Cuentos Grises

Carlos Gagini


Cuentos, Colección



A París

Toda familia en la que el marido se complace con su mujer y la mujer con el marido, tiene asegurada para siempre su felicidad.
(Código de Manú, libro v).
 

Los contornos de árboles y edificios se esfumaban en la niebla de aquella melancólica tarde de Octubre. Los coches parados en frente del andén parecían restos informes de embarcaciones sumergidas en un mar de almidón. Bajo la ahumada galería de la Estación del Atlántico conversaban varias personas, volviendo de cuando en cuando la cabeza hacia el Este, cual, si quisiesen traspasar con sus impacientes miradas la vaporosa cortina que interceptaba la vía.

—Las cinco y cuarto, y todavía no se oye el tren— dijo un joven moreno y simpático, retorciéndose el bigotillo negro con esa vivacidad peculiar de los hombres de negocios.

¿Habrá ocurrido otro derrumbamiento en las Lomas?

—No, respondió un caballero de patillas grises, pulcramente vestido: acaba de decirme el telegrafista que el tren salió ya de Cartago. No debe tardar.

Y como si estas palabras hubieran sido una evocación, resonó ya cercano el prolongado silbido de la locomotora, y un minuto después la panzuda y negra máquina hacía trepidar el suelo, atronando la galería con sus resoplidos y con el rechinar de sus potentes miembros de acero. El tren se detuvo. Un torrente de viajeros se precipitó de los vagones: excursionistas con morrales y escopetas; negros y negras con cestas llenas de pifias o bananos; jornaleros flacos y amarillentos que volvían a sus casas, carcomidos por las fiebres de Matina; turistas recién llegados, en cuyas valijas habían pegado sus marbetes azules, blancos o rosados todas las compañías de vapores o de ferrocarriles; marineros que venían a la capital a olvidar siquiera por un día el penoso servicio de a bordo.

El grupo que aguardaba la llegada del tren se acercó presuroso a uno de los balconcillos, sobre el cual acababa de aparecer un joven alto, delgado, de fisonomía franca y agradable, labios sensuales y ojos llenos de fuego. Vestía un largo gabán gris y llevaba en la mano un saco de viaje.

Cruzados los abrazos y preguntas de rigor, se dirigieron todos a los coches alquilados de antemano. El viajero ocupó uno con el joven de bigotillo negro, y en todo el camino no se interrumpió un instante su íntima y animada charla.

—¿Has visto a Luisito?

—He ido tres o cuatro veces a tu casa y tanto él como Adela están perfectamente. Y tú ¿has gozado mucho?

—Bastante, contestó el viajero suspirando; pero te confieso con sinceridad, Ernesto, que me he arrepentido de haber ido a Europa. Antes vivía yo tranquilo en este rincón, que era para mí el más bello de la tierra; pero después de haber pasado seis meses en un mundo tan superior en cultura y de una vida intelectual tan intensa, comprendo que ya no podré resignarme a vegetar aquí como en otro tiempo.

—La canción de todos los que van por allá abajo: se meten en trapicheos amorosos con alguna francesita pizpireta, y vienen luego a renegar de la tierra natal. Tú has tenido algún lío, Federico, no me lo niegues.

El aludido iba a contestar, pero en aquel momento el carruaje se detuvo a la puerta de una casa de bonita apariencia. En el umbral estaba una joven morena, de ojos negros y rasgados, cuyo pecho palpitaba de emoción bajo la suelta bata blanca que dejaba adivinar un cuerpo bien modelado.

Tenía en los brazos un chiquitín rubio y regordete que tendía los suyos al recién llegado.

La cena fué bulliciosa y cordial; sin embargo, una leve nubecilla que no pudo pasar inadvertida para la enamorada esposa, parecía sombrear la frente del viajero.

Retiráronse todos los convidados, menos Ernesto, que permaneció largo rato conversando con su amigo en un extremo del corredor. Aquella noche, cuando Federico y su hijo se hubieron dormido, la pobre Adela ocultó su rostro entre las almohadas para ahogar un sollozo.

* * *

Federico Alvarez había recibido de sus padres esmerada educación y de la naturaleza una aptitud no común para las bellas artes; desgraciadamente era éste su único patrimonio, y para atender a sus necesidades materiales se vió obligado a dedicarse a los negocios, instado y ayudado por Ernesto Jiménez, antiguo condiscípulo suyo, hijo de uno de los más acaudalados comerciantes de Costa Rica.

Era ya socio de la casa Jiménez & Co. cuándo conoció a Adela Martínez, adorable criatura a quien asediaba un ejército de pretendientes. Más afortunado Federico, logró rendir aquel corazón inaccesible, y pocos meses más tarde la bendición nupcial consagraba la unión de los dos seres más enamorados y felices de la tierra.

Durante dos años su existencia fué un verdadero paraíso, pues no contenta la fortuna con haber derramado sobre ellos salud, bienestar y amor, colmó sus dones con un precioso chiquitín cuyos bracitos formaron nuevas cadenas de flores entre aquellas dos almas. La primera nube que empañó el cielo de su ventura fué el inesperado viaje de Federico. Uno de los dos socios debía ir a Europa a hacer las compras directamente en las fábricas. Ernesto estaba enfermo. ¿Qué hacer? Los negocios no admiten demora... No había motivo para afligirse tanto. Unas cuantas semanas pasan tan pronto... Tontuela! «La separación es nuevo incentivo para el amor y además, ¡qué inefable placer el del regreso!»

Y amaneció por fin el día fatal: ella, ahogada en llanto, no pudo articular palabra; y él, al tratar de consolarla, lloraba también como un niño.

¡Mas ay! al volver, en aquella melancólica tarde de Octubre, sólo ella vertió lágrimas de gozo.

Con esa perspicacia natural de las mujeres en achaques del corazón, aguzada por la idólatra devoción que la costarricense profesa a su marido, comprendió Adela que Federico no era ya el mismo. La encontraría fea y cursi, él, que se había codeado allá con tantas damas bellas y elegantes!

Era preciso luchar a todo trance con los recuerdos del distraído esposo, hacer que la imagen de su mujercita volviera a ocupar el santuario que la habían usurpado aquellas parisienses embadurnadas de colorete.

¡Cómo se cuidó en adelante de los detalles del peinado, del corte irreprochable del vestido, de los secretos del adorno puesto con estudiada coquetería! ¡Con cuánta habilidad fué sonsacando a su marido las cosas que más le habían agradado, los platos más sabrosos, el arreglo de los muebles, los refinamientos de la vida parisiense! ¡Cómo se coloreaban de placer sus mejillas cuándo él consagraba un cumplido a la elegancia de su traje o al arte exquisito con que disponía la mesa!

A mediados de Diciembre anunció Federico a Adela un nuevo e inesperado viaje: la casa iba a entablar demanda contra una compañía francesa y era preciso que uno de los socios dirigiera en París el litigio, pues no era cosa de perder así no más cien mil francos. Tampoco esta vez podía Ernesto encargarse de la comisión, pues su padre estaba gravemente enfermo.

La noticia fué una cruel puñalada para Adela. ¿De manera que toda su paciente labor de reconquista iba a resultar estéril? ¡Volver Federico a París cuando aún no se habían borrado de su memoria aquellos malditos recuerdos ni de su frente aquella nubecilla que desesperaba a su afectuosa compañera! Un ominoso presentimiento le decía que de esta vez iban a robárselo para siempre aquellas aborrecidas mujerzuelas. Pero, ¿cómo impedir el fatal viaje?

Quedaba un recurso: ir ella y llevar también a Luisito...

No, jamás se atrevería a proponérselo a su esposo: no eran ricos, y un viaje de algunos meses cuesta mucho dinero. Además, la estación no era la más propicia para ir a Europa, y la crudeza del invierno sería talvez mortal para el niño.

Y la pobre desde entonces vertió amargo llanto, y sólo tuvo un momento de consuelo cuando vió que su marido partía conmovido y lloroso. ¡Benditas lágrimas que fueron para ella un rayo de esperanza!... Sus temores eran, pues, absurdos... El la amaba todavía.

* * *

Nevaba. Los carruajes que desembocaban sin ruido en la calle de Richer se detenían en el círculo luminoso que proyectaban los faroles de «Folies Bergeres», para vaciar bajo la marquesina del teatro su cargamento de mujeres alegres.

De un cupé descendió una pareja que atrajo las miradas de los curiosos. Ella, era alta, blanca, de pelo castaño, hermosos ojos pardos, agrandados por rizadas pestañas, cuerpo airoso y andar de reina; él, bien formado, de rostro varonil, correctamente trajeado, pero con ese algo indefinible que en París delata a la legua al forastero.

Así que se hubieron despojado de sus abrigos de pieles, se sentaron en un diván y pidieron una copa de menta.

— Hoy te encuentro triste, chiquillo, dijo ella; ¿estás fastidiado ya de tu gatita?

El joven la oprimió cariñosamente la mano y respondió.

— Esta tarde encontré en el hotel una carta en la cual me anuncian que mi Luisito está enfermo.

(Por un resto de pudor, Federico se había hecho pasar por viudo cuando en su primer viaje se enamoró de Marta).

Seis semanas hacía que estaba en París y era ésta la segunda mala noticia que le llegaba de Costa Rica. La primera fué el telegrama en que le anunciaban la muerte del padre de Ernesto.

— No te aflijas por eso, le replicó Marta, los niños enferman a menudo, pero rara vez de cuidado.

La novedad del espectáculo y la animación del publico no tardaron en disipar la melancolía de Federico; y cuando se separó de su amada, después de cenar con ella en el café «Terminus», su rostro había recobrado su habitual jovialidad. Los pensamientos siniestros volvieron a asaltarle en la soledad de su habitación. Allí sobre la mesa estaba la fatal carta. «Luisito está muy enfermo: hace tres días que no me separo ni un momento de su camita; hoy no ha hecho más que repetir: ¡quielo vel a papá! y yo no he hecho más que llorar al oirlo. Por Dios, Federico, vuelve pronto, si no quieres que me muera de desesperación».

Este grito de sincero dolor le barrenaba la conciencia. ¿Cómo había podido envilecerse tanto? ¿Cómo había podido olvidar tan completamente a los seres queridos que al otro lado del Atlántico suspiraban por él a todas horas?

Ah! si Ernesto y sus amigos le vieran por las tardes en el bosque de Boulogne, reclinado en una carretela con la hermosa Marta, por las noches en el fondo de un palco, siempre con ella, como una pareja de recién casados! Y acaso en aquellos mismos instantes, allá en Costa Rica, una mujer pálida y llorosa se postraba ante la imagen de la Virgen para orar por él, o se inclinaba ansiosa sobre una camita blanca, en donde se consumía un chiquitín angelical devorado por la fiebre!

Y Federico se reprochó su infame conducta y maldijo la hora en que se dejó aprisionar en la sedosas redes de una mercenaria del amor. Su presencia no era ya necesaria en París, pues el litigio iba pronto a terminar favorablemente. ¿Por qué no partir?...Sí, estaba resuelto; tomaría el primer vapor... Pero en la mañana siguiente, cuando quebrantado por el insomnio se levantó decidido a preparar el viaje, un perfumado billete de Marta desbarató sus propósitos con la misma facilidad con que el sol de la mañana derrite la escarcha de los prados.

* * *

Pasó el invierno y el lozano Abril cubrió de yemas las escuetas ramas y de pajarillos el bosque. La luz entumecida comenzó a desperezarse en los cielos, llenando de sonrisas los campos y los corazones. Por las arterias de la gran ciudad discurría más apretado y bullicioso el gentío, ansioso de respirar el aire vivificante de la primavera. Y aturdido, embriagado, prisionero en las sedosas redes de la cortesana, Federico fué dejando en los tortuosos senderos del vicio elegante los últimos jirones de su virtud. Ya no pensaba en regresar a su patria: y escribía muy de tarde en tarde cartas frías y lacónicas. ¡Cosa extraña! Los párrafos le salían demasiado cortos y su pluma se resistía a las ternezas: no encontraba qué decir, y las frases cariñosas sonaban en sus oídos como los versos huecos de un drama romántico, recitados por un actor desmañado. ¡Qué diferentes las cartas de Adela! Largos pliegos nutridos de amor, de fervientes votos, de dulces recuerdos, de apasionadas súplicas. Luisito seguía muy delicado de salud y los médicos consideraban mortal una recaída. Ernesto se había mostrado tan servicial y solícito durante la enfermedad del niño, que jamás podría agradacérselo bastante. Una sospecha cruzó por la mente de Federico. ¿No sería aquella enfermedad una piadosa invención de su mujer para obligarle a regresar más pronto?

