El Perseguidor

Carmen de Burgos


Novela corta



I

Aquella Nochebuena traía hacia Matilde todas las nostalgias del recuerdo. No podía sustraerse a la evocación de los aniversarios; tan fuertemente grabados en nosotros. Su espíritu, acostumbrado a pasar con ligereza de una impresión a otra, ávido de sensaciones y de emociones nuevas, parecía complacerse ahora en retrotraerse, hurtarse a lo real, para soñar con aquéllos: «en tal día como hoy», que le traían a la memoria escenas patriarcales de su vida española. Las fiestas de familia del hogar paterno, en una cortijada andaluza donde pasó sus primeros años. Su padre, cazador impenitente, los condenaba a pasar allí diciembre y enero, para gozar la época del celo del macho y cazar las perdices con reclamo.

Veía hacer con pena todos los preparativos para dejar la casa de Córdoba y enterrarse en aquel cortijo de la sierra. Aquellos viajes eran de las impresiones más fuertemente grabadas en su alma, Unos viajes tristes, una caravana que cruzaba los parajes más escuetos y desolados de la sierra, sobre mulos y burros aparejados con aguaderas y silletas, sobre los que iban: ella, su madre y los criados; todos rodeados de bultos de ropa, de provisiones, de objetos que embarazaban más la marcha. Alguna pobre sirviente pasaba todo el camino sin soltar de la mano la jaula del loro o el objeto frágil que se le confiaba. Un viaje de ocho horas, por el campo reseco, desolado, cansados todos, sin hablar unos con otros; los muleros pinchando a las bestias para hacerles andar, sin más descanso que la parada en la venta para darles agua y para comer todos.

Los manjares habían tomado un gusto enmohecido siempre, un gusto a camino; una cosa reseca que le impedía comer los pollos fritos, la tortilla y el jamón como si hubieran perdido su condición apetitosa para hacérsele insoportables; el vino tenía gusto a pez, y el agua de aljibe resultaba amargosa y dura.

Después de la comida, volvía a ponerse en marcha la caravana, previa la pesada ocupación de acomodar sobre los aparejos a las mujeres y se continuaba en silencio, adormilados, vencidos por los vapores de la digestión.

De vez en cuando una cruz sobre un montecillo de piedras surgía a la vera del camino. Los hombres se quitaban el sombrero y las mujeres se santiguaban.

Alguien ponía la leyenda:

—Aquí mató la Guardia civil al Gallina y al Pavo —decía uno.

—Ahí encontraron el cadáver del Covachuela —referían otra vez.

—En ese lugar mataron al Corregidor y sus dos hijos, los bandidos.

Se pasaba las estrechas gargantas decoradas por las cruces fatídicas, con el corazón oprimido, oyendo las historias de bandidos, de hechos audaces, de crímenes. Ella personificaba todas aquellas figuras en su memoria y las veía como una pesadilla a su alrededor.

El momento de satisfacción era al llegar a lo alto de la escarpada cuesta, a cuyo pie, en el fondo de un valle abierto entre las montañas, estaba su cortijo. Era una visión bella la de aquel pedazo de terreno abierto como un oasis en el verdor del valle, protegido por las montañas, como oculto en su regazo; resultaba poético el cortijo con su porche blanco, y su aspecto de casita de aldea.

Pero al llegar volvía a sentir la misma impresión de habitaciones enmohecidas, en las grandes estancias de suelo de traspol y techo de cañizo, reservadas para su familia.

La vida allí se le hacía insoportable. Pasaban los días lentos, largos, largos como días del Polo, interminables, iguales siempre.

Su padre, acompañado de tres o cuatro señores de la ciudad, que eran sus invitados a la cacería, se levantaba antes de la madrugada y reunidos todos en la gran cocina del cortijo, se calentaban por fuera con la gran llamarada de una ebulaya y por dentro, con la copa de aguardiente que les abrasaba el estómago y el paladar. Enseguida salían, bien abrigados en sus capotes, cada uno con un mozo que llevaba el pájaro a la espalda, y cargados con sus escopetas, su morral y la cartuchera al cinto. Tenían que andar varias leguas, cerro arriba, para llegar al lugar donde se les había construido el puesto, una especie de torreón de piedra, oculto entre atochas y palmas, frente al cual, sobre un acho o montón de tierra alto, se colocaba el reclamo, oculta la jaula entre plantas, y allí desde el alba estaban horas y horas en acecho para matar a las perdices.

Volvían al mediodía cansados, rendidos, para comer y acostarse. Por la noche en la velada se reunían todos, con las aparceras y mozas, junto al fuego. Entonces era cuando se veían.

La madre había pasado el día recibiendo visitas de los campesinos, que llegaban cada uno con su ofrenda: huevos, longaniza, espárragos, palomitos o pollos, y preparando las comidas, cada una de las cuales tenía honores de banquete para sus convidados.

La conversación era siempre la misma llena de quejas, de violencias, de disputas. Los vencedores, los que se habían emperchado aquella mañana unos pares de perdices daban la bigotera a los desgraciados, y se contaban episodios e historias que lo justificaban todo.

Unos afirmaban que, apenas lució el alba, su reclamo empezó a cantar bellas jácaras y a dar de pie, amoroso, pero que el monte no le contestó.

Otros se quejaban de la mudez del suyo, que no respondió a los que cantaban cerca, sin duda acobardado por la gallardía de los libres.

A veces se habían puesto los machos demasiado cerca, y uno de los reclamos había robado al otro, hartándose su dueño de disparar tiros a las perdices que escapaban del otro puesto.

En realidad, cada uno de aquellos pares de perdices eran un drama de amor y de falsía casi humanos.

Las dos perdices libres y dichosas, oían el canto enardecido del macho solitario. La tentación de la hembra, atraída por aquel macho, le haría contestarle, y bien pronto se entablaba un diálogo de promesas de amor entre ella y el desconocido, a pesar de las valiosas protestas de su compañero para hacer callar al intruso. El desconocido vencía siempre y la hembra venía emocionada, algo recelosa, coqueta, gallarda, en busca de su nueva aventura; asomaba la cabecita, alta y de medio lado, en la que hacía blanco, desde su tronera, el cazador.

Y el reclamo sabía que la habían matado y cantaba cruel, contento, alegre, vencedor. El macho desolado contesta con rencor y amargura; el canto de los dos se hace agresivo, insultador, hasta que el engañado va ciego de ira a precipitarse contra su rival, y un nuevo disparo le hace caer muerto.

El buen reclamo celebra su triunfo y, ya educado en la falsía cerca de las hembras, vuelve a entonar sus amorosas jácaras para atraer a una nueva y veleidosa incauta.

Ella se casó para escapar de aquel tormento de los dos meses de cacería. Se casó con el primer señorito de Córdoba que la requirió de amores y que le habló de vivir en Madrid. Pero a los tres meses de casados, antes de realizar su sueño de salir de la ciudad, su marido murió.

Libre, sin hijos dueña de una posición sólida y acomodada, quiso ser libre. La seguían encadenando las costumbres provincianas y no fue sin escándalo, como logró trasladar su residencia a la Corte. Toda la ciudad criticaba. ¿Qué iría a hacer una mujer viuda y sola en Madrid? «No faltaba alguna vieja y piadosa devota que compadecía: —¡Pobre Matildita!; quiere ahogarse en esa gran pocilga de la Corte, y deja estos lugares de paz. ¡Dios la ampare!».

En su primer viaje, después de pasar el invierno en Madrid, Matilde encontró la ciudad insoportable.

