaros para vuestro bien y el de vuestra casa y amigos, entre los cuales, si os dignáis admitirme, hermosa Gertrudis, me cuento yo desde este día. —Sí, señor, sí, señor, dijo ella; con el corazón y el alma.

Fuese con esto, y ¡oh poder de las palabras de un hombre sabio! Fuese con la mitad de la aflicción menos que había traído y conforme en hacer todo lo que le ordenó Pedro Saputo. De suerte que cuando éste fue a verla pasados los dos días ya era otra; porque iba muy aseada, sus paños muy bien prendidos, el habla suelta y natural, el semblante vivo, y los ojos afables y aun casi amorosos. Conoció Pedro Saputo que no lloraba llenas las dos horas, y le alivió el llanto reduciéndolo a un cuarto de hora por la mañana. Y aun le acabó de explicar lo que el primer día no le explicó del todo por haber testigos. Reparó también que la casa estaba muy barrida, limpios los muebles y todo en buen orden como en víspera de fiesta. Y en vez de tufo de cementerio se percibía un suave olor lejano de tomillo y espliego, que consolaba.

Continuó Pedro Saputo sus visitas diarias. A los cuatro días le alivió del todo el llanto, no permitiéndole llorar sino los domingos por la tarde. A los ocho días ya era la misma que antes y más, porque su rostro era todo un abril, restituido el color y la antigua viveza y alegría; a un niño de cinco años y a una niña de tres que tenía los besaba con el mismo amor que solía en otro tiempo; el luto se lo prendía con mucha prolijidad; y el corazón poseíale entero el nuevo médico de su mal, habiéndole confesado, precisamente el día octavo de su primera visita, que se tenía por dichosa de haber enviudado por conocer y tratar a un hombre como él, puesto que su anterior estado le privaba de esta gloria. Y en esto vino a parar su sentimiento, sus lágrimas y su desconsuelo.

Por lo demás, ya se sabe que las viudas han perdido el miedo a los hombres, no porque sean viudas, sino porque fueron casadas. Si me dicen que no todas son unas ni una es todas, responderé que es verdad, pero esto no venía al caso, porque ni yo las he vituperado, ni dejo de tenerles compasión, ni creo de ellas sino lo que se debe creer en buena razón y derecho.

Privaron a la viuda Gertrudis de no pocas visitas de Pedro Saputo los consultores de diferentes pueblos que venían a pedirle consejo, a proponerle dudas y conciliar pretensiones encontradas, a concluir pactos y concordias. En un día llegaron de Ayerbe, de Lanaja y Poliñino, Berbegal, Alquézar, valle de Nocito, valle de Sarrablo, Jaca, Biescas, Estadilla y San Esteban de Litera. Y llegó también el síndico de Almudévar a suplicarle que bajase para un asunto de importancia; y por servir a su pueblo se bajó inmediatamente.

Capítulo XIII. De la comisión de los tres higos

¡Oh!, ¡cuántas clases, especies y géneros de ladrones hay en el mundo! Unos con trajes de caballero, otros con el de pillos. Unos roban desde su casa, a pie firme y a lance seguro; otros en la calle, en el campo, en los caminos; habiéndolos en todas partes y para todo, y estando tan poco libres de ellos los palacios y aun las mismas coronas de los reyes, como la más solitaria aldea y la fruta más ruin del árbol que crece solo en el desierto. Pero en tanta variedad y diferencias de ladrones, cuatreros y tahures, ningunos más serenos y rematados que los historiadores; y aun presumiendo mucho de honrados sólo porque no hurtan para ellos. Pero por eso el hurto no deja de ser hurto, y el despojo, despojo. A fe, a fe que si los despojados no fueran muertos, generalmente, que no siempre les estuviera bien su atrevimiento.

Ha de saber el lector, que un autor extranjero ha quitado a Pedro Saputo el hecho y comisión de este capítulo, para darlo a un personaje arrapiezo que jamás ha existido, y a quien finge una vida y aventuras tan enatizas como la persona, para entretener a gente música, a mozos de tienda; pajes, lacayos y niños de la escuela. Y luego quiere disimular y realzar la bajeza de su invención con alegorías del tiempo de entonces, que así medren mis enemigos como dicen a la fábula y su puro significado. Siempre han hecho esto los extranjeros; especialmente los italianos y los franceses, habiendo casi llegado a decir aquéllos que el Gran Capitán aprendió a montar a caballo de un padrone que tuvo en la Calabria; y éstos, que Cervantes nació en la tienda de un barbero de Versalles. ¿Qué extraño es, pues, que hombres de tan poco aquel (vergüenza iba a decir) se hayan propasado a quitar a Pedro Saputo la gloria del hecho que referimos? Lo que yo más siento es que lo hayan atribuido a un sujeto de tan poco valor, y cuya ridiculez y desprecio ha corrompido la gracia, ajado el color y revocado la dignidad de la acción en el héroe almudévano. Pero tendrá su mérito propio, original y primitivo, mal que le pese al menguado biógrafo que adornó con ella la vida de su arrugado monstruoso engendro.

En la explanadilla del cabezo de la Corona había una higuera que nunca jamás había dado fruto, y aquel año produjo tres higos tan hermosos, orondos y extraordinarios, que el concejo determinó enviarlos de regalo a S. M., y nombrando a Pedro Saputo para el encargo y comisión de llevarlos. Mandaron hacer una cesta muy pulida a un cestero de Huesca, el más famoso que había en la ciudad, con tres divisiones para poner los higos separados. Y hecho todo y puestos los higos con buen mullido, entregaron a Pedro Saputo la cesta, diéronle dinero para el viaje, y tomó el camino de la corte.

A poco trecho comenzó a decir entre sí: esto que hacen los de mi lugar es una grandísima sandez, y no sé yo cómo endilgalla para que no lo parezca. Supongo que llego allá: y ¿qué digo? ¿Qué diré a aquellas raposas descoladas de los cortesanos? Y ¿qué dirán cuando vean que desde Almudévar, en Aragón, llevan tres higos a S. M. y pido audiencia y se los quiero presentar y porfío en ello? A mí, es verdad, no me pesa ir a la corte; y o yo no soy Pedro Saputo o los higos ha de vellos y recibillos el rey. Pero ¿cómo haré yo para que esta ignorancia y puerilidad redunde en estimación y crédito de los de mi pueblo? Y así discurriendo fue andando su jornada, y el cuarto día llegó a Alcalá de Henares.

Ya estoy cerca, dijo; y para lo que tengo discurrido, lo mismo son dos higos que tres; me como uno. Y se lo comió y fue adelante. Llegado al sitio que llaman la venta del Espíritu Santo, dijo: para lo que de nuevo he pensado, lo mismo es un higo que dos; me como, pues, el uno, y se lo comió y fue adelante. Llegó, en fin, al Buen Retiro donde a la sazón residía el rey y toda la real familia; y como todo lo llevase muy discurrido, compuesto y considerado, se entró en palacio muy confiado y sereno.

Era entonces lo que privaba en palacio, por ser el gusto dominante, las bufonadas y chocarrerías. De modo que la gracia y mérito de la buena conversación y trato cortesano consistía en chistes, equívocos, conceptillos y agudezas tal vez indecentes, pasando todo por de buena ley a título de discreción y galantería. Supo esto Pedro Saputo cuando pasó la otra vez por la corte; por cierto que se avergonzó de ver tanta bajeza en vez de la majestad y dignidad que correspondía a un imperio tan glorioso, a una corte como la de España, señora de tantos mundos. Pero ahora le pareció que eso mismo le facilitaba su comisión, y esperaba por ese medio salir de ella airoso.

Con efecto, llegó a palacio, y haciendo del bobo pidió ver a S. M., a quien traía un oficio del concepto de Almudévar y con él un regalo que sería contado en los anales del reino por la cosa más estupenda que se habría visto. Preguntáronle al punto los cortesanos qué era lo que traía, y respondió que primero lo había de saber S. M., que ellos lo verían y no lo catarían. Y que no le detuviesen mucho porque era hombre de poca paciencia y se metería en la cámara y aun en la cama de S. M. a pesar de todos. Ellos quisieron divertirse, y deteníanle porfiando por ver lo que traía en la cesta. Él les dijo, continuando siempre en hacer el simple: —Mirad, polillas, que si se me amostazo, echo a correr ahí adentro, descuelgo la espada de S. M. y os conjuro con ella y os mando a por almas de alquiler si hay en la corte quien las alquile, porque vais a quedar sin la vuestra. —¿Hase visto, dijo uno de ellos, un loco más gracioso? Llevémosle a S. M. que, por san Jorge, ha de gustar mucho de oílle. Y le pusieron en medio de todos y le entraron en la cámara de S. M.

Llegado a la presencia del rey con el oficio o pliego en la mano y la cesta en la otra, le pidió licencia para presentarle un oficio escrito del concepto de su lugar, y S. M. le admitió con agrado, y leído que le hubo dijo: —¿Conque me traes tres higos? —Sí, señor, aquí están en esta cesta. Y se la entregó a S. M. Abrióla el rey, y no viendo más de un higo dijo: —Aquí sólo hay un higo. —Pues uno, respondió Saputo. —Pero el oficio reza tres, dijo el rey. —Pues tres, respondió el bribón. —Hombre, dijo el rey; el oficio dice que me mandas tres higos y aquí sólo veo uno. —Eso, señor rey, consiste (dijo Pedro Saputo) en que ahí por ahí antes de llegar me he comido yo los otros dos. —¡Te los has comido! ¿Y cómo has hecho?, preguntó el rey. —Así, respondió Pedro Saputo, y tomándole al rey el higo de la mano se lo comió con mucha gracia y desenvoltura. Los cortesanos que lo vieron celebraron mucho la agudeza, dijeron que chiste como aquél no se había visto; y aun S. M. se alegró y lo celebró también, y favoreció a Pedro Saputo. Así lo había él esperado y no se engañó, conociendo la puerilidad e indignidad de la corte desde el otro viaje. Mandóle el rey que no saliese del palacio sin su orden, y a los cortesanos y caballeros de su casa que le atendiesen y regalasen.

Un día le dijo el rey: —Supuesto que has visto ya mi mesa, ¿te parece si habrá algún príncipe en el mundo que sin traer nada de fuera de sus estados la tenga tan regalada? Y contestó: —Me parece que no, porque no hay ningún reino en el mundo que produzca tanta variedad de cosas y tan excelentes para el regalo de la vida. Pero faltan muchas, señor, en la mesa de V. M., e yo siendo lo que son las tengo cuando quiero mucho más exquisitas, o las como, que es lo mismo. Porque Vuestra Majestad no come el pan de Huesca ni de Andorra. —No. —Pues yo, sí. V. M. no come el carnero de Monegros. —No. —Pues yo, sí. V. M. no come las truchas del Cinca ni del río de Troncedo. —No. —Pues yo, sí. V. M. no come los nabos montañeses y de Mainar, ni el cardo ni la escarola de Alcañiz. —No. —Pues yo sí. V. M. no come el queso de Tronchón, el aceite de Fornos, las uvas de Ráfales, las cerezas de Monzón y Torre del Conde, los higos de Maella, ni las granadas de Fraga. —No. —Pues yo sí. V. M. no come la aceituna negra y curada de la Tierra Baja. —No. —Pues yo sí. V. M. no bebe el agua del Gállego o del Cinca. —No. —Pues yo, sí. —¿Que tan buena es?, pregunto el rey. —Es tan buena, señor, respondió, que además de ser muy ligera, fácil y suave, pura como la luz, delgadísima y la más limpia que corre sobre la faz de la tierra, no padecen de gota ni apoplejías los que la beben; en especial de sus corrientes. —No me has nombrado ningún vino, le dijo el rey. —Señor, no faltan muy especiales, pero por ahora son mejores los de las provincias de Andalucía, que si mis paisanos los aragoneses no tuviesen el talento de hacer de buenas uvas mal vino, mandara V. M. traer del campo de Cariñena y otros, y la hombrearían con los mejores. —Me alegro, le dijo el rey, de que mi reino de Aragón sea un paraíso de la tierra por sus frutos naturales. Algunos ya yo los había oído nombrar, otros ya vienen a mi mesa y aun de los que tú no has nombrado; y otros habían llegado a mi noticia. Pero, en efecto, yo creo que andas un tanto cuanto exagerado en el punto de excelencia. —Señor, replicó él, en Aragón todo está a un nivel, la excelencia de los frutos de la tierra, y la nobleza de los corazones de sus naturales para amar a su rey, y la lealtad de sus pechos para defender su corona. Esta conclusión dejó al rey muy pagado, y más que habló Pedro Saputo con grande ahínco y firmeza, como hombre que sabía lo que decía.

Todos los días solía llamarle el rey a su cámara y holgaba mucho de su discreción y dichos agudos; aunque no tardó en conocer que Pedro Saputo era hombre para más que para hacer reír como un bufón sin asiento ni meollo. Hasta le llamó alguna vez cuando deliberaba con el ministro, y le llegó a pedir su parecer en gravísimos negocios del estado. Por fin se atrevió Pedro Saputo a declarar a S. M. que la comisión y regalo de los higos, como el papel de bobo que estaba haciendo, había sido achaque para introducirse, y todo para tener ocasión de decir a S. M. lo que había observado en el reino.

Las damas de palacio le querían mucho, y jugaban y reían con él por simple y sin malicia, y él se dejaba reír y jugar, y sacaba todo el partido que podía, que no era poco de todos modos. Pero algunas traslucieron muy pronto que su simplicidad era fingida, y le trataban de otra manera y le favorecían más, y se entendían con él para burlarse de algunos caballeros que se tenían por discretos.

Cansóse empero de estar en la corte y de ver constantemente al rey engañado por sus ministros y consejeros; y no atreviéndose a pelear solo una batalla tan recia como la que habría que dar a tantos y tales enemigos del rey y del reino, dijo un día a S. M.: —Señor, si V. M. me da licencia, yo desearía volver a Aragón, porque tengo que cumplir este año un voto a la Virgen del Pilar, y se acercan las fiestas. Sintiólo el rey, porque se había agradado de su buen entendimiento, y quisiera tenerle siempre a su lado. Con todo le respondió: —No te privaré de cumplir tu buena obra; y sabe que tengo envidia a los aragoneses que tan de cerca pueden visitar a aquella señora y madre de todos. Ve, pues, a tu tierra. Pero cuando estés para partir, entrarás, que has de llevar unas letras mías y un encargo de palabra a aquel mi virrey y capitán general. —Señor, dijo Pedro Saputo; yo ya me iría mañana, si V. M. no me ha menester más tiempo en la corte. —Iraste, pues, mañana, respondió el rey; y entiende que si quieres volver, siempre te veré con gusto y si algo me pides no te lo negará tu rey.

Con efecto, le despacharon aquel mismo día; él besó la mano del rey, se despidió de sus amigas y amigos, y cargado de regalos de ellas, salió de la corte y tomó el camino de Zaragoza.

Capítulo XIV. Pedro Saputo llama a su madre a las fiestas del Pilar. De una extraña aventura que le sucedió en ellas

Desde la corte había escrito al concejo de Almudévar dándole cuenta de su comisión y diciéndole que S. M. agradecía el regalo, pero encargándoles que lo tuviesen callado hasta su vuelta, por cierta razón que les diría. Y llegado a Zaragoza escribió a su madre rogándola que viniese a ver las fiestas y visitar a Nuestra Señora del Pilar. Alegróse mucho su madre, y la respuesta fue presentarse con una familia honrada de su pueblo y trayéndose consigo a la hija de su madrina, que quisieron ir a Zaragoza y con tan buena compañía y al lado de una persona como la Pupila no se les podía negar tan natural y justo deseo.

Pedro Saputo entregó el pliego al capitán general y le dijo lo que de palabra le encargó S. M. y el ministro. Preveníanle en sus letras que recibiera muy bien al portador y mensajero y que no despreciase sus consejos. Con esto el virrey le convidó a comer algunas veces y le quiso ver todos los días. Su madre viéndole tratar con tan altas personas, daba continuas gracias a Dios y no sabía salir del Pilar, costando trabajo a las pobres niñas sacarla para hacerla seguir y ver la ciudad.

Llegaron las fiestas, y el virrey le convidó a ver la corrida en su balcón, siendo entonces el Coso donde se corrían los toros. Después refrescaron, y cuando iba ya a despedirse recibió un billete cuyo sobre decía: Para el caballero que esta tarde ha estado a la izquierda del señor virrey viendo los toros, y llevaba una cinta verde en el pecho. Y dentro leyó: «Mañana a las dos de la tarde en punto os aguarda en la casa cuya puerta es la segunda a la derecha en la calle de don Juan de Aragón entrando por la Mayor. —La triste María Mercedes Orante, o sor Mercedes que fue en el convento de Geminita.»

El frío de la muerte sintió en sus entrañas al ver este recado; fue la nueva que más profunda y cardinalmente le sobresaltó y conmovió en su vida. Fuese inmediatamente de la casa y visita diciendo que le llamaban, y lleno de confusión sin poder casi hacer salir la respiración del pecho, iba diciendo entre sí: ¿qué es esto? ¿Sueño o es verdad? ¡Sor Mercedes fuera del convento! ¡La sensible y tierna sor Mercedes! ¿Qué sucedería? ¿Qué le sucedería a la infeliz? ¡Y en tantos años no he sabido...! ¡Secreto grande sería! Bien que ella no sabría quién yo era. Y agora ya lo entiendo; ¡me habrá visto, y me ha conocido! Abrid, cielos, camino, y aquí estoy para el sacrificio que el caso pueda pedir. Y dio algunas vueltas por las calles para calmarse un poco, procurando con esfuerzo y valor disimular su profunda cavilación y tristeza para no afligir a su buena madre ni dar a entender nada a las dos muchachas.

¡Qué noche aquélla! ¡Qué día siguiente! ¡Qué demudado se vio en el espejo! Parecíale que no era el mismo; y entre mil revueltas imaginaciones pasó el día y oyó las tres de la tarde; conque se dispuso a ir a la casa de la cita. El corazón le latía, las piernas le flaqueaban, la espada le incomodaba, y hasta el cuerpo le quería huir y seguía arrastrando la intención de los pasos. Llegó a la calle, y sin querer se encontró en la puerta. Entró, llamó, abrieron, subió y en un rellano o descanso de la escalera se abrió de sí misma una puerta; entróse por ella dándole a cada paso más fuertes y más ansiosos latidos el corazón de punto en punto más alterado. Vio una señora muy bien vestida a la puerta de una sala, que parecía aguardarle; dirigióse a ella, pero la señora se fue entrando por la sala al mismo paso que él adelantaba hacia ella. Oye pasos detrás, se vuelve a mirar con algún recelo, y ve otra señora no menos bien vestida y misteriosa. Siguió a la primera sin saber si debía saludarlas o callar, porque ninguna hablaba y no podía verles el rostro por la poca luz que permitían unas cortinas de damasco en las vidrieras, que tampoco no estaban del todo abiertas. La que iba delante llegó hasta la ventana y se paró; la que venía detrás se paró también, y él en medio de las dos, no adivinaba en qué pararía aquello ni podía conocer cuál de ellas sería sor Mercedes. Mientras miraba ya a la una ya a la otra, ellas guardando el mismo silencio, fueron adelantando cada una de su punto a juntarse en frente de él entre dos alcobas que había y quedaron a unos seis pasos como dos estatuas. Estuviéronle mirando así un poco y él a ellas: y luego la que vino delante dijo medio en verso, pero en tono grave y fingiendo la voz, porque se conocía:


Habéis venido al terrero
Bien engañado, por Dios;
No un corazón, sino dos,
Necesitáis, caballero.
 

Él, saliese lo que saliese, pero adoptando el sentido cortesano, respondió con serenidad y presteza:


Si de amor es el terrero,
Uno me basta, por Dios;
Bien puede servir a dos,
Si se ofrece, un caballero.
 

Y otra vez se quedaron mirando. Entonces la misma de los versos dijo en su voz natural y con mucha confianza y ahínco: ¡Ah, ciego!, y corrieron las dos a abrazarle, recibiéndolas él un poco dudoso, preocupado siempre con la suerte y desgracia de sor Mercedes. Acabólas en fin de conocer, y exclamó: ¡Hijas mías! Porque eran... ¿Quién se lo había de imaginar? Eran Juanita y Paulina, que le conocieron en el balcón del virrey y discurrieron aquella aventura para causarle susto y gozar de su turbación y zozobra. No acababan de alegrarse, de mirarle, de satisfacer y sosegar el corazón lleno de amor y de ternura. Y tomándole las manos le entraron en el estrado.

Quisieron explicarse; pero preguntaron tantas cosas y tan de tropel, que en vez de responderles, porque era imposible de aquel modo, les soltó él también un largo borbollón de preguntas. Calmáronse poco a poco, y le fueron diciendo que eran casadas y habían venido a las fiestas con sus maridos; que Paulina tenía un niño de dos años, y a Juanita se le había muerto una niña de un año hacía tres meses; que los maridos con una criada para las dos, con el huésped y otros forasteros se habían ido a los toros y de allí irían a las fiestas del Pilar hasta las nueve de la noche yendo de paso a refrescar a otra casa; que habiéndole conocido ayer en el balcón del virrey habían acordado llamarle del modo que lo hicieron; y quedarse hoy en casa con pretextos que nunca faltaban a las mujeres, para verle y decirle que ellas siempre eran las mismas.

Preguntóles si estaban contentas con su suerte, y dijeron que no les pesaba de haberse casado; que Juanita estaban bien y mal, bien por la casa y el marido, porque la casa era muy rica y el marido un bonachón; y más que bien por su suegro, que era un hombre muy instruido y amable, pero que estaba mal por su suegra, porque con su genio era tres veces suegra lo mismo para los demás que para ella. Que Paulina había dado con gente sencilla y pacífica fuera de ser su suegro un poco áspero y gorito, aunque de buena razón generalmente.

—Pero, ¿es posible, dijo después Juanita, que en viéndote hayamos de volver siempre a niñas? ¿Y es posible que no hemos de saber quién eres después de tantos años? Pero el día ha llegado; cuando seáis casadas, dijiste; ya lo somos, cumple tu palabra. —La voy a cumplir, dijo él; no os lo haré desear más, porque bien lo merecéis. ¿Habéis oído hablar de Pedro Saputo? Al oír este nombre quedaron estupefactas, mudas, mirándose una a otra, mirándole a él, y como recorriendo en su memoria la historia de sus aventuras con él desde el noviciado.

Al fin, exclamó la misma Juanita: —¡Tú, Pedro Saputo! ¡El Geminita, el estudiante, el caballero, ahora el cortesano y hombre de palacio! ¡Tú, Pedro Saputo! ¡No podía ser otro! Ya no me admiro de tu mucho saber, de tu mucha agudeza, ni de nada de cuanto hemos visto desde que te conocimos. ¿Qué extraño que a todas nos engañases en el convento fingiéndote mujer, haciendo lo que hiciste y que nos encantases de aquella manera? Pero en fin, a ti te debemos el no haber quedado allí sepultadas para toda la vida; a ti debemos... Mira, Paulina, bien nos podemos perdonar los desatinos y locuras que con él hemos hecho. ¿Quién resiste a tus palabras? ¿Quién puede con esa gracia? ¿Quién no cree triunfar cuando sin reflexión ni sentido se deja llevar del encanto de tus miradas y llama suya tanta perfección y gallardía? —¿Estás loca, Juanita?, le dijo él. ¿Concluyes y pasamos a otro asunto? —¿Qué es concluir?, dijo Paulina. ¿Quién acabará de admirarse? ¡Pedro Saputo, nuestro antiguo y primer amante! ¡Oh!, sí que lo eres, sí, no lo dudamos, si no eres algún diablico del infierno. ¡Y tan ciegas nosotras, Juanita! ¡Y tanto como hemos oído tu nombre, no dar en que tú solo podías ser! Hombre y demonio, ¿de dónde has salido? ¡Ah, cuántas torres habrán caído a tus pies! ¡Cuántas fortalezas se te habrán rendido! ¡Cuántas infelices deben pensar en ti en este mismo instante, y llorar y afligirse, mientras estás aquí con nosotras! Pero eres nuestro, y de nadie más; sí, nuestro, aunque sea crimen decillo. ¿Por qué te conocimos?

Hizo callar también a Paulina, y así hablando y volviendo siempre a lo mismo se pasó el tiempo hasta las nueve; a esa hora se levantó y se fue a la posada, diciéndoles que no podría volver a verlas; pero prometiéndoles ir a sus pueblos.