Esta duda contribuyó no poco a prolongar su estada en París.

Repentinamente las cartas de Adela fueron menos frecuentes y más cortas: la última, la más breve, glacial e incisiva como una espada, contenía frases enigmáticas que sumieron al esposo infiel en un mar de confusiones. Una de Ernesto recibida por el mismo correo, dio la clave del enigma. Adela lo sabía todo.

De vuelta de una jira por el Viejo Mundo, unos caballeros josefinos refirieron que habían visto repetidas veces a Federico acompañado de una linda parisiense a quien hacía pasar por su esposa, y que indignados por tal escándalo se habían abstenido de visitarle. Sin duda una amiga indiscreta y oficiosa se había apresurado a llevar la noticia a Adela, con esa malévola presteza que pone la humanidad en sus acciones siempre que se trata de amargar la felicidad del prójimo.

¡La carta de Ernesto! ¡Cuántas veces la leyó aquella noche el pobre Federico, repitiendo con lágrimas en los ojos las severas reconvenciones que le azotaban el rostro! ¿Permanecería sordo al vigoroso llamamiento de la amistad? ¿Tan degradado estaba que no podía quebrantar las vergonzosas cadenas con que le había uncido a su carro una mercenaria del amor?

Otra vez, tras largas horas de insomnio y de lucha, le sorprendió la aurora, armado de de la firme resolución de marcharse; y otra vez las lágrimas y los besos de Marta le retuvieron con su invencible hechizo. Su pasión se avivó desde entonces, cual si atormentado por la conciencia quisiese ahogar en el placer sus recuerdos y en las copas de champaña sus remordimientos.

Una mañana, al volver a su cuarto después de una orgía, le entregaron en el hotel un telegrama de Costa Rica. Estaba firmado por Ernesto y contenía sólo dos palabras: Luisito murió.

* * *

Pasaron las frescas auras de la primavera y caldeó el suelo el sol abrasador del estío. Los parisienses comenzaron su peregrinación anual a las estaciones balnearias y a los rincones de provincia en busca de una atmósfera menos sofocante; pero Federico,—cada vez más enamorado de aquella mujer que había tenido la delicadeza de vestir de luto por Luisito,—no pudo ir con ella a Biarritz.

Desde el fatal telegrama no había vuelto a recibir noticias de su patria. El silencio de Adela era explicable; mas, ¿por qué había pasado Ernesto tanto tiempo sin escribirle?

Se acercaba ya la época de la liquidación de la casa Jiménez & C.° y era indispensable partir para Costa Rica; así lo exigían además sus propios negocios, un tanto embrollados por los fuertes gastos de los últimos meses.

Trabajo le costó convencer a Marta; el viaje era inevitable, pero una vez arreglados sus asuntos volvería a reunirse con ella. ¿Llevarla? no, era imposible, la travesía es larga y penosa y además, él no se atrevería a desafiar las preocupaciones de una sociedad mojigata. ¿Olvidarla? Nunca. ¿No había desatendido por ella sus propios intereses y permanecido en París más de lo conveniente?

El transatlántico Normandie, que zarpó de Burdeos el 8 de Setiembre, llevaba a su bordo gran cantidad de pasajeros; pero ninguno de ellos dio tantas señales de tristeza al perder de vista las costas de Francia, como aquel joven costarricense que dejaba en el torbellino de París los jirones de su virtud y las ruinas de un hogar antes inmaculado y venturoso.

* * *

El vapor avanzaba rápidamente, cortando sin cabecear las rizadas ondas y las blancas rayas con que las corrientes interrumpen a trechos la tersa llanura. Dentro del círculo perfecto del horizonte no se divisaba ni una vela ni la sombra de una costa. El océano presentaba ese color gris mate que le comunica el cielo encapotado.

Diseminados por la cubierta, los pasajeros dormitaban en sus sillas de lona. El capitán inmóvil en el combés miraba fijamente, al oeste, con el anteojo apoyado en uno de los obenques. En la proa, de codos en la borda, un viajero recorría con ojos meditabundos la lejana curva. ¿En qué pensaba? Diez meses antes se había alejado por segunda vez de aquellas playas que de un momento a otro iban a surgir ante su vista; diez meses hacía que embriagado por la perfumada atmósfera de la Babilonia moderna, había arrancado de su mente el recuerdo de la tierra donde nació, donde amó, de aquel rincón bendito que guardaba las cenizas de sus mayores y también ¡ay! las de su hijito. ¿Cómo presentarse ahora ante la santa mujer cuyo corazón había destrozado tan villanamente? ¿Le perdonaría ella el insulto, la traición y sobre todo el silencio, el inconcebible silencio que guardó al saber la muerte de Luisito? Ahora, libre de la fascinación de la ciudad maldita, al respirar de nuevo las brisas de la patria, pudo comprender Federico toda la monstruosidad de su conducta. Por su memoria desfilaron como en la cinta de un cinematógrafo, las escenas de su niñez y de su juventud, las imágenes de las personas queridas, el cuadro del hogar venturoso, el bello y moreno rostro de su compañera y aquella cabecita rubia que ya no volvería a cubrir de besos.

En el confín del horizonte, hacia el poniente, surgió de pronto una línea oscura: poco a poco sus borrosos contornos se fueron dibujando con más precisión, y por último los azules picos de las montañas costarricenses aparecieron sobre las aguas.

¿Volvería a surgir de sus ruinas el dulce hogar tan torpemente destruido? ¿Encerraría tal tesoro de abnegación el alma de su esposa que pudiese él esperar el olvido de lo pasado? ¿Le rechazaría al verle arrastrarse a sus pies, dispuesto a borrar con su sangre tantas infamias? ¿Se atrevería él a arrostrar la mirada de desprecio de Adela y a profanar con su presencia aquella casa que manchó con su adulterio?

Percibíase ya con toda claridad el puerto de Limón con sus techos grises y rojizos, sus diminutas banderas y sus muelles semejantes a las delgadas antenas de un insecto: el sol de la mañana bronceaba la cabellera de humo de los vapores anclados y hacía resaltar los verdes abanicos de las palmeras de Piuta y de la Uvita.

¡Benditas brisas de la patria, que traen consuelos al corazón dolorido! El pobre viajero aspiraba embelesado, acariciando con la vista la tierra natal, la única que hace desbordarse del pecho la emoción y de los ojos las lágrimas!

¿Qué vértigo le había acometido al dejarla? ¿Cómo había podido vivir tantos meses sin tenerla a todas horas presente en su pensamiento? ¿Qué infernal obcecación le había hecho preferir las caricias de una cortesana al casto beso de una esposa enamorada y bella?

Había estado loco, sí, y al recobrar ahora la razón se despreciaba a sí mismo y se proponía reparar el daño con una vida de expiación y de ternura. Iría a hospedarse en un hotel: Ernesto se encargaría de preparar la reconciliación... ¿Por qué no habrían de brillar nuevamente los

días felices de otro tiempo?

* * *

El vapor ancló a las nueve de la mañana. Un tren expreso estaba listo para conducir a los viajeros a la capital: apenas el tiempo indispensable para sacar de la aduana el equipaje y prevenir con un telegrama a Ernesto. Federico no encontró en el puerto ninguna cara conocida. Mejor.

El tren llegó de noche a San José, bajo una lluvia torrencial. La estación estaba desierta: una berlina condujo a Federico al Hotel Imperial, en donde se hospedó con un nombre supuesto. ¿Habría recibido Ernesto su telegrama? Estaba impaciente por verle para pedirle noticias de Adela.

Dieron las ocho, y no pudiendo dominar su ansiedad, resolvió interrogar mañosamente al camarero que le sirvió la cena.

¿Qué le contó aquel hombre? ¿Conversó realmente con alguien aquella horrible noche? ¿No era todo una espantosa pesadilla?

Bajó las escaleras como un loco y se lanzó a la calle azotado por el viento y por la lluvia; corrió a su casa y la encontró cerrada, oscura y triste como una tumba; voló a la de Ernesto y un criado confirmó la fatal noticia.

Regresó al hotel tan anonadado que ni siquiera se le ocurrió quitarse la vida para librarse del dolor y de la vergüenza. ¡Oh! los miserables!...

Hacía apenas algunas semanas que ella había partido para Nueva Orleans, bajo el pretexto—según los decires callejeros,—de reunirse con el único pariente que le quedaba en el mundo, una anciana, casada con un comerciante norteamericano; él, para salvar las apariencias se había marchado unos días después.

Todo San José comentaba el escándalo, no sin disculpar hasta cierto punto a la esposa que, herida en su dignidad, despechada, abandonada cruelmente, había puesto los ojos en el único hombre que solícito, delicado y cariñoso, la había colmado de atenciones y consuelos.

Recorriendo su cuarto como un tigre enjaulado, rumiaba Federico mil proyectos de venganza. ¡Matar a la adúltera y al amigo desleal!... ¿Y por qué? ¿No había sido él el autor de su propia deshonra al dar ocasión a Adela de comparar la bajeza de su marido con la nobleza del otro?...

Al amanecer su resolución era irrevocable: volvería a París y fijaría allí definitivamente su residencia. Ese mismo día podría reembarcarse, pues el Normandie estaba aún en el puerto.

* * *

Y llegó a París una melancólica tarde de Noviembre; y obedeciendo al inexorable destino que le arrancó de su patria para lanzarle en el torbellino de la ciudad perversa, fué a buscar en los brazos de Marta el olvido de sus dolores.

En el lujoso entresuelo que en la calle de Lamartine ocupaba la aventurera, le contaron que ésta había partido para Londres en compañía de un opulento norteamericano.

* * *

La misma semana que vio alejarse a Federico reservaba a los maldicientes de San José un terrible desengaño. Ernesto regresó de Nueva York, a donde había ido con dos comerciantes de Cartago a arreglar las bases de una importante negociación.

No había estado, pues, en Nueva Orleans, en donde residía Adela en el seno de una familia respetabilísima; no había pasado siquiera por allí y de ello daban fé sus dos compañeros de viaje. La murmuración despechada, no tuvo más remedio que rendirse a la evidencia.

¡No! La abandonada esposa, tan casta como bella, no había profanado el santuario en que guardaba las reliquias de su amor, cubiertas con el negro velo de sus dolores...

¡No! El leal amigo, inocente de la villanía que con harta ligereza le había imputado la sociedad, abrigaba en su pecho sólo un propósito: el de no descansar un punto hasta devolver a aquellos dos seres queridos la felicidad perdida.

Escribió a su amigo por todos los correos; y sus cartas, en las que resplandecían la sinceridad, la nobleza y el cariño, obraron al fin el milagro de volver al redil la oveja descarriada.

* * *

Federico estaba gravemente enfermo en San José. En su delirio llama sin cesar a Adela, la pide perdón, la ruega que no lo deje morir abandonado... ¿Qué se hicieron los propósitos de la ofendida esposa al recibir en Nueva Orleans la noticia de la inminencia del peligro? Se había jurado no volver a Costa Rica; pero él, su Federico, su único amor, estaba moribundo!... ¡Oh!... Ella lo olvidaba todo, lo perdonaba todo, ¡todo Dios mío! con tal de llegar a tiempo.