Dudaron muchas damas si debían de ir a visitarla; se comentaron sus trajes y sus modales; ella veía bien claro cómo la miraban y la olfateaban todos buscando el aroma de pecado que debía tener después de las cosas que le habrían sucedido en esa ciudad, tan novelesca para los provincianos. Los hombres tomaban en su presencia aires de seductor y alguna amiga audaz le dijo atrevimientos delante de las otras para que viera que no estaban tan engañadas. Era frecuente repetirle:

—¡Tú como vienes de la Corte encontrarás esto mal!

—Yo como no he salido de aquí, a Dios gracias, no tengo tu desparpajo.

—Las que tenemos que vivir aquí, como nuestras madres han vivido, no podemos hacer esto.

—Te pareceré tonta, pero hija, yo no he estado en Madrid.

Algunas curiosas le pedían noticias de la capital de España como si fuese la capital de la China y otras piadosas le advertían:

—¿Sabes? Se dice…

Eran historias vagas absurdas, repetidas en voz baja por todas aquellas comadres, aquellas gentes ensañadas.

Una devota le advirtió:

—¿Por qué no confiesas todos los días y, te suscribes a la Sagrada Familia?

—¿Qué es eso?

—Una sociedad que envía la Sagrada Familia de visita a las casas honradas un día de cada semana: Eso da crédito, porque figúrate que tan excelsa visita no entra en todas partes.

Cuando salía a la calle sentía cómo se entreabrían las ventanas y adivinaba cómo se llamaban unos a otros:

—Esa.

—Ésa es.

Escuchaba con curiosidad a su paso.

Decidió no volver más, y desde luego fijó su residencia en Madrid. Pero pasadas las primeras temporadas, Madrid la aburrió, la aburrió como aburren siempre las ciudades en que nos sentimos extranjeros, sin calor de afectos; rodeada sólo de amistades de esas que se reúnen en los momentos agradables y entre las que no media un lazo de verdadera intimidad.

Entonces se despertó en ella el amor a los viajes de un modo avasallador. Le pareció que era una afición que tenía desde muy antiguo, desde aquellos tristes viajes a caballo por la sierra conociendo todas las ventas y todas las vueltas del camino: La ruta conocida le dio el deseo de las desconocidas de los paisajes variados y nuevos.

Le había quedado un terror de la monotonía y un deseo de libertad, de no estar sujeta a nada, de no verse ligada a la rutina de aquellas gentes mediocres en las que se había malogrado su primera juventud.

Aquella afición a los viajes le había abierto nuevos cauces a su pensamiento y había educado su sensibilidad; disgustándola de todas las costumbres de la vida vulgar. Viajaba constantemente, buscando nuevas impresiones con el aliciente de una curiosidad siempre avivada, y nunca, hasta entonces, experimentó esa sensación de soledad, de abandono que sentía aquella Nochebuena en Venecia. Muchas veces había compadecido con una sonrisa algo burlona a las mujeres que, sin más ideales que los de la hembra, pasan la vida en la mediocridad y la monotonía, repitiendo siempre los mismos actos.

—La vejez no es temible más que para los españoles —solía decir— porque la vejez es la obra de nuestra vida, y nosotras somos demasiado pasionales. Cuando nos inutilizamos para el amor, no nos queda más que esperar la muerte, al lado de la chimenea, rezando el rosario y tomando pectorales.

Ella concebía otra vida superior, una vida llena de anhelo por todo, de interés por todo, de amor hacía todo; con un ideal inextinguible, renovado, vivo siempre, ante cada partitura, cada monumento, cada estatua o cada cuadro que conmoviera su espíritu en la contemplación de su belleza.

Las mujeres inglesas con su silueta angulosa, desgarbada, de cabellos blancos y escasos, y su aspecto de agilidad, de limpieza, de fortaleza, como si sus cuerpos estuviesen forjados o tallados en alguna materia dura, constituían su ideal. Quería ser como ellas. No tenía miedo a que blanquease su cabellera poseyendo aquella energía, aquella fortaleza, aquella reciedumbre, Deseaba imitarlas, conservar su línea enjuta, sin la grasa común a casi todas las españolas; su agilidad, su independencia y para eso emprendía constantes viajes, como si hubiese sorprendido que el secreto estaba en el movimiento, en la renovación continua, en no pararse para esperar el final.

Había tal vez algo de huida al propio destino. Miedo a sujetarse en un momento de debilidad a los lazos de un nuevo amor o de un nuevo hogar, al engaño del reclamo de la perdiz. Los viajes como un perfume de todo; desflorar lo más bello de todos los conocimientos, de todas las amistades; escapar antes de profundizar en nada, llevando siempre todo lo agradable de lo bueno y de lo efímero que revoloteaba en torno de ella.

Era la primera vez que se sentía sola, la primera vez que se preguntaba si estaba equivocada, si era estéril su vida gastada de un modo tan exclusivista en sí misma. Sin duda, era la influencia de la Nochebuena. Era preciso distraerse, y ella, que no conocía a nadie en Venecia, había vuelto a esa ciudad seducida por la soledad de su invierno, que adivinó en visitas anteriores.

En el silencio de su gabinete recordaba su vida pasada, asombrándose de que le fuese querido el recuerdo de la provincia. Echaba de menos hasta aquellas nochebuenas del cortijo, en las que las gentes de los lugares vecinos de la sierra iban allí atraídas por la presencia de los cazadores, y después de recorrer más de una legua a pie, llamaban callandito, callandito a la puerta, a pesar del ladrido denunciador de los perros, que se advertían de cortijo a cortijo de su paso.

De pronto estallaba el atronador concierto de zambombas, panderetas y castañuelas, con los villancicos de ocasión. Recordaba con gusto aquella copla:


¿De quién es la casa nueva,
con ventanas y balcones?
Del señor don Juan de Castro
y su hija cara de flores.
 

Cuando se abría la puerta y entraban mozos y viejas en la cocina zaguán, donde se comentaban los lances de caza, su madre repartía grandes roscas de pan amasado con aceite, rociadas de azúcar y claveteadas de almendra, que eran un regalo exquisito para las pobres gentes.

Se le aparecía todo aquello afable, patriarcal. ¿Acaso no valdría más aquella vida, por aquel reposo entre gentes conocidas y sinceras, que la soledad voluntaria a que ella se condenaba?

Para huir de su melancolía salió a la calle; y allí, en medio de la plaza de San Marcos, le pareció que se hallaba en el patio de una gran casa de vecindad.

Bajo todos los soportales, las luces de los establecimientos hacían brillar las vitrinas y los escaparates con su exposición de mercancías pintorescas, artísticas: mosaicos, espejos, cristalerías y encajes, mezclados a las reproducciones de estatuas y monumentos. Se adelantó hacia la Piazzetta; los dos mástiles salvamentados por el santo y el león rampante se alzaban sobre el fondo oscuro de la laguna, en la solitaria ribera del Sdarane; el Palacio de los antiguos Dux parecía como socavar el suelo con su peso para irse escondiendo en él poco a poco, con su pared calada, y en el fondo, en la hornacina de la iglesia, la luz vacilante de la lámpara de aceite, con ese temblor de las luces de aceite, que parecen excitadas por un viento misterioso y constante, recordaba el error de la justicia de Venecia.

El oro de San Marcos se apagaba en la sombra, las calles estaban desiertas; algunos grupos pasaban ligeros bajo los arcos; no se escuchaba el ruido y la algazara del festejo del nacimiento y salía rasgando la quietud y la calma una voz de campana que desgranaba sus sones sobre la ciudad silente con un piadoso llamamiento.

