Primitivo, un tanto embarazado, esparció la vista sobre los robustos lomos de los carneros. "Si yo pudiera tendría muchos así, ¡cosa rica! ... pero éste, ¡ah! éste me lo llevo" —se dijo, y atropellando agarró a uno de la pata.
¡Lindo ejemplar! Tenía tupidísimo el vellón, sólida la cabeza y las patas cortas. Primitivo se quitó el poncho y con religioso cuidado hundió los gruesos y torpes dedos en la lana del lomo, después en la del cuarto, y por último, arrancando hábilmente, con rápido movimiento algunas briznas del costillar, se puso a examinarlas al través de la luz.
—Buena mecha y buen rizo. —Y dirigiéndose al patrón, que lo miraba sonriendo, interrogó: —¿Y éste, don Juan, es de los salaos?
—Sí no hay más que verlo: ése es de los puros; pero aquí hay otros de menos precio.
—No, patrón; vengo con mucho coraje y pue que si no me asusta me le pueble a los de campanillas —repuso el paisano echándose a reír con la risa picaresca del niño que celebra su propia travesura.
—Así me gusta, Primitivo; adelante, siempre adelante.
—¡Y qué le vamos a hacer! hay que cinchar: el que no cincha no arrastra. —Y contento ante la perspectiva de adquirir algunos de aquellos lindos animales, sintió deseos de comunicarse un poco, explicando a los presentes, acaso para acallar las dudas que le andaban por dentro, las ventajas que le reportaría la compra de buenos reproductores. Siempre que hacía algún desembolso, creíase obligado a dar explicaciones. Era un hombre sencillo.
Entre tanto el patrón examinaba el número y la señal de la pieza elegida.
—Por ser para vos, te lo voy a dejar en treinta y cinco.
Primitivo hizo sus cuentas gravemente. "La lana de cien ovejas —calculó—; pero en la mejora de las majadas no más... y en las crías... y algún carnerito que venda..." —y pasándose la sotera del arreador por detrás del cuello, propuso:
—Mire, don Juan, que es para un pobre. Si me los da a treinta le llevo tres.
Discutieron un buen rato, y, por último, don Juan, que tenía verdadera estima por aquel vecino trabajador y animoso, cedió, y entonces Primitivo, sin ocultar su alegría, metióse otra vez entre los carneros. No sentía los pisotones de las hendidas pezuñas ni las rozaduras de los retorcidos y fuertes cuernos; tocaba a uno, hundía la mano en el vellón de otro, y examinaba el tipo y las arrugas de los que estaban más lejos. El patrón sonreía bondadosamente.
—"Ahora sí que voy a adelantar ligero. Como no me suceda alguna desgracia ... " —díjose al tiempo de volcar el cinto, y un cuerpo oscuro le pasó por los ojos.
* * *
Mientras por lomas y llanos se encaminaba a su casa, deteniéndose de trecho en trecho para que descansasen los carneros, hacía toda suerte de alegres cuentas y dejaba volar a su antojo la imaginación, hasta sentir que le producía mareos de generoso mosto de la dicha.
Las ovejas no eran de buen origen, pero a fuerza de cuidados había podido mejorarlas un poco; ahora con la infusión de sangre rica que les iba a dar, esperaba obtener rápidos progresos. Y sonreía de placer.
Luego se puso a recordar con fruición, como quien goza del calorcito del fuego, después de haber estado al frío algunas horas, las penurias pasadas para reunir el modesto capitalito de que era dueño, libertarse de la esclavitud del conchabo y trabajar a su antojo. Con la vista en los rugosos cogotes de los carneros, se veía niño, siguiendo el paso de la carreta, cuyo eje con su rechinamiento monótono, lo hacía dormir. ¡Cuántas mañanas de frío! ¡cuántas noches al raso! Luego, garrido mancebo de veinte abriles, trabajando en lo que saliera: yerras, acarreos de tropas, esquilas; después, hombre de veinte y cinco, empleado de puestero en una estancia grande; y, por último, arrendatario, y dueño de sus ovejitas, que se reproducían rápidamente gracias a los prolijos cuidados, a los cuidados casi paternales que él les prodigaba. ¡Ah! Primitivo sabía trabajar. Cuando un borrego, perdido a la madre, balaba de hambre y frío, cobijábalo amorosamente debajo del poncho y se lo llevaba al rancho; allí, al calor del fuego, lo hacía revivir dándole frotaciones y leche con cognac; y esta operación la hacía con tanta frecuencia, que siempre andaba rodeado de una buena cantidad de guachos que lo seguían brincando de contento como antes a la madre en la luciente pradera. Primitivo los acariciaba, les quitaba los abrojos, y por las tardes se iba con ellos a la laguna para que comieran el sabroso verde de las orillas. Ellos parecían agradecerle esto ultlmo sobre todo; a la vuelta se le metían por entre las piernas, mordíanle las bombachas o le interceptaban el paso, plantándose delante de él en actitud insolente, con los dulces y grandes ojos llenos de alegria y de luz. Y Primitivo, viéndolos alegres y lozanos, sentía un goce purísimo, plácido y tan hondo, que a veces le dilataba el fornido pecho.
Reviando las majadas, si veía débil algún cordero recién nacido, volteaba a la madre para abrirle la teta, que de seguro tenía obstruida; en los temporales encerraba las majadas en los bretes; se libraba del azote del saguaipé haciéndoles lamer a las ovejas en todo tiempo piedras de sal; y en el verano, cuando la flechilla enceguecía los borregos, veíase a Primitivo con los animales en las alturas o en la costa de los arroyos, donde no hubiera pasto alto, y sus corderitos se conservaban tan hermosos!