* * *

En una de las largas noches pasadas a la cabecera del enfermo, Ernesto, adormilado en un sillón, percibía vagamente el ir y venir rápido de una esbelta figura de mujer, que ora se inclinaba ansiosa sobre el rostro del paciente, ora rondaba en torno del lecho o del velador cargado de medicinas, siempre incansable y solícita, siempre callada y triste. Y luchando con el cansancio que le cerraba los párpados, el fiel amigo pensaba con fruición en la obra ya medio realizada, en aquella enfermedad ya dominada por la ciencia, y también ¡ay! en aquella otra enfermedad, la herida del alma, mucho más difícil de sanar.

De pronto, cuando vencido por el sueño cerró los párpados, se figuró oír rumor de sollozos en la callada estancia; le pareció entrever—a la escasa luz de la lamparilla—los labios de la enfermera y los del enfermo unidos en un beso largo, muy largo, humedecido por las lágrimas... Y creyó sentir por sobre su cabeza el aleteo de una armonía dulcísima, que poblaba de promesas el ambiente, mientras iba difundiéndose por el cielo la claridad precursora de un nuevo día.

El secreto de Lelia

Un mes después de publicada en una revista la verídica relación que con el título de Espiritismo aparece en este volumen, recibí de Guatemala una carta, escrita con caracteres menudos y aristocráticos, cuyo contenido causará en el lector la misma sorpresa que a mí me produjo. La copio textualmente:


«Muy señor mío: Como esas flores marchitas que escondidas entre las hojas de un libro evocan en nuestro ánimo toda una historia de amor, así el artículo que usted dedicó a mi pobre Raúl ha hecho revivir en mi memoria un pasado melancólico que en vano he tratado de cubrir con la losa del olvido. A usted que fue su mejor, acaso su único amigo, puedo confiarle mi secreto sin temor de que lo juzgue pueril o ridículo. Soy árabe, me llamo Lelia y nací en Esmirna. Mi padre, después de poseer grandes riquezas que le permitieron darme en París esmerada educación, perdió de golpe toda su fortuna y murió casi al mismo tiempo que mi madre, dejándome al cuidado de un amigo íntimo suyo, hombre de edad madura, acaudalado, instruido y bondadoso.

En compañía de mi tutor viajé por Suiza, Italia y España, y en este último país ocurrieron los dos sucesos que trazaron el rumbo de toda mi vida. Fué el primero mi casamiento. Mi protector se enamoró de mí, y no pude negarle mi mano. ¿Cómo pagar con una cruel negativa la solicitud de aquel hombre generoso que había sido para mí el mejor de los padres? Era yo entonces casi una chiquilla, ignorante del mundo y con la mente poblada de extrañas fantasías. De temperamento apasionado y vehemente, me había forjado acerca del amor una peregrina teoría: creía que Dios encarnaba en cada individuo apenas la mitad de una alma, colocando la otra en una persona del sexo contrario, y que cuando esos dos seres se encontraban frente a frente, atraídas por irresistible afinidad las dos porciones se fundían, se soldaban de un modo indisoluble y resultaban así los matrimonios perfectos. ¿Dónde habitaba, pues, la otra mitad de mi alma? ¿Estaba yo condenada a no encontrarla nunca? ¡Cuán pronto ¡ay! y cuán tarde salí de mi error!

En extremo aficionada a la lectura, nunca dejaba de hacer buen acopio de libros en cada una de las ciudades que visitaba. Sola en una fonda de Madrid —mi marido estaba en Toledo— leí una noche un tomo de versos comprado el mismo día; lo leí de un tirón, trastornada y febril. ¿Qué mágico hechizo ejercieron sobre mí aquellas estrofas apasionadas, candentes, para disipar de un soplo la serena placidez de mi existencia, arruinando mi felicidad para siempre? ¿Por qué singular prodigio, a mil leguas de distancia, en Costa Rica, país hasta entonces desconocido para mí, pudo un hombre interpretar tan fielmente mis sentimientos, mis ideales, mis pensamientos más recónditos? ¿Por qué la hermosa y varonil figura del poeta, cuyo retrato vi en la primera página, me fascinó como si fuera el complemento de mi ser, el único mortal a quien yo habría amado como saben hacerlo las mujeres de mi raza?

Puro romanticismo, locuras de colegiala, pensarán los escépticos; pero yo opino que en todo ello anduvo un poder misterioso, la fatalidad o la Providencia. ¿Quiere usted una prueba? Al día siguiente, al regresar de su viaje mi esposo, sus primeras palabras fueron éstas: He resuelto hacer grandes compras de café y el mes entrante partiremos para Costa Rica. Aun ahora mismo me admiro de que no advirtiera en mi silencio y en mi semblante la espantosa conmoción que esas sencillas palabras me produjeron.

Llegamos allá y fijamos nuestra residencia en un pueblo pintoresco en donde me encerré, resuelta, como esposa que sabe cumplir sus deberes, a evitar las ocasiones de encontrarme con él; pero el Destino hizo que él llegara hasta mi retiro, y una fuerza irresistible me llevó a su presencia. Nos conocimos, nos miramos, nos adoramos. No soy hipócrita. Hay en mi alma tanta altivez como franqueza; pues bien, si aquel domingo inolvidable hubiese llegado Raúl hasta mí... no sé, no quiero pensarlo, no me atrevo siquiera a imaginarlo... Pero partió al siguiente día y le esperé en vano, y con la ausencia volví a la razón y me detuve al borde del abismo. Yo misma aconsejé a mi esposo que nos trasladáramos a Guatemala y él accedió sin sospechar siquiera lo heroico de mi sacrificio.

Nos embarcamos en el Alexander, y como este vapor se hundió pocos días después de habernos dejado en Puerto Barrios, es explicable el error de Raúl al suponer que habíamos perecido en el naufragio.

En San José de Guatemala nació mi hija Olga y allí murió diez años más tarde mi marido. ¿Por qué entonces, ya libre, no pensé en volver a Costa Rica, puesto que el corazón me decía que él no me había olvidado ni me olvidaría jamás?

Al cabo de veinticinco años de ausencia le vi otra vez: pasó por mi calle, sin sospechar que me tenía tan cerca. Cuando volvió de la capital al puerto para regresar a su patria no pude resistir a la tentación de verle por última vez y fui por la noche a bordo.

Olga es mi vivo retrato. Yo la enseñé a amar al poeta al través de sus versos, y aleccionada por mí representó la escena que usted conoce. Mi conducta en aquella ocasión parecería extraña a quien no sabe los secretos de las almas femeniles. ¿A qué romper el encanto de nuestro mútuo ensueño, presentándome envejecida a los ojos del que me había amado joven y bella? ¿No era preferible ocultarme como se ocultan los pájaros para morir? Mas al separarnos para siempre necesitaba saber si yo vivía aún en su recuerdo, si podía acariciar en mis últimos años la ilusión de ser amada, adorada como nadie lo ha sido nunca. Y realicé mi deseo, y escondida en la sombra lloré de felicidad al ver a Raúl absorto, paralizado ante la aparición que él creía ser la misma de otro tiempo ya distante.

Raúl murió pensando en mí, como yo moriré contemplando sus hermosos ojos al cerrar para siempre los míos. ¿Podrán igualar nunca los goces del amor sensual a los de este otro amor purísimo, abrasador e inextinguible? Ya ha oído usted mi confesión. En cuanto a la enlutada que vió usted en la estancia mortuoria, si no fué una alucinación muy natural en tales circunstancias, pudiera tener una explicación más sencilla, aunque para mí más dolorosa. ¡Era Raúl tan digno de ser amado!»


Hasta aquí la extraña epístola. Posteriormente, hallándome de paseo en Guatemala, quise conocer a Lelia. Ni en la capital ni en el puerto de San José pudieron darme noticia alguna de ella ni de su marido. Mas aún: las autoridades de Puerto Barrios me certificaron que el vapor Alexander en su último viaje NO HABÍA DESEMBARCADO NINGUN PASAJERO EN AQUELLA CIUDAD.

El silbato de plata

«Abordo del Red Star se necesita un marinero experto, robusto, avezado a los peligros y que sepa hablar inglés. Contrata por dos años; salario, sesenta dólares al mes. En caso de muerte su familia recibirá indemnización de mil dólares».

Este aviso, escrito en inglés y en castellano y pegado en uno de los postes del muelle de Puntarenas, atrajo la atención de los desocupados que desde el amanecer había acudido a la playa para admirar el esbelto yate pintado de blanco con un estrella roja en cada banda, cuyo casco mecía indolentemente como un cisne en las verdosas aguas de la bahía.

El Red Star era propiedad del renombrado naturalista y archimillonario inglés Mr.Evans, quien después de recorrer las regiones menos conocidas de Brasil, se preparaba a explorar las no menos misteriosas del Asia Central, dejando depositadas en Puntarenas algunas de sus valiosas colecciones.

Cuando los curiosos comenzaron a desbandarse, uno de ellos se alejó cabizbajo, repitiendo entre dientes: «Me conviene, no hay duda». Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, fornido, moreno, de fisonomía inteligente y enérgica. Feliciano, o Chano, como le llamaba todo el mundo, había servido seis años en los vapores ingleses de la India; pero cuando se casó echó el ancla en su pueblo natal y se dedicó al aleatorio negocio de la pesca. Nadie más valiente, honrado y feliz que él: en su humilde vivienda moraban la dicha y la paz: su esposa, modelo de virtudes; su hija María, guapa, hacendosa y honesta.

Durante el frugal almuerzo discutióse el anuncio del Red Star, y no sin gran trabajo logró Chano convencer a las dos mujeres de las ventajas de su proyecto. De los sesenta dólares les dejaría cincuenta, con los cuales pasarían holgadamente y aún podrían ahorrar algo en dos años. Aquella misma tardé firmó su contrata, y al día siguiente, después de una tierna despedida, regada con abundantes lágrimas; partió para el lejano oriente.

* * *

Desde todos los puertos en que hizo escala el yate, escribió largas cartas a su familia, sin esperar contestación, pues no lo permitía el caprichoso itinerario del doctor Evans. Durante dos años recorrieron los expedicionarios casi toda la región central de la India y volvieron a Puntarenas para despachar a Europa las antiguas y las nuevas colecciones. Proponíase el célebre naturalista explorar en seguida el Norte de la China, y especialmente el Tibet, en donde es fama que hay plantas medicinales de rara virtud; y estando muy satisfecho de los servicios de Chano, le instó para que le acompañase, ofreciéndole magnífico salario. El marinero aplazó su respuesta hasta ver a su familia, y saltó a tierra para abrazar a las prendas de su corazón. Mas ¡ay! volvió para encontrar la casita cerrada y casi en ruinas, la esposa muerta y la hija desaparecida. Seducida por un rico libertino de la capital, María había huido del hogar paterno y según decires había dado a luz un niño, la misma semana que la esposa de Chano moría de dolor y de vergüenza.

El primer impulso del marinero fué ir a San José y clavar su cuchillo en el pecho del miserable; pero el seductor L... andaba con su esposa de paseo por el Viejo Continente!

Chano tomó en un momento su resolución: volver a bordo, renovar su contrata por cinco años y buscar la muerte en las apartadas tierras a donde se dirigía el sabio naturalista.

* * *

Entre las innumerables y dramáticas aventuras que ocurrieron a los expedicionarios en los países semisalvajes del norte de la China, una, sobre todo, estaba destinada a grabarse de un modo indeleble en la memoria de Chano.

Una vez cerca de Gorghi un grupo de aldeanos furiosos iba a despedazar a un pobre buhonero que yacía mal herido en tierra. El marinero intervino, y como su revólver y su uniforme europeo infundieron respeto a la chusma, pudo llevarse al pobre diablo hasta el campamento, sin olvidar el cajón de sus baratijas. El estado del chino era grave; así lo comprendió éste, y llamando aparte a su salvador le dijo en pésimo inglés: «Para recompensar tu buena acción voy a proporcionarte los medios de hacerte rico. Hay aquí una enfermedad horrible e incurable —el cáncer del Tibet— que comienza en la boca, se extiende por toda la cara y hace morir al enfermo en medio de atroces dolores».