«La misa del gallo» es en Santo Domingo el Mayor había oído decir, y aunque verdaderamente no sabía bien la dirección, se orientó sobre el plano de su guía para ir también a la iglesia. Necesitaba unirse a las demás gentes en un lazo mutuo, formar parte de su comunión. Se aventuró bajo los arcos, entró en aquel dédalo de callejuelas estrechas y oscuras que rodean la plaza de San Marcos; atravesó el campo de San Moisés y siguió la dirección de los grupos que se perdían delante de ella, hacia el lugar de donde partía el son de las campanas que la atraían con su alegre repique.

Bien pronto sintió el vértigo de Venecia; un vértigo de laberinto; todas las calles le parecían iguales; cruzaba puentes tendidos sobre canales negros e inmóviles, subiendo y bajando escalerillas, a veces tenía que detenerse y volver atrás porque los canales le cerraban el paso con sus calles de agua. Las góndolas producían un rumor siniestro, fatídico, con su chapoteo bajo los puentes, deslizándose como sombras negras entre los cimientos de los edificios.

Al cruzar frente a una tienda abierta al extremo de una de aquellas largas calles, divisó un grupo parado cerca de la puerta y comprendió que decían algo de ella, algún comentario. Aceleró su marcha.

Un poco más lejos creyó notar que alguien la seguía, escuchaba un rumor de pasos cautelosos, acompasados con los suyos. Volvió con temor la cabeza y divisó a un hombre separado del grupo; adivinó más que vio que aquél hombre la miraba. Matilde apretó el paso y marchó más deprisa aún a lo largo de la calle. Sentía los pasos del hombre tras de ella con ese vago temor que suelen producir las personas que nos siguen por el mero hecho de ir detrás. No se atrevía a volver la cabeza, pero conservaba grabada su silueta en la retina después de su rápida ojeada. No podría decir cómo era aquel hombre. Tenía la silueta de un hombre del pueblo, vulgar, vestido en esos tonos pardos, confusos, entre los que nada había podido distinguir. La estatura y el porte no se diferenciaban en nada de la mediocridad de toda la figura. No había podido ver ningún rasgo de su semblante, oculto entre la gorra y el cuello alto levantado de una gran pelliza también gris.

Sin embargo, ella hubiera podido hacer un retrato de aquel hombre como si lo conociera. ¿Dónde lo había visto? ¿Por qué le tenía miedo? ¿Por qué presintió que había de seguirla? No podría decirlo, pero sentía miedo, un miedo absurdo del que no bastaba a librarse la reflexión. Así recorrió aún los recovecos de dos o tres callejas tortuosas, desembocó en el Campo de la Iglesia y corrió hacia la puerta con el ansia de los condenados que se acogían al derecho de asilo en los templos. Allí respiró. Había una atmósfera tibia, plácida y sobre todo había gente. Se había empezado la misa desde hacía largo rato y se aproximaba el momento de alzar, La beatitud de la música, interpretada con el amor y el entusiasmo de los italianos por el arte, parecía flotar en las naves del templo, lleno de un sensual olor de incienso y mirra, que se mezclaba a los perfumes de mujer y a las flores marchitas en los jarros, con ese olor, mezcla de hierba y de pasado, que toman las flores en los jarros de las iglesias.

La afluencia de gente le impidió penetrar hasta el centro de la nave y fue a arrodillarse cerca de uno de los pilares próximos a la puerta, Cerró los ojos y se dejó mecer en el ambiente; aquella fraternidad de gentes reunidas cerca de ella, parecía borrar su extranjería; se iba serenando; estaba próxima a reírse de sus temores.

Oyó levantar la mampara, y sin volverse adivinó que aquel hombre entraba en la iglesia. Quiso dominar su impresión de miedo. Todo aquello no era sin duda más que un efecto nervioso hijo de su cerebro excitado por los recuerdos que evocó el aniversario. Aquel hombre debía ser un pobre obrero que para nada se ocupaba de ella.

Al levantarse, después de verificarse el misterio de alzar al cordero recién nacido, con todo el júbilo de la redención cumplida, se atrevió a volver tímidamente la cabeza. Cerca de la puerta distinguió la figura de un hombre sumido en la sombra, cuya silueta parecía un enorme oso sin cabeza, ya que la ocultaba y la escondía el cuello alto de su pelliza, semejante a una máscara.

Llena de temor, esperó la terminación de aquella misa que ella hubiera querido prolongar hasta la salida del sol; se estremeció de espanto al oír la frase «Misa es» y esperó medrosa y furtiva la salida de un grupo numeroso para irse envuelta en él, como si tuviera la certeza de que el desconocido la esperaba fuera. Sus ojos recelosos vislumbraron al hombre de la pelliza parado cerca de la salida, pero como no se movía, abrigó la esperanza de no haber sido vista por él; continuó cercana al grupo que seguía las calles por donde ella había venido, y ya empezaba a tranquilizarse cuando de nuevo vio destacarse al hombre sobre el fondo de la luz que iluminaba la callejuela, en dirección a la Iglesia.

Se acercó más al grupo, mirando ansiosa a cuantos pasaban cerca; hubiera deseado verse requerida por un galanteador, que pudiera servirla ingenuamente de acompañante. En cada cruce de callejas, el grupo se dividía más, sentía que se iba quedando más sola, y no tenía conciencia cierta ni del camino corrido ni del que le quedaba por recorrer: ¿Llevaría la verdadera dirección? Miraba con terror los canales negros que trazaban una línea bajo los puentes; se fatigaba subiendo y bajando escalerillas en pos siempre de los grupos que seguía y sintiendo cada vez más cerca, más distinta, la presencia de aquel hombre. De pronto, en un recoveco, las únicas personas que restaban del numeroso grupo que salió de la iglesia, penetraron en la sombra de un portal, Matilde se sintió sola; se apagó el eco de aquel acento musical de la conversación de los italianos y oyó detrás de sí las pisadas sonoras del hombre de la bufanda. Unas pisadas de zuecos de madera, que sonaban a hueco, como suenan los azadones que abren la tierra.

No pudo dominar ya el pánico y corrió, corrió vertiginosamente, locamente, aturdiéndose con el ruido de sus pasos, que martilleaban sus oídos y hacían latir sus sienes, como si detrás de ella corriese alguien también.

Las luces de la plaza de San Marcos la hicieron detenerse jadeante. Varias personas pasaban bajo los soportales; ya no estaba sola. Se adelantó hacia la puerta de su albergue, abrió: se consideraba en salvo, y se daba cuenta de lo ridículo de sus temores. No sabía cómo había llegado allí, ni qué instinto la había guiado. De haber encontrado un río que le cerrara el paso se hubiera arrojado en él sin reflexionar en nada. Pero ahora ya estaba a salvo, libre. Tendió la vista hacia atrás para asegurarse de su seguridad… La pelliza se destacaba de una figura de hombre apoyada en el ángulo de la torre del Camparsile… y las gentes se alejaban… Ella hubiera querido detenerlos, gritar, pero la voz se le cuajaba en la garganta; le temblaban las rodillas como si fueran a doblarse, no podía moverse, se sentía hipnotizada, dominada, sin poder andar, en una situación semejante a la que se experimenta en esas pesadillas en que el contacto del colchón no deja mover los pies y se siente un peligro del que somos impotentes para huir.

Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para entrar… Apretó la puerta con su cuerpo mientras cerraba, temerosa de que el hombre entrara detrás de ella, y luego ¡aquella escalera tan alta! ¡Aquellos pasillos sombríos y oscuros del viejo palacio nobiliario de Venecia, convertido en su albergue…! ¡Aquella estancia grande, desmantelada, fría! Ni aún en ella, con la puerta cerrada, se creía segura: su miedo de aquel hombre era un miedo que iba más allá de la idea del robo y del asesinato… Un miedo supersticioso.