Lo distrajo de sus pensamientos un hombre que a galope tendido avanzaba hacia él. Cuando estuvo cerca, —"Es mi hermano: ¿qué tripa se le habrá roto?" preguntóse; y al verlo tan paquete, agregó: "Eso sí, aunque no trabaje y sólo piense en divertirse, nunca le faltará un peso en el cinto, ni puñal de plata, m buenas garras; mientras que... ¿quién estará en lo cierto?" —Y echándose el sombrero sobre los ojos, esperó.
* * *
El hermano de Primitivo era el modelo del gaucho peligroso. Tenía el rostro flaco, aindiado y sin pelo de barba; la mandíbula inferior ancha, como la de los perros de presa, y la mirada traidora. A pesar de eso, cuando enseñaba los blancos dientes parecía simpático. No había trabajado jamás: en el juego solía buscarse la vida, cuando no andaba hablando gente para alguna trifulca. Titulábase capitán de los blancos, y entre los suyos gozaba fama de hombre de pelo en pecho. A esta fama debía quizá su fortuna con las mujeres, de las cuales se dejaba socorrer sin mayores escrúpulos, cuando la caprichosa suerte le volvía las espaldas en la carpeta. Por lo demás no era hombre que lo achicaran penas y ahogos; las épocas más calamitosas no agotaron los expedientes que para vivir tenía, ni hubo tiempo, por malo que fuera, que lo despojase de sus pilchas de mozo paseandero, ni lo apease de su altanería y presunción. Tenía la flexible cintura un poco metida y el pecho saliente; parado adoptaba, sin querer, posturas gallardas, casi provocativas.
Los hermanos no se querían bien: por sus venas corría sangre enemiga. El padre de Primitivo, extranjero pacífico y trabajador, había muerto con el alma llena de odio hacia el hombre que le había robado mujer y hacienda. Éste fue el padre de Jaime. Y los cachorros sacaban las manchas de sus progenitores. Uno poseía las mansas virtudes de los pueblos domesticados por larga vida de necesidades y esclavitud; el otro los hábitos del milico en tiempo de guerra, la astucia del perseguido matrero y la filosofía del vago: rasgos que delineaban hace cincuenta años el tipo del gaucho gaucho.
Indomable aversión los separaba.
* * *
"Trae el caballo cansao... ¿qué querrá de mí este peine? ¡Como no me pida plata!" —pensó Primitivo alargándole la punta de los dedos.
Efectivamente, era eso. Jaime venía a pedirle dinero para la nueva revolución que estaba próxima a estallar.
Como Primitivo se resistiera, el revoltoso aseguró para amedrentarlo:
—A los que no nos ayuden les vamos a carnear en grande.
No respondió.
—¿No oís?
—Sí, oigo.
—¿Y...?
—Nada... a mí me cuesta mucho lo que gano, para regalarlo.
—Siempre roñoso y chancleta —murmuró el indio.
Primitivo hizo un movimiento de cólera y miró a su hermano fijamente; luego, volviendo los ojos hacia los carneros, rascóse la cabeza, recogió velas y se puso a silbar.
Jaime sonrió despreciativamente y dijo:
—Al menos prestame tu caballo; el mío está aplastao y tengo que volverme en seguida.
Su hermano, sin responder palabra, apeóse y empezó a desensillar.
—Adiós; si te pasa algo malo, no digas que no te avisé —añadió Jaime, por último, al partir.
Primitivo, un tanto inquieto, siguiólo con la mirada hasta que caballo y jinete se fundieron en el gris perla del horizonte, y de nuevo se entretuvo en examinar los carneros y compararlos entre sí. "No digas que no te avisé... ¿Qué me habrá querido decir con eso?" —preguntóse algunos momentos después, asaltado por la inquietud de antes, y volviendo a sus reflexiones de ganadero afirmó: "El más petizo es el más lindo".
Cuando el sol empezó a apretar de firme, condujo los carneros a una ladera que había a la derecha del camino, y apeándose se sentó a la sombra del caballo. En todo lo que abarcaba la vista no veía población, ningún árbol. El campo ondulaba suavemente, lleno de luz, reverdecido por las fecundas lluvias de la fecunda Primavera. Sólo allá, muy lejos, rompía la regularidad vigorosa loma, donde el verde resplandecía con el fuego de los diamantes del Brasil y, a trechos, cambiaba: de entonación, haciéndose más oscuro o más claro y luminoso, yendo de las tintas fuertes de la esmeralda, al verde Nilo, al verde iris y a los cambiantes vagos del obsidienne. Por entre camalotes y caraguatás, otros dos tonos de verde, se alcanzaba a ver la plata bruñida de un arroyo. Cuando opaca nube interceptaba el sol, la cuchilla y el llano languidecían; el verde luciente volvíase mate y la bruñida plata plata oxidada; luego tornaba a aparecer el astro magno y todo parecía verse de nuevo al través de finísima lluvia de oro.
Primitivo, absorto en la contemplación del viviente cuadro, experimentaba emociones tan puras e intensas que parecían aumentarle la salud del cuerpo y del alma, y dilatarle la vida más allá de la vida.
¡La existencia dichosa!
En su alma brotaban oraciones de gracias y ternuras que le humedecían los ojos. Primitivo era un hombre ingenuo. "Sí, sí; todo irá bien. Dentro de poco compraré el campito y haré mi casita" —y se echó a reir como un tonto hasta que las palabras de Jaime le vinieron a las mientas, y entonces la risa se le petrificó en los gruesos labios.