Acabáronse las fiestas; descansaron tres o cuatro días y ellas se fueron con sus maridos a sus pueblos, y él, a Almudévar con su madre y las niñas. A su llegada le visitaron en cuerpo los del concejo, luego de formalidad y con el afecto que siempre, los dos hidalgos y medio que había en el lugar y los tres caballeros que se daban a entender que lo eran por tener caballo y ceñir espada los días festivos. A los del concejo encargó mucho que hablasen poco de los tres higos, y les dijo que para librarse de la baya del vejamen que les darían otros pueblos no reparasen en echarle la idea y la obra, y así creerían que hubo en ella algún misterio, como quiera que, al cabo, misterio había tenido su presencia en la corte y su asistencia en palacio.

Mas de haberle visto familiar amigo del virrey y de otros personajes no se admiraban, porque, aunque aldeanos y sin mundo, bien se les alcanzaba que Pedro Saputo era hombre para eso y para mucho más; ni aun de que a Su Majestad hubiese merecido tanto favor. Y todos se creían honrados con la fama y gran persona de aquel hijo de su pueblo.

Capítulo XV. Del pleito del sol

Este capítulo, discreto lector, no quisiera que lo leyeses, porque vas a decir: trufa, trufa: y ya ves que esto es contra mi crédito y la estimación del libro. Bien me he dicho a mí mismo, que no debía escribirlo; pero me he respondido, que yo no tengo la culpa de que la tradición haya conservado este hecho. Y para descargo de mi conciencia debo manifestar que yo lo creo o no lo creo; y que si ha sucedido, quizá no fue en Almudévar, pues hay quien lo atribuye a otro pueblo, y aun a otros. Vamos al caso.

Dicen, pues, que mientras Pedro Saputo estuvo en la corte, pusieron los de su lugar pleito al sol, y que cuando llegó a Zaragoza y después que le hubieron saludado todos, le llamaron un día a la plaza en donde estaba ayuntado el pueblo, y le dijo uno del concejo: —Con mucho deseo, oh hijo nuestro Pedro Saputo, esperábamos tu venida al lugar para darte cuenta de una cosa que hemos hecho y que tú con tu mucha agudeza y sabiduría nos has de ayudar a llevar a buen cabo y final cumplimiento. Has de saber que habrá un mes pusimos un pleito al sol... Apenas oyó esto Pedro Saputo, dijo: —¡Pleito al sol! Y respondió uno de la plaza: —Pleito al sol, sí, pleito al sol; porque siempre nos fiere de frente en el camino de Huesca. ¿Vamos allá? Nos fiere la cara; ¿venimos de allá?, nos torna a ferir la cara. Y el otro día a Simaco Pérez y a Calisto Espuendas les sucedió que de así ferirles el sol se tornaron cegatos; y como esto aconteció ya a otros en otras ocasiones pasadas no queremos que nos acontezca a todos, hoy uno, mañana dos, porque después los de otros lugares nos farán mueca y nos llamarán ojitos y guiñosos. Por eso hemos puesto pleito al sol, y hasta que le ganemos y no nos fiera más de cara en el camino de Huesca, no hemos de parar. Y ya puedes tú que eres tan agudo y tan aquel, mirar y fer que esto no se pierda y trabajar con los jueces y letrados, que al fin bien los pagamos, que yo dié el otro día una ovella que me tocó para los gastos.

—Pero, señores, dijo Pedro Saputo: ¿es posible que habéis caído en la mengua que estáis diciendo? ¿Pleito al sol habéis puesto? ¿Qué dirán los otros pueblos? —Que digan lo que quieran, respondió otro bárbaro de la turba; más vale que digan eso que no tornarnos cegatos y después no valgamos para cosa, y nos fagan la figa y no lo veigamos. Y ya puedes traballar si no a volar a d'icho lugar, que parece que desde que has estado en la corte del rey ya no te conocemos. Y a estas palabras siguieron otras más altas, acalorándose la gente de modo que Pedro Saputo hubo de ceder, y haciendo señal de querer hablar, se sosegaron y callaron, y él les dijo: —Yo os doy palabra que el pleito se acabará en breve, que no durará una semana, y que lo ganaremos. —¡Bien! ¡Bien! ¡Viva Pedro Saputo! Y se deshizo la junta. Preguntó quién era el letrado que defendía a Almudévar, y fue a verse con él y las demás piezas de aquel juego.

El letrado le dijo que efectivamente le habían pedido los de Almudévar que les escribiese una demanda y querella contra el sol, porque les daba de cara cuando venían a Huesca y cuando se volvían al lugar, y que le querían poner pleito; que primero les dijo que era un disparate, pero que no pudo disuadirles; que después los quiso arredrar con los gastos que ocurrirían, y que a esto habían respondido que no faltaría dinero; y que en efecto después había sabido que se escotaban y reunían una cantidad muy considerable. Por esta relación vio Pedro Saputo que no había lo que él sospechara de estafas y malicia; se rió con el letrado, se estuvo paseando por allí dos días, y al tercero por la tarde se volvió a Almudévar discurriendo antes el modo de salir del paso, dejando a los de su lugar por tontos hasta la consumación de los siglos.

Convocó al pueblo por la mañana, y le dijo desde unas piedras que habían sido cimiento y pie de una cruz: —Hijos de Almudévar, os participo que hemos ganado el pleito al sol... No os alborotéis; oíd: ya no os volveréis cegatos, ni os podrán llamar ojitos y guiñosos, porque no lo seréis. La cosa ha pasado de esta manera. Después de ver lo que se alegó de nuestra parte y lo que contestó la contraria, fui al juez y le hablé largamente de la tirria que nos tiene el sol, y de su terquedad y trece de cuenta en herirnos siempre de cara; y en fuerza de mis reflexiones ha sentenciado a nuestro favor; e yo tomando una copia de la sentencia me la puse en este secreto de mi gabán, y es del tenor siguiente (¡cómo levantaron la cabeza y abrían la boca para escucharla!): «En la ciudad de Huesca, a los siete días del mes de noviembre del año a Nativitate mil y tantos diez catorce, yo el infrascrito juez, alcalde, corregidor, tribunal y definidor de causas, pleitos y querellas de la tierra y los planetas de cielo; en la instancia que se sigue por el consejo y villa de Almudévar contra el procurador Benito Gómez nomine y de parte del sol de España; atento a lo que por ambas partes se ha alegado, y remitiéndome al proceso en todo caso tam in preses cuam in futurum, declaro y fallo en justicia, ley, conciencia, y razón, y en nombre y voz de la católica majestad del rey nuestro señor (que Dios guarde), que el concejo y Villa de Almudévar no pide ninguna gollería ni lo que dicen cotufas en el golfo, sino lo que hace muchos años y aun siglos que pudieron pedir con el mismo derecho y justicia que agora, y que el sol en adelante no sea osado de ferilles de cara cuando vengan de Huesca y se vuelvan por la mañana...» Aquí no pudo ya contenerse la multitud, y tiraron los sombreros al aire gritando: ¡Viva Almudévar! ¡Viva Pedro Saputo! Y duró un rato la algazara y jubilación de la victoria.

Así que se desfogaron, continuó Pedro Saputo y les dijo: —Agora de ese dinero que habéis recogido, que según he calculado pasa de mil libras jaquesas, se podría hacer un pozo de piedra para tener agua abundante y buena en todo tiempo, con una balsa inmediata, de la cual se podría pasar el agua lluvial después de clarificada. —¡No, no!, gritó una voz de la turba. ¿Agua dices? Aun la del cielo nos incomoda. Si heses dicho una fuente o un pozo manantillo de vino, entonces sí que heses acertado; pero d'agua, ¡bien empleado dinero! En otra cosa lo podemos emplear. Oíd lo que m'ocurre: por ahí se están cayendo los muros y arruinándose a toda priesa, y día y noche tenemos o lugar abierto; compónganse los muros y fagamos unas puertas bien fuertes para cerrar de noche que no entren os ladrones y no vuelva a suceder o fecho de la semana pasada, que entraron a media noche, mataron perros, asustaron a la comadre y el hornero viejo, y se llevaron a filla de Jorge Resmello, a Resmella, pues ya la conocías; y la volverán, sí, gora un rasco, o la dejarán que no valdrá para cosa. Esto, es lo que hemos de fer con ese dinero. Y aplaudieron todos al que eso dijo; y Pedro Saputo calló, se encogió de hombros, y se fue a su casa, imaginando en la ligereza y facilidad del vulgo que en una hora muda de afectos, aclamando con vivas y amenazando de muerte.

Pero, en efecto, el lector debe atenerse a lo que he dicho al principio: a saber, que este hecho es puro cuento, porque tanta simplicidad, tan gran tontería, no cabe en hombres que andan con dos pies y tienen los ojos en la cara. Hay quien asegura que fueron los de Loharre los del pleito del sol; digo lo mismo. Y también lo he oído de un pueblo de Galicia y de dos de Andalucía. Pero de éstos y de todos, lo dicho, dicho. Conque el lector se servirá tener este capítulo por no escrito; o de lo contrario le mando desde aquí para malévolo y le acuso de burlón y enemigo de la paz de los pueblos.

Libro cuarto

Capítulo I. Propone su madre a Pedro Saputo que se case. Revelación importante

¡Qué lástima que Pedro Saputo pasase de los diecisiete o dieciocho años aún de la edad que tenía cuando salió del convento! ¡Qué cosas tan amables habría en su vida! Porque lo que es él no necesitaba más barbas, más tempero ni madurez: era un gran músico, un buen pintor, literato, filósofo, muy robusto y esforzado, hombre perfecto, hombre completo y hecho de todos modos. Es verdad que como los demás hubieran ido envejeciendo, no hubiese podido tener siempre unos mismos amores, y se viera obligado a dejar los que se iban de edad, y tomar los que fuesen viniendo. Mas esto a él ¿qué se le podía dar?; algo, ya lo veo; porque ni el corazón del hombre es ése ni hay verdadero amor sin estimación, ni estimación sin virtud, y la virtud sigue todas las edades. Peor sería aún si había hijos, porque éstos crecerían, barbarían, y se harían hombres, y el padre se quedaría detrás de ellos y muchacho siempre. Vaya, no puede ser, no estaría bien, es disparate pensarlo; mejor es lo que ahora usamos.

Por otra parte, ¡ser siempre joven!, ¡no pasar nunca los veinte años! ¡Ay, qué bueno sería, dirá aquí alguna muchacha pasada ya de esa edad o asomando a ella! ¡Ay, qué bueno! Pues mira, lector, di a esa muchacha, o entiéndelo tú que lees, la joven de los cuatro lustros, o los que tengas, que si en mi mano estuviera nunca seríais viejas, sin que sea lisonja parecéis mejor y nos gustáis más de jóvenes. En llegando que llegaseis al aspecto medio y de tránsito que dan los treinta y cuatro o treinta y cinco a la mujer, os pararía allí y no seríais más feas. Sí que ha pasado ya la juventud y se fue el color de rosa, y la viveza de los ojos y la lisura de la tez, y el aire y la amabilidad de los años de las gracias. Pero aún no sois feas. ¿Qué más queríais? Hablad a los diez años más, y diréis: ¡ay si aquéllos fueran! Pero no se me ha dado semejante encargo; lo siento, y más no poderlo remediar. Conque admitid la voluntad o alcanzadme licencia para serviros.

Hemos llegado al libro cuarto de la vida de Pedro Saputo, en el cual es ya hombre de más serios pensamientos, ya no hedía a las mantillas, y ya no faltaría quien muy pronto le diese una sofrenada y le dijese: hola, mozo; mira que eres hombre. Sino que es el caso que yo, como le quiero tanto y era él tan vivo y diabólico de muchacho, siento que no lo sea siempre y hayamos de tratar de cosas tan formales como van a ser las que apuntan y siguen. Con todo, él es el mismo, y yo también, y así ni él dejará de obrar como quien era, ni yo de escribir como he escrito hasta ahora. Conque, ¡arredro, tristeza!, ¡oste allá, pesares del alma! Buen ánimo y continuemos.

Aquel invierno lo pasó Pedro Saputo en su lugar, dedicándose al estudio principalmente y no olvidando la pintura y la música. Los ratos libres descansaba en la conversación de Eulalia que con tan buen maestro llegó a ser la muchacha más discreta y amable de la tierra. No dejaba de creerse digna del mismo favor la hija de su madrina, porque era también muy amable, graciosísima, bonita, garbosa, entendida, aunque inocente, y un verdadero diamante labrado, y labrado por tales manos; y le quería mucho igualmente, habiéndola inclinado su misma madre al amor de Pedro Saputo con propósito de que la amistad de los padres se llegase a estrechar del todo con la unión de los hijos y quedasen las dos casas hechas una sola. Él conociéndolo, contemplaba y alegraba a su hermanita, pero la parte principal siempre era para Eulalia.

Su madre, en fin, después de haberlo pensado muchas veces y retraídose otras tantas por temor de su respuesta, se determinó a insinuarle que su deseo sería verle casado, y en el estado que ya a su edad convenía más que otro. Y le añadió que en el pueblo mismo podría casar muy bien, porque demás que el que casa en su pueblo ni engaña ni le engañan, yo sé, dijo, que hay quien te quiere y piensa en ti más de lo que tú acertarás a imaginarte. De Eulalia tú sabrás a lo que está dispuesta, habiendo dicho siempre en su familia y públicamente que te quería tanto que jamás querría a otro hombre, porque no lo podía haber ya digno de ella después de haberte conocido a ti y merecido tu amor. Gala, sí, hijo mío, gala está haciendo, con ser hija de un hidalgo que tú sabes lo entonado que era, del amor con que te quiere y dice que tú le correspondes. Y lo que es más, nadie murmura de ella sino que aún parece que todos la quieren más por esta resolución y desenfado. De las demás del pueblo, grandes, chicas y medianas, quizá te costaría más pedillas que alcanzar el sí de ellas y de los padres; porque yo sé cómo me saludan, yo sé lo que me favorecen, tratándome como su igual aun las más engreídas, visitándome y alegrándose cuando yo las visito. No sé lo que es; pero aun para criadas se me han brindado muchachas de casas harto decentes. Mas entre todas me parece que a quien te puedes dirigir es a la hija de tu madrina, a tu hermanita, a esa Rosa que lo es verdaderamente y a quien su madre ha criado como adrede para ti, y ella merece un hombre como tú, porque es un ángel como ves de hermosa y amable, siempre alegre y natural, viva, dócil y graciosa, advertida, siempre llevando la gloria en sus ojos y en aquel rostro que no sé si habrás mirado bien, pero que sin hablar dice mucho, con un corazón puro y tierno, y un pensamiento florido; que bien dichoso será, hijo mío, bien dichoso al que ella abra su pecho y se le entregue del todo.

Pedro Saputo le contestó: —Cosa natural es que vos, señora madre, me hayades propuesto que tome estado. No obstante, a mí me parece que todavía soy joven. ¿Qué son veinticuatro años para un hombre, y aún no cumplidos? Y para mí son menos que para otros. También creo que conocéis poco el corazón humano si tomáis por más que una simple enhorabuena los obsequios que os hacen en las casas principales del lugar, no probaré yo si son otra cosa. Y entre tantas muchachas como vos me encontráis, no me atrevería a hablar de enlace sino a dos, la una porque está conocido el buen deseo de su familia, que es mi hermanita Rosa; la otra, Eulalia, porque rompería por todos los inconvenientes y despreciaría la contradicción de los suyos. Pero no nos engañemos, buena madre y señora mía; yo como Pedro Saputo soy bien recibido donde quiero, y las jóvenes, lo que es por ellas, repararán poco en una vanidad o soberbia que no dice al corazón; pero tienen padres, tienen deudos que no pueden dejar de pensar al uso del tiempo; y sin un arrojo un poco estrepitoso me atrevo a decir que aun de esas mismas, si no es Rosa, habría alguna dificultad para ver nuera en vuestra casa. Y la paz después duraría o no, y lo mismo el contento. El mundo se gobierna por preocupaciones y no por razón; y dígase también que hay preocupaciones necesarias, siéndolo unas en unos tiempos, otras en otros, y algunas convenientes en todos, porque tocan al alma misma de la sociedad. En fin, señora y madre mía, os lo diré sin rodeos: me sobran bienes, o a lo menos tengo bastantes y puedo aumentallos fácilmente; pero me falta nombre y familia, y no debemos cometer la temeridad de buscar desaires o disgustos que nos duelan y ofendan. De Rosa hablaré más en particular a su tiempo.

Su madre le entendió y dijo: —Hablas, hijo mío, como lo que eres y te llama el mundo. Es verdad, tienes razón, por tu desgracia y la mía... Y aquí se puso a llorar y no pudo decir más. —No lloréis, madre, le dijo él; pensad que nada os falta, y que tenéis un hijo que os adora y nada echa de menos en su condición. —Sí, hijo, sí, ya lo veo, respondió ella; pero ya que hemos tocado este punto, y eres tan prudente, quiero que sepas lo que hasta ahora no me había atrevido a decirte:

—Yo entraba en casa una tarde de invierno muy fría y tempestuosa, y al mismo tiempo acertó a entrar en el pueblo y pasar por allí un caballero, me miró con atención, paró el caballo, y como vio que yo me avergonzaba e iba a cerrar la puerta, me llamó y pidió posada para un rato, pues todavía quería pasar del pueblo, no más que calentarnos, dijo, y tomar un bocado. Yo le dije que se apeara y entrara en mi casa si gustaba, pero que sentía fuese tan poco digna del tal huésped ni como había menester en el estado que le veía; porque venía arrecido y entumido de frío. Él se apeó, subió, se calentó, comió algo, y mandaba al criado sacar al caballo; cuando mirando por la ventana vio el tiempo cruel y dijo: no importa la vida ni la hacienda, amable huéspeda mía; yo a nadie conozco ni he de ver en este lugar, si no os he de ser molesto, me quedaría aquí esta noche. Yo llena de confusión por mi mal ajuar, le dije que mirase lo que hacía; que no era casa donde pudiese estar a gusto y cómodamente, porque la buena voluntad con que yo le serviría no suplía otras faltas. Y se mostró muy satisfecho y contento.

Al día siguiente nevó y ventisqueó sin parar y no salió de casa. Al otro día hizo un viento que se llevaba los tejados y un frío que no se podía vivir sino encima de los tizones; y habiendo enviado el criado a por agua porque no quiso que yo fuese, me dijo: —¿Conque sois pupila? —Sí, señor. —¿Y soltera? —Sí, señor. —¿Y honrada? —Ya lo veis. —Pues yo, dijo entonces, soy mozo y caballero, huérfano también de madre, y voy a seguir el consejo de mi padre, que es un hombre muy sabio. ¿Queréis veniros conmigo? —No, señor, y perdonad, le respondí yo. —No seréis mi criada, sino señora de mi casa. —Os doy las gracias, le dije temblando, pero mis padres me encargaron mucho la honestidad y no me dejaron otros bienes. —No os turbéis, digna doncella, me dijo entonces grave y amoroso. Dios me ha hecho entrar en esta casa llamándome con vuestra modestia y la nobleza de corazón que vi en vuestras miradas y palabras. Los lazos más ocultos que me tienen sujeto a vuestro lado son muy fuertes, creedlo, y quiero que sean visibles y más fuertes aún de otro modo; son del corazón, y quiero que sean también de la ley. Dadme la mano. Y diciendo así me tomó la mano y dijo: —Sois mi esposa. Yo estaba tan fuera de mí, que no podía hablar y no le contestaba. Y él me dijo: —Hablad o apretarme al menos la mano. ¿Admitís la mía? Yo se la apreté y creo que dije «señor». Entonces me abrazó, y me creí, hijo mío, me creí su esposa... Aquí volvió a llorar la infeliz, y luego prosiguió diciendo: y con esto se detuvo un día más, ¡y fui tu madre!... No pudo continuar la pobrecilla, y su hijo la dejó llorar un poco, y luego la conhortó y dijo con mucho amor, que acabase su historia, porque la oía con mucho gusto. —No tengo más que decir, respondió su madre, sino que el caballero me dejó cuarenta escudos y se fue prometiéndome volver dentro de un mes, pero sin decirme cómo se llamaba ni de dónde era. Todo, hijo, me parece un sueño; y si tú no hubieses nacido por sueño lo tendría. Porque si no ¿cómo un hombre tan formal y virtuoso engañara así a una infeliz en pago de haberle recibido en mi casa? ¡Y te le pareces tanto!

Pensó un poco Pedro Saputo y dijo: —No os desconsoléis; aquel caballero no os engañó, no podía engañaros, sino que o murió o le sobrevino alguna desgracia, sea como quiera, que no le ha permitido volver a los brazos de una esposa que tan libremente y con tanta reflexión tomó del modo que habéis referido. No lloréis, no penséis más en esto; consolaos y sed feliz como lo habéis sido hasta ahora. Dejadlo todo, y alegrad vuestra imaginación con el bien y estado presente, que tantas otras envidian, como vos misma veis. Y en cuanto a mi casamiento no estéis solícita, que ya lo iré yo pensando, y veremos lo que nos estará mejor, puesto que no hay cosa que nos apremie.

Consolóse su madre, y no se habló más en el asunto. Acordóse en verdad Pedro Saputo de lo que había oído del padre que le daban, que hasta príncipe lo creían algunos, y de buena gana le hubiese hecho algunas preguntas a su madre; pero tuvo por más conveniente no seguir una curiosidad quizás inútil y no del todo bien vista en un hijo con su madre.

Capítulo II. De cómo Juanita llamó a Pedro Saputo. Descúbrese un gran secreto

Pues señor, esto va su camino, pero muy aprisa, a escape, a las cuatro sucias. Por supuesto que el lector siempre habrá creído que el libro se había de acabar; pues bien, que lo sienta o no corre a su fin, y se va a recibir y cerrar al arco; y si otro arco es, mírale ya doblado y buscándose los dos cabos para tocarse y quedar hecho un círculo perfecto. O de otro modo, aquí la cumbre y aquí el principio del descenso.

Estando un día cenando Pedro Saputo llegó un criado de Juanita con una carta en que le suplicaba fuese allá inmediatamente, pues le necesitaba, y que procurase llegar entre las nueve y once de la mañana. Era el primer favor, la primera merced, la primera gracia y firmeza que le pedía aquella vieja amiga, a la cual como asimismo a Paulina, ya conoce el lector que no podía él negar nada, pero llamándole tan adrede y con tal urgencia, del cementerio se hubiese levantado para servirla. Partió allá, pues, y dispuso la jornada de modo que llegó a la hora prevenida. Encontró a Juanita vestida de luto, aunque en el semblante vio que era por los vivos y no por el muerto. Y en efecto, le dijo que quien se había muerto para descanso de todos, de un benéfico tabardillo, era su buena gloriosísima suegra, mujer (añadió) de la raza de las harpías o hermana de las furias, a quien de derecho tocaba por marido un cancerbero, y se llevó un ángel, si los hay entre los hombres casados. Bien que tuvo culpa un descuido. En fin, ha muerto, no le roamos los huesos; Dios la haya perdonado; y vamos al caso antes que venga mi suegro.

—Te he llamado porque te necesito. Yo he vivido con una suegra y primero me freirían viva que sufra otra. ¡Ay si supieras lo que he padecido con ella! Tres meses que murió, y otros tantos hace que se descansa y vive en esta casa; porque no padecía yo sola, sino todos; y válganos la prudencia y amabilidad de mi suegro, si no, yo al menos ya me hubiese secado y muerto. Mi marido no tiene el talento de su padre. Pues bien, tengo barruntos de que este hombre, no escarmentado aún de mujer, trata de casarse. ¡Malditos sean los hombres y las mujeres! Y desde que he conocido su idea ha perdido mucho en mi opinión, porque no es de sabios casarse dos veces teniendo hijos y casa; hijos buenos, quiero decir, como nosotros que besamos la tierra que él pisa, de amor y respeto que le tenemos; y casa llena de todas las bendiciones del cielo. Yo creo que lo trata con el cura del pueblo, que no le aconsejará sino lo mismo que él proponga y quiera, porque sabe más mi suegro, y cuando el cura levanta el pie, ya él ha ido y vuelto dos veces. Yo le diré que te conocí de estudiante después de paso en mi pueblo, y que te vimos también en Zaragoza. ¿Le diré quién eres? —Hasta ahora no, respondió Pedro Saputo. —Bien, dijo Juanita; y si te ruega que te estés mañana y más días no seas melindroso. Él te llevará a ver sus campos, y tú le has de disuadir del casamiento, cogiendo bien la ocasión y hablándole como se habla a quien no necesita consejos. La ocasión, si es verdad que tiene ese maldito pensamiento, él mismo te la dará sabiendo ganalle la voluntad, que sí harás, porque no ha de ser él una excepción en el mundo.

