Caminata en la Colina

Carlos Daniel López


Poesia, ecuatoriana, guayaquileña, cuento, cuento corto, novela, novelilla, ecuador, romance, amor


Hete caminado por las tristes y viejas calles de una ciudad que me abandonó, una ciudad a la cual le guardo rencor y ardor por sus desgraciadas tragedias y traiciones hacia mi ser. No soy feliz estando aquí, no puedo recordar porque volví, pero sé que me debo quedar y afrontar mis responsabilidades, tarde o temprano lo que me aterraba tendría que volver a atormentarme. Mientras caminaba recordé los viejos motivos por los cuales me alejé y decidí exiliarme en las altas llanuras de las cercanías de esta ciudad. Estuve lejos por tanto tiempo que no podía reconocer las calles por donde caminaba, todo me parecía extraño y sombrío. Los callejones que en mi niñez encontraba coloridos y llenos de vida ahora me parecían míseros y grises. Sé que me aleje de esta tierra cuando aún era un simple adolescente con metas y logros estúpidos, pero volver y no poder reconocer el lugar de natalicio de uno mismo es el peor sentimiento. Finalice mi caminata al percatarme que mi destino se acercaba. Lentamente bajé el maletín que portaba y   con una cálida mirada pude observar las ruinas de lo que quedaba de mi antiguo hogar. Aquí fue donde pase mis años ya perdidos. Donde disfrute y llore. Suspire con nostalgia recordando memorias alegres y lo contemplé por unos minutos hasta que una voz cálida me levanto de mi transe.  

- ¿Julio?  

La voz cálida con tintes amargos provenía de una bella muchacha costeña. Tenía un cabello castaño tan similar a una barra de cacao, del cacao más fino que se pueda encontrar en esta tierra, unos ojos de leyenda que perpetraban a cualquiera y una sonrisa tan fina como el sol del alba Matutino. Parecía alguna joven extranjera, extranjera a la zona pobre y desgraciada donde se encontraba.  

- El mismo. 

Respondí con una seriedad digna de las aves que sobrevuelan al Pichincha. No conocía a esta bella joven, pero el que supiera mi nombre ya era motivo de alerta.  

- ¿Me conoces?  

- ¿No me recuerdas? 

- Disculpa, pero no te reconozco.  

- Ya veo, quizá esto te haga recordar. 

Rápidamente me enseñó su antebrazo donde pude presenciar algo que me dejó petrificado. Era María Rosa, uno de los motivos de mi exilio. Éramos jóvenes enamorados, solo nos importaba estar juntos, abrazarnos y besarnos. Esa era mi vida antes de salir de la ciudad, esa era mi vida con María Rosa. Lo que estaba en su antebrazo derecho era un brazalete de plata que había adquirido especialmente para ella en nuestros días de enamoramiento. Un brazalete extremadamente costoso pero que en su tiempo valió cada sucre ya que significaba nuestra unión como pareja. Soñábamos en casarnos y alejarnos de toda atadura que tuviéramos a esta ciudad, pero ninguno de estos sueños se hicieron realidad. Mientras ella me amaba, su familia me repudiaba. No les agradaba mi forma desprolija de ser.  

- María Rosa. 

- Julio. 

- ¿Cómo me reconociste? 

- No has cambiado, solo te dejaste la barba. 

Lentamente acerqué mi mirada para contemplarla e intentar reconocerla. En todo el tiempo que había estado fuera ella había cambiado completamente, parecía una persona diferente de la que me enamore. Conversamos por algunos minutos e intercambiamos vivencias mientras el sol se ocultaba y daba paso a que la luna reine. Me ofreció quedarme a dormir en su vivienda, pero decliné la oferta y le comenté que me quedaría a dormir con un primo cercano.  

- Volveré a verte? 

- Estoy atareado, pero trataré de hacer tiempo. 

Me vio indiscriminadamente y sonrió. 

- Te esperaré a la hora de antes en nuestro lugar privado, aún hay mucho de lo que hablar. 