* * *
El alambrado estaba destruído en varias partes; las puertas del rancho rotas, y por aquí y allá diseminadas como si hubieran sido perseguidas en la noche, se veían algunos grupos de jadeantes ovejas. "Me han robado... ¡ah Jaime!... ¡ah perro! si no fuera por..." —exclamó Primitivo; y después de lamentarse y renegar un poco, atareóse resignadamente en reconstruir el rancho y anudar los alambres.
* * *
Pasaron dos años. Una mañana de primavera muy fresca y ventosa ensilló para dirigirse a la estancia del Ombú, en busca de nuevos reproductores.
Iba contento. Había duplicado el número de sus ovejas, y en el cinto llevaba el producto de la última y abundante esquila. El oro dábale cierta tonificante confianza en sí mismo; silbaba, cantaba y de vez en cuando sentía ganas de gritar, porque el gozo le producía vivo cosquilleo en las narices. "La verdad es que todo me ha salido a pedir de boca... gracias a Dios —repetía, apresurándose en mostrarse agradecido para que el buen Dios no dejara de protegerlo.
El sombrero era flamante, las botas, adornadas de espuelas de plata, también. Contemplándose en la sombra, Primitivo abría las piernas con presunción como cuando pasaba por delante de las mozas, y al verse tan gentil sonreía satisfecho.
Pagó las ovejas finas, que había adquirido días antes en el Ombú, depositó el resto de su oro en la pulpería, y después de tomar algún alimento, se dispuso a volver a su querido rancho.
Empezaba a soplar con fuerza el viento. Espesos nubarrones parduscos corrían a la desbandada hacia el sur donde agonizante claridad entristecía la tierra. Hacia aquella parte el cielo tenía esos colores desmayados y enfermos de las piedras que mueren. Por el norte lo manchaban inmensas franjas en que se fundían el azul del mar y el gris del acero recién pavonado, sobre las cuales se destacaban los objetos borrosamente, como sobre el viejo metal de un espejo etrusco.
"Se viene la tormenta... ¡y mis ovejitas recién esquiladas!" —murmuró Primitivo hincando espuelas.
Un fuerte remolino de viento casi lo saca del recado; oscureció y empezaron a caer algunas gruesas gotas. Primitivo, con el cuerpo echado hacia adelante, el sombrero a la nuca y la luenga barba partida en dos y flotándole sobre los hombros, avanzaba a todo correr en medio de las lívidas claridades y sulfúreas luces que incendiaban el cielo.
Pero no fue muy lejos. De pronto furiosa lluvia de piedras lo hizo tirarse del caballo y cubrirse la cabeza con un cojinillo. Y se desencadenó la tormenta. Tronaba, las piedras golpeaban el suelo, semejando el batir de cientos de tambores, y el agua corría a torrentes. "¡Quiera Dios que no les suceda nada a mis ovejitas!" —suspiraba Primitivo, viendo como sumergido en un baño de vapor, el paisaje que tenía ante los ojos. Cuando cesó la piedra, pero bajo fuerte lluvia, siguió su camino a escape, repitiendo para sí: "¡quiera Dios que no les suceda nada a mis ovejitas!"
Llegó. Las ovejas avanzaban hacia el arroyo. El trayecto recorrido era bien fácil de conocer por los borregos muertos que se veían aquí y allá, blanqueando sobre el pasto verde. Primitivo comprendió el peligro y se propuso juntar, para que se abrigaran mutuamente, los grupos dispersos, y al mismo tiempo desviarlos de la dirección del arroyo, a donde podían azotarse y perecer. ¡Rudo trabajo! Las ovejas, transidas de frío y medio muertas de miedo, seguían siempre adelante; él, corriendo de un lado a otro, hacía lo humanamente posible por impedirlo; y en esta tarea transcurrieron dos horas. Los bretes quedaban en contra del viento, y ni por soñación pensó llevarlas a ellos: hubiera sido inútil.
Era necesario pensar en otra cosa, y ansioso miraba hacia todas partes, sin que se le ocurriese medida de salvación alguna, pero sin desmayar tampoco. A la luz de los relámpagos aparecía ceñudo, airado y formidable, como un héroe de los tiempos bíblicos batiéndose con un ejército de pigmeos. Se había quitado las botas y el poncho, y en pelo revolvía el caballo con increíble rapidez, haciendo las más extrañas y estupendas evoluciones. No sentía el cansancio, ni el frío que le engarrotaba los miembros: sólo pensaba en salvar las ovejas, sus queridas ovejitas.
Y luchó, luchó y luchó.
Después de mucho batallar, avanzando al sesgo, pudo llevarlas a la falda de una cuchilla y allí, encontrando cierto amparo, arrimáronse unas contra otras y se detuvieron. "¡Por fin!" —exclamó Primitivo, al tiempo que el noble bruto, doblando las temblorosas patas, caía hacia adelante sin vida.
Al apreciar las pérdidas, al ver muerta casi toda la borregada y además una buena cantidad de ovejas, las lágrimas acudieron a los ojos del buen paisano... pero pronto se rehizo y sin rencores, sin maldecir la suerte, se propuso lo que la otra vez: trabajar el doble y gastar menos. Y a punto seguido, con la idea de disminuir el daño en lo posible, ocupóse en sacarle el cuero a los animales muertos.
¡Ah! Primitivo era un hombre sano. Primitivo era un buen hombre.
* * *
Triunfando trabajosamente de la naturaleza y de los hombres, logró reunir el capital necesario y realizar el sueño de rosa de adquirir el campito. El día señalado para firmar la escritura, dirigióse a la pulpería, recogió su plata y alegremente tomó el camino del pueblo. Iba tan contento, que la luz le parecía más luminosa, más puro el aire y el canto de los pájaros más sonoro.