En esto llegó un jornalero de casa con el recado de que no aguardasen a comer al amo porque había pasado al pueblo de N. y no vendría hasta la tarde. Era el lugar de Paulina, y dijo Juanita: me alegro; estaremos solos, porque mi marido no viene hasta la noche. Has de saber que como nos tocó la suerte de casarnos cerca, no más de dos leguas de distancia, nos visitamos a menudo, y nosotros hemos hecho amigos a los suegros y las familias. Paulina tiene suegros y cuñadas; pero una buena gente que idolatran en ella, y es la verdadera señora de la casa.

—¿Sabes, Juanita, le dijo Pedro Saputo, que te has vuelto cigarra? Si no acabas, ¿qué he de decirte yo del propósito con que me llamas? Sea mi vez, y escúchame. No me pesa de haber venido, porque tengo el gusto de verte, y después iré a ver también a Paulina. Pero yo no sé si será acertado hablar a tu suegro aunque él me dé pie, que no es regular porque de esas cosas no se hablan sino con personas muy conocidas, con amigos en una palabra, y aun no con todos. Pero no te apures. Si tu suegro tiene la idea de casarse, cree que no estará mal ni a él ni a vosotros. Porque no puede dejar de conocer que vuestra compañía no la mejoraría una mujer extraña y nueva, y perder la vuestra por la de ella sería imprudencia que hombres como él no cometen. —Algún tanto me calma esa reflexión, respondió Juanita; pero siempre tengo aquí dentro una tristeza que no sé lo que me anuncia. Por sí o por no, aprovecha la ocasión si te la da y quítale esa manía de la cabeza; lo seguro es lo seguro.

En todo el día no dijeron sino siempre lo mismo, y no pudo Pedro Saputo sosegar del todo a Juanita, no porque a él le faltasen razones sino porque ella era mujer. Por la tarde no vino tampoco el suegro, sino al día siguiente por la mañana. Díjole Juanita cómo tenía un huésped que había conocido en casa de Paulina en otro tiempo, y que esperaba se alegraría de verlo, pero que aún no se había levantado.

A poco rato fue Juanita al aposento de Pedro Saputo y le dijo: mi suegro acaba de llegar y parece quiere entrar a verte; yo quisiera que fueses tú a su cuarto y acompañarte. Porque, aunque en rigor a él le tocaba visitarte primero, al cabo eres más joven, estás en casa desde ayer y así le harás ver que no sigues una etiqueta vulgar como los hombres vanos e ignorantes.

Entraron, con efecto, a ver al suegro, el cual se entretenía en mirar unos papeles; volvióse al oír la puerta, y viendo a Pedro Saputo se le comenzó a demudar el semblante, contestando con poca atención a sus palabras cuando le saludaba; y sin apartar la vista de su rostro, se sentó e hizo seña a los dos que se sentasen. Juanita sin saber por qué se puso a temblar viendo tan formal y grave a su suegro. Pedro Saputo no estaba tampoco sereno en su interior porque no esperaba aquel recibimiento.

Al cabo de un buen minuto de silencio le preguntó: —¿De dónde sois?, y él respondió: —De Almudévar. —¿De quién sois hijo? —De una mujer. —¿Y vuestro padre? —No lo he conocido. —¿Quién es vuestra madre? —Una infeliz y honrada pupila que fue pobre en su juventud y de un engaño con que la sedujeron tuvo un hijo que ha sabido hacella rica y exaltalla a un estado decente y a la estimación y respeto público. —¿Qué edad tenéis? —Voy a los veinticuatro años. —¿Cómo os llamáis? —Las gentes me llaman Pedro Saputo... Calló un poco el caballero, miró de nuevo a Pedro Saputo, y tosiendo y escombrando la garganta, dijo sosegado y en voz natural, aunque reprimiendo el afecto de la expresión: —¡Sois mi hijo...!, ¡yo soy tu padre! Al concluir de pronunciar estas palabras y viendo a Pedro Saputo inflamado el rostro y levantándose de su asiento, se levantó él también, y se abrazaron con grande amor y sin oírse más palabras que la exclamación de Pedro Saputo cuando dijo: ¡padre mío...!

Juanita se trastornó enteramente, y llena de imaginaciones, turbada, bascosa, pálida y casi sin luz en los ojos se salió fuera y tomó un sorbo de agua, y fue y se dejó caer en la cama; suspiró, sudó, trasudó, se sosegó un poco y dijo: —¡Pedro Saputo hijo de mi suegro! ¡Pedro Saputo hermano de mi marido! ¡Y cuñado mío! ¡Paulina! ¡Qué dirás cuando lo sepas! Suspiró de nuevo otra y otra vez, y fijó el pensamiento en Paulina, se levantó, escribió muy aprisa dos líneas en que le decía que en su casa estaban pasando muy graves acontecimientos, no todos de buen agüero, y que por Dios viniese corriendo; llamó a un criado, le envió allá de propio, y se volvió al cuarto de la grande escena.

Miró entonces al hijo y al padre, y no haciendo caso de lo que hablaban dijo exclamando: ¡tanto que se parecen, y no haber caído! Riéronse los dos, y el padre le preguntó si había mandado recado a su marido; ella dijo que no había pensado, pero que se iba a mandar, como en efecto lo hizo y volvió a ver y mirar mejor a aquellos dos hombres que debiera haber conocido antes a no tener cerrados los ojos.

Vino el hijo, se alegraron mucho, celebraron el día, y después de la siesta llamó el padre a los tres, cerró la puerta y les hizo una larga relación de su vida en lo que tocaba al caso presente. Pero esto pide otro capítulo. Advierto, que en el nombre del caballero hay sus dudas; yo por lo que tengo averiguado le he llamado siempre don Alfonso López de Lúsera: y su hijo mayor, el marido de Juanita, se llamaba don Jaime.

Capítulo III. Relación del padre de Saputo

Yo, hijos míos (dijo), tuve en mi juventud una vanidad que me ha costado muy cara, pues me quitó la felicidad de la vida, sin sacar de ella por contrapeso otra utilidad que desengañarme de la virtud de las mujeres. Mas no creáis por eso que las condeno o que siento mal de ellas; no pueden ser de otra manera. Aun más: ni convendría que lo fuesen si no se mudaba enteramente el orden de causas en la inclinación que se tienen los dos sexos. También admitiré excepciones si se me piden; o al menos dejaré en su opinión al que las defienda.

Había llegado el término de mis libres entretenimientos en cuya edad, sin embargo, no causé ningún escándalo ni di lugar a feos rumores; pensaba en tomar estado; mas ninguna de las jóvenes que había tratado o conocía me pareció digna de llamarse mi esposa. Mi padre me había dicho que el suyo, es decir, mi abuelo, fue hombre muy sabio y que le habló muchas veces de la condición de los caballeros, de la diferencia de los tiempos, de la mudanza de las costumbres, del olvido de los usos antiguos, todo por causa que ya no estaba en manos de los hombres detener, y cuyos efectos serían aún mayores de sí mismos y por el solo curso de las cosas, porque en un siglo había corrido mucho el mundo y mudándose de modo que no se conocía. Que por consiguiente el hombre que sabía descostarse del vulgo juzgando sanamente de las cosas, y tenía valor para obrar conforme a la razón venciendo las falsas opiniones recibidas, no debía fundar la felicidad en causas ajenas y tal vez contrarias al orden y fin de la naturaleza. Y entre otras muchas consecuencias que de estas reflexiones sacaba, aplicándolas al estado particular de cada uno, decía que en la mujer para casarse no se debía buscar sino dos cosas, talento y agrado; y del nacimiento decía que sin despreciallo de ningún modo, no era de las primeras causas que contribuyen a hacellas más o menos dignas. Así es que mi padre imbuido de estas sabias máximas se casó con una labradora hija de una familia honrada, sí, pero casi pobre, y fue muy feliz con ella; y lo fuimos sus hijos también, porque era mujer muy amable, y solícita y advertida en todo. Y a mí me decía que si me parecía bien una mujer plebeya, no reparase en preferilla a otra de nacimiento, si por sus prendas solas y puramente personales no fuese tan digna como aquélla.

Confieso que esta filosofía de mi padre y de mi abuelo me parecía un poco irregular; pero observando lo que pasaba en muchos matrimonios veía que era la verdadera; y con todo me repugnaba, y aun casi me deshonraba, de vella en mi casa. Ofreciéndoseme en esto un viaje a Zaragoza, y de allí pasar a Huesca, a Casbas y otros pueblos, y no teniendo en Almudévar ningún conocido y acosándome el frío pedí posada a la primera persona que encontré en la calle. Era una muchacha de una presencia agradable que entraba en una casita que me pareció convenía al traje y aire modesto de la persona. Quería sólo pasar un rato; pero la voz de aquella joven, sus respuestas y palabras, siempre naturales, siempre atentas y aun discretas, me detenía y me hacían contar las horas por minutos. Pasóse el día; la mañana siguiente continuó el temporal, y me alegré interiormente, y le dije que si no le era molesto no me iría con aquel mal tiempo. Ella, con una gracia que acabó de prendarme, respondió: «el mal tiempo, señor, le tiene vuestra merced en mi casa; y no en el campo o por los caminos; pero pues a vuestra merced... no se lo parece, lo mismo será engañarse que estar bien en realidad. Ya dije a vuestra merced ayer, que sólo siento no podelle hospedar como desearía; lo demás es cuenta de vuestra merced que lo padece». Esta respuesta, como digo, me encantó de manera, que pasé todo el día observando sus ademanes; y acordándome del consejo de mi padre dije entre mí: a esta muchacha en dos meses la educo yo y levanto a la dignidad del porte que le corresponde en mi casa; es discreta, dócil, naturalmente graciosa y afabilísima; honrada también y cuanto puedo juzgar, y me parece que no me engaño, honesta y recatada. Su apellido ha tenido lustre en Aragón, y no hará disonancia al mío. Ésta es, pues, mi suerte; sigo la filosofía de mis buenos padres y abuelo. Y por algo también me ha traído la Providencia a esta casa. Llaméla entonces, y haciéndole primero algunas preguntas, le dije: no temáis, soy caballero; vuestra virtud merece un premio, y voy a daros el mayor que puedo. Soy libre, miradme; y si no os parezco mal, dadme la mano y sed mi esposa. Ella se turbó, como era natural, y temblaba; yo le tomé la mano, se la apreté y le pregunté: ¿me la dais como yo os la pido?, y respondió llena de agitación y sin poder casi pronunciar las palabras: sí, señor. Me detuve aquel día y parte del siguiente, y continué mi viaje.

Salí de su casa, feliz, glorioso, y mudado en otro hombre. No quise ir a Huesca, sino que me vine vía recta a casa a decir a mi padre lo que había hecho; cuando al llegar me entrega una carta que hacía dos días me aguardaba, en la cual la difunta me decía: «Tengo noticia que has vuelto a Zaragoza, y ya me moría de pena, y más pensando que hace seis meses que no te has dignado venir a verme. Sabe que tu última visita me ha puesto en un estado que yo no puedo ocultar. Si dentro de tres días no vienes, lo descubriré todo a mis padres que ya andan sospechosos; o me corto el cuello o hago desatino, porque estoy desesperada y no puedo disimular más, no haciendo sino llorar y dar a entender mi desgracia.»

Figuraos lo que pasaría en mí con esta nueva tan a deshora llegada. Mi padre al verme sin color y sin voz me preguntó qué era, e yo le di a leer la carta. Leyóla y me dijo: Siento tu disgusto y el de aquella familia; pero todo tiene remedio, si no es mala elección que has hecho, porque el carácter de esa muchacha le dará mal genio y será poco amable de cerca, a no domalla desde el primer día. Ha tenido muy mala educación, o por mejor decir, no ha tenido ninguna; hanla criado a la soberbia y sólo sabe ser soberana, que es, impertinente y necia; y el no ser fea no compensa estos defectos. —Por humillar su soberbia, dije entonces, la quise enamorar de esta manera sin estar yo enamorado de ella. —Pues has sido ignorante, me respondió mi padre; la soberbia del carácter, la altivez del genio, la vanidad y el orgullo, no tienen que ver con la sensibilidad del corazón, si hay honor en el hombre y no ha de publicar aquella flaqueza. Disponte a ir allá; por mi parte estoy resignado a vella de nuera en mi casa, aunque tendremos trabajo con ella.

Partí aquel mismo día; y a poco más de la mitad del camino topé con un hermano de ella que venía a buscarme. Paróseme delante y muy grave me pregunta: —¿Adónde vais, don Alfonso? —A vuestra casa, le respondí. —¿Sabéis lo que pasa en ella? —Lo sé y a eso voy. —Pues vamos. Y sin hablar más palabras en todo el camino llegamos allá. Su padre, hombre un poco duro y áspero, porque la soberbia era innata en aquella familia, me recibió con seriedad, me llevó al cuarto donde estaba su hija llorando, y sin preguntarme nada, sin prevenirme ni decirme nada, me tomó del brazo, me presentó a ella y dijo: —Aquí tienes a tu esposa; dale la mano. Yo le alargué la mano, ella me dio la suya, y dijo el padre: acábense los lloros, o al menos llora con quien ha de consolarte y no conmigo. Yo al vella tan humilde, tan confusa y avergonzada, le dije: —Ten buen ánimo, Vicentita; esta mano es tuya, y este brazo tu escudo. Hoy he de comer contigo en la mesa, y no he de ver correr más lágrimas de esos ojos. Por abreviar; aquella misma noche se arregló todo, y a los seis días caminábamos ya hacia esta casa unidos legítimamente.

Yo, sin embargo, no podía olvidar a tu madre; siempre estaba allá el pensamiento; pero cuando supe que había dado a luz un niño, pensé dar al traste con mi resignación y echarlo todo a barato. Hube de conformarme empero con lo que no tenía remedio, y pretextando no sé qué fui a Huesca, me presenté al señor obispo y le dije lo que pasaba, para suplicarle al fin, como lo hice, que con gran recato y mucho secreto, y valiéndose del cura del pueblo a quien nada se le había de revelar y sí encargar no dijese por qué ni dónde, procurase asistir a tu madre y al hijo, no con mano tan larga que moviese la curiosidad del pueblo, o de un modo poco disimulado, sino con circunspección y prudencia, y haciendo que era favor que ella y el niño merecían; o tomando ocasión de una fiesta; de algún suceso público, de las gracias mismas del niño. Y le dejé mil escudos de plata, mandándoles otros mil a los cinco años. Así se hizo y así procedimos hasta que tú supiste volar; y te ibas y venías del nido a tu cuenta, y campabas por tu respeto; que fue cuando concluiste de pintar la capilla del Carmen. Por el señor obispo supe que la pintabas, y fui a verte y estuve en la capilla como uno de tantos curiosos. Así es que me pareció conocerte, y al fin no dudé que eras tú, disfrazado de estudiante, hallándome casualmente en Berbegal cuando pasasteis, y bien podrás acordarte que de una sola mano hubisteis treinta y seis escudos de plata, y no supisteis de quién venían.

—Me acuerdo, me acuerdo, respondió Pedro Saputo, de ese rasgo de liberalidad; pero estuve bien lejos de imaginar que fuese de mi padre. —Yo pues, continuó don Alfonso, cuando te vi tan aventajado y listo, y que desde niño te llamaban Pedro el Sabio, dije: éste ya no me necesita; ni yo debo hacer más por ahora; a su tiempo será otra cosa. Y desde entonces (no olvidando nunca tu derecho) te encomendé a la providencia, y sólo procuré saber si madre e hijo vivíades, lo cual la misma fama de tu nombre me lo decía. Agora he quedado libre y desde luego determino cumplir mi obligación con tu madre y contigo; y a eso me disponía cuando no sé cómo te has presentado aquí para abrir más fácil camino a este trato, en el cual, Juanita y tú, Jaime, espero no me negaréis vuestra aprobación y consejo. —Yo, respondió Juanita, admito, recibo y abrazo de corazón a este nuevo hermano que me encuentro, y a su madre por mía y por señora en esta casa, así como confieso que si hubiérades pensado en darme otra, quizá lo sintiera más de lo que podría sufrir buenamente. Su marido (el hijo mayor de don Alfonso) dijo lo mismo, y añadió que en lo demás el padre haría lo que quisiese, aprobándolo y dándolo todo por bien desde aquel punto. El padre entonces rebosando amor y consuelo del corazón, abrazó a los tres; y pasadas las demostraciones y satisfacciones primeras de aquel tan extremo caso, dijo el padre a Pedro Saputo: —Agora, hijo, te toca a ti. Quiero que otro rato u otros me cuentes muy por menor y de espacio tu vida, tus travesuras, tus aventuras, que no dudo serán muchas y peregrinas. —Creo que sí, dijo Juanita; dignas serán de saberse, porque según la fama, y aún no debe de decirlo todo, ha de haber cosas muy extraordinarias y gustosísimas de oír en la vida de vuestro hijo y nuestro hermano. Pero para eso, tiempo queda; y cata que oigo caballo o mula a la puerta, y me da el corazón que es mi amiga Paulina a quien escribí que viniese. Voy a recibilla. Mirad hermano, dijo a Pedro Saputo, que no contéis lo que yo he de tener curiosidad de oír, y habríades doble trabajo. No necesitaba él esta advertencia, que entendió muy bien, y caló el pensamiento de Juanita, pues no había de ir a contar las bellaquerías del noviciado ni otras después de aquéllas.

Capítulo IV. Llega Paulina. Casamiento de los padres

Un reparo estoy viendo que pondrán algunos a esta ilustrísima historia o biografía (no pintoresca por Dios, que malditos sean toda la turba de faramallas pintorescas de nuestra edad, pues hasta el último sacramento de la Iglesia con sus ministerios nos darán al fin pintorescos); digo que un reparo, si caben en este libro, estoy temiendo me pongan, y le quiero satisfacer por quitar dimes y diretes. Por ventura parecerá a algunos que Pedro Saputo encontraba muy dócil y afable al bello sexo. A lo cual no responderé yo por ser parte apasionada; sino que quiero que respondan por mí las mujeres de esta era, que son las mismas de entonces, pero con un poco más de recato, y aun de virtud si me apuran; verdadero recato digno y verdadera virtud; pues siendo más libres para dejarse hablar y tratar de los hombres, no las veo más desenvueltas. Porque es de saber, que en aquel tiempo esto de las visitas y tertulias no se usaba tanto y había más etiqueta; y sobre todo muchas rejas y celosías, mucho encierro, muchas dueñas, y poco ver la calle. Por consiguiente, las doncellas se criaban más miedosas y dengueras; y los jóvenes tenían que volverse brujos para tratar sus amores con ellas. Pero en cambio, porque en este mundo no hay cosa que no le tenga (si no, había de morirse de rabia) contra las dueñas, las rejas, y el retiro, estaban las terceras, las Celestinas, los jardines y los galanteos admitidos; y tal vez las mismas dueñas servían en el oficio. Y como la misma sujeción hacia las niñas más arriscadas, eran las ocasiones más fuertes, buscándolas con todo el peligro y ceguedad de las pasiones, cuando se enamoraban de un hombre que creían de confianza (¡y el amor los cree todos!), entregándose a su solo honor y palabra. ¿De qué es causa la privación? De exceso en el uso de la libertad cuando se logra, y de los objetos de que se nos priva. Pues ahora aplique el lector el refrán, y mire si lo que ha leído en este libro es o no conforme a él y a la verdad de la experiencia.

A más de esto se ha de tener presente que Pedro Saputo era muy galán, muy gracioso y seductor, amable, discreto y bien hablado. ¿Y no es verosímil tanto favor en las mujeres? ¡A que sí, por vida mía! Del cual, sin embargo, no abusó, como se ve en diversas ocasiones en que todo se le ofreció vencido y en la mano. ¿Queda satisfecho el reparo? Pues vamos adelante.

Con efecto, la que llegó (como iba diciendo) era Paulina, que con gran temor y sobresalto y sin más acompañamiento que un criado viejo de su casa se puso en camino apenas recibió la esquela. Y dijo a su amiga al saludarse al pie de la escalera: —Dime lo que hay, porque no hago sino imaginar desdichas todo el camino, y cuando he llegado al ver la casa me ha dado un vuelco el corazón y me late como si le tuviera azogado. —No tanto, no tanto, respondió Juanita; sosiégate; lo que hay es que ahí dentro está nuestro amigo Pedro Saputo; pero ¡Dios mío! ¡Cuando te lo diga! Y en esto acabaron de subir y se entraron en un cuarto. —No me hagas penar, dijo Paulina, porque vengo llena de confusión y desventura. —Y te he dicho que sosiegues, respondió Juanita; nada de lo que piensas; no es eso lo que ocurre. ¡Jesús, qué cosas!, estoy aturdida, no sé lo que me digo ni lo que me hago; se ha descubierto, que es hermano mío. —¡Hermano tuyo!, dijo Paulina muy espantada. —No así a secas hermano mío, continuó Juanita, sino de mi marido, que es lo mismo; es hijo de mi suegro; hijo de mi suegro, sí; ¿qué te parece? ¡Y no haber caído nosotras nunca en la semejanza! Porque ya verás, se parecen mucho. ¡Qué ciegas hemos estado! (y le contó la historia de su suegro). Acabado que hubieron de hacer pasmos y admiraciones entraron en el cuarto, y se aumentó con la llegada de Paulina la satisfacción de aquel día.

Fuese empero al siguiente prometiendo volver con su marido. El padre llamó de nuevo a sus hijos y les dijo cómo pensaba traer a casa a su nueva y primera esposa, cumpliendo con las leyes en cuanto a las formalidades públicas y usos de la Iglesia: que a Pedro, como el hijo segundo, le destinaba los bienes libres y algún dinero para fundalle casa; y que sin aguardar más, si les pareciese bien, tenía determinado ir con Pedro Saputo a Almudévar a ver a su señora. Todo pareció bien a los hijos; y Pedro le dijo que la fortuna le había sido favorable, pues los caminos que vería en la relación de su vida había allegado un caudal de diez a doce mil escudos; y que por lo tanto no había para qué desmembrar o disminuir notablemente el patrimonio. —Eso, respondió su padre, no lo debes a nadie, e yo tengo obligaciones que cumplir contigo. Harto les quedará a tus hermanos. Y pues dices que no se le ha de avisar a tu madre, porque nunca lo has usado, vamos a vella que es lo más urgente.

Fueron y procuraron llegar a Almudévar entre dos luces. La madre al oír caballos a la puerta bajó como acostumbraba a recibir a su hijo no dudando que fuese él con algún amigo. La saludó y abrazó Pedro Saputo, y pidiendo una luz para el criado de los caballos se subió con su madre de la mano, y detrás seguía el nuevo huésped sin decir nada después de haberla saludado muy ligeramente a la primera vista. Cuando estuvieron arriba se entraron con una bujía en el cuarto, y levantando Pedro Saputo la luz entre los dos, dijo a su madre: —Mirad, señora madre, a este caballero. Había procurado don Alfonso vestir un traje igual en lo posible al que llevaba cuando estuvo allí y se desposó con ella; y le miraba, y parece que buscaba su memoria, y le iba reconociendo; y al advertir don Alfonso que le tenía casi del todo conocido, por la alteración que se notaba en su semblante, dijo: —Sí, soy yo; y le acabó de conocer, y cayó desmayada, sosteniéndola su hijo y ayudándole don Alfonso. Volviéronla en sí, hiciéronle beber un poco de agua; y le dijo Pedro Saputo: —Serenaos, señora madre; don Alfonso López de Lúsera, mi padre y señor, viene a fenecer vuestra larga y cuita y esperanza. —Sí, señora, continuó don Alfonso; yo soy el que se desposó con vos en este mismo cuarto; que al fin he podido cumplir mi deseo de abrazar a mi hijo Pedro y a vos después de tanto tiempo. Más despacio os diría vuestro hijo y mío, pues le he contado la historia, e yo os la repetiré gustoso cuantas veces quisiéredes, como me ha sido imposible hasta agora mostraros y acreditaros que nos os engañé en cuanto estaba de mi parte. Serenaos, por Dios; mirad que somos vuestro esposo y vuestro hijo.