Y abriendo el cajón lleno de juguetes, campanillas, flautas y otras chucherías, sacó del fondo un estuche de latón. «Aquí dentro —continuó el chino— hay un silbato de bambú: basta tocarlo para contraer la enfermedad. Y aquí —añadió abriendo una cajita de laca— está el remedio que sólo yo conozco». Era un silbato de plata en forma de dragón con la cola dirigida hacia atrás. «Al soplar —prosiguió el buhonero— sale por la cola del dragón un polvillo que se deposita al rededor de la boca y el mal desaparece en dos días. Así contagié a los aldeanos más ricos de estos lugares y me hice pagar bien la curación; pero los malditos sospecharon algo y por eso me querían matar. Llévate estos dos silbatos a tu país y con ellos podrás ganar mucho dinero».

* * *

Cumplida su contrata, volvió Chano a Puntarenas, en donde le esperaba un nuevo y doloroso golpe: su hija había muerto en la mayor miseria y el niño había sido encerrado en el hospicio de huérfanos.

Desde entonces la vida de Chano tuvo por objetivo una sola aspiración: la venganza. Un día en que rumiaba la amargura de sus recuerdos, atizando el odio con la representación de su hogar perdido, se le ocurrió de improviso un plan terrible. No en balde se pasan cinco años entre los tártaros, refinados artistas del suplicio, para quienes la muerte no es un castigo sino una gracia concedida a la víctima, puesto que pone fin a sus atroces torturas.

Recogió Chano a su netezuelo, hermoso e inteligente chiquillo, rubio como las espigas maduras; se trasladó con él a San José, y con sus economías, que ascendían a una respetable suma, compró una tienda frente al Parque Central, a pocos pasos de la suntuosa mansión que el señor L... habitaba desde que enviudó, sin más compañía que la de su hijo Jorge, simpático chicuelo de ocho años, que era el encanto de su padre.

Y sucedió lo que el marinero había previsto: los dos niños jugaban todas las mañanas en el Parque y acabaron por ser íntimos amigos.

* * *

Por aquellos días causó grande alarma en la capital la noticia de haber aparecido una enfermedad espantosa y extraña, especie de cáncer que comenzando en el labio inferior se iba extendiendo rápidamente; y el terror subió de punto cuando la Facultad de Medicina, después de escrupuloso examen, declaró que los pacientes en observación estaban atacados de cáncer del Tibet, mal incurable y en extremo contagioso. Eran los enfermos dos sastres, vecinos y asiduos parroquianos de Chano en cuya tienda pasaban largas horas, contemplando y revolviendo las mil chucherías orientales que éste tenía de venta.

Al saber Chano la opinión de los médicos solicitó permiso para curar a sus amigos, el cual le fué concedido entre un coro de sonrisas burlonas y puyas de los facultativos; pero tres días después los hombres de ciencia se pusieron serios cuando los periódicos refirieron los detalles de la milagrosa curación.

Chano salía solo de noche: una mañana, sin embargo, fué con su nieto al Parque, en donde no tardó en reunírseles el hijo del señor L... En un momento en que Enrique se alejó rodando un aro, el vengativo marinero sacó del estuche de latón el fatal silbato de bambú y prestóselo a Jorge para que jugase. Quitóselo en seguida y se alejó pálido y trémulo como el que acaba de cometer un crimen. Al llegar a casa arrojó el estuche al fuego y se cubrió el rostro con las manos.

Antes de finalizar la semana volvió la prensa a llenar de zozobra a la capital, anunciando la aparición de un nuevo caso del temible cáncer. Tratábase esta vez del hijo de un millonario, el señor L., ante el cual se vieron obligados los médicos a confesar su impotencia, aconsejando al afligido padre que recurriese al tendero su vecino. ¡Cómo se regocijó L... al saber que tenía tan cerca el remedio! Estaba dispuesto a dar toda su fortuna, su vida si era preciso, para rescatar la de aquel hijo idolatrado.

* * *

En la salita sencillamente amueblada, el viejo marinero, de codos en su mesita y con los puños en sus mejillas, está absorto en profunda meditación, mientras la luz de la lámpara hace brillar como hilos de plata las canas de sus sienes. Al través de la cortina de percal que separa la sala de la alcoba se oye la pausada respiración de Enrique, que duerme el sueño de los ángeles. ¡Pobrecillo! ¡Qué triste está desde que no ve a su amiguito en el Parque!

Dieron las diez y ya iba Chano a recogerse, cuando llamaron a la puerta. Antes de abrir, su corazón había reconocido al importuno. Era él, el enemigo, el infame seductor. Sin decir su nombre ni dar excusas por lo intempestivo de su visita, L... loco de dolor, expuso su pretensión en frases incoherentes. «Salve usted a mi hijo, repetía sin cesar: véndame ese silbato de plata con que curó usted a los dos artesanos... Daré por él todo lo que poseo... Pediré limosna... ¡Sálvelo, por Dios!...

Chano avanzó dos pasos hacia su interlocutor, que se había dejado caer sobre una silla. Su rostro hasta entonces impasible como el de una esfinge, adquirió de pronto una expresión de placer feroz, de saña satisfecha. «Hace años —dijo lentamente, vivía en Puntarenas un pescador feliz con el amor de su mujer y de su hija. Un infame sin conciencia sedujo a la joven... La madre murió de pesar y de vergüenza; la hija murió de hambre, dejando un niño abandonado... Ese niño —continuó Chano señalando la alcoba— duerme ahora allí, mientras su abuelo saborea su venganza, devolviendo al miserable todo el mal que hizo».

L... retrocedió anonadado, mudo; pero luego se repuso y gritó desesperadamente: «Sí, yo soy criminal... Máteme usted, es justo. Aquí estoy... No me defenderé. ¡Pero mi hijo es inocente!... ¿Qué mal le ha hecho a usted?»

A estas vehementes frases respondió Chano con una calma que enfriaba la sangre en las venas: «Yo no necesito ni sus riquezas ni su vida; salga usted de aquí». Y asiendo al infeliz millonario de un brazo, le echó a la calle y cerró con llave la puerta.

* * *

Aniquilado por una noche de insomnio y de fiebre se levantó Chano antes del amanecer y salió de la ciudad sin rumbo fijo: deseaba refrescar su frente con el aire del campo y distraer su espíritu para olvidar el pensamiento que le atormentaba. Volvió a la hora de comer, entró con paso rápido en la sala, abrió la gaveta de su mesa y no pudo contener una exclamación. La cajita de laca había desaparecido.

«¡Enrique! ¡Enrique!» gritó. Acudió el niño y al ver a su abuelo delante de la gaveta vacía, palideció, tembló y se echó a llorar desconsoladamente. Tú sacaste de aquí el silbato que te había prohibido tocar ¿verdad? –dijo el marino con severidad.

—¡Perdón, abuelito, perdón! Te lo voy a contar todo... todo...—balbuceó Enrique---. Anoche desperté... y vi en la sala al papá de Jorge... Y oí que te pedía ese pito de plata... porque si no... mi amiguito se moría. Cuando me levanté estaba la gaveta abierta y...

Los sollozos del niño redoblaron.

—Sigue –murmuró Chano, pálido como la cera. –Sí, cogí la caja... corrí... El papá estaba en la puerta con otro señor... Me despachó enojado; pero le dije a lo que iba y le di la caja... Entonces me besó, me abrazó; lloraba y se reía; quiso darme mucha plata y no quise recibirla... ¡Qué contento estará Jorge!.. ¿Por qué fuiste tan malo anoche, abuelito?

Chano no pudo proferir palabra, embargado por las más intensa de las emociones. Sentó al niño sobre sus rodillas, le abrazó estrechamente, y por primera vez desde la muerte de su esposa derramó gruesas y candentes lágrimas que caían una tras otra sobre aquella cabecita rubia, jaula de oro en donde revoloteaban pensamientos inocentes como los pajarillos y fragantes como las rosas.

El tesoro de Coco

(Publicado en el n.° 1983 de El Pacifico, del 26 de agosto de 1911).
 

Señor Redactor de El Pacífico:

Al retiro en donde vivo hace más de un año, olvidado de Dios y de los hombres, ha llegado el rumor de que se proyecta una expedición a la Isla del Coco para buscar el tesoro enterrado por los piratas. Ésta noticia me obliga a revelar un secreto que había pensado llevar conmigo al sepulcro. Helo aquí, señor Redactor: el tesoro fué encontrado el 3 de mayo de 1910 por dos individuos: uno de ellos es el que esto escribe; en cuanto al nombre del otro me lo reservo por razones que expondré más adelante. En Marzo de ese año me encontraba yo en la vega del río Jesús María excavando sepulturas de indios, y ya había recogido buena cantidad de cacharros, hachuelas e ídolos de piedra, cuando una mañana mis dos peones desenterraron un esqueleto que por su tamaño y por la forma del cráneo no parecía pertenecer a la raza indígena. Sorprendido por el hallazgo hice remover cuidadosamente la tierra de la sepultura y apareció una daga muy oxidada y luego un tubito de hojalata bien conservado.

Dentro de él encontré un pedazo de pergamino amarillento, como de dos decímetros cuadrados, sobre el cual estaba dibujado un mapa. Era el contorno de una isla, trazado con tinta azul, sin detalles ni más nombre que el de Wafer en la parte inferior y una calavera en el ángulo superior izquierdo. Debajo del mapa estaba escrito en tinta roja: h. boulder, 150 y N. 10 y E.; y luego estos tres nombres en columna: Wilson, Danbury, Mortimer.

Con rápida intuición adiviné la realidad y sentí latir el corazón violentamente. No cabía duda: aquel era el plano de la Isla del Coco, la reconocí por su forma regular y por la palabra Wafer, una de sus pocas bahías. La h. quería decir hight, alto, y la inscripción significaba: del peñasco alto 150 yardas al Norte y 10 yardas al Este, distancias indicadas en el plano por una línea delgada con una perpendicular más pequeña en su extremo. Una crucecita roja sobre esa segunda línea señalaba el lugar donde estaba enterrado el tesoro; y los tres nombres del margen eran acaso los de los piratas poseedores del secreto. Si alguna duda podía quedarme, la disipó aquella calavera pintada en el pergamino como membrete, insignia de los corsarios. El esqueleto pertenecía probablemente a uno de ellos, muerto tal vez en el saqueo de la antigua Esparza.

Seguro de no equivocarme, y en un estado de excitación que usted, señor Redactor, podrá imaginarse, me fui al día siguiente a Puntarenas a estudiar los medios de realizar mi expedición sin despertar sospechas. La cosa no era fácil; la isla dista unas cien leguas de la costa, e ir a ella en el vapor del gobierno era como publicar a voces mi secreto. Pero tampoco era posible hacer el viaje en un bote y mucho menos solo.

El diablo hizo que en el hotel me encontrase con X. josefino desocupado, que había sido mecánico, boticario, empleado y jugador. Ninguno más a propósito para llevar a cabo mi idea: X. había trabajado como maquinista en los vapores del Golfo, había ido tres veces a la isla del Coco, y era audaz e inteligente. ¡Maldito sea! Célebre con él una larga entrevista, le enteré a medias de mi descubrimiento, sin mostrarle el mapa y convinimos en que él conseguiría con un amigo una magnífica gasolina acabada de llegar al puerto y partiríamos pretextando una excursión por la costa de Golfo Dulce. Una serie de contratiempos nos impidió poner por obra el proyecto; pero al fin en la noche del 30 de Abril nos encontramos a bordo del vaporcito, con combustible y provisiones para ocho días, dos picos, dos palas y dos excelentes escopetas. ¡Qué emoción cuando al amanecer del día 1° de Mayo nos encontramos fuera del puerto! La costa se iba esfumando en la lejanía y la embarcación hendía las verdes olas como una flecha.

En la tarde el mar se puso un poco picado y pude advertir cierta inquietud en el rostro del infame X.

¿Teme usted que sobrevenga la tempestad? le pregunté.

