La Madrina de Lita

Carlos-Octavio Bunge


Cuento


I
II
III
IV
V

I

Lita era una pobre niña que no podía caminar y ni siquiera tenerse en pie. Atacada a la medula por incurable enfermedad, su cintura era deforme y sufría dolores que le arrancaban diariamente quejas y lágrimas. Toda su vida parecía concentrarse en los dos grandes ojos azules que iluminaban su carita de ángel. Sentada en su sillita rodante, con un libro de estampas en la mano, fijaba esos dos ojos en su mamá, que bordaba junto a ella...

—¿Quieres que te cuente un cuento, Lita?—preguntábale la señora, acariciándole la rubia cabellera.

—No, mamá. Ya sé todos los cuentos.

Muy raro era que Lita no quisiera que le contaran un cuento, porque prefería los cuentos a las golosinas, a los juguetes y hasta a los libros de estampas. Por eso su mamá se los contaba todos los días, inventando a veces algunos muy bonitos.

Después de quedarse un rato pensativa, dijo Lita:

—Mamá, quiero que me digas quién es mi madrina...

Los padrinos de Lita habían sido sus abuelos, los padres de su mamá, y los dos murieron antes de que Lita cumpliera un año. Así es que la niña, como no llegó a conocerlos, no podía acordarse de ellos.

La mamá no quería decirle que habían muerto, porque Lita era muy impresionable. Podía pensar: «Los padrinos de mis hermanitos viven, y ellos viven y se mueven. Mis padrinos han muerto, y yo, que no puedo moverme, debo morir también.» Valía más contestarle, como otras veces, cuando hiciera la misma pregunta:

—Lita, tu madrina está de viaje.

Lita pensaba: «Es muy extraño que mi madrina esté siempre de viaje...» Pero, no atreviéndose a decir sus dudas y temores, limitábase a preguntar a su mamá:

—¿Y cómo se llama?

La mamá le contestaba:

—María—porque efectivamente «María» fue el nombre de la abuelita.

—¿Era muy buena?

—Muy buena.

—¿Me traerá muchos juguetes?

—Muchos y muy lindos...

—¿Y por qué no me los trae ya?

—Porque está muy lejos y porque eres una preguntona.

Lita volvía a quedarse pensativa. La madre dejaba entonces el bordado, para mirarla...

—¿Quieres que te saque al patio a jugar con tus hermanitos?—le decía.

—No, mamá—contestaba Lita, preguntando al rato:—Mamá, ¿las hadas pueden lo que los médicos no pueden?

La mamá miraba a Lita como si fuera a llorar, y le decía, besándola en los ojos y bañándole la carita con sus lágrimas:

—Dios puede todo lo que quiere, mi hijita del alma... ¿Por qué me preguntas eso?

—Por nada, mamá.

Pero Lita sabía por qué preguntaba eso. Lo preguntaba porque había oído decir a los sirvientes que los médicos no podían curar su enfermedad. Y ella esperaba que su madrina fuera una hada y la curase. ¿Qué hubiera sido de la Bella-Durmiente-en-el-Bosque sin su hada madrina?...

La mamá de Lita, que era muy linda y bien vestida, diole un beso en la mejilla y salió a visitas y compras. Miss Mary, la niñera inglesa, llevó a Lita a la plaza, en su cochecito de manos, con sus hermanitos y sus primos. Más ella no se divertía en la plaza, porque no podía correr detrás de un arco como los demás niños y porque siempre veía las mismas casas, los mismos árboles, la misma gente.

Cuando sus hermanitos y sus primos se fueron a jugar y la dejaron sola, ella preguntó a la niñera:

—Miss Mary, ¿cree usted que hay hadas?

Sin entenderle, sin escucharla siquiera, miss Mary repuso:

—«Yes, my dear, yes».

—«¡Qué tontas son estas inglesas!—pensó Lita.—Aunque no entiendan una palabra dicen siempre «yes, yes, yes», alzando y bajando la cabeza como el asno de cartón que me trajo papá el otro día.»

Después de jugar en el paseo, los niños volvieron a casa muy contentos. Muy contentos todos, menos Lita, que sentía en su cabecita aletear una pequeña preocupación, como una mariposilla prisionera bajo una copa de cristal.

Más que todos los paseos del mundo, gustábale que la llevaran, en su casa, al patio de servicio. Pues allí estaba casi siempre Ramón. Ramón era el hijo de la cocinera, un muchachote de su misma edad, doce años; pero que parecía su padre. Ramón la idolatraba como si fuera una santita de madera, le contaba historias preciosas, y le traía del mercado unos juguetes tan chuscos, que bastaba verlos para reírse a carcajadas.

Esperábala esa tarde con un saltaperico de retorcidos cuernos y barbas de chivo. Para sorprenderla, lo abrió de repente, pegándose en la nariz con la cabeza del saltaperico. Pero como ella no tenía ganas de reírse, no se rió. Guardó distraída el juguete y dio las gracias a su amigo, preguntándole después:

—Dime, Ramoncito, ¿crees tú que en este mundo hay hadas?