Todo estaba en forma: pagó, apoderóse de los títulos y salió de la escribanía con paso vacilante, como si estuviese ebrio. "¡Gracias a Dios, gracias a Dios!" —repetía caminando sin dirección fija. "Ahora es necesario ponerse paquete, porque, porque..." —se dijo luego, y entrando a una tienda adquirió varias relumbrantes chucherías, las ropas necesarias para emperejilarse de pies a cabeza y un reloj de mujer muy cuco. Y montó de nuevo, llevando los títulos atados a la cintura, envueltos en un pañuelo de colores. "¡Qué sorpresa va a tener mi mujercita cuando me vea entrar con el reloj en la mano, ella no me espera hasta de aquí a tres o cuatro días" —pensó, saboreando anticipadamente la dicha que iba a proporcionade y la dicha que iba a experimentar él mismo al verla sonreír, con su boca de labios elásticos y rojos.
Hacía dos años que se había casado y... gracias a Dios, era feliz: tenía campo propio, cuatro mil ovejas de apretado vellón, y una compañera dulce y hacendosa. "Ahora haré una casa de material, un galponcito para los carneros, huerta, monte..." —y regocijadamente siguió construyendo mil castillos en el aire.
De pronto, al pensar en que siempre que realizaba sus sueños lo seguía de cerca alguna desgracia, cesó de sonreír. "Cuando compré los carneros me robaron; cuando compré las ovejas tuve la gran mortandad... ; pero ahora ¿qué puede sucederme? no hay guerra, todavía no he esquilado las majadas y el tiempo no puede ser mejor". —Tranquilizado con estos razonamientos, engolfóse de nuevo en sus risueñas ideas. "Al galpón lo haré un poco más grande para poner mi caballo; sí, es conveniente un caballo a grano en el invierno. ¡Cómo va a engordar el manchao viejo!" —exclamó por último, y la dicha tornó a iluminar el rostro coloradote de Primitivo.
La noche estaba clara. Los perros ladraron un poco, y reconociendo al amo, le salieron al encuentro. Adelina abrió la puerta,y precipitadamente volvióla a cerrar. "Se habrá asustado" —supuso Primitivo, y apeándose la llamó por su nombre. Nada, no respondía. "Está despierta, hay luz: ¿por qué no abre?" —preguntóse sin saber qué pensar. Pasaron algunos segundos, llamó otra vez, y nada. Afinando mucho el oído parecióle sentir rumor de voces, el susurro de palabras dichas en voz baja. Sin saber por qué le empezaron a temblar las piernas. "¿Le habrá sucedido algo?... Y yo ¿qué tengo, por qué me late así el corazón?" —Y sin poder resistir más hizo saltar la cerradura y entró encontrándose de golpe frente a Jaime y Adelina.
Ella, muy pálida y toda temblorosa, apoyábase en la mesa, donde se veían los restos del festín con que habían excitado los deseos de su amor pérfido y carnal. Él, en medio de la alcoba, esperaba haciendo alarde de cínico valor. Tenía el poncho en el brazo izquierdo y el puñal atravesado sobre el vientre. Primitivo apreció con pasmosa lucidez los menores detalles del cuadro. Vió que por la bata mal abrochada de su mujer aparecía una camisa más fina y primorosa que las que usaba de costumbre. "¡Para mí no se hermoseaba tanto!" —le hizo pensar con acerba pena aquel descubrimiento; vió el temblor de sus labios, hinchados de tanto besar; el vergonzoso desaliño de las ropas que la cubrían y la sortija adornada con dos corazones que él le había regalado al hacerla su esposa, ¡su esposa! Contó las flores de oro que adornaban el puñal de Jaime, y por la expresión fiera de los jaspeados ojos de éste, ojos de gato, y su altiva actitud, dedujo que estaba resuelto a todo. "Sería capaz de asesinarme el muy perro, pensó; y ella, ella tal vez lo ayudaría... entonces era verdad todo aquello; él era el preferido, y por la plata, por la plata sólo, se unió a mí". Y en tropel le vinieron a la memoria sus relaciones con Adelina, relaciones cuya paz ponía en peligro las visitas de Jaime. "¡Cuántas veces se miraron en mis narices! ... ¿qué significaban sus sonrisas maliciosas?... ¡ah! ¡ah! ¡me engañaban, se burlaban de mí!" Y diciéndose eso, el rostro pareció achicársele y demacrársele repentinamente; los ojos se le escondieron en las órbitas; ahondáronsele los rasgos de la fisonomía y las arrugas del entrecejo, y la nariz se le puso blanca, casi transparente.
Tan feroz era la expresión de aquel rostro descompuesto por el odio, que Jaime, retrocediendo un paso, desnudó el cuchillo. Primitivo, sin parar atención en ello, acercóse a él, y poniéndole la pesada mano en el hombro dijo, silbó apenas:
—"Vas a pagarle". —Y como su hermano pareciera no comprender, repitió rechinando los dientes: —"Que le pagués, ¿no oís? ... que le pagués, como se les paga a esas..."
Había tanto poder en aquel mandato, tanta fuerza en aquella mirada, que Jaime, a pesar de no tener miedo, no pudo resistir; y después de decirse, "¿le hundo el puñal? no, no se defiende; Si me atacara... así imposible..." —metió los dedos en el cinto y sacó una moneda.
Primitivo, sin mirarlo, lo llevó hasta la puerta.
—Andate, andate —le dijo; y volviéndose se plantó delante de la desdichada mujer, decidido a estrangularla.
"Si la mato me pierdo: es preciso que se muera ella sola" —reflexionó después; y amenazándola solemnemente con el índice de la mano derecha, giró sobre los talones y se fue, al mismo tiempo que la infeliz desfallecía y rodaba por el suelo.