— No, me contestó, pero creo que hemos perdido el rumbo. Es muy difícil encontrar esa maldita isla.

¡Qué noche, Dios mío! Las olas y el cielo parecían de tinta, el viento soplaba con violencia y la frágil embarcación subía y bajaba como un caballo en una carrera de obstáculos.

Al amanecer X. consultó sus instrumentos y me dijo que no estábamos tan extraviados como había creído: a la tarde la isla estaría a la vista y eso favorecía nuestros planes, pues era mejor arribar de noche sin ser notados por los colonos.

Como a las dos de la tarde un pico negruzco surgió de las aguas, ¡era la isla! Poco a poco fué apareciendo la cima de las verdes colinas y al caer la tarde pudimos divisar una ensenada, ¡la de Wafer, la bahía del tesoro!

Anclamos en ella ya entrada la noche, y como a las 11 desembarcamos con todo sigilo, provistos de una brújula, una cinta métrica, algunas estacas, una linterna sorda, picos y palas. No nos costó mucho encontrar el peñón indicado en el plano: era una roca negruzca que descollaba entre sus vecinas. Orientados por la brújula comenzamos a medir escrupulosamente las 150 yardas al Norte y por fortuna encontramos el terreno libre de maleza. Tres veces repetimos la operación para estar más seguros y luego procedimos a medir las 10 yardas al Este. Confieso que cuando clavé la estaca en el punto deseado, el corazón se me saltaba del pecho. La noche era oscurísima y una llovizna persistente calaba nuestros vestidos: pusimos manos a la obra y cavamos por espacio de dos horas sin resultado alguno. Mi compañero desalentado iba ya a soltar su herramienta cuando se me ocurrió escarbar un poco más a la izquierda. De pronto el pico chocó contra algo duro que produjo un sonido metálico. Acercamos la linterna, quitamos la tierra con la pala y apareció a nuestros ojos la tapa de un cofre forrado con bandas de hierro oxidado. La impresión fué tan grande que permanecimos un rato como petrificados; luego mi compañero forzó la tapa con el pico y entonces ¡Dios mío! la luz de la linterna cayó sobre algo que brillaba como millones de estrellas.

¡Custodias incrustadas de brillantes, cálices de oro, tachonados de perlas y rubíes, barras de oro y plata, onzas y escudos, joyas y mil objetos valiosos arrebatados a las colonias españolas, robados en el Perú, México y Chile! Saqué el reloj ¡eran las dos de la mañana del 3 de mayo de 1910!

Como era imposible levantar el enorme cofre, llevamos a la lancha nuestra preciosa carga en varios viajes y a las tres y media de la mañana zarpamos silenciosamente de la isla. A bordo hicimos el recuento de nuestro tesoro; mi compañero como jugador y perito en el avalúo de joyas, estimó por lo bajo nuestro hallazgo en cerca de dos millones de pesos oro. A mí me parecía estar soñando. ¡Dueño yo de dos millones de colones! ¡Cuántos planes hice en un momento! ¡Cuántos palacios fabriqué! ¡Cuántos viajes realicé aquel día a bordo de la gasolina!

Era el plan de mi camarada desembarcar secretamente cerca de Tivives, ocultar el tesoro, devolver la lancha y luego dividirnos por partes iguales las joyas y el oro, embarcarnos para Europa y vender allá tantas riquezas.

La noche del 3 fué borrascosa: mareado, rendido de cansancio, sacudido sin cesar por el oleaje, no pegué los ojos un momento. Al amanecer, el mar se apaciguó un poco, pero no se veía tierra alguna en el horizonte. A medio día apareció la línea azulada de las montañas costarricenses. ¡Oh fortuna! estábamos a la altura de Tivives y al amanecer estaríamos en seguridad.

Eran las seis y media de la tarde cuando divisamos la rada a donde nos dirigíamos. Pero en aquel instante el océano se agitó de una manera extraña y con rumor formidable, mientras un resplandor rojizo iluminó el cielo, un enorme globo de fuego surcó el firmamento y fué a sepultarse en las aguas del Golfo de Nicoya [1]. Tan inexplicable fenómeno fué lo único que nos ocurrió durante la travesía. A las diez de la noche desembarcábamos cerca de Tivives y después de cubrir el tesoro con ramas y algunas mantas sacadas de la gasolina, nos echamos en el suelo y nos dormimos profundamente. Cuando los rayos del sol me despertaron miré en torno mío: mi compañero no estaba allí: miré hacia el mar ¡la lancha había desaparecido! Lo comprendí todo: el infame había huido con el tesoro. Cuando llegué a Puntarenas, a pie y destrozado, la gasolina estaba allí, pero el ladrón había tomado el tren para San José. Observé que todos me miraban con curiosidad y recelo: me encerré en mi cuarto, tuve fiebre y creo que deliré toda la noche. Al siguiente día unos amigos me condujeron a la estación, uno de ellos me acompañó en el tren y al llegar a la capital encontré a mi familia esperándome afligida. Quise ir al punto en busca del traidor para exigirle lo que era mío; pero me lo impidieron mis parientes. Protesté, di voces, referí a gritos lo ocurrido, me sujetaron, forcejé... Después no supe de mí hasta que me encontré en la celda número 910 del Asilo Chapuí en donde he vivido un año sin más compañía que mi libro favorito, El escarabajo de oro, de Edgardo Poe.

En cuanto al villano estafador, al miserable ladrón, voy a . . . Señor Redactor, cuando oiga usted contar que un millonario ha sido despedazado por una bomba o descuartizado a hachazos y su palacio reducido a cenizas, puede usted estar seguro de que me he escapado del Asilo y sabrá usted entonces el nombre del que desenterró conmigo el tesoro del Coco en la madrugada del 3 de mayo de 1910.

Espiritismo

Que por qué estoy siempre triste?—me dijo Raúl, reclinando lánguidamente la cabeza en la poltrona y dejando la pipa sobre la mesa.— A no ser porque eres mi amigo de veras, y sabes que tengo un cerebro sólido y no mal amueblado, me abstendría de referirte mi novela... ¡Quién sabe! Acaso el temor de que por primera vez dudases de mis palabras o me creyeses sugestionado por lecturas fantásticas, me había impedido revelarte antes de ahora este secreto que pesa sobre mi corazón como una lápida de plomo.

Cerró los ojos por un instante y guardó silencio, mientras yo contemplaba con admiración su rostro franco y hermoso y su espaciosa frente guarnecida de cabellos blanqueados más por las penas que por el tiempo.

¿Recuerdas—continuó—cuando fui Inspector de Escuelas en Cartago hace veinticinco años? Tenía yo entonces veintidós. Era la época de los exámenes, y después de visitar no sé cuántas escuelas, harto de oir vaciedades y despropósitos, llegué un domingo a Juan Viñas. El salón de la escuela estaba repleto de gente. Comenzó el acto, y en el momento en que me disponía a interrogar a las alumnas, un rumor me hizo volver la cabeza hacia la puerta y la pregunta se heló en mis labios... No ignoras que desde muchacho fui ferviente adorador de las mujeres y que en la época a que me refiero había tenido ya media docena de novias; sabes también que siempre he sido descontentadizo y que hasta entonces no había encontrado ninguna beldad capaz de trastornarme el seso. Pues bien, la joven que acababa de entrar, saludada por un murmullo de admiración, era algo sobrenatural, algo que hace creer, aun a los más escépticos, en la existencia de un mundo habitado por criaturas superiores.

Su porte majestuoso, su rostro perfecto, ligeramente moreno, sus cabellos negrísimos, recogidos como los de las estatuas griegas, la serenidad olímpica de su frente sin un pliegue y de su boca sin una sonrisa... todo, todo hacía pensar en esos prodigiosos ensueños que el artista desespera de poder fijar en el lienzo.

Sus ojos pardos y grandes parecían iluminar con sus destellos la sala; y ¡cosa extraña! estaban fijos obstinadamente en mí. Jamás he contado entre mis defectos el de la fatuidad; pero en aquella ocasión era imposible no rendirse a la evidencia. No sé cuánto duró el examen; sólo puedo asegurarte que ni un segundo, ni un instante dejamos de mirarnos. ¿De dónde nació aquella mutua fascinación? ¿Qué misterioso encanto tenían aquellos ojos para enloquecerme así?

Lo ignoro, pero su última mirada al abandonar el salón dejó en mi alma una estela luminosa.

—¿Quién es? pregunté al maestro, que sonreía maliciosamente.

—No lo sé: unos dicen que es italiana, otros que es griega o árabe. Se llama Lelia y vive aquí en compañía de su padre, que parece muy rico y bien educado. Y lo más raro—continuó el maestro—es que esa joven nunca vuelve a mirar a nadie, ni asiste a reuniones, ni visita: no me explico por qué vino hoy al examen.

En la tarde la volví a ver en la callé, escoltada por un anciano pulcramente vestido. La seguí como un colegial y jamás dejó de mirarme intensamente al doblar una esquina. En la plazoleta de la Iglesia me encontré tan cerca de ellos, que pude oir la conversación de la niña, su voz argentina y de una dulzura infinita, más penetrante aún que su mirada.

¿En qué idioma hablaba? Jamás pude saberlo: era más suave que el italiano, tenía inflexiones más armoniosas que el francés, y más sonora gravedad que el castellano. Pero lo más raro es que yo entendía aquella habla divina... Resonaban realmente en mis oídos aquellas palabras o las estaba leyendo en aquellos ojos? «Te amaba antes de conocerte, te amo ahora y tú serás mi único amor, como yo el tuyo».

Cuando ya su traje blanco iba a trasponer el umbral de la casa, sombreado por el crepúsculo, ella me miró por última vez y dejó caer disimuladamente una rosa que llevaba al pecho. La rosa está aquí todavía—prosiguió Raúl señalando el bolsillo interior de su levita—y la mirada está grabada más adentro, donde nada ni nadie podrá borrarla.

Tú me lo dirás cuando concluya.

¿Fue realmente la última mirada?

Al regresar aquella noche a mi alojamiento recibí un telegrama en que el Ministro me ordenaba presentarme al día siguiente en su despacho.

Ya puedes imaginarte la tristeza con que salí de madrugada para llegar a tiempo de tomar el tren. La casa de Lelia estaba cerrada y silenciosa... Tuve entonces una idea: me acerqué a la ventana de su cuarto, y en la vidriera grabé con una sortija estas palabras: Te adoro, volveré. R.

De San José partí con una comisión para Liberia en donde permanecí un mes, y a mi regreso caí gravemente enfermo. Cuando al cabo de seis semanas recuperé la salud, mi primer pensamiento fué volver a Juan Viñas. Y volví... para encontrar que mi adorada desconocida había partido. La casa estaba desocupada. Me acerqué a la ventana y un rayo de esperanza iluminó de pronto el negro cielo de mi tristeza. Debajo de la despedida que escribí en el cristal una mano femenina había rasgado estas palabras: Te esperaré siempre. L.

Volé á Limón, inquirí, interrogué a todos mis conocidos, y al fin uno de ellos, empleado de la aduana me dijo: Hace dos meses se embarcó esa joven en el vapor Alexander: la recuerdo, por su extraordinaria belleza... Sí, se llamaba Lelia; el anciano que la acompañaba la llamó así en mi presencia. Pero... ¿no sabes que el Alexander nunca llegó a New York? Se supone que se perdió totalmente.

* * *

Han pasado muchos años desde el día espantoso en que recibí tan atroz herida en mitad del corazón... Los azares de la vida me han llevado de aquí para allá como brizna de hierba con que juegan las olas: he saboreado los triunfos del arte y las amarguras de la política, he viajado, he amado... Pero en medio de los aplausos, en los salones de los palacios, en las alcobas cortesanas, en las calles de las ciudades extranjeras, en el mar inmenso, en el cielo poblado de constelaciones desconocidas, los ojos pardos y fascinadores de la misteriosa niña brillaban siempre delante de mí con la fijeza de las estrellas.