Ramón abrió tamaños ojos, se puso muy serio, metiose ambas manos en los bolsillos del pantalón, y repuso:

—Yo creo que en este mundo no hay hadas, niña Lita.

Como Ramón iba al colegio, hacía cuentas en su pizarra y leía libros de estudio, Lita creía en su ciencia. Después de su mamá, nadie le inspiraba mayor confianza. Sin embargo, desencantada esta vez por su respuesta, protestó, con cierta reserva de gran dama ofendida:

—Pues yo creo que hay hadas.

Mírola Ramón casi con lástima...

Ella prosiguió, con un vago temblor en la voz:

—Sí creo, sí creo, sí creo... ¿Qué razón tienes tú, malo, para no creer?

Tímidamente, el chico contestó:

—Yo nunca las he visto...

—¿Y no crees en Dios?

—Sí...

—¿Y has visto alguna vez a Dios?—exclamó Lita triunfalmente, burlándose de la poca lógica de su amigo.

Creyó Ramón mejor no tocar más el punto. ¿Cómo iba a discutirle esa chiquilla que nada sabía, a él, que estudiaba historia de Roma y multiplicaba por sumas de cinco y de seis números?... Pero ella insistía:

—Dime, malo, remalo, ¿crees o no crees en las hadas?

Ramón hizo una concesión, entre respetuoso e irónico:

—Si me lo manda usted, niña...

Sin contestarle, Lita dijo, en voz baja y misteriosa:

—Pues oye... ¡Oye, que tengo que decirte un secreto muy grande!... Acerca la oreja... ¡Más!... ¿Sabes qué secreto? ¡Mi madrina es una hada!

Creyó Lita que Ramón quedaría deslumbrado con semejante revelación, y sólo parecía perplejo...

—Es una hada que viene a verme todas las noches, en cuanto me duermo—continuó confidencialmente.—Entra en puntillas y se para al pie de mi cama. Es todavía más linda que mamá. Tiene una estrella en la frente y el pelo suelto. Arrastra, como la cola de los vestidos de baile de mamá, un manto de tul bordado de oro, perlas y brillantes. En la mano lleva siempre levantada su varita mágica...

Aquí hizo Lita una pausa, para gozar del efecto de su descripción... En su entusiasmo no vio que el chico, con sus infantiles ojos negros húmedos de piedad y de ternura, meneaba incrédulo la cabeza... Y ella prosiguió, alzando su vocecilla de plata:

—Yo sé que esa hada va a curarme y entonces podré saltar y correr, y cuando seamos grandes, ¡los dos nos casaremos!...

Ahora sí que parecía deslumbrado Ramón, aunque objetó:

—Pero yo soy el hijo de la cocinera, Lita, y usted es la niña de la casa...

—¿Qué importa?—respondió Lita con generosidad de reina.—Además, tú mismo me lo has dicho... Cuando seas grande, tú trabajarás para tu mamá, y ella no será más cocinera... ¿Qué importa que lo haya sido? ¡Mejor! ¡Así nos hará dulces muy ricos!...

—Pero su mamá...

—Yo no soy orgullosa y mi mamá hace todo lo que yo quiero.

Sin darse por vencido, no ocultando su triste escepticismo, Ramón objetó todavía:

—Su mamá hace ahora todo lo que V. quiere, niña, porque V. está enfermita; pero cuando V. sane, será otra cosa...

Lita contestó muy seriamente:

—¿Prefieres entonces, para casarte conmigo, que yo siga enferma, clavada en mi silla como los pajaritos embalsamados en los sombreros de mamá?

—¡Oh, no, niña, no!—afirmó Ramón con toda su alma.—Prefiero morirme. Se lo juro.

—No digas tonterías.

Se hizo una pausa, que cortó Ramón, después de suspirar:

—Tengo algo que mostrarle, además del saltaperico, niña Lita...

—¿Qué?

El chico salió corriendo y volvió triunfante con una ratonera, donde estaba presa una lauchita...

—Mirela, niña, qué preciosa...

—¡Uf, da asco! ¿Qué vas a hacer con eso?

—Mi mama la va a matar... Yo quería que V. la viera antes.

—¡No, que no la mate! ¡Suéltala, suéltala, pobre lauchita!... ¡Si te reprenden, di que yo te lo he mandado, Ramón!...

Ante orden tan perentoria, Ramón comprendió que había hecho mal en mostrar a la niña la pequeña prisionera... Y la soltó, porque sabía que los deseos de la niña debían siempre respetarse. La laucha corrió a esconderse debajo de un armario...

—¡Es una monada!—exclamó Lita batiendo palmas con alegría.—¡Su mamá va a ponerse muy contenta cuando la laucha vuelva a la cuevita!—Y cambiando repentinamente de tema y de tono, agregó:—Tenía que decirte otra cosa, Ramón... y es que puedes tutearme como mis hermanitos y mis primos.