A todo esto nada respondía la infeliz, embargada del gozo que había inundado su pecho. Y temiendo el hijo algún funesto accidente le hizo beber agua de nuevo y la distrajo diciendo: —Ea, tomad la mano de mi señor padre. Y no olvidéis que vinimos hambrientos y esperando una buena cena. Inclinó un poco la cabeza de su madre, y después de apretar la mano a su esposo, se arrojó en los brazos del hijo llorando y sollozando con grande ímpetu como si fuese la última hora de su vida. Alegráronse los dos de que así prorrumpiese, pues había vencido la opresión echándola del pecho con aquellas lágrimas y sollozos. Volviéronla a sentar más aliviada, y levantando la cabeza para mirar a don Alfonso dijo: —¡Veinticinco años!, y lloró de nuevo. —Muy bien, muy bien, dijo Pedro Saputo; desahogad vuestra congoja. —¡Veinticinco años!, tornó a exclamar: ¡Ah, don Alfonso, que aun el nombre no me dijisteis! —Pero vivimos los tres, respondió el hijo; dad gracias a Dios, que nos hemos encontrado y conocido. Y por ahora, yo como a hijo, os ruego, padres y señores míos, que cesen las lágrimas y los recuerdos, y más las quejas por cariñosas que sean, porque tiempo os queda para ellas; y agora no son ya más del caso.

Fuéronse poco a poco serenando, y don Alfonso quedó muy pagado de ver aquella pobre y humilde pupila de otro tiempo en un estado de tanto decoro. El cuarto, aunque el mismo donde estuvo, parecía de una persona principal por los muebles y las pinturas que le adornaban; de modo que no le pesara de que hallasen presentes su hijo mayor y Juanita.

En dos días fueron padre e hijo a Huesca y volvieron con los despachos de la curia eclesiástica, si bien entonces no eran estas diligencias de tanto escrúpulo como agora, ni menos reñían los ordinarios por si la novia o el novio son tuyos o míos. Celebróse en forma el casamiento, y el segundo día por la tarde se presentaron de repente Juanita y su marido y quisieron ver a los padres en su casa de Almudévar, y aumentaron la alegría de todos. Juanita se hizo muy amiga de Eulalia, y a Rosa la abrazaba con todo el cariño de hermana. Volviéronse a los tres días para preparar el recibimiento.

Una semana después los siguieron los padres con Pedro Saputo, llevándose para unos días a Rosa, y quedando Eulalia huérfana de amores y cariños y tan triste como es de creer viendo mudado su cielo. Acompañólos todo el pueblo a la salida, y no cesaba con vivas y ademanes de júbilo de dar la enhorabuena a la virtuosa y de tantos modos dichosa pupila, que al fin cobraba su honra y se miraba levantada a la clase de señora, casando con tan noble caballero. Don Alfonso veía con una satisfacción inexplicable aquel amor que el pueblo manifestaba a su esposa e hijo, y se llenaba de consuelo, agradeciendo tanto favor con palabras muy corteses y afectuosas. Avisados Juanita y el hijo mayor del día y hora en que llegaban, había dispuesto aquélla un recibimiento digno de su discreción y como es pensar no faltó Paulina en ocasión tan solemne.

Describir el contento y gloria de aquella casa es imposible; tantas y tales eran las personas que se juntaron, y por tantos y tales casos de fortuna se reunían y formaban una sola familia. El segundo día en la velada quiso Pedro Saputo darles un buen rato, y mostrar a su padre lo que sabía hacer en la música. Tomó el violín, y dijo: —Historia de mi madre; su vida antes de ver a mi padre. Y tocó en estilo muy sencillo, y haciéndole sentir muy claramente, su vida y faenas, su natural alegría, su constante propósito de no casarse diciendo de no a todos los pretendientes. Luego dijo: visita de un caballero... mi señor padre: Vino después su aflicción creyéndose burlada, y lo que sucedió en su nacimiento. Y por no alargarse vino de ahí al casamiento haciendo llorar otra vez a su padre, y a la misma madre de ternura, cuando dijo: la escena del cuarto. En la cual se entretuvo más porque quiso expresarlo todo. Y concluyó con la llegada y recibimiento de la víspera, que ya entendieron mejor los demás oyentes.

Asombrado se quedó su padre de ver tanta habilidad, tan sublimes ideas y frases tan patéticas; un lenguaje, en fin, completo por medio de los tonos y la forma de los sonidos (si así se puede decir), con la armonía y expresión tan perfecta de las pasiones y de los afectos. Y como sabía que nadie le había enseñado, le miraba y no acababa de creer lo que veía; y aun a los demás, aunque con menos inteligencia, les sucedía lo mismo. Rosa, la inocente Rosa, estaba elevada oyendo aquella música, y ni oía ni tenía otra cosa, ni sentía la vida sino en el oído y en el corazón. Todos repararon en ella; y no dejó Paulina de dar en alguna malicia, pues dijo en voz baja a Juanita: —Agora sí que veo que concluyeron nuestros amores. Esa linda amable niña, quizá sin advertillo, está enamorada del que llama su hermano. ¿Ves que no mira sino siempre a él, que con la vista sigue todos sus movimientos, y en saliendo él a otra parte, no sosiega? ¡Qué candorosa! ¡Qué pura! ¡Qué encantadora! ¡Pero qué apasionada está la pobrecilla! —Pues aún hay otra en Almudévar, respondió Juanita, más capaz que ésta de ganarnos el juego si por jugar estuviese; porque ésta enamora sólo, y aquélla enamora y domina. Yo los días que estuve allá quería a las dos, pero la otra me aficionó a su trato de modo que si no la tenía conmigo me parecía que todo me faltaba.

Un mes tuvieron allí a esta donosísima niña, sin que ella pensase casi en Almudévar; pero vino su padre a buscarla porque su madre estaba próxima al parto, y otra hermana que tenía no era capaz del gobierno de la casa. Lloró la infeliz al ver disponer su viaje, y nadie lo extrañaba porque sabían lo que quería a Pedro Saputo y a su madre; ni ella tampoco se reprimía ni disimulaba. Dijo por fin ya un poco serena: —Yo pensaba que estaba en mi casa. —Pues en tu casa estás, le dijeron todos; sí, sí, en tu casa y en tu familia. —Pues tengo dos, contestó ella, con mucha gracia, y ahora me necesitan en la otra. —Bien, hija, bien, dijo don Alfonso. Y Juanita corrió y la abrazó con mucho afecto. Mas Pedro Saputo, que sabía mejor que nadie la verdadera causa de sus lágrimas, se levantó y dijo: —Mira si eres de esta casa y familia, que para que no te separes del todo de ella en lo posible, o veas que arrastras una parte contigo, te acompañaré yo hasta Almudévar. ¡Oh, qué satisfacción le causó la noticia! Arrebolóse su alma, y bañó su semblante de un esplendor que la paró más hermosa y amabilísima. La acompañó en efecto, y se detuvo allá ocho días.

Capítulo V. Sale Pedro Saputo al registro de novias. Sariñena.—Almudévar

De ahí a algún tiempo, que empleó en hacer los retratos de todos los de casa, es decir, de los padres y su hermano y Juanita, le preguntó su padre si había pensado en tomar estado y vivir como hombre de otras obligaciones. Respondió que alguna vez había pensado, pero ligeramente; que ahora, sin embargo, le parecía que debía tratarlo con seso y resolución, aunque la edad no le apremiaba. Manifestóle entonces su padre que así él como su madre deseaban verle casado; y cuando lo determines, dijo, aquí tengo todavía la lista que formé para tu hermano de todas las doncellas que en tierra de Huesca y Barbastro y la próxima Montaña me pareció que había a propósito. Apartóse poco de casa, porque en el segundo pueblo que visitó encontró ya quien le paró, que fue Juanita. Algunas se han casado, y están borradas, otras he añadido estos días porque han llegado a la edad que entonces no tenían. Tomó Pedro Saputo la lista, fue leyendo nombres y notas, porque cada una llevaba la suya de la edad, dote que les podían dar, y cualidades personales. Vio entre ellas algunas de las que conoció de estudiante, y a Morfina Estada, que era la que él buscaba, con un elogio que ninguna otra le igualaba; y al fin estas palabras: pero no quiere casarse ni recibe galanteos ni obsequios de nadie.

Como el padre y el hijo eran muy activos empleó aquél dos días en escribir cartas, dióselas a Pedro Saputo y salió éste a verificar el registro de aquellas doncellas con presupuesto de divertirse mucho y comparando aquella expedición a la de los estudiantes. Por de pronto y antes de ver a ninguna, eran tres las que le ocupaban el pensamiento: Eulalia, Rosa y Morfina. La primera tenía el mérito de haberle amado con mucha constancia, y de haber dicho mil veces públicamente que por Pedro Saputo despreciaría al mayor príncipe del mundo con su cetro y su corona real. La segunda estaba también en su corazón, pero más como hermana que como amante, pareciéndole imposible amarla de otra manera. Morfina, que por su hermosura, educación, talento, discreción y virtudes era la que prefería entre todas, hacía cerca de siete años que no la había visto, ni le escribió nunca por dudar de su suerte y no atreverse a vivir con ella en el país ni llevarla a la ventura a otra provincia; y temía que le hubiese olvidado o pensase en él con indiferencia, por ser prueba a que ningún amor puede resistir faltando la esperanza, o la comunicación, que es la que le sostiene. Es de pecho más profundo que todas, se decía a sí mismo; la de mejor entendimiento; la que tratándome menos me ha conocido más y ofreciéndoseme con más inteligencia y estimación de mí y de su persona; su amor, si todavía existiese, el más antiguo también; y ¡con qué firmeza y prendas fue fundado y asegurado! ¡Pero seis años, siete años sin saber de mí, fuera de la visita no lograda de su padre, siete años sin saber si yo pienso en ella! Nadie los resistió en el mundo no mediando necesidad u obligación pública o secreta, pero cierta y eficaz, y en rigor no media de esta calidad entre nosotros.

Con estas reflexiones llegó al primer pueblo de la lista, y pasó como quien entra en una casa conocida a tomar un vaso de agua y hacer una visita; la enregistrada no le pareció digna de más. Continuó la vereda; y aunque no se tiene el itinerario sino una nota de los pueblos que visitó, que no se sabe quién la ha formado, quiero poner algún orden en la relación, pues veo a Sariñena al lado de Tamarite, Adahuesca y Ayerbe, juntos, y otros así no menos disonantes. Y llegase en un día o en dos, o en tres, o en más o menos, quiero comenzar por Sariñena, ya que la hemos nombrado.

No había cosa de gusto, y eso que llevaba tres en la lista; porque la una era fea y presumida, que es decir necia; y parecía acostumbrada a tratar con mercaderes de mulas, o con las mulas mismas; la otra, muy crítica y sabijonda, apretaba los labios para hablar y coleaba con el moño; y la tercera, entre boba y maliciosa, hermana de la tercera orden, supida y leída también, fajaba con mucha naturalidad a los niños de su cuñada, y parecía destinada para el oficio de componer la cofia a las paridas.

Mas la ocasión, que, si no se ofreciera de suyo, la hubiera él buscado, le despertó el deseo que siempre tuvo de ver a sus antiguas monjas. De que se infiere que el dichoso convento que él honró de muchacho, fue el de Sariñena. Y todavía en esta historia, si se lee con cuidado, se encontrarían otras pruebas a favor de Sariñena, y contra Tamarite por consiguiente, cuyas monjas presumen haber sido las favorecidas del filósofo, por una descripción del convento donde estuvo que conviene a las dos como asimismo la situación en su pueblo respectivo: y villa también es Tamarite como Sariñena, aunque se cree que ésta dejará de serlo. Yo por lo menos, que si no he sido monja en ninguno de estos conventos, sé grandes secretos de algunas de las que se encerraron en ellos, voto resueltamente por el de la villa de las grandes ferias. Y quiero decir lo que ahora sucedió, y no antes ni después, según mis notas a que me refiero.

Encaminóse, pues, al convento. Vio el edificio, miró aquellas paredes, aquellas ventanas misteriosas y oscuras, por las cuales fijando bien la vista a ciertas horas se ven de cuando en cuando pasar como sombras las tristes que dentro habitan, y acercarse a mirar, tal vez con la envidia en el corazón y las lágrimas en los ojos, la libre luz del sol, y la tierra y el mundo que ya no es para ellas. Y dijo: dentro están: ¿cómo las encontraré después de tantos años? ¡Si aguardarán semejante visita! ¿Qué les sucederá cuando me vean? Estaba ya cerca de la puerta y detuvo el paso. Tres veces movió hacia ella, y tres veces se paró, no queriendo los pies ir adelante; y dudaba, y le latía el corazón al paso que se acercaba o determinaba llegar. Parecía que acabase de leer el falso billete de Juanita en Zaragoza. Pisó en fin el umbral, entró, y se acordó de cuando llegó allí otra vez disfrazado de mujer tan cargado de embustes como de miedo, y se espantó de aquel arrojo y temeridad. Pero esta misma memoria le dio valor, y llamó, y preguntó por la antigua priora y sor Mercedes. Bajaron al locutorio, no sin darles un salto el corazón de verse llamadas las dos a un tiempo.

Saludólas con naturalidad y les entregó un papel que decía: «El caballero que tenéis delante es el que hace ocho años estuvo en esta casa en traje de mujer y con el supuesto nombre de Geminita, llamándose Pedro Saputo...» Al llegar aquí se sobresaltaron y levantaron la cabeza a mirarle: él sonriéndose amablemente, les hizo seña que continuasen. Continuaron y leyeron: «Pero hace cuatro meses he encontrado mi verdadero nombre habiendo conocido por una feliz causalidad a mi padre, que es el caballero don Alfonso López de Lúsera, viudo de su primera mujer, y ahora casado legítimamente con mi madre, la cual tengo el consuelo de ver señora de aquella casa y adorada de su esposo e hijos políticos. Así que, y para servir a mis dos apreciables amigas de otro tiempo, cuya amabilidad jamás he olvidado, me llamo Don Pedro López de Lúsera

Leído el papel y mudándoseles el color y las faltas de voz para hablar, se pusieron a mirarle entre alegres y vergonzosas. Caíanseles los ojos a tierra, y no sabían qué hacer ni qué decir. Socorriólas él advertido y discreto, diciéndoles con algo de intención, pero templado y risueño: mejor recibido pensaba ser; ¿me habrá de pesar el haber venido?... ¿Se temerá que en mí falte honor, prudencia, reserva, circunspección y conocimiento de las cosas, no habiendo faltado en edad que generalmente no conlleva sino imprudencia y mal recado? Alentáronse ellas con esto un poco y se serenaron de la turbación y vergüenza primera. Pero ¡oh, lo que en aquel breve rato padecieron! Levantaron al fin los ojos y le miraron sin empacho, hablaron con libertad y recordaron con gusto y con dolor, bien que en términos muy generales aquellas inolvidables escenas de los últimos días, quedándoles ya sólo el alborozo que era natural, y la suspensión y pensamiento que debía excitarles la vista de un hombre a quien tan dulce e impensadamente estrecharon de más mozo en sus brazos. Miraron después el papel de nuevo, y dijeron que según el nombre del padre debió encontrar el joven de nuera en casa a su compañera de noviciado, Juanita. —Sí, señoras, respondió él; efectivamente es Juanita agora mi cuñada, y está como el ángel del amor y de la alegría en aquella casa feliz, si felices hay en la tierra.

Mucho se admiraron las monjas de ver las cosas que pasan en el mundo, y ya del todo serenas y tan afables como siempre, le preguntaron de la ocurrencia y diablura de fingirse mujer para ir allí y engañarlas como lo hizo. Él les contó sus aventuras desde la capilla de Huesca hasta que llegó al convento (omitiendo lo de la catedral de Barbastro). —Sois Pedro Saputo, dijo sor Mercedes, y ese nombre lo explica y lo dice todo; ya no me admiro de nada. Pero entended que aunque os hubiésedes descubierto con nosotras (después de estar dentro, como se supone y esto os lo quiero decir por una fineza que deberéis a nuestro antiguo cariño) no os hubiésemos vendido ni echado atropelladamente. Ya os acordaréis que yo no creí en la transformación que tan benditamente engulló esta nuestra buena prelada. —Es verdad, contestó ella; yo ya se ve, lo creí... Tan bien supo el señor fingilla de un modo... —E yo, continuó sor Mercedes, os dejé en vuestra fe por no meternos en aprensión, puesto que no importaba lo que fuese. Pero no os propuse que se echase del convento, y os disuadí de comunicallo a quien decíades.

Lanzadas estaban las monjas en su conversación y gratísimos recuerdos, de que suspiraban en el centro más vivo del alma, cuando se oyó a deshora una campana que las llamaba al coro. Jamás sonó tan impertinentemente; pero sonó, y no fue posible dejar de darse por entendidas. Conque se levantaron, él se despidió, y se separaron comenzando sólo a gustar el sabor de la visita, y por consiguiente poco satisfechas y con más sed de explicaciones y de desahogo. Pero sor Mercedes salió de allí muy triste; y cuando se vio sola en su celda suspiró profundamente y dejó correr de sus ojos algunas lágrimas que nadie recogió para consuelo.

Pasados tres o cuatro días llamaron a la coja, o sea, a la organista, y le dijeron lo que había de Geminita; y cuando acabó de creerlo acabó también de avergonzarse y principió a echarse maldiciones. —¡Desasnar a Pedro Saputo!, le decían las otras con sorna y una caidica que la quemaba. Les pidió que callasen, si no se arrancaba la toca o las arañaba a ellas la cara. Y torciendo muy pronto la idea, exclamó dando una palmada: —¡El grandísimo demonio! ¡Conque era hombre! ¡Mira por qué yo lo quería y me gustaba tanto! ¡Ah, no haberlo sabido! ¡Y con qué gazmoñería nos engañó a todas y nos embelesó la vista para que no conociésemos nada!... Sí que es verdad; hombre, hombre era; agora me acuerdo. ¡Ah, tonta de mí! ¡Tantas ocasiones que tuve!... Pero no os perdono, señoras madres, el no haberme llamado para velle. ¡Qué hermoso, y qué caballero debe de estar! Como otra vez no me llamen si vuelve, o me mato, o mato a las dos. Mucho se rieron las dos amigas de oír desatinar a la coja. Y después siempre que querían pasar un rato de humor, la llamaban y tocaban este registro.

De Sariñena pasó Pedro Saputo a La Naja, donde había una doncella; pero le pareció que tenía el alma pegada a la pared, y la dejó con su vela recogida y con su dote de buena cuenta. En Alcubierre casi le gustó una muchacha de diecinueve años por su inocencia; y después supo que se había jugado la flor con un mudo. Visitó otros pueblos, no se detuvo en ninguno, y fue a Almudévar para pasar al Val de Ayerbe.

Dicho se está que fue a posar en casa de su madrina, su segunda madre, y que lo hubiera sido en todos los oficios, si quedara pupilo de la suya; mujer de algún talento y de un corazón bonísimo, que no tuvo otra ambición toda su vida que la de ver a su hija Rosa casada con Pedro Saputo. Así es que dejó libre y aun fomentó la inclinación de la muchacha; pero él la miraba como hermana verdadera, y ni la razón ni la reflexión pudieron dar otro temple a su amistad. Veía que la infeliz estaba enamorada, y no sabía cómo partir para no desesperarla. Hizo su retrato y el de Eulalia en miniatura, y para darles más a su gusto los últimos retoques, las llevó una tarde a su casa a merendar, pues fuera de no haber pan, que tomaron de casa de Rosa, nada se había sacado y estaba la despensa aún repuesta de cosas buenas y regaladas. Sentólas a las dos juntas primero, después una a un lado y otra a otro; y retocó y perfeccionó los retratos. Mas mientras ellas salieron del cuarto a dar una vuelta por la casa y traer lo necesario para la merienda, se puso él a pensar en su vida y en su madre; miraba aquellos cuadros de pintura con que había adornado las paredes, miraba los muebles, recordó su niñez y primera mocedad, y cayó en una tristeza que no pudieron desvanecer del todo las dos muchachas con su presencia tan alegre; con el contento que tenían y les rebosaba por los ojos y se mostraba en todas sus palabras y movimientos. —¿Qué tienes?, le preguntó Eulalia de ahí a un rato viéndole pensativo. —Nada, respondió él; sino que en esta casa y en este cuarto he nacido, me he criado, he sido feliz, nada me faltaba, antes bien me sobraba todo, y el mundo para mí era menos que este cuarto y que aquella suerte, que con vosotras dos, amores míos dulcísimos, llenaba mi corazón y lo regaba de gloria y alegría al lado de mi madre. —¿Y qué piensas tú, dijo ella, que has hecho con esto? ¡Pues nos has muerto, sí, nos has muerto! Rosa, no le dejemos salir de Almudévar; unámonos, y con tus brazos y los míos, con tu cariño de hermana y el mío de amiga, formemos unos lazos que no pueda romper, y no le dejemos ir; porque me dice el corazón... ¡No le dejemos ir, Rosa mía! —Basta, dijo él; basta; no hemos venido aquí a llorar. Merendaron enseguida, y haciéndole tomar después la vihuela, un poco fueron los tres cobrando su natural alegría.

Capítulo VI. Testamento del tío Gil Amor

Muchas cosas graciosas o extraordinarias ha visto el lector hasta ahora; pero ninguna más que la que sucedió aquellos mismos días con unos consultores de Ayerbe. Eran un viejo, una vieja y una muchacha de unos veinte años, bastante donosa, aunque un poco morena, y muy bien vestida, formando contraste con las galas de los viejos, que ya no podían más de cansados; y los tres apestando con un luto muy espeso y reciente, bien que sin maldita la señal de haber llorado. Acompañábalos un muchacho del lugar que acaso toparon en la calle y le tomaron por guía, el cual aprendía de barbero, de hasta catorce años de edad, nueva generación que ya no conocía Pedro Saputo. Preguntóle de quién era, y dijo que era hijo de la Suspira, y que su madre decía que aún eran con él algo parientes. —Hombre, mira lo que dices: conozco a tu padre y a tu madre, y no sé tener mezclas con ellos. A ver cómo lo endilgas. —Sí, señor, replicó el aprendicillo muy confiado; porque mi madre es prima tercera de la tía Simona de Tutelobuscas, que es prima hermana de Ramón Llevodos, y Ramón Llevodos fue con su primera mujer yerno carnal de la madre de Juan Bramidos, que está casado con la hija de Tornavueltas, que es cuñado de la suegra del hermano del marido de Salvadora Olvena, su madrina de usted. Soltó aquí Pedro Saputo una gran carcajada, se hizo seis medias cruces de admiración, volvió a reírse, y dijo: —Con efecto, todo eso es verdad; pero sumados todos esos parentescos, afinidades y consanguinidades, podrías decir: cero y llevo cero. No obstante le cayó tan en gracia aquel método de encontrar las familias, que después cuando oía de parentescos lejanos que se traían por interés, por vanidad, o por afición y amor a las personas, al punto se acordaba y decía. El entronque de la Suspira. Hasta los viejos de la consulta se rieron con todo su luto y los temores que traían. Dijo al fin al muchacho que teniendo que hablar y tratar con los forasteros, se podía ir, pero que volviese otro día más de espacio a hacer una nueva muestra de su buena memoria. Fuese, y Pedro Saputo quedó consigo en favorecerle por el despejo que mostró en la relación de tan extraño rodeo, que no era aún parar a él o a su madre, sino al marido de su madrina.

Tomó entonces la palabra el viejo, y dijo: —Nosotros, señor, venimos a presentaros esta chica, ya le veis, que es muy pobre, y vos si queréis la podéis hacer rica. —¿Yo?, dijo Pedro Saputo; ya os iréis explicando. —Sí, señor, ya nos explicaremos, continuó el viejo. Pues, como iba diciendo, es hija de un yerno que tuvimos, y de una hija que se murió hace seis años. Él la mató, él, sí, señor, porque era una mala testa, holgazán, pendenciero, gastador con mujeres malas, que, señor, en todas partes las hay. Conque según eso, esta zagala es nieta nuestra. Pero como su padre acabó lo que le dieron y le dimos, siempre los tuvimos que llevar a cuestas mientras vivió nuestra hija, y después de todo se nos fue acabando y dio fin de día en día, y nos quedamos per istam; y agora los pasamos no de limosna, porque no es verdad, pero sí como Dios quiere. En fin, que la chica sea feliz, que a nosotros de poco ya nos puede engañar el mundo. Pues señor, yo tenía un hermano que era rico, no rico rico que digamos, porque otros lo son más; pero sí, señor, rico de verdad para lo que él era. Porque además que mis padres (¡cuántos años hace!) le dieron más que a mí, él fue más tratante y ambulante, y su mujer más ingrata y ruin que una azarolla verde. Y tuvieron buenos años y no malos hijos; bien que hijos, ni buenos ni malos, porque no tuvieron ninguno. Con mulas y bueyes y ganados de todo pelo ganó lo que él se sabe. Hase muerto ahora cinco días, y deja heredera a nuestra nieta Ninila (Petronila), que es única en su casa y en la mía, con pacto y condiciones que se ha de casar dentro de un año y que sea con la aprobación y a gusto de Pedro Saputo de Almudévar, que es vuesa merced. Y lo que ha dejado es cinco mil libras en dinero y otras tantas que vienen a valer sus posesiones con la casa. Mire ahora vuesa merced si está en su mano, como decía, hacer rica o pobre a Ninila, porque dice el testamento que si pasa del año o no es a gusto de su merced, de vuesa merced, todo lo deja para las almas del purgatorio y del otro mundo.