Y ahora,—prosiguió Raúl, encendiendo la pipa y bajando la voz—llego a la parte de mi narración que a nadie más que a tí me atrevería a referir, temeroso de que me tomases por un alucinado o un embustero, y bien sabes que no merezco aquel calificativo ni toleraría este insulto. Juzga tú mismo.

El mes pasado, al regresar de la misión diplomática que me llevó a Guatemala, me embarqué en el Newport, anclado en el puerto de San José. El barco debía zarpar a la diez de la noche, y a las ocho estaba yo recostado en la borda contemplando las lejanas luces del muelle, cuando súbitamente experimenté una sensación extraña, como si una fuerza magnética me moviera contra mi voluntad. Volví la cabeza... ¡Cielo santo!... Siempre me he vanagloriado de ser dueño de mis nervios y los he puesto a prueba en varias ocasiones; pero en aquélla, francamente lo confieso, tuve miedo y me juzgué víctima de una alucinación. A dos pasos de mí, iluminada por el farol de proa, una joven enlutada me miraba fijamente. ¡Era ella, era Lelia, tal como la conocí veinticinco años antes!

Su rostro virginal tenía la misma expresión etérea de infinita melancolía. Y me habló... sí, era la misma voz dulce y penetrante, el mismo idioma extraño y musical que no se parecía a ninguna lengua humana y que, sin embargo, yo entendía perfectamente. Eran palabras de amor, de amor inmutable más poderoso que la muerte. ¿Qué importaba la separación? Pronto nos uniríamos para siempre... No sé lo que dije, si es que realmente dije algo; oprimí una de sus manos y me pareció fría como una tumba. Poco después se desasió suavemente, y con una aguja de oro que arrancó de su peinado escribió algo en la borda; luego me miró con los ojos llenos de lágrimas y fué a reunirse con una dama enlutada que la aguardaba a cierta distancia. Lleno de curiosidad encendí un fósforo para leer lo que ella había escrito: el fósforo se me escapó de los dedos y me senté en un banco para no caer, apretándome las sienes con las manos para que no se me escapara la razón. ¿Sabes lo que leí? Te esperaré siempre. L.

Permanecí trastornado largo rato; apenas pude coordinar las ideas corrí por todos los pasillos en busca de las dos enlutadas... El barco empezaba ya a andar, y a estribor el segundo oficial vigilaba la operación de izar y asegurar la escala. Le pregunté en inglés: ¿Sabe usted en qué camarote están dos señoras enlutadas que llegaron esta noche?

—No son pasajeras, me contestó; vinieron de paseo y hace media hora regresaron al puerto.

* * *

Calló Raúl y cerró los ojos. Yo no me atrevía a interrumpir su profunda meditación y me puse a cavilar sobre la extraña historia que acababa de oir. ¿No había perecido la misteriosa niña en el naufragio del Alexander? Y aún suponiendo que se hubiese salvado, ¿cómo era posible que apareciese después de veinticinco años tan joven como la primera vez?

¿Sería acaso la enlutada del Newport hija de la verdadera Lelia? en tal caso ¿no sería Lelia la que la acompañaba? Pero, ¿con qué fin fueron a bordo? ¿Por qué tanto misterio?

De mis cavilaciones me sacó la voz de Raúl que decía: Mi resolución está tomada: dentro de ocho días partiré para Guatemala e iré hasta el fin del mundo si es preciso, con tal de resolver este enigma que me atormenta.

* * *

El propósito de mi pobre amigo no llegó a realizarse. Un día recibí de Puntarenas este telegrama: Ven pronto. Estoy enfermo en el hotel. Raúl.

Partí al día siguiente y llegué al puerto ya entrada la noche. En la estación supe que Raúl, atacado de extraña enfermedad, había muerto a las seis de la tarde. Quise verle por última vez y me dirigí al hotel. Daban las ocho y doblaban las campanas de la iglesia vecina cuando comencé a subir la vetusta y crujiente escalera; faltábanme apenas tres o cuatro escalones cuando percibí la estancia mortuoria; di un paso y vi el ataúd entre cuatro cirios; subí otro escalón y... ¡horror!... Una figura esbelta y enlutada estaba de hinojos al lado del cadáver. La vi levantarse y dirigirse hacia la puerta... Quise gritar y mi lengua parecía de plomo; traté de huir y las piernas no se movieron. La enlutada pasó casi rozándome, y al través del espeso velo que cubría su rostro vi fulgurar dos ojos que me helaron la sangre. Apenas me repuse bajé la escalera, avergonzado de mi pueril temor, e interrogué a un agente de policía que estaba en la puerta de la fonda. ¡Nadie había pasado!

Entonces huí de allí como de un lugar maldito y corrí al parque en donde bullía el gentío y tocaba la banda militar. Y al palpar allí la grosera realidad de la vida, experimenté la satisfación del que despierta de una pesadilla, después de haber viajado por el país de la muerte y del misterio.

La bruja de Miramar

Ni aún los más guapos del pueblo se atrevían a aventurarse de noche por la calleja del río, temerosos de aquella lucecilla que parpadeaba en la sombra como un ojo felino; y si algún labrador era sorprendido por la oscuridad al volver del abrevadero con su yunta, pasaba de prisa y persignándose delante de la casucha sin atreverse a mirar, por el ventanillo siempre abierto, la humilde estancia alumbrada por una vela de sebo, la mesa llena de potingues, el baúl desvencijado, la camilla de lona y el fogón donde se calentaba la frugal cena.

Sentada en un banquillo al lado de la mesa, una mujer cincuentona, de nariz aguileña, ojillos penetrantes y tupidas cejas grises, removía sin cesar el contenido de un mortero.

Llamábanla en Miramar la Tía Mónica y pasaba por bruja. Vivía absolutamente sola en aquella choza sin vecindario, cultivando de día una huerta de media hectárea y confeccionando de noche jabón de hiel, jarabes para la tos y otros menjurjes que junto con sus hortalizas iba a vender al pueblo dos veces por semana. Comprábanle sus artículos más por miedo que por caridad; y fue sin duda por alejarla de la aldea por lo que don Alonso, el dueño de los terrenos colindantes, insistía en comprarle la exigua finca. ¿Venderla? Ni por pienso. ¿Cómo deshacerse de una propiedad que le proporcionaba la subsistencia y le permitía vivir sin mendigar favores de nadie?

Allí veía deslizarse los años, siempre atareada y silenciosa, cada día más flaca y huraña, gastada prematuramente por las penas del alma y los achaques del cuerpo.

Pero cuando rendida del ajetreo diurno se echaba sobre su pobre lecho, una sonrisa de inefable dicha entreabría sus marchitos labios y parecía iluminar como una aurora las paredes de la estancia. Y es que no hay nadie, por infeliz que sea, que no tenga un recuerdo o una ilusión que mitigue sus penas ... Y la Tía Monica tenía un hijo.

Quince años atrás, cuando vivía en la capital, se vió obligada a separarse de su brutal marido y a irse a Miramar, a aquella casita que le había legado una tía suya; pero su hijo único, su Jorge, fue reclamado por el padre y encerrado en un colegio, con orden expresa de evitar las visitas de la madre. Durante muchos años la pobre mujer se contentó con ir de cuando en cuando a la ciudad para contemplar a su hijo a través de la verja del patio de recreos, y con enviarle furtivamente dinero, dulces y cartas que nunca eran contestadas.

Al fin murió el tirano, cuando el niño, convertido en gallardo adolecente, iba a comenzar sus estudios en la escuela de comercio; y la Tía Mónica pudo entonces visitar con frecuencia a Jorge y enorgullecerse de costear su educación. Por eso se ingeniaba de mil modos para afanar el dinero; por eso trabajaba noche y día sin importarle su quebrantada salud; por eso cuando dormía brillaba en sus labios una sonrisa. ¿Qué importaba que el joven recibiera con frialdad, casi con disgusto sus visitas?

¡Era natural! Estaba relacionado con las principales familias de San José y ¿qué dirían sus amigos si supiesen que era hijo de la bruja de Miramar?

* * *

Terminados sus estudios se encontró Jorge con un problema de más difícil solución. ¡No había plazas vacantes en los almacenes! En vano solicitó, recurrió a los amigos, a los avisos. ¡Nada! ¿Estaba, pues, condenado a morirse de hambre en la capital? No, su madre velaba por él. Precisamente el señor Rodríguez, el tendero más acaudalado de Miramar, necesitaba un tenedor de libros. Por consejo de la Tía Mónica solicitó Jorge la plaza y la obtuvo, gracias a sus excelentes recomendaciones. Pero antes de trasladarse al pueblo manifestó a la pobre vieja la conveniencia de ocultar su parentesco: él alquilaría un cuartito y ella podría visitarle de noche. ¡Y ella que había soñado con arreglarle la única habitación de su casucha y tenerle siempre a su lado! ¡Paciencia! Sí... Jorge tenía razón... ¿Cómo conquistarse buena posición social, si los vecinos se enterasen de que era hijo de la bruja?

* * *

La acogida que le dispensó el señor Rodríguez no pudo ser más cordial: bien es verdad que a su competencia unía el joven cierta distinción de maneras y una formalidad que le captaban las simpatías de todos.

Poco a poco se granjeó la voluntad de de su patrón y llegó a manejar todos los negocios de la casa.

Imposible pintar la satisfacción de la Tía Mónica al ver los progresos de su hijo y el legítimo orgullo con que oía a los vecinos ponderar las prendas del joven forastero. Habría dado los años de vida que le quedaban, por poder decir, a todo el mundo: «ese joven que tanto elogiáis es hijo de esta vieja y su educación es obra de esta pobre bruja!» Y en la imposibilidad de hacer tan imprudente revelación, la Tía Mónica se alejaba suspirando.

Su instinto maternal descubrió una noche un secreto importante. ¡Jorge estaba enamorado! Tenía el señor Rodríguez una hija bellísima y modesta—Anita—y entre ambos jóvenes brotó desde el primer momento una corriente de simpatía que la convivencia convirtió pronto en amor. Estaba resuelto a confesarlo todo a su principal y a solicitar la mano de Anita; pero por consejos de la Tía Mónica aplazó su petición. Era preciso consolidar antes su posición en la casa, acabar de ganarse el cariño del jefe, y sobre todo ahorrar algo. Así lo hizo y el resultado confirmó la previsión de su madre. El señor Rodríguez aprobó aquellos amores y la boda quedó concertada para principios del año siguiente.

* * *

En Diciembre se efectuaron las fiestas cívicas del pueblo, y a ellas concurrieron muchos forasteros entre los cuales se encontraban tres o cuatro calaveras de la capital, antiguos condiscípulos de Jorge. Este se creyó en el deber de obsequiarlos y fué a cenar con ellos después de la corrida de toros. En la sala contigua al comedor se jugaba fuerte, y nuestros amigos, excitados por el champaña, resolvieron probar fortuna. Esa tarde había cobrado Jorge quinientos colones de un deudor del señor Rodríguez, y los llevaba en el bolsillo por no haber tenido tiempo de guardarlos en la caja.

Trastornado por el licor y deslumbrado por los montones de oro y de billetes, jugó por primera vez, jugó toda la noche, y al amanecer había perdido cuanto llevaba, inclusive el dinero que no era suyo.

Cuando el aire de la mañana hubo refrescado su frente, pensó avergonzado en su calaverada y recordó con horror que dos días después era el balance anual de la tienda. ¿Cómo confesar su falta, su cadena de faltas a un hombre de tan rígidos principios? ¿Dónde conseguir aquel dinero si había invertido todas sus economías en los preparativos de boda?

Estaba perdido, irremisiblemente perdido . . . Posición, estimación, amor . . . todo se había hundido en el abismo de aquella noche fatal.

* * *

A las diez, cuando la Tía Mónica llegó sigilosamente al cuarto de su hijo, sintió helársele el corazón. Echado sobre el escritorio, en el cual se veían algunos pliegos recién escritos, Jorge sollozaba con el rostro oculto entre las manos. Sobre los papeles había un revólver cargado. A fuerza de caricias, de súplicas y de lágrimas la pobre mujer logró averiguar la causa de tan terrible determinación. ¡Cómo! ¡Si aquello no valía la pena!