Luego de pensarlo formalmente, Ramón contestó:

—Eso nunca, niña Lita. Mi mama diría que es una insolencia, y se enojará.

Lita se encogió de hombros:

—Tutéame cuando tu mamá no te oiga.

—Tampoco... Yo no hago nunca escondido de mi mama nada que no pueda hacer delante de ella...

—¡Tu mamá es la cocinera y yo soy la niña, y te lo mando!

—No podría, niña, no podría—gimió Ramón con voz tan compungida que la misma Lita soltó la carcajada, una de esas sonoras carcajadas que sólo sabía arrancarle el chico de la cocinera.

—¡Bueno!—dijo, cambiando el giro de la conversación.—Yo te trataré de usted... Cuéntame... o cuénteme usted lo que ha hecho hoy en la escuela ese pícaro de... ¿cómo se llama?... Luis Matheu... Ese que se pelea con todos y está todos los días en penitencia... Ese que en cuanto se pierde un coscorrón, dices que lo encuentra siempre en su cabeza...

Tuvo que interrumpirse aquí el coloquio, porque se oyó el recio y bien conocido taconeo de miss Mary que se acercaba... Ramón, cuya única antipatía en el mundo era esa miss Mary, se hizo humo...

Lita simuló dormitar y despertarse sobresaltada...

—¿Viene usted a buscarme, miss... «Yes»?—preguntó, no sin altanería.

—«Yes, Lita. Your mother is coming»...

Ante tal argumento, Lita cedió. Hizo una mueca amistosa a Ramón, que asomaba la cabeza por la puerta de la cocina, a espaldas de la niñera y se dejó arrastrar en su sillita al encuentro de su mamá.

Por la noche, durante el sueño, volvió a aparecérsele a Lita su hada madrina. Pero ahora, en lugar de estarse ahí callada mirándola como otras veces, la habló en un lenguaje que parecía una música de campanillas de oro. Dijole que iba a sanarla con su varita mágica y que después se la llevaría a viajar a su país, que era naturalmente el País de las Hadas, en un cochecito de marfil tirado por dos grandes mariposas azules. Pero para eso era menester que su ahijada demostrara antes que era buena...

—¿Cómo?—preguntó anhelante Lita, tapándose después la cara con la sábana, llena de vergüenza por su osadía de interrogar a una hada...

El hada le contestó que ser buena es ser hacendosa y caritativa con los niños pobres. Los niños pobres se mueren de frío en las noches de invierno. Una niña hacendosa y caritativa debía tejerles, así como su mamá tejiera a su papá una colcha de seda el verano pasado, tres colchas de lana: una blanca, otra celeste y otra rosada. Ella vendría a buscarlas una noche, dentro de treinta días justos. Si no estaban listas las colchas se volvería a su país, donde andaba siempre viajando... ¡Y para no volver más! Pues como su ahijada no era bastante buena, no la consideraba digna de curarse y viajar con ella por el País de las Hadas, en un cochecito de marfil arrastrado por dos mariposas azules.

Tanto se asustó la pobre Lita al oír esta amenaza de su querida hada madrina, que levantó la cabeza y se despertó sobresaltada... Pero el hada ya había desaparecido, con su estrella sobre la frente, su pelo suelto, su varita mágica siempre levantada y su manto de tul bordado de oro, perlas y brillantes.

II

Una vez despierta, Lita no pudo volverse a dormir. Con los ojos abiertos como los de un ratoncillo, esperó que llegase el día. Esa noche dormía en su cuarto, con miss Mary. Porque, cuando no sintiera dolores, dormía en su cuarto, con miss Mary, esa dormilona que roncaba como un fuelle. Cuando los sentía, dormía junto a la cama de su mamá, y esto era un consuelo. Y era tan buena Lita que, delirando por dormir junto a su mamá, para no afligirla, nunca exageró sus dolores. A veces hasta los disimulaba...

Esa mañana se sentía sin embargo dispuesta a usar de toda su energía para imponer su voluntad. En cuanto se coló la luz por las rendijas de la puerta, llamó a miss Mary. Miss Mary se levantó medio dormida, miró el reloj, dijo que era demasiado temprano y pidió a Lita que durmiese un poco más... Lita protestó... hizo abrir los postigos... ¡y ordenó a miss Mary, en el tono más conminativo, que fuese en el mismo momento a comprarle agujas de tejer y lana blanca, celeste y rosada!

Miss Mary se negó, probablemente sin comprender bien. Todavía no estaban abiertas las tiendas... Esperaría a que se levantase la señora... Insistió Lita... Y entre niña y niñera entablose una tremenda disputa, de la cual resultó llorando la niña... Al oírla, su mamá, que dormía en el cuarto contiguo con el oído siempre despierto, se apareció envuelta en elegantísimo peinador de blondas. Besó a Lita en los cabellos, escuchó estupefacta su petición, y le observó:

—¡Pero si tú no sabes tejer, mi tesoro!