No se admiró Pedro Saputo de este testamento, porque el testador (que al momento adivinó quién era) le conocía y quería mucho, entraba a verle siempre que pasaba por Almudévar, de sólo oírle hablar lloraba de gozo, y le decía muchas veces: Después de Dios, Pedro Saputo; y le ofreció muchas veces todos sus bienes y buscarle novia con ellos. Palabras que entendía muy bien Pedro Saputo, porque aquél se tenía consigo a la sobrina.

—Según vuestra explicación, respondió al viejo, ese hermano era mi buen amigo el tío Gil Amor. —El mismo, sí, señor, dijo el viejo. —En paz descanse, continuó Saputo. Siento no haberle visto en sus últimas horas; alguna vez le he hecho quedar a comer conmigo. Mas yo desearía ver el testamento. —Aquí lo traigo, dijo el paisano; y le sacó; y en efecto, ponía a la muchacha las dos condiciones. Preguntóle a ella si tenía galanes o pretendientes. —¿Si tiene?, respondió la abuela; así, así. Y meneaba los dedos levantando la mano. —Pero nosotros, dijo el viejo, le tenemos buscado uno; aquél sí que es bueno, rico, sí, señor, de una casa muy buena. Un poco torcido lleva el cuello de la cabeza, y no le gusta mucho a esta rapaza; pero ya le decimos que eso viene después; lo que importa es que sea rico. —Es verdad, dijo la vieja; y aun yo le he pensado otro mejor que ése, porque es más rico, y tampoco no le gusta porque es tuerto de un ojo y le falta el dedo pulgar en la una mano. ¿Qué culpa tiene el pobre mozo?

Quería Pedro Saputo preguntarle a la muchacha, y los viejos, hablar y darle, y no dejarla responder, adelantándosele siempre y riñendo casi los dos por quien había de llevar la palabra. Al fin dijo el abuelo: —Vaya, mira, lo que nosotros queremos es que su mercé de vuesa merced nos dé un papel escrito de su puño que diga que le parece bien y aprueba el casamiento que nosotros hagamos. —¿Conque no más es eso?, les preguntó él. —No, señor, respondieron los dos; no queremos más, que después ya lo endilgaremos nosotros. —Pues bien, dijo Pedro Saputo; para hacer este papel quiero preguntar algunas cosas a Ninila, pero a solas. —Todo lo que quiera, dijo el viejo; ahí la tiene; lo que quiera; apuradamente la chica es muy aquél, y si no... ¡cuidado!... (dijo mirándola con amenaza). Nosotros nos vamos a la posada. —No tanto, dijo Pedro Saputo, bastará que salgan un rato a la cocina. Y se salieron.

—Mira, le dijo a la muchacha; a lo que veo, tratan de casarte con quien tú no quieres, y yo, al contrario, deseo que te cases a tu gusto. Dime: ¿tienes algún amante, algún mozo que te quiera y te guste? Háblame con libertad, porque ya veo que está tu suerte en mi mano. —Yo creo, respondió ella, que hay tres que me quieren bien, pero uno más porque hace dos o tres años que me festeja. Y los otros dos, si con aquél no puede ser, también me casaría con cualquiera de ellos. Preguntóle entonces (ya por sola curiosidad) si su tío Gil Amor le había hablado de él alguna vez; y respondió que muchas, y que decía que sólo deseaba una cosa en este mundo. —¿Y dijo qué cosa era? Encendiósele el rostro a la muchacha a esta pregunta, y llena de vergüenza respondió, que traérselo de joven a casa (de amo joven, de yerno). Entonces Pedro Saputo se puso a escribir una carta en contestación a otra que le trajeron del cura, y concluida, llamó con voz grave, entraron los abuelos, entrególes la carta y dijo que estaban despachados. —Pues ¿y la chica?, preguntó el viejo. —Sálganse los tres de delante, les respondió con aspereza, si no quieren que los tome del brazo y les haga rodar la escalera. —¡Señor! —Fuera de mi casa, digo; ¡ea! Los infelices, temblando, asustados y no atinando casi con las puertas, se fueron llorando, sin saber lo que les pasaba.

Viéronlos Rosa y su madre y les dieron compasión; pero al llegar a la puerta de la calle y antes de salir oyeron que el viejo decía a la muchacha: —Tú tienes la culpa, sí, tú; que no le habrás querido dar gusto. —Ah, tunanta, dijo la vieja: te he de deshacer a bofetadas y pellizcos. ¡Por no dalle gusto! ¡Y la herencia! ¡Bribona, que nos has perdido! —¡Por Dios!, decía llorando la muchacha. ¿Qué gusto ni qué disgusto le he podido dar yo si no me ha dicho nada? —¡No te ha dicho nada! Esas cosas se hacen sin decirse. Tú te acordarás del día de hoy. Y la amenazaba con el puño. La muchacha juraba que nada le había dicho ni pedido; y si no, dijo, volvamos a subir. —A subir, dijo el viejo, a que nos coja y nos vuele por la ventana. Vamos, vamos, que ya te ajustaremos la cuenta.

Oyeron también todo esto la madre y la hija, y se lo contaron a Pedro Saputo, extrañando mucho aquella dureza y crueldad. Pero él les dijo que había su fin en ello, y que pronto aquellas lágrimas se convertirían en gozo y alegría. —Y ved, les dijo, lo que puede el interés, pues tanto sentían los dos perder la herencia por no haber condescendido la muchacha a lo que maliciosamente discurrían le había yo pedido, creyendo que por eso he querido quedarme a solas con ella. Y lo que éstos han hecho, no dudéis que de cada ciento lo harían noventa y nueve, hallándose en el mismo caso. Y aquel único lo aprobaría quizás en los otros.

Llegaron los viejos a Ayerbe y apenas se supo el mal recado que traían se espantaron los pretendientes de la muchacha y la dejaron como los pájaros cuando con gran bullicio acuden al caer el día, que si va alguien y tira con fuerza una piedra huyen todos callados y vuelan a otra parte. Mas el cura, el prior de Santo Domingo y otras personas principales les prometieron interceder con Pedro Saputo, y con efecto le mandaron con un propio media docena de cartas, y él les despachó sin contestar a ninguna; con que se afirmaron más y más en que Pedro Saputo quería los bienes del tío Gil Amor para las almas del otro mundo, y ya el mismo cura y el prior de los frailes se los repartían caritativamente en esperanza.

Seis días hacía que estaba en Almudévar cuando llegaron los viejos del testamento, y estuvo ocho más concediéndolos al cariño de Eulalia y Rosa, a quien hubiera concedido mucho más de buena gana. Dejólas en fin, pero con tanto sentimiento que casi lloró con ellas; y fue a Ayerbe donde también llevaba una registrada.

Apenas llegó, llamó a Ninila y con mucha afabilidad le preguntó qué galanes le habían quedado de tantos como le dijeron que tenía. Ella, acordándose de los malos tratamientos de los abuelos, y viendo que también la había entrado en un cuarto a solas, dudando, ruborosa, mirando a tierra, sofocada, y luchando con la vergüenza, respondió: —Aunque conozco que no soy bastante hermosa... sin embargo... nadie me ha tocado aún... lo que vuesa merced quiera hacer de mí... Pedro Saputo, al oír esto, dejó caer la frente en la mano sobre la mesa; y la ira por una parte, la compasión por otra, pensando ya en la malicia de los viejos, ya en el candor e inocencia de la muchacha, le tuvieron un rato desazonado y perplejo no sabiendo cómo romper. Al fin levantó la cabeza y le dijo entre severo y afable: —Yo lo que deseo es tu felicidad, y lo que te pido es que me digas si de los pretendientes que tenías te ha quedado alguno fiel después que han sabido que yo no te quería dar la herencia. —Uno, dijo ella, toda avergonzada y sudando y tragando saliva de congoja. —¿Es el que tú creías que te quería más? —No, señor, sino que agora veo que me quería más que aquél, porque me ha dicho que no se le daba nada de que yo fuese pobre. —Pues anda y que me le traigan aquí tus abuelos; volverás tú también con ellos.

Presentáronse con el mozo; vio Pedro Saputo que era bien dispuesto, galancete, un si no es ardiente y fogoso, pero de un corazón como un Alejandro. Parecióle bien y mandó llamar un escribano y se hizo la declaración en forma, aprobando el casamiento de Ninila con aquel noble y desinteresado joven. Concluido, hizo quedar a los abuelos y a la muchacha, y a ellos les reprendió ásperamente su mal propósito y villana sospecha, y a ella le encargó mucho la virtud y la fidelidad al marido.

En cuanto a la enregistrada de aquel lugar la vio dos veces y siempre por casualidad: era tiesa, jarifa, cuellierguida, pantorrilluda y bien plantada, aire de ponerse en jarras, descocada y capaz de arrojar un mentís al hijo del sol; y dijo: Lástima que yo no sea todo un tercio de soldados para llevármela de vivandera.

Capítulo VII. Sigue el registro de las novias. Fiesta y baile de una aldea

De Ayerbe fue a Loharre, donde llevaba otra, pero la halló tan berroqueña de genio, que parecía cortada de las peñas de la sierra vecina.

En Bolea había dos, la una, beata, absoluta y novelera, la otra, hija de un letrado y tan doctora como su padre. A la primera le hizo la cruz; la segunda quiso enseñarle a hablar, diciendo muy remilgada con motivo de nombrar a su abuela, no le conocí; y sobre vivir en ciudad o en aldea, que entendía la diferiencia. Alterósele el estómago a Pedro Saputo, y en tres minutos vomitó cuatro veces. Tales náuseas le dio de oírla.

Siguió al pie de la sierra donde vio algunas flores deshojadas. Y al pasar por Lierta miró a Gratal y se le antojó subir a su picota. El día por otra parte convidaba, claro, apacible y sereno, en el mes de septiembre que alguna vez es tan amable como el mayo. Llamó, pues, un paisano del pueblo, porque él ni su criado no sabían el camino; dispuso que se llevase buena comida a la deliciosa fuente del prado del Solaz, y tomó a pechos la subida. Llegado arriba, ¡qué gozo en el corazón! ¡Qué oreo tan puro! ¡Qué sol y qué cielo al mediodía! ¡Qué llanos hasta Zaragoza! ¡Cuántos pueblos sembrados en aquella noble y graciosa vega! Y a la espalda y a los lados, ¡cuántas cumbres humildes! Pero fijando su vista en Huesca, dijo: «¡Qué bien sentada estás, ciudad alta y compuesta, ciudad de las cien torres en tus muros! ¡Cuál descuella tu catedral soberana con su edificio y vistosa con sus agujas al viento! ¡Con qué señorío y grandeza reinas en tu Hoya, amor que fuiste y corona de Aragón en tus siglos, ciudad libre y gloriosa por los Sanchos, por los Pedros y los Alfonsos! ¡Cuántas y cuáles bellezas encerraste siempre, brillaron en ti siempre, fueron en ti siempre la envidia de Palos y de Citera! ¡Y no he de verlas ahora, en este postrer viaje de mis amores! Mas así lo ordenan los hados. Perdonad las que en mí no habéis echado menos el traje de vuestros favores, pues lo he merecido con otro. Y aún... aún... Pero no; está ahí cerrada mi suerte por un padre a quien venero. Y para de tan de paso y en los puntos ya extremos de mi libertad, no quiero sufrir el cacareo de vuestras malditas viejas trilingües.» Y con esto volvió la espalda, y se echó como quien dice a rodar monte abajo. Llamaba trilingües a las viejas de Huesca no porque hablasen o supiesen tres idiomas, que nunca supieron más que el suyo, sino porque tenían tres lenguas para hablar y hablaban con las tres a un tiempo. ¡Qué viejas aquéllas! Pasó felizmente su generación; y ya después, viejas y jóvenes, según informes que se han recibido, sólo tienen una lengua, expeditilla, sí, pero una sola.

Pasó adelante y llegó al Abadiado. —Se oye cantar, dijo a los de Montearagón, y se percibe el incienso que allí queman. Vamos adelante. Conque subió a Santolaria a ver a sus parientes y a la viuda de marras, y se lanzó en el Semontano. Yo empero no hubiese pasado tan de vuelo, porque el cielo particular del Abadiado, aunque pequeño, es amable, el país jocoso, el suelo fácil y bueno, y suele criar algunas plantas especiales.

En el Semontano hizo muchas equis y eses yendo de unos pueblos a otros, porque ya se ve, no estaban todos en línea, y pasó una larga revista de doncellas contándolas casi por docenas, aunque no todas eran adocenadas. ¿En qué vega no nacen distinguidas, olorosas y lindas flores, a vueltas de las feas, vanas y vulgares? Había, pues, de todo; y si abundaba la ropa de almacén, la quincalla de esquina y los cuadros de almoneda y aun de deshecho, también se encontraba alguna que otra que fueran muy buen descanso de cualquiera peregrinación. Y yo fío a no estar preocupado de otros amores, allí quedara preso de ellos, si había entonces doncellas como algunas que conozco en nuestro tiempo, sin embargo del sin embargo. No las produce aquel país arteras, falsas, astutas, ni fingidas; y si alguna se torna es porque las obligan malamente con su doblez y engaños los que las tratan.

Hallóse en la fiesta de un lugar, y es cosa de contarse. Llegó a una aldea, y en la casa donde se hospedó había una hija y una sobrina que sólo aguardaban a levantarse de la mesa a medio día para irse a la fiesta de otro pueblo, que unos dicen era Colungo, otros Casbas, otros Abiego; y hay quien afirma que fue Adahuesca. Pero yo que lo sé bien digo que fue Colungo. Traía carta para el padre de la hija, la cual era también de las de la lista, y le propusieron que fuese con ellas. Aceptó y tomando en ancas a su Helena (que Helena se llamaba), puesto que podía muy bien llevando la maleta el criado con un mulo, fueron al otro pueblo, donde no se sabe si tenía alguna en su registro.

Por la noche y hora primera de la velada hubo más de cien personas en la casa a ver a los forasteros, y más voces, gritos, chillidos y risotadas que en una plaza de toros. Llamaron a la mesa, y se amontonó la gente de modo en ella, que estaban a media vara, y cada silla era un grupo de cuerpos, brazos y cabezas, porque en vez de seis huéspedes convidados vinieron seis seises. La cena, abundante, pero mal acondicionada y perramente servida. Aún estaban a los postres cuando sobrevino una ola de muchachas acompañadas de otros tantos mozos, que dándose empellones, chillando, tropezando y asidas de los brazos y culebreando dijeron que venían a buscar a las chicas para ir al baile de casa de N. —Sí, sí, dijo el padre; van al momento, y ya ellas se habían levantado y agarrándose de las otras. Pero no se iban, y estaban mirando como si les faltase algo. —Vamos, don Pedro, le dijo el huésped. Vuesa Merced se servirá acompañarlas y supongo bailará con Helena. —¡Vaya!, respondió una de las de la casa, zurda, mofletuda y pecho alto; no faltaba más sino que don Pedro no viniera al baile. El cielo se le cayó encima al oír esto; y advirtiendo el capellán su perplejidad, dijo que iría también, como quiera que no podía excusarse. Bajó entonces la cabeza, conociendo por otra parte que no dejarían de llevarle, aunque se empeñara una comisión entera.

Ya están en la casa de baile. ¡Qué confusión! ¡Qué bahorrina! Bien era grande la sala, pero estaban como sardinas en cesto. Principió, o más bien continuó la música, la cual se reducía a un mal violín, a una peor vihuela, y a una pandereta, tan desafinados los dos instrumentos de cuerda, que hacían enfermar los oídos y por ellos el alma. Hubo de bailar sin remedio, no habiendo bailado sino otra vez en la corte desde que fue estudiante de tuna. Retiróse luego a una silla que le ofrecieron, y cuando se ponía a observar lo que veía, se le vienen topando encima disparatadas y corriendo sus dos forasteras y las otras dos muchachas de su huésped, y con la mayor desenvoltura se le sienta la creída privilegiada en las rodillas, y las otras dos encima y delante de aquélla culo con falda, sirviendo él de fundamento a toda la batería. —¿Qué hacéis, Helena, qué hacéis?, le preguntó admirado. —¡Otra!, respondió ella, con mucho desenfado que ya de suyo pecaba más por afable que por esquiva; lo que hacen todas, después de un canario, de una chacona o un mal trozo de otro baile, iban a sentarse en las rodillas de los mozos. Tenía cerca al capellán, y le dijo: —¿Pero es posible que sea costumbre esta llaneza? —Sí, señor, respondió el bueno del beneficiado; aquí se hace y no se repara.

Libráronle pronto de aquel peso porque sacaron a bailar a las cuatro chicas, y él se puso a mirar la sala. Había por allí algunas madres que parecían habían ido a cuidar de sus hijas y de otras, y era en lo que menos pensaban. Sentadas en el suelo y por aquellas arcas unas se contaban los partos que habían tenido y los meses que la vecina pudo dar leche al primer niño; otras las leches que mamó el suyo; otras se dormían en un rincón; otras animaban a las muchachas tímidas; hasta que sacaron un canastillo vestido de gala con muchas randas y lleno de tortas de aceite más mohínas que una mula sorda. En este mismo punto estaba él discurriendo una treta para no bailar más, pues ya le habían intimado las chicas que querían bailar con él; y le salió perfectamente. Presentáronle el canastillo, tomó una torta se levantó para repartirla a las muchachas, que acababan de bailar; pero hizo que se le torcía un pie y como estaba tan espesa la sala, dejó inclinar el cuerpo y al fin caer encima de una pobre mujer que viéndoselo venir en peso hizo el cuerpo atrás y cayeron del todo: ella boca arriba, y él de espaldas y de lado encima saltándole la torta a donde ella quiso ir. Riéronse todos mucho; levantóse, cojeaba que era una lástima, y asido del brazo del capellán se fue a la cocina donde se mojó el pie con agua fría, por disimular, y así se libró de volver al baile diciendo que aun andar no podía.

Con todo, sobre las once salió a la sala, pidió el violín, le templó, y preguntó si sabían bailar el gitano. Dijeron que bien o mal también lo bailaban. —Salga, pues, una pareja, o dos si quieren, dijo él. Y haciendo callar al de la vihuela, y advirtiendo al del pandero que diese solamente algunos golpes y le acompañase con ruido bajo continuo, principió a tocar el fandango más rabioso que se oyó de manos de músico: unas veces alto y estrepitoso; otras blando y suave; unas picado y mordente, otras ligado y llano; ya como un río lleno y arrebatado que arrastra cuanto encuentra; ya como una corriente apacible que se remansa y parece que se oculta en la arboleda hasta que rompe un remolino, y llega y cae despeñado con grande estruendo del valle y montes vecinos. Todos se alborotaron y desasosegaron a las vibraciones de aquellos ecos tan provocadores. Al principio, sólo bailaban dos parejas; muy pronto salió otra, luego otra, luego todas; y hasta las viejas que se dormían y las comadres que parteaban se pusieron en pie y hacían meneos con el cuerpo y con la cabeza, y no podían parar, como azogadas, y se derretían y regalaban. La risa comenzaba, crecía, cundía, se hizo general; y entre el violín, y las castañuelas, y tal bullir y saltar, y tanto arrope y jadeo; y el fuego que se había encendido a todos, lo mismo viejos que jóvenes se soltó la cuerda, y todos por ojos y por boca y por todo el cuerpo echaban llamas que confundían entre sí y los abrasaban. Mirábalo Pedro Saputo, y especialmente se divertía de ver el meneo y gestos de las viejas cuando pareciéndole ya demasiado peligroso el efecto de su endemoniada música, dio una gran cuchillada al violín, y con un gorjeo de golondrinas se cortó aquel incendio y estrago, dejándose caer los bailantes por aquellas sillas y por donde podían, hechos cada uno un volcán, y procurando con la gran risa en que exteriormente cuando menos encubrían los efectos disimular algún tanto lo que les pasaba, ellas con mucha vergüenza y no menos desasosiego, ellos perdido el tino, desmandados casi a vistas y no acertando con palabra derecha. ¡Ah madres, las que queréis librar de peligros a vuestras hijas! En quince días no volvieron las pobres muchachas a su temple ordinario; con sólo pensar en el baile se volvían a destemplar y arder de nuevo. Pero lo que es la memoria duró siempre. Ya eran madres, ya abuelas, y aun bisabuelas, si no murieron las que habían asistido, y aún hablaban y nombraban el gitano de aquel año.

Y por aquella noche, ¿quién estaba ya para más obra ni baile? Para desbravar del todo el estro que tenía en tal desafuero las imaginaciones, tomó otra vez el violín y dijo: voy a tocar una cosa que compuse al dolor y lágrimas de mi madre, habiéndole dicho un traidor que yo había muerto en Cataluña. Y tocó una composición muy triste y patética, sin tener mucha cuenta con las reglas del arte porque fue idea repentina y supuesto el motivo; con lo cual por de pronto se calmaron aquellos jóvenes y volvió todo al orden. Escucharon con maravilloso silencio, no hubo quien no se dejase penetrar y enternecer de una música tan afectuosa; y algunas mujeres hasta lloraron, porque esforzó él mucho el sentido del dolor y del desconsuelo. Concluyó en fin, tocaron las madres a recoger, y se retiraron todos. Mas a la casa de Pedro Saputo se lanzó tal batería de muchachas y con tanta algazara, que no cabían por la escalera, y pensó si venían huyendo de alguna emboscada o campo de batalla, o que querían acabar de ver en qué paraba la locura y desenfreno de aquel día; pero se sosegó oyendo que venían a dormir con las forasteras y las huéspedas. Cómo se gobernaría el dormitorio para tantas no lo entendía; él hubo de partir su cama con el capellán y no pegó los ojos. Conque pudo madrugar, y despidiéndose casi a mala cara, porque querían que se detuviese todas las fiestas, y dejando inconsolables a las muchachas y más a Helena, montó a caballo y se fue, respirando así que se vio en el campo, como los de una cocina humosa en invierno se salen a recrear y tornar aliento a una sala o a la ventana.

Capítulo VIII. De la feria de Graus

Anduvo aún por allá algunos otros pueblos, y se acercó al Cinca pasando por Barbastro, donde sólo visitó a la siempre amable Antonina, aunque llevaba cuatro doncellas en lista, no por desprecio de ellas, sino porque de Barbastro no quería amistad ni deudo. Inclinó su dirección al oriente hacia arriba para subir a la Ribagorza, y llegó a la Puebla de Castro, donde paró en el mesón, no llevando registro de aquel pueblo. Era el mesonero hablador, alegre, franco y muy atento. A los postres pidió licencia y entró en el cuarto de Pedro Saputo, y le dijo que si quería madrugar un poco le podía servir, porque pensaba ir a la feria de Graus a divertirse un rato, y en voz baja añadió: y traerme una criada para ama de llaves, porque se me casa la que tengo, y la cocinera no vale sino para los pucheros y los tizones.