Mientras veía como se alejaba pude pensar claramente en todos los momentos mágicos que compartí a su lado, de esas tardes llenas de besos y promesas falsas, que parece que ella aún espera que se cumplan.  Sigue enamorada de mí, eso es fácil de descifrar. No espere verla tan pronto en mi regreso a la ciudad, pero fue grato. Aun no comprendo por qué sigue apegada a mi si cuando me marché le rompí el corazón. Algo que a mí mismo me había prometido no hacer, pero las circunstancias que me obligaron a aquello fueron de mayor pesadez que un simple amorío juvenil. Le mentí diciéndole que iba a dormir donde un primo. Tenía miserias en los bolsillos de mi saco, solo unos cuantos dólares que conserve de la travesía que me devolvió a la ciudad. Salí de la zona y me dirigí a los viejos bares donde la vida nocturna es la musa perfecta para cualquier hombre, donde un trago es símbolo de paz interior. Ingresé al primero que pude ver y de botella en botella fui olvidando mis problemas. María Rosa había prendido la llama de mi amor extinto y me hizo recordar mis antiguos problemas. La ansiedad me perseguía y me rasgaba la garganta al igual que el vaso de trago que me tomaba. Me encuentro en el suelo de un callejón, delirando, mi cabeza siente el dolor. Me levanto y me percato de mi ropa sucia. Sin fortaleza camino y me dirijo a deambular por las calles ya iluminadas por el sol. Aún tenía tiempo antes de encontrarme con María Rosa así que decidí aprovecharlo al máximo. Partí a un río cerca de las afueras de la ciudad, me desnudé y entré al agua. Fue mi momento espiritual, lave todo mi cuerpo de cualquier esencia o fragancia de la noche anterior. Me sentí libre, el agua calmaba mi cuerpo y me permitió pensar en que era lo que quería y debería hacer con María Rosa. Lo caballeroso sería no ilusionarla y seguir con mi paso en esta ciudad, pero mis deseos carnales me lo impiden. Extraño el sabor de sus labios, sus abrazos cálidos y su piel. Todos los momentos de romance que tuvimos juntos volvieron a mí y se clavaron en mi pecho como una daga o alguna flecha recién lanzada, momentos inefables para los dos. Estaba claro lo que debía que hacer, lo correcto. Pero la sombra de mis deseos impuros era mayor. Ya asomaban los buses nocturnos cuando fui caminando a el lugar que alguna vez bautizamos como nuestro y privado. Era el típico lugar donde todo se podía ver, pero nadie ni nada nos veía a nosotros. Camine a este, había dejado mi saco y mi maletín cerca al río donde anteriormente estaba, ya que las noches en esta ciudad son calientes y poco ventiladas. No me preocupaba tanto que se me llegue a extraviar mi maletín. ¿Qué me robarían? ¿Poemas? Los ladrones tienen mejores cosas por las cuales luchar que pedazos de papel llenos de palabras sin sentido. Mi saco me preocupaba un poco, pero lo que más me tenía consternado era el encuentro con María Rosa, estaba ansioso por saber que pasaría. Cuando la vi quedé desarmado, me perdí en su belleza. María Rosa tenía el poder de doblegar a cualquier hombre. La saludé y me respondió el saludo, los dos sabíamos que había un tema pendiente del cual tratar, pero sin decir una palabra entendimos que lo mejor que podíamos hacer era disfrutar del momento en el que nos encontrábamos, de la presencia mutua de dos almas que previamente se habían enamorado. Ese sentimiento tan efímero y difícil de encontrar. Compartimos una linda velada sentados en el césped de la colina, hasta que me preguntó si había sido ella el motivo de mi marcha, de mi desaparición de 3 años. Siempre fui un hombre honesto así que esta no sería la excepción, le relate que ella había sido uno de los detonantes en mi exilio, pero no por culpa o por motivos similares. Fueron conflictos propios en mi ser los cuales me empujaron a tomar aquella desenfrenada acción. Pasamos toda la noche allí sentados, conversando acerca de cosas frívolas y sin importancia. 

- ¿Todavía sueñas con ser poeta? 

- Quizá. 

- ¿Tienes alguno por allí? 

- No, los deje en la casa de mi primo. 

Me quedo mirando con una cara de pena, similar a la de un can callejero triste que solo desea un poco de comida. Termine componiéndole uno, exaltando su gran belleza y su fina figura. Complacida me miró y sonrió. 

-Gracias, me encantaba escuchar tus versos, y mejor aún si son dedicados a mí.   

Al escuchar tan sincero comentario me ruborice y ella lo noto, comenzando a burlarse de mí. Entre burla y burla empezamos a comentar los viejos momentos románticos del pasado y decidimos darnos un pequeño recuerdo del ayer. Salimos de la colina antes del alba, nos dirigimos a su vivienda. Ya estando afuera de su puerta me dio un beso en la mejilla y me abrazó fuertemente. 