¿No estaba allí su madre?

No, no había que menear la cabeza con desconfianza.

¿Qué estaba pensando? Ella tenía sus ahorros; si al día siguiente no estaba allí el dinero, podía él suicidarse si quería. Y así que le hizo jurar que no atentaría contra su vida hasta la noche siguiente y después de asegurarle de nuevo que para entonces traería los quinientos colones, la Tía Mónica sé retiró llevándose el revólver.

* * *

Algunos curiosos la vieron otro día entrar con el rico don Alonso en la oficina del notario y salir luego con el rostro radiante de gozo y apretando algo bajo el raído pañolón. ¡Eran los quinientos colones en que había vendido su casa y su huerta que valían más de mil. Ocho días de plazo le había dado el comprador para desocupar la casa. ¿A donde iría a refugiarse? ¿De qué viviría en adelante? ¿Qué importaban esas pequeñeces con tal de salvar el ídolo de su corazón?

* * *

Durante dos semanas la vieron por las calles del pueblo vendiendo potingues, pero ya no hortalizas, cada vez más flaca y tosiendo sin cesar. Su hijo ignoraba la venta de aquella heredad que ni siquiera conocía, e ignoraba también que su madre vivía en un cobertizo azotado por el viento y por la lluvia.

«¡Cuanto sufriría si lo supiera!» Pensaba la infeliz, cegada por su amor materno, sin comprender el profundo egoísmo de aquel hijo desnaturalizado.

Después... nadie la volvió a ver por las calles del pueblo. Devorada por la tisis, y postrada en el lecho, habría muerto abandonada si una vecina caritativa no le hubiese llevado de tarde en tarde algún socorro. Una esperanza galvanizaba aún su endeble cuerpo: la de presenciar la boda de su hijo y confundida entre el gentío verle salir del templo, dando el brazo a la gentil Anita.

Faltaban apenas ocho días...

¿Le concedería Dios tanta felicidad?

* * *

El viento de aquella sombría noche de Enero azotaba el rostro de los escasos transeúntes con una llovizna fría y penetrante como puntas de agujas.

A las once no se veía un alma en las calles ni una luz en las casas: solamente los balcones de un edificio de dos pisos frente al Mercado proyectaban sobre la plazoleta cuatro barras de luz dorada. Dentro resonaban los acordes de la música, el rumor de las carcajadas y el chocar delos vasos

A la misma hora, por la callejuela del río avanzaba penosamente una sombra, se detenía de cuando en cuando para apoyarse en las paredes o sentarse en una piedra, y continuaba luego su camino, casi arrastrando, murmurando entre accesos de tos: «¡Dios mío, dame fuerzas para llegar!»

Más de media hora tardó en recorrer los trescientos metros que la separaban de aquellos balcones. Al llegar frente a ellos se dejó caer extenuada sobre la hierba...

¿Era sueño o realidad?

Al través de las vidrieras vio una lujosa mesa guarnecida de señoras y caballeros: en el sitio de honor una bellísima joven vestida de blanco y coronada de azahares bajaba los ojos ruborizada y sonriente, mientras a su lado un apuesto mancebo murmuraba a su oído palabras de amor.

Y la moribunda pensó enajenada que toda aquella felicidad era obra suya, que su misión estaba cumplida, y que el cielo la había otorgado la recompensa debida a su heroica abnegación...

Y mientras en la sala continuaba el alegre concierto de la música y las risas, fuera la llovizna seguía cayendo, cayendo fría como el olvido y despiadada como el egoísmo.

* * *

A la mañana siguiente se encontró sobre la hierba de la plaza el cadáver de la Tía Mónica. Su rostro reflejaba aún en una inefable sonrisa la encantadora visión que tuvo al partir de este mundo.

La leyenda del prestamista

En la mísera covacha, oscura y húmeda como una mazmorra, en medio de la balumba de prendas heterogéneas colgadas de las escarpias o amontonadas en los rincones, el viejo prestamista sentado detrás del mostrador acecha pacientemente la llegada de sus víctimas. ¡Con qué fruición clava sus pupilas de gato en su riqueza, en aquellos mil objetos prisioneros que esperan vanamente su rescate! Aquella falda negra conserva aún la postrera lágrima del esposo al expirar en el regazo de la esposa; este bordado pañolón de burato es de una pecadora que—pasada la época del esplendor—comienza a bajar la pendiente que conduce al hospital; esos libros, empeñados uno tras otro, prolongaron unos días más la agonía del sabio olvidado, quien no acertaba a desprenderse de ellos como si fuesen hijos queridos; la máquina de coser, silenciosa ahora y enmohecida, alegró con su incesante charla el cuartito de la obrera, de la huérfana que durante mucho tiempo luchó contra las tentaciones del vicio, hasta que, falta de trabajo y agotados los recursos, cayó vencida en el arroyo; la condecoración que brilla bajo un fanal fué de un inválido que hoy va de puerta en puerta pidiendo socorro a los mismos a quienes defendió con su fusil; aquellas herramientas, brillantes aún como un trofeo, proporcionaron al carpintero estropeado la medicina para el niño moribundo, pero no lo suficiente para comprarle el ataúd.

De todos esos lúgubres objetos brota un coro de llantos que hiela el alma, pero que en el empedernido corazón del usurero resuena como una alegre música de monedas.

* * *

Durante largos años la covacha, con las fauces abiertas como un dragón, devoró hasta los últimos harapos de la miseria y se hartó de dolores.

Las prendas pignoradas se convirtieron poco a poco en oro que fue a hacinarse en el sótano, en montón siempre creciente. Y cuando un día el usurero, oprimiendo contra su pecho el precio de las últimas prendas realizadas, bajó al escondrijo para revolcarse sobre su infame riqueza y embriagarse con el perfume del oro, resbaló en los peldaños y fué rebotando de cabeza hasta el fondo de la cueva. Pero al chocar contra el pavimento de monedas, no se oyó el alegre tintineo del oro. Hundióse su cuerpo en algo frío que mordía sus carnes, en algo muy amargo que invadió su boca, que le llenó la garganta, las entrañas, todos sus poros, ahogándole lentamente, tras largos siglos de infernal agonía.

El sótano se había convertido en un lago de lágrimas.

Marcial Hinojosa

En Febrero de 1900 me trasladé de Cartago a la capital para seguir los cursos de farmacia, y mi buena estrella me deparó en la calle de la Estación un cuartito amueblado y con servicio interior, a un precio muy de acuerdo con mi no muy repleto bolsillo de estudiante. Contraté con la patrona la comida y me arreglé de modo que de los cuarenta colones mensuales que me enviaban mis padres, aún me sobraban cuatro o cinco que invertía en café y tabaco. No tenía amigos y mi único visitante era Marcial Hinojosa, pasante de abogado, antiguo condiscípulo y comprovinciano. Rara era la noche en que Marcial no me ayudaba a preparar el café en la cocinilla de alcohol y también a tomarlo: charlábamos hasta las diez y luego volvía él a su casa y yo a mis libros.

Era Marcial un joven serio y estudioso, perspicaz y observador, muy fuerte en matemáticas y química, enemigo de los versos, pero asiduo lector de novelas, particularmente de aquellas que ofrecen vasto campo a la imaginación, al razonamiento deductivo o a la investigación.

Apasionábale, sobre todo, Conan Doyle. Si aquí hubiera verdaderos criminales—me decía —yo sería el Sherlock Holmes de Costa Rica y tú mi doctor Watson.

Y a fe que Marcial no habría sido inferior a su modelo, pues poseía en igual grado inteligencia, tenacidad y energía. En dos o tres ocasiones en que la policía se había declarado impotente para coger los hilos del crimen, Marcial la había puesto sobre la pista por medio de artículos que publicaba con el seudónimo de Lupin.

Nunca le conocí novia; era, sin embargo, ferviente admirador de la belleza, y aun sospecho que en sus cotidianas visitas a mi habitación tenía no pequeña parte mi hermosa vecina.

Casi enfrente de mi cuarto, en la esquina, se levantaba un edificio de dos pisos cuya ornamental fachada de granito y mármol pregonaba la riqueza de sus dueños. Eran éstos don Horacio Meneses, joven banquero, y su esposa Amelia, bellísima dama que a lo sumo contaría veinticinco años. Físicamente no podía darse mayor contraste entre ambos: mientras ella parecía de puro tipo sajón por sus dorados cabellos y sus ojos azules que resplandecían en una tez de nieve, él era de color moreno subido, cabellos y ojos negros y facciones que revelaban un temperamento sensual e impulsivo. Mayor, si cabe, era el contraste en lo moral, al decir de la gente entrometida: vivían separados, ella en las habitaciones del frente y su marido en las que daban a la otra calle; pero en público se dejaban ver juntos y sabían guardar las apariencias, como cumple a personas de calidad y educación.

Amelia se había casado por despecho al saber que Daniel, Téllez o el único hombre á quien amó desde niña, había contraído matrimonio en Londres. ¡Funesto error que fué la desgracia de toda su vida! Daniel regresó soltero y más enamorado que nunca: no era él sino su hermano Samuel quien se había desposado allá, y los periódicos habían confundido los nombres.

Enterónos de estos pormenores, una tarde, mi locuaz patrona, agregando que según indiscreciones de los criados, el señor Meneses estaba celoso, la señora lloraba con frecuencia y Daniel Téllez rondaba de cuando en cuando la casa. ¿Se verían secretamente? ¿Se escribirían? Esto es lo que mi huéspeda se proponía poner en claro por medio de incesante vigilancia. ¡Hum! me dijo Marcial cuando nos quedámos solos; barrunto que hay drama en el aire.

* * *

Y el drama ocurrió al fin, espantoso, con la brutalidad del rayo.

Sí, fué el 16 de Setiembre. ¿Cómo olvidar la fecha ni la escena? El 14 tomé el tren de Cartago para pasar con mi familia la fiesta de la Independencia; el 16 regresé por la mañana y cuando bajaba a pie por la calle de la Estación ví un gentío considerable enfrente de mi cuarto. Apresuré el paso y ya más cerca pude observar que los curiosos miraban hacia la casa del señor Meneses, cuya puerta guardaban dos agentes de policía.

En la esquina bajó de un coche el doctor Morán, uno de mis profesores, y llamándome con la mano me dijo: Hágame el favor de llevarme esta caja de instrumentos.

—¿Qué ocurre?—le pregunté.

—Una desgracia horrible. Sígame usted.

En su compañía subí la ancha escalera de mármol blanco, atravesamos una galería alfombrada y llegamos a una puerta custodiada por un sargento de policía. Dentro de la habitación se movían algunas personas, entre las cuales distinguí al Juez del Crimen y dos inspectores que conversaban en voz baja con Marcial. Pero no fueron ellos, ni el suntuoso dormitorio tapizado de raso azul, ni el dorado mueblaje lo que atrajo desde luego mi atención, no; fué algo que nunca se borrará de mi memoria y que repetidas veces he contemplado en toda su cruda realidad durante mis pesadillas.

Casi en el centro de la sala se alzaba un magnífico lecho, estilo Luis XV, y allí, boca abajo, ensangrentado y casi desnudo yacía un hermoso cuerpo de mujer, en cuya blanca espalda sobresalía la roja punta de una daga como un pistilo encarnado en el centro de una azucena. Era la señora Meneses, la bella e infortunada Amelia. Sentado en, el borde de la cama, su marido sollozaba con el rostro oculto entre las manos.

— ¿Un asesinato? —murmuré dirigiéndome a uno de los detectives que hablaban con Marcial.