* * *
Y ya los tiernos guachitos no tuvieron quien les diera leche, y en las majadas los corderos que perdían a las madres morían de hambre y eran devorados por los caranchos ... Las ovejas, enflaquecidas y sarnosas, dejaban los vellones en las malezas, y en los alrededores de las casas, antes tan limpios, crecían las margaritas y los cardos, dándole el triste aspecto de una vivienda abandonada, de una melancólica tapera.
* * *
Efectivamente, ya no vivía allí nadie... o al menos no vivían las gentes de antaño. Primitivo era otro hombre. Las melenas le caían sobre las espaldas, la sucia barba le subía hasta los pómulos, y en las arrugas del entrecejo, siempre fruncido, parecía anidar alguna negra idea, la idea negra que le entristecía el rostro y prestaba chispazos de luz singulares a su mirada penetrante y dura. "Este hombre tiene ahí fijo un mal pensamiento" —se decían todos, observando el adusto ceño de Primitivo.
Ella... otra mujer. Los vestidos se le pegaban a los huesos y las canas volvían gris la antes renegrida cabellera. Sin duda era presa de algún oculto y grave daño: caminaba encorvada, habíasele hundido la boca y tenía rojos los párpados de tanto llorar.
A las horas de comer, cuando ocupaba su silla en la mesa, Primitivo, con refinada crueldad, le ponía delante el peso, ¡el maldito peso! y la miraba tenazmente; ella temblando, huía aquella mirada que se le introducía por los ojos como la hoja triangular de un estilete, y lágrimas silenciosas empezaban a correr por sus descarnadas mejillas...
Una vez, sin poder resistir aquel tormento a que la sujetaba diariamente, cayó abatida a sus pies demandando perdón; pero él le impuso silencio, e impasible volvióle las espaldas. Y la pobre Adelina, sin esperanzas de obtener clemencia, siguió llorando, llorando, yéndose en lágrimas como otros se van en sangre.
* * *
"¡Qué malo debe de ser lo que he hecho!" —pensaba vagamente al verlo regresar de la pulpería vacilando sobre las temblorosas piernas, las ropas descompuestas y el rostro amoratado y embrutecido por la embriaguez. Y se asustaba de su obra. Él, tan limpio y cuidadoso en el vestir, dejaba que las ropas se le deshilacharan en el cuerpo, no se peinaba nunca y dormía vestido en un mal jergón. De las haciendas, mejoradas con tanto afan, no hacía caso; los carreteros permanecían con las ovejas todo el año; la sarna hacía de las suyas, y los vecinos robaban los borregos, que el desdichado en su abandono ni siquiera se preocupaba de señalar. No parecía vivir sino para recordarle a ella, con su conducta desesperada, el crimen que había cometido. Y a la muy sin ventura, más que los remordimientos de la falta misma la atormentaban sus consecuencias, la vida miserable que vino después, y sobre todo la abyección del esposo, cuyo relajamiento físico y moral seguía espantada paso a paso.
De madrugada Primitivo sentábase cerca del fuego y se ponía a pensar, a pensar... A aquella hora los vapores del alcohol no le nublaban el entendimiento: tenía lúcida la inteligencia, avivados los sentidos, y entonces aquilataba toda su miseria. "Sí, vamos barranca abajo, pero ¿que hacerle?... debe ser así —decíase sin presumir ni aun remotamente que las cosas podrían variar y dejar de ser como eran. Tampoco lo deseaba: se había entregado al dolor y a la bebida del mismo modo, y ahora ésta y aquél le eran igualmente necesarios. Sin las lágrimas de ella, que eran su goce y su martirio; sin la sorda irritación de los remordimientos y los voluptuosos dolores de envilecerse por ajena culpa, por culpa de la criatura amada, la existencia no habría tenido estímulos suficientes para hacerle dar un paso. Se hubiera encontrado sin poder ir adelante ni atrás, como la máquina que se le acaba el carbón. "No, no hay remedio: ella debe sufrir y yo también. ¡Qué hacerle! ¿acaso tengo la culpa?" —y entre las luminosas llamas se le representaba la escena de Jaime y Adelina sorprendidos por él. "¡Sí, sí, debe sufrir!" —decía, y empuñaba la botella.
El atormentarla era para Primitivo imperiosa necesidad nunca satisfecha, a la que quiso resistirse al principio y a la que concluyó por entregarse con doloroso placer, convencido de que aquello debía ser así. No tenía la conciencia clara de los móviles que lo impulsaban a obrar, ni de si éstos eran buenos o malos; pero sí el sentimiento de que obedecía a naturales instintos, a instintos poderosos; y por eso no raciocinaba ya: obraba únicamente, experimentando escrúpulos, dudas y remordimientos que sólo hacían más sabroso el placer de pecar.
* * *
Con el sol muy alto abandonaba la cocina e iba a tenderse a la sombra del ombú, a un lado la cafetera y el mate, la botella a otro, y allí se pasaba las horas muertas. El campo, ora verde, ora amarillento, se extendía en todas direcciones, indiferente a las penas y amarguras de Primitivo... Ecos misteriosos y resonancias de ruidos apenas perceptibles, a los que se unía el canto pobre de mixtos y cachirlas, convidaba a dormir. Por otra parte, sólo algún escueto caraguatá, donde se balanceaban los pechos colorados, distraía la vista. Primitivo cabeceaba, abría los ojos lentamente y tornaba a cerrarlos más despacio aún. De pronto, allá a lo lejos, esfumandose cada vez con más vigor sobre la fineza azul del lejano horizonte, empezaba a percibir algo... luego los contornos se precisaban, el bulto adquiría forma... ¡ay! era una oveja flaca que huía de sus campaneras para morir tranquilamente en un sitio apartado y solitario... Doloroso sacudimiento despertaba las facultades mentales de Primitivo. "Antes no hubiera muerto así, abandonada; pero ahora... ¡ah, ah! ¡todo acabo! —decíase, y se ponía a pensar, a pensar, a pensar.