Llegó en esto un labrador, y le hizo entrar diciendo: —Este hombre, señor caballero, es cuñado mío, hermano de mi difunta. Me casé hace dieciséis años, y nos dieron a mí un campo y a ella otro; y entre los dos, que los sembré aquel año, cogí dos cahíces y medio de morcacho, y antes ya me parió la mujer. Yo comencé a decir: pues estás bien, Juan Simón; no tienes donde sembrar hogaño, y la Felipa te va a parir todas las pascuas. Malo, Juan Simón, porque no habrá pan. ¿No habrá?, dije, pues ha de haber, a discurrir. Y discurriendo y no durmiendo m'ocurrió, un específico que algún santo me lo puso en la cabeza. Y le dije a mi mujer: cariño, ya he discurrido un modo para que no nos falte; ya puedes parir sin miedo. Mira, Felipa, en este mundo sólo es deshonra tres cosas: ser pobre, no tener dinero y llevallos. —De eso último ya te libraré yo, dijo ella. —Calla boba, le respondí yo; no va por ti, que ya sé que no piensas ponérmelos. Pues sí señor, le dije; eso sólo es deshonra en este mundo, y no otra cosa. —Vamos Juan Simón, dijo el cuñado, que algunas otras cosas hay. —Ya lo sé, replicó el parlante; pero la verdad es la verdad, y en lo demás no se repara. Déjame hablar y no me golfees las palabras. Mi Felipa s'alegró mucho y yo dije: ya ves que en este lugar nadie quiere ser tendero ni mesonero, porque lo tienen por afrenta, y los arrieros y viajeros no saben a do parar, y andan pidiendo favor y lo pagan más caro y están mal servidos. El comprar y vender, ¿puede ser afrenta?; el dar posada al que no tiene do meterse, ¿puede ser afrenta? Cornudo sea si eso no es mentira. Yo he pensado, pues, comprar aceite, vino, pan, arroz, abadejo, sardinas, tocino salado, especias y otras cosas, y tener abacería de tienda y hacerme mesonero; ¿te parece bien, cariño? Y me respondió: —Como dicen que venimos de buenos... —Calla, tonta, en este mundo ningún pobre es bueno; todos los miran de reojo y así como de lance. Dime que sí, y en dos paletas te hago rica, y también más hermosa, porque las ricas todas lo son, aunque no lo sean. ¡Qué guapa, y qué refilada los días de fiesta cuando vayas a misa, y vuelvas, y a cada cosa que rebullas en el arca suenen por allí los doblones! Aún no has visto ninguno, aún no sabes cómo son; ya verás entonces. Y con esto la puse contenta, y me levanté, que era aún de mañana y estábamos en la cama. Y aquel mismo día, cojo y vendo los dos campos, el mío y el de mi mujer. Aquí está mi cuñado que no me dejará mentir. ¡Qué loco, decían las gentes, qué perdido! Y tú también, Silvestre, lo decías, y tu padre más, que vino y se me quiso comer, e hizo llorar a Felipa. Mas yo callar y a la mía. Conque voy y me compro un burro (con perdón de vuesa merced), y ¡qué tieso que era!, y bajo a Basbastro y me lo traigo cargado de la tienda. Y a la hora que suelen venir los arrieros salí a la plaza y les dije: a mi casa, que soy mesonero. Ya hace de esto catorce años, cerca de quince, y cuatro que se me murió mi mujer, bien rica (a Dios no sea retraído), y con otras carnes que vosotros me la disteis, cuñado, con toda vuestra sopopeya, que al fin, con que venís de buenos, tienes una burra, y mala, que si se te muere te quedas tan de a pie, que no has de montar ya más cabalgadura que la azada, si yo no te lo presto. Y yo tengo par de mulas, y campos y olivares, y un jaco que se bebe el viento, y gracia de Dios que no sé dónde metella; y por eso tan de buenos vengo agora como cuando me casé y era pobre. Mis hijos van a la labranza, y no los hay más garridos y envidiados en el lugar. ¡Ah, haberse muerto su madre!

Con mucho gusto oía Pedro Saputo la relación del mesonero, y preguntándole de la feria, dijo: —En esa feria, señor caballero, no se vende lo que de ordinario se vende en todas, aunque no falta, sino que es feria de criados y criadas. Allí acuden de toda la Ribagorza los mozos y mozas que quieren afirmarse, ellos para mozos de labor o de mulas, y también para pastores u otra cosa, y ellas para criadas, niñeras, caseras de curas, lo que les sale y según la persona. Y ¡qué guapas algunas! ¡Qué frescas y lucidas! Yo no la pierdo nunca; y dos criadas que tengo y tres que se me han casado, dos en tiempo de mi mujer y una después, todas las he traído de allí, y todas buenas, porque tengo ojo y no me engaño. Es verdad que el buen amo hace el buen criado, y como los trato bien... —Demasiado, dijo el cuñado. —¿Veis?, ya cayó en la malicia. Señor caballero, la envidia es muy mala, porque no creáis que es otra cosa. Bien parece que me las sacan, que no dirán sino que el servir en mi casa, y eso mesonero, sea concilianda de novios, que siempre les sobran por encima de la cabeza. Sin armonía y buena voluntad, ¿cómo había de haber paz en casa? Y vivir sin paz y sin gusto ninguna ley lo manda. ¿Tengo razón, señor caballero? —Tenéisla, y muy grande, respondió Pedro Saputo; porque la vida sin agrado, sin descanso del corazón, no es vida verdadera sino purgatorio antes de tiempo. Sólo que como sois viudo, la malicia salta luego... —Eso, eso, dijo el mesonero. ¿Veis, Silvestre como también el señor dice que es malicia? Y si me casase, después no me servirían tan bien las muchachas, porque todas en oyendo que oyen que es un hombre casado, al instante le ponen cara anublada. Otra que encuentre como la Simona, que así se llama ésta; y el que tenga envidia que se reviente. Vamos, cuñado, que el señor ha de descansar. Saliéronse en fin los dos cuñados, quedando con Pedro Saputo en que le acompañaría el mesonero y le enseñaría lo que aún no había visto ni se ve sino en aquella feria.

Madrugaron con el día y el mesonero con su jaco volador acompañó a Pedro Saputo, diciéndole por el camino: —Ya verá su merced, cuántas y qué guapas. Todas se ponen en su sitio, que es la Cruz y cuando se acercan a mirallas hacen unos ojos... Yo por la mirada las calo, y la que es aguda también me cala a mí, y sin hablar nos entendemos. Llevan cosida por dentro en el jubón o ropilla debajo del brazo una estampa de Santa Romera, abogada de los resbalones; que regularmente se las cosen las abuelas, encargándoles mucho que se encomienden a la santa. Y si les vais a hacer cosquillas, fuyen y dicen que les ajáis la estampa; pero esto es en la plaza y a los principios.

Con tan alegre conversación llegaron a Graus, y como día de fiesta que era (san Miguel) cumplieron primero con la iglesia, tomaron un ligero desayuno habiéndose dejado llevar Pedro Saputo a donde quiso Juan Simón, y fueron a la Cruz, que es la parada, y como la tienda y ferial propio de las muchachas.

Con efecto, estaban allí y había muchas, y algunas harto graciosas y bien prendidas. Y dijo Pedro Saputo al mesonero: —Id vos, Juan Simón, por un lado y yo por otro; vos marcaréis una e yo otra, que sabiendo vuestro gusto voy a ver si os acierto. Hiciéronlo así, y acabando el alarde y revista de todas, se apartaron a un lado a conferenciar. Y aunque Pedro Saputo había visto una que le pareció sería la que más llenaría el ojo a su huésped, con todo por probarlo, dijo que le convenía una que había con ribetes azules, y de buen talle, y linda presencia, que con dos amigas hacía la deshecha a un lado. Y se la señalaba. —Perdonad, señor, respondió el mesonero; sí que me gusta, pero será muy retrechera y engañará a su sombra, ¿no veis que sabe mucho? Mejor es la del lazo verde, aquella que nos mira, y que aunque vergonzosilla ya me ha dicho con los ojos todo lo que yo quería saber. Y veis, ya me la está acechando aquel cura, que es el de Salas Altas, y me la va a soplar y dejarme a la luna de Valencia. Pues no ha de ser para él, voto a bríos que voy allá y la firmo de un brinco. Y diciendo y haciendo se dispara a ella y le dice: —Pedid salario, la del lazo verde, y veníos conmigo para ama de llaves de mi casa, que soy tendero. Pidióle nueve escudos y dos pares de alpargatas. —Diez te daré, dijo él, con más de un par de zapatos, y quedaron ajustados, y se la trajo y la mandó a su posada con las señas.

Quedó admirado Pedro Saputo del conocimiento del mesonero, pues en efecto era la misma que él le había marcado. La de las cintas azules se acomodó de casera con el cura de Salas. Y de más de sesenta muchachas sólo unas quince se volvieron a sus pueblos para otro año. También Pedro Saputo afirmó otra para casa de sus padres, y como no podía llevarla consigo la entregó y encomendó al mesonero hasta que con persona de confianza enviase a por ella. —Y mirad, le dijo... —Entiendo, entiendo, respondió Juan Simón; buen ojo habéis tenido; pero id descansado, que yo, señor, lo mío mío y lo de otri de otri. ¡Malditilla! Mejor es que la mía; pero nada, lo dicho dicho; como si le dejaseis puestas armas reales. Se la mandaré a vuesa merced lo mismo que la parió su madre, salvo error de cuentas pasadas.

En cuanto a las del registro, que eran dos, las vio Pedro Saputo sin manifestar quién era, y se dio por satisfecho.

Capítulo IX. Sigue el mismo registro. Morfina

De Graus pasó a Benabarre, dio vuelta por la Litera, bajó a Monzón, de allí subió a Fontz y Estadilla, pensó en dirigir el rumbo hacia su casa, doliéndose de no poder volver a Benabarre, porque fue donde vio más lindas caras, y pechos más abiertos, y olvidando con pena algunos amores que se dejó allá perdigados. —Pero basta, dijo; he dado gusto a mi padre y me lo he tomado yo también no pequeño.

Faltábanle empero una media docena de pueblos, entre otros el de Morfina; y dando los demás por vistos, se dirigió al de aquel nobilísimo primer amor que no sabía cómo encontraría ni cómo se había de presentar, ni con qué cara después de tantos años. Y dudando, y latiéndole fuertemente el corazón, y con no menos temor que deseo, llegó al pueblo y se encaminó a su casa.

Había muerto el padre hacía dos años, como dijimos en otra parte, aquel don Severo tan bueno y tan generoso; y el hijo hacía cuatro que era casado. Morfina, cumplidos ya los veinticinco años, sin padre, su madre pensando sólo en misas y rosarios, y el hermano de poca autoridad con su mujer, se miraba a sí misma como la sombra de la casa; lo cual junto con el chasco tan cruel que le dio el hombre de su amor y de quien fió más que su corazón (que chasco se puede llamar tan larga suspensión de su esperanza), y a las manos siempre a pesar de todo con una pasión que no tenía sol ni día en el año, había perdido aquella alegría que tanto brillaba en otro tiempo en su bellísimo rostro, y sin estar ajada se conocía que se había marchitado la lozanía de sus pensamientos, entregada a una resignación penosísima, que a ser ella menos animosa o de temple menos fino, la consumiera del todo. ¡Ah!, de los veinte a los veinticinco pasa una época, una edad entera, y la más fuerte y de mayor mudanza en las doncellas. Pero en Morfina además obraba la causa especial de que había amado y amaba aún al único hombre que llegó a su corazón y éste ¡hacía siete años que la tenía olvidada!, mientras ella era insensible para todos, resignada a morir en aquel estado primero de dar su mano a otro.

Llegó Pedro Saputo y sólo ella lo conoció antes de hablar; pero todos se alegraron, hasta la cuñada. El primer día no quiso ser, aun para la misma Morfina, sino Pedro Saputo, porque les dijo desde luego que él era; y buscando una ocasión preguntó a Morfina qué era de su antiguo amor y cariño. Respondióle que no sabía con quién hablaba. —Con tu amante, dijo él. —No os conozco por tal, contestó ella; pero sí os diré que tuve uno en otro tiempo, y que si se me presentase me encontraría como la primera vez, y como la segunda, y como la tercera que nos vimos. —Pues yo soy, dijo él; dame tu queja, pero disponiéndote a oír mi respuesta. —No cabe satisfacción, dijo ella; y si todos los hombres grandes son como vos, si tal proceder es inseparable de su excelencia, bien infelices son las que los aman. Yo os quise sin saber quién érades, porque vi lo que érades; vi que la idea de perfección que yo me había formado de un hombre cabal, de un hombre digno de mí llenábades vos cumplidamente, y más si más pudiera ser, aunque tan joven. Después supe que érades Pedro Saputo, y sólo tuve que unir a la persona la fama del nombre; y al oír de vuestro nacimiento di gracias a mi estrella porque me facilitaba el hacer algo por vos y por mi amor; pues si de la fortuna fuésedes poco favorecido en otros bienes y nada más teníades que aquella alma tan sublime, yo los debía heredar de mi padre suficientes para no temer que por esta causa fuese menor nuestra felicidad. Y desde este momento pasa un año, pasan dos, y cuatro y cinco y seis, y ninguna noticia recibo de vos. ¿Os escribo y qué me respondéis? Va a veros mi padre, prometéis venir, y os burláis de vuestra palabra. ¿Debía yo creer, debo ahora creer, que me habéis querido? Cásase mi hermano, muere mi padre, quedo con vuestro amor abandonada y sola en medio de mi familia; pasan años, ni venís, no tenéis la cortesía de escribirme una letra, de mandarme un simple recado. Sé por la fama que andáis por vuestra tierra; y en el mismo silencio siempre. ¿Debía creer, debo creer ahora, que me queríades o me hayades querido nunca? Mi amor es siempre el mismo, lo confieso, porque es mi misma vida, soy yo misma; ¿qué me diréis vos del vuestro? ¿Qué me diréis para que en mí no sea facilidad, imprudencia y error voluntario creeros y fiar de vuestras palabras? Y aun antes de oír vuestra respuesta, quiero certificaros que no me ha pesado ni me pesará de haberos querido, aunque ahora mismo sin responder a mi queja me echéis una mirada de desprecio, y me volváis la espalda y desaparezcáis, y sepa luego que os habéis casado con otra. Es más fuerte que todo eso el amor que os he tenido, y la alta aprobación que mi corazón le ha dado siempre. Y no obstante, sacrificios por vos no he hecho ninguno; jamás usaré esta palabra, os di el corazón, allí estaba todo.

Oyó Pedro Saputo su justa sentida queja sin interrumpirla, y mirándola afablemente, le contestó: —La suerte y no mi voluntad te ha privado de la satisfacción que tu amor necesitaba y el mío lloraba de no poderte dar. No admito, pues, no admito contra mí tu queja, porque no ha estado en mi mano el nacer de padre conocido, cuya desgracia ha sido la causa general y particular de la fuerza de muchas circunstancias, bien tristes, por cierto, después de conocerte, de diversas épocas de mi vida. Pensarás tú, en hora buena, con toda la nobleza que dices y vi tan por mis ojos; pero yo debía tener otros miramientos contigo y con nuestro amor, el cual no había de ser de un sólo día, ni gozarse en la soledad y fuera del trato humano. Talento tienes, y no necesitas que te explique estas reflexiones. Por otra parte en tu edad y en mi deseo ya no cabía entretener la esperanza con plazos indefinidos, peores mil veces que el absoluto silencio que he guardado, porque éste podrá matar un amor vulgar, pero no quitar el temple ni embotar un amor verdadero en corazones como los nuestros. Una mirada de la fortuna que nadie sabe aún, me facilitó el poderte proponer condiciones de tanta libertad en nuestra suerte, que nos permiten prescindir de la que tú me ofrecías con los bienes de tu padre. Y cuando me disponía a venir a verte, sucedió un caso que ha retardado esta visita hasta ahora, como te diré cuando me hayas declarado tu resolución. Estamos en el día; hoy es, dulce y encantadora Morfina. Mira el cielo; y si aún eres la misma para mí, dale las gracias en tu corazón, y ven para siempre a los brazos de tu amante, a los brazos de tu esposo... Dijo estas últimas palabras con tanto afecto, que no pudo Morfina consigo; y agitada, tierna y resuelta le abrazó estrechamente exclamando: —¡Amor mío! ¡Esposo mío!

—Pues ahora, le dijo él, sabe para tu satisfacción y la de tu familia, que ya no soy Pedro Saputo, hijo de aquella pupila de Almudévar, sino que soy hijo de ella y del caballero don Alfonso López de Lúsera, con quien casó mi madre hace cuatro meses, habiéndome él conocido por casualidad y hallándose viudo de su primera mujer. —¡Hijo eres, dijo Morfina espantada, de don Alfonso López de Lúsera! Le conozco de nombre y de vista, porque años atrás pasó por aquí dos o tres veces y se decía de amigo con mi padre. Sí que eres su hijo, sí; me acuerdo, te le pareces. Bien decía la fama que eras hijo de un gran caballero. ¡Don Alfonso, tu padre! También, pues, habrás ya conocido a su nuera, ahora tu cuñada, aquella Juanita que dicen que es tan discreta, y la más celebrada de toda esta tierra. —Sí, respondió él, y la conocí ya de estudiante, con su amiga Paulina... —Son inseparables, dijo Morfina; y también dicen de esa Paulina que es graciosísima. —Ahora vendrás tú, dijo Pedro Saputo, a aumentar el número de las personas que une aquella amistad y la sangre, más discreta que Juanita, más amable que Paulina, más hermosa y digna que las dos, y la verdadera gloria mía y de mi familia. Mira si no el concepto que mereces a mi padre. Y le enseñó la lista de las doncellas con la nota que tenían todas. Miróla Morfina; estaba ella la cuarta habiéndolas puesto su padre por orden de distancia de los pueblos; y se rió de lo que añadía al fin sobre no querer oír hablar de amores ni casarse. —¿Cómo, dijo, pudiera el buen don Alfonso imaginar, que si yo no quería amar ni oír de amores, era porque amaba a su hijo? Parece, pues, que ya las has visto a todas, si eso significa la cruz que llevan sus nombres. —Esa cruz, respondió él, la hice ya a todas el primer día, dándolas por vistas; sino que por complacer a mi padre y pasar unos días de curiosidad que me recordaban un poco la vida estudiantina, he estado en algunos pueblos, y cierto que me he reído. —¿También has visto a la hija del escribano Curruquis?, preguntó Morfina. —¿Quién es el escribano Curruquis? —Éste (señalando con el dedo); y si no has estado, mira de ir por allá aunque rodees, porque verás un padre y una hija muy originales. Y de paso podrás ver estas dos que forman la sombra del cuadro.

Llegó en esto la cuñada, y continuaron la plática, y asimismo delante del hermano que vino luego, y también de su madre; que fue la declaración de Pedro Saputo a la familia, pues tratando a Morfina con tanta llaneza, entendieron que había algún secreto ya no secreto entre ellos. —Este caballero, dijo Morfina, es hijo de don Alfonso López de Lúsera. —¿Cómo?, dijo el hermano; ¿pues no es Pedro Saputo? —Sí, don Vicente, respondió él, pero también soy hijo de don Alfonso, aunque hasta hace poco tiempo no se sabía; como hace poco también que enviudó de su primera mujer y ha casado con mi madre. Y con el nuevo nombre y con el antiguo he venido a ver a Morfina y deciros a todos, que desde estudiante nos queremos y teníamos tratado, o entendido al menos entre los dos, nuestro casamiento. —¡Oh, cielo santo, si viviese mi padre!, exclamó don Vicente. ¡Vos, Pedro Saputo, hijo de don Alfonso López de Lúsera! ¡Mirad si lo dije yo cuando vi el retrato! ¿Quién está, pues, en nuestra casa? —Un amante de Morfina, dijo él; un hijo político vuestro, señora (dirigiéndose a la madre), y un hermano vuestro, don Vicente, si Pedro Saputo primero, y ahora don Pedro López de Lúsera es digno de tanto honor, así como es dueño hace tantos años del corazón de vuestra hermana. —Mirad, dijo don Vicente a su madre, mirad, cuerpo de mí, la que no quería casarse. —¿Y cómo había de querer a otro, respondió Morfina, queriendo ya desde niña a don Pedro? Sí, hermano, desde entonces le quiero y nos queremos, y ni quiero ni querré a otro hombre, ni le podía querer, aunque don Pedro hubiese muerto. Y perdonad, señora madre, que siendo doncella y estando vos presente me atreva a hablar de esta manera. —Hija, respondió su madre: ya sabes que lloraba de verte reacia y que no querías casarte; agora lloro de gozo de saber lo que me dices y de ver a don Pedro en nuestra casa; ya no tengo qué pedir a Dios en este mundo. ¡Ay, si viviera tu padre! ¡Tanto que hablaba de Pedro Saputo, y no saber que todos le conocíamos! Pero tú, hija mía, ya lo sabrías. —Sí, madre; pero no me atrevía a decillo. —Pues señor, dijo don Vicente; ahora sí que no os vais en un mes, o nunca; hemos de cazar, amigo, hemos de cazar, y habéis de tocar el violín, vamos, aquellas cosas tan buenas que sabéis. ¡Conque Pedro Saputo! Y tú, Morfina, lo sabías y has callado. —No tanto cazar, amigo don Vicente, porque quiero hacer el retrato de vuestra hermana. —Y el de mi mujer, dijo don Vicente. —Bien, le haremos. —Y el mío. —También, ya que nos ponemos. Después tengo que contar a Morfina cosas importantes de mi vida, y consultar muchas otras. —Ahí la tenéis, dijo don Vicente; ya no es niña; vuestra es, componeos; ¿no es verdad, madre? —Sí, hijo, sí, dijo la buena señora. Dios los bendiga como yo los bendigo de mi parte. La nuera, sin embargo, se conocía que pensaba alguna vez en el patrimonio que se llevaba Morfina, a quien tenía destinada en su mente para tía muy querida de sus hijos. Habíale dejado su padre un patrimonio que daba unos mil doscientos escudos anuales; y aunque no de más monta, sentía la nuera que saliese de su casa. El hermano era más noble.

Pedro Saputo envió el criado a su padre escribiéndole que estaba en casa del difunto don Severo Estada, cuya familia conocía mucho desde estudiante, y le detenían algunos días para hacer sus retratos. Pero Morfina con la gran satisfacción de tener a su amante y con la seguridad de su amor que tantos suspiros y lágrimas le había costado, y con la libertad de confesarlo y manifestarlo, volvió a cobrar su antigua belleza, la energía de los afectos, la alegría de su corazón; y serena, contenta, ufana y gloriosa brillaba con todas las gracias y encantos de la incomparable hermosura que debiera a la naturaleza.

Mes y medio se detuvo allí Pedro Saputo, haciendo los retratos, cazando también algún día, y gozando de la felicidad suprema del amor con su amabilísima y dulcísima enamorada, Morfina. Don Vicente, viéndole tan hermoso, tan caballero, tan cabal y perfecto en todo y con tantas gracias y habilidades le preguntó un día en la mesa: —La verdad, don Pedro; ¿cuántas mujeres habéis vuelto locas en este mundo? ¿Todas las que habéis visto? —Y más, respondió Morfina, porque algunas se habrán enamorado de él por la fama. —No por cierto, respondió él; porque algo diría esa misma fama, y nada habéis oído. Esto, Morfina, significa solamente que nací para vos, así como vos habéis nacido para mí; y don Vicente, que me quiere como amigo y como hermano, está sin duda aún más ciego que tú, y por eso delira tanto.

Al fin hubo de llegar el día de separarse: día anublado y triste; día que jamás debiera traer el cielo con sus vueltas; porque dejar sin vida a aquella infeliz, que sólo aquéllos pudo decir que había vivido. ¡Gloria de este mundo! ¡Felicidades de esta vida!

Capítulo X. Concluye el registro de novias. Y es lo mejor de todo

Miró la lista, y le faltaban cinco o seis pueblos. En el primero le obsequiaron teniéndole enclavado a dos mesas de juego desde el alba hasta la noche. Moríase de asco y de enfado; y sin decir nada a las muchachas, que eran dos, la una joven y no maleja, y la otra atrevida de edad y talla, y aunque con opinión de buena moza, luz sin calor por demasiada nuestra, pasó adelante.