—Probablemente un suicidio —me contestó señalando el cadáver. Entonces reparé que la señora tenía la mano derecha en la empuñadura de la daga, como si se hubiese arrojado sobre ella. Marcial nada dijo, pero se puso a examinar detenidamente la alfombra, los balcones y por último el lecho, cuando por orden del Juez fué removido el cadáver para proceder al dictamen médico legal. Las ropas de la señora Meneses yacían en un sofá: uno de los inspectores registró los bolsillos de la bata y lanzó una exclamación de sorpresa al leer un papel azul que encontró en ellos. Sin hablar palabra nos lo mostró. Decía así: «Tu negativa a tener conmigo una entrevista me va a inducir a algo terrible. Estoy desesperado. Si no accedes, tú sola serás responsable de lo que suceda. D.T.»

Nos miramos consternados: el inspector dió una orden al policial que custodiaba la puerta éste salió precipitadamente. Fácil era adivinar donde se dirigía: iba a arrestar a Daniel Téllez, presunto autor de un crimen pasional.

Un registro minucioso de la habitación no dió nueva luz sobre el asunto; la señora guardaba sus alhajas en una arca de hierro, y las gavetas de las cómodas no habían sido forzadas. Sin embargo, un detalle de suma importancia ha sido anotado por el Juez: la criada que descubrió el horrendo crimen al llevar el café a su señora, declaró que uno de los balcones estaba entreabierto.

El Juez ordenó recoger la daga, el papel y otros objetos, a los cuales se agregó, por insinuación de Marcial, la sábana ensangrentada.

* * *

En la tarde después del entierro, me encerré en mi cuarto a estudiar; pero la mente indócil a la voluntad, giraba sin cesar en torno del trágico suceso y tuve que cerrar los libros para engolfarme en mis meditaciones. ¿Sería Daniel Téllez el autor del crimen? Duro se me hacía creerlo; ni su carácter ni su educación autorizaban tal sospecha. Un hombre como él, en un arrebato de pasión habría dado muerte a su amada y se habría suicidado en seguida, sin pensar en despistar a la policía colocando el cadáver boca abajo.

La daga, una fina hoja japonesa, artísticamente cincelada, y aguzada como una lesna, pertenecía a Amelia, quien la conservaba como un recuerdo de su padre y la utilizaba a veces como plegadera.

¿No parece verosímil que la señora Meneses, desgraciada en su hogar, temerosa de ceder a las instancias de su antiguo amante o de ser causa de una catástrofe, prefiriera quitarse la vida, librándose de un martirio interminable? El haber dejado en el bolsillo de su bata el papel que comprometía a Téllez, era para mí una prueba más de la ofuscación de su espíritu.

A las siete llegó Marcial, se sentó silencioso en una poltrona y con la cabeza echada hacia atrás se puso a lanzar bocanadas de humo de un magnífico puro.

—¿Y bien?—le pregunté—. ¿Han puesto en libertad a Téllez? ¿Sé ha comprobado el suicidio?

—Téllez está incomunicado. Tu sabes que vive en un cuarto de soltero en la calle de la Sabana. Pues bien, el policial de línea declara que le vió llegar a su habitación como a las tres de la madrugada, y Daniel se ha negado a revelar al Juez en dónde pasó la noche.

—¡Pero eso es horrible! ¡Y yo que le creía inocente!

—El problema es más intrincado de lo que te imaginas, replicó Marcial, siguiendo con la vista las espirales de humo. ¿Ignoras las últimas noticias? No parecen las valiosas alhajas que la señora Meneses traía puestas ayer, y hace apenas una hora que una viejecita presentó a la policía un pendiente de brillantes que encontró esta mañana en la esquina de esta calle, pendiente que ha sido reconocido como propiedad de la víctima. El marido ha ofrecido cinco mil colones al que descubra al asesino.

—¡Pero entonces Daniel es inocente!

— ¡Hum!

Durante media hora no pude arrancarle una palabra más a Marcial. Absorto en sus pensamientos contestaba apenas con monosílabos, y después de tomar el café se despidió diciéndome:

¿Tendrías inconveniente en permitir que mañana a esta hora celebre aquí una entrevista con dos o tres personas?

—Mi cuarto está a tu disposición.

Salió y por la ventana vi con asombro que cruzó la calle y llamó a la puerta de don Horacio Meneses.

* * *

Al día siguiente a la misma hora llegaron sucesivamente a mi habitación el Juez del Crimen, el Director de Policía, un detective con una caja y por último Marcial.

Este, después de cerrar la ventana, dijo:

—Me he tomado la libertad de citar a ustedes aquí porque deseo que nuestra entrevista no tenga carácter oficial ni se enteren de ella los empleados de las oficinas, y también porque conviene que estemos cerca del teatro del crimen. ¿Cuál es la opinión de usted, señor Juez, acerca de la muerte de la señora Meneses?

—Me inclino a creer, contestó el aludido, en un asesinato por robo: la desaparición de las joyas, el balcón abierto, el pendiente perdido...

El Director de Policía y yo combatimos esa hipótesis. La señora acostumbraba dormir con la luz eléctrica encendida; la daga estaba de ordinario en una gaveta de la cómoda. Era preciso admitir que el ladrón forzó uno de los balcones sin ser oído, apagó la luz y se puso a registrar los muebles y al encontrar la daga se le ocurrió matar a Amelia y colocarla en una posición que sugiriese la idea del suicidio, y todo esto a oscuras!

El detective habló poco, pero de sus palabras se desprendió que creía en la culpabilidad de Daniel Téllez.

Marcial escuchó callado la discusión consultando de cuando en cuando su reloj. Cuando dieron las ocho se levantó del sillón y dijo:

—He practicado por mi cuenta algunas investigaciones y mi conclusión difiere bastante de la de ustedes. Desde luego hay que descartar la idea del suicidio. Usted recordará, señor Juez, que entre los objetos que recogió en el cuarto de la víctima le pedí que incluyera la sábana que cubría el colchón. Aquí está, añadió Marcial, abriendo la caja traída por el detective y extendiendo el lienzo ensangrentado. No ven ustedes este agujerito que corresponde a la posición de la espada? Fué hecho por la daga y lo vi también en el colchón. La señora fué muerta de una terrible puñalada en el pecho.

La observación de Marcial era concluyente.

—Esta mañana—continuó mi amigo—hablé con Daniel Téllez, en su calabozo, pues le han levantado la incomunicación, y me confesó el motivo de su silencio. El día del crimen recibió un papelito escrito en máquina, que decía: «Si a las doce en punto ves mi balcón abierto, entra por la puerta principal; si está cerrado, vuelve mañana a la misma hora.—A.» Inútil es advertir a ustedes que esa esquela es una falsificación con la cual se pretendía envolver a Daniel en una trama espantosa. El acudió a la cita, encontró cerrado el balcón y para calmar el estado febril de sus nervios se fue a la Sabana hasta las tres de la madrugada.

—Pero entonces el asesino... comenzó a decir el Juez.

—Esta tarde escribí al señor Meneses para que viniera aquí con un cheque de cinco mil colones, pues creo poder ya dar algunas noticias sobre el autor del crimen; son las ocho y media y me parece mejor que vayamos a ver a don Horacio para aclarar en su presencia el misterio y recordarle su ofrecimiento.

Un momento después llamábamos a la puerta de la suntuosa morada. Un criado nos condujo al salón y fué a avisar al amo; pero volvió acompañado del mayordomo, el cual nos dijo:

—El señor Meneses partió anoche a las nueve para una de sus fincas y todavía no ha vuelto.

Jamás he visto en semblante alguno una transformación tan rápida como en el de Marcial. Se puso pálido, luego encendido, se levantó de un salto, y con las facciones contraídas y los puños apretados dió algunos pasos por la sala exclamando: soy un idiota... un imbécil... Señor Juez, es preciso dar inmediatamente orden de prender al criminal. ¡Ah! ya es demasiado tarde... ¡ha tenido tiempo de embarcarse!

—¡El criminal! exclamó el Juez sorprendido. ¿Le conoce usted? ¿Cómo se llama?

—Se llama el banquero don Horacio Meneses.

* * *

Por un momento el asombro nos impidió articular palabra: por fin el Juez balbuceó:

—¡El! ¿qué dice usted? ¿Y las pruebas?

—Ahí tiene usted una, la desaparición del dueño de esta casa. Y aquí tiene usted otra, añadió dirigiéndose al último balcón que daba a la esquina.

Todos le seguimos y pudimos ver la falleba ligeramente manchada de sangre.

—Anoche, prosiguió Marcial, vine a ver al señor Meneses para manifestarle que me iba a encargar de la investigación y que tenía esperanzas de dar con el asesino. Mientras fué a buscar a su escritorio una fotografía de su esposa, me puse a examinar este balcón; pero Meneses observó desde el corredor mi maniobra gracias a ese espejo, pues advertí en su semblante cierta expresión de inquietud o angustia. ¡El miserable comprendió que estaba perdido y se puso en salvo! Es más astuto de lo que yo pensaba.

—No veo todavía que conexión hay entre esas manchas y la acusación de usted, observó el Juez.

—Ante todo es bueno dar la orden de captura sin pérdida de tiempo . . . bajo mi responsabilidad, agregó Marcial, al ver que el Juez vacilaba.

Y mientras el detective se dirigía a toda prisa al telégrafo, mi amigo prosiguió:

—Desde el primer momento sospeché del marido al ver su actitud ante el lecho mortuorio: ni una sola vez se atrevió a mirar el rostro de la muerta. La cortadura de la sábana excluía la hipótesis del suicidio. En cuanto al asesinato, a mi juicio había tres culpables de los cuales uno era necesariamente el culpado: un ladrón, Daniel y el marido. Los dos primeros ignoraban naturalmente la existencia de la daga: el ladrón además, se habría llevado, no sólo las joyas que usaba la víctima, sino también multitud de objetos valiosos, y no es verosímil que hubiese perdido tiempo en colocar el cadáver en tan extraña actitud. En cuanto a Téllez, era absurdo suponer que Amelia le hubiese dado una cita y le esperase dormida, y más absurdo aún que él la matase sin hablar antes con ella. La amenazadora carta de Daniel encontrada en la bata de Amelia fué una revelación para mí: ¿aquí en el borde, ven ustedes? está ligeramente manchada de sangre; luego, fué colocada, en el bolsillo, después de cometido el crimen.

Marcial encendió un puro y continuó:

—Meneses estaba enamorada locamente de su esposa y celoso desde el regreso de Téllez: no es aventurado conjeturar qué registrando furtivamente los papeles de su mujer encontrase la carta de Daniel y pensase desde entonces en tomar venganza de los presuntos amantes. Tal fúé su intención al enviar un billete apócrifo a Daniel y al guardar la carta de éste en el bolsillo de Amelia. ¿Se arrepintió de su villana acción al dar muerte a su esposa? ¿Se propuso agravar más la culpabilidad de su rival sustrayendo las joyas? No lo sé. Lo cierto es que para hacer creer en un robo convenía dejar alguna joya perdida en la acera, y como era peligroso salir esa noche a la calle, lo lógico era dejar caer desde el balcón alguna alhaja. Por eso examiné la falleba de aquél y ya pueden ustedes imaginar mi satisfacción al ver confirmado mi razonamiento.

Las pesquisas practicadas en la habitación del señor Meneses probaron lo dicho por Marcial. En su precipitada fuga el asesino se había llevado todos los valores de su caja de hierro, que apareció completamenta vacía; pero en un cajón del escritorio se encontraron las joyas robadas.

* * *

Han pasado más de dos lustros desde el sangriento suceso y todavía cuando hablamos de él se exalta Marcial y me dice: Si algún día encontrase al miserable al alcance de mi revólver, creo que le mataría como a un perro. ¡Asesinar cobardemente a una mujer, y a una mujer como aquella! A la mujer no se le debe maltratar ni siquiera con una flor, como dice el proverbio oriental. Afortunadamente para Marcial no se ha presentado la ocasión de satisfacer su vengativo proyecto, pues hasta ahora ha sido imposible averiguar el paradero del odioso asesino. Si vive todavía, ¿qué mayor castigo que experimentar de día el torcedor del remordimiento y de noche el horror de la sangrienta escena, renovada sin cesar por el ensueño?


Publicado el 22 de diciembre de 2019 por Edu Robsy.
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