Se escondió vestida bajo la cubierta del lecho, apretando los ojos para no ver, pero sin atreverse a apagar la luz, tapándose los oídos y acurrucada como si se escondiese de ella misma.

II

Desde que estaba en Nápoles, Matilde se sentía dichosa, la alegría, el ambiente de la ciudad, bañada constantemente por un sol primaveral en pleno invierno, la habían tranquilizado, borrando el temor a viajar sola que su susto de Venecia le había hecho abrigar. Se reía de un terror infundado, quizás debido a la sugestión con que el recuerdo del aniversario predispuso sus nervios.

Había recibido cartas de España. Las cartas de primero de año. Esa fecha obligada de felicitaciones y recuerdos. Le escribían su familia, sus amigas, sus admiradores, sus pretendientes. ¡Una mujer joven, viuda y rica, tiene siempre sus pretendientes! Algunos le repetían sus declaraciones de amor. ¡Los había constantes! Todas las cartas la invitaban a volver pronto, Alguien le censuraba disimuladamente su manía de viajar. Le pintaban con vivos colores lo agradable que estaba Madrid en aquella estación de fiestas y teatros, ponderándole lo bien que se podía pasar. Luego, mil recomendaciones, «Cuídate». «No seas confiada». Los más allegados le hablaban de sus temores al verla tan lejos, en esas grandes capitales de las que se cuentan tantos crímenes y tantos accidentes, que parece que se vive de milagro. Era demasiado valor aventurarse así ¡una mujer sola!

Matilde sonreía. Sabía el concepto tan triste que se tenía en España de una mujer sola; pero se sentía protegida por las costumbres del extranjero, completamente tranquila. El susto de Venecia había sido una cosa sin fundamento. Un pobre hombre que iba a su camino, y que nada hizo para molestarla. Sin embargo, en aquellos días de Pascua se sentía propicia a la vuelta, había sentido un temor que le hacía desear el verse acompañada, protegida en un medio más familiar. Pero ahora aquellas ideas la molestaban. Se limitaría a escribir largas cartas a sus amigos para contarles sus impresiones por esa necesidad de compartir con alguien lo que nos emociona, pero nada de pensar en crearse lazos más íntimos. No quería inmovilizarse en la vida vulgar de todas aquellas gentes, a las que tenía la seguridad de hallar siempre en los mismos sitios, con la misma monotonía. Se afirmaba cada día más en su deseo de libertad y de independencia, de sensaciones nuevas.

Había sido deliciosa su estancia en Nápoles. La temperatura primaveral favorecía constantes excursiones de un atractivo tan vario y renovado siempre. Sentía el encanto de égloga de la ciudad y de toda la Compañía, con sus visitas a Sorrento, a Capri y a Ischia. La seducía lo terriblemente grandioso del Vesubio, de la Solfatara y de aquel viejo mundo de Virgilio y Dante, evocado en Cumas y Pestum. No había nada tan deliciosamente variado como aquella ciudad de panoramas múltiples, en la que se mezclaba un pueblo tan distinto, tan abigarrado, en toda la inmensa escala, que iba desde la aristocrática concurrencia de San Carlos, hasta los pescadores de Santa Luisa y de la Margellina.

Pero su mayor encanto no estaba en Nápoles mismo; se sentía atraída con fuerza, quizás por el contraste de su silencio y su abandono, hacia las ruinas de Pompeya. Gustaba de pasar los días en ellas, de un modo tan íntimo y tan atento, que parecía como si se le hubiesen hecho cordiales amigos los antiguos moradores de las casas de Wetti o del poeta Trangier y le dieran cariñosa hospitalidad. A veces le parecía que había vivido allí en otro tiempo. Recordaba tal o cual detalle que faltaba; creía recordar nombres de alguno de los amigos que allí tuvo y en más de una ocasión se detuvo en su paseo murmurando: «Por aquí se va»… Le faltaba la memoria de algo…, y cuando veía las obras que con tanta lentitud iban descubriendo los tesoros guardados en la ceniza, sentía un impulso de trabajar ella también, de escarbar con sus uñas para hallar más pronto algo que recordaba y que no estaba allí. Las momias le causaban una impresión dolorosa, como cadáveres conocidos, cuyos rasgos se adivinaban bajo su máscara de yeso conservador. A veces ella sonreía de sus propios sentimientos.

—Me hallo demasiado sensible —solía decir—. Después de todo, el Vesubio no hizo más que privar a estas gentes de algunos años de vida. Sin la catástrofe no nos quedaría nada de esto, y en vez de alegrarnos lo lamentamos como un mal; creemos que estarían vivos todavía.

No se había querido, sin embargo, aislar en aquella vida contemplativa y acudió al Consulado de España. Tuvo una acogida cortés y afectuosa; el Cónsul la presentó a muchas familias de la buena sociedad, y bien pronto tuvo amigos, amigas y galanteadores que la acompañaban sin dejarle tiempo de aburrirse ni de estar sola. Se sentía así protegida envuelta en ese dulce afecto del carácter insinuante y dulce de los italianos.

Pero aquella tarde había querido ir sola a Pompeya para sentir la emoción casi mística que le causaba en la Vía de las Tumbas la hora del crepúsculo al contemplar los bellos matices que toma el cielo, la luz rojiza del penacho de fuego del Vesubio y la guirnalda semicircular de las luces del golfo iluminando el azul de las aguas, que parecían cantar en su oleaje una eterna barcarola.

Escuchaba distraída los pasos de los transeúntes, guardias y visitantes de la ciudad inmovilizada, no muerta, en un encantamiento de cuento persa… Era como si toda la gente hubiera de volver a salir y a poblarla por un milagro igual al que hacía vivir de nuevo edificios y pinturas y traía un nuevo florecimiento a sus jardines, y a aquel faro y a aquellos templos de columnas sin capiteles, como flores gigantescas tronchadas por medio del tallo.

Se había quedado demasiado sola y se encontraba muy distante de las puertas de la ciudad.

Al fondo de la calle, en la lejanía, destacando su figura sobre lo chato de las ruinas, se deslizaba una silueta; una silueta de hombre del pueblo, envuelto en una de esas grandes pellizas altas de cuello, que dan siempre un aspecto de misterio al que las lleva.

Matilde se levantó con presteza, dominada por una impresión de miedo; el mismo miedo que la dominó en Venecia, Aquella silueta había evocado al otro hombre. Los confundía en su imaginación, y sin saber cómo le daba una extraña identidad.

Se dirigía con apresuramiento hacia el lado de la puerta, pero estaba tan distante que era preciso atravesar toda la ciudad. Hacía esfuerzos para dominar su deseo loco de correr. Oía el eco de los pasos detrás de sí… no quería volver la cabeza, pero le parecía que se acortaba la distancia, que el hombre había de alcanzarla, y experimentaba una extraña sensación de frío en la médula como si ya sintiese su contacto.

El suelo le era ingrato. Le daba una impresión de dureza que no había sentido en ninguna otra parte. Aquellas losas que guardaban impresas las huellas ancestrales de otras generaciones le lastimaban los pies, como si caminara sobre planchas de hierro. No hay ningún piso tan duro como el piso de Pompeya. Le faltaban ya las fuerzas. Hubiera querido perderse, esconderse, dejar que el hombre pasase, pero no se podía detener.

Unos momentos más y caería rendida de cansancio… ya no veía… le zumbaban los oídos.