"Yo tenía un pajarito
Y el pajarito se fué!"
canturreaba por último, y esta canción infantil, quién sabe por qué oculto subjetivismo, decía todos los sentimientos que lo señoreaban.
Al verlo cerca del fogón o debajo del ombú, huraño y metido en sí, preguntábase Adelina: "¡Qué pasará por su alma ahora! ¿me estará maldiciendo?... Si fuera capaz de perdonarme, yo me echaría a sus pies; pero no, ¡ese hombre no puede perdonarme!..." —y se sentía morir de angustia "¿Y todo esto viene de aquello?" —demandábase a continuación, y empezaba a sentir que allá, en las reconditeces de su alma, nacía violento odio contra el amante, y juntamente un sentimiento indefinible y muy complejo, mezcla de admiración, miedo y lástima hacia el hombre que la martirizaba, es verdad, pero por vengarse de la feliz existencia que ella le había destrozado.
Él, a pesar de los pesares, crecía a sus ojos.
Por las noches figurábase siempre que iba a matarla y, ¡caso extraño! no sentía rencor contra él. Lo oía acercarse, lo veía desnudar el cuchillo, cuya hoja relampagueaba fatídicamente en la oscuridad, y sentía sobre el desnudo seno la mirada del asesino que busca el sitio... Helado sudor humedecíale las carnes; la lengua seca se le pegaba al paladar y desfallecía. "¡Vivo, vivo!" —murmuraba al volver en sí, y en lugar de odiarle, sentíase casi grata, porque aún no había usado del derecho de acabar con ella que le concedió desde el principio sin el menor trabajo. Sus destemplanzas sufríalas sin chistar, y en la mesa, con profunda pena, pero sin rebelarse, recibía el insulto con que la afrentaba él sistemáticamente, como quien cumple un deber religioso. Acaso admiraba la férrea voluntad, el bárbaro valor con que seguía el plan perverso de sacrificarse para sacrificarla. Hacerla sufrir era su goce y su martirio; sabíalo ella de sobra y, sin embargo, la grandeza de aquel odio la atraía y la subyugaba, del mismo modo que subyuga y atrae el abismo, más cuanto más hondo y tenebroso. "¡Ah! es un hombre" —decíase al verlo sentarse frente a ella y poner con solemne calma el maldito peso sobre la mesa; y examinando a hurtadillas su torvo ceño donde leía el pensamiento fijo de matarla y de matarse, repetía: "¡Ah! ¡sí, un hombre, un verdadero hombre!"
La abyección de Primitivo tampoco le repugnaba. Cuando lo veía tirado en un rincón, borracho, con los ojos fijos y sin luz como los de un pez muerto la boca entreabierta y los mechones de pelo pegados a la sudorosa frente, no sentía asco, sino vivísima lástima e irresistible atracción, quizá porque sufría por ella. Sí, la podredumbre de aquel hombre antes tan sano y fuerte, y ahora despreciable, vil y abyecto, era obra suya, y este sentimiento elaboraba en su alma femenina ternuras inauditas e inclinación amorosa explicable tan sólo considerando que acaso las mujeres sienten la necesidad de amar especialmente a los hombres que destruyen.
Primitivo, que había ido a la pulpería, regresó en un estado tal de embriaguez, que apenas podía sostenerse. Tambaleando pudo llegar al comedor. En la puerta se detuvo, y viendo a Adelina, entonó en lengua estropajosa:
"Yo tenía un pajarito
Y el pajarito se fué!"
echándose a reír luego estúpidamente. Estaba muy pálido; la barba de ébano hacía resaltar la blancura lívida del semblante; tenía los párpados amoratados, como agrandada la boca y vítreos los ojos. "¡Dios mío, qué tormento!" —exclamó Adelina, escondiendo la cabeza.
"Yo tenía un pajarito
Y el pajarito se fué!"
tornó a repetir Primitivo, e intentando avanzar hacia la pieza inmediata, se le enredaron las piernas y cayó, hiriéndose en la frente.
¡Sangre!
—"Primitivo, Primitivo" —gritó Adelina fuera de sí; luego trajo agua fresca, se arrodilló junto a él y le lavó la frente. ¡Cuánto tiempo que no lo tocaba y qué emoción profunda sentía en aquel instante al hacerlo! Con su palidez mortal y gesto de abatimiento y dolor, lo encontraba ella más hermoso que nunca, pero con belleza melancólica, hermoso y triste como el Cristo de la cruz. Mirándolo tiernamente, con lágrimas en los ojos, le pasaba los dedos por la rizada melena, henchido él pecho de sentimientos blandos y dulces. "Yo he sido su cruz" —consideraba con infinita tristeza, sintiendo deseos de prodigarle mil caricias, mil besos... Esa noche se impuso el deber de velarlo, y al otro día, al abrir él los ojos, se encontró con que los de su mujer lo miraban húmedos de amor.
"¿Qué ha sucedido? ¿por qué está mi mujer ahí, arrodillada, mirándome como antes, y por qué me duele la frente?" —se preguntó, llevándose la mano a la herida, sin recordar nada entre los limbos del sueño aún. Pasados algunos instantes dijo con dureza:
—¿Qué hacés ahí?
—Te cuidaba; anoche estuviste enfermo y ...
—Bueno, bueno: ya sabés que no quiero conversaciones. ¡Andate!
Como Adelina guardara silencio y no se moviera, Primitivo repuso:
—¿No oís?