- Fue lindo volver a conversar como antes. 

- Extrañaba tu presencia.  

- Y yo la tuya. 

- ¿Mañana nos encontramos en la colina? 

- Mañana y siempre, Julio. 

Lentamente me alejé mientras ella entraba a su puerta. Me arrepentí de haber pasado la noche con ella. Así era como empezaba siempre, mi mente deambulaba y lentamente empezaba a delirar sobre cualquier cosa, si alguien me trataba bien después de una hora mi mente lo cambiaba y juraba que me había tratado mal. Siempre había funcionado así, quizá sufría de neurastenia o algo similar pero nunca tuve suficiente dinero para hacerme exámenes en alguna clínica. Camine por las calles hasta llegar al rio, donde volví a bañarme y descanse un momento. Hasta que ya no pude más con el peso de mi ser. La melancolía y tristeza se habían apoderado de mi alma, me fui de la ciudad para escapar de estos sentimientos, pensé que 3 años sería suficiente para curarme, pero resulta que no es así, mejor cumplo con lo que en realidad era mi motivo desde que llegué. Salí del río sin dormir ni un segundo, me vestí con mi saco y tomé mi maletín. Terminé en las calles del centro de la ciudad, vendiendo poemas por precio de limosna, hasta que amase lo necesario para sobrevivir ese día. La realidad es que en algún banco tenía guardada una pequeña fortuna, una fortuna que abandoné hace 3 años. Una fortuna la cual en este día sombrío me ayudaría a escapar de mi mente ofuscada. Busqué la sucursal de esa cadena de bancos por toda la ciudad hasta que la encontré. Me dirigí dentro de ella, abrí mi maletín y presenté todos los documentos necesarios para retirar mi dinero. Salí de aquel edificio adornado por grandes columnas de mármol y camine hasta llegar a mi bar predilecto, hace 3 años este bar vendía morfina a bajo precio así que decidí gastar todos mis ahorros en trago y morfina, con la esperanza de que esto calme mi ansiedad y la confusión que mi mente ha tenido toda su vida. Espere a inyectarme aquel veneno antes de ir a ver a María Rosa, el trago lo guarde para beberlo junto a ella. Me inyecte sin supervisión de nadie, como en los viejos tiempos, cuando era joven y la vida era un pasar, lo único que ansiaba era el final de esta misma. Al pasar de unos minutos empecé a sentir como mi mente se aliviaba y como mis problemas lentamente se iban. Me sentí libre. Tan libre que empecé a correr a la colina para encontrarme con María Rosa y tomar unos tragos juntos. Al llegar la encontré, tan hermosa como ayer, me miró con un poco de confusión ya que se notaba en mi ser una paz interior muy marcada.  

- ¿Bebiste antes de venir? 

- No. 

- Entonces ¿Por qué te encuentras tan calmado? 

No contesté su pregunta, me limité a verla fijamente a los ojos y darle un beso pasional tan largo y suave que parecía eterno. Después de este, me miró con unos ojos tiernos y me devolvió el beso. Estuvimos un buen rato así, de beso en beso, de caricia en caricia. Finalmente, la botella se acabó. El trago que había adquirido no era el más fuerte así que estábamos en nuestros cabales, mi paz interior cada vez se hacía más fuerte. Me levanté del césped y la tomé de la mano, dimos una larga caminata en la colina hasta llegar a una de sus faldas.  

- María Rosa, eres la musa de mis sueños, la gran llama de mi pasión y el fruto de mi incesante amor. Quiero que sepas que en mi largo exilio nunca deje de pensar en ti, y que este corazón es solo tuyo y de nadie más. Cuando gustes, reclámalo y llévatelo a donde desees, pero cuídalo y dale atención frecuente. Te entrego mi vida, querida María. 

Al terminar de decirle tan suaves palabras, colapse. La morfina había hecho efecto. El no aplicarla con precaución me estaba matando por dentro, lo último que hice fue acariciar su rostro y darle un beso en la mejilla mientras veía como ella empezaba a asustarse por mi lento colapso. Así fue como logre que mi mente se calme por completo. 


Publicado el 28 de julio de 2026 por Carlos Daniel López.
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