Mimosa y llorosa, contestó la niña:

—No importa, mamá. Tú me enseñarás.

—¡Tejer tu!... ¡No es posible!... Eres muy chica. ¡Y te gastarías esos lindos ojitos míos y esas queridas manitas!... Yo he de tejerte cuánto me pidas: una carpeta para tu mesita, un pañolón para tu muñeca... Di, ¿qué más quieres?

—¡Por favor, mamá!—rogaba la niña, sollozando casi.—¡Enséñame a tejer a mí, tú que eres tan buena! ¡Ten lástima de mí!

—¿Y qué quieres tejer?

—Tres colchas para los niños pobres. Una blanca, y otra celeste, y otra rosada. ¡Pero quiero tejerlas pronto yo sola, solita!... Después, mamá, ¡escucha bien, mamá!... Después Dios me curará y podré correr como los demás chicos... ¡Mándame comprar ya lo que necesito, mamita querida!

Como miss Mary, la señora no se movía... Parecía enternecida y asombrada... Y Lita, desconsolándose por tales retardos y vacilaciones, comenzó a derramar el más amargo llanto de su vida, de su pequeña vida siempre llena de lágrimas.

También despertó al papá con su llanto. Y el papá vino a verla, vestido con una bonita «robe-de-chambre» de seda azul rameada de negro. ¡Parecía un chino con esa «robe-de-chambre»!... Pero como era también muy bueno, se enteró de lo que quería su hijita inválida, y cambió con su mamá algunas palabras. Aunque hablaban en voz baja y en el otro extremo de la pieza, Lita les oyó perfectamente...

La voz ronca del padre decía:

—Está demasiado agitada. Es necesario tranquilizarla. ¿No tiene fiebre?

La voz fina de la madre contestaba:

—Parece que no; ahora le pondremos el termómetro... ¡Pobre chica!... ¡Tiene demasiada imaginación para su estado!... Ha soñado curarse... Habla de curarse... Yo creo que tejer no le haría mal.

—Habrá que consultar al médico. Tú sabes que no quiere que se fatigue, ¡ni que te fatigues tú tampoco!

La señora suspiró... El señor parecía preocupado por la obstinación de Lita. Pues Lita no era caprichosa. Le gustaba contradecir a veces; pero era dócil y reposada como una viejita de cien años. Como su capricho de tejer era una cosa rara, el padre ordenó a miss Mary que llamase al médico por teléfono.

Oyendo la orden, Lita la desaprobó:

—¿Para qué el médico?... Si los médicos no pueden lo que Dios puede, ¡y yo me curaré sin médico!...—Y luego pensó en voz alta, consolándose:—De todos modos, aunque miss Mary lo llame, él no va a oír ni entender, porque ese teléfono es para hablar español y miss Mary no sabe hablar más que en inglés.

Su padre se sonrió y le dijo:

—El teléfono sirve para todos los idiomas, Lita. Además, miss Mary sabe hablar español como yo y como tú. Habla inglés con los chicos para que lo aprendan.

Lita se burló a través de sus lágrimas del español de miss Mary... Lo cual no impidió que ésta volviera pronto trayendo la contestación del médico: hasta las cuatro de la tarde no podría venir... «¡Hasta las cuatro de la tarde!—pensó Lita.—¡Perderé, entonces, todo el día de hoy, y si no cumplo en los treinta días fijados por mi madrina!...» Y se puso a llorar otra vez, porque no le traían pronto los útiles pedidos. Su mamá la consolaba. Su papá fue a hablar él mismo por el teléfono, a reprender al médico y a mandarle, muy enojado, que viniese en seguida a ver a Lita.

Hubo todavía que esperar un buen rato. La mamá hizo rezar a Lita sus oraciones de la mañana y le besaba las manitas. Después la hizo desayunarse con una gran taza de chocolate. Y el médico vino al fin. Tenía anteojos de oro y un reloj muy grande, que hacía tic-tac hasta cuando estaba en el bolsillo.

Consultado, examinó a Lita y opinó:

—Pienso que no hay inconveniente en que se le dé lo necesario para tejer.—Agregando después, cuando creyó el muy tonto que la enfermita no le oía:—De todos modos, me parece que no llegará a anudar dos puntos de tejido. Tratará de aprenderlo, y al ver que no es tan fácil como imaginara, tirará las agujas. Si aprende a tejer, lo que no me parece probable, hará unos cuantos puntos, y en cuanto la labor pierda su novedad, la dejará de lado... ¡Tengan por seguro que ya mañana no se acordará de su capricho!

—¿Y si por rara eventualidad se empeña en tejer su colcha—preguntó la madre—y llega a esforzarse y se fatiga?