—Perdoname. Yo... ¡yo te quiero! —clamó abrazándose a las piernas de él; —no puedo más te pido por la Virgen que tengas lástima de mí. ¡Ay, Dios! mata, pero perdona.
Primitivo, en un arranque de cólera, iba a decir algo, pero se contuvo y domando la expresión fiera del rostro calló.
—Pamplinas; lo mismo dijiste antes y después... ¿te acuerdas? Bueno, dejame salir —añadió luego incorporándose.
Pero ella, puesta de rodillas siempre, agarróse más á él.
—No, no, eso no; mata, pero perdona; ¡me muero, me muero! ¿no ves que me muero?...
En aquella actitud, con las lágrimas corriendo por sus flacas mejillas y los ojos puestos en blanco, semejábase mucho a la estampa de la Magdalena que adornaba la pared. Era el dolor de sus ademanes y palabras tan verdadero, que el airado esposo se sintió conmovido. ¡Cuántas ideas le sugirieron de súbito aquellas azuladas ojeras, aquella transparente palidez, aquel crispamiendo de los labios secos y amarillos!...
—"¡Qué acabada está! —pensó, mirándole los tendones del cuello—; debe de haber sufrido mucho, ¡pobre Adelina! y ahora quizás me quiere. ¡Si yo pudiera perdonarla, si yo pudiera!... —y la compasión le dilató un momento el endurecido pecho—. "Pero no podré, seguro que no podré. ¿Cómo besarla ahí, en la boca, en el cuello, en la frente ahí donde están los besos del otro! ¡Jamás!... ¿Y lo besaría lo mismo que a mí?" —e hizo un gesto de repugnancia, como si le hubieran acercado a las narices el vientre asqueroso de un sapo.
—Perdoname: ¡si supieras cuánto he sufrido!
La bilis se le subió a la boca.
—¿No te acuerdas ya? —gritó con voz estentórea, y sacando la moneda se la puso delante de los ojos.
Oyóse sorda queja; las manos de Adelina se desprendieron de las piernas de Primitivo y se desplomó hacia atrás, con los brazos abiertos, como ave herida que extiende las alas y cae del árbol.
* * *
En la parte más alta de la cuchilla veíase un corral de piedra, de negras piedras, y dentro de él algunas cruces: era el cementerio. Al paso, por la cuesta, hacia allí avanzaba fúnebre cortejo. Llegaron, pusieron el sencillo ataúd en tierra, y los que tenían poncho despojáronse de él para cavar cómodamente la fosa. Primitivo también empuñó la pala.
La tarde moría, y en los medios tonos de la luz crepuscular las cruces y los hombres aparecían entre nimbos anaranjados, violáceos y verdosos que se combinaban entre sí, produciendo múltiples irisaciones, reflejos y tintas inseguras, muy tenues y finas. Una vaca, que rumiando asomaba la cabeza por encima del cerco, tenía verde la frente, azul el hocico y de color del fuego los ojos. Algunas cosas tomaban coloraciones tornasoladas, y el gris luminoso del cielo mismo tenía cambiantes y brillos nacarados, como los ópalos y las perlas de mucho oriente.
Cuando el negro rectángulo tuvo las dimensiones necesarias, pusieron dentro con religioso respeto el ataúd, y entonces cada uno de los acompañantes arrojó a la fosa, después de besarlo, un pequeno terrón. Adelantóse Primitivo con los movimientos duros de los hipnotizados y acaso con la inconciencia de ellos, y mirando la moneda algunos instantes, sonrió sarcásticamente y la arrojó también sobre el ataúd, que produjo el ruido sordo de un ahogado lamento.
Descendieron lentamente.
Al entrar al rancho abandonado desde la mañana no pudo menos de decirse Primitivo: "¡qué triste está esto!" —al mismo tiempo que le parecía sentir en el rostro la soledad de las desiertas habitaciones, que recorrió con paso vacilante, sin objeto, sin idea fija. Frente a la cama de Adelma se detuvo. En los colchones aún se veían las huellas de su cuerpo enflaquecido, y en las almohadas profundo hundimiento indicaba el sitio de la cabeza, de su cabeza. Primitivo miraba sin pestañear y con los labios fuertemente plegados por un gesto de dolor. ¡Cuántas cosas le sugería el lecho vacío! Agobiado por la pena, al igual de la rama que se dobla bajo el peso de la fruta, fue inclinándose, inclinándose hasta besar la almohada y esconder en ella el rostro. En esta postura pasó toda la noche. Afuera, los perros le ladraban a la luna, y sus ladridos se perdían en el azul, del mismo modo que los sollozos del infeliz.
¡Ah! la calma no venía. Creyó al principio que todo hubiera terminado, que su odio satisfecho lo dejaría tranquilo, y así como el sediento que toma agua salada y en vez de mitigar aumenta la sed, sentía más imperiosamente que nunca la necesidad de ver sufrir, de torturar, de vengarse.
"¡Hasta que no lo mate no me curo!" —aseguraba, presintiendo tal vez que mientras viviera el hombre que lo había hecho desdichado, no podría arrojar de sí el odio que le envenenaba la sangre; y con fruición, con íntimo goce poníase a pensar en que lo exacto era haberle hundido la daga en el pecho, en la nuca, en el vientre... Y él, que no salía de las casas, se atareó en recorrer las pulperías del pago con la secreta esperanza de encontrar a Jaime. Cuando supo su muerte se quedó como el obrero que pierde los brazos e ignora qué será de su vida. "¡Muerto! ... y entonces ¿para qué vivo?" —se dijo vagamente; y la existencia empezó a hacérsele insoportable. Su martirio consistía en la imposibilidad de desenvolver los sentimientos que lo agitaban: tenía el alma repleta de pasiones que no encontrando sobre qué obrar, se volvían sobre sí mismas, alimentándose de las entrañas que le daban nacimiento, como el hijo de la madre. "¿Qué hacer, qué hacer?" —decía mordiéndose los puños de desesperación.