Oyó una voz.

—No tenga miedo la señora; hasta que estemos seguros de que no queda nadie, no se sueltan los perros que guardan de noche las ruinas.

Se tranquilizó súbitamente. Estaba entre los guías y los turistas que esperaban la llegada del tren que había de llevarlos a Nápoles. Miró en torno y no distinguió en ninguna parte al hombre de la bufanda de cuadros. Pero su miedo había sido tan grande, que se sentía enferma, mareada. Se dejó caer en un asiento del vagón, con los ojos cerrados durante todo el trayecto y, al llegar a la ciudad, se sintió aliviada entre la turba de vendedores de postales, faquinos, guías y pilluelos que la rodeaban. Oía con gusto el ruido, la animación, la algarada del pueblo, alrededor de la destartalada carrosela en que cruzaba la Vía Toledo y la Villa Reales. Se creía estar en España, en Andalucía, entre las alegres voces de vendedores, bajo aquel cielo limpio, con aquellas casas con balcones de estilo español. Pero al entrar en la Vía Caracciolo, el silencio, que parecía venir de Posilipo y de Pie de Grotta, se extendía ante ella. Veía brillar las aguas a su izquierda, bajo la luna, y al frente la colina de Posilipo, con los árboles recortados fantásticamente sobre ella, como un ejército de gigantes corriendo hacia el mar, y volvió a sentir miedo. Al tiempo de cerrar la puerta de la pensión, tras sí, creyó oír los pasos que ya conocía… y luego, en su habitación, en lugar de acostarse, miró por entre los visillos, sin prestar atención a aquella guirnalda de luces en semicírculo que dibujaban el Golfo, ni al prendido de llamas del Vesubio… Miraba tenazmente a los acantilados, esforzándose por descubrir en ellos la silueta del hombre de la pelliza.

III

Este otoño, su viaje era por Suiza. Aquella sierra blanca, con sus lagos azules, sus árboles escarchados y sus montes casi inaccesibles, le daba una sensación de bienestar, algo egoísta, al convertir en elementos de placer toda la dureza del clima. Se detuvo en Basilea, seducida por su encanto de ciudad moderna y provinciana; en la que gozaba el placer de la libertad de su nuevo viaje.

Su terror de Venecia y Nápoles había apresurado su vuelta a España, Casi un año entero pasado en Madrid borró el recuerdo desagradable y excitó más en ella su deseo de viajar. Como una disculpa, como una justificación ante sí misma, se explicaba sus terrores por la influencia que ejercía sobre sus nervios el ambiente tan excepcional y tan romántico de las ciudades de Italia. Se vivía en ellas demasiado del ayer de los recuerdos. Una vida irreal, Suiza ya le sentaba bien; el frío seco la fortalecía. Se reunía con otros turistas para sus paseos de sport; sus largos viajes a pie, con el bastón forrado en la mano y la mochila del equipaje a la espalda. Cada mañana sonreía ante su espejo, estaba más esbelta, más sana, más fuerte; sus mejillas florecían enrosadas de salud. Los días que no tenían excursiones, los pasaba visitando aquellos museos tan interesantes para la vida suiza o contemplando las pinturas de Holbein o las revelaciones que Redin hacía de las rocas del Rhin. A veces, desde el Palof, a la sombra de la catedral, veía las lejanías de las montañas y de la selva negra, y otras discurría por las plazas silenciosas, románticas, demasiado llenas de humedad y de sombra, parándose a contemplar las escenas de costumbres populares, que se desarrollaban al lado de las fuentes de bronce en forma de taza, donde las grandes gallinas de metal vertían del pico chorros de agua cristalina, que parecía negra y sucia por ese fenómeno del agua sobre el blancor de la nieve.

Aquella tarde se había alejado río arriba, absorta en contemplar la belleza de la ciudad partida por el cauce del Rhin, con su cenefa de ajomates en torno de los cimientos y la poesía de sus cosas ocultas entre sauces. Cansada ya, aún continuaba andando más allá de los límites del paseo, que seguían todas las tardes aquellas buenas gentes que iban con ingeniosidad a gozar las bellezas del paisaje. Ella quería llegar más allá del sitio en que el Rhin describe su curva, quizás con un secreto deseo de poder abarcar todo su curso con la vista, hasta llegar a sus fuentes…, sentía la atracción misteriosa de ese río de leyendas y baladas, de ese río en cuyo fondo deben esconderse palacios poblados de náyades, con jardines y flores extrañas. De pronto se detuvo asustada de la lejanía; tuvo miedo de seguir mirando aquellas aguas verdes que corrían a sus pies… le pareció como si escuchase una música extraña, una voz del fondo… sintió aquel terror que la había invadido en Italia. Sin querer registrar el paisaje con los ojos, sabía que nada podía temer en aquella honrada tierra suiza… Junto a la orilla del río se dibujaba una silueta, debía ser alguno de los muchos pescadores que veía todos los días arrojando el aparejo de su caña a la corriente, para coger pececillos en aquellas aguas sagradas…

Se fijó bien, casi a pesar suyo… la silueta se dibujaba más clara. Sintió una impresión de temor al distinguir una pelliza con el cuello alto…

Aquella figura le evocaba las otras, la del hombre de Venecia y el hombre de Nápoles: ¡El Perseguidor! No veía más que su línea desdibujada, no escuchaba sus pasos apagados en la hierba húmeda; pero estaba invadida de un extraño temor, era como si la persiguiesen, ante aquella figura la dominaba el mismo temor inconsciente que experimentan las personas supersticiosas a la vista de las serpientes o de las arañas.

Por suerte, dos aldeanas venían en dirección a la ciudad; su vista le prestó ánimo; pudo hallar voz para responder a su saludo y marchar a su lado.

Cerca de ellas, cambiando algunas frases en suizo de vez en cuando, había de oír su voz mezclarse con otras voces, y algo avergonzada de las miradas que cruzaban las dos mujeres, que sin duda habían advertido su miedo, no se separó de ellas hasta llegar a la ciudad. Sin volver atrás la cabeza, entró en su calle, aquella calle de Rheimstrase, que tanto le gustaba por su silencio y su aire pueblerino y español. Miró bien hacia el fondo de la calle y no divisó al hombre de la pelliza.

Ella misma renegó de su miedo pueril, pero aquel día volvió a leer con más gusto las cartas de España, como si la evocación y el recuerdo de las personas queridas la protegiese, y la librase de la soledad. Daniel, el más constante de sus pretendientes, le enviaba su retrato… Le miró complacida, reparando, quizás por vez primera, en su aspecto fuerte y hercúleo. Pensó que debía ser grato viajar con un marido como Daniel, para verse libre de temores. Hubo un momento en que pensó escribirle con menos desdén que de costumbre… La lectura de la carta que había de contestar, la detuvo. Daniel le hablaba de Madrid, la invitaba a compartir sus ideales de vida tranquila. Se alababa de no haber pasado jamás una frontera, Matilde tuvo miedo a la quietud que la asustaba.

—No quiero una vida de molusco, pegada a una roca —exclamó con desdén—. No quiero saber en qué cementerio me han de enterrar.

No escribió la carta.

IV

Se sentía dichosa y admirada de aquel nuevo viaje. Era una audacia haber llegado aquel verano a Noruega, adelantando su viaje, contra la costumbre de no viajar más que en el otoño y el invierno, como al amparo de la luz que parece envolver y proteger, sin la crudeza reveladora del verano.

Sin querer confesar su miedo, le había hecho volver a España desde Basilea, después de su nuevo susto del hombre de la pelliza.