—No creo que eso ocurra, señora—aseguró el médico.—Cuide en todo caso de que no se incorpore mucho... ¿Lleva siempre su corsé de yeso?

—Todos los días se le pone al vestirla, y todas las noches se le saca al acostarla.

—Que siga lo mismo. Y si llegara a excitarse demasiado, dele una cucharadita de la receta calmante que le prescribí la vez pasada.

—¡Eso la postra!...

—Disminuya la dosis.

Y se fue el médico, con sus anteojos y su reloj.

Requerida por Lita, miss Mary salió a comprar las agujas de madera y lana blanca, celeste y rosada. Se hizo esperar mucho, ella también. Pero, mientras volvía, la madre vistió a Lita, la lavó, la peinó, le puso agua de Colonia y la sentó en su silla rodante.

Poca lana trajo miss Mary... Como no alcanzaba para las tres colchas pedidas por el hada madrina, Lita reclamó el doble más de lana de cada color... Su mamá le dijo que aprendiese primero a tejer lo que tenía delante, y comenzó a enseñarle...

Con gran sorpresa de su mamá, en un momento aprendió Lita, toda ojos, los puntos del tejido. Antes de la hora de almorzar ya tejía; bien que imperfectamente, ¡ya tejía!... Como primeros ensayos fabricó unas tiras largas y desparejas y unos cuadraditos, aunque sucios de dedos y no sin nudos que acusaban tropiezos y equivocaciones.

Inmediatamente quiso comenzar su colcha blanca. Nada pudo detenerla: ni las súplicas de su mamá para que descansase, ni siquiera la severidad de que se armó su padre, todavía vestido con su bonita bata azul rameada de negro.

Rodeada de su padre, su madre, sus hermanitos y miss Mary, ella seguía en su labor como una brujita, teje que teje, teje que teje, teje que teje... Por su boquita, contraída por la atención, acechaba su lengua a manera de una curiosa que se asoma por la ventana. Sus pequeñas manos parecían dos arañas de cinco patas, apuradísimas en reconstruir una tela rota por el viento.

III

Interrumpiose para almorzar, y después, casi a la fuerza, la obligó la mamá a descansar un buen rato. Quísola llevar de paseo en carruaje; pero la niña se resistió de tal modo, que también la señora se quedó en casa. Y en cuanto pudo, volvió Lita al trabajo, y lo continuaba, aunque con los intervalos que su mamá le imponía...

Llevaba ya tejido un buen principio a la hora en que Ramón volvía de la escuela. Deseó verle, mostrárselo y hacerlo su confidente esta vez más... Por eso pidió ella misma un nuevo descanso para que la llevasen al patio del servicio. La señora accedió, encantada.

Estallando por hablar, en cuanto estuvo cerca de Ramón, le preguntó, con inusitada formalidad:

—¿Tienes honor, Ramón?

Ramón contestó, no muy seguro:

—Creo que sí, niña...

—¿Puedes darme tu palabra de honor?

—Sí, niña, si usted lo manda...

—¡Dame tu palabra de honor de que no dirás nada a nadie de lo que voy a decirte!

—Le doy mi palabra de honor, sí...

—Pues escucha...

Y Lita contó a su modesto amigo todo lo que había pasado desde la noche anterior: la aparición del hada madrina, su oferta y promesa, cómo había puesto ella manos a la obra...

—Ahora tienes que decirme—terminó,—¿cuántos días faltan para los treinta días?

Ramón, que la escuchara pensativo, rió como un loco a esta pregunta, respondiendo:

—Para los treinta días faltan... ¡treinta días!

Lita se impacientó:

—¡Tonto! Pregunto en qué día de qué mes se cumplirán los treinta días... ¡Parece increíble que un grandulón que multiplica por mil números en su pizarra no sepa sacar esta cuenta!

—Sí sé, sí sé—repuso Ramón vivamente.—Hoy estamos a cinco de junio... junio debe tener treinta días... Será entonces el cinco de julio...

—¿El cinco de julio estaré sana?

—Si Dios quiere...

—Pues apunta la fecha para no olvidarla...

Ramón sacó una libreta y un lápiz del bolsillo, y apuntó la fecha...

Lita le dijo, dando un suspiro de satisfacción:

—Gracias.—Y añadió:—¿El cinco de julio? ¿Eh? ¡El cinco de Julio!

—Ya está apuntado... Estese tranquila, niña, que no lo olvidaré... ¿Quiere que le muestre un abanico de papel de colores que le he traído del mercado? ¡Voy corriendo a buscarlo!...

Disponíase Ramón a correr en busca del abanico; pero Lita lo contuvo, con aire importante:

—Me lo mostrarás otro día, Ramón. Ahora estoy muy apurada. Debo continuar pronto mi trabajo. Llévame pues al otro patio...

Mientras la arrastraban, Lita iba repitiéndose la mágica fecha, para que no la olvidase su memoria de pajarito... Todavía al despedirse de Ramón hasta el día siguiente, le recomendó otra vez:

—¡No vayas a perder el apunte!