Complejo estado de alma el que producía en aquel hombre el odio, los remordimientos, la amargura de sentirse muerto en vida y el generoso amor a la pérfida, que, a pesar de todo, brotaba, brotaba, como el agua del manantial brota entre el barro y las sucias piedras. ¡Amor grande y perverso! Llorábala, y si viviera la hubiese vuelto a matar, arrepintiéndose, muriendo del dolor de ella, pero pecando siempre. Confesábaselo sin esfuerzo al recordar el angustioso placer que sentía martirizándola y martirizándose; cuanto más se sublevaba su conciencia más crecía aquel goce picante amasado con dolores, y con el recuerdo acontecíale lo propio: más sufría, más se complacía en recordar. Y desesperado o afligido sentíase vivir: en calma era un hombre muerto. "¿Qué hacer, qué hacer?" —repetía sin fuerzas de voluntad para nada, destrozado, desennoblecido, descompuesto por el dolor, a cuya acción corrosiva nadie resiste.
¡Y el manso Primitivo elevaba los puños cerrados al cielo y maldecía a Dios, a su buen Dios!
"¿Para qué llevará eso?" —se preguntaba el pulpero al ver alejarse a Primitivo con su carro cargado de latas de kerosene.— "¡Hum! este hombre no está en su sano juicio" —concluyó, volviendo a la tarea de picar el naco que tenía entre los dedos.
Hacía algunos días que el pobre hombre era presa de inusitada actividad: cubría de pasto el piso de los bretes y corrales, y luego cercábalos con las bolsas de lana de las últimas esquilas. Y así que avanzaba en su extraña ocupación, más fruncía el torvo ceño y con luces más singulares le brillaban los hundidos ojos. Por las noches bebía y hablaba. "Primitivo vencerá" —decía dirigiéndose a seres invisibles que danzaban en el aire.
Una tarde encerró las ovejas y después de rociar las bolsas con kerosene, fue dándoles fuego nerviosa y apresuradamente. Al verse rodeado por las llamas, que lamían el aire con la rapidez que lo hacen las bifurcadas lenguas de las víboras, lanzó un grito de júbilo salvaje, un grito de bárbaro victorioso. El placer terrible de la destrucción era lo que apetecía su alma enferma: prueba de ello el gozo delirante que experimentaba a la sola idea de arrasar, de aniquilar todo lo que con tanto trabajo había creado y que a pesar de eso no le servía para mitigar el más pequeño de sus dolores. ¡Miseria! Destruyendo iba a vengarse del engaño de la suerte, de la puerca suerte qué le había hecho equivocar el camino de la dicha, sacrificarse en balde. Para él ni diversiones ni placeres; él no había hecho otra cosa que ahorrar, ahorrar y poner lo ahorrado en casa del pulpero; y todo ¿para qué?... su buen Dios mentía. ¡Infamia! La sangre enrojecíale los ojos, la indignación lo hacía temblar, y el odio a la existencia, de los desesperados, le llenaba el alma de sentimientos tumultuosos y perversos. "Primitivo vencerá" —rugía viendo, al través de espesa humareda, incendiarse el techo del rancho, enrojecerse las puertas y reventar crepitando las bolsas de lana; y feroz expresión le transfiguraba el rostro.
El pasto del piso principió a arder y las ovejas empezaron a huir en todas direcciones, en horrible confusión. Las mojadas con petróleo no tardaron en llevar el fuego a todos lados: corrían, balaban de miedo, brincaban de dolor, caían muertas, y Primitivo, fuera de sí, medio ahogado por el humo que aumentaba la angustia de su dolorosa embriaguez de destruir, reía y reía como un demente trágico.
El cielo teñíase de vivos resplandores, las ardientes lenguas de fuego consumían, consumían como las lenguas amorosas de las amantes, y el aire caldeado impregnábase de un olor inmundo. Primitivo contemplaba el pavoroso incendio, corriendo de acá para allá, en busca de los lugares que las llamas habían respetado. Las ovejas, por escapar al fuego, se le metían por entre las piernas, lo atropellaban. De repente, irritado o poseído tal vez de la grandeza de su destino negro y adverso, empuñó la daga, hundiéndosela hasta la empuñadura a los pobres animales que se le ponían al alcance de la mano. ¡Y reía en su delirio! Veinte, cuarenta, cien veces tiñó el hierro la caliente sangre. Riendo siempre con sarcástica expresión y revolviendo los brillantes ojos, parecía un iluminado, un héroe a quien el sentimiento de un fin próximo y trágico lleva a la sublimidad. En su locura no vió que el fuego lo rodeaba por todas partes. "Primitivo vencerá" —repetía, hiriendo a diestra y siniestra. De pronto escapósele un grito de espanto y dolor: sus ropas ardían; echó a correr, pero a los pocos pasos cayó, atropellado por las ovejas. Cuando se puso en pie estaba medio ciego; quiso, con movimientos desesperados, despojarse de sus vestidos: no pudo; y entonces, repitiendo con voz estridente y por última vez, "Primitivo vencerá" partióse de una tremenda puñalada el corazón.
Nubes negras como negros crespones enlutaron el cielo. A la mañana siguiente todo era cenizas; pero poco después flores humildes y risueñas, crecían en la tapera de Primitivo...
En el campo hay muchas taperas, y la que más, la que menos tiene una historia semejante: la historia de un dolor.