Esta vez había hecho un esfuerzo para escapar. La asiduidad de Daniel casi la comprometía y ella, en su ansia de libertad y de viajes, no quería crearse un obstáculo que dificultase su vida.

Había hecho su viaje por Barcelona, por Marsella, atravesando toda esa región poética de la Alemania medieval, que se extiende a las orillas del Rhin, desde la Selva Negra hasta Colonia, con sus castillos feudales, tan pintorescos, semejantes a nidos de águila en lo más alto de las rocas.

Su viaje fue tan rápido que le dejaba una impresión vaga, como la que dan los cinematógrafos. Le costaba trabajo determinar particularidades de cada sitio: el espectáculo del Alster en Hamburgo, con los cientos de barquillas conducidas por parejas enamoradas entre los canales, a merced de las sombras de la noche. Los acorazados, que como una población de hierro flotante, ocupaban el gran canal de Kiel. Las bellas torres de Copenhague; la poesía de los lagos de Stokolmo; la visión rapidísima de Elsingor, aquel castillo fuerte, centinela del Sunel, que ofrecía la visión de la poesía shakespeariana, con la encarnación de «Hamlet».

Su deseo era alejarse, alejarse mucho, dar la sensación de su audacia con su viaje; gozarse en el asombro pueril de Daniel ante sus descripciones de países, casi fantásticos para aquel pobre muchacho que no había ido más allá de la frontera, y, sin embargo, había en ella como un deseo de luchar, de vencerse a sí misma, para dominar un miedo inconsciente.

Sin duda, aquellos viajes de la sierra, por el camino de las cruces, pensando siempre en ladrones y asesinos, habían influido sobre su ánimo. Su fantasía, al personificar aquellos tipos, les había dado una forma que le hacía asustarse de los pobres hombres que por su indumentaria recordasen la creación de su fantasía. La pelliza, el traje gris, el humilde hombre de gris, la aterrorizaba; y, sin embargo, veía acercarse sin miedo a los que tenían facha de señoritos. Más de una vez en un viaje, hizo amistad con un desconocido que le parecía excelente, sólo por el prestigio de su traje; pero hasta esa confianza había de abandonarla. Durante su estancia en Hamburgo, había hecho estrecha amistad con uno de esos señores bien portados, que se mostraba tierna y respetuosamente rendido. Fue en víspera de emprender su viaje a Noruega, cuando lo conoció en el hotel y durante dos días se dedicó a acompañarla. Había querido disuadirla de seguir su viaje tan rápidamente, y ante las negativas de ella, pareció resignarse con las promesas de verla a su regreso. Había ido a la estación a llevarle un ramo de flores, suspirándole tierno.

—Usted no se acordará de mí… que no podré olvidarla nunca.

Ella se sentía impresionada por aquel hombre distinguido de voz insinuante y dulce.

—La tristeza de los viajes —le dijo— está en esta separación de las personas que podrían influir en nuestra vida y a las que quizás no volveremos a ver.

Él le apretó la mano.

—¿Quiere usted escribirme? ¿Me autoriza a esperar?

Tuvo miedo Matilde de haber ido demasiado lejos.

—Cambiaremos postales —le contestó.

Estaban sentados dentro del vagón de primera, que ya ocupaban varios viajeros.

—Si me da usted su dirección por anticipado —insistió él como si tomase aquellas palabras por una concesión—, mi postal será la primera que llegue a su encuentro.

La joven abrió su tarjetero, sacó un lápiz y escribió en él la dirección de la ciudad, diciendo: —No sé aún a qué hotel he de ir. Escríbame a lista de Correos.

Mientras hablaba, un viajero que estaba a su lado clavó tenazmente la vista en la tarjeta. Matilde no pudo menos que sonreír de la curiosidad un tanto impertinente. Resonó el silbato del tren.

—¡Adiós!

—¡Adiós!

Se asomó a la ventanilla, porque a ella, siempre tan sola, en la tristeza de las estaciones le era grato tener quien le dijese «Adiós». El caballero que había leído la tarjeta trazó la rúbrica; no había ido a despedir a nadie.

Era sin duda uno de esos enamorados de ocasión que siguen a todas las mujeres y al que había intimidado la presencia de Schabel.

V

Al día siguiente de su llegada a Copenhague, acudió con más apresuramiento que de costumbre a la lista de Correos; allí la aguardaban una tarjeta y una carta. Debían ser de él las dos, puesto que nadie sabía aún su dirección. La tarjeta era un modelo de galantería poética, a propósito para herir la sensibilidad de una dama romántica.

Representaba el paseo de la ciudad por donde ella tenía costumbre de pasear y debajo unas palabras: «Siempre aquí, siempre en mi corazón».

«Pobrecito», pensó con esa compasión fácil de las mujeres hacia un sufrimiento imaginario que creen causar. Su amigo debía tener necesidad de hablarle de su pena, cuando además de tan expresivo recuerdo le escribía la carta.

Rompió el sobre. Otra tarjeta, de esas tarjetas sin dibujo alguno, de letra distinta y estas palabras en mal español: «Señora. Desconfíe de su correspondiente de Hamburgo, señor Schabel, Un detective».

Se sintió helada. Su miedo en los viajes no era tan injustificado. Presentía que había corrido un peligro. Su enamorado debía ser un hombre vigilado por el caballero del bigote blanco. ¿Qué se tramaría contra ella? ¿Quién sería aquel hombre que estaba a punto de amar?

Abrevió su estancia en Dinamarca con el deseo de estar más lejos de aquel hombre, de que perdiera su pista. Se le aparecía como un perseguidor… de frac, pero en el que encarnaba el hombre de la pelliza gris.

La idea de que nadie de los suyos conocía su dirección, de que estaba perdida en medio de aquellos países lejanos y extraños, la asustaba. Estuvo a punto de renunciar a su viaje, pero al fin se decidió a seguir hasta Noruega, donde tenía amigos en Cristianía, para acogerse a su lado. No quería volver más por Alemania.

Fue recibida en Cristianía con esa «Bienvenida» afectuosa con que las damas noruegas acogen al huésped en la puerta de la casa y que tiene tanto de patriarcal.

Desde entonces no se había visto sola; recomendada, viajó por todo aquel encantador país de los fiordos, y por último, se había detenido en Bergen, sugestionada por el encanto exótico de aquella ciudad laboriosa y primitiva, con sus casas de madera y sus hermosos parques iluminados con la luz de un día inacabable.

Involuntariamente, pensaba qué grato debía ser contemplar aquel cielo al lado de alguien capaz de compartir su emoción ante aquellos crepúsculos, que se unían durante las breves horas en que se ocultaba el sol y que bañaban todas las casas en una luz extraña, fría, que no era luz del día ni luz de la noche. Añoraba las noches españolas, con su cielo oscuro y tachonado de estrellas, con una lima llena de brillantes, no oscurecida, pálida y puntiaguda como se le aparecía.

Sin embargo, ella no salía jamás en aquellas horas que oficialmente podían considerarse horas de noche. Experimentaba un involuntario temor al verse sola. Algunas tardes, en sus paseos por el viejo muelle de los Hanseáticos, veía alejarse los vapores que hacen sus viajes hacia las más lejanas islas del Polo Norte, y su espíritu viajero sentía un ansia de emprender ese viaje hacia los países de los hielos, de los pescadores de ballenas, de los lapones; esos países sumidos en eterna noche, iluminados a veces por la aurora boreal, o bañados ahora en la luz misteriosa de un sol que brilla constantemente en su horizonte.