En el segundo pueblo conoció la persona más extravagante que vio en su vida; y le recibieron poco menos que con desaire teniéndole por un aventurero, hasta que presentó la carta de su padre, en la cual sólo decía al dueño de la casa que su hijo don Pedro pasaba a visitar algunos amigos, y que si algo se le ofrecía le hiciesen la cortesía de recibirle. Entonces todo mudó, y pasaron al extremo contrario. Era el escribano de quien le habló Morfina, hombre rico, de genio irregular, tan pronto arrebatado, tan pronto remiso y como insensible; raquítico, o más bien un poco jorobado, piernas largas, cuerpo corto y encogido, lo que fue causa que le llamasen Curruquis; ojos salidos, rostro pequeño, boca rasgada, cuello dudoso, pecho levantado y propenso a doble giba; hablador sempiterno, y más claro y llano que la pobreza en camisa. Así que vio la carta de don Alfonso dijo: —Ya yo conozco a vuestro señor padre y he oído la historia de vuesa merced, y me alegro mucho y celebro tener en mi casa al gran Pedro Saputo, agora don Pedro López de Lúsera, hijo de un tal caballero como don Alfonso López de Lúsera. Del sabio nace el sabio, que lo es también, aunque no tanto, el caballero don Alfonso López de Lúsera; y tal vez de hombres pequeños nacen hombres grandes, aunque grande es también don Alfonso López de Lúsera; y aún he visto nacer de grandes pequeños, aunque aquí todo ha mejorado y subido punto del uno al otro. ¿Porque comparado con vos, qué es ya vuestro padre por más que sea don Alfonso López de Lúsera? Seáis muy bien venido. Sabed que esta casa toda es vuestra con dominio propio y absoluto; me basta saber que sois el hombre más grande de España y de Aragón y todo. Y más agora con el nuevo nombre que lleváis, no digo nada, con el ser que sois nada menos que hijo del caballero don Alfonso López de Lúsera, la flor y la nata de los caballeros aragoneses de más alta alcurnia. Pero vamos claros: ¿venís a ver a mi hija Pepita? Hallábase ella delante, y respondió Pedro Saputo: —Yo vengo a haceros una visita, y confieso que no me pesa de ver a esa señora Pepita, vuestra hija, pues su presencia no es para espantar a nadie. —Yo lo creo, ¡cuerno!, dijo el escribano; ahí la tenéis, miradla; y luego, ¿eh?, lo que yo le pondré en el delantal, que señor mío, si quiero, será la friolera de seis mil escudos en moneda limpia y enjuta. ¿Os parece poco señor don Pedro?, no reñiremos: sean siete mil. ¿Todavía no estáis contento? Pues, ocho mil, y cerremos. ¿Qué queréis, amigo? Un hijo y dos hijas me dio el de arriba; el hijo se me lo llevó y quedaron ellas; la mayor me la casaron hace cuatro años, y le hice heredera con condición que no me pusiese los pies en casa hasta que me sacasen ésta. ¿Me entiende vuesa merced? Pues digo, vuestra presencia es gallarda; vive Dios que sois galán y bien hecho. Mira, Pepita, mira; esto es cosa buena. Pues de vuestra familia... Vamos, es mucha honra para mí emparentar con don Alfonso López de Lúsera; con una casa tan ilustre; aunque también la mía es antigua. Eh, volved la vista; ésas son mis armas: sí, señor, las armas de los Jordanes. Porque yo soy Jordán por parte de madre, y Almanzor por parte de padre. Los Almanzores (vea vuesa merced sus armas, son las de ese cuartel) fueron por lo menos generalísimos de los moros; digo, capitanes cristianos, pero muy famosos, que vencieron a generalísimos de los moros, y de algún tope que les dieron tomaron su nombre por apellido. Pues los Jordanes, saque vuesa merced la cuenta; en la Tierra Santa de un toqueo mataron lo menos trescientos mil mahometanos, que si agora vinieran a España nos ponían a freír el alma. De modo, amigo mío, que si vos sois noble, mi hija ya lo veis; y podemos decir que pari dignamur stemmate. ¿Entendéis el latín? —Sí, señor. —Es que si no, os diría que eso quiere decir que en linaje somos iguales. Vamos al negocio. Pepita, el señor, como acabas de oír es celebérrimo y nunca bien ponderadosapientissimus sapientum Pedro Saputo, y además hijo de aquel gran caballero que has oído nombrar, don Alfonso López de Lúsera; y viene a verte. Si tú le gustas a él, y él te gusta a ti, cuenta hecha y al nudo ciego; ocho mil por agora del primer empujón, dos mil más para el aniversario de tu boda, y mil por cada nieto que me deis mientras viva. Conque miraos bien, tanteaos de amor, conoceos por dentro y por fuera y enamoraos como locos. Yo me voy a N. (un lugarcito que distaba legua y media) a hacer una escritura; son las nueve de la mañana y volveré a comer, o no volveré; es decir, que a la hora, ¡Jesús!, y la cuchara al plato. Adiós. Y diciendo esto se levanta, coge unos papeles y el tintero, el sombrero y la capa, vuelve a decir adiós, cierra la puerta con llave, quita la llave y se va dejando a los dos encerrados en el cuarto. —¡Padre!, ¡padre!, gritó la muchacha. —Soy sordo, soy sordo, respondió él; y llamó a su mujer y le dijo: ahí quedan los pájaros; la llave yo me la llevo; cuidado que nadie los incomode. Hasta la vuelta.

Y se quedaron los dos mirándose del uno al otro; él, admirado y sonriéndose; ella, un poco avergonzada y encendida de color, pareciendo casi hermosa con este realce; pero uno y otro se resignaron. Preguntóle Pedro Saputo si su padre había hecho aquello alguna otra vez, y dijo que hacía un año lo hizo con un rústico labrador, que luego (añadió) porque no supo hablarme una palabra en más de hora y media que nos tuvo en este mismo cuarto, le despidió con desabrimiento y bochorno, diciéndole que no quería un gaznápiro y majadero para yerno. —Y ahora, preguntó Pedro Saputo, ¿cuánto pensáis que tardará en abrirnos? —Lo menos cuatro horas, dijo la muchacha, porque tres de ir y venir, que nunca hace correr la mula, y una más allá o más para despachar la diligencia que lleva. ¿Le parece a vuesa merced mucho? —¿A mí, Pepita?, respondió él; que pareden la puerta si quieren, y hasta que yo los llame. —Pensaba, dijo ella. En esto llamó la madre a la puerta y dijo: —¡Mira, hija, dile a ese caballero que tenga paciencia; yo lo siento mucho, pero como tu padre es así... Cómo ha de ser; entretened el tiempo lo mejor que podáis; alegra, hija mía, alegra a don Pedro; yo andaré en gobernar la comida con la moza (criada). —Muy bien, señora, muy bien, contestó Pedro Saputo; vuestra Pepita es amable, y no me parecerá largo el tiempo que dure esta penitencia. —Mejor, caballero, mejor, respondió la buena de la madre; con que adiós y no tiene remedio. Ella se fue a la cocina, y ellos se entraron en el despacho del padre.

Pues señor, dijo entre sí Pedro Saputo; en esta casa todos son locos; buen remate llevo. Pero la muchacha no es fea ni melindrosa; pecho al agua. Llevaba acaso un lapicero encima, pues los colores estaban en la maleta, como se supone, y se puso a hacer su retrato. Sacóle muy parecido, y la muchacha quedó sumamente complacida; y dieron las once. Después dieron las doce, luego la una, y al fin las dos; él, hombre de mundo, ella tentada de la risa, y el padre no venía. Dan las tres, y en este mismo punto le oyeron en la escalera que subía repitiendo la declaración de una mujer que había herido a su suegro, y decía, como hablando consigo mismo, pero en voz alta y sonora; y dijo la sujeto, que lo había hecho por hacelle entender su razón, por cuanto tenía oído que no hay ejemplar que ningún sordo haya dejado de oír dándole un buen tenazazo en las espinillas... ¡Ja-ja-ja! Y soltó una gran carcajada. Llegó así al cuarto, y les abrió la puerta, mostrándose incomodado y casi furioso porque no habían comido. —Pues señor padre, dijo la muchacha; si teníades vos la llave, ¿cómo habíamos de salir? —Es verdad, dijo él, riéndose, no me acordaba. ¿Y cómo ha ido, hija? —Muy bien, padre, respondió ella. —Supongo, dijo, que don Pedro no es el brutis y mastuerzo del año pasado; aquel páparo, aquel antropófago de Junzamo. Púsose ella colorada, y continuó el padre: buenas nuevas, bonísimas, ¿conque os habéis gustado? Me alegro. —Mirad lo que ha hecho don Pedro, dijo la muchacha; y le enseñó el retrato. Dio un salto el escribano, y dijo: —Diez mil el primer día, y en lo demás lo dicho. Mira, Pepita... ¡Voto a quien!... el primer nieto que me deis quiero que se llame don Alejandro Magno Almanzor Jordán de Jerusalén y López de la Sabiduría de Lúsera... Al revés: don Alejandro Magno López de Lúsera Jordán de Jerusalén y Almanzor de los... Sí, sí, así se ha de llamar. Ya veis, amigo, que esto de Jordán de Jerusalén hace más bombo y trueno que eso otro de vuestra familia. Vamos, vamos a comer.

Comieron, y no cesando el escribano de ponderar el talento y habilidades de su hija, y de añadir nietos y miles de escudos al dote, y de matar infieles y moros con los Jordanes y Almanzores, se levantó Pedro Saputo, cansado y diciendo que aún iba a pasar al pueblo de... Lo mismo fue oír esto el escribano se echó a reír y dijo: —¿Pensáis que tendréis mala cama? Y se disparó como una saeta escalera abajo, cerró la puerta de la calle con llave y todos sus cerrojos, y volvió a subir diciendo: conmigo está (enseñando la llave); yo tengo que extender dos escrituras y un testamento, y mi hija no ha de estar sola, porque su madre en poniéndose el sol se pone también, que está un poco delicada y se mete entre las mantas. Conque echad la cuenta, y el sol mirad cómo nos entra. Y con el mismo donaire les dio la espalda metiéndose en su escribanía, y retirándose también muy pronto la madre. La hija le enseñó la casa: la despensa, los graneros, la bodega, los corrales, y hasta las nueve, que tomaron una cena ligera, hubo de dar, bien que sin pesadumbre, conversación y entretenimiento a la muchacha.

Por la mañana no le dejaron ir; comió allí; pero desde la mesa, y aun casi riñendo con el padre y la hija, que no se tomaba ya menos libertad se despidió y montó a caballo, riéndose todo el camino a solas, como hombre que se le ha vuelto el juicio, del carácter de las tres originalísimas personas de aquella casa. Fue la última que visitó, porque deseaba concluir y volver a ver a sus padres.

Llegó y en ocho días no acabaron de reírse del humor y genio del escribano. Juanita y su madre casi enfermaron de tanto reír; el padre le preguntaba muchas veces: —Pero, hijo, ¿es posible que eso ha pasado así como nos lo cuentas? Y se reía también y tornaba a la misma admiración y pregunta. Avisaron a Paulina que Pedro había traído un registro de novias y entre todos habían de elegirle esposa; vino y cuando oyó esta relación, se rió tanto que se le caía a chorros la leche de los pechos y decía a Juanita: —Por Dios, amiga, tenme que me muero; siento no ser hombre para ir a pretender a esa muchacha y ver si me encerraban con ella. Cuéntalo, cuéntalo otra vez; dinos el gesto del escribano Curruquis y la traza de su hija, y lo que hicisteis con ella, que no sería sólo el retrato en tantas horas, algo te dejas; no nos lo dices todo. Y sin duda se dejaba algo, quizá lo más, si no es malicia pensarlo.

En muchos días sólo con mirarse de unos a otros estallaba la risa; y a toda ocasión, y aun sin ella, repetían las palabras del escribano y le remedaban. Porque aunque también gustaron mucho otras aventuras que le sucedieron, pero ésta fue la más celebrada y reída. Y lo podía ser, porque en verdad sólo un burlador de jiboso o un loco rematado pudiera poner los yernos a la prueba que él los ponía. Con todo yo sé de un abogado de cierto reino de España, cuyos hijos viven aún, que intimó otra mucho más abreviada y fuerte a un pretendiente que fue a pedille una hija. Y era, como digo, un abogado, todo un abogado.

Capítulo XI. Elección de esposa. Viaje del padre y el hijo a Zaragoza

Día por día, pueblo por pueblo y doncella por doncella, le contó él largamente la historia de su expedición, dando mérito con el gracejo en que la retintaba, aun a los hechos más sencillos. Resumiéndose en fin, después de lo más particular que ya se ha referido, en estas observaciones generales: que había encontrado en las muchachas bastantes buenos entendimientos, ninguna instrucción, aun la que está bien a las mujeres y muy errada o del todo abandonada la educación, haciéndola consistir demasiado en exterioridades casi de hipocresía y en prácticas religiosas y devociones que no salen del corazón ni penetran en él, ni tienen más raíces que la imitación, ni más autoridad que el mandato de los padres y la fuerza del ejemplo desde la niñez, pero vanas generalmente, sin jugo ninguno e incapaces de dar el menor fruto de verdadera, sólida y entendida virtud. Que en lo demás le había gustado: del Semontano, el epicureísmo; de Graus, la formalidad; de Benabarre, la sencillez; de Tamarite, la ligereza; de Monzón, la cortesanía, y de Fontz y Estadilla, la amenidad. Advirtiéronle que se olvidaba de Barbastro, y contestó que de Barbastro le gustaba mucho la ausencia. Y les contó el caso de la pintura del Pueyo, de que se rieron todos, especialmente don Alfonso, porque conocía a algunos de los sujetos. —Sé empero, hijo, que hay muchachas muy garridas y menos mal criadas que en otras partes.

Mas llegados al punto de elegir novia, se redujo la competencia a las tres consabidas, callando Pedro Saputo para oír más libres los votos, lo que tenía tratado y adelantado con Morfina, y diciendo solamente que contasen con ella, pues su repugnancia al matrimonio no había sido lo que se creía.

Rosa, la amable Rosa, aquella pensadora, inocente y enamorada Rosa, tuvo tres votos, el de la madre, el de don Jaime y el de Paulina. Díjoles Pedro Saputo que tenían razón porque era muchacha preciosísima; pero que le era imposible mirarla sino como hermana; por más que se había esforzado en dar a su afecto el temple del amor que jamás la podría abrazar como amante ni como esposo, porque no le excitaría sino la correspondencia de un puro hermano. Cedieron a tan justo reparo, aunque su madre con gran sentimiento, desconsolándose de un modo que con dificultad la pudieron hacer asistir a la consulta.

Eulalia tuvo los votos de todos menos el del padre, que dijo: —Mucho me gusta, mucho quiero a Eulalia, y mucho vale; pero donde está la perla, el diamante de Morfina, callen todas las doncellas del mundo; puesto que nos dices que has vencido su repugnancia. Entonces tomó la palabra Pedro Saputo y dijo: «No he vencido la repugnancia de Morfina al matrimonio, porque no la tenía; no, señor padre, no la ha tenido nunca, y es éste uno de los secretos de mi vida, que se revela agora. Desde niña, o desde el primer sentido y conocimiento de estos afectos, ha querido Morfina a un hombre, y ni antes ni después ha podido querer a otro; de modo que si con él no hubiese dado, quizá no le encontrara en el mundo capaz de llegar a su corazón. Y ese hombre soy yo.

»Al pasar por allí de estudiante se enamoró de mí e yo de ella; y se enamoró porque la miré y hablé con intención fuerte y atinada de penetralla de amor, y no pudo resistir, auxiliándome en este empeño la semejanza de sensibilidad que hay en los dos, su gusto delicado; y el rarísimo y sublime entendimiento de que nació dotada. Confirmóse luego este amor con dos visitas más que le hice, la una con los estudiantes a la vuelta, la otra, después que me separé de ellos, habiendo posado en su casa, a ruegos de su padre la primera, y de su hermano la segunda. Mas con el tiempo advertí que había cometido una imprudencia, pues mi nacimiento no permitía tan altas miras. Bien supo quién yo era la última vez, adivinándolo por unas palabras que su padre dijo en alabanza mía, y se lo confesé y dije sin engaño; bien me juró y probó que su amor por eso no dejaba de ser el mismo y que antes bien le abrazaba y seguía más resuelta aún y enamorada; con todo no había vuelto a vella desde entonces, dejándola en libertad de un modo indirecto, y como obligándola a olvidarme si pudiera, o a pensar en lo que más le convendría. Fue ella para mí el primer amor, porque hasta aquel punto había sido muy niño y puros juegos de niño mis entretenimientos con otras; e yo para ella primero también, y a más el único posible, como se ha visto. Yo, entretanto, no me he obligado a ninguna otra. Porque de Rosa ya te he dicho lo que hay; y Eulalia, que a no haberme prendado de Morfina y obligado con ella, sería mi escogida entre todas las doncellas que conozco, nunca me ha insinuado nada de casamiento ni ha demostrado extrañar que yo no le insinuase a ella. Quizá lo ha dado por cosa llana, pues ha dicho algunas veces que me prefería a todos los príncipes del mundo juntos; pero esto no es una verdadera obligación positiva para mí; no media promesa ni aceptación entre nosotros: es una fineza; grande sí, mucho; pero no más que fineza; así como ella me debe a mí otras que si no equivalen a ésa, al menos son de bastante momento para que nunca me pudiese llamar desconocido o ingrato. De niño jugué con ella; y cuando volví hombre al lugar, ya (yo) era de otra, y en su amistad y trato no he olvidado esta circunstancia.

»Cerca de siete años he dejado pasar sin visitar ni escribir a Morfina, sin hacerle entender de ningún modo que pensaba en ella, dando lugar a lo que he dicho; y se ha mantenido constante, fiel, amante siempre y la misma que cuando nos declaramos la primera vez. Todavía ha acreditado de otro modo que su amor es el más acendrado y fino y que cabe en corazón humano. En este tiempo ha tenido muchos pretendientes, entre ellos algunos mayorazgos de casas de títulos, mozos apuestos, adornados de aventajadas partes, y muy estimados, y para todos ha sido insensible, habiéndose formado y cundido en el mundo la opinión que no había nacido con sensibilidad a propósito para el matrimonio, y que no había en ella inclinación natural a los hombres. Todo esto ¿qué quiere decir? ¿En qué caso y obligación me pone, sin la que media entre los dos hace tantos años? No sé yo quién lo declare; a vos, padre, a vos señora madre, a todos dejo la resolución. Sólo pido se tengan por ciertas las razones que he puesto y los motivos que he manifestado, así respecto de ella, como de Eulalia y Rosa, que son las tres en quien está la competencia.»

Cesó de hablar Pedro Saputo, y nadie tomaba la palabra. Habló al fin don Alfonso y dijo: —Morfina Estada es la doncella más hermosa y discreta que he conocido. Y habiendo yo creído que absolutamente no quería casarse, como lo creyó también su difunto padre, con quien hablé de ella algunas veces, nos encontramos agora con que era tu amor lo que la hacía parecer desdeñosa y esquiva, o más bien desamorada. Apreciabilísimas son, cada una por su término, Rosa y Eulalia; cualquiera de ellas te merece, y la vería con gusto de nuera en la familia; pero después de lo que acabas de decirnos, ya no debemos pensar en ellas, quizá, salvo todo, se podría reparar en que Morfina tiene dos años o cerca más que tú, cuando fuera mejor que tuvieses tú, doce más que ella; yo no reparo. —Ni yo, dijo Pedro Saputo; porque la virtud nunca envejece y la discreción siempre tiene flor.

—Pues a la ejecución, dijo el padre; mañana pronto monto a caballo y me voy a ver a Morfina y su buena madre, y tú, Pedro, si te parece, porque tu juicio es el solo que en esto ha de regirte, podrías ir a Almudévar a satisfacer a aquellas dos amabilísimas jóvenes del modo que tu talento y tu discurso te sugiera; porque Rosa no puede disimular su amor, que a mi parecer tiene poco de hermana y mucho de amante; y si a más de eso la han confiado, ya ves que sería un golpe de muerte para ella, sobre quedar mal con su madre, que es también madre tuya. Y a Eulalia ¿qué no le debes? ¿Qué no merece? Yo veo que el empeño es arduo: pero, cumple, hijo mío, cumple a tu honor, cuanto más a tu reputación, dar este paso que exige la humanidad en el amor de aquellas dos amables doncellas. —Iré, pues, a Almudévar, dijo Pedro Saputo; las veré, les hablaré; y aunque las mujeres en estos casos tienen la razón en el corazón y no admiren reflexiones, con todo no desconfío de dejallas si no contentas, porque es imposible, no al menos desesperadas ni enemigas mías. Y saldré mañana mismo, yéndonos los dos a un tiempo.

Con efecto, salieron los dos al día siguiente, el padre a ver a Morfina y tratar del casamiento con la debida formalidad, y el hijo a hacer a las infelices de Almudévar la declaración acordada, que fue el trance más recio en que se vio puesto en su vida. La madre quedó pensando en su Rosa, la cual le parecía la más graciosa y amable de todas las doncellas nacidas de mujer, y prescindía de lo que decía su hijo.

Dos días hacía que estaba Pedro Saputo en Almudévar no habiendo insinuado aún nada a las muchachas, sino que todo se había reducido a fiesta y alegría entre ellos, cuando recibió un pliego del virrey en que le decía se sirviese pasar a Zaragoza, pues tenía que comunicarle una letra de S. M. Acusó el recibo al virrey, le dijo que iba a ponerse en camino, y voló a verse con su padre. Llegó, y al verle venir tan pronto se admiró y le preguntó qué había. A Morfina, viendo la admiración de don Alfonso, porque ya sabía que estaba en Almudévar, aunque no el objeto, le dio un vuelco el corazón, y sólo se sosegó viéndole sonreír sin señal alguna sospechosa. Mostróles el pliego, y dijo su padre: —Iremos juntos; mas cuando pudo hablar libremente a Pedro Saputo, le dijo: me ha trastornado esa noticia. ¡Yo que después de tantos años de esperar y no esperar, y de padecer continuamente me creía ya en el día de mi felicidad y de gloria! —Se habrá de diferir por unos días, dijo Pedro Saputo; ya ahora ves cómo es la suerte la que da y quita los gozos de la vida, la que da luz y la sombra, la tristeza y la alegría, con nuestros cálculos y contra ellos, con nuestros deseos y contra ellos. ¿Puedo yo dejar de obedecer a mi rey? ¿Puedo dejar de ir y presentarme inmediatamente en Zaragoza? Pues causas tan contrarias como ésta y de más eficacia aún, por lo que ahora se puede juzgar, te han privado de tener nuevas de mí estos años, y a mí de seguir mi deseo de dártelas y visitarte. No llores... —No puedo dejar de llorar, respondió ella, y más ahora que puedo llorar y sentir con libertad, y decir por qué y por quién lloro. ¡Amante mío! ¡Esposo mío! ¡Gloria mía! No acababa la infeliz de lamentar su desgracia, y delante de todos lloraba y decía que no había recibido su corazón golpe tan recio en su vida. Pero no hubo arbitrio para detenerle; padre e hijo se despidieron, y ella se encerró en su cuarto a afligirse y hartarse de llamar cruel y maliciosa a la suerte, barruntando oscuramente allá en el ciego sentimiento desgracias que no sabía cuáles serían, ni cómo ni por dónde habían de venir, pero que le anunciaba el corazón como infalibles.

Pedro Saputo y su padre fueron a su pueblo y sin parar se pusieron en camino para Zaragoza. Presentóse primero al virrey Pedro Saputo solo y le enseñó aquél una carta de S. M. en que le decía que averiguase dónde se hallaba Pedro Saputo y le dijese que le necesitaba y deseaba ver; y añadió: —Espero que no os haréis desear en Palacio. —No, respondió Pedro Saputo; pero vendré a veros con mi padre, que hace poco tiempo le he encontrado y fui de él reconocido. Fueron los dos con efecto, comieron con el virrey, y le contaron brevemente su historia, holgando mucho S. E. de oírla. Detuviéronse en Zaragoza unos días, y se separaron al fin, partiendo el uno para la corte, y el otro para su aldea.

Capítulo XII. No se sabe más de Pedro Saputo. Suerte de Morfina, de los padres y de Rosa y Eulalia

¡Oh qué infeliz es el hombre, que no quiere entender que la alegría es anuncio de penas, la mucha prosperidad, el rostro irónico de la desgracia y el día de la satisfacción, la víspera del dolor y del mayor golpe de la suerte! ¡Qué infeliz el que esto no entiende o lo olvida! Traiciones más bien que favores parece que sean las glorias de este mundo; alevosías, ardides y emboscadas del mal, cayendo siempre en ellas necia y confiadamente para espantarnos luego de la mudanza y maldecir de nuestra estrella y de la vida. ¡Nuestra estrella! ¿A qué llamamos estrella? No hay estrella, sino, hado, suerte ni fortuna, que la manifiesta soberana Providencia que hace lo que quiere de nosotros y de nuestras cosas, valiéndose unas veces de nuestros mismos vicios, otras de nuestras virtudes; unas, de nuestra prudencia, otras, de nuestra temeridad; y otras obrando sin tener ninguna cuenta con lo que nosotros somos, o hacemos o ponemos de nuestra parte. ¿Qué familia más dichosa y merecidamente feliz que la de don Alfonso? ¿Qué satisfacción como la de juntarse al fin tantas personas, tan amadas entre sí, tan excelentes y tan dignas también de aquella felicidad? Pues oiga el lector en qué vino a parar todo muy aprisa.