Ramón se alzó de hombros ante tanta insistencia, y se volvió a la cocina ligeramente disgustado por la poca atención que mereciera su abanico de papel de colores...

La mamá sufrió un desencanto al ver que Lita no quería jugar más tiempo con Ramón, y trató en vano de distraerla para que no se fatigase demasiado...

Al acostarse, Lita hizo que le dejaran junto a la cama su cesta de trabajo. Pues su mamá le había regalado una lindísima, con flores artificiales y moños de cinta punzó. Y antes de cerrar los ojos, Lita marcó con la uña una señal en la baranda de la cama, para anotar que había transcurrido el primer día...

Pero no podía dormirse. Estaba demasiado nerviosa con las agitaciones del día. Su mamá, aunque lo notara, no quiso darle el remedio recetado por el médico. Sabía que su regazo era el mejor calmante para la hijita enferma. Por eso colocó muchos almohadones en una «chaisse longue», sacó a Lita de la cama, y se acostó con ella sobre los almohadones. Puso su cabeza muy alta para no dormirse, pues si se dormía un movimiento cualquiera podía quebrar la cintura de la niña inválida y matarla. Lita recostó su cabeza febril en el pecho de su mamá, y dejándose cantar lindas canciones en voz baja, quedose más profunda y tranquilamente dormida que si le hubieran propinado todo el frasco del remedio recetado por el médico de los anteojos de oro y del reloj que hacía tic-tac hasta en el bolsillo.

IV

¡Siete días, sólo siete días bastaron a Lita para concluir su colcha blanca! Y no parecía muy desmejorada la niña, no. Al contrario, aunque un poco enflaquecida, tenía mejor color, más animación que antes, hasta su poco de alegría. El médico y la madre se mostraban más bien contentos de su estado. Quien parecía descontento era el padre. Había comprado a su hijita un teatro de títeres y otros muchos juguetes ingeniosos, sin conseguir distraerla de su incesante labor...

Apenas concluida la colcha blanca, pretendió Lita empezar inmediatamente la celeste... Aquí intervino formalmente el papá. La enfermita necesita por lo menos un día de descanso, pues que ni el mismo domingo se había resignado a descansarlo todo entero. Y con su autoridad de amo, el padre hizo vestir con trajes de calle a su señora, a Lita y a mis Mary, pidió el carruaje descubierto para después de almorzar, se puso guantes amarillos y una galera muy grande, y salió a dar un paseo con su familia, aprovechando el hermoso día. Detrás iba Ramón en un fiacre, con el cochecito de Lita, para cuando se bajasen en el paseo.

Anduvieron por el bosque y por el Jardín Zoológico. Miss Mary arrastró a Lita en su cochecito, páranse ante las jaulas de los animales. Lita adoraba los animales. Y ese día, a pesar de su deseo de reanudar cuanto antes la labor, tuvo más gusto que nunca en ver leones, jirafas, avestruces, serpientes, de cuánto Dios crió. Porque pensaba que antes de que se cumpliese el plazo de los treinta días, ella podría presentar a su hada madrina las tres colchas. Entonces sanaría y caminaría sola y derecha, aunque tuviera un cochecito de marfil tirado por dos grandes mariposas azules. Visitaría el País de las Hadas, donde se ven en jaulas de oro los animales que aquí faltaban: sirenas, unicornios, dragones...

De vuelta en su casa, preguntó a Lita su papá:

—¿Te has divertido, Lita?

—Mucho, papá.

—Pues pasado mañana repetiremos el paseo.

Lita se afligió mucho, porque si cada dos días obligaba a descansar uno, no acabaría a tiempo las dos colchas que le quedaban por hacer. Así fue que rogó a su padre, con lágrimas en los ojos y sollozos en la voz:

—No me vuelvas a sacar a pasear hasta que termine la colcha celeste, papá... ¡Sé buenito, papá!... ¡Te lo pido por Dios y por la Virgen, papá!...

Para tranquilizar a la pobre mártir exaltada y no perjudicar el buen efecto del paseo, tuvo que prometérselo así su padre...

El día siguiente era el octavo día. En cuanto amaneció, Lita pidió a miss Mary los útiles y la lana celeste, y se puso a tejer y tejer... Otra semana más de trabajo, y quedó concluida la colcha celeste... Otra semana más, ¡y también la colcha rosada!... ¡Ya no le restaba nada que hacer, sino guardar celosamente su obra, su tesoro!...

Ramón le dijo que estaban a 27 de junio, y que faltaban todavía siete días para la fecha de redención, el 5 de julio... ¿Cómo pasar todo ese tiempo para no impacientarse ni aburrirse?... Pues ahora fue la misma Lita quien invitó a su padre a ir todas las tardes a Palermo y al Jardín Zoológico, y hasta más de lo que él podía, por sus quehaceres... Y la mamá se apresuró a hacerle el gusto, gozosa de ver al fin a su hija querida descansada y contenta:

—¿Cuándo llevaremos a los niños pobres tus colchas?—le había preguntado un día su mamá.