Pero cuando salían los vapores con ruta a España, tenía también que luchar contra su deseo de embarcarse. Pensaba en las noches de Madrid, en el encanto de ese Madrid viejo y solitario que va de la Plaza Mayor hasta el Viaducto; veía los mil aspectos de aquella capital tan querida que era como un compendio y resumen de las bellezas de los demás países. Pero se resistía a la idea de ceder a su encanto. Tal vez la asustaba como una celada, como un lazo en cuya placidez se había de envolver.

Paseaba por Novas Pon a las diez de la noche y veía al sol dorar con esas tonalidades inimitables de Noruega las islas, que, subrayadas con una línea de liquen de oro, se dibujaban frente al fiordo. De pronto, tuvo que apartarse para dejar paso a un carro tirado por uno de esos caballejos noruegos, tan cortos y mal formados que parecen hechos de cartón. Venía hacia ella triscando, con las crines flotantes, sus melenas, y con esa especie de acometividad con que los caballos de los fiordos van hacia las personas.

Al apartarse se acercó a uno de los bancos y casi tropezó con una persona que estaba acurrucada en él. Matilde lanzó un grito ahogado. ¡Era él! Le parecía que era el hombre de Italia y de Suiza. El hombre de todas partes. El hombre de la pelliza, cuyo rostro no había jamás logrado ver, envuelto en aquel gran cuello alto y subido que la asustaba.

Y el hombre se puso de pie. Ella sintió que la acometía uno de aquellos ataques de miedo que no podía dominar y emprendió, procurando conservar su serenidad, el camino de su hotel. Las calles no estaban solitarias, veía gente en todas las ventanas y en todas las puertas; un cinematógrafo dejaba oír su alegre ruido de timbres que llamaban a la función del mismo modo que las campanas llaman a los fieles; una multitud de chicuelos astrosos se paraban ante los grandes cartelones anunciadores, cuyas figuras parecían ya moverse, por esa obsesión de movimiento que dan las figuras de cinematógrafo.

No se atrevía a volver la cabeza, presa de un miedo indescriptible, absurdo en aquella tierra de gentes honradas y patriarcales.

Al día siguiente se embarcó para Londres. Tenía la seguridad de que ya no podría estar tranquila en Bergen después de aquella aparición.

VI

Entre el bullicio de Picadilly y de Oxford Street, se sentía dichosa. Duraba aún el esplendor de la estación londinense y la ciudad aparecía engalanada con la alegría y el verdor de sus parques. La aristocracia británica desplegaba toda la soberbia de su lujo deslumbrador en tomo de la Serpentina del Hyde Park. Le parecía un absurdo el que hubiese personas capaces de renunciar al placer de la contemplación de esa variedad de formas, de costumbres y de vida. Hubiera querido tener allí a su familia, a sus amigos, poderles hacer todo aquello. Pensaba en Daniel. Le había escrito que iba a prolongar su estancia en Londres todo el otoño, para ver el nuevo aspecto de la ciudad envuelta en la neblina característica, que vela la suntuosidad de sus palacios, avalorándolos con su misterio como si fuesen la púrpura de su vestidura real.

Y Daniel se desesperaba de su ausencia, pero no tenía un arranque para ir a buscarla. Tal vez sus viajes no eran más que una lucha con su amigo; una huida del peligro de su dominación. Un revoloteo en torno del amor que la amedrentaba, con el recuerdo de su vida de cautividad a que estuvo sujeta en su matrimonio y en el hogar de sus padres.

Ella no haría uso de su libertad para crearse ninguna clase de relaciones en su viaje. Era sólo para ella misma, para su intimidad, para saborearla como una afirmación de su personalidad, de su propio dominio.

No había vuelto a experimentar miedo. La admirable organización de la sociedad inglesa alejaba de ella todos esos terrores, que le parecían creación de los novelistas por entregas, explotando a la gran población en que todos los absurdos pueden ser creídos.

No había vuelto a sentir el miedo y ella misma se reía de que las ciudades más peligrosas en realidad fuesen las que más la tranquilizaban. Entraba quizás por mucho el elemento de la curiosidad, que la distraía de sus temores imaginarios, y tenía que confesarse que su temperamento era a la vez que ansioso y aventurero, tímido y apocado. Su principal lucha estaba en ella misma. ¿Qué hacer? No podía soportar la quietud de su casa; no era capaz de la decisión de crearse un afecto serio, asustada de la esclavitud que llevaba consigo, la dominación de su voluntad, el recuerdo de aquellas épocas de su vida en que se le obligó a soportar el tormento de unos días monótonos que la exasperaban.

Y sin embargo, en aquellos viajes que hacía como para escapar a su destino, no hallaba goce sino martirio. La mortificaba su soledad, su aislamiento; la desconfianza involuntaria de todo y de todos; esa desconfianza que se extendía ahora, desde el desengaño de Hamburgo, a toda nueva amistad de cualquier sexo que fuese.

Aquella tarde su paseo la llevó hacia Tower Bridge y se detuvo a contemplar la desembocadura del Támesis, con sus aguas de estaño en las que se reflejaban a lo lejos las características torres góticas de la Abadía de Westminster y del palacio del Parlamento, recortando su silueta del azul, con ese encanto especial de Saudnes que reside en ella.

Le impresionaba siempre la vista de la torre cercana. Aquella ciudadela, antiguo palacio, testigo y escenario de todos los crímenes de la historia inglesa.

Recordaba su visita a los calabozos, de muros espesos, en cuyas piedras habían grabado tantas frases desoladas y tantos dibujos alegóricos la desesperación de los prisioneros. ¡Era todo tan terrible allí! Se guardaban con el mismo amor, por aquellos hombres vestidos con un uniforme de otros siglos, los incomparables brillantes de la corona de Inglaterra y el tajo y el hacha con que el verdugo decapitó a María Estuardo y a Ana Bolena.

Los asesinados en la torre formaban legión, los muertos no cabían en su cementerio. Vista así la fortaleza, entre la sombra del anochecer, con su batería de cañones sobre el río, la hacía estremecerse. Algunos cuervos se abatían graznando desde las almenas a los fosos y a aquella sombría plaza de Tower Hill, cuyo césped le parecía regado con sangre.

Era ya de noche; una luna pálida y amarilla como una raja de limón brillaba en el cielo ceniza. Era una verdadera imprudencia permanecer allí. El tráfico de los carros y la gente que pasaba por aquel lugar había cesado, la plaza estaba solitaria; sólo de uno de los bares cercanos, entraban y salían hombres que le parecían de aspecto sospechoso. Ante ella se abría una calleja solitaria que, marcando el contorno del río, se dirigía a London Bridge. Se internó en ella caminando despacio entre la sombra que no lograban disipar por entero los faroles, como puntos de luz que no irradiaban la claridad con los rayos detenidos y cortados por la neblina. Era una calleja antigua, ancestral, y los grandes farolones de cristal pendían de una cuerda del centro de la calle. Caminaba entre carros y trabajadores, sobre un piso húmedo, con un nauseabundo olor de pescado. Volvió a sentir miedo. Cada paso que resonaba detrás de sí le hacía volver la cabeza. Sentía miedo de todos los hombres pobremente vestidos con que se cruzaba, e involuntariamente llegó a ella el recuerdo del hombre de la pelliza.

Desde aquel día, por temor de encontrar a aquel hombre, no se atrevía a salir sola por las tardes. Daba sus paseos matinales, siempre por las calles céntricas, y buscaba, hasta dentro de los museos, las salas más concurridas.