Un mes hacía que Pedro Saputo había salido de Zaragoza, y aún no se sabía de él; ni se supo en dos ni en tres más que pasaron. El padre escribió al virrey, éste, al ministro; y ¡cuál fue su espanto al recibir una carta autógrafa de S. M. en que le decía, que siempre había deseado ver a Pedro Saputo, y que en efecto pensaba llamarle, pero que nada sabía de su llamamiento, no había dado orden a nadie que le hiciesen venir! Escribió inmediatamente a don Alfonso; presentóse éste en Zaragoza, y al ver lo que pasaba, pensó caerse muerto. El virrey se llenó de inquietud y pesadumbre, ya por lo que pudiera haber sucedido a Pedro Saputo, ya porque se podría sospechar que había tenido parte en el engaño. Alentó en fin a don Alfonso, le aconsejó fuese a la corte y se presentase a S. M.; y lo hizo el buen caballero. Mas el rey, tan afligido como él del caso, y ofendido y altamente sentido de que se hubiese tomado a su nombre para un hecho tan atroz como parecía ser, hizo practicar exquisitas y continuas diligencias por espacio de dos meses, y ninguna luz se pudo adquirir del suceso. Entonces don Alfonso inclinó la cabeza a su desgracia, besó la mano al rey, que lloró con él al despedirle, y se volvió a Aragón a su casa.

Todos con tan funesta nueva cayeron en la misma aflicción y abatimiento; y como en él era el dolor más antiguo y su corazón más fuerte asimismo, tuvo aún valor para ir a ver a Morfina. Ella, cuando le vio llegar solo, pálido y como dudando saludarle después de tanto tiempo que carecía de noticias, sospechó su mal y le dio un desmayo. Vuelta en sí, la llevaron a la cama e hicieron cuanto en semejantes casos se hace con personas muy queridas. —Ya no le veremos más, decía don Alfonso... —¡Ay, don Alfonso!, queredme mucho, que yo también os quiero. —Hija, le respondía él, os quiero como a mi hijo. —Sí, sí, decía ella; ¡llamadme así, llamadme hija, tratadme como a hija, habladme como padre, porque ya no sonará otra voz de consuelo en mis oídos! Ocho días se detuvo allí don Alfonso, porque por una parte no sabía dejar a Morfina, y por otra deseaba volver a su casa en donde acaso había más necesidad de su presencia. Fuese pues, diciendo a Morfina que mientras de cierto no supiesen lo que era de él, no debía desconfiar, pues tenía la costumbre de no escribir cuando estaba de viaje. Morfina contestó meneando la cabeza, y dando a entender con esto que no era ahora lo mismo que en otro tiempo. Bien lo conocía don Alfonso, y él no lo creía; pero ¿qué había de decir a aquella infeliz? Y también se engañaba a sí mismo todo lo que podía.

La semana siguiente fueron a verla Juanita y su marido y estuvieron seis días. Volviéronse y continuando los correos diarios entre las dos familias, le hizo al cabo de un mes otra visita don Alfonso, y se la trajo a su casa acompañándola también su hermano don Vicente. ¡Qué abrazos! ¡Qué lágrimas!

Pero, ¿quién lo diría? La más serena de todos fue la madre; y era que estaba acostumbrada a que desde niño se fuese los meses y los años y a no tener nuevas de él, y le parecía que también ahora era lo mismo, no haciendo caso de la fingida carta del rey ni de lo que todos sospechaban y lloraban. Un poco se conmovió al verse abrazar de Morfina que le dio el título de madre, y lloró también con ella; pero siempre era la que menos afligida estaba porque era la que menos creía en su desgracia.

Los primeros días aún parece que se distraía Morfina un poco de su dolor, pero pronto empezó a decaer hasta que del todo vencida se quedó un día en la cama para no levantarse más. Como todos lloraban, como no había en la familia una persona indiferente, y Paulina que vino, aumentó aún el desconsuelo general si era posible, porque no hizo sino llorar, la pobre Morfina fue acabando muy aprisa. Y una mañana viéndose rodeada de todos, los miró, cerró un poco los ojos, y luego volviéndolos a abrir, exclamó con un profundo sentimiento: ¡y no le hemos de ver más...! Y se le apretó el corazón de modo que le dio un desmayo del cual no volvió, expirando en los brazos de don Alfonso y de Juanita que, hecha un esqueleto de flaca, pero en pie con fortaleza invencible, la asistió constantemente sin apartarse de su cama hasta que la vio expirar, hasta que le cerró los ojos; diciendo de ella, luego que la conoció, que no hubiese creído podía haber una mujer tan perfecta en el mundo. Porque sus ojos, si decirse puede de una mortal, eran verdaderamente divinos, llenos de sensibilidad e inteligencia, y habiendo en ellos, a juicio de la misma Juanita, más meditación aún y profundidad que en los de Pedro Saputo, y templando sus miradas con una suave ternura que subía del corazón y regalaba y deshacía el de quien la miraba. Sus movimientos, aunque naturales, tenían mucha nobleza, y su gracia en todo era extremada, su gesto afable y sereno, su habla encantadora: en una palabra, no parecía nacida en la tierra.

La muerte de esta infeliz fue como la señal y anuncio de las que muy pronto habían de seguirse: fue Juanita la primera que murió de parto a los cuatro meses. A ella siguió don Alfonso dentro del año, de un carbúnculo en el pecho. La madre, sin su esposo y una nuera tan apreciable y amante, se quiso ir a Almudévar, pareciéndole que allí viviría menos afligida: y aunque lo sintió mucho don Jaime no se opuso al viaje de su madre política, y la acompañó y la visitó después con frecuencia.

En Almudévar descansó un poco de su aflicción, pues al principio le pareció que volvía a su antiguo estado de pupila con el hermoso y noble hijo de su amor. Mas también se pasó presto este engaño de su imaginación; y aunque no podía persuadirse la muerte de su hijo, y por más que Eulalia y Rosa no la dejaban, esmerándose a porfía en servirla y contemplarla, fuele cargando la tristeza, luego la melancolía, y a los cuatro o cinco años murió llorada de todos y más especialmente de aquellas sus dos hijas, como las llamaba.

Tampoco ellas no creyeron de presto la desgracia de Pedro Saputo; pero al fin rindieron su esperanza; y después se ayudaban y esforzaban, pasándolo juntas continuamente y hablando de Pedro Saputo; y ni se casaron, despreciando todos los partidos que les salieron, ni pensaron en meterse en claustro, que era en lo que entonces solían parar las doncellas desengañadas. No se hicieron viejas, pues murieron con un año de diferencia, primero Rosa, y después Eulalia, a los ocho de la muerte de la Pupila, y dejando en vida la una a su viuda madre, y la otra a su padre y a su madre, que era la madrina, aquella madrina tan buena y tan enamorada de su ahijado.

Don Jaime, el hermano de Pedro Saputo, se volvió a casar, y sólo conoció lo que había perdido en su primera mujer, cuando experimentó lo que era la segunda. Bien que como hombre de menos temple que otros, se acomodó a vivir y a no morir sino de viejo. Paulina ya no volvió más a aquel lugar; y sí fue una vez a ver a la Pupila a Almudévar. Visitábala a menudo don Jaime, y la instaba que viniese, pero le respondió desde la primera vez, que el cielo sin Dios y los santos no sería cielo; que su aldea había sido el cielo y la tierra y dejado de serlo para siempre; y que no se cansase en hacerle instancias, porque no iría ni aun con el pensamiento, si podía de allí apartarlo. Pero él, como también sentía soledad en su casa, volvía siempre y porfiaba en lo mismo; y siempre para llevar la misma respuesta.

Capítulo XIII. Del natural de Pedro Saputo

No se supo más de él. A los cuarenta o cincuenta años de su desaparición se presentó en Almudévar un mendigo de esa edad poco más o menos, quiero decir, de unos cincuenta años, diciendo que era Pedro Saputo, cuando éste debiera tener entonces, si viviera, setenta y cuatro o setenta y cinco. Pero por burla y con mucho desprecio le preguntaron de su casa y no supo decir cuál era; ni satisfacer a mil otras preguntas que le hicieron. Pidiéronle que pintase, y tocase algún instrumento; y respondió muy entonado y grave: el águila no caza moscas. Y repetía y juraba que era hijo de Almudévar y el verdadero Pedro Saputo. Como era zafio, bajo, grueso, y un borrachín torpísimo, los de Almudévar se ofendieron y le entregaron a los muchachos, que llenándolo de barro y con grande ignominia y algazara le arrastraron por las calles y sacaron del lugar medio muerto. Él se levantó, y mirando al lugar, dijo en tono profético: presto será que el cielo vengue esta ingratitud y mala obra. ¡Pueblo de Almudévar!, no sabes lo que has hecho: ya lo sabrás cuando venga sobre ti el castigo y caiga en ti la calamidad de tu pecado. Los del pueblo rieron, y hasta ahora no ha vengado nada el cielo, ni les ha sobrevenido ninguna calamidad en castigo de haber tratado a aquel asqueroso como merecía. Mas él se fue a otros pueblos, andando mucho por el pie de la Sierra y por el Semontano, llamándose Pedro Saputo. Y como hablaba con gravedad y decía muchas sentencias, aunque las más de ellas muy disparatadas, se habían atribuido algunas al verdadero Pedro Saputo; pero no en Almudévar ni por nadie de los que conocieron al grande hijo de la Pupila.

Como el lector lo está viendo desde el principio de la historia de su vida, no hubo hombre en su tiempo ni después se ha conocido que le igualase en agudeza, en talento, en discreción, en habilidad para todo, juntando a tan excelentes dotes una amabilidad que robaba el corazón a cuantos le hablaban, un aire de mucha dignidad, una presencia gallarda y hermosísima, y una gracia incomparable en todo lo que decía y hacía; y jamás se le vio hinchado ni se vanaglorió de nada. Con la misma naturalidad y facilidad trataba con los grandes que con los pequeños, sin faltar al respeto que se debía a cada uno y al decoro de las personas y de las cosas. No se hacía pequeño con unos, ni grande con otros; ni alto o desdeñoso con éstos, y bajo o servil con aquéllos.

Recibió algunas ofensas, y no vengó ninguna, dándole siempre venganza a su tiempo los mismos que le ofendieron, porque su virtud y la estimación pública, y sobre todo su generosidad, confundían muy pronto a sus enemigos.

Huyó de tener envidiosos, disimulando en lo posible su gran superioridad; y con todo en Andalucía se dice que tuvo un lance con dos émulos a quienes combatió a un tiempo y desarmó, dándoles después de bofetones por desprecio, y como notándolos de infamia por haber usado con él una villanía y acometiéndole alevosamente cuando salían al campo.

También se asegura que habiéndose hecho de él un grande elogio en cierta tertulia de Huesca, tuvo un caballerete, muy jactancioso y vano, la imprudencia de decir movido de la envidia: pero al fin es un borde. No era esto ciertamente una injuria; pero además nombró a la Pupila de Almudévar con una calificación harto fea. Súpolo Pedro Saputo y el domingo inmediato por la mañana se dirigió a la ciudad, y por la tarde a la hora que la gente principal salía a recrearse a ciertos puntos, fue al más concurrido, y vio con otro y una señora a aquel desdichado. Acercósele, y pidiendo permiso a la señora y al caballero le dijo: —Yo soy Pedro Saputo; ¿qué es lo que dijiste de mi madre el jueves en casa de N.? Turbóse el cuitado; y él le dijo con severidad: dentro de tres días he de saber yo que habéis ido a la misma casa y habéis declarado a las personas que se hallaron presentes, que no sabíais lo que decíais porque no estabais en vuestro acuerdo. ¿Lo haréis? Acusado el otro de su conciencia y con la noticia de que tenía del valor y esfuerzo de Pedro Saputo, respondió que sí. Pues en señal de amistad, y que en esto no se hablará más, dadme la mano. Diósela; y él se la apretó de modo que le magulló los dedos, estrujándoselos unos con otros; de que quedó lisiado para siempre después de estar mucho tiempo en poder de cirujanos; dio altos ayes el miserable y llamó la atención del paseo; mas Pedro Saputo le dijo: de vivo a muerto es inmensa la distancia, y eso no es nada; una leccioncita de prudencia, y una memoria del día que nos vimos en este paseo. Y muy sereno, con gentil continente, y saludando a los conocidos, se fue andando a la ciudad, y se volvió a Almudévar. Y solía decir que sus particulares injurias todas las perdonaría; pero que las que dijesen o hiciesen de su madre, le quitarían el sueño a él, y el sueño y algo más a sus autores. Se habló en Huesca de este lance, y todos le aprobaron como obra de un verdadero hijo que vuelve por la honra de sus padres.

Traía siempre consigo el Manual de Epicteto, y decía que no le podía leer tanto, que no le abriese siempre con gusto y provecho. Y solía decir que este libro es el testamento de la raza humana, así como el Evangelio es el testamento de la sabiduría increada, conduciendo el uno (en lo posible) a la paz de la vida y el otro a la paz de la vida y a la felicidad eterna.

Yo quisiera poder quitar de la historia de su vida algunas travesuras que hizo de muchacho, en especial la de disfrazarse de mujer y meterse en el convento; pero debe considerarse su poca edad, los motivos porque lo hizo, y no juzgarle con disfavor. No fue una calaverada; fue sólo discurso del miedo, por más que a otro no le hubiese ocurrido. También a algunos parecerá que fuera mejor haber olvidado después a aquellas dos compañeras del noviciado, o que las hubiese tratado ya con menos familiaridad. Pero, ¿era esto muy posible a él ni a ellas? Si cuantas mujeres le veían y trataban un poco, lo que es por ellas, se daban luego por perdidas, ¿qué sucedería a aquellas dos que nacieron con él a la luz y conocimiento de la malicia? ¿Y de un modo tan singular y no visto?

Desde el momento que se reconoció a sí mismo y vio cuan fácilmente podía ser rico si quería, que fue cuando volvió del gran viaje por España, dijo a su madre estas hermosas palabras: «Ya, buena madre y señora mía, tenemos un estado decente, el cual Dios mediante y yo con salud no ha de faltarnos. Yo os ruego, pues, que a ningún pobre, anciano, enfermo o desvalido, y más si es mujer, dejéis que le coja la noche sin pan si no sabéis que otro le acude. Acordaos cuando lo érades vos e yo niño, acordaos de lo que sentíades cuando alguna persona os saludaba con afabilidad y os daba algo para mí o con pretexto y voz que era para mí, y os encontrábades con un día bueno tomándome en brazos o sentándome a vuestro lado. Aquel gozo que entonces sentíades le podéis renovar y tener siempre que quisiéredes, con la ventaja de ser vos misma la autora de vuestra felicidad, dando con que le sientan otros infelices. Porque si felicidad hay en este mundo, es la conciencia de los beneficios que se hacen.» Y él por su parte, aunque generalmente valiéndose de terceras personas, socorría muchas necesidades. ¿Quién con esto no le amaría, aunque no hubiese otra causa? Viendo tal caridad, le dijo una vez un eclesiástico virtuoso, que no podía dejar de ser su vida muy feliz y próspera; y él, generoso y magnánimo, respondió: ésa no es cuenta mía.

Puédese disputar si fue un bien o un mal, mirando a su sola persona, el haber encontrado a su padre. Porque sus bienes no los necesitaba; su favor tampoco, ni la dignidad de la familia; fuera de si quería casar con mujer que se deshonrase de un hombre sin linaje. Pero como él no la hubiese querido con esta vanidad, no se puede considerar como un favor de la fortuna el adornarle después con un tan ilustre apellido. El de sabio que ha merecido y llevaba era mucho más grande. Y en cuanto a mujer y esposa digna de él habíasele prevenido en la hermosa y discreta Morfina, que nacida con un entendimiento muy claro, un juicio profundo y recto, y un pecho nobilísimo, prefirió a todos sus hinchados pretendientes un hombre de dudosa cuna, pero con ilustre dictado de sabio, que llevaba sin vanidad, sin afectación ni ceño. Dignas eran también de él su hermanita y Eulalia, tan apreciables una y otra, cada una por su término.

Para nada, pues, necesitaba a su padre ni de su apellido. Con todo, se alegró mucho de conocerle, aunque por su madre principalmente. Nunca él había creído liviandad ni desenvoltura el hecho de su madre, porque, sobre dar entero crédito a su relación, le conocía bastante para no dudar de su virtud, sin lo que oía a todos de su mucha honestidad y recato; pero la infeliz no podía estar satisfecha con su buena opinión, y más creyéndose engañada.

Por lo demás, parece que la suerte quiso mostrar en él que los hombres que nacen de su cuenta no deben procurar ser hijos sino de sí mismos, de su aplicación y de sus obras, pues le ocultó al mundo, sea con muerte, sea de otra manera, luego que encontró un padre que le diese estado. No era sin duda éste el que le convenía; y por eso y porque ya había perdido el otro, que era el legítimo en su condición, dejó de ser su hijo, y se perdió la luz y la gloria con que en él quiso iluminar y adornar el mundo.

Acerca del fin que tuvo nada se puede afirmar. Sospechóse por algunos y aun se quiso asegurar, que la carta y llamada a la corte fue traición de los cortesanos, que viendo al rey con deseos de hacerle venir y mostrando alegría algunas damas de las principales y más hermosas, se llenaron de envidia y discurrieron esta maldad para deshacerse de él, valiéndose luego de asesinos que le quitaron la vida en el camino, juntamente con el criado. Esto es lo que se sospechó y dijo, y lo que yo he creído siempre; pero de cierto no puede saberse. De todos modos, bien exclamó el poeta aragonés: ¡Oh corte, quién te desea!

Capítulo XIV. Máximas y sentencias de Pedro Saputo

Solía decir que más quería enemigos agudos que amigos tontos.

—Decía que hablando en general todos los hombres son buenos y todos malos, porque no les debemos pedir lo que no pueden dar, ni querer que obren como no les conviene aunque tal vez entiendan mal esta conveniencia. Y en cuanto a la justicia, que o no la conocen en los casos que obran mal, o que no saben lo que vale.

—Preguntáronle una vez, qué hombres eran los más perjudiciales, y respondió que los envidiosos. Admiráronse de esta respuesta, y quisieron saber lo que sentía de los ladrones, matadores y otros; y dijo, que de éstos mucha parte eran también envidiosos y por envidia comenzaban a ser malos; que otros son unos miserables, ignorantes, rudos y mal encaminados por otros como ellos, o perdidos por la mala educación en su niñez y mocedad; pero que al fin de todos ellos tarde o temprano se hace justicia. Mas que el envidioso es un verdadero malsín, el traidor por naturaleza, el animal propiamente dañino, contra el cual no hay castigo en las leyes ni en las costumbres, para el daño que causa en general y en particular, que es más que el que nos viene de todas las demás clases juntas de hombres perversos y malvados. Que la envidia ha causado más trastornos en el mundo que la codicia y la ambición juntas si no es que la ambición sea un nombre dorado de la envidia. Pero que sin embargo podían alguna vez, y de particular a particular, producir un bien parecido al de las indigestiones y cólicos en el cuerpo humano, que si no son frecuentes ni muy graves, hacen al hombre templado y sobrio.

—También decía muchas veces que la codicia no había levantado ninguna casa; y sí muchas el orden y la economía.

—Decía que los mayores enemigos del bien del hombre suelen ser la vanidad y la pereza. La vanidad porque gasta más de lo que puede y se arruina o dice más de lo que debe y cae en grandes inconvenientes; y la pereza, porque va detrás de las estaciones en el tiempo, de la sazón en los negocios, de los hechos en los acontecimientos, dejándoselo venir todo encima, hasta que se le cae la casa y acaba en sus ruinas, o huye espantada y no encuentra donde meterse, pobre, falta de consejo y aborrecida.

—Decía que la necedad es mal incurable y piedra en que siempre se tropieza; y que los tres mayores trabajos que puede pasar un hombre son vivir con necios, tratar con embusteros y viajar con un cobarde.

—El influjo de la imprenta y la aplicación de cada uno guiada y excitada por los sabios, decía que harían hombre al mundo, porque hasta ahora (en su tiempo) aún no ha salido de niño.

—Creía que los hombres nunca habían sido mejores, sino que en algunos tiempos tuvieron menos leyes y menos sociedad, y así menos juicio y censura de sus acciones; pero que la sociedad había estado mejor constituida, aunque no bien del todo.

—Según él, los hombres de su tiempo no entendían el comercio, la agricultura, las artes, ni las ciencias, porque le parecía que no veía sino torpeza, casualidad, charlatanismo y miseria.

—Cuando se supo su resolución de casarse le preguntaron, cómo siendo tan sabio caía en esta vulgaridad. Y respondió: no es vulgaridad casarse, porque es seguir la naturaleza, sino casar mal por interés o por mera y sola razón de nombre, y quejarse después, o condenar el matrimonio y hablar mal de las mujeres.

—Antes de conocer a su padre decía que daba gracias a Dios porque no se lo había dejado conocer, pues había visto muchos niños de quien no le pesaría ser padre, y pocos hombres de quien quisiera ser hijo. Mas cuando encontró a su padre, lloró de pena de no haberle conocido desde la cuna. Y acerca de su apellido respondió a don Vicente, el hermano de Morfina que le preguntó si estaba muy vano de él: ya me parecía a mí que no podía escapar de un López, de un Pérez, de un Martínez, Jiménez, Sánchez, o Fernández, porque estos linajes son como los gorriones que en todo poblado se encuentran.

—Como había tratado con frailes y monjas y los conocía muy bien, decía que a aquéllos les faltaba un voto, y a éstas les sobraban dos. Pero no explicaba más, y no sabemos qué votos eran éstos.

—Por tres cosas (decía) daría yo la vida: por la religión que profeso, por mi madre y por mi pueblo. Preguntáronle una vez que acababa de decir esto, si la daría por el rey; y respondió que no entendía la pregunta.

—Solía decir que en general la primera necesidad de las mujeres es hablar; la segunda murmurar de otras, y la tercera, ser aduladas.

—La pereza en los jóvenes, la desautoridad en los viejos, la vanidad en las feas, y casar hombre pequeño con mujer alta, decía que son cuatro pecados iguales contra natura.

—Recomendando la frugalidad solía decir: carne una vez al día, y ésa en la olla o asada. Y condenando la prolijidad en los platos: el mejor dulce es la miel, el mejor bizcocho, el buen pan, el mejor licor, el buen vino, y el mejor guiso, el más corto y simple.

—Decía que había cuatro cosas que le ponían a punto de alferecía: mesa pequeña, cama corta, mula pesada, y navaja sin filo. Cuatro que le regaban el alma de risa: una vieja con flores, un marido gurrumino, un predicador de mal ejemplo, y un fraile o clérigo haciendo la rueda a una dama. Y cuatro que le hacían llevar la mano a la espada: engañar a un ciego, burlarse de un viejo, un hombre pegando a una mujer, y un hijo maltratando a su padre o a su madre.

—Estando en Sevilla le brindaron si quería ir a ver una poetisa que componía sonetos, églogas de pastores y otras poesías; y respondió que sí, pero que le habían de decir con tiempo el día y la hora porque quería prepararse. —¿Qué preparación necesitáis?, le preguntaron, y dijo, purgarme y limpiar bien el estómago, y luego tomar un elixir que sé yo hacer muy especial contra las náuseas y la flojedad del vientre.

—Entre las sentencias de los antiguos la que más le gustaba era aquella de Virgilio, Felix qui potuit rerum cognoscere causas. «Dichoso el que alcanza a conocer las causas de las cosas»; esto es, a la naturaleza.

—Y de él la sentencia que más se celebra es ésta: que el mucho rezar a nadie ha hecho santo, ni el mucho leer sabio, ni el mucho comer robusto y fuerte.

Muchos otros dichos y sentencias se le atribuyen; pero o son muy vulgares, o se les quiere dar autoridad con su nombre. Y asimismo se refieren de él varios hechos que de ningún modo corresponden al concepto que su gran talento y suma prudencia le ha merecido. Yo me persuado que así los dichos como los hechos que corren como los suyos y son tan indignos de su discreción y sabiduría, pertenecen al falso Pedro Saputo, a quien los de Almudévar echaron con razón de su pueblo tan malparado, y que, como hemos dicho, era un mentecato, un vago y un borracho torpe e indecente. El hijo de la Pupila fue muy sobrio, muy fino, muy amable, persona de mucho respeto, y tan grande en todo como se ha visto en esta verdadera historia de su vida.


Publicado el 22 de abril de 2019 por Edu Robsy.
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