—Ya lo verás, mamá, ya lo verás. Por ahora sólo quiero que estén bien guardadas en mi armario, ¡muy bien guardadas!

Se pasaron así los días que faltaban y llegó la noche del 4 de julio, las ansiadas vísperas. Lita contó las marcas que había señalado en la baranda de su cama. Eran treinta justas, y su cuenta coincidía con la de Ramón. Besó a su papá, a su mamá, a sus hermanitos y hasta a miss Mary. Se hizo acostar muy temprano. Rezó largamente sus oraciones, pidiendo a la Virgen y a San José que velasen por su madrina... Y se durmió, mirando las tres colchas, que se había hecho poner junto a su camita.

Costole mucho dormir. Pero, en cuanto se durmió, se le apareció en su sueño el hada madrina. Venía como siempre, con su estrella, su varita mágica, su pelo suelto, su magnífico manto... Sonriendo con ternura a su ahijada, le dijo:

—Veo que eres buena, Lita. Te agradezco tu labor en nombre de los niños pobres, a quienes les llevaré tus colchas, para que no se mueran de frío en las noches de invierno.

El paje del hada, que era un gnomo, salió del seno de la tierra, cargó en las espaldas con los tejidos de Lita, y desapareció...

El hada hizo entonces unos garabatos en el aire con su varita mágica, diciendo a su ahijada:

—Y porque eres buena, te curo ahora para siempre.

Apenas dicho esto, Lita se sintió curada y se sentó en la cama, completamente derecha. Sin darle tiempo ni para decir gracias, su madrina la tomó de la mano...

—Ven conmigo, Lita. Te llevaré a dar una vuelta por el País de las Hadas, donde viven Caperucita Roja y Pulgarcillo.

Así como estaba, en su blanca camisita de batista, Lita saltó del lecho sola y adelantó de la mano de su madrina... Atravesaron la habitación sin hacer ruido, en puntitas de pie, luego el dormitorio de la mamá, el cuarto de vestir, una sala... iban directamente a la puerta de calle...

Lita misma abrió la puerta que comunicaba la sala con el vestíbulo. Cruzaron el vestíbulo y abrió también la puerta cancel... Llegaron al zaguán... Ya estaban ante la puerta de la calle... Lita hizo un esfuerzo para abrirla... ¡Era un pestillo muy duro y bien cerrado!... Y sintió de pronto que le faltaba el apoyo de su madrina y cayó sobre el frío umbral de mármol...

V

A la mañana siguiente, antes de que aclarara del todo, Ramón fue, como de costumbre, a abrir la puerta de calle a los proveedores de la casa. Iba tan preocupado con el cuento que le repetía diariamente Lita de su hada madrina, pensando si se le habría realmente aparecido durante la noche, que no se fijaba donde ponía el pie... Al ir a meter la llave en la cerradura de la puerta, pisó una cosa blanda... se agachó a ver lo que era, y lanzó un berrido estridente... ¡Ahí estaba Lita, en su camisita de dormir, que mostraba horriblemente la miseria de su deformidad! ¡Ahí estaba Lita, yerta, blanca, verdosa, helada!

Sin saber lo que hacía, loco de dolor, salió corriendo Ramón y entró en las habitaciones interiores por una puerta que daba al vestíbulo y estaba entreabierta...

—¡La niña Lita está en la puerta de la calle!...—gritaba.—¡La niña Lita está muerta en la puerta de la calle!...

El padre, la madre, miss Mary, los chicos, todos saltaron de la cama y acudieron... El padre fue quien levantó en los brazos el precioso saquito de huesos... Ramón corrió a llamar al médico... Y el médico de los anteojos de oro vino, y dijo que la niña estaba muerta.

—Es una felicidad para ella, la pobrecita—agregó con voz grave.—Y hasta una liberación para sus padres. No tenía remedio y sufriría inútilmente toda su vida.

Pero los padres no parecían pensar que esa muerte fuera una felicidad y una liberación. La señora gritaba desconsolada... El señor estaba fuera de sí... Llegaba a dudar de la muerte de esa frágil y tierna criatura. Conservando algo como la sombra de una esperanza, explicó al médico dónde y cómo la encontraran. La niña parecía haberse levantado por sí misma, como si estuviera sana, tal vez sonámbula...

El médico negó radicalmente semejante hipótesis. La niña no hubiera podido dar un paso por sí misma... Pero, ¿quién la llevó hasta allí, mientras miss Mary y los padres dormían?... ¡Pues el chico ese que decía haberla encontrado muerta! Él la había sacado de la cama para jugar, dejándola caer después en la puerta de calle. En la caída, la enfermita se había quebrado la columna vertebral... La niña estaba ya fría porque el chico que la sacara no se atrevió a avisar en el primer momento, por temor al castigo que le esperaba. Si se le avisara entonces, tal vez la ciencia la hubiera podido salvar. ¡Esa era la opinión del médico!