El hotel la asustaba, Tenía siempre miedo de encontrar en él, en cualquiera de los pasillos, al hombre de la pelliza gris. Su miedo se había personificado en aquella figura; cada vez que oía pasos en pos suyo experimentaba el temor de que pudiera ser el hombre de la pelliza, Era, sin duda, una obsesión nerviosa; un temor al perseguidor.

En cambio, no tenía jamás miedo de las personas que marchaban delante de ella. Para sentirse protegida, buscó hospedaje en casa de una señora española casada con un inglés, que vivía en una de esas poéticas casitas, rodeadas de verja, de un solo piso, tan sencillas y agradables, que rodean la plaza de Torrigton Square, tan buscadas por las gentes estudiosas y morigeradas.

Allí vivía como en familia, Arahela, la dueña de la casa, intimó con ella de un modo fraternal. Su marido pasaba la vida coleccionando sellos sin ocuparse de la esposa más de lo que exigen las relaciones de cortesía, y Arahela se desquitaba de la soledad del hogar pasándose el día en continuas correrías, de tienda en tienda, de visita en visita y de té en té. Tenía el don de no parar un momento en su casa; le gustaba pasear por las calles, despertando la expectación con su belleza clásica de española; pequeñita, redonda, muy morena, de labios muy rojos y de cabellos muy negros; con unos ojos pardos, grandes, expresivos, que formaban contraste con los ojos de luz, sin color, de las mujeres inglesas.

Arahela arrastraba a Matilde con ella y en su calidad de inglesa, por su matrimonio, la introducía en la sociedad burguesa que ella frecuentaba, llevándola en sus correrías de acá para allá.

De noche, cuando su esposo dejaba con pena los sellos para ir al comedor, le contaba sus ocupaciones del día, que él escuchaba complacido, y después cada cual se marchaba a su habitación.

Aquellas veladas largas, solitarias, constituían un tormento para Matilde que no se atrevía a salir sola y no podía habituarse a meterse temprano en el lecho. Muchas veces intentó retener a Arahela para salir de noche; pero no había podido conseguirlo.

El marido no veía para coleccionar sus sellos a aquella hora y gustaba de la compañía de su mujer.

Aquella noche se había decidido a bajar a la plaza y sentarse en un banco, deseosa de respirar el aire de una de esas plácidas noches de Londres, en las que todo parece estar muy lejano de todo, y la gran ciudad, solemne y silenciosa, da una idea de quietud y de soledad; la quietud y la soledad de la ciudad en que palpita la vida de millones de seres.

En aquella plaza se creía tan segura como en su propio jardín; ella había abierto la verja para penetrar en su recinto, pues sólo los moradores de las pequeñas casitas que rodean a Torrigton Square, tenían la llave de su plaza. El barrio formaba como una provincia aparte, enclavada en el centro de Londres, pero conservando su fisonomía propia, una impasibilidad de aldea inglesa en el silencio y el apartamiento.

Fue dejando pasar las horas en la placidez de su reposo. El reloj de la iglesia cercana dando once campanadas le hizo estremecerse. Era una hora inusitada para el buen pueblo trabajador y burgués en las sanas costumbres de los hogares ingleses; la hora en que sólo el gran mundo o el mundo del vicio continúa su vida callejera. Se levantó con la llave en la mano para abrir de nuevo la verja de la plaza, y se detuvo estremecida. Cerca de la salida, apoyado en la verja, de espaldas a ella, había un hombre inmóvil. Aquel hombre era él; él mismo. ¡El Perseguidor! Era un hombre vestido de gris, con una chaqueta corta como una pelliza y el cuello subido. El miedo se apoderó de Matilde; sin valor para huir, sin medios de escapar de allí, temerosa de denunciar su presencia con algún movimiento, se dejó caer lentamente sobre el césped, se agazapó en el banco y allí pasó más de una hora, transida de frío, calada de humedad, sin atreverse a mirar hacia donde estaba aquel hombre cuyo rostro jamás había visto, pero que estaba segura de reconocer en el rostro vulgar de todos los hombres que llevan altos los cuellos de las chaquetas.

Si hubiera visto a un guardia nocturno, hubiera gritado aunque se hubiese encontrado después sin poder explicar su miedo.

Al fin se atrevió a mirar, temiendo que el hombre estuviese dispuesto a saltar la verja; pero allí no había nadie, la figura obsesionante había desaparecido.

¿Existía realmente? ¿Aunque existiera, había motivo para sentir aquel temor ante todos los pobres hombres que vistiesen su vulgar ropaje de trabajadores?

No. Aquello era un desequilibrio de su soledad, tal vez una protesta de la naturaleza contra su aislamiento. Avergonzada de su debilidad, transida de frío, entró en la casa sin hacer ruido y se dirigió de puntillas a su cuarto. Al pasar frente a las habitaciones de Arahela, escuchó su acompasada respiración de dormida y los tranquilos ronquidos del coleccionador de sellos.

Sintió como envidia; a pesar de la escasa unión de los esposos, había entre ellos un lazo dulce de protección, de amparo, de consideraciones y de vida en común, que le hacía ver con más claridad lo forzado, lo anormal de su vida solitaria y estéril. Su miedo nacía de su soledad, de querer encerrarse en ella misma.

Pasó toda la noche sin dormir y a la mañana siguiente anunció su vuelta a Madrid.

VII

El tren cruzaba la extensa llanura de Castilla y Matilde, asomada al vagón, cerca de Daniel, sonreía contenta y satisfecha. Le parecía que era la primera vez que veía todo aquello; recibía con toda su amplitud la sensación que le producía aquel campo de horizonte tan amplio, que en su monotonía y su inmovilidad tenía algo de océano, como si sus colinas y sus ondulaciones representasen una petrificación de las olas. Se sentía feliz yendo de nuevo hacia el mundo con mayor seguridad. Su matrimonio no mataba su libertad, la agrandaba. Lo veía claramente en aquel viaje de novios, emprendido el mismo día de su casamiento, después de quince meses de su vuelta de Londres, resuelta ya a no emprender nuevas peregrinaciones, atemorizada por el recuerdo del terror experimentado en todos sus viajes.

Ella había guardado cuidadosamente su secreto a todos, incluso a su marido. Después de la enfermedad nerviosa que el último susto le produjo, comprendió con claridad que aquel hombre de la pelliza gris la perseguiría en todas partes. No sabía si era el mismo hombre, ni siquiera si era un perseguidor, pero era su perseguidor. La crisis de su soledad.

Por eso, cuando Daniel, en sus continuas conversaciones, había comulgado en su afición a viajar y había participado de su curiosidad hacia lo nuevo y lo vario de los viajes, Matilde accedió a sus pretensiones.

Veía con claridad que era vano luchar contra el amor y pretender esa vida artificial, egoísta, que suelen tener algunas mujeres por un excesivo celo de su independencia. Un extremo de sujeción le hacía caer en otro extremo de libertad exagerada hasta lo absurdo.

Ahora se sentía satisfecha, feliz, en una vida sanamente equilibrada. Había ocultado cuidadosamente a su marido la parte que, el deseo de verse protegida, tomaba en su casamiento, y al crearse su hogar libre, sereno, en el que no era la sacrificada, se sentía dichosa.

Era un delirio el deseo de independencia, que lleva hasta el egoísmo, Queriendo estar sola, había creado el fantasma de su miedo, siguiéndola y persiguiéndola a través del mundo, bajo la forma del hombre de la pelliza.

Habiendo matado su soledad, había alejado para siempre, definitivamente, a ese hombre que persigue siempre a las mujeres solas en las calles nocturnas, en los más deliciosos y apartados parajes del mundo y en todos los momentos más dulces de su soledad.


Publicado el 14 de mayo de 2019 por Edu Robsy.
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