Al oírla, creyéndola en todo verdadera, el padre interpeló a Ramón con la ira de la desesperación:

—¿Cómo has podido hacer eso, miserable?

Ramón sintió que se le helaba la sangre de horror y de vergüenza... Su madre se puso a llorar... Y exaltándose más y más en su dolor, repetía el señor:

—¿Cómo has podido hacer eso, miserable? ¿Cómo has podido dejar de llamarnos a tiempo siquiera, canalla, desagradecido?

A Ramón le flaquearon las rodillas, y cayó sobre ellas, desfalleciendo... El padre de Lita creyó ver en ese desfallecimiento la confesión del crimen, pues se le presentaba el caso como un crimen, y vociferaba a la criada y a su hijo, en el paroxismo de su cólera:

—¡Fuera de aquí!... ¡Que yo no vea más la cara de ustedes!... ¡Pronto, fuera, si no quieren que los haga echar por la policía!

Después de diez años de servicios fieles, así fueron echados la madre de Ramón y su hijo, como ladrones, como asesinos... Y nadie dudó en ese momento de las palabras del médico, a quien el hecho dio tema para disertar largamente sobre los sentimientos perversos de la canalla.

Cuando Ramón estuvo solo con su madre en la pobrísima fonda donde se refugiaron, la abrazó sollozando... Iba a jurarle que el médico mentía, pero su madre le contuvo:

—¡Hijo querido! No necesitas decirme nada, porque yo sé que no es cierto. Tú no eres insensato ni cobarde para dejar morir a la niña sin avisar, ¡hijo querido!

Ramón gritó:

—¡Qué malos son en haber creído a ese médico, qué malos!

—No son malos—rectificó dulcemente la madre.—Los hombres no son malos ni buenos... Unos son ricos y otros son pobres... Eso es todo. ¡Cálmate, hijo mío!

Las crueles emociones de esa trágica mañana enfermaron gravemente a Ramón. Su madre tuvo que llevarlo al hospital, donde pasó muchos días entre la vida y la muerte. En sus noches de fiebre deliraba con la pobre Lita y su pérfida madrina, que no era una hada sino una bruja... A cada momento creía que esa bruja venía a robarlo a él también... Pero su naturaleza robusta venció la dolencia. A las tres semanas lo llevó su madre consigo a la nueva casa en que se conchabara, ya convaleciente, amarillo, altote, muy triste, y tan flaco como un espectro...

Él no volvió a hablar más de su amarga experiencia. Parecía olvidado de Lita y de la injuria mortal que recibiera... Mas una noche dijo sencillamente a su madre:

—Mañana hará un mes de la muerte de Lita, mamá... Quisiera comprarle unas flores y llevárselas al cementerio... Iremos los dos antes de ir al mercado, mamá...

En vez de enfadarse, como temía Ramón, su madre se lo prometió, después de abrazarlo. Compraron así al día siguiente un hermoso ramo de rosas blancas en el mercado y lo llevaron al cementerio. El guardián les indicó la tumba de Lita. Ya estaba cubierta de otras flores frescas, flores finas y raras.

—Mamá—preguntó Ramón divagando todavía con los pensamientos delirantes de su enfermedad—¿quién habrá puesto ahí esas flores tan temprano?... ¿No podría ser el hada madrina?...

—No, hijo mío. Esas flores las puso la madre de Lita, que estuvo aquí antes que nosotros; no lo dudes.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque soy tu madre.

Ramón se arrodilló, se persignó y dejó sus rosas blancas junto a las otras flores. Hubiera querido quedarse allí mucho rato, pues le parecía estar en la casa de Lita, que era un poco como su casa... Mas su madre lo apremió a que se despidiera; debían volverse porque era tarde... Entonces Ramón quiso llevarse, como recuerdo, un flor de la tumba de Lita...

Ella era tan generosa que me las daría todas si yo se las pidiera—dijo con los ojos llenos de lágrimas.

Su madre le prohibió que tomara la flor, porque las flores de los muertos traen desgracia...

—Las flores de Lita—imploró todavía Ramón,—a mí no pueden traerme desgracia, sino hacerme bueno, porque ella es como mi ángel de la guardia...

—No importa, hijo mío—concluyó su madre.—Las flores de los muertos son para los muertos.

Oyendo esto, Ramón se arrodilló por despedida ante el umbral del sepulcro, donde dejaba enterrados sus castos sueños de adolescente. Instintivamente acercó sus labios a un manojo de no-me-olvides que se destacaba entre las flores de la niña muerta... Y al besarlo creyó besar los ojos de Lita, creyó besar por primera y última vez los ojos azules de Lita.


Publicado el 19 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.
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